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Full text of "Michoacán. Paisajes, tradiciones y leyendas"

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HARVARD UNIVERSITY 




LIBRARY 

PEABOnV MUSEUM OF AMERICAN 
ARCHkOLOGY AND ETHNOLOGV 

GIPT OF 

CHARLES P. BOWDTTCH 



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MICHOACAN. 



FAl&AJRS^ TRi^OICIONTKS Y LKYKN'DAS. 



QTHO-JJlSrJDJL SERIE 



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IjA propiedad literaria de este libro qaeda aaegarada en Ioa términos prescritos 

por la ley. 



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MICHOACÁN. 



PAISAJES, TRADICIONES Y LEYENDAS 



POS BL LIO. 



EDUARDO RUIZ 



Bode d« B«Mre 4« U SMMad 

I OMgnfla 7 BaUdfatlM d« U R«p4bllM 7 del LUmo Bld«lfo d« Méstoe. aooi* owTMpMdtoat* 

M AlMiM d« Usa (P«r«) 7 alcMbr* d« 

•trM BoeltdadM liUrarlM d«l CxtraiUwo jAélfi». 



MÉXICO 



OFIOIKA TIP. DE LA SECRETARÍA DE FOMENTO 
Oall* «• 8mi AndNa ni»«« U. (ATMida OrUat* 51.> 

1900 



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i^t-z ^' 



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pnóLoao. 



Reúno en este volumen algunas leyendas inéditas y 
otras que se han publicado en diversos periódicos. Con- 
tienen tradiciones que van perdiéndose día á día, al ir 
desapareciendo lenta, pero irremediablemente, la raza 
indígena de México. 

Antes de ocuparme de la importancia historien que 
contienen y del objeto con que han sido escrita^, diré 
unas cuapt^ palabras sobre un asunto que parecía ol- 
vidado. 

Guando acababa de publicarse mi libro "Michoacán, 
Paisajes, Tradiciones y Leyendas," con gran sorpresa 
recibí la carta siguiente: 

**Museo Michoacano. — Dr. N. León, Director. — Mo- 
relia, Septiembre 21 de 1891. — Señor Procurador Ge- 
neral de la Nación Lie. Eduardo Ruiz. — México, D. F. 
— Un amigo de usted que también lo es mió, me hizo 
favor de mostrarme su obra sobre Michoacán, recien- 
temente impresa y en la cual, en casi su totalidad^ se 
digna usted acordarse de mi insignificante persona. Agra- 
dezco en todo lo que vale tan irüigne honra y desde aho- 
ra beso la mano que me corrige y magistralmente pone los 



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puntos sobre las ies. — Mas como creo poder sincerarme 
áe algunos de los varios cargos con que en ella salgo 
reo, y aun impugnar y rectificar otros que á usted per- 
tenecen, le suplico se digne remitirme dos ejemplares 
de su obra ó indicarme en qué lugar se expende, que 
con respecto á su precio, sabido que sea, daré orden á 
mi corresponsal que lo cubra. — Con mis agradecimientos 
por la honra dispensada quedo S. S.^ — N. León!*^ 

Ahorabien, cualquiera que haya leído mi citada obra, 
recordará que en las 449 páginas que contiene no lle- 
gan á diez las veces en que me ocupo de alguna opi- 
nión del Sr. León, ya para rectificarla, ya para confir- 
marla, haciendo adrede punto omiso de otras muchas 
de sus apreciaciones, notoriamente falsas é inexactas, 
porque precisamente no quiero aparecer como critico 
de un autor, cuyo talento y laboriosidad reconozco y que 
me merece el concepto de ser quien más servicios ha 
prestado, en conjunto, á la arqueología y bibliografía 
de Michoacán. 

Desgraciadamente el Sr. León ha querido presentar- 
se como el único que posee esos conocimientos y no pue- 
de menos que ostentarse celoso de los que hemos estu- 
diado y tratado la misma materia. Por mí sé decir que 
soy el primero en creer que mi obra puede contener 
muchos errores y que mi mayor deseo es que se recti- 
fiquen para bien de la historia. 

No contento el Sr. León con el texto de su carta, 
cuando publicó una gramática tarasca, en unión de un 
escritor francés, en la noticia bibliográfica que figura 
en las primeras páginas, se ocupa de nuevo de mi libro 
sobre Michoacán y estampa los siguientes conceptos: 



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P Que mi repetido libro es más bien obra de ima- 
ginación que de historia. 

2r Que es un disparate mío suponelr un origen incaU 
co á los indios tarascos; y 

3^ Que sí es verdad que conozco algo del idioma ta- 
rasco. 

Respecto del primer punto; en el prólogo que puse 
á dicho libro expresé las múltiples fuentes de donde 
tomé la narración, y en casi todas las páginas se ven 
las numerosas citas que la confirman. Confieso que no 
escasean los rasgos de imaginación, pero se podrá ver 
que la mayor parte de ellos están empleados, no en el 
relato de la historia, sino en las muchas leyendas allí 
intercaladas; asi está expreso en el prólogo, á que me 
refiero, cuando en él digo: "Este es el material que pa- 
ra formarla he acopiado. ¿Son bastantes estos elemen- 
tos para escribir una historia? No lo creo así, y por la 
tanto he adoptado el estilo legendario. El germen de 
las leyendas está en las obras que he citado y en laa 
tradiciones que me son conocidas desde mi infancia. 
Yo soy responsable de su desarrollo y el primero en 
reconocer mi insuficiencia para darles una forma lite- 
raria. Mas como en todo el relato puede encontrarse 
algo cierto y bueno, que acaso servirá más tarde para 
escribir la verdadera historia, declaro que esos datos^ 
fidedignos pertenecen principalmente al señor mi pa- 
dre y á las demás personas mencionadas. Y mi desee 
de que no se pierdan para la historia de Michoacán 
esos tesoros que he heredado de personas que ya ne 
existen, es la única disculpa de este libro." Para con- 
cluir sobre este punto agregaré que muy bien sabe el 



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Sr. León que uno de los elementos más importantes 
que me sirvieron en mi tarea fué la crónica titulada 
'*Ceremonias, ritos y gobierno de los indios de Michoa- 
cán,"* obra que dicho señor ha utilizado también en 
sus trabajos, no obstante ser tan informe, tan obscura 
y tan iliteraria, si bien tan llena de preciosos datos. 

Que es un disparate afirmar que los tarascos vinie- 
ron del Perú, no cabe duda; pero yo no he afirmado 
semejante cosa; en la leyenda inaugural de mi libro 
me atreví á lanzar esa especie como una simple conje- 
tura y asi lo digo en varias partes de la obra. Fúnde- 
me para apoyar mi conjetura en la identidad de reli- 
gión y costumbres entre peruanos y tarascos; en la tra- 
dición que existe en el país de los incas de que unas 
tribus de ellos capitaneadas por sus curacas (jefes) ha- 
bían emigrado hacia el Norte, sin que se hubiese vuel- 
to á tener noticia de ellas; en que los incas hablaban 
entre sí un idioma sonoro y elegante, enteramente des- 
conocido del pueblo, idioma que pudiera haber sido el 
tarasco, y en la semejanza de muchos nombres de lu- 
gares en el Perú, Brasil, Río de la Plata, Colombia y 
Venezuela con los de sitios y pueblos de Michoacán, 
hasta el grado de tener algunos la misma significación. 

Repito que estos no son más que datos para una 
simple conjetura; pero ellos podrán servir á los sabios 
para disquisiciones formales y concienzudas. Hánme 
dicho que el Sr. León discurre que tales elementos más 
bien podrían servir para aseverar que las migraciones 

1 Este curioso libro se cita por nosotros con el nombre de Rela- 
ción^ porque su contenido fué una relación hecha al primer virrey de 
México, D. Antonio de Mendoza. 



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de estos^ pueblos se verificaban siempre de Norte á Sur, 
y que si hay algo de común entre tarascos y Sur-ame- 
ricanos y podría decirse que estos últimos avanzaron 
su peregrinación hacia el Mediodía; pero esto no pue- 
de aceptarse si se tiene en cuenta que en el Perú había 
la tradición de que las gentes que lo poblaron habían 
llegado allí procedentes del Sur, El elegante escritor 
D. Sebastián Lorente en su '^Historia antigua del Pe- 
rú" nos describe así el origen de los peruanos: '^Eldios 
Con vino por la parte del Norte. Con no tenía huesos, 
nervios ni extremidades y marchaba con la celeridad 
de los espíritus. Con hablaba y se aplanaban las tie- 
rras, se alzaban las quebradas, la tierra se cubría de 
frutos y de cuanto es necesario para el sostenimiento 
de la vida, y nacían hombres y mujeres para gozar de 
la abundancia. 

^'Los habitantes de la costa se entregaron á toda cla- 
se de desórdenes y se olvidaron de su criador. Indig- 
nado Con de tanta corrupción transformó á los costeños 
en gatos negros y en otros animales horribles; negó las 
lluvias á la costa y la mansión, antes alegre y amena, 
ae convirtió en triste y árido desierto. 

