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Full text of "Memorias de la Real Academia Española"

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MEMORIAS 



DE LA 



REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. 



MEMORIAS 



DE LA 



REAL ACADEIA ESPAÑOLA. 



TOMO VI. 




MADRID. 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DB MANUEL TELLO, 

niFBEBOB DB CÁMARA OE 8. U. 

Don Eyaristo, 8, 

1889. 






/ ^ — V 
I AUG 7 1893 



DISCURSO 



DEL 




GASPAR NONEZ de ARCE 



(O 



Señores: 



Tan grande y señalada es la merced que me habéis 
otorgado,, abriendo á \a obscuridad de mi nombre y á la 
pequenez de mis méritos las puertas de esta docta Cor- 
poración, donde tantos varones egregios han hallado el 
premio debido á sua gloriosos afanes, que temó no poder 
expresaros, en la medida y proporción del honor reci-^ 
bido, mi sincero y respetuoso agradecimiento. 'Y este 
temor sube de punto al considerar la nobilísima figura 
del esclarecido patricio á quien sucedo, pero no reem- 
plazo en Qsta Academia; porque forzosamente la memo- 
ria de sus relevantes cualidades pone de relieve la in- 
suficiencia de las mías, haciéndoos sentir con mayor 
viveza lo mucho que con él habéis perdido y la pobre 
compensación que os ofrezco. 

Ríos llosas brilló entre nosotros como hombre de Es- 
tado distinguido y pomo orador insigne. No creo llegada 

(4) Leído en la Janta pública celebrada por la Real Academia Española 
el 24 de mayo de 4876 para dar posesión al Sr. Núñez de Arce de su pla- 
za de Académico de número. 



6 

« 

la ocasión de juzgarle iajo el primer aspecto, porqpie 
no reconozco en nuestra generación, 'ni en ninguna, 
imparcialidad bastante para apreciar con recto juicio á 
sus contemporáneos, ni emitir una opinión desapasio- 
nada sobre los acontecimiento^ en que han* intervenido. 
Lastimadas á menudo en sus intereses y afecciones por 
la violencia misma de los sucesos, miran todas con ojos 

. de aumento, y calculan con ciego egoísmo el daño que 
reciben; pero casi nunca se forman idea aproximada del 
bien que depositan en el acervo común de la hun^a- 
nidad, ' siempre . progresiva y constantemente ganan- 
ciosa. . . 

La historia es, eu'cste sentido, una inmensa perspecti- 
va. Semejante á las altas montañas, cuyos abruptos con- 
tornos y ásperas sinuosidades borra la distancia, y > sólo 
pre^ntan á los ojos del, viajero, que des.de lejos las con- 
templa, el conjunto majestuoso de sus cumbres inmuta- 
bles, solitarias y mudas, los hechos- y los hombres que 
influyen en la marcha -de los pueblos, suelen tomar con 
el transcurso (Je los siglos, y ante, la posteridad que los 
estudia, proporciones gigantescas, enormes, verdadera- 
mente desmesuradas. La, crítica entgnces, desdeñando 
pormenores baldíos, debilidades personajes* y causas 
ocultas, es cuando puBde recoger en una síntesis gene- 

' ral los resultados obtenidos, y repartir equitativamente, 
el premio ó. el castigo, la alabanza ó. el vituperio entre 
los pocos escogidos que, como encarnación de la época 
en que vivieron, imponen su recuerdo á la flaca y abru- 
mada memoria del mundo. Todo, cuando este momento ' 
llega, se reduce á su valor intrínseco y justa medida: la 
falsa fama se obscurece, y se acrecienta la legítima; 
húndese en -el olvido, muerte verdadera .y definitiva. 



7 
todo lo que no es más que ruido, vanidad, apariencia y 
favor inmerecido del vulgo, y sólo queda lo que debe 
quedar; es á saber, lo extraordinario, lo transcenden- 
tal, lo eminente. 

Las diflcultades con que tropieza á cada paso la crí- 
tica contemporánea y que ligeramente apunto, me im- 
pedirían formular juicio alguno acerca de la vida políti- 
ca del Sr. Ríos Rosas, si no me lo vedaran además im- 
periosamente los respetos de la Academia y la índole 
especialísima de su instituto. Mas si no me es lícito en- 
trar en terreno tan escabroso, tampoco puedo prescin- 
dir, sin negligencia notoria, de encomiar y enaltecer 
como se merecen las claras dotes de entendimiento de 
aquel celebrado repúblico, y el poder y la magia de su 
elocuencia, que le granjearon honroso lugar entre vos- 
otros; y no puedo prescindir, con tanta más razón cuan- 
to que si el hombre de Estado pertenece íntegramente 
á la posteridad, el orador, por el contrario, sólo alcan- 
za á ser juzgado con reconocida competencia por los que 
le oyeron y admiraron. Permitidme, pues, 'que rinda 
.este tributo de consideración y cariño á mi predecesor 
ilustre, antes de que el estrepitoso, oleaje de la vida apa- 
gue para siempre los postreros ecos de aquella voz vigo- 
rosa, entregada ya al descanso y silencio de la muerte. 

Aunque nuestra sociedad, ocupada en la resolución 
de los más arduos problemas políticos, sociales y religio- 
sos, apenaá tiene tiempo de acordarse de sus difuntos, y 
harto hace, acompañándolos á su última morada, para 
seguif después el áspero y desigual camino por donde la 
empuja su actividad devoradora, no es posible que haya 
olvidado tan pronto, á pesar de la incesante agitación y 
febril incertidumbre en que vive, á aquel orador impcr 



8 
tuoso, en cuyo acento diríase que Dios había puesto la 
robusta energía del habla castellana. Todo en él respon- 
día y se acomodaba á la vehemencia de su inspiración, 
que gustaba, como el águila, de remontar el vuelo á 
través de las tempestades; su apostura severa y grave, 
su mirada penetrante y reconcentrada, su continente 
impávido y sereno, contribuían á dar mayor realce y 
fuerza más irresistible á la palabra, que salía de sus la- 
bios inflamada y rugiente, como sale del horno el hierro 
fundido. Guando, en medio de las borrascas de la tribuna, 
alzábase en el lugar más prominente del Congreso de 
los Diputados aquella figura austera y fascinadora, mi- 
rando lenta y reposadamente alrededor suyo, todos los 
rumores callaban, enmudecían todas las pasiones, y rei- 
naba en el augusto recinto de las leyes momentánea 
calma, parecida á la que interrumpe con acompasadas 
intermitencias los hondos sacudimientos del mar albo- 
rotado. Por fin. Ríos Rosas hablaba. Gomo si las ideas 
se amontonaran atropelladamente en su cerebro sin en- 
contrar salida, reflejábase en la fisonomía del orador 
una á manera de lucha interna entre la voluntad y la 
inteligencia; veíanse los esfuerzos que hacía para domar 
la rebelde expresión de su pensamiento, y hasta que lo 
lograba, su frase era incorrecta, tarda y premiosa. Pero 
á medida que su fantasía iba caldeándose, su estiloj ar- 
mado de epítetos acerados, se deslizaba más fácil, abun- 
dante y rotundo; llenábase de animadas imágl3nes, enér- 
gicos apostrofes y pintorescas locuciones, enroscándose 
á la argumentación del adversario como una serpiente 
de fuego, para recorrer con celeridad pasmosa, á veces 
en un mismo período, todos los tonos de la elocuencia, 
desde la imprecación á la ironía, desde la indignación al 



sarcasmo. Muchas veces, encendidos en ira por aquella 
pasión provocadora, sus opositores se revolvían en son 
de ruidosa protesta, y entonces el orador tribunicio 
erguía desdeñosamente la cabeza, cruzaba los brazos 
sobre el pecho, y en esta actitud esperaba imperturba- 
ble el término del tumulto, parapetado tras de su si- 
lencio, tan abrumador en ocasiones como su palabra 
misma. 

Diré, para terminar este bosquejo, que Ríos Rosas, 
como todas las naturalezas taciturnas y retraídas, era de 
humor vidrioso, susceptible, propenso al enojo y cons- 
tante en sus resoluciones. Las vicisitudes y desasosiegos 
de nuestra edad turbulenta, arrastráronle alguna vez, 
como á la mayoría de nuestros hombres políticos, por 
jsendas extraviadas; pero en todas las circunstancias di- 
fíciles de su vida manifestó ardiente amor á las institu- 
ciones representativa^, entereza para rechazar las impo- 
siciones de la fuerza y gran valor cívico. ¡Lástima que 
los asiduos cuidados de la tribuna parlamentaria le apar- 
taran del campo de la literatura, donde á juzgar por laá 
felices muestras que de su ingenio nos ha dejado, hubie- 
ra podido lucir entre nuestros más castizos y elegantes 
escritores! Deplorémoslo de todas veras, por nosotros 
principalmente, y no por él) que en último resultado ha 
sabido alcanzar con sus discursos el fin de toda noble 
ambición: gloriosa vida y honrada muerte. 

Cumplida ya la obligación que me imponía el grato 
recuerdo del que fué vuestro compañero y mi antecesor 
en este sitio, paso á exponeros algunas ligeras conside- 
raciones acerca de las causas á que atribuyo la precipi- 
tada decadencia y total ruina de la literatura nacional, 
bajo los últimos reinados áe *"d Casa de Austria. Pero 



mies de entrar en materia, juzgo indispeneable hacer 
una declaración previa para evitar juicios temerarios y 
erróneas suposiciones. La índole de mi trabajo me He- * 
vara naturalmente á tocar algunos puntos que se rozan 
más ó menos con la cuestión religiosa; y como la inad- 
. vertencia propia ó la malignidad ajena podrían dar mar- 
gen á la torcida, interpretación de mis opiniones, me 
conviene manifestar que doblo mi cabeza respetuoso y 
sumiso ante la inviolable santidad del dogma;- pues no 
cabe el propósito de herirle en quien, como yo, además 
de creerle raudal de vida, abriga el convencimiento de 
que la religión no es sólo esencia purísima de las al- 
mas, sino imperiosa necesidad social, y no comprende 
la impía negación de Dios más que como enfermedad 
mortal, afortunadamente no contagiosa, de algunos en- 
tendimientos. Pero hay principios y sistemas que preva- 
lecen ó han prevalecido en la gobernación de ]os Esta- 
dos, y caen, por tanto, bajo la jurisdicción de la crítica 
y la historia: sobre ellos expondré mis ideas sin rebozo; 
y en la confianza de quien está de antemano seguro de 
vuestra tolerante benevolencia, examinaré de paso los 
resultados qiie, según mi* leal saber y entender, han 
producido, con relación á España, las exageraciones del 
sentimiento religioso, el cuál, cuando no está moderado 
por la razón, suele precipitar, así á los individuos como 
á las sociedades, en los majores y más abominables ex- 
cesos. 

Hecha esta declaración, que me imporla dejar consig- 
nada, empiezo recordándoos un fenómeno singularísimo 
que presentan los anales de nuestra literatura patria, y 
no aparece ni se observa con tan- señalados caracteres 
en los de ningún otro 'pueblo de Europa. La literatura, 



monumento majestuoso del progreso humano, donde ca- 
da raza esculpe y fija, por decirlo así, los rasgos esen- 
ciales de su genio, no. se exime de la ley común, que 
somete todas las cosas de la tierra á las varias mutacio- 
nes de -la fortuna, y tiene sus períodos alternados de 
grandeza ó decaimiento, á medida qiie aumenta ó dis-, 
minuye el influjo moral ó político del país que la ha 
producido. Obedeciendo á las fluctuaciones del gusto óá 
circunstancias excepción aJes, no es igual ni uniforme en 
época alguna el desarrollo de todos los géneros litera- 
rios: unos descienden, otros se elevan y otrps se trans- 
forman; pero como todo movimiento intelectual es al- 
ma y verbo de la sociedad en que se desenvuelve, nun- 
cgi se paraliza por completo en sus múltiples manifesta- 
ciones, sino cuando el pueblo, que le alimenta con sus 
sentimientos, creencias y costumbres, pierde su vida na- 
cional, y aun entonces, como sucede con " Polonia, la 
melancólica poesía, sentada en el sepulcro áe la patria 
muerta, 6 errante á orillas de extranjeros ríos, deja oir 
por algún tiempo sus carrios de d,esesperación y de gue- 
rra; Sólo España quebranta y contradice esta regla ge- 
neral, y ofrece. el espectáculo tristísimo, á fines del si- 
glo XVII, de una suspensión absoluta y simultánea de 
todos sus elementos de cultura. En el espacio de poco 
más de doscientos años asciende su rica y original lite- 
ratura al apogeo de su grandeza, asombrando al mundo 
con sus magníficas creaciones; cae después en los deli- 
rios de ía fiebre, y se extingue al cabo extenuada y ca- 
duca en medio del mismo pueblo que le dio el ser y le 
infundió su savia generosa. Aquella divina lengua cas- 
tellana, hecha, según la expresión de Garlos V, para 
conversar con Dios, no llega á ser, en sus producciones 



literarias, más que un ruido confuso de vocablos reve- 
sados, de frases enmarañadas como espeso bosque, de 
soeces chocarrerías y rebuscados retruécanos. Nuestra 
armoniosa poesía lírica, tan tierna en Garcilaso, tan ro- 
busta en Herrera, tan candorosa en Fr. Luis de León, 
tan flexible en los Argensolas y tan sentenciosa en las 
composiciones que llevan, con justicia ó sin ella, el nom- 
bre de Rioja, acaba, retorciéndose de dolor y angustia, 
en brazos de los locos imitadores de Góngora, que ex- 
treman la obscuridad impenetrable de su modelo, y de 
los discípulos ignorantes y presuntuosos de Baltasar 
Gracián. La elocuencia sagrada, que habían depurado 
y engrandecido Fr. Luis de Granada, Sigüenza, Malón 
de Ghaide y tantos admirables escritores místicos- como 
han honrado las letras españolas, se pervierte y degra- 
da bajo el peso de bárbaros silogismos, absurdas hipér- 
boles, hojarascosos conceptos y grotescas, cuando no 
impías comparaciones. La historia, invadida de la incu- 
rable dolencia que, iniciándose en el reinado de Feli- 
pe ni, se propagó á manera .de gangrena por todo el 
cuerpo de* la literatura patria, condenándole á prematu- 
ro fin, despide sus postreros resplandores en la Historia 
de la conquista de Méjico, ya tocada de viciosa afecta- 
ción, y calla acometida de mortal -marasmo. Ni Hurtado 
de Mendoza, ni Mariana, ni Moneada, ni Meló, encuen- 
tran sucesores, y sólo de vez* en cuando estalla alguna 
chispa del genio que les inspiró (chispa cuya claridad 
efímera sirve únicamente para hacer más pavorosa la 
intensidad de las tinieblas), en los escritores políticos 
que lamentan y lloran recelosos y amedrentados los de- 
sastres de nuestra irremediable decadencia. La prosa 
narrativa, elevada por Cervantes á la perfección más 



13 

dita, suelta, graciosa y aguda en nuestras novelas pica- 
rescas, grave y sonora en las relaciones de sucesos y 
viajes, intencionada en la pintura de las costumbres, 
siempre abundante y fluida, pasa aceleradamente desde 
su nativa pompa á la más alambicada hinchazón; inten- 
ta disimular' en vano su progresivo 'empobrecimiento 
con falsos atavíos y abigarrados colores, y no pudiendo 
ser profunda, se hace ininteligible. ¿Qué más? El teatro, 
nuestro incomparable y prodigioso teatro, tesoro inago- 
table donde no hay sentimiento, ni pasión, ni lucha de 
afectos, ni contraste dramático, ni símbolo político y re- 
ligioso, que no tenga su representación y su tipo, tam- 
bién se apaga y desvanece: Calderón asiste á su agonía, 
iluminándole con las postreras llamaradas de su genio, 
como el ¿(ú en su ocaso, ya rodeado de sombras, dora 
todavía con moribundo rayo los enhiestos picos de las 
montañas. Al finalizar el siglo xvii la fuente de nuestra 
inspiración nacional está del todo cegada; la ruina es 
completa y la lobreguez absoluta; no hay ramo alguno 
del humano saber que se salve del general naufragio; 
todo perece en él, ciencia y arte, fondo y forma, pensa- 
miento y expresión. Nuestra inteligencia, y acaso nues- 
tra conciencia, parece como que quedan atrofiadas. 

Cierto que aquella enorme monarquía de Carlos V- se 
desplomaba al mismo tiempo como edificio envejecido y 
agrietado; que ya no infundían terror ni imponían la ley 
á Europa sus hasta poco antes invencibles tercios y for- 
midables escuadras; que por los girones de su regio man- 
to destrozado se descubrían sus miembros descoyuntados 
y enflaquecidos, y que acorralada á su vez por los mis- 
mos á quienes había humillado y escarnecido en k)s*días 
de prosperidad, falta de recursos, de soldados, de herói- 



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eos capitanes, y de hombres de Estado, porque no era po- 
silile que los tuviese en medio de tan fundamental tras- 
torno, apuriaba en todas partes, en la tieíra y en bl mar, 
la oopa de la amargura y la desesperación de su impoten- 
cia. Pero también es verdad que, á pesar de las calami- 
dades sin cuento con que Dios la afligía y probaba, to.da- 
vía España era España. Todavía poseía dilatados y fórti- 

' les dominios en el antiguo y nuevo continente; contaba 
con el esfuerzo y la lealtad de sus magnánimos hijos para 
defender su integridad y su derecho* contra Europa coli- 
gada, en la sangrienta guerra de sucesión; tenía bastan- 
tes elementos para intentar algunos años más' tarde la 

, recuperación de las 'provincias italianas, que había per- 
dido en la catástrofe de principios del siglo xviii; pudo 
en aquel mismo siglo reconquistar coronas para regalár- 
selas á los hijos de sus reyes, y finalmente, debía ofrecer 
al rtmndo acobardado y atónito, en los primeros años de 
esta centuria, el alto ejemplo de su épica resistencia con- 
tra las huestes de Napoleón I. España, pues, aunque ,que- 

- brantáda, maltrecha y exánime, alentaba aún, y, sin em- 
bargo, su literatura había caído en vergonzoso anonada- 
miento, presentando á la consideración de la crítica el 
fenómeno pocas veces visto, como antes he tenido oca- 
sión de manifestaros, de un pueblo que sobrevive -á su 
propia y característica cultura. 

Digno de meditación y estudio es el contraste que re- 
sulta comparando este sombrío cuadro con el qu^ ofrece , 
otra nación más afortunada, la cual, ^ola en medio de 
los mares, bajo un cielo nebuloso y destemplado, con una 
lengua desabri'da, conquista preeminente lugar en la ci- 
vilización euxopea, y le conserva á pesar de la incesante 
mudanza de los tiempos: me refiero á Inglaterra. Tardíos 



1- 



■13 ... 

y lentos son sus primeros pasos en las vías del progreso; 
pero á medida que avanza, §u marcha es más rápida y 
segura, y logra al fin ponerse al nivel, sino á la cabeza^ 
<le los pueblos más adelantados de Europa. Filosofía, 
ciencias, historia, poesía, oratoria sagrada y parlamen- 
taria, crítica, todo lo abarca y nada se resiste á su po^ 
tencia creadora, que resplandece sin interrupción desde 
el siglo XIV á la edad presente, siendo ta*u inmensa la 
pléyade da sus hombres extraordinarios, que al querer 
enumerarlos el ánimo vacila, temeroso de incurrir en 
injustificables omisiones ó'imperdoníibles olvidos. Sha- 
kespeare, como encarnación de esta espléndidaf literatu- 
ra, muéstrase en la cúspide'del Parnaso anglo-sajón, des- 
de dónde penetra con mirada escrutadora lo$ ocultos re- 
pliegues del corazón humano para arrancar á las pasio- 
nes, esclavas de su genio, gritos verdaderos, desgarrado- 
res y sublimes. ¿Á quién no asombra la* larga estela que 
traza la'müsa lírica inglesa desde Ghaucer, el más anti- 
guo de sus poetas, hasta Byron, el más celebrado de los 
modernos; estela en que resaltad, como astros en noche 
serenadlos nombres inmortales de Spencer, Milton, Dry- 
den, Pope, Burns, Southey, Shelly y otros muQhos, quizás 
no inferiores aunque no tan conocidos? No es menor el 
catálogo de sus filósofos y sabios, entre los cuales descue- 
llan, como elevadíLS cimas, los dos Bacon, Hobbes, Locke 
y el incomparable Newton, á quien la naturaleza descu- 
bre, como madre cariñosa, el secreto de sus leyes. ífi tie- 
ne término el número de sus historiadores famosos, como 
Goldsmith, Hume, Gibbon, Robertsqn, Hallam y otros 
no menos apreciados,* que en los tiempos antiguos y mo- 
dernos han levantado imperecederos monumentos á la 
.gloria de su patria, justamente orguUosa, Fatigaría vues- 



16 

tra memoria con la inacabable relación de los novelistas, 
críticos, metafísicos, jurisconsultos, moralistas, filólogos* 
y oradores eminentes, sagrados y profanos, que ha pro- 
ducido aquella tierra, siempre fértil y nunca cansada; 
pero ya que prescinda de esta enojosa tarea, porque vues- 
tra erudición vastísima no há menester de vanos recuer- 
dos, permitidme al menos que llame vuestra atención 
sobre una de las instituciones más civilizadoras que han 
surgido del ingenio de los hombres, y que bastaría por sí 
sola para eternizar la fama de un pueblo: hablo de la im- 
prenta periódica. No nace en Inglaterra; pero allí arrai- 
ga, crece, toma carta de ciudadanía, y manifiesta todo su 
poder ese maravilloso instruinento de la razón que con 
su trabajo obscuro, pero continuo, como el de la gota de 
agua, mina el abuso, hace imposible la tiranía y transfor- 
ma las sociedades; allí es donde ese amparo de los débi- 
les, azote de la injusticia, clamor que nunca cesa y espa- 
da que jamás se embota, adquiere por primera vez el con- 
vencimiento de su fuerza para lanzarse resueltamente, 
burlándose de sus opresores, porque sabe que ha de sobre- 
vivirlos, á la pacífica conquista del mundo moral. Mas 
¿á qué cansaros? ¿En qué órbita de los conocimientos hu- 
manos, en qué género literario, en qué manifestación in- 
telectual no ha dejado Inglaterra la radiante huella de su 
inspiración y su constancia? Tal vez ha tenido en su ím- 
probo trabajo desmayos pasajeros ¿qué atleta no los tie- 
ne? pero nunca eclipses totales y definitivos; ni ha cesa- 
do un solo momento en su exuberante elaboración de 
ideas, ni su literatura se ha estancado, corrompiéndose 
á modo de cuerpo muerto cotoo la nuestra- Así ha podi- 
do atravesar incólume, con mayor ó menor brillo, si 
bien siempre robusta, el anchuroso espacio de cinco si- 



^ 



1T 
glos, preñados de guerras desoladoras y alteraciones pro- 
fundas, para llegar hasta nuestros días con poetas como 
Tennison y Swinburne;'con filósofos y sabios como Her- 
bé rt Spencer y Darwin; con historial dores y crílicos comg 
ilacaulav y CarlvUc; con novelistas y escritores de eos- 
tambres como Lylon Bulwer y Díeken?^; con economis- 
tas, hombres de Estado y oradores como Stuart-Mill, 
Gladstone y Disreaeli. 

Pero sa desarrollo nacional no se encierra en estos li- 
mites: paralelamente y con igual pujanza se desenvuel- 
ven todos sus gérmenes de grandeza; la industria , el 
comercio^ la navegación y las artes liberales toman rau- 
do incremento; la aristocracia, desdeñando los oficios 
palatinos, busca en el Parlamento, en la defensa de los 
intereses públicos y en empresas heroicas, la conserva- 
ción de su influencia y la justificación de sus privilegios; 
la vida, en fin, desborda por donde quiera, y dilata el 
dominio de Inglaterra más allá de los mares, en Amé- 
rica, Asia, África y Oceanía, en cuyas regiones se en- 
riquece á menudo á expensas de nuestro carcomido im- 
perio, con los miembros que se disgregan de él ó coú el 
botín de guerra que el poderío del pueblo britano le 
arranca. Su vigorosa organización resiste sin conmo- 
verse, así las injurias del tiempo como el fuerte emba- 
te dp las revoluciones modernas; y mientras otros pue- 
blos miran con espanto todos sus elementos constituti- 
vos podridos y disueltos, Inglaterra prosigue su marcha 
regular y ordenada á la sombra tutelar de sus institu- 
ciones tradicionales. 

¿No os sorprende, señores, este estado de perpetua 
renovación y florecimiento al compararle con la estéril 
flaqueza á que llegamos en el siglo xvii, y de la cual 

2 ' 



18 ^ 

aún no hemos convalecido? Pues no busquéis su expli- 
cación en recónditas diferencias de raza, ni en desigual- 
dades intelectuales que la sana critica no admite y la 
experiencia desmiente: buscadla sólo, y la encontraréis 
de fijo, en un hecho asaz significativo que no se ha es- 
capado á la penetración de la historia. Mientras España 
rodaba con los estremecimientos de la agonía hasta el 
fondo del abismo, y aferrada á sistemas opresores sentía 
helársele por grados la sangre en sus venas, Inglaterra 
conservaba, y conserva todavía, la portentosa actividad 
de su espíritu, á pesar de las recias conmociones políti- 
cas y religiosas que en épocas anteriores la trabajaron, 
6 merced acaso á estas mismas conmociones, porque 
supo, á costa de inauditos esfuerzos, tenaces luchas ó in- 
calculables sacrificios, recuperar, mantener y asegurar, 
por último, el derecho de los ciudadanos cuando otros 
pueblos le abandonaban ó perdían; siendo por esta cau- 
sa quizás la primera nación de Europa que se ha vali- 
do,' para avanzar en la senda de su cultura, de las dos 
irresistibles palancas con que puede removerlo todo el 
entendimiento humano: la libertad política y el libre 
examen. 

¡Ah! ¡También nosotros, (Jue consentimos á mudeja- 
res y judíos el ejercicio de sus respectivos cultos, aun- 
que con las restricciones que á la sazón imponía en to- 
das partes la rudeza de los tiempos, habríamos aseguran- 
do para siempre la integridad de la conciencia humana, 
si después de la toma de Granada no se hubiera inau-^ 
gurado en nuestra tierra la más siniestra y prolongada 
persecución religiosa que registran los anales de la hu- 
manidad desde la caída del paganismo í ¡También goza- 
mos de la libertad política en lá forma incompleta con. 



que entonces se conocíai pero más regularizada j sin em- 
bargo, que en ninguna otra nación del continente eu- 
. ropeo; también tuvimos nuestros fueros y nuestras Cor- 
tes, defensoras de las franquicias populares, hasta qué 
en los áridos campos de Villalar cayó rota y deshecha 
la antigua y veneranda Constitución de Castilla! Quiso 
nuestra mala estrella, y ya el mal no tiene remedio, que 
á fines del siglo xv y comienzos del xvi'se torciese y 
extraviase el curso de la civilización española para abrir 
camino expedito y llano á la fugaz grandeza de la di- 
nastía austríaca, que tan aciaga >nos ha sido,^y cuyas 
consecuencias desastrosas sufriremos hasta que, Dios se 
apiade de nuestra heredada, mas no merecida des- 
ventura. 

Bajo el régimen relativamente Jibre de nuestras ins- 
tituciones sjsculares, el ingenio español dio sus primeros 
pasos con tal valentía de juicio, que iiídicaba lo que ha- 
bría llegado á ser si no hubiesen cortado su vuelo el 
trastorno de nuestras leyes fundamentales y la recru- 
descencia del fanatismo. Indeciso y rudo en sus formas 
de expresión, ó influido sucesivamente por literaturas 
más adelantadas, dominóle á veces el mal gusto, pera 
nunca careció de viril energía ni de osada independen- 
cia. Sin menoscabo de la fe religiosa, que fortalecía á 
nuestros antepasados en su lucha contra los musulma- 
nes, ni relajación del principio monárquico á que ren- 
dían caballeroso culto, obsérvañse en las obras de nues- 
tros primitivos poetas, novelistas ó historiadores, en Ios- 
cancioneros y crónicas, tanta rectitud de juicio y tan jn- 
gemio atrevimiento, que al hojear sus páginas el ánimo 
se suspende y embelesa. Pontífices, reyes, . prelados y 
magnates sufren su censura, no sienípre templada y con-* 



20 

tenida; persiguen con tosco ó irritado lenguaje el abuso 
y la corrupción de las costumbres donde quiera que 
apuntan, en la plaza pública, en la corte, en los tribu- 
nales de justicia, hasta en el templo; el azote de su hon- 
rada indignación alcanza á las cosas más altas, y ningún 
temor le refrena. Hoy mismo no podrían darse á la es- 
tampa, sin escándalo de las almas timoratas, las amar- 
gas diatribas con que el arcipreste de Hita y Pero López 
de Ayala aijatematizaron en su tiempo los vicios de Ro- 
ma y el libertinaje del clero, enttegado entonces á to- 
dos los desórdenes dé la codicia y la concupiscencia; y 
el mismo aliento revelan, no obstante su origen corte- 
sano, las sencillas relaciones de algunas de nuestras 
Crónicas^ donde con feos colores se pintan la ambición 
de los grandes, las debilidades de los reyes y la desdicha 
mal remediada del pueblo, víctima siempre.de las dis- 
cordias de sus señores. El mismo varonil desenfado des- 
cúbrese en el Homancero^ hasta en los refranes con que 
el vulgo muestra su desconfiada experiencia; pudiendo 
asegurarse que en los restos casi olvidados de la litera- 
tura patria, desde su origen hasta el reinado de los Re- 
yes Católicos, es donde más fielmente se retratan el ca- 
rácter y las virtudes de nuestra raza, aventurera, libre, 
generosa y expansiva. 

Tan irresistible era el empuje con que nuestra cultura 
intelectual caminaba, que á pesar de la violenta pérdida 
de nuestras libertades bajo el cetro de Carlos V, y de la 
intolerancia feroz que empezó á desplegarse casi al mis- 
mo tiempo para atajar los progresos de la Reforma lu- 
terana, todavía el espíritu audaz y resuelto que animó á 
nuestros antiguos escritores dilató su influjo, aunque ya 
más debilitado, hasta bien entrado el siglo xvii, como 



§1 

esos ríos de curso caudaloso que, al deseimhocar en los 
mare^, llevan largo trecho por encima de las olas su im- 
petuosa corriente. Poco á poco nuesíro espíritu innova- 
dor y atrevido se exting^ue y apaga; pero ¡cuan hermoso 
es su crepúsculo! ¡Cuan vivida y refulgente la despedida 
de aquel sol que se esconde en las tinieblas de una no^he, 
profunda! Entonces* la teología, que, removiendo las en* 
trañas de la sociedad hasta en sus más ocultas fibras, 
compendiaba todos los conocimientos y pasiones de aque- 
lla época j ya vacilante en su fe, encuentra en España 
sus intérpretes más aventajados, y nuestms doctores son, 
por la solidez de su doctrina y prodigiosa elocuencia, ad- ' 
miración y pasmo -del Concilio de Trento- Inquieren y 
ahondan nuestros místicos con sagaz penetración todos 
los misterios de la lengua castellana, que adquiere bajo 
su pluma flexibilidad sorprendente, y consiguen expre- 
sar las abstracciones más metafísicas cop claridad de 
concepto que baria bien en imitar la moderna filosofía- 
La poesía lírica se transforma influida por el gusto ita- 
liano; y si bien por esta misma razón es la menos origi- 
nal de nuestras manifestaciones literarias, contríbaye, 
sin embargo, á la perfección y enriquecimiento del idio- 
ma, recogiendo sus armonías más íntimas, ennoblecien- 
do sus palabras, dando novedad y soltura á sus giros, y 
añadiendo definitivamente á^a lira española metros po- 
co usados y^ cuerdas desconocidasi- El estudio de la anti- 
güedad clásica, que á la sazón despierta en Europa, pres- 
ta á la Historia, sacándola de sn humilde condición de 
crónica, formas majestuosas y sentencioso estilo. Desen- 
vuélvese la novela, y el teatro, que debía reconcentrar 
andando los años toda la actividad de nuestro espíritu, 
cohibido en las demás esferas, anuncia ya el superior 



92 

destino que le aguarda- El generoso deseo de propagar 
la fe de Crisí'oj no sólo en las desconocidas regiones des- 
cubiertas recieníenienle por Colón, sino en los más 
apartados imperios de Oriente, donde nuestros misione- 
ros buscan y alcanzan á menudo la inmarcesible palma 
•del martiriOj abre anchos horizontes á la investiga- 
cióu científica, y reciben extraordinario impulso entre 
nosotros los trabajos gcográficoSj náuticos, físicos y na- 
turales. No le recibe menor la enseñanza de las lenguas, 
hasta de las más incultas de América y Asia; y España,' 
con la publicación de innumerables gramáticas y voca- 
bularios, coordiija y deja á la posteridad los elementos 
primitivos que más adelante debían* dar origen á una 
nueva ciencia. ¡Qué axplosión tan grandiosa la de nues- 
tro genio nacional! El mundo todo se somete sin oposi- 
ción á su influjo, y las prensas de París, Lyón, Bruse- 
las, Amberes^ Roma, Milán, Ñapóles y Venecía multi- 
plican y esparcen por todos los ámbitos de la tierra, en 
el nativo idioma ó en los extraños, las obras de nues- 
tros teólogos, sabios, historiado res^ místicos^ novelistas 
y poetas. 

Pero en medio de su fecundidad este movimiento in- 
teleetual mostraba los signos de próxima decadencia, y 
su exuberancia misma era quizás el síntoma más grave 
de la incurable enfermedad que debía poner breve tér- 
mino á su atormentada vida. Sujeto por irijiumerables 
trabas, nuestro pensamiento iba lentamente apocándose 
bajo la sombría, suspicaz ó implacable intolerancia reli- 
giosa, que se abalanzaba sobre aquella sociedad inde- 
fensa, envolviéndola en sus i ñ vi sudes redes para poder 
á mansalva extinguir con el hierro y el fuego las opi- 
niones calificadas de sospechosas/ hasta en lo más re- 



cóndilo del hogar y en lo más hondo de la conciencia. 
En nombre de un Dios de paz, los tribunales de la fe 
sepibraban por todas partes Ja desolación y la muerte; 
atropellabaB los afectos más caros; ponían la bonra y la 
vida de los ciudadanos á merced de delaciones, muchas 
veces anónimas, inspiradas quizás por la ruin venganza, 
por la sórdida codicia 6 por terrores ó escrúpulos su- 
persticiosos; relajaban los vi lóculos sagrados de la fami- 
lia^ imponiendo, bajo pena de excomunión , á los padres 
el ingrato deber de acusar a sus hijos, á los hijos la te- 
rrible gloria de vender á sus padres, á las mujeres la 
vergonzosa obligación de espiar á sus maridos, y una 
palabra indiscreta, proaunciad^ en el seno de da intimi- 
dad, hasta un^ movimiento naturaj é irreflexivo, eran 
causa bastante para sumir á un desgraciado en lóbrego 
calabozo, someterle á cruentas torturas, arrancarle la 
vida en medio de atroces suplicios, confiscar sus bienes 
y mancillar su memoria. El misterio más absoluto ro- 
deaba estos bárbaros procedimientos: secretas eran las 
denuncias, secretas las declaraciones "de cargo y* descar- 
go, secretas las pruebas, restringida y secreta la defen- 
sa, y sólo público el castigo. Ni el arrepentimiento de la 
culpa, ni la reconciliación con la verdad, mejoraban la 
triste suerte del sentenciado: si había incurrido eü here- 
jía y propagado el error; si el dolor del tormento había 
arrancado á su flaqueza la confesión de. un delito, acaso 
imaginario, debía morir sin remedio, y penitente ó con^ 
'tumaz, vivo ó muerto, de todos, modos pertenecía ú la 
hoguera. La infamia de la pena alcanzaba á los hijos y 
no respetaba á los cadáveres; desapareció la piadosa in- 
\iolabiÜdaíl del sepulcro, y el fanatismo ^ feroz como la 
hiena, desenterraba al culpado para entregar su recuer- 



I 1 11 iiv«riw^mi^ ^- 



24 

' do al oprobió, su efigie á la vergüenza pública y sus 
restos á las voraces llamas. 

Ni la virtud más pura, ni la fe más acendrada, ni. la 
santidad misma, estaban al abrigo tie las pesquisas in- 
quisitoriales ni 5e sus fieras persecuciones: varones ve- 
nerables, más tarde canonizados por la Iglesia; eminen- 
-íes prelados, doctores y teólogos sapientísimos, que ha- 
bían confundido con su palabra los sofismas luteranos 
en el Santo Concilio tridentino; preclaros proceres enca- 
necidos en el servicio de la patria; jurisconsultos y es- 
critores de justa reputación, gemían bajo la pesadumbre- 
de esta tiranía tenebrosa, que consideraba muchas veces 
como indicios vehementes de herejía la demasiada cien- . 
cía, la piedad sincerg, el mérito superior reconocido; y 
á medida que la intolerancia religiosa iba estrechando 
su círculo odioso,* apoderábase de las almas mejor tem- 
pladas invencible desfallecimiento. .< Vivimos en tiem- 
pos tan calamitosos — escribía aterrorizado á uno de sus 
amigos el ilustre filósofo Juan Luis Vives, — ^que no po- 
demos proferir palabra, ni callar, sin riesgo; > y exha- 
laba esta desesperada queja cuando la Inquisición no 
había exagerado aún su recelosa vigilancia ni sus ho- 
rrendos castigos. 

Lejos de mí la absurda idea de sostener que en aqué- 
llos tiempos España fuese la única nación cristiana do- 
minada por el fanatismo. La sobrexcitación del senti- 
miento religioso era entonces vivísima,» dando lugar eri 
todos los Es ¡ados de Europa, católicos ó protestantes, á 
crueles suplicios y catástrofes espantosas. En Alemania, 
Inglaterra, Francia y Suiza suscitó prolongadas revuel- 
tas; pero esto mismo contribuyó á que la persecución pa- 
sase en aquellos pueblos por lasvarias alternativas de la 



^5 

g-uerra civil, á veces inhumana, á veces transigente, y 
á que no presentara como en nuesfra patria, donde en 
realidad jamás hubo liichai el carácter de una compre- 
sión sistemática, continua y normalizada. Si no registra 
nuestx*a liistoria escenas tan horribles como la trágica 
noche de San Bartolomé, que fué no sólo la brutal ex- 
plosión de los odios de secta, sino la ruidosa venganza de 
un partido, íampoco ofrece la menor interrupción en los 
rigores inquisitoriales; porque la intolerancia española, 
más que impetuosa y turbulenta, pecó de reflexiva y i:e- 
gularizada, sin duda para asegurar de -esta suerte la du* 
ración y eficacia de sns dañosos efectos. 

La tempestad fué arreciando con los años, y la seve- 
ridad del Santo Oficio extremándose basta el punto de 
qne con alguna frecuencia lo^ Sumos Pontífices tuvieran 
que intervenir con su autoridad suprema para moderar 
el celo de aquel Tribunal sin misericordia. Pobláronse 
las cárceles de victimas, quo esperaban en estrecha in- 
comunicación el fin, casi siempre funesto, de sus sigilo- 
sos procesos; multiplicáronse los mdQS de fe, y para 
mayor escarnio de todo sentimiento generoso, incluyé- 
ronse esas monstruosas ceremonias en el número de los 
festejos públicos con que se solemnizaban los prósperos 
sucesos de la monarquía; como si la agonía desgarra- 
dora de" las infelices criaturas condenadas á morir en el 
fuego, fuera espectáculo regocijado y digno de una na-- 
ción cristiana. 

Cuando con tan persistente saña acorralaba las ideas 
hasta en el fondo del cerebro humano, no era posible 
que el fanatismo dejase á salvo el pensamiento vivo re- 
producido por la Imprenta; y para evitar la propaga- 
ción de las doctrinas quo el Santo Oficio tildaba de erró- 



26 

Beas 6 pravas, erigió en sistema permanente el mal 
ejemplo dado por Fr. Lope de Barrientos en el siglo xv, 
quemando la biblioteca del Marqués de Villana, y segui- 
do posteriormente por el Cardenal Ximénez de Gisneros 
con los manuscritos ái^abes del reino de Granada. No 
, * . satisfecho con esto, usurpó á la potestad civil el derecho 

de censura sobre los libros, forzándola á expedir prag- 
máticas rigorosísimasj en algunas de las cuales se im- 
ponía pena capital y perdimiento de bienes á los que im- 
primieran, vendiesen; leyeran ó conservasen obras in- 
cluidas en los interminables y frecuentemente renova- 
dos índices expurgaimios. Comprendíanse en estas listas 
de proscripción del entendimiento humano, no sólo los 
libros conocidamente heréticos ó que contenían propo- 
siciones de dudoso sentido, sino muchos más que, siendo 
ajenos á las cuesüonáíi religiosas y tratando únicamen- ' 
* te de materias cien tí Ceas ó lilerarias, tenían el pecado 

original de haber sido escritos por autores sospechosos 
ó mal juzgados, sin que las exhortaciones repetidas do 
la Santa Sede lograsen libertar á algunas de estas obras 
del injusto anatema. Las restricciones déla censura y el 
miedo á la pena iban disminuyendo de día en día las 
publicaciones científicas y filosóficas; pero en cambio 
aumentaban considerablemente las recreativas,^ en que 
•lo liviano del asunto y la licencia del lenguaje payaban 
en cínica desvergüenza; y mientras se anotaban en los 
'^ índices expurgatorios libros tan llenos de unción cris- 

tiana como el tratado de la Oración ?/ meditación y la 
Guía de pecadores del venerable Fr. Luís de Granada, 
corrían sin obstáculo en manos del vulgo, con la apro- 
bación eclesiástica y laudatorias calificaciones, novelas 
obscenas y comedias de no muy edificante lectura. 



27 

La enseñanza pública, subordinada, como todas las 
manifestaciones de la razón, á la rígida disciplina sa- 
cerdotal, sufría también las consecuencias de esta an- 
gustiosa servidumbre. Nuestras gloriosas^ universidades, 
focos de instrucción sana y robusta, que habían resplan-' 
decido en tiempos mejores con brillo' envidiable, desfa- 
llecían y se amortigua] lan tristemente como lámparas 
abandonadas. ^Una dialéctica sutil, artificiosa y Yacía, 
más ocupada en aquilatar las formas retóricas de la ar- 
gumentación que el fondo de la argumentación misma, 
erizada* de silogismos obscuros ó pueriles, reinaba en 
las aulas como despótica se&ora de las inteligencias. El 
principio de autoridad dogmática, indiscutible, sagrado, 
alzábase escueto y solo sobre el silencio de la ciencia 
despavorida, que vivía j ó mejor dicho, agonizaba aho- 
gada por la interpretación más ó menos favorable, pero 
siempre restringida de los textos bíblicos. Los catedrá- 
ticos y^maestros que revelaban alguna independencia de 
juicio, eran calumniados, encarcelados, proscritos, sin 
consideración alguna, ni miramiento á sus méritos, ser- 
vicios y virtudes. Desterróse el espíritu de investigación 
y de análisis, mutilando de psta suerte el pensamiento, 
y dojáM^ole en mitad de su camino, ciego y sin guía. 
Las ciencias físicas y fnateij:iáticas enmudecieron, y la 
ignoraiicia más profunda ennegreció las almas; pero no 
esa ignorancia crédula y sencilla, propia de los pueblos 
primitivos, sino la ignorancia presuntuosa, obstinada; 
y para decirlo de una vez, incurable, que es el signo dis- 
tintivo de todas las sociedades decrépitas y degradadas» 

Porque la opresión envilece á las naciones tanto como 
la libertad las dignifica. España, al paso que decaía en 
todo, bajo el yugo de tan larga intolerancia, descendía 



28 

también al más miserable estado de desmoralización, 
como si el Santo Oficio y la tiranía, unidos en un mis- 
mo propósito, ^1 comprimir violentamente el espíritu 
nacional, le hubiesen dejado abierto, para que no está- 
aliara, el único respiradero de la corrupción de las cos- 
tumbres. No hay más que leer lag obras de los escrito- 
res satíricos, y las Relaciones y Avisos particulares que 
se conservan del siglo xvii, para comprender de qué 
manera había sabido amalgamar aquella sociedad el 
misticismo y el libertinaje, compartiendo hipócritamen- 
te su tiempo entre la oración y la crápula, las procesio- 
nes y los adulterios, las novenas y los homicidios. Una 
moral laxa y acomodaticia babía invadido todas las cla- 
ses y condiciones, desde los favoritos y magnates de la 
corte, concusionarios y escandalosos, que creían acallar 
el remordimiento de sus conciencias turbadas emplean- 
do parte de sus rapiñas en fundaciones y mandas pia- 
dosas, hasta los salteadores de caminos, que resguarda- 
ban supersticiosamente sus pechos, cerrados á la cle- 
mencia, con imágenes de santos y escapularios benditos. 
La perversión era general; y como cuando el .cuerpo so- 
cial se inficiona de malos humores llega á todos sus 
miembros el virus deletéreo, ni siquiera el clero, encar- 
gado de }a dirección de las almas, pudo preservarse del 
pestilente contagio. 

Gomo no quiero lastimar los delicados y casifos oídos 
del bello sexo, que honra éste acto con su asistencia, 
prescindo de citar casos abominables, que suministra en 
abundancia la historia de aquel siglo, y tampoco evoca- 
ré el recuerdo de crímenes execrables ó impíos, no 
siempre castigados como merecían, cuyos procesos duer- 
men en los empolvados legajos de nuestros archivos; 



59 

pero si no me detuviera la consideración respetuosa que 
acabo de exponer, fácil me sería demostrar con nume- 
rosos ejemplos cuan hediondas r repugnantes eran las 
llagas de aquella sociedadj en apariencia tan temerosa de 
Dios- Dijérase que la nacií5n entera había concreí a do y 
reducido el cumplimiento de todos sus deberes morales 
y religiosos á la práctica del culto puramente externo y 
á la absoluta abdicación de su pensamiento, al ver Ci5mo 
la eran tolerados, si no legal mente permitidos, ios ma- 
yores excesos y los vicios más reprensibles con tal de 
que supiese cubrirlos con el velo de su devoción rutina- 
ria y de su automática obediencia- 

¿Es por ventura extraño q;ue en medio de esta atmós- 
fera viciada, comprimido por el fanatismo cada vez más 
intransigente porque cada \ez iba siendo menos ilusA- 
trado, el genio español se postrara, falto de espontanei- 
dad y de aliento? Apartado de toda comunicación inte- 
lectual con Europa, donde empezaban á germinar nue- 
vas y fecundas doctrinas; aislado en su aparento gran- 
deza, cohibido por el terror, apretado en los moldes de 
métodos filosóficos y científicos que no bastaban á con- 
tenerle, sin luz, ni aire, ni espacio, era irremediable 
que pereciera, y se cumplió su fatal destino. Cuantío hu- 
bo agotado su caudal do ideas propias, no pudiendo re- 
ponerle, buscó en la retórica combinación de conceptos, 
en el juego de vocablos y en da inextricable agudeza de 
los equívocos, la novedad que de otro modo no le era 
lícito adquirir, y flaco y enfermizo intentó cubrir la va- 
cuidad del fondo con la extravagancia de la forma. No 
habría llegado, ciertamente, nuestra literatura á tan de- 
plorable estado, porque España no hubiese caído tan 
bajo como cayó entonces, si hubieran existido nuestras 



libertades públicas; pero, por desgracia, bebíalas des- 
truido en sil esencia el poder ^real, y el vano simulacro 
de nuestras Cortes carecía de fuerzas para reivindicar 
los ^menoscabados derechos populares. Sin emliargo, el 
genio nacional liubiera podido acaso resistir á esta con- 
trariedad y hasta vencer! a j porque nunca la potestad 
civilj que no descansa en dogmas inmuíablesj sino que, 
•por el contrario, está expuesta á la constante variación 
de Ids tiempos, puede sofocar en absoluto la emisión del 
pensamiento ni la voz; de la conciencia pública^ si las 
vicisitudes del siglo, el peligro común y la necesidad de 
la mutua defensa, no hubiesen confundido en [un solo 
haz los intereses distintos, aunque no opuestos, de la re- 
ligión y del Estado. Inicióse . esta desastrosa amalgama, 
que tan fatales resultados produjo, en el reinado de Isa- 
bel y de Fernando, con la bárbara expulsiují d0 los ju- 
díos, que privó á EJspaña de más de ochocientos mil ciu- 
dadanos industrioso^ y activos, con los crueles ^atrope- 
Uos cometidos contra los moriscos de Granada, faltando 
abiertamente al espíritu y letra de las capitulaciones 
que precedieron á la entrega de la ciudad, y en las cua- 
les se obligaron nuestros reyes por sí y á nombre de sus 
sucesores á respetar el culto de los vencidos^ y con el 
establecimiento definitivo de la Santa Inquisición, que 
no se realizó sin arduas dificultades y sangrientos tras- 
tornos. Estas medidas en el fondo 'políticas, á pesar de 
su carácter aparentemente religioso, dieron origiDn á un 
sistema que se exageró después,^ cuando el César Gar- 
los V, habiendo procurado en vano llegar á términos de 
avenencia con la naciente herejía luterana, cuyo rápido 
increíjiento le impuso, receló que el libre exai^en mi- 
naba con los mismos golpes la sobordan ía imperial y la 



\'. 



1Í 

supremacía pontificia. Considerando la debilidad consti- 
tutiva de la dilatadísima, pero inconsistente monarquía 
encomendada á su dirección y g'obierno, compuesta de 
provincias heterogéneas, esparcidas por todos los pun- 
tos de ta tierra, sin trabazón ni enlace entre sí, con di- ' 
verso origen, distinta lengua y contrapuestos usos, ad- 
quirió el íntimo convencimiento de que la unidad de fe 
era el xiníco vínculo con ^ue podía sostener la descon- 
certada unidad de su imperio. Sintiéndose fuerte con- 
tra Roma calculó, sin duda? que le sería fácil resistir la 
tendencia absorbente, con la cual contraía tan estre- 
cha aliansía ofensiva y defensiva; pero so ocultó á su 
perspicacia que á la larga y en último término la in fle- 
xibilidad de la doctrina se sobrepondría á los intereses - 
políticos, mudables de suyo, porque la fuerza de atrac- 
ción residía entonces, como residirá hasta el fin de los 
siglos, no en lo modiflcable y temporal, que es el Esta- 
do, sino en lo permanente y eterno, que es la religión • 
Con inútil empeño pretendieron el Emperador y su hijo 
contrarrestar la influencia que habían solicitado y los 
avasallaba á la ve;£ que los protegía, pues si bien én 
ocasiones lograron vencer al Soberano de Roma y hasta 
humillarle, conslriñéndole al cumplimiento do sus com- 
promisos, frecuentemente rotos, ú oponiéndose ^ á sus 
exorbitantes pretensiones, el Pontífice, "es decir, laca- 
beza visible de la Iglesia, acaj^ó siempre por dominarlos 
y confundirlos, $obre todo ú Felipe II y sus débiles su- . 
cesores. Lenta* y sigilosamente el sacerdocio fue apode- 
rándose del imperio, infundiéndolo su espirifu, merman- . 
dolé prerrogativas y atribuciones esenciales, compene- 
trándole, en fin, y transformándole como la espesa y te- 
nebrosa selva del Infierno del Dante transfiguraba, en 



I 

I 






32 

nudosas raíces y retorcidos troncos, las almas de los 
desgraciados, condenadas por sus culpas á morar per- 
durablemente en aquel recinto espantable. Grandeza, 
voluntad, energía, fuerza, industria, comercio, todo fué 
arroll^ido por las negras olas de la monarquía teocráti- 
ca, defendida por casi todos nuestros teólogos, singular- 
mente por Mariana en su libro Del Rey y de la institu- 
ción real, y por Rivadeneyra en su tratado Del Príncipe 
Cristiano. ¡Ah! si se levantaran de sus tumbas las des- 
dichadas generaciones de nuestra España regida por los 
reyes de la Gasa de Austria; de aquella España que em- 
pieza en Garlos I y concluye en Carlos II, harapienta, 
podrida, extenuada, que pierde en el espacio de dos si- 
glos sus libertades, su supremacía, parte de sus domi- 
nios, sus ciencias, sus artes, su literatura, su genio y su 
gloria; do aquella España despoblada, saqueada por el 
fisco y comida del diezmo, pero llena de conventos, her- 
mandades, cofradías y congregaciones, poseedoras de 
cerca de la mitad de la propiedad territorial; de aquella 
España, en fin, alumbrada por las hogueras de la Santa 
Inquisición, que persigue á los judíos, quema á los lute- 
ranos y expulsa á los moriscas con tan frío encono, que 
no ha podido aún borrar de la conciencia del mundo el 
recuerdo de estos trágicos horrores ni obtener su per- 
dón; si se levantaran de sus tumbas,, vuelvo á repetir, 
las desdichadas generaciones de aquellos siglos, engran- 
decidos quizás por la distancia y hermoseados por la 
poesía, podrían decir á las almas soñadoi*as que se entu- 
siasman con la níemoria de lo pasado lo que es la teo- 
cracia; lo que es esa enfermedad social, larga y penosa, 
que mata con lentitud y aniquila insensiblemente, como 
esos árboles de la India, baja cuya sombra el viajero 



33 

inadvertido busca descanso, se duerme y no despierta. 
Cuando la Casa de Borbún recogió la vasta herencia 
de la dinastía austríaca, nuestra patria, soipetida como 
estaba en el orden político, científico y religioso j á un 
poder indiscutible é irresponsable, que había imbuido 
en el ánimo de la multitud las más groseras supersticio- 
nes, debilitado su energía y modificado su carácter, era 
una masa humana atónita é inerte donde toda iniciativa 
individual se había extinguido. En realidad de verdad, 
España se presentaba como un pueblo muerto para los 
trabajos del espíritu; todavía, por la extensión de sus ri- 
cas posesiones y el recuerdo do su anterior poderío, in- 
fluía algo en la marcha política del mundo; pero en la 
esfera intelectual mirábase la con el mayor desprecio, y 
hasta tal punto se acostumbró Europa á prescindir de 
su compañía en la senda del progreso, que hoy mismo, 
á pesar del tiempo transcurrido y de los radicales cam- 
bios por que la nación española ha pasado, le agobia y 
' oprime con sus desdeñosas ó inmerecidas prevenciones. 
Parece como que nuestra patria termina definitivamen- 
te su misión en el siglo xvii; estüdianse sus clásicos, 
como se estudian los restos de una civilización antigua; 
su literatura acaba generalmente para la crítica moder- 
na en la época de Calderón, y desde entonces basta nues- 
tros días puede decirse que, fuera de contadas y honro- 
sísimas excepciones, el genio español se revuelve esté- 
rilment^ en la sombra, olvidado y desconocido, cuando 
no calumniado, ¡Ayl Por más que nos duela y lastime 
nuestro ^orgullo, fuerza es confesar que esta injusticia 
tiene explicación, si no disculpa. Nos quedamos tan re- 
zagados que, al emprender de nuevo la interrumpida 
jomada, no nos ha sido posible^ á pesar de haber vio- 



31 

Tentado nuestra marcha, alcanzar á naciones quó nos 
llevan más de un siglo de delantera. Nuestro pasado nos 
abruma como maldición del cielo. 

Aquí debería concluir, si me ciñese estrictamente al 
plan que me he propuesto; pero á riesgo de abusar más 
de lo justo de vuestra indulgencia, ya de fijo cansada, 
no puedo prescindir, obedeciendo á la ley de los con- 
trastes, de consíigrar un recuerdo, siquiera sea breve y. 
con^pendioso, al período que abarca los reinados de Fe- 
lipe V, Fernando VI, Carlos III y principios del de Car- 
los IV; período que considero, no como uno de los más 
brillantes, pero sí de los más fecundos de nuestra histo- 
ria. Corresponde indudablemente á los cuatro reyes de 
la dinastía borbónica que he nombrado, principalmente 
á Fernando VI y Carlos III, el honroso timbre de haber 
inaugurado ó favorecido la lenta regeneración de Espa-' 
ña, Ko restituyeron al país sus perdidas y ya olvidadas 
libertades, ni restauraron las Cortes del reino, ni con- 
sintieVon siquiera la más mínima desmembración de su 
poder absoluto: no era ésta la comente de los tiempos, 
Pero celosos de la autoridad real, reivindicaron y recu- 
peraron muchas de las prerrogativas y derechos que la 
potestad eclesiástica había usurpado; contuvieron' las 
tendencias avasalladoras de la Iglesia; asestaron los pri- 
meros y más rudos golpes contra el odioso Tribunal de 
la Inquisición; templaron los rigores de la censura, y si 
no rompieron los hierros con que el fanatismo nos escla- 
vizaba, tal vez porque se lo impidieron añejas é inven- 
cibles preocupaciones, alargaron al menos la. cadena 
para que pudiera moverse con algún desembarazo nues- 
tra conciencia entumecida. Bajo el patrocinio de estos 
mona^rcas bien intencionados, concordáronse con Roma 



35 * ^ • 

reformas transcendentales, favorables á las regalías de la 
■corona; se instituyeron nuestras doctas Academias; fun- 
dáronse las Sociedades económicas del pah, gutos servi- , 
oíos fueron entonces do notoria importancia; se abrie- 
ron escuelas especiales de ciencias físicas, naturales y 
matemáticas, en vista de las resistencias quo á acoger 
en su seno estos útilísimos estudios opusieron nuestras 
atrasadas ó incorregibles Universidades, dominadas por 
el clero y dondó sólo podía campar á sus anchas el ári- 
do escolasticismo; publicaron el P. Feijóo su Teatro 
critico^ que es la primera embestida dada á la grosera y 
supersticiosa ignorancia del vulgo; el Conde de Campo- 
manes sus ilustrados Informe.^ y luminosos Discursos 
acerca de las más arduas cuestiones políticas y sociales; 
Jovellanos sus inmortales obras, tan recomendables por 
el estilo como por la doc trina j y otros muchos escrito- 
res, todos insignes, meditados trabajos sobre ciencias 
morales y políticas, industria, comercio, ijáutica, artes 
y oficios, que contribuyeron á dar, sana dirección y po- 
tentísimo impulso al renacimiento nacional, bajo tan 
buenos auspicios iniciado. Si la bella literatura, propia- 
mente dicha, no fué tan de prisa ni tan lejos, tampoco 
permaneció estacionaria- Hay en la incerfidumbr? de 
sus primeros pasos algo que rec^ierda la flojedad del ni- 
*ño ó la postración del convalecieníe; imita, pero no 
crea; rinde á los preceptos clásicos más culto de lo que á 
su espontaneidad conviene, y temerosa de incurrir en 
las aberraciones del siglo anterior, desdeña en cierto 
modo como peligrosos todos los elementos indígenas pa- 
ra entregarse, casi siempre falta de inventiva, á la cie- 
ga adñii ración de modelos extraños! Pero á pesar de to- 
dD, presta con su sencillez calculada, y quizás demasía- 






36 

do rígida, como protesta contra el exuberante y pedan- 
tesco desorden que antes la había corrompido, indispu- 
tables servicios á la cultura nacional; depura el gusto 
estragado, encauza las ideas, y si no acierta á menudo 
con los tonos de la inspiración verdadera, pocas veces 
se equivoca en apartar de sí lo que la estorba ó la daña- 
No había pasado el tiempo suficiente para que volviese 
del sopor y aniquilamiento en que cayó bajo el cetro de 
los últimos reyes austríacos, y harto hacía, cuando las 
causas de su perdición, aunque más debilitadas, no ha- 
bían desaparecido del todo, con abrir el surco y arrojar 
en ól la semilla que debía producir sus más sazonados 
frutos en nuestro siglo. Grande fué el esfuerzo, desapa- 
sionadaínente considerado, y no hay derecho á exigir 
más de las pobres musas castellanas, que por primera 
vez después de dos largas y mortales centurias, veían 
penetrar un rayo de luz y de esperanza en el fondo del 
calabozo, por no decir del sepulcro, en donde aherroja- 
das yacían. . 

Pero áobreviene la catástrofe de 1808, que reinstala 
de improviso á nuestro pueblo, huérfano de sus reyes, 
en el pleno goce de su soberanía, y entonces, ¡oh pro- 
videncial coincidencia! <3on la libertad que despierta sale 
también el genio nacional de su prolongado y perezoso 
sueño; aquella literatura pueril, metódica, encogida, . 
robustece sus músculos y eleva su espíritu con el duro 
ejercicio de la guerra; la poesía lanza á los ecos de las 
montañas y de los valles, para sobrexcitar el sentimiento 
patrio, las estrofas más viriles, más líricas y conmove- 
doras que han resonado jamás en el Parnaso español; 
resucita la elocuencia, y desde la radiante tribuna de 
Cádiz, donde resiste intrépida y serena los estragos d^ 



la peste, las bombas de los enemigos y las conjuracio- 
nes de la teocracia, anuncia y prepara con su verbo vi- 
brante y heroico la redención de Europa. Una juventud 

inteligente, resuelta y generosa, á la cual pertenecían , 
por su entusiasmo ó por su edad, el gran Quintana, Ga- 
llego, Toreno, Arguelles, los Duques de Frias y de Ri- 
vas, Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano y otros muchos 
que alcanzaron más tarde merecida fama en las Asam- 
bleas ú en las Academias, se agitaba movida por nobles 
aspiraciones; peroraba, escribía, cantaba, luchaba, y si 
era menester moría bajo el irresistible imperio de las 
nuevas doctrinas que daban calor á su sangre, luz á su 
mente, energía á sus corazones para el combate y abne- 
gación á sus almas para el sacrificio. ¡Olí santa libertad, 
que no sólo rescataste á nuestro pueblo de la abyección 
moral en que se consumía, sino que, unida en firmísimo 
lazo con el sentimiento religioso, defendiste y nos con- 
servaste en aquellos aciagos y memorables días el suelo 
sagrado de la patria; mil veces bendita seasí 

Voy á terminar, temeroso de haberos molestado en , 
demasía. Los ejemplos aducidos bastan, á mi juicio, para 
demostrar de un modo concluyeijte el pernicioso influjo 
que lia ejercido en nuestro desarrollo literario, conte- 
niéndole ó viciándole, la falta do libertad política y de 
libertad religiosa; y no expongo en apoyo de mi tesis 
más recientes pruebas, porque no quiero herir suscepti- 
bilidades dignas do respeto con recuerdos dolorosos <5 
inoportunos. Por esta misma razón nada digo acerca del 
gran sacudimiento de ideas científicas, religiosas y so- 
ciales que todo cambio fundamental en las instituciones 
de un pueblo produce siempre, de lo' cual dan claro tes- 
timonio en España el movimiento romántico de 1834, 



Il 



38 

que coincide con el político, y el movimiento filosófico 
que desde 1869 se observa entre nosotros como uno de 
los signos más característicos de la edad presente, tan* 
insegura y agitada. Bien sé que al abrigo de la libertad 
política, y como inevitable resultado de la emancipación 
de la conciencia humana, salen á la luz del día y se ma- 
nifiestan sin tébozo doctrinas absurdas, dudas impías, 
problemas espantosos é irresolubles y negaciones satá- 
nicas; pero por ventura, ¿el espíritu de i^ebeldía es me- 
nos terrible porque nos acometa en Jas tinieblas? Tan 
llena está de asechanzas la noche del entendimiento 
como la noche natural, que en el mundo de las ideas y 
de los seres animados, el fraude, él engaño, la perüdia 
y la tríiición se conciertan mejor y ofenden más á man- 
salva cuanto mayores son la obscuridad y el silencio. ¿Á 
qué imitar al ave medrosa qué juzga sustraerse del pe- 
ligro cuaAdo oculta, para no verlo, la^ cabeza debajo del 
ala? Conozcamos el mal — ^j- a que es- irremediable que el 
mal exista ^— para salirle al encuentro sin el temor de 
que nos yenza, pues sería desconocer la justa Providen- 
cia de Aquél que ha entregado la tierra á las disputas, 
pero no á la locura de.los hombres, y que con mano in- 
visible guía y empuja á.las spciedades, hacia su perfec- 
ción por medio de innumerables obstáculos, escollos y 
precipicios. Combatamos el error cara á cara, partiendo 
el campo y el sol, con el raciocinio y no con la violen- 
cia, sin olvidar que la verdad misma, impuesta por la 
fuerza y no por el convencimiento, corre riesgo de ha- 
cerse insoportable y al^orrecible. Ni la diversidad de 
opiniones, ni la contraposición de juicips, ni la varie- 
dad de creencias deben romper la fraternal comunidad 
del género humano, y ojalá reine alguna vez sobre la 



39 

superficie de la tierra la solemne y piadosa imparciali^ 
dad del cielo, que á todos, justos ó pecadores, creyentes 
ó escé pucos, cristianos ó idólatras ^ por igual nos cobija 
*y ampara* ¿Quq somos ni qué' valemos para turbar con 
nuestro orgullo ó nuestra intransigencia la misteriosa 
armonía de las cosas creadas? Desde el majestuoso ritmo 
de los astros qije giran en Ids espacios infinitos, hasta 
el sordo rugido de la lava que fermenta en el centro de 
las montanas; desde la estridente cólera del mar, hasta 
el manso murmullo de las hojas movidas por el viento; 
desde el trueno que sacude las nubes, hasta el rumor im- 
perceptible que produce el gusanillo al arrastrarse por . 
entre el césped^ todos los ruidos y acentos de la natura- 
leza, los más discordaptes como los más unísonos, los 
rnás consoladores como los más terribles, se juntan y 
convergen liacia el Criador en himno inmortal de ala- 
banza; y del mismo modo en el seno de la humanidad, 
devorada por vagos y místicos anhelos, la queja del des- 
graciado y el júbilo del venturoso,' la oración del cre- 
yente y la blasfemia del reprobo, la voz que niega y la 
V07. que afirma, todo, en fin, lo que aparece ante nues- 
tra razón limitada como contradictorio, inconciliable ó 
irreductible, se confunde concerladamente en una aspi- 
ración suprema para llegar á tí, ¡oh Dios, en quien 
adoro y creo! y glorificar tu sabiduría, tu omnipotencia 
y tu misericordia. 



He niGHO. 



CONTESTAaÓN 

DEL 

ExcMo. Sr. D. JUAN VALERA 

AL DISCURSO DEL Sb. NÜNEZ DE ARCE. 



Señores: 

Tengo fal satisfacción en contestar al Sr. Núñez de 
Arce, quCj poniendo á un lado todos mis otros quehace- 
res y venciendo mi naiaral desidia, me he apresurado á 
cumplir, en el lórmino más breve, con el encargo que 
esta Real Academia m6 ha confiado. 

Correligionario en política del Sr. Núñez de Arce y 
unido á él desde hace anos por lazos de particulai* amis- 
tad, con sus triunfos estoy de enhorabuena. No creo, 
con todo, que el afecto me ciegue al juzgar los mereci- 
mientos del nuevo Académico, Como autor dramático ha 
sabido conquistara* envidiable celebridad, y como pro- 
sista tiene prendas que todos encomian, resplandecien- 
do entre ellas la energía de su estilo y la claridad y ter- 
sura de dicción, con que da mayor valer y realce á lo 
firme de sus convicciones y á la fijeza y serenidad de sus 
ideas y propósitos. 

Por cima de estas cualidades, expresadas aquí harto á 
la ligera, sobresale una que por sí sola le hace digno del 



L 



41 

puesto que viene á ocupar. El Sr. Niiñez de Arce brilla 
y descuella entre los más notables poetas líricos espa- 
ñoles del siglo presente, durante el cual, no sólo en Es^ 
paña, sino en toda Europa^ la poesía lírica ha florecido 
como nunca. 

Á más dé la elevada inspiración y del brío y nobleza 
de sentimientos que las poesías del Sr. Núfiez de Arce 
atesoran, la Academia no puede menos de considerarlas 
y estimarlas cual precioso dechado de versiflcación y de 
lenguaje. 

Aunque no pudiera presentar el que va á sentarse en- 
tre vosotros títulos tan legítimos y valederos, me parece 
que bastaría el discurso que acabáis de oír para hacerle 
merecedor do honra tan señalada. 

Con abundancia de datos y razones, que en manera 
alguna destruyen la amenidad y agrado del escrito, el 
Sr. Nüñez de Arce ha tratado de demostrar y, á mi ver, 
ha demostrado el influjo que la intolerancia religiosa y ' 
la constante y terrible comprensión intelectual, de ella 
nacida, han ejercido en nuestra gran literatura. 

No ya aquí, donde no estoy llamado á contradecirle, 
pero ni fuera de aquí, impugnaría yo, en lo substancial, 
discurso tan bien meditado, y cuyos asertos me parecen 
evidentes. 

Mi contestación debiera, pues, limitarse á un elogio 
de lo dicho y á algunos comentarios, deducciones y no- 
tas, que bien se pueden añadir, porque siendo el asunto 
tan vasto, no hay pluma, por concisa que sea, que acier- 
te á agotarle en una breve disertación; pero, sin que yo 
contradiga á mi nuevo compañero, no he de negar que 
su discurso suscita cuestiones y dudas difíciles de resol- 
ver, por lo cual, sin que aspire yo á resolverlas, nadie 



extrañará mi deseo *dé plantear y de exponer las más 
importantes. : 

Yo no trato de invalidar argumentos y deducciones; 
Yo creo también que el fanatismo ahog-ó y marchitó an» 
tes de tiempo en España la lozanía y ej florecimiento d^ 
una gran cultura 'propia y' castiza. Tanto fué así que, en 
los últimos anos del siglo xvii y primeros años idel xviii^ 
dicha cultura pereció consunta, Iiechizada y casi sin de- 
jar sucesión directa , á semejanza de la dinastía bajo 
cuyo cetro había florecido, á par de la grandeza y eró— 
dito de aquel imperio vastísimo, dentro de cuyos térmi- 
nos estaba siempre el sol Ycrtieudo su lumbre* 

Después de la guerra de sucesión, con la nueva dinas- 
tía francesa, España se alivió, se restauró, despertó de 
su desmayo. Al restaurarse España, brotó en ella nueva 
cultura; pero, más bien que retoñar del antiguo tron- 
co^ arraigado en nuestro suelo, se diría que fué un ín- 
^ jerto exótico lo que reverdeció con el jugo y la savia de 
lo castizo. 

Nuestra admiración de lo extranjero nos hizo imita- 
dores, harto serviles á veces, y llegamos, por último, 
con humildad lastimosa, á menospreciar lo propio, exa- 
gerando nuestras faltas y olvidando .ó no reconociendo 
nuestros aciertos. 

Sin duda que el levantamiento nacional contra los 
franceses, durante las guerras napoleónicas, nos devol- 
vió la conciencia de nuestro gran ser como entidad po- 
lítica, y algo nos dejó columbrar de nuestro valer anti- 
guo por el pensamiento y por la idea; pero este concep- 
to de nuestra pasada civilización quedó confuso. Se fun- 
daba más en la soberbia, en el sentimiento, en el amor 
propio patriótico que en razones claras. Todavía, aun 



43 

después de la guerra de la IndependeBciaj los que se jac- 
taban de más ilustrados seguían con poco disimulo des- 
deñando nuestra literatura y tildándola de bárbara^ ta- 
sando nuestras artes en mucho menos de su justo precio 
y negando toda importancia á nuestras ciencias y á nues- 
tra filosofía. 

La sumisión, el vasallaje, la obediencia de los espa- 
ñoles á Francia, no tuvoj en lo intelectual, ni Bailen, 
ni Zaragoza, ni Gerona j ni Dos de mayo en aquella 
época. Seguimos tan pacatos y tan humildes, que era 
menester para que celebrásemos algo nuestro, sin pasar 
por presuntuosos y ridiculamente vanos, que los extran- 
jeros nos diesen el ejemplo, la venia y liasta la noticia. 
Sin que decidamos aquí si es calidad buena ó mala, es 
innega*ble que el vulgo en España, como en todas las 
demás naciones j tiene un, orgullo instintivo con que 
' siempre se admira á si propio y se sobrepone al vulgo 
' de otras tierras; pero en las naciónos que decaen, la gen- 
te ilustrada, los que no son vulgo ó procuran no confun- 
dirse con él, & fuerza de maravillarse de los adelanta- 
mientos extraños, y con el prurito de mostrarse á su al- 
tura y de aparecer como seres excepcionales entre la 
multitud ignorante que los rodea, acaban por no estu- 
diar, ni saber, ni aplaudir cuanto en lo castizo hubo de 
bueno y do glorioso. Hasta cuando, á fin de adular al 
vulgo, á quien desprecian, se ponen á ensalzar lo casti- 
zo, lo hacen por estilo ampuloso, donde se advierte la 
carencia de fe y la falta de crítica, y donde, más que la 
pasada gloria, suelen encomiarse los resabios.de la per-" 
versión que dio al traste con ella. 

Tal era nuestro estado hasta pocos años há. Algo nos 
vamos aliviando de la dolencia, pero no estaraos sanos 



wv 



44 

todavía. Y, fuerza es confesarlo, en gran parte somos 
deudores del alivio á los alemanes. Los alemanes, más 
que nadie, "ensalzando nuestras cosas como merecen, se 
puede afirmar que han contribuido muchísimo á que 
volvamos con amor los ojos hacia ellas. Basta citar los 
nombres de Lessing, Jacobo Grimm, B5hl de Faber, 
Huber, Federico y Guillermo Schlegel, Rosenkranz, 
Schulze, Bouterweck, Glarus, Diez, Depping, Tieck, 
Schack, Fernando Wolf, Jorge Keil, Halm, Manuel 
Geibel, Pablo Heyse, Leopoldo Schmidt, Dohrn, Hain, 
Schlüter, Storck, Geiger, Herder, Goethe, Hoffmann, 
Regís, Fastenrath y el mismo Hegel, para traer á la 
memoria de los amantes de las letras cuan poderosa- 
mente han contribuido á sacarnos de nuestro abatimien- 
to las alabanzas críticas, las traducciones, las bellas edi- 
ciones y hasta los comentarios de nuestros clásicos he- 
chos por estos autores. 

Nuestro descuido, nuestra postración y nuestra falta 
de gusto habían sido tan grandes, que hasta el año de 
1829 no tuvimos en castellano una mediana historia de 
nuestra literatura. Antes, salvo el ensayo de Velázquez, 
sólo hubo estudios parciales como los de Sarmiento y. 
Sánchez, la indigesta mole de los Padres Mohedanos, 
la apología algo pedantesca de Lampillas, las notas de 
Martínez de la Rosa al Arte poética^ y los juicios de 
Mendívil, Sil vela y Quintana. La historia de nuestra li- 
teratura apareció al fin, pero fué traducción de otra, 
escrita en alemán veinticinco años antes. Bouterweck 
la había publicado en su lengua y patria en 1804. 

Guando los Sres. D. José Gómez de la Cortina y Don 
Nicolás Hugalde y Mollinedo publii3aron en 1829 dicha 
traducción, declararon que lo hacían deseosos de suplir 



k 



45 

co:i ella la obra original de que carecíamos^ por el des- 
cuido de tan útil estudio, debido á las guerras y trastor- 
Hos y á la falta general de buena educación; ruda fran-- 
queza que denota á las claras cuál sería el estado de un 
pueblo donde dos modestos traductores se atrevían á de- 
cir tal improperio como quien dice lo más natural, sa-* 
bido y confesado. 

Desde entonces hasta ahora no han sido menores los 
trastornos y guerras que hemos ten ido ^ y, sin embargo, 
ya no se notan ese desdén y ese abandono de nuestras 
glorias literarias, entre cuyos críticos ilustradores res- 
plandecen Duran, el Marqués de Pidal, Milá y otros va- 
rios que no nombro porque pueden hallarse presentes y 
no quiero ofender su modestia. Queda, no obstante, en 
pie todavía este aserto de Duran: Alemanes son los qtie 
mejor han piMicado la historia de nuestra literatura // 
teatro. A lo cual bien puede añíidirse que lo que es la 
historia de nuestro teatro escrita por un alemán, por 
Schack, si bien ha hallado hábil traductor, no ha halla- 
do público que la lea, y se ha quedado á medio traducir 
por desgracia. 

A pesar de todo, aunque muchos de nuestros autores 
siguen siendo más cele]>rados que leídos, en el día se 
conocen ya mejor y se estiman con más recto criterio. 
Nada ha influido tanto en esto como la Biblioteca de 
Autores españoles^ publicada por D. Manuel Rivadeney* 
ra, cuya gloria y merecimientos comparte uno de vues- 
tros compañeros por haber logrado de las Cortes que el 
Gobierno le concediese su indispensable protección. Di- 
cha Biblioteca^ á más del texto bien enmendado y co- 
rregido de los autores, contiene un tesoro de noticias 
biográficas y bibliográficas y no pocos discursos preli- 



lé 

minares y brillantes introducciones, qne bien pueden 
formar unidos la historia de nuestra literatura, ó al me- 
nos una abundante y rica colección da materiales para 
escribirla. De esto se ha encargado un autor infatigable 
y diligente, lleno del espíritu crítico más sano y eleva- 
do; pero su trabajo no está terminado aún, fallando en 
él la época en que se presenta elfónónieno cuyas causas 
quisiéramos explicar aquí, 

' Lo que naclie niega, lo que no puede ser asunto de 
discusión, es que la edad más floreciente de nuestra vida 
nacional, así en preponderancia política y en poder mi- 
litar, como en ciencias, letras y artes, es la edad del ma- 
yor fervor católico, de la mayor intolerancia religiosa: 
los siglos xvr y xvii, Pero si queremos circunscribirnos 
más y señalar el siglo de mayor auge, fecundidad y ex- 
celencia de las letras y del idioma patrios, marcar su 
siglo de orOj me parece que sin que me tilden de arbi- 
trario, por más que se me dispute sobre diez años antes 
ó después, bien puedo poner este siglo entre los años de 
1580 y 1680. 

¿Por qué causas se pervirtió, se marchitó y se hundió 
rápidamente aquel gran florecimiento? Á nadie se le 
oculta que esta cuestión literaria esta enlazada con otra 
cuestión política. ¿Por qué la grandeza, crédito y poder 
de la monarquía española cayeron también rápidamen- 
te, precediendo á su caída la de las letras? 

No es fácil contestar á todo esto, y menos aún en bre- 
ves palabras. Para filosofar es menester tener un exacto 
y cumplido conocimiento de aquello sobre que se filoso- 
fa, y debemos declarar aquí que hasta la misma historia 
política de la época á que nos referimos dista mucho 
aún de estar satisfactoriamente escrita, á pesar de algu- 



ff 



I 



17 
nos ensayos, tentativas y compendios muy recomenda- 
bles, entre los cuales se cuenta uno de un ilustre com- 
pañero nuestro que merece grande ala])anza. Las cosas , 
sin embargo, de aquel período histótnco se saben por lo 
general muy á buUo; y por otra parte, el espíritu de 
partido q\ie ha tomado dicho período por campo de ba- 
talla para discutir sobre cuestiones que, valiéndonos de 
un término muy en moda en el día, son las máspalpi- 
taniesy nbs puede cegar con su pasión y extraviarnos á 
todos, llevándonos por extremos opuestos á tuucha dis- 
tancia de la verdad, 

' Recientemente, por ejemplo, lia aparecido toda una 
escuela que, en contraposición de aquel abalimiento 
que nos hacía desdeñar nuestro pasado, le estima en lo 
que vale y aun quizás exagera algo su .valor en lo Jito- 
rario y científico; pero sobre esta afirmación evidente 
ó al menos plausible, levanta un cúmulo de aspiraciones 
j propósitos, á mi ver, poco razonables. Cree que para 
que renazca aquel íloreci miento literario, aquel moví- 
miento intelectuíll, aquella primacía de España, con- 
vendría que volviese la nación alraismo estado político, 
social y religioso. Es como si los griegos, mirando su 
postración y su relativa inleriorídad en el día pi^esente 
con respecto á otras naciones de Europa, recordando 
que eran el primer pue])lo del mundo en tiempo de Pe- 
rieles, y gubordinando los altos intereses transcendenta- 
les de Ja religión á consideraciones estrechas de ínteres 
nacional í volvieran a adorar á Júpiter y á Minerva y 
i^enovasen los misterios eleusinos- 

No pocos sabios italianos de la época del Renacimien- 
to, resplandeciendo entre ellos el impío Machia velli, in- 
currieron en tan extraña manía, Al ver humillada á Ita- 



48 

lia, hollada y ensangrentada por los extranjeros, y al 
presentarse vivas en la memoria de ellos las grandezas 
de Roma, llegaron á aborrecer el Qristíanismo y á soñar 
con la religión de Jano bifronte y con las instituciones 
litúrgicas de Numa y de Tarquino Prisco. Esto, por un 
lado, es infinitamente mayor disparate que el soñar, sien- 
do español, en que volvamos á la edad de Felipe II, 'por 
ejemplo, porque al fin, de lo que somos ahora á lo que 
entonces éramos no hay tanta diferencia, ni ha habido 
cambio en el ser de la civilización general del mundo, ni 
méhos aún en el principio sublime y en la doctrina sal- 
vadora que la informan con su espíritu; pero, por otro 
lado, los españoles que piensan hoy como hemos dicho, 
tienen menos disculpa que los italianos de entonces, por- 
que entónqes se concebía la historia como un eterno vol- 
ver al mismo punto, y se creía que para, restaurar los 
Estados y las civilizaciones convenía retroceder hacia su 
origen, mientras que ahora apenas hay quien se atreva, 
á negar y quien no sienta y vea la marcha indeclinable 
de las cosas humanas e^ su conjunto hacia un término de 
perfección, sin duda inasequible en esta vida terrena, 
pero que las atrae por ley píovidencial, y no limitando* 
el libre albedrío en aquello de que debe responder cada 
individuo, las lleva por nuevas fases y evoluciones, sin 
dejarlas nunca volver al punto de que partieron. Así, 
pues, nos parece menos razonable, bajo este concepto, 
el que un español de ahora sueñe en que se regeneraría 
su patria volviéndola á lo que fué en pensamientos y 
creencias en tiempo de los tres^elipes, que el que Ma- 
chiavelli sonase en que renacería la antigua preponde- 
rancia romana con volver al estado y manera de ser de 
la edad de Tito Livio. 



49 
Por otra parte, aunque diésemos por indiscutible la 
singular grandeza de nuestro país en los siglos xvi y xvii 
y la conveniencia de volver á las instituciones^ ideas y , 
costumbres de entonces, suponiendo que lo que entonces 
pudo producir aquella grandeza debe también producirla 
ahora, aún nos quedaría por demostrar si aquellas ins- 
titucionesj aquellas ideas y aquellas costumbres íueron 
la cansa de la grandeza, ó si, por el conti'ario, la gran- 
deza nació de otras causas j y dichas instituciones, ideas 
y costumbres lo que trajeron consigo fué la corrupción y 
la rápida decadencia. Éste es verdaderamente el punto ^ 
controvertible. La distinción que hacemos es muy clara.. 
Se comprende que alguien, enemigo en el día dala into- 
lerancia religiosa y del absolutismo monárquico, ó sos- 
tenga que entonces aquello fué bueno y útil" en España, 
ó afirnle que al menos no puede ni debe presentarse como 
causa de nuestra caída política, social y literaria, yaque 
hubo intolerancia religiosa y absolutismo monárquicp ' 
en otros- países durante el . mismo período, y dichos 
países se levantaron j mientras que España cayó como en 
profunda sima- 
Fijada asi la cuestión, y limitándonos solamente á la • 
literatura, vamos á hacer algunas ligeras- observaciones, 
procurando mostrar la mayor imparcialidad en iodo. 
Para ello conviene sin duda no dejarse arrastrar de la 
vanidad patrió ticíi; poro conviene también no dejarse 
seducir por tantos y tantos autores extranjeros, protes- 
tantes ó racionalistas los más, que por odio á la religión 
católica y hasta por envidia postuma de nuestro poderío 
de entonces, procuran denigrarlo todo, ponderando 
nuestros yerros, imputándonos mil maldades y encu- 
briendo no pocas excelencias y glorias. Larga es la lista 



50 

de los autores que no hablan de España sino para decir 
injurias crueles. Limitémonos á citar como modelos en 
esté género al americano Draper y al inglés Buckle. 

Hasta en los benévolos y aficionados á nuesiras cosas 
se descubre á veces el estrecho espíritu de protestantis- 
mo y el aborrecimiento á la civilización católica que 
perturban su juicio, y los llevan ora á no comprender 
bien mucho de lo que tuvimos de bueno ó de^ hermoso, 
ora á encarecer lo feo y lo horrible. 

Á pesar del respeto y gratitud que debemos al ameri- 
cano Jorge Ticknar, autor de la historia literaria de Es- 
paña más completa que se ha escrito hasta ^hora, no se 
ha de negar que peca bastante en el mencionado senti- 
do. Pongamos, como muestra de que no comprendió 
bien lo bueno y hermoso, el frío, pobre y sombro juicio 
que forma y emite acerca de Los nombres de Cristo de , 

, Fr. Luis de León. En una parte, no acierta á ver en • 
este libro más que una serie de largos discursos decía- 
matónos; en otra parte, juzgándole algo más detenida- 
mente, pone dicho libro como singular testimonio de la 
dbvocióny elocuencia y ciencia teológica de los españoles 

' de aquella época ^ con lo cual no se compromete mucho 
ni en pro ni en contra: añade que hay en dicho libro un 
sermón (¿y por qué no muchos sermones?) que no cede 
en mérito á ningún otro en cualquiera lengua, y acaba 
por considerar el libro como una colección de declama- 
ciones. Infiérese de todo ello que Jorge Ticknor no ha 
leído el libro, le ha hojeado sólo y no le ha entendido 
bien, concretándose á estimar, no el fondo, sino la for- 
ma, esto es, la prosa rica, castiza y pura, por la cual co- 
loca á Fr. Luis entre los grandes maestros de la elocuen- 
cia española. 



51 

Para nuestros dramas sagrados y autos, más son las* 
censuras acerbas que las alabanzas de Ticknor. De Tirso 
ni mienta siquiera El Condenado por desconfiado* {^b^no 
en nota y al hablar de La Devoción de la Graz^ de Cal- 
derón), concretándose á afirmar que sus dramas á lo di- 
vino compiten en ecotravagancia con los de los demás 
autores j aunque no los aventajan^ porqice era difícil lie- 
gar d más. Con El Burlador de Sevilla no se muestra 
Ticknor más piadoso, por más que el genio de Mozart 
haya ido familiarizando d la sociedad culta y elegante^ 
esto es, á la gente que no vive en España, con, sus som- 
bríos y chocantes horrores. En suma, Tirso, cuya Ven- 
ganza de Ta/narj cuya Prudencia en la mujer, así como 
otros dramas trágicos y heroicos, ó no conoce ó no re- 
cuerda Ticknor, no es más, para este crítico, harto desr-' 
provisto del sentido de la poesía, que un poeta cómico, 
fácil, chistoso, buen versificador' y buen hablista; pero 
indecente, inmoral, chiocarrero, deshonesto y extrava- 
gante. 

Por los ejemplos citados se puede calcular lo poco que 
levanta el vuelo el entusiasmo de Ticknor para enco- 
miar á nuestros autores. Traduzcamos y compendiemos, 
para que la frialdad ó el desdén de Ticknor resalte más, 
algo de lo que dice Schack de Tirso en las 57 páginas, 
casi todas de alabanzas, que le dedica: <Si bien tene- 
mos que lamentar la pérdida de muchas obras del fe-, 
cundo Maestro, aún nos quedan bastantes para que con 
ellas se conciba agotada la más débil fuerza productiva 
de muchos famosos poetas, y para que nos llena de pas- 
mo la inexhausta inventiva de quien las compuso. La 
abundancia y variedad de estas obras es tan grande, 
que es empresa dificilísima el caracterizarlas y clasifi- 



5á 

carias. Tirso eS un encantador que sabe tomar las más 
diversas figuras. Apenas creemos que nos apoderamos' 
de su fisonomía, cuando toma otra. El brillo de su poe- 
sía forma mil iris y cambiantes, y burla nuestro empe- 
ño por reñejarle en el espejo de la crítica. Las mismas 
faltas del autor, que np pueden negarse, están circun- 
íladas y como vestidas de tan deslumbradores destellos 
poéticos, que es fuerza apoyarse en toda circunspección 
para no entregarse á una admiración sin* límites por sus 
dramas.. íU teatro de Tirso se parece á aquel país de las 
hadas, que nos pintan los poetas románticos, donde 
rautivan los sentidos y el corazón del peregrino sones ' 
misteriosos y embriagadores perfumes; donde serpen- 
tean mil sendas que ygi le llevan por lozanos verjeles, 
ya por amenos valles, desde abismos que causan vérti- 
go hasta montañas que tocan el cielo, y donde se oye 
en las gratas la voz burlona de los gnomos y de los 
duendes, y los silfos se mecen en el aire, y el sol de la 
' poesía, hasta sobre los cailiinos extraviados, basta sobre 
los derrumbaderos y precipicios, vierte su lumbre en- 
cantadora. Por cierto que debe de ser muy frío el críti- 
co que ño sienta deseo de abandonsírse sin reparo á •poe- 
sía tan hermosa, y muy poco capaz de sentirla y com- 
]irenderla el que no conozca que hasta aquello que pasa 
por defecto, según reglas rutinarias, es»belleza relativa^ 
considerado como parte necesaria de un grande orga- 
nismo y como emanado de un alto espíritu poético, ge- 
nial y espontáneo!» 

Schack, como Ticknor, ve en Tirso un poeta cómico, 
pero no grosero, ni chabacano, sino todo lo contrario. 
<¡Guán distinto, dice, es el chiste siempre poético de 
Tirso, de las secas frialdades que suelen llamarse chistes 



< 



53 

entre nosotros! Como abeja entre rosales vaga volando 
el genio del poeta en el jardín florido de la fértil poesía. 
Es verdad que como la abeja tiene aguijón, pero tam- 
bién tiene mieL Tirso no perdona á los poderes del cié-, 
lo ni á los de la tierra; pero con el dulce bálsamo de la 
•poesía sana al pur^to qut hiere. El atrevimiento de sus 
arranques satíricos contra losNgrandes de la tierra, con- 
tra la corte y los cortesanos, contra los frailes y los clé- 
rigos, es singular en la literatura española, y causa ma- 
ravilla la libertad de la escena^ donde resonaban públi- 
camente tales sátiras en un tiempo en que el poder Je 
la Inquisición había llegado á su apogeo, í> 

Si no nos llevase esto muy lejos de nuestro propósito, 
aún traduciríamos ó extractaríamos más del encomio 
que Schack hace de Tirso. 

No podemos resistir, con todo, á la tentación de po- 
ner aqní, otros tres ó cuatro párrafos aislados: «También 
para el idilio puro, sin mezcla de sátira, posee Tirso un 
incomparable talento, y aprovecha con predilección to- 
das las ocasiones que se presentan para lucirle; pero sus 
creaciones de esta clase no se parecen en nada á aquel 
linaje afectado de poesía pastoral que gustó tanto en 
toda Europa, sino que son la existencia real y las pa- 
siones mismas de los campesinos españoles, realzadas y 
presentadas poéticamente con hechicera candidez y con 
frescura y vivacidad inimitables.» Como poeta trágico, - 
dice Schack de Tirso al hacer el análisis de La vengaTV- 
za de Tamar: <Sólü pocos poetas españoles han levan- 
tado á tanta altura la poesía como Tirso en esta obra 
maestra.» Como poeta heróico-dramático, lé ensalza aún 
más al hablar de La prudeíicia en la mujer. Gomo poe- 
ta psicológico que penetra con escrutadora mirada en lo 



54 

más profundo del corazón, le encomia sobre todo en 
Escarmientos para el cuerdo; y, por último, como poeta 
dramático á lo divino, casi le pone Schack por cima de 
todos los demás poetas al examinar su Condenado por 
desconfiado^ obra que <en rasgos de fuego lleva impresa 
la huella del espíritu religioso de entpnces, extraño es-* 
piritu, apenas comprensible para los hombres de abo- 
ca. > < Aunque Tirso, dice Schack al terminar el análi- 
sis, no hubiera escrito más que este drama maravilloso 
y hondamente conmovedor, nadie podría negarle el tí- 
tulo de gran poeta. > 

Con lo dicho se ve la contraposición. Para Ticknor^ 
Tirso no pasa de ser un fraile ingenioso, deslenguado y 
verde, sainetista chocarrero y satírico; para Schack, es 
un gran poeta por todos estilos. Dudamos de que en elo- 
gio de Shakespeare pudiera decir mucho más que lo que 
en elogio de Tirso dice. La divergencia que se advierte 
en este caso particular se pudiera advertir y señalar en 
otros muchos, por lo. cual, si aun conocidos los hechos 
cada uno los juzga á su modo, ¿qué esperanza hay de 
que sa convenga en las causas? 

En algo, sin embargo, es menester convenir. Ponga- 
mos, pues, como fuera de duda que las dos más bellas 
manifestaciones del ingenio español en los siglos xvi 
y XVII son la poesía épico-popular y la poesía dramática: 
los romances y el teatro. Añadamos á esto la novela en 
prosa, pues aunque no tuviésemos más que el Quijote, 
eclipsaríamos aún todas las otras literaturas. No se pue- 
de negar además que en poesía épica artificial y erudita 
tenemos una copia asombrosa de obras estimables; en la 
lírica no somos inferiores á ninguna otra nación duran- 
te el mismo período; nuestros historiadores de entonces 



55 ' 

tal vez venzan á los de los demás pueblos en calidad y 
en número, y poseemos, por último, notables juriscon- 
soltos y escritores políticos, y un rico tesoro de místi- 
cos y de ascéticos. 

Importa declarar, no obstante, que de todo esto más 
se ha estudiado hasta ahora la forma que el fondo. Ya 
íenemos historia de la amena literatura, de las obras de 
entretenimiento; pero la substancia de la cultura españo- 
la y el desenvolvimiento intelectual de nuestro espíritu, 
están poco estudiados. 

¿Por qué negarlo? Casi nadie lee en el día nuestros li- 
bros de devoción- Si los hojea algún aficionado á las 
letras j suele prescindir de las ideas, y sólo se para en lo 
sonoro de las frases, en lo castizo de los giros y en la 
riqueza y primor de la lengua. Y, sin embargo, ¿qué aná- 
lisis psicológico más sutil y atinado, qué metafísica más 
profunda, qué admirables intuiciones de lo infinito en 
su relación con lo finito no suele haber en ellos? El se- 
ñor Rousselot^ un francés, ha sido el primero que críti- 
camente ha desentrañado y expuesto algo de aquellas 
doctrinas, y, aunque su obra deje mucho que desear, de- 
bemos inclinarnos agradecidos, pues nadie en España lo 
iiabía hecho mejor, ni acaso de ningún modo, antes de 
que él lo hiciera, 

Rousselot, como casi iodos los franceses cuando tra- 
tan de nuestras cosas, no puede prescindir de hacernos 
nn disfavor al lado de un favor. Es cierto que da á co- 
nocer á nuestros místicos y expone su filosoíía; pero 
afirma que jamás hemos tenido más filosofía que la de 
ellos. Sentencia es esta de la que podemos apelar, pero 
de la que no podemos quejarnos, porque nuestros sabios 
modernos van más allá aún en el desdén- El importa- 



56 

dor de la filosofía krausista en España y uno de sus más 
aventajados discípulos, en artículos recientes, por otra 
parte merecedores de alabanza, afirman que la imagi- 
nación estética ha sido bien cultivada en España y ha 
dado s?izonádo fruto, pero que la razón no; que hemos 
, tenido buenas comedias, novelas y otras obras de pasa- 
tiempo; pero que en ciencias y en filosofía hemos valí- 
do poquísimo, sin duda poique la compresión intelec- 
tual y el fanatismo religioso han tenido como embo- 
tada y atrofiada, en nuestra alma, una de sus más no- 
bles facultades. 

Ya se ¿entiende que tan cruel afirmación se refiere á 
los últimos siglos, y no á la Edad Media ni á las anti- 
guas edades. En la Edad Media convienen todos en que 
hemos tenido notabilísimos sabios, filósofos y pensado- 
res, aunque, más que ortodoxos^ mahometanos y ju- 
díos. Eruditos y críticos extranjeros lo ponen fiíera de 
duda (^): Renán estudiando á Averroes y su prodigiosa 



(4 ) Menester es no olvidar aqai, como muy honrosa excepción, los Ef- 
ludios sobre el famoso f\^imando Lnlio, publicados, pocos años bá, por 
nuestro compañero D. Francii^po de Paala Canalejas. El filósofo mallorquín 
está,, en dichos Estudios, ja/gado con profundidad, si bien qni2ás más en- 
comiado de lo justo; pero algo se ha de conceder á la reacción, que no 
pued^ menos de dejarse sentir en esto como en todas las cosas. 

Lulio había sido harto maltratado por muchos autores, .entre los cuales 
no pocos españoles. El P. Feijóo le desprecia en sus Cartas eruditas: y 
en aquella graciosísima sátira literaria de El Café, donde no sabe uno 
de qué admirarse más, si del ingenio, sal ática y rico tesoro de chistes del 
autor, ó dé su mezquina crítica, y donde queda en duda si D. Pedro es 
más pedante y más insufrible que D. Hermógenes, Moratín se burla- del, 
pobre Raimundo Lulio con un epigrama indeleble. 

Colocan muchos entre los lulianos á Raimundo Sabunde, filósofo del 
ligio XV, que tuvo gra^i celebridad también en tierras extrañas. Montaigne 
le tradujo al francés; pero yo entiendo que no porque Montaigne se entu- 
siasmase con Sabunde, si;io por cumplir un mandato de^ su padre. En la 
Apología de Sabunde, que es el más extenso de los BnsayoSj le elogia mu- 



57 

influencia en la filosofía escolástica y d,el Renacimieuto, 
y Munck, Franck, Sachs, Geiger y David Gassel, tra- 
duciendo las obras ó encomiando y celebrando las doc- 
trinas de Ibn Gebirol, de los Ben-Ezrá, de Maimónides, 
de Jehuda de Toledo y de otros, compatriotas *nués-r 
tros y gloria de España, por más qué no fuesen cató- 
licos. 

Pero el amor patrio nos ha hecho clamar contra el 
desprecio por nuestra ciencia, y sobre todo por nuestra 
filosofía, desde el Renacimiento hasta ahora; y han jsur- 
gido celosos defensores de que hubo filósofos en España 
y hasta verdadera filosofía española, entre los cuales 
merecen citarse nuestros compañeros correspondientes 
D. Gumersindo La verde y D. Adolfo de Castro, el joven 
Sr. Menéndez Pelayo, y los Sres. Ríos Portilla y D. Luis 
Vidart, el cual hasta ha formado y publicado un tomo de 
apuntes para la historia de nuestra filosofía. 

Fácil nos sería citar aquí multitud de nombres de pe- 
ripatéticos, platónicos, estoicos y eclécticos, entre todos 
los cuales se levantan, á lo que parece^ Vives y Foxo 
Morcillo. Pero francamente: sq citan estos nqmbrep, se 
supone que valieron mucho los sabios que los llevaron, 
y apenas sabemos lo que dicen, porque casi nadie los ha 
leído. Las pocas obras filosóficas que, como tales, ha 
publicado la biblioteca de Rivadeneyra, nos compungen 
y descorazonan. Quedan, pues, hasta el día, como único 



eho, no obstante: le llama tres suffisant homme et áyant plusieurs belUs 
parties; y asegura que «el propósito de Sabuiíde es atrevido y valeroso, 
ya qae acomete la empresa de establecer y probar con razones bnmanas 
y natarales, eontra los ateístas, todos los articalps de nuestra religión; en 
lo coal, á decir verdad, le hallo tan firme y dichoso, que nt) creo posible 
hacerlo mejor en este negocio, y. me parece qué nadie se le ha igualado.» 



58 

tesoro filosófico español de los siglos xvi y xvii, algo co- 
nocido y explorado por la crítica moderna, los místicos 
y quizás un poco de los teólogos dogmáticos. Y debemos 
perdonar á los eruditos y aficionados del día, porque es 
pedir heroicidades pedir que alguien se ponga con pa- 
ciencia á estudiar y á extractar volúmenes en folio, en 
latín casi todos, á fin de resumir, exponer en castellano 
y juzgar doctrinas que á pocos españoles interesan, y 
que nadie se tomaría el trabajo de leer con atención pa- 
ra entenderlas, achacando lo de que no las entendía á 
lo enmarañado del lenguaje. 

Seay pues, por lo que sea, no se puede negar que que- 
da algo en duda si hemos tenido ó no, en la época á que 
nos referimos, verdaderos y grandes filósofos. Pero de- 
mos por supuesto que los hubo, como presentimos y 
creemos y deseamos, aunque no lo sepamos de fijo. De- 
mos también por supuesto que tuvimos entonces médi- 
cos, matemáticos, naturalistas y filólogos insignes. Afir- 
memos que no quedó ramo de actividad del espíritu en 
que no floreciésemos; que nuestros publicistas abrieron 
á Grocio el camino; que nuestros teólogos prevalecieron 
en Trente; que Melchor Gano inventó una ciencia nue- 
va; que en las artes del dibujo vencimos á todos los pue- 
blos menos á Italia; que tuvimos arquitectos gloriosos, 
hábiles escultores en piedra, bronce, madera y barro, 
plateros y joyeros rivales de Celini y hasta herreros ad- 
mirablemente artísticos; y que nuestra 'música, que 
duerme olvidada entre el polvo de los archivos de las 
Catedrales, compite con la italiana y puede presentar 
nombres, que debieran ser ilustres, como los de Salinas, 
Monteverde, Pérez y .Gómez. Júntense á todo ello nues- 
tras riquezas poéticas y literarias, ya que la amena lite- 



ratura de entonces nos es bien conocida, y tendremos 

un florecímienío intelectual asombroso y adecuado á 
nuestra grandeza política como nación. 

Pero lo dichOj en vez de resolver la duda, la compli- 
ca T la hace más dificiL ¿Qué causa hubo para que tan- 
ta fecundidad, tanta exuberancia, tanta virtud especu- 
lativa, tanta vida del alma, se secase de súbito y hasta 
se oUidase, aun entre nosotros que la habíamos vivido, 
viniendo á caer España en un marasmo mental, en una 
sequedad y esterilidad miserable de pensamiento, ó en 
extravíos bajos y ridículos, de todo lo cual no salimos 
sino para seguir humildemente á los extranjeros, como 
satélites sin espontaneidad, como admiradores ciegos y 
como imitadores casi serviles? ¿Qué causa hubo para tal 
abatimiento, del que no hemos salido del todo? La per- 
versión vino primero, y la degradación después. Desde 
las obras de ambos Luises, de San Juan de la Cruz y 
Santa Teresa, descendimos á las del P, Boneta y á las 
de otros más deplorables, que sirvieron de modelo á 
Fr. Gerundio; de las comedias de Calderón, pasando por 
Cañizares y Zamora, llegamos á Comella, Luis Moncin* 
y Fermín del Rey, arquetipos de D, Eleuterio; desde 
Garcilaso, Rioja y los Argensolas, bajamos á Montoro, á 
Benegasi y al cm^a de Frulmc; y desde el romancero del 
Cid, que Hegel pone por lo más noble, bello, real é ideal 
á la vez, que ha inspirado la musa épica después de los 
poemas de Homero, fuimos humillanflonos hasta no pro- 
ducir sino romances de guapezas y desafueros de bandi- 
dos, como el de Francisco Esteban; de chocarrerías y 
desvengüenzas, como el del fraile fingido; de falsos y 
absurdos milagros, y hasta de fenómenos raros y mons- 
truosos, como el de la mujer que parió trescientos hijos 



de un parto. Así justificamos toda la burla de los pseudo- 
clásicos á la francesa. 

¿Fué causa de la humillación el despotismo de los re- 
yes austríacos? No se niega qne los reyes austríacos fue- 
ron despóticos; pero esté mal no fué exclusivo de Espa- 
ña. El movimiento general en toda Europa era enton- 
ces hacia la concentración del poder en manos de los 
monarcas, y nunca llegó á. tanto en España como llegó 
en Inglaterra bajo los Tudores, y en Francia bajo el que 
llamaron Luis el Grande y dio nombre á su .siglo. Ingla- 
terra y Francia Se levantaron con todo bajo aquellos 
despotismos, mientras que España descendía. 

¿Fué la atroz crueldad de la Inquisición la que atajó 
el vuelo de nuestro espíritu, ahogando en sangre nues- 
tra cultura? Miradas imparcialmente las cosas, parece 
que no. Pues qué, ¿en los demás países no se atenacea- 
ba, no se quemaba viva á la gente, no se daban tormen- 
tos horríbles, no se condenaban á espantosos suplicios á 
los que pensaban .dé otro modo que la mayoría? La In- 
quisición de España casi era benigna y filantrópica com- 
•parada con lo qué en aquella edad durísima hacían trí- 
bunales y gobiernos y pueblos en otras regiones, donde, 
lejos de decaer, se han levantado. Todos los moros, ju- 
díos y lierejes xjastigados ó quemados en España por la 
Inquisición .durante trescientos años, no igualan en nú- 
mero, por confesión de Schack, á sólo las infelices bru- 
jas quemadas vivas en Alemania nada más que en el si-^ 
glo XVII. En Francia, sin contar los horrores de las gue- 
rras civiles, sólo en la espantosa noche de San Bartolo- 
mé hubo más víctimas del fanatismo religioso que las 
que hizo el Santo Oficio desdé su fundación hasta su 
caída. De Inglaterra no hay que hablar: pueblo enton- 



' * 

ees más bárbaro y feroz que el centro y el mediodía 
del continente europeo ^ derramaba la sangre á to- 
rrentes, * . > 

Nosotros tuvimos cinoo anos en la cárcel á Fr^ Luis de 
León, pero no padeció tormento, y al cabo se declaró 
su inocencia. En la cárcel pudo escribir el libro divino 
de Los nombres de Cristo y otras obras inmortales. En 
otra nación j y con los mismos émulos qué aquí tuvo, 
quizá no hubiera salido tan bien. No hay que olvidar 
que 4 Vanini le an^ancaron la lengua con unas tenazas , 
en Francia; que á Bruno le quemaron vivo en Roma; - 
que en Ing^laterra ajusticiaron á Tomás Moro^ y que á 
nuestro compatriota Miguel Ser ve t le hizo matar Calvi^ 
no en Crinebra* • 

, Por más que hayan fiuerído los protestantes engala- 
narse con el lauro de que la libertad religiosa vino por " 
ellos, la Historia les niega este lauro. Guizotj protestan- 
te, tiene la franqueza de con fosarlo. Toda í^ecta disi- 
dente ha sido tan fanática y tan intolerante ó más que 
los católicos durante la lucha. Sólo los progresos de la ^' 
razón, con la imposiltilídad de exterminarse unos á 
otros, trajo la tolerancia, y la libertad en pos de ella, la , 
cual no ha nacido del seno de ninguna Iglesia, sino de . 
la conciencia humana en general, iluminada al cabo por 
el verdadero espíritu de Cristo y comprendiéndole con ; 
rectitud. • 

, ¿Se originó quizá la perversión y corrupción do nues- 
tra ciencia y literatura do la ignorancia de los inquisi- 
dores? Nos parece que tampoco. En aquellos siglos el 
clero español sabía más que los legos, y los inquisido- 
res eran de la3 personas más ilustradas del clero es- 
pañol. * ' w r • 



^w 



¿Provino nuestíra caída de la alianza entre la teocra-r 
cia y el poder real para oprimir al pueblo? Pero ¿dónde 
ha habido mayor alianza entre ambas potestadas que en 
Inglaterra, donde el jefe de la Iglesia y el del Estado se 
confundieron en uno? 

¿Atribuiremos, por último, los males que aquí se la- 
mentan á la duración, regularidad y constante vigilan- 
cia de la Inquisición? La duración de las persecuciones, 
ya en un sentido, ya en otro, fué lá misma en todas-par- 
tes. Y en cuanto á la regularidad, no se explica qué 
. ventaja lleve lo desordenado á lo ordenado. Antes bien, 
los parciales de la Inquisición pueden decir, miradas así 
las cosas, que aquel terrible Tribunal contribuyó á que 
gozásemos de una paz relativa, mientras otras naciones 
ardían en guerras espantosas que, como en Alemania, . 
duraban treinta años. 

La tiranía, pues, de los reyes de la Casa de Austria,, 
su mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no 
fueron causa de nuestra decadencia; fueron meros sín- 
tomas de una enfermedad espantosa que devoraba el 
cuerpo social entero. La enfermedad estaba más honda. 
, Fue una epidemia que inficionó á la mayoría de la na- 
ción ó'á la parte más briosa y fuerte. Fué una fiebre de 
orgullo, un delirio de soberbia que la prosperidad hizo 
brotar en los ánimos al triunfar después de ocho siglos 
en la lucha contra los infieles. Nos llenamos de desdén 
y de fanatismo á la judaica. De aquí nuestro divorcio y 
aislamiento del resto de Europa. La parte más ilustrada 
del clero, los mismos inquisidores, los mismos reyíBs, 
más bien que impeler, tuvieron qug refrenar la corrien- 
te de la intolerancia. Felipe II tuvo que luchar contra la 
opinión pública para no expulsar á los moriscos y dejar 



esta írisíe gloria á su hijo. Nos creímos el nuevo pueblo 
de Dios; confundimos la religión con el egoísmo patrió- 
tico; nos propusimos el dominio universal, sirviéndonos 
la cruz de enseña ó de lábaro para alcanzar el imperio. 
El gran movimiento de que ha nacido la ciencia y la ci- 
vilización moderna, y al cual dio España el primer im- 
pulso, paso sin que le notásemos, merced al desdén ig- 
norante y al engreimiento fanático; y cuando en el si- 
glo XYiu despertamos de nuestros ensueños de ambi- 
ción, nos encontramos muy atrás de la Europa culta* 
sin poder alcanzarla, y oblígadoí^ a seguirla como á re- 
molque, 

Pero ¿cómo desconocer nuestros inmensos servicios, 
nuestra cooperación poderosa en esa misma cultura, por 
la que Europa lioy á su vez nos desdeña y se muestra 
tan ufana? 

Antes de que la mente del hombre so volviese con más 
brío al estudio de sí misma, y por último se elevase á 
Dios como causa primera y fundamento de todo, impor- 
taba conocer el universo- 

El primer capítulo, pues, de la historia de la ciencia 
y de la filusofía modernas le llenan los españoles. Antes 
de que vinieran Copérnico, Galileo, Kepler y Newton á 
magnificar teóricamente el concepto de la creación, era 
menester ensanchar y completar la idea del globo que 
habitamos* Esta misión heroica tocó á los españoles y 
portugueses. Sin su fe y su energía, Colón no hubiera 
descubierto la América; Gama no hubiera ido á la India, 
venciendo á Adamastor; Pizarro no hubiera explorado 
el Perú; ni Cortés el Anahuac; ni Orellana Imbiera baja* 
do por ríos desconocidos, con sólo diez compañeros, des- 
de Quito hasta al Amazonas y por el Amazonas hasta sa- 



64 

lir al Atlántico; Balboa no hubiera descubierto el Pací- 
fico, salvando las montañas del istmo que le separa del 
otro Océano; y Magallanes, por último, cruzando el es- 
trecho que pone en comunicación amibos mares, casi 
en el extremo de la América meridional, no hubiera lle- 
gado * por Occidente á las islas del remoto Oriente. Tres 
meses y veinte días, sin ver más que agua y cielo, fué 
Magallanes, con sus compañeros valerosos, por el vasto 
y desierto mar que la imaginación fingía infinito: el 
agua se corrompió, y hubo que beber agua podrida; fal- 
taron los víveres, y hubo que alimentarse hasta de cue- 
ros remojados: los hombres morían diariamente de ham- 
bre, de miseria y de escoíbuto: muchos dudaban deque 
aquel mar tuviese término; pero Magallanes no quiso 
volver atrás, confiado en que la tierra era esférica por 
la sombra que proyecta en la luna cuando la luna, se 
eclipsa. <Nurica, dice un. historiador anglo-americano, 
denigrador y aborrecedor de los españoles, nunca, en 
toda la historia de las empresas humanas, hubo nada que 
excediese- á la de Magallanes. Aquel hombre tenía forra- 
do el corazón de triple lámina de bronce. Nunca se ha 
dado mayor muestra de sobrehumano valor,, de perse- 
verancia asombrosa, de resolución que no ceja ante nin- 
gún temor, ni ningún padecimiento, y de infiexibüidad 
que va derecha-á su fin rompiendo todos los obstáculos. 
Magallanes murió cerca de las Molucas; pero su nombre 
inmortal que^Jó para siempre' grabado en la tierra y en 
el cielo: en la tierra, en el estrecho (Jue enlaza ambos 
Océaüos; en el cielo, en la nube de estrellas que vio el 
audaz marino en la bóveda azul del hemisferio antar- 
tico 
Sebastián Elcano, segundo de Magallanes,, volvió á 



«8 

España, y puso en su escudo el globo terráqueo con este 
lema: Prhmts circumdedisti nie. 

Si la ciencia moderna^ si la moderna filosofía, si todo 
aquello de que se envanece el siglo presente, hubiera de 
marcar el día de su origen, y desde entonces se empeza- 
sen á contar los años de la nueva era que llaman los 
positivistas edad de la razón, contraponiéndola á la edad 
de la fe, esta nueva era no empezaría el'día en que Ba- 
con publicó su Novum organum, ni el día en que salió 
á luz el Método de Descartes, sino el 7 de septiembre de 
1522, día en que Sebastián Elcano llegó á Sanlücar de 
Barrameda en la nave Sania Vicíoría, 

Aunque no hubiéramos, pues, tenido grandes matemá- 
ticos, químicos, físicos y filósofos, bastaría para nuestra 
gloria el haber dado origen á todo ello; el haber dado 
impulso al movimiento del espíritu humano que supo 
crearlo. 

Además, en esto de la historia de la filosofía hay que 
aplicar con frecuencia la moraleja de la fábula titulada 
Bl león vencido por el ho}nbre. En ninguna historia de 
otro género puede decirse á cada paso con más justicia: 
Y no fué león el pintor. Cada cualj según su nacionali- 
dad, escuela ó secta, reparte, como mejor le cuadra, los 
papeles, la gloria y la importancia de los personajes. 
Pongamos por caso á Bacon» Unos le dan tanto mérito, 
ó más aún, que á Descartes, asegurando que de él dima- 
nan todos los progresos de las ciencias experimentales, 
y le contraponen á Descartes, fundador de la filosofía 
espiritualista y psicológica* Entre ambos reparten toda 
la gloría: éste es padre de la ciencia del no-yo; aquél de 
la del yo. Pero novísimamente Bacon cae en descrédito, 
y no ya los espiritualistas, sino los mismos positivistas 



66 

y empíricos, lé 'tratan con la mayor dureza. Le tildan 
de ignorante, de preocupado y de charlatán presuntuo-7 
so. El ídolo de Bacon cae por tierra. En su Novum orgq- 
nwn ya no hay nada fecundo. Todos los 46scubrimien- 
tos se han hecho á su pesar. Bacon estaba lleno de mi- 
ras estrechas; no sabía palabra de matemáticas ni de 
ciencias naturales, y murió sin llegar á convencerse y 
negando siempre que la tierra se movía. Draper excla- 
ma en su furor contra él: <Tiempo es ya de que el sa- 
grado nombre de filosofía se purifique de su larga cone- 
xión con el de ese impostor de ciencia, político acomo- 
daticio, leguleyo insidioso, juez corrompido, amigo trai- 
dor y mal hombro 

Á Descartes^ á quien ponen unos como padre de la 
filosofía moderna, le niegan otros tal paternidad y tal 
gloria. ¿Por qué Spinoza ha de proceder de Descartes y 
no de sus compatricios, por españoles y por judíos, Ibn 
Gebirol y Maimónides? ¿Por qué Newton ha de contar 
como cartesiano? ¿Es sólo vanidad francesa, ó hay razón 
para afirmarlo así? Leibniz, aunque la filosofía de Des- 
cartes sea como antecedente de la suya, ¿no tiene otros 
elementos extraños que dan más valor .á su sistema? Si 
Descartes tomó no poco de Vives y de Gómez Pereira, 
¿parte de su gloria no redunda en pro de aquellos espa- 
ñoles? Pero todo esto está en el aire, cuando sobra quien 
niegue á Descartes todo merebimiento. Los néo-tomis- 
tas, renovadores de la escolástica, le desdeñan. Gioberti 
le juzga un mezquino y lastimoso metafísico. 

Ha venido después la gran escuela alemana, con sus 
cuatro soles y multitud de satélites; y Hegel se ensober- 
bece y declara que, desde Grecia hasta que filosofaron 
en Alemania, no ha habido verdadera filosofía. El fue- 



67 

go sagrado ,de la inspiración y el aliento fatídico que 
pronuncia los oráculos de la ciencia una y toda, están 
custodiados por los alemanés, nuevos Eumolpides que 
tienen las llaves de este otro santuario de Eleusis y que 
sólo saben sus misterios. 

En virtud de dicha sentencia, todos quedarnos iguales, 
salvo los alemanes y los griegos. • Al lado del zapatero 
Jacobo Boehm, Descartes se convierte en pigmeo. 

Vienen, por .último, los escéptioos de todas clases, los 
positivistas y materialistas: consideran ia filosofía como . 
aspiración imposible, delirio de la vanidad, humana, ó 
como tentativíi pueril de los hombres, cuando carecen^ 
aún de ciencia. Los filósofos alemanes y griegos se hun- 
den entonces como los demás mortales, y sólo imperan 
los matemáticos, los químicos, los médicos y los geó- 
logos. 

Decimos todo esto, no para invalidar la filosofía ni 
su historia, de lo cual distamos mucho, sino para que se 
vea cuánto pueden y valen el capricho, la moda, el or- 
gullo nacional y el interés de secta ó partido, en añadir 
ó quitar gloria, en hacer ó deshacer reputaciones, según 
mejor conviene, al formar el cuadro sinóptico de la fiis- 
toria de la civilización en estos últimos siglos» 

Para introducir estos cambios y variantes no basta 
querer: es menester poder. Adquiera España nueva 
prosperidad; pónganse los treses á 50; brillen entre nos- 
otros la- poesía, las artes, el comercio y la industria; 
figuremos de nuevo eñ el concierto de las naciones euro- 
peas como potencia de primer orden, y entonces, si se 
nos antoja, tal vez hagamos creer que Vives fué superior 
á Descartes; que Foxo Morcillo, concillando á Platón 
con Aristóteles, fué el precursor del racionalismo armó- 



68 

nico, y hasta que el P. Fuente la Peña, en iju Ente dili^ 
üidado^ allanó el camino á Dai^win y á Haeckel. 

Á fin de llegar á tan buen término son indispensables 
dos condiciones: no divorciarnos de nuestro propio espí- 
ritu , no renegar de él como en el siglo xviii, y no ais- 
larle tampoco como en el siglo *xvii, sino ponerle sin te- 
mor en medio del raudal de las ideas de nuestro siglo, 
para que se nutra y robustezca con ellas, sin perder su 
esencia inmortal y su. propio carácter. 

Bien podremos entonces estar seguros de que si imita- 
mos á los filósofos modernos alemanes, pondremos al ca- 
bo en sus filosofías un sello tan*castizo, que las haremos 
propias, al modo que nuestros, grandes místicos, imi- 
tando y citando también á los místicos alemanes como 
Suso, Tauler y Ruysbüoeck, fueron originalísimos (0; y 



(1] Esta imitación de los místicos alemanes por los místicos españo- 
les praeha que la grande originalidad no proviene de aislarse, sino de 
conocer lo que los otros dijeron y añadir algo del caudal propio. Rousse- 
lot niega que los nijsticos alemanes hayan ejercido la menor induencia en 
los españoles, ya porque escribieron en alemán; ya parque sus obras» me- 
nos las de Iluysbroück, fueron condenadas por panteísticas. «No se en- 
cucDtra, dit^c Rousselot, vestigio alguno en Ids escritos de los españoles, 
por donde se pueda suponer que se han inspirado en los alemanes.» P^ro 
Roussdot, á mi ver, afirmó esto muy de ligero. Yo, á la verdad, no re- 
cuerdo haber 1^» liado jamás citado al Maestro Eckart, Hegél y Schelling, á 
la vez de aquella escuela, en ningún místico español; pero las doctrinas 
de Eckart debieron ser mediatamente conocidas, merced á Dionisio Car- 
tDJauo, que las reproduce. Y en cuanto á los otros místicos alemanes, que 
son como discípulos de Eckart y predecesores de Heí^el, no sólo han sido 
leídos por nuestros místicos, sIqo citados á cada paso con extraordinarios 
elogios» El ilumÍDádo y extático P. Fr. Miguel de la Fuente da testi- 
monio do lo dicho en su^ Tre$ vidas del hombre. Suso, Tauler, Ruys- 
broeck, Hnrph y otros alemanes, vienen citados por él con frecuencia. Y 
en prueba de que confesaba el influjo de los alemanes, no ya sólo en él. sino 
en otro9 místicos españoles de más fama, diremos lo que pone al hablar 
de la suspensión del hombre íntimo: «Todo esto que hemos dicho, lo dijo 
aUisímamcntQ Rnsbrochlo, varón gravísimo y muy ilustrado de Dios, en 



69 

Men podremos estar seguros de que, más hoy que en el 
siglo xvn, todo español dejado en plena libertad entre 
Lutero y San Ignacio, preferirá á San- Ignacio y dejará 
áXutero. Y en efecto, hasta para cualquier español des-^ 
creído y racionalista vale más que el fraile fanático y 
medio loco, envidioso de las" artes y esplendores- de los 
pueblos neo-latinos, y en pendencias y dimes y diretes 
groseros con el mismo demonio, aquel hidalgo converti- 
do de repente, herido por Dios como Israel, y suscitado 
por Dios contra el heresiarca, el cual, para combatirle 
y para cumplir al mismo tiempo la obra de misericordia 
de enseñar al que no sabe, buscó compañeros como el 
Apóstol de Oriente, y con sólo su palabra, sin ejércitos 
y sin favor y auxilio de soberanos, fundó el imperio más 
extraño del mundo, imperio que dura aún, y que á la 
muerte de su fundador se extendía ya por Alemania, 
Francia, Italia, España, Portugal, ej Brasil y la India, 

un libro que intituló De los grados del amor. Nuestra Santa Madre Teresa 
de Jesús, en su Vida, lo comentó divinamente.» El mismo iluminado y 
extático Fr. Miguel describe lo que es el centro del alma, con palabras to- 
madas de Ruysbroeck y de Suso: aLo substancial del alma, dice, es la par- 
te máÍ9 excelente que hay en ella, la cual pende del mismo Dios; es inmó- ' 
yil, más alta sin comparación que el cielo más supremo, más profunda 
que el abismo del mar, más ancha y más extendida que el. mundo todo, 
porque la naturaleza espiritual excede incÍ>mparablemente á todo lo cor- 
póreo; y esta esencia ó substancia del alma es el reino natural de Dios, 
término y ñu de las operaciones del alma, y no hay criatura de las espiri- 
tuales y celestiales que pueda llenar su capacidad según es inmensa, sino 
sólo Dios, que es la esencia de su esencia y la vida áe su vida.» 

Con lo expuesto sobra para probar que se i9quivoca.Rousselot al afirmar 
que no hay vestigio en nuestros místicos de que imitasen á los alemanes. 
T con lo expuesto, y con mil citas más que pudiéramos hacer, se proba- 
na que ni la Inquisición ni nadie era entonces en España tan asustadizo 
como ahora de que nos iofícionasen los alemanes con su panteísmo ó pa- 
nenteismo. 

El P. Fr. Miguel de la Fuente nació en 4573 y murió en 46i5. Vivió y es- 
cribió, por lo tanto^ en el siglo de oro de nuestra literatura. 



"nr 



•70 

I I 

conlando má& de cien casas ó colegios qué amenazaban 
avasallar el resto de la tierra. 

Pero así como éstas y otras grandezas españolas no se 
pueden atribuir á los Gobiernos, sino á la esponlaneidaji 
y al entusiasmo de toda la nación, asi tampoco debemos, 
si hemos de ser imparciales, culpar sólo á los inquisido- 
res feroces y á los reyes tiranos de la perversión y mise- 
ria en que caímos. ¿Qué tiranía había de ejercer el imbé- 
cil y débil Carlos 11? Ademán, cuando vemos hoy la ani- 
mación, bullicio y alegría de la calle de Alcalá en una 
tarde da toros, no se nos ocurre pensar que el Gobierno 
tiraniza al pueblo y le hace ir á los toros por fuerza* 
Pues con más gusto trabajaron los madrileños en levan- 
tar el ta'bladOj animándose con devotas exhortaciones; 
con mejor voluntad acudieron la corte y ochenta y cin- 
co grandes de España ^ y con más deleite presenció todo 
el pueblo el auto de fe de 1630, en que fueron condena- 
das ciento veinte personas, y de ellas veintiuna quema- 
lias vivas. 



DISCURSO 



DEL 



Emo. Su D. PEDRO ANTONIO DE ALARCON'". 



■ Señores: 

De los inolvidables, acabadísimos discursos que, á mo- 
do de monaraentos perennes, señalan vuestro sucesivo 
ingreso en la Real Academia Española, y cuya primo- 
rosa hechura he vuelto yo á admirar estos días, buscan- 
do en ella lecciones y ejemplos para mi tarea de hoy, 
resalta que todos vosotros, con venir acompañados de 
títulos y merecimientos que á mi me faltan, y ser por 
todo extremo dignos de una investidura que tanto ha- 
bíais de honrar, entrasteis llenos de confusión, timidez 
y reverencia en este Senado literario, templo de las le- 
yes del buen decir, donde los Proceres del Arta custodian 
y acrecientan el rico tesoro del habla de Castilla. Fácil- 
mente, pues, adivinaréis los afectos, muy más vivos y 
apremiantes, cuanto son más naturales y debidos, que 
agitan y conturban mi corazón en este solemne acto, y 
algunos de los cuales, dicho sea en desagravio de la jus- 

(t) Leído ante li Real Academia Española en Janta piibUca celebrada 
el día 35 de febrero de ÍS77 para qae el Sr. Alarcóii ocupara su phtQ dt 
¿cadémico Dumerana. 



7i 
ticia, sirven de castigo á la avilantez con que, abusando 
de vuestra indulgencia, pretendí la no merecida honra 

de apellidarme vuestro compañero, cuando en realidad 
yo había de venir aquí (¿para que negarlo?) á continuar 
siendo vuestro discípulo. 

Mucho más diría en esto; pero acuden á mi memoria 
los pulidos términos y galanas frases con que todos vos- 
otros, en tribulación análoga, que no idéntica, á la mía, 
expresasteis iguales conceptos^ y doleríame que, por 
desventajas de inteligencia y de estilo, apareciese hoy 
menos elocuente y afectuosa la obligación de mi agrade- 
cimiento que ayer la noble humildad de vuestra modes- 
tia. Séame lícito, en cambio (y así me pondré en camino 
de llegar pronto al tema de este discurso), definir con in- 
genuidad, y en el llano y corriente lenguaje propio de 
mi afición á la novela de costumbres, la índole y natu- 
raleza de las encontradas emociones que siente el aman- 
te de las Bellas Letras cuando pasa del estado de escritor 
por fuero propio á la categoría oficial de Individuo de 
esta ilustre Corporación, ó explicar á lo menos las in- 
quietudes que experimenta con tal motivo quien, como 
yo, durante una larga y alegre estudiantina literaria, 
sólo ha campado por su respeto. 

Perdonadme, en gracia de la exactitud, el atrevimien,- 
to del símil que voy á emplear; perú la verdad es que, 
cuando considero el cúmulo de cuidados y atenciones 
que he echado sobre mí al atravesar esos umbrales (mis 
remordimientos por lo pasado, mis temores por lo futu- 
ro, el dolor por la libertad perdida, las reglas á que ten- 
dré que sujetar mi conducta, y los respetos que habré 
de guardar y hacer guardar en lo sucesivo), ocúrreseme 
que esto de entrar en la Academia se parece mucho al 



73 

acto de casarse. Experimento, si, señores, en este día la 
grave conmoción y saludable miedo del qae deja las In- 
munidades de mozo por los deberes de casado, con áni- 
mo y resolución de cumplirlos. Solicítase como una mer- 
ced lo mismo el cargo de marido que el de académico; 
agi^adécense como una dicha y una honra; ufanase uno 
de verse tenido en tanto por la señora de sus pensamien- 
tos; da las gracias, personalmente, á todos los individuos 
de su nueva familia; parócenle pocos todos los regalos 
(ó sea malos todos los discursos) que excogita para aga- 
sajar á la novia; no puede, en fin, estar más alegre y 
reconocido; pero llega el día del Sacramento ^ llega el 
día de jurar ante Dios el anhelado cargo, llega el día de 
hoy, en una palabra, y el académico electo, como el fe- 
liz contrayente, conoce que algo crítico, supremo y 
transcendental va á acontecer en su vida; que á sus ojos 
desaparece un horizonte y se abre otro, cual si estuviera 
atravesando la cumbre divisoria de dos comarcas, y que 
aquella solemne y decisiva hora, más bien es hora de 
abstracción y melancolía, de austeridad y sacrificio, que 
de profanas, amorosas complacencias. — De entonces en 
adelante, bien puede decir d Dios el nuevo académico 
(dejemos por aliora al novio) á las libertades en materia 
de gusto, á las rebeldías contra los preceptos, á la inde- 
pendencia de sus juicios, á la impunidad de sus erro- 
res Pero ¿qué digo d Dios? ¡Lo perseguirá el recuer- 
do de sus piraterías literarias, y entrara en deseos de 
quemar cuantos escritos llevan su nombre, versos y pro- 
sa, comedias y novelas, y sobre todo los folletines de 
supuesta crítica, al rqodo que el recién casado arroja al 
fuego cartas, flores, efigies, perfumadas trenzas y demás 
testimonios no/p^sancíos de sus campañas de soltero! 



Con lo que acabo de decir quedan liquidados y salda- 
dos algunos créditos de mi conciencia, generosamente 
olvidados por vosotros, restándome ahora añadir que me 
punza tanto más en la ocasión presente el recuerdo de 
mis pecados literarios, cuanto que vengo á ocupar la 
vacante de un modelo de virtudes académicas (las tuvo 
da todo orden), escritor pulcro y moral desde los prime- 
ros años de su, vida, pensador siempre arreglado, poeta 
envidiable, humanista perfecto; útilísima abeja, digá- 
moslo así, en las arduas tareas de esta casa, donde se 
afanó constantemente por el bien y el aumento de las 
Letras españolas. — T^al fué D. Fermín de la Puente Ape- 
cechea. * * ^ 

Dé tan valiosas cualidades, que perpetuarán el renom- 
bre de aquel varón insigne^ sólo una traigo yo probada, 
y esa no con la nota de sobresaliente. La alegaré, sin 
embargo, como título á vuestra benevolencia, porque 
acredita cuando menos, de parte mía, un buen deseo de 
cumplir la más importante y sagrada obligación aneja á 
los oficios de poeta y escritor público que me arrogué y 
desempeño hace ya veinticinco años. — Y con esto he lle- 
gado al tema del presente discurso. 



Refiórome, señores, á la intención moral ízadora que 
siempre ha guiado los cortos vuelos de mi pluma, y que 
de igual manera deben, á mi juicio, llevar por delante, 
próxima ó remotamente, en todas sus creaciones^ cuan- 
tos desde el teatro ^ desde el libro, desde el lienzo, ó por 
medio de la triunfal estatua, aleccionan y dirigen, hasta 
cuando no lo pretenden, á la sociedad de que forman 
parte. En lo que á mí toca (y será ya lo último que os 



1» • 

diga con relación á mi insignífícante personalidad lite- 
raria), vuelvo á declarar que constantemente, en todo li- 
naje de escritos, sin excepción ninguna; me he propues- 
to lo que he considerado (no sé si con error 6 sin él) útil 
á mi patria y á mis conciudadanos, cuando trataba de 
cosas políticas; útil á la familia y á la sociedad , si ensa- 
yaba la novela; consolador del espíritu humano, cuando 
pulsaba mi pobre arpa; es decir, que siempre he tenido 
por norte el Bien, tal y como yo lo he discernido en ca- 
da circunstancia j y que, al azotar el vicio ó al ensalzar- 
la virtud, al cantar el amor ó celebrar la hermosura, 
más que á lucir ingenio con primores retóricos, he pro- 
pendido á que la belleza de la forma sirviese de esmalte 
Y gala á Ifi bondad ó á la verdad de mis doctrinas. 

No ostentara yo como un timbre tan pobre ejecutoria, - 
donde no hay quien no la posea en unión de otros bla- 
sones de más precio, ni viniera hoy á defender en este 
acto püblÍ9o, como tesis litigiosa y materia opinable, lo 
que durante miles de años ha sido máxima incbncuBa, 
si na hubiésemos llegado á tiempos en que es tal la fie- 
bre de las pasiones y tan horrible la consiguiente pertur- 
bación de las ideas, que ya corre válida por el mundo, 
en son da axioma estético y principio didáctico, la pere- 
grina especie, nacida en la delirante Alemania, adultera- 
da por el materialismo francés y acogida con fruición por 
el insepulto paganismo italiano, de que el Arte, inclu- 
yendo en esta denominación las Bollas Letras, es inde- 
pendíente de la Moral: de que, proscrito el Bien de los 
dominios de Apolo, la Belleza debe servir.de único tér- 
mino ideal ó exclusivo objeto de atribución á los poetas 
y á los ai'tistas, y de que Bien y Belleza son, por lo tan- 
to, conceptos separables. ¡Es decir, que, según los fla- 



76 
mantés críticos, cabe que al espíritu humano le parezca 
bello lo ocioso, bello lo nulo, bello lo indiferente, y has- 
ta l>ello lo malo, lo injusto, lo inicuo, lo aborrecible!-.. 
Ni ¿tfué sabemos? ¡Acaso, para explicar ese dualismo de 
juícius y esa contradicción de fallos en un solo tribunal, 
supongan que el alma del hombre está, como si dijéra- 
mos, dividida en negociados, ajenos é independientes en- 
tre sí, de modo y forma (jue con un pedazo del espíritu se 
pueda amar lo que se desprecia ó se abomina con el otro; 
dosconocicndo así los ilusos que nuestra alma, inmate- 
rial 6 indivisible, es como misterioso sagrario donde, 
al calor de las ideas innatas y á la divina luz de la con- 
ciencia, se asocian, funden y armonizan (no sin conti- 
nuas victorias de la imaginación sobre los seijtidos) los 
varios afectos y confusas nociones que nos ofrece el mun- 
do exterior; con lo que, tras felices desengaños del mor- 
tal orgullo, despiértase en nuestro ser aquel ansia infi- 
nita do verdad^ bondad y belleza eternas y absolutas que 
ha producido todas las grandes obras humanas, y que 
es, á un tiempo mismo, vivaz estímulo de la mente, in- 
siiciable sed de justicia en el corazón, y perpetua melan- 
colía del descontentadizo sentimiento predestinado á go- 
ces inmortales! 

' No so me oculta que ese cisma literario, cuyo grito de 
guerra os tel Arte por el -4rfó> (frase puramente retóri- 
ca y de origen polémico, sin valor alguno científico, y 
cuya verdadera fórmula sería <el Arte por la Belleza>)j 
surgió en son de protesta y refutación contra los que, 
exagerando las legítimas aspiraciones de un excelente 
de^eo, sostenían que el Arte no debía ser más que una ex- 
presión religiosa, tan inmediata y directa como el culto, 
6 contra los que sólo veían en él un medio mecánico de 



77 

enseñanza, á la manera de los juguetes que sirven para 
que los niños aprendan Historia; doctrinas ambas inad- 
misibles en absoluto, por cuanto anulaban nobles y ma- 
ravillosos registros del complicado entendimiento huma- 
no, ora condenando el Arte á degenerar en un simbolis- 
mo caprichoso, especie de escritura jeroglífica, j á for- 
mar parte del ritual de cada creencia, ora reduciéndolo 
á la condición de instrumento útil, cuyo mérito habría 
por ende de graduarse, no en el orden estético, sino con 

arreglo á su eficacia y resultados Tero la verdad es 

que, por mucho error que hubiese en confundir los tres 
grandes términos de la actividad humana, subordinan- 
do íncondicionalmente á las leyes de la Bondad ó de la 
Verdad el concepto de la Belleza^ mayor lo hay, y más 
transcendental y peligroso, en éstos que proclaman el di- 
vorcio é incomunicación de las facultades de nuestro es- 
píritu, la negación de la unidad absoluta de nuestro ser, 
la división de nuestra conciencia, la ambigüedad de 
nuestro albedrío, el fraccionamiento de nuestra mente; 
—especie de cantonalisnio cerebral, en que el Arte, la 
Moral y la Ciencia descuartizan y se distribuyen el san- 
grado imperio del alma. 

Contra semejantes absurdos álxanse juntamente la R- 
losofía y los hechos; y éstas serán las dos partes en que 
To divida mis alegaciones, bien que compendiándolas 
todo lo posible, á fin de no cansaros demasiado. 



