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Full text of "Lucía : sitios y costumbres gritenses, época de 1825 a 1827"

F 2341 
.L23 
G 8 





THE LIBRARY OE THE 

UNIVERSITY OE 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F 23U1 
.L 23 
G8 











This book is due at the LOUIS R. WILSON LIBRARY on the 
last date stamped under "Date Due." If not on hold it may be 
renewed by bringing it to the library. 



DATE 
DUE 



RET. 






% 



Farm No. 513 



DATE 
DUE 



15 



RET. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hil 



http://archive.org/details/lucasitiosycostuOOguer 



te 

c 



EMILIO CONSTANTINO GUERRERO 






LUCÍA 



ITIOS "5T COSTUMEBES GEITEKSES 



ÉPOCA: DE 1825 A 182' 



CARACAS 

TIP. J. M. HERRERA IRIGOYEX & C'A. 
I904 



DEDICATORIA 



A mi hermosa y cara Grita, la ciudad de 
mi cuna; ¡a tierra de mis íntimos afectos; 
donde está -el hogar de mi familia con todos 
los seres queridos del corazón; donde palpitan 
vivos todos los áureos recuerdos de mi niñez 
y resplandecen todas las rosadas auroras de 
mi primera juventud; donde están los amigos 
que surgen á mi memoria para confortarme 
en mis tristes momentos de nostalgia, y donde 
reposan hoy bajo los brazos de sacrosanta 
Cruz, los restos queridos de mis idolatrados 
padres: á La Grita dedico estas páginas, 
escritas allí hace ocho años, y en las cuales 



he querido conservar muchas costumbres sen- 
cillas é inocentes de nuestros honorables y 
virtuosos antepasados. 

Al dedicarlas á ese amado pueblo, hago los 
más fervientes votos por su creciente prospe- 
ridad; porque la dulce paz sea su inseparable 
protectora; porque la más estrecha cordiali- 
dad reine siempre en sus familias ; porque 
jamás allí se consumen los negros crímenes 
que llenan de horror al espíritu, ni sea azotado 
nunca por las fatídicas alas del infortunio y 
del dolor. 

Con ellas envío á mis hermanos, todo el 
■ afecto del corazón, y un nuevo testimonio de mi 
cariño para cada uno de mis inolvidables co- 
terráneos. 



8. 6. §. 



Caracas, marzo de 1904. 



LUCIA 



PRIMERA PARTE 



Un hogar virtuoso es un nido de alondras 
colgado en las ramas de un citiso en flor. 

Hay en él efluvios de vida y promesas de 
gloria. Irradia luz como la inocencia, y son- 
ríe como el candor. Tiene perfume, color y 
armonía, esas tres notas que sintetizan el 
universo físico y que esbozan la penumbra 
del universo moral. 

Hace tres cuartos de siglo existía en La 
Grita un bogar privilegiado. El ángel de 
la dicha lo cubría con sus alas: la fortuna le 



di pensó sus favores ; el talento, sus gracias; 
]a virtud, sus hechizos. 

Tres personas constituían aquel edén, que 
la serpiente del mal uo había asaltado. Los 
dos esposos empezaban á declinar en la pen- 
diente de la vida ; pero el cielo les había 
dado— como un apoyo para su descenso, 
como una sonrisa para su vejez, como una 
oropéndola para cantar en la tarde de sus 
días — el tesoro inestimable de una hija en- 
cantadora. Llamábase Lucía, y la dulzura de 
su nombre era como especie de crepúsculo 
que dejaba entrever la dulzura de su alma. 

El aura de quince primaveras le había be- 
sado la frente, y ostentaba — como una esta- 
tua de Fidias — toda la brillante esplendidez 
de la más fantástica hermosura. 

Su tez, más bieu que de nieve, parecía el 
pétalo de un botón de rosa dos mañanas an- 
tes de entreabrir ; sus cabellos, ensortijados 
y abundantes, eran negros como el ala del 
paují ; sus ojos, obscuros como una noche 
de Yernet ; torneado el cuello ; hermoso el 
talle, dulce la voz y penetrante como espada 
de fuego la lumbre cenital de sus pupilas. 
Como la naturaleza da fragancia á la flor, 
concentos armoniosos al ave, destellos á la 
mañana, instintos al corazón, le había dis- 
pensado el riquísimo tesoro de una cultura 
natural. Su viveza era un instinto ; su finura, 
un aroma. Divinidad le habrían dicho los 
pueblos idólatras ; Majestad la habría pro- 
clamado el alto orgullo de la aristocracia lis- 
boeña. 



— 9 — 

Lucía era el encanto de sus padres y el 
hechizo de su pueblo. 

Aunque empezaba á exhibirse en el teatro 
de la vida, ya había merecido que pidiese 
su mano un joven de altos méritos. 

Luis no era de La Grita. Xació en la 
Villa de El Eosario, y era miembro de una 
familia de claro abolengo, de afamada ri- 
queza, y que gozaba sobre todo, de singular 
estimación. 

Era delgado, blanco, de facciones finas, 
ojos muy negros, con el labio superior ape- 
nas sombreado por un ligero bozo, de edu- 
cación esmerada, chispeante talento y hábil 
en la ejecución del arpa. Tenía veintidós 
años. 

En el seno de su hogar estudiaba música 
y letras, bajo la dirección de un notable 
profesor ; pero lo débil de su organismo y la 
circunstancia de habérsele presentado sínto- 
mas de una lesión pulmonar, le obligaron 
á suspender sus estudios para consagrarse 
al comercio. 

Su familia quería que cambiase de clima 
para restaurar la salud ; pero él no se sentía 
con fuerzas para dejar el regazo materno, 
y creía perecer — como flor trasplantada— al 
encontrarse bajo otro cielo distinto de aquel 
que contempló desde la cuna cuando por vez 
primera dirigió hacia arriba la mirada va- 
cilante. 

Con todo, no pudo sostener su resolución. 
Las constituciones débiles son de suyo im- 
presionables. Como varían de formas las nu- 



IO 

bes enrarecidas de uua tarde de verano, 
presenta de ensueños febriles la fantasía que 
devora una complexión enferma. 

Luis estaba sin duda impresionado. Temía 
las consecuencias de su mal, á cuyo impulso 
creía á veces ver derrocado el castillo de sus 
ilusiones de oro y sus esperanzas de violeta. 

Una tarde tuvo deseos de leer. Aún esta- 
ban para ese tiempo en el pináculo de su 
gloria los versos de Arriaza. El joven tomó 
el volumen predilecto, y sentado en el jardín 
al pié de un cocotero, en el momento en que 
el sol se había hundido en el ocaso y el 
cielo exhibía todo el lujo de su magnifi- 
cencia y las aves todo el primor desús gar- 
gautas, abrió el libro y empezó á leer la 
hermosa composición « El llanto de una ma- 
dre.» 

Su alma - bebió allí ternezas como gotas 
de rocío el aura de la mañana. Aquellos 
versos destilaron en su corazón algo como 
ese líquido que absorbían las plañideras au- 
tiguas para despertarse el sentimiento con 
que iban á llorar sobre el cadáver de aii 
muerto ilustre. 

Su mente se sumergió en pensamientos 
luctuosos, y cuando volvió en sí, la noche 
había desplegado sus alas de cuervo y la 
aureola de la luna-llena empezaba á emer- 
ger como un iris de esperanza tras las obs- 
curas cimas de las montañas del Oriente. 

Contra su costumbre ordinaria, esa noche 
no salió á reunirse con sus amigos. Estuvo 
delirante, nervioso, pensativo. 



II 



Él venía, hacía algún tiempo, absorto en 
la contemplación del porvenir. Veía nublado 
el horizonte del mañana: lo afligían su en- 
fermedad y los quebrantos frecuentes de su 
querida madre. 

Además, de una organización eminente- 
mente tierna y afectiva como era, soñaba en 
el amor: sentía dentro del pecho un corazón 
nacido para amar, y quería trasfundirlo en 
el seno de otro ser; dilatarlo entre las fibras 
de otro corazón cuyos efluvios viniesen á 
calmar la delirante sed de sus anhelos. 

Bajo tales impresiones, se retiró á su al- 
coba. 

Esa noche tuvo un ensueño que lo conmo- 
vió hondamente. 

Creyóse trasportado á un pueblo extraño, 
en el cual se veía á sí mismo, al lado de 
una mujer encantadora que lo estrechaba 
dulcemente entre sus brazos. 

Era aquélla una especie de ángel, cuyas 
facciones en vano se esforzaría por trasladar 
al lienzo el más delicado pincel : un sueño 
de ventura, uua creación de artista, una 
idealidad singular, amable como la dicha, 
seductora como el placer y casi imposible 
como los delirios de la imaginación. 

En aquella faz divina parecían haberse 
dado cita toda la hermosura de las flores, todos 
los encantos de la inocencia, todas las son- 
risas de la niñez. 

Él se sentía de rodillas en el altar del 
alma, ante aquella célica imagen que lo es- 
trechaba con inefable amor y lo llamaba 



12 

con dulcísima voz, adorado compañero de la 
existencia. 

Al rededor de ellos, veía mucha geute: 
fisonomías extrañas, pero amables, en todas 
las cuales resplandecía cierta íntima satis- 
facción de contemplar la bienhadada pareja. 

El, por su parte, se sentía feliz. Pero 
de pronto, aquel placer se trueca en dolor. 

A la profusión de luces habían sucedido ti- 
nieblas. Un ruido sordo y medroso se oía 
por todas partes. La casa en donde estaba 
se veía en ruinas. Las gentes temblaban de 
terror. Oíanse gritos agudos, aves dolorosos, 
imprecaciones horribles, rezos, palabras en- 
trecortadas 

Poco á poco, una polvareda inmensa que 
flotaba en el aire, se fué disipando, y en- 
tonces pudo ver que estaba bajo unos ár- 
boles, rodeado de cadáveres, de heridos, de 
contusos, y al lado de la que hacía un mo- 
mento le había hecho entrever el cielo de la 
felicidad. 

La linda joven estaba muerta, al pié de 
un jazmín florecido, tendida horizontalmente. 
Vestía un traje blanco, y tenía un ramo de 
azucenas en una mano, y algo como una 
mariposa negra posada en el lado del co- 
razón. Los rayos de la luna, pasando por 
entre los azahares del jazmín, caían perfu- 
mados y esplendorosos sobre aquel cadáver, 
que más parecía un ángel dormido. 

Al redor todo era luctuoso: cerca pasaban 
personajes extraños, como fantasmas de las 
tinieblas; se oían voces ininteligibles y tre- 



I 3 



niolantes, y todo hacía creer que aquel lugar 
era uno de los espantosos círculos del In- 
fierno de Dante. 

Cuando despertó, estaba llorando. No pudo 
volver á dormir, y al día siguiente estuvo 
triste y pensativo. 

í Qué indicaba aquel sueño % No pudo des- 
cifrarlo. Quiso decírselo á su madre; pero 
temió las consecuencias. El corazón tiene sus 
debilidades. Un presentimiento triste des- 
truye su savia con más fuerza que la tem- 
pestad de un gran dolor. Pueden venir sobre 
él los procelosos días del infortunio; no im- 
porta: él resistirá. Pero ¡ ay ! si á su tran- 
quilo cielo llega la nube sombría de una 
impresión luctuosa; ese gigante se avasallará 
como un pigmeo; ese atleta espirará como el 
más vil infusorio. 

Guardó en silencio su desoladora visión y 
pero no pudo ocultar la inquietud que le 
causó. Sus amigos lo uotaban intranquilo, 
pesaroso, como abrumado bajo el peso de 
una gran pena. 

Pasados algunos días, cayó en cama. Una 
ligera fiebre empezó á devorar su constitu- 
ción. Pero su estado moral era aún más alar- 
mante. El médico se afanaba en vano com- 
batiendo aquella indisposición cuyos resul- 
tados no podía determinar. 

Había en la casa una anciana que ayudó 
á criar á Luis, á la cual éste profesaba 
intenso cariño y distinguía con el nombre de 
Señora Inés. Era un pozo de bondad aquella 
Señora. El airarse no era suyo; la altivez. 



— 14 — 

no halló nunca palabras en sus labios. Vivía 
para sus Señores, y la voluntad de ellos era 
la suya. 

Esta anciana recibía constantemente con- 
fidencias íntimas de Luis, y fué ella en esta 
ocasión, la que supo las tristezas de su alma. 
El joven le confió varios secretos en la creen- 
cia de que iba á morir, y ella al punto los 
llevó á conocimiento de la madre de él. 

La Señora se alarmó. Mi hijo no aguarda 
sino la muerte, decía, y cuando la esperanza 
de vivir se pierde, la persona va camino de 
la tumba. 

Llamó al médico y consultó el caso. Este 
ordenó que le trasladaran á otro pueblo por 
vía de temperamento, en la confianza de que 
bajo otro clima y con las variadas emociones 
del viaje, podría distraer su espíritu, cuyo 
abatimiento era quizá el principal estímulo 
de la enfermedad. 

La Señora accedió á sus ideas y dispuso 
la partida del joven. 

Ella tenía un pariente muy cercano en esta 
ciudad: el Cura. ¿Dónde podría estar me- 
jor su hijo'? Gozando de la bondad de un 
clima paradisíaco, en un pueblo de costum- 
bres patriarcales y al lado de un anciano 
sacerdote en cuya frente centelleaba la au- 
reola de la virtud, y cuyo corazón, panal del 
Hibla, era un fondo de bondad. 

ísTo hubo obstáculo para este viaje, y poco 
tiempo después, Luis partía para La Grita, 
acompañado de la buena anciana, que era su 



— i5 — 

segunda madre desde el instante en que bro- 
tó á sus ojos la primera lágrima de la vida. 

Su tío le recibió con efusión de cariño. El 
Padre Fernando, como se llamaba general- 
mente á este anciano sacerdote, era una 
especie de ángel con figura humana. Había 
nacido para el altar, como el pez para el 
agua, ó la mariposa para el verjel. La dul- 
zura de su carácter no tenía igual. Era 
manso como una gacela y generoso y provi- 
dente y paternal. Sus costumbres eran las 
de un Santo. En su mente jamás aleteó el 
cuervo de los pensamientos sombríos, ni ani- 
dó en su corazón la serpiente del mal. Su 
misma voz daba idea de su bondad: tenía 
el timbre de una campanita de oro tañi- 
da en el santuario de un templo. 

Eran sus ojos luz; su frente, candor. Ha- 
blaba para seducir, y seducía para encami- 
nar por la senda de flores de la virtud. 

En sus labios brillaba siempre el fulgor 
de una sonrisa, que era como cadena de 
oro para atar los corazones. Siempre me lo 
he figurado con los rasgos del Cara de Ar- 
<3e, ó los lincamientos del Obispo de Beley. 

Era blanco, pequeño, de proporcionada 
gordura, faz redonda, mirada viva y cin- 
tilante. 

Su saber debía de ser no común: aún 
conservo una obra suya, y tiene al mar- 
gen comentarios escritos en fácil y elegante 
latín. 

Vivía en donde hoy llamamos «El Llano». 
Junto á la Capilla déla Cruz estaba su casa, 



— lo- 
que parecía el kiosco de un poeta elegan- 
te. Cuatro hermosos corredores encerraban 
un extenso patio cubierto de variadas flo- 
res, en donde sesteaban numerosos pájaros 
y aves silvestres que su paciencia había sa- 
bido domesticar. El ante-patio estaba vesti- 
do de árboles frutales. Manzanas que pare- 
cían, esmeraldas, unas; fresas, otras: duraz- 
nos, amarillos como un limón maduro; mem- 
brillos, y otras varias frutas pendían de 
aquellos árboles que se creyera nacidos en la 
tierra de promisión. 

Las mañanas allí eran un encanto. Jamás 
orquesta alguna entonó más dulces notas, 
ni despertó en el alma más sentidas frui- 
ciones. Por las tardes, á las bellezas del 
paisaje agreste, se unían los atractivos de una 
reunión social, pues era ése el sitio elegido por 
las familias para pasar las últimas horas 
del día, en la expansión de la amistad y 
en el deliquio indecible de una conversa- 
ción amena y deleitosa. 

Allí llegó Luis, á ser partícipe de esa plá- 
cida vida. 

Desde su arribo, las impresiones que ex- 
perimentó fueron las más gratas. En nada 
extrañó el amoroso nido donde se meció su 
cuna, el cielo azul que decoró sus mañanas, 
los amigos de su juventud, los cuidados de 
su familia y las costumbres de su casa. 

