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Full text of "Memorias de la Real Academia Española"

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MEMORIAS 



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REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. 



tom:o V. 




MADKU). 

jj^(pn.RKTA Y FUNDIOltílt DE MANITKL TELLO, 
mrsmiou de cám^ka i» a. x. 
ImW k CnUlica, SS. 

1886. 







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NECROLOGÍA 



DKL KXGMO. SKNOB 



Doctor D. TOMÁS DE CORRAL Y ONA 

PRIMER MARQUÉS DE SAN QREQORIO. 



¿Q«é «f U rftpidei del rapor, ni liqniera U eleetrí- 
eidad, oontrapneata i la velocidad con qne se haoe el 
Tiióe de la rida i la eternidad? 

El Mabquís dx Molutb.— Tomo TV, vág, VL 



Aún no habrá olvidado esta Real Academia la inusita- 
da pompa con que recibió en su seno el día 8 de junio 
de 1879 al insigne Doctor en Medicina y Cirugía D. To- 
más de Corral y Oña, primer Marqués de San Gregorio. 

Los preparativos que se hicieron para su recepción, 
recuerdo que picaron un tanto la curiosidad de los que 
vieron á nuestra Junta administrativa separarse de los 
usos observados en otras recepciones. 

Y á decir verdad, no faltaba motivo para ello; porque 
siendo proverbial la modestia con que esta Corporación 
se presenta en todos sus actos, en el de que se trata pa- 
recía como que le acompañaba algo de extraordinario, 
algo que le impulsaba á vestirse de gran gala, y llevar la 
solemnidad de la ceremonia á términos desconocidos por 
la costumbre. 

Se proyectaron algunas reformas; se recorrió aquella 



parte del edificio, cuyo aspecto convenía mejorar; se pin- 
tó, alfombró y decoró la escalera; se contaron cuidadosa- 
mente los asientos, á fin de que las esquelas de convite 
no excedieran al número de aquéllos, y finalmente, se 
vio que, á pesar de tan laudable celo, aún faltaban y ha- 
bía que improvisar, en muy escasas y contadas horas, 
varios objetos de ornamentación que no poseía la Aca- 
demia. 

Su mobiliario no se recomendaba ni por lo artístico, 
ni por lo abundante, ni por lo joven; sus terciopelos y 
damascos habían lucido ya en muchas festividades; sü 
vajilla sólo existía en el Diccionario; se necesitaba un si- 
tial que fuera digno del que había de ocuparlo, y falta- 
ban otras cosas que no se podían allegar oportunamente: 
pero hay una Providencia para los sanos de corazón, y 
en el caso á que aludo, esa Providencia fué nuestro ge- 
neroso Director, que, espléndido como siempre, puso á 
disposición del Cuerpo académico cuanto hubo menester 
para ostentar en el acto público el posible decoro, y sa- 
lir del compromiso con no escaso lucimiento. 

Porque compromiso, y no exento de apuros, fué el en 
que se vio la Academia en aquel solemne día. Antes que 
al nuevo companero tenía que recibir á un personaje de 
incomparable importancia, que iba á dispensar á la Cor- 
poración, ocupando el puesto más preeminente, un ho- 
nor del que jamás había gozado en los ciento sesenta y 
seis años que contaba de existencia. Esta egregia perso- 
nalidad no era otra que la del cuarto nieto del augusto 
fundador de nuestro instituto: era la del joven é ilustrado 
Rey de España D. Alfonso XII, que había significado su 
deseo de presidir la ceremonia, para honrar en la perso- 
na de un leal servidor, al imponerle la medalla, la perso- 



7 

na de todos y cada uno de los demás señores académicos. 

Si aun entre Príncipes produce cierta alteración y des- 
usado movimiento la visita de un colega de estirpe Real, 
¿qué no acontecerá cuando se trata de corporaciones que 
sólo tienen costumbre de recibir la visita de otra clase de 
Príncipes que, aunque muy admirados y aplaudidos, ca- 
recen, salva alguna excepción, de los atributos propios 
de la majestad de la realeza? Afortunadamente S. M. el 
Rey D. Alfonso XII no es descontentadizo ni ceremonio- 
so: educado en la desgracia, sabe colocarse, sin afecta- 
ción ni extrañeza, en las varias situaciones que ofrece la 
vida, y hay quien asegura haber oido de sus labios que 
fué muy dichoso las horas que en aquel solemne día pa- 
só rodeado de los doctos varones, á quienes ya amaba y 
conocía, á los unos personalmente, y á los otros por lo 
ilustre de su fama, creyendo que á su contacto y á la at- 
mósfera científica que se respira en estos salones, debe 
que sus discursos oficiales sean ahora, más que lo fueron 
antes, fáciles, correctos y castizos. 

En aquel solemne día aconteció lo que acabo de indi- 
car, y en él tomó posesión el Sr. D. Tomás de Corral de 
la silla M, que había dejado vacante el fallecimiento de 
nuestro inolvidable amigo y compañero, el distinguido ju- 
risconsulto Sr. D. Francisco Cutanda, y ¡cuan breves son 
las humanas alegrías! Parece que fué ayer cuando felici- 
tábamos al sabio Doctor por su merecido ingreso en la 
Academia madre, ¡y hoy desconsolados volvemos á en- 
contrar vacío el sillón que ocupó y llenó con honra pro- 
pia y grande aprovechamiento de nuestras áridas tareas! 
Aún suena en mis oídos el eco de su voz cuando con in- 
dulgente bondad contestaba las impugnaciones que los 
no facultativos dirigíamos á tal cual definición de pala- 



bras científicas, definición inmejorable debida á su mu- 
cho saber, y ya aquella voz no la volveremos á oir, pues 
quedó extinguida para siempre. 

Pocos hombres como el Sr. Corral habrán emprendido 
el camino de la vida con menos comodidades, y muy po- 
cos también habrán llegado á su término más legítima- 
mente honrados, mereciendo como él plácemes y aplau- 
sos de cuantos conocían su aplicación y laboriosidad, 
apreciaban la rectitud de sus miras y veneraban su des- 
interés y constante pasión de ser útil á sus semejantes. 

La exposición de algunos datos de su paso por el mun- 
do, confirmará la exactitud de estas verdades. 

Nació el Sr. D. Tomás de Corral y Oña el día de San- 
to Tomás de Villanueva, 18 de septiembre de 1807, en el 
Palacio que en la villa de Leiva á la sazón poseía el se- 
ñor Conde del Montijo, y al presente es propiedad de su 
sobrina la señora Condesa de Teva, Emperatriz que ha 
sido de los franceses. En el mismo Palacio nació también 
su hermana Doña Regina, quien, como el Sr. Corral, ha 
dejado descendencia. 

Fueron padres de ambos D. Fernando de Corral y Do- 
ña Eustaquia de Oña, empezando el D. Tomás á conocer 
la desgracia desde muy temprano, pues tuvo la de perder 
á su señor padre en 1813, es decir, la de quedar huérfa- 
no cuando aún no había cumplido seis años de edad. Pe- 
ro el distinguido académico á quien hoy conmemoramos 
sin duda había nacido, como vulgarmente se dice, con 
buena estrella, y no debía ser arrollado por el infortu- 
nio como tantos otros huérfanos desvalidos. 

Adquirió con suma facilidad los conocimientos corres- 
pondientes á la primera enseñanza que pudieron propor- 
cionarle los dómines de la villa de Leiva, y al cumplir 



diez años fué llamado á Madrid (1817) por su tío mater- 
no D. Víctor de Ofia, que desempeñaba la Contaduría de 
la Casa y Estados del señor Duque de Frías. 

Ya una vez en Madrid, y conquistadas con su genial 
viveza y natural donaire la voluntad y protección de su 
tío Oña, emprendió esa lucha con lo desconocido á la que 
frecuentemente se entregan los caracteres enérgicos, y 
en la que siempre vencen los alentados de corazón y los 
espíritus superiores. 

Se dedicó á estudios de mayor importancia que lo ha- 
bían sido los frecuentados en la villa de Leiva, y lo hizo 
con tanto ardor, que en breve tiempo trabó estrecha 
amistad con los clásicos griegos y latinos, analizó y sabo- 
reó los primores de ambas literaturas, y cursó dos años 
de Derecho; cuyo estudio interrumpió y después dejó, á 
consecuencia de haber sido trasladada la Facultad de De- 
recho á la Universidad complutense. 

Entonces fué (1824) cuando se decidió á cursar la Me- 
dicina, y perseverante en su propósito, siguió su estudio 
y lo coronó, llegando al doctorado con las notas más bri- 
llantes que pueden obtenerse en carrera que está reputa- 
da por una de las más arduas, complejas y de mayor res- 
ponsabilidad en su ejercicio. 

En el año de 1832 era ya Ayudante profesor, por opo- 
sición, en la escuela de Medicina, y un poco más ade- 
lante, tacnbión por oposición, ganó una cátedra de la 
Facultad en el antiguo Colegio de San Carlos, cuyos no- 
tabilísimos ejercicios causaron tan favorable impresión 
en el ánimo de sus jueces y auditorio, que puede asegu- 
rarse fueron el principal cimiento de la fama que en gra- 
do ascendente le ha seguido en su juventud, en su vejez, 
y parece que ha de recordar su memoria, perpetuando 



10 

su vida aún más allá del sepulcro en que hoy reposa. 

Fué, pues, en 1832 cuando principió á levantarse el 
astro amigo del Sr. Corral, astro de brillo constante y 
sereno, durante el medio siglo que ha tardado en recorrer 
su camino, á partir de su oriente, hasta hundirse en el 
ocaso. Desde dicho año datan las recompensas, distingui- 
dos honores, justas satisfacciones y alegrías que obtuvo 
y gozó el novel Catedrático, merecido fruto de tantas vi- 
gilias, aplicación y sacrificios que hizo de todo género 
por descifrar los enigmas, poseer los arcanos y penetrar 
en las profundidades de la ciencia. Además de Ayudante 
profesor, y después Catedrático, fué también Biblioteca- 
rio de la Facultad, cuyo departamento ordenó y procuró 
enriquecer en la medida de sus fuerzas, siendo igualmen- 
te por este tiempo elegido individuo de número de la Real 
Academia de Medicina, y elevado á su presidencia por la 
misma reiteradas veces en distintas épocas. 

Y aquí hemos llegado á uno de los periodos de la vida 
del Sr. Corral, que sin ser tan brillante y ruidoso como 
lo fueron algunos otros suyos posteriores, es sin embar- 
go uno de los que más le honran y hasta digno de envi- 
dia, por reflejarse en él algo de aquella dulce felicidad 
que las sagradas escrituras atribuyen á los primitivos 
Patriarcas. 

Elegida por su corazón una tierna compañera, que ha 
labrado su ventura desde los albores de la juventud hasta 
recoger su último aliento: explicando desde la cátedra 
con la seguridad y reposo que prestan el profundo cono- 
cimiento y magistral dominio de la materia que se expli- 
ca; amado, casi idolatrado, por sus numerosos discípu- 
los: creciendo de día en día su popularidad, y solicitado 
el auxilio de su práctica lo mismo de las humildes encin- 



44 

tffis qne se hospedaban en sótanos y guardillas, que por 
las ilostret damas que habitaban en suntuosos palacios; 
tríonfando en todas partes con su desirva, su portentosa 
habilidad de los casos más arduos y complicados de la es- 
pecialidad científica que tan acertadamente cultivaba, es 
indudable que tal reunión de satisfacciones produciría en 
el célebre tocólogo un bienestar moral del que sólo dis- 
frutan los hombres sinceramente modestos, que ven col- 
madas sus aspiraciones y sienten tranquila y alegre la 
concienda. 

Lo jovial de su excelente carácter, sin degenerar nun- 
ca en famiEar; sus distinguidos modales; el delicado tacto 
que em^eaba en su trato social, y la fe y pleno conven- 
cimiento que inspiraba su saber, le pusieron en posesión 
de una clientela tan numerosa, que á ser el Sr. Corral 
avariento, le habría enriquecido materialmente; pero ya 
se ha dicho que con la misma asiduidad y cariño asistía 
y socorría á los pobres más desdichados, que prestaba sus 
servicios á los proceres más favorecidos por la fortuna. 

Ocurrió por entonces un suceso desgraciado, que, sin 
la menor intervención directa ni indirecta del Dr. Corral, 
fué, no obstante, origen de su futuro engrandecimiento. 

S. M. la Reina Doña Isabel II se hallaba, como dice la 
moderna cultura, en estado interesante. Llegada que fué 
la hora del regio alumbramiento, sea porque en la Real 
Cámara hacía bastantes años que no habían ocurrido esta 
clase de pavorosos accidentes, ó sea porque como se dijo 
(no só si con verdad) el facultativo manipulante hubo de 
perder la serenidad en el acto que le era más necesario 
conservarla, es lo cierto que S. M. la Reina dio á luz un 
robusto Príncipe de Asturias, pero muerto, cuya desgra- 
cia, según de público se dijo, hizo prorrumpir al señor ge- 



12 

neral Narváez, Presidente entonces del Consejo de Minis- 
tros, en la siguiente frase: <Está visto que de aquí en 
adelante los Grobiemos de España tendrán también que 
aprender á partear. > 

No se sabe si por espontánea referencia de las Damas 
de S. M., á quienes había asistido D. Tomás de Corral, 
con éxito feliz en casos análogos, ó por cual otro con- 
ducto, se enteró S. M. la Reina, cuando más adelante 
volvió á encontrarse con síntomas de nuevo alumbra- 
miento, de la notable aptitud del Catedrático de la clíni- 
ca de obstetricia en la Facultad de Madrid, para practi- 
car lo que elocuentemente explicaba á sus discípulos en 
la cátedra; pero conocida es la sorpresa con que recibió 
el digno Profesor, hallándose explicando en aquélla la 
lección del día, un recado por el que se le rogaba que 
con urgencia se presentara en la Real Cámara, para asis- 
tir como facultativo á la Reina Doña Isabel. 

Esto acontecía el 20 de diciembre de 1851. El Dr. Co- 
rral suspendió la explicación, y se dirigió sin pérdida de 
momento al Real Palacio. Asistió á S. M. con su recono- 
cida pericia, y en el mismo día la augusta parturiente 
dio á luz con toda felicidad una Princesa de Asturias, 
á S. A. R. Doña María Isabel Francisca de Asís, hoy In- 
fanta viuda del señor Conde de Girgenti, y modelo de al- 
tas Damas por su privilegiado entendimiento, notoria ca- 
ridad y severa práctica de todas las virtudes. 

Tan complacida quedó S. M. la Reina de los cuidados 
que con ella empleó el Sr. Corral y Oña, que significó su 
voluntad de que en cuantos hijos se sirviese el cielo en- 
viarle la asistiera el docto Profesor de la clínica de obs- 
tetricia de Madrid, y así se realizó en efecto; pudiendo el 
actual Rey de España y sus augustas hermanas afirmar 



43 

con absoluta exactitud, que la primera mano amiga que 
tocaron al pasar los umbrales de la vida, fué la mano in- 
teKgente y leal del que se apellidó después Marqués de 
San Gregorio. 

Las mutuas y repetidas muestras de simpatía que pro- 
digaron las Reales personas á Corral, y de respetuoso 
afecto de Corral á las Reales personas, establecieron en- 
tre todos unas relaciones tan cordiahnente cariñosas, que 
los Príncipes miraban y trataban al Dr. Corral con la de- 
licada benevolencia que pudieran mirar y tratar á un in- 
dividuo de la Real familia, mientras que el Dr. Corral 
cuidaba y contemplaba á los Príncipes con un interés, un 
esmero, un amor como si fueran sus propios lujos. Y es- 
tos lazos tan íntimos, formados en tiempos de grandeza, 
fortuna y esplendor de la Corona, fueron aún más estre- 
chos cuando llegó para la misma la hora de la desgracia. 
En seis años de voluntaria expatriación, con abandono 
de todos sus intereses, demostró Corral á su infortunada 
Reina y Real familia su noble gratitud y leal constancia, 
y que aquellos lazos formados en la prosperidad, en hom- 
bres de su carácter, sólo podían ser rotos por la mano de 
la muerte. 

Sin abandonar todavía los tiempos que precedieron en 
más de quince años á la revolución de septiembre, debo 
hacer mención, si bien ligeramente, de las mercedes con 
que fué honrado y los cargos públicos que desempeñó el 
Sr. Corral, indicándolos por orden cronológico. 

En 1852, después del nacimiento de la señora Infanta 
Doña Isabel Francisca, le condecoró S. M. con la Gran 
cruz de Isabel la CatóUca.— En 1853, y lo cito entre los 
honores que alcanzó el Sr. Corral, por ser uno de los me- 
nos vulgares que se obtienen en la vida, nuestro altísimo 



u 

poeta D. Ventura de la Vega le dedicó una deliciosa epís- 
tola en íáciles esdrújulos, en la que revela^ además de las 
propias condiciones del carácter del autor, la suma esti- 
mación en que tenía éste al Sr. Corral como hombre y 
como facultativo. (Véase el Apéndice núm. 1.)— En 1855 
recibió el nombramiento de Rector de la Universidad 
Central, en la que dejó tan gratos recuerdos (habiéndole 
desempeñado por espacio de ocho años), que mereció que 
el primer Cuerpo docente de España lo eligiera reiterada- 
mente para que llevara su representación en la Alta Cá- 
mara legislativa,— En 1857, merced de título del Reino 
con la denominación de Marqués de San Gregorio, Viz- 
conde de Oña, — En 1858, sucedió á su maestro y compa- 
ñero D. Juan Francisco Sánchez, como primer médico de 
Cámara. — En 1859, S. M. ornó el pecho del ilustre Mar- 
qués con la Gran cruz de Carlos III, y al volver á España 
lucía además las grandes cruces extranjeras de San Mi- 
guel de Baviera y Cristo de Portugal. Perteneció simul- 
táneamente á los Reales Consejos de Instrucción púbUca 
y Sanidad del reino, llegando á ejercer la Vicepresiden- 
cia de este último distinguido Cuerpo consultivo. 

Y en verdad que antes de que le veamos partir para la 
emigración, debo dejar consignado un hecho, no de gran 
interés, pero sí curioso, porque da alguna idea de las 
opiniones políticas del Dr. Corral, y de la especie de pre- 
destinación á ser médico de Príncipes con que lo consi- 
deraba un individuo de su familia. 

Tenía D. Tomás de Corral, cuando apenas mediada la 
primera guerra civil, un primo en las filas carlistas, lla- 
mada D. Simón T. de Corral. Era éste comandante del 
batallón de Guías de Álava, que daba la guardia á Don 
Carlos^ el cual primo le escribió una brevísima carta en 



la que textualmente le decía: <Toinás: el Tío (aludiendo 
á D. Garlos) me trata con distinción; vente y serás su 
médico.» A lo que contestó nuestro D. Tomás con el pro- 
pio laconismo: <Simón: Muchas gracias; no puedo com- 
placerte; soy miliciano nacional.» 

Años adelante, cuando el Marqués de San Gregorio fué 
nombrado primer médico de Cámara de S. M. la Reina, 
le decía el mismo pariente, ya entregado á más pacificas 
tareas: «Estabas destinado á ser médico de altísimas per- 
sonas; hoy veo con gusto hermanados mis deseos y tus 
opiniones.» 

No se distinguió, ciertamente, por lo exagerado de ellas 
el Sr. Corral: más hombre de ciencia módica que de cien- 
cia política, profesaba ideas templadas equidistantes de 
todo extremo: respetuoso y tolerante con los que procla- 
maban otras, no se empeñó jamás en controversias para 
convencer ni ser convencido, porque ya lo estaba de que 
tan grato resultado no se conseguía nunca entre los más 
hábiles y fecundos polemistas. Filósofo de los que poseen 
abundante jugo en el corazón, trataba á toda clase de 
personas con exquisita cortesía y suma benevolencia: á 
todos por igual prestaba los auxilios de su profesión; fa- 
voreció cuanto pudo á los menesterosos, y no creo aven- 
turar nada asegurando que el Marqués de San Gregorio 
fué de los pocos hombres que en el mundo recorren sen- 
das muy largas, sin tropezar en ellas con un solo ene- 
migo. 

Por eso á mis ojos tiene tan relevante mérito su vo- 
luntaria emigración á tierra extraña. El Sr. Corral era 
umversalmente querido en Madrid: la revolución no se 
había hecho por él: nadie le perseguía, ni había por qué; 
y aunque su numerosa clientela remuneraba sus serví- 



16 

cios dignamente, permitiéndole vivir con decorosa abun- 
dancia, el Sr. Corral era el único apoyo de una extensa 
familia, y no poseía, á pesar de su elevada posición, lo 
que entre nosotros se llama una fortuna; se hallaba en 
camino de encontrarla permaneciendo en Madrid; pero 
ante el repentino cúmulo de desgracias que abrumó en 
1868, á la familia Real: al ver á los Reyes, sus bienhe- 
chores, descender del trono, y tristes, silenciosos y resig- 
nados, buscar asilo en suelo extranjero, el Sr. Corral no 
vaciló un instante en cumplir con el deber de todo sub- 
dito leal que abriga un corazón noble, honrado y agra- 
decido, y sin cuidarse de más, siguió á sus Reyes al des- 
tierro. 

Desde Pau á París, á varios pueblos de la costa de Nor- 
mandía, á Munich, á Suiza, y vuelta á París, siguió á los 
Augustos proscriptos, tomando parte en sus gravísimas 
penas y marchitas alegrías. 

Sirvió, sin embargo, al Sr. Corral de supremo lenitivo 
en sus tristezas: primero, la dulce compañía de su esposa, 
la de sus lindas hijas solteras, la de su hijo Marcelo, Ben- 
jamín de la familia, y en algunas temporadas la de su 
hijo primogénito señor Vizconde de Oña; y segundo, que 
con grata sorpresa observó que no obstante hallarse fue- 
ra de su patria, no lo parecía; pues encontró en el pro- 
fesorado de los lugares por donde transitó, conocidos, 
más que conocidos, amigos que habían examinado sus 
obras científicas, y que consideraban y distinguían á su 
autor con el aprecio y cariño que se considera y distin- 
gue á un antiguo compañero que vuelve á su país des- 
pués de larga ausencia. 

Y como el Sr. Corral era uno de esos hombres que su- 
ben de concepto á medida que se los trata, resultó que, á 



\7 

poco de residir en París, ya concurría á conferencias y 
consaltas médicas, invitado por sus comprofesores de la 
Sorbonne, del Hotel de Dieu, Laríboissiere y de otros no- 
tables establecimientos donde se estudia, enseña, cura y 
asiste á la humanidad doliente; con cuyo ejercicio fué 
ensanchando el círculo de sus relaciones, y empezaron, 
como le había sucedido en España, á ser solicitados sus 
servicios facultativos por considerable número de en- 
fermos. 

Tan cierto es que la poesía, las ciencias, las Bellas ar- 
tes, y sobre todo el talento, tienen el mundo por patria, 
que si el Dr. Corral hubiera permanecido más tiempo en 
París, habría encontrado mayor clientela que la que ha- 
bía dejado en España, y por consiguiente, mayores me- 
dios de subsistencia; pero llamado que fué el Príncipe de 
Asturias por previa y espontánea abdicación de su Au- 
gusta Madre, á ocupar el trono de sus mayores, el señor 
Marqués de San Gregorio, como diligente guardián de 
la salud del joven Monarca, á cuya persona ha profesado 
siempre una adhesión sin límites, volvió á establecerse 
en España y se vio honrado seguidamente con el alto 
puesto de Jefe de la Facultad de Medicina y Cirugía de la 
Real Cámara de D- Alfonso XII. 

Pasaba ya de los trece lustros la edad del señor Mar- 
qués, edad en la que se van insinuando la debilidad del 
humano organismo, la necesidad de sustituir con mayor 
reposo los afanes de la vida activa, y la de entrar de lle- 
no en el goce tranquilo de las comodidades conquistadas 
en la edad viril; pero nuestro querido amigo parece que 
estaba destinado á representar el movimiento continuo, 
porque, en vez de consagrarse al descanso, emprendió á 

deshora una serie de fatigas á que no estaba acostumbra- 

t 



do, y se expuso á peligros materiales que sólo se arros- 
tran, y hasta con cierto abandono, cuando se posee una 
organización dotada de la fuerza y entusiasmo que gene- 
ralmente acompañan á la juventud. 

Nueva demostración de que el Sr. Corral no tenía ja* 
más para nada en cuenta sus conveniencias personales, 
aun cuando se tratara del cumplimiento exagerado de 
sus deberes. 

S. M. el Rey, con el plausible deseo de enterarse por 
sí del estado de la guerra del Norte, y acelerar en lo po- 
sible la terminación de sus estragos, acordó ponerse al 
frente del ejército, en el que hizo gloriosamente sus prue- 
bas de soldado. Y allí fué en pos del Monarca el casi sep- 
tuagenario Marqués, batiendo los ijares de un caballo 
por montes y valles, sin perder un instante de vista la 
persona de su Rey, á la que parecía como que deseaba 
envolver en su cariñosa mirada para ponerla á cubierto 
de las balas enemigas. 

La Divina Providencia tuvo á bien, en las dos campa- 
ñas que hicieron (1875 y 1876), librar á uno y otro de los 
graves riesgos y azares á que se expusieron, y ambos vol- 
vieron felizmente á la corte, habiendo ganado el señor 
Marqués de San Gregorio, y añadido á sus condecoracio- 
nes, la Gran cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, 
y además la medalla de Alfonso XII, que se concedió al 
ejército en su última campaña. 

El postrer honor que alcanzó^l Sr. Dr. Corral en este 
mundo, fué el otorgado por la Real Academia Española, 
eügiéndole individuo de su número; honor que, aunque 
muy grande, y uno de los que más lisonjeaban y satisfa- 
cían al que lo obtuvo, no parece excesivo atendidos sus 
extraordinarios merecimientos, y la avanzada edad en 



19 

«(oetomó posesión de la silla que, desgraciadamente, sólo 
ha podido ocupar durante unos tres años. 

En ellos ha sido para los señores Académicos más que 
un buen compañero un amantísimo hermano. Apenas 
cualquiera dolencia les molestaba, aparecía Corral espon- 
táneamente al lado del lecho del enfermo, y allí pasaba 
largas horas prodigando el consuelo de sus consejos y su 
ciencia. Así lo practicó muy especialmente en la rapidí- 
sima enfermedad que arrebató á las letras y al cariño de 
sos amigos, al inolvidable Selgas, á quien no abando- 
nó hasta después de haber recogido la muerte sus des- 
pojos. 

Gomo prueba de su actividad intelectual y laboriosidad 
académica, debo dejar también consignado que de las 140 
juntas que celebró esta Corporación en el tiempo que 
perteneció á ella el señor Marqués de San Gregorio, asis- 
tió á 123, es decir, á todas menos 17 á pesar de la enfer- 
medad de once meses, que concluyó por separarlo para 
siempre de entre nosotros. 

Y aquí sería oportuno, para terminar este mal perje- 
ñado bosquejo de la vida y muerte de un hombre digno 
por muchos conceptos de general estimación, decir algo 
de las obras científicas y literarias que dio á la estampa 
en el curso de su larga, laboriosa y bien aprovechada 
existencia; pero como ya las conoce esta Real Academia, 
y se enumeraron en la contestación que á nombre de la 
misma se dio al discurso de recepción del Sr. Corral, pa- 
recería redundancia que debe evitarse, sobre todo en es- 
critos que, como el presente, se limitan á rendir un mo- 
desto tributo de cariñosa amistad á la buena memoria de 
un compañero ilustre, y no á Irazar punto por punto la 
historia de sus hechos y dichos en los setenta y cinco años 



20 

que duró su peregrinación por la tierra. Diré, sin embar- 
go, que á las obras enumeradas hay que añadir un filo- 
sófico y elocuente discurso leído en la sesión literaria que 
celebró el 4 de junio de 1881 la Real Academia de Medi- 
cina en honor de D. Pedro Calderón de la Barca, bello 
discurso, de exquisito sabor literario, y la postrera de sus 
producciones en la que el Sr. Corral hizo con singular 
erudición y maestría <La exposición textual psicológica 
de algunos afectos tratados por Calderón.» 

No brillan sus obras por la cantidad; pero sí y mucho 
por la calidad, habiendo merecido que algunas de las ob- 
servaciones contenidas en su tAño clínico de obstetricia^ 
y enfermedades de mujeres y de niños;» las hayan pu- 
blicado, comentado y juzgado ventajosamente sabios pro- 
fesores de los «Archivos de la Medicina Belga;» y otros 
no menos notables de París; y si sus graves y continuas 
ocupaciones no se lo hubieran impedido, habría dado ci- 
ma á su monumental obra ^Historia de la Filosofía Mé- 
dÍGa^> de la cual como gallarda muestra nos ha dejado la 
introducción, que forma un tomo de los seis que debían 
comprender y encerrar todo el tesoro de su saber y larga 
práctica. 

Decía yo al Sr. Corral en el día de su ingreso en esta 
Corporación: <Deseo vivamente á mi antiguo amigo toda 
>la salud, toda la longevidad que habrá menester para 
>llevar á feliz término su obra favorita.» 

¡Desgraciadamente para su familia, sus amigos y la 
ciencia, no se han cumplido mis deseos! Aquella natura- 
leza sana, fuerte y vigorosa, se fué lentamente debilitan- 
do y al cabo se rindió á una enfermedad, que puede de- 
cirse, ha sido la primera y la última que realmente ha 
conocido. Un catarro á la vejiga le atormentó por espa- 



24 

CÍO de once meses, cayo padecimiento soportó con una 
paciencia ajena á la viveza de su carácter, y una resig- 
nación tan grande, como grandes eran y profundamente 
arraigadas en él sus creencias religiosas. 

En junio del año anterior se agravó en términos, que 
el paciente creyó llegada su última hora, y á pesar del 
dictamen facultativo, pidió con insistencia y hubo de ad- 
ministrársele la Extremaunción. Recibióla con cristiana 
entereza, y admiró á los afligidos circunstantes la humil- 
de tranquilidad con que se preparaba á salir de este mun- 
do transitorio. 

Todos sus hijos le rodeaban: todos lloraban procurando 
ocultar sus lágrimas: á los pies de su lecho estaban la vir- 
tuosa Marquesa, que no se había separado del enfermo 
un solo instante, y su primo político el Sr. Dr. D. Gabriel 
de Alarcón. Saliendo de sus meditaciones pidió á su hijo 
D. Marcelo, que era con el que mejor se entendía y con 
el que hizo sus dos salidas á campaña, le leyera algunos 
párrafos del testamento de Alfonso de Cuenca, conocido 
también por Alonso Ghirino de Guadalajara, párrafos dig- 
nos del más severo asceta, dechado admirable de filosofía 
cristiana, y que en el estado extremo que el paciente se 
encontraba, podía considerarse como la ñnal despedida 
que éste daba á los deseos, dones, esperanzas y pompas 
terrenales, para comparecer ante el Sumo Hacedor limpio 
y libre de toda impureza, de todo pensamiento material. 

Pero aquella lámpara que parecía iba de un momento 
á otroá extinguirse, volvió de nuevo á brillar. Merced á 
los atentos y cariñosos cuidados de su médico de cabece- 
ra Dr. San Martín, y de sus compañeros y amigos los doc- 
tores Alonso Rubio, Alarcón, Gástelo, Gamisón y Santero, 
6xx)erimentó tan notable mejoría, que muchos creímos 



22 

vencida su dolencia. Pudo dejar el lecho, salió en carrua- 
je algún día, y en el del último alumbramiento de S. M. 
la Reina fué á visitarla, si bien hubo que subirle sentado 
en un sillón por las escaleras de Palacio. 

Finalmente, aprovechó aquella benéfica mejoría para 
expresar á esta Academia su cariño y gratitud, haciéndo- 
le donación de una obra portentosa cuyo valor debe con- 
siderarse como superior á todo encarecimiento. «El autó- 
grafo de la tragi-comedia del Bastardo Mvdarray del 
gran Lope de Vega, Fénix de los Ingenios.» Ofreció 
igualmente remitir una mascarilla del Padre Feijóo, tan 
luego como le fuera posible comprobar su autenticidad. 
(La comunicación que sobre estos particulares dirigió el 
señor Marqués á la Academia, y la parte del acta en que 
se dio cuenta á la misma de la donación, aparecen en el 
Apéndice núm. 2.) 

El sensible fallecimiento de su hijo político Sr. Villau- 
rrutia, ocurrido en aquellos días, debió impresionarle tan- 
to, que volvió á recaer, sin que ya fuera posible á los doc- 
tos profesores que le asistían, rehacer aquella organiza- 
ción quebrantada por tan largo padecimiento. 

Desde su lecho de muerte y sumido en extrema debili- 
dad, ha gozado, sin embargo, del inefable placer de con- 
templar reunida á toda su honradísima familia. Allí esta- 
ban para recoger su último aliento y cerrar piadosamente 
sus ojos, su esposa, sus hijos, sus hijos políticos los señores 
de Uhagón y de Silvela, D. Luis, con quien ha consultado 
todo lo concerniente á sus postreras disposiciones; sus 
nietos, primos y sobrinos, de quienes se despidió con voz 
balbuciente y desfallecida, rogándoles queno se afligieran 
por él que no estaba ya aquí sino allí. 

Estas fueron las últimas palabras que pronunció Don 



i3 

Tomás de Corral y Oña, Marqués de San Gregorio, al de- 
jar el mnndo para siempre á las tres de la mañana del 
día 14 de diciembre de 1882. 

El Senado, los cuerpos científicos han dado elocuentes 
muestras del profundo sentimiento que les ha causado la 
pérdida de tan distinguido español, y recientemente la 
Sociedad Ginecológica española ha consagrado en el pa- 
raninfo de la Universidad central una solemne sesión para 
ensalzar la memoria del Sr. Corral, su querido é inolvi- 
dable Pr^idente de honor. 

Debo concluir, señores, este humilde tributo con una 
reflexión, que por ser triste, la considero muy adecuada 
al estado de nuestro espíritu en estos momentos. 

He observado que en ninguna parte se nota lo fugaz 
que es la vida, como en esta Academia. En los años que 
tengo el señalado honor de pertenecer á ella, y no soy 
de los más antiguos, he pasado por el dolor de ver des- 
aparecer á treinta y ocho de sus individuos; es decir, la 
totalidad y dos individuos más del número á que asciende 
el cuerpo académico. 

Aún me parece que los veo: aún me parece que oigo 
su voz discutiendo sentados en torno de esta mesa y de- 
rramando raudales de elocuencia y sabiduría. Martínez 
de la Rosa, D. Ángel Saavedra, Pidal, Bretón, Vega, Gil 
y Zarate, Pacheco, Pastor Díaz, Alcalá Galiano, Gonza- 
lo Brabo, Aparisi y Guijarro, P. Escosura, Olózaga, Oli- 
van, Segovia, Catalina, Ochoa, Guendulain, Ríos Rosas, 

Hartzenbusch, Ayala, Selgas, San Gregorio hasta 

completar el número de treinta y seis, todos eran ayer 
ornamento, delicia y gloria de la patria; hoy ya no son 

más que un recuerdo vago de lo que fueron: mañana 

¡quién sabe lo que serán! 



Por eso el espíritu de los que hemos sobrevivido á tan- 
to estrago, debe abismarse en hondas meditaciones, 



«contemplando 
¡cómo se pasa la vidal 
¡cómo se viene la muerte 

tan callando!» 



¡Que Dios haya concedido á las almas de todos el eter- 
no descanso, y mire con igual misericordia las de los que 
más ó menos pronto hemos de seguir á nuestros amigos 
y compañeros! 

He dicho. 

Madrid 49 de enero de 1883. 

T. Rodríguez Rubí. 



25 



APÉNDICE NÚM. 1. 

A MI AMIGO 

KL 

ExcMo. Sr. D. TOMÁS DE CORRAL. 

No pienses que esta epístola, 
Corral Excelentisimo, 
Va dirigida al célebre 
De Hipócrates discípulo. 
Por más que yo, sin brújula, 
Bogue en estrecho círculo. 
Sin que tus sabios recipes 
Den al bajel más ímpetu: 
No tanto aflijo el ánimo 
De este doliente mísero 
El ver la ausencia ct'ónica 
De su Doctor científico, 
Gomo las dulces pláticas 
Del amigo carísimo 
No oir, ni en grato diálogo 
Darnos placer recíproco. 
Lo que es en cuanto al mtklico, 
Si de mi casa el címbalo 
Tocase, y dentro viéralo 
Fuera con é\ brevísimo. 
Solamente dijérale 
Que ante el poder febrífugo 
De las plateadas pildoras 
Que introduje en mi físico, 
Y gracias á la pócima 



i6 

Con que Simún el químico 
Purgó mi región ínfima 
De materiales rígidos; 

Y á la virtud benéfica 
De aquel sabroso líquido 
Producto del cuadrúpedo 
Que con Balón fué explícito; 
Ya mis repuestas visceras, 
Merced á estos antídotos, 
Con su morboso cómplice 
Han roto el fiero vínculo. 

Y dócil ya mi estómago 
Digiere el néctar índico, 
Que en espumante jicara 
¡Es de mi gula el ídolo! 
Si bien no tan benévolo 
Suele mostrarse el picaro 
Cuando la carne sólida, 
(Aunque de tierno vítulo) 
Envuelta en jugos gástricos 
Baja al duodeno crítico, 

Y toca por sus trámites 
En la región del hígado. 
Ya allí más climatérico 
Se presenta el capítulo; 
Que el abdomen atónico 
Se eleva timpanítico. 

La digestión, por último. 
Cuesta trabajos ímprobos; 
Mas se hace; y presto el órgano 
Vuelve á su estado prístino. 

En estos días plácidos 
En que venciendo el frígido 
Rigor, el numen Deifico 
Mostró su rostro vivido; 
Salí, según sus órdenes, 
En alquilón vehículo, 



27 

Del ambiente atmosférico 
Á aspirar el oxígeno. 
Mas ni aun con ese método 
Place al Dios soporífero 
Que de noche mis párpados 
Cierre sueño pacífico. 

Esto al Doctor dijérale; 
Mas no podré decírselo; 
Que de mi hogar doméstico 
Tocar no quiere el címbalo. 
Tú, pues que de ese prófugo 
Amigo eres tan íntimo, 
Según es fama pública, 
Condal amabilísimo; 
Tú de mi parte búscale, 

Y díle que mi espíritu 
Se apoca melancólico 
Si no entona mi físico. 
Que un régimen dietético 
Me imponga, y yo solícito. 
Más que el Corán los árabes, 
Guardaré sus artículos. 
Díle que si algún mérito 
Halla en mis versos líricos, 

Y de escritor dramático 
Me otorga el alto título; 
Torne á este cuerpo lánguido 
Vigor que mi estro rítmico 
Encienda; y de mi cítara 
Verá que al son dulcísimo 
Canto su nombre célebre, 
Que es ya de salud símbolo; 

Y acaso al suyo uniéndole 
Suba mi nombre altísimo. 

Marzo de 4853. 

Vbntüra Vega. 



28 



APÉNDICE NÚM. 2. 



ExGKO. Sbnor: 

Al felicitarme mi antiguo y muy querido amigo el Excelentísimo 
Sr. D. José de Olózaga por la elección que la bondad de la Real 
Academia Española había hecho en mi favor para individuo de su 
número, me regaló la tragi-comedia-autógrafa de El Bastardo Mu- 
darra, de Lope de Vega, procedente de la librería de su ilustre her- 
mano D. Salustiano. Y como yo he creído siempre que documentos 
de esta importancia están mejor custodiados y conservados en las 
Bibliotecas y Archivos de las altas Corporaciones del Estado, que en 
las casas particulares, sujetos á las vicisitudes necesarias en la vida 
de las familias, pensé desde luego en ofrecer el precioso autógrafo 
del gran poeta dramático á esta Real Academia. En su virtud, hago 
donación absoluta y ruego á la Real Academia se digne aceptarla, 
no por consideración al donante, inmerecida siempre, sino para hon- 
rar ima vez más la gratísima memoria del Fénix de los Ingenios. 

Tengo también en mi poder, hace ya cerca de cuarenta años, la 
mascarilla del Padre Feijóo encerrada en una urna, cuya portada do- 
rada y de no mal gusto, tiene en su base esta leyenda en letras pla- 
teadas sobre fondo rojo: 

Religionis Cultor 
Veritatis Amator 
F, Benedictus Feijóo. 

Y en la orla, en letras doradas sobre fondo negro, se lee: 

Natus Die 8/ octobris Aun 4676 
Obüt Die 26 septemb Ann 4764. 

Tenía también pensado ofrecer á la Real Academia este recuerdo 
histórico que me entregó el Padre Hilario Lainz y Lanz, monje be- 



29 

oedictino, que ha fallecido hace poco siendo Deán de la Santa Igle- 
sia Metropolitana de Valladolid; pero afortunadamente me honraron 
con su visita tres individuos de la Academia, y uno de estos dignos 
é ilustrados compañeros me insinuó la idea del grado de autentici- 
dad que podría tener este recuerdo del sabio benedictino, y esto fué 
bastante para suspender el envío á la Real Academia, hasta averi- 
guar, como lo espero, si es la mascarilla original, como lo parece por 
la forma y las lineas de la portada de la urna, que corresponde ai 
gusto artístico do la época del fallecimiento del autor del Teatro 
critico. 

La dignidad de la Academia no consiente autenticidad dudosa en 
objetos históricos de este género. 

Dios guarde á V. £. muchos años.— Madrid 4 de octubre de 4882. 

Marques db San Gregorio. 

En el acta de la Junta de la Academia celebrada en 5 de octubre 
de 1882, en la cual se dio cuenta de la comunicación anterior, se leo 
lo siguiente: 

cDe naestro compañero el Exorno. Sr. Marqués de San Gregorio. 

»(La Academia quedó enterada de una comunicación de ) rogando 

»á la Acadeoüa qne se sirva aceptar el borrador que le envía de la 
i»tragi-comedia El Bastardo Mudarra^ escrito y firmado por su aii- 
>tor el Fénix de los Ingenios, y ofreciendo remitirle también una 
•mascarilla de Feijóo si, como espera, logra comprobar su auten- 
«ticidad. 

9La Academia acordó que el Sr. Director tuviese la bondad de vi- 
•sitar al Sr. Marqués de San Gregorio y le diera cordialísimas gra- 
ncias por su inestimable fineza, en nombre de la Corporación.» 



D. ANTONIO FERRER DEL RlO. 



Cumplo, aunque demasiado tarde en verdad, la prome- 
sa que hice de escribir para nuestra Academia el artículo 
necrológico referente á mi buen amigo elExcmo. Sr. Don 
Antonio Ferrer del Río, trabajo á que me obligué, cre- 
yendo que no me sería difícil adquirir noticias acerca del 
finado, de las cuales unas han llegado á mí lentas y tar- 
días, y otras ni tardías siquiera, no he podido alcanzar- 
las. Corriendo sin parar el tiempo, y según me dejan ver 
mis achaques, para mí harto presuroso, trato de recoger 
en estas breves páginas lo poco que só de la persona, 
extendiéndome algo más acerca de las obras de Ferrer 
del Río, dejando á más diligente ó feliz investigador tra- 
zar la historia del hombre, que no es tan importante, para 
la Academia en particular, como la del literato. En este 
último concepto he conocido yo mejor á Ferrer que en el 
otro: semejanza de posición, igualdad de aprendizaje y 
ejercicio y de ciertos gustos ó inclinaciones, hubieron de 
crear entre ambos franca y duradera amistad; deseme- 
janza de otras y otros impidieron la intimidad del trato, 
que deja saber ó no permite ignorar la vida interior del 
amigo. 

Fué D. Antonio Ferrer del Río natural de Madrid, ha- 
biendo nacido á 12 de junio de 1814, de padres en mo- 



31 

desta posición, que se ocupaban en el comercio. Quien 
haya conocido, sobre todo en sus últimos años, á Ferrer, 
quien recuerde su más que mediana coi*pulencia, se per- 
suadirá con dificultad de que nació y principió á criarse 
con débiles facultades físicas, que traían desasosegado á 
su padre, por lo cual, consultando á un módico sobre lo 
que debería hacer para que el niño adquiriese la robustez 
necesaria, no muy común por cierto en los que somos 
hijos de esta coronada villa, dijo al padre (quizá más como 
hombre de humor que de ciencia) que lo que necesitaba 
el chico para fortificarse sólo era comer bien y mucho, 
consejo que practicó el padre con feliz resultado, y que 
siguió constantemente el hijo mientras le duró la vida. 
Fueron sus estudios, no de carrera facultativa completa, 
latin, griego, matemáticas, francés, italiano y taquigra- 
fía, arte que algún tiempo tuvo no poca importancia, por 
ser contados los que aparecían sobresalientes en ella y 
necesitarse más para dar cuenta de las sesiones de nues- 
tros estamentos, donde principió á trabajar Ferrer en el 
año 1836, distinguiéndose desde luego en las redacciones 
de periódicos por taquígrafo excelente, fácil é infatigable 
redactor para ellos. Hizo diversas traducciones del fran- 
cés que le dieron fama, en términos de no poder satisfa- 
cer por sí todos los encargos que se le traían, y tener que 
valerse de algún auxiliar poco diestro, que le sirvió nada 
bien en la traducción de la Historia universal de César 
Cantú. 

Residió algún tiempo en la Habana, escribiendo ar- 
tículos de diarios, que firmaba con el nombre de El Ma- 
drileño; volvió á España, y en 1846 dio á luz un volu- 
men en 8.* marquilla, con el título de Galería de la lite- 
ratura española^ colección de biografías en que entraban, 



32 

á la ligera referidas, las de principales literatos de Espa- 
ña, casi todos entonces vivientes. 

Con respeto y amor están escritas las de los Sres. Don 
Manuel José Quintana, Duque de Rivas, D. Antonio Gil 
y Zarate, D. Patricio de la Escosura y D. Joaquín Fran- 
cisco Pacheco; también con amor y con respeto las de 
D. Alberto Lista, D. Juan Nicasio Gallego y D. Francisco 
Javier de Burgos; con poco respeto y menos amor la 
de D. Francisco Martínez de la Rosa. Defendió noble y 
justamente al insigne D. Manuel Bretón de los Herreros, 
á quien habían dado en la manía de estimar en poco es- 
critores que valían harto menos que él, y eran muchos 
y escribían de continuo; fué duro en demasía con D. José 
Mariano de Larra y algún tanto con D. José Zorrilla y 
D. Antonio García Gutiérrez; muy cariñoso con D. Tomás 
Rodríguez Rubí y con el que hoy le paga mal en este 
pobre artículo, cuya insignificancia, sin embargo, le 
quita peligro. 

Échanse en aquella como revista menos los nombres 
de D. Félix José Reinóse, D. Serafín Bstébanez Calderón, 
D. Juan Arólas, D. Pedro de Madrazo, D. Manuel Fer- 
nández y González, D. Antonio Ribot y otros, al paso que 
el de D. Juan Pérez Calvo aparece, poco merecidamente, 
incluido. Por el contrario, hubiera sido de desear que no 
se hubiera acordado Ferrer de la Sra. Doña Gertrudis 
Gómez de Avellaneda, á quien trató desabridamente, 
como también al que fué después dignísimo Secretario de 
nuestra Academia, D. Antonio María Segovia. El juicio 
que hace de D. Bartolomé José Gallardo es, aunque des- 
piadado, más disculpable. La galería de la literatura es- 
pañolaj primer libro que publicó Ferrer, poco meditado, 
y escrito en poquísimo tiempo, no anunciaba la solidez y 



33 

baen tino que había de distinguir á otras producciones 
sayas, una de las cuales vio la luz á los cuatro años. 

Eu efecto, en el de 1850, imprimió el libro intitulado 
Decadencia de España: historia del levantamiento de 
Castilla. Aquí ya es otro el escritor, y aun otro parece 
también el hombre. Con fecha de 2 de marzo del mismo 
año 1850, había la Academia Española abierto certamen 
sobre el turbulento reinado del Rey D. Pedro, y Ferrer, 
en su Historia de las comunidades de Castilla en los 
aOos 1520 y 21, se muestra digno aspirante al premio 
que obtuvo después unánime de nosotros. Desde luego da 
buena idea del escritor, que para un libro poco volumi- 
noso eligió aquel período histórico, breve, pero lleno de 
incidentes varios, en que figuran personajes diferentísi- 
mos de fisonomía y de carácter, que dan á la narración 
el más vivo interés. Quizá descubre nuestro compañero 
alguna animosidad contra Carlos V, á quien ordinaria- 
mente llama Carlos de Gante^ el cual hace en su libro 
papel desairado. Mas por entonces no era Garlos el insig- 
ne guerrero que fué después, ni era español, ni quería á 
los españoles, pérfidamente informado de los flamencos 
que, no dejándole conocerlos, le impedían estimarlos, que 
sólo querían gobernar á España para esquilmar el país y 
humillar á sus moradores. Pinta Ferrer admirablemente 
al Cardenal Cisneros, al Almirante, al Obispo de Zamo- 
ra, á Juan de Padilla y á su valerosa consorte. 

La historia bien estudiada y desenvuelta, los hechos 
muy claros, las causas bien expuestas y hábilmente pro- 
badas, los juicios generalmente atinados é imparciales, 
el tono grave, correspondiente á la materia, el artícu- 
lo propio, autorizado, maduro: propenso el autor á la cen- 
sura, no desaprovecha ocasión cuando se le presenta de 



34 

volver por el concepto del censurado. Es, por ejemplo, 
de notar, el valor que da al rasgo de clemencia del Obis- 
po D. Fray Antonio de Guevara en favor de los comune- 
ros, por quienes implora la piedad del Monarca, habién- 
dolos escarnecido él mismo antes, en la época de la lucha. 
Superiormente bosquejadas se ven la catástrofe de Villa- 
lar, la del Obispo de Zamora, las tentativas últimas de re- 
sistencia de Doña María Pacheco. Entre figuras de me- 
nor tamaño se distingue mucho la del Alcalde Ronquillo, 
cuya muerte describe como historiador bien informado y 
sesudo, no como, embozando el nombre y el caso, la con- 
tó, convertida en novela, D. Cristóbal Lozano en su David 
perseguido^ de donde tomó yo, exagerando repugnante- 
mente las circunstancias de la muerte del Obispo Acuña, 
el asunto para unos versos, que por fortuna no han sido 
muy leídos, y por justicia eso merecen. 

El lenguaje de Ferrer en esta obra, enérgico y dudoso 
como en todas las suyas, aventaja mucho al de la Galería, 
si bien en cuanto á la corrección aun deja algo que de- 
sear, sobre todo en el uso del pronombre él en el dativo 
lesj que usa no rara vez como acusativo. Aunque no hu- 
biese Ferrer escrito más obra que esta, su nombre no 
hubiera pasado á la posteridad oscuro; pero aun cuenta 
otras que le deben transmitir ilustre. Entre la publica- 
ción de las dos que llevo apuntadas, entre 1846 y 1850, 
á principios de 1847, Ferrer, nada aficionado á sujetarse 
á servir empleos del Estado, pero obedeciendo á las exi- 
gencias de un respetable anciano, próximo á ser su sue- 
gro, solicitó, y en 25 de febrero de dicho año obtuvo, el 
nombramiento de Oficial de Dirección de segunda clase 
en el Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras públi- 
cas. Puesto ya en carrera, fué nombrado sucesivamente 



Oficial de la clase de primeros en la propia Dirección á 
1/ de marzo de 1850, encargándosele la Biblioteca del 
Ministerio recién fundada; Censor de teatros en 19 de di- 
ciembre de* 1857; Oficial de la clase de terceros del Minis- 
terio de la Gobernación, en 7 de octubre de 1864, en 18 
de julio de 1865 quedó cesante. En 8 de noviembre de 

1867 nuestra Academia le eligió, por fallecimiento de 
D- Ensebio María del Valle, Bibliotecario interino; per- 
petuo en 6 de diciembre posterior. En 18 de octubre de 

1868 cesó su cesantía de cargo público, ascendiendo á 
Oficial de la clase de segundos en el Ministerio de la Go- 
bernación, y á poco, en 1.' de diciembre del mismo año, 
á Oficial de la clase de primeros. Por último, á 18 de ju- 
nio de 1871, fué honrado con la Dirección general de 
Instrucción pública, último de sus empleos. Dadas estas 
noticias por adelantado, y volviendo atrás, conviene de- 
cir que obtenido el primer nombramiento de Ferrer, de- 
bido al hoy dignísimo Director de nuestra Academia, ce- 
lebró Ferrer esponsales con la virtuosa y agraciada se- 
ñorita Doña Amalia Díaz Bermudo, natural de Méjico, la 
cual, al primer parto, á poco más de los nueve meses de 
matrimonio, falleció con su hijo; pérdida que contribuyó 
en gran manera á cambiar el carácter de Ferrer de grave 
en adusto, de serio en sombrío. En esta disposición de 
ánimo, propia para la reflexión, propensa necesariamen- 
te á la melancolía, trabajó su tercera obra histórica, su 
segunda dijera mejor, porque la Galería pertenece más á 
la crítica: las biografías insertas allí comprenden pocos 
datos históricos. En 31 de octubre de 1851 recibióla se- 
cretarla de la Academia Española el manuscrito intitula- 
do Examen histórico-crítico del reinado de D. Pedro de 
Castilla^ manuscrito que parte de vosotros, señores, juz- 



36 

gastéis y coronasteis aquí; manuscrito impreso por la 
Academia después, y que seguramente los demás de vos- 
otros conoceréis en estampa. Conocéis, pues, la obra de 
más brío, de más alcance, de más empuje de nuestro 
D. Antonio Ferrer. El examen pedido por la Academia le 
salió al autor tan bien ó mejor que la Academia hubiera 
podido solicitarlo: el premio que ella concedió fué el sim- 
ple reconocimiento' de haber hallado lo mismo precisa- 
mente que su anhelo buscaba. Admirable tino en la in- 
vestigación, admirable integridad en el fallo, valentísima 
expresión en la frase, son las prendas que avaloran este 
brillante escrito. Duele, es verdad, la rigurosa sentencia 
que fulmina Ferrer contra el desventurado D. Pedro; pero 
quien había sido riguroso, quizá de más, con el gran 
Carlos V, no podía ser indulgente con el matador de la 
inocentísima Doña Blanca, gloria de luto de los Borbones. 
Parte Ferrer, en su examen crítico, admitiendo como in- 
disputable verdad la crónica de Pedro López de Ayala, y 
lo cierto es que, pudiéndose dudar de ella, no cabe re- 
batirla. 

La defensa de D. Pedro podrá ser honrosa, pero es 
imposible. Parte había tenido en la imposibilidad de su 
justificación la desgracia; de seguro ha tenido mucha la 
habilidad de sus enemigos: pero solas sospechas no esta- 
blecen probanza. Cierto que algo significa la tendencia 
popular no interrumpida á considerar á Pedro el Cruel 
como valiente y justiciero; pero tomada su historia en las 
manos, el espíritu se aflige, se horroriza, se harta de ver 
sangre, y cuando llega el fin del tremendo reinado res- 
pira el lector, y á trueque de ver lejos de sí al Monarca 
sanguinario, bien que legítimo, admite al bastardo, me- 
nos sanguinario que él cuando no le dan guerra, más 



37 

generoso cuando la generosidad le conviene, quizá no 
menos disoluto, pero que siquiera veneraba con interrup- 
ciones la virtud de su esposa. No han quedado á la cien- 
cía humana datos para juzgar imparcialmente al fratrici- 
da Enrique, como al fratricida Pedro; pero la Divina 
Qencia, que (según algunos han dicho) no permitió morir 
de muerte natural al vencedor en Montiel, parece pre- 
venir en contra de lo que han escrito y lo que han calla- 
do cómplices sagaces, partidarios interesadísimos, vera- 
ces á medias. El premio dado por la Academia á Ferrer 
al juzgar su Examen critico del reinado de Pedro el tínico j 
es de los que más honran á esta ilustre Corporación y al 
que lo recibe. Ella le recibió por él en su seno á los dos 
años, no cabales (^). 

Dos obras había publicado Ferrer de carácter históri- 
co, y en ambas aparecían mal parados los Reyes: debía 
Ferrer una reparación al trono, y cumplidísima se la dio 
en la Hütoria del reinado de Carlos III en España (Ma- 
drid, 1856: cuatro tomos en 4.* español). Ya pensaba 
en ella cuando escribió la de las Comunidades; y habién- 
dose ocupado desde entonces en juntar materiales, para lo 
cual hubo de residir muchos meses en Simancas, princi- 
pió á escribir de asiento el primer tomo de ella en el Real 
sitio del Pardo á fines del año 1851, dándole allí habita- 
ción el Rey consorte D. Francisco de Asís, y una pensión 
decente mientras la escribiera. Después de haber recorri- 
do breve y dolorosamente la desastrada época de D. Pe- 
dro, la desastrosa de las Comunidades, no podía elegir Fe- 
rrer coyuntura mejor para complacerse en la relación de 
prosperidades y alegrías de España, turbadas apenas 

(4) Tomó poserióo de su plaza Ferrer el día i9 de mayo de 1853. 



38 

una y otra vez en el razonable período de casi treinta 
años, A los de violencias y desorden habían de suceder 
bonancibles días de sosiego en España, y tras la guerra 
de sucesión, que agitó los principios del siglo último, ha- 
bían de venir la paz de Fernando VI, el arreglo, las me- 
joras, el crecimiento rápido de saber y deTiaber del me- 
morable reinado de Carlos III: feUz elección de asunto, 
no libre tampoco de dificultades. ¿Dónde no las hay para el 
que se propone decir la verdad desnuda? No la tenía para 
Ferrer descubrir ingenuamente alguna que otra falta del 
buen Monarca, desquitada con millares de aciertos; pero 
hubo, entre sus disposiciones, una que ha dado lugar, y 
le dará por mucho tiempo, á muy contrarias calificacio- 
nes: el extrañamiento de los Padres de la Compañía de 
Jesús. Divulgada la obra de Ferrer, fué en este punto lar- 
gamente impugnada por un grave religioso, que hizo 
muy bien en salir á la defensa de los suyos, y de cuyas ra- 
zones juzgará con acierto la posteridad, si llegan. á cons- 
tar por escrito algún día todos y cada uno de los motivos 
que tuvo Garlos III para aquel riguroso destierro, moti- 
vos que dijo se reservaba en su real ánimo: yo, que ten- 
go por hombre de rectitud y religiosidad al Rey que dic- 
tó la^ sentencia y que profesó debido amor y veneración 
á los que fueron mis maestros y ^i quienes nunca vi sino 
mucha ciencia y eminente virtud, abandono el hecho á 
la suerte del tiempo fai posteri V ardua sentenzaj^ y di- 
go con nuestro difunto compañero D. José Joaquín de Mo- 
ra al fin de la tragedia que tradujo del francés, intitula- 
da Niño segundo] digo, pues, de Carlos III, por ahora: 

Que pues quiso morir con su secreto, 
su secreto con él baje á la tumba. 

Hay que oir al uno y á los otros para fallar en justicia. 



39 
Á los expabos ya los hemos oído; al expulsador no; debe, 

pues, continuar suspenso el litigio que quizá nunca 

se podrá resolver con la claridad suficiente. 

Requería el JEwamen critico del reinado de D. Pedro el 
ornato de la retórica, las galas de la elocuencia, la expre- 
sión de los afectos vehementes. La relación de los suce- 
sos ocurridos mientras Garlos III ocupó el trono de Espa- 
ña pedía tranquilidad y reposo, y esas cualidades luce la 
obra de nuestro compañero: no es pintoresca, sino senci- 
lla; no vehemente, sino templada: se exponen en ella, sin 
buscarles colorido, los hechos; se consignan sin amplifi- 
carlos; se dice lo que fué, no se trata de decirlo brillante- 
mente; el brillo de la verdad les basta, sin prolijos puli- 
mentos del arte; la historia de los días de paz es como el 
día sereno, cuyo suave deleite, por su misma suavidad, 
apenas se percibe y poco se aprecia. 

¡Bien venturados días de paz, sólo sabe lo que valéis 
el que os echa menos! Aquel Rey, que podía salir á 
caza todos los días, porque el buen orden de sus ministe- 
rios le permitía despachar en poco tiempo los negocios 
más graves y dedicar á su ejercicio varonil y sano las 
horas que hubiera quizá malgastado en prestar oídos á la 
adulación, á la maledicencia y al chisme palaciegos; aquel 
Monarca, no acaso de gran ingenio, pero inclinado al 
bien y ocupado siempre en hacerle; rehgioso sin supers- 
tición, ilustrado sin ciego amor de sistema, franco, since- 
ro, amante de su familia y de sus servidores (de su fami- 
lia tal vez demasiado), atinadísimo en elegir, constante 
en sostener á los que elegía, hizo de España un reino á 
semejanza suya, un conjunto grande de hombres de bien, 
desvelados en buscar lo mejor, y así maravillosamente 
nos lo pinta Ferrer del Río; como la materia histórica, es 



40 

puntualmente la historia. Él nos hace amar al protago- 
nista de ella, á quien tal vez embellecen algo los mismos 
lunares que se le señalan, y al quitar los ojos del libro y 
ponerlos en los monumentos que nos dejó, al considerar 
que en lo moderno casi todo lo grande y lo bello de nues- 
tro país es de entonces, ó viene de entonces, ó recibió 
cuidados amorosos y culto entonces, no pueden menos de 
arrasarse de llanto los ojos, y suspiramos con amargura 
diciendo: ¡Venturosos nuestros padres que vivieron en- 
tonces! ¿Por qué no hemos sabido prolongar, perpetuar 
ó entretener siquiera los tiempos de entonces? Ilustraron 
el reinado del buen Carlos III muchos españoles, minis- 
tros, generales, prelados, artistas, sabios, literatos y aun 
algunos poetas: no era poeta el Rey; de ahí arriba lo fué 
todo. Regis ad exemplum totus componitur orbis. 

He reseñado... no, he apuntado solamente las princi- 
pales obras de Ferrer del Río; quedan omitidas muchas, 
de propósito algunas; irremediablemente otras, por que 
no sé donde buscarlas. Escribió durante muchos años 
Ferrer en periódicos ó para ellos: busca es esta á que no 
me siento inclinado; materia en la cual por lo mismo 
nunca tuve ni pretendí voto. No deberé, sin embargo, 
olvidar que dirigió el periódico de amena literatura inti- 
tulado El LaberintOj publicación ilustrada, en la cual in- 
cluyó gran número de biografías de la época de Car- 
los III, y aun de tiempos más próximos á los nuestros; 
no merecen tampoco ser olvidados sus dos dramas origi- 
nales y en verso La senda de espinas y Fi*ancisco Piza-- 
rro. En uno y en otro hay alguna buena situación y mu- 
chos versos de buen poeta. Lo fué también Ferrer del 
Río; satisfactoriamente lo prueban las dos obras dramá- 
ticas de que acabo de dar cuenta, una epístola en terce- 



41 
tos titulada El Anónimo y un Compendio de la Historia 
de España^ extendido en octavas reales, de que tenía es- 
crita la mayor parte cuando le sobrevino la muerte. Le 
cogió ésta en los baños del Molar á 22 de agosto de 1872, 
siendo Director general de Instrucción pública, cargo en 
que hizo no pocos favores á sus amigos y alguno también 
á nuestra Academia, donde era, como ya se ha dicho, 
Bibliotecario desde el año ife67. 

Pertenece D. Antonio Ferrer del Río al ilustre número 
de académicos que han venido á serlo principahnente por 
obras escritas para la Academia, y por ella premiadas, 
como los Sres. D. Antonio Amao y D. Luis Fernández- 
Guerra, mérito al cual añadió Ferrer, como el D. Anto- 
nio y el D. Luis citados, celosa, perseverante asistencia. 
De joven fué nuestro Ferrer, sin pecar de inquieto, muy 
amigo de algunos que no lo eran poco; de hombre, siem- 
pre juicioso y grave, sencillo, veraz, poco elocuente, 
amigo leal, ciudadano pacífico, constantemente laborioso 
y fíicil expendedor de lo que su laboriosidad le agenciaba, 
por lo cual vivió siempre en los confines de la pobreza. 
Viudo en edad robusta, no quiso volverse á casar; pero 
ejerció muchos años los oficios de padre excelente con un 
niño fklto de apoyo á quien crió, educó y dio carrera, 
movido sólo de su condición generosa, que en el tiempo 
en que fué censor de teatros le impelía á favorecer á los 
autores cuanto el rigor del cargo lo toleraba, mostrán- 
dose á veces más benévolo qué extrictamente reglamen- 
tario, á pesar de su carácter, más formal que apacible. 

De cuerpo fué alto, grueso, moreno, redondo de cara, 
buenos ojos, fisonomía y voz varonil, cabello negro, que 
ya le blanqueaba algo y faltaba en gran parte; despacio- 
so para todo lo que no era escribir, lento en el paso. Entre 



42 

SUS historiadores notables debe contar España á Ferrer, 
por su diligencia en reunir datos, su tino en juzgarlos, 
su fácil manera de referirlos: claro y noble su estilo, de- 
ja ver alguna vez afectación y amaneramiento; en el len- 
guaje se desearía en alguna ocasión más esmero y pure- 
za: defectillos de poca monta, fáciles de notar, cuando no 
es tan fácil, por la gran muchedumbre, señalar los tro- 
zos admirables de su Decadencia de España y de su Exa- 
men crítico del reinado de Pedro de Castilla. Preciso es 
confesar que después de Quintana, después de Navarrete 
y antes de Alcalá Galiano, debe la Academia Española 
fijar á Ferrer el puesto entre sus individuos historiadores; 
puesto honroso sin duda. Para la Biblioteca selecta de Aur- 
tores clásicos españoles^ publicación de nuestra Acade- 
mia, escribió Ferrer una preciosa Introducción d La 
Araiccana^ sobre la vida del autor y sobre el poema, edi- 
ción que se imprimió en el año 1866. Al fin de la obra in- 
sertó Ferrer unas importantes ihistraciones, en número 
de nueve. Aún vale más, en mi concepto, el escrito que 
leyó á la Academia (titulado Introdvccción también) sobre 
la vida de Fr. José de Sigüenza y su Historia de la Orden 
de San Jerónimo; más corto es, aunque muy bien hecho, 
el que había de servir de Introducción á la edición nueva 
del Tratado de la Magdalena por el P. Fr. Pedro Malón 
de Ghaide. Este opúsculo y el anterior, como sabe la Aca- 
demia, permanecen inéditos. Para ella escribió asimismo 
Ferrer los tres discursos de contestación á los de entra- 
da de los Sres. Rubí, García Gutiérrez y Núñez Arenas, 
que con el suyo sobre la Oratoria sagrada española en el 
siglo XVIII, con las tres introducciones antes menciona- 
das y con el estudio acerca del reinado de D. Pedro, com- 
ponen ocho obras destinadas á nuestra Academia: no es, 



i3 

pues, D. Antonio Ferrer de los que menos ofrendas la han 
hecho. Falleció á los cincuenta y siete años, edad en que 
aún podían esperarse de él obras que aventajasen á las ya 
publicadas. 

Algún tiempo antes habíamos notado que Ferrer, mi 
amigo, como en años anteriores D. Antonio Gil yZárate, 
mi bienhechor, se nos dormía en nuestras sesiones; y uno 
y otro, no mucho después, tras el sueño aquí, durmieron 
para siempre. 

Alguna noche me siento acometido también de modo- 
rra, y cuento once años más qiie Ferrer del Río: ruego á 
la Academia que otorgue á estas páginas la benevolencia 
que se debe á los que parecen estar vecinos al sueño per- 
durable. 

ÁTiLA, 3 de agosto de 4874. 

Juan Eugenio Hartzenbüsch. 



GOMUNIGACaOlsr 

DIRIGIDA EN AGQÓN DE GRACIAS 

Á LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

por 8u individuo correspondiente en yeneznela 
EL Sr. D. julio CALCAÑ0(<). 



. ExGMO. Sr.: 

Tengo á honra y dicha contestar al atento oficio, fecha- 
do en Madrid á 17 de marzo último, en que V. E. se digna 
comunicarme que, á propuesta de los Excmos. Sres. Don 
Aureliano Fernández-Guerra y Orbe, D.Tomás Rodríguez 
Rubí y D. Pedro Antonio de Alarcón, la Real Academia 
Española tuvo á bien nombrarme, en Junta celebrada la 
noche del día 16, y mediante votación secreta, individuo 
de la Corporación en la clase de Correspondiente ex- 
tranjero. 

Si el sentimiento de la gratitud fuese suficiente título 
para justificar la honra inmerecida que tan espontánea- 
mente me hace el primer Cuerpo literario de España, nin- 
guno más meritorio que yo, porque ninguno más rendi- 
do y obUgado por tan alta merced; empero reflexionando 

(4) Publicase en estas Memorias de orden y por acuerdo de la Aca- 
demia. 



45. 

en el elevado objeto de la Real Academia Española, con- 
vwcido de mi insaflciencia y escasa valía, y abrumado 
por una distinción que hubiera sido temerario pretender 
en quien se confiesa sin títulos para obtenerla, tengo 
que atribuir esta mi inesperada fortuna, no á galardón de 
supuesta importancia, sino á beneficio con que Dios ha 
querido premiar mi humildad, y la Real Academia Espa- 
ñola infundirme aliento y perseverancia en el estudio de 
las letras humanas. 

Acaso también la ilustre Corporación que tan sabia- 
mente ha instituido las Academias correspondientes en 
la América española, con el fin laudable de trabajar por 
mantener de este lado de los mares la pureza del habla de 
Castilla, ha comprendido que tiene en mí un soldado más, 
si obscuro, decidido á combatir por la conservación del 
esplendor de las letras castellanas; y con la seguridad de 
que tan alta gracia me serviría de estímulo, no ha vaci- 
lado en agregarme al preclaro Cuerpo que ha tenido en 
su seno hombres de fama universal como Jovellanos y 
Melóndez. Valdós, Martínez de la Rosa y Hartzenbusch, y 
que hoy cuenta con sabios esclarecidos, poetas insignes 
y oradores eminentes, que constituyen la pléyade que 
ilumina el cielo de la literatura española. 

Yo me inclino con profundo respeto, Excmo. Sr.; y en 
la honda conmoción que experimento, duéleme sólo de 
no saber cómo manifestar mi gratitud por la benevolen- 
cia suma de la Real Academia Española. 

Gran estudio, Excmo. Sr., el de las lenguas, intérpre- 
tes del pensamiento en el seno de las sociedades humanas. 
No es un arte: es una ciencia transcendental; y opino que, 
asi como la geología y demás especulativas que con ésta 
se conexionan, determinan las edades y las revoluciones 



•46 

del globo, demostrándonos matemáticamente que la ley 
del progreso es universal; el estudio de la lingüistica po- 
drá un día aclarar puntos obscuros de la historia de las 
naciones, determinando las revoluciones sociales y poli- 
ticas, las irrupciones de los pueblos, los cambios de la 
civilización, la marcha, en suma, que ha venido siguien- 
do la humanidad desde su origen primitivo; ya que si es 
evidente que el lenguaje sufre las modificaciones de las 
costumbres y del carácter de los pueblos, sea por efecto 
de prolongada sujeción á una potencia extranjera, sea 
por el trato comercial ó por relaciones intelectuales, no 
lo es menos que en su fondo se manifiesta siempre una 
esencia gramatical que, si no es una como alma su- 
ya, puede considerarse como el elemento de su organiza- 
ción. 

El descubrimiento del sánscrito ha hecho que los doc- 
tos establezcan que todos los idiomas europeos tienen su 
origen en aquella lengua de la Indía, cuyas raíces, mo- 
nosílabos, se encuentran en todos ellos. Dado este punto 
de partida, no será difícil que, cuando se conozcan con 
perfección todas las lenguas de América, de Asia y de 
África, se llegue á sentar con claridad que la familia hu- 
mana no tuvo á los principios más que una sola lengua 
y un solo tronco, según lo que nos enseñan las tradicio- 
nes bíblicas, corroboradas siempre por los estudios cien- 
tíficos, como para darnos testimonio de la divinidad de 
su origen. 

. El lenguaje castellano, con sus elementos fenicio ó 
egipcio, hebreo, céltico, árabe, godo, vascuence, griego 
y latino, reforzado con vocablos alemanes, franceses, in- 
gleses é italianos, nos demuestra las vicisitudes experi- 
mentadas en largos siglos por esa gran nación, sus de- 



47 

rrotas, sus grandes victorias, su creciente progreso, y la 
virilidad con que se constituyó al fin y fué asombro del 
mundo por su inmenso poderío, su impetuosa intrepidez 
y sus glorias militares y literarias. 

Así como esta lengua cambia los casos por el artículo, 
reforma las conjugaciones, crea auxiliares, transforma la 
pronunciación, toma aspiraciones, trueca letras, forma 
vocablos nuevos con raíces viejas, adquiere aquí un tér- 
mino y allí otro, y se constituye en la más adelantada 
de todas cuantas pertenecen á la familia neo-latina, como 
que es la que tiene reglas más fijas y sencillas de orto- 
grafía y de prosodia, mayor variedad, sonidos más puros, 
verdadera cadencia métrica, y nervio y majestad que tie- 
nen del carácter altivo de una nación guerrera; así es 
como se forman todas las lenguas en el comercio del 
munda; pero es también así como se vician y perecen, 
por las intrusiones de elementos bárbaros, como decayó 
y pereció el latín mismo, que ya en el Bajo Imperio, ni 
obedecía freno, ni reconocía reglas, viniendo á ser, al fin, 
una como sustentación intelectual de las personas doctas. 
Acaso, aun para los humanistas más sabios, ha quedado 
perdida la verdadera pronunciación del latín, y, por tan- 
to, uño de los caracteres más notables de una lengua. 

Para salvar de ruina semejante al idioma castellano y 
conservarle su pureza en medio de la invasión de la lite- 
ratura francesa, establecieron los hablistas españoles en 
1713 la Real Academia de la Lengua, insigne Corpora- 
ción que ha contribuido poderosamente al adelantamien- 
to y depuración del lenguaje, con la publicación de la 
Gramática^ el Diccmiario^ el Tratado de Ortografía^ las 
Memorias y otros trabajos concienzudos. 

Ardua era la lucha bajo un régimen político que im- 



48 

posibilitaba la controversia en los distintos ramos del sa- 
ber humano, y de consiguiente el desarrollo de la lengua, 
Felipe V, francés de nación, contribuía naturalmente á 
que se imitase la literatura francesa, tan funesta en aquel 
tiempo para España, como lo había ya sido para los prin- 
cipales centros literarios del resto de Europa, y como lo 
será siempre, por las condiciones especialísimas de su 
carácter generaln^ente reflector. 

Era un contrasentido que la literatura francesa, que 
había encontrado en la española Le Cid, VAmour d la 
Mode, Le Menteur, Le Diable Boiteux, Guzman dAU 
farache. Le Princesse d' Elide, Galatée y Gil Blas, vinie- 
se á darle la ley á España; y así, los hombres insignes 
y patriotas, que componían el gran núcleo literario de 
Madrid, hubieron de alcanzar al fin la anhelada victoria, 
con el apoyo de estadistas esclarecidos como Aranda, 
Gampomanes y Floridablanca. 

Á partir de esta época se ha ido efectuando en nuestras 
letras una verdadera revolución, más fructuosa y de ma- 
yor transcendencia que la efectuada en el siglo xvi, por- 
que el movimiento actual, favorecido por los aconteci- 
mientos políticos, que tanta importancia tienen para el 
desarrollo de los pueblos, ha dado alas á la inspiración 
poética, ensanchado los conocimientos científicos y Ute- 
rarios, y creado campos nuevos en que la prosa adquiere 
variedad, soltura y gracia, sin perder, no obstante, de 
sus antiguas singularísimas cualidades castellanas de vi- 
gor, grandeza y majestad. 

Pertenece á la Real Academia Española gran parte de 
gloria en esta continuada batalla, como centro perspicuo 
del habla castellana; pero resérvale aún el destino más 
señalados triunfos en los campos de la América española, 



19 

donde el contagio pernicioso ocasionado por los idiomas 
extranjeros, á causa de las peculiaridades de su situación 
social, vicia aún el lenguaje de escritores notables y ame- 
naza propagarse en algunos centros con perjuicio de 
nuestra hermosa lengua y desdoro del lustre y de la glo- 
ría de España, pobladora y civilizadora de este extenso 
continente. 

Numerosos vocablos indígenas, como cancha^ oanoa^ 
carate, mangle^ han sido ya admitidos en el Diccionario 
de la Lengua; pero quedan innumerables que pueden ser 
aceptados, como táñela^ atoly tamal; y á más, existen vo- 
ces de uso corriente en la Península que en América tie- 
nen diverso significado, como el vocablo germanesco 
comcy que entre nosotros no tiene el de garitero^ sino 
únicamente el de apuntador en el juego de billar: otros, 
como quincalla^ que lo tiene más extenso que el que se 
le da en España; modismos peculiares, como cambado^ 
manetOy panela, combado; y, por último, términos que 
deben ser condenados por impropios ó bárbaros, como 
amblado, por oscuro, perrerreque, relleva, zurdeto y oU 
tamal, y muchos más que rayan en peregrinos. 

Úñense á las voces viciosas ó exóticas de ese género 
multitud de anglicismos y galicismos que pretenden pa- 
sar plaza de corrientes, como saibó por aparador, remar- 
cable por notable, emocionar por conmover; y como si ello 
no fuese suficiente, frases completamente extrañas, como 
golpes de bastón y tirar la espada, que son idiotismos 
inaceptables; construcciones absurdas, como en este mo- 
mento somos impuesto, que leo en un periódico centro- 
americano; y en suma, abusos de lenguaje cuya enume- 
ración en este oficio sería fastidiosa é inoportuna, bien 
que de cierto conducen á establecer que la Real Academia 

4 



50 

Española no debe partir mano en la tarea patriótica, con 
tanta sabiduría emprendida, de fundar Academias co- 
rrespondientes en las repúblicas americanas, en algunas 
de las cuales, como en el litoral de las del Centro, se ha- 
bla con generalidad el inglés y se enseña el francés en 
las escuelas y colegios, acrecentándose asi el riesgo, ya 
de suyo grave, por la heterogeneidad de las razas que 
pueblan estos países, y su alejamiento comercial é inte- 
lectual de la madre patria. 

Bien sabe el que esto escribe que, así como no es posi- 
ble la formación de una lengua perfecta y universal (por- 
que, á más de las causas ya indicadas que concurren al 
desarrollo del lenguaje, éste tiene que corresponder al 
genio propio de la nación, determinado por el clima, los 
usos, las costumbres y las instituciones políticas, parti- 
cularidades que lo hacen áspero y desapacible en los paí- 
ses del Norte, y vivo, flexible y sonoro en las regiones 
meridionales), temerario sería pretender que los numero- 
sos pueblos americanos, sometidos á influencias diversas, 
llegasen á hablar el idioma de la madre patria con la mis- 
ma pureza, formando completa una agrupación social; 
pero á lo menos se obtendría que, como en las distin- 
tas provincias de España, se conservase libre de corrup- 
ción en las clases inteligentes é ilustradas; y avigoran 
esta aserción Venezuela y Colombia, donde, por su ma- 
yor proximidad y relaciones más frecuentes con España, 
se habla y escribe el castellano acaso con más perfección 
que en las demás repúblicas de la América hispana* 

Venezuela tiene hombres de letras entre quienes pue- 
de la Real Academia Española escoger los individuos que 
completen el número señalado para constituir la Acade- 
mia correspondiente de esta República; y entre ellos los 



54 

hay muy meritorios, cuya nómina y circunstancias lite- 
rarias omito, porque la insigne Corporación española, 
que estudia el movimiento intelectual del mundo, sabe 
quiénes dan fama y lustre de este lado de los mares, y del 
otro, á las letras castellanas. 

La organización de la Academia venezolana, que juzgo 
en camino de verificarse, contribuirá, sin duda, y no muy 
tarde, á que se establezca entre España y Venezuela un 
convenio que proteja los derechos de los autores, y que 
tan útil seria para ambas naciones; como hacedero es 
hoy, que gobierna á Venezuela el distinguido estadista en 
quien apoyamos nuestros destinos, y á España un joven 
monarca llamado á grande suerte por sus claras vir- 
tudes* 

Á la realización de los laudables propósitos de la Real 
Academia Española contribuirá con sus débiles fuerzas 
el humilde autor de este desaliñado escrito, siquiera sea 
para que desde los primeros instantes vea ella cuan con- 
movido y lleno de gratitud deja mi corazón, á poder de 
su benevolencia y generosidad. 

No sólo acepto rendidamente, Excmo. Sr., la honra 
que se me hace, sino que ruego con encarecimiento á 
V. E. se digne significar á la Real Academia, á todos y á 
cada uno de los individuos que la componen, al par que 
mi profundo respeto y mi entera adhesión, la sorpresa 
agradable, la gratitud vehemente y la humildad con que 
he recibido tan honrosa como inesperada merced, que, 
para mayor realce, si cupiera, fué apadrinada por tres 
grandes celebridades del mundo literario, como los exce- 
lentísimos Sres. Fernández-Guerra y Orbe, Rodríguez 
Rubí y Alarcón; y me es comunicado, por fortuna mía, 
en un autógrafo valioso. 



52 

Antes de terminar, cúmpleme acusar á V. E. recibo de 
los ejemplares de los Estatutos y Reglamento de la Real 
Academia, á que el atento oficio de V, E. se refiere; y no 
del diploma perteneciente al expresado cargo, por no ha- 
ber llegado aún á mis manos. 

Dios guarde á V. E, muchos años. 

Casacas 46 de abril de 488S. 

Julio Galcano. 



CARTA EN BABLE 

DIRIGIDA AL EXCliO. SR. PRESIDENTE 

DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

POR 

D. APOLINAR RATO DE ARGUELLES. 



ExcMO. Sr. presidente DE LA REAL AGADEBOA ESPAÑOLA. 

ExGMO. Señor: 

(Confiado solamente en la benevolencia que palpita en 
los ánimos que se han cultivado con el ejercicio de la sa- 
biduría, me honro en dirigir á V. E. el adjunto escrito, 
bien persuadido de que, no una producción literaria, sino 
una sencilla exposición de bable, es todo el mérito que en 
él se puede encontrar. 

No me ha guiado en este trabajo otro deseo que el de 
ser útil á la lengua patria, siquiera sea con el hecho pa- 
sajero de consignar en prosa el estilo y la frase con que 
todavía hablan, y con que en tiempos pasados escribían 
los naturales del Principado de Asturias; y como hay tes- 
timonios de que su antigüedad se remonta á los primitivos 
tiempos de la reconquista, con prelación al romance cas- 
tellano que fué origen, me animó la idea de comunicar 
esa forma al vocabulario que tenía pensado, porque con 



54 

este solo no se hacía tan fácil la comprensión de esta len- 
gua, aplicable para la inteligencia de los fueros, de las le- 
yes y de multitud de instrumentos cartularios en que los 
sabios, y muy particularmente los jueces, encuentran en- 
torpecimiento, y si fuera bastante el escrito á prestar 
ayuda para subsanar esas faltas, el tiempo no sería per- 
dido. 

No como critica, que á tanto no alcanza mi empeño, 
sino como prueba de la utilidad del bable, tenido vul- 
garmente por antigualla y calificado las más veces como 
gallego, en la porfía poco meditada de rebajar su respe- 
tabilidad, me he permitido llamar la superior atención 
de V. E. acerca de la utilidad positiva que puede prestar, 
siempre que se trata de vocablos y modismos que el 
transcurso de los tiempos y la sucesión de las cosas han 
borrado de la memoria de los hombres, como se encuen- 
tra de manifiesto en las notas puestas al Quijote por mu- 
chos eruditos, que por no poseer el bable, cometieron, en 
agravio de Cervantes, involuntarios errores que reclaman 
corrección de la autoridad de V. E., pudiendo asentarse 
que estas pruebas presentarán también buen servicio para 
la historia, y para fijar de una manera más positiva el 
origen de nuestra lengua, sobre el que se emitieron opi- 
niones en que abunda más la buena fe y el criterio ab- 
soluto de cada escritor que no el estudio de los hechos 
positivos, que nunca dejan lugar á controversia. 

También el escrito iba encaminado, aunque con menos 
intención, á presentar á la consideración de V. E. voces 
expresivas y muy galanas que conserva en fiel guarda el 
asturiano, y que V. E., con su poder, tal vez haría una 
buena obra insertándolas en el Diccionario y sacándolas 
del aislamiento en que se encuentran y del peligro en que 



55 

están de quedar relegadas al olvido, como la lengua de 
que forman parte. 

Si esa ilustre Academia— por respetos á la gloria que 
68 debida á las edades que pasaron— se digna prestar su 
atención á este insignificante escrito, como complemento 
del mismo pudiera agregarse un vocabulario que poseo de 
todos los nombres de los pueblos, lugares, aldeas y barrios 
que contienen los aledaños de cada Concejo de aquel an- 
tiguo Principado, hoy, con algunas mermas, provincia de 
Oviedo. 

Dios guarde á V. E. muchos años. Madrid 8 de Mayo 
de 1884. 

Apolinar Rato de Arguelles. 



BKATi ACADTIMTA JS&FAJÑOIjA.. 

Madrid 30 de Mayo de 1884, 
Sr. D. Apolinar Rato y Hevia de Arguelles. 

Muy señor mío de todo mi respeto: Gomo Presidente ac- 
cidental de la Real Academia Española, cumplo el honro- 
so deber de dar á V. expresivas gracias por la muestra de 
consideración con que se ha servido favorecer á este Cuer- 
po literario, dirigiendo á su Director el Excmo. Sr. Con- 
de de Cheste, ausente ahora de Madrid, una carta escri- 
ta en el dialecto asturiano que se llama comunmente 
bable. Poseído V. del más laudable y fervoroso entu- 
siasmo por las cosas de su tierra amada, noble condición 
que distingue á los hijos de Pelayo, se ha dedicado á es- 



56 

tudiar atentamente, no sólo el lenguaje de las aldeas, sino 
muchos y variados documentos manuscritos de la Edad 
Media, de los cuales conserva buen número en su propia 
casa. De este modo ha podido aprender de la manera más 
perfecta el vocabulario y la gramática de esa habla sin- 
gular que nos muestra viva y en uso la empleada por 
nuestros mayores cuando empezaron á escribir el caste- 
llano con carácter literario. 

El objeto de la carta no se reduce á exponer las con- 
diciones del lenguaje asturiano y su historia en los docu- 
mentos antiguos, sino que se extiende á enumerar las ex- 
celencias de la tierra, y sus productos variados, y en des- 
cribir los monumentos artísticos, las costumbres de sus 
habitantes, los trajes antiguos y modernos, y en una pa- 
labra cuanto puede convenir á una monografía tan cor- 
ta como sucinta y agradable del rico, fértil y pintoresco 
país del otro lado del Pajares. 

Si al anotar lo escaso de voces arábigas del bable 
yerra V. en incluir algunas como argayo y álgamar^ 
falta es bien leve en comparación con la luz que presta 
para rectificar la interpretación viciada de ciertos fueros 
y la ayuda inesperada que ofrece para aclarar ciertos pa- 
sajes de Cervantes. 

Y tanta es la importancia de dicho escrito, á juicio de 
personas muy competentes, que si V. no lo diese por 
su cuenta á la estampa, la Academia le insertaría en el 
primer cuaderno de sus Memorias que saliese á luz. 

Complácese en saludar á V. respetuosamente su aten- 
to y seguro servidor 

Q. s. M. B. 

El Marqués de Mouns. 



57 



AL MUY ROBLE É SOBLIMAO SESOR 

CONDE DE CHESTE, 

PRESSIDENTE DE L' ACADEMU DE LA LLINQÜA. 



Prencipal cossa yó trauayar como fai la vaessa mer- 
ced, per Uimpiar, afincar, é allomar la fabla de Gastia, en 
cnyu assatu paez como <) al so xeniu vai Y empunta é 
n5 se da repossu nin apara: é utrusi, plasma $ n5 se pe* 
renllene el Ilibru, topandu capocu motivu pá tomar só 
r assfita é allargar é espurrir é iguar Y sos escríptos, sin 
allogasse d' una vez. E dbteronme é asina Y oi, ^ agora 
entaina per allegar cabucas, númeru cre^iu de palabres, 
ynes escaccies, utres nueues ^ enserta la cenóla, ó utres 
q los lietraos recoyeron gusmiádo é apeluc&do per deyu- 
res, a^de é allSde la mar, 5de falen la nostra llingua tre- 
ta cu&tos d' almes, en preua del poderiu d' a()sta n&9i<m, 
ca comu dSguna, por$ Dios lo $lo ¿sina, voltio é Jtímiel- 
gó '1 müdu ó frayó ó triyó la XSte per sulu la fama de fa- 
zelu. E n5 ponei assfitu al encargu ú llevalu tá d' afechu, 
bda cossa paez: pos si lo igua bien agora, aforrasse gta- 
mar ca pocu c5postures: ca les obres de v* m^ deuen 
ser obres de Rey, 5 s' aperten bien de primero, pos tie- 
so per meyor facelu ftsina, 5 ^^ treueyar mas zeo c5 
amestaduras, <) no dicS c5 la su alta prez: ca meyor tS- 



58 

rriasse per feleteria, q dá vez pa 5 uciossos ó arteros q no 
aparé, ó so enclinaos á algamar glories de pássu, barrütS 
falencies cuyu aputamieta, si qoier sea cossa lUuiana no 
ye palaciana. E usina ye Q Y enfotasse 'n les Uetres Q jtfita 
la V* m^ pe la so manu, en concebía 5 yó expuestu á tra- 
bucásse, í isti perJtui^iu solliviáta, mas no vá á la bona 
pro de naide. E yé de razón por esso, q ila de, al q c5 buen 
modu i traiga da? q preste: é porsi se escae^ió direi: 5 Xo- 
vellanos entamó cuátagüe fazer on Dic^ionariu del Bable 
ó recoyó illi mesmu los presseos c5 q auia fazesse: q vinoi 
á miétes esta voluta, porq á isti xeniu escociai q pe les 
guerres, les endustries ó les sus argadios, les carreteros 
i veredes, é los furacos q pa illes filero é nos motes í pe- 
riqtos, ó mil utres llacérles q enonde auonda la xete n5 
passg en valde: al fender i despelláse les puertos de los 
Eruásseos, é aurugásse i cozcodeásse Asturies i Gastia, 
finas la Uingua q falaba ta amorossu, i se escaeciera, i pe- 
nauai q asi acaes9iesse, comu vá á pfitu d' acotecer. Per 
ode tarreciai á issi entedimietu, ^ aledádo con lo vieyo 
sueñaua é columbraua afanossu Y alborada d' ogañu, Q 
al morrer la fabla despares^ieren los finsos q idarán á 
les estories cuádu se fagan, les preues de Y ascedé^ia de 
los astures, q meyor q en les piedres, los ornes sabidores 
ecotrar&les en la llingua, por ser sabiu, q la fabla d' vn 
Uugar ye archivu tá poderossu, q ni el fuebu, ni les es- 
pades ni el eíuriar del tiempu desfaceran de cuayu: í la 
razón yó, q los maleficios atáySse í la llingua e tá so- 
til q cuélasse i esmuzésse dietro de toes les cosses. E teñó 
cuéta q essa fabla no ye pelegrina: finan el Uatin y Ue- 
nu de foroñu, 5 yó orden de natura morrer vn pa nacer 
utru, falabenla los Reis de Asturies ó León, ó fazin sos 
cartes pobles, ó les Uetres ferales, ó donaciones pa les 



59 

igletóes, comu la de Obona del añu dgglxxx, 6de diiósse: 
Damus mgenti vacaSy et dúos carros^ el vuo rogino, et 
vna mula^ et duas campanas de ferro &.: ó inda fenecin 
con illa 9 ralles de la so tete é les soplicaciones de los 
ios Ayatamigtos é quiciaes tien da ^ de lo q falaben los 
Astnres vencios $ nd yeren amigos del Romana: e ansina 
por raüches razones ista fabla ye la de v» m^ comu lo yó 
r estoria de so abaxo: él' primera yó 5 les cosses escomiS- 
cen peí prg^ipiu i si isti dessapaez, nada bono se fai q todo 
s' atopez: é asina estarin müches vozes i '1 sétiu d' utres q 
felauen pe los *iglos xi al xvi, si '1 bable n5 les tuuiesse en 
guarda: la segunda yó la preua fecha per Gaveda q no yó 
antolSza, ca diz desviésse pocu, q vna mesma yera la sa- 
uor Hatina d' entrambos: 5 si '1 castellanu recoyó tres par- 
tes de llatin i vna de moru, Asturies cuatru qintes del pri- 
mero ó per deyures lo demáz: del moru n5 conoz sino al- 
báhaca, argayo, argadiu, alcacer, algara, algamar, alfa- 
yate, almexia i almires: é ista falla, yó la diferS^ia, q 1 
siUaviar semeyasse del todu. E dempues vien la c5venS- 
5ia, tf étamar el estudiu i aliStálu, ca paezme q v •m^ deue 
catásse mficho d' esses cosses, i afrotar los sabios: $ los 
fueros son tovia Ueyes viues i n5 finca en la onrra de la 
tierra, la letura de corrió, sin asseguranza de StSdólos, q 
solu el apfltamietu empez, como cossa daflible: q v* m^ 
bien fai memoria, de como un sabiu recoyendo fueros 
dito: 5 sallar yóra salar, ó várganu caña de piescar: ó 
per ende falar, por falar de les cosses series, yó falencia 
adrede, $ n5 paga la lera, i la pressona ^ se enfota en el 
dichu, non tien pizca de riitu. E pa ^ esto nd acaezca 
cSvien á mi ver, q v* m^ cavile si deue ensertar en los 
sos escriptos, dalgunes cosses del bable, de ^ ha falla el 
castellanu, $ qidaeB pe la enseñanza bien se adica, q la 



60 

bailara no sea ta dañible comu el apartamietu ii5 sey^i- 
do ni apañando descompostures, ^ dies barratu q se fa- 
zia á mala parte, q esso n5 tien por^. E úbulu, pa 5 el 
muí etediu Gaveda sefolgase c5 la so llingua, q düto se- 
meyaua müchu ó yera melliza de la 5 '1 Rei sábiu fabló, 
i asina mesmo Pidal, el Orne bonu i Uetrau, ca étrambos 
pruiaios q se atayara el tiépu de dar cabu á la gramá- 
tica i al diccionariu de bable, ^ á la postre ñSLo sin gar- 
gutar, pos los sabios pa les sus fechares n5 dan troníos, 
ni ra^tios coma jtiraldes de romería, Don ^uan Junque- 
ra Üergu q sea en gloria, i agora cuerren con avos es- 
criptos sus aluaces: i diXerome q el fautor qixo $ los pu- 
Xeren en Uetres de molde. E bable tantu $er dicir co- 
mu fabla asturiana, i en lo q yo so ciertu yó, en $ los 
escriptos no dicS aSde nacego '1 vocablu ni aú vien ó los 
gtendios tópeien pare^iu ó dicen $ semeia '1 de Ingalate- 
rra «babble,» 5 Qier dicir charla, palucha ó Xerigonza, ó 
per ende ni á Jovellanos, ni á Gaveda no ios prestó, q 
apañando 1 dichu, paez q se acalomnia i abaldona vna 
llingua fallada pa serui9iu d' Omes bonos é fidalgos, q 
cuetS entre sos güelos á celtas, iberos, fenicios, romanos 
i godos, é sin pizca de moros: é q yó cossa mui atrauessa- 
da echai la cuota de los años, ó nd yó razón q fincado la 
llingua, comu de susso dixe, en ta bones manes venga 
Xete dessaforada ó nos la tire, más tomóme q se acorrie- 
ssen ó q n5 adicarín, ca estos átales, Q darin esperxuraos. 
E salvu isti, llámela comu qixer; la fabla yó tierra ga- 
yaspera, gassayossa, nidia i bona pa éqiUotrar passiqin, 
ú gaiatear d' amores, fazer copies, falagar, echar ro^s, 
c5tar cuites, ó presta asina mesmu pa rellatar los ruxios 
de les batalles, q auonda en sonios q al salir pe la boca, 
la Xete despíelos sin veyures, de modu ^ á la postre los 



64 

goeyos ni Y oidu no fien porq paecer, é qi9ia6s la boa 
apostura de rostra de les pobladores de les Asturies d' 
Uvieu, déuela en bona parte á la messnra de la llingua. 
E q müchu yó llatin yó sabíu, comu ya düte denates de 
passada, q el bable yé eredamiStu d' esta llingua, é qi- 
^aes del estilu pa fólala, é comu el moru n5 añero 'n 
aqlles mdtañes, n5 dejtó rastra delgun, i ^ nd se fái mé- 
brfiza de per ú vinieron utres palabres, ó mui precipal- 
mete les de los conceyos, Uugares i poles q cierren Y al- 
foz: q essos nomes yá los tenin denátes q Alifonsu X dié- 
rayos la so carta é se fódassen: é lüjda dizse $ el roma- 
na topóla fecha, é mianiqs q si se escae^ió lo ^ de susso 
dbdmos, n5 se fizo lo mesmu cd los barrates de los omes 
q les íalard, i ai preñes de les comarqs a5de morauen les 
trius é de los nomes q tenin. E per Brañaleurel, O' uria 
ó Andinos, per 5de cuerre '1 Porcia, ^^en traces de lo q 
per illi etamaron los Fenicios pa allegar estañu, pa '1 q- 
estayard pa vna ocassion, diez millos de aceña ó de re- 
gato, é co el agua asina recoida, llauauen las tierres. E 
de Navia so abajto de Luarca susso arriua, furaron los 
motes escuayaron los periqtos, rompedu los valles pa to- 
par ó arrebañar el ora, i isto fazin, por^ el ome yé vn solu, 
é antañn é orgañu, cavila arreu sin vagar pe la folgan- 
cia, é asina cavila per gUucir la llamuerga de q foi fechu: 
é los romanos ^ atal fijtero, n5 trabayauen illos, si nd la 
iete q deyures captiuauen, é los captiuos auin de ser de 
Uueñe de la tierra. E la de los Astures del riu Astura, ede 
1 Gantabrieu al Dueru ó flnsando en los Eruásseos, po- 
blarola misturaos Celtas, Iberos, Ligures é Sileros; q es- 
criptos de Himilton, Plinio é Estravon diiteron, tenin 
po^ cibdades comu agora, poca ceuera i apertura de 
oompaga, pocu amor á les Uacuaes, castaños en vez de 



62 

pan, 5 étouia no ania maiz nin patates, ó el miu no yera 
auondo^ mantega en vez de aceite, sidre per vinu, ma- 
reantes agüemos, piescanen ballenes ó pexe del 5 recue- 
yen bailara ó na salmoria de les marines pa su máteni- 
miétu, ó estruyadulu, fazen sain pa allumar los candiles: 
ó dalgun dixo, q enos narcos de cueru faxeron pe la mar, 
ó poblaron al mundu nueu: é solu dieron la cerviz al ro- 
manu, dempués de solmenalu comu ciñera, ó opuxórose 
á los godos, ó prestoyos pocu el emburrion q ios dieron 
á los moros pa échalos de los sos llares, si bien foi gran- 
de '1 torniscón, ó relies les mocaes q ios apnrriero, q illos 
fuxero afrellaos: ó ayudóyos la Cruz é la Santina de Co- 
vadonga, i Pelayu q yera '1 guión é 5 fiJterS Rei, asse^ 
meyando la so xura á les de sos gfielos. E amoria afiq s* 
ataye adrede, facer mébráza de les croni^s de illos, é si 
bien aullaos á echar glories á la reuatina, no se cavila 
bien lo q en güestes ó mésnaes, vestidos de pelleyos, sin 
aforrar el cuerpu, esñidí&do ó esguilSdo, agachaos, es- 
purríes ó arrebalgaos pe los montes, q yeren sos atala- 
yes, pa buscar vez de toller á sos contraríos comu á car- 
bayos coreos, i tarázalos: ó llimier5 romanos, ó godos ó 
moros comu ablanes i cirgüeyos, i axotaes les froteres, 
afataben á recostin al so fogar lo q auin menester, q yera 
auondo. E la Xéte d' agora so vn motS de cuchu na co- 
rrada de r Obispu, 5 entoncienes les cibdades no se po- 
nin ta mages comu agora, afrStoi la guerra al Francés, 
i mandoi Embajadores al Ingles, peí mesmu Gomodoru 
q vixilaua sos costes, ó puxo en armes treta ó cuatro 
mil omes. E nes guerres ciuiles, des q se rematare les 
correríes del castillu de Príoriu, § yera del perlau, ó des 
q '1 C!onde de ^Ijton, i dempues bs Vijtiles de Quiñones, 
^ tenin solar en Garesses de Sieru, viérdse premiaos á 



63 

saKr de V alfoz per rigor de xustí^ia, n6 se fai parte, 
porq no ó Xüta el so teyau Xéte voUi^iosa nin reuoluedo- 
ra, i sin gurgutar aforfugada, ^da sin ulanca, i dá sos 
ornes pal senii^iu, escaecida del fueru q i otorgara Ali- 
fonsu VI, i q ende mil ochocientos i diez i nueue, entroi 
en volfltá q se tiestas, porq asina tüuolo por razón la 
Xüta del Principan, 5 diói el pediu d' ornes 5 el Rei le 
fizo: ó acaes5ió lo mesmn cuftdu umbió á dicir q desfixes* 
sen la Xüta, ó n6 se platicó mas, aü^ yó claro q 1 man- 
data mancólos, i la mancadura restólos, é yera razón 
de verriar, si illos 5i*6ren étamar vofingleria, 5 Qi^^y^s 
priuileJtos ganaos c5 buen semifin, $ auin pa defSdesse 
de pechos i gáneles: i vn derecho de tS gran seguranza, 
no descria degun pneblu. E 'n Asturíes estilen la llingua 
ya mui floia pe les aldees, i falen la per ({rencia en les 
YÜles: é esta fabla si bien se semeya é yé del mesmu go- 
vin, esgouetósse daq digtro del alfoz, é los va^os nos 
conceyos d' arriua, 5 por n5 ser cristianos vieyos n6 pu- 
dierS mezclásse c5 los 5 lo yeren, trucan les lletres i 
plati^ muchu de la ch, é i: e per poniste apañaró da$ de 
los galaicos, e 'asina mesmu estrómese pe la color é la 
talla, son mas garrios pe les cinco Uilles ó al Oriéte, peí 
medin é les marines, 5 P^r delgun utru llau, ó pe les tra- 
ces, lo rotu, prietu i ensortiyau, pe les narices ñates, aca- 
nalkes á comu porros, é 3touia dalgun Q estouies folgau, 
ertremaria les castes, i de ciertu les traces de lo ^ fazin 
rezando vnos é nos cOuétos, q p' el poco modu yeren du- 
plices, utros trauayando i los utros guerreando. E ' Cas- 
tia &la castellanu sin mistura, Q iele mui atopadizu: i 
esto no acaez per dessamoraos, Q tenrrura tiene i no se 
ios descaez Asturies, i per deyures sa^se pe la pinta, 
coma acOtez cd los ^ nacen en tierra 5de nd ha folgura, 



64 

q 'I amor, si mezcla co la llerza, yó comu ramu de siem- 
pre viues, i asina atópése co el castellana comu los pa- 
riétes mayores q tiraios la sagre. E aqsta yó Uiuiana ó 
de bondá, q no ha inclinación ó na jtete á furtos ni á ta- 
fureries, i si bien no so mozos de parada, i repuné el 
oficia de tayador, i pa verdugu touiero q echar manu d' 
orne defuera, no so folgazanes: i iüsina los Uauradores, 
jtete espauilada é truximana, en el su fogar alogau, no 
se desmüganie, ré^en pa Y alúa, i maniese fasta dempues 
de atopezidu 5 tomé á rezar; é tiene cassa, corral, tena- 
da, i de tíerres vnos cuareta dies de giles, ó uaxu Y orru 
carru romanu, d' exe q roda i da chirrios, Uauiegu, ga- 
daña q cauruñen, fessoria, foz, fozete, forcau, Qapicu, 
messories, i Uauren i sallen i arriéden les siemures, é 
^euen los gües, xatos i nouielles, ca les vezes punen i tie- 
ne zuñes, é dányoslos á la comuña, i estrándolos co ue- 
ri9iu ó argoma á ñeruássu, facen el cuchu pa cuchar, é 
yó bono, q cueyen vente por vn: ó ponen polios, ó sie- 
guen erua de prau vissiegu, ó seroñu, i pacen la otoñada, 
i pilen Uino, érriestren pauoyes, descaxinen faues, maien 
trigu, estruyen mafanes, rauilen erga pa Uimpiar de 
poxa la fisga i esc&da, ^ Gastia nd tien; lleuanten cárco- 
ues, vardiales ó múries, ó de mui Ilueñe estáyen les tie- 
rres pa q no se fagan umedales; ó llimien orÍ9Íos i muer- 
gos ó fazen abassones, goxes, maniegues ó pajtos, ó me- 
dies de copines, galipos i maques, ó angaries, portielles, 
torgues, estadoños, guiaos, pórtigues, cuyares, esqírpies, 
córrelos sardos i engagos: ónes fiestes, dempues de 
la missa, plati^n en porticu ó cauíldu, ode depredie- 
ron á solliuiar i llier de corrió, cosses del conceyu, de la 
sestaferia, ó la manera de guarecer les vilbes pa faceyos 
les sienures: Jueguen los bulos c5 cuatreada i mftganíá- 



65 

do, al truq, á la moqta i á la coritíta, ^ llamen asina 
al páxáru de mal agüeru q soruiata Y aceite de les 
Dámpares: í el nomes emeya '1 de Garixu el Romana, 5 
Augusta püxo de mandón p' apertános, ó á los rapaza- 
eos coáda érieden mucha, la chacha falayos de la can- 
ia, é iHos entSciones empapiecen vn poqñin: ó inda los 
ornes, pe la paxa del algodón, ya no visten calfon, nin 
motera, trocárolos per pantal5es i sombreros, i cal9en 
zapatos i madreñes, i si aforren dalgana cossa, mucha i 
os gasta r espicha del tonel i fartúQnse de sidre. E baxa 
1 teyan la muyer de dégae ó arrancaos, q n5 po de moza, 
sala d' estameña, xngon d' alepin, refajtu de bayeta é 
madreñes c6 ses uones uroqs, no yé paigostia, me yó 
aforradina: allama el faeba co forga^es, tizacd llene, gá- 
raos ó cádaaes, arroxa Y foma i na massera amassa uo- 
roña i panchón, ó la torta échala 'n llar entre dos lláaa- 
nes, i el pote caélgala ó nes calmieres c5 UacO, tacú ó 
rauadal de guchu: é nes escudielles é platos de páxara, 
Ueua la parua i dai '1 xintar á la xéte, i á los marruecos, 
i al lastre, i á la cordudera i á les andeches, pe les cohi- 
des i acarretos: va *\ mercan c5 la goxa na caneza, i á la 
fonte co la ferrada 5 friega, ó asina *1 canxílon la garfie- 
Ua i utros cáfios, fila los cerros, éxarega '1 filu, fai la 
colada, mneya é recude é ensuga la ropa, muce ó cata la 
vaca n' el tariegu, e illa n6 cata la Ueche si n6 yó á sor- 
uiatos: i M mantega, ceua '1 pitón: i les pites, el machu 
pal ñeñu, les femes pa les ñeñines: ruste chamusca é 
pela ó trecha ó cuez farrapes; espesses i rales, i chichos, 
6 fai morcielles Xuanicos é llonganiges de sáuadu, i per 
antroxu foyuelos: ó si sómpuer^n los ñeñinos, enfrósca- 
1(^, lláualos i pónlos en cuellu, possalos, páralos, écha- 
los, tápalos, áñalos, afalagalos trai-os perdones pa q 

5 



66 

ruqn, Xuega con illos al i ve ¿, i á la pita ciega, ó sáca- 
yos los Ilixos: si amalecen de les vexigues ó del sarapicu, 
ó de ceruiguera, pónyos la cigüa, dáyos melecines, cui- 
dia no se pogan Uisgos, falles reualguinos: ó si oye al 
iprone aüe maria purissirna^ respondei, sin pecadu cdcem- 
düy i siempre i apurre dalgun gaxu i Uicenfia pa domir 
ó na tenada: i el proue rellatai lo acaescidu per acá é 
acullá: ó cuesse los rapados, i estos col fócete, sieguen la 
pa9Íon q no tega oruayu, ó faen caxéllos pa les aueyes, 
gusmien Y aueyera pa les emsambles, i co muga la tie- 
rra, sienuren arueyos, arrinqn patates, anden á la gue- 
ta, espulguen castaños, é mietres Hieden, sulos ú co su 
colla9u, si siruen vn amu i couren soldada, xiringuen los 
arboles, cuelen meruedanos i prunos ó andrinos i cadá- 
panos; é maten gafures, esfuellen espertóyos, ó xiulen ó 
faen chifles i famploñes, i toqn la trompa: ó á so pá é á 
so má afalanguen muchu: ó xueguen pecara, corru, 
maya, pilota, machorra, el teyú, les chapes ó les voli- 
ches, ó fai cauilar q lo mesmu xugauen los Francos. E 
fartucos de reblincar per maguestos i esfoyáces, pe les 
files, galántien les moces i esgañitése echando ixuxús; ó 
vóltien el palu ó bona ciuiella, ó várganu d' acenu, comu 
tarauica: ó amusgaos, entruyen el passu pe les caleyes, 
si utrú corteyu va echar la pressona co la so rapaba; ó 
aqsta melguera si toqn añeru, remiella los güeyos, cóme- 
lu á güeyaes, recueye la saya i fai mil veyures pa enga- 
tussálu, i el mastuer^u alloriau, dempues d' afustacar el 
suelu sin concebía, cuerre ca '1 cura á pedir proclames, i 
entrugaos ena retoral pe la doctrina, étamen á cassásse, 
mas no se xüten fasta passau dalgun tiempu, ó q illa pida 
el rebudu. E asina mesmu si el ome ye de ce9ia ú de 
sauer, no cauila pa aforrar, fáisse aloyeru, no se atora 



67 

per delgun, inflasse, tien faradula, farfulla, yé covayon, 
no perdona ripiu per etaramlgásse, i tórnasse agachar 
i fiírta la vuelta si yó menester, 1 si s* entorna tien rixu, 
íi^esse, echa ronqs ó la zacania, é guapaméte tira pe 
la freua, i nin diétro nin fuera no se atopa nin apaña á 
Uamásse Mingo de Antena, Pericu de Túxa, Venon de 
Marica, i non diz mollera, fo^icu, vidaya, qijtaes, verles, 
caniles, cerviz, espinazu, coraes, menazuela, votiellu, 
cadriles nin cálcanos, nin gustai la gaita, nin la zanfo- 
Dia, nin les romeries: perú ye enclinau á fazer copies 
tienres, en les q falen la ^ana ó los entrialgos: ó les sos 
criatures no s5 toes llácies de gtieyos azules i toes para- 
ismos, q no pieguen á Xete ¡5 mialma del alma! yé 
qrendona i gassayossa ó pocu amiga de folixa, pera q[ n5 
tirimiqa i risse de los fatos, espurrios i engolletaos, 5 á 
la postre c6 la voqifia de cerezos, c5 les pepites en Alera 
por diétro, la color de rosses sin untu, gtieyones garapi- 
ñaros, oreyes i manes peQñines, pelu llargu negru, roxu 
i ensortiyau, formes redodes, i carnes ñerues, cuerpu 
gayasperu, fechu comu pa 5 Y aire lu aniq sin fendesse, 
i discretos i melgueres, los mozos facéyos el vissu, i si se 
cassen s5 pa '1 so fogar, comu vna pegoUera: ó nól estrau 
ó na cai s6 respetuosses i de vilbes onrraes: e la menos 
cria cuatro flos i müches ochu i áila de ventidos, (} el ^ 
morrió mas aina, Ueuólu Dios á los cincuenta. E pa en- 
trar diétro de les casses con la puerte cierrada ú de par 
en par, pícasse é dizse: DeogracieSy é la rempuesta yé: d 
Dios sean daes i entóncienes ya diétro dizse: d santos i 
bíientis dies, d santos y busnos i los dé DioSj i Ssina se 
diz peí camin, i dempues de atopezidu, i al finar la missa. 
E Asturies tien so arqitetura bien preciada per Gaveda, 
meyor q per utros sabios, i esto acaez, peí conocimiétu 



68 

del bable: i la Xéte vieya fixo vna copla, q diz bien claru 
r estima q i daua á la Catedral: 

Torre la de Uviedu: 
Catredalla de León: 
Gampanes les de Toledu: 
RoUu el de Villalon. 

Asina los mas Uetraos, al falar del Orru, si no se ios 
apüta, no vernan en conoscéfia q pa Uiuertar les cosse- 
ches de la umedSza, pa asoleyar los granos i airear los 
repinaldos, les cuayaes i les mayuqs i pa q los ratos q 
crien müchu demassiao, no los roan, fixero vnos cago- 
nes de castaña de deziochu pies per catorze, co su teyau 
encima de los aguilones ó cabrios^ ó la gala yé no ponei 
mas q los cuatro cíaos de la peslera: i les colodres van 
ensamblaes pe les xütures i pe les cauefes en los enuel- 
gos i ó nos traues, i aqatos sostenios per cuatru pegollos 
de piedra de granu comu pirámides, fincaos ó nos pilpá- 
yos de calcar ú faba, q entre todu Ueuanten diez pies: 
i al costau de la puente la suvidoria desseparada tres pies 
pa q los ratos n5 vlinqn: i la Xete p' entaramingasse 
reualga: ó debaxo seqn la magaya, pa la sienura de los 
pídales pa fazer pumaraes: i el Uaurador tien alli mesmu 
los presseos, i yó aode se atecha pa trauayar si el tiem- 
pu no va bonu, fasta auocanar, i alli tamien dá meleci- 
nes á les vaqs toldes i fai les robles de les escosses ó de 
utres si entra en covenécia: E tien la grande en su eruo- 
lariu, q ademas de lo conoció tien farfueyu, árgana, aue- 
yera, fauaraca, gamón, cananera, lloren, péscales, pa- 
niega, pa9Íon, verÍ9Íos, escayos, ortelana, paletaina, co- 
ralina, mófu, argoma, culátru, fior de venitu, escorzonera, 
polipóli i meruédanos. E pe les arboledes ó les eries i los 



69 

ceUeros vense muchos páxaros q[ llamen parpayuelas, 
andariqs, estorninos, alcarabanes, mazaricos, arcóes, 
glayos, coruxes, esperteyos, ñeruatos, reitanes, pinzo- 
nes, picos palombos, zoritos, pegues, cuqiellos, forres, 
milanos, aguiles ó ruisseñores. E asina pe los picos i 
viescos, é carbayeres ossos, reuecos, llouos, raposos, cor- 
aos, armentios, llondros, furones, fuines, melandros i 
Xaualines: perú q n5 nombren ya mSteru á la vez q xus- 
ticies pe '1 añu nueu, pos la mucha xéte q pa tener 
ceuera, llaura ó destapina los motes, descastrió ios ani- 
males. E de gafures pe los sucos, matos i uardiales tópe- 
se cuélebres, cuUeures c6 ubleru, escalamuergos, sa- 
caures, Uagartesses, merucos, gussarapos, ó llimiagos: é 
ena mar aOde nauieguen los cachemerines pies^n les 
lanches voites ú aldeualu, dempues de utros conocios, 
cueruines, tonines, mielgues, piqs, calderones, parro- 
ches, i mas á la oriella fañe^s, cabres, aligotes, botones, 
serrianos, xardes, xulies, panchos i merlotos: i pe les res- 
qiebres de les peñes, é peí cascayu Q na marea, les foles 
i cachones cubren les deziochu pies, piesQn varuaes, es- 
camones, esguiles, oricios, canuarones, andarías, cento- 
llos, perceues, mosiones amassueles, vigaros de la fiel, 
Uámpares i xorra pa los anzuelos: pe los rios tópese sal- 
mones, truches, esguines i llampróes, í bonos canueros 
d' engulles escSdios diétro la sabia i Y pielgos. Epa 5 n5 
ha falla de ná, tien sos cantares: ea, ea: ai vn galán d! 
esta villa: romances el de Don BtcessOj Gerineldo i Ros- 
saura: é baila '1 ¿biringüelUj la anraldilla^ la danga pri- 
ma onde óysse Y ixuxú, gritu q denates dauen ó na 
guerra en seña d' alarma cuádo se ponín de veladores ó 
atalayes. E lo mesmu tien cossadielles, ó bonos refranes, 
6 guapes sentScies recoides per ^ovellanos i Gaveda: i 



70 



comu diz q estos átales fazen preua del xuiciu d' vn 
puebla, doi á v* m^ la muestra de les q fago recordación. 



El q primeru ñaz, 
primeru paz. 

Filando, me voi, 
filando me vengo: 
d' una rocada 
perdiu me veo. 

Guartu qita tastu. 

Déme daq siqier, 
ó si no fasta mas ver. 

Del ñaire q ó pigañon, 
Dios lliuerte al to qiñon. 

La color de fueu 
no ye de dura. 

El dineru del vecin 
co vn garabin. 

Dempues de vieyu, gaiteru. 

Nunca Uouió 
q no auocanás. 

El ruin aruiu, 
desq come á friu. 

El dineru tien el rabu ñidiu. 

Arriba rapaz, 
q la barba te ñaz. 

A la fiesta de Llugas, 
si la vaca ó la reziella, 
no están males ¿pa q ras? 

Re^alu d'aldea, 
pá '1 q lu dessea. 



Tres pies ó vna coroa? 
trébedes so tontona. 

Si vas á la romería 
ten cuidiau no esvaries, 
q los praos están nidios 
ó les caleyes moyaes. 

Ermitañu ogañu 
braorneteru antañu. 

Oien bon ñeñu cria, 
bona tela fila. 

Barba vermeya 
nuca bona pelleya. 

Tien r alma entre les payes. 

Ensertar en árbol vieyu, 
ni llena '1 platu ni el giieyu. 

Faluca despacin, 

q no r oya '1 to vecin. 

Son mui altos corredores, 
pa tá vaxes vétanos. 

El q á lo' suyos semeya 
tien fecha la preua. 

Tres oreyes i vn pió? 
cadapanu yó. 

El bollin i la bolliña 
todu sal de la fariña. 

Con tu señor no partas pe- 
res, 
dáiles enteres. 



71 

Dicen dalgunos q esta fabla yé melliza ú del mesmu 
gouin q la Gallega, i q lo mesmu yó la Portuguesa, sin 
les farándules, q i apurriero per de Uau pa facela érreues- 
sada: q semeya daq el Lemosein i Y Italianu: q escaes^i- 
du r ussu de falar Uatin, fáisse vn seruigiu al teñó cuéta 
del bable: é utru si falandu bable tornarásse comu ha 
menester so lo q dixero los mui Ueidos Pereira, Glemen- 
cin, Arrieta i Muñoz, faziédo cornetos á Geruantes i á los 
fueros, q V» m^ comu précipal guadador de la Uingua 
tenrrá q tiestar, i si no á vesse en premia pe Y estoria ó 
pe la puridá del buen sentiu, pos asina yó ressultancia i 
iibligacion de coseña de la so guarda: i 5 tiestar á de 
jaro, apaez cuádu diz Arrieta q passar los dies de turnio 
en turuioy n5 se entiéde comu Geruantes no qixera dicír, 
q D. Oí*ote passaualos dormiu ó á escures, asina estarla 
illi de bable, pos el Astur vó claru q Geruantes Qixo di- 
cir allocau, Uocu, tocáu, pos del veuiu dizse entornan, tu- 
ruiu. Glemencin qixo 5 aSde diz allede dixésse Ultramar, 
i ¥• m* asiéta q^yé déla parte de allá i n5 yó esto, pos 
qier dicir, mas Uueñe del utru Uau, isti Uau lo mesmu yó 
la mar, q la pieqiella, sin cossa rompia peí mediu, i di- 
ciendo parte paez 5 so dos. Tamien Arrieta esplica q a6- 
de Geruantes diz, ella jamás lo supOy ni se dio cata de 
ellOy q deue entendósse por n5 se curó, non fizo cassu, i 
el Astur entiéde 5 Dulcinea, nin lo supo nin se dio cuéta 
de iUo. Pereira diz de la auétura de la vixilia de les ar- 
mes, cuadu diz D. Ouixote en q estoi étediedo^ q espera- 
ua la auétura, i el Astur diz 5 estaua en lo mas róciu de 
iUa. E Glemencin tradúz comu imprecación de maldita 
sea yó, Y intergeccion 5 dixo Andrés, mal añUj i mal añu 
pd 'Ipecauj en bable yó vn bocablu inocéte i n5 impre- 
cación, á n3 ser 5 se tome comu atal, el agregao pe- 



72 
cao, q r estoria no re^a q Andrés dixera. E Arrieta asi- 
na mesmu diz, q a5de Geruantes püxo, le preguntásscj 
le dijese qtce mal sentía^ soura el le dieces q yó sin dubda 
vn pegote de T impreta: i en bable isti modu de dicir yó 
dicción fecha ó yera lo mesmu pa Geruantes. Pereira diz 
q la ley del encage^ yó sétecia de Xuez arbitraria i capri^ 
chosa: ó el Astur en los sos tratos i en burla diz, llei del 
embudu lo anchu pa ti, lo angosto pa min, i no fai refe- 
regia á degun X^uez. El mesmu Pereira qier q solas i se- 
ñeras sea parejo, i señeras, comu lo puXo Geruantes, yó 
dueñas de so voluta ó sin tapar denguna gracia i fai vn 
vocablu mui majo. Arrieta apañado el dichu de Goua- 
rrubies assiéta q Cachupin yó *1 español q d* España va 
á morar á les Indies, i esto no acaescia mas cí en Medi- 
co, Pereira diz q llana de cogote yó descogotada, comu 
lo son dalgunes paissanos de Maritornes, cuyu nome n5 
saue d* aú vien: ó á min paózme q trabuccósse, llana de 
cogote yóra la q no yó cogotuda ó yó omilde: i los astu- 
res son tiessos de cogote, i Maritornes qier dicir moza 
alloriada. Pereira diz q Juana Gutiérrez mi oislo q su- 
pon peí maridu ó la muyer ausséte: en bable ¿oistelu tú? 
¿oistelu? i comu V ussa Geruantes qier dicir lo q vusté 
saicej lo q vusté conoz, comu vusté m' étiéde. Glemencin 
diz q llevar el gato al agua, yó fazer dalguna cossa en q 
ha defecultá ó peligru, ó no yó esso: según el bable yó 
vn modismu en les desputes pa meter en dubda la Vito- 
ria étre los q cotiédé, Pereira diz q furibundos fedietes 
á de etendesse golpies, i comu fender yó diuidir, fazer 
tayaes, per esso el bable etiéde tayos, tajos. Glemencin su- 
pon q ode diz decorar el original deuió dicir declarauan^ 
Martínez de Romero q deuió ser decorauan, i el astur no 
tien dubda q el decorar q puxo Geruantes qixo dicir po- 



73 

ner majo el descursu ó pulilu. M. de Romero diz Jiéria 
tanta qier dicir comu hampa, i héria dizse de críales en 
descampan: i héria yó tierra de Uanor de muchos co fin- 
sos, perú sin muríes, é henal, campu enauertal sin cau- 
tiuar, Arrieta diz q fruncida tantu val comu zalamera, ó 
firuncida dizse d' vna cossa arrugada, aportada, torcía. El 
mesmu Muñoz diz q la comparáza q fai Geruantes deljpo- 
llin i 1 sardOj q yera voz del piamSte i d' alueiteria, q 
qier dicir pollin peqñú, i Geruantes á mi ver flxo burla de 
la pintura, comparádola á vn piescau 5 llamamos sarduj 
pos los aluéitares diciene buche i nd sardu, i si n5, yé 
vizcainu. E tamien qier 5 alerta sia italianu, yo dúbdo- 
lo pos alertar ye castizu, perú n5 puede vnu enfotásse 
en les cosses de guerra, pos de mdg á mdcg, traxerS de 
les guerres centinela per velador, bissoñu per recluta, 
corredor per adalid, díielu per dessafin, emboscada per 
celada, forrage per paya, fosso per caua, marchar per 
caminar, escarapela per deuissa, ó utres de \ falaben el 
fiíeru de Cuenca ó les siete Partios i les Ordenaces \ 
Hernán Cortés dio en Tlascala ende mdxx pa la so &ete. 
Glemencin diz q follón^ eqivál á insSsatu, vanu, inchau 
á manera de fuelle, i mainiqs q *1 Degorrio anda sueltu i 
deue ponésse en farrapera, ó yó grande '1 enqivocu, pos 
follón no ai qien n6 sepia \ yé '1 trSpossu, cobardon, fol- 
gazan, i no deriua de folliSy fuelle ó bar^inpa echar aire, 
i asina d' uvien follón yó de fólis^ fuelle de pelleyu, tro- 
cada la o en t^, q escassos d' alme)tia, por ^ la q te)dn, 
lleuáuela comu preciada pa les Señores de Roma, ser- 
uinse de pelleyos pa sacos de ceuera, i follón yera fuelle 
Uenu de malicies: i si no, vernia de fuelga q \ folgazan 
tien todos los vicios. E per no allargar isti rellatu, i q 
qiciaes paezca falta á la cortessia q yó deuia, de^o de 



74 

nombrar utres notes, i q deuia fazesse pa 5 se viés q '1 
bable finca metanos del castellana, pera q aqstu no veda 
lo q V* m^ deue fazer, q yó sallar, i no salar les notes 
comu dixo Muñoz, i meyor etouia tiestarles dafechu, pos 
si se emborraca essa gloria, échanos peí müdu, i lo pior 
será r aluitamietu. E per ende no los dexe gurgutar fas- 
ta q depriédan, q los fiíelles inchaos triensé pa q se des- 
inflen, i pa esso Hartzenbusch püxoi á Glemencin les pe- 
res á cuartu, perú tamien descaescidu i per esso no re- 
mató el trabayu: i no seyédo isti mui grande, vernia bien 
q V* m^ puxera mandatu pa q ode se diz agora en el tesr- 
tu oures cC entretenimietu, voluiesse á dicir entedimietu 
comu yera denantes. Y ver si yó posible ensertar en so 
Dicgionariu q agiuxmanil yó trípode de madera ó fierro 
pa ponei T almorfia i los presseos pa llauásse, q lo mes- 
mu yó palanganeruy q falando asi dizse meyor q co la 
voz cunera llavabu q no tenria porq 'n Gastia, sin el es- 
caescimiétu del aguamanil i del palanganeru, q Uóssen en 
cualesqier inuentariu, q á la postre sópiasse q no nos 11a- 
uámos cima vna tayuela: ó ya en camindeuiaponóssetnd^, 
i en agua manos tiestar pa Q se diga agua mesturada co 
essecies: ó ponei antojaría q yó la corralada q los casse- 
rios de los llauradores tien delantre de cassa, i q la falla 
pon la Xusticia en calces prietes, pos lo mesmu q tenada^ 
payar^ son vozes d' oficiu ó nos inuetarios: á tamien ha 
falla de acrenfia ó de esplicar q collazu yó '1 compañe- 
ru en el seruigiu del Uaurador, q compágu no sulu yó '1 
compás q v» m^ diz, sino lo q se xinta co pan ú borona: 
i no püxo corral comu hacienda, i hacienda comunera, 
i hato comu hacienda, llamaos asina pe les lleyes d* In- 
dios tít. XVII, üb. IV. E tamien empanada i empanadilla 
q yó mas q empanar, ó hñmdi picapleitos q v» m^ diz em- 



75 

bnsteru i 5 nías aina yó enriedador, abogan de caleya: 
ó vósse q trabucó '1 pión c6 la pionza^ i q entre el pan 
DO á panchón, pan prietu de fariña poco peñerada, nin 
pan tiéro: i 5de fala de la panoya escaesQÍóssei la del 
maiz. Q picaporte yó cierradura de palu ó de fierro, q 
dexemes en cnadu, tíen vna clauia pa abrir per defuera: 
é q picaporte qier dicír Uauin pa abrir el q no tien clauia, 
q yó 1 5 cierra de golpe, comu v» m^ diz: ó picaporte yó 
'1 5 val pa picar á la puerto, 5 v» m^ diz aldaba j i Ssina 
comu diz llamar per picar, i llamar qier dicir llamar c5 
verríos ó vozas, ó por señales q n6 sean golpies, ó per 
ende dóxanos sin aldabes pa trácar, q áiles séQies de ga- 
rabatu ó carecieres: i sin picar repica les campanos, i pa 
fazer compuestos yó razón q aiga simples: ó tamien ^\qv 
q valga derrar por pesllar, 5 yé cierrar c5 Hatee: i si n5 
echó esta ^igiaes toparía bonos los bocablos atechar, po- 
ner atechu de Uúuia, aiwcanar parar de Uouer, pingos- 
tia muyer curiossa, perú no desfacedora de volütaes, 
pruir apetecer c5 extremécia, arremellar abrirlos güeyos 
müchu pol pasmu, la passion, ó Y apetecía, rucar, mas- 
car vna cossa q[ al ser roida de los caniles i molares, sue- 
na, meruedano, fressa siluestre, i utres cosses q n5 pon 
el Dic^ionariu i de q paez fai reclamu por^ pertenócei por 
juro de heredad, i 5 nin están mauriétes nin popes pa des- 
castriálas, 5 '^ ^ssi casu primeru yera apañar egóteres 5 
n5 presten pa lletraos i estudiantes, i echar fora bercería, 
chtiche i chieco, q no yó bien visto rellatar, nin platicando 
nin escripbiendo. E bien qixera apañar d* esta lo 5 nie fai 
falla á mi ver: abúltame lo q flze pa n5 dai á v* m^ nin 
pizca, nin siqiera vna xiga: perú no puedo allargar mas, 
no so sábiu ó la mió fuerza n5 puxa mas Uueñe, ó per esso 
pa q no me fagan ablucar, doi lo fechu sin críuar, fíxelo 



76 

per remebrSza, sin departir c6 delgu: puxórSlo en Uim- 
piu el licencian Don Xnan Bances, de Práuia, i '1 Ba- 
chiller Don Garlos Menendez de Cornellana, ó fiío la ini- 
cial Don Pío Escalera, de Xison: ó qixera esñalar comn 
fazen la Xana i la güestia, pa estrujar ó nos archiuos ode 
se escuéde lo q esqitarS la Xete mas lleida, q deue en- 
cotrásse entrullao daq, q tenriasse per ayalga. E asina 
v^ m^ deue terciar pa estremar les volütaes q aden en 
^üedeyaes, i a falar i dai sin vagar al Dic9Íonario de ba- 
ble q no vi, i acutálu: i magar llega isti dia, no i prouez 
ca '1 tiempu, i escueya i tieste si yó seruiu, de lo q vaz- 
cu\e 'n isti escriptu, lo q i cumpla, q la fechura no yó 
pietéfiossa i yó sana la voluta. E co essa, isti seruidor 
ti 6 V* m^ q i vessa les manes, ruigai á Dios q i guárdela 
vida muchos años. Madrid á 9 de Marzo de 1884.— Apo- 
TJNAR Rato Hbvia de Arguelles. 



U 



ORACIÓN FÚNEBRE 

QUB» POE INCAMO 

DE L.A REAL. ACADEMIA ESPAÍfOLA 
Y EN LA8 HONRAS 

DE MIGUEL DE CERVANTES 

T DEMÁS INGENIOS ESPAROLES, 

PBOeiDNCId EN U lOlESU DE MONJAS TRINITARIAS DB MADRID, EL 29 DE AUUL DE 1869, 

EL P. D. CAYETANO FERNANDEZ, 

d«l Ontofio d0 8aa Felipe N«ri de SerilU, ykU aaste acedémico de otimero electo. 



O^rpara i p $o m m im paeé Bépmtia $mU, §t 
9MÍ nomsn é o ru m i» gm^ératUmem 9i gm^' 
rationmu. (Eooli. 44, XIV.) 

BUos TÍTÍeron en pai, y nu nombres 
TÍfirán etenuunenie. 



Señores: 



Dios no ha hecho la muerte. Y la Escritura divina se 
adelanta á consignarlo así, cual si quisiera alejar para 
siempre de Dios un cargo terrible que formula á todas 
horas la mísera y doliente humanidad. Deus mortem non 
recit (<). 

¡ Ay! ¡Gomo que la muerte, primogénita del pecado, es 
la que ha hecho correr, hilo á hilo, más lágrimas de los 
ojos del hombre, y brotar ayes más lastimeros de los pe- 
chos humanos! Con razón los poetas agotaron sus epíte- 
tos luctuosos, llamándola amarga, impía, desgarradora, 
cruel: los filósofos, cogidos del espanto, creyéronla bien 

(4) sap.i, xm. 



78 
definida con decir, terribilior omnium terribüiumy que es 
lo más terrible entre las cosas terribles. Para los que se 
amaban no había contra ella sino el triste consuelo de que 
una misma urna guardase mezcladas sus cenizas; y es fa- 
mosa, en fin, esta exclamación de un Rey de Amalee, 
cuya alma era oprimida, al morir, con el dolor de todas 
las separaciones. Siccine separat amara mors! ¡Con que 
así nos separa de todo la amarga muerte! 

Y sin embargo^ señores, hasta la muerte es hermosa 
en presenciado nuestra religión. ¡Ah! Vosotros, que sois 
maestros de lo bello, decid si no es hermoso y hasta su- 
blime el ver la tumba cristiana rodeada de lucientes ha- 
chas, símbolos de la fe; oir la fúnebre salmodia, expre- 
sión de la esperanza, y ese Regem cui omnia vivuntj tan- 
tas veces repetido en presencia de la misma muerte, para 
bendecir llenos de caridad á Aquel que ha destruido su 
fatal imperio! Mas ¿qué mucho que os parezca bello, si 
vuestra razón, levantada por vuestra creencia, forma de 
todo eso camino luminoso, á manera de puente solidísi- 
mo, para comunicaros dulcemente con seres muy amados 
que ya habitan en la eternidad? 

Y siendo esto así, ¿cuánto más bello, cuánto más glo- 
rioso y magnífico no debe pareceres ese túmulo que ahí 
en medio se levanta, que, sobre ser túmulo cristiano, es 
nada menos que el del escritor eminente, del soldado ani- 
moso, príncipe de nuestros ingenios, Miguel db Cervan- 
tes Saavedra, y monumento también que simboliza y re- 
nueva la memoria de los demás autores que enriquecieron 
en vida las letras españolas? 

¿Me preguntáis acaso el motivo, la razón estética de esa 
nueva, profunda y sublime impresión que á su vista ex- 
perimentáis? Pues dejad que yo medite y madure nn ins- 



79 

tante mi contestación. — Yo observo, señores, que sobre 
esa tamba hay un libro, de inestimable valor por lo que 
es ^ sí, y grande, más grande todavía, por otra signifi- 
cación con que allí le miro: es El Ingenioso Hidalgo de 
Cervantes; significa también ó me recuerda todo el in- 
menso y majestuoso cúmulo de nuestra literatura hasta 
la edad presente.— Yo observo, además, que habéis colo- 
cado allí honrosos laureles, coronas inmortales, y la Cruz, 

una Cruz que lo remata y lo domina todo; y ya con 

esto no es posible equivocarse. Responderos puedo sin ti- 

tabear: ese túmulo es bellísimo, es sublime, porque 

ffío lo veis?.... porque él nos está ofreciendo la gloriosa 
síntesis de todo cuanto los ingenios españoles han hecho 
por nosotros durante su vida, y de todo lo que nosotros 
debemos hacer por ellos después de su muerte. ¡Oh! y ellos 
han hecho tanto por nosotros, que no han podido menos 
de morir en paz. Corpora ipsorum in pace sepulta sunt. 
Y nosotros debemos hacer tanto por ellos, que sus nom- 
bres no perezcan nunca. Et nomen eorum vivit in gene'- 
rationem et generationem. 

Ahora, si me exigís menuda, extensa y cumplida de- 
mostración de estos hechos, vais á obtenerla, señores: 
justamente me propongo hacer de ella el objeto único 
de mi oración, deteniéndome, con debido orden y s^ún 
su importancia, en los dos indicados puntos: beneficios de 
esos famosos muertos; recompensas de estos ilustres vivos. 

No diréis que mi pensamiento no es obvio, sencillo: es 
hasta trivial. Mas ¿cómo podría yo remontarme á unos es- 
pacios donde mis alas no sabrían moverse, y menos en es- 
tas mis difíciles circunstancias? Acaso, y sin acaso (pues 
lo creo con la mayor sinceridad de mi alma), jamás ora- 
dor alguno se puso á usar de la palabra con mayores di- 



80 

ficultades que las que sobre mí pesan en este instante. 
La solemnidad augusta de estos fúnebres obsequios; lo se<- 
lecto del auditorio; la honra misma de la Academia que, 
con una indulgencia sin ejemplo, acaba de abrirme sus 
gloriosas puertas; el recuerdo vivo aún de los conceptos 
altísimos que, con frase sonora y unción divina se han 
oído en este día y en este lugar de boca de eminentes y 
sapientísimos Prelados todo esto. Señores, bien en- 
tendido, justamente ponderado, bastaría para abatir un 

aliento más poderoso que el mío. Mas ¿lo creeréis? 

Estoy tranquilo. Desde que me he separado de vosotros, 
y á cada peldaño que he subido hasta colocarme en esta 
sagrada cátedra, me he sentido crecer y serenárseme el 
corazón. ¿Sabéis por qué? Porque es el sacerdote el que 
sube á hablaros, y el ministro de Dios ha dejado en el sue- 
lo cualquiera otra consideración; porque, si á vuestro lado 
me encontraré siempre pequeño y en la actitud de apren- 
der, aquí. Señores, subo á enseñar, y con la alteza de mi 
sacerdotal encargo. Así, no pido al cielo otra cosa que la 
gracia de mi ministerio; no pido á vosotros más que la be- 
nignidad de un cristiano auditorio. Que no han de faltar- 
me, espero, ni la una ni la otra; y en esta confianza atré- 
veme á continuar. 

Lejos de mí. Señores, la temeridad presuntuosa de traer 
á este sagrado sitio un discm^so puramente literario que 
vosotros haríais mil veces mejor que yo, y para lo cual 
no era menester venir al templo, ni doblar ante el Ser 
Supremo las rodillas, ni ofrecerle, cual lo habéis hecho, 
un sacrificio de infinito valor. Si alguna vez parece que 
falto á este propósito, no me juzguéis al punto: es que 
asiento las premisas, que nos llevarán al cabo á conse- 
cuencias enteramente morales y religiosas; y esas premi- 



84 

sas, como impuestas en cierto modo por la índole de esta 
solemnidad, ni yo acierto á alterarlas, ni á sustituirlas 
por manera alguna. Ya con esto, nadie puede extrañar 
que, dejando á un lado la profana pompa de introducción 
erudita y todo lujo de brillantes rodeos, venga modesta- 
mente á mi asunto, apresurándome á satisfacer vuestra 
religiosa curiosidad. Esta, á lo que entiendo, se formula 
ó explica primero en semejante pregunta. «¿Cuáles son 
los favores que hemos recibido de esos famosos muertos? 
O, ¿qué es lo que han hecho por nosotros?» Y yo, seño- 
res, respondiendo de lo que han hecho por lo que han 
sido y son para nosotros, contesto con exactitud, em- 
pleando al efecto tres palabras, las más venturosas que 
encierra vuestro diccionario: porque digo, y demostraré 
muy en breve, que ellos son nuestros Maestros, nuestros 
Padres, nuestras delicias. 