La Filosofía nos enseña que, si en el orden metafísico 
figuran como distintas las tres ideas capitales Bondad, 
Verdad y Belleza, es porque así se presentan á nuestra 
limitada razón^ la cual no puede reducirlas á un solo 



78 
concepto. No puede, no; lo reconozco de buen grado, A 
ser posible esa reducción, el mundo psicológico se regi- 
ría por otras leyes y la justicia so fundaría en otras ba- 
ses muy diferentes de las de hoy. Bastp decir, en lo 'res- 
pectivo á mi propósito {y como leve indicio de mayores 
absurdos), que, ppr resultas de la aleación de la Bondad , 
con la Belleza, Iqs preceptos estéticos tendrían sanción 
penal y la fealdad se castigaría como delito; cosa que tan 
abiertamente pugna con los dictados de nuestra concien- . 
cia, y que, dicho sea do paso, rechazaron hasta los mis- 
mos griegos del siglo de Pericles; lus cuales, en medio de 
su fanática adoración á la forma, se limitaron á penar la 
caricatura voluntaria. Pero la distinción no arguye con- 
tradicción; y si bien consideramos como distintas esas 
tres ideas supremas, las contemplamos en una armónica- 
unidad absoluta donde no cabe antagonismo: afírman- 
se, por lo tanto^ mutuamente, lejos de contradecirse, y 
refléjanse unas en otras como nobles hermanas de sor- 
prendente parecido; lo cual explica qiie en todo espíritu 
sano cause igual complacencia la justicia que la hermo- 
sura; la gratitud ó el heroísmo que el descubrimiento de 
las verdades trabajosamente inquiridas; la santa caridad 
que los sublimes espectáculos de la Naturaleza, resol- 
viéndose siempre todos estos afectos en una sola emocióii 
de misteriosa dulzura, en aquel llanto del alma que es la 
mejor ofrenda del entusiasmo! 

Según tales principios, cuando creemos notar una con- 
tradicción entre lo bueno y lo bello, debe de ser á lo su- • 
mo mera apariencia engañadora forjada por. un oculto* 
sofisma; que taml)ién los hay en el campo de la Estética, 
y no menos perniciosos que los de la Lógica. Soflsina 
estático es, por ejemplo, confundir dos ó más dé los ór- 



* 79 

denes en que la Belleza se particulariza, ó inferir corre- 
lata vatnente de semejante confiisIÓE una contradicción 
entre la Belleza y la Bondad. — Citaré un caso muy noto- 
rio de este paralogismo. Víctor Hugo quiso unir la be- 
lleza moral á la deformidad física en la figura de Quasi- 
modo. Nada censurable había en ello, porque, siendo de 
distinto orden las bellezas física y moral ^ cabe separar- 
las — y separadas ¡ay! aparecen en la realidad con 

harta frecuencia, bien que no por fortuna mía en las be- 
llas cuanto bondadosas damas que me escuchan Pero 

el sofisma nace cuando, en nombre de la belleza mora], 
Quasimodo solicita, no un afecto moral también ,- que era 
el con'espondiente á su mérito; no admiración , no gra- 
titud, no amistad del espíritu, sino el amor de Esmeral- 
da, el feudo de su hermosura, atjuel carino (digámoslo , 
de una vez) libre y tiránico como el gusto, en que, por 
disposición divina, tanto puede una bella cara y á cuyos 
mortales ojos son inseparables alma y cuerpo, ^Víctor 
Hugo se guarda muy bien de advertirnos, al llegará es- 
te punto de su obra, que la belleza moral de Quasimodo, 
6 sea su virtud^ se había trocado en una monstruosidad 
mayor que la de su físico desde el momento en que el jo- 
robado dio alas á aquella pasión leonina; pero tengo la 
seguridad de que el gran poeta repararía inmediatamen- 
te en su propio contrasentido, y de que, si pasó adelante, ' 
fué por desprecio á la penetración de sus lectores- 

Otro sofisma estético, mucho más grave sin duda al- 
guna, es sobreponer á una monstruosidad moral una be- 
lleza verdadera de diferente origen, y hacerlo con tal 
artificio que no sea fácil descubrir la incongruencia, — 
Vaya un ejemplo: Supongamos que el Partenón se des- 
tinara á guarida de facinerosos (lo cual ocurría efectiva- 



80 

mente hace pocos años), ó imaginemos que algún critico 
exclamase (cosa también verosímil): €¡Qué ladronera tan 
bella! > ¿Habría exactitud en este juicio? No. El Partenón 
no sería la ladronera: lo serían las piedras de que se com- 
pone, ó más bien el espacio entre las piedras compren- 
dido. El Partenón seguiría siendo una obra 'realmente 
bella, fruto de una inspiración sin igual, estimulada por 
los más nobles sentimientos humanos (la religión y el 
patriotismo), mientras que la tal ladronera^ es decir, los 
ladrones allí alojados, seguirían siendo feos, aborreci- 
bles, infames, á pesar de vivir bajo las puras columna- 
tas de un templo tan grandioso. — Ahora bien: todas las 
obras artísticas inmorales, todas las inaravillas litera- 
rias de argumento vil y frase obscena, son otros tantos 
templos convertidos en albergue de malhechores. Así 
anda la ruin lascivia entre los cincelados versos del Ars 
amandiy ó así habitan la impiedad y el cinismo en los 
severos moldes de los exámetros de Lucrecio. 

Pero admitamos por un instante que la Belleza no tie- 
ne el valor metafísico que nosotros le hemos otorga- 
do..... — ¿Qué pudiera ser entonces? ¿Sería, como preten- 
den algunos, el término exterior incógnito á que adapta 
su actividad lo que ha solido llamarse sentido estético ó 
sexto sentido? 

¡Ni tan siquiera se concibe tal conjetura! Para ello se 
requeriría que ese misterioso paladar del alma mostrase 
su acción umversalmente uniforme, reconociendo y sa- 
boreando la Belleza donde y como quiera que sé le pre- 
sentase; y sabido es que en nuestro globo no sucede na- 
da de esto! Antes ocurre todo lo contrario, como lo de- 
muestra, no ya la variedad, sino la incompatibilidad de 
fenómenos que oítece la raza humana en materia de 



84 

gustos, cual si el Supremo Hacedor hubiese querido evi- 
tar, entre otras complicaciones, el que todos los hombres 
se enamorasen de una misma mujer, ó el que las pobres 
feas lo fuesen por unanimidad de votos, — ¿Quién, pues, ni 
en virtud de qué término superior, podría dar la pauta 
de la Belleza, redactar su código, imponer sus precep- 
tos? Nadie absolutamente. ¡Cada sexto sentido defende- 
ría su derecho individual (que decimos ahora), y habría 
que admitir tantas Bellezas como gustos, declarando que 
todas eran igualmente legítimas y respetables!,,,, Pe- 
ro ¿qué digo? ¡Ni aun el gusto propio sería regla cons- 
tante para cada persona, pues las delectaciones y las 
preferencias varían con la educación, con la edad, con 
la costumbre y hasta con el cambio de condición y de 
circunstancias exteriores! ¿No tfemos mudado todos de 
aficiones artísticas y literarias en el transcurso de nues- 
tra vida? ¿No hemos cambiado de autores favoritos? 
¿Quién no se ha convertido de romántico en clásico, ó de 
clásico en ecléctico? ¿Quién no prefirió en su loca juven- 
tud las novelas de Balzac á la deManzoni, ó los estrópi- 
tos de Verdi á los suspirps de Stradella? ¿Quién no ha 
acabado por inmolar todas las beldades de Tiziano delan- 
te del /«aú6 del Spagnoletío? ¿Quien no ha variado de 
opinión, desinteresadamente, acerca de si los ojos ne- 
gros son más ó menos hermosos que los azules, sobre sí 
la hija de Kva debe ser menuda como la Venus de Medi- 
éis, ó recia como la Venus de Mi lo, y hasta respecto de 
la edad y sazón en que la mujer reúne mayores en- 
cantos? 

Hay más en contra de la teoría del sentido estético; y 
es que, no tan sólo no existen bellezas naturales ni ar- 
tísticas que imperen simulláneamente en todos los áni- 



8'2 

mos, ó toda la vida en un mismo ánimo (salvo honrosas 
excepciones), sino que, admitido ese criterio experimen- 
tal, habría que dividir el mundo de la estética en zonas 
dé varios colores, como los mapas políticos y geológicos, 
estableciendo un ideal de belleza para los chinos, otro 
para los etiopes, otro para los blancos y así sucesiva- 
mente. Por otra parte: la proclamación de ese oculto 
sentido como independiente juez de la Belleza, reduciría 
el Arte á una lisonja del gusto, ó sea á la habilidad de 
complacer al que comprase cada obra, y la mejor crea- 
ción, en definitiva, sería aquélla que hubiese agradado al 
mayor número; de donde el Arte y la Moda se conceptua- 
rían como sinónimos, el ingenio se mediría por circuns- 
tancias externas, y el buen gusto bajaría á la condición 
de humor; que tanto vale la preferencia accidental y va- 
riable, libre de reglas y de respetos. Habría, pues, dic- 
taduras oligárquicas de maestros, críticos y coleccionis- 
tas, y los consiguientes motines del vulgo necio (que de- 
cía Lope), y tremendas victorias de esta inmortal espe- 
cie^ más numerosa en todo tiempo que la de los doctos; 
con lo que^ suprimidas las Academias, y en virtud de ún 
plebiscito de sentidos estéticos, serían laureados en jus- 
ticia los Churrigueras, Camellas y Rengifos; vióramo/ 
salir expulsados del Museo de Pinturas los cuadros que 

no fuesen bellos según ejl sufragio universal, y las 

personas bien nacidas tendrían que emigrar á un desier- 
to, llevándose sus penates artísticos y literarios, para 
seguir rindiéndoles vasallaje y culto! 

Basta de semejantes delirios. Queda probado que la 
Belleza, desligada de la Metafísica, se desvanece como 
un sueño, y que el. Arte baja en seguida al nivel de un 
oficio sin transcendencia, cuyo único mérito podría ser 



83 

la imitación servil de la realidad, no como medio, sino 
como objeto definitivo; de la propia manera que vimos 
antes que esa misma Belleza, desligada de la Bondad, es 
un contrasentido que rechaza la lógica y repugna la con- 
ciencia, por éuanto implica la divisibilidad del alma hu- 
mana. — ^Ahora, en confirmación de todo lo apuntado, y 
según también he prometido, voy á aducir razones ex- 
trínsecas ó de hecho, por las cuales demostraré que nun- 
ca, en ninguna edad ni en ningún pueblo, bajo los auspi- 
cios de ningmia Religión ni en las tinieblas del más feroz 
ateísmo, han caminado separadas la Bondad y la Belle- 
za, ó sea la Moral y el Arte, sino que, por el contrario, 
entre las condiciones históricas que han hecho fiorecer 
las Artes y las Letras en determinados períodos, ha sido 
la principal el predominio de alguno de los más nobles 
y elevados sentimientos morales, como la Religión, el 
patriotismo, :el amor del prójimo, la sed de justicia ó la 
ambición de gloria. Y demostrado quedará también al 
paso que, cuando estos sublimes afectos se entibian ó 
apagan en la sociedad al soplo del escepticismo ó de la 
indiferencia, el Arte padece una especie de eclipse, por 
tal extremo que si, aun entonces, llega á producir algu- 
nas obras, son más artificiales que artísticas; frutos aca- 
démicos, hijos del estudio; recuerdos de inspiraciones 
ajenas, que no pertenecen en realidad al tiempo en que 
se fabrican, sino á las edades fecundas que les proporcio- 
naron los modelos. 



Pero al llegar á este punto, y habiendo hablado tanto 
de la Belleza, ji\sto es que digamos algo de la Moral, 
antes de que se me pregunte (pues hoy se preguntan ya 



él 

tales cosas) que entiendo yo por Moi'al^ ó á tiuó Moral 
me refiero al presentarla como inseparable amiga del 
Arte. 

Empiezo por declarar {á cuenta de concesiones que ha- 
bré de hacer muy luego) que, para mí, la Aloral verda- 
dera es la de Jesucristo, la redentora del alma, la de la 
humildad,, la de la paciencia, la de la caridad, la del per- 
dón de las injurias^ la que dijo: alteri ne feceris guod ti- 
bí fkri non úis; pues \ o creo y confieso que esa Moral es 
la escrita por Dios en el corazón humano, la misma pa- 
labra de Dios hecha hombre, la que nos levanta y subli- 
ma sobre el resto de los seres creados^ la que vence y 
anula nuestra parte material, la que despierta y ejerci- 
ta todas las fuerzas de nuestro espíritu imperecedero- — 
Sin embargo; como en esta controversia no se trata de 
la Moral en su sentido estricto, ó sea de ninguna regla 
de costumbres que guarde relación con ijeterminados 
dogmas religiosos, considero fuera del caso ponerme á 
romper lanzas por mi Fe y á preconizar sus timbres y 
excelencias. No teman, pues, los enemigos de Jesús, ó 
los meros campeones del Arte por el Arte, que yo vaya 
á confundir la bondad metafísica con la ortodoxia y á 
fulminar excomuniones estéticas sobre la gentilidad y la 
herejía, pidiendo que sean arrojados del Parnaso Home- 
ro y Virgilio, porque no fueron cristianos, ó Shakespea- 
re y Goethe^ porque no fueron católicos-.,.. Ventílase 
aquí materia más abstracta y filosófica: trátase de la Mo- 
ral en su sentido lato; inquiérese desde un punto de vista 
anterior, ya qué no superior, á las leyes positivas, á los 
códigos casuísticos y á las Verdades reveladas, si en la 
India, si en Egipto, si en Grecia, si en la Roma gentil, 
si en los pueblos agarenos, si, finalmente, en las nació- 



•-r 



nes heréticas j cismáticas, lo mismo que en las católicas . 
puras, los gramies poetas y artistas se propusieron ó no * 
siempre en sus inmortales, obras, al par que traducir á 
formas determinadaíí su concepto de la' Belleza, algún 
otro fin ulterior, alguna idea que les paredese útil y salu- 
dable, alguna predicación, alguna enseñanza, algún con- 
suelo , alguna apoteosis. Es decir, que, en esto examen, 
para conceder á un autor el dictado de moral, deberá 
bastamos que haya tenido intención y propósito de ser- 
lo; de la propia suerte que llamamos religioso al que 
sinceramente profesa una religií5n falsa, sin pararnos á 
considerar los errores que patrocina y difunde por des- 
conocimiento de la Fe verdadera. 

Sentadas estas premisas, ¿quién será osado á negar 
que todas las grandes obras literarias y artísticas del hu- 
mano ingenio han sido y son morales en su esencia, en- 
comiásticas de lo bueno y de lo justo, docentes de pre- 
suntas verdades, auxiliares en fin de las Religiones, de 
las Ciencias y de la Filosofía? — Creo que nadie en este re- 
cinto; pero bueno será que ecbemos una rápida ojeada 
sobre el campo de las Bellas Artes y do las Buenas Le- 
tras, donde hallaremos,' no digo probadas, sino vivas y 
fehacientes, mis incontroverlibles afirmaciones. 



Prescindir pudiera del Orienlalismo en sus varios as- 
pectos (indio, egipcio, atirió, hebreo y mahometano), y 
muy poco diré de él, pues hasta la misma escuela que 
combato reconocerá sin duda alguna el alto sentido mo- 
ral, y aun más que moral, religioso, de las obras artísti- 
cas y literarias de esos pueblos, de esas razas, de esas cí- 
vilñEacioaes* Eü sus templos y en sus poemas, en mu 



86 

cuentos como en sus palacios, predomina siempre la idea 
teocrática; el hombre se anonada ante Dios, sea conteín- 
plándoloj sea sometiéndosele: la Religión lo absorbe to- 
do. De aquí la propensión de sus artistas y poetas.al mis- 
terio y al símbolo, íos arranques líricos de los semitas 
iconoclastas, judíos y árabes, las imágenes gigantescas 
de losL indioSj las metáforas esculturales de los egipcios 
y las fórmulas abstrusas de los caldeos. Cada ingente 
montaña esculpida en forma de sagrado elefante, cada 
pirámide ó cada esfinge plantada en los confines de los 
Desiertos, cada mezquita ó cada alcázar mahometano 
revestido de versículos religiosos ó de afiligranadas com- 
binaciones geométricas de mística alegoría, con exclu- 
sión de la forma humana y de toda otra imagen de cria- 
tura ó cosa perecedera, es un libro santo que habla de 
la Eternidad y de Dios: es la cristalización de la infinita 
poesía que respiran los piadosos versos de los Vedas, del 
Antiguo Testamento y del Corán!.... Pero ¿á qué diri- 
gir tan lejos la vista? Nuestro Palacio de la Alhambra, 
mansión destinada al solaz y lucimiento de una dinastía 
de Príncipes, podría pasar por un templo erigido en 
honra y gloria de Alá. ¡Ala es' grande! dicen mil y mil 
veces los bordados muros: ¡Aid es grande! parece que 
susurra el agua al caer sonora de pila en .pila, besando 
al paso la misma leyenda: ¡Aid es grande! repiten los 
solitarios ecos de aquellas estancias, nunca perdidas de- 
finitivamente para los ensueños de los moros. 

Consecuencia necesaria de esta índole invariable de 
las Artes asiáticas y egipcias, es la falta de equilibrio 
que resulta entre la idea y la forma de sus conceptos; 
desproporción lógica también, por cuanto nace de la gran 
distancia y diferencia que lá religiosidad de los Orienta- 



87 

les establece entre la naturaleza humana y la divina; 
entre el hombre y su Creador. 

No sucede así en Orecia. — Eu Grecia, la idea divina 
se humaniza, ó por mejor decir, se humana: los dioses y 
los hombres sólo difieren en grado: ya no los separa 
ningún abismo metafísico: el hombre confina con el hé- 
roe; el héroe es un semidiós; el semidiós nació de un 
dios. Los dioses son unos antepasados remotos de los 
griegos. El infinito insondable de 4a Divinidad oriental 
ha quedado oculto tras las pavorosas tinieblas del Hado, 
qiie cobijan por igual, á dioses y hombres, y en las cua^ 
les únicamente se atreverá á penetrar alguna vez, bien 
que Heno de sublime horror, el más augusto vate de la 
antigüedad pagana, el padre de los Trágicos, el inmor- 
tal Esquilo. 

Homero representa la aurora de esta civilización, que 
ya ilumina las cumbres, pero que no desciende todavía 
á.los valles. Transportado en alas de su genio á la edad 
que media entre los hombres y los dioses, canta los Hé- 
roes, mezclando la tradición con la fábula y la Religión 
con la Historia, Sin embargo, la idea de Patria está ya 
en germen en La aliada y en La Odisea, aunque redu- 
cida á la raza con sus númenes familiares; y, para com- 
placer y aleccionar tan noble sentimiento, el cantor de 
Tirios y Troyanos presenta ilustres modelos de grande- 
za, de energía y de abnegación, pertenecientes á un 
mundo aristocrá tico-divino, del cual se excluye él con 
respetuosa humildad, dejando hablar á la Musa. Nada, 
pues, más revelador, más docente, más edificante en 
aquellos días, que estas descomunales epopeyas, donde 
el valor guerrero, la fuerza y la hermosura son como 
atributos ingénitos del bien moral, y donde la miseri- 



cordiaj con la faz bafiada en lágrimas, es uno de los as- 
pectos del heroísmo- 

Algunos siglos después aparece Tírteo, y luego Rn- 
daro, decoro ambos de la humana especie (sobre todo 
TirteOj que tan amable y apetecible supo hacer la muer- 
te por la patria)^ y, con sus odas ó himnos nacionales, 
aplican los sentimientos homéricos á la política y á la 
guerra. Ellos, y los trágicos Sófocles y Eurí pedes (me- 
nos grandiosos é inspirados, pero más filosóficos y te- 
rrestres que el viejo Esquilo), trajeron, reflexivamente 
ya y á sabiendas, las ideas morales al campo de la poe- 
sía, como elementos in3eparables de la Belleza, y can- 
taron ó representaron en sus obras la Religión, Ja Pa- 
Via, la Fan^lia. Es decir, que aquellos grandes maes- 
tros de la Forma, los patríarjcas del clasicismo, lejos de 
rendir al Arte la idolátrica adoración que suponen los 
modernos paganos, lo consideraban como una especie 
de culto rendido á ideas y conceptos del orden morq^K 
Si alguien lo duda, recuerde las tragedias de los tres co- 
losos mencionados, ó las comedias del acerbo Aristófa- 
nes, terror del corrompido Demo.^ ateniense, y verá en 
todas ellas exaltada la virtud, befado el vicio, odioso el 
pecado, solvente al pecador (ya en los días de su vida, 
ya en su descendencia), y, dominando sobre todos los 
esplendores mundanales, el poder eterno del Destino. 

Pero ya me parece estar oyendo el argumento-aqui- 
les de los partidarios de el Arte por el Arte. — «¿Y las Ve- 
nus griegas? (exclamarán enfáticamente): ¿no son bellas 
también? ¿no son artísticas? ¿no lo proclama así todo el 
orbe? ¿no están expuestas hoy naismo á la admiración 
pública en los Museos más insignes de la Cristiandad, 
principiando por el del Vaticano? Y ¿qué mérito moral 



89 . 

podrá atribuirse á tales portentos de belleza? ¿qué senti- 
do filosófico? ¿qué tendencia civilizadora? ¿qué fin plau- 
síble, ó tan siquiera honesto y deGente?> — «¡Ninguno!» 
concluirán los fanáticos de la forma, tratando de hacer- 
nos creer que las Venus labradas por el cincel griego 
son la apoteosis de la perfección puramente física, la 
Belleza divorciada de la Bondad, el impudor en triunfo, 
la desnudez divinizando el pecado, una reproducci(Jn 
constante de la célebre defensa de Prine, la derrota, en 
fin, de la Moral ante el poder de la Hermosura!-.. 

Séanie lícito replicar con algún, detenimiento á esta 
objeción, tan formidable en apariencia.. 

Ya lo dije hace poco: para los Griegos, la perfección 
humana llegaba siempre á confundirse con la realidad 
divina: lo terreno y lo olímpico (ó sea lo temporal y lo 
. eterno, que diríamos hoy) sumábanse en su imaginación 
como cantidades homogéneas, y de aquí el carácter esen- 
cial de sus armónicas Artes, basadas en un perpetuo 
. equilibrio entre la inteligencia y la fuerza,' entre el es- 
píritu y la materia, entre la idea y la forma. La Belleza 
era allí, por lo tanto, distintivo de Santidad; y Venus, 
arquetipo de la hermosura femenina, y, como tal, ma- 
dre del Amor, figuraba en aquella religión politeísta en- 
tre las Deidades Mayores, no ciertamente en cuanto bel- 
dad individual, presentada á la concupiscencia de los 
sentidos, sino en cuanto beldad simbólica y místico de- 
chado de providencíales gracias; como numen propicio 
á la eterna Ley que es fuente de la vida; Qomo la Flora, 
como la Pomona, como la Amaltea del linaje humano. 

Así lo ha comprendido la austera civilización emana- 
da del Evangelio, y por eso ha considerado castas, espi- 
rituales y hasta religiosas, dado el criterio de la Genti- 



*9 

lidad, es^ d^ndeces de ideaks abstractos que luego 
p&produjo el pincel cfistiano para represoitar á iuie&- 
tra madre ETa, Pero no lo dadéís: tan pronto como ta- 
les figuras trocaran ^n impersonalidad drdna pcH* ona 
personalidad terrena; tan pronto como de conceptos ge- 
néricos tejasen á ser meros retratos de ai respectiro 
original, sin ningnna especie de rignificación sagrada* 
Ja inverecundia del modelo se reflejaría en la obra de 
arte, la inmoralidad de la mujer transcendería á la es- 
tatua, suWevaríase la conciencia publica contra seme- 
jante ^cándalo, y^ por acabada qne fiíeae la efigie y cé- 
* lebre su autor, habría que esctinderla en uno de esos ca- 
labozos de infamia que se l l ama n museos secretos^ como 
se aprisiona á mujeres hermosísimas ó á hombres de re- 
conocida ciencia cuando se ponen en abierta pugna con 
los fundamentos sociales, 

Ki ¿qué mayor demostración de mi aserto que este 
otro hecho elocuentísimo? Cuanto más completa es la 
desnudez griega, más noble y pura se ofinece á nuestra 
veneración. Cualquier accesorio atenuante, relacionado 
con necesidades ó escrúpulo? lerresípes, rebaja la digni- 
dad y ofende el decoro de la belleza olímpica. La Vemis 
de Médicis está reputada como la más púdica, inmate- 
rial y candorosa creación del Arle helénico, por lo mis- 
mo que su desnudez es absoluta: ¡nadie ve en ella á la 
mujer: todo el mundo ve á la diosa!— No justifican, pues, 
las estatuas gentílicas en los Museos cristianos la inicua 
absolución de Frine: no representan el triunfo de la Her- 
mosura sobre la Moral; no arguyen nada en íavor de el 
Arte por el Arte. Al contrario: prueban que el idealismo 
puede llegar en el hombre hasta el punto de convertir 
en devoción mística el amor terreno; simbolizan la 



&1 

unión hipostática de la Bondad y la Belleza; y, en fin, 
señores, traen á la memoria, ya que de Frine hablamos, 
que, si un Tribunal indigno prevaricó cínicamente y la 
absolvió al verla desnuda, el Senado, en compensación, 
no admitió el insolente ofrecimiento de la misma corte- ' 
sana de reedificar á su costa la ciudad de Tebas, 

Nada más diré acerca de los Griegos, considerados 
dentro de su patria Guando la fe se entibió en aque- 
lla sociedad, el Arte perdió su savia divina y dejó de ser 
ministerio santo, para convertirse en parodia de si pro- 
pio y simulacro de la ausente inspiración del alma 

—Huyamos también nosotros de este pueblo moribundo, 
y trasladémonos á Roma, 

Los Romanos tenían dioses de igual naturaleza que los 
Griegos; pero dioses sin historia y más separados ya del 
hombre- En cambio, habían colocado casi á la misma 
altura que la santidad de aquellos númenes la santidad 
de la Patria, la santidad de la Familia, la santidad del 
Hogar, la veneración délos Antepasados, la religión déla 
Justicia y del Derecho, y, como consecuencia, la igual- 
dad entre pares, la dignidad respectiva en cada orden y 
el respeto jerárquico entre todos. Bste conjunto de de- 
vociones religiosas, morales y políticas, que da á cono- 
cer en los Romanos un carácter más práctico y menos 
contemplativo que el griego, requería una finalidad más 
declarada en el Arte, como, en efecto, la muestran los 
monumentos útiles ó remuneratorios, las ceremonias y 
oraciones fúnebres y aun la literatura histórica y didác- 
tica, que casi puede decirse precede en Roma á la poe- 
sía. — Por otro lado: si la ciencia pura extinguió muy 
luego en el Lacio la fe religiosa, como ya la había ex- 
tinguido en Grecia, no pudo secar las fuentes do donde 



92 • ■ • 

esa fe dimana y de donde proceden al mismo tiempo los 
dictados de la Moral; prueba clarísima de que el hombre 
es algo más que el instrumento dialéctico de que la Cien- 
cia se vale. Aconteció,' por consigfuiente, que, mientras 
• la plebe romaiía llenaba el vació de la fe con las supers- 
ticiones más extravagantes, la Filosofía, incurriendo á 
su modo^ en idéntica contradicción,- buscó en las dispu- 
tas de los decaídos griegos doctrinas y fórmulas conven- 
cionales con (jue Uenar el vacío tie la Ciencia. * 

Dos eran entonces las escuelas morales predominan- 
tes allende el Adriático: la estoica y la epicúrea. 

Predicaban los Estoicos una virtud austera y desdeño- 
sa, sin origen ni esperanza; un- amor incondicional al 
bien sin dilucidar su naturaleza; una moral, en suma, in- • 
flexible y huérfana como el Acaso; grande en su desola- 
ción por su desinterés, pero sin entrañas ni consuelo pa- 
ra los débiles. — El español Séneca fué en Roma la más 
egregia personificación de esta filosofía, no sólo en las 
esferas del saber, sino en el cultivadísimo campo de las 
Letras, y su noble entendimiento . llegó á deducir de 
aquellos ásperos principios máximas tan saludables y pu- 
ras, qiie hasta los Padres de la Iglesia cristiana las invo- 
can y recomiendan en sus santos .libros, no faltando., 
quien asegure que el mismo San Pablo solía decir en ala- 
banza del sabio cordobés: ¡Senecam nostruml 

Los Epicúreos considerabatn la vida como una carga, 
y querían hacerla más llevadera aceptando lo que tiene 
de gr^ito y suavizando con la sobriedad el contraste cut 
tre penas y placeres. Doctrina tan flexible degeneró en 
un sensualismo reflnado y muchas veces grosero, cuyos 
cantores más célebres, y también más dignos de lástima, 
fueron Lucrecio y Ovidio.-^El suicidio de Lucrecio revé- 



■▼^ 



. 93 

ló al cabo la consecuencia lógica de tales premisa Sj así 
como la sinceridad de sus opiniones* ¡No se calificará, 
pues, su famoso y malhadado poema (De rerum natura) 
de mero alarde retórico ó de lucubración indiferente á 
la Éticaí Á mayor abundamiento: en el fondo de esta 
obra impía, se oye siempre un grito impremeditado de 
la conciencia que vuelve por la Moral, y hasta cuando, 
partiendo del error, el mísero vate la ofende y contra- 
dice, muéstrase animado de un afán de enseñanza y de 
reforma que nada tiene que ver con el Arte por el Arte. 
En cuanto á Ovidio, los hechos hablan todavía con 
mayor elocuencia. — Ovidio rebajó el epicurismo hasta el 
fango de las brutalidades cínicas, salva la elegancia ex- 
terior de su persona y de sus cantos, y con todo ello 
(¡triste es decirlo!) fue el poeta más popular de la per- 
vertida Roma. Irreverente, corruptor y sentimental, 
trató como materia de entretenimiento la leyenda reli- 
giosa y prostituyó vilmente la poesía. Pero ya lo indica- 
mos en sazón oportuna: semejantes obras pertenecen al 
orean de Tos pecados: la delectación que producen á los 
viciosos es ilícita; como ilícita, tienen que saborearla 
clandestinamente, y nadie se atreverá á pretender que 
lo que no puede ser público, sea considerado como ar- 
tístico! Lo contrarío equivaldría á pedir, no ya un Arte 
indiferente al Bien, no ya ua Arte sin virtud, sino un 

Arte criminal por derecho propio ¡Oh, no! El Arte, 

para merecer tan noble dicíado, necesita el aplauso co- 
lectivo, la sanción de la humanidad^ la gloria pública, 
la luz del cielo!^ — Dicho sea en honor de la antigua Ro- 
ma, las obras obscenas de Ovidio fueron juzgadeÉs, no so- 
lamente como pecados, sino como delitos, y la ley social, 
la vindicta püblícaj la ira del Cósar^^ desterró para siem- 






61 
pro lid mundo civiliEado al licencioso cantor, sin consi- 
tleración alguna á la pretendida independencia del Arte 
y do la Moral, Eníouees el infeliz expatriado renegó 
tambion de prineiino tan Innoble; rindió homenaje á la 
virtud OH sus desgarradoras elegías de Z>» Tristes y De 
ÍVirt 'a, y, aleando tales méritos, aunque sin reec»ger el 
fruta en vida, pidió á la sociedad misericordia. — ;0:or- 
|nK^mi>ísela! 

Horacio, por má^ <iw también fuese epicúreo, coná- 
den^ la BelU'ia eomo lo^ estoicos la Virtud; r tan elera- 
do coíixx*pío tuvo del Are. que, solo á imp^ulsos de el. y 
<omo OA^ de buen ¿rasÍL\ ñié cc^nstantemente tlítsu j 
titivhas Twes ffioralir^ en sas inmoriales Tersos. Creo 
q^ á Horacio pueoe ¿encminarse ¿í CatS^n d^ ¿sr ^:»- ^ 
V et .Vnk-Píw áe li k:m^i^7. <G>rrei¿:ir délcíz£Jiío> «m 
saa airis». y en oí» ¡iiirtr exel^t^ia: <0 'ij%e t-C^j ^^fime^ 
fH"4 v>*f ^^ií5,^*/;> ♦A.O ¿ I.-í,> Per «*o OíMLjtfi. izt ii:ie?:o 
íieji&riio T iccií:^ éa ^ I*rr:íi> latirías, y ::jé ¿ T»:»e:a 

^•|iX':K rrif, ^-^jcn: T-fí^^w ü: ->~:7^ fx^ T . ' . T .f.To: :r:'iiúj.u!5- 
háíujL btx*ci; wc¿r^ ¿ iLmii: iifuriLirc^ í ii£¿tiiiir-aai y 



95 

tan tes para sostener una tiranía dignada su grandeza. El 
mundo entero pesaba sobre Roma, y Augusto, sintiendo 
la necesidad de afirmar las bases del naciente Imperio, 
produjo una súbita reacción religiosa, artificial entre los 
patricios y los artistas, pero real y efectiva entre la ple- 
be. — Un poeta provinciano, *á cuya casa habían llegado 
los horrores de las guerras civiles y no los placeres de 
las últimas orgías republicanas, una especie de Trajano 
de la Poesía, fue el cantor natural de aquella Restaura- 
ción. Virgilio ensalzó la Paz, el Trabajo y la Patria, pre- 
sentando esta patria sobre el fondo de oro de la Religión. 
La Paz, sí, la dulce paz de los campos es la musa de Las 
Bucólicas: es el Trabajo el próvido numen de Las Geór- 
gicas; y la Patria y la Religión son las nobles inspirado- 
ras de La Eneida. Canta el poeta mantuano, no al coló- 
rico Aquilas, sino al piadoso Eneas, personaje religioso 
que peregiina con sus Dioses buscando un abrigo donde 
restaurar la perdida patria; y he aquí por qué este hé- 
roe, extraño al mundo gentil, da á los versos de aquel 
poema un sabor tan grato á la Cristiandad como en su 
esfera respectiva lo fué el carácter de Trajano. 

Dibujada así la figura de Virgilio á la luz de su propia 
gloria, demostrado queda también que su testimonio 
habla en favor de mi digna causa. Sigo, pues, adelante 
con renovado aliento, como quien ve próxima la feliz 
terminación de su viaje; que ya clarea, tras la noche del 
muerto paganismo, la aurora de la Religión Cristiana, 
y pronto sus vivos resplandores alumbrarán el gran 
triunfo del alma sobre el cuerpo y de la Moral sobre la 
idolatría- 

La decadencia del mundo clásico era irremediable. Ni 
la tentativa de Augusto ni otras que se siguieron basta- 



96 

ron á vigorizar la antigua fe, escarnecida y desaatoriza- 
da en la Ciencia, en el Arte y en las costumbres. La in- 
teresada hipocresía y la grave Razón de Estado, que 
mantenían como galvanizado á Júpiter en Ic^ solitarios 
templos cuando ya había fallecido en las conciencias, no 
engañaban realmente á nadie, ni tan siquiera á la sen- 
cilla plebe, y pronto vióse que todos los espíritus ánce- 
ros comenzaban á abrazar la Religión del porvenir, el 
Cristianismo. — Poderoso auxiliar de esta crisis suprema 
había sido Luciano de Samosata, gri^o injerto en lati- 
no, cuya impía y sarcásíica voz tanto daño hiciera á los 
teólogos y filósofos gentiles, acusándolos de hipccritas y 
falsarios, y predicando la virtud por la virtud, tal como 
aquel pagano la entendía; pero ni de él, ni del herc»ioo y 
sublime JuvenaK que tamtiién hal»ía fustigado valerosa- 
mente con sus inmortales versos á la corromjiia Roma, 
ai de Marvñal. Fia uto y Terencio y otros cense-res de las 
publicas ccts:unibres necesito hacer deten: ia menoic'n; 
pues á lUiüe s^e ccul:a q-.ie la Sátira, en í^»i:*s scs aspe^- 
ío^ ick iiii:si:o en la o.-niecia que en el üir:». I j mismo 
t^n ti jdSíj-iiz an.r.:r:'3 <ne en la oanc: ":u iiriilir, es v 
zy rcr^ir zifz.is le ser ziiraliíaiora an.fs que aruscoa, 
ccmo qur :i-rze p»:r musa el lien y p:r ci;«r:o ce sus iras 
tfl tí-^íc* 

;Rrscir*rn.:s, seirr^s! Hfz::s :>^aÍ: i I-.rs -i^iii-os 

'rT.sujLu:ís: -rs i«e:ir« i-rrii. s lliciii: i rufsurrs :: >s ^ con 

-•: ri^e nn '.j_:f i r¿if*ie iir^e T«:r -.ilsí tcmizjíii* De a«:pii 

«j^ 11^ «I7'.~ t:o:s i»fT«:uirjLZ. olinn»¿ii":c en rii UL^:r. v 

'^-S' — Zii r>: .:: ; rii-z ue^ri ^if ::«ii li CLTÜira- 

i.c: iiu >f ?cL '^tl: Icisi:': ::i tS^tU'/ía ri rvLidL'L> Leí es- 
i-^-"- ^--í^ ^ í-cu-xi^ ^jie rcn-frí -: xujíiir ea cs.:e 



97 

punto á lo que sabe el más ignorantej á lo que palpita en 
su corazón, á lo que brilla en el santuario de su alma? Y 
Bi de tal modo han pensado y sentido universalmente los 
cristianos, ¿qúó no habrán expresado en sus obras los 
poetas y los artistas? 

Diez lentos siglos, los diez siglos de la Edad Media, 
pasan ante nuestra imaginación como, i^i solo éxtasis de 
los pueblos redimidos por Jesús — «¡Hierro y tinie- 
blas por doquier !....> Es cierto: hierro y tinieblas cu- 
brían la haz de la transfigurada Europa Pero en las 

entrañas de aquellas tinieblas residía lo infinito. ¡Y qué 
relámpagos tan deslumbradores salen de aquel caos!.... 
— Prescindo de la predicación de la Ley de Gracia; pres- 
cindo (aunque, por la forma artística de sus escritos, pu- 
dieran servir, si no han servido, de modelo á la poesía 
moderna) de las sublimes obras de los Santos Padres; 
prescindo también de los Poemas y de los Códigos que se 
escribían, en el nombre de Dios Omnipotente, al parque 
se realizaban aquellos otros poemas en acción llamados 
las Cruzadas, la Guerra hispano-árabe de los Siete siglos 
y el Descubrimiento de América, gloriosísimos empeños 
todos, que formaron de consuno las Lenguas con que hoy 
se infiere agravio á aquella Edad, y los pueblos y Esta- 
dos que ya reniegan de sus fundadores — Sólo habla- 
ré de dos obras 'magistrales, esencialmente literaria la 
una y esencialmente artística la otra: sólo hablaré de 
un poeta y de un pintor que resumen el espíritu román- 
tico y religioso de* la Edad Media, y que parecen el alma 
de aquellas Catedrales góticas donde la piedra se espiri-» 
íoaliza hasta desvanecerse en la idealidad del concepto 

puro: sólo hablaré de Dante y de Beato Angélico 

¡Nadie había expresado hasta entonces con la lira ó con 



98 

el pincel sentimientos tan místicos, tan elevados, tan in- 
materiales como loi? de esos dos ascetas de la forma! 
¡Nadie \os ha expresado después, como no sean algunos 
genios contemplativos de nuestra patria! Pues bien, se- 
ñores: no la adoración del Arte, sino la sed de justicia y 
el amor del Cielo, inspiraron aquellas inefables visiones 
de La Divina Cor(tedia y del cuadro de La Anundación^ 
seráficos ensueños del alma, milagros de la fe, revela- 
ciones de lo infinito, que bastan á caracterizar las Artes 
y las Letras de las diez cei^turias que mediaron ^ntre la 
caída del Imperio de Occidente y los días del Renaci- 
miento. 

¡El Renacimiento! — Sabía de antemano que esta fecha 
crítica de la civilización de Europa era otra de las posi- 
ciones estratégicas en que podían aguardarme los parti- 
darios de la libertad de pecar de las Musas; pero ya ob- 
servaríais más atrás que me apercibí á tiempo contra 
semejante emboscada. Me limitaré, pues, á decir, apo- 
yándome en axiomas anteriormente establecidos, que 
aquel decantado Renacimiento, independiente de los 
ideales contemporáneos, no tuvo vida propia. Con todo 
su esplendor y magnificencia, que yo no le disputo, fué 
en substancia una falsificación de sentimientos ajenos, un 
anacronismo voluntario, una primavera artificial. Sus 
flores habían abierto, no al influjo del sol, siho de las es- 
tufas de las Academias. El artista no buscaba la foíma 
en su inspiración, sino excavando en las ruinas de los, 
edificios paganos. , No se discurría, se calcaba. Dejó de 
haber modelos vivos: la Antigüedad lo daba todo hecho. 
Debajo de la túnica de María se vislumbraba el cadáver 
de Niobe. La Muerte servía de maniquí.— Pues, aun así 
y todo (¡oh desencanto para los materialistas del Arte!), 



99 

no hay obra alguna de acpiellos tiempos que no abogue 
eu favor de mi tesis. Todas encierran un fin moral, ora 
cristiano, ora gentil. En el primer caso, sus autores ha- 
bían procedido como artistas; en el segundo, como eru- 
ditos, Pero ello es qxie ni uno solo dejó de pedir inspira- 
ción á la fe propia ó á la extraña para que su engendro 
no careciese de naturaleza moral • Apelo á todas las obras 
de Vinci, de Rafael y de Miguel Ángel, titanes de aque- 
lla revolución, y al Tasso y al Arios to, que la represen- 
tan en la Literatura. 

¿Y después? ¿qué ha sido de las Letras? ¿qué ha sido de 
las Artes?'¿Han renegado en algún pueblo del ideal ge- 
neroso que las produjo, para convertirse en idólatras de 
sí mismas? Veámoslo rapidísimamente, , 

De España no teügo que hablar, Aqui, por la miseri- 
cordia de Dios, no ha habido nunca el menor asomo de 
idolatría para las obras humanas. Ésta es la tierra de los 
enamorados, pero no idólatras de la hermosura; de los 
paladines del honor; de los mártires de la patria; de los 
soldados de Jesús; de los siervos de María, Aquí no seta 
concebido jamás eso de el Arie por el Arte^ sino el Arte 
por la devoción, el arte por el amor, el arte por los cui- 
dados del alma, É^ta es la tierra de los llamados soña- 
dores, de los ascetas, de los héroes, de los hidalgos, de 
los Quijotes de la Historia; es decir, la tierra de la fe in- 
condicional, de los afectos absolutos, de los sacrificios 
sin límites, de los ideales sobrehumanos, donde plugo al 
Cielo que naciesen, no sólo andantes caballeros, sino 
también esos Hércules de la caridad que se llaman San 
Juan de Dios ó D, Miguel de Manara. Aquí la poesía lí- 
rica tiene por maestros á Berceo, Alfonso X, Juan de 
Mena, Jorge Manrique, San Juan de la Cruz y Fr. Luís 



400 

de León, cantores de la muerte y de la inmortalidad, que 
no concibieron más bien que el que es Bien Sumo. Ésta 
es la tierra clásica del amor desinteresado y de la difi- 
cultosa teología para los casos de honra; la tierra de los 
caballeros y devotos de Calderón, de las nobles mujeres 
de Lope de Vega y de los desfacedores de agravios del 
inmortal Cervantes. Aquí todos han escrito creyendo, 
enseñando, criticando, moralizando, poniendo en lucha 
el deber y la pasión, la Moral y el deseo, el bien y el 
mal, para adjudicar el premio á la virtud y someter los 
apetitos al imperio de la conciencia. Nuestras envidia- 
das pinturas llevan los nombres de Murillo, Ribera, Zur- 
barán, Alonso Cano, Juanes, Morales, Claudio Coello..... 
para quienes el caballete no fué más que un altar en que 
quemaron la mirra y el incienso de su inspirabión....; — 
El mismo Velázquez, el pintor realista (como se dice 
ahora), es todo filosofía, todo moralidad, todo devoción, 
cuando rompe los estrechos límites del retrato ó del en- 
cargo. — Y, en punto á escultores, puede decirse que, si 
por acaso los tuvimos, sólo labraron la piedra ó tallaron 
la madéta para representar á Cristo y á sus Mártires. 
¡Nunca fué su empeño hacer un ídolo del cuerpo hu- 
mano! Antes pusieron todo su afán en espiritualizar la 
materia. 

Pero me abruma y me sofoca la multitud de pruebas 
que acuden á mi imaginación en apoyo de lo evidente, 
de lo inconcuso. Acabaré, pues, por lo tocante á España, 
citando de nuevo la obra más admirable del ingenio na- 
cional y también del ingenio humano.— ¿Qué es el Don 
Quijote? ¿Qué significa para la Moral esa creación ma- 
ravillosa, tan venerada en toda la tierra? ¿Es meramen- 
te, como algunos dicen, una sátira contra los Libros de 



m 

Caballerías, que Genrantes consideraba dañosos á las 
buenas costumbres, y acaso, acaso, una caricatura del 
espíritu aventurero de los políticos españoles, personi- 
ficados en Alonso Quijada? ¡Pues ya tenemos aquí el fin 
útil de la grande obra! — ¿Es, por el contrario, y como 
yo creo, una sátira contra el egoísmo, contra la injus- 
ticia, contra la ingratitud, contra la grosería del vulgo 
alto y bajo, y contra el escarnio que hace y mala cuenta 
que suele dar de aquellos generosos paladines que se 
aventuran á luchar y sufrir por el prójimo? ¡Ah, señores! 
En tal caso, ¡que desagravio de la Moral! ¡qué alegoría 
tan bella y tan consoladora! ¡cómo se ufana el bueno de 
padecer persecuciones por la justicia! ¡cómo bendice el 
poeta los molinos de viento de sus ilusiones! ¡cómo se 
reconcilia el mártir con la Dulcinea de su esperanza! 
¡qué grotesco y odioso ha resultado el materialismo! ¡qué 
grande y benemérito aquel noble demente! ¡cuan ex- 
celsa y amable su poesía! ¡que vil la i)rosa de Sancho 
Panza! 

Tal es á,mi juicio el sentido, profundamente espiritual, 
y por lo tanto moral, de las Letras y las Artes españolas; 
y tal, aunque con diversos caracteres, contemplo la natu- 
raleza íntima de todos los grandes poetas y artistas eu- 
ropeos en el decurso de la Edad Moderna. — Miremos, si 
no, de pasada las dos ó tres figuras que, como soberanas 
cumbres, descuellan sobre las demás; y terminemos, que 
ya es hora. 

Á la parte de Inglaterra, vemos asomar la noble fren- 
te de Shakespeare, coronada de inmarcesibles lauros. Na- 
die le niega ya á ese gigante el título de <el más grande 
dramaturgo del universo.» ¿Y qué fué en puridad? ¿Un 
artista de la forma? ¿una especie de mecánico, ó escenó- 



102 

graíol que disponía arbitrariamente lo que hoy suele lla- 
marse Cuadros vivos, sacrificando la. verdad al sijuple 
efecto y buscando á todo trance los alaridos de terror 
del público? ¿Fué, en suma, un servidor de Wilrfe por eí 
Arte? — ¡Ah, no! su gloria tiene más sólido cimiento. Sus 
dramas son el espejo de la vida y la autopsia de ia con- 
ciencia. Al oir hablar ó al ver moverse á Hamlet^AMac- 
beih, á OtelOj á Glocester, al Rey Lear, el espectador cree 
.que se asoma á los abismos del alma y que ve allí la cu- 
na de las pasiones, las escondidas fuentes del bien y del 
mal, el antro donde se engendra el crimen, la ignorada 
gruta donde van juntándose las.lágrimas, la fuerte roca 
donde se cristaliza el diamante de la virtud, la hirvien- 
te lava que ha de hacer temblar la tierra Cada afec- 
to ó cada pasión, cada heroicidad ó cada culpa, lleva al 
lado su ángel ó su demonio, su recompensa ó su casti- 
go. El Remordimiento es siempre la tremenda furia que 
desencadena el ¿utor contra los malos. Dios misericor- 
dioso está siempre en el fondo del drama, consolando á 
los buenos con la paz de la conciencia. Por eso las obras 
de Shakespeare son tan dulces y tan edificantes en medio 
de todos sus horrores. Su última lontananza es el cielo. 
Allí triunfa Desdómona, la inocente víctima del Moro; 
allí está Antonio, el sublime deudor del Judío; allí los 
Amantes de Verona; allí Ofelia; allí los hijos de Eduar- 
do; allí el Rey Lear, segundo Laocoonte, no atormenta- 
do por serpientes, sino por sus ingratas hijas. 

En la docta Alemania surge otro coloso, cuyas singu- 
larísimas obras, producto de un genio inmenso, tampo- 
co desmienten mi afirmación. Y cuenta, señores, que se 
trata de aquel revolucionario que en la Poesía moderna 
representa lo que Platón en la Filosofía antigua; de 



L 



I 



103 

aquél qpie soñó con una reli^ón filosóflcó-humanitario- 
universal y en su triunfo definitivo sobre las dogrpáti- 
cas, sin sospechar que en pos de las escuelas metañsicas 
de sn tiempo vendría el materialismo; de Goethe, en fln; 
del autor de Las Afinidades electivm^ del autor de Fmis- 
tOy del autor de Wertfier y de tantas otras gigantescas 
temeridades como perturbaron la Europa á fines del sr-- 
g'lo pasado. Con todo, Groethe, en la parte meramente li- 
teraria de sus creaciones, en lo dramático y en lo lírico, 
rinde cuito á la Moral de su época; en la parte filosófica 
se afana constantemente por el bien absohtto^ y, si con- 
sidera el Arte con una serenidad olímpica que tiene po- 
co de humana, esto mismo contribuye á que, como Ho- 
. racio y como SchiUer, eleve la probidad á la categoría 
da belleza, — No puedo detenerme á citar ejemplos: sólo 
iudícaré uno. La virtud de Margarita, vencida un ins- 
tante por todo el poder^del Infierno, valido de las armas 
del Amor^ se purifica luego en el Jordán de las lágrimas 
y llega á triunfar de Mefistófeles, arrebatándole el alma 

de Fausto . — ^Sube Sube, ,,.. ¡que élte seguirá! > dice 

la Madre Gloriosa, á la pecadora arrepentida, - 

Lord Byron, portentoso cuanto desventurado genio, 
encarnó, por decirlo así, la poesía lírica, romántica, sub> 
je ti va, spberbia como Lucifer, cósmica y personal á un 
tiempo mismo, que nació del divorcio del Cíelo y de la 
Tierra.— Huérfano el Arte, habíase prendado de la Na- 
turaleza, considerándola huérfana fambión, y contábale, 
como antes á Dios, los infortunios de la humana vida.^ 
Byron recorre la Europa y el Oriente, llorando, maldi- 
ciendo, mostrando doquier las Hagas de su alma y escri- 
biendo en variedad de tonos la tragedia de sus desven- 
turas; monólogo autobiográfico que imitaron luego sus- 



m 
rapsodas ó sus discípulos, bien que muchos de éstos, por 
necesidad de escuela, fingiesen dolores que no sentían. 
De cualquier modo, la verdadera poesía byroniana, la 
poesía cómplice del mal, la poesía rebelada contra Dios, 
ofrece un dichoso contraste, á falta del cual no resulta- 
ría artística, sino ruin y obscura como la blasfemia, y es 
que sus propias lamentaciones, su fondo elegiaco, su in- 
curable melancolía prueban al mundo que sin creencias 
ni virtudes no puede haber felicidad ni reposo. Aquella 
angustia y desesperación que van unidas á sus impieda- 
des y sarcasmos, son tan moraüzadoras como lo fuera 
una buena estatua de Orestes, de Caín ó de Satanás, so- 
bre cuyo rostro hubiese impreso el escultor con mano 
maestra el espanto del crimen, el horror del remordi- 
miento ó la tristeza de un alma precita. Sólo por con- 
traposición, el bien y la inocencia aparecerían amables 
y apetecibles, y, consiguientemente, desagraviada la 
Moral. — Fuera de esto, el mismo Byron, al modo de un 
ángel caído, suspira á todas horas por esa inocencia y 
por ese bien, por la fe que perdió y por el cielo de que 
se cree desterrado, hasta que finalmente va á exhalar su 
último canto y á dar su vida en aras de un sentimiento 
noble y generoso. 

Cna {palabra acerca de Francia; pues aunque poco, 
muy poco substancial hay que decir de ella, no debo pa- 
sarla por alto. — Francia no ha creado nunca verdaderas 
escuelas artísticas ni literarias. — ^Apliqúese á Racine y 
á Corneille lo que he dicho del Renacimiento, y se ten- 
drá mi humilde opinión respecto de tan ilustres drama- 
ÜQOs. Sus mejores obras están vaciadas en moldes greco- 
latinos, no sólo en la forma, sino hasta en la esencia, 
salvo alguna ocaáón en que nuestro Teatro les sirve de 



105 

modelo, Gomo quiera que sea, Racine y Gorneille no 
dejan nunca de proponerse un fin útil y saludable, co- 
mo lo preceptuaba Boileau; ya la misma moraleja de la 
primitiva fábula pagana, ya alusiones políticas ó pa- 
trióticas, ¡Hasta Volt aire, el Luciano del siglo xviii, pre* 
coniza el bien y la virtud siempre tjue se calza el cotur- 
no trágico; y si algunas veces rebaja la poesía al fengo 
de los Ovidios y Lucrecios, es impulsado por aquel fana- 
tismo negativo que á ól le parecía la suprema morali- 
dad! — En cuanto al gran Moliere, gloria legítima de 
Francia, su mejor elogio será decir que hizo tantas bue- 
nas obras como obras buenas. El Avaro ^ El Misántropo 
y El Hipócrita^ no fueron menos aplaudidos de los hom- 
bres de bien que de las personas de buen gusto. 

En el siglo presente, la literatura francesa ha ido des- 
cendiendo, y haciendo descender las Letras latinas, des- 
de el romanticismo objetivo ^ que predicó lo inmoral^ cre- 
yéfidolo moral y hasta el género bufo, que enseña lo in- 
moral ^ á sabiendas deque lo es^,,,, — Pero respetemos al 
delincuente en la hora providencial del castigo Res- 
petemos el dolor de un pueblo humillado, y pidamos tan 
sólo que la pena vaya seguida del escarmiento. 



He concluido mi larga y laboriosa tarea. Creo haber 
probado, señores Académicos, con razones filosóficas al 
principio, y después con el propio testimonio de las Le- 
tras y de las Artes, que la Belleza es una incógnita me- 
tafísica como la Verdad y la Bondad, de las que nuestra 
limitada razón sólo vislumbra desde la tierra algunos 
pálidos reflejos: he intentado demostrar que estas tres 
ideas madres son distintas entre sí (pero consubstancia- 



^ ' 106 • 

les en esencia) y distintas sus esferas de acción (pero con- 
* céntricas y armónicas), de tal suerte que nunca llegan á 
contradecirse: y he deducido, en consecuencia de todo, 
que si la Moral no puede considerarse como e;xclusivo 
criterio de belleza artística, tampoco puede haber belle- 
za artística indiferente á la Moral, á menos que se nie- 
gue la indivisible unidad de nuestro espíritu. 

No os habrán sorprendido, por. lo demás, la viveza y 
el calor con que he tratado. un asunto que hasta ahora 
sólo había dado margen á cei^emoniosos torneos didác- 
ticos; pues demasiado sabréis que la teoria de el Arte 
. por el Arte está hoy relacionada con otras á cual más 
temible^ y qué juntas socavan y remueven los cimientos 
de la sociedad humana. — Comenzóse por pedir una Mo- 
ral independiente, de la Religión: pidióse luego una Cien- 
cia independiente de Ja Moral: en voz baja empieza ya' 
á exigirse que' independiente dé la Moral sea también el 
Derecho, y á grito herido reclaman los Intemacionalis- 
tas, dejándose de contemplaciones y yendo derechos al 
bulto, que se declaren asimismo independientes de la 
Moral las tres entidades sociales: el Estado, la Familia, 
el Individuo. ¡Es decir, señores, que los ateos, pasando 
del humanismo sin Dios al humanismo sin alma, al bes- 
tialismo (última palabra de los materialistas), reniegan 
ya juntamente del Dios del cielo, áfi los Reyes de la tie- 
rra, de la autoridad histórica, de todo vínculo social, de 
la sociedad misma, de la propiedad, de la casa, de la es- 
posa, de los hijos, hasta de sí propios, ó sea da su condi- 
ción de criaturas racionales, pidiendo, en cambio, á la 
luz del petróleo y entre las ruinas causadas por el incen- 
dio, la anarquía líniversal, el amor libre -y la irrespon— 
' sabilidad de las acciones humanas! 



107 

Pues bien: en circunstancias tan pavorosas y terri-' 
bles; sin parar mientes en que el soberbio edificio de es- 
ta cÍTilizacíón negativa tiembla ya bajo nuestros pies, es 
cuando hay maestros de estética que se atreven á propo- 
nemos que el Arte^ el ^ran elemento conservador, pres- 
cinda también de sus aspiraciones espirituales, de los 
dictados de la conciencia, del amor al bien, de todo res- 
peto á la Moral! ¡Proceden, en verdad, lógicamente esos 
peregrinos doctores si, como presumo, pertenecen á la 
extrema izquierda de la filosofía novísima! ¿Para qué la 
Moral, sí no hay Dios, si no hay alma, si no hay hom- 
bre, si no hay más que fenómenos físicos sobre la tie- 
rra?^ — Pero vosotros, oradores, poetas, músicos, esculto- 
res, pintores, arquitectos, que vivís la vida del espíritu, 
y vosotros también, meros aficionados á las Letras y á 
las Artes, que acudís á estas solemnidades académicas, y 
á los Teatros, y á los Liceos, y á las Exposiciones artís- 
ticas, ganosos de útiles y dulces espectáculos que con- 
suelen y animen vuestro corazón en este siglo de la ma- 
teria por la materia; vosotros rechazaréis altivamente 
esa teoría sacrilega, fruto ponzoñoso de un nuevo sata- 
nismo, enemistado con el Bien, que desea proscribir la 
Moral de todas partes, que ya ha reducido mucho el im- 
perio de la Virtud, y que hoy nos declara sin rebozo {en 
nombre de no sé qué Belleza sin alma) qm quiere ser 
dmño depracíicar el mal! ¡Para vosotros, la fe en Dios, 
la augusta idea de la inmortalidad del espíritu, los 
triunfos sobre las pasiones terrenales, los sacrificios del 
egoísmo animal, la penitencia, la limosna, la castidad, 
el perdón de 'los agravios, el amor al enemigo, serán 
siempre la verdadera vida y la verdadera sublimidad del 
«hombre en este b£^o mundo! ¿Cómo no^ §1 triunfar del 



408 

cuerpo, redimir el alma, sobreponer lo moral á lo físi- 
co, es el atributo esencial y genérico que distingue al 
ser humano de la bestia? 

En ese terreno, y no en ningún otro (digámoslo con 
vergüenza y amargura), hay que dar hoy la batalla á los 
impíos- Ya no se trata de comparaciones y diferencias 
entre ésta y aquella Moral ó entre tal y cual Religión 
positiva. ¡Ni tan siquiera se trata de si hay ó no hay 
Dios!.-,. El mal está más profundo: la gangrena roe más 
abajo. Se litiga si hay ó no hay espíritu, si hay ó no 
hay alma, y con probar nosotros que la hay, lo habre- 
mos probado todo. ¡De haber alma, tiene que haber me- 
jor vida; tiene que haber Dios; tiene el hombre que res- 
ponderle de sus actos; hay necesidad de Moral; podre- 
mos subsistir sobre la tierra! 

Defended, pues, ¡oh soldados del sentimiento! los tim- 
bres de vuestra naturaleza empírea, de vuestra divina 
alcurnia! ¡Defended que sois hombres! ¡defended que sois 
inmortales!.... — ^Por lo que á mí toca, mientras aliente 
y pueda escribir ó hablar, seré el paladín del alma. Ella 
es mi Dulcinea. En la Religión, en la Historia, en la 
Poesía, en las Artes, veré siempre lucir su maravillosa 
hermosura! Digan otros que la señora de mis pensamien- 
tos no es más que un vulgar conjunto de fuerza y ma- 
teria^ como el que, según cierto sabio á la moda í^), diri- 
ge las funciones del cerebro humano. Para mí no deja- 
rá nunca de ser la inmortal Princesa de incomparables 
gracias á quien debo las únicas alegrías que recuerdo 
sin abochornarme, las horas mejor empleadas de mi vi- 
da, mis ensueños poéticos, mi mansa feliMdad, el con-* 

(I) Bachuer. 



109 

suelo de todos mis dolores y la inmarcesible esperanza 
que, como fiel siempreviva, me acompañará hasta el se- 
pulcro. 

¡Oh dulce concierto! Espiritical y moral son ideas in- 
separables. Todo lo que eleva al hombre sobre la mate- 
ria lo fortifica y lo mejora, bien sea la contemplación 
de la naturaleza muda, que apenas sabe balbucear su 
himno de agradecimiento al Criador, bien el divino arte 
d& la Música, que tanto habla al espíritu con los indeter- 
minados acentos de su misterioso idioma. Llora el mor- 
tal entonces, sintiendo más que nunca la inefable nos- 
talgia del Cielo, y sus copiosas lágrimas, acerbas al prin- 
cipio, son al cabo puras y alegres como aquellas últimas 
gotas de la lluvia que abrillanta el sol después de la tem- 
pestad y que sirven de gala y regocijo al indultado mun- 
do. Indultada de su destierro se cree también la mísera 
criatura cada vez que el entusiasmo la purifica con aquel 
noble lloro equivalente á una plegaria; y presintiendo, 
en su éxtasis, la hora del perdón y de la libertad, ó sea 
el instante de la benigna muerte, recobra fuerza y vir- 
tudes para seguir peregrinando hacia su patria.— Y, 
pues esto es así; pues que nuestra jerarquía sobre la tie- 
rra consiste precisamente en vivir fuera del tiempo que 
se cuenta y del espacio que se mide; pues que los ídolos 
de barro, las beldades del mundo, nuestras inspiraciones 
y nuestras obras pasan ante la Eternidad sicut ntcbeSf 
quasi aveSy velut umbra; pues que nosotros mismos so- 
mos huéspedes de un día en este pobre globo que se dis- 
putan la luz y las tinieblas á tal extremo ¡ay de mí 

triste! que al entrar hoy aquí (aunque tan temprano me 
habéis llamado), no me aguardan ya los brazos de aquél 
que amé con filial cariño y cuya sombra amiga todos 



me recordáis W (como tal vez muy pronto sólo quedará 
una vaga memoria de mi paso por esta Comunidad); pues 
que sueño es la vida, humo leve la gloria, nuestras be- 
llezas ilusión, litigios nuestras verdades, y único bien 
duradero la esperanza de lo absoluto^ considerad, seño- 
res , si hay razón 7 fundamento para que, desdeñando 
los ideales finitos, y buscando digno término remoto á 
nuestras obras, nos elevemos á la contemplación del 
Eterno Ser en quien juntamente residen la Suma Veí- 
dad, la Suma Bondad y la Suma Belleza. * 



He dicho. 



{\) D. Nieomede3 Pastor Dlax. 



CONTESTAaON 

BBL 

ExcMO. Sr. D. CÁNDIDO NOCEDAL 

AL DISCURSO DE D. PEDRO ANTONIO DE ALAROON. 



. Señores: * . 

* 

Un ilustre compañerp nuestro, que goza ya de mejor 
Trida, procuró en bellísimo libro, á que puso por nom- 
bre La Mujer ^ llamar la atención sobre el incidente de 
mayor importancia en las tertulias; tan grande por lo 
menos, dice, como la entrada de cualquier individuo 
nuevo en una corporación: la presentación de un nuevo 
tertuliana. 

Sucede con mucha frecuencia, añade, que el presen- 
tado suele tener en la tertulia donde se le presenta más 
profundas simpatías que el candido presentante. Ni más 
m menos sucede en el caso de hoy. Yo, que presento al 
Sr. Alarcón ante la Academia Española, no he podido 
aun, al cabo de diez y siete años transcurridos desde que 
tomó asiento en sus preciados sillones, ni justificar mis 
títulos, ni siquiera caer en la cuenta de por qué esta sa- 
bia Corporación me abrió sus puertas. Y heme aquí, can- 
dido presentante en ella de uno que las tiene de par en 
par abiertas, porque los sufragios de sus compañeros se 



112 

han ceñido á reconocer grandes merecimientos prego- 
nados por todaiá'las personas competentes, y por la gene- 
ral y bien adquirida fama. La Academia Española en es- 
te día, como en muchos otros, reconoce y declara, ó si 
se quiere sanciona, lo que el público y los doctos unáni- 
memente han decretado, es á saber: que el ingenioso au- 
tor de La Alpujarra y El escándalo^ y del drama intitu- 
lado El hijo pródigo^ y de El suspiro del morOj y del 
precioso cuento El sombrero de tres picoSy y de tantas 
otras composiciones en verso y prosa, todas agudísimas 
y llenas de inspiración y de gracia, es digno, dignísimo 
de sentarse entre los proceres de las letras españolas, 
para que los ayude á cumplir los patrióticos fines de su 
instituto. 

Así, de hoy en adelante, la Academia, que ve mer- 
madas sus gloriosas filas con pérdidas nunca bastante 
lloradas; qué echa de menos á hombres como Ángel Saa- 
vedra. Duque de Rivas, el cual bondadosamente me apa- 
drinó á mí en ocasión idéntica por recuerdo cariñoso de 
haber derramado su sangre hidalga al lado de mi buen 
padre en la guerra de la Independencia; y como Bretón 
de los Herreros y Ventura de la Vega, y Pidal y Donoso, 
y Aparisi y Catalina; la Academia, digo, que tiene aho- 
ra mismo el buen gusto y la honda pena de considerar 
como presente al insigne Hartzenbusch, ausente por en- 
fermo casi todos los días en que celebramos junta, con- 
tará con la ayuda inteligente y vigorosa de Alarcón pa- 
ra cultivar y fijar la elegancia de la lengua castellana; 
para formar un arsenal precioso de estudios crítico-lite- 
rarios, históricos y filológicos, que sirvan de guía, en- 
señanza y deleite á los estudiosos, y para fomentar las 

11 letras, ya juzgando con acierto en los certámenes, ya in- 

l< 



413 

formando con recta imparcialidad al Grobierna sobre las 
obras dignas de su apoyo y protección, ya enseñando 
con él ejemplo de las suyas, bien pensadas y elegante- 
mente escritas. ^ 

Lo que no todos sáben„ y merece saberse, es que el 
Sr. Alarcón ha cursado coh fruto la primera y fnás alta 
de todas las ciencias, la que se adorna con el candida co- 
lor de la pureza, la que trata de Dios y de sus atributos, 
la sagrada Teología. Su, presencia en la Academia Espa- 
ñola es útil, no sólo como hijo predilecto de las Musas, 
sino como entendido en el ramo del saber que hoy, por 
desgracia, halla menos cultivadores en esta Corporación. 
Viene, pues, de una parte, nuestro nuevo compañero, ;en 
auxilio de los grandes escritores que pueblan estos esca- 
ños; y de otra, á compartir las faenas del R. Fernández, 
docto y elocuente académica* de Húmero*, y de nuestros re- 
nombrados correspondientes el Sr. Benavides, Patriarca 
de las Indias; el Sr. Monescillo, Obispo de Jaén, autores 
uno y otro dé oraciones fúnebres en lasljonras de Cervan- 
tes, que acrecentaron, si es posible, su justo renombre; y 
el R. P. Fidel Fita, en cualquier linaje de estudios pro- 
fundísimo, sabio á toda ley, no de aquéllos de similor que 
engañan á la ciega muchedumbre, modesto y generoso: 
lo cual no maravilla á los que conocen que es soldado de 
la santa milicia fundada por San Ignacio de Loyola, glo- 
ria de* Guipúzcoa, honor de España, admiración del 
mundo y regocijo del Cielo. 

Cuando se enaltece á un orador cuyas palabras se ha 
llevado el viento, queda lugar á la desconfianza y á la 
duda; con especialidad ahora que todos son oradores de 
nota á los ojos de su partido. Pero con Alarcón no pasa 
esto: ahí tenéis sus excelentes obras, dadas á la estampa; 



4U 

ahí está el discurso que os ha leído, impreso, para que 
no os dejéis llevar de fugaces juicios apasionados. Ahí 
tenéis esa oración gallarda, en que noblemente se vuel- 
ve por los fueros de la bella y verdadera literatura, re- 
clamando el dictado de obras excelentes- del ingenio 
para las que confiesan á Dios, .para las que rinden culto 
á la virtud s para las que enaltecen al hombre, dotado de 
alma inmortal hecha á imagen y senjejanza de su Cria-- 
dor omnipotente- 

Dice muy bien el Sr. Alarcón: es aborrecible eso que 
se llama el arte por el arte. No se puede tolerar, no se 
debe consentir, ni en artes ni en letras, la preocupación 
impía y salvaje de la forma por la forma misma, de la 
forma como objeto, como fin único ó esencial de letras 
y artes. No," eso, no es arte ni literatura: eso es iliterario 
y antiartístico. Quien acaricia la insensata pasión de ha- 
cer admirar en sí misma una forma artística, y producir 
efecto exclusivamente por la forma, ese destruye la pri- 
mera condición del arte, la cual no es otra que la expre- 
sión de la ideíi. El que rebaja las letras al humilde terre- 
no del realismo hoy al uso, mutila al hombre, decapita 
BU personalidad, y convierte el buerpo, no en cárcel, si- 
no en tumba del alma. Bueno es — ¿quién lo duda? — que 
el cuerpo esté sano, y aun mejor si parece hermoso y 
bien proporcionado; pero el alma es la destinada á la su- 
prema belleza, á la angelical hermosura, á los esplendo- 
res de la inmarcesible gloria perdurable. Lo mismo suce- 
de en las artes; sus producciones han de tener espíritu y 
cuerpo. Cuídese en buen hora el cuerpo, la forma, la ex- 
presión; reconozco su valor, y un valor no así como 
quiera grande, sino muy importante; pero la idea es lo 
principal, la íbrniA su sierva, dócil y sumisa, sin la ne- 



115 

cedad y locura de pretender erigirse en señora; sierva 
que sabe cumplir con su obligación esmerándose en que 
la idea á quien sirve sea simpática, agradable, bien re^ 
cibida por todos en todas partes, distinguiéndose en la 
limpieza, galanura y buena disposición. La señora man- 
da y dirige: es rey que reina y gobierna; la forma es un 
ministro de ineludible responsabilidad cuantas veces no 
acierte á abrir paso fácil, llano, agradable y simpático 
á la reina' y señora á quien presta vasallaje. 

En nada se ve con tan grande claridad esto como en, 
la oratoria. Supongamos que una gran idea, profunda, 
luminosa, civilizadora y aun salvadora, sabe hallar su 
defensor y propalador en un hombree elocuente: la idea 
será comprendida y aplaudida por la muchedumbre; el 
mundo deberá su salvación á la idea, y la idea su pron- 
ta y rápida popularidad al orador elocuente: la forma 
fué hasta allí un servidor que cumplió bien y fielmente 
su obligación más sagrada. Supongamos ahora que la 
idea* ocurrió á ün hombre de palabra difícil y aun soño- 
lienta, y que el auditorio le vuelve la espalda huyendo 
el fastidio, que se había de convertir en invencible modo- 
rra. Ia idea seguirá siendo hermosa y salvadora, pero 
sin cuerpo donde encerrarla y -hacerla sentir y amar del 
público. En el primero contemplamos al gran orador; en 
el segundo echamos de menos algo, mucho, para otorgar- 
le aquel nombre. Pero todavía, así y todo, puede ser útil- 
al género humano, •porque si le llega á entender (que sí 
llegará si la idea es verdaderamente buena) algún ora- 
dor cumplido, y se la apropia, y la explica y la hace 
amable, el mal encontró afortunadamente remedio. Mas^ 
suponed ahora un hombre que dé al yiento palabras, pa- 
labras y palabras^ que suenen bien y nada enseñen en 



H6 

substancia- Este tal, aunque se haga aplaudir, que no se 
forje ilusiones jamás: ni es gran orador, ni sigue las tra- 
diciones de] arte cultivado por el saber y el ingenio ver- 
dadero desde las edades más remotas. Le aplaudirían, 
como se aplaude un bien acondicionado instrumento ó á 
un hálñl instrumentista. Pero un instrumentista, un me- 
ro instrumenlista, no es Mozart, no es Béllini, no es el 
gran composilor, no es el gran músico,. no es el crea- 
dor sublime d& belleza; como el forjador de resonantes 
y verbosos períodos, no* es, por sólo esto, grande oradojr. 
' Y si no, que lo ponga á prueba: el orador insigne con- 
vóncej conmueve, arrastra; pues bien: que éste de que 
voy hablando quiera^ oon altisonante arenga, arrastrar 
en pos de sí á sus oyentes á reñir empeñada batalla, y 
verá cómo queda solo, y su auditorio riendo de la candi- 
dez con que pudo creer que los aplausos dispensados á la 
palabra vacía habían -de igualarse con aquéllos, quizá 
menos ruidosos, dispensados á una idea grande expresa- 
da con acierto, con ftcactitud y con belleza.* Ésto es elo- 
cuencia; para lo otro tiene una frase hecha el castellano: 
aquello es hablar por hablar. 

Produce más utilidad y deleite oir cómo dulcemente 
gorjean los ruiseñores en •la enramada, y cómo, al cru- 
zar por ella, con manso ruido gime el viento mientras 
le saludan temblorosas las*hojas de los árboles y sjis co- 

* pas se mecen con movimiento blando y suave; y rom- 
piendo su cristal en perlas, se arrojan desde lo alto las 
cascadas, y bordan la pradera los alegres y fresquísimos 
arroyos. El orador vacío nada dice al alma humana; y 

< por él conti^ario, los trinosde las aves y el rugido'de las 
fieras, el bramar de los vientos y el 'dulce susurro de .la 
fuente, y de] arroyo y del río, y las olas encrespadas de 



fi7 

alborotada mar, componen un himno sublime al Autor 
de todo lo criado. Entonces el alma se eleva desde la con- 
templación de las cosas que oye y ve, á las que no ve ni 
oya, y ^e realmente son; el corazón, -Heno de amor y 
de agradecimiento, se rinde á adorar al Autor de todas 
las cosas visibles ó invisibles, dóblase involuntarianiente 
la rodilla, y salta del pecho regenerado enardecida la voz 
humana á celebrar las glorias de Dios, criador y conser- 
vador providente del universo. 

La fe es precisa, indispensable á toda criatura huma- 
na; pero más que á nadie al orador, al poeta, al artista. 
Por eso no merecQU tal nombre, ni produceij obras de 
arte verdaderas los incrédulas.. Contemplad al verdadero 
artista:* alegre cuando ha visto el ideal de una obra, se 
entristece conforme adelanta en ella; y al terminarlí^, el 
mundo aplaude, y él eStá descontento, porque no ha po- 
dido hacer con sus manos ó con su palabra todo aquello 
que adivinó, y vio, y contempló en el instante de la ins- 
piración divida; porque el cuerpo no sabe reelizar todo 
lo qué el alma siente ó presiente;- porque el alma, deste- 
rrada del Cielo, aspira al Cielo, y los grandes artistas 
.consiguen entreverle. El cuerpo, cárcel estrecha, no al- 
canza á tanto;, la bestiezuela de la carne limita los Ijori- 
zontes del poeta y del artista; y mientras el alma force- 
jea para subir hacia lo alto, el cuerpo^ miserable se des- 
ploma hacia la tierra. En esta lucha, el gran artista sube 
. lo bastante para asombrar *al mundo,* pero nunca todo lo 
que su.allna había concebido; porque al ir á realizarlo, • 
se' encuentra el alma desterrada y prisionera. 
' Ahora bien, el arte por el arte no es sino el realis- 
moj como ahora se dice; el cual, deflnidQ por sus apolo- 
gistas, consiste <en que los hombres,' desprendidos del 



US 

mundo sobrenatural y viviendo en el mundo real, quie- 
ren contemplar, no ideas ni símbolos, sino personas y 
cosas; porque ellas no son un signo al través del cual se 
manifiesta el pensamiento místico, sino que tienen valor 
y belleza de por sí, y la mirada se fija sobre las cosas 
reales, tales como ellas son, con tal de estar bien copia- 
das é imitadas, sin que las abandone un punto para pa- 
sar adelante ni pensar más allá.» Ó sea, como dice un 
gi*an orador cristiano, «supresión del más allá; las pers- 
pectivas de lo ideal, cerradas á la contemplación y á la 
expresión de los artistas, > Es decir, obras para los ojos, 
para los sentidos groseros y deleznables, no para el al- 
ma nobilísima ó inmortal. 

Pues, ante todo, el que imita así á la naturaleza, no 
piense que la imita exacta y completamente; por el con- 
trario, la envilece y la mata. NÓ quiero yo, ni quiere 
nadie, que las artes y las letras prescindan del mundo 
real; pero queremos que no se prescinda de lo ideal, de 
lo sobrenatural que late y palpita en lo real. Quien no lo 
sienta latir y palpitar, no es artista ni poeta. 

En segundo lugar, yerra el que da nombre de artista 
al servil imitador de la naturaleza: las artes no se limi- 
tan á imitar, sino que aspiran á interpretar la obra de 
Dios á los ojos de la muchedumbre. Así como saliéndose 
del cuerpo caducó el alma inmortal la materia se co- 
rrompe, del propio modo en prescindiendo de lo ideal, en 
no viendo en el mundo á su Criador, no se interpreta, se 
copia; no se pintan cuadros, se hacen fotografías á todo 
lo más; flores de un día, gustosas de ver á la mañana, 
mareliitas y deshojadas á la tarde. 

Mas con esto, sólo habríamos de lamentar la pérdida 
de las artes: {)órdida inmensa, incalculable, deshonrosa, 



449 

tremenda; pero que aJ cabo, por sí sola, no traería la fin 
del mundo. Mas ahí no para el daño: el daño consiste en 
que el realismo ón las artes corresponde fiel al materia- 
lismo en la ciencia; el daño consiste en que el realismo 
de las artes y el materialismo en la ciencia son el sen- 
sualismo en, la sociedad; y las sociedades que caen en el 
sensualismo están á' la puerta de la barbarie, y á dispo- 
sición del primer conquistador que se digne castigarlas. 
• Un pueblo que pase treinta 6 cuarenta años danzando el 
can-can^ no solamente en sus bailes de gente perdida, 
sino en sus dramas, en sus novelas, en sus canciones, en 
sus cuadros y hasta en sus edificios, y creyéndose civili- 
zador se entretenga en pasear por el mundo su lite- 
ratura realista, Materialista y sensualista, no hay duda, 
caerá vencido y humillado ante el primer enemigo que 
con cualquier pretexto le invada. Ese desventurado pue- 
blo se hallará sin fuerzas para defenderse noble* varonil 
y heroico; verá caer los muros de sus fortalezas al sim- 
ple rumor de las trompetas de sus invasores, aunque no 
sean éstos, ni con mucho, el pueblo de í)ios; verá sus 
meretrices bailar el can-can al compás de las músicas 
extranjeras, á sus avaros contratistas suministrar víve- 
res y provisiones al extranjero enemigo, y buscará su 
salvación por el momento en las arcas repletas de sus 
hijos degenerados. 

¡Dichoso mil veces ese pueblo, si contrito vuelve sus 
ojos hacia Dios y le desagravia confiando en su Provi- 
dencia! ¡Infeliz de, él, si insensato .busca de nuevo los 
placeres en la contemplación de la materia deificada, y 
se venga de su invasor enseñándole las muecas del can- 
can/ Si esto hace así, que se prepare á ver abrasados sus 
edificios soberbios, derruidos sus monumentos insignes, 



<20 
asolados sus feracísimos campos; y no por fuego del Cie- 
lo, sino, para mayor ignominia y para escarmiento más 
terrible, por fuego brotado del infierno, propagado .por 
demonio^ disfrazados de hombres y mujeres, y manteni- 
do con petróleo. Si lá sociedad^ con la enseñanza de sus 
fil(3sbfos, con los- acordes, acentos de "sus poetas, con la 
maravillosa y electrizadora palabra de sus oradores, y 
con la deleitable seducción de las artes, formando^ un 
himno magnifico y universal, levanta su corazón arri-' 
ha,' sobre ella como benéfica lluvia derrama Dios sus 
misericordias. Si persiste en el camino de la perversión, 
y todo espíritu se materializa, y todo corazón se manci- ^ 
^ lia, labora se acerca, el castigo está próximo; los festi- 
nes* se suceden, la literatura realista se multiplica, las 
artes paganas se embrutecen, el cielo se encapota, la* 
tierra se anega, y desquiciado el mundo, vuelve al es- 
tado salvaje. . * . . 

Éstos son los frut03 del materialismo en la filosofía, 
del Sensualismo en las costumbres, y del realismo en las 
letras y en las artes. 

Pero ¿qué culpa tenemos nosotros, dicen los artistas, 
de que sea el mundo así? Lgi sociedad influye en nos- 
otros, y nos obliga y nos fuerza; dando gusto al público, 
nos aplaude, y con el aplauso, de suyo agradable y gus- 
toso, .vienen pocos ó muchos los medios materiales de 
sustentar la vida. Con esto nos contentamos en España; 
en Francia es otra cosa: allí se enriquecen los escritores 
que siguen el corrompido gusto del público, y riéndose 
. de la multitud, exclaman: 

El pueblo es necio, y pues lo paga, es justo 
Hablarle en necio para darle gusto. 

Apresuróme á confesar que,' en parte, no les falta ra- 



zón á los que de esta manera se defleiíden. Dicen bien, 
en cuanto aseguran que así se 4ogra mayor ventaja ma- 
terial y positiva; dicen la verdad, en cuanto afirman que 
los. éxitos colosales, espléndidos, beneficiosos; que ías re- 
peticiones á centenares de dramas inmorales y las edi- 
ciones á docenas de i^ovelas pestíferas, se obtienen dan- 
do placer al gusto depravado del público, influido pre- 
viamente por máximas que no han nacido en las letras 
JÁ en las artos. Pero ^en qué quedamos? ¿Sois artistas ó 
jornaleros? ¿sois poetas ó mercaderes? Si queréis entrar 
en el gremio de los comerciantes, no habléis, por Dios, 
no habléis de vuestra misión ni de vuestro sacerdocio. 
Hablad de vuestra industria, hablad del mostrador, ma- 
triculaos en el tribunal de comercio; pero no o^ llaméis 
poetas ni artistas. Contentaos con unas cuantas pesetas, 
ó con muchos pesos dui;os, y renunciad á los lauras in-r 
marcesibles de la inmortalidad. 

También tienen razón, si dando en su defensa un paso 
más, exclaman: bien está, cierto es; viciados están nues- 
tros entendimientos, pero no la voluntad. Respirando 
perpetuamente un aire corrompido, se dañan nuestros pul- 
mones; devoramos el aire emponzoñado de la sociedad, 
y devolyemos con creces, sin saberlo y sin quererlo, lo 
que hemos respirado. ¿Cómo se vive entre aguas estan- 
cadas sin padqcer de fiebres perjiiciosas? Si nuestros en- 
sueñois son calenturientos, es porqué la sociedad én que 
vivimos es pestilente. Sanead el aire, purificad la atmós- 
fera, y nos hallaréis curados: nuestras producciones co- 
rresponderán al aire puro, ál alimento sano, y devolve- 
remos al pueblo, en libros verdaderamente bellos, y por 
lo tanto morales, las enseñanzas saludables que reciba- 
mos. Pero vosotros, añaden los poetas y los artistas; 



122 

vosotros, gobernantes; vosotros, filósofos; vosotros, hom- 
bres de mundo y de sociedad, vosotros nos inficionáis, 
nos corrompéis, y después lanzáis sobre nosotros san- 
gilen tos anatemas porque popularizamos, por medio de 
obras de ¿irte, entre vuestras esposas, vuestros hijos, 
vuestros colonos y vuestros criados, aquello mismo que 
de vosotros aprendimos, ;,Quó hemos de pintar sino lo que 
presenciamos? ¿Qué hemos de retratar y describir sino 
lo que vemos? Y puesto que lo que vemos nos lo ponéis 
vosotros delante de los ojos, sed justos, no nos saquéis á la 
vergüenza, miraos al espejo, y veréis que sois tan feos 
y deformes como los retratos que hacemos de vosotros. 
Cierto; no liay duda, en todo ello les asiste gran parte 
de razón á dramaturgos, novelistas y pintores: 

Todos en Él pusimos nuestras manos. 

Pero tienen alguna razt'm, gran parte de razón; no razón 
completa. Ya se dijo en otra ocasión solenme en esta 
misma Academia: si no podéis, ó no os atrevéis á robus- 
tecer con vuestras obras el principio de autoridad en 
pontíflceSj royeSj padres ó maridos; si no acertáis, por- 
que obscurece la vista la niebla densa que os rodea, y es- 
tán íalseadas las nociones de virtud y de vicio, á pintar 
el \dcio siempre aborrecible y defgrme, y la virtud ci- 
ñendo la merecida corona, renunciad, al menos por 
ahora, á ser transcendentales: sed siquiera inocentes. 
«Vuelvan las musas á morar en regaladas florestas, con 
su gracioso antiguo continente, ceñida de flores la cin- ' 
tura; dejen de andar á pie y descalzas, desaseadas y en 
cabello por esaü calles, y tornarán á ser queridas y res- 
petadas (^).> 

(1) Discurao de racepcioa del autor de esta respaesta. 



m 

. ¿No podéis nadar, poetas y artistas, contra las corrien- 
tes (ftxe hoy arrastran al género humano? Pues escuchad 
el sano consejo que os da un orador eminente en bellí- 
simas palabras: < Yo os lo conjuro en nombre de la litera- 
tura y del arte, en nombre de su dignidad y de la nuestra: 
dejad, dejad caer sobre esas bárbaras tentativas que al- 
canzan éxitos prodigiosos, tesoros de indignación vale- 
rosa y de generosa cólera; azotad, azotad, y para la ma- 
yor gloria de la verdad, de la virtud y del arte, arrojad 
del templo de las artes á los profanadores de la belleza. 
—¿No podéis? ¿no osáis? Pues ¿por qfié y para qué exis- 
tís? ¿Por qué ni para qué lleváis el nombre hermoso de 
poetas, de oradores y de artistas, que á tanto os obliga, 
ái es solamente para seguir las corrientes de deprava- 
ción que arrebatan al género humano? ¡Ah! si no tenéis 
otro objeto que precipitar nuestra caída, dejadnos; rom- 
ped vuestras plumas, destruid vuestros pinceles, destro- 
zad vuestros buriles; no seáis cómplices de nuestra caída 
con vuestras obras: el peso de nuestros errores y de nues- 
tras costumbres basta para hundirnos en el abismo. » 

Pero esas palabras son sospechosas: son de un enemi- 
go del progreso y de la civilización moderna; son de un 
ultramontano; son de un Jesuíta. Pues bien, escuchad: 
oídlas de un académico que las ha puesto en verso. 
¿Diréis que es ultramontano el Sr. Núñez de Arce? Pues 
oídle: 

¡Todo se anubla, todo 

Choca, todo est4 heridol 

Pide estragado el arte 

Su iuspiración al vicio, 

y entre el alegre estruendo 

De infames regocijos, 

La sociedad oscila 



411 '• ' - . 

Sobre ai obscuro abismo. 
4 ]?o£^tasl hasta tanto , ^ 

Que la borrasca pase, ' » * 
Colguemos nuestras arpas 
De los llorosos sauces. 
, ' - Tal vez cuando la tierra 

^ Nuestros despojos guarde, * ' ^ » 

^ El viento las sacuda, 

Y vibren, giman, canten (í). ^ . 

Ya lo veis: Núñez de Arce es poeta, y cuando quiere 
cantar, en vez de hacerse cómplice de los infames rego- 
cijos que nos embrutecen, aniquilan y deshonran, pro- 
testa valientemente y hace coro, con, inspirados versos, 
á las inspiradas palabras del elocuente Jesuita. - 

Y dice más nuestro compañero cuando habla como 
poeta, que es cu-ando ve la Verdad, inseparable herma- 
na de la belleza, aunque el vulgo piense lo contrario: 

Guando la poesía desfaUece 
Y oual ebria bacante desceñida 
' , Se revuelca en el faiigo, y se envilece; 

Guando Ja muchedumbre descreída, 
En torpes cspeclaculos apura - *' - 

Los más brutales goces de la Vida: 



Eptouces, como eí aire oori'ompido 
Que invadiendo el espacio, se dilata 
Lento, invisible, acaso no sentido, 
La cólera del Cielo se desata, ^ 
, ' Avanza sin cesar, muda y sombría, 

Y como el rayo y la epidemia mata- 
Enlonces Dios sobre la rasa impía 
Que marcha presurosa hacia el abismo, 
Sus horrendas catástrofes envía (i)* 

(4; Núúez de Arce— Criros del coTnhate, 1875, págs^ 116 y 447. 

(i) NQñez de Arpe. —Gritos del aúmbaín, iS73, paga, *29 y 430, Por me- 



12& 

Pero sucede que el vulgo de los no poetas suele, decir 
que, mal que nos pese á los ultramontanos y al Sr. Nú- 
flez de Arce, todos los siglos, sin excluir el siglo de oro 
d^ nuestras letras y artes, han aportado al acervo co- 
mún su contingente de;inmoralidad. Á esto, en primer 
lugar, respondo que na hay que confundir ciertas desen- 
volturas en el lenguaje con la verdadera inmoralidad; 
que á oídos inocentes de personas cí'eyentes y piadosas 
no les puede ofender alguna palabra ó frase, ó pasaje ó 
escena, dé cierta libertad y desenvoltura por su forma 
extema; que nosotros oímos con malicia y comentamos 
con fruición algo escrito en el siglo de oro sin átomo de 
impiedad ni de inmoralidad; porque el que es creyente, 
y habla con creyentes, usa de cierto candoroso abando- 
no que es peligroso para un auditorio maligno, así co- 
mo inofensivo para un pueblo creyente y honrado. Pero 
aun siendo exacto, como efectivamente lo es, que todos 
los tiempos, aun los menos depravados, tuvieron su co- 
secha de perversas obras, al fin como' de hombres, con- 
testa á,la objeción nuestro nuevo compañero, de un mo- 
do que no admite réplica, en su excelente discurso. Una 
cosa es producir obras inmoiítles, y otra matar la con- 
ciencian no puede ser lo mismo afrontar los remordi- 
mientos que pesan al cabo sobre qu^en borrajeó y sacó á 
luz obras provocativas, que suprimir los remordimien- 
tos. Se ha obrado el mal, sabiendo que era malo; pero 
no se ha tenido la audacia de presentar lo malo como . 
bueno,^ la bondad como tontería, y la santidad como es- 
téril sacrificio: eso no ha sucedidg nunca hasta ahora 
hace diez y nueve siglos. 

nos qae esto se llama hoy ultramontano á cualquiera que lo diga en pro^ 
sa. Por fortuna, no es ofensa; antes bien grandísima honra. ' 



^36 

¡Pero si se hace más! ¡Si se llega hasta falsear el di- 
vino misterio de la Redención! Las generaciones que 
nos precedieron tenían costumbre de ver en la escena á 
D- Juan Tenorio seduciendo incautas doncellas y ma- 
tando hermanos y padres celadores de su honra, para 
ser después tragado por el infierno á vista del aterrado 
espectador. Ahora no podemos tolerar semejante injus- 
ticia: somos tan tolerantes, tan benévolos, tan finos, 
tan bondadosos, que nos gozamos en la seducción y el 
escándalo: y á presenciarlo y aplaudirlo acudimos todos 
los años, cabalmente el día de la Conmemoración de los 
fieles difuntos; y para falsificarlo todo, necesitamos que 
D, Juan se salve, y que á nuestra presencia se vaya yes- 
tido y calzado al Cielo, no en las alas del arrepentimien- 
tOj la contrición y la penitencia, sino por el amor sen- 
sual de una mujer que abandona las mansiones celestia- 
les, y renuncia á ellas, no para salvar un alma' cristia- 
na diciéndole 

¡Ay de tí si no aprovechas 
La eternidad de un instante! ^ 

sino para requebrar de amores al libertino desalmado ó 
impenitente. / 

Si Tirso de Molina levantara la cabeza y viera tal pro- 
fanación de su Burlador de Sevillay volveríase luego des- 
corazonado al sepulcro. Afortunadameiite, el personaje 
fantaseado por el fraile de la Merced, y su cristiano 
poema, conservan el desenlace cristiano en la obra que 
admira el mundo realzada y sublimada con las melodías 
de Mozart. 

Adviertan los que de Dios 
Juzgan los castigos grandes, 



127 

Qae no hay plazo que no llegue 
Ni deuda que no se pague (4). 

Pero ¿es cierto que ho.se puede ir contra la comente? 
¿Es verdad que sea preciso humillarse ante las deprava- 
ciones inicuas, ó romper la lira? ¡Oh! no: Alarcón puede 
decir en voz alta, y os lo acaba de decir con regocijo, 
que el Bien ha sido siempre su norte, que se ha propues- 
to ser útil á la familia y á la sociedad si ensayaba la no- 
vela, consolador del espíritu humano cuando pulsaba su 
arpa. Sin embargo de lo cual, y por ello' precisamente, 
puedo yo afirmar, á presencia del primer Cuerpo litera- 
rio de España, que sus novelas son muy leídas y sus 
poesías muy apreciadas. Pues lo que Alarcón hace en 
medio de los errores contemporáneos, ¿por qué no lo 
pueden hacer todos los peregrinos ijigenios de la patria? 
El público influye en ellos, no lo niego;. pero ellos influ- 
yen en el público; y puesto que hablan á toda hora ,de 
su misión y de su sacerdocio^ no parece exigirles mu- 
cho con obligarlos á que lidien contra la corriente y den 
pruebas de valor y de vocación verdadera. 

Creerá alguno que Alarcón, en este punto, es un con- 
vertido; no por cierto: mi digno ahijado tiene la dicha de 
haberse conducido siempre honradamente en el campó 
literario. Por el año de 1855, siendo casi niño, escribía 
y daba á la estampa La Noche-buena del poeta. Describe 
la que pasó á los siete años de su edad, en su pueblo: 
<En mi pueblo, á noventa leguas de Madrid, á mil le- 
guas del mundo, en un pliegue de Sierra-Nevada. — 
¡Aún me parece veros, padres y hermanos! — Un enorme 

(4) El Burlador de Sevilla y Convidado de pterfra.— Comedias de Tirso 
de MolÍ9a coleccionadas por Hartzenbusch, pág. K89 de la edición de Ri- 
vadeneyra. , 



tronco de encina chisporroteaba en medio del hogar; la' 
negra y ancha campana de la chimenea nos cobijaba; en 
Ids rincones estaban mis dos abuelas, que aquella noche 
se quedaban en casa á presidir la ceremonia de .familia; 
en seguida se hajlaban -mis padres; luego nosotros, y * 
entre nosotros, los criados. — ^Porque en aquélla fiesta to- 
dos representábamos ¡a. casa, y á* todos debía cjalentar- 

nos'el mismo fuego Algunos copos de nieye caían 

.por ^1 cañón de la chimenea ¡y el viento silbaba á lo 

lejos, hablándonds de los ausentes, de los pobres, de los. 
caminantes! 

>Yo no ceno en mi casa hace algunas Noches-buenas. 
— Mi pueblo há desaparecido en el océano de mi vida, 
como el islote que se deja atrás el navegante. — Ya no 
«oy aquel Pedro, aquel niño, aquel foco de ignorancia, 
de curiosidad y^de tristeza, que penetraba temblando en 
la. existencia. — Yo soy ya nada menos que un hom- 
bre, un habitante de Madrid, que se arreUana cómoda- 
mente en la vida, y se engríe de su amplia independen- 
cia, como soltero, como novelista, como voluntario de 
la orfandad que soy, con patillas, deudas, amoreá y tra- 
tamiento de usted!!! 

• »|0h! Guando comparo mi. actual libertad, mi ancho 
vivir, el inmenso teatro de mis operaciones, mi tempra- 
na experiencia, mi alma descubierta y templada como 
un piano en noche de concierto, mis atrevimientos, mis 
ambiciones y mis desdenes, con aquel rapazuelo que to- 
caba la zambomba hace quince años en un rincón de An- 
dalucía, sonrióme por fuera, y hasta lanzo una carcaja- 
da que considero de buen tono; mientras que mi solitario 
corazón destila en su lóbrega caverna, procurando que 
no la vea nadie, una lágrima pura de infinita melancolía. 



<29 

>Lágrima santa, que un sello de franqueo lleva al 
hogar tranquilo donde envejecen mis padres! > * 

¡Oh, Sr. Alarcón, mi digno y querido amigo! Esa lá- 
grima es una perla: de esa preciosa margarita brotan y 
caen como bendición sobre la frente del poeta los ver- 
sos con que termina, puestos en boca de un padre, la co- 
media intitulada JS*/ hijo pródigo: 

|Sí..?.. serás bueno lo sé I ,. 

Que ya, aunque lejos de mí, 

No estás solo en tu aflicción; 

Pues irán eternamente 

Mi bendición en tu frente 

Y Dios en tu corazón! i 

El hijo pródigo, comedia representada ó impresa en 
1857, parece el desenvolvimiento de La Noche^buena 
del poeta. La idea de la santidad de la familia cristiana 
está profundamente grabada en el alma de Alarcón, y 
nunca la olvida, y jamás deja de dar con ella vida y ca- 
lor á bien inspirados cuadros, á escenas interesantes y 
tiernísimas, que hacen salir dulces lágrimas á los ojos, 
derraman consuelo en el corazón, y arrancan involun- 
tarios aplausos aun de aquéllos que no rezan por sus 
muertos el día 2 de noviembre ni pasan en su casa la 
Noche-buena; tipos admirablemente pintados por Alar- 
cón en el artículo y la comedia. Todo el que lea una y 
otra producción, tomará cariño al autor; no puede me- 
nos de quererse á quien de sí decía: < Algunas familias 
en las que soy un extranjero, me han querido dar la li- 
mosna de sil calor doméstico, convidándome á comer — 
¡porque ya no cenamos! — Pero yo no he ido; yo no quie- 
ro eso: ya busco mi cena pascual, la colación de Noche- 
buena, mi casa, mi familia, mis tradiciones^ mis recuer- 

9 



/ 130 . 

dos, las antiguas alegrías de mi alma, ¡la Religión que 
me enseñaron cuando niño!> 

' Tampoco es posible no estimar á quien más ajdelante, 
en 1874, saca á luz estas palabras, propias del nobilísi- 
mo pecho de un literato eminente, y hombre de bien: 
€jEl Rosario! Veinte años hacia ya por lo menos que no 
lo veíamos reccfrrer á aquella hora y de aquel modo (se- 
gún la inmemorial costumbre) otras ciudades, villas y 
aldfeas de la proverbial tierra de MarUt Santísima. — ¡Y 
qué veinte años! Durante ellos, los misfnos que solíamos 
felicitarnos de k desaparición del antiguo orden social y 

político de España hemos venido á reconocer, en 

cambio, á fuerza de crueles lecciones,... I que esa libertad 
y esas i^ieas, lejos de domesticar, de civilizar, de dignifi- 
car más y más cada día á las clases bajas..... las han he- 
cho retroceder á la ¡irimitiva barbarie. — Inútil, ocioso,* 
necio, y sobre todo peligrosísimo.....' fuera cerrar los 
ojos á esta verdad que palpita en el fondo de la conciencia 
de cuantos hemos dirigido la voz al pueblo (creyéndo- 
nos sus redentores) desde el periódico ó desde la tribu- 
na; desde el libro ó desde la cátedra. ¡Imposible escapar 

, á nuestros remordimientos! Los espantosos resiíltados de 
nuestras bien intencionadas, pero imprudentes provoca- 
ciones, están harto á la' vista en todas partes Así 

pudiera continuar mucho tiempo, á riesgo de que se me 
considerase neo-católico, ultramontano, retrógrado, obs- 
curantista, persa, carlino y partidario del Tribunal de la 
Inquisición. — Mas creo haber dicho ya lo bastante para 
explicar la profunda complacencia que nos causó aque-: 
lia noche ver al pueblo orgivense, representado por sus 
hijos, hacer pública profesión de su fe- cristiana (^).» 

(\) La Aipujarra, 4874, págs. 479 y 480. 



131 

íío importa que haya andado por medio de los <vates 
del siglo XIX convertidos^ en gacetilleros;» que hayfi 
visto <á la musa con las tijeras en la mano despedazan- 
do sueltos; á los que en otros siglos hubieran cantado la 
epopeya de la patria zurcir artículos de fondo para re- 
habilitar un partido: > Alarcón ha arribado á puerto s^-. 
guro, y con el amor de la familia que la Divina Provi- 
dencia le ha dado, ve coronados todos sus esfuerzos, di- 
sipadas sus zozobras, realizados sus ensueños, logradas 
sus esperanzas, 

¡Penas! ¡Recuerdos! ¡Horas desaprovechadas ó mal 
invertidas!. 

¿Quién no lleva escondido 
'Un rayo de dolor dentro del pecho? 
¿Por cuál dichoso rostro no han corrido 
Lágrimas de amargura y de despecho? * 
¿Quién no lleva en su alma 
¡Ahí por muy joven y feliz que sea, 
Un penoso recuerdo, alguna idea 
Que, nublando su luz, turba su calma? 0). 

De El Escándalo^ novela de Alarcón dada á la es- 
tampa en 1875, no hay para qué hablap: quien no la ha-^ 
ya leído debe leerla, y hará amistad en seguida con un 
P. Manrique, que es, según frase feliz de Alarcón, como 
todos sus'hermanos: <en la Compañía de Jesús no hay 

más que un alma el alma de San Ignacio (Je Loyola.» 

Hará amistad con el heymano portero de la casa del Pa- 
dre Manrique; hará amistad con la Abadesa y con las 
Monjas del convento en que estuvo. una Gabriela tres 
años; hará amistad con un Lázaro, modelo de abnega- 
ción y humildad; y hará amistad con Alarcón, á quien 

(4) Espronceda. 



432 

es preciso, sin remedio, estimar, cuando se acaba de 
leer tan noble, tan gallarda, tan interesante^ tan vale- 
rosa novela. 

Lázaro es, en El Escándalo^ modelo de humildad y 
abnegación, porque es cristiano; y por esta razón es per- 
sonaje interesante y simpático. Si Alarcón hubiera pres- 
■ cindido de Dios en su novela, como se estila ahora; si su 
Lázaro hubiera aprendido á ser virtuoso en los libros de 
los filósofos y no en el catecismo, no fuera, como es, un 
hombre tranquilo y sereno que, queriendo lo más perfec- 
to, hace un gran sacrificio, sino que sería un misántro- 
po insoportable; en lugar de hacer y decir cosas precio- 
sas y sublimes, diría y haría simplezas; en vez de ser 
simpático modelo de paciencia y resignación,- sería un 
mentecato; y en lugar de disponerse á .cambiar su as- 
tronomía por la manera con que miraba al cielo el Padre 
Manrique, debiera aparejarse para que le llevasen, por 
majadero, á una casa de locos, ya que no hay casas de 
tontos. Las obras de arte en que de caso pensado se pres- 
cinde de Dios, producen en el ánimo del lector ó especta- 
dor efecto contrario al que el autor se propuso. Y si de 
Dios se presdnde, no de caso pensado, pero inadvertida- 
mente, la. obra resulta necia. Todo esto, sin duda, .tuvo 
presente Alarcón al escribir El Escándalo^ y por eso 
cabalmente es su novela bellísima y provechosa. . 

En el discurso que nos ha leído ahora mismo tiene el 
buen gusto de hacer público alarde de que para ól la 
* moral es la de Jesucristo, la redentora delalma, la de la 
humildad, la de la paciencia, la de la caridad, la del 
perdón de las injurias, la que despierta y ejercita todas 
las fuerzas de nuestro espíritu imperecedero. Pero donde 
se vislumbra el alma poética de Alarcón, es* en el pasa- 



133 

je en que, hablando de nuestra España, y de su literatu- 
ra y de sus artes, prorrumpe en estas palabras, que resu- 
men todos los merecimientos de nuestros ínclitos mayo- 
res: cAqui, por la misericordia de Dios, no ha habido 
nunca el menor asomo d^ idolatría para las obras huma- 
nas. Ésta es la tierra de los enamorados, pero no idóla- 
tras, de la hermosura; de los paladines del honor; de los 
mártires de la patria; de los soldados de Jesú^; de los 
siervos de Mar ía.> 

Sí; y aun por eso ésta es la tierra de los intrépidos ca- 
balleros, d^ los grandes artistas, de los famosísimos es- 
critores, mientras no se quebrantó el espíritu católico: 
por eso la decadencia es general y evidente desde que 
vientos, extranjeros han traído á la tierra de los solda- 
dos de Jesús y de los siervos de María desaliento de in-. 
credulidad y fiebres de racionalismo. 

Notadlo nuevamente, señores Académicos: notad el 
singular fenómeno que presenta la historia de nuestras 
letras. Cuando el escritor respeta como justo límite el 
que pone la Religión Gristiaina, vuela; cuando, llegados 
los tiempos modernos, se juzga libre de toda limitación, 
se arrastra. Mientras aspiró principalmente al Cielo, al- 
canzó fama perdurable en la tierra; desde que rompe con 
los lazos que le unen á la gloria eterna, no consigue ni 
siquiera la de este mundo. Es muy natural, si bien se 
reñexiona, puesto que, como dice el Príncipe de los in- 

geniog españoles, <los cristianos católicos más habe- 

mos de atender á la gloria de los siglos venideros, que 
es eterna en las regiones etéreas y celestes, que á la va- 
nidad de la fama que en este presente y acabable siglo 
se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en ñn se 
ha de acabar con el mismo mundo, que tiene su fin se- 



136 • 

otras muchas, apelo al testimonio de las señoras, hechas 
por Dios, no para componer versos, sino para inspirar to- 
do linaje de poesía. Venid conmigo; sigamos á Don Qui- 
jote. Un día, lleno de gratitud su nobilísimo pecho, de- 
seando corresponder como hidalgo á mercedes recibidas 
de unas damas, no pudiendo hacerlo en la misma medi- 
da, conteniéndose en los estrechos Umites de su pode- 
río, les ofreció lo que pudo y lo que tenía de su cosecha. 
<Y así digo que sustentaré dos días naturales en mitad 
de ese camino real que va á Zaragoza, que estas seño- 
ras tagalas contrahechas que aquí están, son las más 
hermosas doncellas y más corteses que hay en el mun- 
do, excetando sólo á la sin par Dulcinea del Toboso, 
única señora de mis pensamientos.» 

El mismo Sancho Panza, creada por Cervantes para 
que dude de todo y para que todo lo vea con los ojos de 
la carne, el mismo Sancho Panza esta vez quiere el au- 
tor que reconozca y confiese que esto es hermoso, que 
esto es, además, honrado y bueno; y se rinde á la belle- 
za poétiday á la hidalguía, y dando una gran voz excla- 
mó: €es posible que haya en el mundo personas que se 
atrevan d decir y A jurar que éste mi señor es loco?> 
Don Quijote que, entre otras locuras, tenía: la locura de 
la modestia, «volvióse á Sancho, y encendido el rostro y 
colérico, 1¿ dijo: ¿quién te mete á tí en mis cosas, y en 
averiguar si soy. discreto ó majadero?» Puesto en medio 
del camino con intrépido corazón, vino un tropel de to- 
ros bravos y de mansos cabestros,- y pasó sobre Don Qui- 
jote dahdo con él en tierra y echándole á rodar por el 
suelo. Para entonces, los que con el caballero estaban^ 
volviendo las espaldas^ se habícm apartado bien lejoSy te- 
merosos de que les había de suceder algún peligro. 



437 

Decidme, señoras mías, ¿se escribió esto para hacer 
reir ó para hacer llorar? Los que leyendo esto se ríen de 
Don Quijote, se reirán de todo lo que es poético, de jtodó 
lo que es noble y levantado, aunque parezca extrava- 
gante: se ríen de la España de nuestros mayores, aban- 
donada en Westfalia y maltratada en Utrecht; se ríen 
de la heroica locura llamada la guerra de la Independen- 
cia; se ríen de los valerosos voluntarios pisoteados en Ca- 
bezón, Ocaña y Medellín; se ríen de la España caballe- 
resca, porque las damas, zagalas contrahechas, llamadas 
Inglaterra, Rusia, Prusia y Austria, le volvieron las es- 
paldas y la dejaron sin Gibraltar, y siij Nueva España, 
y sin el nuevo mundo descubierto por un loco que se 
llamaba Colón, bajo el amparo de la visionaria Isabel la 
Católica, conquistado por unos dementes que se llama- 
ron Hernán Cortés y Pizarro, y evangelizado por unos 
extravagantes que se llaman frailes franciscanos ó do- 
minicos. 

No, señores: Cervantes no se ríe, sino que llora. Ig- 
noro, y me importa muy poco averiguar, si empezó á 
escribir su inmortal libro con el intento que en él res- 
plandece: lo que sé, y doy por averiguado y cierto, es 
que en él fué vaciando su alma, y apareció patente su 
corazón generoso, y resultó lo que he dicho.' Aun por 
esto, en lo claro de la intención, en la hidalguía de los 
pensamientos de Don Quijote, en lo poético de sus de- 
signios descabellados, es muy superior la segunda parte 
á la primera, aunque ésta parezca más pintoresca y ani- 
mada que aquélla; por esto, en la segunda parte nace 
un bachiller* Sansón Carrasco, que comete locuras ver- 
daderas para curar á Don Quijote de su poética locura; 
por .esto, en fin, todos los hechos y todos los dichos de Don 



<38 

Quijote, principalmente en la segunda parte de su* vida, 
son á más no poder nobles, bellos, y sobre todo simpá- 
ticos. Porque Don Quijote es Cervantes cáutivoen Argel, 
animado de pensamientos conquistadores; Cervantes en 
la corte, lleno dQ heridas y merecimientos, y muerto de 
hambre; y Don Quijote en su caga, molido á palos ypró- 
ximo á tnorir en brazos de su sobrina y de su ama y 
de su cura, es Cervantes dando vueltas alrededor del 
convento de las Trinitarias, yendo á ver dé continuo á 
las Religiosas para consolarlas y para consolarse, y to- 
mando el háb^o eíi la Orden Tercera de San Fran- 
cisco (^). , . ' . 
. ¡Pero se ríe perpetuamente en el Quijote! Ríe, mas no 
se burla: también ríe al escribir la dedicatoria del Per- 
siles, al día siguiente de darle la Extremaunción; y cier- 
to que al esperar tranquilp y con pecho regocijado la ya 
cercana muerte, no se burla ni de la otra vida, ni de la 
mortaja que prepara para su cuerpo con el tosco sayal de 
la Orden franciscana. 

• Ni D. Pedro de Alarcón, ni el que tiene la honra de 
contestarle á nombre de la Academia Española, estamos 
con los que aventuran semejantes boflbadas. Uno y otro, 
el nuevo académico aún más y 'mejor que yo, porque es 
poeta y yo un humilde prosista, y de la más pedestre 
prosa, la que se escribe en papel sellado, sabemos, á qué 
atenernos. Ningún soberano escritor ha dejado de ser es- 
piritual en sus pensamientos y moral en suscomposicio* 
nes. .Ningún: poeta espanpl, ningún artista, ningún ora- 

(4) Toftió el hábito en 2 de julio de 4643. Profesó el día 2 de abril de 
4646, — «en su casa, dice la partida, por estar enfermo, el hermano Mi- 
guel de Cervantes.» Veáse La sepultura de Miguel de Cefvantejt, Memoria 
escrita por encargo *de la Academia Española por el Marqués de Molins.-— 
Maárid, 4870, imprenta de RiMadeneyra. 



<39 

dor digno de tal nombre, ha. dejado de ser entre nosotros 
católico; porque entre nosotros ha iinperado siempre la 
verdad, y no ha habido manera de ser religioso sin ser 
hijo de la Iglesia de Dios. 

El discurso de Alarcón tiene un objeto altísimo, 6ris- 
tiano y español, como sus obras literarias. ¡Venga el se- 
ñor Alarcón en muy buen hora á llenar los huecos que 
•va dejando en nuestras filas la muerte, j, con la ayuda 
de Dios, entre todossacaremos ilesos de la borrasc^t que 
corre la literatura, anegada én un mar d^ aguasinmun- 
das, los fueros de sti hermosa Dulcinea, del alma huma- 
na, hecha á imagen y semejanza de Dios y redimida por 
Él en el Calvario! ¡Arriba los corazonesl ^ desdeñando, 
como dice Alarcón, los ideales finitos, busquemos .digno 
término á nuestras obras elevándonos <á la contempla- 
ción del Eterno Ser en quien juntamente residen la Su- 
ma Verdad, la Suma Bondad y la Suma Belleza- > 

22 de enero de 1877. 



DISCURSO 

QUE EL 

EicMo. Sk. D. EDUARDO SAAVEDRA 

leyó en Junta pública 

di la Real Academia Española, el día 29 de diciembre de 1878, 

al tomar posesión de su plaza de Académico de número. 



Señores: 

Guando se oyen todavía por los ámbitos de esta sala 
los ecos de la voz de D. Manuel Bretón de los Herreros, 
y fuera de aquí resuenan á todas horas los justos aplau- 
sos que tributa el público á la musa fácil y vigorosa del 
dramático más fecundo de nuestro siglo, vano será todo 
esfuerzo que intente, ya para levantar mi voz á la altu- 
ra de esos .ecos gratos y armoniosos,, ya para hacerme 
escuchar por encima de I09 vítores que arranca el solo 
nombre del poeta esclarecido, del hablista consumado 
que hoy tengo la honra inapreciable de reemplazar en 
estos escaños. Y aunque así no fuera, ¿qué podría con- 
taros de Bretón que no sepáis, ni deciros de mí que cre- 
yerais con entera sinceridad? Gallar, tóngolo por la 
muestra más positiva de modestia; y si de este modo evi- 
to largo exordio, creo que me lo habréis de agradecer, 



141 

como yo agradezco con todo mi. corazón, al pisar esfe 
estrado, el favor insigne con que me ha distinguido el 
voto de la Real Academia Española. 

En sus recepciones públicas han sido ya juzgados los 
grandes maestros del lenguaje, desde Garcilaso hasta 
Quintana; se han discutido las elevadas' cuestiones rela- 
tivas á la verdad, á la libertad y á la autoridad en las 
artes; se han analizado las diversas manifestaciones li- 
terarias en el teatro y en la novela, en la poesía vulgar 
y en la erudita; se ha discurrido sobre las relaciones mu- 
tuas entre el cultivo de las letras y la oratoria, la polí- 
tica ó la filosofía, y se han leído discursos acerca de las 
condiciones y progreso del castellano, de su origen y de 
sus analogías ó diferencias con lenguas antiguas y mo- 
dernas. Después de esto, quien, como yo, no tiene gran- 
de acopio para esta ocasión solemne, ha de salir de la 
forzosa empresa de dirigiros la palabra llevando vuestra 
atención á géneros ó asuntos más humildes, que no por 
serlo merecen menos quedar comprendidos en el gran 
catálogo de la literatura patria. Si se ha de penetrar al- 
go bajo* la corteza exterior del lenguaje; si en preparar 
su futura suerte conviene emplear tanto cuidado como 
en conocer su historia y consolidar su actual estado, lí- 
cita y necesaria es esa dirección en vuestros estudios; y 
con ellos, del abundante arsenal de la literatura secun- 
daria sacaréis á luz vestigios claros é indelebles del ca- 
rácter, de las tendencias, del pensamiento y del modo de 
hablar de cada comarca, de cada clase social, de cada 
agrupación particular de personas. Convencido de esto, 
y de cuan probable es que esperéis de mí algo que se ror 
ce con las letras arábigas, he determinado acogerme á 
lo más vulgar y menos dificultoso de ellas, haciéndoos 



■ U2 . 

cbñocer en sus propios escritos á los musulmanes espa- 
ñoles sometidos al dominio cristiano, y á sus descendien- 
. tes públicamente convertidos á nuestra fe. La creencia ' 
mahometana, que conservaron, primero, al amparo de 
los fueros y capitulaciones, y después, á pesar de orde- 
naiizas y duros apremios, fué causa bastante para que 
los mudejares y los moriscos, al modo de los judíos, for- 
maran una. unidad social perfectamente caracterizada, 
una nación distinta en medio de la sociedad española, 
aun cuando e;i su mayoría pertenecieran á la raza de los 
dominadores y vistieran sus trajes, y vivieran con sus 
costumbres, y Jiablaran en su mismo romance. 

Por eso» se redactaban en castellano los libros destina- 
dos al vulgo, siendo los doctos los únicos que entendían 
el árabe; mas como' viva protesta para no conceder la 
preeminencia á nuestro idioma, le llamaban ajami, que 
vale tanto como extranjero ^ y también, poruña ligera y 
antigua corrupción, aljamia W. Claramente se denota el 
uso general del romance y el olvido del árabe en el en- 
cabezamiento de una alabanza de Mahoma en verso, 
donde se dice W <que fué sacada de arabí én ajamí pes- 
que fuese más plaziente de la leir y escoltar en aquesta ' 
tierra.» Pero más persistente que la libertad política, 
que los hábitos civiles, que el habla nacional y aun que 
el culto religioso, fué entre aquella gente el* alfabeto 
arábigo; y . sobrenadando .en el total naufragio de su 
peculiar cultura, sirvió largo tiempo para. expresar en 
lengua á el extraña altos pensamientos ó sencillos apun-. 

(4) Poema de AKo'nso Onceno, v. 4293. MármoU RéUlión de los moriS' 
coSf II, 9. 

(2) Sitzungsberichte der Kbni(¡L bayer, Akademie der WissenschafUn zu 
Münehen. iUO,p,%ri. 



\ 



U3 

tes, para alimentar vanas esperanzas ó anunciar lúgu- 
bres presentimientos, para llora? amargos desengaños 
y fuertes desventuras, . , 

Así es como los últimos musulmanes -de España escri- 
bieron el castellano con los caracteres arábigos mucho 
más que con los latinos; y por tal circunstancia solemos 
dar el nombre 'de libros aljamiados á los que están es- 
critos de ese modo, aun cuando propiamente tal deno- 
minación pueda y deba comprender á todas las produc- 
ciones de los mudejares y moriscos en nuestra lengua, 
pues todas pertenecen á una •misma familia' literaria, sin 
más diferencia que la externa y accidental de la escritu- 
ra. El sistema que adoptaron para acomodar la suya á 
nuestros sonidos, ó el modo como emplearon la latina 
para expresar vocablos árabes (^), prestan gran luz para 
juzgar de la pronunciación peculiar de los muslimes del 
lado acá del Estrecho, y aun del valor de ciertas letras 
castellanas antes de que se iSjara definitivamente el que 
hoy tienen W. No es* la aljamía el único ejemplo de una 
leügua escrita con los caracteres propios de otra, pues 
los judíos de la Edad Media escribieron en árabe con le- 
. tras hebreas, como los de Gonstantinopla imprimen hoy 
con ellas periódicos en castellano; y los mismos caracte- 
res arábigos emplearon los tártaros de las fronteras de 
Ukrania para expresarse en polaco (3): singular, apego á 

(O Ea algaaas ocasiones llegaron á inventar nnevas letras para qae cio- 
rrespondieran con las arábigas, siendo. el ejemplo más digno de notarse el 
libro del Sr. Gayangos, S. 4, donde bay machas combinaciones análogas 
á las que asan los orientalistas modernos. 

(2) Véase la laminosa Memoria qae sobre este asunto ha pnblicado Don 
Leopoldo Egaílaz, titalada BsHtdio tobre et valor de las leiras arábigas m el 
alfabetacastellanoy y ea la caal.tribata á este trabajo mío an elogio anti- 
' dpado qae le agradezco cariñosamente. 

(3). Fleischer, Cat. Bib. Lips., glxxix. 



un sistema de escritura, y cuya causa es difícil apreciar. 
¿Era la fuerza de rancia costumbre, era supersticiosa ve- 
neración hacia caracteres que se miraban santificados 
con revelación divina, ó era mañoso ardid para encubrir 
de un enemigo poderoso y vigilante secretos de la con- 
ciencia atemorizada por .la persecución? De todo debió 
haber algo, y por circunstancias muy diversas. Dio nor- 
ma, sin duda, para la costumbre, la necesidad de inter- 
calar en textos árabes de los alfaquíes y notarios voca- 
blos de uso vulgar, como la caloña que se había de pa- 
gar 4 una cofadria reunida- en casa de Doña Juana con 
los priostes y los escogidos (0; ó el <capuz, sayo, jubón, 
calzones, camisones, bonete, zapatos y cinto,> que ha- 
bía de suministrar á un aprendiz su maestro (^); y otras 
veces era preciso insertar textual, en el acta de un jui- 
cio, la querella de las partes ó la deposición de los tes- 
tigos, que hablaban tan sólo aljamía (^). La veneración á 
los caracteres se deja conocer en el cuidado con que ^ 
conserva en letras árabes el nombre de Allah en una 
antigua alhotba escrita en castellano W\ al paso que ef 
desprecio á nuestra lengua se* manifiesta bien en éstas 
acerbas expresiones de un alfaquí {^)\ <ni uno solo de 
nuestros correligionarios sabe algarabía en que fué re- 
velado nuestro santo alcoran, ni comprende las verda- 

(\) Actas de ana congregacióo iDusulman^ de U02. Fernández y Gon- 
zález, Mudéj. de Cast., p. 396. 

(2) Mud. de Cas., p, 437. 

(3) Ib. pp. 436 y 438; Formnlarío de escrituras de D. Pascual de Ga- 
yaúgos; V. 30. También era muy antigua costumbre fechar con los meses 
cñstianos, poniendo ó no la equivalencia de los musulmanes, al fin de los 
códices arábigos que se copiaban por los mudejares. Véase B. N. Gg. 45, 
88, etc. 

(4) Gay. V. ^%. 

(5) Ticknor, Hist de la lü. esp., IV, p. 420. 



des del adin ni alcanza su excelencia? apura(la, como no 
le sean convenientemente declaradas en' una lengua ex^ 
traña, cual* es la de estos perros cristianos, nuestros ti- 
ranos y opresores ¡confúndalo^ Alá! Así, pues, séame 
perdonado por aquel que lee lo que hay escrito en los 

' corazones, y sabe que mi intención no es otra que abrir 
á los fieles muslimes el camino de la salvación, aunque ' 
sea por tan vil y despreciable medio.» Y, por fin, á pe- 
sar de cuanto se decía acerca de una cifra con que se 
entendían los moriscos, el hecho de la escritura castella- 
na con caracteres arábigos parece tan ignorado por los ' 

. contemporáneos, que manuscritos de esta clase, caídos 
en poder de la Inquisición,' se calificaron de una manera 

.funestamente errónea (0. Á principios del pasado siglo 
fué cuando se empezó á conocer la aljamía; y aunque 
Sparvenfeld atribuyó tres libros de esta clase (adquiri- 
dos en Túnez en. 1691) á los antiguos árabes 'de las tai- 
fas W, el erudito Reland explica ya con acierto un ma- 
nuscrito-de la librería de Enrique Sicke (3), casi al mis- 
mo tiempo que el P. Echevarría forjaba rudamente en 

. Granada su* famosa carta de Aldosindo sobre la batalla 
dg Glavijo W. Algo tardaron los doctos, sin embargo, en 
familiarizarse con la aljamía, pues D. Miguel Casiri (que : 
atribuía los escritos de los moriscos en caracteres comu- , 
nes á ios renegados de África) y el llamado D. Faustino • 
Borbón tomaron los libros de ese género por persas, tur- , 
eos, berberiscos, ó de mera combipación cabalística; pe* 



(4) Ochoa, Cat. de los man, esp. de ta Bibí Real de Paris, p. 63. 

(2) Brüi»h and foreing Review, núm. XV, p. 66, 

(3) De Religione Moham.y MOb, 

íf] Posee uD' ejemplar de esta carta, grabado en cobre, el Sr. Ga- 
ytngoa. ^ 

40 



146 

ro Sacy, Conde (^) y Lozano (^) hicieron mención expre- 
sa de la literatura aljamiada, y los arabistas posteriores 
le han concedido cada vez mayor importancia. Mi sabio 
maestro y ^querido amigo D. Pascual de Gayangos, cuya 
rica colección he podido utilizar á mi sabor, publicó en 
1839 su primer trabajo sobre esta materia en Inglate- 
rra í-^), dio á luz en 1853 dos tratados religioso-lega- 
les (*),.comunicó á Ticknor tres importantes composicio- 
nes en verso (^), y autografló de su propia letra uij no- 
table pasaje de la Historia de Alejajadro í^). Al inaugu- 
rar mi inolvidable amigo D. Serafín Estébanez Calderón 
su cátedra 'de árabe en el Ateneo de Madrid en 1848 C^), 
ocupó una buena parte de su discurso con estos estudios; 
mi malogrado compañero D, Emilio de Lafúente Alcán- 
tara t^) dedicó algunos destellos de su fácil pluma á este 
asunto; no lo ha olvidado mi antiguo condiscípulo Don 
José Moreno Nieto en su Gramática (^); ciertos documen- 
tos imprimió D. Francisco Fernández y González en sus 
Mudejares de Castilla^ y D. Vicente Vignau {^^) ha pu- 
blicado recetarios en que andan revueltos el castella- 
no con el latín y el árabe, así como las letras de una y 
otra especie indistintamente. .No han estado ociosos, en 
tanto, los extranjeros: Marcos José Müller imprimió en 
Munich tres poesías halladas en un manuscrito del Esco- 

(1) Notices et extraits des man, déla Bib, Nat. IV, 626. 

(?) Tabla de Cebes, p. iv, nota. ^ i 

(3) British and foreing Review, nám. XV, p. 63. 

(4) Mem. hitk. esp, T. V. 

(5) Hist. de ¡a liL esp. T. IV, p. 247: Madrid, <856. 

(6) Princ, eletn, deescr. arábr. Madrid, 4864. 

(7) Seman, ptnt., núQi. 46, 4848. 

(8) Revista Meridional: Granada, 4862, 

(9) Gramática de la lengua arábiga, p. 45. 
(40) Revista de Archivos, Bib, y Mus, IV, p. 454. 



U7 , 

nal (O, y Lord Stanley deAlderley sacó á luz en Lon- 
dres los romances cpmpletos de Mohamad Rabadán, me- 
diante las copias que anotadas y compulsadas le facilitó 
D. Pascual de Gayangos (*). 

El carácter religioso, que separaba á los moriscos del 
resto de los españoles, predomina en sus producciones 
literarias, como hijas legítimas de las arábigas. Para 
mantener viva la llama dé la creencia mahometana, es- 
cribían los alimes y alfaquíes tratados (^) <de los artícu- 
los que todo buen muslim está obligado á creer y tener 
por fe,> ó sóbrelos atributos de Dios y otros -puntos teo- 
lógicos, siguiendo ordinariamente la doctrina cristiana 
tradicionalista de Mélique (*) , dominante en África y en 
España; sin que por eso dejara de ser explicada la de 
Aba Hanifa t^), preferida por los turcos y más inclinada • 
á las decisiones de la razón. El Atafria («) de Ibn-Ghelab 
contenía las minuciosas prácticas del culto al par de las 
reglas y procedimientos del derecho; asuntos apenas se- 
parables en las sociedades musulmanas, donde la ley ci- 
vil y la fe religiosa se derivan de la misma fuente, de 
<el onrrado alcoran,> razón por la cual hubieron de po- 
nerlo al alcance de todos, trasladándolo al castella- 
no C?) con -paráfrasis ó comentarios' de grande interés. 
Para uso diario de los devotos corrían con abundancia, 
á modo de rituales ó devocionarios, extractos y abre- 

(4) S\\aMnq%bQnchít, 4860, p. 204. 

(5) The poetry of Mohamad Eahadan. ¡(mm, of the Asiat. Soeiety, 
4867-4872. Estos romances, adquiridos por M. Morgan en Túnez, fueron 
traducidos ai inglés y publicados por él mismo en 4725. 

(3) ' Eeland de Bel, mok,^ ind. mss. xxx. 

(4) Biblioteca Nacional, Ge. 4 70. 

(5) B. N. Ce. 474; Tornberg, Cat. Bibl. üps,, ccccxiv. 

(6) B. N. Gg. 2; B. prov. de Toledo, est. 9, tab. 6. 

(7) B. prov. de 'Tol.rB. N. Gg. 72. 



í 

I» 

I» 



148 

I 

Tiaciones de. unos y otros libros (') , con adoaeSj alhotbas^ 
monea f ares j alhaicales y otros rezos {^) ; el sacrificio de 
Ismael (^), el razonamiento de Mu9e (*), el casti^ del 
hijo de Ornar (5) y la muerta de Bilel (^), hacían una es- 
pecie de Historia Sagrada; imponíase espanto á incrédu- 
los T pecadores con la cestería del dia del juicio (" ,> 
promefiendo en cambio «el gualardon de qríien hará 
a^ala con alchama (^);> á buena vida y prudente con- 
ducta querían encaminar «los castigos de Alí (9)> y «los 
castigos de Alhaquim á su fijo {^^);> y con la «estoria del 
puyamiento' del anabí Mohamad á la corte celestial (* •),> . 
se alimentaba la vulgar afición á maravillas y. consejas. 
La gente coniún, dada siempre á la curiosidad y supers- 
tieidií, pretendía levantar el velo de lo futuro con <el 
alqoiteb de sueños> ó con «las suertes de Dulcarnáin f <21,> 
resto del juego ú oráculo de los dardos de los árabes an- 
tiguos; y buscaba preservativos contra los reveses de 
fortuna, las calamidades naturales x3 la ira de los gran- 
des, en diversos conjuros, como anoxaras ó bebedizos 
mágicos, y hirzes ó cédulas cabalísticas, mezcladas al- 



f f) Los trozos del Alcoráo que se encuentran en los códices aljamia- 
dos, son ordinaríao^ente los mismos, porque forman la serí« de los (ffefe- 
ritl&5 para las ceremonias del a^ala ü oración pública. 

{V Gay. S. I; T. K. % 3. 4, 7, 8. U, H-, 18, 49; V. H, 4i, 15, 56; B. V.. 
(71; B* París, 290^ St. Germ. 

(3j Gáy.-TJí. 

(i) Gay. T. 8, 43, 49;B.Paris, Í90. St. Germ. 

(S) Gay. T. 15, 48; B. París, 590. St. Gcrro, 

(6), Gay. T; 45, 18. . 

(7) Gay. T. 47. 

(8) Gay. T. 19. 

(9) Gay. S. 4, T. 43. 
(40) B. N.Gg. 47. 
(n) Gay. T. 47. 

\\%) Gay. T. 40 



y 



gunas veces con palabras griegas ó hebreas, figuras mis- 
teriosas y letras enigmáticas (^). 

Incansable eidero cristiano, acudía á atajar el mal, 
ya predicando sermones que en ciertos días tenían obli- 
gación dé escuchar los mudejares y después los conver- 
sos, ya imprimiendo confutaciones del Alcorán (2), ya 
disputando en las aljamas con los alfaquíes y adelanta- 
dos, según Hacía audazmente en Zaragoza el P. Maestro 
Fr. Juan Martín de Figuerola l^), quien con los textos 
atabes en la mano procuraba persuadir á los oyentes, 
asi de su engaño como de la ignorancia de sus doctores. 
Temerosos de infringir lás'leyes que sellaban sus labios, 
pocas veces se atrevían los alimes á sostener pública- * 
mente la polóníica; perp suplían esta falta haciendo cir-. 
cular entrp sus correligionarios la <Desputacion'de los 
mu9linies con los cristianos (*)> con objeto da hacferles 
creer que <Pablo el judío había desfigurado la primiti- 
va doctrina evangélica; ó el <AlhadÍ9 del na9Ímiento de 
Yfe {5),> donde se cuenta cómo los judíos mataron, en 
vez de nuestro Salvador, á otro sujeto que se le parecía. ' 
En tan. porfiada lucha, sin embargo, y en su forzado ais- 
lamiento, no podía menos de resentirse la integridad del 
islamismo, por más que pugnasen por restituírsela, ó 
contener al menos su decadencia, <el onrrado sabidor 
don Y9e de Ghebir, mufti, alfaquí mayor de los mu9ili- 
mes' de Castilla> con su <Brebiario 9unní (6),> ó <Ali 
ybnu múhainad ybnu háder,» que traducía en 1606 al 

. (I) B. N. Gg. 69; Gay. T. 8, 9, 4<, 43. V.,40, 24, 25, 26 y 2l 
(2) . AntialcoranOt por Bernardo Pérez de Chinchón, '4532. 
(3j Lumbre de la fe contra el Aloorán^ 4549: íü^, de Gay. 

(4) Gay. T. 12, V, 6, 7. 

(5) Gay. S. 4. 

16) Gay. S. 3; Mem, histór. T. V. , ' • 



150 

castellano en Gonstantinopla, no obstante ser él extran- 
jero, el Tedehib de Alberadii con el Utulo de <E1 hundi- 
dor de cismas y eregias (0.> Si ya desde el siglo xrv, ce- 
diendo de la antigua rCideza, admiten las <Leyes de mo- 
ros (2)> que < figuras de ornes et de otras figuras non 

enpece en los vestidos nin en los estrados,» en lo cual 
está el <Hundidor(-^)> conforme; en el siglo xvii, com- 
parando eruditamente las tres religiones judaica, cris- 
tiana y mahometana, llegaba un morisco á renunciar 
resueltamente á las esperanzas del sensualismo oriental, 
asegurando cuan «ynutil es objetar al alcoran ynponien- 
dole y aplicándole de9ir que en la otra vida promete ca- 
samiento' y actos lividinosos, lo qual solo es ynpuesto 
• por afear el alcoran, pero no por que tal por el conste ni 
tal sea enrrealidad (*):> opinión atrevida, propuesta con 
más reserva medio siglo antes, al advertir que <en el 
alchana no habrá cosa de todas las que acá podemos 
imaginar, porque dezir qu'en el alchana abrá descanso 
es cierto, mas dezir cómo ó de qué manera, eso allá lo 
veeran los poseedores della (^í.> ^ 

Son estas palabras de un notable autor morisco, co- 
nocido sólo por el nombre de «El Mancebo de Arévalo,> 
que vivió á mediados del siglo xvi y visitó varios luga- 
' res de España, ya por instruirse, ya con objeto de pre- 
parar su viaje de peregrinación á la Meca. No sólo era 
docto arqbiado y sabía á fondo las disciplinas alcoráni- 
cas, sino que hablaba latín, leía hebreo, y demuestra en 
sus obras tal conocimiento de usos y libros de los cris- 
is) Gay. S. 5. 

(2) Gay. S. 4; Mem. histór. T. V, p. 230. 

(3) Fol. 6 vuelto. 

(4) B. N. Ce. 173, fol. 237. 

(5) Ms. de D. Pablo Gil, fol. 8. 



45Í 

tíanos, que probablemente, como otros moriscos de su 
tiempp (<), asistiría en su juventud á las aulas de algún 
Seminario ó Colegio. Sus dos principales obras son: una 
Tafcira W ó exposición de los. preceptos, ritds y tradi- 
ciones mahometanas, y un <Sumario de la rrelacion y 
exercicio espiritual (3),> dirigido á llamar la atención de 
los muslimes hacia la contemplación de las cosas eter- 
nas y el ejercicio de la piedad. La doctrina sufí ó extáti- 
ca de Algazali que el autor decididamente sigue, permi- 
te que, con anaor jsincero y profundo á la religión de sds 
padres, se haya facilitado un giro particular en sus ideas 
por el trato continuo con sus señores ó sus maestros.La 
guía que da en el Sumario para el examen de concien- 
cia, acomodándose puntualmente á los diez mandapaien- 
tos, á los siete pecados capitales, á las obras de misericor- 
dia, á los sejitidos corporales, á las virtudes teologales 
y cardinales, á los dones del Espíritu Santo y á los man- 
damientos de la Iglesia, bastaría para denunciar la in- 
fluencia cristiana, si no se divisara mucho más pronto 
en el estilo de la composición. Proponiendo al devoto un 
acto de humildad, le hace decir: «yo me confundo en el 
abismo de mi vileza*, rreconociendo cuan miserable y 
necesitado soy por todas partes, y cuan pecador indi- 
no para estar delante mi grande Allah, al cual e sido 
muy desconocido por los beneficios que ijie a hecho y 
sienpre me haze, y como tengo afeada la, ermosura de 
mi alma, la cual infundiste vos. Señor, á vuestra propia 

(4) Morgan, Mahom. fully expl. 11, p. 360. 

(1) Manuscrito perteüeciente á D. Pablo Gil, Catedrático de la Univer- 
sidad de Zaragoza, quien ha tenido la galante generosidad de remitirlo i 
mi disposición, por cuyo favor y confíanza me complazco en darle aquí 
público testimonio de mi gratitud. 