Su tío le abrió los brazos, y lo recomen- 
dó á la numerosa servidumbre, que de allí 
en adelante le dispensó respeto y cariño con 
la más sincera espontaneidad. 



i7 



Llegado el próximo domingo, tuvo oca- 
sión de relacionarse con lo más selecto de 
la ciudad. A las cuatro de la tarde empe- 
zaron á llegar familias á la casa del Cura, y 
poco después, se había establecido una ter- 
tulia tan animada como expansiva. Luis fué 
presentado á todos los circunstantes, en quie- 
nes causó desde luego grata impresión. La 
finura de sus modales, lo correcto de su 
conversación y lo gallardo de su aspecto no 
podían menos que atraerle simpatías. Pero 
más tarde, cuando á exigencias de su tío tomó 
el arpa y empezó á pulsar aquellas cuerdas 
de retemplado acero, todas las miradas se 
fijaron en él, y en todos los corazones tu- 
vo una fibra destinada á tributarle los ho- 
menajes de la admiración. 

Esa noche durmió tranquilo. Olvidó las 
brumas que cruzaban por su mente, y en 
su espíritu sintió renacer los ideales de la 
vida, los ensueños de la juventud y las es- 
peranzas fascinadoras que había visto mar- 
chitarse en el árido desierto de sus pasa- 
dos infortunios. 

Pequenez del corazón humano ! En los 
días de su prosperidad, el solo eco de un 
gemido basta á llenarlo de dolor; y en sus 
horas de infortunio, á veces una palabra 
es suficiente para disiparle los nublos de su 
pena. 

En el escenario de la vida^o hay mis- 
terio más grande que él. La inteligencia es 
impotente para estudiarlo; la filosofía, in- 
capaz de traducirlo. El se eleva por sobre 



— 18 — 

todo concepto abstracto y se oculta á toda 
mirada intelectual. El es el centro de las 
grandes acciones y el creador de las más 
sublimes ideas. El se dilata hasta los senos 
de lo infinito, y se concentra hasta redu- 
cirse al punto que esquiva la visión. Pa- 
ra él no hay conceptos opuestos: reúne la 
luz con las sombras, la verdad con el error, 
la ternura con la crueldad, el crimen con 
el bien. Tamerlán levanta pirámides de crá- 
neos humanos, y llora al ver agonizante 
su caballo. Marco Antonio deslumhra con 
el brillo de su espada, y se rinde ante la- 
mujer á quien su denuedo impulsa á cas- 
tigar. Bonaparte hace temblar á las nacio- 
nes con su voz, cubre de cadáveres el sue- 
lo de un Continente, y una noche hace 
fuerza en su escritorio para impedir que 
una mosquita perezca en la llama de su 
quinqué. Almas de oro ha habido que han 
envenenado la tierra con el hálito de sus 
doctrinas. Inteligencias que fueron cascada 
de luz han llevado la sombra á la con- 
ciencia humana. Pechos que no palpitaron 
sino á impulso de la virtud, han abierto 
su sagrado recinto para anidar al crimen. 

La ciencia humana continuará rasgando 
el velo de los arcanos físicos; la filosofía 
seguirá penetrando en las idealidades de la 
mente; la luz llegará á convertir los domi- 
nios del hombre en un día de inextinguible 
claridad; pero en el cielo esplendoroso de 
ese día, como un planeta obscuro en el 
espacio, como una mancha negra en el dis- 



— i 9 — 

co solar, como una nube sombría cernién- 
dose en la atmósfera, aparecerá el corazón 
humano con sus abismos impenetrables y sus 
misterios indefinibles. 

La medicina no había podido llevar un 
resplandor á la morbosa mente de Luis; 
y he aquí que un cambio de escenario, 
una mirada fascinante, una voz argentina, 
una palabra dulce cicatrizan su lesión or- 
gánica, le hacen olvidar sus penas, lo le- 
vantan del fondo de sus pesares y le abren 
un horizonte de alborozados deliquios y 
sonrientes promesas. 

En toda la noche la imaginación de Luis 
estuvo concentrada en unos ojos negros co- 
mo la endrina, vivos como el fuego y ar- 
dientes como el placer, que le dejaron esa 
tarde deslumhrado. 

Apenas clareó el día, se levantó á gozar 
del frescor de la mañana y de las bellezas 
del jardín. Y estaba allí todavía, deleitado 
con aquella mañana campestre en medio de 
la ciudad, cuando oyó la voz de su tío que 
le dijo: hoy es trece de diciembre, cum- 
pleaños del natalicio de una ahijada á quien 
estimo con filial predilección. Ensaya en el 
arpa algo digno de ofrendarlo en sus rejas 
esta noche, pues debo ir á cumplimen- 
tarla. 

Luis quedó como electrizado, y apenas si 
pudo responder. 

El sacerdote se fué para la Iglesia á cele- 
brar la fiesta del día, y cuando regresó á 
horas de almuerzo, presentó á su sobrino los 



compañeros de orquesta para la felicitación 
de esa noche : dos flautas, dos guitarras y 
un violoncelo. 

En todo el día prepararon el orden de la 
serenata, que debían llevar al sonar las 
nueve de esa noche; y alas ocho, el sacer- 
dote se fué en traje de visita para esperar 
allí el obsequio que él mismo iba á pre- 
sentar. 

Las noches de diciembre son encantado- 
ras en mi pueblo, y ésta lo era con espe- 
cialidad. Ostentaba el cielo su pabellón azul 
de mar, tachonado por innumerables estre- 
llas, que más parecían polvos de oro que 
gigantescos luminares. No había luna; pero 
Júpiter, en su mayor cercanía á la tierra, 
se exhibía con un tamaño igual á la octava 
parte del astro de las noches, y despedía 
una luz argentada y apacible que alumbra- 
ba perfectamente la ciudad. De las monta- 
ñas del Este venía un airecito frío y oloro- 
so á páramo, que confortaba y difuudía do- 
quiera el aroma del helécho y del romero. 

Todo ello inspiró á la improvisada or- 
questa, que, al pie de las ventanas de Lu- 
cía, rompió su obsequio con una dulcísi- 
ma canción: «Los ojos de mi ainada». Siguió 
un vals, en que aquella arpa produjo al- 
go de los nocturnos de Chopín y de las 
overturas de Auber; no-se-qué sublime que 
tenía de sinfonías de Bethoven, de cantos 
de aves, de murmurios de fuentes, de sus- 
piros del céfiro, y todo ello saturado con el 
perfume del corazón. 



21 

Al terminar este desborde de armonías, 
la ventana se abrió para dar campo á la au- 
rora que, personificada en Lucía, invi- 
taba á los circunstantes á pasar á la sala. 

Luis quedó extático; á impulsos de sus 
compañeros entró, pero casi fuera de sí. 

El sospechaba que la ahijada de su tío, 
era la joven cuyos ojos le tenían domina- 
do desde el día anterior; pero no vino á 
convencerse hasta ese instante supremo, en 
el cual quedó deslumbrado como en presen- 
cia del sol. 

Los padres de Lucía le recibieron con 
particular atencióu: estaba ya asaz reco- 
mendado, y personalmente había desperta- 
do en ellos especiales simpatías. 

Los instantes allí se le pasaron sin saber- 
lo. Ejecutó varias piezas, en las cuales puso 
pedazos del alma. Su mismo tío estaba sor- 
prendido, y tan gallarda inspiración no pu- 
do atribuirla sino á algo que pronto adi- 
vinó en las miradas de Luis. Era ya maes- 
tro en descifrar esos misterios, pues cono- 
cía tantas historias en sus análisis de la 
conciencia ! 

Lucía también cantó esa noche. Su voz 
parecía una hebra de cristal tañida con una 
punta de marfil. Ai cantar, aquella boca 
diminuta y bella, semejaba un botón de rosa 
que comienza á abrir; y aquella garganta, 
torneada y tersa, parecía como de una esta- 
tua griega, de esas que los artistas modela- 
ron viendo en su mente á Juno y á Miner- 



va, á las ondinas del mar, y á las nereidas 
de los bosques. 

Cuando llegó la hora de despedirse la con- 
currencia, Lucía tuvo que disimular las pro- 
fundas emociones de que era presa su cora- 
zón. Por vez primera había sentido una 
impresión extraña, que dormía en su orga- 
nismo como duerme la nota en las cuerdas 
de la lira, el canto en la garganta del ave, 
el fruto en el ovario de la flor. 

Magnolia que entreabría en los verjeles 
de la vida, aún ignoraba que el favonio 
llegaría á besar sus pétalos y á beber las on- 
das de su perfume; fuentecilla recatada, na- 
cida en el fondo del hogar, aún no sabía que 
en sus cristales debían retratarse los astros 
del cielo y los ramajes del bosque. 

Esa noche, los ensueños del ángel fue- 
ron sustituidos por las visiones de Hebe. 
Los serafines que habían rodeado su lecho 
de mullido plumón, tomaron cuerpo huma- 
no y se le presentaron sonrientes de dicha 
y chispeantes de alborozo. Eva había des- 
pertado á la vida del Edéu. 

Luis por su parte, tuvo ensueños divinos. 
Telémaco, la primer noche de su estadía 
en la isla de Calipso, no durmió arrulla- 
do por más bellas fantasías. 

En la primera carta que escribió á su 
madre, la hizo partícipe de sus célicas frui- 
ciones. Aquella pluma vibraba al trasladar 
al papel recuerdos que no podía sugerir la 
mente sin que el fluido nervioso hiciese 
conmover el organismo. 



— 2 3 — 

Pasaron algunos días. Las familias todas 
se preparaban para una época de verdade- 
ro alborozo. 

El mes de diciembre entre nosotros tie- 
ne todos los atractivos de un veraneo para 
los reyes. La naturaleza se exhibe en él, 
ubérrima de gracias y pródiga en dones. 
Ríen los días como en la serena Italia, y 
se ocultan luego para dar paso á noches 
como las espléndidas noches orientales. Los 
campos se visten de flores, las fuentes de 
espumas. Embriagan las auras con sus per- 
fumes*^ los pájaros cautivan con sus can- 
ciones. Y luego, inocentes costumbres que 
nos legó España, vienen á sustraer el es- 
píritu de las monótonas faenas de la vida 
para trasportarlo á las esplendorosas ma- 
ñanas paradisíacas, donde todo era rumo- 
res de inocencia, palpitaciones de dicha, 
arrobamientos de amor. 

Y el pueblo se esfuerza por representar 
á nuestros ojos las ternuras del idilio de 
Belén. Y de nuevo aparecen los profetas 
haciendo sus misteriosos vaticinios, y el 
Bautista vuelve á predicar en el desierto 
de Betania, y los sacros esposos parten de 
Nazareth á inscribirse en el molesto padrón 
y á pagar el tributo al César con el man- 
so buey que llevan por delante, y nace el 
Salvador en el establo, oyen los pastores el 
« Gloria in excelsis Deo, » surge la estrella 
que conduce por las espléndidas noches 
asiáticas á los magos del Oriente, Herodes 
expide su criminal decreto, llora Rama 



— 24 — 

por esos hijos que ya no existen, huye á 
Egipto el Bedentor del mundo y las pal- 
mas se inclinan á su paso, y el iris aureola 
su frente y á su presencia caen los ídolos del 
templo de Dagón. 

Costumbres sencillas y herniosas, que no 
morirán, porque ellas presiden los dulces 
idilios de nuestra infancia y contornean con 
lujo de colores el cromo que inmortaliza las 
empresas de la niñez. 

Llegó el 24 de Diciembre. 

k La noche de navidad 
No hay ni una flor que se cierre, 
Para indicar á los hombres 
Que esa noche no se duerme. » 

Así cantaban nuestros viejos jaraneros, 
cuando al comenzar la noche de navidad 
recorrían las calles en festivo paseo filar- 
mónico con sus tradicionales instrumentos: 
el triángulo, la chirimía, la zambomba y 
la carraca. 

Y en verdad, en nuestros pueblos esa no- 
che pocos duermen. Primero hay tertulias 
en casi todos los salones de familia; á las 
diez, las campanas convocan al templo á la 
generalidad de las personas, y cuando los 
gallos, con su incesante cantar, anuncian 
el advenimiento de la Pascua, los comedo- 
res exhiben, ebrias de apetitoso olor, las 
memorables hallacas, que el Dios Pachaca- 
mac enseñó un día á hacer á los aboríge- 
nes americanos. 



25 



La casa de Lucía fué esa noche un cen- 
tro de tertulia, y allí estuvo Luis con su 
acostumbrada jovialidad, su chispeante in- 
genio y sus cultísimas maneras. En la re- 
presentación de una charada, tuvo oportu- 
nidad de decir á Lucía cosas que le man- 
daba el corazón, y de llevarla en los brazos 
por cinco minutos al bailar una polk que 
le pareció tocada por los genios en los ca- 
leidoscópicos palacios de Abdallah. Y esa 
noche tuvo ocasión de convencerse de que 
la olímpica semidiosa le miraba con algo 
más que la admiración que se tributa á los 
merecimientos de un joven artista. Conoció 
que le amaba. 

Su felicidad crecía por momentos. Lucía 
era para él una hada, una aparición fan- 
tástica, un espíritu celeste. La creía la 
personificación de la aurora, la virgen de 
la tarde, ó algo que no se dignaría fijar 
sus miradas en los hombres y que tal vez 
desaparecería de un momento á otro de la 
terrena morada sin dejar más que el re- 
cuerdo de su belleza en las mentes y la 
locura del apasionamiento en los corazones. 
Pero ya la había visto corresponder á sus 
caricias, y se creía por ello divinizado, 
suspendido por misterioso influjo á la ca- 
tegoría de los genios, entre los cuales su 
amada debía ocupar un puesto superior. 

Su corazón estaba distendido hasta to- 
car las regiones de lo suprasensible. Se 
sentía dilatado hasta la grandeza de la dei- 
ficación. Yeía pequeño el mundo ; insensi- 



— 20 — 

bles, sus espinas ; falsas, sus torturas ; fic- 
ticias, sus peuas ; mentidos, sus pesares. En 
su mente se había regenerado la existen- 
cia 5 para él había vuelto el día de las nup- 
cias de Adán. Era feliz. 

Dos sentimientos hay que engrandecen al 
hombre de maravillosa manera : la fé y el 
amor. 

Aquélla dilata en lo infinito ; éste eleva 
por sobre los punzadores abrojos de la tor- 
mentosa realidad. Aquélla da alas para 
subir á ese deliquio sublime que se ape- 
llida santidad ; éste da impulso para as- 
cender á ese goce inaccesible que se llama 
dicha. 

Pero el amor, como las mariposas de la 
pradera, tiene diferentes aspectos. Si ha 
nacido en pechos crapulosos y bajos, sus 
alas son negras como las de los coleópte- 
ros que surgen de los fangales ; si brota 
de un alma noble y digna, sus alas son 
de oro, como las de los insectos que emer- 
gen del cáliz de las flores. 

Luis amaba, pero como aman los astros, 
con cintilaciones de luz ; como ama el iris 
á las nubes, para coronarlas con su escarapela 
de colores. 

Los sentimientos de Luis, como la llama 
del hachón, siempre se dirigían arriba. Que- 
ría ascender en todo paso ; rodar á la som- 
bra, nunca. Por éso se fijó en unos labios 
que vertían miel ; en unos ojos que refle- 
jaban el cielo ; en una frente que coronaba el 
honor. 



— 2 7 — 

Su pasión era ya tan marcada, que su 
tío se la leyó en la inquietud y en Ios- 
suspiros, en las divagaciones de la mente 
y en la inspiración con que hacía el elogio de 
las bellezas de Lucía. 

El anciano aceptaba con placer este pre- 
sunto enlace. Amaba á su ahijada con cé- 
lica dilección. Admiraba sus virtudes y 
talentos, se sentía místicamente hechizado 
por sus gracias y quería para ella un por- 
venir cargado de dones y sonriente de ven- 
tura. A la vez, desde que vio á su sobri- 
no, sintió por él entrañable afecto ; y ahora 
le admiraba, además, como artista, y le ren- 
día homenaje por las prendas de su bella 
alma. Verlos enlazados era ya para él 
una rubia ilusión. Quería abrirles las puer- 
tas de un hogar que él presentía feliz, y sobre 
el cual dispensaría la gracia de sus diarias 
bendiciones. 

Luis empezaba á traducirlo así ; pero se 
temía hablarle sobre el particular, porque 
no fuese á tacharlo de irreflexivo y vol- 
tario. Por éso creyó mejor callar por algún 
tiempo. 

Su pasión tuvo motivos para crecer en 
los días siguientes á aquella bienhadada no- 
che. 

En nuestro pueblo, como en muchos de- 
España y de América, se exhibe en cada 
casa la noche de navidad, un altar espe- 
cialísimo que aquí llamamos pesebre. Es la 
representación de Belén y sus cercanías en la 
noche que nació el Dios-Hombre. 



Allí se despliega todo el lujo de la fan- 
tasía y se exhiben caprichosamente todas 
las escenas que tuvieron relación con aquel 
suceso grandioso. 

