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Full text of "Malvaloca : drama en tres actos inspirado en un copla andaluza"

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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 
DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 
_ SOCIETIES 

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vol» 18 
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Esta obra es propiedad de sus autores. 

Los representantes de la Sociedad de Autores Españo- 
lea son los encargados exclusivamente de conceder ó 
negar el permiso de representación y del cobro de los 
derechos de propiedad. 

Droits de représentation, de traduetion et de repro- 
duction. reserves pour tous les pays, y compris la 
Suéde, la Norvége et la Hollande. 

Copyright, 1912, by S. y J. Álvarez Quintero. 



SERAFÍN y JOAQUÍN 
ÁLVAREZ QUINTERO 



MALVALOCA 



DRAMA EN TRES ACTOS 



INSPIRADO EN UNA COPLA ANDALUZA 



:E8trénado en el TEATRO DE LA PRINCESA el 6 de Abril 
de 1912 




MA.DRID 

Iriprenta de Regino Velasco 
1912 



REPARTO 



PERSONAJES ACTORES 

MALVALOCA María Guerrero. 

JUANELA Conchita Ruiz. 

MARIQUITA Josefina Blanco. 

HERMANA PIEDAD Carmen Jiménez. 

TERESONA María Cancio. 

ALFONSA María Valentín. 

DOÑA ENRIQUETA Elena Salvador. 

DIONISIA Aurora Le-Bret. 

HERMANA CONSUELO Luisa García. 

HERMANA DOLORES Consuelo León. 

HERMANA CARMEN Enriqueta Liquiñano. 

LEONARDO Fernando Díaz de Mendoza. - 

SALVADOR Emilio Thuillier. 

MARTÍN EL CIEGO Emilio Mesejo. 

BARRABÁS Felipe Carsí. 

Ef. TÍO JEROMO Manuel Díaz. 

LOBITO Fernando Montenegro. 

UN OPERARIO Salvador Covisa. 



A Don ]VIarcelino ]\Ienénde2 

y Pelayo 



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Meresía esta serrana 
que la fundieran de nuevo 
como funden las campanas. 



COP1.A POPULAR. 



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ACTO PRIMERO 



En Las Canteras, pueblo andaluz, hay un convento de fecha re- 
mota, conocido por el Convento del Carmen. Al pasar á mejor vida, 
de puro vieja ya, la última de las madres allí consagradas al amor di- 
vino, vinieron á heredar el vetusto recinto las Hermanitas del Amor 
<le Dios; congregación semejante á la de las Hermanas de los Pobres. 

Hay en el convento, al comenzar la acción de esta obra, hasta seis 
ancianos recogidos, de quienes cuidan las hermanas con solicitud y 
bondad extremas. 

Este primer acto pasa en uno de los corredores ó galerías del 
claustro, por cuyos altos arcos se ve al fondo toda la extensión de lo 
que fué jardín, hoy convertido casi completamente en huerta, ya que 
más que flores da frutos. Cierra el corredor por la derecha del actor 
un muro, donde hay una gran puerta, denominada de la Cruz, por- 
que sobre ella, en el muro, está incrustada una de palo. En el pro- 
pio muro, á la altura de la mano, y encima de una repisa tosca, se 
ve una imagen de San Antonio pequeñita, ante la cual hay un bote 
lleno de garbanzos. Uno de los arcos centrales da paso al jardín. En 
el corredor hay dos ó tres sillas y algún banco. 

Es por la mañana en un día de sol del mes de Abril. 



BARRABÁS, viejecillo asilado, de buen humor y malas pulgas, 
que hace en el convento de jardinero y de hortelano, trajina en sus 
dominios. Al fondo, allá lejos, á la sombra de un arbolillo, la HER- 
MANA CARMEN, abstraída y silenciosa, cose sin dar paz á la mano. 



— 10 — 

Alguna vez las escenas que pasan á su alrededor la distraen un mo- 
mento de su tarea; pero en seguida vuelve á fijar la vista y la aten 
ción en lo que está haciendo. 

Por la izquierda del jardín salen la HERMANA DOLORES y la 
HERMANA CONSUELO, con sendos bolsos de pedir limosna. Pasan 
al corredor por el arco central y desaparecen por la puerta de la Cruz. 

Barrabás dice en su picaresco monólogo: 

Barrabás. Dos en dos, 

por la sombra y no por er só: 

Hermanitas del amor de Dios. 
¡Je! ¡Versos míos! 

Pedimos pa los pobres; 

dénos usté lo que sobre, 
y si pué sé plata mejó que cobre. 
iJe! 

Por la puerta de la Cruz sale MARTÍN EL CIEGO, que para ayu- 
darse á caminar lleva un palo en la mano. Es más viejo y está Ynás 
destruido que Barrabás. Marcha callado á lo largo del corredor. Ba- 
rrabás que lo ve lo detiene hablándole. 

¡Se dise güenos días! 

Martín. Güenos días. No sabía que estaba usté ahí, 
señó Barrabás. 

Barrabás. De más lo sabía usté, señó Martín. 

Martín. Como usté quiera. 

Barrabás. Porque usté no ve, pero güele. 

Martín. Como usté quiera. Güenos días. 

Barrabás. ¿Se va usté á toma er só? 

Martín. Con permiso de la hermana Piedá. 

Barrabás. No hay como anda siempre bailando el 
agua pa conseguí favores. Pero ese no es mi genio. 

Martín. Ni er mío tampoco. Ni quieo discusiones 
con usté. Y base usté malamente en critica las cosas 
de esta casa, donde está usté recogió por caridá, lo mis- 
mo que yo. 

Barrabás. Hay árgana diferensia, compadre. Yo no 
soy ningún trasto inuti como usté: yo soy aquí un 



- 11 — 

hombre que trabaja en la güerta y en er jardín. Y gano 
er pan que como. ¡Y er que se come usté también! 

Martín. Á usté no le debo yo na. Yo también tra- 
bajo. 

Barrabás. ¡Usté me dirá lo que hase! Va pa dos 
años que no sube á la torre... 

Martín. Hago lo que las hermanas me mandan. 

Barrabás. Sólo que como no le mandan á usté na, 
se da usté la vía de un canónigo. 

Martín. Le digo á usté que no quieo discusiones.. 
Quéese usté con Dios. 

Barrabás. ¿Qué le ha paresío á usté hase poco er 
repique que ha dao la Golondrina? ¡Vaya una campana^ 
compadrel 

Martín. To se le güerve á usté veneno en er cuerpo», 
señó Barrabás. 

Barrabás. Por eso me conviene sortario. 

Martín. Yendo un poco hacia él con sincera y honda emoción.. 

La Golondrina de esta santa casa es una campana que 
ar presente está rota y no suena como sonaba porque 
Dios lo ha querío; pero cuando la vorteaban estas ma- 
nos, la Golondrina sonaba como no han sonao campa- 
nas en er mundo desde que hay cruses en los campa- 
narios. Y usté lo sabe tan bien como yo, sino que se 
gosa en oirme. 

Barrabás. ¿Ni la Sonora de la Iglesia Mayó ha tenío 
tampoco mejores voses? 

Martín. ¡Ya está con la Sonora! ¡La manía de tos los 
de aquer barrio! ¡Compara á la Sonora con la Golondri- 
na der Carmen! Es mesté sé sordo pa eso. 

Barrabás. ¿Ahora también, señó Martín? 

Martín. De ahora no se trata. Si está rota desde 
hase ya tres años cumplios, ¿cómo quié usté que suene? 
¡Que se alegren, que se alegren los de la Sonora, qu^ 
bastante tiempo han vivió con la pesaíya de la Golon- 
drina! 



— 12 — 

Barrabás. Pa mí que lo que ha pasao ha sio que er 
Padre Eterno, paseándose por las nubes una tarde... 

Martín. Deje usté en paz las cosas santas, señó. 

Barrabás. Lo oyó á usté toca la campana. ¡Tin... 
tan!... ¡Tin... tan!... Y se conose que pa sus barbas fué 
y se dijo: «Hombre, hombre, esa campana suena de- 
masiao bien pa está en Las Canteras, que ar fin y ar 
cabo no es más que un pueblo.» Y á un angelito que 
andaba de viaje por Andalusía le mandó que la cascara 
de un martiyaso. ¡Je! ¿No le paese á usté? ¡Envidia que 
tuvo Dios en er sielo! 

Martín. ¡La envidia er que la tiene es usté en la 
tierra, peaso e poyino, sayón, hereje! A la Superiora vi 
á desirle que le prohiban á usté habla conmigo. Na 
más que eso. 

En esto aparece por la puerta la HERMANA PIEDAD y corta la 
disputa. Esta hermana es joven y bella, humilde y suave. Su habla 
es ingenua y reposada. No es andaluza. 

H. Piedad. ¿Ya estamos como de costumbre? Tem- 
prano empieza el día. 

Martín. Este hombre que no hase más que buscar- 
me las purgas. 

Barrabás. ¿Yo? ¡No tendría mar trabajo! 

H. Piedad. Pero, usted también, Martín, ¿por qué 
no sigue su camino? 

Martín. ¡Porque no me deja! 

H. Piedad. ¿Le pone á usted redes, como á los pá- 
jaros? 

Martín. Me dise unas cosas que no hay manera de 
seguí adelante sin responderle. 

H. Piedad. A palabras necias... 

Barrabás. ¿Eso de nesias va conmigo? 

H. Piedad. Precisamente. 

Barrabás. Pos lo que toca hoy no he hecho má¿ 
que darle los güenos días. Más vale cae en grasia que 
fié grasioso. 



13 - 



H. Piedad. Aquí no hay preferencias para nadie ^ 
Barrabás. Ni nos curamos de las gracias. Los bufones 
ya no los paga el rey. De memoria me sé sus mañas, y 
de memoria también cuál era la disputa. ¡Todos días la 



misma! 



Martín. ¡La misma tos los días, hermana Piedad! 
Dígaselo usté á la Superiora. 

H. Piedad. Pues quién sabe si Dios va á castigarlo á 
usted— á usted. Barrabás, á usted le hablo— y le va á 
mandar una rabieta. Como el milagro que yo espero 
llegue á obrarse... 

Barrabás. ¡Los milagros no son de estos tiempos! 

H. Piedad. ¡Silencio, Barrabás! ¿Cómo se entiende? 
Ande, ande á su trabajo. \ usted, Martín, á su camino. 

Martín. Dios la guarde. 

Barrabás se interna hacia la derecha del jardín sin replicar pala- 
bra. Martín desaparece por el corredor. 

Viene LEONARDO por la izquierda del jardín. Es hombre como 
de treinta años y de apariencia modesta y sencilla. Su fisonomía es. 
adusta, y curiosa y penetrante su mirada. Trae el sombrero en la 
mano, dejando al descubierto la cabeza, poblada de fuerte y abun- 
dante cabello. Tiene toda su persona un aire de energía varonil que 
la hace simpática. La hermana Piedad lo ve venir y lo espera son- 
riéndole con dulzura. 

H. Piedad. Santos y buenos días, caballero. 

Leonardo. Buenos días, hermana. 

H. Piedad. ¿A ver á su amigo, verdad? 

Leonardo. Á acompañarlo un rato. Ahora no tengo 
cosa mayor que hacer allá. 

H. Piedad. Aquí estaba hace media hora. Andará 
por ahí de conversación con los ancianos. Tiene tan 
buen ángel... Y le gusta mucho charlar con ellos. 

Leonardo. Con ellos y con todo el mundo. Le da 
paUque al primero que pasa. No sabe callar. Eso sí: su 
conversación tiene miel. Y de usted y de toda esta casa 
empieza á hablar y no concluye. 



— 14 -- 

H. Piedad. Bromeando. ¿Ah, SÍ? Pnes le advierto á us- 
ted que somos muy interesadas. Es posible que pida- 
mos algo por cuenta de esa gratitud. 

Leonardo. Lo que yo pueda dar... Y de él no se 
diga. 

H. Piedad. Hablaremos los' tres. Voy por allá den- 
tro á buscarlo. Tal vez esté con don Jacinto. 

Leonardo. ¿El cura? 

H. Piedad. No, señor: un asilado que también se 
llama don Jacinto. ¿No se ha fijado usted en un vieje- 
cito muy pulcro, casi siempre solo...? 

Leonardo. Ya sé, ya sé quién dice. 

H. Piedad. Pertenece á una gran familia sevillana 
que ha venido á morir aquí. Finales de vida que nadie 
puede adivinar... A todos, es claro, los tratamos con 
bondad y cariño. Para con él hay que añadir la corte- 
sía. Todo le humilla y lo desconsuela. En su amigo de 
usted ha encontrado un buen camarada. 

Leonardo. Es doloroso el caso. ¿Se da con fre- 
cuencia? 

H. Piedad. En asilos más numerosos que éste, sí, 
señor. Aquí casi todos son de familias pobres. Algunas 
tanto, que hay asilado que guarda algo de lo que se 
habría de comer, para regalárselo luego á los parientes 
que vienen á visitarlo. 

Leonardo. Es interesante. 

H. Piedad. Avisaré á su amigo. 

Leonardo. Deje usted, hermana; iré yo. 

H. Piedad. ¡No faltaría otra cosa! Siéntese usted , 

-que en seguida viene. Se va por el jardín, hacia la derecha. 

Leonardo pasea un momento en silencio, y de pronto se fija en 
la repisa de San Antonio. Barrabás, que ha vuelto á aparecer, acecha 
el instante de pegar la hebra con el recién llegado. 

Leonardo. ¡Qué niñería! ¡Hoy tiene garbanzos el 
Banto! Y anteayer aceite ó vinagre. Y^o no entiendo 
esto. 



— 16 — 

Barrabás. ¿Está usté reparando er bote de San An- 
tonio? 

Leonardo. ¿Eh? Sí, señor. 

Barrabás. ¿No sabe usté lo que sirnifica? 

Leonardo. No, señor. Y desde que frecuento esta 
casa me llama la atención un poco; pero no gusto de 
preguntar. 

Barrabás. Pos yo se lo vi á explica á usté sin que 
me lo pregunte. ¡Je! 

Leonardo. Bueno. 

Barrabás. Como esta casa se sostiene de la caridá, 
€n cuanto la hermana despensera ve que hase farta ar- 
guna cosa, pone un puñaíto de lo que hase farta en er 
bote de San Antonio. Yega una persona caritativa, de- 
rrama la vista pa er santo, repara en los garbansos ó 
en lo que sea, y ya sabe de lo que tiene que manda. Y 
manda una boteya ó un saquito. Y las hermanas disen 
luego que San Antonio es er que lo manda. 

Leonardo. Ya. 

Barrabás. Y San iVntonio está tan ajeno á los gar- 
bansos ó al aseite como usté y como yo. 

Leonardo. ¡Es claro! 

Barrabás. Así son los milagros der día. Si yo le 
contara á usté más e cuatro cosas... 

Leonardo. No, no quiero saber más. 

Barrabás. Es que en este asilo... 

Leonardo. Bien está, bien está, señor. 

Barrabás. Usté disimule. Leonardo se sienta á fumar. Ba- 
rrabás vuelve á acercársele sonriente. ¿Y Un sigarrito, me da 

usté, cabayero? 

Leonardo, con muy buen agrado. Sí, hombre: eso sí. 
Tome usted un par de ellos, si quiere. 

Barrabás. Sí quiero. Y mu agradesío. Er tabaquiyo 
€S lo único que le quea á uno de otros tiempos. Y es lo 
único también que nunca manda San Antonio. Se co- 
nose que er santo no fuma. Tenemos que contentarnos 



— 16 -^ 

con los pitiyos anémicos que nos hasen las madres. Leo- 
nardo sonríe. La primera vez en mi vía que lo veo á usté 
risueño. ¿Está usté malo del estómago, por casualidá? 

Leonardo. No, señor. 

Barrabás. Son dos carárteres mu distintos usté y 
don Sarvadó. 

Leonardo. Bien está, bien está. 

Barrabás. Usté disimule, vuélvese ai jardín reliando el 
cigarrillo que va á fumarse. Á poco exclama, echando la mirada ha- 
cia la izquierda. ¿Quiéii cs aqucya paloma que viene aquí? 
¡Cosa más rara en esta casa!... 

Llega MALVALOCA. Se detiene un punto en medio del jardín 
mirando á todos lados, como quien ^uda adonde dirigirse, y al ver 
á Leonardo en el corredor vuela hacia él. Malvaloca es bella: su cara 
risueña y comunicativa; su cuerpo, gentil y ligero; su traza popular. 
Sus cabellos negros, rizados y cortos, parece que los sacude el aire, 
segrún se agitan á impulsos de la nerviosa actividad de la cabeza, 
llena de fantasías y disparates, que se mueve como la de un pájaro. 
Viste falda lisa de un solo color, blusa blanca, zapato de charol con 
hebilla, y mantoncillo de seda negro puesto á modo de chai. Trae 
ricos pendientes, sortijas y pulseras, que contrastan con la sencillez 
del vestido. Leonardo, al verla aparecer, se levanta un poco sor- 
prendido. Barrabás se acerca á la hermana Carmen como para co- 
mentar la visita. Luego se aleja. 

Malvaloca. Buenos días. 

Leonardo. Buenos días. 

Malvaloca. ¿Este es el Asilo de las Hermanitas del 
Amor de Dios? 

Leonardo. Este mismo. 

Malvaloca. Grasias. Yo vi er postiguiyo abierto, y 
me entré; pero en mitá'er jardín temí haberme metió 
en otra parte. 

Leonardo. Pues éste es el asilo. 

Malvaloca. Sí; ya veo ayí una monja. Y... ¿usté po- 
drá desirme...? 

Leonardo. ¿Qué? 



- 17 — 

Malvaioca. ¿Es aquí donde están curando á un he- 
rido...? 

Leonardo. Aquí es. 

Malvaioca. ¿Usté sabe ya por quién pregunto? 

Leonardo.. Por Salvador García, ¿no? 

Malvaioca. Cabalito: por Sarvadó Garsía. ¿Cómo 
está? 

Leonardo. Ya está casi bueno. 

Malvaioca. ¿Sí? ¿Pero ha estao grave? 

Leonardo. Grave no diré yo. Ha sufrido bastante. 
Las quemaduras fueron horribles y las curas muy do- 
lorosas. 

Malvaioca. En Seviya corrió que se había achicha- 
rrao en una fragua. 

Leonardo. ¡Ave María Purísima! 

Malvaioca. Cosas de la gente, ¿verdá? Me lo dijo... 
¿Quién me lo dijo á mí? ¡Ah! Matirde la Chata, que 
nunca lo ha mirao con buenos ojos. 

Leonardo. ¿Usted viene ahora de Sevilla? 

Malvaioca. Ahora mismo. No he hecho más que 
arreglarme un poco y busca er convento. Y he venío 
por enterarme de la verdá; por salí de dudas; por verlo 
áé. 

Leonardo. Es usted buena amiga suya, según parece. 

Malvaioca. ¡Uh! Este ¡uhl de Malvaioca es como un trino. 
Lo emplea siempre con inflexión ponderativa y gracioso ademán, 
cuando no acierta á encerrar en palabras todo lo que quiere decir. 
Detrás de cada ¡uh! su imaginación pone uu mundo. 

Leonardo. Mucho, ¿eh? 

Malvaioca. Ya me quedé en amiga; pero he sío una 
mijiya más. Er tiempo to lo acaba. 

Leonardo. Menos las amistades, por lo visto. 

Malvaioca. Donde candelita hubo... ¿Usté también 
es amigo de Sarvadó? 

Leonardo. Amigo y algo más. 

Malvaioca. ¿Cómo es eso? 



— 18 — 

Leonardo. Porque somos compañeros en el negocio 
de la fundición. 

Malvaloca. ¿De qué fundisión? 

Leonardo. De la fundición de metales en que ha pa- 
sado la desgracia. ¿Es que no tiene usted noticias de la 
fundición? 

Malvaloca. ¡Si yo hase más e dos años que no lo veo! 
Pero ahora estoy pensando... ¿Quién me dijo á mí que 
Sarvadoriyo se había metió á hasé carderas? 

Leonardo sonriendo. Probablemente esos informes 
saldrían de la misma fuente que los otros. 

Malvaloca. No, la Chata no fué. ¿Qué más da quien 
fuera? ¿De manera que usté y Sarvadó...? 

Leonardo. Sí; somos socios. 

Malvaloca. ¿Los dos? 

Leonardo. Naturalmente. 

Malvaloca. ¿Desde cuándo? 

Leonardo. Desde hace poco tiempo. Nuestra amis- 
tad, que es muy reciente, es ya muy estrecha. 

Malvaloca. Es que Sarvadó es mu simpático. 

Leonardo. Muy simpático es. 

Malvaloca. Se yeva á la gente de caye, ¿verdá? 

Leonardo. A mí se me ha llevado, á lo menos. 

Malvaloca. Y á to er que lo trata. En este mundo, 
lo que manda es la simpatía. 

Leonardo. ¿Usted cree? 

Malvaloca. Estoy segura. Er cariño majTj no es otra 
cosa que una simpatía. Una simpatía tan grande, tan 
grande, que no sabe usté viví sin aqueya persona. 

Leonardo. Quizás. 

Malvaloca. Déle usté er nombre que usté quiera: 
amó, amista, cariño... lo que á usté se le antoje. Escar- 
ba usté... y simpatía. ¿Usté no ve que á los piyos se les 
quiere más que á los tontos? ¿Y eso por qué es? Porque 
los piyos son siempre más simpáticos. No le dé usté 
A'uertas. 