(3) B. N. Gg. 40. • • I 



452 

semexanza.> Pero antes, en un arranque de fervor, dice: 
«¡O Señor de toda abastanza! ¿y qué puedo yo ^juerer 
fueras de á vos? Vos sois mi bien único, vos mi querer 
y á vos sdlo busco. Ea, pues, Señor, traedme en pos de 
vos y abrasad mi corazón en el fuego de Vuestro dulze 
amor.> Y al empezar el tercer capitulo se lee: <Toda 
obra de caridad te a de parezer pequeña: aunque diese 
uno todos sus algos en caridad, no lo a de sumar por 
mucho, sino por poco. Y si.icieres larga penitencia, 
atórgala por mínima y flaca; y por mucha que sea tu 
concia ó saber, considera que estás niuy lejos de lo que 
se te rrepresienta; y^por mucha que sea tu devoción no 
te engorde ni te ensanches: allánate y rrencórate cuan- 
to njos puedas asta que no te cono9cas y no te llame tu 
propio amor.> ¿No es evidente que la inspirada palabra 
de líuestros místicos sonaba en los oídos da* quien así es- 
cribía? Mas no creo ver solamente la influencia litera- 
ria, sino tendencia, sea casual ó algo intencionada, del 
mahometismo hacia el cristianismo, conservando de 
aquél las formas externas y modificando sus principales 
puntos de doctrina hasta rayar en la disidencia motaze- 
lí. Véase, en prueba dé ello, cómo se condena en el Su- 
mario (<) el fatalismo: «No se enfaziende nadi en decir: 
grande es Allah y grande es su poderío, y al fin que todo 
es como el quiere y el nos guia, y si el no quisiese no 
seria esto ni* esto otro; que.todo es echar y arrojar nues- 
tras culpas enta su divina boi3idad.> Abre camino, al 
mismo tiempo, contra el exclusivismo religioso en ^te 
pasaje: «Cuentan los ebráicos y los '-arábigos no lo nie- 
gan, y es que muchos idólatras y cristianos asimesmo 

(4) Cap. «.•' 



453 

» se libraron con la devoción de casos graves; > con tole- 
rancia práctica escribe (^): <darás targuac para servir ad 
AUah á tus fijos y sirvientes y á los esclavos en su ley 
y devozion;>'y dice al guerreador (*): <ni profanes los 
tenplos ni sus santuarios/ni santos, ni cruces, que ya 
fue todo profanado por ellos mismos con su veneración 
falsa, ni hagas bien ni mal á cosas tales, porque son en 
tus denuestos ni para bien ni para mal.> Cesura, por 
fin, el formalismo externo advirtiendo W: <que por la 
obra del a9ala, dayuno y azaque no merecemos nada 
con su divina bondad, sino es por la caridad, piadad, 
omildad y por obras de nuestra cosecha dedicadas de 
nuestra flncahza y ser natural. > Con sin igual desemba- 
razo proscribe las adivinajizas, desprecia los horóscopos, 
admite qte se coma carne muerta por <infieles,> obliga 
á la monogamia y ensalza con entusiasmo el estado vir- 
ginal W;y como si esto no fuera bastante, en los puntps 
más arduos se cita con respeto desusado entre moros la 
opinión de dos mujeres versadísimas en cuestiones tales: 
la anciana nonagenaria, de gran cuerpo y rudas mane- 
ras, servidora de la antigua corte de los reyes grankdi- 
nos, llamada la Mora de Úbeda; y la otra vecina de Ávi- 
la, donde era ante-cihra ó exorcista, y tenía por nombre* 
Nozeita Calderán. 

(Comparando esta tendencia á atemperarse á las. cos- 
tumbres ó ideas cristianas, con la que en dirección pa- 
ralela, pero inverso sentido descubren, para islamizar 
mañosamente la doctrina católica, los famosos libros 



(0 


Cap. «.", fol. 470. 


(«) 


Ib., fol. 330. 


(3) 


Ib,, fol. 7. 


(*) 


Tafcira, fpls. 55, 74, 4 43, 311, 338, 



454 

plumlwos de Granada (^^ á fines del mismo siglo xvi, re- 
mita eridente una gran tentativa ensayada entonces 
para fundir las dos religiones y suavizar sus diferencias, 
esperando quizá los moriscos conjurar por ese medio la 
tormenta que va se cernía amenazadora sobre sus cabe- 
las. Pero no hacia la corriente católica era á donde fá- 
cilmente podía desviai'se la comunión mahometana; que 
más inmediato se le brindaba el cauce recién abierto por 
el agustino de Witeniberg. Como Ips muslimes, procla- 
maba Lutero el dogma fundamental de la justificación 
por la fe sola ^y la autoridad religiosa del príncipe; con- 
formes se encontraban con Galvino en la doctrina de la 
predestinación y en su horror á toda imagen sagrada; 
Servet, educado entre ellos, defendía la unidad de per- 
sona en Dios; negal jan todos la potestad del roüíiano Pon- 
tífice^ y enlazados por la comunidad de persecuciones y 
desdichas, no es extraño que moros y protestantes acer- 
caran sus ideas, unidos en el momento sus intereses. 
Tanto es así que^ á fines del siglo xvii, descendientes de 
moriscos aseguraban á ilorgan (2) en África que sus ma- 
yores se hubieran liecho luteranos con más facilidad que 
católicos; de igual modo que el Licenciado Juan Gonzá- 
■ lez, clérigo de raza convorsa\ después de haber recaído 
en el mahonietisino, se dio á predicar la reforma en Se- 
villa (^L Tal vez suministraran provisión de obras heré- 
ticas ciertos viajeros que^ para pasar de Venecia á Bar- 
celona, buscaban caminos extraviados y anotaban en su 
Itinerario (*) que <el Piíncipe de Conde es cabeza de los 



{*) Godoy, ffiíí. crii, de los folios cron. Cap. II.' 

(1) MorgaD» Mahorth ftdUj txpiained, U, p. 339. 

(3) Castro, ^rot. tn É»p, Cnp» XVI. 

(*) Gay, T. 16. 



<55 

luteranos,» De todos modos, es indudable que utilizaban 
en pro del islamismo los libros prohibidos, ya copiando 
textualmente (^) pasajes de Ciprianjo de Valera (2) para 
atacar los puntos esenciales de la religión católica, ya 
forjando con la substancia y expresiones de las obras de 
Valdés (3) una «Algiíacía del Gran Turco, llamado Mo- 
hamad Osmán, el que ganó á Gostantinoble (^),> donde, 
con clara alusión al reciente saco de Roma, encarga el 
Sultán á sus descendientes «que derribes la casa de Pe- 
dro y de Pablo, y quebrési^los dioses y ídolas de oro y de 
plata y de fusta y de mármol; y el grande pagano de la 
cabe9a rraida y colometes suyos, i ya es destruido y des- 
poseído y desipado: qu? en jamás en Roma ni en Arropa 
no sea nombrado..... y darás cebada á tu caballo en el 
altar de Pedro y de Paj3lo.> j 

Mas no se escribió esta <Alguacía> en son de contro- 
versia, sino con el fin de abrir á la esperanza el atribu- 
lado corazón de los moriscos, de cuya memoria no se 
podía apartar el mágico recuerdo de Granada. < Yo mis- 
mo di vuelta por todo el Andalucía,» dice el Mancebo de 
Aróvalo (^l, <que no di paso que no se condolió mi alnia 
mirando una tierra tan dulze y sabrosa, tenpflada en to- 
dos los tienpos, muy fértil en ancho y largo, y de rricas 
poblaciones, abastada de pan y del azeyte, y muchos 
rrios de agua dulce, y tierra abastada de mucha seda y 
oro, y de mas oro y plata que toda España junta.» . Sin 
aceptar el dicho de que la tierra andaluza caía exadta- 

(0 B.N. Ce. 173 y 174. 

' (2) Tratados del Papa y dt la Misa: 4588. * 

(3) Diálogo de Mercurio y' Carón; Diálogo de Lactaficio y el Arcediano: 
1530. 

(4) Gay. T. 18. 

(5) Ms. de D. Pablo Gil. fol. 991 . 



f. . 

■:-: ♦ 

5r- 



456 • 

mente de¡bajo del paraíso celestial, añade» luego: <era 
Granada imentada en todo el mundo, no abia én Maca 
mas alto trofeo qu' £ra el de los rreyes del Andalucía; 
no abia en tierras de rreyes y soldanes mas sublimes al- 
cázares, ni mas deleytosos verjeles, ni mas anchas ve- 
gas,, con árboles de diversas frutas: yo vi por mis ojos 
arroyos de miel por las breñas abaxo.> José Venegas, 
anciano labrador de la Vega, lloraba la caída de.su pa- 
tria exclamando (^): <tengo para mí que nadi lloró ¿on 
tanta desventura como los hijos de Granada: no dubdes 
mi dicho, por ser yo uno de ellos y ser testigo de vista; 
que vi por mis ojos descarnecidas todas las nobles da- 
paajs, ansí viudas como casadas, y vi vender en pública 
almoneda mas de trecientas donzellas.> «Yo no lloro lo 
pasado, pues á ellomo hay retornada; pero lloro lo que 

tú verás,> añadía el buen viejo, < todo será crudeza 

y amargura para quien abrá sentido Si el rrey d^ la 

conquista no guarda fidelidad, ¿que aguardamos de sus 
sucesores? > El antedicho Mancebo, á quien tales pala- 
bra^ se dirigían, da más tarde en otro libro la respues- 
ta (2): «esprésannos á juro batehado conconduelma mas 
dolorida ^ue nunca la gustaron los de Beni l9rail; y tras 
desto dóblannos los pechos y ckrgannos de tributos, y 
estióndese nuestro aladeb por todos los rrincones d' Es- 
paña- > Así es que uno de los expulsos se muestra gozo- 
so s\ decir <su dibina grandeza nos sacó de poder de 
faraones y malditos erexes ynquisidores,> cuyo terrible 
tribunal enaltaba á Abdelquerim ben Aly Pérez (3), cin- 
co años después de su salida para el África; si bien hay 

(O B. N,Gg. 40. \ 

(1) Ms. deD. P. Gil, fol.í96. 

(3) Morgan, Mahom., II, p. 295 sqq. 



457 

que advertir la singular circunstancia de que así como 
ciertos protestantes españoles no hallaban del todo mal 
la Inquisición para los judíos, de igual modo encontra- 
ba el Mancebo <buéna y justa> la Inquisición para las 
herejías cristianas (0. Ni- mostrarse exacta y sincera- 
mente convertidos obstaba para que si algún morisco 
obtenía'cargos ú honores, oyera decir á su espalda: <es 
de mala raxa; ¡quét ¿no hay cristianos viejos?- (2).> Ni 
eran dueños siquiera de dejar una tierra donde sólo al- 
canzaban vejámenes ó ignominia, sin valerse, .aun fue- 
ra de España, y hasta pisar las tablas de una galera tur- 
ca, de los subterfugios y precauciones apuntados en cier- 
'tos' <avisos para el camino i^)> que por Jaca, Ganfranc y 
Lyón habían de hacer á Venecía. Rechazados por el país 
y duramente retenidps en él por los gobernantes, no te- 
nían otro recurso los moriscos, mientras no pudiera es- 
tallar su ira^ que.disimular pacientemente, conforme ya 
en 1504 les decía un muftí de Oran, natural de Alma- 
gro (*), en carta diingida á sus <ermanos los que están 
encogidos sobre su adin,> consejo que más de cien años 
después declara haber seguido uno de los expulsos, al 
decir W: «esta es ley de los cristianos y lo que bimos por . 
los ojos seguir y alguna hez mostramos que siguíamos; 
pero biei;i sabe Dios que era haciendo escarnio; y bitu- 

petando en él corazón dando en -los pechos con el 

puña.> Así es que en otro libro .exclama el mismo í^): 
<por estas causas estábamos de día y dé noche pidiendo 

* (4) Ms. de D. P. Gil, foí. 352. 

(í) Morgs^n, 1. c. 

(3) B. N. de París, í90,.St.Germ., fol. -160 vuelto. 

(4) Gay. T. 43; Lumbre de la fe. 
. (6) B. N. Ce. 474. 

(6) Gay. S.*2. 



458 

á nro E8' nm sacase de tanta tribnlacion y aiei^ y de- 
fieábaraos bernos en tiena del y9lam. Aunque fuera en 
raeros, y junto con esto se procuraba bia y modo para 
salir y Ujáon los caminos los hallábamos dificultosos,> 

MenoB que á maldad de los vencedores, atribuían los 
ventíídoB tantas aflicciones á su completo olvido de la ley 
coránica, viniendo «por sus grandes pecados á' dar en 
rnanos de sus enemigos tan desacordadamente, que se 
vido muy clam ser castigo celestial (0,> pues con fútil 
arrogannia <(uaos se jataban de los alán9ares, otros se 
hacían do los de almohjirina, otros munafíes; y estas lo- 
í^anias y anhíciones los desconpuso, y dieron de ojos en 
la grandía W,j* de tal manera que «vestian ellos seda y 
adornaban con oro sus yeguas y caballos, y las jnujeres 
ponían oro en madejas sobre sus cabezas (3).» 

En jaque la Europa durante el siglo xvi por la pujan- 
za úü las armas turcas, tenían en ella los moriscos toda 
m esperanza alentada -con la Alguacia, así como con 
ciertos proüóslicos W tomados, ya de los jofores arábi- 
gos (8) de los Alpujarreños, ya de ciertos llantos y pro- 
fecías atribuidas á San Isidoro, que corrieron por Cas- 
ulla durante el siglo xvi con diversos motivos (6), aco- 
modados á su nuevo objeto 0). Apostrofaban á España 

(!) Ms. dea r.GiUfol. 296. 

\t) IbU. 

[I] IbiJ, foL ías- 

(4) lo« escji adulos qne aü de acaecer en la maguería de los lieiipos 
m U ísl» dí^ Bsp^i^a. Gay, T, 43» fol. «7á; B. N. de París, WO, S. G., fo- 
Uo kn. 

^5) M^. msí. m, p. 80 sq ]. 

íA ^iidavaL Hist. dé Carhs F, lib, VI, $ «^i B- ^- »• 5, Ms. Varios de 
curlc^d^^v f&U ^3»; Profecía de Fr. Joan de Aocacia, B. N. Ms. de Cal- 

{!' Pn>reci^ de $ant Estdrio. y Llanto de España. B. N. de Paris, i90, 
H^Gm Ml lii», iis. 



459 

diciéndola <quebraiitadora de las cosas que juraste;» y á 
los curiales: «lobos robadores sin bondad, su oficio es 
soberbia y grandía y sodomía y luxuria y blasfemia y 
reneganzas y pompa y vanagloria y tiranía y robamien- 
toy sinjusticia (^)-> <Espertadvos de vuesa negligen§a, 
qu' el tienpo se acerba, > aseguraba otro, concluyendo 
por excitar á los muslimes á ser < aunados como la fra- 
gua emplomada fuerte (*)> para que estuviesen aperci- 
bidos á tremenda lucha v á la victoria ofrecida en nom- 

»/ 

bre del cielo. 

Tal vez sirvieran de preparación adecuada, al mismo 
tiempo que de entretenimiento muy propio de la gente 
y de la época, las composiciones caballerescas, tradicio- 
nales y maravillosas, como el Alhadiz del alcázar del 
oro (^), el Libro de las batallas W ó el Alhadiz de Aly con 
las cuarenta doncellas W. Pero en ninguna parte se ob- 
serva tan completa fusión de los elementos tradicional, 
religioso y guerrero como en el Recontamiento del rreij 
Aliooandre (6), traducción literal de un libro árabe titu- 
lado Hadiz Dilcamdin. 

Con la fuerza y la astucia realizó Alejandro Magno la 
unidad nacional en Grecia; su genio militar satisfizo, 
sojuzgando al persa, la constante aspiración de los hele- 
nos; y con grandeza de pensamiento imprimió sello de 
generosidad en sus actos, y en sus conquistas tendencia, 
hasta entonces desconocida, al adelanto de las ciencias. 



(i) Profecía de Saat Esidrio, y Llanto de España, copia hecha por Don 
Pedro de Madrazo. 



(í) 


Gay, T. 13, fol. 176 vuelto 


(3) 


B. pah. de S. M. t, G. 6. 


{*) 


B.N.Gg. <05. 


(5) 


Gay. T. 48. 


(6) 


B. N. Gg. 48. 



460 

al progreso de la civilización, á la fiísión de las diversas 
familias humanas: sobrados elementos para hacer del hé- 
roe, ya divinizado en vida, un mito popular, cuya his- 
toria vino á convertirse en conjunto de maravillas. Or- 
denadas primero en interés de los Toloíneos, y exorna- 
das después por la facundia de los sofistas, alcanzaron 
en el público mayor éxito que'las más juiciosas compo- 
siciones de Arriano y de Quinto Gurcio; y honradas con 
los nombres de Galistenes, de Esopo, de Julio Valerio 
y de Quinto Gurcio, fueron el manantial de las AlexaTi^ 
dríadas de Occidente en la Edad Media. Igual boga ob- 
tuvieron al Oriente, donde hacia el siglo v andaban ya 
traducidas al armenio, y después fueron incorporadas al 
Bastan Nameh ó Syur al multec, gran crónica de los re- 
yes de Persia, puesta en verso en el siglo x por el célebre 
Firdusi, con el nombre de Xah-Nameh. De la misma 
fuente toimaron los musulmanes la narración; pero ex- 
traviados por el Alcorán fO, hicieron del* héroe un en- 
viado del cielo", <de la casa de annobua y metal de men- 
sajería; > misionero armado, dirigido por un ángel, para 
propagar por los confines del mundo la unidad de Allah, 
con cuyo auxilio vence los hombres, las fieras y los ele- 
mentos. Mahoma debió recibir estas ideas, como tantas 
otras, de los judíos, que halagados con la noble conduc- 
ta observada por. Alejandro en Jerusalén t^), llenos de 
respeto hacia el conquistador tantas veces nombrado ó 
aludido en las profecías (3), inclinado el corazón al que- 
brantador de la tiranía .persa, y tomando demasiado á la 
letra algunos versículos de los !Macal)eos (*), fácilmente 

(1) XVm, 8<sqq. 

(í) Josefo, Ant. jud., XI, 9. 

(3) Daniel, Vil, 6; VIIl, 24; IX, 20; XI, 2. 

(4) I. Mac, I, 3. 



461 

lo imaginaron dotado de inspiración divina y de poder 
sobrenatural, exagerando con sus acostumbradas hipér- 
boles la extensión de las expediciones ó la magnitud de 
las proezas, Y sin duda se debe álos Alejandrinos, que no 
tendrían poca parte en la redacción del falso Galistenes,: 
la versión de que el Rey: de ]\tacedoni¿ establece en su 
ciudad predilecta, al fundarla,* el culto del verdadero y 
único Dios (^). ' * 

De tan diversos componentes resultó la singular ó hí- 
brida figura del Alejandro muslim, recargada sucesiva- 
mente de tal manera, que en el siglo xv, el persa Mirjond 
hace entrar á sus guerreros eñ batalla animados por un 
conocido texto del Alcorán (2). En la versión aljamiada, 
Alejandro <de los hijos de los rreyes de los cristianos, > 
á causa de su «omildan^a ad Allah,> es desheredado por 
su padre; pero Aristóteles, sucesor en el trono, < cuando 
vio r axamplura de su cencia y lo que le dio AUah del 
entendimiento, rrenucióle el rreismo y encoronóle con 
la corona del rreismo, > quedando á'su lado «oyendo á ól 
y obedeciendo Su fecho. > El joven monarca funda á Ale- 
jandría con muy buenos agüeros, y emprende la expío- 
ración del mundo. En el extremo occidente ve ponerse 
el sol en una fuente caliente con <muy grande riruido, 
que pensaban los del mundo qu' el adonía se derrocaba; > 
en las montañas del horizonte mandó <que ligasen sus 
compañas sus caballos al signo del Buey, r^ arrimasen 
sus armas á las. ^abridlas, > Atraviesa países de gigan- 
tes, de cinocéfalos, de orejudos y de otras gentes ra- 
ras. Pelea con culebras de una milla de largo, y viene 
al punto donde sale el sol, con cuyo intenso calor sus 

(4) B. x\. de París, 4 43 sapp. 
(i) Lxr, 43. 

44 



162 

iil.::jLr:es «no tenían pelos, ni barbas^ ni pestañas en 
5C> •:; :s. n: cejas, que ya les ende abia quemado el sol; 
T cllcs denen cuevas de debajo de la tierra, qu' en 
ellis aria casas, y sacaban las ollas sobre la cara de la 
"irrra. y IcíS panes cocían al calor del sol, y cuando ve- 
zliel sijl al ponient sallan de sus cuevas. > Gomo <era 
Cr:;l:^am¿in muy gran barragan, que no le inchía el co- 
n a>ii T^TH^nA cosa,> fntra por la región de la obscuri- 
Lri en busca de la fuente de la vida, sin que dé con ella 
m^ que el sabio Alhádir (el profeta Elias), por favor es- 
p€^^ial de Allah. Cierra luego con una muralla de hierro 
y loDnce el desfiladero por donde las naciones bárbaras 
•í^I Norte penetraban en Asia, y vuelve á la «casa de su 
3eaorío,> al cabo de doce años de sobrenaturales aven- 
turas. Para que abarcara de una ojeada el mundo que ha- 
ííSl de conquistar, <envió Allah á él un ahnalac qu' abia 
p<r lonbre Zayefil, y púsolo debaxo de su ala y subiólo 
ézta al cielo, > y el mismo ángel lo saca á cada paso de 
d^.eal:ades. Ayúdale el inspirado Alhádir (que reem- 
plaza al adivino Aristandro de la historia), y lleva asi- 
ii>Í5ino al lado al sabio Afsagid (el adivino Pitágoras, de 
Anñp^lis). Hacen sus huestes en pocos días camino de 
m lohos años, sin que les estorbe el mar, sobre cuya su- 
f'eráoie andan, se acuestan, y clavan estacas como en 
cura tierra. Una piedra preciosa ilumina á su escolta 
ea el país de las tinieblas, y alimenta á todos sus hom- 
fcnes y caballos con solo un racimo de uvas, obtenido en 
f ro«ii2ioso <alcacar muy grande: su largueza tres le- 
iTiaS; y su ancheca asi cuadreado.» 

La segunda parte de sus empresas tiene por exclusivo 
fji^^tú la guerra sanca. <Y mandóle Allah, > dice el tex- 
^7, <que Uegase á los rreyes de la tierra y los guerrease; 






163 

y mandóle con crebar las ídolas y matar á quien las ado- 
raba; y mandóle que no dexase lugar de la tierra, en el 
de los fijos de Edám, (que) ninguno que no í entrase y 
los clamase á la servitud de AUah y á su obidencía, fas- 
ta que no dixese ninguno el día del judicio: no nos vino 
albriciador y monestador,> Auxiliado por sus tenientes 
Batlamís (Ptolemeos) y Letácon (Antígonos), primero 
junto al rio* de Satrados (Stranga del felso Galistenes), 
después cerca de Al- Yes (Isso?), derrota á Darío, llegan- 
do por fin á tiempo de recoger tierna y noblemente su 
último suspiro, y con él la mano de su hija. Organizada 
la Persia, mata en singular combate á Poro, rey de la 
India; y después de larga estancia entre los Torchama- 
nines (Bracmanes), pasa á Remira (Semirámide), donde 
corre extrañas aventuras con su <rreina y capitaneaa 
Gandefa» (Gandaces). Trata pacíficamente con las Ama-^ 
zonas; volviéndose al Oeste vence á los Bereberes, «que 
cabalgaban leyónos con sillas; > domina á los Afriquiún 
(Cartagineses), y después de ellos, á varios y singulares 
pueblos de África y Europa. Desde el fin de la tierra 
vuelve por la China y por Babilonia á la casa santa 
(Jerusalén), y muere allí previamente avisado por car-^ 
fa de Aristóteles y por .otros oráculos. 

En esta segunda vuelta al mundo no faltan montes, 
aves y árboles que hablan; ciudades flotantes, fieras es- 
pantables, ríos de piedras preciosas, y extravagancias 
de las que cuenta Plinio: casi todo procedente de los ori- 
ginales griegos. De ellos proviene igualmente la profu- 
sión y abuso del género epistolar: Alejandro escribe á 
los reyes enemigos, para intimarles la sumisión; á los 
pueblos de Pérsia, declarándose su rey; y á Aristóteles, 
refiriéndole los admirables sucesos que le han acaecido; á 



464 . 

la madre de Darío, ofrecióndoíe amparo; y á la suya pro- 
pia, í>ara consolarla con anticipación ó ingenio, por su 
próxima muerte. El estilo sutil de los bizantinos, muy 
del gusto oriental, se echa de ver también, y amplifica- 
do, en nuestro libro: ya cuando convierte á Diógenes de 
Sínope en anciano estoico, que sermonea á Alejandro y 
queda luego por gobernador de Hebarce, donde el sol se 
pona; ya al añadir, en los coloquios con los' gimnosofis- 
tas, á las intrincadas cuestiones sobre el mar y la tierra, 
el día y la noche, la derecha y la izquierda, otras de ín- 
dole islámica, tales como la creación del mundo y su 
fin, ó el pronóstico del predominio de los árabes. De ín- 
dole arábiga son otros cambios ó adiciones, especialmen- 
te en los nombres propios: además de reemplazar á Aris- 
tandro por Elias, se hace madre de Alejandro á Al-Ide, 
que es la Ada reina de Caria que le tomó por hijo; Can- 
dáules y Gharogos, hijos de Gandaces, son Pedro y Gan- 
pir; por error ortográfico, en vez de Poro se escribe 
Lyon; y Raxica, en lugar de Roxana; y Bebrycia, escri- 
to Habruchia en un códice latino, ha dado margen al 
nombre de Hebarce, suministrando al paso otra prueba 
del origen occidental de estas narraciones. 

Varias son las que de igual procedencia vinieron á la 
literatura árabe y después á Ija aljamiada. En la historia 
de. la doncella Arcayona (O hay reminiscencias muy 
marcadas del libro de Apolonio y de la vida de Santa Ge- 
noveva, aunque aderezadas en sentido profundamente 
musulmán: coíno que apenas existe documento morisco 
donde no transcienda el espíritu religioso, si se excep- . 
túan algunas colecciones de recetas (^J, ó apuntes como 

(1) -B. N. Ce. n4; Gg. 47; Gay. V. 46. 
(í) Gay. T. 45, 46. 



165 

el cuaderno de cuentas de Miguel de Zogra (^),' adminis- 
trador ó tesorero de cierta parroquia de Aragón. Tal es- 
casez aumenta el valor del alhadiz del baño de Zarieb (^), 
pequeña novela cordobesa escrita á estilo de los cuentos 
de Las mil y una noches; así como la Historia de los 
amores de París y Viana (3), novela proenzal del si- 
glo XV, cuya traducción aljamiada, prueba que también 
gustaban los moriscos de las producciones contemporá- 
neas. ¿Y cómo no se había de aficionar á ellas una gente 
que, al modo de sus antecesores mudejares, seiba ya fun- 
diendo y amalgamando con la masa general de los espa- 
ñoles, tomando sus hábitos y participando de sus ideas? 
Imbuido en ellas, el refugiado en Túnez que citó más 
arriba W escribió un libro muy notable, donde luce gran 
conocimiento del estilo de las novelas y de las poesías 
más populares de su tiempo, especialmente de las de 
Lope de Vega. Á modo de algunos autos sacramentales, 
compara <la persona del hombre mumín á-una ^udad 
populosa de las gudades del mundo; y su alma y miem- 
bros, como la 9erca y fuertes murallas della; y lá fe y 
creyencia berdadera en la unidad de dios y mensaxeria 
de su santísimo profeta muhamat, fala allahu alaih gica- 
calam^ que Representa la Real persona* del monarca 
dueño desta fudad;^ y finge un bélico ataque de Luzbel, 
auxiliado por todos los vicios y pecados, dispuestos en 
cuatro escuadras. Contra ellas resiste victoriosamente el 
rey, asistido por su <gua5ir el entendimiento, > ayudado 

(4) Ms. perteneciente á D. Francisco Codera. 

(t) Gay. T. 41. 

(a) Gay. V. 4. Después de pi'esentado.este discurso* he publicado los 
fragmentos de-uquella novela en la Revista Histórica, t. 111: Barcelo- 
na, 4876. 

(4) Gay. S.í. 



166 

y seguido de todas las virtudes; inutilizando «las trabas 
eréticas y ardides soberbios> del demonio, «con los tiros 
de artillería de la teulujia y creyen^ia berdadera.> Saca 
de ahí motivo para amonestar al hombre que esté siem- 
pre alerta contra las tentaciones; y siguiendo el argu- 
mento de otros autos (<), le advierte que al principio de 
la vida <se le muestran dos caminos: el uno á la mano, 
derecha escabroso, de peña, cañadas, espinas y abrojos, 
que paran sus trabajos en descanso y alegría; y el otro, 
á la mano y^quierda, deleytable y anchurosso, que para 
en tormento y tristeca.> Píntase él á sí propio discu- 
rriendo por él segundo, lleno de vicios y vanidades; y 
describe los galanteos al uso, citando gran número de 
romances y otras poesías amatorias ó pastoriles, con pa- 
sos y argumentos de algunas comedias, y noticia de una 
representación de Las mudanzas de fortuna^ de Lope 
(quo por citarla de memoria, como todo lo demás, llama 
equivoca(iamente La Rueda de la Fortuna). Detenido 
por la Consideración, al tiempo ya que veía la «escura 
y tenel)rosa cueba> á donde iban á parar suscompañCT- 
ros de viaje, vuelve atrás rápidamente, y recitando va- 
rios sonetos de las Rimas sacras de Lope, toma con brío 
el camino de la virtud; por el cual le guía el Entendi- 
miento, que en figura de <un benerable y hermoso bie- 
jo sentado sobre una estera de palma y puesto en ora- 
ción, > estaba ya esperándole. El conductor entretiene el 
camino (más largo de andar, por ser de austeridad, que 
el de los deleites) con explicaciones sobre los principios 
morales, los fundamentos del islam y las reglas de la 
práctica religiosa, salpicadas de ejemplos edificantes, 

[h] El Viaje del almoy de Lope, y el Peregrino, de Valdivielso. 



167 

sin dejar las citas poéticas ni ciertas ali^iones mitoló- 



gicas. 



La influencia mahometana más Vulgar domina en es- 
ta parte del libro; y por eso el Entendimiento exhorta á 
su oyente á que cuanto antes contraiga matrimonio, es- 
tado de tanta excelencia, que á la mujer, <un dia de ca- 
sada en el mundo le es mexor que la adoración de cien 
años sin marido; > y refiere de un santón, aparecido des- 
pués de su muerte, que dijo: <me a dado (Dios) grados 
de gloria en tanto extremo, que e llegado a mirar los 
que tienen los santos profetas; y con todo eso no e lle- 
gado á los grados que tienen los casad'os;> bien que atri- 
buye los setenta grados más que otro alcanzara, <por la 
paciencia que tubo con sus hijos y mujer. > Complácese 
en describir esa gloria ofrecida por el autor del Alcorán, 
en la cual, entre otras bienandanzas, promete para cada 
buen muslim < ciento de las haurías, que son las que dios 
nuestro señor crió en la gloria para sus obedientes cria- 
turas, tan bellas, Resplandegientes y hermosas, que á sa- 
car una dellas su mano al mundo, se escureciera el sol y 
se bolbiera nublado escuro; y a escupir en la mar, se 
bolbiera dul^e; y se dice que en sueños habló una-con un 
santo hombre, y cuando Recordó, gomitaba de oyr ha- 
blar a las jentes, aunque fuera muy política y delicada- 
mente. > Y al concluir el autor, pide á Dios que «aumen- 
ta purificación y ensalcamiento y engrandezca á la lin- 
pia, purificada, engrandecida,, santificada, encalcada, 
. clarificada, sagrada, estimada, querida, ioada y prebili- 
jiada y Resplandeciente persona del berdadero fijo, cier- 
to y santo paracleto y escojido muhamad;> dando gra- 
cias al cielo por verse lejos de cristianos, conforme en la 
introducción alababa al Señor, que «con su misiricordia 



• ié8 • ' ' 

puso en el coraron del tercer filipho, y en los que eran 
sus consexeros,' que mandase saliésemos de su Reyno, 
con pena de la bida;. y nos abrió los caminos por.la mar 
y por la tiena, libre y sin daño '. . 

Para los musulmanes exaltados, fué la expulsión co- 
mo término ansiado de laygo y duro cautiverio; y lejos 
de condolerse por sí y por sus hermanos de destierrp, se 
comparaban con el pueblo de Israel saliendo de Egipto, 
guiados y conducidos por Dios, qué 

<tdel faraón d* españa ablanda el pecho, 
y a su pesar les da en el mar camino, 
qu* está de bordes flores prado hecho; • 

como se expresa en el soneto, original de un morisco 
andaluz, puesto en elogio del autor al principio de aque- 
lla obra- 
No se extrañe que gente tan aficionada á nuestra poe- 
sía, y conocedora del teatro, se diera 4 cultivar las mu- 
sas, después de haber ejercitado muchos y diversos géne- 
ros de prosa¿ Los moros españoles se valieron con fre- 
cuencia de la amenidad del verso para publicar sus pen- 
samientos, y muy especialmente para difundir en el vul- 
go los puntos principales de sus creencias; de tal mo- 
do que, á conservarse todas sus composiciones, se pudie- 
ra ordenar un copioso 'cancionero mahometano, donde 
se vieran, con las galas del metro, todas las cuestiones 
que llevo hasta aquí analizadas. 

Én un <tratado que conpuso ybraim de bolfad, boci- 
no de Argel, 9ieg0.de la bista corporal, y aluinbrado de 
lá del coraron y entendimiento ^0>. se expone toda la 

<i) B.ÍÍ,Cc.469. 



\69 

doctrina mahometana, en quintillas, de las cuales copio 
éstas, dirigidas á demostrar la existencia de Dios: 

•y el testimonio de áber 
^ñor dios forf ossamente; 
es lo criado; y tener 
color, tiompo, y Tallecer; 
como el bibir de la jente. 
pues ya en lo criado bemos ' 
* no ay obras sin causador; 

de donde claro entendemos * * 

que aqueste sser que tenemos . . 
sin duda tiene obrador.» 

En la <comenta5Íon> hecha á este tratado por el mismo 
expulso, autor de la otra obra, se refiere cómo inte- 
rrumpió el Santo Oficio la representación de una come- 
dia sobre milagros de Mahoma, con no poco peligró del 
poeta y de los' actores (O ; y concluye su trabajo expli- 
cando la cuestión del libre albedrío, escollo de la teolo- 
gía muslímica, conforme á la doctrina más corrieijte, en 
esta octava: 

«y pues que dios el escojer te a dado, 
aunque no te lo dio absulutamente 
pues con entendiúiiento tp a criado 
dándote natural ian excelente, 
mira á qual de Ibs dos te as ynclinadoi 
qual te pare9e ques más conbiniente: 
gofar de bida eterna y bien eterno, 
ó penar para siempre en el ynfierno.» 

Díó constantemente Mahoma su predjicación como 
consecuencia del antiguo y del nuevo Testamento, ha- 

(i) B.N. Ce. 469, fol. 436. 



\70 

ciéndose tórmino y sello de todos los profetas y envia- 
dos; á lo cual alude este trozo de romance W: 

a Pues el mismo cristo dixo, 
ablando por su maestro, 
tras el bendria un paráclito 
que sería sania y buei\o; 
y este sabed qu' es muhamad, 
' de dios santo y mensajero, 
, el que trujo el alcoran, • 

, ( libro sagrado y perfeto.» 

Por su ligereza y soltura, este metro se prestaba me- 
jor que otro alguno á la vivacidad de la polémica: por 
ello lo usó el más notable morisco de los emigrados al 
África, llamado el Maestro Juan Alfonso, aragonés, hijo 
de padres cristianos (tal vez conversos), que estudió con 
afán diversas religiones; y decidido por la mahometana, 
marchó <a Tetuan á siguirla, y dexatído Rentas ex^e^i-. 
bas, se contentó con el trabaxo de la persona, ocupado 
en ganar su sustento miserablemente (2).> Airado con 
las persecuciones sufridas en su patria, exclama (3): 

«Cuerbo maldito español, 
pestífero canzerbero, * 

qu' estás con tus tres cabezas 
a la puerta del ynfierno;» 

acusa á los cristianos de haber alterado las Santas Escri- 
turas, repitiendo, como era moda entre los protestan- 
tes W: 

«no solo las traductiones, 

pero aun los que trasladaron 

(O B. N. Cc.174. 

^ (2^ B. N. Ce. 469. 

[Z] U. lí. Ce. ni. 

{4) B. S. Cc. 169. • 



Í7\ 

los propios orixinalesy 

an hecho, de mano en mano, 

de las escripturas claras 

un labirinto yntrincado;]> i 

y excita á su manera á un libre examen con esta imagen 
singular: 

(cno se berá satisfecho 
el que por ajena mano < 
' comiere, ni sabrá gierto 
la confection del guisado; • 

dando por consejo: 

«hágasse yspiriencia propia 
las leyes escudriñando, 
que no le es odiosso á dios 
qu' el hombre le ande buscando.» 

Búrlase de la pomposa afectación literaria tan usual en 
su tiempo, coú esta advertencia: 

«y no ymito el persuadir 

de otros muchos, que incitaron 

á su Religión y culto, 

su opinión autorigando, 

llamando al lector prudente ^ 

y sus obras dedicando, ^ 

á los principes teRenos, 

de adulaciones ussando.» ' 

Así apostrofa al cristianismo (^h 

«o ley llena de mentiras, 
gente, de bordad desiertos, 
que 7 laberintio de creta 
no tubo tantos enrredos;» 

(O B. N. Ce. 474. 



472 

alusión que demuestra cuánto debían ser familiares los 
estudios clásicos á gente que no escasea en sus libros las 
citas en latín y que aun escribió algo en esa lengua, 
pues dice el mismo Juan Alfonso: 

«otros de; mi patria amada^ 
' e siabido rrespondíeron 
ansí por lengua latina, 
como por rromance y berso. 9 

De aquí, sospecho que sea del mismo autor este otro ata- 
que á los miisterios del culto católico (<): 

«bosotros que en la orá9ÍoQ, 
como golosos exipcios, 
adora ys buestro, dios pan 
ahogándolo entre bino.» 

Más conocido hoy que ninguno de estos poetas moris- 
cos es Mohamad Rabadán, natural de Rueda del río Ja- 
lón, que en 1603 puso en romances, además de la «His-. 
toria del espanto del día del juicio, > del «Canto de las 
lunas del año y de '<Los nombres de Allah,> una Histo- 
ria genealógica de Mahoma, desde la creación del mun- 
do (*), traducida de la que compuso en árabe Abulhasán 
Albecrí: asunto popularísimo entre los moros españoles 
y frecuente en la prosa aljamiada (3). 

Prestando existencia real á ciertas figuras simbólicas 
de antiguos libros (origen de tantas leyendas mitológi- 
cas ó vulgares), suponen los mahometanos que tras de 
cuarenta años de penitencia, después de su expulsión' 
del paraíso, fué Adán perdonado, y que Dios 

(4) B. lí. Ce. 474, 

(í) Ticknor, Histor. de la lit. esp. IV, «75; Ásiatic Journal, 1867- 4 87i. 
' (3)- Gay. T. 43, fol. «53; T. 47; T. 48; B. par. de S. M. 1, G. 6. 



473 

. ¿Le influyó^ para consuelo, 
De luz en la frente un ramo 
Que con los cielos frisaba 
Dé muy relumbrante y claro.» 

Y como emblema del don prófótico que había de termi- 
nar en Mahoma, 

cFué la clara luz pasando 

Siempre por estos varones 

Más perfetos y estimados, 

Por el Señor escojidos, 

Por su palabra avisados; • 

Corriendo de padre en hijo, . 

De un honrrado en otro hpnrrado.t> 

Al describir la singular peregrinación de este rayo de 
luz sobrenatural, el poeta se detiene en las vidas y ad- 
mirables casos de nuestro primer padre, de su hijo Seth, 
de Noó, de Abraham, de ^smael, de Alhádir, y de Hó- 
xim, Xaiba y Abdalá, ascendientes inmediatos de Maho- 
ma, terminando con los hechos más culminantes de la 
vida y muerte del célebre caudillo, pó sin dedicar antes 
una extensa digresión á la línea de Isaac. Con ingenio 
sumo expone los sucesos principales de la Historia Sa- 
grada, contados á la morisca, y elegantemente vestidos 
con el romance castellano, que él llama «verso suelto 
Ordena Dios al alma que entre en el cuerpo de barro del 
primer hombre; y ella replica: 

aRey piadoso, 
¿Cómo quieres encerrarme 
En este vaso asqueroso, 
Siendo yo tu serviciante? 
Enciérrasme en mi enemigo 
Do mi limpieza se manche, 



r 



174 

Y á tí te desobedezca, 
Por no poder npartarme 
De poder des te contrario 

Y de su enemiga carne, 

Y yo habré de padecer 
Tus castigos, desiguales- 

* Por los distinos enormes 

Que el cuerpo consigo trae: 
Dame parcida^ Señor, 
De este trabajoso trance; 
Que á tí eS| Señor, el mandar^ 

Y á mi, Señor, el rogarte.» 

Antes de esto^ quiere Dios que loa ángeles reveren- 
cien la masa preciosa y escogida con que Adán va á ser 
hecho; pero 

aDíxo Luzbel; yo no quiero 
Que mi grandia se abaxe 
A un pedazo de barro, 
Siendo yo seraneante 
Mucho mejor que no él, 
Porque á mí me halecaste 
De compostura de fuego: 

Y es menosprecio muy grande 
Que yo reverencie á quien 

Es de tan baxo quilate. 
Dixo Aiiah: Sal, enemigo. 
De mi alcliana y sus lugares 
Apedreado, maldito. 
Rayo de fuego quemante, 
Mi maldición te persiga. 
Mi condenación te alcance,. 
Mi pena te de tormento. 
Mi castigo te acompañe.» 

Á pesar de llamarse Rabadán 



475 

«UQ entendimienio rudo, 
Criado en romper la tierra 
Tras el arado y las mieses, 
Desnudo de artes y letras,» 

éistá bastante familiarizado con la literatura erudita, 
para llamar al sol «la luz febea> y para, describir gala- 
namente la aurora cuando 

« se es tiende 

Dando las nuevas qu' el dia 
En su seguimiento viene, 
Y el roxo Apolo tras ellas ' 
Dorando Jos campos verdes. • 

Peligrosa pinta su tarea en una época en que 

«Aiiah dio lugar 
Que los Moros deste reyno, 
Con tantas persecuciones, 
Sean pugnidos y presos;» 

y érale difícil allegar los datos necesarios, porque ya se 
iban 

«Perdiendo los alquitebes. 
No quedando rastro dellos; 
Los aliraes acabados, 
Quales muertos, quales presos, 
La Inquisición desplegada 
Con grandes. fuerzas y apremios, 
Haciendo con gran rigor 
Cruezas y desafueros, 
Que casi por todas parles 
Hacia temblar el suelo: 
Aquí prenden y allí prenden 
A los baptizados nuevos, 
Cargándoles cada dia 
Galeras, tormento y fuego, 



476 

Con otras adversaciones 

Que á solo Allah es el secreto.» ' 

La Musa de Rabadán modula sus tonos con admirable 
facilidad, para acomodarse á las situaciones y á los afec- 
tos. Usa de* sombríos colores cuando Azrael, ángel de la 
muerte, por rara y singular excepción, viene á alÍ3riciar 
á Abraham de parte de Dios, y se declara en estos térmi- 
nos: * . 

«Yo soy quien mi nombre temen 
i Quantos memoran mi nombre, 

Desde la más baxa tierra' 

Hasta las más altas torres; 

Yo soy el que nadi esenta * 

De mis amargas pasiones: 

A todos los hago iguales, 

A los grandes y menores, 

Desde el labrador más baxo 

Al emperador más noble, 

Y desde el más alto Rey 
A los más baxos pastores. 
Yo soy la sola atalaya. 

Que á mi vista no se asconde 

Criatura que alma tenga, 
• Ni cosa que vida goze; 

El que las copiosas huestes 

Acaba, deshace y rompe; 
. Y el que los cuerpos despoja 

De sus amados arrobes. 

Yo pueblo los cementerios. 

Hago qu* en las fuesas moren: 

Y despueblo las moradas 
De sus propios moradores. 
Ciudades, villas, castillos, 
Altas casas, fuertes torres 
Yo las allano por tierra, 
Sus dueños y prevenciones. 



n7 

Yo las alchamas copiosas, 
Pompas, bríos y ambiciones 
Las allano por el suelo 
Sin dolor de sus dolores. 
El que los hermosos rostros 
Cambio en malos colones, 

Y en calaveras resuelvo 
Las bellas dispusiciones. 
Yo las dulces compañías, 
Tratos y conversaciones 
Aparto, deshago y trueco 
En llorosas aflicciones. 
El que los gustos aceda, 

Y el que aparta y descompone 
£1 amigo de su amigo, 

Sin ver si es rico ni pobre. 
No quiero tregua con nadi. 
Jamás escucho razones; 
De ninguno soy amigo, 
A todos trato de un orden. 
Azarayel me apellidan, 
Malac almauti es mi nombre; 
Quien nunca temió, y le temen 
Todas las generaciones.» 

Toma levantado acento, en el canto segundo del Jui- 
cio final, que es su obra más notable, al poner en boca 
de AUah: 

«Yo soy el Señor 
Alto, poderoso, inmenso; 
Solo soy en mi reismo, 
Únioo en todos mis hechos; 
Ni hay ningún porqué ni cómo 
Á lo que mando y deviedo.t 

Ved la viveza y movimiento con que pinta el terror 
de los hombres ante las espantosas señales del fin del 
mundo: 



478 

«iQaé vivir tan desabrido, 
Qné inquietud, qué sobresalto,. 
Qué llagas sin medecinas, 
Qué sueños tan quebrantados,' 
Qué enfermedades tan solas. 
Qué dolores ^n amahosl i 

y la energía con que describe luego la desesperación y la 
rabia: 

a Dice Alhasán que las madres 
Que tendrán hijos bastardos. 
Después que el Sol se trascurso 

Y asome por el ocaso, 
Que los batirán de sí 
Echándolos de sus brazos; 

Y les negarán sus pech«^ 

Y el amor que siempre usaron. 
Ellos, con la mism^ rabia 
Que se verán agenados.) 
Dirán tan grandes distinps 
Que cansa á deber .'nombrarlos. 
Maldígaos AUah enemigos, 
Dirán estos haramados; 
Maldígaos la tierra y cielo 

Y todo quanto hay criado: 
Todo sea en daiio vuestro. 

Y no menos acusamos 

A nuestros malditos padres. 

Sino que los avocamos 

Con las mismas maldiciones; 

Y de aquí los albriciamos 
Con el fuego del falaque 

Y sus tormentos, en pago 
De los deleites malditos 
Que con vosotras gozaron. 
Renegamos de vosotros, 
Del uno y otrq, juramos 



479 

De jamás ser vuestros hijos 
Sino vuestros tormentarios; 
Renegamos de la leche 
Que en vuestros pechos mamamos, 

Y de los lomos traidores 
Donde fuinK>s goteados.» 

Después pone en boca de los condenados, cuando ya 
todos los antiguos profetas se han desentendido de inter- 
ceder por ellos, esta tierna súplica: 

aO Mohamad, nuestro amparo, 
Nuestro muro y defensor, 
Refugio de nuestras penas 

Y en nuestras tinieblas sol: 
Pues para nuestro remedio 
Te creó nuestro Señor, 
Iloy de rogar por nosotros 
Te toca la obligación. 

Hoy es el dia que debes 
Publicar tu gran valor, 
Que quanto mayor la culpa 
Es la clemencia mayor. 
Ya sabes que te seguimos 
Sin verte ni oir tu voz, 

Y aunque en las obras faltemos. 
Tu dicho afirmémoslo. 
Echástenos en olvido 

En la fortuna mayor, 
* Al tiempo que no hay ninguno 
Que quiera rogar por nos. 
Solo á tí, Muhamad, toca 
El ruego y la redención: 
Qu' 'esta señalada empresa 
A tí solo se guardó.)» 

Encierran estos versos, además, la declaración del 
punto más importante del imdn 6 doctrina mahometana, 



480 

cual es la redención definitiva de todos los fieles, buenos 
y malos, por la intercesión final de su profeta; que es ni 
más ni menos que la doctrina de la justificación por la 
fe, claramente expuesta al final de los cantos del día del 
juicio: 

aLibertará su familia 

De tan grande perdición; ' 

No solo á los pecadores, 

Mas á quien jamás obró 

Obra buena en su provecho, 

Solo porque pronunció 

La unidad de la creencia 

Una vez mientras vivió.» 

Como éste, se hallan esparcidos por las obras de Ra- 
badán diversos puntos de la creencia islámica; siendo 
digno de notarse, por lo que valientemente se aparta de 
la común doctrina fatalista, este pasaje: 

«tendrán tal franquía 
En sus hechos munerables, 
Que harán absolutamente 
Á sus libras voluntades, 
Sin haber quien su designio 
Les estorbe ni contraste.» 

Tal soltura en el uso del metro supone largo ejercicio 
de la versificación en la gente morisca. En efecto, por 
más que quiera suponerse exagerado arcaísmo en las 
composiciones aljamiadas, para traerlas todas alrededor 
del siglo XVI, es lo cierto que lo mismo Rabadán que 
Juan Alfonso y que Ibrahim de Bolfad escriben en el 
lenguaje corriente de sus días, y no buscan las formas 
ó giros de Berceo ni del Marqués de Santillana. Por eso 
conceptúo por legítimo no traer más acá del siglo xiv 



i 



481 
la Almadha de alabandga al annábl Mohammad (O, qne 
publicó Müller, pues basta para poder asegurarlo leer 
estas cuartetas: 

«Señor, fes tu a^^ala sobr'el 
y fesDos amar con el, 

sácanos en su tropel ^ . 

jus la seña de Mohammad. 

Fazed a99ala de conciencia 
sobre la luz de la crey encía, 
e sillaldo con rrebenencia 
y dad a99aleni sobre Mohammad, 

Tu palabra llegará luego 
e será rrecibido tu rruego, 
e y abrás accaiem entrego: 
esos son los fechos de Mohammad. 

Quien quiere buena ventura 
y alcanpar grada de altura, 
porponga en la noche escura 
r a99ala sobre Mohammad.» 

La estructura del verso y la combinación de consonan- 
tes, no sólo se asemejan á las desfechas por arte de es- 
tribóte de Villasandino y de D. Juan II (2), sino que son 
idénticos en un todo á los Gozos de Santa María' (3), á la 
Trova del Mensajero W y á la Cantiga de los Estudian- 
tes (^) del Arcipreste de Hita, de quien fué sin duda con- 
temporáneo el autor ó traductor de la Almadha. ¿Y qué 
reparo puede haber en ello, si nos consta positivamente 
que en el mismo siglo componía trovas, «muy sotil ó bien 
letradamente fundadas, > el maestro Mahomat el Xarto- 

(4) Siizungs. 4860, p. Í47. 

(i) CancioMro de Baena^ págs. 42, 62, 472, 484, 492 y lxxii. 

(3) Coplas 44 y sig. 

(4) Coplas 4 06. y sig. 

(5) Coplas 4621 y sig. 



-182 

SÍ, natural de Guadalajara (O, físico del almirante Don 
Diego Hurtado de Mendoza? Guando un moro se hom- 
breaba con el Dr. Fr. Diego de Valencia, con el bachiller 
Fr. Alfonso de Medina y con el canciller Pero López de 
Ayala, para discurrir sobre las arduas cuestiones de la 
presciencia divina y la libertad humana, sin ofensa de 
las creencias católicas ni desprecio de las mahométicas, 
el arte de la poesía debía estar ya muy arraigado entre 
los mudejares; y así lo confirman las varias composicio- 
nes que de ellos nos han quedado rimadas por la cua- 
derna vía. No ya con estribóte, sino con verdadero es- 
tribillo, conservado en. árabe, hay una súplica ó plega- 
ria (^) 'pidiendo á Dios misericordia, que empieza con es- 
tos versos de diez sílabas: . . 

«Señor, por Ibrehim el del fuego, 
Que sobr'él fue frió y salvo luego; 
Señor, apiada nos por su rruego 
E denos lu gracia y perdón entrego 
Ye árham errahimiyina (3).» 

Pero el oído del autor tiraba con notable inexperiencia 
hacia el alejandrino, ^egún demuestra la copla final: 

«Pon tu salvación. sobre Mohammad tu mesajero, 

Y sobre los annabies desde Edam el primero, 

Y de los arra9ules fasta el postremero; 

Gual hamdu lillehi almálico addáyimo algafero (4). • 
Ye árham errahimiyina 
Ye rrabbo alalimiyina (5).» 

Desigualdad es ésta frecuente en las producciones de 

( 1 ) Cancionero de Baenay pág. 564. 

(i) Müller, Sitzungsb. 4860, p. 23a. 

(3) oh el más piadoso de los piadosos. • 

(4) T loado sea bios, el rey, el eterno, el perdonador. 

(5) Oh señor de los fia leg r 



f83 

\2i Edad Media, causada muchas veces por la tendencia 
natural de los narradores y copiantes á acomodar á su 
propio lenguaje lo que QÍdo á sus padres transmitían á 
sus suceseres (^); pero en otras ocasiones el origen de 
esta variedad toca más á los fundamentos del arte, y 
hay que buscarlo en la diversidad de metros que desde 
el siglo XIII en adelante invadió la poética castellana, 
emancipada ya del estrecho molde de los hexámetros y 
pentámetros latinos, con el ejemplo de los trovadores , 
lemosines, tan honradamente recibidos por el autor de 
las Cantigas. Ésta influencia de la corte literaria del. 
. Rey Sabio se deja ver <5laramente en' la Alhotba arrima- 
da, impresa poV Müller, qile empezando por los antiquí- 
simos octonarios de esta manera: 

«En el lombre del criador, | piadoso apiadador, 
May alto e muy gracioso, | sobi^ toda coaa poderoso,» etc.; 

sigue con estos endecasílabos de idéntica . medida que 

los del himno al mes de mayo, de Alfonso X: 

■ 

kSab* qué la berdadera creyoncia, 
Es formada sobre muy alta concia, 
Es fraguada sobre cinco pilares: 
Decirtelos e porque los aclares;» 

y viene por fin á la gran maestría, guardando con todo 
rigor las rimas, como en esta copla: 

«(Aunque) la primera mujer fué fecha de colilla, 
Aunque tortefique, no lo hayas á maravilla; 
Si la quiés endere9ar, ante será quebradilla; , 

No lo ayas á miraglo, pues es d*aquella fasilla.» 

Entre los siglos xiii y xiv debió también ser escrito 

(4) Gayangos, Bib. AA. esp. T. LI, p. 5; Pidal, Can. de Baena^ p. xv; 
km, de los Ríos, Bist de la lU. esp. III, UO. , * ' p 



484 
el Poema en alabanza de Mahoma^ publicado por el se- 
ñor Gayangos en su traducción de Ticknor (O, no obs- 
tante haber recibido sin duda de copia en copia ciertos 
retoques gramaticales que han podido hacerlo suponer 
mucho más moderno. Pero el metro alejandrino perfec- 
tamente medido, alguna que otra rima asonada, y la es- 
tructura general del lenguaje, persuaden de su mayor 
antigüedad. Escrito en el original como si fuera pro- 
sa (*), el copiante tuvo cuidado de señalar en cada cua- 
tro versos la división de las coplas; cuyas consonancias 
no siguen, sin embargo, más que de dos en dos versos, 

de este modo: 

• • 

«Su corazón fué sacado de su cuerpo sin dudar, 
Lavado y alinpiado, luego vuelto á su lugar; 
Y la luna vino á él riendo y con humildad, 
Haciendo acala sobre él, diciendo: ye Hohammad, 
Dime lo que quiés que haga luego sin demás tardar; 
Ye mi amigo amado, quien honró este lugar 
Que mandado me a seido del rey alto, verdadero 
Que te sea obidiente en todo y por entero.» . 

Conocía seguramente el autor de esta composición el 
celebrado Poema de José^ pues en ambas es casi idénti- 
ca la primera copla, que allí dice: 

cLas loores son ad AUah, el alto, verdadero, 
Onrrado y cunplido, señor muy derechero; 
Señor de todo el mundo; uno solo y señero, 
Franco, poderoso, ordenador certero;» 

y eo el Poema: de José^ con más arcaico estilo (3): 

(1J üxtt, de la lit. e$p. T. IV, pá^. 3S7. 

(í) Gay. T. 48. 

(3) Ticknor. T. IV, pt 247. 



485 

«Loamiento ad'Allah, el alto y es y verdadero, 
Onrrado y conplido, señor dereiturero, 

• (<)• 

Franco, y poderoso, ordenador certero;» 

Por sí solo podría formar objeto de un discurso es- 
ta joya de la literatura aljamiada, si no hubiera hecho 
de ella el Sr. Amador de los Ríos detenido análisis y 
acertadísimo juicio (*)• Duda tan ilustrado crítico si po- 
drá llevarse la antigüedad de esta composición á los pri- 
meros años del siglo xm; pero atendiendo á que la na- 
ción mudejar no es probable .que tomara la iniciativa eii 
el movimiento intelectual de las clases letradas, y que 
no nos consta ,que la gran maestría fijara sus cánones 
hasta Berceo, natural es suponer al autor de la leyenda 
alcoránica un poco posterior al poeta riojano: lo cual 
confirma la estrofa que acabo de copiar, donde se hallan 
claras reminiscencias de la que comienza el libro III de 
la Vida de Santo Domingo de Silos. 

Pero no es ésta la más antigua producción literaria 
de los muslimes en castellano. Ya en el reinado de Fer- 
nanda el Santo, desde 1244 á 1250, se redactaba un do- 
cumento histórico tenido en el mayor aprecio por los li- 
teratos, y muy conocido con el nombre de Anales Tole- 
danos Segundos. Consultados sin intermisión como fuen- 
te histórica de gran confianza, no se ha echado de ver 
hasta ahora que eran la crónica del enemigo encubierto 
metido dentro de casa, y destinada tal vez á circular 
con particulares fines entre los vencidos mudejares. 
¿Quién sino un moro había de contar por la era de Ale- 

(4) Falta este verso en el códice deGay. T. 42, donde ya escrítoal 
poema como prosa, 
(i)' Bist d$ la lü. esp. T. III/p. 380. 



J^ 



186 

jandro las fechas anteriores á Mahoma y por la hégira 
las posteriores hasta la conquista de Toledo? Sólo un 
moro y para los moros formaría el árbol genealógico de 
Mahoma desde Adán nada menos, y á continuación se 
gozaría en insertar el primero y más venerado capítulo 
del Alcorán, con el nombre de citación disfrazado. Bien 
es cierto que por vía de disimulo suelta las expresiones 
de «perro de Mafomat» y «Prophecía falsa; > pero su fe, 
su corazón y sus hábitos se descubren cuando dice que 
Mahoma «convirtió muchas gientes de las ídolas al Cria- 
(Jor, mas non á fó de Ghristo, que non creía en la Tri- 
nidad {0.> Conócese al letrado ára]}e'en la puntualidad 
con que nota la invasión de España, la entrada de los 
Omiadas^ el esplendor de. su ocaso, los nombres de los 
últimos Reyes de Toledo y la irrupción, de los Almorá- 
vides; así como en llamar Adáhel á Abderrahmán I, y 
Ebnabiámer á Almanzor. Y pqr último, el enemigo dé 
la nación cristiana se descubre en la circunstancia es- 
peoialísima de que entre tantos sucesos históricos por él 
inventariados, apenas se recuerdan otros que reveses 
padecidos por las expediciones militares de los castella- 
nos, crímenes y desastres de nuestros príncipes y cau- 
dillos, ó calamidades y espantos de la naturaleza. 

Ipiporta mucho todo esto para aquilatar la fe que me- 
rezcan los datos reunidos en monumento escrito de ta- 
maña celebridad; pero me importa más ahora para poner 
de manifiesto cómo la literatura muslímico-castellana, 
en el dilatado período dé su desarrollo, vino á recibid to- 
das las formas de-la cristiana, desde la ruda y descarna- 
da crónica del tiepapo de San Fernando, y los poemas le- 

(1) España Sagrada. T. XXIII. pág. 402. 



187 

' gendarios rimados por la cuaderna vía en metro alejan- 
drino, hasta los pulidos y brillantes rasgos de ingenio y 
erudición que determinan el carácter propio de nuesti^a 

. edad de oro en los últimos reinados de la casa de Aus- 
tria. Y esto sucede lo mismo en Castilla, donde se escri- 
be el Poema de José y el Sumario del Mancebo de Aré- 
valo, que en Aragón, cuyo dialecto especial se emplea en 
el Becontamiento del Rey Alixandre y el Poema en ala-- 
banza de Mahoma; como en el destierro africano, ano3 
después de la expulsión de la patria amada. 

Pobre y enteramente vulgar es el estilo de la mayor 
parte de las producciones moriscas; pero algunas ve- 
ces adquiere suavidad y soltura, como en Rabadán y en 
b. I^e, y aun alcanza en ciertas manos verdadera. elo- 
cuencia. Describiendo las maravillas de la creación y la 
providencia con que Dios las rige, dice el Libro del ha- 
lecamiento de los cielos y la tierra W: «Y debe considerar 
la persona, contemplando en las cosas halecadas, cómo la 
gran providencia de AUah las rrige con tanto orden y 
conformidad: éste amanecer cada dia, viniendo el sol con 
sus rrayos clarísimos resplandecientes; este anochecer, 
con su escuridad; y el clarear de la luna, de noche, en 
sus tiempos y oras de ella; el grande concierto que en el 
movimiento del sol y la luna ay, andando cada uno en 
los doze signos del zodiaco; y las otras cinco planetas, 
que andan por lo mismo cada una en su casa, como el sol 
y la luna, entrando y saliendo en los signos en todo 

^ ésto ay contemplación y misterio, que no fué halecado en 
valdes. Todo lo halecó Allah taale para que conozca el . 
ombre su potencia, su grandeza, su sabiduría tan gran- 

(I) De D. Antonio Fernando Cabré. 



488 

de, y nobleza tan cumplida. > La tendencia común á re- 
petir y amplificar conduce frecuentemente á la hipérbole 
propia del estilo oriental, como al suponer que dice la di- 
vina sabiduría: «Ye Mohamad, si los mares se tornasen 
tinta; y los árboles, alcalames; y los almalaques, escri- 
banos; y escribiesen cantidad de tres vezes este mundo, 
no bastarían á screbir la tercera parte de Talfadila des- 
te adoa (*).> Y encareciendo las altas cualidades de Zel- 
ma, solicitada por esposa de Héxim, dicen sus parientes 
en la traducción del Libro de las licces (2) de Alí-Rogel: 
<Ya sabéis el estado de nuestra filia, y '1 ensalzamiento 
de la preg y del algo y de la onrra y beldad y caballería, 
y bondad y sesó.> El lenguaje se hace obscuro y enigmá- 
tico al explicar así una teoría cosmogónica en el Libro 
del halecamiento: < Y lo primero que halecó fué el arroh, 
y lo encubrió de los halecados haziéndole invisible; de- 
pues halecó del arroh la concavidad distancial; y halecó 
de la concavidad distancial cuatro cosas prencipales: el 
agua y el aire, y la claridad y la oscuridad. > En los 
asuntos religiosos el estilo se encuentra embarazado, y 
en lucha con un idioma que no ha sido preparado con ese 
objeto (3): «Vuestro agraviamiento es de vuestra parte; si 
os membrades del bien, así lo farides; mas soes sobresa- 
lientes en el mal, é por eso vos agraviades.> Y en un ser- 
món acerca del juicio final, se dice (*): «Y el fuego y su 
cremar es fuerte, sus abismos son lueñe, y sus sartales 
son hierro; su vianda es esprimiduras, y su bebrajo es fe- 
neno; ni frió ni caliente; y si demandarán ayuda, y dar- 

(4 ) Gay. T. 4 3. Compárese este pasaje con el idéntico de los libros plúm- 
beos de Granada (Godoy, HisL critica^ pág. 52). 
(í) Gay. T. n! 

(3) Gay. T. 4Í. 

(4) Gay. V. t. 



489 

les an agua hirviendo que les asará las caras. ¡Qué mal 
bebrajo y mal sosiego! Guando se apretará su llorar, será 
grande su pérdida y al9arán con rruego sus vozes, y de- 
zirles an: callad en ello y non habledes.> 

Tanto los giros como las palabras, denotan que los es- 
critores de aljamía pensaban ó estudiaban en árabe lo 
que querían expresar en castellano; en cuyo empleo se 
atuvieron más al uso vulgar de sus provincias respecti- 
vas, que á la estrecha observancia de los cánones gra- 
maticales. «Ciruelas matbujas> pone un médico del si- 
glo XVI (<) por ciruelas cocidas, y «lilmara del teniente> 
por decir «á la mujer del teniente.» Y en cuanto á las 
palabras correspondientes al ritual y nomenclatura re- 
ligiosa, se conservaron cuidadosamente en forma origi- 
naria, sin que hasta los últimos tiempos, y casi después 
de la expulsión, dejara de llamarse á Dios AUah; al al- 
ma, arroh; anabí, al profeta; almalaque^ al ángel, y 
adiny á la religión. La sintaxis arábiga se Conservaba 
también, no sólo en fórmulas como <la salvación de 
Allah sea sobr'ól y sálvelo, > que sigue siempre al nom- 
bre de Mahoma, y «apagúese Allah dél,> que se añade al 
de un difunto; sino en muchas traducciones cuyo pecu- 
liar carácter ó sentido deseaban conservar. Y cuando no 
bastaba nuestra lengua para este intento, los moriscos, 
usando de la flexibilidad que entonces les era propia, in- 
ventaron palabras ó dieron nueva aplicación á las admi- 
tidas. «Nombrad ad Allah nombramiento mucho, > dice 
una traducción del Alcorán (2); «no hay volvimiento ni 
fuerza sino con Allah el alto, grande, > traducen la ex- 



(1) Gay. T. 6. 
[1) Gay. T. 5. 



490 

clamación de conformidad muslímica W; <averdadecieii- 
te y ciiiipliente,> se llama á Dios en una oración W; <y 
paró sus manos aleadas al cielo con rrogar,> se lee en el 
Recontamiento de AH¿oandre (.^); ñsi como ^Mor 6 llorar- 
miento,» «clamó el damador,> «levantaré su matador 
levantamiento, que no se levantará ninguno de sobr'ól, 
ni semblan dól.> 

Tampoco se levantará ya de su tumba la literatura 
aljamiada; pero la larga y poco amena tarea de exhu- 
mar sus cenizas no debe servir tan soló para alimentar 
la curiosidad erudita, como ligero pasatiempo. El cua- 
dro que de esa literatura muerta he deseado poner ante 
vosotros hace ver como pintados por sí mismos á los mu- 
sulmanes españoles, con sus costumbres, con sus creen- 
cias, con sus pensamientos y con sus dolores; y al lado 
del vulgo, apegado á la letra de las tradiciones, nos 
muestra á hombres de entendimiento más, elevado, que 
no usaban la poligamia ni desdeñaban las representacio- 
nes figuradas de la naturaleza viva; que tendían á admi- 
tir el libre albedrío, y á. rechazar el impuro paraíso de 
Maboma; que casi sin sentirlo aceptaban la caridad cris- 
tiana, y negaban la justificación por la fe sola. Gentes 
como éstas, que habían olvidado el habla de sus mayo- 
res ó iban dejando ya su escritura; que se divertían con 
la lectura de novelas caballerescas, y amenizaban sus 
escritos con la poesía contemporánea; que analizaban 
las comedias del Fénix de los ingenios, y discutían al 
lado de los maestros cuestiones espinosas de teología, no. 
distaban mucho de amalgamarse y fundirse con el medio 

(4) Gay. T. 48. 
(2) Gay. V. 14. 

^(3) B. N. Gg. 48. 



494 

social que las rodeaba. Y si las ciegas pasiones popula- 
res no hubieran atrofiado ese miembro importante de la 
nación, exigiendo después una amputación cruenta, los 
moriscos, como los antiguos mudejares, hubieran con- 
cluida por incorporarse del todo con la masa de los de- 
más españoles; contribuyendo con sus fuerzas y sus ele- 
mentos de vitalidad á la mayor gloria de la patria, en 
Yez de la miseria y muerte eterna á que fueron conde- 
nados al otro lado del Estrecho. AUí^ donde no enten- 
dían ya aquellas letras arábigas tan avaramente conser- 
vadas durante siglos en la tierra natal; allí, donde ya 
sonaba inerte en sus oídos hasta el sagrado nombre de 
Allah del idioma coránico, tuvieron que hacer ruda cam- 
paña, para desarraigar de sus pechos la semilla católica, 
hombres notables como Juan Alfonso, Ibrahim de Bol- 
lad, el Anónimo de Túnez y Mohamad Alguazir (O, alen- 
tados con político Interés por sus protectores y sobera- 
nos; y allí lució con brillante fulgor de despedida la li- 
teratura aljamiada, que escrita con nuestro gallardo ca- 
rácter del siglo XVII y nombrando como nosotros á Dios 
nuestro Señor, acaba en el africano suelo su existen- 
cia (*), del todo confundida en sus condiciones formales 
con la general española. 

Mas no para deplorar errores pasados traigo este 
asamto á la Academia, smo para poner de manifiesto y 

(4) B. N. A. a. 169. 

(2) Difiere totalmente esta opinión üe la de mi amigo y compañero Don 
Francisco Fernández y González, qaien atribnye mnchas de esas obras á 
los moriscos qae quedaron en £spaña despnés de la expulsión. Véase sobre 
este punto sn erudito articulo titulado De loh moriscos que quedaron en Es- 
paña después de la expulsión decretada por Felipe III [Revista de España, to- 
mos XIX y XX, 1874); trabajo que no citoen la'pág. 44 de este Discurso, 
porque no he tenido el gusto de conocerlo hasta el momento de estar en 
prensa este pliego. 



492 

proponer al estudio cómo la lengua castellana sale de 
las plumas aljamiadas con especiales giros, ya en el esti- 
lo, ya en la sintaxis, ya en el vocabulario; y cómo, en 
el choque y penetración de lenguas tan desemejantes, 
teniendo que expresar en la una conceptos que han na- 
cido y tomado cuerpo en la otra, se amolda la parte va- 
riable y accesoria de aquéña, quedando firmes é inmuta- 
bles sus elementos esenciales á modo de inflexible esque- 
leto. Estudio útilísimo, con el cual podremos ayudar 
grandemente á fijar, limpiar y dar esplendor á nuestra 
hermosa lengua, no intentando oponer con vano esfuer- 
zo diques al movimiento natural del idioma que habla- 
ron nuestros mayores, sino rectificando el cauce por 
donde sin desviación ni desbordamiento se ha de dirigir 
su corriente, para que digna y propia la reciban nues- 
tros hijos. 



CONTESTACIÓN 



DXL 



Eiciío. Sr. D. ANTONIO. CÁNOVAS DEL CASTILLO 

AL PREGEDESTS DISCURSO DEL SR. SAAYEDRÁ. 



Señores: 

Mucho tiempo hace que eligió esta Academia al hom- 
bre modesto, laborioso y' sabio á quien acabamos de 
aplaudir justísimamente; y sólo mía es la culpa de que 
no ooíipe ya la silla donde tan singulares servicios ha 
de prestar. Que algún motivo tengo para pedir indul- 
gencia fuera ocioso decirlo; pero el daño es tal; que de 
toda la suya há menester para absolverme la Academia. 
Ni faltará quien culpe también al Sr. Saavedra, tan so- 
lícito en presentar su propio discurso, por la paciencia 
con que ha esperado el mío; pero, expuesta la causa, 
parecerá su delito más honroso que grave. Verdadera- 
mente, ha sido el aplazamiento excesivo, tratándose de 
cosa que tanto debía anhelar, y con efecto anhelaba; y 
es digno de nota^ que ni siquiera mis propias exhorta- 
ciones le hayan movido á procurar que. la Academia 
diese el encargo de contestarle á cualquiera otro de sus 
miembros, siendo muchos los que podían desempeñarlo 
más pronto y mejor. Justo parece, pues, que me apresu- 
ra 



-. 194 

re á decir que la causa no ha sido otra^ en resumen, 
ano que est el Sr. Saavedra compite la bondad de la 
eo2idkiúii, coa la inteligencia y el saber. 

So^ ser disculpada la inclinación á hablar de cosas 
antigaas en los que no tienen de un solo color el cabe- 
llo, r por desgracia no falta ese motivo para que se dis- 
culpe en mí ahora. ;Mas si de cosas antiguas hablo, y, 
mbm antiguas propias, no es, Señores, ano por referir 
juntamente los principios que tuvo la carrera del nuevo 
Académico, coronada hov con la más preciada de las 
reoompenss^ que cabe en España otorgar al hombre de 
letras. 

Treinta y fres años há, que no más tarde que al si- 
guiente día de llegar á Madrid, y en una fría mañana 
de noviembre, nos encontramos el Sr. Saavedra y yo 
por primera vez; adolescentes uno y otro apenas, vaci- 
lando to-íavia sobre la carrera que cada cual hubiese al 
fin de seguir, tanteando en suma los caminos de la vida, 
siempre ob§í?aros y ásperos para los que ponen el pie en 
ellae sin fortima. De aquel instante mismo arranca nues- 
tra amistad, que no ya sólo conocimiento; y trabajando 
á un tiempo por abrimos paso, con frecuencia nos he- 
mos encontrado los dos, sin que haya obscurecido la 
nube más tenue nuestro afecto recíproco y desinteresa- 
do. Cierto 65 que carreras al fin y al cabo más diferen- 
tes y con menor influjo una en otra, quizá no se hayan 
seguido paralelamente jamás. Fuera siempre de la polí- 
tica el Sr. Saavedra, hale sido dado proseguir con más 
constancia por la florida senda que tomamos juntos, y 
aprovechar las lecciones que, bajo el amigo techo que 
abrigó nuestra primera conversación, recibimos ambos. 
No es sólo la grata memoria del origen que tuvo una 



/ 



195 

tal amistad, ni el recuerdo de días, bien lejanos hoy, 
que con razón uno y otro podemos ir echando de menos, 
lo que me mueve á hacer alto aquí un instante. Como 
por la mano me trae también á ello el discurso que se 
acaba de oir. 

Porque es tiempo de saber que la casa donde el señor 
Saavedra y yo nos conocimos, no era otra que la de 
aquel insigne erudito y hablista, juntamente poeta, es- 
critor de costumbres, novelista, orientalista ó historia- 
dor, D. Serafín Estóbanez Calderón, con quien á mí me 
enlazaba el parentesco, y unían al Sr. Saavedra, empe- 
ñado ya á la sazón en el arduo estudio de la lengua y li- 
teratura arábigas, los servicios inestimables que todo 
joven de esperanzas le debió siempre. Allí fué donde, 
prestando oído atento á las frecuentes discusiones litera- 
rias sobre el habla, escritura y letras de las naciones 
semíticas en general, y especialmente de los moros es- 
pañoles, oí por primera vez la noticia, poco vulgar aún, 
de que* alguna parte de nuestra propia literatura andu- 
viese escondida en los caracteres, para tan pocos legi- 
bles, de aquella gente vencida, expulsa, extinta; y no 
parte indiferente, sino interesantísima. ¿Qué mucho, 
pues, si al escucljar la meditada y docta exposición que 
de ese hecho singular nos ha presentado en el día de 
hoy el Sr. Saavedra, acuden ciertos recuerdos á mi me- 
moria? 

Tengo para mí, señores, que tampoco ha sido ajeno á 
la elección de su asunto el recuerdo que guarda el nue- 
vo Académico del escritor ilustre que alentó, ya que no 
dirigiera §us primeros pasos; pues nadie seguramente ha 
mirado con 4an especial amor como Estóbanez esta li- 
teratura aljamiada. Parecía en él manía á las veces, ' 



.196 

bien que inofensiva, como lo suelen ser las literarias. 
Iá) que primero estimulaba su pasión por la literatura 
• aljamiada era probablemente el dulce sabor arcaico, 
castizro, ingenuo, delicioso en verdad, que, bajo la plu- 
ma de los escritores moros, cobraba nuestra lengua, se- 
. gún demuestran ejemplos múltiples por el Sr. Saavedra 
atesorados y expuestos. Porque la lengua patria fué ver- 
dadera señora de los pensamientos de Estébanez en vi- - 
• da, siguiéndole hasta el sepulcro por tal manera, que, 
cumplidos sus deberes, religiosos, y tardando en llegar 
la muerte algún tanto. más qtie pensaba, todavía quiso 
oir, antes de dar á Dios el alma, una ó, dos de las hones- 
tísimas y. apacibles páginas del Quijote, cosa * que me 
perdonaréis traer á cuento por lo característica y sin- 
gular. 

Mas.no era sólo por su propio mérito por lo que Esté- . 
banez Calderón amaba tanto las prosas y versos de la 
literatura aljamiada: tenía á sus ojos otro valor que qui- 
zá no sea dado comprender sino á los que han nacido en 
las tranquilas riberas del mar y á las faldas de las sie- 
rras quebradísimas donde se oyó por última vez el grito 
de .guerra de los alárabes vencidos, y por lo mismo se 
conservan mást las alcazabas, las mezquitas, los casti- 
llos, los alcázares, los nombres, usos y cantos de aquella 
gente, sin que llegara allí á ser de todo punto aborreci- 
ble su niemoriá. 

No sé lo que de esto pensaréis los que -sois nacidos en 
otras partes de España; mas yo no sé negar que, lo pro- 
pio que 'Estébanez y cuantos han rimado, bien y mal, 6 
compuesto buena y mala prosa en mi tierra, profeso afi- • 
ción vivísima á lo que queda de aquella gente, al cabo 
y al fin española y más desdichada que merecía, por 



'497 

grandes qué sus culpas fueran. De aquí el halier leído 
con placer siempre las páginas copiosas que dedicó aquel 
autor á describir ó cantar las costumbres, los amores, 
las desgracias de los últimos moros españoles, ya en sus 
Poesías^ ya en su novela titulada Cristianos y Moriscos j 
ya j3n sus Cuentos del Generalife^ ya en otros trabajos 
.poco leídos ahora, y de que hará la posteridad, si no me 
engaño, mucha jnás cuenta. De aquí la satisfacción ín- 
tima con que recorrí las amenas cuartillas del Sr. Saa- 
vedra, no bien las puso en mis manos; tributo, por lo 
demás, debido á su raro mérito, que habéis tenido oca- 
sión de aquilatar. Tratara, no obstante, el nuevo y dis- 
*cretísimo colega de otra cualquiera gente extraña, aun- 
que fuera de griegos y romanos, nuestros eternos .maes- 
tros, y el valor de su discurso fuera igual, y aun cabe 
que mayor, sin que despertase en muchos, y yo soy de 
ellos, emociones tan gratas. 

Pero me extiendo más de lo justo, á no dudar, en co- 
sas ¿me. no á todos los que oyen puede» por igual inte- 
resarles. Ni es fácil que reanude el hilo de. este discur- 
so, interrumpido con. tantas digresiones. Ello* ha de Ser, 
con todo, y lo mejor será deciros francamente que mi 
propósito se reduce á encarecer, así la antigüedad como 
la*eápecialidad de* las relaciones que al Sr. SaaTedra y á 
mí nos unen, poniendo en evidencia de tal suerte la 
causa honrosísima de la resignación con que me ha es- 
perado, y su empeño en que fuese yo y no otro quien, á 
nombre de la Academia, le abriese estas puertas. 

No debe ésta de ser la vez -primera que aproveche 
la Academia los frutos que del Sr. Saavedra esperaba 
y espera. Su laboriosidad es tal, y tal* su entusiasmo 
por el saber en general, y fnuy particularmente por los* 



m 

estudios filológicos, que juraría que con sólo las obli- 
gaciones de Académico electo, tiene dada ya aquí larga 
muestra de su persona. Cuenta entre sus cualidades el 
nuevo colega un como instinto de adivinación en las 
'lenguas, al cual se junta un gran conocimiento en ellas, 
constituyéndole aquello y esto en uno de los mayores 
filólogos que España posea. Si la Academia, pueg, ha re- . 
querido su cooperación á los útiles trabajos de nuestro 
instituto, seguro estoy de que no se habrá negado á pres- 
tarla, y difícil se me haría creer que esta solícita Cor- 
poración la hubiese hasta aquí desperdiciado. Precisa- 
mente las aptitudes de ese linaje son entre nosotros mu- 
cho menos comunes que otras, dejándose de ordinario ir. 
por más floridas pendientes el genio nacional. 

Ahora que la Academia cuenta con la colaboración 
asidua del Sr. Saavedra, bien pronto tendrá, de todos 
modos, vivas muestras de que no es sólo un filólogo, co- 
nocedor de las lenguas sabias, y muchas de las vulga- 
-res, y hombre dotado de particular instinto para descu- 
brir los orígenes.y relaciones de las palabras ó interpre- 
tar sus varios sentidos; todo lo cual atañe al molde de 
las ideas. No: el Sr. Saavedra es también de los que más 
caudal de ellas atesoran, por abarcar con incesante es- 
tudio su inteligencia grandísima parte del humano sa- 
ber. Á patentizarlo bastaría el mero catálogo de sus 
obras; pero, si un detenido examen no, algo más que 
catálogo me parece que anhela este auditorio, para me- 
dir de un golpe el campo de esperanzas que hoy se abre 
á la Academia. 

Ingeniero de profesión, comenzó naturalmente por 
enriquecerla con importantes libros técnicos,, tales como 
la Teoría de los puentes colgados y los tratados De la re- 



199 

sistencia de materiales y De la estabilidad de las cons-^ 
tracciones f sin contar con la traducción de las Apli- 
caciones del líierro d la construcción^ obra'inglesa de 
W. Fairbaim; siendo luego innumerables las Revistas 
científica? que ha escrito en periódicos, como quien si- 
gue con atención constante y profunda el rápido pro- 
greso que hoy muestran todas las ciencias experimeij- 
tales. 

Trabajo original, y de mucha mayor importancia, es 
su libro inédito intitulado El Nilo, que tuve años hace el 
gusto de conocer, y cuya impresión espero, como cuan- 
tos le han visto, con impaciencia. Es éste un importan- 
tísimo estudio científico y literario sobre el Egipto, don- 
de el viajero observador, el sabio, y el filólogo y ar- 
queólogo resplandecen á un tiempo. 

La historia patria débele por su lado no menores ser- 
vicios que las ciencias que profesionalmente cultiva. 
Nuestra hermana la Real Academia de la Historia re- 
cibió ya de él en 1860 una importantísima Memoria, con 
planos y copiosas ilustraciones sobre la Vía romana de 
Uxama á Augustóbriga, y más tarde iln discurso sobre 
los Itinerarios romanos, según la crítica racional, traba- 
jos por extremo estimados; habiendo escrito además, en 
distintas obras, doctísimas disertaciones sobre epigrafía 
romana, y sobre objetos ó inscripciones hispano-árabes. 
No satisfecho aún con escribir tanto, y de tamaña im- 
portancia, ha tratado en diferentes conferencias públi- 
cas, con facilísima dicción y claro estilo, de varios y obs- 
curos asuntos de ciencias y letras, derramando siempre 
en ellos gran caudal de erudición y crítica. Por último, 
y ciñéndome á lo que nos toca especialmente, no sólo ha 
hallado ocasión de discurrir también, y con sumo acier- 



2Q0 

to, respecto á los neologismos científicos y á la índole le- 
xicológica de nuestra lengua, sino que^ entretejiendo lo 
bello y lo úíil, ha escrito con fácil pluma e} notabilísimo 
artículo intitulado La Leonesa^ de Las Mujeres españo- 
las, obra pintoresca eü que varios miembros de esta 
Academia tenemos parte. ' , 

¿Quién se maravillará, pues, de que tres de las Realep 
Academias, la de Ciencias, la de la Historia y la Españo- 
la, hayan llamado á sí al Sr. Saavedra? Dadp es á pocos 

. ostentar una medalla sola con tan claros títulos como 

* « 

nuestro nuevo compañero las tres^ que puede llevar des- 
de hoy al pecho. Para. merecer la que hoy recibe tiene 
más que suficientemente hechas sus pruebas de escritor 
sobrio y degante, aun dejadas aparte sus indisputables 
aptitudes de hombre de ciencia, de historiador, filólogo y 
crítico; útilísimas todas, y esenciales muchas en lois tra- 
bajos que nos están encomendados. Mas ¿qué mejor de- 
mostración que su discurso de hoy? Verídica, sagaz, elo- 
cuentemente nos ha expuesto, en breves páginas, así el 
desenvolvimiento y los esenciales caracteres de la casi 
desconocida literatura aljamiada, como la índole misma 
* y el estado religioso y social de aquellos míseros compa- 
triotas nuestros, tan á deshora fieles á Mahoma, que la 
España del decimoséptimo 3Íglo tuvo aún valor para ex- 
pulsar-de su suelo. 

• Y en medio de la fría imparcialidad que sus hábitos dé 
investigador y crítico le imponen, ¿no es verdad, seño- 
res, que mucho de compasión, ó algo, y aun algos de 
simpatía hacia aquella gente, se trasluce en sus frases? 
¡Ah! Bien que no haya nacido donde yo el Sr. Saavedra, 
y aunque por acaso desconozca la afición que de mí con- 
fieso á los pobres moros españoles, no temo que niegue. 



... 201 

esto que digo, ni para negarlo hay razón; Porque ¿he- 
mos de tener hoy menos compasión de los moriscos, los 
que de tan lejos contemplamos sus culpas y errores, de 
igual modo que los inconvenientes y daños de su presen- 
cia en España, que los mismos que pusieron voz y mano 
en la expulsión? Pues el mayor número, y sobre todo los 
que más de antiguo y de cerca los conocían, despidiéron- 
los al cabo y al fin con voces mucho más melancólicas 
qhe alegres. 

La verdad es que el mero espectáculo de la expulsión 
y de sus inmediatas resultas, tuvo por fuerza que inte- 
rrumpir á las veces el común aplauso á que dio lugar, 
abriendo frecuente paso á la lástima. Por de pronto, y 
aun siendo certísimo que los moros españoles, como to- 
dos sus correligionarios de cualquier tiempo ó raza, eran 
muy poco inclinados á convertirse á otra, cualquiera re- 
ligión, ni aun á la cristiana, y que los más de los que 
habitaban nuestras provincias eran tan devotos de Ma- 
homa en los días de Felipe III como en los de D. Jaime 
ó los Reyes Católicos, semejante regla no dejaba de te- 
npr sus correspondientes excepciones, y algunas muy 
ciertas y singulares. ¿Quién que haya estudiado la ex- 
pulsión desconoce el nombre de Gaspar de Escolano? (^). 
Rector de una de las parroquias de Valencia, y nada me- 
nos qu0 Consultor y Secretario de la junta de teólogos 
formada por la de Obispos, á última hora reunida para 
fallar sobre las culpas de los moriscos, nadie mejor que 
: él podía saberlas, iii debía de condenarlas más, como sa-' 

(4) Segunda parte de la década primera de la historia de la intigne y co»^ 
roñada Ciudad y Reyno de Valencia, por el licenciado Gaspar Escolano, Rec- 
tor de la parroquia de San Esteban, Coronista del Rey naestro. Señor eú el 
dicho Reyno y Predicador de la Ciudad y Consejo: Valencia, 4614, libro 
décimo, ' ' 



202 

cerdote, ó como español y valencigino. Pues con eso y 
todo, creyó aquel autor en la sincera conversión de Tu- 
rigi, súbitamente aclamado rey por los moriscos que in- 
tentaron la resistencia. — «Persona (dice al referir su su- 
plicio) de huen natural, murió como buen cristiano, de- 
jando muy edificado al pueblo y confundidos á sus secua- 
ces. > Verdad es que fué raro caso el dp morir como un 
santo en la ley de Cristo^ quien por moro se veía cruel- 
mente ajusticiado. Pero no fué Turigi el único en cuya 
conversión creyó Escolano, que también da por cierta, 
de acuerdo con muchos testimonios contemporáneos, la 
de otros moriscos, refiriendo de algunos que aun de Áfri- 
ca se volvieron á todo riesgo por perseverar en la fe cris- 
tiana. 

Tocante á la expulsión en sí misma, véase ahora tam- 
bién de qué suerte la juzga Escolano, que tanto la debió 
de desear, cuando la vio realizada. — <No se puede con- 
tar (dice al final de su obra) la ruina de los lugares del 
Rey no, y cuan yermos y despoblados han quedado con 
la transmigración de los moros y la . dificultad que se 
siente en poblarlos Los dueños de censos, que son to- 
dos los particulares del Reyno, que viven de rentas y 
tienen la vivienda de su estado librado en ellos, piden al 
cielo y al Rey justicia de que no se les paguen los rédi- 
tos; pues quedan en pie las casas y haciendas de los mo- 
riscos, hipotecadas á sus censos los señores se la- 
mentan que no pueden pagar lo que no tienen El 

Patriarca Arzobispo de Valencia, visto el laberinto en 
/pie quedaba el Reyno, la resistencia que hallaba en la 
disposición de muchas cosas qué resultaban de la expul- 
sión, la dificultad del remedio.de tan reconocidos daños, 
y que la nobleza y el pueblo le hacían cargo de todo co- 



203 

mo autor, que él habia publicado s^r, de la salida dalos 
moros, y que había estragado mucha parte de la afición 
y estima que le tenían los valencianos, empezó á sentir 
carcoma en su corazón y á acongojarse de que los re- 
medios venían con pie de plomo; y juntándose esta -pe- 
sadumbre con la que le habían dado los memoriales, es* 
critos contra el parecer que siguió en la rebautización 
de los moriscos, y en echar los pequeños bautizados de 
siete años adelante, dio en una lenta calentura; > enfer- 
medad de que murió á poco tiempo. Por donde se ve que 
en Valencia, principal teatro de la expulsión, y donde 
sólo los que tenían vasallos moriscos la impugnaron al 
anunciarse, muy pronto se llegó á los confines, si no 
más allá, del arrepentimiento. 

Más alegremente vio las cosas cierto compatricio de 
Escolano, testigo también de vista, que relató en octavas 
reales el suceso. Hablo de Gaspar deAguilar, poeta épico, 
dramático y lírico, competidor, al decir de Lope, en la 
dramática poesía (^) de su paisano el canónigo Tarraga, y 
apellidado en Madrid el discreto valenciano (2); el cual ob- 
tuvo licencia para dar á luz en su ciudad natal un poe- 
ma épico intitulado Expulsión de los moriscos (3) el día 
12 de julio de 1610, que es decir, menos de diez meses 
después de pregonado el bando y aún no termÍDada la 
empresa. Dedicada principalmente esta obra á glorificar 
al Duque de Lerma; escrita al tiempo mismo que se lle- 
vaba á cabo la expulsión, y quizá día por día; tenida, 
como crónica fiel de los hechos, antes que como ficción 

(4) Laurel de Apolo, Silva seganda. 

(2) Ximeno, Escritores del Reyno de Valencia: Valencia, 4747, fol, 4, 
pág. 265. 

(3) Expulsión de los moros de Esparta por la S. C. fí. Magestad del Rey 
D. Felipe III, nuestro Señor,, por Gaspar Aguilar: Valencia, 4^40. 



,204 

poética, por alguno de los sonetistas que al uso iel' si- 
glo exornaron sus primeras páginas, compréndese sin 
esfuerzo que los versos de Gaspar de Aguilar no sean 
ningún panegírico de los moriscos, sino más bien la su- 
ma triunfal de cuanto malo se les imputó y de cuanto 
bueno cabía decir de sus perseguidores. Para Gaspar de 
Aguilar jñ siguiera era seguro que la salida de tanto nú- 
mero de habitantes laboriosos pudiese 'esterilizar al pron- 
to los campos 'de Valencia. ¿Mas qué mucho, si tampoco 
pensaba que pudiera perjudicarles, con tal qué saliesen 
de ellos los moriscos, la más extremada sequía? Para to- 
do, hasta para esa gran caíamidad'valenciana, de que no 
nos falta experiencia, era remedio, en sentir del buen- 
Aguilar, la expulsión. 

¡Lástima grande qne no hubiese otra tal cada año! di- 
rá, no sin razón, cualquier labrador piadoso que llegue 
por casualidad á leer los siguientes versos: 

«Quedan sus campos sin haber llovido 
Cubiertos de menuda verde yerba, 
Cosa que al común voto de la gente 
No pudo suceder naturalícente. 
Sin Uover una gota en el invierno 
En el árbol más soco y agostado^ 
El pimpollo brotaba hermoso y tierno, 
De flores y de fruto rodeado.» 

En resumen, nuestro entusiasta poeta califica la ex- 
pulsión de esta suerte: 

aLos dueños de los moros soló han sido 
• Los que han venido á consumir su estado, 
• Que en pedazos de tierra dividido, 
. Á poder de los pobres ha llegado. 
. Nada al fin en el reino se ha perdido, 



. . . .* 205 

Pues quedan, porque todo se ha trocado, 
Los ricos pobres y tos pobres ricos, 
Los chicos grandes y los grandes chicos,» 

Y á la verdad, Señores, que no se concibe mayor op- 
timismo, ni más regocijado modo de ver un suceso que 
tantas ruinas, discordias y lam^itos ocasionó al fin, co- 
mo refiere Escolano. Pero la explicación no puede me- 
nos de ^estar en que aquél honrado poeta, incapaz, sin 
duda, de mentir con tal desenfado, compuso sus versos 
á raíz del bando, y durante la expulsión misma, cuando 
no se tocaban todavía sus efectos. Con esto, y uü tanto 
de libertad poética, paréceme que basta para excusarlo'. 

Lo único evidente era que los ricos barones de Valen- 
cia (aquéllos porque se inventaron lo^ refranes de 
<quien tiene moro tiene oro y <á más moros más ga- 
nancia, > según refieren los historiadores de la expul- 
sión, Guadalajara y Bleda) 0), quedaban arruinados; y el 
poeta, que no debía por sí de desmentir la fama de po- 
bres que suelen tener Ibs de áu arte, no solamente no se 
compadecía de ellos, como prójimos, sino que parecía 
recibir particular satisfacción en su infortunio. Lo cual, 
con otros mil ejemplos, dice á voces que la envidia de 
los que no tienen á los que tienen es perpetua pasión 
en la especie humana, y que toda gran revolución la 
descubre, en cualquier tiempo, al modo que sacan á luz 
las bajas mareas los escollos del mar. 

Mas con tanto aplauso y todo, como la expulsión le 

. (4) Memorable expulsión y justísimo destierro de los moros en Esphña, 
nuevamente compuesta y ordenada por F. Marcos de Guodalnjara y Xavier, 
religioso y general historiador de la Orden de Nuestra Señora del Carmen, 
Observante en la provincia de Aragón: Pamplona, 4643.— Crónica délos 
maros de España, por el P. Presentado Fr. Jaime Bleda: Valencia, 4648, pá- 
gina 886, 



206 « 

inspira, ved, Señores, ahora, por qué sentida manera 
describe Aguilar uno de los muchos episodios á que hu- 
bo de dar lugar inevitablemente. Dos amantes, refugia- 
dos en la Sierra huyendo del embarque, tropiezan por 
su mal con los cristianos; y canta así el suceso el poeta: 

aLa infeliz mora, que escapar desea 
De aquel fiero escuadrón de gente armada, . 
Mientras que de su esposo en la pelea 
Está más divertida y ocupada; 
Sin que nadie le estorbe, ni lo vea. 
Se sube por el monte, y levantada 
Sobre la cima de un lugar fragoso, 
Vio el trágico suceso lastimoso. 

Viole, que aunque era noche triste, obscura, 
Por día hermoso en aquel punto vale 
La clara luz, resplandeciente y pura. 
Que de los golpes de las armas sale; 
Y cuando conoció que en desventura 
Ninguno puede haber que se la iguale. 
Movida de una furia que la incita. 
De aquel lugar se arroja y precipita, 

Al punto que la gente vencedora 
Desocupa los llanos y desiertos, 
Baja del monte la espantable mora 
Por escalones de peñascos yertos. 
Cualquiera de eUos se enternece y llora, 
Por ver que están de rosicler cubiertos; 
Que por todo aquel monte dejó rastro 
De mil bellos pedazos de alabastro.» 

Poeta que eso supo decir, muy bien podría detestar á 
los moriscos; pero no es seguro que á las moriscas las 
odiase igualmente. 

No sé, señores, si tantas citas agotarán vuestra paí- 



207 

ciencia; mas el deseo de representaros con exactitud, y 
en sólo un cuadro, la horrible contradicción de ideas, 
sentimientos y pasiones de que se derivó al fin como 
irrefrenable corriente, ahora lenta y ahora precipitada, 
la expulsión, muéveme á pedir que me permitáis leer 
todavía algún mayor número de versos. Trata Aguilar 
de la derrota de los moriscos sublevados en las monta- 
ñas; y, vivamente conmovido, según se ve, la describe 
en estos términos: 

iYa no aprovecha el llanto dolorido 
Del viejo, aunque el hablar se le conceda, 
Y pida al Español embravecido 
Un minuto de vida que le queda; 
Ni el ver el niño al tierno pecho asido. 
Que sólo porque un rato vivir pueda. 
Le da la triste madre, enternecida, 
Su propia sangre en leche convertida. 

No aprovecha rendirles las espadas, 
Sólo para dejarles satisfechos, 
Que al instante las tienen envainadas 
De aquéllos que las rinden en los pechos; 
Ni el ver con triste llanto arrodilladas, 
Dando á todos abrazos muy estrechos. 
Amorosas y afables las moriscas. 
Un tiempo tan zahareñas, tan ariscas. 

Viendo que esta Canalla se despinta. 
Cesa el combate, y saca victorioso 
t'res cabezas de Moros en la cinta 
Un soldado Extremeño valeroso. 
Ciando envaina la espada en sangre tinta, 
Se le acuerda que al cielo poderoso 
Ofreció que en su nombre mataría 
Tres Moros y una Mora en este día. 



208 

Mete mano á lá espada, y en un yuefo 
Vuelve á buscar la Mora prometida, 

Y una le ofrece por milagro el cielo 
De una lanza cruel recién herida. » 
En ella, que tendida está en el suelo, 
Luchando está la muerte con la vida, 

Y como sierpe el oro del cabello 
Enroscado en el pecho y en el cuello. 

Queda como si fuera algún encanto, 
Viendo que en ella el brazo de un infante 
Á pedir el Bautismo sacrosanto, . 
Le sale por la herida penetrante. 
Quítasele el temor, pierde el espanto 
Por ver que está preiñada, y al instante, 
Porque Dios de su aimor se satisfaga, 
El parto le anticipa con la daga. 

Saca dos niños de aquel grande aprieto, 
Que sólo imaginar le atemoriza, 

Y guardando el decoro y el respeto 
Á la ley que profesa, los bautiza; 
Murieron los tres jüptoS, en efeto, 

Y al cielo, que sus glorias eterniza. 
Suben los hijos, y al instante mismo 
Baja la madre al espantado abismo.» 

.¿No es cierto, Señores, que este imparcial y horrible 
relato por sí solo bastaría á probar cuan difícil era que 
gentes tales pudieran siempre vivir en tíh mismo suelo? 
Porque mucho de tal rigor hay que atribuirlo, sin duda,, 
á los feroces usos de la guerra en todo tiempo, y toda- 
vía más feroces que ahora naturalmente, en los prime- 
ros años del siglo decimoséptimo. Pero aquel voto del 
soldado de dedicar al cielo los cadáveres de tres moros 
y una mora, y sin contar los que en la batalla había de- 



A 



209 

rribado, anticipar el parto de la moribunda, con su pro- 
pio acero, para que muriendo con ella los morillos no- 
natos, se cumpliera asi el voto largamente; el bautizo, 
la alabanza que al hecho da el poeta; todo el cuadro, en 
fin, que no sin repugnancia,he dado á conocer, palpa- 
blemente muestra, en mi concepto, que, al rayar el ci- 
tado siglo, no cabían ya moriscos y cristianos dentro de 
unas solas fronteras, ni podían beber* el agua de unos 
mismos ríos, ni debían partir los frutos de una propia 
tierra. 

Y no imaginéis, señores, que llevado de compasión 
indiscreta intente cargar la mano á nuestros antepasa- 
dos, disculpando á los expulsos moros. Ni el amor á sus 
alcázares, alcazabas y castillos roqueros, ni el de los sa- 
brosos versos y prosas de la literatura aljamiada, pue- 
den conducirme á error tamaño. Sin necesidad de acu- 
dir á los historiadores de la expulsión, que acaso fueran 
tachados de parciales, tópanse á cada paso testimonios 
de que si eran los moriscos malos cristianos, todavía 
eran peores subditos y españoles. Para demostrar, aun- 
que sea ligeramente, este aserto, por fuerza habré de 
entrar en los dominios de la historia, invadiendo así los 
de otra Academia, de que tengo el honor de formar par- 
te, Pero los fenómenos literarios corren de tal suerte 
.unidos á los sociales y políticos, que ni el Sr. Saavedra 
se ha librado de leer hoy páginas de historia, ni menos 
puedo yo evitarlo, habiendo de ceñirme en lo posible á 

.completar su trabajo. Permitidme, pues, que con ese so- 
lo fin bosqueje rápidamente la actitud de los moriscos 
españoles en los postreros tiempos, como he dado á en- 

-^ tender los sentimientos que por los propios días anima- 
ban á los españoles cristianos. 

44 



2<0 

Todos conocéis, á no dudar, la relación del \iaje que 
Felipe II hizo en 1585, á Zaragoza, Barcelona t Valen- 
cia, escrita por el arquero de su guardia Enrique Gock, 
y dada á luz últimamente. En esta oBra imparciaL co- 
mo de un extranjero igualmente ajeno á las pasiones 
de unos y otros, se lee que. casi todos los lugares próxi- 
mos á tierras de moriscos tenían un castillo 6 lugar 
fuerte, junto á la Iglesia, para que pudieran allí reristir 
sus acometidas los cristianos viejos. — tcEstos moros ( Ji— 
ce Gock en textuales términos), desde el tiempo que sus 
antepasados ganaron á Esj^aña, siempre han quedado en, 
sus leyes: no comen tocino ni l>eben vino; v esto vimos 
allá, que todos los vasos de Larro y vidrio que hal»iaii 
locado tocino o vino, luego después de nuestra partida 
los rompían, para que no sintiesen olor ni sabor de ello. > 
Lo cual se hacia, por cierto, con la comitiva y á la pro- 
pia presencia de Felipe II, tan ponderado jH:»r su ÍB:t.>:— 
rancia religiosa, sin que diera la menor señal de eii .';•:• 
en todo el viaje. Tratando de la villa de Muel, donde vio 
fabricar los vasos hispan o-árabts, que hoy suelen adc-r— 
üar muchas paredes, añade el arquero q-ie en ío'Il» ti 

ugar no había más que tres cristianos viejos: el cura, el 
notario y el tcibernero, el cual era tarcldcn mesonero, y 
que los demás dirían de mejor gana en romería á la Csl^ 
sa do Meca, que á Santiago de Galicia .* .> ¡'X^ e^ra co-. 
sa que esto decían tn IcíS primeros años de: >:r]j -:^j:rii- 
1e el beato tluan de Ftil»era, ra:rlarc*a de- Al.:>.:^:-\ y 

Vrrebispo de Valencia: Bleda, el por:ug:iLS Fe-nso^, . 



'^j 



< hrlarinn ar. ricir h»"h vnr Ftdite JJ en *h^z a Irmir^a^ h:r-il* 
f Xaimna^ cs.^riía por Lnrj.jor C.oiL. dmiiTio ariD?;: -Iít t armerr' ¿e Li 



Gaadalajará y todos los teólogos, en suma, qué promo- 
vieron ó alabaron la expulsión? 

Pues entre los testimonios que confirman el relato de 
Gock, bien puede citarse el que ofrece la ' Topografía é 
historia general de Argel ^^ del P. Haedo, libro famoso, 
como es sabido, por lo que se cuenta en él de Cervantes, 
escrito bastantes años antes de la expulsión y sin el me- 
nor, intento de influir en ella. No estuvo Haedp en Ar- 
gel, ni consta, dicho sea de paso, que conociera á Cer- 
vantes, limitándose á recopilar en Palermo, por orden 
del Arzobispo de aquella Diócesis, deudo suyo, y de su 
propio apellido, las relaciones que allí llegaban de los 
cautivos. De los fidedignos datos así reunidos, resulta 
que eran tantos los moriscos españoles que de ordinario 
emigraban, sin esperar á que se les expulsase, que por 
los años de 1576 había ya pueblo en la costa de Argel 
donde se contaban hasta mil casas de ellos; y no ya de 
Granada, que eso después de la reciente rebelión era na- 
tural, sino de Aragón y Valencia. Aparece también que 
los tales moriscos huidos eran los mayores y más crue- 
les 'enemigos que. los cristianos tenían, siendo <como 
una viva llama su odio entrañable contra todo espa- 
ñol {<).> En confirmación de esto,- escribe Haedo, que de 
España eran los' moros que formaron la gran congrega- 
ción y levantaron el ruidoso tumulto que obligó á Ro- 
badán-Bajá, rey de Argel, á tolerar que un santo sacer- 
dote, llamado Fr. Miguel de Aranda, fuese allí pública y 
horriblemente.martirizado. Añade, por último, que de 

(1) Topografía é historia general de Argel, repuTÚddi en cinco tratados, 
por el Maestro Fr. Diego do Haedo, Abad de Fromesla, de la Orden del Pa- 
triarca San Benito, natural del Valle de Carranza: Valladoüd, 4611, pági*- 
nas 479 y 480. Véase la dedicatoria del libro. 



212 

ningún habitante de Argel, aunque fuese turco ó salva- 
je del desierto, tenían tanto poT qué temer los cautivos 
españoles, como de los moriscos aragoneses y valencia- 
nos establecidos en la Regencia; ricos y prepotentes 
muchos, mediante el ejercicio de la piratería á que en 
nuestras costas se dedicaban, ya tripulando por su pro- 
pia cuenta bajeles, ya haciendo oficio de guías en bar- 
cos de otros para sorprender nuestros indefensos puer- 
tos y calas, los campos, y hasta las poblaciones maríti- 
mas, si no estaban bien fortalecidas y presidiadas. 

De todo esto hablan mucho, naturalmente, nuestros 
historiadores antiguos y modernos, y en especial los del 
tiempo de la expulsión; y, aunque tan somero, basta lo 
dicho á demostrar que, al romper el siglo xvii, la anti- 
patía, la pasión y la crueldad eran recíprocas en aque- 
llas dos razas, que, convidaba el común interés á vivir 
como hermanas, siendo punto menos que intolerable su 
coexistencia. Tal es la consecuencia que brota del exa- 
men imparcial de los hechos. 

La historia, con tanta frecuencia superficial, espedal- 
mente la de España, ha solido, en el entretanto, hacer 
responsables á Felipe III y su principal Ministro Lerma, 
de la expulsión, imputándoles con acrimonia sus forzo- 
sos daños. Diríase al leer muchos libros, que no fué to- 
do ello sino mero capricho del favorito, impuesto á un 
monarca negligente y fanático. Nada hay, en mi opi- 
nión, menos cierto. Pero es difícil persuadir por lo ge- 
neral á los hombres, y más que á otros á nuestros com.- 
patriotas, casi siempre apasionados, de que los males 
que con frecuencia padecen no son precisamente cau- 
sados por los que tienen la desdicha de gobernarlos. Po- 
derosamente contribuye á este error un cierto estímulo 



213 

de patriótico orgullo que inclina á echar sobre un hom- 
bre solo ó algunos pocos hombres, las culpas comunes ó 
imputables á la nación .entera. Lo cierto es que se per- 
petúan por tal manera errores crasísimos tocante á la 
vida pasada, que no poco perturban la presente, pues que 
privan á España del verdadero concepto de si misma, 
llenando en cambio de confusión su espíritu, ó. sea el 
conjunto de recuerdos, sentimientos é ideas que formati 
como el propio ser y el alma de cada uno de los gran- 
des grupos de hombres que llamamos naciones. Redúce- 
se así el saber histórico á los resultados ó efectos tangi- 
bles, sin penetrar en los orígenes y causas: falta el co- 
nocimiento de la realidad pasada, preparación necesaria 
para el de la presente; desconócese el sentido de los he- 
chos; ensálzanse ó denígranse arbitrariamente los ca- 
racteres históricos; ábrese, en fin, ancha puerta al es- 
cepticismo y á la anarquía de ideas, con que se consien- 
ten ó se provocan las revoluciones; y como si la deca- 
dencia no bastase, parece que se anhela y busca la total 
ruina. 

Permitidme, Señores, que alce hoy resueltamente la 
voz contra una de esas injusticias, diciendo que hay 
que fijar mucho antes del reinado de Felipe III, y en 
otros motivos que la incapacidad, las intrigas, ó la co- 
dicia de Lerma, el origen de la violenta medida de que 
se trata. 

Para mí el probleína, aunque no resuelto hasta 1609, 
estaba terminantemente planteado desde el tiempo de 
los Reyes Católicos, ó lo que es lo mismo, desde aquél 
de la gran Reina, que da aún origen á tantas disculpa- 
bles, pero ruidosas y con frecuencia extemporáneas va- 
nidades en la gente espafíoln. No cabe duda, < n m.í •:'on- 



su 

cepto/que el edicto, de 31 de marzo de 1492, que echó 
de España á los judíos, determinó una nueva dirección 
de la política religiosa, que, en ej lógico enpadenamien- 
to de los hechos, tuvo jpor último é inevitable eslabón 
la Real carta de 4 de agosto de 1609 contrarios moris- 
cos valencianos, y los bandos de igual índole que se si- 
guieron. . • . 

'Habían ya salido de España por el edicto de 1492 mi- 
llares y millares de familias, cuyos antepasados, vivien- 
do con varia fortuna entre nosotros, desde los tiempos 
visigóticos, habíannos constantemente acompañado al 
fin, aunque no siempre sin riesgo, durante los largos si- 
glos dfe la Reconquista; gozando, á pesar de las persecu- 
ciones y matanzas populares,, tanto y más que los ven^ 
cedores mismos, de' los primeros despojos del recién con- 
quistado reino de Granada. Más convertidos se hallaban 
aquellos primeros expulsos, que los propios moriscos, á 
nuestra lengua y costumbres, al paso que ni con mucho 
eran tan peligrosos, por su menor número y modo de 
ser. Veíanse además tolerados los hebreos en toda la Eu- 
ropa cristiana, incluso Roma, mientras que los moriscos 
constituían á las puertas^ de las catedrales de Toledo, Se- 
villa ó Valencia una excepción extraña con que solían 
afrentarnos los propíos extranjeros que censuraron lue- 
go la expulsión, señalándose entre ellos, según es fama, 
Francisco I, al desembarcar prisionero en las costas va- 
len^cianas; pesada burla para los qtfe le oyeron, y aun 
para los que lo referían después. ¿Cómo podía ser que, 
una vez realizada, no obstando tan favorables diferen- 
cias, aquella primera expulsión, dejara la otra de ocu- 
rrírseles á nuestros políticos, como radical remedio á las 
dificultades que indudablemente los moriscos. origina- 



315 

ban? Todqj cuanto cabía decir en favor de ellos, pudo 
haberse considerado en pro de los judíos, Jos cuales po- 
seían también sus letras hispano-hebreas y su especie de 
literatura aljamiada; tenían ya en general por lengua 
propia la nuestra, hasta el apunto de conservarse en mu- 
chos de sus descendientes todavía, y amaban tanto como 
los cristianos viejos la tierra de España. Nada les valió 
contra el furor popular, de año en año creciente contra 
ellos, ni contra los rigores oficiales; y la persecución 
contra los moros tampoco debía, por tanto, hacerse es- 
perar. No fué, pues, sino un paso más en tal camino la 
ordenanza de Sevilla de 12 jde febrero de 1502, publi- 
cada én el raro G*ódigo intitulado IjUS Pramdticas del 
Rey no j que vio la luz en Alcalá en 1528 (ordenanza que 
fué luego ley 4."*, título 2."^, libro 8.^ de la Nii^va Reco- 
pilaciónjy y en la cual se mandó ya salir de los reinos 
de Castilla y León á los moros de catorce años arriba y 
las moras de doce. 

Suponía esta ley convertidos á todos los moros de 
Granada, por manera que su fin no parecía otro que el 
de evitar que se pervirtiesen los neófitos Qon el trato de 
los empedernidos; y era lo cierto que, desentendiéndose 
de la capitulación de Granada, en la cual estipularon 
textualmente nuestros Reyes dejar vivir á los moros 
rendidos, <para siempre jamás en su ley, sin consentir 
que se les quitasen sus mezquitas, ni sus torres, ni los' 
almuenares (O,» tratábase ya de hacer cristianos á los 
vencidos moros; empresa fiada á dos Arzobispos inmor- 
tales, Fr. Hernando de. Tala vera y Fr. Francisco Jimé- 

({) Vóailse estas CapituJaciones en Luis del Mármol Carvajal, Del Re- 
belión y castigo de los moros de Granada: Málaga, 1600, por Juan Rene, fo- 
lios íi V 24 vuelto. 



216 

nez de Gisneros. «Pero aquéllos ( dice -Mendcfia con su 
gravedad ordmaria), gente dura, pertinaz, nuevamente 
conquistada, estuvieron recios,» y tomóse al fin concier- 
to ísíquG los renegados ó hijos de renegados (también au-. 
torizados á continuar siendo moros por las capitulacio- 
nes), tornasen á nuestra fe, y los demás quedasen en su 
ley por entonces (^).» Notable transacción con los prin- 
cipios hubo en la capitulación, sin duda alguna, y la hu- 
bo GD el concierto de que habla Mendoza; pero no estaba 
kjano el día en que aquéllos prevaleciesen por entero. 
Y era, señores, que hacia el ocaso del siglo décimo- 
quinto y los albores* del decimosexto, en el punto mis- 
mo de terminar España con la reconquista y la reunión 
de los antiguos reinos la lenta elaboración de su orga- 
nismo político, el espíritu que había informado toda su 
evolución durante los siglos medios estaba condensado 
en una fórmula, según la cual necesariamente tenía que 
íoTíiar dirección nueva su política, lo mismo con los m.o- 
ros que con los hebreos. Tal fórmula no era otra que la 
Unidad religiosa. Comenzó, pues, á desaparecer enton- 
ces de los ániípos, aunque por algún tiempo aún se con- 
servase en los hechos, aquel tradicional espíritu de con- 
tem])orización y tolerancia que había dictado la ley 2." 
del título 24 de la Partida 7.^, €la cual prohibía que se 
iü tentase hacerles creer en nuestra fe á los moros por 
fuerza ó por premia; > así como tantos preceptos libre- 
cultistas de las capitulaciones y cartas .pueblas, redacta- 
das en los siglos medios (^). Ostentóse todavía sin escrú- 

(1) Guerra de Granada^ ^Qt XÁQ%o Hurtado de Mendoza, pág. 40 de la 
fíditíiúti de MoQfort en Valencia. 

{í\ Contiene notables documentos de esta especie la colecbión diplo- 
(i)ática naida á la Memoria sobre la condición de los moriscos de España, pot 
D. Florencio Janer, que premió la Real Academia de la Historia. 



217. 

pulos la tolerancia religiosa, ño sólo en el tratado so- 
lemne, bajo cuyas cláusulas se rindió Granada, como 
se ha visto, sino también en la ley foral de Valencia 
' dictada en 1510 por el mismo D. Fernando el Católico, 
que lleva esta rúbrica expresiva? <QueLs Moros non sien 
fets Ghrestians per forza(0.> Y por cierto que nada 
prueba tanto como esta ley, dictada años después de la 
dura pragmática de Castilla de que he hecho mención 
antes, lo que va del absolutismo teórico á la práctica en ^ 
todo gobierno digno de serlo. Si hubiera habido enton- 
ces periódicos," no habría faltado alguno que supusiese 
discordes á los dos supremos gobernantes, el Rey Cató- 
lico y la Reina Católica, observando de qué distinta 
suerte eran tratados en una y otra Corona los moros. 
Pero la verdad era que, aunque informados de un pro- 
pio espíritu, procuraban, como es de razón, amoldar su 
ideal político á las circunstancias; y que, bien que de- 
seasen la unidad religiosa de la Península, preferían pe- 
car de ilógicos que de temerarios, y temían menos pa- 
sar por inconsecuentes que por insensibles al bien del 
Estado. 

Contemplando de todas suertes la evidente diferencia 
de los tiempos, viénenseme sin querer al pensamiento, 
porque ellos como nadie la determinan y señalan, dos 
Arzobispos de Toledo, casi iguales en apellido y mérito: 
JiñQónez de Cisneros el uno, de quien acabo de hablar, 
y el otro Jiménez de Rada, autor del libro inmortal De 
Rebus Hispanice. Todos, sin duda, sabéis hasta qué pun- 
to suenan á alabanza las frases con que este verídico his- 
toriador refiere que el gran conquistador de Toledo se 

• (4) Fori Regni ValentiaSy segunda parte.— /a extraua^anti, fol. 73: 4647 
y 4548, por'JaaQ de Mey. 



.218 

revolvió airado contra su propia mujer, el nuevo prela- 
do y toda la población cristiana, porqué en su ausencia 
habían violado las capitulaciones al convertir en Cate- 
dral la Mezquita mayor, prefiriendo á los impulsó^ de su 
piedad la fe jurada. Bien se yo que la moderna crítica 
niega este hecho, aunque páginas por tal mano escritas 
sea dificilísimo borrarlas de la historia; mas poco im- 
porta. Lo que hay que calcular es si Cisneros hubiera re- 
ferido, con iguales palabras, aquella acción en sus Re- 
yes, y tratándose de Granada. ¡Cuan lejos de ello hubie- 
' ran estado, no tan sólo Cisneros, sino los demás prelados 
y los Reyes Católicos! El único que no dejaría de ser en 
Toledo lo mispio que en Granada, sería el pueblo cris- 
tiano. Á él no llegó nunca probablemente el espíritu de 
transacción que informaba la conducta de sus gobernan- 
tes y de sus pastores mismos, hombres prácticos, por ne- 
cesidad, durante los largos siglos en que la total recon- 
quista estuvo aplazada, si no indecisa. No bien se rea- 
lizó enteramente, fué cuando á todos por igual les pesa- 
ron las contemplaciones, haciendo la victoria unos á go- 
bernantes ó gobernados, y á ovejas ó pastores. Lo que 
algunos apellidan la intolerancia, y llaman con más 
exactitud otros el principio de la unidad religiosa, acabó 
así de señorearse, por último, del espíritu de nuestra 
nación con incontrastable imperio; pero arrancando, 
como queda visto, de muy diversos orígenes que ha so- 
lido suponerse generalmente. 

Inútil es, pues, que historiadores ligeros se esfuercen 
por establecer infundadas diferencias: tan partidaria de 
la unidad religiosa, y por consiguiente de la intoleran- 
cia,. fué al .fin Isabel la Católica, como Felipe II, ó más, y^ 
tanto ó más al cabo, Carlos V que Felipe III. Ni los mó- 



nárcas fueron más que ejecutores de la voluntad indivi- 
dual de sus subditos, de tal suerte concorden en la mate- 
ria, que por raro caso se ofreció entonces la apariencia, 
ya cfue líi realidad no pueda ser, de una voluntad común 
ó nacional. Precisamente de un acto popular se derivó al 
'fin y al cabo la gran dificultad teológica, que hubo ya 
en el siglo xvi, para tolerar el libre ejercicio de -su reli- 
gión á los moros, de Valencia, como ordenó la ley de 
D. Fernando el Católico, y como Verdaderamente desea- 
ron aún sus sucesores por prudencia política. 

Fué para mí, señores, el movimiento de" las comuni- 
'dades y germanías no sólo popular, sino democrático*. 
Lo propio en Valencia que en Castilla, se deslindaron al 
fin los campos, en' un principio confundidos, por lo he- 
terogéneo de las causas que produjeron la revolución, y 
lucharon de poder á poder los populares y los caballe- 
ros, ó sea los ricos y los pobres; que aquéllos no eran, 
en realidad, sino los ricos de entonces, distinguiéndose 
sólo de los que se hacen ricos ahora, en que sus fortu- 
nas, si eran cristianos viejos, no procedían del comer- 
cio ó las artes pacíficas, sino del botín y de los repar- 
timientos de tierras y vasallos después de la victoria. 
Ni por otra razón, sin duda, s? llamaron los primeros 
Grandes Ricos-hombres (0. No es propicia ocasión ésta 

(0. Tal es la opiáión de nno de los primeros que han definido las vo- 
ces castellanas, el insigne Alejo Venegas, en su libro intitulado Breve de- 
claración de las sentencias y vocablos obscuros que en el libro del Tránsilo de 
la Muerte se hallan, irhpreso eni 1543*. Dice así: «Primeramente sepan que 
este nomi)re hidalgo no quiere decir hijo de algo; lo cual, como pensó el 
vulgo, osó ilerivar de ahí hija-dalgo. Mas es un nombre compuesto de 
este verbo pt, que en latín quiere decir ser estimado; y de este ablativo 
aliquo: que quiere decir ¿n algo. Luego tanto querjrá decir hidalgo como 
, ¡il'aliquo: hombre ó mujer que es estimado en algo; que fapio en latín, 
cotre otr^s signillcacíones, quiere decir estiooar. Y porqué el vulgo suele 



220 

i4in íl .^^ru* ^^mejaR'e añrmacióay si por ventura se 
rj-rtsL.^^-. 5.:- vi ex:oner. paesr.j (pie de los comuneros 
í^ ^^..rn :.L '-1^ le tra'ar i-rzoríanien e, (pie según cuen- 
'j.* '\ '1'- -csíj:^:. Jiian le M'^Iina ¿a la Euistula Prohe- 
' , : :- \rr^'i:'Ic á su íi'a'ij<:ei<-n de Apiano Alejandri- 
Z,^ . -• > n-c¡^ de Ils veoin.^s de Valenoia (jue siguieron 
1_ ií. L*-::idL D. F..o»li*i^o d- il-rnd«:¿ac>jn:ra Ls comune- 
r-.í* i LH -sMiido en la peka se d^fH-íji:: <V()ivámonos y 
ii^i:? . m» > j.s oajaller'-S - .> G.l.-j de -rs- .s iiechos po- 
I7L1 -:ar n: ioj^ls» «jue ^ la ^.ir oon L s libros y papeles 
¿L»ii.^ 1 II: ;:«,r li5 •M^-ciimi-^des de Ca-.dlla. harían di- 
CkC ^_íi"rMv:e*:Lr oii ascr^o. ^íir IrL^j^^dada es» paes, la 
pr-'-iisi'':! :e les pie rara enn. Lict?tr :e^jrias laLsas en 
x»Ic -cz. :l\ las e:i2.LLLtr<:i:Z clc. cL :í üIo de modernas- 
Le ¿le Ar'jf.i, cli_s es:ril::.. ^a de las rev./LaLdones grie- 
gas, és. a^i^m»:-. sin -iiseriTar an á^.ice. se vrl\-i¿ á yer 
^a *i*^ni:L le l:is CLC'.Lzddades en u^s-illa y Valencia. 
r_"_ ::iLa t-z. ~or o'ia-riicja *.*aisa» el i-rno Ln^iispen— 
^sili*T ,t:r ^ 11 .ridad puldt.-a. sllcImils? le sei^oida los Ia~ 
ZLá - L-iiiles. y, en regadas Ils Ln<üvidacs a sus pasio— 



^*5-í »? ^ L .^r; II 5-1^1 iíiorj y i.: i-uu i. r'.^iri •♦^^^liuiii de es- 

— s •< *' .. ^ ■ . - "* z:. — *" <*; -í» .- • •^n, - ' i i ..:s r-mnüidjuts 

^'^ l-TT^: i..r:.:«. .*• — L^ lu u'^.. i ic -t:e . jrj <e :c •♦•• -jos días 
t_-£: *;: -« ."...^ ii; '^ r: ^ !• - i«!i 10 11.-X ett ou.. jzrtt! 4ue Los 



324 

nes encontradas ó contradictorios intereses, despéñans(? 
irremediablemente en la anarquía. 

Si tal estado de cosas, que por ser contra naturaleza 
no es durable felizmente, causa males grandísimos á los 
que lo experimentan, no deja, en cambio,^ de ofrecer su 
provecho á la historia. Así como en el cadáver el escal- 
pelo, fácilmente descubre la crítica en un pueblo entre- 
gado á la anarquía cuanto fundamental ó accidental- 
mente encierra en sus entrañas. Por eso. Señores, la 
anarquía en que estuvo Valencia, merced á las faccio- 
nes capitaneadas por Vicente Pérez y el Encubierto^ que 
venían á ser el Padilla y el Juan Bravo de allí, puso 
bien de manifiesto los verdaderos sentimientos de aquel 
pueblo, resultando de tal experiencia que era el odio á 
los moriscos el más vivo de ellos. 

No se contentaron con saquear y maltratar personal- 
mente á los moriscos los comuneros, que, llenos de ma- 
yor celo religioso que hasta allí había habido, tomaron 
la violenta resolución de bautizarlos por fuerza. La 
prueba de que medida tal excedía á cuanto el celo de los 
eclesiásticos más enemigos de los moriscos, y más par- 
tidarios de la expulsión, hubiera osado pretender, la da 
al referirla el exaltadísimo Fonseca: «No dejaré yo 
(dice) de censurar el hecho del pueblo amotinado, aun- 
que acompañado de algún buen celo, por precipitado y 
temerario, principalmente leyendo en San Bernardo, 
y en caso semejante estas palabras: aprobamos el celo, 
pero no persuadimos el hecho; porque no se ha de hacer 
fuerza para recibir la fe que sólo se ha de persuadir (0.> 
Y esto que Fonseca escribió á raíz de la expulsión de los 

{{) Justa expulsión de los moriicos de España^ etc. En Roma, por Jaco- 
mo Moscardo, 4642. Pág. 375. 



222 

moriscos, díjolo ya antes, tratándose de los judíos^ Juan* 
de Mariana. Mas lo cierto fué, sin embargo, que, venci- 
dos los facciosos, hallóse empeñado Garlos V, á causa* 
del tal bautizo, en una de esas extrañas y casi insolubles 
dificultades prácticas, que siempre dejan tras sí las re- 
voluciones. 

No tomó el grande Emperador resolución alguna sin 
consultar, según dice él mismo en su Cédula de 4 de 
abril de 1525, á los Consejos de Castilla, del Imperio, de 
la Inquisición y á algunos Obispos, pidiéndoles, muy es- 
pecialmente, que mirasen y examinasen si los bautiza- 
dos con aquella violencia eran verdaderamente cristia- 
nos. Pero «vistas por los Consejos (^ce textualmente la 
Real Cédula) las informaciones y los pareceres acerca 
de ello, teniendo delante los ojos á Dios, unánimes y 
conformes declararon que los moros bautizados en aque- 
lla forma eran y debían ser reputados por cristianos, 
por cuanto al recibir el bautismo estaban en su juicio 
natural, y no beodos ni locos, y quisieron de su volun- 
tad recibirle, y por tales los declarasen. > Semejante sen- 
tencia transformó súbitamente en apóstatas, de infieles 
por convertir que hasta allí eran, á todos los moros va- 
lencianos, porque excusado parece decir que los bauti- 
zados á la fuerza por los coniuneros continuaban sien- 
do tan moros como antes. Carlos V, desligada por el Pa- 
pa Clemente Vil de los juramentos prestados por sus an- 
tecesores á las capitulaciones en que se otorgara el li- 
bre ejercicio, de su religión á los moros, trató ya de 
expulsar, en vista de tal situación, á los de Aragón, Ga- 
laluña y- Valencia; pero aquel primer proyectó, poco 
maduro aún, no pasó adelante. Sometióseles luego á la 
Inquisición, como apóstatas; nías Bleda, y el pbrtugués 



223 

Fonseca, demuestran que sólo por el bien parecer.* Nun- 
, ca llegó á ser grande la severidad del Santo Oficio con 
ellos, distando muchísimo de la que á la sazón ejercita- 
» ba contra luteranos y hebreos; que la realidad se im- 
pone siempre en la vida hasta á los que más la descono- 
cen, y la realidad era que aquéllos supuestos cristianos 
no eran sino moros por convertir todavía. De todos mo- 
dos, grande debió de ser la decepción de los moriscos 
que habían pelead,o contra los comuneros bajo las ban- 
deras de sus señores, al ver que el violento decreto de los 
vencidos se confirmaba y daba por válido contra ellos, 
que se contaban entre los vencedores. Por otra parte, las 
desventajas de su nueva condición eran patentes, por 
más que se fundase el cambio en incontestables razones 
teológicas; y después de aquel inopinado arranqué de 
piedad de los demócratas comuneros, toda solución pa- 
cífica era un sueño, todo remedio resultó ineficaz, bien 
que se buscasen con maravillosa paciencia y constancia 
por largo tiempo. 

En resumen: la cuestión vino á ser de fuerza, v no 
más. Gomo tal se planteó en- 1569 y 70 en las Alpujarras 
' con verdadera y prolongada guerra, mientras que en las 
costas, y en los lugares mismos de Aragón y Valencia, to- 
do fué ya en adelante discordia, todo crímenes y vengan- 
zas. Sacados luego de sus casas millares de los vencidos 
granadinos y repartidos por la Península, logróse evitar 
así una nueva rebelión en las Alpujarras; pero el reno- 
vado fanatismo muslímico de aquella gente, y su mal 
apagado^ furor guerrero, se derramaron en cambio por 
todas partes, despertando los amortiguados bríos de los 
•demás moriscos,, y prestándoles el coraje que les faltaba 
•para defenderse y ofender en la lucha que, más ó menos 



I 



254 

latente, por donde quiera existía ya entre cristianos vie- 
jos y nuevos; La cólera es consejera de imposibles, y 
ella, sin duda, inspiró á los moriscos la idea de enten- 
derse con nuestros enemigos para abrirles las puertas de 
la Península. Que algunos de éstos les dieron oído es in- 
dudable, y todavía más' los cristianos que los propios 
musulmanes W; pero el peligro no llegó á ser grande, 
antes bien los moriscos granadinos aprendieron á su cos- 
ta lo mucho que va de las buenas palabras á los eficaces 
propósitos, por la conducta que con ellos observaron sus 
hermanos de Gonstantinopla y Fez, y los mismos de Ber- 
bería durante la guerra. La mala intención era, sin em- 
bargo, evidente; y el escándalo, la zozobra de la nación 
y de sus políticos se concibe que no fueran leyes. Lo que 
Garlos V, y aun Felipe II, podían afrontar sin miedo, 
compréndese fácilmente que alarmara á otros gobernan- 
tes menos confiados, y con razón, en sus fuerzas. Todo, 
pues, contribuyó á un tiempo para que los moriscos 
llegasen á ser al fin la mayor de las preocupaciones na- 
cionales. 

Por mucha parte que diera en este discurso á la histo- 
ria de la expulsión, fuérame imposible seguirla paso á 
paso. Saltando, pues, por encima de muchos importan- 
tes incidentes, llego ya á los sucesos que inmediatamen- 
te la precedieron. Ordenóse, después de domados los 
granadinos, el desarme general de los moriscos de Ara- 
gón y Valencia, á los cuales no dejaron de hallárseles 
bastantes armas, probablemente preparadas para el in- 



(4) De estas conspiraciones de los moriscos habla con más datos y más 
íicierto que en otras cosas, el Conde Alberto de Circourt, fíistoire des Mo- 
res Mudejares et des Marisques: París, 4846.— Véase desde la pág. 470 del 
tomo III en adelante. 



225 

tentó, que no osaron al fln cumplir, de secundar la re- 
belión. Tratóse á la par, y con más ardor que nunca en- 
tonces, de convertirlos por la persuasión á nuestra fe, 
pero siempre en vano; ahora por la repugnancia de los 
• moriscos, ahora por el desaliento de los catequistas, to- 
talmente convencidos va de la inutilidad de sus esfuer- 
zos, según se colige de las cartas del Patriarca y Arzo- 
bispo Ribera, así como de Ips libros de Bleda, Fonseca 
y Guadalajara, celosísimos predicadores, al mismo tiem- 
po que escritores diligentes, los dos primeros, y tan sa- 
bio teólogo como historiador, el último. Proyectáronse 
tratos y conciertos por medio de conferencias entre los 
principales y más doctos de los moriscos y cierto número 
de prudentes teólogos, con no mayor fruto. Los más re- 
fractarios de nuestros políticos á la idea de la expulsión, 
comenzaron, por tanto, á persuadirse de que, voluntaria 
ó forzosa, la salida de los moriscos de la Península era 
inevitable. Esto es lo que palpablemente se ve, registran- 
do los papeles de Simancas, que examinó ya en parte 
D. Modesto Lafuente, y que yo he tenido á mano. 

Por eso el Consejo de Estado, verdadero Ministerio ó 
Gabinete de aquella época, se dirigió ya en 1588 á Feli- 
pe II, manifestándole espontáneamente el peligro de 
«que los reinos de Aragón, Valencia y Castilla estuvie- 
sen cuajados y rodeados de tantos enemigos domésticos 
como había cristianos nuevos. > Á consecuencia quizá de 
tal consulta, convocó el Rey en 19 de septiembre del 
mismo año una junta, de la cual formaron parte el Du- 
que de Alba, Rodrigo Vázquez, el Conde de Chinchón, 
D. Juan de Idíáquez y su confesor, para que el asunto se 
tratase. < Habiéndose visto (dice acerca de esta reunión 
un extenso Apuntamiento que hay en Simancas) todos 

45 



226 

los papeles tocantes á los moriscos de España; habiendo 
platicado mucho sobre ello, se resolvieron que como co- 
.sa tan importante y necesaria, se debían sacar con toda 
brevedad los moriscos de Valencia, sin tocar por enton- 
ces á los de Aragón y Castilla, alegándose contra los pri-- 
meros^su proximidad á la marina, y tomándose lenguas 
de los demás, para saber si conspiraban á la sazón con- 
tra la seguridad del Estado (0.» Cuatro dias después vol- 
vió la propia Junta á reunirse, y aconsejó al Rey que 
avisase en secreto á los de más confianza que tuviese, en- 
tie los barones y señores de Valencia, lo que se trataba, 
demostrándoles que su propia seguridad obligaba á de- 
cretar la expulsión. Pero sobre una ni otra consulta re- 
cayó, resolución. Limitóse Felipe II á oir, callar y medi- 
tar sin decidir nada al pronto, que era lo que de ordina- 
rio acostumbraba. No abandonó, sin embargo, el Con- 
íiojo la demanda. En 1589 volvió á pedir que se tratase 
en general la cuestión, y en 1590 propuso concretamen- 
te que se sacase á los moriscos de los lugares que habi- 
Lnban en el riñon de España, prefiriendo que los grana- 
dinos volviesen á sus tierras á que continuasen esparci- 
dos por las otras provincias. Era entonces el tiempo de 
tns alteraciones de Aragón, que tanto preocuparon á 
Felipe II, y hasta las deliberaciones mismas y las con- 
sultas se fueron aplazando. No se trató más del asunto 
con calor hasta 1595; pero desde él 12 de marzo de di- 
clioaño hasta 5 de enero de 1600, no -se dejó ya, en 
cambio, de la mano, sin que se note diferencia entre el 
tiempo que todavía vivió Felipe II y el de su hijo. 
Formáronse á un tiempo Juntas en Valencia y Ma- 

( 1 j Archivo general de Simancas. Secretaria de Estado, leg. nüm. S42. 



227 

drid; multipliGáronse las consultas y las informaciones 
teológicas y políticas; pidiéronse aún Breves á Roma 
para absolver á los moriscos de los delitos de apostasía 
y herejía, y para que pudieran dispensar los Obispos á 
los que se hubiesen casado en grados prohibidos; se or- 
denaron rogativas por la conversión de los pertinaces y 
la instrucción de los recién convertidos; se tomaron efi- 
caces, determinaciones para construir ó reedificar igle- 
sias y adornarlas de suerte que movieran á devoción, 
así como para aumentar y mejorar el clero de Valencia, 
aunque fuese con extranjeros, fundar seminarios, erigir 
nuevas rectorías, y dividir las parroquias que tenían 
anejos distantes: procuróse facilitar, en fin, por todos 
caminos el culto, la instrucción y el catequismo. En el 
entretanto, quedó resuelto, á 5 de mayo de 1595, que, 
<sin embargo de lo acordado anteriormente, no se saca- 
sen de Vale acia los moriscos granadinos, tagarinos y 
otros del reino de Castilla, porque sería ocasión de alte- 
rarse los demás; y que tampoco se desterrasen á los que 
estaban conocidos y diputados por alfaquíes, y otros 
que, habiéndose criado en el colegio de Valencia, se ha- 
bían vuelto á vivir entre los suyos, hasta ver cómo re- 
cibían la instrucción y doctrina que se les mandaba de 
nuevo dar y ver cómo usaban de ella en adelanto To- 
do lo cual era, como claramente se advierte, intentar un 
postrer esfuerzo que, si tampoco daba resultados, nece- 
sariamente había de arrimar á la expulsión los parece- 
res de todos. 

Y con efecto. Señores: en 30 de enero y 2 de febrero 
de 1599, no bien comenzaba ^ reinar Felipe III, la cóle- 
ra de niíestros Consejeros de Estado y demás Ministros, 
seglares y eclesiásticos, que en el negocio entendían, 



\ 



228 

pareció llegada á su colmo, vista la ineficacia de las 
nuevas concesiones y contemplaciones. Llegóse á pro- 
poner al Rey entonces que mandase dividir á todos los 
moriscos en tres clases: la primera de los que tuviesen 
entre quince y sesenta años, para ser todos* destinados á 
galeras, confiscándoseles los bienes; la segunda de los 
que .alcanzaran más de aquella edad y las mujeres, para 
que fuesen á Berbería; la tercera de todos los niños, los 
cuales habían de destinarse á ser educados sin sus padres 
en seminarios católicos. Ni tal rigor se quería para los 
moriscos rebeldes únicamente, que aun los más sumisos 
debían ser repartidos, según el plan, por el reino, de ma- 
nera que sólo hubiese una casa de ellos entre cincuenta 
de cristianos viejos, prohibiéndoles además todo comercio 
y traginería, y hasta que saliesen de sus casas de noche. 
Pero lejos de seguirse tan despiadado consejo, Feli- 
pe III, á ejemplo de su padre, continuó por bastante 
tiempo inclinado á la blandura y paciencia; lo cual des- 
pertó de nuevo el espíritu de transacción en sus Minis- 
tros y Consejeros. Sabido es el ardiente celo con que el 
Arzobispo de Valencia, D. Juan de Ribera, procuró la 
conversión primero y luego la expulsión. Pues, entrado 
ya el año de 1600, debió de saber con dolor que se ha- 
bía consultado al Rey que mandara recoger los librillos 
y edictos que, como prelado, solía escribir y repartir, 
porque <se entendía que eran causa de recelo y de in- 
quietud para los moriscos.» Por aquel propio tiempo se 
ordenó, por quien podia^ al P. Bleda, según dice él mis- 
mo, que borrase de su obra sobre los Milagros del San- 
tísimo Sacramento, las palabras con que advertía que 
los moriscos no lo reverenciaban ni adoraban (♦). Gomo 

(1) Crónica de los Moros, pág. 885. 