Allí se ve la sublime gruta, en un ocul- 
to pliegue del monte Olivo ; la sagrada 
Familia, envuelta en reverberaciones de luz; 
-el buey del tributo al César y la borrica 
que cabalgaba la gentil doncella de ísTaza- 
reth ; los pastores betl emitas cargados de 
presentes para ofrendar al Rey de lo creado; 
los tres Magos, guiados al través de las 
campiñas asiáticas, por la estrella miste- 
riosa ; Herodes con su corte de eunucos y 
su serrallo de bellezas cautivas ; y rompien- 
do las leyes del sincronismo de la histo- 
ria, aparecen allí, Adán en sus treinta 
años, y Eva ostentando en su radiante her- 
mosura, el seductor atractivo de diez y 
seis primaveras ; las cataratas del abismo 
derramando sobre la tierra las aguas del 
diluvio, y el arca de Noé flotando sobre 
aquella desastrosa inundación ; Abraham 
descansando al pié de los sicómoros en el 
valle de Mambré ; Eebeca, rubia como las 
hebreas, pero chispeante de gracia como 
las espirituales andaluzas ; los israelitas cau- 
tivos, llorando al pié de los sauces babi- 
lónicos ; y Jepté degollando á su hija ; y 
Nabucodonosor rumiando en los bosques ; y 
los profetas de la antigua Ley, vertiendo 
tempestades unos ; lágrimas, otros ; y al 
lado de esas figuras que parecen la resu- 
rrección de la humanidad, las irrisiones de 



— 2 9 — 

la crítica y la hiél ele la murmuración ; 
Luis XIV de brazo con Semíramis ; los 
briosos generales de nuestros motines y 
asonadas con sus charreteras entre el bol- 
sillo y llevando .al cinto una espada de 
cartón ; abogados ilustres que piden á un 
Cura la traducción del Constans et perpe- 
tua voluntas; médicos notables haciendo la 
operación cesárea á un lesionado del pul- 
món ; astrónomos excelsos que observan con 
el telescopio el paso de Sirio por delante 
de la luna ; sublimes Castelares que pagan 
un discurso con un litro de Henessy, y 
periodistas inmortales que tienen tras de 
bastidores la ninfa Egeria que les escribe 
sus luminosos editoriales. Eso es, en sín- 
tesis, un pesebre: un recuerdo plástico de 
las narraciones bíblicas y una enseñanza 
gráfica para las generaciones presentes. 

Hay libertad absoluta para verlos, y por 
éso, las gentes entran en las casas sin tocar 
la puerta, y se declaran en visita aunque 
la sala esté sola. 

De tarde, cuando las faenas del día han 
concluido, las familias se reúnen y salen en 
grupo á visitarlos. 

Esos son los instantes queridos para los 
enamorados. Allí pueden ellos cruzar abra- 
sadoras miradas con las damas de su amor, 
y decirse apasionados idilios bajo alusión á 
los personajes del cuadro. 

Luis halló, pues, la anhelada ocasión, y 
supo aprovecharla. 

Esas tardes de diciembre corrieron para 



3° 



-él más dulces que los panales del Hibla, y 
más memorables que los cataclismos de la 
historia. 

En ellas dijo á su amada todo lo que sintió 
en el pecho, y recibió de ella con tras- 
portes de júbilo, declaraciones sublimes que 
guardó en redoma de oro en el fondo del 
alma. 

Ya no había duda : Luis y Lucía se ama- 
ban, y se amaban con la locura de la des- 
esperación. Se habían encontrado como la 
luz y la nube para formar el iris ; como 
la sangre y el nervio para formar el or- 
ganismo. Fuera de sí, ya no vivían sino 
el uno para el otro. Su porvenir estaba 
escrito en una palabra : unirse; sus únicas 
aspiraciones en otra : amarse. 

El mundo les había ocultado sus bellezas 
físicas ; y en cambio, el destino les había 
presentado otro universo ideal : el de los 
ensueños de la pasión. Allí vivían ya ellos, 
apoderados de su porvenir, uno en brazos 
del otro, estrechados como la liana al pino, 
y embebidos en las expansiones de la ter- 
nura y en los arrebatos del amor. 

Luis sólo tenía un pensamiento : Lucía. 
Su sueño no era sueño ; su vida no era 
vida. La imagen de Lucía se le presen- 
taba en los rayos de la luz, en el cáliz 
de las flores, en el canto de las aves. La 
veía en las páginas del libro, en las nu- 
bes de la tarde, en el azul de los cielos. 
Creía tenerla en las pupilas de los ojos, 



3i 



^n los pliegues del pensamiento, en las palpi- 
taciones del corazón. 

No tenía un instante de sosiego : Lucía 
llenaba todo su ser y le quitaba todo su 
tiempo. En vano podía desprenderse de 
.■aquella imageu querida, que le atraía como 
el polo á la aguja magnética, con una atrac- 
ción incesante é irresistible. 

Vinieron luego las mañanas de enero, 
y él halló nuevas ocasiones para continuar 
gozando de las frecuentes entrevistas con 
su amada. 

Los festejos tradicionales de la infancia 
del Salvador no terminan con el año. El 
primero de enero hay la costumbre de poner 
en pié al santo Niño, lo que motiva una 
serie de tertulias de rigurosa ordenanza. 

Las familias amigas concurren al lugar 
donde se va á celebrar la ceremonia. La se- 
ñora de la casa nombra varias padrinos, 
quienes toman las puntas de una especie 
ele chinchorrillo de seda, en el cual se co- 
loca el santo Infante ; y provisto cada con- 
tertulio de una vela encendida, continúan 
en procesión por las galerías de la casa, 
entre el rasguear de las guitarras, los can- 
tos de las niñas, zumbido de cohetes, fue- 
gos artificiales y grita y zambra y bullicio 
de todos. Retornados al pesebre, colocan 
en pié al Niño, y continúa un baile, ó por 
lo' menos, juegos de salón. Estas tertulias 
llenan los primeros días del mes, son siem- 
pre memorables, porque cuando no dejan 
matrimonios en proyecto producen esos amo- 



32 



res candentes que se endeuden como un 
relámpago, y así como él, desaparecen sin 
dejar más que uno como deslumbramien- 
to en los ojos y atonía de pasión extinta 
en el alma. 

Al fin llega el. seis de enero, y un 
nuevo espectáculo absorbe la atención ge- 
neral. Los Eeyes Magos vienen de Oriente, 
con sus vestidos fastuosos y sus diademas 
de oro. Es necesario, según las ritualidades 
de la Colonia, que pasen por un puente de 
cuerdas para llegar á presencia de Herodes j 
éste los recibe con inusitada pompa y les 
envía á visitar al Eey del mundo. En el 
camino se encuentran con un eremita que 
les anuncia grandes cosas. Presentan al Sal- 
vador sus ofrendas de oro, incienso y mirra \ 
la estrella los reconduce á su patria por otros 
caminos; el Tetrarca decreta el degüello de los 
inocentes ; la Sagrada Familia huye á Egip- 
to, y su fuga pone punto á las jaranas de no- 
che-buena. Terminan los pesebres, se acaban 
las tertulias y la lucha por la vida vuelve 
á absorber la agitación general. 

Luis apenas si despertaba de sus ensueños 
de dicha. El tiempo había volado para él con 
vertiginosa carrera, y hubiera deseado que 
nunca tuviesen fin aquellas horas dulcísimas 
que destilaron en su pecho delicias inefables 
de eterna recordación. 

Pero cuando ya comprendió que los días de 
diciembre habían volado, llenos de recuerdos 
y de promesas, y que con las tertulias de ene- 
ro se habían acabado las entrevistas diarias, 



— 33 — 

y que los hogares habían puesto de nuevo 
el muro infranqueable de su inviolabilidad, y 
las jóvenes habían vuelto á consagrarse á sus 
habituales faenas, no j)udo resistir á los im- 
pulsos del corazón, y una noche, acompaña- 
do de su tío, fué á pedir la mano de Lu- 
cía. No le fué negada. Los padres de ésta 
hubieran deseado no verla casada. Querían 
más tenerla como alondra libre que canta las 
mañanas del hogar feliz, que no abrumada 
bajo el peso de la vida conyugal. Pero ellos 
estaban ya para tocar con su bordón la losa 
del sepulcro, y en el presentimiento de que, 
á su muerte, su hija quedase sola en el mun- 
do, aprovecharon las ventajas que le presen- 
taba la mano de un joven digno, laborioso 
y honrado. 

Aquel hogar venturoso abrió sus puertas 
para Luis, y de allí en adelante lo consideró 
-como nuevo miembro déla familia. 

Las distinciones constantes de los genero- 
sos ancianos, fueron nuevo lazo para atraerle. 
Eecibía muestras de verdadero cariño, y se le 
colmaba de atenciones que abrumaban su 
modestia. Iba á la casa todas las tardes, y 
pasaba allí las primeras horas de la noche. 

A veces jugaba al ajedrez con Lucía; á ve- 
ces leían alguna obra literaria; cuándo canta- 
ban á dúo sabrosos bambucos colombianos ; 
cuándo gastaban el rato en animada y amena 
conversación. 

Una noche estaban profundamente embe- 
bidos en una partida de ajedrez. Lucía osten- 
taba un traje blanco, y sobre su hombro iz- 



34 



quiérelo y espaldas, brillaban las negras y 
ensortijadas guedejas de sus abundantes ca- 
bellos. 

Hacía rato que una mariposa de alas mus- 
gas se había posado sigilosamente sobre el pe- 
cho de la encantadora joven. Parecía un 
prendedor de azabache artísticamente labra- 
do. Al terminar una jugada, Luis levantó la 
vista y vio el animal ; dio un grito involun- 
tario ; Lucía se sorprendió, y con su movi- 
miento, el intruso coleóptero alzó vuelo y se 
ocultó entre el bombillo de una lámpara apa- 
gada que pendía encima de la mesa en que 
jugaban. 

Luis trató de disculpar su brusca exclama- 
ción ; pero algo como un temblor nervioso 
le sobrecogió y hubo de retirarse. 

Esa noche no durmió. Aquella mariposa 
negra le tuvo hondamente impresionado. 
Recordó su visión, la tarde que se quedó pro- 
fundamente dormido al pié del cocotero. Los 
rasgos de aquella imagen divina eran los 
mismos de Lucía ; estaba vestida de blanco 
y tenía también sobre el pecho algo que aho- 
ra conoce haber sido una mariposa negra. 

% Qué indicaba todo aquello? ¿Era algún 
augurio funesto? ¿Alguna mano oculta iba 
prediciéndole bajo obscuros enigmas su por- 
venir? 

No lo sabía. 

¡ Los sueños ! ¿ Indicarán la verdad ? ¿ Se- 
rán el resultado de una desrelación entre la 
inteligencia y el organismo ? 

Cuando el cuerpo duerme, el espíritu ve- 



35 



la, dijo Hipócrates. $ Será entonces cuando 
entra en relación con los seres superiores y 
recibe las revelaciones de lo porvenir ! 

La Historia prueba que muchos sueños 
tuvieron un exacto cumplimiento. En sueños 
vio Jacob la escala misteriosa y oyó la voz 
que le prometía la tierra de Canaan ; lo cual 
fué realizado. El sueño de José tuvo cum- 
plimiento con su exaltación en la Corte de 
Egipto. Los sueños de Faraón se verificaron. 
Hécuba soñó dar á luz una antorcha en- 
cendida que abrasaba á Troya, y le nació un 
hijo que fué causa para que los Griegos la 
redujeran á cenizas. Soñó Astiages que del 
vientre de su hija brotaba una lozana y fe- 
cunda vid, y á poco dio á luz á Ciro, glo- 
ria y esplendor de Persia. Calpurnia vio en 
sueños á su marido acribillado de heridas y 
espirante en sus brazos, y al siguiente día 
César cae frente á la estatua de Pompeyo al 
golpe de los conjurados. Olimpia soñó que 
Filipo le había puesto en el vientre un sello 
con la efigie de un león, y le nació Alejan- 
dro. Enrique de Navarra vio una noche 
mientras dormía un arco-iris sobre su cabeza: 
al día siguiente cayó atravesado por el pu- 
ñal de Ravaillac. La víspera de Waterloo Bo- 
naparte vio en sueños un gato negro que 
corría asustado por entre el ejército : su de- 
rrota en aquel campo memorable indica la 
solución del fatal augurio. 

Yo vi en sueños á Lucía antes de cono- 
cerla : tenía sobre el pecho, como esta no- 
che, una mariposa negra. % Qué indica ello ? 



36 



¿ Luto ? | Prosperidad ? Xo lo sé : y no me 
afano por descifrarlo. 

Seré buen esposo ; amaré entrañablemen- 
te á la hermosa compañera de mis días ; 
fundaremos un hogar donde el honor impere y 
la virtud perfume, y no he de temer las con- 
secuencias. 

Si algún accidente inesperado siembra en- 
tre nosotros el dolor, ello no será un miste- 
rio. La vida es un sudario de lágrimas. Xo 
hay placer sin dolor, como no hay rosa sin 
espinas. 

Los ojos son hechos para ver ; pero tam- 
bién hay en ellos una organización propia 
para el llanto. 

Sí ; mi ensueño no fué sino producto de 
las emociones que experimenté esa tarde. Mi 
visión tenía semejanza con Lucía, porque to- 
do lo hermoso se parece. La mariposa ne- 
gra es un accidente natural : se posó en el pe- 
cho de ella, porque lo creyó una rosa blanca, 
perfumada y bella como las que se mecen en 
los jardines. 

Con estas reflexiones se tranquilizó y pu- 
do dormir. 

Amaneció un tanto repuesto de su pena. 
Con todo, quiso conocer, sobre el particular, 
la opinión de una gran confidente suya. 

He dicho que cuando partió de El Rosario, 
se vino acompañándole la anciana Inés, 
á quien él profesaba especial cariño y res- 
peto profundo. 

Después del desayuno, la llamó á su cuar- 



37 



to, y en confidencia privada, tuvieron este 
diálogo : 

— ¿ Se ha fijado usted, señora Inés, en aque- 
lla joven que es ahijada de mi tío? 

— En cuál, ¿ en la niña Lucía ? 

— Sí, en ella. 

— Ah ! cómo es éso. La quiero como á una 
hija, y ella me aprecia de igual modo. Este 
pañuelito azul que llevo hoy, me lo regaló el 
día de año nuevo. 

— Con que la conoce mucho ; y bien ¿qué 
tal muchacha le parece? 

- -Un ángel, hijo. Yo juzgo que no ha de 
haber niña más bella ni más buena en el 
mundo. 

— ¿ Oree usted que Dios habrá de protegerla 
siempre ? 

— Y cómo no, si Dios protege la virtud en 
todas partes. Vea ahora mismo : parece que 
el cielo le ha dispensado toda clase de dones. 

— Pues bien : he pensado casarme con 
ella. 

— Bendiga Dios su elección. Pero bien, 
usted necesita pedir antes el permiso de su 
madre. 

— Ya lo tengo, y enviado con las mues- 
tras del mayor placer. 

— Pues entonces yo empezaré esta noche la 
novena del Patriarca, modelo de esposos, 
para que lo ilumine y lo guíe. 

— Se lo agradeceré en el alma, señora 
Inés. Y estudie mucho á Lucía, y dígame to- 
do lo que piense sobre ella. 

— Ya la tengo bien estudiada, y pienso 



- 38 - 

que en ella está todo lo bueno sin la menor 
sombra de mal. 

La señora Inés se retiró, y Luis quedó muy 
tranquilo. Para burlar los presentimientos de 
la mariposa, empezó á componer un vals. En 
la primera parte vertió feoda la tristeza que 
pudo hallar en su alma, para traducir así^ 
sus pasadas torturas ; y en la segunda, de- 
rramó todo el entusiasmo y la alegría que 
fueron capaces de expresar las cuerdas. Lo 
tituló « La Mariposa Negra » 

Esa noche lo tocó en casa de Lucía. Pa- 
recióle á ésta admirable, aunque tachó el 
título de romántico. 

El no quiso explicarle la causa de haber 
elegido ese nombre, y se lo dedicó como un 
presente del día. 

Hablaron esa noche sobre política. Los 
periódicos de Bogotá habían traído noticias 
importantes. En ellos se decía que el Perú 
había decretado un millón de pesos para el 
Libertador Bolívar, como recompensa á sus 
servicios, y una riquísima espada, como tri- 
buto ante los altares del genio de Colombia. 
También se hablaba de los recientes triunfos 
del ejército libertador, y de que pronto los 
Españoles habrían sido expulsados del últi- 
mo lugar que aún estaba en su poder: El 
Callao. 

En Venezuela hacía tres años que se go- 
zaba de completa paz. Desde la accióu de 
Padilla en el lago de Maracaibo y la toma de- 
Puerto Cabello por Páez, el País había que- 
dado en calma. Los horrores de la pasada 



— 39 — 

guerra habían terminado, y la agricultura y 
la industria renacían como el fénix de sus 
propias cenizas. 

Es cierto que La Grita había sufrido po- 
co desde el año de 1814 : por éso el pueblo 
sentía palpitar en sus venas el fluido de la 
vida social : los campos estaban vestidos de 
sembrados y las trojes llenas de granos. 

Sobre todo ésto giró la conversación esa 
noche, y á las nueve, Luis se despidió como 
de costumbre. 