¡Nuestros Maestros! ¿Y exige esto demostración? Des- 
de lo más alto y profundo de la ciencia, hasta lo más do- 
noso y rico de la palabra; todo cuanto esos ilustres Inge- 
nios alcanzaron, entendieron y expresaron en castiza, no- 
ble y armoniosa frase; lo que constituye toda doctrina y 
todo humano saber, es decir, las nociones de la verdad, de 
la bondad, de la belleza; todo, todo eso está en vosotros, lo 
poseéis vosotros; forma, por asimilación, vuestro intelec- 
tual patrimonio. ¿De quién lo hubisteis sino de los libros, 
de las enseñanzas de esos Maestros, que venís á honrar 
ante esa tumba? ¿De quién prendió en vosotros la luz di- 
vina de lo verdadero, sino de esa brillante línea de sa- 
bios, que comienza en el Obispo Idacio y San Isidoro de 
Sevilla; pasa luego por el Cardenal Cisneros, Benito Arias, 
Melchor Gano, Maldonado, Suárez (grandes teólogos); y, 
tocando en Morales, Mariana, Sandoval, B. Argensola, 

6 



82 

Abarca, Solís (famosos historiadores), se extiende hasta 
los malogrados Balmes, Donoso Cortés y Pastor Díaz, 
eminentes y cristianos filósofos? ¿Dónde bebisteis las sa- 
ludables aguas de lo bitenoy sino en esa corriente limpi- 
dísima, inagotable, que brota en nuestro suelo, allá en 
los PP. Pedro Pascual, Jacobo de Bena vente; dilátase cau- 
dalosa en Fr. Luis de Granada, Maestro Avila, Santa Te- 
resa, San Juan de la Cruz, Rivadeneira, Malón de Ghaide, 
Estella; aun continúa en los PP. Rodríguez, Puente, Vi- 
llacastín, Zarate, y avanza hasta el popular Lidro de los 
niños de vuestro Martínez de la Rosa? ¿Adonde, final- 
mente, acudisteis por las dichosas prescripciones de lo 
bello (vuestra gaya sciencia) sino á ese vasto y amenísi- 
mo jardín, por todo extremo variado y admirable, que 
nace en el Poema del Cid, Juan de Mena, Garcilaso, etc.; 
brilla con todo su encanto en Fr. Luis de León, Lope, 
Calderón, Herrera, Moratín, Quintana, y avanza hasta 
los Romances del Duque de Rivas y el Hombre de mun- 
do de Ventura de la Vega? ¡Ah, señores Académicos! su- 
primid por un instante esos famosos nombres y tantos 
otros, que enumerar no puedo; cortad toda comunicación 
con esas galerías de hombres célebres, escalonados en la 
pendiente de tantos siglos; eclipsad esos magníficos lu- 
minares, que tan de cerca han seguido en nuestra patria 
al sol de la inteligencia, y ¿qué maravilla, si os en- 
contráis de repente á oscuras, ignorantes, mudos sin 

ciencias, sin historia, sin habla, sin literatura? Mas eso 
no es posible; y hasta es quimera imaginar que no haya 
sido lo que realmente fué. Trabajaron, pues, para vos- 
otros; todo lo sabéis por ellos; vuestro es el fruto de sus 
vigilias. ¿No es la verdad que debéis estar muy recono- 
cidos á vuestros maestros? 



83 

Sí, señores; y la religión acoge y bendice también su 
óptima dádiva; porque, como todo don perfecto, viene del 
Padre de las luces; porque nuestra religión sacrosanta 
adora al Dios de las ciencias; porque la religión es ma- 
dre, y no puede olvidar que todos ellos fueron sus hijos, 
que, antes que sabios y literatos y distinguidos ingenios, 
tovieron fe, profesaron y enaltecieron las máximas del 
catolicismo. ¡Oh! En esto ha sido una y constante la en- 
señanza de vuestros maestros. Sin contar, de entre ellos, 
los que han merecido ser colocados en el catálogo de los 
Santos, y que, por lo mismo, no demandan hoy, sino que 
más bien apadrinan vuestras plegarias, ¿no es inconcuso 
que la forma católica ha sido siempre la forma de nues- 
tros clásicos escritores? ¿No es verdad que nuestros me- 
jores poetas se han inspirado en la Biblia? ¿No es cierto 
que nuestros místicos son los mejores del mundo? ¿No es 
evidente que hasta nuestro genio dramático, que después 
tantas veces ha desmentido su origen, tuvo que dar sus 
primeros pasos en el templo, como si en esta gran nación 
nada fuese posible sin recibir oportunamente un bautis* 
mo cristiano? ¿Y sería acaso esta fe, una fe muerta, como 
la llama el Apóstol, que no trascendiese para nada en sus 
obras? ¡Oh! Venga á contestar por todos y en represen- 
tación de todos, sino como santo, como tipo egregio de 
patricios escritores, el cumplido caballero, el soldado va- 
liente, el autor celebérrimo, y, más que todo, fervoroso 
cristiano, nuestro Miguel de Cervantes, cuyo aniversario 
mortuorio celebramos. 

En este día, señores, y en una pobre morada, no lejos 
de este venerando asilo; acaso en esta misma hora, ago- 
nizaba en humilde lecho el inmortal Cervantes, y ya se 
disponía á devolver el depósito de su grande alma en ma* 



84 

nos del Criador, ¿Sabéis de dónde nace aquella su paz 
venturosa, aquel sosiego admirable de que en vano que- 
rría hacer alarde el más firme y pertinaz estoico? Nace 
del testimonio de su conciencia, que en aquella hora, 
como en vastísimo panorama, le presenta una por una 
las virtudes de su cristiana vida. Radosos fueron sus pa- 
dres, cristiana fué su educación, cristianos sus estudios, 

cristianos los rasgos de su vigorosa juventud Mas, 

¿cómo en breve cuadro podría trazaros un cumplido re- 
cuerdo? 

¡Aguas de Lepante, famosas por el suceso más gran- 
dioso que presenciaron los siglos, famosas sois también, 
porque corristeis un día mezcladas con la generosa san- 
gre de nuestro héroe! Vedle, señores, en la galera il/ar- 
quesa: rendido por maligna fiebre, que de todo servicio 
le excusaba, yace en el lecho del dolor un momento an- 
tes del combate. Dase empero la señal, y Cervantes no es 
ya suyo: denodado sube á cubierta, busca los más peli- 
grosos puestos, colócase á la cabeza de doce hombres en 
el lugar del esquife; y allí, allí fué donde, rechazando con 
intrepidez y hasta el fin las arremetidas fieras de aquellos 
bárbaros enemigos de Dios, recibió dos disparos de arca- 
buz, uno en fel pecho, otro en mano izquierda, que se la 
deshizo, á punto de no poderse valer más de ella. ¿Y que- 
réis saber la causa que impulsaba tanto heroísmo? ¡Oh! 
escuchad: es una ardorosa confesión de fe, que recuerda 
las de los primeros siglos de la Iglesia, con la que el sol- 
dado y literato español responde al empeño de sus jefes, 
que no querían permitirle abandonase el lecho para asis- 
tir al combate. «Aunque esté enfermo é con calentura, 
»decía nuestro Cervantes, más vale pelear en servicio de 
»Dios é de S. M., é morir por ellos, que bajarme so cu- 



85 

>bierta.» Así son, señores, las lecciones prácticas de vues- 
tros maestros. 

Pero ¡oh gloriosas prisiones, que con tanto acierto ha- 
béis sido colocadas sobre el túmulo de vuestro cautivo de 
Argel! hablad: vosotras, mejor que nadie, podéis decir- 
nos los ejemplos de virtud cristiana de que allá fuisteis en 
verdad testigos bien molestos. Vosotras, al oprimir sus 
juveniles miembros, notar pudisteis los latidos de aquel 
corazón, lleno siempre de grandes empresas, y manan- 
tial fecundo de los más honrosos sentimientos. Vosotras 
le visteis atado de pies y manos, ya con la cuerda al cue- 
llo para ser ahorcado: una sola palabra puede salvarle; 
pero esa palabra es gran perfidia, y Cervantes prefiere la 
muerte á la perfidia. Le visteis animar á los tímidos para 
que perseverasen fieles á sus creencias; alentar á los após- 
tatas para que volviesen á ellas; tratar á todos con parti- 
cular dulzura; con sus haberes pobrísimos socorrer libe- 
rahnente á los necesitados; cumplir con rigorosa exacti- 
tud los deberes cristianos, y, al compás de vuestros hie- 
rros, desahogar su fe en dulces y armoniosos versos en 
honor de la Virgen Madre, y sobre los más piadosos asun- 
tos. ¿Quó más, señores? 

Pero ¡ah! con algún otro fin habéis colocado ese libro 
sobre una tumba cristiana. Y no es por cierto difícil adi- 
vinarlo. Queréis acreditar solemnemente, que, si el cris- 
tiano autor del Quijote ha sido vuestro maestro de inge- 
niosa composición, de purísimo lenguaje, de discreción 
sin segunda, ese libro ejerce todavía un magisterio más 
alto: pertenece en su intención primera á la religión y á 
las costumbres. Sí, señores: esto podía ignorarlo el vul- 
go; pero de ninguna manera vosotros. Harto sabéis lo que 
eran los libros de caballerías; no ignoráis la avidez con 



86 
que eran leídos ó devorados por todos, ni que, aparte de 
sus monstruosas concepciones v escasísimo mérito litera- 
rio, en su mayor número adulteraban las creencias, y 
traían la corrupción de las costumbres: eran casi, casi tan 
malos bajo este doble aspecto, allá en su época, como la 
novela francesa en nuestro siglo. Porque en ellos la su- 
perstición hacía tanto daño á la fe, como en ésta la incre- 
dulidad; y á más de esto, porque una poderosa mezcla de 
estupendo maravilloso y de loco apasionamiento trastor- 
naba los cerebros y derretía los corazones; y era así como 
la doncella aprendía sus devaneos, el joven sus temerida- 
des, la esposa su infidelidad, los potentados sus desafue- 
ros, y la familia y la sociedad entera amenazaban ruina 
y gran fracaso, no obstante los esfuerzos de un Vives, de 
un Venegas y otros sabios, que, sin éxito, tronaban con- 
tra tales libros, Y bien, señores: como cristiano, com- 
prendió Cervantes la gravedad del mal; y hallando en su 
talento recursos felicísimos, como cristiano se propuso re- 
mediarlo. Ahora, si lo consiguió ó no con su Ingenioso 
Hidalgo^ no hay sino ver, que tan menguadas leyendas 
relegadas fueron inmediatamente al olvido y cayeron en 
sin igual desprecio, gra, pues, la religión el soLque fe- 
cundaba á aquel grande ingenio, y también la regla que 
lo moderaba. «Antes me hubiera cortado la mano con que 
»las escribí, dice él mismo en el prólogo de sus Novelas 
^ejemplaresj que sacarlas al público si todo en ellas no 
>fuera medido por el discurso cristiano Y así era la ver- 
dad, por lo menos, en su religiosa intención. 

Bien se me trasluce, cristianos, que en este mismo 
instante la memoria os irá con citas y volverá con recuer- 
dos, no habiendo sido todo limpio ni probado en algunos 
de vuestros maestros, ni aun en el propio Miguel de Ger- 



87 

vantes, en cuyo honor más nos empeña la solemnidad de 
este día: que el chiste no ha sido siempre casto; que la 
intención no ha sido siempre benévola, y que más de un 
desliz ha empañado vidas por otra parte muy gloriosas. 
Pero recordad, señores, cuál actitud es la nuestra. ¡Ah! 
no nos hemos reunido aquí para celebrar la apoteosis de 
los grifos, sino los funerales cristianos; y en ellos co- 
mienza todo por el temor del juicio, por el rubor de la 
culpa y la esperanza de misericordia. Ingemisco tanquam 
reus; culpa rubet vultus meus; supplicanti parce ^ Deics. 
Nadie, sin embargo, se atrevería á negar que por lo 
común la vida de vuestros maestros nos suministra docu- 
mentos preciosísimos, que ¡ojalá, ojalá! no olvidasen nun- 
ca en la suya los verdaderos sabios, ni los que de tales se 
precian en nuestros peligrosos días. Ellos nos enseñan 
que se puede tener talento, mucho talento, y ser fervo- 
roso cristiano; porque, ¿quién podrá tener á menos ado- 
rar lo que tan de corazón adoró Cervantes, CUYO INGE- 
NIO (lo habéis escrito en el mármol) ADMIRA EL MUN- 
DO? Ellos nos enseñan, que se puede ser literato sin ser 
impío, rechazando lo que de su edad decía Lactancio, Ao- 
mines litterati minus credunt; porque los hombres dados 
ala amena literatura eran entonces flojos creyentes. Ellos 
nos enseñan que nada sienta mejor á lo distinguido del in* 
genio y á la alteza de ciertas almas, que las perlas de vir- 
tudes con que se adorna la vida; que se puede ser chis- 
toso, sin ser liviano; y crítico, sin ser mordaz; y alegre, 
án ser impúdico; agradecido, sin ser bajo; sobresahr en- 
tre muchos, sin probar por esto orgullo; y conocer el mé- 
rito ajeno, sin dejarse comer por la envidia. ¿Quién más 
benigno con sus émulos, más indulgente con sus adver- 
sarios, más agradecido con sus protectores, más humilde 



88 

con todos que el varón insigne cuyas honras particular- 
mente celebramos? ¿Quién más sufrido? ¡ Ah! en este pun- 
to (perdónenme si exagero) ¡yo me atrevo á calificar de 
mártir á nuestro héroe! mártir, digo, del talento; pues 
con la conciencia de un alma gigante, mirándose desco- 
nocido de su tiempo y de sus hombres, humillado, pobre, 
torturado por las ocupaciones más ímprobas y más opues- 
tas á un hombre de su ingenio, pudo decir con razón, que 
su talento era su principal verdugo, mas que la religión 
fué su principal consuelo. 

¡Ah, señores Académicos! ingrata, injusta fué su época 
con nuestro Cervantes; ingrata por lo común con nues- 
tros maestros: es ese achaque antiguo de literarios mere- 
cimientos. Pero la posteridad viene al cabo, y la posteri- 
dad siempre es justa. Ved por qué nosotros, los que hoy 
vivimos, que somos la posteridad respecto de tales inge- 
nios, harto poco hacemos con decirles maestros; debemos 
también llamarles padres. 

Nuestros padres, sí, padres de nuestra amada patria. 
Porque si padre es el que hace existir y avalora y caracte- 
riza á su hechura, ¿quiénes con mejor título pueden lla- 
marse padres de nuestra noble España, que esos ilustres 
muertos? Norabuena quede para los ociosos la fútil cuan- 
to manoseada cuestión sobre preferencia entre las letras 
y las armas; pero, si fundadores son de un país, de una 
nación, los que extienden su territorio y adelantan sus 
fronteras y las fortalecen con castillos, porque le dan lo 
que podemos llamar el cuerpo; padres y fundadores de esa 
patria son los que con su ciencia y sus escritos le dan su 
pensamiento, le dan su esplendor, el brillo por el cual se 
la reconoce y respeta por los extraños, le dan su forma 
característica, su expresión, su verbo; digámoslo de una 



89 

vez, los que le dan el alma. Y esto es lo que han hecho 
por esta patria querida esos padres generosos. — Su pen- 
samiento dije; porque ellos son los que, atrayendo las in- 
dividualidades, todas las inteligencias españolas, hacia su 
inteligencia elevadísima, como soles que llevan tras sí en 
perpetua unidad todo un sistema celeste, han formado 
nuestra unidad de espíritu y de corazón, la verdadera 
unidad nacional; y nos han obligado á quererla, á con- 
servarla como la sangre, como la vida, como la honra, 
dándonos la conciencia de lo que hemos sido, y de lo que 
podemos ser, con la verdad de sus historias, con la pru- 
dencia de sus leyes, con el entusiasmo de sus poesías, con 
las dulzuras inefables de su religiosa fe. 

Su esplendor j dije también; porque ellos son los que, 
mejor que el Derecho de gentes, nos han granjeado el 
respeto y consideración de las naciones; que, gracias á 
sus esfuerzos, podemos ofrecer al mundo, en Mariana y 
Solís, la epopeya de nuestras hazañas; en el Fuero juzgo 
y las Partidas, la sabiduría de nuestros códigos; en las 
Moradas, la Guia de pecadores, el Símbolo de la fe, la 
Perfecta casada, etc., la pura fe y entrañable piedad de 
nuestros corazones; en León, Lope de Vega, Calderón, 
Femando de Herrera, Francisco de Rioja y otros infini- 
tos ¿sabéis qué? la medida exacta de la alteza de in- 
genio y fina penetración de nuestra gente; pues, como 
sabéis, en nada se significan mejor esas dotes de un gran 
pueblo, que en la talla de sus insignes poetas. Gomo sa- 
béis, digo, que no sois vosotros, ni podríais serlo, de cier- 
to vulgo ilustrado á medias, que llama á la poesía un pa- 
satiempo y al poeta un visionario: no. Sabéis, y no es 
indigno del sacerdote recordarlo aquí, que la poesía es 
muestra grande y sublime de la jerarquía intelectual y 



90 

moral de una nación; porque es el poeta el más bello y 
genuino representante de las ideas que alcanzan sus hi- 
jos, como de los sentimientos que los embellecen. No ig- 
noráis los nombres que daba á esa clase de seres el buen 
juicio de los antiguos: no sólo los nombraba genios; lla- 
mábalos también divinos, les decía profetas, vates. Supo- 
níase, pues, dice un sabio moderno, que, por un favor re- 
husado á los demás talentos, el poeta se eleva á contem- 
plar la verdad en su mismo origen, tomando á veces de 
allí, del foco original de toda ciencia, de Dios, hasta el 
presentimiento de los sucesos futuros; y que, alimentán- 
dose de la más pura substancia de la sabiduría, debía el 
poeta ser reconocido por el rey del pensamiento. Y no es 
todo exageración, señores; porque, como de decir acaba 
un prelado católico sapientísimo (O, <si la inteligencia es 
»un sol, la poesía es su rayo más brillante y más ardien- 
»te.» Hablo (ya se deja entender) de la verdadera poesía 
y de los buenos poetas. Ved si no la grandiosa figura de 
los vates de Israel, de ese pueblo mirado por Dios con es- 
timación singularísima: ellos tienen en una mano la cí- 
tara, en otra la espada; en la siniestra el cetro, en la dies- 
tra el incensario. Y es que, sometidos á la inspiración 
propiamente divina, que los penetra y devora, fueron lo 
que debieron ser: cantaron á su Dios como lengua huma- 
na no volverá á cantarle; cantaron también la naturale- 
za, y eran al propio tiempo, entre los suyos, los maes- 
tros de las virtudes, el eco de sus alegrías, la expresión 
de sus arrepentimientos. Si, pues, los grandes poetas son 
gloria de una nación, y la gloria es la que trae y conser- 
va y asegura el respeto y consideración de los demás pue- 

(4) Mgr. Plantler. 



94 

blosy España puede llamar padres á los poetas insignes 
qoe ese túmulo nos recuerda, como la Roma pagana, no 
obstante su predilección por el estruendo y los triunfos de 
las armas, miraba con filial reverencia los laureles de Vir- 
gilio, entrelazados con los sangrientos laureles de César. 

Su pensamiento su esplendor pero su verbo^ 

dije en tercer lugar. Porque ellos son, esos famosos 
muertos, los que han unido y apretado en nudo estrecho, 
indisoluble, las cosas diversas, las relaciones múltiples, 
mfinitas, que caben dentro de un mismo espíritu nacio- 
nal; pero tan fuertemente, señores, que la inmensidad de 
los mares no basta á separarlas, ni erjércitos poderosos 
bastarán á dividirlas. ¿Sabéis con qué? ¡ Ah! Vosotros me 
adivináis: con el encanto de la lengua castellana.— No 
hay patria, se ha dicho, donde no hay lengua común; 
así donde está la lengua está la patria, porque va con 
ella todo cuanto nos representa el nombre de esta dulce 
madre, como la aromática esencia, una vez aspirada, lleva 
á nuestra imaginación la gala y hermosura de la flor de 
donde ha salido. ¿No sentisteis nunca que os latía el co- 
razón de filial ternura, al oiros saludar en lejanos climas 
en la armoniosa lengua de Cervantes? Pues bien, esa 
lengua, para nosotros, sinónimo de España; esa lengua, 
de que sois custodios, celosísimos guardadores, ellos son, 
esos generosos padres, los que asidua y afanosamente han 
venido elaborándola, nada menos que desde el Poema del 
Cid en la poesía, y desde el fuero de Aviles, como ha que- 
rido fingirse, en la prosa. Ellos la han formado, la han 
pulido, la han hermoseado, la han enriquecido con tra- 
bajo ímprobo y tarea enojosa, dándole al cabo esa pure- 
za, elegancia y gallardía que la elevan á ser uno de los 
más bellos idiomas que han sonado jamás en los labios 



92 

de los hombres. Y por ventura, ¿los que tal hacen no me- 
recen que los saludemos respetuosamente como á padres? 
Quien lo dude, señores, repare otra vez en aquel libro; 
recuerde cuál es allí su representación duplicada, y ha- 
llará en él la fe de esa paternidad y la partida de nuestra 
filiación. Por lo que, si se nos pusiese en la necesidad te- 
rrible de elegir para nuestra España, entre la pérdida, 
por ejemplo, de nuestro Cervantes y la de una parte de 
nuestro territorio ¡oh! yo no vacilaría en seguir á aquel 
inglés ilustre (^), que sublimó su patriotismo, estimando 
en más, para su patria, la gloria de Shakespeare que to- 
das sus Indias Orientales. 

Padres son, pues, los que han dado á nuestra España 
su pensamiento, su gloria, la expresión de su nacionali- 
dad. Mas, si consideramos ahora, señores, lo que esos 
grandes ingenios han dado y dan que gozar deliciosamen- 
te con sus escritos, á nuestro espíritu y nuestro cora- 
zón, ¡ah! es forzoso decirlo todavía, no sólo nuestros 
maestros, no sólo nuestros padres, son también nuestras 
delicias. 

Sí, señores, y es el espíritu religioso, unido al poético 
y al que podemos llamar patriótico-monárquico, dominan- 
te siempre en las producciones de nuestros ingenios, lo 
que hace que ellos sean fuente pura y muy regalada de 
placer para nuestras almas españolas. La historia entera 
viene á justificarlo. — Cuanto á la poesía, ella es, dasde 
su infancia, si se quiere, popular; todavía más heróicaj 
caballeresca; pero sobre todo cristiana: ahí están el Poe- 
ma del Cid, la Adoración de los Beyes, los poemas de Gon- 
zalo de Berceo, las Cantigas de D. Alonso el Sabio, y todo, 

(4) Garlysle. 



93 

todo cuanto la musa nacional produjo entonces magnífi- 
co y sorprendente, al rumor de las batallas, al paso que 
86 reconstruían los pueblos, y bajo la egida salvadora de 
generaciones de reyes tan cristianos como valientes. Vie- 
ne luego nuestro gran siglo; ¡el decimosexto siglo! en el 
cual á altura inmensurable subieron los elementos de 
nuestra dicha; porque la Iglesia de España alcanza su edad 
de oro; porque nuestra monarquía campea en los ámbi- 
tos de dos mundos; porque nuestros sabios son admira- 
dos en todas partes: en los concilios, en las cátedras, en 

los gabinetes; y entonces, entonces ¿qué hizo nuestra 

literatura? ¿qué canta nuestra poesía? Eco siempre de la 
nación, cuya vida exalta y embellece, canta principal- 
mente tres cosas: DIOS, PATRIA y REY. Y como estas 
tres cosas estaban en nuestro corazón, en nuestra sangre, 
en nuestro fundamento, no hay que decir que, con júbilo 
de nuestras potencias, los cantares á Dios son dulcísimos, 
los himnos á la Patria son grandiosos, las trovas al Mo- 
narca son heroicas. ¿Quién no se arroba al escuchar la 
voz suavísima del estático San Juan de la Cruz, y la de 
aquella mujer, por todo extremo admirable, que es una 
de las mayores glorias españolas, Santa Teresa de Jesús, 
cuando en melifluos versos desahogan sus corazones abra - 
sados en el amor de Jesucristo; y al oir la de tantos y 
tantos como consagraron su ingenio á cantar las cris- 
tianas glorias? ¡Cuánta fe, señores, cuánto amor no reve- 
la este solo estribillo de la castellana doctora! 

Vivo sin vivir en mí; 
Y tan alta vida espero, 
Que muero porque no muero. 

Y hablando de delicias, ¿qué puede ser comparado al 
contento, al entusiasmo, al deUrio con que el pueblo es- 



94 

pañol asistía á los misterios, á las comedias á lo divino^ á 
los autos sdcr amentóles y si hemos de creer todo lo que so- 
hre la materia inquirió y nos refiere el modesto é inolvi- 
dal)le González Pedroso, en mío de los trozos más elocuen- 
tes que se han escrito en el castellano idioma? Más toda- 
vía. ¡Fray Luis de León! ¡Fernando de Herrera! ¡Fran- 
cisco de Rioja! ¡Qué tres nombres, señores, sobre infini- 
tos otros, tan dulces, tan simpáticos para el esplritualis- 
mo proverbial, heroico de los españoles! ¿Quién con el 
primero, no se eleva á Dios por el suave, misterioso en- 
canto de la noche serena; y, con el mismo, no se toma de 
tristísima ternura al decir á Jesús, que ya desaparece en 
las nubes: 

Y ¿dejas, Pastor santo, 

Tu grey en este valle hondo, escuro, 

£n soledad y llanto; 

Y tú, rompiendo el puro 

Aire, te vas al inmortal seguro! 

¿Quien no siente ensancharse su corazón y arrebatár- 
sele el alma, al escuchar á Herrera, que así entona glo- 
rias de España por los triunfos del cristianismo sobre la 
niüilia luna: 

Cantemos al Señor, que en la llanura 
Venció del ancho mar al Trace fiero. 
Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, 
Salud y gloria nuestra; 

ó, con Rioja, no paladea la dulce, melancólica filosofía 
que el gran poeta hace caer sobre las grandezas huma- 
nas^ ciudades populosas, soberbios edificios 

cuya afrenta 
Publica el amarillo jaramago {{). 

(1) Supónese, por seguir la general creencia, qae la célebre oda á las 



95 

y la paz y contento de la virtud, con que convida al hom- 
bre en aquella Epístola moral ^ que será eterna cuan- 
do dice: 

Un ángulo me basta entre mis lares, 

Un libro y un amigo, un sueño breve, 

Que no perturben deudas ni pesares? 

Y de nuestros prosistas místicos, ¿quién nunca acaba- 
ría de hablar, si de ponderar hubiera el tesoro de delicias 
que sus libros vierten en el alma del lector cristiano, ya 
con la sublimidad de sus pensamientos, ya con su decir 
donoso y elegante? ¡Oh! en este punto tenemos tanto y 
tan bueno, que apenas es posible elegir sin exponerse á 
dejar lo mejor. Los nombres de Cristo, la Exposición del 
libro de Job, la Perfecta casada, del maestro León; la Ora- 
ción y meditación, la Guía de pecadores, la Introducción 
al simbolo de la Fe, de Fray Luis de Granada; el Alcázar 
interior, los Avisos, las Cartas de Santa Teresa, y todo, 
todo lo de éste Ángel, que encarnó en España para bien 

y honra nuestra ¿qué son todas estas obras, y otras 

infinitas del mismo género, sino manantial inagotable de 
delicias, de sabrosos consuelos, de dichosa espiritualidad? 
¿Qué era lo que escuchaba el gran Lista ¡nuestro maestro 
Lista! en las últimas horas de su vida, para llenar de dul- 
zura esas horas tan amargas? Lo sé muy bien, señores: 
las Cartas de Santa Teresa. ¿Cuál era el único hilo con 
que el despreocupado abate Marchena permanecía pre- 
so, digámoslo así, en las creencias catóhcas? Era el en- 
canto de la Gruía de pecadores, que perseveró en leer toda 
su vida. 

Y ya que de delicias se trata, podríase no hacer men- 

Ruiaas de Itálica es de Rioja, qo igooraado qae más ilustrada critica la 
atribuye hoy á Rodrigo Caro. 



96 

ción especialísima de ese libro, el Ingenioso Hidalgo, que 
es (permítaseme decirlo) el quita-pesares de toda mala 
ventura, el solaz de todo descanso y el antídoto de toda 
tristeza? Él recrea á los doctos con la profundidad de sus 
sentencias, regala á los gobernantes con sus máximas 
sapientísimas, deleita á los literatos con lo selecto de la 
frase, alegra al anciano con la amenidad de los sucesos, 
transporta al niño con lo maravilloso de sus invenciones, 
y á todos divierte con la abundancia de su chiste, con la 
finura de su sátira, con lo honesto de sus donaires. ¡In- 
genio felicísimo, señores, el de nuestro Cervantes! Y bien 
podemos decir, que si todos nuestros escritores han sido 
y son nuestras delicias, Cervantes ha sido, es y será siem- 
pre las deücias de nuestros escritores. 

Empero la verdad es que, después de considerar á ese 
hombre extraordinario bajo el triple aspecto que le es 
propio, el ánimo queda indeciso, confuso, sin saber por 
qué manera debemos más á su singular talento, si por lo 
que nos enseña, ó por lo que nos glorifica, ó por lo que 
nos deleita- Pero mi confusión, señores, llega á lo sumo 
al fijar otra vez mi vista en ese glorioso túmulo, recuer- 
do solemnísimo de tantos sabios, de tantos escritores, de 
tantos ingenios como han honrado las letras españolas- 
Así es que, cuando ya en estos momentos quisiera yo 
reunirlos en vuestra presencia, y contarlos todos, si po- 
sible fuera, y condensar en breve resumen todo lo que 
en el curso de los tiempos han hecho por nosotros, ense- 
ñándonos, engrandeciéndonos y deleitándonos, ¡ah! el 
alma sale de sí, y no acierta sino á percibir una voz que 
baja del cielo- Atedivi vocem de ocelo; pero voz de tres so- 
nidos, semejante á la que oyó en espíritu el Evangelista 
en Patmos: íanquam vocem aquarum multaruniy como 



97 

VOZ de las abundantes aguas de su doctrina; tanquam vo- 
cem tonitrui magnij como voz poderosa, que nos concilla 
el respeto y consideración de los extraños; voz, en fin, 
que, articulada en la sonora lengua castellana, parece ^'- 
cut citharcedorum dtharizantium in dtharis suisj como 
de tañedores que tañen en sus propias citaras (<). Y esta 
voz, señores, es la de la persuasión íntima en que esta- 
mos de que ellos son nuestros maestros, de que ellos son 
nuestros padres, de que ellos son nuestras delicias. ¡Tan- 
to es lo que han hecho por nosotros esos célebres difun- 
tos! Y por lo que, contando con la divina misericordia, 
que perdona las faltas, y con la divina justicia, que pre- 
mia toda buena obra, creer podemos piadosamente que 
todos están en Dios, que todos viven en Dios, que todos 
han terminado su carrera en paz. Corpora ipsorum in 
pace sepulta sunt. 

Y bien, señores: otra pregunta veo ahora asomar á 
vuestros labios, y en la que debo ocuparme con breve- 
dad, si he de poner no lejano término á este ya cansado 
discurso. tSi tanto es lo que esos ingenios han hecho por 
>nosotros, ¿qué es lo que nosotros debemos hacer por 
»ellos?> Qiuxn mercedem dabimics eis? decís con el reco- 
nocido Tobías. Y respondo, señores Académicos, también 
con sólo tres palabras, que yo sé van á encontrar gran 
eco en vuestra alma generosa: les debemos lágrimas, re- 
cuerdos, oraciones. 

¡Lágrimas! Y ¿os parecerá mezquino este tributo? ¡ Ah! 
no: es muy alto, es excelente. Después de nuestra alma, 
después de la sangre de nuestras venas, nada tenemos, 
nada, que sea, humanamente hablando, más noble ni más 

(1) Apoc.44, u. 



98 

íntimo. El hombre no ha recibido del cielo don más pre- 
cioso, poder más grande que el don y el poder de las lá- 
grimas. ¿Qué es lo que no expresan las lágrimas? ¿Qué es 
lo que no se consigue con lágrimas? ¡Ah! Dios ha puesto 
tan subido su precio, y dado tanta eficacia á este don mis- 
terioso, que Él mismo se deja vencer por su medio; bas- 
tando una sola, caída de los ojos humanos, para encade- 
nar sus brazos y triunfar de su corazón. ¡Tanta dignidad, 
tanto valor, tanto poder y fecundidad hay en las lágri- 
mas! Luego si en memoria de esos bienhechores, que ya 
no existen, el pesar nos a,rranca lágrimas del corazón, 
no será, no, tributo despreciable el que ofrezcamos ante 
su tumba; porque con lo más rico de nuestra existencia, 
con lo más precioso del sentimiento es con lo que forma- 
mos ese tributo, ofrenda del alma, testimonio irrecusa- 
ble del verdadero amor. 

Cierto que muchos de los objetos carísimos á quienes 
honramos en este día, no sólo no piden, sino que recha- 
zan nuestras lágrimas, anegados como se hallan en el 
piélago de inefables delicias con que la visión de Dios los 
embriaga y rodea: no ignoráis que las letras españolas 
están bien representadas en el cielo mismo, y que á re- 
presentantes tan ilustres la tierra entera da culto en sus 
altares como justos, como venerables, como santos. Cier- 
to también, que de muchos de nuestros ingenios nos se- 
paran, no sólo el sepulcro, sino luengos siglos, numerosas 
generaciones; y que el tiempo, que todo lo abate y con- 
sume, sin destruir la estima que les debemos, hará poco 
menos que imposible en su favor la ternura del senti- 
miento y de las lágrimas. Mas si esto es así, porque nues- 
tro espíritu, preso aún en las cadenas del tiempo y del 
espacio, no puede naturalmente dilatarse y vivir, como 



99 

hará un día, en lazo estrecho de caridad con los hombres 

de todos los tiempos y de todas las edades ¡ah! venid, 

venid, señores: bajo ese fúnebre paño yacen también, en- 
tre osamentas áridas, los tibios restos de muchos de los 
que habéis conocido, con quienes habéis conversado, y que 
han sido, respecto de vosotros, objetos de filial y santa ve- 
neración , ó de dulce y fraternal cariño. ¡ Ah! Sólo en bre- 
ve plazo de tr^ años, ¡cuánto duelo! ¡cuántas victimas!,... 
Mora, Alcalá Galiano, el Duque de Rivas (Director dig- 
nísimo de la Academia), Pacheco, el Marqués de Pidal, 
Ventura de la Vega, ¿dónde, dónde están? ¡ Ay! En la últi- 
ma conmemoración solemne de nuestros difuntos, senta- 
dos estaban con vosotros en esos escaños: hoy ya están 
allí, ¡en la eternidad! Desiertas se ven aún en vuestras 
asambleas las sillas que tan dignamente ocupaban; el luto 
y lágrimas de sus hijos, de sus esposas, de sus amigos, no 
han cesado todavía. Ved por qué vosotros, que sois aquí 
en este día el eco fiel, la representación de las dos madres 
más tiernas que se conocen, la Religión y la Patria, con 
la Patria y la Religión pagar debéis ante esa tumba el tri- 
buto de vuestras lágrimas á los que por triplicado vínculo 
obligan nuestros corazones. Y no hay que dudarlo, seño- 
res. La Religión llora hoy á tan preclaros hijos: como 
veis, se cubre de luto y entona esos ayes plañideros que 
habéis oído, y que parecen pegarse al alma según lo triste 
que nos la dejan. Dimiíte ergo me, ha dicho, ut plangam 
paiUulum dolorem meum W.Y nuestra Patria, á su vez, 
mezclando sus lágrimas con las de la Religión, llora tam- 
bién por sus numerosos hijos, como aquella madre que 
cansaba los ecos de Rama sin querer consolarse, porque 

(O Job.íO, XX. 



100 

sus hijos no existían. Rachel plorans filios suos^ et noluit 
consolaría quia non sunt. 

Y sin embargo, señores, tratándose de pagar á muer- 
tos tan ilustres la deuda sagrada del reconocimiento y del 
amor, claro es que todo no ha de limitarse en lágrimas; 
porque, al cabo, todos los sentimientos humanos, por 
grandes y generosos que sean, faltando lo que voy á nom- 
brar, son en la vida transitorios, fugaces; amenazados es- 
tán de eterno olvido. Y bien, ¿qué es lo que salva de esa 
segunda muerte, lo que triunfa del tiempo, sino la memo- 
ria, los recuerdos? ¡Los recuerdos!.... que detienen y cla- 
van lo que se desliza; que tornan presente lo que pasó; 
que hacen vivir lo que ya no es! He aquí por qué los re- 
cuerdos deben de entrar por mucho en la merecida recom- 
pensa de esos bienhechores. jPero recuerdos, no de una 
hora, ni de un día solamente, sino los recuerdos de los si- 
glos, los recuerdos de la Historia, que es la que recoge y 
guarda los merecimientos y los sacrificios, y los registra 
en sus anales, los graba en el mármol ó en el bronce, los 
conserva, los perpetúa, los eterniza, mandándolos á las 
edades futuras, á posteridades remotas, coronados de glo- 
ria y de inmortalidad. Y no creáis, católicos, que estas 
palabras recvcerdosy gloria, inmortalidad , sean palabras 
vacías de sentido, ó que no haya en tales cosas, huma- 
nas sin duda, sino vanidad y nada. Porque, si abro por 
muchas páginas la Sagrada Escritura, mostraros puedo al 
mismo Espíritu de Dios tejiendo las alabanzas de los sa- 
bios y de su sabiduría, mandando que se conserve su me- 
moria, y excitándonos á encomiar á los varones eminen- 
tes que, por su ingenio, se cubrieron de gloria en su gene- 
ración . Laudemus viros gloriosos in generatione sua , 

dice el hijo de Sirac, prudentia prcediti inperitia sua 



101 
requirentes modos micsicoSj et narrantes carmina scrip- 
turarum. Ni podía ser de otro modo, señores; porque, si 
el agradecimiento es el recuerdo del corazón, el recuerdo 
de la Historia es el reconocimiento de la Patria. Es, pues, 
justo que esos hijos beneméritos de España, que nos han 
dedicado sus vigilias, sus estudios, sus tareas, reciban en 
recompensa la vida de los recuerdos, de la inmortalidad, 
de la gloria; es justo que sus nombres no perezcan como 
su vida; que su memoria florezca hoy sobre esa tumba, á 
fin de que á siglos y siglos de distancia, baste pronunciar 

dos ó tres nombres: Cervantes, Calderón, Herrera , 

para que en el momento esas palabras hagan estremecer 
de entusiasmo á España entera, y nos inflamen y nos elec- 
tricen con la enumeración de sus obras, con el encanto 
de sus versos, con la elegancia de sus escritos. Y como 
esto es justo, señores, la Academia Española no ha podi- 
do ignorarlo, y lo promueve y lo practica. Dícelo bien 
alto la misma institución de esta fúnebre solemnidad; pero 
muy particularmente el esmerado celo y muy prolijo cui- 
dado con que publica las obras y escribe las vidas de esos 
floridos ingenios, y teje sus alabanzas y consagra su me- 
moria. ¡Quién mejor que los hijos conservarían los re- 
cuerdos de sus padres? 

Y ya con esto, señores, si yo no hablase á cristianos, 
podría dar aquí por terminada mi tarea; porque, después 
de lo que acabo de decir, después de lágrimas y de hon- 
rosos recuerdos, humanamente hablando ¿qué nos queda? 
Nada. Diré más: digo que aun de esas mismas cosas, yo 
entiendo que ninguna llega á la eternidad: ambas se de- 
tienen eft los límites del tiempo. Llorad enhorabuena so- 
bre una tumba, y ¿qué lográis? No más que humedecer 
los umbrales de la eternidad: vuestras lágrimas no pa- 



\02 

san más adelante. Rodeadla de honor y de recuerdos: ¿qué 
hacéis? No más que un poco de ruido, que podrá atrave- 
sar los siglos, pero que no traspasará las puertas de la 
eternidad. Luego ¿nos vemos reducidos á la imposibilidad 
de ofrecer á esos queridos muertos algo más que lágri- 
mas estériles, vanos honores, recuerdos impotentes? ¿No 
ha puesto Dios en nuestros labios .y en nuestro corazón 
cosa más eficaz, que penetre al otro lado de este mundo, 
y, ganando el lugar de la prueba, lleve allí la luz, el re- 
frigerio y la paz? ¡Oh! sí; hemos recibido de Dios esta fa- 
cultad, este don maravilloso. Dios, para formarlo toma en 
su mano el corazón del hombre; infunde en él la esperan- 
za y el amor, y del amor y la esperanza toma vida, nace 
la oración. Dios hizo más: como esta oración había de ser 
por sí sola impotente. Dios la animó, la fortificó con su 
gracia, la empapó en la sangre de su Hijo; y transfigura- 
da por esa gracia y ennoblecida por esa sangre victorio- 
sa, la oración obtuvo fuerzas y fecundidad sobrehuma- 
nas. Y ¿quién lo duda, señores? Hoy, aquí mismo, han de- 
bido realizarse estos consoladores misterios; sentir hemos 
podido todos, con sentidos de la fe, el poder y la eficacia 
de la oración. Yo la veo: partiendo de nuestros labios, de 
los labios de todos mis oyentes: la oración ha salvado el 
tiempo y el espacio; ha llegado á las puertas de la eterni- 
dad. í¡n ellas se ha encontrado con este fúnebre concier- 
to de lágrimas y honrosos recuerdos, que es lo que hu- 
manamente podemos dar. Pero ¡ah! más poderosa que to- 
dos ellos, no se detiene allí; rebasa el temeroso umbral, 
elévase sobre las alas de los Ángeles, sube hasta el trono 

de Dios, va derecho á su corazón, lo toca, lo ablanda 

hace callar á la justicia, mueve á hablar al perdón. En- 
tonces, con la nueva de misericordia, nuestra plegaria 



103 

baja del divino alcázar á los abismos de la expiación: se 
cierne sobre las almas que aguardaban hasta este día la 
hora de su rescate, apaga el fuego abrasador que las de- 
voraba, y, rompiendo sus cadenas, les devuelve la liber- 
tad y la ventura. He aquí, cristianos, lo que puede la ora- 
ción por los difuntos; lo que acaba de hacer la vuestra en 
favor de esas queridas almas: ella es más fecunda que las 
lágrimas; tiene más precio que los honores; va más lejos 
que los recuerdos. Para ella no hay obstáculos, no hay 
distancia, no hay duración: el cielo se abre en su presencia, 
el infierno se cierra á su voz; lo puede todo; lo obtiene 

todo, triunfa de todo ¡ Ah! Santa y saludable es, dice la 

Escritura, la idea de orar por los difuntos, para que se les 
perdonen sus pecados. Sancta ergo et salicbris est cogita- 
tioprodefunctis eooorare^ uthpeccatis solvantur. No es, 
pues, sin motivo el habérosla presentado como la mayor 
de todas las recompensas que podéis tributar á esos glo- 
riosos ingenios, y como la más imprescindible, si habéis de 
pagarles la gran deuda de sus beneficios; por que, habien- 
do hecho tanto por vosotros, que no han podido menos 
de morir en paz, Corpora ipsorum in pace sepulta sunt; 
al paso que, con vuestras lágrimas y recuerdos, hacéis 
amables y eternizáis sus nombres en la tierra, por vues- 
tra amorosa plegaria obtendréis que ellos sean también 
inscritos en el cielo. Así esos nombres vivirán eterna- 
mente, et nomen eorum vivit in generationem et genera- 
tionem. 

He concluido, señores. Pero habiendo hablado tanto de 
los muertos, ¿á vosotros los vivos nada añadirá el minis- 
tro de Id palabra? Costoso me sería por cierto. Sea, pues, 
lo único, señores de la Academia, el daros y darme para- 
bién cordialísimo, porque guardáis con fidelidad las lee- 



104 

ciones, porque seguís sin alteración la senda de esos ilus- 
tres antepasados nuestros. Sí; lo declara bien esa actitud 
doliente y suplicante con que habéis venido al templo á 
arrodillaros delante de esa tumba, no para mezclar vues- 
tros laureles con los suyos, vuestra gloria con su gloria 
en este solemne espectáculo- ¡Vuestra gloria! ¡ Ah! Yo no 
debo en vuestra presencia ni pronunciar su nombre; que 
aníe mortem ne laudes hominem^ me dice el Eclesiásti- 
co (<). Y nada hay más enemigo de la gloria que la glo- 
ria misma, puesto que muchos que triunfaron de todo, que 
lo vencieron todo, dejáronse vencer de su gloria, no pu- 
diendo soportar el peso de sus propios lauros. Mucho me- 
nos nombrar debiera yo esa gloria aquí, donde todo lo 
que nos rodea predica del modo más severo y elocuen- 
te esta terrible verdad: gloria stercus et vermis! ¡glo- . 
ria humana, estiércol y gusanos!.... aquí, donde, si la re- 
ligión honra á esos muertos, y toma en boca sus alaban- 
zas, y consagra su memoria ¿sabéis por qué es? Porque 
juzga como madre piadosa que sus hijos terminaron su 
carrera en paz, es decir, en amistad de Dios, habiendo con 
las virtudes santificado las letras, y con las letras esmal- 
tado las virtudes. De otra suerte, señores, silencio pro- 
fundo reinaría ahora en este lugar; porque la religión no 
tiene coronas sino para las sienes del justo.— Gomplázco- 
me, pues, en esa vuestra piedad: el mundo sabe por ella 
que la Academia Española es esencialmente católica; y al 
veros venir á orar al Padre de las luces por el reposo eter- 
no de vuestros hermanos difuntos, dirán los buenos todos 
y dicen cuantos os miran: Hcec est vera fratermtas^ esta 
sí que es verdadera fraternidad. 

[\) XI, 30. 



<05 

Felicitóme también porque es puntualmente en este 
santuario, en vuestro devoto templo, venerables esposas 
(te Jesucristo, donde tiene lugar este insigne y caritativo 
oficio; no sólo ya por el concepto de que, como Ángeles de 
oración que sois, vuestras plegarias habrán sido las pri- 
meras, y (lo diré también) las más poderosas para alcan- 
zar el descanso de esas almas, sino muy particularmente 
porque sois Trinitarias, es decir, sois de esa Familia Re- 
dentora á cuya abnegación y esfuerzos debió en mucha 
parte España la libertad del gran Cervantes, y hoy debe 
por lo mismo la inmensa gloria que él nos ha legado. 
¡Ah! Vosotras fuisteis sus libertadoras en vida, sois sus 

guardadoras en muerte, como custodias de su sepulcro 

¿No habéis de ser en este día las redentoras de su alma y 
de las de sus ilustres compañeros, si aún lo necesitan? 

Compláceme además sobremanera, respetabilísimos 
oyentes en general, el veros acudir en tan crecido núme- 
ro al sagrado recinto, dando así á este glorioso y triste 
aniversario el carácter de un duelo público, en el cual to- 
dos los hijos de la madre España se interesan debidamen- 
te por los que han allegado para nosotros tanta luz, tanto 
esplendor, tanta felicidad. Oremos, pues, todos, señores; 
oremos porque sus almas gocen también de la luz, de la 
gloria y feUcidad que nunca mueren. 

No con otro fin ese venerable ó insigne Pastor, repre- 
sentante ilustre del Vicario de Jesucristo en la tierra (O, 
tomando en sus manos, primero el turíbulo del Santuario 
y después la Víctima Propiciatoria, se ha colocado entre 
1(» vivos y los muertos, como Aarón, pidiendo al Domina- 
dor de todos los seres por los que viven, y por los que ya 

(1) Era celebrante el Excmo. y Rmo. Sr. Nanclo de Su Santidad. 



408 

siglo XVIII, han sido tantos los que sobre Cervantes y sus 
obras han escrito, acaso dé yo á sospechar que, ya que 
no los copie, escriba para tildarlos de que se equivoca- 
ron, para hacer la censura de sus opiniones y para po- 
ner la mía por cima de la de todos. Entendido así mi pro- 
púsito, habría algún derecho para creerle nacido de alti- 
vez y petulancia, y me predispondría mal con quienes 
me escuchan y con otras personas discretas, cuya bene- 
volencia anhelo captarme. 

Me veo, pues, en la precisión de pedir disculpa por ha- 
ber elegido tan difícil asunto, llevado y enamorado de su 
atractivo poderoso, y de explicar además en que forma 
voy á hablar de él. Porque siendo, como lo es, discutible, 
líien puedo decir, con los miramientos debidos, lo que se 
me alcanza, sin ofender ni vejar en lo más mínimo á los 
que lo contrario pensaron y dijeron. Acaso sean de ellos, 
y no mías, la discreción y la crítica atinada. Mas, aunque 
así sea, todavía no se me ha de negar que podrá ser útil 
1(1 que yo dijere, porque presentaré las cosas bajo otro 
aspecto y las veré á otra luz, sirviendo todo para cuando 
una inteligencia más alta y más clara venga á dirimir la 
contienda, y á determinar la significación y la importan- 
tña del libro extraordinario que coloca á Miguel de Cer- 
vantes Saavedra entre los ingenios de primer orden. 

Ha habido y hay aún, en tierras extranjeras y dentro de 
España misma, críticos adustos y poco sensibles á la be- 
lleza poética, que no estiman á Cervantes en lo que vale, 
y que más ó menos encubiertamente le censuran y reba- 
jan. Poca fuerza tienen sus ataques, y mil veces han sido 
ya rechazados. Tarea inútil sería reproducirlos aquí del 
todo, y rechazarlos de nuevo. Importa, no obstante, ha- 
blar de algunos, aunque sea en resumen, porque sirven 



409 

para aclarar la idea que sobre Cervantes y su obra inmor- 
tal debe tenerse, y porque han nacido, por espíritu de 
contradicción, délas desatinadas alabanzas que á Cervan- 
tes se han prodigado, 

Se ha de tener en cuenta que, en el último siglo, se 
cifraba todo el valor de una obra literaria en el atilda- 
miento, en la corrección escrupulosa, en la regularidad y 
simetría de las partes y en el primor de la estructura, su- 
bordinando la poesía á un fin extraño, á un propósito su- 
balterno, á una lección moral, á la demostración de una 
tesis. Todo poema, cualesquiera que fuesen sus dimensio- 
nes, su forma y su género, venía á quedar reducido á un 
apólogo ó á una parábola. Considerado el Quijote de esta 
suerte y de esta suerte elogiado, provocaba á la censura y 
se prestaba á ella. Pueriles y mezquinas eran en verdad 
las razones del detractor; pero no solían ser mucho más 
valederas y firmes las de quien encomiaba. 

Por dicha, con la exagerada admiración y séquito del 
pseudo-clasicismo francés, no se cegaron nuestros lite- 
ratos hasta negar todo valer á los autores españoles del 
siglo xvii; y si bien con Calderón, Lope, Morete y casi 
todos los demás dramáticos, fueron consecuentes, censu- 
rándolos y disimulando mal que los estimaban en poco, 
con Cervantes no lo fueron, por donde, sin advertir mé- 
ritos que realmente tiene, le atribuyeron otros que nunca 
tuvo, ni quiso, ni soñó tener en la vida. El último extre- 
mo del delirio á que se llegó sobre este punto, en el siglo 
pasado, fué el de D. Blas Nasarre, quien, para admirarse 
á su salvo de las comedias de Cervantes escritas contra 
todas las reglas, sin las cuales, según él y los de su es- 
cuela, no se puede escribir una comedia sufrible, supuso 
que Cervantes había escrito mal las suyas adrede para 



110 
burlarse de las otras. Del mismo modo, refieren de Her- 
niosilla sus detractores que compuso varios romances 
bajos y vulgares, á fin de probar que no cabe el estilo 
sublime en dicha forma de poesía. 

Por este orden, aunque no sea tan patente lo absurdo, 
son no pocas de las razones en que se fundaban muchos 
críticos del siglo pasado, y aun de principios del presen- 
te, para encomiar á Cervantes, conforme á los estrechos 
jn-eceptos de la escuela que seguían. 

Ensalzado Cervantes hasta las nubes en todas las na- 
ciones de Europa, y singularmente en Inglaterra y Fran- 
cia, ya miradas entonces, y no sin motivo, como al fren- 
te de la civilización del mundo, se avivó el fervor de nues- 
tros literatos, y no pudieron menos de reconocer en el 
aittor del Quijote á uno de los pocos seres privilegiados 
que, valiéndonos de un neologismo expresivo y elegante, 
designamos hoy con el nombre de genios. La injusta 
crueldad con que las referidas naciones denigraban todo 
lo demás de España, daba mayor precio y fuerza al pa- 
negírico de Cervantes, haciendo de él una excepción ra- 
rísima, el Píndaro de esta Beocia. Como se negaba que 
hubiésemos tenido filósofos, sabios y grandes humanistas, 
y al propio tiempo se afirmaba que Cervantes era un ge- 
itio, muchos críticos españoles, que con harta humildad 
creían la primera afirmación, quisieron subsanarnos del 
ílaño deduciendo de la segunda que en Cervantes estaban 
compendiadas todas las ciencias, todas las humanidades y 
toda la filosofía. Por otra parte, la magia del Quijote con- 
curría y conspiraba á que pasase su autor por un varón 
extraordinario, y yo creo que no hubo clasicista español 
de aquella época, y sea esto dicho para honra de todos, 
que, por mucho que se admirase de su Boileau, de su 



444 

Gorneille y de su Racine, no pusiese al manco de Lepan- 
te por cima de estos tres escritores, sin hallarle igual, á 
no ser en Homero. Tasado tan alto Cervantes, por fuerza 
tuvieron los críticos que dar razón de la tasa, fundándola 
en algo que se midiese por las reglas de su escuela y que 
cuadrase y se ajustase con toda exactitud al ideal de per- 
fección que ellos del escritor habían formado. Hicieron, 
pues, de Cervantes un terrible erudito, un reverendo mo- 
ralizador, un purista escrupuloso, un atildado hablista, 
un siervo de las reglas y un ídolo, en suma, adecuado á la 
religión que ellos profesaban y á quien pudiesen rendir 
culto y hasta adoración, sin abjurar de sus creencias ni 
pasar por apóstatas. 

Contra este Cervantes desfigurado y disfrazado; contra 
este Cervantes, cuyo valer se ponía en aquello de que tal 
vez carece, se levantaron algunos críticos más conse- 
cuentes ó más sinceros de la misma escuela. Contra al- 
gunos encomiadores harto hiperbólicos que llaman á 
Cervantes, como Mor de Fuentes, el üicstrador del género 
humanoj por fuerza había de levantarse la reacción. Se 
comprende que Orfeo, Lino, Eumolpo, Homero, Hesiodo, 
Valmiki ú otro gran poeta de la infancia de las socieda- 
des y de la primera edad del mundo, pueda ser llamado 
así. Toda la filosofía, toda la moral, toda la ciencia de 
entonces cabían en verso. El poeta era el hierofante de 
la humanidad. Pero en el siglo xvii, en el siglo de New- 
ton, de Copórnico, de Descartes y de Leibnitz, después 
que los eruditos habían resucitado toda la ciencia anti- 
gua, acrecentándola y mejorándola los sabios; cuando 
en España habíamos tenido profundos teólogos, publicis- 
tas, filósofos y jurisconsultos, y había llegado el pueblo á 
un grado eminente de civilización propia y de castiza 



\\2 
cultura, llamar á Cervantes el ili^trador del género hu- 
mano porque escribió un admirable libro de entreteni- 
miento, es una hipérbole que raya en lo monstruoso. 
Esta hipérbole y la manía subsiguiente de ver en Cer- 
vantes un sutilísimo psicólogo, un refinado político, y 
hasta un médico consumado, excusa la prolijidad severa 
con que le censuran algunos, y Clemencín entre ellos. 
Odioso é impertinente me parecería el comentario de 
Clemencín á no ser por las consideraciones apuntadas. 

Por cierto que el prolijo comentador, con su buen jui- 
cio, con su amor á la gloria de la patria, y con su facul- 
tad crítica perspicaz y sensible á la hermosura, no pudo 
menos de pasmarse y enamorarse de la del Quijote; pero 
le despedaza, como las Bacantes á Orfeo. Las incorrec- 
ciones y distracciones, las faltas de gramática, los bar- 
barismos, las citas equivocadas, fruto de una lectura vaga 
y somera, todo esto, sacado desapasionadamente á la ver- 
güenza por Clemencín, forma la mayor parte del comen- 
tario. 

Pero, prescindiendo de la manera que tuvieron los cla- 
sicistas de estimar el Quijotéy y colocándose en un punto 
más elevado, se rechaza en seguida la crítica del erudito 
Clemencín por harto minuciosa. Es lo mismo que poner- 
se á considerar la Venus de Milo con un vidrio de aumen- 
to, deplorando las asperezas y sinuosidades del mármol, 
y prefiriendo el barniz, la lisura y el pulimento de una 
muñequita de porcelana. 

Aun dentro del espíritu analítico y gramatical que pre- 
sidía é inspiraba el comentario de Clemencín, y sin ele- 
varse á más altas esferas, tienen contestación no pocas 
de sus censuras al Quijote. 

El que Cervantes llamase laberinto de Perseo al labe- 



443 

rinto de Teseo, y Bootes á uno de los caballos del sol, y 
el que citase por de Virgilio un verso de Horacio, ó por 
de Horacio un verso de Vii^ilio, son errores que no im- 
portan de modo alguno en un libro donde no se trata de 
enseñar mitología ni literatura latina. Cervantes además 
dejaba correr libremente la pluma, escribía obras de 
imaginación y no disertaciones académicas, y no había 
su fantasía de abatir el vuelo, ni él había de pararse en 
\ó mejor de su entusiasmo para consultar sus autores, si 
los tenía, y ver si la cita iba ó no equivocada. 

Sobre las faltas de gramática de Cervantes anda tam- 
bién Clemencín bastante sobrado en la censura é injusto 
á veces. Las concordancias, por ejemplo, del verbo en 
singular y el nominativo en plural, ó al contrario, esto 
es, la falta de concordancia, no es defecto de Cervantes 
solo, sino de todos nuestros autores, desde los orígenes 
de la lengua castellana hasta el día, como lo prueba Iri- 
sarri en sus Ctcestiones filológicas^ con textos copiosos. 
No es esta falta, por lo tanto, sino modo de ser, elegan- 
cia, 6 libertad de nuestro idioma. 

Clemencín exige á menudo de Cervantes una exacti- 
tud tal en los términos, una precisión tan rigorosa y una 
dialéctica tan severa, que nunca ó rara vez fueron pren- 
das de los poetas inspirados, sino de los filósofos de estilo 
Mo y erizado de fórmulas y de los rotores y gramáticos 
más acompasados y secos. Por otra parte, la lengua cas- 
tellana y su gramática no estaban entonces tan fijas y 
sujetas á preceptos como en el día. No negaré yo, sin 
embargo, que la censura de Clemencín es útil para apren- 
der á escribir bien y para llegar á conocer y á evitar los 
defectos, pero en cuanto tira á rebajar el mérito de Cer- 
vantes tiene escasísimo valor. 

8 



Aun dentro de la escuela clasico-francesa, cuyas pres- 
cripciones se siguieron en España, aunque exageradas y 
torcidas, como en Francia misma se torcieron y se exa- 
geraron en el siglo xviii, la corrección es una de las pren- 
das de que menos cuenta se hace para evaluar los escri- 
tores. Los buenos críticos franceses del siglo de Luis XIV, 
y el príncipe de ellos sobre todo, el famoso Boileau, 
creían, como el ministro de la gran Zenobia, que las fal- 
tas son propias de los grandes ingenios, y los que no la« 
tienen son los ingenios rastreros y vulgares, los cuales 
no se aventuran, ni se remontan, ni se distraen y cami- 
nan siempre por camino trillado, llanísimo y seguro, 
atendiendo con suma precaución á menudencias de estilo 
de que prescinde ó de que se olvida un ingenio grande. 
Porque Homero, añade el maestro de Porfirio, traducido, 
comentado y aplaudido por Boileau, incurrió en muchos 
defectos, y Apolonio de Rodas no tiene ninguno, y Ar- 
quiloco carecía de orden y de concierto y Eratóstenes no, 
y Píndaro era incorrecto y Bachílides no lo era, y Ion de 
Ghio componía tragedias infinitamente más conformes á 
las reglas y más limadas y primorosas que las de Sófo- 
cles. Pero, á pesar del atildamiento y pulcritud de Apo- 
lonio, de Ion, de Bachílides y de Eratóstenes, y de que 
jamás cayeron, ni tropezaron siquiera, y de que siempre 
escribían con suma elegancia y agrado, los otros autores 
que citó antes son mil veces mejores, con todos sus tro- 
piezos, faltas, extravagancias y caídas. Y este juicio que 
dio el ministro de la gran 2fenobia, estaba ya, á pesar de 
los Zoilos, confirmado por siglos de adoración, y sigue 
aún firme, á pesar de Voltaire y de Perrault y de otros 
críticos, consecuentes á la doctrina del bon sens y de la 
pulcritud meticulosa. 



445 

Otra clase de censuras de Glemencín, poco atinadas á 
menudo, suelen fundarse en que entiende el texto muy á 
la letra, y no desentraña la ironía. Así es que tomándole 
seria y rectamente, toma también ocasión de censurar, 
con una inocencia que viene á hacerse chistosa. Por ejem- 
plo, se dice en el Quijote que los milagros de Mahoma son 
una patraña, y que de haber tornado Sancho una honrada 
determinación saca el autor de la historia que debió de ser 
bien nacido y por lo menos cristiano viejo: todo lo cual 
aflige y apura en extremo á Glemencín, y le da á entender 
que Cervantes incurre en una impropiedad imperdonable, 
ya que presupone que la historia de Don Quijgte está escri- 
ta por un mahometano, el cual ni debía dudar de los mi- 
lagros de su profeta, ni creer que se necesitase ser cris- 
tiano viejo para ser honrado. Esta observación crítica de 
Glemencín se parece, con perdón sea dicho, á la que hace 
Sancho Panza al oir al diablo-correo jurar en Dios y en 
mi conciencia. <Sin duda, dijo Sancho, que este demonio 
debe ser hombre de bien y buen cristiano, porque, á no 
serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora tengo 
para mí que aun en el mismo infierno debe de haber bue- 
na gente. > 

La severidad de Glemencín en la exactitud de las citas 
le lleva también muy lejos. Así, v. g., cuando prueba que 
no fué Madásima, sino Grasinda, la que eligió al maestro 
Elisabat por confidente y consejero, y tuvo con él ciertos 
tratos y familiaridades que dieron ocasión al vulgo maldi- 
ciente para que dijera lo que dijo, casi ve el lector á Gle- 
mencín trabar, por amor á la erudición, una tan graciosa 
pendencia con Gardenio, como la que sostuvo Don Quijote, 
á fuer de legítimo caballero andante, defensor de la hones- 
tidad y buen nombre de las reinas y damas principales. 



446 

Otra clase de comentarios que lleva Clemencín al ex- 
tremo, es la de ver á cada paso en el Quijote remedos, 
imitaciones ó parodias de los libros de caballerías. Imi- 
tarlos y parodiarlos era, sin duda, el propósito de Cer- 
vantes, mas no tan asido y sujeto á ellos, que apenas 
hay, según Clemencín, no se diga ya aventura, pero ni 
vulgar incidente, por insignificante que nos parezca, que 
no caiga adrede en el Quijote á fin de remedar, paro- 
diar ó recordar otro caso ó varios casos semejantes de uno 
ó más libros de caballerías. En esto luce Clemencín su 
extraordinaria erudición en todo, y singularmente en di- 
chos libros, y prueba su diligencia suma en compulsar- 
los; pero, si á veces nos convence, más á menudo no nos 
convejice de que haya habido imitación. Así, por ejemplo, 
Sancho principia á llorar cuando la aventura de los bata- 
nes, temiendo perder á su señor y de miedo de quedarse 
solo. Para un profano nada hay más natural que el lloro 
de Sancho. No hay para qué imaginar imitación: mas 
Clemencín cita en seguida, para hallarla y demostrarla, 
todos los escuderos, enanos, dueñas, doncellas y gigan- 
tes, que comenzaron á llorar en caso parecido. Don Qui- 
jote ata su caballo á un árbol. Cualquiera cree que una 
acción tan común y tan sin malicia, no ha menester co- 
mento. Clemencín, no obstante, le pone, y nos descubre 
que Don Quijote imitó en esta ocasión á este, á aquel y á 
estotro caballero, que ataron también sus caballos á sen- 
dos árboles; como si cuando cualquiera se apea no hicie- 
se por lo general la misma cosa. Por el contrario, Don 
Quijote no ata su caballo á árbol alguno, sino que le deja 
libre pastando. Clemencín en seguida amontona citas de 
los infinitos caballeros que hicieron lo propio; como si 
fuera peculiar y privativo de los libros de caballerías y 



447 

acción extraordinaria, digna de ser comentada, el dejar 
sueltos los caballos ó las acémilas para que coman la yer- 
ba ó estén á prado, como dicen y suelen hacer con ellas 
los arrieros. 

En estos casos comunes y ordinarios de la vida no sé 
con qué fin se ha de buscar imitación, ni siquiera coinci- 
dencia. Imito ó coincido con todo el género humano 
cuando me acuesto para dormir, cuando como ó cuando 
duermo, si bien en realidad á nadie imito, ni con nadie 
coincido, sino que sigo mi natural condición, lo mismo 
que las demás criaturas. 

No es esto afirmar que Cervantes no imite ó no parodie 
en muchas ocasiones. Ya he dicho que no era otro su 
propósito. El Quijote, en el sentido más noble y más alto, 
es sin duda una parodia de los libros de caballerías; pero 
esta parodia, no lo es sólo en el sentido más alto y más 
noble, sino que va hecha con amplia libertad, y no ciñén- 
dose ya á este lance, ya al otro de los libros parodiados, 
sino al espíritu superior que los anima todos. Si algún li- 
bro especial sigue Cervantes más que otros es el de Amar- 
dís de Gaulüy por ser el mejor, único en su arte, y como 
arquetipo de todos ellos. 

Sigue también é imita á Ariosto, en el OrlandOj cuya 
inspiración, ó, mejor dicho, cuya propensión es semejan- 
te á la suya, aunque en otro grado y por diverso estilo. 

Por lo demás, Cervantes es tan sincero en todo, que 
cuando imita ó remeda, casi siempre lo declara, como en 
la discordia que hubo en la venta, la cual, según el mis- 
mo Don Quijote, era un perfecto trasunto de la del campo 
de Agramante, y como en la penitencia que hizo Don Qui- 
jote en Sierra-Morena, imitada de la de Beltenebrós en 
la Peña-pobre. Y al contrario, Cervantes se excusa á me- 



448 

nudo chistosamente, y en realidad se alaba, de inventar 
lances, encantamentos y aventuras jamás imaginados ó 
soñados en libro alguno de caballerías, suponiendo que 
como Don Quijote era caballero novísimo, que resucitaba 
la antigua institución, no sólo hacía retoñar lo atañedero 
y perteneciente á ella, sino que inventaba nuevos modos 
de encantar y usos y costumbres peregrinos. 

Me parece que á fin de entender en qué sentido sosten- 
go que el Quijote es una parodia, conviene hacerse car- 
go de que la parodia no se hace por lo común sino de es- 
critos ó acciones que en cierto modo infunden al parodia- 
dor un amor y un entusiasmo espontáneos, vehementes, 
impremeditados y como instintivos, á los cuales, ó bien 
la reflexión fría niega su asentimiento, ó bien la parte es- 
cóptica de nuestro ser se opone. El objeto de la parodia, 
si el parodiador es un verdadero poeta, y tal era Cervan- 
tes, aparece siempre á sus ojos cual un bello ideal que 
enamora el alma y arrebata el entendimiento; pero que 
no responde, ó por anacrónico ó por ilógico, á la reali- 
dad del mundo, ora en absoluto, ora sólo en un tiempo 
dado. El ingenio de los españoles no se incUna á la burla 
ligera como el de los franceses, pero se inclina más á esta 
parodia profunda. La reacción del escepticismo y del fVío 
y prosaico sentido vulgar es más violento en nosotros por 
lo. mismo que es en nosotros más violento el amor, y la 
fe más viva y el entusiasmo más permanente y fervoroso. 
En ningún pueblo echó tan hondas raíces como en el es- 
pañol el espíritu caballeresco de la Edad media; en nin- 
gún pecho más que en el de Cervantes se infundió y ardió 
ese espíritu con más poderosa llama: nadie tampoco se 
burló de él más desapiadadamente. 

Cervantes parodió en su Quijote el espíritu caballeres- 



449 

co, pero confirmándole antes que negándole. No fué esta 
su intención, pero fué su inspiración inconsciente, la 
esencia y el ser de su ingenio; de lo cual no se daba cuen- 
ta, por ser él poco crítico, y por vivir en una edad y en 
una nación donde la crítica literaria y la reflexión sobre 
estos puntos, si existía, era superficial ó extraviada. 
Época aquella de impremeditada inspiración, el único in- 
tento claro y determinado que Cervantes tuvo, fué cen- 
surar los libros de caballerías. Melchor Gano, Luis Vi- 
ves, Alejo de Venegas, Fr. Luis de León, Malón de Chai- 
de y otros, los habían ya censurado seriamente. Cervantes 
quiso acabar con ellos por medio de la burla, y vino á 
lograrlo. No llevaba Cervantes otro fin, y no se com- 
prende cómo algunos admiradores suyos lo desconozcan, 
suponiendo propósitos contrarios en el Quijote. En mil 
pasajes de esta obra inmortal se declara, sin la menor 
ironía, sino franca y abiertamente, que se trata de deste- 
rrar los libros de caballerías y de anatematizar su lectu- 
ra. No debe, pues, dudarse de esto. Se dirá, sí, que yo 
pongo una contradicción radical entre el intento preme- 
ditado del poeta y su inspiración ó instinto semi-divino. 
Á esto respondo que la contradicción es sólo aparente. 
Para hacerlo ver, explicaré por estilo conciso y como en 
cifra lo que entiendo por literatura caballeresca. 

Es condición del alma huniana no contentarse con lo 
presente, y, como la aspiración con dificultad finge una 
esperanza adecuada á ella, los hombres suelen siempre 
fingir en lo pasado, y no en lo porvenir, lo sumo de la 
hermosura y de la perfección que conciben. Para levan- 
tar sobre cimientos sólidos el alcázar de nuestras ilusio- 
nes y la meta ó término de nuestro deseo, conviene, si 
ha de ser en lo porvenir, apelar á lo sobrenatural, ir más 



420 

allá de este mundo sensible en alas de la fe religiosa. En 
este mundo, con sólo la imaginación, y no sostenidos por 
la fe, jamás hemos llegado á fantasear, soñar ó columbrar 
otra vida mejor en lo venidero, hasta una época muy re- 
ciente, de donde ha nacido una filosofía de la historia op- 
timista y alegre: la doctrina del progreso. Pero antes, y 
aun hoy para muchos hombres, la edad de oro se pone 
en lo pasado; y si en lo porvenir se esperó alguna vez ó 
se espera aún, es por milagro y como una purificación, 
como una vuelta, como el renacimiento de un período 
histórico ya transcurrido. Las naciones ó las razas que 
tienen una grande y gloriosa vida ó por la acción ó por 
el pensamiento, y que vienen á decaer, á perder la fuerza 
política que las unía, y á dejar de vivir de vida propia, 
son casi siempre las que crean un ideal en qxie luego el 
resto de la humanidad se complace. Este ideal aparece, 
en lo pasado, en el período de mayor esplendor de aque- 
lla raza, ó se columbra en lo porvenir, merced á una re- 
novación milagrosa y divina del mismo período. El ideal 
de la Edad media y toda su poesía de entonces se pueden 
representar en estas dos direcciones, si bien no conver- 
gen en el punto de partida. La religiosa y mística está 
fundada en el cristianismo; la mundana y cabaUeresca 
toma para manifestarse, en su más alto grado de perfec- 
ción, la historia tradicional ó legendaria de una de las 
razas poderosas y decaídas de que he hablado: la raza 
céltica. El ciclo del rey Arturo y los caballeros de la Ta- 
bla Redonda es la creación primordial y más pura del 
mundo caballeresco. Todas las excelencias que no exis- 
tían, y cuyo logro se anhelaba, se pusieron allí. Los can- 
tares de los antiguos bardos bretones fueron transfigura- 
dos por el cristianismo, y magnificados con todo ensueño 




424 

7 con toda aspiración á m^or vida. Esta poesía popular 
pasó de la lengua propia á la lengoa latina, y ya en esta 
lengua universal entre los letrados, recorrió toda la Eu- 
ropa y llegó á divulgarse* Lanzarote del Lago, Merlín, 
Ginebra, Bibiana, D. Tristán de Leonis, y la reina Iseo, 
con sus amores, encantamentos, profecías y hazañas, 
fueron cantados en todas partes, y en Alemania, en Ita- 
lia y en España se atrevieron á competir con los héroes 
nacionales, y tal vez á eclipsarlos. 

Al mismo tiempo no se borraban de Is^ memoria de los 
hombres los recuerdos vivos y la admiración entusiasta 
de la gran civilización helénica. La duración, aunque de- 
caída, del imperio de Cionstantinopla, y el frecuente trato 
que conservaron los griegos, á pesar del cisma, con la 
Europa occidental, merced á las cruzadas y al comercio 
marítimo de venecianos, písanos y genoveses, contri- 
bu}eron á conservar dichos recuerdos. En ellos puso 
también la Edad media el ideal de la caballería, y la gue- 
rra troyana y las conquistas de Alejandro, se puede decir, 
á pesar del anacronismo, que formaroiji otro ciclo, el cual 
se extendió y divulgó no menos que las hazañas de los 
caballeros de la Tabla Redonda. Si Merlín fué el príncipe 
de la magia, Aristóteles fué el rey de la ciencia, y Héctor, 
Aquilesy Alejandro se convirtieron en maravillosos an- 
dantes. El libro del felso Galistenes, y tal vez algún otro 
poema ó crónica griega sobre las conquistas del Mace- 
dón, dieron origen en todas las lenguas de Europa, y en 
algunas de Asia, á sendos poemas de Alejandro, entre los 
cuales el que escribió en castellano Lorenzo de Segura 
fué de los últimos en el orden cronológico. 

En fin, la grandeza de la antigua Roma, que había 
dado sus leyes, su civilización y su idioma á las naciones 



occidentales de nuestro continente, tampoco podía olvi- 
darse. El sacro romano imperio era el espectro, la som- 
bra de aquella muerta grandeza, y el poder del Padre 
Santo una más alta manifestación de la providencial pre- 
ponderancia de Roma, en lo antiguo por medio de las 
armas, entonces de un modo espiritual. Para ingerir esta 
grandeza éa los cantos épicos populares, no se retrocedió 
con todo hasta Augusto ó hasta Constantino. El extraor^ 
dinario renovador del imperio, santificado por el cristia- 
nismo, y su reinado y época, fué y fueron el centro y el 
momento de otro ciclo no menos admirable. Sin duda 
que á algunos personajes de la antigua Roma, y en par- 
ticular á Virgilio, los transfiguró también la Edad media 
y los pintó á su modo; pero el centro de la epopeya ro- 
mano-imperial fué Garlomagno. Aquel ciclo, más fecun- 
do que los dos anteriores, más significativo y más rico, 
se llamó carlovingio; y, como los dos anteriores, no fué 
sólo nacional, sino que tomó carta de naturaleza en todos 
los países de Europa. 

Al lado de estos tres ciclos, por decirlo así, cosmopo- 
litas, se levantaron las rudas epopeyas meramente na- 
cionales. 

La abundancia de lo fantástico, de lo sobrenatural y de 
lo misterioso con que los poemas caballerescos solían es- 
tar adornados, se componía de una infinidad de elementos 
diferentes, fundidos en uno por la maravillosa fuerza de 
cohesión de la fantasía popular en aquellos siglos, cuan- 
do la reflexión no cortaba el vuelo de la fantasía, y cuan- 
do, por lo mismo que las nacionalidades no estaban tan 
marcadas y distintas como en el día, más fócilmente se 
dejaban influir unas por otras. El cristianismo prestaba su 
espíritu y daba ser á muchas leyendas, como, por ejem- 



4S3 

pío, á la del Santo Grial; pero todas las religiones de los 
paganos, así del Norte de Europa, como de la antigüedad 
clásica, como de la India y de la Persia, transmitidas por 
los árabes, concurrían con sus maravillosas visiones á 
realzar aquellas epopeyas espontáneas. Los sentimientos 
de pundonor, de lealtad y de amor fiel y rendido á una 
dama, eran el eje sobre que giraba aquel mundo fantás- 
tico. Mas había algo que propendía á quebrantar este 
eje, disipando como vana sombra, ó haciendo que todo 
aquel mundo fantástico se perdiese en el vacío. Este de- 
fecto era la carencia de finalidad; lo mezquino ó lo vacío 
del fin, comparado con lo colosal de los medios; conse- 
cuencia legítima del caos de las naciones en aquella edad, 
y de su falta de intención práctica para la vida colectiva 
del género humano. Toda fuerza transcendental, toda as- 
piración humanitaria^ estaba entonces en la religión, y 
se proponía un fin ultramundano. Así es que no tenía la 
literatura profana un norte, un término, y no sólo por la 
rudeza de las lenguas que entonces se formaban, sino tam- 
bién por la anarquía del pensamiento, reflejo de la anar- 
quía social y política, no pudo crearse un gran poema ca- 
balleresco. El gran poema de la Edad media tuvo que ser 
religioso, y le realizo Dante. No pudo haber un gran poe- 
ma profano de interés nacional, porque las nacionalida- 
des, ó no se habían formado aún, ó no se habían com- 
prendido ni tenían conciencia de sí. 

Hubo, sin embargo, un pueblo, donde se manifiesta an- 
tes, y con toda su fuerza, la conciencia de la vida real co- 
lectiva; donde el continuo batallar contra infieles, dispu- 
tándoles el terreno palmo á palmo, identifica el amor de 
la religión con el de la patria, la unidad de creencias con 
la unidad nacional; donde el sol brillante del Mediodía, 



434 

junto con el afán de guardar la pureza de la fe, disipa to- 
das las visiones heterodoxas de la fantasía popular de la 
Edad media, hadas, encantadores y vestiglos; y donde la 
dureza de la vida y la actividad guerrera no dan vagar 
ni reposo para fingir sentimientos quinta-esenciados y 
metafísicas amatorias. Este pueblo es el español, y en las 
primeras, indígenas y originales manifestaciones de su 
espíritu poético hay una sobriedad tan rara de lo sobre- 
natural y fantástico, tal solidez, tanta precisión y firme- 
za en las figuras y en los caracteres, tan poca exagera- 
ción y ninguna extravagancia en los amores, y una rec- 
titud tan sana en las demás pasiones y afectos, que forman 
del todo una poesía naciente, caballeresca también, pero 
que se opone á la fantástica, libertina y afectada poesía 
caballeresca de otros países. Sus héroes, sin dejar de ser 
extraordinarios é ideales, tienen por raíz exacta la ver- 
dad. Hay en ellos algo de macizo, de verdaderamente hu- 
mano, de real, que no hay en los héroes de las leyendas 
del resto de Europa. Salvo la ventaja que daba á nuestros 
poemas primitivos el estar iluminados por la idea cristia- 
na, y salvo la desventaja de estar escritos en una lengua 
rudísima, sus héroes se parecen á los de Homero por lo 
reales, por lo determinados y por lo individualizados que 
están. No se ven envueltos en aquel nimbo misterioso, 
en aquella vaguedad de los héroes de la Tabla Redonda: 
todos van á un fin; todos llevan un propósito fijo; no es 
vano el término de sus proezas, sino que es el triunfo de 
la civilización católica y de la patria. 

Atendidas las observaciones que acabo de hacer, se 
comprende el entusiasmo de Southey por el poema del 
Cid, al cual nada halla comparable en todas las literatu- 
ras del mundo más que la Iliada. Hegel, que es más alta 



485 

autoridad que Southey, conviene esencialmente en lo pro- 
pio, si bien son los romances, y no el poema, los que 
compara á la litada^ y los que pone por cima del poema 
nacional de Alemania, los Niebelungenj y de todos los de- 
más poemas de la Edad media. Las razones que da Hegel 
son, en substancia, las que ya se han dado: la mayor ver- 
dad del poema del Cid. El héroe y cuantos le rodean tie- 
nen más ser real, más verdad humana; se proponen un 
fin útil; obran con juicio y concierto; son como Héctor y 
Aquiles, no como Merlín ó Lanzarote. El Cid legendario 
no es una figura arrancada de la historia y trastocada por 
la fantasía: es una figura histórica que la fantasía popu- 
lar ha ensalzado, sin borrar su individualidad y sin des- 
truir sus proporciones y forma efectiva. 

Poco importa que el metro y la estructura del poema 
del Cid estén imitados de las canciones de gesta. El es- 
píritu es puro, original y castizo en toda la extensión de 
la palabra. Pero esta poesía pura, original y castiza, hubo 
de ceder pronto el campo á la imitación de la literatura 
extranjera. Los trovadores provenzales infundieron en la 
poesía lírica de España sus discreteos, su metafísica de 
amor, su escolasticismo cortesano y su sensiblería ergo- 
tista. Y las historias del rey Arturo y de Carlomagno, y 
las hadas, y los gigantes, y toda aquella profusión de pro- 
digios supersticiosos, y las doncellas belicosas, trashu- 
mantes y andariegas, y los magos y adivinos con sus pro- 
fecías y encantamentos, todo vino á infiltrarse en nues- 
tros cantos épicos populares. 

En el género lírico fué harto perjudicial esta influen- 
cia, porque hizo nacer la poesía pedantesca, afectada y 
fría de los cancioneros. En el género épico no fué tan gra- 
ve el daño en un principio. Aquellas leyendas peregrinas 



486 
tenían gran mérito y significación. Eran la historia my- 
thica, el origen ideal de lo más hermoso y perfecto que 
en la Edad media pudo soñarse. Pero el ingenio de los es- 
pañoles no se contentó con reproducir bajo otra forma la 
belleza de aquellas fábulas, y, ya con atraso, respecto al 
movimiento general del mundo, se propuso superarlas. 
De aquí nacieron los libros de caballerías, género de li- 
teratura falso y anacrónico hasta lo sumo. Lanzarote, Don 
Tristán d^ljconís y los Doce Pares, aunque no hubiesen 
tenido fundamento histórico, le tenían tradicional; habían 
vivido, durante siglos, en la creencia del pueblo, si no 
habían sido creados por él. Pero en España, sin apoyar- 
nos ni en la tradición ni en la historia, sino lanzándonos 
atrevidamente en la región de los sueños, extrajimos de 
nuestra propia fantasía una multitud de héroes dispara- 
tados y quiméricos, entre los cuales descuellan los Ama- 
díses y los Palmerines y forman dos familias dilatadísi- 
mas. El estilo afectado y conceptuoso de estos libros está 
conforme con lo absurdo de cuanto en ellos se refiere. Era 
una literatura falsa, sin razón de ser y fuera de sazón. 

Ya las naciones de Europa habían llegado á su virili- 
dad; ya era conocida su alta misión de civilizar el mun- 
do. Para este fin, la Providencia, valiéndose de portugue- 
ses y españoles, había abierto los nuevos caminos del ex- 
tremo Oriente, y había dado paso, por las nunca surca- 
das olas del Atlántico, á nuevos mundos ingentes é inex- 
plorados. Las verdaderas hazañas, las increíbles aventu- 
ras, las atrevidas empresas y las inauditas peregrinacio- 
nes de los modernos aventureros, debían eclipsar todas las 
altas caballerías de los siglos pasados, cuya falta de fina- 
lidad no podía menos de hacerlas objeto de burla. Era 
menester que cesase todo aquel vano estruendo, aquella 



agitación inútil, aquel mal gastado brío y aquella desper- 
diciada heroicidad. 

Cesse tuda o que a Musa antigua canta, 
QueorUro valor mais alto se alevanta. 

Casi un siglo antes de que en España se escribiera el 
Quijote^ en Italia, país entonces á la cabeza de la civiliza- 
ción, floreció un poeta cuyo claro entendimiento y cuyos 
estudios y perspicacia crítica le dieron á conocer una ver- 
dad hoy evidente, á saber: que, como dice Juan Bautista 
Pigna, contemporáneo de dicho poeta, y autor de una vida 
suya, piú vero épico esser non si possa: esto es, que, en 
la edad reflexiva del mundo y en el seno de uixa civili- 
zación tan complicada, no es posible escribir con serie- 
dad una verdadera y buena epopeya heroica. Las cien- 
cias, las artes, la filosofía, las miras é intereses de los 
hombres y sus diversos afanes no se cifran ya y se resu- 
men en un libro en verso, como en las edades primiti- 
vas. No es dable un poema que tenga la significación del 
Bamayana, del Mahabharata, de la Iliada^ ó siquiera de 
la Eneida. El mundo y el poeta, con una superior com- 
prensión de las cosas divinas y humanas, encontraban ya 
pueriles y sin propósito las leyendas, los cantos y los ro- 
mances en que la Edad media se había complacido. Sin 
embargo, era lástima que aquellas fábulas quedasen sin 
una forma tan hermosa como merecían, y esparcidas en 
muchas composiciones aisladas y rudas, de carácter más 
ó menos popular. Todas ellas, ó la mayor parte, aunque 
no se prestaban á ser tratadas seriamente, podían formar 
un artificioso conjunto, un juego maravilloso del ingenio, 
donde, sin destruir sus bellezas, antes mejorándolas por 
la formay por cierta unidad, estuviesen templadas y como 



128 

suavizadas por una alegre y finísima ironía. Tal fué el 
intento de Messer Ludo vico Ariosto. Para realizarle, no 
contento con seguir las huellas de Boyardo y estudiar las 
fábulas caballerescas que circulaban en Italia, dicen que 
se puso á aprender las lenguas francesa y española, en 
que muchas de estas ficciones muy hábilmente se habían 
escrito, y tomando de aquí y de allí, por el arte con que 
las abejas hacen la cera y la miel, que no sólo son dulces 
y útiles, sino duraderas, compuso el Orlando^ donde está 
en hermoso compendio tutta la romanzeria^ como en el 
panal el jugo, el almíbar y el aroma de las más genero- 
sas flores. No quiso componer una epopeya; no quiso in- 
currir en este anacronismo. Menos aún quiso escribir un 
libro de caballerías. Lo que compuso fué el testamento de 
las leyendas de la Edad media. Messer Ludovico Ariosto 
quiso cerrar y cerró dignamente el ciclo Garlovingio, 
agrupando en torno mil otras fábulas y tradiciones, en 
una obra de carácter singular, donde no acierta el lector 
á decidir si el poeta canta alguna vez á sus héroes ó si se 
ríe de ellos siempre. 

Después del Orlando, siguieron, con todo, componién- 
dose poemas y novelas caballerescos. Por el estilo irónico 
ha llegado esta afición hasta nuestros días, dándonos de 
ello una linda muestra Wieland en su Oberon. Con toda 
formalidad, en Portugal, en Italia y en España se escri- 
bieron cada vez más desatinados. Los linajes de Perlón y 
de Primaleón no se extinguían y nos daban los Polendos, 
Florendos, Lisuartes y Esferamundis. Dos ó tres años an- 
tes de aparecer la primera parte del Quijote había apare- 
cido D. Policisne de Beocia. 

Pero la literatura caballeresca debía morir, y de tal 
suerte se había viciado y corrompido que no bastaba la 



199 

indulgente ironía de Ariosto, Fué menester la franca y 
descubierta sátira de Cervantes para acabar con ella, y 
abrir, como se abrió en el Quijote y el camino de la buena 
novela, que es la epopeya de la moderna civilización, el 
libro popular de nuestros días. Parándose á considerar en 
este punto el mérito del Quijote, pasma verdaderamente 
su grandeza. Se le ve colocado entre una literatura que 
muere y otra que nace, y es de ambas el más acabado y 
hermoso modelo. Como la última creación del mundo ima- 
ginariode la caballería, no tiene más rival que el Orlando; 
obras maestras ambas, dice Pictet, de un arte perfectísi- 
mo, que dan á ese mismo mundo imaginario que destru- 
yen un puesto muy alto en la historia de la poesía huma- 
na. Gomo novela, aún no tiene rival el Quijote j según 
Federico Schlegel lo prueba con sabios argumentos. Man- 
zoni y Walter Scott distan tanto de Cervantes, cuanto 
Virgilio, Lucano y todos los épicos heroicos de todas las 
literaturas distan del divino Homero. 

Por cuanto queda expuesto se corrobora más que de 
censurar Cervantes en el Quijote un género de literatura 
falso y anacrónico, no se sigue que tratase de censurar ni 
que censuró y puso en ridículo las ideas caballerosas, el 
honor, la lealtad, la fidelidad y la castidad en los amores, 
y otras virtudes que constituían el ideal del caballero y 
que siempre son y serán estimadas, reverenciadas y que- 
ridas de los nobles espíritus como el suyo. No hay, en mi 
sentir, acusación más injusta que la de aquellos que tal 
delito imputan á Cervantes. Don Quijote, burlado, apa- 
leado, objeto de mofa para los -duques y los ganapanes, 
atormentado en lo más sensible y puro de su alma por la 
desenvuelta Altisidora, y hasta pisoteado por animales 
inmundos, es una figura más bella y más simpática que 

9 



439 

todas las demás de su historia. Para el alma noble que la 
lea,DonQuijote, más que objeto de^escamio, lo esde amor 
y de compasión respetuosa. Su locura tiene más de subli- 
me que de ridículo. No sólo cuando no le tocan en su mo- 
nomanía esDonQuijotediscreto,elevadoen sus sentimien- 
tos y moralmente hermoso, sino que lo es aun en los 
arranques de su mayor locura. ¿Dónde hay palabras más 
sentidas, más propias de un héroe, más noblemente me- 
lancólicas que las que dice al Caballero de la Blanca Luna, 
cuando éste le vence y quiere hacerle confesar que Dul- 
cinea del Toboso no es la más hermosa mujer del mundo? 
< Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como 
si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y en- 
ferma dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer 
del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra^ 
y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad; aprieta, 
caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has qui- 
tado la honra. > Ni del caballero que estas palabras dice, 
ni de los sentimientos que estas palabras expresan, pudo 
en manera alguna burlarse Cervantes. Hay en estas pa- 
labras algo de más patético y sublime que cuanto se cita 
de sublime y de patético en la poesía ó en la historia. El 
quHl mourüt de Corneille y el tout est perdu hors rhon- 
neur de Francisco I, parecen frases artificiosas, rebus- 
cadas y frías, frases de parada, al lado de las frases sen- 
cillas y naturales de Don Quijote, que nacen de lo íntimo 
de su corazón y están en perfecta consonancia con la no- 
bleza de su carácter, nunca desmentida desde el principio 
hasta el fin de la obra. 

Yo no entiendo ni acepto muy á la Jetra la suposición 
de que Don Quijote simboliza lo ideal y Sancho lo real. 
Era Cervantes demasiado poeta para hacer de sus héroes 



434 

figuras simbólicas ó pálidas alegorías. No era como Mo- 
liere, que hace en El Avaro la personificación de la ava- 
ricia, y en El Misántropo la personificación de la misan- 
tropía. Era como Homero y como Shakspeare, y creaba 
figuras vivas, individuos humanos, determinados y rea- 
les, á pesar de su hermosura. Y es tal su virtud creadora, 
que Don Quijote y Sancho viven más en nuestra mente y 
en nuestro afecto que los más famosos personajes de la 
historia. Ambos nos parecen moralmente hermosos, y los 
amamos y nos complacemos en la realidad de su ser como 
si fuesen honra de nuestra especie. 

La sencilla credulidad de Sancho y su natural deseo de 
mejorar de fortuna constituyen el elemento cómico de su 
carácter. Pero un entendimiento claro y elevado no es la 
sola prenda por donde los hombres se hacen amar y res- 
petar de sus semejantes. La bojidad, el candor y la dul- 
zura inspiran amor y le reclaman. En este sentido San- 
cho es amable. Gon justicia le llama Don Quijote, «Sancho 
bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sin- 
cero.> La rectitud de su juicio, la mansedumbre de su 
condición y su candida buena fe, engendrian aquel tesoro 
de chistes de que tanto nos admiramos, su inocente ma- 
licia, la excelencia de sus fallos cuando era goberpador, 
y la naturalidad ingenua de sus máximas y acciones. 

Si Sancho es tan bueno y tan amable, ¿cuánto más no 
lo es el hidalgo, su amo? ¿Qué corazón hay que de ól no 
se enamore? ¿Quién no siente un íntimo deleite cuando 
sale bien de alguna peligrosa aventura? ¿Quién no com- 
parte su satisfacción cuando vence los leones? ¿Quién no 
lamenta su vencimiento en la playa de Barcelona? ¿Quién, 
después, no se aflige de su melancolía? ¿Quién, por últi- 
mo, no llora su muerte como la de un ser muy amado? 



132 

Altísidora se burla de Don Quijote, y aun tiene la impie- 
dad de añadir á la burla el insulto. Le llama <don baca- 
llao, alma de almirez, cuesco de dátil, don vencido y don 
molido á palos; > pero este mismo insulto y atropello 
realza más al héroe y califica de frivola y sin entrañas á 
la burladora: porque ¿cómo no admirarse de la hermo- 
sura del alma de Don Quijote, que «campea y se muestra 
en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proce- 
der y en la buena crianza? Estas partes caben y pueden 
estar en im hombre feo, y, cuando se pone la mira en 
esta hermosura y no en la del cuerpo, suele nacer el 
amor con ímpetu y vehemencia. > 

Lo inspirado del Quijote es lo que está por cima del 
intento de Cervantes al escribirle, que es, como repetidas 
veces él mismo dice, poner en aborrecimiento de los hom- 
bres las fingidas y disparatadas historias de los libros de 
caballerías. Si se hubiera limitado á realizar este propó- 
sito, no sería su libro el mejor entre todos los de entre- 
tenimiento; no se diría con verdad del autor y de sus 
personajes: <¡oh autor celebérrimo! ¡oh Don Quijote di- 
choso! ¡oh Dulcinea famosa! ¡oh Sancho Panza gracioso! 
todos juntos, y cada uno de por sí, viváis siglos infinitos 
para gusto y general pasatiempo de los vivientes.» 

Reducido 'el Quijote á una mera sátira literaria, sería 
algo parecido á La derrota de los pedantes de Moratín ó 
á Les héros du román de Boileau, y, como es inmensa- 
mente más grande, se ha de suponer que la sátira litera- 
ria es sólo ocasión de la obra maravillosa del poeta. Va 
éste contra los libros de caballerías, pero está animado 
del espíritu caballeresco. Su alma es el alma de Don Qui- 
jote. Don Quijote es él; no porque material y menudamen- 
te figuren las aventuras del hidalgo manchego sus propias 



133 

desventuradas aventuras, sino porque pone en él la ge- 
nerosidad de su alma, y la pone por tal vigor de estilo, 
que se nos retrata y aparece. 

Merced á la diligencia y buena crítica de los entendi- 
dos y laboriosos escritores Mayans y Ciscar, Pellicer, Na- 
varrete. Ríos, Hartzenbusch, Femández-Cruerra, Barrera 
y otros, bien se puede afirmar que conocemos hoy la no- 
ble y trabajada vida del príncipe de nuestros ingenios; 
pero aunque nada se conociese de ella, quien leyese el 
Quijote comprendería y amaría la excelencia moral de su 
aator, que allí ha quedado impresa en signos claros, in- 
delebles y hermosos. 

Si se atiende á lo maltratado que fué Cervantes por la 
fortuna ciega, por ásperos enemigos y miserables ému- 
los, y á que escribía el Quijote viejo, pobre y lleno de 
desengaños, pasma la falta de amargura y de misantro- 
pía que se nota en su sátira • Por el contrario, sus perso- 
najes, hasta los peores, tienen algo que honra á la natu- 
raleza humana. La ingénita benevolencia de Cervantes 
y su cristiana caridad resplandecen en este respeto que 
muestra á toda criatura hecha á imagen y semejanza de 
Dios. Las mujeres especialmente, según la atinada obser- 
vación del Sr. Hartzenbusch, <son casi todas en su libro 
á cual más bellas y discretas y merecedoras de cariño; y 
á la que pinta, ya moral, ya físicamente fea, siempre le 
agrega un toque benévolo para que no repugne. Ríense 
dos mozas cuando Don Quijote las llama doncellas, pero le 
ayudan luego á quitarse las armas, le sirven la cena, y 
cuando les pregunta sus nombres, no se atreven á men- 
tir, sino que, bajando los ojos, declaran humildes los apo- 
dos que llevan de la Tolosa y la Molinera. La soez Mari- 
tomes misma, la caricatura del Quijote más lastimosa, 



131 

cuando ve á Sancho bañado en sudor y con la congoja 
del manteamiento, le trae vino y se le paga, y en otra 
ocasión ofrece oraciones para que se consiga volver á la 
razón al hidalgo demente.» 

Aún nos deleita más, haciéndonos simpatizar con el 
autor, con sus personajes y con la alteza de nuestro ser 
según ól la concibe, el respeto que la inteligencia y la vir- 
tud de Don Quijote infunden en el ánimo de los hombres 
más rústicos y desalmados. Pastores, rameras, galeotes 
y bandoleros, todos se dejan fascinar por su ascendiente; 
todos le veneran, todos oyen con gusto y aun con admi- 
ración sus palabras, hasta que, rayando el ingenioso hi- 
dalgo en el último extremo de su locura, le tienen que 
moler á palos, por una fatalidad de la locura misma en 
que se funda lo cómico de la historia. Mas la significación 
altamente consoladora y humana que tienen esta necesi- 
dad y este poder con que obliga al amor y al entusiasmo 
cuanto es bello y grande, aunque aparezca bajo una fea 
y triste figura y venga unido á la demencia, luce como 
en nada en el candido y repetido pasmo del buen Sancho 
Panza, al oir los discretos, apacibles y muy á menudo 
elevados razonamientos de su señor. 

Son naturales y chistosísimas la credulidad de Sancho 
y su esperanza de ser gobernador ó conde; pero no es 
esto lo que principalmente le lleva á seguir á su amo. No 
pintó Cervantes en Sancho á un hombre interesado y 
egoísta. Si su baja condición y su pobreza le hacen codi- 
ciar, aun en esto entra por mucho el amor que tiene á 
su mujer y á sus hijos, á fin de que la codicia misma esté 
disculpada y toque por algún lado ó se funde en senti- 
mientos bellos. No; Sancho no sigue á Don Quijote sólo 
por la ínsula. Mil veces duda de la promesa del gobierno; 



136 

mil veces se da á sospechar que en aquellas expediciones 
no granjeará más que manteamientos, coces y puñadas, 
y pasar malos días y peores noches; pero lejos de de- 
sear, cuando está así desengañado, dejar el servicio de 
Don Quijote, llora y se compunge, si su amo le despide; 
dice que su sino es seguirle, que ha comido su pan, que 
no es de alcurnia desagradecida, y que sobre todo es 
fiel y leal, y no es posible que pueda apartarle de su amo 
otro suceso que el de la pala y el azadón. Por último, dan 
mayor luz de sí la bondad y humildad de Sancho, cuan- 
do, durante las grandezas del gobierno, echa de menos 
la compañía de su señor Don Quijote, y sobretodo, cuando 
renuncia y abandona el gobierno mismo, repitiendo con 
tanta resignación y mansedumbre las palabras de Job, 
desnudo nadj desnudo me hallOy y mostrándose superior 
á sus indignos y empedernidos burladores, contra los 
cuales no exhala la menor queja ni guarda el rencor más 
mínimo. El abrazo y beso de paz que da entonces en la 
frente á su compañero y amigo, al conllevador de sus 
trabajos y miserias, arranca lágrimas, y con las lágri- 
mas, risa, por ser un asno el objeto de aquella efusión de 
ternura. 

Ni se diga que Cervantes pinta muy cobarde á Sancho, 
sino muy pacífico. Con harta bravura sabe pelear cuando 
es menester, como lo muestra con el cabrero y en otras 
ocasiones. Es, sí, tímido de lo sobrenatural, por lo infan- 
til de su inteligencia. Por lo común, Cervantes no halla 
cómica la cobardía, como ningún vicio enteramente des- 
preciable ú odioso. Es, además, tan grande su senti- 
miento de la humana dignidad, que, movido por él, re- 
chaza toda protección y amparo de los poderosos á los 
débiles, y de esto se burla más que de nada, como en la 



136 

aventura del muchacho Andrés y en otras parecidas. No 
gusta Cervantes de imaginar caballeros valerosos y de 
contraponerles lacayos y villanos asustadizos. Antes los 
iguala á todos, ya que no preste más bríos á la gente me- 
nuda. Aquellos pelaires y agujeros que mantearon á San- 
cho dejaron abierta la puerta de la venta, sin temer la có- 
lera de Don Quijote, y lo mismo hicieran aunque Don 
Quijote se hubiera trocado en D. Roldan ó en uno de 
los nueve de la Fama. En fin, Juan Palomequeel Zurdo, 
al desechar con desdén la protección que Don Quijote le 
ofrece, se diría que responde en nombre de la plebe á to- 
dos los magnates y paladines: «Yo no tengo necesidad de 
que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque 
yo sé tomar la venganza que me parece cuando se me 
hacen. > Y no se funda esto en arrogancia plebeya y en 
soberbia zafia y villana, sino como ya he dicho, en el 
sentimiento de la dignidad del hombre. Cervantes le con- 
cilio siempre con aquella profunda gratitud á sus bien- 
hechores, de que ya sacramentado y moribundo dio la 
muestra más tierna y sublime en su dedicatoria del Per- 
siles. 

La propiedad de los caracteres, y su variedad y multi- 
tud son admirables en el Quijote. El cura, el barbero, el 
ama, la sobrina, los duques, el oidor, el cautivo, todos, 
en suma, hasta los que están en tercero y cuarto término, 
son personajes vivos, perfectamente caracterizados y di- 
ferenciados; pero, fuerza es decirlo, son una galería de 
imágenes, sin gran enlace entre sí. Confieso mi pecado, 
si lo es. No acierto á descubrir esa unidad de acción que 
ve D. Vicente de los Ríos en el Quijote. Es más; apenas 
si hallo en el Quijote una verdadera acción en el sentido 
rigoroso. Hay, sí, una serie de aventuras, todas admira- 



137 

Uemente ideadas, y enlazadas por el interés vivísimo 
qae inspiran los dos personajes que las van buscando. 
Pero el -desarrollo, el progreso de una fóbula bien urdida, 
en que no haya acontecimiento que no conspire, que no 
prepare, que no precipite el desenlace, eso no lo veo. Ija 
unidad del Quijote no está en la acción, está en el pensa- 
miento, y el pensamiento es Don Quijote y Sancho uni- 
dos por la locura. Quítense lances, redúzcase el Quijote 
á la mitad ó á un tercio, y la acción quedará lo mismo. 
Añádanse aventuras, imagínense otros cien capítulos 
más sobre los que ya tiene el Quijote^ y tampoco se al- 
terará lo substancial de la fábula. Esta es una falta del 
Quijote que no debo negar por un exagerado patriotis- 
mo; pero es una falta inevitable, dado el asunto. En bal- 
de procura Cervantes enmendarla en la segunda parte. 
Sólo en apariencia lo consigue. El bachiller Sansón Ca- 
rrasco, vencido al principio por Don Quijote, se decide á 
sacarle la locura de los cascos, y le vence por último en 
las playas de Barcelona, obligándole á volverse á su casa. 
Lo mismo, con todo, importaba que le hubiese vencido 
antes ó después. Su triunfo no es causa, sino ocasión, á 
lo más, de que la historia termine. Bien pudo escribirse 
otra tercera parte en que hiciese el ingenioso hidalgo la 
vida pastoral y volviese luego á sus caballerías. Si el sa- 
nar Don Quijote de su locura es un desenlace, si lo es su 
muerte, ¿cómo son ambas cosas independientes de la 
acción, del movimiento de la £ibula, y no preparadas por 
ella? La locura de Don Quijote le aisla además, y le co- 
loca en un mundo fantástico. Nada de lo que pasa en 
tomo suyo influye en ól sino transfigurado por su fanta- 
sía. En nada suele él influir, sino como mero especta- 
dor. Los amores de Dorotea y Luscinda, los de Grisósto- 



138 

mo, la historia del cautivo, las bodas de Gamacho, todo 
es ajeno á Don Quijote. Igual sería ponerlo en el libro 
que no ponerlo, tratándose sólo de la unidad de acción. 
Bien hubiera podido Cervantes cambiar los episodios, tro- 
car las aventuras, alterar de mil maneras el orden en 
que están, barajarlas y revolverlas casi todas: siempre 
hubiera quedado, en su esencia, el mismo Quijote. Re- 
pito, con todo, que esto es culpa del asunto, y no del 
poeta, y que, á pesar de esta culpa, es el Quijote uno de 
los libros más bellos que se han escrito, y la primera 
con una inmensa superioridad entre todas las novelas del 
mundo, 

Cervantes era un gran observador y conocedor del co- 
razón humano. Sin duda, cuanto había visto en su vida 
militar, en su cautiverio y en sus largas peregrinacio- 
nes, y las personas de toda laya con quienes había tra- 
tado, le dieron ocasión y tipos para inventar y formar 
unos personajes tan verdaderos como los del Qwí;o¿c; pero 
hay una enorme distancia de creer esto á creer que todo 
es alusión en dicho libro, y á devanarse los sesos para 
averiguar á quién alude Cervantes en cada aventura, y 
contra quién dispara los dardos de su sátira. Si él hubiera 
tenido la incesante comezón de injuriar á sujetos deter- 
minados, lo hubiera hecho de otra suerte y no trocando 
una creación poética de subidísimo precio en un ridículo 
y perpetuo acertijo. 

El arriero enamorado de Maritornes era de Aróvalo, 
porque á Cervantes le había jugado alguna mala pasada 
un arriero de Arévalo. Cervantes llama á Cide Hamete 
autor arábigo y manchego, porque quiere zaherir á la 
gente de la Mancha de poco limpia de sangre. El licencia- 
do Alonso Pérez de Alcobendas es Blanco de Paz en ana- 



139 

grama, Dulcinea es una pobre solterona, preciada de hi- 
dalga, y natural del Toboso, llamada Ana Zarco de Mo- 
rales. El propio Don Quijote, en quien los mismos que ha- 
cen estas interpretaciones confiesan que puso Cervantes 
lo mejor de su alma, es un cierto D. Alonso Quijada de 
Salazar, de quien Cervantes quiso burlarse porque se ha- 
bía opuesto á su boda con Doña Catalina Palacios. Sancho 
Panza, en fin, es Fr. Luis de Aliaga, como si hubiera la 
menor conexión ni semejanza de caracteres entre ambos 
personajes. 

Las cavilaciones, la erudición prolija y mal empleada, 
y los argumentos de que se valen para convencer de todo 
esto, rara vez logran convencerme, y si alguna vez me 
convencen, no me hacen entender mejor ni estimar en 
más el mérito del Quijote. Yo no estimaría en más ni en- 
tendería mejor la hermosura del Pastno de Sicilia^ si al- 
guien me probase que el Cristo y la Virgen y otras figu- 
ras no eran más que caballeros y damas amigos de Ra- 
fael, y los sayones varios enemigos suyos. 

Se ve, por otra parte, en esto de buscar alusiones, el 
afán de que pase Cervantes por un formidable y ponzo- 
ñoso satírico, contra lo que él dice: 

«Nunca voló la humilde pluma mía 

Por la región satírica, bajeza 

Que á infames premios y desgracias guía.» 

Porque si para otro flti se buscasen alusiones, se bus- 
carían en los personajes bellísimos en que abunda el Qui- 
jotCy y no en los ridículos ó moralmente feos. Á nadie, 
qué yo sepa, se le ha ocurrido, con todo, buscar la rea- 
lidad del Caballero del Verde gabán, señor tan excelen- 
te, que Sancho no puede menos de besarle los pies, dicien- 



uo 
do que era el primer santo á la gineta que había visto en 
su vida. ¿Á quien alude Cervantes en las figuras de Cár- 
denlo, de Luscinda, de Dorotea y de tantos otros nobles 
personajes? ¿De dónde saca, en fin, los inocentes, delica- 
dos y purísimos amores de Don Luis y Doña Clara, á quie- 
nes en pocos rasgos pinta tan hermosos como Julieta y 
Romeo y Pablo y Virginia? 

La interpretación y la cavilación han ido en pos de lo 
satírico, y han llegado hasta el punto de que personas 
dotadas de nada común inteligencia y de poderosa fan- 
tasía hayan consumido tiempo, registrado archivos, re- 
vuelto códices y compulsado documentos, para averiguar 
quiénes eran los carneros que convierte Don Quijote en 
príncipes y capitanes. Por industria de algún comentador 
sabemos ya, casi á punto fijo, quiénes eran Alifanfarón 
de la Trapobana, Brandabarbarán de Boliche, Micocolem- 
bo de Quirocia, Pierres Papín y Pentapolín el del arre- 
mangado brazo. 

No por eso acierto yo á persuadirme de que estos hé- 
roes tuviesen existencia real en la corte de Felipe III. No 
veo el chiste que puede haber en darles tales nombres. 
Antes deseo decir al discreto y querido comentador, con 
quien me pesa no estar conforme, aquello que dijo Sancho 
á su amo: «Señor, encomiendo al diablo, si hombre, ni 
gigante, ni caballero, de cuantos vuestra merced dice pa- 
rece por todo esto; á lo menos yo no los veo; quizás todo 
debe de ser encantamento Quizás no hay más que las 
ovejas y la fantasía de Don Quijote que les pone nombres 
graciosamente eufónicos, sin intención alguna. 

La razón más grave en contra de estos comentarios es 
la de que truecan el carácter de Cervantes, generoso, 
magnánimo y sufrido en las desgracias, por el de un mal- 



141 

dicíente, mordaz y solapado. Sos elogios, en mi sentir 
sinceros, aunque hiperbólicos, se convierten asimismo en 
baja adulación ó cobarde palinodia. Pongamos por ejem- 
plo el temido Micocolembo, en quien nos quieren hacer 
creer que está aludido D. Bemardino de Velasco. 

Demos esto por probado, y se verá que Cervantes no 
tiene la menor disculpa en prodigar alabanzas á dicho 
personaje, por boca de Ricote, para que tengan más fuer- 
za. Llámale grande, prudente, sagaz, justiciero y miseri- 
cordioso, y declara heroica la resolución de Felipe III, á 
quien también llama grande, de expulsar á los moriscos, 
é inaudita su prudencia en conflar su expulsión al tal Don 
Bemardino. 

En todo esto es menester ser mu^ suspicaz ó muy za- 
hori para notar la más ligera ironía Cervantes mismo da 
en compendio las razones que hubo para la expulsión, y 
la aprueba por indispensable, y por atrevida y por heroi- 
ca la celebra y magnifica. 

Cervantes era un hombre de su nación y de su época, 
con todas las nobles calidades de nuestro gran ser, pero 
con todas las pasiones, preocupaciones y creencias de un 
español de entonces. Su afectuoso corazón pudo añigir- 
se de que fuesen expulsados aquellos hombres, entre los 
cuales había algunos cristianos sinceros: mas á la par re- 
conocía que el cuerpo de toda aquella nación estaba con- 
taminado y podrido^ y que era menester extirparle á fin 
de que no inficionase y corrompiese todas las partes sanas 
de la república. Cervantes, protegido y entusiasta enco- 
miador del ilustrísimo de Toledo, D. Bernardo de Sando- 
val y Rojas, no podía pensar de otra suerte que como 
aquel arzobispo pensaba, esto es, que, por lo menos, im- 
portaba arrojar de España á los moriscos, como el pueblo 



U2 

de Dios exterminó á los cañoneos ó los arrojó de la tierra 
prometida. 

Repito, pues, que con esa perenne lluvia de alusiones 
y de ocultas diatribas contra determinados sujetos, de 
qae ven algunos atiborrado el Quijote j no sólo se afea el 
carácter de Cervantes, haciéndole malévolo y vengativo 
hasta lo sumo, sino que también se le amengua y achica 
el entendimiento. Yo al menos, con la franqueza que me 
es propia, tengo que declarar inepcia muchas de esas 
imaginadas sátiras. Otra cosa es que Cervantes tomase 
ocasión de algunos sucesos de su tiempo y aun de su pro- 
pia vida para escribir ciertos lances ó aventuras. Puede 
que la del cuerpo muerto esté tomada de la traslación da 
los restos de San Juan de la Cruz. Tal vez la aventura 
del rebuzno tenga por origen las desavenencias que hubo 
entre los vecinos del Peral y ViUanueva de la Jara, por 
cuestión de límites. Lo cierto es que esta aventura, así 
como la batalla entre los barceloneses y los soldados de 
la flota, que describe el autor en Las dos doncellas, y 
otras muchas ocurrencias y pinturas por el estilo, que 
se leen en todas sus obras, dan clara prueba de la fe- 
roz anarquía y espantoso desorden de aquellos buenos 
tiempos. 

No negaré yo que algunas veces la rivalidad de Cer- 
vantes con Lope, con Aliaga, aunque indigno, y con otros 
poetas, le haga lanzar contra ellos dardos satíricos. Por 
lo común, sin embargo, en la alabanza es en lo que se 
excede, mostrando más la excelencia de su corazón que 
la de su juicio en puntos literarios. Y lo que es contra los 
grandes señores de la corte, no había rivalidad alguna que 
pudiese mover á Cervantes. Quien nunca pasó de simple 
soldado y de alcabalero, no era posible que viese rivales 



443 

en aquellos grandes señores, sino Mecenas más ó menos 
propicios. La ambición y la envidia no estaban entonces 
tan despiertas como ahora; pues si el favor del Soberano 
sacaba á veces del lodo á validos indignos y necios, éstos 
no eran tan instables y ni remotamente tan numerosos 
como los que hoy levantan los partidos; por donde no hay 
nadie, por ruin y para poco que sea, que no sojuzgue en 
potencia propincua de escalar los primeros puestos, y 
con el derecho de infemar á los que mal ó bien los ocu- 
pan y estorban el logro de su deseo. 

Por las razones expuestas, presumo yo que no ofende- 
ría Cervantes á las personas favorecidas por sus reyes. 
Mucho menos me doy á recelar, como hacen otros, que 
de los reyes mismos se burlaba. Absurdo me parece que 
sea el Quijote una sátira de Garlos V ó de Felipe II. Quien 
llama grande á Felipe III, y le llama grande candorosa- 
n^Qte, por el sumo respeto que inspiraban entonces á los 
españoles sus reyes, no había de tener baja idea del in- 
victo César y de su prudentísimo hijo. Si Quintana, con 
todo su ñlosofísmo á la usanza francesa del siglo pasado, 
todavía hace de Carlos V un ser extraordinario, y si, ca- 
lificándole de déspota, le transforma en déspota arrepen- 
tido y demagogo de ultra-tumba, á fin de que le adore- 
mos, é identifica su gloria con la de España, ¿cómo Cer- 
vantes, que nada tenía de filósofo, había de juzgar con 
severidad ó había de poner en ridículo los hechos de aquel 
emperador amado y admirado? Es cierto que la grandeza 
de los medios que se ponían en juego, y la inconsistencia 
6 nulidad de lo que resultaba, fijan en el reinado de aquel 
emperador el principio de la decadencia de la monarquía 
e^añda; pero Cervantes no podía sospecharlo. 

Cervantes, además, no pecaba de lo que se llama libe- 



U4 

ral ahora. Al contrario, en el Quijote^ y en otras obras 
suyas, da frecuentes señales de entender del modo más 
absoluto el poder del príncipe sobre la república. Pudió- 
ranse citar mil ejemplos. Baste, con todo, que cite yo 
aquí el arbitrio que halla para que no se publiquen malas 
comedias; á saber, que se nombre un censor, sin cuya 
aprobación, sello y firma, nadie se atreva á representar 
comedia alguna. De suerte que, no sólo somete al gobier- 
no las ideas de los escritores, en cuanto pueden tocar en 
algo á la moral, á la religión ó á la política, sino que le 
hace arbitro supremo del bueno ó mal gusto en literatu- 
ra. El despotismo de Garlos V ó de Felipe II no debían, 
pues, escandalizar á Cervantes. 

No se crea, sin embargo, que era servil. En ól había 
un poderoso instinto de libertad y de altivez, y una in- 
dependencia de carácter, propia entonces y siempre de 
los españoles, y muy en particular de los que se precian 
de hidalgos y de caballeros, que son casi todos, hasta los 
que al mismo tiempo se precian de demócratas. Mués- 
transe esta altivez y esta independencia en aquellas pa- 
labras de Don Quijote, menos de burla y más sentidas de 
lo que se piensa, en que declara exentos de toda ley á los 
caballeros andantes; <sus fueros, sus bríos; sus pragmá- 
ticas, su voluntad. > Muéstranse también en aquel des- 
precio y furor con que trata Don Quijote á los ministros 
de la justicia, ladrones en cuadrilla que no cuadrilleros^ 
y con que se mueve á desafiar á la Santa Hermandad, y 
á extender el reto á los hermanos de las doce tribus de 
Israel, á Castor y Polux, á los siete hermanos Macabeos 
y á todos los hermanos y hermandades que ha habido en 
el mundo. Casi siempre que hay algo de valentía ó de 
travesura en quien se burla de las leyes ó desafía á la 



U5 

autoridad, Cervantes, sin poder remediarlo, se pone de 
8a parte. Á los galeotes los disculpa; y si bien la apología 
está en boca de Don Quijote, no deja de tener fuerza y de 
estar hecha con calor. <Porque si bien vais castigados 
por vuestras culpas, dice, podría ser que el poco ánimo 
que aquél tuvo en el tormento, la falta de dineros de éste, 
el poco favor del otro, y finalmente, el torcido juicio del 
juez hubiese sido causa de vuestra perdición y de no ha- 
ber salido con la justicia que de vuestra parte teníades.> 
<Me parece duro caso, añade, hacer esclavos á los que 
Dios y naturaleza hizo libres. > Pero donde más se declara 
esta propensión de Cervantes es en el entusiasmo que con- 
sagra al valiente Roque Guinart, al capitán de bandole- 
ros, de quien se admira, á quien ensalza sobre un pedestal 
de gloria, y en quien presenta un dechado de magnanimi- 
dad, de discreción, de cortesía y de otras mil prendas hi- 
dalgas. Los principales caballeros y damas de Barcelona, 
los del bando de los Niarros al menos, eran de la misma 
opinión y conservaban las relaciones más amistosas con 
aquel foragido. Faltas son estas que serían bastantes á 
que fuese tachada de antisocial una novela de ahora; pero 
en aquella época y estado social eran indispensables. To- 
davía, hasta hace poco, han sido en España las historias 
más celebradas entre el vulgo las que refieren los altos 
hechos de bandidos, ladrones y guapos como Francisco 
Esteban. 

Asimismo pretenden algunos ver en Cervantes un des- 
creído burlón. Nada, á mi ver, más contrario á la índole 
de su ingenio. Cervantes era profundamente religioso, y 
aun participaba de la superstición y del fanatismo de su 
nación y de su época. España había hecho la causa de la 
religión su propia causa; había identificado su destino 



i 46 

con el triunfo de nuestra santa fe; había puesto por base, 
no sólo á su imperio, sino á sus pretensiones de prepon- 
derancia, y de primado, y de soberanía entre todos los 
pueblos de la tierra, la victoria del catolicismo sobre la 
incredulidad y la herejía. Ser, pues, incrédulo entre nos- 
otros, á más de renegar de Cristo, era renegar del sor de 
español y de hidalgo y de fiel vasallo. Este modo de na- 
cionalizar el catolicismo tenía algo de gentílico y más aun 
de judaico; fué un error que vino á convertir, en España 
más que en parte alguna, á la religión en instrumenio 
de la política; pero fué un error sublime que, si bien nos 
hizo singularmente aborrecedores y aborrecidos del ex- 
tranjero, y conspiró á nuestra decadencia, colocó á Es- 
paña, durante cerca de tres siglos, á la cabeza del mun- 
do, dándole en el gran drama de la historia un papel tan 
principal, que nada se entendería si nuestros grandes he- 
chos, pensamientos y miras se sustrajesen por un ins- 
tante de la escena. 

Siendo esto así, como lo es, Cervantes, que en grado 
eminente representa el genio de España, tuvo que ser y 
fué eminentemente religioso. En todas sus obras se ven. 
señales de la piedad más acendrada. Cuanto se conoce de 
su vida concurre á persuadirnos de esta calidad que ador- 
naba su espíritu. 

Lo que sí me inclino á creer es que Cervantes discurría 
poco sobre ciertas materias, como la mayor parte de los 
españoles que no eran sacerdotes y teólogos de profesión. 
El Santo Oficio ahogó todo discurso, todo pensamiento 
sobre lo divino que no fuese una repetición de lo o/icial y 
consignado. La filosofía acabó por convertirse en ergotis- 
mo frivolo para las aulas, en fría indiferencia para los 
hombres de mundo, y para algunos políticos y eruditos 



U7 

culteranos en doctrina estoica, más que metafísica, mo- 
ral, y más que moral, literaria, pues los que la seguían, 
antes que de la ciencia y altos preceptos de Grisipo, se apa- 
fflcmaban del estilo pomposo y declamatorio de Séneca. 

Hay, sin embargo, quien dé por seguro que, sin ele- 
varse á consideraciones trascendentales, Cervantes se 
burló encubierta y chistosamente, no de la religión, pero 
sí de abusos y desórdenes introducidos so capa de religión, 
y de muchos vicios del clero. Llegan, por ejemplo, á ima- 
ginar que tiene más malicia de la que se le atribuye aque- 
llo de decir Don Quijote á los monjes benitos, aun des- 
pués de afirmar ellos que lo eran, «ya os conozco, fe- 
mentida canalla, > palabras con que Ariosto, con intento 
franco y deliberado, califica también á todos los frailes, 
así como profiere infinitas burlas impías, sin que por eso 
deje Cervantes de llamarle «cristiano poeta. > Se añade 
que hay también sátira por el estilo en la aventura del 
cuerpo muerto, en la de los disciplinantes y en el carác- 
ter y condición del eclesiástico que vivía con los duques. 

Sin duda, Cervantes, sin querer, censuraba los vicios 
del clero, singularmente sobre cierto punto. El lance que 
el mismo Don Quijote refiere de los presentados y teólo- 
gos que fueron desdeñados por amor del lego, que para 
ciertos negocios y menesteres sabía más filosofía que 
Aristóteles, y aquellas palabras de una dueña en La tía 
fingida^ dando á entender que nadie pagaba mejor que los 
canónigos algunos artículos de ilícito comercio, no dan la 
más brillante idea de la que Cervantes tenía sobre las bue- 
nas costumbres y virtud del clero. Sin embargo, Cervan- 
tes decía esto por ligereza y sin ánimo de ofender á aque- 
lla clase que en general respetaba. Una de las sentencias 
del licenciado Vidriera, de las cuales parece que hace Cer- 



148 
vantes el último extremo de la discreción, «es que nadie 
se olvide de lo que dice el Espíritu Santo: nolite tangere 
Christos meos.> Y esto lo dijo el licenciado muy subido 
en cólera, y sólo porque un sujeto tildó de gordo á un frai- 
le. ¿Cuánto más no se hubiera enojado Vidriera con el 
cuento del lego y los teólogos y con la alta fama de rum- 
bosos que entre las Claudias y las Celestinas supone Cer- 
vantes que los canónigos gozaban? 

Se ha de advertir que ahora la impiedad de muchos 
hombres y la extremada maUcia con que interpretan los 
dichos de los autores, hacen que vean como una sátira en 
lo que sólo es efecto de un candor extraordinario, y, di- 
gámoslo así, de cierta franqueza ó familiaridad con las 
cosas divinas que había en aquellos tiempos de fe sincera 
y profunda. Al lado de esta fe había también una relaja- 
ción en las costumbres y una depravación en la moral 
que pasman, y que se avenían sin el menor escrúpulo con 
la devoción más fervorosa. La asociación de ladrones y de 
picaros del Señor Monipodio, da dinero para misas y para 
otros fines piadosos. Rinconete pregunta á un pilloá quien 
ve por vez primera:— ¿Es vuesa merced por ventura la- 
drón?> Y el interrogado responde: ~ «Sí, para servir á 
Dios y á la buena gente.» Las obras de Cervantes abun- 
dan en estos rasgos. Como la mayor parte de los autores 
de su tiempo, no tenía dificultad ninguna en mezclar los 
misterios y los dogmas de nuestra religión con farsas in- 
decentes y chistes groseros y en valerse de ellos para fra- 
guar esas farsas y esos chistes. En su comedia de Pedro 
Urdemalas, cuando éste se finge alma del Purgatorio para 
robar á una rica viuda, vieja y crédula, hay escenas que 
parecen expresamente inventadas por el mismo demonio 
para burlarse de las ánimas benditas. Allí se refieren una 



U9 

junta general y consejo que tienen en el Purgatorio los 
parientes difuntos de la viuda, las penas que padecen y 
la determinación que toman de enviar á uno de ellos por 
diputado á la viuda para que los rescate, todo de una ma- 
nera tan cómica y ridicula que no puede ser más. Cuan- 
do trataba Cervantes por Ip serio las cosas divinas, no so- 
lía ser más decoroso. Lo inmoral ó sucio de los lances, y 
lo extravagante y absurdo de los milagros, lucen no me- 
nos en Bl rufián dichoso que en el San Franco de Sena 
de Morete y en otras más desarregladas y monstruosas co- 
m^ias de santos. Schack pretende que El rufián dichoso 
es una de las comedias más desatinadas que en este gé- 
nero se han escrito. El héroe es como el de casi todas: un 
desalmado, pendenciero y burlador de mujeres, que, des- 
pués de hacer cien mil insolencias y crímenes, se arre- 
piente y hace milagros, es santo y se va al cielo. 

En el Quijote^ por dicha, hay otro gusto más delicado, 
y junto á la más espontánea inspiración está siempre el 
recto juicio que la templa y modera. No hay, pues, en el 
Quijote semejantes aberraciones; pero sí hay pasajes que, 
interpretados hoy, pueden dar lugar á sospechas de las 
ya mencionadas. Yo, con todo, los creo nacidos al volar 
de la pluma, sin la menor intención de ofender. Si el au- 
tor pudiese contestar á nuestras preguntas, exento de todo 
temor al Santo Oficio, creo que no confesaría la inten- 
ción ofensiva, y aun quedaría absorto de que se la atri- 
buyesen. 

Bien persuadido estoy, pues no puede ser más claro, de 
que el capítulo LXIX de la segunda parte del Quijote con- 
tiene una parodia del modo de proceder de la Inquisición 
y de los autos de fe. Pero ni Cervantes cayó en que aque- 
llo podía pasar por burla, ni la Inquisición tampoco. Cer- 



152 

l^ero Sancho le interrumpe en medio de su peroración, 
tratando de probar que cualquiera fraile vale más que to- 
dos los héroes del mundo, los conquistadores y los andan- 
tes caballeros, ya que hay más frailes santos que héroes 
y príncipes, y vale más resucitar á un muerto, dar salud 
á un enfermo, ó hacer otro milagro, por pequeño que sea, 
que desbaratar ejércitos, fracasar armadas, aterrar vesti- 
glos, descabezar gigantes y avasallar y domeñar nacio- 
nes enteras. Aquí tenemos á Cervantes humillando, por 
medio de la religión, la soberbia aristocrática de los gran- 
des y poderosos. 

Este pensamiento no era fugitivo en su alma sino per- 
manente, y con frecuencia le repite. El licenciado Vi- 
driera hace también observar que de muchos santos <que 
i Ktbía canonizado la Iglesia, ninguno se llamaba el capitán 
Dan Fulano, ni el secretario Don Tal de Tal, ni el con- 
de, ni el marqués, ni el duque, sino Fr. Diego, Fr. Jacin- 
to, etc., todos frailes y religiosos; porque las religiones son 
los Aranjueces del cielo, cuyos frutos de ordinario se po- 
nen en la mesa de Dios.> 

Para humillar las vanidades mundanas, Cervantes se 
vfilía casi de las mismas razones que el gran Gregorio VIL 
^¿Qué príncipe ha hecho milagros? ¿Qué rey, qué empe- 
rador vale un San Martin ó un San Antonio?> Palabras 
di otadas por un espíritu nivelador, por un sentimiento 
católico profundamente democrático. Pero Cervantes ama- 
ba la gloria, la vida aventurera, las hazañas; estaba lleno 
(le ardor guerrero, y, en lo que la patria y la religión se 
avenían y aun prescribían el vivir heroico, él le amaba. 
Entonces no era el místico desengañado; entonces era el 
elocuentísimo encomiador de las armas sobre las letras, 
el héroe de Argel, el caballero andante, el soldado vale- 



153 

roso, el qice mas bien parece muerto en la batalla que libre 
en la fuga; el que prefiere su manquedad d 7io haberse 
hallado en la más alta ocasión que vieron los siglos pasa- 
dos, los presentes, ni esperan ver los venideros. 

Por cualquier faz que se examine el carácter de Ger- 
yantes, se ve que dista infinito de rebajar el espíritu ca- 
balleresco y la verdadera gloria militar, á no ser en nom- 
bre de una más alta y más pura gloria. No es el Quijote, 
eomo pretende Montesquieu, el único libro bueno español 
que se burla de los otros; la reacción y la mofa contra 
nuestro espíritu nacional: antes es la síntesis de este es- 
píritu, guerrero y religioso, lleno de un realismo sano, y 
no por eso menos entusiasta de todo lo bello y grande. 

El Quijote se burla de los libros de caballerías, porque 
Cervantes los halla indignos del espíritu que los dictó. 
Hablando nuestro autor por boca del canónigo, deja ver 
su idea y nos da en cifra los preceptos del verdadero y 
excelente libro de caballerías que él soñaba, esto es, de la 
epopeya en prosa, ó dígase de la novela heroica, donde 
se han de presentar como en dechado todas las virtudes 
del caballero perfecto, cristiano, valiente y comedido. Es- 
te ideal resplandece en la obra inmortal de Cervantes, lle- 
nándola, perfumándola ó iluminándola toda. 

He tratado hasta aquí de varias especies de comenta- 
rios que se han hecho ó pueden hacerse del Quijote. El 
asuntó es tan extenso que merece un libro. Temo haber 
callado muchísimo importante, y haber, además, fatigado 
á mis oyentes. Mas á pesar de este último temor, diré 
aún, en brevísimas palabras, algo de otros comentarios 
que hay, y que llamaré filológicos y filosóficos. Los filo- 
lógicos me parecen inútiles, si tratan de explicar giros y 
vocablos, obscuros por anticuados. El Quijote no está es- 



154 

crito en una lengua muerta. Con corto y poco substancial 
desvío, la lengua de Cervantes es la que hoy se habla, lios 
grandes autores clásicos fijan la lengua en que escriben. 

El comentario filológico puede ser, sin embargo, útil, 
si m reduce á enmiendas y correcciones, por el orden de 
las que en los clásicos griegos y latinos pusieron los eru- 
ditos del renacimiento; si bien conviene tener mucho pul- 
so y prudencia en este negocio para no incurrir en los 
desmanes que tan graciosamente zahiere Saavedra Fajar- 
do. Hablando de los críticos que corrigen ó enmiendan, 
los compara á cirujanos ó barberos tqae hacen profesión 
de perfeccionar ó remendar los cuerpos de los autores. Á 
unos pegan narices; á otros ponen cabelleras; á otros 
dientes, ojos, brazos y piernas postizas; y lo peor es que 
á muchos les cortan los dedos ó las manos, diciendo que 
no son aquéllas naturales, y les ponen otras con que to- 
dos salen desfigurados de las suyas. Este atrevimiento es 
tal, que aun se adelantan á adivinar conceptos no ima- 
ginados, y, mudando las palabras, mudan los sentidos y 
taracean los libros.» Yo me inclino, en general, al dicta- 
men de Saavedra Fajardo, si bien no menosprecio á estos 
críticos correctores, cuando hasta el mismo Aristóteles lo 
fue de Homero, haciendo aquella edición que Alejandro 
guardaba en la cajita de Daríc El Quijote^ además, así 
por dascuido de Cervantes como por torpeza de los im- 
presores, estaba plagado de erratas; por lo cual aplaudo 
sinceramente la edición que, corregida con gran tino, ha 
heclio un docto y entendido compañero nuestro. Las más 
de sos enmiendas me parecen acertadas, aunque no pocas 
son bastante atrevidas. 

El otro género de comentario, el filosófico, es el que re- 
sueltamente no puedo aprobar, si por él se trata de per- 



455 

suadirnos de que un libro tan claro, en el que nada hay 
que dificultar y que hasta los niños entienden, encierra 
una doctrina esotérica^ un logogrifo preñado de sabidu- 
ría. Verdad que Homero ha tenido mil comentadores de 
esta clase, desde Heráclides Póntico y Demócrito Abde- 
rita hasta hoy, y Dante cátedras, donde su ciencia se ha 
leído, y desentrañadores de ella, como Ozanán y el rey 
Juan de Sajonia; pero, según dice un prologuista de ¿a 
Divina Com^ia,— <la Minerva griega salió grande y ar- 
mada del cerebro de Homero, y la Minerva italiana del 
de Dante, > mientras que la Minerva española estaba ya 
nacida, crecida y muy granada, cuando el Quijote apa- 
reció. ¿Qué idea, por otra parte, se formaría de esta Mi- 
nerva quien no la conociese y llegase á entender que era 
su cuna una sátira alegre, una obra festiva, un libro de 
entretenimiento, una novela, en fin? Una novela, y no 
más, es el Quijote^ aunque sea la mejor de las novelas. 
Y los que en otro predicamento la ponen, no logran real- 
zar el mérito del autor, y rebajan el de la civilización 
española. Antes de Cervantes, y después de Cervantes, 
hemos tenido filósofos, jurisconsultos, teólogos, natura- 
listas y sabios en otras muchas ciencias y disciplinas, que 
han concurrido al progreso científico, al desenvolvimien- 
to de la inteligencia humana. 

Cervantes no ha concurrido, no ha descubierto nin- 
guna verdad. Cervantes era poeta, y ha creado la her- 
mosura, que siempre, no menos que la verdad, levanta 
el espíritu humano y ejerce un infliyo benéfico en la vida 
de los pueblos y en los adelantos morales. 

No hay que hacer un análisis detenido del Quijote para 
probar que carece de profundidades ocultas. Hay mil ra- 
zones fundamentales que lo demuestran. 



156 

Es la primera que ningún crítico español ni extranjero, 
entre los cuales pongo á Gioberti, á Hegel y á. Federico 
Schlegel, admiradores entusiastas del Quijotey ha descu- 
bierto ni rastro de esa doctrina esotérica; y sería de ma- 
ravillar y caso único en los anales de la inteligencia hu- 
mana, que durante más de dos siglos y medio hubiesen 
estado escondidos en un libro tesoros de sabiduría sin que 
nadie de ello se percatase. 

La segunda razón es que, dada esa sabiduría, el disi- 
mulo de Cervantes no tiene explicación, á no suponer que 
su espíritu era contrario á la moral, ó á la fe, ó á la po- 
lítica de España en su tiempo, y creo haber probado que 
no lo era. 

Los antecedentes de Cervantes confirmar^ más aún que 
no hay tales filosofías y sabidurías en el Quijote. Tirso, 
Lope, Calderón y otros muchos poetas de España, habían 
estudiado más, sabían más y eran más eruditos que Cer- 
vantes. Cervantes era (¿y por qué no decirlo?) un ingenio 
casi lego. La edad de la intuición súbita había ya pasado. 
Y en el período reflexivo de la vida de la humanidad, 
aunque pueden escribirse poemas que presuman de con- 
tener en cifra una teoría completa de las cosas divinas y 
humanas, estos poemas no suelen estar escritos sino por 
autores de mal gusto, vanidosos ó ignorantes, que no sa- 
ben lo que es la ciencia y quieren abarcarla, ó bien por 
autores que á más de poetas son filósofos, como Goethe, 
y muy versados en todo género de estudios. Cervantes no 
era ni lo uno ni lo otro; luego por este lado tampoco se 
concibe cómo pudo poner en el Quijote esa sabiduría* 

Las advertencias que hace el ingenioso hidalgo á San- 
cho, cuando éste va á gobernar la ínsula, las doctrinas 
literarias del canónigo, y otras máximas sobre política, 



157 
moral y poesía, á no ser por la elegancia, por el chiste ó 
por la nobleza de los afectos con que se expresan, nunca 
traspasan los límites del vulgar, aunque recto juicio. El 
discurso sobre la edad de oro no es más que una decla- 
mación brillante y graciosa. 

Nada más propio de la epopeya que encerrar dentro de 
su unidad la idea completa del universo-mundo y de sus 
causas y leyes; pero esto es dable cuando la idea es sólo 
poética, y aun no está limitada y contradicha por la sa- 
biduría prosaica y metódica, y cuando la metafísica, la 
moral, la religión y las ciencias naturales se escriben en 
breves sentencias. 

Las atribuidas á Pitágoras en los mrsos de oro^ las de 
los siete sabios, las de otros poetas gnómicos y las de Los 
trabajos y los días, de Hesiodo, si bien no enlazadas á 
una acción heroica ni reducidas á unidad, son, como las 
máximas de Valmiki, de Viasa y de Homero, la legítima 
sabiduría épica. Pero estas sentencias, aunque se ponen 
en boca de los antiguos sabios, tienen un carácter emi- 
nentemente impersonal; son como la voz de todo un pue- 
blo, y, cuando viene la reflexión y nace el saber prosaico, 
pierden su condición ilustre y grave, se hacen plebeyas, 
toman un aspecto algo jocoso, y se convierten en refra- 
nes. Cervantes, comprendiendo instintivamente esta ver- 
dad, que hoy aclara la crítica, hizo de la antigua sabidu- 
ría épica, ya emplebeyecida y degradada, uno de los ele- 
mentos más cómicos y risibles de su profunda parodia, 
que no lo es sólo de los libros de caballerías, sino de toda 
epopeya heroica. Épicas son también, como las referidas 
sentencias, la importancia que se daba y la circunstan- 
ciada descripción que se hacía de todo aquello que sirve 
á los héroes para adorno ó defensa de la persona: un ce- 



458 

tro, un bastón, una espada ó un yelmo. Los mismos dio- 
ses en las epopeyas antiguas, y en las modernas los ma- 
gos ó las hadas fabrican estas armas, alhajas ó muebles, 
dotándolos de mil virtudes y excelencias. Cervantes se 
burla de esto, transformando en yelmo de Mambrino una 
bacía de barbero. Así como los héroes de los antiguos 
poemas se revisten de armas divinas cuando acometen la 
más peligrosa y seria aventura, y los dioses ponen en 
ellos algo de extraordinario, por ejemplo, una horrenda 
llama que les arde en las sienes, así Don Quijote, al aco- 
meter también su aventura más seria y peligrosa, se 
pone el casco lleno de requesones y se da á entender que 
se le ablandan y derriten los sesos. 

Y sin embargo, á pesar de esta burla de lo épico, Cer- 
vantes se muestra siempre enamorado de lo novelesco y 
lo trágico. Sin hablar del Persiles, en el mismo Quijote 
hay caracteres y casos que no vendrían mal en un libro 
de caballerías. Á las mujeres, más que á los hombres, 
las poetiza á veces Cervantes del mismo modo exagerado 
y andantesco de que tanto se burla. Dorotea, Ana Félix 
y Claudia Gerónima son mujeres andantes, y la última 
de las de rompe y rasga. Las dos doncellas, en la novela 
de este título, no se Umitan á andar de zeca en meca, 
vestidas de hombre, sino que pelean y dan de cuchilladas 
como Pentesilea, Bradamante y Clorinda. Cervantes ama- 
ba la romanzeria^ y la epope)'^a heroica y los libros de 
caballerías, aunque tuviese, por instinto, el sentimiento 
de que eran anacrónicos. 

No era, ni podía ser Europa como varias naciones del 
Asia, donde se prolongó por muchos siglos la edad de la 
epopeya, la edad divina. Durante este largo período, los 
dioses se humanaban y compartían las penas, las pasio- 



rFTP- 



159 

nes y los cuidados de los hombres; la religión y la histo- 
ria, las creencias y la filosofía, los acontecimientos rea- 
les y los sueños, todo estaba mezclado y confundido. Así 
se explica que un poema fuese el libro por excelencia de 
toda una nación, en el cual iban escribiendo sus ideas las 
sacesivas generaciones. Así el Mahabharata^ que tenia en 
un principio 2.400 slohas ó dísticos, llega á contener al 
cabo sobre 100.000. En él aparece, desde la luz incierta 
y vaga que esparce la aurora de la civilización indiana, 
hasta la metafísica sutil del Bhagavad-Gita. 

En la Europa pagana sucedió lo contrario. Los dioses, 
como seres efectivos, desaparecieron pronto, quedando 
como ideas inmortales: pero dieron lugar á Homero para 
escribir, con un arte que los asiáticos desconocían, la 
epopeya perfecta y una. 

En la Europa cristiana, la fijeza de los dogmas y la 
gran filosofía de los primeros cinco siglos infundieron una 
noción más sublime y científica de la divinidad, y no con- 
sintieron que ésta pudiese decorosamente servir de má- 
quina para los poemas. Á pesar del arte y de la ciencia de 
Milton y de Klopstock, hay en sus obras mil pasajes que 
no se pueden sufrir. Guando con más fe y menos ciencia 
se ha hecho intervenir á la divinidad en nuestras epope- 
yas, dramas ó novelas, se ha caído en lo indecoroso. Mu- 
chos gentiles pensaban así de sus poetas épicos y del em- 
pleo que en las fábulas daban á sus dioses. ¿Cuánto más 
debemos pensar esto los cristianos? La idea de Chateau- 
briand de que nuestra religión vale más que la mitología 
para máquina de un poema, ofende á nuestra religión, 
lejos de ensalzarla. 