^Tachacamac (el que anima al mundo), dios más 
poderoso que Con vino por la parte del Sur, ahuyentó 
al perseguidor de los hombres y crió la nueva genera- 
ción de la que proceden los indios." 

No hay que olvidar tampoco que uno de los objetos 
de más veneración entre los antiguos tarascos era la 
<x)nstelación del Sur (la cruz de Mayo), invisible para 
los pueblos del Norte. ¿Cómo podrían los tarascos ha- 
berla comprendido en su teogonia, si hubiesen proce- 



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dido del Septentrión como los aztecas y otros pueblos? 
Aun duran todavía sus cantares á las "cuatro estre- 
llas" que ellos creían ser la puerta del cielo, como pue- 
de verse en la crónica citada y en mi libro de Michoa- 
can en el que se expresan los nombres de los soles de 
ese grupo sideral. 

Después de escrito el "Michoacán, Paisajes, Tradi- 
ciones y Leyendas" seguí robusteciendo mi conjetura^ 
al leer diversas obras. Para no hacer difusas mis citas,, 
me ocuparé de unas cuantas. 

El historiador Prescott en su Historia de la Con- 
quista del Perú, habiéndonos de cómo se consagraba 
caballero el príncipe imperial, dice: "Venia luego toda 
el cuerpo de la nobleza inca y comenzando por el pa- 
riente más cercano, se arrodillaban todos delante del 
príncipe, y le prestaban homenaje como á sucesor de 
la corona. Toda la reunión marchaba en seguida á la 
plaza principal, en donde con danzas^ canciones y otros^ 
regocijos públicos se terminaba la in^pórtante ceremo- 
nia del htiaracu.^^ — Ahora bien, el baile se llama en ta- 
rasco huaracua y en las grandes fiestan bailaban los^ 
nobles purépecha, llevando cada uno de ellos en las 
manos ramas de quiringua^ especie de palma de forma 
elegante. 

El mismo historiador nos refiere las ceremonias que 
usaban los peruanos en el entierro de los nobles. "Co- 
mo creían que las ocupaciones de la vida futura eran 
muy semejantes á las de ésta, enterraban con los no- 
bles que morían una parte de sus vestidos, los mueblen 
y muchas veces sus tesoros, completando la triste ce- 
remonia con el sacrificio de sus mujeres y criados fa- 



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voritos para que les hiciesen compañía y les sirviesen 
en las felices regiones de la eternidad." ¿No lo hacían 
exactamente los tarascos en el entierro de sus reyes? 

Por no dejar, hasta en el Diccionario de la lengua 
castellana encontramos palabras de los idiomas qiiese 
hablan en la América del Sur, idénticas á otras del 
tarasco. Por ejemplo: Charapa^ que es nombre de un 
pueblo de Michoacán, situado sobre una loma de tierra 
colorada, dice el Diccionario que es el nombre de una 
tortuga que abunda en las aguas del Marañen. — Tu,- 
richa^ nombre que en varios pueblos de la sierra he 
oído dar á los tor¿o«y que significa ¡os negros^ es, según 
el mismo Diccionario, una are de la Nueva Granada, 
algo menor que el tordo. 

Ni sólo los tarascos creían que sus progenitores ha- 
bían venido del Perú. En el Diccionario de Geografía 
y Estadística, Apéndice, tomo II, pág. 569, leemos que 
los indios huavesy que habitan en los lagos y costas del 
Pacífico en Oaxáca y Chiapas, según su tradición vi- 
nieron originariamente del Perú, es decir, que según 
las palabras del 8r. León tienen un origen incaico. 

Por último, en el forro de la segunda entrega de) 
año 4^ (1891) de los "Anales del Museo Michoacano'^ 
de que era redactor único el Dr. Nicolés León, hay un 
aviso al lector de varios escritos originales que el mis- 
mo Sr. León "tenía preparados y en preparación" para^ 
formar el volumen 4^ de los Anales." Entre ellos fi- 
gura uno con el título de "La cerámica tarasca compa- 
rada con la peruana." Debo advertir que ese forro se^ 
publicó antes de que se imprimiese mi libro de MU 
choacán^ de modo que ya el Sr. Dr. León había halla- 



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10 

do alguna semejanza entre las cosas de los incas y las 
de los purépecAa. 

En cuanto al tercer punto de la bibliografía que con- 
tiene la gramática tarasca, no tengo otra cosa que ha- 
cer por ahora que dar las más cumplidas gracias al 
Sr. León por su bondadosa cortesía. Si alguna vez fue- 
re preciso que nos ocupemos de los conocimientos que 
él y yo podemos poseer del idioma tarasco, lo haré con 
la extensión debida, pues hay paño de donde cortar. 

Lo escrito en las lineas que preceden podría servir 
de un segundo prólogo á mi tantas veces repetido li- 
bro de "Michoacán, Paisajes, Tradiciones y Leyendas" 
que publiqué en 1891, si posible me fuera hacer una 
segunda edición, pues que la primera se agotó por com- 
pleto; pero mis ocupaciones y enfermedades me lo im- 
pedirán; por lo que me he apresurado aquí á hacer las 
rectificaciones que acaban de leerse, y prefiero emplear 
el poco tiempo de que puedo disponer en publicar este 
nuevo volumen que lleva el mismo título que aque- 
lla obra, no porque sea precisamente el tomo segundo 
de ella, ni porque entre ambas haya un enlace necesa- 
rio, sino porque las dos contienen tradiciones y leyen- 
das históricas de Michoacán. En la primera se refieren 
las que son anteriores á la Conquista, en la presente se 
relatan las que le son coetáneas ó posteriores. En aqué- 
llas se habla del estado de barbarie en que se encon- 
traban sumidos estos pueblos que, sin embargo, avan- 
zaban paso á paso en el sendero de una civilización, si 
extraña, cada día más y más creciente; en éste se con- 
signan los esfuerzos heroicos de los primeros misione- 
ros que vinieron á la Nueva España á predicar el Evan- 



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11 

gelio. A ellos y sólo á ellos, por sus grandes virtudes 
y su amor á los indios, se debió que la conquista se 
afirmase y que reinara por tres siglos una paz relati- 
va. Los indios abrazaron el catolicismo, siquiera fuese 
en sus manifestaciones exteriores; mas sucedió que tan- 
to olvidaron el curso de su antigua civilización, como 
no aprendieron los medios de la que trajeron los euro- 
peos. La raza primitiva se está extinguiendo, victima 
de la miseria y de la ignorancia. ¿Tuvieron de esto la 
culpa aquellos inf;p,tigables misioneros? Ellos dieron el 
primer paso para hacer entrar á los indios en la nueva 
vía de progreso; desgraciadamente no fueron secunda- 
dos por sus sucesores que sólo procuraron enriquecerse 
á costa de aquellos desgraciados, y que de predicado- 
res del Evangelio se convirtieron en tribunos políticos. 
Así es que de degeneración y no de regeneración les sir- 
vió haber adoptado el nuevo culto tan aparatoso y so- 
lemne, y que con sus gastos ha aniquilado la riqueza 
de los indios, fanatizados durante los tres siglos. 

No fué este por cierto el porvenir que para sus ama- 
dos hijos los indios, quisieron preparar los admirables 
frailes franciscanos, por medio de su palabra, y sobre 
todo por medio de su ejemplo. La humanidad debe es- 
tarles agradecida, por más que no hayan logrado su 
objeto, y la historia no debe olvidar la sublime labor 
que llevaron á cabo durante su existencia. 

Eduardo JRuiz. 



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A LA MEMORIA DE MI ESPOSA 

FRANCISCA SALGADO DE RUIZ. 



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ISIEIMIDPTe/Eil 



En el pueblo donde se deslizaron los días de mi niñez hay 
una humilde casa; alegre y bulliciosa en otro tiempo y hoy tris- 
te y solitaria. 

A pocos pasos de ella se levanta la iglesia parroquial con su 
pequeña torre de tosca arquitectura; y al frente, limitan una 
plazuela corpulentos y frondosos fresnos, que acotan un mo- 
desto jardín, en el que cuidadosamente han sido trasplantadas 
y crecen, llenas de vida, las más hermosas flores silvestres de 
las cercanías. Paralela á la línea de fresnos, hay otra de na- 
ranjos jóvenes que ostentan ya, lozanos ly exuberantes, sus 
ramas vestidas de un verde luciente y cuajadas de blancos 
azahares. En las bifurcaciones de los fresnos hay numerosas 
y variadas orquídeas, — bellísimas y esplendorosas flores pará- 
sitas, que en aquellos jardines aéreos, son otros tantos pebe*- 
teros de suave y delicada fragancia. 