Se levantó tarde al día siguiente, y se fué 
á caminar. 

Lourdes llamamos hoy el paseo que para 
ese tiempo se llamaba La Meseta. Es una co- 
lina de poca altura, en la cual se ha ostenta- 
do siempre una Capilla, desde cuyo atrio se 
divisa perfectamente toda la ciudad con sus 
campos más cercanos. Allí acostumbraba ir 
constantemente él, y allí fué á gozar por al- 
gunos instantes del aire fresco y embalsama- 
do de la mañana á que me refiero. 

Cuando regresó á la casa, encontró una no- 
vedad por demás placentera. Hacía dos ho- 
ras había llegado un peón trayéndole cartas 
de su madre y un hermoso regalo: un perrito. 
Luis quedó encantado cuando vio el animal. 
Era blanco como un nevado corderillo, excepto 
las extremidades dé las orejas y la cola, que 
eran negras. Se llamaba Brillante, y hacía 
mil piruetas que la madre de Luis le había 
enseñado. 

En las cartas, la buena señora le hablaba 



4° 



de muchas cosas tiernas, y le encargaba 
muchos cariños para su adorada Lucía. 

Luis no pudo resistir á las emociones que 
embargaron su espíritu, y quiso hacer par- 
tícipe de ellas á su amada. 

Encontró á Lucía sola. Hacía poco había 
salido del baño, y se ostentaba como nunca 
encantadora. 

Al verla, apenas si pudo saludarla : quedó 
deslumhrado como en presencia del sol. 

Ella le notó la turbación, le dio la mano 
y lo condujo á la sala. 

— Qué tienes, le decía : siento que tu cora- 
zón palpita con una inquietud abrumadora. 

— Xo es nada, balbuceó él : acababa de re- 
cibir impresiones gratísimas por un peón que 
me envió mamá; estaba pues, moral mente 
debilitado, y no pude resistir la fascinación 
de tu hermosura. 

— Déjate de requiebros de que no hay nece- 
sidad ; y veamos ¿de dónde hubiste ese lin- 
do perro ? 

— Es un regalo de mamá. Ye las cartas 
que me escribe. 

Lucía empezó á leer, y al llegar á las fra- 
ses referentes á ella, una ola de luz rosada co- 
rrió por su faz, y apareció por un instante 
como en una celestial transfiguración. 

En verdad, la madre de Luis tenía un 
altísimo concepto de Lucía, y hablaba de 
ella en términos lisonjeros por demás. 

Lucía le devolvió las cartas, y por algu- 
nos instantes, sus almas se transfundieron una 
en otra, atraídas por el influjo de la más ar- 



41 



dorosa pasión. Sus pechos desbordaban fue- 
go, y apenas podían resistir el golpe preci- 
pitado y sordo de sus apasionados corazones. 
Fué aquél un instante supremo, que vino á unir 
una vez más su vida y sus ideales, y en 
que, obsesionados por el ángel del amor, su- 
frieron el desvanecimiento de la gloria, y só- 
lo despertaron al sentir con rubor entre sus 
labios la eléctrica explosión de un beso. 

Luis se retiró, dejando en aquel perfu- 
mado recinto, un pedazo de su vida. 

Pasaron muchos días, en cada uno de los 
cuáles se repitieron frecuentes escenas de 
ternura y de pasión. 

Llegó el domingo de Pascua, y los jóvenes 
del pueblo promovieron un baile. 

No hubo obstáculo para realizarlo, y á las 
ocho de la noche, aquel salón fascinaba con 
la deslumbrante belleza de una docena de 
preciosas jóvenes. 

Lucía llamaba sobremodo la atención. Su 
vestido, su gracia, su conversación : todo 
deslumhraba en ella. Hablaba con los ojos, 
con las irradiaciones de su limpia tez, con 
las involuntarias contracciones de sus labios, 
con el flotar de sus vaporosos rizos. 

Durante tres horas, todas las miradas estu- 
vieron pendientes de su fisonomía. 

Al fin terminó la tertulia. La noche esta- 
ba serena ; el cielo, estrellado. De los pára- 
mos venía un airecillo perfumado, pero frío 
como la nieve. 

Todas las familias se retiraron á sus hoga- 



— 42 — 

res, y Luis acompañó á la de Lacia hasta la 
puerta de la casa. Allí se despidió. 

Durante el trayecto de la calle, Lucía lia 
bía experimentado una impresión desagra- 
dable en la vista. Sin embargo, no creyó 
aquéllo de mayor trascendencia, y se acostó 
sin hacerse ninguna aplicación. Durmió pro- 
fundamente, y no despertó sino al oír el bu- 
llicio de los sirvientes que trajinaban en la 
casa. 

La puerta del aposento tenía algunas hen- 
deduras por las cuales entraba luz • pero por 
más que observó, no pudo comprender que 
estuviese de día. Esperó algunos momentos: 
las vacas bramaban: su padre daba órdenes 
á los sirvientes : en el comedor se oía rui- 
do de platos. Al fin, se levantó, aunque to- 
davía hallaba su pieza en completa obscu- 
ridad, y cuál fué su sorpresa cuando — al 
abrir la puerta — no vio la claridad del día. 

Se pasó el pañuelo por los ojos j pero en 
vano buscaba la luz. 

Llamó á su madre y le refirió la no- 
vedad: ésta la condujo de la mano al corre- 
dor de la casa; pero inútilmente todo. Esta- 
ba ciega. 

Había perdido el uso de la visión. L"na 
noche perpetua le había envuelto los ojos en 
su densa obscuridad. 

Ya no vería más los esplendores del cielo ni 
las bellezas del día. La luz había huido 
de sus ojos, y, como los reptiles atrofiados que 
vegetan en el fondo de los fangales y caver- 



43 



uas ; estaba condenada á vivir en la negra 
noche de las tinieblas. 

Un mundo de amargura cayó sobre su 
frente, y al verse abandonada por el más 
bello de los primores que ostenta el universo, 
la luz, una grande y cristalina lágrima bri- 
lló en cada uno de sus párpados y rodó por 
sus mejillas como una centella de fuego. Eran 
las primeras que empezaban á brotar de 
aquellos ojos que aún no habían sentido el 
beso helado del dolor. 

Pronto se circuló la noticia de esta desgra- 
cia por todo el pueblo. Las familias acudie- 
ron á la casa, y partía el corazón ver pin- 
tado en todos los rostros el pesar que pro- 
ducía el infortunio de la hermosa joven. Tra- 
taban de consolarla, se esforzaban por ins- 
pirarle confianza en la reposición ; pero ella 
no daba valor á infundadas promesas. Su 
aflicción se sobreponía á todo. Nuevas y nue- 
vas lágrimas brotaban de sus ojos, y de cuán- 
do en cuándo, un ligero gemido salía tremo- 
lando de su temblorosa garganta. 

En las exterioridades de la vista, no se le 
notaba ningúu accidente extraño ; sólo que 
los ojos estaban aún más abrillantados, y tenía 
la pupila inmóvil y como un tanto variada de 
forma. 

Cuando Luis supo esta desgracia, sintió 
como una espina en el corazón. ¿Será mi 
destino la causa de este infortunio? se decía 
profundamente acongojado. Se encerró en la 
pieza y se dio por largo rato á dolorosas 
reflexiones. 



— 44 — 

Algunas horas después, fué á casa de Lu- 
cía. Hizo esfuerzo por permauecer iu muta- 
ble en su presencia. Le habló con gran sere- 
nidad de espíritu; la consoló en su enferme- 
dad; le prometió que á vuelta de pocos días 
estaría buena; le refirió curaciones de casos 
semejantes, y después de haber hecho uso 
por largo rato de los recursos de su elocuen- 
cia, se retiró á su casa bajo la más horrible 
pesadumbre. 

La enfermedad de Lucía le pareció incu- 
rable. No es un accidente natural, decía; es 
la obra de un destino adverso, de un hado 
cruel, de una mano funesta que va cubriendo 
de abrojos el sendero de mi vida. Hirié- 
rarne á mí, exclamaba, y no á este ángel 
inocente cuyo solo delito es llevar en el 
alma las irradiaciones de la virtud. Descarga- 
ra sobre mí el peso de sus iras, y no sobre 
esta flor encantadora que no ha cometido 
más falta que brillar un día en los verje- 
les de la hermosura, exhalando los per? li- 
mes de su modestia y su bondad. 

En estas reflexiones estaba, cuando se le 
acercó el auciano sacerdote, que venía á 
pulsarle el estado del alma. Le habló largo 
sobre la enfermedad de la joven, y todas 
sus palabras salían envueltas en el iris de 
consoladoras esperanzas. 

Esa enfermedad, decía, es un accidente 
explicable. Lucía es una especie de sensi- 
tiva, y como esta clase de flores, se re- 
siente al más ligero contacto. El aire de 
la noche, la impresión demasiado fuerte de 



— 45 — 

la luz, el excesivo ejercicio, ó cualquiera 
otra causa para iní desconocida, han po- 
dido determinarle esa instantánea pérdida 
■de la visión: pero no liemos de desesperar 
por su salud: con la gracia del cielo, la 
vista habrá de volverle. 

Ella es, sobre todo, muy joven; está en 
la fuerza de la robustez; pletórica de savia 
vital y de fluidos propulsores del desen- 
volvimiento. A esa edad las enfermedades 
ceden ; los impulsos del desarrollo orgánico, 
semejantes al poderoso empuje de la cre- 
ciente de un río, arrollan todo obstáculo 
que se opone al ejercicio de los órganos. 
Los jóvenes no deben desesperar por nada: 
es su privilegio tener fé y esperar; suyo 
es el porvenir; suyas las promesas de di- 
cha; suya la realización de sus aspiracio- 
nes. Muy otra fuera la esperanza de un 
anciano. Nosotros no tenemos más patri- 
monio que la ley de la degeneración. La 
naturaleza, al inclinar hacia el suelo la fren- 
te de los ancianos, ha querido mostrarnos 
la tumba, como único refugio que nos que- 
da sobre la tierra. 

Ten fé en mis palabras, y espera con 
ahinco la salud de tu prometida. Si no hoy, 
mañana, la enfermedad habrá de ceder. El 
árbol tierno que encorba el vendaval, re- 
cobra por impulso propio la posición pri- 
mitiva. 

Yo tengo, además, un poderoso medio 
para conseguir lo que deseo: la oración. 
Ante una plegaria, los cielos se abren, y des- 



- 4 6 - 

ciende en rayos de luz la bondad de Dios. 

Estas palabras cayeron en el alma de 
Luis como un dulcísimo lenitivo. Volvió 
la tranquilidad á su espíritu, y sintió re- 
nacer las esperanzas que ya creía perdidas 
para siempre. 

En tanto, Lucía continuaba sumida en 
el más profundo desconsuelo. Sus amigas le 
rodeaban el lecho y le dirigían palabras 
consoladoras; pero con los ojos húmedos 
de llanto, y el corazón, de pena. 

Así trascurrieron varias semanas: la vi- 
sión continuaba perdida y la frescura de 
la hermosa joven iba marchitándose como 
los pétalos de las azucenas cuando el sol 
declina. 

En los pueblos vecinos fué imposible con- 
seguir un médico que viniese á medici- 
narla. Las aplicaciones que le indicaban 
no surtían efecto, y todo parecía contribuir 
á la desgracia de la infortunada joven. 

Su buena madre pasaba los días sumi- 
da en la mayor desolación. Mis esperan- 
zas, decía, han muerto. La alondra que de- 
bía cantar las alboradas de mi vejez ha 
enmudecido. El ángel que consolaba mis 
penas ya no puede ver mis lágrimas para 
enjugarlas, ni oprimir con su mano mi 
frente para detener las contracciones ner- 
viosas de mis amargos pesares. Ah! hija 
del alma ! apagados esos ojos que eran mi 
luz, mi vida, mi felicidad,- sin brillo esos 
luceros de la mañana que traían á mi co- 
razón los rayos de la dicha ; eclipsados esos 



— 47 — 

soles cuyas miradas llevaban el día á mi 
conciencia y auroras de ventura á la tor- 
menta de mis infortunios Ah! me re- 
sisto á creerlo; me parece un engaño de 
los espíritus diabólicos; un sueño horrible 
producido en una hora de maligna suges- 
tión. Pero, oh dolor! tú no finges, hija 
mía : yo veo que las lágrimas humedecen 
tus parpados y contemplo en tu hermosa 
faz la melancólica expresión de las triste- 
zas del alma. Sí, hija mía, has perdido la 
visión; sobre tu frente ha descargado su 
férrea mano un destino cruel ; la desgracia 
te ha herido con toda la altivez de su furor, 
y te ha sepultado viva en la noche de las 
tinieblas, la más espantosa de las tumbas. 
Ciega, como el anciano Tobías, pasarás los 
años de tu existencia; ciega, como el des- 
graciado Edipo, habrás de cruzar los sen- 
deros de la vida. 

Oh! Dios mío! si mis debilidades han sido 
la causa de este infortunio, castigadme á 
mí, que soy la culpada; no á mi hija, 
inocente y buena. Haced que yo arrastre las 
cadenas que merecen mis faltas y devol- 
ved sus horas tranquilas y sus días de al- 
borozo á ese pedazo de mi existencia 

Así exclamaba constantemente la buena 
anciana; y luego se sumergía en un mar 
de lágrimas y en un abismo de abatimien- 
to y de dolor. 

Su x^esadumbre la aumentaba el decai- 
miento de Lucía. 

Esta casi no hablaba cuando había gen- 



- 4 8 - 

te en su cuarto; pero en su fisonomía se 
pintaba, con sus rasgos más vivos, la amar- 
gura del dolor. De momento en momento 
exhalaba un convulso y prolongado gemido; 
se comprimía con las manos el corazón; 
elevaba la faz al cielo como en tono su- 
plicante, y una lágrima cristalina brotaba 
entonces de sus ojos y rodaba á tierra so- 
bre el nevado terciopelo de sus mejillas. 

Cuando estaba sola, entonces su tristeza 
era mayor. Postrábase de rodillas y hacía 
á Dios ternísimas oraciones. Se le oía im- 
plorar el consuelo para sus queridos padres, 
y su propia resignación para sobrellevar el 
peso de su desgracia. Oraba por todos los 
que sufren en el lecho de los tormentos, 
por los que gimen en la obscuridad de las 
prisiones, por las madres que no tienen un 
pan para sus hijos, por las viudas desola- 
das, por los huérfanos inocentes. Sus pa- 
labras entonces eran dulces como la miel, y 
bellas como un rayo de esperanza; pero 
imploraba con tanta vehemencia, comuni- 
caba á sus expresiones tanto fuego, que caía 
en un paroxismo, con toda la demacrada 
palidez de un muerto. 

Por ésto, casi no la dejaban sola ; en 
su pieza siempre había alguno de la fa- 
milia, y por las" tardes concurrían allí los 
amigos de la casa para departir cordial- 
mente en el seno de la expansión. Luis 
pulsaba su armoniosa cítara, el Cura narra- 
ba episodios bíblicos y todos contribuían 
con la amenidad de su conversación á ha- 



49 



cer aquellos momentos de verdadero regocijo. 

Brillante era compañero inseparable de 
Lucía. Por la mañana le llegaba, lleván- 
dole en la boca una cestilla de frutas que 
con tal objeto le entregaba Luis. El perri- 
to no se equivocaba: salía apresuradamen- 
te; iba á casa de la joven, penetraba 
hasta su pieza y le entregaba el regalo con 
mil caricias y agasajos á los cuales ella 
correspondía con besarlo y darle un peda- 
zo de pan humedecido en su afecto. Allí 
pasaba con ella largas horas, y luego re- 
tornaba llevando á su amo un clavel ó un her- 
moso jazmín del Malabar. 

Varias amigas de Lucía la acompañaban 
por turnos. Para distraerla, le leían las me- 
jores obras que encontraban á la mano. 

Algunas de estas lecturas le sirvieron de 
distracción; pero otras no hicieron sino au- 
mentar sus motivos de llanto. 

Un día se hizo leer á Pablo y Virginia. 
Le habían recomendado esta obrita como 
de una belleza abrumadora, y quiso conocerla. 

Pasó un día celestial, es cierto; quedó 
encantada con aquellos episodios tan tier- 
nos como los que según las narraciones 
bíblicas se verificaron en las chozas patriar- 
cales ; pero cuando ya el dolor posó sus 
alas de cuervo en aquel hogar de bendi- 
ción; cuando ya la tempestad marina 
se tragó á la hermosa joven, y el mar 
arrojó sólo un cadáver frío á la orilla, los 
raudales de lágrimas brotaron á los ojos 
de Lucía, y sólo consoló por breve tiempo su 



— 5° — 

aflicción con la amargura de un nuevo dolor. 

Estas tortísimas impresiones le alteraron 
la salud. Las lágrimas le enrojecían los 
ojos y le debilitaban sobremanera. Se preo- 
cupaba profundamente con esas narracio- 
nes tristes, y visiones lúgubres y sombrías 
le alteraban la tranquilidad del sueño y le 
hacían despertar sobrecogida de terror. 