229 
si tanta moderación y espíritu de transacción no fuera 
bastante, consultóse aún al Rey que se prolongaran más 
y más los plazos de los indultos, por aposta*sías y here- 
jías; y no faltó persona de cuenta que opinara por que 
no se bautizase más á los niños moriscos hasta que tuvie- 
sen de diez á doce años, dándoles á optar después entre 
el bautismo ó el destierro, con el fin de que no fueran 
cristianos apóstatas, como sin culpa, desde el forzoso 
bautizo de los comuneros, teológica y jurídicamente lo 
venían siendo (0. Fué entonces cuando el espíritu de 
transacción llegó en reaUdad á su apogeo: de allí adelan- 
te, por todas partes combatido, declinó ya rápidamente. 
Todo cuanto inmediatamente precedió á la expulsión 
está de tal suerte detallado en las historias particulares 
que, no sólo fuera importuno, sino inútil decirlo. Á me- 
dida que la crisis se acercaba, más viva era, por fuerza, 
la lucha entre los que por religión y convicción solici- 
taban que se expulsase á los moriscos, y los que se opo- 
nían á tan grave medida por razón de Estado, cuyo nú- 
mero iba naturalmente disminuyendo al compás que 
crecía el de sus adversarios. Bleda que, años después de 
triunfante, todavía recordaba aquella lucha con vivo 
enojo, atribuía la tenacidad de sus contradictores á mis- 
terioso influjo del Sacramento que tenían los moriscos 
reeibido, aunque por fuerza W. Pero naturalmente no 
hubo otro influjo favorable á los moriscos que el de la 
Razón de Estado. Ella dictó sin duda el Real Mandato 
que los Obispos recibieron, y, aunque no sin escrúpulos, 

(O Está todo esto tomado de la colección de Papeles que se vieron en el 
Conujo de Estado á 30 de enero de 4608 sobre la expulsión de los moris' 
eos, Apuntamiento curiosísimo de su proceso, que existe en el Arcluvo ge- 
neral de Simancas. Secretaria de Estado, leg. 242 ya citado. 

(2) Crónica de los Moros^ pá;j;. 881 y siguientes. 



f 



/ 
'/ 



230 

cumplieron de no tratar nada de moriscos con el Papa, 
limitándose á dar cuenta de cuanto se les ocurriese á la 
Junta que ivalaha en Madrid el asunto. Formada ésia en 
su mayor parte de hombres legos y casados, como Ble- 
da advierte, por más que tuvieran otras prendas, concí- 
bense los escrúpulos, y más bien sorprende la obetfien- 
cia, tratándose tantas veces de materias puramente es- 
pirituales. 

Lo que más exasperaba á los partidarios ardientes de 
la expulsión era ver que hasta e\ último instante se os- 
tentasen protectores suyos sujetos de n;LUcha religión ó 
importancia: por ejemplo, el Conde de Orgaz en Madrid, 
y un Monseñor Quesada, Canónigo de Guadix y refren- 
dario del Papa en Roma. Ásperamente censuró tanta in- 
dulgencia Bleda, que llegó á merecer el título de cuchi- 
llo de los moriscos, porque al propio Arzobispo Ribera 
excedía en vehemencia, cuando en Roma se consintió 
al fin en oírle sobre la materia. No quería el Papa traer 
complicaciones al Rey de España; y aunque natural- 
mente inclinado á la expulsión, condescendía con la 
Razón de Estado que nuestros políticos invocaban para 
no decretarla. Bleda no desmayó por eso un punto, y 
pública y jurídicamente los denunció j-a al Papa como 
apóstatas y herejes en 1608; no debiendo haber tenido 
poca parte en que al flp se aconsejase allí resueltamen- 
te la expulsión. Divertida sería, en verdad, la exposi- 
ción de las diferencias literarias que sobre sus respecti- 
vos méritos tuvieron Bleda y Fonseca, acusando réspe- 
tuosísimamente, por su menor categoría, pero no sin 
cólera, el primero al segundo de plagiario; pero estaría 
muy fuera de lugar que con eso ocupase vuestra aten- 
ción. Lo cierto es que Fonseca estuvo también en Roma 



234 

y ayudó á la expulsión cuanto pudo. Sin embargo, fen 
Í605, y después de los repetidos Edictos de gracia, da- 
dos á instancia áe nuestra óorté, todavía escribió Pau- 
ló V al Arzobispo Ribera primero, y luego á los demás 
Prelados, recomendándoles la instrucción de los moris- 
cos, de que ya todos desesperaban. Sobre eBto mismo 
deliberó aún la Junta de Prelados reunida en Valencia 
á 22 de noviembre de 1608, que duró cuatro meses. Pe- 
ro ya para entonces, así Felipe III como Lerma, esta- 
ban, sin duda, resueltos al remedio heroico que se tomó 
poco después. 

Púsose la última deliberación en manos de la llamada 
Junta de tres^ compuesta del Comendador Mayor, jlel 
Conde de Miranda y del ,P. Confesor Fr. Jerónimo Ja- 
vierre. I^a consulta elevada por esta Junta al Rey en 29 
de octubre de 1607 (O, fué como el proemio de la del 
Consejo de Estado de 4 de abril de 1609 (2), sobre la cual 
recayó el decreto de expulsión. Votóla aquel día el Co- 
mendador Mayor de León, hombre prudentísimo que la 
había resistido por mucho tiempo; votóla el Marqués de 
Velada, de grande experiencia en los negocios de paz y 
guerra; votáronla el Cardenal de Toledo, el Condestable 
de Castilla, el Duque del Infantado, el Conde de Alba de 
Liste; y no hay para qué decir que también el Duque de 
Lerma. Toda^ las disposiciones para llevarla á término 
se discutieron y consultaron inmediatamente después 
por el Consejo de Estado; y luego al punto se puso ma- 
nos á la obra, con toda la reserva posible al principio, 
aunque no tanta que antes de estallar el trueno, no se 
viese claramente la luz del relámpago. 

(Ij Archivo general de Simancas. Estado CasliUa, Icg. núm, 208. 
[1) Ibidem, leg. 208. 



232 

Las consecuencias son ya, Señores, bien conocidas; 
pero dudo que estén bien medidas y juzgadas. Habéis 
visto cómo las palabras de Escolano señaron pronto á 
arrepentimiento; y los que más ardientemente pedían la 
expulsión, la víspera de ser decretada, sin duda serían 
los primeros en rendirse á él, como se ,ve de ordinario. 
No tardó mucho el político Navarrete en censurar el 
hecho, renovando la pretensión de que con mejores tra- 
tos se habrían convertido los moriscos en buenos cris- 
tianos y españoles; y lo que él tuvo valor bastante para 
imprimir, pasó al fin á ser como un axioma de nuestros 
economistas, ó arbitristas posteriores. En el entretanto, 
esta Europa cristiana, que apenas puede soportar* hoy el 
rezo muslímico en los confines del Asia, criticaba acer- 
bamente por boca de sus hombres de Estado, de sus eco- 
nomistas é historiadores, el caso mucho menos singular 
de que los españoles no quisieran seguir habitando con 
gentes á quienes, según dijo Luis del Mármol, les falta- 
ba la fe y les sobraba el bautismo; <que continuaban 
haciendo sus abluciones y la zalá los viernes, á puerta 
cerrada, mientras que los domingos y días de fiesta se 
encerraban, en cambio, á trabajar; llegando hasta la- 
var á sus hijos con agua caliente, después del bautismo, 
para quitarles la crisma y el olio santo del Sacramen- 
to (0.> Y siendo, en suma, tan enemigos como cuando 
se les conquistó, al comenzar, el siglo decimoséptimo, 
¿no debemos creer que lo mismo que entonces se les ha- 
bría encontrado treinta años después? 

Pues recordad, Señores, la tremenda crisis por que en 
1640 pasó España. Sublevado, y al fin separado Portu- 
gal; invadido y perdido el Roselíón; anexionada, aun- 

(4) D$l rebelión y castigo de los morisooSt foL 32 vuelto. 



/ 



233 

que temporalmente, Cataluña á la Francia; frecuente- 
mente embestidas sus colonias inmensas, y, con la rui- 
na de sus escuadras, acosado de piratas su comercio en 
todos los mares; luchando sin fortuna, aunque no sin 
gloria, en Italia y Flandes, por mantener su posición en 
el mundo, quizá ningún pueblo se haya visto cercado 
de mayores peligros jamás. Aquella corte tan criticada, 
aquellos Ministros tan odiosos, aquella generación tan 
calumniada, hicieron algo, que no todas las Cortes, Mi- 
nistros y pueblos han hecho siempre en parecidas cir- 
cunstancias. Pero notorio es.que hubo momentos en que 
la total ruina de la nación parecía inevitable. ¿Y quó 
habría sucedido entonces, si una insurrección general 
de moriscos, principalmente en Aragón y Valencia, hu- 
biera estallado al calor de las otras, por los propios días 
en que, merced á la conquista del Rosellón y la alianza 
de los rebelados catalanes, casi tocaban al Ebro las ar- 
mas francesas? Á falta de altas y nobles condiciones de 
carácter, tenía Lerma una prudencia grandísima; y to- 
da su política da á entender que no ignoraba lo mucho 
que había de artificial é inconsistente en nuestra gran- 
deza. No es, pues, infundada la sospecha de que aquel 
Ministro adoptase con profunda intención política una 
medida que, de no adoptarse, habría dado lugar, pro- 
bablemente, á mayores males que dio la expulsión. 
. Pudiera iniciar España su verdadera constitución na- 
cional con distinta política; pudiera no haberse dejado 
poseer del amor á la unidad religiosa, hasta el punto de 
querer ya expeler á los declarados mahometanos, no 
bien enjuta la tinta, como los moriscos decían, con que 
se escribió la capitulación de Granada (^); más fácilmen- 

{\) Véase para esta frase, y toda esta materia, el cap. IX^ libro según* 



234 

te pudieran aún alghnos de sus hijos, y* señaladamente 
los demócratas comuneros, excusar la gran violencia 
del bautismo forzoso'; pudieran, en fin, los gloriosos con- 
quistadores de Granada y descubridores de América, no 
fundar la Inquisición, ó aceptar por entero, después de 
fundada, la palmaria inconsecuencia de quemar sin mi- 
sericordia á unos herejes y apóstatas, y consentir que 
otros apóstatas y herejes viviesen libremente bajo su 
imperio: todo esto se concibe al cabo y al fin; pero de 
antecedentes tan opuestos como ofrecía en 1609 nuestra 
historia, difícil sería deducir, aunque enmudecieran los 
laechos, que debiese conservar España una gente que, á 
pesar de su literatura aljamiada y de sus costumbres en 
parte castellanas, hubiera quizá llegado á este siglo tan 
mahpmetana, ó pt)co menos, como en los días de la* ex- 
pulsión. 

Ni hay que formar opuestos cálculos, fundándose en 
las conversiones lentas, pero ciertas, que debieron de 
operarse en los moros mudejares durante los siglos me- 
dios. Entonces quedaban todavía tierras de moros en la 
Península, y cuando era un reino de ellos conquistado, 
los más guerreros, los más sabios, los más discretos, los 
que en toda raza y pueblo forman el espíritu y llevan 
la voz, emigraban indudablemente al otro lado de la 
nueva frontera, dejando sólo con nuestros padres á los 
más pobres, á los más dóciles, á los fáciles, en fin, ^e 
asimilar, convertir ó exterminar poco á poco. Ni pudo 
ser otra la causa de que se ostentase en Granada la mo- 
risma mucho más inteligente, culta, valerosa y sober- 
bia que en ninguno otro de los reinos moros, anterior- 

* 

do de la obra de Luis del Mármol, qae contiene la defensa y jastificacióa 
de los moriscos. — Del rebelión y castigo de los moriscos^ fol. 38. 



235 

m^te conquistados. Concentróse allí, sin duda, la flor, 
la substancia del islamismo español; y es tan verdad es- 
to; que los moros granadinos resistieron como ningu- 
nos, y desde los primeros tiempos de vasallaje, que se 
les sujetase á nuestras leyes, bien que ya no tuvieran 
apoyo alguno en la Península; sólo ellos se atrevieron 
al fin á emprender y mantener una* larga guerra de in- 
dependencia; y aun diseminados por el resto de España, 
como he dicho, ellos solos hicieron reverdecer el isla- 
mismo, hasta allí inerme y tímido, en Valencia, Ara- 
gón y Castilla. 

Muy en otra situación que sus antepasados, los* mo- 
riscos que hacia 1609 y 1610 quedaban en España, te- 
nían cortada la retirada por el brazo de mar que nos * 
separa de África; y aunque muchos pasasen allí volun- 
tariamente, como refiere Haedo, y aunque otros muchos 
se alegrasen de pasar, al tiempo de la expulsión, según 
dicen nuestros historiadores, lo cierto es que los más 
preferían ser á un tiempo moros y españoles, viviendo 
donde habían nacido y como habían nacido, guardando 
á la par su patria y su fe. Proponíanse de este modo, y 
por razones plausibles, perseverar en una conducta que 
por otra parte los hacía incompatibles con nuestra na- 
ción, tal como estaba constituida entonces, y aun como 
lo está actualmente. ¿Qué remedio pacífico, suave, exen- 
to de daños; cabía, pues, en tal contradicción de miras 
é intereses? 

Ninguno, Señores, me atrevo- á decir; y pongo fin con 
este aserto á mi largo discurso. Las naciones, y todavía 
más sus gobiernos, deben considerar muy despacio las 
novedades que admitían ó introducen en el cuerpo social, 
porque ellas tienen que dar á la larga ^s-consecuencias 



236 

lógicas; y, cuando las dan, no hay más desairado empe- 
I ño que el de pretender sustraerse á ellas. Bien sé yo que 

no es fácil medir de un golpe, y desde muy de lejos, to- 
do lo que han de engendrar los hechos que de presente 
se realizan; y aun por eso mismo, tantos conflictos y 
' tantas revoluciones son históricamente inevitables. Pe- 
ro han de tener valor y honrado criterio en tales casos, 
lo propio que los individuos las naciones, aceptando con 
; viril resignación la responsabilidad de los errores; no 

de otra suerte que se aceptan con orgullo los aciertos, 
/ aunque procedan de instituciones y personas, no para 

todos simpáticas hoy. 

Á la verdad, el mal de la expulsión no fué al fin y al 
cabo tan grande como después se ha dicho, dado que las 
partes en que había más moriscos se repoblaron bien 
pronto, y todavía son más ricas y están mejor cultiva- 
1 das que otras muchas de la Península. Nada hay que se 

¡ reponga tan pronto como la población, donde hay me- 

dios naturales, ó industriales, para que se alimente; y el 
sol y las acequias, obra en más parte que se piensa de 
cristianos, repararon insensible y bastante rápidamente 
los daños. Pero grandes ó pequeños, y más ó menos du- 
; raderos, no hay otro remedio, en fin, que dejar de acha- 

cárselos exclusivamente á Felipe III y su Ministro Ler- 
I ma, que hartos pecados sin eso tienen. La responsabili- 

> dad será siempre de España, de generaciones enteras de 

españoles, de nosotros mismos; que no habíamos de he- 
redar tan sólo las vanidades de O tumba, Pavía, San 
Quintín ó Lepante, sino que con igual razón tenemos 
que recoger las censuras que merezca nuestra patria en 
la historia. 

He dicho. 



APÉNDICES AL DISCURSO 

DRL 

ExcMO. Sr. D. EDUARDO SAAVEDRA. 



j^JPENDIOE I. 

ÍNDICE GENERAL DE LA LITERATURA ALJAMIADA. 

Ea el tiempo que ha mediado desde que acabé mi discurso 
hasta su impresión, he ordenado y completado las notas que 
tenía acerca de los escñtos de los mudejares y moriscos en len- 
gua castellana, así en caracteres árabes, como en los latinos 
qne comunmente usamos. En esta lista, que he llamado índice, 
por considerar que no merece el título de Catálogo, van los 
manuscritos de las Bibliotecas públicas antes que los de las co- 
lecciones particulares, y en cada una según la numeración de 
sus signaturas. Cuando no se hace mención expresa de los ca- 
racteres, se entiende que son los arábigos. 

ün Catálogo completo, razonado y sistemático, con un estu- 
dio de los originales árabes de cada libro, y extractos y análisis 
de su contenido, es obra que me han impedido, primero mis 
ocupaciones y después mi estado físico; pero confío que no fal- 
tará quien pueda emprenderla, si no alcanzo algún día la satis- 
facción de llevarla á cabo. 



Bib. Nac. de Madrid, D. 113. 

El Alcorán abreviado y traducido en castellano. Año 1462. 
Según el catálogo de mas. de Iriarte, existía este códice, es«- 



238 

crito en caracteres latinos, junto con una copia del Breviario 
f Miim,<5on el nombre de D. Y9aSedih (nums. 11, m y LXXII); pe- 
ro eu el día no se halla. Se menciona, sin embargo, por si llegara 
á encontrarse en otra parte libro tan intetesante, que debía con- 
tainer el compendio usual del Alcorán, ó sean los pasajes que e? 
costumbre leer en los ai^aes ú oraciones públicas. Estos pasajes 
consisten en las alecLS ó versículos más importantes de las obo- 
ra3 ó capítulos largos, y en los cortos íntegros que se hallan al 
final de todos. La composición ordinaria de este compendio es 
\ñ aiguiente, que se coloca aquí para no repetirla en los muchos 
lugares en que se ha de mencionar, sino en cuanto difiera de ella: 
I; II, 1—4, 256-259; 284—286; lU, 1—4, 16, mitad déla 17, 
2h, 26; IX 129, 130; XXVI, 78—89; XX\Tn, parte de la*88; 
XXX, 16—18; XXXni, 40-43; XXXVI; LXVII; LXXVm 
— CXIV. 

U. 



Bib. Nac. de Madrid, G. 438. 

Un códice en folio, encuadernado en pergamino, bien conser- 
vado, letra de fines del siglo xvi. 

«Brebiario <;unni ó cerímoniario de la seta de Mahoma para 
conocer y qualificar las cerimonias de moros, compuesto por y^ 
Jedih, moro de Segouia, año 1462. > 

■Está puesto al fin del una Eelacion sacada por el Sr. In- 
qui."^^ doctor (jarate de las cerimonias que tienen los moros y 
de otros Bitos que tienen sacado todo del Alcorán de mahoma 
y de otras partes.» 

La primera parte es un ejemplar, de los núms. III y LXXII, 
que perteneció primero al Dr. Martín Vázquez Siruela, Racio- 
nero de Sevilla; la segunda parte, dividida en otras dos, una * 
relativa á los- preceptos coránicos y otra á las costumbres, al 
lado de muchas cosas exactas contiene multitud de errores que 
manifiestan lo mal que el Dr. Zarate había estudiado la doc- 
trina mahometana. 



239 

Bib. Nac. de Maclrid, Q. ^93. 

Un códice en 4.<^, letra del siglo xvi, en caracteres latinos, 
maltratado. Empieza con este epígrafe: 

«Este, es un memorial y sumario, de los. prin9Ípales. man- 
damientos, y debedamientos. de nuestra, santa, ley y 9unna.» 

La subscripción dice: 

«Cumplióse este libro brebiario 9unnique copilado por el 
omrrado sabidor don y<;e de chébir, mufti, alfaquí mayor de los 
mu^illmes de Castilla, alimón de la muy onrrada alchama de 
Segobia, -en l'almazcbid de la dicha 9¡udad, en el año de mil y 
quátrozientos y efesenta y dos. Conbengalo el Soberano en su 
santa gloria. Emin rabiylalamine.i (V. los núms. II y LXXII.) 

Al final^ y después de la subscripción, van añadidos los si- 
guientes capítulos: 

«Capítulo 61. de las demandas de muge. 

Capítulo 62. de las demandas de los judíos. • 

Capítulo 63. del sueño del 9alhe de túnez. 

Capítulo 64, del Recontamiento del biejo de damasco. 

Capítulo 65. del Regimiento de las doze lunas del año y de 
los dias alfadilossoá, de dayuno y a9aláes. 

Capítulo 66. del Recontamiento del hijo de Omar con la 
judía. 1 

IV. 

Bib. Nac. de Madrid, Aa. 168. 

«Apología contra la ley cristiana.» 

Un tomo en 8.0 encuadernado á la morisca, primorosamente^ 
escrito en caracteres latinos, letra del siglo xvn. 
, Es un tratado contra los catorce artículos de la fe de la doc-. 

trina cristiana, escrito de orden de Muley Zaidán, por Mu- 



240 

hammad Alguazir. Sigue un corto tratado de los atributos de 
Dios, idéntico al del Ce. 170. (Núm. VI.) La letra es de la mis- 
ma época y estilo é igual ortografía, pero de distinta mano. 

En este ejemplar hay una cita árabe que quedó en blancí) en 
el núm. VI. 

V. 

, Bib. Nac. de Madrid, Ce. 169. 

Un tomo en 4.o Falta la mitad de la primera hoja y algunas 
al fin: caracteres latinos. 

€Comenta9Íon sobre un tratado que conpuso ybrahim de 
bolfad, be9Íno de Arjel, <;iego de la bista corporal y alumbrado 
de la del cora9on y entendimiento.» 

Tiene por título en la guarda: f Exposición de algunos pasa- 
jes del Alcorán, con unos versos castillanos, juntamente con el 
texto arábigo,» de letra de Casiri. 

Su autor es sin duda el Refugiado en Túnez, autor del nú- 
mero LXXI; como se ve por el estilo, la ortografía de ambas len- 
guas y el pasaje del libre albedrío. La letra es idéntica. 

VI. 

Bib. Nac. de Madrid, Ce. -170. 

€ Explicación de la ley mahometana por un anónimo.» 

Un tomo en 4.® con 79 hojas, falto de la primera; pero no 
parece faltar nada del texto. 

Caracteres latinos. Páginas recuadradas de negro. 

Después de un prólogo, trata de los veinte atributos de Dios, 
y lo que es posible é imposible en su esencia; seguido de un 
tratado del a<;ala con los alguados y atahores, acabando con 
los ayunos. Es exposición de la doctrina de Mélique, idéntica á 
la del núm. 1.^ del Ce. 174 (núm. IX), aunque variado el or- 
den de los capítulos y con alguna supresión. 

Dentro del libro hay metida una página de otra copia de la 
misma letra, recuadrada de carmín y con epígrafes encarnados. 



H\ 



VII. 
Bib. Nac. de Madrid, Ce. 474. 

Suma teológica mahometana, principalmente según Abuha- 
niía. 

Tratado muy detenido de los cinco artículos de la fe muslí- 
mica, seguido de los pecados mortales, con citas de lín romance 
morisco y dos sonetos de Lope de Vega. Es déla letra del Refu- 
giado en 'rúnez (núm. LXXI) y escrito después de la expulsión. 

Tiene por título en la guarda «Artículos de la ley mahome- 
tana y explicación de ella en Castellano pot* un Anónimo.» 

vm. 

Bib. Nac. de Madrid, Ce. 473. 

Códice en 4.0, escrito con letras latinas, de principios del si- 
glo xvn ó fines del xvi, con las páginas recuadradas, sin prin- 
cipio ni fin, falto de algunas hojas intermedias, con papel del- 
gado; encuademación árabe. 

Es un paralelo y concordancia de las religioties cristiana, 
jadáica y mahometana, fundado en textos de la Sagrada Escri- 
tura y de los Santos Padres. Discute y compara diversas here- 
jías, principalmente las arriana, ebionita y «lutera,» y á la «ygle- 
sia> católica la llama cpapística.» Cita el Antiálcorán, tal vez el 
que fué impreso en 1532, por Bernardo Pérez de Chinchón. 

En la guarda dice t Apología contra la religión christiana.» 

Esta obra pudiera ser la del Maestro de Teología Juan Al- 
fonso, citada en Ce. 169 (núm. V), pág. 12 v., que constaba 
de más de cuarenta cuadernos. 

IX. • 

Bib. Nac. de Madrid, Ce. 474 

Códice en 8.o, con caracteres latinos, letra del siglo xvn; en- 
cuademación ^1 pergamino; adornos moriscos de tinta común. 

46 



242 
Contiene: 

1.° Un epígrafe que dice: 

c Razón duerme 
trayzion bela 
Justizia falta 
inalizia Reina, d 

2.° Explicación de las palabras tbizmi yliahi yRahmeni 
yRahim.> 

3.° Explicación de las palabras cmonafique, guachib, mosz- 
tahel, chaiz y El tacli.» 

4.° Una corta invocación. 

5.° iHotba de la Pascua del annabi Muhamad zalam.T^ 

6.^ Cinco azoras del Alcorán (CIX, CXIV, CXIH, XCVII, 
XCIX), en árabe con caracteres latinos. 

7.° Tratado de la doctrina mahometana según el rito de 
Mélique. Copia igual al Ce. 170 (núm. VI), aunque 
variado el orden de algunos capítulos. 

8.° Explicación de las palabras «Alliandu lillahi guzalatu 
guazalem rrazulullahi.» 

Á la vuelta, «El haude.=Es la balsa de nuestro alnabi.» 

9.° «Declaración de la palabra de laylaha ylalla muhamad 
rrazulu alla,i precedida de una invocación; con va- 
rios ejemplos del mancebo que salvó á su madre, de 
los dos pescadores, de los santos que recogían dinero» 
de la tela que no se acababa, etc. 
10.° Breve reseña de las principales herejías muslímicas acer- 
ca de las relaciones entre Dios y el mundo. 

U.° Historia abreviada de la doncella Arcayona, hija del 
rey Aljafre. 

Á la vuelta las cuatro lenguas en que han sido reveladas 1^ 
escrituras. 

12.° Tratado de «lo qu' es forzoso y ynpusible en los^pro- 
fetas.» 



243 

13.0 Excelencias de la palabra «laylaha ylalla muhamad 
rrazula alia» (sin concluir). 

14.0 Historia de un profeta y una profetisa del tiempo de 
Mahoma. 

Á la vuelta, efectos de las palabras «alhandu lillahit, en el 
estornudo y dolor de muelas. 

15.0 Sabiduría de Dios manifestada en la naturaleza. Tro- 
zo notable, en que se llama moro el autor. 

16.0 Discusión contra la divinidad de Cristo y contra la 
Trinidad. 

17.0 cBreve conclusión contra la Trinidad y el culto cris- 
tiano.» 

18.0 c Conclusión con que se aberigua la falsedad en la rreli- 
jion cristiana con sus mesmos ebanjelios» (falta una hoja do- 
ble). Tiene la historia del rey Jesús que se sacrificó por Ega. 

19.0 Una fecha del año 1031 en que se acabó de^escribir el 
Hbro. 

20.O Un romance contra la religión cristiana, compuesto en 
1031 según su contexto. 

21.0 Noticias de Yman el haramayni, Sayje abanabi chan- 
bray, Zide abnuruste, Abubacre ybenu alarbi, y Cadada, ascen- 
diente de los reyes de Granada. 

22.0 € Remedios devotos contra los sueños y el ojo.i 

23.0 «Romanzo echo por Juan Alonso aragonés á la rreli- 
jion yspana.» 

El título de la guarda es «Diversas historias y apología contra 
la Belijion Christiana y el Romance de Juan Alonso Aragonés. » 

Debió escribirse en Túnez, porque de una medida que cita 
pone la equivalencia tunecina. 

X. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. I. 

Códice en folio mayor, esmeradamente escrito y muy bien 
conservado, excepto la encuademación, que está muy deterio- 



244 

rada y es antigua: 340 hojas útiles y tres de la tabla: letra del 
siglo XVI. Cabezas délos capítulos iluminadas con adoraos mo- 
riscos muy bien dibujados, que pueden servir de modelo en su 
género. 

«Alquiteb de Samarcandi.» 

Es traducción del libro titulado «Excitación á los descuida- 
dos,» compuesto por «Abulleit Na9ar, fijo de Mohammad ibno 
Ibrahim, fijo de Alhatab Asamarcandio. i Este célebre juriscon- 
sulto escribió muchas obras y vivió en el siglo iv de la hégka. 

Ésta es la tabla de los capítulos, copiada por D. Pascual d^ 
Gayangos, y numerada para mayor claridad: 

Cap. 1. En el debdo del preicar; fol. 1. 

2. En el apuramiento y en la ufana; 2. 

3. En el espanto de la muerte y su fortaleza; 9. 

4. En el aladeb de la fuesa; 14. 

5. En los espantos del dia del judicio; 20. 

6. En la senblan9a de los del fuego; 25. 

7. En la senblan9a de los del alchanna; 31. 

8. En lo que se a esperan9a en la piadad de Allah; 86. 

9. En mandar con las buenas obras y devedar lo malo; 40. 

10. En la rrepintencia; 46. 

11. Otro en la rrepintencia; 50. 

-12. En el obedecer al padre y á la madre; 56. 

13. Otro en el obedecer al padre y á la madre. 

14. En el derecho del fijo sobre el padre; 60. 

15. En el apallegar los parientes de par de madre; 62. 

16. En el derecho del vecino; 66. 

17. Del pastoflo del bebedor del vino; 67. 

18. En el pastoflar el mentiroso; 72. 

19. En el trestallar á las gentes; 75. 

20. En el rrevolvedor malsine; 81. 

21. En la envidia; 84. 

22. En la grandia; 88. 



245 

23. En el recardear; 91. 

24. De pastoflar el reír; 93. 

25. En el paciguar la saña; 97. 

26. En guardar la lengua; 102. 

27. En la golosía y en la larga cobdicia; 106. 
* 28. En la ibantalla de la pobrera; 109. 

29. En desechar el mundo; 110. 

30. Jln la sufrencia sobre el albalé; 121. 
31* Del sufrir sobre las almocibas; 127. 

32. En el alfadila del alguado; 131. 

33. En los cinco a9aláes; 134. 

34. En el abantalle del pergüeno y él alicama; 142. 

35. En los atahores y aliupiamientos; 147. 

36. En el alfadila del aichomua; 148. 

37. En la jornada á la me9quida; 151. 

38. En el alfadila de la a9adaca; 153. 

39. De lo que es desviado del albalé al facedor^a^ada- 
ca;157. 

40. En el alfadila del mes de Arramadan; 160. 

41. En el alfadila de los diez dias; 164. 

42. En el alfadila del dia del axora; 166. 

43. En el dayuno de gracia y en el dayuno del mes de Re- 
cheb; 168. 

44. En la despensa sobre la familia; 171. 

45. De cómo se deben tratar los cativos y sirvientes; 173. 

46. En fazer bien á los güérfanos; 174. 

47. En el aziné; 176, 

48. En comer el logro; 179. 

49. De lo que vino en los pecados; 181. 

50. De lo que vino en las enjurias¡ 188. 

51. En la piedad y buen deseo; 188. 

52. Eo aber temor ad AUah taála; 191. 

58. De lo que vino en el nombramiento de Allah taála; 10o. 
54. Eu la rrogaria; 198. 



f 246 

b 55. De lo que vino en el ta9bihar, 201. 

I 56. En el a9ala sobre el anabí; 202. 

F 57. En lo que vino sobre la palabra de la áUaha Ha aUa- . 

hu; 204. 

58. En lo que vino en la ibantalla de leer el alcorán; 208. 

59. En la ibantalla de la sabiduría; 211. 

60. En el obrar con sabiduría; 215. 
f- ' 61. En la ibantalla de aconpañar con los sabios; 218. 

62. En el agradecimiento; 221. 

63. En la ibantalla del percacjar; 221. 

64. En la tacha del perca9ar y lo haram; 224. 

65. En la ibantalla de dar á comer la blanda; 227. 

66. Y las buenas costunbres; 229. 

67. En la estribancia con AUah; 231. 

68. En la linpieza; 234. 

69. En aber vergüeu9a; 237. 

70. En obrar con enía; 239. 

71. En el marabillar y presumir; 243. 

72. En la ibantalla del alhach; 245. 

73. En la ibantalla de la guerra y el fazer alchihed; 248. 

74. En la ibantalla del mantener frontera; 250. 

75. En la ibantalla del tirar y el cavalgar; 252. 

76. En la dotrina de la guerra; 253. 

77. En la ibantalla de mohamad; 254. 

78. En el derecho que tiene el marido sobre su muger; 259. 

79. En el derecho que tiene la muger sobre su marido; 260. 

80. En adobar entre las gentes; 261. 

81. En el me9clar con el rroy; 263. 

82. En la ibantalla del enfermo; 266. 

p,;-4 ' 83. En la ibantalla del a9ala de gracia; 268. 

84. En el cunpUr el a9ala y el umillar en él; 270. 

85. En las rrogarias y ata9bihe8; 273. 

86. En el buen tratamiento; 277. 

87. En el obrar con la saña; 279. 






L 



247 

88. En el entristecimiento sobre los fechos de la otra vi- 
da; 281. 

89. De lo que fué dicho de cómo amanece el onbre; 283. 

90. En pensar en tomar dexenplo; 286. 

91. En el alhadiz de mu9e; 290. 

92. En las rraíones de Abi Darri ilgaferi; 299. 

93. En el entrometer en la obedencia; 303. 

94. En la enemiganfa del axaitan y en conocer sus enga- 
ños; 307. 

95. En el contentar con el juzgo de AUah y su ordenamien- 
to; 312. 

96. En pédricas; 315. 

97. De rracontaciones; 317. 

98. En el alhadiz de Alidáchel el malo; 328. 

99. De lo que vino en los dexadores del a9ala; 338, 

XI. 
Bíb. Nac. do Madrid, Gg. 3. 

Códice en folio mayor, muy bien escrito y conservado^ en- 
cuadernado en pasta con cubierta ó tapa de piel á usanza 
oriental: 160 hojas útiles y dos de índice, que no llega más que 
al fol. 41. Letra del siglo xv. Iluminaciones y adornos menos 
perfectos que los del libro anterior, pero hechos con notable 
soltura. 

f Alquiteb de la tafria,> por «Abulcacim Obeydalá ibn Alho- 
cein ibn Chelab, Alba9rí Almeliquí.» Es traducción de la obra 
titulada «Ascensión á las cumbres,» que está dividida en los 
libros siguientes: 

1.° El alquiteb del atahor; fol. 1. 

2.° El alquiteb de los aíjaláes; 9. 

3.^ El alquiteb del azaque; 30. 

4.0 El alquiteb del dayuno; 40. 

5.0 El alquiteb de las alchane<;as; 47. 

6.0 El alquiteb del alhache; 48. 



í 



248 

7.0 El alquiteb del alchihed; 63. 

8.0 El alquiteb de las promesas y juramentos; 65. 

9.0 El alquiteb de las adahéas; 70. 

10. El alquiteb de las fadas; 71. 

11. El alquiteb de la ca9a; 72. 

12. El alquiteb de las degüellas; 73. 

13. El alquiteb de las proviendas; 73. 

14. El alquiteb de los brebajes; 74. 

15. El alquiteb de los testamentos; 76. 

16. El alquiteb del ahorrar y del enseñorear; 78. 

17. El alquiteb de ahorrar después de dias; 81. 
48. El alquiteb de fazer carta al cativo; 82. 
19/ El alquiteb de las madres de los fijos; 85. 

20. El alquiteb de los matrimonios; 86. 

21. El alquiteb del atalac y lo que le toca; 100. 

22. El alquiteb de las vendidas; 114. 

23. El alquiteb de las logaciones; 125. 

24. El alquiteb de dar á media ganancia; 128. 

25. El alquiteb de los juzgos; 132. 

26. El alquiteb del enpefio; 137. 

27. El alquiteb de las encomiendas; 139. 

28. El alquiteb de lo perdido; 140. 

29. El alquiteb de la fian9a; 140. 

30. ' El alquiteb de la procuración; 146. 

31. El alquiteb de las tenencias; 146. 

32. El alquiteb de las a9adacas y donaciones; 147. 

33. El alquiteb de las sangres. 148. 

34. El alquiteb de las sentencias; 152. 

35. El alquiteb de las erencias y deudos; 155. 

36. El alquiteb del alchami; 158. 

xn. 

Papel suelto, dentro del códice Gg. 38 de la Bib. Nac. de Ma- 
drid, que es una carta de Mariara la Cor9a, mujer del alfaqul 



249 

Zapatero, al alfaquí Muije Calavera, médico en Calatayud.. Lo 
describe una enfermedad y le pide remedio. Car. ar. letra del 
siglo XVI. 

xm. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 40. 

Un tomo en 4.o encuadernado en pasta. * 

€ Sumario de la rrelacion y exercicio espiritual, sacado y de- 
clarado por el manzebo de Aróvalo en nuestra lengua caste- 
llana. > 

cY también se cuenta en él al fin la dicretanza 9unal, y de 
qué manera se sirve y guarda en Macea (aj^zaha Allah) dentro 
del santo tiyabero per nuestro- pedricador Mélic y sus dicreta- 
dores, sigun que le fué fecho á saber á este diclio jnanzebo por 
personas que an vesitado aquella santa casa. > 

La nota de la tapa atribuye la letra al siglo xv; Gayangos 
á principios del xvi. El lenguaje es de mediados del siglo xvi. 

El autor refiere sucesos que le acontecieron en vida del Rey 
Católico, y mucho después de la conquista de Granada y de 
las primeras rebeliones. 

Hay algunas palabras traducidas al margen, de letra del si- 
glo pasado. Las palabras árabes, en general, muy corrompidas. 

XIV. 

Hoja suelta dentro del códice Gg. 40 de la Biblioteca Nacio- 
nal, que contiene varios apuntes. 

1.^ Notas relativas á Ahmed de Valladolid y Mohamad de 
Torres y Doña Juana, en árabe. 

2.^ Becetas en árabe con los nombres de los ingredientes 
en castellano. 

3.^ Varios versículos latinos con su traducción castellana. 

4.<* Unos cortos pasajes en árabe. 

5.^ Una nota en árabe referente á Alí Rebollo. 

C.^ Un apunte relativo á los moros de Guadalajara. 



T" 



^50 
XV. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 47. 

Un códice en 4.o, de 251 hojas, buen papel y escritura esme- 
rada. Contiene: 

1,^ Alcorán abreviado (V. núm. I) en árabe; fol. 1. o— Fal- 
ta la primera hoja, en que estaría la azora I; hay un 
hueco corifespondiente á la azora XXXVI por falta de 
la hoja compañera de aquella, y están intercalados 
en el 
Fol. 11. — ^Un tema sobre la unidad de Dios; y en el 
Fol. 16. — Una deprecación, el ataxhid y el alconut de 

2:° «Las ocho cuestiones de Hatim Ala9em, Escolano de 
Xaquiq Albahlí;» fol. 45. 

3,° «Los castigos del Alhaquim á su fijo;» fol. 51. 

4.^ Relación de lo que sucede en el sepulcro á quien obser- 
va ó abandona el azala; fol. 61. 

5.^ «Recontamiento muy bueno que conteció á partida de 
unos sabios Qahhes;» fol. 66. 

6,** Historia de Ige y del hijo de una vieja, sin principio, 
que debió estar en una hoja que falta, como falta asi- 
mismo el fin; fol. 77. 

7,*^ «Alhadiz de Guara alhochoratí;» fol. 81. 

8.^ Fragmento de una historia de un médico con Alí; fo- 
lio 112. 

9>^ Alhadiz de Ibrahim, cuando vio las maravillas á la ori- 
lla del mar; fol. 113. 
10.^ Un corto acto de fe; fol. 134. 
11.*^ «Recontamiento de la doncella Carcayona, hija del rey 

Nachrab, con la paloma;» fol. 134. 
12.^ «El alhadiz de Silmen alferecío;» fol 181. 
13.^ Unos conjuros muy mal escritos; fol. 195. 



251 

14.0 cRogaria contra la nube;» fol. 197. 
16.0 cRecontamiento y alhadÍ9 del cantillo del Cuervo,» sin 
concluir; fol. 225. 

XVI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 48. 

Un tomo en 4.o, letra de mediados ó fines del siglo xvi, con 
129 hojas útiles. cLibro del rrecontamiento del rrey Alixandre.» 

Es traducción de un original árabe que tenía 32 viñetas con 
su explicación debajo, de las cuales sólo esta explicación en 
árabe ha quedado en el códice. Conserva vocablos árabes al 
empezar muchas relaciones. 

En la guarda hay una nota de distinta letra que señala la 
salida de la luna de Ramadán del año 1588. 

D. Pascual de Gayangos ha publicado un trozo del principio 
en autografia al final de los Principios deméntales de la escrítu' 
ra arábiga: Madrid, 1861. 

xvn. 

I 

I Bib. Nac. de Madrid, Gg. 51. 

Un códice en 4.o, forrado de vaqueta, con 200 hojas útiles. 

1.0 En la guarda (fol. 1): 

c Memoria á mi Miguel de Zeyne de cómo merqué 
un macho de Granada, castaño escuro á ocho de ma- 
I yo, año de mil y quinientos y setenta y cuatro.» 

€ Memoria de lo que doy á mi fija la mayor en 
vezes.» 
Á la vuelta un állahomma. 
2.0 Alcorán abreviado (V. núm. I) desde I á XXXVl in- 
clusive; fol. 2. 
3.0 Una oración interlineada con su traducción de carmín; 
fol. 17. 



252 

4.0 Un atahieiu con su traducción interlineal encima, todo 
. negro; fpl. 22. 

< Tuvimos Pascua de Ramadán.el 9aguero de pito- 
bór, y después nació Alí de Pansa á diez y ocho de 
novienbre, año de mil y quinientos y ochenta y cua- 
tro, al candario de los cristianos erejes;» fol. 24. 
Luego un álhamdu repetido, y sigue: 
O.o La parte cuarta y última del Alcorán, que comprende 
desde la azora XXXVIII hasta el fin. Adorno ilumina- 
do al principio, y al fin, después de unas aleyas sueltas, 
un cuadrado xnuy adornado. 

€ Nació mi hijo I(;e de Zeyne á quinze de dezienbre 
de mil y quinientos y ochenta fil candario de los cris- 
tianos;» fol. 198. 
6.0 Una oración en árabe; fol. 199. «Para la criatura que 
mucho plora.» 

«Nació mi fijo Mohamad de Zeyne á doze de setien- 
bre, año de mil y quinientos y sesenta y cuatro al 
candarlo de los cristianos orejes.» 

«Nació mi fijo Ibrahim dezzeyne á ventidos de ebre- 
ro, afio de mil y quinientosi y setenta y uno, al can- 
dario de los cristianos.»* 
7.0 Oraciones cortas; fol. 200. 

«Nació mi fijo Alí de Zeyne á diez y siete de febre- 
ro, dia de lunes, año de mil y quinientos y setenta y 
ocho, al candario de los cristianos orejes.» 
8.0 Unas oraciones. 

xvm. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 66. 

Códice en 4.p, con 244 hojas útiles, carcomido al principio y 
al fin: papel de dos clases. 

Es un comentario canónico -moral de Abu Mohammad Abda- 
Uah ibn abi Zeyd. Tiene en árabe los epígrafes de los capítulos 



253 
y la introducción, con su traducción interlineal. Al fin hay una 
nota en árabe que señala la fecha de 832. 

XIX. 
Bib. Nac. de Madrid, Gg. 68. 

Tiene una hojita intercalada y cosida con el texto, al fol. 112, 
que contiene dos renglones aljamiados relativos al alguado, con 
las oraciones árabes correspondientes. 

XX. 

Bib. Nac. 4e Madrid, Gg. 69. 

Un códice en 4.^, de 64 hojas, forrado con pergamino. 
En la guarda dice: € Memoria de los quartos del año.» 
Contiene: 

IP cMemoria de los cuartos del año para obrar de lo que 
fará menester, en lo que querrá;» fol. 1. 

Es una nota de ciertas invocaciones que conviene 
hacer en cada estación del año. Comprende el primero 
y el segundo; luego los ángeles y genios de los días de 
la semana y las horas buenas en cada uno. 

2.^ Cédulas mágicas y anexaras; fol. 6. 

3,^ Repetición de lo anterior desde el fol. 3; fol. 16. 

4.^ Varios escantos y conjuros; fol. 25. 

b,^ € Traslado muy noble de los cinco sabios dotores de 
medezina, de Galainos, y del Avicena, y de Ipócras, 
y de Arrazi y de Ibno Uáfir;» fol. 25. 
Son recébtas para varios males. 

6.*^ Bébos, escantos y albaranes para diversos usos mági- 
cos; fol. 40. 

7.*^ € Capítulo de las oras abantalladas para escrebir ane- 
xaras ó alherzes;» fol. 45. 



2j4 

8.** Conjuros sin mociones; fol. 46. • 

Los dos cuartos del año que quedaron al principio. 
9,^ Adivinanzas por el cuenio de los nombres; fol. 49. 
10.° Alammas y conjuros; fol. 51. 

XXI. 

Btb. Nac. de Madrid, Gg. 70. 

Un tomo en 4.^, con las cubiertas de badana despegadas. 
Buen papel y letra bastante moderna; paginado al revés. 
Contiene: 

1.^ «El alhadiz de Sargil ibno Sarjon y de las demandas 

que trayó á Alí ibno Abi Taleb;» fol. 189. 
2.** Varios casos y capítulos sobre el agala y el alguado; 

fol. 175. 
3.^ • Capítulo en el dayuno del mes de rramadan.» 
4.^ Sentencias de un sabio sobre varios puntos de moral y 

de .derecho; fol. 159. 
5,** fAdoa de mucha alfadila y de grande gualardon tor- 
nado de arabí en ajamí;» fol. 151 v. 
6.°- Varios dichos y relaciones sobre los premios del a^ala y 

castigos por no hacerlo; fol. 137 v. 
7.** «Los castigos de Dolqueme alhaquim á su hijo; » fol. 120. 
9.^ «Recontamiento de Omar ibno Alhatab, cuando vio las 

almas de los muertos;» fol. 114 v. 
9p° Razonamiento de Omar, cuando se convirtió al is- 

* lamismo; fol. 113. 
10.*^ «Recontamiento del rrey Tébio el aual, el que hizo la 

ciudad de Yacerib;» fol. 101 v. 
11.° «Recontamiento de Temim Adér;> fol. 91. 
12.*^ «El alhadÍ9 del alárabe y la donzella;» fol. 63 v. . 
IS.^ Explicación de los caminos de la gloria y del infierno, 

dirigida por Mahoma al rráblo Xoaib; fol. 51 v. 
14.'> Anexara; fol. 39 v. 



255 

15.** cAdoa puesto en raj.» Es una traducción palabra por 
palabra, árabe y castellano; fol. 37. 

16.^ Casos, dichos y sentencias diversas sobre el a^ala, los 
funerales, la gloria y otros puntos religiosos; fol. 30. 

17.^ c Memoria de las alcabilas de los alárabes y las parti- 
das donde comarcan, y los nonbree de sus capitanes 
y lo que tiene cada uno de caballería;» fol. 7 v. 
(Parece que no concluye.) 

xxn. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 72. 

Códice en 4.o, desencuadernado, con las hojas muy deterio- 
radas; pero remendadas de antiguo y apelilladas después. Le- 
tra dará, papel fuerte, de fines del siglo xv: 71 hojas. 

Es un Alcorán abreviado, con la traducción castellana y al- 
gún comentario; pero falto de principio y fin, y con faltas tam- 
bién en el medio del primer cuaderno. 

Empieza por la traducción y comento del final del v. II, 286, 
y sigue III, 1-3, con el principio de la traducción de esta úl- 
tima aleya, y á la otra página tiene el final de la traducción de 
la 25 con el texto y traducción de la 26, y las IX, 129-130. 
Después Xn, 102, y sigue como de costumbre, XXVI, 78-89, 
quedando la traducción interrumpida. Sigue el final de la tra- 
dacción de la LIX, 21, y después lo que queda de la azora. 
Luego la LXVII, y después de ella una oración que se inte- 
rrumpe; después viene la traducción de la LXXVIIT, 13, sin in- 
terrumpirse el texto y la traducción hasta la CV, completa, 
quedando pendiente la traducción. 

xxm. 

Bib. Nac. do Madrid, Gg. 75. 

Códice en 4.^, de letra clara, aunque no elegante: 101 hojas 
útiles. 



r 



256 
Contiene: 

L** *La disputa con los judíos,» sin principio; en 35 folios. 

2.0 tDeaputa con los cristianos;» 46 folios. 

3,0 « Capítulo que fabla en el concebimiento de 190; » 2 folios! 

4,0 i Rícela: esta es mandadaria, que la escribió Ornar ibno 
Ábdolazizi, rrey de los creyentes, á Lyon, rrey de los 
cristianos descreyentes,» sin concluir; 18 folios. (Se re- 
fiere á León Isáurico.) 

Faltan hojas en varias partes. 

El lenguaje es arcaico y con giros provinciales singulares. 

XXIV. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 77. 

Colección fie papeles sueltos muy diversos, contenidos en dos 
tapas viejas, que debieron pertenecer á un alfaquí de Calata- 
yuíl, de meil lados del siglo xvi. Entre otros documentos contie- 
ne los eigtiiontes: 

1 ó Un borrador de carta en caracteres comunes, sin con- 
cluir. 

2-<> Un papelito en que se anotan equivalencias arábigas y 
alemanas, y en que se nombra á Mu9e el Chamchamí, 
con fecha de 906. 

3,0 « Memoria seya á mí, Mu9e Calavera, de lo que me 
cuesta la casilla que compré, á Martin Albri^;» un 
cuaderno largo de 4 hojas útiles. 

4.0 l^na hoja doblada con una cuenta de ropas, en aljamía. 

5.0 Fríigmeuto del libro de Samarcandí, que comprende 
desde el capítulo 25, sin principio, cen el paciguar 
la saña,» hasta el 29, sin concluir, «en dexar el mun- 
do; > 46 hojas, letra menuda y elegante del siglo xvi. 
(V. nüm. X.) 



á 



257 
XXV. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 84. 

Códice en 4,o con ¡cubiertas de pergammo; letra clara, peiro 
uo elegante; mal papel: 105 hojas útiles. Contiene: 

1.0 «Libro y traslado de buenas dotrinas y castigos y bue- 
nas costunbres;» fol 1. 

«Capítulo del obrar con cencia y saber;» fol. 4. 

«Capítulo que fabla de las oras que son eslitas para 
nombrar ad Allah taale;» fol. 10. 

«El gualardon que se ofrece por ata9bihar y bar ad 
Allah taale;» fol. 12. 

«El gualardon de quien dice le üah ile allahu;* fol. 16. 

«El gualardon de quien lonbrárá ad Allah taale;» fol. 19. 

«El gualardon de quien demanda perdón ad Allah taa- 
le;* fol. 22. 

«El gualardon de quien faze a9ala sobre el anabí Mo- 
hamad;» fol. 23. 

«El gualardon del alcorán onrrado;» fol. 29. 

«El gualardon de quien fará los cinco a9aláes con Tlia- 
mem» (se interrumpe en el fol. 63); fol. 46. 
2.0 «Memoria seya de cuando me casé iyó Mohamad de 
Zean con Axa de Amad y fué á quinze dias del mes de 
agosto del año mil y quinientos y noventa y cinco á 
cuenta de los descreyentes,» etc.; fol. 64 v., sin vo- 
cales. 
3.0 cMelezina» con conjuros; fol. 65. 
4.0 cMemoria de los cuartos del afio:» es idéntico al n4me- 

ro 1.0 del Gg. 69 (V.' núm. XX); fol. 66. 
5.0 «Traslado muy noble,» igual al núm. 5.o del Gg. 69; 
fol. 76. 



ii 



^ 



258 
XXVI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 82. 

Códice en 4.o, de papel flojo, muy carcomido y remendado de 
antiguo, sin tapas. Letra elegante, igual á la del Gg. 40. (V. nú- 
mero xm.) 

En una guarda hay ^puntes de trigo dado á la familia de 
Ontiñena. 

í Tratado y declaración y guia para seguir y mantener el 
adín del alicjlem.» 

El autor da cuenta de su trabajo diciendo, fol. 3: «muchos 
amigos mios de mí trabaron y especialmente me rrogaron que 
de arabí sacase en el ajemí del dicho alcorán y textos de xara 
lo que fuese á mí posible para que con lo dicho se siguiese 
nuestra muy santa ley y ^unna,» etc. 

Contiene la explicación de la fe, los ritos y los deberes, así 
religiosos como civiles y legales, concluyendo por las herencias, 
tutelas y testamentos, todo ilustrado con textos del Alcorán. 

xxvn. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 84. 

Códice en 4.^, sin tapas, completo y bien escrito. 
Libro de las luces, de Abulhasán Abdalá albocrí. 
El título está en árabe, pero todo lo demás én castellano. 
Las nueve últimas hojas contienen: 

1 .t> Una oración, en 2 folios. 

2 ^ « Capítulo en el a9ala de las alchanezas y la rrogaria del 

muerto,» 7 folios. 

xxvni. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 85. 

Un tomo en 4.<^, encuadernado en piel muy maltratada, pa- 
pel excelente y hermosísima letra: 66 hojas útiles. Contiene: 



259 

1.0 «Los meses del año al contó de arabí;f fol. 1. 

2.^ «Como se an de hazer los cinco a9aláes;» fol. 14. 

3.^ «Las anefílas que son muy aventajadas en las oras de 
los cinco a^aláes;» fol. 20. 

4.0 «Del alidén y de la alicama;» fol. 24. 

5.^ «De las inmiendas de los a<^láes;> fol. 26. 

6.0 «De como se a de hazer atahor;» fol. 50. 

7.0 , «En el degollar;» fol. 51. 

8.0 «De las vendidas y de lo que rretrae á las vendidas;» 
fol. 62. 

9.0 Una nota que empieza en árabe, sigue en aljamía y con- 
cluye en castellano, en que dice: «Este libro se llama el moh- 
tasar ó «Brebiarico,» porque en «él se acorta y rrecopila y su- 
ma lo tocante al servicio del Señor;» fol. 66. 

La suscripción es de Ali ibnu Mohammad ibnu Mohammad 
Soler, año 998, correspondiente al 1589, 

A la vuelta, en car. lat.: 

«De francisco del mundo, be9Íno de la tierra.» 

Tiene numerosas notas marginales en ambas escrituras, ára- 
be y latina, del siglo xvn, y algunos renglones en castellano con 
letras griegas. 

XXIX. 

Bib, Nac. de Madrid, Gg, 98. 

Códice en 8.o, de 78 hojas útiles, papel estopóse. 
Textos en árabe y encabezamientos y explicaciones en árabe 
y castellano, interlineados. 
Contiene: 

1.0 «Tahlilalcorán;» fol. 1. 

2.0 Los 37 lugares del alcorán en que se nombra la unidad 

de AUah; fol. 9. 
3.0 Los siete alhaicales (falta alguna hoja intermedia); 
fol. 19. 
4.0 tLos nombres de AUah;» fol. 37. 



260 

b.o «El ata9bih del anabí Mohamah;» fol. 38. 

6.0 Dos adoáes; fol. 44. 

7.0 «Guardia benedita;» fol. 49. 

8.0 «El adoa de Taíjahifa, prueyte AUah con él á su lei- 

dor;» fol. 49. 

9.0 Un adoa; fol. 53. 

10. Historia, sin principio, porque falta una hoja, de un 

adoa que dio Mahoma á Abu Dochéna; fol. 55. 

11. Los ata<jbihes de l9rafil, Ibrahim, líjmail, l9hac, Deud, 

(^ulaymen, Mu9e, Yuíjof, Harón, Alhádir, 190, Yahya, 
Xoaib, Yunos, Qelih, Alya9a, Ilye9a, de Muhamad, 
de Fátima, de Dulcarnain, del gallo del cielo, del ga- 
llo de la tierra, de la rana y del gusano; fol. 59. 

12. «Lo que deben dezir cuando él comer y cuando el aca- 

bar de comer;» fol. 68. 

13. Adoa y ceremonias del alguado; fol. 69. 

14. Las oraciones del «yjala; fol. 73. 

15. «Lo que debe decir la presona cuando veya lo qu*a por 

esquino en su sueño;» fol. 77. 

16. «Las loores del alcorán el grande;» fol. 79. 

Esta hoja está rota, y en ios fragmentos se distingue al pie 
la conclusión en árabe, en que dice que se acabó un jueves del 
año 828. 

La centena, que ha desaparecido, pudiera ser 9, porque á 
la vuelta hay una receta con algunas palabras escritas en ca- 
racteres latinos de principios del siglo xvi; pero la letra aljamia- 
da es diferente y algo análoga á le^ del Gg. 66 (núm. XVHI), por 
lo que he adoptado el 8. Se ven muchos catalanismos. 

XXX. 

Bib. Nac. de Madrid, GgJOl. 

Un cuaderno en 4.°, de 49 hojas y dos sueltas^ papel de la 
segunda mitad deí siglo xvi. Contiene un fragmei>to del Poema 
de José. 



261 
Una de laa hojas sueltas, muy deteriorada, fué la segunda del 
manuscrito que ahora empieza en la tercera,' y contiene desde 
la estrofa cuarta en adelante. Teniendo tres estrofas cada pági,- 
na, resulta faltar la primera hoja, que estaría escrita por la se- 
gunda cara, según costumbre árabe. La otra hoja suelta es un 
ensayo de copia de la hoja 17 v., hecho en la misma época y el 
mismo papel. 

XXXI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. ^0%. 

Códice en 12.o apaisado, encuadernado en tafilete. 
Contiene: 

1.0 Los 37 lugares del alcorán, donde se proclama la uni- 
dad de Dios; sin empezar; fol. 1. 

2.0 Los pombres de Allah; fol. 12. 

3.0 «Los siete alhaicales;» fol. 13. 

4.0 «Adoa muy onrrado;» fol. 66. 

5.0 «Adoa muy onrrado;» fol. 70. 

6.0 cL' alhirze del alguazir;» fol. 74. 

7.0 «Ata^bihes de Edam, muy onrrado, de Muhamad, de 
Hris, de Alhádir y otro de Edam; » sin concluir. 

XXXII. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 403. 

Un volumen en 8.0, de 161 hojas, desencuadernado de anti- 
guo, desordenado y roído de ratones y poUUas, sin principio ni 
fin y muy falto entremedio. . 

Contiene: 

1.0 El poema Alborda, sin principio, con una explicación 

en castellano, sin concluir; 16 hojas. 
2.0 Fragmento de una ojración en árabe; una hoja. 
3.0 «Ata9bih de la a9ahifa;» 4 hojas. 



S63 

4.0 «Los siete alhaicales,» con su explicación en castella- 
no:» falto de algunas hojas intermedias; 38 hojas. 

5.0 «Los nonbres de la cayata de Muge,» con una figu- 
ra; una hoja. 

6.0 «Los nonbres de la mano de Deud,» con una figu- 
ra; una hoja. 

7.0 «Alherze de 1' aneca;» 8 hojas. 

8.0 «La leyenda del adoa del ave sobre la bendición de 
Allah;» 5 hojas. 

9.° «Adoa fermoso de grandes provechos y alfadilas;» 2 
hojas. 

10. «La ibantalla de la creyencia;» 2 hojas. 

11. «L'alfadila del alhamdu lilehi» (faltan hojas interme- 

dias); 10 hojas. 

12. Atagbihes de Edam nuestro padre, Noh, Yunos, Ayub, 

Yahya, Zacarías, Idris, Jucjof, Célih, Xoaiba, Deud, 
QulaymeU; Mu9e, Ige, Muhamad, Elya9a y del anabí 
Muhamad; 9 hojas. 

13. Adoáes de Edam, Ibrahim, Noh, Mu9e, l9e y del anabí 

Muhamad; 4 hojas. 

14. «Adoa para cuando querrás hazer tu aíjala;» una hoja. 

15. «Adoa para hacer ir todo pienso y ansia;» una hoja. 

16. «Ata9bihes de l9rafil y de Chibril;» una hoja. 

17. Adoa de Ali bnu abi Talib, falto de muchas hojas; 12 

hojas. 

18. «Adoa para demandar socorro ad Allah;» una hoja. 

19. Palabras de Mahoma sobre ciertas devociones, sin con- 

cluir; 2 hojas. 

20. «Adoa del espertar;» una hoja. 

21. «L'alfadila del adoa del anur el onrrado;» 11 hojas. 

22. «Hirze alguazir,» sin concluir; 5 hojas. 

23. Fragmentos de una oración; 9 hojas. 

24. «La rrogaria de Tapedreada,» sin principio ni fin; 18 

hojas. 



263 

xxxm. 

Bib. Nac. do Madrid, Gg. 105. 

Un tomo en 4.o, papel y letra del siglo xvi. 
Relación de las batallas de los primitivos musulmanes. Con- 
tiene: 

1.0 Batalla de A9iad y los de Maca; fol. 1. 

2.0 Alhadíz de Mahoma y el Alharetz; fol. 14. 

3.° Batalla de Hozayma alberiquia y de Alahuag ibnu Mo- 

had; fol. 32. 

4.0 Alhadiz de Guara ilhochoratí; fol. 36. 

5.0 Batalla de Bedri y Honaini; fol. 48. 

6.0 Batalla del Rey Mohalhal ibnu Alfayadi; fol 62. 

7.0 Batalla de Alaciab ibnu Hancar; fol. 86. 

8.0 Batalla de Bal Yarmoc y su conquista grande; fol. 95. 

XXXIV. 

Bib, Nac. de Madrid, Gg. 424« 

Entre otros fragmentos árabes, hay unas hojas de un códice 
aljamiado en 4.^, que contienen: 

1.0 Gran parte de las a9oras XI y XII en árabe; 16 hojas. 

2.^ Las aforas CVII y CXII con la traducción castellana; 
2 hojas. 

3.^ El final de una oración árabe con la traducción aljamia- 
da; una hoja. 

XXXV. 

Bib. Nac, de Madrid, Gg. 122. 

Papeles sueltos que debieron pertenecer á algún morisco de 
Calatayud, la mayor parte en 4.° 

1.^ Formulario del acidaque en árabe, en dos cuadernillos. * 
2.® Una hoja en árabe sobro derecho matrimonial. 



264 

3.° Otra hoja en árabe sobre el miámo asunto. 

4.° Un pliego en árabe con las reglas para la validez de los 
testimonios. * 

5.'' Carta árabe en 16.°, dirigida al alfaquí Abu Abdalá 
Mohamad Almorabetí, en'Terrer. 

6." Carta de dote, en árabe, otorgada en 908, entre Abu 
Isliac Ibrahim ibnu Mohamad iba Alí Alcorexí, cono- 
cido por Talayera, y Mariam, hija de Yu9of Serón. 

7.^ Hoja en árabe sobre las devociones de los alfaquíes. 

8.° Una hoja doblada por medio con una cédula árabe con- 
tra enfermedades. 

9.° Una libretita con significados de una obra de Ibn Mo- 
guéit, hecha en 902 por Mu^e ibn Alí Alcorexí, bajo 
la dirección de Abu Ibrahim ibnu Lop ibn abi Rébia. 

10. Tira de papel con significados. 

11. Un podacito de papel con significados. 

12. Un pliego con tres documentos judiciales en árabe, con 

palabras ó declaraciones en aljamía. Publicados por 
Fernández y González {Mud. de Cast.^ pág. 436). 

13. Un pliego con la cuenta de un dinero de lanas, en al- 

jamía. 

14. Cartita de Omar del Lahmí en Daroca al alfaquí Mu^e, 

en Calatayud, ^n aljamía. (Fernández y González, 
Mud., pág. 441.) 

15. Una cuartilla doblada con este epígrafe: cMemoria sea 

á mí Mu9e Calavera de lo que tengo rrecibido de inis 
cufiados.» 

16. Recetas y borradores de cartas en car. lat. con una lis- 

ta de nombres de moriscos en car. ar. 

17. Carta en car. comunes de Sancho (^apata, con ensayos 

en castellano y en árabe, de mano de un moro. 

18. Una receta en c. 1. con una lista en c. a. muy borrada. 

19. Recetas y apuntes en c. 1. 



265 

XXXVI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 137. 

Magnifico códice en folio, encuadernado á la europea, escrito 
en hermosa letra y manchado en el borde. Al principio y al fin 
tiene dos páginas preciosamente iluminadas; las de la cabe:^a 
con inscripciones cúficas. En la primera guarda está el índice 
de la obra, que dice así: 

f Esta es la rrúbrica del presente hbro que hallará cada cosa 
á las hojas qu' están. 

Primeramente el a^ora de álhamdu y el prencípio de alem dáH- 
ca declarado; 5 hojas.. 

El atahietu y el alconut y los adoáes del alguado y una rro- 
garia para el dia del alchomua y otra para enpues del a^ala; 
18 hojas. 

El nonbre de Allah; y los nonbres de Allah de dos maneras; 
24 hojas. 

Lo que se ha de leir antes de medio dia y el alahde y la 
rrogaría de demandar agua y otras rrogarias muy aventajadas; 
33 hojas. 

Kalguatifa y otras rrogarias muy aventajadas; 46 hojas. 

Adoa a9ahifa y allahomma, ye men acarra lahu y el adoa del 
dia de alchomua y el adoa del arnés; 58 hojas. 

Lo que se a de decir cuando se acuestan y cuando se levan- 
tan y cuando comien9an y acaban de comer y otras rrogarias 
de muchas maneras; 88 hojas. 

A<;aláes de gracia de muchas maneras; 99 hojas. 

La luna de axora qu' es la primera y las otras; 118 hojas. 

La luna de recheb y xaaben y rramadan; 121 hojas. 

La pascua de rramadan y los diez dias y el a9ala de las pas^ 
cuas y el dia del alchomua; 144 hojas. 

Capítulo del a(^la y de las imiendas d'ól; 149 hojas. 



266 

Las imiendas de los a9aláes con aljama; 174 hojas. 

Capítulo del tahor y del debdo y manera del atayamum; 179 
hojas. 

El a9ala del muerto y ata9bihes para cada dia; 185 hojas. 

El traslado de buenag dotrinas; 194 hojas. 

Una estoria sobre T a9ora de alhanidu y aloyas del alcoráu; 
216 hojas. 

Capítulo del a^ala y otros muchos y buenos dichos; 224 
hojas. 

Los castigos del hijo de Edam; 244 hojas. 

Las demandas de Mu^e; 251 hojas. 

La muerte de Mucje; 273 hojas. 

La muerte de Alhocein; 279 hojas. , 

L'alhadiz de Fátima y una xama de la desengañacion de Iblis; 
286 hojas. 

L'alhadiz del dia del juicio; 290 hojas. 

L'alhadiz de Abu Iquel; 317 hojas. 

L'alhadiz de la puyada de los cielos; 322 hojas. 

El códice no contiene más que hasta el fol. 251. Después, 
en dos hojas, la excelencia de la oración por los difuntos. 

Al fin hay esta subscripción: 

«Fué escribto el presente libro en la villa d' Exea por manos 
del menor sieiTO de Allah taale y mas necesitado y menestero- 
so de perdón y piedad de su Señor Mohamad Cordilero hijo de 
Abdoelaziz Cordilero; para Mustafar Uaharán, hij^o de Brahen 
Uaharán y para quien querrá Allah después del. Acabóse con 
ayuda de Allah y con su gracia, alhamís á siete de la luna 
de Chumad el téni del año de novecientos y ochenta y cinco 
del alhichra del escogido y bienaventurado anabí Mohamad, 
concordante con el vintidoseno de agosto del año de mil y 
quinientos y setenta y siete al contó de I^e. Señor Allah, apia- 
da y perdona al que a escribto este hbro y á quien lo a hecho 
escrebir y á quien leirá en él y lo escuchará y obrará con lo que 
ay en él y á todos los mu9limes y mu9limas gerenalmente.» 



267 
XXXVII. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 164, antes 73. 

Un cuaderno en folio, de 18 hojas, con la última suelta y ro- 
ta, y bastante deteriorado; papel flojo. 

tEl rrecontamiento del anabí Mohamad, de cuando subió á 
los cielos y las maravillas que Allah taale le dio á ver.» 

xxxvin. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 177. 

Papeles procedentes de una notaría mudejar del siglo xv, 
que se sacaron de las tapas del códice árabe Gg. 136. 
Contienen los siguientes documentos: 

1.° Dos pliegos muy carcomidos, con unas oraciones ó fór- 
mulas religiosas en árabe, con algunas interlineacio- 
nes en castellano. 

2.° Juicio celebrado ante el cadí de Borja sobre una muía, 
el sábado 18 de marzo del afio 900; un pliego. 

3.<> Pleito seguido en Agreda por Mariam y Xems contra 
una moza cristiana llamada Teresa, acerca del testa- 
mento del hermano de aquéllas Ibrahim Cora9on; 6 
pliegos muy deteriorados. 

i.o Una carta de definimiento, del año 898, en una hoja. 

5.^ Escritura de convenio arbitral otorgada en Conchillos 
en diciembre del año 900; una hoja. 

6.° Contratos de venta de unas heredades, celebrados en el 
año 882 h., 1478 e. c; una hoja. 

7.0 Acta de finiquito entre Ahmad Albóitar y Yu9of el Fe- 
. rrero, vecinos de la Morería de Agreda, en el año 887; 
un pUego. 

8.0 Contrato matrimonial de Abdalá con Aixa, hija de 
Qulaymen de Castañares, celebrado á 23 de enero de 
873; una hoja. 






268 • . . 

9.*^ Contrato matrimonial de Abdalá de Leiva con Zayná, 
hija de Abdalá de Lamora, vecinos de Belhorado, ce- 
lebrado el martes l.o de noviembre de 873; una hoja. 

10. Contrato matrimonial de Yu9of, hijo de Ibrahim de 

Córdoba, con Mariam, hija de Ahmad Vizcaíno; una 
hoja. 

11. Contrato matrimonial de Abdalá, fijo de Mohamad Gi- 

ganta de Bustillo, con Zohra, hija de Abdalá Gigant, 
celebrado el año 892 h., 1467 e. c; un pUego. 

12. Partición de los bienes de Farach el Rubio con su mu- 

jer Aixa, formalizado el domingo 14 de diciembre del 
año 900; un pliego. 

13. Inventario de los bienes dótales, muebles ó inmuebles, 

de la mujer de MatarraQ; un pliego. 

14. Partición de los bienes de Mariam del Modeira9; un 

pliego. 

15. ün pliego muy carcomido con recetas en caracteres la- 

tinos del siglo XV. 

XXXIX. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 478, antes 73. 

Cuaderno en 4.°, con 17 hojas útiles. 
«Capitulo del fablamiento del alcorán y el bien que se haze 
con él. 9 
Es una colección de conjuros. 
En la guarda: 
«Para pleito y dentrar sobre justicia. t 

XL. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg, 479, antes 73. 

Dos cuadernos en 4.**, con 24 hojas útiles, buen papel. 
Contienen la historia de l9e conforme á las opiniones musul- 



269 

manas, sin que le falte más que una parte de la. introducción. 
Al fin hay una nota ó apéndice sobre la religión judaica. 

En la guarda' final hay una nota que dice: 

«En la villa de Belchite en los últimos del mes de Setiembre 
del año de mil setecientos y dieziseis se encontraron estos es- 
critos hebreos en casa Mathias Cucar en el barrio llamado del 
Señor.» ' • 

XLI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 480, antes 73. 

Cuaderno en 4.°, de 13 hojas útiles, buen papel, que con- 
tiene: 

1.° «L' alhadiz de dos amigos.» Es la aparición de un di- 
funto á su compañero de devociones, refiriéndole lo 
que le sucedió en la huesa; fol. 1. 

2.^ «Capitulo primero de los principales mandamientos;» 
fol. 9 V. 

3.° «Adoa para seguir V alchaneíja;» foL 12 v. 

4.^^ «Adoa para cuando meten el muerto en la fuesa; » fol. 13. 

5.^ «Adoa para después delpercueno;» fol. 13. 

6.° «Adoa para después de haber fecho alguado;» fol. 13 v. 

XLII. 

Bib. Nac. de Madrid, Og. 484, antes 73. 

Cuaderno en 4.^, de 21 hojas útiles. 

«Alquiteb de suertes.» 

Es un modo de adivinar por el Alcorán. 

£q la guarda: «Becebta para fazer tinta negra.» 

XLHI. 
Bib. Nac. de Madrid, Gg. 482, antes 73. 

Un cuaderno en 14 hojas, en 4.°, que no se acabó de escribir, 
y contiene varios adoáes. 




XLIV. 
Bib. Nac. de Madrid, Gg. 194, antes 74. 

Códice que comprende dos libros cosidos en un volumen en 
4.^, de 107 hojas útiles. 

El primero compíende 86 folios, numerados por el amanuen- 
se, y contiene el libro de las mil y doscientas sentencias do 
Mahoma, traducción del de Abu Abdalá Alcodaí. 

El segundo cuaderno, de letra más gruesa, contiene: 

1.0 «L'alfadila y ibantalla de los a9aláes que sefazen en los 

siete dias de la semana;» 6 hojas. 
2.0 «Los nombres de las lunas;» 15 hojas. 
En la primera guarda hay dos renglones en castellano muy 
borrados. 

XLV. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 496, citado en la pág. 22 con el núm. 206. 

Códice en 4.P, de 103 hojas, encuadernado en pasta. 
Contiene: 

1.^ «Alhadis de Mu9e con Yacob el carnicero y lo fecho 

(so) entre ellos;» fol. 1. 
2.0 Historia de Omar «con un onbre que lo llama]}an Ho- 

deifa;» fol. 5. 
3.0 Historia de dos hombres que «acompañaron sobre la 

obedencia de Allah tieupo de trenta años;» fol. 6. 
4.0 «Estoria que acaeció en tienpo de I<je;» fol. 14. 
5.0 «Alhadis y rrecontamiento de I^e con la calavera,» fo- 

Uo 16 V. 
6.0 «La estoria y rrecontamiento de Ayub;» fol. 23. 
7.0 «La'storia de la ciudad del allaton;» fol. 41 v. 
8.0 «La profecía de fray Juan de Rocasia;» fol. 60. 
9.0 «El rrecontamiento de Qulaymen, nabi AUah cuando lo 

rreprobó Allah en quitarle la onrra y ando cuarenta 



n^^ 



271 
dias como pobre demandando limosna en servicio de 
Mah;» fol 68 v. 

XLVI. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 497. 

Colección de papeles sueltos que contienen cédulas, oracio- 
nes y pasajes ó notas del Alcorán. Entre ellos se encuentran las 
siguientes piezas de aljamía: 

1.^ Fragmento de un Alcorán abreviado con su traducción 
castellana: 33 hojas en 4.o escritas de dos manos. Com- 
prende los trozos: II, 1;— LXVII, 1; LXXVHI, 39— 
LXXIX, 41; LXXXI, 22— LXXXIV, 9; LXXXI^, 
10—20; CI, 4— CIV, 1. 

2.^ Una hoja en folio con una receta para las almorranas 
eú c. a., y un apunte en c. 1. que recuerda la prisión 
de Mahoma Algar, alfaqui, en Pédrola, de 1517 á 
1518. 

3,^ Una tira con una cuenta de sueldos. 

XLvn. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. Í44. 

Un códice en 4.'*, falto de tres hojas al principio, en mala le- 
tra del siglo XVI. 

Contiene el «Recontamiento de Yacob y de su ^jo Yuíjof.» 

XLVin. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 258. 

Colección de papeles sueltos que contiene cédulas, oraciones 
y pasajes ó notas del Alcorán. Entre ellos se encuentran las si- 
guientes piezas de aljamía: 

1.^ Una hoja en 16.° con el adoa de (^uleyman. 



^7í 

2.0 Dos hojitas en 16.^ con los adoáes del alguado. 

3.^ Una hoja en 16.^ con un conjuro «para defensión y guar- 
da de. toda cosa mala, así de la tierra como lo que pue- 
de caecer del cielo. > Sin vocales. 

4.^ Cuatro hojas cosidas en 16.o, con un «Ensalme para cu- 
rar cualquiera erida que sea, como no sea cortado 
nervio ó crebado güeso.» 

5.^ Una hoja en 16.® que contiene este final: 

«de Allah d'aquí á que le vino la muerte y murió, 
apiádelo Allah, amin. » 

«Acabóse la estoria de la cibdat del latón con la 
piadat de Allah y la buena de su ayuda.» 

Y en árabe la subscripción, por Mohammad ibn 
Ibrahim Hasanl^ de ViUafranca del Río Ebro. 

6.'* Una hoja en 4.® con profesiones de fe en árabe y caste- 
llano. 

7." Una tira con el nombre de «<Emando de Mendo9a Aben 
buqar, Confiteríat en c. 1., y al reverso la estadística 
del Alcorán en árabe. 

XLIX. 

BU). Nac. de Madrid, Gg. 273, antes P. 19:. 

Un tomo en 8.^, mal papel, letra mal formada de fines del 
siglo XVI: 77 hojas. 
Contiene: 

1.^ «El rregimiento para facer alguado;» 10 hojas. 

2.^ «El rregimiento para V atahor, digo, el bañar;» 2 hojas. 

3.^ «El rregimiento para fázer a9ala;» 14 hojas. 

4.*^ «El rregimiento para dayunar Romadan;» 5 hojas. 

5.^ «El nombre de las lunas de todo el año;» 2 hojas. 

6.^ «Los cinco pilares del adin;» 2 hojas. 

7.^ En la última página de éstas dice: «eslitó AUah taale de 
los meses cuatro, y de los dias cuatro, y de las mu- 



273 

jeres cuatro,» etc., y queda interrumpido por faltar al- 
• gunas hojas, donde debía estar el principio de 

8.0 «Lo/ siete dias escogidos del año,» de lo cual no hay 
sino las 3 hojas últimas. 

9.0 «L*alhadÍ9 de die9 sacerdotes judíos que vinieron á de- 
mandar ciertas cosas y ciertas demandas al anabí Mo- 
hamad;» 39 hojas, las 16 primeras intercaladas en el 
mim. 5.0 

L. 

Bib. Nac. de Madrid, Gg. 286, antes 403. 

Fragmentos de un devocionario en 16.o, cou 48 hojas, que 
contienen las materias siguientes: 

1.0 Un cuaderno de 8 hojas con un silabario árabe. 

2.0 Un cuaderno de 6 hojas con el modo de pronunciar las 

letras arábigas. 
3.0 Parte de un libro paginado, que después de un folio 
blanco sin abrir empieza por el 120 con una gran vi- 
ñeta, y contiene: 
Los siete alhaicales; fol. 120. 
cAta^bih grandísimo;» fol. 130. 
Un conjuro para las bestias; fol. 143. 
Adoáes para los siete días de la semana, todo en caste- 
llano. 
cLos nombres fermosos de Allah;» fol. 157. Llevan su 
explicación y una oración en castellano para cada uno. 
Llega- al nombre núm. 40 en el fol. 166 y se inte- 
rrumpe. 

LI. 

Biblioteca particular de S. M. 2. G. 6. 

Códice en 4.o, encuadernado en pergamino, con el núm. 1 en 
el lomo, compuesto de 10 cuadernos, de 20 hojas cada uno, me- 
nee el primero, que tiene 13 y 2 muy rotas, y el último, que 

48 



274 

sólo conserva una. Total, 174 hojas, 2 de en medio rotas. Le- 
tra y papel del siglo xvi. . . 

Contiene la traducción del Libro de las luces, dh Abulhasán 
Albecrí, desde la carta de Adán, en la historia primera, hasta 
los preliminares del náatrimonio de Mahoma, entre Yohayr y 
May9ar,en la historia setena. 

En la guarda hay una nota que dice: f Libros moriscos halla- 
doB en el hueco de un pilar de una jcasa de Bida el año 1728.» 

LH. 

Biblioteca particular de S. M. 2. G. 6. 

Códice en 4.% de 118 hojas, papel del siglo xvi, encuaderna- 
do en pergamino, con el num. 2 en el lomo, compañero del i 
que lleva el num. 1, y con la misma nota de procedencia. A 

Contiene: | 

1.^ cEl alhadiz del alcázar del oro y la estoria de la colue- 

bra con Aly ibno abi Talib;» fol. 1. 
2.0 c Capitulo para hazer olio para usar mucho con las mu- 

geres;» fol. 38 v. 
3.0 «L'algucia que fizo l'anabi Mohamad, ad Aly ibno abi 

Talib;» fol. 39. 
4.0 cL'alhadiz de\ anabí Mohamad;» es la historia de la 

madre muerta de un mancebo; fol. 56 v. 
5.^ «La muerte de Mu9e;» fol. 70. 
6.0 Conjuros, receta y oración; fol, 70. 
7.0 cEl rrecontamiento de cuando fabló Mu^e con AUah;» 

fol. 71. 
8.0 cL'alhadiz de los milagros que demostró Allah taale á 

Ibrahim;» fol. 80 v. 
9.0 Varios avisos de Mahoma; fol. 91 v. 

10. Cuentas; fol. 93. 

11. Agüeros de los dias del año; fol. 94. 

12. «El testamento y alguacia del anabí Mohamad, y co- 

mo supo que abia de morir;» fol. 95 y. ! 



275 . 

13. cL'alhadiz y estoria de la muerte del bien aventurado 
anabí y gran profeta Mohamad;» fol 100 v. 

14. Principio de una receta; fol. 118. 

un. 

Biblioteca del Escorial, MDCCCLXXX. 

Códice en 4.^, de 99 hojas, que lleva pegada á la pasta, uua 
papeleta con esta nota: ' 

f Haviéndose arruinado una casa por los años de 1795 en la 
villa de Agreda, se hallaron en el hueco ó nicho de una pared 
dos libros arábigos, uno de ellos este, que fué remitido al Se- 
ñor Don Josef Jerez, caballero del Consejo de Hacienda, el que 
me lo entregó. 

Buenaventura Ventura.» 
Contiene: 

1.0 c Alhotba de pascua de rramadán, sacada de arabí en aja- 
mi eyarrímase en copla porque seya mas amorosa á 
los oyentes ó ayan plazer de escoltarla ó obrar por ella 
porque alcancen por ella el gualardon que Allah pro- 
metió en ella á todos: bien aderécenos Allah á todo 
i que seya su servicio, amen,» 335 versos y el último 

frustra; fol. 1. 
2.0 c Almadha de alaband9a al anabí Mohamad que fué sa- 
¡ cada de arabí en ajamí posque fuese mas plaziente de 

I la leir y escoltar en aquesta tierra,» 71 coplas; fo- 

I lios 16-30, 99. 

I 3.0 Excelencia de la aleya alcurbí. 

' 4.0 cLa alfadila de la madre del alcorán.» 

5.0 Los dichos del anabí; foL 33. 
6.0 f Alabanza ad Allah, tábáraca guaiaála y después á su 

anabí Mohamad;» fol. 37 v. 
7.0 Poesía pidiendo misericordia por la intercesión de todos 
' los profetas, 15 coplas; fol. 40/ 



276 

8.^ cEl sueño que sofió un 9alih en la cibdad de túne9;t 

fol. 43. 
9.0 Ata9bihes; fol. 48. 

10. «La alguacía del anabí Mohamad, que la 690 al fi de su 

ami Ali ibnu Abi Táleb;» fol. 55. 

11. Recetas; fol. 91. 

12. «Adoa para el a9ala sobr' el alchane9a;» fol. 92. 
Noticia suministrada por D. Francisco Fernández y Gon- 
zález. ' 

Las tres piezas en verso (1.*, 2.a y 7.*) han sido publicadas 
por el Sr. Marcos José mullbr en el Süzungsberíchte der konigl, 
hayerisclien Akademib der Wissenschafien m München, 1860, pá- 
ginas 201-253. 

LIV. 
Bib. prov. de Toledo. Sala reservada, Est. 9. Tab. 6. 

Códice escrito en car. latinos, que contiene: 

1.^ f Unos castigos de mucho aviso para quien los querrá 
tomar para descanso de su arroh y apartamiento del 
mundo;» fol. 1. 
2.0 «El orden que se a de tener en el servicio de Allah táa- 
le dende que amanece fasta que torne á su casa en la 
noche;» fol. 18. 
3.0 «Los lonbres de las lunas en arabí;» fol. 37. 
4.0 Capítulo en el alguado de 9unna.» 

«Capítulo de las cosas que derruecan V alguado.» 

«Capítulo del bañar de la suziedad.» 

«Capítulo del atayamum.» 

«Capítulo de las cosas que faze adebdecer V atayamum.» 

«Capítulo del ma9har sobre los borceguíes.» 

«Capítulo del adebdo de l'a9ala.» 

«Capítulo en Tatacbira de la rrepintencia.» 

Noticia comunicada por D. Pascual de Gayangos. 



2T7 
LV. 

Bib. prov. de Toledo. Sala reservada, Est. 9, Tab. 6. 

Códice escrito en car. latinos, que contiene: 

«Los alquitebes del atafria.t 

Al fol. 286 V. dice en árabe que se concluyó en el afio 1607. 

£n las guardas hay diversos apuntes de pagos y nacimiento 
de hijos, uno de ellos el miércoles 14 de mayo de 1608, bauti- 
zado por Nicolás Ximeno, vecino de Villafeliche. 

Noticia comunicada por D. Pascual de Gayangos. 

(V. núm. XI.) 

LVI. 

Bib. prov. de Toledo. Sala reservada, Est. 9, Tab. 6. 

Un tomo de 347 hojas, que contiene la traducción del Alco- 
rán cen letra de cristianos.» Concluido el martes 11 de julio 
de 1606. 

Noticia comunicada por D. Pascual de Gayangos. 

Lvn. 

Archivo de la Ciudad de Toledo. 

Anales toledanos segundos. 

En la pág. 50 del Discurso se exponen los motivos que 
inducen á incluir este documeuto entre los correspondientes á 
los moros españoles, atribuyéndolo á un inudéjar de Toledo 
mal convertido. No ha podido ser hallado aún el original, pero 
hay copias do él en la Biblioteca de la Santa Iglesia Catedral 
de la misma ciudad (Cajón 27, núm. 26), y en la Bibüoteca 
Nacional de Madrid (E. 2, F. 28 y T. 253). El P. Flórez los im- 
primió por copias mucho más completas, aunque siempre vi- 
ciadas, en la Eap, Sag., tomo XXIU, pág. 402. 



á78 

Lvm. 

Bib. de la Iglesia del Pilar de Zaragoza. . 

Códice en 8.^ encuadernado en pas{;a, buen papel, letra cla- 
ra y elegante, con muchos adornos moriscos y escritura de di- 
ferentes colores. 

Contiene: 

1.0 Alcorán abreviado (V. núm. I); fol. 1 v. 

2.0 Texto y traducción alternada, palabra por palabra, de 

una oración; fol. 40. 

3.0 Explicación é historia de otra oración; fol. 49. 

4.0 Explicación de un adoa; fol. 50 v. 

5.0 fLa rrogaria para aprés del aQala;» fol. 53. 

6.0 Relación de un adoa; fol. 54 v. 

7.0 € Ata9bih bendito y de inumerable gualardon;» fol. 57 v. 

8.0 Un adoa; fol. 60 v. 

9.0 Repetición del 3.**; ib. 

10. Oración de la mañana con su traducción; foL 62 

11. Adoa con todos los nombres de AUah; fol. 62 v. 

12. cCapítulo, en seguir al alchaneza;» fol. 63. 

13. Fórmulas del a9ala; fol. 63 v. 

14. «Caso de lo que an de hazer con el que está al artículo 

de la muerte y el bañarlo y su alcafanarlo y perfu- 
marlo, y su llevarlo y su enterrarlo; t fol. 81. 

15. «La iban talla y virtud de los a^aláes que se facen en 

los siete días de la semana;» fol. 86. 
- 16. «Capítulo, en la manera que se han de hazer las fa- 
das;» fol. 93. 

Entre varias notas en las guardas, hay ésta: 

«Haviendo examinado este Ubro en 31 de Marzo de 1758 de 
mi orden un Religioso Cartuxo de la Concepción de Zaragoza 
que en el año 1756 fue esclavo y camarero de el Rey de Mar- 
ruecos me dixo era el Cathecismo de los Moros 6 resumen de 



279 

el Alcorán lleno de Blasfemias torpezas y abl^ominaciones. Ha- 
go esta nota para noticia en Zaragoza á 1 de Abril de 1758. 
Dr. Pedro Azpuru, Canon.^ Doctoral.» 

UX. 

Bíb. Na<x de París, anc. fonds. Ochoa, Catálogo razonado de los manuscritos 
españoles en la Biblioteca Real de París, 4844, núm. f . 

Un tomo en 4.^ de 115 hojas, que contiene: 

1.0 Cap. XXXVI del Alcorán desde el V. 26. 

2.0 Cap. LIX desde el v. 18. 

3.0 Oración almorzida. 

' 4.0 Cap. LXXVm al CXm del Alcorán. 

LX. 

Bib. Nac. de París, 290, Sf. Germain: Ochoa, Catdl,, núm. 3. 

Un tomo en 4.^ de 353 hojas, que contiene: 

1.0 Historia de la muerte del annabi Mohammad. 

I 2.0 La rogaría de Fátiraa. 

■ 3.0 Itinerario de España á Turquía. 

! 4.0 Avisos para el camino. 

5.0 AUahomma de fe. 

¡ 6 o Oración para los viernes del mes de recheb. 

f 7.0 Unas demandas que demandaron una compaña de ju- 

díos al annabi Mubammad. 

8.0 Capítulo que fabla de los cinco a; alaes. 

9.0 Declaración de una muy virtuosa aleya ó petición que 

I . vino con ella Chibril. 

10. La carta de la fe. 

11. Noticia de los meses y fiestas musulmanas. 

12. Los cinco almalaques que envía Allah á todo mu9lim á 
la hora de la muerte. 

13. Fragmentos del Alcorán y varias oraciones en árabe. 



S80 

14. Cántico traído por el ángel Gabriel á Mahoma. 

15. Oraciones para las exequias, en árabe. 

16. Oraciones en árabe y castellano. 

17. Últimos capítulos del Alcorán. 

18. Tradiciones relativas al mérito de ciertas oraciones. 

19. Oración por el alma de nuestros padres. 

20. Recontamiento del día del juicio. 

21. Aventura y muerte del hijo de Ornar. 

22. Oración para las abluciones, en árabe y castellano. 

23. Oraciones para la mafíana, en árabe y espafiol. 

24. Relación de la muerte de Mahoma. 

25. Escándalos que han de acaecer en la 9aguería de los 

tiempos en la isla de España. 

26. Profecía de Sant Esidrio. 

27. Planto de España. 

28. Profecía de Mahoma sobre España. 

29. Ea9onamiento de Mu9e. 

30. Adoa para cuando tronará. 

31. Varias oraciones. 

LXI. 

Bib. Nac. de París, 8<62, 2. Ochoa, CatdL, núm. 27. 

Un tomo en 4.^ de 202 hojas, escrito en car. lat. del si- 
glo xvn, ene. en pasta muy vieja. 

€ Discurso de la luz, y descendencia y Unage claro de nuestro 
caudillo y bienaventurado Profeta Mohamad galam acopilado 
y compuesto por el siervo de Alá y mas necesitado de su pie- 
dad y perdonanza Mohamad Rabadán, Aragonés, natural de la 
Villa de Rueda de Jalón, el año del Nascimiento de Hice, ale- 
higalem, de 1603: convéngalo Alá con su piedad. Van añadidas 
la descriccion y asiento de los Israelitas y su descendencia y la 
historia del dia del Juicio, un calendario de las doce lunas del 
año y por remate los noventa y nueve nombres de Alá.» (V. nú- 
mero LXVni.) 



281 

Lxn. 

Bib. Nac. de París. Arab. 489. Boarnoville. capitaine general en Catalogne. 

Alcorán y recetario aljamiado al fin. 

Noticia comunicada por D. Pascual de Gayangos. 

Lxm. 

Bib. Nac. de París. 

Códice sin principio, que contiene: 

1.^ Empieza: cDixo él, no quiere Allah aquello ni lo manda 
á los creyentes, y envió á mandar que lo ficiese Abi- 
bacri y dmerongelo á Ornar; > fol. 1. 

2.^ cEsta es Tallahomma de la fe;i fol. 39 v. 

3.® fLas demandas que fizieron los diez sabios de los judios 
al anabí Mohammad;> fol. 73. 

4.^ «Capítulo que fabla en los cinco acaldes;» fol. 74. 

6.0 «L'alhadiz de Ornar;» fol. 244. 

6.^ «Este es un rracontamiento de los escándalos que han 
de acaecer en la Qagueria de los tiempos en la isla de 
España. Fué rracontado por Alí Ebno Jabir Alfere- 
sio;> fol. 278. 

Nota suministrada por D. Pascual de Gayangos. 

LXIV. 

Bib. Nac. de París. S. Ar. Núm. 263. 

Priéres: 188 hojas. 

Manuscrit en caracteres árabes, en espagnol. Le volume fai- 
sant partle de la CoUection des manuscrits espagnols de Lloren- 
te, et qui était inscrit sous le num. 19; il aurait appartenu a un 
maure d*Espagne appeló Kodrigo el Rubio origiuaire des envi- 
rons d'Albeta, en Aragón, qui fut pour ce seul fait traduit de- 
vant l'Liquisition en 1567. Voyez la notice détaillée de ce volu- 



282 

me placee dans le fonds Llórente, avec un caíame ou rosean 
encoré teint d*encre, le quel dut servir de piéce d'appui. 

Signé, Rbinaud. 
1.0 Azora XCIX del alcorán. 
2.0 Aquesta es Talfadila del dia de axora; foL 2. 
3.0 Aquesta es Talfadila del dia del alchomúa; fol. 5. v. 
4.0 Á siete de marzo fué la vintisetena noche del mes de ro- 

madan; fol. 10 v. 
6.0 L'alhadiz del anabí, cuando puyó á los cielos; fol. 12. 
6.0 Estos son los dichos de Bias, los cuales son los siguien- 
tes, y para ser bien entendidos, piense el leytor que 
cada sabio habla con él; fol. 61. 

Mírate todos los días 
que vivieres al espejo; 
toma de mi este consejo. 

Si juzgas qu' estas hermoso 
sin hallar en tí 9Ó9obras, 
paregcañ á ti tus obras. 

Si vieres tu gesto feo 
trabaja como la lumbre 
con nobleza de costumbres. 

7.0 Acabáronse los dichos de escribir el 9aguero de marzo 
del afio de mil quinientos y sesenta tres afios; fol. 80. v. 

8.0 Capítulo de como se a de tratar con cualquiera presona 
de edad que está á la muerte, sea onbre ó muger el 
que está doUente; fol. 82. 

9.0 Año de mil y quinientos y sesenta y seis, á diez dias de 
setiembre, tomé el huerto de Lope Jimel, izo la carta 
Pellares el de alberite y en sus notas está y allí lo ha- 
llarán toda via que fuese menester; fol. 83 v.. 

10. Alhotba primera de Pascua; fol. 91. 

11. Memoria del regimiento de como se face el afala; fol. 93. 

12. Alhotba segunda de Pascua; fol. 110. 

13. Dixo AUah en su alcorán, ize probó á Ibrehim; fol. 114. 



283 

14. Capítulo de quien alexa ó abrá lezado Tagala por tor- 

peza, después se rrepentiriá; fol. 120. 

15. Capítulo de lo que debe fazer el muslim ó la mosUma 

cuando se le muere padre ó madre; fol. 182. 

16. La petición que onbre debe fazer ad AUah; fol. 136. 

17. Bemembran9a de los dias aquellos que puso AUah en 

ellos nozimiento sobre los de Beni-Israil; fol. 138. 

18. De los escogidos dias de la luna; fol. 139. 

19. Fué rrecontado por Atrima ibno Aben; fol. 140. 

20. Estos son los meses del año, con las alfadilas; fol. 158. 

21. Predicar ínuy onrado para el mes de Xaben; fol. 171. 
Nota suministrada por D. Pascual de Gayangos. 

LXV. 

Bíb. de la Universidad de Upsal. CCCLXXXV. 

Códice así descrito por Tornberg {Códices qrábid, persici et 
iurdci Bibliotecae regióte UniversitcUis Upsálensis^ 1849). 

Capita Coranii hispanice versa, litteris vero arabicis, quas 
vocant, africanis scripta. De hujus generi libris cfr. Notices tí 
extraits, tomo IV, pág. 626 et 199. Initium: 

Capítulo para saber el gualardon de las obras. Á lo mas de 
lo dicho es for9oso al creyente saber á lo que está 

Cfr. O. Celsius, Centuria librorum, pág. 2. 

Cod. in oct., chartae europ. pessimae fol. 49, versuum 17-22, 
char. hórrido, et atramento paene evanescente negligentius 
exaratus. Teg. corii occid. 

Sparvenfeld, 2; Ochoa, Ca/., pág. 8. 

LXVI. 
Bib. de la Universidad de Upsal. CCGLXXXVI. 

Códice así descrito por Tornberg (Cod. ar.) 
láber qui ejusdem ac praecedens, formae et indolis, capita 
queque Corani et preces continet. Sic incipit: 



284 

Gomará gloria infinita, ó de pena durable si se inclinare á las 
torpes y feas costumbres. 

Cod. in oct., cbartae europaeae, pauUo melioris ac cod. prae- 
cedens, foll. 94, char. africano magis distincto exaratus. Teg. 
corii occid. 

Sparv., 3.; Ochoa, Oorf., pág. 8. 

LXVII. 

Bib. de la Universidad de Upsal. CCCCXIV. 

Códice así descrito por Tornberg {Cod. arcíb.) 

Litteris et lingua Hispaniae scriptus liber de officiis et prae- 
ceptis religionis Muhammedis ad normam et regulas Abu- 
Hanifae proposita. Proemium sic iucipit: 

fMi buena boluntad me disculpe el atreberme a escrebir En 
diferente Regla de la que sigo, pero el deseo de que los herma- 
nos andalu9es que se aReyGaron en tieRa donde se sigue La 
del excellente » 

Tractatus ipse, quiinfol. 21 incipit, in 19 capita divisus est. 

Cod. in 16.^ chartae europ, tennis foll. 125, versuum 12, bene 
scriptus. Teg. corii occid. 

Núm. 40 del catálogo de Sparvenfeld, 1706. Ochoa, Caí., pá- 
gina 8. 

Lxvm. 

Museo Británico: Harl. 7504. 

Un tomo en 4.* de 351 hojas, letra y papel del siglo xvn. 
Car. kt. 

(Gayangos, Cat. of. mss.y pág. 31.) 

fDiscurso de la luz y descendencia y linaje claro de nuestro 
caudillo y bien aventurado anabi Muhamad, galam. Compues- 
to y acopilado por el siervo y más necesitado de su perdonan9a 
Muhamad Rabadán, aragonés, natural de Rueda del rio de 
Xalon: repartido en ocho ystorias, etc. Fué conpuesto el año 
de 1603 del nacimiento de I<^ alehigcdem.» 



285 

Sigaen unas oraciones en árabe; luego la tabla, y después 
los cantos en esta forma: 

1. Canto primero en que se dedica este libro á solo Allá 
criador de toda cosa;fol. 19. 

2. Canto primero en el qual cuenta la criazón y formación 
del mundo hasta la caida de nuestros primeros padres, con to- 
do lo que fué de su prevarican (ja; fol. 2G. 

3. Segunda ystoria que habla del enjendramiento de Sez: 
segunda parte de la Luz y los que descendieron hasta Noh, 
<dehizalem\ fol. 50. 

4. Tercero canto. Trata del diluvio de Noh y pasa á la va- 
ronía de la Luz hasta Ibrahim, donde se cutnplió la segunda 
Edad del mundo; fol. 60. 

5. Ystoria de Ibrahim (üehizálem compuesta en verso suel- 
to. Comien9a desde su nacimiento y lo que le vino con el Rey 
Namerud; fol. 73. 

6. Segundo canto de la ystoria de Brahim áléhizálem, Co- 
mieu9a desde su nacimiento y lo que le vino con el Rey Name- 
rud; fol. 84. 

7. Tercera ystoria de Brahim alehigalem; fol. 95. 

8. Canto quarto de la istoria de Brahim alehigalem; fol. 102. 

9. Canto quinto de la istoria tercera de Brahim alehigalem; 
fol. 108. 

10. Cuéntase en este canto la línea de Izhaq, patrón de los 
judios y cristianos, y el asiento del pueblo de Israel, y los gran- 
des hechos de los anavíes que de aquí procedieron hasta Ice 
alehigalem y las ventajas que de cada uno eredamos, que fué el 
principal motivo de hacer este hbro, porque avia muchos yno- 
rantes de ellos; fol. 121. 

11. Ystoria quarta del Discurso de la Luz de Muhamad 
galam. Acábase de declarar el asiento de los dos pueblos de Is- 
rael y de Arabia; fol. 187. 

12. Ystoria de Hexim, hijo de Abdulmunef y bisagtielo de 
nuestro anabi Muhamad galam; fol. 144. 



286 

13. Segundo canto de la istoria de Hexim. Trata la concia- 
sion de su casamiento; fol. 162. 

14. Canto tercero de la quinta ystoria; fol. 162. 

15. Cuarto canto de la istoria de Hexim. Trata sú muerte 
y nacimiento de Yaibacanas; fol. 175. 

16. Ystoria de Abdulmutalib, cuyo nombre se llama Jaiba- 
canas; hijo de Hexim; fol. 183. 

17. Segundo canto de la istoria de Abdulmutalib; fol. 168. 

18. Tercero canto de la ystoria de Abdulmutalib; fol. 206. 
•19. Quarto canto de la istoria de Abdulmutalib; fol. 221. 

20. Ystoria de Abdullalii, hijo de Abdulmutalib, y del dis- 
curso de la luz del Muhamad folam. Trata los hechos de Ab- 
dullahi, padre del anaVi, alehizalem, hasta su muerte; fol. 224. 

21. Segundo canto de la istoria de Abdullahi; fol. 238. 

22. Ystoria de nuestro anayi Muhamad galam. Trata su 
nacimiento; fol. 224. 

23. Canto segundo de la declaración del onrado Alcorán, y 
las propiedades de nuestro anavi Muhamad, (dlam; fol. 260. 

24. Canto tercero de la istoria de nuestro anavi Muhamad 
fcUam. Trata el subimiento y enxali^miento de los cinco aza- 
laes; fol. 270. 

25. Canto de la declaración del azora de Alhamdu; fol. 286. 

26. Canto á la muerte de nuestro anavi Muhamad, galam; 
fol. 292. 

27. Ystoria del Espanto del dia del Juizio, según las aleas 
y profecías del onrado Alcorán; fol. 305. 

28. Canto segundo de la istoria del dia del Juizio; fol. 318. 

29. Canto de las lunas del año. Cuéntase los ayunos y dias 
blancos y azalaes que se an de hazer y las racas en cada dia; 
fol. 327. 

30. Los noventa y nueve nombres de su divina majestad; 
fol. 327. 

Este códice fué comprado en septiembre de 1715, en Tesator 
(quince leguas al O. de Túnez), á Hamuda Busisa, médico, por 



287 

J. Morgan, quien tradujo su contenido al inglés, excepto el 
canto de los nombres de Allah, en su obra MahomeHsm fuUy 
ea^lained: Londres, 1723-1725. 

D. Pascual de Gayangos imprimió el Prólogo y las historias 
de Hezim y Abdulmutalib, en su traducción de la Historia de 
la literatura española de Tickuor, 1856, tomo IV, pág. 275. El 
mismo imprimió algunas partes del canto de las Lunas «n el 
Mmorial histórico español, 1853, tomo V, págs. 303, 309, 327. 

Lord Stanley de Alderley ha publicado la obra íntegra en el 
Asiatic Journal, desde 1867 á 1872 (V. núm. LXI). 

LXES. 

Bib. de la Universidad de Bolonia, D. 565. 

Un tomo en 4.*^, de 813 hojas, con este rótulo: Apología pro 
Christianis conlra ahmedis perscs spectdum. 

Primer libro.— Fol. 1. — Corónica y relación de la esclarecida 
descendencia xarifa, los que binieron de Aii ebnu abitálib y la 
muerte de al hu9ain, radi alahu anhu y los que fueron prosi- 
guiendo del y otras posas no menos curiosas y probechosas, 
traducido de arábigo en castellano en túnez, afío de 1049. Es 
una composición en verso, de la cual se copian para muestra 
estas estrofas: 

' «A lo que Dios ordena, 

Y está en su eternidad determinado 
Si es para premio ó pena. 

Sin remedio a de ser executado; 
Udos glorifícados 

Y otros para la pena condenados. 
Siendo mi bisagUelo. 

Mensajero de Allá el más querido, 

Y siendo Alí mi agüelo 

Ebnu abitálib el que fué escogido 
Esposo de la madre, 

Y el hijo de los dos ha9ain mi padre, 



S88 

Cúmplase lo ordenado, 
Salgamos de la cárcel de esta bída 
Do el bien della es prestado, 
Gocemos de los bienes sin medida, 
Y con balor entremos 
Contra los enemigos que oy tenemos.» 

Al final del libro dice: c Echen una fáteha por el amo del li- 
bro, que su entencion fué buena en sacarlo este libro con su di- 
nero de arábigo en castellano porque se olgasen los de su cas- 
ta, y es ache mehemed Enbio aragonés de billafeliche.> . 

Segundo libro. — Fol. 115.— A onrra del nacimiento y venida 
de nuestro escogido ceiydne mujmed, Embajador de Dios atro. 
Señor para todo el género humano, sobre quien sea la ben- 
dición de Dios nuestro Sefior y sobre todos los que lo siguen. 
Se hizo este tratado, ynterpretacion de algunos milagros que 
hizo el santo profeta, escritos en arábigo y aprobados y verifi- 
cados por el sébio de los sabios cadi supremp hiyad, hijo de 
mu9a, hijo de hiyad El yah90vi, andaluz de la ciudad de Cór- 
doba, el cual libro está recibido en la mayor parte del mundo, 
que por su causa estiman los sabios de levante á los de ponien- 
te, que dicen en proverbio arábigo: csi no fuera por hiyad no 
se mentara él poniente» (sigue diciendo el traductor que lo tra- 
duce por ser el romance más conocido de los españoles que el 
árabe). Fué escrito en el año 1044. 

Tercer libro. — ^Fol. 152. — Tractado de una carta que escribió 
Ehmed benca9Ím bejarano, intérprete ó turchumén de los rre- 
yes de Marruecos, y es el que interpretó el libro pasado, que 
contiene la grandeza de los milagros de nuestro santo profeta, 
de los libros verdaderos y ciertos y rrecevidos délos grandes sa- 
vios, y la carta la habia escrito muchos años antes de la Corte 
de París á los andaluces que asistian ó vivian en Constantinopla, 
el 1.0 de 1021, ó sea 1612 de los cristianos por el mes de mayo. 
Cuarto libro. — ^Fol. 158. — ^Interpretación de un sermón que 
hizo en arábigo un gran sabio, se entiende que fué en los fines 



289 

del mes de ramadan, y se hizo la iaterpretacion á pedimento 
del hache muhemed rrubio andaluz, por mano del siervo de los 
siervos de allá Ehmed benca9Ím bejarano, hijo de Ahhmod, hijo 
del alfaqüí cacim, hijo del saih El Hamarí andaluz. Hízose en 
tunez estando de, vuelta del Hiche. El cual abia asistido en Mar- 
ruecos, después que pasó de España treynta y seis años, adon- 
de filé yntérprete del rey muley zeydén y de sus hijos, que Dios 
perdone que fiíeron rreyes después del. 

Quinto libro. — Fol. 201. — Fardes, ^nas y fadilas del guado 
y ijala. 

Después flos dias buetios ó menguados de^ cada luna;» fo- 
Ü0 304. 

Noticia sacada del original por D' Antonio Gómez, Colegial 
de San Clemente de Bolonia, y remitida por el Rector del 
mismo Colegio, D. José María Irazoqui. 

LXX. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, S. i. 

Códice que principia en la pág. 64, completo en el resto, 
y que está titulado en el tejuelo t Galardones.» Escrito en ca- 
racteres latinos y con signos especiales en equivalencia de cier- 
tas letras árabes. 

Contiene: 

l.<* El final de un capítulo sobre «el gualardon de los ayunos 
de los dias de targuih y arafe.» 

2° fCapítulo del gualardon del dayuno del dia de axora.» 

3.^ € Capítulo del gualardon del aQ^ala de la noche de me- 
dio de Xaaben;* fol. 66. 

4.° fCapítulo del gualardon del a99ala de la noche veuti- 
nobena de xaaben;» fol. 67. 

5.® «Unas debo9Íones muy buenas; > fol. 68. 

6.» «El AlhadÍ9 de la muerte de bilel ybnu hamemah, pre- 
gonero del annabí muhamed fam;i^ fol. 70. 

49 



V 



290 

7.0 «El alhadi9 del ahorcado en el tiempo de degud aleyhi 
galem;it fol. 74. 

8.0 Historia de la conversión de un mancebo pecador, refe- 
rida por meliq ybnudinar; fol. 79. 

9.0 € AlhadÍ9 de un Rey de alyaman con el annabi muhamed 
fom;» fol. 85. 

10. €AlhadÍ9 de caabulahbar de quando ge bolbio mu9lim 

y porque causa; • fol. 33. 

11. «Alhadi9 del nagimiento de Y9e am\^ fol. 99. Contiene 

toda su historia hasta su muerte. 

12. fMonestacion de pasqua, si querrá Alh;» fol. 128 v. 

Fol. 140, dice: «sacóse de letra de mu9limes. Costó 
su origen 80 sueldos. Queda por copiar una Rogarla 
^ de 6 ojas, que por ser en copla y mal compuesta no 
la e copiado.» 

13. «El alfadila del dayuno de Racheb;» fol. 140. 

14. «El alfadila del mes de jaben;» fol. 145 v. 

15. «El alfadila del mes de Ramaddan el engrandecido;* 

fol. 151. Interrumpido en el fol. 163, donde falta un 
cuaderno de doce hojas. 

16. Desde el fol. 176 continúan unos consejos dados por 

Mahoma á Alí,al final délos cuales, en el fol. 202 v., 
están los «9Ínco almalaques que ymbia Alh á todo 
mu9lim,)i etc. 

17. Coplas sacadas de los castigos del hijo de edam;» folio 

205. 

LXXI. 

Bib. do D. Pascual de Gayangos, S, 2. 

i De la crehencia y lo que debe saber el Mahometano y otras 
coBsaa curiossas.» 

Códice en 4.o, en caracteres latinos, sin la primera hoja, y 
con título escrito en la guarda. Encuademación africana, pa- 
pel del siglo xvn; letra gallarda, disposición material arábiga. 



294 

Perteneció á la Bib. Nac. (Ce. 172), y se vendió con los libros 
de Conde, según parece. 
Está compuesto por un morisco de la expulsión, en Túnez, 

LXXII. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, S. 3. 

Un tomo en 4.o, en caracteres latinos, letra y papel del si- 
glo xvi; falto del principio. 

Contiene el «Breviario Qunní» de D. Ice de Chébir, como ma- 
nifiesta la subscripción, que dice así: 

«Cumplióse este libro intitulado Brebiario <;unni que rrecopi- 
16 el onrrado sabidor don Y9e de Xebir muflí, alfaquí mayor de 
los muslimes de Castilla, alimem de la muy onrrada alchamaa 
de Segovia en l'alma^chid de la dicha ciudad, en el año de mil 
quatrozientos y sesenta y dos. Conbengalo el Soberano en su 
santa gloria, emín: ya rabí ylalamina.* 

Al final las azoras colhtía y culaudo, en car. lat. 

Este códice fué de la Biblioteca Nacional, Ce. 169, y se ven- 
dió con los libros de Conde; y según dice una papeleta que hay 
dentro del libro, fué encontrado á Juan López, converso y veci- 
no de Villafeliche, cosido en el jubón. 

V. los números 11 y lU. 

Impreso en el Memorial histórico, tomo V. 

Lxxm, 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, S. 4. 

Un tomo en 4/, escrito en car. latinos, que contiene las «Le- 
yes de moros. > 

Es copia de un ms. ¿Le principios del jsiglo xrv que se con- 
servaba en el Colegio Mayor de San Ildefonso en Alcalá, y se 
perdió hace mucho tiempo. Esta copia perteneció á Abella^ y de 



29? 

ella se sacaron otras dos que se conservan en la Real Acade- 
mia de la Historia. Se imprimió en el Memorial histórico espa- 
ñol, tomo V. 

LXXIV. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, S. 5. 

Un tomo en folio de 215 hojas. 

«El hundidor de cismas y erejias.» Traducción del tTedehib 
de Abumu9a 9aedi ybinuhalef ybnu abilca<;em alberadü,» he- 
cha en Constan tinopla en 1606 por «ali ybnu muhamad ybnu 
hader bezino de Constantinopla,» que dice no ser «español na- 
tural, » pero había estado en España. 

Trata primero de los ritos religiosos, luego del matrimonio, y 
al fin de los contratos. 

LXXV. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. i. 

Devocionario en 12.*, encuadernado con broches, estilo del 
siglo XVI. Tiene dos adornos bien dibujados. Papel del siglo xv 
al XVI. Contiene: 

1.^ Los 37 lugares del Alcorán donde se anuncíala unidad 
de Dios con sus virtudes morales y curativas; 19 hojas. 

2.^ Los 99 nombres de AUah, con la oración para invocar- 
los, en árabe; 4 */« hojas. 

3.^ Los adoáes «de grandísima alfadila, de mucha gracia, 
de yu(jof, del anabí Mohamad, de a9ahifa mobaraca, 
de grandísimo gualardon y gracia, tesoro de los teso- 
ros de 1' alarx, del caminero, que rrogaba con él el 
anabí Mohamad, de mucho gualardon y gracia, para 
todo espanto, que se dizén en los siete alhaicales, de 
a<jahifa, (para estar en guarda de Allah);i 72 hojas en 
árabe. 

4.^ «La carta de la muerte,» en árabe; 5' hojas. 

5.^ «Hirze alguazir, i en árabe con menudísimos caracteres. 



r 



293 

y su explicación aljamiada con letras encarnadas; 

10 hojas. 
6.^ Adoáes: «para cuando abrás comido, para cuando te 

acostarás, para cuando te levantarás, para cuando 

querrás ir camino, para cuando tronará, almorcida; > 

9 hojas en árabe. 
7.^ Alcorán abreviado (V. núm. I) hasta la azora LXVII 

inclusive, y además el versículo 11, 159, texto árabe; 

38 V, hojas. 
SP «El adoa para demandar perdón, > texto y explicación 

en árabe; 2 hojas. 
9.^ Palabras de Mahoma referidas por Ayexa, en árabe; una 

hoja. 

En la última guarda hay una fecha de 1554, en caracteres 
latinos. 

Eu la primera se dice haberse hallado en 1770, en Moros, y 
e8tá borrado; pero el Sr. Gayangos dice haberlo comprado en La- 
racheá un moro Mohammad amonesiU, que decía tenerlo here- 
dado de sus abuelos. 

LXXVI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. i. 

Devocionario en 12.o -con encuademación árabe, papel esto- 
poso del siglo XV, adornos de pluma groseros. Faltan algunas 
hojas. 

Contiene: 

1.^ Los siete alhaicales, con una introducción aljamiada. 

2.^ Los adoáes, cmuy bendito, para cuando ternas algún 
pienso, de a<jahifa> (sin principio), cpara cuando te 
acostarás, para cuando le levantarás, de la carta > (sin 
concluir la introducción ni empezar el texto), «para 
cuando irás camino, para cuando tronará, para cuan- 
do entrarás en la me^quida, para cuando salrrás de 
la me(;quida:» texto árabe. 



894 • 

3.® fEl suefto que soñó un 9álih en la Ciudad de Tune<;,> 
4."^ Adoa de Mahoma, en árabe. 

En la primera guarda consta que fué llevado el libro en 1552 
á Almagro por un vecino de Daimiel. 

LXXVII. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 3i 

Devocionario árabe con epígrafes y explicación en castella- 
no; groseramente adornado con viñetcis de colores. Papel sici- 
liano del siglo XVI. Letra antigua. 

1.** El primer capítulo del Alcorán. 

2.^ Los 37 lugares del Alcorán en que se dice la unidad de 
Dios. 

3.*^ Adoa con ata9bihes. 

4.** Los 99 nombres de Allah. 

5.^ € Capítulo de los siete alhaicales y Talfadila suya.» 

6.^ Adoa revelado á Maboma la noche de su subida al 
cielo. 

7.° Adoáes cde Edam, de Ibrabim, de Nuh, de Mu9e, del<;e 
y del annabí Mohamad.> 

8.° Adoáes: «para cuando te acostarás, para cuando te le- 
vantarás, para cuando querrás ir camino, pam cuando 
tronará, para cuando entrarás en la mepquida, y cuan- 
do salrras de la meijquida, para fazer ir todo pienso, 
para rrogar el onbre por él y por su padre y madre. » 

9.^ « Alherze muy bendito y de gran albarán y guardamien- 
to muy gran.» Con una historia del que salvó con él 
su cabeza. Es una letanía de leilahis, 

Lxxvm. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 4. 

Un tomo en 4.^ sin principio ni fin; pero con muy poca fal- 
ta. También faltan hojas intermedias. 



295 

Ritual mahometano, escrito con alguna elegancia y con pro- 
fusión de adornos y encabezamientos cúficos. Contiene: 

1.^ El final de da orden y la regla de las lunas por la cuen- 
ta de los mu9limes.> Abraza las del Chumada elaher, 
Recheb, Xaaban, Ramadan y Xagual. 
2.^ € Capítulo, porqué y como y cuando se a de facer el 

atahor y su inbocacion.» 
3.^ cCapítulo, porqué y como se a de facer alguado.» 
4.^ cCapítulo, del aUdén y de la alicama para los a9aláes.» 
5.^ cCapítulo, con cuantas cosas y como se cunple el a<;a- 
la adeudado» (sin concluir). 

LXXIX. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 5. 

Un tomo en 8.° de 118 hojas. Papel de fines del siglo xv, 
adornos de colores á estilo de códice coránico; encuademación 
en pergamino. 

Xarhe y declaración de las alguaracaá. 

Contiene una traducción parafraseada de la abreviación del 
Alcorán (V. núm. I), sin texto árabe; con los versículos 11, 
158 y LIX, 18-24. 

Al final un comentario y una oración traducidos palabra por 
palabra. 

LXXX. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 6. 

Devocionario árabe en 8.*^, con epígrafes y explicaciones en 
aljamía. Falta el principio, así como algunas hojas intermedias, 
y está mal encuadernado en algunas partes. 

Contiene: 

1.0 Alcorán, XXXIÜ, 41—43; XXXVI; XXXVII, 34; 
XXXIX; XL, 2. 3, 64, 67; XLI V, G, 7; XLVH, 21; LIX, 



296 

18—24; LXIV, 12, 13; LXVH; LXXI, 29; LXXm, 

9, 20 (mitad); CXH, CXHI, CXIV; fol 1. 
2.0 Unas letanías; fol. 15. 
3.0 Los nombras do AUah (sin principio); fol. 17. 
4.0 Adoáes crrespuesto, para salir y entrar en casa, y para 

cabalgar;» fol. 18. 
5.0 Alcorán, LXXH, 10-, LXXIII, 1—19; LXXVI, mitad 

del 11—31; LXXVII; fol. 20. 
6.0 Tahlil dictado por Mahoma; fol. 27. 
7.0 Alcorán, XC, 4— XCVIU, mitad del 1; fol. 28. 
8.0 Adoáes sin principio, sacados del Alcorán; fol. 34. 
9.0 Formulario del alguado y del azala; fol. 38. 

10. Azala y adoa sobre el muerto; fol. 45. 

11. Alcorán, C— CXIV, 1; XCVín, mitad del 7, 8; XCIX, 

C, encabezamiento; CXIV, 2—6; fol. 48. 

12. Final del libro, que expresa estar escrito por Abderrah- 

man Lamora, á 23 de julio de 879 (1474). 

13. Siguen añadidos los versículos del Alcorán II, 1 — 4, 

158, 256—259, 284—286 sin concluir. 

LXXXI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 7. 

Cuaderno en 8.o en pergamino con botón, de ocho hojas; le- 
tra muy mala y grosera del siglo xvi; papel del mismo tiempo. 
Contiene: 

1.0 Una súplica á Allah, en verso. 

2.0 Una declaración de Mahoma sobre el azala de despedí i 

da del mes de Ramadán. 
3.0 Una oración común. 

En la primera hoja hay una cuenta de arrobas de 36 libras jr 
12 onzas. 

Lo adquirió el Sr. Gayangos en enero de 1875 en la calle de 
Carretas. 



297 

Lxxxn. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 8. 

Códice en 8.^, encuadernado en Inglaterra, procedente de la 
venta de Conde (núm. 1317). Letra y papel del siglo xvi, idén- 
ticos á los del Mancebo de Arévalo, con cuyo libro estuvo en 
poder del mismo sujeto que anotó al margen algunas palabras. 

Contiene: 

1.^ Alcorán abreviado, con el v. 11, 158. 

2.^ Un atahietu en árabe. 

3.^ cLa orden y rregla de las lunas por la cuenta de los 
mu9limes, y lo que se contiene en dicho debdo. > 

4.^ Un tratado de los cinco azaláes, comentario de un texto 
árabe. 

5.** «Las demandas de Mu(;e.> 

6.^ cPedricacion en el nacimiento del anabl muy ben- 
dito.» 

7.^ «La orden que se a de decir á dos que se casan. » 

8.^ «El adoa de fe; y sea escrito al muerto en pergamino 6 
papel» (en árabe). 

9,^ «Una rrogaria para den pues del a9ala» (en árabe). 

10. Capítulos. «Para la muger que no puede parir. — Para 
la muger que no puede echar la criatura muerta. — 
Para saber la moíja si es virgen ó el mo^o. — En los 
sueños. — Para cuando la muger estuviese de parto 
afincada y no podrá parir. — Para concebir la muger. 
— Para la muger que tiene la criatura muerta en el 
vientre. — Para la muger que no podrá parir y terna 
'la criatura muerta.— Para concebir la muger. — Para 
que se empreñe cualquiera muger.— Para la muger 
que no pueda parir.» 



298 

Lxxxni. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 9. 

Cuaderno de 5 hojas en 4.^, papel de la segunda mitad del 
siglo XVI, que contiene: 

1,<> Formulario matrimonial. 

2 o La historia de Salomón y la madre de Talhabiba, con 

la cédula contra sus hechizos. 
3.0 € Capítulo de un alherz para Talhabiba.» 

Precede una larga expUcación de letra de D. Faustino Bor- 
bon, demostrando que el contenido es todo de ciencia cabalísti- 
ca ininteUgible. Sigue luego una répUca de Gayangos, que de- 
clara ser aljamía. 

LXXXIV. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 10. 

Cuaderno de 6 hojas útiles en 4.o, papel dál siglo xvi, que 
contiene «la alfadilay gualardon» de la azora XCVII. 

En la guarda hay una nota diciendo ser un comentario del 
Zanatí, Doctor mahometano, sobre la Sura 97, y debajo una 
rectificación de Gayangos. 

LXXXV. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 41. 

Cuaderno en 4.o, letra y papel del siglo xvi, que contiene: 

1.^ Un hirze con palabras griegas y hebreas, y nombres de • 
ángeles, en árabe, y después una larga expUcación 
aljamiada sobre su eficacia en enfermedades y contra* 
tiempos, con el modo de usarlo. 



299 

2.° Cuatro azaquifas, invocaciones á las cuatro estaciones, 
á los ángeles de los meses romanos, y á los cuatro 
vientos cardinales: en árabe, sin principio. 

3.^ Ángeles de cada día de la semana, en árabe. 

4.^ cAlhirze alcá9em,» enseñado por Mahoma á Alí; con 
su explicación en árabe, terminado por fórmulas ca- 
balísticas. 

5.0 Oración mezclada con palabras hebreas. 

En la primera guarda hay un borrador de carta pidiendo á 
un Grande permiso para pasar á un pueblo por no permitir el 
Cura la residencia al morisco. 

En la última guarda hay el principio de un testamento de 

Antonia Pastor, mujer de Josef Tollo, vecino de Urrea de 

Gaen. 

LXXXVI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 42. 

Códice muy deteriorado en su parte inferior, en 4.°, papel va- 
riado, desde mediados del siglo xiv hasta principios del siglo 
XVI. Fué encongado en Mores, enterrado y envuelto en ima ba- 
yeta. 

Contiene: 

1.0 Alhadiz de Yu^of: desde el principio hasta la historia 
de Zalifa; 7 hojas, le falta la 8.% y sigue en la prime- 
ra plana de la 9.*, donde concluye para empezar á es- 
cribir otro asunto de la misma mano; fol. 1. 

2.0 cL'alhadiz de Ibrahim.» El resto de la hoja 9.** y cua- 
tro más. 

Contiene la historia completa del sacrificio de Ismael; 
fol. 9. 

3.0 Los primeros versos de una historia de Fray Leonis, en 
el resto de la página: lo demás falta; fol. 14 v. 

4.0 Historia del nacimiento de Mahoma, sin principio ni 
fin, seguida del «fendimiento del vientrep fol, 14. 



300 

5,0 Historia de un solitario israelita; fol. 18, 

6,« El castigo de Ornar á su hijo (sin concluir); fol. 20. 

1,0 Relación del ruego de un mancebo por el alma de su ma- 
dre, por intercesión de Mahoma (sin principio); fol. 25. 

8.ÍÍ El alhadiz del lagarto que habló á Mahoma; fol. 26. 

í)/» El alhadiz de la muerte de Mahoma; fol. 29 v. 

10. El alhadiz de Bilel (sin concluir); fol. 34 v. 

IL La disputa con los cristianos (sin concluir); fol. 36. 
Un fragmento de cuatro hojas, con principio, y otro 
de dos^ más antiguo. Acaban en el mismo sitio. 

12, El alhadiz del baño de Zarieb (sin principio), novela cor- 
dobesa; fol. 42. 

IB, ^ Recontacion muy buena que conteció á una partida do 
'9alihes;> fol. 45 v. 

14, c Alhadiz de Temim Ader> (sin concluir); fol. 49 v. 

Iñp Explicación de algunas palabras de una obra de Alga- 
zalí, hecha en aljamía por el claro alfaquí Abu Ab- 
dalá Mohamad Algazí, Albaní, Halichí. Una hoja, 
como si fuera la guarda; fol. 58. 

10. Dos alhotbas en árabe; fol. 58 V. 

17. tfEl a9ala de despedida de Ramadan;* fol. 76. 

18. Texto y traducción parafraseada del cap. XXXVI del 

Alcorán (sin concluir); fol. 77. 

Lxxxvn. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 43. 

Códice en 4.°, muy deteriorado, sin principio ni fin. Papel 
del siglo XVI. 
í'oD tiene: 

1 ," Pronósticos acerca del afio, según el día de la semana 
en que empieza (sin principio); fol. 1. 

2.'' «La desengañacion que izo Taxaitan al anabí Moha- 
mad;» fol. 3 y. 



301 

3.^ Adoa y rrogaria para la piedra, sin acabar; fol. 20 v. 

4.^ Devoción para terminar un ayuno (sin principio); fol. 27. 

5.® cLa rrespuesta del muflí de Oharan,» fechada á princi- 
pio de Recheb de 910, y copiada á3 de mayo de 1563; 
fol. 28. 

6.^ € Nombramiento de los cuartos del año,» con ciertas im- 
precaciones, seguido de los ángeles y chines de cada 
día de la semana, y el modo de introducirios en alhir- 
ces, algazimas y anoxaras (sin concluir); fol. 32. 

7.® Alcorán abreviado (V. núm. I), con traducción comen- 
tada; falta I-II, 2, y hay además H, 159 y LIX, 18-24; 
fol. 35. 

8.^ Discurso ó alhotba en árabe y aljamía sobre los atribu- 
tos y excelencias de AUah; fol. 125. 

9.*^ «Adoa para decir cada mañana, > árabe y aljamía; fol. 128. 

10. «La orden que se debe llevar en el servicio de AUah.» 

Devocionario para levantarse, hacer alguado, ir á la 
mezquita y estar en ella. Al fín principian los nom- 
bres de Allah en árabe; fol. 131. 

11. «La carta del muerto;» fol. 139. 

12. Recetario vulgar; fol. 141. 

13. Nombres de las lunas y días señalados en ellas; fo- 

lio 145 V. En las hojas blancas del pliego siguen dos 
advertencias sobre el alguado, una leyleha^ una* «alo- 
ya para el dia seteno» y cierta prueba con los orines. 

14. Anexara de Mahoma; fol. 150. Siguen un conjuro para 

dolencias, una explicación de ciertas fiestas y ayunos, 
un conjuro contra el pedrisco, y otra anoxara bárba- 
ramente escrita, donde se lee Adonái Sábaoi, Luego 
una nota en que dice que corre el año 995, corres- 
pondiente al 1586. 
15: L* alfadila y gualardon de los meses de Recheb y de 
Xaban;» fol 154 v. Á la vuelta 4e una hoja, las atac- 
biras de la mañana de Pascua. 



302 

16. cRegimiento para fazer los cinco a^aláes» (sin con- 

cluir); fol. 165. 

17. Alhotba ó monestación sobre los preceptos de la ley 

musulmana (sin principio); fol. 166. 

18. «Los escándalos que han de acaecer en la (jagueria de 

los tienpos en la isla de España;» fol. 172. 

19. Ata9bihes que parecen ser el adoa del arnés, que luego 

se explica; fol. 178. 

20. Los cinco almalaques que envía Allah á todo muslim 

cuando muere; fol. 195. 

21. «Las demandas que hizo Sargil, hijo de Sarjen, ad 

Abu-Becri y AH ibno abi Taleb;» fol. 197 v. 

22. «L'alfadila del mes de Ramadan;» fol. 207 v., seguido 

repentinamente de un trozo final de las demandas de 
Mu^e en el fol. 211. Luego un abuchea africano. 

23. «Recontamiento de cuando fabló Mu^e con Allah so- 

bre del monte de Tor Siné;» fol. 214. 

24. «Los castigos de Alí;> fol. 221 v., que empiezan por el 

hado de los hijos, según el día en que son engen- 
drados. 

25. «Las demandas de los judíos al anabí Mohamad;» fol. 234. 

26. «L'a9ala del muerto,» con la última hoja rota; fol. 247 v. 

Sigue un fragmento con un trozo de Alcorán. 

27. Hoja suelta de una alhotba sobre los castigos del in- 

fierno; fol. 252. 

28. «Istoria seisena, del nacimiento del anabí;» foL 253, pre- 

cedida del final de una oración. 

29. «Istoria del fundamiento del adin del alÍ9lem;» fol. 266 v., 

hasta la última hoja; fol. 272. 

LXXXVIII. 
Blb. de D. Pascual de Gayangos, T. U. 

Carta de Aldosindo sobre la batalla de Clavijo. 
18 planchas grabadas, en foUo. 



303 

Ficción del P. Echeverría, que supuso la aprobación de Ta- 
marid. 

Aljamia de nuevo género y carácter de letra imitado al im- 
preso. 

LXXXIX. 

Bib. de D. Pescaal de Gayangos, T. 45. 

Un cuaderno en 4.® de 30 hojas. 
€ Práctica de medicina.» 

Contiene dos partes, al parecer. Una de Ibn Zohra, y otra de 
un famoso alim, cuyo nombre está tachado. 

Castellano, latín y árabe están escritos alternativamente, con 
caracteres latinos y árabes, y muchos períodos hay escritos 
con palabras de los tres idiomas indistintamente. Otras veces 
se explican en castellano las palabras más difíciles. Tiene fe- 
chas desde 1514 á 1530. 

XC. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. i6. 

Códice en 8.°, papel italiano del siglo xvi, que contiene dos 
cuadernos. 

1.® Colección de recetas tomadas de diversos doctores y de 
lo que el colector mismo ha visto. En 4.**, papel de la 
segunda mitad del siglo xvi. Ai principio hay una 
carta á Antón Ferrando de erreruela, fechada en 1567. 

2P Itinerario de Venecia á España por tierra. Llega hasta 

MoUet, cerca de Barcelona. Habla del Rey Felipe y 

del € príncipe de Conde, cabeza de los luteranos,» y al 

fin tiene una fecha de 976 años del nacimiento de Ma- 

homa. 

XCI. 

Bíb. de D. Pascual de Gayangos, T. 47. 

Códice en folio con varios adornos y viñetas hechas á pluma 
en negro, y encuademación en pasta á estilo arábigo. 



304 

Contiene: 

1 ,0 El libro de las luces, de Abulhasán albecrí. Al final di- 
ce que lo escribió cAlí Rojel, fijo de Mohamad Rojel.» 

2,'' i Adoa de mucha alfadila y gualardon;» fol. 130. 

3/^ «La estoiia del dia del juicio;» fol. 138 v. 

'1.** tEstoria del puy amiento del anabí Mohamad á la corte 
celestial;» fol. 160 v. 

5," Ultima página de una «Relación de las lunas del año» 
(no debe faltar más que una hoja); fol. 180 v. 

iJ^ Alhotba sobre el a9ala y el castigo de su dejador; fo- 
lio 181 V. 

XCII. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos. T. 18. 

Códico fin folio, forrado en badana, algo deteriorado, adorna- 
do con viñetas de colores bien dibujadas, papel del siglo xvi. 
Procedente del hallazgo de Mores. 

Contiene; 

1/' *El alhadiz del anabí Mohamad con el rey Habib;» fo- 
lio 1. 

:¿/' «KI rrecontamiento de la muerte del escogido Moha- 
mad;» fol. 4 V. 

:\:' ^ Kl libro de las luces, de Abulhasán Albecri, con el epí- 
;:^rafe en árabe; » fol. 19 v. 

iy «Alhadiz de Alícon las cuarenta doncellas;» fol. 114. 

5/' *Estoria de la conquista de la casa de Maca onrrada;» 
fol. 120. 

(í ."^ * 1 /tvlguafia del gran Turco, llamado Mohammad Osman, 
ti que ganó á Gostantinoble, hijo del gran Murat, sa- 
cuda de un treslado qu'envió el Visorrey de Cecilia 
(Ion Lope Ximenecj de Urrea, á su muger qu'estaba en 
Aranda de Moncayo;» fol. 128. 

7/^ «Alhadiz de la muerte de Bilel ibn Hamama;» fol. 133. 



305 

8.0 Explicación del premio que obtendrá el siervo de Allah 
cuando pronuncie ciertas fórmulas; fol. 135. 

9.0 Alcorán abreviado (V. núm. I), con los versículos ü, 
159 y XII, 102: árabe con traducción glosada; fol. 136. 

10. Comentario ó admonición con motivo de unas aleyas 

del Alcorán: XXXVU. 34; H, 147-152; fol. 181 v. 

11. Texto y traducción de una oración; fol. 184. 

12. fAtaxhado para la posada del a9ala;» fol. 186 v. 

13. cMoncafares muy fermosos;» fol. 187 v. 

14. € Anexara sacada del luh mahfut;» fol. 188 v. 

15. Poema en alabanza de Mahoma; fol. 189 v. 
Publicado por el Sr. Gayangos en la traducción de la 

HisL de la lit. esp. de Ticknor, IV, pág. 327. 

16. Alcorán LXVH; fol. 193 v. 

17. Los adoáes del alguado; fol. 197 v. 

18. <Lo que se debe decir pasando por los almacabres;» 

fol. 198 V. 

xcm. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, T. 49. 

Códice en folio, sin principio ni fin, falto de muchas hojas 
en el medio, bien conservado, encuadernado en Madrid. Ador- 
nos muy característicos en negro y con colores, y algunas le- 
tras cúficas. Papel del siglo xvi. 

Contiene: 

1.^ El castigo de Omar á su hijo (sin principio); fol. 1. 

2.0 lAlhadiz de Omar ibno Alhatab cuando vio los muer- 
tos en su dormir; » fol. 5. 

3.0 «El alhadiz de Mu9e con la paloma y el falcon;» fol. 6. 

4.^ «El castigo que dará Allah al dexador del a(;ala están ^ 
do sano de su persona» (sin concluir); fol. 10. 

5.<> «Los dias nozientes y aprovechantes de la lunat (sin 
principio y falto en medio); fol. 13. 

6.0 «Capítulo de los dias aquellos que deballó Allah, en 

20 



306 

eDos d aladeb sobre los de Beni Israil» (van señala- 
dos por el calendario romano); foL 18. 

7,^ Noches y días de atahor y de pascua; fol. 19. 

3.^ «Las lunas del año por la caenta de loe muslimes y las 
arracas qae se an de hazer en dios y los días que se 
an de daynnar por dias blancos, y los que se an de 
dayunar por los dele escogidos que nonbró el anabí 
Mahamad;» fol. 20 V.-21, 92-97, con lagañas. 

9.^ Las enmiendas del a^ala (sin principio ni fin); foL 22. 

10. cLas fadas baenas» (sin principio ni fín); fol. 24. 

11. cGaalardon de los a^aláes de los muertos» (sin princi- 

pio ni fin); foL 27. 