Pero dígase lo que se diga de la idea de Chateaubriand, 
es lo cierto que, aparte La Divina Comedia^ obra de un 



460 

género enteramente diverso, no hubo epopeya perfecta 
en la Edad media. Desde el renacimiento hasta hoy, y 
aun en lo porvenir, creo con Ariosto que piú vero épico 
esser non si possa. Tasso, á fuerza de elegancia, de ter- 
nura y de religiosidad, nos ofusca y casi contradice el 
fallo. Gamoens, por ser hijo de una nación épica en gra- 
do elevadísimo, por cantar una empresa nacional y al 
mismo tiempo de interés común al género humano, pues 
que abre verdaderamente la historia moderna, y por un 
sinnúmero de otras circunstancias dichosas, á más de su 
ardiente inspiración y patriotismo, contradice también en 
apariencia el fallo que se ha dado. En realidad y en el 
fondo, ni Tasso, ni Gamoens le contradicen. La Jerusa- 
Un y Los Lusiadas^ aunque bellísimos, son igualmente 
dos poemas artificiales. 

Todo esto, repito, que lo sentía Gervantes, aunque no 
se lo explicaba. Si alguna oculta sabiduría hay en su li- 
bro, me parece que es ésta sola. Mas, como burlándose de 
la caballería, él es un perfecto caballero, así burlándose 
de la epopeya, escribe en prosa el libro más épico que en 
la edad moderna se ha escrito, salvo los romances del 
Gid; aquel collar de perlas^ aqí^lla graciosa corona, como 
los llama Hegel, que nos atrevemos á poner al lado de 
cuanto la antigüedad clásica creó de más hermoso. 

Tal es, señores académicos, mi pobre opinión sobre el 
Quijote, y sobre los comentarios y críticas que de él se 
han escrito. 

Juan Valbra. 



NECROLOGÍA 



DIL 



Ilm.). Sr. d. frutos saavedra meneses. 



Corría el año de 1852, cuando á fine^ del mes de julio 
me vi precisado a ir al Real Sitio de San Ildefonso donde 
á la sazón residía la Corte. Aquel viaje era muy grato 
para mí, porque siempre deseó conocer los prodigios rea- 
lizados en la Granja por el insigne fundador de nuestra 
Academia y de la dinastía borbónica, de cuyo buen gusto 
y amor á la naturaleza dan allí testimonio, más aún que 
la esplendidez de palacios, jardines y fuentes, la hermo- 
sura del lugar escogido y las grandiosas montañas que lo 
circuyen. Peladas unas^ coronadas otras de nieve ó cu- 
biertas de espesos bosques de pinos, embellecidas con ma- 
nantiales purísimos que se despeñan á lo mejor en pin- 
torescas y bullidoras cascadas, sirven como de marco á 
los mil variados paisajes, á cual más digno del Supremo 
Artífice, con que el humilde Balsaín brinda por entre 
quiebras y peñascales á quien sigue el arrebatado curso 
(le sus aguas. 

Mas no era éste el único deseo que anhelaba entonces 
satisfacer, Al seductor atractivo de la naturaleza, llena 
cada vez de nuevos encantos para el que la contempla 



462 

con los ojos del alma y descubre hasta en la más dimi- 
nuta flor campestre el sello de un poder que en vano la 
soberbia humana pretende negar, ansiaba unir el íntimo 
gozo que experimentamos ante artísticos monumentos de 
pasados siglos, donde parece como que vibra y todavía se 
hace oir elocuentemente la voz de majestuosos recuer- 
dos. Así, apenas hube recorrido los lugares que todo via- 
jero se apresura á visitar en el Real Sitio, me trasladó á 
la inmediata ciudad de Segovia. Pocas poblaciones habrá 
cuyo general aspecto conserve tan decidido carácter mo- 
numental. Al discurrir por sus tortuosas y estrechas ca- 
lles, diríase que nos transportamos á los siglos xiii ó xvi, 
pues de uno ú otro son principalmente muchas de sus 
casas y edificios públicos. En 1852 ufanábase todavía Se- 
govia con su soberbio Alcázar, convertido ahora en mon- 
tón de lamentables ruinas, y eran señuelo á la ilustrada 
curiosidad de viajeros y artistas los esbeltos almenados 
torreones de aquella antigua fortaleza, las hermosas pers- 
pectivas que ofrecía por todos lados, y el singular mérito 
de sus bóvedas estalactíticas cubiertas de oro (labor in- 
apreciable del arte mudejar), así como el riquísimo arte- 
sonado cuyos casetones mostraban en alto reUeve, por 
orden cronológico, la efigie de nuestros monarcas, desde 
el restaurador D. Pelayo á la infeliz Juana la Loca. 

Ocupaba por aquel tiempo la regia estancia cubierta 
con esta admirable techumbre la Biblioteca del Colegio 
de Artillería, huésped de mansión tan suntuosa, y hallá- 
base encargado de enriquecerla con Übros científicos de 
provechosa doctrina un Capitán del arma, Profesor de to- 
pografía y fortificación, amén de Bibliotecario y Secre- 
tario de la Junta de profesores. A él me presentó con en- 
carecimientos de fraternal amigo otro Capitán del Colé- 



163 

gio, D. Ramón Escario, criado y educado bajo el amparo 
paternal y segura dirección de su insigne abuelo D. Mar- 
tín Fernández de Navarrete, honra de las letras españo- 
las. Entonces oí pronunciar por primera vez el nombre, 
perpetuamente caro para los buenos, de D. Frutos Saa- 

VEDRA MeNESES. 

Guando años después, por agosto de 1864, éste y yo 
registramos juntos hasta el último rincón de las amena- 
zadoras ruinas del antiguo Alcázar, convertido en escom- 
bros por fuego devorador, vi deshacerse en lágrimas el 
noble corazón de Saavedra al contemplar dónde estuvo 
el depósito de libros y planos acrecentado por él á costa 
de tantos afanes. 

Y ya que al principio de mi amistad con Saavedra va 
unido el nombre de Ramón Escario, modelo de caballe- 
ros que sucumbió al rigor de contagiosa enfermedad por 
demasiado escrupuloso en el cumplimiento de sus debe- 
res, permítaseme desahoofar el pecho pronunciando aquí 
el dulce nombre de su hermano menor Emilio, nacido en 
esta misma casa, y como él jefe de tan distinguido Cuer- 
po, á quien el 22 de junio de 1866 arrebató villanamente 
la vida, porque esclavo de la lealtad y del honor se negó 
á preferir el grito de los sublevados, la embriagada sol- 
dadesca de que hastji entonces había sido como bondado- 
so padre. Ambos hermanos fueron amigos de Saavedra 
Meneses. Ambos le estimaban y respetaban por su saber 
y por sus virtudes. Si tuviéramos la dicha de verle en este 
sitio, donde sus muchas luces habrían podido aclarar no 
pocas definiciones de voces concernientes á la tecnología 
científica, seguro estoy de que se gozaría en ver enlaza- 
do su nombre al de dos hermanos de armas tan dignos y 
generosos. 



164 

D. Frutos Saavedra Menesbs nació en la ciudad del 
Ferrol á 25 de octubre de 1823, y dos días después reci- 
bió las puriñcadoras aguas del Bautismo en la parroquia 
de San Julián. Fueron sus padres D. Antonio Saavedra 
Caballero, Maestrante de Sevilla, y Doña María de la Can- 
delaria Meneses. Tuvo por abuelos á D. José Saavedra, 
Vocal de la Junta superior del reino de Galicia durante la 
gloriüsísinna guerra de la Independencia, y á D. José Me- 
neses, Brigadier de la Real armada. 

Aún no cumplidos quince años entró en el Colegio de 
Artillería, para el que tenía concedida gracia de cadete, 
con uso de uniforme, desde abril de 1836. Allí mostró des- 
de luego tanta aplicación, que en julio de 1840 le nom- 
braron Brigadier de la compañía. Por haber obtenido en 
todos los cursos de estudio notas de sobresaliente ó de 
muy bueno, ascendió á Subteniente del arma en 16 de oc- 
tubre del año 41, con destino al 4.** regimiento de Arti- 
llería. 

Tres meses después pasó desde la Goruña á encargarse 
accidentalmente de la compañía que se hallaba en el Fe- 
rrol. Corta fué su residencia en la ciudad natal: comisio- 
nado en mayo del 42 para conducir á San Sebastián cien 
artilleros, hubo de permanecer allí el resto del año; no 
siendo más durable su permanencia en Irún, á donde le 
enviaron destacado á principios del 43. Trasladado en fe- 
brero de aquel año mismo á la 2.* brigada de montaña 
destinada á Teruel y Zaragoza, partió en breve á la capi- 
tal de Aragón, donde, á las órdenes del Capitán general, 
se encontró en los famosos acontecimientos del 9 de junio. 
Apenas ascendido por antigüedad á Teniente del arma(l I 
de septiembre), se encargó de la comandancia de Artillería 
del castillo de Murviedro, en el que permaneció hasta di- 



465 

ciembre. Para cualquier otro oficial joven de veinte años, 
la estancia en el castillo de Murviedro, aun sin la respon- 
sabilidad de mandar alguna fuerza en tiempos agitados y 
de discordias civiles, hubiera sido muy enojosa. No lo fué 
para Saavedra, poco afecto á pueriles devaneos, inclina- 
do desde muy niño á graves especulaciones, á quien 
halagaba ya y complacía que sobreviniesen eventualida- 
des donde poder mostrar por impulso propio la entereza 
y Adeudad de su noble pecho. La acalorada fantasía de 
sus floridos años pintábale con vivos colores el heroísmo 
de Sagunto, que ha hecho imperecedera la fama de aque- 
llos lugares. Su ardoroso patriotismo, no desmentido ja- 
más, tal vez le sonreía con la esperanza de poder emular 
algún día glorias que llenaban su alma de respeto y ad- 
miración. ¡Felices sueños del entusiasmo juvenil y de la 
imaginación poética! ¡Hermosos pensamientos nacidos 
siempre del corazón, cuando todavía no lo han marchi- 
tado y endurecido el soplo de la edad ni el hielo de los 
desengaños! 

Deade aquella fecha, tan pronto vemos á Saavedra Me- 
neses otra vez en la Goruña, residencia que le era grata 
por hallarse próximo á su familia á quien amaba con ve- 
hemencia, como le encontramos en Gijón y en Oviedo; 
hasta que en septiembre de 1844 se le destinó á la fóbrica 
de Trubia. Elegido á principios del año siguiente para es- 
tudiar en el extranjero la industria forrera, viajó algunos 
meses por Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Ingla- 
terra y Escocia. Resultado de sus observaciones en esta 
excursión ftió la Me>noria sobre la fabricación^ en distin- 
tos países^ de las armas de fitego portátiles^ que escribió 
en unión con el coronel D. Francisco Elorza (de vuelta en 
la fábrica por marzo de 1846), y que se publicó en el según- 



466 

do tomo del Memorial de Artillería aprobada por la Junta 
superior facultativa. Por recompensa del acierto con que 
-supo desempeñar tal comisión recibió el empleo de Ca- 
pitán de Infantería en 19 de julio de 1847; siéndolo ya 
graduado desde 10 de octubre del año anterior, á conse- 
cuencia de la gracia general otorgada al ejército para ce- 
lebrar el matrimonio de la Reina Doña Isabel II. La co- 
lección de láminas relativas á la fábrica de Trubia con- 
tiene el plano de aquel establecimiento, los de los hornos 
y varios de aparatos y máquinas, debidos á la incansable 
laboriosidad de Saavedra, destrísimo dibujante, y graba- 
dos de orden superior. Antes de corrido un año (en junio 
de 1848) nuestro malogrado compañero recibió el grado 
de Comandante por los servicios prestados en las nuevas 
construcciones y trabajos de aquella fábrica, la cual tuvo 
precisión de abandonar en octubre, por haber sido nom- 
brado Ayudante de Profesor en la Academia de Segovia. 
Todavía no disfrutaba Saavedra el empleo de Capitán 
de Artillería que exigía el Reglamento en los Profesores, 
empleo á que ascendió por antigüedad en 30 de diciem- 
bre del siguiente año, cuando por Real orden especial, y 
en atención á su relevante mérito y vasta ciencia, se le 
nombró Profesor de la Escuela de Aplicación, poniendo 
á su cargo las clases arriba indicadas. Á par de ellas des- 
empeñó también, como he dicho, los cargos de Biblioteca- 
rio y Secretario de la Junta profesoral; y para ilustrar á 
sus discípulos, no sólo efectuó varias triangulaciones y 
planos topográficos en las cercanías de Segovia, sino es- 
cribió los Estudios de fortificación^ que aún sirven de tex- 
to en la Escuela, y publicó autografiada la Descripción 
de algunos instrumentos de Geodesia y Topografía. Á los 
cuatro años de ejercer el profesorado (por enero de 1853) 



467 

obtuvo como recompensa reglamentaria el grado de Te- 
niente Coronel de Infantería. 

Nombrado en noviembre de este último año miembro 
de la comisión encargada de formar el Mapa general de 
España, trasladóse al punto á Madrid, y á 22 de marzo 
del 54 salió ya á practicar los reconocimientos indispen- 
sables para establecer una cadena de triángulos geodési- 
cos entre Madridejos y la sierra de Guadarrama. 

El egoísmo con que desde hace ya largos años pro- 
curan y consiguen nuestras diversas parcialidades políti- 
cas apoderarse dfel mando por medio de sublevaciones mi- 
litares que nos degradan y envilecen á los ojos de los 
demás pueblos, dio mateen á una de tantas y ensangren- 
tó las calles de Madrid durante tres días, del 17 al 19 de 
julio de 1854. En la mañana del último, el Teniente Ge- 
neral D. Valentín Cañedo comisionó á Saavedra para que 
cubriese con 300 hombres de infantería las avenidas del 
palacio de Buenavista, donde hasta muy tarde permane- 
ció en fuego con el mando de aquella fuerza. Merced á 
los honoríficos informes de los Generales Azpíroz, Mata y 
Alós y Quesada, el Gobierno recompensó tan importante 
servicio con el grado de Coronel. Poco después escribió 
y dio á luz Saavedra sus curiosos Apuntes para la histo- 
ria de los sucesos de julio de 1854, notables por su exac- 
titud y por la claridad y correción del estilo. 

Ocupado se hallaba en continuar los reconocimientos 
geodésicos de Madrid á Santander y desde Santander á 
Bayona, cuando por Real orden de 9 de agosto de 1855 
se le dio encargo de dirigir en París la construcción de un 
nuevo Aparato de medir bases, que había proyectado en 
anión con el Comandante de Ingenieros D. Carlos Ibáñez. 

Apenas construido aquél, ambos ilustres jefes, acom- 



468 

panados de dos astrónomos del Observatorio Imperial, 
efectuaron los experimentos necesarios para conocer las 
dilataciones de las grandes reglas metálicas, comparán- 
dolas con el tipo fundamental del sistema métrico fran- 
cés. Conducido el Aparato á Madrid por febrero del 57, 
empezó Saavedra á redactar la obra donde debían des- 
cribirse los experimentos; y de mayo á octubre del 58 
midió, con otros tres oficiales, en los llanos de Madride- 
jos una longitud de catorce y medio kilómetros, que 
forma la base central de la triangulación española. Á 
fines de aquel año publicó en unión del Comandante Ibá- 
ñez un volumen de 400 páginas rotulado Experiencias 
verificadas con el aparato de medir bases^ donde se da no- 
ticia de los resultados obtenidos en la medición efectuada 
con él en las cercanías de Madridejos. Esta importante 
obra, que honra tanto á sus autores como á la nación, 
fué inmediatamente traducida al francés por el Sr. Laus- 
sedat. Profesor de Astronomía y Geodesia en la Escuiela 
Politécnica de París. 

Séame lícito recordar, ya que, por desgracia, ejemplos 
de esta naturaleza son hoy raros tratándose de nosotros, 
que cuando en la Academia de Ciencias de París leyó el 
sabio General Morín la nota con que el Profesor Lausse- 
dat presentaba á tan ilustre Cuerpo un ejemplar de su 
traducción, el celebre astrónomo Le Verrier manifestó 
sentimiento por que en tales trabajos otras naciones se 
antepusieran á Francia. <Los españoles, dijo, hacen más 
que nosotros, y esto debe lastimarnos.> ¡Ojalá pudiése- 
mos decir algún día con justa razón respecto de Francia 
palabras semejantes á las del sabio Le Verrier! Para con- 
seguirlo no era necesario sino apartar nuestro espíritu 
de las pequeneces y miserias que son cotidiano alimento 



469 

de esta nación, y que cada día vician y corrompen más 
sa sangre, debilitándola é incapacitándola para lo bueno. 

Las observaciones angulares que debían comprobar la 
longitud de las diversas partes de la base medida, propor- 
cionaron asidua ocupación á Saavedra casi todo el año 59, 
Pero un acontecimiento extraordinario, que hizo latir el 
corazón de la patria como en los últimos gloriosos tiem- 
pos de la Reconquista (relámpago fugaz que nos deslum- 
hró un momento para sumergirnos poco después en no- 
che aún más siniestra y oscura), vino á distraer y separar 
de nuevo á Saavedra Meneses de sus predilectas ocupa- 
ciones. 

La idea de que habían inferido á España los moros una 
grave ofensa, despertando adormidos odios tradicionales, 
nos empujó á combatir enérgicamente del lado allá del 
Estrecho hercúleo á los constantes enemigos de nuestra 
fe. La católica España, dividida y estenuada por el furor 
de civiles bandos, pero no lanzada todavía en el campo 
estéril del descreimiento y la blasfemia, lanzó unánime 
grito de indignación contra el agareno; y puesto el cora- 
zón en África, pidió al Dios de las batallas que ayudase á 
la cruz redentora en aquella lucha, como le ayudó en Go- 
vadonga y en Granada. 

Saavedra Meneses (dicho sea en honra de su ilustre 
nombre y de su buena memoria), á fuer de verdadero 
sabio, no solo era fervoroso creyente, sino además ardía 
en sincero amor de la patria. Apresuróse, pues, á solicitar 
puesto en las filas del ejército expedicionario; y tan pron- 
to como fué atendida su petición, marchó denodado á in- 
corporarse con el cuartel general del Conde de Lucena, 
en calidad de Ayudante-Secretario del Comandante Ge- 
neral de Artillería. El 30 de noviembre acampó ya en las 



470 

alturas del Otero, próximas á Ceuta. Tres días después 
recibió encargo de efectuar un reconocimiento al Sur 
del Serrallo, en compañía de un Oficial de Estado Ma- 
yor y otro de Ingenieros, á las órdenes del bizarro Gene- 
ral Z^abala. Cumplió Saavedra como bueno la comisión, 
adelantándose hasta el valle de los Castillejos y reco- 
rriéndolo convenientemente. En los combates del 9, 12 
y 15 de diciembre dio muestras de arrojo que le valieron 
ser premiado con la cruz de San Femando. El 20 salió con 
el General García, Jefe de Estado Mayor, á reconocer por 
mar la costa comprendida entre Ceuta y el Cabo Negro. 
De vuelta en el campamento hallóse en la acción trabada 
aquella misma tarde, y en los combates del 22, 25 y 30 
del propio mes. Señalóse el día 1.° del año 60 en la bata- 
lla de los Castillejos, tomando parte en el segundo ataque 
de las alturas y permaneciendo hasta la noche en la bate- 
ría más avanzada. También se batió el día 4, dirigiendo 
otras tantas piezas de montaña; y ya tomando parte el día 
7 en el reconocimiento del río Azmir, ya comunicando 
órdenes y recorriendo las baterías en los combates que se 
sucedieron desde el 8 al 23, ya acompañando el 29 al Ge- 
neral Jefe de Estado Mayor en el reconocimiento del llano 
de Tetuán y aproximándose á los atrincheramientos del 
campo enemigo, supo mostrarse no menos sereno en el 
peligro que entendido en la teoría y en la práctica de la 
guerra. Una contusión de bala en la cabeza, obligándole 
á retirarse de la acción el 31 de enero, le valió el empleo 
de Teniente Coronel de Infantería; pues en noviembre 
del 59 obtuvo ya el de primer Comandante como recom- 
pensa reglamentaria, por haber servido el tiempo pres- 
crito en la Comisión del Mapa. Mal repuesto aún asistió 
el 4 de febrero á la batalla de Tetuán, siendo nombrado 



<74 

por sus servicios en ella Comendador de la Orden de Car- 
los III. Prestándolos muy distinguidos siguió hasta la ter- 
minación de la campaña, mereciendo y recibiendo el em- 
pleo de Coronel por la pericia y el gallardo esfuerzo con 
que luchó en el paso de Busfeja, hasta que en 14 de abril 
se «nbarcó para Algeciras, ansioso de volver á sns ami- 
gas tareas relativas á la formación del Mapa de España. 
Embebido en ellas estaba cuando el 26 de junio fué nom- 
brado Oficial del Ministerio de la Guerra. Elegido en 20 
de noviembre Diputado á Cortes por el distrito de Puen- 
tedeume, donde radicaban sus bienes patrimoniales, el 3 
de diciembre juró y tomó asiento por primera vez en el 
Congreso de representantes de la nación. 

Desde esta época empieza Saavedra Meneses á figurar 
como político, para lo cual tenía sin duda grandísimas do- 
tes de carácter, moralidad y saber; pero le faltaban aqué- 
llas que entre nosotros suelen abrir más fácil y pronto 
camino para ascender á los primeros puestos del Estado. 

Obtenida por antigüedad y por sus méritos la cruz de 
San Hermenegildo y la medalla de África; ornado su pe- 
cho con la encomienda numeraria de Carlos III; nombra- 
do sucesivamente Vocal de la Junta encargada de pre- 
parar el envío de productos españoles á la Exposición uni- 
versal de Londres, de la Junta permanente de Pesas y me- 
didas y de la Comisión para el establecimiento de la Guar- 
dia rural; llamado á ejercer el cargo de Subdirector de 
la Escuela militar de tiro del Pardo; elevado, en fin, por 
dos veces á la Dirección general de Obras públicas, amén 
de otras especiales comisiones políticas y de gobierno, 
Saavedra Meneses ocurría á todo y lo desempeñaba todo 
con perseverante exactitud, manifestando siempre la va- 
riedad y profundidad de sus conocimientos. 



Cuatro veces consecutivas le eligieron sus paisanos pa- 
ra que los representase en Cortes, ya con el apoyo del (Jo- 
biemo cuando mandaban sus amigos, ya con el respeto 
de sus adversarios cuando éstos se hallaban en el poder; 
que tanto logran á ve<5es, aun entre nosotros, hombres 
de reputación inmaculada y de saber generalmente reco- 
nocido y apreciado. Si correspondió Saavedra á las reite- 
radas distinciones con que los electores gallegos hicieron 
justicia á sus inestimables cualidades, dígalo el universal 
entusiasmo con que fué acogido en Galicia á fines de 1864, 
y la especie de viaje triunfal que hizo desde los confines 
de las provincias gallegas, por la parte de León, hasta el 
puerto del Ferrol donde se había mecido su cuna. La 
circunstancia de estar cesante por entonces añade valor 
á aquellas calorosas demostraciones de afecto y de grati- 
tud, sobre todo en España, donde, por doloroso que sea 
confesarlo, rara vez halla el caído otra cosa que persecu- 
ción y vilipendio. Nada más justo, sin embargo, que ta- 
les demostraciones; porque no pertenecía Saavedra á la 
desventurada casta de políticos que hacen en beneficio 
propio granjeria de los destinos públicos, descuidando, 
menospreciando ó burlándose de los intereses legítimos 
de sus comitentes. Para defender la justicia, la equidad y 
la ley levantó siempre su voz en el seno de la Represen- 
tación nacional, no con la engañosa brillantez ó el estré- 
pito del tribuno que pretende arrebatar á la multitud por 
la pendiente del crimen, sino con la serenidad y claridad 
de un entendimiento bien cultivado, de un corazón rec- 
to, de una convicción sincera. Espejo donde se retrataba 
la hermosura de su alma, la oratoria de Saavedra era ante 
todo clara, modesta, elegante, persuasiva, conmovedora. 
Jamás hizo de esos discursos que suelen anunciarse á son 



473 

de trompeta, y que llenan los bancos y tribunas del Par- 
lamento de espectadores ansiosos de emociones fuertes ó 
añcionados á presenciar escenas escandalosas. Pero en to- 
das sus oraciones parlamentarias hay luminosas ideas y 
útiles observaciones, encaminadas al bien y mejoramien- 
to de la nación. 

Guando en época azarosa posterior á los lamentables 
acontecimientos de 1866 Saavedra Meneses fue desterra- 
do á Melilla, hasta sus mismos adversarios le hicimos la 
justicia de presumir que aquel contratiempo debía ser 
hijo, más bien que de sus propias faltas, de las gravísi- 
mas cometidas entonces por su partido y que ulteriores 
sucesos han venido á comprobar. Si no hubiera yo teni- 
do tan alta idea del noble carácter de Saavedra, las car- 
tas con que me honró desde el destierro hubiéranmela 
acreditado. Franco y decidido para combatir en defensa 
de sus opiniones, no era hombre á propósito para pres- 
tarse, ni aun por interés de partido, á preparar tenebro- 
sas conjuraciones, ni mucho menos para inducir á nadie 
á que hiciese lo que él, como honrado y caballero, nunca 
hubiera sido capaz de hacer. Estos generosos procederes 
contribuyeron á que en los momentos en que su partido 
cantaba el triunfo, tanto por efecto de áspera é indigna 
reconvención de un Capitán general, antes muy su ami- 
go, como á consecuencia de su carácter extremadamente 
caviloso y exagerado en materias de pundonor, le aco- 
metiese la calentura cerebral que en breves días le llevó 
al sepulcro el 24 de octubre de 1868. 

Amante de las ciencias, de la literatura v de las ar- 
tes, Saavedra Meneses apreciaba todavía más que las dis- 
tinciones militares y políticas las meramente científicas 
ó literarias. Desde que en diciembre de 1848 fué nom- 



174 

brado individuo de la Sociedad Económica de Amigos del 
País de Oviedo y en 1856 las sociedades de Geografía 
de París y Meteorológica de Francia le llamaron á su 
seno, siempre contó por sus mayores timbres estos mo- 
destos honores. Elegido individuo de número de la Real 
Arademia de Ciencias exactas, físicas y naturales de esta 
cíjrte, manifestó en su pública recepción lo mucho en que 
estimaba tal honra, y dio brillante muestra de profunda 
doctrina y de buen gusto literario. Discurriendo en tan 
solemne ocasión acerca de los adelantamientos sucesivos 
de la Geodesia y de las ciencias mds intimamente enla- 
:;^fdas con ella, supo hacer clara y perceptible para los 
k'^os una materia obscura y difícil de suyo, sin apelar en 
ningún caso á la especie de científica jerigonza tan del 
^ríiato de nuestros días, con que la atrevida ignorancia 
usurpa el nombre de ciencia y procura encubrir su va- 
ciedad de concepto. 

Del buen sentido crítico y habilidad de Saavedra Ue- 
11 eses en el manejo del idioma patrio dan testimonio, en- 
tre diversos escritos de su docta pluma, su juicio de la 
¡Ihtoria del consulado y del imperio^ de Thiers, y los 
artículos que consagró á examinar una de nuestras últi- 
mas Exposiciones de Bellas Artes. Dícenlo también va- 
vim de sus poesías, y muy señaladamente la dedicada Al 
Ferrol, con motivo del renacimiento de ntcestra marina; 
la cual poesía, y la linda fábula que rotuló La Esperan- 
za, incluyo á continuación de estos renglones para que 
cada cual forme acerca de ellas juicio propio. 

Dígalo, en fin, el Discurso que tenía preparado para 
sil recepción en nuestra Academia Española, consagrado 
ú dilucidar <Las relaciones que enlazan el estudio de los 
íbaómenos naturales con la ciencia del lenguaje, enten- 



475 

(tiendo comprendidos en la serie de aquellos fenómenos, 
así los de la naturaleza exterior, como los que el hombre 
observa en sí mismo 

De sentir es que nuestro malogrado compañero no hu- 
biese podido terminar su obra; pero la parte de ella que 
ha dejado y que vosotros habéis dispuesto discretamente 
dar á la estampa en los tomos de Memorias ^ basta para 
demostrar el acierto con que le llamasteis á compartir 
vuestras laudables tareas. Por el mayor de sus triunfos 
y honores contaba Saavedra vuestra elección, creyéndose 
indigno de favor tanto, con no fingida modestia. Permi- 
tidme pensar que interpreto fielmente lo que sentís, la- 
mentando que la implacable muerte le haya arrebatado 
tan pronto de nuestro lado, envidiosa de su mérito y de 
sus virtudes. 

Una sola observación, y concluyo. Para que forméis 
cabal idea de los tesoros de bondad que abrigaba el co- 
razón de Saavedra Meneses referiré un suceso, que él 
procuraba cuidadosamente encubrir aun á sus mayores 
amigos. Guando el cólera morbo asiático diezmaba esta 
población por el otoño de 1865, vivía en humilde buhar- 
dilla de la misma casa de Saavedra un matrimonio con 
dos hijos pequeñuelos. Aquella terrible enfermedad acabó 
en breves horas con los padres de ambas criaturas, que 
quedaron sin otro amparo que el de Dios, y sin capaci- 
dad todavía para comprender la inmensidad de su des- 
gracia. Saavedra Meneses, que bajo aparente sequedad 
ocultaba un corazón tierno y sensible, se apresuró á re- 
coger á los dos huérfanos é hizo desde entonces con ellos 
veces de muy cariñoso padre. ¡Bendigamos la memoria 
de quien, sin ser acaudalado, entendía y practicaba tan 
cristiana y generosamente la caridad! ¡Bendigamos al 



176 

hombre que hubiera sido, á no dudarlo, hermoso orna- 
mento de nuestra Academia, como era ya por sus rele- 
vantes cualidades uno de los mejores hijos de la patria! 

Noviembre de 4868. 

Manuel Cañete. 



POESÍAS DE SAAVEDRA MENESES 

A QUE SE HACE REFERENCIA EN LA ANTERIOR NECROLOQIA. 



ATi FERROL, 

OON MOTIVO DEL RENACIMIENTO DE NUESTRA MARINA. 

DoinaQdo las olas eleva su frente 
Coloso de piedra dormido en el mar, 

Y á España recuerda, con voz elocuente, 
Que un tiempo dos mundos logró sujetar. 

Sus, alza y exclama: aque tanto abandono 
Es mengua y vergüenza del nombre español, 
Del pueblo que viera rindiendo á su trono 
Perenne tributo los rayos del sol.» 

En vano corona tus fuertes murallas 
Su boca temida mostrando el cañón; 
Cien naves que tornan de rudas batallas 
Ya no te saludan con hórrido son. 

No luce en los aires su mástil altivo 
Brillantes enseñas de vario color 
Que el viento acaricie con soplo furtivo 

Y el sol ilumine con bello fulgor. 

No adornan tus proras dorados leones, 
Que un globo sujeten con fiero ademán, 



Í77 

Mostrando orgullosos las vastas regiones 
Que ya para Espa5a perdidas están. 
Tal vez esas olas qae bañan tu asiento, 

Y do vacilante tu imagen se ve, 
Mañana, agitadas al soplo del viento^ 
Del muro destruyan el sólido pie. 

Mas no, que en la altura con tino velando, 
Al aire tendido su manto real. 
Te aguarda la sombra del sexto Fernando, 
Que aqui entre las olas le alzocolosaL 

Ya basta; los hijos de un pueblo valiente 
No pueden más tiempo sufrir su baldón. 
£s fuerza despierte del sueño indolente 

Y apreste sus garras el fiero león. 

Si pobre se encuentra» perdido ya el oro 
Que un tiempo formaba su rico botín, 
Aún es para España preciado tesoro 
El sol que fecunda t^n bello Jardín . 

Si alzar sn bandera del polvo no alcanza 
Un siglo de lucha, de esfuerzo y de afán, 
Si ya nuestros ojos no ven su pujanza, 
¿Qué importa? Otros siglos á verla vendrán. 

Que tornen, [oh patrio! tus días de gloria; 
Con lauros se mire tu frente adornar, 

Y en oro esculpiendo tu nombre la historia 
De nuevo te aclame aSoñora del mar.» 

F. SaAVEDRA AtBfKESES. 



L^A. J£SPEIfc.áJSrZA, 



fíbula. 

De una venta salían tres viajeros 
Montado cada cual en su pollino, 
Y uno de ellos, cok^rico y sin tíno^ 
A su montura daba golpes fieros. 



iü 



De la suya á menudo se apeaba 
Cuidadoso el segundo, y le ofrecía 
Cuanto el jumento de comer quería. 
Más prudente el tercero, colocaba 
En la punta de un palo paja y heno, 
Mostrándolos después á su borrico, 
Pero siempre á dos dedos del hocico; 
Y como el asno, de esperanza lleno, 
Á los otros bien pronto atrás dejara, 
Víctimas del hartazgo ó de la vara, 
Á su dueño exclamar oyó triunfante: 
a Así marchan los hombres adelante.» 



Saavedra Mbnbsbs. 




ESTUDIO 

ACERCA DE LAS RELACIONES m ENLAZAN LOS FENÓMENOS NATCRALES 
CON LA CIENCIA DEL LENGUAJE. 



APÜTiTBS PARA ON DISCURSO 

POR BL 

íLMo. sr, d. frutos SAAVEDRA MENESES (O, 



L 
Señores: 

Voz autorizada y elocuente os decía, no há mucho, en 
inohidable junta pública, que la recepción de un nuevo 
colega está siempre amargada y entristecida por la pér- 
dida de compañero muy querido, reemplazado pronto en 
el sitial de la Academia, mas no en lo íntimo del amisto- 
so afecto, ¡Cuan honda no habrá de ser la pena, hoy que, 
á vuestro venerable decano el Excmo. Sr, D. Ensebio Ma- 
ría del Valle, al sabio apacible y modesto á quien todos 
profesabais amor respetuoso, sucede persona de tan esca- 

(I) Seis BOU loB tro7,oa d ímgmeiitos que Saavedra Menases dejd escri- 
tos y que debían formar parte de su Di&ciiriid de recipe ion » Como entre 
algunos de ellos no hay toda la ilación que fncm de í^pctcccri y que el 
aator les liabno dado h\ hubiese concluido su obra^ van señalados ^({ui 
con núnieros romanos, por el orden en que el loi dejó, pank que se difereu- 
cien naos de otroB, 



480 

SO valer como la que, henchido el pecho de gratitud, os di- 
rige la palabra por vez primera! 

Y en tales momentos acreciéntase mi justo temor al 
recordar que, en el ya derruido alcázar de Segovia, vie- 
ron correr sus años juveniles un perspicuo comentador de 
Cervantes, otro Académico de amenísimo estilo, y el ins- 
pirado poeta que me apadrina en ésta para mí solemne 
ocasión, honrándose con hijos de tal valía la antigua Es- 
cuela de que voy á ser entre vosotros humilde y demeri- 
torio representante. 

Puesto que al pobre ingenio mío le está vedada la re- 
gión del arte en que halláis rico venero de bellezas lite- 
rarias, habréis de otorgarme indulgencia si, al obedecer lo 
que ordenan vuestros Estatutos, trato solamente de ma- 
terias extrañas á los primores con que engalanáis el ha- 
bla de Castilla, y me ocupo corto espacio en las relacio- 
nes que enlazan el estudio de los fenómenos naturales con 
la ciencia del lenguaje, entendiendo comprendidos en la 
serie de aquellos fenómenos, así los de la naturaleza ex- 
terior, como los que el hombre observa en sí mismo; pues 
no sin razón háse apellidado microcosmos al admirable 
organismo en que se refleja y compendia el universo ma- 
terial. Á medida que nuevas investigaciones dilatan los 
horizontes del saber, aparece más necesario el concurso 
fraternal de los distintos conocimientos, mostrándose con 
mayor evidencia la analogía de métodos y la portentosa 
fecundidad de las leyes primordiales que plugo al Hace- 
dor imponer á todo lo creado. Debéis, por lo tanto, culpar 
sólo á mis fuerzas si, débiles y escasas, me impiden daros 
testimonio valedero de que no están apartadas, sino ar- 
moniosamente unidas, las teorías á que rinden culto mis 
colegas de la Academia de Ciencias exactas, físicas y na- 



184 

torales, con las especulaciones filológicas á que se consa- 
gran en este recinto preclaros ingenios españoles. 

La palabra, expresión de la actividad del espíritu, en- 
lace misterioso de ideas y sonidos, ocasiona en el orga- 
nismo humano complicada serie de movimientos, á cuyo 
estudio, tan útil para conocer los verdaderos principios 
fónicos de la locución, se consagran actualmente sabios 
de merecida nombradla. 

El fisiólogo moderno, provisto de aparatos fonográfi- 
cos que señalan en brevísimo intervalo de tiempo milla- 
res de vibraciones, logra determinar la uniforme veloci- 
dad de la corriente nerviosa, que así transmite las impre- 
siones extemas y las somete á la percepción intelectual, 
como obedeciendo á la voluntad comunica movimiento 
á los diversos órganos. Comparando actos diferentes, aun- 
que de análogas transmisiones, háse intentado medir aun 
la misma rapidez con que el espíritu percibe, reflexiona y 
resuelve. Hallan, por ejemplo, dos experimentadores que 
el tiempo indispensable para que uno pronuncie deter- 
minada sílaba y otro la repita, aumenta cuando éste no 
sabe de antemano cuál sea la elegida, y de ello creen po- 
der deducir que la diferencia, valuada en una décima 
parte de segundo, corresponde á la reflexión que el acto 
requiere. 

Investíganse, por medio de estudios anatómicos y bio- 
lógicos, las relaciones entre el órgano de la voz y el sen- 
tido que, recibiendo la impresión sonora de la palabra, 
permite juzgar á cada instante del orden en que se suce- 
den los movimientos orales. La proximidad del nervio 
acústico á los de la boca y garganta, la longitud no muy 
crecida de todos ellos, y la disposición especial de las par- 
tes en que terminan, explican de consuno cómo la inte- 



182 

ligencia, señoreando tales servidores, combina rápida- 
mente los variadísimos esfuerzos que la pronunciación 
reclama. 

11. 

Basada en la comparación de los idiomas que le es dado 
analizar, y elevándose por ventura al conocimiento de 
los que inmediatamente les precedieron, la ciencia filoló- 
gica nada positivo puede enseñarnos acerca de los oríge- 
nes del lenguaje; y si no cabe admitir el supuesto de que 
las voces comenzasen por deber su significación á conve- 
nios arbitrarios, los filósofos que las reputan manifesta- 
ciones espontáneas no logran tampoco explicar cumpli- 
damente el primer maravilloso enlace de ideas y sonidos. 
En más altas esferas, y en relato de sublime sencillez, 
buscan satisfacción y descanso los espíritus deseosos de 
vislumbrar cómo tuvo principio el humano linaje, y que 
anhelan rendir tributo de gratitud á aquél de quien ha 
recibido el hombre la inestimable facultad de la palabra. 

Ninguna lengua hoy conocida pudo ser matriz única 
de las demás, y nadie sostiene ya, en científico de- 
bate, que proceda del hebreo el habla de todas las nacio- 
nes; debiéndose en parte al sabio cardenal Wiseman la 
desaparición de tan infundada creencia, muy común en 
otros siglos, y contra la cual pugnó nuestro Hervás, re- 
cordando, á este propósito que fueron confundidos los 
idiomas al verificarse la dispersión de las gentes. 

Á tener necesidad de elegir entre diversas conjeturas 
relativas al lenguaje, ya varió y distinto, de las tribus 
que comenzaron á extenderse por la superficie del globo, 
debería de darse preferencia á la opinión de los que juzgan 



183 

haber sido general, en remotos tiempos, el uso de voces 
monosílabas. Así tuvo principio, según los gramáticos de 
las riberas del Ganges, el hermoso decir que llegó á me- 
recer nombre de sánscrito ó perfecto, y al que única- 
mente ha superado en riqueza de flexiones el hablar de 
la artística Grecia. En muchos vocablos semíticos descu- 
bren también los filólogos modernos antiquísimas raíces^ 
no de tres, sino de sólo dos consonantes, y con menor 
dificultad se han reconocido formas primordiales muy 
sencillas en las lenguas de casi todos los pueblos que ca- 
recen de cultura. Pero la suposición referente al primi- 
tivo empleo de radicales aislados halla principal apoyo 
en el idioma chino, que se conserva al través de las eda- 
des extraño á distinciones de verbo y nombre, género ó 
número, y sin otro artificio gramatical que el de antepo- 
ner ó posponer sistemáticamente los monosílabos de que 
consta su vocabulario. Merced, no obstante, á la extre- 
mada variedad de entonaciones, y al auxilio que propor- 
cionan en la escritura distintas claves genéricas, hablar 
de tan pobre traza cuenta millares de locuciones diferen- 
tes, y ha producido una üteratura ilustrada por obras de 
peregrina belleza moral, no menos que por apacibles le- 
yendas y melancólicas elegías como las debidas á li-tai- 
pe, el vate popular del celeste imperio. 

La dilatada serie de combinaciones que es dado formar 
oon las letras ó elementos fónicos, aun entrando muy 
pocas en cada grupo, muestra que el decir, próximo to- 
davía á su origen, pudo ser monosilábico y rico al par en 
palabras que expresasen con viveza suma todo género de 
percepciones; y hasta parece probable que muchas de 
aquellas voces, indicadoras de actos concretos, cayesen 
pronto en desuso, predominando otras de acepción más 



484 

general y comprensiva, al modo que ha solido acontecer 
en la marcha ulterior del lenguaje. 

Maestros en análisis lexiológica opinan que, fuera de 
algunas exclamaciones, ecos del alma profundamente 
conmovida, los variadísimos vocablos de casi todas las 
lenguas provienen de raíces relativas á ideas de acdón 
ó movimiento, y de corto número de indicaciones prono- 
minales. Las admirables leyes que se descubren en la 
composición y derivación de las voces, inducen también 
á conjeturar que al sencillo procedimiento de unir las 
sílabas, conservándolas sin alteración, hubo de suceder 
el que establecía la verdadera imidad del conjunto apli- 
cándole un solo acento. Al compás que aumentaron los 
enlaces y mudanzas de estructura, fuóronse modificando 
las acepciones, y del estrechísimo consorcio de pronom- 
bres y temas radicales, brotaron á porfía palabras capa- 
ces de pintar los más tenues matices del pensamiento 
humano. 



III. 



Si el espectáculo de los progresos que alcanzó la escri- 
tura en las sociedades antiguas ofrece particular interés, 
no le presentan menor los medios empleados en épocas 
diferentes y por distintos pueblos para reconocer, según 
la índole de cada idioma, el orden y natural dependencia 
de las voces, sus elementos primarios, el modo de deri- 
varlas y componerlas, cuanto constituye, en fin, la mi- 
nuciosa análisis que un filólogo moderno ha podido ape- 
llidar: química de las lenguas. 

De los escritos destinados, en remota edad, á la ense- 
ñanza Uteraria de los moradores del Egipto, sólo se con- 



185 

sffl^an escasos fragmentos, que no alcanzan á dar idea 
del estado de los conocimientos gramaticales en aquel an- 
tigao imperio; mas son, por el contrario, bastante nume- 
rosos los textos de esta clase hallados en la biblioteca de 
Ninive, señalándose entre ellos una gramática asiría, que 
muestra el orden lógico en que se disponían ya, hace dos 
mil quinientos años, los paradigmas de las conjugaciones 
verbales. 

Comienzan poco después á florecer, en la región seño- 
reada por el gigantesco Himalaya, los verdaderos estu- 
dios analíticos del lenguaje. Á las reglas tradicionalmen- 
te conservadas por los brahmanes, y que habían servido 
para preservar de todo cambio la pronunciación y armo- 
niosa cadencia de los Himnos Yódicos, suceden sagacísi- 
mas especulaciones acerca del decir sánscrito, coronadas 
por Panini, veinte y dos siglos há, con la obra más com- 
pleta que se haya consagrado, en tiempo alguno, al exa- 
men de las formas de su idioma. Asombro causan tales 
trabajos, en que habla por extremo abundante en voca- 
blos variadísimos aparece deducida de dos mil raíces mo- 
nosilábicas, que se unen y modifican de diversas mane- 
ras para producir verbos, nombres y toda clase de partí- 
culas. Los accidentes de género, número y caso, lo mismo 
que los de persona, tiempo y modo, son debidamente ex- 
plicados por los preceptistas indios, que dan también im- 
portancia snma á la cantidad silábica y á la eufonía de 
las voces. 

Diríase, no sin fundamento, que el resplandor de la 
belleza tiene irresistible atractivo para los investigadores 
más metódicos y perseverantes, al ver cómo los cantos de 
la mmortal poesía jónica dan ocasión en la Escuela de 
Alejandría á estudios gramaticales análogos á los que sur- 



486 

gen en la India del examen de himnos antiguos y vene- 
randos. Difieren, sin embargo, estas especulaciones en 
que los sabios brahmanes, preocupados muy particular- 
mente de la forma y manifestación externa, crearon, por 
decirlo así, una historia natural de la voz articulada, en 
tanto que los griegos, fijándose más en las significaciones 
y especulando sobre los actos intelectuales, tuvieron el 
propósito de fundar una filosofía del lenguaje. Algunos 
escritores helénicos, y señaladamente Aristóteles, habían 
emitido ya juicios acertados y profundos acerca de su len- 
gua nativa; pero Zenodoto y los críticos posteriores ex- 
tienden sobre ella un vasto sistema de clasificaciones, á 
las que aplican nombres deducidos de los conceptos de 
substancia, sujeto, atributo y tantos otros pertenecientes 
á la división lógica de las ideas. Pero atentos á distinguir 
las partes constitutivas de los vocablos y á presentar ais- 
ladas las raíces, utilizan, con todo, sus incomparables fle- 
xiones y la sencillez de su aoristo segundo, para derivar 
diversos nombres de la sílaba esencial de algunos verbos, 
quilatando con esmerada solicitud los primores del decir, 
singularmente bello, de que el tracio Dionisio nos ha de- 
jado la primera gramática elemental. Enseñada en Ro- 
ma, con aplauso de los amantes del saber griego, sus re- 
glas y designaciones técnicas se fueron adaptando á los 
idiomas latino, gótico, esclavón, y á todos sus análogos 
ó derivados, siendo hoy conocidas donde quiera que al- 
canza predominio la cultura europea. 

Escritores versados en tales preceptos los aplican en 
Siria á lengua de índole muy diferente, y los sectarios de 
Mahoma, celosos guardadores de la palabra del Profeta, 
buscan un sistema gramatical que la preserve de altera- 
ciones, esclarecen el artificio de su sintaxis y distinguen, 



iH7 

como generadores de voces, las raíces do trea consonan- 
tes, Al mediar el siglo octavo, resume Sibawaih las nue- 
Tas doetrinas» y, comentadas por otros autores árabes, las 
adoptan en la décima centuria sabios hebreos de Oriente 
y Occidente, alzándolas Jonah Ben-Ganah y otros rabi- 
nos españoles, á punto que no había de ser superado has- 
ta los tiempos del holandés Schultens, y posteriormente 
en Alemania, merced al método de comparación propio 
de la época moderna. 

El estudio de los idiomas, hecho aisladamente y con re- 
lación á un solo período histórico, no revela, en efecto, 
ni los cambios sucesivos, ni las leyes á que están sujetas 
las distintas manifestaciones del lenguaje; y de ello dan 
testimonio los antiguos gramáticos de la India, al mote- 
jar de bárbaros 6 balbucientes á los pueblos que pronun- 
dan las voces de cierto modo no admitido en el habla de 
los Vedas, Cuando este epíteto de bárbaro, que tan pró- 
digamente habían de aplicar griegos y latinos, cae en des- 
uso ante el progreso de la fraternidad cristiana^ misio- 
neros ansiosos de difundir las doctrinas del Evangelio por 
toda la haz de la tierra publican varios textos sagrados, 
y señaladamente la oración dominical, en crecido número 
de lenguas, de cuyas semejanzas y diferencias procuran 
dar breve noticia, poniendo así la primera piedra en el 
grandioso edificio de la filología compamda. 

Preclaro ejemplo de la acción fecunda y provechosa 
ejercida por una vasta inteligencia sobre ramos muy di- 
versos del saber, el gran Leibníz impulsa los estudios eti- 
mológicos, señala la importancia del examen detenido de 
los dialectos, y se dirige á príncipes, embajadores y via- 
jeros solicitando la formación de numerosos vocabula- 
rios. 



488 

Es llegado el momento, señores, de recordar el nombre 
de mi hijo insigne de nuestra patria, del sapientísimo 
Ilervás, que añadiendo á sus propias investigaciones las 
de otros muchos padres jesuítas reunidos en Italia después 
de su expulsión de los dominios españoles y portugueses, 
daj en el inapreciable Catálogo de las lenguas j noticia ra- 
zonada de más de trescientas, manifestando cómo se ha- 
llan geográficamente distribuidas. Filólogos ilustres elo- 
gian hoy este importante trabajo, en el cual se distingue 
el habla de los antiguos iberos de la traída de Oriente por 
los celtas; se forman dos grupos de los dialectos teutóni- 
cos y esclavones, y se incluyen en la familia de los idio- 
mas semíticos, desde el hebreo primitivo al etiópico mo- 
derno, estando fundadas todas las clasificaciones, más que 
en la semejanza de los vocablos, en el estudio de las gra- 
máticas respectivas. Halla también el sabio español ana- 
logías de lenguaje, no sólo entre húngaros, finlandeses y 
tapones, sino en los habitantes de apartadísimas comar- 
cas, y muy principalmente en los pobladores de islas dis- 
persas por la vasta extensión de los mares. 

Gomo la gloria de tal descubrimiento ha sido años des- 
pués atribuida á Guillermo Humboldt, que de ella no ne- 
cesitaba, ciñendo su frente tantos y tan inmarcesibles 
lauros, justo será citar aquí algunas palabras de nuestro 
compatricio. «Desde las puertas, dice, del imperio de Ghi- 
>na, se hablan dialectos tártaros hasta dentro de Europa, 
>en que dominan los turcos, que hablan uno de ellos. Ve- 
í^rá el lector que, desde el Indostán hasta los últimos tér- 
»minos de la China, hay naciones inmensas, que constan 
>á lo menos de trescientos millones de personas, y que, 
^creídas totalmente diversas, hablan lenguas que son dia- 
>lectos de la China antigua. Verá que la lengua llamada 



189 
^tmlaya^ Iñ ciial se habla en la península de Malaca, es 
> matriz de innumerables dialectos de naciones isleñas 
>que desde dicha península se extienden por más de dos^ 
^dentos grados de longitud en los mares Oriental y Pa- 
Knflco*ji Asertos que con abundante copia de datos com- 
prueba el autor, el cual no llegó á ver ni el Glosario 
comparativo de doscientos ochenta idioraas, mandado for- 
ran por la emperatriz Catalina de Rusia, ni la obra algo 
semejante publicada por Adelung; pero hubo sí de consul- 
tar. T resolvió atinadamente los escritos con que estudio- 
sos misioneros habían dado á conocer en Europa la anti- 
gua lengua de los brahmanes. 

Fundada por doctos ingleses la Sociedad de Calcuta, 
vierte el sánscrito raudales de luz sobre los horizontes de 
la filología, y reconocido el fraternal enlace de los modos 
do decir usados desde las orillas del Oangos á las del Tajo, 
proclama^ en fin, Federico Schlegel la unidad de la fami- 
iia uido- germánica, ó mejor, indo-europea. Kscúchanse 
en Occidente los ecos de una literatura rica y ubórrima, 
cual la vegetación de las florestas indostánicas, y vueltos 
al Asia los ojos de eruditos investigadores, descübrense 
formas aún más antiguas de lenguaje en los primeros es- 
critos religiosos de indios y persas. Á la gramática sans- 
rreda del amigo de Ilervás, del sabio carmelita Fray 
Paulino de San Bartolomé, sucede la obra monumental 
en que el príncipe de los filólogas alemanes, Francisco 
Bopp, compara sánscrito, zendo y armenio con las len- 
guas europeas de igual origen, siguiéndole en tan difíci- 
les trabajos Pott, Bentey^ Kuhn y Schleicher. F^studia 
Burnouf el habla de los Parsis; el eminente Jacobo 
frrimm, Zeuss y Mildosich, las de germanos, celtas y es- 
lavos; Curtius y Gorsaen^ las de griegos y latinos, quila- 



490 

tando Diez las analogías y diferencias de los idiomas ro- 
mances. Distintas ramas del decir semítico son objeto de 
las investigaciones de Gesenio, Ewald y nuestro García 
Blanco, en tanto que Schott y Galdwell consagran sus 
tareas á las lenguas fino -tártaras y dravídicas, Julián á 
la china, y Humboldt, Bleek y Buschmann á las de Ocoa* 
nía, África y América. ¿Cómo mencionar los colaborado- 
res sin cuento que han llevado su piedra al majestuoso 
edificio? Baste decir que, en medio siglo de inteligentes 
esfuerz;Ds, hánse analizado centenares de idiomas y miles 
de dialectos, enriqueciendo cada día el grandioso conjun- 
to^ ya especulaciones profundas y luminosas, ya reduci- 
dos, pero inestimables vocabularios, que en su trato con 
tribus inciviles logran formar los héroes de la ciencia, los 
animosos viajeros que, como Barth y Lávingstone, arros- 
tran toda clase de peligros por acrecer el candad de los 
conocimientos humanos. 



IV. 



Si de las condiciones fónicas, enlazadas con la fisiolo- 
gía^ pasase á considerar simples sílabas expresando en 
edades remotas variadísimos conceptos intelectuales, y 
me detuviese á discurrir sobre idiomas primitivos, abu- 
sara, señores, de vuestra bondad, y viérame al fin apar- 
tada de toda analogía con las ciencias de observación. 

De igual suerte que la geología reconoce en la super- 
ficie del globo terrenos de diversas épocas, y deduce de 
su estado presente el orden probable de su formación, 
así el estudio comparativo de las lenguas descubre en los 
actualmente conocidos caracteres de mayor ó menor an- 
tigüedad. El idioma literario de los chinos, compuesto de 



<t1 

voces monosilábicas^ euyo BúmerOj aun con todas las di- 
ferencias de acentuación, no llega á mil trescientas, pa- 
rece conservar forma muy primitiva, pues tales raíces 
no han recibido derivaciones, y una misma puede expre- 
sar verbo 6 nombre, según el lugar que ocupa respecto 
de otras, necesitándose dos ó más para cualquiera indica- 
ción relativa á género, número ó caso* Aunque multitud 
de signos suplan en la escritura lo incompleto del sistema 
fónico, maravilla, sin embargo, que, con tan pobre arti- 
ficio gramatical, un pueblo más laborioso que poótlco 
haya tenido, desde edad remota, apacibles leyendas or- 
nadas con los primores de la rima, obras filosóficas de 
sorprendente belleza moral, y en tiempos menos lejanos, 
melancólicas elegías, como las debidas á li-tai-pe, el vate 
popular del celeste imperio. 

En aquel vastísimo territorio muchos dialectos vulga- 
res aparecen ya más complicados, y corresponden á lo 
que investigadores competentes, cual Bunsen y MuUer, 
apellidan se^mdo periodo mor/b/cíj^iíTo del lenguaje, Per- 
inaneca sin alteración la sílaba radical de los distintos 
vocablos, pero se le agregan otra ú otras, que pierden su 
independencia para dar origen á significaciones deriva- 
das; debiéndose á la reunión de tales elementos, no del 
todo confundidos con la raí?: principal, el nombre de 
üglutinantes que autores modernos aplican á multitud 
de lenguas habladas por casi la tercera parte de los seres 
homanos. Al intentar distinguirlas y conocer su distribu- 
ción en extensas comarcas del antiguo y nuevo mundo, 
halla la filología útiles auxiliares en cuantos estudios tie- 
nen por objeto la historia natural del hombre, y no sin 
motivo el sabio director del Museo antropológico de París 
ha dicho recientemente que sería grave yerro separar 



492 

las investigaciones filológicas de las relativas á los carac- 
teres físicos. «Rara vez, añade, se conti'adicen los resul- 
»tados obtenidos por uno y otro medio, autorizándome á 
>afirmar este hecho doce años de enseñanza, en que he 
>pasado muestra á las principales razas del globo. > 

Emigraciones de malayos á islas situadas al Sur del 
Asia, explican las analogías de los idiomas que en ellas 
se hablan, los cuales llegan á mostrarse en Polinesia es- 
casísimos de vocablos y faltos de toda flexibilidad. Es aún 
más ruda y extraña la pronunciación de los hotentotes; 
pero su artificio gramatical, ya de menor rigidez, acércase 
al de otras lenguas africanas, que se distinguen por el 
claro sonido de sus vocales y reúnen condiciones de sin- 
gular eufonía. La alteración del lenguaje, tan rápida en 
las sociedades que desconocen la escritura y cambian fre- 
cuentemente de residencia, pónese de manifiesto en di- 
versas tribus inciviles del interior de África, dejando de 
comprenderse los hijos de una misma familia, si durante 
dos ó tres lustros cesan de tener recíproco comercio. 

Semejan los numerosos idiomas vernáculos de América 
á los del extremo oriental del continente asiático; y acre- 
centada en ellos la tendencia aglutinante, intercálanse 
unas voces en otras, se agregan ó suprimen elementos, y 
se forman así palabras de más ó menos extensión, que 
representan conjuntos de varias ideas. Aunque no pocos 
dialectos tienen letras que suenan cual desapacible chas- 
quido, abundan, sin embargo, las de locución suave y ar- 
moniosa, ostentando el habla por extremo elegante del 
antiguo imperio de los Incas, y las de comarcas próximas, 
maneras especiales de conjugar, que los misioneros espa- 
ñoles denominaron transiciones^ y cuyo metódico con- 
cierto es tal que, según el P. Molina, no ofrece la gra- 



(93 

raática chilena caso alguno de irregularidad. El ro- 
jnanca de Castilla, hablado por los heroicos conquistado- 
res del continente americano, adoptó algunos nombren 
de los que aplicaban los indios á objetos peculiares de 
aquellas regiones, y difundió, á su vez, los usados en 
Europa, siendo por extremo curioso que, al mediar el 
siglo último, los habitantes de las islas de Chiloe apenas 
proferian voz alguna que no fuese castellana, pero dán- 
dole la colocación y ordenamiento propios del decir 
iraacano. 

Tornando de nuevo al Asia, en las llanuras que se ex- 
tienden desde los confines de Europa & la meseta gigan- 
te de Pamir, apellidada por los orientales cápula del niuTv- 
do^ veremos hoy, cual en remotos tiempos, jinetea nó- 
madas que, de la tura ó veloz carrera de sus corceles, han 
recibido el nombre de t^ránicm^ aplicado después por 
ilustres filólogos á gran número de idiomas, y señalada- 
Eiente á los de multitud de pueblos que, bajo el férreo 
yugo de los kanes mogoles de la célebre horda dorada^ 
formaron en el siglo xiii, de las riberas del Danubio á los 
mares de China, el más dilatado imperio de que hacemen* 
cíón la historia. 

Fué asimismo poderoso, y menos efímero, el fundado 
por los turcos, cuya lengua, avmqiie admitiendo muchos 
vocablos árabes y persas, muéstrase tan regular como 
rica en formas gramaticales, y de ella ha dicho un escri- 
tor eminente que, á no proceder de rudos salvajes de Tar- 
taria, podría creérsela resultado de las deliberaciones de 
alguna docta academia. 

A orillas del Báltico, y donde quiera que se escuchan 
dialectos fínicos, consérvanso antiguos cantos naciona- 
les, que recogidos actualmente, con cuidadoso atan, de 

i3 



194 

boca de ancianos recitadores, presentan en el Kalevala 
joya de subidísimo precio, sólo comparable á las grandes 
epopeyas de otras literaturas. La inspiración poética vis- 
te de espléndidos colores aquella naturaleza sombría ó in- 
clemente, y aunque retratando con vigor extraño el cho- 
que de rudas pasiones, ensalza el poderío del espíritu, do- 
meñador de la fuerza material, reuniendo dioses, hom- 
bres y fieras á celebrar la más bella apoteosis de poeta 
que haya sido nunca imaginada; poco después de la cual 
el mágico Wainamoinen, el cantor inimitable, desapare- 
ce tras los horizontes del mar, dejando sus canoros ver- 
sos y el arpa de armonías maravillosas para eternal re- 
gocijo de los hombres sujetos al rigor de climas septen- 
trionales. 

Y reconociendo en obra tan peregrina de cuánta gala- 
nura son capaces los idiomas aglutinantes, ¿cómo no mirar 
con vivo interés y rendir tributo de veneración al habla 
vernácula de Iberia, que, extendida un tiempo desde el pie 
de los Alpes al confín de la Bética, resuena todavía en los 
pintorescos valles del territorio vascongado? Descübren- 
sela ligeras semejanzas con otras lenguas del Norte de 
Europa y de América, y aunque dividida en dialectos que 
han recibido muchísimas voces de procedencia indo-ger- 
mánica, mantiene inalterable la antigua traza y singular 
carácter; no omitiendo accidente alguno que concurra á 
puntualizar la expresión de las ideas. Su curioso artificio 
gramatical facilita las derivaciones de vocablos, aplicán- 
doles sucesivas desinencias, y nombres agregados á los 
conceptos de ser y tener constituyen el verbo de conju- 
gación gallardamente ramificada, que da vida ó impere- 
cedero verdor al árbol frondoso del lenguaje éuscaro. Va- 
rias analogías del sistema fónico, algunas formas de de- 



195 

macióo, reducido numero de palabras usuales, 3^ no po- 
cas indicaciones geoofi*áficas, atestiguan la influencia del 
vaBCoenee en nuestro romance, y aun liabrá, por ven tu- 
Rif de reconocerí?e aquel origen en ciertas frases de ex- 
prés va redimdanciaj como; <á mi mismo me lo ocultan, 
sóloá ti te lo escriben,» de las cuales no ofrecen ejem- 
plo, fuera de España, los idiomas neolatinos, 

Fíiltame, señores, considerar por breves momentos el 
tercer estado morfológico de las lenguas^ en que la síla^ 
ba radical del vocablo deja de ser independiente y recibe 
alteración más ó menos profunda. Á este período, deno^ 
minado de flexiones^ corresponden las dos grandes fami- 
lias semítica y ariaca, cuyas síenealogias filolójgicas han 
podido comprobarse con monumentos y relatos histó- 
ricos. 

En la llanura de Sinhár apacentaba sus ganados, cua- 
renta siglos há, tribu poco numerosa, que un venerable 
patriarca había da conducir, cru7ando el Eufrates, á tie- 
rra dtí cananeos, por donde se dilataron, en sucesivas 
edades, los descendientes de Abraham, Guardadores de la 
I creencia monoteísta, que informa y señorea la vida en- 
llera de los pueblos semíticos, entonan los Beni-Israel 
¡ csánticos de alaban7:a al Dios potente ó invisible á cuyo 
amparo se acogen en la inmensidad aterradora del desier- 
to. Animosos y sensuales, así luchan denodados contra 
las enemiíí'os de su ley, como caen en abominaciones de 
que los arrancan, á doras penas, varones justos que in- 
I Tocan el nombre santo de Ihowáh. El habla sencilla v 
enérgica de los hebreos, expresión de recuerdos melancó- 
jlioos é de ardientes esperanzas, admite pretéritos y futu- 
ros, mas en vano se la buscarían presentes; bastándole, 
[para formar sus voces^ deducirlas de raices que conser- 



196 

van las consonantes y sólo cambian de sonido vocal. Eco 
maravilloso de doctrina pura y sublime se alza en los 
cantos bíblicos á la cumbre de la inspiración poética, 
dándola Isaías forma por extremo correcta, que descaece 
al recibir el idioma de los judíos la influencia de dialec- 
tos árameos, hablados desde remota edad en Siria y Ba- 
bilonia. 

Estrechamente enlazada con el hebreo, la lengua de 
los opulentos mercaderes de Tiro y Sidón extiéndese por 
las costas del Mediterráneo, predomina en el África sep- 
tentrional, y de allí no desaparece sino al acercarse los 
tiempos del islamismo. Comienza entonces en la península 
arábiga extraño movimiento intelectual, sirviéndole de 
vehículo un idioma superior en flexibilidad y riqueza á 
los demás de la familia semítica, y que difundido por los 
conquistadores mahometanos altera el vocabulario de 
muchas naciones orientales, y llega hasta nuestros días, 
no solamente cual eco lejano de bizarra y abundosa lite- 
ra tíira, mas también en labios de los moradores de la 
región que se dilata desde las riberas del Tigris á las del 
Niger, conservándole en toda su pureza el beduino er- 
rante, fiel custodio de las tradiciones de su raza. Pastores 
nómadas eran, en efecto, los antiguos poetas de Arabia, 
que consagraron dulces kasidas á referir las vagas tris- 
tezas del espíritu reconcentrado en sí mismo, ó á celebrar 
la gallardía del jinete que cruza veloz campos de anchu- 
roso horizonte; y el deseo de absoluta independencia, que 
hizo decir á Mahoma <tras del arado marcha el oprobio, > 
no se extingue por completo en los descendientes de 
Ismael, ni al contacto de civilizaciones extranjeras, ni 
aun en el seno de refinada cultura, mostrándose leve- 
mente modificado por sentimientos caballerescos en el 



B7 



de Añtar, del héroe que con fabulosas hazañas 
cautiva la adnüraciún de los hijos del desierto. 

Fenicios y cartagineses, mahometanos y judíos, intro- 
dujeron suM idiomas en España, donde ostentó gentil lo- 
sanía la literatura orientaL ¿Qué parte hubo de caberles 
en ]a formación del romance generalizado en Castilla si^ 
glos anteí^ de que tornasen á tierra africana los últimos 
restos de la invasión agarena? Sobre punto tan difícil han 
disertado en este lugar doctísimos Académicos^ iiaciendo 
gallarda muestra de su profundo saber, y escritores ilus- 
tréis, asi de nuestra patria como de otras naciones^ han 
e^t^larecidu la materia con trabajos merecedores de justa 
ilabanza. De todo ello parece deducirse que si debemos á 
i s árabes muchos accidentes fünicos, hay varias articula- 
ciones cuya pronunciación aspirada o gutural ha tenido 
entre nosotros diverso y más reciente origen, siendo al- 
gunas formas gramaticales, el empleo del articulo como 
prefijo, no pocos nombres geográficos y más do mil voca- 
blos técnicos ó de uso común, lo verdaderamente esen^ 
eial del legado filológico que hemos recibido de los se- 
mitas. 

Volviendo por última ve% los ojos al Asia, veremos en 
las cimas del Belor hombres de blanco rostro y apuesto 
continente» que conservan costumbres y creencias seme- 
jantes á las descritas en los cantos vedicos. Apellídanse 
mamoffe^, y tienen por compañeras de su vida, ruda y 
afanosa, mujeres no inferiores en belleza á las que, en el 
eercano valle de Cachemir, labran telas finísimas^ 6 dan- 
zan á nrillas de cristalinos lagos donde se reflejan ú porfía 
llores, árboles y montañas de incomparable hermosura* 
Son aquellos pastores descendientes director de la tribu 
de los Anjas ó venerables, que establecida desde remota 



498 

edad en las márgenes del Vaksliu, del Oxó de los griegos, 
envió hasta los mares índicos y las costas occidentales de 
Europa hijos resueltos é inteligentes, que superaron en 
espíritu civilizador á todos los demás pobladores de la 
Tierra. 

Al modo que el estudio de las osamentas fósiles ha dado 
á conocer la disposición orgánica de animales cuya exis- 
tencia se pierde en la noche de lo pasado, así de raíces y 
formas comunes á las lenguas indo-europeas se ha dedu- 
cido por medio de un examen perseverante, denominado 
no sin razón paleontología filológica^ cuál hubo de ser la 
índole del lenguaje ariaco y el estado social de tan noble 
raza, antes de que dieran comienzo sus numerosas trans- 
migraciones. 

Dirigióse una de éstas á la región sobre que eleva el 
Himalaya su corona de inmaculadas nieves, y donde os- 
tentan admirable frondosidad plantas de todos los climas. 
El espectáculo de gigantescos montes, ríos impetuosos, 
selvas sombrías é impenetrables en que rugen las fieras, 
embarga el ánimo de los recién llegados, inclinándolos á 
considerar al hombre como débil ser, perdido en la in- 
mensidad de la potente naturaleza, cuyas fuerzas adoran 
cual otras tantas divinidades. Movidas al propio tiempo 
las imaginaciones ante el esplendor de tan rica vegeta- 
ción, vióse surgir y florecer por largos siglos, á orillas del 
Ganges, una literatura de exuberante lozanía, embalsa- 
mada con el perfume de delicadísimos sentimientos. Sen- 
cilla y espontánea en los primeros himnos religiosos, se 
muestra ornada de brillantes imágenes en el Ramayana 
y Mahabharata, que pintan no sólo luchas heroicas, mas 
también puros y ternísimos afectos, cual la abnegación 
generosa con que la noble Sita ó la dulce Savitri dan 



f99 
qamplo sublime de acendrado amor conyugal El idioma 
poco flexible del Rig-Veda osténtase ya merecedor del 
dictado de sdmcríto 6 perfecto en la inmortal epopeya, 
recopilada por Valmiki, y en otros poemas ú obras sabias 
de los brahmanes; pero no desciende así^ mejorado y em- 
bellecido, á las castas inferiores de aquella sociedad pro- 
fimdamente dividida, conservándose en dramas y poesías 
ligeros reatos del lenguaje vulgar, de que son hijos los 
actuales dialectos de la India, y del que procede, asimis- 
mo, el decir, singularmente alterado ó irregular, que 
Qimos en boca de los Frigaines ó gitanos. 

Vinculo fraternal une la lengua de los Vedas con las 
habladas por las gentes que se establecieron en la mese- 
ta del IráUy no lejos del país donde habían residido sus 
progenitores ariacos, Estos idiomas, de que el Zend-Av es- 
ta y las inscripciones cuneiformes ofrecen monumentos 
inapreciables, se modifican bajo las diferentes dinastías 
que ocupan el trono de Persia, y al derramarse por Orien- 
te los sectarios del islamismo» la introducción de muchas 
voces árabes forma el habla en que el inspirado Firdusí 
reproduce leyendas de edad remota, y lega a las futuras 
generaciones el poema nacional de los pueblos iránicos. 

Conoce la historia con nombre de celtas a los primeros 
descendientes de la tribu ariaca, que abandonaron las ri- 
beras del OxO para dirigirse á Occidente, Detuviéronse por 
largo periodo en los valles del Gáucaso, que había de lle- 
gar á afiellidarse montaña de las lenfjum^ á causa del 
crecido número de las que allí se escuclian y dan testi- 
monio del paso de sucesivas transmigraciones. Puestos 
nuevamente en marcha, mezcláronse con los primitivos 
moradores de Europa, a quienes hubieron tal vez de ense- 
nar eí uso del bronce, y estableciendo más principal- 



200 
mente en las regiones que caen al ocaso desde la penín- 
sula címbrica á la ibérica, celebraron en medio de los 
campos ó en la espesura de los bosques sus ritos pavoro- 
sos y cruentos. Guando, merced á los progresos del cris- 
tianismo, comienzan á desaparecer tales horrores, poetas 
populares, émulos de antiguos bardos, recitan en los dia- 
lectos kímrico ó gaélico leyendas rimadas de tan viril 
energía como las que relatan la muerte gloriosa de 
G-redy V ó el combate parricida de Gonloch. Aun hoy, des- 
pués de tantos siglos y de singulares modificaciones en 
las sílabas iniciales de muchas palabras (XIII, p/ Bopp, 
2/), conservan no pocos habitantes de la Bretaña conti- 
nental é insular y de la Irlanda el decir de la gente cel- 
ta, del que sólo quedan muy escasos vestigios en el mo- 
derno vocabulario de Castilla, si bien habrá de atribuirse 
aquel origen al modo con que portugueses y gallegos pro- 
n uncían determinadas letras, y señaladamente algunos 
diptongos. 

Desprendidas también del tronco ariaco, cruzan el Ta- 
ñáis nuevas tribus cuyos hombres de guerra (los germa-- 
no.^ valerosos, tan admirablemente descritos por Tácito), 
sojuzgan cuantas regiones se dilatan desde la margen del 
Danubio á las heladas cumbres de los montes escandina- 
vos, y llevan más tarde sus armas victoriosas á los últi- 
mos confines de la Europa occidental. De su antiguo idio- 
ma guárdase, cual monumento venerando, la Biblia que 
q vanee siglos liá tradujo el sabio Ulfilas al lenguaje de los 
godos, en el que los verbos carecen de futuro, mas las 
voces y formas de derivación presentan mucha analogía 
con las del sánscrito y el zendo, descubriéndose en ellas 
un sistema regular de transmutaciones así de consonan- 
tes como de sonidos vocales. La índole del hablar gótico 



§01 



consérvase, con muy poca alteración, on el llevado por 
los noruegos á blandía, tierra de hielos perennes y de 
encendidos volcanes, en la que hallaron eco, y fueron re- 
capilados en el poético Edda los primeros cantos de los 
escaldas, adoradores de Odín* Del bajo alemán, extensa 
rama del decir germánico, procede, entre otras lenguas, 
la anglo sajona, enriquecida doce centurias há con el 
poema heroico de Beowulf, y que, modificada por los 
franco-normandos, forma el inglés moderno de tan sen- 
cillo artificio gramatical como abundante en voces mono- 
silábicas. 

El idioma tudesco de la terrible leyenda de Hildebrand, 
prepara á su vez el advenimiento del alemánico de los 
Minnednger y de la grandiosa é imponente epopeya de 
los Nibelunges, al que había de suceder el habla por todo 
extremo rica y enérgica de Ivlopstock y de Schiller» Ni la 
breve dominación de los suevos, ni la más extensa y per- 
manente de los visigodos, fueron parte á arraigar en Es- 
paña el lenguaje traído del Norte; y aunque en ella se em- 
pleó por siglos el alfabeto de Ul filas, sólo algunas aspira- 
ciones fuertes y un centenar de palabras usuales recuer- 
dan en el romance castellano la influencia de los invaso- 
res teutónicos. 

Partiendo de los mismos luíjares del Asia, siguen los 
eííam? la huella de las transmigraciones germánicas; y 
cuando éstas se precipitan sobre el mediodía, avanzan 
aquéllos á las orillas del Danubio y del Elba, escuchándo- 
se hoy dialectos del antiguo idioma esclavón desde las be- 
llas comarcas que baña el Adriático alas costas ínclemon' 
tes del Océano glacial, Gomo el islándico entre las alema- 
nas, muestra el hablar lituánico carácter más primitivo 
que las otras lenguas de la Europa orientnL asemejando- 



202 

se á las de pasados tiempos, en que los bohemos entona- 
baa el himno de independencia del victorioso Zaboi y los 
rusos su canto patriótico de Igor. La más flexible y sono- 
ra de todas ellas, la hablada por los servios, tuvo también 
su ciclo de popular literatura que' ostenta, cual joya de 
precio inestimable, el poético relato de la rota sangrienta 
de Kosovo. 



La inmensa variedad de las manifestaciones del len- 
guaje no ha sido poderosa á impedir el descubrimiento 
de leyes y tendencias más ó menos generales que, expli- 
cando los cambios á que está sujeta la pronunciación de 
una misma palabra en tiempos y lugares distintos, for- 
man con nombre de fonética ó fonología parte muy 
principal de la gramática comparada. Ningún otro ramo 
de los estudios filológicos ha hecho en los veinte años 
últimos mayores ni más sorprendentes progresos, debi- 
dos no sólo al profundo examen de las transformaciones 
literales y silábicas, sino también á los portentosos ade- 
lantamientos de las ciencias fisiológicas y físico-mate- 
máticas, las cuales rinden hoy preciado tributo á la fa- 
cultad de hablar, honrosa prerrogativa del hombre. 

Merced al uso reciente del laringoscopio^ puede ya el 
observador percibir en el ser animado la vibración gene- 
radora de la voz humana, y examinar el maravilloso or- 
ganismo que da forma sensible á los conceptos y revela 
el estado del espíritu en sus más delicadas gradaciones. 
Compáresele por algún sabio de la antigüedad á la pas- 
toril chirimía, y no sin vivas controversias ha vuelto la 
ciencia moderna á reconocerle semejanza con los instru- 



) 



203 

menfos músicos de movedizo estrangul; ei bien los pe- 
queños labios, cubiertos de la película transparente que 
vibra en nnastra laringe, superan á todo artificial meca- 
nismo^ y hallan en los conductos respiratorios cavidades 
resonantes que acrecientan sus armoniosos efectos. En- 
tendidos investig'adores han estudiado estas resonancias 
y la disposición del aparato vocal, en centonares de per- 
sonas, desde el niño pequeñuelo, sólo capaz de débiles 
vagidos, hasta el anciano trémulo y balbuciente; desde la 
joven que emite agudos y argentinos sonidos, al varón 
que desciende á los más graves, siendo por cierto digna 
de encomio la complaciente docilidad con que se han 
sometido al e^^anien y clasificación fisiológica comedian- 
tas y cantores de merecido renombre. 

Necesitáronse investigaciones aun más delicadas para 
descubrir los secretos del órgano auditivo, que recibe las 
üíidas sonoras, varias y multiformes, en arpa prodigiosa 
(le tres mil sutilísimas cuerdas, cada ana de las cuales 
parece responder tan sólo á la influencia de determinada 
velocidad. Débese a estos tenues filamentos, movidos si- 
rDíiltáneamento en mayor ó menor número, el conjunto 
de vibraciones sencillas, que es para la percepción in- 
terna de efecto grato y armónico, iíenos sujeto que la 
voz á influencias de sexo y edad, tiene el oído maravi- 
llosa aptitud para recibir las impresiones, por todo extre- 
ino variables, así de los sonidos que emiten el hombre y 
los demás seres vivientes, como de los vagos rumores 
con que la naturaleza entera da testimonio de su activi- 
dad» y que se escuchan aun en la noche más serena, lie- 
pando solamente á ser imperceptiblus en la cumbre de 
allisimas montañas. 

Al consorcio feliz de profundos conocimientos mate- 



204 

ináticos y biológicos, debe el ilustre Helmholtz la gloria 
de haber revelado, al propio tiempo que los misterios del 
aparato auditivo, los principios en que descansa la teoría 
del timbre musical y de los elementos fónicos de la pala- 
bra. ¿Quién de vosotros no ha visto con embeleso á ori- 
llas del mar, cómo las olas que vienen de los confines 
del horizonte, rizadas por otras más pequeñas, cambian 
sucesivamente de aspecto, hasta diseñar majestuosa cur- 
va en las arenas de la playa? Pues de tal suerte era me- 
nester concebir la forma variable de los movimientos 
sonoros, que desde puntos diferentes se propagan en 
todas direcciones. El sabio profesor de Heidelberg, apli- 
cando al oído diversas esferas resonantes, que según su 
magnitud responden á determinada vibración, ha conse- 
guido analizar cualquier conjunto de ondulaciones simul- 
táneas, no escuchando á la vez, vigorosa y distinta, más 
que una sola nota de las que, á raudales de armonía, 
Ijrotan de orquesta numerosa, ó luchan y se confunden 
en el fragor de tormenta desatada. 

En el sonido músico descompuesto por medio tan in- 
genioso, muéstrase la vibración fundamental acompañada 
do otras igualmente sencillas, que se elevan formándole 
armonioso coro, y cuyo número é intensidad variables 
determinan el timbre peculiar de los distintos instru- 
mentos. Conocida la manera de percibir aisladas las osci- 
laciones elementales, y de obtener con las producidas 
arLiflcialmente el efecto total apetecido, háse facilitado 
por extremo el estudio de las ondas sonoras que, sujetas 
á las leyes de la dinámica universal, se refuerzan ó se 
combaten, dando origen á consonancias de distintos gra- 
dos y á disonancias más ó menos repetidas, cuyo cono- 
cimiento proporciona al autor de composiciones músicas 



203 
reglas utilfeimas; pero que, A semejanza da las gramati- 
cales, nada empecen al libre vuelo de ia inspiración, sin 
el cual se intentaría en vano producir obras estéticas me- 
recedoras de perdurable alabanza- 

Ante peregrinos poeta^í y maestros en habla tan ar* 
üioniosa como la española, no lie menester sincerarme 
de haber mencionado recientes especulaciones enlazadas 
con el arle dulcísima que fué en los primitivos tiempos 
compañera inseparable de la poesía; ni habré de mostrar 
la cadencia informando los idiomas antiguos ó modernos, 
ya en las entonaciones oratorias, ja en la cantidad silá- 
bica, acentos, metrificación y consonancia, debidas todas 
al encanto misterioso del ritmo: ley universal y maravi- 
llosa, que así rige la actividad del espíritu manifestada 
en música y lenguaje» como los movimientos de la mate- 
ria en la inmensidad del espacio, 

Pero cumple más directamente á mi propósito el recor- 
daros cómo los progresos de la acústica han concurrido 
á ñjar el carácter de los elementos primarios é irreducti- 
bles de la voz articulada. Antes de que fueran clasificados 
por los griegos del modo que indica Platón en el profun- 
do ó ingenioso diálogo de Cratilo, habíanlos examinado 
atentamente los preceptistas de la India que, ocupándose 
en la fonología de los Vedas, reunieron al principio de 
sil numeroso alfabeto las letras de sonido vocal. Pero es- 
taba guardado para la ciencia moderna el analizar las 
modulaciones de este primer grupo y reconocer en ellas 
verdaderos timbres instrumentales, debidos á que varios 
órganos de la boca y garganta, manteniéndose breve es- 
pacio en determinadas posiciones, forman cavidades re- 
sonantes que dan especial energía á algunos de los siste- 
mas de ondulaciones emitidos por la glotis. Y es harto 



206 

curioso ver en el pentagrama representadas tales ondas 
predominantes por extensa serie denotas, correspondien- 
tes á las vocales y diptongos de los distintos idiomas, par- 
tiendo de la a, cual de centro fónico, para descender has- 
ta la u más grave ó subir á la i penetrante y aguda. 

El tesoro de inapreciables descubrimientos, debido auna 
plóyada de filólogos ilustres, permite seguir paso á paso 
los progresos del sistema vocal indo- europeo, en cuyos 
orígenes muéstrase la modulación central de todo lengua- 
je acompañada de las dos extremas y de los diptongos que 
con ellas forma. Estos cinco timbres debieron de resonar, 
ya breves, ya prolongados, en boca de los Aryas ó mne-- 
rabies^ establecidos á orillas del Oxó, y progenitores de la 
gran familia que había de exceder en cultura á los demás 
pueblos de la tierra. Cual recuerdo vivo de los nobles as- 
cendientes de nuestra raza, se ven todavía en la región 
elevadísima de Pamir, denominada por los orientales cú- 
pula del mundo, hombres de blanco rostro y gallarda 
apostura, que conservan costumbres y creencias semejan- 
tes á las descritas en los cantos vódicos. Desprendida del 
robusto tronco la rama celta y otras no menos vigorosas, 
los antecesores de griegos ó itálicos, hallándose aún reu- 
nidos en su peregrinación hacia países de Occidente, die- 
ron mayor variedad á las voces de la antigua lengua y 
acrecentaron sus flexiones con el empleo de ^ y o breves, 
no conocidas por los que llevaron el decir arya á los her- 
mosos valles del Indostán, ni por los germanos que des- 
pués invadieron la Europa. Débese á los helenos una u 
débil y obscura, hoy de frecuente uso en naciones más 
septentrionales, sabiéndose también la procedencia de los 
sonidos intermedios v de algunos singularmente vibran- 
tes que conservó el habla sánscrita. Los idiomas semíti- 



W7 

eos que desde las riberas del Tigris se han difundido has- 
ta las del Níger^ llegando en Asia á muchas islas del ex- 
I remo Oriente, hubieron de tener en todas épocas timbres 
fio tan variados eomo los que se escuchan al Norte del 
Mediterráneo, y lo mismo puede afirmarse de las demás 
lenguas, sin exceptuar las que se distinguen por poseer 
voces muy abundantes en claras y argentinas modula- 
ciones. 

Con los elementos eufónicos del decir se enlazan las 
consonantes, reconocidas hoy como ruidos causados por 
los órganos de la pronunciación, que al moverse para 
modificar los huecos resonantes ó acompañarlos en sus 
efectos, transmiten á la corriente aérea oscilaciones irre- 
pillares privadas de cadencia míisiea. Presentan restos de 
grata sonoridad las letras continuas que se articulan de 
iin modo sucesivo; mas no así las explosivas, que ya los 
^egos apellidaron afana. La antigua clasificación an 
CT tura les. dentales y labiales, ha adquirido importancia 
suma en el estudio de los cambios á que están sujetos los 
idiomas, teniéndola no escasa las distinciones entre sor- 
das y sonoras, aspiradas 3* espirantes. 

Con más fidelidad que las otras lenguas del mismo ori- 
gen conservó la helénica las consonantes de los antiguos 
aryas, que fueron notablemente aumentadas en la India; 
mostrándose también numerosas y de mayor aspereza las 
del decir semítico, y llegando no pocos habitadores del 
África austral á emitir casi de continuo estridentes chas- 
quidos que se han denominado kliks. Excepto varios sal- 
vajes de América que hablan sin cerrar nunca la boca, y 
otros de Oceanía que no pronuncian ningima letra gutu- 
ral, los demás pueblos del globo emplean mayor ó menor 
tuimero de articulaciones de las tres clases ú órganos 



208 

orales, aunque confundiendo las de la primera y segun- 
da algunos isleños del mar Pacífico. Esta pronunciación, 
confusa ó indecisa, parece propia de tribus inciviles, pero 
se ha manifestado de nuevo y de modos diferentes al mez- 
clarse dos ó más razas, sin que de ella estén libres por 
completo naciones poseedoras de abundante y bellísima 
literatura, siendo para muchos alemanes ciertos sonidos 
suaves y sordos de su idioma, tan difíciles de distinguir, 
como lo son para nosotros los de i; y 6 en el habla de Gas- 
tilla. 

LfOs maestros de la ciencia filológica han pesado, por 
decirlo así, las letras, con objeto de quilatar su estabili- 
dad y la resistencia que oponen á debilitarse ó desapare- 
cer de los vocablos, reconociendo también la manera en 
que tienen lugar los refuerzos é intercalaciones, y exa- 
minando, por último, cómo la inmediación de ciertos so- 
nidos determina su cambio por otros más ó menos afines. 
Los resultados de esta luminosa análisis, ponen de ma- 
nifiesto lo mucho que influye en las principales alteracio- 
nes la proximidad de sílabas de diversa longitud, y más 
señaladamente el acento de las palabras, notándose en 
varios idiomas asiáticos una regla de armonía que so- 
mete y asemeja al timbre predominante el tono de los de- 
más en la misma voz comprendidos. 

Estudióse con igual detenimiento cómo se debilitan 
las consonantes dejando de ser aspiradas, y trocándose 
de sordas en sonoras y de explosivas en continuas; ha- 
biendo observado asimismo la marcha que siguen al re- 
forzarse, y en la cual vuelven rara vez á adquirir la as- 
piración primitiva. Tales cambios, menos frecuentes que 
los experimentados por las modulaciones, presentan ma- 
yor regularidad, y el sutil examen de sus distintos acci- 



den tes ha enriquecido la filología con leves tan impor- 
tantes como la debida al ilustre Grimm, que, comparando 
el habla sánscrita con la gótica y tudesca, consiguió 
determinar el orden en que las articulaciones de cada 
árgano oral han variado sistemáticamente de energía. 
Acrecido por virtud de nuevos estudios el canon de mu- 
daazas fónicas, y tenidas en cuenta numerosas excepcio- 
nes, básele aplicado á las ramas antiguas y modernas 
del decir arya, y en parte también á las del semítico y 
fino-tártaro, siendo hoy de utilidad suma para reconocer 
el común origen da voces aparentemente diversas, Y he 
aqni á la etimología, blanco no há mucho de ingeniosos 
chistes ó de malignas censuras, trocada en investigación 
regular y metódica, merced al conocimiento de las trans- 
mutaciones esenciales á que las letras se hallan some- 
tidas, 

iQué causas mantienen así, al través de los siglos, oí 
tardo, pero inextinguible variar de los elementos del len- 
guaje? Asunto ha sido éste de empeñadas controversias, 
que no han bastado á esclarecerlo debidamente. Al com- 
pás que transcurren los tiempos, suele amenguarse el 
vigor de la palabra, cual lo reconocía Cicerón analizando 
el habla de los habitadores del Lacio, y como lo atestigua 
en aquel mismo suelo el más dulce y musical de los 
idiomas romances. Atribuyéronse las diversas alteracio- 
nes al deseo de hacer las voces gratas al oído; pero est^i 
eufonía, que alcanzó elevado punto en sánscrito y griego, 
no parece sujeta á principios bastante seguros, ni es 
apreciada de igual modo por los moradores de diferentes 
países, influyendo en los juicios que sobre ella se forman 
el hábito de escuchar la lengua nativa. Causa más pode- 
rosa y constante debilita sucesivamente las locuciones, 

u 



240 

y los estudios fisiológicos hacen ver que consiste en la 
natural tendencia á disminuir el esfuerzo de los órganos 
orales, explicando la mayor facilidad de pronunciación, 
los principales cambios en que se conmutan y suprimen 
letras ó se intercalan algunas que evitan enlaces duros 
y embarazosos. De tal suerte, y por consecuencia de 
actos indeliberados, van perdiendo las palabras su antigua 
estructura y la parte que tener pudieran de sonidos imi- 
tativos, para convertirse en unidades simbólicas, cuya 
significación asienta sólo en las ruinas de los variados 
elementos que concurrieron á determinarla. 

Si se explican sin dificultad las mudanzas que han 
suavizado el lenguaje, no sucede lo mismo con aquéllas, 
mucho menos numerosas, que le han dado mayor ener- 
gía, y de las cuales ofrecen ejemplos harto curiosos, así 
varias articulaciones del habla teutónica que acrecenta- 
ron su vigor á principios de la Edad Media, como el uso 
de pronunciar fuerte la jota, adoptado siglos después en 
nuestras provincias castellanas. Los sonidos algo confu- 
sos que haya conservado el decir de un pueblo, ya sean 
procedentes de épocas remotas ó debidos al contacto de 
razas diversas, pueden, perdiendo su vaguedad y deter- 
minándose de modos distintos, adquirir cierta eficacia; 
mas semejantes refuerzos, necesariamente muy limita- 
dosi y las admisiones de letras de otros idiomas, no bas- 
tan á dar razón de todos los cambios que han solido vi- 
gorizar las voces: de manera que punto tan obscuro y 
difícil continúa siendo entre los filólogos materia de am- 
plísimo debate. 

Difieren también las opiniones respecto á los grupos 
da dos y hasta tres consonantes que anteceden ó sigu^i 
á una vocal, formando con ella sílaba. Aunque varias 



acumulaciones de esta clase, ya frecuentes en los cantos 
védicos, son consideradas por muchos como primordiales 
y ajenas al sucesivo variar da los vocablos, autores in- 
signes las creen debidas todas á la supresión de sonidos 
iníennedios, ó i a Aeren, del astado actual de no pocas 
lenguas asiáticas y africanas, que en remotísimas edades 
cada timbre se unía á una sola articulación que por lo 
común le estaba antepuesta. Mas tales inducciones, sal- 
vando los confines de la fonología, tocan en la móvil 
arena donde combaten, sin alcanzar definitiva victoria, 
los defensores de las diversas hipótesis referentes al decir 
primitivo. 



VI. 



Entre los rastos de otras edades merecedoras de la 
atención del filólogo, muestran su pristina sencillez, así 
las taran ó varillas con diferentes incisiones que hubie- 
ron de usar tártaros y ge tas, como los quipos ó cordones 
de dbtíntos colores y anudados diversamente, de que se 
valieron los moradores del Asia oriental y del antiguo 
imperio de los Incas- Mas los verdaderos orígenes del 
arte de fijar la expresión de los conceptos no han de 
buscarse en tales medios pm^amente rememorativos, sino 
en la imitación total ó parcial de objetos materiales, desde 
las toscas figuras que traza el salvaje en su propio cuerpo, 
á las diseñadas ó esculpidas por hábil mano en los papiros 
y estelas de los monumentos egipcios. 

Con imágenes ideográficas independientes del idioma 
oral representan todavía algunos indios de America los 
hechos hazañosos de su tribu, reproduciendo en groseras 
pinturas lo más esencial de una serie de acontecinüentos. 



219 

No de otra suerte, antes de que los soldados del gran 
Cortés abriesen á la civilización europea las bellas co- 
marcas del Anahuac, componían los aztecas sus libros 
históricos; si bien para indicar los nombres de las perso- 
nas que tomaban parte en los combates y demás sucesos 
allí bosquejados, recurrían á dibujos de animales, plan- 
tas ú objetos de uso frecuente, cuyas denominaciones, 
solas ó combinadas unas con otras, formasen vocablos 
iguales en pronunciación á los que deseaban expresar. 
Estos documentos, recogidos por los conquistadores espa- 
ñoles, ofrecen curiosa muestra de cómo en una sociedad 
reducida á sus propios medios de progreso, la escritura 
comienza á depender de los sonidos orales, convirtiéndose 
las imitaciones de cosas visibles en signos que sólo tienen 
representación fónica é indirecta. 

Hubo de seguir, mucho antes, marcha no muy distin- 
ta el sistema gráfico de los chinos, que conservan una 
antigua inscripción toscamente cincelada en la roca de 
Hcng'Chan, y compuesta de imágenes de varios objetos. 
Semejantes figuras, empleadas con su propia significa- 
ción, ó como símbolos y alusiones á ideas abstractas, se 
diseüaron también en pequeños trozos de madera; y ha- 
biendo de corresponder á las palabras de un idioma mo- 
TirKsilábico, fueron, á la vez que ideográficas, indicadoras 
del sonido de las sílabas. Al introducirse el uso del papel 
trocáronse aquellos caracteres en algunos centenares de 
signos fónicos, acompañados de claves genéricas que 
determinaban la acepción de las voces; y en tal estado 
continúa, desde hace dos mil años, la complicada escri- 
tura china, si bien de ella proceden otras que, como la 
del Japón, han recibido notables simplificaciones. 

En placas de frágil barro, que á manera de hojas com- 



Sf3 

ponen uno de los numerosos volúmenes recogidos en las 
ruinas de la biblioteca de Nínive, se ven, al lado de iraá* 
genes completamente diseñadas, otras que las imitan en 
pArte, y cuyos contornos están sólo iodicados por peque- 
fios surcos que conservan la figura del clavo ó punzón 
triangular con que faeron abiertos antes de haberse en- 
durecido la arcilla, /Vsí debieron do kiier principio los 
caracteres cuneiformes, que, pasando á indicar sonidos y 
adquiriendo más especialmente la representación de 
cierlas silaban iniciales de los vocablos, constituyeron al 
finia escritm^a anarya, en que alf?unos si.!?nos ideoj?rá- 
ficos y claves determinantes sirven de complemento á 
m prolijo silabario. Comunicáronla gentes de origen 
escita á los moradores de las comarcas que vierten sus 
aguas al Eufrates, cerca del cual se han descubierto re- 
cientemente inscripciones aún más antiguas que la des- 
tinada á conmemorar la apertura de los canales de riego 
coüíitnvídos en Caldea hace treinta v cuatro siglos. Pero 
éste y los demás textos epigráíicos en que se leen hoy los 
vei*daderos anales de Asiría y Babilonia, guardarían aún 
tiidos sus secretos á no ser conocidas otras inscripciones 
le tiempos menos remotos, entro las cuales descuella la 
dt3 Behistún, que ha proporcionado los principales medios 
íie de^scifrar el sistema de caracteres cuneiformes ana- 
ryas* En tajada roca de trescientos codos de altura, ex- 
tensas filas de incisiones profundas transmiten á la pos- 
teridad, en los idiomas medo-escita, asirio y persa, el 
epitome de la historia del primer Darío, confirmando por 
completo las aseveraciones de Herodoto. Parece resonar 
todavía la voz del prepotente conquistador que dicta las 
últimas palabras: «fNada he dicho que no haya hecho,.... 
rfih tú! quien quiera que fueres, lee lo escrito aquí y 



2U 

>no lo borres. > Griegos, partos y árabes sojuzgaron más 
tarde estas regiones, pasando todos con respeto al pie de 
la majestuosa lápida, que había de ser en nuestros días 
admiración del viajero y foco de viva luz para el estudio 
de las lenguas orientales. 

Cuantos adelantamientos presentan las primitivas es- 
crituras de Asia y América, ostentábanse ya reunidos en 
las más antiguas representaciones gráficas que hayan 
llegado hasta nosotros. El fértil valle inundado periódi- 
camente por el Nilo, y que debió nombre de tierra negra 
á su contraste con las blancas arenas del desierto cerca- 
no, muestra, en sepulcros contemporáneos de las prime- 
ras dinastías faraónicas, inscripciones en que se hallan 
combinados jeroglíficos figurativos y simbólicos, con cla- 
ves determinantes é imágenes indicadoras, no sólo de so- 
nidos complexos, sino también de las principales letras 
en que es posible descomponer las sílabas. Al cincelar 
estos caracteres dábanseles formas severas y correctas; 
mas para el uso ordinario hubieron de emplearse dos es- 
crituras abreviadas, una de las cuales, la hierática, apa- 
rece ya en el famoso papiro Prisse^ considerado como el 
manuscrito de mayor antigüedad que existe en el mundo. 
Fieles guardadores de todo lo tradicional y venerando, 
no renunciaron los egipcios al empleo de las figuras ideo- 
gráficas y silábicas, ni llegaron por lo mismo á utilizar 
plenamente el poderoso medio de simplificación que se 
habían procurado al atribuir signos especiales á los ele- 
mentos primarios é irreductibles de la voz articulada. 

No era dabli que permaneciese sin más útil aplicación 
tan peregrino auxiliar de los progresos intelectuales. Así, 
pues, el pueblo cananeo, poco respetador de tradiciones, 
y que ávido de lucro debía convertir el humilde refugio 



SI 5 

de los perneadores sidonioa en brillante emporio de comer- 
cio marítimo y terrestre, recibió de algunas tribus de su 
raza establecidas on E^pto el conocimiento de los carao* 
teres hieráticos, y con sólo los íjue representaban letras 
hubo da formar, hará treinta y siete siglos, una escritu- 
ra íacil y adecuada al incesante tráfago de la vida mer- 
cantiL Estos signos^ q;ue conservaron sin cambios mu\^ 
aaenciales su primitiva traza, recibieron á causa de ella 
noDobrea de objetos que en algoso les asemejaban, y con 
tales denominaciones entraron á componer el primer al- 
fabeto, 6 más propiamente alefato: conquista inaprecia- 
ble que honrara por siempre á la humana inteligencia. 
Y he aquí, según las últimas investigaciones filológicas, 
cómo resultan confirmados los asertos de Platón, Plutar- 
co y Tácito, que colocan en el imperio de los Faraones 
el origen de la antigua escritura, reducida por los fenicios 
á breve canon de fáciles y sencillas aplicaciones. 

Cual se difunde por árbol robusto savia vivificadora que 
lleva vigor y lozanía á los diferentes vastagos del abun- 
doso ramaje, asi hubo de propagai*se el alfabeto desde b 
región señoreada por las cumbres del Líbano A remotisi- 
mas comarcas de Oriente y Occidente. Adoptado por he- 
brees y sirios, dio ocasión á los persas para el estableci- 
miento de sn sistema alfabético cuneiforme, que sustitu- 
yeron al fin con el cananeo, trocando ciertas aspiracio- 
nas en verdaderas vocales, lo cual aconteció asimismo al 
extenderse por los pueblos tártaros el uso de las letras 
fenicias. Modificáronlas de antiguo, y muy notablemente, 
los Imbitadores del Yemen, y de allí las reoíbieron etíopes 
y libios, Uegrando en opuesta dirección á orillas del Gan- 
ges, donde se acrecentó su número hasta formar el rico 
abecedario de la India, origen de otros muchos que se 



1 



246 
emplean hoy en el Asia meridional y en varias islas de 
los mares cercanos. Grecia, que debió los primeros gér- 
menes de sus artísticas glorias, no tanto al Egipto como 
á las civilizaciones asiría y fenicia, tomó también de esta 
última el alfabeto primitivo que, con algunos aumentos y 
cambios de forma, fué comunicado por los dorios á latinos 
y etruscos. De él hubieron de adquirir noticia, en las cos- 
tas del Ponto-Euxino, las tribus germanas y eslavas, que 
llevaron sus célebres runas de un extremo á otro de la 
Europa septentrional; y en cuanto á las curiosas letras 
ibéricas, cuyo estudio prosiguen dentro y fuera de Espa- 
ña perseverantes investigadores, parecen proceder de las 
colonias de Tiro, ofreciendo particular analogía con la 
escritura samaritana. 

r>uto en no pequeña parte de novísimas especulacio- 
nes el conocimiento de la marcha que ha seguido de pue- 
blo en pueblo el fecundo principio de la descomposición 
de las sílabas, expUca lo que de común tienen los princi- 
pales sistemas alfabéticos, cuyas diferencias, harto ina- 
portantes y merecedoras de examen detenido, son debi- 
das muy señaladamente á la variedad que ofrecen las 
lenguas respecto á sus elementos orales, representados 
con mayor ó menor exactitud en alfabetos que contienen 
desde diez y seis á cincuenta caracteres. Reconocida ade- 
más la tendencia constante que impulsa á convertir los 
signos figurativos en otros fónicos más ó menos simplifi- 
cados, no cabe negar que al uso de las letras pudieron 
por ventura elevarse, sin auxilio exterior, sociedades has- 
ía hoy poco conocidas, y de ello se ha creído descubrir 
indicios en el Yucatán y en varios países del antiguo mun- 
do. Aun prescidiendo de estas investigaciones especiales, 
los filólogos consagrados á estudiar las escrituras prími- 



SI7 

ti vas tienen abierto anchuroso campo á sus difíciles ta- 
reas^ no sólo en Egipto^ Asiría y Persia^ dontle tan por- 
tentosos han sido los descubrimientos recientes, mas 
también en las cavernas de la India, en los tajos y preci- 
picios de las montañas de Armenia y Etiopía, en los nu- 
merosos monumentos epigráficos de Arabia, en los no 
menos nota bles del Asia menor, Fenicia y Numidia; en los 
sepulcros de Italia, y basta en algunas rocas de la penín- 
sula ibérica, ornadas por nuestros venerables progenito- 
res con figuras ó signos ideográficos de tosco diseño y de 
antigüedad muy remota. 

Perdonadme, señores, este árido resumen; pero al cru- 
mr como á la carrera el rico museo da la historia natu- 
ral del lenguaje, no pudiendo acercarme á las flores ma- 
tizadas que ostentan las diversas literaturas ni á los vo- 
oabularios que guardan ordenadamente los objetos de es- 
peculación científica, me ho detenido corto espacio á con- 
siderar la íbrraa duradera y visible de la palabra, rindien- 
ÚQ homenaje á los monumentos primitivos buscados hoy 
en países muy distantes por diligentísimos exploradores: 
que el anhelo de dilatar los confines de lo conocido, así 
en la cadena del tiempo como en la inmensidad del es- 
pado, recompensa con puros goces á la criatura inteli- 
gente, que olvida su pequenez al admirar, en el armonio- 
so enlace de tantos y tan varios fenómencNi, la obra ma- 
ravillosa de la sabiduría infinita. 



MEMORIA 



RELATIVA 



AL MONUMENTO MURAL 

DEDICADO Á 

FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIÓ 

POR 

LA REAL. ACADEMIA ESPAÑOLA. 



La Real Academia Española ha juzgado conveniente 
reunir la sucinta historia del sencillo monumento dedi- 
cado al Fénix de los Ingenios, dando á luz todos los docu- 
mentos desde la indicación de la idea hasta su realización 
solemne. Así, por su orden se incluyen en la presente 
Memoria la proposición del Sr. D. Ramón de Mesonero 
Romanos; el dictamen de la Comisión encargada de infor- 
mar sobre ella; el de la misma, aunque ya aumentada, 
sobre el programa de la ceremonia; el acta de la sesión 
celebrada para inaugurar el monumento; la escritura de 
venta de la casa núm. 11 de la calle de Francos al ad- 
quirirla Lope de Vega, y su testamento, otorgado allí la 
antevíspera de su muerte, como documentos leídos en la 
sesión misma; la escritura otorgada por la Academia Es- 
pañola y los actuales dueños de la casa para la perpetua 
conservación del monumento, y el romance dedicado por 
el Sr, Hartzenbusch á Lope de Vega, y también leído en 
ocasión tan solemne. 



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i nwíMn vtux tu: vega cauro. \ 

t ir- FlUfCIÓÁ 17 DE AGOSTO DKI«3ljl 
I tn ESI 4 CASA DE Sü PROpItDAií. 
U ííf!AL ACADEMIA ESPAÍÍULA* 

AÑO OC iad$. 




1 



D. O M. 

PARVA l'BOFRIA MAGNA 
MAGNA ALIENA PARVA 



tl9 



NÚMERO U 
Pr<rpi)&ieidn iú Sr. D. R&mán da Mesonero KomsEoe. 

En la antigua calle de Franco.^ , denominada hoy de 
Cervantes^ y señalada con el niim< II antiguo, 15 mo- 
derno, de la manzana 227, existe aún en pie, y bien con- 
servada, la casa que fué propiedad de Lope de Vega Car- 
pió, y la misma en que falleció á 27 de agosto de 1635. 

Délos títulos origínales de dicha casa, que he tenido 
ocasión de reconocer, resulta lo siguiente: 

Por los años 1570, siendo solar, se lo adjudicó al señor 
cura y beneficiados de la iglesia parroquial de Santa 
Cruz, con cierta carga de misas, y éstos le cedieron para 
edificar en él con la de un censo perpetuo á su favor con 
kudemio, tanteo, veintena, etc. Por los anos 1587 estaJ>a 
ya edificada la casa, y era dueño de ella Inés de Mendoza, 
viuda de Juan Pérez, vecino de la ciudad de Segovia. 
Hacia 1590 la poseían el capitán Juan de Villegas De- 
auncíbay, y su mujer Mariana de Ayala. Por muerte do 
ambos, el licenciado Gregorio López Madera, del Consejo 
de S. M* y Alcalde de Gasa y Corte, otorgó escritura de 
venta judicial con fecha 10 de enero de 1608 y ante ol 
escribano Martin Romero, á favor del mercader de lanas 
y vecina de Madrid Juan Antonio Leva, 

Por otra escritura de renta, fecha 7 de septiembre de 
1610, ante Juan de Obregón, fué adjudicada €al Dr, Don 
Frey Lope Félim de Vega Carpió^ familiar del Santo O/í- 
cío de la Inquidción^ presbítero de la sagrada orden vii- 
litar de San Juan de Jermalén^ doctor en teología^ cape-^ 
UúH inayor de la Congregación de presbUeros naturales 



de Madridj promotor fiscal de la reverenda Cámara apos-- 
tólicaj y notario escrito en el Archivo BomanOj etc.; co- 
nocido por el Fénix de los Ingenios j qice nació en Madrid 
en 25 de noviembre de 1562,> el cual la redimió de hués- 
ped de aposento de corte, con carga de 4.500 maravedís 
de tercia parte en cada un año por privilegio de S. M. 
D, Felipe III, firmado de su real mano, y refrendado de 
su secretario D. Alonso Núñez de Valdivia y Mendoza, fe- 
cha en el Pardo á 14 de febrero de 1613. 

Lope de Vega habitó durante muchos años esta casa, 
la reparó, formó en ella un oratorio, plantó un huerto en 
su patio, y colocó sobre el dintel de su puerta de calle 
una piedra en que estaba grabada esta inscripción: 

D. O. M. 

PARVA PBOPRIA MAGNA! 
MAGNA ALUNA PARVA. 

Ocurrida en ella su muerte, en 27 de agosto de 1635, 
salió de la misma su solemne entierro, que acompañaban 
todas las personas visibles de la corte, y era tan nume- 
roso, que ya había entrado mucha parte de él en la igle- 
sia de San Sebastián, y aún no había salido el cadáver de 
la casa, y eso que fué por la calle del Niño, de Cantarra- 
nas (á pasar por bajo de las rejas del convento de las 
Trinitarias, para que lo viese su hya Marcela, religiosa 
en el mismo convento), la del León y la de Atocha; siendo 
sepultado en la bóveda de San Sebastián, de donde fueron 
extraídos sus restos y confundidos con los demás, en 
principios de este siglo^ según resulta de mis prolijas 
investigaciones sobre esta vergonzosa profanación. 

Por el testamento de dicho Lope (cuyo testimonio con- 



servo), Y que obra también en los títulos originales de la 
cm^, otorgado en 26 de agosto de 1635, víspera de su 
muerte, ante el escribano Franciseo de Morales, dejó por 
heredera única de sus escasos bienes^ y por consecuencia 
fie esta casa, á su hija legítima Doña Feliciana, esposa de 
Luis de üsátigui, vecino de Madrid; y por el otorgado por 
dicha aenoraj en 5 de junio de 1657, ante Juan Caballe- 
ro, y bajo el cual falleció en esta misma casa, la heredó su 
hijo D. Luis Antonio de Usátigui y Vega Carpió, Capitán 
fie Infantería española en los Estados de Milán; el cual, 
por escritura de 13 de julio de 1674, otorgada ante Ma- 
nuel de Narváez Aldana, la vendió á Mariana Romero, 
mujer divorciada de Luis Ortix, la que, siendo religiosa 
novicia del convento de Trinitarias descalzas, bajo el 
nombre de hermana Mariana de la Santísima Trinidad^ 
por escritura lecha de 21 de septiembre de 1675, ante 
Isidro Martíne^j la vendió á D, Ambrosio de Onís, Mar- 
qués de Olivaren, caballero del hábito de Santiago, etc. 
Esta Mariana Romero es la misma comedianta de que 
hace mención Pellicer en su obra del Origen del histrio- 
nírnto (parte 2/, pág. 1 13), la cual efectivamente entró 
de monja descaka; pero antes de profesar, se cansó del 
monasterio y se fue á vivir á su casa (sin duda esta mis- 
ma), donde murió después, aunque no sin haber contraído 
antes segimdo matrimonio con el comediante Manuel 
Ángel, que era ya viudo de cinco mujeres, y también 
sobrevivió á ésta, hasta que, retirado del teatro^ murió 
m 1711 en su casa propia en la calle del Barco, 

Después del Marqués de Olivares, pasó la casa por va- 
rias sucesiones y ventas á la propiedad de otras personas, 
que omito para no alargar demasiado esta relación; hasta 
qm en 1825, siendo dueño de olla ü, Mariano Durango^ 



fué comprada por D, Francisco María López de Morelle, 
vecino y del comercio de esta corte, por escritm^ de 
venta judicial otorgada por D. Antonio José Galindo, 
Teniente de Corregidor, por ante el escribano D. Antonio 
Villa; y por muerte de dicho Sr. Morelle, ocurrida en 16 
de marzo de 1832, la heredaron su viuda Doña Josefa 
Poyatos y sus hijos D. José, Doña Juana y D. EpifSeuiio 
López de Morelle, que la poseen y habitan. 

La casa, en lo principal, se conserva íntegra, sin otras 
alteraciones substanciales que la de haber dicho Sr. Mo- 
relle mudado el portal (que en tiempo de Lope estaba 
donde ahora la primera reja) y pasádolo más al centro 
de la fachada. Esta tiene 53 pies de extensión, con cuatro 
balcones, y solos pisos bajo y principal. La caja de la es- 
calera y la distribución interior de las habitaciones, pa- 
recen ser las antiguas; el patinillo que hoy tiene, y que 
ocupa parte del espacio que Lope tenía dedicado á jardín, 
está reducido con construcciones posteriores. Este huerto 
es al que hace referencia Montalván en su Fama postuma 
de Lopey cuando dice que habiéndole ido á encontrar muy 
de mañana, para preguntarle si había empezado una co- 
media de que ambos se habían encargado, le respondió 
<que ya había concluido el primer acto, y aun tenido 
tiempo para desayunarse con un torrezno y regar aquel 
huerto.» La casa ocupa en todo 5.537 pies y está revo- 
cada modernamente, en cuya operación se hizo desapa- 
recer la piedra con la inscripción mencionada. Da casi 
frente á la calle traviesa del Niño, hoy de Quevedo. 

La circunstancia de vivir y haber muerto en la misma 
calle de Francos el insigne Cervantes^ y haberse coloca- 
do en 1835, en la casa en que éste falleció, la inscripción 
y monumento que le recuerdan, dio lugar entonces á que 



} 



m la denominase de Cervantes, y que posteriormente se 
haya dado el nonibre de Lope de Vega^ sin ninguna pro- 
piedad, á la de Caníarranas^ equivocación que advertí 
en su tiempo al Corregidor Marqués de Pontejos y al 
Ayuntamiento; pues en mi opio ion debía haberse dado el 
nombre de Lope á la de Francos^ en que tuvo su casa 
propia y en que murió, y el de Cervantes á la de Canta- 
rmnaSj, donde yace, en el convento de las Trinitarias. 

De todos modos, y ya que asi no se hizo entonces, no 
poede negarse que el esclarecido ingenio madrileño, en- 
ya casa se conserva afortunadamente en pie, parece que 
reclama un testimonio análogo al dedicado al insigne 
Gervant^, en la que sustituyó á la destruida en ISaS. Y 
el que suscribe, que en aquella ocasión tuvo la gloria de 
la iniciativa de este respetuoso tributo, rendido al inmor- 
tal autor del Quijote por el rey D, Fernando VII, y que 
ea 1859 ha promovido igual demostración en la humilde 
morada del eminente dramático D. Pedro Calderón de la 
Barca, aunque con muy mezquino resultado por parte de 
la Corporación municipal; en la ocasión presente, y tra- 
tándose del Féni:^ de los Ingenios^ del portento de tiatu- 
mleza^ del gran Ixjpe de Vega^ cree que á nadie mejor 
que á nuestra Real Academia Española, en cuyo seno se 
encuentran reunidas todas las ilustraciones de la litera- 
tura moderna, corresponde tomar á su cargo esta mani- 
fetación de su respeto y entusiasmo hacia el fundador 
de nuestro teatro nacional; con tanta mayor razón, cuan- 
to que recientemente este ilustre Cuerpo acaba de resol- 
ver levantar al mismo Lope otro monumento aún más 
imperecedero, que es la reproducción de su inmenso te- 
soro dramático. 

En su consecuencia, pido á la lleal Academia qu6j si 



juzga oportuna esta indicación, y previo el informe de 
una Comisión de su seno que considere detenidamente el 
asunto, se sirva acordar que en la casa que fué de Lope 
de Vega se coloque un recuerdo de tan insigne ingenio, 
en la forma artística y con la inscripción que crea con- 
veniente. 

Madrid 30 de enero de 1861.— Ramón de Mesonero 
Romanos. 

NlJMBRO II. 

Diotamen de la Gomisiin eneargada de examinar la propo6Íoi¿n 
anteoedente. 

La Comisión encargada de examinar la propuesta del 
Sr. D. Ramón de Mesonero Romanos, dirigida á consa- 
grar una memoria monumental á Frey Lope Félix de Ve- 
ga Carpió en la casa donde ocurrió su fallecimiento, se 
ha reunido varias veces para tratar la mejor manera de 
cumplir la obligación que le fué impuesta por la Real 
Academia Española: ha visto la casa que fué de Lope, ha 
consultado con el ilustre profesor de escultura D. Poncia- 
no Ponzano, y cree que debe someter á esta Corporación 
el siguiente dictamen: 

La Real Academia Española costeará en honra de Lo- 
pe de Vega un monumento mural, que se colocará en la 
casa que fué de Lope, entre los dos balcones centrales de 
la fachada. 

Como en la misma calle, donde está la casa que fué de 
Lope, hay otro monumento mural en honor de Cervan- 
tes, que consiste en un medallón de mármol y una ins- 
cripción debajo del medallón, entendemos que el monu- 
mento de la Academia debe principalmente consistir en 



SS5 

m biisto de Lope, así para diferenciarse del monumento 
de Cervantes, como por ser de rancho mejor efecto un 
basto que im medallón, el cual sólo parece bien visto 
(xínipletamente de frente* La inscripción por lo mismo 
deberá ir dentro de un tablero adornado de modo que se 
diíerencie también del plano en que va la inscripción re* 
latíva á Cervantes. 

Estas condiciones reúne (ajuicio de la Comisión) el pro- 
recto del Sr. Ponzano, que presentamos á la Academia, 
proyecto que se distingue por el carácter arquitectónico 
propio del primer tercio del siglo xvii. 

El proyecto es doble: dividido en medio por una línea, 
la parte de la izquierda representa nn monumento de rica 
ornamentación y con dos figuras de relieve; la parte de 
k derecha carece de figuras, y su ornato es sencillo: el 
basto entra en ambos proyectos. Así el busto, como el 
tablero para la inscripción > y el marco y coronación del 
tablero, la mismo que el marco de la hornacina, serán de 
mármol de Carrara en ambos proyectos: la Comisión pre- 
feriría el más ricOy si los recursos de la Academia le per- 
mitiesen adoptarlo. El más vistoso costará 20.000 reales; 
el otro solamente 10.000. 

Cree la Comisión que encima de la puerta de dicha casa 
convendrá restablecer la inscripción latina, que puso en 
ella Lope y se había conservado hasta nuestros días. 

Parva prnpriü magna: 
magna aUena parva* 

En 25 de noviembre del próximo año 1862 cumplirá 
el tercer siglo desde el nacimiente de Lope : quizá sería 
oportuno disponer que el monumento de la Academia á 
Lope fuese descubierto en aquel propio día, consideran- 



dolo como fiesta secular notabilísima para las letras es- 
pañolas. La inscripción en este caso sería la siguiente: 

Al fénix db los Ingenios, 
Frby Lope Félix de Vega Carpió, 

QUE falleció Á 27 DE AGOSTO DE 4635 
EN ESTA GASA DE SU PROPIEDAD, 

LA Real Academia Española. 
AÑO DE i 862. 

La Comisión ha manifestado el proyecto del Sr. Pón- 
zano á los actuales poseedores de la casa de Lope, en 
razón á que habría que abrir en la fachada el hueco para 
el busto, y por medio del Sr. D. Ramón de Mesonero ha 
recibido la siguiente comunicación: 

<Hemos recibido con la mayor satisfacción la atenta 
comunicación de V. S., en que nos participa haber acor- 
dado la Real Academia Española, á propuesta de V. S., co- 
locar ^ en la casa núm. 15 de la calle de Cervantes, que 
fué propiedad del insigne Lope de Vega Carpió, y hoy de 
la nuestra, un sencillo monumento que recuerde la cir- 
cunstancia de haber fallecido en ella tan célebre ingenio; 
y adhiriéndonos con el mayor entusiasmo á la patriótica 
resolución de nuestra primer Corporación literaria, no 
podemos menos de rogar á V. S. sea cerca de ella intér- 
prete de nuestra gratitud á nombre propio y, en lo que 
cabe, á nombre también de tan ilustre poeta, honra de 
nuestra patria, cuya modesta mansión tenemos la fortu- 
na de poseer y habitar. 

Dios guarde á V. S. muchos años. Madrid 9 de junio 
de i86i.— José López de Morelle.— Epifanio López de Mo- 
relle.— Sr. D. Ramón de Mesonero Romanos.» 

La Comisi(ki aguarda con respeto, sobretodos los puntos 



2i7 

este diclamen, la resolución acertada y digna de la 
Academia* 

Madrid 12 de junio de 186 L— Ventura de la Vega,— 
Ramón de Mesonero Romanos. -Juan Eugenio Hartzen- 
buscb. 

NÚMERO III. 

Diciimeii u%Tm del progr&m& do l& ceremonift. 



La Comisión nombrada para llevar á efecto el acuerdo 
de la Real Academia, por el cual dispuso colocar á sus 
«pen^s en la fechada de la casa núm- 15 de la antigua 
calla dé Francos {hoy de Cervantes), propiedad que fué 
del Féniv de los Ingenios^ Frey Lope de Vega Carpió, y 
en la cual íalleció, un sencillo monumento que recuerde 
eetas circunstancias y el testimonio de respeto y de ad- 
miración que la Academia rinde al príncipe de nuestros 
poetas dramáticos; ha conferenciado detenidamente, y 
tomado las disposiciones convenientes para que, según lo 
dispuesto por esta ilustre Corporación, pueda tener efecto 
el acto de la inauguración de aquel monumento el día 25 
del próximo noviembre, aniversario del nacimiento dol 
gran poeta. Y al propio tiempo que activa las operaciones 
necesarias, tanto para la oportrma colocación de dicha 
obra artística (concluida ya por el escultor Ponzano), 
cnanto para la conveniente decoración interior y exte- 
rior de la casa, todo de acuerdo con sus dueños, que se 
prestan espontáneamente á los deseos de la Comisión, ha 
estudiado ésta el programa de aquella ceremonia, que tan 
préxima se halla ya. 

Bien hubiera deseado la Comisión poder realizar las 
nobles y generosas ideas de la Real Academia, propo- 



2Í8 

niendo para esta solemnidad literaria y patriótica todo 
aquel aparato espléndido con que esta ilustre Corporación 
se complace en dar realce á semejantes actos públicos, y 
de que es tan altamente merecedor el hombre ilustre á 
quien está dedicada. 

Pero las circunstancias materiales de la localidad han 
opuesto invencible obstáculo á sus deseos. Tratándose 
pura y simplemente de descubrir ó inaugurar el elegante, 
aunque sencillo monumento construido por el escultor 
Ponzano, y que se ha de colocar en la fachada de una 
casa humilde, antigua y situada en calle estrecha y 
apartada, no era prudente, ni aun posible, atraer á ella 
grande concurrencia de convidados, ni tampoco desple- 
gar suntuoso aparato, que acaso contrastase sensible- 
mente con lo sencillo del monumento y con la misnaa 
modestia del local, habitación del hombre insigne que 
desde tan humilde morada lanzaba los rayos de su inte- 
ligencia sobre el orbe civilizado. 

Consecuente, pues, la Comisión con estas considera- 
ciones materiales y morales del sitio, del objeto y de la 
intención de la Academia en esta ceremonia, ha conve- 
nido en proponer á su aprobación los medios más senci- 
llos ó indispensables de realizar aquel acto con el debido 
decoro, los cuales, en concepto de la Comisión, pueden 
reducirse á los términos siguientes: 

Supuesta la colocación previa del monumento, en cuyo 
éentro se ostenta el busto de Lope de Vega, y cubierto 
éon una cortina; decorada convenientemente la fachada 
de la casa, y dispuesto su interior para recibir un cierto 
número de señores asistentes, podrá verificarse la cele- 
bración del acto de esta manera: 

1." La Real Academia Española celebrará junta pú- 



blica extraordinaria el día 25 de noviembre próximo, á la 
ttna de la tarde, en la casa que habitó y en que falleció 
Lope de Vega, Asistirán los señores Académicos de uni- 
forme, y llevarán al cuello la medalla, en cumplimiento 
de lo que ordena el art, 102 de su Reglamento. 

2/ Se oficiará al Excmo. Sr. Alcalde-Corregidor para 
que, en unión de una Comisión de dos Regidores y el 
Secretario del Ayuntamiento, se sirva asistir en repre- 
sentación del pueblo de Madrid, patria de Lope de Vega. 

3/ Igualmente se oficiará al señor GapeUán mayor de 
la Venerable Congregación de Presbíteros naturales de 
Madrid, cuyo cargo desempeña también el mismo Lope 
de \*ega, para que se sirva asistir acompañado de otro 
de los presbíteros de la Congregación. 

4.* Á los Directores ó Presidentes y dos individuos 
más de las Realeo Academias, 

5** Al Rector y Decanos de Teología y de Filosofífl y 
Letras de la Univei-sidad Central. 

6/ Á los tres Catedráticos de número de Declamacióo 
del Real Conservatorio» para que representen en esta ce- 
remonia, dedicada á tan insigne poeta dramático, á 1(^ 
actores españoles* 

7.* Como á esta junta pública de la Academia no se 
pueden hacer invitaciones personales numerosas por me- 
dio de las acostumbradas papeletas, porque se celebra en 
mcMiesto y reducido local, la Comisión cuidará de que con- 
curran una Comisión de Autores dramáticos y dos Directo- 
res de la prensa periódica en representación de la misma* 

8/ Reunidos todos á dicha hora en la casa de Lope, y 
abierta la sesión por el Director de la Academia, hará 
éste una ligera reseña del objeto de la junta, del acuerdo 
de la Academia y de los medios que ha creído oportuno 



830 

emplear para llevarlo á cabo; concluida la cual, y ha- 
llándose sobre la mesa los títulos originales de pertenen- 
cia de dicha casa (que han tenido la cortesía de facilitar 
los actuales dueños), se leerá la escritura de compra de la 
misma, hecha por Lope en 7 de septiembre de 1610, y su 
testamento, otorgado en ella la víspera de su muerte. 

9/ Acto continuo se procederá á otorgar una escri- 
tura solemne, en que de una parte la Real Academia Es- 
pañola, y de otra los Sres. D. José y D. Epifanio López 
de Morelle, presentes al acto y dueños actuales de la ca- 
sa, se comprometen, la primera á conservar y reparar 
constantemente el monumento colocado á sus expensas 
en la fachada, y los segundos á consentir y guardar di- 
cho monumento, transmitiendo esta obligación y servi- 
dumbre á los futuros poseedores de la finca por compra 
ó herencia, así como también, en caso de ruina ó demoli- 
ción, á continuar á la Academia el derecho de recons- 
truirle en el nuevo edificio. 

10. Por último, después de leerse el romance biográ- 
fico de Lope, escrito por el Académico D. Juan Eugenio 
Hartzenbusch, que se insertará en el acta de aquella jun- 
ta, y de leerse asimismo algunas otras composiciones alu- 
sivas, si se presentaren, escritas por individuos de la Aca- 
demia, el señor Director y el señor Alcalde-Corregidor 
saldrán á los balcones de la casa y descorrerán la cortina 
que ha de cubrir hasta entonces el monumento: con lo 
cual se dará por terminado el acto, y el señor Director de- 
clarará concluida la junta de aquel día. 

11. Una música militar, colocada en la calle delante 
de la casa, solemnizará el acto, dando á entender de este 
modo, natural y sencillo, que dentro de aquel modesto 
adiflcio se está rindiendo justo tributo ala memoria de uno 



S3I 

de ios más insignes \^arones que i^egistra la rica historia 
de ks letras españolas, 

12. La fachada de la casa estará convenieEtemente 
decorada ó iluminada aquella noche. 

13, Tan pronto como este dictamen obtenga, si lo 
merece, la aprobación de la Academia, nombrará el se- 
ñor Director ima Comisión^ que quedará desde luego au- 
torizada para llevar á cabo el acuerdo. 

Madrid 9 de octubre de 1862.— Ventura déla Vega-— 
Ramón de Mesonero Romanos.— Juan Eugenio Hartzen- 
büsch, — Antonio Ferrer del Río.— Cándido Nocedal 

NÚMERO IV, 
iota. 



El martes 25 de noviembre de 1862 se reunió la Aca- 
demia para celebrar junta piiblica extraordinaria en la 
antigua calle de Francos^ hoy de CtervanteSi y dentro de 
la casa núm. 15 moderno, donde vivió y murió Fray 
Lope Félix de Vega Carpió, siendo de propiedad suya. Por 
Indisposición del Excmo. Sr. Duque de Rivas, presidió la 
junta, como Académico más antiguo, el limo- Sr. D. Eusa* 
bio María del Valla, con aBlstencia de los Académicos si- 
guientes: Excmo, Sr. Marqués de Molíns, Excmo, Sr, Don 
Ventura de la Vega, Excmo, Sr, Marqués de la Pe?:uela, 
Sr. D. Ramón de Mesonero Romanos^ Excmo. Sr* D. Aji- 
tonio Alcalá Oaliano, Sr. D. Antonio María Segovia, Ilus- 
trísimo Sr* D. Fermín de la Puente y Apecechea, Señor 
D. Aureliano Fernández-f^Tuerra y Orbe, Excmo. Sr, Don 
Leopoldo Augusto de Cueto, Sr, D, Manuel Cañete, señor 
D. Manuel Tamayo y Baus, Umo- Sr. D. Pedro Felipe 



1 



S32 

Monlan, Excmo. Sr. D. Cándido Nocedal, Sr. D. Francis- 
co Gutanda, Sr. D. Juan Valora, Sr. D. Antonio García 
Gutiérrez, y yo D. Antonio Ferrer del Río, que, por indis- 
posición del señor Secretario perpetuo y de orden del se- 
ñor Presidente, hice de Secretario. 

Preparado estaba el local de modo de dar cabida al 
mayor número posible de personas, y de recordar que 
allí tuvo su morada el varón preclaro á cuj-a alta fama 
se iba á rendir el debido homenaje. Todos los tabiques de 
las habitaciones exteriores se habían derribado para for- 
mar un salón corrido, con tantos sillones como debía ser 
el número de asistentes y convidados, y con cuatro hile- 
ras de Billas á fin de que el público estuviera asimismo 
representado en tan solemne ceremonia. Á la cabecera 
del salón estaba la mesa presidencial, y encima el retrato 
de Lope de Vega que posee la Biblioteca Nacional, y es 
auténtico sin duda alguna. Por toda ornamentacidn se 
veían cuatro colgaduras de damasco, otras tantas cornu- 
copias de sencilla apariencia y una alfombra, no de Injo, 
para dar idea cabal de la decorosa modestia del antiguo 
y célebre morador de aquella estancia. Igual carácter 
presentaban su oratorio con la correspondiente mesa de 
altar y un cuadro de la Purísima Concepción de la Virgen 
María, de cuyo misterio fué especialísimo devoto, y su 
alcoba con una cama decentemente colgada, y puesta en 
el mismo sitio donde exhaló el último aliento.— Por dis- 
posición de la Academia se había también formado un 
jardinillo en el ya reducido espacio que se conserva del 
más extenso y ocupado antes por el huerto, que el inmor- 
tal poeta regaba con sus propias manos. Dos grandes 
lienzos habían fijado los actuales poseedores de la casa: 
uno á la entrada del portal y sobre la derecha, con apun- 



933 
te biagrráficos del Fénix de Ioí5 In^^enios y noticia de la 
épcM^a en que la finca dejó de peiÍ43necer á sus deseen- 
dientes^ y otro en la pared que da frente á la escalera con 
estas so!as palabras: Á Lope de Vega, 

Teniendo al Excmo. Sr. Corregidor á la derecha y al 
señor Capellán mayor de la Congregación de Presbíteros 
aatarales de Madrid á la izquierda^ el señor Presidente 
abrió la junta á la una de la tarde con un breve y opor- 
taoo discurso, en el cual empezó por manifestar su senti- 
miento de que el señor Director no pudiera autorizar con 
m presidencia la ceremonia ^ si bien para suplir su falta 
en la ocasión presente le habilitaba hasta cierto punto la 
circtmstancia de ser hijo de Madrid como el gran poeta, á 
quien estaba consagrada , al cumplirse el tercer aniver- 
sario secular de su nacimiento, según acuerdo unánime 
de la Real Academia Española y á propuesta del Sr, Don 
flamóu de Mesonero Romanos, Después hizo una sucinta 
reseña de los trabajos de la comisi(jn encargada de reali- 
zar el acuerdo, compuesta del Excmo. Sr. D. Ventura 
déla Vega y de los Sres. D, Ramón de Mesonero Roma- 
DOS y D. Juan Eugenio Hartzenbusch, á la cual fueron 
agregados más tardecí Excmo, Sr. D, Cándido Nocedal y 
d que escribe la presente acta, á quien será también lí- 
cito alegar el título de haber nacido en Madrid, para suplir 
menos indignamente al Excmo, Sr. D. Manuel Bretón de 
los Herreros en el cargo de Secretario. Expresando que la 
sesión pública y extraordinaria tenía por objeto la inau- 
guración del monumento mural dedicado por la Real Aca- 
demia Española al ilustre Lope de Vega, cuyo elogio hizo 
en breves y sentidas palabras, se apresuró á encomiar el 
patriotismo, la buena voluntad, el desinterés y la cortesía 
conque los actuales dueños de la casa se habían prestado 



S3i 

ó cuanto pudiera mejor contribuir al brillo de la ceremo- 
nia, en términos de anticiparse á veces y aun de ir más 
allá de los deseos de la Academia. Y concluyó por hacer 
presente que, no permitiendo lo reducido del local dar 
cabida más que á escaso número de personas, la Corpora- 
ción había atendido á que tuvieran allí representación el 
pueblo donde Lope de Vega tuvo cuna; la Congregación 
de Presbíteros naturales de esta villa, de que fué Capellán 
mayor largo tiempo; la Facultad de Teología y de Letras, 
por su calidad de Doctor en la primera y de consumado 
en las segundas; las Academias todas; los poetas líricos 
y dramáticos, que inspirados por la fe religiosa y el sen- 
timiento de la nacionalidad enlazan al siglo de Lope de 
Vega el siglo presente, sin desatender el progreso de las 
luces; los actores, sin cuya cooperación artística no re- 
salta bien el brillo de las producciones del genio, y la 
prensa periódica, que difunde los conocimientos humanos, 
y que ahora coadyuvaría á la mayor gloria del inmortal 
Lope de Vega, llevando noticia á todas partes del tributo 
pagado á su fama. 

De orden del señor Presidente hice relación de lo que 
debía ocupar á la junta pública y extraordinaria antes de 
la inauguración del monumento, y en seguida leí la es- 
critura de venta de la casa al adquirirla Frey Lope Félix 
tie Vega Carpió, y su testamento otorgado la antevíspera 
de BU muerte, y dentro de la misma alcoba que estaba á la 
vista. Celebrada aparece el 7 de septiembre de 1610 la es- 
critura: como vendedor de la casa figura Juan Ambro- 
sio de Leva, mercader y vecino de esta villa; por Lope 
de Vega fué comprada en precio de nueve mil reales, 
cinco mil de ellos al contado, y los otros cuatro mil res- 
tantes por mitad en los ocho primeros meses siguientes, 



93o 

cada cuatro meses dos mil reales, con el censo perpetuo 
anual de mil y cincuenta y cuatro maravedís á favor del 
Cura y Beneficiados de la iglesia de Santa Cruz de esta 
corte, siendo Gaspar de Porras, Pedro Meléndez y Anto- 
EÍo de Caira los testigos^ y Juan de Obregón el escribano. 
Con fecha de 2fi de agosto de 16:35 está otorgado el 
testamento, en eí cualj después de hacer la profesión de 
k fe y de encomendar á Dios el alma, Lope de Vega or- 
dena que, difunto su cuerpo, sea vestido con las insignias 
de la Orden de San Juan y depositado en el lugar de la 
iglesia que dispusiere el Excmo. Sr, Duque de Sesa, des- 
pués de decírsele misa cantada de cuerpo presente en la 
forma que se acostumbraba por los demás religiosos, el 
mismo dia de su muerte^ si fuere hora, y si no al siguien- 
te,— Á cargo de los albaceas deja el acompañamiento de 
n enlierroi honras, novenario y demás exequias y misas 
que se hayan de decir por su alma.— Lue^o declara que 
antes de ser sacerdote y religioso, fué casado con Doña 
Juana de Guardo, que llevó en dote veintidús mil tras- 
cientos y ochenta y dos reales de plata doble» y á la cual 
hÍEo de arras quinientos ducados, de que era deudor á su 
hija única Doña Feliciana Félix del Carpió, y así manda 
que se le paguen de lo mejor de su hacienda, --También 
dt'clara que su dicha hija estaba casada con Luis de Usá- 
tigui, y que la señaló cinco mil ducados de dote^ compren- 
diéndose lo que la tocaba de su abuelo materno, de los 
cuales nada había satisfecho por estar alean ?:ado, y tam- 
bién ordena que se paguen de seguida.— Para las mandas 
forzosas deja cuatro reales^ si tienen algún derecho; pa- 
ra los Santos Lugares de Jerusalén, veinte reales; uno 
para casamientos de doncellas huérfanas, y otro para 
avada á la beatificaciún de la beata María de la Cabeza. 



S36 

— Por albaceas nombra al Duque de Sesa, D. Luis Fer- 
nández de Córdoba y á Luis de üsátigui, su yerno. — Otra 
cláusula viene á continuación y en esta forma: «Decla- 
>ro que el Rey nuestro Señor, Dios le guarde, usando de 
>8u benignidad y largueza, há muchos años que, en re- 
>muneración del mucho afecto y voluntad con que le he 
>servido, me ofreció dar un oficio para la persona que 
>casase con dicha mi hija; y porque con esta esperanza 
>tuvo efecto el dicho matrimonio, y el dicho Luis de Usa- 
>tígui es persona principal y noble, y está muy alcanza- 
>do, suplico á S. M. con toda humildad, y al Excmo. Se- 
>ñor Conde-Duque, en atención de lo referido, honre al 
»dicho mi yerno, haciéndole merced, como lo fío de su 
>grandeza.» — Después de pagar lo que deber pudiera y 
de cobrar lo que le fuere debido, en el remanente de sus 
bienes nombra por heredera universal á su hija única Do- 
ña Feliciana, y designa á la sagrada Religión de San Juan 
para que lleve lo que le perteneciere según los estatutos, 
dando por nulo cualquier testamento anterior ó legado, y 
sólo por válido éste, que otorga ante el Escribano Fran- 
cisco Morales y los testigos Licenciado D. Fehpe de Ver- 
gara, médico; Juan de Prado, platero de oro; el Licencia- 
do D. José Ortiz de Villena, presbítero; D. Juan de Solís, 
y Diego Logroño. 

Acto continuo, el Sr. D. José Garamendi, Secretario 
honorario de S. M. y Notario público de estos Reinos, 
leyó la escritura que á la sazón otorgaban la Real Aca- 
demia Española y los actuales poseedores déla citada casa 
de la calle de Cervantes, y según cuyo texto se obligan, 
la primera á mantener y los segundos á consentir perpe- 
tuamente el monumento mural consagrado á Lope de 
Vega, cuya escritura firmaron como otorgantes la señora 



137 

Doña Josefa Poyatos^ sus señores hijos Dona Juana^ Don 
José y D, EpifaEio López de Morelle^ y todos los señores 
Académicos antes enumerados. En calidad de testigos fir- 
maron el Excmo, Sr, D* Luis González Brabo^ Académico 
alecto; el Excnio. Sr, Duque de Sexto, Corregidor de Ma- 
drid; el Excmo. Sr. Duque de Tamames, Teniente de Al- 
calde; Sr. D* José Moreno Elorxa, Sindico, y Sr. D. Ca- 
milo García Piñuela, Secretario del Ayuntamiento; seño- 
res D. Miguel Cortés del Valle y D. José Losada, de la 
Congregación da Presbíteros naturales de esta villa; 
Excmo. Sr, D. Antonio Bena vides, Excmo. Sr, D, José 
Zaragoza y Sr. D. Carlos Fort* de la Academia de la His- 
toria; Sr, D. Juan Moüteneg'ro y Sr, D, Eugenio de la 
Cámara, de la Academia de Nobles Artes de San Fer- 
nando; Excmo, Sr, Marqués del Socorro, Sr, D, Frutos 
Saavedra Meneses y Sr. D. Vicenta Santiago Masarnau, 
de la Academia de Ciencias exactas, físicas y naturales; 
Excmo. Sr. D. Ijorenzo Arrazola, Excmo, Sr. D. Salus- 
íiano Olózaga y Excmo. Sr. D. Modesto Lafuentej da la 
Academia de Ciencia^ morales y politicas; Sres, Don 
Eduardo Palou y D. José Amador de los Ríos, como De- 
canos de la Facultad de Teología y de la de Leti^as; en 
representación de los poetas liricos, los Sres. D- Eduardo 
AsqnerinOj Marqués de Anñón, D. Joaquín José Cervino 
y D- José García; de los poetas dramáticos, losSres. Don 
Luis Egnílaz y D, Luis Mariano do Larra; de la prensa 
periódica, el Excmo. Sr. D. Fernando Gorradi; del arte de 
la decía m ación 1 los Sres. D, Julián Romea y D. Joaquín 
Arjona; y por último, el Sr. D. Ponciano Ponzano, como 
constructor del monumento que iba a ser inaugurado; 
tras de lo cual declaró otorgada el Sr, Garamendi en de- 
bida forma la escritura* 



238 

No habiendo podido asistir por enfennedad el Sr. Don 
Juan Eugenio Hartzenbusch á la junta, su romance á 
Lope de Vega fué leído con excelente entonación por el 
Sr, D. Manuel Cañete, cautivando la atención el ingenio 
con que están bosquejadas las diversas épocas de la vida 
del poeta insigne, y encomiadas su alta gloria ó impere- 
cedera fama por un hombre del pueblo, mientras se su- 
pone la traslación del cadáver desde su casa á la parro- 
quia, y las tiernas palabras de Sor Marcela de San Félix, 
hija natural de Lope de Vega y monja Trinitaria, con que 
termina el bien pensado y sentido romance. 