Por éso convinieron en no leerle en ade- 
lante sino obras morales, ó esas novel i tas- 
que divierten sin poner en juego las gran- 
des pasiones. 

Muchos días trascurrieron así. En aquel 
hogar no había un rayo de dicha, como 
en aquella joven no había un rayo de es- 
peranza. La casa permanecía silenciosa; los 
quehaceres estaban abandonados; los nego- 
cios, interrumpidos. 

Ya el jardín estaba despoblado, porque 
la jardinera no había vuelto con su cán- 
taro de agua á mañana y tarde; los du- 
razneros y membrillos no Aprecian, porque es- 
taban descuidados por el podador; los pá- 
jaros no venían á cantar, porque no tenían 
el atractivo de las frutas. 

La sala de familia estaba con sus cua- 
dros cubiertos de obscuras gazas ; en los 
corredores colgaban las arañas sus redes, 
y por doquiera se veía el desaliento que 
ya había empezado á abatir el corazón de 
los moradores de aquella casa. 

En ésto, varias cartas de Maracaibo anun- 
ciaron la venida del Doctor Peña. Era és- 
te un distinguido médico zuliano, que acos- 



— 5i — 

tumbraba pasar en La Grita temporadas de 
meses, prodigando generosamente los dones 
de sn ciencia. La noticia fué acogida con 
general entusiasmo; pero aún más que con 
entusiasmo, por los padres de Lucía. 

Esta misma se sintió revivir. El Doctor 
Peña es mi salvador, decía; él volverá la 
luz á mis ojos, y la dicha á mi hogar. 
Tengo firme confianza en él; tengo un pre- 
sentimiento que me lo inspira el mismo 
Dios y que por ello no saldrá fallido. 

Y en verdad, desde que supo tan faus- 
ta nueva, parecía coma si la mano de 
un ángel le hubiera enjugado las lágrimas 
y depositado una gota de consuelo en el 
fondo del corazón. Cesó su abatimiento; ter- 
minó su mutismo; le volvió el color á la 
faz; la dulzura, alas palabras, y la sonri- 
sa, á los labios. 

Misterioso poder de la esperanza. Ella 
es el astro que esclarece la noche dé to- 
dos los infortunios y que lleva un iris de 
consuelo á la tormenta de todas las des- 
dichas. Ella sostiene al que va oprimido 
por el dolor, y levanta al que yace ten 
dido en el lecho de espinas del sufrimien- 
to. Es una mano que enjuga las lágrimas 
y un bálsamo que cicatriza los corazones. 
Ella sonríe al cautivo en su prisióu; besa 
al inocente niño á quien abandonaron sus 
padres, da la mano al piloto á quien ya 
acobarda la tempestad marina y señala un 
sendero oculto al viajero á quien la noche 
ha extraviado en las montañas. Ella tiene 



— 52 — 

voces de aliento para todas las decepcio- 
nes, y goces y alegrías para todos los pe- 
sares. Cuando Adán salía del Paraíso abru- 
mado por el peso de la más grande de 
las amarguras, al través de las lágrimas 
de sus ojos, vio á su lado una diosa gen- 
til que le consolaba: era la esperanza. José 
en los calabozos de Faraón, veía á todas 
horas un rayo de hermosa luz que pene- 
traba por el techo: era la esperanza. Job 
en el estercolero, al través de sus desgra- 
cias y sus dolores, sentía una voz al oído 
que le hablaba de dulzuras inefables: era 
la esperanza. Ella está en donde quiera que 
el infortunio hiere y la desdicha azota. Es 
una lámpara que no se apaga, una estrella 
que jamás se eclipsa. Nació junto con la 
desgracia, y en todas partes es su compañera. 
Cuando el último día de la existencia hu- 
mana claree para la tierra; después que ha- 
yan muerto todos los hombres y se hayan 
extinguido todas las penas; cuando ya no 
haya ni un corazón palpitante, ni una lá- 
grima brillando en los párpados de un mo- 
ribundo; entre tanto cadáver sombrío; por 
encima de tantas ruinas y miserias; al través 
de tanta desolación y espauto, una diosa 
gentil, una hada encantadora, un ángel di- 
vino, con la faz melancólica y la mirada 
compasiva, abrirá sus alas de nieve y con- 
vulsivamente se elevará al cielo: ese ángel 
será la esperanza. 



SEGUNDA PARTE 



La Grita es un pedazo del antiguo Edén, 
transportado á los Andes Venezolanos. 

Es una ciudad no muy grande ; pero enri- 
quecida con toda la prodigalidad de la Provi- 
dencia. Situada en una altiplanicie, en medio 
de dos ríos, con veinte grados centígrados por 
temperatura media, sin lugares pantanosos en 
sus cercanías ni nevados en sus montañas, 
goza de un clima delicioso, á cuya acción los 
organismos se desarrollan con vigor, huyen 
las enfermedades terribles y la vida se pro- 
longa hasta tocar con los días achacosos de 
la decrepitud. 

Nuestras tierras, siempre fecundas y fér- 
tiles, producen todos los frutos de dos zonas. 
En solo un día de marcha, podemos aspirar 



— 54 — 

por la mañana el romero de los páramos, é 
irá solazarnos por la tarde á la sombra de 
los cacaotales, contemplando esas urnas de 
coral que cuajan en su seno la almendra del 
licor divino. Cuanto brota nuestro suelo es 
pan, y gérmenes de vida, cuanto lleva nues- 
tro aire. Las aguas aquí corren por sobre 
lechos de arena, y son tan claras y sabrosas, 
que más parecen la ambrosía de los dioses 
que el riego de los campos. Multicoloras 
aves pueblan nuestras campiñas, y e otoñan 
á mañana y tarde, el himno de la creación ; 
y variadísimas y bienolientes flores tapizan 
nuestros valles y colinas, convirtiendo en 
artístico verjel los contornos de la ciudad 
feliz. 

nuestras costumbres son sencillas é ino- 
centes. Aquí ni el lujo enerva, ni la depra- 
vación envilece. Aquí se desarrolla el co- 
razón para los nobles sentimientos, y la in- 
teligencia, para las grandes ideas. Aquí el 
trabajo es la vida y el honor la ley : á 
nuestro recinto no llega el oleaje de las gran- 
des pasiones políticas, ni nos azota con su 
ala sombría el negro cuervo de los críme- 
nes nefandos. 

En el primer cuarto del siglo, vivían aquí 
numerosas familias de fuera, que habían ve- 
nido á gozar de este clima paradisíaco y á 
pasar la vida en la quietud de una calma 
olímpica y en las dulcísimas fruiciones de los 
•afectos del hogar. Extinguiéndose están ya 
los últimos restos de algunas familias pro- 
cedentes del Zulia, y otras de Mérida han 



55 



desaparecido por completo, ó han transfor- 
mado su apellido en el contacto de las razas 
y de los individuos. 

Notabilidades de Maracaibo visitaban cons- 
tantemente esta ciudad, y familias enteras 
pasaban aquí los días ardorosos del estío. 

Entre otras personas honorables, ve- 
nía casi bianual mente un distinguido médi- 
co que aún recuerdan nuestros ancianos con 
el lacónico nombre de "el doctor peña. 7 ? 

No conozco su biografía ; nada se me ha 
dicho de su familia j ignoro sus antecedentes 
y días últimos : sólo sé por la tradición que 
era un hombre entrado en años, de com- 
plexión robusta, tez morena, rico de saber, 
pródigo en bondad y honorable por su trato 
y sus costumbres. 

Cada vez que se anunciaba su venida, iban 
numerosas personas á recibirle hasta las 
montañas de Las Guamas. Sus días aquí le 
eran gratos, por las numerosas distinciones 
de que era objeto, y á las cuales correspon- 
día él con los beneficios de su ciencia, que 
distribuía generosamente. Cuando ya se 
aproximaba su regreso, todo el pueblo se con- 
movía, y multitud de amigos iban á llevarle 
hasta las riberas del Zalia, en el cual se em- 
barcaba }3ara seguir al suelo de su naci- 
miento. 

He dicho ya que había anunciado su ve- 
nida para pasar en ésta una temporada. Co- 
rría el mes de diciembre de 1826. 

La ciudad se entusiasmó. La familia de 
Lucía le esperaba con inquietud, y muchos 



- 56 - . 

otros enfermos confiaban en que el afamado- 
doctor habría de devolverles el precioso don 
de la salud. 

En esta ocasión, sus amigos fueron á reci- 
birle hasta el puerto de Encontrados. Veinti- 
cinco gritenses había allí una tarde, con 
la vista atenta hacia los nublados del Ca- 
taturnbo, cuando allá, á la distancia, con- 
fundida con el horizonte, apareció una co- 
mo garza de blancas alas, que venía na- 
dando suavemente por sobre el dorso de 
las aguas : era la anhelada goleta. 

Una hora después, el doctor Pena abraza- 
ba á sus buenos amigos 'en el puerto, y se 
deshacía en cariños y agasajos para con aque- 
llos generosos viajeros que habían ido á re- 
cibirle á tanta distancia de su pueblo. 

Al día siguiente continuó la marcha. 

La navegación del río Zulia es encantado- 
ra. Suben las canoas lentamente, por la di- 
ficultad de remontar las aguas ; pero ésto 
hace más bello el viaje, porque permite go- 
zar mejor de la hermosura del paisaje. 

El río es bastante ancho, y sus aguas, dor- 
midas. En las playas y sobre las piedras, se- 
tienden á medio día, jadeantes, con la boca 
abierta, numerosos caimanes, que los viajeros 
se entretienen en tirar con sus revólvers. 

Manadas de monos se acercan á veces has- 
ta el río, y sorprenden con sus gritos estre- 
pitosos 5 y llaman la atención aquellas hem- 
bras con sus hijos al hombro como lo hacen 
las mujeres, y todos ellos haciendo piruetas 
y gesticulaciones risibles, en las cuales han 



— 57 — 

visto muchos filósofos algo más que el ins- 
tinto irracional. 

Los árboles se ven cubiertos de variadísi- 
mas aves, entre las cuales, los loros y guaca- 
mayas atolondran con sus confusas griterías. 

Después de tres días de navegación, los 
viajeros estuvieron en Guamas, y allí toma- 
ron sus cabalgaduras para seguir en dos jor- 
nadas á La Grita. 

Cuántas personas, inundados los ojos en 
lágrimas, vinieron á presentar sus felicitacio- 
nes al distinguido médico. Individuos á quie- 
nes había levantado del borde del sepulcro, 
madres que por él conservaban sus hijos, espo- 
sas que le debían los días plácidos de sus 
hogares, todos venían á darle de nuevo las 
gracias por valiosos beneficios recibidos y á 
testificarle otra vez el cariño que para él 
guardaban. 

Desde Encontrados supo la desgracia de 
Lucía, y deseaba con ahinco verla para pro- 
digarle algún alivio. La había conocido pe- 
queñuela, y le había parecido desde enton- 
ces, una gracia por la belleza, y un ángel 
por la bondad. 

La pobre niña hasta entonces nada había 
mejorado. El mundo continuaba para ella 
obscuro como lo negro de la media-noche. 
Apenas hacía sino llorar. Sus carnes se ha- 
bían extinguido, y ya no le quedaba de su 
antigua hermosura, sino el correcto perfil de 
sus facciones y la inefable dulzura de su 
conversación. 



- 58 - 

El año trascurrido fué más doloroso para 
ella, que la reclusióu para el cautivo. 

Había perdido liasta la esperauza de recu- 
perar la vista, y á tientas, como el auciauo 
Tobías, esperaba seguir el camiuo de la tum- 
ba para hallar allí el reposo que la existen- 
cia le había robado. 

Ouaudo el doctor Peña fué á visitarla, en- 
contróla muy abatida, y temió por la cura- 
ción. 

En fisiátrica como en toda empresa huma- 
na, la esperauza es el primer indicio del éxi- 
to. El convencimiento en nuestros propósi- 
tos, es el triunfo. Cuando no hay fé, todo está 
perdido. El médico cuida tan sólo del curso 
de la enfermedad ; quien sana es la natura- 
leza, ó bien, es el impulso de la vida, el cual 
es tanto más poderoso cuanto más enérgica 
es la confianza que el paciente tiene en su 
curación. 

El doctor Peña estaba convencido de estas 
verdades, y su primer labor fué despertar en 
la joven el entusiasmo por su restableci- 
miento. Con tal fin agotó los recursos de la 
elocuencia ; narró historias de curaciones 
dificilísimas, le habló de los adelantos de la 
ciencia, del poder de nuevos medicamentos, 
y todo con tanta vehemencia y con tal fuego, 
que logró llevar una chispa de convicción 
alalina de la joven, en cuyos labios volvió 
á dibujarse, después de muchos meses, una 
sonrisa de satisfacción. 

Por lo demás, el doctor manifestó á sus ami- 
gos que la enfermedad de Lucía era una 



— 59 — 

amaurosis, cuyo principio se debía á uu es- 
pasmo. Les significó que la curación era 
difícil, pero que no desconfiaba de llevarla 
á cabo. 

Al siguiente día empezó á medicinarla, al 
mismo tiempo que asistía á otros varios en- 
fermos. 

Entre éstos se cuenta uno, cuya curación 
hizo gran resonancia. 

Tres años bacía que el doctor Peña había 
estado la última vez en esta ciudad. En ese 
viaje, trajo como asistente inmediato á un jo- 
ven muy de su confianza, el cual fundó un 
hogar y se quedó en La Grita. Llamábase 
Tirso : tendría diez y ocho años, y era de mo- 
dales finos, laborioso, honrado á toda prueba, 
bien parecido y de conversación agradable. 

En esta ciudad, se prendó ardientemente 
de una joven cuyos padres habían muerto, 
dejándole como patrimonio una casa en el 
pueblo, y una finca rural. 

Todo se prestaba para realizar aquel enla- 
ce, y el doctor Peña tuvo la satisfacción de 
arreglarlo en poco tiempo. 

Aquel hogar fué un nido de azulejos col- 
gado en las ramas de uu naranjo. El ángel 
de la felicidad lo cubrió con sus alas : Hebe 
le dispensó sus dones, y Eros, el fuego de su 
pasión. 

Vivían aquellos esposos tan sólo para amar- 
se, y hallaban en su amor, la dicha de su exis- 
tencia. 

Aún no había pasado su luna de miel, 
cuando una tarde conversaban ambos re- 



— 6o — 

diñados sobre la hoja seca, al pié de un po- 
marroso, en el patio de su casita de campo. De 
pronto, de entre las ramas del árbol voló 
un colibrí, que regresó á poco, trayendo en 
el piquito, la miel con que iba á alimentar 
á sus pequeñuelos. Estos chillaron al sentir 
en torno al nido á la bondadosa madre, y 
María, que así se llamaba la joven esposa, 
se entusiasmó al ver aquel nido de plumas 
oscilando bajo una rama, y quiso coger los 
pequeñuelos. 

Tirso se oponía, guiado por su instintiva 
compasión hacia los animales ; pero María 
lloraba por el nido. 

Deja la felicidad á esos seres que también 
viven y sienten como nosotros, le decía él. 
Cuál sería el pesar deesa pobre madre al ver- 
se sin sus hijos, y cuál la tristeza de esos 
pequeñuelos separados del calor materno y 
muriendo en tus manos, como mueren mar- 
chitas las flores de ta altar. 

Tú juzgas de esos animales como si fueran 
seres racionales, le contestaba ella. Ellos 
ni piensan ni raciocinan, y sólo están dispues- 
tos por Dios para servicio del hombre. 

Falso, mi adorada, le replicaba él, esquivan- 
do acceder á sus súplicas : falso que esas 
avecillas estén hechas para nuestro servicio. 
Ellas viven sobre la tierra con el mismo de- 
recho que nosotros, y puesto que no las ne- 
cesitamos para sostener nuestra existencia, 
hemos de dejarlas embelleciendo los campos 
y llenando el aire de armonías. 

Tirso rehusaba complacer á su esposa con 



— 6i — 

sacrificio de sus sentimientos de compasión ; 
pero María, poniendo un beso en los labios 
de su amado, le burló con una sonrisa sar- 
cástoca ésos que ella llamaba requiebros fe- 
meniles, y el joven se vio obligado á trepar 
al pomarroso para cogerle el nido de coli- 
bríes. 

Hora fatal ! Mejor le hubiera sido no ha- 
berlo intentado. Al ir subiendo de gajo en 
gajo, una rama se partió, y habría caído, á no 
haber quedado balanceándose sobre una cur- 
batura del tallo central. A duras penas pudo 
bajar de allí ; y al tocar el suelo se tendió 
exánime, pálido y con todas las apariencias 
de un muerto. María se afanó infinito ; dio 
ayes, le insufló la cara, le pidió perdón por 
sus caprichos, le abrazó, le besó y en medio 
de su locura llamó al servicio para que le 
ayudasen á conducirlo á la cama. 