En el patio de la blanca y bulliciosa casita hay albas "rosa- 
tés," nacaradas "rosas-reinas," tuliperos esbeltos, gallardas y 
gentiles azucenas, azaleas y gardenias de espléndida belleza, 
rojos claveles y tristes y melancólicos geranios. 

Flotan al viento las altas y brillantes hojas de un plátano 
mulato, y un surtidor de agua, más pura y transparente que 
el cristal de roca, salta alegre por énmedio de aquellas flo- 
res, llevando su murmurio al oído encantado con tantas ar- 
monías. 



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16 

Por la mañana, despertaba á ios moradores de aquella casa 
ei gorjeo de millares de gorriones que desde lo alto de los 
fresnos saludaban la presencia de la aurora, — concierto dulcí- 
simo como el eco lejano y misterioso de un coro de ángeles al 
bendecir á Dios. 

Después, penetraba por las persianas de la casa el primer 
rayo del sol, alegre y rico de esperanzas como un mensajero 
de vida. 

Llenábase de claridad la humilde estancia y cruzaban millo- 
nes de átomos brillantes por la estela luminosa. 

Derramaba el contento su bálsamo de felicidad en los cora- 
zones de aquellas gentes. 

Luego, al espirar el toque de una campana de alegres y ar- 
gentinas vibraciones, la voz augusta y solemne del órgano de 
la vecina iglesia llegaba al aposento, llenándolo de religiosas 
notas que convidaban á la oración. 

Aquel goijeo de los pájaros, las emanaciones del jardín, el 
murmurio de la fuente, el primer rayo del sol, la estrepitosa 
voz de la campana, la música del templo, derramaban tesoros 
de felicidad en la familia que habitaba la humilde y bulliciosa 
casita. 

£1 padre se preparaba para ir á sus trabajos de campo, pa- 
ra ver florecer los cafetos y aspirar el perfume de sus virgina- 
les y castísimas flores; la madre con sus trenzas de oro y sus 
ojos impregnados de infinita ternura, llenaba con su presen- 
cia aquella mansión; y ora fijase una mirada de infinito amor 
en su marido, ora cubriese de besos á sus tiernos hijos, siem- 
pre el ángel tutelar de la casa iba respetuoso á su lado. 

A poco llegaban á completar ese idilio dos ancianos llenos 
aún de la savia de la vida y fuertes de salud. 

Eran los fundadores de aquel hogar, sobre el cual, con ma- 
no firme, derramaban día á día las santas bendiciones del ca- 
riño. ¡¡¡Las bendiciones del abuelo!!! 
¡Qué bella, qué dulce es la felicidad! 



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17 

¡Tristísimo eá el otoño! La naturaleza se recoge transida de 
frío, como la crisálida próxima á sufrir una transformación. 

Se desliza el viento sobre la superfície de la tierra, como si 
viniese huyendo de los fúnebres hielos del Norte, en busca de 
las regiones templadas. 

Las rosas se marchitan y palidecen y mueren sus colores. 

El cielo está limpio y terso: es purísimo el azul de su bóve^ 
da; pero frecuentemente cruzan por él nubes tenues, de blan* 
ca transparencia, formadas de inñnito número de copos de nie- 
ve, como si una mano invisible y poderosa quisiese cubrir 
aquel cielo con las gasas de un albo sudario. 

De día, parece que los rayos del sol queman, sin derramar 
sobre la tierra el fecundo calor que todo lo anima y vivifica. 

De noche, el pálido disco de la luna es como una antorcha 
sepulcral suspendida sobre nuestras cabezas. 

Oímos en el bosque extraños y melancólicos rumores, pro- 
ducidos por la caída de las hojas. Ese ruido semeja unas ve- 
ces el roce de un vestido de seda de algún triste fantasma, asi 
se oye crugir misteriosamente entre los troncos de los árboles; 
á veces esos rumores llegan á nuestros oídos como la fúnebre 
oración de algunas almas errantes que buscan el paraíso, yá 
veces suenan tiernos y lastimeros, como si el viento, al atra- 
vesar, despertara mil y mil suspiros depositados allí por el ge- 
nio de la melancolía. 

Los pájaros huyen despavoridos de aquellos lugares, aban*^ 
donando sus desiertos nidos, poco antes poblados por el amor^ 
y de donde acaban de partir sus polluelos, hendiendo el espa- 
cio con las alas tendidas. 
Las ondas mismas del arroyo murmuran tristemente 



Es la época del año en que los que viven consagran un día 
á la memoria de los muertos. 

Las cotonas y las flores que adornan los sepulcros tienoO' 
un tinte de tristeza y de dolor que oprime el corazón. 

Míchoacán.— 2 



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18 

Parece que en esos instantes es más pesada, más inexora- 
ble, más fría la mano de la muerte. 

Y si durante un año hemos olvidado á nuestros muertos, va- 
mos un día á abrir las fuentes del llanto al borde de las tum- 
bas. 

¡Oh! si el fuego de las lágrimas pudiese volver la vida á aque- 
llos seres queridos! Si el eco de una voz cariñosamente cono- 
cida respondiese á nuestros sollozos! 

Y los que tienen un padre, un hijo, un esposo, muertos en 
lejanas tierras y sepultados en tumbas ignoradas, ¿á ddnde 
irán á llorar? ¿á dónde llevarán sus flores? Sus lágrimas re- 
troceden de los ojos y caen, gota á gota, en el fondo de su co- 
razón 



Tres seres queridos faltan en la humilde casita rodeada de 
fardines. Tres negros ataúdes han conducido á la mansión de 
los muertos á los dos ancianos vigorosos todavía, y á la noble 
matrona de los cabellos de oro y de los ojos apacibles y puros 
como su alma, en cuya casta frente brillaban los destellos de 
la juventud. 



Una mañana salió de la triste y sombría casita un hombre 
que conducía tres niños. Un reguero de lágrimas indicaba el 
camino que seguían. Abandonaban aquel albergue, de donde 
había desaparecido la felicidad, é iban á buscar consuelo á tie- 
rras lejanas. ¡Como si la felicidad y el consuelo pudiesen ser 
inseparables! 



Los árboles que vieron caer de sus ramas las hojas secas 
que se llevó el viento, ya otra vez vuelven á cubrirse de reto- 
ños, y sus frondas se ostentan vestidas de esmeralda. 

Los pájaros que abandonaron sus nidos solitarios tornan de 
nuevo á ellos y saludan la vida con sus dulces gorjeos. 



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19 

Otras flores entreabren sus botones, impregnando de aro- 
ma virginal el ambiente que las rodea. 

Los arroyos murmuran dulcemente 

Y la primavera, abriendo apresurada las áureas puer- 
tas de la aurora, envuelve á la tierra con su caliente manto, 
sembrando por doquiera los eficaces gérmenes de la fecunda- 
<;ión, de esa alma diosa que, en el misterio de su actividad, 
despierta periódicamente en el mundo, para hacerlo renacer 
bsgo el imperio de su mirada omnipotente. 



Sueltan su voz sonora y alegre las campanas llamando á la 
oración; el órgano llena el viento con la melodía desús solem- 
nes y religiosas notas y un rayo de sol, purísimo y bri- 
llante, penetra por las persianas de la blanca y humilde casita 
y va á iluminar una alcoba desierta y solitaria para siem- 
pre ! 

Uruápaifi Marzo de 1881. 

Eduardo Ruzz. 



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EL :E'TÍ,AJTTtXaXJDXa. 



Eran los últimos días de Noviembre del año de 1519. 

La parte del lago de Pátzcaaro que se extiende al pie de la 
ciudad de Tzinlzúnzan se rizaba en infinitas ondas de color pío-* 
inizo como finísimo encaje de una sombría vestidura. 

Soplaba un viento helado y sutil que azotaba el rostro de 
los hombres, que atería los brazos de las mujeres y que obli- 
gaba á los niños á encerrarse en el interior de las habitaciones 
en torno de la lumbre del hogar. En el bosque, á impulsos del 
cierzo, se desprendían de los árboles las hojas marchitas que 
se arrastraban en el suelo produciendo un rumor siniestro, 
semejante al riíido de pasos de fantasmas invisibles. 

De cuando en cuando, tañía lúgubremente la qmríngua en 
lo alto de los templos, llamando á los fieles á la oración de la 
tarde. 

II 

A esa hora, el anciano rey Siguangua recorría á pasos len- 
tos el amplio corredor del palacio. 

El cielo estaba terso y puro como lo está en esas frías no- 
-ches de Noviembre en que parece que las estrellas titilan más 
rápidamente, en que la luna denrama una luz más argentina y 
*en que es más insondable el abismo del espacio. 



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22 

Pero no era para contemplar el misterio de la bóveda celes- 
te para lo que el monarca había abandonado el interior de sus^ 
aposentos. Honda pena se dibujaba en su frente rugosa por 
los años y los pesares. De tiempo en tiempo sus ojos despe- 
dían una mirada de inquietud, fijándose ansiosos én la puerta 
principal del alcázar. 