Finalmente, se abrieron los dos balcones centrales; y 
saliendo el limo. Sr. D. Ensebio María del Valle al de la 
izquierda, y el Excmo. Sr. Duque de Sexto al de la de- 
recha, á las dos y treinta y cinco minutos descorrieron 
las cortinas de damasco puestas sobre el monumento, eje- 
cutado en mármol por el escultor de Cámara Sr. D. Pon- 
ciano Ponzano, cuyo conjunto y cuyos pormenores están 
ajustados al carácter arquitectónico del primer tercio del 
siglo XVII, así como el revoque de la fachada del edificio. 
Debajo del busto de Lope de Vega, esculpido perfecta- 
mente y colocado dentro de una especie de hornacina 
con los títulos de dos de sus comedias. El mejor Alcalde 
el Rey y Bl Acero de Madrid^ en los bordes, se ve un 
medallón elegante y de tamaño proporcionado, con la 
inscripción siguiente: 

Al Fénix db los Ingenios 

Frby Lope Félix de Vega Cabpio, 

que falleció k 27 de agosto db 1 635 

en esta gasa de su propiedad, 

LA Real Academia Española. 

Ano de 1862. 



J 



r 



239 

También apareció restableeitia la leyenda qae puso 
liOpe de Vega encima de la puerta de la caile: 

D. O. M. 

fAlIVA PBOPRIA MAGItA: 
VAGlfA ALIENA PAHTA. 

Al tiempo de inaugurarse el monumento mural tocó un 
himno la música de Ingenieros, colocada en frente de la 
casa. Numeroso público se veía en la calle, á pesar de lo 
míiy desapacible del tiempo* bastando para mantener el 
i>tien orden un piquete de guardias civiles veteranos. 
Entre tanto los dueños de la casa llevaban su galantería 
al último extremo con levantar al lienzo colocado sobre 
la pared de en frente de la escalera para descubrir una 
lápida de mármol negro con la inscripción siguiente: 

A LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

£% MEMORtA |>|E LA SBSIÓN PLfiilCA V B^TAAOAUmAKI.^ QUE CBLEBIIÓ EN 
BATA CASA ÉJL ÜIA 25 PE :VOVtl£»Bfll¿ DBL PBKSECHTK A>0, AHIVEESARIQ 
URL KACtlIB^TO DEL ILUSTRli MAÜHILEXO LOPK HE VbGA, CON MOTIVO 
m mADr^lHAM el XOÍ^Ü^S^TOQüK U CONSA^RAt LOS SUCHSOftE!! ACTÜAISS 
T,\ LA FEOFIIIDAD, VRDA K ÍIIJOS 1>E D. FlIAWCISCO MaRÍA LÓPIZ US 

Mqrelle, ano be 18G2. 

Inaugurado el monumento mural á Frey Lope Félix 
de Vega Carpió, el señor Presidente declaró terminada la 
junta, de que certifico, 

Antonio Pcrttr del Rio, 

AJ leerse la presente acta para su aprobación, excusa- 
ron la falta de asistencia por motivos legítimos el Exce- 
lentísimo Sr. D. Alejandro Olivan, el limo. Sr. D. Tomás 



^^^^^n 



210 

Rodríguez Rubí, Sr. D. Severo Catalina del Amo y señor 
D. Ramón Gampoamor, que asistieron á la junta ordina- 
ria del jueves 27 de noviembre. Varios señores Académi- 
cos excusaron asimismo la falta de asistencia, por razo- 
nes igualmente legítimas, de los Excmos. Sres. D. Mateo 
Seoane, D. Joaquín Francisco Pacheco, D. Agustín Duran, 
Marqués de Pidal, D. Nicomedes Pastor Díaz, D. José 
Caveda y Sr, D. José Joaquín de Mora. 

Se hallaban ausentes de Madrid los Excmos. Sres. Ck)n- 
de de Guendulaín, y D. Patricio de la Escosura, y el Ilus- 
Lrísimo Sr. D. Eugenio de Ochoa. 

Por oficios al Presidente de la Comisión, consta que no 
pudieron asistir los Sres. D. Adelardo López de Ayala y 
D. José García Luna, en representación de los autores 
dramáticos el primero, y de los actores el segundo. 

NÚMERO V. 

Escrliura de venta de la casa nám. 11 de la calle de Francos» al adquirirla 
Frey Lope Félix de Tega Carpió. 

En la Villa de madrid a siete días del mes de setienbre 
de mili e seis cientos y diez años ante mi el escriuano e 
testigos páreselo Joan anbrossio leua mercader vezino 
ílesta Villa = Estando presente el dotor aldana Gura pro- 
pio de la yglesia de santa Cruz y el maestro crespo bene- 
ficiado por sí y en nonbre de los demás benefi9Íados de 
la yglesia de santa Cruz desta Villa = Les dixo que bien 
saben que el tiene unas casas en esta Villa a la calle que 
llaman de francos linderos casas de Joan de Prado y otros 
linderos sobre la qual el dho cura y benefi9Íados tienen 
mili e 9inquenta e quatro marauedis y dos gallinas de 



ni 

censso e renta en cada un año perpetuamente y con el 
dho cargo tiene tratado rte vender las dhas casas a liOpe 
de Vega carpió vezino desta Villa en prescio de nueve 
mili Reales ^ que les pide e rreqaiere le den usencia para 
c^lebrai' la venU de las dhas casas questa presto de pagar 
la veintena parte con los rredito^ f'onndos hasta el dia de 
oy e lo pidiü por testimonio=El dho cura y beneficiados 
ilixeron que no quiei^n la dha cassa por el tnnto sino que 
pagando la veintena parte del prescio de las dhaa cassas 
con los rreditos corridos? hasta el dia de oy e otoriíandole 
el dho Lope de Vega carpió escriptura de n^econos^^i- 
miento y dándola sacada a sn costa y no en otra manera — 
dixeron que dañan e dieron lisencia e facultad en bastan- 
te forma al dho Joan anbrosio f ^eva para que pueda cele- 
brar la dha venta en el dicho presgio de los dhos nueve 
mili rreales=y ¡^e dieron por contentos y pagados a su 
voluntad de trecientos y ochenta e quatro rreales, los 
trezientos y sesenta por la veyntena parte del dho prescio 
y rremitieroE lo demás y los veinte e quatro rreales por 
los rreditos corridos hasta el dia de oy por quanto Um 
rresgibieron del dho Joan anlirosio Leva en prasenQia de 
mi el dho escriuano e tes ti tros desta carta de que yo el 
escriuano doi fee que rreacibieron la dha cantidad los 
dhos cura y beneflgiarios en moneda de vellón y otorgaron 
caria de pago y lisencia en forma liastantr romo de de- 
reclr» se rrequiere v es nescesario para su validación y lo 
atorgaron ansi, siendo testigos pedro melendez y lorenzo 
tí© montarroso y Fran*^^ lope?; Zarralde estantes en esta 
corte y km otorg* que yo el escriuanodoi fee conozco lo 
firmaron. El liíjen^" Joan martine?: de aldana — el licen'*'* 
craspo— ante mi Joan de obregon ^ R yo Jhoan de obre- 
gon seriuano del Rey nuestro Señor e perpetuo del nu- 



242 

mero de la Villa de madrid y su tierra presente fui y lo 
signe = En testimonio de verdad= Jhoan de obregon. 

Sepan quantos esta publica escriptura de venta y ena- 
í^enagion vieren como yo Joan anbrosio leva mercader 
vecino desta Villa=digo que por quanto por venta judi- 
cial que antel señor alcalde gregorio lopez madera e mar- 
iin rromero escriuano de prouiuQia se hizo estando la 
norte e consejos en esta Villa de madrid se remato en mi 
como en mayor ponedor unas casas questan en esta Villa 
a la calle que llaman de francos linde de casas de Joan de 
í^ado y por parte de abaxo casas de Juan Sánchez algua- 
cil de corte en presgio de setecientos ducados con el cargo 
de censso perpetuo que sobre ellas tiene el cura y benefi- 
ciados de la yglesia de santa Cruz desta Villa los quales 
íiioron los quinientos ducados dellos de contado y los du- 
cientos rrestantes por otra tanta cantidad que sobre la 
ilha cassa están fundados a censso a rrazon de catorze la 
qual venta se hizo a instangia de Pedro de tamayo e yo 
pague los quinientos ducados conforme al dho rremate a 
Joan bautista andriano yerno del dho pedro de tamayo 
r^omo suQcsionario y del dotor brauo como consta mas 
largamente por la dha venta judicial que en mi fauor se 
otorgo por el dho señor alcalde Gregorio LfOpez madera 
AD esta Villa en diez dias del mes de henero de seiscientos 
que signada de el dho martin rromero con esta se entre- 
^^ara=de mas de lo qual el dho Joan bautista landriano y 
fioña maria de ayala sií muger de mancomún e ynsolidun 
por escriptura que en mi favor otorgaron en esta Villa en 
diez y siete de el dho mes de agosto del dho año de seis- 
cientos y ocho rrateficaron la dha venta e se obligaron a 
la euigion y saneamiento de la dha casa = y ansi mismo 
de quitar e rredimir los dhos dufientos ducados de el dho 



n% 



censso para que la dha 



quedase libre dentro de vn 



cassa 

mo de ia fecha della donde no les pinliese executar por 
los dhuíi duzientos ducados como mas largamente consta 
de la dha escriptura que ansi mismo se entregara = y e^ 
and que en la forma que yo ten^o comprado la dha cassa 
y fon la misma evigion y saneamiento y ún otro alguno 
ten^ii tratado de vender la dha casa de suso declarada 
mñ el cargo de ganso perpetuo que tiene = a lope de Vega 
carpió v67Jno deata Villa por el presgio y de la manera 
que aqui sera contenido^ R poniéndolo en eleto= Otorgo 
econ«^zco por esta presente carta que vendo y doy en 
renta rreal por juro de heredad desde asrora para mempre 
xamas al dho Lope de Vega Carpió para el y para sus 
herederos y suc^e^oros e para quien de vos u dellos vuiere 
titulo o mana en qualquíer manera a saber las dhas casas 
áñ soso deslindadas que fueron del capitán Villegas de 
inimcivay qn están en la dha calle de francos desta Villa 
Bobre la qual tiene y le pertenesce a el dho Cura y be- 
neficiados de Santa Cruz desta Villa mili e cinquenta e 
quatro marauedis de gena-^u perpetuo en cada un año con 
derecho de usencia e veintena a quien a de haser rreco- 
DQ8cimiento=^y por libre de obligación e ypoteca e^pegial 
ni jeneral que por mi parte se aya ynpuesto después que 
ten^o y poseo, con todas sus entradas y salidas, usos y 
costunbres pertenencias derechos y seruidunbres quantas 
tiene y auer deva y con las que m me venrlieron en la 
dha venta, por pres^io e quantia de nueue mili rreales^ 
>?ados en asta manera^ Los cinco mili rreales luego de 
<^^otado en presencia del escríuano e testigos desta carta 
de cuya paga y entrega yo el escriuano doy fee que en 
mi presencia e de los dlis testigos el dho Joan anbrosio 
Leva resoibio del dicho lope de Vaga los dichos cinco mili 



244 

reales en rreales de plata de a dos y a quatro, y los quatro 
mili rreales rrestantes pagados dentro de ocho meses pri- 
meros siguientes de la fecha desta por mitad en cada 
quatro meses dos mili rreales de que en casso nesQesario 
y a mayor abundamiento por quanto se a de obligar en 
la manera que dha es me doi por entregado sobre que 
rrenungio la exQeqion de la no numerata pecunia y leies 
de la paga, e prueua della y del engaño y las demás que 
en esta rrazon hablan como en ellas se contiene y otorgo 
digo e confieso que los dhos nueue mili rreales es el justo 
presQio e valor de las dhas casas e que no valen mas e que 
si agora o en algún tiempo mas valen o pueden valer de 
la tal demasía e mas valor le hago gragia y donagion pura 
mera perfeta ynrrebocable quel derecho llama entrebiuos 
dada e donada luego de presente y rrenungio la Ley del 
hordenamiento rreal fecha en las Cortes de alcalá de he- 
nares que trata sobre las cosas que se conpran e venden 
por mas o menos de la mitad del justo presgio y los quatro 
años en ella declarados que tenia para pedir rre^eQÍcn 
deste contrato y suplimento al justo valor y desde oy dia 
questa carta es fecha y otorgada en adelante para siempre 
xamas me aparto de la propiedad y señorío titulo boz e 
rrecursso y otras aciones rreales e personales que me 
pertenesgen a la dha cassa y a la evigion y saneamiento 
que dellas me hizieron los dhos Joan Bautista Landriano 
y su muger y liberagion e redengion de los dhos dugientos 
ducados de el dho gensso y todo ello se lo gedo rren ungió 
e traspasso en el dho liOpe de Vega Carpió y en sus here- 
deros y sucgesores y le doy poder para que las pueda po- 
seer e tener e hazer dellas a su libre voluntad =E para 
ello le entrego la dha venta judicial y escriptura de obli- 
gagion y saneamiento de suso rreferido=y durante y en- 



115 

tretónto qae por m parte es tomada e aprehendida la dha 
pusesion me constituvo por su ynquilino tenedor e posee- 
tior e me obligo que por mi fecho e casso propio como 
dhoes la dha eassano tengo vendida enajenada enpeñada 
obligada ni ypotecada ni en otra manera enaxenada por- 
que lo demás de la eviíjion v saneamiento della no e de 
quedar obligarlo a cosa alguna mas de la que tiene hecha 
el rfho Joan bautista Landriano y su miiger y en quantcí 
a lo demás se la vendo a su rriesgo e ventura porque 
mú a sido y es trato e coñgierto y de qualquier persona 
pe por mi fecho se la enbargare o pusiere mala voz to- 
mare el pleito y lo siguiere e fenesgere a mi costa é min- 
5Í0Í1 hasta le dexar en paz y en salud con la dha cassa so 
pena de le pagar lo que por mi parte le saliere yncierto 
oon las costas y daños que se le siguieren e rrecresQie- 
ren=E yo el dho Lope de Vega Carpió qne presente estoy 
i lo que dho es aviendo oydo y entendido esta escriptura 
la acepto en todo e por todo como en ella se contiene e 
por lo quG a mi toca prometo e me obligo con mi persona 
y bienes muebles e rraisíes ávidos e por auer de dar e pa- 
gar los dhos quatro mili rreales al dho Joan anbrosiu leva 
u a quien ^n poder hu viere en rreales de plata y no en 
otra manera para desde oy dia de la fecha desta carta en 
ocho meses cumplido^^ priitiems siguientes en dos pagas 
en cada quatro meses dos mili rreales por la caussa e 
rrazon de suso rreferida de que siendo nes^esario y a 
maior abundamiento me doy por contento y entregado a 
mi voluntad e rren unció la exce^ion de la no numerata 
pecunia y leyes de la paga e prueua della y del engaño 
T las demás que en esta rraznn hablan como en ellas se 
contiene apuestos e pagados los dhos quatro mili rreales 
en la manera que dha es en esta Villa de madrid en cassa 



246 

.y poder del dho Joan anbrossio leva v de quien su poder 
huviere a mi costa e rriesgo=y para mas seguridad de 
los dhos quatro mili rreales ypoteco por tazita y espresa 
ypoteca sin que la obligagion general derogue ni perju- 
dique a la espegial ni por el contrario las dhas casas de 
suso declaradas y deslindadas que por esta escriptura el 
dho Joan Anbrosio leva me vende para que no las pueda 
vender dar donar trocar canbiar ni en otra manera ena- 
xenar hasta tanto que aya pagado los dhos quatro mili 
rreales i la uenta i enaxenagion que de otra manera se 
liiziere sea en si ninguna y de ningún valor y efeto ade- 
mas de caer e yncurrir en el delito destalionato y si para 
los dhos plaQOs no vuiere dado e pagado los dhos quatro 
mili rreales y estuviere o rresidiere fuera desta corte 
pueda el dho Anbrosio leva ir o enbiar una persona a 
qualquiera de las dhas pagas con salario de quinientos 
maravedís por cada vn dia que en la cobranza se ocupare 
ansi de yda estada y buelta contando a rrazon de ocho 
leguas por dia los quales nos obligamos de pagar á la tal 
persona la qual quiero sea creyda por solo su juramento 
sin otra prueua ni diligencia alguna de que le rrelieuo 
por los dias que en la dha cobranga se ocupare y por los 
dhos salarios quiero ser executado como por el principal 
=E para lo ansi guardar e cunplir cada vna de nos las 
dhas partes por lo que a cada vno toca de guardar y cun- 
plir obligamos nuestras personas e bienes muebles e 
rraizes ávidos e por auer y damos poder cunplido a qua- 
lesquier Juezes e Justicias de su magestad a cuya juridi- 
cion nos sometemos i espegialmente y por especial sumi- 
sión yo el dho Lope de Vega Carpió me someto al fuero 
e juridicion de los señores alcaldes de la Gassa y Corte de 
su magestad corregidor y su lugarteniente desta Villa de 



iUáñá y a cada uao yniolidun para que por todo rigor 
de derecho e via executiua nos con pelan e apremien al 
ctuiiplimiento e paga de lo que dho es como si esta « scrip- 
tara fuese senitín^ia definitiua de Juez conpetante pasada 
aEcossa jii^cgada errenuncjiamos nuestro fuero juridicion 
y domicilio y la ley sit eonvenerid de juridiqione onivra 
jüdif im y las demás leyes fueros y derechos de nuestro 
k^.r^ ron la lev e derecho que dize que general rrenun- 
m de leyes fecha non vala. En testimonio de lo qual 
*jt4argamo8 esta carta en la manera que dha es ante es- 
crimno publico e testigos yuso escriptos quo fué fecha e 
otor^da en la Villa de madrid a siete dias del mes de se- 
tiaobre de mili e seiscientos y diez años siendo testigos 
raspar de Porras y Pedro melendez y Antonio de Ca>Ta 
vezinos y estantes en esta Villa y los otorgantes que yo 
el escriuano doi fee conosco lo firmaron de sus nombres 
^.Toan anbrosio Leua = Lope de Vega carpió^ Ante mi 
ploan de obregon=E yo Jhoan de «bregón Scriuano dt 1 
Rey nro Sj e publico del numero de la Villa de madrid 
y su tierra presente fui a lo que dho es e lo hize sacar 
para titulo de la venta de Lope de Vega Carpió y lo sig- 
ne = En testimonio de verdad ^.Ihoan de obregon W. 

NÚMERO VI. 



Lope de Begt: diBftmption i% h casa que tiene en la oaUe de ffraiiooi. 

Don pheufe tercero desta nomlíre por la gracia de 
Dios Rey de Castilla, de león de aragon de las dos SÍ5Í- 

(!) Parece excusado advertir que este doenmenio y los tres Bií^aientea 
TftQ hnprcgos (en la posiWe) con la orlografia de los originales, que formíin 
pite de tos títulos de In casa que fa6 de tope, y üxistea en poder de los 
ilueñofi aetualeii de ella, los Sres. ü. José y D, Epifaaio López de Morelle. 



248 

lias de Ihm. de portugal de nauarra de Granada de toledo 
de Valencia de Galicia de Mallorcas de Seuilla de cerde- 
iia de córdoba de corgega de m urgía de Jaén de Los al- 
^arues de algegira de gibraltar délas yslas de canaria dé- 
las yndias orientales y ocidentales, yslas y Tierra firme 
del mar océano Señor de vizcaya y de molína &/ 

i^OR QUANTO he ssido ynformado que si concediesse ex- 
süDiption perpetua de huespedes de apossento para todo 
Ití que se labrare enlas cassas que llaman de malicia e 
vücommoda partigion déla villa de madrid quedando con 
la carga que agora tienen de pagar lo que les esta rre- 
partido por el primer repartimiento que se hizo por la 
tercia parte délos alquileres con que contribuyen para 
ayuda al aposento délos ministros y criados míos y délos 
tíarenissimos principe ó ynfantes mis muy caros y muy 
íunados hijos los dueños dellas se ynclinarian amejorar- 
las ensancharlas y hediflcarlas con cuyos hediffigios se 
ennoblegeria la dicha* villa y quedaría mas seguro lo que 
pagan para el apossento pues muchas que están flacas y 
que con facilidad se podrian caer se asegurarían conlos 
liüdífficios y se ensancharía la población déla labor y jun- 
tamente conello se podría sacar alguna summa de dinero 
para socorro délas necesidades que seme oftregen sim per- 
juygio alguno antes dándolo los dueños délas dichas cas- 
sas de su voluntad por la mrd. que retiñirían enla dha. 
ex3emption y por parte deuos Lope de bega carpió fami- 
liar del sancto (^) ofQgio déla ynquisigion y vegino déla 

(1) Al pie de la piaaa qae priucipia coa esta palabra, se halla la nota 
^l uniente: 

Gomo Arquiteclo de esta Visita, declaro qae las líaeas de este Privilegio 
eomponeo ciaco mili, y trescieatos pies qaadros saperGciales. Madrid 3 
ds Jalio de 1763.= Joseph Ygaacio Gutiérrez. 



349 

dicha V illa de madrid seme a supplicado os hiélense rard, 
de concederos exsemption perpetua para vna cassa que 
tenéis enella en la calle de IVancos que primero fue de los 
herederos del capitán Villegas la qiial tiene de delantera 
cincuenta y tres pies y de ondo í^iento y es todo al ancho 
de la delantera déla dlia, calle y los edifficius y viuienda 
que en la dha. cassa ñy son vn cagiian sala y alcoba y co- 
cina y vn oratorio peqiieño todo doblado íle bobedillas y 
vn corral que tiene vn cobertizo que sirue do palomar 
atexabana y seraieio de desuanes bajos atexabana y linda 
por vna parte concassas de jnan de praiiu y dcla otra con 
casas del aguacil Juan sanchez de que pagáis quatro mili 
} quiíüentos mrs. déla dicha terina parle y que por la 
dicha exsemption me seruiriades con lo que fuese justo 
í VISTO en mi consejo de bazieuda e yn formado déla ca- 
lidad V sitio déla dicha casíía v hedióla medir se concertó 
uODuos de os conceder la dha. exsemption y libertad per- 
petua enella assi enlo que tenéis labrado como enlo que 
de nuebo se labrare y acrecentare siruiendome con se- 
tenta y ?inco mili mrs> pagados en dos años y dos pailas 
por mitad que corren desde quatro de dií^iembre del año 
pascado de mili y seis gientos y doce y quedando á vues* 
tro car^o la pagfa délos dhos, qimtro mili y quinientos 
nirs, déla dha, tercia parte con que lo que se labrare en la 
delantera déla dha. cassa aya de ser guardando en la tra- 
(ja y labor la orden «-eneral que esta dada con declarazíon 
que no seos a de apremiar en ningún tiempo á que agais 
la dha, labor porque a de quedar a vuestra vohmtad y 
délos que subcedieren en la dicha casa labrar quando qui- 
deredes y quisieren y que si vos oel dueño que fuere dellá 
agora o en algún tiempo compraredes o adqiiirieredes 
junto aella algunas otras cassas apossentos o corrales por 



n 



250 
pequeños que sean que no estuvieren exsentos no Iob po- 
dáis ni puedan yncorporar conel que queda exsento y 
preuillegiado sino fuere manifestándolo primero quelo 
vacorporeis alas justicias déla dha. villa de madrid y alos 
apossentadores que tienen o tuvieren los libros del apos- 
sento de mi cassa y corte para que tomen la rrazon dello 
y den certificación de lo que asi se manifestare sopeña 
que por el mismo casso pierdan otro tanto del aposento 
que queda exsempto y preuillegiado por esta carta como 
fuere lu que assi se yncorporare enel sin hacer la dicha 
manifestación y los dichos apossentadores sean obligados 
atomar luego la rrazon y dar la dicha certificación sin 
dilazion ni Ueuar porello derechos algunos y auiendo vos 
el dho, lepe de bega carpió aceptado el dicho concierto 
c^(Jmo esta dho. os obligasteis de pagarme los dhos seten- 
ta y cinco mili mrs. á los dichos placos hipotecando ala 
íse^uridad dello la dicha cassa y la escriptura que dello 
utorgastes quedo en poder de don fauian de monrroy Ga- 
uallero déla orden de alcántara mi Thesorero general de 
que os dio certificación en siete de diciembre del dicho 
año de mili y seis cientos y doce déla qual se tomo la rra- 
yon por el contador del libro de caxa y los de la rrazon 
de mi real hazienda que para satisfacion de vos el dho 
Lope de bega carpió he mandado yncorporar en este pre- 
uillegio y es del thenor siguiente. 

Yo DON FAUIAN de monrroy Gauallero del auito de al- 
cántara Thesorero general del Rey nro. señor certifico 
que queda en mi poder vna obligación que otorgo lope de 
bega carpió familiar del sancto officio vezino desta villa 
ante melchor Bazquez moran escriuano de su mag.^ su 
criado } official en la secretaria de su rreal hazienda en 
quatro de diciembre deste presente año de pagar á su ma- 



S51 

gestad o a su Thesorero general en su nombre o a quien 
por su majestad fuere iiiandado setenta y ginco mili mrs, 
en dos años y dos pagas por mitad qnela primera comien- 
i¡ñ desde quatro de diciembre passado des te año puesto^j 
enesta villa eulas arcas de tres llaves tle su magrestad en 
reales de contado con ynteruengion de los señores conta- 
dores 0) de la racon déla rreal Has^ienda que tienen las 
llaues dallas. Con salario de quinientos mrs. ala persona 
que entendiere aula cobranza por la rard, que su mages- 
tad le a hecho de mandar dar preuilleíJ^io de essempíion 
perpetua de huespedes de corte y de otros en vna cassa 
íJel susodicho que tiene enesta villa en la calle de francos 
que solia ser délos herederos del capitán viUegas que tie- 
ne da delantera ^ñnquenta y tres pies y de ondo cienUí 
linde de Juan de prado y del aguacil Juan sanchex alas 
quales les esta repartido de tercia parte quatro mili y 
qninientos mrs. Cada año que quedan cargados en o I las 
para el dicho hefeto y con hipoteca especial dellas y des- 
ta ^*ertifica?iün an de tomar ragon el señor contador del 
libro de caxa de la hazienda de su mageatad y los dichos 
señores contadores déla rrazon della. fecha en madrid a 
siete diaa del mes de diciembre de mili y seis cientos y 

(t) Eo til tiiargen dt* \n plana (|ue priuclpift con eslUi^ palabnii* se tia^ 
Ua lo que siguí»; 

HoTi. Ua caías c^Dteüidas ea ette priyUegio juato eon cifras imedia- 
tas á ellas estíiu ypúUecxtdaí^ n la segundad de ud eeugo do catorce nril rs. 
de pñjieípal que con rodUos de dos y medio por ciento á el año ympusie- 
nm O, Ferantida Martí uea^ de Haete y D.* Aoto^ia Sancbez Recuero su mu- 
;^r dueños de ellas en favor dd Pftltronato y Obras piaa i(ue fundarou 
Mro Saaresi de Toledo y D.* l.eooor de Esttrada su nui;:er por escritura 
^ue otorgarou anttemi eu este día. Y pura que cooste yo Juan Villa y Otier 
dsí-nhano de S, M. y del numero de ostít Villa pongo esta nota que fírmo 
ea ^Aadrld ^ catorze de Abril de mil setecientos seteota y sieltc.— Ju»q 
YUI¿i V Olier. 



i62 

áoqe años, don fauian de moniToj\ En treynta y vno de 
digiembre de mili y seis gientos y doQe años, tome la 
rragon miguel de ypenarieta. Tomo la rragon Antonio 
gongalez de legarda. tomo la rragonjuan munoz des- 
cebar. 

Y APROUANDO como poF la presente apruebo. El dicho 
concierto mando se guarde y cumpla según y déla mane- 
ra que esta referido por los dichos setenta y ginco mili 
mrs. délos quales amayor abundamiento no embargante 
que no son cumplidos los dichos plagos para que este con- 
cierto quede del todo perfeto me doy por contento y paga- 
do y porque la paga de presente no parege derogo la ley 
déla non numerata pecunia prueba y paga y las demás 
que eneste casso hablan como enellas se contiene y yo y 
los Reyes mis subgessores no permitiremos ni permitirán 
que agora ni en tiempo alguno se vaj^a contra lo susodho. 
sino que perpetuamente para siempre jamas os concedo 
preuillegio y exsemption perpetua de huespedes de apos- 
sento enla dha. cassa de suso declarada para que enella ni 
enlo labrado ni edificado ni enlo que de nuebo se labrare 
y hedificare y acrecentare vna y muchas veges por vos 
el dicho lope de bega carpió o porqualquier de vros. sub- 
cessores vniuersales y particulares enqualquier manera 
para siempre jamas no os puedan ser echados enla dicha 
cassa ni em parte alguna della huespedes de apossento 
de corte contra vra. voluntad ni gente de guerra aunque 
sea por cassa publica de mayor ymportancia que se pue- 
da penssar ni por faltar cassas de apossento ni por otra 
qualquier cossa ymaginada o por ymaginar ni por veni- 
da y estada de Rey principe o ynfante ala dicha villa ni 
otra qualquier perssona de qualquier calidad dignidad 
preheminengia y condición que sean porque en ningún 



Ipo. ala dha. f-mm y sitio della qne esta dho. no an de 
ser hee hados los dichos huespedes antes a de quedar y 
queda la dicha cassa y sitio della con todo lo labrado y 
por labrar y que se labrare según dho. es libre de todo 
arenero de huespedes de apossento- Y se decslara que aun- 
que la corte se mude déla diclia villa por algún tiempo o 
para siempre jamas ni por otra rraíjoo ni causí^a alguna 
ymaginada o por ^^TOaginar yüuilosUeyesmissubcessO' 
res no an de ser oblifrados aos voluer ni a vros, herede- 
ros los dichos setenta y cinco mili mrs. ni parf^ alguna 
dellos ni lo que ouieredes srastado ó jrasta redes en la labor 
porque tan solamente lo emos de estar para que se gnar- 
íie la contenido en esta carta sobre lo tocante ala dha, 
exseinption y premllegio dalla r l>Enr„\RO que esta mrd. 
no bale ni puede valer mas quelos dií^hos setenta y dnco 
nül] mrs. y si mas vale y valer puede déla tal deniassia 
m hago gracia y donación perfeta ynrrebocable que el 
derecho llama entre vinos por algtmos seruicios que me 
aueis fecho de mayor rom uñera Qton fie cuya prueba os 
n-eliebo y aunque la dicha exsemptiun y mrd* no balfya 
lantü como montan los dhos. setenta y cinco mili mrs, 
conque me seruis no anei?* de tener ación ni vuestros he- 
rederos ni quien subf^ediere en la dha. caasa de pedirlo 
emtiempo alguno ni poralguna manera porque de vra. 
vohmtad y graciossa mente lo aueis oflrecido y querido 
seruirme con ello para ayuda alas necesidades que de 
presente tengo y encargo al serenissimo principe mi muy 
caro y mi amado hijo y mando alos ynfantes preladofs 
duques marqueses condes ricos hombres priores delaí? 
ordenes comendadores y subeomendadores alcaydes dé- 
los castillos y cassas fuertes y llanas y alos del mi con- 
sejo presidentes y oydores délas mÍ8 audiencias Alcaldes 



254 

y alguaciles de mi cassa y corte y a todas las demás Jus- 
ticias y ministro de guerra destos mis reynos y al mi 
apossentador mayor y demás apossentadores de mi cassa 
y corte que guarden y hagan guardar auos el dicho lope 
de bega carpió y a vuestros herederos y a quien de vos 
o dellos ouiere titulo o caussa para siempre jamas esta 
carta de exsemption y preuillegio y contra el tenor della 
no passen ni consientan yr ni passar y alos dhos. apos- 
sentadores que tienen otubieren los libros del apossento 
que no hechen ni consientan echar enla dha. cassa y en- 
lo que se hediflcare enella y enel dicho sitio huespedes 
de apossento de corte y guerra para siempre jamás y lo 
noten ansi en los dichos libros quedando solamente con- 
la dha. carga de los dhos. quatro mili y quinientos mrs. 
déla dha. tergia parte conque sila corte se mudare de ma- 
drid el tiempo que estuviere fuera della nolos aueis de 
pagar ni parte alguna dellos todo lo qual es mi voluntad 
que asi se haga y cumpla sim embargo de quales quier le- 
yes prematicas y cédulas que se an dado sobre lo tocante 
al apossento de mi corte y otra qual quier cossa que aya 
y pueda auer en contrario que para en quanto aesto toca 
y por esta uez dispenso contodo ello quedando en su fuerza 
y vigor para en lo demás adelante y mando alos fiscales 
anssi de mi consejo como de todos los demás tribunales 
que agora son y adelante fueren y aqualquier dellos que 
si vos el dho. lope de bega carpió y vros. herederos y sub- 
cessores enla dicha cassa quisieredes y quisieren que sal- 
gan ala defenssa desta exsemption contra qualquier quelo 
quisiere contra decir entodo o emparte lo hagan y sigan 
entodas ynstangias el pleyto contestado o no y que en 
casso que de hecho os sean hechados huespedes nolos ad- 
mitáis ni seáis obligados alos rreciuir sin caer porello em- 



peo a alg-una ponine la filia, cmm a ri^ ñev lihre de apos- 
sentó de corte y guerra para siempre jamas y los vnos ni 
los otros no ha^^ais cossa en contrario por alguna manera 
so pena déla mi mrd, y de diez mili mrs. para mi cámara 
délo qiial mande dar y di la presente escripia emperga- 
mino y sellada con mi ?;ello de plomo pendiente en filos 
ÚB seda de colorea y librada del presidente y los del mi 
consejo de harienday contaduría mayor della alos quales 
mando qne hagan a*^sentar el traslado desta mi carta de 
preuilleario en los libros délo sainado que ellos tienen y que 
H(tbre escripto este de como se hi<;o os le buelban de qne 
m de tomar la rra^on los dichos aposseníadores y el con- 
tíidor migíjel Salmerón que tiene la cpienta y ragon de lo 
que procede déla tercia parte qne se rreparte para el 
apossenlo alas dhas, cassas de malicia e yncomoda parti- 
ción. Dada en el pardo a catorze de Hebrero de mil y sais 
ijientos y trei^.=Yo el Rey. (Siguen firmas y notas,) ('■ 

Número VIL 

Don Phelipe por la f^aeia de dios Rey de castilla, de 
león, de araj^on, délas dos sicilias, de *fernsalem. de por- 
tii^'al. de nabarra. de Granada, de toledo, de Valencia, 
rlegali^ia. de mallorcas. de sebilla, de cerdeña* de cor- 
áf)\m. de corcet^a, da mnrijia, de Jaén, délos algarbes, de 
algegira. de gibraltar. délas yslas de canaria, délas yndias 
orientales, y oci dentales, yslas y tierra firme del mar 
Oneano, Arcliiduqne de austria, duque de bordona, de 
brabante y milan. Conde de flandes de aspurg y de bar- 
celona. señor de bixcaya y de molina, etc.» A bos lope 

ttí Eftc dot^urtiento y el si^uícQle do Tucrou kídos eo la sesióu. 



256 

de bega carpió vezino desta billa de madrid sabed que yo 
mande dar. y di para el presidente, y los del mi consejo 
de hazienda. y contaduría mayor della. dos mis cédulas 
firmadas de mi real mano despachadas. La una por mi 
consejo de cámara refrendada de tomas ángulo mi secre- 
tario. Y la otra por el dho. mi consejo de hazienda re- 
frendada de pedro de contrefas. asi mismo mi secretario 
questan asentadas en los libros de la razón de mi real ha- 
zienda que son del thenor siguiente.— El Rey = presi- 
dente y los del nro. consejo y contaduría mayor de ha- 
zienda yo os mando que libréis al prior fray les y conbento 
del monasterio de santa cruz déla ciudad de segobia de la 
borden de santo domingo treinta mili mrs. en cada uno 
de dos años este pressente de seiscientos y honze y el be- 
nidero de seisQientos y doge de que nos le hacemos inrd. 
y limosna para ayuda, de su sustento, tomando la razón 
liesta nra. cédula Juan ruiz de belasco nro. criado, fha. 
en madrid a primero de junio de mili y seis cientos y 
honce años. Yo el rey. por mandado del rey nro. señor 
tomas de ángulo, tomo la razón Juan ruiz de belasco.— 
El rey: presidente y los del mi consejo de hazienda y 
contaduría mayor della sabed que por una mi cédula de 
primero de junio pasado deste año de mili y seisQÍentos y 
honoe despachada por mi consejo de cámara hige mrd. y 
limosna al prior, frayles y conbento del monesterio de 
fianta cruz déla giudad de Segobia. déla borden de santo 
íiumingo. de treinta mili mrs. por este dho. año y otros 
treinta mili por el benidero de mili y seiscientos y do^e 
para ayuda a su sustento, y os mande se los librasedes 
donde los pudiesen cobrar según mas largo enla dha. mi 
cédula se contiene, y porque mi boluntad es que tenga 
cumplido efeto. por la presente os mando que la beais 



f \ 



t5T 

guardéis y cumpláis enlodo y portodocomoeiielk se de- 
clara, y en m cumplimiento libréis^ en i[iiales quier fincas 
de mis alcabalas tercias y otras rentas donde lo aya des* 
eobara/ado y en corridos de juros, que ayan pertenecido 
o pertenezcan a mi real hazienda no enbargante. qnesten 
reserbados y en cosas estrahordinarias. de que ay o hu- 
biere razón en mis libros del la al dho. prior, fray les y 
eonbento del dho. monesterio de santa cruz de segobía, 
los dhos* treinta mili mrs encadaimo délos dhos, dos años 
qm an de haber por la razón susodha, y para la cobranza 
dellos les daréis los despachos necesarios en la forma que 
íonbenga solamente en virtud déla dha. mi cédula de 
primero de junio daste año y desta sin otro recaudo al- 
gfuno. y si los dhos, mrs. no cupieren en la parte donde 
«na hez se los libra redes se los bolbereis a librar en otras 
délas dhas* cosas donde quepan, que yo lo tengo asi por 
bien ITia» en san lorenzo a treinta de jullw de ¡mil y 
seisgieniús fj honze afws. yo el rey. por mandado del rey 
nro. s,***' pedro de eontreras. Y aora por parte del dho. 
monesterio me fue suplicado le mandase librar los dhos, 
sesenta mili mrs* en parte donde con brebedad los cobrase 
y bisto por el presidente y los del dho. mi consejo de ha- 
zienda y oontaduria mayor della fue acordado que aquenta 
dellos se librasen enbos quatro mili nobezientosy nobenía 
y ocho mrs. para que se los paguéis délos treinta y siete 
mili y quinientos mrs. questais obligados a me pagar en 
mis arcas de tr^ I labes al mi thesorero general oala per- 
sona que por mi os fuere mandado para quatro de di- 
ciembre deste ano de seiscientos y trece por la mitad y 
primera paga de setenta y ginco mili mrs. conque me 
serbis por la mrd, que os hi^e de mandar os dar prebille- 
gio de esen^ion perpetua de huespedes de corte y otros 

19 



258 

en vnas óasas que tenéis enla oaDe de fhincos (piedando 
como quedan cargados en ella la paga de quatro mili y 
quinientos mrs. que os están repartidos por la tercia 
parte de aposento que tenia. E yo tubelo por bien y os 
mando que luego que sea pasado el dho. dia quatro de 
diciembre deis y paguéis alos dhos. prior frayles y con- 
bento del monesterio de santa cruz de segobia los dhos. 
quatro mili nobegientos y nobenta y ocho mrs. y tomando 
su carta de pago ó de quien su poder hubiere. Gonla qual 
y esta mia de libramiento abiendo tomado la razón della 
don fabian de monroy mi thesorero general y miguel de 
ypenarieta. contador del libro de caja de mi harienda se- 
rán bien dados y pagados y no seos bolberan apedir otra 
bez agora ni en tpo. alguno y si luego que sea pasado el 
dicho plazo no selos dieredes y pagaredes mando a qua- 
lesquier mis Juezes y Justicias destos mis reynos y seño- 
ríos acadauno en su jurisdÍ9Íon os conpelan y apremien 
aello por todo rigor de derecho y bia ejecutiba la mas 
brebe y sumaria que de derecho hubiere lugar, haziendo 
y mandando hazer en buestra persona y bienes todas las 
ejecugiones prisiones bentas tranzes y remates de bienes 
que conbinieren de se hazer como por mrs. de mi haber 
asta que con efeto selos ayais pagado con mas el salario 
déla persona qiiie con poder délos dhos. prior frayles y 
conbento del dho. monesterio asistiere alacobranga dellos 
de todo el tpo. que dilataredes la paga arazon de quinien- 
tos mí*s. al dia. con mas las costas procesales que se cau- 
earen eneUa con declarazion que si al tpo. quela dha. per- 
sona entendiere enla dha. cobranza obiere otra o otras 
con salario contra bos ala délos mrs. restantes que me 
debéis pagar al dho. plazo sean de repartir pro rata entre 
t(x)os los dhos. quinientos mrb. según la cantidad que ca- 



imno vbiew de cobrar debos que yo por la presente ago 
gicrtos sanos seguros y de paz los bienes que por esta ra- 
2011 fueren hendidos y rematados alas personas quelos 
compraren y en quien se remataren para agora y siem- 
pre jamas y no agais cosa en contrario que asi es mi vo- 
luntad dada en madrid a tres dias del mes de marzo de 
mili y seiscientos y tre7,e años. (Siguen firmas y notas.) 



NÚMERO VIIL 
Oopia M tastsmenid da Frey Lop» Félii ie Ta^ft Carpió. 

En el nombre de Dios nuestro Señor amen. Sepan lo^^ 
pe vieren esta scriptura de testamButo y vltima volun- 
tad como yo Frey I^ope FóUx de Vega Carpiu presiütero 
de la sagrada rrelixion de San Juan estando enfermo en 
Ia cama de enfermedad que Dios nuestro Señor fue ser 
T¡do de me dar y en mi memoria juicio y entendimiento 
natural creyendo y confesando como verdaderamente 
creo y confieso el misterio de la santií^inia Trinidad Padre 
híxo y Spiritu santo que son tres personas y un solo Dios 
irerdadew y lo demás que ere he y enseña la santa madre 
yi^km catholica rromana y en esta fe me huelgo hauer 
diiiílo y protasto uiuir y morir y con esta ynbocacion di- 
íiina otorgo mi testamento desapropiamiento y declara- 
üion en la forma siguiente 

Lo primero encomiendo mi alma a Dios nuestro Señor 
que la crio y Mt^o a su ymagen y semexauía y la rredi- 
Olio por su preciosa sajigre al qual suplico la perdone y 
lleue a su santa gloria para lo qual pí)ngo por mi ynter- 
cesora á la sacratísima Virgen maria conceuida sin peca 
do original y a todos los santos y santas de la corte del 



260 

cielo y difunto mi cuerpo sea restituido a la tierra de que 
fue formado . 

Difunto mi cuerpo sea bestido con las ynsignias de la 
dha. rrelixion de San Juan y sea depositado en la yglesia 
lugar que hordenare el Exmrao Señor Duque de Sesar mi 
señor y pagase (^) los derechos 

El dia de mi muerte si fuere ora y sino otro siguiente 
se diga por mi alma misa cantada de cuerpo presente en 
la forma que se acostumbra* con los demás Relixiosos= 
y en quanto al acompañamiento de mi entierro onrras 
nouenario y demás osequias y misas de alma y rregadas 
que por mi alma se an de decir lo dexo al parecer de mis 
albaceas o de la persona que lixitimamente le tocare esta 
disposición 

Declaro que antes de ser sacerdote y rrelixioso fui ca- 
sado según orden de la santa madre Iglesia con Doña 
Juana de guardo hixa de Antonio de guardo y Doña Ma- 
ría de coUantes su muger difuntos vecinos que fueron 
desta uilla y la dha. mi muxer trajo por dote suyo a mi 
poder veinte y dos mili trescientos y ochenta y dos rrea- 
les de plata doble e yo la hice de arras quinientos duca- 
dos de que otorgue scriptura ante Juan de Pina y dellos 
soy deudor a Doña Pheliciana felix del carpió mi hixa 
vnica y de la dicha mi muger á quien mando se paguen 
y rrestituian de lo mexor de mi hacienda con las ganan- 
cias que le tocare = Declaro que la dichíi Doña Phelicia- 
na mi hixa esta casada con Luis de Vsatigui vecino desta 
uilla y al tiempo que se trato de dho. casamiento le ofre- 
ci cinco mili ducados de dote conprendiendose en ellos lo 
que a la dicha mi hixa le tocase de su abuelo materno y 

(1) iSerk páguenset 



361 

dellos otorgrot^í scriptura ante el dicho Juan de Pina a 
que me rremito v respecto da hauer estado yoalcan9ado 
no e pagadü ni satisllio por quenta de la dicha doto ma- 
muedis ni otra cosa alguna aunque e cobrado de la he- 
rencia del dicho mi suegro algunas cantidades como pa- 
recerá de las cartas de pago que a(^) dado = mando se les 
paguen los dichos cinco mili ducados. 

A las mandas forzosas si algún derecho tienen les man- 
do quatro reales. 

A los lugares santos de Jerusalem mando Veinte rea- 
les^y para casamiento de doncellas guerfanas \n real= 
y para ayuda á la beatificación de la beata Maria de la 
cauecja otro rreal y para cumplir y pagar este mi testa- 
mento y declaración nombro por mis abaeeas al dicho 
E\mo Señor Duque de sesar Don Luis fernandez de Cor- 
tloua y luis de Vsategui mi yerno y a qualquiera de los 
dos \iisolidun a los quales con esta facultad doy po- 
der para que luego que yo fallezca vendan de mis bie- 
nes los necesarios y cunplan este testamento y les dure 
el tiempo necesario avnque sea pasado el año del alba- 
c6asgo. ^^ , 

Declaro que el Rey nuestro señor Dios le guarde usan- 
do de su benignidad y largueca a muchos años que en 
rremuneracion del mucho afecto y voluntad con que le e 
seruido^me ofreció dar vn oficio para la persona que 
casase con la dicha mi hixa conforme a la calidad de la 
dicha persona y por que con esta esperanza tubo efectto 
el dicho matrimonio y el dicho luis de Vsatigui mi hier- 
no es hombre principal y noble y esta muy alcaníado su- 



(I) ¿Sera otorguéf 

(1} Firece qae debe ler hé. 



n 



É62 

plíco a Sa magestad con toda vmildad y al Exmo. Señor 
Conde Duque eü atención de lo rreferido onrre al dho. mi 
liierno haciéndole merced como lo fio de su grande9a— 

Cóbrese todo lo que paresciere me deuen y pagúese lo 
quü lixitimamente parescíere que yo deuo 

Y cumplido en el rremanente de todos mis vienes de- 
rechos y acciones nonbro por mi heredera vnibersal á 
la dicha Doña feliciana felix del carpió mi hixa vnica y 
en quanto a los que pueden tocar á la dicha sagrada rre- 
lixion de san Juan también cunpliendo con los esttatu- 
tos (lella nombro a la dha. sagrada rrelixion para que ca- 
da uno deue(^) lo que le perteneciere 

Reuoco y doy por ningunos y de ningún efectto todos 
y qualesquier testamentos cobdicilios desapropiamientos 
mandas legados y poderes para testar que antes deste aya 
hecho y otorgado por scripto de palabra y en otra cual- 
quier manera para que no ualgan ni hagan fee en juicio 
ni fuera del saibó este que es mi testamento declaración y 
desapropiamiento el qual quiero y mando se guarde y 
cuTi|jla por tal o como mexor aia lugar de dei^echo y lo 
otorgo ansi ante el scriuano del numero y testigos de yuso 
scriptos En la Villa de madrid a veinte y seis dias del mes 
de agosto año de mil seiscientos y treinta y cinco. E yo 
el scriuano doy fe conozco al dicho Sr. otorgante y a lo 
([ue paresció estaua en su juicio y entendimiento natural 
y lo fliTOO testigos el Sr Joseph digo Phelipe de Vei^ara 
medixo W y Juan de prado platero de oro y el licenciado 
Joseph ortiz de Villena presuitero y Don Juan de Solis y 
Diego de logroño residentes en esta corte=y también lo 



( I ] Parece que se debe de leer lleve. 
{%} Probablemente médico. 



Í63 

fimaroD tres de los testigos ^Frej Lope Félix de Vega 
Carpió = el licenciado Don Phelipe de Vergara= Don Juan 
dd Soüs^el licenciado Joseph hortiz de Villena=ante mi 
Francisco de Morales 

(Sigile la nota en qne el escribano Manuel Martín de 
Uriarte da fe de ser cierto y verdadero el traslado que an- 
tecede, y lo finna á 4 de Julio de 1674.) 



NÚMERO IX. 

CopU gimpU dal eonTanio Buin h Reiil ¿6&d«mia EtpañoU j los dnefioe d« 
li easa cftll»d« Fmncofi anteB, y ahora d^ Garvantf^e. número 15 idito, ü 
mligio, mangana E37, para la oglo^acidn y pirmaiLencla perpettia ea la fa* 
éada de diisha casa do ¡m monamento áodioado 4 la memoria de Prty Lopí 
Félix dt Viga Carpió. 



Número cuatrocientos cincuenta y nueve, = En la he- 
roica villa y corte de Madrid, a veinticinco de noviem- 
bre de mil ochocientos sesenta y dos, siendo las dos de la 
tarde, y en la casa situada en ella, y su calle llamada an- 
te^ de Francos, hoy de Cervantes, señalada con el núme- 
ro quince nuevo, once antio^uo, de la manzana doscientaa 
vdntisiete, en la que vivió y falleció Frey Lope Félix de 
Vega Carpió, previo acuerdo y convocatoria, se reunie- 
ron, de la una parte la Real Academia Española en jun- 
ta pública y solemne» á que concurrieron los señores 
Académicos siguientes: el limo, Sr. D, Eusebio María del 
Valle, el Excmo. Sr. Marqués de Molíns, el Excmo. Señor 
\>. Ventura de la V^ej?a, el Excmo, Sr, Marqués de la Pe- 
Euela, el Sr. D. Ramón da Mesonero Romanos, el Exce^ 
tontísimo Sr. D. Antonio Alcalá Raliano, elSr- D. Anto- 



264 

nio María Segovia, el limo. Sr. D. Fermín de la Puente y 
Apecechea, el Sr. D. Antonio Ferrer del Río, el Sr. Don 
Aureliano Fernández-Guerra, el Excmo. Sr. D. Leopoldo 
Augusto de Cueto, el Sr. D. Francisco Gutanda, el señor 
D. Manuel Cañete, el Sr. D. Manuel Tamayo y Baus, el 
limo. Sr. D. Pedro Felipe Monlau, el Excmo. Sr. D. Cán- 
dido Nocedal, el Sr. D. Juan Valera, el Sr. D. Antonio 
García Gutiérrez, vecinos de esta corte; y de la otra, la 
señora Doña Josefa Poyatos, viuda del Sr. D. Francisco 
María López de Morelle, y sus hijos D. José, Doña Juana 
(ésta soltera) y D. Epifanio López de Morelle, mayores 
de edad, vecinos de esta corte, como dueños en toda pro- 
piedad y posesión de esta casa, la cual, según resulta 
de sus títulos, fué del mismo Frey Lope por compra que 
de ella hizo en siete de septiembre de mil seiscientos 
diez, y en la que vivió muchos años hasta su fallecimien- 
to, recayendo después en los actuales dueños; y así reu- 
nidos todos los señores comparecientes, por ante mí Don 
José María de Garamendi, Secretario honorario de S. M., 
Notario público y de los del Ilustre Colegio de esta corte, 
hallándose también presentes los testigos que se referirán 
ai final, dijeron: Que deseando la Real Academia Espa- 
ñola consignar una elocuente prueba de estimación y res- 
peto al Fénix de los Ingenios, concibió el proyecto de 
erigir en su memoria, en esta misma casa que fué de su 
propiedad, y en la que moró y terminó su existencia el 
día veinte y siete de agosto de mil seiscientos treinta y 
cinco, un sencillo Monumento que, además de significar 
la veneración de los presentes á sus esclarecidas dotes, 
perpetúe su recuerdo en las edades venideras. Que tran- 
quila la Real Academia con la esperanza de que la reali- 
zación de este proyecto había de encontrar en las épocas 



á65 
futuras el cuidadoso esmero que siempre merecen las elo- 
caentes protestas de adnii ración al genio^ com único su 
peasamiento á los actuales dueños áo la finca, la señora 
Doña Josefa Poyatos, v aua hijos comparecientes, quienes, 
lejos de oponer el más leve obstáculo a la ejecución de tan 
patriótico proyecto^ lo acogieron con la mayor satisfac- 
ción y espontaneidad, penetrados de su notable significa* 
eión, y deseosos de concurrir á la gloria del Padre del 
Teatro Español, que excitó en vida, y excita ahora y ex- 
citará siempre en los españoles de todas clases y condicio- 
nes, universal entusiasmo. Que en su consecuencia, y por 
más que la creación del Münumento pueda ser material- 
mente el origen de una servidumbre eu la casa de que se 
trata, nada significa esta circunstancia para los propieta- 
rios que poseen joya tan inestimable, se prestaron gusto- 
sos á ello, conformes con la Real Academia; y en su vista, 
dispuso la misma Corporación construir, como lo hizo á su 
costa en la fachada principal, un sencillo Monumento que 
recuerde la circunstancia de haber pertenecido esta casa 
j fallecido en ella el Fénix de los Ingenios, Frey Lope 
Félix de Vega Carpió, cuyo Monumento se descubre en 
aste acto á la expectación pública con las solemnidades 
acordadas por la Real Academia. Ya fin de perpetuar su 
permanencia en el sitio en que se le ha colocado, han 
convenido k Real Academia y los poseedores de la casa 
en consignar de una manera legal sus respectivos dere- 
chos y obligaciones: á cuyo efecto, de un acuerdo y mutua 
conformidad, en la parta que á cada una de ellas incum- 
be, otorgan que estipulan y pactan lo siguiente: 

1/ La Real Academia Bspañola, que de conformidad 
con los dueños de esta casa, calle de Francos antes, y hoy 
de Cervantes, numero quince nuevo, once antiguo, de la 



266 

manzana doscientas veinte y siete, ha costeado y colocado 
en su fachada principal el Monumento de recuerdo de la 
morada de Frey Lope Félix de Vega Carpió, que hoy 
se descubre con la solemnidad acordada por la misma 
Real Academia, se compromete á conservarlo perpetua- 
mente; y los dueños de la finca imponen desde ahora á la 
misma esta servidumbre sin retribución alguna, para de 
este modo contribuir por su parte á honrar la memoria 
del Ilustre Ingenio á quien se dedica; y se obligan por sí 
y sus sucesores para siempre á consentir su existencia y 
conservación, trasladando desde luego esta honrosa ser- 
vidumbre á los que por cualquier título se transmita la 
casa. 

2/ Si por demolición, incendio, hundimiento ú otro 
cualquier caso imprevisto, dejase de existir esta casa, 
tendrá derecho la Real Academia Española á que á su 
costa se coloque dicho monumento en la fachada princi- 
pal de la nueva casa que se construya en la superficie de 
La actual, á fin de que perpetuamente permanezca en 
ella, sin que los dueños ó poseedores de la finca se pue- 
dan oponer á ello con ningún pretexto. 

3/ La Real Academia Española cuidará de costear los 
gastos que sean necesarios para la colocación, permanen- 
cia y buena conservación del monumento en la fachada 
ile esta casa, ó en la que por cualquier motivo existiese 
en su terreno. 

Con cuyas calidades y condiciones formalizan, este con- 
venio, y se obligan los señores contratantes por sí y sus 
sucesores á cumplirlas exacta é inviolablemente en la 
parte que á cada uno le incumbe, sin tergiversarlas ni 
modificarlas con ningún pretexto; y al que intentase lo 
contrario, no se le oirá en juicio ni fuera de ól. A cuyo 



m 

fin, con la sumisión á jnstieias de S. M. y renimciación 
de leyes, y con la advertancia de que de esta escritura se 
lia de tomar razón en la Contaduría de hipotecas de esta 
capital dentro de doce días, bajo las penas del caso, así lo 
otorgan y firman, ú quienes doy fe conozco, con los tes- 
tigos que también firaian, después de haberles leído lite- 
rálmenía yo el Notario esta escritura, por renunciar por 
d; de todo lo cual, y de que después de sua firmas se pon 
drán sus respectivos honores y condecoran Iones» yo el 
Notario doy fe.— Josefa Poyatos.— Epifanio L, de More- 
lie— Juana I/jpez. — José I^pez de Morelle. — Ensebio 
María del Valle.— El Marqués de Molíns. — Ventura de la 
Vega. —El Marqués de la Pez uela.— Antonio Alcalá Ga- 
liano.— Ramón de Mesonero Romanos,— A. M, Segovia. 
—Francisco Cu tanda . ~ Fermín de la Puen te y Apecechea . 
— Antonio Ferrer del Río. ^PoncianoPonzanü-—L. A. de 
Cueto,— Aureliano Fernández- Guerra y Orbe.— Manuel 
Cañete,— Manuel Tamayo y Baus.— P. F. Monlau.— Cán- 
dido Nocedal.— >Juan Valera-~A. ílarcía Gutiérrez,— 
Luíh González Bravo.— Duque de Sexto .- Duque de Ta- 
mames,— Miguel Cortés del Valle. — José Moreno Elorza. 
—José Losada.— Camilo García.— A, Benavideí^.— Carlos 
Ramón Fort,— José de Zaragoza.— ^ Marqués del Socorro. 
—Eugenio de la Cámara,— Juan de Montenegro.- Frutos 
Saavedra Meneses, — Vicente Santiago de Masarnau, — 
Lorenzo Arrazola.— Salustiano de Olózaga, — Modesto La- 
fuente.— Eduardo Palou,-^José Amador de los Ríos.— El 
Marqués de Auñón.— Luis de Eguílaz.— Fernando Corra- 
di.— Luís Mariano de Larra.— Joaquín -José Cervino.— 
Eduardo Asquerino.— José García.— Eduardo de Gara- 
mendi.— mTulián Romea.— Joaquín Arjona,~Está signa- 
do,-- José María de Garamendi. 



Los testigos presenciales v que suscriben el documento 
anterior son los siguientes: el Excmo. Sr. D. Luis Gron- 
zález Bravo, electo individuo de número de la Real Aca- 
demia Española; el Excmo. Sr. Duque de Sexto, Gober- 
nador civil de esta provincia y Alcalde Corregidor de Ma- 
drid; el Excmo. Sr. Duque de Tamames, Teniente de Al- 
calde; el Sr. D. José Moreno Elorza, Síndico del Excelen- 
tísimo Ayuntamiento de Madrid; el Sr. D. Camilo García 
Piñuela, Secretario del mismo; el Sr. D. Miguel Cortés del 
Valle, Capellán mayor de la Congregación de Presbíteros 
naturales de Madrid; el Sr. D. José Losada, Presbítero, 
de la propia ya mencionada Congregación; el Excelentí- 
simo Sr. D. Antonio Benavides, Director de la Real Aca- 
demia de la Historia; el Sr. D. Carlos Ramón Fort, de la 
Academia de la Historia; el Excmo. Sr. D. José de Zara- 
goza, de la Academia de la Historia; el Excmo. Sr. Mar- 
qués del Socorro, Consiliario de la Real Academia de No- 
bles Artes de San Fernando; el Sr. D. Eugenio de la Cá- 
mara, Secretario general de la Real Academia de Nobles 
Artes de San Fernando; el Sr. D. Juan de Montenegro, 
Académico de la de Nobles Artes; el Sr. D. Frutos Saave- 
dra Meneses, de la Real Academia de Ciencias exactas; el 
Sr. D. Vicente Santiago de Masarnau, de la Real Acade- 
mia de Ciencias exactas; el Excmo. Sr. D. Lorenzo Arra- 
zola. Presidente accidental de la Real Academia de Cien- 
cias morales y políticas; el Excmo. Sr. D. Salustiano de 
Olózaga, de la Real Academia de Ciencias morales y po- 
líticas; el Excmo. Sr. D. Modesto Lafuente, de la misma 
Real Academia; el Sr. D. Eduardo Palou, Presbítero, De- 
cano de la Facultad de Sagrada Teología en la Univer- 
sidad Central; el Sr. Dr. D José Amador de los Ríos, 
Decano de la Facultad de Filosofía y Letras en la üniver- 



269 

íridad Central, ó individuo de niitnero de las Reales Acá 
demias de la Historia y de Nobles Artes de San Fernan- 
do; el Excmo, Sr. Marqués de A uñón; el Sr. D, Luis de 
Eguüaz; el Excmo, Sr. D, Fernando Gorradi; el Sr. Don 
Joaquín José Cervino; el Sr, D* Luis Mariano de Larra; 
el Sr. D. Eduardo Asquerino; el .Sr, D. José García; el 
Sr. D, Eduardo de f^raramendi, CabaUero del Hábito de la 
Orden militar de Santiago, Doctor en la Facultad de De- 
recho y Abogado del Colegio de esta corle; el Sr. Dnn 
Julián Romea; el Sr. D* Joaquín Arjona, y el Sr. Don 
Ponciano Ponzano, Escultor de Cámara; de todo lo cual 
también doy fe.— Está signado.— .José María de Gara- 
raendi* 

Es primera copia de su original para la Real Academia 
Española, que en papel del sello noveno con el número 
señalado al principio obra en mi Registro de Escrituras 
de este ano, ú que me remito^ en euya fe lo signo y firmo, 
(tejando anotada esta saca en Madrid á veintinueve del 
mes de su otorgamiento.— Está signado.— José María de 
Garamendi.— Hay un sello.— Tomada razón en el Regis- 
tro corrienle de obligaciones sobre la casa calle de Cer- 
vantes, número once antiguo de la man?;ana doscientas 
veinte y siete, al folio quinientos cincuenta y seis, Ma- 
drid dos de diciembre de mil ochocientos sesenta y dos, 
—Cayetano rtarcí a,— Derechos, doce reales* 



170 
NlÍMERO X. 

FREY LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIÓ. 

ROMANCB. 

Febrero de 1562. 

En un humilde aposento 
De una posada en la Corte, 
Forastero y forastera 
Se dicen castos amores. 
Mujer y marido son, 
Joven él, y ella más joven: 
Lágrimas vierte la dama, 

Y pide perdón el hombre. 
«Matábanme, Félix mío. 

Mis celosas aprensiones 

Guando aprensiones las llamo, 
Yerro á propósito el nombre. 
Sin avisártelo, vengo 

De Asturias á que me informes 
Qué tan cierto es que en Madrid 
Ofendes á tu consorte. 
No ha de amarte más que yo 
La que tu fe me soborne; 

Y algo por bella me debes, 

Y algo por discreta y noble.» 
Suspendió aquí la quejosa 
Las tiernas reconvenciones. 
Porque en el rostro el deudor 
Le dio con la paga entonces. 



Fatigada la viajera ^ 

Y siendo bien que repose, 

La lleva Félix en brazos*. • 



Dios les bendiga la noche. 



25 de noviembre del mismo afio. 

Devoción me merece 
San Lope obispo: 
Lope quiero que sea 
Nombre del niño. 
— Ponle dos, ponle. 
Por mi amor y tu gusto, 
Félix y Lope, 

1573. 



Bajo el rústico dintel 
Del Corral de la Pachaca, 
Cisneros el comediante 
Habla con Félix de Vega. 
«Pasmado (le dice) estoy 
De qne haya en edad tan tierna 
Quien ya en sus cuatro jornadas 
Componga en verso comedias. 
Once años cuenta Lopico, 
Y pasos encuentro ec esa, 
Que no los tiene mejores 
Viruós, ni Juan de la Cueva, 
De amor y de celos ha> 
Dos asombrosas escenas: 
¿Cómo adivina un muchacho 



«72 

Lo que no es dable que sienta! 
—De amor y celos nació 
(Modesto el padre contesta); 

Y amor y celos retrata 
Por él su naturaleza.» 
Llegaba Lopico en esto 

Con los chicos de una escuela, 
Gañas cabalgando todos, 
Pisando recio en las piedras. 
Por bandera en otra caña 
Llevaba un cartel de iglesia, 

Y al pasar por el teatro, 
Batió Lope su bandera. 

1635. 

«Úsase un dicho en Madrid, 
Curiosa prima Dolores, 
Que allá sin duda ignoráis 
En las indianas regiones, 
A lo más bello y mejor 
En cualquier género y orden, 
Ya no se llama excelente; 
Dicen todos que es de Lope. 
Cosas de Lope se llaman 
Libros, espadas, sermones, 
Joyas, telas, cuanto tiene 
Gran brillo, mérito y coste. 
De Lope son los tocados 
Que el gusto nuevo dispone, 
Las justas de ingenio dignas^ 
Las ruidosas diversiones. 



273 

Las villanas de Aranjuez 
Que venden ramos de flores, 
De Lope dicen que son 
Rosas y claveles dobles.» 
Así á una doncella linda 
Cortesanas instrucciones 
Daba, al entrar en Madrid, 
Cierta señora en su coche. 
De Cádiz la trae cunsigo 
Para que á su lado goce 
Lo que en Méjico ganó 
Su padre, que Dios perdone. 
Tomar la calle de Francos 
Pretende el autoraedonte; 
Mas el paso le embaraza 
Tropel de gentes enorme. 
De las calles convecinas, 
Ya despacio, ya de golpe, 
Desembocan sin cesar 
Mozos, viejos, ricos, pobres, 
Placeras, dueñas, beatas, 
Soldados y sacerdotes; 
Sólo se ve luto, y manos 
Con amarillos blandones. 
No hay en la calle pared, 
En cuyos huecos no asomen 
Apiñadas las cabezas 
De compasivos mirones. 
La cruz, de San Sebastián 
Por entre la turba rompe: 
Cánticos de muerte suenan, 
Claman las lenguas de bronce. 



Í8 



274 

No se ve féretro aún: 
Saldrá, si en marcha se pone 
La muchedumbre que llena 
Puerta, zaguán y escalones. 
Hacia la iglesia, por fin, 
Se mueve la prieta mole. 
Revueltas las cofradías. 
Vacilando los pendones. 
Pasan, y pasan, y pasan 
Grandes, familiares, monjes. 

Cómicos, freiles, poetas 

¿Quién hay á quien tantos honren? 
La primita mejicana. 
Diestra en aprender lecciones. 
Prorrumpe: «Si no es de rey, 
Entierro es éste de Lope.> 

Acertaba la niña: 
Lope, el famoso, 
Va de ocho capellanes 
Llevado en hombros. 
«¡Sánchez! ¡Maestro! 
Decid á esta indianita 

Quién era el muerto.» 

El señor Sánchez, persona 
Muy conocida en Madrid, 
Zapatero es de aguadores 
Y de gente baladí. 
Aficionado á la farsa 
Desde la edad infantil. 



S75 

Con pan y comedia vive 

Gómicaraente feliz- 

Por jefó le reconoce 

La turba mosqueteril, 

Que en el Príncipe y la Cruz 

Mueve á menudo motín. 

Más de un galán le ha doblado 

La engarrotada cerviz., 

Enviándole presentes 

Que él desdeñó recibir. 

De un novel ingenio cuentan 

Que visitándole, á fin 

De que estrenándose en tablas 

No se le mostrara hostil, 

«Mancebo (saltó el maese), 

Justicia os haremos: id, 

Id en paz, si es tal la obra 

Que yo la pueda aplaudir*» 

Entróse en el coche Sánchez 

Gomo en ganado país, 

Y al paso que el duelo siguen. 

Habla á las damas así: 

— <fNace el hombre con deseo 
De ver y oir cuanto pueda; 
Lo que en realidad no alcanza, 
Codicia verlo en comedia. 
Pide el escribirla bien 
Alto ingenio y muchas letras^ 
Alma» inventiva y gracejo, 
Que Dios a pocos dispansa. 
Farsas en España, ya 
Divirtieron á mi abuela: 



Í76 

Para entonces no eran malas, 

Para después no eran buenas. 

Salieron al fin á luz 

D0S5 treSj seis y ima docena, 

Que asombraron á Madrid, 

Sevilla y España entera. 

En paseos y en saraos, 

En las plazas y las tiendas, 

Nadie á la sazón trataba 

Más que de la farsa nueva, 

«¿Quién ha escrito El verdadero 

Amantél—ho^e de Vega. — 

— ¿Y Las Ama:íonas1 — l/Ope. — 

— ¿Y B¿ molino y la Aristeal 

—Lope.— ¿Y la Ábáeritel^El mismo 

Lope, y el Vamba y la Angélica^ 

La Melindromy El Maestro 

De danzar j La Montamsa^ 

Lo cierto por lo dudoso^ 

Psiques^ Muza^ El Turco en Viena^ 

Los milagros del desprecio^ 

El pleiio de íngalaterra, 

Amar sin saber d quién j 

La Dama boba^ Lji siega^ 

Los enredos de Celanro^ 

La Serrana de la Vera^ 

El 7nejor Alcalde el íie?/, 

PeribdmjJj Las Batuecas^ 

El retnedio en la desdicha^ 

El Cerco de Orán^ La estrella 

De Smnlla.....—\^mov\ ¿cuánto 

Escribe ese bombre?— Unas treinta 



S77 

Comedías al año*»»..» Luego 
Compuso más de cincuenta: 
Cincuenta y cuatro nos daba 
Desde cuaresma á cuaresma; 

Y esto ¿cuando! cuando ya 
Pasaba de los sesenta. 
Dos días, y en cada uno 
Doce horas de tarea, 
Veinticuatro de bufete 
Con otras tantas de huelga, 
Tiempo bastante le fueron 
Para llevar á la escena 
De La Piache de San Juan 
La fábula placentera* 

Con prisa igual más de ciento 
Produjo su fácil vena, 

Y há tres años que contaba 
Cabales mil y quinientas. 
Esto^ amen de cuatrocientos 
Autos Y de diez poemas, 

Y romances infinitos. 
Canciones y cantilenas» 
IjOs sonetos á puñados. 
Los epigramas por gruesas, 
Epístolas no sé cuántas^ 

Y ocho, en fin, ó diez novelas. 

Y este hombre comió y durmió, 

Y santificó las fiestas, 

Y estudió filosofía. 
Cánones, historia y lenguas* 

Y este hombre trató mil gentes; 
Que no hay nación en la tierra 



278 

Que no enviase á Madrid 
Persona que á Lope viera* 
Del Padre Santo en la corte. 
Del Gran Señor en presencia. 
Con vítores resonó 
El nomhre del gran poeta. 
Grande, sí, porque de España 
Reprodujo la grandeza: 
Cuanto hay bello y grande aquí, 
Sas farsas nos representan; 
Y no con frase trivial, 
Ni en rima pobre y grosera; 
Garcilaso y Castillejo 
Brillan á la par en ellas. 
¿Qué español no quiere ser 
Aquel galán j que ól diseña 
En Las flores de Don Jimn^ 
Flores de oro, no de seda? 
¿Quien pudo sin llanto ver 
Á la divina Isabela, 
Que allá en Irlanda padece 
La más lastimom fuerza^. 
Por templar al padre airado, 
Que un hijo de amor desecha, 
Esclava de su galán. 
Suspira celosa Elena, 
Corona Sol merecida 
Ciñe de cónyuge honesta: 
Porque un rey de amarla deje, 
Sus bracos al fuego entrega. 
Ley natural hace al hombre 
Amar á su compañera; 



979 

Lope la pone en altar, 

Y al pie del altar nos lleva. 
Teatro español tuvimos 
Antas que Lope naciera; 
Mas era teatro en cuna, 

Y aun era español apenas. 
Él le dio forma y valor 

Y sello que nunca pierda: 
Si hombre como yo lo ve, 
Marcadas tendrá las señas. 
De Lope el arte aprendieron 
Cuantos en él se le hombrean, 
TirsOj Rojas, Alarcón, 

Y el que hoy su laurel hereda. 
De autores hablar no quiero 
Que usando mi oficio medran: 
Zapatos remiendo yo, 

Y ellos á Lope remiendan. 
Pródigo maestro, á mil 
Cortada dejó la tela: 
Desperdicios de su pluma 
Son gala de ciento ajenas. 
El Fénix de ios Ingenios 

Le han llamado; no lo aciertan: 
El fénix de sí renace^ 

Y un Lope no se renueva. 
No da Dios tan á menudo 
Tanto ingenio y tales prendas. 
Flaquezas en Lope vimos, 
Ejemplar vimos la enmienda. 
Galán, soldado con brío> 
Dulce humor y habla discreta, 



Gran defensor de las damas. 
Pagáronle ol defenderlas. 
Dos veces casado tüé; 
Dos hijas casadas deja, 
Una bien^ otra mejor: 
Monja vive aquí á la vuelta - 
Hija de culpa nació 
La hermosísima Marcela; 
Dios ángel volverla quiso, 
Que gloria del padre fuera. 
Sacerdote él veintiséis 
Años, y en clausura estrecha 
Catorce ella ya, virtud 
A siglo y á claustro enseñan. 
Jamás de labios de Lope 
Salló palabra soberbia. 
Jamás la envidia en su pecho 
Vertió su ponzoña negra* 
Con su ingenio iban al par 
Su bizarría y modaatia: 
Quien no le trató por gusto, 
Le buscó por conveniencia. 
Ved esos pobres que gimen, 
Siguiendo la turba densa: 
Padre era de todos ól, 
Y pobre por ellos era* 
Mas ya se paran allí..... 
Las Trinitarias son esas.,„. 
De frente á una celosía 
Veis que el ataúd presentan,,. 
Sor Marcela de San Fel¡X| 
Tras la celosía puesta, 



§81 

A dar ó su padre ya 
La despedida postrera- 
Las manos al ataúd 
Tiende amante ana profesa. 
¡Ella es! ¡ella es! la hija santa 
Bel gran Frey Lope de Vega,^ — 

Silencio reinó profundo, 
Mudas las campanas quedan, 
Beberse quieren los ojos 
El eco Hóbil que eí^peran* 
«¡Santos del Señor (se oyó), 
Cuyas virtudes excelsas 
La fe celebró de Lope 
Con rima imperecedera! 
¡Vos, Apóstol de tas gentes. 
Penitente Magdalena^ 
Rúqiíe^ Diego^ Nicolás^ 
Casilda^ Julián de Üitéma! 
¡Vos, Cardenal de Belén; 
Vosj Ángel de las escuelas , 
Brígida, Isidro^ Agustina 
Y vos, mi Madre Teresa! 
Con vosotros ha vivido 
El alma de Lope tierna; 
Recibidla en brazos, hoy 
Que al pie del Eterno vuela. 
Recibe tú, padre mío, 
De éste mi dolor la ofrenda: 
Sin corazón para el mundo, 
Me mata por tí la pena. 
¡Padre! ¡Adiós! Del viaje largo 



^83 

Descansas en paz perpetua; 
Y en vez de laurel caduco. 
Ciñes corona de estrellas. 
¡Yo lloro, y eres íeli^! 
¡Bendita la mano sea. 
Que gloria te da en el cielo, 
Tras gloria tanta en la tierra! 



ORACIÓN FÚNEBRE 

QÜK, POR ENCARGO DÉLA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 
T BN LAS HOKBAS 

DE MIGUEL DE CERVANTES 

Y DEUÁS INGENIOS ESPAÑOLE», 

PXgNCHCIÓ Ett LA tCLESIA DK IIOMJAS TRINITARIAS DE MADRID, 
•ldfftUd«ftbríld«ia7a, 

EL iLJiu. Sr. Dr. D. servando ARBOLl. 



Tilíi tapiñHtiim, ñeütÉMtn iu^torum. tt mítió iíloimm, 
obwdientiú H dihrtiú. Eocli Itl. L 

Loa hi^oa átí la Ea1jídiiH& éou oonsrefraeiún de jnitopr 
y H DAciiSti de ellos obediendA ^ amor 

Señor (0: 

Jastieia y sabiduría ^ obediencia y amor: éstos son los 
lazos que, afianzando el nudo estrecho de las relaciones 
con Dios, aseguran y consagran las qne nos nnen á nues- 
tros hermanos, frloria, gloria y prez á la religión que 
concibe esa síntesis eterna, en que todo se concierta y 
aduna, todo se perfecciona y se salva. Hoy más tiene de- 
Ireeho á este encomio, cuando á la faz de las naciones 
[profiere esa palabra sul)lime «t^do vive»» ante los fríos 
Id^pojos en que la razón se hiela para modular «todomue- 
|re.> íAh! con ser tan finos los obsequios dedicados por 

f *] N'aestro aagasto Monarca D. AlfaQsa XÍI^ que preBÍdia el acto. 



Í8l 

vuestro afán, ilustres Académicos^ el sentimiento cristia- 
no Bñ el único que puede gloriarse de haber sabido orde- 
nar alabanzas en justicia y labrar coronas imperecede- 
ras, ¡ Vedlo, vedlo.,<.. no sé si es la religión^ si la ciencia» 
si el amor, si la patria, los que hoy nos convocan y los 
que hoy nos presiden; pero siento en mi ahna conviccio- 
nes tan íntimas y estímulos tan eficaces, que no vacilo, 
no puedo ya dudar, es Dios el que nos busca, el que nos 
congrega, el que sublima esos muertos, el que bendice 
estos vivos, manteniendo con su aliento creador el espí- 
ritu tradicional de esta Real Academia, para que siempre 
sea Española y, como Española, cristiana! 

¡Cuánto no he vacilado antes de subir á este sitio, en 
que todavía suenan los ecos de tan esclarecidos oradores 
y prelados tan eminentes 1 Necesitaba interpretar vues- 
tros ánimos en este día memorable, y en igual medida 
que interpretasteis vosotros el espíritu del Cristianismo, 
Ardua empresa: pero os debo toda la verdad; acabo de 
cobrar nuevos bríos, cuando veo e.w libro i^) sobre un se- 
pulcro, ¡ese libro junto á una cruz! Sobre el sepulcro, para 
dominar á la muerte; junto á la crux, para guarecerse á 
su sombra; sobre el sepulcro, para glorificar á los que 
pasaron; junto á la cruz, para enseñar á los que vienen; 
y á unos como á otros diciendo en lengua del Apóstol: 
tno queremos subyitgar imesiros ánimos^H' no, no; lo que 
encarecemos sin descanso es la fe que ilustra, la fe que 
redime, la íe que nos hace libres, la fe que hizo grandes 
á esos genios, no embarazando su vuelo ni aun con el 
peso de las cadenas que suelen aprisionar á los héroes. 



{\) La magDÍficn edkum del Quijote, hccUa por la Beítl Aetdenib Eipa* 
ñala« colocada sobre la tumba de estas exequias. 



i85 

Afanándose en la soledad, para regalarnos con fruto 
de sus vigilias, ó envueltos en el torbellino de la existen- 
cia, para sembrar entre nosotros la verdad, el bien y la 
hermosnra: ocal tos, para corregir á los que no asentaron 
su fama sobre base de merecimientos; ó cobrando aplau- 
sos, para vengar del olvido á los que desconoció la igno- 
rancia ó persiguió la envidia; todos esos ingenios tienen 
derecho inalienable al amor de la patria, á la gratitud de 
la historia, á las ternuras de la religión. Nos ven desde 
sus orillas tranquilas, nos inquieren por el uso que hici- 
mos de sus máximas, ó quixa nos llaman ajuicio para re- 
sidenciar nuestro menosprecio, ¡Y la religión alcanxa 
más! ¡Hija excelsa de Dios, tú sola pasas los linderos del 
tiempo y colocas en Sión la caridad vencedora, mientras 
cesan las lenguas y la ciencia se destruye! ¿Qnión no te 
amará, embeleso arrobador del alma y esperanza postre- 
ra del cautivo? ¿Que hacéis, señores Académicos? Con- 
versar todavía con esos vuestros hermanos, evocarlos^ 
redimirlos, á favor de dulces alianzas pactadas por la fo y 
robustecidas por el valor de la victima que acaba de ser 
sacrificada. 

Al depositar coronas de laurel sobre sepulcro que en- 
cierra la historia de nuestras grandezas literarias, habéis 
dicho á los amantes de la sabiduría; cSólo á esta condi- 
ción seréis grandes: que admiréis y que imitéis á ese co- 
loso, capaz de despertar celos al mundo y de irradiar su 
gloria sobre otros nuevos continentes.» Por eso es el en- 
comiar la excelencia de los que cultivaron las letras en 
el día solemne consagrado al príncipe de los ingenios; y 
parece que reclamáis tributo magnífico, concertando so- 
bre la tumba de Cervantes la herencia de todos los si- 
glos, los lauros de todos los vates, los ecos de todas las 



386 

cítaras^ la armonía de todos los cánticos, y aún más..*,, la 
plegaria fervorosa de mil creyentes corazones. Loado sea 
el Señor; pero ¿por qué ocultarlo? Enemigos hay que com- 
batir, prevenciones que borrar, obstáculos que vencer en 
la marcha progresiva de las letras cristianas. Orgullosos 
de nuestras conquistas, pudiera engreimos la lison.ja de 
los que tal vez nos adulan con intención aviesa de perder- 
nos; y como veo ese grandioso baluarte labrado con la me- 
moria de nuestros mayores, justo será que en el nos refti* 
giemos, para admirar desda sus torres la dilatada abun- 
dancia de los campos del Señor, y la mísera escasez de los 
reductos incrédulos. Autoridad por prestigio, fe por guía, 
sacrificio por emblema: tres palabras que ahora mismo 
modulan acordes vuestros labios, y que envueltas van en 
el ardor de la oración^ en la espiral del incienso y en el 
llanto de los ojos, para dejar asentado que la causa de los 
sabios es la propia que délos justos, ni se puede emanci- 
par de la obediencia que liga ni del amor que embellece. 
Füii sapientiae^ ecclena justorum: et natio iUorwn^ o6e- 
dientia et dilectio. 

Renunciar á lo pasado, es amancillar los blasonas; ab- 
jurar de la fe, es enervar todas las fuerzas; caminar á la 
ventura, es comprometer la misión y rebajar los quilates 
del precio singular del genio. Mejor que yo lo sabéis vos- 
otros, señores de la Academia, y me perdonaréis que 
sea ingenuo, que ni oculte ni disfrace la verdad, esa ver- 
dad con que la religión se engalana, y que cuenta con 
recursos sobrados para afrontar todas las luchas, cuando 
posee criterio tan alto, sistema tan perfecto, valor tan 
definido, que nada puede ni envidiar ni temer al hombre 
de las lebras, al hombre de la ilustración, al hombre de 
nuestro siglOj siquier desplegue el manto del filósofo ó 



se impKqne en locas aventuras para eternizar su me- 
moría* 

Dignos son de todo encomio esos hijos de la sabidnríaT 
porque en sus trabajos nos descubren fuentes que no ae 
entiarbianí y, al inculcarnos los que conviene entender en 
orden á las letras, recuerdan lo que debemos á su labo- 
riosidad y la justicia con que hoy les dedicamos oracio- 
nes y lágrimas. Nos dicen que es preciso ilustrar su tradi- 
ción, robustecer su espíritUj dirigir su ejercicio. Ilustrar 
la tradición, es evocar todas sus glorias, de que ellos son 
fielest testifjfos; robustecer su espíritu, es enlazarlas con la 
kf de que ellos son firmes atleta.^; dirigir su ejercicio^ es 
santificar y fecundar sus afanes^ de que ellos son claro 
modelo. Ved cómo trazarán su propio elogio, enaltecido 
) decorado con la verdad de su carácter, los primores de 
su lengua y la eficacia de sus virtudes* 

No es éste el sitio ni el momento de establecer criterios 
de demostración filosófica, para ilustrar las verdades qae 
acabo de enunciar, I^a índole de mi oración y el fúnebre 
aparato de este culto solemnísimo, no consienten aquellas 
elucubraciones; y habré de limitarme en consultar con 
toda la severidad de esta cátedra ese testigo de las glorias 
de la Iglesia católica en el prograso de las letras, que es 
la historia; y ese otro testigo elocuentísimo de las glorias 
del espíritu en su elevación hacia Dios» que es ei senti- 
mienío. Asunto que me abruma y misión que me confun- 
de, en la que no han de faltarme^ espero, esos tres gran- 
des recursos que se cifran en los auxilios del Señor, en 
la autoridad de nuestro ministerio y en la indulgencia de 
los sabios. 



Efe la primera idea que nos asalta en presencia de este 



SS8 

egregio catafalco, al renovar la Eiemoria de tantos ÍBg&* 
nios españolesj el valor tradicional de esa riqueza acumu- 
lada para nuestra patria; y hoy, que venimos á heredarla, 
justo será que reconozcamos su mérito^ contemplando, á 
la luz de la razón y de la historia, esas joyas preciadísimas 
que forman todavía el embeleso del alma y el dulce solaz 
de nuestros corazones. Un docto publicista acaba de de- 
cirio: «Quitad á un pueblo su tradición, y le robáis su 
personalidad (0.» Por eso la Iglesia católica enriquece las 
naciones con el depósito de verdades custodiadas en su 
regazo; con la tradición de enseñanxaj como con la tra- 
dición de sacrificio, sostenidas ambas en la misión del sa- 
cerdocio. Fuerza es advertir á nuestro siglo que, para 
progresar y perfeccionarse en las cosas que pasan, con- 
viene mantenerse adheridos á las grandes leyes que ri- 
gen la existencia; que cortar la tradición es interrumpir 
el curso de la vida, condenarla á volver sobre si y á co- 
menzar de raíz, en cada generación, la obra siempre in- 
completa de su perfeccionamiento. «¡Ay délos pueblas, 
cuando olvidan que el amor filial es una ley que les obli- 
ga con igual rigor que á los individuos! La generación 
que maldice de sus padres y esparce al viento sus recuei^ 
dos^ no recogerá las bendiciones de la posteridad Í^K» 

Nada nos conturban los clamores de ese espíritu nova- 
dor que grita lleno de recelos: < Vosotros sois de ayer, > 
No, señores Académicos, no somos de hoy, ni de ayer, 
ni de mañana: somos de la eternidad (^), y queremos sal- 
var nuestros destinos gloriosos, previniendo daños con la 
memoria de lo pasado, con ejemplos de maestros tan in- 

(4) Ch. Pérlo, Les ioü de la mciété chréñenne, torno I, pag* 3<<, 

( a ) A pa riai , De lape ffeciih itidad seg únslca tú lid s mo . 

(3) BeUiaiina toae del graa arador y filosofo P. Lacordaire, 



signes. Cualquiera sea la autoridad de las letras y el pres- 
tigio tradicional de nuestra hermosa lengua, corriendo 
los siglos y desplegando donaires; cualquiera sea el valor 
de esos nombres que representan primitivas escuelas, 
con Victoria, Gano, Suárez, Soto, MaldonadOj Mariana^ 
Luis Vives y Supíüveda; cualquiera sea el precio de nues- 
tro idioma, tan rico, tan grave, tan sonoro, majestuoso 
sin hinchazón, elegante sin afeite, delicado sin fastidio; 
es lo cierto que la religión, abarcando en su idea los ti- 
pos de todas las bellezas y la fórmula de todos los tiem- 
pos, decir puede: yo tengo una palabra que crea, una pa- 
labra que redime y una palabra que salva: este Verbo es 
una síntesis gloriosa y un poder infinito, desde la albora- 
da del mundo, en que el espíritu de Dios era llevado so- 
bre las aguas del rrénesis, hasta la tumba funeral del 
ángel de las revelaciones postreras. ¿Hemos acaudalado 
mayor riqueza que haga inútil la tradición de la fe y la 
tradición da la patria?.. •. Pero cuando se crean fuerzas» 
ha dicho nuestro Bal mes, ees necesario saber qué se ha- 
rá de elias^ cómo se les comunicará dirección: de lo con- 
trario^ sólo se preparan rudos choques, agitación indefi- 
nida, desórdenes destructores (O,» 

Desde los elogios que prodigó Estrabón á los antiguos 
Turde taños, hasta los ecos de escritores modernos que 
tuvieron á gala esclarecer períodos de investigación di^ 
fícíl y de obscuridad tenebrosa, la serie de esos varones 
ilustres, durante la dominación romana, en los albores 
del Cristianismo, bajo el cetro de los godos, en el período 
de los árabes y desde el siglo xn hasta Cervaíítes, nece- 
sita más concierto y más holgura que hoy pudiéramos 



[\) iki pr»t$Uantmm mmparadQ mn il caiotickmo^ tOiUQ Hl, pág, 48S. 

19 



S0O 

emplear para ilustrarla. Mucho nos complace qoe erudi- 
tos extranjeros hayan sahido vindicarnos de la injusticia 
de otros, que^ sin conocer nuestro carácter nacional, cen- 
suraron, como Sismondi, la exaltación del sentimiento 
que embalsamó nuestros cantos como inspiró nuestras 
conquistas, haciendo de la historia patria una espléndida 
epopeya, donde encuentran lugar aspiraciones las más 
nobles y los más sablimes desenlaces. Bástanos con saber 
que esos genios asombrosos, colocados ¿no los veisi bajo 
la tutela de un Héro que á todos los abarca por la prodi- 
giosa variedad de conceptos, no sólo formaron nuestra 
lengua, ostentando las gracias de su artificio y la majes- 
tad de sus tonos, si que hicieron grandes á otros muchos, 
multiplicaron su brillo, como las hebras de los astros, 
repetidas en los cristales y bordadas en las mansas co- 
rrientes. ¡Qué contraste!-.*. Hoy, plectros destrozados y 
cítaras enronquecidas, que apenas si entonar pueden los 

aves de la última agonía de las naciones, y eran ayer 

¡gloria del Betis, Crenil y Manzanares; codiciadas por las 
márgenes del Sena y por las comarcas misteriosas del 
Tibor! Ayer enmudeció el Orbe escuchándolos; hoy guar- 
dan silencio del sepulcro, mientras el mundo celebra á 
sus antiguos maestros. 

Ya no es problema que nuestra gran escuela mística fo- 
mentó la elocuencia sagrada de las naciones más cultas, 
ni puede negarse que dimos impulso civilimdor al resto de 
Europa; que desde Garcilaso á Góngora, desde éste á Lu- 
zán y á nuestros días, la española literatura, vindicada 
por sabios apologistas en el siglo de la enciclopedia, man- 
tuvo ese ingente predominio que la crítica no acierta á 
disputarle. El llamado obscurantismo no fué jamás acau- 
dillado por claros varones, ni protegido por la Iglesia: no, 



291 



I 



y mil veces no; y es prudente repetirlo, para los que tu- 
vieron la desgracia de estudiar mal nuestros hábitos^ ó 
de no penetrar con pie seguro en el fondo de la historia. 

Ni tuvimos ayer glorias prestadas, ni ambicionamos 
hoy un puesto en el panteón de divinidades modernas. 
Dimos maestros al Lacio, emperadores á Roma, laureles 
á dos mundos, y siglo llegó en que se tenia por gentileza 
sader hablar castellano (0. 

Nada más imponente que esa inmensa agrupación de 
coronas que hoy parecen descender sobre ese túmulo, 
para laurear á los que nos hicieron tan famosos y tan 
grandes. En cambio, señores, ¡permitidme una expan- 
sión legítima! nada más contrahecho ni raquitíco que el 
pedantismo licencioso que se mofa de aquellos gigantes- 
cos trofeos. Rompen la tradición; pero ¿que hacen? y aun 
más, iqné hará el Señor con ellos? Guando la humanidad 
alzó una torre en las llanuras de Sennaar, la palabra del 
Omnipotente se dejó escucháis diciendo: «Bajemos y con- 
fundamos su lengua:» descendamus et contundamus ibi 
fingimm eorum.,,,, (*). He ahí el termino^ el juicio de las 
jenaraciones divorciadas de la fe: confundir sus lenguas, 
no hablar ya como los hijos de Dios, sino repetir ecos in- 
formes, palabras de confusión y muchas veces de ver- 
j^iienza y oprobio. ¿Conocéis algo que, al desviarse de este 
movimiento regular de fuerzas intelectuales, no haya 
también precipitado el reino del trastorno, el caos da las 
letras y hasta la mengua del habla, tan libre, tan galana 
y esplendente en los dominios de la fe; tan cautiva, po- 
bre y denegrida á merced de la incredulidad? 



(t) PalabTBS del autor del Diálogo de las lenguas, 
(í) Genes,, XI, 7. 



39i 

Gomo singularmente se trata de aquel siglo qmjanids 
tendrá segundo (*), no parecía extraño á mí propósito 
volver contra la falsa reforma la inculpación que enton- 
ces lanzaba al rostro del Catolicismo, como ú fuese re- 
mora del genio en las vías de su adelanto y en la cultu- 
ra de Europa. Señores^ ¡que peregrino encuentro! León X 
condenó al monje de Eisleben; y aquel hijo ilustre de los 
Mediéis decía: «He amado siempre á los doctos y á las 
buenas letras; nació este amor conmigo, y la edad no ha 
hecho más que acrecentarlo, porque siempre vi que los 
que cultivan las letras son apegados de corazón á los 
dogmas de la fe, y que ellas son el ornamento y la gloria 
de la Iglesia cristiana í^),» Así hablan los Pontífices: nos- 
otros así hablamos. Toda interpretación que ésta no sea» 
tan espúrea es en su origen, como intencionada y calum- 
niosa en su espíritu. ¡Venimos desde los primeros siglos 
librando rudos combates en defensa de la ilustración! El 
Demóstenes cristiano^ San Gregorio de Nazianzo, elevan- 
do su voz contra el Apóstata, como hijo de rica estirpe á 
quien osaran mermar la herencia de su padre, exclama- 
ba: €¿Quión inspirarte pudo el pensamiento de prohibir- 
nos el uso de las ciencias? Nada tengo más querido, des- 
pués de los intereses del cielo y de las esperanzas de la 
eternidad, y justo es que tome su partido y las defienda 
con todo el vigor de mi palabra y todo el fuego de mi pa- 
cho í^)*» 

Pero, ¿y nuestro Cervantes? Sobre ese túmulo se qb- 
tenía un libroj reproducción fidelísima de todo el genio 
españoL <No ha de haber nación ni lengua donde no se 



{\) Lope de Vega^ Laurel dñ Apolo. 
(%) León X^ Carta á Enrique VfíL 
(3) S. Gregar* Naz*, Düc. i eonír, Juliano. 



903 

traduzca mi historia (^);* así presagiaba aquel varón es- 
clarecido, de quien pudo aseverarse lo que el noble San- 
tillana en sus proverbios, «que ni la ciencia embota el 
fierro de la lanza, ni face floxa el espada en manos del 
caballero,^ Allí donde eran deseadas las heridas y se mos- 
traban por trofeo^ y algunos las hubieran comprado (^), 
mereció sellar con san^e la hermosa causa de la Reli- 
gión y de la salud en Europa, Ni desgracias le abaten, ni 
esclavitud le envilece, ni pobreza le humilla, ni calam- 
nias la oprimen. Aquella j^e^^íida piedra^ de que suele la- 
mentarse; aquellas desdichas que siempre persiguen al 
buen ingenio l^), no han podido ni torcer su carácter ni 
doblegar su constancia. Y cuando en expresión donosa 
de Montalbo, 

(igóiase é\ mundo en su felice vuelta, 
y cobra Espafta líis perdidas musas (4),n 

íqüé empleo dará á sus facultades? ¡Ah! Faltábanos ex- 
primir en un libro la liistoria del corazón y los anales de 
nuestras aberraciones; y empeñando aquel estudio^ de 
cuyo abandono se quejaba Ambrosio de Morales y con- 
dolíanse los ánimos discretos, regala al mundo esa inmor- 
tal Novela, esa sátira sin hiél, esa invención peregrina, 
tan ridicula como sabia, tan profunda como amena, tan 
sabrosa como fértil, desencanto de ilusiones, tesoro de 
juicios y delicia de los doctos. Es muy poco-,.*, es quizá 



{*) Quimte^ parte U, cap» 01. 

(I) Jeróoirno de Torres y A^uileraf testigo presencial, Crónim de varios 



(3) Quixotií^ parte t^ cap* XXU. 

(4) Soneto th Motüatboá la Galatm da Cer^antes^ cuya otira leyé «Atw 
dcfstaníparsfi. 



9U 

empañar su brillo llamarle ^ con Tirso da Molina ^ el Buc- 
eado de España: mejor le cuadra la exquisita fineza de 
un extraño, que no vacila en decirle «honor y gloria, no 
solamente de su patria, pero de toda la humanidad 10.» 
¡Acertado egoísmo el que profirió en cierta ocasión: <Ple^ 
gue á Dios que nunca tenga abundancia, para que en sus 
obras, siendo él pobre, haga rico á todo el ranndol i^),» 

I Con cuánto afán no se despierta la Europa para ven- 
gar del olvido este sepulcro glorioso! Ya podemos conso- 
laraos: el mundo ha conocido que le pertenece por he- 
rencia esta gloria, porque es la gloria del genio; j las ge- 
neraciones se agolpan en tropel para honrarlo, inquirien- 
do con avidez las huellas de su carrera y los misterios de 
su fantasía. Seamos menos impacientes, adoptando la 
mesura de un crítico juicioso: «No nos hagamos tan pue- 
riles que apoquemos con nuestras menudencias la gran- 
deza del obsequio. La memoria de Cervantes vivirá eter- 
namente mientras haya prensas que impriman y ojos que 
leaní3),> 

Y vivirá no prevalecerán en su heredad ni cedro 

que le cubra ni montes que le humillen, porque la luz 
de los justos alegra y resplandece, en proporción que se 
extingue la antorcha de los impíos: hwjustorum l&eti^ 
€at\ lucerna mUem impiorimi ecotingueturW. Se aparrará 
toda, toda luz que no se encienda con el único y exclusi- 
vo fin que señaló Cervantes: € Nuestras: obras no han de 
salir del limiiequenos tienepuestola religióncristiana***** 



(1) Dn Botvle^ en sü prefacio á la edición isglesa, 

(2) Memorables palabras de uno de log cahaUeros franceses qne vinif-^ 
ron á España con la embajada en tiempoa de Felipe UI» 

(3) CapmuDy. Tmtr. Hisinr. Cñt. de la EheuBficia Eip, 

(i) rrov,, un, 9. 



995 
bitseandú ocasiones que nos puedan hacer y hagan^ sobre 
msíianús^ famosos caballeros. p Entre las alucinaciones 
de ioia^nación acalorada y el egoísmo que las combate; 
entre los héroes del idealismo y la ruindad de los que sólo 
respiran el deleite; entre <\oñ concertados disparates, si 
disparates sufren concierto H),» y los cálculos de sensatez 
positivista, la cieucia bien encaminada descubre luz es- 
plendorosa en que todos los horizontes se iluminan, to- 
das las aspiraciones se ensanchan; y fuera de esta círculo, 
no hay sistema que arraigue ni moral que prospere: ew- 
tmguetur. Borráranse del libro da los vivientes esos hí- 
bridos engendros que tratan de viciar nuestro suelo, don- 
da ni se da ni podrá darse jamás sino un modo de pen- 
sar , el modo español, como dijo un extranjero ilustre W, 
Aquí no conocemos la filosofía del yox tenemos á ga- 
la el no entenderla, y aun solemos lamentar los desca- 
labros del habla en aquéllos que de entenderla presu- 
men extinguetur. Desaparecerán de la historia esos 

soñados castillos y esas señoras del pensamiento que na- 
die conoce ni adivina, porque sólo viven en la imagina- 
ción de fanáticos; ¡ah, cristianos! eselogogrifo filosófico» 
esa fantasmagoría de saber, esa encarnación del orgullo, 
nacida, como el Hidalgo, en un lugar de cuyo nombre no 
qumo acordarme^ no es ni será nunca la filosofía españo- 
la, porque tampoco es la cristiana: emtingmtíü\ Holga- 
mos de elevarnos al cielo como el árbol de Ezequiel, nu- 
trido con las aguas y exaltado por los abismos; pero no, 
no es nuestra esa creación deforme que remeda al dragón 
incubado en el cauce de los ríos, repitiendo sin cansan- 



(1) Qukoúle, parte I^ cap, L. 

%\ Schlegel, MiU. di iü lüerat., lomD íl 



cío: «Me he formado á mí mismo.» ¡Para acariciar este 
ensueño, no era preciso hablar la lengua de Mariana y 
de Márquez, de Granada y Mendoza, de León y de Erci- 
11a! Los que hablan como ellos, no sabrán nunca pensar 
^ino como ellos pensaron...-* 

He aquí j señores, representada una gloria literaria ca- 
yos elocuentes y venerables testigos, no satisfechos aún 
con haberla legado á la posteridad, se esfuen^an todavía 
por allegar argumentos y robustecer las pruebas de k 
misión que entre nosotros ejercen, transmitiéndonos su 
mismo espíritu, su mismo sentir, su misma idea, para ci- 
mentarnos con solidez sobre las bases indestructibles en 
que estriba nuestra grandeza, esta grandeza de la nación 
española tan original» tan excelsa, tan brillante, que, 
mientras se mantiene adherida á sus nobles tradiciones, 
no puede descender de ese solio magnífico en que á la 
Providencia plugo entronizarla. Este libro portentoso que 
fué llamado con justicia el ^c mayor esfuerzo posible del 
genio^ de la filosofía y del saber humano,* vive y vivirá 
siempre entre nosotros, para deshacer agravios inferidos, 
no sólo á la moral y al dogma, si que también á nuestra 
dignidad y á nuestra hidalguía, tantas veces rebajada por 
el empeño aventurero que hace progresos en Europa. A 
estas páginas y á otras mil informadas de su propio es- 
píritu, volvemos sin descanso los ojos en busca de consue- 
los y en reparo de desdichas que con crudeza nos hieren; 
porque esa historia y esos libros dicen lo que fuimos, lo 
que debemos ser siempre y á lo que no podríamos renun- 
ciar jamás, sin comprometer tantos derechos nobilísimos, 
tanto lujo del saber y riqueza tanta de la fama, 



Sobre ser testigos de preciadas glorías, son también es- 



297 
igenios atletas firmes de la fe, y no puedo dilatar por 
más tiempo la demostración de esta verdad consoladora, 
que de suyo es bastante para sublimar de nuevo á nues- 
tros padres, presentándolos hoy con doble título al amor 
y á la gratitud de todos los corazones. Fundada está la li- 
teratura en la razón y en la hisiona: pues bien, la historia 
y la razón han sido interpretadas por nuestros escritores 
V hablistas; la una, como el heraldo de la Providencia que 
publica su triunfo en la marcha de los sucesos; la otra, 
como hija querida de la fe católica, que ha encontrado 
en esta madre dulcísima su defensa, su resguardo y su 
abrigo* 

Discurrid, si os place, por los tres grandes períodos de 
las letras, y en todos encontraréis ese germen celestial, 
asa semilla de verdad eterna (O, como la llamó el gran 
filósofo San Justino, depositada en el fondo de nuestro 
pensamiento. Recuerdo ahora lo que el inolvidable Val- 
degamas decía á esta ilustre Academia en ocasión muy 
solemne: < Suprimid la Biblia con la imaginación, y ha- 
bréis suprimido la bolla, la grande literatura española, 6 
la habréis despojado al menos de sus destellos más subli- 
mes, de sus más espléndidos atavíos, de sus soberbias 
pompas y de sus santas magnificencias W.p Yo diría, se- 
ñores, á los que intentan divorciar ambas causas: sed lo 
que queráis, clásicos 6 románticos, de ayer ó de hoy, pero 
ved que, como dice el Señor, ^^la sabiduría clama y la 
prudencia da voces; > que no podemos usurpar á la fe el 
derecho de llamarse madre, pues figurados estábamos en 
el hijo tierno y unigénito, á quien ella adoctrinaba, y 

(Ij Dístmrí>o de recepirioü eü In Real Academia Eipoñolíi, 



decía: «Reciba tu corazón mis palabras no te desvíes 

de los consejos de mi boca (0.» Esta es la riqueza de que 

hablando con arrebatador entusiasmo el orador del pue- 
blo antioquenoj asevera «que basta con una sola palabra 
para adquirir caudales de filosofía y alimentarnos todo el 
tiempo que vivimos (*).> 

¿De dónde, si no, hubieron su tesoro esos ingenios! 
¿Cuál es la historia de nuestro idioma? Ensaya en su in- 
fancia las alabanzas de Nuestra Señora^ como niño que 
duerme en el regazo, y que, para desatar su labio no man- 
chado, repite el dulce nombre de madre. Cuando se for- 
ma, cuando crece, cuando impera, también acopia en 
manos de la religión los frutos de sus tareas y los lauros 
de BUS yictorias; retrograda los tiempos; busca al pueblo 
mesiánico, tan poeta como grande; toma la vara de sui 
caudillos, la cítara de sus reyes y la lira de sus viden- 
tes; recoge sus ecos, esos ecos libertados del anatema y 
salvados de la desolación de su altar, ,,.* los escucha, sí, 
los entiende, los traduce á la distancia de cuarenta si- 
glos, y se eleva al Dios altísimo para que 

íi cantemos al Señor, que en la llanura 
vendó del ancho raar al Trace fiero, ,*•.» 

Ni nos asombre este lazo tan íntimo que vengo señalan- 
do. El catolicismo se llama poder religioso^ más excelsí» 
que el de Oriente; jíOífer literario^ más eficaz que el de 
Grecia; poder social ^ más extenso que el de Roma; y ai 
no bastaran para asegurar su imperio estos elementos 
gandieses, se llama también poder de /fe, y éste es su 
secreto, su victoria, su encanto. 



(i) Prov., VIH, í /lib, IV, 3, 4, 5, 
(S) S, Crysost, Hom, ad pop,, 4, 



I 



S99 

Definido está «que toda aserción contraria á una ver- 
dad de fe, bien entendida, es absolutamente falsa lO.» Ya 
lo vemos, señores: la verdad en su concepto puro, en su 
razón ideológica, no puede sustraerse al dominio ni á la 
inspección de los dogmas, A dicha nuestra, no son espa* 
Soles Jiinguno de los métodos que prescinden del criterio 
de le, y podemos decirlo con holgura ante ese mausoleo 
(jae nos recuerda tantos nombres venerandos. Quisiera 
aucarecerlo con la sencillez propia de esta cátedra: esos 
sistemas no nos cuadran, porque no sa han escrito para 
nación de creyentes; y si sólo á condición de aplaudirlos 
hemos de llamarnos cultos, optaría, con egregio apolo- 
gista de nuestra literatura, por renunciar este título, si 
m m abre otro camino para arribar al templo de la fa- 
ma W, Menos cultos ante la Europa, no fuera tanta men- 
gua como menos sabios para Dios, menos libres para el 
mundo 

Esos ingenios, que claman así desde sus tumbas para 
íjuebrar el sueño á los que no meditan en su corazón, no 
se desviaron ni un ápice de la enseñanza catóhca. Lo que 
en los siglos medios, esmaltando la tiara de los Pontífi- 
ces, profesaban Alberto Magno, Tomás de Aquino y Bue- 
naventura, cuando sostenían ellos solos la cátedra de la 
ilustración del universo, eso propio nos inculcan muy 
luego los filósofos españoles. ¡Cuánto nos deleita oir á 
un político y literato, á Saavedra, el cuadro de las cien- 
cias como derivadas de los atributos de Dios^ casi con 
idénticas frases á las en que el Ángel de la escuela y el 
Doctor seráfico lo habían trazado en sus obras! ¡ Ah! Suya 



{h Canon, Conc. Vatic. Üe-fide et ratione, tV. 
(I) Eí Abate UmpíUas. tomo UL p%s, 37 y 38. 



300 
es también aquella encantadora imagen de la Religión 
peregrina por el orbe, triste y desolada, sin hallar asien- 
to ni pisar tierras amigas, que encuentra abrigo y solax 
en la piadosa España, galardonando el Señor esta fideli- 
dad de nuestro pueblo eon el auxilio que le prestó para 
adquirir nuevos mundos (O, ¡Señores, no puedo ocultar- 
lo!,.. • Mi corazón se enternece al evocar estos recuerdos 
tan dulces; es vuestra patria y mi patria, ¡es vuestra Re- 
ligión y la mía! Comunes son nuestras glorias; y, creed- 
iOj creedlo, deploraría como la mayor desgracia para mi 
nación, como el mayor oprobio para mi, que soy el últi- 
mo de sus hijos, si viniesen tiempos en que va no pudie- 
ra un escritor encarecer^ como aquel insigne repúblico, 
nuestro esmero en la conser\"ación y práctica del Cato- 
licismo. 

¿Visteis en el Ingenioso Hidalgo obligada \% naturale- 
za al compás de la manía, surgiendo por do quiera lan- 
zas, escudos^ yelmos, dueñas y castillos, transformando 
al molde del capricho los objetos vulgares? Pues bien, 
católicos: el error lo desfigura todo y lo tuerce; ha hecho 
de la teología una historia, relegándola^ como la escuela 
positivista, á la infancia del mundo; de la historia una 
filosofía j acomodándola á un criterio; de la filosofía una 
parábola, envolviéndola en nubes; y de todas estas trans- 
formaciones obradas por hábiles encantadores, ¿qué res- 
ta? ¡Una insigne paradoja, una torpe decepción! ¿Y qué 
importan los enojos de la cordura? El ansia de placeres 
ha escudado los engaños, devolviéndose finezas la razón 
cautiva del delirio y el amor vendido á la ganancia* 

Se ha dicho, ignoro el fundamento^ que las modernas 



(I) Suavedra Fajardo, Hipúbika iiiernrictt pág. 15i, ib. 18* 



301 
literaturas están impregnadas de panteismo. Sí esa incer- 
tidambre, si esa perpetua ostíilación de los ánimos obe- 
decen á aquella grande herejía, no es mi misión el jun- 
garlo. Me sorprenden, sí, esos prolongados lamentos fiel 
libro, del discurso, del periódico, sobre la anarquía cien- 
tilica^ sobre la falta de sistema seguro que imprima su 
carácter á los trabajos del espíritu. ¡Cosa extraña! Todos 
hemos allegado una parte en las temibles proporciones 
de este mal; ¡pero todos nos condolemos! hasta se acen- 
túa que es la forma de estos tiempos Señores, el mi- 
nistro de Dios, y ante esos restos inermes que nos recuer- 
dan la instabilidad de las cosas y la certidumbre de nues- 
tra nada, tiene el deber de publicar que la verdad cris- 
tiana, verdad religiosa, verdad moral, verdad científica, 
verdad literaria, es la única que ostenta flje/.a de princi- 
pios, por lo que también es la única que podrá salvarnos 
en horas de peligro, en el fragor de las luchas y en la 
crisis de los pueblos. Es la verdad que nos ha hecho li* 
bres^ cumpliendo la profecía del Hambre- Dios. Ya no hay 
medio, escoged: ó libres en la fe, ó esclavos entre los in- 
circuncisos; que desde el día bendito que la eterna pala- 
bra se dignó hablar en el tiempo, no restan más que dos 
bandos: el de los que tropiezan en esta piedra y caen para 
su ruina, o el de los que sobre ella edifican para la gloria 
y para la libertad* 

De esta alianza bellísima de las letras con la fe para 
mantener vivo su espíritu, brota sin pena un hmpio ma- 
nantial de risueñas inspiraciones. ¿Quien las podrá enu- 
merar ni encarecer? El solo nombre de Calderón bastaría 
para que admirásemos ese concierto suave y esa mara- 
^'illa indecible del espíritu de piedad esforzando el vuelo 
de los ingenios. El cielo del Señor con sus místicas re- 



302 

velaciones; el uno y otro hemisferio con los prodigios de 
naturaleza; e! mar de olas hinchadas por la cólera del 
AUísimo, d de tranquilos espejos que dan paso al lumi- 
nar de la noche; la elevación de la montaña en que Dios 
suele hablar á sus profetas, y la profundidad de los valles 
en que discurren las brisas; el torbellino del mundo con 
sus funestos encantos y la esquividad y apartamiento de 

las selvas que convida á la plegaria señores, ¿habrá 

ni un solo concepto^ ni una sola inspiraciónj ni un solo 
matiz en esa variada floresta de las musas, que no sa 
haya interpretado mil veces por nuestros poetas y hablis- 
tas en provecho de la idea religiosa y del severo código 
del cristianismo? 

Así concebimos y de esta suerte realizamos, aun den- 
tro del orden meramente literario, la idea de la perfecti- 
bilidad, haciendo del hombre, en frase de un académico 
insigne, <esa imagen creada que en el tiempo y en la 
eternidad debe tender hacia su tipo» sin poder jamás dar- 
le alcance i^).^ ¡Cómo se casan las ideas y conversan á 
distancia los siglos! Nos parece oir á San Ireneo aquella 
palabra inmortal que nadie fuera de la Iglesia ha im%do, 
y que muy pocos comprendieron: «Homo vero pro fé^timi 
perci^iens et augmentum ad Dewn í^):» ¡aumento, ^ÍX)- 
gresión y aumento hacia Dios! ¡Cuánta grandeza! Por m 
es, señores, que entre todas las calumnias forjadas pa*a 
nuestro descrédito, ninguna nos apena como la de qie 
no dignificamos al hombre. Un santo español, Juan de k 
Cruz, que él solo, él solo representa un siglo y puede dan 
nombre á una escuela; ese ingenio peregrino que busca 



(1) Aparisi, De la perfec. según el Catúlimmo, 
{%} S. Ireii, adv. Haeres, U, 20, 1 . 



303 
por las noches la claridad del sol iluminando las almas, 
üüs dijo, para vindicarnos: «Más vale nn pensamiento 
del hombre que todo el mundOj y por eso sólo Dios es 
digno de el y á él solo se la debe (*).» Parece que nos en- 
cadena mucho esta sentencia, pero ¿nos enaltece? ¿nos 
eleva? Basta: suele el mundo decirnos, como el tentador, 
^seréis como dioses,» para luego burlar nuestro engrei- 
miento con la realidad de torpe desnudez y el aspereza 
del infortunio- 

No solamente han sido estos ingenios fieles testigos de 
ricas tradiciones y firmes atletas de la fe católica, origen 
de todas nuestras grandezas, si que también se nos ofre- 
cen como claro modelo en la dirección y ejercicio de las 
letras cristianas, prestándolas la eficacia y el valor que 
han menester para rendir su tributo en bien del hombre 
y déla sociedad, 

Nadie niega el poder de la palabra, que ha llegado á 
formar como en Grecia un imperio formidable. Será, 
pues, misión de las letras santificar y dirigir su marcha, 
consultando esos modelos clarísimos, cuyo príncipe nos 
abona, al decir que «no hay ninguna de sus novelas de 
quien no se puede sacar ejemplo provechosOy ni que no 
esté medida con la razón y con el discurso cristiano í^).» 
Hubo un pueblo ardiente que encarnó sus divinidades y 
las imprimió el sello de su genio, trasladando al Olimpo 
la rivalidad de sus émulos y la lucha de sus fracciones; 
ese pueblo se encarnó también en sus poemas, y la ília- 
da y la Odisea fueron perpetua enseñanza, en doble voz 



(i) Obras de San JaaD de b Craz. ávíkoh y ¡tent encías* 
[%} Cervantes, Novelas ejemplares, Prólogo, 



de la razón y de la historia ^ para robustecer sus leyes y 
adoctrinar á sus príncipes. Pero, señores, nosotros emw- 
lamas aarismas infinitamente más excelsos, más puros. 
Legatarios somos de esos grandes ingenios que llevaron 
hasta el lecho de muerte los ardores de su fe y la eficacia 
de sus virtudes, y que grabadas en libros dejaron esas 
máximas fecundas, nutridas de fervor y de celo, que for- 
man hoy nuestras delicias y estimulan nuestra admira- 
ción. 

Permitidme, católicos, una citaá que me lleva déla ma- 
no el modelo de esos ilustres varones: parece que escu- 
chaban al gran Obispo de Hipona, al gran literato de Car- 
tago, cuando decía en su lengua peregrina: «Efe preciso 
hablar con sencillez para instruir, submissh; hablar dul- 
ce y suavemente para hacer amable la verdad, tempera- 
¿h; hablar con grandiosidad y vehemencia para arrastrar 
los corazones y convertirlos, grandiíer (').> ¡Familiari- 
dad que instruye, dukura que enamora, í\ier¿a que arre- 
bata! Todo lo han dicho los Padres, señores Académicos, 
pero seamos justos; y sin añadir ni una tilde á esos teso- 
ros de luz, confesemos también que los literatos y sabios 
españoles supieron interpretarlos, como si estuviese re- 
servada tal gloria para los que mejor supieron emplear 
las gracias de la buena nueva. Aquí tuvimos escritores m 
^quienes la naturaleza^ enamorada de su misi}ia aMm- 
dancia, despreció las sequedades y estrecheces del arte^^ 
como se di,jo del Fénix de los Ingenios {% y redundando 
esta copia asombrosa en provecho de la cristiana razón y 
de los sanos principios, dimos al mundo el espectáculo 



(i) Sao Agastiti, de Doctr. Gbriat. lib. LV. 

(i) iílaglo de Lope de Vei^a por Saavedra Fajardo; ñepyh. Htfr*t 51» 



30S 

ansiado de una literatura ejemplar, en que brillaron las 
arras purísimas de ese bello desposorio entre la voz de 
Dios que nos llama y los gemidos del corazón que respon- 
de. ¡Cuan triste, señores^ cuan triste no deberá ser el día 
qae ese enlace se relaje, y en que los hijos puedan juzj^ar 
á sus madres, obedeciendo á los plañidos lastimeros del 
profeta: ^Judimte matrem vestram jitdicate: quoniam 
ipsa no7i iiüoor nim^ et ego non mr gjíí?(M.,....» Juzgad, 
juzgad á vuestra patria: ved si es fiel á su varón, ó si ha 

contaminado su tálamo 

Fuerza es pensar bien, para ostentar las galas del buen 
decir; pensemos según Dios, y hablaremos como hablan 
y se entienden los ángeles, que esto se dijo de los libros 
baavisimos de una insigne española, que inspiró también 
la musa de Mioubl de Cervantes i*). Ya comprenderéis 
pe hablo de la inmortal Teresa de Jesús^ del orgullo sin 
segundo de nuestra patria, de esa casta azucena que ha 
embalsamado nuestros campos, de esa virgen peregiina 
tpie ha comunicado á las letras la eficacia más noble que 
puede concebir el genio^ la eficacia de la santidad, la efi- 
cacia del arrobamiento y del éxtasis, la eficacia de la ele- 
vación asombrosa y del amor sin medida. Skueihísima Se- 
Sor A Princesa de Asturias: el Catolicismo, que ha enal- 
tecido á la mujer en el orden social, es el único que la ha 
sublimado en el literario; y justo era que España reca- 
bara esta gloria, que hoy tengo derecho á evocar como 
privativa de nuestra nación , sin poder cederla á otra al- 



W] Oseas, II, t. 

(1) CuaDdo bealificó Paulo V n Hnnío Teresta de Jesüí^^ habo ñeslas y 
cmámünes poéticos, uno de cuyos jaeocs fué Lo|>e da Vegsu Eu dios lo* 
mr> piírte Miguci de Ccrvaotesí, romo to «crediln una bellísíriía coniposii- 
dóa {\m dedico a tf^it ftgunlo. 



306 

gima, porque registrando la historia literaria del mundo 
y comparándola con la nuestra, aseguramos ese título 
nobilísimo que nos asista para decir á la impiedad, mal 
que lépese» y al indiferentismo, por más que se resienta 
y se duela: «Para entender todo el precio de las letras es- 
pañolas, para admirar su síntesis perfecta y su más rara 
hermosura, es preciso alzar la vista á los altares-» 

Lo que pedimos y anhelamos para nuesti'as letras, m 
preservarlas de la ingerencia del naturalismo que todo lo 
emponzoña, esa gran locura de los modernos ideólogos, 
que dejan la naturaleza solitaria, encendiendo por única 
antorcha la razón, como lámpara en medio de un sepul- 
cro (^), Que la poesía no llegue á ser lo que en su tiempo 
lamentaba Orígenes, «cáliz de oro para encerrar venenos 
de torpeza (').....> Dejad, dejad que el favor cobra de 
lauros á poetas sin Dios y á escritores sin idea religiosa; 
no les envidiemos sus triunfos; estos laureles no son dig- 
nos de nosotros, y siempre podremos decir con Tertulia- 
no: ¿que cosa más indigna de los hijos de Dios que lo que 
es digno de un ídolo? (3). 

Acercaos al lecho donde yace y en que pronto exhalará 
su aliento postrimero el hombre sabio.*... Es el famoso 
cautivo redimido por los Trinitarios y justo encomiador 
do este Orden; es el literato pobre que mendiga el susten- 
to de mano de bienhechores encomendados por él á la 
gratitud de la liistoria; es el vate de ardiente fantasía que 
ha subido al Parnaso para desalojará poetas indignos de 
este título; es el decoro de las gracias y regocijo de las 
musas; pero es más, mucho más: es el filósofo cristiano 



(I) Defitiieión éeí naturalismo, por el 1\ Félix, S, J.: Confer., 1858, 10, 
[t) OrigeQes, Uom, %{,m Hicrem» 
(3) De Coron. MilJt., X, 



3«7 



* 



\ 



y minuto que se abraza con la cruz para presentir esas 
gloriosas transfiguraciones del alma en el Thabor de su 
inmortal grandeza; es el humilde profeso de San Francis- 
co, muy luego conducido por sus hermanos terceros^ sin 
[►ompa ni aparato, con el atavío de su riqueza propia y 
con la aureola del genio cjue ciñe y que embellece su 
frente! Señores de la Academia: es Cervantes, Cervan- 
tes^ que en el ardor de su íe me obliga y me compele á 
aclamar contra las letras sin Dios, contra las letras alti- 
vas, porque logro en mi abono la autoridad de los santos 
y la autoridad de los sabios; tengo además la autoridad 
de la historia, y oigo á San Gregorio que el obstáculo ma- 
yor de la verdad es la hinchazón de la mente, que mien- 
tras llena los espacios del alma cubre de nubes los hori- 
íGontas de la sabiduría, y fórmanse hombres que parecen 
agudos é interiormente son ciegos,.. *, dum inflat^ obnü- 

^at foris acuH^ intus caeci fi)» 

Vosotros me estimuláis con alto ejemplo en esta augus- 
ta ceremonia y fúnebre solemnidad, en que dais un testi- 
monio público de que siendo por vuestro instituto celosos 
mantenedores de la pureza del hablan no lo sois menos 
de la limpieza de la fe que ha dado inmortalidad á esos 
genios, vivificando sus obras y esclareciendo sus vidas. 
Así me otorgáis nuevo derecho para repetir á los doctos: 
poned, poned vuestros anhelos, no en la ostentación de 
esa agudeza que conquista fama y prez en la opinión del 
mundo, sino en la humildad que se abate, en la ciencia 
que no disipa, en las letras que adoran al Señor; sí, que 
imnca la inteligencia es más grande que cuando advierte 
8u nada, como nunca más libre el alljedrio que cuando se 

(<) Gregor. Moral. XX ÜI, XVI, 



308 

encierra en cárceles de amor^ y se querella diilceniente 
en brazos del esposo i^). ¡Que bienandanza tan colmada, 
cuando es dado escuchar al que nos habla sin estrépito 
de palabras, sin confusión de opiniones, sin fausto de ho- 
nores, sin impugnación de argumentos! (*). 

Suba el numen cristiano en alas de la fe, y corra esos 
espacios de oro en que la imaginación se dilata y las ideas 
se subliman* Resuenen sus ecos tan regalados y tan tier- 
nos como los ha modulado el habla hermosa de Cervan- 
tes. ¿A quién no moverá una endecha de Salicio, una 
silva de Figueroa, una canción de Rioja, una quintilla de 
ÍTil Polo, una cadencia de Jáuregui, disputando al can- 
tor de Jerusalén la ternura y brillantez de su ingenio? 
Vosotros supisteis imitarlos, conquistando los laureles de 
la escena y el verde mirto de la lírica, mereciendo aplau- 
sos como en los días de Lope, Calderón y Moreto^ como 
en los días de Rivadeneyra, Mendoza y Mariana, como 
en los días recientes de los Usías, Gallegos y Saavedras. 
í^s letras españolas no pueden ser más que españolas, y 
como españolas, cristianas. Fijas en el cielo las miradas 
de nuestras musas, apenas hollarán el polvo de la tierra, 
como no sea para bendecirla, para estrechar á los hom- 
bres con vínculos de paz, con lazos de infinito amor, for- 
mando esa preciada corona y ornamento de la patria que 
se adorna con hijos de sabiduría y congregación de jus- 
tos, ligados por la obediencia y consagrados por la cari- 
dad: Fiiii sajnentiae, ecclesia justorum: et natío illo- ^ 
rum^ obedientia et dÜectio, 

Señor: una de las más nobles prerrogativas de los] 

( 1 ) Multo quippe tiberiuB erH aTbitnnm^ qmd omnim notí potmii smrvmi 
pecmio. Aüg. Eücliirld,, 28* 

(S) Kempía. de imit* Christ., líb. lU, cap* XLlfL 



grandes monarcas que dieron nombre á su siglo, fue 
sienipre el amor de las letras, en íntimo consorcio con 
el lustre de la fe^ para asegurar la gloria de su reinado y 
la felicidad de sus pueblos. ¡Cuánto no deleita nuestro 
corazón el contemplaros hoy heredero de tantas hermo- 
sas tradiciones, nieto gloriosísimo de los que se llamaron 
sainos^ como Alfonso, añadiendo primores á nuestro idio- 
ma, y de los que se llamaron m?iiú.% como Fernando, 
para agregar á sus timbres el honor de nuestros altares! 
Os vemos presidiendo ese sereno recinto de los hijos del 
saber, y nunca os hamos contemplado más digno de nues- 
tro respeto filial y de nuestra gratitud ferviente, que 
cuando parecéis compartir con ellos los afanes de la cien- 
cia y las preces de la religión que hoy los bendice y los 
consagi*a< ¡Ah! ¡Modularon las cítaras tantos acordes 
suavísimos para cantar las glorias del solio de Recare- 
do! [Se afanaron tanto por enaltecer el reino de la fe ca- 
tólica, que ciertamente vuestro ejemplo magnífico es á 
la vez testimonio do alma pura que Dios bendice en su 
misericordia, y prenda de gratitud á los ingenios que 
ilostraron la patria! Plegué al cielo que estas letras es- 
pañolas tengan siempre por divisa ese amor tan acen- 
drado y ese respeto tan íntimo de que hoy nos ofrecéis 
claro modelo. Señor: permitid al más indigno de los ora- 
dores cristianos que aquí, en presencia del Dios que juz- 
p la justicia, evoque esa gloria imperecedera que todo 
el pueblo español anhela ver esculpida en vuestra noble 
frente; ese poder, esa grandeza, e?:e emporio que fué en 
otra edad 



íí Firme rival de! Témesis umbrío, 
Duro Btúíe del Sena turbulento, 
Gloría del trono, de la Iglesia hrío, 



Temido en Flíindes, respetado en Trento, 

V desde el mar de Luso ó la Junquera, 
Hubo un cetro p un altara una bandera í^.» 

A riesgo de fatigaroSj quisiera dirigir una palabra al 
pueblo; á ese pueblo tan amado de mi corazón, á ese pue- 
blü que es heredero legítimo del Hidalgo Ingenioso^ á ese 
pueblo que, cuando no se apasiona con delirio de la reli- 
gión de sus padres, es porque tiene la desgracia de no es- 
timar sus benefleios, por más que los respire, los beba, 
los palpe en la vida pública* Yo le diría, copiando otra 
vez de un libro que contiene la erudición de las almas; 
No te connumvan los dichos bellos y sutiles de los hom- 
bres^ porque no está el reino de Dios en la palabra^ nno 
en la virtud. Después de decir á la Academia con el gran 
Prelado de Cambray: itel Diccionario no contiene más 
que la mitad de la lengua,» debo decir á todos: tías pa- 
labras no contienen sino la mitad de la idea,» cuya ple- 
nitud es la verdad de Dios, su reino, su justicia, Huid de 
lo que ya lamentaba nuestro insigne Melchor Gano; es- 
quivad el desenfreno del habla y la licencia de la plu- 
ma (*), que asestan al corazón el dardo envenenado para 
viciar y coiTomper su sangre. Empero, alabad incesan- 
temente al Señor como los coros angélicos que entonan 
sus magnífieeneias; adoradle como los serafines que vio 
el Profeta velando la faz delante del Altísimo: ¡lengua 
que glorifica, silencio que enmudece y que adora! ¡Qué 
concierto tan arrobador! ¡Qué melodías tan suaves! ¡Qué 
gérmenes tan fecundos de dicha y de prosperidad! 
Señores: cuando damos una ojeada por Europa, no 

(1) Duque de Frías, A la muerte de FAifíe 11. 

[i) lüif liheriúi plftcet, imó mrá tkintia dicmdi mribendiqm: Cano, de 



f 



311 

m raro sorprend6r algún síntoma siniestro de la defec- 
don que precede á la última de las desolaciones. Son mu- 
chos ¡ay! son muchos los que llevan la funesta señal en 

la frente y en los brazos,.... eharacterem In dextera 

rmnu saa^ aut in frontibm sms..,.. (0^ ó lo que es igual: 
la razón orgullosa que se alza contra la fe^ y el encono de 
la faerza que se conjura contra el Evangelio. Algunos de 
entre vosotros comparten, y no pocos llamados son á 
compartir mañana con los más altos poderes, las dificul- 
tades y angustias del Gobierno, dirigiendo los destinos de 
la amada patria* ¿Qué podría yo deciros que con mucha 
más elocuencia no lo dicten vuestros ánimos, á la vista 
(le esa fúnebre corona con que venimos hoy A honrar 
tantos insignes repúblicos^ que fueron al propio tiempo 
ornamento de las letras y amparo de la religión? Por eso 
no tamo llamar á las puertas de vuestro espíritu con el 
acento de la Iglesia, que desea para vosotros el bien y 
para los pueblos su adelanto, y con esa voz tan llena 
siempre de armonías me atrevo a preguntaros; ¿que par- 
tido abrazarán las naciones, si abrigan instintos de sal- 
varse?.*.. Adoptar otra divisa; nueva señal en la frente^ 
humillando la inteligencia para mejor esclarecerla; nue- 
va señal en la man4>, santificando los poderes para mejor 
dirimrlos; y en esta obra de salud, las letras cumplirán 
su misión, fomentando en el ánimo de \m pueblos las 
ideas que los educan y las esperanzas que los ennoble- 
een- Para alcanzar ese ideal con que sueña la actual ge- 
neración, para realizarlo en lo que tenga de elevado, 
justo y verdadero, necesitamos la influencia bienhechora 
del catolicismo: prescindamos de él por un instante no 



¡I) A|í(M%, xnu i«. 



3Í2 

lilas, y acontecerá que sabiendo ó presínliendo dónde va- 
raos, ignoraremos el trámite que deba conducirnos, y 
nuestra gloria será la de esa ciencia imperfecta que cen- 
suraba San hidoro da Sevilla í*), ciencia que desconoce 
las vías, aunque no ignore los tórrainos. 

No basta con reducir las letras á la rica tradición que 
las mantiene en su centro, ni á la viva fe que nutre y 
que renueva su espiritu: es menester también santificar- 
las en la oración, que las hace aún más fecundas y abun- 
dosas. Por eso es que no nos limitamos en admirar, si 
que venimos á quemar timiamas y á ofrecer el candido 
Cordero que se inmoló desde el principio^ para que la 
sangre de la alianza purifique nuestro corazón y satisfa- 
ga la deuda de injustas prevaricaciones. Fuera de esta 
Iglesia y alejados de ese altar, no esperéis el torrmite d$ 
aguas vims que se esparce^ en frase de los Proverbios, tú 
tampoco los premios que disputa el mundo á la virtud y 
al mérito de los sabios. ¡Hay coronas que nunca se mar- 
chitan! y éstas son las que para nuestros padres en lai 
letras ha implorado fervorosamente el sacerdocio. Cada 
cual será lleno del fruto de sm labios^ y se le retribuirá 
según sus obras (^L 

Vivo el dolor, reciente la memoria de tantos seres ama- 
dos que ayer compartían con vosotros los afanes del m- 
tudio ó saboreaban en el hogar las dulzuras de la familia, 
no debo apenaros con el eco de sus nombres ni el relata 
de sus merecimientos* Hoy nos llaman en alivio de sus 
amarguras,.... quizás padecen todavía para expiar esos 
triunfos que enaltece el mundo, pero que empañar suelen 



(1) S. Hdoro» Hip. Senimt,, lib. I, XVfl. 
(3) Prov.p XII, it, XVI II, L 



SI 3 

el brillo de la inocencia ó la nítida hermosura del amor 
cristiano- Clamad, elamadj para que el Señor reciba nues- 
tra oblación, llevada en manos de su ángel, como se dig- 
nó aceptar los dones de Abel, 3U tierno niño; el sacrificio 
de Abraham, su patriarca, y la hostia pura de Malquise- 
dech, su sacerdote- Ksposas del Cordero, moltiplicad vues- 
tras oraciones, porque la historia del Principe de los In- 
genios ligada está con el sublime heroísmo de aquel in- 
signe español que supo allegar raudales de dukura á las 
cárceles del caativeriOt y dádivas de sacrificio para redi- 
mir la desgracia. Polomas del desierto, acelerad con 
vuestras caricias el día de las misericordias, y unid vues- 
tros ardientes votos á los de este pueblo fiel y nobilísimo, 
que ruega con fervor porque el alma de Miguel de Ger- 
vjLXTES y las de todos los demás ingenios españoles que 
caltivaron gloriosamente las letras, por la misericordia 
de Dios descansen en paz. Amén. 



I 



DISCURSO 



mh 



Sr. D. JOSÉ DE SELGAS Y CARRASCO 



Señores Académicos: 

Hace más de dos años que recibí la particular distin- 
ción de ser elegido por vosotros para ocupar un puesto 
en esta Real Academia; y sólo el justo temor de no co- 
rresponder dignamente á tan señalada honra, me ha de^ 
tenido por espacio de tanto tiempo j sin dejarme cruzar 
los pacíficos umbrales de este sereno recinto* 

Pensaba yo que, apresurándome á recoger el honor que 
de vosotros recibía, daba más señales de desearlo que de 
merecerlo; porque suele acontecer que los honores que 
más se ambicionan no son los que más se merecen» 

Por otra parte, mi natural temor debía de tener un 
término: ese término debía de cumplirse y se ha cumpli- 
do, y no me era lícito demorar por más tiempo esta so- 
lemnidad sin incurrir en ingratitud. 

Por eso no he acudido antes á sentarme entre vosotros; 
por eso vengo hoy. 

No debo yo erigirme en juez de la escasez de mis me- 



tí) Leído Gil U Jaota pUblica í¡ug celebró lo Real AcíiJ<iiiií¡i Española, 
para darle pasealóade plaza de Qúmcro. d día l.° de marzo de iBlk 



3Í5 

recimientos, puesto que vosotros me habéis elegido; pero 
no llevaréis á mal que vea en la elección con que me ha- 
béis honrada más vuestra benevolencia que vuestra jus- 
ticia. 

Vengo á ocupar el puesto de un hombre ilustre, á cuya 
memoria debo el justo homenaje del más profundo res- 
peto, 

D. Joaquín Francisco Pacheco, admirado en el foro, 
temido en la tribuna, útil en la Academia, es un nombre 
que no debe olvidarse y que yo en la ocasión presente no 
puedo olvidar. 

Al rendirle el tributo de este recuerdo, en el momento 
en que voy á sucederle, lo hago con la seguridad de que 
no puedo sustituirle* 

Siempre ha sido honor insigne llegar á tener un asien- 
to en estos escaños; pero creo que hoy es más honroso 
que nunca, porque nunca como hoy se ha visto la lengua 
patria en mayor desgracia. 

Desde aquí defendéis, con heroico empeño, la pureza 
jla integridad de la lengua castellana, simultáneamente 
acometida por las invasiones de una literatura que el 
filosofismo ha hecho sabia, la política libre y la industria 
iitil 

Sabia, porque nadie la entiende* 

Libre, porque se ha emancipado de la tutela del Diccio- 
nario y ha roto las ligaduras de la Gramática. 

Üíil, porque traducida en dinero, <5 lo que es lo mismo, 
hablando en plata, que es k lengua positiva de nuestros 
tiempos, en todas partes cuesta mucho más de lo que 
vale. 

Desde aquí defendéis la integridatl de la lengua caste- 
llana contra la funesta influencia de tres grandes pode- 



316 

res: contra el poder del filosofismo, que, llamándose á sí 
propio ciencia, ha subvertido el orden de las ideas; con- 
tra el poder de lo que se entiende por política, que ha 
alterado profundamente el sentido de las palabras; contra 
el poder de una industria, que, confundiendo las bellas le- 
tras con las letras de cambio, ha medido la altura del arte 
por la extensión de la ganancia. 

Ved si puede ser mayor la desventura de nuestra 
lengua. 

En poder de la filosofía moderna se ve cruelmente ge^^ 
manijada. 

En manos de la política suíre el yugo de todo linaje 
de galicismos. 

En los dominios de la industria literaria está siempre 
vendida. 

Sí yo fuera indiferente al honor de sentarme en este 
sitio, experimentaría el deseo de conseguirlo, arrastrado 
por ese atractivo que sobre los corazones nobles ejerce 
siempre la desgracia • 

No sé si podemos ser á un mismo tiempo testigos y jue- 
ees de nuestro siglo; ignoro si en el cumulo de derechos 
que hemos conquistado se encuentra el derecho ilegisla- 
ble que pone á nuestro arbitrio la facultad suprema de fa- 
llar definitivamente en causa propia. 

Es posible: la soberanía de la razón, que hace de cada 
hombre el juez único de sus propias acciones, no puede 
negarnos el derecho de ser jueces de nuestro siglo. 

Es cierto que todavía pesa sobre nuestra generación la 
práctica rutinaria de apelar á un proceso que nosotros no 
instruimos, y á un tribunal que sólo nos oye como sim- 
ples testigos, y que aún conserva por derecho propio el 
privilegio exclusivo de absolvernos ó condenarnos. 



317 

Hablo del proceso de la Historia y del tribunal de ta 
posteridad, de cuyo jaicio no se ha escapado todavía ge- 
neración ninguna- 

Pero medítese bien acerca de esto, y se verá que injus- 
ti|ía tan notoria resulta da que hayan de ser nuef^tros 
jaeces aquéllos á quienes nosotros no hemos podido ele- 
gir ni podemos juagar. 

La civilización modeina no ha debido fijar todavía su 
luminosa mirada en este punto, y sólo así puede aún per- 
manecer en píe el antiguo fuero de esa tenaz jurisdicción- 

Mas, seamos ó no jueces legítimos de nuestro siglo, no 
podemos negar la evidencia de que no tenemos otro tiem- 
po en que vivir, y sería una crueldad que nos empellá- 
ramos en creer que son los peores tiempos del mundo és- 
tos en que hemos nacido, cuando es tan propio de la con- 
dición humana dar á la realidad los colores del deseo. 

|Y quién puede privarnos del placer de nuestra propia 
alíibanza? ¿Por qué nos hemos de negar la satisfacción 
de unos aplausos que tan fácilmente podemos tribu- 
tarnos? 

Si se mira la prisa con que vivimos, la inquietud con 
que nos movemos^ la precipitación con que nos empuja- 
mos, nada más fácil que incurrir en el error de creer que 
nos agita y nos impulsa la viva ansia de salir del día. 

Mañana: he ahí, en efecto, el término improrrogable 
de nuestros dOvSeos. 

Mañana es el día risueño que todos buscamos. 

Al día de mañana hemos trasladado todos la fiesta so- 
lemne de nuestra común felicidad, como si nos estuviera 
prohibido ser felices en el día de hoy. 

Y se dirá: si el día de mañana embarga las inquietas 
miradas de nuestros ojos con el esplendor de una brillan- 



318 

te perspectiva, triste y obscura debe parecemos la reali- 
dad del día de hoy; porque si lo porvenir es una esperan- 
zas lo presente debe ser una desgracia. 

Pero esto es un sofisma que á todos nos deslumhra: el 
día de mañana es un día que no llega nunca^ como si de 
ese modo quisiera darnos á entender que los deseos del 
hombre no tienen medida. 

Y si no es así^ el caso está previsto. 