El paroxismo le pasó pronto ; pero él con- 
tinuó exhalando unos quejidos dolorosos que 
le partían el alma. Ese día comenzó para 
aquel hogar antes feliz una época de amar- 
gura. El ángel de la dicha voló de allí, y en 
cambio, vino á cubrirlo con sus negras alas 
■el buho del infortunio. Ya no hubo más 
sonrisas de placer, ni más ensueños de ventu- 
ra ; ahora no había sino lágrimas en los ojos, 
luto en los corazones y ayes lastimeros que 
repercutían de muro en muro, como para pro- 
longar más su expresión de infinita tristeza. 

Tres años habían trascurrido. María es- 
taba transfigurada. En ese tiempo no ha- 
bía tenido una noche de sueño ni un 



1 



— 62 — 

día de reposo. La enfermedad de Tirso era 
una cosa extranatural. Sentía un dolor agu- 
do hacia el lado del corazón, y no había un 
solo remedio que le hubiese dado algún ali- 
vio. Todos los cardiacos estaban agotados ; 
el mal continuaba con el mismo furor, y el 
pobre joven parecía ya un espectro salido de 
las tumbas. 

En ésto llegó el Doctor Peña, y una de 
sus primeras visitas fué para Tirso. Casi 
lloró al verle. Le contempló con pesar, largo 
rato ; averiguó el origen de la enfermedad, 
trató de consolarle con palabras dulces y 
afectuosas y le ofreció ir al día siguiente pa- 
ra hacerle un examen detenido. 

Xo se dejó esperar. A las diez de la ma- 
ñana, estaba ya contraído á una minuciosísi- 
ma exploración. La enfermedad le parecía so- 
bre modo rara. El corazón lo encontraba en 
perfecto buen estado; y, cuando ya desespera- 
ba de la curación, le ocurrió una idea lumi- 
nosa. Tirso podía tener una costilla lujada. 
En efecto, tal era la causa de tanto dolor. 
Recibido el golpe en el lado izquierdo de 
la caja torácica, junto al esternón, la terce- 
ra costilla se había separado de su cartíla- 
go correspondiente. Ese mismo día ocurrió á 
la reducción del arco dislocado, practicando 
sobre él una fuerte tracción con la cual lo 
trajo á su nivel natural ; combatió luego las 
consecuencias de la lujación, y el joven rena- 
ció ala vida, sintió volverla calma ásu espíri- 
tu y abrazó de nuevo á su amada compañera, 
derramando mutuamente lágrimas de felicidad. 






- 6* - 



Esta sencillísima curación multiplicó la fa- 
ma del reputado médico ; y Lucía, al oiría 
relatar, concibió el convencimiento profun- 
do de que él le volvería la vista. Se hacía 
las aplicaciones que le indicaba con gran 
fé, y cada día cobraba una nueva esperanza. 
Habían transcurrido algunas semanas. 
Una noche estuvo en su casa, hasta las 
nueve, el anciano sacerdote. La conver- 
sación fué muy animada y Lucía se entregó 
al sueño bajo la presión de dulcísimas frui- 
ciones. Durmió profundamente. Durante el 
sueño, su fantasía esfumó idealidades subli- 
mes y su corazón fué presa de hondas emocio- 
nes. Sólo le notó ésto su buena madre, que, 
al sentirla respirar con cierta inquietud, se 
le acercaba de momento á momento, y va- 
rias veces logró ver dibujársele en los la- 
bios la sutil contracción de una sonrisa. 

Cuando despertó era de día. Abrió los 
ojos y con gran sorpresa suya notó en el te- 
cho de la pieza un punto luminoso como una 
estrella. Se oía el bullicio de la mañaua ; 
cantaban los pájaros en los naranjos del jar- 
dín, bramaban las vacas en el patio y traji- 
naban los criados en los corredores de la casa. 

Aquel punto luminoso le sorprendió: sen- 
tóse en la cama, dirigió la vista hacia la 
puerta y con marcada admiración vio la 
luz del día al través de las junturas de las 
abras. Dio un grito de alegría, y súbitamente 
llegó su madre á la orilla de la cama. 

Veo, madre mía ! veo ya, exclamó Lucía 
trasportada de alborozo. Su madre la abrazó 



- 6 4 - 

y sin decir palabra, empezó á llorar de placer. 

Ea verdad, Lucía estaba curada. Al abrir 
la puerta, distinguió todos los objetos del cuar- 
to. Su entusiasmo no tuvo límites : se arro- 
dillaba para bendecir al cielo ; abrazaba á 
sus buenos padres; hizo llamar al Doctor 
para participarle tan fausta nueva, y hasta 
en la confusión de sus ideas y en el tropel de 
sus palabras, manifestaba las intensas emocio- 
nes de placer que le embargaban el espíritu. 

El venerable Cura no se dejó esperar para 
venir á repetir con ella las palabras del 
anciano Tobías cuando hubo recobrado la 
luz de la visión ; y Luis, al saber tan di- 
chosa noticia, no sólo sintió el alma revivida 
y gozosa, sino que vio abrirse de nuevo el 
horizonte de su soñado porvenir, en mala 
hora obscurecido por una pasajera nube que 
él creyó la noche de su desgracia. 

Ese día fué para él un renacimiento. Sin- 
tió de nuevo las energías de la existencia y 
vio otra vez tapizado de flores el sendero 
de su ansiado porvenir. 

Es una prueba con que el destino ha que- 
rido conocer mi fuerza de voluntad, decía. 
La dicha no se concede sino á las grandes 
almas. Los corazones débiles son indignos 
de la felicidad y de la gloria. Lucía es una 
creación especial de Dios y no está destina- 
da sino para un hombre fuerte, que pueda 
conducirla felizmente por sobre los abrojales 
de la existencia. En el matrimonio, el mari- 
do es un barquero, que lleva á su esposa al 
través del oleaje de los mares de la vida, 



- 6 5 - 

y ¡ ay ! de él, si, débil y cobarde, la deja nau- 
fragar; ¡ ay ! de él, si no evita los escollos y la 
traidoras sirtes ; ¡ ay ! de él si, agobiado por 
la lucha, desfallece y se entrega ala deses- 
peración en medio del camino. 

Yo me liaré digno de tanta grandeza y 
tanta dicha. Buscaré energías en los mismos 
contratiempos y sabré desafiar las más rudas 
tempestades de la vida, llevando en torno 
mío á mi cara compañera, que se unirá á 
mí como la liana al pino, como la graciosa 
enredadera á la roca granítica de la zona 
•ecuatorial. 

Con todo, estaba indeciso para ir á pre- 
sentar sus plácemes á Lucía. Dudaba por 
momentos de la curación y creía un engaño 
la bienhadada nueva. 

Es un misterio del pobre corazón huma- 
no : después que el infortunio nos ha azota- 
do con su brazo de espinas ; después que el 
dolor nos ha herido cruelmente y hemos be- 
bido nuestras propias lágrimas en la noche 
de la aflicción, si de súbito clarea el día y 
la felicidad posa eu nuestros labios su tibio 
beso, dudamos de la realidad ; y como aquel 
Wamba que se durmió pastor y amaneció rey, 
juzgamos una ilusión de nuestra fantasía lo 
que es un hecho consumado en el curso de 
los sucesos. Y luego, convencidos de la ver- 
dad, tememos que ésta se destruya á impul- 
sos de nuestra propia desgracia. 

Luis temía que al presentarse ante sujo- 
ven prometida, un sino adverso volviese á 



— 66 — 

correrle sobre el cristal de las papilas el 
velo de la ceguedad. 

Sinembargo, al fin hizo uua resolución 
extrema y fué á verla. Sus presentimientos 
se disiparon. En la faz de Lucía brillaban 
otra vez en todo su esplendor aquellos ojos 
negros que le habían robado el alma y que 
le tenían encadenado como un cautivo en su 
prisión. Al entrar, la joven le enclavó la mi- 
rada, y con una sonrisa de placer le reveló 
todo un poema. 

Esa tarde reanudaron los días de sus in- 
terrumpidas ilusiones, y vieron de nuevo 
entapizada de gardenias la senda del por- 
venir. 

Pocos días después, Lucía iba á cumplir 
una promesa ofrecida por su salud á la Cruz 
de la Espinosa. 

Es un paseo en que se goza de una pers- 
pectiva encantadora. En la cumbre de uno 
de los cerros que entornan la ciudad, se ele- 
va una Capilla, cuya imagen de la Cruz es 
venerada aún por los pueblos de las cercanías. 

A las siete de la mañana, los romeros se 
encontraban en disposición de marcha. 

Lucía estaba seductora. Un sombren to 
de lindísima forma caía en su cabeza con 
más gallardía que una diadema imperial. 
Sus padres, Luis, varios jóvenes y señoritas 
amigas y algunos criados con preparativos 
para un almuerzo improvisado, constituían 
el grupo de personas que iban á partir. 

Cuando el sol de un esplendoroso día de ene- 
ro abrió sus rayos de oro, los viajeros em- 



67 



pezaban á trepar la gran cuesta. Las ori- 
llas del camino estaban bordadas de flores 
silvestres, los pájaros cantaban sus alegres 
dianas y mil abejitas de vistosos cambiantes 
zumbaban en torno á los pétalos de las 
flores. 

Lucía iba ya un tanto fatigada, y se apo- 
yó en el brazo de Luis. Los demás jóvenes 
ofrecieron también sus brazos á las damas, y 
acometieron lentamente la difícil ascensión. 
Brillante les precedía á todos dando voltere- 
tas y ladrando á las aves que encontraba en 
el camino. 

Luis iba fuera de sí. Llevaba prendido 
de su brazo al ángel de su felicidad, y sen- 
tía en sus carnes las trepidaciones de aquel 
corazón que tanto palpitaba de fatiga como 
de amor. 

A cada dos ó tres vueltas del camino, se 
sentaban á reposar, á la sombra de algún 
florecido cínare, sobre un verdegueante tapiz 
de esmeraldino césped. 

No hablaban sino de su dicha futura, de 
esos cielos encantadores que dibujaban en su 
ardorosa fantasía, y á los cuales soñaban lle- 
gar ya, llevados por las alas de su febril 
amor. Todo el fuego de las venas les abra- 
saba las carnes; todo el fósforo del cerebro 
ardía en sus ideales concepciones y todas las 
corrientes nerviosas se habían desarrollado 
en uno y otro para producir en ellos la 
mayor intensidad de la pasión. 

Por fin, cuando creían que hubiesen trans- 
currido tan sólo algunos instantes, súbito se- 



68 



vieron en la cima del cerro, y contemplaron 
ú sn frente la capilla de la Cruz. 

La difícil ascensión les había parecido un 
sueño. 

Todos se sentaron al pié de los árboles, á 
contemplar el hermoso panorama de La Grita 
y sus alrededores ; y cuando ya hubieron 
descansado, las mujeres fueron á cumplir su 
promesa y á presentar el ex-voto ante la 
divina Imagen. 

A las once, almorzaban deliciosamente, 
como almuerza una caravana al pié de un 
baobab en el oasis del desierto. Las criadas 
habían extendido los manteles á la sombra 
de unos coposos árboles, y al redor de ellos, 
sentados en el suelo todos los paseantes, co- 
mían unos pavos estofados, una ensalada, 
magnífico pan y sabroso vino. 

Después del almuerzo, Luis tomó la cítara 
y ejecutó nerviosas y expresivas piezas. Las 
jóvenes entonaron algunas canciones ; y luego, 
se distrajeron jugando á las cartas diferen- 
tes juegos de salón. 

Alas dos de la tarde emprendieron el re- 
greso, lenta y complacidamente ; y cuando 
las tinieblas de la noche empezaban á obs- 
curecer el horizonte, estaban de nuevo en- 
trando en la ciudad. 

Esa noche, en reunión de familia, quedó 
definitivamente fijado el día de las bodas : 
el 24 del próximo mes de junio. Luis de- 
bía ir á su casa en el intermedio, y retorna- 
ría con su madre y algunos parientes. 

De allí en adelante las puertas de la casa 



- 6 9 - 

de Lucía estuvieron completamente abiertas 
para Luis. Largas horas del día y las pri- 
meras déla noche pasaba al lado de la her- 
mosa joven, cuyas prendas morales y pe- 
netración intelectual admiraba cada vez 
más. 

Al fin llegó el día de partir para El Bo- 
sario. Con lágrimas en los ojos y luto en 
el corazón, dijo adiós á su joven prometida. 
Le dejó como recuerdo afectuoso á Brillante,, 
su companero en los momentos de soledad, y 
la cítara, su consuelo en las horas de in- 
fortunio. 

Al salir del pueblo, casi se rebelaba á se- 
guir marcha. Por largo rato estuvo inde- 
ciso. El pensamiento en Lucía lo atormen- 
taba, y sentía interiormente lina como re- 
vulsión ante la idea de alejarse de aquel 
suelo querido, de aquel hogar acariciado y 
de aquella mujer que era su vida, su alma, 
su corazón. Con todo, era necesario el via- 
je, y siguió. 

A la vez, Lucía quedó profundamente 
triste. A cada instante tenía que compri- 
mirse el pecho, porque sentía como que se 
le iba en pedazos el corazón. 

Se encerró en su dormitorio y tomó un 
libro para distraer su pena ; pero en vano. 
Era imposible contraer el pensamiento, que 
iba por las vueltas del camino en pos de 
su adorado amante. A veces, una tibia lá- 
grima se le iba involuntariamente rodando 
por sobre el delicado terciopelo de sus m e . 
j illas: entonces se recogía, pensaba en Sll 



7° 



desvarío y trataba de hacerse fuerte ; pero 
pocos instantes después, el pesar volvía á 
dominarla, y la humedad del llanto le abri- 
llantaba de nuevo los ojos. 

Ya habían pasado varios días, y la pena no 
cesaba de atormentarla. 

Se acordó que Luis le había dejado un li- 
bro cuya lectura le recomendó, y fué á bus- 
carlo. Estaba en el fondo de su baúl. Era 
un volumencito en octavo, empastado en 
pana azul, sobre la cual resaltaba en letras 
ele oro : Átala. 

Besó el libró como recuerdo de su entra- 
ñable amigo, y sentada junto á la rejilla que 
daba al jardín, empezó á leer. 

Desde luego, le llamó la atención la bri- 
llantez del estilo; aquellos períodos rumo- 
rosos como las ondas de las fuentes ; aquella 
selección de palabras musicales ; aquellos pen- 
samientos que cantan y ríen, que emiten 
rayos de luz y dejan el ambiente saturado de 
esencias ; y por sobre todo, aquél como pol- 
villo de oro que va regado en todas las pá- 
ginas para deslumhrar la vista del afortu- 
nado lector. 

Poco á poco se internó en el medio del li- 
bro y su corazón empezó á palpitar. La 
relación del anciano Chactas tuvo para ella 
un interés especialísimo ; y aquella Átala, 
aquella hija de los bosques, aquella magno- 
lia perfumada que á la lumbre de la luna le 
pareció una exhalación la noche que iba á 
libertar al joven cautivo de los muscogul- 
gos y siminoles ; esa preciosa hija de Si- 



7i 



magáu le clavó en el pecho una agudísima 
saeta de cariño. 

Fué en vano dejar el libro. Ya habían tras- 
currido tres horas y ella tenía pena con su 
madre ; pero era imposible suspender la lec- 
tura. A veces lloraba, á veces se estremecía ; 
ya elevaba una oración al cielo por Átala, 
ya bendecía al santo anacoreta que en su 
humilde caverna dio hospedaje á los aman- 
tes prófugos. Todas las impresiones de la 
terneza le conmovían el alma ; todos los sus- 
piros del dolor venían á su garganta 5 todas 
las palpitaciones del pesar le estremecían 
las fibras del corazón y todas las lágrimas 
-del infortunio venían á nublarle los ojos y 
á caer tibias y brillantes sobre las páginas 
del hermoso libro. 

Por fin terminó. Cerró el volumen y se en- 
tregó á llorar. 

El sol se había ocultado en el ocaso, y las' 
primeras sombras de la noche venían por el 
oriente como las alas extendidas de un gran 
buho. Los pájaros entonaban en el jardín las 
últimas canciones ; las gallinas cloqueaban 
ya en su árbol y las palomas subían por las 
escaleras á buscar el nidal. 

La lectura de aquella obra le pareció un 
sueño, una divagación del alma inquieta, 
un desvarío producido por la febricitación 
de la calentura. 

Cuando salió del cuarto, ya estaba obscu- 
ro, y su madre no pudo distinguirle el enro- 
jecimiento de los ojos. 

Esa noche no pudo dormir. A cada ins- 



72 



tante se despertaba sobresaltada por ensue- 
ños dolorosos. Veía á Átala muerta, al pa- 
dre Aubry envolviéndola en la humilde sá- 
bana, á Chactas retorciéndose en el suelo, 
presa de la más horrible desesperación ; y 
luego venía á su mente el recuerdo de aque- 
lla procesión tristísima, de aquel entierro en 
la silente soledad de los bosques vírgenes,, 
en que abre el cortejo un perrito faldero, 
sigue el santo anacoreta llevando la pala 
con que va á cavar la sepultura y cierra el 
acompañamiento el pobre hijo deTJtalisi, que 
conduce al hombro lo único que le queda de 
la joven virgen que hizo por un momenta 
sus sueños de felicidad : un cadáver. 