— 19 — 

Leonardo. Puede que tenga usted razón. 

Malvaloca. ¿Y cómo fué el reunirse usté con ese tu- 
nante? 

Leonardo. Usted misma acaba de decirlo: por sim- 
patía. Viajábamos juntos, encontramos estos talleres de 
fundición abandonados en este pueblo, y nos aventu- 
ramos á probar fortuna. Los dos tenemos aficiones aná- 
logas... La fundición se llamaba antes de los Sucesores 
de no sé quién; pero Salvador la ha bautizado con el 
pomposo título de La Niña de Bronce. 

Malvaloca. ¡Ah! ¡La Niña de Bronse!... Ya sé yo por 
la que va eso. 

Leonardo. ¿Por usted? 

Malvaloca. No, señó; por otra. ¡Granuja! Pero ¿dón- 
de está? que yo sí que voy á bronsearlo. 

Leonardo. Ahora vendrá aquí. 

Malvaloca. ¿Aquí va á vení? 

Leonardo. Sí; ha ido una de las hermanas á avisarle 
que he llegado yo. 

Malvaloca. Tengo ganas de darle un abraso. ¡Pobre- 
siyo! Porque es mu charrán, ¿sabe usté? pero es mu 
cabayero. Conmigo siempre se ha portao mu bien. Ni 
una sola vez he yamao á su puerta que ér no haya res- 
pondió. Segura estoy yo de que no me muero en un 
hospitá mientras ^áva ese hombre. ¿Este es San Anto 
nio? Tiene toa la cara de un músico. ¿Qué vende? ¿gar- 
bansos? Diga usté: ¿usté estaba en la fundisión cuando 
ocurrió er percanse? 

Leonardo. Sí por cierto. 

Malvaloca. Y ¿cómo fué? ¿cómo fué? ¿Quié usté 
contármelo? 

Leonardo. ¡Ya lo creo! íbamos á fundir una figura 
para una fuente nueva de Los Alcázares, este pueblo 
inmediato. 

Malvaloca. Lo conozco. ¡No yueve en Los Arcása- 
resl ¡Josúl 



— 20 — 

Leonardo. El molde de la figura que se ha de fun- 
dir está en el suelo, bajo tierra; y por un agujero que 
se deja en la superficie, se vierte en él luego el bronce 
líquido que va en los crisoles. 

Malvaloca. ¿En los qué? 

Leonardo. En los crisoles. Los crisoles son unos^ 
grandes vasos, que sin saltar ni romperse, resisten las 
temperaturas más elevadas. Dentro de ellos, en los hor- 
nos, se deshace el bronce más duro hasta convertirse 
en fuego líquido. 

Malvaloca. ¡Pa mete un deo! 

Leonardo. Y entonces, como le decía, pasa de los 
hornos á la tierra en que está sepultado el molde de lo 
que se haya de fundir. En este paso ocurrió la desgra- 
cia de Salvador. 

Malvaloca. ¿Sí? 

Leonardo. Sí. Se conduce el crisol desde el horno 
sujeto por lo que nosotros llamamos armas de mano. 
Para sostenerlo y fundir, si el crisol es grande, se nece- 
sitan á veces cuatro ó seis hombres. Uno de ellos era 
Salvador. Pues bien: al ir á volcar el líquido en el mol- 
de por el bebedero, le faltó el pié á uno de los otros, y 
con la sacudida violenta saltó fuego al suelo y le salpi- 
có á Salvador en el pecho, en un brazo y en una pierna. 

Malvaloca. ¡Josú! 

Leonardo. Si vencido por el dolor suelta el arma y 
se derrama y se esparce todo el fuego, tal vez se hubiera 
abrasado algún hombre. Salvador hizo un esfuerzo su- 
premo y gritó: «¡A fundir!» Y los demás obedecieron y 
entró el fuego en la tierra. Cuando ya no quedaba ni 
una sola gota en el crisol, soltaron sus manos la barra 
y cayó en mis brazos sin sentido. 

Malvaloca. ¡Pobresito! 

Leonardo. Dos hermanas de este asilo, que llegaron 
entonces al taller pidiendo una limosna, sobrecogidas 
é impresionadas por la escena, se obstinaron en que 



— 21 — 

liabía de traérsele aquí, por estar á un paso de la fundi- 
ción; y aquí lo trajimos^ y aquí se le ha asistido, y aquí 
sigue. 

Malvaloca. Pos sí que habrá pasao las negras. Por- 
que no es mu duro de carnes. Un peyizco es, y le hase 
daño. Pero ¿en qué piensa ya que no viene? 

Leonardo. No sé... Sí que tarda... Acaso haya llega- 
do el médico. 

Malvaloca. Oiga usté, ¿es buen médico? Miste que 
en estos pueblos hay á lo mejó ca veterinario... 

Leonardo. Bueno debe de ser. A Salvador lo ha sa- 
cado adelante. Es el forense. Iré á ver qué pasa y á de- 
cirle que está usted aquí. 

Malvaloca. Si me hase usté er favo... 

Leonardo. Con muchísimo gusto. Va á marcharse y 

vuelve. ¿Y quién le digo que lo espera? Porque no sé 
cómo... 

Malvaloca. Ah, sí. Dígale usté... Dígale usté que 
-está aquí Marvaloca. 

Leonardo. ¿Malvaloca? 

Malvaloca. ¿Le suena? 

Leonardo. No: me sorprende. 

Malvaloca. Así me yaman desde los trese años. Mi 
nombre es Rosa, pa servir á usté. 

Leonardo. Muchas gracias. 

Malvaloca. Pero á Sarvadó dígale usté que Marva- 
loca. ¿A que no sabe usté por qué me yaman Marva- 
loca? 

Leonardo. ¿Por qué? 

Malvaloca. Yo nasí en Málaga en una casita que te- 
nía en la puerta un arriate y en el arriate una marva- 
loca. La gente conosía á mi casa por la casa de la mar- 
valoca. Pos bueno: se secó la marvaloca, pero en luga de 
la marvaloca quedé yo, que ya prinsipiaba á espiga. Y 
-como mi casa era pa to er mundo la casa de la marva- 
loca, y ayí no había quedao marvaloca ninguna, pos la 



— 22 — 

marv aloca fui yo. Tota: que en vé de sé una fló y de 
está á la puerta e la caye, fué una mosita que estaba 
dentro. Ya ve usté qué cosa mas sensiya. Pero hay que 
explicarla. 

L60n&rd0. En un especial estado de ánimo, que en parte con- 
firma las teorías de la simpatía expuestas por la simpática Malvaloca. 
Voy á avisarle á Salvador. Se va por el jardín hacia la dere- 
cha. 

Maivaloca. cuando se queda sola. También es simpática 
este hombre. Mirando hacia la puerta. ¿Y esta viejcsita que- 
viene aquí? Se conose que estará recogía... ¡Pero qué 
chiquitita es! ¡Si es un embuste! Paese una majita de- 
armiré. 

Sale MARIQUITA, en dirección al lado opuesto del corredor. 
MALVALOCA la contempla encantada. Es una viejecita que cabe 
dentro del bote de los garbanzos de San Antonio. 

Mariquita, ai pasar ante MALVALOCA. Dios guarde á-. 
Usté, hermana. 

iVIaivaloca. Vaya usté con Dios, hermanita. 
iVIariquita. Que usté siga güeña. 
IVIaivaloca. ¿Está usté recogía en el asilo? 

Mariquita. Deteniéndose. Sí, SCñora. 

Malvaloca. ¿Hase mucho? 

Mariquita. Cuatro años. Desde que me fartó mí 
hijo; que me lo mataron en er moro. 

Malvaloca. ¿Le mataron á usté un hijo en la guerra''* 
Mariquita. Er que tenía. 

Malvaloca. ¡Vaya por Dios! Mariquita hace un gesto de 
resignación y dolor. ¿Soil UStedcS mUchoS los VÍejeSÍtOS 

asilaos? 

Mariquita. Ar presente, seis: dos mujeres y cuatro- 
hombres. 

Malvaloca. ¿Esto era un convento, verdá? 

Mariquita. Sí, señora: er Convento der Carmen. Y' 
cuando se murió la úrtima de las madres, se vinierom 
aquí las Hermanitas del Amor de Dios. 



— 23 — 

Mal val oca. Ya. Diga usté, hermanita: ¿y se armiten 
limosnas? 

Mariquita. Hágase usté er cargo: de la caridá viven 
eyas... y de la caridá de eyas, nosotros... 

MalvalOCa. Tome usté, saca de su bolso una moneda de 
cinco pesetas y se la da. 

Mariquita. Atónita. ¿Qué es esto? 

Malvaloca. Un duro. 

Mariquita. No tengo pa darle la güerta. 

Malvaloca. Si es pa usté, hermanita. 

Mariquita. ¿Pa mí? 

Malvaloca. En broma. ¡Pa que se compre usté un 
sombrero! 

Mariquita. sonriendo entre lágrimas. ¿Un SOmbrerO... yO? 

Malvaloca. ¡Ó lo que le haga fartal 

Mariquita. Un sagalejito. 

Malvaloca. Aya usté, hermana. 

Mariquita. ¿Es usté rica? 

Malvaloca. ¡Uh! 

Mariquita. Por la caye no suelen dá limosnas tan 
grandes. De aquí tos los días salen dos hermanas á 
pedí, ¡y si viera usté qué poquito recogen! Y escuche 
usté una cosa: er sábado pasao le pegaron á la hermana 
Piedá. 

Malvaloca. ¿Quién? 

Mariquita. Un borrachote, ¿quién había de sé? En- 
tró en una casa que tenía la cánsela abierta, creyendo 
que era una casa partícula, y era una tabernucha. Pero 
eya, que es mu tranquila y mu resuerta, no se cortó ni 
na, y pidió su Hmosna pa los pobres. Y aquer tío, bo- 
rracho como estaba, empesó á sortá palabrotas y le dio 
un gofetón. 

Malvaloca. ¿Y qué hiso la hermana? 

Mariquita. Pos la hermana entonses fué y le dijo: 
«Güeno, esto es pa mí. Ahora sigo pidiendo pa mis po- 
bres.» 



— 24 — 

MalvalOCa. Admirada. ¡Ah! 

Mariquita. Conque fué el amo de la taberna al oiría, 
y echó á la caye ar borrachote, y á eya le dio una li- 
mosna mu güeña. Y ar día siguiente vino el hombre ya 
fresco aquí á pedirle perdón. Y hubo que oí á la her 
mana Piedá; porque sabe mucho. 

Malvaloca. ¿Es aqueya que cose? 

Mariquita. No, señora. La hermana Piedá es mu 
guapita. Es de Madrí. Se casó mu joven, se le murió er 
marío der pecho, y entonses entró en esta casa, porque 
dijo que ya no tenía que queré á nadie en er mundo. 
Si sale, yo le diré cuál es. 

En el corredor, por la izquierda, aparece en esto SALVADOR, el 
compañero de Leonardo. Es hombre de su edad, poco más ó menos, 
y de fisonomía inteligente y despierta. Trae'^el brazo izquierdo des- 
cansando en un pañuelo de seda anudado al cuello. Al ver á Malva- 
loca allí se sorprende vivamente y se alegra. 

Salvador. Pero ¿es verdá lo que ven mis ojos? 

iVIalvaloca. ¡Chiquiyo! 

Salvador. ¡Marvaloca! ¿Tú por aquí? ¿Qué es esto? 

Malvaloca. ¡Que vengo á verte! 

Salvador. Dios te lo pague, mujé, Dios te lo pague. 

Malvaloca. ¿Cómo van esas quemaúras? 

Salvador. Ya pasaron. 

Malvaloca. Más vale así. Te he traío la buena. 

Salvador. Tú á mí siempre. Siéntate un ratito. 

Malvaloca. ¡Pos no que no! 

Mariquita. ¿Es tu novia? 

Salvador. Lo fué. Me dejó por otro. 

Malvaloca. Diga usté que es un embustero. 

Salvador. ¿Te gusta? 

Mariquita. Es guapa. Y mira. Le enseña la moneda: 

Salvador. ¡Espantárame á mí! 
Mariquita. Riéndose. ¡Díse que pa un sombrero! Que 
Dios la bendiga. 

Malvaloca. Vaya usté con Dios. 



— 25 — 

Sigue su camino Mariquita, reinando en el zagalejo que se va a 
•comprar. 

Salvador. con satisfacción á Malvaloca. ¿Qué hay? 

Malvaloca. Que me alegro de verte, hombre. 

Salvador. Y yo á ti. 

Malvaloca. ¡Mía que vení á tus años á para en un 
asilo e viejos! 

Salvador. Las vuertas que da er mundo. En cam- 
bio por ti no pasan días: sigues tan guapa. 

Malvaloca. Tus ojos. Y el cuartito de hora después de 
lavarme. Ya me han contao cómo te portaste er día de 
la desgrasia... Vamos, que estuviste hecho un valiente. 

Salvador. ¿Quién te lo ha contao? 

Malvaloca. Tu amigo. 

Salvador. ¿Qué amigo? 

Malvaloca. Er sosio. 

Salvador. ¿Está aquí? 

Malvaloca. ¡Toma! Y se ha ido á buscarte aya den- 
tro. Y antes una monja. ¿Dónde estabas metió? 

Salvador. En la torre estaba. 

Malvaloca. ¿Te da por las sigüeñas ahora? 

Salvador. No. 

Malvaloca. ¡Pos arguna conozco yo que paese una 
sigüeña! ¡Mar tiro le peguen! ¡Cómo se te va estropean- 
do er gusto con la edá! 

Salvador. Riéndose. Mientras no dejes de gustarme 
tú... ' '■■■■■' 

Malvaloca. Aquí ya no hay candela: á la otra es- 
cuela. 

Salvador. ¿Has hablao mucho con Leonardo? 

Malvaloca. ¿Con quién? 

Salvador. Con mi compañero: con Leonardo. 

Malvaloca. Ah, ¿se llama Leonardo? Pos Leonardo 
la mira á una que paese que va á retratarla. Es mu se- 
rio, ¿no? 

Salvador. Muy serio. Y una gran persona, además. 



— 26 — 

Malvaloca. ¿Entonses, cómo es amigo tuyoV 

Salvador. Porque los extremos se tocan. 

Malvaloca. ¿Los extremos? 

Salvador. Sí. Leonardo tiene lo que yo más envi- 
dio: volunta. Es rarito, rarito... Pero va adonde quiere. 
Hay que sabe yevarle er genio, eso sí. Á lo mejó ge 
arranca... En fin, este es el hombre: podía en su tierra, 
con su padre, que también tiene una fundisión, viví 
tranquilamente y á gusto; pero er padre enviudó, quiso 
casarse por segunda vez, y Leonardo le dijo, cogiendo á 
una hermanita que tiene: «Ni mi hermana ni yo que- 
remos otra madre que aquéya.» Y anochesió en la casa 
y no amanesió. Yevó á la hermana con unos tíos que 
suspiraban por tené hijos, y ér se echó á vola por er 
mundo, buscando aventuras. 

Malvaloca. Pos mira: eso prueba que es un hombre 
de corasón. 

Salvador. Y lo es. Aunque se las echa de inflexible 
y de hombre de asero. 

Malvaloca. ¿Vive ya la hermana con é? 

Salvador. No: sigue viviendo con los tíos. Pero aho- 
ra va á vení á pasa unos días con Leonardo. 

Malvaloca. ¿Ér no es andaluz, por supuesto? 

Salvador. No: es de Asturias. 

Malvaloca. ¿Y pa qué se fué á nasé tan lejos? 

Salvador. ¡Qué sé yo! ¡Chiquiya, lo que te agradezca 
esta visita! 

Malvaloca. ¿Quiés cavarte? ¿Tú no hubieras hecho 
lo mismo? Ya sabes cómo soy. Me dijo una amiga: «¿Te 
has enterao de que Sarvadó está en parriyas, como San 
Lorenso?» Y hé er petate. Tú me conoses: tengo er co- 
rasón en la cabesa. 

Salvador. ¡Er corasón en la cabesa!... 

Malvaloca. ¿No es verdá? 

Salvador. Sí es verdá, sí; porque la cabesa no la 
tienes en ninguna parte. 



— 27 — 

Malvaloca. Así no padezco jaquecas. 

Salvador. ¿Y en er sitio der corasón, qué tienes^ 
ahora? 

Malvaloca. Er sola, con una vaya y un perro pa que 
no entre nadie. 

Salvador. Pos á mí me han dicho que un ale- 
mán... 

Malvaloca. ¡Vamos, quita! Ni en verano bebo yo- 
servesa. 

Salvador. ¿Sigues en Seviya? 

Malvaloca. Por lo pronto, sí. 

Salvador. ¿^ tu madre? 

Malvaloca. En.Sestona. 

Salvador. Riéndose. ¿En Sestona? 

Malvaloca. No te rías; en Sestona ó en Fitero ó en 
Vichy. Aya eya. Es la misma de siempre. Que tenga 
dinero: «Hija de mi arma, sentrañas, corasón, alegría 
de su vieja...» To er surtió. Que me ve con la noche y 
er día y que er sielo se nubla: me agarra dos mantones, 
los empeña y toma er tren pa un barneario. ¡Yo no he- 
Wsto una mujé que beba más agua de toas clases! salva- 
dor suelta la carcajada. Así CStá eya: hiucllá. 

Salvador. ¿Y tu padre? 

Malvaloca. Mi padre es otro estilo: ése no es agua la 
que bebe. Es un tone. En fin, no quieo acordarme de 
mi gente. ¡Josú! Si como me sacaron bonita me sacan 
fea, te los mando á un crisó de esos de tu fábrica. 

Salvador. Siempre estás á tiempo. 

Malvaloca. Déjalos; pobresiyos. ¿Y tu viejo? ¿En er 
pueblo? 

Salvador. Sí: en er pueblo sigue. 

Malvaloca. ¿Con la fotografía? 

Salvador. Y con una tiendesita e morduras que ha 
puesto hase un año. Se defiende el hombre. Pienso ye- 
garme á verlo cuando me den de arta, pa que se con- 
vensa de que esto de las quemaúras no ha sío na. 



— 28 — 

Mal val oca. Pero ha podio sé, Sarvadó. 

Salvador. Lauses del ofisio. 

Malvaloca. Es verdá. ¿Cómo te ha dao er venate de 
meterte á húngaro? 

Salvador. ¿Á húngaro? 

Malvaloca. Á fundido: es iguá. 

Salvador. Siempre pité un poco por ese lao: acuér- 
date. Conosi á este amigo, nos caímos en grasia el uno 
al otro y no hiso farta más. Er tiene muchas ilusiones; 
yo no tengo tantas, pero me gusta que ér las tenga. Con- 
que ahí está mi fundisión pa lo que tú quieras mandar- 
jne. ¿Se te ofrese argo? 

Malvaloca. Hombre, sí: vas á haserme dos grifos. 

Salvador. ¿Dos grifos? 

Malvaloca. Sí; uno pa mi padre y otro pa mi madre. 

8e ríen los dos. 

Salvador. En cuantito que vuerva ar tayé será lo 
primero que haga. 

Malvaloca. ¿Te quedan aquí muchos días? 

Salvador. Ya no; ya estaré pocos. 

Malvaloca. Pos mira, por si vengo otra vez á verte, 
TÍO digas quién soy. 

Salvador. ¿Por qué no, mujé? Una amiga mía. 

Malvaloca. Como quieras. 

Salvador. ¿Qué quieres que diga, si no? 

Malvaloca. Di mejó que so} una inglesa. Ya tienes 
ahí ar sosio. 

En efecto, llegan LEONARDO y la HERMANA PIEDAD, por don- 
óle se fueron. 

Leonardo. ¡Si está aquí, hermana! 
H. Piedad. ¿Está aquí? 
Salvador. Sí; aquí estoy. 
Malvaloca. Buenos días. 

H. Piedad. Buenos días. Toda la casa hemos andado 
•detrás de usted. 

Salvador. Me subí á la torre. 



29 — 



Leonardo. ¡Ya decía yo! ¡En la torre era muy difícil 
que lo encontráramos! 

Malvaioca. Hermana; con permiso. 
]\Iande usted. 
¿Quiere usté desirme en dónde está la 



H. Piedad. 
Malvaioca. 
iglesia? 
H. Piedad. 
Malvaioca. 
H. Piedad. 
Malvaioca. 
H. Piedad. 
Malvaioca. 
Salvador. 



Yo iré con usted. 

No; no se moleste. 
No es molestia ninguna. 

¿Es usté la hermana Piedá? 
Servidora. ¿Vamos? 

Vamos. Ahora vuervo. 
La que tiene C[ue vorvé también es usté,. 



hermana Piedá. 

H. Piedad. ¿Yo? 

Salvador. Sí; pa habla de aquéyo, antes que se mar- 
che Leonardo. 

H. Piedad. Ah, sí. En seguida vengo. Á Malvaioca. Por 

aquí. Se alejan juntas por el corredor la santita y la pecadora. 



Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 



¿Quién es esta mujer? 
La hermana Piedad, ¿no has oído? 

Déjate de burlas; la otra. 

íAh! ¡La otra es esensia de canelal 



la, ya. 

Marvaloca le yaman. 
Ya lo sé. 