Hay entre las ciencias modernas una que, salvando 
los límites que separan á unos tiempos de otros, nos ha 
abierto con mano franca los fabulosos tesoroa que se es- 
conden en las obscuridades de la edad futura. 

Paso gigantesco, por medio del que los pueblos y los 
individuoSj adelantándose prodigiosamente á su tiempo, 
pueden tomar de lo venidero todo lo necesario á la ma- 
jestad de lo presente. 

Preciso es confesar que si la inflexible naturaleza de 
las cosas no nos permite poner el pie fuera de nuestra 
generaci(jn ni más allá de nuestra vida, en cambio la 
ciencia invencible de los hombres nos lleva hasta el pun- 
to de que podamos, con toda comodidad, meter la mano 
en el hondo bolsillo de las futuras generaciones. 

He ahí, sin duda, por qué se escapa frecuentemente de 
nuestros labios este grito de triunfo: El porvenir e? 
naesiro, 

Y en verdad, yo pregunto: ¿á quién puede pertenecer 
el gran tesoro de la riqueza futura, si no es á nosotros á 
quien pertenece? 

¿A nuestros abuelos? Han muerto ya. 

¿A nuestros nietos? No han nacido todavía. 

Tal es nuestro derecho aplicado á nuestro crédito. 

Este crédito, aplicado á la prosperidad pública, no es 



319 

menos maravilloso, al paso que es más sencillo y más 
palpable. 

Consiste en hacer efectivo lo que es imaginario, en de- 
vorar una fortuna antes de poseerla, en traer á lo pre- 
sente lo que está por venir, 

¿Cómo? En las limpias hojas de todos los libros da caja 
campean dos palabras técnicas que representan valorea 
opuestos, cantidades contradictorias. 

La primera de estas palabras es Debe; la segunda es 
Haber. Pues bien; cambíese el sentido opuesto de ambas 
voces; hímese recíprocamente una por otra, y tan senci- 
lla operación arrojará á nuestros ojos esta suma enorme: 
hay,..,, lo que se debe. O lo que es igual: el ZJaA^seráel 

De esa manera la economía política, que nos está en- 
riqueciendo, ha puesto á nuestro alcance lo que está por 
\renir: de ese modo, sin poder salir de hoy, hemos logra- 
da vivir en mañana. 

Así se ve cuan absurdo es el secreto impulso que nos 
empuja fuera de lo presente, tomando como una espe- 
rama lo venidero* 

Fijémonos bien en este punto* 

Los siglo?? pasados trabajaron lentamente para legar- 
uos una rica herencia: por eso consumioron tanto tiempo* 

Nosotros, á nuestra voz, trabajamos para dejar á los si- 
glos venideros una opulenta deuda: por eso gastamos 
tanto. 

R^jo la forma de los tres tiempos elementales de la con- 
jugación, descubro toda la profundidad de estas observa- 
ciones, 

líe aquí el orden de los tiempos, 

Aquellos lo ganaron • 



Nosotros lo gastamos* 

Los que vengan lo pagarán. 

Ahora creo que no habrá nadie que esté desconteiito de 
vivir en el tiempo presente. 

Pero no liaj en el mundo dicha que sea completa; v 
mientras el creciente poder del hombre no derogue esta 
ley impuesta por la Providencia á la naturaleza humana, 
no tenemos más remedio que someternos á la imperiosa 
necesidad de sufrirla. 

Alguna sombra había de obscurecer el cielo de nuestra 
fehcidád, alguna gota de acíbar había de caer en el sun- 
tuoso vaso en que rebosan las dulzuras de nuestra vida, 
alguna pena había de oprimirnos el corazón en medio de 
la viva algaliara de nuestra dicha. 

¡Qué singular contraste! Somos sabios, y nuestra len- 
gua se empobrece; somos poderosos^ y nuestra lengua 
pierde su vigor y su fuerza; estamos á punto de tocar el 
bien supremo de una felicidad completa, y he aquí nues- 
tra única desgracia: no nos entendemos. 

Hay una época brillante en nuestra historia lit erada 
que llamamos Siglo de oro, y de la que no podemos ha 
blar sin profundo respeto. 

Entonces la lengua patria, agradecida sin duda á los 
favores que recibía, se prestaba, dócil y abundante, fácil 
y clara j á servir de fiel expresión á las ideas más abstrac- 
tas, á los conceptos más ingeniosos, á los más tiernos 
afectos. 

Respondía, como el instrumento acordado responde á 
la destreza del músico; como la tierra preparada respou- 
de en frutos sa^^^onados y en copiosas flores á la fecunda 
semilla que se encierra en su seno. 

Aquella lengua enamorada en Lope, gi^andilocuente en 



Calderón, sobria en Elíoja, atrevida en rTÓngora, inagota- 
ble en Cervantes^ aguda siempre y siempre profunda en 
Qiievedo, tan clara como filoso fica, tan sencilla como su- 
blime en Fr. Luis de Granada, armoniosa en todos, era 
ciertamente la lengua de un pueblo que creía y que pen- 
saba. 

Aquel fue el siglo de oro. 

¿Es aquella vuestra lengua! 

No 63 á vosotros, señores Académicos, á quien dirijo 
esta pregunta* 

Al hacerlo, interrogo á esa ciencia soberana que, lla- 
mándose filosofía moderna, busca por torcidos caminos 
la última razón de las cosas, y lleva los espíritus á la úl- 
tima con fusión de las ideas. 

Interrogo á esa política, hija natural de esta filosofía, 
que, pretendiendo buscar el justo equilibrio entre los go- 
biernos y los pueblos, sólo habla de mentitJos derechf>s 
que parecen encargados de hacer olvidar todos los debe- 
res, excepto el deber dinero. 

Interrogo á esa industria literaria, hermana de esta 
política, que, erigiéndose en maestra de todas las cosas, 
desnaturaliza los más bellos sentimientos en dramas y 
en novelas y obscurece la claridad de las ideas y la evi- 
dencia de los hechos, por medio de discursos y periódicos, 
con tempestades de palabras y nubes de tinta, 

Á esa filosofía, á esa política y á esa industria he diri- 
gido mi pregunta; y aunque brevemente van á contes- 
tarme. 

La filosofía es la primera que se me presenta, y abrien- 
do el libro de su profunda sabiduría, dice de este modo: 

< Reconocido, pues, Yo en U conciencia y a distinción 
determinada del cuerpo; Yo mismo, igualmente ó espíri- 



S22 

tu sigue en orden á la consideración del cuerpo— y como 
lo Gonocemos y nos lo a tribuí nios^(ó como nos hallamos 
con el cuerpo en el medio sensible y en la natnraiaza) 
considerar (2/ sección de la 2,* parte de la concioncia) 
el espíritu ó yo mismo^ como el que resto en la distin* 
cion; que os consideramos propia y primeramente en 
nuestro ser y propiedades— las puras nuestras interior- 
mente — sin necesaria atención en esto, al cuerpo, y lo ta- 
cante á él considerado j no haciendo esto primeramente á 
nuestro propio ser— ser de espíritu y conciencia — sino 
sólo al cuerpo y nuestro conocimiento de él, como con- 
junto é íntimo conmigo,» 

Profundo debe ser el pozo de ciencia que se esconde 
debajo de esos renglones, si hemos de medirlo por la den- 
sa obscuridad de las palabras; y el investigador más pers^ 
pícuoque intentara penetrar en ella se vería expuesto á 
perder hasta la intima noción de sí mismOj que es la ma- 
nera más segura de perderse* 

En cuatro partes se divide la ÍTramática de la lengua 
castellana, y sería ciertamente nn hombre extraordina- 
rio el que acertara á encontrar en el párrafo que acabo 
de leer rastro alguno de ellas; no hay en el ni analogía» 
ni sintaxis, ni prosodia^ ni ortografía: es un conjunto in- 
forme de palabras; es la lengua elevada al caos. 

Yo sé que hay idiomas sin gramática que todos habla- 
mos y todos entendemos. 

El amor, por ejemplo^ no encuentra muchas veces pa- 
labras en el Diccionario de ninguna lengua para expre» 
sar los secretos pensamientos del cariño, y busca en la 
elocuencia de las miradas, en el insinuante calor de los 
suspiros, en el persuasivo encanto de las sonrisas, la co- 
municación íntima y completa de dos corazones. 



De la misma manera el dolor, como ú no cupiese den- 
tro de los limites de la palabra, prorrumpe en gritos 
arrancados del alma, desata en la boca el manantial de 
Im S0II07.OS y haca caer de los ojos afligidos torrentes de 
lá^mas. 

Ved al niño que sonríe en el regazo de m madre: sus 
lalios no han aprendido aún á pronunciar palabra algu- 
na, pero su alma esta toda en la expresión angelical de 
su rostro; todavía no ha tenido por que ocultarla, y la de- 
ja ver en k viva inquietud de sus ojos, en la dulce movi- 
lidad de su boca, en la agitación de sus pequeñas manos, 
en la pureza de su risueña frente. 

Cosa extraña: no sabe hablar y todo lo dice. 

La madre, inclinada sobre aquel rostro que alternati- 
vamente ríe y llora, no pierde— permítaseme decirlo así 
—ni una palabra ni una silaba de tan misterioso len- 
guaje. 

Hay más: hay quien, hablando y escribiendo, descono- 
ce de tal modo el sentido propio de las voces que usa y la 
precisa correspondencia que debe existir entre el pensa- 
raiento y la palabra, que con frecuencia nos vemos obli- 
gados á interpretar en leyes, en libros, en discursos y en 
periódicos párrafos enteros que hacen muy dudosa la rec- 
ta inteligencia de los conceptos. 

Y aun en este frecuente caso á que nos ha traído el 
abuso de la palabra y de la pluma, todavía podemos ave- 
ri^ar lo que se ha querido decir ó lo que se dice, y de 
todas maneras nos queda el consuelo de saber con más ó 
menos certidumbre, si no lo que ha querido decirse, á lo 
menos lo que se ha dicho. 

Pero en el libro de que he copiado la página de filoso- 
fía que antes he leído, es absolutamente imposible ave- 



314 

riguar, ni lo que su autor ha querido decir, ni lo que 
dice- 

Se asegura que la palabra sirve para disfrazar los pen- 
samientos, y yo me inclino á creer que, en esta época, 
para lo que más sirve es para omitirlos. 

Iní^alculables son los estragos que en una inteligencia 
incauta puede causar semejante filosofía; pero visible es 
el pasmoso desorden que ha introducido en la hermosa 
lenofua castellana. 

Abandonad á la influencia de esos librepensadorei el, 
idioma patrio; dejad que esa ciencia se apodere de ól y lo 
haga á su imagen y semejanza; consentid que esa lemm 
absurda se propag-ue, y todos los que tenemos todavía It ' 
pretensión de dejarnos entender, nos veremos sometidos 
á la dura necesidad de hablar por señas. 

Así trata la filosofía moderna la lengua castellana. 
y, seamos justos, la trata así con razón, porque el gran 
enemigo de esa ciencia es la Gramática, y por eso la des- 
troza sin misericordia. 

La política, á su vez, ha trastornado el sentido de la 
palabras, y sin pasar del breve examen á que su propic 
nombre se presta, creo que podré demostrarlo. 

Yo abro vuestro Diccionario, registro sus páginas y' 
me encuentro con esta definición: 

PoriTiOA, — Arte de gobernar á los hombres^ dar leye 
// reglamentos para mantener la tranquilidad y seguri- 
dad públicas y conservar el orden y las hienas wstunTi- 
bres. 

Paso porque la definición no sea completa: no íen^o 
Inconveniente en admitir que la política es algo masque 
eso; pero dentro de los términos con que la definis, eslá^ 
la base de lo que debemos entender por política. 



325 

Pues bien; esta palabra ha cambiado radicalmente de 
sentido: el uso que de ella se hace, la aplicación que ge- 
neralmente se le da y el modo con que por todos se en- 
tiende, prueban que ya no es lo que debiera ser. 

Dejad las columnas del Diccionario y consultad las co- 
lumnas de todos los periódicos; dejad la Academia y pa- 
sad al Parlamento, y veréis la transfiguración del senti- 
do de esa palabra* 

Política, en su propio lenguaje y en el lenguaje más 
elocuente todavía de los hechos, es el choque tumultuo- 
so, continuo y necesario de los partidos* 

Tal es el fundamento de lo que llamamos régimen po- 
lítico - 

Vacíese ahora esta idea esencial de la política en el 
molde de vuestra definición, y nos encontraremos con 
que es todo lo contrario. 

He aquí los términos: 

Política.— 4rtó de trastornar los pueblos^ destruirle- 
yes y reglameyíto^ para mantener la intranquilidad é 
insefriirirlad públicas y conservar el desorden y las nía-* 
¡as eostumbres. 

Así la política, empezando por el sentido de su propio 
nombre, ha alterado en el comercio de todas las opinio- 
nes el valor de todas las palabras. 

Ella es la que ha contrapuesto el sentido análogo de 
dos verbos que la lengua ha hecho para que vayan jun- 
tos, como lógico complementó uno de otro, y ha decla- 
rado que reinar no es gobernar. 

Ella es la que, fundiendo en el crisol de concordancias 
imposibles los términos más opuestos, ha creado esa fra- 
se que, corriendo de bolsillo en bolsillo, corre todavía de 
boca en boca diciendo: Donativo forzoso. 



3S6 



Hasla en lo que es meramente formulario tiene el ex- 
traño placer de contradecirse. 

Es frecuente oir en los tumultos parlamentarios esta 
reclamación arrancada por el dolor de un atropello ó de 
una ofensa: «pido que se escriban esas palabras; » pues 
bien, el que pide que se escriban esas palabras, lo que 
verdaderamente pide es que se borren. 

¿Queréis ver la contradicción más manifiesta? Pues sa- 
bed que esas palabras, sean las que quieran, no se bo- 
rran nunca. 

No fatigare yo vuestra atención por más tiempo, bus- 
cando en el movimiento de la industria nuevos agravios 
hechos á la pureza de la lengua de que sois custodios; 
pero me permitiréis que ofrezca á vuestra reflexión al úl- 
timo ejemplo de nuestra grandeza y de nuestra desdiclia. 

Voy á hablar de un prodigioso invento, ante el que de- 
bemos descubrirnos. 

Maravilloso es, ciertamente, ese artificio con que el 
hombre, robando á la naturaleza el poder de f?u más mis- 
terioso agente, ha puesto en x^ápida comunicación á los 
pueblos más distantes y en continuas y estrechas conver- 
saciones de intereses y de sucesos á los hombres de todos 
los puntos del globo, convirtiendo el mundo en una íer- 
tulia. 

Esta lengua incansable, que lleva nuestras palabras 
con la viveza del relámpago al travos de las mayorea 
distancias, tiene por agente el fugitivo impulso de la 
chispa eléctrica y por medio la fragilidad de un alambre. 

Y he aquí un raro capricho de las cosas: tan poderoso 
elemento, tan feliz idea llevada á termino á costa de tan- 
tos sacrificios y de tanto trabajo, está á merced del aire 
y basta un soplo para destruirlo: ¡tan grande y al mis- 



i 



327 

mo tiempo tan débil! ¡Tan poderoso y al mi^mo tiempo 
tan frágil!..,. 

Mas ello es que, mientras una corriente de agua no lo 
interrumpe ó una bocanada de viento no lo desliace» el 
telégrafo trepa por las montanas, desciende á los valles, 
corta las llanuras, salta los ríos, se hunde en el seno de 
los mares, y de continente en eontinente, de región en 
región, de pueblo en pueblo, lleva á las más apartadas 
comarcas la pronta noticia de lo que acaba de suceder, 
mnchas veces de lo que está sucediendo y alguna vez de 
lo que aún no ha sucedido. 

Verdadero prodigio da la industria humana, que exce- 
de á toda admiración. Digámoslo con orgullo: el telégra- 
fo es la lengua propia de la civilización moderna; la fór- 
mula de su pensamiento, su verbo; es el oráculo de la 
sociedad presente . 

Pero ved qué extraño idioma es el que habla: las pala- 
bras saltan del aparato al papel, sin orden, sin concier- 
to, sin trabazón alguna; parece que las partes de la ora- 
ción han roto todos los vínculos que las unen entre sí, y 
las oraciones, bárbaramente mutiladas, salen del impasi- 
ble mecanismo desfallecidas, sin color, sin fuor?:a, sin vi- 
da, como si se escaparan de los agudos garfios de un te- 
rrible tormento, 

El monstruo habla siempre im lenguaje monstruoso, 
sea el que quiera el idioma en que hable; destroza los 
conceptos y devora las palabras, movido, si puedo decir- 
lo asi, por nna sobriedad insaciable, y parece que para 
vivir necesita alimentarse de la substancia de todas las 
lenguas cultas. 

El instrumento más admirable de nuestríí civilización 
habla como nn salvaje. 



Ya lo veis: esa filosofíaj esa política y esa industria, 
cada uno á su modo, muestran particular empeño en 
destruir el gallardo monumento de nuestra lengua patria, 
de esa lengua que ha sabido contarle al mundo y exten- 
der por la tierra nuestro nombre y nuestras grandezaíi. 

Mas hoy, que anda en tan viva disputa lo tuyo y lo 
mío; hoy, que la propiedad se ve tan frecuentemente aco- 
metida, propósito heroico es el vuestro pretendiendo con- 
servar la propiedad del idioma castellano, invadido por 
la filosofía, subvertido por la política y explotado por la 
industria. 

Por esto me parece que recibo hoy un doble honor al 
sentarme en este sitio; porque, lo vuelvo á repetir, nunca 
se ha visto la lengua castellana en mayor desgracia. 

Antes de poner término á la lectura de estas páginas 
que tan benévolamente habéis escuchado, permitidme 
una ultima reflexión. 

Desde este lugar apartado de las agitaciones de la vida 
pübUca, donde se han retirado las letras para dejar pasar 
la gritería de los errores, el tumulto de las pasiones, el 
encontrado oleaje de los intereses y el desorden de las 
costumbres, podéis ver con perfecta claridad retratada 
en el espejo de la lengua la fisonomía verdadera de la 
sociedad en que vivimos, porque en ninguna parte se di- 
buja más fielmente la imagen moral de un pueblo que en 
la lengua que habla. 

La historia relata los hechos, la literatura ensalza á 
los héroes y perpetúa las hazañas en la memoria de los 
hombres; pero el estudio de las lenguas nos descubre mu- 
cho mejor la inteligencia, la civilización y el genio de las 
sociedades y de los pueblos. 

En ellas^ digámoslo así^ palpitan el carácter, los sentí- 



3áíí 

raiantos y las costumbres; parece que al comprenderlas 
8é oye la voz remota de los pueblos que las han hablado, 
y vienen á ser como loa ecos que en pos de sí dejan las 
generaciones que pasan. 

Se habla como se siente y como se piensa: una len^^ua 
varonil no puede pertenecer á un pueblo afeminado; la 
lengua no puede ser sabia en un pueblo ignorante, ni 
puede ser culta en un pueblo salvaje. 

De la miíima manera las lenguas se postran cuando las 
sociedades desfallecen; una lengua que se corrompe es 
siempre indicio seguro de una sociedad corrompida: la ba- 
ja latinidad pertenece al bajo imperio. 

Tenéis, puesj en la mano la sonda con que podéis me- 
dir la profundidad intelectual y moral de estos tiempos 
ea que vivimos: todo^ todo lo que la lengua desciende 
eso descendemos. 

He visto muchas veces al médico delante del enfermo 
buscar en señales exteriores la revelación de la enferme- 
dad oculta, y siempre lo he visto indagar el estado de la 
dolencia por el estado de la lengua. 

En la lengua del enfermo es donde ve el médico el ca- 
rácter y los estragos de la enfermedad. 

Imitad este ejemplo. 

¿Queréis saber cómo se piensa? Pues ved atentamente 
cómo se habla. 

He digho. 



CONTESTACIÓN 



DEL 



ExcMo. sr. d. Cándido nocedal 



AL DISCURSO ANTERIOR. 



Señores: 



Doy las más expresivas gracias á la Academia Espa- 
ñola por haberme designado para representarla en tan 
sülemne ocasión, aunque indigno, y contestar, llevando 
su autorizada voz, á nuestro nuevo compañero el señor 
D, José de Selgas y Carrasco. Grandes son mi gozo y la 
satisfacción de mi alma, viendo llegar á estos honores dig- 
namente al amigo querido, y ser yo quien en público le 
fehcite* Yo también apadriné sus bodas el día en que se 
unió ante el altar á la mujer que labra su ventura; tam- 
bién presenté yo en las sagradas fuentes del Bautismo el 
primer fruto de aquella unión bendecida. Compañero de 
Selgas, que no jefe suyo^ contemplábame yo cuando jun- 
tos servíamos á la patria en los consejos de la augusta 
Señora que empuñaba el cetro; juntos defendimos en di- 
versaB ocasiones y en sitios diferentes, con la palabra y 
la pluma, entre azares y peligros, nuestras comunes opi- 
nionesj que podrán ser erradas todo lo que se quiera, po- 
ro las profesamos con noble sinceridad y desinterés noto- 
rio; juntos, en flnj hemos tenido la suerte de mostrarnus 



S34 
hijos sumisos de la Iglesia, eterna depoBitaria de las úni- 
cas verdades que pueden proclamarse con seguridad y 
sin vacilación en la tienda. ¿Cómo extrañar que hoy apa- 
drine aquí al laureado escritor quien se preció de estar al 
lado suyo en hidalga lucha, y sobre todo quien apadrinó 
á sus hijos? Así ellos^ en el cerco de ángeles junto al tro- 
no de Diosj alcancen de la misericordia infinita que sean 
sabias nuestras almas, como es tierno y cariñoso el abra- 
zo que nos damos hoy de hermanos y compañeros* 

Que el Sr, Selgas es digno, dignísimo, de ocupar un 
puesto en la Academia Española, sábenlo los Académicos 
que le han dado su voto para que le ocupe: sábelo Espa- 
ña^ que conoce su Primavera, y su Estío^ y sus Hojas 
mmlím, y su Libro de memorias^ y sus Nuevas páginas, 
Y si alguien lo ignora, que m lo pregunte á cuantas ma- 
dres de familia hayan leído la composición intitulada La 
cuna vacía. 

Acababa de perder Selgas dos hijos de tierna edad; 
sentía oprimido el pecho y desgarrado el coraxón; pero 
contempla el acerbo dolor de su esposa, anegada en lá- 
grimas, y halla de improviso dulces bálsamos de consue- 
lo que prodigar á la madre infelicísima escribiendo lo si- 
guiente: 

Bajaron los ángeles; 
Besíiron su rostro: 
Murmurando á su oído dijeron: 
— Venta oon nosotros* 
Vio el niño á los ansíeles 
De su cuno en torno; 
Extendienrlo los bracios les dijo: 
— Me voy con vosotros. 
Batieron los ansíeles 
Sus alas de aro; 



S3f 

SuspendioroQ al niño en sus hraios, 

Y se rueroQ todos. 

De la aurora pálida 

La lu2 fugitiva, 

Alumbró á la mañana siguiente 

La cuna vacía. 

Decidme, señores Acadóniicos; decidme^ espe<ítadores 
que tenéis la bondad de escucharme; decidme vosotras, 
sobre todo, que con vuestro buen sentido decidís de la 
fama de los hombres, así como de su suerte, señoras que 
presenciáis este acto: ¿no es gran poeta el autor de I/i 
cana vaciaí ¿No es gran poeta quieu ha escrito las com- 
posiciones conocidas con los nombres de Lo que son las 
nmñposas^ Las rfa? amapolas^ Lm sensitiva y La tnode^- 
Ha? ¿No es gran poeta quien ha compuesto el ingenioso 
apólogo de El .mttce y el cipréñ 

Cuando á las puertas de la noche umbría. 
Dejando el prado y la floresta a mena , 
í^ tarde melancólica y serena 
Su misterioso manto rocogta; 
Un macilento sauce se mecía 
Por dar alivio a su constante pena, 

Y en V02 suave y de suspiros llena 
Al son del viento murmurar se ola: 

— < [Triste nací I..,. ¡Mas en el mundo moran 
Seres felices, que el penoso duelo 

Y el llanto oculto y la tristeza ignoranl» 
Dijo, y sus ramas esparció eu el suelo. 

— a ¡Dichosos, ayl los que en la tierra lloran, >► 
Le contestó un cipr*^ mirando al cielo, 

Gomo prosista, Selgas posee maravilloso y envidiable 
arte: el de encerrar los pensamientos más profundos, y á 
vecí^ más atrevidos, en las palabras más aencilias y utós 



llanas que tiene el idioma castellano, Y como si éste no 
fuera extraordinario mérito, aún alcanza otro qae no le 
va en zaga. Con fórmulas en apariencia ligreras, como 
(piien juguetea y se entretiene discurriendo y retozando 
por entre niños y flores^ dice hondas sentencias y clava 
agudísimos dardos para advertimiento común, y derrama 
bienhechor rocío y abundante consuelo en las almas do- 
loridas. Sabe así desconcertar y confundir al adversario 
con gracia tal^ que al oiría fuérzale ó reir, y al meditar 
sobre ella le hace llorar; como serenar el espíritu contris- 
tado con una frase al parecer trivial ^ pero de tal modo 
sabrosa, que se adhiere tenaza la memoria. 

Sus discursos dulceí^i y regalados para el bello sexo, co- 
mo el viento primaveral, oloroso cual la flor del tomillo 
y del cantueso en las cumbres del rruadarrama, y fragan- 
te como los ramilletes de avahar que embalsaman los 
huertos en la patria de Sel gas, encierran siempre para la 
mujer útil y bienhechora medicina, mostrándole el ca- 
mino de la verdad sin adular ni sus (laqaexas ni sus de- 
fectos. Nadie en nuestros días, que yo sepa, ha dicho 
mayores durezas con mayor galanura á esta hermosa 
mitad del genero humano; pero envueltas en consejos tan 
provechosos y honrados, como los que realzan la serie de 
artículos que llevan el epígrafe de El Mundo, 

¿Queréis un cuadro encantador, sencillo^ alegre, que 
da por resultado una gran verdad? Pues escuchad á 
Selgas, 

<¿No habéis visto alguna vez á una niña llena de vi- 
veza y de alegría correr impaciente, ágil y ciega detrás 
de una mariposa? 

>Va, vuelve: torna a ir y torna á volver; sus pies me- 
nudos y ligeros trazan sobre la tierra tantos eírculoSi 



3S4 

tantas vueltas, tantos giros^ como gíros^ vueltas y círcu- 
los dibujan sobre el aire las alas impalpables del codicia- 
do insecto. 

»Diez veces ha sentido en sus mejillas como un soplo 
el conkcto fugitivo de aquellas alas finas como un enca- 
je, brillantes como el oro y la seda, ligeras como el aire, 

>Veinte veces la ha cogido y veinte veces se le ha es- 
capado: parece un desafio á muerte; la niña ni se cansa 
ni cede; la mariposa ni huye ni se deja coger; hay gritos 
de cóleraj gemidos de impaciencia y quejidos de alegría; 
hay pasión, hay furia, hay vértigo. 

»No es siempre la niña la que busca á la mariposa: 

muchas veces es la mariposa la que busca á la niña 

la niña sigue invencible 3^ la mariposa incansable. 

>Llega al fin un momento que parece decisivo. — La 
mariposa ha tomado espacio y, elevándose hasta las copas 
de los árboles, se ha perdido entre el follaje obscuro y 
espeso.— La niña, suspensa, la busca con sus inquietas 
miradas y no la encuentra. De pronto la ve venir, silen- 
ciosa y cauta j por debajo de las ramas^ corno si quisiera 
sorprenderla- Sus alas, ya acules, ya carmesíes, relampa- 
guean en la sombra^ llenando el aire de caprichosas 
aguas de todos colores; se agita temerosa como una lla- 
ma de nácar, de púrpura y de oro. 

3iLa nina abre sus brazos para esperarla; abre sus ojos 
para no perder ni uno de sus movimientos^ y abre sus 
labios sonrosados para decirse á sí misma: esta vez no se 
me escapa.— La mariposa llega; la envuelve en una nu* 
be de círculos; roxa sus labios^ sus rizos, sus mejillas, sus 
parpados; golpea con sus alas las manos de la niña, y se 
escapa majestuosamente como sí quisiera decir: estás 
fresca. ¡Qué lástima, qué desconsuelo, qué rabia ¡—La 



mariposa va y vuelve^ la niña vuelve v va. Las dos m 
bascan con nuevo encarni/'*amieDto, y las doa se enoiien^ 
Iran.—Levanta la niña sus dos manos blancas, pequeñas 
y sonrosadas como dos mosquetas, y la mariposa pasa 
pur entre las manos de la niña como pudiera pasar por 
entre dos rosas,— Este sí que es el momento decisivo^ el 
momento supremo,— La niña junta suíí manos y la mari- 
posa queda al fin entre las manos de la niña. ¡Qué ale- 
gría, qué saltos, qué risas, qué felicidad!— Aquí está pre- 
so, cogido el objeto de tantos afanes.— No se atreve á se- 
parar los dedos, y los aprieta temerosa de que el tesoro 
se escape.—Diex cabezas rubias, movibles y risueñas, ro- 
dean con impaciente curiosidad aquellas manos que han 
cabido coger tan codiciada joya.— Diez cabezas de niñas, 
esto es, diez bolones de rosa^ que se empiezan á abrir,-^ 
Van á ver los matizados colores de sus alas; van á tocar 
sus bordados de oro; van á examinarla, á besarla, á po- 
seerla,— Se toman serias precauciones para el caso de 
ima inga.. Todas las manos se levantan escalonadas es- 
tratégicamente alrededor del prisionero, como centinelas 
colocados para bacer inútil cualquiera tentativa de eva- 
i^ión,,,., Al fin la niña empieza á separar poco á poco sus 
manos fuertemente apretadas; la curiosidad se aumenta, 
la impaciencia crece, y las precauciones se doblan: bay 
un momento de profundo silencio y de completa inmovi- 
lidad: ese silencio y ese reposo que preceden siempre á 
los grandes sucesos- — ^Las manos de la nina se abren; 
una exelam ación general resuena en el corro; la curiosi- 
dad desaparece; las manos se bajan; las precauciones se 
abandonan,— La mariposa no es mariposa^ aquellas alas 
no son alas, aquellos colores no son colores, la niña en- 
cuentra^ en la suave palma de su menuda mano, un gu- 



336 

sanillo aplastado, im poco de polvo que apenas brilla á 
los rayos del sol; nada, 

>La cariosidad se convierte en desconteEto» la anima- 
ción en abandono, la alegría en tristeza, 

— »¡Quó chasco!— He ahí la vida; ese es el inundo.» 

Resuélvese á bosquejar un perfecto retrato de mujer 
que en su concepto, y en el mío, haya de estimarse aca- 
bado tipo de belleza moral en su sexo; pues eligiendo co- 
mo asunto la vida sencilla de los campos^ y buscando m 
ellos la mujer de su gusto, 

«Pobres criaturas, dice, ¿Qué sabéis vosotras lo que m 
el mundo?— Vuestra ignorancia sólo os permite ser bue- 
nas hijas, buenas esposas y buenas madres,— Cantáis por 
las mañanas^ rezáis al caer el sol y bailáis los domingoi 
delante del atrio de la iglesia, porque vuestras honestas 
alegrías son tan agradables á los ojos de Dios como vues- 
tras humildes oraciones.— Tenéis unos espejos en los que 
comprobáis todos los días la belleza de vuestros semblan- 
tes y la sencilla pureza de vuestras almas.^Os miráis 
en los ojos de vuestras madres, de vuestros esposos y de 
vuestros hijos; os miráis también en el espejo, siempre 
limpio, de vuestra conciencia. — Vuestros adornos son 
siempre de moda. — Tenéis la sonrisa de la alegría ^ bello 
adorno fabricado y tejido en el taller de vuestro cora7/m* 
Sois gallardas como el álamo que se cría al sol y al vien- 
to. Cada estación os ofrece una flor fresca, risueña, aca- 
bada de hacer, viva y brillante, para que adornéis vues- 
tros cabellos. El trabajo, la virtud y la inocencia os pvo- 
porcionan los dos encantos más bellos de la mujer: la ale 
gría y la salud,.,.. Cuando bajáis al valle, cruzáis la ri- 
bera ó subís á la montaña, todo os echa flores: la tieiTs, 
ül monte, los granados, los almendros, los rosales y los 



mi 

tomillos- Esta galantería podéis admitirla sin bajar los 
ojos; podéis admitir a^os requiebros sin que vuestro ros- 
tro 88 encienda de pudor ni palidezca de soberbia,— Po- 
déis recoger esas flores que os arrojan al paso, sin que 
vuestros hijos se avergüencen, ni vuestros esposos se 
ofendan, ni vuestros padres se aflijan,,,.. Vuestras ca- 
ms están apiñadas alrededor de la iglesia, como los hi- 
jos alrededor de su madre. Detrás de la iglesia está el 
cemeeterio: ese camposanto, labrado por la muerte, es- 
tá allí como un amigo que espera: sobre cada sepultu- 
ra m levanta una cruz, sencilla porque es la verdad, n&- 
gra porque es el recuerdo de un gran luto, con los brazos 
abiertos porque es la señal de una gran esperanza. ¡Po- 
bres criaturas! ¿Qué sabéis vosotras? Sabéia amar, sabéis 

creer, sabéis orar y sabéis morir Vivís como las flores: 

á la luz del sol y delante del cielo. ¿Y esto es vivir? Y es- 
las criaturas, al cerrar los ojos por última vez, ¿podrán 
decir que han visto el mundo? Y la civilización, y la sa- 
bidmia, y el progreso, ¿ha de dejarlas en tan profunda ig- 
norancia?— Yo 03 enseñaré un pequeño mundo, ese mMn- 
do que las mujeres de la civilización, de la sabiduría y 
del progreso llevan á la espalda al correr por el mundo. 
Bs un mundo sobre el que brilla el sol y el cielo de los 
placeres* Es un paraíso en que la tierra es de seda y los 

ríos de oro Aquí lo tengo, como una joya encerrada 

en su estuche: otro día abriremos el estuche y veremos 
la joya.» 

Y le abre, en efecto, y saca de él un cuadro pavoroso 
pintado con tan vivo colorido, con t^nto vigor como los 
dos anteriores. 

«Vosotras, bellas criaturas, que pasáis la vida asoma- 
das á la ventana de vuestros encantos; que todo lo mi- 



338 

ráis desde la altura de vuestros adornos; que ahogáis so- 
bre las alfombras el ruido de vuestros pasos^ como si qui- 
sierais ocultarle al tiempo que vais andando por la vida; 
que tenéis por templo el tocador, por altar un espejo^ por 
divinidad vuestra propia hermosura: vosotras sabéis lo 
que es el mundo» No sois la perla escondida, sois la perla 
engastada — Vosotras habéis ensanchado interminable- 
mente ios horizontes de la vida rodeándoos de espejos; al 
fin del camino que seguís está siempre vuestra imagen; 
tenéis constantemente delante de los ojos una bella pers- 
pectiva: vosotras mismas..,,. Habéis hecho de vosotras 
mismas un peligro constante á vuestra honestidad, un 
escollo continuo á vuestra virtud, y un recelo permanen- 
te para los que os estiman, para los que os respetan, pa- 
ra ios que os aman Sois la percha donde el lujo cael- 

ga sus fugitivas invenniones; el aparador donde el co- 
merciante muestra sus telas; joyeros donde Pizjíala expo- 
ne sus alhajas,,.,. Sois el lujo; esto es, la gran mentira de 
la civilización, la gran miseria de nuestros tiempos,..,. 
Este es el mundo. Vosotras lo habéis encerrado en el es- 
trecho recinto de cuatro tablas; llamáis mundo, con per- 
fecta exactitud, á ese inmenso baúl que lleváis siempre á 
la espalda en vuestra brillante peregrinación sobre la 
tierra. Dentro lleváis vuestro corazón. Abrámosle. ¿Que 
hay en él? — Todo: seda, oro, diamantes.— Nada: cualm 
adornos, cuatro piedras y cuatro trapos, ¿Nada más?— 
— Nada más.— ¿Y esa es el mundo? — ^Ese, — ^Al llegar 
aquí tiráis el libro con enfado diciendo; todo eso es men- 
tira. Es decir, que sois así sin saberlo, ó sois así sin que- 
rerlo ser.» 

De este último cuadro, por no poner demasiado serio 
al auditorio, he suprimido mucho, y acaso lo mejor, Quie- 



Tú, coa todo, presentaros agradable contraste ooa otra 
composición de Selgas: La Modestia, 

Por las flores proclamado 
Rey de una hermosa pnidera, 
Uo clavel afortunado 
ülá principio á su reinado 
Al nacer la prímavpra* 

Con majestad soberana 
Llevaba y con noble brío 
Bl regio manto de grana, 

Y sobre la frenle ufana 
La corona del rocío. 

Su comitiva de honor 
Mandaba, por ser costumbre^ 
El céñrn volador, 

Y había en sn servidumbre 
Yerbas y malvas de olor. 

Su voinntad poderosa, 
Porque también era u^, 
Quiso una llor para esposa, 

Y regiamente dispuso 
Elegir b mes hermosa. 

Como era costumbre y ley, 

Y porque causa delicia 
En la numerosa grey, 
Pronto corrió la noticia 
Por los estados del rey. — 

Y en revuelta actividad, 
Cada llor abre el arcano 
De su fecunda beldad. 

Por prender la voluntad 
Del hermoso soberano. 

Y hasta las menos apuestas 
Engalanarse se vían. 

Con harta envidia dispuestas 
Á ver las soletnn^^ 5fiíta9 



Que celebrdrse debííin. — 

Lujosa la corte brilla; 
El rey admirado duda» 
Cuando ocultarse sanciila 
Vio una tierna florecilla 
Entre la yerba moñuda.— 

Y por si el regio esplendor 
De su corona le inquieta, 
Pregúntale con amar: 
— «¿Cómo te Llamas? w— «Violeta,» 
Dijo temblando la üor» 

— ff^Y te ocultas cuidadosa, 

Y no luces tus colores, 
Violeta dulce y medrosa, 
Hoy que entre todas las flores 
Va el rey á elegir esposa?»? 

Siempre temblando la flor. 
Aunque llena de placer, 
Suspiró y dijo:--aSeñor, 
Yo no puedo merecer 
Tan distinguido favor*» 

El rey, suspenso, la raira 

Y se inclina dulcemente; 
Tanta modestia le admira; 
Su blanda esencia respira, 

Y dice akando la frente: 

— «Me depaj'a rai ventura 
Esjiosa noble y apuesta; 
Sepa, ai alguno murmura, 
Que la mejor hermosura 
Es la hermosura modesta.* 

Dijo, y el aura afanosa 
Publicó en forma de ley. 
Con voz dulce y melodiosa, 
Que la violeta es la esposa 
Elegida por el rey* 

Hubo magníficas tiestas; 



Sil 

Ambos esposos se dieran 
Pruebas de amor míinííieslas, 

Y en aquel reinado fueron 
Todas las flores modeslas. 

Ove Selgas decir que no puede obligarnos, ni seducir- 
nos, ni encantarnos, ni ser de nuestro g'usto lo que no 
hemos elegido en la edad madura de la razón, y sale al 
paso de semejante Bofisma, aplaudido ¡mal pecado! en 
nuestros días, con esta respuesta categórica, tan llana de 
gracia como de exactitud y profundidad: 

«El principio que concede al hombre el derecho de ele- 
gh\ es un gran principio. Vamos á verlo. 

*E1 hombre elige: 

»Sus amigos; 

^Su mujer; 

>Sus criados, 

>Hara vez encuentra un buen amigo; por casualidad 
tropieza con una mujer á su gusto; todos los días está 
cambiando de criados, 

>E1 hombre no puede elegir: 

>Ni ó su padre; 

*Ni á su madre; 

3^Ni á sus hijos. 

•Rara vez encuentra un mal padre; nnnca es para él 
mala su madre; sus hijos son siempre los mejores. 

»E1 principio sera una gran cosa; pero se ve que el 
hombre tiene muy mala mano para elegir,» 

Reconócese umversalmente á Selgas por ingenioso, 
agudo, y sobre todo enearecímiento donoso: no lo niega 
nadie que yo sepa* Pero acúsanle algunos de paradójico* 
Veamos si hay exactitud en la acusación. 

Paradoja es, según nuestro propio Diccionario, especie 



extraña ó fuera de la común opinión y sentir de las gen- 
tes> y aserción falsa ó inexacta que se presenta con apa- 
riencias de verdadera, 

¿En qué casos sostiene el nuevo Académico especie 
fuera de la común opinión y del común sentir de las gen- 
tes? Tiene que probar esto quien intente aplicarle con 
exactitud la calificación de paradtyico; porque si no, la 
acusación queda en el aire y se convierte en una verda- 
dera paradoja. Lo que sucede es que va Sek'as muchas 
veces contra el sentir de quien le critica^ y entoncej^ el 
crítico, por su propia autoridad, se erige en represen- 
tante del común sentir de las gentes y fulmina contra 
las especies que le mortifican el anatema de llamarlas 
paradojas. Pero cuenta que semejante ealifícación no 
puede nunca referirse al estilo ni á la forma de un escri- 
to, sino al fondo, á la substancia. Quien la aplique de otra 
manera, no sabe lo que es paradoja. Ahora bien; en el 
fondo ¿cuándo se muestra paradójico Selgas? Será opina- 
ble, será controvertible, será, en efecto, controvertido lo 
que sustente; pero aquí no hay paradoja mientras no sea 
singular opinión de nadie participada. Con lo que ven- 
dremos á parar en que no sabe lo que se dice quien, á 
falta de otras contestaciones más convincentes, sale del 
paso con un artkido de huonteslaoiún^ como se dice en 
el foro. 

¿Es paradójico Selgas cuando asegura que el filosofis- 
mo moderno contribuye á descoyuntar, desnaturalizar y 
destruir la lengua de Cervantes? Pues que intente cual- 
quiera traducir al castellano el trozo de filosofía, digá- 
moslo así, que Selgas copia en su discurso, ú otro de los 
no menos extravagantes de las obras aludidas, y prontí) 
se convencerá de serles imposible entender lo que preten 



un 

de el autor decir; y si lo adivina ó se fio^ura que lo com- 
pffiDde, y trata de explanarlo en buen idioma corriente 
en Castilla, verá que no puede aprovechar ni un período, 
ni ana frase, ni una oración de las que á {rranel compo- 
nen ese fiero pedrisco y ennegrecido turbión de pala- 
bras. 

¿Es paradójico nuestro Académico novel cuando sostie- 
ne que la política ha contribuido á producir igual deaas^ 
troso resultado? Pues que se traigan á esta nie^a los pe^ 
riódicos de Madrid y de toda la Península; que ae presen- 
ten los diarios de las discusiones públicas, y que se exa- 
minen hasta las disposiciones oficiales, y decida la Aca- 
demia. 

;Y hay paradoja en susti3ntar que la lengua sale mal- 
tratada y exánime del telégrafo? Pues á la vista está; y 
pudiera haber añadido, sin oponerse al comim sentir de 
las gentes, que desde que se usa. el teléorrafo apenas te- 
nemos mc4io de sabor bien y á punto fijo lo que pasa en 
ninguna parte del globo, porque el telégrafo da las noti- 
cias confusas y obscuras por querer ser breve, en embrión 
y en borrador porque lleguen pronto; y cuando llegan 
las cartas y relaciones explicando los sucesos, hállase ya 
el ánimo embargado con nuevas noticias telegráficas, que 
arrebatan el interés y la memoria de las pasadas. Así, de 
extracto en extracto, de confusión en confusión, llégase 
á formar un intrincado laberinto de más difícil salida que 
todos los conocidos en la historia y en la fábula* 

¿Paradoja es, por ventura ^ sostener que los descubri- 
mientos más portentosos de la especie humana en los mo- 
dernos tiempos, deben servir antes de vergüenza que de 
envanecimiento al común de los hombres? Pues ahí está 
el vapor, cuya fuerza no debía de haber sido un misterio 



344 

para loa hombres desde el primer día que arrimaron \ma 
vasija á la lambre, y han dejado pasar siglos j siglos áü 
echarlo de ver* Y ahí está el P, Félix, qae ha dicho lo 
propio y ha usado el mismo ejemplo en sus célebres con- 
ferencias, sin que nadie le tache de paradójico, á pesar 
de escucharle ó leerle lodos ó los más sabios de Europa, 
no exceptuando los incrédulos ni los que desconocen que 
el cristianismo es el progreso . 

¡Cuántas veces la tacha de paradójico en aquél que la 
pone se ha de entender, no sólo por imposibilidad de sos- 
tener con esperanza de glorioso y Itjgítinio triunfo una 
discusión, sino también cauteloso pretexto para comba- 
tir aquello que desembozadamente no se puede ultrajar! 
De ellü abundan ejemplos patentes y recientisimos. En 
un Estado, pongo por caso, hay prohibición legal de ata- 
car el catoHcismo* Pues bien: se les echa un mote enci- 
ma á los católicos, y en sus personas y en sus doctrinas 
se acomete con furia lo mismo que la ley protege y am- 
para. En vano contestan los del mote que el dardo va 
contra la Iglesia; que no es á ellos, sino á la Iglesia, á 
quien se vulnera: eso es paradoja, se grita, y redóblase 
la desaforada vocería, Pero llega el caso de que desapa- 
rezca la prohibición; y ¿qué sucede? que se olvida el mo- 
te y se ataca al descubierto la verdad revelada por Dios 
y mantenida por su Iglesia. ¡ Ay, si los hombrea de buena 
voluntad, pero indolentes, se hubieran hecho cargo y 
preparado con tiempo! Quizá nunca llegase el infehcísimo 
de ver calumniados, apostrofándolos de sanguinarios y 
traidores, los Santos que son lustre y ornamento de nues- 
tra patria: ¡qué digo los Santos! llena de ultrajes la in- 
maculada purísima Virgen, Madre de Dios y misericor- 
diosa Patrona de las Es pañas; crucificado á cada hora de 



3K 

nuevo el Redentor del mando, y lanzadas blasfemias ho- 
rribles contra inefables misterios. 

Los hombres no debemos ser pesimistas, porque no po- 
demos trocar el mal en bien. Pero ¿quien sabe? Dios con- 
siente algunas veces el mal, porque Él, y Él sólo, puede 
V sabe sacar bien del mal, como de la caída del hombre 
(fdix culpaj sacó el divino portento de nuestra redención 
por su preciosísima sangre. 

¿Habrá también paradoja en decir que en la época más 
splendorosa de nuestra historia literaria, que llamamos 
Siglo de oro, la lengua patria se prestaba dócil y abun- 
dante^ fácil y clara, á servir de fiel expresión á las ideas 
más alBtractas, á los conceptos más ingeniosos, á los más 
tiernos afectos? Pues que vengan á responder, por Selgas, 
Santa Teresa v San Juan de la Cruz, Fr. Luís de León y 
Cervantes^ Lope y Calderón, Quevedo y toda aquella serie 
gloriosa de nombres ilustres que son nuestro justo orgu- 
llo, que más de una vez elevan hasta los cielos, con elo- 
gios desinteresados, los alemanes no inficionados de una 
filosofía anticristiana, panteista, y por consecuencia* en 
último término, atea. 

La filosofía ¿quién lo duda? tiene singular influjo en las 
letras y en las tfrtes. Desde que el moderno panteisrao 
anda suelto por el mundo, reproducción de añejos erro- 
res, cien veces victoriosamente refutados, ha llevado su 
maléfico influjo á la literatura y á las bellas artes, y aun 
bástala música, arrastrándolas á repugnante realismo. 
Ya no son los afectos del alma humana, hecha á imagen 
y semejanza de Dios, sino las armonías del mundo mate- 
rial, y hasta sus ruidos, lo que lasarles reproducen casi 
exclusivamente; y esto, no como prueba y manifestación 
del poder divino, creador del cielo y de la tierra y de tu* 



3Ífi 

daslaa cosas visibles ó invisibles, sino como culto reodi- 
do al Mondo Dios, ó sea al universo producido por una 
emanación neeemria 1/ efusión continua de la mibstanda 
del Absoluto, que es ridículo y disparatado axioma fun- 
damental del error llamado panteísmo. 

Del ateísmo desembozado y abierto y del materialismo, 
no hablemos. Esos no dan lagar á que haya, buenas ni 
malas, bellas artes ni amena literatura- Quien no crea en 
la existencia de Dios, ni en la inmortalidad del alma hu- 
mana; quien no se sienta dotado de alma racional y per- 
durable, y crea que ha de confundirse todo él con k tie- 
rra á que vuelve su cuerpo, ni más ni menos qne una ca- 
labaza ó un asno, no ha de tener en más la bellez^a de las 
artes ni la expresión de las aspiraciones inmortales del 
espirita que nos vivifica que en aquello en que lo esti- 
man las calabazas y los asnos. Por fortuna, la demostra- 
ción de la inmortalidad del alma y de la existencia de 
Dios, eterno, sin principio ni ftn, personal, próvido, crea- 
dor y conservador del mundo, ha llepfado hasta las últi- 
mas capas de la sociedad, y sólo es dado ya preoronar el 
materialismo á lofi dementes ó á los idiotas, 

¿Hay en algo de esto paradoja? Que lo sustente quien m 
atreva, * 

Y comoquiera que la Iglesia de Dios sea deposiíaria y 
maestra de la verdad, y asi lo creemos todos los católicos, 
el sostener con decisión todo lo que ella sostenga no pue- 
de sin temeridad califlcarse de contrario al común sentir 
de las gentes. Y no ha de parecer redundante ni estéril 
ni inoportuno decirlo y proclamarlo en todo tiempo y lu- 
gar, aunque fuera menester correr peligro de muerte, 
aun arrostrando lo que suele afligir y mortificar á la ge- 
neración presente tanto u más que morir: el peligra da 



verse en caricatura ridiciiia expuesto á los ojos de ina- 
percibida muchedtimbre. 

No es eso, no, m dice: Selgas es paradójico en la forma- 
¿Cómo? ¿Qué se quiera significar con esto? ¿Que presenta 
las cosas verdaileraíi, ó las opinables, en términos que 
parecen contrarios á la verdad? Pero ahí no hay parado- 
ja: eso se llama sátira unas veces, y otras sarcasmo. En 
lal caso, la acusación va mucho más allá de la persona 
acusada y, pasando por encima de su cabeza y de sus es- 
mtos* se dirige contra el sin ig^ual Gervantes, principe de 
¡m ingenios españoles; contra el gran D, Francisco de 
Quevedo. La profundidad, el arrojo, el desenfado y la li- 
bertad de éste, bastan para desconcertar y deshacer la 
errada opinión absurdísima de que en España y en los 
%los pasados la empresa nacional de conservar íntegra 
y pura la unidad católica oprimió y achicó los entendi- 
mientos y le cortó al ingenio sus alas. ¡Ahogado el ingenio 
de Lope y Calderón, de Tirso y Morete y de nuestros ex- 
nelentas romanceros! ¡Achicado y abatido el entendimien- 
to de Fr, Luis de León, de Vives, y de Suárex, y de Mel- 
chor Gano! Esto ello se contesta sólo; no hay necesidad 
ile contestarlo. Cuando los tiempos actuales, y aun los 
futuros, presenten una lista de hombres eminentes en 
todos los ramos del saber y en todas las manifestaciones 
<Í0l ingenio, igual, que no superior, á la de nuestro Siglo 
ÚB oro, podrán mirarle cara á cara: entre tanto, bajen 
reipetuosos y confundidos la cabeza. 

El buen hijo ha de reverenciar la memoria del buen 
¡ladre. No se han de envidiar ni maldecir las grandes y 
admirables ha?.añas, sino procurar igualarlas, ó por lo 
menos competir con ellas. Renegar de nuestros timbres 
más esclarecidos, admiración de cien generaciones y es- 



3i8 

tüdio Y pasmo de extraños pueblos; renegar de nuestros 
inmarcesibles lauros y de nuestras mayores glorias, es 
renegar de la patria. 

No trato, señores, de fatigar más vuestra atención, y 
he llegado al fin de mi propósito, que no ha sido otro que 
el de mostraros la índole del ingenio de Selgas, para que 
sin prevención injusta pueda ser debidamente apreciado- 
Cuantos me escuchan han leído y saboreado cada cual de 
por sí, en el retiro de su casaj las obras de este escritor 
ameno. Las cuales, sin embargo, necesitaban llegase un 
día, como el presente, de ensayarse en la piedra de toque 
de numeroso auditorio, de inteligente y escogida asam- 
blea. Tienen] e siempre, para su más pronta y reconocida 
fama, el orador sagrado, el jurisconsulto, el repúblíco» 
el poeta dramático; fáltale, por lo común, al lírico, al eru- 
ditOj al historiador, al escritor verdaderamente filósofo. 
Ya supondréis mi gozo cuando miro logrado uno de los 
vivos deseos de mi alma: el de ver dignamente aprecia- 
dos aquí en tan honroso lugar los bien nacidos pensa- 
mientos, la feliz inspiración^ el intento bizarro de nues- 
tro nuevo compañero. 

Observad, señores Académicos, la unidad de miras 
que resplandece siempre en los escritos de Selgas, En 
prosa y en verso, cuando habla formal y cuando parece 
como que se chancea (que es tal vez cuando dice las cosas 
más formales y graves), nunca vacila, jamás duda, siem- 
pre es el mismo. Si la buena crítica exige de las figuras 
fantaseadas, en cualquier poema ó ficción literaria, que 
siempre sean consecuentes consigo propias, ¿quién po- 
drá dispensar de esta consecuencia, tan conveniente y be- 
lla, al mismo escritor? Español y cristiano, ante todo, la 
fe de nuestros padres, las tradiciones de España, la más 



349 

pura mora], las más provechosas enseñanzas brotan es- 
pontánea y constantemente de la pluma de Selgas, humo- 
rística, pero profunda; retozona^ pero sentenciosa, ¿Que- 
réis una muestra más decisiva, si cabe, de los sentímien- 
tos que animan á Selgas y de que estíi impregnada su 
alma? Pues oídlos, que él mejor que yo sabe explicarlos 
con natural sencillez y con facilidad suma; 

[Triste experíejida! 
iQuiéñ pudiera trocar todos sus años 
Par unas breves horas de iDocencia! 

¿1 por qué á la virtud somos exlrafíos? 
¿No es la virtud la amiga bienhechora 
Que evita dolorosos desenganos? 

¿No consuela ei dolor que nos devoraí 
Si llora coa nosotros..... {qué dulzura 
No derrama en las lágrimas que llora 1 

Ella nos cubre coa su hermoso manto; 
Ella al afán mitiga y el desvelo; 
Ella nm presta inagotable encanto. 

Siempre á la par de nuestro bien camina; 
Y, después de esta vida Iransttoría, 
Sobre nuestro sepulcro se reclina. 

Virtud, dame tu fe, dame tu aliento; 
Olvida mis pasaílos desvarios; 
BfiUe en mi corazón tu sentimiento; 
Brille en mi vida y en los versos míos. 



Sea bien venido a la Academia Española el autor de 
pensamientos tan nobles, expresados en tan bellisimos 
versos. 

He dicho. 



AUTORIDAD DE LA ACADEMIA ESPAÑOU 



EN MATERIA DE LENGUAJE. 



DISCURSO 



DSL 



Sr, d. león galindo y de vera 



Señores Agadémicosi 

Hace algunos años, al terminarse la sesión pública en 
que la Academia de la Historia, más por su bondad que 
por mis méritos, declaraba haberse adjudicado el premio 
á la Memoria que escribí 8obre la Historia^ meisitiuies y 
poHiica tradicional de E^^paña en África^ acercóseme 
D. Antonia Apavisi y Guijarro, cuyo recuerdo vive hon- 
damente grabado en mi corazón, y me dijo: «¿Sabes qnién 
)»ha sostenido con más empeño tu causa? Olózaga, ¿Quie- 
bres verlo í Desea conocerte. ;► Pra^entórae á él, y le di 
las gracias por el apoyo que me había prestado; me con- 
testó con las frases de urbanidad y cortesía que se prodi- 
gan a quien se ve por primera vez, y por todo quédele 
agradecido, 

Al estrecharnos la mano en aíectuosa despedida, nos 



(1) Luido en j II ata pUhIka celebrada para darle posesión de pUi^ de 
aámero, el día ti de febrero de 4875, 



S54 

separamos para no volver á vernos, «Muchos años Dipn- 
»tado y Embajador y I^esí dente del Congreso, tres vee^s 
•Académico, cuatro emigrado, otras tantas llevado en 
triunfo; de elocuencia irresistible, propia para el entn- 
>f?iasrao y para la ironia; fácil en arrancar y verter la- 
j^^rimas y en provocar risas; en su trato familiar, ama- 
*ble; en su comercio social, cürtes y obsequioso; con sus 
»ad versarlos en la tribuna» implacable; en las academias, 
*asiduo y celosísimo, porque lo era mucho del decoro y 
^prosperidad de toda corporación á que pertenecía í^);í> 
pasó sus últimos años en suelo extranjero representando 
á su país, más embebido en las artes de la diplomacia 
que en las tareas de las letras, más entregado á las lu- 
chas ardientes de la política que á las reposadas lucubra- 
ciones filológicas. Jiizguele, pues, la historia; la historia, 
que no perdona ni olvida; cúmpleme á mí, su sucesor, 
al conmemorarle con esta motivo, dar público testimo- 
nio de mi gratitud por la honra que me dispensó aquel 
insigne talento, cuya fácil y elegante palabra, cuya in- 
tencionada argumentación cautivó tantas veces á amigos 
y adversarios, y fue causa de que justísimamente osten- 
tase en su pecho la insignia de Académico de la Espa- 
ñola. 



• No es mi propósito, con frases de humildad, encarecer 
lo escaso de mis méritos para ocupar este sitio, porque, 
desde que me elegisteis, ante vuestro fallo tuve que ha- 
cer callar la voz interior del propio conocimiento: el ele- 
gido puede ser pequeño, pero al designarlo vosotros como 
no indigno de ser vuestro compañero, le eleváis prestán- 

Ij Dísirurso pronanciacto por el señor M^iniu^s di? Molins ea ta aper- 
tar* de ks cátedras del Ateneo ea novieíulire de f 8U. 



35f 

dolé el brillo de vuestro nombre y haciéndole participan- 
te del caudal de gloria científica que el Cuerpo atesora. 
El frágil vidrio, con ser vil tierra, refleja el rayo del sol 
que acariciándole se quiebra en su pobreza, y, cual ascua 
en candida j despide^ aunque prestada, magnifica aureola 
de luz» 

Y pues que en materia tan principal como la del mere- 
cimiento propio» cometiendo mi juicio al juicio ajeno, he 
reconocido la autoridad de la Academia, voy á tratar en 
el presente discurso de cuál sea aquélla en materia de 
lenguaje. 

Tiene por fin el hombre lo bueno, lo verdadero, lo 
bello; bondad, verdad y belleza, emanaciones de aquella 
substancia increada que con su presencia lo llena todo y 
todo lo vivifica. Para conseguir su fin, para andar el ás- 
pero camino que separa el mal del bien, lo errada de lo 
falso, lo grosero y repugnante de lo hermoso y apacible, 
se le ha impuesto el trabajo como medio y la autoridad 
como guía. * 

Es la autoridad cosa tan necesaria que en todas partías 
la encontraréis, material ó moral. No existe asociackm 
en que no haya quien mande; no existe asociación en que 
por la ley, por la costumbre, por el miedoj por la nece- 
sidad, por la índole natural del hombre^ tjue donde vestí- 
perioridades se humilla, no haya quien obedezca: ic^ pu- 
cos dirigen^ la multitud calla y sigue. 

Y consiste en que es ima verdad de sentimiento qi>" 
rechaza toda clase de sofismas, que las asociaciones, bu 
tanto lograrán mejor el fin para que se constituyeron, en 
cuanto los asociados se conformen más sumisos al impul- 
so de la mano que los dirige. Si desconocen la rienda, 



353 

fnistraráse m intento, gastando miserablemente sus fuer- 
zas en movimientos estériles y desordenados. 

La autoridad es^ por consiguiente, el fundamento de 
todo progreso moral, científico y literario. 

Ved en religi^jn dogmas indiscutibles; un centro que 
resuelve las dudas con criterio invariable; que ensaña 
hoy doctrinas basadas en los mismos principio?? esencia- 
les que las basaba hace dos mil años; que, en lucha per- 
petua con el error, resuelve las cuestiones que agitan al 
mimdo con soberano imperio, orden, majestad^ armo- 
nía, firmeza incontrastable Allí hay autoridad reli^ 

giüsa. 

¿Qué 08 dicen esas disputas sin término, esas profun- 
das divisiones^ esa variar inca^ante, ese sostener unos lo 
que otros rechazan, esos absurdos monstruosos en los 
principios morales, esos delirios inconcebibles en el culto, 
ese convertir en Dios toda materia, ese rechazar todo or- 
den sobrenatural? Que allí no hay autoridad religiosa • 

Ved esos pórticos y esas academias y osas cátedras y 
esas tribunas que, obedeciendo á un impulso comúni^ á 
una razón única, eje sobro el que rueda la inmensa pe- 
sadvirabre de los conocimientos humanos, caminan sin 
retroceder, con rumbo fijo y directo, de las verdades co- 
nocidas á las desconocidas, y, desechando lo que se opone 
de raíz á sus principios fundamentales, aumentan progre- 
sivamente el caudal de la ciencia Allí hay autoridad 

científica- 

Ved el campo riel saber convertido en campo de locu- 
ras, proclamando todos doctrinas nuevas, dando por ver- 
dades dogmáticas delimntes sistemas, atacando cuanto 
existe, escarneciendo la sabiduría de los pueblos adquiri- 
da con el paciente trabajo do cien siglos, gastando toda 

S3 



35i 

SU vitalidad en aprender á entenderse; y, en medio deeete 
vertiginoso torbellino de opiniones que se cruzan, se cho- 
can, se levantan, caen, aparecen y desaparecen, perder- 
se en los abismos de la duda y de la impotencia,,.. • Allí 
no hay autoridad científica. 

Si, pues, en religión, en moral, en ciencias, en cuantas 
operaciones abarca y se ejercita el espíritu del hombre, 
el concierto del mundo exige que se re Irene la razón, que 
se humille la voluntad, que se reconozca un poder supre- 
mo que resuelva y dirija; si para todo hay reglas y para 
todo existe autoridad, autoridad y reglas han de existir 
en materia de lenguaje, 

Y tanto más cuanto el lenguaje, instrumento maravi- 
lloso que manejan todos, es lo más expuesto por ello á 
perturbaciones y errores. No basta provenir del mismo 
origen y pertenecer á la misma raza y tener intereses 
solidarios, no: la nacionalidad es el lenguaje, porque ©1 
lenguaje es el estrecho lazo que une á los asociados y los 
hermana y los identiflca. 

Quiso el Señor dispersar a los hombres: no les dio pam 
ello aficiones distintas que suelen modificarse por la edad 
y por las costumbres; no arrojó entre unos y otros la dis- 
cordia de intereses contrarios que, por medio de combi- 
naciones sutiles, se concuerdan ó se desdeñan por va- 
rones generosos; no interpuso insondables océanos, no 
intraspasables sierras que vence el pecho varonil y el áni- 
mo constante: puso sólo entre ellos la diversidad de len- 
guas, y miles de años han transcurrido y la división con- 
tinúa, porque lo diverso de las lenguas permanece como 
castigo eterno de la soberbia del hombre. 

Españoles son todos los que pueblan la Península, ó 
por mejor decir, el sol que la alumbra no debiera alum- 



355 

hrar más quo á españoles; y, sin embar^'o, ved dentro de 
ella grupos antiguos, diversos^ que m se unen no se 
con f anden; que á través de \ñ sueesián de los siglos^ y á 
pesar de lo idéntico de los intereses conservan su indi- 
vidiialidadj porque no tienen un idioma común. Catala- 
nes y navarros, gallegos y castellanos^ pelearán recia- 
mente defendiendo la misma bandera contra un invasor 
extranjero que no hable la lengua de ninguno de ellos^ 
pero, más que un pueblo, son una federación de pueblos: 
sn distinto idioma es el cerco encantado que no pueden 
traspasar unos ni otros. Suena insufrible para el andaluz 
el rudo enérgico acento de los provenzales, y sonriese en 
s5n de mofa el audaz catalán cuando el muelle ceceo de 
los ardientes hijos de la Botica le atoni?ía los oídos, 

Y aun entre los que hablan el mismo idioma, la diver- 
sidad del estilo separa á los hombres más que el naci- 
miento, más que la clase, más que las profesiones. iSin 
orgullo ni vanidad, antes con llaneza y aun con verdade- 
ro placer j estrecha el poderoso la encallecida mano del 
honrado industrial, y si es necesario se asocia con él para 
un fin común y le hace arbitro de su nombre y de su for- 
tuna, que confía á su probidad ó inteligencia; mas no 
puede intimar con el: perpetuo obstáculo será un solecis- 
mo^ una frase baja ó ajena de oídos escrupulosos. Dad á 
eso industrial de las callosas manos un lenguaje escogido, 
el lenguaje del liombro bien educado, y pronto la unidad 
de intereses y el trato y el conocimiento de la mutua 
bondad crearán amigos donde sólu había socios: es que 
ya hablan ambos el mismo idioma; es que lo delicado de 
la frase hace resaltar lo delicado del sentimiento moral; 
es que, identificados en la esencia, la forma de expresarla 
resuena armónica en sus oídos, 



3116 

Siendo, pues, lo idéntico del lenguaje cansa de que los 
hombrea se reúnan > si no hubiera reglas, si no hubiera 
autoridad, si no hubiera quien conservase y pelease por 
lo3 fueros del buen decir, el idioma entregado al capricho 
universal se fraccionaría anárquicamente* Poco á poco 
ocurrirían tantas variaciones, que la mayoría de los na- 
cionales se creería extranjera en su misma patria. Cada 
ciento, cada mil^ cada diez mil usarían palabras, cons- 
trucciones, modismos diversos, y, agrupándose atraídos 
por el imán del habla común, formarían en la nación 
círculos separados, fracciones aisladas que se snbdividi- 
rían índeíinidamenLe, 

La autoridad que unifica el lenguaje, es concierto y 
armonía; la libertad que diversifica el lenguaje, es turlia- 
ción y disonancia: obedecer á aquélla, es familia, patria, 
nacionalidad; usar deésta» es individuo, cosmopolitismo, 
humanitarismo. 

Si, pues, se ha de buscar lo que une, no lo que disgre- 
ga, necesaria es la autoridad lingüística; pero ¿ha de de- 
positarse en uno ó en muchos, en corporaciones ó en per- 
sonas? Despláceme monarquía de las letras, y república 
literaria suena agradable en el oído acostumbrado, Heró- 
danse el poder y la firmeí^a do carácter y las altas dotes 
morales: los claros ejemplos del ascendiente son llamados 
al descendiente, que, si no los sigue, en baldón propio 
convierte la gloria ajena: nótase más el defecto cuanto 
más rico es el brocado, y con la grandeza del nombre 
resalta con más extremo la nulidad del hombre. El inge- 
nio, la ciencia, la sabiduría no se heredan: dones que el 
Señor concede á los individuos, no se transmiten con la 
sangre, \% excepto algunas familias afortunadas, pocos 
son los padres que sonríen gozosos al ver á sus hijos ada- 



lantárseles en la celebridad adquirida, y menos los nietos 
que continúan \m tradiciones gloriosas del padre y del 
abuelo • 

Como toda soberanía intelectual descansa sólo en la 
presunción del mayor saber, y el sujetai^e á sus fallos es 
voluntario, de aquí que cada rey de la lengtia necesiia- 
ría que los subditos unánimes reconociesen su indisputa- 
ble Superioridad; negocio harto <lifícil y ocasionado á dis- 
putas insolnbles y á interregnos prolongadísimos. Pasa- 
rían anos y años antes que su dominación ftiese univer- 
salraente acatada, y algunos m le opondrían y combati- 
rían sus preceptos, promulgándolos á su vez distintos, y 
la multitud indiferente seguiría á la yentura contrarios 
derroteros, y el vulgo de los escritores, más presuntuoso 
cuanlo más vulgo, alzaría á la par banderas creyéndose 
todos modernos Alejandros, dominadores del mundo filo- 
lógico^ con el mismo derecho que aquellos peregrinos in- 
genios. 

No sucede esto en las corporaciones, que sólo por serlo 
se respetan: la naturales^a de las cosas así lo determina, 
I^a muchedumbre imprime en todo el sello de majestad 
que da la fuerza en lo físico como en lo moraL El gue- 
rrero valeroso, cuya espada mensajera de muerte no en- 
cuentra resistencias individuales, ceja y se abriga entre 
los suyos á la vista del ejército enemigo, porque no ha de 
pelear contra este ó contra el otro campeón, no contra 
la tuerza una, reunida, omnipotente, incontrastable, de 
cien mil hombres. 

Es además hecho reconocido que las colectividades 
tienen y encierran cierta cosa en sí que no puede expli- 
carse y que forma autoridad: todos los criterios se funden 
en un criterio especial; todo en ellas reviste algo de im- 



358 

ponente, de verdadero, sin relación á sus individuos, dis- 
tinto de sus individuos, contrario muchas veces á sus in- 
dividuos . Aparece el poeta en el teatro: cada uno de los 
espectadores, ó la inmensa mayoría, no son poetas; sa^ 
ben menos que el autor; ni siquiera sospechan que han 
existido Horacio j Boileau ni Lope de Vega, y sin embar- 
go, el juicio de aquella masa de espectadores, ignorantes 
los más, entendidos los menos, apasionados algunos, in- 
diferentes casi todos, es contadas veces injusto: aquella 
multitud con intuición maravillosa indica los defectos del 
drama, y bosteza cuando el autor, en ampulosos versos, 
amontona frases vacías y sonoras; y duerme cuando in- 
oportuno, en vez de enseñar con los ejemplos, sermonea 
en acompasadas redondillas; y álzase anhelante cuando 
un rasgo generoso ó una idea magnánima y felizmente 
desenvuelta le arrebata, y aplaude frenético con triples 
salvas que llenan la extensa bóveda ó hinchan el es- 
pacio* 

En vano el poeta, erguida la frente y desdeñosa la mi- 
rada, cierto de su superioridad intelectual sobre cada uno 
de los circunstantes, querrá afrontar la pública opinión: 
su fallo le eleva triunfador ó le confunde vencido. 

Y si esto sucede con la multitud indocta, ¿qué ha de 
decirse de las colectividades formadas por varones cuyo 
cabello se ha blanqueado en el profundo estudio de las 
cuestiones filológicas? Desde que se crean esos centros li- 
terarios^ se aprende á respetarlos; desde que nacen se 
acatan instintivamente sus resohiciones, y aquel respeta 
y ese acatamiento constituyen su autoridad literaria. 

Para que ésta acrezca de día en día hay, además, mo- 
tivos que, si bien ajenos á la esencia de las Academias» 
no por ello influyen menos en su propagación. Los trinn- 



359 
los de las colectividades á nadie humillan: muchos resis< 
tiran el declararse inferiores á sus adversarios (¡orgullo- 
so m el talento!); mas nadie se sonroja de saber menos 
que la Academias porque no se señala quién le ha ven- 
cido, ni tiene que sufrir en su amor propio, ni teme la 
sonrisa irónica, ni la despreciativa mirada, ni la compa- 
ración humillante con el rival. La gloria de las colecti- 
vidades es la gloria de todos los que las forman y de to- 
dos los que no las forman; es el tesoro común de la re- 
pública literaria; dentro de un año, quizá dentro de un 
mes, mañana mismo por ventura, el que hoy sufre im- 
paciente el peso de su autoridad, formará parte de aque- 
llas corporaciones y participará, como todos, de la honra 
por ellas adquirida. 

Tienen también las Academias, por su misma natm^ale- 
za, mayor aptitud para perfeccionar el lenguaje, enmen- 
dando incesantemente los errores. Inmortales con la su- 
cesión, rejuveneciéndose con las elecciones, atesorando 
trabajos antiguos, allegando los modernos, unidos á los 
tiempos que fueron por la tradición y por los libros, dan- 
do la mano a los actuales por el roce imprescindible y 
continuo con los que forman las huestes literarias, va 
elaborando sus obras lentamente, como todo lo durable, 
lamas se avergüenza de desechar un vocablo aceptado 
n de enmendar un error admitido, porque es ella la que 
a si misma se corrige; ella la que á sí propia se enmien- 
da; ella la que va perfeccionando su inacabable tarea; 
ella la que, en su cuadro sin término, con la nueva pin- 
celada de hoy cubre el falso toque de ayer. No asi el par- 
ticular que, aunque yerre, concluido su trabajo lo de- 
fiende cual lo presenta, y, si otro lo corrige, la perfección 
que resulta ya no es suya, y como no suj a ó la rechaza 



vivo, ü muerto se elimina de su obra, formando una en- 
tidad distinta. Son, pties, los esfuerzos de los individuos 
Billares que separadamente se arrancan de la cantera; es 
la Academia el arquitecto que con ellos va labrando el 
edificio del lenguaje patrio. 

Cierto que habrá ó puede haber algunos escritores más 
entendidos en el griego» en el árabe, en el hebreo, en el 
sánscrito que alguno ó algunos de los Académicos; pero 
el Cuerpo literario de seguro que reúne en sí más cien- 
cia, porque es foco donde convergen los rayos de ma- 
chas inteligencias, mar donde confluyen las corrientes de 
múltiples conocimientos, Y aun cuando así no fuera; aun 
cuando apareciere un filólogo, asombro de las generacio- 
nes presentes y sonrojo de las pasadas, que atesorase más 
erudición que toda la Academia, uno de esos asombros 
lingüísticos inventores de vocablos, para quienes el idio- 
ma fuese blanda cera que se amoldase á todos sus capri- 
chos; aun entonces de segiu*o la Academia reuniría más 
criterio literario, más sentido común, más rectitud é im- 
parcialidad de juicio para decidir sobre la bondad de la 
frase, más tacto para escogerla, más arte para pulirla» 
más constancia para perfeccionarla. 

En la naturaleza todo está relacionado. No existe au- 
toridad que no tenga sus límites morales ó legales, escri- 
tos ó acostumbrados, naturales ó convencionales: la au- 
toridad de la Academia, ni aun en su voluntario imperio, 
podía ser absoluta en materia de lenguaje. 

Pelean en el hombre y en todo lo que procede del hom- 
bre dos principios opuestos: la tendencia á mejorar y el 
instinto de conservar. 

Pobre alma desterrada del mundo, nacida para lugar 



I 



364 

más alto, recordando su origen divino, aspirando á la 
[íerfeecióu; lo nuevo le atrae con atracción irresistible; 
vislumbra algo que no conoce y que quizá sea la realidad 
de lo que sueña, y esa esperanza es el acicate que le es- 
timula á seguir tras el codiciado objeto. 

Y como al tenerlo no se apaga su anhelar ardiente, 
desconfía^ lo examina receloso, y como por su limitado 
entendimiento no abarca la verdad, la bondad y la belle- 
za en todo su conjunto, ima nueva faz de las cosas se 
le presenta, y el lado que resplandeciente admiraba des- 
de lejos parócele de cerca obscuro y cercado de tinieblas, 
y otro que desde allí descubre luce ahora deslumbrador 
y le llama con irresistible atractivo, y para alcanzarlo 
deja lo que ya mira con desprecio y continúa su intermi- 
nable carrera. 

Así los que padecen la fiebre del oro abandonan los 
bienes heredados y el tranquilo hogar y el dulce amor de 
la esposa, y en regiones apartad ísimas^ anhelante el pe- 
cho, hundidos los ojos, registran los placeres, investigan 
las arenas, perforan los montes^ y ebrios de alegría es- 
trechan con mano temblorosa la pirita brillante que es* 
tunan oro nativo, hasta que el análisis les muestra que 
sólo es azufre y cobre, y arrojanla iracundos y buscan 
de nuevo con creciente afón y con desesperada impa- 
ciencia. 

Sin embargo^ sin esa suma de trabajo, en gran parte 
inútil; sin esos buscadores incansables; sin esos espíritus 
movedizos, descontentos, espoleados por la codicia, mu- 
chos mineros permanecerían ignotos, y la riqueza que 
esconde la tienda en sus entrañas no se convertiría en 
encanto de lo?i ojos, brillo de la majestad, decoro de la 
hermosura, conveniencia universal, medio de satisfacer 



mi 

todas las necesidades materiales y de dar larga rienda á 
ía satisfacción de inefables goces morales. 

Por el conírarioj cuando el instinto de conservación 
predomina en demasía, todo le parece al hombre inme- 
jorable: cree gozar de la bondad en su punto extremo, 
poseer lo verdadero en su esencia y en sus derivaciones, 
conocer la belleza en su realidad y en todos sus atributos, 
y, satisfecho de sí mismo y recreándose en sus obras, 
vive vida miserable ó ininteligente. 

Y si alguna vez la pasión de lo desconocidoj nunca 
completamente apagada en el corazón del hombre, es- 
tremece sus fibras y su espíritu ílaquea, y algo más bue- 
no, más verdadero, más bello se dibuja en lejanos hori- 
zontes, el temor, dándole aldabonadas, le detiene; tápase 
los ojos para no ver; recela de todo lo que no compren- 
de; duda si, al tender la mano á lo que se le brinda, se le 
escapará lo adquirido; tiembla al mover el pie, por si se 
hunde el apoyo que se le presenta robusto, y se resigna 
á vivir mal por miedo de vivir peor. Así el infeliz á quien 
la catarata incipiente permite sólo vislumbrar, entre nie- 
Idas y sombras, objetos confusos, resiste batírsela, y se 
conforma con vivir privado de la luz esplendente del sol, 
por el temor que le embarga de perder la débil claridad 
de que goza: cierto, sin embargo, que ese temor, esa in- 
movilidad, evitan muchas veces que, lanzado el hombre 
imprudentemente en maravillosas aventuras, corriendo 
tras mentidas apariencias y engolfado en el borrascoso 
mar de engañadoras ilusiones, carezca el día del naufra- 
gio de un punto en donde, abrazado á la tabla salvadora, 
llegue á descansar el amortecido cuerpo y reanimar el 
conturbado espíritu, 

Y entre estas dos fuerzas, una que le empuja, otra qm 



3C3 

le retiene; hija aquella de sus aspiraciones infinitas^ hija 
ésta de la propia flaqueza; ya despreciando lo que por po« 
seído le liastía, ya avivándoseíe la afición porque teme 
perderlo, ya atraído por el encanto de lo que por lejano 
le deslumhra, ya desengañado al tocar la miserahle rea- 
lidad de lo que codiciaba, avanza, retrocede, se arroja 
impetuoso á lo porvenir ó se apega fuertemente á lo 



lia reflexión y la experiencia templan estos impulsos, 
mas siempre predomina en el hombre una de las dos in- 
filinaciones que, en corrientes paralelas y opuestas, le con- 
ducen á encontradas orillas; y según su temperamento, 
estudios, companeros, clase, se decide por lo ideal ó por 
lo práctico, por adquirir ó por conservar lo adquirido, 
AHÍ reina la imaginación, aquí el juicio; allí los hombres 
fogosos ó iniciadores, aquí los reposados y firmas; allí los 
(lo oposición y ataque, aquí los de resistencia y gobierno: 
irnos y otros son necesarios para el bien de la república, 
aquéllos acelerando el movimiento con sus ímpetus; és- 
tos templándolo con su prudencia; aquóllos, como Blasco 
deOaray, descubriendo las maravillas del vapor; éstos, 
como Fulton, dirigiendo y utilizando su fuerza inconmen- 
surable* 

Lo que sucede en el mundo político sucede en el mun- 
do filológico» En la debida proporción de ambos elemen- 
tos, on que no se sobreponga ninguna de aquellas facul- 
tades, en que la imaginación y la inventiva se sujeten al 
jaicio y á la crítica, en que la crítica y el juicio no recha- 
cen sistemáticamente la imaginación y la inventiva, con- 
siste el ordenado progreso de las ciencias; que quien se 
entrega demasiado á la invención, destruye, y quien la 
rechaza en absoluto, petrifica. 



Indudablemente la Academia, como todo Caerpa cientí- 
fico ó literario, es juicio, es autoridad, y huye da lo rtió- 
vil y sospecha de las variaciones: sosegada, tranquila y 
reflexivEj adelanta incesablemente, pero con lentitad; 
que lleva consigo y ha de conservar amorosa el patri- 
monio heredado. 

No es, pues, de ella el inventar vocablos ni el estable- 
cer de rebato nuevos giros: si en raras ocasiones entreoía 
al público una palabra ó una frase desconocida, cuando 
es necesaria y no ha brotado espontáneamente, esa es k 
excepción, eso es lo extraordinario. 



La invención no puede encargarse oficialmente ni ú 
una persona ni á una colectividad: la palabra aparece 
súbitamente hoy^ y id anana se pronuncia por todos \m 
labios; pero según el inventor, es la palabra inventada; 
según el objeto sobre el que recae la invención, suele ser 
el inventor. 

El adelanto de las artes, el refinamiento del gusto, las 
exigencias de la civilización, el ansia insaciable del goce 
que busca avivadores al gastado apetito, producen nue- 
vas invenciones y objetos nuevos que han de designarse 
con un nombre nuevo. Eso contingente trae la industria: 
pero ¡Dios mío, que contingente!: el químico ó el mecá- 
nico, que en el laboratorio ó en el taller han agotado su 
ingenio en discurrir y su ciencia en aplicar, se afanan y 
sudan para el bautÍ7.o de su invento: menos difícil les se- 
ría encontrar el específico maravilloso que ha de conver* 
tir el carbón en precioso diamante, ó el punto de apoyo 
para la palanca de Arquímedes, que tropezar con el nom- 
bre adecuado- Tras largo discurrir no encuentran mejor 
solución que designarlo con su apellido, que da á conocer 



3es 

al inventor; pero no el invento, ni cualidad ninguna del 
invento. Ejemplo sea la gran industria á la que conver- 
gen los esfuerzos de la Europa entera, como medio po- 
lentísimo de extender las conquistas de la moderna civi- 
lización: cañones Barrios, Blackey, Plasenciaj Arms- 
irong, Krupp, Witworth; carabinas Minió^ Soriano y 
Wentzel; fusiles Ghassepot, Rémington y Berdan: no hay 
más allá; no esperéis otra cosa de la industria, del arte, 
del oficio. 

No quiero hablar de los que inventan sin saberlo, 
de esa nube de escritores escribientes que nos circunda 
con una atmósfera de barbarismos tan tenaz, y tan crasa, 
tpie al fin llega á influir hasta en los temperamentos más 
robustos. Ignorando los orígenes del lenguaje ó equivo- 
í?ándolos; creyéndose, en su presuntuosa ignorancia^ maes- 
tros y con autoridad para enseñar; amamantados por lo 
general en la extranjera y exótica frase, y á veces ajenos 
hasta de esa semi-instrucción, plaga de las presentes ge- 
neraciones, emplean palabras nuevas ó aplican las usua- 
les tan torpemente, que mueven á enojo, ó á lástima ó á 
risa. 

Á menudo, filólogos llenos de anos y de saber, sumos 
sacerdotes del idioma y poseedores de sus más recónditos 
misterios, se empeñan en mejorarlo, en perfeccionarlo, 
creyendo de buena fe que es hijo natural y legitimo del 
estudio y de la ciencia. Y obcecados con este error, esta- 
blecen d ¡moH un lenguaje perfectamente lógico, con 
numero, peso v medida, ajustado al marco inflexible de 
leves matemáticas, y pasan la vida laboriosa y afanada-, 
mente, perfeccionando sintaxis, corrigiendo prosodias, 
reglamentando ortografías; inventando terminaciones 
que denoten por sí mismas los atributos de las cosas; en- 



366 

tronizando palabras matrices vaciadas en el hebreo^ ó en 
el griego, ó en el árabe, ó en el chino, y muere el sabio 
inventor, y gramáticas, y terminaciones, y palabras, y 
leyes inquebrantables le acompañan á la tamba; como á 
la muerte del poderoso jefe de la tribu, se ©ntierran con 
él sus tesoros, y sus mujeres, y su caballo, y sus más 
afectos servidores. 

De ve?, en cuando un orador eminente, rey de la tri- 
buna, que arrastra con su poderosa elocuencia á las mu- 
chedumbres, se apodera del idioma patrio, y sin más re- 
glas que su colosal talento y su ingénita osadía, centu- 
plicados por el ardor de la lucha, busca palabras que hie- 
ran á su adversario, gran adulador de las heces sociales; 
y no encontrando en la lengua más que la de popular y 
plebetfo^ débiles, incoloras, que no expresan con fidelidad 
su idea, las abandona desdeñosamente como arma inútil, 
y de sus labios contraídos por la indignación brota la de 
populachero^ dura, enérgica, exactísima, que, llevada en 
alas del periódico, se extiende á los cuatro vientos y se ha- 
ce común en la conversación, en el discurso y en el libro. 

Poetas de imaginación exuberante hasta el desenfre- 
no, para quienes la autoridad es nombre vano, las re- 
glas intolerable esclavitud, y esti^echos y angustiosos los 
dilatados horizontes de la filología científica, crean tam- 
bién palabras, locuciones, estilo, escuelas. Dioses rodea- 
dos de tempestades, arrojan, en sus arrebatadoras inspi- 
raciones, un aluvión de vocablos peregrinos, un torrente 
de frases nunca oídas, un diluvio de giros singulares, ya 
conformes, ya opuestas al espíritu del idioma. 

Semejantes al Nilo, cuando se despeña de los altos 
montes de la Abisinia y rugiendo se derrama por las lla- 
nuras, que todo lo arrolla, hombres, y ganados, y árboles, 



367 

y edifloios; pero al mismo tiempo mezclado entre sus re- 
vueltas destractoras ondas lleva el limo fecundador que 
ha de producir las maravillas de los campos egipcios; con 
sus peEsamientos gigantes, con su sobrehumano ingenio, 
mñ lo atrevido de sus concepciones, deslumbran, fasoi- 
nan, avasallan; y muchas de las palabras ó idiotismos 
hijos de su potente fantasía, objeto al nacer de acre cen- 
aura ó de punzador sarcasmo, sobreviven, y triunfan, y 
se aceptan por todos^ y ensanchan maravillosamente los 
límites de la lengua de Castilla, 

También el pueblo, esa multitud sin nombre, confusa 
amalgama de todo lo que no sobresale en la sociedad, que 
lo circunda todo, que lo envuelve todo, como el aire á la 
tierra; de inteligencia escasa,, pero de corazón crecido; 
que no reflexiona, pero siente; que no se convence, pero 
se persuade; que no estudia, pero que adivina, inventa y 
üü poco en materia de lenguaje. Y consiste en que ese 
medio de expresar ideas, afectos y sensaciones, es facul- 
tad innata en el hombre, atributo inportan tí simo de su 
naturaleza^ signo externo de su nacionalidad. Por ello en 
todos existe el germen de la invención, porque todos 
piensan, todos aman, todos sienten. 

El lenguaje, esto es, la palabra, el idiotismo, el giro, 
nacen á menudo, no de la cabeza, sino del sentimiento: 
las grandes pasiones, los afectos profundos, son manan - 
tiales perennes de heroicos hechos y de elocuentísimos 
dichos; de aquí que á lo mejor el vulgo literato produzca 
esas flores do la lengua, brotes de un corazón ímprosio- 
nable, que encantan por la sencillez, que admiran por la 
exactitud, que asombran por la profundidad, que arreba- 
tan por la poesía, que conmueven por su candida delica- 
dísima ternura* 



368 

Pues bien; los sabios con sus lac libraciones etimológi- 
casj los industriales con sus menguados inventos, el poe* 
ta con suB magnificas inspiraciones, el orador con sos 
arrogantes licencias, el vulgo con sus conceptos vigoro- 
sos, y aun á veces hasta esas pobres cabezas que sin sa- 
berlo usan nuevas voces ó corrompen las antiguas, todos 
pueden contribuir al crecimiento del idioma, porque to- 
dos inventan; mas ninguno tiene autoridad para imponer 
á los demás como castizos asos vocablos: sólo la Acade- 
mia es la llamada á juzgarlos; y como no debe juzgar en 
causa propia, y en causa propia juzgaría si inventase, ha 
de reconocerse y convenirse en que el limita de su auto- 
ridad es la Invención ó introducción de palabras desco- 
nocidas. 

No es el lenguaje^ en su primitivo origen, creación del 
hombre; de más alto proviene: único (♦) y recibido de 
Dios al principio de las edades, se confundió después en 
los campos de Sennaar, y como resulfado de asta confu- 
sión, se dividió, y con él la humanidad, en agrupaciones 
distintas. Estafa agrupaciones, adicionando, olvidando y 
modificando, formaron su peculiar lenguaje» apropiado á 
su carácter, á sus inclinaciones, á sus necesidades. 

El inglés, orgulloso y práctico, para quien el tiempo 
es dinero, úsalo conciso, cortado, esdrújulo, monosilábi- 
co. Un minuto que ahorre en hablar, puede dedicarlo á 
ocupaciones que le produzcan un penique u evitar que se 
retarde el cumplimieuto da una orden. ¡Admirable idioma 
para cálculos y cuentas y arrogantes preceptos! 



(4 ) l'^rat iiulem térra labii nalus ^t m?rmpn uni eorandem. Genes., caji 
tulo XJ, vurs. L. 



369 

El aiemán^ filósofo, razonador y metefísico^ tiene mil 
palabras compuestas, y sus partículas conjuntas modifi- 
can el pensamiento» lo hacen más intenso^ evitan á me- 
Biido explicaciones y perífrasis, definen una idea compli- 
cada ó varias ideas correlativas, por más que el abuso 
con que los hombres científicos las amontonan sea cau- 
sa de que, olvidado el entendimiento de los rasgos distin- 
tivos del objeto que desea conocer, se pierda entre el caos 
de lejanísimas relaciones y analogías que han querido ex- 
presarse con aquella superabundancia de preposiciones. 
Por ello, cuando esa forma se trasplanta á nuestro suelo, 
que por su índole la resiste, no hay agua sedativa con 
virtud bastante para el alivio de una cabeza española que 
se empeñe en averiguar y fijar, con completa certidum- 
bre, la razón de la sin razón de una filosofía transrhena- 
na envuelta en jerga hispan o-germánica. 

El francés, burlón, ingenioso y ligero, posee un len- 
guaje que se presta admirablemente ó los equívocos, á 
ios retruécanos, á las frases de doble significado, á los lo- 
gogrifos, á toda clase de j uegos de palabras; pero, más ape- 
gado al goce de los sentidos que á los sueños del espiri- 
lu, si la inspiración le arrebata y quiere hablar el len- 
guaje sublime de los dioses, lucha en vano con el instru- 
mento, ¿Por qué no he de decirlo? Las magníficas poesías 
tie Racine y de Gorneille y de Lamartine y de Víctor Hu- 
go, he de leerlas con la mente, sin pronunciar las pala- 
bras: si las oigo, el libro, á pesar de sus grandiosos con- 
ceptos, se me cae de las manos, y me siento quebrantado 
por la pesadez insufrible de aquellos versos siempre agu- 
dos, por el perpetuo sonsonete de aquellos consonantes 
monótonos, padres del fastidio ó indisputados abuelos 
del sueño. Magnífica carroza arrastrada por las antiguas 

ti 



370 

calles de Madrid; mullidos y suaves almohadones que con- 
vidan á la meditación y al descanso; mas los pedernales 
del piso no consienten un punto de reposo. 

La lengua del Dante, dulcísima lisonja del oído, felta 
de consonantes y sobrada de vocales, ¿qué indica sino 
que es propia de un pueblo apasionado^ afectuoso, indo- 
lentej poco apto para el trabajo continuo y varonil que 
necesita esfuerzos materiales? ¡Oh! dejad, dejad al legíti- 
mo sucesor del pueblo de Augústnlo que, tendido en el 
pórtico, ó encerrado en el gabinete, o reclinado en la te- 
rraza sufriendo el sol volcánico de Sorrento, amortiguan- 
do su luz con ricas telas ó burlando sus rayos con el fo- 
llaje de la caprichosa enredadera, goce adormecido del 
dolce far niente ó escriba sutiles y delicadas argucias di- 
plomáticaSi tan flexibles como su lenguaje, ó prorrumpa 
en dulcísimos conceptos de amor y de ventura. No pidáis 
otra cosa á la lengua italiana: exigir sela, es exigir que 
un niño, con su infantil acento, recita las glorias del tra- 
bajo ó los horrores de luchas implacables; no sienta bien 
frase austera y robusta en aquellos suavísimos sonrosados 
labios de los que sólo deben salir cantos de felicidad, tier- 
nos acentos, gracias infantiles. 

He ahí al pueblo español, grave, religioso, severo; más 
especulativo que práctico; enérgico y viril, sin ser desa- 
brido ni adusto. En su idioma, feliz combinación de vo- 
cales y consonantes, no busquéis nombres propíos de ofi- 
cios, de artes, de industrias: se los prestan los extranje- 
ros; mas no hay idea moral, ni aspiración religiosa, ni 
noble hazaña, ni virtud encumbradísima, á que no res- 
ponda con acento grandilocuente, con frase propia, con 
períodos rotundos, con epítetos arrebatadores que forman 
la delicia de los propios y la admiración de los extrañoSp 



371 

Hay, pues, en todo idioma cierta cosa sutilj impalpable, 
que se conoce por intuición, que se escapa al análisis, 
que constituye substancialmente su individualidad, que 
lo distingue con sello original, que forma su índole, que 
sobrevive á todas las variaciones; arca santa qne flota 
entre misterios sobre las aguas procelosas del uso» perfu- 
me exquisito que se infiltra en todas sus partes: el espiri- 
ta del lenguaje. La conservación de ese espíritu; el recha- 
zar toda forma que no se adapte á esa regla universal, 
toda frase que no se vacíe en ese molde, todo giro que se 
aparte de esa tendencia, toda construcción que no se ajus- 
te á esa medida^ todo período que contradiga á ese ele- 
mento constituyente^ eso es lo que incumbe en especial á 
la Academia, eso lo que ha de conservar la Academia, 
eso lo que ha de defender la Academia contra las ciegas 
invasiones de la ignorancia* contra los meditados ataques 
de soberbios atrevimientos. 

Pero además de ese espíritu están las palabras: aquel, 
alma; éstas, cuerpo del idioma. Para man tenerlas, para 
fijar su verdadera significación, para que no se pierdan 
sus distintas acepciones, para volver al comercio litera- 
rio las que inmotivadamente han caído en desuso, nece- 
sita la Academia el incesante trabajo del Diccionario, 
acudiendo á las fuentes del lenguaje, á las abundosas 
canteras de donde han de extraerse los materiales, á los 
riquisimos mineros que mantienen la majestad y riqueza 
de la lengua, á nuestros escritores de los siglos xv, xvi 
y xvii. 

Difícil es que en materias literarias, morales, filosófi- 
cas, teológicas, en fin, en cuanto tiene relación con los es- 
tudios psicológicos, haya necesidad de inventar ni de ad- 
mito* voz alguna extranjera; todas se encuentran en las 



372 

obras de nuestros grandes escritores^ ó pueden deriv í. 
natural y fluidamente da las empleadas en ellas. 

Mas no puede defenderse el uso vulgar de todas Íai 
palabras sólo porque se encuentren en los libros clásicos. 
Las hay que^ si bien castizas y propias, el uso las ha re- 
legado al de las capas ínfimas de la sociedad; de ello^ que 
la voz que se oía sin extrañeza y aun la que se saboreaba 
con deleite, por pintar con vivo extremo la idea, hoy 
hiere desapaciblemente el oído escrupuloso y no se pro- 
nuncia ni se escribe por personas bien educadas. 

Nuestro gran hablista Fr. Luis de León, cuyo dulce eí^ 
tilo encadena el alma, en su incomparable obra De tos 
nombres de Cristo {^), usa palabras que hoy están proscri- 
tas sin apelación. 

Á medida que la cultura y la urbanidad ganan, man 
susceptible es el trato social- Por ello, las vocas que, olvi- 
dando la alteza á que su buena suerte las había sublima- 
do, se avillanan hasta el punto de convertirse en propie- 
dad exclusiva de yangüeaes y mozos de muías, neceá- 
tan del Jordán de muchos siglos para recobrar, si alguna 
V62 les es posible, la dignidad perdida. 

Fuera, pues, de estos casos de excepción, obligada está 
la Academia, Cuerpo docente literario, á conservar el 
uso de las palabras antiguas, el tesoro del idioma patrio; 
y si cuando hay necesidad de expresar un objeto ó una 
idea, la satisface recordando y volviendo al comercio pu- 
blico palabras ya sabidas solamente de escudriñadores 
filólogos, ó locucionea propias largo tiempo en decuso, 
que evitan perífrasis enervantes y desmayados rodeos, ha 
hecho un servicio eminente al idioma y á la patria. 



l\) Lib, IH, párr* <*', pég* 175, edic. de RWadeaeyra, 



373 

No ha de ser, sin embargo, el espíritu de conservación 
del idioma tan absolutOj que impida su crecimiento y 
desarrollo. En la robusta virilidad del cuerpo humano, 
¿dónde los diminutos frágiles miembros, encanto de los 
ojos, que embebecidos le contemplaban en la cuna? Y 
sin embargo, los miembros son los mismos: por un lento 
é insensible trabajo de la naturaleza j asimilándose laa 
siibf^tancias afines de los alimentos, segregando las inú- 
tiles y expeliendo las nocivas se han cuadruplicado los 
huesos, se han ensanchado los vasos, se han robustecido 
lús músculos, se ha llegado á la transformación completa 
del niño en hombre. 

Como el cuerpo humano, se halla sujeto el cuerpo lin- 
güístico á modificaciones progresivas. Por la lenta ó in- 
sensible elaboración de los siglos, que ensancha el círculo 
de los conocimientos humanos, que rectifica las ideas, que 
pule y civiliza á los pueblos, se multiplican las relaciones 
sociales; el lenguaje á la par va creciendo, robustecién- 
dose, fijándose, pero sin perder su índole primitiva, sus 
voces rudimentarias y sus giros infantiles, hasta llegar al 
punto de su mayor perfección y grandeza. 

Si nos empeñásemos en valemos exclusivamente de las 
palabras y frases conocidas, para expresarlo todo; en no 
aceptar nuevas voces para nuevos objetos, para nuevas 
invenciones; en no descomponer las ideas múltiples ó 
pensamientos complexos por medio de vocablos que de- 
mostrasen sus gradaciones más ó menos significativas, 
sus variados matices más ó menos intensos, caeríamos 
en espantosa confusión y obscuridad y en lamentable 
atraso en el continuo adelantar de los tiempos; porque 
forman tan amigable consorcio los conceptos con los sig- 
nos que los declaran, que no se inventa una palabra cien- 



374 

tífica sin que se dilaten con nuevas conquistas los domi- 
nios de la ciencia, 

Pero más que este peligro corre el idioma el contrario: 
los neologismos son de suyo invasores. Entregado el 
mundo á la disputa de los hombres, las ideas modernas y 
los errores de hoy caen con impetuosa Juvenil energía 
sobre las antiguas ideas y sobre los arraigados errores» y 
lo nuevo y lo viejo, en empeñada lucha, forman múltiple 
y vertiginoso conjunto en que triunfan casi siempre las 
Cándidas ilusiones de mejor porvenir. 

Así las palabras que expresan estos diversas objetos, 
estas ideas distintas, estas contrapuestas tandenciasj si- 
guen igual fortuna, y al par que aquéllas se imponen y 
vencedoras brillan con lux más esplendente, éstas se obs- 
curecen con sombras más profundas ó se hunden en los 
insondables abismos de lo pasado. 

Y este movimiento de transformación, irreflexiva y cie- 
go, que vendría á ser como el de todo cuerpo que no tro- 
pezara con obstáculos, irresistible, aiToUando cnanto se 
le opusiera, lo variable de suyo y lo que debe permane- 
cer en todo tiempo, ha de encontrar un dique robustísi- 
mo en la Academia, para que de todo ello discierna lo que 
hay de necesario y lo que hay de inútil, lo que hay de 
razonable y lo que hay de caprichoso, y abra anchísima 
puerta á lo necesario y razonable, y repela con todos sus 
alientos lo inútil y caprichoso. 

De lo que se infiere que la Academia no ha de limitar 
sus trabajos á la simple conservación del lenguaje tal 
como nos lo legaron nuestros predecesores, sino que ha 
de ocuparse asiduamente en aumentar su caudal con nue- 
vas palabras é idiotismos nuevos, en conservar mejoran- 
do. Y más que el simple conservar es difícil la mejora^ de 



375 

laque es condición indispensable el elegir; como lo es más 
la tarea del juez, que ha de tallar convenientemente ardno 
litigio j buscando la justicia desfigurada por el hábil pin- 
cel del hipócrita sofisma; que la del abogado que consagra 
sus talentos al triunfo de un cliente, amontonando en su 
pro cuantas razones le sugiere su agudo ingenio, falsas, 
aparentes y verdaderas. 

La Academia, al elegir y adoptar nuevas frases y pa- 
labras nuevas, no puede obedecer á reglas inñexiblesj si- 
no que su criterio ha de ser libre, aun cuando basado casi 
siempre en el uso previo que se haga de aquella palabra 
6 de aquella frase. El uso ha de ser, pues^ la estrella po- 
lar de la Academia; pero el uso acostumbrado, el nso 
cuando llega á constituir costumbre. Porque no basta el 
uso, esto es, la repetición actual, la repetición durante un 
período más ó menos largo de ciertos actos, de ciertas 
palabras: no; se necesita la costumbre; la continuación 
de ese uso por largo tiempo; la posesión legal, plena^ di- 
gámoslo así, en que está la palabra de ser usada: puede 
emplearse una frase por muchos, por todos, y, sin embar- 
go, ese uso no constituir costumbre. Hace relación el uso 
a la extensión del empleo de la palabra; hace relación la 
costumbre á la duración de ese mismo uso: es aquél el 
levantamiento del edificio; es ésta la perfección del edi- 
ficio, que se reconoce sólido y durable: es el uso el hecho; 
es la costumbre el derecho: el uso consagi*ado por el 
asentimiento universal. 

Mas el uso puede recaer sobre palabras nuevas apli- 
cadas á objetos nuevos, ó sobre palabras nuevas aplica- 
das á objetos significados ya por palabras antiguas, que 
hau de quedar anuladas ó sustituidas ó raodiflcadas- 

Respecto á las primeras, la Academia ha de ser laxa: 



376 

para aceptarlas, sólo ha de atender á su naturaleza. Las 
hay que responden á caprichos del momento; efímeras, 
cuyo nacimiento y muerte preside el mismo sol: las hay 
que representan intereses fijos, ideas adquiridas, y nacen 
con signos inequívocos de vitahdad. Corresponde á la 
Corporación, con la piedra de toque de su criterio, dis- 
tinguir las unas de las otras, apreciar su necesidad; y si 
ésta existe, aceptar el vocablo, aunque la costumbre no 
haya sancionado el vulgar uso. Sólo cuando la voz s^ 
bárbara, sólo cuando sea completamente extranjera ó en 
su composición no se haya obedecido al espíritu del idio- 
ma, deberá rechazarla, si encuentra otra que, significan- 
do lo mismo, vista el airoso traje español: mas guárdese 
de desechar la palabra nueva, sonora y significativa, sólo 
por ser nueva; que no ofende impiadoso la veneranda 
memoria de sus ascendientes el que, mirándose en el 
campo heredado como en las niñas de sus ojos, lo ensan- 
cha, lo mejora y lo embellece. 

No es necesario, digo mal, no estimo necesario que la 
voz, para que tome carta de naturaleza, se haya usado 
por tres autores ilustres r de desear es y conveniente es 
su consagración por los gi^andes ingenios, pero no la juz- 
go indispensable. Guando tres ó más autores de los reco- 
nocidos como maestros la usan, el examen de la Academia 
es simplemente de fórmula para revestir de la autoridad 
legal literaria el uso que tiene ya á su favor la autoridad 
moral de los preclaros nombres que como buena la pro- 
hijaron; menos aún; puede decirse que el uso de aquella 
palabra no lo autoriza la Academia al incluirla en el Dw- 
eionaño, sino que, reconociendo el derecho que para ello 
le asiste, se Umita á colocarla en el lugar que desde sa 
nacimiento le tenía preparado. 



Pero aunque no esté usada por los clásicos, si la voz es 
necesaria, y forma parte del común lenguaje^ y se ajusta 
en su composición á las reglas exigidas, no ha de tener 
la Academia tan exiguas atribuciones que su criterio 
compuesto de la suma de los criterios de todos sus indivi- 
duos, muchos de ellos con méritos bastantes para que se 
les acate como maestros, no se considere con sobradas 
garantías de acierto para allegar al tesoro del idioma es- 
panol una nueva adquisición que lo enriquezca* 

No se entienda por ello que es nuestro ánimo sostener 
que la Academia, Corporación tan grave, tan detenida en 
sus fallos, deba seguir en todas sus variaciones el uso 
vulgar, da suyo ligero y tornadizo, no: lo que sostenemos 
es que no ha de rechazar la palabra eufónica y signífl- 
cativa que sustituye á otra, ó que aumenta el nímiero de 
las admitidas, sólo porque no la conocieron ó la despre- 
ciaron los grandes maestros de la lengua- 

Con más mesura se ha de obrar cuando la palabra nue- 
va se presenta sin más títulos que su novedad, existien- 
do otra propia y castiiía que significa lo mismo y que ha 
de quedar anulada: entonces sí que^ para la aceptación, 
ha de ser la Academia escrupulosa y nimia; entonces sí 
que es necesaria la lucha, el recuerdo al público de que 
para aquel objeto ó idea existe voz propia; entonces sí 
que, para adoptarla como hija legítima, es indispensable 
la autoridad de escritores renombrados que en sus obras 
la estampen; entonces sí que sólo debe ceder la Aca- 
demia cuando proclame su adopción el sufragio uni- 
vei^, 

Pero si, aunque exista la palabra castiza y propia, es 
repugnante, acepte sin vacilar la innovación para que se 
difunda hasta los más remotos confines • Por lo común, el 



378 

USO fuerza á la admisión de muchos vocablos; üecesario 
es á veces forzar ese mismo uso, obligar á que se uso la 
palabra elegida, valiéndose de todo el poder moral con 
que inviste á la Academia el asentimiento público. 

Como en toda^i las cosas que caen bajó la jurisdicción 
del buen gusto, de ese sentimiento íntimo que no se ex- 
plica, pero que ejerce sobre el mundo de la belleza indis- 
putable soberanía, acontece en los idiomas* Haj palabras 
que hieren desagradablemente el oído delicado, bien por 
su estructura, bien porque representan la parle más ab- 
yecta del objeto, ó lo representan en toda su grosera des- 
nudez (0. 



(t) Observación fué ya de Cervauteaí «Tea cuenta, Sancho (hace decir a 
15 Don Quijote)» de no míiscar á dos carriUoít, ni de trufar delante de nadie* 
lí— Eso de erutar, no eotieotlo— dijo S^^nclio, y Don Qaijote le dijo: — Eru^ 
htar, Sancho, q ni ere decir regoldar, y éste es uuo de los mas lorpes voca- 
í^blos qno Ueno k kngna castellana, annqoe es mny significa livo: afff li 
agente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice emiar, y A los fe- 
^güeldoü &rutaciúms\ y ííuü cuando algnnog no entleodan estos tcrminos, 
>! importa poco, que el nso Eos irá introduciendo con el tiempo que con fa- 
»cilídad se entiendan, y esto es enriquecer la IcD^na sobre qnien tienen 
i^ poder el volí?o y el nso.í^ Lo que predecía Cervantea ha sucedido; el uso 
ha ido itítroducicndo la voz latina, destronando á la española, declarada 
innoble y baja* Y esa delicadeza del gasto envuelve en si exquisitas y su- 
tiles disliociones de significado* Cervantes sólo pensó en sustituir el nso 
de nn vocablo por otro sinónimo, y á pes^ir de no liaber habido deelart^ 
ción expresa, iosensíblemcnte, sin daroos cuenta, la sinonimia ha des- 
aparecudo, y la ideo qne quiere detenninfírse por ambos no es idéntic** 
Porque ííí bien con auibas palabras se designa el mismo acto natural é in- 
voluntario del hombre, no la representan de la misma manera y con los 
mismos accidentes. La palabra primitiva ea la designacién del acto ínenl- 
to^ íocivilt mal edacadot rebosando vino y carne* que nos causa repugiiaii- 
cía y asco por el modo y por el moUvo; mientras la neológic^ representa 
el acto excusable, reprimido en lo posible, evitado casi siempre, hijo de 
la indisposición del cuerpo, envuelto entre el perfume del anis y los tibios 
vapores de la manzantlLat quo nos causa lástima como signo de doleneia; 



379 

No es necesario advertir que la poesía, la verdadera 
poesía que embellece cuanto toca> puede en ocasiones, 
con gran efecto y dando robuBtez al estilo, componer 
magníficas frases con esas palabras repulsivas, si no hue- 
üan los limites inquebrantables del decoro y de la públi- 
ca honestidad. 

Reguladora y legisladora la Academia, tócale discernir 
las unas de las otras, sujetar las modernas á la turquesa 
de la etimología, restringir las antiguas á su prístino sig- 
nificado, corregir los errores en que se incurra^ enseñar 
el camino que ha de seguirse; ceder, resistir, modificar 
el uso, encuadrándolo en el inflexible marco del espíritu 
del idioma, que ha de infiltrarse en todas sus partes, como 
el fuego se infiltra en al hierro, sin que la más pequeña 
de sus partículas se libre de la acción incandescente. 

Por esta continuado choque, por esta lucha perenne, 
por este conjunto informe de goces y necesidades físicas, 
pe se sacian y renacen sin reposo, de descubrimientos y 
aberraciones de la ciencia, de arranques elevados y mi- 
serables caídas del corazón, de inspiraciones y abusos del 
genio, de errores múltiples y aciertos casuales del vulgo, 
de olvidos y rehabilitaciones, de adquisiciones y de aban- 
donos, de neologismos y de arcaísmos, de resistencias y 
capitulaciones, de ataques y de defensas; al transcurrir 
algunos siglos, el lenguaje se encuentra modificado: en 
perjuicio suyo, si la transformación se debe á la casuali- 



y da todas estas cífcmistancina, que hieren tastlñtivamonte tmestra^ ima- 
gtaaclón, sin qtie las aD^ilicemos, úñ que reílexionemoa siquiera sobre 
ella»» provicüe, cu mi opíoiÓD, que la palabra que expresa el defecto re- 
pogae lauto al labio que se eÜrnine de l*i conversación calta; mientras 
pe si o embarnze se nsa la que expresa la necesidud natural ó la con- 
secucucia del padeeimíoutOi 



380 

dad ó á la ignorancia; con ventaja, si la ciencia la diri- 
ge; si una Corporación celosa, atenta á las evolucione! 
del espíritu humano y al lenguaje que ha de anunciar- 
laSj cede ó resiste inteligentemente; si ensayando los neo- 
logismos en el crisol de la filología, que ostenta por em- 
blema, separa la escoria del oro cendrado^ y con su recto 
juicio y su inflexible criterio limpia^ fija y da esplmidor 
á la lengua castellana. 

He mcHO, 



DISCURSO 



ÜB 



D. FERMÍN DE U PUENTE Y ÁPEZECHEA 



BN CONTBSTACION AL ANTERIOR. 



Dos nombres, señores Académicos^ ha dado como por 
santo y sena el nuevo com panero al llegar á vuestros 
umbrales; y yo^ que en vuestro nombre salgo á recibirle, 
y en el de nuestro Director á presentárosle, esos propios 
nombres recojo, como de tan grata recordación. 

Tenéis ya, en efecto, en vuestro seno al digno y legí- 
timo sucesor del Sr. Olózaga, en ese propio sillón cuya 
gloriosa cronología arranca del diligente y exacto histo- 
riador de las guerras de sucesión, Marqués de San Feli- 
pe, y que esmaltaron después, con varia fortuna, el hu- 
manista Zapata^ el poeta Huerta^ el arabista Conde, el 
Ministro erpatriado comentador del Quijote^ D. Ramón 
Cabrera, y, por último, el economista Valle y el tan pre- 
maturamente malogrado Sr. Saavedra Meneses, 

Pero otro nombre invocaba el nuevo Académico al 
empezar su discurso, con cierto como religioso respeto, 
y á éste no puedo yo tampoco dejar de salir siempre al 
encuentro, abriéndole, ya que no pueda, ¡ay de mí! los 
brazos, á lo menos de par en par el corazón; el de núes- 



3S3 

tro insigne y qaerido Aparisi y OuijarrOy de dulce y para 
mí hasta veneranda memoria, cuya vox oísteis con en- 
canto, y á quien premiasteis una y otra vez como poeta, 
cuando á los poetas llamabais á cantar á Bailen y á Te- 
tuán^ las dos mayores glorias de la patria en la historia 
contemporánea. Viven para siempre en vuestros anales 
aquellos patrióticos versos: los primeros, dignos de He- 
rrera; los segundos, que á par de los de vneslro Quin- 
tana pueden emular con los de Tirteo. Su elocuencia, 
triunfadora en el foro y tan poderosa en la tribunal tam- 
poco ha llegado á vosotros sino del otro lado del sepul- 
cro, pero para dejaros eterno memorial de santos debe- 
ras y de dulces y melancólicos recuerdos (M, Hoy os le 
envía también, si más alegre, no menos caro, y yo cum- 
plo su encargo trayéndoosle de su parte. 

Tenéis, en eíectOi en el Sr» Dp León Galindo y de Vera, 
no sólo al sucesor de Olózaga, sino al heredero de Apari- 
si, al participante de sus estudios, al representante de su 
espíritu. Y si yo, en verdad, no acierto cómo se pueda 
encarecer este elogio, todavía, para justificarle, habré de 
apelar al mismo Aparisi, habré de hablar con vuestro 
testimonio, y de coger, en fin, como al vuelo, algunas 
palabras del nuevo Académico, 

Y ante todo, aquel ánimo ingenuo, que era todo ver- 
dad y todo modestia^ á quien no ocurrió nunca la idea de 
contarse entre vosotros, sobrecogiéndole en la calle la 
inopinada y acertadísima intimación de su candidatura, 
que tuvo la gloria de hacerle el Sr. Gampoamor, y que á 
poco tiempo ratificó vuestra sabia votación, lo que para 
sí ni imaginaba siquiera; eso deseaba^ eso quería para el 

{{] Véase su discurso de recepción, que no Uegó á leer» y ae ha publjea- 
ÚQ en Ids MfuoaiAS de la ácaüetnia» 



asa 

Sn Galindo de Vera. Esta confianza le debí por suerte, 
y ese honroso encargo^ santo para mí después de su 
muerte, me propuse cumplir, cuando entre vosotros, á 
pesar de mi [lequeñez, intentó su candidatura. Hícelo en 
verdad no por mí solo, que tanto no pudiera, sino con po- 
deroso y autorizado auxilio: al da los Sres. Nocedal y Fer- 
nández-Guerra {D. Aureliano), que conmigo suscriMeron 
la propuesta. Y á esto, sin duda, y no menos á lo que 
vosotros de él conocíais y sabíais de antemano, se debió 
€l éxito. Navegábamos con rumbo á la estrella de Apa- 
risi en mar de bonanza, que tal es siempre el de vues- 
tra genial benevolencia, con vientos prósperos de nobles 
y merecidos triunfos del candidato: fuimos, pues, viento 
en popa á arribar á seguro puerto, la suspirada siempre 
y rara vez conseguida unanimidad, que dobla el precio 
del favor. Permitidme que diga en vuestro nombre que 
la dabais á quien con raro, y acaso nunca visto ejemplo, 
en el espacio de un solo año ganó tres primeros premios 
en concurso público contra valiosos competidores, en 
tres distintas Academias: la de la Ifistoria, la de Ciencias 
Morales y Políticas y la vuestra. Fue vuestro laurel, dia- 
comido también con asentimiento unánime, en asunto 
esencialmente fllológico, que son los de más alto valor 
en esta liza. Fallo el mundo literario si es ó no de cante- 
ra académica el vencedor de tales hazañas. 

Sabéis, además, en cuántas sesiones os ha presentado 
vuestra Comisión de Diccionario las copiosas propuestas 
de nuevas voces y acepciones para el mismo, hechas por 
el Sr, Galindo; y si el agradecerlo es deuda, el declararlo 
públicamente no sólo es cumplida recompensa para quien 
la recibe, sino estímido á cuantos como él contribuyen á 
poner su parte en esta mies gloriosaj que con provecho 



de la patria y de la lengua allega de todas partas y acre- 
cienta nuestra Academia, 

Levantando, ante todo, la mente al ideal da la misma, 
encuentra hoy el Sr. Cialindo inscrito en su frontispicio j 
como sublime emblema, el Verum, bonum et pulchrdm, 
que abarca todo género de belleza, la cual, partiendo de 
la esencia misma de Dios, irradia sobre el hombre llenan- 
do su entendimiento, su conciencia y su voluntad» Gloria 
eSj en verdad, de nuestra Academia abrazarlas á todas 
tres, por lo mismo que es objeto de sus meditaciones la 
lengua, que todo lo abarca, que es el órgano de la revela- 
ción de Dios y de la sociabilidad, y á la cual, por lo mis- 
rao, nada de toda la humanidad es extraño, Y ¿cómo 
comprender el ejercicio de esta omnímoda ae>ción y dere- 
cho sin obligación correlativa, sin responsabilidad coB- 
siguiente, y sin autoridad que la defina y la regule y la 
exija? 

Oíais, señores, no há muchos años, en este mismo lu- 
gar, asentar y probar esa propia tesis del principio de 
autoridad en materia literaria á uno de vuestros más 
ilustres individuos, el Sr. Ríos y Rosas; el cual, caminan- 
do por el ingrato terreno de la filosofía, pero sin dejarse 
ligar por sus ataduras, llegó, sin embargo, con superio- 
res luces y con su enérgica voluntad, á afirmar victorio- 
samente estas conclusiones^ no sin sorpresa y hasta con 
excesiva incredulidad de algunos de los extraños que le 
oyeron. Yo vine entonces hacia él por más fácil camino, 
hasta que sin esfuerzo nos encontramos reunidos, 

En el mismo principio funda hoy sus conclusiones el 
nuevo Académico, que, parta por hallarlas probadas de 
antemano, y parte porque, viniendo de donde vienOj no 
há menester pruebas ningunas para su tesis> se contenta 



385 
con la simple afirmación. Hay, en efecto, autoridad en 
Boateria de lenguaje; autoridad que no puede ejercer uno 
golo; que pertenece á pocos, escogidos^ y, si es posible, 
por todos, ya que no con sufragio universal elegidos (que 
éste, á pesar del nombre, viene en realidad á ser imposi- 
ción de los menos), umversalmente aceptados y tradicio- 
nalmente seguidos, ^Tan alta magistratura está confiada 
á nuestra Academia. Mas antes de considerar por qué 
medios y con qué condiciones haya de ejercerla, estudie- 
mos algún tanto las de este género de autoridad* 

Observa el Sr. Galludo cuan necesaria sea la presen- 
cia de ella en todo orden religioso y científico, en todo 
cuerpo de doctrina que tenga principios ciertos y haya 
de estar en posesión de la verdad. Tan seguro es esto, 
que viene á ser como la piedra de toque de la legitimidad 
de toda ciencia, el crisol donde se purifica y depura. Es 
la autoridad, en efecto, la memoria de los tiempos pa- 
sados, que aquilata lo presente y abre las fuentes de lo 
porvenir, sin la cual la humanidad navegaría á un tiem- 
po sin brújula y sin lastre, en perpetua infancia, en in- 
terminables experimentos* Recordamos á este propósito 
haber oído en la Universidad de Sevilla a un ilustre ju- 
risconsulto, joven á la sazón (0^ mucho antes de la decla- 
ración dogmática de la infalibilidad del Sumo Pontífice, 
defenderla como absoluto é imprescindible coronamiento 
de la verdad y de la unidad católica, la cual, sin este cri- 
terio perpetuo ó indeficiente, apenas podía concebirse, 
mientras que con él lograba su sanción última y más 
evidente demostración; al paso que, como por maravillo- 

(i) El Sr. D. Manütel del Amor LaraSií, hoy insigne catedrático do Ju- 
risprudcnctti de aquella Universidad, y nna de las mejores lumbreras de 
ñu foro. 



386 

sa contraprueba, este solo enunciado, qoe á ninguna otra 
autoridad en el mundo tan completamente corresponde, 
era por sí solo una demostración concluyante de la divi- 
nidad de su origen, 

Pero descendiendo de tan altas consideraciones á otro 
terreno más llano para nosotros» entremos^ señores, en 
esta amable República de las letras, que con tanta frni* 
ción como maestría nos traza el Sr. Galindo, dando en 
ello tan exquisita muestra de saber cuanto de discrecií5n 
y cortesanía. No hay en ella (ya lo habéis oído) imperios, 
ni cetros, ni Césares, ni dictaduras. Obran en su sano 
dos contrapuestos elementos, la acción y la resistencia, 
sin que ninguna de ellas pueda predominar exclusiva, 
suprimiendo á la que la promueve ó contrasta. Ambas 
han de coexistir y funcionar aun tiempo: modérate per- 
mmía confúrmaHone^ como decía el gran orador y filó- 
sofo latino (V), 

También hay en esta República jurado, que sois vos- 
otros, y mayorías que declaran la razón y distribuyen el 
derecho, ya que crear éste sea de todos, y crearle y darle 
infaliblemente y en una pieza no sea de nadie, porque 
nada humano es ni absoluto ni infalible; y estas mayo- 
rías que interpretan el voto de todos, que es el uso, tara- 
bien por el uso son juzgadas, y á sí propias se rectiflcan; 
y en esta incesante marea y circulación con qne la san- 
gre afluye al centro y del centro por todas las arterías m 
reparte, está la vida; en la cual, como en la sociedad y 
en las lenguas, con el estancamiento viene la cornipción; 
con la parálisis, la gangrena, que, si no se extirpa, trae 
consigo la muerte. 



(1) Cic. De Rep. Lib. I, cap, XLV, 



387 

Al lado de estos peligros recuerda el Sr. CTalindo el te- 
rrible castigo de la confusión de las lenguas, impuesto á 
la soberbia humana en los campos de Sennaar; pero de 
a^uel castigo, envuelto en mucha misericordia, como 
melen ser los de Dios, ayudadas de la geografía salieron 
ks naciones. 

Otra más fimesta y pequeña, como qne viene del hom- 
bre, padecen los pueblos cuando de su carácter y condi- 
ciones se olvidan y hacen que se olviden sus lenguas, 
viniendo á palpar sombras y tinieblas y acogiendo al 
acaso confuso rumor de discordantes sonidos, que chocan 
y pugnan con los propios, 

Aliora bien: ¿cuál es el medio de prever y aun de re- 
parar tanto desavstre? Es el orden, es la autoridad. Con 
razón lo afirma el Sr. Galindo en una frase que no pue- 
do menos de recoger. Esta autoridad en la lengua es la 
lengua, es la patria, es la nacionalidad. 

Por lo mismo quiere y há menester que el poder cen- 
tral, que de ella cuida, sea fuerte, y más fuerte en Espa- 
ña, como si fuera el único vínculo que liga y mantiene 
en uno ese haz de provincias que llama federación, cuya 
^.palabra suena entre nosotros como amenaza contra la 
gá de la patria. No es, por fortuna, no, la lengua, 
aunque tan firme, el solo fundamento ni el único lazo 
que congrega y constituye á España. Por encima de este, 
y aparte de sus condiciones geográficas, de sus mares y 
ríos y montañas, está el santo amor de su independencia, 
su carácter y su genio; su historia y sus tradiciones; sus 
mujeres y sus hombres; su manera de ser y de regirse, 
su trono y sus ayuntamientos; sus Concilios y sus Cortes; 
sn Dios, en fin, imico en todo el ámbito de su noble tie- 
rra, en donde no cabe otro altar^ aunque no sea sino por 



388 

el universal vacío que en torno de él se haría, y por k 

más eficaz de todas las intolerancias: la del desprecio. 

Mas no es esto negar en manera alguna el poder de la 
lengua para reanudar y vigorizar todos aquellos senti- 
mientos á los cuales convertiremos más adelante nues- 
tra atención. Tratamos ahora de explicar cómo suceda 
en España^ sin mengua de la unidadj este liecho providen- 
cial de la diferencia de dialectos, porque Dios ha querido 
que sea, y nada de Dios se hace en vano, y porque ade- 
más tiene España fuera de su suelo intereses del comzón, 
para cuya existencia y conservación es, si no el ünico, 
el principal elemento esa autoridad que con tanta eleva- 
ción asienta el Sr, Galindo, 

Un idioma completamente ajeno al nuestro, el Tas- 
cuenca, vive en España desde tiempos tan antiguos que 
no alcanza á discernirlos la historia; y además del caste- 
llano, que es la lengua española por excelencia, coexis- 
ten con ella otros tres, ó más bien cuatro dialectos, deri- 
vación de un mismo común origen, que viven todos den- 
tro de la Península. Son éstos (aparte del asturiano) el 
gallego y el portugués, que es su derivación ó perfeccio- 
namiento, y el lemosín, que permanece en Cataluña, 
Valencia y las Baleares. Del primero hablaremos más 
adelante; en cuanto á los últimos, ¿cómo no considerar 
española á la lengua que salvó y restauró la patria en 
Covadonga; que hablaron nuestros primeros guerreros y 
poetas y escritores; en que se escribieron las Partidas,» y 
que hoy mismo anda en boca de aquellos naturales? Ni 
¿cómo negar carta de naturaleza á aquélla en que trova- 
ba Macías y en que escribía sus incomparables Cantigas 
el Rey Sabio en un idioma que tanto se da la mano con 
el portugués de hoy? Y si á la parte de Levante nos vol- 



Temos, ¿podremos reputar por extranjera á la en que 
pensaron Raimundo Lulio y Luis Vives y en que evange- 
Ifeaba San Vicente Ferrer? Pues si á tiempos más moder- 
nos convertimos la vista, ¿rechazaremos á JovelJanos y á 
Campomanes; á Capmany y Balnies; á Feijóo y Pastor 
Díaz, y Analmente á Aparisi y Guijarro, todos españoles 
y casi todos grandes glorias de vuestra Academia? 

Y no que por ello pretendamos que todos estos dialec- 
tos sean ima misma y sola lengua, que eso dista tanto de 
lo cierto cuanto nos es de todo punto innecesario: lo que 
afirmamos es que con todos ellos se ha pulido y perfec- 
cionado el romance castellano, influyendo todos y cada 
uno de ellos en éste; puliéndole y acrecentándole, é in- 
IbrmandOj sobre todo, su carácter hasta constituir esta 
noble y hermosa lengua española, tal como la tuvimos 
en nuestro siglo de oro, tal como todavía la heredamos 
de nuestros padres, dando ella hoy mucho á aquellos dia- 
lectos y sin ofensa, como de caudal común; y recibiendo 
de ellos, y de otras provincias de aquende y allende los 
mares, como de naturales tributarios* No es mía esta 
ideai es vuestra también y académica: es, como veréis 
naás adelante, del Sr. Musso y Valiente, mi ilustre padre 
literario y uno de vuestros más claros ingenios. Oculto 
en la noche de los tiempos el lenguaje primitivo de los 
pobladores de España, un pueblo antiguo y venerando 
que se asienta en sus costas y á lo largo del Pirineo, 
dándose la mano con el que ocupa la opuesta falda, no 
alcanza ni acierta á revelarnos este misterio. Han le pre- 
guntado nuestros sabios; y hallando en el inventario de 
nuestra lengua frecuentes palabras procedentes de la 
suya^ no encontraron en él la construcción ni el régi- 
men. Mayores, y si no completos, indudables vestigios ha- 



390 

llamos de la raza semítica ó ariana, de lo cual ya os ha- 
blaba hace tiempo un sabio profesor de lenguas orienta- 
les, compaoero nuestro^ el Sr. Catalina. Tan útiles in- 
vestigaciones han hallado eco en nuestros hermanos de 
America, que también se llaman hijos de esta mismo ori- 
gen, qu6 les viene por doble abolengo en este supuesto, 
ya por sus aborígenes, ya por nuestra filiación í^)t Gomo 
quiera, con tales elementos, amalgamados con los que 
aportaron á nuestras costas en alas del comercio^ se for- 
mó el primitivo idioma; <Q\xe al comunicarse entre sí los 
pueblos, decía aquel sabio Académico, el primer género 
que ponen de manifiesto es su lengua*» 

Aparte, pues, de las primitivas invasiones, que callan 
las historias, pero de que nos hablan las piedras, las cue- 
vas y hasta la lengua misma, y que no es ahora ocasión 
de escudriñar; ateniéndonos sólo á las colonias é inmi- 
graciones históricas, es indudable que, como comercian- 
tes^ aportaron á España, ó sucesiva ó simultáneamente, 
los hebreos, los fenicios (los de Tiro), más adelante los 
griegos y africanos (los Cartagineses), y más íntimos t 
persistentes que ningunos los romanos, ca^^os vínculos 
con España fueron tantos que por la fe á ellos jurada 
consintió abrasarse Sagunto, y Numancia, después de 
haber sido terror de su república» vino á perecer también 
con fuego, estrechada por sus armas. 

Dominaron entonces su suelo los fieros vencedores, 
pobláronle con colonias y municipios, surcáronle vías, 
oprimiéronle ciudades romanas^ hicióronle campo de ba- 
talla (¡desgraciada suerte de nuestra patria!), y en su seno 
se combatieron y decidieron en gran parte aquellas gra- 
to Véaiie la obra publirada en Paría oa 4874 por D. Tícente Fkle! Ü- 
pez titulada Les raües arifmines du Perau, 



391 

^m cuestiones que entrañaban la dominación y el impe- 
rio del universo, al cual preparaban, sin saberlo (por 
medio de aquella maravillosa y fatídica unidad que ja 
no ha de acabar), á la Luz que iba á venir al mundo. 
Román o j pues, era en aquellos tiempos el suelo español; 
j, sobre todo, romana hubo de ser en casi su totalidad la 
lengua española, singularmente la oficial y literaria. 

Además de la fuerza de las armas, que suele ser pre- 
cursora de otra más poderosa, la de las letras, costum- 
bres ó instituciones, otra civilización nos avino de Roma, 
todavía más extensa y universal y fecunda. Paro ¿qué 
decimos civilización'í Era otro nuevo sol, un nuevo ser, 
una completa transformación. Fué el Cristianismo, fué 
el Catolicismo, De nación hebreo, pero ciudadano roma- 
no, que reclamaba sus derechos, desde Tarso, tal vez en- 
tre negociantes, aunque el á negociar no viniera, trájola 
San Pablo á las costas tarraconenses, y sus discípulos la 
propagaban por las de Almería, en tanto que á las de Oc- 
cidente aportaba el Hijo del trueno, el grande Apóstol de 
España, celestial Enviado, que haciendo en ella su prin- 
cipal mansión y volviendo á la misma cuando de sus tér- 
minos salía, en fin, en ella vino á quedarse perpetuamen- 
te, hasta que un día, con sus hijos, comparezca ante El 
que le envió, sin haber perdido de ellos ó de sus pue- 
blos á ninguno, conforme con la enseñanza del Divino 
Maestro, 

Sguíó alguna tregua de respiro, dispuesta acaso en el 
orden de la Providencia, para dejar que la nueva semilla 
prendiera, cundiese y se arraigara, no tanto á la sombra 
de la paz, como con el riego de la sangre de sus márti- 
res; y entre tanto España envió sus hijos, romanos ya y 
españoles á un tiempo, al trono de los Césares, en Adria- 



39t 

noj Trajano y Teodosio, ó como maestros y poetas y áu- 
licos á los palacios en los Sénecas, Lucano, Marcial y 
Quintiliano, ó en San Dámaso al Pontificado, y otros 
grandes obispos y varones apostólicos á sus Concilios y 
al gobierno de sus Iglesias* Después sobrevienen los go- 
dos, antigua amenaza del imperio romano: ábrense sobra 
España también las cataratas del Norte, }\ desbrozado el 
imperio de su corrupción y despojos, salen y se levantan 
nuevas naciones. 

¿Cómo recibió EspaJQa á sus rudos invasores, que eran, 
además, extraños á su culto? Recibiólos abracada con su 
fe, padeciendo sin desesperar, y al cabo de algún tiem- 
po, fundidas ambas razas, fundida también, sí no abso- 
lutamente, en gran manera la lengua (en que más que 
nada da á entender su separación de la latina, la pérdida 
de sus declinaciones y conjugaciones y la adopción de 
partículas y el empleo de sonidos ásperos que encontra- 
mos en ella, y no son latinos), al cabo de algún tíempo, 
el suelo vencido venció á los vencedores* 

¿Quién fue la gran restauradora? Fué la Iglesia, fueron 
los Concilios. Casi al propio tiempo que la restituyó Re- 
caredo, junto á su solio y de su propia sangre aparecía, 
entre el brillante coro de sus hermanos, el gran San Isi- 
doro, aquella enciclopedia de su siglo, lur. del nuestro y 
en cuyas obras se columbran ya vestigios del habla es- 
pañola. 

Pero otra gran prueba nos reservaba la Providencia- 
Á la invasión del Norte correspondió después otra del 
Mediodía. África, que antes nos enviara á los cartagine- 
ses, nos mandó también sus tribus errantes, con las cua- 
les, por fortuna, vinieron los árabes. La Religión toda- 
vía les disputó el terreno, y no se lo abandonó nunca 



3§3 
por entero; pero su verdadero santuario y el corazón de 
la patria se refugiaron en Govadonga á la sombra de la 
Monarquía. De allí, siete siglos da lachas y eonqiüstas 
que no hemos de seguir paso á paso. Bástenos saber que 
con ellas se salvó, y al mismo compás de ellas apareció la 
lengua, 

«Durante la reconquista (dice el Si\ Musso) (^), hablá- 
banse en España, corao que en realidad, aparte délos vas- 
cos, había en ella distintas naciones, diferentes idiomas. 
Los moros usaban el suyo, que, hijo de clima ardiente y 
fecundo, traspasaba el fuego de éste á las palabras y fra- 
ses. Los de la corona de Aragón, en general, el lernosín, 
que era ó venía á ser el proven?:aL Los castellanos se ex- 
presaban con su romance, embrión de idioma que toda- 
TÍa casi no se había formado. Tomaba éste del provenzal, 
hermano suyo; tomaba del árabe, con quien hasta enton- 
ces no había tenido qne ver, y, á pesar de ello, mostraba 
más afición á tomar de este que de aquóL No era capri- 
cho, sino necesidad: del más sabio recibe siempre la ley 
el más ignorante. No obstante, vestía estas galas á su 
modo- Con lo cual el romance iba perdiendo su antigua 
rudeza y poniéndose en disposición de ser algún día len- 
gua, no sólo culta, sino envidia de otras. Manejada des* 
pnós por sus primitivos escritores y los que les sucedie- 
ron, cada día la armonía era mayor, el ritmo máa per- 
ceptible, la frase más correcta y desembarazada, la gra- 
cia empezaba á columbrarse, y ya en las Partidas su 
decoro daba á entender que las dictaba la boca de un 
Monarca, Notable es que, estando el castellano todavía 



{i ) DiECursQ de entrada en la Real Academia EBpDiñolB leído en 3 de 
agosto de 1S27 al tiempo de tomar posesión* Véauae las MBHoaus de la 
Academia, tomo tU, pú^; fOQ. 



394 

BU la cuna, le tomaron á su cargo Reyes y personajes de 
alta jerarquía; y que cuando de su compañía se aparta- 
ba, se acogía á los misterios y techos de la Religiuii^ 
puesto que el claustro era refugio común en aquellos 
tiempos, ¿Qué maravilla se hiciese lengua de Reyes* coa 
quien en señorío, pompa y grandeza no puede competir 
ninguna entre las vivas? Lengua que crecía entre el es- 
truendo de las armas j ¡cuánta robustez debía adquirir! 
¡cuánto vigor! Lengua que, apenas salida de la niñez, 
daba leyes á los pueblos, ¡cuánta dignidad! Lengua que 
se complacía en ser cultivada por príncipes y caballeros, 
¡cuánta gallardía y soltura! Lengua, por último, que en 
los versos entonaba loores al Omnipotente, ¡cuánta su- 
blimidad!» 

Perdonad, señores, esta cita, si, aun extractada, os ha 
parecido algún tanto larga. Ella, sin embargo, nos ha 
hecho adelantar sobremanera en nuestro propósito* Por- 
que, aparte de habernos demostrado la influencia sobr© 
el romance casíallano de los dialectos, sus hermanos, ya 
nos ha hecho Ajar la opinión sobre su genio y carácter, 
cuyo estudio puso con razón el Sr* Oahndo al lado de 
vuestra autoridad como único medio de ejercerla fruc- 
tuosamente. 

Sí, ya lo hemos visto: nuestra lengua nace en brazos 
de la Religión y á la sombra de la Monarquía, Trae con 
la primera una aUanza de diez y nueve siglos, y por me- 
dios de propagación y de conquista tiene las misiones y 
las armas: nuestro estado es el de perpetua lucha, y no 
siempre con extraños; ¡ay! ¡las más veces, con mayor 
amargura, de hermanos contra hermanos! «Suerte parti- 
cular de nuestro idioma {prosigue vuestro insigne Aca- 
démico), que casi no deja el santuario sino para salir á 



395 

caDipaña^ pues» desde su principio hasta acabar su siglo 
de oro» apenas se encuentra escritor de raórito que no 
sea 6 eclesiástico o militar.» Así, pues, ni el que sea ex- 
traño á nuestra fe podrá comprender sino con gran difi- 
cultad nuestros clásicos, ni apenas será dable conocer á 
fondo nuestra lengua al que no estudiare y conociere 
nuestros ascéticos. Ved nuestro Teatro; y si queriendo 
penetrar por sus puertas la Religión, la lealtad y el ho- 
Bor no os las abren, no pasaréis de los umbrales: nada 
entenderéis, Y no menos á la mano podéis bailar otra 
comprobación» 

¿ííabéis pensado alguna vez en la multitud de palabras, 
de frases, giros y refranes que, más que ninguna otra 
cosa, reflejan el genio de nuestro idioma? Hailos directa- 
mente derivados y relacionados con la Religión, con su 
fe, con sus preceptos y sacramentos, con su espíritu y sua 
eiiseñan2:as, con cada una de sus virtudes y los objetos 
de las prácticas y ceremonias del culto. ¿Habéis fijado 
vuestra consideración en los que se refieren ó á la Mo- 
narquía, ó á la persona del Rey, á su autoridad, á la per- 
*sonificación en él de la patria? No es nuevo en mi este es- 
tudio, que ciertamente da origen á muy curiosas obser- 
vaciones. Mas ya que en él no me detenga, porque no es 
de esta ocasión, permitidme decir siquiera algo de lo que 
al paso nos ocurra. 