En ese día esperaba la llegada de los mensajeros que había 
enviado á México, en compañía de los embajadores del em- 
perador Motecuhzoma, cuando este príncipe solicitó su auxilio 
contra los extraños hombres que, venidos en mala hora del 
oriente, avanzaban sobre la capital del Anáhuac. Los mensa- 
jeros debían traerle noticias ciertas de los sucesos. 



III 

De repente se escuchó el timbre dulcísimo de una voz de^ 
mujer entonando un himno religioso. La frente del monarca $e 
despejó como por encanto: una mirada apacible, semejante al 
tenue fulgor de una antorcha próxima á extinguirse, irradió en 
sus ojos, cansados ya por la edad, y se dibujó en sus labios 
una sonrisa de amor y de dulzura. 

La joven, porque joven debía ser aquella mujer, cantaba 
una plegaria al lucero de la tarde, á esa dulce estrella que ve- 
neraban tiernamente los tarascos. Hé aquí una estrofa de 
aquel canto: 

"Oh tú, hermoso mensajero de los dioses, que te ostenta» 
en el azul del cielo con un brillo tan puro como si hubieses 
arrebatado al sol la lumbre de su disco, velada con el manto 
del crepúsculo, escucha nuestro canto y derrama sobre noso- 
tros tu dulce placidez." 

Quien así interrumpía el silencio de la noche era la apacible 
y casta Sesángari (la que tiene el semblante hermoso), la 
más joven de las esposas del monarca, la tierna hiña de dies 
y seis años que llenaba con su hermosura el espléndido serra» 
lio de Siguangua. 



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28 



IV 

¿De dónde hablan traído aquella flor, trasplantada hoy en 
los jardines de la imperial ciudad? 

Los comerciantes que sin cesar recorrían el dilatado reino 
de Michoacán habían referido al rey que en el fondo de la más 
obscura serranía, en el oculto pueblo de Patamban, existía, 
hija única del cacique, una niña cuya singular belleza no tenía 
rival entre todas las mujeres de la tierra. Decían que su seno 
apenas comenzaba á ondular como las primeras olas que la 
brisa infla durante la mañana en la superficie del lago, y que, 
sin embargo, su talle se alzaba ya, flexible y enhiesto, como 
los pinos de cinco años que alardean su gallardía. 

Al escachar la nueva, Siguangua sintió que su pecho des- 
pertaba de su sueño senil, como si una nueva juventud virtie- 
se en sus venas el filtro del amor. 

Llamó á dos de los más respetables sacerdotes de la Corte 
y los envió en embajada á Patamban, á donde llegaron carga- 
dos de presentes y de elocuentes guandácuas (arengas), á que 
no fueron indiferentes los padres de Sesángari. 

Pocos días después, el monarca con su brillante comitiva, 
descendía del Yahuarhuato, uno de los cerros inmediatos á 
Tzintzunzan, llevando á cuestas la sagrada leña para encender 
el nuevo hogar. Aún no conocía á su joven prometida, pero 
al llegar el monarca, las matronas de la Corte condujeron á 
Sesángari, coronada de flores recién entreabiertas, al gran pa- 
tio del alcázar. Miróla extático el anciano, y observando que 
la adolescencia acababa apenas de ceñir aquella frente con la 
corona de la pubertad, tuvo compasión de la niña y no quiso 
sacrificar el despertar de aquella primavera á los rigores del 
invierno que reinaban en su propio corazón. Se desposó con 
ella; pero desde aquel momento solamente la amó con ese 
amor tierno, puro, inmenso y sublime con que un padre ama 
á su hija. 



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H 



Biguangua tenia cuatro hijos varones llamados Tzimtzicha, 
Halzinche, Tanímarascu y Guyne. El primero, que era el pri- 
mogénito debía heredar el trono con el nombre de Tan- 
gaxhuan II; pero aunque llegó á ser rey, los purépecha (este es 
el nombre patronímico de los habitantes de Michoacán), no lo 
conocieron más que con su apodo de Tzimtnicha por el ceceo afe- 
minado de su voz. Y como era su voz era su carácter. Por es- 
to Siguangua se entristecía muchas veces, pensando en el por- 
venir de su reino, en donde todos los monarcas habían sido 
valerosos guerreros que ensancharon los domipios de líichoa- 
cán, que llenaron de gloria sus ejércitos. 

Muy al contrario del principe heredero, eran sus hermanos, 
valientes, abnegados, duros para la fatiga. En más de un com- 
bate habían ya probado el ímpetu de su ardor. Distinguíase 
entre ellos el apuesto Tanimarascu (Tanimarascu, el tenido en 
tercer lugar, el tercero de los hijos), para quien la guerra era 
el mayor placer y la caza una mera distracción. Los purépe- 
cha lo adoraban con entusiasmo y sus hermanos Hatzinche y 
Guyne veían en él la esperanza del reino: eran los primeros 
en obedecerlo, en respetarlo y en tributarle cariño. 

En aquella época en que la paz había durado largos meses, 
Tanimarascu, para matar la monotonía y el fastidio que devo- 
raban su alma, había hecho un viege á Coyucan, en donde la 
cacería del tigre en los bosques y la del caimán en el fondo de 
las aguas del río grande habían disipado su cansancio y su 
mal humor, 

VI 

Cuando á su regreso de aqueUa alegre excursión penetró en 
^1 alcázar real, sus ojos contemplaron maravillados la espléa* 
dida hermosura de Sesángari, aquel talle esbelto como la 6ii-r 



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86 

"pcáa (nombre tarasco de la espadaña) del lago, aquella mira- 
da á la vez brillante y dulce, como los primeros rayos del sol 
de la mañana, la airosa redondez de sus formas y los nacien- 
tes botones de la flor de la juventud. Daban en aquel momen- 
to mayor realce á la hermosura de la joven un blanco guaneu' 
go (traje flotante de las mujeres michoacanas), bordado de lu- 
cientes colores y una guirnalda de ninfeas, cuyo matiz dorado 
resaltaba en el ébano de la undívaga cabellera. 

¿Para qué decir que Tanimarascu sintió arder en su cora- 
zón el fuego del amor? ¿Para qué ocultar que del fondo de los 
ojos de Sesángari surgió ante la vista del mancebo una llama- 
rada de no sé qué lumbre misteriosa? 

Jamás Tanimarascu había puesto su predilección en alguna 
doncella: sus ilusiones todas estaban cifradas en la guerra; mas 
al contemplar á Sesángari creyó llegada para él la hora de la 
suprema felicidad. 

Un cielo de esperanza se abrió en la inmensidad de su al- 
ma cuando vio á la doncella vestida con el traje de las gua- 
nánoheeha^ de las vírgenes ingenuas, consagradas al sol, muje- 
res que deberían renunciar á las delicias nupciales, á menos 
que el rey ó los príncipes sus hijos las eligiesen para esposas 
y compañeras de su vida. 



¿Por qué vestía Sesángari el traje de las doncellas? 

Siguangua que, como queda dicho, sólo experimentó por la 
joven un inmenso cariño paternal, la alejó de su lecho y la hi- 
zo ingresar en la guatáppera (mansión de las guanánchecha), 
como si se sintiese indigno de poseer aquel tesoro que debía 
consagrarse más bien al rey del universo, al incandescente as- 
tro que fecunda con sus rayos todo lo creado. 

Tanimarascu ignoraba este sagrado idilio. Sabía tan sólo 
que era él el predilecto entre los hijos de Siguangua y no du- 
dó que su padre le otorgaría á la hermosa doncella cuando se 
la pidiese para esposa. 



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26 

Así lo creía mientras en extática arrobación contemplaba á 
Sesángari. Tuvo por fin que separarse de aquel sitio, y al re- 
tirarse á sus habitaciones se encontró frente á frente con su 
hermano Tzimtzicha, quien con acento lleno de ironía y dibu- 
jando en sus delgados labios una sonrisa de orgullo, le dijo: 

— Hermosa guanancha! Yo también he admirado sus gra- 
cias. Mas tú ignoras que esa joven es esposa de nuestro pa- 
dre. 

— ¿Esposa de mi padre? 

— Sí; Sesángari es la última mujer que Siguangua ha traido 
á su lado. No ha pasado aún una luna desde que ella está en 
la guatáppera. 

— Pero si está en ese sitio, no debe ser aún la esposa del 
rey. 

— Hé aquí tu error. Lejos de sacarla de allí para colocar en 
su frente la corona nupcial, la ha apartado de su lecho, y pu- 
ra é ¡nocente, la ha consagrado á Dios. 

— Entonces esa niña es sagrada para nosotros, exclamó Ta- 
nimarascu, en cuyo corazón se despertaron los celos. Enton- 
ces Sesángari no puede pertenecer á ningún hombre. 

— Vas muy lejos en tu pensamiento, hermano mío, repuso 
Tzimtzicha. Mí padre está ya muy anciano y no pasará mucho 
tiempo sin que yo sea el heredero de cuanto posee. 