¿Entonses qué es lo que me preguntas? 
Algo más que el nombre. Lo que sepas 
de ella más que yo. 

Salvador. Su historia es una novela muy larga. Pues 
imaginártela tú. No se párese á ninguna y se párese á 
muchas. Una cara bonita y una cabesa loca en una casa 
en donde hay hambre. Este es er prinsipio de la nove- 
la. De argunos capítulos sé argo más. 
Leonardo. ¿Ha sido cosa tuya? 
Salvador. Sí; pero ya base tiempo. 



— 30 — 

Leonardo. Pues ella te conserva una gratitud,.. 

Salvador. ¡Como que me porté muy bien con eya! 

Leonardo. ¿Sí? 

Salvador. ¡Sí! La yevé á armorsá á una venta en 
Córdoba, le dije que me esperara un segundo, que iba 
por tabaco, y vorví á los dos años á vé si estaba ayí 
toavía. 

Leonardo. ¿Eso hiciste? 

Salvador. Por vé si era de ley. 

Leonardo. ¡Bah! Tú no hiciste eso. 

Salvador. Sí lo hice, sí. No tenía otra salida, caua un 

instante, mientras pasa la HERMANA DOLORES por el corredor, de 

derecha á izquierda. Malvaloca es mujé que se mete mucho 
en er corasón; nos íbamos tomando cariño; me había 
yorao ya dos ó tres veses... Y eso de que me jove un-i 
mujé no es pa mi genio. Hasen las lágrimas una cade- 
nita, que sujeta más que toas las que podamos forja 
nosotros en la fundisión. 

Leonardo. No entiendo que la dejaras si la querías. 
Y todavía entiendo menos que esa mujer te mire á la 
cara. 

Salvador. Te diré: corrió er tiempo, á los dos nos 
pasaron cosas... y cuando se le murió la chiquiya, á su 
lao estuve yo primero que nadie. 

Leonardo. Ah, ¿se le murió una chiquilla? 

Salvador. Bonita como un sueño. Cuatro años te- 
nía. Esa ha sío la mayó desgrasia de Marvaloca. La 
chiquiya era como un refugio pa toas sus penas. 

Leonardo. ¡Qué lástima! 

Salvador. Porque tiene muchas. Y es buena como 
pocas nmjeres he visto. 

Leonardo. Así me ha parecido á mí. Tiene mirar de 
buena. Detrás de aquellos ojos, la primera luz que se 
advierte es de bondad. 

Salvador. ¿Sabes que...? 

Leonardo. ¿Qué? 



— 31 — 

Salvador. No; na... Malos pensamientos que tiene 
uno. 

Leonardo. Pues ¿de qué te ríes? 

Salvador. De ti probablemente. 

Leonardo. ¿De mí? ¿Por qué? 

Salvador. ¿Conque la primera luz que se advierte es 
de bondá? ¡Te veo y no te veo, fundido! 

Leonardo. No seas majadero, cambiando de conversación 

bruscamente. ¿Qué nos quiere la hermana Piedad? 

Salvador. Ahora nos lo dirá eya misma. ¡Cayó tra- 
bajo en La Niña de Bronse, amigo! 

Leonardo. Me alegro, compañero, me alegro. 

Llega en esto oportunamente la HERMANA PIEDAD. 

H.Piedad. Aquí me tienen. 

Salvador. Ea, pos vamos á habla de la Golondrina. 



Leonardo. ,-De la Golondr 



ina: 



H. Piedad. La Golondrina, como la llama el pueblo, 
aunque su nombre es Santa Teresa, es la campana de 
€ste convento, que está rota. 

Leonardo. Cierto: rota está. No puede ser de otra 
manera. Desde la fundición la oigo todas las mañanas y 
todas las tardes, y me crispa los nervios. ¡Suena á dia- 
blos! 

H. Piedad. ¿Á diablos? 

Leonardo. Perdone usted, hermana. Quiero decir 
que no puede sonar peor. 

H. Piedad. ¿Y cómo quiere usted que suene, si está 
rota hace cuatro años? 

Leonardo. ¡Pues hay que componerla! ¡Todo tuviera 
tan fácil arreglo en el mundo! 

Salvador. ¿Ve usté, hermana, como Leonardo era 
nuestro hombre? 

Leonardo. ¡Ah, sí! ¡Una campana rota en una casa 
como esía, á dos pasos de una fundición, es una ver- 
güenza para los fundidores! 

Salvador. Sin contá con que de arguna manera hay 



'^ 32 — 

que pagarles á las hermanitas er trato que me han 
dao. 

H. Piedad. No diga bobadas, hermano, que no he- 
mos hecho sino cumplir con Dios. Y si ustedes, por 
gracia suya, consiguen que la Santa Teresa de esta torre, 
la Golondrina, cante como cantaba, elevando su voz á 
los cielos, entonces, desde la Superiora á la hermanita 
más humilde, que es una servidora de ustedes, no ten- 
dremos palabras ni acciones con que pagarles. 

Leonardo. Pues cuente usted con que ello será. ¿Tú 
has visto la campana? 

Salvador. Si. Está partida de arriba abajo. 

Leonardo. No es extraño, si sonaba tan bien. 

H. Piedad. ¿Y eso? 

Leonardo. Las campanas, cuanto más sonoras y bien 
timbradas, más frágiles. La que más nos encanta oir es 
la que con mayor facilidad puede romperse. 

Salvador. A las mujeres se paresen en eso. 

H. Piedad. Calle usted, hombre, calle usted; que en 
todo asunto ha de acordarse de las faldas. 

Salvador. Es que las campanas las tienen. Por eso 
me he acordao. 

H. Piedad. Bueno, déjese usted de cuchufletas. 

Leonardo. En resolución, hermana Piedad, porque 
éste tiene el vicio de hablar en broma cuando se habla 
en serio: fundiremos en La Niña de Bronce la Golondri- 
na, y quedará tal cual estaba. 

H. Piedad. Dios se lo pague á ustedes. Y eso preci- 
samente quería yo saber: si quedará tal cual estaba; si 
después de arreglada será la misma. 

Leonardo. La misma: de la misma hechura que hoy 
tiene, fundida con el mismo bronce. 

H. Piedad. Bien, bien: si ha de ser así, bien. Es 
campana esa llena de tradiciones y de recuerdos muy 
queridos. 

Leonardo. Pues usted ha de ver cómo seguirá sien- 



^ 33 — 

do la misma. La Golondrina levantará el vuelo, dejará 
la torre, entrará por la puerta de nuestros talleres, vivi- 
rá unos días con nosotros, el fuego la consumirá para 
darle después nueva vida, y volverá á su nido cantando 
mejor que cantaba. 

Salvador. O comparando de otra manera: la Golon- 
drina es una morena que está ronca, que va en consur- 
ta á un par de dortores, y que cuando después de la 
visita entra en su casa, vega con una voz que se paran 
los pájaros pa oiría. 

H. Piedad. ¿No digo yo? Siempre había usted de ir 
á parar á los mismos trigos. Á Martín que vuelve por donde 
se fué. Martín, ¿usted oye esto? 



Martín. ¿Qué, hermana? 

H. Piedad. ¡Que va á hacerse el milagro de que ha- 
blaba yo antes! 

IVIartín. ¿Qué milagro? 

H. Piedad. El milagro de la Golondrina, que por gra- 
cia de Dios, que pone hombres buenos é inteligentes en 
la tierra, va á sonar como en otros tiempos. 

Martín. Temblando de júbilo. ¿Es posible, hermana? 

H. Piedad. Es posible, sí. Don Leonardo y su com- 
pañero van á llevársela á su fundición, y nos la van á 
devolver como si nunca se hubiera roto. ¿Verdad? 

Leonardo. Verdad. 

Martín. ¿En dónde están esos cabayeros, que quieo 
yo besarles las manos? 

H. Piedad. Lo que ha de hacer usted, es darle gra- 
cias al Señor. 

Martín. ¡Y besarles las manos á eyos! 

Leonardo. ¿Es el campanero, quizás? 

Martín. Er campanero soy, señó; pa servirle. ¿No 
me ve usté temblando? 

Salvador. Martín quiere á la Golondrina como á cosa 
Buya. 

Martín. Como á cosa de mis entrañas, señó. 



— 3! — 

H. Piedad. El primer vuelo que dio la Golondrina en 
la torre lo dio con él. 

Martín. Conmigo. Era yo una criatura. Y desde en- 
tonses no nos separamos. Eya ha sio en este mundo mi 
niña, y mi novia, y mi compañera, y mi madre. Tos 
mis cariños juntos, porque con eya he desahogao siem- 
pre mi pecho. 

Leonardo. Pues ahora celebro yo más todavía lo 
que vamos á hacer. 

Martín. ¡Lo que eso vale pa mí, señores, no pué re- 
presentárselo nadie! ¿Ustés no oyeron nunca á la Golon- 
drina antes e la desgrasia? 

Leonardo. Yo, no. 

Salvador. Ni yo. 

H. Piedad. Yo, sí 

Martín. Pos que diga la hermana: paresía una voz de 
los sielos. Dispertaba á los pueblos con sus sones; alegra- 
ba los campos ar sé de día; yamaba á resá á la gente 
cristiana; yoraba por los muertos... Cuando murió mi 
compañera, yo doblé por eya con laGolondriiia y no tuve 
mejó consuelo que sus tañíos... ¡Con qué doló sonaba! 

H. Piedad. No se excite demasiado, Martín, que lue- 
go le hace mal. 

Salvador. Déjelo usté que hable. 

Martín. Con la notisia que me han dao no pueo yo 
cayarme en dos días. ¿Ustés no ven que me estoy ca- 
yendo de viejo? ¡Pos hasta que la Golondrina se partió 
no me di yo cuenta de mis años! ¡Por eya er tiempo no 
pasaba, y yo vivía como si eya fuera mi corasón! Her- 
manita. 

H. Piedad. ¿Qué quiere, hermano? 

Martín. ¿Me deja usté que vaya á contarle á Barra- 
bás estas novedaes? 

H. Piedad. ¿Nada más que á contárselas? 

Martín. Na más, na más. Er tampoco querrá dispu- 
tas ahora. Ya lo verá usté. 



— 35 — 

H. Piedad. Pues vaya, entonces, pero cuidarlo con 
lo que se habla. 

Martín. Descuide usté, hermanita. Señores, si mis 
bendisiones yegan ar sielo, á ustés ya no van á fartar- 
les nunca en la tierra. La vía que me quede doy yo, 
después que mis manos hayan vorteao una vez, como 
antes de romperse, á la Golondrina. 

H. Piedad. Ande hermano, ande. 

Salvador. Adiós, Martín. 

Leonardo. Adiós. 

Martín. Yéndose hacia la derecha de la huerta en busca de su 

Implacable enemigo. ¡Barrabás! ¡Señó Barrabás! ¡Escuche 
usté lo güeno, compadre! 

Salvador. ¡Pobre viejo! Á Leonardo que se enjuga una lá- 
grima. ¿Qué es eso? ¿Yoras tú también? 

Leonardo. ¡Psche! 

Salvador. ¡Pero, hombre! 

Leonardo. Niñerías. 

H. Piedad. Se lo contará á Barrabás y á todo el asi- 
lo. Va loco el bueno de Martín. 

Leonardo. ¿Y por qué quiere contárselo á Barrabás? 

H. Piedad. Porque Barrabás está bautizado en la otra 
iglesia, y es del otro bando. En Las Canteras nada apa- 
siona tanto como la lucha campanil. Los unos con la 
Golondrina y los otros con la Sonora, el día que no hay 
cabezas rotas es milagro de Dios. 

Leonardo. Tiene gracia. 

Sale por la puerta de la Cruz la HERMANA CONSUELO. En la 
mano trae una botellita de vino. 

H. Consuelo. Don Sarvadó, ahí está ya er médico, 
Salvador. ¿Arriba? 

H. Consuelo. Sí; en su arcoba está. Y me ha dicho 
que viene de prisa. 

Salvador. Voy á verlo al instante. 

La hermana Consuelo quita el bote de garbanzos de la replsita 
de San Antonio, pone la botellita de vino y se va por donde salió. 



— 36 — 
Leonardo. Pues anda con Dios, que yo me marcho. 

Vuelve MALVALOCA por la izquierda del corredor, á tiempo que • 
Salvador va á irse dentro sin acordarse de ella. 

Malvaloca. ¿Te vas? 

Salvador. Ah, Marvaloca. Sí; voy arriba, que ha ye- 
gao er médico. ¿Me aguardas? 

Walvaloca. No: vorveré á la tarde. 

Salvador. Mejor es. Pos hasta luego, entonses. 

Malvaloca. Hasta luego. 

Salvador. Que te espero, ¿eh? que me he alegrao 
mucho de esta visita. 

Malvaloca. Y yo de verte ya fuera de pehgro. Adiós.- 

Salvador. Adiós. Éntrase por la puerta de la Cruz. 

Por la izquierda también aparece la HERMANA DOLORES, un 
poco turbada, y habla aparte con la hermana Piedad, mostrándole 
una joj'a. Entretanto, Leonardo y Malvaloca se despiden. 

Malvaloca. Bueno, he tenido mucho gusto en cono- 
eerlo á usté. 

Leonardo. ¿Más que yo en conocerla á usted? 

Malvaloca. Vaya que sea lo mismo. 

Leonardo. No puede serlo. Fíjese usted en la dife- 
rencia que va de usted á mí. 

Malvaloca. ¡Carambo! Se le va á usté pegando el 
aire de los andaluses. 

Leonardo. Es difícil. 

Malvaloca. Difisi no hay cosa ninguna. Ya nos ve 
remos. Porque usté supongo que vorverá por aquí á vi- 
sita á su amigo. 

Leonardo. ¿Cómo no? 

Malvaloca. Pos ya nos veremos. 

Leonardo. Nos veremos, sí. 

H. Piedad. Acercándose á Malvaloca. Hermana. 

Malvaloca. Mande usté. 

H. Piedad. ¿Es usted por ventura... — sí; usted es — 
es usted la que ha puesto esta joya en el altarcito de la 
Virgen? 



— 37 — 
Malvaloca. Sí; yo. Para los pobres. 

La hermana Dolores se va á contarle el hecho á la hermana Car- 
-!ien. Leonardo sigue el incidente con interés y emoción. 

H. Piedad. ¿Pa los pobres? 

Malvaloca. Si. 

H. Piedad. Anonadada. Pero, hermana, una limosna 
en esta forma... y de este precio... 

Malvaloca. ¿Es quisas que porque viene de mis ma- 
nos...? 

H. Piedad. ¡No!... Yo, hermana, no la conozco á us- 
ted... De usted no sé más sino que ha llegado aquí con 
el interés de ver á un enfermo; que ha entrado á rezar- 
le á la Virgen, y que ha dejado en su altar esta joya 
para los pobres. ¿Por qué había yo de rechazar lo que 
de sus manos viniera? Y que la limosna, hermana mía, 
venga de donde venga, lleva consigo un resplandor que 
oculta la mano que la da. 

Malvaloca. En súbito arranque al oiría, y con esa íntima na- 
^.uralidad y graciosa sencillez con que lo hace ella todo. PoS si no 

se ve la mano que la da, tome usté también esto. Se qui. 

ta una cadena de oro que trae al cuello y se la entrega. 

H. Piedad. ¡Hermana! 

Malvaloca. Pa los pobres. 

H. Piedad. Pero... 

Malvaloca. ¡Si ya sólo así puedo sé buena! Pa los 

pobres. Mira las caras de los dos y sonríe. Vaya, hasta luegO. 
Sale presurosa al jardín. 

H. Piedad. ¿Qué mujer es esta? 
Leonardo. Yo también la he conocido hace un rato, 
hermana. Hasta la tarde. 

H. Piedad. Vaya usted con Dios. 
Leonardo. Adiós, hermana, 

Malvaloca que, como al llegar, se ha detenido en medio del jar- 
dín, orientándose como una paloma, se va al cabo resueltamente por 
la izquierda del fondo. Leonardo la sigue, disimulando que la sigue; 
acaso prendida ya su alma fuerte en los finos flecos del mantón de 



— 38 — 

la pecadol^. La hermana Piedad, conmovida, contemplando las jo 
yas, con lágrimas en los hermosos ojos, recuerda las palabras de 
Malvaloca. 

H. Piedad. ¡Ya sólo así puede ser buena! 

En el íondo, la hermana Dolores comenta lo sucedido con la 
hermana Carmen, quien, merced á lo extraordinario del caso, sus- 
pende un huen rato su labor constante y tranquila. 



FIN DEL ACTO PRIMERO 



¡g i TOieai ^M^l^l^l I 



ACTO SEGUNDO 



Amplio, desigual y luminoso patinillo entre la casa habitación de 
l^eonardo y los talleres de la «Niña de Bronce». Á la izquierda del 
actor está la entrada de la casa; á la derecha la de la fundición. Al 
fondo hay una tapia, y en ella un postiguillo que da a un corral, 
por el que se sale á la calle. Ante la puerta de la casa un cobertizo 
de verdinegras tejas y blanqueadas pilastras, que descansan en sendos 
poyetes de ladrillo, también blanqueados. Al amparo de él una mesa 
de trabajo de Leonardo. Varios arriates con geranios y rosas, ador- 
nan el recinto. En un rincón, á la derecha, amontonados y revuel- 
tos, hay algunos materiales viejos de la fundición. Es por la mañana 
en el mes de Mayo. 



SALVADOR sale de los talleres con un rollo de papeles en la 
mano. Viste de blusa larga y gorra. Se acerca á la mesa de Leonai' 
4iO, deja sobre ella el rollo de papeles y examina con interés varios 
documentos. Por el postiguillo del corral llega TERESONA, guardesa 
un tiempo de la finca y hoy criada de Leonardo. Viene de la plaza 
de abastos, y trae un gran canasto al brazo con las provisiones para 
el día. Al ir á entrar en la casa se detiene saludando á Salvador. 

Teresona. Güenos días tenga usté, cabayero. Sea 
usté bien venío 

Salvador. Hola, Teresona. 

Teresona. Ya sé que yegó usté anoche de su viaje y 



— 40 — 

que vino usté á vé ar señorito. Pero yo estaba en siete 
sueños. 

Salvador. Sí; ya pregunté por ti cuando vine. 

Teresona. También la hermanita de don Leonardo 
yegó ayer de mañana. 

Salvador. Ya la vi anoche, ya. 

Teresona. ¡Qué bonita es! ¡Qué carita más durse tie- 
ne! ¿Y usté, cómo ha dejao á su papá? 

Salvador. Tan fuerte y tan bueno. 

Teresona. Dios se lo conserve á usté muchos años. 
De las novedaes de acá en los veinte días que usté ha 
estao fuera ya tendrá usté también notisias. 

Salvador. De esas novedaes me iré enterando poqui- 
to á poco. 

Teresona. Don Sarvadó, en siertos particulares, haga 
ca uno de su cuerpo tiras. Er que se mete por medio es 
er que pierde. Yo, como y cayo. Si las comadres der 

pueblo quién murmura, aya eyas. Mostrándole unos pendien- 
tes de corales que lleva puestos. Miste. Me los ha regalao su 
mersé. Yo, punto en boca. ¿Usté me manda argo? 
Salvador. Anda con Dios. 

Teresona. Hasta luego. Éntrase en la casa. 

Salvador. ¡Bahl Sabía yo que había de susederle. 

Continúa examinando papeles y libros. De su ocupación lo distrae 
la inesperada presencia del TÍO JEROMO, que llega también por el 
postiguillo. Es tío de Malvaloca, aunque por el parecido no se le co- 
noce, y hombre de unos cincuenta años. Viene de gorra, como va á 
todas partes, y trae un canastito con el almuerzo. Se encamina hacia 
los talleres. 

Tío JerOmO. Alegremente sorprendido al ver á Salvador. ¡Sar- 

vaoriyo! ¿Eres tú? ¿Ya estamos de güerta? 

Salvador. Atónito. ¿Eh? 

TÍO Jeromo. ¡No te había conosío ar pronto con ese 
calandran! ¿Cómo se ha hecho er viaje? 

Salvador. ¡Pero, yo no sé lo que veo! ¿Usté aquí? ¿A 
qué viene usté aquí? 



- 41 — 

TÍO Jeromo. Ah, ¿no te ha dicho na er sosio? ¡Si soy 
operario de los tayeres hase ya una semana! 

Salvador. ¿Usté? 

Tío Jeromo. ¡Yo! Me enteré de lo de mi sobrina con 
tu compañero, y me agarré á sus naguas. Ya tú sabes 
que Marvaloca ha sío siempre la providensia e la fa- 
milia. 

Salvador. ¡Bien! ¡bien! 

Tío Jeromo. ¿Te párese bien, Sarvaoriyo? 

Salvador. ¡Me párese muy bienl 

Tío Jeromo. ¡^4. vé si ahora que has yegao tú lo co- 
nozco yo en argo!... • 

Salvador. ¡Es posible! 

Tío Jeromo. Dándole un cogotazo con familiaridad. ¡Qué 

punto eres! 

Salvador. Pero, vamos á vé, amigo, ¿qué confiansas 
son estas? ¿En qué bodegón hemos comido juntos? 

TÍO Jeromo. Desconcertado y entre burlas y veras. Don Sar- 

vaó... usté me dispense. 

Salvador. Así. Y la gorra en la mano. Así. 

Tío Jeromo. Yo creía que la vía de otros tiempos... 