Con sólo la palabra Dios (y sirva de muesti^a) basta 
para formar medía lengua, bien que no es extraño, pues, 
en verdad, no cabe en toda la Creación, Unida con casi to- 
das las preposiciones, íorma la palabra Dios frases de di- 
verso sentido. A I}Ío,9(en dos palabras y con inicial mayús- 
cula la última) es forma de cristiano y afectuoso saludo» 
conque le encomendamos las personas á quienes encon- 



396 

tramos ó de quien nos despedimos; combinadas en una sola 
y con letra minúscula la última, es la propia despedida, 

Á darle el adiós postrero 
llega ya tu triste amante, 

ha dicho el Sr. Arriaza^ uno de vuestros poetas. De Dios 
decimos que son las cosas que más manifiestamente pa- 
recen ordenadas por su ProYídencia: tamhien decimos 
que están de Dios. Con la preposición en formamos un 
verbo de que hablaremos más adelante. En Dio^ ¡/ en 
7ni anima decían nuestros padres para encarecer ó afir- 
mar mucho una cosa. Por Dios, y con la palabra herma- 
no, pide limosna el pobre, jpor Dios^ devolviéndole 
aquel cariñoso nombre, le pide perdón de no socorrerle el 
cristiano, por más alto que sea, sin que sepamos que á tan 
dulce fórmula haya alcanzado nunca la filantropía, cuj^ 
moral, de dudosa ley, ni su afectada cortesanía, llegar 
no pueden á donde raya la caridad. De por Dios sacamos 
el enérgico verbo y nombre pordiosear y pordiosero. Sin 
Dios y sin ley llamamos al Atheos griego, que también 
ha entrado en nuestro idioma, y al ei&lex^ de Horacio. 
Un contra Dios nos parece el despropósito que se opone 
á la ordenación divina. Si pretendemos afirmar una ca- 
sa, decimos hien sabe Dios; si referirnos al porvenir 6 
apelar á la Providencia, Dios dird^ Dios proveerá; si con- 
solarnos en la contemplación de las miserias humanas, d 
todas partes alcanza Dios; sí testificar su justicia, Dws 
castiga sin palo ni piedra; si se malgasta el tiempo^ deci- 
mos que he^nos perdido toda la mañana de Dios; nos dan 
á Diús^ recibimos d Dios^ cuando sanos ó enfermos nos 
le administran. Espera, por último, el enfermo la hora 
de Dios cuando, ya destituido de todo auxilio, se baUa 



397 

en el último trance. Decimos friego de Dios^ ira deDios^ 
cuerpo de Dios^ la palabra de Dios^ con diferente y enér- 
gico sentido; y no sólo decimos ángel de Dios y hmnbre 
de Dios^ sino que, extendiendo esta caridad hasta á los 
irracionales, tanibión aludinios á ellos con cierta ternu- 
ra, llamándolos aninialitos de IJios. Sabéis que en Espa- 
ña tenemos la tierra de Dio,9^ y decimos que echador los 
trigos de Dios el que, raciocinando, divaga sin hallar tér- 
mino ni salida- Y si de aquí pasamos á las frases y refra- 
nes, casi sin pensarlo nos saldrán al encuentro: d Dios 
rogando y con el maao dando; de menos nos hizo Dios; 
Dios os guarde; ¡vaya por Dios!; vaya con Dios; ¡bendito 
Dios!; qiw Dios kaf/a; Dios y ayuda; de Dios nos venga 
el remedio; Dios sobre todo, 

Y cuenta que lo de menos es que sean muchos; lo que 
más importa son los tesoros de religión ^ de fe, y esperan- 
za, y amor, y por tanto, de la más alta y verdadera filo- 
sofía que contienen en sí y reflejan sobre la lengua- 

Ni se crea que cuando estos ejemplos citamos, rebus- 
camos palabras y frases que sólo so usan entre gente de- 
vota. Úsalos el pueblo indistintamente, como es notorio, 
y aun en labios de aquéllos que más ajenos de la Religión 
6 de aquellas ideas parecen ^ no dejaréis de oir que se en- 
diosan en la contemplación de cualquier objeto que los 
arrebata y transporta; veréis que no hay quien no adore 
y llame divino ó inmortalice lo que apasionadamente 
ama ó admira; que, si se queja de lo que diariamente le 
acosa, no pregimte con amargura si esto ha de ser el pan 
nuestro de cada dia, 

Y si todo buen español, cuando se siente algo indis- 
puesto, dice que tío está muy católirM^ no hay desdichado 
alguno tan descreído que, si cae, no se queje de que se 



391? 
ha roto el bautmno^ ó, para amenazar al contrarios no le 
intime que le romperá la crisma^ que^ por lo visto» aun 
para el imprime carácter permanente; el más redomado 
tabernero entiende de cristianar y de bautizar el vino. 
Para el cristiano y para el que no lo fuere, habrá ydLpró- 
jimo hasta la consumación del mundo; aunque no sepa 
de Horacio ni de parodiar su hemistiquio, dirá con Que- 
vedo y con la Religión, sobre todo en lo primero» al tra- 
tar de la necesidad ó de la pobreza, 

que, siendo toda cristiana, 
tiene Ja cara de hereje. 

No hay español que no conozca el toque de oraciones^ 
ni deje de entender lo que por esto se significa, aunque 
haya algunas docenas que modernamente pretendan lla- 
marle el Ángelus; ni materialista en cuyos labios no sue- 
ne el amén cuando le desean que alcance lo que con ardor 
apetece; 6 si le hacen una mala pasada, sobre todo en ne- 
gocios de bolsa ó de dinero, que son hoy e\ pellem pro pe~ 
lie de que hablaba el diablo al Señor pidiéndolo ptrmiso 
para tentar á Job, no le llame, si es español el burlado, 
judíú y sin úoncienciai y si éste de santiguarle tratare 
con ima de las navajas que del Santo Oleo llaman, no le 
moteje de desalmado^ 

Por matrimonio se ha querido hacer pasar, en esta na- 
ción católica y entre católicos, bien que con el aditanTen- 
to de dmly á lo que, no teniendo nada de Sacramento ni 
aun de religioso, y sí meramente la esencia de contrato 
aprobado por la autoridad civil, se afirmalm, contra todo 
principio de Derecho^ que era irrevocable, con la singu- 
lar ó insostenible pretensión, que contraviene á la esen- 
cia de todo contrato, de que no pudiera disolverse por el 



399 

reciproco y voluntario disentimiento de aquéllos que con 
su libre consentimiento le formaron • Al verdadero matri- 
monio, para conocerle, añadían el apellido de canónico ó 
eúíesid,ftico; pero las ideas y las palabras valen lo que 
son, y la de matrimonio^ adoptada hace tantos siglos por 
la Iglesia y consagrada en los cánones y en las leyes del 
reino, significa en España el Sacramento y el contrato 
indisoluble que se forma por la voluntad libre de los con- 
trayentes aptos, pero que la Religión atestigua, recibe y 
santifica, y cuya sanción está en el cielo. Sin negara 
pues» á la autoridad civil el completo derecho de registrar 
y hacer constar tan solemnemente como quiera la veri- 
ficación de los matrimonios, aqnella intrusión no sólo era 
esencialmente perturbadora y anti- católica, sino insoste- 
nible ante los fueros de la lengua; y asi lo demostraba la 
simple consnlta con vuestro Diccionario^ que con razón 
invocó un ilustre prelado, digno Académico correspon- 
diente vuestro, al hablar de este asunto (O, Amontona^- 
miento Uamaba el pueblo, con singular y soberano ins- 
tinto, á lo que, al abrigo de la torcida inteligencia dada á 
la palabra matrimonio^ se pretendía introducir. No es 
dado á los bombreSj repetimos, ni auna las leyes, hacer 
qne las palabras valgan por lo que no son, y signifiquen 
lo contrario de lo que la lengua y el uso les reconoce. 

Y al propio compás, y como contraprueba de esto, ha- 
bréis visto que nuestros soldados, al caer en la red barre- 
dera que, por su universahdad, más á las antiguas levas 
que á las proscritas quintas semejaba, decían que iban é 
servir al iíe//, aun cuando la República se los llevase; y 



(I) El EiLCmo. é timo. Sr* D. Francisco de FauU fietiavides, Obispo de 
Sif^jJeDfa, en Carta PastaríiL— Véase h defloícióü de la palabra matrimoniQ 
en la H ,• y ttUima eílición del Dicciouíirio de la Academia. 



400 

aparte de la palabra realeza^ por extremo diversa de fWr 
lidad, siendo aquella tan usada por nuestros clásicos, y 
tan felizmente restituida al uso por el Sr. Ríos y Rosas, 
¿no buscamos siempre los españoles en una Beal orden 
licencia hasta para respirar? El nombre de carretera no 
ha anulado todavía el de camino real que» en el lenguaje 
figurado, expresa el que fácil y seguramente conduce á 
lo que se apetece; ni haj^ español que no entienda que en 
la del Bey equivale á decir en la calle, y que no conozca 
el real de la feria^ sobre todo si va á ella, ni deje de sen- 
tar sus reales cuando en un lugar se establece* En el len- 
guaje del pueblo j sobre todo, la real gana dicen á la vo- 
luntad que no admite apelación: aun para los que no 
aman á los Reyes^ son huéspedes bien recibidos los rea- 
les, y sobre todo (y, en cuanto á esto, pongo á prueba á 
todos los republicanos del mundo, por intransigentes que 
sean)^ no conocemos españoles que no transijan y hasta 
caigan de hinojos á los pies de una real moza^ sin ocu- 
rrírseles siquiera llamarla ni nacional ni repuMicana. 
Pues en punto de honra (que, sea dicho de paso, honra m 
más castiza y española que honor^ lo cual se prueba con 
notar que aquélla es indígena en nuestro suelo^ y de su- 
bidísimos quilates tratiindose de la mujer, por la suya 
propia y la de su marido, que guarda en depósito; al paso 
que el honor^ idea más colectiva^ nos es más comím con 
los franceses; el honor nos viene generalmente triljutado 
por otros; la honra nace en nosotros mismos); en puntos 
de honra^ decimos, ¿qué ideas tan peregrinas no vemos en 
este país, donde sus hijos son los nad^rales^ y nación m 
llama al extranjero? W. 

¡ I ) Véase el Úimünariü, iiUitna acepcida de esta palabra, apoyadi por 
cL n&Q común. 



101 

Decíamos antes que nuestro estado normal es desgra- 
ciadamente el de gueiTa y perpetua cuestión j en que ma- 
lamente nos herimos y desangramos. Pues bien; uno de 
vuestros más celosos Académicos, el Sr. Cueto, convir- 
íiendo á este punto su atención, ha encontrado que para 
significar estas luchas hay en nuestra lengua multitud de 
palabras simples^ diferentes entre sí^ sin contar con el 
sin numero de sus deri vados, frases y combinaciones. 
Debo la lista á sn amistad, y gustoso os la ofrecería si no 
fuese caudal ajeno^ ó, al hacerlo, abrigara siquiera espe* 
ranza de que había de abrir principio al remedio O, 

Háse dicho acertadamente que en sólo la manera de sa- 
ludar se pinta el carácter de cada nación; y contrayendo 
este examen á alguna de las lenguas de Europa más co- 
nocidas^ vemos, en efecto, que el antiguo romano lo ve- 
rificaba con la palabra vale^ encabezando sus cartas con 
la sabida fórmula equivalente: Si vales ^ bene est; ef}0 va- 
teo: como si con ambas quisiera significar que la fuer?.a 
y el poder eran para ellos los objetos de mayor estima • 
También decían: mhUem plurimmn dicit, signiflcando 
con ello que hay muchos géneros de bienestar, y que, en 
cierta manerat era dueño de imponerlos ó conferirlos el 
que saludaba. 

i^regnnta el francéf^^: Goninient vohs porte ^-vou^? como 
si para ellos el movimiento fuese la beatitud suprema. 
He aquí lo que el inglés inquiero: IIow do ¡/on do? ¿quó 
hace V,1 como si dijera que la actividad es allí el asunto 
de mayor importancia. 



(!) Sun mucho nús oumerof?as que las empleadaR para síiíaiJicar esta 
idea en el tfítucés^ el n lemán y aun el iugléSf si hicui ^egüu aquol liusLra- 
4o critieOt es óstc el quo^ á larga dbtaneia, más se nos aproxima @ii taQ 
poca eandiabLe ^éQero do nquesa. 



108 

Tres fórmulas españolas conocemos más usuales: todas 
igualn^ente características* La primera es el d Bias^ que 
no sólo sirve para saludarse, sino también para despedir- 
se; la segunda, ¿cótno está V,? en que harto se significa 
que para nosotros^ desgraciadamente, el reposo es el más 
general y deseable de los estados. La última fórmula, 
universal entre personas da escogida educación, es á Im 
pies de F-, que besa sus pies ^ tratándose con señoras, y 
beso á V, la mano^ que es la congruente de parte de és- 
tas á los hombres, ó de los hombres entre sí. El pueblo, 
y con el el lenguaje oficial, acertadamente dicen: Dim 
gumyie d V. Dígase si el carácter nacional, religioso t 
caballeresco, puede expresarse más gráficamente que c4dd 
estas formas (0. Otra hay más moderna: ¿Cór/io m? deci- 
mos hoy: traducción del Comment ca va-t-ü? y en efecto, 
ahora, que siempre andamos en busca de algo nuevo, que 
suele ser peor que lo que tenemos, no es mncho que, 
como la enfermedatíj se nos haya pegado de nuestros ve- 
cinos la moda da la pregunta. 

Pues estudiando el carácter de estos idiomas, sabido es 
que se atribuye á un personaje muy ilustre haber dicho 
que ól hablaba inglés con su caballo^ italiano con las da- 
mas, francés con los hombres y español con Dios. El se- 
ñor Musso, coincidiendo en parte con esta observación» 
se expresa así: <Si entre otras cosas observamos cómo 
pintan los modernos en sus versos la pasión del amor, la 
veremos en los italianos delicada; en los ingleses, pro- 
funda; en los íranceses, tierna; en los españoles, apasio- 
nada y vehemente. Los ingleses hablan con sus conciu- 
dadanos; los franceses, con los demás hombres; los ite- 

(I) Agur, que vulgarmente dicen Ahur, eontraccidn de Auguriumj tie- 
ne tambiéa sabor religioso ^ a naque pagano» 



403 

lianos, con los ministros; los españoles, con los Reyes.» 
— Gonfleso que estos juicios tóngolos por exactos^ á lo 
menos en su mayor parte, y lo mismo el del Sr. Galindo, 
especialmente en cuanto ó los ingleses, como que aquella 
nación ha profesado por axioma que el tiempo es dinero^ 
diferenciándose completamente en este pimío (y ni lo 
tengo ni lo digo por alabanza) de nuestra gente, que dice 
qm gana tiempo cuando le pierde, y que ham tiempo 
caando lastimosamente le deshace ó malgasta, 

Pero razón es ya que consideremos las naturales alian- 
u& de nuestra lengua, dentro de las cuales nos sea lícito 
acrecentar sus dominios. Ya hemos dicho que el lenguaje 
español no es el latín, y que por tanto fuera grave error 
latinizarlo todo fundiéndolo en el molde romano. Pero 
basta conocer este escollo para no ir á dar en el opuesto, 
menos excusable todavía^ de huir del origen latino. Ven- 
drán bien, y serán como de casa, las palabras que ven- 
gan con esta filiación. Son buena presa^ decía el Sr* Lista 
á sus discípulos, con tal de que en su formación, inflexio- 
nes y desinencias las vistamos á la española, que es e\ par- 
ce deiorta que exigía e! eterno legislador del buen gusto; 
y en las nuevas, que vengan además justificadas por la 
necesidad, piedra de toque de los aumentos del idioma. 
Aparte de esta fuente común, tenemos la de los otros 
idiomas neo -latinos, y entre ellos, principalmente, los de 
dentro de casa^ de los Pirineos acá, 6 de los pueblos que 
hablan español del otro lado de los mares, sin otro valla- 
dar; que bien sabemos que las aguas son grandes conduc- 
toras de muchas cosas, y por mar se trasladan las colo- 
nias y con ellas las naciones enteras, con su ajuar y sus 
costumbres, sin perder lo que van perdiendo^ y dan y re- 
, cLbenen trueque, cuando peregrinan por tierra. 



404 

En América está la mitad de la historia de España, 
bien así como aquí el tesoro de sus creencias, de su len- 
gua y hasta el manantial de su sangre. Renunciar imm 
de otros, sería mutilarnos en vano, si > a no es que estas 
heridas van á la cabeza o al corazón, ocasionando la 
muerte de unos y otro??. Asáltanos, como de paso, á este 
propósito el recuerdo de los magníficos versos en que un 
insigne poeta inglés, Goleridge, pinta e! efecto de estas 
divisiones entre amigos 6 personas íntimamente uni- 
das, Dicen así, poco más ó menos, trasladados á nuestro 
idioma: 

En su jy vetitud florida 
EUos ;ay! amigos eran; 
Mas lenguas hay que murmuran 

Y la verdad envenenan, 

Y la vida es espinosa, 

Y la juventud parlera. 
Estar mal con quien se ama, 
Gomo la locura ciega 

Allá dentro del cerebro 
Labra, ahonda, Tnartilleal 
Ni el uno hallará ni el otro. 
Aunque buscarlo pretendan, 
Quien el coraíóti pesado 
Pueda aliviarles de penas. 

El uno, del otro en frente 
Ved los: las astillas quedan! 
Como dos rocas que el rayo 
Dividió con ira extrema 
De una sola, que fué antes!*,.* 
Rasgándola en dos, soberbia. 
La mar corre entre una y otra, 
Mas ya, ni calor que hierva. 
Ni rigor de áspero hielo, 
Ni trueno que el aire hienda, 



ios 

Quitarán lo suiiedidOi 
Lo que faé harán que no sea, 
Ni, pues, una vez pasó. 
Borrar dei iodo las huellas (1 ). 

Hasta aquí los versos, que harto convencen que no se 
puede apartar el corazón siempre que se quiere, so pena 
de arrancárselo uno á sí mismo- 

Mas volviendo á nuestro intento, después de esta co- 
secha de familia, por decirlo así, conviene reespigar en 
las de los demás idiomas neo- latinos. De Italia trajimos 
el fuego sagrado en el renacimiento de las letras; de 
Francia, en medio de la corrupción del buen giisto^ la 
restauración de los estudios clásicos. Y aunque es cierto 
que por más de un título nos han sido funestas muchas 
de las importaciones que de allá nos han venido y sobre- 
vienen, con ambos pueblos tenemos mancomunidad de 
Religión y de origen, que hacen que ni sus ideas ni su 
lengua nos sean completamente extrañas. 

(i) Be aquí el texto onginul pora sRtisfaccióa de nuestros lectores: 
Alas! they had heeu rdeods iii youth; 
BqC whisperÍDg tanguea can poísoa truth; 
And ceustancy livea íq realms abo ve; 
And Uféis thorny; and youth is vaioí 
Aii<l to be wroth with one wc love, 
Doth WQfk like madaoss in the braia. 



But oevcr either feutid aoother 

To free tire hoUow heart frerri paiaiiiR — 

Thoy aloodaloor^ Uie scara reniaiaiag, 

Likc cUffs whtch lud heeo reut asuader 

Adreary sea now ílows h+ítwceü;— 

But neitber heat, uor frost, ñor thuoder, 

Shall wholly do away» Iweeo, 

The marks oí that which once haih becu. 

Coleridge^ ChristabeL 



iúñ 

otras hay que se hablan en Europa, de diversa fuenléi 
en que esta extrañeza sube de punto hasta llegar á ser 
irreconciliable. Citaremos entre ellas el ingles, del cual 
participamos poco; pues aparte de algunas expediciones 
en que reciprocamente nos hemos pagado la visita, por 
la dominación del territorio no hemos combatido nunca* 
En América fuimos rivales, y hoy, más que nunca, lo 
son sus hijos contra nuestros hijos: 

.,. amm armis pugnenl^ ipñque nepotes (1). 

Y aquí es de notar cuánto importa no consentir que el 
altivo pueblo norte-americano usurpo ni monopolice con- 
tra toda razón y derecho el nombre de América, que ei 
de todos y cada uno de aquellos pueblos, y no patrimo- 
nio de ninguno exclusivamente, por más que de podero- 
so presuma (*). 

Respecto de Alemania, allá fuimos soñando ó procu- 
rando imperios; pugnamos larga y costosamente por 
conservar lo que no nos importaba, y, en cambio, por 
derecho de sangre, los trajimos á nuestro territorio y los 
implantamos en nuestra monarquía. ¿Qué ganamos? ¿Qué 
nos quedó de ellos? Bien lo registra la Historia •—En 
cuanto á la lengua, más ó menos palabras, tal cual frase 



(<) Virg, ^Qddp, lib* IV, vera, 629. 

(t) A los que de esto qae afirmamos quiera Q una muestra, recomea* 
damos el excelente artículo escrito por nuestro A<!adéinico correspondieí- 
tc el Sr. D- Antonio Florcg y Jijón, individuo de uumero de la Academia 
Ecuatoriana, sobre b lengua y literatura españoli eu los Estados-Uaitiof. 
y que 1% lia publicado eu Et Mundo Nueiw^ periódico de Wasliin^túu, éQ 
4.** de abril de 1B74. AUi podrá %'er cómo la razainvasora, que acorrainy 
extermina á la indigena, persigae también á la conquistadora, que es b 
uueaira, expulsando nuestro idioma como medio indefectible de conse- 
guirlo. 



M7 

apenas, ni una sola construcción: estas úl timas no las 
condenten ni una ni otra» que son eseneialmentü anti- 
páticas. 

Que se nos busque otra asimilación más íntima en que 
se lia\^an confundido ambos pueblas. En vano la procu- 
ran hoy mismo los sectarios de esa moderna filosofía que 
pretenden traernos de allá. Los que intentan traducirla 
se la dejan en alemán; y así es que, aunque palabras es- 
pañolas empleen, ni les alean 7.a nuestro régimen para 
expresarse, ni nosotros acertamos á comprenderlos, dado 
caso (lo que no tenemos por averiguado) que ellos á sí 
propios se entiendan. Da ahí es que sea esta una de las 
poderosas causas de corrupción de nuestro idioma^ lo 
cnaí no hace mucho que acertadamente se alegó ó hizo 
constar ante la Academia («L No cabe fusión del Norte 
con el Mediodía: lo que cabe es invasión; es también ley 
de la historia. 

Veamos en cambio de dónde pueden buscarse otras de 
más entrañable carácter é íntima transcendencia* En lo 
físico y en lo moral, del Oriente viene la luz, así como 
del Mediodía el calor. Una y otra son naturales en nues- 
tra suelo, y, si de fuera vienen, agrádanse en el como en 
terreno propio. Confírmalo la irrupción sarracénica. Con 
las tribus bárbaras que la iniciaron, vinieron envueltos 
an sus oleadas los árabes, que fundaron entre nosotros el 
califato de Córdoba y los reinos de Sevilla y Granada, 
que todavía tienen su sello y su carácter^ que no se des- 
mentirá jamás. Ved la alianza que hace con la severa 
arquitectura que aquí encontraron, la suya, tan esbelta y 
gallarda, que dibuja palmeras de piedra y lanza al aire 



¡1) Oiscarao de entrada del Sr. D, José de Selgas, 1874, 



m 

surtidores de cokiranas^ y sin ser ya lo que primitivamen' 
t© era, se combina y perfecciona hasta llegar á formar 
ese orden mará vil Iom que ni es gótico ni árabe» sino el 
más adecuado para adorar á Dios elevando ©1 alma, y 
que la arrebata hasta el cielo debajo de las hüvodas dú 
León y Toledo y Sevilla, y entre las filigranas de BurgOíí, 
¿Qué más os diré? Entrad en Granada y veréis sus eár- 
menesj que son como guirnaldas que costean y festonan 
la Alhambra; id á Sevilla y penetrad en sus patios; diri- 
gios á Málaga, y la veréis espejarse en sus limpias aguas, 
coronada de rosas y azahar^ pero también de palmas y 
ciprescs; y dudaréis si esta punta meridional do Europa, 
que se da la mano con África, no es más bien un reflqo 
del Oriente con sus poéticos y voluptuosos encantos. Ni 
creáis que con esto sólo he agotado la analogía. Buscad 
en los frutos, y aun en los aniínalesj los tipos iiue pare- 
cen incluir la perfección de los naestros. Y contrayendo 
la observación, por ejemplo^ á los caballos, veréis que 
buscan nuestros criadores como mejores tipos para cru- 
7MV nuestras razas, sobre todo las del Mediodía, no esos 
caballos poderosos del Norte, sino los berberiscos, y me- 
jor aún los del Yemen, de Damasco ó Alepo, criados m 
las tiendas del arabo y que con duros cascos cruzan los 
ámbitos del desierto* 

Si queréis cercioraros de la influencia más alta j con- 
cluyen te que esto ha ejercido^ recorred á España, y por 
donde quiera veréis cruzar y rivir entre nosotros todos 
los tipos de las mujeres santas del Antiguo Testamento, 
asi como la filial imitación de la que es sol de la ley de 
gracia, Y si oponéis que esto se debe á la influencia de la 
Religión, y que por lo mismo ese carácter no es peculiar 
de la patria de Santa Teresa de Jesús y de Isabel la Cató- 



m 

lica, llegaos, por ejein pío, á Andalucía, y cruzando aque- 
llos magníficos paseos desiertos, entrando en aquellas 
casas árabes, abiertas casi sólo á lo interior, y viendo 
aquellas mujeres, que viven únicamente para Dios^ y sus 
maridos, y sus hijos, para la vida íntima de la familia, 
que es todo su mundo; decid en qué se parecen á ellas la 
vida agitada de la dama francesa; la activa, aunque es- 
piritual, de la inglesa, y sobre todo, la casi varonil de la 
norte- americana, cuya coquetería son ó los negocios ó la 
ciencia, y que pueblan no sólo las escuelas délos hombres 
como maestras, y los observatorios y los laboratorios quí- 
micos, sino las universidades también, y se agitan en los 
mestings, preocupando á sus legisladores, que no saben 
si concederles el derecho electoral, si es que no aspiran 
al de elegibles para sus Parlamentos, inquiriéndose mien- 
tras á quien se encomendará la crianza de sus hijos (^), 
¡Oh! bien hayan mil veces nuestras madres españolas 
y americanas, que sólo en llenar estos santos deberes se 
ocupan, y entre las cuales se contaban la que tan supe- 
riormente pinta el señor Marqués de Molins en su Man- 
chega, sin decirnos que lo sea suya; la de Aparisi, tantas 
veces nombrada por él en vuestro seno, ya al frente de 
sus versos, ya en su discurso de entrada; la del que tiene 
la honra de hablaros, noble americana, su primera y san- 
ta maestra; las de todos y cada uno de vosotros, señores 
Acadómicos, y de los que me escuchan; que ¿quién no tie- 



(1) Véanse las excelentes artieiilos que sobre los progresos cid Caloli' 
cismo ea los Esleíd os- Un i dos y sobrfi iostruccléQ pUblica en dloB i asertó 
el Correipondant, ilustrada revista de París, cü 487 L y el que con al titulo 
de Los Caiótkoít del Nuevo Mundo juzffadoíi por los proiñstantes, apiirecló en 
la entrega tS7 de la propk revista, correipond lente al 40 de Dlciemlíre de 
i86g, a^í conio los j nidos del AÜanlic Jtfo«íWy, periódico protesta ota. 



na ó ha tenido una madre que haga palpitar su corazón? 

Y es tal y tan poderosa la fuerza de asimilación del 
país, que con razón observa un sagaz crítico y sazonado 
eacritor, paisano de ellas que á maravilla las conoce y 
apreciarlas sabe, que siendo frecuente que de nuestras 
costas meridionales vayan muchas jóvenes distinguidas á 
educarse al extranjero ó lo sean por ayas inglesas ó ala- 
manasj á despecho de ello, y aunque no dejen de aquilatar 
con este realce la viveza de su ingenio, concluida su 
educación vienen á ser, por dicha suya y de su patria^ 
antes que todo y sobre todo, gaditanas, jerezanas^ mala- 
gueñas (O, 

Ni creáis, señores^ que cuando esto digo divagtie de mi 
asunto, que en sus entrañas estoy. ¿No son nuestras es- 
pañolas, por ventura, las que hoy salvan nuestra socie- 
dad, las defensoras de la Religión, las depositarías de 
nuestras tradiciones, las restauradoras de nuestra monar- 
quía y el vínculo nunca roto entre ambos hemisfe- 
rios? (^). Pues desde hoy más debéis mirarlas como las 
mejores y más fieles aliadas de esta Academia; que ellas 
hacen, y guardan, y enseñan el idioma. Vedlas siempre 
asociándose á nuestros triunfos, participando de nuestras 

(í) D. SalTadoT López Guijarro en bu articulo La Maiagueña, en U 
obra Mujeres espamlm y americanas^ que publica el hábil editor D. Miguel 
Guijarro, 

(t) En comprobacidu de estas aserciones, citaremos ata más comeüta- 
noSf á \¡iB señoras de bs AsoclaciODes de QeoeBceacia do mic litarla; Acá* 
demias domluícaleg que ^qt si solas educnn Í0.Ó0O Qirln.<;; eseucins cat^- 
Ueag, L'OQÍerejicias de San VlceoCe de PauK las de los heridos y la Crtii Ro- 
ja, y otras varias de igoal oaturalezaí y nommalmeote, por la espeeiaÜ- 
dad del asunto, á la Excma. Sra. Dona Pilar Arias de Qutroga de Primo de 
Rivera y á la ilustre señora chilena Doña Mercedes Martines de Walker* 
que ha sido verdadera madre para los prisioneros de la Covadonga^ sin 
perjuicio del nmor á su patria y á las lostítueioues qu^ en ella rigea 



i11 

solemnidades, no ya admitidas 6 toleradas sólo como en 
la Universidad y otras Academias, sino aquí, en nuestros 
escaños, ocupando con satisfacción de la Academia yues- 
tros sillones, única Corporación literaria que así las reci- 
be, como que á ella Tienen, no por deferencia y mera 
cortMía, sino con derecho propio, como veis á la di^na 
esposa y bellas hijas del nuevo Académico, á traeros á 
sus maridos y á sus padres, participando de su triunfo, y 
gozándose en que obtengan vuestra aprobación. 

Pues arrancándonos con pena á esta consideración, 
que es la suprema del asunto cuando se trata del estu- 
dio del carácter español, ¿queréis ver las buellas de esta 
alianza en nuestra literatura? Las hallareis en toda ella, 
y singularmente en nuestro Teatro nacional, en el cual, 
hasta en lo moderno, casi no peca un drama por lirismo, 
y, finalmente, en los arrebatados vuelos de Herrera, en 
que tan natural y gallardaniente campea, no sólo la ins- 
piración del Dios de Moisés, sino hasta el carácter de su 
poesía y sus giros y locuciones. Leed su canción á la vic- 
loria de Lepanto, y no extrañaréis encontrar en ella los 
rasgos del que cantó con tan divina inspiración si paso 
del Mar Rojo; leed la traducción del Super flmnina fía- 
bylonis^ y no dudaréis que canta David en la lira del 
maestro León; y si alguno sospecha que la identidad de 
asuntos es la que produce la uniformidad de tonos, todavía 
en la canción del mismo Herrera á D, Juan de Austria, 
tan diversa en esencia^ los volveréis á encontrar, y en 
cualquiera de las odas del ilustre agustino, en medio de su 
serenidad» el propio arrobamiento que penetra los cielos. 

También las musas de Grecia se placen en nuestro sue- 
lo, y dadas de la mano con ellas las de Roma, Pero ¿qué 
mucho, si con éstas nos hallamos ya en casa, reanudan- 



do lo que ahora discutimos con lo que al principio decía- 
mos? Por ello, y por no abusar deraasiado de vuestra pa- 
ciencia, cortamos aquí el hiio de nuestras observaciones. 
Ahora bien: ¿quien ha de hacer todo esto?— Ya lo ha di- 
cho el nuevo Acaclómico: lo hace el pueblo, lo hacen sas 
escritores; no lo hace por sí sola la Academia, cuyo em- 
pleo no es inventar, ni á nadie puede mandarse inventar 
de oficio. Dejando, pues, a aquél á un lado, estudiemos 
el ejercicio de la autoridad en la Academia, Y ante todo, 
para ello puedo Influir mucho el Gobierno. Necesitamos 
que sea acertada la direccióu en los estudios, desde la 
enseñanza primera, que nimca será la instrucción sólida 
sin esta segura base^ en la cual, ampliándola conveniente- 
mente, perseveren los alumnos siquiera hasta los catorce 
ó quince años. Hasta esa edad, y sin aquellos conocimien- 
tos previos que á todo lo bueno conducen, no se puede en 
puridad estudiar lengua ninguna sabia, filosofía, Doate- 
máticas ni ciencias de ninguna especie, comprendiéndo- 
las. No se extrañe que insistamos sobre esto: aunque pa- 
rezca pequeño e^ de altísima importancia, y no tiene poca 
el proclamar esta verdad ante la Academia española iU. 
La Academia, por medio de sus libros, enseña en Es- 
pana y habla con América (í). Pues bien, además del fa- 



(i) Sabido es que fijándose hace tiempo en los planea de iostraccion 
publica que hasta los diüz nños no se puede empezar el estudio del liim 
y lo que se llamo segunda enseaíin^a en los lastitutos, iodirecta, pero no 
menos eficazmente, lia venido á establecerse que á esa edad acabe b pri* 
mera» ruando apenas se sabe leer Debiera, puesj ampliarse aprendieaiío 
siquiera los alumnos a leer y escribir bien; Relii^ión y Moral; la ünimá- 
tica de su lengua, no ya por epítome ni compendio: de Historia y Geogni- 
fíOf n lo menos ks do su patria; Aritmética; nociooes de Geometrb, de fi* 
aica y Química y Dibujo, sobre todo el lineal y de ornato. 

(i) Esto bace la Aeademia con la pnblicaciéa de sus Gramáticas adap- 



m 

vor del público, necesitaría que el Gobierno, con mano 
pródiga, la asistiese. Necesitaría , decimos, como quien 
sabe que en las circunstancias actuales esto no pueda 
quedar sino en los límites del deseo, consignándolo aquí 
para mejores días, Pero, aim atendidas las dificultades 
presentes, baste saber que toda la subvención que en to- 
dos conceptos recibe la Academia Española del presupues- 
to general del Estado está reducida á la suma de 38.000 
reales. Creemos que el Gobierno, si fija su atención so- 
bre ello, no negará más amplitud á una Corporación que 
no vivirá ni crecerá sin ella; y cuenta que para esta cla- 
se de Institutos sólo el estacionarse es morir. Por lo de- 
más, la Academia no ha pedido nunca privilegios, ni me- 
nos exclusivos, que cierran la puerta á toda com peten - 
cia, sin la cual también sobreviene el estancamiento, 
Pero nada tiene de violento creer que ya que en las es- 
cuelas privadas hubiese toda libertad de elegir los libros 
de texto (en cuya libertad de elección cada día ejbtiene la 
Academia mejor parte), en las públicas, esto es, en las 
sostenidas, subvencionadas ó vigiladas por el Estado, la 
provincia ó el Municipio, se usen los libros de texto de 
la Academia, 

Debiera, además^ ordenar el frobiemo la publicación 
del Diccionario tecnológico español^ cometiéndola » con 
vuestro concurso, á la Academia de Ciencias exactas, fí- 
Bicas y naturales, y costeándola* Sin él, cada día nos so- 
breviene un diluvio de palabras, muchas veces no nece- 



íadas á los tre^ órdenes de la eugeñatizFi, y sus diversos Diccionarios. Haco 
Umbléa edicioaes de Diiestros clásicos, y oporCu llámente, por medio de 
certámenes» excita al cultivo de los diversos ramos de U Uleratura, 6 hleu 
á iji dilucidaeido do importantes temas que concienien á la leogiia ó á 
aqmélb* 



M 

sarias y otras imperfectamente formadas, con las cuales, 
en nombre, no ya de la barbarie gótica, africana ó ger- 
mánica, sino de la civilización francesa, inglesa ó alema- 
na^ se vicia y corrompe la lengua^ ya por las palabras, 
ya, sobre todo, por la constr acción. El Gobierno, al intro- 
ducir muchas mejoras, al registrarlas en los aranceles, 
al adoptarlas para uso público, pudiera, consultando á las 
Academias, precaver unas veces y remediar otras el de- 
sastre. Ejemplos han dado de lo primero el Ministerio de 
Fomento y la Dirección general de Obras públicas: el 
casco de Madrid presenta recientemente muestras de lü 
segundo. Reclamó, en efecto, la Academia contra el nom- 
bre bárbaro de docks^ que, con menosprecio de la verdad 
y del sentido común, se pretendió introducir donde cier- 
tamente no hay río ni diques que con el Támesis y los 
suyos puedan compararse, y la voz no se aclimató* Bo- 
rróse de los edictos municipales, y aun creemos que de 
los registros también, la de bouleüard ó dideva>\ no me- 
nos ridicula é inexacta y bárbara por añadidura en la 
forma que nos venía, y la hemos sustituido con el nom- 
bre, harto más propio y español, de calle^ con que se ufa- 
na la de Alcalá; y aun pudiéramos haberle dado los de 
carrera, corredera^ ao.w y aun estrada. Y ahora se ha 
dado la gente rica, y los que estudian y halagan sus gus- 
tos, á sembrar hoteles en Recoletos y los nuevos barrios 
de Madrid, los cuales ni los mismos franceses conocerían 
por aquel nombre, como que en ellos no se hospeda más 
que á sus dueños, ni se alquilan al viajero, ni se sirve 
mesa redonda i^). 



{\) Eq uno de nuestros Mimsterios se escribió en nn documento oñm\ 
de hace algunos años: ^51 la enfermedad recidim$s,y^ De la palabra fffincesa 
récidim^ por fortuna no iatroiluclda entre nosotros, dedujo j formó ún 



m 

En cuanto al crédito de la Academia Española, aunque 
sólo fuese por la fidelidad con que corresponde á su ins- 
ütuto, no sólo no encuentra contradicción, sino que cada 
día se extiende y consolida más, por la misma forma en 
que le concibe y emplea, Dícelo bien su lema, con el cual 
tan oportunamente ha cerrado el nuevo Académico su 
discurso. No se lanza, pues, á aventuras, ni en las alas 
del buen deseo, ni aun cediendo al impulso de los ami- 
gos, que con la mejor intención por este camino quisie- 
ran empujarla. Sus individuos, como españoles y como 
escritores, usarán del derecho que en este concepto, y no 
en el de Académicos, les corresponde para proponer, no 
á la Academia, sino al publico, tal ó cual palabra ó frase, 
como astas cosas se proponen, no por via de consejo, sino 
poniéndolas en acción y movimiento; tal como se ensena 
á andar, no con explicaciones, sino andando. El público, 
dueño del lenguaje, que es de todos, acogerá ó desecha- 
rá , y este fallo, que es el del uso, lo recogerá la Acade- 
mia, iluatrándole y puliéndole si es necesario; pero suje- 
to este mismo pulimento á la última apelación del propio 
uso, que, advertido, rara vez deja de rectificarse. Y aun 
para proponer aquellas observaciones, la Academia no lo 
hace por si sola, sino inquiriendo y consultando aperso- 
nas doctas y especiales en los diversos ramos, y al mis- 
mo liso en diferentes provincias í^ ), 



dada el autor tr»D enorme barbarlaino^ que merece citarse por lo garrafuL 
(1) Slrvn de ejem[>lo lo que reeieateniente ha sucedido con tas pal obras 
Q^ada Y etzadón. Vago» y hasta contradictorio, era el seulido que se les 
daba. La Academia, pues, ha teuído que abrir inrormación sobre el par- 
tícula r, y además de la propuesta del poncole y del juicio de la Comisióu 
de Diccionario, ha consultado á dtfercutes provincias por medio de sus 
dipnos correspoadiontes. Diez y ocho respuestas ha recibido h cual más 
interesantesT varius de ellas can dibujos y grabados. 



416 



La Academia j pues> al acertar, acierta con muchos: 
íbamos á decir que con todos, porque si á muchos con- 
sulta á nadie desoj^e, lo cual por si solo es ya garantía 
del acierto por la desconfianza del propio juicio* Á esta 
manera de concebir y plantear el cumplimiento de sus 
deberes, corresponde en proporcionada escala la defe- 
rencia y conflansea de los demás. 

Voy á citaros de ello tres ejemplos: los dos primeros 
de nuestro propio territorio; el tercero de otro no tao 
próximo, aunque no menos español ni menos autoriza- 
do. Es el primero el que ofrecen los tribunales de justí- 
cia, en donde al lado del libro de la ley está el Diceiona- 
rio de la Academia, que no menos invocan los que hacen 
estas leyes mismas; asi como los escritores y los que as- 
piran á hablar bien ó sostener sobre la lensfua una cues- 
tión cualquiera- ¿Cuántos derechos no se han definido, 
cuántos pleitos no se han fallado por sola la autoridad de 
la Academia, depositaría^ en verdad, en este concepto, 
de los bienes, de la honra, hasta de la vida da sus con- 
ciudadanos? 

Pues si su buen concepto consideramos, prestad aten- 
ción, y veréis que siendo la más antigua entre todas sus 
hermanas, ya por ello, ya porque la lengua todo lo abar- 
ca y á todas partes se extiende, parece como que suena v 
es aclamada por el primer Cuerpo literario de la nación, 
cediéndole todos el paso por lo mismo que ella á ninguno 
se antepone. Y si queréis ver esto de una manera palpa- 
ble, séame lícito recordar un hecho que pasó no há mu- 
chos anos en el palacio de nuestros Reyes, Agolpábanse 
allí en memorable ocasión mucha parte de nuestros 
hombres de letras con el objeto de ofrecer un tributo de 
^atitud por el magnánimo desprendimiento de S, M* !a 



i 



f 



417 

Reina Doña Isaiel IL Eran los concurrentes poetas, si no 
todos iguales, ninguno inferior en altivez. ¿Quién habia 
de atreverse á hacer cabeza, ni á llevar la voz ni la pre- 
sidencia? Pues lo que hubiera sido imposible decidir entre 
tan tos j todos* por casi común inspiración^ lo decidieron. 
Obaervaron algunos, y aceptaron todoa unánimes, que 
correspondía á la Academia Española, representada por 
tino de sus individuos presentes. Había, en efecto, varios, 
como los suele haber siempre en cuantos hechos impor- 
tantes y gloriosos acontecen, sobre todo en materia ci- 
vilj en nuestra nación; y entre aquéllos, según es uso y 
estatuto de la Academia, había de llevar la presidencia 
el más antiguo. Esta inmerecida honra, por la expresa^ 
da razón, cupo al que tiene la de escribir estas palabras, 
hien que él la declinó con insistencia en otro digno com- 
pañero suyo, el Sr. D. Aureliano Fernández-Guerra, que 
á este lauro y otros personales, no menos valederos, 
reunía el de individuo y anticuario de la Academia de la 
Historia, El hecho, verdaderamente notable, se consignó 
en nuestras actas, Y éralo, en efecto, por la espontanei- 
dad con que pasó como cosa en que no podía haber duda 
entre aquella tan escogida compañía, y á pesar del ffe- 
mis irniabüe Vatum^ á que los que la formaban perte- 
necían. 

Pues el otro ejemplar todavía es más terminante. Se- 
parados de nuestro suelo, pero abrazados con nosotros 
por la lengua como patria común, viven veintidós millo- 
nes de almas que hablan españoL Separados están por los 
mares, y más que por ellos, y á despecho de los vínculos 
de la Rehgión, de la raza y de la sangre, por los intere- 
sáis, por las preocupaciones y pasiones de una lucha fu- 
nesta y fratricida. Pues bien; lo que no han podido las 

27 



armas ni huhiera alcanzado la política, lo ha intentado 
con llaneza, lo ha conseguido sin más que la bondad del 
intento, la santidad del motivo y la confianza en el noble 
carácter español, la Academia Española. Habló, en efec- 
to, en nombre de aquella patria y del patrimonio común, 
que es nuestra literatura, en nombre de Cervantes y de 
Calderón, y fue ¿cómo no había de serlo? no sólo enten- 
dida, sino correspondida también. Los más claros talen- 
tos americíinos se conmovieron á su voz; todos unánimes 
contestaron. Inmensa salva de aplausos brotó del cora- 
zón á los labios de todos aquellos tan dignos españoles, y 
dos Academias, que la nuestra evocó con instancia, como 
hijas, para que vinieran á la luz, aclamándolas comoher^ 
manas desde que aparecieron, surgieron á su voz, sucur- 
sales y correspondientes, y como tales las saludó, no ya 
la tínica, sino la primera Academia Española- Bogotá 
produjo la primogénita de las nuevas hermanas, la Co- 
lombiana; en Quito se ha alzado la primera Ecuatoriana, 
y otras dos ó tres se hallan anunciadas, cuyo secreto 
creemos todavía deber respetar. Cada correo nos trae 
nuevas conquistas de correspondientes; abundante cose- 
cha de libros, de propuestas, de adiciones y enmiendas 
de voces para nuestro Diccionario, Entre aquellas, séanie 
lícito citar la elegante traducción en verso de todas las 
obras de Virgilio, dedicada á nuestra Academia por su 
autor el Sr, D. Miguel Antonio Caro, director que ha si- 
do de la Colombiana; la magniflca Oda gratulatoria del 
ilustre poeta venezolano el Sr, D, José Antonio Gaicano, 
uno de los predilectos discípulos del Sr. Bollo; las apon- 
taciones críticas sobre el lenguaje bogotano, del Sr. Don 
Rufino José Cuervo, que ojalá fuesen más conocidas en 
España, como merecen; el Poema á la Iglesia católica 



41 D 

del Sr. Dp Juan León Meraj de Quito; las Observaciones 
gramaticales del Sr. D. José María de Bassoco> de Méji- 
co, y multitud de ellas filológicas de los Sres, D, José 
María Torres Gaicedo, D. José Antonio Gaicano^ D, Ceci- 
lio Acosta^ que por dos veces ha reiDÍtido gran número 
de ellas; D. Pedro Fermin Cevallos, D. Ricardo Ovidio 
Limardo, D, Eb^equiel Uricoechea, D. Antonio Flores Ji- 
jón y otros. Finalmente, la Academia Colombiana nos ha 
enviado el primer número de su Anuario, en que expone 
todos los antecedentes de su instalación, ofreciéndonos 
las primicias de sus interesantes trabajos. ¡Tanto ba pro- 
movido la Academia Española! ¡De tal suerte le ha co- 
rrespondido América! 

Sin armas» sin escuadras, sin tratados ni notas diplo- 
máticas^ ha conseguido de aquellos pueblos lo que á otros 
ha sido hasta ahora imposible recabar. Es verdad que no 
les hablaba de política, ni de intereses materiales, ni mu- 
cho menos de imposible, y ni imaginada dominación: 
hablábales en nombre de la Religión, de la sangre y de 
la lengua, que son unas mismas en todos, y la propia 
lengua es el objeto de comercio y comunicación que les 
ofrecía. Singular comercio en que todos ganan: los hijos, 
tomando de casa de sus padres lo que es su patrimonio y 
9u herencia; los padres, acrecentando su gloria con las 
conquistas y la gloria de sus hijos. Y luego, para o?^tíi 
unión de familia, la Academia, antes y después de su se- 
paración de la madre patria, les ha mandado como he- 
raldos, entre otros, á Jovellanos, loa Iriartes y Campo- 
manes; á Meléndez Valdés, Cien fuegos y los Moratines; 
aquéllos, todos Académicos; los dos últimos, padre ó hijo, 
laureados por la Academia; y más recientemente A Quin- 
tana, y Gallego, y el Duque de Rivas, como poetas; á Lis- 



420 

ta, y Bello, y Mora, como universales maestros; á Balmes, 
Donoso Cortés» A parí si y Pastor Díaz, como cristianos 
filósofos; á Pacheco, Pidal y Ríos y Rosas, como jiiris- 
consLiUos; á los mismos, y á Martínez de la Rosa, y Alca- 
lá rraliano, y Olózaga, como oradores parlamentariosj á 
Bretón da los Herreros, Ventura de la Vega y Baralt, 
aquéllos dos como poetas dramáticos; éste, además de 
poeta, como filólogo; como Académicos diligentísimos^ 
en fin, á Fernández de Navarrete, Mlisso y Segovia^ y 
otros que no nombro, porque están vivos^ y porque tam- 
poco hay para qué, pues ambos mandos los conocen, sin 
temor de equivocarlos. Todos estos son vuestros, que en 
verdad no puede haber mayor alabancia para esta Acade- 1 
mia; y unidos con ellos, nuestras demás Academias y 
otros españoles no menos ilustres prosiguen esta gloriosa 
empresa, cuyos frutos son incalculables. 

Pero notad bien esto: la Academia, que la inicia, no la 
lleva á cabo por sí sola; que Dios mismo no quiere hacer 
el bien sin el concurso de la voluntad del que ha de red- 
birle; y por ello la Academia, en este apostolado, cuenta 
también con la de los pueblos americanos; ella, que no j 
se impone absoluta ni á los españoles de aquende. 

Á este efecto, así como el alambre que liga los conti- 
nentes á través de los mares, transmitiendo, no tanto la 
chispa eléctrica inconsciente, cuanto la humana inteli- 
gencia, en una y otra orilla há menester un aparata! 
idéntico que la expida del nno, y la reciba en el otro, el| 
primer deseo y casi indispensable medio que procura la 
Academia Española es que al otro lado del Atlántico se 
establezcan otras, correspondientes suyas, que reciban loj 
que ella les envía para nuestros hermanos, distribuyén- 
dolo según á las necesidades de cada país sea convenien- 



m 

te, restableciendo lo que acaso en la travesía se haya de- 
bilitado ó perdido^ y por el contrarío, recogiendo^ orde- 
nando, autorizando y acaso puliendo y dando cuerpo de 
doctrina al caudal que de ellos haya de provenirnos. De 
esta suerte la Academia está segura de acertar, refleján- 
dose por entero en sus hermanas y hablando á los espa- 
ñoles de aquellos hemisferios como si en sn suelo estu- 
viese* Así so explica el celo y el empeño con que la Aca- 
demia madre promueve la creación de estas americanas, 

limitándose á la iniciativa, á las propias deja, como es 
natural, su establecimiento y la designación de sus indi- 
viduos. 

Ahora bien; ¿cuál es el gv^n medio de asegurar el lo- 
gro de sus tareas? Es la frecuente comunicación de sus 
ideas y de sus trabajos; es la adopción de nuestros libros 
de texto; es el cultivo unísono da los grandes modelos; 
es, por último, el conocimiento y estudio de nuestras res- 
pectivas literaturas. Una ortografía para todoíf precisa- 
mente; una gramática, si es posible; un Diccionario vul- 
gar también; otro más grande en que consten los princi- 
pales provincialismos de las diversas naciones que ha- 
blan el español. 

Ante todo, si nuestras hermanas de América, si las 
corporaciones literarias de España, si los literatos de una 
y de otra han de estudiar á fondo la lengua y tratan de 
corregirse en ella y hasta de mejorarla, se necesita que 
se conozca y circule el gran Diccionario de autoridades 
hecho por nuestra Academia, en el cual cada voz y sus 
diversas acepciones se acreditan con uno ó más ejemplos 
que convenientemente las apoyan y justifican. De esta 
obra verdaderamente magistral, de seis tomos en folio, 
no se ha hecho más que una sola edición hace ciento 



4S2 

cuarenta afios, la cual se halla, por tanto, agotada. Calcn- 
lese cuan raros ejemplares se hallarán en América don- 
de, por la mismo que no es fácil allegar todas lasfuenti 
de autoridad, serían más indispensables. Ocupada se ha- 
lla la Academia en preparar su corrección; pero esto es 
obra larga cuya terminación no alcanzaremos los vivos. 
Ha empezado la Academia (y ya es algo) por rectificar el 
catálogo de los autores que merecen ser autoridad. La 
primera edición que para uso interior hizo en el año 
próximo pasado le ha sido arrebatada de las manos y 
está preparando la segunda. Pues bien, otra edición del 
Diccionario grande de autoridades, con leves correccio- 
nes, podría ser el remedio. La Academia, propietaria, }% 
que no pueda hacerla por sí, no le negaría su concuM) 
6 su asentimiento. Con ella y el Diccionario prosódico y 
ortográfico de la lengua, que se está dando á la estampa, 
mucho haría ya la Academia, en tanto que con incesante 
tarea pregara la 12/ del Diccionario usual, 

¿Qué más le quedaría? Hay una frase andaluza que na- 
turalmente se nos viene á la memoria al oír esta pregun- 
ta. Poner puertas al campo fuera, en efecto, trazar lí- 
mites ni aim dirección á sus trabajos. Esto no obstante, 
sóanos lícito indicar que nuestra Prosodia está todavía en 
la infancia, y que en la Ortografía el uso es vario y en no 
pocas cosas contradictorio. Tiene la Academia en su seno 
propuestas sobre el particular, no de esas que rompen 
con toda razón etimológica y contra ol uso, por más que 
sean, á lo menos en la apariencia, lógicas : tiónelas ra- 
cionales y prudentes, hechas por algunos de sus más be- 
neméritos individuos, sobre todo en lo que se refiere á 
acentuación y á los signos ortográficos que deben em- 
plearse, señaladamente en poesía, y sin cuyas modifica- 



tfi3 

dones no será posible indicar cómo se haya de leer, que 
m él oficio de la acentuación y pimtuación. También hay 
algo que hacer en materia da pronunciación. En ésta 
visiblemente hemos perdido, puesto qoo tenía la lengua 
sonidos de que hoy carece y que conservan nuestros dia- 
lectos, ó los que son con nosotros de común origen, AJio- 
ra mismo estamos perdiendo algunos de aquellos sonidos, 
y éstos incumbe á la Academia defenderlos, y los prime- 
ros echarlos de menos, siquiera para que los escritores 
pugnen por recobrarlos. 

Con maduro examen, por ejemplo, ha consijsfnado la 
Academia, habiéndola estudiado en Castilla, la diferencia 
entre la b y la i\ confundidas casi en la pronunciación desu- 
de el tiempo de Marcial; y aunque no tanto en la escritura, 
lo bastante, sin embargo, para dar lugar á crasas equi- 
vocaciones. En nuestras provincias de Levante es muy 
marcada la diferencia, y en ello deberíamos imitarlas. 

Tuvimos antes, y conservan el gallego y el portugués, 
la s suave, además de la fuerte, que hoy es la única nues- 
tra: tienen también ellos, y aun los asturianos, la pro- 
nunciación de la .vA y de la ú^ inicial, que no hay en cas- 
tellano. Hemos perdido la h suavemente aspirada, que se 
echa de ver en todos nuestros buenos autores del siglo 
de oro, y aun en los no andaluces; cuando á éstos so pre« 
tende imitar, la exageramos, por el contrario, más de lo 
que fuera razón. La c suave, que nimca debe confundir- 
se con la #, no debe ser t<impoco de igual fuerza en to- 
das las palabras, como se hace, por ejemplo, en MadriíJ, 
y de seguro ni á la poesía ni menos á la música satisface 
tanta aspereza, que no hay en la z final, como se ve en 
lápiz, feli:^, maiiz^ codmmu\ y lo propio hay que decir 
de la exageración de los sonidos guturales. En cuanto á 



Itl 

éstos, hay que notar que si bien hemos defendido y res- 
tablecido la ¿F, suprimiendo su innecesaria y viciosa sus- 
titución por la es y la gs^ cuando en realidad su sonido 
no es siempre fijamente el de ningima de estas combina- 
ciones, sino el de otra intermedia. Pero en cambio la he- 
mos suprimido cuando es inicial, y apenas conservamos 
vestigios de ella en la pronunciación, aunque tal vez los 
conservamos en la escritura* 

Con w escribían nuestros padres el nombre de Mémim^ 
y así le llamamos hoy sus hijos, Á orillas del Guadalete 
conocemos personas muy ilustradas que escriben siempre 
Xerez (con m)^ como antes se hacía, y todavía los ex- 
tranjeros conservan vestigios de esta pronunciación; lo 
cual también justifica la etimología, no convenciéndonos 
nosotros de por qué haya de consultarse ésta casi um- 
versalmente ^ cuando es latina, y se haj^a de desatender 
si es de otro origen W. Nombres hay todavía, sin embar- 
go, aunque la mayor parte propios, que en su ortografía 
conservan la oo inicial, como Xanto^ por el río de Troya; 
Xantipey Xicotencal^ Xüocordeón, Pues la ¿a? final, que 
algunos intentan proscribir, todavía tiene mejor defensa 
y autoridad en el uso. Decimos, sin contradicción, no sólo 
GuarMx y Toy^rox^ sino ónix^ almoradux^ antrüm^ carcax^ 
siendo, por tanto, injustificado suprimir la m en el plural 
para producir un sonido gutural, que ya hemos dicho que 
no se recomienda mucho por la armonía, fuera de que 
algunas de estas voces no forman el plural así. Ónices m 
forma de ónix. El de ántrax no sabemos cuál sea, aun- 
que ántraces nos parece mejor. Palabras hay, como atiítal 



(h ) Los extraüjeros escriben y pronuüciaa Méxique y Mmim^ y sabido 
Bs i|ue ios ingleses llaman Shem/s wíne al Jerez, de que son tan decidldoi 
partidarios y priocipaies eousamidores. 



ItS 

y almar^ en que^ sustituida la oo con la s^ se conf anden, 
sobre todo la última, con el verbo alisar^ y completa- 
mente desconocemos su etimología, perdiendo con ella la 
raxón de su significado. 

En manos del vulgo se vulgariza también la lengua, 
hacióndola perder el carácter etimológico que la explica* 
Hemos propendido de antiguo, y propendemos todavía^ á 
suprimir consonan tes, que tanto vale á veces como des- 
huesarla, dejándola fofa* De los compuestos del supino 
latino scripium, en algunos hemos suprimido la p^ j así 
decimos suscriior, pero decimos inscripción^ adscripto^ 
rescripio y Padres conscriptoí^; escribimos ya casi gene- 
ralmente setena y aun setieírére; pero decimos septena- 
rio^ septuagésima^ séptimo^ septemmro. Se ha escrito por 
muchos stuceder^ lo mismo por acontecer que para signi- 
flear que una persona ó cosa niens despides de otra; pefo 
son conceptos diversos y conviene distinguirlos en la con- 
versación y en la escritura, diciendo, por ejemplo, que la 
llamada guerra de smcesión sucedió en el siglo xviil So- 
lemos omitir la n de la preposición trans^ confundiendo 
sus compuestos con los del adverbio iras. Cierto que 
aquella supresión está á veces sancionada por el uso, y 
así, nadie dice transladar^ translucir; pero decimos, y 
debemos decir, transferir^ transcribir^ transfiguración 
y translúcido. Lo mismo decimos móDil (con v) á lo que 
mueve ó es principio ó causa del movimiento, que á lo 
que puede ser movido, sin tener en cuenta que en la pri- 
mera de estas palabras lo que se modifica es la palabra 
mover^ esencialmente activa, cuyo carácter conserva su 
derivado móml, casi generalmente substantivo , de cuyas 
radicales, añadiendo la terminación bilis, dedujo el latín 
7nomditiSj y por contracción mobiiis^ con i, pues lo que 



m 

interesa para conservar la esencia y significación pasiva 
de la palabra es el bilis ^ que expresa la adaptación ó fa- 
cilidad para recibir el movimiento, Á esta semejanza he- 
mos hecho nosotros momble y su contracción mueble^ in- 
nioble^ móbil (con b) en esta aceptación pasiva^ y ^nobi- 
liariú. Confesamos, sin embargo, que se escribe coni? 
inmómly porque , aunque en realidad más se explica á lo 
que no se mueve por sí que á lo que no puede ser movi* 
do, también tiene uso y autoridad en este último sentido, 
en el cual es lo qne llamamos inmoble ó imnimble^ y de- 
biéramos escribirlo inmóbil con 6, como se escribe el mo- 
bilis ó imnobiliít latino, aunque de ello todavía no haya 
costumbre. Si de una veleta hablamos, por ejemplo, di- 
remos que su móoil (con v) es el viento qtie ía hace girar; 
y de ella, porque puede ser movida^ afirmaremos que es 
momble 6 móbil (con é); y yo propio he dicho, traduciendo 
los Libros Sapienciales, hablando del Espíritu Santo: 

<£ Sutil, diserto, elocuente, 
Siempre inmaculado, móvil, 
Infalibie, suave, amante 
Del bien, de paz y del orden. 



Sutil, puro, inielígente, 
Que á los demás en si abaorbej 
Porque es la sabiduría 
Bíás que lo movible, móbiL p 



Ómnibus enim mobilibus mobilior esí sapientia^ dice el 
texto; con que si no hubiera escrito estas palabras usan- 
do en ellas de la b^ no hubiese podido expresar mi pen- 
samiento, porque no tendrían el significado que pide el 
sentido y determina el original W. 

{\) Libro dD la Sabiduría, cap. VU, vers, ^4. 



437 

Con V se suelen escribir las frases llevar ó estar en vilo; 
con d se escribían antes en ediciones esmeradas, y deben 
ciertamente escribirse si se atiende á la razón etimológi- 
ca, que creemos sea bHanx^ la balanza, para significar 
(¡ue un objeto se lleva suspendido del suelo, ó que^ pen- 
diente, y por tanto, indeciso, tenemos el ánimo, Á lo in- 
finito püdióraraos prolongar estas citas. La Academia, 
registrando y dando cuenta de la diversa forma ortográ- 
fica y prosódica que han tenido éstas y otras palabras, 
debe rectificarla y fijarla, que es esto gran parte de su 
instituto* 

De buen grado seguiríamos al nuevo Académico en 
cuanto tan acertadamente dice, como tan interiorizado 
en la materia, respecto á las reglas que han de tenerse 
presentes para el acogimiento de nuevas palabras, sobre 
la adopción de nuevo signo para nueva idea, proscribien- 
do los nuevos cuando haya otros anteriores que la repre- 
senten, y el esmero con que se deben devolver al uso 
muchas empleadas por nuestros clásicos, y que sin raxón 
sobrellevan el estigma de anticuadas cuando no se les ha 
sustituido nueva forma. 

Novelador dice Lope de Vega al novelista; y aunque 
sea tan grande la autoridad, hoy ni nadie usará aquella 
palabra, ni dejará de emplear la última cuantas veces se 
le ofrezca, si es que quiere ser fácil y seguramente com- 
prendido, Thalweg hemos traído malamente del alemán 
(sin saber cómo se ha de escribir ni pronunciar, ni cómo 
se le haría el plural), cuando tenemos la palabra varjuada 
(con V y con b se ha escrito) para significar el camino 
por donde va el affim, la línea fundamental que marca 
el curso del agua en los ríos y en los valles. Anticuadas 
se llaman las palabras airamiento^ por el acto de encen- 



derae en ira; espejarse^ por repreaantarse en un remaB- 
so ó limpia corriente de agua algún objeto, como en un 
espejo, ó el padre en el hijo, que le semeja y representa 
ó física ó moralmente; acuantiar^ por fijar la cuantía, el 
valor ó cantidad que corresponde á cada una de las par- 
tidas separadas de un todo, cuya palabra, inteligible des- 
da luego á primera vista para todo el que sepa lo que 
significa mmntia^ se ha querido substituir con el bárbaro 
presupuestar; tibiar ^ derivación del ubi latino, por deter- 
minar el punto en que se halla situado un pueblo, un 
edificio ú otro cualquier objeto cuya posición convenga 
precisar, y cuya voz, usada ya por el monje Berceo, y 
posteriormente por otros, entre los cuales Hernández de 
Velasco, creemos que recibirá de buen grado la ciencia, 
cuando á semejanza suya se aplican las de tricar y tMca- 
món^ de forma y significación análogas. Avalancha nos 
han querido introducir, por el desprendimiento súbito, 
y como resbalando, de la nieve, habiendo varias palabras 
castellanas, que ya otra vez hemos expresado, para sig- 
nificarla, entre las cuales, sobre la extranjera, lleva alud 
lo mejor de la batalla. Para traerla del extranjero, va- 
liera más haber admitido la germánica labina^ del latino 
labiy ó la española resbalizay que también hemos oído, 
aunque sin suficiente autoridad, y desearíamos encon- 
trarla ó que la adquiriese, porque expresa la idea con to- 
da claridad. 

Pues respecto á la sintaxis, todavía es más apremiante 
la tarea de la Academia, y más necesario el ejercicio de j 
su autoridad. Hiere más los oídos, y es, por tanto, más re- 
pugnante y visible el uso de una palabra exótica ó bárba- 
ra, siendo, por lo mismo, el daño más evidente y fácil de 
reparar. No así las faltas contra el régimen ni los def€e- 



IS9 
tos en la constr acción; y sin embargo, por ellos princi- 
palmenta se alteran y se corrompen las lenguas. Este vi- 
cio es común por demás en nuestra época, principalmen- 
te de la parte de Francia. NOj no son los principales y 
más temibles galicismos los que con los vocaiilos se nos 
vienen, y con la viciosa traducción ó asimilación, por lo 
mismo que saltan más á la vista. El principal daño está 
en la concordancia, está en la construcción, y, sobre todo, 
en el régimen; en las frases que con est© vicio se nos 
inoculan. Vino aquí, por ejemplo, la palabra modista^ 
antes no usada, significando el que adoptaba, seguía ó 
inventaba las modas. Fué en su origen masculina esta 
voz, como que también entonces cortaban y aun hacían 
los sastres modistas los vestidos de las señoras. Modista 
fué después, como era natural, femenino, significando la 
mujer que corta y hace los vestidos y adornos elegantes 
de las señoras, y la que tiene tienda de modas. Vueltos 
después, por feo capricho de la voluble Diosa, los hom- 
bres á aquella ocupación, hale parecido á alguno ó alguna 
que de puristas presumen, que, como el oñcio, debe tam- 
bién mascuUni/arse la palabrilla; y si el oficio medra, 
amenaza Mrbava invasión de modistos, Paráranae un 
poco tales inventores, y echaran de ver que de los nom- 
bres acabados en ia que indican profesión, son muchos 
masculinos, como poeta ^ anaooreta^ recluta^ ó cuando 
más, comunes de dos, como artista, profeta^ sin que á 
nadie le haya ocurrido que es menester llamar artista al 
artista, ni al modista, modisto^ por más que haya excelen- 
tes modistas mujeres, y artistas tan eminentes como la 
Roldana, la Ma libran ó la Concepción Rodríguez, Pues 
en materia de régimen, ¿qué solecismos no vemos cada 
día, que desfiguran y desnaturalizan el idioma? Yendo 



430 

prevenidos con armas, y, por tanto, no desapercibidos pa* 
ra lo que pueda ocurrir, pasamos desapercibidas (á la mo- 
derna) si no nos ven; como si en España pudiera decirse 
nunca aperoibirse de una cosa^ por notarla ó parar mien- 
tes en ella. Para hablar en castellano, debía decirse sin 
ser notados^ sentidos ó vistos^ Dícese cada día que nos 
ocupamos de esta ó de la otra cosa, cuando queremos sig- 
nificar que en la misma nos ooupamos. 

Multiplicar pudiéramos por desgracia semejantes ejena- 
píos; y cuenta que no basta que admitamos frases extran- 
jeras y viciosas construcciones, sino que, al propio com- 
pás, por no usarlas, perdemos ú olvidamos las nuestras, 
en que es la lengua española tan abundante. Coja el que 
lo dude á cualquiera de nuestros clásicos, á Cervantes, á 
Calderón, á Lope ó á Quevedo, por ejemplo, y verá cuán- 
tos tesoros hay allí que a voz en grito piden ya un descu- 
bridor: ¡tan escaso es el número de los que los frecuen- 
tan! Conveniente fuera, pues, y aun muy necesario poner 
de manifiesto y en circulación estos tesoros, multiplican^ 
do las ediciones de ios clásicos y dando á conocer sus be- 
llezas, como hace la Academia, y más haría si el favor 
del público la ayudara* Debiera asimismo, á nuestro jui- 
cio, no contentarse sólo con dar ejemplo del buen decir, 
sino censurar en sus Memorias las locuciones, frases y 
maneras viciosas, poniendo al lado de ellas las que de* 
hieran usarse; presentar modelos del régimen, no sólo de 
los verbos y adjetivos^ sino del de las preposiciones, co- 
mo fructuosamente lo hace, aunque en pequeña escala, 
en su Gramática; y por último (y esto es lo más esen- 
cial), que, no contentándose con la definición de las pala- 
bras, que muchas veces es muy difícil, si no imposible, 
en el Diccionario, ya en el vulgar, ya en otro especial 



131 

para este efecto, pusiese las palabras en acción por me- 
dio de ejemplos que las dieran movimiento y vida, per- 
mitiendo verlas á la luz y examinarlas por todas partes. 
Ésta, que para nuestra España sería una obra de suma 
importancia^ tiénela no menor para nuestros hermanos 
de América; no olvidando nunca que si es tan fuerte 
vínculo la lengua ^ el vínculo que á ésta liga y man- 
tiene en un haz es la sintaxis, sin la cual pronto deja- 
ríamos aquella y nosotros de bbv unos y hasta de enten- 
dernos- 

He aquí, pues, la única recomendación que sobre este 
particular nos parece oportuno hacer á la Academia, y 
el único y muy encarecido consejo que> por conclusión^ 
nos atrevemos á dirigir á nuestros hermanos de entram- 
bos mundos, 

Y aquí es bien demos ya punto, que harto hemos abu- 
sado de vuestra paciencia. Perdonad, señores, que, ha- 
blando de estas cosas, no pueda irse á la mano un Aca- 
démico antiguo que en ellas ha ocupado buena parte de 
los mejores años de su vida, cuando del asunto so habla 
por persona que, aunque recién venida á este sitio, tiene 
tanta experiencia y autoridad como el Sr. Gralindo. Yo, 
además, por singular deferencia de la Academia, tengo 
la gloria de ser Secretario de la Comisión de Academias 
americanas, y, tratándose de la lengua, no podía dejar 
de hablaros también desde el panto de vista que á éstas 
interesa* Justo es, además, que en estas solemnidades con- 
temos con los hijos como si los tuviéramos presentes, así 
como ellos lo hacen con nosotros en idénticas circunstan- 
cias, y tanto más cuanto que, si la debilidad de mi vista 
no se corrige, acaso sea la última vez que podro tomar 
parte activa en ellas* Aun en la presente, debo y doy 



afectuosas gracias al dignísimo compañero que con tanta 
benevolencia se ha prestado á auxiliarme. 

Venga^ puesj el nuevo Académico á nuestros brazos, 
ascribióndose de esta recepción una fecha, que espero se- 
rá fausta en los anales de la Academia, Cuando á los míos 
vengasj ilustre Académico, yo te recibiré en ellos con 
efusión, como tai» como entrañable amigo y como á 
quien á Aparisi representa: tú, en cambio, recibe en mi 
abrazo el abrazo de Aparisi. 

He mcHO- 



DEL ESTILO Y DE LOS CONCEPTOS 



DE NUESTROS FILÓSOFOS CONTEMPOEÁNEOS. 



DISCURSO 



DIL 



EXCMO, Sr. D. VICENTE BARRANTES «'I 



Doble pésame, señores, recibió esta ilustre Corporación 
el 5 de enero del año pasado^ por la temprana perdida de 
D* Josó Godoy Alcántara, á quien contaba en su seno, y, 
abiertos los brazos, vanamente esperó en ellos estrechar- 
le. Escritor estimable por todos títulos ó infeliz, vir do- 
niL^ dicendi peritus^ y como tal predestinado á no exce- 
der los límites de una social medianía j cuando en place- 
mes y honores literarios empezaba á recoger el fruto de 
su modesta laboriosidad, un padecimiento cruel, una de 
esas enfermedades que acompañan á los libros y á las ve- 
ladas literarias, como la lepra en los siglos medios acom- 
pañaba á la miseria, vino á paralizar la docta pluma que 
había producido tan notables trabajos como la Historia 
crítica de los falsos cronicones y el Estudio sobre los ape-* 



(\ ) Leído, en el aclo solcuine de sa pública recepción, ante la Real Aca- 
demia E apa «ala. el día 25 de marzo de 1876, 

SI 



nidos casiellanosj ambos en público certamen lanreafloiS 
el primero, por vuestra insigne hermana la Academia de 
la Historia, y por vosotros mismos el segundo* Más afor- 
tunada que la vuestra fué, sin embargo, aquella Corpo- 
ración, que pudo ver á Godoy sentado en sus siüone8| 
prestándole el concurso de sus vastos conocimientos y 
con las bellas prendas de su carácter encantándola. No 
cerraré, ciertamente, este doloroso párrafo á la memo- 
ría de tan buen amigo y colega consagrado, sin dedicar 
también un recuerdo, que surge de seguro en cuantos 
me escuchan espontáneo, á la gloriosa estirpe literaria 
de quien fué quizás Godoy último representante entre 
nosotros. ¡Destino triste es a la verdad el de los Alcán- 
taras, que á las más hermosas flores de sus hermoso» 
campos andaluces los semeja, pues por ser tan aromáti- 
cas y esplendentes, apenas si resisten un día los rajos 
abrasadores del sol meridional! Muerto en la isla de Cuba 
el gallardo liistoriador de la poética Granada, cuando má$ 
sa?:onados frutos su ingenio prometía, sígnele al sepulcro 
prontamente su menor hermano Emilio, eruditísimo ara- 
bista, docto coleccionador de nuestros cantos populares, 
recogiendo la herencia literaria de ambos^ ya en linea 
transversal, nuestro malogi'ado Godoy, cuyo sillón, aho- 
ra tan vacío como cuando él nominalmente lo ocupaba, 
habéis tenido la benevolencia de ofrecerme. 

Ardua tarea echáis, señores, sobre mis débiles hom- 
bros, y en hora antes que á la meditación y al recogí- 
miento, á la inquietud del ánimo adecuada, que viven 
las inteligencias en el período histórico que atravesamos 
vida triste de vacilación y duda, como quien presencia 
el espectáculo de una renovación de la sociedad, y no 
puede resistirse, que así lo disponen designios inescruta- 



43S 

WeSj á ser elemento destructor ó elemento destruido, to- 
rrente que arrasa los campos ó campo arrasado por el 
torrente, Faérame dado-, viniendo alegre en más alegres 
días al templo del buen decir y de la pureza del habla 
eastallana, traeros á par, con éste mi primer saludo de 
eratitudj serenas impresiones del mundo literario cpie 
fuera de vosotros vive, propia y acertada misión de estos 
discursos, donde cada nuevo Académico debe en puridad 
presentarse á vuestros ojos como heraldo de las tenden- 
cias y aspiraciones de la literatura militante, cuyo re- 
vuelto campo abandona para encerrarse en vuestras so- 
segadas tiendas. Mas no es posible, señores^ que en tales 
momentos como los presen tes^ manifestación algima ar- 
tística de las dulces emociones del espíritu acierte á des- 
arrollarse en el tiempo ni el espacio, sin la saturación 
de la atmósfera que nos rodea, que es como contagio á 
todas partes difundido, fragor pavoroso de la lucha entre 
la razón y la fe, entre lo bello y lo deforme, que á nues- 
tro siglo desgraciado simboliza, siendo verdugo implaca- 
ble de toda poesía, de toda idealidad consoladora- «Pri- 
i*vado el artista de la vida interior, que acaso no conoce 
>si quiera^ según observa profundamente F- Schlegel en 
Hm Ideas sobre el arte cristiano^ es imposible que la des- 
apliegue espléndida en sus creaciones, porque se agita su 
>ánimo en confuso torbellino, en el delirio de una exis- 
»tencia meramente externa, interiormente vacía y nula, 
» opuesta de todo en todo al arte, cuya misión es levan- 
atamos, desde la bajeza de esa vida, al alto mundo de los 
)► espíritus.» 

Glorioso ejemplo de triste ó incesante batallar ¿no sois 
vosotros mismos? }Q\\é tregua ni que descanso os consen- 
tís contra las invasiones perturbadoras del habla caste- 



436 

llana^ antes renovadas que reprimidas? La preclara insti» 
tución de esta Acadejnia, ¿qué es, en los revueltos diasque 
atravesamos, sino arca santa qae conserva las puras tra- 
diciones de un cimiento poderoíso de nuestra nacionarh 
dad, único que a^^aso resi.ste sin grietearse á los golpes 
de la piqueta destructora, porque está amasado con la 
sangre de cien héroes y cien gcneracioaes, y templado 
al calor inextinguible de las creencias cristiana.^? Elfet 
merced á vosotros y á vuestra vigilancia incesante, si- 
gue flotando sobre este caos de elementos despedazadiis, 
de opiniones en ruina, verdadera nebulosa espiritual, 
que es nuncio de nueva y mejor vida para unos, présago 
para los más de cataclismo infalible. Mantener en deco- 
roso apartamiento, si no inmaculada como una doncella, 
respetable y respetada como una matrona, la hermosa 
lengua de Fr. Luis de León y de Cervantes, empresa pa- 
rece poco menos que temeraria, cuando los mismos hom- 
bres que madre la apellidan tienen en su pensamiento y 
desarrollan en las manifestaciones de su vida intelectual 
todos los principios de confusión y desbarajuste que for- 
man el caos político y religioso cuyo hervir nos rodea 
de estallidos espantables. 

Llámesele decadencia moral , renovación o depuracióiii 
que esto importa poco y el calificarlo con exactitud nos 
llevaría muy lejos, el estado embrionario y metamórfioo 
es hoy común á todas las ciencias y todas las artes, doD- 
de la literatura, abeja del pensamiento humanOi liba los 
jugos que han de formar su sabrosa miel^ como que ella? 
á su vez lo sacan de las mismas entrañas de la ciencia- 
madre, la filosofía, entregada en este siglo á un vértigo 
que le hace engendrar monstruos deformes^ por halierse 
torpe y ciega divorciado de aquella noble hermana, que 



i37 

fué tan seguro guía al gran poeta de la Edad Medía en 
las obscuridades del Purgatorio y del Infiéralo, Bien 
duramente por cierto reprendió Beatriz al Dante la mís- 
ma eulp, lección que debieron de aprender las genera- 
ciones sucesivas^ j por desgracia la lian olvidado: 

tfQuando tlt carne á spirtoera salita, 
E belleza e virtú cresciuta m' era, 
Fu 10 á luí men cara e men grailita: 



TaDlo giü cadde, che tiitti argomenü 
Alia saltite sua era a j^iá cortí, 
Fuor che mostrargü le perdute gentiiD 



Otiiaroa á mi vez hasta el fondo de ase movimiento filo- 
iófico para que vieseis clara como la luz su añeja vacie- 
dad, su satánica tendencia, sus infinitas deformidades ar- 
tísticas y literarias^ desenmascarando á la utopia dege- 
nerada de Platón y Campanellaj que^ con pretensiones de 
novedad y do un superior organismo, vive entre nosotros 
la vida de las rapsodias, al calor de aparatosos artificios, 
seria empresa patriótica y quizás oportuna, que todo es- 
píritu bien intencionado la acaricia para vigorizar los 
salvadores principios religiosos y sociales; pero sobre ser 
impropia de vuestro instituto, que pertenece más bien al 
que registra los progresos de las ciencias morales 3' po- 
líticas, exige altísimas cualidades y profundos conoci- 
mientos filosóficos de que desgraciadamente carezco, y 
materiales desarrollos que los límites de este discurso no 
me permiten. Habré, pues, de contentarme con esbozaros 
á vuela pluma el cuadro de las deformidades literarias y 
artísticas á que enantes me refería; los errores que uní* 
oamente se relacionan con el lenguaje y los modos de 



IBS 

enunciación de la idea, ¡y ojalá acierte á imitar á aqué- 
llos qucj pintando la fealdad del rostro, dan claramente á 
entender las prendas morales de la persona! Á dicha pue- 
do contar, para no extraviarme en tan difícil camino, con 
la segura guía de muy doctos escritores, que en este mis- 
mo lugar con envidiable acierto lo han reconocido y ex- 
plorado, sin perder tampoco de vista los escollos en que 
algunos estuvieron á pique de perderse, que tal vez el 
error enseña más que el acierto al precavido. Las tenta- 
tivas que m han hecho cerca de vosotros para que deii 
carta de naturaleza á cierto lenguaje filosófico, que ha 
andado y aun anda como de moda en la literatura, son á 
este propósito lecciones muy provechosas, porque con 
ejemplos tan elocuentes como tristes muestran, cuán- 
to deslumhra el falso brillo de esas doctrinas, y á qué 
errores tan transcendentales no conducen, aun en la 
esfera puramente lingüística y literaria. Ya con el 
pretexto de enriquecer vuestro caudal de vocablos y 
de frases, ya con el de descubrir nuevas fuentes de au- 
toridad aplicables al idioma, se ha pretendido que san- 
cionéis implícitamente errores fundamentales de la filo- 
sofía moderna, á la invasión de una terminología in- 
necesaria bajo el punto de vista de la ciencia española, 
bárbara ó indefendible á la luz de vuestro Diccionario 
y vuestras autoridades. No he de recurrir yo á ellas, 
por cierto j sino á humildes y quizá desconocidos escri- 
tores de la escuela más olvidada hoy entre nosotros, 
para probar que nuestro lenguaje fllosóñco supera en 
claridadj en precisión, y, por consiguiente, en belleza^ al 
que campea en los libros á que me refiero, que no tienen, 
por otra parte, de profundos sino lo que tienen de inex- 
tricables y tenebrosos. 



m 

Pienso responder así á una tendencia patiiótica y sal- 
vadora del momento presente, que ha iniciado uno de 
vuestros más célebres Académicos en donosa y chispean- 
te polémica, donde la musa de la sátira se ha puesto al 
servicio de las altas lucubraciones de la filosofía; pero, 
repito, que no me permitiré entrar en el fondo de las 
doctrinas, sino muy de ligero y cuando sea indispensable 
para el mejor planteamiento de mi tesis. Si cel estilo, 
>como dice Buffon^ es el hombre; y si no se puede expri- 
»mir ni declarar sino lo que se concibe en el entendí- 
»raiento, porque las voces son señales de los conceptos,» 
según San Buenaventura en su tratado de Luminaribus 
Ecútesif^f examinando aquí el estilo y los conceptos de 
esos escritores, de seguro ratificaréis vuesti^a inapelable 
sentencia condenatoria, y quedará descubierto el mal 
corazón detrás de la mala cara. 



Pasa por axioma entre los que estudian las evoluciones 
del espíritu humano en las épocas de renovación social» 
que sólo una pasión avasalladora y absorbente abre el 
abismo que separa á los santos de los heresiarcas, siendo 
en los primeros humildad lo que es soberbia en los se- 
gún dos* En efecto, señores: mientras proclama su peque- 
nez el humilde, y sin dificultad reconoce en su propia 
sabiduría un débil reflejo de la Suprema, que formó los 
mundos por un acto de su omnímoda voluntad; el sober- 
bio, por no declararse pequeño ni reconocer á su inteli- 
gencia límites, al llegar á lo infinito y encontrarse allí 
frente á frente con Dios, se encara con Él y le apostrofa, 
ó cuando menos le vuelve despechado la espalda. La mis- 
ma diferencia existe exactamente entre la filosofía racio- 
nalista, hija del libre examen y de la revolución, y la 



440 

filosofía cristiana j hija de la revelación y de la autoridad 
divina. Aquélla establece la razón y ésta la humildad, 
como fuentes superiores del conocimiento de la verdad 
absoluta. Si todos los filósofos se propusieran, como el 
ilustre Balmes, no fundar un sistema nuevo, no estable- 
cer escuela filosófica, no creerse, en fin» único deposita- 
rio de la verdadj que pertenece á Bíos, que sólo permite 
al hombre aproximarse á ella, ni el mundo de las ideas 
sería, como vernos^ campo de extravagancias y delirios, 
ni el mundo material viviría entregado á las estériles 
agitaciones y á los ensayos peligrosos que nuestro tiem- 
po devoran; pero la filosofía racionalista procede en sen- 
tido inverso, y donde ella está desde luego ha de existir 
fundación sólida, escuela establecida, verdad descubierta 
y formulada, que los sabios antiguos completamente des- 
conocieron. 

Compárese el procedimiento de San Agustín, que hac^ 
de la luimildad el termino de lacienciaj por aquellas su- 
blimes palabras Prima hurmlitas ^ secunda humilitñ&^ 
teriia humilüas^ con el del racionalismo, declarando «que 
j^sea lo que fuere cuanto el hombre piensa, sienta Ó inia- 
»gina, si con sinceridad lo dice, es de valor y estima; > y 
ya excusaré toda ponderación de la vanidad del filosofis- 
mo de nuestros días, máxime para vosotros, que recor- 
dáis cómo el fundador do la escuela alemana más funesta 
y extendida en nuestro país llamaba á su sistema la cien- 
cia^ dando á entender que ha destronado á la teología 
bajo un aspecto, y bajo de otro, que hasta que el mundo 
tuvo la dicha de que el naciese bahía vivido en la igno- 
rancia. 

Son los tiempos de falsa ilustración tiempos de ^ande 
vanidad, y los hombres de ellos ílojos en las creencias, 



r 



vacilantes en la fe^ dudosos y aun negativos del poder 
Supremoj porque el Buyo propio los deslumbre y desva- 
nece» Cada mediana inteligencia, cada carácter un tanto 
viril j aspira á ser hoy un sistema ^ una organización, un 

Estado, opuesto, distinto^ incompatible con todo otro sis- 
tama, con toda otra organización, con cualesquiera otro 
Estado. Por eso vemos que nunca se preconizó tanto la 
armonía en la ciencia, en los espíritus y aun en las co- 
sas mundanales, y nunca ha sido tan imposible, ni la 
oposición tan viva entre los hombres, así en el orden 
moral como en el materiaL Oid á Tiberghien, uno de los 
oráculos de la Escuela, proclamar, ya realizada por Krau^ 
se, «la armonía de la especulación y de la vida, que so- 
>ñaron Pitágoras^ Platón^ Plotino^ Orígenes y Leibnitz,» 
para confesaros á renglón seguido, contradiciéndose ver- 
gonzosamente, que hay en la actualidad «(anarquía en las 
*teoríaSí anarquía en las creencias, anarquía en la so- 
*dedad;> que hay «tantas opiniones como hombres; í* que 
ni siquiera se lia creado ^una unidad científica^* y que 
el mundo moral vive en el caos, Yo preguntaría en len- 
guaje más llano á esos inventores de sistemas armóni- 
cos, á esos padres del arjnonmno univerml^ del armó- 
nismo absoluto^ pues ellos por palabras bárbaras no se 
detienen, si no les avergüenza y espanta la antítesis 
dolorosa que con sus delirios presenta este triste mundo 
de las realidades. No hay en Europa una sociedad tran- 
quila» ni una agrupación sin hiclia interna y fundamen- 
tal, ni un organismo que no parezca próximo á desmo- 
ronarse, Los pueblos soliviantados, las conciencias sin 
sosiego, las instituciones en equilibrio inestable, ¿no son 
harta prueba de que va muy descarriada en nuestms días 
la inencia, que tiene por única misión trazarnos los ca- 



I4S 

minos de la vida moral? ¡Ah! Si volviera á nacer el bue- 
no de Severino Boecio no escribiría, ciertament6í la Con- 
mlación^ sino la Desolación de la Filomfia. 

Ni le basta á ella con arrastrar de su carro triunÉa- 
dor á la humanidad ansiosa y sobresaltada; sino que, mu- 
dable y quebradiza, como obra que hace el hombre sin 
mirar á Dios, fíngese la potencia que le falta para ser in- 
novadora, y cada nuevo día quiere trazar rumbo nuevo 
al humano espíritu, y que el nombre de cada filósofo, por 
obscuro que sea, marque una época de desenvolvimiento 
intelectual, como en la historia antigua las marcaron los 
nombres luminosos de Platón y Aristóteles. Volando con 
torpes alas el espíritu de sistema por los espacios de la 
vanidad para hacernos creer que se remonta, renueva, 
afeita y disfraza los más añejos delirios, los sueños más 
estrambóticos que tiene el mundo ya olvidados: á cual- 
quiera colección de vaciedades, llama doctrina; á cual- 
quiera fábula artificiosa, ideal humano ó divino; á cual- 
quier Mbrejo, Biblia, y á cualquiera declamador, gloria 
nacionaL Así á los tristes, que hemos alcanzado estos 
tristes tiempos, todos nos brindan salvación y ventura; 
mientras la conciencia nos dice que estamos irremisible- 
mente perdidos, si Dios no pone término á nuestros 
errores. 

No participamos nosotros en manera alguna de la exa- 
gerada opinión de los que cambian por cuatro versos bien 
hechos cuantas obras filosóficas desde Platón acá se lian 
escrito; pues, al contrario, estimando y reconociendo, 
como Balmes, que en el orden intelectual «son los fllóso- 
>fos la parte más activa del linaje humano, y cuando to- 
ados los filósofos disputan, disputa en cierto modo la mis- 
*ma humanidad,» tampoco podemos desconocer que oin* 




U3 

gansL tiene menos derecho que la llamada en nuestro 
país filosofía moderna á alardear de originalidad, prin- 
cipalmente en sus novísimas evolucionesy que tanto á sus 
corifeos envanecen. Por lo pronto, y sin entrar, como ya 
se ha dicho, en el fondo de los sistemas, las dos tenden^ 
cias contradictorias ó irreconciliables que hoy dividen á 
la filosofía, una á rebajar al hombre y otra á deificarlo, 
son casi tan antiguas como el mundo, y desde Heráclito 
y Demócrito vienen representadas en el intelectual por 
esas dos figuras que podrían llamarse mitológicas. Cons- 
te igualmente que, al hablar de filosofía en este discurso, 
tampoco entendemos referirnos á la gran ciencia de la 
verdad religiosa, y en místico amor á la verdad cultiva- 
da, sino á aquellas escuelas que antes que metafísicas se 
engalanan con el pomposo título de sociológicas, porque 
más que á reformar al hombre se dirigen á reformar la 
sociedad y las instituciones humanas; á aquellas que tie- 
nen algún eco en nuestro país, donde la civilización» 
marchando para nosotros desgi*aciadamente en sentido 
inverso, con mengua de muchos siglos de originalidad y 
vigorosa invención, nos ha hecho en pocos lustros men- 
guados copistas de rapsodias más menguadas; de aquella 
escuela, en fin, de quien se dice por algunos que es *la 
*única que ha llegado á constituirse entre nosotros; ji 
mientras un elocuente escritor, que también se sienta en 
esos bancos, la declara € disuelta > en la polémica de que 
antes hablé, sin duda para probarnos una vex más el ar- 
monismo que sus principios establecen y perpetúan. Á 
esa escuela, que es una simple disidencia de Hegel, y 
como tal la menciona Wilm en su líistoria de la filoso^ 
fio, nos referimos; ú esa escuela, simple incidente del 
movimiento filosófico alemán^ donde nunca se le dio la 



444 

menor importancia j por cuya razón tnm aisla del mim- 
>clo sabio: )► peregrina acusación que acaba de dirigírsele 
en la lievisía europea^ también á nombre de la armonía, 
acusándola al propio tiempo de que, por disimular su ver- 
dadera fuente t el paníeismOy palabra bárbara, según 
Bournouf, nunca usada en Grecia ni en Roma, y sin 
equivalente en sánscrito ni en zend, ha inventado elpa- 
neníheismOj mgún Erdman, encierra un pleonasmo no 
menos extravagante. 

Decir que esa doctrina, tanto en el original como en 
las copias, es antipática á nuestra inteligencia, parece 
excusado toda vez que ni se imaginó para nosotros, ni 
entra en ella ningún elemento nacional, castizo^ de abo- 
lengo español puro, sino que todo es exóticOj germánico, 
nebuloso e inextricable; y de aquí sus formas abigarra- 
das que, en sus libros mal llamados españoles, no tienen 
otro par que aquel arábigo romanceado de moriscos y 
judíos, que los tímpanos del castellano clásico desgaiTa- 
ba, por lo cual le llaman los escritores del tiempo alffn- 
rabia. Otra negi*a página de nuestros anales literarios 
recuerda también^ y hasta la saciedad se ha dicho, aqué- 
lla que tantos chistes inspiró á Que vedo y Lope, y tantos 
dislates y tonterías á los poetas menudos del siglo xvn; 
pero Dios nos libre de comparar el gongorisnio del cisae 
de Córdoba, genio extraviado por su excesivo genio, con 
el gennnmsmo insulso y sin sentido, que, si algo tiene de 
nacional, son gotas de sangre hebraico- mor una, pues 
reconoce por padre á Spinoza, cuyo abolengo hispn no- 
judío á algunos de nuestros compatricios envanece. Del 
crudo ateismo que formula este filósofo en su única subs- 
tancia, dotada de dos atributos infinitoSj el infinito pen- 
samiento y la infinita extensión, pueden salir y salen de 



hecho todos los transformismos que tanto nos escanrlalí- 
Ean hoj% al verloí* llegar á sü desenvolvimiento lóí?ico, 
puesto que la substancia única lo mismo forma al hombre 
que á la bestia; pero sale principal y primerameniü el 
pantheismo, que dice quo todo es Dios, que todas las co- 
sas sacan su existencia y su substancia de Dios; y m\e 
también, por últiino, raquítico y enclenque, como un hijo 
bastardo^ el pleonástico panentheismo, que sostiene que 
todo está en Dios, creyendo con esta fórmula artificial 
argüir que no habla de esencia ni de substancia: sofistica 
distinción que á nadie seduce, porque en la palabra todo 
se presuponen las dos categorías, las dos determinacio- 
nes del pensamiento y muchas más. Si ahora añadimos 
la fórmula del Maestro, quedará un tanto claro el turbio 
concepto fundamental panentheist^, para los que estén 
al corriente de su algarabía. Hela aquí; *: Noción de la 
> esencia, que nos capacita que todo es en Dios, bajo Dios 
»y mediante Díos.s* 

Aquí tenemos ya la prueba del afán de singularidad que 
aqueja al filoso fismoj donde cada hombre medianamente 
pensador, en cuanto alcanza alguna nombradla, quiere 
hacerse un sistema y formarse un Dios á sn modo para 
sus particulares usos^ ni más ni menos que forma su li- 
bro letra por letra y hoja por hoja, quitando aquí, po- 
niendo alM, con la cabeza en las manos y la imagina- 
ción por las nubes. Es cariosa bajo este aspecto la reco- 
pilación que hace Abren s, en el tomo 11 de su Cttrso de 
Psicologín^ de los conceptos de Dios que han expresado 
los filósofos modernos Leibnitz, Kant, Schelling, Hegel 
y Krause; recopilación, por supuesto, dirigida á exponer 
él su conformidad con la fórmula de este último filósofo, 
única que declara, como todos, verdadera. Así, de vuelo 



J 



i46 

en vuelo descarriada, ha venido la inteligencia á parar 
al punto de partirlaj al antropomorfismo, ideando tales y 
tantos conceptos de Dios, como el hombre primitivo pudo 
formárselos en la soledad de los bosques vírgenes. El an- 
tropomorfismo, según cierto pensador moderno á quien 
dejamos la responsabiUdad de sus opiniones, es una ten- 
dencia natural, ingénita, á tal punto <eque, si los? bueyes 
>quisieran crearse un Dios, lo concebirían bajo la tbroia 
»de un buey, y los leones bajo la forma de un león, como 
s^los etiopes crean divinidades negras y los tracios les dan 
>una fisonomía salvaje y ruda;» doctrina que, aunque 
rechazada en Grecia ha veinte siglos por la escuela de 
Xenóíanes, ha levantado en nuestro tiempo la cabeza, 
como tantos otros delirios ya olvidados. Basta á ponerla 
en ridículo esa comparación burlesca de los animales, 
que los darwinistas más exagerados, la misma Clemencia 
Royer, rechazaría. En el hombre, según el escritor á 
quien vengo refiriéndome, obedece esa tendencia á lain* 
tuición del Ser Supremo, del Ser á quien sirve de reflejo 
acá en la tierra; confesión que haremos de buen grado, 
para concluir que, en el estado de cultura que alcanza ta 
sociedad, la tendencia antropomórflca de la filosofía mo- 
derna es una tendencia esencialmente retrógrada, puesto 
que pone al siglo xix al nivel de los anteriores á Jesu- 
cristo, 



Pero de todas las pretensiones de novedad ó inv^ención 
que la filosofía pseudo-española abriga, ninguna tan vana 
y huera, ninguna tan destituida de fundamento como la 
que se refiere al lenguaje, que pretende haber purgado 
de los barbarismos escolásticos, cuando lo que ha hecho 
ha sido imitarlos y aun exagerarlos sin necesidad ni dis- 



147 

culpa. Ella, tan enemiga de la teología y de las escuelaí? 
católicas, aunque lo contrario sostenga; ella, que ha en- 
contrado ya á los idiomas en su plenitud, y, concretándo- 
nos al nuestro, tan atildado y abundoso, tan lleno de ele- 
mentos propios para la locución científica y para las más 
remontadas abstraccioneSj ella no tiene inconveniente 
en copiar los vicios del sistema que anatematiza, contra- 
diciéndose una vez más y probando hasta en esto su falta 
do originalidad, Bárbara fué, sin düda> la tecnología de los 
escolásticos; pero no invención de la teología por cierto, 
que la usó con parsimonia, reconociendo sus abusos y re- 
prandiéndoselos, sino de la jurisprudencia y la medici- 
na, ciencias á quien no pone tilde la filosofía moderna, 
porque son sus ciegas auxiliares, ó mejor aún sus escla- 
vas. Si con verdad y justicia calificamos de bárbaro aquel 
lenguaje, ¿qué calificación merecerán los que muchos si- 
glos después usan otro más bárbaro aún? Importa, sin 
embargo, advertir que aquellos términos categorenidti- 
eos y smcaíefforenidtiaos^ ñqne]\R8 quiddUates y aliquita- 
£es^ aquellos ^?ín/ü.f copulantes ó terminantes del conH- 
nuo^ tenían muy alta significación en la ciencia, si no en 
la gramática, según observó ya, defendiendo la misma 
tesis, un ilustre catedrático de Sevilla en 1866, y no pue- 
den remotamente compararse con la terminología que 
usan los jergui-parlantes de nuestros días, ni ésta con- 
siste solamente en palabras revesadas, coma aquella, si- 
no que pone su punto y su gloria en revesar la frase, el 
estilo y hasta el pensamiento; en sembrarlos de ?.arzales, 
en cubrirlos de marañas, pareciendo que viertan sobre 
el escrito, en vez de polvo, guijo y almendrilla, para que 
se lea á tropezones, á deí^ca labrad ura por palabra. Los 
Cróngoras del filosofismo— y perdone la comparación el 



118 

gran poeta cordobés, de venerable memoria^ — no adulta- 
ran el lenguaje por exuberancia de fantasía, como el cis- 
ne del Betis, ni recogen tradiciones lingüísticas dé un 
país meridional j donde _Ta el sobrino de Séneca, por la 
pomposidad y la exageración de las metáfora^i, fue digno 
precursor do los poetas árabes; ni, como fióngora, tles- 
cienden de la caballería de la Edad Media, que en nm li- 
bros, por Don Quijote inmortalizados, acostumbró al pue- 
blo español á los revesamientos del estilo y á los traquea 
y retruques del vocablo, con que solían hacer gallarda 
música y concepto alambicado, pero concepto al fin; que 
éstos los uí5aQ á trompón y á salga lo que salga^ unas ve- 
ces para encubrir la vaciedad de sus pensamientos y otrajs 
su enormidad y peligrosa tendencia, que de ambas cosas 
hay ejemplos abundantes. En los siglos escolásticos que 
tanto se censuran, estaba el latín corrupto, y el romance, 
como todas las lenguas, en mantillas, circunstancia que 
disculpa á los filósofos y aun á jurisconsultos y naturatii- 
tas^ mientras ahora, que todas aquellas causas han des- 
aparecido, ellos desbandan de obscuridad y extravagancia, 
y el escolasticismo resplandece maravilloso de claro y 
concreto. ¿Será que digan más los unos que los otros! 
¿Será que penetran más hondo en los abismos de la me- 
tafísica? Al contrario. Comparemos al último gran pen- 
sador de la escuela tomista— último en la serie de los 
tiempos,— al P. Geferino íxonzález, obispo de Córdoba, 
con el maestro de los llamados filósofos de la germano- 
españolar 



m 



DEL, MAL. 
(o HISPO DE CÓRDOBA.) 

«La voluntad hamaa» es de sq 
üiittLTále^a defectible, HeTibie eo 
orden al bieo y al rnal, y Ubre y 
respoasable eo sus acios.*'»* a Dios, 
como provisor u di versal del mtiodo 
y especial del hombre, sólo le co- 
rre«{>0Qde dar á éste los medios y 
auxilios nccesnrios para obrar til 
bteti inoraK pero no el malar m 
aouiar ñu libertad tiiipoDiétidotc la 
aecesldad fisiea de obrar el bieo.»*.* 
La isautidad infiíiitíi de Dioa exclii- 
yis ne^esariameDto todo pecado res* 
per lo del mismo Uios, es decir, la 
rxi-Tencia ea Dios de) pecado y k 
voiicic>ii directa y positiva del mis- 
mo: pero no se opooe k la permi- 
sión de su existencia en las cria- 
taras » 

{Fil^mfía ehmetital, Madrid, ISTS.-To- 



DHL MAL. 
(erausb.) 

ff El mal , (*omo l:i iü moralidad, 

procede exclusivamente de la imi- 
tación de los seres íiaitos vivos..... 
de la füita ó uso defectuoso de hi 
libertad tiaita,,.,* respecto de Dios 
e.^to puede demrse, qm el mA y b 
maldad eu el sistema de la vida de 
los seres finitos, son producidos en 
Dios por uua manera eterna, toda 
vez íjue Dios es la eterna cansa de 
la finítud, y, por coDsiguietite, de la 
finita c i re u afuerita libertad de todos 
los seres ünitos raclonaJes.ia 

ÍLéf^oHfi9 tohr4 ffl ii^ttma de Ííí JlUítofta 
mnitírtica dit cUemán Kraiuf, por Don 
Juan M. Qrtí y Lm». M»dTÍ(Cl8a5.- 
P44r. 367.) 



No os fijéis en las diferencias de doctrina, aunque sal- 
tan á los ojos, por ser la de Krause tan monstruosa como 
pura la del ilustre misionero filipino; fijaos únicamente 
en la frase, en el estilo, en la sencillez y claridad de los 
conceptos del uno y en lo intrincado y bárbaro del otro* 
¿Cuál será más escolástico, el tomista ó el panteista? 

Apresuróme á decir que yo no niego á la metafísica ni 
á ninguna ciencia— ¿quién sería tan insensato?— un len- 
guaje suyo propio, técnico, especial, obscuro, ó, por decir- 
lo mejor, abstracto; un lenguaje cuya inteligencia exija 
previa iniciación doctrinal, y que no esté al alcance del 
vulgo de las gentes, como no lo está la ciencia misma; 
que yo no defiendo aquí los fueros del vulgo, para el 
cual no se han escrito jamás los libros de filosofía, lo que 
en el caso presente puede atribuirse á protección del cie- 
lo* Defiendo la causa de los hombres ilustrados, y princi- 



450 

pálmente de la juventud escolar^ que en un año de mate^- 
máticas aprende á resolver problemas^ y en igual espa- 
cio de tiempo no acertaría á pensar en castellano un 
pensamiento de Krause. Con ellos, y para ellos, pregunto 
yo: ¿es un tecnicismo científico el que tal escuela iisal 
He aquí la cuestión, ¿No necesitan los filósofos de otras 
escuelas, para entender ese tecnicismo, ir haciendo en la 
lectura un trabajo de traducción^ semejante al del niño 
que deletrea, como lo probó Taine, á propósito de Maine 
de Birán, el más parecido, según él, á Krause de todos los 
filósofos? Los mismos escritores krausistas, cuando los sor- 
prendemos en un arranque de sinceridad ^ ¿no confiesan 
que su tecnicismo es una ridicula jerigonza? Tiberghien, 
propagandista infatigable de aquella doctrina, y el más 
inteligente de todos, para defender las ex ti^a vagancias 
filosóficas del maestro, sin negarlas, porque sería negar 
la luz del día, hace en la pág, 51 de su libro Bnseigne* 
ment et phüosophie la peregrina confesión de que «sólo 
»para los alemanes son ininteligibles aquellos neologis^ 
>nios, que los extranjeros apenas si perciben,* cosa que 
está tan lejos de la verdad como de lo que dicta el senü- 
do común. ¡Que una innovación filosófica será más per- 
ceptible al nacional que al extranjero! ¡Estupenda anoma- 
lía! Mientras el extraño encuentra en la innovación vio- 
ladas las leyes generales de aquel idioma que por prind- 
píos ha aprendido, el nacional comprende al golpe las le- 
yes particulares qañ el innovador ha podido tener en 
cuenta, y considera las circunstancias y necesidades del 
momento que son atenuantes de su falta, Pero á fe que 
otro escritor famoso, alemán por añadidura y no enemi- 
go de Krause ni de su escuela, Zeller, en la HiMoria de 
la filosofia, confiesa á su vez costarle tanto trabajo en- 



451 

tender el lenguaje krausista como si faera arábigo ó 
sáoscrito, que es grande ponderación y, para el argumen- 
to de Tiberghienj de remate. Más categórico todavía el 
fraBcés Taine, acusa en su estilo humorístico al maestro 
de haber inventado substantivos €de una legua, > sin per- 
juicio de preferir su lenguaje al de Maine de Biran, filó- 
sofo que hacía cardos meía físicos en vez de oraciones. Y 
aquí nos sale al paso otra vez la decantada armonía de 
los sistemas armónicos, pues el mismo escritor español 
que ha alegado algunos de esos textos en un artículo de 
la Revista Europea de 15 de agosto último, acaba por 
deducir da ellos que el estilo de Krause es de sobra inte- 
ligible, pero no aquende el Rhin^ sino allende, ó sea para 
los alemanes puros; cuenta que ajustará con Zeller y con 
el activo profesor de la Universidad libre de Bruselas, 
cuyas opiniones, como acabamos de ver, son absoluta- 
mente contrarias. 

Tráenae por de contado, y para mayor contradicción, 
esas citas en defensa de D. Julián Sauz del Río, á quien 
se atribuye haber realizado, como hablista, una misión 
igual á la de Krause en Alemania, que fué limpiar el idio- 
ma de impurezas y de in/lAiencias extrañas librarlo. Para 
ello parece que se requería, no sabemos por qué, exage- 
rar la necesidad del tecnicismo. ¿Fué esto efectivamente 
lo que hizo Sanz, ó fué plagiar al maestro de un modo 
servil, aplicando sin ton ni son á nuestra lengua, que no 
lo necesitaba, el trabajo crítico que sobre la alemana 
atribuye Tiberghien á Krause? 

En sus Cartas inéditas d D. José de la Revilla, que 
acaban de ver la luz, arrojándola muy clara sobre los 
eiTores científicos y las responsabilidades políticas de los 
hombres que han dirigido la instrucción pública en Es- 



45í 

paña, asienta Sanz del Río, entre las más curiosas con- 
tradicciones de estilo y concepto, que la edad de oro de 
nuestra lengua restaba lejos da ser época de madurez y 
imperfección que nos deba servir de modelo en todo>.,.. 
»que se desarrolló sólo bajo un aspecto parcial (¿la edad 
3^0 la lengua? porque aquí se nos ha perdido el agente de 
3>la oración), esto es, como expresión del sentimiento y 
>del carácter humano, mas no bajo la relación más in- 
>tima y fundamental suja> esto es, como expresión del 
^pensamiento y de la razón,» Si nosotros entendemos 
bien estas campanudas frases^ parece que el sentimiento 
y el carácter son sólo un aspecto parcial (del idioma) y 
manca por ello nuestra gran literatura. La humanidatl, 
para Sanz del Rio, pierde su concepto absoluto; no subs- 
tantiva ya cuanto se refiere al hombre y á las colectivi- 
dades, así en la esfera moral como en la material, y pasa 
á ser un tonto de capirote el que dijo aquello que hasta 

hoy ha corrido por sentencia Nihil ktmianum drm 

alienum puío^ teoría enteramente opuesta á todas las de 
Krause y del propio Sanz, como es notorio. En cuanto al 
sentimiento, cualidad baladíj no enaltece, sino rebaja al 
escritor, máxime si siente con carácter himianOj es de- 
cir, reflejando los sentimientos generales de la humani- 
dad, Ved de qué suerte, para Sanz del Río, el pensamien- 
to viene á ser antítesis del sentimiento y del carácter 
humano, y ni en uno ni en otro cabe la razón, y cómo 
llegan á ser de todo en todo incompatibles razón, senti- 
miento y humanidad, ¿Hase visto nunca tan extraño ga- 
limatías, ni tan fundamental contradicción en un refor- 
mador humanitario? Un sencillo ejemplo lo pondrá más 
claro. Cervantes, escritor humano por excelencia, tanto 
que es regocijo y envidia de todas las naciones, para el 



autor de las Cartas era un loco de remate (sin razón), un 
Biísero idiota (sin pensamiento). La sensibilidad exquisi- 
ta de Santa Teresa, que hoy mismo hace crecer espinas 
en su yerto corazón depositado en Alba, para el fllósotb 
es una cualidad negativa, máxime si todos los católicos 
simpatizan con ella, lo que le da un carácter emínen- 
teniente humano, es decir, incompleto, parcial, defec- 
tuoso. 

Traduciendo seriamente lo que quiso y no supo decir 
el Sr, Sanz del Río, brujulearemos entre sus frases nebu- 
losas una acusación á nuestra lengua por no haberse 
prestado en el siglo de oro, y menos hoy, á los desarro- 
llos de la lucubración filosófica, por lo cual urge hacerla, 
según él, «precisa, clara, enteramente distinta en sí, en 
>sus elementos interiores, y coherente, rica, llena de ca- 
^ráeter y vida en sus modos^ sus composiciones, sus de- 
privaciones, sus conjugaciones, etc.^ etc.» Traducida del 
alemán, sin duda, esta jerigonza, y para la lengua ale- 
mana escrita, demuestra que el Sr. Sanz no conocía el 
instrumento que manejaba, ó, dicho en términos popula- 
res, pero gráficos, que no estaba el pandero en manos 
que lo supiesen tañer, pues, como si desconociese el valor 
de las palabras, acusa á nuestro castellano de obscuro, 
cuando es clarísimo; de incoherente, cuando es concreto; 
de pobre, cuando es rico; de falto de carácter y vida en 
sus modos, composiciones, etc., cuando se puede asegu- 
rar que él mismo no sabía cómo y por qué medios se re- 
vela en los idiomas el carácter y la vida, ni por que usa- 
ba estos términos en vez de otros cualesquiera. Pero 
aceptando también esta vez su terminología, concluire- 
mos que anuncia el propósito de reformar esta pobre len- 
gua castellana para que sea digna de sus altos pensa- 



4o4 

míentos filosóficos, y vamos á examinar primero el mo- 
delo que le emLelesata, el que á la iEiitacíón de loa 
españoles ofrecía, para oír después cómo suena en las 
propias manos del Sv. Sanz el desclaTijado instruraeDto 
que usó la turba multa de los Cervantes y Mendozas, los 
Saavedras y Solises, 



Pese á nuestra resolución firmísima de no meternos 
por el campo del donoso Académico antes aludido, acan- 
íécenos, al elegir textos para prueba de nuestra tesis, algo 
de lo que acontecía al ilustre Sancho Panza con el üo 
menos ilustre Doctor Pedro Recio de Tirteaíuera, que 
apenas si hay bocado en esa olla podrida del filosofismo 
de quien el buen gusto literario, doblando la hoja, no 
nos grite:— tVuesa merced no coma de aquellos conejos 
aguisados que alli están, porque es manjar peliagudo; de 
>aquella ternera, si no fuera asada y en adobo, aún se 
>pudiera probar; pero no hay para qué..,., (mande) qui- 
etar el plato de la fruta por ser demasiadamente hume- 

>da, y el plato del otro manjar por ser demasiado ca- 

» líente y tener muchas especias,..., > Tapándonos los 
oídos, y pidiendo á Dios que ponga tiento en nuestras 
manos, hagamos rebusco «en este platonaxo, que está 
*aquí delante vahando^* de «los cañutillos de suplicado- 
»nes y las tajadas sutiles» que llrteafuera consentía al 
señor gobernador de la Barataría, Veamos cómo expone 
el maestro uno de sus principios fundamentales: 

^Si el espíritu finito ha de conocer el principio infinita 
>de la ciencia, este conocimiento ha de ser obra suya, y 
>en su misma conciencia debe hallarse la alta concien- 
»cia de este principio,» 



455 

4No 03 trae, señores, este párrafo á la memoria «la 
PTBZón de la sinrazón que á mi razón se hace, de tal ma- 
>nera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de 
pIb. vuestra fermosura?> Pero demos de mano y por esta 
vez á las reminiscencias quijotescas, aunque ellas de suyo 
y por su mismo pie se nos metan retozando por las puer- 
tas de la memoria, y vamos á ver qué hay de profundo 
T exacto en esa tesis, que suena al oído como un caldero 
que sube golpeando por el cañón de un pozo, frase feli- 
císima que D, Juan Nícasio Gallego dirigió á un poeta 
melenudo que sus versos la consultaba. Lo que hay de 
gramatical, ya lo habéis visto: una obra suya^ que brama 
de ser relativa y de ser perogrullada. Completemos el 
prolegómeno alemanesco. 

«Si no se encontrara en la conciencia {prosigue Krau- 
»se) el conocimiento del principio infinito, este no exis- 
>tiría para ella; no habría ciencia, Si, pues, el espíritu 
>sa halla en sí mismo como cosa cierta j debe explorar 
•dentro de sí mismo todo lo que es y todo lo que encuen- 
>tra en sí; tiene, por lo tanto, que observar su conocer 
»y su pensar, y haciendo todo esto será hallado el cono- 
•cimiento del principio absoluto en su debido tiempo y 
•lugar en la serie de observaciones que hace el espíritu 
•dentro de sí mismo. En consecuencia de esto, el espíritu 
•finito sale de sí mismo en la conciencia ordinaria; se di- 
•lata fuera de sí mismo en la consideración de todo lo 
•finito que hay á su lado y fuera de sí; inquiere el modo 
•como aprehende la naturaleza y otros espíritus finitos 
•en su consecuencia; levántase de la vista de lo finito 
•determinado al pensamiento de ser infinito y absoluto, 
•ó sea al conocimiento y reconocimiento del principio,* 



m 

Pues ól se levanta, señores, sentémonos á deseansar 
nosotros, considerando de paso la negrura del abismo m 
que hemos caído. No sé si acierte á traduciros en lengua- 
je inteligible lo que quiso decir Krause en ese párrafo, 
que es por cierto de los más fundamentales de su expo- 
sición doctrinal. Se trata nada menos que de las fuentes 
del conocimiento de DioSj bien que ese Dios sea una abs- 
tracción filosófica^ puramente subjetiva, puesto que lo 
pone el yo^ emlucionando sobre sí mismo y fuera de sí 
mismo, como un titiritero que hace el mohnete sóbrelas 
tablas de un teatro. Para llegar á la intuición de lo abso- 
lutOj el hombre, ó sea el yo individual^ como dice Hch' 
te, padre del egotismo^ empieza por contemplarse á sí 
propio, por ponerse^ que el yo en estas hipótesis es el es- 
píritu, el pensamiento indeterminado é informe, el ente 
de la antigua filosofía; después de lo cual el hombre 
pone el no yo, que encierra, según el crítico más profiiü- 
do de cuantos han analizado esta doctrina, t todas las 
^existencias reales y posibles, visibles ó invisibles, e^pi- 
>rituale3 y materiales^ lo temporal y lo eterno,» El yo, 
pues, es cprimera certeza subjetiva, según Krauae en 
>otro lugar más claro, de donde gradualmente se Uegt 
»al conocimiento del principio.» Si no se llegara á ese 
conocimiento, ya lo habéis oído: no habría principio, es 
decir, no habría ciencia ni habría Dios; de suerte que 
los faltos de entendimiento, á quien nada se les alcanza 
de entrarse y salirse en su conciencia filosófica, deb^ 
renunciar á Dios por los siglos de los siglos. Mal aíio 
para la doctrina católica, que dice;— ^Biena ven turadoi 
)&los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino dalos 
»cielos,> y mal año para el venerable Kerapis, que ex- 
clama á cada momento con la profunda sencillez con que 



457 

resuelve todos los problemas de la conciencia religiosa: 
—«Hijo, no puedes poseer la libertad perfecta, si no te 
>megas del todo á tí mismo déjate á tí y hallarme 

»has á mi.» 

Si faera original el concepto panteístico que la fórmula 
de Krause envuelve, tendría también algo de original su 
desarrollo; pero ni aun eso tiene en puridad, pues Jorda- 
no Bruno, Spinoza, Schelmann y otros escritores inde- 
pendientes cuando no adversarios del catolicismo, profe- 
san esta intuición de lo absoluto, suponiendo que todas 
las cosas finitas son modos ó determinaciones de la exis- 
tencia de ese absoluto; con que hacen del espíritu, del 
pensamiento, del hombre, en una palabra, un yo trans- 
cendental, formado por la conciencia científica, donde 
encuentra Krause al fin, por una serie de evoluciones, 
que según él nada tienen de arbitrario, el conocimiento 
del principio, lo absoluto, lo eternamente generador, es 
decir, Dios, que está, por consiguiente, en el hombre, co- 
mo el hombre está en Dios. Veamos ahora cómo ha des- 
arrollado el escolasticismo el concepto análogo de la filo- 
sofía católica, y veámoslo en un escritor cualquiera de 
los finales del gran siglo, para mejor prueba de que nues- 
tro idioma no necesita envolverse en nubes ni hacer gi- 
ros vertiginosos para remontarse á las más abstractas 
especulaciones. Sea, pues, el texto de un fraile obscuro, 
Fr. Juan de los Ángeles, que en sus Triumphos del Amor 
de Dios, impresos en Medina del Campo en 1590, dice á 
este mismo propósito lo siguiente (fol. 213): 

«Dios está en todas las cosas con una general existen- 
>cia, según tres géneros de causas: eficiente, apropiada 
>á la presencia, y final apropiada á la esencia. Contra la 



458 
*mflnidad de la potencia nada vale. Por limpieza de la 
>divina presencia ninguna cosa se esconde; fuera de la 
> inmensidad de la divina esencia, ningún sor hay creado 
>üi creable. De esta manera está Dios en cualquiera cria- 
»tura sensible ó in sensible j corporal ó espirituaL Y si 
»aun por imposible se diese que las criaturas no depen- 
»dÍ6ran de Dios en ningún género de causa, Él es tan 
agrande que por su inmensidad se diría estar en todas 
aellas, porque ni ellas estarían sin Dios, que las penetra» 
»ni Dios sin ellas^ pues las abraza, i^ 

No necesitó por cierto este humilde fraile de la provin- 
cia de San Josój para expresar el profundo concepto de la 
penetración de Dios en la humanidad, aquel entrarse 
dentro y salirse fuera de sí mismo que usa Krause; aque- 
lla consideración de todo lo finito; aquel aprehender en 
su conciencia á la naturaleza y á los espíritus finitos, que 
envuelve contradicción con la doctrina ordinaria pan^ 
teística, y prueba irrecusablemente que fue el ponderado 
maestro alemán desconocedor del arte de pensar y del va- 
lor filosófico de las palabras^ pues no sabía hacer la luz 
en las tinieblas caóticas de su inteligencia. Ya previo San 
Buenaventura el caso, añadiendo al texto que citamos 
anteriormente:— «No puede concebirse sino lo que se en- 
>tiende; luego loque sobrepuja á nuestro entendimiento 
>no podrá declararse con palabras.» 

Su metafísica pura no es menos extravagante que la 
que mezcla con la teodicea, ni le inspira frases más inte- 
ligibles. 



<E1 f/o consta de espíritu y cuerpo como hombre; él ae 
íiencuentra como permaneciendo y también coma mu- 



>dándos6, asto es, como no temporal^ perpetuo^ subsis- 
atente,,,.. Yo me encuentro como un todo, mismo yo, y 
pnxe distingo como todo yo de mí mismo en cuanto soy 
*en mí y bajo mi cuerpo, y en esta distinción me nom- 
»bro espíritu. Yo, como todo yo, distinto del cuerpo, soy 
>el espiriiíu El cuerpo es un apéndice unido en esencia á 
aimicomo espíritu. > 



Todas las luces que ha producido la invención del gas 
en el siglo xix no serían bastantes para penetrar en esta 
catacumba de estilo, donde está enterrada la inteligencia 
menos original y más estrambótica que haya revuelto 
nunca el mundo intelectuah La distinción que hace en- 
tre el espíritu y la materia, descuartizando el yo supra- 
sensible del germanismo, es tan vulgar y macarrónica, 
sale tanto de los límites racionales, que sólo en una obra 
clásica de delirios filosóficos se le encuentra símil, y aun 
allí, por su lenguaje castizo y á las veces galano, agrada 
tanto como en lírause repugna* 

€La esencia del animal es ser viviente y senciente 3> 
(dice el reverendísimo P, Fr. Antonio de Fuentelapeña, 
discurriendo sobre la materia de que están formados los 
duendes, en su famoso libro El ente diliicidado^ que to- 
dos habréis leído como yo, en vuestras horas de esplín, 
pues de mí juro que me divierte casi tanto como el Qui- 
jote), ^cLuego si estos duendes son vivientes y sensitivos, 

>siguese por consecuencia forzosa que sean anímales 

»Ni obsta contra esto el decir que el acto vital debe ser 
^inmanente: sed sic est^ que la producción de la presencia 
>puede ser oA extrinseco y, por consiguiente, transeun- 
>te. Luego el movimiento progresivo no es vital, á lo 
amenos formalmente...*. > «Que sean también sensitivos 



460 
>se prueba así. Lo primero porque dichos duendes jue- 
>gaii á los bolos, cuentan dineros, trenzan las crines de 
»los caballos y sa aficionan á estos y á los niños lue- 
ngo dichos duendes tienen ánima sensitiva, etc., etc.» 

Y más adelante escribe estas palabras, que son de par- 
las para nuestro retrato del yo, todo yo y mismo yo, que 
se encuentra, que se muda y que tiene el cuerpo por apén- 
dice, á manera de soneto con estrambote «estos duea- 

»des no se producen por creación, ni por natural dima- 
»nación, sino por educción^ y...,, esta educción no sa 
>hace por verdadera generación de vivientes, •„, luego 
>de primo ad ultimum sólo resta que se produzcan por 
>corrupción,.,., no hay otro mixto más á propósito,.,., 
»(qne) tampoco es producida dicha forma duendina por 
>dimanación simple de la materia, pues lo que dimaníi 
>de otro es propiedad suya.,,*,» Ahora comprenderán los 
aficionados á libros viejos la escasez que vamos padecien- 
do en España de este Eníe dilucidado^ ente extravagan- 
te sobre todos los entes, así como las voces que más de 
una vez han corrido en nuestro comercio de antiguallas 
de hacerse activo rebusco de ejemplares para llevarlos á 
Alemania y otros pueblos de la culta Europa, que están 
á ciegas copiando los delirios de nuestros más decadentes 
escritores. Igual acontece con la obra del médico Juan 
Ruarte, Examen de ingenios para las ciencias^ y ni ima 
cosa ni otra deben de asombrarnos; que el primero trata 
de resolver por la existencia de los duendes muchas cues- 
tiones directamente enlazadas con lo que hoy se llama 
espiritismo, como el golpear de las mesas y bancos, las 
voces invisibles, el cosquilleo, los fenómenos magnólí- 
eos, etc, etc,, y la segunda es fuente inagotable de ma- 
terialismo, dado que trata principalmente de la potencia 



leí 

humana para formar y aun reformar la materia á su al- 
bedríOj engendrando los hijos á voluntad de las partes, y 
otras cosas no menos peregrinas, que el respeto á las 
damas impide esclarecer en este sitio. 

Mas no se piense que á Huarte ni al P* Fuentelapeña 
les haga yo por esto la injusticia de compararlos con el 
escritor alemán, entendimiento revesado, imaginación 
pobrísima, que ni siquiera en el campo de las utopias, 
campo sin embarazos ni límites, donde el más vulgar es- 
critor suele sentirse poseído de inspiración y potencia so- 
brenaturales, ve las suyas acrecerse, antes anonadarse y 
menguar hasta el raquitismo- Apuntó las causas él pro- 
pio que hacen más libre y ancho el terreno de las uto- 
pias^ diciendo que la idea en segundo estado se convierte 
en ideal, donde toma formas y direcciones ejemplares; 
especie mucho mejor y más claramente expresada por el 
antiguo moralista Montaigne, que á la imaginación en pe- 
riodo álgido la apellida la loca de la casa^ y extremada- 
mente mejor aún por nuestro Don Quijote, en aquel ad- 
mirable coloquio que pasó con Sancho en las entrañas 
de Sierra-Morena, cuando veía «lugares tan acomodados 
>para semejantes efectos,» que eran «dar zapatetas en el 
>aíre y tumbos cabe^^a abajo. > Pues ni aun allí en su Sie- 
rra-Morena alcanza Krause la palma de un mediano imi- 
tador, como certiflca su Ideal de la humanidad, obra 
grandemente ponderada y conocida en España por ha- 
berla vuelto en nuestro idioma, con adobos y corolarios 
de su cosecha, el mismo Sr, Sanz, presunto reformador 
d© nuestro tecnicismo filosófico; obra con harta razón 
puesta en el índice romano^ que acaso por lo mismo se 
nos quiere presentar á toda hora como dechado «de puro 
»y levantado espíritu, > como Biblia de loa racionalistas 



modernos, como clave de las soluciones políticas y socia- 
les qne nos guarda la Providencia en lo porvenir. Impo- 
tente y desahuciado andaría el moderno racionalismo» si 
todos sus hijos fueran tan enclenques y de mal ver como 
el ideal de la humanidad para la vida. Ni bajo el aspecto 
filosófico^ ni bajo el literarioj ni siquiera por su armazón 
interna, puede compararse con las grandes utopias que 
soñó el genio de la antigüedad clásica, ni con las media- 
nas que abortó el Renacimiento, ni siquiera con las de 
la escuela de Saint- Simón y Owen, que han producido 
la horrible exageración comunista, cuyos ensayos en Pa- 
rís y Cartagena han escandalizado al mundo* Y eso que 
á todas las pone el á contribución, principalmente á las 
últimas, y todas han podido servirle de modelo, queaju- 
da no poco á un mediano literato el andar en compañía 
de hombres superiores, bebióndoles los pensamientos y 
hasta las palabras. 

Sin perjuicio de hacer en otro lugar breve análisis de la 
obra, que no cabe en ^te ni á mi propósito conduce i^\ 

[\] Por no caasar a nucairos oyeiitea vértigo, renuadamos i cooTeo- 
cerles en tin cuarto de honi de lo absurdo de uaa doctrina que tales escri- 
tos produce, amotttonando textos y citas» ca decir, logognfos y charadas; 
con loque á par crecerla demasiadamente el discurro, pues teudriamos 
que entrar ea observaciones impropias de esta ocasión, que liny pantos 
que no puede tocar un escritor de eoneíencia sin ponerles el debido correc- 
tivo* A iin de que qo se crea» sin embargo, quo ios párrafos copiado sarri* 
ba están elegidos exprofeso y deliberadamente para acusar á la doclritta 
de obscuridad y a sus exposilores de torpeEa literaria, copiaré aquí algunai 
cuartillos de mis primeros apuntes, con las ligerisiinas notas, ó más bien 
Uamadas, que les tenía puestas. Casi todas se refieren al estilo y á U grt- 
mátieti, 

ftYo afirmo que nosotros guardaíms en nuestro Interior el peníamimte 
de una más alta emwia, la cttal esta sobre Razón, Naturaleza y Humaoi- 



463 

recordad que es, en sumaj y el mismo autor nos lo dice, 
<plan, proyecto ó reglas para la perfección de la huma- 
unidad, > cuyas instituciones y estados actuales va exa- 
minando uno tras otro en repetidas, inextricables y am- 
pulosas disquisiciones, iQué pretensión tan descabellada 

dad» Yo puedo esto demos triarlo pof muchos iadaí¡ pero sólo quiero servil^ 
me para este intcDlo del co acepto de funda meato y causa,© 
(Guardar p^mamieníos y de UDa esmcÍQ, Demostrar por ladoi.) 



4iDebemos elevamos al pensamiento de uu sor en el cfue^ así la Naturale- 
za como la RazÓQ^ estéu cooteuidas; de uu snr por cuyo medio, es decir, 
confórme á la esencia del cual, estos dos seres sq^iq determluados; de ou 
ser que sea lambiéu el fundamento de la unión de ambos, s€^ún cuya 
amÓu el Espíritu y la Naturaleza son la Humanidad. c 

{¡Y luego se maravillan los incrédulos de que la Sontísima Trinidad sea 
incomprensible! He aqu.í la Trinidad panteística* ,** ¿quién la comprende?) 



«Eo iantOi pues* que pensamos a Dios como Ser idéntico, fuera del úual 
mdú ea^ pensamos á Dios como absolnto* Finito, empero, es aquel todo qne 
ea, y en tanto que es una parte y, por consiguiente, limitado; por donde so- 
lo puede llamarse infínito aquel todo que en niagún respecto es parte, por 
lo cual no tiene límite eu si ni por si.>» 

(Lo que es parte no es todo, y lo que es todo no es parte. Lo finito* li- 
mitado, y lo iaíiuito no tiene límites.*..* Verdades de Pero Grullo. Dios, el 
Ser Idéntico, fnera del cual nada es, ¿Ha querido decir que todo lo abraza? 
Pues si no, ¿qué entiende por idealidad este filósofo? Según el primer Úk^ 
mnario de la Academia, Hamado de autoridades por la mucha que tiene i 
y porque aplica á cada pajabra ejemplos de los escritores clásicos que la 
han usado mejor, identidad tícs razón, en virtud de la cual son una mis- 
ma cosii en la realidad las que parecen distintas**) No puede, pues, entrar 
sino en oraciones comparativas; y, por consiguiente, decir que Dios es idén* 
iko^ omitiendo á quióo ó á qué, ea dejarlo colgado y en ei aire por no sa- 
ber gramática. La doctrina, más absurdo aún,} 



«Por medio de loa pensamientos finitos, en parte negativos, de los ieres 
áetermioados del mundo, nada viene negado de Dios; y asi, aunque Dina 



464 

la del título sintético! ¡Qaó pretensiosos los particQla- 
res y relativos de las secciones en que el libro se divide! 
Necesitaría responder á ellos con tanta exactitud como 
la Imitación de Cristo^ para quedar á buenas con la lógi- 
ca; y en cambio nos conduce á tropezones, por escabro- 

en sí, bajo al y medíante í^l 5« los seres del maüdd, de ñinga im manen ee 
pensado como rimtoen niagún concepto. Pnes los seres del mundo scnjut- 
tn mente mirados como siendo en-baj o -mediante Dios- y asi todo lo qtieca- 
d:i ser del mundo es^ como también lo que cada ser del mando no en, ^m 
jtlkmado y, por consigueate, no negado en Dioa y respecto de Dio^* Pues 
oquello que nn ser del mundo no es, eso justamente lo es el otro opuesto 
á él. Lo que el espíritu no es; lo que, por consiguiente, dobe ser negado de 
él, eso es jnslamente lo opuesto á él, la naturaleza de la cual es afirmado; 
y lo que la naturales no es» lo que deba, por tanto, negarse de ella, m U 
razón, el espíritu, y debe ser atribuido al espíritu. Por consiguiente, lo que 
se afirma de l;i Naturaleza debe negarse de la Razón; mas lo que se afirmí 
de Razón y Naturaleza no puede negarse de Dios, que es en sí ambos, Na" 
turaleza y Razón, sino que todo es positivo en Dios, respeeto de Dios.» 

(La oposición entre lo relativo y lo absoluto no puede expresarse de ana 
manera más antigramaUcaL aLo opuesto al espíritu es la naturaleza, de U 
cual es afirmado. ^> Un escritor mediano diría r (^Opuesto al espíritu es aque- 
llo que á las cosas materblea se refiere; aquello justamente, etc^ic» y debe 
repetir e) relativo, porque aquello no es tfso ni puede serlo, mientras b^ya 
un libro que se llama gramática. Los seres mirados en-baj o- mediante Dios, 
rocuerdan los conocidos versos: 

Ni me entieíndeftt ni te entiendo» 
pvfíB cAt&tQ qüd súy culto. 

Hespecto el sentido é concepto, bien dice su docto comentarista Oftl: 
«El dios de Krause es fuerza é inercia, espíritu y cuerpo* mineral y vivien- 
tes^ es ave y cuadrúpedo, mar y continente, tierra y cielo, hombre y de- 
monio, y en suma, segün la expresión admirable de Bossuet, todas lai 
cosas son aqni Dios, menos Dios mismo. íjJ 



itDios és en si mismo lo determinado, lo opuesto, en cnanto es en-bsjo- 
mediante si el mundo todo, esto es» en cnanto contiene el organismo total 
de los seres y de las esencias ♦^ 

{Determinado^ opuesto; palabras que braman de verse juntas, porque U 



visaos y obscuros caminos^ á tma especie de Atlánti» 
da ó Ciudad del Sol, que llamaría yo más bien, remedan- 
do el título de la obra maestra de Jordano Bruno^ Esta- 
blo de la bestia triunfante^ donde deben asociarse en 
tunión jurídica y política> los pueblos de la vieja Euro- 
primera Implica atirttiaeión, y Va segunda no hay que decir loqQe implica* 
Goateaer el orj;ümsmo total de las esencias, pase en sentido fifí tira do, que 
ao es poco plisar, porque tas esencias soa i aorgáflicas; pero consto qiio 
Knnse qoiso decir vonjunto^ y no encoatro La pii labra. Contener el orga- 
nismo de los seres, es nú% que herejía, más qno panteísmo, pues nos hace 
pensar li Dios con érgaiies de hombre, de bruto, de reptil, di* ave, de pez, 
de piedra, de mineral, de vegetal, de iodo» en íin, lo que vive y palpita en 
li creación; un inmenao conjunto de materifi cósmica omniforme. ¿Quién 
iiflbia de decirle al rumbón impío, que hi^o látigo de sus venjganiád poli- 
ticas aquel epigrama de Moratín, arreglándolo á su muoera: 

— ^iLo que somos I ilo queiomoftf 
dijo ^\ diputado Bn^goi, 
contera i>laado Atotitamente 
l& imlaTCrik de un barro;» 

¿quión habla de decirlo que por aquel entonces se estaba inventando un 
stMeoia filosófico, segün el cual lo que el diputado seDtia ante la asnal ca- 
lavera era una visióti heatlfií:^? Todavía lo dice Krause más claro en otro 
lu^ar; ^Paera del Sév iurmito, no puede ser pensada ui auu la cosa má» 
mínima^» ¿Cómo dudar qu& caté en Dios también el mínimo asno de la 
calavera? 

Elüos perdono ttin horribles chanzas, y para que nuestros oyentes pa- 
ladeen buen lenguaje caf^tellauo, después do esa jerga i usipida, concluire- 
mos copiando frases análogas del Comendador griego, en su comcutanoá 
la copla iííí de his rrescimÉ&s de Juan de Mena: í( Confesó hal.>er un Ui os, el 
eoal es una míenle incorpórea que, derracijada y extendida por todas las co- 
sas de Naturaleza, da sentido de una vida á todas las anojualía^/ü} Ediciou 
de Amberes, por Juan Steelsio, M.DLlh eu ^P) 



Bastan estas muestras á nuestro proposito» puramente literario y grama- 
licrd. Los que quieran apreciar mejor lo absurdo y herctico déla doctrina 
krausista, consulten las notables LBccU>n^s que dio sobre ella en la Armonia^ 
Sociedad literario-calóllca, el Sr, D. Juan Manuel Orti Lara, impresas en un 
tomo, por Tejado (<8tílí), que ha sido para nosotros guíe) seguro é iuesli* 

30 



4€6 

pñf ya casi regenerados hoy por sus doctrmas, que así lo 
dice implícitamente, con los de América, que Ibrmarán, 
allende del Atlántico, <un coordinador estado superior 
político <cyj asociándose Asia y África á su tiempo,» sella- 
rán «una definitiva alianza en el inar de las islm.> [Juro 



iiiíible, Medíu doceoíi de libros como el del Sr. Orlí, oporí unamente ptxhíi- 
cftdosi liubier^m impedido ia perversión de una grao parte déla juveütoíi, 
y á Bapañu mucLíos dinsde lutOt 

Debo lambion completar aqui otras íüdicíicionesj que en 6l liívto tiotie- 
acQ lugar, porque produciría u en el auditorio deUrium trñment, Examinjiro 
;ihara lo más h reveniente posible La obra maestra do Krauso, ea co acepte^ 
de sus süótürios espüñoleSf El ideal de la httmanidad para íá vida. Xa hmms 
visto arrilííi cuántos y euáu buenos modelos pudo imitar: de coasigukote, 
todo lo que le faUo de oríginalLtlad, debe de perfeccióu lilernria éxigirtele* 

Desde luego en el prólogo el discípulo Sauz contradice al maestro, aie- 
gu raudo que resta algo que hacer á la filosofía repara acercarse á la vida v 
penetrar en ella,» mientras Krausa dice eu varios lugares con tono de 
sibila: nEl tiempo del fruto está aun lejos; pero el tiempo do la ñor ha lla- 
gado ya^» si bien no asegura la rcalizaeión de su profecía « porque tnva 
en un tiempo eerrado y no puedo anticipar la realidad liisiórica; pero 
lo anuncia la Mstoría que vamos haeiendo, si vale decir por uuestru cuenta 
y riesgo.» (¡Válgale Dios por historia! ¿Si querría que la hiciéramos por 
procurador"?) También explica el Sr. Sanz loa retazos y pegotes que á h 
obra alemana j)uso por la necesidad de u desacostumbrar á nuestros puebtot 
de la moral servil de la obediencia pasiva,» y por una razóu suprema que 
e&ponedeeste modo: a Las auligoas costumhreSi formadas u\ abrigo dd 
sentimiento creyente y la tradición, se aiejan cada día» {¡costumbres 
que se alejan!), sin que las nuevas ^se hayan añrmado.<.«, siendo p^a di* 
cba que haya tomado la conciencia social la salvaguardln (jtomar U ial- 
vaguardial como quien dice: coger la bateria) de lo que resta ana úe 
seutido y hábUo moral en los pueblos m^s cultos j> 

llehaeer. pues, este mundo de los iogogrifoSf que según el dlscípuio cita 
perdido, y segün el maestro á punto de gauarse, es el ideal ftue el íibpj 
se propone. Empieza estableciendo el desacuerdo en que nos bailamos It^s 
mortales, cfcntre lo que la idea exige y nuestro hecho histórico, j> invoca- 
ción mística í[ue pirece referirse al pecado de Adán; pero no es eso, E* 
que no satisfacemos en nuestras relaciones sociales á nuestro flu total Im* 
mano interior ni e^teñof;^ que no haltamos «tuna ley armóniea hoiM* 



467 

áDios trino j uno que no será mal geógrafo el que de 
tal Jbaraj amiento geográfico dedu7.ca fijamente la posición 
de esas islas, que poblarán los Robinsones del porvenir, 
aüende ó aquende, entre América y Europa ó entre Asia 
j África, donde los mares y las islas son tan fáciles de 
contar corao las estrellas del cielo! 



m*,. en quo so reanude la marcha de k vida ladividoal y social* pasada 

— Y t*iito qua lo entiendo,— Mieotett, Pább, 
qu« my jo quien lo digo j uo ¡q entiendo. 

Ta ikareció la armonía de Los escntOFés soeiaüfítjis, hi artnoiiírt de Foe- 
rier y Saiot-Simóu, que se convierte alíia y al calM) en mUsica celestial,,,, 
ije tiros. Vea^nruoSt puea, *i que la armouía humana 6 de todos los seres 
eo b burnaüidud es la pnmiceíi que Krausc busca también ea este mundo, 
uiedicliiji por derto nada nueva, que ya la entrevio Platón en su libro de 
LfU letjA$, donde diee que el hombre es el único sor que tiene ei sentido da 
laarmi>nLa: |>ero debiú añadir que lo tiene como ciertos perros el olfato^ 
qnüi<i¿<^n la cíjh.í\ h media le^ua y la dejan escapar entre los pies, Eu su 
lían de entplear frases campanudas, el tüósofo alemán califica esle senll- 
ntieelo de la armunia como uaoterior á toda historia y vencedor de todo 
Ijmite í;oogniücoj> lo que quiere decir que lo mismo se encuentra en el 
pisiícrde de la Puerta del Sol que eu oí salvaje de la Palagouia; y para 
paDl^rnos su univcrfínlidad ale^a perogrulladas, como que ueu niuguna 
pirte 11* eniuentra an partido contrario á la humanidad. i> Con esta oea- 
sián, índudaldomeute oportunisima, expone , una toaría de los partidos, 
que viene como aaillo al dedo, subrayando palnhras vulgares para hacer- 
nos creer que eucicrran couceptos recónditos y eminentes. SegUn él, pu^^ 
dti babor «partidos politíceos, cientüieos ó rell24ÍoüOffl,>) i u.<;i|^ue descubrí* 
miento, sin duda alguna* Mayor novedad hubiera tenido si nos describie- 
se ^rlidos sin política, sin cieoeia y sin religión, como los hemos visto» 
pardtís^acia, nacer de los dasvarios íiiosoficos de nuestro siglo, 

Vaqui (smpici&a á pintarnos el estado proseóte del mnndo, que es en ver- 
úíiá UQ galimatias, kna^en fiel de su cap. VIU, á que nos referimos; y oslo 
til, en ?u concepto, porque hay pocas Uniomn (¿k) y no fcrma todavía la 
humanidad **uji reino y sociedad cerrada en sj y toda interiora» (no se 
Hm's^ n Ibinaria federudón, falansterio ni Communei^erQ nosotros, yn 
pr,klicos eu el asuniOi podemos llamarla Hvíb, Alcoy ú Cartagena), eou 



468 

Bien vei^j señores, por ese brevísimo resumen, que no 
es la originalidad el distintivo de Krausej pues cuatro- 
cientos años antea de Jesucristo soñó Platón su /l/Wníi- 
da en el mar y mar de las islas, como todos los mares, 
aunque con más pericia geográfica y sentido literario^ 



lo que sp coQSCgiiíría «ftu entera horaatiízacióii.» Son delicioso g ioideta- 
Ues de esLa pío tura, qae llevan el retamba nte rotulo; La humanidad a!mi' 
za en la hüloria sus socMades interioTis. Ello será malísimo lopgoaje, im* 
propiOf chabacLino; pero en cambio es Duevo, porque nadie sabia, basii 
que nació Krausc^ que la bumaüidad eg para los filósofos compendio y rfr 
sumen do todas las cosas que ¡d hombro se r eneren, sin perjuicio deíaf 
DO muy propio el vocablo» y su sentido más material que espiritual. 