12. Adoáes para todos los días de la semana (sin prind- 

pio); fol. 29. 

13. cLos nombres fermosos de Allah, xarhados;» fol. 35 

vuelto. 

14. cAdoa para demandar arrizqui» (sin concluir); foL 42 

vuelto. 
L5. Alcorán con traducción parafraseada: LXXXV, 19; 
LXXXIX, 19; XXX^^, 8-83; LXVn, LXXVüI, 
LXXIX; fol. 43. 

16. cAdoa para el muerto» (sin prindpio). AI fin tiene una 

súplica por el c escribano;» fol. 74. 

17. «El pregüeno y el alicama del a^ala;» fol. 80 v. 

18. Capítulos sobre «el alguado, el vestir, d atahor y d 

atayamum;» fol. 82 v. 

19. «El gualardon de quien haze a^ala con alchama y mu- 
. cho mas; » fols. 97-101, 26 (sin concluir y con lagunas). 

20. Origen y excelencias del a9ala (sin prindpio ni fin, y 

con huecos); fol. 102. 

21. Reglas para d azaque (sin principio); fol. 111. 

22. «Alquiteb de las suertes de Dulcamain;» foL 134. 

23. «Alquiteb de sueños» (sin conduir); foL 156. 

24. Preguntas de unos judíos á Mahoma, acerca de los 



307 

fundamentos de la religión (sin principio); fol. 168. 

25. € Recontamiento y rrazonamiento que fué entre el no- 

ble señor Allah taale y su mensagero Mu9e, en el 
monte de Torsiná, de sin intercesor ninguno ni fa- 
raute que ubiese entre ellos;» fol. 169. 

26. cAlhadiz de la muerte del anabí Mohamad;» fol. 199 

vuelto. 

27. Capítulos sobre los derechos de familia (sin concluir); 

fol. 260 V. 

XGIV. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 'I. 

Diez y ocho hojas en 8.^, la última escrita por una sola ca- 
ra, papel de la segunda mitad del siglo xvi. 

Fragmentos de una versión castellana de la novela intitula- 
da París y Viana. 

Publicada en la Bevista histórica^ tomo III. 

XCV. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 2. 

Una hoja suelta en 4.®, letra y papel del siglo xvi. 
Fragmento de un alhadiz de Mahoma, oon su traducción 
palabra por palabra. 

XCVI. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 3. 

Una hoja suelta en 4:P 

Fragmento de una historia de Alhachach ibn Yusuf, con- 
quistador del Hechaz (a. 64 h.), con un mancebo llamado Mo- 
hamad ibn Abdallah. 

XCVU. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 4. 

Una hoja suelta en 4.^ 

Fragmento de la Historia de la doncella Larcayona. 



308 

xcvm. 

Bib. de D. Pascual de Cayangos, V. 5. 

una hoja en éP del poema de José. 
Letra idéntica 4 la del ejemplar de la Bib. Nac. (V. núme- 
ro XXX.) 

XCDL 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 6. 

Ocho hojas, que corresponden á 4 pliegos, en 8.^; papel de la 
segunda mitad del siglo xvi. 

Fragmentos de la c Desputa de los mu9limes con los cristía- 
nos sobre la unidad de Allah. > 

Estuvo unido á los fragmentos de París y Viana (V. nú- 
mero XCIV). 

Es un trozo seguido, cuya copia quedó interrumpida, del li- 
bro descrito en el núm. XXIII. 

C. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 7. 

Cinco hojas en 4.o, letra y papel del siglo xvi. 

1 .0 Final de la c Desputacion de los muslimes con los judies. » 

2.^ Fragmentos de la c Desputacion de los muQlimes con los 

cristianos.» 

CI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 8. 

Once hojas en 8.o, papel del último tercio del siglo xvi. 

Fragmentos de un Alcorán, en castellano: XXXVI y LXVil, 
I^XXIX, 5, — LXXXn, 8, con la Oración almorxida interca* 
lada. 

en. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 9 

Dos hojas y un trozo de otra, en 4.^ 

Fragmento del Alcorán, con su traducción comentada, Com- 



30» » 

prende el cap. LXXVUI hasta el versículo 13, el último vor- 
sícolo del CV, el GVI y el encabezamiento de otro. 

cni. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 10. 

Siete hojas en 4.^, que contienen: 

1.0 Traducción de un versículo del Alcorán. 

2.0 El azala sobre el anabí. 

3.0 Trozos del Alcorán con la traducción de los tres últimos 

versículos del cap. LXXX VIII y los dos primeros del 

siguiente. 
4.0 Cabala para crrofiar» las ropas. 
5.0 Angeles y genios de algunos días de la semana. 
6.0 Fragmentos de traducción del Alcorán: XXXVI, 81 

y 82. 
7.0 Invocación á los ángeles. 
8.0 Fórmula cabalística. 
9.0 Oración para después del conjuro. 
10. Explicación de otro conjuro, en árabe. 

CIV. 

Bib. de I). Pascual de Gayangos, \\ U. 

Doce hojas en 8.° Parece que debe faltarle muy poco, á lo 
más el pliego de encima. Papel de la segunda mitad del si- 
glo XVI. 

Cuaderno en que se contienen varias oraciones que forman 
una sola plegaria en árabe y su traducción castellana. 

CV. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 42. 

Dos hojas en 4.*^, letra y papel de Aragón, de mediados del 
siglo xrv. 



310 
Fragmento de una alhotba con traducción castellana en ca- 
racteres latinos, excepto el nombre de Allah, que se conserva 
en letras árabes. 

CVI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 43. 

Seis hojas útiles en á.o, letra y papel de mediados del si- 
glo XV. 
Fragmento de un libro que comprende: 

1.0 Unos ata9bihes con el azala sobre el anabí. 

2.0 Los 8 primeros versículos del cap. XXXVI del Alcorán, 
en árabe. 

3.0 Una oración en castellano. 

4.0 Los 7 primeros versículos del cap. XXXVl del Alcorán, 
en árabe. 

5,0 Ejercicios de escritura por el orden propio de los mo- 
riscos.- 

6.0 índice de los capítulos del Alcorán desde el Il^al LXXII. 

CVII. 
Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. U. 

Cuatro hojas en 8.o, papel del siglo xiv al xv. 
Fragmento de un libro que contiene: 

Ifi Lo que se dice después de la alicama. » 
2.0 Los adoáes para el cClguado. 

cvin. 

Bib. de n. Pascual de Gayangos, V. 15. 

Veintiuna hojas en 4.", papel de mediados del siglo xv. 
Fragmento de un libro que contiene dos alhotbas, con su tra- 
ducción interlineal. 



• 3H 

crx. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 16. 

Una hoja útil en 8.<>, papol del siglo xv. 
Última hoja de uu formulario del azala. 

ex. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, Y. 47. 

Nueve hojas en 8.'', papel del siglo xvi. 
Fragmento de un libro que contiene: 

1.^ Explicación de los treinta y siete lugares del Alcorán en 

que se afirma la unidad de Allah. 
2.^ Trozos de algunas azoras y oraciones. 

CXI. 
' Bib. de D. Pascual de Gayango^, Y. 48. 

Dos hojas en 8.o, letra de pluma, papel de la segunda mitad 
del siglo XVI. 
Hechizos de la púdpuda. 

cxn. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 49. 

Una hoja suelta en 8.<>, papel del siglo xv al xvi. 
Fragmento del suefio de Qálih de Túnez. 

cxm. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, Y. Í0. 

Cuatro hojas en 8.^, papel de la segunda mitad del siglo xvr. 

Método para hacerse decorante. 

Siguen unos apuntes sueltos sobre ciertas horas de algunos 



312 

días; un *Dios te guarde;» un apunte de ortografía y unoa en- 
sayos de pluma en árabe. 

CXIV. 

Bíb. de D. Pascual de Gayangos, V. Í4. 

Dog hojas en 4.®, papel del siglo xv al xvi. 

Catálogo en columna de los vocablos correspondientes á unaa 
alhotbas, pertenecientes á los meses de Recheb, Xabáu y Ka- 
madáü, con la segunda de las comunes. 

CXV. 

Bibu de D. Pascual de Gayangos, V. 34. 

Una hoja en 4.^ 

CatiUogo en columna de los vocablos correspondientes á una 

alhotba, 

CXVI. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 23. 

Una hoja útil en 4.o 

Instrucción sobre la rogarla de David. 

CXVII. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos. V. 24. 

Una hoja en 4.^ 

Declaración del valor de un hirze de Yusuf el filósofo, y mo- 
do de escribirlo. 

cxvin. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. 25. 

Ocho hojas útiles y un trozo, en 4.o, papel de la segunda mi- 
tad del siglo XVI. 
Cédulas mágicas para varias enfermedades. 



313 

CXDC. 

Bíb. de D. Pascual de Gayangos, Y. t6. 

Quince hojas en 4.o, papel de los siglos xv y xvi; el de lo in- 
tercalado, de la segunda mitad del ,xvi. Al pie de algunas pá- 
ginas unas observaciones en letra del siglo xvn. 

Fragmentos de un libro que contiene. 

1.^ Los baguátimes que dictó á Salomón la madre de Ha- 
biba. 

2.** Capítulo de los nombres cabalísticos de Allah. 

3.® Anoxara dictada por Mahoma. 

4.° Intercalados en ella dos pliegos en que se repite el final 
de la anoxara, un apunte relativo al 14 de enero de 
1603, un conjuro para la nube, un bi^millah repetido, 
y otras fórmulas; otra anoxara de Fátima con cuadros 
cabalísticos. ^ 

5.® El regimiento para el alguado, atahor y a9ala. 

6.^ Los nombres de Allah en árabe. 

cxx. 

Bib. de D. Pascual de Gayangos, V. VJ. 

Una hoja útil en 4.** 

Fórmulas cabalísticas, con muchas palabras castellanas sin 
vocales, 

CXXL 
Bib. de D. Pascual de Gayangos» V. S8. 

Una hoja en 4.^ letra del siglo xvi. 
Receta latina, con su transcripción aljamiada. 
La receta empieza con la ^ y está muy bárbaramente escri- 
ta. La transcripción va encabezada con bigmillah. 






Ciaírrv .irj^ai» .nrrmr/iPíaí» «si -4.'. rianei íe "ttip^ iei agio xv. 

Ut/->o ^>^n^ '^nnaii.iQ ie icaf? «lasüs. ^s^iiu ame el Cadí 
jjíir Jí ica. v.nrn r!irar*im íe 2negag. inmn .ien»d£m i» Farach 
/ 4* 1>^•^Ar A^xjir pn^^entAíiiio es^imr.ini jiorzada por Leo- 
AjQr *to "tauíAtV: 7 >:Sf;mmiii) ie r.>rúiiai A «Ti^n r «ie como sa 

3íh, te D Pascual te 'jayaagos. V 11. 

i fítí>mimihrancA «iei nacimieiito dd ¿dELcl» 

CXXV. 

Sib. de D Pascoai de Gay^n^oa. T. 3S. 

CitrUf j borradores de moriseofi oo. cszactares latiiu». 

CXK\7. 

Bib. de D. Pascual de Gayaagos. 

Córfice cajo título en el tejuelo es: cTractados ccKitra d co- 
tnn * TcmM., j contiene: 

1 Lnmt>re de U fe cocitra el Alcorán, por el Maestro Fi- 

gneroU, escrito é ilustrado con dibujos en 1519. 

2 '" l»rrTiT«o sobre el libro que se halló en el monte de 



315 

Valparaíso, intitulado cVida y milagros de Cristo 
N. S. pox Thesiplion Abenathar, discípulo de Jacobo el 
Apóstol.» 
^.® cEpístola Mahomética del Apóstata.» 
Es una carta de cObaydala A^med Abenabigiomoa, natural 
de Almagro y avecindado en Oran,» fechada en da menguante 
de la luna de Kagiabo, año 910 de la Hégira.» 

Está intercalada entre los desordenados cuadernos del trata- 
do anterior y de la misma letra, y viene á ser la del núm. 5 del 
códice núm. LXXXMI. 

CXXVIT. 

Códice del P. Antonio Fernando Cabré» S. J. 

ün tomo en 8.^ encuadernado á la holandesa, sin la última 
hoja, y con un dibujo del sistema planetario. 

cDel halecamiento de los cielos y la tierra y con todo el or- 
namento de sol y luna y las otras cinco planetas y signos y es- 
trellas; y del halecamiento de los almalaques y alchines y del 
halecamiento de Edam y de Hauá su mujer y del halecamiento 
de los animales de la tierra y de otras cosaos que ay en ella y de 
algunos secretos que áy en los cielos y de qué fueron halecadas 
todas las cosas y su principio como íué.» 

Perteneció al P. Artiga, c^xúen en una nota dice haber leído 
en la hoja que falta una apuntación aljamiada sobre el naci- 
miento de una hija Angela en 1606. 

cxxvm. 

Cuaderno de D. Francisco Codera. 

Un cuaderno en folio con 16 hojas útiles. 

€ Memoria seya á mí Miguel de Zogra de las cosas que rreci- 
bo ó doy del concejo. 1539.» 

Cruz en cabeza de casi todas las páginas, y las cantidades 
sacadas al margen en números romanos cursivos. Llega á 1540. 
Las sumas en arábigos. 



3<6 
CXXIX. 

Bib. de D. Pablo Gil y Gil, Catedrático de Zaragoza. 

Hermoso códice en folio, escrito con elegancia y lujo, encua- 
dernado en pasta, con los cantos amarillos. Tiene 445 hojas 
útiles y una tabla. 

Tafcira ó comentario sobre el Alcorán y la zuna intercalado 
con relaciones y aventuras personales del autor. 

Encontrado en Alcalá de Ebro. Su autor es sin género de 
duda el mismo que se titula el «Mancebo de Arévalo» en el 
códice Gg. 40 de la Bib. Nac, cuya escritura es muy parecida. 
(V. núm. Xni.) 

Es posterior al año 1525 y anterior á 1557. 

cxxx. 

Bib. de D. Pablo Gil y Gil, en Zdragoza. 

Un tomo en 8.*^ encuadernado en pasta, adornado con mu- 
cho esmero y escrito con limpieza y elegancia. 

Contiene: 

1.*^ Alcorán abreviado eü árabe, copiado de un original con 
epígrafes cúficos muy mal trasladados. Tiene la aQO- 
ra LV y una alabauza á Allah intercaladas antes de 
la a9ora LXXVIII. Concluye con una fórmula depre- 
catoria; 84 folios. 

2.*^ Los adoáes del alguado; 10 folios. 

3.^ «Elpergüeno, cuando farás a^ala;» un folio. 

4.^ cL'alicama;» 2 folios. 

5.^ «Alconut de a9oblii;» un folio. 

6.° «Atahietu;» 4 folios. ^ 

7.* cLa orden y oras de los cinco a9aláes;» 6 folios. 

8.° «El agua para tomar alguado » y «como se face taya- 

mum.» 

9.** «El rregimiento de las lunas y el cuento dellas para los 
mo(;Umes;> 27 folios. 



317 

10. cL* alfadila y gualardon del dia de alchomúa;» 11 fo- 
lios. 
Fué hallado en diciembre de 1876, en Almonacid de la Sie- 
rra, al practicar un hueco en la cocina de una pobre casa. 

CXXXI. 

Bib de D. Pablo Gil y Gil, en Zaragoza. 

Cuaderno en 4.*^ de 23 hojas, papel delgado, caracteres lati- 
nos. Fué hallado dentro del códice anterior. Está escrito á dos 
columnas. 

Contiene: 

1.0 Un canto de las lunas del año en redondillas. 

2.0 «La degüella de ybrahim cUey galem.^ En el mismo me- 
tro; fol. 11. 

3.0 Después dos hojas con apuntes de préstamos y entregas 
de telas á vecinos de aldeas inmediatas á Zaragoza, y 
una con la fecha de agosto de 1603. 

cxxxn. 

Bib. Henríci Sike. 

«Tratado segundo de los artículos que todo biien mufjlím es- 
tá obligado á crer y tener por fe. » 

Relandi, DeBdig. Moh., 1705. md. M. S. S. XXX. 

Este tratado fué traducido al latín, de éste al francés, y de 
esta lengua al inglés por Morgan, que lo publicó en el tomo I 
de su Máhometism fully explained, pág. xi-xxvi: London, 1723. 
Se ignora el paradero del original. 

cxxxm. 

Códice escrito en castellano y con caracteres latinos, grueso, 
en 4.0, que vio en Túnez Morgan en poder de un cristiano, á 
quien se lo había prestado un moro biznieto de un expulso del 
año 1610. Tenía la fecha de 1615 y estaba compuesto por Ab- 
delquerim ben Aly Pérez, 



318 

Morgan da algunos extractos de él traducidos al inglés {Mah, 
fuUy expl., n, 295, 343). Contiene una defensa del mahometis- 
nio en oposición á las demás religiones, y una violenta diatriba 
contra la Inquisición, especialmente contra los familiares. 

CXXXIV. 

Evangelio apócrifo de San Bernabé, traducido del italiano al 
eastellano por Mustafá de Aranda, aragonés. 

Ms. en 4.** en car. lat. bastante legibles, de que da noticia 
Sale en su traducción del Alcorán [The Koran: Loridon, 1836, 
pág. ix). El códice pertenecía al R. Dr. Holme, Rector deHead- 
ley, en el Hampsbire, y se ignora su actual paradero. 

cxxxv. 

Comprendo bajo este número la noticia de algunos códices 
arábigos que tienen anotaciones en aljamía, y por ese concepto 
reclaman un lugar en esta noticia bibliogi-áfica. 

Con la signatura Gg. 73 hay en la Biblioteca Nacional de 
Madrid un tratado ascético, en cuya margen se ven notas en 
castellano con caracteres árabes. 

De la misma, mano hay notas al margen del códice Gg, 95, 
que es un ejemplar del Libro de las cuarenta cuestiones de AI- 
gazali. El libro fué escrito el año 924 H. en Huesca, por Abu 
Abdallah Mohammed ibn Isa ibn Ibrahim Serrano, de la aldea 
de Almonaster, quien lo estudió con Alí ibn Lope ibn abi Rebia 
Almoredí. 

En el códice Gg. 99 de la misma Biblioteca hay algunos 
apuntes en castellano de un morisco, relativos al año 1542. 

Unas pocas notas marginales hay también en un ms. de Pon 
Pascual de Gayangos titulado Libro de los sedientos, copiado 
en Huesca, en 885 H., por Ibrahim ibn Ahmed, alfaquí natural 
de Huesa. 



ADICIÓN AL APÉNDICE I. 

Después de impresa la primera edición de este discur- 
so, he encontrado en la Biblioteca Nacional de Madrid 
otro códice aljamiado cuya descripción es la que sigue: 

CXXXVI. 

Bib. Nac. ^e Madrid, Gg. 82 duplicado. 

Códice en 4.o, con cubiertas de badana, muy estropeado al 
principio. Letra clara, papel flojo, 146 hojas útiles. Contiene: 

1.0 Alcorán abreviado (V. núm. I), con la azora LIX, 18-24 
antes de la XXXVI. Texto árabe y traducción caste- 
llana, con algún comentario; fol. 1. 

2.0 cLa orden y rregla del alguado y lo que abéis de decir 
en rromance en cada lado;» fol. 137. 

3.0 cEl rregimiento de las lunas por el cuento de los mu9li- 
mes;» fol. 140. 

En el fol. 51 hay metida una hoja con una oración árabe 
para repetirla treinta veces. 

En este tiempo han adelantado mucho las publicaciones de 
este género literario. Por mi parte he hecho estas dos: 
El alhadiz dbl baño db Zardbb. (LXXXVI, 12.') En el Mundo 

üusiraclo: Barcelona, 1881. 
La historia dk la ciudad de Alatón. (XLV, 7.") En la Bevista 

hispafUhamerícana: Madrid, 1882. 

D. Francisco Guillen y Robles ha impreso casi todo lo de 
más interés que contiene la anterior bibliografía en sus Leyen- 
das MOKiscAtí SACADAS DB VARIOS MANUSCRITOS; tres tomos en S."" 



320 

de la Colección de escritores castellanos: Madrid, 1884, 1885 y 
1886, 

El mismo orieutalista ha dado á la estampa las Leyendas db 
JosÉ; HIJO DE Jacob, y de Alejandro Magno, en un tomo eu 4/ 
de la Bihüoteca de escritores aragoneses: Zaragoza, 1888. 

Por último, los Sres. D. Pablo Gil, D. Julián Ribera y D. Ma* 
nano Sánchez han litografiado .esmeradamente una ColecciíJk 
DE TEXTOS aljamiados (uu tomo en 4.°: Zaragoza, 1888) cuyos 
originales pertenecen todos á la librería del primero de dichos 
aeüores. 



^FEIS^DIOE II. 



GLOSARIO DB LAS PALABRAS ÁRABES ALJAMIADAS 

Ú POCO CONOCIDAS QUE 6E ENCUENTRAN EN EL DISCURSO Y EN BL 

APÉNDICE ANTERIOR. 



Abüched.— Alfabeto, J^t 
A^ADACA* — Limosna, donativo, 

manda piadoso. ¿ííj.^ 
A^AHIFA.- -Oraeión leída, hoja de 

un libro, l^^f^^ 

ACALA.— V. AZAI-A. 

A^ALEH,— Saludo, Ji^ 

A CHE. — V, llAcni. 

AciOAQiB, — Dote y oarta dotal. 

AcjOBBK— La mafiana, ^^-^^^ 
AnAnÉA,— Victima sacrificatoria, 

carnero que se degüella el dia 

de Pascua, l^^^ 
Adíeel.— Conquistador* Jo.b 
Aof>\— La ley, la religión, ^^^ 
ÁDOA.— Oración, Uj 
Abonía. — El mundo. Uji 
Aj\3fí , AiEHÍ. — Extranjero, 



Aladeb. — Castigo, tormento, su- 
plicio. w^lJx 
Alahde. — Promesa: nombre de 

un adoa. ^x^c- 
Alarx.— El trono de Dios. ^J^ 
Alazima. — Encanto, i^,^ 
ALÁN9ARES.— Los árabes de Me- 
dina que ayudaron á Mahoma. 

Aldalé. — Tentación, calamidad, 
desgracia. ÍLj 

Aldarán.— Cédula. í]^j 

Alborda. — El manto: nombre de 
un poema en alabanza de Ma- 
homa. »^ 

Alcabila.— Tribu. ¡JLi 

AlcXcem.— Quebrantador. >^li 

AifíAi'ANAíi. — Amortajar. ^J^^^=> 

Alcalam. — Caña para escribir. 



,-^ 



21 



322 
Ait^Cfláii^. -Aljama, reunión, AuJARABÍA.-La lengua arábiga. 

Algazima.— V. Alazima. 
Algüací A.— Testamento. X^j 
A LGüADO.— Lavatorio, ablución. 

Algüaraca.— Hoja de papel. 



n y unía miento. "U^ 
AtCHAMr.— Compañía, sociedad. 

AuiiiJ*^j^.-^El Paraíso, é^^ 
ALCu*:^BgA, Alcda?íeza.— Fune- 
ral. íjL-i-íx 
A LC n ni e o . — La guerra santa. 



Algüatif A.— Cuotidiana "^ ^ 



Ay:¡iOM0A.-El viernes, día de la AlgüÁzir. —Lugarteniente. ^ jj 



reunión. i«^' 
A tüo^iJT.— Repetición de la fór- 
mula *ñosotros somosobedien- 
teü.í^ íine se dice en el azala 
del viernes. sJ^j-^ 



Albach.— Peregrinación á la Me- 
ca. ^^ 
Alhadic,Alhadiz.— Historia, 

tradición, w^.*^^ 
Alhaigal.— Cosa grande. Jv 



Alcorán. ^ j^ 



Atciiftcí— Trono: nombre del Aliiamdü, Alhandü.— Alabanza: 
veriiiculo 256 del cap. 2.° del nombre del primer capítulo del 

Alcorán, que empieza con esta 
palabra, ^x^í 

AlHAMDÜ LILLHBl, AlHANDÜ U- 

LLAHi. — Loado sea Dios. 



Ati\, A u: VA. —Versículo del al- 

Auí ^ALiM, alkihi<;alem, alehi- 
5AIIÍM,— «Sobre ól sea la paz,B 



fórnuila que se aplica á los Alhamís.— El jueves. ^^-^1 
piofi^uis anteriores á Mahoma. Alherzb.— V. Hirzb 



Ai.AH uaíCA.— Nombre del capí- 
lului'Jel Alcorán, que empie- 
gu Cítn esas palabras. uX3!¿ j\ 

JUyAiii U . ~ Virtud , provecho. 



Alhicura.— La hégira. 5^ 
Alhorma.— Veneración, respeto: 
asi debe leerse, en logar de 
jornada, en la pág. \\\^ lí- 
nea 5.' iyv 
Alhotba.— Plática, sermón, l^ 



323 



AtíCAMA. — Llamamiciito interior 
á la oración en las mezquitas. 

ÁivbicEEL. — El Antecristo. 

Alidíx. — Llamamiento á la ora- 
ción desde la torre de las mez- 
quitas. »^3I 

Alime.— Sabio. JU 

Alimkm, AusféN. — Presidente ó 
Director de la oración en las 
mezquitas. X^\ 

AuAUÍA.— La lengua castellana. 

AuAHOMMA. — ¡Oh Dios! *^I 
.\lhacabres. — Los sepulcros. 

Almadha.— Elogio. «.J.^ 
Almalac— Ángel. sJSJj^ 
Almazchid.— Mezquita. Jjc--^ 
Almogiba. — Caso de fortuna. 



Almohjirina. — Los habitantes de 
la Meca que acompañaron á 
Maboma en su huida. ^ ^^.L^' 

AiMoaciDA, Almo«xida. — Vía rec- 
ta: nombre de una oración. 

Alnabí— V. Anabí. 
Alqoitbb.— Libro. w-'uS' 



Am.— Abreviatura de Aleihi^ 
lem, Afi' 

Amaho.— Perdón, remedio. 

Ami.— Tío. Is 

Anabí. — Profeta. -J 

Aneca. — Camella, üb 

ANEFiLA.*-Oración voluntaria, y 
no obligatoria. üJU'j 

Anobúa.— Don profetice, i^ 

Anoxara. — Conjuro, especial- 
mente el que se da en bebida. 

Ante-cihra.— Exorcista, contra 
encantos, j^ar^ 

Anür.— La luz. jy 

ApAtLBGAR.— Es errata por Aple- 
gar. 

Aplegar.— Considerar, esti- 
mar. 

Arabí. — Árabe. ^,f' 

Arafb.— El día noveno de Dulhi- 
cha, en que los peregrinos su- 
ben al monte Arafa, cerca de 
la Meca. '¿3js> 

Abraca. — Inclinación del cuerpo 
hasta tocar las rodillas con las 
manos. i*^3^ 

Arracül. — Enviado, apóstol. 

Arramadán. — V. IUhadán. 



324 



Attlicín-— Aii'iento, saslento 

ecivtada por Dios. ^; , 
Aiioi — .\Jíiia, espirila. -^ « , 

Anon^^-BepeiicioQ de la fór- 
muta «Dios es crao le.» ^«^j^ 

ÁTi^itl.^ — OraciÓQ qae erupiexa 
fúQ \s& püLibras: t Alaba el 
gooilm de ta Señor, i .^':r^ 

ATtTMi. — EI-^Tactóo á Las cam* 

Ar&BVTT* — Formula de beo-di- 

áTt^M — Píiriñ:aci:Q. loción de 

t«ée ^ eaerpo. .«^ 
AfiLAC. — Ber>i:>- ^¿^ 
At 1.1X1X3^ , A TAXi:i . — Fórmala 
pora ifina¿r Li c*«eQcia en 
Díés. T i^üQ .i^ Mahosia. 

Anni^-^5aucá>- .•-^=r=- 
A^AftA^^ — B ifcea^ día deí mes 



Le ^s cia^ oraci«>- 
Bi& o6i^t4Ías de los mosal- 

AiJ«C¥- — Dtrir::^ iJ'. 

A3Z1S- ^ Fttmicacioa. aialterio. 



Azo&A. — Cap. del alcorán. iyy^ 
AzzABA Allah. — «Eosálcela 
Dios.» ¿I! l»^^ 

I 
BáTEHAft. — Arrofar de cara al 

suela. ,^J:f 
Boo. — CaptfiQlo. w^J 
Bc.xi Ii;«Lia.. — Los hijos le Israel. 

Biv^viLLifl, Bczxi TuasL— «Eq el 

nom ore de Di js.» él!^ .,-j 

Cala Aixímt alais ctacalam. — 
cLa siIvaciJo y la pax de Dios 
sea sobre ^,t fórmula que se 
aplica exclosÍTaineiite al nom- 
bre de Mahoma. 
JL. »-!= ¿I' JU 
Cauh, CALMK.--Hi3mbre de santa 

vida. J^ 
Calui. CiX. — Afarenalura de la 
formal j tCala Aliaba alaih 
soj^alati.» «auo 
Caí ít 1. — Caya^iow 
Ci-in. — Iniifereníe. •j-a 
Cni&iu— £2 Arcáofel Gabriel. 

Chtn. — Geni ». espirito. .^ 
CflnLiBi VL ifiEs« CarvAftA mi. 
TÉo.— Sexto Bes del calenda- 



325 



rio musalmán. ja,)¡\ ^<)W- 

GoLHUA. — Primeras palabras del 
cap. HiJ del alcoráa.^ ^ 

CoLOMBTBS. — Los Cardenales. 

GüLaüdo.—- Primeras palabras de 
los dos últimos capítulos del 
alcorán. i^! Ji 

QüNNA.— V. Zuna. 



Fada,— Fiesta por el nacimiento 

de una criatura. 
Falaqüe. — La bóveda celeste. 

Farde.— Obligación, fpj» 
Fasilla, Padilla.— Hechura. 
Fáteha.— Apertura, nombre que 

se da al primer capítulo del 

alcorán. I^U 
Fusta.— Madera. 



Dayüno.— Ayuno. 
DiBALLAR.— Bajar. 
DEMANDA.^Pregunta. 
DicasTANZA. — Precepto. 

ÜILG ABNAI?( , DüLC ARN AIN. — A Ic- 

jandro Magno. 
DiSTiNO.— Desatino. 



Ebn abi Áher. — Nombre patroní- 
mico de Almanzor. 

A ^1 crí' 
Edam. — Adán, nuestro primer 

padre. ^^1 

Emín. — Amén. ^^1 

Ewf A.— Intención, propósito. 

Enta.— Hacia, cerca de. Ja& 
Escanto. — Encantamiento. 



EsuTAR.— Escoger. 



GcACHiB. — Forzoso, ^^j^^lj 
GUA91R. — V. Algüacir. 

GUZALATU GOAZALEM RRAZULULLA- 

Hi. — fY salvación y paz al en- 
viado de Dios,» fórmula de en- 
cabeza miento después del 
bizmillah. 

Hache. — Peregrino, el que ha es- 
tado en la Meca. ^\a 
Hadiz.— V. Alhadiz. 
Haguátistes. — Sellos misteriosos. 

Halecar.— Crear. ^^J¡^ 
Haram. — Vedado, ilícito. >»». 
Haude. — Estanque, j^y^ 
Hauría. — Hurí, doncella del Pa- 
raíso. I^ja. 



326 



Hice.— V. Ice. 

riicnE.— V. Alhach. 

HiRCE.— Cédulü ó amuleto. ; r^»- 

IIOTBA.— V. AlHOTBA. 

íci:. — Jesús, c-*^ 

I9LAM. —Salvación: la religión 

mahometana. J¿^\ 
ImÍn. — Creencia verdadera. 

Jabéih. — V. Xabén. 

Lbilahi^ Lbyleha, Le ilah ile 
allauc» La allaha ila allaha, 
Laylaha yialla. — «No hay 
más divinidad que Dios,» fór- 
mula sacramental con que los 
mnsuhTianes afirman la uni- 
dad esencial y personal de 
Dios. ^1 ^t Jt ^ 

Lilmara.— Para la mujer. í^ 

LoGACiÓN.— Alquiler. 

L(jh Mahfdt. — La tabla reserva- 
da donde están escritos los de- 
cretos de Dios. íjissr» ^ J 

Maca.— La Meca. üX» 
Madre del Alcorán. — El primer 
capítulo de este libro. 



Malac almaüti.— El ángel de la 

muerto. C-^j41 s-tCl* 
MA9HAtt.— Frotar. ^^^ 
íMatbüj.— Cocido. ^ ^Ja^ 

MOHAMAD, MlHAMAD, MüHMBD. — 

Mahoma. ^^s^ 
MoNAFiQUE.—Hipócrita. 

MoNCAFAR. — Cosa magnífica. 



M oszTAHEL. —Imposible. 

MoTAZELÍ.— Separado. J,^^ 
MugE. — Moisés. c**'y 

MUIIAMAD RRAZLLÜ ALLA. — « Ma- 

homa es el enviado de Dios,» 
fórmula que con la de la uni- 
dad de Dios completa la pro- 
fesión de fe mahometana. 

MüMiN. — Creyente, ^ja 
MüNAFÍES. — Los descendientes de 

Abdumuna/, de la tribu de 

Coreix. vjL/» 

Pastoflar. — Censurar. 
PERCA9Aif. —Percanzar, sacar 

provecho de una profesión. 
Percüeno, Pbrgüeno.— V, Al.i- 

DÉN. 



327 



PüDPüDA.— Abubilla. 

PiGJíiR.— Castigar. 

Puyada, Püy amiento.— Subida. 

Rabí ilalamlnb. —Señor de las 

criaturas. ^-jJUJ\ ^_Jj 
Rabío. — Rabino. 
Raca. — ^V. Arraca. 
Raw alahü anhü. — «A Dios haya 



Taalb.— ¡Tan alto esl ^Uj 
Tabaraca güataala. — ¡Tan ben- 
dito y alto es! 

Ta^bihar. — Recitar atagbihes. 

Tacli. — Negación sin criterio: 
fiarse de otro. ¿JO 

Tafcira. — Interpretación, co- 
mentario. ^^^;.^* 



sido acepto,» fórmula que se Taelil.— Fórmula de declaración 
aplica á los compaHeros de de la unidad de Dios, que se 
Mahoma . repite en treinta y siete lugares 



;s 6Ü! 



^J 



distintos del Alcorán. S^ 



Ramadán, Romadán. — Noveno Taifa. — Sección, grupo. Ihlío 
mes del calendario musulmán, Tabgüac— Permiso, de ^jjy 
dedicado al ayuno. .Li3v»j Targüih, Taroüia. — Bebida: 



Rbcardear. — Acaparar y reven- 
der. 

Rbchbb, Raoiabo. — Séptimo mes 
del calendario musulmán. 

Rícela.— Carta, li L., 
Rofiar.— Rociar. 
Reismo. — Poder y dignidad rea- 
les. 
Rencorarse.— Encogerse. 



nombre del día octavo del mes 
de Dulhicha, en que los pere- 
grinos de la Meca beben agua 
del pozo de Zemzem. 

TEDEms. — Guía. w^j^aóJ» 
Tiyabero.— Guardarropa. ¿>'J 
Trestallar. — Murmurar. 
TuRCflüMÉN. — Intérprete. 



Saih. — Xeque, anciano. 
üFÍ. — Asceta-fiióso 
de Algazali. ^j^ 



^T^ Xaabén, XabXn, Xabkn. — Octa- 

SüFÍ. —Asceta-filósofo, sectario vo mes del calendario musul- 



mán. 



J 



328 



f 
-La Idv civil, ¡kxjji 



Xaoual. — Décimo mes del calen- 
dario musulmán. J!^ 
Xama. —Desviación. 
\ajia. 

Xabhe, -Comentario, glosa. 

j. 

Xarif.— Noble: aplícase á los des- 
eendienles de Mahoma por su 
hijii Fátimii. t^^^j^ 



Y9LAM.— V. I9LAM. 

Ye.— ¡Oh! b 

Ye men acarra lahu* — ¡Oh 
quien le sosegó! 

YRahmeni yRAHiM.—(í Piadoso y 
misericordioso; T- atribuios de 
Dios que se le aplican eii el 
Bizmillah. ^ji\ ^J^^' 



V9E, — V* Igi* 



ZpNA. — La ley religiosa. 



DISCURSO 



D£L 



Eiciío. Sb., conde de casa- valencia 



(^) 



Señores: 

Al honrarme con vuestra elección, mostrando antes 
benevolencia que justicia, me habéis puesto en sincero 
agradecimiento, procurándome al propio tiempo una de 
las mayores, más lisonjeras y más deseadas • satisfaccio- 
nes de mi vida. Con razón se ha dicho que á estas Aca- 
demias vienen unos por derecho propio, contándose en 
este número los escritores célebres y los afamados ora- 
dores, y otros por exclusiva bondad de la Corporación; 
siendo aquéllos los individuos de la familia, mientras 
que éstos deben ser considerados como los amigos de la 
casa. Á los últimos pertenezco, sin duda, y á reconocer- 
lo me resigno pensando que los parientes se aceptan y 
los amigos se escogen. 

Nuevo ejemplo advierto ahora, de que pocas veces de- 
jan de andar en este mundo unidas con las alegrías las 
penas. Á mi contentamiento por venir á ocupar un pues- 



(4) Leído ante la Real Academia Española en Junta pública celebrada 
el día 30 de marzo de 4879 para dar al Sr. Conde posesión de plaza de 
Académico numerario. 



330 
to entre vosotros, acompaña involuntaria tristeza recor- 
dando al ilustre académico el Excmo, Sr. D- Patricio de 
la Escosura, cuya pérdida siempre lamentaremos. Su la- 
lento tan general y espontáneo, la agudeza de su sarcás- 
tico ingenio, la jovialidad de su carácter y la amenidad 
de su trato, hacían que fuera al par que. muy querido de 
sus amigos, simpático y agradable hasta para sus adver- 
sarios. Reflejando en su agitada existencia la instabili- 
dad y las perturbaciones de la época en que vivía, des- 
empeñó destinos de índole muy diversa y cultivó casi 
todos los géneros literarios. Oficial de arliUería, Gober- 
nador de provincia, Comisario regio en Ultramar, Con- 
sejero de la Corona y Ministro plenipotenciario, ha de- 
jado para justificar su reputación de escritor algunos 
volúmenes de la historia constitucional de Inglaterra, 
un poema épico en que canta las portentosas hazañas y 
proezas de Cortés en el nuevo mundo, poesías líricas, 
comedias, dramas, novelas y multitud de artículos críti- 
cos. Llevado de su facilidad para el trabajo y un tanto 
de su afición á la novedad, acometió también la difícil 
y enojosa empresa de publicgff un diccionario de admi- 
nistración, que inesperadas circunstancias le impidieron 
llevar á feliz remate. Su fecundidad y sus gustos litera- 
rios no disminuyeron con el cansancio de la edad ni con 
el peso de los desengaños. Puso á sus días término la 
muerte, antes de que él ponerlo pudiera á la interesante 
novela Un proceso mi litar j y á la serie de artículos en 
que intentaba probar que unos desgraciados amores de 
Moratín habían inspirado su mejor y más perfecta come- 
dia á aquel autor insigne. Y también entonces se ocupa- 
ba en los públicos negocios, tomando parte con frecuen- 
cia en los debates del Senado, en donde tenia la honra- 



331 

sa representación de esta Academia. En el último dis- 
curso que pronunció en la Alta Cámara, pocos meses an- 
tes de su fallecimiento, sobre los intereses y el porvenir 
de España en el rico Archipiélago filipino, lució gallar- 
damente la difícil facilidad y el agradable estilo que 
eran las galas principales de su elocuencia, cautivando 
cual siempre á su auditorio. Mejor que yo podéis todos 
vosotros dar testimonio de su infatigable y provechosa 
laboriosidad, y de que no muchos le igualaban y acaso 
ninguno le aventajaba en entusiasmo por la patria lite- 
ratura, y en constante afán por conservar la pureza de 
nuestra hermosa lengua española* 

Cuando el Sr. Escosura ascendió á la categoría de 
académico de número en febrero de 1847, después de 
ser honorario desde 1843 y supernumerario desde 1845, 
no se daba solemnidad alguna á la recepción de los ele- 
gidos. Pero en aquel mismo año se introdujo novedad 
plausible en este punto, y ya en 7 de noviembre leye- 
ron notables discursos en sesión publica, al tomar pose- 
sión de sus cargos, el sabio D. Alejandro Olivan, el elo- 
cuente D. Nicomedes Pastor Díaz y nuestro colega el 
célebre autor de Los Amantes de Teruel; dando contes- 
tación á los tres á un tiempo mismo D. Francisco Mar- 
tínez de la Rosa, que á la sazón presidía esta Academia. 
Desde entonces las recepciones de los nuevos académi- 
cos han ido ganando en importancia, y las gentes en 
gran manera las han favorecido acudiendo presurosas á 
presenciarlas. Pero la novedad de mayor transcendencia 
y significación, y sin duda la más agradable, es la asis- 
tencia ahora constante de las señoras, antes apartadas 
de estos actos y alejadas de este recinto hasta época no 
lejana. ¿Es debida por ventura á pasajera moda, que des- 



332 

aparecerá fácilmente sin dejar rastro alguno, y á curio- 
sidad nacida de la poca frecuencia de estas sesiones, 6 
proviene de afición espontánea fundada en la mayor ins- 
trucción y en el gusto más decidido por los estudios li- 
terarios? Esta última causa es en mi sentir la cierta, y 
merece la aprobación y el aplauso de cuantos con sin- 
ceridad se interesan por la elevación del nivel intelec- 
tual en nuestra patria. La ilustración no progresa, ni se 
difunde, ni se arraiga sobre sólida base en los países en 
que la mujer recibe educación incompleta, superficial y 
limitada. Recordando algunos de los muchos títulos que 
la mejor mitad del género humano tiene á nuestro agra- 
decimiento y á nuestro cariño, ha dicho el inolvidable 
Bretón de los Herreros: 

¿Por qué tu desprecio Uora 
La que, con paciencia santa, 
Cuando niño te amamanta, 

Y cuando joven te adora, 

Y cuando viejo te aguanta? 

Sin rebajar en manera alguna estos merecimientos, 
ciertamente grandes, que sólo puede negar algún egoís- 
ta ingrato, hay que reconocer que antes de adorarnos y 
aguantarnos, la mujer forma casi siempre nuestro cora- 
zón, al par que nos inspira las primeras creencias y nos 
sugiere las primeras ideas que en nuestra inteligencia 
germinan. Debe interesamos, por lo tanto, en gran ma- 
nera que á la bondad una la mujer sólida y escogida 
instrucción. No poco se equivocan los que piensan que 
su educación esmerada y literaria es reciente importa- 
ción extranjera, acaso perjudicial y sin duda opuesta á 
nuestro carácter y á nuestras costumbres. España es la 
nación europea en que antes que en otra alguna han bri- 



i 



333 

liado eminentes escritoras; y las ha habido muy nota- 
bles en todas las épocas importantes de nuestra historia, 
lo propio en el presente que en los tres siglos anterio- 
res. Bien se puede afirmar, sin temor de razonable y 
fundada contradicción, que en nuestro país la instruc- 
ción de la mujer no se ha mirado con indiferencia y des- 
cuido sino en días de abatimiento y decadencia, cuan- 
do estaba bastante autorizada, como aconteció también 
en el primer tercio del siglo decimoctavo, la absurda opi- 
nión, ya por dicha desacreditada muchos años hace, de 
que toda clase de ilustración era perniciosa á las muje- 
res. Para demostrar la verdad de estas aseveraciones, 
que algunos pudieran creer exageradas, voy á hablar de 
las escritoras españolas de mayor mérito y celebridad, 
si bien habré de hacerlo en breves términos; que la fal- 
ta de espacio no consiente tratar con extensión este 
asunto, ni es necesario dirigiéndome á la Academia, que 
de cierto mejor que yo le conoce. 

En los reinados de D. Juan II y de Enrique IV, tan 
tristes y lamentables en nuestros anales políticos, como 
interesantes por el desarrollo y lucimiento que en ellos 
tuvo la patria literatura, merece ya mención especial la 
ilustre monja Doña Teresa de Cartagena, descendiente 
del celebrado obispo D. Pablo de Santa. María, la cual, 
aquejada de penosas dolencias, pero dotada de claro ta- 
lento y de erudición selecta, escribió la Arboleda de los 
enfermos: <et fizo aquesta obra,» como en el epígrafe 
declara, <á loor de Dios, é espiritual consolación suya ó 
de tc^os aquellos que enfermedades padecen, porque 
despedidos de la salud corporal levanten su deseo en 
Dios, ques verdadera salut.» En este libro alegórico fin- 
ge la autora que el furioso torbellino de las humanas 






t 

I 



■f 



334 

pasiones la arroja á una isla desierta, que llama Oprcn 
dio de los horréres y abyección de la plebe, en donde en- 
cuentra agradable descanso y sabroso alimento á la som- 
bra de árboles frondosos y fructíferos, que representan 
los libros piadosos y las sagradas escrituras. Á esta sal- 
vadora Arboleda recomienda que siempre acudan los en- 
fermos á quienes aflijan pertinaces padecimientos del 
ánimo, seguros de hallar eficaz remedio á su mal con la 
pura y santa doctrina del Evangelio. La originalidad del 
pensamiento, la novedad de las descripciones, lo armo- 
nioso del lenguaje y la gracia del estilo, dieron ocasión 
á los que entonces juzgaban á las mujeres incapaces de 
escribir libros formales y profundos, para creer que no 
era Sor Teresa autora de aquella obra. Con objeto de 
convencer de su error á los incrédulos, compuso una 
nueva con el título de Admiración de las obras de Dios, 
en la que hacía gala de erudición abundante, con citas 
frecuentes de los libros sagrados, de los santos padres, 
de filósofos y escritores profanos, sin omitir al italiano 
Boccacio, cuyos alegres cuentos probablemente no ha- 
bría leído. En la dedicatoria á Doña Juana de Mendoza, 
dice Sor Teresa: «Muchas veces me es fecho entender, 
virtuosa señora, que algunos de los prudentes varones, 
ó asy mesmo fembras discretas se maravillan ó han ma- 
ravillado de un tratado que, la gracia divina adminis- 
trando mi flaco mugeril entendimiento, mi mano escri- 
bió. E como sea una obra pequeña, de poca sustancia, 
estoy maravillada; ó Jion se creer que los prudentes va- 
rones se ynclinasen á quererse maravillar de tan^ poca 
cosa; pero si su maravilla es cierta, bien paresce que mi 
* denuesto non es dübdoso. » Bastó esta franca y digna de- 

claración para desvanecer las dudas, quedando demos- 



335 

trado que Doña Teresa de Cartagena ocupaba con justo 
motivo lugar preferente entre las fembras discretas, 
siendo su entendimiento antes vigoroso y robusto que 
débil, y sus escritos de los mejores entre los místicos y 
religiosos de aquel tiempo. 

Con el advenimiento de la Reina Católica, de impere- 
cedera memoria, que tan inmensos beneficios trajo á la 
nación, tomó importancia suma la educación literaria 
de las mujeres. Tenía aquella ilustre y virtuosa prince- 
sa levantados pensamientos, carácter firme y corazón 
magnánimo, que la impulsaban para acometer con en- 
tusiasmo y llevar con perseverancia á feliz término to- 
das las grandes empresas. Su reinado es la mejor y más 
brillante página de nuestra historia. No hay suceso prós- 
pero ni reforma importante en aquella época que á su 
iniciativa no se deba. Por su amor tan contrariado y 
novelesco al infante D. Fernando, hubo España, unién- 
dose para siempre las monarquías de Castilla y Aragón, 
antes con frecuencia rivales ó enemigas: por amor á sus 
leales subditos, se redujo á silencio á los perturbadores 
y revoltosos y se asentó sobre sólidas bases la paz pú- 
blica: por su amor á la religión 

Selló triunfante con la cruz divina 
Las torres de la Alhambra granadina, 

y al África tornaron los vencidos muslimes: por su amor 
á las ciencias, vinieron á estos reinos sabios extranje- 
ros, se imprimieron numerosos libros, y la ilustración 
se difundió rápidamente: por su amor á la gloria, sur- 
caron las carabelas el no explorado Océano y descubrió 
Colón un ignorado continente cuando sólo buscaba nue- 
vo y más corto derrotero para las Indias. Del país anár- 



336' 

quico de Enrique IV hizo la nación primera y prepon- 
derante de su tiempo. ¿Qué mucho que los españoles de 
todas épocas la hayan mirado con veneración y la ha- 
yan elogiado con entusiasmo, considerándola como aca- 
bado modelo de mujer y de reina? 

Alejada de la viciosa corte de su hermano, pasó gran 
parte de su juventud en Arévalo, en donde halló espa- 
cio y sosiego para entregarse á la reflexión y al estudio, 
á que naturalmente propendía su carácter; y aprendió 
varias lenguas vivas, llegando á escribir la española 
con singular corrección y elegancia. No la enseñaron, 
sin embargo, latín, que tenía á la sazón especial impor- 
tancia, por ser el idioma en que por lo general estaban 
escritos los libros más notables, el que usaban en la cor- 
te los extranjeros ilustrados, y el que se empleaba en 
las negociaciones diplomáticas. Mostró empeño Isabel 
en reparar éste y otros defectos de su educación juvenil, 
y después de ceñida la corona, y á luego de terminada 
la guerra con Portugal, sin que la desviaran de su pro- 
pósito los asuntos públicos en que constantemente en- 
tendía, trajo á su lado á Doña Beatriz Galindo, ilustre 
dama á quien sus contemporáneos llamaron La Latina^ 
tan sabia como caritativa, que así conocía los clásicos 
antiguos como fundaba hospitales para los pobres des- 
validos, y con ella aprendió el latín, logrando en menos 
de un año comprender sin dificultad los escritos y las 
conversaciones en aquel idioma. 

Había heredado de su padre D. Juan II, con el gusto 
para el estudio, la afición á los libros; y al par que los 
tenía escogidos y numerosos, hacía donaciones de ellos 
y procuraba facilitar su adquisición al público. Todavía 
forman parte de la biblioteca del Escorial los preciosos 



337 

restos de dos colecciones de libros que fueron suyas. La 
mayor constaba de 201 obras de teología, de leyes civi- 
les y fueros municipales de España, de clásicos latinos 
y griegos, de literatura moderna y libros de caballería, • 
de Historia, de moral, medicina, gramática y astrología. 
Para apreciar la importancia de esta biblioteca, convie- 
ne recordar que antes de la introducción de la impren- 
ta las colecciones de libros eran forzosamente pequeñas 
y poco, numerosas por el subido precio de los manuscri- 
tos. La mayor biblioteca de España á mediados del si- 
glo XV de que pudo tener noticia el erudito Sáez, era la 
de los Condes de Bena vente, y no excedía de 120 volú- 
menes, habiendo bastantes duplicados; y es sabido que 
las catedrales de nuestro país sacaban pingüe renta al- 
quilando sus libros en públitía subasta al mejor postor. 
La Reina Católica regaló obras escogidas á la mayor 
parte de sus magníficas fundaciones. Dio una rica colec- 
ción de manuscritos al célebre convento de San Juan de 
los Reyes de Toledo, y no se mostró menos generosa con 
el de Santo Tomás de Ávila. Atenta á procurar la ilus- 
tración de sus subditos en beneficio del estado, dictó jun- 
tamente con su esposo D. Fernando en Toledo, en 1480, 
á los seis años de ocupar el trono, una ley, testimonio 
elocuente de su protección á la instrucción pública, cu- 
yos preceptos, dignos de tenerse en cuenta, voy á trans- 
cribir. «Considerando los reyes de gloriosa memoria, 
quanto era provechoso y honroso que á estos sus rey- 
nos se truxesen libros de otras partes, para que con ellos 
se hiciesen los hombres letrados, quisieron y ordenaron, 
que de los libros no se pagase alcabala; y porque de po- 
cos dias á esta parte algunos mercaderes nuestros natu- 
rales y extranjeros han traído y de cada día traen li- 



338 

bros buenos y muchos, lo cual parece que redunda en 
provecho universal de todos y en ennoblecimiento de 
nuestros reynos; por ende ordenamos y mandamos, que 
allende la dicha franqueza, que de aquí adelante todos 
los libros que se traxeren á estos nuestros reynos, asi 
por mar como por tierra, no se pidan ni paguen ni lle- 
ven almojarifazgo, ni diezmo, ni portazgo, ni otros de- 
rechos algunos. > Sorprende agradablemente encontrar 
en tiempos de ignorancia y de rudas costumbres, íoonar- 
cas que proclaman que los muchos buenos libros traen 
beneficios para todos y ennoblecimiento para la nación. 
Con cariñoso esmero atendió la Reina á la educación 
de sus hijos. Los más doctos maestros españoles y los 
famosos hermanos Alejandro y Antonio Geraldino, lla- 
mados con este objeto de Italia, recibieron el encargo de 
enseñar á la infanta primogénita Doña Isabel y á sus 
hermanas; al paso que el sabio catedrático de Salaman- 
ca Fr. Diego Deza, asistido de otros reputados profeso- 
res, dirigía con acierto los estudios del malogrado prín- 
cipe D. Juan. Los resultados correspondieron plenamen- 
te á la solicitud materna. Los escritores coetáneos, y 
con mayores detalles Luis Vives en su tratado De Chris- 
tiana femina^ declaran su admiración por la instrucción 
extraordinaria de todas 'las infantas; y de los conoci- 
mientos literarios de la menor de ellas, la desgraciada 
Reina esposa primera de Enrique VIII de Inglaterra, 
da en sus cartas Erasmo encomiástica noticia. Las virtu- 
des y los ejemplos provechosos, como las aguas cuando 
vienen de alto, con rapidez se extienden y difunden. Los 
jóvenes de la aristocracia, de quie*nes decía Pedro Mártyr 
en 1492 «tienen como sus mayores en muy poca estima 
la ocupación de las letras, considerándolas como obs- 



339 

tácalo para sobresalir en la profesión de las armas, única 
que les parece digna de honor,» ganóos de imitar á la 
familia real, acudieron con entusiasmo después de ren- 
dida Granada á las universidades, en las que llegaron á 
desempeñar cátedras los hijos del Duque de Alba, del 
Conde de Haro y del Conde de Paredes, pudiendo consig- 
nar con razón Giovio en su elogio de'Lebrija, pasados 
algunos años, «que no había español que se tuviera por 
noble si no amaba las ciencias.» 

Muchas mujeres célebres sobresalieron entonces por 
su ilustración y talento. La Marquesa de Monteagudo y 
Doña María Pacheco, hijas del Conde de Tendilla, des- 
cendientes del Marqués de Santillana, hermanas del his- 
toriador, novelista, poeta y diplomático D. Diego Hur- 
tado de Mendoza, eran citadas por su conocimiento de 
los escritores griegos y latinos, lo propio que Doña Isa- 
bel de Vergara, noble dama de Toledo, cuyos hermanos 
tanto se distinguieron en el siglo xvi, y la ilustre sego- 
viana Doña Juana de Contreras, que siguió -correspon- 
dencia literaria én latín, dando muestra de gran elo- 
cuencia, con Lucio Marineo. En la universidad de Sala- 
manca con aplauso explicó Doña Lucía de Medrano los 
autores del siglo de Augusto, y Doña Francisca de Ne- 
brija con frecuencia suplió en la cátedra de retórica de 
Alcalá á su docto padre, que tanto contribuyó en nues- 
tro país al renacimiento de los estudios clásicos. Como 
veis, no es novedad extranjera, sino muy antigua cos- 
tumbre española, el magisterio de las mujeres en las uni- 
versidades, y no tengo noticia de que en aquel tiempo 
desempeñaran cátedras públicas en ninguna otra nación 
fiiera de España. 

De las muchas cartas que la Reina Católica escribió á 



340 
SUS hijas, á los prelados y magnates, sólo se conservan 
¡ algunas de las dirigidas á su eminente confesor Fray 

Hernando de Talavera, para darle cuenta de sus conten- 
I tamientos y de sus penas, ó para consultarle sobre din- 

\ ciles negocios de estado- Seducen la modestia y la natu- 

! ralidad que en ellas se advierten, siendo el estilo agrá- 

, dable y sencillo, sin afectación ni amaneramiento que le 

desluzcan. 
í El provechoso impulso dado por Isabel á los estudios 

1^ literarios y científicos produjo magníficos resultados, y 

desde entonces nunca faltaron escritoras que, recor- 
dando tan alto ejemplo, dejaran de cultivar la poesía, la 
comedia y la novela, ó que se dedicaran á componer 
obras místicas y religiosas. Fué una de las más notables 
;" la célebre Luisa Sigea, contemporánea y paisana de Gar- 

cilaso, autora de varios poemas latinos, cuya vida ha 
servido de asunto á una poetisa de nuestros días para un 
libro de amena lectura. Por su universal y merecida 
nombradla mantuvo frecuente correspondencia literaria 
con esclarecidos personajes, y aun con algunos de los 
Papas de su época- 
Tiempos fueron aquéllos de fortuna y grandeza en to- 
do para nuestra patria. Había regido sus destinos en di- 
fíciles circunstancias una incomparable princesa, y vi- 
no después á aumentar su gloria otra mujer admirable. 
Aun prescindiendo de su santidad, es Teresa de Jesús de 
las eminentes escritoras que bastan para dar celebridad 
á un país y á una literatura. Todo en ella es elerado, 
generoso y noble, lo niisnio el carácter que la inleb^rcn- 
cia y el corazón. Atacado por entonces rudamente y 
con violencia el catolicisrao, pensó que á la concupis- 
cencia del fraile de ^Vittenil^erg iinjiortaba oponer 



\ 




344 

virtud más austera; y á la petición de reforma de abu- 
sos en la iglesia, mayor rigor y privaciones en la vida 
monástica. Mientras otros autores ascéticos se proponían 
mover el corazón de los fieles y preservarlos de los erro- 
res de la herejía por el temor de las penas eternas, San- 
ta Teresa les hace ver la inefable dicha que en el amor 
á Dios encuentra la humana criatura, y el alivio que á 
sus sufrimientos procura la verdadera religión, que tie- 
ne consuelo para todos los dolores y esperanzas para to- 
das las desgracias. En el amor divino cifra y pone la fe- 
licidad suprema, y compadece al demonio ¡porque no sa- 
be amar! De sus libros ha dicho con verdad Fr. Luis de 
León: <En la alteza de las cosas que trata y en la deli- 
cadeza y claridad con que lae trata, excede á muchos in- 
genios; y en la forma del decir, y en la pureza y facili- 
dad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las 
palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en 
extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura 
que con ellos se iguale. Y así, siempre que los leo me 
admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me pare- 
ce que no es ingenio humano el que oigo; y no dudo si- 
no que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lu- 
gares, y que le regía la pluma y la mano, que así lo ma- 
nifiesta la luz que pone en las cosas obscuras, y el fuego 
que enciende con sus palabras en el corazón que las lee. 
Que dejados aparte otros muchos y grandes provechos 
que hallan los que leen estos libros, dos son, á mi pare- 
cer, los que con más eficacia hacen. Uno facilitar en el 
ánimo de los lectores el camino de la virtud. Y otro en- 
cenderlos en el amor de ella y de Dios.» La posteridad 
ha confirmado y ratificado el juicio de aquel gran maes- 
tro, y la fama de la sania escritora nunca ha decaído. 



l^ 



> 



I 



342 

antes se ha acrecentado con el transcurso de los siglos. 
No hay obra alguna en nuestra rica literatura, excep- 
tuando el Quijote, que se haya vertido á tantos idiomas, 
como las suyas, conocidas y celebradas en todo el mun- 
do civilizado. Aficionada á la lectura de los libros de ca- 
ballería, á la sazón muy en boga, compuso uno en los 
primeros años de su juventud, que no ha llegado hasta 
nosotros, y que es acaso el único de sus escritos debido 
á su propia iniciativa. Escribió los demás, lo mismo los 
históricos que los preceptivos y doctrinales, siendo mon- 
ja y en edad más avanzada, con repugnancia, por órde- 
nes terminantes de* sus superiores, cediendo á reitera- 
dos ruegos de sus compañeras de convento, ó con el pia- 
doso y caritativo fin de instruirlas en los deberes espi- 
rituales de la vida del claustro. Mayor maravilla causa el 
gran mérito que á todos realza, sabiendo la premura con 
que se redactaron, y que su autora nunca pensó en que 
se imprimieran y fueran conocidos del público. Cuando 
pasó á mejor vida en Alba de Tormes en octubre de 1582, 
probablemente no tenía noticia de que en aquel mis- 
mo año un librero de Évorá había dado á la estampa por 
vez primera los Avisos y el Camino de perfección. Gra- 
vemente ocupada en la reforma de la orden del Carmen, 
en oraciones y meditaciones religiosas, en la fundación 
de nuevos conventos, que no consiguió sin vencer pode- 
rosos obstáculos, apenas tuvo vagar para escribir con 
tranquilidad y reposo, absorbiendo la mayor parte del 
tiempo que á trabajos de esta clase dedicaba la numero- 
sa correspondencia que mantenía con parientes, monjas 
y personas de alta jerarquía, y que por dicha no se ha 
perdido. Nunca halló espacio para leer lo que había es- 
crito, y menos para corregirlo, por lo que recomendaba 



i 



343 

donosamente en una carta á su heímano que pusiera to- 
das las letras que en ella faltasen. Esta precipitación ex- 
plica los descuidos, las incorrecciones y la falta de cla- 
ridad suficiente en que á las veces incurría, sin perder 
la desafeitada elegancia de estilo que tanto deleitaba al 
autor de los Nombres de Cristo. Adornada de instrucción 
escogida, la estimaba como complemento necesario del 
talento y aun de la virtud. Pide á sus monjas que procu- 
ren tratar y comunicar sus almas con personas piadosas 
que tengan letras, en especial si los confesores no las tie- 
nen por buenos que sean. «Dios las libre, añade, por es- 
píritu que uno les parezca que tenga (y en hecho de ver- 
dad le tenga), regirse en todo por ól, si no es letrado; > 
y concluye con este profundo pensamiento: «Son gran 
cosa letras para dar en todo luz.> 

No es necesario, por ser tan conocidas^ enumerar aquí 
las muchas obras debidas á la inspirada autora de las 
Relaciones espirituales y de los Conceptos del amor divi- 
no, ni señalar el subido valor de cada una de ellas. Bas- 
tará recordar que como santa y escritora tiene celebri- 
dad universal y merecida. En la admirable basílica de 
San Pedro de Roma, con majestuosa sencillez trazada 
por Bramante y por el poderoso genio de Miguel Ángel 
magnificada, los suntuosos pilares que sostienen la do- 
rada techumbre y la gigantesca cúpula ostentan colosa- 
les estatuas de los principales fundadores de órdenes re- 
ligiosas, sin duda porque son éstas sostén y apoyo del 
catolicismo. Guando en el templo se ingresa, la primera 
estatua que á la derecha de la gran nave á la vista se 
presenta es la de Santa Teresa, ocupando lugar tan pre- 
ferente por su importancia en la historia de la religión 
católica y de las sociedades monásticas. 



3U 

Teniendo imaginación viva v ardiente al par que co- 
razón apasionado y tierno, era difícil que algunas vece» 
no expresase su amor en sentidos versos. Pocos nos ha 
dejado, pero inspirados casi todos por un mismo senti- 
miento. Son éstos de los que han logrado mayor Cama: 

Vivo sin vivir en mí, 

Y tan alta vida espero 

Que muero porque no muero. 

Aquesta divina unión 
Del amor en que yo ^¡vo, 
Uace á Dios ser mí cautivo, 

Y libre mi corazón. 

Mas causa en mí tal pasión 
Ver á Dios mi prisionero, 
Que muero porque no muero. 
¡Ayl ¡qué larga es esta vida, 
Qué duros estos destierros, 
Esta cárcel y estos hierros 
En que el alma está metida! 
Sólo esperar la salida 
Me causa un dolor tan fiero, 
♦ Que muero porque no muero. 
jAyl ¡qué vida tan amarga 
Do no se goza al Señor I 

Y si es muy dulce el amor. 
No lo es la esperanza larga. 
Quítame, Dios, esta carga 
Más pesada que de acero. 
Que muero porque no muero. 

Sólo con la confianza 
Vivo de que he de morir. 
Porque muriendo el vivir 
Me asegura mi esperanza. 
Muerte do el vivir se alcanza, 
No te tardes, que te,espero. 
Que muero porque no muero. 



345 

Mira que el amor es fuerte, 
Vida, no me seas molesta; 
Mira que sólo le resta 
Para ganarle perderte; 
Venga ya la dulce muerte, 
Venga el morir muy ligero, 
Que muero porque no muero. 

Mucho menos conocida es esta bellísima octava escrita 
con mayor cuidado: 

Dichoso el corazón enamorado 
Que sólo en Dios ha puesto el pensamiento; 
Por Él renuncia á todo lo criado 

Y en Él halla su gloria y su contento. 
Aun de sí mismo vive descuidado, 
Porque en su Dios está todo su intento; 

Y así alegre atraviesa y muy gozoso 
Las ondas de este mar tempestuoso. 

Con ser tan agradables y tiernas éstas y la mayor 
parte de las poesías por diversión y en ratos de esparci- 
miento escritas, no pueden competir con las principales 
obras en prosa, ni por la alteza de los conceptos ni por 
la hermosa sencillez del estilo. No se acierta á formar 
cabal idea del mérito de esta mujer insigne y de su im- 
portancia, sin conocer su VidOy las Fundaciones^ la Vi- 
sita de conventos y las Moradas; así como sin leer sus 
numerosas cartas no se llega á comprender y apreciar 
bien su resuelto, jovial y noble carácter. 

No brilló en el siglo xvi ninguna otra escritora, ni 
española ni extranjera, que pudiera rivalizar con ella. 
No la hubo en Inglaterra, que en la época presente con 
razón se ufana de muchas, sobresaliendo entre ellas las 
novelistas. Tampoco se encuentra en Francia, que en 



346 

la siguiente centuria tuvo á la célebre Marquesa de Se- 
vigné. En Italia, que marchaba entonces á la cabeza de 
todas las naciones en literatura y en artes, florecieron 
distinguidas poetisas, como Verónica Gámbara y Gas- 
para Stampa, muy inferiores, sin embargo, á la afama- 
da Vittoria Golonna, hija de Fabricio, Duque de Pallia- 
no, tierna esposa del vencedor de Pavía, Marqués de 
Pescara, cuya muerte y hazañas lloró y cantó en apa- 
sionados y hermosos versos; logrando con ellos y con 
el entusiasmo y la fidelidad con que honró por largos 
años su memoria, inspirar á Miguel Ángel un amor 
ardiente, puro y duradero. Es, sin duda, la Golonna su- 
perior como poetisa á Santa Teresa; pero no la iguala 
en importancia y mérito como escritora. 

Las exigencias de la cronología me obligan á pasar 
de obras místicas y religiosas á novelas profanas: de la 
santa de Ávila á Doña María de Zayas y Sotomayor, 
señora principal en Madrid, nacida en los primeros 
años del siglo xvii, cuyo padre D. Fernando sirvió de 
capitán en los tercios y obtuvo luego el hábito de San- 
tiago. De las veinte novelas ejemplares y amorosas que 
compuso, diez se publicaron en l637, con feliz suerte, 
y las diez últimas en 1647, con no menor fortuna. Lope 
de Vega, generoso de alabanzas para los autores cele- 
brados en el Laurel de Apolo^ las prodiga cortesmente 
á Doña María en los siguientes ampulosos versos: 

jOh dulces hipocrénides hermosas! 
Los espinos pangeos 
Á prisa desnudad, y de las rosas 
Tejed ricas guirnardas y trofeos 
Á la inmortal Doña María de Zayas, 
Que sin pasar á Lesbos ni á las playas 



347 

Del vasto mar Egeo, 

Que hoy llora el negro velo de Teseo, 

Á Safo gozará MiÜlenea, 

Quien ver milagros de mujer desea; 

Porque su ingenio vivamente claro 

Es tan único y raro, 

Que ella sola pudiera, 

No sólo pretender la verde rama, 

Pero sola ser sol de tu ribera; 

Y tú por ella conseguir más fama 

Que Ñapóles por Claudia, por Cornelia 

La Sacra Roma y Tebas por Targelia. 

Aun reconociendo la exageración del elogio, lo me- 
recen, como obras literarias, las Novelas amorosas cuya 
entretenida lectura viene á probar que en aquellos 
tiempos el rigor y la severidad con las ofensas á la reli- 
gión eran tan excesivos como la tolerancia y la indul- 
gencia con los ataques á la moraL Existia la previa 
censura ejercida por eclesiásticos, los cuales, al par que 
prohibían la impresión de los libros en que había ó 
creían ver doctrina perniciosa ó herética, autorizaban 
la libre circulación y la reimpresión frecuente de cuen- 
tos, poesías y comedias inmorales y hasta obscenas. Con 
cortas excepciones son las Novelas amorosas muy poco 
• ejemplares, y llega á los últimos límites en este género 
El prevenido engañado ^ que sirvió á Scarron con muy 
insignificantes variaciones para su Precaution mutile. 
Sorprende que una señora de respetable clase y morige- 
rada conducta escribiera estos cuentos; pero no menos 
admiración causa leer la licencia eclesiástica suscrita 
por Fr. José de Valdivielso, que dice así: <En este ho- 
nesto y entretenido libro no hallo cosa que se oponga á 
la verdad católica ni á la moral cristiana; y aunque por 



348 

ilustre oraulacíón de las Corinas, Safos y Aspasias, no 
Ho le debiera dar la Ucencia que pide, por dama ó hija de 
Madrid me parece que no se le puede negar, > Alguna 
monotonía se advierte en los personajes y en los asuntos 
de oslas novelas. Gomo en nuestro teatro antiguo, casi 
nunca hay madres, sin duda para que parezcan menos 
inverasímiles por su falta las aventuras de las hijas. Los 
padres y los hermanos, confiados en demasía, no com- 
prenden los peligros que suelen tener las rejas para las 
jóvenes curiosas; no escogen con esmero las dueñas, y 
no logran impedir irreparables desgracias, aunque á las 
veces aciertan á vengarlas. Aficionadas á galanteos y 
declaraciones amorosas, las hijas observan más de lo de- 
l)ido quién las sigue suspirando cuando van á la igleda, 
escuchan las serenatas, aceptan nocturnas citas en las 
ventanas con galanes á quienes no han tratado, reciben 
sin gran resistencia cartas traídas por oficiosas donce- 
llas, no piensan en poner su descuido en reparo, y lue- 
go abandonan el hogar paterno por la promesa de un 
casamiento que tarda mucho en realizarse ó al fin no se 
realiz^i. Y los jóvenes, á pesar de su buen nacimiento y 
venti\josa posición social, inclinados antes al rapto qoe 
al matrimonio consentido, fingiendo y engañando, lle- 
van la i>erturbación y el escándalo á familias honradas 
y tranquilas, No creo que estos cuentos pintan con exac- 
titud la sociedad del reinado de Felipe I\\ Por más que 
no Alora acal^do modelo de severas costumbres, no lle- 
galví con fnvuoncia á iale^ excesos de candidez ni á 
semejan les consurahles extravíos. Confirma esta creen- 
cia la autora, cuando dice en El premnid<> engañado: 
«.l-logó D* Fadrique á Se\illa tan escarmentado en Se- 
rafina, quo ix)r ella uhraiaba á todas las demás mujeres. 



349 

no haciendo excepción de ninguna; cosa tan contraria á 
su entendimiento, pues para una mala hay ciento bue- 
nas. Mas, en fin, él decía que no había de fiar de ellas y 
más de las discretas, porque de muy sabias y entendidas 
daban en traviesas y viciosas, y que con sus astucias en- 
gañaban á los hombres; pues una mujer no había de sa- 
ber más de hacer su labor y rezar, gobernar su casa y 
criar sus hijos, y lo demás eran bachillerías y sutilezas 
que no servían sino de perderse más presto. > La propia 
experiencia pronto desengañó á D- Fadrique, que ha- 
biendo buscado para mujer una ignorante, se arrepintió 
de su elección con fundado motivo; y desde entonces <tu- 
vo su opinión por mala. Y todo el tiempo que después vi- 
vió alababa las discretas que son virtuosas, porque no 
hay comparación ni estimación para ellas.» 

Pagó tributo Doña María de Zayas al gusto de su 
. tiempo, contando la vida y desventuras de un personaje 
desgraciado ó grotesco. El castigo de la miseria perte- 
nece al género de El Ijizarillo de Tormes^ de Guzmdn 
de Alfarache^ y más aún de El gran Tacaño. El tipo del 
hijodalgo navarro D. Marcos, su mezquindad, su cons- 
tante mortificación por ahorrar, su desastroso fin al ver- 
se burlado y sin el dinero con tanto trabajo reunido, es- 
tán pintados cqn singular gracia y con gran conoci- 
miento del idioma, por más que cause extrañeza que 
una señora pudiera tener noticia de muchos de los de- 
talles y circunstancias de la trabajosa existencia de un 
pobre paje, que con tanta prolijidad y donaire describe. 

Contemporánea de la Zayas, si bien dedicada á muy 
distinto género de vida, y autora de escritos de muy di- 
ferente índole, fué Sor María de Jesús, que cediendo á 
irresistible vocación religiosa, que transmitió á su madre 



7 L >i i'-iTUiina. nmd» asi-ríiia de elLis^ en edad tempra- 
z¿ - -a li -^ÜA Le Á:r?M!a, un '^onTeato de monjas des- 
::í1li5 '* 0. fL ^Línire 'ie la Inmaculada Concepcióa, que 
>CT*. ^r,z. . zr^n. urnilira-ila. F':r su piedad j virtudes, 
T^Liz^'U zo :':ii aja 'ufiaTia Icá veinnLcinco años que la 
Tzü:.! :e lii cr-icrii exixia^ oi: ;aTo por eiección en 1627 
■zL ':wjr: le ^ipericn. 'ríe. ex:ecniaiido un corto perio- 
•:. :e "cra^o-, .^:ii<trrTr.: !:.i<r.i L*:í:^. época de 3n maerte. 
r -il^-rrü -t:5 jií'im:*' s -ríe. im^, tildada de celestiales avi- 
?»_í. ?-^'rilL • lé^outs le rr<i¿^:o> per lar^.'S años, nna 
'ii¿^z7\j: ie la ^-Trr^rii^ ríe lie^:- .irr";V al niego descon- 
T^^iLM ie -íH ji:n, y ¿^-rZ-'i:- rl ^crL:?e;o 'ie an director 
c^3lrí~:.ll ríe üt) :re:a ''t:!iTrEÍerL'e ríe las reli^í3sas 
!*^:z:':»i5Ícri:i líl:r':s. r^cj les it^^.s y las ilnienes del 
•yl'-lti ^ re"L '>r:a .*í:ii l:i5Í5^fii''Li. -rLliriado en 1655 á 
>:r L¿ir"_a :e -'r<ii¿í i enizeiiar se^rinda vez la historia de 1 
la LCtiir^ lei Señcr. en la ríe :rtil:a;L coasranreroente, 
i;L'^*a '^rrLi "^rimiruiia poce n"cs de 5íi ¿Ce^:imiento> 
^«": iñrs -le^pii-r^, en t-T..'. ^ili i ?iz en iíailrid en 
"i'tr* ': mo** riL L'lio *viz. rl 'i"!!'.^ le J/ .'r''fz chid^id de 
Zh^.r, i^irLii»: l'id- -iesie rn'iZ'^trS i ¿mpeñaia^ centro— 
TfíT?!!^ 7 a ;tiÍ4*í.:s zii'' »:':c:es':s^ En -Mían c este libro 
em^ez. i -'iriíilar v a >er **rn:»:'ii:. íie ieniaciado d la 
In-ruíi.-lvii le F:":^il. ríe •^\z.± i n: 'ir lias personas 
:':«'Vi5 rl iei^'a-ic en-^jir-j^: le exji:'^ irle> La aproba- 
cL- n ríe ?'e'!a^ , fia ^-^.liLv: ie j'< ríe fu rices apro- 
iar'in. no imiin.' fn t:>i la len^í^^ir^i ie P.rcia* «pie al 
¿iL r:e-i. ^n -ín^ienii: en Ttr^nd ie nn Irireve especial, 
enie-n.:»: i inrani^ia iel rey 'larj:^ II ie España. En 
l'^'í ^1 prnii-e In<:cen.:i.: XII Vl^-: x rni?i:cien<iar el 
en.inen :el liir-: i nni '^rnrrrc-i^'i.npí^i^ic^i'ar. «jaeno 
le^r. i -ZJrsen-jn mi-icme ii'-iralile z- ic-er^^^ Pero la 



r 



^51 

facultad de teología de París, después de grandes deba- 
tes que habían exaltado los ánimos, declaró solemne- 
mente en la Sorbona en 1696 que había lugar á conde- 
nar la Mística ciudad de Dios^ ad virtiendo, sin embar- 
go, que si María de Agreda no tiene el propósito de bur- 
larse de sus lectores, por lo menos se engaña á sí pro- 
pia, queriendo hacer pasar fábulas, ficciones y errores, 
cuyo autor no puede ser Dios, por misterios que le han 
sido revelados por divina manera. Los numerosos admi- 
radores de esta obra, que se había traducido á casi todos 
los idiomas europeos, pidieron la canonización de la 
autora al papa Benedicto XIII, que expidió decreto en 
1729 para que la causa siguiera sus trámites en la sa-- 
grada congregación de ritos, la cual tampoco llegó á 
formular dictamen sobre este controvertido asunto* Un 
moderno escritor extranjero, hablando de este libro que 
califica de «asombroso,» dice: <cLos misterios de la re- 
ligión cristiana, los principios de la iglesia católica, los 
textos más difíciles de la Escritura, los confusos cómpu- 
tos de la historia evangóUca, los más ocultos designios 
de la Providencia, la teología sagrada, dogmática, ex- 
positiva, escolástica, moral, deliberativa y mística, todo 
está allí reunido.» Acerca de su estilo emitió el siguien- 
te encomiástico juicio el R. P. Samaniego, general de 
la orden de San Francisco y obispo de Palencia, muy 
entusiasta de Sor María de Jesús: «Propiedad en los tér- 
minos sin afectación; facilidad sin bajeza; majestad de 
palabras sin fausto; elocuencia sublime sin artificio; dis- 
posición adecuada; fuerza de instrucción; empleo de las 
ciencias naturales; elección exacta de términos escolás- 
ticos; energía en las sentencias; conocimiento de los pa- 
sajes de la Escritura, cosas todas que prueban que la 



352 

obra de la venerable madre ha sido escrita por divi- 
na luz.> 

Alcanzó en la corte esta célebre monja poderosa in- 
fluencia que acertó á conservar hasta su muerte. Detú- 
vose en Agreda para verla Felipe IV en julio de 1643, 
cuando se encaminaba á Zaragoza para atender á la 
guerra de Cataluña sublevada; y tan satisfecho debió 
quedar de la entrevista, que entonces empezó con Sor 
María una correspondencia sobre asuntos personales y 
negocios de estado, quo duró veintidós años sin inte- 
rrupción alguna. «Escríbeos á media margen, decía el 
Rey en su primera carta, porque la respuesta venga en 
este mismo papel, y os encargo y mando que esto no pa- 
se de vos á nadie. > Cerca de dos siglos han transcurrido 
sin que fuera conocida esta correspondencia íntima y 
reservada, de notorio interés histórico y literario. Sacó 
á luz parte de ella por vez primera en 1855 M. A. Ger- 
mond de Lavigne, académico correspondiente de la Es- 
pañola, publicando veintiuna cartas del Rey y otras 
tantas de Sor María de Jesús, que llegan al año 1658, 
tomadas de la copia que, por indicación de nuestro eru- 
dito colega D. Eugenio de Ochoa, examinó en la biblio- 
teca nacional de París. Posteriormente, en 1870, el pro- 
pio Sr. Ochoa incluyó en el tomo segundo del varia- 
do epistolario español; en la Biblioteca de Autores es- 
pafwleSy seis cartas de Sor María, desde julio hasta oc- 
tubre de 1643, y dos de Felipe IV de fin de aquel mis- 
mo año, advirtiendo que existe una copia íntegra de es- 
ta curiosa correspondencia en la Academia de la Histo- 
ria. De toda ella y de otras muchas cartas de la supo- 
riora de Agreda, dirigidas á elevados personajes de su 
tiempo, tendremos pronto edición esmerada y completa, 



/ 



353 

á una señora que con provecho se ocupa en la li- 
f atura española. Juzgando por las ya conocidas, no 
de carecer de importancia las todavía inéditas. En 
laá^e corren impresas, Felipe IV refiere menudamente, 
rvaciones ni comentarios, los sucesos políticos 
.0, los acontecimientos de las guerras en que el 
aba empeñado, la falta constante de recursos 
iseguirlas con vigor y evitar desastres, y al pro- 
po habla de las dolencias de la Reina y de las 
; y después del inesperado fallecimiento del 
D. Baltasar Carlos, cuyo recuerdo ha hecho 
cedero el mágico pincel de Velázquez, manifiesta 
sien^re vehemente deseo de tener sucesor directo para 
ona, que vio al fin satisfecho con el tardío naci- 
nto de aquel príncipe débil y enfermizo, último so- 
rano de la casa de Austria, que, según una conocida 
ase, no supo ser rey ni hombre. Sor María, que no 
i del ascendiente que con el monarca tenía, ni lo 
•ovechó en beneficio personal ni para influir en el 
gdtoierno ó en la corte, escribe con humildad propia de 
su Istado, con el respeto y el cuidado á la majestad de- 
bid«y y hace extensas y elevadas reflexiones sobre asun- 
tos m fe, dando prudentes y sanos consejos con decisión 
y ewgía. El mejor elogio que del mérito literario de 
sus o»as pudiera presentar, es traer á la memoria que 
las cA el excelente diccionario de autoridades de esta 
mia. Lamentándose de las algaradas de los portu- 
en la frontera, del temor de una sublevación en 
andes y de los muchos aprietos del reino, acude atri- 
bulado Felipe IV á su consejera de Agreda; y teniendo 
por cierto que todos aquellos males nacen de haber eno- 
jado al Señor, dice desde Zaragoza en 2 de octubre de 

23 



354 

1643: «Quisiera que si por algún camino llegáis á en- 
tender qué es su santa voluntad que yo haga para apla- 
carle, me lo escribáis aquí; porque yo ando con deseo de 
acertar, y no só en qué yerro. Algunos religiosos me 
dan á entender que tienen revelaciones y que Dios man- 
da que castigue á éstos ó aquéllos y que eche de mi ser- 
vicio á algunos. Bien sabéis vos que en esto de revelacio- 
nes es menester gran cuidado, y más cuando hablan es- 
tos religiosos contra algunos que verdaderamente no 
son malos ni los he reconocido nunca cosa que pueda da- 
ñar á mi servicio, y juntamente aprueban otros que no 
tienen buena opinión en su modo de proceder; y que el 
sentir universal de ellos es que son amigos de revolver y 
poco seguros en la verdad. > Podría parecer delicada iro- 
nía la advertencia referente al cuidado necesario en pun- 
to á revelaciones, si no supiéramos el respetuoso cariño 
del Rey á Sor María de Jesús, cuyos consejos en esta oca- 
sión están inspirados también por la prudencia y por el 
mejor deseo de poner remedio á perjudiciales abusos en 
el gobierno. <E1 desacreditar á unos para introducir á 
otros, > escribe en 13 de octubre siguiente, <no lo aprue- 
bo, acredito ni abono, cuando se puede decir lo que con- 
viene sin tocar á la honra del prójimo, si no es que las 
personas que han hablado á vuestra naajestad quieran 
decir que algunos asisten muy cerca que los juzgan por 
oficiosos y son inútiles para mandar, porque es muy di- 
ferente la virtud esencial de cada uno, á la ciencia y sa- 
biduría de gobernar; y que podían asistir otros que por 
más talento y capacidad vengan á ser de más prove- 
cho y el daño mayor consiste en que los que debien- 
do mirar al bien común y el de su príncipe y rey, sien- 
do desinteresados, se ceban en sus bienes, ordenándolos 



355 

á SUS propias comodidades, y todo lo hacen carne y san- 
gre. Señor mío, esto sucede en la paz y en la guerra; 
con que vuestra majestad y sus reinos están pobres y to- 
dos los que andan en la masa están prósperos y ricos; 
cada uno procura llegarse más al fuego para calentarse 
mejor y recibir más bienes de fortuna, y por eso tienen 
envidia y se hacen emulación unos á otros; sería bueno 
igualarlos á todos oyéndolos á todos, de suerte que cada 
uno piense es el más allegado, sin que de la voluntad de 

vuestra majestad reciban más unos que otros Esas 

personas que hablaron á vuestra majestad, pudieron te- 
ner otro motivo fundado en el común sentir del mundo, 
que abomina del gobierno pasado, pareciéndole que es- 
tas desdichas y calamidades se originan de él; y como tan 
aprisa no se ven buenos sucesos, parécele que gobierna 
quien gobernó antes, y no fuera desatentado dar una pru- 
dente satisfacción al mundo que la pide, porque vuestra 
majestad necesita de él.» Sorprende ciertamente que en 
la mitad del siglo xvii una monja encareciese desde un 
pequeño pueblo de Aragón al Rey la conveniencia de 
contar con la opinión pública, cuyo apoyo necesitaba 
para gobernar; y mucho debió arrepentirse Felipe" IV de 
haber desatendido tan oportuno aviso. 

Otra monja en lejanas tierras nacida y educada fué la 
última, escritora notable en los tiempos de la dinastía 
austríaca. Nueva España, hermosa región, teatro de las 
hazañas del más grande y eminente de los conquistado- 
res españoles de América, pagó, antes que con la ponde- 
rada riqueza de sus minas con el peregrino ingenio de 
sus hijos, la predilección con que siempre la miró Espa- 
ña, y sus perseverantes esfuerzos para llevarla á un alto 
grado de civilización y cultura. En Méjico vino á la vi- 



r 



L- 



356 

da el insigne poeta D. Juan Ruiz de Alarcón, gloria de 
\ nuestro teatro, á quien imitó Gorpeille en alguna de sus 

comedias; en Méjico vio la luz ol discreto Gorostiza, cu- 
yas obras dramáticas se aplaudieron con justicia en los 
anos primeros del presente siglo; en Méjico y en 1651 
nació la célebre Sor Juana Inés de la Cruz, en cuyo 
I elogio se escribieron con entusiasmo tomos enteros, 

% contando entre sus panegiristas al p. Feijóo. Ejemplo 

f * ofrece esta poetisa, más que otra alguna, de la exagera- 

-j . ción en la alabanza y en la censura de que adolece con 

^¿t frecuencia en nuestro país la crítica literaria. Llamá- 

is ronla décima musa sus contemporáneos, y posteriormen- 

y te se quiso hasta expulsarla del parnaso. La verdad, co- 

mo acontece en casos semejantes, se encuentra á igual 
distancia de esos dos extremos. D. Juan Nicasio Gallego, 
autoridad no recusable, reconoce en ella gran capacidad, 
mucha lectura y un vivo y agudo ingenio, si bien aña- 
de que por tener la mala suerte de vivir en el último 
tercio del siglo xvii, tiempos los más infelices de la lite- 
ratura española, ge ven sus versos atestados de las ex- 
travagancias gongorinas y de los conceptos pueriles y 
alambicados que estaban entonces en el más alto apre- 
cio. Del pervertido gusto de la época da suficiente testi- 
monio el título de la tercera edición de las poesías de es- 
ta escritora, impresa en Zaragoza en 1692: Poetnas de la 
única poetisa americana^ musa décima^ Sóror Jtmna 
Inés de la CruZj religiosa profesa en el Monasterio de 
San Gerónimo de la Imperial Ciudad de Méjico^ que en 
varios metros j idiomas y estilos, fertiliza varios assump- 
tos con elegantes, sutiles, claros^ ingeniosos y útiles ver- 
sos, para enseñanza, recreo y admiracio7i. Bien se ad- 
vierte que fertilizar varios asuntos en varios metros, con 



357 

Sutiles versos, se debió escribir en el propio tiempo de 
decadencia en que se publicaban las Gracias de la gra-- 
cia y Saladas agudezas de los santos. Cultivó la monja 
mejicana la poesía dramática, y no carecen de mérito 
sus dos comedias Amor es mas laberinto y Los empeños 
deuna'casQ, y los autos sacíamentales El Mártir del 
Sacramento San Hermenegildo y El cetro de Joseph. Pe- 
ro brillan más sus conocimientos y su numen en las poe- 
sías líricas que escribió en castellano, en latín y en uno 
de los dialectos que hablan los indios mejicanos; y es de 
notar, recordando su estado y su vida monástica, que 
casi siempre trató de asuntos profanos, y que sus villan- 
cicos, nocturnos y romances religiosos muy infeiriores 
son á sus versos inspirados por mundanos afectos. Véa- 
se en qué términos pinta los tormentos de querer sin ser 
correspondida, y de ser amada por quien no merece sus 
favores: 

Que no me quiera Fabio al verse amado, 
Es dolor, sin igual, en mi sentido; 
Mas que rae quiera Silvio aborrecido, 
Es menor mal, mas no menor enfado. 

¿Qué sufrimiento no estará cansado, 
S¡ siempre le resuenan al oído. 
Tras la vana arrogancia de un querido 
El' cansado gemir de un desdeñado? 

Si de Silvio, me cansa el rendimiento, 
Á Fabio canso con estar rendida; 
Si de éste busco el agradecimiento, 

A mí me busca el otro agradecida; 
Por activa y pasiva es mi tormento. 
Pues padezco en querer y en ser querida. 

Un largo romance dedica á discurrir sobre los celos, 
del cual copiaremos algunos discretos conceptos. 



358 

Son ellos de que hay amor 
El signo más manifiesto, 
C9mo la humedad del agua 

Y como el humo del fuego. 

El que no los siente amando, 
Del indicio más pequeño, 
En tranquilidad de tibio 
Goza bonanzas de necio: 

Que asegurarse en las dichas, 
Solamente puede hacerlo 
La villana confianza 
Del propio merecimiento. 

Para tener celos basta 
Sólo el temor de tenerlos; ' 

Que ya está sintiendo el daño 
Quien está sintiendo el riesgo. 

Temer yo que haya quien quiera 
Festejar á quien festejo, 
Aspirar á mi fortuna 

Y solicitar mi empleo. 

No es ofender lo que adoro, 
Antes es un alto aprecio 
El pensar que deben todos 
Adorar lo que yo quiero. 

El que es discreto, á quien ama 
Le ha de mostrar que el recelo 
Lo tiene en la voluntad, 

Y no en el entendimiento. 

Y aunque muestra que se ofende. 
Yo sé que por allá adentro. 
No le pesa á la más alta 
De mirar tales extremos. 

En ingeniosas redondillas defiende á las mujeres de 
las injustas censuras de los hombres que «las acusan 
sin motivo de lo que en ellas causan. > 



359 

Hombres necios que acosáis 
Á la mujer sin razón, 
Sin ver que sois la ocasión 
De lo mismo que culpáis. 

Si con ansia sin igual 
Solicitáis su desdén, 
¿Por qué queréis que obren bien 
Si las incitáis al mal? 

Combatís su resistencia, 

Y luego con gravedad 
Decís que fué liviandad 
Lo que hizo la diligencia. 

Parecer quiere el denuedo 
De vuestro parecer loco 
Al niño que pone el coco, 

Y luego le tiene miedo. 
Queréis con presunción necia 

Hallar á la que buscáis. 
Para pretendida Thais, 

Y en la posesión Lucrecia. 

¿Qué humor puede ser más raro 
Que el que falto de consejo, 
Él mismo empaña el espejo 

Y siente que no esté claro? 
Con el favor y el desdén 

Tenéis condición igual: 
Os quejáis si os tratan mal, 
Os burláis si os quieren bien. 

Opinión ninguna gana, 
Pues la que más se recata. 
Si no os admite es ingrata, 

Y si os admite es liviana. 
Siempre tan necios andáis. 

Que, con desigual nivel, 
k una culpáis por cruel, 

Y á otra por fácil culpáis. 

¿Pues cómo ha de estar templada 



360 

La que vuestro amor pretende, 
Si Ja que es ingrata ofende 

Y la que es fácil enfada? 
Mas entre el enfado y pena 

Que vuestro gusto requiera, ' 

Bien haya la que no os quiera; 
Quejaos en hora buena. 

Dan vuestras amantes penas 
Á sus libertades alas, 

Y después de hacerlas malas 
Las queréis hallar muy buenas. 

¿Cuál mayor culpa ha tenido 
En una pasión errada. 
La que cae de rogada 
Ó el que ruega de caído? • 

¿Ó cuál es más de culpar. 
Aunque cualquiera mal haga: 
La que peca por la paga 
Ó el que paga por pecar? 

Pues ¿para qué os espantáis 
De la culpa que tenéis? 
Queredlas cual las hacéis, 
Ó hacedlas cual las buscáis. 

Dejad de solicitar, 

Y después con más razón 
Acusaréis la afición 

De la que os fuere á rogar. 

Bien demuestran los citados versos el talento poético 
de Sor Juana Inés de la Cruz, con frecuencia extraviado 
por el mal gusto de aquel tiempo. De sus mejores com- 
posiciones debiera hacerse escogida colección cuya lectu- 
ra siempre agradaría. 

Mi propósito, al comenzar enunciado, de tratar fan 
sólo de las escritoras más notables, me impide ha- 
blar con detenimiento de otras de menor mériío, que 



^ I 



364 

lograron, sin embargo, bastante- celebridad entre sus 
contemporáneos, y que se mencionan con elogio en el 
Laurel de Apolo de Lope de Vega, ó en las Flores de 
poetas ilustres de Espinosa. Guóntanse en este número 
como las principales: Doña Cristobalina Fernández de 
Alarcón, muy docta en lengua latina y en literatura, 
distinguida poetisa, lo propio que Doña Luciana y Doña 
Hipólita de Narváez; Doña Ana Caro Mallén^ llamada 
la musa sevillana, amiga y .compañera de Doña María 
de Zayas, autora de varias poesías y de algunas come- 
dias, siendo de éstas la más apreciada El Conde de Par- 
tinuples; Sor Valentina Pinelo, también poetisa sevilla- 
na; Doña Feliciana Enríquez de Guzmán, que á pesar de ^ 
su noble alcurnia, con traje de hombre y nombre su- 
puesto cursó filosofía y otros estudios en la universidad 
de Salamanca, cultivando después con éxito la poesía 
lírica y la dramática; Doña Bernarda Ferreira de la 
Cerda, autora del poema España libertada^ poetisa por- 
tuguesa que escribió tiernos y sentidos versos españoles; 
Doña Leonor de la Cueva, Doña Luisa de Silva y Doña 
Angela Acebedo, que compusieron comedias; y Doña 
Mariana de Carvajal, granadina, descendiente de las 
ilustres familias de San Carlos y Rivas, que con el título 
de Navidades en Madrid ó Noches entretenidas publicó 
ocho novelas, tan agradables, en opinión de Ticknor, 
por el mérito de la invención como por la sencillez del 
estilo. 

En fin del siglo xvii, y en principio del xviii, tiempos 
de gran decadencia y de gusto detestable en las letras 
españolas, no disminuyeron un punto en las señoras 
las aficiones literarias. Sabemos que en una justa poética 
que se celebró en Murcia el año 1727, en honor de San 



362 

Luis Gonzaga y de San Estanislao de Kostka, acudieron 
á lucir su ingenio cinco poetisas y nada menos que cien- 
to cincuenta poetas. Probablemente todos serían meros 
versificadores, y los versos entonces presentados de 
cierto no harían honor ni á los autores ni á los santos, 
mártires postumos del concurrido certamen. 

Los peligros de la guerra de sucesión y la gravedad de 
los sucesos políticos no llegaron, sin duda, á turbar la 
tranquilidad y el reposo de la vida monástica, cuando no 
impidieron dedicarse á la poesía mística, en los primeros 
años del largo reinado de Felipe V, á la afamada sevi- 
llana Sor Gregoria de Santa Teresa, entre cuyas obras, 
las más todavía inéditas por desgracia, sobresale el (7o- 
loquio espiriticaL También se dedicó al mismo género 
literario Sor María del Cielo, célebre poetisa portugue- 
sa, que escribió en castellano Las lágrimas de Roma, 
otros autos alegóricos y no pocas de sus poesías. En la 
época de Fernando VI, otra monja poetisa. Sor Ana de 
San Jerónimo, digna hija del ilustre Conde de Torrepal- 
ma, religiosa del convento del Ángel en Granada, cau- 
só admiración y entusiasmo en sus contemporáneos, al 
par que por su vasta instrucción y su peregrino ingenio, 
por su virtud acendrada. 

Reservado estaba á una ilustre señora contribuir po- 
derosamente con su iniciativa al progreso literario de 
aquel tiempo. Cuando se iba perdiendo la afición á las 
academias literarias, tan en boga en los dos precedentes 
siglos, la Condesa viuda de Lemos, después Marquesa 
de Sarria, hermana del Duque de Béjar, apasionada por 
las bellas letras, fundó en su magnífico palacio, imitan- 
do á un tiempo mismo las antiguas sociedades poéticas 
españolas y las costumbres de las damas de la primera 



363 

sociedad de Francia, la Academia del buen gustOy á la 
que concuprían Montiano, Luzán, Nasarre, el Conde de 
Saldueña, el Marqués de la Olmeda, el Conde de Torre- 
palma, Porcel, Velázquez, el Duque de Bójar y otros va- 
tes de los mejores de entonces, atraídos por la juventud, 
la hermosura, el talento y la instrucción de la noble y 
discreta Condesa, que con tales prendas fácilmente lo- 
graba reunir en sus tertulias á las personas más distin- 
guidas por el saber y por la alcurnia. Parnaso al revés 
llamó con gracia D. Juan de Iriarte á aquella academia 
en la que una mujer presidía á los poetas. En ella se 
leían poesías que quedaban unidas á las actas, que con 
gran formalidad y escrupulosa exactitud redactaba y fir- 
maba el secretario Montiano; y asistían con frecuencia 
á sus sesiones la Condesa de Ablitas, la Duquesa de San- 
tisteban, la Marquesa de Estepa, que escribía versos, y 
la Duquesa viuda de Arcos, que, con la Condesa de Le- 
mos, rivalizaba en aficiones literarias, si bien carecía del 
talento y donaire para representar comedias, que su 
amiga lucía en el teatro de su palacio, con gran conten- 
tamfbnto de los concurrentes á estas escogidas funcio- 
nes. Estos altos ejemplos impulsaron en las señoras el 
desarrollo del gusto para cultivar las artes y las letras. 
La Academia de San Fernando, de creación reciente, 
nombró por aclamación á la Duquesa de Huesear, pre- 
miando así el mérito de sus obras, académica de honor 
y directora honoraria de la pintura, con voz, voto y 
asiento preeminente, y con opción á todos los cargos 
académicos. Igualmente admitió en su seno aquella Cor- 
poración, por la excelencia de sus pinturas, á la Mar- 
quesa de Estepa, antes nombrada, y á la Marquesa de 
Santa Cruz. Emulando con estas señoras, aunque en dis- 



' 364 

tinto género, Doña Josefa Amar y Borbón tradujo con 
suma elegancia la obra del abate Lampillas; la Marque- 
sa de Espeja vertió al español la Filosofía moral, del ita- 
liano Zanotti; y la Condesa-Duquesa de Benavente leyó 
útiles discursos en la Sociedad económica matritense, 
merced á la energía de Garlos III, que con laudable em- 
peño, y no sin reiteradas discusiones con sus ministros, 
consiguió que las mujeres pudieran ingresar en aquellas 
asociaciones importantes que tan señalados servicios 
prestaron. Esta pública consagración del mérito délas 
mujeres naturalmente había de estimularlas á dedicarse 
a estudios más difíciles y formales. Alcanzó fama por su 
ciencia Doña María Isidra de Guzmán y la Cerda, hija 
de los Condes de Oñate, que á los diez y siete años tomó 
en Alcalá el año 1785 el grado de Maestra y Doctora en 
Filosofía y Letras humanas, que el íley, por decreto es- 
pecial, permitió que aquella universidad le confiriese, 
previos los correspondientes ejercicios, en atención á las 
sobresalientes cualidades personales de que estaba- dota- 
da. En públicos exámenes probó su sólida instrucción, 
3' que poseía el griego, el latín, el francés y el italübio, 
obteniendo el nombramiento de consiliaria perpetua y 
catedrática honoraria de filosofía moderna. Había mere- 
cido también la singular distinción, que hasta ahora no 
se ha vuelto á conceder á mujer alguna, de toma,r asien- 
to en esta ilustre Academia, en la que leyó una oración^ 
notable por la elevación de miras y la firmeza de la en- 
tonación, á juicio de nuestro colega el señor Marqués de 
Valmar. 

En los postreros años del reinado de Carlos III, que 
tanto deseó mejorar la educación literaria y científica de 
las mujeres, tuvieron alguna notoriedad Doña María de 



365 

Hore, de mayor renombre por su belleza, por su instruc- 
ción, por su talento y por haberla consagrado una desns 
fantásticas leyendas Fernán Caballero, que por las pocas 
poesías suyas que hasta nosotros han llegado; y Doña 
María Helguero, monja de las Huelgas, que se dedicó á 
la poesía sagrada, y que, á pesar de su indisputable inge- 
nio, tuvo el extraño pensamiento de conmemorar la sa- 
grada Pasión en seguidillas. Bastante superaron á éstas 
dos medianas poetisas, la amiga de Quintana, Doña Ma- 
ría Rosa Gal vez, en sus obras líricas y más aún en las 
dramáticas, y Doña Vicenta Maturana, autora de dos no- 
velas, Teodoro ó el huérfano agradecido y Sofía y En-- 
riqíce; del Himno d la lima^ bello poema en prosa, y de 
.una corta colección de poesías, publicada, según el se- 
ñor Ochoa, para desvanecer una intriga cortesana en- 
caminada á privarla del afecto y favor de la reina María 
Josefa Amalia de Sajonia, suponiendo que hacía los ver- 
sos de la Reina; invención maligna, porque aquella au- 
gusta señora los componía con gran facilidad, si bien á 
veces los consultaba con la Maturana. Tuvo esta es- 
critora, de vida harto desgraciada, verdadero estro poé- 
tico, y con frecuencia se reflejan en sus obras la amar- 
gura y la tristeza que debieron producir en su ánimo re- 
petidas desventuras. Sirva de prueba el final' de su ele- 
gía titulada La Desesperación. 

Soy cual barquilla expuesta á los rigores 
Del irritado mar, cuando le agita 
£1 soplo de los vientos bramadores; 

Y al abismo veloz me precipita 
El encono cruel con que la suerte 
Tiene mi ruina y perdición escrita. 

Que no hay constancia que dolor tan fuerte 



366 

Resistir pueda, y toda mi esperanza 
Se cifra en el sepulcro y en la muerte, 
Que allí el imperio del dolor no alcanza. 

Utilizó, sin duda, en gran raanera sus instructivas y 
agradables conversaciones y sus provechosos consejos 
literarios, la reina María Josefa Amalia, que constan- 
te afición mostró á la poesía, escribiendo en español 
muchos versos, que inéditos se conservan en el rico ar- 
chivo de Palacio, por más que notoriamente no sean su- 
yos todos los que llevan su nombre. Espectáculo tan ra- 
ro es ver á una poetisa en el trono, dando forma á su 
inspiración en extranjero idioma, que no parecerá ino- 
portuno que aquí transcriba parte de algunas de las com- 
posiciones de la tercera esposa de Fernando VII, que 
son de todo punto desconocidas. En las Oraciones para 
después de comulgar dice con religioso fervor y arrepen- 
timiento: 

Dame una devoción ardiente y pura; 
Dame una inagotable caridad; 
Que mande con prudencia y con dulzura 

Y obedezca con gozo y humildad; 

Que á mis contrarios trate con blandura 

Y pague con amor la crueldad; 
Que la injuria sepulte en el olvido, 
Mas nunca el beneficio recibido. 

Así describe algunos de los deberes del verdadero 
cristiano: 

Mortificar los sentidos, 
Las pasiones refrenar, 
Merecer y despreciar 
Los elogios merecidos, 
Socorrer los desvalidos 
Mirándolos con amor, 



367 

Perdonar al ofensor, 
Pagarle con beneficios, 
Tener horror á los vicios 
Y piedad del pecador. 

En la despedida de la Virgen, al salir del Escorial, 
para reunirse con el Rey en Valencia, hay estas estrofas, 
en que rivalizan la devoción y el cariño: 

Yo te saludo |oh dulce Madre mía! 
Al alejarme de tu hermoso altar, 
Como á mi amparo fiel, como á mi guia 
Y clara estrella en proceloso mar. 



Mi esposo ya me llama; llegó el día 
Que de tu amor mi corazón pidió, 
Y al vernos borrará nuestra alegría 
£1 llanto que la ausencia nos costó. 

Citaré, por último, la siguiente décima, <sobre el 
tiempo y la eternidad al contemplar un reló:> 

La aguja con paso igual 
Corre el tiempo señalando, 
Del placer el fin marcando, 
De la tristeza y el mal. 
Pero cuando cada cual 
Coja de su vida el fruto. 
Cien siglos de gozo ó luto 
Pasarán y muchos más. 
Sin que parezca jamás 
Que ha pasado ni un minuto. 

Para completar esta rápida reseña de escritoras céle- 
bres ó notables que ya no existen, tan sólo me falta ha- 
blar de dos de las más afamadas: de Fernán Caballero y 
de Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, Pocas palabras 



368 

diré de ellas, aunque muchas merecen, que han sido las 
dos contemporáneas nuestras, y todos conservamos inde- 
leble en la memoria el recuerdo de su vida, y hemos si- 
do testigos del extraordinario éxito de sus obras en Es- 
paña y en extranjeras naciones. 

Acontece á las veces que el género literario en que so- 
bresale el escritor de más genio de un país, no se cultiva 
en él después con fortuna. Tres centurias han transcurri- 
do desde que Shakespeare escribió sus imperecederas y 
admirables tragedias, y en ese largo tiempo no puede va- 
nagloriarse Inglaterra de ningún otro insigne dramáti- 
co, sÍQ que basten á poner en duda esta verdad las ame- 
nas comedias de Sheridan, los correctos pero fríos dra- 
mas de Jonson y las tragedias de Thomson. Análogo fe- 
nómeno se advierte en España. Es, sin duda, el Quijote 
el mejor libro de nuestra literatura; pero desde que Cer- 
vantes publicó su obra maestra, hasta época reciente, 
tan sólo vieron la luz novelas de aventuras ó picarescas, 
que no llenaron el vacío que en este difícil género ha- 
bía. No dieron el resultado apetecido las tentativas de 
escritores de superior talento, después del renacimiento 
del romanticismo, para que entre nosotros floreciese la 
novela con igual brillo y pujanza que en otras naciones. 
El doncel de D. Enrique el Doliente, de Larra; Doña 
Isabel de Solis, de Martínez de la Rosa, y Sancho Salda- 
ña, de Espronceda, á pesar de su indisputable mérito li- 
terario, no lograron por falta de interés arraigar en Es- 
paña la novela histórica que tan universal renombre pro- 
curó al escocés Walter Scott, de cuyas obras, por la ver- 
dad y exactitud con que reproducen los personajes, los 
sucesos y las costumbres de pasados tiempos, pudo decir 
con acierto M. Villemain que eran mejores que la his- 



369 

toria misma. Tampoco alcanzaron éxito fovorable los 
ensayos de novelas de repugnante y excesivo realismo, 
y de las que solicitan el interés del lector por. la abun- 
dancia de crímenes y horrores. Pienso que no Jiay exa- 
geración en sostener que el mérito del renacimiento de 
la novela española en la época presente pertenece á Fer- 
nán Caballero, cuya iniciativa han seguido después con 
notable ingenio otros autores. La publicación de La ga- 
viota fué un fausto suceso literario, y La familia de Al- 
vareda^ LdgriYñ'as y El último consuelo vinieron á con- 
firmar las esperanzas que despertó aquel libro, demos- 
trando que teníamos un excelente novelista original, que 
con envidiable sencillez y novedad describía tipos sim- 
páticos, agradables ó característicos de las gentes de 
nuestras provincias meridionales, y refería verosímiles 
dramas de los qué á cada paso ocurren en la vida. En lo 
cómico, lo propio que en lo trágico; en lo bueno, lo mis- 
mo que en lo malo, la realidad excede siempre en gran 
manera á la ficción más ingeniosa y á la invención más 
perfecta. Por tal motivo hay mayor garantía de acierto 
para el novelista y para el autor dramático en estudiar 
profundamente el corazón humano y la sociedad que le 
rodea, que en fantasear caprichosamente á su albedrío. 
No desconoció este fundamental principio Fernán Caba- 
llero, que supo conciliar con arte el interés indispensa- 
ble en obras de imaginación, con la verdad de los afec- 
tos, de las pasiones y de los caracteres de los personajes 
que presentaba á sus lectores. Abundan desde hace años 
en todos los países las novelas de costumbres, pero las 
de la escritora, sevillana ofrecen la ventaja de ser casi 
siempre novelas de costumbres buenas; circunstancia 
atendible y no despreciable, si se tiene en cuenta el gus- 



370 

to dominante en una parte de la literatura contemporá- 
nea, y la funesta propensión á creer que sólo se excita 
la atención y se despierta la curiosidad del público con 
la pintura de feos vicios y de actos inmorales. 

Gloria redunda para España de que en la isla de Cuba 
hayan nacido los dos poetas líricos más eminentes de to- 
da la América española en los modernos tiempos. No se 
puede negar esta justa alabanza á Heredia y á la Avella- 
neda, aun reconociendo el gran talento del venezolano 
Bello, el cantor de la Agricultura de la zona tórrida^ con 
quien no rivaliza poeta alguno de los diversos estados 
que ocupan el inmenso territorio que desde California 
se extiende hasta el estrecho que surcaron por vez pri- 
mera las naves de Magallanes y de Elcano. Es también 
la Avellaneda la más ilustre escritora de nuestra patria, 
después de Santa Teresa, y como poetisa no halla com- 
petencia en la Europa cristiana. Son inferiores sus no- 
velas á las de Fernán Caballero, á las de Jorge Sand, á 
las de Madame d'Arbouville y á las de bastantes escrito- 
ras inglesas; pero prefiero sus producciones dramáticas 
á las de Jorge Sand y á las de Madame de Girardin, y 
sus composiciones líricas me parecen muy superiores á 
cuantas conozco escritas por poetisas en cualquiera de 
los idiomas europeos, sin exceptuar las muy tiernas y 
bellas de la célebre Vittoria Colonna. <Las calidades que 
más caracterizan sus poemas,» ha dicho con severa im- 
parcialidad D. Juan Nicasio Gallego, <son la gravedad y 
elevación de los pensamientos, la abundancia y propie- 
dad de las imágenes y una versificación siempre igual, 
armoniosa y robusta. Todo en sus cantos es nervioso y 
varonil: así cuesta trabajo persuadirse que no son obra 
de un escritor del otro sexo. No brillan tanto en ellos los 



371 

movimientos de ternura, ni las formas blandas y delica- 
das, propias de un pecho femenil y de la dulce languidez 
que infunde en sus hijas el sol ardiente de los trópicos 
que alumbró su cuna. Sin embargo, suele ser afectuosa 
cuando quiero Acrecientan el subido valor de sus ver- 
sos la gracia y el primor del lenguaje poético y la gala- 
nura de su esmerada versificación. Cuentan que uno de 
nuestros más célebres y populares escritores exclamó al 
oir una de sus composiciones: <Es mucho hombre esta 
mujer.» El chiste tuvo éxito, contribuyendo á que se 
haya exagerado el carácter varonil de su talento poéti- 
co. No faltaban ciertamente ni sonaban con dificultad en 
su lira las cuerdas de la ternura, del amor y del senti- 
miento religioso. En hermosos versos refiere la poetisa 
cómo encontró en España al hombre que ante su mente 
se presentó en Cuba, 

£a la aurora lisonjera 
De su juventud florida, 
En aquella edad primera; 
Breve y dulce primavera 
De tantas flores vestida. 



Volaban los años, y yo vanamente 
Buscando seguia mi hermosa visión....^ 
Mas dio al ñn la hora: brillar vi tu frente, 

Y «es éU dijo al punto mi fiel corazón. 
Porque era, no hay duda, tu imagen querida, 

Que el alma inspirada logró adivinar, 
Aquélla que en alba feliz de mi vida 
Miré, para nunca poderla olvidar. 

Por tí fué mi dulce suspiro primero, 
Por tí mi constante secreto anhelar 

Y en balde el destino, mostrándose fiero. 
Tendió entre nosotros las olas del mar. 



372 

Buscando aquel mundo que en sueños veía, 

Surcólas un tiempo valiente Colón 

Por tí, sueño y mundo del ánima mía, 
También yo he suicado su inmensa extetisidD. 

Que no tan exacta la aguja al marino 
Señala el lucero que le ha de guiar, 
Cual fíja mi mente marcaba el camino 
De hallar de mi vida la estrella polar. 

Mas layl yo en mi patria conozco serpienio 

Que ejerce en las aves terrible poder 

Las mira, las lanza su soplo atrayente, 

Y al punto en sus fauces las hace caer. 
¿Y quién no ha mirado gentil mariposa 

Siguiendo la llama que la ha de abrasar?.... 
¿Ó quién á la fuente no vio presurosa 
Correr á perderse sin nombre en el mar?,,„ 

¡Poder que me arrastras! ¿Serás tú mi llama? 
¿Serás mi océano? ¿Mi sierpe serás? 
¿Qué importa? Mi pecho te acepta y te ama. 
Ya vida, ya muerte le agunrde detrás. 

A la hoja que el viento potente arrebata, 
¿De qué le sirviera su rumbo inquirir?.... 
Ya la alce á las nubes, ya al cieno la abata, 
Volando, volando la habrá de seguir. 

Con más vivos colores pinta la dicha de ver corres- 
pondido su amor, y la natural emoción y el inmenso de- 
leite que experiiAenta cerca del hombre amado* 

Ante mis ojos desparece el mundo, 

Y por mis venas circular ligero 

El fuego siento del amor profundo. 

Trémula en vano resistirte quiero 

De ardiente llanto mi mejilla inundo, 
¡Deliro, gozo, le bendigo y muerol 

Viene luego el triste y desgarrador desenlace de este 
amor desgraciado, que arranca un grito de dolor al he- 



373 

rido corazón de la Avellaneda, que todavía guarda ca- 
riño al ingrato amante. 

No existe lazo ya: lodo está roto: 
Plúgole al cielo así: ibendito sea! 
Amargo cáliz con placer agoto: 
Mi alma reposa al fin; nada desea. 

Te amé, no te amo ya: piénsoló al menos: 
¡Nunca, si fuese error, la verdad mire! 
Que tantos años de amargura llenos 
Trague el olvido; el corazón respire. 

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo 

Una vez y otra vez pisaste insano 

Mas nunca el labio exhalará un murmullo 
Para acusar tu proceder tirano. 



Cayó tu cetro, se embotó tu espada. 
Mas ¡ay! ¡cuan triste libertad respiro*! 
Hice un mundo de tí, que hoy se anonada, 
Y en honda y vasta soledad me miro. 

¡Vive dichoso tú! Si en algún día 
Ves este adiós, que te dirijo eterno, 
Sabe que aún tienes en el alma mía 
Generoso perdón, cariño tierno. 

¿Puede haber quien dude si es poetisa ó poeta el au- 
tor de esta breve y sentida historia íntima de un amor 
apasionado? Tampoco esa duda cabe cuando se leen y 
admiran sus inspiradas poesías religiosas. No es tan va- 
ronil como se ha supuesto el gran talento de esta escri- 
tora. Análoga opinión sustenta el Sr. Valera al indicar 
que pocas veces agitan su numen el patriotismo, el 
amor á la libertad y la filantropía, acaso porque estas 
pasiones y estos sentimientos «son más varoniles que 
femeninos.» 

No desmerecen de las líricas las obras dramáticas de 



374 

la Avellaneda. De las más celebradas y aplaudidas, con 
encomio han escrito tres señores académicos. La grave- 
dad del asunto, la alteza de pensamientos, la noble ele- 
gancia clásica del estilo, tanto avaloran á Alfonso Mu-- 
nio^ á Saúl y á Baltasar^ que las hacen dignas de com- 
paración con el Pelaxjo de Quintana, el Edipo de Martí- 
nez de la Rosa, La micerte de César de Vega y la Virgi- 
nia del Sr. Tamayo. 

Gomo no entra en mi propósito citar á escritoras que 
afortunadamente todavía viven, aquí pongo término á 
mi discurso; pero no sin recordar antes las elocuentes 
palabras con que uno de nuestros más grandes oradores 
contemporáneos, que también perteneció á esta Acade- 
mia, encarecía la necesidad de sana, vasta y sólida ilus- 
tración en las mujeres. «Entre las numerosas y deplo- 
rables resultas de esta enorme desigualdad > (la que en 
general existe entre la instrucción de los hombres y la 
de las mujeres), <la más inmediata y la más funesta es- 
tá en reducir el mutuo comercio de los dos consortes á 
la satisfacción de los sentidos y al culto de los afectos, 
eliminando de la acción doble y de la materia propia de 
la comunidad matrimonial, un orden entero de relacio- 
nes; las relaciones que conoce, abarca y cultiva el hom- 
bre, como criatura que es racional é inteligente, no cria- 
tura meramente sensible y sociable La mujer, dotada 

tan sólo de la instrucción indispensable para conocer su 
inferioridad, presa del ocio, fácilmente se abandona al 
tedio, fuente abundosa de todo peligro y de todo desor- 
den Porque con el sistema que prevalece, aun entre 

las clases menos acomodadas, de echar de casa á los 
hijos desde la edad más tierna, enviándolos al colegio; 
con los progresos de la mecánica, que al aliviar las fae- 




375 

ñas del hombre han desterrado del hogar toda indus- 
tria, la mujer que no hila, ni teje, ni borda apenas, y que 
lo poco que tiene que coser lo cose como si dijéramos 
al vapor, porque lo cose á máquina, ¿en qué ha de em- 
plear el tiempo que le sobra, si no lo emplea en cultivar 
su inteligencia? Y no ocupándole en este noble, sano y 
fecundo ejercicio, ahora que no padece el antiguo cauti- 
verio; ahora que no está encarcelada en el serrallo, ni 
confinada en el gineceo, ni escoltada por un rodrigón, 
ni vigilada por una dueña; ahora que tan tristemente 
enervada su fe religiosa, cimiento y raíz de toda moral, 
consagra sólo en determinados días algunos momentos á 
la observancia de los deberes cristianos; ahora que la ca- 
ridad, en la forma de asociación con que se practica y 
dispensa, apenas obliga á una señora á abreviar una vez 
al mes la tarea del tocador y el culto de su persona; en 
tal desamparo y soledad, ¿cómo escapará el alma vacía 
de la mujer al peso de la inacción y á las tentativas del 
bullicio? ¿Devorando acaso novelas malsanas, para em- 
pezar vacilando al leer á Julia y acabar avergonzada y 
confusa, desluciendo con cieno su corazón y su espíritu, 
al leer á Valentina? No: la mujer que haya de consagrar 
toda su alma y todo su tiempo al amor y contemplación 
de Dios, ha de ser una Teresa de Ávila; la que haya de 
consagrarlos al amor y al bien del prójimo, ha de ser 
una Isabel de Hungría: esas almas grandes, esas almas 
tiernas, esas almas santas, esas almas escogidas, en 
cuya virtud y pureza sé mira el Hacedor como en un 
espejo, y cuya pureza y virtud siente y admira el hom- 
bre, sin llegar nunca á comprenderlas y avalorarlas, sa- 
len de la esfera ordinaria como excepciones y singula- 
ridades que no pueden medirse con ninguna regla. Pero 



\ 



376 

el común de las mujeres, supuestas su complexión física 
y moral, y su exquisita sensibilidad y su imaginación vo- 
raz y volcánica; y habida consideración á nuestras ac- 
tuales costumbres, á nuestro estado de civilización y á 
las condiciones generales é irresistibles del mundo mo- 
derno, necesita instruirse con gran variedad de substan- 
cias para formar su razón, moderar su fantasía y dirigir 
su temperamento; para enriquecer su alma con la diges- 
tión y posesión de la verdad, de la J}ondad y de la belle- 
za; para educar, ilustrar y robustecer su conciencia, y 
medir por el valor de su conciencia y de su alma el va- 
lor de su persona, y tenerse en mucho, bajo el punto de 
vista del honor y del deber, y deducir de esta convic- 
ción el respeto de sí misma y la fortaleza segura y so- 
segada; centinelas domésticos, constantes ó incorrupti- 
bles, á quienes ningún lazo engaña ni ninguna fascina- 
ción adormece. Fuera de este camino no hay salvación 
para la patria ni para la sociedad, porque cuando la mu- 
jer se estaciona y no adelanta, entonces desciende, y 
descendiendo la mujer, también desciende necesaria- 
mente el hombre.» 

Con razón abogaba Ríos Rosas en tan levantado es- 
tilo por la instrucción para la mujer, y pudiera haber 
añadido que al darla toda la extensión y variedad indis- 
pensables en la época presente, no se haría sino reanu- 
dar las buenas tradiciones de los tiempos mejores de 
nuestra historia. Acabamos de ver que lo que parece á 
algunos novedad aventurada ó peligrosa de países extra- 
ños, tiene en el nuestro, desde hace largos años y aun 
centurias, notables y provechosos precedentes que se 
pueden repetir sin inconveniente alguno. Si las mujeres 
estudian, reciben srrados académicos y desempeñan cate- 



377 

dras, imitarán el ejemplo de Doña Isidra de Guzmán^ de 
Doña Lucía de Medrano y de Doña Francisca de Nebrija. 
Cuando funden y presidan reuniones y academias litera- 
rias para estimular en sus trabajos á los escritores dis- 
tinguidos con el irresistible atractivo de la belleza y del 
ingenio, seguirán las huellas de la Marquesa .de Lemos 
y de la Duquesa de Arcos. Si las Reales Academias les 
abren algún día sus puertas, las conferirán una alta dis- 
tinción con que se honraron la Doctora de Alcalá, la Du- 
quesa de Huesear y las Marquesas de Santa Cruz y de Es- 
tepa; que entonces las señoras principales, no satisfechas 
con pertenecer sólo á la aristocracia de la sangre, mos- 
traban el buen gusto de querer brillar también en la del 
talento. Las escritoras'que alcancen justa fama, vendrán 
á continuar la serie en que tanto descuellan la admira- 
ble Teresa de Jesús y luego la Zayas, Sor María de Agre- 
da y Fernán Caballero; y las que sientan agitada la 
mente por inspiración poética, aspirarán á rivalizar con 
la monja de Méjico y con la insigne autora del Príncipe 
de Viana. La instrucción indispensable es para todas; y 
aun por egoísmo no debemos caprichosamente limitarla, 
que la mujer, cuando á la gracia del rostro une la her- 
mosura del alma, y la ilustración al entendimiento, ha 
sido y será siempre para el hombre la poesía y la felici- 
dad de la vida. 



CONTESTACIÓN 



D£L 



ExcMo. Sh. D. JUAN VALERA 

AL DISCURSO DEL Sb. CONDE DE CASA-VALENCIA. 



Señores: 

Nada podría lisonjearme y agradarme más que el en- 
cargo que me habéis dado de contestar al bello discurso 
que acabamos de oir. Su autor, recibido hoy en el seno 
de esta Corporación, está unido á mí por lazos de paren- 
tesco, y, lo que es más estimable y grato, por amistad de 
mucho tiempo, jamás interrumpida hasta ahora y que 
promete no serlo nunca. 

Si la disposición de ánimo, que de este afecto nace, 
no tuerce mi juicio, inclinándole á la benevolencia, me 
atrevo á afirmar que la obra literaria que el nuevo Aca- 
démico nos ha leído corrobora las razones que para ele- 
girle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad, ter- 
sura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado 
de crítica juiciosa. 

Pero, por mucho que valga su discurso, el Conde de 
Casa-Valencia había exhibido antes otros títulos de más 
valer para aspirar á tomar asiento entre vosotros. 

No pocas veces he discutido yo con él acercfa de un 



.379 

punto importantísimo en la historia de toda literatura, 
y singularmente de la española, en nuestros días. Fun- 
dábase nuestra controversia en este aserto, que dábamos 
por sentado: en nuestra España apenas tiene el escritor 
el incentivo del lucro, ó es tan ruin el incentivo que no 
debe suponerse que sea él y no el amor de la gloria quien 
á escribir estimule. 

La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ine- 
ficacia 6 escasez de incentivo, era un bien ó un mal pa- 
ra las letras. 

Como yo no vengo aquí á hacer pública confesión de 
mis culpas, no diré si por carácter vacilo; pero sí con- 
fesaré que, salvo en ciertas cuestiones de primer orden, 
en que sostengo siempre la misma opinión, rayando en 
f tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, que 
considero secundarias, vacilar con demasía y no acabar 
nunca de decidirme, fluctuando entre los más encontra- 
dos pareceres. Percibo, ó imagino que percibo, cuantos 
argumentos hay en pro y en contra, y ya me siento so- 
licitado por unos, ya atraído por otros, en direcciones 
opuestas. 

En este asunto de las letras mal remuneradas me 
ocurre, mil veces más que en otros, tan lastimosa fluc- 
tuación. 

Prescindo del interés que como escritor me induce á 
desear que los libros se vendan á fin de hallar én com- 
ponerlos medio honrado de ganar la vida. Y libre mi 
criterio de esta seducción, diré en breves frases lo que 
en pro de ambos pareceres se presenta á mi espíritu. 

Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un 
tratado del célebre Alfieri, cuyo título es Del Príncipe y 
de las letras. Nada me parecía más razonable que lo que 



380 
allí se afirma. Todavía, en tiempo del autor, los poetas, 
los filósofos, los que componían historias, todos los es- 
critores, en suma, contaban poco con el vulgo, y espe- 
raban ó gozaban remuneración por sus .trabajos de algún 
magnate, monarca, tjrano ó señor espléndido, que los 
protegía. Contra esto se enfurece Alfleri, declama con 
severa elocuencia y se desata en invectivas y en rauda- 
les de indignación. Para complacer al príncipe, magna- 
te ó tirano, á quien.se sirve y de quien todo se espera ó 
teme, importa adular, encubrir á menudo las verdades 
más provechosas al género humano y emplear un estilo 
sin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime 
su misión en lo que vale, es menester que se sustraiga 
y emancipe de la protección y tutela del tirano, que 
aprenda y ejerza oficio manual para vivir independien- 
te, y que, de esta manera, escribiendo sólo por amor á 
la gloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo 
y purísimo de adoctrinar á los hombres y de hacerlos 
más virtuosos, componga obras merecedoras de pasar á 
la posteridad, para bien de las generaciones futuras, á 
quienes sirvan de guía y norte. 

Todos estos razonamientos repito que me encantaban. 
Y yo daba gracias fervientes al cielo porque me había 
hecho nacer en una edad en que las cosas habían cam- 
biado de tal suerte, que el escritor, contando con el pú- 
. blico, para nada necesitaba de tirano á quien adular, ni 
á fin de no incurrir en su enojo se veía obligado á callar 
las más útiles y hermosas teorías. 

Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que 

hoy se llama público y que en lo antiguo con vocablo 

menos respetuoso se llamaba vulgo, ¿no es tirano tam- 

■ bien? ¿No es menester adularle si queremos ganar su 



381 

I 

voluntad? ¿No conviene decirle las cosas que le deleitan 
para tenerle propicio? ¿No se necesita callar las verda- 
des más sanas para que no se enfade? 

Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, 
si el público y el pueblo fuesen la misma entidad, aún 
se podría sostener que posee, si no reflexivo acierto para 
apreciar la bondad, la verdad ó la belleza, instinto semi- 
divino y casi infalible que le lleva á fallar sobre todo ello 
con justicia. Pero, entre las muchedumbres que gozarán, 
á no dudarlo^ de tan noble instinto, y el escritor que á 
ellas se dirige, siempre ó casi siempre se interpone cier- 
ta capa social, aunque leve y sutil, muy tupida, donde la 
voz.se embota y apaga ó el escrito se detiene, sin llegar 
ante los ojos ó sin penetrar en los oídos de ese vulgo ó 
de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera 
candidez sabría decidir lo justo, si la voz ó el escrito se 
pusiera á su alcance. Detenidos éstos en la mencionada 
capa social, sólo de ella pueden los escritores esperar hoy 
el galardón que apetecen. Lo malo es que las gentes que 
forman esta capa social son, á mi ver, poco á propósito 
para el fallo. Egoístas en grado sumo, se dejan arrastrar 
de la pasión ó del interés del momento. Hasta lo más 
excelso y transcendental se subordina á la moda: ora por 
moda son creyentes; ora por moda son impíos. Á la adu- 
lación se hallan tan propensos como el más engreído ti- 
rano. Y suelen carecer del buen gusto de que algunos 
tiranos, protectores de las letras, han dado pruebas bri- 
llantísimas. Bien puede ponerse en duda que haya habi- 
do jamás clase media bastante ilustrada para competir 
en tino, al proteger la poesía y las demás letras huma- 
nas, con Pericles, Augusto, Mecenas, Bembo, León Dé- 
cimo, Lorenzo el Magnífico, Luis XIV de Francia y el 



382 

Duque de. Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y escudriña 
bien este negocio, qué cosas tan útiles al linaje humano 
se hubieron de callar los protegidos por no incurrir en 
el desagrado de sus egregios protectores. ¿Qué prohibi- 
ría decir, por ejemplo, el Duque de Weimar á Herder, 
Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy á en- 
tender que ellos dijeron todo lo que quisieron, y que, 
sin miedo de perder el favor del amable soberano que 
los hospedaba y regalaba con generosa magnificencia, 
permítaseme lo familiar de la frase, se despacharon á su 
gusto. 

No se opone esto á que Alfieri en general tuviese ra- 
zón; pero es menester hacer extensivo su argumento no 
sólo al escritor que se somete á un príncipe, sino tam- 
bién al escritor que al público se somete. Por donde ven- 
drá á inferirse que la verdadera independencia y noble- 
za de quien escribe está en el propio ser de su alma y no 
en la circunstancia exterior de que viva asalariado por 
un príncipe ó por un mercader de libros que le paga con 
lo que del público cobra. 

Sea como sea, en el día este segundo piodo de ganar 
algo con las letras es él único posible. Los príncipes no 
son señores de vidas y haciendas; apenas se halla tirano, 
amable ó no amable, que pueda disponer de la fortuna 
pública para proteger á los poetas y literatos; y lo más 
natural es que éstos se hagan pagar por el público su 
trabajo, porque no se ha de confundir por ningún estilo 
el antiguo patrocinio de los príncipes con lo que hoy se 
llama protección oficial. Esto, por muchas garantías que 
se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, 
tiene todos los inconvenientes de los otros dos modos de 
protección. En lo tocante á servilismo baja hasta lo ínfi- 



i 



383 * 

mo, pues no se trata ya de adular á los Módícis ó al dis- 
tinguido y simpático Duque de Weimar, sino al Minis- 
tro, tal vez zafio y obscuro; al Director, tal vez lego, y 
acaso, acaso, al triste Oficial del Negociado. Las elegan- 
cias cortesanas, los primores del estilo, la atildada com- 
postura, que para ganar la protección de la corte se re- 
querían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo 
que de esta protección oficial, concedida en virtud de 
prosaicos expedientes, sólo nace una literatura enferma 
za y enteca, como planta criada en invernáculo: libros 
de pacotilla, sin elevación ni libertad de espíritu en quien 
los escribe, y desprovistos además de aquella distinción 
y de aquella pulcritud aristocráticas, que siempre son un 
mérito, no existiendo otros de más substancia. 

Así, pues, yo propendo á creer que es inútil, si no por 
todo extremo nociva, la protección oficial á la literatu- 
ra, y en particular á la amena, y sólo comprendo que 
proteja y subvencione el Estado ciertas producciones tan 
hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumir ra- 
zonablemente que no cuentan en una nación, medio cul- 
ta siquiera, con un público que pase de cien personas, 
como por ejemplo, un libro de matemáticas sublimes, 
erizado de fórmulas, signos y figuras, y atiborrado de 
cifras, misteriosas para el profano. Lo demás, ó dígase 
novelas, versos, historia, política y hasta filosofía, el 
público debe pagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se 
escriba ó que se escriba de balde. 

Casi se puede afirmar que tal es el caso en España. 

Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal ó es un bien? 
Yo, á pesar de mis vacilaciones, y á pesar del interés 
personal que me lleva á creer lo contrario, creo que es 
un bien. 



384 

Todo el que tiene ó imagina tener algo peregrino, he- 
lio y nuevo que decir, de seguro que no se lo calla: lo 
dice, aunque no se lo paguen. Por decirlo es muy capaz 
de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayor hechizo que el 
de que nos escuchen ó nos lean? Fiado en este hechizo, 
trazó Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una 
compañía ó sociedad de oyentes, que se haría pagar por 
oir á los autores. El filósofo que inventa un sistema, el 
vidente que percibe al numen agitando su alma, y el 
poeta á quien el estro hiere y aguija con invencible brío, 
escribirán sus filosofías, sus poesías y sus visiones, aun- 
que nada les valgan. El escribir entonces será de veras 
sacerdocio; algo de devotísimo y sagrado que no se to- 
mará por oficio. Se escribirán pocos libros medianos. Só- 
lo se escribirán algunos buenos. Y se escribirán muchos 
pésimos, por los alucinados de la gloria; pero esto no 
obsta, porque el río del olvido los arrastrará en su co- 
rriente, á poco de haber salido á luz y sin dejar huella 
ninguna. 

De que los libros no valgan dinero resultará que todos 
aquellos hombres de entendimiento, que sirven para 
algo, harán mil cosas útiles y no escribirán. Sólo escri- 
birán los verdaderamente inspirados, los amantes de la 
gloria, los punzados ó impelidos por el estro, los que 
tienen algo grande y nuevo que decir, ó el que absolu- 
tamente no sirve para nada, y, como ha seguido carrera 
literaria, se hace escritor, desesperado de no poder ser 
otra cosa y, para consolación en su desventura. 

Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente 
los que, llenos de terror de que haya tanto letrado en 
España, dicen que deben dificultarse las carreras á fin 
de que muchos tomen oficio ó se empleen en más hu— 



385 

mildes menesteres, porque nuestras aficiones hidalgas 
ó señoriles no lo consentirán nunca; y si el que estudia 
' algo, aunque^ sea poco, se convierte hoy en autor, cuan- 
I do no estudie nada, y no espere regalo y favor de las 
I musas, como ya hacen muchos que no han cursado en 
I las Universidades, se convertirá^ en hacendista, y las 
¡ cosas empeorarán. Un poeta, por perverso que sea, es 
al cabo menos dañino que cualquiera aspirante á minis- 
tro de Hacienda, ó á banquero ó á director del Tesoro. 
El argumento no vale, sin embargo, sino para probar 
que no son dañinos los muchos autores, y no para ex- 
citar á que se paguen sus obras. 

Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más próspero 
del pueblo para quien se escriben, hay que lamentar 
hoy ciería plétora. Así en Inglatera. Tauchnitz, editor 
de Leipzig, hace una edición de autores ingleses, con- 
temporáneos los más. Es de presumir que sólo publica 
lo mejor. Su biblioteca ó coleccióh, no obstante, consta 
ya de mucho más de mil volúmenes. Convengamos en 
que esto pone grima. ¿Es posible que el espíritu huma- 
no, por fértil que sea, tenga suficientes primores, nove- 
dades y lindezas que decir, para llenar tantos volúme- 
nes, ó habrá harto de repeticiones y de palabrería? Lo 
confieso: al ver esta viciosa lozanía, esta intrincada sel- 
va ó matorral de libros, que nacen donde se pagan, casi 
me avengo á que no se paguen aquí ó se paguen mal, á 
fin de que sólo escriban los que por ilusión sandia se 
creen genios ^ ó los que tienen algo de genios y no pue- 
den menos de escribir. Los libros de aquéllos pasarán 
y los pocos de éstos quedarán, como conviene que que- 
den, sin confundirse en el fárrago insulso de tanto como 
por oficio se escribe. 

25 



386 

Por otra parte, donde no valen dinero las obras lite- 
rarias, los autores no suelen ser tan prolijos en escribir, 
y esto es gran ventaja. Aunque yo disto infinito de ser- 
profundo, venero la profundidad, si bien me guardo de 
confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se 
peca gravemente en esto, donde los libros valen. Hay, , 
verbigratia, una Historia de Inglaterra, que se toma por 
modelo. No empieza la narración sino doscientos años 
há. El autor murió dejando escritos, en unos ocho to- 
mos de la citada edición de Tauchnitz, ocho años sobre 
poco más ó menos de dicha historia. Para escribirla to- 
da hasta hoy hubiera sido menester en el autor la facili- 
dad del Tostado y la. vida de Matusalén, á fin de escribir 
doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia uno 
que no leyese muy de priesa tendría que consumir lo 
mejor de su vida. 

Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de 
escritor sea bien retribuido, no faltan razones desinte- 
resadas para desear que lo sea. Y es una de gran peso 
el considerar que no se logra escribir bien y sacar á luz 
obras inmortales con larga meditación y estudio, sino 
que las mejores obras suelen brotar de repente, y el au- 
tor las produce como por milagro y caso divino, escri- 
biendo veinte cosas malas ó medianas antes de atinar 
con una buena. 