Salvador. Aqueyo pasó. Ar trabajo ahora. ¿En qué 
trabaja usté? 

Tío Jeromo. ¡Según lo que sale! ¡De to chanelo un 
poco! 

Salvador. ¡Me lo figuro! ¿Y tiene usté bula pa vení 
más tarde que los demás? 

Tío Jeromo. ¡Tengo la sobrina arcardesa, qué demo- 
nio! Sobre que he pasao una noche, Sarvaoriyo, que 
Dios te libre de na semejante. ¡Que Dios lo libre á usté! 
Me he equivocao por la costumbre. El hígado, que no 
quié sé güeno. 

Salvador. Pos ahí dentro se cura. 

Tío Jeromo. Pos vamos aya. INIe alegro de verlo á 
usté tan guapo, don Sarvaó. 

Salvador. Grasias. 



— 42 — 

Tío Jeromo. Y usté dispense si he fartao. 

Salvador. No hay de qué. 

Tío Jeromo. Miste que si á arguna persona quieo ya 
darle gusto en la casa, es á don Sarvaó. 

Salvador. Adentro, hombre. 

Tío Jeromo. conmoviéndose. ¡Don Sarvaó de mi arma,^ 
no se ponga usté así conmigo! 

Salvador. Adentro, adentro; que le teme usté ar tra- 
bajo más que á un miura. To esto es entretenerse pa no 
hasé na. 

Tío Jeromo. cambiando de nota, y riéndose. ¡Me esbarata 
usté con sus salías! Hasta luego. Se- entra riendo en los taUe- 
res. Lleva en el corazón la duda de la inamovilidad de su puesto. 

Salvador. Pos, señó, no creía yo que iban á í las co- 
sas tan aprisa. Ya está aquí la langosta. Y esto sí que 
hay que cortarlo de raíz. Vamos á vé, hombre, vamos á 

vé. Acercándose á la puerta de los talleres y llamando. ¡Loblto! 

¡Lobito! 

Sale LOBITO á poco. Es un operario mozalbete, vivo y dichara- 
chero. Viene en mangas de camisa, de gorra, pantalón muy viejo y 
alpargatas, y con un mandil de cañamazo tosco y sucio, atado con 
una guita á la cintura. En la mano trae una lima grande. 

Lobito. Padrino, ¿qué me manda usté? 

Salvador. Ven acá. Suerta la lima y vamos á fumar- 
nos un pitiyo. 

Lobito. Muchas grasias. Toavía no se me había ca- 
lentao en la mano. ¿Usté yegó anoche, verdá? 

Salvador. Anoche. 

Lobito. ¡Y hoy se funde la Golondrina! 

Salvador. Hoy se funde. Ya he visto er materia en 
los crisoles... Y don Leonardo me ha dicho que er mor- 
de es primoroso. 

Lobito. Sí, señó. Se ha hecho con mucho esmero. 
¡Hasta coscorrones ha habió en er tayé á cuenta e la 
Golondrina! Como aquí habemos de los dos bandos... 

Salvador. ¿Tú eres...? 



— 43 - 

Lobito. Yo soy de eya: yo soy volandero, como nos 
yaman. Pero Manué Martínez, y Bartolo, y er Jorobao 
y tres ó cuatro más, son señorones, de los de la Iglesia 
Mayó. 

Salvador. ¿Y ese operario nuevo que ahora entraba, 
Rabes tú dónde está bautisao? 

Lobito. ¿Ése? ¡En la carse de Utrera, hasiéndole mu- 
cho favo! 

Salvador. ¿Á la carse? 

Lobito. No, señó; á é; ya que me tira usté de la len- 
gua. 

Salvador. ¿Y... trabaja, trabaja? 

Lobito. ¿Qué va á trabaja, si no sirve pa yevá una 
esportiya e tierra de un lao pa otro? Don Jeromo le ya- 
man los aprendises. 

Salvador. Riéndose. ¿Entonses habrá entrao aquí por 
recomendasiones? 

Lobito. ¿Se está usté divirtiendo conmigo? ¡Pos si 
3'0 pensaba que era usté er que lo había recomendao, 
según las ausensias que le hase! 

Salvador. ¿Habla bien de mí ese sinvergüensa? 

Lobito. ¡No para su boca! No lo toma á usté en len- 
gua una vé que no sea pa alabarlo. 

Salvador. ¡Vaya por Dios! ¡Qué mal le vi á paga á 
don Jeromo! 

Lobito. No se meta usté en eso, padrino. 

Salvador. ^Por qué? 

Lobito. ¿Por qué va á sé? Porque es tío de eya... y 
ha venío aquí por eya... y no es mesté habla más. 

Salvador. ¿Por eya? ¿Y quién es eya? 

Lobito. ¡Ay, qué grasia! Está la mañana de carnava- 
les. 

Salvador. ¿Es quisa Marvaloca? 

Lobito. ¡Naturalmente! No se haga usté er tonto, 
padrino. 

Salvador. Me lo había figurao; pero no sabía una 



~ 44 - 

palabra. Cuenta, cuenta. ¿Se ha quedao en Las Cante- 
ras esa mujé? 

Lobito. ¡En Las Canteras... y en los sesos de don 
Leonardo! De ayí sí que no sale. Eya vive en una de las 
casitas nuevas de la Resolana. Pos güeno: cuando don 
Leonardo no está ayí, eya está aquí. No se puén se- 
para. 

Salvador. ¿Viene aquí Marvaloca? 

Lobito. Cuasi tos los días ha venío. Yá los prime 
ros entraba en los tayeres. ¡Lo que nos reíamos con sus 
cosas! Porque, eso sí, tiene grasia pa una sementera. 
Pero se conose que le han dicho que nos distrae der 
trabajo, y ahora entra mucho menos. Cosa de sentí; 
porque, fuera parte la simpatía, es dadivosa como po- 
cas personas he visto. 

Salvador. Tiene un agujero en la mano: la co- 
nozco. 

Lobito. ¿Un agujero? ¡Una canasta de cola! 

Salvador. ¿De manera que don Leonardo...? 

Lobito. Está sorbió. Cuando viene de ayí es inuti 
preguntarle cosa ninguna: no se entera. No hase más 
que habla solo pa su interió y reírse. ¡Como si siguiera 
á la vera suya! Y cuando por casclidá la está esperando 
aquí y se tarda eya, hay que juirle. Miste que don Leo- 
nardo es fino y bien educao; po se pone más áspero y 
más duro que er sepiyo de alambre. 

Salvador. Mal anda ese hombre, Lobito. Mal anda. 

Lobito. inteueionadamente. Eya lo vale, ¿no, pairino? 

Salvador. Lo vale, lo vale; pero hay que sabe mane- 
jarla. Y este amigo toma las cosas de la vía demasiao á 
pechos. 

Lobito. Fichichi el ofisiá me ha dicho á mí que esa 
mujé es un libro que usté se sabe de memoria. 

Salvador. Pos dile á Pichichi de mi parte que se caye 
cr pico. 

Lobito. Ahí tenemos á don Leonardo. 



_^ 45 — 

Salvador. Y á éste voy yo á nesesitá ponerle botones 
de fuego. 

Llega LEONARDO por el postiguillo que da al corral. Viene de la 
calle. 

Leonardo. Hola, viajero; buenos días. 

Salvador. Ven con Dios. 

Leonardo. ¿Descansaste? 

Salvador. De sobra. 

Lobito. Padrino, ¿me manda usté argo más? 

Salvador. No. Sigue tu faena. 

Lobito. Vamos ar torno. Se entra en los talleres. 

Salvador. ¿Y tu hermana? 

Leonardo, señalando á la casa. Mírala: aquí llega. Yo 
salí sin verla esta mañana tempranito. Madrugo mucho 
en este tiempo. 

Salvador. ¿Sí, eh? 

Leonardo. Sí. Me gusta ver levantarse el sol por de- 
trás del castillo. ¿No lo has visto nunca? 

Salvador. Maliciosamente. ¿Er só por detrás der casti- 
yo? ¡Sí, hombre! Antes que tú. 

Leonardo. ¿Cómo? 

Sale cíe los talleres un OPERARIO. 

Operario. Don Sarvadó, er modelista quiere haserle 
á usté una pregunta. 

Salvador. Voy aya en seguida. 

Leonardo. ¿Qué es ello? 

Salvador. Na de partícula: que le he dicho que le 
dé un poco de más movimiento ar modelo de la verja 
esa. 

Leonardo. Ya. 

El Operario entra en el corral, y á poco vuelve á pasar para los ta- 
lleres con un arma de mano. 

Sale de la casa JUANELA, y Salvador se detiene un punto a salu- 
darla. Juanela acredita la observación que acerca de ella ha hecho Te- 
resona. 

Salvador. Buenos días, poyita. 



— 46 — 

Juanela. Buenos días. Felices, Leonardo. Te he vis- 
to venir desde el balcón. 

Leonardo. ¿Ah, sí? 

Juanela. ¡Cómo madrugas! ¡Qué temprano sales! 

Salvador, con socarronería. En los pueblos... ¿verdá, 
Leonardo? empiesa la noche tan pronto... 

Leonardo. Turbado. Claro... sí. 

Salvador. Hasta luego. 

Juanela. Hasta luego. 

Salvador. Si éste le habla á usté mal de mí, no le 

haga usté caso. Se entra en los talleres. 

Juanela. Vayase usted tranquilo. Me parece tu com- 
pañero un burlón muy grande... Leonardo está ensimismado. 
Juanela lo observa unos instantes en silencio. ¿En qué pien- 
sas? 

Leonardo. ¿Eh? 

Juanela. ¿En qué piensas? ¿Estás aquí ó en otra 
parte? 

Leonardo. No, que estoy aquí. Sólo que me había 
distraído. ¿Qué quieres? 

Juanela. Nada, hombre; que te des cuenta de que 
€stás aquí y de que yo también lo estoy. 

Leonardo. Ya, ya me doy cuenta. 

Juanela. Ahora voy á salir con Teresona á dar una 
vuelta por el pueblo, ¿no? 

Leonardo. Sí. Con Teresona; sí. Teresona es muy 
buena mujer. Era la guardesa de esta casa antes de to- 
marla nosotros, y la he conservado á mi servicio. 

Juanela. Parece que te quiere mucho. 

Leonardo. vSí. 

Juanela. ¿Qué te pasa, Leonardo? Á ti te pasa algo. 
Desde anoche lo noto. 

Leonardo. No, tonta; ¿qué me ha de pasar? Lo que 
hay es que hace tiempo que no vives conmigo y ya te 
has olvidado de mi genio. Anda, vete á pasear con Te- 
resona. Te gustará el pueblo; te gustará. 



— 47 — 

Juanela. La parte que vi ayer, bien que me lia gus- 
tado. ¡Qué luz tiene! ¡Y qué blancura todas las casas! 
Cuando les da el sol lastiman los ojos. ¿Te acuerdas tú 
cómo soñábamos allá, en nuestra aldea, con esta tierra 
de Andalucía? Á mí me parecía tierra que nunca había 
de ver: tierra de fábula. 

Leonardo. Distraído. Pues ya estás en ella. 

Juanela. Yo sí; pero tú estás ahora lo menos en As- 
turias; insisto. 

Leonardo. No, pequeña; no 

Juanela. ¡Vaya! Ni que fuera yo simple. ¿Á que va 
á ser verdad lo que me han contado? 

Leonardo. Rápidamente. ¿Qué te han contado? 

Juanela. Es verdad. 

Leonardo. ¿Qué es ello? 

Juanela. Que tienes novia. 

Leonardo. ¿Que tengo novia? ¿Quién te ha contado 



Juanela. Una vecina que ayer tarde me vio esperán- 
dote al balcón. Y trabó conversación conmigo. Porque 
la gente de aquí se toma mucha confianza. Lo que se les 
ocurre, lo que sueltan. Piensan en voz alta, ¿verdad? 

Leonardo. Algo hay de eso que dices. Exceso de 
imaginación es todo. De ahí que se equivoquen muchas 
veces en lo que hablan. 

Juanela. ¿Y esta vez, se han equivocado? 

Leonardo. Después de mirarla. ¿Lo sentirías tÚ? 

Juanela. Todo lo contrario... Deseo que te cases, para 
que dejes de rodar por el mundo... y para venirme á 
vivir contigo. 

Leonardo. ¿No vives contenta con los tíos? 

Juanela. Sí... Me miman mucho. Pero es diferente. 
No es mi casa aquélla, como sería la tuya... como era la 
de nuestro padre. 

Leonardo, suspirando. Es cierto. Anoche me dijiste 
que estuviste á verlo antes de venir. 



— 48 — 

Juanela. Estuve, sí. Me entristeció la visita en lugar 
de alegrarme. No es dichoso. 

Leonardo. No podía serlo. 

Juanela. ¡Y qué pena da que sea una mujer la que 
desbarate una casa! 

Callan los dos. De la suya sale TERESONA, con un mantón que 
no es el de antes. 

Teresona. ¿Nos vamos, niña? 

Juanela. Ah, Teresona. Sí, nos vamos. 

Teresona. Ea, pos anda; que yo no pueo deja mu- 
cho tiempo la cosina sola. 

Juanela. Vamos. 

Teresona. Ahora vi á ye varia á la Iglesia Mayó. Y 
luego ar Molino, pa que vea los campos desde la aso- 
teíya. 

Leonardo. Bien, bien. 

Juanela. Hasta después, hermano. 

Leonardo. Id con Dios. 

Teresona. Á Leonardo, con misteriosa picardía, así que Jua- 
nela ha entrado en la casa, y refiriéndose al mantón que trae puesto. 

De SU mersé. ¿Usté lo conosía? 
Leonardo. Calle usted ahora. 
Teresona. No tenga usté cuidao. Yo no me pierdo 

por la boca. Quéese usté con Dios. Vase tras de Juanela. 
Leonardo. Recriminándose enérgicamente. ¡Bah! Cobarde 

aquí, cobarde allí... ¿Qué es esto? ¿Qué me pasa? No 
me conozco. 

SALVADOR ha salido de los talleres á tiempo de oírlo y de 
verlo. 

Salvador. Pa habla solo me párese muy pronto, 
compañero. 

Leonardo. ¿Qué? 

Salvador. De eso á tira piedras por las cayes no hay 
más que un paso. 

Leonardo. ¡Qué buen humor el tuyo siempre! 

Salvador. ¿Y er tuyo, no? ¿No lo tienes hoy? 



— 49 ~- 

Leonardo. Casi nunca; ya sabes. Y hoy, desde lue- 
go no. 

Salvador. ¿Pos qué te ocurre? 

Leonardo. Cosas. 

Salvador. Cosas de eyas, ¿verdá? 

Leonardo. ¿Eh? 

Salvador. Er cariño tiene esos disparates: á lo mej6 
empiesa á yové con er só fuera. Pero pasa pronto er 
chubasco. 

Leonardo. ¿Qué es lo que te figuras? 

Salvador. No son figurasiones. Es que sé que á la 
fieresita que presumes que hay dentro de ti, la está do - 
mesticando la música de una farda bajera. 

Leonardo. ¡De qué modo dices las cosas! ¿Y por 
dónde sabes tú eso? 

Salvador. Por ti mismo. 

Leonardo. ¿Por mí? 

Salvador. ¡Por ti! 

Leonardo. ¿Desde cuándo? 

Salvador. Desde er día en que Marvaloca yegó á 
Las Canteras. En la primera conversasión caíste como 
un recluta. Niégalo. 

Leonardo. Si á enamorarse llamas tú caer... 

Salvador. ¿Lo estás viendo? Yo no tuve más que 
oirte primero y que mirarte después delante de eya. 
Los días siguientes ya no fuiste al asilo por verme á 
mí, sino por encontrá á Marvaloca. Y como te conozco 
y la conozco, pa mis adentros pronostiqué que ibas á 
dura menos que el estaño en er fuego. 

Leonardo. Y así ha sido. Debo confesártelo á ti, que 
eres un amigo leal y del alma. Yo no he estado nunca 
delante de una mujer que más me cautive y me in- 
terese. 

Salvador. Sí, sí; yeva consigo la fló de 1» simpatía. 

Leonardo. No es bastante decir simpatía para ex- 
plicar la atracción que ella ejerce. Es que no tiene pa- 



— 60 — 

labra ni movimiento que no enamore. A mí me embo- 
ba. No sé si por contraste de mi condición y la suya, 
pero me emboba. 

Salvador. Tiene, tiene grasia. 

Leonardo. Es algo más que gracia. Es luz en la 
boca, luz en la frente, luz en las manos, luz en los ca- 
bellos... 

Salvador. Eso pué que sea briyantina. 

Leonardo. ¿Te burlas? 

Salvador. ¿No lo ves? 

Leonardo. ¿Es ridículo acaso lo que estoy diciendo? 

Salvador. ¡Qué disparate! Mi burla es un poco de 
envidia de verte tan enamorao. Yo me quiero enamora 
de esa manera, y no me sale nunca. Ó casi nunca. 

Leonardo. Nunca. Pero no te importe; quizás así 
vivas más tranquilo. Más dichoso no diré yo. Malvaloca 
se ha entrado por mi alma despertando en ella senti- 
mientos dormidos ó nuevos. ¿Creerás que hasta el su- 
frir á su lado me alegra íntimamente? Pues sufro y 
lloro, lo mismo que río y me divierto. Vivo, vivo; y 
vivir por una mujer, ya es algo. 

Salvador, un poco grave. Pcro, hombre... 

Leonardo. Yo te juro por nuestra amistad que no 
me fascina de Malvaloca solamente el hechizo de su 
persona; la pasión de sus ojos; la gracia de su aire y de 
sus palabras... 

Salvador. ¿Qué más? 

Leonardo. Tanto como todo ello junto, más que 
ello, si cabe, me seduce, y me conmueve, y me hace 
temblar, la ingénita bondad de su corazón; aquella ge- 
nerosidad loca; aquella honda tristeza de su desgracia, 
de la que más que sus palabras me hablan á mí sus 
lágrimas; lágrimas inesperadas que asoman siempre en 
momentos de dicha. ¿Comprendes esto? 

Salvador. Sí lo comprendo, sí. Y también compren- 
do que estás pa que te aten. 



— 51 — 



leonardo. ¿Qué dices? 

Salvador. Pero ya pasará, ya pasará ese fuego. 

Leonardo. como preguntándose á sí mismo. ¿Pasará? 

Salvador. ¡Claro, hombre! ¡Ahora estás enmelaol Ya 
^é, ya sé también lo de la casita en la Resolana; las ve- 
ses que tú vas ayí; lo que á ti te encanta vé levantarse 
-er só por detrás der castiyo... 

Leonardo. Riendo. ¡Qué bellaco eres! 

Salvador. Las visititas de eya á la fundisión... 

Leonardo. No... 

Salvador. Sí. 

Leonardo. Algunas veces ha venido: lo declaro. 

Salvador. No, hombre, no; viene tos los días, ¡qué 
•pamema de argunas veses! 

Leonardo. Contigo hay que reir. Luego vendrá un 
ratillo. 

Salvador. 

Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 

Salvador. 
creía! 

Leonardo. 

Salvador. 

Leonardo. 



¿Qué? ¿Que va á vení luego? 

Sí; si no ha venido hoy. 
¿Que va á vení luego, Leonardo? 

¿Pues ya qué te sorprende? 

¡Veo que estás más loco de lo que yo 

;Eh? 



¿Y tu hermana? 

Turbado. MÍ hermana... Es verdad, sí... Á 
ti te parece mal que estando aquí mi hermana... 

Salvador. ¡Claro! 

Leonardo. Pues no me supongas tan loco. Yo he 
pensado eso mismo antes que tú. Ayer fui á decirle que 
no viniera, y no tuve necesidad de ello, porque ella se 
me anticipó advirtiéndome que no saldría. 

Salvador. ¿Y hoy? 

Leonardo. Hoy he ido á lo mismo... 

Salvador. ¿Y no se lo has dicho tampoco? 

Leonardo. No. 

Salvador. ¿Por qué? 



— 52 — 

Leonardo. Porque... ¡Vaya! ¡porque es cosa que pug- 
na con mis sentimientos, j no se lo digo! 

Salvador. Hases mal, Leonardo. 

Leonardo. Pues haré mal, pero cumplo con mi con- 
ciencia. Yo no le digo á una mujer que es buena, que 
quiere ser honrada, que deje de venir á mi casa. Eso es 
tanto como empezar á impedir que lo sea. 

Salvador. Pero, vamos á vé; no te arborotes: ¿Mar- 
valoca se ha enterado de que está aquí tu hermana? 

Leonardo. Creo que no. 

Salvador. Pos sin que tú le prohibas que venga, en 
cuanto se entere de que está, no vuerve. 

Leonardo. ¿Que no vuelve? 

Salvador. Sabe bien er terreno que pisa... y tiene 
más sentido común que tú. 

Leonardo. Lo que sabrá será resignarse. 

Salvador. Vístelo como quieras. ¡Ni que fueras tú 
el responsable de la vida de Marvaloca! 

Leonardo. ¿Qué egoísmo es ese, Salvador? 

Salvador. ¡El egoísmo de viví en la tierra y no en la 
luna! 

Leonardo. El egoísmo de... Mejor es que no hable- 
mos más de este particular. Hablaríamos hasta cansar- 
nos, y tal vez no llegarías á comprenderme. Hay cosas 
que no entran en la inteligencia si antes no pasan por 
el sentimiento. 