Tarimarascu se mordió los labios de cólera y lanzó una mi- 
rada de desprecio á su hermano. Cogió una flecha de su car- 
cax; pero el cielo no permitió que durase la terrible idea que 
había cruzado por su mente. Armó el arco y apuntó á una 
blanca mariposa que con vuelo tortuoso pasaba á veinte pasos 
de distancia y que cayó dividida en dos mitades atravesada 
por la saeta. 

Tzimtzicha, que no había perdido uno de los movimientos 
de su hermano, palideció hasta la lividez y se alejó precipita- 
damente, lleno el pecho de envidia y de temor. 



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27 



VII 

El anciano Siguangua había estado oyendo largo rato el dul- 
ce canto de Sesángari. Df^spués, la doncella varió de tema y 
con voz trémula de emoción, entonó otra plegaria á la luna, 
diosa de los tarascos, terrible é inexorable si preside los com- 
bates ó los sacrificios, pero misteriosa y tierna cuando en no- 
che serena recorre los espacios infinitos, auyentando con su 
luz apacible las tinieblas que envuelven á la tierra. 

"Madre, — cantaba Sesángari, — tú que sigues tu marcha á 
través del firmamento, seguida de un cortejo de estrellas, pro- 
tege á los puréppecha que son tus hijos y que te adoran y te 
temen. Prolonga los días de nuestro rey que es tu vasallo y 
en quien el pueblo cifra su esperanza. Tú que recoges, al venir 
la noche, los últimos rayos de nuestro padre el sol y los derra- 
mas pálidos sobre la haz de la tierra, ilumina nuestra alma 
para que sepamos adorarte. Tú que has atravesado, casta y 
solitaria en medio de los tiempos, conserva en nosotras, las 
vírgenes del sol, la pureza del corazón para que cuando mu- 
ramos, nuestras almas se conviertan en estrellas que te acom- 
pañen en el cielo.'' 

Así cantaba la doncella. Ei anciano la escuchaba absorto y 
complacido, cuando vino á distraer su atención creciente ru- 
mor de voces. 

Un numeroso grupo de personas se acercaba al palacio. El 
rey comprendió que llegaban los embajadores. En efecto, apa- 
recieron rodeados de grande acompañamiento de nobles, 
distinguiéndose de éstos en el ancho manto de algodón de ex- 
quisita blancura que atado con un nudo en ei pecho caía en 
ondulantes pliegues; las plumas de su penacho flotaban incli- 
nadas á la espalda; sostenían en el brazo izquierdo un escudo 
redondo y una larga saeta en la mano derecha. 

Ei rey se había dirigido al salón principal del palacio y allí 
recibió á la comitiva. Los embajadores dieron cuenta de su 



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28 
comisión é informaron cómo eran los extranjeros, las armas 
que usaban, y dijeron además, que traían consigo unos anima- 
les más grandes y más fuertes que los venados; que á veces 
los españoles formaban un solo cuerpo con dichos animales, 
los que, entonces, despedían rayos por los ojos, echaban es- 
puma por la boca y eran más ligeros que el viento. 

Admirado Siguangua preguntó de dónde habían adquirido 
los extranjeros animales tan extraños. 

— No sabemos, señor— contestó el más anciano de los men- 
sajeros — pero hay una antigua tradición que pudiera expli- 
carlo. 

—Refiérela. 

— Cuentan ^ que los dioses Cupánzueri y Caheri hirepe ju- 
gaban á la pelota y que habiendo vencido aquél, sacrificó á su 
competidor en un pueblo llamado Xacona. La esposa de Ca- 
heri hirepe que vivía en tierra caliente dio á luz un niño, el 
cual, habiendo crecido, se hizo cazador; y cierta vez que apun- 
taba con su fiecha á una iguana^ le habló ésta y le dijo: "no 
me fleches; mira que á tu padre lo sacrificaron y está enterra- 
do en Xacona.^^ £1 mancebo deseoso de vengar al autor de 
sus días, fué al lugar en que estaba la y acata ó sepulcro de su 
padre, cavó largo rato y sacó el esqueleto que se echó á cues- 
tas. Ya iba en camino, cuando en un herbazar vio una banda- 
da de codornices y dejó á su padre para tirarles. Las aves em- 
prendieron el vuelo, y cuando el flechador volvió al sitio en 
que se hallaban los restos de Caheri hirepe, halló á éste con- 
vertido en un animal grande, como venado, con una cola lar- 
ga y cabellera en la cerviz, y oyó que le decía: "por ahora no 
me volveréis á ver; llegará un día en que torne, entonces vo- 
sotros huiréis como codornices.^^ Y fuese el animal hacia el 
oriente, por donde vienen los extranjeros, y nadie volvió á 
verlo. 

El rey inclinó la frente, y Heno de tristeza escuchó el resto 

1 Belacidn, pág. 79. 



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89 
del mensige, que en substancia consistía en el auxilio deman- 
dado por Motecuhzoma para la guerra contra los españoles. 

— No podemos tener confianza en los mexicanos, — contestó 
Síguangua — acaso sólo tratan de entregarnos á los españoles. 
Aquí pelearemos para defender nuestras tierras. Entretanto, 
que el pueblo se consagre á la oración y que los sacerdotes no 
descansen en' hacer ofrendas á los dioses. 



VIII 

Los embajadores y su séquito se retiraron. Allá, en el' fon-* 
do del salón, sólo quedó Siguangua con la frente reclinada en 
las manos. Más de una lágrima surcó las rugosas mejillas del 
anciano, yéndose á estrellar en el suelo. 

Quién sabe cuánto tiempo habría permanecido en esta acti* 
tud, si no le hubiese sacado de su arrobamiento un ligero rui- 
do de pasos. 

— ^áPor qué está triste hasta la muerte el rey de los purépe- 
cha? — Preguntó Sesángari, entrando al aposento. — Si los años 
han marchitado el árbol de tu vida, tu esclava es una flor que 
lo rejuvenecerá; si algún pesar hiela tus venas, aquí tienes mi 
sangre pura y caliente para despertar con su calor las alegrías 
muertas de tu corazón. 

— Pobre niña — respondió el anciano. — Yo moriré enmedio 
de mi pueblo y rodeado de mis hijos; mas ¿qué será de uno y 
otros después de mi muerte? ¿Qué será de tí, blanca flor que 
llenas el jardín de mi vida, cuando ésta se agote y te falte la 
savia de mi amor paternal? Los días del reino están contados. 

— ^Ya sé que avanzan sobre México unos osados extranjeros; 
pero Motecuhzoma es grande y poderoso; y más grande y va- 
liente eres tú, rey de los invencibles purépecha. 

— Ojalá que tus labios dijeran verdad. Mucho tiempo hace 
que están fundadas México y Michoacán. En estos dos reinos 



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80 

se miraban los dioses. ^ Pero desde que el sol cruza por los 
cielos, jamás se había oído decir que viniesen esos hombres 
extraños. ¿Serán acaso sobrenaturales? 

— Padre mío, dicen que vienen por el mar, y que son hom- 
bres de otras tierras. 

— Verdad es que vienen por el mar; pero el mar se junta 
con el cielo. Del cielo vienen, hija, y no los podremos vencer. 

— Desecha esos temores, padre mío. ¿Nuestros antepasados 
no vinieron también del cielo traídos por los rayos del sol? 
¿Por qué no han de poder luchar los purépecha contra esos 
hombres extraños? 

— Ah! los purépecha son leales y valientes; mas si yo mue- 
ro, ¿quién los conducirá al combate? Tzimtzicha tiembla de- 
lante del enemigo. 

— Es hijo tuyo también el príncipe Tanimarascu, el deno- 
dado capitán que lleva siempre á nuestros guerreros por el ca- 
mino de la gloría. 

— El rey quedó pensativo, y después de algunos instantes 
levantó los ojos al cielo como para pedirle inspiración. Des- 
pués volviendo su mirada hacia la joven, exclamó con miste- 
rioso acento: 

— T(MhuriaJla himbó. — ^Tú serás la reina de esta tierra! Ve 
á reunirte, hija mía, con tus hermanas las víi^genes del sol. 

IX 

Sesángari salió del salón, meditando en las últimas palabras 
del rey. ¿Qué misterio encerraban? Lejos de retenerla Siguan- 
gua en sus aposentos, la mandaba tornar al santuario de la 
virginidad. Una idea que surgió en su pensamiento la hizo es- 
tremecer hasta la última de sus fibras. ¿No era costumbre sa- 
grada en el reino de Michoacán que, al morir el monarca, el 
príncipe que le sucedía en la corona tomase por esposas su- 

1 BelaciÓD, pág. 78. 



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81 

yas á las esposas de su difunto padre? Ella debía pertenecer 

en consecuencia á Tzimtzicha 

La joven desechó esta idea: había algo en lo íntimo de su 
corazón, como una voz celestial, que le decía: ¡eso no puede 
suceder! ¿No es también una costumbre sagrada que al mo- 
rir el rey sacrifican algunas de sus mujeres para que lo acom- 
pañen en el eterno viaje? ¡Qué hermoso, qué dulce sería para 
ella servir de báculo al anciano en el viaje sin ñn! 