En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cul- 
tiva bien, el trigo nace en abundancia; pero no dejan 
de nacer cizaña y otras yerbas perniciosas; y, sin em- 
bargo, no es razón que, á fin de evitar que la cizaña 
nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en 
él buena simiente. Ya vendrá en su día y sazón quien 
escarde el haza ó sembrado, y arranque lo que allí ha 



387 

nacido de más, á fin de que el trigo crezca, medre y 
cunda sin ahogo. 

Esto, en las letras, lo hace la critica. Porque yo me 
figuro, pongo por caso, que había de haber un sinnú- 
mero de cantos ó narraciones populares sobre la guerra 
de Troya, y que sin duda algún sabio discreto desechó 
lo más y escogió lo menos y más hermoso, y, enlazán- 
dolo entre sí con artificio y orden, compuso los maravi- 
llosos poemas de la Iliada y de la Odisea. Y del gran mo- 
ralista antiquísimo de los chinos, no ya por presunción 
se colige, sino que á ciencia cierta se sabe que de fati- 
gosa cantidad.de sentencias, eliminando muchas, ya por 
vanas y frivolas, ya por repetidas, reunió lo mejor y 
más substancioso, y esto le dio la fama, el crédito y la 
autoridad semidivina de que él goza entre los de su na- 
ción y casta, con provecho y bienandanza de todos. 

Por este lado, pues, yo me inclino á desear que se es- 
criba mucho, aunque se nos antoje que i;^o es de mérito, 
porque sin tanta rapsodia no hubiera salido la Iliada, y 
sin tanta sentencia no hubiera podido extraer las suyas 
el sabio Gonfucio. 

En España, dejando en suspenso el decidir si es bien 
ó mal, ya que en mi entender para todo hay razones, se 
escribe poco en proporción de lo que en otros países so 
escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España, no 
suele ser lo peor lo que, por incuria ó falta de estímulo, 
queda inédito ó pasa ignorado. 

Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes 
varones ilustres, que ocuparon las sillas de esta Acade- 
mia, cuyas obras, de gran importancia unas, y otras de 
sabrosísima lectura, andan perdidas en los periódicos, ó 
existen manuscritas y expuestas á perecer, sin que na- 



n 



388 

die las imprima y publique en colección: así, por ejem- 
plo, los escritos de D. Agustín Duran, de D. Antonio 
Alcalá Galiano, de D. José Joaquín de Mora y de otros. 
Los españoles son más aficionados al tumulto del es- 
pectáculo público que á la soledad y al retiro, y más se 
avienen con emplear los oídos en escuchar, que los ojos 
eíi leer las creaciones del ingenio, por donde éste suele 
mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y ep la 
tribuna. De aquí que nuestra Academia elija gran parte 
de sus individuos entre los autores dramáticos y los ora- 
dores. 

De los últimos hay varios que apenas han dejado es- 
critos, por faltarles tiempo y aliciente para escribir, si 
bien por lo poco que dejaron es fácil rastrear y colum- 
brar cuánto hubieran acertado al hacerlo si con afán 
hubiesen dedicado á tales tareas las altas prendas de es- 
critores que los adornaban. Valga como muestra la be- 
llísima cita, hecha por el Conde de Gasa- Valencia en el 
discurso á que contesto, de un artículo del Sr. Ríos Ro- 
sas, La mujer de Canarias^ única producción en prosa 
que, á más del discurso de recepción aquí, confieso cono- 
cer, como trabajo meramente Uterario, de tan eminente 
repúblico y tribuno. 

El nuevo Académico, á quien tengo la honra de con- 
testar, se cuenta entre aquéllos que vienen principal- 
mente aquí á título de oradores, como Pacheco, Olózaga, 
González Brabo y el citado Ríos Rosas. 

Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto dig- 
na de este premio. Fácil y diserto en cuanto dice, une el 
Conde, á la elegancia de la frase^ la nitidez, la correc- 
ción y el método, que valen tanto para hacerse com- 
prender; la amenidad y la gracia, que atraen al audito- 



389 

rio y ganan las voluntades; la firmeza que infunde el 
convencimiento, y la circunspección, la njesura y el se- 
reno reposo, que cuadran y se ajustan tan bien con la 
índole del hombre de Estado. 

Pero el nuevo Académico no ha lucido sólo en las 
Asambleas políticas las dotes que como orador le distin- 
guen, sino que, durante tres años, ante numeroso y 
complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesantes 
lecciones sobre La libertad política en Inglaterra^ las 
cuales, con aplauso general y no escaso fruto de los que 
estudian seriamente la política, corren impresas en tres 
volúmenes. En ellos, á más de campear las excelencias 
que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticias his- 
tóricas para la generalidad de nuestros compatriotas 
desconocidas, y muchas advertencias y máximas, sa- 
cadas con tino y agudeza de los mismos hechos que se 
refieren. 

Entre otros trabajos del Conde, es muy de alabar ade- . 
más uno bastante extenso, publicado en la Revista de 
España, con el título de La embajada de D. Jorge 
Juan en Marruecos y en el cual, no sólo se descubren 
excelentes condiciones del estilo propio para la narra- 
ción histórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y refle- 
xiva, de que el autor da tantas señales en las precitadas 
lecciones. 

De su discurso de recepción sería petulancia en mí el 
hacer aquí panegírico. ¿Cuál mejor que vuestro aplauso? 
¿Qué prueba más clara de su mérito que el deleite é in- 
terés incesante con que le habéis oído? 

Grande es mi deseo de contestar dignamente á dicho 
discurso; pero ni la premura del tiempo, ni las dolencias 
y graves disgustos que en estos días me han aquejado, 



390 

ni mi falta de serenidad y de paz interior, habrían de 
consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la cor- 
tedad de mi entendimiento no lo estorbasen. 

El tema sobre que versa el discurso no puede serme 
más simpático; pero esto no basta. 

Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en 
asistir á estas reuniones, encarece mi amigo y compa- 
ñero la capacidad que hay en ellas para el cultivo de las 
letras y cuan útil y conveniente es que las cultiven. En 
todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con 
la suya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para in- 
validar sus razoncvS. Lo poco que yo añada será para es- 
forzarlas. 

El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, 
igual al del hombre, sino radicalmente distinto. Lo que 
el espíritu de ellas concibe sería, á mi ver, monstruoso, 
si no diese señales de que es de mujer. Mas esta des- 
igualdad no implica diferencia de valer, ni presupone 
inferioridad mucho menos. La diferencia está en las 
condiciones y calidades; en algo que se siente de un 
modo confuso y que es difícil de determinar y de ex- 
presar. 

Pero la diferencia exisLe, y, aunque no sea más que 
por esta diferencia^ deben escribir las mujeres. Si sólo 
escriben los hombres, la manifestación del espíritu hu- 
mano se dará á medias: sólo se conocerá bien la mitad 
del pensar y del sentir de nuestro linaje. En los pueblos 
donde la mujer vive envilecida en la servidumbre, y no 
se la deja educarse y saber, la civilización no llega ja- 
más á completo florecimiento: antes de llegar, se co- 
rrompe ó se marchita. Es como si al alma colectiva de 
la nación ó casta donde esto ocurre se le cortase una de 



391 
las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su orga- 
nismo atrofiado ó inerte por la parálisis. 

Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, has- 
ta en la operación más inmaterial debe notarse. Y yo 
creo justo y consolador sostener esta diferencia. Si yo 
cayese en la tentación de hacerme espiritista y de dar fe 
á la palingenesia^ ^netempsicosis^ ó como quiera llamar- 
se, imaginandp que renacemos en otros astros y mundos 
de los que pueblan el éter insondable, entendería que la 
mujer siempre quedaba mujer; pues tendría yo una de- 
sazón grandísima si me volviese á hallar en Urano ó en 
Júpiter, con la linda señora á quien hubiese amado en 
nuestro planeta, aunque fuese de un amor más platóni- 
co que el de Petrarca por Laura, convertida en caballe- 
ro, 6 en algo equivalente, según los usos de por allá. 

No puede ser mero accidente orgánico el ser de un 
sexo ó de otro, sino calidad esencial del espíritu que in- 
forma el cuerpo. 

Repito, no obstante,, que no implica esto que se dé 
inferioridad en las mujeres, ni en el alma ni en los ór- 
ganos que la sirven. Los españoles nos hemos inclinado 
siempre á creerlas superiores en todo. El sublime con- 
cepto que do ellas tenemos se cifra en cierta sentencia 
que Calderón, no una, sino varias veces, pone en boca 
de sus galanes: 

Que si el hombre es breve mundo, 
La mujer es breve cielo. 

Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto diálogo que 
escribió en laicde de las mujeres^ titulado Gi)mecepaenoSj 
se extrema en ponderar lo superiores que son en todo 
las mujeres, valiéndose para ello de las doctrinas esco- 



-1' 



392 

lásticas, de la historia, de la teología y de los argumen- 
tos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con darm-- 
nismo profetice y piadoso, que Dios sacó de lo menos 
acabado y perfecto lo más perfecto y acabado; Del hom- 
bre sacó á la mujer, no sin menoscabo y detrimento, 
pues que le sacó una costilla; y de la mujer, sin detri- 
mento ni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo va- 
rón, en quien quiso humanarse. 01ra observación no me- 
nos curiosa del Ginaecepaeno:^ es que el hombre fué cita- 
do por Dios en cualquiera parte, mientras que á la mu- 
jer la creó Dios en el Paraíso. 

Dejando á un lado estas cuestiones, sobrado profun- 
das, digo que la mujer, aun cuando no escriba, influye 
benéficamente inspirando lo mejor de cuanto se escribe. 
¿Qué poesía, qué drama, qué leyenda, qué novela, no 
tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspira- 
do por su amor y deseoso de conquistar su amor, canta 
casi siempre el poeta. Mas no contentas las mujeres con 
tanta gloria, no satisfechas de inspirar sólo, han queri- 
do y debido escribir también, á fin de que una de las fa- 
ces de nuestro espíritu, colectivamente considerado, no 
quede en la sombra, sin dejar rastro y sin dar razón per- 
manente de sí. 

El nuevo Académico, concretándose á nuestra patria, 
ha hablado con elogio merecido y ha hecho el recuento 
de las mejores escritoras que enriquecen el idioma cas- 
tellano con sus producciones. 

Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha 
de extenderse demasiado, no puede esto hacerse por com- 
pleto. España ha sido tierra fecundísima en escritoras, y 
el Conde de Gasa-Valencia ha tenido que hablar poco de 
las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas. 



393 

Con más reposo y tiempo que los que tengo ahora, no 
me sería difícil, ya que no completar, añadir algo, ci- 
tando otras autoras de la época cristiana; y hasta ha- 
blando de las poetisas muslímicas, que las hubo en gran 
número y muy notables. 

Un compañero nuestro, el Académico correspondiente 
D. Gumersindo Laverde, pronto, por dicha, llenará este 
Tacío. Sé que renne noticias con diligencia, y que escri- 
be sobre el asunto. Yo espero que Dios mejore su que- 
brantada salud, así por lo mucho que eslimo y quiero á 
tan laborioso, entendido y modesto amigo, como para 
que el público goce del libro que acerca ¿e las escritoras 
españolas está componiendo, y que será de seguro bueno 
y provechoso, como toda obra suya. 

Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo, sobre lo 
que ha dicho el señor Conde, en alabanza de nuestra gran 
poetisa Doña Gertrudis Gómez de Avellaneda; pero temo, 
repetir lo que ya en algunos escritos míos, á que me re- 
mito, dije de sus obras líricas y de alguna dramática. 

La premura del tiempo me incita además á no hablar 
de la gran poetisa, para consagrarme todo, en lo que 
puedo decir aún sin fatigar vuestra atención, á otra mu- 
jer, á otra poetisa harto más asombrosa, hija de nuestra 
España y una de sus glorias mayores y más puras; la 
cual, aun considerándolo todo profanamente, rae atrevo 
á decir, sin pecar de hiperbólico, q»e vale más que cuan- 
tas mujeres escribieron en el mundo. 

Mi pluma tal vez la ofenda por torpe é inhábil; pero 
mi intento es sano y de vivo entusiasmo nacido. Mi ad- 
miración y mi devoción son tales que, si respondiese mi 
capacidad á mi afecto, diría yo algo digno y grande en 
su elogio. 



394 

Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de 
esta compatriota y llamarla sin par. Porque, á la altura 
de Cervantes, por mucho que yo le admire, he de poner 
á Shakespeare, á Dante, y quizás al Ariosto y á Camoens; 
Fenelon y Boásuet compiten con ambos Luises, cuando 
no se adelantan á ellos; pero toda mujer, que en las na- 
ciones de Europa, desde que son cultas y cristianas, ha 
escrito, cede la palma y aun queda inmensamente por 
bajo, comparada á Santa Teresa. 

Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, co- 
mo un fervoroso catóhco, como los santos, los doctores y 
los prelados sus contemporáneos la ensalzaban. No voy 
á hablar de ella impulsado por la fe poderosa que alen- 
taba á San Pedro Alcántara, á San Francisco de Borja, á 
San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Ávila, 4 Ba- 
ñes, á Fr. Luis de León, al P. Gracián, y á tantas otras 
lumbreras de la Iglesia y de la sociedad española, en la 
edad de oro de nuestra monarquía; ni con el candor 
con que la amaban y veneraban todos aquellos sen- 
cillos corazones que ella robó con su palabra y con su 
trato para dárselos á su Esposo Cristo; sino desde el 
punto de vista de un hombre de nuestro tiempo, incré- 
dulo tal veK, con otros pensamientos, con otras aspira- 
ciones, y, como ahora se dice, con otros ideales. 

En verdad que no es éste el punto de vista mejor para 
hablar de la Santa; pero yo apenas puedo tomar otro. 
No hay método además que no tenga sus ventajas. 

Para las personas piadosas es inútil que yo me esfuer- 
ce. Por razones más altas que las mías, comparten mi 
admiración. Y en dicho sentido, nada acertaría á escri- 
bir yo que ya no hubiesen escrito tantos teólogos y doc- 
tores católicos de España, Alemania, Francia, Italia y 



395 

otras naciones, devotos todos de la admirable monja de 
Ávila, y que, en diversas lenguas y en épocas distintas, 
elogiaron sus virtudes,, contaron su vida y difundieron 
su inspirada enseñanza. 

Aunque este escrito mío no fuese improvisado, aun- 
que me diesen años y no horas para, escribirle, nada 
nuevo podría añadir yo de noticias biográficas, biblio- 
gráficas y críticas, después de la edición completa de las 
obras de la Santa, hecha por D. Vicente de la Fuente, 
con envidiable amor, con afanoso esmero y con saber 
profundo. 

Véome, pues, reducido á tener que hablar de la Santa 
sólo como profano en todos sentidos. 

Mis palabras no serán más que una excitación para 
que alguien,, con la ciencia y el reposo de que carezco, 
no en breve disertación, sino en libro, exponga por ol 
método que hoy priva aquella doctrina suya, que Fray 
Luis de León llamaba la mds alta y más generosa filo-^ 
Sofía que jamás los hombres imaginaron. 

Algo de esto ha hecho, para vergüenza nuestra, un 
escritor francés, Pablo Rousselot, en libro que titula Los 
místicos españoles^ donde, si deja mucho que desear, aún 
nos da más que agradecer, ya que ha sido el primero en 
tratar el asunto como filósofo, moviendo á algunos es- 
pañoles, á par que á impugnarle y completarle, á imitarle 
y á seguir sus huellas. Tales son un distinguido compa- 
ñero nuestro, que no nombro, porque está presente y 
ofendería su modestia, y el filósofo espiritualista de Bé- 
jar, D. Nicomedes Martín Mateos, á quien me complaz- 
co en mentar aquí y con cuya buena amistad me honro. 

La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa 
Teresa crece al considerar lo fecundo y vario de su in- 






396 

genio y la multitud de sus escritos; y más aún si tene- 
mos en cuenta que su filosofía, la más alta y más gene- 
rosa^ no es mera especulación, sino que se transforma 
en hechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte, 
egoísta y solitario el suyo, sino que desde el centro del 
alma, la cual no se pierde y aniquila abrazada con lo 
infinito, sino que cobra mayor aliento y poder en aquel 
abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del 
YÍno donde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, 
porque él le ordena la caridad^ y es Marta y María jun- 
tamente; y embriagada con el vino suavísimo del amor 
de Dios, arde en amor del prójimo y se afana por su 
bien, y ya no muere porque no muere^ sino que anhela 
vivir para serle útil, y padecer por él, y consagrarle 
toda la actividad de su briosa y rica existencia. 

Pero aun prescindiendo aquí de la vida activa de la 
Santa y hasta de los preceptos y máximas y exhortacio- 
nes con que se prepara á esta vida y prepara á los que la 
siguen, lo cual constituye una admirable suma de moral 
y una sublime doctrina ascética, ¡cuánto no hay que ad- 
mirar en los escritos de Santa Teresa! 

Divertida y embelesada la atención en tanta riqueza y 
hermosura como contienen, no sabe el pensamiento dón- 
de fijarse, ni por dónde empezar, ni acierta á poner or- 
den en las palabras. 

Á fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de es- 
ta mujer, sería necesario, aunque fuese en grado ínfimo, 
poseer una sombra siquiera de aquella inspiración que 
la agitaba y que movía al escribir su mente y su mano; 
un asomo de aquel estro celestial de que las sencillas 
hermanas, sus compañeras, daban testimonio, diciendo 
que la veían con grande y hermoso resplandor en la 



397 

cara, conforme estaba escribiendo, y que la mano la 
llevaba tan ligera que parecía imposible que natural- 
mente pudiera escribir con tanta velocidad, y que esta- 
ba tan embebida en ello que, aun cuando hiciesen ruido 
por allí, nunca por eso lo dejaba ni decía la estorbasen. 

No traigo aquí esta cita como prueba de milagro, sino 
como prueba candorosa de la facilidad, del tino, del inex- 
plicable don del cielo con que aquella mujer, que no .sa- 
bía gramática ni retórica, que ignoraba los términos de 
la escuela, que nada había estudiado en suma, adivina- 
ba la palabra más propia, formaba la frase más conve- 
niente, hallaba la comparación más idónea para expre- 
sar los conceptos más hondos y sutiles, las ideas más 
abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro ínti- 
mo ser. 

Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de 
las hermanas, á los ojos desapasionados de la crítica más 
fría, es un milagro perpetuo y ascendente. Es un mila- 
gro que crece y llega á su colmo en su último libro, en 
la más perfecta de sus obras: en El Castillo interior ó las 
Moradas. 

La misma Santa lo dice: El platero que ha fabricado 
esta joya sabe ahora más de su arte. ¡En el oro fino y 
aquilatado de su pensamiento, cuan diestramente engar- 
za los diamantes y las perlas de las revelaciones divinas! 
Y este diestro artífice era entonces, como dice el Sr. La 
Fuente, <una anciana de sesenta y dos años, maltratada 
por las penitencias, agobiada por enfermedades cróni- 
cas, medio paralítica, con un brazo roto, perseguida y 
atribulada, retraída y confinada en un convento harto 
pobre, después de diez años de una vida asendereada y 
colmada de sinsabores y disgustos.» 



398 

Así escribió su libro celestial. Así, con infalible acier- 
to, empleó las palabras de nuestro hermoso idioma, sin 
adorno, sin. artificio, conforme las había oído en boca 
del vulgo, en explicar lo más delicado y obscuro de la 
mente; en mostrarnos, con poderosa magia, el mundo 
interior, el cielo empíreo, lo infinito y lo eterno, que 
están en el abismo del alma humana, donde el mismo 
Dios vive. 

Su confesor el P. Gracián y otros teólogos, con sa- 
na intención sin duda, tacharon frases y palabras de la 
Santa y pusieron glosas y otras palabras; pero el gran 
maestro en teología, en poesía y en habla castellana, 
Fr, Luis de León, vino á tiempo para decir que se po- 
drían excusar las glosas y las enmiendas, y para avisar 
á quien lej^ere El Castillo interior <que lea como escri- 
bió la Santa Madre, que lo entendía y decía mejor, y 
deje todo lo añadido; y lo borrado de la letra de la San- 
ta délo por no borrado, si no fuere cuando estuviere en- 
mendado ó borrado de su misma mano, que es pocas ve- 
ces. > Y en otro lugar dice el mismo Fr. Luis, en loor 
de la escritora, y censurando á los que la corrigieron: 
<Que hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho 
en quien Dios vivía, y que se presume le movía á escri- 
birlas, fué atrevimiento grandísimo, y error muy feo que- 
rer enmendar las palabras; porque, si entendieran bien 
castellano, vieran que el de la Madre es la misma ele- 
gancia. Que aunque en algunas partes de lo que escri- 
be, antes que acabe la razón que comienza, la mezcla con 
otras razones, y rompe el hilo comenzando muchas veces 
con cosas que ingiere; mas ingiérelas tan diestramente 
y hace con tan buena gracia la mezcla, qu^ese mismo 
vicio le acarrea hermosura. > 



399 

Entiendo yo, señores, por todo lo expuesto, y por la 
atenta lectura de los libros de la Santa, y singularmente 
de El Castillo interior^ que el. hechizo de su estilo es pas- 
moso, y que sus obras, aun miradas sólo como dechado 
y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia 
en el decir, debieran andar en manos de todos y ser más 
leídas de lo que son en nuestros tiempos. 

Tuve yo un amigo, educado á principios de este siglo 
y con todos los resabios del enciclopedismo francés del 
siglo pasado, que leía con entusiasmo á Santa Teresa y 
á ambos Luises, y me decía que era por el deleite que 
le causaba la dicción de estos autores; pero que ól pres- 
cindía del sentido, que le importaba poquísimo. El ra- 
zonamiento de mi amigo me parecía absurdo. Yo no 
comprendo que puedan gustar frases ni períodos, por 
sonoros, dulces ó enérgicos que sean, si no tienen sen- 
tido, ó si del sentido se prescinde por anacrónico, eno- 
joso ó pueril. Y sin callarme esta opinión mía, y mos- 
trándome entonces tan poco creyente como mi amigo, 
afirmaba yo que así en las obras de ambos Luises, como 
en las de Santa Teresa, aun renegando de toda religión 
positiva, aun no creyendo en lo sobrenatural, hay toda- 
vía mucho que aprender y no poco de qué maravillarse; 
y que, sino fuese por esto, el lenguaje y el estilo no val- 
drían nada, pues no se conciben sin pensamientos ele- 
vados y contenido substancial, y sin sentir conforme al 
nuestro, esto es, humano y propio y vivo siempre en to- 
das las edades y en todas las civilizaciones, mientras 
nuestro ser y condición natural duren y persistan. 

Pasando de lo general de esta sentencia á su aplica- 
ción á las obras de la Santa, ¿qué duda tiene que hay en 
todas ellas, en la Vida^ en El Camino de perfección^ en 



n 



400 

los Conceptos de amor divino y on las Carian y en Las 
Moradas, un interés inmortal, un valer imperecedero, y , 
verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo, 
que las bellezas de la forma no mejoran sino hacen pa- 
tentes V visibles? 

La teología mística, en lo esencial, y dentro de la más 
severa ortodoxia católica, tenía que ser la misma en io- 
dos los autores; pero ¿cuánta originalidad y cuánta no- 
vedad no hay en los métodos de explicación de la cien- 
cia? ¿Qué riqueza de persamientos no cabe y no se des- 
cubre en los caminos por donde la Santa llega á la cien- 
cia, la comprende y la enseña y declara? Para Santa Te- 1 
resa es todo ello una ciencia de observación, que descu- i 
bre ó inventa, digámoslo así, y lee en sí- misma, en el ] 
seno más hondo de su espíritu, hasta donde llega, atra- 
vesando la obscuridad, iluminándolo todo con luz cla- 
ra, y estudiando y reconociendo su ser interior, sus fa- 
cultades y potencias, con tan aguda perspicacia, que no 
hay psicólogo escocés que la venza y supere. 

Rousselot concede á nuestros místicos, y sobre todo á 
Santa Teresa, este gran valor psicológico: la compara 
con Descartes: dice que Leibnitz la admiraba; pero Rous- 
selot niega casi la transcendencia, la virtud, la inspira- 
ción metafísica de la Santa. 

Pantos son éstos tan difíciles, que ni son para trata- 
dos de ligera, ni por pluma tan mal cortada ó inteligen- 
cia tan baja como la mía. 

Me limitaré sólo á decir, no que sé y demuestro, sino 
que creo y columbro en Los Moradas, la más pene- 
trante intuición de la ciencia fundamental y transcen- 
dente; y que la Santa, por el camino del conocimiento 
propio, ha llegado á la cumbre de la metafísica, y tiene 



401 

la visión intelectual y pura de lo absoluto. No es el es- 
tilo, no es la fantasía, no es la virtud de la palabra lo 
que nos persuade, sino la sincera ó irresistible aparición 
de la verdad en la palabra misma. 

El alma de la Santa es un alma hermosísima, que ella 
nos muestra con sencillo candor: ésta es su psicología; 
pero hundiéndose luego la Santa en los abismos de esa 
alma, nos arrebata en pos de sí, y ya no es su alma lo 
que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo más in- 
menso que el éter infinito, y más rico que el universo, 
y más luminoso que un mar de soles. La mente se pier- 
de y se confunde con lo divino; mas rio queda allí ani- 
quilada é inerte: allí entiende aunque es pasiva; pero 
luego resurge y vuelve al mundo pequeño y grosero en 
que vive con el cuerpo, corroborada por aquel baño ce- 
lestial, y capacitada y pronta para la acción, para el 
bien y para las luchas y victorias que debe empeñar y 
ganar en esta existencia terrena. 

Lo que la Santa escribe como quien cuenta una pere- 
grinación misteriosa; lo que refiere como refiere el via- 
jero lo que ha visto, cuando vuelve de su viaje, no ga- 
naría, á mi ver, reducido á un orden dialéctico; antes 
perdería: pero sería, sin duda, provechoso que persona 
hábil acertase á hacer este estudio para probar que hay 
una filosofía de Santa Teresa. 

Yo, señores Académicos, deseoso de responder pronto 
y lo menos mal que pudiera á mi pariente y amigo, me 
comprometí para^hacerlo hoy, sin contar con los males 
y desazones que en estos días han caído sobre mí. He 
tenido poco tiempo de que disponer: tres días no más. 
Por estp he sido más desordenado é incoherente que de 
costumbre. Vosotros, con vuestra indulgencia acostum- 



f 



402 

brada, me lo perdonaréis. Así me lo perdone también 
este escogido auditorio, y el publico luego. 

La misma priesa me ha hecho ser más extenso de lo 
que pensaba. Para decir algo sin escribir ó hablar mu- 
cho, se requiere ó tiempo y meditación* ó gran brío de 
la mente: y todo me ha faltado. 

* Por dicha, el Conde de Gasa- Valencia, con el discur- 
so qué leyó antes, recompensó, con paga adelantada y 
no viciosa, la paciencia que gastasteis en oirme; y ño 
dudo que seguirá pagando este favor, auxiliándonos en 
nuestras tareas, con la discreción y laboriosidad que le 
son propias y con la erudición y el ingenio de que nos 
ha dado hoy gallarda muestra. 



DISCURSO 



DEL 



EscMo. Se. D. TOMÁS DE CORRAL Y OM 

MARQUÉS DE SAN GREGORIO (4). 



Señor: 

Guando la Real Academia Española tuvo á bien ele- 
girme individuo de su número, decía yo á su ilustre Di- 
rector que me faltaban medios de expresión para agra- 
decer debidamente tan señalada merced. Si entonces, en 
la tranquilidad del hogar doméstico y en el retiro de] 
estudio, no encontraba palabras para manifestar mi gra- 
titud, ¿cómo podré tenerlas en este solemne momento 
ante la Augusta presencia de Vuestra Majestad, partici- 
pando, sin merecerlo, de la alta honra que se digna dis- 
pensar á la Academia maestra del buen decir, como 
prueba relevante del amor que Vuestra Majestad profesa 
á las ciencias, á las letras y á las artes, y de su protec- 
ción á los que las cultivan? Sean, Señor, la emoción que 
perturba mi ánimo y el silencio la expresión más elo- 
cuente de mi profundo respeto é inalterable lealtad. 

(4) Lo leyó en Junta pública de la Real Academia Española, celebrada 
el 8 de JQoio de 1879, al tomar posesión de sa plaza de Académico de nú- 
mero. Honró esta Junta con sn presencia S. M. el Rey D. Alfonso XIL 



404 

Ruego á Vuestra Majestad se digne de otorgarme su 
excelsa venia para leer el discurso prevenido por los 

Estatutos. 



Declaro que de largo tiempo había llamado poderosa- 
mente mi atención la gloria del que logra ocupar un si- 
tio entre los doctos en el habla castellana; y declaro 
también que nunca me había atrevido, no digo á pedir, 
pero ni aun á desear distinción tan envidiable, recono- 
ciéndome falto de merecimientos para subir á la altura 
de la Real Academia Española. Fué necesaria la caj:iño- 
sa iniciativa de un Académico (^) para que, pagando mi 
tributo á la debilidad humana, me decidiera á transmi- 
tir al preclaro amigo la representación de mi humilde 
personalidad, á fin de que en unión de dos Académicos, 
tan bondadosos como esclarecidos (2), anunciase á la 
Real Academia que solicitaba sus sufragios y su bene- 
volencia. Dado este paso, ya no era posible volver atrás; 
que si lo fuera, quizá habría suplicado á la Real Acade- 
mia que me permitiera declinar la honra de entrar en el 
preciado concurso. 

Recibí el voto de la Real Academia con respetuosa 
gratitud, y á la par con el sentimiento de ver mi peque- 
nez al lado de tanta grandeza. Tranquilíceme, sin em- 
bargo, y no poco, al considerar que sin duda la sabia 
Academia había creído que en una ú otra ocasión podría 
yo servir de auxihar en aquellos trabajos que se rela- 
cionan con la tecnología de mis estudios especiales. 

Soy, pues, un auxiliar modesto que todavía podrá 

(4) El Excmo. Sr. D. Tomás Rodríguez Rubí. 

(2) Los.Excmos. Srcs. Conde de Clieste y D. Manuel Sil vela. 



405 

conseguir participación, siquiera minina, en las glorias 
académicas; déla propia manera que la puede conseguir 
en las del genio del arte, el obrero que labra el mármol 
para el monumento histórico; y en las del genio de la 
guerra, el soldado que con sólo obedecer contribuye á 
la victoria. 

Y como en este día sea indispensable, en obtempera- 
ción á los Estatutos, que al propio tiempo que el electo 
presenta su ofrenda de gracias por la merced recibida, 
exponga un punto de los que versan sobre el objeto en 
que se ocupa la docta Corporación, dedicaré, antes de 
cumplir con esto deber y siguiendo loabilísima costum- 
bre, algunas frases á la buena memoria de mi digno pre- 
decesor en el sillón académico, D. Francisco Gutanda. 

Ha transcurrido más de media centuria desde la época 
en que frecuentaba las aulas de la primera Universidad 
de Madrid esplendente pléyada de jóvenes que fueron 
después orgullo y ornamento de la patria en las diver- 
sas carreras del Estado. Tres se han sentado en esta 
Academia: Olózaga, gala y lustre de la elocuencia en las 
Cortes; Escosura, orador notable y escritor fácil y casti- 
zo, y Cutanda, distinguido jurisconsulto y escritor puro 
y correcto, de gusto delicado y sabroso aticismo. 

Oía por entonces Gutanda Instituciones filosóficas para 
oir más adelante Facultad, y ya se descubrían en el 
adolescente claro talento, decidido amor al estudio, 
constante aplicación y juicio superior á sus cortos años, 
realzadas tan ventajosas disposiciones por educación es- 
merada. 

Todos saben lo que fué después D. Francisco. Brilla- 
ron en el foro sus vastos conocimientos y dotes orato- 
rias; en la Academia y en la prensa sus trabajos litera- 



406 

rios, y en la vida pública y en la íntima del hogar sus 
excelentes cualidades. 

Y ahora expondré algunas consideraciones acerca de 
ia concordancia lógica del pensamiento con su expresión; 
que de intento deliberado y conociendo sobradamente 
que desoigo en momentos solemnes y críticos los sanos 
consejos del preceptista latino, he tomado este asunto 
por parecerme menos desproporcionado á la escasez de 
mis fuerzas. 

I. 

Existen las ideas en la región intelectiva regidas por 
dos leyes necesarias: la de relación y la de representa- 
ción. La primera une, separa y clasifícalas ideas, distri- 
Imyóndolas en grupos lógicos y unidades definidas; y la 
segunda les da forma en un habla íntima, propiedad 
absoluta de la conciencia, donde se distinguen el sujeto 
y el atributo, el nexo de estos dos elementos, la unidad 
lógica ó proposición^ la f'rase ó serie de proposiciones, 
y, por último, el discurso ó serie de frases. Y todavía 
por encima de estas operaciones de comparación, de jui- 
cio y de forma interior se halla un criterio supremo, 
destello de la Luz Divina, que abraza y penetra con su 
prepotencia todo lo pensado, y abstrae, generaliza, unl- 
versaliza y categoriza, instituyendo así la unidad inte- 
lectual. 

Una necesidad, producto del ejercicio de las faculta- 
dles mentales, determina la expresión del pensamiento, 
porque no basta la contemplación de lo que pasa en el 
misterio de nuestra conciencia para cumplir lo que co- 
rresponde á la finalidad de nuestro ser. 

Verifícase, por lo tanto, en el orden sensible la mani- 



407 
festación de las ideas con sus relaciones, y esta interpre- 
tación fhermeneiaj debe considerarse como la explica- 
ción de lo que se siente y de lo que se piensa. 

Variadas son las formas de la exposición hermenéuti- 
ca. El movimiento, la quietud, las diversas actitudes del 
cuerpo, la fisonomía y la phonesis indistinta expresan 
los dos grandes tipos afectivos: el placer y el dolor. La 
fisonomía, con particularidad, e^s susceptible de movi- 
mientos delicadísimos con los cuales se representan 
ciertas sensaciones y ciertos afectos con tanta fidelidad 
como con la palabra. Una mirada, un movimiento de 
los labios apenas perceptible pintan á veces de una ma- 
nera admirable sentimientos que^ se agitan en nuestro 
interior. El arte en todas sus manifestaciones es también 
el habla de la inteligencia; y hasta el silencio mismo y 
un estado pasivo del individuo son un medio poderoso de 
expresión. 

Pero estas formas diferentes de la hermeneia no son 
bastantes á exteriorizar todo lo que hay de intelectual 
y afectivo dentro de nosotros. Se necesita, pues, de un 
medio más potente que exprese las ideas con todas sus 
relaciones, que sea la representación del pensamiento 
con todas sus condiciones lógicas, y que nos dé á cono- 
cer, sin el menor asomo de obscuridad, lo abstracto, lo 
general, lo universal y lo categórico. Este medio se ha- 
lla en la phonesis articulada y en la escritura. 

Sólo por el camino de la Filosofía puede llegarse has- 
ta el conocimiento de las leyes que presiden á Ja consti- 
tución del habla. Apoderándose de los hechos históricos 
y estudiándolos en su origen y sucesión, puede decirnos 
la ciencia-madre cómo ha nacido la palabra en virtud 
de una disposición ingénita y de una lógica espontánea, 



408 

casi inconsciente; cómo la raíz, primer elemento, mate- 
ria prima del habla, informe y vaga en el orden inteli- 
gible, ha ido desenvolviéndose y manifestándose en el 
orden sensible; cómo la palabra ha pasado del estado de 
germen, in potentia^ al de evolución, m actu^ adquirien- 
do la forma conveniente para la expresión de la idea y á 
la vez el carácter de elemento gramatical; cómo se han 
concertado los diversos elementos para producir y poner 
de manifiesto la unidad necesaria de las ideas; y cómo, 
finalmente, el habla, organizada ya, ajustada á las leyes 
de la Lógica formal, y adornada además con las galas 
del acento, de la cantidad, de la medida, del número y 
del ritmo, ha representado siempre el grado de civiliza- 
ción de los pueblos, caminando al compás de su grande- 
za, de su decadencia y de su historia. 

La Filosofía puede señalarnos las diversas formas pho- 
Héticas y el organismo sucesivo de la proposición, de la 
frase y del discurso, realizándose asi la unidad lógica 
exterior como expresión acabada del pensamiento. Y 
aquí se ve cómo dentro y fuera del individuo existe la 
unidad, ideal en el primer caso, sumándose el sujeto 
pensante con el objeto pensado; y real en el segundo, 
sumándose el sujeto gramatical con el predicado, me- 
diante un lazo que es el espíritu del habla. Las ideas se 
hallan en la mente compenetradas; pero en su exposi- 
ción deben colocarse necesariamente las palabras en 
un orden determinado por el tiempo y por el espacio, 
pues no es posible su penetración. Así es que la unidad 
es absoluta en la inteligencia, mientras que la unidad 
exterior es solamente relativa, como que está sujeta á la 
sucesión y al enlace de los elementos de la proposición y 
de los miembros de la frase. Y á pesar de esta disposi- 



409 

ción necesaria, es tal ía magia del habla, debida á la re- 
lación lógica de sus partes, que por más que éstas apa- 
rcíícan separadas en el espacio y en el tiempo, la inteli- 
gencia percibe sin esfuerzo la unidad apenas se ha ma- 
nifestado el pensamiento, y más de una vez adivina todo 
el concepto con la enunciación de una sola de las partes 
de la fórmula que lo representa. Tan irresistible es la 
fuerza que eslabona los miembros de Xaphofiesis. Y esto 
nace de que la Lógica sensible está en perfeota conso- 
nancia con la suprasensible. 

Deseo, Señor, presentar á la alta consideración de 
Vuestra Majestad un ejemplo felicísimo de esta conso- 
nancia de lo pensado y de lo expresado. 

¿Qué pasa allá en lo recóndito de la conciencia de Se- 
gismundo cuando contempla sus dos vidas, la una en la 
mazmorra y la otra junto al trono? En la vida nueva, 
¿hay verdad ó hay error? ¿hay realidad ó ha^v^ apariencia? 
Él cree que es un sueño; pero Rosaura le dice que no, y 
en esta oposición de ideas que inquietan el sentido ínti- 
mo del príncipe, en esta duda que agita su mente y casi 
la anubla, es indispensable formular un juicio que enla- 
zando la realidad y el sueño produzca una determina- 
ción interna y un acto exterior. Véase cómo pinta el ge- 
nio de Calderón la duda que conmueve el ánimo de Se- 
gismundo en el aparte del diálogo con Rosaura (^): 

«Si soué aquella grandeza 
En que me vi, ¿cómo ahora 
Esta mujer me refiere 
Unas señas tan notorias? 
Luego fué verdad, no sueno; 
Y si fué verdad (que es otra 

{\) La villa es sueñOy jornada III, escena X. 



410 

Confusión, y no menor), 
¿Cómo mi vida le nombra 
Sueño? » 

La Lógica conduce á Segismundo como por la mano 
á la aproximación de las dos tesis opuestas, y el prota- 
gonista sigue diciendo con inimitable valentía en el ra- 
zonar: 

(í Pues ¿tan parecidas 

Á los suefios son las glorias, 

Que las verdaderas son 

Tenidas por mentirosas, 

Y las fingidas por ciertas? 

jTan poco hay de unas á otras, 

Que hay cuestión sobre saber 

Si lo que se ve y se goza 

Es mentira ó es verdad! 

¿Tan semejante es la copia 

Al original, que hay duda 

En saber si es ella propia?! 

Después de esta deducción rigorosa, es fuerza con- 
vertir en hecho exterior la determinación interna, la 
cual es la resultante necesaria de un juicio cuyos térmi- 
nos son la tesis y la antítesis, v el razonamiento conclu- 
ye con esta resolución definitiva y práctica: 

«Pues si es asi, y ha de verse 
Desvanecida entre sombras 
La grandeza y el poder, 
La majestad y la pompa, 
Sopamos aprovechar 
Este ralo que nos toca, 
Pues sólo so goza en ella 
Lo que entre sueños se goza.» 

Aquí está sintetizada la concepción filosófica del dra- 



411 

ma; aquí están concordadas las dos unidades: la inteli- 
gible y la sensible. 

U. 

Previas estas ideas generales acerca de la armonía del 
pensamiento y de su expresión, entro desde luego en el 
análisis lógica del habla, subiendo en brevísimo tiempo 
desde sus elementos hasta sus formas más acabadas. 

¿Cómo nace una lengua? Imposible es penetrar en la 
obscuridad da las edades, allende la leyenda y la tradi- 
ción, para contestar á esta pregunta. Más acá, ya en los 
tiempos históricos, vemos que los filósofos han andado 
muy divididos en la indagación de este negocio. Pitágo- 
ras, Heráclito, Platón, Hipócrates y Epicuro creían que 
las palabras estaban en la naturaleza ligadas necesaria- 
mente con la esencia de las cosas. Platón iba más allá: 
concedía al habla un origen autocrático, viendo en las 
palabras elementos fundamentales y necesarios emana- 
dos del legislador, que es el que impone á las cosas el 
nombre que existe en ellas con condiciones de inmanen- 
cia; y llegando hasta pensar en que algunas palabras, de 
entre las que significan ideas eternas, parecían forma- 
das por un poder divino W. 

Hipócrates asienta que las palabras están adheridas á 
la naturaleza mediante cierta ley, y que las realidades 
de las cosas no proceden de los nombres sino de la natu- 
raleza misma; resolviendo de plano hace veintitrés si- 
glos la famosa cuestión del realismo y del nominalismo 
agitada en las escuelas de la Edad Media (2). 

Epicuro es, si cabe, más explícito. Dice que en el ori- 

{\) Diálogos. — Cralylo. 
(4) Del Arle. 



412 

gen de las lenguas no se dieron nombres á las cosas en 
fuerza de una convención, sino que la Humanidad formó 
espontáneamente las palabras emitiendo los diversos so- 
nidos producidos por cada pasión y por cada idea, según 
la diferencia de lugares y pueblos; que más tarde se fué 
perfeccionando la lengua, y que las personas instruidas 
dieron nombres adecuados á las cosas no sensibles. Y 
añade que es absolutamente necesario que se perciba di- 
rectamente en cada palabra y sin apelar á demostración 
la idea fundamental que encierra (0. 

Enfrente de estas creencias estaban Demócrito y .Aris- 
tóteles, para quienes las palabras no venian á ser otra co- 
sa que pura convención. 

Pero esta materia tan alta y transcendental debe re- 
servarse á los cultivadores de la glosología filosófica, los 
cuales pueden saber si en el origen histórico de lenguas 
autógenas y autóctonas se encuentran elementos que me- 
rezcan ser considerados como cuna, como raíz primordial 
de determinadas íovmdi^ phonológicas. Y sin que sea vis- 
to que quiera yo tratar, ni aun de soslayo, un punto su- 
perior, por de contado, á mis facultades, y superior tam- 
bién al tema concreto antes enunciado , no puedo me- 
nos de manifestar mi completa conformidad con los que 
creen en la esencia natural de las palabras, teniendo en 
cuenta la filiación onomatópica indisputable, evidente, 
de gran número de raíces y de voces; la manera instin- 
tiva con que el hombre, colocado en todas las condicio- 
nes sociales, crea, artífice providencial del habla, pala- 
bras destinadas á representar ideas nuevas; y la resis- 
tencia invencible con que ha tropezado siempre la cien- 

[\) Diógenes Laercio.— Coria ile Epicuro á Heráolito, 



413 

cia para la formación de lenguas convencionales, á pe- 
sar de esfuerzos dignos de mejores resultados. 

También debe reservarse á los fisiólogos, por no ser 
pertinente á mi propósito, el estudio profundo de las 
funciones phonéticaSj de su estrechísimo enlace con las 
acústicas, y de la maravillosa armonía de unas y otras 
con la inteligencia que las manda y les da dirección, á 
fin de que tenga el pensamiento la forma exterior con- 
veniente. 

Mi objeto, pues, está limitado en la ocasión presen- 
te por la índole del tema indicado. 



III. 



La voz fundamental estudiada en el origen de la vida 
es el resultado de un movimiento instintivo represen- 
tante de una necesidad todavía indeterminada del orga- 
nismo. Este sonido-tipo, cuna de la palabra, no es un 
fenómeno elemental, porque así como la luz se descom- 
pone al través del prisma, la voz humana tiene también 
su prisma en los órganos de la phonesis; y empieza bien 
pronto, al impulso de nuevas necesidades, primeramente 
por modificarse en su intensión, extensión, duración, 
agudeza, gravedad y timbre, y después por descompo- 
nerse en varios sonidos que más adelante se han de unir 
y combinar con otros que proceden de la educación, de 
la misma manera con que se unen y combinan en múlti- 
ples proporciones los colores primitivos de la luz para 
formar infinidad de matices. Hay, por lo tanto, en la 
voz lo mismo que en la luz estos dos fenómenos sucesi- 
vos: desarticulación y articulación. 

El sonido fundamental se desarticula y divide en so- 



414 

nidos llamados vocales^ y esta operación se ajusta á un 
orden tan natural como el que tienen los colores en el 
espectro solar. Así es que el orden alfabético de las 
^^ocales es perfectamente fisiológico porque nace del que 
lienen las funciones phonéticas, las cuales se ejercen con 
arreglo á una escala donde la facilidad de la pronuncia- 
ción va gradualmente disminuyendo á medida que se 
sube. Y para esto basta recordar el sonido gutural dulce 
de la Á; el de la É^ que se oye en la parte media de la 
líóveda palatina; el de la /, que se oye en la parte ante- 
rior de esta bóveda, y los de la íí y la Ü, que se oyen en 
]n boca y necesitan de la acción manifiesta de los labios. 
En este orden instintivo se ha verificado la desarticula- 
fión del sonido fundamental en consonancia con las ne- 
cesidades que se han ido despertando en el organismo; 
lie manera que considerando que los sonidos son tanto 
Tíienos agradables al oído cuanto más enérgica es la fun- 
eii^^n que los determina, aun á pesar del poder innegable 
de la educación, resulta que estos tres actos, el fisioló- 
^nco, élphonéiico y el lógico, se hallan unidos en la vo- 
(Müzación por una lazada de necesaria armonía. 

Á la desarticulación del sonido fundamental sucede la 
articulación de los sonidos vocales, primero entre sí, y 
ílespués con los llamados consonantes ó st/mphónicos. 
Kstüs no son en rigor sonidos con existencia propia, 
sino modificaciones íntimas de los sonidos primitivos, 
t^n los cuales se distinguen ya desde el principio una 
' oDsonancia obscura que más adelante se declara y de- 
le rndna á medida de las necesidades lógicas para cons- 
ti iuir los sonidos silábicos. Estas modificaciones van ha- 
riéndose sucesivamente más complicadas y difíciles en 
su manifestación, y exigen de los órganos actos funcio- 



415 

nales que más adelante una educación consciente y vo- 
luntaria perfecciona de día en día. ¡Qué distancia en la 
escala phonética desde el sonido de la Á pura y sin mez- 
cla alguna de otra vocal, hasta el de las consonantes gu- 
turales rudas, de las vibrantes y de las sibilantes! 

Y por cierto que mientras las vocales están colocadas 
en la escala phonética en orden rigorosamente natural, 
y por lo mi§mo lógico, como medios elementales de re- 
presentación intelectual y afectiva, las consonantes se 
hallan dislocadas caprichosamente, faltas del orden fisio- 
lógico establecido por la conformidad de las funciones 
phonéticns y de las necesidades de la vida. 

De lo apuntado, si bien á la ligera, se desprende que 
la división de los sonidos en vocales y consonantes sólo 
existe en la representación gráfica, porque en la phoné- 
tica coexisten unos y otros en estado de necesaria com- 
penetración; y que la pronunciación de las vocales es 
natural, al paso que la de las consonantes, si se excep- 
túa una ú otra, es hija de la educación y del arte. 



IV. 



Los sonidos vocales y los consonantes necesitan de 
una representación exterior más permanente que la de 
los órganos phoné¿ico$, de suyo fugaz y pasajera. Esta re- 
presentación comprende en los albores del habla la idea 
vaga ó indefinida encarnada en los sonidos recientemen- 
te desarticulados, y la idea, todavía poco determinada, 
contenida en la articulación de estos sonidos entre sí y 
con los symphónicos. De aquí la representación por me- 
dio de letras y de sílabas. Hay indudablemente relación 
lógica, casi misteriosa, entre la pronunciación de las le- 



416 
tras y la idea obscura que ellas representan; y esla co- 
rrespondencia se aclara con las sílabas, donde el enlace 
do los elementos phonéticos y gráficos asocia á la vez las 
ideas afines, y les da una fuerza representativa mayor 
que la que tenían en los elementos anles de su unión. 
Por esta razón han recibido ciertas letras y algunas sí- 
labas el carácter y el nombre de forrnativas, considerán- 
dolas como fundamento de la palabra. Un -ejemplo no- 
table de este valor tenemos en la letra R. Ésta significa, 
según decía Platón (O, el instrumento propio para ex- 
presar la idea del movimiento con el cual tiene indubi- 
table analogía en su pronunciación fuerte. Y no faltan 
tampoco sílabas que, ora por su onomatopeia, ora por 
su origen ignorado, gozan de indisputable importancia 
en ciertas lenguas para la formación de las raíces. 

Un paso más y en la misma sílaba aparece la raíz, 
núcleo formativo de la palabra, representación de una 
idea-madre, y punto de partida para la agregación de 
ideas secundarias emanadas de la cardinal y de otras 
que, naciendo de raíces distintas, tienen, sin embargo, 
con ella incuestionable afinidad. La raíz expresa admi- 
rablemente sus funciones como tipo phonéíico y lógico; 
es el germen que encierra los elementos representativos, 
y que al modo que la raíz de un vegetal contiene no sólo 
los órganos en estado embrionario, sino la facultad de 
agregar los elementos necesarios para su desenvolvi- 
miento, pasa, en el proceso de evolución y asimilación, 
de lo indeterminado á lo determinado, y de lo general á 
lo individual. Así, á la vez que en la región inteligible 
la idea primitiva asocia las ideas afines, en la región 

(4) Diálogos.— CVí/f^/u. 



^^^^ 



417 

sensible ia raíz primitiva, informe todavía, asocia los 
elementos phonéticos similares, realizándose la unión de 
lo material y lo formal. Y aunque es, á no dudarlo, mis- 
teriosa la época de las raíces protógenas^ de las anexio- 
nes y desinencias originarias, y de la significación inte- 
lectual y afectiva de unas y otras, bien pronto, á medi- 
da que adelanta la evplución de la palabra, se descu- 
bren los tipos lógicos representativos de la personalidad 
del que habla y de lo que está fuera ella, de lo interjec- 
tivo, de lo atributivo y de lo demostrativo. En esta épo- 
ca aparece ya un presentimiento de análisis y de sínte- 
sis, de abstracción y de generalización; pero estas ope- 
raciones, faltas de medios representativos, carecen de la 
claridad necesaria para establecer sobre cimiento firme 
la relación, ordenación y clasificación de los hechos nu- 
merosos que se agolpan á la mente. 

La palabra ya formada, símbolo de la idea, instrumen- 
to potentísimo del espíritu, aparece primero en la con- 
ciencia (palabra interna) y después en la phonesis y en 
la escritura (palabra externa) para el cumplimiento de 
los actos, inteligibles y sensibles si está bien construida; 
y lo estará verdaderamente cuando contenga la deter- 
minación, la delimitación y la definición de la idea con 
tanta claridad que el pensamiento se pinte en la pala- 
bra, como quiere Platón (O, de la misma manera que se 
pintan las imágenes de los cuerpos en un espejo ó en el 
agua en estado de perfecta tranquilidad. Ésta es la con- 
dición substancial, entendiendo por substancial todo lo 
que hay en la palabra de atributivo^ y por lo tanto de 
inherente á la naturaleza de la cosa representada, pues 

(4) Diálogos.-^Croíyío. 

27 



418 

lo formal es el resultado de operaciones racionales. 

Está construida la palabra unas veces por yustaposi- 
ción ó simple ag'regación, y otras por verdadera combi- 
nación de los elementos lógicos y phonéticos. En el pri- 
mer caso resulta un todo donde las significaciones par- 
ciales de los elementos se suman como cantidades ho- 
mogéneas, y en el segundo han perdido algo estos ele- 
mentos y sufrido tal- penetración que el todo resulta 
completamente nuevo, viéndose entonces una operación 
semejante á la combinación química. Y á pesar de esta 
unión íntima se distinguen con frecuencia en las pala- 
bras las partes elementales que gozaban antes de vida 
propia é independiente, descubriéndose todavía en ellas 
su espíritu lógico. Por este camino y no otro sé cons- 
truyen las palabras primitivas ó fundamentales; y para 
demostrar que es así, basta tener en cuenta el modo de 
formación de las que engendra la necesidad en la civili- 
zación y en las múltiples manifestaciones de la ciencia y 
del arte. . 

El mayor número de palabras nuevas se ajusta á la 
doctrina platónica, en la cual está considerada la pala- 
bra como la imitación del objeto por medio de la pho- 
nesiSj siendo, como es, indudable que el que imita da 
nombre al objeto en el acto mismo. ¿Son otra cosa los 
apodos, motes y sobrenombres que impone el vulgo, á 
veces con picante aticismo y gracia envidiable, sino re- 
presentación phonética ó lógica de cualidades físicas, in- 
telectuales ó morales? 

V. 

Hay otros elementos phonéticos más ó menos defi- 
nidos que sirven poderosamente para establecer las re- 



419 

laciojies lógicas de la idea primordial contenida en la 
raíz y de la representada en la palabra. Ahí están con 
importancia indisputable los prefijos, los subfijós y los 
infijos, ora simplemente aplicados y por lo tanto sepa- 
rables, ora estrechamente unidos por una verdadera 
fusión. Ahí están con importancia no mejior las desi- 
nencias, cuyo carácter no es convencional, como el de la 
notación de que nos servimos en las Matemáticas y en 
la Química, sino incuestionablemente natural, porque 
son en rigor palabras ccn vida propia y significación 
phonológica qne se han agregado á la raíz y á la pala- 
bra fundamental, fundiéndose poco á poco por el uso en 
la pronunciación y en la escritura; pqro revelando to- 
davía en los nombres la presencia de los pronombres 
demostrativos y en los verbos la de los personales. 

Vienen después las derivaciones lógicas, ya de las raí- 
ces protógenas^ secundarias ó terciarias, ya de la pala- 
bra misma, expresando con diversas desinencias la re- 
lación de la idea cardinal con las que le están subordi- 
nadas por una sucesión necesaria; lo cual se ve con to- 
da perspicuidad en las procedencias verbales. Del infi- 
nitivo experiinentar^ por ejemplo, se derivan, con arre- 
glo á las leyes glosológicasj las siguientes palabras, colo- 
cadas, no arbitrariamente, sino por necesidad, en orden 
lógico correspondiendo á ideas determinadas: 

Experimentabilidad. — Aptiltid abstracta. 
Experimentable. — Aptitud concreta, 
Experiinentativo.--iS!w;c/o abstracto. 
Experimentador. — Sujeto concreto, 
■ Experimentación. — Acddn. 
Experimento. — Acto, 
Experiencia. — Ley lógica: fórmula inteligible. 



420. 

Ésta es la serie de ideas que nos lleva naturalmente 
al concepto final de experiencia; á la inducción de lo 
conocido en lo cognoscible^ mediante lo cognoscitivo. Y 
es digno de notarse que las dos raíces de aquella pala- 
bra de tan alta significación filosófica comprenden la 
acción de penetrar con luz en lo obscuro para sacar de 
allí lo que está escondido. Y también debe advertirse 

S que falta en nuestro idioma el infinitivo abstracto de 

donde proceden experiente y experiencia; infinitivo que 

fr goza de indisputable prelación con respeto á experi- 

mentar. 

Merecen además mención las palabras compuestas 
que, como dice su nombre, nacen de la yustaposición 
de dos ó más simples con significación propia, entre las 
cuales pierde ó muda alguna la vocal final para que la 
palabra nueva sea más eufónica. El lazo que une las pa- 
labras simples es, sobre arbitrario, tan débil que pueden 
separarse libremente, quedando cada una con su valor 
primitivo. 

Llegan, por último, las palabras representativas de las 
ideas de tiempo, espacio, prelación, interjección, inte- 

\ rrogación, afirmación, negación, duda, unión, oposi- 

ción, condición, etc. 

VI. 

Las diversas formas de la palabra están ajustadas á una 
ordenación y clasificación donde se ven sus relaciones 
necesarias y contingentes con las ideas que significan. 
La Lógica en sus dos manifestaciones, la espontánea y la 
artística, ha fundado este sistema que se llama Gramáti- 
ca: el gran instrumento de la Filosofía y de la Historia. Y 



fc 

c 



421 
en verdad que en lugar de decir que la Lógica es la funda- 
dora de la Gramática, se diría mejor que se ha realizado 
en las palabras, dándoles orden, movimiento y vida para 
que puedan expresar las distintas categorías de la idea. 
Tiene, pues, la Gramática una Lógica real y una Meta- 
física práctica bastante alejada de los peligros de la 
transcendental; y á estas dos condiciones filosóficas debe 
el poder asentarse sobre base firmísima la relación de 
las formas gramaticales y del pensamiento. 

Descuellan entre estas formas, por su importancia ló- 
gica, el nombre con modalidades pronominales, adjeti- 
vales y desinencias, y el verbo con modalidades y desi- 
nencias representivas de la acción y del tiempo. El nom- 
bre y el verbo son los órganos principales en la vida de 
la lengua, como que comprenden las grandes ideas de 
sujeto y atributo, y tienen naturalmente subordinadas á 
las otras formas gramaticales. Su flexibilidad es tan no- 
table que les permite representar fielmente los diferen- 
tes estados de las cosas, así lo categórico, lo abstracto, 
lo general y lo necesario, como lo relativo, lo particular 
y lo contingente, por medio de la declinación y de la con- 
jugación; palabras de bondad etimológica tan evidente 
y significación gramatical tan elevada que ha podido de- 
cirse con fundamento que todo el secreto de la Gramáti- 
ca está en la declinación y en la conjugación. Y así es 
en efecto. El nombre, ya con verdadera declinación, ya 
con partículas prepositivas que hacen el oficio de modi- 
ficaciones desinenciales; ora revestido de la forma pro- 
nominal, ora de la relativa y dominando una y otra; 
llevando unas veces la representación de substantivo y 
otras la de adjetivo^ es como la materia sobre la cual re- 
cae la acción vivificadora del verbo, de ese clemonloin- 






i 



122 

teligiWe que se hace sensible en la expresión phonética 
y en la gráfica. El verbo es el espíritu del habla: él da 
movimiento y vida á la proposición, á la frase y al dis- 
curso; afirma ó niega del sujeto al objeto, uniéndolos 
ó separándolos; determina, delimita^ define. En virtud 
de su legitima é ineludible autocracia y de sus desinen- 
cias protei formes, se coloca muchas veces en todos los 
términos de la proposición, de la frase y del discurso, 
y cercano ó distante, visible ó invisible, siempre está 
presente dando valor lógico á los elementos gramatica- 
les; y de una manera tan clara que ni uno sólo, por es- 
casa que sea su representación, por sepat^ado que se ha- 
lle de los demás, esfá desprovisto de significación lógica, 
siquiera sea indeterminada, debida ál verbo que, oculto, 
rige y gobierna imponiendo necesariamente su poder de- 
cisivo y misterioso. No hay, pues, en las formas grama- 
ticales ninguna, por aislada que se halle,- que pueda lla- 
marse obra muerta. La interjección primitiva, la que 
más que un spnido articulado es un grito, contiene cla- 
risimamente una proposición, una frase y hasta una se- 
rie de frases que representan un estado del ánimo. 

Las ideas correspondientes á las distintas formas gra- 
maticales, necesarias para la expresión del pensamien- 
to, se hallan en la mente ordenadas según sus relacio- 
nes y representan el habla interna, la fórmula intelec- 
tual que va á reflejarse á lo exterior por medio de la pa- 
labra. El lazo de unión de estas formas ideales es una 
sintaxis subjetiva que, al hacerse objetiva, toma el nom- 
bre de gramatical. 

No son en verdad numerosas las leyes de esta sintaxis 
externa que podemos llamar arquitectura glosológica, 
ni tampoco difíciles las reglas generales á las cuales se 



423 

ajusta en el tiempo y en el espacio la morphología gra- 
matical como representación de la inteligencia. Estas 
leyes determinan la prelación absoluta y relativa, nece- 
saria y contingente de las palabras, y la relacióii lógica 
de las formas exteriores con las íntimas, á fin de que la 
sintaxis phonética y la gráfica sean el trasunto fiel de la 
intelectual y constituyan un organismo armónico. 

La colocación de las formas gramaticales es fija y de- 
terminada para unas, variable y más ó menos libre pa- 
ra otras, según las condiciones sintácticas de cada len- 
gua. No es la nuestra la que goza de menos libertad con 
respecto al nombre, y más todavía con respecto al ver- 
bo, el cual con prepotente importancia aparece en cual- 
quiera de los términos de la proposición y de la frase, 
dominando donde quiera que se halla sobre todos los 
miembros sintácticos y dándoles movimiento, vida y 
representación. 

De la colocación conveniente de estos miembros y de 
la exacta correspondencia de las modalidades de tiem- 
po, de lugar, de número, de género y de caso en las pa- 
labras susceptibles de declinación y conjugación, resul- 
tan la armonía y la unidad sensibles; y entonces la pro- 
posición, la frase y el discurso son el reflejo de la armo- 
nía y de la unidad suprasensibles. Dada la unidad ex- 
terna, cada palabra, cada proposición y cada frase ocu- 
pa el lugar propio; las palabras significan fidelísima y 
necesariamente las ideas; no hay ni una palabra más ni 
una menos; y la belleza del conjunto, completada con 
los elementos prosódicos y ortográficos, puede compa- 
rarse á la que tiene una obra del arte donde se ven la 
acción principal y las secundarias ocupando los diversos 
términos que pide la intoicionalidad lógica del artista. 



424 
VIL 



Y deseando atenuar, dentro de lo posible, la molestia 
que de sef^uro causa la enunciación, aun somera, de co- 
sas de todos conocidas, no estará de más demostrar con 
algunos ejemplos de nuestros escritores, ya pasados, la 
DGcesidaíi de la armonía del habla como representante 
legíüina de la armonía que existe en el entendimiento. 

El soneto de Cervantes Al Túmulo del Rey Felipe 11 
en Semlla concluye así (0: 

«Esto oyó un valeutón, y dijo: «Es cierto 
Cuanto dice voacó, seor soldado, 
Y quien dijere lo contrario, miente.» 

Y luego incontinente 
Caló el chapeo, requirió la espada, 
Miró al soslayo, fuese y no hubo nada.)) 

Aquí se ve claramente la intención lógica del poeta, 
el cual ([uiere producir, valiéndose del contraste, la sor- 
presa y la risa; mas para conseguirlo es necesario que 
la frase no hubo nada esté donde está, porque si se colo- 
ca antes de lo que dice y hace el valentón, no hay razón 
ninguna para aquellos afectos que proceden déla creen- 
cia de distinto desenlace de la acción. 

En otro soneto describo Lope de Vega, con su asom- 
broí^a facilidad en la Métrica, un sitio agreste, y termina 
diciendo (*J: 

«Y en este monte y líquida laguna, 
Para decir verdad como hombre honrado, 
Jamás me sucedió cosa ninguna,)) 

(1] Obras poéticas. . 
[i] Obrag poéticas. 



425 

Póngase este verso al principio del terceto y desapa- 
recerá la gracia de la sorpresa. 

Y lo mismo sucedería si invirtiéramos los términos de 
este delicadísimo epigrama: 

•Revelóme ayer Luisa 
Un caso bien de reir; 
Quiérotelo, Inés, decir 
Porque te caigas de risa: 

Has de saber que su tía 

No puedo de risa, Inés; 
Quiero reirme, y después 
Lo diré cuando me ría, » 

Todos saben que estos versos son del poeta (O* que en 
la celebrada cena se dispone seriamente á contar lo su- 
cedido á un criado de D. Lope de Sosa, y al comenzar 
la narración, cuando la interlocutora espera con curio- 
sidad femenil oir la peregrina historia, dice: 

«Tenía este caballero 
Un criado portugués..... 
Pero cenemos^ Inés, 
Si te parece, primero. y> 

Y á pesar de que me he propuesto ser muy parco en 
la extensión de las citas, aunque no en el número de 
ellas, recordaré una octava de Garcilaso (2): 

«¿Ves el furor del animoso viento, 
Embravecido en la fragosa sierra, 
Que los antiguos robles ciento á ciento 
Y los pinos altísimos atierra, 



( i ) Baltasar de Alcázar.— ^ptprama IV. 
[i) Égloga IIL 



426 

Y de tanto destrono aún no contento 
I Al espantoso mar mueve la guerra? 
Pequeña es esta furia, comparada 
A la de Filis^ con Alcino airada.» 

Toda la beUeza de este hiperbólico concepto, donde el 
huracán, que arranca de raíz los árboles seculares y con- 
mueve las profundas regiones del piélago, es compara- 
do con la dulce tempestad que agita el tierno corazón de 
una zagala inocente, se convertiría sin duda alguna en 
ridiculez colocando al principio de la octava el concep- 
to de la frase final y diciendo que la ira amorosa de Fi- 
lis es superior al desencadenamiento del huracán. 

Estos 'ejemplos testifican que la necesidad lógica obli- 
ga á colocar en sitio predeterpainado del discurso la idea 
fundamental, que es como la acción principal de un dra- 
ma ó de un cuadro. 

Y si, como asientan los doctos en la materia, es el so- 
neto una composición de no fácil desempeño, porque de- 
be encerrar en poco espacio un pensamiento que nazca, 
se desarrolle y complete su evolución constituyendo por 
la armonía y la unidad de sus miembros un verdadero 
organismo; si, para alcanzar esta armonía, debe haber 
precedencia en las ideas, tan rigorosa que no se adelan- 
ten unas á otras, y que cada cual ocupe el lugar que le 
corresponde en el orden de su importancia lógica; si 
debe terminar con una fórmula concreta del pensa- 
miento antes desenvuelto; y si, finalmente, esta fórmu- 
la ha de comprenderse en el último verso y á ser posi- 
ble en una sola palabra, fuerza será confesar que andu- 
vo Quevedo algo distraído en su popular soneto <Á un 
nariz, > colocando precisamente en el primer verso la 
idea principal con que debía rematar la obra. Porque 



427 

en efecto, después de comenzar diciendo con suma gra- 
cia (^) 

aÉrase un faombte á una nariz pegado,» 

que es lo mismo que decir que la parte es mayor que el 
todo, no cabe más hipérbole ni más ridiculez. Por esta 
razón lo que sigue es de muy mal gusto, si se exceptúa 
el verso 

aLas doce tribus de narices era,» 

gracioso ciertamente si no lo eclipsase el primero, que 
es la única belleza de la composición. 

Y en verdad que sólo una distracción puede justificar 
la falta de armonía de este soneto, teniendo en cuenta 
el privilegiado ingenio, la profundidad filosófica y la 
poderosa dialéctica del señor de la Torre de Juan Abad. 
Véanse como muestra de taies cualidades los siguientes 
versos (^): 

•Todo este mundo es prisiones, 
Todo es cárcel y penar. 



El cuerpo es cárcel del alma 
Y de la tierra la mar. 
Del mar es cárcel la orilla, 
. Y en el orden que hoy están 
Es un cielo de otro cielo 
Una cárcel de cristal. • 



Todo aquí es grande: la idea-madre, el orden natural 
de las ideas secundarias y el hermoso decir de la expre- 
sión. Y como Quevedo era excelente cultivador de las 

(4) Poesías. 
(2) Poesítis. 



428 

lenguas sabias, no olvidó, al llamar al cuerpo cárcel del 
alma y que lá palabra cuerpo significa en una de aque- 
llas lenguas prisión 6 cárcel. También Fr. Luis de León 
le da el mismo valor, exclamando: 

«¿Cuándo será que pueda 
Libre de esta prisión volar al cielo? 



VIII. 

No basta que la idea dominante, la que podemos lla- 
mar categórica, ocupe en la frase y en el discurso el si- 
tio que piden su Supremacía y la intención lógica del 
que habla ó escribe, pues se necesita además que esta 
idea, de suyo más ó menos general, abrace las ideas 
secundarias y las comprenda, hasta donde sea posible, en 
la penetración que existe en la inteligencia. De esta ma- 
nera la exposición phonética y la gráfica se ajustan á la 
ley de economía que rige las funciones propias de la vi- 
da, á condición, por de contado, de que se evite cuidado- 
samente el escollo, siempre temible, de la obscuridad. 

De este vicio no adolecen, antes por el contrario bri- 
llan por la espontánea condensación y envidiable clari- 
dad, innumerables trozos de nuestros mejores escritores. 

Y la alteza del pensamiento obliga á colocar en pri- 
mer término estas frases sublimes de Fr. Luis de Grana- 
da hablando de Dios; frases que cautivan el ánimo (<): 

«Eterno sois en la duración^ Infinito en la virtud y 
Supremo en la jurisdicción. Ni Vuestro Ser comenzó en 
tiempo, ni se acaba en el mundo. Sois ante todo tiempo, 
y mandáis en el mundo y fuera del mundo 

(4) Símbolo de la Fe.— Parte I. fntroduocióu.— Oap. íí. 



429 

Descendamos de tanta excelsitud á lo que tocamos por 
aquí abajo. 

Finge el cáustico y festivo Tirso de Molina un medi- 
castro (<), y dice con incisiva concisión que era hom- 
bre de 

aMuchos libros, poca ciencia,» 



y 

« que con cuatro aforismos, 

Dos textos, tres silogismos 
Curaba una calle entera.» 

No puede encerrarse en menos palabras ni pintarse 
mejor Isipoca ciencia del que consultado por una dama^ 
aquejada, al parecer, de vapores, le da con ridicula alti- 
locuencia y entonación pedantesca esta explicación y 
esta receta: 

aLa enfermedad que le ha dado, 
Señora, á Vueseñoría 
Son pasmos (2) y hipocondría; 
Siento el pulmón opilado, 
Y para desarraigar 
La linfa (3) vitrea que tiene 
Con el quilo, le conviene 
(Porque mejor pueda obrar 
Naturaleza) que tome 
Unos alquermes que den 
Al hépate y al espían 
La substancia que el mal come.» 

Recuerda el Duque de Frías el Monasterio del Esco- 

(4) Don Gil de las Calzas verdes.— Acto 4.**, escena 2.* 

(9 y 3) Variantes, en la lectura, reclamadas por el euphemimoé 



430 

rial y comprende la historia del famoso monumento en 
este verso W: 

«Padrón de San Quintín, gloria de Herrera;» 

y un poco más adelante formula en otro la política de 
Felipe II diciendo 

<¡t y allí Felipe 

Desde el monte vecino 

Á la fábrica inmensa impulso daba, 

Y al Támesis y al Sena amenazaba {2).» 

Feliz era el procer poeta en esto de condensar con 
fácil vena y oportuno decir el pensamiento nacido en 
su inspirada mente. Vé^se con qué gallardía de pincel 
encierra en un endecasílabo tres épocas notables de la 
vida de Napoleón I i^): 

•Así tan gran coloso se derrumba, 

Y porque al ancho mar la gloria quede 
Isla su cuna fué^ su asilo y íum6a.» 

Otro procer, también esclarecido ingenio, el Duque 
dé Rivas, resume el pensamiento de uno de sus roman- 
ces en estos versos (*): 

«La hermosísima Filena 
De mi desastre apiadada 



Curábame las heridas 
Y mayores me las daba; 
Curábame las del cuerpo. 
Me las causaba en el alma»^ 



( 1) Oda Á las Nobles i4r¿ej.— Obras poéticas, pág. 1 59.— Madrid, 4857. 

(2) Ibidem. 

(3) Obras poéticas.— £pi«(o¿a á la Marquesa dé Santa Cruz, pág. 93. 

(4) Obras poéticas. 



431 

Y no es menos afortunado el célebre Inarco Célenlo 
en su soneto Á Rodrigo al concluir con este verso (0: 

«El cuerpo al fondo, á la corriente el manto;» 

en donde además de la condensación de la idea, parece 
que se ve flotar el manto del último Rey de los godos en 
las aguas enrojecidas del Guadalete. 

El insigne médico D. Mateo Seoane, laboriosísimo co- 
nocedor de las altas cuestiones de sanidad é higiene pú- 
blica, cultivaba cuando mozo la poesía, y comprende 
la duda filosófica sobre la esencia providencialmente 
misteriosa de la vida, en un terceto: 

«Certidumbre absoluta nunca adquiere, 
Y más dudando cuanto más alcanza, 
Lleno de dudas y de ciencia muere.» 

Y cuan grato es para mí en- este día recordar cómo 
compendiaba mi sabio maestro D. Bonifacio Gutiérrez, 
profundo y sagacísimo clínico, la idea de la malignidad 
morbosa, definiéndola con este símil: un lobo con piel 
de oveja; un enemigo formidable so capa de amigo. 

Esta condensación de las ideas representa cumplida- 
mente el valor lógico y la belleza phonética y gramati- 
cal de las fórmulas del habla que se conocen con los 
nombres de apotegmas^ aforismos^ sentencias, máxi- 
mas, proverbios, refranes, etc. (*)• 



(4) Obras poéticas. 

(2) Entre las rafias colecciones de refranes se halla una may notable 
escrita á la edad de quince años por el Sr. D. Alejandro Ramírez, quien, 
sm pasar de k edad adalta, dejó en la alta administración de nuestras 
Antillas nombre imperecedero como Superintendante general de la Real 
Hacienda, Esta colección se intitula: Respuestas de Sanchico Panza á dos 
cartas que le remitió su padre desde la Ínsula barataria; que constan por tra- 



432 

Veamos ahora cómo pinta el habla la oposición, la 
aproximación y hasta la fusión y transmutación de las 
ideas antitéticas. Y empezaremos recordando un cantar 
que viene muy de molde: 

«Ni contigo ni sin tí 
Mis penas tienen remedio: 
Contigo, porque me matas, 
Y sin tí, porque me muero.» 

Góngora, que no es siempre obscuro ni conceptuoso 
en demasía, expresa acertadamente un estado de indife- 
rencia afectiva donde desaparecen el placer y el dolor. 
Dice así (0: 

«Gran filósofo me han hecho 
Casos adversos y tristes; 
Un libro del tiempo soy 
En quien su mudanza escribe. 
Tan á prueba de desdichas 
Me tiene el Hado infeüce, 
Que no hay mal que me congoje 
Ni bien que me regocije, » . 

Herrera juega un poco del vocablo y alambica el con- 
cepto de la aproximación del si y del no en las siguien- 
tes redondillas de más mérito en la esencia que en la 
forma (^): 

(cHermosos ojos, serenos, 
Serenos ojos, hermosos, 
De dulzura y de amor llenos, 
Lisonjeros y engañosos; 

dición se custodiaron en el archivo de la Academia Ai^gamasiUesca.-r Prime- 
ra que publica en honor de la verdad y de la fama y familia de los Panza$, 
Ramón Alexo (Í0 Ztcíra (anagrama de Alejandro Ramírez).— -Alcalá, 4794. 

(4) Romance CXIV. 

(%) Obras poéticas.— i)e(íomit/¿a5. 



433 

Quien no os ve pierde la vida, 
7 el que os ve halla su muerte; 
Mas quien muere de esta suerte 
Cobra la vida perdida.» 

También juega del vocablo, pero con más primor que 
Herrera y con gran intención moral, un homónimo mío 
de apellido en este epigrama (0: 

«Aprende, Evandro, á morir, 
Llegarás á vivir bien; 
Y para morir, también 
Aprende, Evandro, á vivir.» 

Pinta con alta maestría el ilustre Martínez de la Ro- 
sa en el Bdipo un estado del ánimo donde el dolor ex- 
tremado produce la sensación contraria. 

Víctima Edipo del Destino, cuya huella tiene en su 
propio nombre, parricida, incestuoso, abrumado de ines- 
perada, de inmensa desventura, se revuelve contra el 
Hado que lo persigue desde la cuna y apostrofa así á los 
Dioses (*): 

a Mas ¿por qué tiembla 

Mi corazón aún? Los Dioses mismos 

Su venganza agotaron, y ya impune 

Su cólera y enojo desafío: 

¿Podéis hacerme ya más desdichado? 

¡No podéis no; pues vedme ya tranquiloh 

¡Magnífico pensamiento expresado con nativa senci- 
llez y sin atavíos innecesarios! ¡Qué bien se siente la 
calma que brota del abismo del infortunio como para de- 
mostrar que el placer y el dolor, confundidos en unidad 

(4) D. Gabriel del Corral.— J?pi(/rama F.— Biblioteca de Autores espa- 
ñoles.— Caríosidades bibliográficas, 
(i) Acto V, escena V. 

U 



434 

misteriosa y providencial, nacen el uno del otro y son 
compañeros inseparables del hombre de la aurora al oca- 
so de la vida! 

Gomo se ve en los ejemplos citados, no es cosa de po- 
co momento la claridad en la expresión hablada y escri- 
ta si ha de conseguirse la representación fiel del pensa- 
miento, porque donde peligra la claridad se resiente la 
Lógica. 

Así que debe evitarse con sumo cuidado y exquisita 
diligencia todo moti,vo de obscuridad en la organización 
sintáctica, en la homonimia real ó aparente, en la pro- 
piedad de las palabras y en el uso de las anfibológicas 
y de las que solamente se diferencian por el acento pro- 
sódico. 

En Sancho Ortiz de las Roelas dice el protago- 
nista W\ 

«¡Ay palabra dura, impía, 
Palabra por mí, mal dada, 
Y para mí mal, cumpUdal» 

Á primera vista se conoce que es forzoso acentuar 
con énfasis la pronunciación del pronombre personal, 
y pasar como sobre ascuas por el posesivo para llevar 
el acento tónico y la cantidad al substantivo mal; por- 
que el descuido, nada difícil por cierto, en la pronun- 
ciación ó en la escritura de las palabras homónimas es 
bastante á hacer que los pronombres suenen como per- 
sonales ó como posesivos, y el substantivo y el adver- 
bio cambien su significación respectiva; y así ha suce- 
dido con frecuencia en el teatro, lo cual no está confer- 
ía) Acto II, escena IV.— Tragedia de Lope de Vega, arreglada por Dea 
Cándido María Trigueros.— Madrid, 1804. 



435 

me, ni mucho menos, con el pensamiento del poeta, de 
quien es toda la culpa. 

Y á fe que no tiene poca Calderón, salvo el alto res- 
peto que merece su nombre, al poner en boca de una 
persona importante de La vida es stceño el siguiente 
verso W: 

aQae apenas llega, cuando Uega á penas, d 

donde prescindiendo de la parafonía y del retruécano, 
no justificados por la intención lógica, hay necesidad de 
señalar en la pronunciación la diferencia de cantidad 
prosódica de las palabras apenas y penas j omitir lá eli- 
sión del segundo hiatus, y alargar el verso si ha de re- 
citarse, siempre con afectación, una frase que podría á 
todo tirar permitirse en el obligado gracioso. 



IX. 



Fuente de la claridad del habla es la propiedad de 
las palabras. Guando por el estudio del aholengo phoné- 
tico se conoce cumplidamente la idea cardinal conteni- 
da en la raíz y la evolución completa de la palabra, po- 
demos decir que ésta se ha petrificado j y según la tec- 
nología química, que ha cristalizado; adquiriendo en- 
tonces condiciones indisputables de propiedad que le dan 
perfecto derecho para representar lógicamente la idea- 
madre de la raíz y todas las que de ella nacen ajusta- 
das á la pauta de las leyes glosológicas. Es, pues, nece- 
sario que toda idea se halle virtual y formalmente re- 
presentada en una palabra, propiedad suya, con la cual 

(4) Jornada I, escena I. 



436 ' 

constituye la unidad de lo suprasensible y de lo sensi- 
ble. Es además necesario, para aquilatar las condicio- 
nes dé propiedad, saber el valor lógico primitivo y fun- 
damental de la raíz, y el de los miembros que se han ido 
agregando hasta la evolución final bajo las formas dis- 
tintas de prefijos, infijos, subfijos, enclíticos, desinen- 
cias, derivaciones y composiciones. 

Sólo así pueden apreciarse debidamente su significa- 
ción y su pureza; cualidades necesarias para poderla 
usar sin el riesgo de darle un valor lógico contrario á 
veces al genuino. Porque es indudable que caminamos á 
ciegas cuando ignoramos la génesis de la palabra, las 
partes que la componen y las alteraciones que ha su- 
frido por la influencia del tiempo, de las costumbres, de 
la convención, ó de las exigencias, alguna vez atendi- 
bles, de la eufonía. Pero hablamos y escribimos con 
completa seguridad cuando conocemos el valor de la pa- 
. labra y el de las partes que la constituyen. Quien sabe 
apreciar la propiedad de la palabra género^ no la usará 
promiscuamente con la palabra especie^ y colocará una 
y oti'a en el lugar correspondiente de la serie más ó 
menos natural de las palabras, cldse^ orden^ tribuy fa- 
milia, género^ especie^ variedad ó individuo^ dando á 
cada cual representación propia en la inteligencia. El 
que sabe descomponer las palabras, hallará necesaria- 
mente en lo absoluto una idea independiente y desligada 
de toda relación; en substancia^ algo que ecciste debajo 
de la forma sensible; y en circunspección^ el cuidado de 
ver lo que hay al rededor^ si no quiere pecar de impru- 
dente. 

La palabra- debe ser la fotografía de la idea, la en- 
carnación del pensamiento. Enfrente de palabras de ex- 



437 

célente construcción glosológica, representantes legíti- 
mas de ideas bien determinadas, como, por ejemplo, au- 
tonomía y antinomia^ hay otras, como academia y ana- 
tomía , cuya significación racta está á larga distancia' 
de la convencional, y medicina, la cual no comprende 
todas las condiciones de la idea. Al lado del nombre que 
tiene la sal común en la excelente tecnología de la Quí- 
mica, vamos á qolocar el del género botánico del tabaco. 
¿Qué dicen á la inteligencia las palabras Cloruro sódico? 
Todo: que la sal común se compone de dos cuerpos sim- 
ples bien definidos. ¿Qué dice á la inteligencia la pa- 
labra Nicotiana? Nada: porque es lo mismo que no sa- 
ber nada<5on respecto á la naturaleza de la cosa, saber 
que plugo á Linneo dedicar el género botánico á Juan 
Nicot, embajador de Francia en Portugal, quien, según 
dicen, fué el primero que llevó el tabaco á su país. Va- 
liera más que el sabio naturalista hubiera conservado 
para el género el nombre vulgar. 

¿Y qué diremos de la palabra músculo y sus deriva- 
das? Que es tan grande la tiranía, del uso y de la con- 
vención, que cuando decimos fuerza muscular imagi- 
namos un atleta, y ni por asomo se nos ocurre que si 
fuera posible se reirían al verse juntos el substantivo con 
su poderosa representación y el adjetivo con su humilde 
y antitética etimología. 

Sería, sin duda alguna, ocioso y molesto decir más 
acerca de la propiedad y pureza como condiciones in- 
declinables de las palabras; y también hablar de la ne- 
cesidad que tiene toda lengua de admitir algunas extra- 
ñas correspondientes á ideas nuevas, cuando su diccio- 
nario carece de medios de representación; y de purifi- 
car un día y otro el caudal propio, desterrando las 



"'.^i>f?^7*' ' 



438 

que se introducen tantas veces sin razón valedera y 
contra las leyes de la glosologla. Y bien merecen ser 
desterradas del diccionario, ó al menos ser relegadas 
á un apéndice, bastante número de ellas que se nos 
han entrado de rondón en nuestra lengua sin la conve- 
niente justificación. Allí, separadas del cuerpo del dic- 
cionario y escritas como se escriben en la lengua de 
donde proceden, figuraría la que se aplica á la juven- 
tud amiga de traerse rica y elegantemente, y se vería 
con su femenino construido de tal modo á la castella- 
na, que á primera vista tiene cierto sabor á hibridis- 
mo galo- helénico. Y á propósito, ahora mismo tene- 
mos una locución extranjera que anda en labios muy 
delicados y se presenta con la categoría gramatical de 
substantivo masculino, escribiéndose, no como en su 
tierra, sino como se pronuncia en la nuestra. Ningún 
motivo hay para semejante adquisición, porque sin ne- 
cesidad de exóticas locuciones puede pedir una dama á 
su doncella el uno y otro; y mejor el por si llí4evej y, 
todavía mejor, la sombrilla-paraguas ó el paraguas-qui- 
tasol. No es de esperar que la doctísima Academia que 
trabaja sin descanso en purificar y dar esplendor á la len- 
gua patria, conceda carta de naturaleza á palabras fal- 
tas de las cualidades que reclaman la glosologla y las ne- 
cesidades de la civilización. 



Es la palabra, según queda apuntado, un organismo, 
y como tal, viviente en la representación ¿^^n^^íca y en 
la gráfica. Manifiéstase en una y otra la vida de la pa- 
labra por medio de elementos prosódicos, entre los cua- 



439 

les descuellan como fundamentales el acento, la canti- 
dad, la tonalidad^ la medida, el orden, el númerOj d rif- 
mo y la pausa, de tal manera dispuestos en Idi phonesis y 
en la escritura que las sílabas son notas musicales, y las 
palabras, proposiciones y frases son miembros de una 
melodía que se percibe desde luego en la prosa y aparece 
galana y brillante en la poesía. Elementos muy princi- 
pales de la prosodia son: el acento, centro de gravedad 
de la palabra, cuya etimología desculDre ya su importan- 
cia, con dos tiempos, el arsis y la thesis, correspondien- 
tes á la elevación y descenso de la voz, y un espacio in- 
termedio, apenas perceptible, de pausa formando la uni- 
dad rítmica; la cantidad, que determina la longitud y 
brevedad de las sílabas; la tonalidad, que comprende la 
intensión, la extensión y timbre de la voz; y la pausa, 
que separa de un modo conveniente las palabras para 
dar al discurso claridad y belleza. Tan grande es la fuer- 
za lógica de estas condiciones prosódicas, que cuando 
faltan aparecen las palabras como muertas, como soni- 
dos inarticulados, como ruidos; pero cuando eslán colo- 
cadas en el sitio requerido por la intención lógicaj su 
magia es irresistible y expresan admirablemente actos 
intelectuales y afectivos muy variados, desde aquéllos 
que la voluntad aparenta ocultar, hasta los que quiere 
declarar; desde la entonación nativa é infantil, liasía la 
afectada y enfática; desde la ironía socráticaj hasta el 
sarcasmo aterrador. Es á veces tan potente la fuerza re- 
presentativa de estas formas prosódicas, que el si signi- 
fica no; el no, si; el placer, dolor; el dolor, placer; el 
llanto, risa, y la risa, llanto. Todos conocemos esta fuer- 
za y hacemos de ella uso, movidos en parte por el ins- 
tinto y en parte por la educación. Una frase vulgar la 



d^íne fy:n e»src:!e1a exac.::ad c::ai:ij i-ftíimos que no 
nots ciiele ío que nos dicen, sino ei retintín con que nos 
lo ¿ioéa. Precisainen^e en el reíii- un €^¿z. el afC!ento. la 
cantidad, la tonalidad t la pausa. 

Recordaremos algunos versos donde bcda el acento 
tónico dando movinaiento y vida á la palajbra y mere- 
ciendo con jnsücia ei nombre de alma pKiTkéiiea 'eoñma 



coas^. 



Óigase un verso de la égloga IV de Virgilio: 

c Ultima Cumei cemi jam carmÍMis das. > 

Y otro de la X: 

•Hie gelidi f entes, hic mol'ia praia^ £¿rjW,» 

Y éste de Garcilaso: 

•Flérída para mi dake y sabrosa.» 

Estos versos, tan agradables al oído por lo numero- 
sos, deben su dulzura y cadencia á la situación que guar- 
dan los acentos, las sílabas lai^:as y breves y las pausas. 

Oigamos al renombrado poeta D. Juan 2sicasio Galle- 
go. Anuncia el bardo en el Osear la muerte de una de 
las personas de la tragedia, y dice .' : 

cHas ya hueila feliz las altas nabes 
De sus abaelos ínclitos al lado, 
Y en la azulada bóveda, sa sombra 
Plácida ríe en eternal descanso.^ 

¿No es verdad que el último verso pinta con sus acen- 
tos y tranquila cadencia la calma beatifica de las man- 
siones celestes? 

(I) AttoL 



iil 

Veamos ahora el contraste de pensamiento y expre- 
sión en la misma tragedia. Habla el hijo de Osian en el 
arrebatamiento de su loca pasión (0: 

«Si á mi vista un combate se ofreciera, 
Por las huestes frenético rompiendo, 
CoiTer la sangre y el feroz destrozo 
Mirara con placer » 

El segundo verso, con la sílaba acentuada y brevísi- 
ma de la palabra frenético, pinta al guerrero lanzándose 
con la rapidez del rayo en lo más empeñado de la pelea; 
y el tercero, con las letras y sílabas de extremada dureza 
y cantidad, parece cómo que representa el infernal pla- 
cer que goza el desesperado amante al contemplar en su 
derredpr la muerte y la destrucción. 

Dedica el eminente poeta D. Ventura de la Vega una 
epístola á su doctor y amigo, y dice con lirismo encan- 
tador (í): 

«En estos días plácidos 
En que venciendo el frígido 
Rigor, el numen Deifico 
Mostró su rostro vivido.» 

Y en seguida abate el águila su vuelo, y la musa ju- 
guetona dice con entonación sencilla: 

«Salí según sus órdenes 
En alquilón vehículo. 
Del ambiente atmosférico 
Á aspirar el oxígeno.» 

No sólo siente el oído, animado por el instinto musi- 
cal, el placer de las modificaciones prosódicas, sino que 

{K) Acto I, escena IV. 

(%) Obras poéticas, pág. 587.~Pans, 4866. 



442 

desea además que haya en ellas la variedad necesaria 
para que resulte la armonía. Por eso rechaza instinti- 
vamente la parafonía producida por la repetición muy 
cercana de letras y sílabas iguales, de palabras homó- 
nimas y terminaciones unísonas en todos aquellos casos 
en que esta repetición no se halla motivada por la ne- 
cesidad lógica determinante de la expresión del pensa- 
miento. 
Dice Virgilio: 

a Et jam nox húmida ccelo 

Prcecipitatj suadentque cadeníia sidera somnos (1).» 

Aquí no hay parafonía de las tres palabras que em- 
piezan con 5, porque cabalmente la repetición de esta 
letra en el verso imita la influencia que tienen en la 
producción del sueño los sonidos monótonos y acompa- 
sados. 

Oigamos al gran Quintana (^): 

•Do quier que gracia y gentileza veo, 
(iAíli está Cintiay> en mi delirio digo, 
Y ver á Cintia en mi delirio creo.» 

Tampoco son parafónicas las palabras Cintia y deli- 
rio^ porque el oído percibe desde luego que son necesarias 
para la representación de las ideas, y lejos de serle des- 
agradables siente verdadero placer con su repetición. 

No sucede lo mismo con un verso de Jáuregui en su 
traducción de la Farsalia. 

Inquieto César por la tardanza de Antonio, deja el 
ejército en Apolonia con el secreto propósito de ir á 
Brindis; y sin querer más compañía que la de la For- 

(\) iEneidos, lib. íí, v. 8 y 9. 
(2) Obras poéticas. 



443 

tuna (O, entra, al cerrar de la noche, disfrazado de es- 
clavo, en un barco de doce remos para bajar por el 
Aóus al Adriático. Levántase con violencia el viento de 
mar, y las olas que vienen amenazantes en dirección 
contraria á la corriente impiden que el barco venza la 
desembocadura del rio. El piloto, temiendo zozobrar, 
manda volver la proa; y entonces el que algunos días 
adelante iba á ser en Farsalia dueño absoluto de Roma 
y del mundo conocido, hace rostro á la tempestad y al 
peligro y, descubriéndose, dice al piloto: «No temas; 
llevas á César y á la Fortuna. > Estas palabras, que pone 
Plutarco (*) en bocTa de César y dilúen Lucano y Jáure- 
gui en más versos de los necesarios, no se hallají ex- 
presadas en el poeta latino ni en su traductor con el 
vigor y la concisión que reclaman un pensamiento ca- 
pital y una situación que ha de conservar la Historia; 
por más que César, con modestia natural ó calculada, 
calle este hecho en sus Comentarios ^ escritos verdadera- 
mente con grande habilidad política para echar toda la 
culpa de la guerra civil sobre el partido de Pompeyo. 
Así se expresa Jáuregui W: 

«Las deidades maritimas que adoras 
Me reconocen hoy Dios de la nave; 
Soy César: ya mi nombre es su tutela. 
Mi voz rige el timón, pulsa la vela.» 

Perdónensele en buen hora al poeta algún ripio y tal 
cual palabra poco propia como exigencia métrica;, pero 
no se puede perdonar la insufrible parafonía de su tu- 
tela^ y menos en situación crítica que requiere lógica- 

(i) Sola placet Fortuna come$. Lucano, 11b. V, v. 540. 

(2) Vida de César. 

(3) Farsalia, lib. X, octava 43. 




444 

mente fórmula concreta y armoniosa, al que en la bellí- 
sima paráfrasis del salmo Super flumina tiene versos tan 
fluidos y espontáneos como éstos (0: 

«En la ribera undosa 
Del Babilonio río 

Los fatigados miembros reclinamos, 
Y allí con faz llorosa 
Junto á su margen frío, 
Con lágrimas sus ondas aumentamos.» 

El fecundo poeta dramático Bretón (le los Herre- 
ros, con su terenciana vis cómica, es oportunísimo por 
el uso intencional de la paiaifonía. Hay en una de sus 
comedias W yn joven poetastro que se propone adorar 
al santo por la peana, dedicando este cumplimiento á 
una tía suya, madre del ingrato objeto de su amor: 

«Dulce tía, á quien me une 
La simpa¿ta*más tierna^ 
Simpaba que será 
Muy ei\ breve simpa-suegra, 
¿Cuándo aquí del Himeneo 
Arderá, /ta, la tea?» 

Á pesar de las tías, de la tierna y de la tea, los versos 
son muy agradables al oído porque están en el carácter 
de una persona que habla como debe hablar y no de otra 
manera. 

XI. 

Y si la Lógica quiere para el oído el aceito, la canti- 
dad, el número y demás condiciones prosódicas, quiere 

(\) Gnnciones. 

(2) ¿os dos sobrinos, acto IV, escena IX. , 



445 

también con no menos razón que las palabras no se al- 
teren en la representación phonética ni en la gráfica, y 
que se pronuncien y escriban según pide su organiza- 
ción genuína, ajustada á las leyes de la glosologia gene- 
ral y particular. 

De fecha bien remota es el hecho de las alteraciones 
phonéticas y gráficas. Ya decía Platón que se habían des- 
figurado las palabras primitivas en su construcción y en 
su prosodia, tanto por el poder del tiempo como por el 
deseo de hacerlas eufónicas y armoniosas con la adición 
6 substracción de letras, prefiriendo á la verdad el agra- 
do del oído; y que esta alteración era á veces tan nota- 
ble que las palabras antiguas parecían bárbaras compa- 
radas con las modernas (<). 

Sin embargo, concedía Platón alguna libertad en la 
adición, supresión ó transposición de letras, siempre que 
la esencia de la cosa representada dominase en la pala- 
bra. De donde se deduce que como la parte fundamental, 
la que encierra la esencia, es la raíz, ésta es la que debe 
respetarse con sumo cuidado, sin permitir alteración al- 
guna, ni aun so pretexto de ingerencia eufónica. 

Y por cierto que nuestra lengua no ha dejado de to- 
marse más de una libertad bien poco arreglada al crite- 
rio phonológicoy excediendo en algún punto á otras len- 
guas románicas. Ahí tenemos la palabra tiempo^ de tan 
alta categoría en la región de las ideas, con una vocal 
ingerida en la raíz, si bien por una dichosa inconsecuen- 
cia no ha cundido la alteración á sus derivaciones. Ahí 
está la partícula prepositiva trans que va perdiendo de 
día en día la n, letra cuya pronunciación está en conso- 

i\) Diálogos.—Craíyío. 



446 

nancia con la idea de resistencia, así como la de la r en- 
vuelve la de movimiento, significando la reunión de las 
dos que para ir al través de un obstáculo hay que ven- 
cer una dificultad. Ahí está también la palabra ^rqprio, 
compuesta de dos radicales de importantísima significa- 
ción, que por de pronto ha perdido la r en la segunda 
raíz, y si llega á perder la de la primera (y es temible al 
paso que vamos) y la acompaña en tan fatal corruptela 
la partícula trans^ pronunciaremos ambas como las pro- 
nuncian los niños y los que tienen cierto defecto en los 
órganos phonéticos. Las palabras dejarán entonces de 
serlo en la esfera de la Lógica, y vendrán á ser meras 
convenciones como vicestra-merced y vuestra^señoria, 
que bastardeando de su origen y contrayéndose poco á 
poco, han quedado reducidas á la menor expresión, sin 
raíces, sin representación lógica y, por añadidura^ sin 
belleza alguna eufónica. 

Y no se quiera sostener la infiuencia del uso y de la 
convención con el prestigio de la autoridad, porque si 
bien Horacio dice W\ 

« si volet usuSi 

Quem penes arbitrium esty et jus, et norma loquendi^n 

se refiere á las palabras antiguas que renacen y á las 
modernas que caen en desuso. Así y todo, no ha hecho 
poco daño el preceptista con la desmedida importancia 
concedida al uso. Éste lo mismo que la convención es- 
tán sujetos á prudente medida, y nunca deben oponerse 
á las leyes lógicas contra las cuales no hay fuerza po- 
sible. Pero ¡ya se ve! Horacio es autoridad de cuenta 
en la materia, y las grandes autoridades de la ciencia y 

( \ ) Epístola ad Pisones. 



447 

del arte suelen ser más idealistas que las medianas, y 
tienen el gravísimo inconveniente de imponer, desde 
una altura que algunas veces las deslumhra, creencias 
exageradas y por lo tanto poco prácticas. 

No hay razón ninguna para alterar las raíces, y me- 
nos puede permitirse esta alteración en idiomas que vie- 
nen de una lengua-madre, porque sohre las raíces de 
ésta no tenemos ni dehemos tener otro dominio que el 
útil, y cualquiera modificación en la raíz solamente se- 
ría tolerahle, y esto con exquisita prudencia, en las pa- 
labras autóctonas, en las verdaderamente propias. En 
suma: en las raíces dehe dominar el espíritu de conser- 
vación, y en las anexiones, desinencias y derivaciones, 
así como en la sintaxis, el espíritu de progreso. 

Pide tamhión la Lógica que las palahras se pronun- 
cien y escrihan de manera que se distingan sin dificultad 
alguna las partes que constituyen su organismo phoné- 
tico y gráfico. Hay palahras que pronunciamos y escri- 
himos mal por descuido que hien pronto se convierte en 
costumhre. En obligación^ por ejemplo, no suena ordi- 
nariamente desligado el prefijo, como lo está en obla- 
ción ^ obrepción y subrepción. La palahra griega 5t/m- 
phonia se escrihe de tal modo que parece híhrida y vie- 
ne á representar lo contrario de la griega; y las de ori- 
gen latino substancia, subscripción, substitución, apa- 
recen significando casi lo contrario suprimida la b del 
prefijo. Y ¿qué diremos de abogado y abolengo, que están 
desgraciadamente divorciadas, la primera de su compo- 
sición y la segunda de su raíz? 

Es, pues, indispensahle que la palahra externa sea la 
representación fiel de la interna, que es el pensamiento 
mismo; y es necesario evitar con suma diligencia que 



448 
se debiliten las condiciones fundamentales del habla, 
porque no hay que olvidar la tendencia de la humanidad 
á facilitar la pronunciación suprimiendo Qonsonantes v 
sílabas; á desligarse de las reglas sintácticas, y á em- 
plear frases y construcciones especiales, creando de este 
modo el habla popular muy diferente de la clá sica- 
Notable influencia tienen en estas alteraciones, dis- 
cretamente señaladas por el ilustradísimo Monlau C*), el 
clima, las costumbres y algunas circunstancias más 6 
menos duraderas de la vida social y política, como las 
guerras y las relaciones de la ciencia, del arte, del co- 
mercio y de la industria. La juventud elegante de la épo- 
ca del Directorio suprimía la R líquida y la final sin du- 
da para hacer más dulces las palabras, imitando á nues- 
tros meridionales. Á buen seguro que la muelle supre- 
sión de la R no tendría en las orillas del Sena el donai- 
re y la gracia que tiene en las márgenes del Guadal- 
quivir. 

No se resiente menos la sintaxis, cuyas reglas se olvi- 
dan á veces en tal grado que las palabras propias se ha- 
llan ligadas por una sintaxis extraña, como plantas lle- 
vadas á un clima donde no pueden vivir por falta de las 
condiciones necesarias. Y en esta corrupción del habla 
tiene más parte el hombre que la mujer. El hombre, en- 
tregado á la vida exterior, á la vida pública; llevado en 
todas direcciones por las guerras y las necesidades de la 
civilización, altera, sin quererlo y sin conocerlo él mis- 
mo, su propio idioma mezclando las palabras, la sinta- 
xis y el estilo con las formas glosológicas de otros paí- 
ses. La mujer, dedicada á la vida interior de la familia^ 

( 1 ) Discurso de recepción. 



449 

conserva mejor y por más tiempo la pureza y la hermo- 
sura de la lengua, á la vez que guarda las virtudes en el 
santuario del hogar. 



XII. 



Constituida el habla en virtud de las leyes glosológi- 
cas y se perfecciona cada día acomodando sus diversos 
miembros á la significación genuína, restringiendo d au- 
mentando la figurada, la translaticia y la convencional, 
y difundiendo la armonía por el organismo phonético y 
gráfico. Entonces el habla, producto del espíritu y su re- 
presentante exterior, refleja á su vez brillante luz sobre 
el entendimiento, y se establece una reciprocidad de ac- 
ción y de influencia entre lo suprasensible y lo sensible; 
reciprocidad que es manantial inagotable de cultura in- 
telectual. Entonces alcanzamos la fórmula deseada, la 
dichosa ecuación de las dos unidades, la fusión de lo pen- 
sado y de lo expresado. Y entonces, finalmente,, aparece 
el estilo, el cual, como la voz y la fisonomía, es el sello 
de la personalidad. 

Pero ¿es fácil llegar en todos los casos al afortunado 
concierto de lo subjetivo y lo objetivo? La contestación 
debe ser por desgracia terminantemente negativa. Es 
muy difícil, y tanto, que sólo á clarísimos ingenios les 
es dado tocar siempre la meta de esta anhelada armo- 
nía. El hombre olvida á todas horas que el sileticio es 
oro y la palabra es plata^ y peca siempre, no de falta, 
sino de exceso de palabras. Y la prueba la tenemos pe- 
rentoria, á la mano, en mí mismo. En el discurso que 
tengo la envidiable ó inmerecida honra de leer ante 

29 



450 

Vuestra Majestad, hay algOy mds que algo que merece 
calificarse de bueno; pero lo bueno no es mío. Pues en 
lo que me pertenece se hallarán de seguro palabras en 
gran número que están de más, y no pocas nada confor- 
mes con las leyes lógicas; que es más fácil señalar el iti- 
nerario de un viaje largo y difícil sobre la carta geográ- 
fica, que andar después el camino trazado tranquilamen- 
te en la soledad del estudio. 

No hay, bien puede afirmarse, una persona que no re- 
cogiera, á ser posible, infinitas palabras que ha dicho 
sin necesidad lógica, es decir, que al menos le han so- 
brado al querer exponer su pensamiento. Y puede darse 
por muy contenta si la abundancia de expresión es ino- 
cente y no la sigue el punzante remordimiento; y aun 
cuando no lo sea, todavía puede consolarse con lo pasa- 
jero de la expresión phonética. Pero no sucede lo mismo 
con la gráfica, cuyo carácter de duración y hasta de per- 
petuidad la hacen más peligrosa cuando de ella se abu- 
sa, y por desgracia abusamos lamentablemente. Si pu- 
diéramos separar de cuanto se ha escrito lo que es fá- 
rrago indigesto de palabras desprovistas de funciones 
lógicas, y lo que es á todas luces erróneo y malo, nos 
encontraríamos con una riqueza preciadísima que po- 
dríamos poseer mejor que cuando con fatiga grande nos 
vemos obligados, más de una vez, á sacarla de aquel 
lugar mitológico llamado de Augias. Pero no hay reme- 
dio para este mal: la Humanidad tiene que cargar con lo 
bueno y con lo malo, y ¡gracias! si en el conocimiento 
de lo malo puede hallar provechosa enseñanza para lo 
por venir. 

¡Qué potente es la palabra cuando por un lado la voz, 
el gesto, la actitud y las maneras, y por otro la elo- 



451 

cuencia y la prosodia, están en perfecta concordancia 
con el pensamiento! ¡Qué potente es la palabra escrita 
cuando dentro de esta misma concordancia se reproduce 
y difunde maravillosamente, mereciendo el nombre de 
pteroeuta que con risueña imaginación le daba la anti- 
güedad clásica, diciendo que tiene alas y vuela graciosa-' 
mente como el ave! ¿Qué habría dicho la antigua Grecia 
si hubiera visto al Habla Castellana, ya gallardamente 
formada, rica, flexible y armoniosa, volar con las alas 
del Genio sobre las^ líquidas llanuras de un piélago nun- 
ca surcado, más grande y proceloso que el de los Argo- 
nautas, y señorear un Nuevo Mundo? ¿Qué diría si viera 
hoy á la palabra escrita dejar atrás, muy atrás, al ave 
de vuelo más rápido, y salvar continentes y mares, bur- 
lándose del tiempo y del espacio? 

Es el habla palanca providencial con que domina la 
Inteligencia al Universo, hasta donde es posible en la 
preestatuída limitación de nuestra perfectibilidad; divi- 
na expresión de la virtud ; aliento , espíritu de la vida 
social; brillante manifestación de la ciencia y del arte, 
Pero á vueltas de tan alta destinación tiene la palabra 
el funesto poder de vestir el error con las formas en- 
cantadoras de la verdad; y alucina, y seduce, y arrastra 
como en confuso torbellino á la multitud embriagada 
con los atavíos fascinadores y el acento engañoso de la 
Sirena. Nada entonces detiene á ésta en su fatal camino: 
enuncia las premisas; la multitud las admite; la Lógica 
incorruptible, inflexible, inexorable, saca la consecuen- 
cia, y el silogismo es ¡ay dolor! ¡cuántas veces san- 
griento! 



m 

XIII. 

Ruego á Vuestra Majestad se digne concederme bre- 
vísimo espacio de tiempo para dar cima á este discurso, 
recordando de pasada algunos trozos de buenos escrito- 
res como ejemplo de excelente Lógica y sabroso decir. 

Estos escritores serán dos lumbreras del arte módica 
y dos príncipes de las letras: el Maestro Alfonso de 
Cuenca, médico de D. Juan II de Castilla; el Doctor 
Francisco López de Villalobos, médico del Rey Católico, 
del Emperador y de Felipe II; Fr. Luis de León, y Cer- 
vantes. Bien se ve que llevo hasta el fin del camino in- 
niejorable compañía. 

Es verdaderamente digno de mención, por la substan- 
cia y por la forma, el testamento de Alfonso de Cuenca (M, 
puesto como cumplido remate á una de sus obras. Vóajise 
algunos párrafos de este curioso documento (*): 

a Deseo de temporales bienes, codicia de males, esperanzas que 
deleitan, servidumbre humanal, temores, angustias, pecados, de- 
jad esta ánima, que la sentencia es dada por ella del Señor Dios, Juez 
Justo, que sea suelta de vuestras prisiones: habed otras á quien pri- 
sionar.]) 

a|Oh claro día aquél cuando esta ánima es desatada de tan escara 
cárcel lodosa con esperanza de ir por eL claro camino onde fueron 
los claros varones, esperándolos allá veri ». . • 

aEste día que es temido así como postrimero es nacer y comienzo 
del bien perdurable. Cuanto me allego más á la muerte mejor la veo, 
y deleitóme como el que viene por tormenta de mar de luengo nave- 
gar y ve el puerto acerca.» 

c ^ 

(1) Llamado también Alonso Chirino y de Guadalajara, 

(2) Tratado llamado Menor daño de Medicina.^ToXeáo, 1543. 



453 

a£l día del nacer engendró el día del morir; si alguno lo alongó no 
lo pudo fuír, como sea verdad que cada día morimos, que lo pasado 
de la edad la muerte lo tiene, y el que se querella porque muere, , 
querellase de lo que vivió, y de haber seido hombre. Grande es la 
deleitable esperanza de ir ver la gran Luz Divinal, la que acatamos 
escuramente por las angostas carreras de los ojos corporales. y> 

¡Qué bien expresadas se hallan en los párrafos copiados 
las grandes ideas de la dualidad humana, del espíritu 
encerrado en la materia grosera y en perpetua guerra 
con su propia cárcel, de la aspiración á la vida perdura- 
ble, y de la predeterminada limitación de los ojos corpo- 
rales para ver la gran Luz Divinal! Al leer este hermoso 
trozo de filosofía cristiana, en el cual se declaran la opo- 
sición entre el espíritu y la materia, y la coexistencia de 
la voluntad y de la noluntad ^ del querer y del no querer , 
no podemos menos que recordar las dos fuerzas antinó- 
micas valientemente descritas por el Apóstol de las Gen- 
tes (<) y las dos voluntades que en su discordia conturba7 
han el ánima del grande Obispo de Hipona (^). 

La Poesía, descogiendo sus alas divinas, ha dado for- 
mas galanas á estas ideas grabadas indeleblemente en 
nuestra conciencia. Ahí está en la memoria de todos, 
como prueba felicísima, la glosa de Gastillejp (3): 

«En el campo me metí 
Á lidiar con mi deseo; 
Contra mí mismo peleo: 
¡Ciefíéndame Dros de mil 9 

(4) Video autem aliam legem in menibris tneiSf repugnantem legi menlis 
mece —Epístola ad Romanos, cap. Vil, 23. 

(2) ¡t a duce voluniates mece, una vetus, alia nova^ illa carnalis, illa spi- 
ritalií, conpigebant inier se, atque discordando dissipabant antmam meam, 
— Coafessiones, lib. VIH, cap. V. 

(3) Cristóbal de Castillejo.— Glosas. 



iU 
El mismo pensamiento, ya un poco encubierto, se ha- 
lla en otra glosa del mismo poeta- Un amante, no bien 
correspondido y tal vez mal ferido de*desdenes, habla 
con sus propios ojos y les pregunta: 

cHis ojos, ¿qué os merecí 
Que buscáis ambos á dos 
Alegria para vos 
Y congoja para m(? (4).» 

Y se conoce que Castillejo se complacía en acariciar 
esta idea, porque todavía la exhibe con esta forma deli- 
cadísima: 

«La causa de mis enojos 
Es tan dulce, que me suele 
Consolar cuando más duele (%).» 

XIV. 

Villalabos en sus Problemas {^\ dispuestos en forma 
de metros glosados, habla de astronomía, física, fisiolo- 
gía, política, moral y ciencias naturales, y después con- 
vierte los metros en epigramas donde la sátira llega con 
frecuencia hasta la mordacidad. Villalobos no perdona 
á ninguní^ clase social; y por lo visto debía de tener 
largas cuentas que ajustar con los áulicos y con los mó- 
dicos, porque sacude á los primeros con el látigo de 
Aristófanes, y mide á los segundos con el rasero de 
No hay peor cuña 

Véanse algunos epigramas de entre los que se pueden 
llamar inocentes: 

(i) Cristóbal de Castillejo.— Glosas. 

(1) nbidem. 

(3) Libro intitulado Loi problemas dé Fi//a/o6os.-> Zamora, 4543. 



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1 



I 



455 
METRO XXI. 

i LA VBJBZ. 

«¿Por qué una muerte es temida 

Y no tenemos temor 
De la vejez que es peor 

Y es dos mil muertes en vida? 
Que la muerte es acabar 

Un trabajo tan contino; 

La vejez es comenzar 

Lo más triste del camino.» 

METRO XXIIL 

CONTRA EL DESORDEN DE LA ECONOMÍA DOlfáSTíCA. 

a¿Por qué no hay quien se contente 
Con la hacienda que tiene 
Si con ella se sostiene 
En su estado honradamente? 
Crescer en gasto y vestir 
Es salir del buen compás 

Y cargar la bestia más 
De loque puede sufrir.» 

METRO XXXII. 

CONTRA LOS AVAROS. 

a Y ¿por qué quieren estar 
Tan ciegos los avarientos 
Que pasen muchos tormentos 
Por lo que no han de gozar? 
Tormentos en adquerir 

Y tormentos en guardallo, 

Y tormentos al morir, 
Ir al infierno y dejallo.» 



Mí. 



456 
METRO XXXIV. 

CONTRA LOS ERUDITOS Á LA YIOLBTA. 

¿Por qué presume Raimuado 
De haber tal reputación 
Que digan que en todo el mundo 
No tiene comparación? 

Y quiere alcanzar impetras 

Y officios de prefectura, 
No sabiendo cuatro letras 
En la Sagrada Escriptura.i» 

Al final de los Problemas trae Villalobos un diálogo 
en el cual habla de la naturaleza de las fiebres interpo- 
ladas^ empezando por este delicioso metro: 

«¿Por. qué viene la terciana 
Sencilla al* tercero día, 

Y responde la cuartana 
Al cuarto con gran porña? 

Y en la huelga, ya quitada, 
¿Dó se fué? ¿Dó se abscondió? 

Y después cuando volvió 
¿Quién le mostró la posada?» 

Á pesar de que Villalobos era como Cervantes muy 
grande en la prosa y mediano en la Métrica, es forzoso 
convenir en que á estos versos no les falta movimiento 
ni gracia en la forma, y en que traen á la memoria 
aquéllos del Bachiller Francisco de la Torre: 

«Cuya bella corona, sacudida 
Mansamente del aire regalado, 
Ya se mira en el agua, y se retira, 
Y luego vuelve, y otra vez se mira.» 



457 

Con respecto al pensamiento la cuestión se presenta 
clara y terminante, porque el aájeÜYO sencilla se. re- 
fiere á la fiebre intermitente terciana pura y legítima, 
y la locución adverbial con gran porfía se aplica á la 
diuturnidad de la cuartana. Sólo es sensible que la me- 
dida y el consonante sean causa de. que esté de más el 
participio quitada^ teniendo el substantivo huelga que 
representa bien la ocultación de la fiebre. En la glosa 
se explica el fenómeno de la intermitencia según las 
doctrinas médicas de aquel tiempo. En el nuestro falta 
todavía algo para conocer la esencia de las fiebres pe- 
riódicas; por más que la infección palustre, la auto- 
cracia del organismo, la ley del hábito y la curación 
especial despidan bastante luz sobre este asunto. 

Ya en una edad avanzada y harto de desengaños y 
sinsabores, se alejó Villalobos de la corte despidiéndo- 
se, dice, de andar más al remo en. lajs galeras de la For- 
tuna; y añade: 

aDeterminé de buscar otra morada donde con menos estropiezos 
pudiese caminar por camioo más llano y más seguro á la mi muy 
amada y muy deseada muerte. Porque ya la jornada es muy breve, 
y la bestia en que voy cuanto más vieja y más cansada tanto corre 
mejor las postas para llegar al cabo.» 

No puede decirse mejor lo que á todas horas nos dice 
el sentido íntimo á los que contamos los años de Villa- 
lobos: que la declinación de la vida se ajusta á la ley del 
descenso de los graves. 

Precede á estas palabras una canción glosada que em- 
pieza de este modo: 

«Venga ya la dulce muerte 
Con quien libertad se alcanza.» 



458 

Villalobos, como cristiano y como filósofo, desafía á 
la Muerte, y la llama y la apellida dulce; no así Hora- 
cio, quien la quiere 

a tan escondida 

Que no la sienta venir.» 

• Grata superveniet, quce non sperabüur^ hora (<).» 

Pero las creencias filosóficas del famoso vate no le per- 
mitían ver todo lo que hay más allá de nuestra vida te- 
rrenal; y aunque decía (*) 

(íNon omnis moriar: multaque pars mei 
Vitabit Libüinam (3),» 

no se refería al espíritu, sino á su fama postuma. Por eso 
el vencido en Filipos por Octavio, y en Roma algún 
tiempo después protegido de Augusto y de Mecenas, pa- 
saba su vida apaciblemente en la villa de la Sabinia y 
en el predio de Tibur, donaciones generosas de su impe- 
rial amigo. Allí, arrullado por la doctrina de Epicuro, 
podía, tal vez 

...... patulcB.,. , sub tegmine fagi,i> 

exclamar con su dulcísimo Tityro: 

« ¡Deu$ nobis hcec otia fecitl (4),» 

para concluir diciendo: 

« Mors ultima linea rerum est (5).» 



(0 


Lib. I, epist. IV. 


(2) 


Lib. m, oda XXX 


(3) 


Egl. 1. 


(*) 


Egl. I. 


(5) 


Lib. (, epist. XVI. 



459 

Tiene Villalobos entre sus obras literarias una traduc- 
ción del Amphitryon de Planto, encabezada con un do- 
noso argumento, en el cual explica graciosísimamente 
cómo Sosia va á casa de Amfitrión y se encuentra en la 
puerta con Mercurio transformado en otro Sosia que le 
impide la entrada, y cómo vuelve á donde está su amo y 
le dice: 

a Yo me hallé á mi mismo á la puerta, que estaba allá antes que yo 
llegase; y medí á mi el que iba de acá muy grandes bofetones; y yo 
el que quedo allá estorbé la entrada á mi el que vuelve acá, y asi no 
hice cosa de lo que mandaste.» 

Este juego con el pronombre personal, que de pronto 
parece una logomaquia, es, bien mirado, la expresión ne- 
cesaria del pensamiento del verdadero Sosia, quien dice 
lo que atónito acaba de ver por sus propios ojos. 

Al final del Amphitryon habla largamente Villalobos 
del amor y de los celos, y bastan los epígrafes de algu- 
nos capítulos para conocer la sal epigramática que en 
ellos rebosa: 

Capítulo II. — «Cómo el amante se convierte y transforma en la cosa 

amada.» 
Capítulo V.— «Cómo el amante se torna en naturaleza de bestia.» 
Capítulo VI. — «Cómo el amador es loco de atar.» 
Capítulo VIH.— «Cómo el celoso es loco de arte mayor.» 

El pensamiento del último capítulo está resumido en 
estas palabras: 

« Avivanse las llamas del amor con el soplo de los celos, porque la 
cosa amada y preciada en mayor grado se ama cuando se pierde.» 

En la pintura del celoso vemos al filósofo profundo, al 
sabio médico y al escritor eminente. 



460 

aAlli*[dice] son Icis bravas ondas y la grave tempestad de los peo- 
saraienlos con los vientos contrarios de la fortuna, qae unas veces le 
trastumban (al celoso) en lo más hondo de la mar, y otras veces lo 
ponen en la mayor altura de los montes. Allí son los mortales escán- 
dalos y discordias del alma consigo misma, que se hiela y que se 
quema; que quiere lo que no quiere; que busca ló que deja per- 
der; que pierde lo que anda buscando; que ama lo que aborrece; 
que aborrece lo que ama; donde está más, allí está menos; y allí es- 
tá siempre, donde nunca está. Es traído. en la rueda de amor con 
tanta velocidad y presteza, que juntamente está alto y bajo; junta- 
mente á la diestra y á la siniestra; enemigo rabioso, y suave amigo; 
cruel, y piadoso; muy fiero, cuando muy manso; muy confiado, 
cuando más desesperado; cuando más se encubre, se descubre más; 
cuando más se cierra, está más abierto; cuando más se aparta, más 
cerca se pone; cuando más se despide, más quiere ser acogido; cuan- 
do más pide la muerte, más quiere vivir; cuando más amenaza, más 
suplica; donde más guerrea, allí se rinde; á quien ofende, defiende; 
á quien roba, da cuanto tiene; lo que da, no lo da; lo que dice, no 
lo dice; lo que siente, no lo siente; y otros bullicios y diferencias in- 
finitas que nacen dentro de la opinión, conformes á la cualidad de 
los amores y celos, y á la condición del paciente; que cada uno sien- 
te de su manera estas cosas, y por esto es infinito el número de los 
locos. » 

La pintura es de mano maestra, y el original tiene 
bien ganada una plaza en la casa de orates. 

Concluye Villalobos esta parte con un elogio justísi- 
mo^ á la par que galante, de las mujeres, y dice: 

«Mas de amor honesto y virtuoso ellas son dignas y mefescedoras 
de ser amadas por muchas prerrogativas y gracias de que fueron do- 
tadas. Primeramente, porque son criaturas de Dios, capaces de ra- 
zón y de entendimiento como los hombres. Otrosí: por la gran her- 

uiüsura que les fué dada ca resplandece más en ellas la belleza 

por su gran vergüenza y esquividad.» 



464 



XV. 



(; 



• «Acude, acorre, vuela, 
Transpasa el alta sierra, ocupa el llano.)) 

En estos dos versos de la Profecía del Tajo hay un 
proceso lógico donde no se sabe qué envidiar más: si la 
sucesión necesaria y rapidísima de las ideas en la mente 
inspirada del poeta, ó el rigor, necesario también, de 
la expresión. Todo se halla naturalmente sentido y feli- 
cisimamente dicho; y el pensamiento y su declaración se 
levantan á la altura del vuelo pindárico. El Río, perso- 
nificado, oye ya el sonido y las voces del ejército invasor, 
ve la inminencia del peligro que amenaza á la patria, y 
excita á D. Rodrigo para que acuda á donde le reclama 
el deber; pero el peligro se acerca y no basta acudir^ 
es preciso acorrer; pero el peligro está encima, y ya no 
basta acorrer^ es indispensable volar, y, sin perdonar la 
espuela, transponer el alta sierra mariánica y ocupar las 
llanuras deliciosas que baña el Betis. 

Las ideas se presentan á la imaginación ardiente del 
poeta con tanta espontaneidad y rapidez, que parece co- 
mo que se compenetran realizando la unidad en el in- 
teleéto para manifestarse en el tiempo y en eí* espacio 
con una fórmula tan sencilla que raya en lo sublime. 
El predominio de las vocales, aphonas la mayor parte, 
en los tres imperativos del heptasilabo, y la elisión del 
hiatus entre el primero y el segundo, permiten pronun- 
ciar el verso con tal brevedad, que las siete sílabas pue- 
den recitarse, sin esfuerzo alguno y sin perjuicio de la 
claridad, en el mismo tiempo que piden las tres vocales 
tónicas: de este modo las palabras imitan el movimien- 



I 



462 

to, la inquietud, la angustia de la acción. El endecasí- 
labo con la partícula prepositiva trans y la i2 fuerte de 
sierra^ despierta en el ánimo una idea de la resistencia 
que hay que vencer para ir al otro lado jie la áspera 
montaña y bajar al llano. 

En el Vaticinio de NereOj imitación (según el scho- 
liasta) de otra oda de Bachylides^ contemporáneo de Pín- 
daro, en la cual predice Gasandra la ruina de Troya; 
alusión (según se ha creído por algunos con escasa críti- 
ca) á Antonio y Gleopa'ra en la época de la batalla de 
Actiurriy no hay frases superiores ni aun iguales en vi- 
gor lógico ni en lirismo á las de Fr. Luis de León. Y 
¡cuenta! que Horacio dice con brillante entonación (0: 



Jam galeam Pallas , et cegida^ 

Currusque, et rabieni paral, n 



Aquí, el pensamiento, las palabras, hasta las letras se 
adunan para pintar muy al vivo y con valiente conci- 
sión á la Diosa enemiga de los dárdanos en el acto de ar- 
marse para proteger á los griegos. Por un lado la con- 
junción iterativa señala lo apremiante y precipitado de 
la acción; y por otro el acusativo rabiem^ belleza lógica 
de primer orden, declara que Horacio, como hombre 
muy de mundo, sabía que la mujer, aun siendo deidad 
olímpica, no perdona jamás la ofensa inferida á su her- 
mosura, y que, por lo tanto, la Diosa se arma de furor 
divino para vengar la injuria del pastor frigio. También 
Virgilio anuncia otra ira celeste encendida por la misma 
causa: 

t manet aUa mente repostum 

{\) Lib. I,odaXV. 



463 
Judicium Partáis (i ).» 

a ¡Tantmne animis ccelestibus ircel (2).» 

Y la admiración para con el insigne vate español sube 
de punto al contemplar la grandiosa imagen contenida 
en estos versos de la misma oda: 

«Llamas, dolores, guerras, 
Muertes, asolamiento, fieros males 
Entre tus brazos cierras. » 

¡Qué grandeza de inspiración manifiesta el poeta re- 
presentando en la desventurada Cava todas las calamida- 
des que van á llover sobre la patria! ¡Qué entonación tan 
robusta y tan significativa en el rudo, en el estridente 
consonantismo del heptasüabo: 

(i Entre tus brazos cierras, y> 

para anunciar con previdente imaginación el cúmulo de 
males que encierran los brazos del infortunado príncipe! 
¿Quién no ve aquí compendiados siete siglos de glorias y 
reveses, de lucha incansable y con varia fortuna entre la 
civilización de la reconquista y la civilización arábiga, 
creciendo siempre la primera y declinando siempre la se- 
f gunda? ¿Quién no ve aquí esa magnífica epopeya que 
empieza con la rota del Guadalete y termina con la vic- 
toria del Genil y del Darro? 
Bellos son sin duda los siguientes versos de Horacio í^): 

« Mala ducis avi domum, 

Quam multo repetet Grcecia milite, 

(4) iEneidos, lib. 1. 

{i) Ibidem. 

(3) Lib. I, oda XV. 



464 

Conjúrala tuas i^mpere nupcias, 
Et regnum Priami vetus;^ 

pero no llegan á la sublime sencillez de los de Fr. Luis de 
León. Con sobrado fundamento, al hablar Martínez de la 
Rosa de la Profecía del Tajo^ exclama en un arranque 
de entusiasmo: €¡esto es ser poeta! > 

XVL 

Maltrecho el ingenioso hidalgo en la aventura con 
los mercaderes de Toledo, y no mejor parado en la de 
los molinos de viento, tropieza con el vizcaíno y se em- 
peña desde luego un terrible combate en el cual mues- 
tran ambos campeones tanto valor como ardimiento. Es 
vencido el caballero de Vizcaya á impulso de un desco- 
munal mandoble que como una montaña cae sobre su 
cabeza, sin que sea parte á pararlo la improvisada adar- 
ga; pero no sin que antes reciba el de la Mancha una 
tremenda cuchillada que desarmándolo por el lado iz- 
quierdo le lleva de camino gran. parte de la celada con la 
mitad de la oreja. 

Ninguno debe extrañar que habiendo sido Don Quijote 
tan desgraciado en sus dos primeros hechos de caballe- 
ro andante; viéndose vencedor en batalla reñida con 
valor heroico de una y otra parte, como para aumentar 
la prez de la victoria; y rebosándole un sentimiento de 
disculpable, ¿qué digo disculpable? de legítimo orgullo, 
haga poco caso de la prudencia de su escudero y le dirija 
estas palabras: 

«Pero dime por tu vida, ¿has tú visto más valeroso caballero que 
yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído ea historias otro 



465 

que tenga ni haya tenido tnás brío en acometer , tná^ aliento en el 
perseverar f más destreza en el herir, ni más maña en el derribarfn 

Estas bellísimas frases de Cervantes ¿son, por ventu- 
ra, el producto de la divina espontaneidad del genio que 
concibe las ideas, las asocia y las reduce á la unidad 
filosófica, dándoles sin tardanza forma rigorosamente 
estética? Ó ¿son, tal vez, el resultado de una elaboración 
de las ideas lenta, calculada y seguida de la' forma ar- 
tísticamente dispuesta por el estudio y por la lima? In- 
clinóme á lo primero considerando la inteligencia crea- 
dora del escritor, y la prontitud con que sabe dar á la 
idea exterioridad conveniente; mas sea como quiera, 
forzoso será convenir en que las frases apuntadas son 
notabilísimas por la coordinación afortunada y la pri- 
morosa exhibición de las ideas. 

En uno y otro caso no puede darse representación 
phonéúica más acomodada al pensamiento. Los infiniti- 
vos acometer j perseverar y herir y derribar^ corresponden 
á ideas que se han sucedido en la mente por este orden 
lógico y por ende necesario; y los substantivos brio^ 
aliento, destreza y maña, corresponden, necesariamen- 
te también y por el mismo orden, á los infinitivos; que 
para acometer, es el brio; para perseverar, el aliento; 
para herir, la destreza, y para derribar, la maña. Todo 
es movimiento, vida, animación en esta imagen retros- 
pectiva del reciente combate y de la señalada victoria. 

Lástima que á las preguntas del caballero, harto bien 
justificadas por el éxito glorioso de la pendencia, res- 
ponda Sancho con no muy encubierta frialdad y no so- 
bra de respeto (y él sabe bien por qué) lo que sigue: 

aLa verdad sea que yo no he leído ninguna historia jamás, porque 

30 



466 

Qo sé leer ni escribir; mas lo que osaré apostar es que más atrevi- 
do amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de 
mi vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde 
tengo dicho.» 

Sancho insiste en que pueden encontrarse de manos á 
boca con la Santa Hermandad. 

Amo y criado sienten y hablan como deben sentir y 
hablar dada su posición respectiva. Don Quijote acaba 
de vencer á un enemigo formidable de cuya fuerza y bi- 
zarría tiene pruebas evidentes en la celada y en la ore- 
ja, y se ufana justamente con el triunfo. El escudero, 
creyendo de buena fe en la magnitud ó importancia de 
la aventura, quiere recoger el botín ganado en buena 
guerra, y se apresura á despojar de sus hábitos á uno 
de los dos religiosos benedictinos que, acaso y por su 
mala estrella, se encuentran metidos en este negocio; y 
no curado de su ilusión, á pesar del remedio eficaz apli- 
cado con larga mano por los mozos de espuelas que 
traían los monjes, pide humildemente al caballero an- 
dante que le otorgue la prometida ínsula ganada en la 
batalla. Pero éste lo desconcierta algún tanto, dicióndo- 
le con gravedad: 

cAdvertid, hermano Sancho, que esta aventura y las á ésta se- 
mejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las 
cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza ó una oreja 
menos y> 

Con estas palabras se debilitia visiblemente el idealis- 
mo egoísta de Sancho; y entonces vislumbra el futuro 
gobernador la realidad, califica de mero atrevimiento el 
valor bien acreditado de su amo, y le propone tomar sa- 
grado para no caer en manos de la Santa Hermandad, 



467 

porque está muy lejos de creer en la inmunidad de la 
caballería andante. 

Pero la inteligencia de Sancho no tiene la tensión 
permanente de la del caballero. Éste se halla á todas ho- 
ras dominado por la idea avasalladora de un deber ima- 
ginario que le impele á desfacer agravios, á enderezar 
entuertos y á amar al prójimo más aún que á sí mismo; 
aquél se nos presenta muy al contrario. Colocado el po- 
bre juicio de Sancho en las lindes peligrosas donde se 
tocan la razón y la sinrazón, oscila á cada instante en- 
tre la verdad y el error, arrastrado unas veces en mala 
dirección por el amor de sí mismo, y alumbrado otras 
por el sentido común en dirección razonable, á condi- 
ción de que no ande por medio el interés egoísta. Esto se 
observa en el gracioso razonamiento que sigue á la aven- 
tura del vizcaíno. Después de creer Sancho á pie junti- 
lias en la maravillosa virtud del bálsamo de Fierabrás, 
oye decir á su amo que por el camino que llevan van á 
encontrarse con caballeros armados de punta en blan- 
co, y se entabla á este propósito el siguiente diálogo: 

SANCHO* 

«Mire vuestra merced bien que por todos estos caminos no andan 
hombres armados, sino arrieros y carreteros que no sólo no traen 
celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de 
su vida.» 

DOlf QUIJOTE. 

•Engañaste en eso, porque no habremos estado dos horas por es- 
tas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron 
sobre Albraca á la conquista de Angélica la bella.» 

SANCHO. 

a Alto, pues, sea así, y á Dios prazga que nos suceda bien, y que 



le liegu^ ya el uttmpn ír lanar esa ínsiía que tan ora me coesla, y 

tVr) te be dicho, Saa<:iu>. qne no te dé eso cuidado alguno; que 
robado faltare insola, aiií está eí reinn lie Dinamar^ ó el de Sobra- 
di^ que te «eniiraa cocno anillo ai dedo, y más qoe por ser ea tierra 
firme te debes más alegraras 

Véanse aquí dos típos lógicos que realizan por sí solos 
la soberana unidad de la inmortal creación de Cervan- 
tes. Don Quijote y Sancho son dos grandes figuras que 
«e explican la una por la otra, y se corresponden nece- 
fiaríamente al modo de las ideas contrarias. Suprímase 
una de estas figuras, hijas predilectas de rica j privile- 
giada fantasía, v se verá cuál queda la otra sin condi- 
ciones estéticas. 



CONTESTACIÓN 



DiKL 



EicMo. Sr. D. TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ 

IL DISCURSO DEL Sr. MABQÜÉS DI SAN aRS&ORIO. 



Señor: 

Fausto y memorable será este día en los anales de la 
Real Academia Española, que por vez primera, á los 
ciento sesenta y seis años de su existencia, alcanza en él 
la altísima honra de verse presidida por el augusto des- 
cendiente de su esclarecido fundador el señor Rey Don 
Felipe V el Animoso. 

Reservado estaba á Vuestra Majestad el glorioso he- 
cho de unir en los principios de su reinado los beneficios 
de la paz á la protección, cultivo y engrandeteimiento de 
las letras españolas, de las que siempre fué Vuestra Ma- 
jestad entusiasta amigo, Jo mismo en las orillas del Sena 
que en las del azulado Leman, lo. mismo en las del Da- 
nubio que en las del Támesis nebuloso. 

Hoy, desde el centro de su Monarquía, ha querido 
Vuestra Majestad confirmar los sentimientos literarios 
que abriga su corazón desde la niñez, dignándose presi- 
dirnos para imponer la medalla académica á uno de sus 
más antiguos y leales servidores, en cuya jiersona hon- 



470 

ra Vuestra Majestad la de todos los individuos de esta 
Real Corporación. 

Reciba Vuestra Majestad el sincero homenaje de res- 
petuosa y profunda gratitud de la misma; homenaje que 
tiene el alto honor de presentarle en su nombre el me- 
nos autorizado de los académicos, porque á veces la Di- 
vina Providencia se vale de los más pequeños como 
instrumento para expresar la excelsitud de sus de- 
signios. 

Y ahora, con la venia de Vuestra Majestad, trataré 
de cumplir, tal y como sea dable á mis escasas fuerzas, 
el especial mandato que la Academia se ha servido im- 
ponerme para la recepción de este día. 



Suele decirse que la modestia acompaña siempre al 
verdadero saber; pero aun cuando no se dijera ni hu- 
biese dicho nunca, habría que decirlo en el solemne 
acto que hoy celebra esta Corporación al recibir como 
individuo de su número á mi respetable amigo el Doctor 
D. Tomás de Corral y Oña, Marqués de San Gregorio. 

Su discurso tiene por objeto uno de los temas de ma- 
yor importancia y de los más abstrusos que pueden ofre- 
cerse á las meditaciones del entendimiento humano; y 
aunque lo ha desenvuelto con bella y- castiza frase, or- 
denado método, riqueza de doctrina y suma claridad, sin 
embargo, el veterano humanista se presenta en el es- 
trado de la Academia Española lleno de timidez y des- 
confianza y hasta casi pesaroso de la elección que ha 
merecido, porque le obliga á exhibir algo del abundan- 
te caudal de sus variados conocimientos ante el egregio 
ó ilustrado ccyicurso que nos favorece. 



474 

¿Será menester que yo encarezca el mérito de hospe- 
dar en el alma esta delicada virtud, como la hospeda el 
Dr, Corral, hoy que la modestia literaria y científica va 
siendo un objeto curioso por lo raro y peregrino? Muy 
lejos está de mi pensamiento, porque no sería justo, y 
porque en todo caso no me creo con autoridad, ni tuve 
nunca afición al ejercicio de la censura, el aludir con 
estas palabras á los jóvenes estudiosos que cultivan las 
letras humanas y mantienen con honra en todos los pa- 
lenques nuestras gloriosas tradiciones literarias; pero 
abstracción hecha de tan ilustre pléyade, es harto noto- 
rio, por desgracia, que entre los Don Eleuterios y Don 
Hermógenes W del día, existe un inmoderado afán, una 
insaciable sed de exhibición, de celebridad, de aplausos, 
de entrar por cualquiera puerta, aunque sea la de la in- 
dustria, en los alcázares de la fama, que ciertamente 
contrastan con la gravedad y decorosa compostura que 
realzaban los merecimientos de escritores en épocas no 
muy lejanas, decorosa compostura de que acaba de dar- 
nos una elocuente muestra el que dentro de breves ins- 
tantes recibirá el cariñoso abrazo de sus compañeros. 

Limita sus pretensiones el futuro académico á tomar 
parte en las tareas de esta Corporación, de la propia 
manera que la toma el obrero material que talla la pie- 
dra, según las medidas y formas que le dan para la 
construcción de un monumento artístico, ó como el hu- 
milde soldado que contribuye con su automática obe- 
diencia al triunfo del General ó á la consecución de la 
victoria. No: la modestia del Marqués de San Gregorio 
ha de perdonarme si atento á su pudorosa susceptibili- 

(4) Personajes de la Comedia nueva ó El Café, de D. Leandro Fernóa- 
dez de MoratíD. 