Salvador. Como te dé la gana. ¿Á qué vamos á dis- 
cutí? De memoria sé yo que cuando está un hombre 
con esa calentura, no escucha más que lo que ér se dise. 
Punto y aparte. 

Sale de los talleres el TÍO JEROMO y se marcha por el postiguK 
lio al corral. Viene ya en traje de faena, por el estilo del de Lobito, 
y trae un mazo sujeto á la cintura, una sierra en la mano izquierda^ 
y en la diestra un formón. Al pasar saluda á Leonardo. 

TÍO Jeromo. Don Leonardo, mu güenos días. 
Leonardo. Buenos días, Jeromo. 



— 53 — 

TÍO Jeromo. Se le felisita á usté por la yegá de don 
Sarvaó. 

Leonardo. Muchas gracias. 

Tío Jeromo. ¡Ya estamos trajinando! vase. 

Salvador. De este operario tan bien educao si que 
tenemos que trata. ¿Cómo no me habías escrito una pa- 
labra de semejante arquisisión? 

Leonardo. Discúlpame. Ha sido una inadvertencia 
ó un descuido. No tiene importancia ninguna. No creí 
que fuera necesario. 

Salvador. Y no lo era. Lo nesesario, lo impresin- 
dible es plantarlo en la cave. 

Leonardo. ¿Al tío de Malvaloca? 

Salvador. Justo: á don Jeromo. 

Leonardo. Hasta ahora ha cumplido con su deber. 

Salvador. ¿Ése? Ése no ha dao un gorpe en su vía. 
Además, es un charrán de siete suelas y de mala san- 
are. Y un peligro en la casa. Ya he visto una barajiya 
por los tayeres; y la boteyiya e vino no tardará en 
vení. 

Leonardo. ¿Y á ti te consta que él haya traído la 
baraja? 

Salvador. Estoy seguro. Y les sacará los cuartos á 
-cuatro infelises. Más te digo: las herramientas y las dos 
badilas que se han echao de menos, ér se las ha yevao. 

Leonardo. Ah, no; pues eso, no. Hay que imponerle 
un correctivo eficaz. 

Salvador. Lo que hay es que pegarle un puntapié y 
echarlo á la caye. Porque si te blandeas y lo consientes 
vas á tené, sobre er daño que ér solo te haga, la reata 
de toa la familia y sus conosimientos. El hermanito de 
Marvaloca, la madre, er padre, er compadre, la coma- 
dre, er tito, la tita... Conozco la casa. 

Leonardo. Todo eso huelga. 

Salvador. Yo creo que no. 

Leonardo. Pues yo creo que sí. Aquí no hay más 



— 6 — 

que un operario que puede ser perturbador, y á quien? 
despediremos hoy mismo. ¿O es que me crees tan débil 
que por complacencias ajenas á nuestros intereses he 
de pasar por algo que pueda ser un daño para ellos y 
una desmoralización en la casa? Pues te equivocas. Hoy 
mismo quedará despedido ese hombre. 
Salvador. No es pa tanto. 

Leonardo. Sí lo es, Salvador, viendo aparecer al tío Je- 
romo, que vuelve del corral con todas las herramientas en la misma 

forma que antes. Y auii hoy mismo es tarde: ahora mismo. 

Salvador. ¡Lo has tomao con prisa! 

Leonardo. Para hacer lo que debo hacer siempre 
tengo prisa. Escuche usted, Jeromo. De usted hablába- 
mos precisamente. 

Tío Jeromo. ¿De mí? 

Leonardo. De usted. 

Tío Jeromo. ¿Lien ó má? 

Salvador. Don Leonardo, bien. Y yo le yevaba la 
contraria. 

Tío Jeromo. ¡Je! Leonardo va a su mesa y hojea el libro de 
jornales. El tío Jeromo se huele la partida y echa mano de la adu- 
lación, para quebrantar al enemigo. Güeno, yO estoy COmo los 

chiquiyos der tayé bautisaos en esta parroquia: soñan- 
do con la fundisión de la Golondrina. ¡Qué rajo, don 
Sarvaó, qué rajo! ¡Pa escribirlo en la Historia ' Españal 
¡Vayan con Dios los rajos! 

Leonardo. Bien está. 

Tío Jeromo. ¿Cómo dise? 

Salvador. Otro rajo que vamos á tené ahora mismo. 

Leonardo. Desde este momento queda usted despe- 
dido de la fundición. 

El gesto de estupor del tío Jeromo al oir á Leonardo, es indes- 
criptible. Mira luego alternativamente al uno y al otro, siempre mu- 
do, y al cabo rompe á hablar diciendo: 

TÍO Jeromo. ¿Querrán ustés creé que no me salen. 
las palabras? 



— 56 — 

Leonardo. Ni falta que hace. He dicho yo las que 
había de decir. 

Tío Jeromo. ¡Un rayo cayéndome á los pies no me 
deja más muerto! ¡A mí me han calurniao! Altanero. 
¡Qué mentira se ha inventao contra mí! 

Leonardo. Está demás toda explicación. 

Tío Jeromo. Don Leonardo, á un griyo es, y se le 
escucha. ¡Y vale dos cuartos! 

Salvador. ¡Es que usté no vale los dos cuartos! 

Leonardo. Puede usted retirarse. 

Tío Jeromo. ¡Eso es! ¡como un perro! ¡A la caye un 
obrero honrao! ¡Luego disen que hay güergas! 

Salvador. Usté se declaró en huerga er día que nasió. 

Tío Jeromo. Patético. ¡Sarvaól... ¡Sarvaoriyo!... ¡Yo no 
esperaba esto de til 

Leonardo. ¿Qué es eso? 

Tío Jeromo. ¡Mía que eya va á sentirlo mucho! 

Leonardo. Molesto ¿Ehr 

Tío Jeromo. ¡Don Leonardo, síquica por eya, que es 
toa corasón, y que me quiere á mí más que á su padre! 

Leonardo. ¡Silencio! Es inútil que se obstine usted. 

Salvador. ¿Se le debe argo? 

Leonardo. Al revés. Hace dos días le anticipé cinco 
jornales. Pero estamos en paz. 

Tío Jeromo. ¡No; si toavía vi á tené que darle á usté 

las grasias! Mordiéndose un puño. ¡Mardita sea! Á Salvador con 

arranque de cólera. ¡En tus tiempos no habría pasao una 
cosa así! 

Salvador. ¡Ya se está usté cayando! 

Tío Jeromo. ¡Tú la querías más que éste! 

Leonardo. Agarrando violentamente un martillo que hay so- 
bre la mesa. ¡O desaparece usté de mi vista ahora mismo, 
ó le abro la cabeza en dos partes! 

Tío Jeromo. Güeno, hombre, güeno... Arrieros so- 
mos, y er camino andamos... Principia á dejar con mal modo 
'as herramientas en un rincón. 



— 56 — 

Leonardo, á salvador. ¿Era esto lo que había que ha- 
cer? 

Salvador. Ya has visto que sí; que esto era. 

Leonardo. Pues ya está hecho. Se entra en la casa. 

Tío Jeromo. ¿Luego, por lo que oigo, Sarvaó, has 
sío tú er que ha presipitao á este hombre á dejarme sin 
pan? 

Salvador. Largo, largo... 

Tío Jeromo. ¡Pos el hambre es mu mala consejeral 

Salvador. ¡Largo, le digo! 

Tío Jeromo. ¡Te acordarás de mí! ¡ Y ese jxí?2o/í7 ¡Y 
Marvaloca! ¡Ya á tarda mucho en sabe to esto la niña 
que ha venío de fuera! ¡Mucho va á tarda! 

Salvador. ¡Á la caye! 

Tío Jeromo. ¡Que toavía tengo un maso en la mano! 

Salvador. ¡Pero además der maso hay que tené co- 
raje pa manejarlo! ¡qué bravatas! 

El tío Jeromo tira el mazo al suelo con rabia, se muerde nueva- 
mente el puño y se entra airado en los talleres. 

Tío Jeromo. ¡Mardita sea!... 

Salvador. Ya salimos de é. Era una ersena inevita- 
ble. Llamando. ¡Lobito! ¡Lobito! Tarde ó temprano era 
inevitable. Y ese infeliz se ha tomao un torosón. Á Lobito 

que sale á la puerta de los talleres. Oye, Lobito: nO quitarle 

ojo ar tío Jeromo hasta que se vaya. 

Lobito. Ya estamos en eyo, padrino. 

Salvador. Es capaz de cuarquier disparate. 

Lobito. ¡Menúa risa hemos tenío ahí dentro! ¡Habe- 
rnos escuchao toa la bronca! 

Salvador. Anda, anda. 

Lobito. No pase usté Cuidao. Se retira. 

Salvador. Yendo hacia la casa. Carmaremos ar compa- 
ñero un poco. 

Oportunamente aparece por el postiguillo del corral MALVALOCA. 
Viene de mantón, sencillamente vestida, y sin más alhajas que unos 
pendientes muy modestos. 



— 57 — 

Malvaloca. ¿Quién vive? 

Salvador. ¿Eh? ¡Marvaloca! 

Malvaloca. Adiós, hombre. ¿Paresiste ya? ¿Cuándo 
has venío? 

Salvador. Anoche. 

Malvaloca. ¿De tu pueblo te fuiste á Málaga á vé á 
las amigas, no? 

Salvador. Cabalito. 

Malvaloca. ¿Me habrás traío pasas? 

Salvador. ¿Pa refrescarte la memoria? 

Malvaloca. ¡Pa ponerlas en aguardiente! 

Salvador. Yo no sabía que estabas aquí. 

Malvaloca. ¡Carambo! 

Salvador. Yo te hasía en Seviya. 

Malvaloca. Y yo á ti en Roma; besándole ar Papa 
la babucha. 

Salvador. Pos yo me fui de Las Canteras, y he 
vuerto. 

Malvaloca. Pos yo ni he vuerto, ni me fui. ¡Ni me 
voyl 

Salvador. ¿Tanto te gusta er pueblo? 

Malvaloca. ¡Como que he fincao! 

Salvador. ¿Con vistas ar campo ó ar río? 

Malvaloca. Con vistas ar reló del Ayuntamiento. 
]Échate ya pa un lao, fogonero, que tiznas! 

Salvador. ¡Cámara, lo que cambian los tiempos! 

Malvaloca. Pa mejora siempre. ¿Y ese hombre? ¿Se 
ha escondió? 

Salvador. Arriba lo tienes. Hasiendo números por ti. 

Malvaloca. Y va en serio. Y yo por é. 

Salvador. Quita números. 

Malvaloca. No quito na. Más verdá es que er só que 
alumbra. 

Salvador. ¿Así andamos? 

Malvaloca. ¡Uh! Tú no sabes de eso. Somos dos 
amantes pa una lámina. 



— 58 — 

Salvador. Como los de Terué. 

Malvaloca. ¡En Temé hase frío! 

Salvador. Pero ¿á tanto yega la fiebreV 

Malvaloca. Cuarenta y ocho y désimas. ¿Dónde di- 
ses que está? 

Salvador. Estará con su hermana. 

Malvaloca. sorprendida. ¿Ha venío la hermanita por 
fin? 

Salvador. Ayé vino. 

Malvaloca. Entonses yo me voy. ¿No te párese á ti 
que debo irme? 

Salvador. Á mí sí. 

Malvaloca. Y á mí también. Las cosas son las co- 
sas. ¿Cómo no me lo ha dicho Leonardo? 

Salvador. ¡Porque Leonardo lo ha tomao en redentól 

Malvaloca. No lo digas en chufla. ¡Es más románti- 
co! ¡Más romántico es! ¡üh! To lo adorna; to lo ve con 
estreyas. 

Salvador. Y á ti te sienta bien er romantisismo: es- 
tás más guapa; tienes buenos colores. 

Malvaloca. La tranquilidá, hijo, que hase milagros. 

Salvador. Esos pendientes no son de mis tiempos. 

Malvaloca. Ni de los de nadie: son cosa de é. Me 
ha hecho estrena hasta las horquiyas. ¡Mía que las hor- 
quiyas! Pos hasta eso. Y de toas mis alhajas he tenío 
que despedirme pa un rato. 

Salvador. ¿Y mi reló? 

Malvaloca. Le ha dao un calambre ar minutero. Á 
buena parte vas. No es que é me haya hablao una pa- 
labra, ni que tenga selos de ti, ¿lo oyes? pero te nom- 
bro y se pone verde. Más daño le hases tú que ninguno. 

Salvador, con gesto y acento de pesadumbre. Vaya por 

Dios. 

Malvaloca. Me quiere con seguera. 

Salvador. Eso veo. 

Malvaloca. Como ningún hombre en er mundo. 



— 69 — 

Salvador. ¿Metiéndome á mí? 

Malvaloca. ¿Quiés cayarte? ¿Vas á compara er ca- 
ñamaso con la sea? Me quiere más que nadie... y de 
otro modo. 

Salvador. ¿De otro modo que yo también? 

Malvaloca. De otro modo; sí. 

Salvador. ¿Y en qué consiste la diferensia? 

Malvaloca. ¡Hasta en la manera de cogerme las ma- 
nos! ¡Basta en la manera de respira á la vera mía! No- 
me trata como á una mujé, sino ¡como una cosa!... Á 
vé si yo me sé explica: si er primer hombre que á mí 
me pretendió de mosita hubieras sío tú — es un pone — 
con to y con sé tú un hombre bueno, á estas horas sería 
yo lo mismo que soy: una desgrasiá. Si er primer hom- 
bre que da conmigo es ese hombre .. ¡otra sería mi suer- 
te!... Ahora no tendría yo que irme porque hubiera ye- 
gao su hermanita. ¿Me explico? 

Salvador. Sí. 

Malvaloca. ¿Y pondero? 

Salvador. No. 

Malvaloca. No te piques tú, Sarvadoriyo. A ti yo 
tengo mucho que agradeserte; pero eso no tiene na que 
vé con este cariño, que nunca había probao Marvaloca. 
Tú eres bueno... porque no eres malo. Y él es bueno... 
por eso, porque es bueno. Pa que tú lo entiendas: tú 
eres bueno por la mañana y él es bueno to er día. Una 
cosa así. 

Salvador. Es bueno, es bueno. 

Malvaloca. ¡Más bueno que un cura der teatro! 
Como que á mí, cuando sueño con é, siempre se me 
representa con er pelito blanco y er baculito, y casando 
á to er mundo. 

Salvador. ¡Ja, ja, ja! 

Malvaloca. Y me voy sin verlo, que no quiero que 
me piye aquí la hermanita. 

Salvador. ¿Le digo que has estao? 



— 60 — 

Malvaloca. Sí; clíselo. No; no se lo digaSi 

Salvador. Como quieras. 

Malvaloca. Díselo, sí. ¿Pa qué hemos de anda con 
misterios? Adiós. 

Salvador. Espérate un instante, que ahora nos va- 
mos á reí. 

Malvaloca. ¿De qué? 

Salvador. Der tío Jeromo. Lo hemos tenío que plan- 
ta en la cave. 

Malvaloca. Era natura. Y me alegro, no te figures 
tú. Me han contao ya dos ó tres hasañas suyas en los 
tayeres, y renegaba de la hora en que le pedí á Leonar- 
do que lo metiera aquí. ¡Ay qué gente esta mía! 

El TÍO JEROMO sale del templo del trabajo en dirección á la in- 
hospitalaria calle, torvo y mohino. Va tal cual lo vimos aparecer al 
principio de la jornada. 

Tío Jeromo. ¡A la caye, á morirme si es menesté en 
«r poyete de una puerta, pero con la frente en las nu- 
bes! 

Salvador. ¡Vaya usted con Dios! 

Malvaloca. ¡Vaya usté enhorabuena! 

El tío Jeromo los mira desdeñosamente, y se va por el postiguillo. 
Malvaloca y Salvador sueltan la carcajada. 

Salvador. ¡Qué mamarracho es! 

Malvaloca. ¡Me ha hecho grasia la manera como ha 

salió! Sigue la risa, que sorprende LEONARDO, que vuelve. ¿Habrá 
que decir que le contraria? ¡Hola! 

Leonardo. Hola. 

Malvaloca. Nos reímos de que ha pasao pa la caye 
er tío Jeromo, con toa la cara de un traído. 

Leonardo. Disculpándose. No ha habido más remedio 
que despedirlo. 

Malvaloca. Y yo soy la primerita que se alegra. 
Pero, cuidao con é, que tiene malas purgas. Es nju 
vengativo, y capaz de inventa cuarquier cosa. 

Leonardo. No sé qué ha de inventar. 



— 61 — 

Malvaloca. ¡Ni vayas tú ahora tampoco á ponerte á 
sacarle los sesos á lo que yo he dicho! No he querío 
más que prevenirte. ¿Verdá que es mu vengativo, Sar- 
vadó? 

Salvador. Sí; pero ¿qué caso ha de haserle nadie? 

Vamos á vé si fundimos pronto. Se entra en los talleres. 

Malvaloca. ¿Tú qué tienes, Leonardo? 

Leonardo. Nada, mujer. 

Malvaloca. No me digas que na, porque te yegan 
las ojeras ar pescueso. Y que ya te tengo estudiao, 
como los astrónomos las nubes. Se revuercan los perros, 
seña de agua. Vengo yo, no me resibes tú con la cara. 
alegre, témpora tenemos. 

Leonardo. No... 

Malvaloca. ¡Si! ¿Te ha molestao quisas que me es- 
tuviera riendo con Sarvadó? ¡Era der tío Jeromo! 

Leonardo. No seas niña. ¿Cómo ha de molestarme 
una cosa así? Verás lo que hay. Tengo que anunciarte 
una novedad... 

Malvaloca. Mía tú cómo se revorcaban los perros. 
No miéntenlas señales. ¿Te ríes? 

Leonardo. Sí. Óyeme. 

Malvaloca. Acaba ya, que me estás poniendo en 
cuidao. 

Leonardo. Mi hermanita ha venido. 

Malvaloca. Ya lo sé. Me lo ha dicho ése. 

Leonardo. Ah, ¿te lo ha dicho ése? 

Malvaloca. Sí. ¿No es más que eso to? Pos no te 
violentes ni te apures, que mientras esté aquí tu her- 
manita yo no pongo los pies en tu casa. 

Leonardo. ¿Por qué? 

Malvaloca. Porque se me va á torsé un tobiyo ar 
pasa la puerta. Sin broma: porque no está bien que yo- 
venga, Leonardo. 

Leonardo. ¿También te lo ha dicho...? 

Malvaloca. No; se lo he dicho yo á é. Sarvadó lo- 



'^ 62 — 

que me lia dicho es que á ti no te paresía mal que yo 
viniera. 

Leonardo. ¿Ah, sí?... Es cierto... ¿sabes?... pero lue- 
go lo he pensado mejor. No debo ser intransigente. Te 
agradezco mucho tu resolución, Malvaloca. No vengas: 
yo iré allá. 

Malvaloca. Ea, pos se acabó er martirio. Alegra esa 
cara, que no me gusta verte triste. 

Leonardo. ¿Y cómo he de estar, si te quiero lo 
que te quiero, y tengo que esconderte como una ver- 
güenza? 

Malvaloca. ¡Vaya! 

Ya está yoviendo, 
los pájaros corriendo, 
la caye en bote en bote 
y Periquiyo sin capote. 

Periquiyo soy yo. ¿Cuándo te vas á convensé de que 
remové la tierra es marsano? 

Leonardo, con doior. ¡Según qué tierra! 

Malvaloca. con amargura. ¡Pos por cso lo digo! ¡Si ya 
sabes tú qué tierra soy... y en qué tierra has sembrao! 

Leonardo. Perdóname. ¡Quisiera ahogar en mi alma 
este sentimiento siempre que estoy contigo, pero no 
puedo, porque á tu lado pierdo la voluntad! 

Se miran. 

Malvaloca. Resueltamente. Hasta luego. Me marcho. 

Leonardo. ¿Te vas? 

Malvaloca. Sí; no sarga la niña. 

Leonardo. No temas; no está aquí. La ha llevado 
Teresona á ver algunos sitios del pueblo. 

Malvaloca. Entonses... 

Leonardo. ¿Qué? 

Malvaloca. ¿Vais á fundí la Golondrina? 

Leonardo. Sí: dentro de poco. 

Malvaloca. ¿Dará tiempo á que yo lo vea? 

Leonardo. ¿A... que tú lo veas? Te diré... 



— 63 



Malvaloca. No; no me digas na. Aunque dé tiempo 
no lo veo. Te choca que entre en los tayeres. 

Leonardo. Aparte de eso: es que la campana se 
funde como todo; como tantas cosas que tú has visto 
fundir. Ya está el molde en la tierra... 

Malvaloca. Y que es igualito á la campana rota. 
Ése sí que lo he visto yo. 

Leonardo. Más te hubiera interesado ver cómo des- 
hicimos la campana rota. 

Malvaloca. Es verdá. ¿Por qué no me avisaste? 

Leonardo. No caí. 

Malvaloca. Pos dime cómo fué. 

Leonardo. Sencillamente caldeándola sobre una ho- 
guera, y á golpe de martillo. 



Malvaloca. 
Leonardo. 
Malvaloca. 
Leonardo. 
Malvaloca. 
los crisoles. 
Leonardo. 
Malvaloca. 