Por varios días estuvo cabizbaja y pensa- 
tiva, pero consolada un tanto de la separa- 
ción de su amante. La impresión que le cau- 
só el bienhadado libro le absorbió todo su 
ser y aun le hizo olvidar sus propias penas. 

Pasaron muchos días, y una tarde recibió 
carta de Luis. La leyó en su cuartico pre- 
dilecto entre suspiros de ternura y lágrimas 
de felicidad. 

Le decía muchas cosas tiernas y expresi 
vas. Le contaba que había encontrado á su 
madre enferma, su casa muy transformada, 
á sus amigos muy diferentes y hasta el paisa- 
je de su suelo natal más descolorido y menos 
seductor. Le pedía mil perdones por su lar- 
ga ausencia, que se prolongaría aún por uno 
ó dos meses, y le enviaba muchos recuerdos 
de cariño y muchas protestas de su ardiente 
amor. 



— 73 — 

Esta carta inquietó mucho á Lucía. Luis 
no retornaba hasta dentro de uno ó dos me- 
ses, y éso era para ella un suplicio. 

Tasaba los días sumida en la inquietud y 
en el pesar. Cuando ya habían transcurrido 
algunas semanas, se iba de tarde al «Calvario,» 
quinta de sus padres, acompañada de su ma- 
dre y alguna amiga íntima ; y allí, sentada 
en un punto desde donde se divisaba largo 
trecho del camino por el cual debía regresar 
Luis, esperaba suspirando, como el anciano 
Tobías, el retorno de su objeto amado. 

Cuando ya las nieblas de la noche venían, 
abandonaba aquel sitio predilecto, para volver 
á su casa, abrumada de tristeza. Algunas ve- 
ces se entregaba al dolor en su cuartico 
amado, y sólo la consolaba Brillante, que iba 
á agasajarla con volteretas y mimos, en los 
cuales ella veía algo más que las caricias de uu 
ser irracional. 

La comunicación postal era para esos tiem- 
pos muy imperfecta, y la falta de relaciones 
comerciales mantenía á los pueblos alejados 
entre sí. Por ésto, Lucía recibía muy pocas 
cartas de su amante. 

Pasaron los dos meses, y Luis no regresaba. 
En verdad, le era imposible. Encontró á su 
buena madre postrada en el lecho del dolor, 
víctima de una afección reumática, que le 
hacía exhalar en agudos ayes la savia de 
la vida. Dos médicos la estaban tratando, y 
apenas si habían conseguido darle algún 
alivio. 

Por fin, se sintió mejor. Los dolores desa- 

6 



74 



parecieron casi de un todo, y sólo quedaba 
el cansancio de los músculos, que le impedía 
casi caminar. Era ya el mes de mayo : se 
aproximaba la época fijada para las bodas ) 
había recibido dos cartas de su padrino, lla- 
mándole con instancia, y él temía consecuen- 
cias fatales por causas de su demora. 

Sn buena madre conoció todo ésto y le im- 
pulsó á partir. Ella celebraba el matrimo- 
nio de su hijo; amaba á esa Lncía con todo 
el amor de madre ; reconocía en ella excelsos 
méritos y adorables virtudes, y sólo anhela- 
ba saber el momento en que ya sería la es- 
posa de su amado hijo. Luis, pues, instado 
por su madre, se decidió á regresar. Ella 
no podía venir, pero quedaría esperando á 
los jóvenes desposados durante los primeros 
días de julio. Con tal compromiso, bendijo á 
Luis, y éste partió para La Grita, llevado por 
una fuerza oculta y misteriosa que le atraía 
con impulso irresistible. Su llegada fué un 
día del Edén en casa de Lucía. Esa tarde 
no tuvo el sol para ella orlas de luto ni cres- 
pones de dolor ; los pájaros entonarou en- 
dechas más dulces, y le parecieron las flores 
más fragantes y más tiernos los susurros del 
céfiro al penetrar regando aromas por entre 
las rejillas de su ventana. 

Los padres de Lucía le recibieron con 
toda la intensidad del amor paterno: sólo 
lamentaron que hubiese llegado sin su ma- 
dre, á quien esperaban anhelantes para tri- 
butarle las manifestaciones del cariño. 

Luis había traído los trajes para el día de 



— 75 — 

bodas, que fueron sobre modo del agrado de 
Lucía. 

El pueblo todo esperaba entusiasmado; las 
familias preparaban lujosos regalos para pre- 
sentar á la feliz pareja en el día del matri- 
monio ; y el mismo anciano Cura aguardaba 
con vehemencia el ansiado día, para tener 
la dicha de unir ante Dios á los venturosos 
jóvenes. 

El padre de Lucía era un caballero asaz 
estimado y que gozaba de numerosas y cor- 
diales relaciones en los pueblos vecinos. Tal 
circunstancia lo obligó á invitar á varias fa- 
milias amigas, que ofrecieron gustosas con- 
currir á los ruidosos festejos. 

Nada faltaba. Un hado benéfico como que 
había dispuesto todos los preparativos de un 
modo inusitado y maravilloso. Las familias 
invitadas habían llegado dos días antes. El 
tiempo era hermoso ; la ciudad estaba en 
calma ; lo rudo de la guerra había cesado ; 
los labradores tenían sus campos vestidos 
con el rico manto de las siembras, y todo se 
unía para entonar el himno déla paz en el 
altar de la abundancia y la riqueza. 

El 23 de junio clareó risueño y esplendo- 
roso. El genio de los aires extendió su azul 
cabellera, que Febo doró con sus rayos de 
gualda y de topacio. 

Lucía esperó acompañada de numerosas 
amigas. A las seis de la tarde ya ostentaba 
su traje nupcial : estaba deslumbrante : pa- 
recía un ángel, una gracia, una deidad de 
esas que el genio de los griegos hacía salir 



7 6 



de entre la espuma de los mares ó de los 
copos de nieve de las montañas. 

A las ocho, el numeroso cortejo desfiló ha- 
cia el templo. La calle estaba perfectamen- 
te iluminada : el frontis de la iglesia parecía 
un árbol pirotécnico en el instante en que 
arden todas sus ramas de variadas luces. 
Allí esperaba el Cura, revestido con sus or- 
namentos de ritualidad, para dar las manos 
á los prometidos esposos. 

Pasada la ceremonia, la procesión retornó 
á la casa, donde los padres de Lucía abru- 
maron de obsequios á la concurrencia. 

A la mañana siguiente, se celebró la vela- 
ción, de acuerdo con nuestras costumbres 
cristianas. 

Una vez en la casa, Lucía fué el centro de 
todas las miradas. Estaba encantadora : te- 
nía un traje verde manzana, elegante sobre- 
modo. Sus ojos eran luz ; la sonrisa habi- 
tual de sus labios hería los pechos como los 
dardos del mismo Adonis; y la gracia de sus 
modales, y la bondad de sus atenciones se- 
ducían á cuantos la observaban fascinados por 
su belleza. 

Los circunstantes habían sido iuvitados á 
pasar el día. En el almuerzo, varias perso- 
nas brindaron por la felicidad de los despo- 
sados, y un amigo de Luis pronunció en es- 
tilo nervioso el himno epitalámico con que 
los griegos imploraban para todo nuevo ho- 
gar la protección de los dioses lares. 

Después, pasearon por el jardín, donde Lu- 
cía regaló á cada caballero un simbólico ha- 



77 



•cesito de flores. Bajo los frondosos naranjos 
<le la alameda, Luis pulsó su cítara, á la cual 
arrancó ese día soberbias improvisaciones ; 
y luego, los caballeros se retiraron para 
volver á las cinco de la tarde al banquete de 
despedida. 

Luis se había ausentado por varias horas 
en unión de sus amigos. Cuando regresó, 
eran la cinco y media. Lucía le esperaba 
para comer. Ostentaba esa tarde un airoso 
traje blanco que contrastaba admirablemen- 
te con la obscuridad de sus cabellos y la no- 
che de sus brillantes ojos. 

Un capricho la había impulsado á com- 
prar un prendedor de azabache y oro, en 
forma de mariposa, que lucía en ese instante 
en el pecho. Estaba fascinadora sin ponde- 
ración. En medio de sus amigas parecía en 
aquella sala la reina de las flores. Atraía las 
miradas con una fuerza prestigiosa y oculta. 
Irradiaba luz, belleza, encantos, armonía. 
Tenía del ángel, de la odalisca, de la huríes 
de Mahoma, de las vírgenes cristiauas. 

Cuando Luis entró en la sala, quedó deli- 
ciosamente sorprendido ; pero al verle la 
mariposa en el pecho, pronunció una invo- 
luntaria exclamación. Es un símbolo, le 
dijo ella, mostrando con sus dedos de mar- 
fil el prendedor de azabache. El anciano 
Cura le miró atentamente, y él bebió en esta 
mirada toda la tranquilidad que había per- 
dido por un instante. El doctor Peña, que 
deletreó algo transcendental en la sorpresa de 



— 7» — 

Luis, le excitó asentarse, y cruzó con él algu- 
nas palabras de caballerosa cortesía. 

En ésto, la concurrencia fué invitada á 
pasar al comedor. El banquete de esa tar- 
de tiene su significación especial. 

En nuestros pueblos, se acostumbra pre- 
parar una comilona en cada casa, la tarde 
del día de San Juan. Es una costumbre que 
nos dejó España, y que todavía priva en 
muchos lugares de América. Por la noche 
hay baile, y á veces, cabalgatas, cuando es 
tiempo de luna. 

Esa tarde reinaba general animación en 
La Grita. Por doquiera se veía entusiasmo ; 
en las salas se oía música ; cruzaban por 
las calles, grupos de señoras y caballeros, y 
desde muy temprano habían empezado á 
iluminar la ciudad. 

Eran las seis. Se había ocultado el sol, y 
el ocaso exhibía una decoración esplendorosa. 

La concurrencia se dirigió al comedor. 
Ocuparon los extremos de la mesa el Cura y 
el doctor Peña. A derecha é izquierda del 
primero, estaban los padres de Lucía, y se- 
guidamente los jóvenes desposados. 

En todos los semblantes se dibujaba el 
placer, menos en la faz de Luis. A éste le 
preocupaba hondamente la mariposa negra 
que tanto lucía en el pecho de su amada. 
Tuvo recuerdos horribles, presentimientos 
horrorosos, inquietud, zozobra. 

Súbito se oye un ruido extraño. Todo el 
mundo se puso en pié, y cuando el Doctor 
Peña gritó ¡ terremoto ! la mayor parte sal- 



79 



taron al patio de la casa. La naturaleza, en 
verdad, se había conmovido. El edificio bam- 
boleó un instante y cayó. El estrépito de la 
caída fué seguido de otros muchos ; se oye- 
ron gritos é imprecaciones por doquiera ; se 
exhalaron ayes tristísimos y se levantó una 
polvareda inmensa que obscureció los últi- 
mos destellos de la luz. El suelo se mecía 
horriblemente, relinchaban los caballos en la 
vecindad, ladraban los perros, mugían las 
reses espantadas y todo era terror, asombro, 
pánico, susto, miedo, consternación. 

Luis había quedado exánime bajo un jaz- 
mín del patio. Apenas repuesto un tanto, 
dio un grito de horror. ¡Lucía! exclamó, 
y á su voz lo rodearon los que habían podi- 
do escapar del peligro. 

Ni el anciano sacerdote, ni Lucía, ni sus 
padres, ni algunas otras personas habían 
podido salvarse. 

El Doctor Peña empezó á auscultar los es- 
combros, y percibió como en una profundi- 
dad la voz del Padre Fernando. 

Ocurrió allí con sus companeros, y levan- 
tando vigas y fragmentos del techo, logra- 
ron sacarlo á vuelta de algunos minutos. 
Estaba lacerado por doquiera y vertía san- 
gre por una herida de la espalda. 

Luis recorría inconsolable todos los escom- 
bros en busca de Lucía. La llamaba por 
todas partes, movía la palizada, hacía im- 
precaciones al cielo ; pero todo era en vano. 

En medio de su consternación, el Doctor 
Peña determinó el punto en que podría ha- 



8o 



liarse ; empezaron á cavar allí, y después 
de poco rato, descubrieron el cadáver de la 
madre, y abrazada á ella y agonizante, á la 
hermosa é infortunada Lucía. 

Colocáronla debajo del jazmín, y mien- 
tras el Doctor y Luis le prestaban algunos 
auxilios, los demás sacaron al padre de la 
joven, también muerto, y algunas personas 
más. 

El conflicto era espantoso ; no había una 
medicina, ni un vaso de agua, ni un jergón 
siquiera para colocar á los contusos. Los 
ayes' partían el alma ; las madres pregun- 
taban por sus hijos; los hijos se abrazaban 
al cadáver de sus madres muertas : niños 
que lloraban por un punto ; esposos que de- 
sesperaban por otro, y obscuridad, y luto, y 
terror, y duelo. 

Por fin pasó la nube de polvo, apareció 
en el oriente la luna y clareó completamen- 
te la noche. 

A su luz, pudieron verse mejor los de- 
sastres. 

Lucía, despedazaba el corazón. Estaba in- 
móvil, con los ojos cerrados y de momento 
en momento exhalaba un gemido que hubiera 
hecho llorar hasta á las rocas. 

A un lado de ella, estaban los cadáveres 
de sus padres, y el anciano sacerdote, que 
en medio de su dolor, oraba al cielo para 
que calmara su ira, y rezaba las oraciones 
de agonizantes para ayudar á bien morir 
á la desgraciada joven. 

Pocos instantes después, ésta empezó á 



— 8l — 

agonizar, y á las doce de la noche, el ángel de 
la muerte la cubrió con sus frías alas : que- 
dó como dormida. 

La desesperación de Luis fué inaudita. 
Bevolvíase en el suelo como un niño ; mal- 
decía el primer instante de su vida ; daba 
ayes prolongados y agudos que repercutían 
en los cerros vecinos ; besaba el cadáver de 
la joven ; le hablaba tiernamente; la llama- 
ba con inefable ternura, y volvía de nuevo 
á retorcerse y á mesarse los cabellos con 
una angustia inenarrable y un dolor infinito. 

EL Doctor Peña rodeó de blancos jazmines 
el cadáver hermosísimo, que la luna bañaba 
con su luz y los céfiros de la noche embal- 
samaban con sus gratos y embriagantes per- 
fumes. 

Cuando el alba descorrió con sus dedos 
de marfil las cortinas del Oriente, la ciudad 
apareció transformada en un promontorio de 
ruinas. Parecía el campamento de Senaque- 
rib, después que el ángel exterminador pa- 
só por sobre él su espada de fuego. Escom- 
bros, ruinas, muertos, heridos, contusos ; 
miseria, dolor, espanto... tal fué el triste es- 
pectáculo sobre el cual el rocío de la mañana 
cayó como las lágrimas de la aurora. 

Cada árbol era una sala fúnebre. Innu- 
merables cadáveres de ancianos, jóvenes y 
niños yacían tendidos sobre colchones de ho- 
jas, y cubiertos de flores, como único ador- 
no para ir á la tumba. 

Al redor de cada árbol, numerosos deudos 
gemían lastimosamente, y besaban, con reli- 



82 — 

giosa ternura, los fríos despojos de los muertos. 

Jamás pintor alguno ideó cuadro más tris- 
te : el pincel no podría traducir en colores 
esa realidad dolorosa, ni la mente humana 
concebir esa fuuebre necrópolis. 

Todo el día lo emplearon los sepulture- 
ros en cavar fosas, y por la tarde, cuando ya 
el sol caía hacia el Ocaso ; cuando ya el 
Oriente colgaba sus negras gasas y cantaban 
los pájaros sus últimas tristísimas endechas, 
reunieron todos los cadáveres en la plaza 
principal, y el anciano sacerdote, cubierto el 
rostro de lágrimas y con voz convulsiva y 
tremolante, empezó á cantar el Oficio de 
Difuntos. Aquel canto funeral no tenía más 
coro que los gemidos y los ayes de todas las 
personas que allí estaban, y que eran á la 
vez, deudos y enterradores. 

Después de una hora, la procesión de 
muertos desfiló hacia el Cementerio, entre 
los gritos de dolor y los ecos del De Profun- 
dis, cantado por el anciano y venerable Cura. 
A medida que desfilaban, graznaban los gan- 
zos asustados, ladraban los perros, y una nu- 
be de cuervos sombríos se cernía sobre la ciu- 
dad como para aumentar el terror de la es- 
pantosa escena. 

Llegados al Cementerio, empezaron á ente- 
rrar los cadáveres. Tres sepulturas había 
juntas, al frente de la puerta : en la del me- 
dio colocaron á Lucía, y á uno y otro lado, á 
sus padres. 