472 
dad sefialjindo el puesto que como por derecho propio no 
podrá menos de ocupar en la Academia madre, y al que 
le llevan los numerosos títulos que posee conquistados en 
largas vigilias de estudio, abnegación y perseverancia. 
No es posible que llegue aquí desprovisto de toda clase 
de iniciativa quien como el Dr, Corral desde sus juveni- 
les años ha vivido consagrado á la investigación de los 
arcanos de las ciencias, quien las ha enseñado y difun- 
dido desde la cátedra del profesor, y quien por último 
ha presidido con grave dignidad el claustro de nuestros 
doctores en el primer establecimiento docente de la Mo- 
narquía. 

Cualquiera de estos privilegiados títulos podría servir 
de buena credencial para que la Real Academia le abrie- 
ra sus puertas; pero es el caso que aún atesora otros, en 
mi concepto los más preclaros, porque son hijos legíti- 
mos de su entendimiento, propiedad exclusiva de sus 
facultades intelectuales, y que le colocan sin la menor 
violencia entre ilustres profesores, tales como Villalo- 
bos, Valles, Morejón y tantos otros sabios españoles 
que con sus escritos han ilustrado y enriquecido la his- 
toria de las ciencias físico-experimentales. 

Treinta y cinco años van á cumplirse desde que el 
Dr, Corral dio á la estampa su Colección de observacio- 
nes más importantes sobre las eyifermedades de mujeres 
y de niños f^), con la cual abrió un ancho campo á sus 
discípulos y á los profesores, aún no muy prácticos en 
el ejercicio de la Facultad, para que pudieran recorrer 



(\) Año clínico de obstetricia y enfermedades de mujeres y de fiiños, por 
D. Tomás de Corral y Oña, Doctor en Medicina y Cirugía, Catedrático de 
dicha Facultad y de aúmero del antiguo Colegio de San Carlos, etc.: Ma- 
drid, ^845. 



473 

con más seguro paso la obscura y difícil senda por don- 
de se va á dar en los complejos problemas que con fre- 
cuencia deciden de la vida ó de la muerte. 

Desde aquella época, y de otras obras del Marqués de 
San Gregorio, corresponde mencionar su disertación So- 
bre la filosofía práctica del siglo xix (O, bellísimo ra- 
millete de pensamientos científicos y literarios, amena 
y á la vez profunda expresión del mucho sabe;^ y buen 
decir del hombre que deja hablar su honrada concien- 
cia, y lo hace con tal sencillez, templanza y primor de 
estilo, que á las veces imagina el que escucha estar 
oyendo al héroe de Cervantes cuando entre los cabreros 

exclamaba Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos 6 

cuando en la venta discretamente disertaba sobre las ar- 
mas y las letras. 

De buena voluntad recordaría algunos trozos de esta 
obra, más estimable por su fondo que por sus dimensio- 
nes; pero la tiranía del tiempo me obliga á no franquear 
los límites señalados por la costumbre á los actos de es- 
ta Corporación, y á no citar uno por uno sus discursos, 
ya al abrir y cerrar, como presidente, las sesiones del 
primer Congreso médico español (^), ya sus informes co- 
mo consejero de Instrucción pública y de Sanidad del 
reino, porque sería reproducir el cuento de Sancho en 
la pavorosa aventura de los batanes, ó lo que es lo mis- 
mo, el cuento de nunca acabar. 

Sóame lícito, sin embargo, y como punto final del li- 
gerísimo bosquejo dé las obras publicadas por el Mar- 

(4) Discurso pronunciado en la solemne apertura del año académico de 
1851 á 1852 tn la Universidad Central, por el Dr. D. Tomás de Corral 
y Oña. 

{%) Actas de las sesiones del Congreso médico español celebrado en Madrid. 
Un volumen: Madrid, 1865. 



474 

quós, á quien me parece que estoy mortificando con el 
sincero tributo de mi afectuosa admiración, citar su His' 
torta de la filosofía médica (^), de la cual sólo he podi- 
do haber á las manos el tomo primero, que comprende 
la introducción. 

Si ha de juzgarse por las puras y bellas líneas del pór- 
tico, es indudable que éste dará ingreso á un suntuoso 
monumento consagrado á las ciencias médicas, en el 
que nuestro modesto Doctor expondrá la suma de sus 
prolijos estudios, el copioso tesoro de sus observaciones 
científicas, las quintas esencias de cuanto de más cierto 
y útil en pro de la humanidad le han enseñado su espí- 
ritu laboriofio y ya larga experiencia, para honra y 
gloria suya y de la patria, que ha tiempo le cuenta y 
considera entre sus hijos predilectos. Deseo vivamente 
á mi antiguo amigo toda la salud^ toda la longevidad 
que habrá menester para llevar á feliz término su obra 
favorita. 

Ahora bien, y en confirmación de lo que he dicho al 
principio: el hombre que ha pasado casi toda su bien 
aprovechada vida en las aulas oyendo ciencia/ y trans- 
mitiéndola á más de una generación; quien como él, lle- 
vado por su vigoroso aliento, se ha colocado á la altura 
de doctos escritores científicos, y ^1 que, por último, ha 
ocupado en España el puesto más preeminente de su Fa- 
cultad, no es verosímil que penetre en este recinto co- 
mo un humilde trabajador, como un hombre máquina, 
sin ideas propias, sin la virilidad de pensamiento demos- 
trada en tantos actos públicos, sino como digno sucesor 
de la gloriosa dinastía de aquéllos sus ilustres compro- 

(i) Historia de la filosofía médica, tomo I, iotrod acción, por D. Tomás 
de Corral y Oña: Madrid, 1869. 



47o 

fesores y académicos ya difuntos (^), de grata memoria 
para esta Corporación, por la activa y fructuosa parte 
que tomaron en sus constantes y áridas tareas. 

Combatida, como era en mi un deber hacerlo, la un 
tanto exagerada modestia de quien miró con amor en su 
juventud el estudio de Ips clásicos, heme ya en presen- 
cia del discurso cuyos ecos aún no se han extinguido en 
este salón, discurso muy propio del acto que celebramos 
y que sólo es dado pronunciar á los maestros en la cien- 
cia prehistórica de la vida de las lenguas. 

Siendo esto cierto, se comprenderá fácilmente que yo, 
que jamás he sido maestro de nada, que soy un mero 
hijo, como tantos otros, de la musa dramática, y ya^ por 
las dolencias, consecuentes aliadas de la edad provecta, 
á punto de ingresar en la Sección segunda ó de reserva^ 
me sustraiga á la tentación de acercarme al insondable 
mar en cuyas profundidades yace sepultado, con otros 
muchos orígenes, el de la palabra humana; profundida- 
des en las que parece bien que se aventure el diestro y 
experimentado buzo, pero que con razón se tacharía de 
temerario y algo más, si pretendiera hacer lo mismo el 
pobre nadador que apenas puede sostenerse por espacio 
de breves minutos en la superficie de las aguas. 

Que el asunto magistralmente hoy desenvuelto, bajo 
su aspecto filosófico, por el Dr. Corral es interesante, 
inmenso, abrumador, lo demuestra el haber sido trata- 
do, bajo otros distintos y variados puntos de vista, en 
actos semejantes al en que nos hallamos, por mis muy 



(I) Los Sres. D. Eagenio de la Peña (médico y Diputado á Cortes), f en 
48U; D. Aagasto García de Arrieta (ídem id.)? f en 4835; Excmo. Señor 
D. Mateo Seoane (idem id.)* f en 4870; limo. Sr. D. Pedro Felipe Mou- 
lau, fea 4874. 



476 

queridos amigos y compañeros los Sres. Canalejas, Va- 
lera, Gampoamor, Marqués* de Molíns, Monlau, G-alindo 

y de Vera, Puente y Apecechea, Pascual y hasta por 

mí, cuando obligado á un compromiso de igual índole 
al de hoy, tuve que contestar al magnífico discurso del 
malogrado académico y notable hombre público, mi 
inolvidable amigó D. Severo Catalina, en el que disertó, 
con la brillantez y tersura que lo hacía todo, acerca de 
la Influencia de las lengicas semüicas sobre la caste^ 
llana. 

Propio es evidentemente, y muy de la competencia de 
la Academia de la Lengua, que en su seno se diluciden 
todos los problemas que se relacionan con el exclusivo 
objeto de su instituto; y así lo ha comprendido el nuevo 
académico al escoger, para su ingreso en la misma, el 
complicado tema de La concordancia, lógica del pensa- 
miento con su expresión. 

Desde las primeras páginas de su discurso, y como un 
incidente desligado hasta cierto punto del tema que se 
ha propuesto, pregunta el Dr. Corral: ¿Cómo nace una 
lengua? pregunta que deja sin contestación concreta, 
porque considera imposible penetrar en la obscuridad de 
las edades allende la leyenda y la tradición; y prescin- 
diendo de esas remotas edades, se acerca á los tiempos 
históricos y dice que Pitágoras, Heráclito, Platito, Hi- 
pócrates y Epicuro han andado muy divididos en la in- 
dagación de este negocio j enfrente de cuyas creencias 
coloca las de Aristóteles y Demócrito, para quienes las 
palabras no vienen d ser otra cosa qice pura convención. 

Como se ve, la pregunta queda sin una contestación 
directa; y lo que es peor, mi ilustrado amigo renuncia á 
darla por ser materia alta y transcendental, y casi como 



477 

disgustado de haber hecho la pregunta, dice que no 
quiere tratar de aquélla ni aun de soslayo, por ser un 
punto (la modestia de siempre) superior á sus facultades 
y al tema de su discurso, sí bien manifiesta su completa 
conformidad con los que creen en la esencia natural de 
las palabras. 

Declaro que va más allá de la meta de mi pobre com- 
prensión, el motivo por el cual un hombre tan docto se 
niega á contestar su propia pregunta, cuando yo, que 
no he tenido el honor de saludar sino muy de lejos la 
glosologla filosófica, y alcanzo muy poco, ó nada, de lo 
que se entiende por mecanismo de las lenguas autóge- 
nas y autóctonas^ creo que se puede contestar su inte- 
rrogación de una manera clara, breve, sencilla y con- 
cluyente. Pero antes de entrar en la definición, consi- 
dero indispensable que se fijen, sin mezcla ni asomo de 
anfibología, los términos de la pregunta. 

Al decir ¿Cómo nace una lengua? debe inferirse que 
no sé pregunta por el nacimiento de una lengua cual- 
quiera, de una lengua determinada, especial, como por 
ejemplo, la griega, el asirlo ó el sanskrit^ según desea 
que se escriba un distinguido filólogo (<), ó el sánscrito, 
según lo ha introducido en su diccionario nuestra Aca- 
demia; porque si á tal estrechez se contrajera la pre- 
gunta, no habría esquivado ciertamente la contestación 
mi insigne y querido amigo; sino que la habría dado 
con el tacto y firmeza de quien, como él, ha demostra- 
do que le es muy familiar el trato de la historia de la 
derivación, aparición, desarrollo y progreso de las len- 
guas que fueron y son, sin necesidad de penetrar en los 

(\) El estudio de la fihlogia en su relación con el sanskrit, por D. Fran« 
cisco García Ayaso: Madrid, 1871. 



478 

tenebrosos antros de las edades que precedieron á la tra- 
dición y la leyenda. 

Paréceme, por lo tanto, que la pregunta del Marqués 
de San Gregorio, para que en efecto sea materia alta y 
transcendental y no es la de ¿Cómo nace una lengua? 
sino la de ¿Cómo ha nacido la lengtta? es decir, el ha- 
bla, ese órgano maravilloso, expresión externa, armo- 
niosa y elocuente del pensamiento humano; abismo in- 
sondable que la volunta^ del Ser Eterno ha colocado 
entre la elevada naturaleza del hombre y el inclinado y 
rastrero destino de la bestia. 

Establecidos así los términos de la pregunta, la con- 
testación debe ser perentoria, y es la siguiente: 

Habiendo sido creado el hombre con la facultad de 
hablar, puede decirse que la lengua fué creada con el 
hombre, como lo fueron también la conciencia, las no- 
ciones del mal y del bien, de lo feo y de lo bello, y no el 
instinto, sino el pleno conocimiento de la aplicación y 
funciones de sus sentidos. 

En buena ortodoxia no es posible pensar de otra ma- 
nera; y es tal el poderoso influjo de esta verdad, que aun 
entre los filósofos idólatras de los tiempos mitológicos, 
hubo algunos que lo sintieron así, reconocieron y de- 
clararon. El Dr. Corral nos lo ha dicho. Platón, el sa- 
bio, el ideólogo hasta la utopia, en sus inmortales Día- 
logosy concede al habla un origen de autocracia, de au- 
toridad, de voluntad suprema, llegando á pensar que 
las palabras que significan ideas eternas, parecen for- 
madas por un poder divino. 

Si de este modo pensaban los que seguían los errores 
del politeísmo, ¿cómo debemos pensar los que humilde y 
reverentemente reconocemos y nos postramos ante la 



479 

Augusta Majestad de un solo Dios, fuente de todo poder, 
de toda bondad, de toda sabiduría? 

No nos dejemos alucinar por los halagos de ciencias 
conjeturales, deleznables y pasajeras, y tengamos como 
verdad inconcusa la de que la palabra es congénita del 
hombre, que el hombre vino al mundo hablando y tam- 
bién la mujer; pero con elocuencia más insinuante, con- 
movedora y persuasiva que la del hombre. ¿Qué formas 
tuvo esta lengua para expresar el humano pensamiento? 
¿Fué desarticulada en sus sonidos sólo por vocales, ó ar- 
ticulada por la unión de los signos consonantes ó 5//m- 
phónicos? ¿Fué monosilábica, ó apareció desde luego, se- 
gún se han calificado otras lenguas después, como len- 
gua conglutinada 6 de flexión? (*)• Todo esto quizá podrá 
rastrearse cuando se trate de conocer los orígenes de la 
lengua china ó los de las indo-europeas; pero con rela- 
ción al de la lengua primigenia, de eso nada se sabe, ni 
se sabrá nunca,^ni tengo por muy reverente el propósi- 
to de averiguarlo. Tal vez sería una lengua dotada de 
perfecciones que hoy no alcanza á vislumbrar nuestro 
pobre entendimiento; porque es de suponer que si sólo 
se hubiera compuesto de períodos, simples emisiones de 
voz, de aes y de oes^ el primer hombre, que se hallaba 
en el goce de toda su lozanía intelectual, no se habría 
dejado seducir por tan exigua dialéctica, hasta el punto 
de tocar, inobediente, al árbol prohibido, y contraer con 
su Dios aquella enorme deuda, mayor que todas las deu- 
das consolidadas y diferidas del mundo, que lleva por 
nombre pecado original, y cuyos intereses aún pagamos 



(K) De V origine du htigage, piír M. E. Renaa, qaatrióme cdilion: Pa- 
rís, J 863. 



480 

y seguirán pagando hasta la consumación de los siglos 
las subsiguientes generaciones. 

No es posible pensar de otra manera, ó por lo menos 
no la alcanza mi humilde comprensión, si alguna vez ha 
de ponerse un dique al invasor torrente de ideas sensua- 
les y materialistas que ha envenenado la moral de los 
hombres; torrente que, sin remontarnos más que al pro- 
medio del siglo XVII, desató la filosofía sensualista de 
Locke, acrecentaron su curso las lucubraciones de su 
continuador Gondillac: revolvieron y enturbiaron sus 
aguas los reformadores San Simón, Fourier y otros en 
Francia, Robert Owen en Inglaterra, llegando éste y 
sus delirantes sectarios á proclamar la rehabilitación de 
la carne sosteniendo que <el destino del hombre no es 
otro que el de obedecer, como sus hermanos los brutos, 
á sus instintos y apetitos (0,> y finalmente han llegado 
á encenagarse aquéllas, á corromperse tanto, que no 
hace muchos días se han dado, como ahora se dice, con- 
gerencias en un boulevard de París sobre la ciencia sin 
Dios, con verdadero escándalo de un auditorio ya bas- 
tante despreocupado y en lo general poco asustadizo. 

Asombra, estremece, pasma la contemplación del cre- 
cido número de hombres de ardiente imaginación, de 
erudición vastísima, que én lo moderno, y desde todos 
los puntos del globo, parece que se han puesto de acuer- 
do para volver el mundo al caos de donde lo sacó la ma- 
no omnipotente del Ser Supremo. La arqueología prehis- 
tórica, la antropología, la lingüistica, la mitología com- 

{\) L'an d*eax, Robert Owen, voas dit qae la deslinée de Thoinaic, 
destinóe dont il ne peut s'affranchir, cst d'obóir; comme ses fróres de la 
créatioQ brute, á ses iastincts et á ses appétits; qa'il est fatalement en- 
chainó á la terre, et que ses regards ne doivent plus s'élever vers le ciel. 
-^Rftppoii presenté á VAeadémie frauQaise le '20 avril 1844, par M. Kj Jay. 



481 

parada, la biología, astronomía, física, química, zoolo- 
gía, geología, geografía, botánica y hasta la higiepe, 
son los materiales científicos apilados por algunos sabios 
contemporáneos para renovar la fabulosa lucha de los 
titanes que intentaron escalar el cielo, ó mejor dicho, 
parodiar la rebelión que quiso llevar á cabo contra su Se- 
ñor, la soberbia insensata del príncipe de las- tinieblas. 

Cada uno de estos atletas del desorden ha formulado 
su sistema, su táctica especial; sistema y táctica que 
aunque aparentemente se dirigen á penetrar los miste- 
rios de distintas ciencias, conñuyen, sin embargo, en 
rfn solo propósito: el de establecer una serie de negacio- 
nes de los principios fundamentales en que necesaria- 
mente ha de apoyarse todo lo nacido, todo lo asociado. 

Los unos, como Jacobo Grimmy fundador en coman- 
dita con Bopp de la filología comparada, en la Memo- 
ria que dio á luz en* 1852 (^\ combate la tesis de. la re- 
velación del lenguaje y sostiene con tal intemperancia 
que el habla es obra exclusiva del hombre (^), que has- 
ta el heterodoxo Renán declara que el filósofo germano 
ha ido demasiado lejos en su impugnación á la doctrina 
teológica (3). Los otros, como el espiritualista, á su ma- 
nera, M. Camile Flammariorij lapoderándose de la as- 
tronomía, y poniendo en práctica el donoso epigrama 
de nuestro D. Francisco de Quevedo 

£1 mentir de las estreUas 

(1) í/cíwr den Ursprung der Sprache: Berlín, Dümmler, 4862. 

(2) Ein menschlicheSy in usrer Geschichte und Freiheil beruhendes, liicht 
plcBlzlich sondern stufenweise zu Stande gebrachUs Werk, J. Grimm, Memo- 
ria citada, pág. 42. 

(3j J'avoue méme qtie M, Grimm me paraU aller un peu trop loin dans 
sa réaction ^ontre Vhypolhése íAeo/o(7Í</fie.— Ernest Renán, De Vorigüne du 
langage. Preface, pág. 8: París, 4863. 

34 



482 

se lanza á las profundidades de la inmensidad: se cons- 
tituye en campeón de la pluralidad de mundos habita- 
dos; se va en peregrinaje de planeta en planeta; mide 
sus distancias, analiza su clima, sus atmósferas; casi di- 
buja las formas de los dichosos habitantes de Júpiter; 
compara la grandiosidad de este astro con las exiguas 
proporciones de nuestro globo; y para mantener su te- 
sis, pide argumentos á todas las ciencias con tan vasta 
erudición y seductor estilo, que al decir del sabio teólo- 
go, doctoral de Valencia, el astrónomo del Observatorio 
de París ha conseguido ecotender su opinión lo mismo 
entre el mundo ilustrado que entre las clases populares 
y aun hacerla de moda W. Este otro arqueólogo prehis- 
tórico, dando por cosa averiguada y cierta el Origen de 
las especies de Darwin^ toma con la mayor formalidad 



{\ ) Pero no queda aquí la cuestión, sino que con ocasión de ella se remue- 
ven las principales verdades de la teología, como la inspiración de los Libros 
Sagrados, el fin de la creación, la predestinación, la Encamación del Verbo, 
la redención y sus efectos, la resurrección y los destinos futuros; presentando 
falsamente estas verdades como únicamente apoyadas en la idea de que la 
Tierra es el centro del Universo, y recibiendo de este supuesto toda su firmeza, 
lo cual es falso. De esta manera las socava por sus cimientos, dando á entena 
der que deben ser rechazadas, en cuanto queda demostrado que nuestro pla^ 
neta sólo es un átomo en el Universo, 

Además, al desarrollar los argumentos en confirmación de su tesis, da por 
demostrados muchos supuestos que están muy lejos de ser ciertos. Apoyado 
fajisamente en ellos, deduce las más atrevidas consecuencias, que no puede 
dispensarle la fe ni la sana filosofía, cayendo al fin en tan gravísimos errores 
y en tan monstruosos absurdos, que parecen inconocibles en su ilustración. 
Tal es, entre otros que notaremos en el cuerpo de la obra, el delirio de la plu- 
ralidad de existencias de nuestra alma, en relación con la pluralidad de 
mundos habitados, como si el hombre tuviera muchas vidas sucesivas fobre 
los astros.— La pluralidad de mundos habitados ante la fe católica, por Don 
Niceto Alonso Perujo, Canónigo doctoral de la Santa Iglesia metropolita- 
na de Valencia, Doctor en Teología y en Derecho canónico, etc.: Ma- 
drid, 4877. 



483 
al hombre primitivo desde el momento en que cree ver- 
le salir con forma humana, no sé si de las entrañas de 
alguna ballena, y con el auxilio de la antropología, le 
sigue, le estudia en sus evoluciones orgánicas, en sus 
variedades y razas, en sus relaciones con otros grupos 
de irracionales; trata familiarmente de los orígenes de 
la vida, y ordena una historia del grupo humano que no 
la trazaría mejor el más aventajado huésped de Léganos 
ó San Baudilio de Llobregat (0. Aquel, otro Doctor, tan 
erudito como materialista, en su tratado sobre la /ín- 
güisticay resueltamente afirma que el origen del lengua- 
je es un mero asunto antropológico: trata de él bajo el 
punto de vista de la historia natural, ó sea de la anato- 
mía y fisiología; dice que el lenguaje articulado es un 
hecho natural sometido, como otro cualquiera, á la libre 
investigación, y no considera como empresa temeraria 
la de abordar la cuestión de los orígenes primigenios W. 
¿Á qué he de evocar mayor número de citas, harto co- 



(4) L*ArMologie préhisiorique noas a recoDqais, daos la profoDdeur 
des siécles disparas, des ancétres non soap^onacs et recoostitae, á forcé 
de décoavertes, Tiadmitrie, les nioeurs, les typcs de Thomme prímitif á 
peine echappe á l*animalité. V Anlhropologie a ébauché rhistoire nata- 
relie da groape humaia daos le temps et daos Tespace, le suit dans ses 
évolatioDs organiques, Tótadie daus ses variétcs, races et espéces, et 
crease ees grandes qaestions de rorigine de la vie, de IMníluence des mi- 
lieax, de Thérédité, des croisements, des rapports avec les antres groa- 
pes anin)aux,etc., QiQ,^B%bliothéque des sciences contemporaineSf deaxiéme 
éditlon: París, 4777. 

(1) Nous ne chercherons pas á éviter Texamen de la qaestion de rori- 
gine da langage. C'est une qaestion parement anthropologiqae Le lan- 

gage articalé esl an fait natarel, soamis, comme toat aatre fait, á Tinves- 
tigalion libre ct dósintcressée, et ce n*est pas une entreprise téméraire 
qae d*aborder la qaestion de son origine. L'ócarter sons pretextes qu'il 
faut proscrire toute recherche dea origines premieres, c*est admettre la 
possibilité méme de ees canses premieres, dont les raathématiqaes et la chi- 
mieont fait jastico.— La Lm^UÍ5í¿7U0, par Abel Hovelacqae: París, 4877. 



4S4 

nocidas, y que de cierto fatigan y entristecen, para de- 
mostrar los extravíos á que se entregan algunos culti- 
vadores en lo moderno de las ciencias abstractas? 

¿Qué necesidad absoluta, universal, ^e proponen satis- 
facer estos libre-pensadores combatiendo cada cual por 
distinto camino ideas plácidas y consoladoras para lle- 
varnos á la sima de las grandes curiosidades, por no de- 
cir al profundo abismo de las aún más grandes ó insóli- 
tas soberbias? ¿Será acaso la de convencernos de que no 
somos hijos directos de Dios, y que á todo lo que buena- 
mente podemos aspirar e^ á ser relativamente hijos de 
vecino? Pues no valía la pena de acumular y retorcer 
tanta ciencia, fundar tanta falsa hipótesis y deducir tan- 
ta absurda consecuencia, para darnos una noticia por 
todo extremo desagradable. Porque, bien mirado, ¿qué 
es lo que va á ganar la humanidad el día en que, refor- 
mando sus creencias con arreglo al figurín de esa filoso- 
fía, deje de venerar, como ascendientes suyos, á los Án- 
geles, para contar entre sus padres al megaterio, entre 
sus hermanos al mastodonte, y al hipopótamo entre sus 
parientes colaterales? Seguramente que en tan venturo- 
so día el pensamiento humano se habrá elevado hasta los 
balcones de la Aurora; las. costumbres públicas habrán 
llegado á su mayor pureza; huirá el delito avergonzado 
de verse entre tanta gente de bien; serán inútiles los có- 
digos, los jueces, los ejércitos, y el mundo gozará de una 
calma, de un bienestar, de una dicha sólo comparable á 
la dicha, al bienestar y al reposo del simbólico paqui- 
dermo de Epicuro.. 

¡Ah, qué ceguedad tan deplorable y peligrosa la de 
aquéllos que, tal vez sin deliberado propósito, quiero 
creerlo, pretenden regeneramos á la manera del que á 




485 

fuerza de limpiar y pulir un instrumento concluye por 
gastarlo y destruirlo! 

Y lo que hay de más sensible es que, aunque la enfer- 
medad es conocida, no se piensa en aplicarle un reme- 
dio, siquiera sea anodino. Oigo clamar por los ámbitos 
de Europa, no satisfechos aún de los atrevimientos filo- 
sóficos que someramente dejo apuntados, por la libertad . 
de enseñanza en sus más amplias manifestaciones. Todo 
el mundo parece que quiere saber, todo el mundo parece 
que quiere enseñar; y sin detenerse, sin esperar á que 
los Gobiernos autoricen el principio y regularicen su 
provechosa aplicación, fúndanse miles de sociedades po- 
pulares, ábrense cátedras desde las que cada uno expli- 
ca tal punto concreto de lo que sabe ó cree saber, sin re- 
parar que en su disertación hay mucho por arriba y mu- 
cho por abajo que generalmente ignora el auditorio; el 
cual, careciendo de la preparación conveniente^ no pue^ 
de hacer atinadas aplicaciones, y sólo le queda de todo 
lo que ha oído ideas dispersas y confusas de las que no 
sabe qué hacer, resultando en definitiva que la lección 
se ha reducido á un agradable pasatiempo, amenizado 
por la cadenciosa armonía dialéctica de amaestrados ora- 
dores. 

Podría suceder, dado el cristal de aumento con que 
ahora lo examinamos todo, que alguno tachara esto que 
digo como una especie de alegato en favor de la libertad 
de la ignorancia; y ciertamente que no tendría razón 
juzgando mis opiniones de un modo tan radical, tan ex- 
tremado; Lo que hay es que cada cual abriga sus ideas 
respecto á lo que se entiende por progreso intelectual, y 
que lo que para unos es un portentoso adelanto, es para 
otros un lamentable retroceso. 



486 

Y á propósito de este debatido punto, no puedo resis- 
tir al deseo de citar brevísimos párrafos que en una 
de las obras ya mencionadas del Marqués de San Gre- 
gorio W vienen, según suele decirse, como anillo al 
dedo. 

Dice así el Dr. Corral: 

<Y la verdad es que en muchas partes del saber hu- 
mano, lejos de adelantar los tiempos actuales á los tiem- 
pos antiguos, han retrogradado visiblemente; al paso 
que en otras existe un progreso sorprendente, inmenso, 
casi increíble. Oscilación y compensación: he aquí las le- 
yes inmutables de la humanidad; á ellas se acomoda ló- 
gicamente el examen concienzudo de la historia. Hay, 
no puede negarse, en la sucesión del tiempo un verda- 
dero progreso; pero ¿quién sabe si este progreso es sola- 
mente relativo? ¿Quién sabe si lo que por un lado se ga- 
na, por otro se pierde? Si se pudiese reducir á números 
la historia de la inteligencia, ¿quién sabe si comparando 
civilización con civilización, época con época, vendría á 
resultar próximamente una misma suma?> 

Tiene mucha razón nuestro distinguido amigo; oscila- 
ción y compensación: he aquí las leyes inmutables de la 
humanidad. Inútil empeño el de traspasarlas: detrás de 
ellas sólo existen el delirio, las tinieblas, la confusión, 
ciscaos, á donde pudiera empujar al vulgo de las socie- 
dades la libertad absoluta de enseñanza. Entre lo omnis- 
cio y lo estulto hay distancias imponderables, y yo no 
abogo por el reinado de lo uno ni de lo otro. 

Pero, ¡qué! ¿todo ha de ser física y química y mate- 
máticas y filosofía sólo para penetrar osadamente en el 

(i) Sobre la filosofía práctica del siglo xix. 



487 

jardín vedado á la curiosidad humana? ¿Sólo ha de con- 
sagrarse la actividad intelectual á la anatomía del fruto 
prohibido? ¿No queda ya nada que aprender en lo con- 
cerniente á la moral como ciencia de los deberes del 
hombre, cuya práctica produce la tranquilidad de la con- 
ciencia; exalta la fe, que nos relaciona con la Divini- 
dad; alienta la esperanza de salir de este valle de lágri- 
mas para otro mundo mejor, y nos induce al ejercicio de 
la caridad, santa protectora del débil, del menesteroso y 
de todos los desvalidos? 

Me anonada la idea de que llegue un día en el que, 
merced á la libre enseñanza, se figuren todos que son 
doctores, matemáticos, filósofos ó personajes de vuelo 
más ó menos atrevido. Porque llegado ese día de uni- 
versal ilustración, ¿qué es lo que va á suceder en la so- 
ciedad bajo el punto de vista práctico? ¿Qué doctor que- 
rrá empuñar el arado y entregarse á las rudas faenas 
del cultivo de la madre tierra? ¿Qué mate>ndtico se pres- 
tará á tomar el rizo ó rifar una vela en piedlo de las 
tempestades y los huracanes? ¿Qué filósofo se conforma- 
rá con el modesto desempeño de mantener la convenien- 
te pulcritud higiénica en las plazas y en las calles? Y 
¿quiénes, por último, aceptarán de buen grado la pesa- 
da carga de tantos oficios menudos como son indispen- 
sables para conllevar las exigencias de la vida? Una de 
dos: ó la sociedad tendrá que ser una cátedra sin oyen- 
tes, un ejército de jefes sin soldados, ó habrán de reno- 
varse las escenas de confusión y estrago á que dio ori- 
gen la construcción de la famosa torre de Babel. 

Pero observo en este momento que estoy abusando de 
la bondadosa atención de Vuestra Majestad, y que de 
digresión en digresión he penetrado indeliberadamente 



488 

en un campo dilatadísimo que pide para recorrerlo obras 
fundamentales y no pasajeros discursos: he llegado, por 
lo tanto, casi á perder de vista el muy científico que he 
debido contestar, y que sólo he tenido el conato de ha- 
cerlo en la parte que se relaciona con ideas abstractas; 
pero la mucha benevolencia de Vuestra Majestad habrá 
de perdoiiarme esta distracción, en gracia de ijue las di- 
gresiones suelen ser la literatura de los ancianos. 

En lo qu© el discurso del Dr. Corral contiene de artís- 
tico y puramente gramatibal del lenguaje, su -claro' au- 
tor ha expuesto sus doctrinas, y lo ha dicho todo mucho 
mejor que yo pudiera repetirlo. Y no siendo ya hora de 
hacer oir pesadas variaciones sobre un mismo tema, só- 
lo me resta lamentar nuevamente que haya sido el últi- 
mo de los individuos de esta docta Corporación el desig- 
nado para dar la bienvenida en su nombre al Marqués 
de San Gregorio; si bien este pesar se templa y casi neu- 
traliza con la honra de ser él primero en felicitarle y 
también á la Real Academia, por lo mucho que debe es- 
peran en sus asiduas tareas de la colaboración de un 
profesor tan justamente renombrado. 



DISCURSO 

QUE EL 

ExcMo. Sr. D. EMILIO CASTELAR 

leyó en Junta publica de'Ia Real Academia Española, 

el dia 25 de abril de 1880, al ser recibido solemnemente en dicha 

Corporación como individuo de número. 



Señores Académicos: 

Llamado á compartir las tareas y los honores de vues- 
tro instituto, en días ya lejanos, retardó adrede este ins- 
tante, á ver si tiempo y trabajo de consuno me granjea- 
ban algunos títulos justificativos de vuestra elección y 
de mi atrevimiento. Mas, desesperanzado ya de conse- 
guir por mis méritos gracia debida á vuestra bondad, 
tócame tan sólo expresaros mi agradecimiento y deciros 
cómo alienta mi palabra la persuasión de haber arran- 
cado este lauro, antes á vuestro cariñoso afecto, que á 
vuestro frío juicio. Sucedo, en silla ilustrada por Nava- 
rrete, á un sabio, que así poseía las ciencias de la natu- 
raleza como las artes de la palabra; y si puedo suceder- 
le, no puedo en manera alguna sustituirle, aumentán- 
dose con estos contrastes entre su competencia y mi in- 
competencia, al par de toda la pobreza de mis calidades, 
todo el poder de vuestra magnanimidad, mucho más 



490 

propia para obligarme que lo hubiera podido ser vues- 
tra justicia. 

Consagrado desde mis mocedades, en periódicos y li- 
bros, en tribunas y cátedras, á servir, entre nosotros, 
la vida del espíritu moderno, creo correspondiente con 
la solemnidad de este acto el convertir vuestra atención 
hacia los conceptos fundamentales de nuestra edad, de- 
mostrando la poesía en ellos contenida, cuyo vigor pro- 
mete aspectos nuevos al arte, como los dio en tanto nú- 
mero á la ciencia, así que pasen de las regiones donde 
brilla la luz de las ideas á las regiones donde arde el ca- 
lor del sentimiento y de la vida. 

Difícil tarea ciertamente acreditar de poética una 
fedad notada de prosaica por sus achaques políticos y sus 
tendencias á la economía y á la industria. Valor he me- 
nester para confrontar las barbacanas de feudal castillo, 
con los hilos de industrioso telégrafo; y el campo de los 
torneos donde alardean los caballeros y piafan los caba- 
llos y relucen las armas y luchan las fuerzas y braman 
las muchedumbres y ondean las divisas y sonríen las 
damas, con esos almacenes de nuestras exposiciones uni- 
versales, donde silban las máquinas y hierven las calde- 
ras y giran las ruedas, sosteniendo porfías del trabajo, 
más útiles, pero- no más hermosas, que los cruentos em- 
peños de la guerra.' Conozco la dificultad en toda su ex- 
tensión, y la acometo con todo mi ánimo, lastimado só- 
lo de que no plegué al cielo darme fuerzas bastantes á 
sostener la verdad de mi tesis y á medir la altura de mi 
siglo. 

Al mentar el espíritu de éste nuestro tiempo, ¿menta- 
mos esencia real, ó mera abstracción? Preguntas de es- 
te linaje asoman á las mientes, no ya tratándose de tal 



491 

Ó cual determinación del espíritu, sino tratándose del 
espíritu humano en sí mismo. Que sentimientos ó ideas 
se refieren á impalpable é invisible unidad interior, en 
la cual residen todas nuestras facultades intelectuales y 
morales, así las energías del albedrío como los pensa- 
mientos de la razón y los juicios de la conciencia, prin- 
cipio evidentísimo por toda nuestra naturaleza revelado 
y sólo contradicho en escuelas incompletas, que ponen el 
humano criterio en la falacia y grosería del sentido. To- 
do cuanto tiene contenido infinito, no puede caber en la 
reducida experiencia, sino en otro infinito, en la idea. 
Mas la sencilla observación demuestra que ideas y sen- 
timientos y voluntades se modifican profundamente en 
el tiempo y en el espacio, al influjo del hogar, del len- 
guaje, de las relaciones múltiples que completan y dila- 
tan á una nuestra vida. Existe, pues, el espíritu de un 
siglo como existe el espíritu de un pueblo: que perdura- 
bles el sentir, el pensar y el querer, cambian por las le- 
yes de la variedad sus modos de ser al movimiento de 
los sucesos y al poder de las transformaciones. 

Renuévanse en el cuerpo humano de tal suerte los áto- 
mos, que toda nuestra substancia varía en el discurso de 
brevísimos períodos, como en el cuerpo social se renue- 
van de tal suerte las ideas, que cada cincuenta años unas 
generaciones maldicen de otras generaciones, á veces 
con notoria injusticia. Nada inmóvil bajo el cielo. Esa 
China, ideada inerte por la inocencia y la ignorancia de 
la antigua historia, hoy aparece á nuestra crítica con 
irrupciones, con dolores, con guerras religiosas, con feu- 
dalismo y monarquía, con sacudimientos periódicos, con 
tumultos plebeyos, con los mismos huracanes que han 
trastornado nuestra atmósfera y los mismos terremotos 



492 

que han subvertido nuestro suelo- Si cada siglo no tiene 
su espíritu propio, su unidad de pensamiento, explicad- 
me por qué los estoicos, perseguidos, acosados, proscrip- 
tos en el siglo primero, reinan con verdadera soberanía 
en el siglo segundo ó infuijden su ciencia así al imperio 
como al derecho romano; explicadme ppr qué á la idea 
de la unidad imperial, que dura tanto tiempo, sucede á 
fines del tercer siglo aquella tendencia invencible á di- 
vertir las fuerzas, á separar las regiones, á extender las 
tribus, á erigir ciudades frente á ciudades y pueblos fren- 
te á pueblos, tendencias precursoras de la anarquía ger- 
mánica; explicadme por qué, después de haber subido 
toda la esencia del paganismo á la cabeza de un solo 
hombre que reabre los templos y reanima los oráculos, 
la idea nueva se apodera de otro hombre que arranca el 
tirso violentamente á las manos de los sacerdotes y la 
corona á las sienes de los senadores, para compelerlos á 
hincarse, mal de su grado, ante la cruz que vencía al 
eterno capitolio; explicadme por qué, allá en la octava 
centuria, papas, reyes, príncipes, señores; guerreros, 
corren á refugiarse en el régimen cario vingio, como si 
la Roma imperial resucitara, y cuarenta anos más tar- 
de, el Océano aborta la raza normanda y el suelo pro- 
duce las lanzas feudales que van á sustituir la unidad con 
el caos; explicadme, en fin, por qué pasamos de los te- 
rrores del año mil, á cuyo pavor nos confundíamos con 
las tétricas figuras bizantinas de nuestras iglesias romá- 
nicas, al empuje de las cruzadas, movidas de una ciega 
confianza en la victoria, y por qué desde los reyes bien- 
aventurados del siglo decimotercio, como San Luis, San 
Fernando, caemos en los reyes crueles del siglo décimo- 
cuarto, como los Pedros de Castilla, de Aragón, de Por- 



493 
tugal; por qué las empresas hacia el Oriente en pos del 
sepulcro de Cristo se truecan en la6 empresas hacia el 
Occidente en pos de la cuna de la libertad; por qué, al 
abrirse la era moderna y renacer el arte, coincide con la 
muerte de Grecia en la toma de Gonstantinopla la resu- 
rrección de la estatua griega en su sepulcro de Italia, 
que nos da la forma humana perfecta; y los viajes de 
aquél que descubre el nueva paraíso terrenal, y las re- 
velaciones del sabio que fija el foco de las elipses plane- 
tarias en nuestro sol, coinciden con la palabra del pro- 
feta, que levanta sobre las supersticiones religiosas el 
eterno luminar de nuestra conciencia. Hay ciertamente 
un espíritu de cada edad, como hay un espíritu de cada 
pueblo. 

De todo lo cognoscible por nuestro entendimiento, se 
desprende como una esencia misteriosa la idea. Y toda 
idea vive y crece por una ley real, la lógica. De consi- 
guiente existen conceptos fundamentales de todas las co- 
sas en la razón de nuestra alma y en la razón de nuestro 
siglo. La parte corpórea nuestra se compone de una se- 
rie de órganos que forman á su vez un organismo, y la 
parte incorpórea de otra serie de facultades que forman 
á su vez un sistema. Por las raíces del organismo toca- 
mos en la materia como el último de los vegetales, y por 
las ideas infinitas tocamos en el empíreo como el prime- 
ro de los arquetipos. Nacemos de la naturaleza, entre lá- 
grimas y sangre, como los más humildes mamíferos que 
hayan habitado nuestros apriscos ó nuestros establos, y 
vamos á la eternidad como el más hermoso de los ánge- 
les que haya podido recoger en sus labios el verbo crea- 
dor ó infundir el aliento divino á los mundos fatigados 
en sus eternales parábolas. Esclavos de la muerte, la ce- 



494 

leste increada luz que sobre nosotros cae al nacer, nos 
aviva para la inmortalidad. El mal brota de la limita- 
ción y el bien de la infinidad de nuestro contradictorio 
ser, pareciéndonos á las plantas que en las tinieblas ex- 
halan el gas de la muerte, y en cuanto las besan los pri- 
meros albores de la aurora, el oxígeno de la vida. Llo- 
ramos lágrimas amargas como las aguas del Océano; pe- 
ro, como las aguas del Océano también, se endulzan al 
evaporarse en el cielo, para luego caer en bienliechor 
rocío sobre nuestra abrasada frente. Entre lo finito y lo 
infinito se eleva, á través de la naturaleza y sus múlti- 
ples seres, de la sociedad y sus estados, del arte y sus 
inspiraciones, de la religión y sus dogmas, de la ciencia 
y sus verdades, el espíritu humano en busca del Ser eter- 
no y absoluto, realidad de todos los puros ideales, ele- 
vado en las cimas del universo y difundido por todas las 
creaciones. 

Pues bien, yo declaro que en los conceptos fundamen- 
tales de nuestro tiempo, respecto á la naturaleza que nos 
rodea, y á la sociedad que nos educa, y al estado que nos 
gobierna, y al espacio infinito donde todas las cosas se 
contienen, y al tiempo eterno donde todos los -hechos se 
suceden, y á los horizontes celestes de cuyos arreboles 
baja sobre nuestra alma la inspiración, y á las verdades 
científicas sin las cuales aparecería lo creado y lo in- 
creado como esos jeroglíficos que no han tenido intér- 
prete, y á las mismas inefables comunicaciones entre lo 
finito y lo infinito; en todos estos conceptos de la razón 
y en todas las realidades varias de ellos provinientes, se 
encierra harta materia para obras poéticas y artísticas 
sin cuento, como en aquellas canteras del Penthelico, 
doradas por el sol de Ática, donde los helenos tallaban 



^^^^ 



495 

el mármol para las armoniosas estatuas de sus dioses. Y 
cuenta que no creo el arte copia de la naturaleza, reme- 
do servil de la realidad, sino lo ideal en la esencia. Para 
mí el artista penetra de una ojeada con la intuición don- 
de no pueden penetrar íos sabios con el raciocinio; es- 
parce inspiraciones, que contienen la eterna revelación 
de la hermosura; crea espontáneamente obras varias á 
guisa de esas fuerzas naturales que ciñen de nieves las 
montañas y de lirios los valles; obedece á su interior 
vocación, cual á un mandato divino, y es absolutamen- 
te libre; da leyes y no conoce ninguna; reúne á la acti- 
vidad dirigida por la conciencia otra actividad ciega y 
sin conciencia, en cuyos misterios se ha creído encon- 
trar ya un genio angelical ó ya un protervo demonio; 
extrae de todas las cosas su esencia, y siente en sus ner- 
vios, agitados como un arpa cólica, la chispa eléctrica, 
antes que haya estallado por los aires, y en su corazón, 
abierto á todos los afectos, el choque de los dolores so- 
ciales antes que los haya sufrido la misma humanidad, 
y en su mente, agitada por la creación continua, pensa- 
mientos todavía no nacidos en la mente universal, y en 
su cráneo el peso de la nube aún no condensada en la 
atmósfera; consumiéndose en sus propias llamas, destro- 
zándose en el parto de sus criaturas, muriendo de su in- 
mortalidad; henchido de adivinaciones y de presenti- 
mientos que lo martirizan, como destinado á levantar el 
universo moral, muy superior al material, por obra del 
espíritu; pues ninguna mariposa ha tenido, en sus alas y 
ninguna flor en su corola paletas como la paleta de don- 
de surgiera la Transfiguración ó el Pasmo; ningún rui- 
señor en su garganta y ningún arroyo en sus susurros 
melodías como las melodías escapadas de las liras del 



496 

músico y de las arpas del profeta; ningún mar en sus 
fosforescencias y ningún cielo en sus estrellas resplando- 
res como el resplandor de la humana conciencia carga- 
da de eternales y luminosas ideas. 

Lo ideal, sentido con profundidad y expresado con be- 
lleza, he ahí el arte. En su éter se transfigura hasta el 
universo material. La naturaleza sería, pues, como un 
templo sin sacerdotes ó como un jeroglífico sin descifra- 
dores ó intérpretes, si no la comprendiera el pensamien- 
to y no la iluminara la poesía. Los adelantos científi- 
cos, lejos de dañar al aspecto poético de nuestro cielo, 
señores, lo han desmesuradamente engrandecido y abri- 
llantado. Así como la concepción alejandrina del siste- 
Ina planetario, dominante hasta los últimos tiempos, 
vence en poesía á la concepción asiática que imaginaba 
la tierra sostenida por el lomo de un elefante mantenido 
á su vez sobre la concha de una tortuga; supera á todas 
las creencias cósmicas nuestra creencia, que considera el 
mundo terrestre como un astro, parte de esa inmensa 
nebulosa llamada. vía láctea; esferoide lanzado á los es- 
pacios de lo infinito por la atracción, arrastrado eterna- 
mente hacia el sol, sujeto á sus dos movimientos diurno 
y anual que le obligan á describir en el cielo parábolas 
eternas, seguido de su luna, pálida como la muerte y 
triste como el amor, componiendo sidéreo coro, én el 
cual recibe ósculos de fuego, rayos de luz, corrientes de 
electricidad, arreboles de iris; como para formar con la 
combinación de todos estos presentes celestes, á modo 
de corona boreal, una guirnalda de encantadora poesía. 
La belleza del arte antiguo consiste en personificar por 
medio de tipos las transformaciones á que la vida está 
sujeta en el movimiento universal. La Dafne, que esqui- 



497 

va el sol y busca el rio, transformada en la adelfa de 
nuestros torrentes; las hermanas de Faetón el audaz, 
convertidas en olmos henchidos de esa goma semejante 
al ámbar con que se adornaban las mujeres del Lacio; 
la hermosa Leucothea, nacida bajo el cielo de Hesperia, 
en cuyo rocío se abrevan los caballos que lanzan de sus 
, crines el día, trocada en el amarillo tallo que brota al 
través de las tierras sepulcrales; los marinos irrespetuo- 
sos hasta alejar de Naxos al Dios de la alegría transfor- 
mados en esos delfines que siguen las estelas de las na- 
ves y juegan entre las espumas de las ondas; todas estas 
metamorfosis me mueven á pensar cuántas bellísimas 
leyendas no libarán los tiempos por venir en nuestras 
ideas sobre la circulación de la vida, las cuales nos 
muestran cómo las plantas son otros tantos laboratorios 
alquímicos, destinados á transformar la materia inorgá- 
nica, convirtiendo el ázoe de los estiércoles y el amonia- 
co de las lluvias en las flores donde van á pintar las 
mariposas sus alas y á beber su miel las abejas, así co- 
mo nuestros cuerpos recipientes, los cuales por la absor- 
ción, por la respiración, por la nutrición, por la asimi- 
lación, convierten el fósforo de los fuegos fatuos en ma- 
sa cerebral y el hierro de las minas en rojos glóbulos 
sanguíneos y la cal de los caminos en calcáreos huesos 
y la aurora venida de improviso á enrojecer nuestras 
noches en corrientes magnéticas, cuya* virtud mueve 
los humanos nervios como el plectro la cítara y nos trae 
el presente de la vida celeste para penetrarnos de nues- 
tra relación estrechísima con todo el universo. 

No puede dudarse: á medida que la idea de la natura- 
leza crece en la inteligencia, el sentimiento de la natu- 
raleza crece á su vez en el corazón; y á medida que el 

3S 



/ 




496 

músico y de las arpas del profeta; ningún ^ 
fosforescencias y ningún cielo en sus estrej^ % 
res como el resplandor de la humana cor -?- ^ 
da de eternales y luminosas ideas. /^ ^ ? 

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las creenc' - v*w v a- 

mundo * .cciaieza, en la Iglesia, 

nebul^ *i ^'1 Renacimiento diviniza la for- 

pac' ^'1 no en los cielos de la teogonia, en los 

w .^..flarte. Y la naturaleza vuelve á desaparecer, 
i-íárbida por el hombre, como en los tiempos helénicos. 
j\'iiiguna de las formas bellas, que para expresar la idea 
existen, señala, como la estatua aislada, esa victoria de 
nuestra persona libre sobre el mundo que la rodea. Así, 
las figuras de Miguel Ángel se destacan, aun las no en- 
talladas y esculpidas, las pintadas mismas, en espacios 
vacíos. Así el universo de Ariosto no es natural, sino 
mágico; diríase que obra de embrujamientos y hechizos. 
Así, en las ruinas de Roma y en el campo romano, don- 
de las ideas pelearon como ángeles apocalípticos, y por 




id9 

irgió siempre lo sublime, como el vapor natural 
' cenizas, el socarrón de Rabelais solamente 
*^ que se cogían frescas y sabrosas lechugas, 

y la prosapia de los claros ingenios, aóonse- 

?. %^ 'S». ra esparcimiento del ánimo, no en bos- 

; *^ % ^ haría Rene, sino en vulgar trastien- 



*«r 



"tp 



\ 



^ c^ ^ 



^ 




1 ágil partida de caza. Entonces po- 

:¡. \ ^ríj^ '^ilustre junto á la catarata del Rhin, 

.^'^%. ^^ ííregrinaciones, sin notar otra co- 

S "% ^ ^ '^^ despeñados caudales. Entonces el 

^%-%%^^ míase .de árboles que ostenta- 

^^ \ V» ^ % ^íi* mroncos; afeites bien impro- 

' \ ^^ "^^ ^ ^lad á la misma naturaleza, 

•2^ '^ K contrahecha. Entonces 

regocijo de nuestros 
|s, más pagados de la 
las engañifas, 
claro y muy alto en honor nuestro. 
„ .a iDero despertó el sentimiento de la naturaleza 
üDscurecido por encontradas nubes. Las naves lusitanas 
hallaron el ya olvidado extremo Oriente, las naves es- 
pañolas el desconocido extremo Occidente, y con la apa- 
rición del Asia, despertada en su sepulcro, y la apari- 
ción de América, sorprendida en su perfumada cuna, 
volvióse la tierra verdadera más hermosa que si fuese 
fingida por la más exaltada fantasía. En mares no sur- 
cados y ricos de madre-perlas; en costas no exploradas 
y cubiertas de bosques olorosos y henchidas de oro y 
plata, á la vista de cordilleras donde los volcanes se 
mezclan con los ventisqueros y las lavas con los aludes; 
sobre la corriente de ríos descendidos de ignotos manan- 
tiales y esmaltados de extraña vegetación acuática, cu- 



600 
3'as ramas y raíces, entrelazándose, forman y despren- 
den islas de tales, flores y aves que las creeríais jardines 
bajados del paraíso sin mancha para restituir su prime- 
ra vivienda al hombre sin pecado; en aquella renova- 
ción del universo, nuestros navegantes, nuestros descu- 
bridores, nuestros misioneros debían ver la naturaleza 
como Adán, al despertarse á la vida, la retrataba inma- 
culada en el espejo de su conciencia. Por un lado las 
descripciones de los descubridores y por otro lado las 
estancias del nuevo Homero de la navegación, de Ca- 
moens, avivaron el amor á la creación. Yo atribuyo, 
quizá sin fundamento, la poesía naturalista de los dos 
inmortales creadores de Calatea y de Titania, poesía ex- 
cepcional en su tiempo, á haber -ambos á dos bañado sus 
almas en estas corrientes saludables venidas á Europa 
desde Asia y América. Mas, reconociendo tal mérito á 
dos genios culminantes, declaro que el modo propio de 
sentir la naturaleza en nuestro tiempo nació allá en el 
siglo de la revolución y de la crítica, nació en el siglo 
decimoctavo. Cayéndose á pedazos la sociedad antigua 
demolida por los excesos de los opresores y el derecho 
de los oprimidos, buscó el espíritu la libertad en el seno 
de la creación. Poco artista aquel siglo, achaque propio 
de todos los siglos muy combatientes, huía las catedrales 
góticas impregnadas con el incienso de las antiguas 
creencias, y se lanzaba de un salto á los mares de la 
nueva vida y á los horizontes de la nueva idea. Y el 
mismo que encontró en una ciudad helvética materiales 
políticos para avivar la futura sociedad, encontró en las 
celestes aguas del Leman, á orillas de aquel Ródano, que 
parece, al deslizarse por las calles de Ginebra, como una 
disolución de esmeraldas jaspeadas de ópalos; al frente 



/ 



501 

(le aquellos Alpes con sus cresterías de nieves en las ci- 
mas y sus selvas de, melezos en las faldas; por aquellos 
paisajes donde la gracia se hermana con la grandeza, el 
sentimiento que completa los anhelos por la libertad, el 
amor á la naturaleza. Y por coincidencias históricas, en 
los mismos días en que el sentimiento de la naturaleza 
se exaltaba en Europa, la idea de libertad vencía en 
América. Imposible medir cómo han transcendido los 
viajes de Europa á Amóricji y de América á Europa en 
la ciencia y en el arte. Cuenta Navarrete que, al dejar 
las Azores nuestras carabelas, maravillado Colón de no 
encontrar las islas fijadas en el mapa de Toscanelli que 
le guiaba, quiso dirigirse al Este, en cuyo caso hubiera 
abordado á las costas de Virginia, y Pinzón lo disuadió, 
impulsándolo hacia el Sudoeste, advertido por bandada 
de papagayos que atisbara y cuyo vuelo cambió los des- 
tinos históricos de todo un continente. ¿Qué no decir de 
aquellos viajes del primer enviado desde el Nuevo al 
Viejo Mundo,. do Franklin, el cual, ao solamente osten- 
taba en sus sienes la corona de sus libertades, sino blan- 
día en sus manos el rayo de los cielos? ¡Ah! Los descen- 
dientes de los antiguos cruzados Qeñíanse su espada ca- 
balleresca para esgrimirla en América; y dos reyes, 
Luis XVI de Francia y Carlos III de España, los envia- 
ban allende los mares y los sostenían en su empresa. 
América, venida á la vida histórica por una revelación 
de la naturaleza, entraba en la libertad moderna por 
una victoria sobre la naturaleza, Y las imaginaciones 
exaltadas y los corazones sensibles movíanse al arte, á 
la elocuencia, á las letras, agitados por estos grandiosos 
espectáculos de la vida física y de la vida moral, agi- 
gantándose así los conceptos fundamentales del uní ver- 



502 

SO como los conceptos fundamentales de la sociedad. 
¡Cuántas bellas obras se han producido al calor de es- 
tos sentimientos y de estas ideas en nuestra centuria! 
Acordaos de aquel bretón, nacido al pie de los dólmenes 
celtas y, de las encinas empapadas en el vapor de los sa- 
crificios, que después de evocar las musas cuyas inspira- 
ciones infundieran oráculos eü la trípode de oro á las 
pitonisas de Delfos, arrullos en el nido d& laureles á las 
palomas de Donona, cuelga 3U profana lira de cristiano 
altar, y caballero de las antiguas instituciones al par que 
poeta de las nuevas libertades, eilamorado por propio 
impulso de los ideales modernos y por aristocrática edu- 
cación de los ideales antiguos, incierto entre dos siglos, 
sin atreverse á mirar ni el ocaso ni el oriente de las dos 
edades que batallan en su presencia, náufrago de la ma- 
yor tormenta revolucionaria que han visto los tiempos, 
arriba al suelo de América, cual Edipo al valle de la Go- 
lonna, buscando la paz en aquella naturaleza exube- 
rante, sentida y descrita por magistral manera; y allí re- 
presenta, como en escenario apropiado á su grandeza, 
la exuberancia de su fantasía tempestuosa, los dolores 
sin tregua y las dudas sin salida, diferenciándose de los 
primeros que vinieron y adoraron á América, como se 
diferencian del sencillo idilio la trágica hermosura de la 
culpa. Y para que poseamos todos los tonos de la inspira- 
ción naturalista, poseemos también la más candida de 
las églogas, ¡Quién no habrá llorado leyendo los amores 
de aquellos dos seres aparecidos al abrigo de las monta- 
ñas que los palmitos coronan; criados en las sendas cho- 
zas que los negros sirven; confundidos en su pasión has- 
ta vivir de una misma vida, la cual se absorbe en la na- 
turaleza de tal suerte que miden el día por la sombra 



503 

de los bosques, y las estaciones por la madurez de los 
frutos, y la alborada por los gritos de los gallos, y las 
noches por las hojas del tamarindo, y los años por las 
cortezas de los troncos, y las estaturas por las copas de 
los arbustos, como si al borde de los torrentes que se pre- 
cipitan rápidos entre los bambúes, bajo los plátanos y 
los cocoteros que se entrelazan por las cadenas de las en- 
redaderas cargadas de rojas y gualdas flores, aquella jo- 
ven pareja fuese, como el alma partida en dos, de las 
virgíneas selvas! Y al lado de estas obras podemos poner, 
seguros de aventajarlas, modelos de poesía naturalista 
en castellano, así las odas del que cantó la inmensidad 
del mar en el Norte y la aplicación de la vacuna á Amé- 
rica, como las silvas del que escribió el libro de la Agri- 
cultura de la zona tórrida, en cuyas estancias vemos con 
toda verdad el cóndor que vuela sobre los nopales y el 
cucui que brilla entre las pasifloras; los vellones del al- 
godón y los cactus de la múrice; los colores del añil y las 
almendras del cacao; las hojas del plátano y del tabaco; 
las florestas y los verjeles, donde compiten la copia 4e 
las flores con la copia de los frutos; el pan de la zuca y 
la fecundidad del banano; la placidez del jornalero que 
cultiva sus campos de cafó á la sombra de los bucares, y 
la audacia del explorador que, entrando con su hacha al 
hombro y su tea en la mano por las selvas, derriba con 
estrépito el ceibo secular que ha abrigado las aves en sus 
ramas, las fieras en sus troncos, abrasa el limo donde 
viven tantas generaciones de múltiples seres, y con el 
furor del incendio v del combate abre nuevos senos á las 
creadoras virtudes del trabajo. 

Si unos poetas expresan el sentimiento, otros la cien- 
cia de la naturaleza. Entre estos segundos, ninguno co- 



504 

mo aquel germano, á. quien llamaremos eternamente 
oráculo de la creación allá en los templos del arte. Los 
primeros movimientos de su ánimo le llevaron al misti- 
cismo y le unieron á la fe de su raza- Mas las revelacio- 
nes de la electricidad, tan sorprendentes al terminarse 
la última centuria, y en las cuales sentiase latir como el 
alma al mundo, arrastraron su inspiración á sumergirse 
en el éter de la vida universal. Bien pronto su poesía 
tomó aires de sibila, escuchando con atención y repitien- 
do con fidelidad el himno compuesto por todas las cosas, 
desde la abeja. en sus colmenas hasta el luminar en sus 
elipses. Suelos y mares, tierras y soles cantaban cíclico 
poema, guardado tan sólo para este evangelista de la 
realidad, cuya pluma de águila trazaba el Apocalipsis de 
las transformaciones realeo. Su pensamiento, sereno co- 
mo la inmensidad y sintético como la ley, descubría en 
el abismo de los abismos cerúleos, por esencia de lo crea- 
do, la luz increada, y por revelación de esa esencia, la 
forma en combinaciones interminables de mágica her- 
mosura. Su sed de esa luz cuasi espiritual y su culto á esa 
forma cuasi pagana le condujeron á Italia, y como le ten- 
taron á evocar los dioses de la naturaleza en las playas 
de las sirenas. Inútilmente los monasterios,^ todavía po- 
blados,, murmuraban la oración de la penitencia en sus 
oídos; enamorado de la antigüedad, perdíase en los cam- 
pos, preguntando á las encinas y las hayas virgilianas 
por los faunos desaparecidos, y á las cavernas del Pau- 
silipo y del Tíber por las ninfas muertas. Ei^^sus viajes 
llevaba delante de sí, cual un sacerdote de Olimpia, la 
efigie en mármol phentólico del Júpiter Olímpico. Y 
cuando la ciencia creía erigir el universo sobredas abs- 
tracciones del pensamiento, abismábase su observación 



\ 



505 

profundísima en la universalidad de los seres. Y encon- 
traba en lo que podíamos llamar parte externa de esa 
universalidad luz y forma, como en lo que podíamos lla- 
mar, interna unidad y variedad. De aquí sus metaínorfo- 
seos, revelando que del cotiledón se originan todas las 
flores y de la vértebra todos los vertebrados, como de la 
línea todos los cuadros y del núitiero todos los logarit- 
mos. Unidad y variedad, luz y forma, materia y movi- 
miento: he aquí los ritmos de los eternales salmos ento- 
nados á ciegas por los seres sin conciencia y compren- 
didos y deletreados en la conciencia universal. Corolas 
y lunas, gorjeos y vuelos, el vapor de un valle y la elip- 
se de un satélite van buscando en la inmensidad, no so- 
lamente la luz que los esclarece, sino también la idea 
que los interpreta. La concepción mecánica del mundo 
y sus combinaciones de átomos, ceden por completo ante 
la concepción dinámica que explica cómo el calor de la 
vida corre desde la tosquedad del fugaz aereolito confi- 
nante con la nada hasta el micróscomos del humano ce- 
rebro confinante con lo absoluto. Hay energías en las 
fuerzas, motores en el movimiento, esencias en las co- 
sas, que van tejiendo con hilos misteriosos la urdimbre 
de la vida en lo infinito. Así, nada tan necesario como 
asomarse á ver el fondo de las cosas. El día que la ma- 
gia perdió su prestigio, no fué el día en que ardiera el 
ftiego robado al cielo en las manos de Prometheo, sino 
el día en que ardiera la idea libre, luz de lá luz, en él. 
La savia que circula por el campo y que hincha las ye- 
mas de los árboles, golpeaba con fuerza en el pulso de 
aquel poeta y en sus olímpicas sienes. Y todos sus es- 
fuerzos se dirigían á expulsar de lo creado la magia em- 
bustera, sustituyéndola con el resplandor poético de la 



506 

verdad natural. Era como un gran dibujante que copiara 
con su lápiz las formas, y como un gran músico que ano- 
tara en el pentagrama los ecos de la naturaleza. Ane- 
gábase en la substancia de donde brota la vida, como la 
esponja en el mar; perdíase en el movimiento eterno 
como el nadador en las corrientes; indagaba á guisa de 
naturalista el tipo fundamental de las especies y á guisa 
de poeta se embebecía en la contemplación de las for- 
mas; miraba las esencias en sí como un filósofo platóni- 
co y luego las personificaba y deificaba como un escultor 
griego; y elevaba á culto su amor á esa ^Ima madre, 
que nos mece desde, el nacer en sus brazos y nos entie- 
rra y nos devora en sus entrañas; que habla como una 
pitonisa y guarda sus secretos y sus misterios como una 
religión; que produce los individuos, cual seres en sí, 
para encadenarlos luego á las especies; que todo lo cam- 
bia en los múltiples fenómenos y todo lo conserva en la 
perennidad de la esencia; que nos condena á batallar 
sin fin y nos regocija con amores sin término; que mata 
y produce todos los días, extrayendo de las películas di- 
seminadas, de las semillas invisibles, de las larvas frías, 
de las hojas secas, de la putrefacción misma, de tantas 
sepulturas hacinadas, los enjambres sonoros, cuyos agui- 
jones traen á nuestros labios el licor dulcísimo de la vi- 
da. Así, la naturaleza no infundía en él esa contempla- 
ción tranquila del mundo y sus varios espectáculos, tan 
próxima al candor de la égloga, sino la inquieta curio- 
sidad que quisiera asistir á la germinación universal de 
los seres, beber en la copa donde se contiene la eterna 
substancia, lactar los pechos ubérrimos á cuyos pezones 
se alimenta toda nutrición, ver las raíces y ramificacio- 
nes de los organismos, encerrar en la mente los tipos de 



507 

todas las criaturas y las matemáticas de todas las esfe- 
ras como en el corazón una llamarada de ese amor que 
renueva las especies y una gota de esa esencia que se 
dilata desde las cavernas á los cielos, encendiendo y ani- 
mando toda la creación. 

Bien-es verdad que las nuevas ciencias y los nuevos 
instrumentos científicos han dado á los horizontes de la 
poesía moderna desmesurada extensión. Lo mismo el te- 
lescopio, revelándonos astros, cuya luz tarda siglos de 
siglos en llegar á nuestros lentes y á nuestras retinas, 
que el microscopio, dicióndonos los innumerables seres 
contenidos en lo infinitamente pequeño, han prestado á 
la vida fuerza y variedad no sospechadas en otros días y 
por otras generaciones. La ciencia más moderna, la geo- 
logía, ciencia originaria de nuestra edad, ha aumentado 
la grandeza de la tierra en términos que pasman al en- 
tendimiento y cansan á la admiración. El autor del poe- 
ma la Creación lo ha dicho. Los seres fantásticos naci- 
dos de la poesía antigua, los titanes engendrados en las 
cavernas, de respiración hirviente cual los cráteres, y 
de fuerzas devastadoras cual las erupciones; salteadores 
de los cielos á guisa de las humaredas y las nubes vol- 
cánicas; los gigantes heridos por los rayos de la ira di- 
vina en el Osa, en el Pellón, en el Caucase, y condena- 
dos á sacudir el suelo con los estremecimientos de los 
terremotos; los monstruos de cien brazos, eternos forja- 
dores del hierro en sus fraguas tenantes y conjurados 
enemigos del Olimpo; las gorgonas en sus tinieblas; los 
centauros abrillantados por el rocío; los tritones con cri- 
nes de espumas y colas de trombas; los cerberos llama- 
dos á recibir las sombras de los muertos y los endriagos 
y fantasmas de la Edad Media; todas las figuras descri- 



508 

tas en las epopeyas y leyendas consagradas al origen de 
las cosas y á sos transformaciones eternas, jamás emu- 
larán, jamás, .en grandeza las perspectivas abiertas por 
nuestra geología en la creación terrestre, con sus mon- 
tes, cuyas cúspides, bañadas por los diluvios, se han 
tronchado, cual arbustos, al empuje de los huracanes 
eléctricos; y con sus moles graníticas esparcidas por 
tantas catástrofes, y en cuya comparación parecen pig- 
meos los colosos caídos y los templos arruinados de Ba- 
bilonia y de Menfis; y con sus desmesurados animales 
esculpidos ó incrustados en las lápidas dqnde se dele- 
trean las inscripciones reveladoras de las edades plane- 
tarias y se ven las esfinges guardadoras de los secu- 
lares secretos; y con sus paisajes, ora encendidos como 
océanos de éter y ora fríos como océanos de hielo; y con 
sus monstruos que tienen estatura de colina, y sus helé- 
chos que tienen estatura de árboles, y sus árboles que 
tienen estatura de montañas, y sus mares calcáreos se- 
mejantes á levaduras de venideras tierras, y sus madré- 
poras semejantes á gérmenes de vida orgánica: -maravi- 
llosísimas fases de innumerable antigüedad, cuya suce- 
sión compone cíclica epopeya, la cual empieza desde el 
punto en que nuestro globo se confundía con el sol, co- 
mo el infusorio con la gota de agua, y continúa por las 
épocas en que iba nuestro globo al acaso contenido en 
esos cometas que vagan errantes, burlándose casi dq la 
gravitación universal, albores de astros por venir ó pa- 
vesas de astros ya extinguidos; y concluye cuando los 
agentes ígneos y acuosos, con hercúleos trabajos, pro- 
ducen ya los cristales, ya los pórfidos, ya las rocas nep- 
túnicas, ya aquéllas compuestas por restos y petrifica- 
ciones de especies animales y vegetales completamente 



509 

desparecidas, hasta llegar á la hora de paz y de armonía 
en que los continentes se han dibujado en sus límites, y 
los mares se han recluido en sus lechos, y la atmósfera 
se ha descargado de sus vapores y de sus tinieblas, para 
que en la cima del organismo, alimentado como la más 
lejana nebulosa por la universal combustión del oxíge- 
no, brotase el humano cerebro como el espacio inmen- 
so, en cuyos ojos, brillantes á guisa de bellas constela- 
ciones, se reflejara la superior y progresiva vida del hu- 
mano espíritu. La verdad es que la inspiración concluirá 
por encontrar tarde ó temprano el lado poético de todas 
estas grandezas. 

Mostradle á cualquier persona vulgar, por ejemplo, 
una navegación; y si suele ver á la .continua su curso, 
parecerále cosa liviana y de ninguna monta, como al 
oficial de taller los trebejos de su pintor ó al sacristáü de 
amén los altares de su iglesia. Pero poned á Homero en 
medio de ese mismo espectáculo, y veréis cómo halla en 
seguida lo típico en lo individual, lo eterno en lo muda- 
ble, lo uno en lo vario; la astucia congénita al mareante 
en Ulises; la fidelidad conyugal, más indispensable en la 
vida marítima que en la vida ordinaria, por las largas 
separaciones, en Penélope; la natural invocación á las 
fuerzas sobrenaturales en los sacrificios consagrados á 
Neptuno antes de zarpar; la fortuna, acorriendo al náu- 
frago y salvándolo del naufragio, en Ino; las playas ami- 
gas y hospitalarias en Nausicáa; las playas bravias é in- 
hospitalarias en Poliferao; los innumerables lazos tendi- 
dos por las ondas á los marinos en las seductoras sirenas, 
coronadas de algas y de espumas; los escollos de hermo.- 
so aspecto y de traidoras celadas en la mágica Circe; y 
el trabajo marítimo se hermoseará en la poesía, como 



5!0 

puede hermosear un verdadero ingenio todas nuesixas 
invenciones; la reluciente punta de platino en comuni- 
cación con cadena, cuyos eslabones entierran en los 
abismos del planeta los rayos engendrados en los abis- 
mos del cielo; el globo aereostático ascendido á las altu- 
ras como para dar al hombre alas semejantes á las del 
águila y alzarlo donde no se alzan las más voladoras 
aves; la redomilla encantada, guardando liquido metal, 
sensible, á manera de aterciopelado pétalo, á los amo- 
rosos besos del calor; la fuerza contenida en las nieblas, 
en los vapores levantados por la aurora entre las flores- 
tas y los valles, fuerza tan tenue á primera vista, capaz 
de vencer las olas y los huracanes suprimiendo las dis- 
tancias y arrastrando en pos de sí naves y carros, con- 
ducidos, como aquéllos de las divinidades antiguas, por 
majestuosas nubes; la retorta, donde se encuentra algo 
vencedor del oro, llamas en el agua, esencias en el aire, 
elementos en los antiguos elementos; la chispa portado- 
ra de una virtud plástica tal que esculpe como los cince- 
les de Fidias; el resplandor dotado de tal magia pictóri- 
ca que retrata como los pinceles de Velázquez; la co- 
rriente eléctrica condensada en caja mágica, despidiendo 
centellas que culebrean por nuestros nervios y penetran 
por los duros metales, y avivan á los muertos, y mueven 
lo inerte, cual si tuviesen el don de los milagros; el gas 
que mantiene el rescoldo de la vida en lo infinito y pin- 
ta las hojas de la flor sobre sus tallos; el lente que pene- 
tra en lo invisible hasta descubrir los corpúsculos ani- 
mados dentro de una gota de sangre, y el espectro solar 
que, aprisionando la luz de Sirio, nos muestra por los co- 
lores y los matices de sus iris la existencia allí de nues^ 
tros mismos elementos y la unidad cósmica de la ma- 



5H 

teña creada correspondiente á la unidad divina del 
Criador. 

La creación universal no acaba, señores, al aparecer 
la más perfecta de las criaturas, el hombre. Entonces 
puede asegurarse que comienza, uniéndose las fuerzas de 
la naturaleza con las fuerzas del trabajo. Nacemos suje- 
tos á dos combates: al combate con los seres inferiores y 
al combate con nuestros semejantes. Llamamos á éste 
guerra, y trabajo á aquél. Por una de esas contradiccio- 
nes, en nuestra naturaleza frecuentes, la poesía ha can- 
tado con preferencia al trabajo que vivifica la guerra 
que mata. Mayor fama cabe á Caín por sus crímenes que 
por sus siembras. Y las obras de arte inmortales deben 
su inmortalidad tanto al mérito que pone en ellas el ar- 
tífice como á la idea que pone el tiempo, pues individua- 
les por su origen, también son por su carácter eminen- 
temente colectivas y sociales. La Iliada contiene en sus 
hexámetro.s la primera guerra entre Asia y Grecia; la 
Eneida habla al pueblo romano de la fundación de Ro- 
ma; la Divina Comedia compendia, compendiando los 
dogmas, la vida llena de remordimientos y de penas en 
los infiernos de su siglo; las Luisiadas repiten los cánti- 
cos divinos inspirados por la alegría que embargaba al 
hombre en los albores de la historia moderna, al ver po- 
blarse los mares de tierras aromadas y al sentir difun- 
dirse por sus venas la savia exuberante de nueva vida, 
la cual, ingerta en nosotros, alejaba los recuerdos de la 
primera culpa y desvanecía los temores al eterno casti- 
go. Si cada edad posee una epopeya, tócanos á nosotros 
la epo^peya humana por excelencia, la epopeya del tra- 
bajo. El libro de los españoles será siempre el Quijote, y 
el libro de los ingleses, el Robinsón. Dos ingenios, des- 



512 
iguales en mérito, pero iguales en desdichas, los han es- 
crito. El uno, como buen español, ha perdido su mano 
izquierda en las guerras religiosas, y el otro, como buen 
inglés, ha perdido su oreja derecha en las guerras poli- 
ticas. Estudiante en Alcalá, sopista en Salamanca, do- 
méstico de cardenales en Roma, soldado de tercios en 
Lombardía, héroó de esfuerzo en Lepante, enfermo de 
gravedad én Mesina, combatiente en las costas de ÁM- 
ca y en las costas de Grecia, cautivo en las mazmorras 
de Argel, forzado en las galeras de Azán, obscuro veci- 
no de Esquivias, proveedor en Sevilla, alcabalero en 
Granada, pretendiente en Valladolid, ha conocido sii Es- 
paña como Foe, periodista, mercader, industrial, adua- 
nero, soldado de Monmouth, preso en Newgathe, em- 
pleado en Escocia, satírico, historiador, economista, 
presbiteriano, plebeyo, conspirador y conjurado, puesto 
en el rollo, herido del verdugo, conoce su Inglaterra. 
Sin duda, por tal conocimiento, el gran escritor español 
y el discreto escritor inglés nos han dado, cada cual con 
susi medios propios, sendos tipos de sus respectivas na- 
ciones. Recio de compleíción, seco de carnes, enjuto de 
rostrb, aguileno de nariz, largo de piernas, corto de ge- 
nio, en su natural óptimo, en sus ensueños desatinado; 
el tipo español, es decir, el hidalgo.de lanza en astille- 
ro, malbarataba hanegadas de sembradura por libros de 
caballería, dándose á leerlos en sus ratos de ocio, los 
más del año, por tan extraña manía que, frisando ya en 
los cincuenta, parecíale necesario, así para el aumento 
de su honra como para el servicio de su república, lim- 
piar de moho las arrinconadas armas, coser á morrión 
simple celadas de papel, apercibir huesoso rocín, esco- 
ger por dama de sus pensamientos á fornida moza de 



613 

vecino lugar; y blandiendo al aire su lanza, y embra- 
zando al pecho su adarga, salir por la puerta falsa de un 
corral tras aventuras que le procuraran ocasiones de en- 
derezar entuertos, desfacer agravios, desencantar due- 
ñas, reñir con follones y malandrines, hender gigantes, 
sin más deseo que granjearse fama eterna en renom- 
bradas historias, ni más fin que servir al desgraciado en 
continuas hazañas, para todo lo cual se llevó consigo 
por escudero á socarrón labrador, de poca sal en la mo- 
llera y mucho apetito en el estómago, dispuesto á ganar 
en cualquier quítame allá esas pajas alguna ínsula don- 
de le dejasen de gobernador: retratos parecidísimos á 
esta naóión idealista, amiga de la guerra y enemiga del 
trabajo, enamorada de ideal ya extinguido en la con- 
ciencia humana, resuelta á resucitar la Edad Media en 
plena Edad Moderna, sufriendo toda suerte de desastres 
por sus empeños imposibles y sus comT}ates fabulosos, á 
pesar de la fortaleza de su brazo y de la energía de su 
ánimo, sin ventura aunque merecedora de alcanzarla, 
cuyos caballeros tenían por descanso pelear, y cuyos 
campesinos, de mejor sentido y más sabedores y exper- 
tos en las artes de la vida, sólo esperaban su medra, 
eternos pretendientes, de la corte y del Gobierno; bien 
al revés de aquel Robinsón, sin ningún ingenio y sin 
brillante palabra, sin los ardores de nuestra fantasía 
meridional ni los tesoros de nuestra riquísima elocuen- 
cia, lector de un solo libro, la Biblia, hojeada tres ve- 
ces al día; y que eterno navegante, como los sajones 
y los normandos sus abuelos, boga sin descanso y nau- 
fraga sin remedio, salvándose por sus virtudes heredi- 
tarias, por la fuerza de voluntad, y acogiéndose solita- 
rio á isla desierta, donde, ayudado de su buen sentido y 

33 



514 

de su industria, contando sólo consigo mismo, procúra- 
se todos los instrumentos necesarios á sujetar, como los 
exploradores de los Estados-Unidos, como los puritanos 
de la flor de mayo, como los navegantes de todas las 
zonas, como los mercaderes de todas las factorías, los 
horrores del clima con los esfuerzos del albedrío; y de 
esta suerte, deja en facturas prosaicas, en estadísticas 
llenas de números, en mostradores atestados de cuentas, 
el tipo más propio de nuestra edad, el trabajador libre 
y dominador de la materia bruta, en la leyenda más 
digna de nuestro siglo, en la leyenda del trabajo. Pues 
si el gran escritor español y el discretísimo escritor in- 
glés han dejado verdaderamente dos tipos, aquél de una 
edad que concluía en principios del siglo decimoséptimo, 
y éste de una edad que comenzaba á principios del siglo 
decimoctavo, ¿por qué nuestro tiempo no tendrá la Iliada 
del trabajOj como otros siglos han tenido la Iliada de la 
guerra, cantando las victorias sobre las resistencias cie- 
gas de la fuerza, como otros siglos han cantado la victo- 
ria del hombre sobre el hombre? Esta poesía concluirá 
por dominar, en cuanto amen los pueblos más á sus re- 
dentores que á sus tiranos. En las letras, emanadas de 
nuestras ideas, antes brillará el desasosiego de Pitágo- 
ras al interpretar las inscripciones grabadas por las es- 
trellas en los espacios, que el anhelo de Aquiles al arras- 
trar el cuerpo de Héctor en los* campos de Troya, y antes 
acudirán las imaginaciones, ansiosas de ideas, al ban- 
quete de los platónicos y á sus inmortales diálogos, que al 
banquete de los atridas y á sus repugnantes venganzas. 
Las batallas empeñadas por tantos guerreros en las tole- 
danas vegas, no dejarán rastro cuando todavía busquen 
los ánimos elevados el paredón moruno á cuya som- 



I 



51S 

bra se escribieron las tablas de Alfonso X, y el prado y 
la fuente de cuyas esencias y de cuyos rumores brota- 
ron las églogas de Garcilaso. Los guerreros más célebres 
del siglo decimotercio habrán desaparecido de la me- 
moria universal, en tanto que la lira cantará las evoca- 
clones de Lulio á las fuerzas ocultas de la razón huma- 
na. Gomo hoy se investiga- por las ruinas del foro, entre 
el Coliseo y el Capitolio, la tierra donde cayera César 
envuelto en su sangrienta gloria, se buscará mañana el 
sitio donde puso Copérnico aquel anteojo, con cuyo 
auxilio observó el eclipse de luna que le condujera á in- 
ducir el movimiento de nuestro planeta. Por las piedras 
de la vía Apia, por las colinas de los patricios y de los 
plebeyos, los sepulcros íotos han despedido de sí hasta 
las cenizas de los conquistadores que se creían eternas, 
en tanto que las estatuas talladas por los esclavos grie- 
gos todavía están de pie sobre sus aras sacras, recibien- 
do, si no el culto, la, admiración de todas las generacio- 
nes. Las luchas caballerescas de Carlos V y de Francis- 
co I; las guerras religiosas entre Felipe II de España é 
Isabel I de Inglaterra; los combates entre las órdenes 
teutónicas y los emperadores de Alemania, no interesa- 
rán como los esfuerzos de Paracelso por extraer de la 
cabala y de la alquimia la medicina y sus luchas con los 
avicenistas; como las investigaciones de Keplero mos- 
trando la armonía entre las matemáticas de nuestra 
mente y las matemáticas de las esferas, armonías por 
las cuales obedecían los mundos á sus concepciones, co- 
mo obedecen los instrumentos músicos en sus cuerdas y 
en sus teclas á las notas del pentagrama; el espíritu 
de Galileo, al ver cómo la majestuosa lámpara colgada 
del crucero de Pisa, enseña las leyes del péndulo; las 



•516 
correrías de Vesala por las horcas de las ciudades en 
pos de los ahorcados, medio comidos de los cuervos, 
para estudiar el esqueleto y conocer la anatomía; la 
lamentación en piedra esculpida sobre el sepulcro de 
Florencia por la mano titánica de Miguel Ángel, cuan- 
do, al ver muertas la República y la libertad, se con- 
vence de que los colosos de mármol esculpidos en el se- 
pulcro de Julio II y los titanes pintados en las bóvedas 
de la Sixtina, no eran de carne y hueso, sino sombras 
de un pensamiento, en el cual se condensaban las som- 
bras caídas de la conquista, del despotismo y de la gue- 
rra, que traían con la muerte de toda libertad la muerte 
de toda inspiración, y con la muerte de toda inspiración 
la eterna noche sobre la infeliz Italia. 

Gomo hay una ciencia moderna de la naturaleza, ma- 
yor que la antigua ciencia, habrá una poesía, mayor 
que la antigua poesía. Y como tenemos un concepto del 
trabajo superior al antiguo concepto, tendremos una le- 
yenda ó una epopeya de los trabajadores, superior á las 
antiguas leyendas y á las antiguas epopeyas de las con- 
quistas y de la guerra. Sectas opuestas y exclusivas han 
dicho que á poca ciencia corresponde mucha religión y 
mucha poesía, como á mucha ciencia poca religión y 
poca poesía. Pero una reflexión más profunda demuestra 
que así como nuestras facultades son eternas, también 
son eternas las satisfacciones á esas facultades; y que 
mientras exista el hombre, existirán y coexistirán con 
él eternamente la religión, la poesía y la ciencia. El es- 
píritu es uno en su esencial substancia, y las obras ó he- 
churas del espíritu grados de su existencia en continuo 
desarrollo. Así el espíritu se eleva, por esta ley, desde el 
seno de la naturaleza al seno del Estado, un término su- 



517 

perior en la serie lógica de sus manifestaciones diversas. 
¿Creéis que no hay tanta vida en el mundo social como 
en el mundo natural? ¿Creéis que no es tan necesaria al 
hombre la tierra que lo nutre como la nación que lo 
educa? La idea del Estado se ha engrandecido en el es- 
píritu moderno como se ha engrandecido la idea de la 
creación. Y engrandeciéndose la idea del Estado, se ha 
engrandecido la poesía política que podríamos llamar 
poesía de la libertad. ¿Creeréis, si no, el privilegio más 
idóneo á la inspiración que el derecho y más hermosa 
la servidumbre que la igualdad natural? Aquellas castas 
índicas, mantenidas por una religión obscura é incipien- 
te; aquella monarquía persa, derivada de la guerra en- 
tre principios opuestos, ó mejbr entre «nemigos dioses; 
aquel Estado griego y romano creídos de que tenían ap- 
titud para regular desde los trajes hasta las creencias; el 
endiosamiento de los emperadores, cuya voluntad se ele- 
vaba en las sentencias de los jurisconsultos á fuente de 
las leyes; la soberanía feudal confundida con la íioción 
de la propiedad y contando las cabezas de siervos como 
pudiera contar las cabezas de ganado; los conflictos en- 
tre las pretensiones excesivas del sacerdocio empeñado 
en volvernos al Asia y la autoridad invasora del impe- 
rio empeñada en fundarse sobre ruinas de la Roma ce- 
sárea; los sofismas de aquel patriarcado que elevaban 
tristemente un mortal á imagen privilegiada de Dios 
mismo, no pueden prestarse al arte y á la poesía como 
se prestan leyes emanadas de la voluntad general; dere- 
chos arraigados en la esencia misma del hombre; Esta- 
dos sometidos á la razón pública, y que lejos de dispo- 
ner á su arbitrio del honor y de la fortuna y del hogar 
y de la vida de los ciudadanos, les asegura desde sus 



518 

propiedades hasta su dignidad como imagen viva que 
son de la justicia. Sé á ciencia cierta que muchos ama- 
dores de restauraciones literarias vuelven los ojos atrás, 
creyendo fácil resucitar, por obra de imitación, afectos 
ya extinguidos. Sé también que achacan á nuestro tiem- 
po falta de arte por sobra de libertad. Pero yo os pre- 
gunto qué siglo de la historia conoció guerras y cruza- 
das movidas por la poesía como este siglo tachado de 
prosaico. No le convenía, no, á Inglaterra, como nación, 
la libertad de Grecia, y la auxilió por atender al coro de 
poetas que la pedía en sus versos, sacrificando asi á una 
idea estética, más que política, la razón de Estado. No 
le convenía á Francia, como nación, la independencia y 
la libertad de Itaiia; pero se alzaban sombras tan au- 
gustas de sus campos y voces tan sublimes de sus sepul- 
cros; se oían, derramadas por sus aires, cadencias tales 
en los Misereres de Palestrina y en las plegarias de Ros- 
sini; se veían en sus cielos de arreboles tantas figuras 
hermosas surgidas de inagotable paleta y en sus piedras 
de mármoles tantos relieves trazados por creador cincel, 
que cada corazón sentía una emoción artística á su re- 
cuerdo; y todas estas emociones se juntaron á suscitarla 
cruzada que abrió el sepulcro donde yacía enterrada la 
madre de todas nuestras naciones. No le convenía, no, á 
la América del Norte arriesgar su admirada vida por los 
míseros esclavos de los estados del Sur; pero la tribuna 
resonará con tales discursos, las iglesias con tales ser- 
mones, los hogares con tales páginas de novelas ínti- 
mas, la lira con tales acordes de libertad universal, que 
se formará como una apelación á la conciencia humana, 
engendrando aquel puritano, venido al Capitolio desde 
los grandes desiertos, como un profeta, á morir, después 



• 519 

de expugnada y vencida la Babilonia de la esclavitud, 
cual santo mártir de su fe, por la redención y la libertad 
de los negros. ¿Y al siglo de cruzadas así le llamaréis 
siglo de escasa poesía? 

Yo creo, por lo contrario, que en ningún tiempo la 
poesía lírica encontró acentos de tan subida entonación, 
como en ningún tiempo la libertad encontró cantores de 
tan vario estro. Al comenzar nuestra centuria, y con sus 
primeros años, la guerra por nuestra independencia; en- 
tre las ruinas de Zaragoza y de Gerona, entre las bom- 
bas clavadas en los muros de Cádiz, tintos en sangre 
nuestros ríos, desolado por los incendios nuestro suelo; 
en aquella ocasión de sacrificios inmortales, que forja- 
ron al fuego de la guerra nuevamente el alma nacional, 
y le dieron, si cabe, más acerado temple, oyóse hervir 
la inspiración volcánica de Quintana, dando á la nativa 
energía nuestra más vigor, y haciendo con estoica fir- 
meza un crimen de toda vacilación en la esperanza; ar- 
dor rayano de demencia en aquel instante, á no tratar- 
se del valor en la guerra y del ánimo para la muerte 
congónitos á nuestra heroica España. Al poco tiempo, el 
más melancólico de los poetas italianos, Leopardi, va- 
gando á la sombra de los muros caídos y los arcos ro- 
tos, que el jaramago cubre con su sudario de amarillas 
flores y el buho entristece con sus quejidos de siniestros 
ecos, encontraba la lira heroica de Simonides, y le 
arrancaba estancias dignas de grabarse en los desfila- 
deros de las Termopilas y de resonar en las aguas de 
Salamina y en los campos de Marathón y de Platea. Y, 
en seguida, un patricio inglés, de complexión inquieta, 
de familia normanda, de voluntad zozobrosa, de fanta- 
sía relampagueante; coronado con las espinas de sus 



520 , 

dudas que, le taladraban las sienes, y consumido en la 
antorcha de su inspiración que le abrasaba las manos; 
después de haber corrido varia y luctuosa suerte en tan- 
tas tormentas y en tantas f)asiones, llegó, henchido el 
corazón de amor entonces feliz, vibrantes los labios de 
cánticos ya inmortales, á Grecia, en la exaltación de su 
estro y en la flor de su juventud, á pedir muerte á la 
inmortalidad helénica y sepulcro á la cuna de los poetíis 
y de los dioses. Y cuando tornaban nuestros desterrados 
del veintitrés, la legión sublime que traía en las manos 
el D. Alvaro de Sevilla y en la mente el D- Félix de Sa- 
lamanca, comenzaba su elegía en el destierro un poela 
eslavo, hijo predilecto de la infeliz Polonia, y tan ren- 
dido amador de su patria, por opresa y desgraciada, que 
la veía retratarse en el extraño hogar, donde chisporro- 
teaba el tronco de Noche Buena, sosteniendo con las 
lanzas de sus soldados la cúpula de San Pedro vacilante 
al empuje de tantas herejías; visión traída de los cela- 
jes patrios mirados por última vez con los ojos enrojeci- 
dos que buscaban inútilmente los ángeles apocalípticos, 
apercibidos por la ira celeste al castigo, de aquellos ti- 
ranos, cuyos esbirros hirieran los sacerdotes al pie de 
sus altares para anudar en la garganta el rezo de la hu- 
mana aflicción á la divina misericordia, y arrancaran á 
las tumbas los huesos de cien generaciones para des- 
arraigar hasta las últimas raíces con que á la tierra se 
une la vida de un gran pueblo. Y á su vez; los opresores 
de Polonia engendraron poetas y tuvieron que oprimir- 
los. Aquél, por cuyo ingenio vivirá eternamente la len- 
gua moscovita, según el general sentir europeo, vino al 
mundo con fantasía creadora, y los primeros arpegios 
de su fantasía, en la alborada de la vida, sobre las na- 



521 

cientes ilusiones, cuando los ojos sólo descubren mari- 
posas y los oídos sólo perciben melodías, los primeros 
arpegios, iba diciendo, de su fantasía, consagráronse á 
cantar la libertad. Mas este cántico le valió un destierro 
en sus mocedades; y este destierro una tristeza inextin- 
guible en toda su existencia, la mitad de ella dedicada á 
plañer el dolor en la servidumbre y la otra mitad á ras- 
trear la poesía en la historia, la poesía en las tradicio- 
nes. Y agitado por las chispas eléctricas de sus inspira- 
ciones corrió desde la estepa al mar, desde el mar al 
Gáucaso, desde el Cáucaso al Danubio, y en todas par- 
tes, al par que respiraba él aire puro de las montañas y 
de los campos y de las ondas, recogía los gérmenes de 
una poética nacional, correspondiente á las tradiciones. 
Y su vida se arrastró recelosa entre esbirros y se extin- 
guió triste en un duelo. Y el mejor de sus poemas <One- 
guine» canta el hastío; y la mejor de sus estrofas plañe 
un poeta joven que muere llevándose á la eternidad el 
misterio de su poesía. Mas, á pesar de todas estas con- 
tradicciones, si el despotismo le ha arrebatado sus dere- 
chos, nótase en todas sus obras que no ha perdido nun- 
ca el sentimiento de la libertad, revelado en cada una de 
sus estancias, como el ruiseñor cautivo, á quien los pas- 
tores de Thesalia arrancaban los ojos para que cantase 
más, ponía en todas sus notas y escalas el amor á los 
bosques habitados y á los horizontes recorridos en más 
felices días. Y si las soledades rusas manaban tanta poe- 
sía, imaginaos cuánto manarían las encinas germánicas. 
No hablemos, puesto que pertenece á la dramática, de 
aquella resurrección de la leyenda de Guillermo Tell, 
elevando sobre los lagos dormidos en sus copas de záfi- 
ro, y las nieves relumbrantes en sus cimas eternas, el 



522 
cielo ideal de la libertad. Hablemos de los poetas líricos: 
Ulhand, que se gozaba en oir la esquila del ganado tor- 
nando al aprisco y la canción de la moza de cántaro re- 
cogiendo el agua en la fuente de su aldea; Ulhand, que 
seguía el primer vuelo de la matinal alondra y el rayo 
último de la nocturna estrella, á ver si podían juntarse 
alguna vez en los aires, truécase de pastor de égloga en 
soldado de epopeya, cuando la conquista despierta en su 
alma acongojada el amor á la patria libre, y el amor á 
la patria libre despierta en sus sentimientos vivísimos 
la aspiración al humano derecho. Y Teodoro Koerner,- 
afilando su espada en las piedras druídicas donde afila- 
ron los sacrificadores el cuchillo para ofrecer víctimas á 
sus sangrientas divinidades, corre á las batallas, en pos 
de una bala, que partiendo su pecho, redima su alma y 
enseñe á los suyos cómo se combate y se muere por la 
libertad y por la patria. ¿Qué más? Hasta el poeta de la 
ironía y de la duda, á quien sus inspiraciones le daban 
como alas de ángel y sus cóleras como mareos de beodo; 
profeta bíblico en algunas estancias suyas, dignas de 
Jerusalón, y cómico aristofanesco en algunas invectivas 
propias del mercado; con las lágrimas de la elegía su- 
blime en los párpados, convertidos á recoger la luz de 
lo infinito, y con el hedor de la orgía en los labios abier- 
tos para vomitar la blasfemia y la calumnia; semita con 
toda su solemnidad y francés con todas sus gracias; obs- 
curo y soñador como un germano y claro y armonioso 
como un griego; aunque impío é irreverente quiera tur- 
bar la paz en todos los templos, desde aquéllos del Egip- 
to y Caldea que tenían por vasos de oro los astros, hasta 
aquéllos de góticas agujas que se retratan en las aguas 
del Rhin y enseñan á orar con las melodías de sus ór- 



523 

ganos; aunque escéptico, burlón, indiferente, dado á 
colgar bajo las hojas de su corona de laurel ruidosos 
cascabeles; jugando con las ideas como un niño con las 
joyas frágiles, cuyo brillo mira, pero cuyo valor ignora; 
conserva siempre, allá en el fondo de su corazón, reli- 
gioso culto á las dos ideas capitales del mundo moral, á 
la idea de Dios, y á la idea de la libertad; á manera de 
esos ángeles de la leyenda que, caídos de la gracia y des- 
tarrados al abismo, llevan en la faz eternamente vagos 
reflejos de su prístina belleza. Y si de esta suerte canta 
Alemania, ¿cómo cantará la revolucionaria Francia? La 
voz de la libertad se une á tantas melodiosas voces como 
llenan el alma de aquel poeta, á quien permitió el cielo 
calmar con un acento de su voz las pasiones desborda- 
das de la muchedumbre; y el amor á la libertad abría el 
pecho de aquel otro poeta que parecía no amar sino los 
ídolos de un día y no sentir sino la emoción de un mo- 
mento en la rica variedad de sus asuntos y de sus for- 
mas. Pero el Titán de la nueva idea literaria; el que en- 
cerró en versículos semejantes á los versículos de Isaías 
el alma de su siglo, fué, ya lo habéis nombrado, Víctor 
Hugo. Nacido en Francia, pero educado en esta tierra 
de las antítesis y de la hipérbole, donde la nativa origi- 
nalidad del ingenio se ha negado de antiguo, así á las 
reglas de lo artificioso como á las rutinas de lo conven- 
cional, llevóse consigo la savia del terruño español en 
las venas y en la frente el beso indeleble de nuestra luz 
meridional; y creyendo que cada excelso ingenio repre- 
senta todo un sistema planetario, y se dicta á sí mismo 
la ley como un Dios, lanzó grito de guerra contra la 
tradición de las escuelas y contra el falso aristotelismo 
de la poesía. La revolución francesa, que lograra des- 



524 

tronar la monarquía de Versalles, dejó intacto el infali- 
ble, el inefable, el sacro gusto versalles, vencedor y do- 
minador durante siglo y medio en todas las regiones de 
Europa. Y en aquellos jardines tallados por combinacio- 
nes geométricas, donde dioses contrahechos, pálidas 
sombras de una mitología muerta, se erguían y pavo- 
neaban enfáticamente por todos los ángulos, entró Víc- 
tor Hugo con el recuerdo de que aún existían las selvas 
naturales y los campos feraces poblados de una viva 
poesía; y por aquellos salones, donde se aglomeraban 
los cortesanos encerrados en sus casacas y ceñidos con 
sus gigantescas pelucas empolvadas, deslizóse Víctor 
Hugo, con el recuerdo de que no lejos de allí bramaban 
y rugían, como océano encrespado, los pueblos; y en el 
teatro, sujeto á las unidades, como los jardines á la geo- 
metría y los cortesanos á la etiqueta, apareció Víctor 
Hugo con el recuerdo de que en las cimas de la gloria 
vivían, revestidos de la inmortalidad, Lope, Shakespea- 
re, Calderón, los cuales no siguieron otros códigos que 
los cuasi divinos de su celeste inspiración; y con estos 
sencillos principios, encerrados en versos fulgurantes, 
fundó la soberana libertad del ingenio y devolvió sus 
alas á la prisionera poesía. Pertenece, pues, á nuestro 
tiempo con mayor derecho que á ningún otro tiempo la 
lírica de la libertad. 

No puede ocultárseme que achacan al siglo muchos de 
sus naturales enemigos falta de respeto á la historia. Se- 
ñores, ya que tratamos de los conceptos fundamentales, 
propios de esta edad, no olvidemos que si la idea de la 
naturaleza y la idea del Estado crecieron desmesurada- 
mente en el espíritu moderno, creció en iguales propor- 
ciones también la idea de la Historia. Ningún tiempo 



525 

conoció poeta que anime las ruinas, y evoque los muer- 
tos, y recoja las cenizas de los sepulcros, y reciba el po- 
len de las guirnaldas funerarias, y hable con los fantas- 
mas de los panteones, y muestre las torres y los adarbes 
dibujados en las indecisas nieblas de los recuerdos, como 
aquél en cuyo sor la poesía no es una profesión ó un ar- 
te, sino la vida toda entera, y que errante de pueblo en 
pueblo, á guisa de trovador en la Edad Media, y osten- 
tando ante la uniforme sociedad nuestra el natural in- 
dócil de su complexión, aviva toda nuestra historia; en 
la campiña de Toledo la tradición del Cristo de la Luz y 
en las márgenes del Arlanza los torreones del castillo de 
Pampliega; en el corazón popular el más maldecido y el 
más amado de los reyes, D. Pedro el Cruel, y en la me- 
moria popular el más extraño y el más copiado de nues- 
tros tipos, D. Juan Tenorio; en las almas cristianas el 
Te-Deum, cantado bajo los muros de Santa Fe por los 
ejércitos españoles, al ver brillar los rayos del sol na- 
ciente en las crestas de las Alpujarras por las argenta- 
das líneas de la cruz erguida sobre las torres Bermejas, 
y en las almas de nuestros hermanos de África el sus- 
piro lanzado por el proscripto, al pie de las palmeras 
solitarias en el Oasis, y al eco del simoun resonante en 
el desierto, por cuyos celajes se ven fantaseadas las al- 
jamas de Córdoba, la Giralda de Sevilla y la Alhambra 
de Granada, inspirando á la nostalgia del destierro y á 
las cuerdas de la guzla desgarradoras lamentaciones en 
profundas ó inmortales elegías: que la voz del poeta es 
la voz de toda nuestra alma y su inspiración la llama 
exhalada del centro de nuestra tierra. Las edades idó- 
neas para las leyendas históricas son estas edades lla- 
madas de transición. Aunque el tiempo nunca se deten- 



528 
tal del Padre, con Jeijusalén, y por l?i esperanza con la 
ciudad mística del Hijo, con la gloria; rota en mil pe- 
dazos al dividirse el mundo romano en oriental y occi- 
dental y venir sobre esta división los bárbaros, con lo 
cual toma tres aspectos: bizantino y cortesano en Pro- 
copio, teológico y enciclopédico en Teodoro, bárbaro en 
Jornández; artificiosa y retórica en los eruditos de Orien- 
te; dura y seca en los cronistas de Occidente; nacional 
con Froissard, con el arzobispo Rada, con el rey Don 
Alfonso X, por los siglos en que las naciones modernas 
comienzan á dibujarse bajo la sombra de las monarquías 
históricas; griega en los filósofos del Renacimiento; ob- 
servadora profundísima del corazón humano y de la hu- 
mana sociedad, en Maquiavelo; naturalista, en nuestros 
escritores de Indias, como Oviedo; clásica en Hurtado y 
en el P. Mariana; social desde la segunda mitad del 
siglo decimoséptimo hasta la primera mitad del siglo 
decimoctavo, ya explique las leyes de la Providencia 
con Bossuet, ya las edades de la humanidad con Vico, 
ya las instituciones con Montesquíeu, ya el derecho inter- 
nacional con Grotio; eminentemente crítica en el siglo 
decimoctavo y eminentemente filosófica en nuestro si- 
glo, ha crecido, si cabía que creciera, á nuestros mismos 
ojos, juntando el. principio de la unidad de Dios con el 
principio de la unidad del hombre; la ley de la realidad 
lógica en los hechos con el dogma moral de la libertad 
en los individuos, la creencia que nos inspira la fisiolo- 
gía en nuestro parentesco estrechísimo con todo el uni- 
verso y la creencia que nos inspira la filosofía en nues- 
tra redención gradual con los redimidos y por medio de 
los redentores; todo lo cual ha dado á la historia, en- 
grandecida é iluminada, las proporciones y los cortes de 



M •■•^flíbti^» ^mmmM^:^*^^i^r' — ^^ — w^xím ■ 



529 

una maravillosísima epopeya- Recordaráme algún ma- 
licioso que el siglo, eslimado por tan progresivo, se in- 
clina hoy á la idea pesimista con tanta fuerza como á 
las ideas optimistas se inclinaba hace poco. Levántanse, 
en efecto, no diré escuelas filosóficas, sino genialidades 
atrabiliarias, que en la tierra ven una sucesión de ge - 
neraciones sacrificadas, en el amor un equivalente de la 
muerte, en la cuna el germen de todas las penas, en la 
vida el continuo suceder de todos los dolores, en el Es- 
tado una fuerza opresora, en la sociedad un carnaval 
perpetuo, en el comercio y las relaciones sociales una 
cacería sin término y una batalla sin tregua, en las ilu- 
siones engaños y desengaños en las esperanzas; por los 
horizontes del arte neblinas recamadas de ópalo y grana 
que sólo llueven los oropeles de la mentira; por las ci- 
mas de la ciencia espirales de sofismas que sólo persua- 
den á la duda; en el sistema solar y sus planetas otros 
tantos purgatorios, donde arden almas en pena sin más 
porvenir que el sueño eterno; en la naturaleza toda una 
aglomeración de celadas, un cúmulo de engaños, el 
hambre por incentivo, la envidia y el odio por necesi- 
dad, la guerra por ley; siempre la misma tragedia para 
todos con el mismo desenlace de una última enfermedad, 
resuelta en una podredumbre horrible; siempre la mis- 
ma suerte; el no sor alcanzado por el suicidio universal 
de la humanidad, tristemente hastiada y convencida de 
que el espacio es vacÍQ, y lo único eterno y cierto el per- 
durable silencio en los pavorosos abismos de la nada. 
C4reo tales ideas desviaciones de la órbita que recorre 
nuestro tiempo. Juzgólas alarde de mal humor pasajero 
más bien que expresión de convencimiento profundo. 
Pásale al espíritu humano como al espíritu individual: 

34 



530 

lodos estos arranques nacen de iin minuto y mueren 
pronto en el conjunto de los seres, y de las cosas. Sucedo 
con esta filosofía de la desesperación lo mismo que su- 
cede con el arte realista: no pasa de accidente. Toda 
filosofía verdadera resulta, al fin y al cabo, idealista, 
como todo arte se resuelve en ideal. Tras las nubes el 
cielo azul y bajo los oleajes el mar sereno. Tras los so- 
fismas de un día las verdades eternas. De los sofistas na- 
ció Sócrates, y con Sócrates la conciencia anterior y su- 
perior al Estado; tras los pesimistas veréis con mayor 
claridad el albedrío que busca voluntariamente la más 
alta moral aguijoneado por la conciencia libre, y el 
universo material realizando el bien por necesidad en 
obediencia á su legislador y en cumplimiento de sus 
leyes. Entre nosotros tenemos sentado al poeta céle- 
bre, que personifica con mayores títulos todas las ten- 
dencias pesimistas posibles en esta sociedad nuestra, 
espiritualista y creyente. Dará á su poesía por nombre 
un neologismo tal como Dolora; deslumbrará los enten- 
dimientos con los vistosos juegos de su ingenio sobera- 
no, tan admirable por la novedad y la riqueza de las 
ideas como por la corrección y hermosura de las frases; 
verá cada hecho de la vida y hasta cada fenómeno de la 
naturaleza como si espíritu y materia dependieran de su 
voluntad y se juntaran ó desunieran al conjuro de su 
albedrío; reirá y llorará según que le hierva la sangre 
de su corazón en las venas ó le amargue el paladar la 
hiél de su hígado; pero entre tantas innumerables vo- 
luntariedades de su musa independiente, veréis cómo 
conserva siempre el resplandor de su conciencia y en la 
conciencia la virtud de una idealidad inextinguible. 
Griten cuanto quieran los desesperados, la corriente de 



531 

los progresos continuos les arrastrará. Gomo la sabia 
química de hoy fué alquimia, y la sabia astronomía as- 
trología, nuestro cuerpo estuvo en el limbo de la tierra 
y nuestra alma en el limbo de la barbarie. Hemos vivido 
en las cavernas lacustres como el mastodonte y hemos 
clavado el puñal de piedra en las entrañas de las vícti- 
mas para ofrecer ese holocausto á nuestros dioses antro- 
pófagos. Y aquí de la leyenda tan sabida en Alemania. 
Allá en nuestra madriguera, digna de las aves noctur- 
nas, entró la tea de Prometheo, encendida por la chis- 
pa que arrancaba el hierro al pedernal, y la creímos el 
resplandor y el fuego de la vida, y deseamos poseerla y 
mirarla eternamente. Y una noche salimos de nuestras 
cavernas, y á través de la viciosa vegetación columbra- 
mos la luna, y creyéndola el luminar por excelencia, 
pedimos que nos dejaran vivir y morir en el éxtasis de 
una eterna contemplación. Y tras la luna vino el sol, y 
tras el sol la conciencia, y tras la conciencia la idea, y 
tras la idea el ideal: que los minerales quieren ser árbo- 
les, y los árboles flores, y las ñores aves, y las aves cán- 
ticos, y los cánticos poesía, y la poesía tipo y el tipo ar- 
quetipo; y desde la ola del Océano hasta el latido del co- 
razón, desde la abeja zumbando sobre el cáliz rebosante 
de miel hasta el arpa despidiendo la nota lanzada á la 
inmortalidad, todo lo creado busca el origen de su crea- 
ción, y con átomos, chispas, esencias, aromas, gorjeos, 
alas, vuelos, inspiraciones, cánticos, plegarias, incien- 
so, todas las criaturas suspiran por unirse con el eterno 
amor. 

Quien desconozca esta aspiración universal, jamás en- 
trará en el templo henchido de misterios y poblado de 
oráculos, que inefable para la humana lengua, por deno- 



532 

minarse con alguna denominación, aunque sea imper- 
fecta, se denomina arte. El espíritu en la naturaleza su- 
fre algo de la fatalidad que en la naturaleza reina. El 
espíritu en la sociedad, en el Estado, aunque más libre, 
se halla cohibido por leyes coercitivas, por leyes socia- 
les, en las que hay también una parte considerable do 
necesidad. La región luminosa de la libertad empieza en 
el arte. Esta esfera de nuestra vida espiritual se distin- 
gue de las otras esferas en que lleva en sí misma sus le- 
yes y su fin propio. El arte puro no tiene ninguna uti- 
lidad, y en esto consiste principalmente su grandeza. El 
arte, por no obedecer á ninguna ley extraña á él, ni si- 
quiera obedece á las leyes morales; y por no tener nin- 
guna finalidad á él ajena ¡ah! ni siquiera tiene por fin 
el bien. Lo produce; pero sin voluntad de intentarlo. Ha 
cumplido toda su esencia cuando ha realizado la hermo- 
sura. No se -propone lo primero que consigue: despertar 
puras emociones y desinteresada contemplación. Produ- 
ce por producir, crea por crear, canta por la necesidad 
de cantar. ¿Qué le va, señores, á esa ave celestial en re- 
galar ó no los oídos, allá por el bosque de ilusiones 
donde resuenan sus endechas y habitan sus amores? 
Pues bien, la idea del arte, como la idea de la naturale- 
za, como la idea del Estado, como la idea de la historia, 
también ha crecido en nuestros días. Así como hemos 
producido la ciencia geológica que ha aumentado nues- 
tros conocimientos en la vida y en la historia del plane- 
ta, hemos producido la ciencia estética que ha aumenta- 
do nuestros conocimientos en la vida y en la historia 
del arte. Y cuenta que ninguna de las ideas fundamen- 
tales cambia tanto, ni la idea cósmica, ni la idea políti- 
ca, ni la idea religiosa, como la idea artística. Los prime- 



533 

ros cristianos veían la sonrisa del demonio en los labios 
de las estatuas griegas. Algunos, entre los padres de la 
Iglesia, aconsejaban á los artífices que pintasen y escul- 
piesen feo á Cristo, por ser la hermosura cosa profana y 
hasta diabólica. En la tierra donde brotaron los dioses del 
arte, se extendió, al mediar nuestra era, la secta de los 
iconoclastas, que destruía los simulacros y borraba las 
efigies. Dos religiones, de las que más han cooperado á 
la educación del género humano, prohibían reproducir 
ni copiar los seres animados, porque toca en irreverencia 
dar aspecto de vida á figuras incapacitadas de alcanzar 
la vida toda entera. Los recuerdos clásicos tienen tal 
omnipotencia en Italia, que ninguno de los artistas del 
Renacimiento comprendió la belleza del gótico. Y los 
.artistas de la Edad Media no comprendieron, hasta que 
el Renacimiento se avecinaba, la corrección y la armo- 
nía de las órdenes griegas. El autor de las empresas po- 
líticas maldecía del Dante, y el autor del Cándido llama- 
ba á Shakespeare deforme y bárbaro. Un crítico del si- 
glo pasado, como por ejemplo, Moratín, ó de principios 
de este siglo, como por ejemplo, Sismondi, encontrará 
monstruosos y hasta repugnantes los más sublimes dra- 
mas del teatro español. Y un combatiente romántico, 
demagogo de la revolución literaria del año treinta, verá 
en las tragedias griegas, trazadas por Esquilo y Sófocles, 
frías estatuas de yeso. El poeta admirador de la antigüe- 
dad pasará por el poético Asís de Umbría y visitará un 
templo imperial de la decadencia romana, desdeñando el 
monasterio de San Francisco impregnado de tantas y tan 
místicas oraciones. Y á pocos pasos de allí, por el cruce- 
ro de la Porciúncula, artista empeñado en la resurrec- 
ción de la Edad Media, trazará un fresco en que repro- 



534 

(luce adrede la incorrección del dibujo propio de los pri- 
meros pintores monásticos, sólo por amor á la arqueo- 
logía de un tiempo ya extinguido. Nuestro gusto huye 
de estas sectas intolerantes y condena á estos artistas 
exclusivos. Nosotros somos en arte, como en liistoria, 
mucho más universales y humanos. Gomo padecemos 
con todos los oprimidos, y admiramos á todos los re- 
dentores, tenemos el culto de todas las artes, y por dio- 
ses á todos cuantos han hecho bajar del cielo sobre ej 
hombre los resplandores de la hermosura perfecta. No 
desdeñamos el poema índico en que rezan las selvas 
llenas de poesía panteísta; ni el apólogo . persa en 
que dialogan el ruiseñor y la rosa á la sombra del aji- 
mez y al amor de la luna reflejada en las aguas del 
Eufrates. Seguimos el viaje de los argonautas al travos 
de las ondas del Mediterráneo y la peregrinación de los 
israelitas al través de las arenas del desierto. Canta- 
mos en el coro que celebra, á la voz de Simonides, 
la rota de los Daríos y los Giros, y en el coro que alaba 
al Eterno á la voz de Moisés, en la tierra del Asia y á 
la vista del Sinaí, por el castigo de los soberbios Farao- 
nes. Vamos de puerta en puerta, como el Edipo coloneo 
apoyado en Antígona^ preguntando á los vivos por la 
causa de nuestro pecado original; y de tumba en tumba, 
conio el Hamlet danés, que acaba de maldecir á Ofelia, 
preguntando á los muertos por los enigmas de nuestros 
eternos y silenciosos destinos. Sentimos en nuestras 
manos el pese de las cadenas y en nuestros hígados el 
picotazo de los buitres que atormentaban allá en el 
Caucase al Titán de Esquilo, y en nuestra alma el dolor 
de la servidumbre y la envidia por la libertad del ave, del 
pez, del arroyo, del bruto que en la España de los em- 



53:> 

brujados y de los inquisidores sentía el Segismundo de 
Calderón, Buscamos por Judea el sepulcro de la hija de 
Jephté, por Grecia el sepulcro de la sacrificada Ingenia, 
por Verona el sepulcro de la pobi'e Julietta, llorando con 
todas las infelices en todos los tiempos las desgracias 
del amor. Asistimos en espíritu á los juegos píthicos pa- 
ra beber en copa cincelada por Praxiteles agua de Gasta- 
lia y oir bajo las ramas del laurel de Apolo versos de Pín- 
daro y páginas de Herodoto, mientras los atletas vence- 
dores reciben sus coronas y las vírgenes griegas tren- 
zan sus danzas religiosas en el intercolumnio de templo 
tan armonioso como una oda y en presencia del Dios tan 
sereno como los horizontes de Grecia, Y luego, á guisa 
de los pobres penitentes de la Fuerza del Sino, vamos al 
yermo cubiertos del sayal, ceñidos del cilicio, á ente- 
iTar en la soledad un corazón desgarrado, á macerar en 
la penitencia un cuerpo dolorido; y nos abrazamos á la 
cruz de piedra, que indica la entrada en los retiros del 
Señor; y nos conmovemos al ^co de la campana, que así 
convoca á los vivos como plañe á los muertos; y acudi- 
mos á la sombra de las torres y de la ojiva y del ciprés, 
y como las cigüeñas, fabricamos en las agujas de las ca- 
pillas ó en las linternas de los panteones nidos de abro- 
jos para nuestra alma desengañada; y oyendo y ento- 
nando el Miserere de todas las penitencias, cavamos 
con el azadón nuestra sepultura, no tanto para tener 
un hoyo en la tierra, como para recordar á las fuerzas 
devastadoras de la naturaleza que todavía existimos, y 
para pedir al ángel de la muerte que disperse con sus 
alas muestro cuerpo como un montón de cenizas y nos 
deje en suelo cubierto por la yerba de los campos y hu- 
medecido por el rocío de los cielos aguardar en el sue- 



536 

ño eterno la misericordia divina que se apiade de nos- 
otros y perdone nuestros errores y nuestras culpas en 
la hora apocalíptica del último juicio. Sí, pertenecemos 
á todas las artes y á todas las literaturas, con tal que 
broten de una fe sincera, de una inspiración sencilla ó 
ingenua, y no representen restaux*aciones literarias idea- 
das con fines interesados y políticos, ajenos á la pura 
inspiración del arte. Somos como aquellos artistas del 
Renacimiento que entre los precursores de Cristo po- 
nían á San Juan y á Virgilio; entre los doctores á Pla- 
tón, ceñido de aureola tan sagrada con la aureola de 
San Agustín ó San Jerónimo; entre los patriarcas dor- 
midos en el seno de Abraham á los antiguos moralistas; 
bajo el ara donde se celebraban los incruentos sacrificios 
de nuestra religión los bajos relieves donde se veían 
la ninfa y el fauno ebrios con la embriaguez de una 
vida exuberante; junto á la hermenéutica evangélica el 
mitho de Puquis encerrando como una alegoría de la 
inmortalidad del alma; y por las bóvedas de la capilla 
Sixtina y por los altares de Santa María de la Pace los 
oráculos de Delfos, representados por las Sibilas, y las 
profecías del Jordán y del Eufrates, representadas por 
los Profetas, como para decir que el océano de nuestra 
vida espiritual se formó con los cuatro ríos de ideas que 
fluyen de Jerusalén, de Atenas, de Roma y de Alejan- 
dría. Hace pocos meses visitaba yo la catedral de Bur- 
gos, y estudiando su coro, encontróme en la misma 
silla arzobispal, bajo un relieve que representaba mís- 
tica escena, otro relieve que representaba el robo de 
Europa por Júpiter convertido en toro, y parecióme des- 
cubrir toda la historia del Renacimiento. Igual univer- 
salidad tiene nuestro arte. No excluímos, por ejemplo, 



53 r 

en arquitecUira el gótico, cual los clásicos franceses del 
siglo pasado, ni el griego, cual los románticos alemanes 
del siglo corriente. Admiramos todas las arquitecturas 
admirables. Y como decía el eterno oráculo del idealis- 
mo, en este sentimiento de admiración creemos tener 
el principio de nuestra ciencia. Llevad á un hombre de 
otro siglo á estos tres sitios: á las ruinas de Poesthum, 
á la Alhambra de Granada, á la catedral de Toledo, 
que representan el mundo oriental, el mundo griego, el 
mundo cristiano, y desconocerá completamente algunas 
de estas tres maravillas. Nosotros, por lo contrario, las 
sentimos y las comprendemos todas. Aún recuerdo la 
tarde en que yo vi las ruinas de Poesthum. Acababa de 
recorrer desde el cabo Miseno al cabo Minerva, y acaba- 
ba de contemplar el Vesubio humeando en medio de la 
campiña partenopea con su cintura de ciudades bullicio- 
sas y de ruinas yertas; las islas griegas engarzadas en 
espumas y ceñidas de templos; los escollos cubiertos de 
arreboles donde todavía habita Circe v el mar donde to- 
davía cantan las Sirenas, y creí que no era dado ni á la 
naturaleza ni á la historia ofrecer más hermosos cuadros. 
Pero no contaba con el sublime cementerio donde yace 
insepulta la antigua ciudad griega. La bahía de Salerno 
se ostenta á los ojos; en el lejano horizonte las monta- 
nas de los Abruzos elevan sus crestas y sus cúspides ta- 
chonadas de nieve; por todos aquellos campos, donde 
crecieron las rosas' que el romano deshojaba en sus 
orgías y el poeta celebraba en sus versos, la soledad y 
el silencio; bosques de heléchos nutridos por aguas pan- 
tanosas exhalan fiebres mortales; vapores mefíticos con- 
densados de maneras diversas, extienden por aquel lu- 
minoso cielo nubecillas de colores tan rojos que las to- 



538 

maríais por evaporaciones de sangre; en el campo de- 
sierto algún búfalo y en el aire silencioso algún cuervo; 
entre pilastras rotas, zócalos deshechos, plinthos caídos, 
el severo templo de Neptuno con sus columnas dóricas 
y su frontón triangular, empapado todo él en tales re- 
sáceos matices, que parece hecho con rayos de la auro- 
ra; y al través de sus intercolumnios, tras las plantas 
verdosas y las arenas áureas, el mar azul, cuyas olas se 
quejan blandamente como si lloraran en lamentaciones 
sin fin la ruina de la ciudad helénica y la muerte de los 
marinos dioses. Pasad de estas ruinas silenciosas á la 
abandonada Alhambra, y veréis cuan diversa, pero tam- 
bién, si es permitido hablar de esta suerte, cuan hermo- 
sa hermosura. En el patio de mármol la alberca de cris- 
tal; junto á las grecas de mirtos y arrayanes los surti- 
dores de bullidoras aguas sombreados por los aleros de 
alerce y de marfil; en las paredes los azulejos de metá- 
lica porcelana, los alicatados de oro y ópalo y de azul y 
plata, el alhamí provocando á los sueños de la sensua- 
lidad con sus celosías, el ajimez conteniendo los miste- 
rios de voluptuoso amor; en las galerías las columnas 
airosas sustentando los arcos adornados de ligeras alha- 
racas que parecen mecerse al soplo de las auras embal- 
samadas de azahar; tras el mirador los naranjales enla- 
zados con las palmas y los jazmines con las adelfas; en 
las techumbres las estalactitas de mil colores cuyas agu- 
jas se idealizan al través de las humaredas de los pebe- 
teros; en el fresco y sombrío baño las estrellas abiertas 
por la bóveda y la música exhalada del alto camarín; y 
en todas partes la luz con que juegan las nieves de los 
picachos de Muley-Hacén y las lavas de las crestas de 
Sierra Elvira, los romances que comunican á los aires 



539 

del DaiTo y el Genil las continuas zambras de una ciu- 
dad en que los combates son juegos, las vegas torneos, 
la vida placeres, y la muerte misma una sensual ó inex- 
tinguible alegría. Volad desde el jardín de los adarbes á 
la catedral de Toledo en alas del pensamiento, y de una 
ojeada abrazaréis toda nuestra historia. El consistorio 
enfrente para que la iglesia bendiga la libertad; el mer- 
cado al término de las colosales paredes de la izquierda 
para que á la sombra de la iglesia se cobijen los contra- 
tos; la posada de las Hermandades tras el ábside, á fin 
de que á la iglesia miren los soldados en sus salidas y 
entradas; las viviendas de los nobles por las calles veci- 
nas, con sus emblemas y escudos, pidiendo como de ro- 
dillas á la iglesia que consagre sus tradiciones y salve 
sus privilegios; ante todo el monumento la torre, guian- 
do con sus agujas, que hienden los espacios, al viajero, 
y conmoviendo con sus campanas, que se oyen de mu- 
chas leguas, á los fieles, como un faro espiritual que 
luciese y hablase al mismo tiempo; desde la puerta de 
la Feria á la puerta de los Leones, pasando por la por- 
tada mayor, tres siglos que veis en las primeras escul- 
turas apenas salidas de su pesado cendal bizantino y en 
las últimas vencedoras de la rigidez antigua entre las 
armonías del Renacimiento; por los suelos, bajo el pa- 
vimento de mármoles, el pavimento de huesos que han 
formado tantas generaciones; por las paredes y en las 
capillas, sobre los sepulcros, á la sombra de los dosele- 
tes, los reyes y los proceres, cuyas efigies recuerdan 
nuestras grandezas y nuestros dolores, desde el triunfo 
de las Navas hasta la desgracia de Aljubarrota, desde 
los campos de Galatañazor hasta los campos de Montiel, 
desde la nube de gloria en que va envuelto el cardenal 



5iO 

Mendoza que se alzó entre el término de la guerra de 
siete siglos y el nacimiento y comienzo del Xuevo Mun- 
do, hasta la nube de ignominia en que va envuelto el 
triste favorito descabezado en el patíbulo de Valladolid; 
por las cinco naves todos los cambiantes de la luz apro- 
piados á todos los deliquios de la religión, así las tinie- 
blas donde oculta sus remordimientos la penitencia, 
como los iris en que tiñe sus alas de mariposa la espe- 
ranza; en los arcos la ojiva con sus líneas curvas, que 
buscan un punto á la manera que buscan las tortuosi- 
dades de nuestra vida la unidad absoluta, y tras los ar- 
cos los rosetones góticos, de cuyos vidrios brotan, como 
de rosas místicas, ángeles batiendo sus alas de colores y 
caen reflejos de mil matices entonando el oro de los al- 
tares y la llama de los cirios; en el coro las dos legiones 
de estatuas cinceladas en competencia por Felipe Bor— 
goñés y Alonso Berruguete, como escapadas de los tem- 
plos paganos á rendir homenaje á la univei^salidad reli- 
giosa del templo católico; en la capilla mayor los arzo- 
bispos que duermen y los arcángeles que velan, los doc- 
tores que leen sus libros de piedra y los mártires que 
agitan sus palmas de combate, las vírgenes coronadas 
de estrellas que os miran sobre nubes etéreas y los bien- 
aventurados que repiten eternas letanías, los pajes que 
custodian las sepulturas y los serafines que entonan un 
Te-Deum inextinguible con voces angélicas; en este 
lado el bautizo, en otro el matrimonio, más lejos el en- 
tierro; por aquí los peregrinos religiosos de rodillas, por 
allí los peregrinos artistas extáticos: en los días de so- 
lemnidad el pueblo que ya reza ó ya canta, la saUnodia 
de los sacerdotes mozárabes estrellándose en los alica- 
tados de los alarifes mudejares, las procesiones del ca- 



54! 

Mido en que lucen las capas pluviales con los relicarios 
de pedrería; y al eco del órgano, entre las nubes del 
incienso acompañadas por los salmos, sobre la gradería 
cubierta de brocados, al pie del retablo lleno de figuras 
místicas que parecen personificaciones varias de la ora- 
ción, la misa, que así como transforma el pan ácimo en 
ser divino por las palabras sacramentales de la consa- 
gración, transforma en ideas las piedras, por donde las 
almas suben, como por invisible escala, sacudiendo el 
polvo de la tierra y los dolores de un día, á saciar en 
la fuente de vida, en que beben su luz los mundos-, la 
sed inextinguible de la eterna verdad y del infinito 
amor. ¡Feliz edad la nuestra, que nos consiente com- 
prender en toda su exactitud y sentir en toda su hermo- 
sura las obras artísticas de todos los siglos y de todas 
las generaciones! ¡Feliz edad que ha llegado á tan su- 
blime poesía! 

Al espíritu no le basta con el arte, y subiendo en la 
escala mística suspensa entre lo finito y lo infinito, lle- 
ga necesariamente á la religión. Vivimos la vida mate- 
rial en la naturaleza y otra vida superior en la socie- 
dad, que abraza la familia y el Estado. En el arte predo- 
mina la sensibilidad, en la religión la fe, en la ciencia 
el pensamiento. Y como al principio de esta serie de as- 
censiones se encuentra la más grosera materia, se en- 
cuentra al término la más pura idealidad. Yo declaro, 
pues, que así como creo superior el concepto de la na- 
turaleza y del Estado y del arte en nuestro tiempo al 
concepto que tenían los siglos anteriores, creo superior 
también el concepto de la religión. Por temerarias to- 
marán muchos estas afirmaciones mías, tratándose de 
una edad que ha visto surgir sistema, seguido de mu- 



chas gentes, en el cual se prescinde por completo de la 
religión como de cosa innecesaria y baladi. Mas yo os 
pregunto: ¿creéis privativa del siglo nuestro esta enfer- 
medad del ateísmo? ¿Creéis que no la han sentido y no 
la han pasado muchos hombres superiores en otros si- 
glos también? No es la centuria corriente la única que 
haya tenido entendimientos extraviados hasta el extre- 
mo de querer arrancar al cerebro el espíritu y al cielo 
Dios. Desde los albores de la ciencia hasta nuestros días, 
el materialismo ha existido, como desde los albores de 
la primer mañana del mundo hasta nuestros días han 
existido las sombras. No está en nuestras manos la ex- 
tirpación del error ni la extirpación del mal, porque 
ambos á dos son congónitos á la naturaleza humana. 
Pero consolémonos pensando que también radican en 
nosotros, en lo más íntimo de nuestro ser, las incontras- 
tables aspiraciones religiosas. La idealidad, que no ve- 
mos sino con los ojos del alma, es tan verdadera como 
la realidad misma. Mientras exista en el cielo y en la 
tierra un misterio impenetrable que ningún entendi- 
miento puede descifrar; mientras nuestro corazón sien- 
ta amor inextinguible que ninguna pasión puede satisfa- 
cer; mientras pugne en el artista la idea con la expre- 
sión y lo inconmensurable del pensamiento con la fra- 
gilidad y estrechez de la forma; mientras en pos de cada 
deseo cumplido surja otro deseo mayor, y tras cada gra- 
do de la vida se eleve un «más allá» inevitable, y tras 
cada revelación de la ciencia, en que creemos tocar las 
cimas dé la idea, otra cima todavía más alta, perdida en 
lo inmenso; mientras nos aquejen aspiraciones sin reali- 
zación posible aquí en la tierra, ensueños sin objeto co- 
nocido, esperanzas insaciables, alzándose sobre todos los 



543 

misterios la muerte, pertinaz en llevarse las genera- 
ciones sin devolvérnoslas jamás y muda á las interroga- 
ciones que entre lágrimas y sollozos le dirigimos al des- 
aparecer los seres amados; mientras existan todas estas 
batallas en el mundo y todas estas contradicciones en el 
entendimiento, á través del dolor, columbraremos otra 
vida espiritual, á la que solamente llegará el alma, des- 
pojada de sus vestiduras terrenales, ciñéndose las dos alas 
místicas de la oración y de la fe. El sentimiento religio- 
so existe en nuestra generación como existe en todas las 
generaciones. Pero lo que puede llamarse característico 
á nuestro tiempo, y propio del espíritu moderno, es la 
ciencia y la filosofía de la religión. 

La historia moderna encuentra el alma de los pueblos 
en sus creencias religiosas. Así no hubo edad tan escu- 
driñadora de los misterios encerrados en el mundo teoló- 
gico por excelencia, en el Oriente, como nuestra edad 
tachada de escépticapor obscuras supersticiones que quie- 
ren á toda costa denostarla. Fatigarían la memoria los 
nombres de los sabios que han estudiado la religión me- 
cánica del pueblo chino; que han descrito la trinidad in- 
dia y la divinización del mundo en aquellos poemas do 
luz; que han mostrado cómo Buda extendió su doctrina, 
puramente moral, por pueblos innumerables; que han 
visto el primer asomo de la libertad en el dualismo per- 
sa y el primer borrador do la persona inmortal en la 
momia egipcia; que han hallado en los mitos sirios de 
la consunción del Fénix en la propia vida y de la muer- 
te de Adonis las primeras apoteosis del dolor; que han 
desenterrado las moles sumidas en las calcinadas arenas 
del desierto, arrancando á los jeroglíficos el enigma de 
sus ideas y recogiendo el aroma de las primeras oracio- 



54i 

nes inspiradas por la religión de la naturaleza á las al- 
mas, aleteando, como avecillas en su nido, allá en las 
primeras edades de la historia y en las primeras auroras 
del espíritu. Así como la filosofía de la historia es uñado 
las ciencias propias de nuestro tiempo, lo es también la 
filosofía de la religión. ¡Qué enlace tan misterioso han 
hallado los filósofos entre las formas del lenguaje y laí^ 
formas de las creencias! ¡Qué horizontes ha abierto á la 
historia moderna la entrada de nuestro espíritu investi- 
gador en las pagodas indias! ¡Qué enjambre de ideas ha 
levantado la revelación científica del secreto encerrado 
en los jeroglíficos egipcios! ¡Qué diferencia entre la son- 
risa escéptica de los enciclopedistas delante de todos los 
dioses y nuestro recogimiento religioso en la contempla- 
ción de esos templos que guardan el primero y el último 
suspiro de tantas generaciones y que flotan, como naves 
místicas llenas de esperanzas, en el eterno diluvio de 
nuestras lágrimas! Las nuevas ideas etnológicas sobre 
las razas arias y las razas semíticas; las nuevas ideas 
filológicas sobre la serie de las lenguas; las nuevas ideas 
históricas sobre el crecimiento de la conciencia himiana 
en los dogmas, se parecen hoy á larvas, prontas á tomar 
alas, en cuanto las anime el calor de una primavera poé- 
tica, que la inspiración tiene sus estaciones como la na- 
turaleza. Nos bañamos en ríos de ideas nuevas cuando 
Anquetil nos trajo el Zend-Avesta, y Sacy los mitos de 
Siria, y Champolion el enigma de las inscripciones egip- 
cias que al comienzo de nuestra era contaban ya sesen- 
ta siglos de antigüedad, y Bournonf los primeros rudi- 
mentos de las gramáticas arias, y Grim la relación entre 
las lenguas modernas y las primitivas lenguas asiáticas, 
y Max MüUer los Vedas y las últimas revelaciones del 



545 

sánscrito, en las cuales vimos vaciarse, como en su mol- 
de propio, desde el griego y el latín hasta nuestras moder- 
nas lenguas europeas. No conozco poema comparable al 
construido por la historia de las religiones, tal como la 
comprenden los modernos. En esos altares derruidos que 
pueblan las riberas del Mediterráneo; en esos templos de 
la muerte donde Isis se envuelve en su velo sembrado de 
estrellas de oro; en esos colosos que sacan sus frentes, 
como náufragos, entre las ondas de arena; en esas esfin- 
ges que las palmeras sombrean y las ruinas sustentan; en 
todos esos dioses dispersos por el planeta hemos leído las 
esperanzas, las aspiraciones, las plegarias, los deliquios 
que ha exhalado el género humano para llenar la in- 
mensa distancia existente entre lo finito y lo infinito con 
coros de aspiraciones resplandecientes, cuya luz destella 
místicas y consoladoras ideas. Sobre todo, la religión 
pagana, la religión heleno-latina, encontró en nuestro si- 
glo intérpretes que casi la revelaron de nuevo á la hu- 
manidad. Las polémicas entre Kreuser y Müller tuvie- 
ron tal ardor, que se dirían empeñadas por dogmas ado- 
rados y vivientes. Ellos nos revelaron las edades del pa- 
ganismo: la primitiva y sencilla en los dioses cabires; 
la sacerdotal en Orfeo; la teocracia en la aparición y di- 
fusión del mito de Apolo venido de Oriente; la primer ten- 
dencia antropomórfica en el mito de Baco, que se ase- 
meja .á nuestras primeras herejías en la Edad Media; el 
antropomorfismo puro en Homero, cuyo poema traza la 
protesta de la libertad heroica contra la antigua teogo- 
nia jerárquica y sacerdotal; la descomposición de todos 
los dogmas en el análisis de la ciencia filosófica, el cual 
se extiende desde el primer poema de Xenophanes hasta 
el último libro de Séneca; la filosofía positivista en Eve- 

35 



546 

hemero; la reacción en la escuela alejandrina y neo-pa- 
gana, que admite la Trinidad y el Verbo, pareciéndose 
así las doctrinas antiguas á las doctrinas cristianas, en 
esta última transformación, como los grandes ríos al mar 
en su desembocadura y en su desagüe. Tal conocimiento 
de la antigüedad ha conseguido que los dioses paganos 
aparezcan en la literatura contemporánea, no á la ma- 
nera del pasado siglo en la escuela clásica, como símbo- 
los é imágenes de ideas universalmente conocidas, sino 
vivos y regocijados, cual si todavía creyeran las gentes 
en su diyijiidad y la adoraran á una en los marmóreos 
templos. Si los primeros poetas griegos, los más religio- 
sos, aquéllos que al son de sus cítaras elevaban, no tan- 
to canciones como plegarias, volvieran á la tierra y co- 
nocieran al mayor poeta alemán después de Goethe, cree- 
rían que los dioses acababan de morir ahora mismo, al 
oírle quejarse de que el oráculo no hable ni en las encinas 
de Dodona ni en los laureles de Delfos; dolerse de que el 
Zeus Olímpico no truene en el Parthenón, ni la sabia 
Athene sonría bajo los olivos de la Ática; preguntar por 
qué los caramillos de los faunos ebrios no resuenan en 
las majadas y oteros, y los cuerpos de las sirenas griegas 
no palpitan turgentes en las ondas, y la voz de las Cir- 
ces mágicas no se exhala seductora de los escollos sono- 
ros, y el verde Glauco ceñido de algas no nada juvenil 
en el mar tranquilo, y la Bacante con su tirso de oro en 
la mano, su piel de tigre á la espalda, su corona de pám- 
panos en las sienes, no anima las vendimias; y en el Ti- 
rreno, y en el Adriático, y en el Egeo se oye una voz 
plañidera anunciando la muerte del Dios Pan, y con ella 
la extinción de la vida en el seno de la naturaleza y la 
extinción de la serenidad y de la armonía en los cielos 



II ^'Jl^^ H*-T - 



547 

del arte. Esta armonía se ha roto, porque el espíritu hu- 
mano se ha agrandado desmedidamente, porque ha bebi- 
do la inmortalidad en la copa donde bebió Sócrates la 
muerte, y ha visto á Dios en la cruz, en el patíbulo de 
los esclavos, donde murió el Redentor de los hombres. 
La obra principal del cristianismo fué separar la con- 
ciencia del Estado; sostener que la religión debe ser 
creída y observada por los mandatos espirituales de 
Dios y no por las fuerzas coercitivas del poder público. 
Tal sentido tiene la palabra de Cristo: dad á Dios lo que 
es de Dios y al César lo que es del César. La teocracia 
y la autocracia quedaron \ muertas de un golpe. Toda 
coacción ejercida sobre la conciencia fué desde enton- 
ces un crimen contra la humanidad y un desacato al 
Eterno. Los circos se poblaron de mártires, que deja- 
ban su vida entre las garras de las fieras, por no de- 
jar su conciencia bajo la autoridad de los magistrados. 
Frente á frente de la religión del Estado se elevó la re- 
ligión del espíritu. Y pasó á ser axiomático que la fe re- 
ligiosa debe provenir de lo íntimo de la conciencia y no 
de la externa autoridad pública. Pero como las ideas ca- 
minan tan lentamente en la vida real, así como el prin- 
cipio filosófico de la conciencia libre, por Sócrates pre- 
dicado, no pasó al sentido general religioso sino merced 
á Cristo, el principio predicado por Cristo no pasa á las 
leyes generales de la sociedad y á las alturas del Estado 
sino por medio de la moderna libertad religiosa. Si qui- 
siéramos calificar con una sola fórmula nuestro tiempo, 
Uamaríamosle el tiempo de la separación absoluta entre 
la conciencia y el Estado, ó mejor, mucho mejor, llama- 
riámosle el siglo de la libertad religiosa. Y esta libertad 
religiosa nuestra ha acrecentado la persona humana. 