¿Y se hiso peasos? 
Justo. 

Como si fuera de crista. 
Lo mismo. 

Y los peasos ya están derritiéndose en 



Eso es. 

Y ahora de los crisoles van á la tierra 
por er bebeero. 

Leonardo. Cabal. Ya sabes de esto más que yo. 

De manera que la campana es la mis- 



Malvaloca. 
ma. 

Leonardo. 
Malvaloca. 



La misma... y otra. 

Me acuerdo de que er primer día que 
nos hablamos me explicaste tú mu bien esta faena. 
Se me quedó impreso to lo que me dijiste. 

Leonardo. ¡Buena memoria! 

Malvaloca. Más buena es la tuya, arrastrao. 

Leonardo. ¿La mía? ¿Por qué? 

Malvaloca. Por na. 

Leonardo. No; por algo lo has dicho. 

Malvaloca. ¡Ea! ¡Otra cavilasión! Me he enamorao 



— 64 — 

der tío Cavila: un chochero que había en mi tierra, que 
se vorvió loco cavilando 

Leonardo. Bueno; dime por qué me has dicho eso 
de la memoria. 

Malvaloca. ¿Por qué vá á sé, silisio? ¡Porque no te 
cuento una cosa mía que no se te quee en la cabesa 
como fundía en bronse! 

Leonardo. ¡Ay! ¡es verdad! 

Malvaloca. Pero, ven acá, mala persona, ¿te pesa 
haberme conosío? 

Leonardo. ¡Nunca! 

Malvaloca. ¿Me quieres-tú? 

Leonardo. ¿Y tú me lo preguntas? 

Malvaloca. Entonses, ¿qué importa lo que fué? 

Leonardo. Importa, importa... Tanto me importa á 
mí, que solamente cuando lo olvido soy dichoso. 

Malvaloca. Pos mira: se me ocurre una solusión. 

Leonardo. ¡Si la hubiera!... 

Malvaloca. ¡Fúndeme como á la Golondrina! 

Leonardo. Perplejo. ¿Como á la Golondrina?... 

Malvaloca. Ya hay una copla que habla de eso. 
Meresía esta serrana 
que la fundieran de nuevo 
como funden las campanas. 

¿Nunca la has oído? 

Leonardo. Nunca, hasta ahora. 

Malvaloca. Se conose que la ideó argún caviloso de 
tu linaje; de estos que quién compone la justisia der 
mundo. Á la cuenta se enamoró de una mujé que quisa 
tuviera derecho á otra suerte más buena, y sacó esa 
copla. 

Leonardo. ¿Cómo es? 

Malvaloca. Repitiéndola con todo sentimiento. 

Meresía esta serrana 
que la fundieran de nuevo 
como funden las campanas. 



— 65 — 



Leonardo. 
Malvaloca. 
Leonardo. 
Malvaloca. 
Leonardo. 
Malvaloca. 
luego. 
Leonardo. 



Atrayéndola hacia sí con pasión. Ven acá. 

¿Qué quieres? 
Mírame. 

Ahora con las lágrimas no te veo. 
Ni yo á ti. 

Suerta. se separa de él. Me voy. Hasta 



Adiós. 

Al abrir Malvaloca el postiguillo del foro para marcharse, apare- 
cen la HERMANA PIEDAD y MARIQUITA. Mariquita viene de gala. 
La presencia de ambas sorprende por igual á los dos amantes, y 
alegra á Malvaloca. 

H. Piedad. Buenos días. 
Malvaloca. ¡Mira qué visita, Leonardo! 

Mariquita. Güenos días. 

Leonardo. Adelante, hermana. 

Mariquita. ¿Tú por aquí, mujé? 
Malvaloca. Sí; pero ya me voy. 

Mariquita. ¿Te vas? No te vayas. Verás á lo que ven- 
go. No te vayas. 

Leonardo. Respondiendo á una mirada de Malvaloca. Qué- 
date. 

H. Piedad. Mariquita trae una pretensión que no la 
ha dejado dormir en toda la noche. 

Mariquita. En toa la noche; porque lo pensé al acos- 
tarme y temí que se me fuera de la cabesa. con cansan- 
eio. ¡Ay!... 

Malvaloca. Siéntese usté aquí, Mariquita. 

Mariquita. Muchas grasias, hija de mi arma. 

Leonardo. Y usted, hermana, siéntese también. 

H. Piedad. Gracias: no es preciso. La visita será muy 
corta. ¿Es hoy cuando se va á fundir nuestra Golon- 
drina? 

Leonardo. Hoy. Dentro de un rato. Podrán verla 
fundir, si quieren. 

H. Piedad. No haremos sino irnos á nuestra casa á 



— 66 — 

rezar por que el Señor proteja la buena obra. Y ya veo 
que el deseo de nuestra Superiora es fácil que se logre. 

Leonardo. ¿Cuál es ese deseo? 

H. Piedad. Que la campana vuelva á sonar por pri- 
mera vez el día de la procesión de Nuestro Señor de las 
Espinas, que sale del Carmen, y que es muy venerado 
en el pueblo. Es día de fiesta en Las Canteras; se ador- 
nan ventanas, balcones y portales; la carrera por donde 
va el Señor se alfombra enteramente de romero y mas- 
tranzo; las muchachas estrenan sus vestidos, reservados 
para ese día... Ya verá, ya verá. 

Leonardo. ¿Y cuándo es? 

H. Piedad. El catorce del mes que viene. 

Leonardo. ¡Pues sobra tiempo! 

H. Piedad. Tanto mejor. Mucho se alegrará la Supe- 
riora. 

Malva! oca. Diga usté, hermana: ¿y podré yo í detrás 
de la prosesión ese día con los pies descarsos? 

H. Piedad. ¿Por qué no? 

Leonardo. ¿Con los pies descalzos? 

Malvaloca. Sí, hombre. Es una promesa. 

Leonardo. ¿Cuándo la has hecho? 

Malvaloca. Ahora. 

H. Piedad. sonriendo bondadosamente. De aqUÍ allá pue- 
de meditarla. 

Malvaloca. ¿Pa qué? ¿Tú te extrañas? No es la pri- 
mera vez que voy detrás de una prosesión de esa ma- 
nera. Cuando estuvo mala mi niña... Pero, bueno, esto 
á nadie le importa. ¿Qué trae Mariquita por aquí? 

H. Piedad. Ella lo dirá. 

Mariquita. Se levanta. Pos yo traigo esto. Del seno saca 
un envoltorio pequeñito, y lo muestra. 

Leonardo. ¿Y eso qué es? 

Mariquita. Las cruses y las medayas del hijo que 
me mataron en la guerra. 
* Leonardo. ¿Y para qué las trae? 



— 67 ~ 

Mariquita. Como é, desde que se lo yevaron, no te- 
Tiía más pío qne gorvé á escucha er toque de la Golon- 
drina ar lao de su madre, 3^0 quiero que estas medayas 
y estas cruses que ér se ganó, se junten con er meta de 
la campana. ¿Puede sé? 

Leonardo. ¡Ya lo creo! Basta echarlas en un crisol. 

Malvaloca. Y que va á sé ahora mismo, y por mi 
mano. 

Mariquita. ;,Por tu mano? 

Malvaloca. Sí. Béselas usté la úrtima vez. 

Mariquita. Después de besarlas. Toma, hija mía, toma. 

Malvaloca. Traiga usté. Y venga usté conmigo pa 
verlo. ¿Has visto tú, Leonardo? ¿No hay que sé madre 
pa tené esta idea? 

Leonardo. Sí. Anda. 

Malvaloca. Voy. Venga usté, Mariquita, venga usté. 

Mariquita. Vamos, hija, vamos. 

Sugestionada Malvaloca, miíando las medallas y cruces, como quien 
lleva en la mano un tesoro, éntrase en los talleres con Mariquita. 

H. Piedad. Ciertamente es buena esta mujer. Es 
buena, es buena... 

Leonardo. ¿Verdad? ¡Cuando una desgracia irreme- 
diable cae sobre una criatura así, se rebela uno contra 
todo! 

H. Piedad. ¿Contra todo, hermano? 

Leonardo. Hermana, hay que ser santo para resig- 
narse. Siendo hombre, no hay resignación para esto. 

H. Piedad. Flores tiene el arrepentimiento; flores la 
piedad y el perdón. 

Leonardo. ¡El amor es pasión egoísta! 

H. Piedad. Cuando es grande amor, es pasión gene- 
rosa también. 

Vuelven MALVALOCA y MARIQUITA. 

Malvaloca. Ya está. Cayeron en er fuego, y se las 
sorbió. Paresía que las estaba esperando. 
Mariquita. ¡Pobresito mío! 



— 68 — 

H. Piedad. Se cumplió su voluntad, Mariquita 

Mariquita. ¿Vive tu madre, Marvaloca? 

Malvaloca. ¿Mi madre? Vamos á no habla de eso. 

Mariquita. ¿Por qué? ¿No te quiere? 

Malvaloca. Vamos á no habla de eso. Sí vive mí 
madre, Mariquita; sí vive, y viva mucho; pero no es 
como usté, por desgrasia. A mí me gusta verla con los 
gemelos der revés: to lo lejos que pueo. 

Mariquita. ¡Ay qué grasiosa! 

Malvaloca. ¡Miste que tené yo que habla así de mi 
madre! ¡Yo que siempre he sentío lástima de Adán, por- 
que no lo cogieron en brasos!... En fin, será mi sino. 

H. Piedad. ¿Vamonos, Mariquita? 

Mariquita. Vamonos. Dios les pague er gusto que- 
me han dao. 

Malvaloca. ¡Cuando suene la Golondrina va á pare- 
serie á usté que la yama su hijo! Usté lo verá. 

H. Piedad. Don Leonardo, quédese con Dios. 

Leonardo. Adiós, hermana. Adiós, Mariquita. 

Mariquit?. Güenos días. 

H. Piedad. Buenos días. 

Malvaloca. Vayan ustés con Dios. Les abre ei postigui- 

llo y las deja pasar. Una y otra se marchan sonriéndole. 

Leonardo. con explosión de amor desbordado en vehementes - 

palabras. ¡Ven acá tú, Malvaloca; ven acá tú; que cada 
momento que pasa te quiero más! ¡Ven acá: no te vayas 
ahora de aquí, ni te vayas nunca de mi Jado! 

Malvaloca. Quita, loco. 

Leonardo. ¡Te quiero por buena; te quiero por her- 
mosa; te quiero por desventurada! ¡Mírame á los ojos y 
que yo te mire y me recree, única mujer á quien he 
querido! 

Malvaloca. ¿Yo? 

Leonardo. ¡Tú! ¡Nunca te he dicho esto, pero es hora 
ya de que lo sepas! 

Malvaloca. ¡Leonardo! 



Malvaloca. ¿Qué? 
Juanela. ¡Ah! ¡Es ella! 



~ 69 — 

Leonardo. ¡A ti, á ti sola he querido y querrél ¡Ya 
no sé vivir si no es porque sé que tú vives! ¿Me quier 
i es tú también de este modo? 

Malvaloca. ¡Te quiero más toavía! ¿Quién me ha ha- 
blao nunca como tú? 

Por la puerta de la casa aparece en esto JUANELA, inquieta y 
turbada. Los amantes, que tanto la adivinan como la ven, se sepa- 
ran instintivamente. 

Leonardo. ¿Eh? 

,•; 

l! 

Leonardo. ¡Juanela! ¡Hermana! ¡Ven aquíl 
Juanela. No; déjame... No sabía... 
Leonardo. ¡Sí sabías! ¡Tú has dicho que es ella! ¿Qué 
has querido decir con eso? 

Malvaloca está sobrecogida y temerosa. Leonardo, excitándose á 
cada palabra, trata de detener á su hermana y de hacerle respetar y 
«emprender su vivo sentimiento. 

Juane'a. Nada; no... Déjame, déjame... 

Leonardo. ¡No; no quiero que te vayas así...! ¿Por 
qué tiemblas ante esta mujer? ¿Qué te han dicho? 
¿Quién te ha engañado? 

Malvaloca. ¡Er tío Jeromo! 

Juanela. Nada, nada me han dicho. 

Leonardo. ¡Sí! ¡Y en lo que te han dicho mintieron! 
jQuién es esta mujer sólo yo he de decírtelo y á mí sólo 
tienes que creerme! ¡Los demás qué saben! ¡No te dirán 
sino que es mala, que es mala y que es mala!... ¡Ah! ¡si 
fuese maldad la desventura, no habría nacido una mu- 
jer más mala que ésta! 

Juanela. Cálmate, Leonardo. 

Leonardo. ¡Pero yo conozco su vida, y su alma, y 
«US dolores!... ¡Ella no tuvo como tú quien velara por 
su pudor, sino quien por desconocerlo lo profanara y 
lo vendiera!... ¡Por aquella casa de donde salimos jun- 
tos los dos, yo te juro...! Perdóname... Me exalto hasta 



— 70 — 

no ser dueño de mis palabras... Temo herirte tam- 
bién... Déjame... déjame. Ya te hablaré tranquilo. Ahora 
déjame. 

Juanela. Si, sí; te dejo, hermano. Ahora es mejor... 

Te dejo... Angustiada, llorosa. ¡JeSÚS, DioS mÍo! Vuélvese ala 
casa sin poder dejar de mirarlo. 

Leonardo. Acercándose otra vez a Malvaloca. ¡Te perdona- 
rán todos! ¡Te respetarán todos! ¡Es ya loco empeño de 
mi vida! ¡Todos olvidarán lo que fuiste! 

La voz de SALVADOR llamándolo desde el interior de los talleree 
lo hiere y lo estremece súbitamente. 

Salvador. ¡Leonardo! 

Leonardo. ¡Ay! ¡Todos... menos yo! 

Salvador. Asomándose. Leonardo. 

Leonardo. con brusca sacudida; como si despertara de un 

8U€ño. ¡Qué! 

Salvador. Ya estamos listos. ¿Vamos á fundí la Go- 
londrinaf 

Leonardo. Vamos, sí. Á Maivaioca. ¿Vienes tú? 

Malvaloca. No. Hasta luego. 

Leonardj. Hasta luego. Entrándose con Salvador en los ta- 
lleres. Vamos á fundir la Golondrina. 

Malvaloca. con íntimo dolor, que se deshace en copioso llan- 
to. ¡Quién fuera bronse como eya! 



FIN DEL ACTO SEGUNDO 



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ACTO TERCERO 



Sala baja, de blancas paredes y techo de bovedillas azules en caea 
«le Leonardo. Al foro una gran puerta por la que se ve el patio, des- 
tartalado y viejo. Á la derecha del actor otra puerta que conduce á 
las habitaciones interiores. Á la izquierda una ancha ventana eure, 
jada, que da á la calle, y cuyo alféizar viene á estar á un metro del 
suelo. Al pie de él hay un amplio escalón. El marco de la ventana, 
aparece adornado, por la festividad del día en que la acción se des- 
arrolla, con cortinas de encajes blancos y lazos de colores. Enreda- 
das en el herraje hasta lo alto, ramas de lentisco y romero. Sobre el 
alféizar, y en aros sujetos á los hierros horizontales, macetas con flo- 
res. Suelo de losetas. Pocos muebles. Una mesa de pino cerca de la 
ventana espera las flores que han de arrojarse luego al paso de I4 
procesión. 

Es por la mañana en el mes de Junio. 



JUANELA, TERESONA y ALFONSA, vestidas como de dia de 
fiesta, terminan el adorno de la ventana. Con ellas están DOÑA EN- 
RIQUETA y DIONISIA, que para ataviarse han sacado también el 
fondo del baúl. Alfonsa es una sobrinilla de Teresona, de traza luga- 
reña, que ha venido de su pueblo natal á la fiesta de Las Canteras 
en aquel dia, y en quien el sentimiento de la admiración es cosa 
esencial. Doña Enriqueta y Dionisia en cambio no parecen admirarse 
de nada. Son esposa é hija del dueño de un famoso refino del pue- 



blo, y hablan con cierta afectación de finura, á la que no cuadra 
muy bien su casi total desconocimiento de la ele. 

Alfonsa. En lo aito de una silla. ¿Ha quedao con gracia 
este moño, tía Terezona? 

Teresona. Ha quedao, ha quedao con grasia. Bájate 
ya, y vamos á deja el adorno de la ventana, que ya no 
nesesita más na. 

Juanela. Sí que está bonita de veras. 

Alfonsa. Alejándose un poco de la ventana para verla mejor. 

jAy, qué precioza! ¡Ay, qué precioza está! ¿No es verdá 
que está mu precioza? 

Dionisia y doña Enriqueta se ríen del candoroso entusiasmo de 
Alfonsa. 

Dionisia. ¡Qué chiquiya esta! Se armira de todo. 

Doña Enriqueta. Á nosotras no nos gustan estas fies- 
tas der pueblo. ¡Son más cúrsilesf 

Teresona. ¿Que son cúrsilesf Pos yo las encuentro 
mu naturales. 

Juanela. ¿De verdad no les gustan? 

Dionisia. Á mí no. 

Doña Enriqueta. Ni á mi. 

Dionisia. Ni á papá. 

Juane!a. Quizás la costumbre de verlas todos los 
años. Yo, como forastera, les confieso á ustedes que no 
he visto nunca nada más pintoresco ni más lleno de 
simpatía que el adorno de todas las calles por donde va 
á pasar la procesión. 

Doña Enriqueta. Usté ¿qué ha de desirnos á nos- 
otras? 

Juanela. Lo que siento: la pura verdad. 

Alfonsa. No lo nieguen ustés, zeñoritas; zi hay ar- 
gunos zanguanes que zon artares; ¡con tanto encaje 
blanco y tanta maceta de arbahaca!... Pos ¿y las cayes, 
que paecen arfombrás de ramas verdes? ¡Miste, miste 
qué oló entra por la ventana! ¡Ay! ¡ay! ¡Ze esmaya 
una! 



— 73 — 

Doña Enriqueta. Olores der campo. 

Dionisia. Mejorana y tomiyo. ¡Si vamos á armirar- 
nos de eso! 

Teresona. Es que mi sobrina también es forastera. 

Alfonsa. ¡Y me alegro de habé venío der pueblo á 
vé este día! ¡Ay! ¡ay! ¡Cómo están ezas cayes! ¡Cómo es- 
tán ezas cayes! 

Doña Enriqueta. Cávate de las cayes, por Dios, que 
se ve cada irrisión de barcón adornado... 

Dionisia. ¡Cada mamarracho se ve! 

Teresona. ¿En las cayes? 

Doña Enriqueta. En las cayes, sí. saludando por la ven- 
tana á unas amiguitas que pasan. AdiÓS, Matirde. 

Dionisia. Adiós, Ervira. 

Juanela. Vayan con Dios. ¿No quieren entrar un ra- 
tito? ¡Hasta luego entonces! 

Alfonsa. ¡Ay qué bien vestías que van! ¡Ay qué de 
moños yevan! ¡Ay qué alegantes! 

Doña Enriqueta. ¡Er cormo, hija, er cormo! 

Dionisia. ¡Er cormo, mamá! 

Se presenta en la puerta del foro LOBITO, que viene de la calle 
y á quien es difícil reconocer. No es el operario tiznado y roto de la 
fundición: es un galán de pueblo de lo más lucido. Á la oreja trae 
un clavel, y otro en el sombrero, probablemente para ofrecérselo á 
alguien. 

LobitO. Antes de que nadie lo vea. (¡La pringamos! LaS 

tontas der refino aquí.) ¡Güeñas tardes! 

Juanela. Buenas tardes. 

Teresona. Ven con Dios, Lobito. 

Alfonsa. ¡Hola, Inacio! 

Doña Enriqueta. Buenas tardes. 

Dionisia. Buenas tardes. 

Alfonsa. ¡Mía qué alegante tú también! 

Lobito. Mujé, la fiesta lo píe. Er día e la prosesión, 
y er día en que va á soná otra vez la Golondrina, ¿no 
-se va uno á pone lo mejó que tenga? 



— 74 — 

Alfonsa. ¡Y trae cadena, tía! ¿Lo ha reparao usté? 

Lobíto. Sí que traigo cadena. 

Juanela. Y muy vistosa. 

Lobíto. Reló es lo que no traigo. 

ASfonsa. ¿No traes reló? 

Teresona. ¡Er demonio eres! 

Lobito. No, que no lo traigo. He enganchao la for- 
forera ar cabo e la cadena pa que haga peso. Pero er 
gorpe lo doy. Más e cuatro mositas se me han quedao 
mirando. Y si me preguntan por chufla la hora que es^ 
sargo con otra chufla. 

Risas. 

Alfonsa. ¡Ay qué ange tiene! 

Teresona. Oye, Lobito, ¿es verdá que ha habió gor- 
pes en la AlameaV 

Lobito. ¡Y los que tiene que habé toavía de aquí á 
que suene la campana! Los de la Sonora se habían figu- 
rao que ya estaba la suya sola pa siempre, y er que 
más y er que menos tiene un berrinche que va á reven- 
ta de coraje. 

Doña Enriqueta. ¡Qué bárbaros! 

Dionisia. Eso es sarvajismo. 

Doña Enriqueta. ¿Usté ve cómo son muy sarvajes 
en este pueblo? 

Juanela. ¿Y cuándo va á sonar por fin la campana, 
Lobito? 