Cuando fueron á arrojar los primeros pu- 
ñados de tierra sobre la infeliz joven, Luis 



- 8 3 - 

no pudo resistir á su dolor : dio un grito 
desolador y se lanzó á la fosa. «Sepultadme 
también á mí, exclamaba ; echadnos tierra á 
los dos : muerta Lucía, yo no quiero vivir 
más en el muudo : aquí es donde debo repo- 
sar eternamente, para serle compañero en la 
noche de la fosa, ya que en la vida no pude 
serlo sino por un instante. » 

No bastaban las súplicas del sacerdote para 
hacerle salir de allí ; y al fin fué necesario 
que el Doctor Peña le sacase por fuerza, y 
lo retirase de la sepultura para que los ente- 
rradores terminasen su obra. 

Ya no tenía lágrimas aquel infortunado 
joven ; su voz era ronca ; sus ojos parecían 
dos pedazos de carne ; estaba demacrado y 
cadavérico; pero era imposible consolarlo; im- 
posible llevar al fondo de aquel corazón acon- 
gojado, una gota siquiera de dulce y santa re- 
signación. 

Estaban aún á la entrada del Cementerio, 
cuando Brillante, el infeliz perrito, llegó allí, 
escuálido, maltratado y cayéndose por el 
hambre. Había quedado bajo los escombros 
de la casa del Cura, y un día y una noche 
había empleado en hacerse un camino para 
salir. 

Las caricias para con su amo fueron extre- 
mas. Luis también lo abrazaba, y nueva- 
mente se inundaba en llanto. 

De pronto, el animal se retira, y guiado 
por el instinto, llega á la fosa de Lucía y 
empieza á aullar y á arañar el suelo recién 
movido. Nueva pesadumbre invadió los cora- 



8 4 



zonesy nuevas lágrimas brotaron á los ojos 
de todos. Luis casi no pudo soportar el dolor, 
y fué necesario que sus amigos le llevasen 

en peso al hogar ¡ ah ! al jazmíu bajo 

cuyas ramas había pasado la noche antes, la 
más amarga de las noches que puede un mor- 
tal pasar sobre la tierra. 

Al llegar allí, la obscuridad había exten- 
dido su negro capuz, el dios-te-dé había aca- 
bado de cantar sus últimas plegarias, y los 
primeros rayos de la luna empezaban á salir 
tras las gigantescas montañas del Oriente. 

Nadie durmió esa noche. La impresión 
del terror poseía todas las almas. Una ora- 
ción general parecía oírse en todos los labios. 

Por otra parte, las oscilaciones del suelo 
no habían cesado. Nuevos y nuevos movi- 
mientos seísmicos se sentían con sólo inte- 
rrupciones de minutos. La alarma crecía cada 
vez más. El pavor aumentaba á cada mo- 
mento. 

Cuando el día vino, muchas familias em- 
prendieron marcha hacia Seboruco, punto 
distante tres leguas de La Grita, y donde em- 
pezó seguidamente á formarse un pueblito, 
con el nombre de La Fundación. 

Los que quedaron en la ciudad, levantaron 
sus barracas, que poco á poco fueron ensan- 
chándose para tomar mediana forma de ha- 
bitación. 

Las gentes de los campos empezaron á re- 
construir la casa del Cura, y pronto le edifi- 
caron una casita de pajareque y tejas, la cual, 



- 8 S - 

con el andar de los días, fué mejorándose 
hasta presentar un bello aspecto. 

No gozó de ella mucho tiempo el Padre 
Fernando, pues pocos meses después, á causa 
de las contusiones recibidas en la fatal no- 
che, contrajo una enfermedad al pecho que 
le llevó- á la tumba. 

Antes de morir, otorgó su última volun- 
tad, é instituyó á Luis único heredero de 
sus pocos bienes. 

Este no supo de la muerte de su tío: 
una fiebre tifoidea lo tuvo reducido al lecho 
del dolor durante dos meses, y sólo se salvó, 
gracias á los exquisitos y generosos cuidados 
de Inés, pues hasta el Doctor Peña había 
regresado á Maracaibo, después de aquel 
suceso espantoso, casi fuera de sí, presin- 
tiendo que en aquella ciudad el terremoto 
podía haber ocasionado tantos estragos y 
tanto luto como en La Grita. 

Cuando Luis estuvo en pié, lo primero 
que hizo fué ir al Cementerio. Largas horas 
estuvo sollozando sobre la tumba de Lucía. 
El frío de la tarde y lo delicado de su or- 
ganismo le obligaron á retirarse á la casa, á 
donde llegó para recaer en cama por tres 
meses con la misma enfermedad. 

Por fin, un día pudo levantarse : era un 
cadáver, un esrjectro salido de las tumbas. 

Durante este tiempo, Inés había recibido 
una carta del Eosario : contenía una funesta 
noticia : la madre de Luis había muerto. 

Ella ocultó esta infausta nueva durante 



— 86 — 

muchos días : darla al pobre joven, era ma- 
tarlo. 

Un corazón sensible y bueno no puede 
resistir á las inclemencias de la desgracia r. 
es un vaso frágil, que se rompe al menor 
golpe. 

Un rico hacendado, antiguo amigo del 
Padre Fernando, se condolió un día del la- 
mentable estado de Luis, y se lo llevó pa- 
ra su campo, con el fin de restablecerlo, le- 
jos de aquel escenario donde había visto su- 
cederse tantos infortunios, y auxiliado eficaz- 
mente por ese aire oxigenado y puro de la& 
tierras frías, que lleva al organismo efluvios 
de vida, y al alma, reposo y bienestar. 

Cuarenta días pasó en aquella mansión 
bendita, donde se le prodigaron atenciones 
y cariños fraternales. Una alimentación nu- 
tritiva y frecuentes ejercicios corporales, le 
repararon las fuerzas y le levantaron el es- 
píritu, moral mente decaído al peso de tantas 
penas. 

Sus heridas, sin embargo, no estaban ci- 
catrizadas. De tarde, se retiraba de la casa, 
y por allá, en el boscaje, sentado al pié 
de un árbol ó al borde de un torrente, se 
entregaba á profundas meditaciones. 

((¿He nacido, acaso, para el dolor? decía. 
¿Existe, por ventura, un destino adverso, 
que se goza en oprimir mi frente con su ma- 
no de hierro 1 ? 

(cMuere mi padre cuando apenas empezaba 
yo á darme cuenta de la vida ; mis únicas 
dos hermanitas se hunden en la tumba como 



- 8 7 - 

frescos botones de camelia todavía en la 
edad de los juegos infantiles : una terrible 
enfermedad me obliga á abandonar el suelo 
de mi cuna, y á dejar lejos á la amorosa y 
buena madre que con sus besos de ternura 
llevaba á mi corazón la luz de la existencia ; 
Lucía, mi idolatrada Lucía, mi inolvidable 
Lucía aparece un instante en mi camino, lo 
cubre de rosas y perfumes, y el más cruel 
de los infortunios me la arrebata, no de- 
jándome de ella sino un recuerdo que me 
parte el corazón ; muere luego el noble y 
generoso sacerdote que me tendió sus brazos 
de padre, que calmó las rudezas de mis nos- 
talgias y que con su mano temblorosa de 
placer bendijo mi unión con el ángel de mis 
dulcísimos ensueños......... 

«¡ Oh ! Dios mío ! ¿estoy abandonado del 
cielo? ¿He venido al mundo para escarnio 
déla desgracia? ¿Existe un hado impío des- 
tinado á perseguirme? ¡ Ah ! No puedo 

creerlo. Mi conciencia no está manchada 
con la sangre de los delitos, ni llevo hechos 
girones mi honor y mi decoro 

«Sin embargo, ese sueño funesto ; esa ima- 
gen de Lucía; esa mariposa negra ; esa muer- 
te súbita ¡oh! sí: todo estaba dispues- 
to con antelación: yo he sido vil juguete de 
un destino nefasto : la desventura me persi- 
gue con ruda saña, y sabe Dios qué nuevos 
dardos tendrá listos para atravesarme el 
corazón. 

«Pero ¡ oh ! miseria humana ! ¡ Cómo con- 
cebir un destino para atormentarnos en la 



vida ! Cómo suponer siquiera que nosotros 
seamos aquí ciegos autómatas del acaso ! 
¿Qué es entonces el hombre'? ¿Qué vale la 

razón"? ¿Para qué le sirve la voluntad 1 ? 

i No ! ¡ no ! ¡Es imposible ! El mayor de los 
absurdos es pensar siquiera en que exista un 
poder inexorable como la necesidad y ciego 
como el azar, cuyas operaciones, encadenadas 
por vínculos secretos é indisolubles, tengan 
por objeto nuestra desgracia sobre la tierra. 

«\ Oh ! sí ! El hombre es libre para obrar 
á su beneplácito. Nada hay más verdadero 
que el imperio de la voluntad sobre nues- 
tras propias determinaciones. Yo no hago lo 
que una sugestión extraña me indica, sino lo 
que yo quiero. Yo soy susceptible de cam- 
biar de voluntad cuando circunstancias par- 
ticulares obran sobre mis sentimientos. Yo 
me inclino ante una súplica, mudo de 
pensamiento ante una alabanza, domino las 
tendencias de mi naturaleza, y cuando me 
place, hago por sobre todo, mi querer. Sí ; 
mi conciencia me lo dice así, y ella es en 
ésto el mejor iuez. 

«La muerte de Lucía es tan sólo un ac- 
cidente natural. Si yo me hubiese coloca- 
do á la mesa en el lugar que ella ocupó, yo 
dormiría á estas horas el sueño de la tumba, 
y ella, profundamente inconsolable, estaría 
soportando sobre la frente el peso de todas 
las amarguras 

«Sí ; abandonaré esta idea blasfema que 
me atormenta, y me 
table determinación délos sucesos. 



- s 9 - 

Tales eran las meditaciones á que se entre- 
gaba en religioso silencio ; y las cuales, 
muchas veces, le interrumpió la presen- 
cia del buen aldeano, que venía á buscarlo 
para invitarle á comer. 

Una mañana, poco después de rayar el 
sol, le llegó con mil piruetas y agasajos á 
la pieza donde estaba leyendo, su favorito 
Brillante. Estrechólo en los brazos, y salió 
eon él á informarse quién lo había traído. 
En el corredor de la casa encontró jadean- 
te y fatigada, á la anciana Inés. 

He venido, le dijo, á darle una nueva 
que, aunque triste,, no debe inquietarle, 
pues espero que no habrá motivo para ello. 
Su señora madre está enferma en Ei Ro- 
sario. 

¿ Y cómo lo sabe % preguntó él inquietado. 

Por cartas de allá, que desgraciadamente 
dejé olvidadas en la casa. 

Yo quiero ver esas cartas : vamonos ahora 
mismo para la ciudad. 

No se afane, niño, le dijo ella : no hay 
eausa para tales zozobras. Ella mejorará, 
con la gracia de Dios. 

Continuó la conversación entre los dos lar- 
go rato, y como al fin, él se decidiese á par- 
tir al día siguiente para El Rosario, la bue- 
na señora lo disuadió, y le hizo comprender 
que ya todo era inútil, pues su madre había 
muerto hacía diez días. 

¡ Oh ! pintar el efecto que en el pobre jo- 
ven causó esta noticia, es imposible. Habría 
que pedir sombras á la noche, amarguras al 



— 9° — 

infortunio, tormentos al dolor. La desespe- 
ración de Luis no tuvo límites ; no bastaron 
reflexiones ni consejos; se deshizo en lágri- 
mas ; se mesó los cabellos j se revolcó en el 
suelo como un niño ; y al fin, macilento, 
escuálido, desfigurado, fué conducido á su 
cuarto, donde pasó el resto del día sumergi- 
do en la noche del más hondo pesar. 

Esa tarde, al saber la noticia, vinieron á 
acompañarle en su dolor muchas personas 
de las haciendas vecinas, á quienes el joven 
había inspirado el más vivo cariño. 

Los aldeanos de mi pueblo son un trasun- 
to de los sencillos moradores de Israel en 
los días patriarcales. 

Honrados y laboriosos, hacen de la virtud 
un culto, y del trabajo, un placer. El cuer- 
vo de los pensamientos sombríos jamás llega 
á batir sus negras alas en aquellas mentes, 
cerradas para el mal ; y ni el odio ni la ven- 
ganza ruin echan raíces en aquellas almas 
blancas y puras como niveos jazmines recién 
desplegados á la lumbre de la aurora. 

Sus hogares están abiertos para todo el que 
á ellos toca ; y no sólo se gozan en recibir 
y agazajar al que allí llega, sino que salen á 
encontrar al transeúnte á quien la noche sor- 
prende en el camino, como lo hacía el an- 
ciano Abraham cuando tenía su poética 
tienda en el Valle de Mambré. 

Sus hijos se educan en la escuela del tra- 
bajo y del respeto paternal ; y aquellas pu- 
dorosas jóvenes sobre cuyas frentes apenas han 
posado su tibio beso veinte primaveras ; blan- 



— 9 i — 

cas y bellas como las rosas de Jericó, son 
verdaderas vírgenes, á quienes bien pudiera 
tributarse culto, á estar colocadas en un altar. 

El pobre que va á los campos á implorar 
un pan, jamás retorna á su tugurio sin traer 
las alforjas llenas de granos, y el corazón 
henchido de las más gratas emociones. 

Los sentimientos religiosos de nuestros al- 
deanos, están inspirados en la fé más viva y 
en la caridad más noble. El temor de Dios 
es allí la base de la vida, y por éso las cos- 
tumbres son sencillas é inocentes, la conducta 
acrisolada, y el cumplimiento del deber, 
sagrado. 

Un duelo en nuestros campos es duelo ge- 
neral. Todos los vecinos ocurren al sitio 
del dolor, y allí rivalizan en servir con sus 
bienes y personas, y en aliviar la pena á la 
familia atribulada. 

De aquí por qué la tarde en referencia, 
al redor de Luis había numerosas familias 
que le acompañaban cordialmente en su in- 
fortunio, y se esforzaban por llevar á aquel 
corazón amargado, una gota siquiera de dul- 
ce conformidad. 

En la mañana del día siguiente, regresó á 
la ciudad, acompañado de la buena anciana 
y de Brillante. 

Allí, el cielo no volvió á clarear para él ? 
ni en la copa de la vida volvió á escanciar 
sino el absintio de la muerte. 

De tarde se iba al Cementerio, con una 
guirnalda de flores, que colocaba en la tum- 
ba de Lucía • y allí permanecía, dado á las 



~ 92 — 

lágrimas y á la meditación, hasta altas ho- 
ras de la noche en que regresaba á la casa. 

Se levantaba muy tarde : daba comida á las 
numerosas palomitas y pájaros de todas cla- 
ses que tenía sueltos en el patio y corredores 
de la casa j regaba el jardín y la frutera, y 
luego se entregaba á la lectura de libros 
místicos y literarios. 

No recibía visitas, ni iba tampoco á casa 
alguna, tal vez para no recordar, al pasar 
por los escombros de la ciudad, el fatídico 
suceso de la aciaga noche de junio. 

Muchos meses transcurrieron, y aquella 
alma enferma estaba más triste y abatida. 

La intensidad del dolor, en vez de dismi- 
nuir, parecía aumentar gradualmente. 

El pobre joven estaba ya incognoscible. En 
corto tiempo se había transfigurado : veía- 
sele ahora profundamente pálido y demacra- 
do, con los ojos hundidos y opacos, los ca- 
bellos largos y la expresión siempre triste y 
meditabunda. 

Pronto sintió quebrantos en la salud. Un 
dolor permanente en los huesos le atormen- 
taba. Dejó de salir aun al Cementerio, y pa- 
saba los días leyendo debajo de los árboles, 
rodeado de todas sus avecillas, que se le 
posaban encima y lo acariciaban con inaudi- 
tas demostraciones de afecto. 

De tarde, solía tañer el arpa, y de aquellas 
•cuerdas salían notas tan tristes que hubieran 
hecho llorar á las mismas fieras de los bos- 
ques. 

Una mañana apareció muerto. 



— 93 — 

Cuando la buena anciana entró á saludar- 
lo, según costumbre, lo halló sumergido en el 
sueño eterno. 

Al saberse la noticia, muchas familias ami- 
gas se trasladaron á la casa, y tributaron al 
cadáver de aquel infortunado joven, todos 
los homenajes que les inspiró el más acendra- 
do cariño. 

Su cuerpo fué enterrado junto al de Lucía, 
en medio de las sepulturas de los padres 
de ésta. 



En 1878, cuando se dispuso clausurar el 
Cementerio antiguo de La Grita, aún se veían, 
en dirección á la puerta, tres sauces llorones, 
que, con sus ramajes caídos, cubrían cuatro 
cruces corroídas por los años, y colocadas en 
una línea recta : allí estaban las tumbas de 
los desgraciados jóvenes, tan olvidadas ya 
como su tristísima historia. 



FIN 





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