518 

porque ha acrecentado la conciencia; y acrecentando la 
persona humana, ha acrecentado también la poesía líri- 
ca. Es más bella y más santa y más cristiana la pa2^ de 
nuestro siglo, que las antiguas guetras y las antiguas 
persecuciones religiosas. Exhala de su seno más poesía 
la mártir, cuya cabeza cae tronchada como una flor so- 
bre la arena donde se celebran los holocaustos á la con- 
ciencia libre, que el César, su juez, ó el esbirro, su ver- 
dugo, ó el populacho, su enemigo y denostante. Exhala 
más poesía que. el horno donde ardieron los niños he- 
breos de Babilonia, que el potro donde atormentaron por 
bruja á la infeliz Juana de Arco, que el brasero cuyas 
llamas devoraron á Servet, que el montón de cenizas á' 
que redujeron los huesos de Savonarola, que el patíbulo 
de Juan Hus y Jerónimo de Praga, que la inquisición de 
Felipe II, que las persecuciones de Luis XIV, que las iras 
de María la Sanguinaria contra los protestantes ó las iras 
. de Isabel Tudor'contra los católicos, que todos estos re- 
flejos del odio, cualquier tranquilo y apartado espacio, 
en el cual, á la sombra del humano derecho, se dilata la 
libre conciencia, como upa ciudad á orillas de lagos ce- 
lestes, al pie de montañas inaccesibles, en tierra prepa- 
rada por larga historia á la forma definitiva del espíritu 
moderno, y donde se ve dibujarse aquí la Sinagoga re- 
sonante con los cantares que brotaron á las orillas del 
Eufrates ó en los arenales de Palestina; allá la iglesia 
puritana que ha educado á la América del Norte; acullá 
el templo griego que ha civilizado el Oriente; más lejos 
la capilla anglicana, que refleja el alma de la nación 
británica; sobre todo, la aguja de la catedral católica, á 
cuya sombra viven los pueblos más ilustres del planeta; 
cimas del espíritu humano, el cual busca por la variedad 



549 

ingénita á su naturaleza los caminos de la gloria, y que 
allá, en lo infinito, se encuentra con la unidad de D.ios, 
á manera que las diversas atmósferas incoloras ó invisi- 
bles forman en la inmensidad el claro azul de los cielos. 
Y no me digáis que esta libertad ha concluido con la 
poesía religiosa en nuestro tiempo, ¿Creéis, de veras, 
que no e;xiste la poesía religiosa en nuestro tiempo? 
Quien desee sentir en toda su grandeza el día de la Re- 
surrección, lea el canto último de la Mesiada de Klosp- 
tok, y oiga el himno de los muertos revividos, acompa- 
ñado por las cadencias de las arpas seráficas. Quien desee 
sentir cómo la sangre de Cristo ha lavado todas las cul- 
pas y el árbol de la cruz ha hundido sus raíces hasta en 
el antro de todos los males, que lea la divina epopeya de 
Soumet. La plegaria tierna, efusiva,, mística, hablará el 
lenguaje de la oración por todos, que Víctor Hugo ense- 
ña á su hija inocente, parecido en su susurro, al primer 
gorjeo del ave, al cáliz entreabierto de la violeta, á la 
estrella de la tarde en el desierto cielo, á la campanada 
del Ave María en la alta torre de la iglesia. El cántico 
de Lamartine á Dios reúne las sublimes ideas de Platón 
á la forma concisa de Isaías. Pero ¿á qué extenderme? Si 
los siglos tuvieran su valle de Josafat, como los indivi- 
duos, bastarían estas obras sublimes para que muchas 
faltas le fueran perdonadas á. nuestro siglo y pudiera re- 
cogerse y asentarse á la diestra del Eterno. 

Señores: si abrazáramos de una ojeada los dos extre- 
mos de la historia, veríamos claramente cómo todos los 
esfuerzos del género humano se han reducido á pasai* de 
la esclavitud, en que primeramente le avasallara la na- 
turaleza, á la plena y entera libertad que le procura la 
ciencia. Esclavo en el mundo material de fuerzas fatales 



550 

que no puede modificar, encuentra el primer grado de su 
emancipa9ión progresiva en la sociedad, cuyas leyes, 
aunque existan necesariamente, si no pueden ser des- 
truidas, pueden ser modificadas por nuestra voluntad y 
nuestra inteligencia. Pero este grado de libertad üo bas- 
ta al hombre, y entra en el arte, donde la naturaleza 
sirve de símbolo á la idea, y llega á la religión y á la 
ciencia, donde alcanza hasta lo infinito, hasta lo absolu- 
to, por medio, ora de la fe, ora de la razón. Si queréis, 
negadle otros atributos al siglo; pero no le neguéis que 
es el siglo de la ciencia. Conozco que los tesoros cientí- 
ficos allegados por otras edades sirven mucho á la edad 
presente, bien al revés del arte, en que son eminentemen- 
te individuales así la inspiración como el ingenio. Pero 
no dudéis que ciertos progresos bastan á engrandecer y 
sublimar á nuestra edad. Los telescopios que llegan á 
quince leguas de la luna, los reflectores que corrigen las 
impurezas del cristal, han abrillantado y engrandecido 
las regiones sidéreas. La unidad de la materia se ha vis- 
to, descomponiendo hasta la última nebulosa, en las ra- 
yas del espectro solar. La teoría de la unidad de las fuer- 
zas ha mostrado cómo se enlazan la luz, el calor, la elec- 
tricidad, el magnetismo y el movimiento. La química ha . 
encontrado el alma del fuego como el alma del agua. Se 
ha revelado la identidad de los metales en el sol y en la 
tierra, parecida á la identidad de la nube lejana, que flo- 
ta en la atmósfera, con la lágrima de dolor que rueda 
por nuestra mejilla. Si á otro siglo le ha tocado mostrar 
la gravitación universal y la armonía entre los astros, 
hale tocado al nuestro mostrar las afinidades entre las 
moléculas y su cohesión misteriosa en los cuerpos. La 
historia de la tierra es la obra casi exclusiva de nuestra 



551 

edad. Las clasificaciones nuevas de las ciencias natura- 
les también nos pertenecen por completo. Hemos en- 
contrado las leyes á que obedecen desde el hisopo hasta 
el cedro, y por el estudio de las hojas hemos deducido la 
serie sistemática y armónica de todas las plantas. Np di- 
gamos nada del conocimiento de la tierra y de sus espe- 
cies animadas. 

Cuan sublimes las historias de nuestros viajeros, mo- 
vidos solamente por amor á la ciencia, sin auxilio de 
ningún Estado, exentos de toda codicia, como puros mi- 
sioneros, recorriendo lo interior del África y explorando 
las ignoradas fuentes del Nilo. Cuan reveladoras las no- 
ciones de los tiempos prehistóricos y de las edades ^e 
piedra y de hierro. Así desde el Trópico al Polo, nunca 
fué como hoy escudriAado el planeta. Y lo mismo suce- 
de con el hombre. Desde la fisiología hasta la psicología; 
desde la relación que existe entre el arpa de nuestros 
nervios y la electricidad difusa por la atmósfera; desde la 
descomposición de la luz en sus colores fundamentales 
hasta la descomposición del pensamiento en sensaciones, 
nociones é ideas; desde la asimilación de las moléculas 
por el cuerpo hasta la asimilación de las creencias por 
el alma; desde el poder que tiene el medio ambiente en 
nuestra complexión fisiológica hasta el poder que tiene 
la raza y la patria en nuestra complexión moral; desde 
la física hasta la metafísica; desde la estética hasta la 
historia; desde la química orgánica hasta la geología; 
desde la clasificación de los seres hasta la clasificación 
de los sistemas; toda esta serie maravillosa de conoci- 
mientos ha esclarecido los abismos encerrados en el al- 
ma y en el universo, iluminando al hombre que ve la 
idea de las cosas y que las eleva á lo infinito y las enla- 



5ía 
za con lo absoluto y con lo eterno. Jamás tuvieron, pues, 
tantos materiales, ni la poesía lírica y dramática ni 
las artes plásticas. La misma metafísica ¡qué crecimien- 
to ha obtenido! Ni Aristóteles supo señalar las diferen- 
cias que hay entre la sensibilidad y la inteligencia, en- 
tre la inteligencia y la razón, entre la razón y el juicio, 
como la escuela crítica; ni Platón alcanzó la virtud crea- 
dora de las ideas y la realidad objetiva de la lógica, co- 
mo la ha alcanzado la escuela hegeliana. Es verdad que 
las ciencias experimentales han pretendido invadir los 
dominios de las ciencias especulativas; pero también es 
verdad que nunca adelantó de la suerte que hoy ha ade- 
lantado el problema de los problemas, explicado antes por 
sistemas tan fantásticos como la armonía preestablecida ó 
el mediador práctico, el problema de las relaciones entre 
el alma y el cuerpo, entre el agente que conoce y el ob- 
jeto conocido. Nunca se vio tan clara la compenetración 
estrecha entre la idea y el ser. Nunca se comprendió 
tan verdaderamente que los hechos no caminan al acaso, 
sino dirigidos por el pensamiento. La historia de la filo- 
sofía ha resultado, como anunciaba el más grande pen- 
sador moderno, la historia universal. La lógica creció 
al par que la mecánica; la metafísica al par que la físi- 
ca; el conocimiento de la naturaleza orgánica al par que 
el conocimiento de las facultades del alma; la geología 
al par que la historia; la fisiología de las plantas, de los 
animales y de los hombres, al par de la fisiología de 
las instituciones, de las leyes y de los códigos; la vida 
entera, y bajo todos sus aspectos el inmenso y divino 
universo. El árbol de la ciencia sube más allá de las 
constelaciones del cielo, y ahonda en las profundidades 
del espíritu: que si el universo material es como una 



553 

condensación *del éter, el universa científico es como 
una condensación del pensamiento. Pero no olvidemos, 
señores, no lo olvidemos, como suele suceder con fre-' 
cuencia, que así como no hay combustión posible sin 
oxígenb, tampoco hay ciencia posible sin libertad. Ó la 
ciencia no es nada, ó la ciencia es la verdad alcanzada 
por las fuerzas de la razón. Si blasfema quien arranca 
del sentimiento la fe, blasfema quien arranca de la 6ien- 
cia la soberanía de la razón. No hay acción moral sin 
libre albedrío; no hay idea científica sin libre investiga- 
ción. Ninguna autoridad coercitiva puede, aunque fun- 
da el cetro de todos los reyes y la espada de todos los 
conquistadores, cosa alguna, ni contra la razón ni so- 
bre la razón. Nuestro siglo es el siglo de la difusión de 
la ciencija, porque nuestro siglo es el siglo de la libertad 
del pensamiento. Oigo murmurar en mi oído estas pa- 
labras: por lo mismo que es el siglo de la ciencia, no 
puede ser el siglo de la poesía. ¿Cómo? En todo tiem- 
po han caminado juntas por la tierra estas dos hijas del 
cielo. En el mismo siglo nacieron Sófocles y Sócrates, 
Cicerón y Virgilio, Santo Tomás y el Dante, Garcilaso y 
Arias Montano, Pereira y Cervantes, Pascal y Racine, 
Shakespeare y Bacon, Kant y Goethe, Hegel y Víctor 
Hugo. Por lo menos, dirán otros, la ciencia moderna 
destruye la idea de Dios, y destruyendo la idea -de Dios 
ciega la fuente de toda poesía. No lo creáis, señores, no 
k) creáis. Cada grande sentimiento, que mueve el cora- 
zón, lo impulsa al amor divino; cada idea que ilumina 
la inteligencia, la acerca á lo absoluto; cada estrella que 
columbramos en lo infinito, añade como una nueva le- 
tra al nombre incomunicable del Creador. En la aurora 
y en el ocaso, en el estruendo de las tempestades y en 



554 

la música de las brisas, en el mar surcá&o por estelas 
fosforescentes y en el cielo lleno de astros, Dios mío, la 
sensibilidad te adivina como creador; en el inmenso río 
de los hechos, en la escena cambiante de la historia, en 
esas tragedias que todos los siglos repiten y en ese com- 
bate perdurable entre el bien y el mal, la intuición te 
presiente como providencia; en la ley moral, en la vir- 
tud, en la caridad, en el amor, en el misionero que de- 
safía los elementos por llevar almas á la luz, en la her- 
mana de la caridad que aparece sobre los campos de ba- 
talla, el corazón te ama como bondad suprema; en el ar- 
te, en los acordes de la lira, en^ las líneas de los monu- 
mentos, en las reverberaciones de la inspiración, la fan- 
tasía te contempla como la eterna belleza; en los alta- 
res, bajo la bóveda de los templos, á través de las ple- 
garias y las nubes de incienso, la fe te adora; y en la 
ciencia la razón te conoce; y el alma entera desea vivir 
y morir en tus inmensos senos. 

Nuestro siglo tiene su ideal. Y como tiene su ideal, 
tiene también su altísima poesía. Cada género poético 
nace en la edad que verdaderamente le cuadra y con- 
viene. La poesía épica es la poesía de la fe. Por tal ra- 
zón, no reaparece en el mundo antiguo, después del si- 
glo quinto anterior á Cristo; ni en el mundo moderno, 
después del siglo decimotercio posterior á Cristo. La poe- 
sía dramática es la poesía de la acción. Por tal motivo 
florece en Grecia tras las primeras guerras módicas; en 
España, tras las primeras conquistas americanas; en 
Inglaterra, tras las primeras competencias religiosas; en 
Francia, desde las revoluciones de la Fronda hasta los 
últimos días del reinado de Luis XIV. Y la poesía lírica, 
personalísima por excelencia, es la poesía de la libertad, 



555 

la poesía de nuestro siglo, el cual en este género puede 
competir con todas las edades y aun superarlas y vencer- 
las. ¡Poco poético el siglo decimonono! Sólo subiendo á 
los tiempos medios, á las luchas que se empeñaban allá 
en aquellas universidades llamadas por antonomasia es- 
colásticas, entre nominalistas y realistas, halláranse sen- 
timientos tan fervorosos como los que despertaban aquí 
los combates entre clásicos y románticos. En Francia los 
clásicos sustentaban las antiguas tradiciones y los ro- 
mánticos la innovación revolucionaria; en Alemania, al 
revés, los románticos pugnaban por la reacción y los 
clásicos por la libertad; pero en uno y otro pueblo, el 
empeño mutuo y el mutuo contraste crecían hasta tomar 
las peripecias de una guerra épica, en que las ideas pug- 
naban unas con otras, como las legiones invisibles de 
genios y de ángeles en las antiguas teogonias. Nuestro 
siglo ha merecido llamarse el siglo de oro en la poesía 
germánica. Nuestro siglo ha visto nacer dos literaturas 
hermosísimas: en el extremo Norte de Europa la mosco- 
vita, que se envanece con los nombres de Pouckine, Go- 
gol y Lermontoff; en el extremo Norte de América la 
anglo-sajona, que se envanece con los nombres de Poe, 
de Emerson y de Longfellov. Nosotros mismos, en aque- 
llas apartadas tierras, eternamente españolas por su his- 
toria, por su lengua, por su religión, hasta por su demo- 
cracia, hemos oído á cantores como Bello que han au- 
mentado, si cabe, la belleza de la lengua; como Caro, 
que han enardecido el amor á la libertad; como Heredia 
y como Plácido, que han derramado en nuestra fantasía 
la vida exuberante de los Trópicos. En el Oriente euro- 
peo, la resurrección de pueblos, antes dormidos y aca- 
llados en su servidumbre, ha hecho surgir una poesía 



536 

popular, tdn tierna y tan bpUa, como esas ramas brota- 
das en añosos y cuasi secos troncos. El Norte entero ha 
brillado,, á la manera de una de esas noches del Polo. que 
relumbran al reflejo de las rojas auroras boreales en el 
cristalino Océano de apretado hielo. Una iglesia escan- 
dinava, la catedral de Land, ha presenciado un espec- 
táculo como aquéllos que nos ofreció el Renacimiento 
italiano desde el Petrarca hasta el Tasso: la coronación 
del gran poeta nacional de Dinamarca por las manos mis- 
mas de sus vencidos y eclipsados rivales. Y al igual de 
Dinamarca, su hermana de sangre y de raza, Suecia, ha 
visto nacer su poeta popular en este siglo; poeta cuya 
lira ha cantado desde la primera comunión de los niños 
en las iglesias de la aldea, hasta los combates de los hé- 
roes escandinavos en sus antiguas guerras. Y si nos acer- 
camos al centro de Europa, veremos que la poesía na- 
cional húngara ha tenido para engrandecer su historia 
antigua el poeta épico Yorosmarty, como para alentar- 
se en" los combates de la libertad su poeta lírico Poetefi, 
muerto en las batallas por la patria, el año. cuarenta y 
ocho, de tan misteriosa suerte, que no ha reaparecido su 
cadáver, como si el genio de nuestro tiempo hubiera que- 
rido llevárselo en alma y cuerpo á la inmortalidad y á 
la gloria. Mas ¿á qué cansarnos? Pese á quien pese, no 
puede llamarse decadente una literatura que cuenta en 
Italia á Leopardi y á Manzoni, en Francia á Lamartine 
y á Víctor Hugo, en Inglaterra á Dickens, en Portugal 
á Herculano, en España nombres que no escribiré por 
no herir la modestia de los que los llevan con tanta hon- 
ra, y con tan perdurable renombre los legarán á lo por- 
venir y á la historia. El siglo decimonono es un siglo 
poético. Por nuestras ruinas se oyen himnos tan caden- 



r 



557 

ciosos como si habitara eternamente en ellas el tierno 
sentimiento de Garcilaso y la enérgica sublimidad de 
Calderón; por esa Francia, de suyo recta y un tanto fría, 
centellea sublime ingenio, que á las hipérboles de Gón- 
gora junta la homérica sencillez del Romancero; celeste 
legión de laureados vates se alza sobre los bajos relieves 
de Italia; resuenan las orillas del Rhin con esas bala- 
das, armoniosas como las ondas del río ó indecisas como 
las gasas de sus nieblas; en las nieves de las regiones 
polares gorjean nidos de ruiseñores que muestran la poe- 
sía, como el Qppíritu humano, habitando en todos los 
pueblos y extendiéndose por todas las latitudes. Las on- 
das del Danubio cantan como las ondas del Rhin; las 
crestas del Rhodope repiten los acentos dé la guerra y 
los acentos de la epopeya; los soldados servios corren á 
pelear contra los turcos, después de oir al rapsoda man- 
tenido por la caridad pública, como en los tiempos an- 
tiguos, el romance en que se cantan los sacrificios de sus 
padres en Kossovo, el Guadalete ó el Alarcos de Orien- 
te; las inmensas llanuras de Hungría y de Rumania se 
pueblan á los conjuros del arte con las sombras de los 
héroes históricos; y mientras las selvas vírgenes del 
Nuevo Mundo, henchidas de aromas embriagadores, ele- 
van la poesía de la esperanza, alimentada por la vida 
exuberante y por los ardores del trabajo, en el vasto ce- 
menterio donde nacieron los •poetas y los dioses, en 
aquellas soledades de Grecia, exhaustas por el exceso 
mismo de su gloria, en el Pindó, en el Hibla, en las Ter- 
mopilas se canta el heroísmo, como en los tiempos de 
Leónidas, y se combate y se muere por la libertad y por 
la patria. 
No acabara nunca si dijera cuáptas grandezas poéti- 



558 

cas, dignas de equipararse con sus grandezas industria- 
les, encierra este siglo nuestro, rico y vasto como el 
mar, que contiene algas y esponjas, corales y perlas, de- 
tritus de organismos destruidos y gelatinas donde se en- 
cierra el germen de nuevos organismos. Así el empeño 
de cuantos amen á la patria con amor desinteresado y 
puro, debe ser bañarla en las aguas fortificantes del es- 
píritu moderno, que robustecen y purifican, dando li- 
bertad al pensamiento, salud y energía al cuerpo. ¡Oh! 
para crecer las naciones necesitan servir á las ideas. ¿Y 
qué idea superior á las fundamentales y características 
de éste nuestro tiempo? Acerquemos á ellas nuestra gran 
nación. España no puede dolerse de la parte que, en la 
distribución de sus dones, hanle de consuno reservado la 
Providencia y la Naturaleza. La estrella de la tarde, la 
esposa del sol, guarecida por sus cordilleras, besada de 
dos mares que la ciñen á porfía con sus ondas y con sus 
espumas, abierta por sus amigas playas y sus seguros 
puertos á todas las naveá del mundo; tan verde, tan hú- 
meda, tan blanda, como Escocia en sus provincias del 
Norte, y tan ardiente, tan bella, tan luminosa, como Ita- 
lia en sus provincias del Mediodía; idilio helvético su 
Noroeste, donde las altas montañas compiten con las se- 
renas rías, juntándose los picachos y los valles, los ni- 
dos de los ruiseñores y los nidos de las águilas; epopeya 
semítica el Sudeste, con sus arenales que el simoun abra- 
sa y sus oasis que el azahar perfuma; paleta de mil co- 
lores sus costas mediterráneas, de arenas rojas y auras 
esmaltadas por aguas celestes, de llanuras ceñidas por 
montañas que tiran á color de záfiro y por asiáticos pal- 
merales bordadas y griegas adelfas; fecundo el suelo, co- 
mo pocos, en toda especie de frutos, y rico el subsuelo, 



359 

como ninguno, en toda especie de minerales; cercana al 
África, cuyos vieijtos^ si encienden sobremanera sus ve- 
ranos, también dulcifican sus inviernos; unida á Améri- 
ca por esa cadena de islas, que empieza en Gades y con- 
cluye en Cuba, pasando por aquellas felices que debieron 
guardar la Atlántida de Platón; nuestra tierra reúne en 
Europa todos los productos y todos los climas europeos, 
como en el cuerpo reúne el cerebro todas las raíces de la 
vida^ y por tanto, eterna su grandeza, recobrará el an- 
tiguo influjo, eclipsado, pero no anochecido, y vendrá á 
traer en la futura historia la reconciliación á todas las 
razas, y vendrá á ser en los futuros tiempos la mediado- 
ra universal entre todos los continentes. 

No conozco escuela de virtud como el hogar; ni co- 
nozco hogar como el hogar español, que parezca al igual 
nido y templo; ni familia como la familia española, que 
acierte en tanto grado á unir el amor más efusivo con el 
respeto más supersticioso. Bien es verdad que lo han for- 
mado y lo han bendecido nuestras mujeres, no tan de ad- 
mirar y de querer por su hermosura incomparable, como 
por sus virtudes y calidades de aman tí simas esposas y 
próvidas y santas madres. Así el ideal podrá desapare— 
cer de todas las conciencias, pero siempre quedará en la 
conciencia española; el arte podrá enmudecer en todos 
los horizontes, pero siempre cantará en nuestros caldea- 
dos horizontes; la vida dramática podrá destruirse bajólos 
cilindros de la industria en toda Europa y no se destruí- 
rá en la tienda nativa del drama; la fe dejará de latir en 
todos los pechos, cuando todavía engendre aquí legio- 
nes de héroes y de mártires poseídos de la sed del sacri- 
ficio y enamorados rendidamente de la muerte. Así ha- 
brá siempre un arte español de inextinguible gloria, en 



560 
armonía con nuestro íntimo natural y nuestro carácter 
histórico. No me habléis de esas sabias combinaciones 
músicas, con que el talento matemático de los artistas 
del Norte concuerda tantos tonos discordes y combina 
tan bien instrumentos diversos en sus maravillosas sin- 
fonías; hijo de mi patria y de mi raza, con los oídos or- 
ganizados como el heleno antiguo y el moderno semita, 
solamente alcanzo á comprender la melodía, monótona 
y uniforme si queréis, semejante al sonido del aire en 
los desiertos, al eco de las ondas en las playas, á los tre- 
nos del profeta en Jerusalén y á los acentos de la guzla 
en la tienda; sí, la melodía llamada malagueña, polo, 
playera, saeta, que canta las tristezas y los deliquios de 
un amor inefable, el cual cree corta la vida para su du- 
ración, estrecho el universo á su grandeza, y desea en 
el dolor engendrado por el combate entre el sentimien- 
to y su expresión, explayarse allá en los espacios nece- 
sarios á su intensidad inmortal, allende la tumba, en lo 
infinito y en lo eternol Y no me digáis que se sabe bai- 
lar casta y noblemente allí donde no baila el pueblo al 
son de esa jota, que enardece la sangre y da el vértigo 
de los rápidos y contenidos movimientos; al son de esa 
muñeira y de ese zortzico, que recoge los ecos de la zam- 
pona en las majadas y en los oteros como ninguna otra 
égloga; al son de esa guitarra, acompañada por las pal- 
mas y las castañuelas, que despierta á la andaluza de su 
natural soñarrera, y la lanza sobre la mesa, en que cam- 
pean las cañas rebosantes de manzanilla y Jerez, á bai- 
lar, echada hacia atrás la cabeza, alzados los brazos al 
cielo, extáticos los negros ojos que abrasan, ligeros los 
breves pies como el aire, á bailar uno de esos jaleos, á 
cuyas cadencias y estremecimientos suspenden allá arri- 



56i 

ba, de celos y de envidia aquejadas, sus parabólicas y 
eternas danzas las estrellas. 

Y lo que digo del baile y dé la música, digo también 
de nuestras artes plásticas. Enseñadme espacio del pla- 
neta donde se combinen el bizantino con el sirio como 
aquí en España; y entre las ruinas romanas se vean los 
ajimeces asiáticos; y al través de la ojiva que recuerda 
las cruzadas el arco de herradura que recuerda á los Ca- 
lifas; y junto á las torres bermejas y sus estancias de es- 
talactitas empapadas en mil colores se alcen las agujas 
góticas exhalando religiosas plegarias; y el Oriente uni- 
do con el Occidente produzca nada tan original como 
los edificios mudejares; y la ornamentación sobrepuesta 
á las líneas cuasi helénicas de aquél haya dado cosa que 
se parezca ni de lejos á nuestro plateresco; y desde las 
iglesias románicas de Asturias, donde los cinceles rudos 
apenas debastan las piedras groseras á los patios árabes 
de Sevilla, donde al través del alicatado y de la alhara- 
ca se ve y se oye el surtidor cayendo en la alberca de 
mármol, recorra la imaginación una arquitectura, más 
varia y más hermosa en sus opuestas manifestaciones, 
que esta arquitectura española, verdadero ornato de 
nuestro territorio, esculpido y cincelado por todas las 
artes á porfía como uno de aquellos áureos escudos, 
obras predilectas del deslumbrador Renacimiento. Y he- 
mos poblado la majestad de tales edificios con las esta- 
tuas de Montañés, de Gano, de Zarcillo; y hemos cin- 
celado sus paredes con las guirnaldas que tejían sobre 
las piedras los buriles de Berruguete y de Borgoña. 

Mas en el género en que ostentamos originalidad tal 
que nadie puede disputárnosla con derecho, es en la pin- 
tura. Nuestro natural independiente nos ha preservado 

36 



562 
de las imitaciones artificiosas, j naestro sentido de la 
realidad nos ha impedido caer en lo convencional y ama- 
nerado. Nosotros competimos en belleza con Florencia y 
Roma, en verdad con Holanda v Alemania, en color con 
Venecia y Flandes, en idealismo con Asís y Pisa, aven- 
tajando quizá á todos por la nativa y diversa genialidad 
de nuestros pintores, tan rebeldes á las tiranías de la es- 
cuela, como nuestros mismos inmortales dramáticos. 
¿Sabéis de alguna decadencia duradera en ese divino arte 
español? Guando el saco de Roma dispersó á los discí- 
pulos de Rafael y la muerte de la república florentina 
hirió en el corazón á Buonarrotí, en aquel comienzo de 
la noche la hermosura perfecta renació, no por los pa- 
lacios de Mantua, donde Julio Romano, desposeído do 
su numen tutelar, tocaba en lo hiperbólico y en lo ex- 
travagante, sino por las iglesias de Valencia, donde sur- 
gían de la paleta de Juan de Juanes aquellos Salvadores 
descendidos del Tabor á sus tablas, despidiendo luz es- 
piritual como la que pudieran soñar los místicos en sus 
deliquios, y encerrados en líneas como las que pudieran 
trazar los escultores clásicos en los bajos relieves anti- 
guos. Guando la imitación servil, los procedimientos ar- 
bitrarios, la mezcla de escuelas opuestas, la falta de fe 
en el helenismo y en el cristianismo, en la religión de 
la hermosura y en la religión de la verdad, creó la sin- 
crética escuela de Bolonia, herida por irremediable de- 
cadencia, como todos los géneros híbridos, salieron de 
nuestros talleres en tropel aquellos apuestos caballeros 
y lujosas damas de Sánchez Goello, en cuyas frentes res- 
plandecían las señales de la gloria nacional y en cuyos 
labios sonaban los versos de Lope y de Herrera; aquellos 
jinetes y sus caballos dando al vientecillo arrebolado 



563 

del Guadarrama crines, plumas y bandas con tal arte, 
que las sentís crujir en vuestro oído; aquellos cíclopes 
presos en sus cavernas, cuyos desnudos han robado á la 
naturaleza los secretos de la encarnación y del organis- 
mo; aquellos bufones, tan grotescos y ridículos, como 
ca]>alleros y gentiles hombres los vencedores de Breda, 
capaces de recoger los trofeos de la victoria sin humillar 
la dignidad de los vencidos; todas aquellas figuras, re- 
producciones milagrosas de la realidad misma sobrepu- 
jada por el arte, respirando en atmósfera tan verdadera 
y luminosa que os entraríais por los cuadros á recoger 
en vuestra retina los cambiantes de la luz y en vuestros 
pulmones los soplos del aire; y sobre este universo de 
tantas formas y de tantos matices, como el cielo estre- 
llado sobre la tierra vivida, en nubes enrojecidas por las 
reverberaciones del sol sobre las aguas del Guadalqui- 
vir, entre coros de arcángeles y serafines que llueven 
rosas y agitan palmas, calzada por la luna, vestida del 
inmaculado candor y envuelta en el cerúleo manto, á 
los pies la culebra del mal herida y en las sienes los res- 
plandores de la luz increada, extáticos los ojos como em- 
bebidos en la gloria y alzado el pecho como para reco- 
ger y respirar la palabra creadora, va la virgen de Mu- 
rillo, como divino arquetipo, en cuyo casto seno renace 
la hermosura sin sombras del paraíso y recobra la mí- 
sera humanidad ya sin pecado su primitiva é inmacula- 
da inocencia. La ecuación establecida en nuestra pin- 
tura entre la naturalidad y la idealidad resulta de tal 
suerte íntima, que parece toda una estética en acción, 
superior, bajo mil aspectos, á un género especialísimo y 
concreto del arte. Y á la superioridad de esa estética 
atribuyo que ni la decadencia de la escuela bolonesa y 



56i 
napolitana imperantes en todo el siglo decimoséptimo, 
ni la decadencia universal del siglo último, hayan po- 
dido contagiar á la escuela española. Así, mientras los 
pintores más eminentes, corrompidos y contagiados de 
pésimo gusto, á una se malogran por su falso colorido y 
su servidumbre convencional, aragonés egregio, dotado 
de la gracia y de la naturalidad celtibéricas, al par que 
de creadora fantasía, esboza en imperecederas aguas 
fuertes las ideas de su tiempo, indecisas como las som- 
bras de su lápiz, y traza las figuras que pasan por su 
retina, abriendo á aquel pueblo, que á primera vista de- 
caído emprendió la guerra de la independencia, los cie- 
los del arte y los inflemos á la proterva corte que nos 
manchó con sus liviandades y nos vendió como un hato 
de ganado, por la codicia vil de un favorito, á la devas- 
tadora ambición de un extranjero. No, no decae la pin- 
tura española, como no decae el ingenio nacional, que 
puede hincharse unas veces, perderse en retruécanos 
otras, pero jamás extinguirse por completo. 

Bien es verdad que nuestra poesía se parece á nuestra 
pintura en su originalidad, en su independencia, en su 
menosprecio de las reglas convencionales, en su carác- 
ter romántico. Así tiene tres obras colosales: el Roman- 
cero, el primer poema épico de los tiempos modernos; 
el Oiüjote, la primer novela, y los dramas incompara- 
bles, que constituyen el primero sin duda alguna entre 
los teatros del mundo. Y no tenemos solamente aptitu- 
des artísticas y poéticas: tenemos también, diga lo que 
quiera una crítica superficial, grandes aptitudes cientí- 
ficas, reveladas al mundo desde los comienzos mismos 
de nuestra inmortal historia. Principiaba el imperio ro- 
mano, y la ciencia española constituía la moral práctica, 



565 

cuyos preceptos se confunden casi con los preceptos 
evangélicos, por ser los días del espíritu á semejanza de 
esos días boreales, que ven los crepúsculos vespertinos 
y matutinos mezclarse en los mismos resplandores. Su- 
cumbía la civilización latina, y eníre las irrupciones al- 
zábanse dos monumentos imperecederos, los dos nues- 
tros, á saber: un código sintético, el Fuero Juzgo, y un 
libro enciclopédico, las etimologías de San Isidoro; por 
todo lo cual nos pertenece en dominio directo y absoluto 
la ciencia entera de aquellos perturbados tiempos. Y más 
tarde, entre las guerras del feudalismo, bajo los terrores 
milenarios, cubierto el mar de piratas y de bandidos la 
(ierra, apagadas las pavesas de las ideas por la pesadum- 
bre de las ruinas, la ciencia anocheciera sin las ciudades 
españolas, que levantaban sus academias entre las tinie- 
blas y recogían la antorcha apagada en las manos de 
Atenas, de Alejandría y de Roma. Nuestros andaluces 
enseñaron á la entonces bárbai^a Europa la mecánica y 
la hidráulica; dieron al cálculo así la adelantada nume- 
ración índica, que sustituyó á la pobre numeración la- 
tina, como el álgebra que amplió la matemática; troca- 
ron el sayal de penitencia pegado á las maceradas car- 
nes monásticas por el limpio y fresco algodón; extendie- 
ron en el siglo noveno, en aquella obscuridad, la topo- 
grafía y la estadística; conocieron en el cielo ya las 
-manchas del sol, tan instructivas para los estudios as- 
tronómicos, y en la tierra las clasificaciones mineraló- 
gicas y zoológicas y botánicas, tan necesarias á los 
progresos del saber; sacaron de las retortas, no la pie- 
dra filosofal en vano buscada, algo más precioso, las 
aplicaciones de la química á la medicina; manejaron el 
bisturí con tal arte, que bien puede llamárseles sin exa- 



566 

geración los fundadores de la cirugía; pusieron los glo- 
bos terrestres y las esferas armilares y los astrolabios y 
las clepsidras en las escuelas, y completaron los relojes 
añadiéndoles el péndulo, cujas oscilaciones habían de 
notar más tarde las sinfonías ^e los mundos y las afini- 
dades y los amores de la atracción; construyeron los pri- 
meros observatorios astronómicos en torres tan gallar- 
das como la Giralda bética, y revelaron la refracción de 
la luz en nuestra atmósfera por medio de observaciones 
profundísimas; trajeron las bases de la óptica moderna, 
y siglos antes de las experiencias de Torricelli, adivioa- 
ron la gravedad del aire y las diversas densidades de 
sus alturas; impulsaron no solapiente la ciencia de las 
estrellas, sino también la ciencia de las ideas, esparcien- 
do en Pro venza, en Toscana, en Sicilia, en los templos 
del pensamiento, aquella filosofía por cuyos cánones vi- 
vió y se amaestró la Edad Media. Las gentes de los más 
remotos climas vinieron á nuestras universidades; los 
astrónomos de las más varias naciones calcularon por 
las tablas alfonsinas y admitieron el meridiano de Tole- 
do; una prosa sabia, en la cual se escribieron obras mag- 
nas como las Partidas, fijóse antes que se fijaran la prosa 
italiana, francesa y británica; las ideas todas del siglo 
decimocuarto refluyeron á la mente de Lulio, cima á 
la sazón del mundo intelectual, cima que da vértigos; 
antes de Bacon llamaba Vives el entendimiento á la ex- 
periencia contra las abstracciones y arbitrariedades es- 
colásticas; al par de Descartes buscaba Pereira las bases 
inconmovibles de la certidumbre psicológica; precediendo 
á Harvey, descubría Servet la circulación de la sangre, 
casi al mismo tiempo que nuestros navegantes comple- 
taban la vida planetaria con sus invenciones de continen- 



:>67 
tes T archipiélagos, las cuales evocaban nuevos edenes, 
nuevos hemisferios, nuevos astros, nuevas constelacio- 
nes en los inmensos espacios del cielo y florescencia uni- 
versal en los profundos senos de la tierra. 

Á estos admirables timbres aún reuniremos otros ma- 
yores el día que pongamos todas nuestras virtudes á ser- 
vicio de lo único que puede avivar hoy el ánimo de las 
naciones, á servicio del espíritu moderno. Gomo alternan 
los vientos ardentísimos y fríos en nuestras estaciones; 
como resaltan las sombras y la luz en nuestros horizon- 
tes, de igual suerte suelen sucederse cambios en nues- 
tros deslinos y tránsitos de edades procelosas y tri.stes ¿\ 
edades afortunadas y serenas. Más amigos del combate 
que del trabajo; más confiados en los favores de la for- 
tuna que en las acumulaciones del ahorro; difíciles á los 
rigores de la disciplina social y fáciles á los llamamien- 
tos de las aventuras fabulosas con tal que las cohonesto 
y las justifique el valor; poco previsores en los negocios 
públicos y en los particulares; apasionados y entusiastas 
por extremo; creyentes, y como tales, si inaccesibles á 
la duda, nada duchos en el examen prolijo de las ideas y 
de las cosas; á cambio de esto, reunimos aptitudes cual 
ningún otro pueblo: reunimos á la vehemencia la cons- 
tancia; á la viveza del sentimiento la energía de la vo- 
luntad; á las más profundas convicciones respecto de la 
fundamental igualdad humana los puntos de honor con- 
génitos con nuestra altivez y dignidad nativas; á los ins- 
tintos democráticos los inslintos caballerescos; á la inde- 
pendencia personal afecto devotísimo por la patria; á la 
lucidez de la inteligencia, tan extensa como perspicua, 
el brillo de la fant-asía, tan poderosa como fecunda; á la 
intuición soberana el carácter reflexivo; á los arrebatos 



568 
y á los impulsos, la resistencia, el menosprecio por los 
intereses de un día, la inclinación al sacrificio; al ardor 
de la sangre meridional la frugalidad más austera; á 
cierta complexión de penitentes y á un orgullo que no 
mide los obstáculos, como en el esplendor de nuestra at- 
mósfera luminosa apenas pueden medirse las distancias, 
y á un idealismo tan etéreo que mantiene nuestra apti- 
tud para todo hasta en medio de todas las decadencias, 
incontrastables aspiraciones á lo extraordinario, aunque 
raye en lo imposible, y necesidades continuas del drama 
hasta en la vida vulgar, y del esfuerzo aunque sea en la 
guerra; calidades las cuales, en medio de los adelantos 
de su industria y de su política y de sus riquezas, exigi- 
rá y necesitará Europa algún día para enardecer en el 
sentimiento su corazón algo aterido y caldear su razón 
sobrado positivista en las virtudes que suscita la fe y que 
conservan el entusiasmo y el amor, esos generadores de 
todas las sublimes y duraderas grandezas. 

Así España ha cansado á la historia. Ni la captó el 
cartaginés sino después de haber salvado su honor en 
las llamas de Sagunto; ni la venció el romano sino des- 
pués de un combate que durara centurias, cuando dos 
batallas bastaban para descorazonar á los heroicos galos 
que subieran al Capitolio y mesaran las barbas de los 
senadores y un paseo para sojuzgar á los pictos y á los 
britanos. Nuestros fuertes cántabros preferían el suicidio 
en las amargas ondas, á testificar con su terrible presen- 
cia, en la vía sacra, el cautiverio y la derrota; y nues- 
tros cultos andaluces vencían á los vencedores del orbe, 
dándoles sus primeros Césares, sus primeros filósofos, 
sus primeros dramáticos y sus primeros épicos . Sintéti- 
ca como nuestra tierra, nuestra raza unió antes que nin- 



569 

guna otra los residuos de la cultura latina con la sangre 
de la gente goda, y la severa idealidad católica con los 
sensuales estros del Oriente. Cada provincia escribió una 
epopeya: si Cantabria detuvo á los romanos, Asturias á 
los árabes, Galicia á los normandos, Navarra á los fran- 
cos; y las gentes que bajaban del Pirineo calzadas con 
toscas abarcas, y los mercaderes que anudaban el co- 
mercio moderno en Barcelona, dilatáronse con el Ebro, 
por cuyas frescas riberas combatían y trabajaban; di- 
latáronse por el Mediterráneo y sometieron mil regio- 
nes célebres por su vieja historia, mientras las gentes de 
Andalucía y Extremadura se dilataron por el Océano 
y dieron á la tierra nuevos mundos. El planeta entero 
guarda por todas partes testimonios, como del fuego 
creador, del genio español. Sin desconocer nuestras 
deplorables empresas contra gran parte de los progre- 
sos modernos; sin olvidar la guerra insensata declarada 
por nosotros á la más necesaria de todas las libertades, 
á la libertad de conciencia; maldiciendo y abominando, 
con toda nuestra alma, de la inquisición y del absolutis- 
mo, capaces de agotar fuerzas tan gigantes como las 
fuerzas de nuestra raza, debemos decir que, á pesar de 
tales errores, dejamos en todas partes testimonio de 
nuestra nativa grandeza. No podéis ir á la cuna del sol 
sin hallar la estela de las naves lusitanas, ni al ocaso 
del sol sin encontrar la estela de las naves españolas; 
pues sin exageración puede decirse que la Península 
ibérica ha redondeado el planeta y ceñídolo, como de 
un zodiaco indeleble, con la guirnalda de sus hazañas y 
de sus glorias. Los árboles de la India asiática murmu- 
ran las estancias de Gamoens, y las ondas del cabo de las 
Tormentas el nombre de Gama; los fuertes legionarios 



570 

que acampan á las orillas del DaDobio por las llanaras 
de Romanía, aquellos legionarios de Trajano, cuyos fó- 
rreos pechos opusieron como vivas murallas tanta resis- 
íencia á las irrupciones bárbaras, consagran religioso 
culto á su patria, Sevilla, y suspiran por el Guadalqui- 
vir, el río de sus padres; la hermosa Grecia no puede 
olvidar que, en la Edad Media, supimos defenderla con- 
tra sus enemigos con las huestes catalanas y aragone- 
sas, mientras en la Edad Moderna despertarla al comba- 
te por su independencia con la voz tonante de nuestras 
revoluciones; la prestigiosa Constan íinopla sabe que la 
espada de los guerreros españoles flameó sobre sus cú- 
pulas y detuvo por un siglo la media luna ante la cruz 
de Constantino, v las misteriosas Anatolia v Armenia 
v>stentan las barras grabadas en sus riscos por el buril 
inmortal de la victoria; dice la isla que oyó el pensa- 
miento de Piíágoras y el cántico de Teócriío, cómo \i- 
vió feliz y libre bajo nuestro techo cinco siglos, y cuen- 
ta la sirena del Tirreno, la helénica Parthenope, en sus 
playas resonantes, cómo le dimos la salud con los tra- 
bajos hercúleos que desecaron sus pes'ileníes lagunas, y 
la libertad con las batallas sangrientas que destruyeron 
á los tiranos ange vinos; por los muelles de Venecia se 
ven á la luz del cielo, reverberado por las aguas del 
Adriático, en los brillantísimos cuadros donde cruje la 
seda y brilla el tisú, entre los patricios republicanos, á 
los héroes de Lepanto, y por las anchas y marmóreas es- 
caleras del palacio de Andrea Doria, en Genova, tan es- 
pañola por su carácter como por sus recuerdos, al tra- 
vés de las florestas, las velas y los gallardetes de nues- 
tras escuadras; Túnez, Tripoli, Oran, Ai^l, guardan 
memoria de nuestro esfuerzo, como Tánger, Ceuta, Te- 



571 

tuán, blasones de nuestras coronas; el mundo america- 
no murmura que los españoles tuvieron la revelación de 
su ignorada existencia y exploraron ríos como el Ama- 
zonas y el Missisipí, y subieron á cordilleras como los 
Andes, y confiaron por vez primera el nombre de su 
Criador á las selvas, cuyos árboles parecían pertenecer 
á los primeros días de la creación, y fundaron esos co- 
ros de ciudades extendidos desde la Carolina y la Virgi- 
nia hasta Chile y el Perú; las aguas del Pacífico publi- 
can que la nave Victoria surcó por vez primera sus se- 
nos; que el estrecho de Magallanes en la tierra y la cruz 
de Magallanes en el cielo, designan y califican eterna- 
mente el hemisferio austral; que nuestras manos, las 
manos de los portugueses y los españoles unidas de India 
á India, redondearon el planeta, y que nuestros pilotos 
dieron por vez primera la vuelta al mundo y circunna- 
vegaron los mares; hazañas las cuales despiertan este 
amor exaltado á la patria^ esta furia en defenderla contra 
toda agresión, de tal suerte sublime y heroica, que do 
quier se combate por el hogar y la familia, por los dioses 
lares y la independencia nacional, los griegos en Misol- 
hongui, los rusos en Moscou, los polacos en Varsovia, 
los franceses en París, los venecianos entre las bombas 
austríacas, los búlgaros bajo el turco alfanje pronuncian 
como un numen el nombre de España, y se evoca como 
un talismán la sombra de Zaragoza y de Gerona, para 
alentar á los héroes en sus terribles combates y consolar 
á los mártires en sus cruentos sacrificios. 

Pero sobre todas nuestras creaciones se levanta la 
creación por excelencia del ingenio español, se levanta 
nuestra lengua. De varias y entrelazadas raíces; de múl- 
tiples y acordes sonidos; de onomatopeyas tan músicas 



572 

que abren el senfir á la adivinación de las palabras an- 
tes de saberlas; dulce como la melodía más suave y re- 
tumbante como el trueno más atronador; enfática hasta 
el punto de que sólo en ella puede hablarse dignamente 
de las cosas sobrenaturales, y familiar hasta el punto de 
que ninguna otra le ha sacado ventaja en lo gracioso y 
en lo picaresco; tan proporcionada en la distribución de 
las vocales y de las consonantes, que no há menester ni 
los ahuecamientos de voz exigidos por ciertos pueblos 
del Mediodía, ni los redobles de pronunciación exigidos 
á los labios y á los dientes del Norte; libre en su sinta- 
xis, de tantas combinaciones, que cada autor puede pro- 
curarse un estilo propio y original sin daño del conjun- 
to; única en su formación, pues sobre el fondo latino y 
las ramificaciones celtas ó iberas ha puesto el germano 
alguna de sus voces, el griego alguno de sus esmaltes y 
el hebreo y el árabe tales alicatados y guirnaldas que la 
hacen, sin duda alguna, la lengua más propia tanto para 
lo natural como para lo religioso, la' lengua que más se 
presta á los varios tonos y matices de la elocuencia mo- 
derna, la lengua que posee mayor copia de palabras con 
que responder á la copia de las ideas; verbo de un espí- 
ritu que, si ha resplandecido en lo pasado, resplandece- 
rá con luz más clara en lo porvenir, puesto que no sólo 
tendrá este territorio y éstas nuestras gentes, sino allen- 
de los mares territorios vastísimos y pueblos libres é 
independientes, unidos con nosotros así por las afini- 
dades de la sangre y de la raza, como por las más ínti- 
mas y más espirituales del habla y del pensamiento, 
cuya virtud nos obligaría ciertamente á continuar en el 
Viejo y en el Nuevo Mundo una historia nueva, digna 
de la antigua y gloriosísima historia. Señores académi- 



573 
eos, creedlo: no puede ejercerse ministerio más patrió- 
tico que el ministerio de velar por la pureza de nuestra 
lengua. Cuanto más vivimos, señores, más nos penetra- 
mos de que la sociedad y la naturaleza componen sus 
armonías de sus contradicciones. Como se necesitan la 
atracción y la repulsión en los mundos, el flujo y el re- 
flujo en los mares; como se necesitan fuerzas que produz- 
can lo general, las especies, y fuerzas que produzcan lo 
particular, los individuos; como se necesitan y se com- 
pletan la unidad y la variedad en el arte, necesítanse y 
complótanse las instituciones indispensables á la conser- 
vación y las instituciones indispensables al adelanto do 
las sociedades humanas. Nosotros, como academia, so- 
mos instituto de conservación y de estabilidad. Dejemos 
á la espontaneidad de los individuos y á las genialidades 
de la inspiración personal todas las innovaciones, y re- 
duzcámonos en cuerpo á conservar incólume un habla 
que puede admitir el progreso moderno sin perder su 
natural antiguo. Hubo un tiempo en que estragada por 
la servil imitación francesa, parecía condenada nuestra 
lengua á perder la libertad de su sintaxis y la propiedad 
de su analogía, trocándose de rica y majestuosa, por 
olvido y desuso de sus mejores voces y giros, en tosca y 
pobre. Mas nuestros días blasonan con justicia de un re- 
nacimiento en el culto á la lengua nacional y de una su- 
jeción voluntaria al estudio de sus eternos modelos. De- 
mos, pues, nosotros todas nuestras fuerzas al propósito 
de despertar y mantener estas buenas inclinaciones que, 
sacando al habla de los altos y bajos porque acaba de pa- 
sar, la pongan allá en las cumbres de la buena andanza. 
Divididos por nuestras creencias políticas y nuestras 
creencias científicas; afiliados bien ó mal de nuestro gra- 



574 

do en bandos irreconciliables la mayor parte de nosotros; . 
con naestros agravios y nuestras heridas, cosecha natu- 
ral de revoluciones y guerras civiles sin cuento, aún 
abrigamos afectos, en los cuales pueden confluir todas 
las vidas, entenderse todas las inteligencias, juntarse to- 
dos los corazones; aún conservamos algo que nos acerca 
y nos identifica, como si tuviéramos una sola alma. Todo 
cuanto hemos querido y todo cuanto hemos respetado en 
el mundo, pertenece á ésta nuestra tierra. De su jugo es 
la sangre que corre por las venas, de su polvo la cal que 
compone los huesos, de su luz el celeste resplandor que 
llevamos en la frente; no podríamos vivir nuestra vida 
lejos de sus hogares, que han recogido las lágrimas de 
nuestras santas madres y el suspiro de nuestros primeros 
amores, y no podríamos dormir el sueño de la muerte 
fuera de sus sepulturas, que guardando los huesos de 
nuestros progenitores, guardan las raíces del propio or- 
ganismo; para pensar necesitamos de su lengua, y para 
cantar y para rezar, para explayarnos en lo infinito, hu- 
yendo de las limitaciones de esta vida contingente, sus 
poesías y sus plegarias; alimentamos nuestros cuerpos 
con los frutos de sus campos y nuestras almas con las 
tradiciones de su historia; por consiguiente, prometamos 
y juremos que nunca nos parecerá costoso ningún sacri- 
ficio hecho en aras de su grandeza, y que nunca podrá 
separarnos ningún suceso del común sentimiento que á 
todos nos confunde en uno solo sobre este suelo sagrado: 
del eterno amor á nuestra patria. 

He dicho. 



CONTESTACIÓN 



DEL 



Sr. d. francisco de paula canalejas 

AL PRECEDENTE DISCURSO DEL Sr. CASTELAR. 



Señores Académicos: 

El orador sin igual en el siglo de los grandes orado- 
res, trae hoy á la Academia Española un precioso fruto 
de su privilegiado ingenio, para representar las excelen- 
cias del siglo diez y nueve, el más rico y glorioso de la 
historia moderna. 

Campean en las narraciones y descripciones tan altas 
prendas, que no es de extrañar el vivísimo contento 
que ha causado su lectura en el ilustrado auditorio. No 
podía tampoco esperarse otra cualidad más alta en el se- 
ñor Gastelar, que esta originalidad de sus conceptos, esta 
majestad y abundancia de su frase y de su estilo, que des- 
cubren los más peregrinos secretos del habla castellana 
en el vasto campo de sus excelencias gramaticales y lé- 
xicas, en la eufonía y el ritmo prosódico, que enaltecen 
en la historia las hermosuras de la lengua española. 

Maestro en el decir es el nuevo Académico, y al con- 
testarle comparto el goce general, porque me viene á la 
memoria el dulce recuerdo de una vida de hermanos, que 
ya desde la adolescencia me. permitió adivinar sería glo- 



67fl 

ria de la patria, pur su elocuencia y grandiosa iaoíasia, 
el que corona boy sus merecimienlas lileraríos con este 
discurso. 

Pero deseoso de ara pilarle con heelios varios da inte- 
rés lostórico y eslélieOj me permito recordar las agita- 
ciones y dolores de las generaciones que llenan la hU- 
loria del siglo, y advertir que estas zo;íobras é inquietu- 
des de la vida moderna lian sido canladás por el arte eu 
toda la variedad de la poesía, nacida en ol seno de Ins 
generaciones adormentadas en su vida azarosa por gue- 
rras inacabables y por torturas revolucionarias. ¿Cómo 
olvidar en este siglo que la belleza, la poesía j el arte, en 
una palabra í han sido fuerzas divinas, que una ley pro- 
videncial derramaba á manos llenas en el alma de las 
edades contemporáneas? El cielo de la belleza, el res- 
plandor de la poesía^ las creaciones de la fantasía estó- 
(ica, lian sido, á manera de consuelos, esperanzas, ins- 
piraciones y enlernecimicntos de una existencia, yo 
próspera, ya adversa, que se extiende en los campos de 
la lüstoria iiasta muy pasada la primera niitad del siglo 
diez y nueve. ¿Qué período existe más atormentado por 
guerras crudísimas que éste que va desde 1703 hasta las 
revoluciones de 1830, que mudaron una y otra vez las 
condiciones de la existencia en Europa? ¿Qué mundos do 
ilusiones y quimeras sociales han exaltado tcmtü los en- 
tusiasmos, como el período revolucionario de 1830 á 
1848? Desde las epopeyas napoleónicas, con que se al»re 
el siglo, hasta la caída del gigante, no hubo en Europa 
ni as que guerras, que pasaron como mangas de fuego y 
de huracanes; guerras desde París á Rusia, desde Italia 
á las regiones del Norte, desde España á Suecia y Díníi- 
marca. 



Por ley suprema y divina, la poesía y el arte crecían 
en influencia en cada día revolucionario. Las razas y los 
pueblos de la Europa central pedían á la oda, al himno 
y á la leyenda alusiones y fuerzas para luchar en vida 
tan agitada. Nunca cesó esta benéfica influencia del arte 
en la primera mitad del siglo, y aun se perpetuó en las 
conspiraciones y rebeliones de los pueblos germánicos y 
eslavos en años posteriores. No hay lenguas ni razas que 
originen diferencias en esta devoción de lo bello. Se acu- 
de por los ingenios á las inspiraciones del arte griego y 
del arte romano; se traen las tradiciones indias que la 
erudición moderna había difundido por Europa y sus es- 
cuelas; vuelven las leyendas del Norte á enardecer las 
fantasías germánicas, y bien pronto los dictados de clási- 
cos y románticos pasan como nube de verano, y son des- 
deñadas todas las reglas de los retóricos, dándose majes- 
tad y libertad, también revolucionarias, á las altas inspi- 
raciones del genio europeo. 

No hay oposición por parte de los vates privilegiados 
á esta universalidad del arte y de la poesía. Ni Schelley, 
el gran poeta, que escribió lúgubremente bajo el peso de 
la revolución francesa de 1793, dejó en días más tran- 
quilos de embelesar con seductoras muestras de su inge- 
nio, con imitaciones felicísimas de lo antiguo y con la 
gracia y donoso estilo de sus endechas; ni el gran Byron 
encanta menos con sus sonetos que con sus imitaciones 
de la poesía popular italiana ó sus atrevimientos y su 
desenvoltura; ni Heine, al través de su ingenio galo-ger- 
mánico, niega las excelencias del arte como inspirador 
universal de la conciencia humana. 

En otra esfera, Schiller, poeta de prudente fantasía y 
de grave estudio en sus argumentos, ó Goethe, que acó- 

37 



578 

gíñ las representaciones de Mefistófeles, y en los tiUímos 
momentos del Fausto llegaba á la iniciación celeste lle- 
vado por la Yirtud de Margarita, tampoco podían susci- 
tar negaciones á la inspiración de su tiempo, libre, uni* 
versal y rica en memorias de todas las edades, por laxoí^ 
cariñosos debidos al genio de todas las razas y de todas 
las creencias. 

Ningún artista verdadero desconoce desde entonces la 
universalidad del aiie: todos pagan tributo al gusto de 
las edades estéticas del mundo pasado. Nadie acongoja 
serviles imitaciones de la belleza natural, sino que siei^ 
te la necesidad de la libre reproducción de la hermosu- 
ra^ y el campo, el horizonte del arte son infinitos en ^íe 
siglo, inspirando siempre luz y vigor á las nacionalid:i- 
des asediadas por la guerra, sin separarse de las glorio- 
sas tradiciones, rasgos y altezas de las etlades pasadas, 
en la India, Grecia, Roma y las tumultuosas horas de h\ 
Edad Media. Todo ello en su natural creación poética se 
ha reproducido en el siglo de que somos liijos. 

Es muy cierto que la actividad artística libre ^ que he 
recordado, toca en la vida toda, y agita los períodos di- 
versos de la historia del siglo, en su modo de ser poIÍU* 
00 y social, para mantener las condiciones del genio, 
que es órgano de esta misma libertad de la belleza y dol 
arte; pero no lo es menos que estas cualidades de la 
vida histórica amplían sin medida la actividad y la in— 
fluencia del arte moderno con libertad absoluta, y que 
éste^ desde la tradición primera de los pueblos arios, \\n 
reverenciado lo antiguo, uniéndolo con vínculo estreclio 
á lo futuro, como si antigi\os y modernos se dieran ki 
mano en una mística adoración del puro sentir de estos 
últimos tiempos, cuya filiación está en la reverencia ú 



379 

las inspiraciones pasadas y á la espontaneidad que brota 
de la vida real; múltiples fuentes, de que se desatan rau- 
dales de veneración y de entusiasmo por el ideal de la be- 
lleza. Por eso todo rena^cimiento no expresa en el común 
sentir sino una pura remembranza de la poesía muerta; 
pero al mismo tiempo difunde concepciones originales, 
dotando de desconocidas hermosuras la vida moderna. 
Todas estas fuentes son fuentes y fuerzas para el arte 
moderno* Nunca falta templo, nunca falta sacerdote 
para esta maravillosa transformación estética de Euro- 
pa, y el arte, creciendo siempre, endulza las costumbres, 
dando divino vínculo á las múltiples escuelas, géneros 
poéticos y contradictorios entusiasmos que llenan la his- 
toria del siglo. 

Es el arte en los días que corren una evocación con- 
tinua y permanente de la poesía profética y de los psal- 
mos, de los himnos homéricos y de la Iliada, de la Odi- 
sea y de Sóphocles, de Píndaro y de las leyendas célti- 
cas de Islandia y de la Gambria, de todo lo cantado y lo 
sentido, en una palabra, mediante cuya evocación la 
idea realizada en forma sensible por el arte abre sus 
puertas á la intimidad, que engendra el ideal en el fon- 
do purísimo de la contemplación de todos los pueblos y 
de todas las edades. Crece sin medida este ideal durante 
el siglo, que le señala una órbita de emociones que com- 
binan su modo de ser y le dan fuerzas para nuevas em- 
presas literarias y poéticas, y sirven á lo que podríamos 
llamar religión de la belleza, desde el himno celta, re- 
sucitado por M. de Villemarqué, hasta las últimas estro- 
fas de Víctor Hugo. 

Decía bien el ilustre orador. El arte del siglo no se 
agota, no se agotará en las ideas del siglo. 



Hay abiertos manantiales de perenno belleza^ goa 
abrazan los impulsos de todas las fantasías^ que bascan 
con brío la forma esplendente del genio; y cuando te 
alcauTían en intuición sublime, la irradian con la faerra 
del sol en la educación humana, y la enlajan con estre- 
cho vínculo á las libertades de la educación r.rfr^*i.>ü. 
Vivos están los ideales desde la epopeya na] t; 

con fervor palpita el espíritu de Europa, y las razas es-- 
lavasi croatas, búlgaras y servias, y aun las lejanas de 
las estepas rusas, se conmueven, según nos refiere Scevi- 
relY íO, al juzgar los ciclos de la poesía épica y de k poo- 
sía popular, desde los días de Pedro el Grande ha?^*^ 1'^^ 
reinados ídlimos, cada vez más dados á las letras. 

El arte del siglo encuentra siempre inspiraciones don- 
de quiera que fija la mirada; y donde quiera qui? hay en- 
tusiasmos y bellezasj campea como una luz divina da 
inextinguible blancura - 

No hay que dudarlo* El arte vivifica la fantasía de laii 
razas y de los pueblos; resuella las leyendas y memoria» 
de todas las edades; viste con galas los recuerdos de la 
poesía popular; entona bélicos cantares cuando la patria 
peligi'a, y siempre se agita y da nueva vida á la fatigada 
conciencia de Europa, Todo, todo lo enlaza el arte, que 
es universal \' recoge la representación sensible del ideal 
absoluto, que, unido á las ambiciones del siglo, mrvo 
para vestir con sus espléndidos adornos la leyenda na- 
cional. 

La belleza ensancha hoy sus apariciones; palpitan lai^ 
musas de todas las edades, formando anienisimo coro, > 
encantan las últimas idealidades de la conciencia arlis- 
üca y las más escondidas esencias de la fantasía estética . 



584 

El arte no falta en estas evoluciones de la idea desde los 
primeros tiempos de la literatura moderna, ¿Por qué es 
universal también esta inspiración del arte moderno? 
¿Por qué se confunden los himnos homéricos y las pro- 
fecías semíticas, reproduciendo la hermosura grandiosa 
de las artes orientales? ¿Por qué el arte en mil sectas de 
gnósticos y neo-platónicos, en los grandes doctores del 
platonismo, encuentra incesantes llamamientos al ideal 
por la intervención de una inspiración religiosa? Porque 
el arte ha vestido en el siglo moderno todas las bellezas 
de los siglos pasados, y las ha cantado gracias al enar- 
decimiento que produce la consideración de las ideas ce- 
lestes y eternas. ¿No es el arte, en su esencia, resplan- 
dor divino, que mueve y dirige el arrobamiento de San- 
ta Teresa y de San Juan de la Gruz, en los momentos 
supremos de la inspiración cristiana de nuestra historia 
española? ¿Cómo imaginar sin estos ideales La vida es 
síceñOy El condeiíado por desconfiado^ Los nombres de 
Cristo ó Las Moradas de la mística doctora? 

Buen ejemplo fué en otros tiempos el romancero cas- 
tellano de esta hermandad del ideal y de la leyenda para 
advertir la vitalidad del arte popular, que después sirve 
á los entretenimientos de los poetas ó engalana las civi- 
lizaciones posteriores, demostrando el acierto de Tom- 
maseo cuando decía: «Nazione che non há poesía stori- 
ca, ne poetiche tradicioni viventi, nella moltitudine ó 
nazione morta,> cuya frase nunca podrá aplicarse á Es- 
paña. 

Y si de estas esferas de la poesía popular antigua pa- 
samos á más altas esferas contemporáneas, veremos al 
arte, más ó menos espontáneo, con una primorosa con- 
fusión de todos los géneros antiguos y modernos, erudi- 



los y populares, mantener tívo el ardor en la ía afasia 
colectiva de las muchedumbres, y desde la trivial ^ pero 
graciosa canción j hasta el cuento candoroso ó enamora- 
do, desde el dicterio político hasta el epigrama, recoger 
siempre las impresiones de la musa popular, con igual 
cariño que la altísima inspiración del cantor del poema ó 
do la elegía, del himno 6 de la oda. Sin estos oficios del 
arte, que expresan las múltiples formas del ideal sensible 
en la vida feliz 6 desdichada, callarían las voces y se per- 
derían los ingenios en una apalía y oliscuridad tristísimas, 
mientras que basta en cambio una sensible aparicíóü del 
arte en la fantasía ó en el sentimiento de las naciones^ 
para que se avive el fondo último del espíritu y empren- 
da éste el vuelo en busca del ideal que ha resplandecido. 
Nada mueve de manera más humana y ardiente las esen- 
cias del alma, como la aparieióu del ideal realizado, del 
arte que transparenta lo divino. 

El arte vive en todas las esteras del espírilu del hom- 
bre; el arte agita el espíritu liumano, porque excitada 
la mente del poeta, no sigue ya otro vuelo que el rauíio 
de las apariciones del ideal ^ que ostenta en formas sen- 
sibles la belleza. El arto penetra lo croado cou ima pal- 
pitación misteriosa, que tiende y atrae el ideal perfecta 
de esa misma belleza; porque la contemplación de ella es 
un altísimo perfeccionamiento para el espíritu humano, 
y un perfeccionamiento del alma es siempre una adqui- 
sición gloriosa^ porque levanta la inspiración, aviva la 
energía y mueve al ánimo á empresas más altas y des- 
conocidas. 

_ El arle es el heraldo del ideal» y en alas del genio vueia 
y busca y se afana en pos de lo eterno, quo es su pre- 
mio. Los bardos, los profetas y los juglares de épCK'.as 



583 

vivas ó muertas, sienten enamoramientos prodigiosos, 
que hermosean la existencia y la exaltan en múltiples 
relaciones de géneros y de formas. 

Decía bien el nuevo Académico: «El arte no se agota 
ni se agotará en el mundo. > Es puro hijo del espíritu y 
mueve las adormecidas esencias del alma, porque en 
cada una de esas esencias hay raudales de hermosuras 
que en todas las esferas de la actividad estética en- 
cuentran su forma y después santifican la existencia con 
la poesía y sirven de eco á la vida presente con el arte. 

Es éste prodigio que no conocieron las edades pasa- 
das, como no conocieron la confusión de los géneros poé- 
ticos y la composición libérrima para dar con el secreto 
de que el poeta abraza todo lo real, servido por la epo- 
peya y por la belleza cómica, ó por la mezcla de la iro- 
nía con el aplauso. 

En vano la retórica y la enseñanza de modelos dignos 
de ser examinados con detenimiento condenaron las 
exigencias del arte; en vano señaló la crítica los tipos y 
los modelos á que debían ajustarse los poetas; en vano 
los maestros Batteux, La Harpe y Boileau encarecieron 
la imitación de lo clásico: la vida del siglo, tocada por 
el arte, desatendió todas aquellas enseñanzas, como rom- 
pió la división de clásicos y románticos, que entretuvo 
á la crítica desde 1820 á 1848, sin dejar más que el fa- 
moso prólogo de Víctor Hugo como recuerdo de la em- 
presa. La libertad del arte triunfó; su universalidad ex- 
tinguió aquella servil imitación del arte griego y roma- 
no; aparecieron las mil formas de la Edad Media en 
Italia y en Alemania; se amalgamaron en admirable 
confusión los géneros poéticos, y los vientos de la tem- 
pestad propia del siglo fundieron ó rechazaron todas las 



581 



cseoelas t todos los preceptos de loi üíaiíi^ &¿éiar«4^ ij' 

. . . : soto en las razas latinas r ^esmámcm da que 
Ikab^ d $r, CaMaíar dcmde se agnifiea la nivfnaikiad 
del arte en la literalura modenia. JÜlá em la Eioiidina- 
Tia^ Isaías Tegner, nacido en los práaeiw aft» del si- 
glo y que se educó entre el griego t el M:Ua, señalaba 
áDíos, á la natnralexa jal hombre CGB>o|Cf«diesf^'' 
tes de belleza, ep-^^*- '-'^^'o la epopeym sapofebAiea. 
fare todo en la i héroe ád ^glo, ecG ae^: 

dignos de Shakeqteare^ á la va qi^ pasaba isí&^dnta- 
mente á las mitologías griegas j latinass^y ^^^ la tí 
del amoTp iba por los campos de l^UaOa psn goardar 
almas de los gaerreros qjae morían oon giocia^ acc 
dando así á Ic^ tianpos que corrían las trarfiewiy?^ d. ^ . 
dicas^ £1 renacimiento griego de la nritokigia gne^ se 
unía ¿ la pintnra agreEto de aqo^biieosíai» «mía 
por las tempestades r tos volcanes, t rerestia sss c: 
de nn aspecto tan original^ qoe en ellas ^ dibajan cuo 
portentosa Taríedad^ lo snblime t to semüüa, lo delica- 
do^ lo espléndido r to misterioio. 

Jamás hubo pupolarídad como la de Tcgiier. BÉCorreii 
la Soecia^ entrad en los cirenlos aristocrafiaos r en las 
homildes aldeas, y memore encontran¿is nn : ;>' 

Tegnen im canto de Teginer, nna estampa dd vie/j can- 
tor. E? el jJóeta de la javentud r de la eíM madors: - 
taniL^n el poeta de la vejez. Nadie lo toe que no qu ^^ 
pasBiado. Fué profesor de estética t fiíé adorado por : ^ 
oventes. Acepto las ordena religiosas t gxStú en la íl; ^- 
ma de Saecia. £1 dia de la consagración fiíá para él un 
santo delirio. «Las manos del que me consagra^ en un 
delirio extremo^ bace que descienda el empinen de Dios. 



58o 

¡Adiós, vanidad del siglo! ¡Adiós, lazos de la tierra! 
¡Tengo ya en mis manos las llaves del reino celeste! 
¡Qué fresco es el viento del cielo! Escuchad: las palme- 
ras del edén murmuran los dulces preceptos del Salva- 
dor, > exclamaba el ilustre vate conmoviendo al públi- 
co entero de la nación que le aplaudía. 

No merece tampoco olvido otro portento literario, fe- 
cundísimo poeta que cultivó todos los géneros, viajando 
de continuo por Italia, Alemania y Francia, y fué gloria 
nacional de Dinamarca: Oehlenschlager. Nació en 1778, 
y estudió desde sus primeros años á Shakespeare y á Mo- 
liere, En sus correrías trató á los más ilustres literatos. 
Como buen patriota volvió los ojos á los misterios del 
Edda, aglomerando en sus versos todas las hermosuras 
de las sagas dinamarquesas. Joven aún escribió el poe- 
ma Aladdin^ que popularizó su nombre en Alemania, y 
conoció á Madamé Stáel y á Chateaubriand, en tanto que 
con aplauso se representaban sus once tragedias en Co- 
penhague. Era artista universal por la variedad de los 
asuntos, y recogió en sus cantos las tradiciones no- 



ruegas. 



En Parma escribió la tragedia de Hagbart y Signa. 
V'isitó después los Alpes y Suiza, y no hubo género de poe- 
sía en que no obtuviera gran aplauso. Su fecundidad 
honraría á la fecundidad castellana. Imitó á Shakespeare 
en Julieta y Romeo; luchó con Goethe en la tragedia de 
Corregió; imitó á Esquilo en el Prometeo desencadenado; 
escribió la Reina Margarita^ y muy entrado en años, el 
Ilamlety y después el poema los Dioses del Norte^ en que 
campean, desplegando sus gigantes alas, lo fantástico y 
lo maravilloso. Sus odas Al nacimiento de Cristo, Á la 
muerte de Cristo^ Al nacimiento de María y el Evange- 



lio del anOf dan cumplida expresión de sus talentos poé- 
ticos. Eü las composiciones místicas de sus ülLimos tiem- 
pos daba gracias á Dios por haber creado su espíritu 
para el arte. Sus producciones confirman que, en efecto, 
Dios lo había creado para amar lo hermoso. La univer- 
salidad de inspiración del gran poeta nacional de Dina- 
marca, presenta un vivo dechado de esta alianza y con- 
fusión de los géneros del arte moderno. 

Y no es sólo en Dinamarca v en Suecia donde luce la 
poesía moderna con sus libertades en el campo de la ins- 
piración • Eu 1822 dio á la estampa Michiewicz Grajiím 
y Los Dziadí (ó sea los Abuelos). La influencia alemana 
se hizo notar^ y Michiewicz poco después expiaba en la 
cárcel su amor patrio. Así se llega á 1830 y á la lamosa 
insurrección de Polonia, La poesía polaca se inspira en 
Byron, é invocando la resignación y el misticismo ye 
eu lontananza el grandioso porvenir de la nacionalidad 
polaca. Los numerosos poetas polacos están unidos cuan- 
do se habla de la patria esclava; pero cuando se trata del 
porvenir, la unidad cesa. Los unos van al ultramonta- 
nismo; los otros, como Slmüacki^ preparan con sus cán- 
ticos la revolución democrática de 1848; Shkrosintki 
duda de lo presente^ y se contenta con cantar lo pasado; 
pero confía en los dcsünos providenciales de su patria 
querida- Esla su patria es el Hombre-nación ^ reservado 
por Dios á designios misteriosos* Sólo hubo en el mundo 
dos pueblos predestinados, los hebreos y los polacos; Po* 
lonia es un Crislo^ y hay un Mesías que ha sido precur- 
sor ^ Napoleón. Esta poesía místico -patriótica ejerció una 
gran inlluencia por su fecundidad, y por la originalidad 
de su inspiración j y por lo hermoso de su forma. Era tal 
el entusiasmo por la oda griega y latina, que dentro de 



587 

aquellos moldes llevan á cabo la pintura de sus pasiones 
con mayor viveza y con fantasía más apasionada los es- 
critores revolucionarios. 

La belleza se amplía en esta perpetua palpitación de 
Polonia y realiza el genio artístico nuevos ideales. ¿Por 
qué estas exaltaciones pasada la primera mitad del siglo? 
¿Por qué tantos dolores como agravian á esas razas, y 
por qué van los cantos de las mismas razas unidos á la 
antigua mitología, á los cantos de los bardos escandina- 
vos, á las maravillosas poesías polacas, con nueva y vas- 
ta originalidad? Todo se debe á la actividad serena del 
arte, que celebra los más mínimos accidentes, sin imita- 
ción de ninguna escuela; á que Byron deja en la historia 
de la primera mitad del siglo una tendencia singular ó 
independiente, por la riqueza y variedad de su fantasía 
libre y novelesca, y á que adoraron en Europa su nom- 
bre, que tuvo un fin glorioso en la insurrección de Gre- 
cia. Pero no fueron los doctos ni los sabios los que revis- 
tieron de estos caracteres exaltados el primer tercio del 
siglo. Fué el arte el que abrió sendas libres; fué el arte, 
que en doctísimas asambleas, después de la revolución 
de 1848, inspiraba ideales inenarrables debidos aún á 
la epopeya de Marengo y Austerlitz, y que desde 1848 
ensanchaba sin medida los horizontes del ideal y creaba 
una existencia que exalta el corazón de la Europa mo- 
derna en Francfort y en las demás naciones del mundo 
moderno en sus contiendas civiles y sus revoluciones in- 
cesantes. Hubo un instante en que Slowachi representó 
el carácter transcendente del arte moderno con una re- 
presentación indisputable y suprema. Por eso cerró su 
famoso libro diciendo: Acción y sólo acción; pero la car- 
nicería de Galitzia y las matanzas de Zavinow dieron á 



588 

Slowachi un mentís cmel; y cuando la revolución llegó 
á Posen, Slowachi partió de Posen, muriendo en 1840 en 
París, donde había nacido. 

Polonia por la insurrección de 1863 adquirió gran cele- 
bridad en Europa; pero la lileratui-a independiente guar- 
dó Silencio y la catástrofe no mató ningún poeta- 
La Europa central daba^ aparte de Polonia, otra gran 
lección á la Europa germánica y á la rusa, Suí^ poetas y 
sus can toldes tenían viril resonancia^ y se hacían desde 
luego populares j al extremo de expresar la inspiración 
do hülgaros y servios en sus guerras contra el Austria 
infatuada por sus preeminencias imperiales. 

Entonces resonó en el mundo la palabra eslavismo, y 
Imbo en Italia y en Austria momentos da conmoción y 
de espanto. No era, sin embargo^ el eslavismo por en- 
tonces otra cosa que una mera protesta histórica, que 
no dio resultado hasta la revolución acaudillada por el 
ilustre Bem, antes de la participación de los rosos en la 
campaña memorable de Hungria. 

Pero el ideal artístico brota de cualquier modo en 
aquellas mismas agitaciones de la Europa central i y en 
ella aparece, después de una vida errante (1842), Ale- 
jandro Poelefl, el gran poeta, el genio que en la revoln- 
ción húngara escribió el poema del Héroe Juan y la fa- 
mosa canción ó himno popular Yo soy húngaro, que ha 
do recoger el porvenir como uno de los momentos más 
preciosos de esta embriaguez de libertades estéticas, que 
cansa á la par que engrandece el siglo xtx» 

Nada queda olvidado. La misma Rusia, tan agitada 
desde Pedro el Grande y Catalina, tiene á Veyaizna, 
poeta lírico de este período (1816), cuyas odas patrióticas 
son verdaderos modelos y cuyas anacreónticas le hieie- 



589 

ron adquirir gran fama. El romanticismo se defendió 
contra los clásicos, por Fontowsky, en la elegía a ]:\ 
Tumba de los esclavos victoriosos y y la lucha con los clá* 
sicos fué tenaz en Rusia por este tiempo, según recuer- 
da la imitación del gran Pousckine, que siguieron Ler- 
montof, excelente novelista, y el ilustre Gogol, si bií-ii 
en este último era notoria la influencia de Beranger, 

Sin embargo, la literatura rusa reviste caracteres c??- 
peciales desde Alejandro II, que dio la libertad á los nu- 
merosos siervos del imperio. Este noble acto iba acorapa- 
nado de reformas administrativas y jurídicas; pero des- 
pués de la guerra de Crimea, una exaltación inesperart^i 
recorrió los nervios del país. Siguen los años: los nove- 
listas difunden un realis^no pernicioso que llevaba á Li 
desesperación, y aparece un nuevo concepto, llamado el 
nihilismo, que por desgracia arraigó profundamente oji 
la patria rusa. El crecimiento del nihilismo fué popular 
muy luego, y no se ha borrado todavía de la memoria 
en la generación contemporánea. 

Separemos la vista de esta catástrofe, en que muerr n 
las inspiraciones de la educación, bajo las malas pasioüc^^ 
y á impulso de vergonzosos deseos, que todo lo destruyen 
y manchan en el orden social y político, al par que rom- 
pen los gérmenes de toda idealidad y de toda hermosura. 
Ni la belleza, ni la poesía, ni el arte, pueden esperar me- 
jores tiempos por este descamino. Es un horrible aban- 
dono de toda ilustración y de todo progreso legítimo, y 
no ofrece la historia nunca un cuadro tan repugnanio, 

¿Querrá la Providencia que sea ésta ráfaga de una 
tormenta social que anuncie un mejor porvenir á la ver- 
gonzosa situación en que se encuentra hoy el imperio 
del Tsar? 



590 

Confiemos en que todas las negaciones pasan y toiJo 
los pueblos que padecen de fiebre suelen verse acometí- 
dos de crisis. La acíividad artística no corre desbocada 
y sin guía, aun en esia raisma horrible expiación de ím 
servidumbres anteriores. De igual manera los cao lores 
y los novelistas rusos que los vates de la Europa gerrná- 
nica; lo mismo Pousckine, viendo palpitar las negacio- 
nes en las entrenas sangrientas de la sociedad rusa» que 
ühland, el bardo que llamaba su amada á la libertad y 
su GfjbaUero al derecho; con igual eficacia el autor nihi- 
lista, eui^a inspiración desgreñad^xisca en el no ser con- 
suelo ú las asperezas y desesperaciones de la vida, »(i^> 
Kernor ó Rückertj campeones de la lucha y soldado ^ ■ . 
la revolución, ya engendrada en el abismo de loa deseos, 
conspiran á la universal y grandiosa libertad del arte. 
Porque es verdad, como decía mi nuevo compañero y ca* 
riñoso amigo; es verdad que han crecido en nuestros días 
la religión y la ciencia, y la naturale^ajy el Estado, y que 
han crecido con divina soberbia, como aquella que estu- 
vo por muchos siglos oprimido y al extenderse de repente 
S6 desborda sin compasión y sin cuidado, iluminando con 
relámpagos lo que debiera verse con luces natux'alesy sa- 
cudiendo y agitando con terremotos lo que ha de mover* 
se en el porvenir con suaves y cadenciosos movimientos. 

Será tal voz desventura nuestra, ó será nue^^tra gloría 
haber vivido en momento tan preñado de sucesos; pero 
obedece la explosión á una ley histórica, y asi como el 
niño al despertar en la cuna, solo y débil, coge los pies 
entre las manos y gira en rededor los asombrados ojos, 
la humanidad que es fuerte, cuando se alza del sueno, 
hunde los brazos en el pasado y lo levanta y lo remueve 
contra lo actual, como se levanta el cieno del fondo y se 



591 

confunde con el agua transparente de la superficie, siem- 
pre que quieren purificarse los pantanos. 

No he de ser yo quien, hecha memoria de los ilustres 
poetas que he citado, entre por los fértiles países en que 
ha recogido tan abundante cosecha de nombres y de glo- 
rias el Sr, Gastelar. Si algo falta en el cuadro, que he 
ampliado, búsquelo en aplausos recientes la Academia, 
que el temor de ofender modestias respetables me veda 
discurrir sobre el crecimiento y los timbres de la poesía 
y de la elocuencia españolas, en lo que va corrido del 
siglo que atravesamos;^ pero quiero hacer observar úni- 
camente, y valga por lo que valiere, que estas grande- 
zas del arte han de durar aún mucho en el mundo, por- 
que van acompañadas de un movimiento incontrastable 
de libertad en los dominios de la ciencia estética, que 
hoy pretende aparecer ante el mundo como fin y corona 
de la ciencia universal. 

El proceso histórico de las religiones orientales había 
comenzado ya á considerar el arte como enlazado por 
secretos y poderosos vínculos á las ideas y revelaciones 
de lo divino, y no era posible que, rota esta edad de la 
historia y sustituida por los siglos griegos y romanos, en 
que fué la belleza para el espíritu de los hombres como 
un Cristo que mantenía las relaciones adorables con 
lo absoluto, se perdiera tan serena y radiante tradición 
en el período cristiano. Concepto indeterminado sin du- 
da el de esta preeminencia del arte sobre los demás fines 
humanos, había de encontrar y encontró de hecho no 
poca oposición en el severo primitivo espíritu del cris- 
tianismo. Sin embargo, las nobilísimas aspiraciones de 
la filosofía cristiana en San Agustín y los PP. Alejandri- 
nos, en Santo Tomás y en Alberto el Magno, abrieron 



592 



ru- 



las fuentes déla inspiración, t no 

par, como Solger más tarde, que el arte es 

la religión, lo hicieron servidor v auxiliar 

ííigla trece, único de la historia en «jae el 

sabido eiqHresar de lodos modos y sin rmsáw^^&tT^ 

ganas el ideal de la Iglesia. 

Dciqpliés de Desearles y del P- Andtés de Tr^z^-'- 
Reid y de sa e^eaela en las islas brílásieu. Br - 
mayores adelante» la estética al i|g3o de 
y Kaní, y oomieiiza á ser conadenida j 
mo cieucsa independiente, y se esüm^ que fnár & 
la fil0§ofia dd arta como prafttncídii á la ffionfia 
nenl^ psmp^ nos muestra TiáMMMiite la 
los ideales ea la Rafizad&i de la olra 

Eq esta raoBOito comieiiia ya la estefica á 
acaerdo om I» ofaiíaonas da ka poaias y 1» 
desde la birtonat T iBQcliai ^reoes tmlKft a 
T Bümfrwfirtí por |K»^as il «tras «no SAtSSmg j isa^ 
Ruto. Xo as del ea» la mjúmiám ée }MsmemétScbt' 

alto iMttoalKi de Solger y de^lsekr^fae, ña t 

tde 





Ilv^ 



593 

gel y de Krause, se hacen bien pronto dueñas de los 
ánimos, y en algunos conceptos capitales influyen ó 
concuerdan los progresos de la estética italiana, desde 
Gioberti hasta Tari y Cartolano (^), cuyas obras tocan 
las fechas más recientes y cuyos primeros estudios, no 
sin resabios platónicos, enaltecen la enseñanza expuesta 
en la segunda mitad del siglo que vivimos. 

Pasó en gran parte la idea hegeliana, arrastrada por 
vientos algo más realistas que los de principios del siglo: 
vivieron en ese segundo momento los autores franceses. 
Escribió Lemcke su aplaudido y ya famoso libro de Es- 
tética popular f que no otra cosa es que una verdadera 
crítica del arte en general y de las artes particulares, 
y trajo un ilustre escritor á España con lo más selecto 
de los idealismos extranjeros. No os extrañe, señores 
Académicos, que tenga siempre en memoria en estas 
ocasiones el nombre de D. Isaac Núñez Arenas. Sobre 
deberle mucho la cultura patria, yo soy más deudor que 
nadie, y justo que la fecha presente, en que estrechamos 
el abrazo de bienvenida dos de sus más entusiastas dis- 
cípulos, haga salir á mis labios su nombre, como desbor- 
da en el corazón su recuerdo. 

La cita de los nombres anteriores, á que sólo se oponen 
escasos escritores de segundo orden acogidos al dogma 
criticista, deja un pensamiento unánime en la historia 
contemporánea. Lo bello es lo divino. La belleza es Dios, 
reflejada en el espíritu, en la naturaleza y en el arte. 

Esta afirmación era la que yo quería hacer valer ante 
vosotros, hoy que el pensamiento llega á tener tan po- 
derosa influencia en las naciones, hoy que corren con 
tal facilidad los idealismos desde el cerebro del pensador 

{\) Tarín y Ñapóles en ^863 y en 1875. 

38 



'^extraviado á las de las muchedumbres deslumhradas* 
Ved lo que ha hecho el arte sin incentivos esto ticos do 
tanta grandeza como los presentes; ved lo que ha sido 
cuando las comunicaciones del mundo culto eran esca- 
sas, y sumad fechas, sumad nombres y reunid entusias- 
mos de los que' abundan en el discurso del nuevo Aca- 
démico. Aun así no es dado concebir á nadie lo que po- 
drá alcanzar, arrancado de tan altos principios y regado 
por tan puras corrientes^ el arte de las generaciones que 
nos sigan en la historia del mundo, 

¿Que será en el porvenir el arte, enriquecido con la 
originalidad rusa, la húngara, la polaca, y los hechos 
singulares de los poetas escandinavos? ¿Cómo influirá en 
el ingenio y en la educación de los poetas fui uros? ¿Cómo 
recogerá el tejido de ideales que la vida irá tomando 
para educación y perfeccionamiento de los pueblos? 

No es fácil la profecía; pero el noble impulso de loa 
estéticos declara que está llamada la nueva ciencia á ré* 
coger y subyugar en un conocimiento superior la enci- 
clopedia del siglo I y á explicar todos los misterios del 
saber metafísico y todos los idealismos de la poesía^ y 
que en esta vasta esfera se moverá el arte\ confundien- 
do la última y más grandiosa especulación del saber y 
educando la vida en una sucesión inenarrable de inspi- 
raciones ideales, representadas en formas bellísimas, 
que demuestren la fusión de todas las formas de las ar^ 
tes en su maravilloso conjunto. 

Para el arte futuro, y no para nosotros, queda reser- 
vado este prodigio de educar sanamente la fantasía ar- 
tística en las nobles transformaciones de un ideal quo 
cada vex con mayor aliento exprese en todas las esferas 
de la vida la grandeza del genio y su santa inüuencia 



595 

en esta elevación al infinito, de que tomarán calor y luz 
las generaciones futuras. 

Arrancando de .este proceso, el arte no tendrá fin en 
la historia, y será siempre una aspiración latente ó de- 
clarada que, al través de los ideales de la vida estética, 
ascienda á lo divino. Recogerá, como siempre, las ins- 
piraciones de las edades pasadas; inspirará emociones 
santas; continuará siendo el faro vivo de la humanidad 
para la contemplación de la belleza infinita, que tiene 
su centro en lo eterno; y enlazando estas sublimes crea- 
ciones, guiará al espíritu humano y será iniciador de 
las edades, abriendo con su libertad original y universal 
los cielos de una poesía inspirada en la contemplación 
de las grandezas de la realidad toda, 

Y esto es claro, señores Académicos. No sólo es claro, 
sino que es indiscutible. Si es el arte forma de lo ideal, 
es perdurable su cometido, y el imperio de la belleza y 
de lo sublime le pertenecerán en toda la integridad del 
espíritu humano y en la majestad de la historia, que se 
refleja en esta peregrinación que no tiene fin hasta to- 
car en lo absoluto, Y voy á concluir. El gran orador 
que me ha precedido en el uso de la palabra acoge be- 
névolamente estos destinos del arte, que han de trans- 
formar aún, con la vida de la historia, las purísimas es- 
feras á donde llega el amor de lo bello. Esta conformidad 
de juicios es para mí la más segura y firme garantía de 
que son ciertas y verdaderas esas glorias de la inspiración 
iluminada del artista, que ennoblecen con su fuego el 
sagrado de la conciencia de la Humanidad, en lo pasado 
como en lo presente y en lo presente como en lo futuro. 

He dicho. 



DISCURSO 



DEL 



Sr. D. MARIANO CATALINA '". 



Señoees Académicos: 



Deuda de ^atitud, nunca bien pagada, contrae qiiiea 
alcanza el honor de llamarse vuestro conipafiero* To- 
dos un día, con generoso alarde, esforzasteis la palabra 
para demostrar el profundo reconocimiento del cora- 
zón: ninguno, que yo sepa, cumplió á satisfacción pro- 
pia este gratísimo deber; antes bien creo que cada cual 
salió de aquí triste y pesaroso, por no haber acertado 
á expresar clara v yigo rosamente lo que sentía» Verdad 
es que la gratitud, como planta rara y preciosa^ cuando 
arraiga en buena tierra, no se satisface con arrojar in- 
útil hojarasca, ni se cansa de producir regaladas flores 
y sazonados frutos, 

Modestia natural y verdadera, siempre ignorada do 
quien la atesora^ os acompañó á este recinto, y con ser 
ella tan grande, no bastó á ocultar vuestros méritos. 
QuiéE vino aquí cargado de laureles, biiosamente ga- 

(1 ) Leído ea June D piíbllcu cekbmda por la Heal Academia Española. ü\ 
dja EO de febrero de IS8t, para darle posesión de plaza de Académico de 
oúm(^ro. 



597 

nados en el campo donde se representan los actos huma- 
nos y se da vida y voz á los grandes personajes que ya 
no existen, y se contraponen y revuelven las pasiones 
del alma, y se lucha frente á frente y brazo á brazo con 
todos y cada uno de los espectadores; quién trajo el 
abundantísimo y fecundo caudal recogido con penas y 
vigilias en las recónditas fuentes de la palabra, aumen- 
tado con el estudio de idiomas casi desconocidos y pro- 
pio, más que otro ninguno, para limpiar, fijar y dar es- 
plendor á la lengua patria: unos, pulsando la lira de 
Píndaro y Tirteo, arrebatasteis en entusiasmo á los en- 
cantados oyentes; otros, con la elocuencia de Demós- 
tenes y Cicerón, penetrasteis, en el revuelto palenque 
de la política, conquistando allí alto renombre con las 
armas poderosas del bien decir: cuál, amoroso cultiva- 
dor del derecho, trajo los timbres que conquistó en el 
foro; cuál, investigador sutil de la esencia de las cosas, 
alcanzó en los estados sin límites de la filosofía, corona 
merecida: todos vinisteis aquí con méritos propios y 
verdaderos; tan propios coiiio vuestra modestia al des- 
conocerlos, tan verdaderos como los servicios que aquí 
estáis prestando. 

Fuera impertinente, señores Académicos, que yo in- 
tentara demostrar mi falta de títulos literarios para in- 
gresar en esta ilustre Corporación: sé que no los tengo, 
y verdades tan claras no hay para qué demostrarlas. 
Pero asegurar que sin motivo alguno me habéis elegido, 
sería ofenderos; y esto, aun á riesgo de parecer inmo- 
desto, no he de hacerlo yo. Quizá, animados por el ge- 
neroso deseo de favorecerme, hayáis supuesto en mí 
cualidades y aptitudes de que carezco: no es imposible 
que, sin tener en cuenta mis fuerzas, y pensando sólo 



s» 

en mis propósitos, me hayáis creído ea^z de eonlriBniv 
y aun de ser úlil para alguno de los provechosos traba- 
jos en que la Academia se emplea: to no hallo nada 
digno de rosotros^ ni en mi bnmilde inteligencia» ni en 
el escaso caudal de mis conocimiento?; pero seguro es- 
toy de qne por algo me habéis elegido^ y de qne alguna 
esperanza fundasteis al acordaros de mí: iguoro cuál; 
pero en lodo caso^ mi deseo es no desvanecerla; sobre- 
pojarla, mi deber. 

Si por merecimientos de amor á la literatura patria y 
de admiración y respeto á los qoe con provecho la trnl- 
tivan, se otorgaran las sillas de esta Academia, yo ten- 
dría la mía al lado de la primera: si el vivísimo empeño 
de eon^grar la existencia entera al mayor lustre de las 
letras españolas, fuera mérito bastante para formar par* 
te de la Corporación qne las representa, tampoco mo 
creería fuera de lugar en su recinto; pero ni aun csl 
amor y este empeño puedo atribuirme como cualidad», s 
propias: recibüas en mis primeros años de aquél que, 
apenas traspasó los limiten de la edad de la razón, ya 
era vuestro compañero; de aquella precocísima inteli- 
gencia que, sin haber llegado á su maduren, pasó por 
los puestos más elevados de la ciencia, de las letras y de 
la política; da aquel laborioso y malogrado escritor que, 
á poco más de siete lustros de existencia, liajó al sepul- 
cro, dejando nombre más que estimable entre los litera- 
tos, recuerdo cariñoso en sus amigos y ona silla vacía 
en la Academia, Con su nombre, si no su inteligencia y 
su saber, legóme el cariño qne os profesó, la gratitud 
qne os debía y el noble afán de ser vuestro compañero* 
Desde la niñez guió mis pasos en la lieiTa: con la pala- 
bra, y más aún con el ejemplo, me inspiró amor al tra- 



599 

bajo y afición al cultivo de las letras: la veneración que 
por esta casa tuvo toda su vida, hízola necesidad de la 
mía: á sus consejos debo lo poco que sé: mientras vivió 
me colmó de beneficios; y con ser ellos tantos, aún me 
transmitió al morir el más valioso de los que él había dis- 
frutado: el de vuestra amistad y vuestro afecto. Su som- 
bra bienhechora no me ha abgindonado jamás; y perdo- 
nadme, señores Académicos, si creo firmemente que á 
ella más que á nada debo el honor de encontrarme en- 
tre vosotros. Este recuerdo tributado en el momento más 
solemne de mi vida al Académico que me sirvió de pa- 
dre, tal vez no sea oportuno; pero satisface una necesi- 
dad de mi alma, y viene á pagar en parte una deuda sa- 
grada de gratitud. 

Tampoco puedo eximirme de recordar á otro insigne 
Académico que por espacio de más de treinta años con- 
tribuyó con su saber y laboriosidad á las tareas de esta 
Corporación. Aptitudes múltiples, laboriosidad incansa- 
ble, firmeza en los propósitos, facilidad para aprender y 
amable generosidad para emplear ciencia y trabajo en 
beneficio de sus semejantes: tales eran las cualidades del 
Sr. D. Alejandro Olivan. Si recorremos su dilatada exis- 
tencia, nos causará asombro ver que con la misma facili- 
dad y discreción trataba de las más arduas materias polí- 
ticas y administrativas, que escribía manuales y cartillas 
para enseñanza de la juventud: que así componía versos 
en griego y patentizaba en esta casa sus conocimientos 
filológicos, como emprendía y consumaba trabajos impo- 
sibles sin profundo estudio de las ciencias naturales. Hon- 
ra de la Academia el escritor, gloria de la patria el re- 
público, modelo de honradez y afabilidad el hombre, 
dejó con su muerte un vacío en las letras, en la admi- 



nistración y en la soeiedad que difícilmente podrá He- 
nar se. Tengan otros la gloria de reemplazarle donde sc\i 
posible, que á quien ha do ocupar aquí su asiento, no le 
es dado más que rendir tributo de admiración y respeíu 
á su memoria. 

Si ejercen influencia saludable ó perniciosa en la mo- 
ralidad de los pueblos las representaciones teatrale^t 
cuestión ha sido harto discutida en todos tiempos, sin 
que jamás hayan llegado á ponerse de acuerdo adver- 
sarios y defensores; cosa no rara ciertamenl^, pues ape- 
nas habrá materia de grande interés para la humanidad 
en que no haya sucedido lo mismo: la inteligencia liuma- 
na es Hmitada y los principios de todas las cosas tienen 
raíz V asienlo más allá de las fronteras da la razón. Hav, 
puesj en pro y en contra del teatro, como escuela tío 
costumbres, respetables auíoridades; pro todas coinci- 
den en afirmar la poderosísima influencia que por su 
esencia y por su forma debe ejercer. 

Nacido al amparo de la religión, fué siempre elemen- 
to eficacísimo de progreso; y en ninguna época huto 
señal más segura del grado de ilustración de los pue- 
blos, que el desarrollo y perfeccionamiento de su teatro. 
La Iglesia Católica, maestra legíüma de toda buena en^ 
señanxaí propagadora incansable de toda verdad, mi- 
sionera fervorosa de la civilización, caudillo invenci- 
ble contra el error y la barbarie; la Iglesia Católica aco- 
gió con benevolencia al teatro^ y en muchas ocasio- 
nes le prolegió y alentó generosamente: en otras le 
condenó con sobrada razón y ejemplar energía: nunca 
dejó de reconocer su importancia ni el grande influjo 
que había de ejercer en la vida de las naciones. En las 
literaturas antiguas estuvo colocada la poesía dramática 



601 

al lado de la épica: ignoro si las literaturas modernas da- 
rán al teatro el lugar preeminente en la poesía; pero es 
indudable que lo ocupa, según el espíritu y las costum- 
bres de nuestra sociedad. 

Las causas de esta predilección con que los pueblos 
modernos miran las representaciones teatrales, y en 
general la literatura dramática, entiendo que residen 
en la índole misma de nuestro siglo, en la precocidad , 
prodigiosa de las ideas, en la actividad desordenada de 
los espíritus, en las aspiraciones insanas de las inteli- 
gencias, en el enfriamiento de los corazones, en lo en- 
fermizo de las conciencias, en la espantosa confusión de 
doctrinas y de procedimientos, en las antítesis sociales 
que vaticinan una crisis universal. Gomo en todos tiem- 
pos, y tal vez más que en otros no tan agitados, hay en 
éste en que vivimos verdaderos amantes de la ciencia 
que se consagran con incansable ardor á estudiarla y 
depurarla hasta donde á la humana inteligencia le es 
lícito, y por ellos disfrutamos de ventajas que nuestros 
antepasados no pudieron gozar; pero en este tiempo, 
más que otro ninguno curioso y antojadizo, hay una in- 
continencia de saberlo todo, un vértigo en las diversas 
clases sociales por discutirlo todo y aprender de prisa, 
lo que estudiado despacio y con calma no siempre se 
llega á saber, que si no engendran el caos y la barba- 
rie, propagan la anarquía moral é intelectual. La pren- 
sa periódica, elemento poderosísimo para ilustrar al 
pueblo, ha querido, con laudable propósito seguramen- 
te, enseñarle más y con mayor urgencia de lo que fuera 
razonable, contribuyendo así á propagar, en este fecun- 
dísimo siglo, la más bárbara de las ignorancias, que es 
la de saber, no poco, sino mal. 



603 

Arrastrado el vulgo por estas vías de progreso, \\k 

pretendido enseñanza en todo; y el teatro, viva repre-- 
sentación de actos humanos, y en relacioii directa con 
los sentidos y con los sentimientos de la niuchedumljre, 
ha venido á tomar parte en la satisfacción de ese deseo 
público, convirLióndose on cátedra de moral, ó de otras 
cosas. Para mover el alma del espectador y elevarla, 
por la admiración y el entusiasmo^ á las más altas re- 
giones de la moralj no basta ya pintar en el poema 
dramático vicios y defectos sociales de una época deter- 
minada > y censurarlos y coiTcgírlos por medio de acción 
sencilla y verdadera; no basta presentar grandes pasio- 
nes y tremendas luchas del corazón humano, ni siquiera 
hechos heroicos y sublimes de los personajes que ilus- 
tran la historia: no; éste era círculo estrecho y mezqui* 
no para las aspiraciones docentes de nuestro siglo. Pre- 
ciso ha sido ensancharlo, y llevar al teatro problemas 
sociales no resuellos en muchos volúmenes por filósofos 
y legisladores, fenómenos psicológicos que constituyen 
verdaderas excepciones en la naturaleza humana, y ex- 
travíos morales que preocupan la intehgencia y afligen 
el espíritu. Las más repugnantes enfermedades y los más 
abominables misterios del alma, se sacan hoy á la esce- 
na; y ¿quién sabe si andando el tiempo se explicarán 
también en ella los de la naturaleza física, y podremos 
aprender en el teatro matemáticas y medicina, y astro- 
nomía y ciencia prehistórica, y hasta economía política? 
Se equivocan sin duda los que sostienen que todo pue- 
de exponerse y explicarse en la escena; y me aventuro 
á asegurar que están completamente en error los pocos 
que afirman que la hteralura dramática es indiferente y 
estéril para el bien y para el mal* Representando las 



603 

obras dramáticas escenas de la vida humana, con la ver- 
dad que el decoro y la moral consienten, no pueden por 
menos de impresionar y servir de ejemplo al auditorio; 
el cual, no sólo discierne la enseñanza qué la fábula en 
sí contiene, sino que, al recogerla con los sentidos, re- 
cibe la impresión de un hecho real: es, pues, evidente 
que la doctrina buena ó mala de la obra ha de ejercer 
influencia en el espectador. El asunto, el plan de la ac- 
ción dramática y los caracteres de los personajes, cons- 
tituyen la base de la moral del drama; pero la forma, 
el diálogo, las máximas y sentencias que en las situacio- 
nes se engendran, hieren á veces con más fuerza el es- 
píritu del espectador que la acción misma de la obra. 
Sirvan de ejemplo estas dos redondillas de uno de nues- 
tros más ilustres poetas, puestas en boca de un personaje 
que, al increpar á su amigo porque ha perseguido á una 
mujer casada, le dice: 

Mendigo de amor has sido 
pereiguiendo á una mujer 
casada, que eso es querer 
desperdicios del marido. 
El que tiene tal empeño, 
tras de vivir con zozobra, 
sólo alcanza lo que sobra 
al apetito del dueño (^). 

El pensamiento que encierran estos ocho versos ha 
sido expuesto y desarrollado en muchas obras dramáti- 
cas: pocas conozco de donde se deduzca lo ridículo del 
vicio que se quiere corregir con tanta claridad y con- 
cisión. 

Tenga el autor dramático principios sanos y seguros, 
nútrase de buena doctrina, pef severo en el laudable em- 



peño de censurar el vicio y aplaudir la virtud, siempre 
que fuere oportuno, y no haya miedo de que sus obras 
dejen de influir benéficamente, por más que al escribii'- 
las no se haya propuesto desarrollar y resolver proble- 
mas filosüíico-sociales, que muchas veces acaban por fa- 
tigar confundiendo, en vez de instruir deleitando. Sin 
más propósito que entretener honestamente, se han es- 
crito casi todas las comedias de nuestro teatro aniiguo, 
y con ser tan modesto su fin, si no tuvieran otras in- 
comparables cualidades acreedoras á la universal admi- 
ración, les bastaría con tener nn código moral aplicable 
á todos los tiempos y á todas las sociedades, para go- 
zar como bien conquistado el puesto preeminente que 
ocupan. 

En comprobación de que sin necesidad de pensamien- 
to social concebido a pnori^ se puede moralizar en el 
teatru al desarrollar con arte cualquier fábula honesta y 
entretenida» tengo en mi abono casi todas las obras de 
nuestros poetas dramáticos del siglo xvit: á uno solo lia- 
maié en mi ayuda, pero es tal, que ni vosotros le habéis 
de rechazar» ni yo podía elegir otro mayor para encu- 
brir mi imponderable pequenez. 

D. Pedro Calderón de la Barca me acompaña: en sus 
obras he buscado tema para mi discurso: ellas me oí re- 
cen abundantísimo y bien sazonado fruto. Con lal com- 
pañía y con tan buenos materiales espero cautivar vues- 
tra atención breves minutos; pues aunque el trabajo sea 
infeliz, como mío, la materia escomo suya, y ni aun nii 
torpeza ha de poder quitar sus encantos á pensamientos 
engendrados en la mente del gran Calderón. 

De sus peregrinas concepciones dramáticas, estudian- 
do su teatro desde elevad ísimas regiones y á grandes 



605 

rasgos, disertó ya en este mismo recinto un insigne poe- 
ta, cuya reciente pérdida lloran las letras españolas: otro 
docto y laborioso Académico trató aquí también con ra- 
ra brillantez y profunda crítica de los Autos Sacramen- 
tales del Príncipe de nuestros dramáticos: ambos cum- 
plieron á maravilla el fin importantísimo que se habían 
propuesto, dejando á otros la humilde tarea de estudiar 
en sus pornienores las obras del maravilloso ingenio y 
sacar la enseñanza moral que en todas ellas resplandece. 

¿Cómo se llama 
uaa dulce pesadumbre 
que á un tiempo hiela y abrasa 
todo el corazón, corriendo 
desde los ojos al alma?.... (*). 

La pesadumbre 

Que en brazos del desdén nace, 
crece en poder del deseo, 
vive en casa del favor 
y muere en la de los celos (3) 

se llama amor, y es la fibra más viva del corazón hu- 
mano, el sentimiento más natural del alma, el móvil de 
casi todos los actos del hombre, la esencia del arte dra- 
mático, y no aventuro mucho si digo que es el germen 
de la mayor parte de las obras de amena literatura. Se- 
parad en vuestra imaginación todas aquéllas á que di- 
recta ó indirectamente da vida el amor, y veréis qué 
pocas de las restantes merecen aplauso. 

Calderón, como todos los poetas dramáticos, rindió en 
sus obras culto devotísimo al amor; pero este autor más 
que ningún otro se hizo digno de eterna alabanza, por 
la exquisita delicadeza que puso en el alma de sus ena- 



606 

morados, por la pureza con que les hizo áentir y expre- 
sar este don di vino/ por el profundo conocimiento con 
que lo definió en sus diversas manifestaciones, por la 
austeridad y respeto con que lo presentó en el santuario 
del matrimonio. Alguien quizá haya simbolizado el amor 
en un personaje excepcional con caracteres más gran- 
diosos, pero nadie logró nunca pintarlo con mayor ver- 
dad ni con sentido moral más sano que Calderón. Sem- 
bradas de máximas y reflexiones sobre el amor, tal como 
existe en el corazón humano, están sus obras todas, y 
aun en aquéllas que tienen por objeto principal el des- 
arrollo de otro pensamiento, la más bella flor de su in- 
teligencia fué siempre para el amor. Dígalo la sublime 
concepción llamada La vida es sueño, donde el pro f ago- 
nista, al convencerse de que cuanto vio fuó soñado, ex- 
presa de este modo tal vez lo más humano de obra por 
tantos títulos admirable: 

De todos era seíior 
y de lodos me veu¿^ub;i; 
sélo á una mujer amaba..... 
que fué verdad creo yo 
en que lodo se acabó, 
y eslo solo no se acaba (M« 

Ni cómo había de acabarse cuando, según el mismo 
Calderón, 

Amar en el alma vive, 
y si ella á olr¿] vida paSti| 
no muere el amor sin duda, 
puesto que no muere el alma (S), 

Partía del hermoso principio de que 

Entre amar y aborrecer 
no hay comparado ejemplar, 



607 

pues trae dentro de su ser, 
quien aborrece, al pesar; 
pero quien ama, al placer (6). 

Y no era mucho que, teniendo tal idea del amor, creyese 

que esta pasión 
es el crisol, el examen 
de todos, porque ni noble, 
ni entendido, ni galante, 
ni valiente sabe ser 
el hombre que amar no sabe C*). 

* Así entendía D. Pedro Calderón de la Barca la influen- 
X5ia del amor en los caballeros de su tiempo; y al dotar- 
los de tan nobles cualidades, no hizo sino infundirles 
sus propios sentimientos con tal calor y sinceridad, que 
si de la vida del egregio escritor no hubieran quedado 
noticias ciertas que prueban la integridad y honradez 
de su carácter, curioso y facilísimo sería reconstruirlo, 
estudiando los personajes de sus obras; y á buen seguro 
que este estudio nos daría por resultado un hombre que 
aun aventajaría en algo al poeta, con ser éste tan grande. 
Nótese que por saber amar no entiende Calderón amar 
demasiado, sino amar bien: por ello sus galanes, con 
muy pocas excepciones, son, al par que finos amantes, 
cumplidos caballeros. En rarísimos casos aparece en sus 
obras un Gómez Arias; y cuando esto sucede, tiene el 
autor buen cuidado de sacarlo verdaderamente á la ver- 
güenza pública para castigarlo, según sus delitos, con 
ejemplar severidad. Son, pues, los enamorados de Cal- 
derón tan pródigos en galanterías, finezas y requiebros 
con las mujeres que aman, como asiduos, tiernos, sumi- 
sos y consecuentes con aquéllas que les corresponden: 
siempre rendidísimos apasionados de sus damas: quejum- 



In'osos, desesperados y agresivos con las ingratas mu- 
chas veces, pero nunca viles. 

El uno de la hipérbole es casi necesidad de los enamo- 
rad Ov^^ y no dehe tenerse sino por muy licito cuando s^ 
mantiene en los límites del buen gusto: Calderón los 
traspasó con frecuencia, arrastrado por la corriente de 
suépoca^ tan aficionada al discreteo y la galantería; pero 
no siempre, por fortuna, pues en muchas ocasiones expu- 
so conceptos hiperbólicos tau finos como el que sigue: 

No pensé que era tan tarde, 
sefmraj porque penst^ 
que á cualquier hora que os viese 
sería el amanecer (8). 

En otras empleó frases verdaderamente discretas^ ta- 
les como las contenidas en estos cuatro versos: 

Tan hermosa es, que aunque fuera 
necia, supliera el defecto; 
tan discreta, que á ser fea, 
le sucediera lo inesmo (^). 

Tiene Calderón amantes tan celosos del bien amado, 
como aquel á quien le 

está dando temor 
pensar que el sol la ve, y que 
sabe enamorarse el sol (lo): 

tan cuidadosos, como la que exclama: 

soplad más quedo 
y DO hagáis ruido, airecilloSf 
que está mi vida durmiendo (lí): 

tan apasionados, como los que dicen: 



i 



609- 

Te rendí tan luego el alma, 
que no distinguí cuál fuese 

primero, verte ó amarte 

¿Qué más amarte que verte? (42). 

Porque si á mí 
yo me pregunto quién fui, 
yo á mí me responderé 
que yo no ló sé, é iré 
á preguntártelo á tí (<3). 

Ojos, pues que Galatea 
me manda que no la vea, 
ojos, no os he menester, 
que no me queda que ver (U). 

Cuento de nunca acabar sería poner aquí todos los 
rasgos tiernos y delicados, vehementes y apasionados 
de los galanes de Calderón; pero no por eso he de omi- 
tir algunos de los que constituyen el carácter general 
de los caballeros de su época, sirviendo como de base y 
fundamento á la enamorada sociedad que retrataba. 
Los personajes del teatro de todos los grandes escrito- 
res patentizan las costumbres de su tiempo, y reflejan 
al par el espíritu del autor: por eso los de Calderón, 
arrancados de una sociedad fundada en el honor y la 
galantería, y hablando por virtud de la mágica inspira- 
ción de alma tan noble y generosa, pagan tributo in- 
condicional de hidalgo respeto á la mujer, y llevan la 
abnegación hasta el heroísmo cuando se trata de la que 
adoran. Á semejanza de aquel galán que dice: 

Servir á las damas es, 
Fabio, deuda tan hidalga, 
que el ser quien soy me la debe 
y el ser quien soy me la paga (4 5), 

son casi todos los de Calderón, que consideraba el res- 

39 



peto á la mujar como primera condición del buen caba- 
llero; 

Pues no puede ser valiente 
con los hombres, quiea no es 
cobarde con las mujeres {46), 

Y en este punto de la galantería llega la suya bastad 
extremo de creer: 

Que no hace fineza quien 
dice que hace la finezn; 
pues sólo es saber callarla 
premio de saber hacerla (f 7^ 

Con tales principios y prescripciones necesariaracn»^ 
habían de ser galantes y respetuosos coalas mujeres i* 
hombres todos del teatro de Calderón, y extremados en 
BU rendimiento amoroso, no ya los correspondidos^ sino 
los que lloran desdenes, como aquél que exclama: 

Yuüla, pensámienlo mío» 
vuela sin temer osado 
los desaires de un desvío; 
pues yo á volver desairado 
es sólo á lo que te envío (13), 

La estimación de la persona amada, prenda insepara- 
ble del verdadero cariño^ acompaña á los personajes en 
quienes Calderón ha querido poner el sentimiento del 
amor en toda su pureza. Así es que uno vence sus deseos 
diciendo: 

No te responde mi voz, 
porque mi honor te responda; 
no te hablo* porque quiero 
que te hablen por mí mis obras; 
ni te miroj porque es fuerm 



6H 

en pena tan rigurosa, 
que no mire tu hermosura 
quien ha de mirar tu honra (í9). 

Otro, para probar su respeto, replica: 

Y así pienso agradecerte 
esta pena que me das: 
porque estimo tu honor más 
que estimara merecerte (20) . 

Inútil fuera, y tal vez impertinente, empeñarme en 
demostraros con nuevos textos las cualidades de que es- 
tán adornados los galanes del teatro de Calderón. En 
todos ellos puede estudiarse al enamorado caballero del 
siglo xvir, con su inagotable caudal de requiebros y fine- 
zas, dispuesto siempre á morir en defensa de las damas, y 
no tolerando en la suya ni sombra de infidelidad: retrato 
fiel del noble español de aquellos tiempos, realzado por 
la ternura y delicadeza de afectos que pudo y quiso in- 
fundirle el honrado corazón del príncipe de nuestros 
dramáticos. Mucho que admirar y no poco que estudiar 
tienen estos enamorados; pero aun siendo obra tan pri- 
morosa, no es la mejor del poeta, y por necesidad ha de 
ceder ante otras que ponen á mayor altura el genio de 
Calderón. 

El germen divino que en la inteligencia humana crea 
y da vida á toda obra literaria; la fecunda y vigorosa 
fantasía que desenvuelve y agranda el pensamiento ge- 
nerador; el arte que lo ordena, revistiéndolo de los ca- 
racteres de eterna belleza que sólo á ól es lícito crear; 
el buen gusto, regulador y maestro de la creación inte- 
lectual, y el estudio que enseña los recónditos caminos 
por donde esta creación debe penetrar fácil, agradable y 



611 

benóñca en el alma de los lectores, cualidades sob quo 
ha de reunir lodo escritor de elevadas aspiraciones, v 
especialmente el verdadero autor draniátííX)* Pero ésfé 
necesita, además, una, á manera de intuición ^ que le re* 
vele los secretos má,^ ocultos del corazón de sus semejan- 
tes; aptitud especialísima para ver con claridad y exac* 
titud el móvil de las acciones humanas^ y estudio impar- 
cial, recto j severo de la sociedad en que vive, para ha- 
cer el espejo que ha de presentarle después, con talarla 
construido, que todos vean en él necesariamente, no sólo 
los propios vicios j sino la manera efica;í de corregirlos 
y aun de convertirlos en virtudes. 

Todas estas dotes, reunidas en un solo hombre, nos 
darían el autor dramático perfecto: ninguno, á mi en- 
tender, las lia atesorado hasta el presente: Calderón las 
poseía casi todas; pero^ por desg-raeia, no hizo de algu- 
nas el uso que á su gloria y ú la de las letras españolas 
hubiera sido más provechoso. El gusto literario de su 
época y de su publico, la escuela dramática que se le 
ofrecía por modelo, su propia inclinación tal vez, le ar- 
rastraron con frecuencia por el camino de la poesía lí- 
rica, en el que nadie lo adelantó: quedándose detrás, 
aunque siempre de los primeros^ en el del arte dramáíi- 
cü. Utilizó más el raudal de su maravillosa fantasía para 
elevar sus obras á las más sublimes regiones poótieasi 
que el profundísimo conocimiento que del corazón hu- 
mano tenía í y por el cual hubiera llevado sus creaciones 
á las serenas alturas de la verdad arlístiea, término 
glorioso de la obra dramática. 

Sin salir de la materia comenzada, que constituye la 
mayor parte del teatro de Calderón, veremos hasta qüó 
punto conocía este ingenio los misterios del alma, y do 



613 

qué modo lograba patentizarlos con enseñanza prove- 
chosa. Sabemos ya cómo define el amor, cómo lo sienten 
sus personajes, cómo debe ser el verdadero, qué dere- 
chos da y qué sacrificios exige: sepamos ahora las con- 
secuencias que saca y los consejos que juzga oportunos. 
De las innumerables verdades que contienen sus dramas, 
sólo citaré las siguientes, elegidas al acaso: 

£q llegando á amar, no hay fama, 
no hay aplauso, no hay blasón, 
honor, vida, alma ni acción 
que no sea de la dama (24). 

Perdona si desconfía 
de tu crédito un temor; 
porque el cetro y el amor 
no permiten compañía (22). 

No está el amor en el labio, 
en el pecho sí, y en él 
vives, que el querer callando 
es de amor más justa ley. 
La que con extremos dice 
su amor, tiene otro interés, 
que son muchas las que quieren 
y pocas saben querer (23). 

Conocía bien Calderón las perfidias á que el amor 
arrastra á sus siervos, y aconseja que nadie se fíe 

de hombre enamorado, pues 

quien llega á estarlo, sospecho 

que ni más que aquello estima 

ni piensa que hay más que aquello (24). 

Y no andaba tampoco descaminado cuando decía: 

Pero quiérete advertir 
que en tu vida no encarezcas 



hermosura á poderoso^ 

sí ana morado estás de ella W* 

La esperanza, eterna compañera de los enamorados, 

es, en concepto de muchosj mortificádora implacable: 
en el de Calderón es necesidad del amor: 

El que no Llené esperanza. 
de Ja diehü que pretende, 
no busque la dicha, busque 
la esperanza que no liene (16) • 

Ella alimentará su espíritu dolorido y le acompañará 
hasta el sepulcro, mostrándole siempre las puertas de la 
dicha. Estimulo para casi todos los actos del hombre, 
resucita las ilusiones ya muertas, y el propio fuego que 
la consume alumbra la triste obscuridad del alma. El que 
la posee, no puede llamarse desgraciado, porque 

El que llora en confianza 



de conseguir lo que adora, 
mérito ninguno alcanza; 
pues enjuga lo que llora 
al aire de la esperanza (27). 



No tener nunca celos es amar fríamente ha dicho una 
ilusti'e escritora: para Calderón los celos, como la espe- 
ranza, son neoesidad del amor; 

porque sin celos amor 

es estar sin alma un cuerpo [iS). 

El autor de El mayor monstruo los celos habíalos es- 
tudiado tan á fondo, que, sin acudir á su renombrada 
drama, se pueden presentar muchas pruebas del profun- 
do conocimiento que de esia pasión tenía. No es cierta- 
mente en ¿7 Tetrarca donde escribió 



615 

[Malhaya 
quiea celos á buscar liega, 
que si no se hallan, no alivian, 
y si se hallan, atormentanl (29). 

Verdad es ésta que nunca deberían olvidar los celosos; 
pero Calderón temía que no la aprendieran 

Porque son celos, y son 
de esa condición los celos: 
morir por saberlos, antes, 
y después por no saberlos (30), 

Véase cómo encarece la inquietud que ocasionan: 

Los celos que me llevaron, 
aquí me han vuelto á traer; 
porque un celoso no está 
en ninguna parte bien (31). 

Y así es, en efecto, pues el esclavo de esta cruel pa- 
sión á tal punto ciega, que ni aun lo que tiene delante 
puede considerarlo seguro, porque 

en los celos las mentiras 
sientan plaza de verdades (32). 

La Única frase que citaré de El Tetrarca de Jerusalén 
es tan hermosa y pinta tan á.lo vivo el dolor de los ce- 
los, que por ella sola podría adivinarse la grandeza del 
personaje que exclama: 

Heredero de mis dichas, 
dueño de mis esperanzas, 
muero de agravios y celos 
que matan porque no matan (33). 

La ausencia y el olvido pasaron siempre por remedios 
eficaces para las enfermedades de amor: como tales los 



consideró también nuestro poeta, pero sin ilcsconocci 

que el enamorado olvida difícilmente. 

No es para solicitado 
como la ti í cha el olvido; 
que en qiiion lo busca porJido 
siempre estará más hídlado {Uj, 

De manera que si á un amante le hace decir 

Y así, al Vütieno de amor 
busqué el an tí Jo Lo fuertti 
del olvido^ porque sólo 
el olvido al amorveace (35), 

por boca de otro pondera así la diíicultad de conseguido: 

¿De qué tanto olvido sirvt\ 
si imaoa se olvidan penas, 
y ya se acuerda de amar 
tú que de olvidar se acuerda? (3ti). 

No sucede lo mismo con la ausenciai pues aunque di- 
ce el cantar que es aire 

que mata el fuego chico 
y aviva ©I grande^ 

la experiencia enseña qae, si contra amor hay algim re- 
medio, ha de buscarse en tiempo y ausencia; y Calderón 
se pone de parte de los quer creen que aquello que tiene 
origen en la presencia de una persona, se debilita t\ 
muere con su ausencia: por eso piensa que al enamo- 
rado 

Ausaucia y tiempo le careo » 

porque nadie convalece 

de amor» mejor ai más pronto 

que un enamorado aust^nle \i1). 

Ya hemos visto que sobresale entre las cualidades 



647 

que más ennoblecen el carácter de los galanes caldero- 
nianos su respeto á las damas. Ellas son el crisol donde 
depura la honradez ó hidalguía de los caballeros que 
con tanta frecuencia aparecen en sus obras: no es, pues, 
de extrañar que revistiendo de tantas virtudes y pren- 
das sociales al hombre de su tiempo, dejara en segundo 
término á la mujer, cuyo papel no era en aquella so- 
ciedad, ni podía, por consiguiente, ser en la fábula dra- 
mática tan activo como el del hombre. Hizo de éste 
Calderón el principal resorte para la solución de las 
grandes situaciones de sus comedias; y como es natu- 
ral, las más veces le colocó en la cúspide de sus crea- 
ciones. Como los personajes del teatro son siempre re- 
presentación de los que componen la sociedad en que el 
autor vive, Calderón no pudo prescindir de su época; y 
teniendo elevadísima idea de la mujer en general, se vio 
obligado á pintarla tal como era en el mundo, bien que 
realzando sus buenas cualidades y atenuando sus de- 
fectos. 

La mujer del siglo xvii vivía en una especie de reclu- 
sión, que hacía menos dura el matrimonio; pero sin que 
la acción social de la casada traspasase los límites del 
hogar doméstico. El teatro de Calderón bastaría por sí 
solo para dar idea exacta de las costumbres familiares 
y de la condición de la mujer de aquella época; pero 
los demás autores dramáticos coetáneos suyos, y que 
como él copiaron lo que veían, vienen á confirmar en 
absoluto la verdad del cuadro pintado por nuestro poe- 
ta. Vivía, pues, la mujer en tres diferentes estados, con 
caracteres distintos: como soltera, al cuidado mater- 
no; como soltera, huérfana de madre, bajo la guarda 
del padre, hermano, tío ó tutor; como casada, sometida 



erg 

al dommio del iBarído. La viuda esfiAfi 
eE ignaies coDdicíooes que la soltera. Con «to« 
mentas eontabaa los autores dramátieos para 
llar eB sus fábulas nua acción social; y eiertameote qoe 
con ellos tOTieran de sobra tan grandes togeiúiiSy s 
de los tres estados en que vivía la mujer, el primera 
hubiera podido llevarse al teatro, y el tercero (prec^- 
mente el que con más frecuencia es ahora asunto del 
drama) no hubiera parecido en la escena tan ofensivo 
al decoro público, que rara vez osaron ptresentarlo en 
ella los escritores de más autoridad: quedaba, pues, re- 
ducido el círculo de acción del poeta, en cuanto á la 
mujer, á las que estaban bajo la potestad del padre» her- 
mano, tío 6 tutor. 

Éstas son, en efecto, el elemento principal, casi tini- 
C0| de nuestra comedia antigua; y como no podían lomar 
parte en los asuntos de Estado ni en otras c-ontiendas 
ajenas á su carácter, la tomaban y muy activa en los 
lances de amor, burlando la vigilancia de sus guardado- 
res con la ayuda de dueñas y doncellas, y ocasionando 
las situaciones cómicas y dramáticas, los ingeniosos en- 
redos con que nos deleitan nuestros admirables poetas 
délos siglos xvr y xvil De aquellas aventaras provoca^ 
das por las mujeres^ salva tal cual excepciun, no puede 
resultar el sexo femenino tan bien parado como fuera de 
desear. La ligereza, la travesura, la coquetería, el deva- 
neo que alguna vez raya con la desenvoltura y casi 
nunca con la liviandad, caracterizan á las mujeres del 
antiguo poema escénico, en el cual aparecen despiertas, 
sagaces, vivarachas, llenas de gracia y atractivo* no pu- 
dorosas y recatadas, ni mucho menos fuertes y heroicas. 

Calderón, al retratar esta parle de su sociedad, se 



I 



619 

muestra original, agudo, con frecuencia epigramático y 
siempre conocedor profundo del corazón de la mujer. 
Así es que en cuanto á su decoro, pensaba que 

no hay recatos ni murallas 
que guarden á una mujer, 
si eUa misma no se guarda (38); 

y en lo que toca á su discreción, sabía 

que las más cuerdas mujeres 
pueden caUar con amor, 
pero con celos no pueden (39). 

Mucho debió estudiar sus defectos; pues aunque cons- 
tantemente inspirado por el sano deseo de corregirlos, 
á menudo los pone en evidencia con tal exactitud que 
asombra. Véase en los siguientes rasgos cómo supo sor- 
prender en el alma de la mujer sus debilidades más ínti- 
mas, y con qué sagacidad de espíritu logró averiguar que 

es el mayor desaire 

del duelo de las mujeres 

confesar sus celos, donde 

lo escucha de quien los tienen (40). 

Tal vez fuera exclusivo de los tiempos de Calderón el 
defecto de altivez, más bien de egoísmo, que atribuye á 
todas las mujeres cuando por boca de una les hace decir; 

Porque somos las mujeres 
á nuestra altivez atentas 
tanto, que, ofendiendo, aun no 
queremos que nos ofendan (44). 

Pero lo que seguramente cuadra á todos los tiempos, 
sin que nadie lo haya contradicho, es la verdad que es- 
tos cuatro versos encierran: 



630 

Ninguno nos quiera bien 
si pretende alcanzar premii), 
que qucrklas despreciíimos 
y ahm-recidas queremos (^i), 

Difícil es que las mujeres confiesen estas cosas; pero 

ninguna se atreverá á negar que 

La deidad más ofendida 
de verse adorada, es cierto 
que liacia la parte del alma 
nunca le pesa de serlo (43). 

Si alguna lo negase, ma atroYería á estimular su na- 
tural locuacidad^ exclamando: 

Callar aquf no es amar; 
y este yerro veudrá á ser 
el primero que mujer 
haya hecho por callar (44). 

Pero Calderón» á quien la integridad y nobleza de su 
carácter imponían el deber de decir lo que sentía aeerea 
de la mujer en aquello que la perjudica, es tan probo que 
no quiere omitir nada absolutamente de lo que la ensal- 
za. No es raro en sus escritos hallar censuras tan enéi^ 
gicas y tan justas como la siguiente: 

Ni quiere i>Leu ui ha querido: 
y así, la oh ¡da y la deja; 
porque mujer siu amor 
¿qué se pierde cq que se pierda? {V5}; 

pero lo es menos todavía encontrar conceptos tan her- 
mosos como éste; 

No liables mal de las mujeres: 
la más humilda, te digo 
que es digna de ostimaciíSn, 
porque, al fin, de ellas nacimos (46). 



62f 

Y defensas tan sentidas, tan lógicas y atinadas como 
ésta, que imitó una célebre poetisa: 

Presto del amor te ofendes. 
Todos los hombres queréis 
fáciles mujeres antes, 
pero Lucrecias después (I"). 

Pues ¿qué hemos de ser nosotras 
si ellos mismos nos enseñan? 
Siempre la ocasión es suya 
y siempre es la culpa nuestra (48). 

Ni deja Calderón de presentar, aun en sus comedias 
de enredo, tipos delicadísimos dignos de respeto y admi- 
ración. Amantes tiernas y apasionadas, almas candidas 
y generosas hay en muchas de las obras de su teatro có- 
mico; y en el dramático, donde con más facilidad podía 
desplegar su genio creador y grandioso, el tipo heroico 
de la mujer apasionada, el austero de la mujer fuerte y 
el pudoroso de la virgen cristiana, aparecen algunas ve- 
ces con prendas de abnegación y virtud, tales que en 
nada ceden á las creaciones más famosas de otros auto- 
res. No entra en mi propósito analizar todos los rasgos 
de estas damas de Calderón; pero tampoco puedo renun- 
ciar al placer de recordaros algunos, en justo desagra- 
vio de las mujeres. Así pinta un galán el carino de su 
adorada: 

Con tan grande, con tan ciega 
terneza me mira y ama, 
que el aire que apenas pase 
junto á mí, la sobresalta (49). 

No son menos tiernos y delicados estos conceptos: 

Á la aurora desperté, 
la mañana te escribí, 



6ii 

á la lorde te esperó, 

de noche, Don Juan, te ví^ 

y á todas horas to amé (íiO), 

Espera, amanta traidor; 
mira que es mucho rigor 

que tú nie mates de celos 
y yo rae rouera de amor (íH). 

Mirad í\ otra parte 
galán cabailero^ 
que lodos verán 
lo mucho que os quiero [^% 

Antes he dicho que las mujeres solteras que vivían al 
cuidado Diaterno estaban proscriptas de la escena; y lo 
estaban porque la madre no aparecía en ella jamás: éste 
es un personaje desconocido en nuestro teatro antiguo: 
ninguno de los escritores dol siglo xvn se atreve á pro- 
sentarlo ni aun como episódico. Mucho dice esto en favor 
de la mujer de aquellos tiempos; y aunque no pruebe en 
absoluto que las madres nada tuvieran que censurar |ii 
corrogirj pruebEj á lo menos, que sus costumbres eran 
tan puras y tan recatada su manera de vivir, que las ra- 
rísimas excepciones que pudiera haber no autorizaban á 
exponerlas ante un público á quien desagradaJja %*er co- 
sas extrañas á sus costumbres. Por algo debió entrar en 
tal omisión voluntaria el profundísimo respeto con que 
se miraba entonces el santuario del hogar doméslico, 
donde la mujer tan cuidadosamente custodiaba el honor 
de la familia, base firmísima del í>uen vivir. 

Pero como el respeto no se otorga por benevolencifli 
sino por la fuerza que hacen en el ánimo las cualidades 
de quien lo merece, no puede atribuirse exclusivamente 



623 

á virtud de nuestros dramáticos lo que en realidad era 
mérito de la sociedad que los rodeaba. De otra suerte, 
ni Calderón de la Barca, que acometió valerosamente en 
sus dramas las más arduas empresas, hubiera dejado de 
animar alguno con la figura de la madre, ni el público 
hubiera impuesto el silencio que todos los poetas guar- 
daron en este punto. 

Tampoco la mujer casada aparece en nuestro teatro 
antiguo sino muy raras veces. Calderón se adelantó á 
sus coetáneos en tal camino; y no sólo presentó á la mu- 
jer casada, sino que se atrevió á presentarla culpada en 
algunas ocasiones; pero fué tan tímido y cauteloso en la 
exposición de la culpa, y tan terrible en la imposición 
del castigo, que todavía tres de sus obras maestras ejer- 
cen en el espectador más sana influencia que todas las 
que sobre el mismo asunto han venido recientemente á 
infestar el teatro. 

Velando el delito según exigen el arte y el decoro, 
imponiendo el castigo con más dureza que la ley y la 
moral prescribían. Calderón interpretaba los sentimien- 
tos de su época, reflejaba el espíritu caballeresco de sus 
compatriotas, y á la vez que moralizaba á su público ha- 
ciéndole amable la virtud y aborrecible el vicio, le ins- 
piraba el horror sublime, la compasión sana y consola- 
dora con que el arte sella sus obras maestras. Los carac- 
teres de misteriosa solemnidad con que nuestro poeta 
pinta la infidelidad conyugal de la mujer, la severidad 
con que juzga el pecado de pensamiento, el decoro y el 
pudor con que trata el asunto hasta en las situaciones 
más atrevidas, prueban, á mi entender, tres cosas: que 
los casos prácticos eran rarísimos entonces; que aquella 
sociedad exigía hasta la crueldad en el castigo; que el 



6lf 

público no toleraba en esta materia lo que tolera el 
nuestro. 

Aun admitiendo en bipó tesis que existan tipos y ae- 
ches como los que hoy vemos en el teatro, ¿debe el arle 
darles cabida? ¿Debe el escritor dramático allanarse á 
propagar el vicio por medio del escándalo? El vieiO| eñ 
lo que tiene de deforme, descomunal y antihumano, y 
revestido con todos los accidentes y pormenores r 
repugnantes, no es arto, ni verdad, ni realidad, ni tx-it- 
lismo: es sencillamente degradación y barbarie. 

La mutua estimación y el correspondido cariño cons- 
tituyen el fundamento de la dicha conyugal, y poco nue- 
vo sobre esto podía decir Calderón; pero sí podía censu- 
rar y censuró á los que para elegir mujer consultaban 
otro linaje de interés: 

Mujer h mi gusto quiero; 
sea su dolíj mi agrado; 
tjue ol que a otro íiiten's se vende 
no es marido^ sino esclavo (33), 

Éste quiere mujer á su gusto, como primera condi- 
ción: otro enumera las cualidades que la deben adornar 
y piensa: 

qutí no ]ja de lener la propia 
de ñadí» opinión* pues basta 
ser perfecta un poco en todo» 
pero coE extremo en nada (si). 

Véase, al condenar la desconfianza conyugal, C4Ímo 

demuestra Calderón 

que seatimteiitos, disgustos, 
celoSi agravios, sospechas 
en la mujer ^ y mas propia, 
aun laás que sanan enferman (ss); 



-i'IVi^^l^v ^«r 



625 

y con cuánta razón dice un marido á su mujer: 

IJo será justo que ignores 
que tiene, en tales desvelos, 
licencia de pedir celos 
marido que da temores (56). 

El galán que persigue á una mujer casada y tiene 
que esconderse porque se ve sorprendido, manifiesta el 
estado de su ánimo con esta oportuna reñexión: 

No he sabido 
hasta la ocasión presente 
qué es temor. ¡Oh qué valiente 
debe de ser un marido! (57). 

Sorprendida una mujer casada que sin culpa suya se 
encuentra á solas con un hombre que la galantea, pro- 
rrumpe, al esconderlo, en esta profunda, verdadera y 
hermosísima exclamación: 

Si inocente una mujer 
no hay desdicha que no oguarde, 
[Válgame Dios, qué cobarde 
la culpa debe de ser! (58). 

Inteligencia tan elevada como la que concibe estas 
ideas, corazón tan honrado como el que atesora tales 
sentimientos, pluma tan consagrada á las bellezas del 
espíritu, no había de pagar tributo á la pasión material 
y grosera, al tratar de la hermosura en la mujer, pues- 
to que 

no hay perfecta hermosura 

donde no hay alma perfecta (59). 

Y si para el hombre 

Una hermosura sin alma 
es como estatua de mármol, 

40 



626 

en doDdo está la hermosura 
sin el color del bálago (SO), 



en la mujer 



£5 armiño la hermosura 
que siempr