Lobito. Cuando güerva er íreñó de la prosesión 
por er pueblo, y entre en su casa. Así lo ha dis- 
puesto la Superiora. Y ar que hay que oí es á Martín 
er siego. 

Juanela. ¿Á quién? 

Lobito. Á Martín er siego; er campanero que ha sío 
siempre de la Golondrina. ¡Pobresiyo! se sartan las lá- 
grimas. Paese que le ha resusitao una hija. Tres noches 
base que no duerme. Er dise que no le importa mo- 
rirse con er primer tañío; pero yo creo que de veras 



— To- 
se va á morí. Los pelos se ponen de punta escuchando 
al hombre. 

Alfonsa. ¡Ay! ¡ay! ¡qué coza! ¡qué coza! ¿Y á qué 
hora paza por aquí la procezión, Inacio? 

Lobito. Por el Arresife iba base un ratiyo. De ma- 
nera que de aquí á media hora vendrá por esta caye. 

Teresona. Va á sé menesté í preparando ya la& 
flores. 

Alfonsa. ¿Vamos á cortarlas? 

Lobito. Vamos. Yo te ayúo. 

Teresona. Ahora iré yo pa aya. 

Alfonsa. Anda. Se va por la puerta del foro, hacia la derecha. 

Teresona. á Lobito, que va á seguirla. Cuidao con las 
flores, Lobito. 

Lobito. Á mí encargúeme usté cuidao con las fru- 
tas. Las flores se güelen na más; y las frutas se comen. 

Ya usté me entiende. Se va detrás de Alfonsa. 

Teresona. ¡Qué granuja es! Pero ¿qué va á hasé 
una, si paese que le gusta la muchacha? Es tan natura 
que á los muchachos les gusten las muchachas... y que 
las personas mayores nos quitemos de su alrededó... 
Es tan natura... 

Dionisia. Claro: cada oveja con su pareja. 

Doña Enriqueta. ¿Damos nosotras un paseíto? 

Dionisia. Bien pensado: daremos una vuerta. 

Doña Enriqueta. ¿Usté viene? 

Juan el a. ¿Por qué no? 

Dionisia. Nos toparemos con mucho ptieblerioy pero 
¿qué remedio? 

Juanela. ¿Y qué importa? No van á comernos tam- 
poco. 

Doña Enriqueta. Ahí va la del arcarde. Vámonos- 
con eya. 

Dionisia. ¡Doña Casirda! 

Doña Enriqueta. ¡Doña Casirda! ¡Espérenos ustél 

Dionisia. Vamos. 



— 76 — 
Juanela. Vamos allá. 

En esto aparece SALVADOR por la puerta del foro, también de 
tiros largos. 

Salvador. Vaya con Dios lo más fino der pueblo... 
y de fuera der pueblo. 

Doña Enriqueta. Favo que usté nos hase. 

Dionísia. Buenastardes. 

Juanela. Buenas tardes. Usted siempre el mismo. 

Salvador. ¿Se marchan ustedes? 

Doña Enriqueta. A dar un par de vuertas mientras 
viene la prosesión. 

Salvador. No tardará mucho. 

Dionisla. Cos^ de media hora. Ya hemos hecho er 
cárculo. 

Salvador. ¡Pos hoy en la cave se saca novio! 

Doña Enriqueta. ¿Vamos? 

Dionisia. Vamos. 

Salvador. ¡Cuidao si han venío [forasteros! Y er 
tiempo está de nuestra parte. Con la yuvia de ayé ha 
Tefrescao, y da gusto anda por ahí. Con que por mi no 
detenerse. 

Dionisia. Vamos, mamá, que nos espera doña Ca 
sirda. 

Doña Enriqueta. Vamos, sí. 

Juanela. Vayan ustedes, que allá voy. 

Se marchan doña Enriqueta y Dionisia por la puerta del foro ha- 
cia la izquierda. Juanela se detiene un momento con Salvador. 

Teresona. Pocas personas me hasen á mí daño en 
er mundo; porque yo, en güeña hora lo diga, pa to 
encuentro discurpa; pero á esta mamá y á esta niña, 
que se han tragao er moliniyo der chocolatero, no las 
pueo resistí. 

Salvador. A mí me hase grasia la manera de habla 
que tienen. Paese que han aprendió con er maestro der 
cuento: «¡Niño: sordado, barcón, ardaba y mardita sea 
tu arma, se escriben con ele!» 



— 77 - 

Teresona. ¿No sabe usté cómo le yaman ar marío'? 

Juanela. Deje usted eso, Teresona. Oiga usted, Sal- 
vador. 

Salvador. ¿Qué me manda usté, carita de lástima? 

Juanela. ¿Se ha enterado usted de lo de hoy? 

Salvador. No. ¿Otro desatino de Leonardo? 

Juanela. Otro capricho. ¿Lo de ayer sí lo sabe? 

Salvador. Sí; que le dio dos bofetás á uno porque 
dijo yo no sé qué de Marvaloca. Me lo contaron por la 
noche. ¿Y lo de hoy, qué es? 

Juanela. Que se ha empeñado, quizás como conse- 
cuencia de lo de ayer, en que venga aquí esa mujer á 
presenciar el paso de la procesión con nosotras. 

Salvador. ¡Pero si yo creía que eya iba á í detrás 
der Señó con los pies descarsos! 

Juanela. Eso quería ella; pero él se lo quitó de la 
cabeza. 

Salvador. Y en cambio se empeña en que venga 
aquí. Está loco. 

Juanela. Imagine usted... ¿Quién convence á la 
gente?... Estas amigas yo no sé lo que harán todavía; 
pero otras que se han enterado se han excusado de ve- 
nir. Hable usted con él, no para persuadirlo de que 
ella no venga, que puesto que él lo quiere y esta es su 
casa... 

Salvador. Caye usté por Dios. 

Juanela. Sino para aconsejarle prudencia, discre- 
ción... un poco de respeto á los demás... El tiene que 
vivir con las gentes... 

Salvador. Será inútil cuanto le diga; pero le habla- 
ré una vez más, j^a que usté lo desea. La úrtima, por 
supuesto. 

Juanela. Aunque sea la última; no deje usté de ha- 
blarle, Salvador. Yo no puedo discutir con él porque 
desde niña he sido dócil á cuanto él ha querido. He 
tenido siempre absoluta fe en su bondad. «Lo hace mi 



hermano, está bien hecho seguramente.) Así he pensa- 
do y he sentido toda mi vida. Pero ahora... ahora le 
■confieso á usted, Salvador, que tengo un torbellino en 
la cabeza. 

Salvador. Está loco. 

Juanela. No, no está loco. No habla como un loco... 
Yo, á solas conmigo, muy á solas, comprendo á mi 
hermano, no crea usted. La razón podrá no tener sen- 
timiento; pero el sentimiento siempre tiene razón. 

Salvador. Bien, bien; deje usted los pucheros. Yo 
hablaré con él... Ande usté, que las amiguitas la 
aguardan. 

Doña Enriqueta. Desde la caiie. ¿No viene usté, Jua- 
nelaV 

Juanela. Sí; en seguida voy. Perdonen ustedes, a 
Salvador. Le voy á dccir á Leonardo que está usted aquí. 

Se marcha por la puerta del foro, hacia la derecha, y luego se la ve 
cruzar hacia la izquierda por el patio. 

Salvador. ¡Inosente chiquiya! ¡Vaya un viajesito de 
recreo que le ha dao el hermanito! Y á ér sí que le ha 
tocao la china negra. 

Teresona. Por causa e la gente que lo envenena to. 
Él es güeno; eya es güeña; la otra es como er pan. ¿Es 
posible que pase na malo entre tres personas tan güe- 
ñas? ¡Qué disparate! Es lo que yo digo: ¿hay Dios ó no 
ha}^ Dios? Pos si hay Dios, y nadie hase más que lo que 
Dios quiere... Dios tiene ya edá pa sabe lo que hase. 

Salvador. Eso es vé las cosas como Dios manda. 

Teresona. Ni más ni menos. Aquí yega. 

Salvador. ¿Dios? 

Teresona. ¡Don Leonardo! ¡Siempre ha de anda 
usté de chirigotas! Me voy yo á echarle un vistaso á la 
otra pareja 

Viene LEONARDO de allá dentro por la puerta del foro. Teresona 
lo deja pasar, y se aleja hacia la derecha, mirando á los dos com- 
pañeros. 



— 79 — 

Leonardo. Me ha dicho Juaneía que me llamas. 
¿Qué quieres? 

Salvador. Verte, lo primero. Después, charla conti- 
go un rato. ¡Si hase lo menos ocho días que casi no 
crusamos la palabra! Á mí se me ha figurao que me 
huyes. 

Leonardo. ¿Hniirte? 

Salvador. No pases cuidao, que no te vi á pedí 
cuentas der negosio. Tengo en ti entera confiansa. 

Leonardo. ¿Y para darme estas bromas de chico 
me has llamado? 

Salvador. Contrastes de la vida, hombre. Tú la to- 
mas demasiao en serio, y yo tar vez demasiao en 
broma. 

Leonardo. Tal vez. 

Salvador. Sólo que las veras délos bromistas, cuan- 
do se ponen serios, por lo mismo impresionan más. Y 
ahora va de veras. 

Leonardo. Milagro. 

Salvador. De veras va. cariñosamente. ¿Cómo marcha 
ese corasón, compañero? 

Leonardo. Destrozándose, pero dichoso. 

Salvador. Muy bien. Y la cabesa loca, pero feliz. 

Leonardo. Tú lo has dicho. 

Salvador. Y to eso por una mujé. 

Leonardo. ¿Por quién mejor? 

Salvador. Pos tocante á esa mujé vamos á echa un 
párrafo. 

Leonardo. Prefiero que lo dejes. 

Salvador. Es que también hase muchos días que no 
hablamos de eya. 

Leonardo. Ni hay para qué. 

Salvador. Ahora, sí. 

Leonardo. De esa mujer nadie sabe hablarme. Y 
menos, tú. 

Salvador. No va el aire por donde siempre. Se trata 



— se- 
de otra cosa. Esa mujé, Leonardo, le preocupa á tu her- 
mana. 

Leonardo. No. Le preocupo yo. Y no por ella ni por 
mí, sino por la gente. Bien lo sé; bien lo veo. Pero mi 
hermana se va con mis tíos, y día llegará en que tam- 
bién á propósito de la gente piense lo que yo. 

Salvador. Ah, ¿se va tu hermana? 

Leonardo. Sí; se va. Y pronto. Pasado este día, muy 
pronto. Yo no quiero que nadie, ni siquiera ella, á 
quien yo he enseñado á ser libre y fuerte, comparta 
conmigo este sacrificio. 

Salvador. ¿Es por las señas irremediable que la 
aventura dure mucho? 

Leonardo. Esto no ha sido nunca una aventura. Y 
durará toda mi vida. 

Salvador. ¿Toda tu vida? 

Leonardo. Sí. Como nunca has querido si no mira- 
bas libre el camino por donde habías de huir, no pue- 
des comprenderme. Malvaloca es mi vida entera. ¡Con 
qué placer más doloroso junto á mi suerte la de esa 
mujer! 

Salvador. No te comprendo, no. Allá tú con tus ca- 
vilasiones y tus teorías. Pero, en cambio, si no me ex- 
plico esa manera de sacrificarse por una pajarita que 
se encuentra en la caye, sé darme cuenta de otras 
cosas. 

Leonardo. Molesto. ¿De cuáles? ¡Y elige las palabras, 
por Dios! 

Salvador. Óyeme, y contéstame con la verdá, tú 
que tan frecuentemente me la predicas. Hase tiempo 
que le estoy dando vuertas en la imaginasión á esta 
idea, y cuando yo menos lo esperaba le ha yegao su 
punto. ¿Te sorprendería mucho que yo desaparesiese 
der pueblo? 

Leonardo. ¿De Las Canteras, tú? Pero ¿adonde has 
de irte? 



— 81 — 

Salvador. No es eso lo que te pregunto. ¿Te sor- 
prendería? 

Leonardo. Quizás no. 

Salvador. ¿Y te alegrarías? La verdá, Leonardo. 

Leonardo. La verdad: sí. 

Salvador. Lo sé. Como sé también que no dejarás 
de sentirlo, porque nuestra amista no es de juego. Pero 
debo irme de tu lao, y me iré. Sin que yo pueda reme- 
diarlo, te lastimo, te hiero, te traigo á la memoria lo 
que tú quisieras borra der mundo. Y consigas orvi- 
darlo ó no, no viéndome á mí te librarás de muchas 
saetas. Yo no entenderé de cariños grandes de hom- 
bres pa mujeres; pero der cariño de un amigo pa otro, 
sí que entiendo. Va con mi condisión, por lo visto. Me 
he pasao la vida engañando mujeres, y no he podio 
engaña á ningún hombre. ¡Y quiero más á las mujeres, 
que es lo grande! ¿Entiendes esto tú? 

Leonardo. Entiendo ahora tu generosidad. Perdó- 
name si alguna vez te llamé egoísta. 

Salvador. Bueno, pos se acabó lo que se daba. Da- 
me un abraso. 

Leonardo. Sí. 

Salvador. Y tan amigos... desde lejos. ¿No? 

Leonardo. Lo que quieras... No puedo hablar. 

Salvador. Pos hablaré yo mientras te pasa, pa ani- 
marte. No seas tonto, Leonardo, no seas tonto. Despiér- 
tate de esa pesadilla; sacúdete el arma. Mira que hay 
más mujeres que estreyas, y que da lástima que un 
hombre como tú... 

Leonardo. Cállate. 

Salvador. ¿Por qué me he de cayá? ¿Te figuras que 
hay ningún nasío que yeve las cosas al extremo que tú 
las yevas? 

Leonardo. ¿Y te figuras tú que vivo yo con el alma 
de nadie? ¡Mi dolor sólo está en mi pecho! ¡Mi dolor es 
mío; como es mía la íntima satisfacción de padecerlo! 

6 



-- 82 — 

jQuién pudiera olvidar! ¡Dichosos los hombres cuyos 
besos á una mujer no se hieren de encontrarse las hue- 
llas de otros besos!... Yo no tengo celos ni de ti ni de 
nadie; tengo celos de toda una vida. ¡Y esa vida es la 
que quiero para mí! Compadéceme. Alguien viene. Que 

no me vean llorar. Abraza á su amigo y se entra por la puerta 
de la derecha 

Salvador. ¡Pobre compañero! 

Llega de la calle MALVA LOCA, vivamente, como si rastreara la 
huella de Leonardo. Viste un traje sencillo y trae sobre los hombros 
amplio velo negro de encaje. 

Maivaloca. ¿Y Leonardo? ¿No estaba aquí Leo- 
nardo? 

Salvador. ¡Hola! 

Maivaloca. Hola, hombre. ¿No estaba aquí é? 

Salvador. Aquí estaba. Pero sintió pasos, y se mar- 
chó creyendo que era arguien. 

Maivaloca. Pos no era más que yo. 

Salvador. Pos no te ha conosío. 

Maivaloca. Será por la buya de la caye. ¿Dónde 
está? 

Salvador. Aya dentro se fué por ahí. 

Maivaloca. ¿Por aquí? 

Salvador. Por ahí. Escúchame. 

Maivaloca. ¿Qué quieres? 

Salvador. Desirte una cosa. 

Maivaloca. Pónmela por escrito. 

Salvador. ¿Por escrito? 

Maivaloca. Sí. Ya sé escribí y lee. Ér me ha enseñao. 

Salvador. ¿También á escribí? 

Maivaloca. Toavía no sé der to. Pero ya pongo ar- 
gunas letras. Sé pone su nombre y er mío. Hasta luego. 

Salvador. Espérate. 

Maivaloca. ¡Que no! 

Salvador. ¿Por qué no? 

Maivaloca. Porque quieo perderte de vista. 



— 83 - 

Salvador. ¿Tú también? 

Malvaloca. Yo también. 

Salvador. No me extraña. To se pega en er mundo. 
Y te vas á salí con eya muy pronto. Pienso que sepa- 
remos er negosio, ¿oyes? 

Malvaloca. Bien pensao. 

Salvador. Pa irme yo de Las Canteras, naturalmente. 

Malvaloca. Eso está más bien pensao que lo otro. 

Salvador. ¿Te gusta la idea? 

Malvaloca. ¡Uh! Has tenío un yeno. Por mí y por é 
me gasta. A enemigo que huye... 

Salvador. ¿Soy yo tu enemigo, Marvaloca? 

Malvaloca. Ar presente sí. Er tiempo da y quita. 
Vete ya. 

Salvador. Ya me voy. ¿No te remuerde la consien- 
8Ía de lo que has hecho con ese hombre? 

Malvaloca. ¿Y qué he hecho yo? ¡Quererlo! 

Salvador. Vorverlo loco. 

Malvaloca. Loca estoy yo también. Y de la misma 
rama de locura. Hemos corrió la misma suerte. 

Salvador. ¿Es posible? 

Malvaloca. No siempre han de juntarse uno que 
quiere y otro que se deja queré. Aquí hay dos que se 
quieren. 

Salvador. Pos yo te aconsejo, Marvaloca... 

Malvaloca. Mira, pelegrino, vete ar desierto á pre- 
dica. Te va á tené la misma cuenta... 

Salvador. Está bien. 

Castiyos he visto yo 
abatios j^or la tierra... 

Como ese hombre te esconde de mí, quéate con Dios, 
por si ya no nos vemos. 

Malvaloca. Adiós. 

Salvador. La mano, mujé. ¿Ni la mano siquiera, 
por lo pasao? 

Malvaloca. Por lo pasao, na. 



— 84 — 

Salvador. Pos la mano de despedía, como dos ami- 
gos. 

Malvaloca. Eso si. 

Salvador. Grasias. Adiós. 

Malvaloca. Adiós. 

Salvador. Yo siempre soy er mismo. 

Malvaloca. Pos yo ya soy otra. 

Salvador. Adiós. Se va á la calle turbado el espíritu por 
contradictorios sentimientos. 

Malvaloca. Hase bien en quitarse de enmedio. ¿Y 
Leonardo? Yo no me atrevo á entra. 

Vuelve del jardín ALFONSA y LOBITO, por donde se marcharon. 
Alíonsa trae un canasto con flores, que vuelca en la mesa, y pren- 
didos al pecho los dos claveles de Lohito. 

Alfonsa. En la meza me ha dicho tía Terezona que 
las vuerque. Azi. 

Loblto. ¿Y no estaría mejó forma unos ramos? 

Alfonsa. No, zeñó; porque zuertas hay más. Y ze ti- 
ran más bien. 

Malvaloca. ¡Lobito! ¿Eres tú? 

Loblto. voháéndose. ¿Eh? ¡Güenas tardes! ¿Usté por 
esta casa? 

Alfonsa. Güeñas tardes. Admirada de Malvaloca. ¡Ah!... 

Malvaloca. No eres conosio. El arcarde me paresiste.- 

Alfonsa suelta una carcajada que se oye en su puel>lo. Lohito 
ríe también. 

Loblto. Miste qué grasia le ha hecho á ésta. 
Malvaloca. ¿'J'e has puesto asi pa saca novia? 
Lobito. Tras de eso andamos. 

Llega presurosa JUANELA, con cierta emoción. 

Juane'a. Buenas tardes. 
Malvaloca. Aigo desconcertada. Buenas tardes. 
Juanela. La vi entrar á usted, y me separé de unas 
amigas... ¿Y Leonardo? 
Malvaloca. No sé. 

Juanela se asoma á ambas puertas. 



— 85 — 

Lobito. Tú, vamonos nosotros por más flores. 
Alfonsa. Vamonos, zí; que toas zon pocas pa er 
:'Zeñó. 

Lobito. Y que aquí no basemos farla ninguna. 

Se retiran Lobito y Alfonsa. Los ojos de Juanela delatan una gran 
curiosidad ante Malvaloca. 

Malvaloca. ¿Usté sabía que yo iba á vení? 

Juanela. Por mi hermano. 

Malvaloca. Yo no quería; esta es la verdá. 

Juanela. También lo sé. Pero cuando él se obstina 
en alguna cosa... ¿Xo se sienta? 

Malvaloca. Así que ér sarga. Usté me dispensará 
que se lo diga, pero á su lao me paese que estoy en mi 
sitio en toas partes, y cuando me farta é no me hayo en 
•ninguna. Y menos aquí. 

Juanela. ¿Por qué? 

Ma'valoca. Ya lo comprende usté sin que yo se lo 
•explique. ¿Quiere usté yamarlo? 

Juanela. Ahora vendrá. 

Malvaloca. Yo no sé cómo usté, que es su hermana, 
mirará este cariño nuestro. 

Juane a. A mí me duele verlo abatido... y verlo 
llorar. 

Malvaloca. No hay cariño sin lágrimas. 

Juanela. ¿Usted cree? 

Malvaloca. Y Leonardo ha tenío la desgrasia de tro- 
pesarme en er camino un poco tarde. Cuando yo vi de 
la manera que me quería, pensé dejarlo, por librarlo de 
«esta cadena; pero ya no me fué posible: me ataban los 
mismos eslabones. 

Juanela. ¿Tan fuertes son? 

Malvaloca No hay yunque en que se rompan ni 
fuego que los deshaga tampoco. Á gorpe de corasón se 
han formao; y yo no he sabio que tenía corasón hasta 
que sentí á mi lao er de ese hombre. Sonó er suyo, y er 
mío le respondió como un pájaro. Primero doy la vía 



que deja de oirlo y de contestarle. Yo, que en este mun- 
do lo he dao to, esto no lo doy. 