Tzimtzicha, retraído de sus hermanos, alejado siempre del 
pueblo, sintiendo contra aquéllos un odio profundo y contra 
éste un desprecio altanero, veja pasar los días de su padre en 
una ancianidad creciente. Pensaba en que era ya largo el rei- 
nado de Siguangua. Y pensaba también en Sesángari; en el 
momento en que debería recibirla pura, como las vírgenes del 
sol, saliendo intacta del frío lecho del monarca. 

¿Tan grande era el amor que Tzimtzicha experimentaba por 
la joven? ¡Oh, no! La posesión de Sesángari era tan sólo un 
triunfo que obtenía sobre Tanimarascu, el aborrecido objeto 
de su envidia. Y al pensar en esto, Tzimtzicha sonreía satis- 
fecho, con la sonrisa del malvado. 

XI 

Hacía muchos días que los habitantes de Tzintzúnzan veían á 
Tanimarascu vagar triste y silencioso por los vecinos bosques. 
Había hecho de su corazón un santuario para colocar en él la 
imagen de Sesángari; pero á veces lo atorn^entaba el pensa- 
miento de que también había erigido allí un altar al sacrilegio. 
Tan sagrada era para él Sesángari, esposa de Siguangua, como 
más tarde esposa de Tzimtzicha. Entonces, invocando al ángel 
del deber, hacía un supremo esfuerzo para arrojar de su corazón 



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82 

hasta el menor recuerdo de la niña. Aquel esfuerzo era supe* 
rior á su voluntad. Y corría al fondo de la selva para que na-* 
die pudiera escuchar sus gritos, llamando áSesángarí. Y cuan- 
do el viento gemía entre los pinos, ó cuando se dejaba oir el 
canto de algún pajaro distante, le parecía que la voz de Sesán* 
gari murmusaba á su oído juramentos de amor. De nuevo vaci- 
laba, se estremecía azorado é invocaba á los dioses, pidiéndoles 
que cuanto antes hiciesen llegar á Michoacán á aquellos ex- 
tranjeros que traían la muerte en el trueno y en los rayos que 
despedían sus armas. 

XII 

¡TcUá huriata himból había exclamado el rey al despedir á 
la doncella. Esas palabras significaban: "¡por nuestro padre el 
sol!" y eran entre los purépecha el juramento más solemne 
que podían pronunciar labios humanos. 

Siguangua había concebido una idea que podría ser la sal- 
vación de su reino y el cumplimiento de un voto secreto de 
su corazón. 

Había entre sus consejeros un anciano respetable llamado 
Timas, en cuyos labios la sabiduría se convertía en palabras 
llenas de juicio, y á veces de seguras predicciones. Lo llamó á 
su lado y tuvo con él una dilatada conferencia. 

Cuando Timas salió del aposento real sus ojos brillaban de 
alegría. 

— Señor— dijo al despedirse de Siguangua — Que los dioses 
me perdonen; pero tus palabras son órdenes, y tu pensamien- 
to es noble y generoso para con la patria. 



XIII 

En las altas horas de aquella misma noche Tanimarascu se 
dirigió á la alcoba del rey: al entrar, sus ojos se fijaron en Se-^ 



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88 

sángari, que besaba apasionadamente la cabeza del anciano. 
El principe sintió que un abismo se abría á sus pies; hizo un 
esfuerzo poderoso sobre sí mismo y trató de retirarse^ 

— Espera — le dijo Siguangua — Te he mandado llamar para 
que escuches mis órdenes. 

La jó?en levantó sus ojbs y miró al guerrero con inmensa 
ternura. Tanim arasen acabó de serenarse y se acercó al lecho 
del monarca. Este atrajo hacia si á los dos jóvenes, y en voz 
biga deslizó en sus oidos unas cuantas palabras 

El principe y la esposa del rey se miraron, con una mirada 
tan profunda como si el destello que la iluminaba hubiese 
atravesado la inmensidad del cielo. * 



XIV 

Desde aquel día Tanimarascu y Sesángari no ocultaban su 
mutuo amor, por más que la prudencia velase con su manto 
aquel infínito cariño. 

Los cortesanos comenzaron á murmurar y estas murmura- 
ciones llegaron á oídos de Tzimtzicha. Se decía que el anciano 
rey iba á convocar á los sacerdotes y régulos de todo el impe- 
rio para que su matrimonio con Sesángari fuese solemnemente 
anulado. En el pueblo se dividieron las opiniones; quiénes de- 
cían que jamás entre los purépecha se había visto que pudie- 
sen separarse dos esposos unidos bajo los auspicios del sol y 
de la luna; que las leyes sólo permitían que el marido repudia- 
ra á la mujer en caso de infidelidad, sin que ésta pudiese con- 
traer nuevo matrimonio. Otros decían que no se trataba de 
repudiar á Sesángari, cuyas virtudes eran reconocidas por to- 
dos, sino simplemente de declarar inválido un matrimonio que 
ya lo era por la naturaleza, circunstancia esta última que ja- 
más se hanía presentado en la historia de los reyes de Michoa- 
cán. 

No había uno solo de los cortesanos que no emitiera su pa* 

Mlchoacán.'^S 



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84 

recer en uno ú otro sentido; pero no había uno solo tampoco 
que no fuera partidario de Tanimarascu, y que no deseara pa- 
ra la feliz pareja una 'decisión favorable. 

Solamente Timas permanecía obstinadamente reservado, lo 
cual aumentaba la ansiedad de todos por conocer su opinión 
que, como siempre, debería ser prudente y sabia. 

Sin embargo, algunos curiosos lo habían visto hablar miste- 
riosamente con Tzimtzicha. El heredero del trono se mostra- 
ba cada día más taciturno. Se veía centellear en sus ojos el 
fuego de la venganza. Algunos de los favoritos contaban, bajo 
la más absoluta reserva, haberle oído pronunciar las siguien- 
tes palabras: "Antes de que se verifique tal infamia me rebe- 
laré contra mi padre y mataré á mis hermanos.^' 

XV 

Más y más iba excitando los ánimos esta cuestión de tan se- 
rias trascendencias para el reino, y, como sucede en semejan- 
tes casos, hasta se formó un pequeño partido en favor de Tzim- 
tzicha, quien envalentonado por estas manifestaciones, perdió 
toda prudencia y hablaba ya como rebelde. 

Quién sabe hasta qué punto habría tomado grandes propor- 
ciones tal estado de cosas, si no fuera porque repentinamente 
llegó á la ciudad la noticia de la muerte de Motecuhzoma y de 
la derrota de los españoles en la noche triste. 

La alegría estalló en todas partes; los purépecha se entrega- 
ron á las fiestas y al regocijo. La esperanza volvió á prometer 
á aquellas gentes días de tranquilidad y de ventura. Por todas 
partes se decía que los extranjeros habían sido aniquilados. 

xvi 

Todo es entusiasmo y contento en el país de las montañas 
y los lagos 



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85 

Mas ¿qué espectro invisible, perp implacable y sediento de 
sangre, recorre la extensión de Michoacán? Sus flechas hieren 
de muerte á los purépecha; en lo alto del templo sacriñca á los 
sacerdotes, diezma las filas de los guerreros; envenena la le- 
che de las madres y deforma el semblante hermoso de las don- 
cellas; sorprende á los niños en la cuna y los devora sin pie- 
dad. 

¡Ya no bastan las sepulturas para enterrar tantos cadáveres! 

¡El aire está emponzoñado y por doquiera se respira el alien- 
lo de la muerte! 

¡Aquel espectro es la viruela, espantosa aliada de los 

españoles! * 

XVll 

Enmedio de (an terrible situación, Siguangua convoca á la 
nobleza para tratar en el consejo asuntos de vital importancia. 

Llega la hora de la cita: los Señores acuden tristes y cabiz- 
bajos; pues cada uno de ellos ha visto desaparecer en su hogar 
las prendas más queridas de su familia, víctimas de la inexo- 
rable epidemia. 

£1 concurso es, sin embargo, numeroso en las antesalas y 
permanecen aún -cerradas las puertas del salón principal. 

En los grupos reina el silencio. Solamente en un sitio apar- 
lado hablan en voz baja Timas y Tzíratzicha. 

— No olvides— decía aquél — no olvides que las tradiciones 
son sagradas y que los purépecha sólo seguirán al combate al 
rey que sea legitimo. Sostén tus derechos con toda energía, 
jura que serás el más valiente entre todos los guerreros del 
reino. 