«El Estado-Europaí^ lo pareco inferior al «Estado y reino politicoi ijo» 
él sueñii, porque no comprende, «bajo ley y autoridad ciertas paitM 
mayores de h tierra, hasta llegar en la bistoría delinitiva á nn estudoy 
reítto político terreno que aliraee en ley y derecho lodos los anteriores.! 
He aquí á los reformadores liberales, á loa visionarios del socialismo y del 
comunismo armónico , plagiando vergonzosamente a los tíranos y Cés&reí 
antiguos, de quieu maldicen en sus catiliuarias, porque ai^piriiron á la 
monarquía universal, ni más ni menos que ellos aspiran hoy á uufi repú* 
Mica universal, con una religión universal y una ciencia y uñarte uaivcr* 
sales, porque esperan que en ese monstruoso falansterio serían los lilosofw 
reyes y poütíítces, realizándose el candido sueno de Platea, que coorer- 
tiríü al mundo en inhabitable manicomio. Para mayor novedad en la Idea 
y en k exposición» llama Krause á ose Estado uuttEstado mayar.» Ka «s 
dirá que al nombre le falte poesía y elegancia. Con esto, y con decirnos qop 
este Estado mayor no absorl>e ni perjudica a los Estados menores, par^i y 
simplemente porque élinveota una palabra, que no es absoreión ni per* 
juicio, sino invfthicién, y con ofrecernos también su tantico de paz ani- 
versal, manía universal, que Kanl ba puesto de moda, cierra U introduc- 
ción del libro, á la cual siguen unas ideas preHminareitt en parrdfitos cor* 
tos, coo números arábigos distinguidos, bajo esta rotúlala: El himbriif^ 
humanyiad. Nada más estrambótico* Entre las cosas que el hombre dck 
ser y hacer, cosas que reza admirablemente nuestro Catecismo, poneEnia* 

seéfitas; (T Mostrar la armonía de la vida universal en bella forma »flai}* 

nirse «en esferas mayores humanas» para formar (con otrosí un stii|ieri/^r 

hombre y vida entero y de todos lados armónico.! De suerte qoefll 

que desafina ó pierde el compás por la Izquierda, por la derecbíi ó por el 



m 

pues en pleno siglo xix ha podido visitarla y describir su 
fantástica posición submarina un viajero de novela; y en 
el mar, y por consiguiente en mar de las islas, colocó 
también Harrington su Occeana^ j Baoon su Nmva At~ 
lúntida^ y Fenelon su Jsia de los placeres; sin que men- 



frente; el que ao hace laa cosas ea beUa forma* queda, echado del Paraíso 
krmusíaao por inconapatible coa la superioridad y entereza de la vida uni- 
versal. Ld mismo pueden y debeu bac^r tilas uaclones. los paeblOB y las 
naioneft de \m pueblos, n ó sean los Estados mayores y menores, que en 
moniQu y arrebujados couBlituyoil la Socisdad fundamental humana^ soeie- 
dad que se resuelve toda en clamor, y paz, y publicidad de obrar, »> (Allí, 
por lo visio, se hace lodo al aire libre») Un pensamieoto profundo, que 
merecíí recogerse por lo nuevo, nos sale al paso. La SocUdad fundamental 
humana no repudia aada délo que nba sido be Ib mente cumplido eo la 
historia, en el Estado y la Iglesia, cu la ciencia y el arte;^^ antes aspira 
i f^pmduclrlo otrii veiS, según «el espirita de nuestro siglo» « ;Quó garan- 
tía para los lio mb retí Teacciooarios! Tendrán una antigüedad á la moda; 
una Edad Medva á la moda; moQJes y caballeros andantes á la moda; Ne- 
rones, y Eoearedos, y Felipes sei^undos y hasta una Inquisición Tunda meo* 
tal-universal-baruana. aderezada con arreglo al último figurín. ¿Se piensa 
que ejtageramos? Pues Krause ve aouncioa del tiempo de la fruta madura 
on «ríos misterios de loa pueblos primitivos, indios^ chinos, egipelos, grie-» 
l^os: en la doctrina y la sociedad de Pitágoras y de loa Essenios; en la oien- 
eia y la vida de Sócrates y Platón, (y) en las sociedades de caballeros y 
corporaciones en la Edad Medía,» Tales son las qne podríamos llamar 
BaK$ para eí RegiamentQ de la múisdad fundamental humana^ pues todas 
esfis ideas pertenecen h la introduccián del libro en buena lógica; pero 
¿qnicn pide lógica á escritos donde no hay siquiera gramáti<ía? 

La primera parte que si'^ue, parece que está destinada á examinar los 
síntomas de armonísmo que ofrecen hoy las principales instituciones» ó sea» 
en el lenguaje burocrático de la Sociñdad fundamentáis el número de socios 
con que puede contarse, ó, vamos al decir, cálculos de probabilidad de la 
emprefla* Aqui caminamos de maravilla en maravilla, de tanta originali- 
dad espantados. 

t^ familia, reunión personal, «mos hace amado el hombre todo, como 
este tal é individual hombre, « Marido y mujer « viven juntos, hermanando 
la mayor de las oposiciones: la del sexon* grandisiniíis sentencias que 
eseaeba por primera vez absorto el siglo xix. Se podría haber dicho me^ 



m 



temos otras muchas asociaciones de pueblos regenera- 
dos, ángeles y querubines filosóficos, que también pudo 
lírause tener presenta; asociaciones anfibias, por decir- 
lo asíj terrestres y marítimas á un tiempo y hasta etó- 
XBBñf como la Ciudad dd Sol y la Monarquía del MesiaSf 



jor, eao at; porp de no múáú más auevo..*.. ¿qnléa? lYiTtr jautos marido 

y mujer, bcrmaQaQdg los sexosl ;ihí es nada! Paes ¿y enriado añade f na 
del amor de marido y mujer tiaee el pateroal y el ülial, y lue^a la füinílb* 
y tas geaeraciones huQiaDas? El lector no tiene roaaos para hacera cruces. 
—vLLm naciones, los pneblus, un eoujaatode rátiiíUas*>j IFA mundo bocaí]»- 
jo ante este deácubriiníento iasiigue, qne no liabian podido hacer log p»- 
triaren s de la ley antigua ni las caimzm d$ barangstf, pobladores del Áj- 
chi pió lago fitípluol — La amidad^ (leireulof; de familias que se abren naaw 
h otros y se eornonícan entre sí.» ¿Hay nada más poético? Algún tilde po* 
diera ponérsele, como el do bacer la amistad colectiva^ cuando es eminen- 
temente Individual; pero osto e^ peocata minuía^ porqne. en cambio, nos 
revela que cada bnmbre tiene ksu carácter, t» y esto ya es un ^r;in prognv 
so para las ciencias, por más que sea uii deplorable precedente para la ar-^ 
monia n ni versa L — ¥A cotnerch sociaí, que (t otros llaman trato,» se compane 
de elementos muy peregrinos: «las reunioaes do fa milla « los eireutos, lus 
sociedades y las artes de sociedad^ que alimentan y embellecen la vida; 
«el juego, la música, el baile y el drama, « (jSordo sea el sentido comiia: 
el drama arto de sociedad á par del juego!) Pncs con este mi\to etse hace 
posible que los amantes y amigos se encueotren y se oonozoan,» ¡Filosó- 
fica apreciación, sin duda alguna, y en estilo elevado y propio! Aoifot^ 
qne se conocen por primera vez no son amantes lo menos hasta la segnii- 
da, y á su í}íi aqueMa primera véz na son tales amantes, ni siquiera cono- 
cidos*— El Estado. Le hay terreno y divino para Krause. «El primero, « 
»an ori^anismo interior é interiormente relativo y omnilateral querepro* 
asenta la reciproca y eKigible eondlcionalidad para el destino bumaao** €«!Id 

esa deñaición se contentarán nuestros oyentes, que si es obscura no 

hay otra más clara. — La fghsia. Por ser «la religión un modo total de la vida 
en relación digno con Dios,n y por manifestar el hombre su sentimieDlidi* 
vino (iTeu Torma social, >^ funda ^<nna común superior vida, donde mut^stn 
la rtíligión de tsu corazón en palabras y obras como tiíifi edifieaeíén sodaf*» 
No se dirá que la Iglesia no queda bien servilla, y por alto estilo y <^Offl 
profundos peosamientoB.— ¿/i ciencia. Con mocho trabajo consiguen loi 
pueblos y las generaciones aedificar en forma de sociedad humana cíeslí- 



m 

de Ganipanella; la Utopia^ de Tomás Moro; la Tierra de 
paz ó la aasa del arnor^ de Nicolás de Munster; el Tnwn- 
phus crmk^ de Savonarola; la BasUiada^ de Morelly, y 
en los mismos días de Krause, á poco más ó menos, pues 
él murió en í8;32, la Nueva armonía j de Roberto Owen, 



ííca, la ciencia primera y las ciencias segundas en ella contenida g.i? (!!!) 
Una Aeadeaiia universal de «todoa los profesores cientUlcos, UciiBrá el fio 
den tí tico humano y dará n ni dad firmísima á la verdad. >i ({Unidad á la 
verdad!.... nnidad á su ejtpreslÓD di£j¡a V» otra vez, ó uaidad á las ver- 
dades.) 

La emprende Ine^o con el arU y la $Q<^ilad aríistim li amana, en vul^ía- 
rtstmas díáquigiclones, tjue le ayudan á probarnos (¿!), en otro capítulo, 
que las ImiiiuHmit^ hoy activas de la mci^ad humana m llenan ei destino 
total d€ la humanidad por las cansas siguientes:— La fa miliar porque tilos 
es{>0soa SB aman, a o absoluta ui primeramente como hombres, sino por* 
qtie BOU el uno para el otro, estos tales y propios individuos con %u per- 
soüal rarácíer^ cnalidades y prendas do cnerpo y espíritu," (lo que deja 
trnslufir algo y anu algos de amor libre, entro esos disparates de los tales 
individuos, que recuerdan los sábeles de D, Ramón de la Cruz* y las 
prendas de auerpú, que parecen cosa de sastrería); porque entre padres é 
bijos ítreina y predomina la individualidad )> (ó sea, dicho en plata, que no 
amo yo á los liijOB del ^bedeo ui á Iok de Kitalis» como á loa que son carne 
de mi carne y huesos de mis huesos); porque se quiere {<másá las parien- 
tes que á los amigos y é los amigos más que á los extraños,)) renómeuo 

autihumano é insufrible Por todas estiis cosas la familia no es perfec- 

U, ni el trato íjocial presente merece los elogios de Krause. Análogas cen- 
suras prodiga á las restantes instituciones. Las omitimos, porque no se en- 
tienden absolutamente bs más de ellas, y no sabemos si son para reír d 
para llorar, con la sola excepción que si^uc, Al arte lo censura, porqoc 
hay «artistas libres y artistas útiles» ¡en eapañol se llaman éstos artesa- 
nos) que «trabajan una pieza tras otra según modelo hecho, sin originnli^ 
dad de ideai! (por al no lo habíamos entendido), con cuyo descubrimiento 
m.ira vil loso se engolfa en sapicu ti simas disertaciones sobre la condición 
del artista útil y del artista libre, ponderando sus diferencias, que no sou 
ni más ni nienos que las que existen entre el arquitecto y el al bañil, entre 
Morillo y el mozo que los colores le molía* Rn cnanto á la coarepción ar- 
listica del mundo presente la jnz^a defectuosa, porque es una, particular, 
«no llena lodo el corazón y todo el espíritu del hombre, >► y nosotros, en fio. 



471 

j el Nuem mundo indt^strial^ de Garlos Fourierj que soa 
indudablemente los dos modelos que más se propuso 
eclipsar. 

Que los eclipsó j en efecto, por el estilo y por la extra- 
vagancia de la forma, no hay manera de negarlo, pues 
Owen y Fourier eran verdaderos escritores, que sahían 
decir lo que pensaban, y darse á entender de doctos é in- 

\m miseros mortaja som^^s IniperrocfoSt porque nos gusta más uü arte 
i|uc otrOf porque preferirnos uua comedia de Calderón h un par de zapatos, 
uoa estatua de Fidias á un botijo de la Akarrío, y la catedral de Toledo i 
ufl casucrho de Ctiamberí* El artista por su pürte^ preocupado por el ncior 
exclusivo al idual, no siente «el amor á la humaDÍdad,)^ y carece en fin 
«de educación armónica de todo el homlire.t» Esle es tambiéu el rasttiDM 
de su eritica: que <íaiciguaa de las esferas hoy activas de la sociedad hu- 
inaün iúma todo el hombre como objeto Inmediato de itn educacional^ qoe 
les Calta «de raíz uua rida de positivo concierto*,..* la sociedfid toul de 
las sociedades partlculareB» la sociedad fundammtai humün^i.in ¿A dónde 
va á parar este pensamiento desbocado? ejtclamará el lector. Bien claro lo 
dice, después de multitud de botes y relinchos intf'lectuales. Sólo aa li 
plenitud de su vida se hace aeX hombre, en la realidad histórica, semaján* 
te a Dios y digno de su providencial destinow {declarada herejía, que él 
hombre sólo mediante la gracia se hace semejaute á Dios), con otras Uude* 
£as paute i st leas semejantes á ésta, cacaminadas á la anulaoióu de la (gle^ 
msi católica y al ateisino de los Ef^tados, por medio de la absoluta líhertud 
de cultos. Igual libertad pide en todo y para todo. 

En la parte afirmativa del lihro no podemos ni debemos ocDparnoB ya, 
aunque bien lo mereceria, pues abunda eu extravagancias y logogrifos m 
menos que la otra, y es la quts constituye al autor en un rapsoda ramplón 
y chabacano* Háeelo también inútil la breve suma que do ella hemos en 
ol tejtto incluido* El método que sigue, análogo al de su critica de la hu» 
mauidadi aunque al^o más metafisico, le obliga á repetir i\ montón cui 
todos los conceptos qno en las partes expositiva y critica deja formulados* 
habiendo párrafos y páginas enteras de vana palabrería» que no se acierta 
adonde corresponden, si á la exposición, al nudo ó al desenlace, al pfin* 
cipio» al medio ó al linaL Tan pronto adopta el tono expositivo como é 
crítico» como el meramente didáctico; mesa revuelta» en fin. y olla vení/i- 
deramünte poilrida para todos ios paladares extragados, para todos loa es- 
tómagos ci acerosos. 



473 

doctas cuando querian, cosa que parece á Krause veda- 
da por la naturaleza. Bajo este aspecto, su único rival en 
el mundo literario, más aún que Maine de Birán, diga lo 
que quiera el autor de Les phüosophes francais uu xix 
sihcle (Taina), ha sido el sansimomano Enfantin, aquel 
hombre que desarrollaba á Platón á través de Descartes 
y Leibnitz; aquel hombre que llamaba á Dios «verbo in- 
ífinitesimal, que se resuelve en palabras en el arte^ y 
*fuera del arte en símbolos.» ¡Qué solfa tan extraña re- 
sultaría, si en cuadro sinóptico se comparasen los estilos 
de estos escritores^ agregándoles algo del sistema pasio- 
nal de Fourier, como, por ejemplo, aquél que en el N^ue- 
vo mimdo industrial alega de los magníficos resultados 
que su doctrina produciría, aplicada al cultivo de los pe- 
rales por una serie de peraleros^ aliados de los cereceros, 
rivalizando con los cultivadores de manzanas, en el edén 
de un lalansterio! Pero a nosotros lo que nos importa es 
examinar los frutos de la do Krause, que más que peral 
es guadapero, plantado en el campo de la literatura es- 
pañola. 

En punto á innovaciones y reformas del orden inte- 
lectual, suelen ir los discípulos mucho más lejos que los 
maestros, asi por el afán de singularizarse y tomar pron- 
to en la escuela puesto aventajado, como por la ingénita 
propensión de toda copia á eclipsar las calidades de su 
modelo. Mayormente en filosofía, y filosofía panteística, 
que es la que predomina en Europa desde los tiempos de 
Descartes, hallándose hoy, quizás por fortuna, á punto 
de ser derrotada por sus legítimos hijos, el materialismo 
y el positivismo, constante castigo que da la Providencia 
al error humano; mayormente en filosofía se observa in- 
variable esta ley de las exageraciones. Guando se aparta 



171 

de la suma verdad, pronto la envuelven tinieblas, y más 
á cada paso se descarría. Ni hemos de olvidar tampoco 
que la inspiración intelectual bebida en extranjeras fuen- 
tes hace con sus productos verdadero acto de aclimata- 
ción, como aquél que sufre una planta exótica cuando 
la traemos á absorber jugos v respirar brisas contrarias 
al medio atmosfórico en que ha nacido. En todos los tiem- 
pos y países la poasía» la música, la arquitectura, la pin- 
tura, tejen su historia con interminable serie de evitas 
evoluciones, que por ser de todos vosotros conocidas ex- 
cusan encarecimiento. La misma planta humana, en su 
traslación á otras latitudes, adquiere nuevas ó modifica 
sus antiguas condiciones fisiológicas. 

Cuando tales mudan j:as y trasplantes no los produce la 
necesidad imperiosa de llenar fines instintivos de la vida 
social, como acontece en las conquistas de los pueblos, 
sino que son hijas de un mayor desarrollo del espíritu^ 
de la tendencia á la dilatación y esparcimiento por las 
esferas morales que al alma humana señorea, se impone 
siempre al arte una suprema ley de buen sentido por el 
mismo lenguaje dictada, que sólo consiente asimilaciones 
entre las cosas que son similares. Pero la moderna filo- 
sofía, por ir contra las leyes de la naturaleza y de la lógi- 
ca, lo ha dispuesto de otro modo: ¡tanta es su vanidad y 
des!vanecimiento! Entre radías meridionales^ que no se 
acomodan con la poesía del Norte, con las artes del Nor- 
te, y que hasta á los idiomas teutónicos son antipáticas, m 
empeña en aclimatar su filosofía, que es de todos sus pro- 
ductos el más exótico en nuestro suelo; 3^ exagerada, des- 
figurada, abigarrada por la imaginación ardiente de sec- 
tarios quo, antes que espuelas, riendas necesita. Agre- 
gúese á lo dicho que aquí se hace moda prontísimaraen- 



I 



17» 

te en ciertas esferas lo que allí no pasa casi nunca de ma- 
nía individua], como acontece con el mismo Krause, tan 
obscuro y desconocido en su país, que algún sabio ale- 
mán se pasma de ver á su primer traductor, Sanz del 
Río, elevado por nosotros al quinto cielo, v que baste 
inscribirse en los registros de su mal llamada escnela 
para tener derecho á la inmortalidad. El moderno acha- 
que de menospreciar nuestras cosas ha sido también par- 
te en qne se tomen por Evangelio las diatribas de Sanz 
del Rio contra la lengua castellana^ y se imite su estilo 
extravagante y agermanado, no debiéndose olvidar, por 
último^ sus circunstancias personales, ni las que contri- 
huyeron á que fuese elegido en el claustro de la Univer- 
sidad central para estudiar el krausismo en Alemania. 
Nunca perdonará la historia á nuestro Centro directivo 
de Instrucción tan lamentable ocurrencia, inspirada prin- 
cipalmente por el prurito de imitar á tontas y á locas á 
la Francia, á donde en febrero de 18íM el calvinista 
M. Truizot había llamado á Ahrens^ agregado de la Uni- 
versidad de Goettinga, á dar un curso de psicología en 
la de París» 

Era Sanz del Río hombre bondadoso, afable, místico, 
que trajo, como era de esperar, de Alemania im tono 
dogmatizador y unos como vislumbres y destellos de ilu* 
minismo harto propios para fascinar á jóvenes inexper- 
tos. Lo revesado de la doctrina^ que le hacía parecer nue- 
va, y hasta inocente y católica, á los espíritus supcrflcia- 
les^ y las tradiciones de gongorismo que resucitaba, nun- 
ca en la patria de Lncano y íxerardo Lobo muertas, hi- 
cieron fácilmente lo demás, dándose la mano con sucesos 
políticos de todos conocidos. ¡Fecha triste! Desde enton- 
ces el cuerpo escolar no ha vuelto á producir grandes 



178 

escritores, ni siquiera medianos hablistas, ni menos poe- 
tas de alto vaelo, sino oradores y discutidores, dialécti- 
cos ó ideólogos; observación qae conviene hacer aqiii 
por vía de ejemplo de cuanto confunde, amanera y este- 
riliza la inteligencia esa doctrina filosófica. Lastimoso 
error, volvemos á decir, porque en aquellos jóvenes á 
quien fascinó la nueva moda cifraban sus esperanzas la 
patria y la literatura, donde algunos hablan hecho ya 
con lucimiento sus pruebas, mostrándose en el estilo r 
en el arte de escribir, objeto principal de nuestra tesis, 
puros, nacionales* verdaderamente españoles* Pero ¿qué 
había de suceder, si el jefe de la secta, como hemos viisto^ 
declaraba inútil y tosco el instrumento que manejaban, 
y los hacía quizás avergonzarse de escribir como sus pa- 
dres escribieron? ¿Quó había de suceder, si con su ejem- 
plo los arrastraba á formar, en medio de nuestra sociedad 
literaria, una especie de sanhedrín misterioso^ un como 
antro de sibilas, de donde sólo debían salir, envueltas en 
vapores obscuros y flameantes, palabras laberínticas, en- 
marañados conceptos, estilos de pura convención para 
seducir á las gentes indoctas? En el mismo Sanz del Río, 
como en Pitágoras, hubo dos hombres diferentes: el pú- 
blico y el privado. Aunque mediano orador, era en süi 
explicaciones ex-cátedra claro y castizo, según cuentan, 
lo que no parece inverosímil recordando su Discunv 
hmiigural del año académico 1857 d 58 y algún otro 
rasgo fugitivo de sus obras; pero cuando al coger la plu- 
ma de filósofo se le acordaba su pretendida misión profé- 
tica y transcendental, arropábase con su manto de oh.^ 
curidad y tinieblas á fin de parecer más que un hombre. 
En aquella actitud, indudablemente le poseía, como de- 
monio tentador, un profimdo desprecio hacia todo ele- 



477 

mentó nacional, empezando por la gramática de esta 
Academia y por sus mismos lectores, á quien juzga tan 
atrasados, que únicamente repitiéndoles una y mil veces 
los conceptos más triviales, y exponiéndoselos ab ovo^ 
podrían ser de ellos comprendidos. 

Sólo así nos explicamos las pomposas vaciedades que 
han salido de su pluma y las de aus discípulos, donde la 
critica más zahori para descubrir en el fondo algún vis- 
lumbre de pensamiento, y ese pueril y rancio y tortuoso, 
tiene que hacer esfuerzos semejantes á los del marino 
que sondea el grande Océano para sacar, al cabo de mu- 
chas horas y fatigas^ un puñado de arena ó un manojo de 
algas. Así, y sólo así, concebimos en escritos llamados 
arrogantemente filoso fieos, desvarios como casi todas las 
notas y adiciones del Ideal de la humanidad^ su obra 
maestra, de sus pobres discipulos embeleso, y de noso- 
tros los simples mortales desesperación. Aquellos Man- 
damientos de la humanidad^ parodia impía de los de la 
Ley da Dios, plagio rastrero del Catecismo posiHvisía de 
Augusto Comte,qua acababa de publicarse en París (1852) 
divididos en generales y particulares^ donde se descono- 
ce por tal modo la noción rudimentaria de lo que es par- 
ticular y lo que es general, como la significación délas 
palabras más comunes, no 3^a en estilo puramente litera- 
rio, que esto podia ignorarlo impunemente Sanx del Río, 
sino en el filosófico, que era su especialidad; aquellos 
consejos al hombre de que santifique á Dios y se santifi- 
que á sí mismo (1/ y 3/), que entrañan un paralelo heré- 
tico entre el Criador y la criatura, acaso por haber apli- 
cado el verbo santificar sin conocer su significación; 
aquel mandamiento de amar á todos los seres y á sí mis- 
mo con pura inclinación (8/), como si no hubiera en 



t78 
nuestro idioma palabra más gráfica y expresiva para de- 
signar el amor del evspíritu, huyendo de todo sentido ma- 
terial, que es justamente el que la inclinación revela, por 
lo cual resulta doblemente inaplicable con el adjetivo 
puro; aquellas recomendaciones de combatir la fealdad 
con la bel lera (22), frases tan desnudas de toda metáfora, 
tan bajas ó impropias, que parecen copiadas de un anun- 
cio de cosméticos y perfumes; y todo aquello mezclado 
con los más disolventes apotegriias de la teoría panteís- 
tica, como ordenar al hombre que niegue tributo á la fe 
y á la autoridad, ó infundirle la esperanza de convertirse 
en Dios más tarde 6 más temprano: todo aquel cúmulo 
de monstruosidades, para ser puesto en su verdadero pun- 
to crítico^ exigiría mayores talentos que yo poseo, ma- 
yor espacio que el que me resta. 

No concluiré, sin embargo, con el porta-estandarte de 
los gemían ófllos en España, sin traeros á la memoria su 
famosa disertación sobre el organismo científico- univer- 
sitario de la sociedad futura, que hasta en documentos 
oficiales se ha querido parodiar recientemente, con ser 
el más rancio y ridículo estrambote que al Ideal de la hu- 
manidad puso su traductor. Á vosotros se os habrá caído 
el libro de las manos al llegar á tan estupendo pasaje, 
sin que os tomarais nunca la molestia de pensar porqué; 
pero es preciso que apuréis la amarga copa hasta las he- 
ees, penetrando conmigo en aquel dédalo de frases en- 
marañadas y de oraciones sin concluir, donde se repiten 
cien veces los más vulgares conceptos y los originales 
no se entienden ninguna vez; donde el único plan que el 
autor parece haberíie propuesto es volver las nniversida- 
fies á la Edad Media y convertirlas en behetrías, con su 
fuero especial científico y jurídico^ imcompatible con la 



479 

armonía histórica- espir i tual^ natural á la vezj qae para 
las demás instituciones de la Bocíedad regenerada preco- 
niza. Cierto que ningún critico imparcial debe haber pe^ 
Iletrado Jaasta hoy en semejante mazmorra^ donde el es- 
píritu se asñxia y entontece. 

Tres son, segiin el propagador krausiano, las institu- 
donen interiores do la ciencia (¡instituciones interiores!) 
«que se relacionan partieulannente con la institución 
^científica (Universidad), llamando así la sociedad huma- 
•na para la ciencia.» Helas aquí: tLa Biblioteca^ la Aca- 
»demiaj la Cátedra.» (Al revés me las calcé, dirá cual- 
quiera entendido,) Óigase ahora nueva y sorprendente 
doctrina sobre las tres instituciones. 

A la Biblioteca nos la presenta buscando libros; junta 
m uno con el bibliotecario y en una sola persona con- 
fundidos, como si el bibliotecario no fuese de carne y 
hueso y la biblioteca do cal y canto. El mérito de los li- 
bros ha de clasificarse <sín juzgar directamente de su 
*v\ilor literario, sino su relación histórica, y la que guar- 
*dan con las producciones contemporáneas, con el autor, 
>como su padre, y con el estado literario del pueblo y 
*del siglo;» galimatías que en cristiano quiere decir que 
se clasifique el libro con relación á su época, á su autor y 
á la ciencia de que trata; lo cual, si no resulta juicio crí- 
tico, y literario j y directo, venga Dios y véalo. En cuanto 
á novedad cienlíflcaj mucha más tiene cualquier artícu- 
lo del Reglamento oficial de archiveros-bibliotecarios. 
Á la Academia la llama ^institución personal» en unas 
partes, y en otras cparticular y relativa,» como si pudie- 
ra ser duendina, á tenor de los entes del P. Fuentelape- 
ña; la atribuye «fines mu}' varios, y cada cual propio,^ 
sacándonos del error de que pudieran ser ajenos, y ana- 



4SQ 
de may orondo que ha de € tratar cuestiones» y ha de 

«hacer cónsul tas,)* notabilísimo descubrimiento fllosófico- 
administrativo, que dejará espantados á los oráculos de la 
Administración española, Posada Herrera y Colmeiro. 
Finalmentej <la verdad hallada» en la Academia ha de 
tomar <íbrma exterior,» que es la cátedra; y en !a cáte- 
dra ha de ser cexpuesta (¡ pásmense el orbe!) en forma de 
doctrina científica,» y no en coplas de Calaínos ni en re- 
cipe de botica. ¡Señores Académicos! ¿No es esto escribir 
por escribir, sin saber lo que se escribe? ¿No es esto 
amontonar palabras, como el minero amontona escoria- 
les á la boca de la mina, sin distinguir lo que es tierra 
de lo que es oro? 

Pero ya abuso de vuestra benevolencia, máxime si te- 
néis el espíritu en el mismo punto de perturbación y 
mareo que está el raio^ con tantas aliquitates y quiddüa- 
tes como ha abortado el germanismo para afrentar á los 
escolásticos. Por idéntica razón no me ocupo en los es- 
critos, igualmente censurables, de algunos jóvenes de 
gran valer afiliados á la escuela krausiana; por esa ra- 
zón, y porque los considero á unos próximos á tomar al 
buen caminoj y á otros en el de arrojar la máscara, 
como les aconsejan filósofos eminentes^ para declararse 
panteistas ó positivistas, lo que al menos deslindará los 
campos y dará al espiritualísmo gran ventaja para la 
lucha, 

Por fascinación y por debilidad, por seguir la corriente 
de su maestro español, ellos desprecian la gramática, 
amaneran su estilo, revesan su inteligencia y ponen en 
todas sus obras sello estrambótico, que cuando salgan di* 
esa esclavitud intelectual se apresurarán á destruir^ re- 
cordando el famoso dístico de UrgaTida la Desconmdü. 



481 

Ellos no puedan menos de tener presente qtie nn desgra- 
ciado escritor, que acaba da morir, entre los últimos vis- 
lumbres de su juicio lo tuvo para querellarse de que 
krausistas y telegrafistas estén asesinando á la pobre len- 
gua castellana, que ningún mal les ha hecho. Ellos, en 
fin, no podrán menos de considerar que mientras lacien^ 
cía les ha costado largas vigilias, á otros les basta para 
alardear de filósofos tomarse de memoria aquellos versos 
tan conocidos; 

«Si culto quieres ser en sólo un día 
La culli apronderás jerga síguienle, n 

¡Cómo no hemos de esperar confiadamente ver borra-- 
dos por sus mismos autores apotegmas como estos: «El 
^derecho es la evolución del concreto, 3* frase desnuda 
hasta de propiedad gramatical; <el poeta es á la vez su- 
*jeto y objeto de sus creaciones, materia y forma^ efecto 
»y causa,» con otros muchos por el estilo, de que podría 
hacer aquí larga recordación, si no temiera alargar este 
discurso I Hasta en obras puramente literarias campea 
tan desbocado el desprecio á la gramática y á toda ley 
de lenguaje, que sin hablarnos de «bello arte,* «de tor- 
^cimientos de espíritu, > «de artistas científicos,» «dere- 
»ducir por tiempos,» «de ojeada total y comprensiva, 
«etc., etc.,» no se atreve ningún kransista á sentar plaza 
de literato- En la misma cuenta incluyo no pocos discur- 
sos parlamentarios y documentos oficiales que, en lo por- 
venir, volverán locos á los lectores de la Gaceta^ si no 
tienen á la mano un traductor, 

Recordemos ahora, para concluir^ la misión lingüísti- 
ca que á sí misma esa escuela se atribuye, para mejor 
comparar con la de sus pretensiones insensatas la suma 

31 



de sus desaciertos, «Precisa, clara, enteramente distínla 
>en síj en sus elementos intariores» y coherente, ric^^i lie- 
>iia de carácter y y ida,» había de ser la lengua castella- 
na, según el Sr, Sanz* para ponerse á la altura de sus 
pensamientos. — Precisión, El escritor más adocenado m 
atrevería á condensar en media página cualquiera de las 
más precisas quo él haya emníx).— Claridad. Ya veis 
que es su estilo como la boca de un lobOj y que alguna 
vez nos ha hecho bendecir la invención del gas, — De su 
distinción en si y en stis elementos interiores nada po- 
dré deciros, porque á la verdad no lo entiendo bien, m ei 
posible brujulear lo que por distinción entendía, hom- 
bre que usa substantivos por adjetivos, como «instinto bi- 
*bliófilo,> y que á un verbo singular lo movía con dos 

agentes, como la ^c biblioteca y el bibliotecario bnsca.t 

Si tomara el la distinción en este sentido, podría quims 
admitirse, pues en efecto su estilo se distingue entre to- 
dos los españoles, como el desierto de Sahara entra todos 
los campos del universo* — La riqueza^ úardeter y mía 
que acertó á prestar al castellano, todavía os las recor* 
darán en los fatigados oídos el insoportable martilleo de 
frases hasta la saciedad repetidas, de oraciones iguales 
y tortuosas, la nimiedad de los accidentes retóricos, la 
ampMficación sistemática, el pleonasmo insufrible y la 
más insufrible monotonía- Dícese también que vino á 
purgarlo de impurezas y de influencias extrañas^ y esto 
sin duda se dice, como él las más de sus cosas, por decir, 
pues mal podía traer semejante misión respecto al idio- 
ma el que vino á germanizarlo. No conozco una sola pa- 
labra inventada por el Sr. Sanz que merezca entre nos- 
otros carta de naturaleza, ni sabría decir si las que nos 
chocan son verdaderas invenciones* Excepto seidad^ m- 



483 
pacitar y alguna otra por el estilo, sólo encuentro pala- 
bras mal construidas ó coya significación ól misrao des- 
conocía, como íerríficas (sombras) en el Ideal de la huma- 
nidad (segunda edición^ pág. 285)^ donde hizo de tierra lo 
que de terror pensaba hacer. Ni eran sn especialidad se- 
mejantes invención esj que siempre descubren potencia 
intelactualj sino la de giros y frases, como ya se ha dicho. 

Coinciden en esta manía de reformar los idiomas casi 
todos los visionarios filostificos» que no en balde es el len- 
guaje, según de Bonald, el problema fundamental de la 
ciencia y aun de la vida humana, y ellos en su ceguera 
necesitan, para remover la ciencia y la vida en nuevo 
crisol, nueva palanca y más á su modo y entender pode- 
rosa. Proceden con el lenguaje ni más ni menos que con 
la sociedad, que si repugna su doctrina, si la escarnece, 
si la encuentra descabellada, no confesarán que se equi- 
vocaron, no por cierto; sino dirán que la sociedad se 
equivoca, que no está al temple del fuego sagrado, que 
hay qae reformarla y digniflcarla; y en seguida escriben 
su utopia, su receta para el enfermo iraaginariOj que no 
la necesita, y á quien causan una verdadera enfermedad 
por curarle en salud* 

Aspecto curiosísimo de la vanidad científica, implaca- 
ble enemiga de la verdadera ciencia; si el espacio de que 
ya dispongo me lo permitiese, de buen grado os describi- 
ría el idioma del porvenir, que el sansimoniano Enfantin 
soñó en su Libro ntievo (otro Ideal de la humanidad}^ 
donde, exagerando por todo estilo la extravagancia de 
Leibnítz de dar participación al álgebra en la vida moral, 
insinúa que para armonizar rigorosamente el lenguaje y 
la filosofía, han de ser, en el tiempo que él llama infini- 
tesimal, el hombre teórico, el substantivo^ el práctico, el 



m 

adjetivo^ el sacerdote, el verbo^ con otras innovaciones 
semejantes, que dan ganas de eocerrar a su autor en m 
manicomio. Parte por encubrir un tanto cuanto sus pen- 
samientos, de la propia conciencia temerosos, adiTinan* 
do que han de escandalizar á las gentes; parte por afec- 
tación de éxtasis intelectual, donde vagan por esferas su- 
prasensibles; parte, en fin, hagámosles esta justicia, por- 
que entreveen la verdad; pero el espíritu de sistema y el 
orgullo de sectarios les aconsejan decirla de nuevo modo 
y al artificioso organismo que ellos ápriori se imaginan 
acomodarla, esclavos de sí mismos, esos pobres hombres 
se convierten en multiloquistas desatinados, de los que 
habla el cap, X, vers, XIX de los Proverbios. ¡Cuan di- 
ferentes de nuestros místicos^ que también se quejan del 
idioma, pero no por soberbia, sino por humildad, porqae 
no les basta para extremar con tanto extremo como que- 
rrían las alabanzas á Dios! La razón de esto da el mismo 
teólogo á quien he citado por modelo de vulgar escolás- 
tica, diciendo bellamente que <en el enajenamiento ex- 
>tátÍco oye el hombre cosas que no le es lícito ni puede 
>decirksj porque todo está en el afecto, quiero decir que 
>no discurre ni raciocina, sino ama,> 

Ayudan mucho estos tiempos á toda perversión moral 
é intelectual, con traer á los espíritus desatentados, á las 
creencias en perpetua discusión, y á los hombres y á las 
cosas fuera totalmente de su quicio, Há casi un siglo que 
vive la Europa en insoportable vigilia, oyendo en lo ín- 
timo de sus entrañas rumores pavorosos, golpear inceaan* 
te, estallidos y desplomes. Entre tantas ruinas como por 
todas partes nos rodean, tengo por maravilla, y sólo á 
cansas providenciales atribuyo, qne conservéis incólume 
la augusta majestad de nuestra lengua. Séame permitido 



Í8S 

concluir con una halagüeña hipótesis, ya que toda la 
ciencia y toda la filosofía conducen hoy por término á un 
desgarrador ¿quién sabe?, pues por romper el velo á los 
misterios de la fe, únicos que alumbran y embellecen 
este camino obscuro que la humanidad recorre á tientas, 
hemos llegado á hundirnos en un abismo de pavorosos 
misterios; misterio del Pan~theos, misterio de la mate- 
ria, misterio de la fuerza, misterio de la selección, mis- 
terio de la evolución, serie infinita de indescifrables hi- 
pótesis, que prueba ser la ciencia humana limitada, in- 
completa, reflejo pálido de una inteligencia superior^ y 
que ella puede, sí, brujulear las leyes generales de la 
vida; pero no dictarlas, ni aun explicar satisfactoriamen- 
te el pensamiento que las dictó- Séame, pues, permitido 
concluir con una hipótesis consoladora. ¿Quién sabe si 
cuando imo de nuestros más grandes reyes prefería para 
hablar con Dios, entre todas las lenguas europeas, la len- 
gua de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, nos daba la 
clave del misterio peregrino que á vuestro instituto en 
estos tristes días enaltece? ¿Quien sabes! el castellano si- 
gue siendo el más puro y vigoroso de los elementas de 
nuestra nacionalidad, porque es el intermediario entre 
nuestro pueblo y Dios, relaciones destinadas á no rom- 
perse nunca? ¿No recordáis cuánta energía, cuan indó- 
mita resistencia ha opuesto siempre á las prevaricacio- 
nes, él» tan dócil y flexible, que fue latinizante en los si- 
glos medios; itálico^ en el xvi; gongórico, en el xvii; ga- 
licista en el xviii, y trivial ó insípido en lo que del pre- 
sente lleva andado? Otro recuerdo me asalta en este mo- 
mento, que no puedo ni debo omitir. I^s hombres más 
eminentes de la Reforma luterana, que eran á la par in- 
signes hablistas, como Juan de Valdós y Cipriano de Va- 



lera, no lograron hacer protestante á nuestro hermosD 
castellano^ antes el protestó contra ellos, desnudándose 
de sus galas y atavíos en sus obras filosófico -religriosas, 
donde aparece desabridOj seco y anti-musical, mientras 
en el Diálogo de las lengims j en sus obras literarias les 
prodiga á manos llenas todos sus encantos, sus ai-monlas 
todas^ su incomparable grandilocuencia y majestad. No 
pueden^ pues, los fílósofos culti-germanos huir de un tris- 
te dilema, en la lucha mortal que vienen con vosotros 
sosteniendo, padres del buen decir y del puro y gallardo 
estilo: ó confiesan que de lleno les comprende la senten- 
cia ya alegada de San Buenaventura, y que se explican 
mal porque no piensan bien, ó que es demasiado grave 
nuestra lengua para prestarse á las grotescas superche- 
rías, á las impúdicas dislocaciones que quieren imponer^ 
le para que niegue ¡insensatos! á su Dios, ¡Sí! que el prin- 
cipal objeto de esa gimnasia empírica es atacar al Cato- 
licismo por la espalda, y noble, creyente, mística, nues- 
tra lengua repudia el filosofismo, porque en ella cada pa- 
labra tiene su historia ejemplar, limpia, concreta y á las 
veces santa; historia que está indisolublemente unida al 
Símbolo de la /fe, al Camino del cielo^ á la Conversión de 
la Magdalena y á tantas y tantas obras inmortales que 
la hacen inmortal. Por eso, cuando tal vez á traición la 
vencen, cuando la torturan, muéstrase, según la acabáis 
de ver, como un mártir, descoyuntados los huesos, abru- 
mado de saetas, pero brillando todavía en cada palpita- 
ción de sus carnes desgarradas los resplandores misla- 
rtosos de un alma llena de fe y de una conciencia pura, 
que en los espacios infinitos vive, mientras á manos de 
sus verdugos muere. 

He dicho. 



CONTESTACIÓN 

ExcMO. Sr. D, CÁNDIDO NOCEDAL 



Por todo extremo es para mí satisfactorio el encargo 
de saludar y dar la bienvenida ^ en nombre de la Acade- 
mia Española, á nuestro nuevo compañero el Sr* D. Vi^ 
cente Barrantes. Porque en su discurso de recepción que 
acabáis de escuchar, resplandece una cualidad que apre- 
cio más que nadie, ó tanto como el que más, estimulando 
en tuda ocasión que puedo, así ajó venes como á hombres 
maduros, para que de ella hagan pública ostentación y 
generoso alarde^ y por la cual merece el Sr. Barrantes 
plácemes cumplidos y cordiales enhorabuenas- 
Presidiendo la Academia Matritense de Jurisprudencia 
y Legislación en el año 1867, dije en la sesión inaugural 
las siguientes palabras: 

€No he de negar ni ocultar, señores Académicos, que 
la defensa de los principios salvadores de toda socie- 
dad, y la sumisión completa á los preceptos de autoridad 
infalible, traen descalabros consigo y exigen hoy algún 
esfuerzo. Entereza para combates materiales, para desa- 
fiar grandes riesgos y desdichas^ en suma, para reñir ba- 
tallas sangrientas, tiónenla muchos; en algunas tierras^ 
y España una de ellas^ no suele faltar á nadie, Pero va- 



m 

lor para afrontar con nobleza^ un día y otro, el incesan- 
te empeño de poner en ridículo cosas y personas^ es por 
todo extremo escaso. Gonócenlo la revolución y la impie- 
dad, que son una misma cosa, y acuden á la estratagema 
de lanzar los dardos de la ironía y los tiros del sarcasmo 
sobre los que viven apegados á las tradiciones seculares 
de la patria. Llámanse los enemigos de España y de su 
cristiano idioma á sí mismos sabios, y dícense hijos de 
la civilización y del progreso; y con tal ejecutoria, por 
ellos mismos expedida, por ellos legalizada y pregonada 
por ellos, nos llaman á los demás obscurantistas y retró- 
grados, y apagaluces, y partidarios de la tiranía y de la 
arbitrariedad, con otros no menos iracundos motes, al- 
gunos groseros y todos calumniosos, ¡Imposible parece! 
Arredrados por semejante gritería, ocultan el rostro ante 
calificaciones tales y se retraen espantados algunos espí- 
ritus gallardos, que serían vigorosos atletas si la discti- 
sión fuese decorosa y urbana, ó si la persecución fuese 
materiaL Pues bien; es menester armarse de este valor, 
mucho más útil que el otro en los tiempos que atravesa- 
mos; es preciso acostumbrar el oído á semejantes barba- 
rismos, y oponer á la desfachatez, la serenidad; ó la des- 
compostura, la sangre fría; á loa insultos^ razones; á los 
apodos, sonrisas compasivas, y avanzar sin miedo por la 
carrera firme y segura que se abre á nuestros pasos^ sin 
parar mientes en el gárrulo infernal clamoreo. Ni más 
ni menos que el discreta viajante, sin salir un punto del 
camino real, desprecia las trochas y veredas donde chi- 
rrían las cigarras y los grillos,)^ 



De este valor armado se nos presenta el nuevo colega: 
bien merece que yo cordialmente le felicite y abrace. 



Antes de ahora, y en galanísimos versos, había dicho 
el Sr. Barrantes: 

«^Hermanos en ciencia gaya^ 
Vales que la patria mía 
Precia tanto, 

Desde la orilla del Gaya 
Os contemplo noche y día 
Con espanto. 

Romped la lira armoDiosa, 
Hundid la frente en el cieno 

Qoe envilece; 
Sois como el ave medrosa 
Que se esconde al o ir el trueno, 
Y enmudece* 

|Por qué el cíelo os dio esa lira. 
Mente rauda que alto vuela , 

Yost canora, 
Si cuando la patria espiraj 
Ni siquiera la consuela 
Ni la llora? 

Tantas almas desoladas. 
Tantos a yes y gemidos, 

|Nada os deben! 
Las vírgenes pi^ofa nadas, 
Los altares destruidos, 

¿No os conmueven? 

Calle eterna de Amargura, 
Con el manto hecho girones 

Por sudario, 
Va la Espaua sin ventura 
Recorriendo entre sayones 

Al Calvario, 



En el cielo sa esperanza. 
Desesperada en la tierra, 

Liora y gime; 
Sin que un grito de venganza. 
Sin que un cántico de guerra 
La reatiime» 



[Y de España y de su gloria 
Os llamasteis berederos 
Sin segundos, 
Cuando el sol de la victoria 
Alumbraba á sus guerreros 
Por dos mundos! 

¿Nq cantasteis sus haia&as. 
Sus blasoties, sus encantos 

Y alegrías? 
Pues rásgaos las entrañas^ 
Cual se las rasga en sus cantos 

Jeremías. 



Donde se alce una bandera 
Con castillos y leones, 
Bendecida, 

Allí estará mi alma entera, 
Mi laúd, y mis canciones, 
Y mi vida.» 



Esto cantaba el nuevo Académico ayer, en su precioso 
libro titulado Dms sin sol; propónese en su discurso de 
hoy señalar á la befa y al escarnio el, llamémosle asi, 
idioma del filosofismo krausista. Los pasajes que cita, loa 
trozos que transcribe y todos los libros y papeles de la 
secta, servirían^ en efecto, para hacer reir, si no fuera 



104 

porque al cabo hacen llorar. Ininteligibles como parecen, 
encierran, sin embargo, mortal veneno, y cado uno de 
esos discordantes pedriscos que hieren los oídos cspaño- 
lesj hallan interpretes en los cortijos de Andalucía ó de 
Extremadiiraj y se traducen en frases impías, en amena- 
zas pavorosas, en desmanes sangrientos. No hay que ma- 
ravillarse: el krausismo es, además de ridículo en grado 
superlativo y eminente por su jerga inextricable, noto- 
riamente panteísta; y el panteísmo es, además de anti- 
cuado, ateo apenas encubierto con mal perjeñado dis- 
fraz. Y como el ateísmo entraña la negación de Dios, y 
de su Providencia, y de su justicia, y de su misericordia, 
abre de par en par las puertas á las refinadas codicias 
que la ley de Cristo prohibe. La hez del pueblo no entien- 
de la jerigonza de los filósofos ki'ausistas, pero tampoco 
há menester entenderla: harto se le alcanza que niega á 
Jesucristo, y con esto le basta y sobra. Porque como la 
ley de Dios prohibe que se codicien los bienes ajenos, se 
cree autorizada á codiciarlos, y en cuanto puede á tomar- 
los y repartírselos, tan pronto como haya quien le auto- 
rice á volver la espalda al verdadero Dios. Ved aquí de 
qué suerte, lógicamente procediendo, la ridicula fraseolo- 
gía de los filósofos á que alude nuestro bien intenciona- 
do compañero anatematizándola con gallarda y castiza 
frase, pone en manos de la desatinada plebe el trabuco y 
el puñal. Del propio modo, tan pronto como el rico ava- 
riento se entera de que no hay que temer á Jesucristo* 
porque Dios es engendro de la fantasía humana, sin ac- 
ción, sin movimiento y sin vida, mofase de los santos 
preceptos de la caridad cristiana, y oprime, y veja, y ani- 
quila á los pobres, y sin misericordia y sin entrañas ago- 
ta sus fuerzas, y labra impío tesoros sobre el sudor sin 



49S 

descanso y sobre el trabajo sin consuelo. Véase de qné 
manera, y faltando de todo ponto para evitarlo himiano 
remedio j las extravagancias incoherentes del filosofiamo 
se convierten en barricadas sangrientas; y ante ellasp 
ridiculas como son, estrambóticas j sin sentido ni gra- 
matical ni filosófico, caen los altares, y tras los altares 
los tronos, y la autoridad, y la propiedad de los ricos, y 
el trabajo de los pobres, con mísera y lamentable ruina 
y destrucción de la patria. 

La justicia de Dios es fundamento de los reinos y de 
las repúblicas. En las sociedades que no creen en Dios ni 
temen su justicia, brotan al punto sediciones que ahogan 
en sangre el principio moral de la autoridad, y discordias 
que extinguen la llama de la misericordia, IjOS príncipes 
se convierten en tiranos, los subditos en canalla vil, los 
ricos en fieras inclementes y los pobres en furias infer- 
nales. El demonio del orgullo, de la soberbia y de la ava- 
ricia; el que atiza los odios, el que promete goces mate* 
ríales^ pasea libre por el mundo, y corrompe la ciencia, 
y arrebata á la belleza sa natural influjo* En la sociedad 
en que falta ó flaquea la fe, vienen al suelo las artes, 
desaparece la literatura, se hace grosera la lengua y fo- 
seros también los espectáculos; los teatros en que se oían 
con delicia los versos de Lope y de Calderón, de Alarcóe 
y de Moreto, se llenan de inmundo fango, prostituyendo 
el corazón de la doncella y de la dama; y el pueblo qne 
entendia, saboreaba y aplaudía los autos sacramentales, 
bellísima creación de la más noble y alta poesía, neceáta 
para divertirse y entusiasmarse contemplar mujeres dea- 
nudas, lúbricas danzas, jóvenes convertidas en aladas 
mariposas ó en peces caprichosos^ y mancebos disfraza- 
dos de sátiros; con lo que, al ofuscador brillo de las luces 



Í93 
de Bengala, y resonando atronadora música, se deslum- 
hran los ojos, se desgarran los oídos, el alma se pagani- 
za > y el hombre, reflejo de la Divinidad, se degrada y 
embrutece. 

Persona ciertamente no nada sospechosa de fanatismo 
y de intolerancia, Goethe, ha dicho que el verdadero, el 
único tema de la historia del mundo^ es la lucha de la in- 
credulidad con la fe, y que todas las épocas en que do- 
mina la fe son espléndidas, grandiosas y fecundas en fru- 
tos opulentos y duraderos; y, al contrario, todas las eda- 
des en que la incredulidad se engríe con malhadado 
triunfo, están cubiertas de sombras, entre las cuales se 
oculta su miserable in fecundidad , 

Si, como todos convienen en afirmarlo, aspiran noble 
y gallardamente las artesa levantarse desde la bajeza de 
la vida meramente externa, vacía y nula, al alto mundo 
de los espíritus, ¿que han de tener de artísticas, cómo 
han do ser bellas las producciones de infelices ingenios 
que sobreponen la razón á la fe, el cuerpo al alma, lo te- 
rreno á lo celeste, lo que está sujeto á podredumbre á lo 
que es inmortal y perdurable? Pues el habla de esos infe- 
iices no podrá recomendarse ni por la pureza, ni por la 
armonía, ni por la claridad, sonoridad ni elegancia; me- 
nos aún podrá ser, ni recordar siquiera, la de Cervantes 
y Fr, Luis de Granada, la de Santa Teresa y Fr. Luis de 
León, la de Sigüenza y San Juan de la Cruz, 

Á fines del pasado siglo, la protesta religiosa, conver- 
tida, cual era de esperar, en escéptica filosofía, pasó, co- 
mo también era de suponer, á convertirse en orgía revo- 
lucionaria y sangrienta. El drama patibulario de la revo- 
lución francesa fue combatido por toda Europa; pero su- 
cedió que toda Europa, al combatirle, quedó con el con- 



191 

tacto inficionada. Permitió Dios que un hombre de ei- 
tendimiento gigantesco, provisto de todas las dotes de 
gran capitán, enfrenando^ al parecer, la revolución en 
su patria, la paseara en realidad triunfante por todo e! 
mundo, esplendorosa con el brillo de sas vencedoras ar- 
mas. Los soldados de aquel caudillo que^ en apariencia, 
había restablecido el culto y levantado los derruidos al- 
tares, llevaron en las puntas de sus bayonetas, de nación 
en nación y de pueblo en pueblo, los funestos principios 
de la revolución infernal que se gloriaban de haber ahe- 
rrojado T vencido. ¿Quién tuvo la feliz idea de conocerlo, 
y de oponerse denodada, tenaz y desesperadamente, mo- 
vido por seguro irresistible instinto, á la invasión arma- 
da de las ideas filosóficas de la revolución francesa? El 
pueblo español, este heroico y altivo pueblo, que sin sa- 
ber á punto fijo por qué, sin explicárselo bien, sin hacer 
ni escuchar largas arengas que se lo pusieran de mani- 
fiesto, por intuición, como movido por el dedo de Dios, 
dijo al soberbio, felizy triunfador propagandista: fDeaqui 
no pasarás,» Y del propio modo que las soberbias olas del 
Océano no pasan nunca, ni en las más grandes mareas, 
del limite que las puso Dios con omnipotente dedo en 
blanda y movediza arena, y de alli retroceden rugiendo á 
las playas antípodas, asimismo el católico pueblo en que 
vivimos dijo al coloso: «No llegarás á las columnas de 
Hercules* ^ Y no llegó, y retrocedió sin parar, y sin lograr 
momento de reposo, hasta la roca de Santa Elena. 

Esto hizo España, no solamente para defender á ima 
dinastía, no por conservar tan sólo su integridad, sino 
por conservar su fe y su unidad católica, y por cerrar sus 
puertas á impías sectas y á intrusas filosofías. 

Esto, y no otra cosa, fué nuestra guerra de la Inda- 



peRdencia. Para esto, y no para otros fines, dio Madrid 
el generoso grito de alarma en el memorable Dos de 
MayOy y respondió ún vacilar España toda. Para esto se 
llenaron de sangre nuestros campos y nuestros rios^ los 
fértiles valles y las inaccesibles montañas* Por esta ra- 
zón tuvieron por herejes casi todos los españoles á los 
invasores. Por esta razón escribieron en sus banderas 
nuestros padres; ¡Dios^ Patria y Reí/! Por esta ra^ón se 
defendió Gerona tomando por caudillo á San Narciso, y 
se levantó á los cielos el nombre de Zaragoza apellidan- 
do á sus innumerables mártires y cantando de la Virgen 
del Pilar 

Que no quiere ser francesa, 
Qué quiere ser capitana 
De k gente aragonesa. 

Unos cuantos ilusos, hombres de bien á carta cabal, 
mas por todo extremo candidos^ reunidos en Cádiz, en- 
cerraron en un Código los principios que traían en sus 
aceradas bayonetas las huestes in vaseras; y defendión- 
dose heroicamente, como toda España ^ de las bombas y 
granadas enemigas, admitieron ¡ceguedad lamentable! 
los envenenados proyectiles políticos y filosóficos. En 
vano* en vano invocaron á la Santísima Trinidad; in- 
útilmente confesaron que la religión católica, apostólica, 
romana es la única verdadera: los principios filosóficos 
se han divorciado después de la rahgión verdadera» y 
hoy los que se llaman hijos y herederos de los legislado- 
res de Cádiz^ ó eligen lo que ellos llaman libertad, de- 
jando á un lado la fe de sus madres; 6 desfiguran la his- 
toria de los santos; ó blasfeman de la Santísima Trinidad, 
á despecho de los que la invocaban al frente de su Códi- 
go; ó conceden al error los fueros y franquicias que sus 



496 

inadvertidos progenitores reservaban á la única religión 
verdadera, 

¿Que hay que admirar en todo esto? Principalmente, 
un mistarlo profundísimo de la omnipotencia y sabiduría 
divina; un misterio digno de que se recuerde á toda hora^ 
por consuelo de lo presenta, como esperanza para lo por- 
venir, que del agrado de Dios fué siempre oculiar mu- 
chas cosas d los sadios y prudentes^ y remldrselas á los 
pequeñuelos. 

Descuide el Sr, Barrantes, mi amigo querido y bien in- 
tencionado colega; descuiden los afligidos y espantados 
españoles que lloran con escasa esperanza de remedio: 
los prudentes nos han extraviado; los hábiles nos han 
confundido; nos han perdido los sabios; cuando Dios qoie- 
ra, nos han de salvar loa pequen uelos* Entonces, todos 
en España adorarán á Dios con el culto de la rehgiún 
verdadera, y se hablará, sin mezcla de jerga extraña, el 
idioma rico, armonioso, enérgico y cristiano de Fr, Luís 
de Granada y de Santa Teresa, de Lope de Vega y de 
Cervantes. Va lo uno con lo otro, y todo lo ha de salvar 
Dios por ministerio de los pequeñuelos. 

Por ío pronto diré, á riesgo de que se rían los que se 
apellidan sabios y de ignorante me motejen, que hay fun- 
dada esperanza, pudiera llamarse seguridad completa, de 
que la lengua de La guía de pecadores^ la de IjQ$ nom^ 
bres de Cristo^ la de Las moradas, en fin, la lengua cas- 
tellana, será conservada del inficionamiento krausista 
por unos pequen uelos que se llaman las mujeres. 

No llevaréis á mal, vosotras las que honráis este acto 
con vuestra presencia, que os llame pequeñuelos. Nada 
hay más fuerte que lo débil; nada más grande que la pie- 
drecíUa que derribó la estatua de Nabucodonosor. Peque- 



m 

ñuelas sois en comparación de los sabios y filósofos; lo sois, 
sobre todo, en el sentido del Evangelio; lo sois, y lo ha- 
béis de ser, en el sentido de salvadoras providencíales de 
tma sociedad que vuelve la espalda á Jesucristo. 

Ni es la vez primera que lo digo, ni es por galantería, 
sino que mueve mis labios convicción fuertísima y des- 
apasionado juicio. De quien espero yo, en la época tristí- 
sima que atravesamos, la salvación de España, de sus 
creencias, de sus tradiciones, y por consecuencia de su 
idioma, es de las mujeres que saben la doctrina cristia- 
na, y ponen en manos de sus hijos el sencillo y profun- 
dísimo catecismo del P, Ripaldayó el precioso libro com- 
puesto por el P- Astete, Ellas saben, y nos enseñan, y 
seguirán enseñando á las generaciones venideras, que 
Dios es un Señor infinitamente buenos sabio^ poderoso, 
principio y fin de todas las cosas; j se ríen, y se reirán 
perpetuamente de ese Mando-IHos^ emanación necesa- 
ria y efusión continua de la substancia de lo absoluto^ 
como dicen los panteistas disparatadamente; de ese Dios 
que contiena en bajo mediante si el mundOy como aña-» 
de Krause, en mal castellano por añadidura; porque no 
se presta el castellano á definir correctamente otro Dios 
que el verdadero. 

Cierto que los muchachos salen del hogar doméstico y 
son llevados á unos pozos de ciencia en que, á expensas 
del Estado, se les enseña filosofía krausista; que tanto 
vale como decir que se les enseña á renegar de la senci- 
lla y sublime fe da sus madres, y á considerarlas como 
ignorantes por no saber más que la doctrina cristiana, 
Pero aim con este grave tropiezo, que es justo deplorar 
mientras extirparse no pueda, no se ha perdido todo, 
aunque se haya perdido muchísimo. I& posible, y aun 

3$ 



probable, que el que de niño escuchaba embebecido á m 
madre, se ría cuando joven de sus santas anseflanxas^ si- 
guiendo las lecciones de científicos maestros y doctores. 
Pero el día menos pensado se apodera de su corazón el 
amor de una mujer; por ella suspira y vive; por su ama- 
da ríe Y llora, y enfurécese celoso, ó tiembla de ternura 
enamorado. Pues en esa hora recobra la mujer su cetro^ 
y, mientras permanezca cristiana, no hay más remedio 
que hablarla en cristiano. La mujer, en tal momento, ú- 
gue siendo conservadora de las creencias del pueblo es- 
pañol y de su habla hermosísima; porque el apasionado 
joven^ extasiado de amor, olvida á los doctores, y vuel- 
ve á aprender que hay Dios que tachona de estrellas el 
cielo y cubre los campos de flores incomparables; qm 
Dios» crucificado, redimió de la servidumbi'e del pecado 
al género humano todo entero, y que, además, sacó á la 
mujer de la abyección miserable en que vivía; y lo que m 
lograron ni el cielo con su rico manto de estrellas, ni ti 
campo con su alfombra de Urios, violetas y rosas, consi- 
gúelo la sonrisa de la mujer amada, y todo en ella le pa- 
rece encantador, bellísimo y casi divino, y exclama en- 
tusiasmado y gozoso: ^íGIoria al Dios de las vírgenes y de 
los castos amores; gloría al Dios humanado, que ennoble- 
ció á la mujer; gloria al Hijo de la Virgen, que elevo el 
matrimonio á sacramento; bendito sea Aquél que santifi- 
có la familia, uniendo imo con uno^ V po>r& nmnpre,> 

No haya miedo que la requiebre de amores en algara- 
bía krausista; no hay temor de que la hable del yo mis- 
mo reconocido en la cojiciencia y d distinción determinada 
del cuerpo^ que como le consideramos propia y prínwrú- 
mente en nuestro ser y propiedades ^ ias pura^ nmstrm 
interíonnente sin necesaria atención en éste al ctierpo ¡f 



499 

lo tocante á él considerado^ no haciendo esto primera-- 
inente d nuestro propio sér~>n¥ de espíritu y conciencia^ 
^sino sólo al cuerpo y nuestro conocimiento de él^ como 
conjimto é intimo conmigo. 

Si cosas tan estupendas viniese á decir un enamoradOj 
la señora de sus pensamientos, por mucha gana que tu- 
viera de casarse^ le recibiría y contestaría con una car- 
cajada, Y este burlón alborozo de la solicitada prenda de 
sü alma, es gran conservador del patrio idioma; que ni 
consiente el amor verse traído y llevado con tan enre- 
vesados tórmínosj ni olvidan nuestras bellas y despeja- 
dÍBimas españolas que el engaño y la falsía van siempre 
envueltos en obscuras palabras; saben que en buen ro- 
fímnce y mejor castellano aprendieron la verdad en el 
catecismo, eng^randecedora, sencilla, clara, sublime; y 
quieren el castellano, y no algarabía que las suena á ma- 
trimonio civil y á casamiento á espaldas del cura y por 
detrás de la iglesia. 

Es necesario que el enamorado olvide á sus doctores y 
recuerde á su madre; deje á Krause y á sus discípulos j 
sus filosofías y sus estrambóticas frases, y diga á su ama- 
da astas ó parecidas palabras : 

¿por quién me encuenlríin velaodo 
Las íives, cuando amanece? 
¿Qué está en mi alma pasando, 
Que me halla siempre llora ado 
La luna» cuando anochece? 



La fuentí^ clara y serena, 
Las parvas llenas de trigo, 
Mi huerta de flores llena, 
Todo sin ti me da pena, 
Todo me alegra contigo. 



500 

Como mi amor extremado 

No hay en todo el mundo dos; 
Más que á raí madre te he amado, 
Y, si no fuera pecado, 
Te amaría más que á Dios (1). 

La mujer podía com prender ^ y comprendía, aquello de 
¿Él razón de la sinrazón qtm d mi razón se hace^ de tal 
manera mi ra^ón enflaquece, que con razón nw qmjo de 
la vuestra fermosnra; porque, si bien conceptuosa j de 
malísimo gusto, no era contrarío á la luz naturali ni á 
la revelada, ni estaba reñido con todo género de teroo- 
ra. Aim el que estos retruécanos borrajeaba, podía decir 
también: 

¿Dónde estás, sefiora mía, 
Que no te duele mi mal? 
O no lo sabes, señora, 
ó eres falsa y desleal; 

frases en que no se echa de menos ternura ni seatido 
común. 

No es maravilla que las mujeres sigan fieles á Jesu- 
cristo^ aunque le vuelva la espalda el filosofismo reinan- 
te. ¡Tienen tanto que agradecerle! Y ellas, que obran por 
sentimientos y afectos del corazón ó impulsos nobilísi- 
mos del alma, le guardan la gratitud que le deben. Nos- 
otros solemos lavarnos las manos, esquivar compromi- 
sos, evitar peligros ó temer binólas; ellas, entre tanto, 
despreciando todo eso, que en efecto vale poco, siguen la 
tradición de aquellas sanias ^nujeresqne acompañaron á 
la Virgen en el Calvario j fueron con aromas á buscar 
á Cristo en su sepulcro al amanecer del tercero día. El 

(4 ) El juez de 5U causa, comedia en treí actos por an iDgeniú de catt 
corte. 



501 

ángel del Señor , cu jo aspecto era como im relámpag^o y 
sus vestiduras cora o de nieve, les dijo á ellas^ y en eüas 
á cuantas sigan su camino: <yo terndis vosotras ^ porque 
sé que buscáis d Jesils, que fué cruoifioado.'^ Y con efecto ^ 
no temieron ni dudaron; ni ahora dudan ni temen, antes 
bien nos dan ejemplos que nosotros no imitamos: unos 
por temor, otros por mala vergüenza, y otros, que son 
los peores, por echarla de sabios, no queriendo repetir lo 
que dicen las ignorantes mujeres, ¡Pobres semisabios, 
ciegos y verdaderos ignorantes! Huyendo del clarísimo 
hablar de la mujer, que es ahora el pequeñmlo del Evan- 
gelio, inventan disparatadas frases y locución tenebrosa, 
para pasar como descubridores de un mundo hasta hoy 
desconocido; y no saben que hace veinticuatro siglos que 
los retrató de cuerpo entero el Rey Profeta en aquellas 
inolvidables palabras: €DiJQ en sa corazón el necio é %g~ 
noranie: no hay Dios.^ Dícenlo hoy muchos ó dánlo á 
entender con frases tenebrosas, desportillando el muro 
que defiende y engrandece á la sociedad humana, Pero 
abandonado lo más importante de la fortaleza ai femeni- 
no devoto sexo, defiéndele con valor incontrastable, con 
sencilla tranquilidad, con perseverancia pasmosa. 

También está escrito: el mismo ángel del Señor que di- 
jo á las santas niujeres: no temáis , ya sé que buscáis á 
JesáSj añadiúi id á decir á sus discípulos que resucité j y 
que va delante de vosotros d Galilea; allí le verSs; y le 
vieron, y se les apareció antes que á los hombres, y 
le confesaron resucitado antes que nadie; y le dieron su 
sangre y la de sus hijos en la arena de los mártires; y lu- 
charon en circos y patíbulos con las fieras y con los hom- 
bres, peores que las fieras; y convirtieron á sus mari- 
dos, á sus padres y á sus hermanos; y se hicieron muchas 



m 

esposas de Jesucristo* Hermanas de la Caridad en los 
campos de batalla y .hospitales, religiosas en los claus- 
tros, esposas y madres en el hogar doméstico, luchan de- 
nodadas, hajo el amparo de la Reina de los Cielos, con 
filósofos impíos, con la petulancia descreída^ con k sober- 
bia humana, que convierte á la razón en dios, en taber- 
náculo su interés, en fin y objeto de la vida los más gi*o- 
seros instintos, y los goces materiales que se logran con 
riqueza de cualquier modo adquirida. 

Si la mujer se pagani/a, todo está perdido. Pero no es 
de temer: fieles seguirán á Aquél que las redimió del 
oprobio, que las convirtió de cosas en personas, de es- 
clavas en compañeras del hombre. Es posible y aun pro- 
bable que contribuyan á extranjeri/.ar el idioma j ocupa- 
das en preparar el troitsseaa de alguna novia ó en bus- 
car un bijúu que \\^gdi pendant con otro de su toUette^ y, 
lo que es aún peor, que ayuden á estropear la sintaxis 
castellana. Pero fuera de que yo creo que no son ellas las 
autoras del delito, sino meramente cómplices, 3^ con- 
sidero reos principales á los hombres, todavía espero fir- 
memente que, aunque hablen en francés, seguirán ha- 
blando en cristiano. En manera alguna las aplaudo en lo 
de adulterar el castellano idioma con el malpegadijQ de 
frdse extranjera; pero sobre todo encarecimiento las 
alabo en su empeño de no descristianizarle. Perdonóles 
fácilmente si oigo que le dicen á la Academia: 

Vos no sois que una purista; 

mas les ruego que no perdonen ellas á quien quiera qn^ 
les venga hablando frases, no sólo distintas, sino tam- 
bién opuestas á las del P. Ripalda, 
Ya me parece oir á los sabios tachar mi discurso de co- 



503 
lección de vulgaridades. Tendrán razón; pero es el caso 
que prefiero ser vulgar á ser desatinado. El tema feliz- 
mente elegido por el Sr* Barrantes, liabiendo sido trata- 
do con maestría, no deja nada que añadir á quien con- 
testa: nuestro compañero lo ha dicho todo, y muy bien; 
mucho mejor que yo pudiera. Limitóme» pues, á hacer, 
en nombre del Director^ los honores de la casa, y á repe- 
tir á cuantas señoras favorecen á la Academia en este 
acto lo que de ellas aprendí, lo que en la niñez me en- 
señó mi madre^ lo que dicen todos los días las damas es- 
pañolas á sus hijos. 

Saludo á la mujer española, tipo de la mujer cristiana; 
y en eUa fío la conservación de las creencias de esta ca- 
tólica tierra y de su cristiano lenguaje. 

Aquello qu0> en algunpi comarca de Europa, ciertos 
hombres llamados sabios andan averiguando con solícito 
a5Sn, metidos en inextricables laberintos, hablando una 
jerga que sería ridicula, si al cabo no fuese mortalmente 
venenosa, lo sabemos ya los españoles. Con firmeza y 
holgura lo aprendimos en el regazo de nuestras madres; 
lo oimos con deleite de sus labios amorosos entre tiernas 
caricias mezcladas con saludables consejos; y sin fatiga 
nos afirmamos en su conocimiento y razón profunda y 
eficaí, oyéndolo de nuestros varoniles padres, los solda- 
dos dt la guerra de la Independencia, delante da los re- 
tratos ie nuestros abuelos heroicos, los soldados de la fe 
por tod£ la redondez de la tierra. 



Febrero 22 de \B7n, 



DISCURSO 



DSZi 



ExcMo. Sr. D. AGUSTÍN PASCUAL, 

LEÍDO EN JUNTA PÚBLICA DE LA 

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

IL &ÍA SO DK ABRfL DB 4S76 (i). 



Señores: 

* 

Las instituciones se parecen á la eternidad* Infinito ñ 
destino humano^ no se realiza en el tiempo; limitada la 
ley individual, las disposielones se convierten por el tra- 
bajo en talentos y suelen llegar hasta los destellos de la 
originalidad. Cumplido el deber de la criatura, no ha cin- 
cluído su carrera la humanidad; instantáneo el momen- 
to, fugaces los días, rápidos los años, la verdad, la jiis* 
ticia, la belleza y el bien son los polos de nuestro lave- 
gar por la vida, insondable plenitud, sólo realizadi par- 
cialmente tras largos siglos de titánica lucha; siblime 
misterio que á todos espanta; divino ideal de la activi- 
dad humana. La Real Academia Española cultvaj con 
perseverancia ya secular, la ciencia lingüística, y por la 
dolorosa, pero necesaria renovación de sus indiriduos^ la 



(4) Ai tomar posesión de la plaza de Académico de número para que 
había aido etogido* 



508 

variedad de los caracteres intelectuales alimenta el espí- 
ritu crítico^ fuente de incremento gradual, de tareas te- 
nacesj de resoluciones elevadas* 

Ayer, el Excmo, Sr, D. Severo Catalina del Amo ani- 
maha vuestras doctas sesiones con palabra tersa y sose- 
gada, indicio fiel de entendimiento clarísimo, de sentir 
profundo, de voluntad general; hoy sólo escucharéis voz 
turbada por afectos encontrados: el dolor de la separa- 
ción absoluta, el placer de anhelada dignidad, el senti- 
miento de la más sincera gratitud. Filólogo, lingüista y 
literato, gloria de la Universidad Central, profesaba con 
singular maestría la forma y la expresión del lenguaje; 
su paralelo entre el idioma de la Religión y el decir de 
los latinos, ilustra el origen del elemento semítico en la 
historia del pueblo español; su libro titulado La Mujer^ 
pone de manifiesto los conocimientos filosóficos del es- 
critor correcto y elegante, y, al exponer los deberes del 
ángel de la familia, describe la intimidad primordial, 
amoroso preludio del linaje, la tribu y la nación. Al dis- 
tinguido orientalista, muerto en los albores de la edad 
madura, sucede sin títulos preclaros, y única y exclusi- 
vamente por vuestra bondad, un humilde cultivador de 
las lenguas septentrionales. 

Ni un momento he vacilado en la elección de tema 
para mi discurso* Ingeniero de montes, y profesando, por 
consiguiente, una ciencia vernácula de Alemania, tuve 
qne comparar la lengua de los Fueros y las Partidas con 
la letra y el espíritu de los Códigos forestales, á fin de fa- 
cilitar el camino de la enseñanza á la brillante juventud 
que, ansiando ser honrada y laboriosa, se precipitó, con 
la fuerza que la gravedad atrae los cuerpos* al centro es- 
colar, formado por el espíritu progresivo de los tiempos 



506 

modernos para dar seguridad en la región del rayo ó los 
ricos cultivos de los campos, las planas y las vegas. I^ 
Real Academia Española, baluarte también de la exis- 
tencia nacional, como fiel guardadora que es de la inde- 
pendencia del idioma^ fija la vista en las causas pertur- 
badoras, en los aluviones que vienen de fuera, en los 
barbarismos que, cual yerbas extrañas, alteran la conti- 
nuidad de las mieses, amenazando con un dominio abso 
Into; pero la Academia, fotografía de la inmanencia po- 
pular, sigue también el armonismodel progreso para en- 
riquecer sin deshonra, aumentar sin impurezas, acrecer 
sin impropiedades, cual las aguas que, denudando los 
terrenos, arrastrando despojos orgánicos, arrebatando 
el elemento espumoso, se mezclan, se revuelven y se agi- 
tan con el flujo y reflujo de los estuarios, para adquirir, 
por el cambio de calidad, el derecho de aguas vivas del 
mar. 

<Gon la venida de los vándalos y godus, dice el Doctor 
Bernardo Aldrete, patriarca de la filología española, 
como se mudó el imperio también la lengua, pero no del 
todo, sino sacando de ella la vulgar que usamos, varián- 
dose con los tiempos. > Enseña la filosofía de la historia, 
que la unidad dü una nación, y por consiguiente la de una 
lengua, desenvuelve á poco vivir el contenido de su esen- 
cia, creando dos potentes estratiflcacíones; patricios y 
plebeyos. Allá por los tiempos de la segunda gueiTa pú- 
nica se dividió así la lengua del Lacio; la introduccióB 
del arte griego por los Escipiones y la conquista de Gre- 
cia propagaron entre las clases aristocráticas de Roma 
las costumbres y los dichos de los helenos, nuevo motivo 
de divergencia entre lo presente y lo porvenir: pugfm, 
decía el urbano; baUaliu^ decía el inculto. Sertíio nobüis^ 



llamaban á la lengua de los Césares; mmio plebeius, ms- 
ticus- castrense verbtmi, con desdén los cultos decían del 
hablar de los labriegos, artesanos, artífices y soldados. 
Vino el germanismo á continuar la historia de la huma- 
nidad, y enemigo, por consiguiente, del mundo antiguo, 
tanto del oriental como del romano, borró las desigual- 
dades políticas de esclavo y señor, de extranjero y ciu- 
dadanOj de bárbaro y paisano; minó las bases del Estado 
centralixador; abrió los diques que contenían la acción 
individual; escribió en su bandera la interioridad del es- 
píritu^ herencia igual para todos; creó el derecho huma- 
no ensanchando la esfera del civil, y fué, en una pala- 
bra, la espada de la libertad, porque blandió la del Cris- 
tianismo. El germano concluyó con el latín literario, 
idioma petrificado é inmóvil, cual la cultura pagana de 
que era hermosísima expresión; libre el latín popular, 
creció el italiano y el valaco en la banda oriental, el es- 
pañol y el portugués en el S.O. y el francés y el proven- 
m\ en el N,E. Los germanos aceptaron las lenguas de las 
naciones conquistadas á fln de crear armonías históricas, 
unidades que, por su rica variedad, vienen caminando 
sin tregua ni descanso hacia el anhelante ideal del hom- 
bre culto y civilizado. Nuestros Fia vios se españolizaron; 
las nuevas instituciones, el nuevo progreso, la nueva 
historia pedían, sin embargo, neologismos, y la indepen- 
dencia nacional los acogió benévola, les dio cariñoso al- 
bergue, los hizo suyos, pero los vistió tan á la española, 
(jue hoy, olvidada la conciencia de las transformaciones 
y cerrado el período etimológico, es tarea científica, de 
arduo y complicado trabajo, el averiguar el sitio de don- 
de vinieron^ el camino recorrido y la ley de vasallaje. 
Tal fué la doble acción de la lengua bárbara^ germánica. 



teotisca, y mejor dicho dioía^ sobre la propia y peculiar 
de nuestra patria. 

Sin discutir en estos solemnes momeiitos el mito étni- 
co de Manno y de sus hijos Iso, Ingo y Ermínio; sin re- 
correr los tres periodos nebulosos de las lenguas germá- 
nicasj el indo- europeo primitivo, el eslavo dio tico y el 
fundamental; sin salir de la lUtima época, arranque de 
su presencia en la historia, los estratos Ungüisticos pre- 
sentan el carácter paleontológico en las playas esteparias 
del Ponto, en las cañadas caucásicas, en los estrechos y 
los deltas^ por donde vinieron los vigorosos pobladores 
de Europa: los griegos, latinos y celtas primero, los ger- 
manos, eslavos y lituanos después, todos para completar 
la acción de los íberos en el Mediodía y la vida de los 
fineses en el Norte. Siempre de Orienta á Poniente; siem- 
pre del Asia, patria de la vida intuitiva; siempre á Euro- 
pa^ tierra de la libertad y, por lo tantOi de la ciencia, 
del arte y de la industria. La transmigración germáni- 
ca corresponde al movimiento denominado ayer indo- 
germánico, hoy indo- europeo; á la fórmula lingüística 
ií* (A** aí.*,.,)f como se dice ahora en las escuelas; len- 
gua á primera vista con diferentes dialectos, y, sin em- 
bargOj median entre sus formas primordiales regiones 
inmensas y millares de años. Se cierne majestuosamen- 
te tan rica unidad desde el mar de las Indias al Atlánti- 
co, de Geylán á Islandia, del Poniente europeo á las pla- 
yas de Colón, del Chimborazo y los Montas Azulea á los 
archipiélagos del mundo oceánico. Los blancos, civili- 
zando á los negros, aceitunados y cobrizos, despertando 
la dignidad humana, contribuyendo á realizar las pala- 
bras sublimes del inspirado Génesis^ que Dios crió el hom- 
bre á su imagen, á imagen de Dios le crió. 



509 

El siglo de Alejandro conoció ya á los virtuosos ger- 
manos en el extenso territorio que orlan el Danubio y el 
RMn, el Océano y el Báltico* Escala de aclimatación fué 
durante muchos siglos el fecundísimo suelo que debe su 
fertilidad al Istro y al Tiras, al Tañáis y al Boristenes, 
Las primeras colonias^ remontando, ora el Rhin, ora el 
Elba, ya el Oder, ya el Vístula, lograron limitar la ve- 
leidosa actividad de los vanidosos celtas. El atrevimiento 
y la audacia arrostraron el peligro de subir por el Volga 
para luchar cuerpo á cuerpo con los cultos fineses, hijos 
del Ural y padres de la Galevala, epopeya que rivaliza con 
los cantos jónicos, el Mahabharata, el Sáname y los Nibe- 
lungos. Las poblaciones germánicas, que emigraron su- 
biendo entre el Boris tenes y el Tiras por la Sarmacia, la 
Finlandia y el golfo de Botnia, formaron en el Septen- 
trión el tipo sueco- noruego, y la gente, que marchó en- 
tre el Tiras y el Danubio, creó en el Mediodía báltico el 
tipo danogótico- 

Gon finando el área germánica con los latinos y los cel- 
tas por Mediodía y Poniente, y con los lapones, lituanos, 
fineses y eslavos por las regiones hiperbóreas, experi- 
mentó los efectos de vecindad tan variada, amoldando 
su cultura á Grecia, primera edad europea, la idea bu- 
mana opuesta al absolutismo asiático; pero el trato in- 
ternacional entre germanos y griegos no fué nunca di- 
recto: se estableció por medio de los tracios, hijos del 
N.O,, pueblo f ron temo con Grecia por Mecedonia, con- 
tiguo á los germanos y sármatas en Gecia y Dacia y ha- 
bitante de las deliciosas colinas, donde Hemo y Ródope 
levan t-an al cielo sus proceres montañas. ¡Triste suerte 
la de los tracios! También por su intermedio se comuni- 
caron los germanos con los escitas, los flecheros, pueblo 



5«0 

del Asia meridional, según revelan las pocas palabras 
que de ellos tenemos, gente turbulenta, con un pie en 
Europa y otro en Asia, jamás satisfecha, pues por rezago 
ó por distancia llegó tarde al botín del territorio europeo* 
La lengua helénica, y con mayor determinación el dia- 
lecto eólico, despertó en el idioma de los germanos orien- 
tales la reduplicación, la apofonía y qui^íás la n final de 
los infinitivos; con letras rúnicas y griegas m forma el 
sistema gráfico de los godos, y los helenismos abundan 
en la hermosa lengua de Ulfilas, 

Los getas {Tt-M de los griegos, ó sea Dam de los lati- 
nos) constituyeron unidad nacional. Moraban al N. de 
los tracios, y muchos siglos antes de la era cristiana pro- 
fesaban algunas ideas monoteistas; tuvieron mitología, 
estado sacerdotal, escala de castas, reyea rodeados de 
mayordomos, sumilleres y gentiles-hombres, cultiva 
agrario é industria naciente, aunque ya con carácter ar- 
tístico. Darío blandió su espada contra los getas, pueblo 
honrado, valiente, casi inmortal, según confiesa nada 
menos que el exclusivismo griego, y desvanecieron las 
derrotas góticas el poderío de Alejandro; repuesta la 
nacionalidad, y andando los siglos, victorioso Trajano el 
año 107 después de J,-G., se llevaron á Dacia varías co- 
lonias romanas, origen de la lengua valaca^ dacomana 
ó rumánica, isla latina en medio de las olas germánicas 
y eslavas. Pero la fuerza del Emperador no extinguió el 
sentimiento nacional: víctima el 8,0,^ incólume el N.E., 
las revoluciones del siglo ii anunciaron al mundo la rea- 
lización de los gloriosos destinos señalados por la Provi- 
dencia á los germanos, 

Al despuntar el siglo iii, hacen su primera salida en la 
historia los divinos, esto es, los godos. ¿Á dónde fué á pa- 



5f1 

rar la antiquísima nación gética? ¿De dónde vinieron los 
godos? Ni aquélla fue extinguida por la espada romana, 
ni éstos bajaron del Vístula, Sin examinar el testimonio 
histórico, cuya competencia se encuentra en otra Acade- 
mia, la comparación filológica despide luz vivísima so- 
bre tan intrincado laberinto. Enumerando Plinio los pue- 
blos trácicos que vivían entre el llemo y el DanubiOj cita 
á los McBsi, Getee, Áorsi, Gaudre Glari^que, y aplicando 
Jacobo Grimra la ley de la sustitucíónj ha encontrado que 

GekB : Gaudas : ; Guthans : Gaut&s. 

Confirma la unidad de los getas y los godos la ley de 
las vocales sánscritas: Dmpadas y el nombre de su hija 
Dranpadt; Bhimas y su hija Bkaimt; Visravas y su hijo 
Vaisraoanas; el rey turíngo Bisinus y su mujer Basifia, 
es decii*, se repiten en los nombres de los hijos y los des- 
cendientes los de los ascendientes, pero con apofonía • 
Los denominados Gaiults son los descendientes de los 
Gutw; pero como la vocal apofonizada expresa el creci- 
miento del linaje, la dinastía, la tribu, la nacionalidad, 
las Gaiidm no son los antiguos Getw^ sino sus descen- 
dientes. En el anglo-sajón y en el escandinavo antiguo 
volvió á dominar la t^ pero la vocal indica clara y distin- 
tamente la procedencia étnica; los Gedtas son los deseen • 
dientes de los Gotan. Al testimonio inductivo se agrega 
el directo, Jornandes, obispo de Groton por lósanos 552, 
compilador de Dio, Gasiodoro y Ahlavio, confirma tam- 
bién la identidad originaria con la cita que en el capí- 
tulo III hace del nombre étnico Gautigoth^ yuxtaposición 
de los dos elementos filológicos, forma popular, prueba 
palmaria de las inducciones que la ciencia ha sacado del 
dato suministrado por Pliniu. 



51S 

El consonantismo disipa las tinieblas de aquellas re- 
motas edades: reflejo del sánscrito, concuerda el getacon 
el griego, latín, lituano y eslavo, ley descubierta por 
analogía, puesto que escasean los hechos directamente 
observados. Los dominadores de la humanidad; los que 
reunían en su metrúpoM reyes, sacerdotes y soldados de 
todas las partes del mundo entonces conocido; los que 
oían tantas y tan diversas expresiones de nacionalidad, 
miraron con desdén la filología comparada, hecho suma- 
menta natural cuando la política, absorbiendo todos los 
fines reales de la vida, anulaba ciencia y arte, ¿Por qué 
inculpar á Ovidio? La situación de Tomi brindaba al es- 
tudio de la lengua de los geta^^; pero a la enfermedad del 
pueblo romano eran antipáticas las lenguas bárbaras, y, 
confundiendo el vigor naciente con la rudezas ^ f^^ ^^ 
íUcil á la molicie pagana injuriar que hacer justicia. Los 
romanos conocieron algo las instituciones de los geima- 
nos occidentaleSj pero sólo tenían ideas vagas y confusas 
respecto de los orientales; el mismo Tácito, quizá el es- 
critor en quien más se vislumbra el espíritu humano, faó 
mexorable poligenista y tenía por autóctonos á los ger- 
manos • Los griegos, embrión del mundo actual, princi- 
piaron á inventariar las lenguas bárbaras, y el Glosario 
botánico de Dioscórides es de inestimable valor para el 
conocimiento de la lengua gótica; con aquel monumento 
lingüístico y con las denominaciones gentíHcias, patroEÍ- 
micas, geográficas ó históricas, se ha construido un bos- 
quejo del idioma aborígene. 

Indígena indudablemente es el de los godos: principió 
la sustitución con el siglo i y concluyó con el ni; Las con- 
sonantes sonoras, sordas, aspiradas del original, pasaron 
á ser sordas, aspiradas^ sonoras en godo, ley descubierta 



513 

cincuenta anos ha por el ilustre J, Grimm. ¿Queréis co- 
nocer el vocalismo sánscrito en toda su pureza? Hojead la 
gramática gótica; ningún idioma ha sido tan fiel á su pa- 
dre, La trilogía a, i, tí, creó el número de las declinacio- 
nes y la duplicidad de ios diptongos, cuyas condensacio- 
nes produjeron las largas. Peculiar del sánscrito es el 
guna, y únicamente en las lenguas germánicas se desen- 
volvió la apofonía: el gana es pura ley fonética; la apo- 
fonía es completamente dinámica, la regla que transfor- 
ma las radicales del verbo y las inflexiones del nombre. 
Imitaciones lejanas del guna presentan las otras lenguas 
de la clase. Con las fuentes de la apofonía se ligaron los 
pseudo-diptongos, y andando los tiempos se engendró la 
perifonía, tomando carácter dinámico en los plurales y 
conjuntivo en el alemán alto moderno* Dinámico tam- 
bién el consonantismo, corrieron las lenguas germánicas 
todo el ciclo de las letras mudas. La lengua germánica 
es afine primera y materialmente con la eslava y la li- 
tuana; dista mucho de la griega y la latina, y aunque 
con esta coincide más que con aquélla por lo que hace al 
vocabulario, tiene, sin embargo, mayor afinidad con el 
griego en algunos caracteres de la inflexión; más lejana 
aparece respecto del celta, aun cuando tal cual vez mués-- 
tra afinidades con él y no tiene ninguna con las lenguas 
finesasp Los caracteres diferenciales se presentan perfec- 
tamente marcados, á saber: la apofonía, la sustitución 
fonética, el verbo débil y el nombre suave; se empleó 
dos veces la sustitución, se llevó la apofonía á ley de la 
conjugación fuerte, y se aplicó la declinación suave al 
nombre y al adjetivo* 

Debemos el conocimiento del godo principalmente á 
Ululas (n. 318, obispo en 384, m. en 388), traductor de 

33 



5U 

la Biíjlia y escritor del monumento antiquísimo d© las 
lengua»^ europeas. Nuevo triunfo del Cristianismo: que va 
no hay bárbai'os, todos somos hermanos, y nuestro pa- 
dre está en el cielo. Los germanos de Occidente y los del 
Norte tardaron más en abrazar el Grí:^tianismo, efecto de 
la posición geográfica y de las oscilaciones del movimien- 
to social. Amemos con delirio nuesti*a independencia na- 
cional, pero no pongamos la nota de inculto al pueblo 
que en el siglo iv poseía ya lenguaje literario. Mientras 
los invasores profesaron el arrianismo, tuvo uso litúrgico 
el godo; pero convertido Recaredo al catolicismo en el 
ano 587, aconteció lo que sucede en todos los cambios de 
relaciones totales, tá tal punto llegó el menosprecio de 
)iaquella literatura, dice el ilustre crítico D, José Amador 
>de los Ríos, que los códices que se salvaron de las llanias 
Ȓueron borrados para escribir sobre ellos las obras del 
>episcopado católico,» De la borrasca salió á flote el códi- 
ce argénteo, obra del siglo v, y el cual debió de pasar á 
los Ripuarios por dote de nna princesa española, mgim 
las investigaciones modernas: liállase hoy cuidadosamen- 
ta guardado en la Biblioteca de Upsala; se conserva allí 
con tanto cuidado que á mí me pareció, cuando le exami- 
né, que estaba el precioso manuscrito en nuestro archivo 
histórico central; la imprenta, ariete del monopolio, ha 
multiplicado las copias del aristocrático códice. Idioma 
muerto el gótico, vive vida sana y lozana su culta y nu- 
merosa prole, allá donde floreció; se superpusieron pri- 
mero los eslavos, y últimamente los húngaros y los tur- 
cos. Sangre pura domina de los Cárpatos á la Gabforoia: 
cutis blanquísimo, pelo rubio, ojos azules, y la mezcla 
con la raza latina se conservan en el N.E. de España t 
en el S,0. de Francia, en la antigua Gocia, Septimania, 



513 

Occitania; cuna de la poesía provenzalj amamantada por 
el godo, cual lo fué por el franco el estro septentrional 
de Francia, 

Las gentes gerniánicas, que alcanzaron el triunfo de 
Tivir en el anhelado jardín de las Hespórides, no necesi- 
taban intérprete. La ciencia ha mostrado la verdad del 
dicho de Procopio yo-Sí/lóv i:vocr, 

«Sólo de los alanos se puede y suele afirmar que usa- 
>ron la lengaa de los escitas, y esto más por conjetura 
aprobable que por razones que á ello convenzan,* dice el 
P. Mariana. Sean los alanos, los hermosos, los descendien- 
tes de los masagetas; sean de la serranía alana^ allá al N- 
del Caspio; sean escitas, con los que convienen en armas 
y lengua j difiriendo únicamento de ellos en algunas cos- 
tumbres» es cosa averiguada^ y lo importante para nues- 
tro objeto^ que los alanos se fueron fundiendo gradual y 
sucesivamente con los getas y los godos. El padre de 
Jornandes era Alanoioanmthj voz formada cual las ale- 
manas Walahmtmd^ Sahsmund^ y que expresa el efecto 
de los matrimonios mixtos; el mismo Jornandes se decla- 
raba senügodo: qimsi eco ipsa gente Iraheniem originem. 
Los pocos nombres geográficos que nos han legado los 
alanos, particularmente en los Pirineos aragoneses, indi- 
can también que cuando aquéllos tuvieron la dicha de 
ver las montañas y las vegas españolas, hablaban la len- 
gua ulflMaua* 

«De los vándalos otrosí se tomaron otras dicciones y 
^vocablos como cdmaira^ gozque^ azafrán^» dice también 
el P. Mariana hablando de aquel pueblo, siempre juz- 
gado al revés, porque ni germánicas son las voces cita- 
das por nuestro ilustre historiador. La ferocidad que se 
atribuye á los vándalos, y que ha llegado á ser prover- 



5i6 



bíal, es tan gratuita como la gloria que se concede á los 
godos por un aistema graneo y por un estilo arquitectó- 
nico, inventos ambos que no arrancan de esta nacionali- 
dad. Los vándalos, los hijos del viento, fueron los alanos 
de aquellas edades, y deben m pavorosa celebridad á la 
consternación que siempre infunde el recto empleo de la 
caballería ligera. En tiempo de Marco Antonio logra- 
ron fijar por primera vez la atención de la historia, y, 
abandonadas las fuentes del Elba, se confederan con los 
alanos tras largas vicisitudes para cruzar el Rhin, inva- 
dir las Galias primero, pasar los Pirineos después, y ex- 
tenderse por tierra española. Algo valían cuando en k 
antigua Cartago fundaron un imperio, que con cierto 
brillo duró de 429 hasta 534, á pesar de las guerras reli* 
giosas, La etimologia del nombre linajudo AstingióAz- 
dingi muestra la intimidad de vándalos y godos. Del dia- 
lecto de aquéllos sólo nos han quedado algunos nombres 
propios, los cuales presentan una característica perfec- 
tamente determinada^ el predominio de la í, tívíc^v por 
úento^ Tivítuv por Tato Tatio, 

El sueva, el libre, cuyo nombre engendró por vanidad 
el de eslavo y por ironía el de esctavoy constituj'ó la ma- 
yor nacionalidad y la más guerrera de Germanía, segtta 
el juicio de César. Los suevos fueron, respecto delossár- 
matas, lo que los gatas con relación á los escitas. Lasque 
vinieron á España descendían de los antiguos semnones, 
si se ha de dar crédito á la opinión de Zeussí, porque nO 
basta haber probado, como lo ha hecho este autor, qm 
nuestros suevos se diferenciaban en todo y por todo de los 
jutungos. Los nombres de los reyes suevos Bechila^ J«- 
dka y Masdra^ que nos han transmitido Idacio y San 
Isidoro, tienen la terminación gótica a en lugar de la 



517 

sueva o, orror perdonable en escritores familiarizados 
con el godo, especialmente cuando al lado de aquellas 
formas se encuentra la verdadera; j?. e. Miro, La voz 
Frantanes es corrupción de Francanes^ esto es, la forma 
latina por Franca, Idacio escribió Maldra; pero la crítica 
concede la preferencia á la transcripción del concienzudo 
arzobispo de Sevilla, esto esj á la forma Masdra^ que vie- 
ne de MoTd}\ escand. ant., mardaro^ que vale caro viva 
en alemán; debió transcribirse esta voz con s en el si- 
glo V, y de ningún modo con r. Es verdad que Eemis- 
mundm contiene el elemento fimis^ quietud; pero tam- 
bién es cierto que esta forma corresponde además á otros 
dialectos germánicos, La intimidad de los suevos españo- 
les con los alanos y los vándalos, y las investigaciones 
de Grimm, á quien seguimoSi indican que aquel pueblo 
fué más godo que alemán* Se tienen escasas noticias del 
poder suevo en España, y, sin embargo, ¡cuántos fósiles 
lingüísticos hay en los archivos de Galicia y Portugall 

Á la Confederación sueva se debe la lengua del das, 
esto es, el alemán alto antiguo* Desde el siglo iv empezó 
á llamar la atención de la historia universal el nombi*e 
de ahmdtiy es decir, un pueblo de aquella Confederación 
Mamado así, limítrofe entonces, y aun hoy día, con los 
suevos por la tenebrosa Selva Negra. Entre los france- 
ses, quizá por la proximidad, el nombre alemán so aplicó 
al núcleo principal de la raza, y lo mismo aconteció en- 
tre nosotros, á la manera que hoy decimos prusianos 
cuando por brevedad queremos hablar de la Confedera- 
ción germánica. También los italianos, generalizando el 
nombre de una nación germánica > dijeron tudescos. Los 
godos tenían en sí el carácter alemán; y cuando se pre- 
cipitaron al centro del país, víctima entonces de sus ve- 



51 g 

cinos los eslavos, principió la segunda sustitución foné- 
tica: espontánea, instintiva, vacilante la presentan los 
siglos V y vi; reactiva, reflexiva, fija, se presenta j'a á 
últimos del siglo vii; sin embargo, los siglos vm y ix 
muestran algunas palabras aún dudosas » las cuales con- 
firman la proximidad del cambio. No arrancó la sustitu- 
ción del idioma fundamental: las consonantes sordas, 
aspiradas, sonoras del godo, pasaron á ser aspiradas, so- 
noras, sordas, respectivamente, en el alemán alto anti- 
guo; cambio maravilloso, cuya causa discute todavía la 
ciencia del lenguaje. El Mediodía, las montañas y las se- 
rranías dan grato albergue al alto alemán; el Poniente y 
el Norte, las playas y las marismas, los paularas y las 
navas, los campos y los llanos, las vegas y los valles son 
las habitaciones del bajo alemán. Parece que hay cierta 
correspondencia entre las familias étnicas y las lingüisti- 
cas: al montañés le agradan las vocales claras y las abier- 
tas, los diptongos, las aspiradas, la energía dóricaí Ic^ 
poetas líricos, el drama, y deleitan al campesino las vo- 
cales tenues y las cerradas, las consonantes sonoras v 
las sordas, la dulzura jónica y el ostentoso aparato de la 
brillante epopeya. Los monnraentos del alemán alto an- 
tiguo se levantaron durante el período que corre desde 
el siglo VII hasta el ocaso del xi; su literatura fué entera- 
mente religiosa; la propagación del Cristianismo, el fin 
de la época, traducciones, glosarios, diccionarios, gra- 
máticas, fueron los géneros clásicos. 

La rica variedad de la Confederación, madre del ale- 
mán, se desenvolvió en la historia creando costumbres r 
códigos, incomprensibles sin el conocimiento de los dia- 
lectos. In neaesarm uniías^ in creteñs libertas. 

El bdvaro^ pueblo germánico con nombre celta, pre- 



549 
genía muchas peculiaridades filológicas^ no sólo por la 
forma literaria tan influyente en la Edad Media, sino por 
las locuciones vulgares, fieles siempre al número daaU 

La gente franca, viva, ínclita y áspera tomó tamlnén 
para nombre nacional la noción de libertad y do la au- 
dacia, aspirando á rivalizar con los suevos y los baltos: 
el sui juris de aquel tiempo no indica el estado opuesto 
al de la esclavitud; vale la libertad política, sentida ya 
hasta por los mismos galos, cual lo indica Nervii libeH^ 
Treveri liben, BUuriges liberi y otros muchos. Los fran- 
eos, en el siglo nu empezaron á cambiar los esteparios 
paulares del bajo Rliin por las fértiles flalias, donde la 
lucha fué empeñada y fecunda; según las pruebas adu- 
cidas por M. (ruízot, testigo irrecusable, las Grabas esta- 
ban ya germanizadas á mediados del siglo iv, Al belico- 
so Glodoveo le faltó un Ulfilas, y por este vacío no tiene 
monumento lingüístico la civilización franca: nos tene- 
mos que contentar con los analistas, con la ley Sálica y 
con listas de nombres propios. Vacilante el franco entre 
el alemán alto antiguo y el sajón ^ se íncUna unas veces 
á éste y otras á aquél, pero sin emplear la segunda sus- 
titución fonética; tuvo por carácter diferencial el empleo 
de la ch en lugar de la h del alemán, v. gr.: Chanberhis 
por Ilaribertm {Ikriperaht^ heru ejército; pemhí, ful- 
gente). La ch cayó con los merovingios, y Carlomagno 
fomentó el estudio del alemán alto antiguo creando es- 
cuelas que> á pesar de estar más animadas de formalismo 
que de espíritu científico, logizaron popularizar la com- 
paración de los cantos épicos germánicos con la atildada 
literatura de los griegos y romanos: esfuerzo vivificador^ 
devado, humano; las civilizaciones nuevas deben utili- 
zar el buen material do los edificios demolidos; el latín, 



5i0 

nunca privilegio de los patricios, jamás monopolio del 
clero, del foro ó de los naturalistas^ siempre popular en 
la poética Alemania, metamor foseó todos los estratos so- 
ciales, aniquiló casi completamente el nitmero dual, dio 
al caso instrumental los caracteres del ablativo latino en 
lugar del dativo griego y gótico, y usó eufónicamente la 
r y la 5. Al contrario, recorred las riberas del Mein, el 
bosque de Tnringia y la Bohemia alemana, y vuestro 
oído, acostumbrado al dulce acento del inmortal amiga 
de los pastores y del campo, experimentará desagrada- 
ble impresión al oir el habla de aquellos francos, todavía 
no latinados. 

El juramento prestado en 842 por Garlos, Rey de los 
francos, e.stá casi, casi en alemán; pero en un alemán de 
caramelo j término opuesto al vigor suavo-bávaro, no 
pertenece al franco de los merovingios; le aseguran m 
origen alemán la j y el grupo iiOj aunque conserva la d 
en godes y dag y también la tk y la dh. Lo mismo se 
nota en la canción de Luis, El poema de los Nibelungos, 
escrito hacía 1210, fué obra de los franeos-neerlandeses, 
cual término opuesto á los guelfingos y amelungos, cuyo 
carácter es suevo- gótico. También se debe á los francos 
la fábula del Reinhart. 

Aparecen en el Elba los lombardos, unidos á los sue- 
vos y á los marcomanos antes de las emigraciones al Me- 
diodía, El imperio lombardo tuvo pocos monumentos lin- 
güísticos, porque los godos se habían adelantado á tra- 
ducir los libros sagrados, y cuando aquél entró en k 
historia universal principiaba á florecer la literatura 
anglo- sajona y la alemana; sólo tenemos los códigos, la 
obra de Paulus y algunos documentos sueltos; pero los 
nombres propios se presentan tajj corrompidos en loi 



manuscritos como los de las glosas malbórgícas- El vo- 
calismo es casi igual al del alemán altOj y la misma se- 
mejanza presentan las consonantes; no desenvolvió la 
perifonía, pero tuvo los pseudo-digtongos y las sustitu- 
ciones propias del siglo vii; prefirió las letras sordas á 
lag sonoras: palco es forma lombarda, balcón es alema- 
na; también usaba la j por la í, pero no universal, sino 
generalmente. Por la posición geográfica, los lombardos 
italianos, relacionados con los rugios y los alemanes, 
fueron fronterizos con los bávaroa que poblaban el Ti- 
rol, y tuvieron con ellos por los enlaces étnicos íntimo 
trato. 

El borgoñón fue más afine con gI godo que con el ale- 
mán, lo que se confirma por la posición oriental de los 
antiguos borgoñón es, siempre confederados con los go- 
dos y limítrofes con los visigodos en la cuenca del Róda- 
no, Son importantes para nuestra historia los documen- 
tos borgoñones de los siglos vii, viny ix, porque enton* 
ees el pueblo borgoñón no albergaba á francos ni ale- 
manes, y los nombres propios no se modificaron por los 
dialectos de estas dos últimas naciones* 

El alemán alto de los tiempos medios, que vivió desde 
el siglo xn basta el xvi, fué el desenvolvimiento del dia- 
lecto suevo, porque éste triunfó de sus hermanos como 
el delicado ático so adelantó al eólico, al jónico y al dóri- 
co; como el toscano venció al milanés, al veneciano y al 
siciliano; como el dialecto de la isla de Francia resumió 
el picardo, el normando y el borgoñón; como el rotundo 
toledano venció al rico aragonés, á la tenaz lengua leo- 
nesa, al tierno bable, á todos los dialectos y patueses hi- 
jos de la variedad geográfica de nuestra Península, de 
las diversidades étnicas, del contacto con iberos, celtas, 



filt 

germanos, provenzales, franceses, portugueses y hasta 
sarracenos. Las vocales de las sílabas radicales del ale- 
mán alto de los tiempos medios conservaron los caracte- 
res que tenían en el alemán alto antiguo; pero la vocal 
de la sílaba siguiente á la radical se atenuó^ hasta el 
punto de llegar á ser una e indiferente: g'éban se convir- 
tió en geben. Suministra aquello á la etimología nn crite- 
rio sencillo y fácil: cuando encontramos la voz Gualtwriú^ 
de hari^ ejército, tenemos delante de nosotros una voz 
que proviene del alemán alto antiguo; cuando hallamofl 
la forma Gualterio^ estamos ya en los tiempos medios. 
Intacta la estructura del verso antiguo, adquirió finura y 
regularidad con la perdida de la vocal llena del radical 
Al nacer el individualismo, el hecho de la Edad Media, 
encontró la poesía un maravilloso instrumento; y como 
la literatura pasó del clei^o á los cortesanos y caballeros^ 
el alemán alto medio suministró no pocas palabras al 
pueblo, que en nomJire de Dios y del derecho blandía la 
espada de la libertad contra el fatalismo agareno* 

La patria del anáUsis^ ora cualitativo^ ora cuantitativo; 
la patria de lo que los pueblos neo- latinos hemos dado efl 
llamar conquistas de la civilización, por las dificultades 
que presenta su replanteo en las naciones donde aún m 
sienten las potencias substanciales y totales del paganismo 
antiguo; la cuna del gobierno representativo; el país de 
las aplicaciones de la ciencia á las necesidades de la vida; 
la tierra de la imprenta, del vapor, de la electricidad^ nos 
ha enviado con los nuevos progresos los signos fonéticos 
correspondientes. Huéspedes aún, y en traje de camino, m 
distinguen perfectamente de sus antiguos hermanos, ya 
naturalizados tras muchas generaciones. No puede creer 
el pueblo que las voces blanco y wagón hayan llegado á 



523 

nuestro hablar y trato por el intermedio germánico, por- 
que sólo los doctos conocen las edades del lenguaje. El 
siglo xvr, precursor de la revolución inglesa en el xvir, 
de la francesa en el xvni y de la española^ portuguesa é 
italiana en el xix, creó una cultura á orillas del Elba y 
con ella un idioma: el alemán alto moderno. Obedece 
éste históricamente al principio del menor esfuerzo; des- 
deña la ampulosidad, busca la rapidez y aspira á estable- 
cer la forma monosilábica- Volatiliza la sílaba final, alar- 
gh la raíz, y por la lógica prosódica destruye el error y 
la duda, los dos escollos de la inteligencia, para entroni- 
zar en la gramática la verdad y la certidumbre, los dos 
fines del entendimiento. En las lenguas modernas, preci- 
so es confesarlo, el acento propende á confundirse con la 
cantidad, El alemán pone el acento agudo sobre el ele- 
mento esencial ó sobre el prefijo, cual modificador ó de- 
terminante del concepto: 1/, Géhen^ iré; Aús-gehen exí- 
re; Ein-gehen^ inire; 2/, Vóll-mond^ llena luna; Kúm' 
feldj de trigo campo; 3.\ Über-gehen^ superire con el 
acento en la ié\ Über-géhen^ abandonar. Tdlvec^ Thalweg, 
se dice en nuestras aulas de Topografía, con tendencia á 
volatilizar el segundo elemento del compuesto: Tálve se 
dirá probablemente cuando se cierre el período etimoló- 
gico. 

Así como á los suevos y á sus confederados se les debe 
la formación del alemán alto antiguo, del mismo modo 
se debe á los sajones el bajo alemán, reflejo fiel del con- 
sonantismo gótico, en que se fijó la mayor parte de la 
raza, y fuente del frisón y sajón. 

El frisón, que tiene literatura desde el siglo xn, se ha 
conservado con tanta fuerza como el amor á la patria de 
los pueblos, que le hablan en la costa septentrional de 



Holanda hasta la Holsacia, La legislación latina del á* 
glo IX tomó muchas voces frisonas. 

Se conoce el alto sajón por el poema del Salvador (H3* 
liand), imitación de los cantos épicos nacionales^ conser- 
vado en dos manuscritos del siglo ix. Nació en el territo* 
rio limitado por el Rhia y el Elba, salvo la banda septan- 
trional, asiento de los frisones. Las formas modernas del 
sajón antiguo constituyen los patuesea contemporáneos; 
su pronombre presenta huellas del dual. El sajón antiguo 
es la base del anglosajón. En éste se llama geofon el 
mar, y proviene del sajón antiguo gehan^ que se refiere á 
un sor mitológico; hebauj cielo, dice el primero; heofbn 
trae el segundo. La partícula Miítan, pero, sajón anti- 
guo; butien^ neerl; bútan^ anglosajón; bid^ ang, toca úni- 
camente alaaa; buzan tiene Is» 5-6, bauszen pausien 
los documentos hésicos y úzan es la forma del aaa* Es ca- 
racterística la metátesis de la r delante de las vocales; 
así es que en lugar de brimnum se dice burnon^ y en vez 
de bnmna m dice burna. Los 'grupos rl y ?t son comu- 
nes con el godo; dice lüriso el sajón antiguo y riso el aaa. 

Tiene el anglosajón monumentos importantes, tanto 
en prosa como en verso, porque desda su origen experi- 
mentó los efectos del Cristianismo. Los reyes, los proce- 
res y el clero le cultivaron con empeño para propagar la 
doctrina del Crucificado, Los britos, enemigos del ale- 
mán, formaron el termino opuesto, y de este choque, con 
la nueva sangre, resultó nueva vida. El anglosajón es 
muy rico y conserva elementos góticos, que no llegaron 
á pasar al aaa; por ejemplo, el pronombre demostrativo 
se^ seoj thiit que as m^ só^ that en el godo; el verbo eo^^ 
ir, por iddja\ el verbo bycgan^ emere, por biigjan. Coin- 
cide algunas veces con el aaa, por ejemplo, dide^íeta^ 



5SS 

término que falta aí godo y al escandinavo antiguo. Tie- 
ne elementos del último, por ejemplo, sót, el hollín de la 
chimenea y materiales propios y peculiareí!, por ejemplo, 
this. 

El neerlandés^ el actual holandés y flamenco, se dife- 
rencia poco del bajo alemán; con éste debió coincidir en 
los tiempos antiguos. Le falta la íA, y por la ft del aaa 
pone cht. Tomó algunos elementos franco- bata vosj en lo 
qne se diferencia del sajón. 

Por monumentos del siglo xni conocemos el escandí- 
nevo antiguo, idioma independiente en lexicón, leya^ fo- 
néticas y formas gramaticales: pero aún aquel estado na- 
ciente se presenta coordinado al alemán y al godo, pero 
de ningún modo cual brote del uno ú del otro. El conoci- 
miento del escandinavo es muy útil para el estudio del 
español, porque las expediciones hechas por los norman- 
dos en el siglo x introdujeron muchas voces clásicas, y 
sobre todo marítimas, en las lengua?^ románicas; y como 
los escandinavos tardaron en convertirse al Cristianis- 
mo, conservan los testimonios del período mitológico y 
épico, con los que se prueba la unidad de la ram, Allá en 
las tierras boreales, la solitaria Islandia guarda incólume 
el primitivo decir da los escandinavos antiguos; acá el 
Báltico y el mar del Norte, la Suecia y la Dinamarca han 
dado finura, delicadeza y gracia al idioma de la tierna y 
cariñosa Eda, La segunda persona del singular del pre- 
térito perfecto de indicativo confirma la unidad del godo 
y escandinavo: ambos expresan la inflexión con el au- 
mento de una í, siendo así que las lenguas alemanas em- 
plean un giro optativo. También el escandinavo coincide 
con el godo en las vocales y consonantes. 

Estas son las lenguas germánicas que han influido en 



la formación de la española, ya directa, ya indirectamen- 
tej y cuyo resultado presenta la fonética comparada* 
(Apéndice*) Causa dolor que un francés de tanta estima 
como lo es A. Brachet, confiese candidamente^ en Í868, 
que es imposible determinar la lengua á que los latinos 
debemos las voces de índole germánica, porque se desco- 
nocen las semejanzas y diferencias del antiguo hablar de 
los germanos. Publicada está desde 1836 la rTramática 
comparada de las lenguas románicas por mi ilustre maes- 
tro Federico Diez; publicada está desde el 7 do marzo 
de 1848 la Historia de la lengua alemana por Jacobo 
Grímm; publicada está desde 1833 la Gramática compa- 
rada de las lenguas indo- europeas por Francisco Bopp; 
pero ¿cómo han de saber los franceses la lengua en q^ue 
liablaron los godos y los suevos cuando ignoran el esta- 
do de la Alemania contemporánea, según han puesto de 
manifiesto las derrotas de la última guerra? La vida exte- 
rior ahoga bastante en Francia la intimidad del espíritu. 
Nuestro capital lexicográfico se aumenta con caudales de 
que carecen nuestros vecinos. Tomando hoy el criterio 
germánico, buscando mañana el celta j el ibero, el semí- 
tico y el latín, llegaremos á conocer con enlace sistema- 
tico el origen y la historia de las voces españolas, ¡Tanto 
vale la fonética comparada! 

Novecientas treinta palabras radicales debemos los la- 
tinos á los germanos, Unas trescientas constituyen el 
acervo común; y Francia, que por la situación y por la 
resistencia fué la que más se germanizó^ cuenta con 
cuatrocientas cincuenta voces propias y exclusivas; Ita- 
lia tiene ciento cuarenta; la Banda occidental unas cin- 
cuenta^ y Valaquia es la más pobre del grupo. Las pala- 
bras germánicas se acMmataron perfectamente en el sue- 



m7 

lo latino, y muchas llegaron hasta naturalizai^e, toman- 
do parte activa en las derivaciones. Comparad el caso 
contrario, y veréis que las palabras españolas son infe- 
cundas en el suelo germánico. La voz fanfarrón dio en 
las regiones del Rhin el verbo fanfaroniren; y por el 
contrario, la palabra blanco ha originado innumerables 
derivados y compuestos en la tierra que riegan el Ebro y 
el Guadalquivir. Nuestro pueblo tiene admirable recepti- 
vidad, de pocos conocida ó imperfectamente estudiada 
hasta el día. 

Atrilniyen algunos á influencia germánica la antino- 
mia que con la lengua latina presentan las románicas res- 
pecto de las largas por posición, y la tendencia que las 
últimas muestran á coincidir con los idiomas ulfí llanos. 
Ley común de la prosodia sánscrita, griega y latina fué 
la regla de posición; la e breve de fero vale una larga en 
fbrre por ferere. Lo contrario presentan las lenguas ger- 
mánicas: sünum^ sol; sünih hijo; y también las neolati- 
nas de objectum^ latino, brotaron; objei^ francés; objei- 
to, italiano; objeto^ español, Pero la causa es general y 
revela un progreso. Hubo dificultad en pronunciar mu- 
chas consonantes de seguida; Pampalona^ Ingalaterra^ 
Viqídiona presentan inserta una vocal breve; bastó que 
la falta de agilidad encontrase una dificultad análoga en 
la pronunciación de las lenguas antiguas^ para que á su 
vocal breve^ que valia un tiempo, se agregara el retraso 
equivalente á la fracción de otro tiempo* Hoy las condi- 
ciones son distintas: educada la voz^ pronuncia con faci- 
lidad de un golpe dos ó más consonantes, y obrando el 
consecuente sobre el antecedente, tendencia de la foné- 
tica indoeuropea, la primera consonante del grupo llega 
á ser el fin de la sílaba anterior, y, precipitándose en ella 



528 

el aonido, se abrevia la vocal precedente, auntjue larga 
por naturaleza* 
Las palabras de origen alemán, si tienen el acento en 

la penúltima sílaba y terminan en vocal atónicaj conser- 
van el acento primitivo en la transcripción románica, por 
ejemplo, hasa dio huesa (parto del vestido), Pero si tienen 
el acento en la antepenúltima ó terminan en consonante, 
suele correrse el acento á la penúltima, en lo que parece 
que se toma en cuenta hasta cierto punto el acento pro- 
fundo de la sílaba que sigue á la raíz, v, gr., de dlansüj 
alesna^ lesna; de hérinc^ arenque; de félisa^ felisa; de fia- 
do^ accus. fladmiy fHdon^ salió fladon^ flan. Los compues- 
tos llevan el acento en la segunda sílaba: albérgim de hé- 
riberga; Reinaldos de ReinwalL 

Pasando á la comparación de las inflexiones se nota 
que las lenguas románicas, lo mismo que otros idiomas 
modernos, han perdido parte de las antiguas formas iU' 
flexionales. Débese este resultado á la libertad propia 
del lenguaje popular, incómoda á la variedad de aquella?! 
formas; ligada severamente la pronunciación á las leyes 
de la cantidad, se desvaneció poco á poco el sonido y 
también la importancia de las desinencias; y amigos de 
la claridad los modernos, las lenguas sintéticas tomaron 
el carácter de analíticas. Suplióse la falta del antiguo or- 
ganismo con voces auxiliares sencillas, empleadas, ya 
aisladamente, ya como afijas y unificadas en su signifi- 
cado individual, para indicar abstractamente las formas 
gramaticales que llegaban á representar* 

Refiérese la declinación al substantivo, adjetivo, nume- 
ral y pronombre, para expresar con la forma flexional la 
relación del género, número y caso* Que allá en los al- 
bores del siglo xvfi afirmara nuestro Dr. Aldrete qm 



m9 

los nombres góticos son indeclinables, merece sin duda 
absolución^ porque el ilustre español obedecía á criterio 
extraño, puesto que ignoraba el alemán; pero que en el 
año 1867 el distinguido Augusto Brachet muestre igual 
ignorancia (pág. 52 de la Historia de la lengua france- 
sa)^ es una ofensa a la cultura de estos tiempos. 

Desapareció la declinación en las lenguas románicas 
gradual y sucesivamente, y partiendo de la lengua ma- 
triz» Se suprimió el genero neutro^ y muchos substantivos 
pasaron á ser masculinos, correspondientes á la segunda 
declinación, con la que tenían semejanza formal. No ca- 
bía reforma en el numero, puesto que el latín había lle- 
gado al límite, y se stiprimieron los casos, sobrevivien- 
do tal cual vez el nominativo, y casi siempre el acusati- 
vo. Dominó decididamente este hecho en la transcripción 
románica de los nombres germánicos: 1/, Balcón {bal- 
cho); 2/, BlapíüÓn (drato); 3/, Gonfalón {gunéfano); 
4/, Girón (gére); ñ,% Airón {heigir); 6.% Ctuahanón {wa- 
raniú); 7,% Grapón (úhrapfo); 8.\ Esporón (sporo); 9.\ 
Esturión (slurjo)\ 10, Gasón {waso). 

Hay también huellas del genitivo: tal es la segunda vo7. 
de Fuero Juzgo, forunijudicum; los nombres de la sema- 
na en e.5, como JUEVES, y los patronímicos en ez. Larra- 
mendi {Gramática^ páginas 10 y 11) atribuye al vas- 
cnenceel origen de los patronímicos en ez: Rodríguez 
DE Rodrigo, Fernández de Fernando, como el vascon- 
gado BERÚN, plomo; brrunez, de plomo; pero los vascon- 
gados no emplean nunca esta forma para los patroními- 
cos, y dicen Manuel de Garagorri en lugar de Garago- 
rriex. Más probable es el origen gótico: e^^^ y antes ity 
conviene con í?, termiu ación gótica del genitivo: Rode- 
RÍQUiz, Rodríguez, es igual á Ilrúthareiks^ gótico. Fér- 



S3ü 

nmANDiZj Fernández, lo es á FrithanantkiSy gótico- Se 
aplica esta terminación á casos impropios: en lugar de 
Flor I, Fortunii, Pelagii, Petri, Sanctii, se dice Floris 
ó Flórez, Fortúnez, PeláeZj Prrez, SAngheZj exacta- 
mente cual en los días de la semana se arranean á la r;ra- 
mática los genitivos MmKCQhFS= Merctmii Lünes=Íik- 
nw^ dies. 

El género de las voces tomadas de las lenguas germá- 
nicas coincide casi siempre con el original, á lo menos 
en los femeninos terminados en a. Así, Aoalstra, AiíAn- 
SA, Arka, Bar a, Barta, Bioa, Binta, Bohta, Brecha, 
Britnja, Duahila, Fedara, Fehida, Gelda, Halla, Ha- 
rá, Herda, Hi7.a, Hosa, Hütta, Iwa, Kripfa, LippA, an- 
glosaj.; LouBA, Marka^ Riha, Skalja, Skaraj Skella, 
Skina, Skolla, Skurai Slahta, Slinga, Snepfa, Spaítna, 
Stüpa, Uvotha, Werra^ Wanoa, Wias, ZARaá, Zaoia, 
quedaron femeninos en a al transcribirse al romance. Es 
verdad que FijANco se diferencia do hlancha^ pero este 
etimología es algo dudosa; también albergue difiere de 
heriberga^ pero en el Norte la forma kerbergi es del gé- 
nero neutro, y es posible la misma estructura en el aaa. 

Hay una diferencia entre el godo y el alemán alto an- 
tiguo que pasó á las transcripciones españolas. El género 
masculino de la forma débil del godo se indica por l;i ter* 
minación a y el femenino por o, y en alemán alto anti- 
guo se verifica lo contrario. Así, Amala, Axila, Tüloa y 
Vamba son nombres góticos de varón, y SifilO (Si/í/iJ), 
TuLGKiO [Tulgüo) lo son de hembras. Ezilo, Heímo, Que- 
ro (Kéro) Y Rando son nombres de varón en alemán alto 
antiguo, y Helíspa (Helispd)^ Uota (Ifoiá) son nombres 
de mujer. Tácito nos ha conservado los nombres Siro, 
Tmsco, Vangio y además el nombre gótico Catuaí.ba. 



531 

Los nombres Ino.^vones, Hermino?íes, Semnones^ (tOtho- 
NEs suponen un singular en o del alemán alto antiguo. 
El latín homo homims coincide con el alemán alto anti- 
guo A'bmo, Komin^ y ambos se diferencian del godo ffu- 
fna^ gtmwis. El masculino latino tiene, como el femeni- 
no^ la forma virgo virginis. Los nombres propios de am- 
bos géneros suelen hacer el genitivo en onis con o larga: 
Otlw^ Plaiú, Jimo^ Dido^ como temo temonis^ se^no se- 
monis. 

Así como al formarse el español se prefirió para el subs- 
tantivo la primera declinación y aun se empleó la segun- 
daj del mismo modo se concedió marcada preferencia al 
adjetivo terminado en us^ a^ ?mt, y esta clase sirvió de 
tipo para las transcripciones germánicas; por ejemplo. 
Baldo, en los compuestos (bald)^ Blanco {blanh)^ Blao 
(6/<To), y además Bravo, Bruno, Brusco, Chato, Drudo, 
Esdrújulo, Fino, Franco, Fresco, Gallar do, Ctangho, 
Gayo, Gofo, GüerghOj Laido, Ligio, Listo, Lozano, Mo- 
cho, Rico^ Tacaño- Se exceptúan Felón, Fol, Gris. 

En todas las lenguas de la familia indo- europea coin- 
ciden los nura erales, y, por consiguiente, no hay que bus- 
car fuera lo que abunda en casa. 

Lo mismo se observa respecto de los pronombres per- 
sonales; pero en el posesivo nuestra lengua tiene una pe- 
caliaridati, sobre la cual llamó vuestra docta atención, 
en solemnidad igual á la presente^ el ilustre difunto Don 
Salustiano de Oló^aga. El pronombre posesivo suus se 
usa íinicamente en plural por españoles y portugueses; 
las otras naciones latinas tomaron el pronombre de la 
tareera persona üh^ y de la forma illorum sacaron un 
nuevo posesivo, que los romanos de la banda oriental, 
conservando el sentimiento etimológico, dejaron indecli- 



nable: loro^ italiano; lo}% valaco; mas los de la banda del 
N*E* le sujetaron á declinación: lo}% lors^ provensíal; leur^ 
leurs^ francés. Igual procedimiento empleó el alemán; 
pero el godo tuvo para el posesivo plural sein^—'^w-^f'^'^ 
del genitivo del plural seina^^s^^^^ de manera que en es- 
te punto coincide el español con el godo. 

El pronombre indefinido maint, mainte^ francés, liga- 
do con la voz española tamaño y con la italiana iam/rnto^ 
es aún objeto de vacilaciones y dudas, pues aún le sacaa 
del cinro niainí^ multitud^ y otros del alemán rnanag. 

El pronombre degim^ dengtm es provenzal; se dice 
degu aun ahora mismo, se usó antiguamente, por ejem- 
plo, en el Fuero Juzgo, y es popular en muchas localida- 
des, donde se tiene por vicio fonético. Debe su origen á 
la imitación de dihein^ ullus, aaa. 

La independencia de las lenguas románicas campea 
completamente en la conjugación. El latín popular puso 
los cira^ientos; su^ dignos hijos, los romances, levantaron 
el nuevo y grandioso edificio* El espíritu analítico utilizó 
los escombros de la lengua del Lacio para ñmdar para- 
digmas; suprimió unos modos y creó otros; anuló tiem- 
pos, y dio vida a expresiones más finas, más delicadas y 
más precisas de la forma del mudar. 

Inferiores en esta materia las lenguas germánicas á 
sus congéneres, contribuyeron muy poco á la historia 
del nuevo progreso- No hablemos del verbo substantivo, 
cuya esencia es general en todos los géneros^ especies } 
variedades de nuestra familia lingüística; pero rechace- 
mos, respecto del verbo haber, la excéntrica idea de que 
debemos el auxiliar al haban gótico, y la no menos pem- 
grina de que debemos tan útil auxtho al semítico kaiohh^ 
que significa, como suyii^ es^ esse^ ser, estar y haber; hon- 



S33 

remos la memoria de nuestros padres y no busquemos 
abolengo ignoto y dudoso. ílabsr es un hijo tan parecido 
á habhre que, en un litigio sobre legitimidad, los módicos 
forenses darían testimonio tan terminante, que llenarla 
por sí solo el vacío de pruebas históricas. Ningún roman- 
ce ha fotografiado mejor que el español el verbo ¡mbkre; 
consérvase la h y además la 6 y como probar de probare^ 
haba de faba^ caballo de caballus^ libra de Ubra, En esta 
esfera la lengua española os rica y precisa: tiene los ver- 
bos 5er, haber j estar ^ que corresponden á los tres concep- 
tos fundamentales de ser, esencia y forma, 

E^a declinación abandonó las desinencias y empleó las 
preposiciones j progreso admitido entre los mismos ger- 
manos, que por de y ad el neerlandés emplea van y aan 
y el inglés ofy to. Recorred á Cicerón, á César, a los es- 
critores del siglo de Augusto, y encontraréis, á poco ho- 
jear, los nuncios del espíritu analítico, el verbo auxiliar 
habeo dictam por la foroia sintética dim. Jamás el espa- 
ñol renegó de su patria < 

Armónico como pocos, enriqueció con la variedad el 
diccionario de los verbos; pero dándoles la carta de na- 
turaleza del primer paradigma y enviando al tercero los 
derivados con i ó J, Ejemplos: 1/ Afontar, Agasajar, 
AouAiTAU, Atildar, BiLiNDAR, Bogar, Britar, Danzar, 
Escanciar, Esmaiar, Esquivar, Estampar, Gratar, 
Guardar, Guiar, Guindar, Lastar, Llepar, catalán, 
Marrar, Raptar, Rentar, catalán, Tascar, Tirar, To- 
car, Tomar, Triscar, Trobar, catalán. — 2/ Ardido, 
Cosido, Fornir, Guarir, Güárkir, Jaquir, Marrido, 
Rostir, catalán. 

Del adverbio sólo se tomó el anticuado a reo y hoy 
ürreot que vale, sucesivamente. 



^34 

La potencia derivativa de las lenguas románicas es ri- 
quísima. Muertas muchas voces sencillas» ya por su in- 
completo signíflcado, ya por su embarazosa forma, la 
necesidad abrió el cómodo y seguro camino de la deriva- 
ción . Las lenguas modernas son realmente creadoras: 
pocas raíces, muchos brotes^ son los caracteres lexico- 
gráficos del hablai' contemporáneo. Los elementos forma- 
tívos^ heredados de las lenguas antiguas, campean en Im 
idiomas hoy vivos^ pero para las combinaciones se han 
limitado sus derechos. Esterilizados algunos, tienen ca- 
rácter puramente inorgánico, cual ya le tuvieron en el 
mismo latín: bulus de paii^ulmn; bra de latebra; elis de 
fidelis¡ raonimn de testimonimn; ester de campester; us- 
ier de paiusier; uus de ardims. La mayor parte conser- 
varon su fecundidad, y se unen también con loa elemen- 
tos germánicos. 

Guando un sufijo con e 6 con i se agrega á las conso- 
nantes c ó g^ ¿pierden éstas el carácter gutural, signien- 
do la ley general de los romances? Triunfante este canon 
en el derecho patrio, se modificó en el internaciouaL Du- 
rante los primeros siglos, cuando los órganos vocales ta- 
ñían la sensibilidad necesaria para suavizar las gutura' 
les, los derivados se sujetaban al precepto general: de dñ- 
ricus salió deree-ia; de vacaus brotó vacio. Perdida aque- 
lla sensibihdad, las guturales, colocadas delante de las 
vocales blandas, recobraron su pronunciación; así lo de- 
muestran las voces borrigu-Bño^ ciegu-ezuelo^ daqu-esa^ 
poqt^ülo^ largu-BMa. Los germanismos no experimenta- 
ron el ablandamiento, porque su introducción se verificó 
en el último período: de bank salió bmiqmlloi de nmrka^ 
marqués; de rtchi^ riqueza. 

Las voces germánicas se naturalizaron con tanta fuer- 



83S 

za y rapidez, que dieron y dan frutos fecundos; del adje- 
tivo Bf*ANco, por ejemplo, salieron: Blancardo, Blan- 

GARTE, BlANCAZO, BlANGURAj BlANGHARDj BlANCUETB, 

Blanqüas, Blanqueación^ Blanqueador, Blanqueadü- 

RA, BlANQUEAÍIIENTO, BLANQUEAR, BlANQÜECEDOR, BLAN- 
QUECER, Blanquecimiento^ Blanquernes, Blanquernia» 
Blanqueo, Blanquero, Blanqueta, Blanquete, Blan- 
quición, Blanquillo, Blanquimento, Blanquinoso, Blan- 
quísimo, Blanquizal, Blanquizar, Blanquizco, Blanqui- 
zo. Algunas voces extendieron con facilidad los germa- 
nismos cual calco del original^ por ejemplo: Bedel de 
putil; E^CABiNO ESCLAVIN de skepero; Eñc/íhm de skilling. 

Aun cuando la lengua patria contó con muchos sufijos 
desde su origen y oo necesitaba empréstitos extranjeros, 
se enriqueció, sin embargo, con algunos germánicos: ta- 
les son Aldo, Ardo, Arte, Ing, Lino, Valt, 

De adjetivos germánicos salieron algunos substantivos, 
y también se realizó el caso contrario: por ejemplo, del 
alemán rracke salió braco, braca, como de cicemn bro- 
tó chico, chica. De verbos germánicos ya españolizados 
se derivaron algunos substantivos: de Gastar, Guasta- 
RE, salió Gasto, Guasto; de Tirar salieron Tira, Tmo, 
y del catalán Trobar salió Troa. 

En la composición las vocea germánicas siguieron la 
ley general. 

La sintaxis es hija del genio nacional, y está sujeta á 
las evoluciones históricas. Las lenguas germánicas no 
pudieron modificar el modo de pensar, sentir y querer de 
los pueblos neo-latinos. Comparados los dos géneros de 
idiomas, la observación confirma lo que predicen las ra- 
bones y conceptos generales. Oriental la sintaxis españo- 
la durante los siglos xiii y xiv, clásica después, se acó- 



ft36 

moda á las necesidades de cada época: siempre ^ave y 
sonora; con ricas ^alas y hermosas preseas, cuando sirve 
al sentimiento; con sencillez lógica y admirable claridad. 
Cuando es el instrumento de la ciencia; ayer en el pülpi-- 
to, en la homilía y en el libro mostraba la vaguedad del 
misterio para cultivar las relaciones totales de la socie- 
dad; hoy en la tribuna, en el periódico y en el telegrama 
ostenta el vigor, la exactitud y la precisión. 

En conclusión, los germanos, destruyendo el patricia - 
do romano, favorecieron el desarrollo del latín popular, 
y contribuyendo a crear la Edad Media, el período del 
individualismo, propagaron por el área románica los 
nombres de las nuevas instituciones. Formados en las 
entrañas de la historia I03 dos términos principales, el 
Estado y el individuo, los pueblos germánicos aspiran á 
crear el armonismo de los dos y envían también á los la- 
tinos el diccionario parlamentario. Con los progresos de 
la libertad caminan los de la ciencia, y al movimiento 
inaugurado por Leibnitz y por Newton sigue una serie de 
invenciones y descubrimientos que tenemos que bautizar 
los pueblos, cuyo destino providencial nos lleva á otras 
esferas no menos grandes y gloriosas. Los españoles, des- 
de el Occidente europeo, y al través de la soledad de los 
mares, hemos enseñado á la humanidad los límites del 
mundo, creando la historia universal, arrancando ák 
ignorancia miles de miles de hombres, dando el verdade- 
ro dominio al que es eco ó imagen de Dios. También el 
habla de Sigüenza, de Granada y de Cervantes enrique- 
ce, no sólo las lenguas románicas, sino también la del 
altivo y fiero germano. ¡Y ah! En las universidades de 
Alemania se cultiva nuestra hermosa lengua, se estudia 
su gramática, se fomenta su lexicografía, y se levantan 



537 
con tantos y tan señalados esfuerzos monumentos que 
honran al género humano. Nuestras universidades no 
coiresponden con la recíproca, pero el arte de Mariana 
prueba ésta^ al parecer, desoídla. La España católica siem- 
pre miró con desconfianza las mercaderías fahricadasen 
el país de la reforma; pero, á pesar de los patricios, el 
pueblo balbuceó las voces germánicas^ las acomodó ó las 
leyes de la prosodia patria y las reselló, no con las parti- 
das del presupuesto, sino con la fuerza independiente y 
rigurosa de Sagunto y Numancia, de las Navas y Lepan- 
te, de Madrid y de Bailen. Podrá el semidocto introducir 
barbarismos sin labrar ni pulir; podrá el docto cambiar 
el acento de las lenguas muertas ó para él desconocidas; 
pero el uso, fiel á su conciencia, condena ó absuelve, ad- 
mite ó perfecciona, altera ó restablece, llevando siempre 
por divisa de su escudo el dicho del príncipe de los poetas 
populares, deD. Pedro Calderón de la Barca: 



Del más hermoso clavelp 

Pompa del jardín ameno, 
El áspid saca veneno» 
La oñciosa abeja míeL 



m 



APÉNDICE. 



VOCALISMO, 



La a gótica eq ai vale u la a sánstTJta; ni una al otro teagua tienen la ép^ 
si Ion DI la óniÍQroQ, modlfif^c iones ks dos de la vocal fu ti da mental, Eo 
voz de U á sánscrita, extraña ai ^odo^ empleó éste la 6 y tal cual vejc la é, 
vocal peculiar del idioma ul filia no» porque el godo es en el grupo germjH 
uito lo que el jónico es respecto del ático, dórico y eólicor únicamente el 
frisón antiguo tiene también la é gótica, El noDii)re propio Sueho, ósea 
Sni:imjst de los documentos, despierta la memoria del vocablo gótico fü^r*, 
hoQorabilis, gratus, acceptus; pero como la forma Sitarim es tan tisuál 
como Suerius y conviene literalmeote cou suári gravist alem;ín alto auli- 
gno; üchwpr, alema u alto modera o, es la inicial y la fnente de Strciía, 
cual át priinartus salió primero. La a primitiva se soldó con el española 
caaudo por la pcnfonia había pasado á ser e en los manantiales alemanes. 

í, Alberouk [heriberga^ aaa: i/\ heri^ ejército, aaa; harji», %; fA pér- 
kan^ aaa; bergm^ aamod; bairgan, servare, tueri, g^ 

S. Blaxo, el alce ó grau bestia, Cervns alces de los natnralístas {ilaha, 
aaa, y éste de ales». Caes, b. g, ti -27, áX-ATt, fuerza), 

3. ^sGANCUn [icencatn y el !^u8t. ^cenm^ aaa, el arcaico scanjan^ neanc^ 
/í>, de donde el lat* med* scanúiú, sGantiOt ley. sal. U-4, cod« fald.) 

L EscuALA, cat. ant. Croo, d Esclot, cap, 5 {scara, aaa). 

5, EsH ALTAR {mi^lzan y el arcaica ^mahjan, smaUjan, aaa; sr.kmeizm^ 
fundir, derretir, aamod; smattum lat. med,), Covürrubias decía bien: •) 
será alemán por haber venido de allá...*, y trajo el nombre eon Ib ia^en- 
ción,3> 

6, EiTRACAii, térm. arag. {9trecchan, cansar, aaa). 

7, EsTeáPADA {itrapfen, tirar, 9ai?,o; slraff, lieso^ tirante, terco, 
aamod). 

8, FA?fao [/am, lutum, g., cuyo genitivo es fanjis^ fmni, aaa), 

9, Flaíí, Fladón, Flaós {(lado, Veuut. Portar /lato según otros; de ^- 
da úlado^ aaa y el fem. fiada, laganum. placenta, torta, libns. famslp 



S30 
10. Gaje: (vadium ó wadiunh prenda. U Alam* vadi, plgnus, g.; weiel, 

4 K Garatta, dac. navarr. bosque artice b I [warenna, cozo de caza liig, 
de los tiempos medios; toarantíe^ neerL de nJar^n, guardar, aaa), 
fS, GASAjAnf Agasajah (^oíe/ijaí», aaa; mljan, of ferré, immolarCí g.) 
43, Gasaliaües (eittn meis psaüambas, copurticipeg, doí*.. del año 
S04). Esp, sag, 2G-ÍÍ5, donde gasalianes aparece formado caal el pl. ^éU 
gamljan% ^áQmñ& gasalia^ comunidad, sociedad, lat. medj. 

H, Guarir {ííarjan^ prohihcre, vetare, impediré, g.; w^rjan^ aaa)» 
45. Nauiu^, tórrji. for, (nám^ cscnnd. nut.; náma, raptio, raplura, aaa, 
cual prenda do prendar; los franceses lomarou el plural y ditíüü nans). 
4 6 * SAt A ( sai , do m US , d e sai -jan , ina n ere , d i verteré ^ g O 
De aqui 
a. Salo, pagus, el coto atMsariiilo de nuestro D. F. Caballero* 
h. Salí, rio boy Issel, eu cay as riberas vivían los Salios Saltl, kmm. 
47-8, 

c, Siuco {salicm, »atigm, voz híbrida, porque bi terminEscióo no sale 
de la aleraaoa ig^ sino de tct*s, lal. como Geia, gBicm; Goíhüs, gethlüm; 
Francus, franckus, Ticura sálica, propia del varóo, declaracíén n^itnml 
en una ópoca en que la personalidad política estaba ligada al suelo, y éste 
se asegnraba más por la fuerza del bra^o que por el principio del derecho* 

d. Los nombres propios Salecus, Salius, SALFCito» Salas» qnizA Sa- 
raza n. 