Juanela. Ya veo que ha sido una desgracia. 

Malvaloca. Pa Leonardo, según usté lo mire. Pa mí 
ha sío como vorvé á nasé. Y ese es mi martirio: que 
quisiera vorvé á nasé de verdá pa encontrármelo como 
ér se merese. 

Juanela. ¡Pero eso es imposible! 

Malvaloca. Pos por ese imposible son las lágrimas 
de los dos. 

Juanela. Pues es bien doloroso. 

Malvaloca. Más dolorosa ha sío mi vía, y toavía es 
toy de pie. 

Juanela. ¿Más dolorosa aún? 

Malvaloca. ¿Pero no oye usté, niña, que ahora es 
cuando empieso á viví? ¡Mi vía de antes...! ¡Qué sabe 
usté de penas!... Si en la frente la yevara escrita... Bue- 
no, no me gusta alabarme. Er resurtao es que Leonar- 
do y yo nos habemos metió en un tune que no tiene sa- 
lía... ni más luz que la que nosotros mismos le ponga- 
mos ar tren. ¡Y no se apure usté demasiao, que de cuan- 
do en cuando habrá luminarias! Á mí Dios me alumbra 
los pasos. En los apuros más grandes en que me he 
visto, siempre he tenío un arranque pa serrá los ojos y 
seguí. Esto es en mí nativo, como er negro de los cabe- 
yos. ¿Quién viene? 

DOÑA ENRIQUETA y DIONISIA llegan de improviso. Vienen un 
tanto sofocadas. Poco después que ellas, vuelven ALFONSA y LO 
BITO con más flores, que esparcen en la mesa, como antes. Les llama 
la atención el diálogo de la hija y la madre con Juanela, pero se li- 
mitan á comentarlo entre sí con gestos significativos. 

Doña Enriqueta. ¡Ay, señó, qué arboroto y qué buyal 

Dionisia. ¡Y qué gente más atrevida! 

Doña Enriqueta. Hiso usté muy bien en vorverse.. 

Viendo á Malvaloca, y con aire de sorpresa y disgusto. ¿Eh? 

Dionisia. ¿Cómo? 



— 87 — 

Malv aloca. Buenas tardes. 
Doña Enriqueta. ¿Qué es esto? 

Hay un angustioso silencio. Hija y madre se miran asombradas. 

Juanela. xurbadísima. ¿De manera que por ahí no se 
puede andar, es verdad? Ya me lo figuraba... 

Doña Enriqueta. Ni se puede andar por ahí, ni se 
puede estar tranquila en ninguna parte. Nos vamos. 

Juanela. ¿Que se van ustedes? 

Oionisia. Sí. A mí me ha dado un mareíyo... 

Doña Enriqueta. Sí; le ha dado un mareíyo... 

Juanela. Le haremos una taza de te... 

Doña Enriqueta. Grasias. Vamonos, hija. 

Dionisia. Vamonos, mamá. 

Juanela. ¿Pero no van á ver la procesión? 

Doña Enriqueta. Sí; pero la veremos entrar en la 
iglesia. Vamonos. 

Dionisia. Vamonos. 

Doña Enriqueta. Buenas tardes, Juanela. 

Juanela. Buenas tardes. No saben lo que me con- 
traría... 

Doña Enriqueta. Huerga la explicasión. Buenas 

tardes, a Dionisia, yéndose. ¿HaS visto, hija, haS vistO? 

Dionisia. ¿Has visto, mamá? 

Doña Enriqueta. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡qué atrevimiento! 

Se van alteradisim.as por la puerta del foro, hacia la izquierda. Al- 
fonsa y Lobito se han ido un poco antes por la misma puerta, hacia 
la derecha. 

MalvalOCa. Humildemente, á .luanela. ¿Se Van... porque 
me han visto aquí? Juanela, sin querer, hace un gesto de asen- 
timiento triste. Por usté más que por mí me duele. ¿Ve 
usté? Si no hubiera venío... 

Sale LEONARDO por la puerta de la derecha. 

Leonardo. ¿Qué? 

Malvaloca. Dios te guarde, hombre. 
Leonardo. ¿Qué ha sido? ¿Qué hablabais? 
Juanela. No .. nada... 



— 88 — 

Leonardo. Sí. Dime lo que ha sido. 

Juaneia. Doña Enriqueta y su hija Dionisia .. que 
llegaron... 

Leonardo. Y se fueron al ver á Malvaloca, ¿no? 

Malvaloca. Sí. 

Juaneia. Sí. 

Leonardo. Vayanse enhorabuena. Y otras amigas 
no han querido venir, porque ya sabían... En buen 
hora también. Allá todos con su conciencia... ¡pero que 
no paseen á Jesús por las calles del pueblo! 

Juaneia. Voy por más flores para cuando pase por 

aquí. Se va por la puerta del foro, hacia la derecha. 

Leonardo. Ya lo ves: te huyen. 

Malvaloca. Tu hermana, no. 

Leonardo. Mi hermana, no. Las otras. 

Malvaloca. Las otras que huyan. Mientras no huyas 
tú... 

Leonardo. ¿Á ti te basta? 

Malvaloca. ¿Pa qué quiero yo más en er mundo? 
¿Quién me ha dao la sombra que tú? Eso que se dise 
tanto: «Yo soy tuya», aquí es argo más que palabras. 
¡Leonardo, yo soy tuya! 

Leonardo. ¡Tú eres mía! 

Malvaloca. ¡Tuya! Porque vivo sólo pa ti y porque 
tus pasos son los míos. Levanta los ojos der suelo, cavi- 
loso, y mírame á la cara. ¡Mía que vi á enselarme de 
las losetas! Vamos, menos má que ya te sonríes. ¡Si no 
tengo más que tus brasos; si me he amparao de eyos 
como quien se ampara á las ramas de un arbo porque 
ayí se haya á gusto! con graciosa transición. ¡Pcro no quiero 
que seas un sause! Prefiero un naranjo, que da fló y da 
fruto... y que ni en el invierno pierde las hojas. ¿Te has 
enterao? 

Leonardo. Apasionadamente. ¡Bendita seas tú, que si yo 
soy el árbol que te ampara, son tus palabras el aire que 
lo orea! 



Malvaloca. ¡Qué romántico eres! ¡Lo que te quiero 
yo, terremotol 

Leonardo. ¡Y qué dicha es quererse así! El mundo 
ya no existe: no existimos más que tú y yo. 

Malvaloca. ¡Mía que esto nuestro ha sío una cande- 
la! ¡Uh! Yevaba yo mi carguita de leña al hombro, em- 
pesaste tú á dá suspiros... y á la media hora ardía to er 
bosque. Y no hay como este fuego, ¿verdá? 

Leonardo. No hay como este fuego. No hay como tú. 

Malvaloca. ¡Qué bonito es enamorarse! Está una con 
la persona que quiere, más cuando se va que cuando la 
tiene á su lao. Te dispiertas en la noche y no ves otra 
cosa; te duermes, y sueñas con eya; te levantas, y toa 
tu idea es verla apárese por arguna parte. Que viene, 
que no viene; que me dijo ayé, que no me dijo; que se 
rió, que no se rió; que yora, que se ensela; que la grasia 
con que pone er sombrero en la siya; que se va, que no 
te vayas, que se tiene que í; que vuervas á la tarde, que 
mira que vuervas, que por Dios que vuervas; que se 
fué; que hasta luego... ¡qué vor\dó de pronto pa sor- 
prenderme!... ¡Ay, Dios mío! ¡No hay cosa como esta! 

Leonardo. ¿Te has enamorado tú muchas veces, 
Malvaloca? 

Malvaloca. ¿Quién, yo? Una na más. ¡Pero ha tenío 



eco 



Leonardo. ¿Una nada más? ¿De quién? 

Malvaloca. ¡De don Pelayo! Leonardo se ríe. ¿No fué 
don Pelayo er que conquistó las Asturias, ó me has en- 
gañao tú? 

Leonardo. Yo no te engaño nunca. 

Malvaloca. ¡Pos de don Pelayo me he enamorao! 
^De ti, fundido; de ti me he enamorao en este mundo! 
¡De ti, que eres más serio que don Pelayo! Te avierto 
que don Pelayo, en Seviya tiene una caye y to. En er 
número tres ha vivió mi persona. ¡Quién sabe si ayí 
■empesó nuestra simpatía! 



— 90 — 

Leonardo. Embelesado. ¡Quién sabe! 

Malvaloca. ¿Te acuerdas der día que nos conosimos 
en er Convento? 

Leonardo. ¿No me he de acordar? 

Malvaloca. Na más que nos miramos, y se vio ese 
relampaguito que briya siempre entre dos que se van á 
queré. 

Leonardo. Y luego, cuando tú te fuiste... 

Malvaloca. Sí; dio la considensia de que tú te vi- 
niste detrás de mí... ¡Me alegré yo poco de aqueyo! 

Leonardo. ¿De veras te alegraste? 

Malvaloca. ¡Uh! Y después me paré en una esquina, 
como que no sabía pa donde tira.. 

Leonardo. Y yo me acerqué con pretexto de ense- 
ñarte el camino. 

Malvaloca. Y er camino que tú y yo buscábamos 
estaba entre los dos. ¡Y dimos con é! ¿No, Leo- 
nardo? 

Leonardo. ¡Para no abandonarlo nunca! ¿Verdad? 

Malvaloca. ¡Verdá, ojos de mi cara! ¡Pero cómo dis- 
pone Dios las cosas! ¡Yevarme ayí á pregunta por el 
otro, pa que me encontrara con er que había de 
sé mío! 

Leonardo, con súbita tristeza. ¡A preguntar por el 
otro! 

Malvaloca. Sí; por el otro. ¡Pa encontrarte á ti! ¡No 
te vuervas siprés, que estabas mu bien de naranjo! ¡Si 
el otro se va ya pa siempre! 

Leonardo. ¿Tú cómo lo sabes? 

Malvaloca. Porque soy adivinadora. 

Leonardo. ¿Te lo ha dicho él? ¿Os habéis despe- 
dido? 

Malvaloca. Sí. 

Leonardo. ¿Cuándo? 

Malvaloca. Aquí; base un momento; cuando tú lo 
dejaste. Se va. Dios lo proteja y buen aire yeve. 



- 91 — 

Leonardo. Se va, se va... Sí; se va... Pero ¿se irán de 
mi cabeza los pensamientos que él á todas horas des- 
pertaba? 

Malvaloca. ¡Leonardo! 

Leonardo. ¡Malvaloca, alma mía, si es que esto es 
más fuerte que mi voluntad! 

Malvaloca. ¡Pa qué me habré yo acordao ahora!... 

Leonardo. ¡Si es que este cariño de mi vida ha na- 
cido con este tormento, que salta en el corazón como un 
dolor dormido, cuando más olvidado estoy de él! 

Malvaloca. ¡Malhaya! Deja eso, Leonardo. ¿Quién 
tuviera podé pa arrancarte hasta las raíses de esas malas 
ideas! 

Leonardo. Volverían á nacer. ¡Si mientras más te 
escucho, y te miro y te quiero, más dolor siento de la 
vergüenza de tu vida! 

Malvaloca. Leonardo: esto no; esto no. Si mi cariño 
va á sé tu martirio pa siempre, yo me voy de tu lao. 

Leonardo. ¡Eso nunca! ¡Eso sí que no! 

Malvaloca. ¡Pos entonses, mátame! 

Leonardo. ¡Menos que nada eso! Te quiero viva, al 
lado mío; consolándome, haciéndome reir, haciéndome 
llorar, sufriendo y gozando conmigo; mirando yo tus 
ojos, besando tu boca, enterrando entre tus cabellos 
mis manos .. Así te quiero, así. 

Malvaloca. Leonardo que vas á la locura. 

Leonardo. ¡No! ¡De la locura me libra un miedo!... 

Malvaloca. ¿Cuá? 

Leonardo. Mirándola muy fijamente con una ráfaga de de- 
mencia. Que loco tal vez podría no conocerte donde te 
viera. 

Malvaloca. Ven aquí, loco, más que loco, ven aquí. 
Cármate, tranc|uilisa esa cabesa que te consume. Si yo 
te quiero á ti na más; si me has vuerto otra; si á mí me 
pesa más que á ti yevá señales en mi cuerpo... ¿Qué se 
me importaba á mí de eyas antes de conoserte"? Poco 



— 92 — 

menos e na. Como quien se sacude la nieve me sacudía 
yo mis pesares. Pero te conosí, me hablaste como nadie, 
me enseñaste á queré, me sacó tu cariño lágrimas á los 
ojos... y en aqueyos cristalitos vi claro lo que era yo, lo 
que eras tú, lo que era mi vía de antes... Y soñé tené 
un consuelo á tu lao... y tus pensamientos me lo qui- 
tan. ¡O sepúrtalos bajo tierra, Leonardo, ó méteme bajo 
tierra á mí, y acabe pa siempre Marvaloca! 

Leonardo. ¡Bajo tierra!... Como la campana fundi- 
da... La idea, la idea... La copla otra vez. Bajo tierra... 
jAy, si eso no fuera un imposible! 

Malvaloca. Caya. No nos atormentemos más. 

LGOnardO. Recreándose con exaltación dolorosa en su idea. 

¡Labrar yo tu hermoso cuerpo en cera roja, con sangre 
de mi sangre, esconderlo en la tierra, echar al fuego en 
el crisol tus pedazos, purificarlos en la llama viva... y 
volcar en la tierra ese fuego, y sacarte de ella otra vez 
pura, limpia, otra, otra... ¡pero la misma! nueva, sin 
mancha, sin pasado, ¡pero igual!.... con estos ojos, con 
esta boca, con esta alma grande y buena en la que se 
abrasa mi vida! 

Maivaioca. Caya, caya... ¡Qué locura! ¡Qué sueño! 
Caya, caya... No yores... 

Leonardo. Sí lloro, sí... ¿Por qué no llorar? ¡Solólo 
irremediable merece el llanto de los hombresl 

Maivaioca. Caya, que siento gente... 

Leonardo. No me importa. 

Maivaioca. ¿Será que llega la prosesión? 

Leonardo. ¿La procesión? 



Maivaioca. ¿Nos habrán visto desde la caye 
Leonardo. No sé... no me importa. 

JUANELA, que se acerca, llama dentro á Leonardo. 

Juanela. ¡Leonardo! 
Maivaioca. ¡Tu hermana! 
Leonardo. ¿Mi hermana? 
Maivaioca. Sí. Sécate los ojos. 



— 93 - 

Leonardo. Tú también. 

Por donde se fué, vuelve JÜANELA, seguida de TERESONA, Al> 
FONSA y LOBITO. 

Juanela. Ya está la procesión en la esquina. 
Leonardo. ¿Ya, verdad'? 
Teresona. Buenas tardes. 
Malvaloca. Buenas tardes. 
Teresona. Ya viene ahí er Señó. 
Alfonsa. ¡Ya está ahí! ¡Ya está ahí! ¡Inacio, expHca- 
me tú toas las cozas! 

Los cuatro se acercan á la ventana, apenas salen. Malvaloca y 
Leonardo se quedan aparte. Principian á oirse lejos, y poco á poco 
van percibiéndose más claramente, los acordes de la banda del pue- 
blo, que viene detrás del Redentor. Alfonsa, con su admiración es- 
pontánea, comenta con Lobito el paso de la procesión. 

Teresona. -í Maivaioca. ¿No se aserca usté? 

Malvaloca. Estoy bien aquí; muchas grasias. 

Lobito. La Cruz: mía la Cruz. 

Alfonsa. ¡Ay, qué lujoza! ¿Es toa de plata? 

Lobito. ¡Toa de plata! ¡Y masisa! 

Alfonsa. ¡Azi va er que la yeva de zuando! ¡Ay, los 
niños!... ¡Mía qué graciozos van con zus velitas cogías 
con los pañuelos! 

Lobito. Toa la escuela y toa la academia. Y er que 
no estrena corbata estrena sapatos. 

Alfonsa. ¡Ay éze, vestío de angelito! ¡Místelo, tía! 
¡Místelo, zeñorita, místelo! ¡Ay, qué preciozo va! 

Teresona. Ya lo vemos, mujé, ya lo vemos. Mira y 
caya. 

Alfonsa. ¡Ay, pero zi parecen de crista laz alitas! 
Ay, ¿quién zerá zu madre? ¿Y ezos zeñores, quiénes 
zon? 

Lobito. To lo más prinsipá der pueblo. Mía el ar 
carde. 

Alfonsa. ¿Cuál es el arcarde? 

Lobito. Aqué de la vara de plata. 



— 94 - 

Alfonsa. ¿Aqué de las patiyas? 

Lobiío. Aqué. 

Juanela. El Señor. 

Teresona. Er Señó. 

Juanela. Las flores. 

Teresona. Las flores. 

Alfonsa. Las flores. 

Lobito. Vi á desirle á Gonsález que lo pare aquí. Y 
luego me vi á esperarlo á la puerta e la iglesia. ¡A pe- 
dirle lo que tú sabes! 

Alfonsa. ¡Que ze lo pías bien! 

Se va Lobito por la puerta del foro, hacia la izquierda. Juanela, 
Teresona y Alfonsa han ido á la mesa por las flores. Juanela mira 
bondadosamente á Malvaloca, que permanece algo cohibida, y en 
un impulso de honda piedad, cogiendo un manojo de flores, se acer- 
ca á ella y se las entrega con dulzura para que las arroje al paso 
del Señor. 

Juanela. Tome usted también. 
Malvaloca, Muchas grasias. 

Las cuatro se agrupan á la ventana. Leonardo sigue aparte, mi- 
rándolas. De la calle llegan tenues ráfagas de oloroso incienso. El 
paso del Señor se ha detenido frente á la ventana. La banda ha de- 
jado de sonar en tal instante. Las cuatro mujeres echan á Jesús todas 
las flores prevenidas. Luego oran en silencio. Malvaloca se retira de 
la ventana, y, arrodillada al i>ie de la mesa de las flores, llora y 
reza. 

Teresona. Una mujé va á canta una saeta. 

Juanela. ¿Quién es? 

Tereso.na. No la conozco. 

Juanela. Y lleva una niña en los brazos. 

Alfonsa. ¡Ah! ¡Es verdal Parece una rozita. 

Teresona. Cava. 

La mujer canta dentro, con religiosa unción y voz aguda, la me- 
lancólica saeta. 

Señó que ar mundo viniste 
para remedia sus males, 



— 96 — 

ampara desde tu Cruz 
la rosa de mis rosales. 

Las cuatro mujeres, arrodilladas, se enjugan los ojos. La procesión 
vuelve á ponerse en marcha. La banda suena otra vez, y se aleja. 
Juanela, Teresona y Alfonsa se levantan. Malvaloca sigue de ro- 
dillas. 

Alfonsa. ¡Cómo va er pazo! Es un ascua de oro. 
Juanela. ¡Cuánta luz! ¡Cuántas flores! 
Teresona. ¡Es mucho día este en Las Canteras! Va 
mos á subí á la asotea á verlo entra en sa casa. 
Juanela. Sí que será digno ae verse. Vamos. 
Alfonsa. Vamos, vamos. 

Se van las tres por la puerta del foro, hacia la derecha. Cuando 
Malvaloca ve que está sola con su compañero, se levanta, corre hacia 
él, y sollozando le esconde la cara en el pecho. 

Leonardo. Acariciándola conmovido. ¡Malvaloca! 

Malvaloca. ¡Yo, contigo! ¡Ampárame tú á mí desde 
tu Cruz! ¡No me abandones nunca! ¡Cuando no me quie- 
ras, me matas! ¡Pero, mientras, contigo, contigo! 

•Leonardo. ¡Conmigo, sí! ¡Eternamente desgraciados, 
pero eternamente dichosos! ¡Abrazados á este dolor, 
punzándonos las mismas espinas, pero siempre juntos! 

Malvaloca. ¡Juntos, sí! ¡Contigo! 

Leonardo. ¡Conmigo! 

Hiende los aires allá en lo alto, para recibir en su casa la imagen 
del que supo perdonar á la pecadora, la primera vibración de la 
«Golondrina», volteada en su torre por las trémulas manos de Martín 
el Ciego. Los dos amantes, estremecidos, se estrechan más. 

Malvaloca. ¡La Golondrina! 

Leonardo. ¡La Golondrina! ¡Óyela, óyela triunfadora! 
¡Obra ha sido de mis afanes! 

Malvaloca. (Tú la fundiste, tú! ¡Óyela, óyela! 

Leonardo. ¡Canta el amor de todos! ¡Su voz tiene 
para mi corazón un oculto ser^tido! ¡Yo también fundiré 
tu vida al calor de mis besos, con el fuego de este loco 
amor, tan grande como tu desventura! 



— 96 — 

Malvaloca. ¡Contigo, contigo!... 

La «Golondrina», que comenzó á sonar con campanadas lentas y 
graves, repica ya en los aires alegre y resuelta, con vibraciones de 
victoria, dieiéndoles á los campos y al pueblo que nace á nueva vida. 



FIN DEL DRAMA 



Fuenterrabía, Setiembre, 1911. 
Madrid, Marzo, 1912. 



RARE BOOK 
COLLECTION 




THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT 

CHAPEE HILL 



PQ6217 
.T44 
V.18 
no. 1-17