1 £1 negro Francisco Bguía que vino de grumete en la escuadra de Panfi- 
lo de Narváez, fué el que, hallándose enfermo de tan terrible mal, trajo en 
1520 el contHgio que tantas ríctimas hizo entre los indios do la América. 

Los tarascos llaman á la yiruela euarú$hecua^ cuyo significado no he podi- 
do averiguar. 



» 



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86 

—Lo haré, lo haré, contestó el principe á Timas, que ocul- 
taba una sonrisa de ironía; pero si el rey se arrepiente y an- 
tes de abdicar me envía á la guerra, ¿qué haré entonces? 

— El rey está resuelto á abdicar, pero exigirá de tí que pre- 
viamente vuelvas victorioso de la campaña. 

— Y cuando yo sea rey ¿podré vengarme de mis enemigos? 
• — Te vengarás de ellos, Tzimtzicha 

Timas miró con ojos indignados al príncipe, horrorizado de 
que en aquel pecho no hubiese más que envidia y cobardía, y^ 
tentado estaba á no seguir, por su parte, la intriga que Siguan- 
gua y él habían concertado para despertar la ambición de 
Tzimtzicha, y comprometerlo á cometer toda clase de atenta- 
dos que lo hiciesen más impopular. 

Verdad que había sido siempre costumbre entre los taras- 
cos que ocupase el trono el primogénito del rey que acababa 
de morir; pero es cierto también que el monarca tenia la facul- 
tad de designarlo, y los reyes aliados y los altos dignatarios de 
la corona la de ratificar el nombramiento: de suerte que, si no- 
de hecho, de derecho la monarquía era electiva. A Siguangua 
le pareció más fácil, de acuerdo con los consejos de Timas, 
romper la tradición, abdicando el trono, que designar sucesor 
para después de su muerte: así podría imponer su respeto pa- 
ra evitar la anarquía ó los trastornos que pudieran sobre- 
venir. 

Por su parte, Tzimtzicha, que era profundamente astuto, no 
omitía medio de hacerse de partidarios, logrando reclutar el 
mayor número entre los sacerdotes, cuya codicia halagó con 
promesas de cuantiosos bienes. 



XVlll 

Aún continúan cerradas las puertas del salón principal. La 
mucheducmbre de cortesanos comienza á dar señales de im- 
paciencia. 



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tr 

De improviso se escuchan gritos de angustia que proceden 
<le la alcoba real. Se oyen los sollozos de las esposa y de las 
hijas del monarca. 

Siguangua está herido de muerte; un frío fntenso ha invadi- 
do todos los miembros de su cuerpo; en seguida, fuego voraz 
io quema desde la epidermis ha9ta las entrañas. Se enrojece 
el semblante y una sed inextinguible lo martiriza. ¡La viruela 
déme sobre él sus alas de muerte! 

En un momento, en que el delirio parece abandonarlo, ha- 
ce entrar á su aposento á los nobles convocados y les habla en 
ios siguientes términos: 

— Nobles señores de las cuatro partes del mundo, la muer- 
te ha traspasado el umbral de mi choza. Los dioses de las 
cuatro estrellas abren ya para mi las puertas del cielo. Escu- 
•cbadme, vosotros los gaanaxheos^ que coronáis vuestras fren- 
tes con el salvaje fruto del pino; moradores de Zaoapu^ deseen- 
clientes de los invencibles tecos; ardorosos huetama que habitáis 
en las márgenes del más grande de los ríos, y vosotros iniani 
une tenéis vuestras chozas en las montañas de la Sierra Ma- 
dre, ya sabéis que han venido del Oriente unos hombres que 
se dicen hijos del sol y que intentan arrebatarnos nuestras tie- 
rras. ¿No tiene hijos Curicaueri? ¿No los tiene Xaratahga,aun- 
■que casta y solitaria? Entonces ¿quiénes somos nosotros? Los 
dioseá han venido á mi alma que estaba obscura y la ilumina- 
ron. Los dioses han escogido al principe Tanimarascu para 
que sea rey después de mi muerte, para que sea el caudillo que 
conduzca á nuestros ejércitos á vencer á los extranjeros. 

Los nobles se miraron atónitos y dentro de su pecho sentían 
renacer la confianza en la victoria, pues todos amaban á Ta- 
nimarascu y juzgaban que era el único capaz de afrontar el 
peligro que amenazaba al país. 

— Señor — se atrevió á decir Tzimtzicha, fijando su mirada 
•en Timas que apartaba sus ojos y guardaba profundo silencio 
— Señor, ¿porqué hemos de romper nuestras tradiciones? Y 
luego, dirigiéndose á los nobles, continuó: 



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88 

— Ya lo veis, señores, nuestro rey es víctima de esa horrible 
enfermedad cuyo primer síntoma es el delirio. ¿Podremos obe- 
decer á quien habla por boca de la demencia? 

— No; gritaba el rey — no quebréis mis palabras; traed leña 
para los templos, que no sin propósito vienen los extranjeros. 
¡Que se levante la gente de guerra! ¡Que no se quejen los co- 
bardes, porque no los han de oir los dioses! 

—Bien has dicho, señor — respondieron los nobles, temero- 
sos de que siguiese á más la exaltación del rey. — Esto mismo 
que mandas diremos á la gente. 

Así hablaron en alta voz; pero unos á otros se decían por lo 
bajo: 

— ¿Acaso estará loco el rey? ¿Qué haremos? 

—Obedecer á nuestra madre Cuerápperi,^ exclamó con vo» 
robusta Timas, para que fuese oído por ei rey, por los nobles 
y por Tzimtzicha. A todos les pareció que la sabiduría habla* 
ba por los labios de aquel hombre respetable. 

XIX 

Triste y desolada está la imperial Tzintzuntzan. Corre sobre- 
ella el soplo de la muerte. En cada casa hay lugares vacíos et> 
torno del hogar. 

Profundamente triste y desolada está la imperial Tzintzun- 
tzan. La implacable muerte ha penetrado al interior del al- 
cázar. 

¡El rey ha muerto! 

Los habitantes de la ciudad, sombríos, espantados, ocurren» 
á contemplar el augusto cadáver. 

Los correos salieron en todas direcciones, llevando la in- 
fausta nueva, y en esa misma noche en todo el imperio de Mi- 
choacán se lloraba la muerte de Siguangua.^ 

1 Véase todo este pasaje en la Relación p. 83. 

2 Se sabe que los tarascos, lo mismo que los mexicanos, tenían correos sU 
iuados en todas las poblaciones. Esos mensajeros se transmitían de unos á otros- 
loB recados y corrían ¿ todo escape. 



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89 

¡Triste y desolado está el reino de Michoacán! 

XX 

Pasados los funerales se reunieron en el palacio los reyes 
aliados y los principales señores de la Corle con el objeto de 
proclamar al nuevo emperador. El cacique de Coyucan que 
presidía el consejo, manifestó que la voluntad de Siguangua 
habla sido que le sucediera en el trono el príncipe Tanimaras- 
cu; el de Pálzcuaro expuso que el rey, cuando hizo tal desig- 
nación, se hallaba acometido del delirio y su voluntad por lo 
« tanto no había sido determinada por la sana razón. El debate 
se acaloró entre ambos régulos y estaba á punto de decidirlo 
ei de Tzacapu, en favor de Tanimarascu, cuando se presenta- 
ron en el salón los grandes sacerdotes del sol y de la luna re- 
vestidos con las insignias de su elevado carácter. El jefe prin- 
cipal habló de esta suerte: 

— Reyes de los purépecha! Sois la cabeza y el corazón de 
nuestro pueblo, el arca en que se depositan sus destinos. Por 
vuestros labios hablan los dioses de las cuatro partes del mun- 
do. Mas vuestro consejo no puede integrarse sin el voto de 
los dos grandes sacerdotes, el de nuestro padre el Sol y el 
de nuestra madre la Luna. Nosotros hemos orado esta noche 
en el templo y la gran diosa Guerápperi ha murmurado en 
nuestro oído. "¿Por qué quebráis mis leyes? — nos ha dicho. — 
Siempre el príncipe primogénito ha heredado el trono. ¿Por 
qué rompéis la cadena que va eslabonando uno á uno á los 
reyes de Michoacán? El sol es mi hijo primogénito ¿acaso el 
lucero ha de ser el rey del firmamento?^' Así habló nuestra 
madre Guerápperi y su voz se alejó de nuestro oído. En aquel 
momento la aurora echaba un veloála luz del lucero, en tan- 
to que radiante de explendor aparecía en el oriente la lumbre 
del rey del universo. 

No había que decir más. El consejo resolvió unanimemen- 
te y el cacique de Coyucan dirigiéndose á Tzimtzicha, le dijo: 



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40 

— Señor, sé rey. ¿CkSmo ha de quedar desierto y anublado 
el reino? 

— No digáis eso, señores —respondió Tzimtzicha — dad el ce- 
tro á alguno de mis hermanos menores: ^ yo seré padre de 
ellos ó sea el rey el Señor de Goyucan. 