Los nombres propios, eu cuya composieiÓD entra el Tocablo hari, ejér- 
cito, como Gund-hari {gumí, pu^^oa bellum)í Wailhari {wali, domioador); 
XVerinhari {werin, defensa), pertenecen al aaa, y se transcribieron mudan- 
do b a en ie, n s;ibcr: Gontieho, riUAí.TtEiio, GUARjímno, galicismo cual ar- 
gmiit*r de urgmtdrius; pero al fio prevalecieron las formas GüNteno. Gual- 
TEnio, GuARNEuio, tiijas del alemán alto de los tiempos inedios: Guntkér, 
Walthér, Wernhér. igual giro establecieron italianos y franceses, por 
ejemplo, sparaviere, $parvierc, it (ípanoarif gavilán, aaa.j sparva^ g*); 
ápertmr, fr.; pero los españoles decimos IÍsimrvbl, EspARAVEtí y los cáta- 
la nea formaron el verbo Espahvkrah de EspAaviáL, como Amilanar de Mr- 
LAPiOí lo mismo muestra la forma EspAüavÍn, porque el caballo levanta en 
alto la pierna enferma, como mueve los tarsos el Esparavel, y la voz ca- 
talana E$parüerenc por Esparava^í, consta do esparver y de ia termina- 
ción ene. 

Los nombres fnmcoA Elbcteo [ElecUm); Elkctulfo {Etectülfus]; Ele- 
jmois {EÍ6ctrudü)i ELeTAttoo {Eieclardm), contienen el elemento ai A«, tem- 
plum axí, g,; nlah, aaa; mlh, anglosajón. Luego Electeus franco es igual 
á Alabpio, aaa Auitnics, servidor del templo, íí* EticrnüDis franco es 



igual h ÁÍúhtrád^ aaa. Electclitüs franco es Alauolp, el héroe del tem^ilOi 
ntf, lübo por héroe. .4 igaal re^la ohedcao el Donibre Seal us por Ssnu. 

Eü los üornbres francos prevaleció b ñ larga; presea tan eslc heeUo loi 
nombres loascu lióos» formados coa mérfls^ metnorabler y loa íetncaiios 
eou ftédii^ olegancia, correspondo esta vocal á lo ^gótica y latí na « yáUd 
del alemán, ia voz franca flédis, corresponde á la alemana /Idí» y por su 
sii^aiflcado es elemento de maclios notnbrea de mujer. 

i , A LBOPL E D I s {A IbofíéJis) f ra n c O . 

a, BHüTeFLfaus [BértefUdu] franco. 

3* FAMEROFLEais {Fitmeroflédis} fraaco. 

4. MEftOFLEDis [Méroflédis] franco. 
Como ta misma é gótica se iucUnaha á la t, tía y formas con flidis. 

4, BjLtTAFLtOtS, 

i, GEaFLíois, 

La e latina breve ae romanceó por U: bim de büm^ yerno de g^ner, mtja 
de ü^fuJus; pero bo sucedía lo mismo con las voces germánicíis^ po rejuela 
mayor parte habiaii tom>ido el sonido t antes de llegar al oído de los ro^ 
tmmos. Sin embargo^ se notaa los casos signlentes: 

1. EspiEüo y también Est>&PO, Espbtq {sp$r, aaaj speer, laDza, ó de fpk- 
pQnta, oamod,) 

t^ Yelmo, Bielmo, £liio {helm, aaa; heim, aamod; hilms, galea, g,) 

Las formas s/JÍr y hiím no dan ie, y p:ira establecer que Fieltuo vieoede 
filz, hay que probar a a les la posibilidad del intermedio felz, como foruta 
secundaria. 

I, 

La í y la í sauscrit;is pnsaroa á ser i, y ei en el godo. Ei es la expresióa 
gráíiea de la i cu todas bs otras lenguas geroiá oleas, salvo el alemán nlto 
moderno, y ei representa la i sánscrita ^ principalmeote en d filial de los 
temas fe me u i nos del participio presente y en el comparativo* Ül filas, il 
trasladar del griego al godo los uombres persoüales y gísográ fieos, empleé 
con frecuencia ci en lagar de iota, por ejemplo, Teitús por Tkoc» y también 
escribió ii por ei. v. gr., ^aiiapetTíia por SamarHiéSt quizá porque ea elií* 
glo IV se proauQclase ei cual t larga, como io hace el griego modemOtyei 
probable que ésta es la fue ato del grupo gótico ei. 

La sustitución rom/miea siguió la ley de la t latina. Hito de flliumt Uri» 
de nityrn, vil de v'ilis* 

1. Gatñ), térm, marit, {greipan, arriperOf g,; krifan^ grifan ^ ana: ^Hpá, 
escam, ant.} 



511 

i. Gats {gH$^ aaa). 

3, Guipad (rei/^an^ coronare, g.; wifan^ asa), de donde Guípur, especie 
de encaje* 

4* Quis4 (veif^ g«; Et?fii| aaa; wvise, aamod)* 

5. HYsm*9^ ISKHN' («i^jín» hierro» g«; i^^arn» aoa; i^fr^f anglosajón. La \'er- 
bena, de la que Pliaio decían herba para qaa coronabaDtiir hellum indlr.- 
tarl se Uamaha í$arnm, imnhm^ a*ia, henhart aaa de los Uemp. med,; Ei- 
Benkraut, aamod.* 6 sea lí íriSt^íT^í'íS" de los griegos, Ferrarca de loa latió os. 
y §egun las sapersUeiones germánicas se supuso una relación entre el hie- 
rro y el dios Marte» y de aqui el aombre de la semana, como SoUeqmtm, 
dominico; Lunaria, Luna; MercuriaÜs^ miércoles^ Barba Jovis^ ¡a^vGñ; Ca- 
piUm Vtnem, vlernca). De aquí U.^Anoi IzxAnñi {isauharí duro como el 
hieiTO, aaa}* 

6. ¡VA {tejo twa, aaa ). 

7. JioA, GmA i í as trámenlo de cnerdas» haüe con acompañamiento de 
niüsiea {gifie, m de los tiempos medios y el verbo ^í^); de aqai JigoU, 
por la semejanza con aquel inslru meato, como nota Covarrubias, 

d« Lista [lista^ aaa). 
9« Mita (misa, aaa.; mite anglosajdn). 

iO. Rehilo {reiro, tremor, terne motas, g.); Beiulab {reirán, tre- 
meré, g*} 

10. Rico ( 1,^, reifei^ n. princi patas, g, Hchi, aaa; 2,^, rmki^ m. princeps, 
g,; rex^ lat,; tít, cett.; y 3.^, m/ri, que hace el genltiTO ea/t5, [>otens» g.; 
richi aaa todos tle rajan, iánscrlto). 

11. EfXA {rim, numero aaa). La voz latina RhythfímB no pudo dar las 
italianas rmmo, remito ni las otras voces romáuicas. Como rim vale tam* 
bien ringlera, huera, dio el verbo AaniMAn, DerceOí AiiatMAH y UiooLi^Ta, 
ü» pT* y EiGOLÉTo, II* ap.f especie de b^uic, estos dos últimos deben su ori- 
gen A riga, clrcaarerencta aaa. 

La í gótica inicial se cseribia con dos puntos; suele ier e eu el alemán 
alto antiguo, y con mayor generalidad es é en el de los tiempos medios y 
en el moílerno; se estaribé con crema é cuando está en nna silaba acentua- 
da. La transcripción romáuica aceptó la «, siguiendo la regla de la i latina 
breve; c«6o de cíbus, refjo de rlfjidm, mo de vídeo. 

I* CAMAaL[£?jan {chafííarllng, aaa, carnarlingas camertengus^ lat* med>; 
Ktimnwriing, aamod, cubicularius» diíetarius, vqz formada con camero ca- 
mara, lat.) 

% Elmo {kitrm, galea, g.) 

3. FELdíT, Felojíía, y en Berceo Fklló.^, Feuo«ía (/Slia, aaa y acusat. 
/filón, /iílm). 

4. FaES€o {frise, aaa)p 



U2 

5, SSxT, !$entído intimo^ Fuero JuzgOi Berco0, Alejandre («tn, aaa) de 
aqai Senado^ sensata. 

ñ Se^sesgal i^nsscaícm bajo lat.; nnincath a«a: i.°, stnt, a a a, róferídotl 
superlativo gótico sinisífi sénior^ del mismo radical que el lat* seaex y el 
gaelico sean; 2.*, fkalks, servuíí, sirvió» te, criado, g.; saalht aaa), 

[lay udeiu^s ak^apas palabras eii las que m gúúmvvó la t modificada par- 
cial meo te por el aaa. 

4> HiiiT.iii {brUtiam, romper, quebrar, anglosajón)* Se tenia cslc verbo 
por peeuliar del portugués* basta que el ilustre D. A* FerDández*G«erra y 
Orbe, en el Glosario del Fuero de Aviles, observó naturalizadas bs formas: 
bfüavan^ 6riÉó, ad caminum britatum, 

t, Esüaiaira {$kirm^ skerm, escudo, aaa; y el verbo sJHrman dió sdirc* 
itieut por aietíi tesis de la T]f de aqui EsíjnmAti, cat* y EsfíHíMA* 

*4é Espun l^pchón^ aaa; iptíhen^ aamod: io spy, iiig^ y se vela unidad 
superior en k serie; spichra^ lat. a/ÍTET£tv gr pac, ver, sáascrito). 

i. EsQti'TFtE (s/fif, aaa; skip, navis, g.} de aqní la vacilación enire la /y 
la /j, esto es. Esquifar y EsííurPAR y Eouipah- 

h. FuatoLAS {(lintgtíits, iüg.: L", flínty sile\ de vlins, aaa; 2*", j^tost, 
cristal), 

tt. Singlar [seijalén^ aaa; síf/ía, escaud. aul*) 

7, TjuAft (faírtin, solvere, lacerare, g.; zéran, aaa)* 

8. TutsüAn iíhriúan, triturare, g.; dreskant aaa). 

Se nota tat cual vez la i de la dorivación, sobre lodo en los aombres 
étuicos; 

1. VA?rDiL]o«; ( YanditU Tac. se liga con d nombre de uu béroe, VandU^ é 
sea Ventil, aaa. VintiUi do Pliolo se reitere á Vandah ó Vandalíi Tac, G€f. 
3. La vojs lio se refiere á wandein ó wandern, andar, vagar p porque a demás 
de qué entonces eran andantes todos los pueblos germen icDiá, ae deriva de 
vindan, [deetere, torqucre, verteré, g.; wintan, aaa, vinds, vienío^ g-; winít 
aaa, cual ^'A'rpovou Cou eUos afines eran los Vinheucos {VinííéUd, TUiüo 
3"20-at). El nombre de los Vesetos» Vénéli Tac 46, que éste proba lilemen- 
te escribió con ortografía g-ilica, quizá salió de Vaudati, en decir, qfle le* 
górmanos aplicarou sucesivamente lo!^ nombreí; éluicos ViWííi, Vftn- 
dati, á los eslavos con las formas Vinidi^ Veneti, VináiUi y Vandalti sai 
entre sí como ís& es á A^^c, nomo Cimber es á Camlter, El nombre étníeo 
se ba conservado en alguoos persona les« 

(* Vaxualbrrto [n^andalherht, aaa]- 

$• VA?íaáu;tsiLD ( Wmida¡f}isUf aaa). 

d. V A s ftA L M A 11 { Wan da i md r , aaa ) . 

i* Gambhivios, GAMAflaiij?íos {GambrivU, Tac* kambwr, ^ambar^ síx^ 
ÜUU3, sagax, aaa]< De aquí: 



543 

a. G^MBAA, fuadador de una linaje lombardo. 

6. SfCAMiRDs (Si^ambri^ Qms. h, g, i-16, esto es, Sigigam^ir, los saga- 
ces para cottsegmr la victoria, bello strí?nm). 

El franco puso eicü lugar de la i larga: tul se observa en )a voE /<?*/'(*, 
por ejemplo, qne es elemento de machos compuestos; débese este vocíiblo 
á fl/a, nechat escandinavo antiK'no. y tan^blón especie del género EriopliD- 
rum, muy útil en el Norte, porque era un^ pelusa que sirve pararüllenar 
loa CGlebones y las almohadas; los nombres de plantas so emplearon en los 
nombres de mujeres. 

I. A0itoTEVA {AuroDéfa). 

1. Genoveva {G^noüéfa) í^agan, i/,quierda. 

3, M,\acovEVA. {Mareov^fa). 

L SoNQTKVA [Sonnúveifa], 

9. ViffoVETA ( Mmt^ifai . 

O. 

La o pa.Ho geaeralníeale integra al español. Hay además jilgunos dipton- 
gos que provieuen de la 6 gótica y de In o alemana breve, porque la o go- 
lilla pasó á sor í; y £>« en el aaíi* También la u del godo llegó á ser o en el 
alemán, y se traosformií en o el diptonjEíO ^íético au. 

L EsPütA, EspoLÓx, EspoíiA, EspoRÓK. EspuRtA, EspüEHA (s/joro, a, cuyo 
acusativo haec ^porón, y de aqui las formas dobles). 

?, Eíirottx; laucad era pequeña , Espoluíab, tejer en fomiú de espolín 
{spuohi canilla f ana), 

3p Faüistol {ffdzslmí, Vfitzstml, curulis sella* aaa}» 

i, ['ali>istohio {fait'í^tufii, aaa: I,**, /"oííffi plica o, porque se dobla como 
la silla cnral; 1°, $tmt, slUa). 

5. FonnOf Fon be no» FosnAíR; FoELiEnp FoBLEato, Fuhuiil (fdíff , vagina, 
g,; fuotar^ arta). 

G> HuKSA, parte del vestido que se ponía sobre las calzas, poema del 
Cid [hasa^ om^ lat. med., de hosa^ caliga, aaa, kme^ eakón* aamod). 

7* RosTtít, i\H}\r, cot, [róHjan^ aaa y ramíjijn blpot* y arcaic), de aquí 
[iLTSTRta en bable, y qae signifit^ tostar el pan y masarle cuando esta tos* 
tado 6 duro* 

B^ RuerA iroccOf naa. roekr. escand. aat.) 

Con mayor rigor tomó el español la o de los nombres francos, queeqni* 
vale á la «o del aaa* 

1. Boto, nombr. prop. {Bábo^ franco, Puo/]o, aaa). 

S . C BOT I L D fc ( ChróiihUdis , fra nc o » Hru odh Ut d e hruod, gloria , ao a ) * 

E. DoattüísiLo [Dómigmlui^ franco, Tuomgisai, aaa de tuom^ judí^ 
cinmi aaa)* 



544 

4, FnotEiTfv {Frótbertui, fraocoí Fruotperahi, aaa). 

5. GopELrNDis {Gádolindü, franco; GaoHintt aaa). 

£1 fr^uco Üuctaó al^uúas veces entre k a y la au^ y la miama vAciladóD 
se propagó al españoL 

i, AusTaeiTALüo, Ostrkvjildo {AustreDalduf, OUreimldux eo Iritiiao). 

3* ñAüCiiJHGQ, RüQ[i[KGO (Hauchingtis, ñóchingus, s» usan 'máisUnU- 
íiiGiite por Gregorio de Tours)» 



No dífitingae la eseritara gótica entre la breve y larga, de manera que 
uDicnmcnte por iudüccióa se conoce la cantidad de esta vocaU Los códices 
del aaa presentan la reduplicación y el signo circnnllejo. Croo con Bnpp 
qne el godo tuvo u larga^ porque las comparaciones sumiüistran sólidas 
pruebas de este aserto. Los romauces peuiusu lares siguieron la ley latioa, 
como buko de 6«6o, mnja de cü/uj, lumbre de lümsns 

1 . BnoNo {brúñy aaa; braun^ rufns, aamod; brown, lug» se r enere al ver* 
hú j^ótico brinnauf arderé, caudere). 

a, BonoxA, de hruna, cosa parda, según D, L Ca^'eda, iotrod.á las poe- 
sías en dialecto astunaiio. 

b- Brojíge [bruno por los intermedios brunizzOf brunniccio, bruniio, 5ní- 
íitiio, bruñKQ, dislocado el acento y el verbo arcaico brunizzare). 

c* Bncs, apellido: BauNO, nombre {Brúm^ aaaj. 

d. 5a(j?r[Af test, del rey D, Ramiro de Aragón, añade 1061 {brunjo, lo- 
rica, g*; prwmáf aaa), 

e. Bnu^iQuiLüs [BrunichUdU, lat. med.t Brunhiit, aaa). 

f. Bnu?í.HATí.>% apellido, equivalente de Aurora* 

I?, BauxíH y su aot, Bno^ra [briunetit aa de los tiemp. niedj: itUsar 
cualquier metal ó mármol que reciba pulimento, y, por estar l,i cosa bm^ 
ni da, reverbera la lux en ella y ofuísca la vistíí,» decia ya C ovar rubias, 

2. Buco, BuQiTE, Tíubüco; Bug, boquedad cat, (búh, aaa, búch aa de los 
tiempos medios; la última palabra vale vieutre y tronco las dos acepeioiitti 
de los romances). De aquí Thabügaii, hocicar, perder la posición Wpedi» 
porque el trabucar las ideas^ y por tauto las palabras, viene del loL bucc<L 

3. BuaÓN {¡júr, casa^ aaa). Val oe Bimó:*. 

4. Eleitiouto común al celta y al germano es el vocablo Dftuiio (lA 
drüíh, merctrix, gael; 1,*, trút, drút y también drúd, aaa; IriuwUm* kal 
a maule, amigo, ínuím, f, querida), 

a, DnuüALOO (Drudbaldo). 
&» ViLontiDo (Vieldrud), 

5. EsDatrjuLo (etrúkhat), arrojándose á los pies, aaa, Uramhtln^lTopt- 
zar^ «y las dos últimas silabas parece que se van derrocando, afHjaodoy 



Sis 



(lesU^aQdo.u decía Covarrubias. Sirné de intcrniedio el vocablo itaüaiio 
sdrúúciolo» 

7. Rtj.'íAs {runu^ RK^riftuai consiÜum mystcríain, g. rútia aaa). 
a. ADRii:vAa, ;m|« adinoar. 

6, BuEiiLo» f, üornhre gótico do mujer. 

8. AOAcnAU (sfttkrr^-raut, iiimod,)^ sauer, acido y ktau^* yerba por aai- 
mi Lie ion respiíoto de Isa coles* Los fnacesoB dicoQ cfh^ucrouie^ pera los 
alem^ues aveciodados eci España^ los Toadistnsí y los gastrónomos bao for- 
mado los dobletes de siempre: los patricios dicen sauercrau^ Los plebeyos 
Murcrao de Mr, acidas^, aaa. 

La transcrípcióa de la u breve optó por la q, 

1, CoKM« L'^scüpiA {mf€a, Veoaut, ForC; kupiika, kupfta^ nutra, aaa y el 
arcaico kuphja coa el sufijo. Los alema oca Cürmarciu la voz con material 
laüno cúü üüpa, cuba, toael, cambiada la sorda en aspirada. 

2, PoHso ifum^ p romos; pro di p tus, aaa], 

a. Alpo?íso (Áilfonsunt Hadufmvii hadtt gíierra; La d pasó á í»como ai- 
m%ter^ do admor^m), 

h, iLiíEroTiso {HUdefúns, a, Ihiefom, lomb. C/uíífoffmííJs, franco. Híldne 
s. BcLlonne oi>e promptus ó nildíE proüua)» 

c, FosQ& (Fo^í, pueíilo germáoico; fúsa^ saj. ant. funsét ad bellum 
prompli, aaa). 

3, MotAB (mup/(ín^ burlar, aa; múpm^ neerl; mo^p, ing.) 
Hay también casos con u radicaL 

I, AlmugUi Almucio, Almocíclla, ALMuceLA, MuüETA {mutm, neert; 
niUése, coña* toca, gorro, aaa del verbo mui^n, troncar), de doode Mocho, 
Mocai'?í y Bocatn {mots, uoerL] 

i. CuxDtR {kuni^ genuBf g,; chunni^ aaa; kunds^ adj* oriundo, de an ü- 
najc, g.) 

3, Estufa, Eütufau, Estofa il (Slufa^ Hupfa, a dé Uuppa» LaLj 

4. EüíTUQOK. EsruGO C^íucAt i^rnsta, aaa)* 
3. Huta, choza {kutUit tngnrium, aaa]. 

r>, MvvLx, tonu, quiín. [muffulh bajo lai.; nmffet, a.; mu f fie, ing. del 
riidical to ttmffk, envolver; apare ce la o en la palabra mofletes). 

1. Truco, Tju caii [thrycGan, a n glosase tkrijckia^ escaud. ant.; drtáúk, 
drmkf aj» 

8* Tumbar i tumba ^ cscand. ant.] 
í>. Turba, tcrm, geoL {mrf, aaa)* 

lOp ÜFQ, Á, üi'A^so, UFAN LA [tíbba^ uppUy aaii; ufjá^ sufierllnum» g.) 
H* Uroullo {urguoii, insigne, aaa: I.*, ur, íw, ea?; í»^ í^wo/, gil, gal, 
petulante, y de gaUjan, la.^ti(ia alllccre» g.) Hoy se eaeribe ürguih^ pero la 



5Í6 

silaba original ur ae V6 fu el Poeina del Cid, doade urgutlo9t> m^uUom* Li 
vaciJacióa fu6 considerable: Argulí R« Munt,, p. 443, cal. ant* y Ar^uh, 
Argulh, Árguio, Arguyo, Erguto, Erguli, Qyguio . 



AI. 



Kñ las iütlexionesi de hm len^uns gertua nicas desempeíia papol impor- 
lante el gnna. iDserción da a breve delanle de ana vocaL Kl grupo gt»íii'o 
si corrcí^ponde al sánscrito é, contracto de ai, y paaó ti aer tfi en elalemíin 
alto antiguo, y hasta ^. l.a^ lengnas roma nicas suelen pro n a Q ciar nnir^* 
mente la vocal acentuada de ái, tomando por modelo el nnglo sajón; pero 
In regla no es absoluta. Si Ior romances hubiesen utilizado el diptonp ai, 
el español y el italiano tendrían e, y el portugués y el provenial é, loque 
no sucedió. 

L rredoniiuó la a en los casos siguientes: 

i. Afro, torm. rioj. arce {eiüar^ eipar^ aaa). 

I. ÁftRiGO, AnR((jUE, AjiBníGM por Exar^uB HeinHk, aaa: hm, pitiia. 
Hh principe), 

3. Gala (gHl, arrogante, aaa; gáL alegre, angtosaj.) 

4. Ga:var (guinotí^ ana), 

5. trAEiáffóx {hreinm, aai). 

ñ, GüAOAÑAa {wñidamín, ca¿ar, pacer, aaa; wManjan é w»ida, ^bí^^ 
caza, con sufijo románico]. 

7, LAVAfrá, especie de pizarra {Im, aaa). 

i. Lastaii {leisian^ aaa). 

^. Kaza [reiz^af linea, aaOn» porque ra^a vale lo que procede de una mil* 
ma familia; ro^ c«m hubiera dado rai$^ y mdiíü no puede dar la vaz italia- 
na ratm). 

10. UosTAN en las obras impresas, pero Rmtanui, H9$iúgnu9 on los co» 
dices [BftíoJstein^ aaa^ L^r hruod, gloria; ífem, piedra), 

II. Se conservas tal cual vez el grupo íií* Los diplomas francos de ioi 
siglos VI, vti y vui ftnelen presentar nombres propios con ai, 

\. AoKLAiDA {Adatheid^ ana, Addheid^ aamod). 
i, AiGATKO {Aigaiheo, doc* francos). 

3» kíñóü (heigrot heigir^ árdea garzetta, aaa). De aquí Aunó, cat. 
4^ C A lUE R u » A ( Chaidsr nnd , d oc p f ra neos) . 
5. CoQüiLAico {Chúchüaicuft^ doc. francos). 
(í, Dagalatkü ^ Dagaiaiphus, doc. francos] . 

7, Faioa, térm, fon (gafáhida, aaa; /'cFf/ií, /'ítríAí, anglosajén). De aqtw 
Faidir, perseguir, documentos valencianos» 



U7 

8. fÁii*^nn\ (Fniimha^ doc. francos). 

9. Gaipo, GArFO {waymum, rei dereücta, lat. med. mmi-e, waüe, iog.; 

H), GAtLBSiiNPA (Gntí^jun^íi, áoc. francos)» 
41. G A m RB A L DO ( G ai ri6a£iu< , doc. fra neos ) * 
4t* Gaiso [Gat5i>). 
43, GAniftAico {Garalaicui]. 
i\, GuAr, GuAr^v (uaí, g,; tí)^» aao). 

15. LAnio(^«í«í, uaa, fM^tniiglQsaj.), asi Latear, herir, Berceo. Mileg, 31^4 
de líiiión^ leuién» 

46. Laimo, (trcülo, la\ino. Vocab. de í>* Galo {leJim, h). Al£;uaos, sin co- 
noíser la ilisVoria de la leu^u^^ tian foniüdo la forma iuíílesa y dicen ioam. 

47. LAtFiNr^o [Laipiñíjm, doc. fraucúa). 

(H, Raímos [Bmmbald, de Regifnbald: regin, o. [>i., coJiaejeros diTÍaos; 
&a^, aud^z). 
19, BAiKAf térm. forest., doc, ORvarros (rain, aaa). 

10. ViTLAlCO. WlTLAlCO ( W^ÍÜaíCWi)). 

tí. VlíLPOtUCO, WlTtFOMACO (IVulffiiaicu»}* 

ti. Zaina, zarrón de pastor, qae no es vo^ de Germonia, sino qae Llego 
a nuestro puehio por el íntennedio Italiano {zain, tnho^ cesta, aaa), 

IlL Tara bien se empleó la e sencilla. 

ILK803IA, rumor, notim, usado en los doc. oavarroa ratJia, gritería, alga* 
rad», aaa, y escand. ant.; reiñm, viaje, aamod. De ñqui las varia ntei Atfisa. 
Ñe^m y IkBa. 

ÍV. Ba lugar del diptongo gótico m, suele presentar el idioma ^ranl^o la 
ebr^^a. La ley sálica 46 trae lémis, si ñus por iaüus. Se dijo Salnfu^m por 
5aloAííím, BíJtíiífmuf», Tuerto, líoiohmmo. Vekyo Patcn-olo. Hist* IL 4 09. 
Se encuentran muclios üombres propios compuestos con gém, cual el gd- 
tícJJ tfíiín;», comes Marcelliuus. 

4. Caiíío {C/wino, Ch(Eno, francos tíainn, puüsto quo la g se trauBcnbió 
también por h), 

t* GAiNOALim {Gainoaidm], 

3, Gbtiardo [Génardus, franco; CíAganhart, KagtinhaH, aaa). 

k GB7fOBAUi>Es {Génotmudes], 

5. GenoBAuoo [Génobaudus]. 

6. GfiNEBOLDA (fi/f^tfboyd), 

7. (lEXEDaooiS {Gér\edrudis). 

8. Gkcíbfus (G^/ie/'il'í). 

&, GKEflSMO (G/rttíWIW, GtfftWítrta), 

Dificil es la interpretación de las formas <im, atm; poro jfíin, f^én pro- 
vienen de ^flí^an, gagin^ el lado izquierdo, como ain de íi^^ífi, maisÉ de ma- 



548 

gist^ Gagan vale, contra, 6Q loi compuestos, cotiíO widar, k saber: Viügaoi.* 
To, Widerolt, íiaa, Wi^derhold, aaniotl, 
V. El lombardo conservé la é aletnana: Evmo [étüm^ elamo, asm; é- 

AU. 

El diptongo gótico au, que noirestponde al sánscrito d, pasé á ser íí, ími, 
y tal cual vex úu en a lema d antiguOf ed en anglosajón y au í n esc4iiidma« 
vo antiguOt y se transcribió eomo el au latino: coto de cuuium, tonc^ de 
rauGus^ túrú de íaurm^ 

4. AaHuvARSE, cast. Ami^far, cat. (rau/en, sacar, arrancar* a, y cuya 
verbo coincide con rupfm, quitar, saeiir con violencia, a). 

f , AUBÉETO [Áutfmraht^ Ótperaht, aaa: I ,*, auí, ÓL, opes, f eroftt, fd- 
gente]. 

3, AünoAUTR (Audioart, aaa^ Oft^arí^ aaa: 1.°, au^ opes, j^*; lA *^>ArÍ, 
domin»nte). 

4, AüSTORiGA {OHarrihi^ aaa)H .**, diíar, oriento. 

&, AUSTBASU. 

6 . A usTn AVIA ( Osí aro utptj ^ aa a : L^.A u$try , esca nd , ant. ; S .*^ , a tTÍi , mjói, 
isla), 

7. AusTatA {6$tar^ onenl6f aaa, austr^ escand» ant*; conserva lacontbi- 
nacián na, qno tm nacional en las regiones provenzales» óiíerrtiich, impe- 
rio de Oriente)* 

8. AusTHEGo {austrag, producto ad finem, exitas transa ctio, litis seateo* 
tia, aarnod, voz freeaente oo loa siglos xv y xvi, y que corresponde é U 
voz usztrag, íitín. Arntregm^ lat» mod.) 

9. HausAn, BauzAiv, BAüZAtton, cmb¡mcadof, estas voces recoerdanb 
pro venza 1 hauzaire^ que probablemente debe sn origen á báH^ vano, malo* 
nulo, aaa; bús¿^ aamod, bausi^ arcaico. 

10. Blao, Blavo [hláo, blau, aaa). 

11. BoTAii {bij^n, a:i, de los liempOK mediosi; batUa, escaod. ant.; beá- 
ian, anglosajón)- De donde Emiíatiií. á egtr radical se reHere Iíote, jíolpe 
(bUlz, pezón de pecho, aaa)í Boto, obtuso [buz, butzm, aamod, fetjff, hajo 
alemán); Botóií {hoto, lio, paquete pequeño, ;*aa)* 

i1, GostDo, adj.i se dijo deí vamn prudeQte. noble, esforzado, lUi» de 
Alex,; cosiMKXT, cosimkntk, acogida, lih. de Alex.; co5faiA?fT, cosmK^, 
doc. uav*, alimeoto, comida; scosia^ cat* ant., escogimiento, híiblandodc 
cosas, y elección, hablando de personas, pero en sentido activo {kauij^. 
gustare, probare, £?») 

(3* FsotLA* FaorLAi FkotlAn, Froilíjí (Franniia, aaa, do Frauja, se- 
ñor g. Ffó. aaa), de aquí FaotA, FttoGA, m,; FaoiLo, f.; PaoiLAz deíVauíw* 



519 

y el apellido cátala a Frau, cuya forma proveazal comcide con la ale oía aa 
Frat», dotninaj fentinu, conjaiL, malier. 

14, Galopar {Qti-hatauppen, üoirer, g.) 

t5, Gaucel (úózhelm, acia}. 

ífi, GAUSBüaTo (Ctl:5frert, aaa). De aquí lasbítn prov., como Jaufré {Géz- 
/rií, aaa). Jauñ (Gózrkk, aaa). 

17, GozúAn, Güzmájí. 

ii. Lo!fjA, Lonjista [tvu6a, laubjany aaa; fati6« anmod,; /^u&ta lat, med.) 

f0, LOTK^ LOTEKIA {/íiauís, SOPS, g.) , 

tO^, Lo^AXo {iaus, solotus* vaQus, g*) 

Si, Qdovacar (Oof¿f>m<7arf aaa; Eá^ti^f^dr, anglosajón: \*^^aud^ opeB, 
facoltaa, g.; í,^, uacJb-í, yjgilatile, g.) De nquí üdós, el acaudalado. 

ÍS, Ohta, cat. ant.; Fünlo, Poema del Cid; A-onlar. Canc. de Baenaí 
AponTAft {hónida^ u I traje, ij^uo miólas aaa). 

23, Robar, Robo, y en el Lib. do Atex Hobir [roub, spormni, aaa; bi-rau- 
bón, despolinre, g.; rouí>en, aaitiod*; iorob, ing ) La aurora de la baja la- 
tiiüdiid tluit)ÍLió el período mklal da la voz: Quidquid supereum cum rauba 
vel arma tulit !-. Alam. Si quis iü vía alteruiii adsalicril el eum raobave- 
rit L. SaL El eataláii conservó la b y dijo Toba en lugar de ropa^ tomaüdo 
la sonora. Despojo es el gigóilíeado funda mental; partie alanzó el italiano 
la acepción de objeto de valor, y las otras lenguas románicas parlitíulari- 
zaroa más, hasta llegar /i Im noción do vestido. D, J» Borao trae dos formtis: 
Eo^aÍA^ robo en despoblado. Códice de la UnióE; y Ropabor, ladrón en 
deepoblado. 

tL Bofa {mup, escand. anU) 
El franco conservó el diptongo ai*. 

4. AcDtNo [Atádinm]^ 

% ÁCSTRAHO. 

3. AusfaeBEaTO. 

4« AuSTHEfl[LDA« f. 

5. AusTREGisiLO [Aüstregml)* 

6. ACSTHUDIS, 

7* BAUDE<}i5tLo [Baudegisüus). 

i. Baudeuar. 

9,. Báuneaico. 

10. BAUnitto. 

1 1 . 0Auni?f o [Baudinwt] . 

iX GAimo [Gafida, Gaudm^ francos Geáte Geat anglosajón: kó^ kúz, 
aaa, es decir, la relación de Gaudae, G^uíós^ kéza. El elemento gamlm^ 
cuya d m libró de la sastUnción fouéüca, entra en muoliOH nombres per* 
sonales. 





^^^^^^^H 


^^^^^^^^^H 


^^^^^^^^^^1 


^^^^^^H 


ADáLoauDO (AdaígmidiMs, franco, Adaikáz, aaa). I^^^^H 


^^^^^^^H 


A M A L u A u DO ( ,4 maí í^^ ndm , fra neo) . ^^^^^| 


^^^^^^H 


ANBEr»jLi;i>o (Án36gaiidm^ franco;. ^^H 


^^^^^H 


ARArENGAODo {Arfmngitíádm de írmin, Erman, bajo la inflyenciíi ^é- 1 


^^^^^^^^^H tieu como vlr/uinio], ^ 


^^^^^^B 


Baldegaüdo {Baldegaudm, franco). H 


^^^^^^H 


BKHTrEQAiiDO {Bamegaudm, Tranco). H 


^^^^^^H 


FftLD^GiCDo iRildegaudml H 


^^^^^H 


Lentgauüo (Letgauduií^ fraiiLVO, Líuíitdi, aan). H 


^^^^^^v 


MAOALQAirno tMafJíiÍ3atifití.í, franco, Madaígóz, aaa), H 


^^^^^^^ 


Machegado leo el Cronicón Iriense, Maurgftdo; escritura de I<k3iea B 


^^^^^^H el tumbo de Celnaovn. Maura del gr. anL ¡l^^^'M], | 


^^^^H 


Rat(i Atino (/i«ígíl«f¿fw, franco]* 1 


^^^^H 


Tiio^AtrDo (fííií/?íifií/ííis, franco). 1 


^^^^H 


TarciAunn (Truí^utíní), 


^^^^H 


Vr;LFEOAiiDo, WüLFKRAünn [Wulfegatídm, fraoí'o, iroí/X-ífs. ato). 


^^^^H 


VALOEr-Aurm, Waloe(íai:do [Waldegaudus, franco). 


^^^^H 


ValgaüdOí WAtcvüDO {Wattcandut, frnnco). 


^^^^1 


Nombres de mojer: 


^^^^H 


EftXKítraAUOA (Ermengauda], 


^^^^H 


Fw A M K KG A UD I A ( Frameñga udiá). 


^^^^H 


IJrA(TLULi?íi>B iGaudatiñdU), 


^^^^H 


TBUTGAunu [Teutgaudia), 




IU. 


^^^^^H El diptongo ^óXkú iu saUó del grupo prímilivo au por h ñímméén de 


^^^^^^H k a en L Lag leügiin5i germáotcíis tienda d ^mm de la t Hdem:^s del de b 


^^^^^^H 


es iina a soavizada, cual la a tíkViühI llegó tal caal vez n ser i. El 


^^^^^^H y 


el de los tiempos medios conservaron el diptongo gólico íu; pero d 


^^^^^^H aa modcrao le ÍHinsformó en ie y haüb eo eu. La tmnsenpcién ramúül(>a | 


^^^^^H 


ío arbitrarb. 


^^^^^H 


EsQOíVAn UHnhaUt aaa , icheneu, tener recelo, miedo, ncoBSonaoUda 


^^^^^^H 


saprimida la ^]. J 


^^^^H 


Güstios {Úttd^sihem, G0ds$U^n, Gmtem, que vienen de GtUfvMm, J 


^^^^^1 de Dios siervo, conservadas \bb dos vocales: Gmtiái e» el Poem» del Clá. ■ 


^^^^^H Gúitm en los Romances). | 


^^^^H 


QiuhLA {khl kitjH, aaáí kiúlr, esciiúd, ant.) ■ 


^^^^H 


Thkgüa {triggvfi, g.; Iriwa, triuma, fe, pacto, aaa). ■ 



SS4 



CONSONANTISMO. 



GUTURALES, 



La gutaral gótica sonom, que lle^ó hasta n^v ken el aa,i, se traoscri- 
bió con algniia irregularidnd por Lia laa^aas romámca!;. prlDcipaVmente 
por el francés. 

L Suave delFiiítc de las vocales aún. 

4, Gabarsb» alegrarse; verbo tan rara lio y c^mo frecuenle lo ftié eo 
e) Lib. de Alejandre [gM, burkt risa, eacaad. aaL) 

f. GABKn* [qfifut, gnfol, anglosajón; gaoel, lag. del v^rbo gifan, y por 
taetó» de (¡iban, daré, donaré, g* y deaqoi gMum. gabníum, lat. me4.) 

3. t;AiOTB, tenn. arag,, jnego {gabb, esc^ud. ant*) 

4. Gaceta, dím, de güzza^ urraoif y ésl€ de agahtra. 
&, Gadulpo. 

6. Gápo {güfel, gahelf a, y mejor» gaifen^ cortar ea corvo, aíia; gaifting, 
anillo de hierro aaa)* 

7. Gatso, n, pr. {gis elemeüto sacado del verbo góL m-geisnan, borro- 
rizarse, us^gaiman^ inspirar borror], 

o, GtsA, fem., nombre rügico de mujeres. 

6. LA^toiíAiscSf Qott). vand. 

c* MKhOQkíB, nom* vand. 

cí, Badagaiso, ñhadagai^UÉ, rath$, fácil, g. 

8. Gaita [?}. 

9* Galantina {gal de gdUrt, asirnod). 

ÍO, fí^LniíESj GALfiftE (vestido traído de Gúldern), Rosa de Gueldres, Vi- 
btiroum Ppnlus. 

H, Galpahhos, vellaconng, perdidos, medio rofiaues, cuasi gafarros, 
porque gafan dice Covarrabiaft* 

ii. GALSUi?ai^A {Gaí$t>inday 

13, Gau ALBERTO {Gúmalberaht , aaa: 1 ,^, gamli, cscand. ant. Kamab, aaa 
de gamaU, viejo, escand. ant.; t°, beraht, fulgente). 

i 4. GAMAi<nBm>o (Gamaíirtíí). 

f5. GAMAnftA (gamarjan, impedir, aaa; giminrra, inipedimeato, auglo- 
sajón). 

^6. GAifoA (gang de g«hm, ir, aamod)* 

4 1. Ganso {gans, aamod: kam, oaa; goose, iug.i gés, anglosajón; x^^ í?r.; 
háMüj por gh4»a, sáaserito. Esta V02 indica la tendencia del aárnod á volver 





m% 1 


^^^^H al godo). De aquf Geifierkm, Víctor viteusis; Gaisericuá, ídatías; Gmmiem, 1 


^^^^^H [ornandes; Genmrkm, Manuel tiüug. comes, Pros^per y SigUiert. Súm de 1 


^^^^^H rév^tiiv, Gento, Vict. vit. que vale ganso, porque los Vanditlos permatiroo ' 


^^^^^^P 


b t, ff¿, tii. La antigüedad tomó los nombres de ciertos íi ai males va- 


^^^^K 


s para formar nombres y apellidos, y repetía en el del bijo el del 


^^^^^^1 




^^^^H 


Garba (garba, aaa). 


^^^^H 


GAftUA {garth, casa, familia, * ) De aqiti: 


^^^^^^ 


GARotLA, m*, nombre de varón. 


^^H 


Abmgabda, f. 


^^^H 


GAaDiNGo {Gardingm, lat. med., gardiggx, g.) 


^^H 


Lüdí;ari>a. 


^^H 


Gas, nombro formado eu el siglo xvir {qeeH, espirita, neerL) 


^^H 


Gaserans, apelK La terraiuacióü ns revela la alcurnia proveuzal 


^^H 


Gart» elemento de nombres personales {gatts, íjoapes, *¿., y por b 


^^^H mk sáuscrita vale eomederOt ^£l«^ aaa; hastis, lat.) El Tniaeo suprimíé b 


^^^B 


aquí GAgTÓx. 


^^^^1 


Ahboastes, tranco, por Árbagasieg, 


^^H 


fiLADASTES. 


^^^^1 


BtANtvASTES. 


^^B 


Flidastes. 


^^^H 


Gastaldo {ffosealííius, gastaldio, y también castaldius, ca9lMioi pero 


^^^^1 éste no se reliere ¡i gaM, sino ñ gastaidan, consistere, peminnei^, g*.9^^ 


^^H 


g.; gexUal, an^losaj.; síait, aaa, y es también elemento fonnütivo). 


^H 


Leonastes. 


^^H 


LEtntisTEs (Liopkast, aaa). 


^^H 


Leudastes {iiutkamt, Liudigast, aaa). 


^^H 


Segestes, Tac. A. 1-5&, príncipe germano {Ségegmt]. 


^H 


Tanastes. Thawastus [Tangaíit, Dangmt^, 


^^H 


Vedastes {qui7i el Widogast del prólogo de la ley sálica). 


^^H 


Gato {gáhi, rápido> 8úbito, aaa, jnhfí, aamod). De aqniGATóriATo, 


^^^H 


arog., arrendajo; Gayado, mezcla de diferentes colores alegresí pio- 


^^^H tado, aleare. 


^^H 


Goiios [Goíhi, Toñoí Inscr. Gothfa. Amni., Ullilas y Casiodoroempiéfl^ 


^^^H ron la th; pero m bs fragmealos pabUcado^ por WíiiU, se lee Im^a gai^ 


^^^M ca Y tambiétt gans Gmhorum: de Cuí^ deus, salió Gutha, eooservaLb h í 


^^^^1 primitiva; loe^o los divino!^). 


^^H 


GoDOFiiEtío (Guíhafritks, g,; Godafrid, aaa); de aqui Gócelo, Gq^ 


^^^^H 


^^H 


GoooMAn. 


^^H 


Goma, m. (guma, vir,g.; kúmo, aaaj grnna borgoñón. Be aqui Govai). 



553 

t8« GüMiRTA (así Llamó la Edad Media á la ley gundohada 6 gumbada, 
porque el rey Gundobaidít Tué qoiep recopiló lai leyes borgoñouas od üI 
año 513). 

Í9. GoAv^n, vomitar {garm-r^ lodo, escanda nat.; to gorm^ manchar, 
dbl. iag. y tambiéEi gorm, plenitud, cinrOf de h part léala gor), 

30. fiORRiN, y en ©I caV. Garhi {gurreriH gorrmt aamod). 

31 . GuBfLEBO {GudiUbu» Guih^ Dios, g.) 

3^« GcGiíRNos ({ry^emi, Tñe. H. 4. quien decÍHi GermDni lieta bello gens, 
Gundgerni: gund^ pui^ui*. lae^Q belkosoa), 

33. GtiimEATD, GcMBBbTo, Gtti^nEBERTo (GundobeH^ aaa: gnnd^ pngnn, 
&ffrí, fulgente], 

34« GtiXDA, Gu?t i»Q {gu7i4Í\ pugna, aaa), 

35. Qit:vdema»o IGundmar. gund^ pugna., mart oiemofable» aaa)* 

3fip GinvoEEico. 

37» GUHDÍLA, GtTNmLO* 

38. GuNDOiFO {Gundoif, aa;u gund^ pugna, olf, lobo, esto es liéroo). 

d^. GüNGiTtco (Cun^mjuí, según los buenos oiimnscritos de Paul os, Gt*- 
$mgu&^ Gugincus, que supone un tema gund^ relacionado eon GúngniTf laa- 
m de la pelea, lanía victoriosa; gúngnir ó gugnir víí\<3 violentns, dormitor^ 
escand' ant.; gtAnga^ oscillarif suovo; gingan^ appeterOf dcsiderare^ aaa; 
gingo^ appetitus, y gungida, cunctutio* aaa]. 

40> Gustavo [Guiíaf^ sneco; ChuMaffus, borgonóUi k'undstnp^ aaa ; gund^ 
pugna, escand. ant*; Sta, L báculo, luego bacuius heüí« como Sigestavo 
Siegstap, baculns victoriie). 

IL Inllnyi^ algnnas vece» el intermedio. 

4. Dahga y A-T)ARGA, Tahja, Tasüea, A-TAiJBA (larga, aaa, por la in- 
ílueneía del árabe tíi'darah, addarahJM 

I. BoiAH [bagm, pl^ar, doblar, neerL enal el laL neeture, promonto- 
mm). 

íll. Fuerte delante de la« vocales e, i, 
K Gelames {Geitmar^ G§itimar, vandal. Gailamérg^ g. de gailjún^álñ- 
griir, g. y mer^ memorable] > 

f , Gkhoos, Gspida {Gepidés^ corippus con la primera silaba breve: Ge- 
pid^ trttm^ Sidoníus con la primera sílaba larga: Gepidi^ Paulus diac: Gibe' 
dij Gel*edi^ Gibidi y Gibeii, Gibitis, Im escritores lombardos. fiiPEnES. S. 
Isidor 9-1* Gibithat g. Kipido, aaa, derivado de giban, datus, concesus, 
como Fa^itha, Rervatus, nombre de un rey Gepida, Fastidú, naa, de fasían, 
servare ó como Lofedi, es can. a ut. Lapido, aaa de lofa laudatns, Afine con 
aquél es el adjetivo gif^de^ concessns, lélix, anglosajón: gibhidhi^ gibedig^ 
saj. ant. La canción au^losajona del Cod. exon. 3Í2-1 llama Gsfdas á los 
Gepidas. Asi Sigagibiíha^ victoria con cessa cuai ñgegifu, victoriie donuoi* 





H 


^^^^^H^ ¿Pür qué püsieroo los romanos y lo9 griegos p por h en el nombré Ge- ^M 


^^^^^^H pidas? ¿Oyeron pes 6 i^df^f ¿Fué la suslUnclóu fooétka? ^| 


^^^^H 


Gepiuojos» isla de los Gepidas {ojos ó por contracción ds, dd ^U. ^M 


^^^^^^H aujÓB pl. (Le ^| 


^^^^H 


Gsio (gtiT, {buzb, aaa)f ele meato íormatívo, ^^^H 


^^^^^^H 


Gbiuldo. ^^^B 


^^^^B 


Gerardo (G^r/iarti, aaa), ardida lanza* ^| 


^^^^^^H 


GiíRMANDo, GKaMüjfDo [Gérmund, cscttdo por la lanza, aaa)» ^B 


^^^^1 


Gebmar {Génmr, memorable por la lanza, aaa). ^M 


^^^^^^1 


GerbAn (G^rrarTí, el cuervo de la lanza ^ aaa), ^B 


^^^B 


GfiBTacjms {Gérírud.) ^M 


^^^^H 


GERVASIO. ^M 


^^^^H 


GEBVmO. ^M 


^^^^^^^m 


ADALGEttío, Adalgeoio {ádalgéf, nobilí hastf», aaa), ^B 


^^^^B 


BKaENfiCRR, Berbnguel. B^iaENGUBr.A , Berenger, B^lk^^oiter, BistKif- ^B 


^^^^^^1 


iñcrmqar, la lanza de los oaos, aaa). ^B 


^^^^B 


PbrigI':h. PfiíHíiKRio, t^EUfíER. Pñríg^T. fina: per oso» ^B 


^^^^^^1 


Ogero» Ojero, Ogbr, Ojeh, Oi>erario, OpEjAmo, Üdejero (^fííf(pi- ^B 


^^^H 


Áudgerim de Qtgtíf, aaa; aud, opes, Ói). ^M 


^^^^H 


GüTAs {GíTícs, Cic. kli. 9-40-3. FaTai Getiít, lo relativo a lna G^tiut, ^B 


^^^^V 


, 4-13-47). H 


^^^■^ 


GETmos (de GHw, GHini; de Goíñj, Góthinu Tac. G. 43, loi Gotrnos; ^B 


^^^H (le Daci, Dacini^ los Dadnos, y áe este altimo £7ani| como de /iimu<r .««alió ^| 


^^H 


dp decem, deni; de $eom, cmi. Los escritores latinos de la Edad Me- ^B 


^^^H día traen Daem por Danus, y Dada por Oania). ^| 


^^^^^^B 


GBrSER, Geiser, tem. geol,. volcan de agua hirviendo. ^B 


^^^B 


Givisos {Gevissi ó Gevmts, nombre étnico, debido al del héroe Ct* ^B 


^^^H m Iritis, prnE!<3cias, lue^o pr(B§cÍK sagaces, aaglo£;nj6oj. ^| 


^^^H 


GrBBRiCO. JíBKaico (Gibareih, libera lis, de gitmn, dar. ^0 ^B 


^^^B 


GrttERTO, JtURRTO. ^B 


^^H 


OttAifiRTO, JiLABtRTO, Gelarert {Gübeft, Ráa), ^B 


^^H 


Gl LOA ROO* ^B 


^^H 


GtLtiA {giid, compañía, sociedad* an^losajém). ^M 


^^H 


GiLDo [gildan^ offerre, tribnere. ^,; §ii, tributo^ g.) ^B 


^^H 


GtLDlA, g. ^M 


^^H 


QiLnmm. ^M 


^^^B 


GlUMBRO* ^B 


^^^1 


GlLOXA. ^B 


^^H 


GtLTMfR {Gillmir, GiUimirr m.]; de aqaf Brpígitda, Búsgeidaf, m* ^M 


^^^^v ^1 


^^^fl 


GiiKiRo Árgimiro, ^B 



mñ 



ti. GrnóM {gér<y^ aaa). 

t% G1&KL4 (Crisaín, Asa, rehén). 

2Jp EirGeLFREDO, BNGiLFftEDD {Engilfrid, la paz del ángel , aaa; a^^t/u?!^ 
aggelus^ aggiUus^ ángel, g., engil; angil^ aan; enget^ nnmoá). La voz se intro- 
dujo en el pueblo godo antes de in tnid acción de la BtbUa, porque los 
Dnnclos celestiales divinua íie Uamaban aggiíjm é aggitew, u, p!>f cual la 
^oz angelí de la Iglesia latina* 

a, E^atLBALDO {EngiíbM, aaa). 

b. E?TGiLBKBTO, t:?f<;ELBEflro {Engübérht, aaa), 
e* Engilggrio {Engilgt^r, aaa), 

fj. EíTGTLSito [Bngilf^r, aaa). 

d* Engil A. ano (£nptí/uirt, aaa) i 

f, E?iGrL«Aa. 

^. iNaLATGuftA, Anfjlorum térra» de Aoglia, Angina, ya AngH. Tac, G, 
40. (íPorro de Anglis, hor e^^t de ilk patña qn^p Angtilnn dicitiir. et ab eo 
teiiíporo, usqne bodie manere desertns ínter provincíag. Juatarum et Sa- 
Ttoanm perhibetur.» Beda, l-i5. 
IV. Desapareció la ¡j alLíunas voceís: 

I, Aro {hayan, hagjan, andar, aaa), dedúode el nombre propio B«iot 

I. HAnaiCTiEL ihañgüdi et admcati. Cap» del año Mi), 
3. EsMAtn, Lib. de Alex., Db$iiatah {magan, posee« valere, rigere, g., 
con la privativa e* é dm), 

4« IUta, seto, perfil (hag, aaa). 

Se conservo delante de la I y de la r, 
Glkta {gldt0, ua de la Edad Medía). 
Grabar [graban, aamod). 
Graü, apellido {grau^ ^sj, 
Graüvaca, tórm. if^eol. {grmiwacké). 
Gríma {grima, colérií'O, aaa}: de aquí GnistASO, Grima ldos, 
Grtnno?;^ Grimmoni^, Gfti5DFfES«GaE^éFT,GiiTffd^, Lo» (fue afirman que 
^sta voz viene de crines, criniítm, no h^Q leído á Sün Isidoro: v ídem as 
granos et cinnabar Gothorum, y tenia razón , porque la palabra se le de 
f^ant pl. aaa. 

T, Gris (gris, eanus» anglosaj* en las Glosas de los ^los viti y rx. y 
grmm, lat. med. doü. del siglo fxj. de donde Gnisvo; pero Eohieíé., polvo 
de diamante, anle de grisi, aamod, arenilla, 

8. Grog {grog, ing,] 

9. Gftow, GRTí«eTK {gro&m, ing.) 

VI. El Autijo ing, que denota origen 6 semejanza, 
i, A BAO i?tao ( voz hi brida ) . 



Y. 
i. 
i* 
3. 
4. 

6. 



556 

1. A&uLfíN6á (voz híbrida coa abólo, r^baelo)* 
3* Al>4LI^60 (con adul, nobleza^ aau). 

4. Bebljlnga {hreüin^ breUUng, a de brét, tablero]. 

6. EscÁLiN, EsctALiNO, EsCHELÍN, CiiELÍ^ {nkiiUngus, baj. laL; sHUHnj^, 
ing*; jíAi¿f%, diQam), de sckallÉfi, sonar, iiioueda aonautc, 

7. EsuEFViKyL'K, CapmaDy; Esi^miixtfi'F^ Graelís; Espehli^^íQUb, Esper- 
LAifo, EpBRLAxo [spierlítiij, »¡ti3rinij, eperlmus de los üíitura Oslas» neerL) 

5. EsTBHLiDfA (Ueriing^ ing- Qunimi eastcrliogi, nioueda acuñada por 
los EsterliDgoSj Easterlliigi» ó aea lo3 mercaderes del Este de insíaternii 
esto es* los occideatales de Alcmaoiu; easí, esle), 

9. fh AM isif co ( ü ía mrmch^ ncerl . vlGsming , fld mischy ¿i aiiiod j í la m bíéü FL*» 

HEI1G0. 

le. Pr A I LINGO. 

i I . Loii E H 1 XGO , a pell * ( Ladaring ] . 

1^. MAItENftO» 
13* REALfífíGO. 

VIL Se empleó algunas veces la sorda por la souoro. 

U ADABCA por AOAItGA* 

1. Ascua (a^gó, ciáis ^ g.; asga^ mn); asche, iiamod« 

3. Castaldo por Gaistaldo. 

4. Confalón, que ao Míe iamediatauíeiito de ^undfano: gmtd^ pugna; 
fano^ enseña, sino que se deiie á b fornüi iiitimontesa cuñdfano» 

5. EspRiNouE {s pringa^ cadena, grlLlos, /taa)« 

(i. DfiSFALCAit [fakan por falgan^ sacar, aaa; ai procediese del latía falt. 
se tendría falchan. falachan). 

YÜl, La termÍQ ación gótica iggs es muy comúa, y se transcribió por 
ignus. 

4, Gttp.oTENGOS [Grsotingi, del nombre dinástico Gnuh; sin embargo, 
igg no es ueeesaria menta pfitronimico, asi es que Griuítig^ sale de gñu$. 
arena glarca» aaxnm, g ; luego los habitantes de las fieras)* 

5. MamsíSos (Manigni, Tac. G, 43, supone un liéroe Murso): áú aqni 
MarmlMani, Tac. A. I -50). 

3* Keüdiñcs (Reudigni, Tac. G, iO, de na héroe llamado Riud*, modea- 
to, de ga-rimk, rubicundas, verecundus, castas, g.; lu^o Verecnadi, Re- 
verendi). 

4. Trrvinoos (ThiTüingir de nn héroe Therus). 

5. TüBixGOS {Thuringi, de un íiéroe Thurm], 

IX. Respecto del grupo inicial gn propaso Salva la ¡irotesis, dicieada 
p, e,, Egiíesia por gneiss ó ynmMst^ especie de ruca; el aso no admitió esta 
regla, y dice G^Eis, la Academia autoriza la supresión de la p, esto ea, Neis. 



X, La § final m ccntraria al eapiritu de l¡i leügua española : se redondea 
eo ésta con ana vocal ú la palaiira es corta ó reaislc poco, pasaüdo á ser 
sorda débil en el periodo etiraoloí^iro, o desaparece eo el simbólico. 

4. Talve, Algunos escriben Thaiweg sin españolizar, otrtis taimqne^ 
forma de rnalisimo ^ueíoi pero en nuestras aulas se dice ya íáloec con la o 
muda: TnAtwEo, aaniod; ihat, valle, aamod; daí, r.; S.^ wegvia, aamod; 
wéc^ aaa» y oijf, g, 

4, Sacvdui. Así ban españolizado onestros gastrónomos la palabra io- 
glesia sandwich, loo ja de jamón, colocada entro dos rodajas de pan unta- 
da i con manteca. 



U gutural góticíi sorda K úq llegó á ser aspirada chóh en el alemán, 

sobre todo en medio y fin de diccióo* Para el i^rupo kv=í|n lat. tuvo el 
godo un signo peculiar, el cual se transcribe por qv, aunque la q no se 
emplea en otra parte, y la t? se combina también con la g, de manera qne 
lív=qv ; gv : : k : g. 

4. C4B, especie de cabriolé [cab.^ iugO 

f, CáBESfaAXTe, C^aRESTANTi {cupstan, tng. de xáCo? y gdfcti», segiin 
Thomson). 

3. Cachálotb {cachalote Ing.) 

4, Cagotss, Aootas {Canes Gotbi, e4, perro provenzal; f^í, godo)* 
&, Calambre {Khmpltérn, aa de los tiomp* med.í chlampk6rm, aaa}, 

6. Calapato, GalapatillOj escuenüo (Kriupan^ frisón)* 

7. Calbsa, Calesín (A"o/o, rueda, eslavo, y píisó prohahle mente á las 
lenguas rom» meas por el intermedio alemán calesse)* 

8. CA»ELtA {Kamdf naturalista-I de Bríinn, cjue en 4T3i trajo de Gbina 
aquella planta á Europa)* 

9* CArvcHELAs, CAOUEfttAQCB* Blata americana de Ion oatura listas* 
Kakkerlak, neerL Viuo probablemente de la Amóricii meridional el nombre 
fCakkertaki por Ioíí holandeses del Surinán* 

iO. Canoa {Kaan, noerland. kahn, scapluí, linter» navicnla, aamod í no 
sale (lo eanna lat. porque el dimiontivo do mnne m eanmí^), 

44, CarAus;, el vaciar completamente la cop-i en e! brindis: ¡(de origen 
alemán» decía Covarrubias, y tenía razón ;>» por consiguiente, de ffar^uH 
en la locución das garaus machen^ acabar, concluir, llenar la medida; c/i- 
rroti&esi, fr., carome^ mg. Además Ciaoot Laedscoi en los brindis, dice 
Covarrubías* 

4 i. CAncAN, argolla [querca, aaa: qv^k^ cuello^ gaznate, escand. ant.} 

43 Carlos {ckarat, chard, eharl, maritus, conjux, amator, aaa, vo?, 
formada cnal el nombre mítico Mannus do mann hombre, Carolm^ lat.) 



55g 

I ti. Cahhic (carriel^, iag.) 

i 7. Casilpü. 

i$. Gastjna (Kiilkstem, lapis «alcüireus; 1.*», el aieraáfl kaik, k(U<^ m- 
lió del caaa ohitcuo de talx lat. porque los Geroiaaos deben á los Roma- 
nos el conedmieato de la caí; 2*°, Jifein, pitídrn), 

19* Chxú^ bleta f'&*aai uoerL y este del celt, cae; pero GAfOi chovü, dü 
fcaha^ Corvas coroae de los zoólogos, asía; Ar^uio iiecri.) 

iO. CLfRADOf Clisar, Cusa {dkhert fr, anl., diquer delalomáu mb-klaié' 
chen de klámh&n). 

%\. Clüm (cíoiü/i iDg. propiamente pMim^ después zopencOt vall6 gra- 
cioso tiasti Shakespeare, y se enipleó después con relaeióQ i las panto- 
mímasj. 

33. Club (dub, soeiedad. iog.) 

53. CoALTAB (coaUar^ Ing. ooai, earbda» y tar, Jilquitráii)* 

24* Coalla {quakslñ, neerL) De aqui el apelüdo Coalla. 

f3. Cobalto [Kobolt o KabaU, demoaio, en eí Harz y en Saioim). 

2(i, CocHB (Ávila eo el año ^^S3* aCarlos V se puso á dormir en un ca- 
rro abierto, al cual en linogria llamao coche; el nombre y la iuvísución es 
de aquella tierra.» Eq efecto, el húngaro tiene Kotczy y el alemán Kuíiche; 
pero la voz italiana cúGchio reeuerda li latina cúnchüta), 

17. GoK segúQ la Academia, Coc, Gotíue, escriben otros, cokñ iag, d^ 
Itgnnin coctum* 

%n. Colza* Colsate [Kookmd, neerL, á sabor: kod, col; zaad, íiemilla, 
que es la que se utiliza para íkíe^r de ella el aceite; koQl, neerl. y kolil 
euaiido viene del lat. cauiis y cóiü]. 

2y, Comité (rsmmitm, ing. parí, do commetre), 

30, GoNFoarABLE. vocablo que los franceses han tomado de los ingle- 
ses y que loa galoparlistas hau traído á España en significación dé eterno- 
do, dice Baralt. La palabra ini^lesa confort provocó una resurreecióii iii- 
íionscieute de las voees españolas mn forte, con f orto. 

3í, CoacHETE (KrÓkr, gancho, escand, ant*; crúok. ing,; iroofc*, necr. 
crdij, cinro, voz común á las lengua^s germánicas y celtas. Bn b ley aálicyi 
se lee; incrocare). 

31. CosTiLA. CosTüLA {kosíuta, kostitaác kiuHan, probare, eli^re» §.) 

33, Cota, caat.; Cor» cat. {eolias cottm, bajo lat* sig. x; cote, ingloaiú. 
coat, cota de malla, vestido, la^.; kuU, kuUl, tánica, a), 

34, GaBTVKo, Cbetínismo [kreidiing, cretino, derivado de kmde, cí^a 
por el color blanquizco de la piel de los cretinos). 

35, CmoNGLAís {crúwngiü.u, ing.i crown corona, í^íaw, cristal). 



559 

36. CüADOS, QuADOs [Quádiy Tac. G-44. La etimolo^id depeoflc de la 
cantidad de la a; si ésta faé brcYe, se debe la voz al hipotético qaths, dig- 
no, de qithan, g. como dignas de diccre; pero si faó larga, (^omo opinan 
la mayor parte de los ant. guádus, proviene de qéihs, malo, ffuád, frís, 
ant.; calidades opuestas). Se empleó por Cesara PlLnio y Tácito con la 
inicial y la medial góticas. 

37. CüABZO (quarz, a, y éste de warze, foerrnga, piedra berragosa, por- 
qne la textura de la cuarcita es granuda, y astillosa la frac^tura). 

38. CuNí (del adj. gótico kundSy oriundo, de un linaje; kuni, género. g«) 
a, GuifRGisiLo, nom. borg. {kunjagisils, g. CyTiegi-^ei, nnglosaj*) 

6. CuiTiBBRTo {Chunnifyeraht aaa, voz parecidn a En^niaí)]. 

c. CuxiGBRTO {kunger, la lanza del linaje, aaa). 

d, CuNiGUifDÁ {Chunigunda, la peleadora del linaje, aia}< 

0. CuifiMUNDO {Chunimundus, suevo, gentis tutor). 

39. CÚTBB, térm. marít. {cutter, cortador, ingO 

II. Se aumentó por epéntesis el grupo inicial kn, extraño á las LengUJis 
románicas. 

4. Cañivbtb, Gañivetb {kneif, kneipj trinchete, tranchete, pondón, 
aamod.; cnlf^ aoglosaj.: kntfr, escand. ant., es diminutivo). 

2. Lasqubiyetb [landsknecht: landy térra, regio, a^er, ^.; KnBoht, pner, 
famnlns, servus, aamod; pero desde el siglo xv, los que aüudian de las 
ciudades y los campos á las armas, dieron á la voz el signíHcudo de mi- 
les). 

lU. El grupo inicial kr se snbordioó á la gutnrai Boaorfi. 

1. Grafio por Gabpio {Krapfo, Krafo, aaa), de aquí Agahhafah. 

2. Gbahallera, y en Aragón Cremallos (cramaiia, Glosa, de Cassel; 
cramacnlus« Cap. de Viliis; cramacula hakhala^ Glos. de Lind; kraní^ ^a~ 
cho de hierro, neerl.) 

3. Gbapa {Krapfo, aaa; Krappmj aamod), de w{m\ Grai*6it. 

4. Gratar [chrazón, aaa; Krat^sen, neerl. cratave, baj* hit,) 

5. Grifan, cat. Gropal^ por Grapal lemosín {areopan, anglosaj . ; knapa, 
frísón; kruipm, neerl.; tu creep, arrastrar, ing.) 

6. Grosella {kratAsbeerey uva crispa, aaa). 

7. Grupo (kropfy aaa; krippa, giba, escand.; cruyel, aaaí crup, contraer, 
gael.) 

IV. 4. AifCA (anchüy tibia, crus, aaa). 

2. Asgo (aiviski, tnrpitudo, dedecus, g) La tnterjecctón alemana de 
asco es Oks* Es notable que nuestra lengua tenga también Usgo por 
Asco, 

3. Ergambaldo [Erchamhald, aaa). 

4. Ebgabibebto {Erchambert). 



5. Es€AFiiiA« üat. {scafjan, formar, ordenar, aaa; part. ptnoi/fl fm 

mola gasca/ií, gqiho en Ir. m^^k por bien tmlé, firme por búin flrmé^ y en Ul« 
romposííus por dene üompodim). 

ñ , Est: á a VM ltz a [ sfef man , co mba ti r , aaa ) , 

7, E^Aubab, caL, H^AaaAPAft, cíiL (ícArofjpan, neerL. BGfwúfm, m da 
los tiemp. raed.) 

S, EsCAnNio (sJtéVri, baria, üiofa» naa, aaa; stófrntin, bachear, chillar. 
silbar, aaa; skirmo^ burlOD, chuíicero, aaaj. 

í+. BscAHOLA {scariota, líit, bot-» ¿de la raíz sA^or, que vale cortar eo Us 
lenguas germáüíeas, es decir, lii yerba que se corta)* 

<0, Escarpa, Escarpín. Erau los Escorhios i ostrumcntos que se em- 
picaron para martirizar cristianos eu las primeras persea; uciones de los ro- 
manoH^ por Id semejanza de iast garras, Siendo La noción de a^ado, pan- 
tiagado, la fundamental do iiquel signo, la etimología está en skarji, oacand 
aut.; mjarfa, am {scharf, corta ute, aamod- De aqtii s^rpa^ zapato, U*i y 
Escar/íirtr esp. ) 

H. Es€LATAtt, cat. {skl&izéñ por sUi^n, rasi^ar, Ivendir, aaa). 

(1. Escora, Esgoiar {shore, puntal, iüg.i U> síuítk apuntalar, uig.) 

43. E«]OTA (schosL neerl., y éste de schklen, tirar). 

U» Escote {scot, tributo, íng.; pero escoti, eorte ea el vestido, d*^ 
$kant-9. Umbría, g.) 

15. I acó, hijo do Man ñus (/scm, IskuH^ lat., hkúans 6 f»qans, de doode 
¡scBvonm, en lal. Iscütoonti); j>ero Myo, otro hijo de Mannus, so debe á 
/n^iM, latp, Iggoam, g., de donde M^íEW<1»tía, Tar-, G. 2, fngemtm^ tñjms9- 
nes. Las tres formas 4sifci M, Esk, se relieren á ^sci6wr|yiani, Tac*, 6-3, 
usado también por César y Pllaio* y por el coasouaatismo gótico C4>mw- 
poude al Askr^ escanda ant. 

<6» Marga, MahourSi Marco {marktty termiuüs, Guis, g.; marfm^ ^mb: 
inargoi lat. l^ voz Marcha salió dirticta mente de la francesa marché, aUer 
de TñarcJie en marche, porque k transen pe loo de la k germáoiea siguid en 
rrancés la regla de cí*a, che, cAÍ, oo, cti; así se ve en la voz Brecha y eo Ia 
valenciaüii HaETJA* L Febrer, 229, ambiis de la fr* brecha y esta de brecha^ 
aaa, cual üagua viiíue de uache, fr y hache need.) 

il, AlAácoMANOíí (Marcumanni, Marct/máni). Ga?a. b. g. 1H, marka, li- 
mes^ pero eu la antigüedad constituía el limite un territorio extenso, ao 
bos<iac como la Si iva mareiaua, p* e. 
(8, Rica ROO {HiU\art, aaa), 
19» ToCAH y su ant. Too car i^tácchón, aaa)« 

V* Algunas veces la le paao a ser tf^ aun eu medio de dicción. 

L AmBRIGO por ÁMRRICO* 

I. AfiaiGo por AñHicü. 



561 

3. Brigola, máquina de gaerra. Hist. org., 4-S9 (hréchel^ rompedor, 
quebrador, cascador, aa de los tlemp. med.) 

4. EsGRUMAB, cat. (kruiniy neerl.; krume, miga, ana). 

5. Federico por Federico. 

6. Rodrigo, Rodríguez fHrólhareiks, de la gloria, príncipe, g.) 

Yí. El español suelo conservar la gutural sorda de la última silaba. 

1. Blanco {planch, brillante, aaa; blanc, aa de los tiempos medios, de 
blinken, brillar; blank vale blanco brillante, y la voz alemana weUz indica 
el blanco, el opuesto á lo negro. La voz blanca de Índole germánica anuló 
la palabra albo, albus). 

3. Ehbrigo (Emerih, Emrihy principe de la actividad, aaa), do donde 
Ambrigo, Am erico y America. 

3. Federico (Friederth, aaa; Friduri, aa; Frithareiks, principe de la 
paz, g.) 

4. Franco [Franci, Claud. ^ Laúd. Stil. 489; Francuí, adj. Hier.; de 
freis, liber. sui juris, g.; fri^ aaa, de donde Franco, aaa; franca, arma y 
también (ramea. Tac. G. 6, y los derivados fuertes ó sea con qu: Franquo, 
FiiANQDEZA, Franquía. Despacs las formas suaves ó sea las latinas: Fran- 
cia, Aus.; Francisca, arma, San Isidoro, y Francés con el sufijo co- 
rrespondiente al latín ensis). Framasón, de franco, libre y masón^ albañil. 

5. Godescalco {Gotascalc, Dei servus, de skalks, siervo, g.) 

6. Placa (plack, neerl.) 

YU. Desapareció tal cual vez en la última sílaba. 
4. Brea (6rdA:, escand. ant., aceite de ballena). 

2. Mariscal (marascalh, mozo de caballos, aaa). 

3. Senescal [siniscalh, decano de los criados, aaa). 
YIIL Son frecuentes las transcripciones con que, qui. 

4. Anrrique, Anrique, Enrique al lado de Anrrich, Enrico, Arrigo 
{Heimrih, de los lares príncipe, aaa). 

2. Esquena (skina, aguja, aguijón, aaa, voz que significa también espi- 
nazo como la voz lat. spiñan y de aquí la vacilación entre la y la i. Es- 
quinela, Espinela), de skina, skena, tubo, pierna, aaa y Esquina, proba- 
blemente forma de Esqukna, punta, como el italiano Spigolo vale esquina, 
y sin embargo, proviene del lat. spicülum, dardo, la punta del dardo, agui- 
jón de la abeja y rayo del sol. 

3. EsQUERDAR, cat. {scartt, aaa, skard, incisión, escand. ant.; skertan, 
hacer incisiones, aaa; skarda, escand. ant.) De aquí probablemente el ape- 
llido Escartin. 

4. Esquila {skilla, skella), cencerro, campanilla, aaa; schelle, aamod, del 
verbo ské'Han, sonar. Siquis schillam (al. schillam, scbellam, skellam), do 
caballo furaverit, L. sal, • 

36 



5. Es^itJiVAH {skiuhan, üho, acoDsoimntíida Iíi u y perdida In A). 

6. Etiqibta (aítAirai clavito, a. bajo mod.; üítÉJtfn, horadar, la I aílrur. 
íigujcrcítr. ítit iTií'jo lüijo morí.) Serie: mnrea, rótulo, y por extensión ordeOp 
arre^;lo, nonmi, da doude ccieniü;úíJl» 

7. ñiA.xQiiiLá« doü, del año ^27. 

8. REQtlILá por ReClULA* 
II. llüDEÍlKHTlK. 

«10^ QiTiíGirK {Keích^ m^,) 

it, Q u j x G A L LA ( klinken , p ecrl * \ 

(3« QuiM^üLFiTs Ee decifa en el sig. ti. 

U. QriNivinA {kuwida^ ^,i kmba, anglosaj,, do kmn, rodük, g.) 

ífii Quintil A por Cuistila, 

16. Quito cast, Qüiti, cat. QuíTAn, dar por lihre, poema del Cid {quiti, 
aáv.f quitOt cornííaíe, igaal, sin deber, íramoil: quüp. p* defí>í^uíi,lihoT* 
íar, iog»; puyt, neerh; qwü, suet'o: pureüo que ht voz es de índole gerní;»* 
Oka, y así lo üseiíiiran íi I iconos íilologog es[>nííoles, pero las leyes loorikir- 
das traeo la loctLieton; (^SH quktm.yí eíto es^ vaH aholuím.i) y por la oto, 
f¡HÍít} Kc refiere .^i qwth, cambiada Ja sonora en sorda, salen directamente 
de quiéím tranquilo, de la misma manera que el laL pamrt, apacl^ai^r* 
pasd á la acepdóa tío pagar, 

47. Savahíqük/, como Fauhj^uez, 

IX. Después del periodo frani^-o se introd a ¡croa algunas vocea cse^Mi* 
navas y ueeriandesas, transcritas con qui^ nota de diminutivo. 

i. íiKRHJouít Vt£nMiQuí (wímpelkiít, neerh: mnharñkm, hajo alenian; 
toiwMhohrer, aanTod); L* wituiet de toinden, torcer y bohrtr, lalndro* 
t* BoTiQiirN, bote pequen o, b^mtje ueerh^ bútkm arcaico* 
3* MA?fi(íUÍ {fnaftn^kSn^ hombrecillo, neerl,) 
i, TníQtíf^A (íríjSf/iVM, ncerl.) 

X, Tal cual vo^ llegó á convertirse en ck. 

\ , CüALisT (voz Bulía, dal patues de los Grifones, cmñ de viicms, «¡ucse- 
r i a ; Be f o r m ó e o n cas id hí u m ) * 

2, Chova, Citor* {chmih, aa de los tiemp, med.; muhú, U S\\mu. í>í> IS: 
kam,, neerL) 

3, Chukta [fíhftuh, aa de lo.^ liemp, mcd.) 

XL El grupo sck del alemán alto modero o ^q tranacribió por sooldus 
análogos: eft, c fuerte, $6 z, 

4, CnABRAc {ttchalirarke, a, y éste de czabrai/ polaco, y tsehaprak iüT^'O, 
llegó por el intermedio germáaico). 

2» Chaco [súhacká^ Macó, íj, y este de ttako húngaro). 
3* Chal {Bchawl, iilg,, y éste de schál, tejido fino» persa). 



563 

4, CeiiüPA [shalíúp, lancha, iog,; schucí de sckifiien^ lanzar, correr, 
neer 1 . « schnappkahn ) ^ 

5. CHAMacnGA (del general Schómberg, que orgíiDizó el regimiento de 
los güordUs del rey Carlos U). 

€. Charpa (scherbs, treau, aaa; schUrpe, aamodj; de aquí Esgabgkla. 

7. Chope [sfihnpfa, Jtchoppen^ de xMpfen, agotar)* 

8. Choque (schock, Achocken, aaniod). 

9. Chorlo {nchorl, aj. 

10. Ec II OPA, punta para grabar al agua Tuerto {$chfíppen, schuppsn, 
aamod; schupfa, aaa). 

iU EECSOPEOAft, tropezar, trompicar, cat. {schupfen^ íí\ schoppen, neerl,} 

íi. KscoHnuTo {scharbak^ aaa; scurvy, íjig. de schorf, costn», cascara ]« 

13* Zopo, Zompo {schttpfm, a). 

ik* Xbbip, Capmany; Ja-if, otros (la Bh iDgíesa se presenta en la voz 
sheñffi 4*" jrftire, rircunscripcidn territorial^ ¿cyrs^ provincia, angloaaj.í 
í*^ ri/ ó reeff abreviación del anglosajón geréfa de jro/', conde, a)* 

XIL CoMPANo. No es de origen gótico, como expresa D, A. Capmany; se 
formó de com y panus^ tomando por modelo la voz del aaa; gi^vnúzo^ ó gi' 
leip^ en laa que 471 equivale ¿1 eon. 

U iotjip la i consonante ó l:i i ramista, como ahora se dice pnira perpetuar 
la memoria do HaniuB, gramf^tico del siglo xvi, á quien se debe la distio- 
í'ión grálica de la consonante, Íia tenido Huerte varl;i< Ya la lot fenicia se 
descompuso por el alfabeto latino en i vocal y cu í consonaote. 

A \ii semivocal sánscrita corrcspouden la / gótica y la del aaa., re preveo* 
tada por ii peroGrimm y líopp ponen la ; cou relación al período del aa. 
Eo ias lenguas germánicas aconteció lo mismo que en sánscrito y zendo; 
las aeniivíicalea y = j y v suelen salir de la v y de la u con el fin de evitar 
el hiato; asi la voz gótica síuiv-é, fUiorum, sale del tema junu con la u mo- 
difícada por el guna. Tero las lenguas germánicas siguieron casi siempre 
la regla inversa: la j y la v se vocali^ron al fin de las palabras y delante 
de Im consonantes, eooservando ünicameute la forma primitiva delante de 
las terminaciones con vocal inicial. Asi, íhias, siervo, da thivis por geaili- 
vo; pero la t) do salió do la u del uominíilivo, sino que ihim es el residuo 
de thivas, vocalizada la semivocal después de liaber perdido la a. Los ale- 
manes proauncian suave la iota como la y castellana, 

La Jota es la gutural absoluU del alfabeto español y llene por relativas 
la OJ y la g. La letra arábiga ch, ^ , no tieae el valor de la jota eapauola^ 
las equivalencias fonéticas saltaron á la familia de tas labiales, á La aspi- 



5ei 

rada f y ésta á la h cual lo /*lalÍQa. La prooniiciacióE do la eh arAhip y de 
In / española do fué la misma: no empleó el español su gotural para twaa- 
cribir In iirnhi^ía, porque la reservó para la paladial '^ eñ las voces jarfu» 
alforja, p. e* Tiemblen es f la equivÉiicBcitt portugaesa. ¿r*or qué, dice De- 
lius, cooslguid el árabe introdacir este carácter orgánicij cu E^ptiíi*! y m 
en otra parle? «No tomamos de los árabes la ; fuerte, como en genenl te 
ha ereido,^ det^ia el Dr. Alonlau en 1870, ^sído de los alemanes, detü k- 
oética germáQÍca, que andnvo de mocln ea la cortedeCnrlosV^iouítosUfl 
reinado de Felipe IV, añade el ilustre académuio, cuando ya no habÍBíTifv 
ros en España, produneió el castellano la jota con suavidad, lo mismo <{Sic 
la han y La liguen pronuneiaudo el Ualiano^ el francéSf el caíala n y dental 
lenguas romameaít»n Del godo no puede provenir, porque este idioma m 
la tiene* y tampoco salió de la letra alcmanaeAen ach, p. e,, porqués» cu- 
tre éstn y la / española hay semejauza fonética^ uo bay igualdad entre am* 
has* la aspirada española iirranca de aún hoado y tiene mayor brio^ Tain* 
poco se la debemos al vascuence, scgUn terminantemente declara Larn* 
mendi* Luego lát dónde viene? De los españolo^» £1 aire de las inonUiñAR 
meridionales, tan favorable para la creación de las aspiradas y i ;in rito- 
do dura ule mucbos siglos por la^ guturales aspiradas^ la edaciiciÓQ úú 
aparato fonético y el complemento de las clases, érdencs y famUlisiid 
alfabeto, prod iijeron la peculiíiritlad española, Li estadística mn^ ' 
estudio de las razas que el elemento romano, en contacto con ti - 
co y aun con el semitico, ganó siempre terreno, conservando In oñgüíall- 
dad primitiva y haciendo, por decirlo asi, su historia. 

L La j inicial de las palabras de índole germánica y las traasfTifK'ií* 
nes presenil n notable vacilación. 

4. Jaló?( (uaÍMíí* bacnlus, %.\ ó do gmülún, bajo bretón), 

5. jAaoÍK [kario, cuyo genitivo y dativo es garilu, aaa, 7¿ptíKr,gr. W- 
tm, UL gards, ^,: garúen^ ing.; garlm, aamod., lüstimonio de la siiMÍ*i 
ción de las consonantes explosionas). 

3. JÁQum, dejar, desamparar {jehan^ a), 

4. JoLtN, eat* ant, (juí, escand, ant*, la fiesta del solsticio ái* lavierDa^ 
la navidad pagana, hjul, sueco). 

5» JuTCBíGos, ltJTü^G0St YpTüJíoos [/«íAuíi^jí, pueblo suevo, diado p^r 
Amia no, tdacio y Próspero, mth^ proles, ascand. ant*j 

6. Yac, Yaqüm {jftch, bandera, inf^.) 
7p Yascht, Yate (yacht, ing. ée jagm^ caz^r, a}. 
8. Ya [IDA {jjard^ in^í,) 

IL Se niuostrn con bastante regularidad , sobre todo después de la í, tle 
la m y de la n, pero ya i, ya y. 

4, Después de la 6. Lonja (hubja^ aaa^ de donde Alogü, tomar cu*! 



565 

Logar, alquilar; Loguero, alquilador, voces usadas en ios doc. navarros). 

2. Después de la d. Guardia (vardja, ^*)i REítUAnoio, doc. tiav., y en es- 
tos mismos se ven voces, donde sólo se emplea la a, por ejemplo. Reguar- 
dar, EsGART ó EsGOART, consideracióu; en E^goart, eu f^onsideracióQ; Ea- 
goardando^ considerando; Esgoardar, considerar, todos de Esguakdar, 

3. Después de la f. Garfio (krapfijo, hipot. de krapfo, krnfo)* 

4. Después de la í, cual hijo de filim, y en el Ubro do Apoüonio, 193, 
se lee fixa de filia; asi, Gasalianes {gasaljans, g., pL] 

5. Después de la m. Raino, térm. arag., cob^illo arisco, del provE?n2a1 
rainar (harmjan), 

6. Después de la n. Bruñía (6run/d, brillar, g,) 

7. Después de la r. Esturión (siurjon, aaa). 

8. Después de la s. Brasa, Brasero (brUsian^ auglo^^Jón; desapareció 
la i en español). 

9. Después de la t. Sitiar (siitian, sa^. ant.] 

40, Después de la v. Ataviar {ga-téüjan, ordinare, 6 taujan, ugere, g.) 

H. 

Como las lenguas románicas no admitieron la aspirada latinn, no tuvo en 
ellas la germánica acción señalada y decisiva; pero, ni lomar las vo^es 
alemanas, no podían prescindir de un sonido, que^ aunque olvidado, lle^ 
gaba de nuevo, y con mayor fuerza, al oído latioo. Cada leugua siguió re- 
gla especial; mas adoptado aquél pocas veees, se buscó un equivalente, 
imitando la transcripción galbanum de yiA^ivTj, orea do Go^ti. Asi: 

4. Abrigar (6i-ri/ian, cubrír, bipotético, pero fundado en ani-rihan, 
descubrir, aaa). 

2. Deguno, Fuego Juzgo, ninguno (diheim, aoa), degun se usa todavía en 
Niza. 

3. Tacaño {záhiy aaa), empleando la gutural sorda {taai, neerL) 
I. Se prescindió algunas veces de la h, 

1. Alabarda (Helmbarte^ aa de los tiemp. med.) 

2. Albran (halbente, a, anas querquedula, cual halberent^ halbm* 
ampfer], 

3. ¡Alto! {halt, firmeza, a; halta, impedimento, aaa). 

4. Arpa (harpha, aaa). 

5. Aspa (haspa^ haspel, aaa). 

6. Astingos {Astingi ó Azdingi^ Jornandes, cap. i6 y saj Swtdingi, Ceí- 
siodoro; Hazdiggós, capilla ti, g.; Haddingjár, ef^caud. aut.; PTr^HTiNGA^ Har- 
tungá, aaa; el traje de pelo era signo de lluaje Ubre, y, por t^uto, noble). 

7. Avería [havetijj neerl.) 



560 



S* Iza ti (hma^ sueco; hissen^ bajo alema q). 

]L Se p i ató tal cual Tez la ^1 pero por galicismo, 

I. Hacha [hachu, fn; haok¿, ueerL) 

9. Ualaa {hakr^ ir.; /^fofi, aaa). 

3, 11a MICA (^íiinaCf fr.; /íangma^ hangmak^ ueorU) 

4* Harpa, aunque al fin prevaleció la forma sin h [harpt\ fr.; ^rpAd, 
aaa, fmrpa, Ut, VeuaDti Fort 7-8), 

5 , H K a A Mío ( Aeríi ií/us , ímra Um^ I a t . med . ; fm rmca U , a a a : Aarí , ejéreitis 
y íi7a/(f dominaatü]. 

ft. UowNABEQlíE (/ií>ríiWíirí , aaa). 

7* Huno, y ea Berceo Ugo [huga prudeucia, luego Hmio, Pradeacio). 

8. lIuLAJíí», ulano (üuífifií» fr* Uhtan, Ulan, a, vok tomada dal pobco. 
donde vale lancero)* 

í). líUííA (Vtrme, coda, gavia, fr*; /ion, escaíid. aot.| 
Hl. HuuA, Callt^ de Baena (/itirtf, cabeza de jabalí y pc^r e^teiisióa d^* 
otros auiaiaks, ünbejía ileRpelüKiiíida ;,de huk?=^hiUodf é del vb, fr, *thu 
rrit\ rciaciouado i-ou um-hiur, nm-hiurh hovTúro^o, aaa), 

14. Huta (huité, choza, ir. huita^ tuguriam, aaa). 

in. Débese la eoofuí^íóu de la h mu la fá los árabes y á loa franceses» 
pero de uingua modo á los germanos. Elcvelae la vacilación y la duda los 
vocablos prcciutadoa ea las adnauas francesa,"^, 

i, BoHOHi>o. BoFonao {b(ihor<b^ fr, de hot-hori^ bo^hort fiorqoedesap^ire- 
ció la í delante de bs aspiradas: ^,*', 6aí, do botat-, y i/' '*ü' /, tablr^do, aar*: 
haurdeum^ InU med.; luego lo que se tira al tablado), 

t. Haga, (Tacanea, Faca, Fáca.vea» Jaha {haqn^ fr. kackn iñg.j 

íl. FAtt»A, arpa, Poema de Alfonso Onceno, bnrpa. 

I. Fonta-Onta [honia, tr. haunUka, g., /itiunein.'?, hamíMad, g^J 

5. El adjetivo FArmiuo, Aaoioo {httrdi^ fr, hartins, durus, g.; íterii^nxs:, 
Aurí, aaa; dedoadc Artlü, auimOt valor y *4ríif.>£iuíijii muy feeuodo» a fsaltpc 

a. Nombres apelativos. 

K* Bastardo. B^o Willielmus, coguomine bastardus. Asi lirmaiM el 
conciaistador de Inglaterra ea el año lOeií, el primero que empleó aquctb 
voz (6í¡*£o esp.í ha$tum, í>ajo bitín del radical ^^<s%á^iw, llevar» ^Dt^aJ, he$^ 
ti a de carga )« 

%,^ BAVAitno [bayo, esp. bai, badina, lat.) 

3,** BEüAnüOf Bigardo {beggardus, beguardus^ bajg lat*; 5í^i;í7íi* pcüjri 
neerl, io berg, iag,, la holpuza es efecto de pedir), Al mismo radical w 
refiere Beoüi^a. 

4.° QfLLAU {billard, k.i biUa, bajo lat-; bickei, buesecillo, dado, ;»a dí 
lostiemp, med*; bikket, tmesecillo, taba» neerK) 

5t^ BoMD.\iioA {hombus^ ruido, lat.) 



567 

e.** Brocado y en Aragón Brogato [brocart^ fr. de broca, esp. y broc- 
chus, broccus, diente saltón, Planto y Varrón). 

7.® Broca RDO, térm. for. (brocarda, brocardium, sentencia de la obra de 
Burchard, obispo de Worras en el siglo xi). De aqni el libro burcardus y las 
sentencias brocardinas. 

S.^ CoBARDO, Lib. de Alev., Í24. Cobarde (cauda, lat., co^ardo por co- 
üardo, cnal juvicio de juicio). 

9,^ Espingarda (springariy aaa, perdida la r). 

40. Galavardo (geil, vano, aaa; geiU, vanidad, aaa). 

41. Gallardo [gayol, geagle, anglosajón). 

42. Moscarda. 

43. Petardo (pelar, prov. padere, lat.) 
6. Nombres personales. 

4.° Abelardo. 

2.^ A delardo (adel, nobleza, aamod). 

3.° Alardo, Alehdo (Adalhart, aaa). 

4.^ Bernardo {Bernhardt, aaa; pem, oso, aaa, 6£ír, aamod). Eo la mito- 
logía germánica el oso es el rey de los animales, y los Escandinavos, los 
Eslavos, los Fineses y los Lapones le consideraron ser sagrado, dotado de 
entendimiento y con la fuerza de doce hombres. Oso pasó á significar vir 
y lieros. 

5.** Bisgardo. 

6.<> Blangbard. 

7.0 Bojardo. 

8.^ Eberardo, Evbrardo (Eberhard^ aaa), eber, jabalí, aamod; épar^ aaa; 
eber, aa de los tiempos medios: ibr y iófur vale únicamente principe ó rey, 
cscand. ant., pasó á significar vir y heros en los nombres personales. De 
aqni Ibor, nombre lombardo. 

9.0 GuiSGARDO (wiSy sapiens, aaa, endurecida en c la ^ de hardus), 

40. Leonardo (Leonhard, aaa fnerte como un león). El león fué emble- 
ma del valor entre los Francos. 

4 4 . Nisardo {Nidhartj aaa). 

42. PiCARDO (Pichard, pick, alcaraván, aaa]. 

43. Ricardo (Bihkart, aaa). 

44. SiGAR, SiOAR (Sicard, Sigihart, aaa, Sigo victorioso). 

c. La forma alemana hart se confunde con la latina ars, artis por los 
etimologlstas de sonsonete. 

4.<^ AiGARDO, Aigartb (Atkardus, doc. de 94 4; Eckiharíy aaa, de echo, el 
eco); de aquí Axarte (Achard, Echard, fr.) 

2.® Baluarte, Balluarte (boulevard, boulevart^ fr. boUwerh bollen, 
lanzar y toerk, obra, voz del siglo xv). 



sea 



3,* BAYAnTE {Bayardfí). 

i.** llLAJtCAaTS. 

U,^ EsTANDAiíTE (xía/if/íií-í; sfíiftÉr, estndo, sUío, aslentoi. 

6." GütLLARTis (H ií/í/*firí dü wUH^ quefcr, Ine^io voluntad poderosa), 

*/ llitABTK, HutíAntÉ, ÜGARTE {Htiguihart, aaa), 

*J.** LAg,MtTE* 

40* Losarte . 

4 i , Posarte (posmi, burla}. 

\ 2. Recahte, EicAtiTE [ÍHhhm t, aaii). De aguí Recabe&o, 6 cst^ ile »¡- 
cariift aaa de ra¿, consejo. 

13. SUSAIITE. 

IV, Tambico se puso la h por la v ea algunos nombres étnicos, 

í ♦ Naharvalos {Nfthanartmíi y NiiharütU^ Tac, S3; /Víio^irtií*^ ííríí, g* 
Nornahalir, viri qai tlearum fíitalíuui tutela gnudent» escand. ant*: i,^ tía- 
vis, niortuua y prlaüi palmeo te, foto concossus, g.; f,*>hal$, bipot, ^ót.de 
/iíiíf, \ir, beros^ esmud. ant.) Lueigo navairns, g,, está por «am, edennd. 
aot, 

2. VíCToyALOS, ViCTovALES (Ficíoüíiii, T^elohafl, laí, VailhéhaUis^ g-, 
TíttííiAaíJa?, cscaud. ant,: \,^ vaihls, ser parecido á la Norua, g.; t;* 
haíi, gO 

V. Cu. LacA es carácter difereoclol del franco, fil latiü tfaoscHbió por 
f la aspirada labial gnei;a pb. f, y dejó si a utilizar la í^utural aspirada b 
c/i, '^» üsí como la aspirada de las dentales la íh^ O* Kn lu^^r de li eft, / m 
puso una couüoflanle bastarda la h, asi ftííríMír de X'^p-o^. ó sesiiptinüii póf 
la deliilidad de la equivalente amer de yiriv, ó se eo atrajo la h y la voc*-il m- 
guieuto ntríio de nehemOt ó pasó sin más á la gutural sonora Ungen de Xu/jm* 
El alenién carece de la gutural aspirada, y emplea la h, y eon viniendo en 
esto coQ el godo, sustituye así tauto In sorda como la aspirante del grkpo. 
De los idiomas germánicos, üaicamente el franco tuvo la aspiración orgá- 
nica gH, X* tír*, distinta de laa a^^pirauteí?. 

4. Guama vos, Camavos [Chámávi. Tac, g.» 33; ham, cutis, íegmeo, 
aaa, y omva, vega, isla, aaa; luego pueblo riljcreño» como los Ubi os y los 
Ri púa nos) 

2. CnABiBRaTO, CARiniíRfO {CharihúrtnSt R^iperaht, aaa, heñ. ejercífa, 
peraht, fulgente). 

3. CnAftiovALOA, duK Balavoruní, Tácito, Ann. Í-H {fiariowatL aaa. 
sorprendo no encontrar la forma CharinvalJus, atendida la forrua Hartad. 
aaj,, y flaraldi\ escand. ant*) 

4> CiTA^uAnios, CASrALuos {cha$ufírii Tácito, voz tomada por los ktlnos 
con la ch franca; fíasuarii, aaa, del rio liase, tribubrio del Ems), 



569 

5. GoATTOS, Caitos, Gatos, Cattos (Chattij Catti, Tac, g., 30, voz to- 
mada por César, Plinio y Tácito coa la medial gótica, y con la ch franca 
Bazzi, ifazi, aaa, Hassii^ Hessii, aa de los tiempos medios, de hlU^ anglosa- 
jón; hat, ing.; haUr^ pileus, pileolus, galeras, escand. ant.) 

6. Chattuarios, Ghatuarios, Catuarios, Atüahios {AitüarUf Vell. 
2-4 05, Athuariiy Hülvare ó Htitvere, colentes, gestantes pilenm: í .® huty pi- 
leus, anglosaj.; 2.® vare ó veré, colens, anglosaj., del verbo verjam, taeri, 
defenderé, de donde Hattuarii, Hazzoarii, aaa). 

7. Chaucos, Caccos [Chauci^ ChauckU Cauci, Tac. G., 35, voz tomada 
con la ch franca; hauhai, altara, g., hóke, aaa: laego los excelsos^ 

8. Chedino, Qukdino (Hedin, aaa). 

9. Gherüscos, Queruscos, Ceruscos {Chérmci, Caes, y Tac, 5-36. 
CherUy Marte; Heruy a, de hairuSy ensis, g.) 

40. Childererto (ChildebertuSy HUtiperahty aaa: ^,^ Hiltif flUto, HUda, 
y 2.0 perahly fulgente, aaa). De aquí HildeherlOy üdeberto. 

41. Ghilperico [ChilperictiSy Hélfrichy aaa). 

42. Chillo (Hilla, anglosaj.) 

43. Chindasvinto, Chintila {ChindasüinthuSt Chintilay Conc. tol., 43: 
año 683). Amiano, 28-5 trae la explicación de dos voces borgoñonas, cuyo 
interés filológico es considerable: apud hos generali nomine rex apellan- 
tur hendinoSy nam sacerdos apud Burgundios omnium maximus appella- 
tur sinistus et est perpetnus, obnoxius discriminibus nullis ut reges. Hen^ 
dinos coincide con la voz gótica kindinSy prefecto, gobernador, porque los 
Borgoñones no tuvieron nunca rey. La h está por ch, ó sea k gótica, nun- 
cio de la sustitución, cual HorlariuSy nombre de un rey de los alemanes, 
por ChortarioSy de chortar, grey. Afine con el nombre gótico Kindins, es el 
alemán chinty proles. Sinistus salió de sinistüy superl. sénior, g ; 5tfi, per- 
petuo, aaa. Por lo que bace á la terminación, se tiene svinthSy fortis, vali- 
dus, g.; swindej aa de los tiemp. med. 

44. Chlodoveo, Clodoveo [ChlodoveuSy Bludo wic: hludo, ilustre y toic^ 
combate, aaa), de donde ChloviSy Clovis, Ludovicus, Luis. 

45. Chlodosixbe, Clodosinde, Chlodosindus Clodosindis. 

46. Chochilaigo, Coquilaico Chochilaicus {Hukileihy aaa). 

47. Chramno, Grano (HramnuSy cuervo, aaa). 

48. Ghrodoberto, Grodobbrto {Chródobertus, franco, Hruodperaht: 
hruod, gloria, peraht, fulgente, aaa). 

VI. Antes de la ¿ ó de la s predominó la c primitiva, y no llegó ésta á ch. 

4. Ambactds, Caes. b. b. 6-45 {andbahtSy minister, y primitivamente 

amigo ó servidor que guarda á otro las espaldas, g.; ampaht aaa, á saber: 

andy partícula y 6a^, espaldas), de donde Ambaxia, Ambactia, lat, med. y 

Embajada, Embajador. 



570 

5. Los nomí^res eom pues tos eon dructiís^ ley s;iL U, dtaúh^É, miles, s- 
tftíhl, í\m^ 

ü. DnoráBA {Droñiara), 

h. Drotauso {DrnúiarnUf)* 

c. Dbotcjlfo {Droclutfíís)* 

íY, Db UTO i NO {Dructoinus}, 

3, La forma berct por l¡i gólu^a hairkís i^orao Chitdeherctn^^ BfirríoatdwL 

L El lombardo empleó \ü h alconas veces: Áhisiulf por Ai^ititf, 
Vil. Lri cA eayó con la dloai^tía rncroviogii); muchos inautisrrtUvsde it 
ley sáHcí^ prcseotan la k cu lujiírír dv b cíi, y los cscillorcs romnDo«seiti- 
ciiüakm á csUi sustUucióu. La ley np. ü^íTaí^háriraidamragiia =mn>i' 
da^La h ti esa pared ó por la influeoda lombarda, 

I* Antu\N.^i:«f AnnsBANim {fíerebannum}, 

2* Vribai: por llaribau Ufaribaldm lat, AriMd), 

3, Aaicis por HarigU, 

4. ,\ni»A?r!^T« AntutNEíTSBS, hominesexerijUales; por fíarimnnm, Íí^n* 
mannm, 

n, A a 10 VISTO {harjU cjéreitu ^.. hri, arta;. 

I!. Anir^RUTFS fmr flarihf*rtit!t, 

7. ARiriJTS por HtiriitlftiM. 

8. Ehiberto por tfíriWío* 
I*. ItrupiüUTo por íHUhberto. 

10, li, p K n ici: S po r Ckilperic i*s. 

V I L L la mbló n ú e sa p¡i recl 6 la A en med i o de di ccU^ n * 

i, CnoDi EL D ts por ('rúdhildig, 

í, Euboildis por fhrhúhiUi^. 

3, MAniorLi>[s por MnriohiUis. 

IX. Adamas de la cAi (Va ora \ de Ja ^ alemana, hay otra es;pocie de K 
la verdadera t>F:piraiite, ijue resisiiú á la saMJUi'?iüD: ^a prap¡dL:íi|uif ct b* 
tillf franco y atenían^ y por aféresis ^uelc desaparecer, 

1, HERifT?fOf InMiNO, fjtMAiV {Hprmm, laL; lltírmun^ lat.; Eruunití^^ ht, 
raed*; /rmtfii Krmau, aaa; Jirmai^ g.: íórmun esc^aod. uuL; E<yrtfifn^ üo- 
glosaj,) La nütologia gertüáDÍna prueba la unidad de las voces Armin. 
Irmin, Irman^ Ermun, o no de loa lujos de Maoao* De aquí: 

a< ARMtffio {Airman ^. eou la forma latiua, áttjiMíás, el Cf^lelire jefe 
de los Qtierusco.'?, Vell. i-i 18; Tac; Flor.) Los roraarios consorvarou la a, 
vocal pura de los germanos, 

6, EiiM\Nánu;ü, AnMA^AEiíCOf Herm.í?íAiijco {Airmanareiküf g., Ermaruh 
fkm, lat.) 

o. ERME^reuitoo en la inoueda y eu Mariana i pero destpués üermiss- 
tiit.oo por plkñsmot 



674 

d, UsaMiouBS, Hbrminonbs {Herminones^ Tac; es ana equivocación la 
forma Hermíones). Plinio 4-44-28. Nunca se dijo Cherminones á la manera 
franca. 

e. HEBMOifDUBOs , Hbbmundubos , Hebmooubos {Hermundüri Plin. 
4-44-28, Duri ó Dori). 

/*. Ibmansul. templo levantado á írmin por los sajones [Sul columna, 
aaa; sanls, g.) 

2. Habudes (Harüde^, Cobs. b. g. lib. I charad, harud, hard, lucus, sil- 
va; siij. ant.; hart aaa, luego silvicolae). 

3. HBBCAaiBEBTO, Ebcambebto. 

4. Hbbginia (Hercynia Coes. b. g. G. 24). 

5. Hbbulos {HSrüli, Eruli, lat. Airulos do hairuSy ensis, g.) 

X. Los tres grupos góticos HL, HN, HR se debilitaron al principio de 
dicción en el aaa, anunciando el tránsito á otra articulación análoga, pero 
no tan acentuada como aquélla. Así es que las lenguas románicas emplea- 
ron tres medios de transcripción: 4.**, la aféresis, que fué lo más común; 
2.% el cambio en f; y 3.^, la vocal epéntica; generalmente la a afine con la h, 
y variable en e. También se simplificó el grupo HT. 

A. HL. 

4. Alotabio {Alotharius doc. del año 840 Blothar), 

2. Flanco {hlancha, aaa). 

3. Galopab {ga-hlaupany correr, g., la partícula que tiene funciones 
análogas al aumento griego). 

4. Lasta, Lastbb, térm. marít. (fU<t$t, peso, aaa). 

5. Lbibb {hleUhray lethray leire, tabernaculum, g., compárese con 
xXglSpov). 

6. LoBD {hláford, láfordy señor, anglosajón; hlaifs, pan, g.) De aquí La- 
DY, hlcedige, hlwf'Iie aoglosajóo y el apellido Lavbbde, de laverd, lauerd, 
lord, iog. ant.) 

7. Lotb, Lotebía (hlaut, suerte, g.) 

B. HN. 

Niquitoso térm. arag. (hnícchan aaa; nicken, hacer señas con la cabeza, 
aamod). 

C. HR. 

i . Abbmib, cat. ant. {aramir un sairement, aramir ou jurer, ad-hramire^ 
ad-chramirey lat. med. hramjamy croci afligere, g.; arámen, aaa). 

2. Abenga (hring, aaa, círculo, reunión, espectáculo). 

3^ Rancho, Rango {hringón^ aaa). 

4. Rbntab, cat. (hreinsa^ escand. ant.) 

5. Ribaldo, Are. de Fita. Ribaldbba {hriba, prostituta, aaa). 

6. Rota, instrumento músico, Berceo (hrola, aaa). 



^^^^^^^^^^p ^^^^v ^M 


^^^^^^^^M 7. El vocablo hrothdgs, glorlúsus, raür, g., ftruoió a aa, e» elemento ám 


^^^^^^^^^ muchos! uomlire^ per^oaales. 


^^^^^^H a, VíOíiRiüQ {Ffrúthareiki^ g.) 


^^^^^H L llcNiBn, nDOHtiiü, Boaeijo {íírmfigBr, ana]. 


^^^^^^H c, HotAxV))ü y por müt^ite.'^ls Oblanuo ifírmilland]. 


^^^^^^H f/. RoMUNi^o, Rai>oiit;NDo {Hrujdmund, mm), 


^^^^^^H tlaTANO (Hoífinwí]* 


^^^^^^H /, P OTARIO {ítotariü^, llruodkanm, nan). 


^^^^^^H g. Rudolfo, Rodolfo {fíruodúlf, and). 


^^^^^H h. Hui'SJiTo, Roberto {Hruodpsraht, fama cbfus, aaa). 


^^^^^H 8* EuifGE, RvNOO, apellida {llrún^nir, esc^ind. anC; Áni^^, virga, g.. 


^^^^^^^B ti^j;/e a ) . 


^^^^^H t). HT. Perdió la h inicial en medio y al ñn de dicdén; se convlrUó al- 


^^^^^^^ gunas vectís cu tí provcuital, y ima en c/*, cnal el correí^pondieiite btioo íf. 


^^^H i, AcíAtT» AriUAitAn (icja/i/«Ti, estar en guardia, aaa, da daude CoaUar 


^^^H guardar, y Úoiamiento gu^rd^i tutela). 


^^^1 1 Plrte y aun Frrt m los doc. navan, fréU scrvlno, aaa. 


^^^^H 3t Matiloe IMahíkití, naa). 


^^^^B i* El demento B^nro {hatrhíís, ful^^eng, g.; per ahí athn m presen In sin h 


^^^^B ya en loa docn meatos del siglo rr, y entra en muebos rom puestos). 


^^^^B a. BKiiTAf r. FuL^cnci;i. 


^^^B h. BerTilo {berahtih]. 


^^^H c. UpaiTiiv {íkriin au» con suMjo diminutivo}. 


^^^H d. Blcrto, Fulgencio. 


^^^V «. BiínTotuo, BEUTOi.nr?i'o {BertoaUuF, ffefchtoU, BúvnhtoU, aíta; watt\ 


^^^H dom'nador; vahius, lot., domina con esplendor). 


^^^H f. AnALaEKTO {Adalhemhi, iim; adal, nobleza): do aqui AiaF.BT^. 


^^^H g. Gk/rberto. 


^^^B h, ijviL RE RTO ( t Vi i ipe ra ht , aaa) , 


^^^H L Kerrerto {fferipsrahl). 


^^^^ /. IlüRiíRTo (flugipemkt). 


^H L HlTMUEnTO {Huniperahi}, 


^H fn. Lahbehto {Lantperaht, aaa): de aquí Lanzorim . 


^H n* No R B Eft To ¡ Nordopera ht. No rdoperci us , m a ) . 


^H a. SiRERTO, SiGiBERTO, SicEuicaTO (Sigiperak, una]. 


^H p, SiLUEtiTO {SiUperaht^ aaa). 


1 


^H Respecto de la nasal de las ^utnraleg, Ullilas, siguiendo !.i re-i 


^H empleo la $ como nasal delante de las guturales; pero en las otr.i - 



573 

germánicas se expresó generalmente h gutural nasal por una n, y como 
ésta sólo se encuentra en medio de dicción y doUnle de otra gutural, se 
conoce con facilidad, por ejemplo, driitkan, beber, aaa: trinken, aamod: 
pero al transcribir esta vo^ al español diciendo TnipfCAn, TBmomSi no se 
hizo nso de la nasal [futura L 



DENTALES. 



La t gótica pasó á ser s en el alemán alto y en el medio. Hay dos espe- 
cies de z, las cuales no reioau en el a.lemán alto de los tiempos medios: 
domina en la una el valor de la t, y prevalece en la otra el sonido de la s; 
San Isidoro representa con ^/'á osla última, y con zffh rcduplícaáón, y 
expresó con tz la reduplicación de la primera especie. El alemán alto mo- 
derno ba conservado tínicamente el sonido silbante de la primera, y em- 
plea en la escritura la s, propiamente dicha. 

I. En las iniciales pasó integra hi t gótica. 

L Taca, Tacha, Tacóít, Atacar [tak, neerL, comdn con el celta, tac), 

3. Taipalo [Taifaitís salló de Decebatus^ nombre de la dinastía más no- 
ble de los Dacios, tai ó thai^ está cual ¿xfjcr, Davus por DaGui). 

3. Tala, excydium sylvarum, y en sos compuestos (jdió»» deripere, 
aaa). 

4. Tamiz {teemSy ueerL) 

5. Tapón, Tapar {zapfa, ano): de aíjuí z^impar, 

6. Tas {tas, neerl,) 

7. Tascar [zaskón, aaa]> 

8. Tato, Totila {Tóíila, g.; Znozo, Zmzílo^ aaa, raíz común al celta 
tad,^ al gr. Táxa, al bomórico lix^a, al inglés dud, daddy^ papa, al b a varo 
tat, tatt, tntte). 

9. Tencteros (Tfinchirñy TtnctP.ri, Cíea. h. g. M-i, Tentjtheri, k sabor; 
\,°tengir, junctus, affiois, conjíaguineus, part, del verbo lengja, Jungorc, 
escand. ant.; 2.° heri, ejércitOí luego fratres y cousagulüei)* 

10. Tender (terifkr, ing. de ío Und, csstar de servicio, apócope del fr» 
attendre). 

4 4. Teta, esp. y Diua, nodríi»^ cat. {íUú, anglosajón; sitse, aaa). 

42. TiLBüRT {tUbury, ing.) 

43. Toa, Toar, Atoar, Atoaje {Íqw^ ing.) 

44. Toast [toast, íog.) 

45. Toldo (<ia//J, escand, ant; telds, neerl.; z^ff, ana. No bay, pues, 



:57i 



necesidad de acudir á ía intercala l^íoü de Li d, como sucede tomundo i-I 
latm thoius^ sogúti propone Covarrutdas ó la v^z arribe cíMía de U. 
Dozy), 

Tolmo, Tobmo (ium, lorn\ uiiglosrtjoii). 

Tomar {tomín, aoglosíijóa)* 

Top, Topis, Topete, Topar» Tupé, Tcpih {íop, punta, cima, aoglo* 



4íL 

Bajo a 
10. 



3Í, 

24. 

?7. 



Trampollh (trimpíin, calcare, g.) 

Til A 3í VI. i, TiUMvíA [iramway, ¡ü^,: 4,"» tram, tramo, porque tuvo 
Sú oriis^eu á últitiios del siglo pasado en las ttiÍDaK de carhóE, y eotoucP!; 
so couslroia coa tramos de madora en toB que se íijahau cliajias do Uierro, 
2.**, way^ vía, como railwmj, camioo de hierro; broadtofitj^ arrecife; cauíé' 
waif, travesía; paíkwmj^ seudero; troughivatj, pasaje). 
^1. Troje [trog^ anglosajón)* 
TroEL {tuda, lobo, escand.) 
Tu I -VA {imm, ing.) 

TütiGA, TtiurrLO {Tutgay THÍfjiló, aaa; tulgus, frrmc, estable, £^.| 
TütíBAR {tumba, escaüíL aat.) 
TÚSKL [iunnd^ ing.) 

Tüh'Gno. (El primitivo Germatio y lo tocante y portcoecioDte é U 
antigua Gennania, dice la Academia. Tangri, Plln. 4-17-31, nombre de un 
paeblo Ritaado cu la Galia bélgica, hoy Too gres, y viene del alcínAfi -nn- 
jy3r, lin^nosua, clnmoans, traducción de Gi^rmñni, Cíps, b. g, t-i» |iorquc 
este ultimo nombre viene del ecUa gairm^ pU ¡lairmeanna^ grito , aquel gri- 
to belicoso, terror do ks legion<^s romanas.) 
as. Turf, jardiocn {lurf, gasón, ing») 
11, Se courervó la t en las mediales. 
1 . A T n AC A n ( í re kken , ani rekkén , noerl , ) 

i. Batel {hút, anglosaj,: bátr, buquo poqucñn, escand. ant.; tambieu 
se encuentra en las lenguas célticas búd, cinro, bad, irL) 

3, BuoTíi» UaoTAn {broz^ renuevo, aa*i; brazzén, renovar, aaa). 

4. ESTAT, EsTAVAH {UíIí/l', puntal, occrU) 

6, Este y el tcrm, marit* Leste [eiUt, anglosajón; mst^ orienk^ lug : 
xétf éstan, aaa; o^lj oUen, aamod. (^on esta voz ss ligan los nombres Ohtmo- 
i^oDOS y OsTnoGOPA, AuitrugQtki^ Pollio Claud, 6; Osírvgúihiy Claná* In Eulr» 
4*153, Sid; OstTQgotha, rey de los Godos, Jorn* Caas). 

6. (estíos {^^UyK ~€síii, M»tui, Tac. úerm, 45» hoy Estonia, aislan re- 
vereri, g* de am, a iza, bonor, primi ti vamon te ^deudor» decns,^,, Aítím. 
reverendi, bonorati, g,) 

7. Etapa {siaputa^ bajo lüt; «topíí, depMlo, necrL; stajd^, íug. de 
iea6, bastón, a],. 



r 



575 

8. Uato (vazzay üaz^ uaa). 

9. Guita (witta del lat. oitla), 

10. lüTAS, Jutas, Yutas, Yutos (IuU y el pl. /u/ds, hipot. g» íoz pl. iozá 
aaa, exterior, extremas, porque habitaban la parte septentriooiil del Qucr- 
soaeso cimbñco. Jute, Jutlandy sueco; Jyde, Jylland, daues; /(/!qj% Iklu: 
/otar, lotland, lotagrund en los Escalaos. Sedusios ($edusii, G£rs> 1-45, son 
los llamados en otro país Endoses, Tac. G., 4. lulosjós y cual beriajós, pa- 
rcutes, y /iUd5 y lutusjós indican un mismo pueblo; tiene todavíii sin sub- 
tituir el sonido de Eudi y Endoses. 

III. Se empleó con parsimonia la supresión de la i» 
Guiar (vitany g.) 

IV. Se propagó mucho la z alemana por las lenguas romniikas, y sii 
cucuentra empleada delante de todas las vocales; el italiano la trasladó 
íntegra por regla general, pero los otros romances la transcribieroa por 
z, c, só ss, 

A. 1. Zalagarda (z4/a, destruir, y warta, acecho, aaa). 

2. Zebra, Zebro, Zevro, Cbbro, Gbvro [zepar, aaa). 
3 Zinc (zink, aamod). 

4. ZiG-zAG, Zis-ZAS [zick-zacky a). 

B. 4. Baza, cast., Basa, cat. (bazze^ ganancia, aa de los tiempos me- 
dios). 

t. Gamuza, Gamuza [gam-z, aa de los tiemp. med. ¿Estaní el radical 
en gamo de dama^ coilio golfiíi y delfin^ gragea y dragea, gazapo y dasapo?] 

3. Gazo, Gazubla, Gagbrola, Gagbno (kaíUSf lebas, g., ckez^ir nün). Se 
intercaló la r en cacerola cual en muse-r-ola, 

4. KziLO {Eziloy aaa dim. de azo padre, como Atila de Attilaj patercu- 
lus, g., dimiuut. de alta, padre, g.) 

5. Gauseran (Gózran, aaa), 

6. Liza (letze, aa de los tiemp. med.) 

7. Mblsa por Mblza {milzi, aaa). 

8. Orza (lurts, neerl.; lurz^ izquierdo, babor, suprimida la í ioicíal 
que desempeña las funciones de articulo). 

9. PizGA, Pizcar {pfetzen^ aaa). 

10. ViTizA, WiTizA, üuiTizA, el Sabio (vitan, saber, g.; loi^fit aaa; 
wissen, aamod). 

G. Pasó la silibante algunas veces á ser paladial. 

1. Bocha, Buche, Bugha [butze^ btUzerij obtuso, aaa: buíse^ chichón, 
hinchazón, neerl.) De aquí Esbozo y Bocio. 

2. Ghivo (zeibar, aaa; zebar, aaa). 

3. Fregha, ant. Flbgha {/lilz, aaa). 

4. Pinchar (pfetzen, a). 



576 

V, Se slmpH^có la H cual se hi/.o coa las palabras tom^idas del lada, 

pasando á ser £D ó z. 

1, Cnuxm, CííUjín [KriuHan, stridoro, g.) 

■2. BfiozAf Bmuza (ííwm, brmta^ cerda, peiae, aaa), y también Brum^. 
Üruja, forma scc andaría de bruza^ como tmer de utiir j tmer, y respfet> 
dd cambio eEimológico en simbólico» basta recordar ííqueltodc flicooverti- 
das ea gallos, leclni?.as ó cuervos, como d laL slrigo.» 



La d gótica^ que pasó á sat i co alcmáüi Be traascríbié como la C klliu. 
conserva nd oso, por regla ge o eral; sin embargo, en la banda occidímtil 
desapareció tal cual ve?., ñl estar, ya entre vocales, ya después de cllisi. 
I. í. Dacos, Dacios (Dáci, V\m, Hf-ís, Caes* b. g. 6-lü. Oago^úíía- 
í/íísea las lon-^nas gcrmáüicas. »Üaó autem Gotbomm sobóles fníTuulet 
dictos putuQt Dacos quasi Dagos iiula de Ciotíiomm stirpe creati saot»» S, 
Isid. gríg. li-á. La raíz es dags^ diea, ^*; es decir, el tiempo opuesto h Í< 
noche, el periodo de la lu£, y por tanto, Dacios son los litiuiao&oa, í^acQú 
luminar, noeión afine con la de la divinidad itot). 

i. Daoa {daca, liaj. UL; dagg^, ncerl.; d^g., ing.) 

3. Dalia, planta dedicada por D, A. J, Cavanilles al botánieo ííuivo 
Dahi^ que significa cuervo. 

4* Daxla, Dalle {diígol, neerl.) 

5* Dajídv, vocablo anglofrancés condenado por Baralt. Pandt/. la.:.: 
dagan valere, prodesae, g., lakan^ mu* 

6, DAaao {daradh, anglosajóo; darodh, Ing.; tnri^ venablo, aaa}. 

1, Daliíía, lámpara {üav\j, iog,) 

8, DiQTJB, térm. de constr. (dykt ncerL)i poro Diqük térra, geol, \á^l^ 
filón, inj;.) 

9, Dogo (í%, perro, ing.) 

40. DoanE (Drogue, término marít-; dogger, ncerU) 

O. DoQUE {dock, neerL) 

1t. DuAGA {drúg, escanda ant,; drdge^ an¡^losa¡ó[i; drag, cavar, ÍQg*J 

4S, ÜRAUVAQOíSi termino mere, {draumbuck^ Ing,) 

44. Drishaq, Da£;?^AG£ (ío drain, dcscoiir, agotar, ing,, dTnhnigmn^ aa- 
glosajón), 

i 5» DaoGA {droúg^ saeOj morcadenns secas, como pkntas secas, nocrl) 

Í6, DüLGiBíxos, DuljibinpSt DüLGivtsos, DtTuiviNos {Dtilgibmi, Tac. 'í. 
34, y coo mayor propiedad Duígubini, dultjit, viilnus, g.; de aquí íiutguhnh 
V n I n era ti o , y después d ttUj ubnjft ; vu \ ae ratorj I ttei^o, vi ri v ul acra ntcs, v ul- 
Eeradantes; esto es, beilatorcs) , 



577 

47. DuNGA, Tuga, térm. geol. [dung, abono, ing.) 

II. 4 . AuDECA , AuDiCA, Qombre saevo de barón con la terminación gó- 
tica {audags, opulentns, beatas, g.) 

t. Banda (bandi, vincalo, g.) 

3. Bandbba {bandva, signo, g.) 

4. Bando (óaiintim, edictum, interdictum, lat. med.; banniré^ edicere, 
citare, relegare, lat. med.; bandvjan^ significar, g. y su forma secundaría 
bandvjan, g.) 

5. Bedel (bidellus, lat. med.; bydelf prsDCO, anglosajón, ó mejor de pe- 
tili emissarins, aaa). 

6. Borda, cat. y nav., barraca (baurd, g.) De aqni Bordel, BurdeL 

7. Borde, Bordo (6ord, orilla de nave ó de vestido, saj. ant.) De aqni 
salió Bordar, recamar las orillas de los vestidos; según dice Covarrabias, 
Brodar, cat. El español antiguo emplea la forma Broslar por Brosdar, bros- 
dns, lat. med. del siglo x, brustwf, bordado que vienen del hipot. y g. 
brúzdony punta, por la analogía de las operaciones. Bordar, rodear y Bor- 
dear, dar bordos, vienen de bordo. Pero Borde, el nacido fuera de matrí- 
monio, sale de burdus, lat.; bairan^ g. 

8. Brida {bridel^ aaglosaj.] 

9. Guardar (vardjan, g.) 

10. Ordalia term. for. {Ordalium^ bajo lat.; orddL anglosajón; urtheil, 
urlhely juicio; tir, fundamental, y tfml, partición). 

III. Desapareció algunas veces: 
4. BrAon (6r(Uo, aaa). 

2. Forro [fódr, vagina, g.) 

IV. Se emplea algunas veces la z. 

4 . AzALRERTO {AdaU)8rt). 

5. AzALBis {Adalheit)» 

3. AziMAR (Hadumár), 

4. BiEziüM, lat. med. (bed, saetín de los molinos, anglosaj.) 

5. Esguazo, Vado (toaton, vadear, aaa, y waten, aamod); de aquí Es- 
guazar, y probablemente Guácharo y Guachapear. 

6. OziL (pudil de uodil, praedium, aaa; oiMi, g.) 

V. La ( alemana tuvo también alguna influencia, presentándose hasta 
en las palabras donde dominaba ya la d alemana. 

4. El nomhve dagsy dies, g.; tac, aaa; tag^ aamod; es elemento forma- 
tivo. 

a. Dago {dagOy aaa). 

6. Dagobbrto {Dagoberto, fulgente como el día). 

c. Tagantes. 

d. Taoar. 

37 



578 

e. Ti6áR0T£ (Tagroth], 
f* G&nTAGO {GéTÍaCf aaa). 
g. IIeltaco [Heimíac, aaa), 
h* Rut ICO {Hruodtac^ ana; hruod^ gloría)* 
1. Sf GITAGO {Sigitüv^ aaa; siff^ victoña)* 

5. TAirNO, Ta.\o, TaxeriAj Tenería {lañare, Gloss de Erfart; fauna de 
tanm^ Abies peetinata, Pmabete). 

3« TrapAi Trampa, Atbapah (trapo). 

4, TáAH}, Dqapo, Trapeho, D raí* ero {irappen^ pisar fiier(<?meDre; trap- 
ptng^ tapicería, iog.) De aciuí Güalihiapa, scgüü inventígacioües estimables; 
pero ¿de dóiide vino la voz GualT Co marrubias dice que la itiveptnrotí lo^ 
de íiücIdreSf y que ruoroD recibidas ea España coa el iionibfe de Güel~ 

5, Traque, Traquear {lrach]é 

6* Tubpab {íTPppf^, aaa), que TrApico, Trap, tcrm, geol,, víeaeñ de la 
forma trappa^ eseaad. aüt> 

7, TuíTSTEJio, mineral (tmgUein: iunge, pesada, asa» y stein, ptedra). 



TH. 



EL alfabeto gótico tleaepara expresar la tk el sígoo W. Ai lado de I» z 
gótica Bubsi&lió la th gótica en el aaa; pero en el moderno es sonido iaor- 
gánlcOi cuya exjBtencia nocstá justtfieada, porque ni es aspirada por 1ji 
proJiunciacióD, ni por el origen; es^ en realidad, una sorda. Limitada por 
ei aa¡3, ó convertida en d, no pudo enrictiiecer )a ieogua española codío lo 
hizo la tlieta griega, ya directamente, ya por medio de la t A latina; pues 
se opuso la equivalente alemana^ ó sea la d. Guando bs lenguas romame^s 
i^ecibian la aspirada gótica, se transcribía ésta por la sorda, cual se Usci^ 
tambiéu ea tos documentos latinos, y hasta en los correspondicnles á 
tiempos posteriores; h misma th ioglesa llega á ser %, como Árzur por 
Afihur. 

Los nombres germánicos, conservados por César, Pliuio y Tieí(o, pm- 
sentan el consonantismo gótico; pero, por excepción, la t oeupa el lu^r 
de la th al principio de dicción; TA^'FANA, Tbütoki, Tniaocí, y aanen me* 
dio de las pnUbras, como Nertus, Gotoiteí^i GoriNt, auu cnaiidosenota In 
vaoilaciónf puesto que acá y allá se ven las formas Nertkus^ Gotlmn^St Go^ 
tkini. Hay, pues, que examinar con cuidado las transcripciones, porqae 
puMe la t proceder de dos letras góticas: de la ( y de la íh. 
L En loi primeros momentos dominó la L 
4* TAffCiteno {TancraduM^ doo* francés: L^, thoftks, thagks^ grsitta, |^; 



579 

dank, aaa, dank, aamod; t.o, ragin, consiliam y príroitivameiite motus 
aDimi, g.; raih, a). 

f . Tangulvo (Taneulfui, doc. ir.: DanchuxUf, aaa; danch, gratia; tooV, 
lapas por heros). 

3. Tanfana (celeberrimam illis gentibas templam, qaod Tanfan» vo- 
cabant. Así como de tepere salió templum, qae primitivamente valió el si- 
tio del fuego sagrado, altar, del mismo modo dépan, caleré, «estaare, dio 
dampt? vapor, odor, thefr, escand. ant.; de aqaí Tamfana, Tanfana, la dio- 
sa del fuego, del hogar; la Vesta, de los latinos; la Tabiti, de los escitas). 

4. Tbjón, Tasu(h> [dahs, probablemente por thahs), 

5. Tbodo (Thiuda, gens. g., Diot, aaa. Teodo, üdo; Pabilos Publicóla 
át popólos). De aquí: 

a. Teobaldo (Thiot bald,) 

b. Tbodobbrto (Theodobert^us, aaa; Teulberius, Irmm.) 
e. TsoDOMiao (Thiudam$rs^ g.) 

d. Teooobigo {Thiudareiks, g.) 

e. Tbuoblinda {Thevuklindt^ la amiga del paeblo, aaa). 
/• Tbudigisclo {Tkeud$gi8clu8j g.) 

g. Teüdila {Theudila, g.) 
h. Teudis [Theudis, g.) 

t. Tbuoiselo (Theudiselus, g.) 

y. TBUTOBuaeo {Diootjmrc, populosa civitos). 

I. TiBALTE. 

m. TiBüBGO {Thiudburg). 

6. Tilla (thilia, escand. ant.) 

7. TiuFADO. En el Fornm judicum, lib. III, tit. 4, ley 25 y en el li- 
bro IX-2-4, se lee: alhyuphadus millenarius;» equivale á thuiundifathi 
de Uifílas, comandante de batallón, comandante de 4.000 hombres; dife- 
renciase de hundafaths, centenarius, Uifílas. Millenarius es glosa del tex- 
to: 4.S la voz tiguSy decas, g.; stic, aaa, es igual á deh^ lat., $ex, gr.; pero 
thyu, thijus ó thiyus, es abreviación de thusundi, mille, g., voz formada 
con el fin de entrar al menos entre los visigodos la palabra larguísima 
taihuntaihuniaihun: 40X40X400 ttutiutiu, escand. ant.; 2.<^, el elemento 
fado salió de faths, potis, potens, g.; afine con fadar, padre, g., y con fa- 
dan^ alere, g., y este vocablo es formativo. 

a. Caninefates. Ganenufates {CanninefuSj Caninefas, sing. Tac. Can- 
ninefates ó Canwefates^ César, Plin. y Tac. con la inicial y la ^ góticas. 
Hunda fadeis, centenarius, g.; cannin, eannañy ciento entre los batavos y 
arcaico kinnin^ y efectivamente la nn franca coincide con la nd en chunna^ 
nombre sacado de la guerra ó de la división territorial en cien pagos allá 
en la banda septentrional de Holanda. 



580 

romanos de aquel siglo oyeron k p, iodavm slo sastituír* VUifadd^t s-» ^ 
gabera !♦% üÍíu'í, mauore, g.; uU, tr:i[n|uilld kU g., de dofidc occldeiua; 
y ^.^, /íit/i!, poleas, g.; luego los scciorcs de occ^ideotc). 
8. Toalla {Ihml, hvaorufti, g.; duahal, aaa)< 
O, TonissiüífoOí Tüfiis\iLXDo* 

40. ToHiTO, mineral dedicado al dios Thórr, de los cscaodiüairos, ó sea 
Donar de los alemaoes, Taranis de los celtas» Perun do los eslavos. Perku^ 
nm da los lituanos, Júpiter de los lalinos. Zsóí de los griegos^ f i^^nut de 
los indios» el quo fecuniliz;i k tierra, deus fortis» el tonante. De aquí por 
metátesis el apellido Tho, dlstioto de las pjrticulas proveozales íro. (roa, 
comunes ea los doe* uavarros, y qne valen haxta que, íarnus, lat. y que 
vienen de entra^ intro. 

H. TRjiSAnKaTo {TrasaUrhi, íhrasabaiihei, rixaildi audacia » §.: íiira», 
igual al gr* tpaibi^, herht, fulgente), 
4 í . Tfi ASAMUNOO ( Tkrasa mutü, g. ) 

i 3, Tainocüs, Tai noces ¡Triboeci. Trtboci, Cíos*, b, g. 1-5 y i, Ortftn»- 
ehi, ba tres hayas, aaa: 4»^ íürcíX g,, drí, aaa, tres, lat. -z^iXa; y S.«, Mfi, 
vpá|i]j^af Litter», y por extensión el árbol llamado baya, en enya corteza 
escribían los f^ermanos primitivos^ g.; bmhe, aamod). 

I L TtOKsco {ihiudis<^, genlililor, g*; dmíach^ aamod. nunca dudeam}, 
] 5 . Tufl PIN { Therp füin u s » a m ígo e n I os a p u roa ) * 

ít>. FAtiAouBTEAR, FAHAttüSTiEAtíOH* I>resentan estas voces la singnUri- 
dad da referirse la /* á una th qui^á gótica. So lee TAnAaosiBOS en Joman* 
deS| eapítalo 5. var. Zarahosterem tvocitatos pileatoa hoii qoj Ínter eos 
generosi c\stahantí» salió de tharhósiai, egentes nocesarU, acaso lambiéa 
aacríüc i sacrificantes, g. No son de Germanía aquellas vocesteomo índica u 
nuestros mejore» dtecionarios. 

IL K Atanagíldo (AthamfjildtiS, lat. AthmtjUdi, y áfi aihn, año, g,i 
¿por qué se suprimió la a, hecho más propio del sajón y del aaa, que del 
godo?) 

3. ATANAHtco (.Uhanaricus, lat. Athmreih, g., athn, año: ¿por qué se 
suprimió la o?) 
UI. Hoy algunas excepciones. 
A* Inicial, 

L Dala {dola^ tubo, canal, aaa); de aquí Adala* 
3. Dama, térra, de const. {datnm, dique, a). 
3*, Daxzak (damáti, aaa, y no de Ihinmn^ trahere, g,) 
4* DaiL {dril, desecho, escand. ant.) 
5. Drusa {drilSB, glándula, a]. 
B. Medial. 



581 

4. BoDBio, Bbodio (6ro(f, pan, aaa; brodh, anglosaj.) 

2. GüALARDÓN, P. Jazgo; Galabdón por Gadablón y GuabdÓí cat. {wi* 
derdonumy lat.; Wider, aaa; vUher, anglosaj.) 

lY. El adjetivo altheisy vetustas, senex y el substantivo althi, cuyo ge- 
nitivo es aldais, sevatn, astas, g., dieron alti vetus, aaa y aamod, aU, eaj. 
ant., oíd, ing. Son elementos formativos. 

i, Alda, Aldo, Aldonza, Aldina, Aldino {Aldo^ aaa). 

5. Aldafadih (Aldafadify el padre de los siglos, nombre mastico de 
Odin). 

3. Aldegunda [Aldgund, aaa, gvoid^ pelea). 

4. Aldelmo. 

5. Aldebigo. 

6. Aldimabo [AUmar, aaa, mar^ memorable). 

7. Aldebmanbs (Aldermanni^ senatores presbyteri, séniores poptili, 
anglosajón). 

8. Aldobrando (Alihrani, la tizona antigua, aaa). 

9. ALDBBTB, AlOBETEZ, AlDEBBTB, AlDBRBTBZ, AlDBBETI?^, ALDttET, 

Alobbito y Aldebitiz, Aldbbti, Aldbetiz, Aldbbtez, Aldoitbo, Aldüoito, 
Aldbbito, Aldebbt (AldereduSy obispo cesara ugustano del siglo vn, Alda- 
n^ aaa; vid, consejo, aaa). 

40. Altemib, Altimiba, Altimibano, Altamiba, Altamibano [AlimxT, AU 
Hmir, g.) 

U, Alto, apellido (^4/(0, aaa). 

42. Altogilo [Aliogilus, gil, arroyo, celt.) 

43. Altbuda. 

44. Altuici, Altuna [Altuni^ aaa). 

V. El substantivo adal, origo, Índoles, nobilitas, generositas, aaa; add^ 
aamod y cuyo equivalente le falta al godo, es elemento de mucbos nom- 
bres propios. 

4. Adalaldo (AdalwaUf toalt, dominador, aaa). 

?. Adalabo. 

3. Adalbaldo [AdalbalduSy aaa). 

4. Adalbbbon (Adalburo), 

5. Adalbcbgo (Adalburg)» 

6. Adaldago. 

7. AdAlgabio. 

8. Adalmabo (AdalmaH, aaa). De aquí Adimab. 

9. Adalo [Adalo). 

40. Adalbigo (Adalrih); de aquí Alaricus, Jorn., Halaricus, Casiod»; pe- 
ro según algunos viene de alls, totns omnis, g., y según Grimm suUú de 
alah: domas regia, templum. arx. 



^m 



lU Adalsikdis. 

1 3. ApAíTLWo, At^ULFOf A&oLFo, Ai»vi.tTLFQ {Adalolf^ íioajt de donde Mauí- 

fo, Athiuify l'ts irariantes Edolpo, Edolfus, y ÜBOíiaLFo, Ueodolfai. 

43. ADBgR(;ADA. 

4 4. AoELA, AoELo, Ai^iu^A [Adth^ aamod); Aso, dlm. 

45. ADELBEllflA. 
16. A0EL1IO\'DO. 
41. ADKLMO, At»BL£LMO« 

18, Adelciso- 

4 9. AtFEiüüXDi. 

W. Aqsltxoa. 

!^i . Adeluar. 

Si. Apelvtxo. 

23. AoiLA [.4í/íííi, Odila, m»; por la letra o parece que viene da auil y (!*• 
(íudags, opülcolas, beatus. g.; pero como In o puede ser posterior y h^htr 
salido de Ui a, se refiere á .4í//taifí, g*^ supucstí» la cquivalcucb catre Ki lA 
y la d que realmente cxistíé]» 

VL También os elemeoto formalivo el vocablo deus procedente de Tíjr, 
escandt ant.; Zio^ aaa; Ihsm, cclt.: *^Apr,a, gr.: Mor^, lat»; SüajaíovU^ üsL: 
PtjkuUa$, Vú.; Siva, iud. 

4* Ag ANTEO, AcATEo (/l^ar»i/wu5t i4 ijf al /ííuí, borgOílón; .4fjaníí/r, eseaud, 
ant.; Agant^r, de arican, molesüa, necessitos]^ de aquí Agatuio de algunos 
d ice i ou arios. 

f. ACEPIO. 

3. Ansedeo, Ansbde {Ansedéu$^ ffanca; A$ip, escaud. ant} 

4, StGEOEo (Sigedeus, f raneo; Sigttfr^ escand. aot*) 

Vil. Ea tambié a elemento formalivo el vocablo tem^th^m, de Ib ir, 
iefVQSi escand, ant; dio, aaa. 

L Electeo [Eiecteus^ franco; alah^ templiim). 

RAfrANTGO. 

Tküoo [Teudú, franco, y en Greg, se lee Tfmdo, Diota, Bietú^ aai). 

Teulindis {TÉulHndis, franco; Dieítini, m de los tiemp. mal,) 

Algunos nombres francos reciben una vocal epóntica, 

A rf SE Dn A NO ( ( A mn^d- ramnm) . 

Electarim) {EUctHÍ'Urdus]. 

El ecte l mú ( EUút - d-dm m) . 

E LicTU LFO ( Eleet-t -ulfm) . 

E a B E D tt D r s ( Erbs-d^ i (dis) . 

E uc A D a A XA [ Erca - d-ramna ) . 

EaxENriLnís (Erman-Mldis, f.) 

Oots {Údhin, eacand. ant.; Wtiotan de loa alemanes, *Ef|ii¡^ de \o$ 



4. 
VHl, 
4. 
i, 
3. 
4. 
5. 
6. 
7< 



583 

griegos, Mercurius de los latinos, Teutates de los celtas, Eadigast de los es- 
lavos, Potrimpos de los lituanos, Brahma de los indios. Wuotan, del verbo 
WataUy aaa, perfecto Wuot, aaa; vadha, escand. ant.; ódhy escand. ant., ir 
impetaosamente, comparable con el verbo lat. vadere), 

N. 

La nasal de las dentales pasó íntegra casi siempre. 
4. Nafrab, cat. {nabagér, barrena, aaa). 

2. Narval, térm. zool. (narh-vall, escand.: 4.^ nar por nase, narices, 
del lat. nares; 2/, valí, ballena). 

3. P^BMBTES {Nemétes, NSmétes, Css. b. g. 4-31). 

4. Neperiano, térm. mat. (Neper, escocés inventor de los logaritmos; 
el verdadero nombre es Napier, de mapparins, officium domas regiaB apud 
Anglos, coi scilicet incnmbebat, mappas, canabum, manntergia et similia 
provedere. Naparins itidem apellabnnt sed mappa et nappa tantumdem 
valebant). 

5. NiBBLUNGOs (Niebelungen, Nibelungm, los hijos de las tinieblas: 4 .®, 
Qihnipnan, obscurecerse, afligirse, g,; mp« n. caligo, anglosaj.; nt¿til, aaa 
de nebela; 2.*, ung, terminación de significado colectivo). 

6. Níquel (nickel, escand., uno de los genios mineros: se llaman asi 
por los perjuicios que aquel mineral causa en las fundiciones). 

7. NiTARDiSTA (Nithard). 

8. Normanos, Normandos, Normanoia [Nordman de north, norte, ing. y 
man, hombre, se debe la d á la parágoje, efecto de la influencia francesa. 
Lormanos por Normanoi, cual Lebrija por Nebrija, Alfonsy Anfos), 

9. NoRNAS, mit. escand. Nombre de las tres vírgenes ürdri, ürdhri, el 
pasado, Verandi, Vérhandi, el presente, Seúl, Skul, el porvenir, dan la ley 
al mundo, crean la vida y deciden sobre la suerte de los mortales. 

40. Norte (nord, anglosaj.) 

4 4 . Nuca (nocke, muesca, columna vertebral, neerl.; nocAr, muesca, ing.) 
II. 4. Alna, Ana (aleina, g.; ulna, lat.) 

3. Alguno, sobrenombre; Alguna, gente, linaje [kuni, genus, g.; atha- 
lakuni, nobile genus, g.; adalkuni, aa). La ñ proviene de la flexión, á sa- 
ber: gen. kunjis, dat. kunja. El poeta valenciano Jaume Febrer empleó la 
forma alcunya diciendo: asa alcunya, et sa real sanch,» str., 409. 

3. SoNiA (Sonta, nomb. borg., sunja, veraz, g.) 

4. SuGNBPREDO por SuÑEVRBDO {Suniefredo, Marca hisp., p. 824, como 
dagnatione por dañaeian, caugnia por caluña; Sunno, aaa; Sunna, Sol, g.; 

SUÑBR, SUNIERIGO, SUNIEMIRO). 

5. Manno. 



^4 
6> Makiií [Manmta)^ 

ItL AtEVÍ?r {ahman^ In allcini ntlamanaam ínter omnei homines). Se 
cotiiervú la n pur^i siu la parág^je qu& empica el fr., el caá! dke ñH^mciyi. 

IV. La voz uleiTiana ¿S'ajid^ audaz, es elemento form^tivo, 
1« NA?ítK) escrit, de !0t3 en el tumbo viejo de Sobnulo (Nandasasefll* 
de SaUagdD del ano 1{0S); de aquí Nandin, NandUlo, Nandutfo. 

2, NANDEauíLHiE {Nand