Entonces Timas, mordiéndose los labios contestó: 

—¿Qué dices, señor? Rey tienes que ser. ¿Quieres que te 
quiten el señorío tus hermanos menores? Obedece á nuestra 
madre Cuerápperi. 

Timas hablaba así convencido de que la guerra civil en 
aquellos momentos sería la ruina del imperio; pero su sem- 
blante revelaba el despecho de la intriga abortada. 

Tzimtzicha aceptó el trono. En sus ojos brillaba la siniestra 
luz de la venganza. 

XXI 

Aún reina el luto en el palacio de Siguangua: aún se reúnen 
en torno del hogar, para llorarlo, sus esposas y entre las cua- 
les la inconsolable Sesángari; los príncipes Tanimarascu, At- 
zinche y Cuyne, y los parientes más allegados. 

Era la última hora de la tarde. Soplaba agudo cierzo. Sobre 
lo elevados montes inmediatos á Tzintzumtzan cruzaban á 
gran prisa nubes sombrías que parecían brotar incesantemen- 
te del fondo de los bosques. El lago se rizaba en infinitas on- 
das espumosas. Había no sé qué angustias de tristeza, como 
si los dioses sufriesen en el cielo. 

Un mensajero penetra en el palacio é intima á las mujeres 
que se dirijan á la presencia de Tzimtzicha. ¿Cómo no obede- 
cer? ¿No son ya las esposas del nuevo rey? Se miran unas á 
otras y parten enmedio de profundo silencio. 

Sólo Sesángari permanece en pie, indecisa, como si alguna 
fuerza sobrenatural la tuviese enclavada en aquel sitio. Las 
lágrimas de sus ojos corren abundantemente. En aquel mo- 

1 Relación, pág. 86. 



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41 

mentó su mirada se fya en Tanimarascu que está escogiendo 
dos flechas, las más agudas que hay en su carcax. Ya extien- 
de el arco, cuya cuerda vibra impaciente. 

—Ah! sí, exclama la joven — muramos; hiere mi corazón y 
sepulta en el tuyo la segunda flecha. 

¿Por qué se detiene Tanimarascu? El príncipe no vacila. Só- 
lo quiere beber la última gota de amor en la mirada de Sesán- 
gari. 

Pero en aquel instante invaden el palacio cien guerreros sal- 
vajes. 

Se oyen golpes secos de mazas que hacen pedazos los crá- 
neos de Tanimarascu, de Atzinche y de Cuyne. Ninguno de 
estos exhala una queja. Los cadáveres yacen en el suelo. ^ 

Sesángari, como la estatua del espanto, contempla inmóvil 
la matanza. Ya no hay una sola lágrima en sus ojos, ningún 
sollozo anuda su garganta. Se diría que el corazón ha dejado 
de latir en su pecho. 

De repente se extremece, lanza un extraño grito, pasa sus 

manos por el rostro, sacude la negra cabellera y avanza* 

coge una tea de las que iluminan el palacio y la arroja al ma- 
deramen. Yérguese la llama. Siniestros torbellinos de fuego 
rasgan por todas partes las tinieblas. Crujen y se derrumban 
las techumbres y el humo ennegrece más la obscuridad de la 
noche. 

La doncella se precipita hacia el cadáver de Tanimarascu, 
se arrodilla, coge la cabeza del príncipe, imprime un beso en 
su frente. 

Una inmensa llamarada, sudario tremendo, envuelve á los 
amantes; se arremolina, se levanta hasta el cielo, conducien- 
do á la mansión divina dos almas unidas para siempre. 

1 La crónica de donde he tomado esta verídica leyenda ÚM que al día 8i< 
guíente Tzimtsicha declaró ante la Corte que había mandado matar á sus 
hermanos, "porque se echaban con sus mujeres y porque le querían quitar el 
señorío, y quedó solo sin tener hermanos; y después lloraba y echaba la culpa 
á aquel principal llamado Timas." 



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:ErR-:én<TJDTJR,jL. 



PRIMERA PARTE. 
El comienzo de la conquista. 

1^^: ' 1 



^ 



Después de que la ciudad de México quedó convertida en 
un inmenso montón de ruinas, que sirvió de pedestal á la 
gloria de Cuauhtemoc, Hernán Cortés, teniendo algunas noti- 
cias de las riquezas que encerraba el reino de Michoacán, en- 
vió á uno de los suyos, llamado Villadiego, á que fuese á explo- 
rar aquel país. El emisario no regresó jamás, siendo hasta hoy 
misteriosa su desaparición. 

Por aquellos días, uno de los proveedores del ejército espa- 
ñol, un tal Parrillas, se presentó á Cortés, diciéndole que en 
busca de víveres había estado en la frontera de Michoacán, y 
había recibido informes de la abundancia de oro y plata en 
aquella nación, así como de la fertilidad de sus tierras. 

Deseoso el caudillo español de extender los términos de su 
conquista, envió de mensajeros á Francismo Montano y á otros 
tres castellanos para que hablasen con el rey de Michoacán^ 
persuadiéndolo á que abandonase la idolatría y reconociese el, 
favor del monarca de Castilla. 

No sin grave peligro de sus personas, cumplieron Montano 
y sus compañeros la difícil misión que se les encargara, y al 



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44 

cabo de variados incidentes, el rey de Michoacán, de nombre 
Tzimtzicha, ofreció su amistad y obediencia á Hernán Cortés. 
Hizo este rey grandes obsequios á los comisionados, y envió 
con ellos ricos presentes á su jefe, sin exigir en cambio de su 
munificencia otra cosa que un lebrel que llevaban los caste- 
llanos, animal que se había hecho notable por el gran luimero 
de indios que había devorado. 

Habiendo, pues, desempeñado su comisión, los cuatro espa- 
ñoles regresaron á dar cuenta á Hernán Cortés, que residía 
entonces en Coyoacán.^ 

II 

Aunque los habitantes de Tzintzuntzan habían recibido con 
marcado enojo á los mensajeros; al verlos salir de la ciudad, 
lejos de prorrumpir en gritos de alegría, se dividieron en gru- 
pos en los que, en voz baja, se comentaba el objeto que á la 
imperial ciudad había conducido á aquellos hombres extra- 
ños. La desconfianza, si nó el temor, se revelaba en todas las 
conversaciones. ¿Imitaría el rey de Michoacán al débil Mote- 
cuhzoma? Entonces el país de las montañas, y de los lagos, y 
de los campos de verdura, ya no serla la mansión de las águi- 
las que, libres y soberanas, se cernían altaneras en aquel cie- 
lo azul y transparente, sino un desierto árido en que la escla- 
vitud no sabría fijar sus aduares trashumantes. ¿Seguiría 
Tzimtzicha el ejemplo de la heroica conducta de Cuauhtemoc? 
Entonces cada ciudad sería una fortaleza; los bosques, las 
guaridas de los guerreros; las llanuras, los campos de batalla. 
El aire estaría lleno de gritos de combate, el rumor de los to- 
rrentes sería el canto de guerra, las negras nublazones, la ban- 
dera de la matanza, y el sol, rasgando la rosada gasa de la au- 
rora, la antorcha colosal de la victoria. 

1 El historiador Herrera refiere con minuciosidad y gran 8uma de detaUes 
lo que está referido en este pequeño capítulo, que ha sido preciso condensar 
hasta el extremo. — Véase, pues, la Historia General de las Indias Occidenta- 
les, por el autor citado. Década 1 11. Libro III. Capítulos 11 y siguientes. 



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46 

¡Ahí pero esta última suposición la hacían los jóvenes, en 
cuyos ojos chispeaba el fuego del patriotismo; en la mayoría 
de la gente dominaba el conocimiento que se tenía del monar* 
ca, como hombre sin energía y sin ambiciones. De aquí el des- 
consuelo y la tristeza de la generalidad de los habitantes de 
Tzintzuntzan» 

No contribuía poco para semejante estado de los ánimos la 
presencia, entre los grupos, de Nanuraa, el general en jefe del 
ejército de los purépecha^ favorito del rey. Oía las conversa- 
ciones y guardaba una obstinada reserva; veía la exaltación de 
los que formaban los corrillos y su fisonomía se pstentaba in- 
diferente. Le formaban círculo los más distinguidos capitanea 
y no les dirigía una sola palabra. Nanuma no tenía ojos más 
que para mirar á una joven que en aquellos momentos se di- 
rigía al alcázar. 

III 

Los grupos se dispersaron dejando solitarias las calles. Un 
aliento de desolación se difundía por los ámbitos de la ciu- 
dad. 

Nanuma apresuró el paso hasta alcanzar á la joven. 

— Eréndira — le dijo — escucha, escucha un momento. 

La doncella volvió el rostro, sonrió irónicamente y traspuso 
á toda prisa la puerta del palacio. 

— ¡Oh! — exclamó el guerrero — siempre desdeñosa, siempre 
altiva, siempre lanzando contra mí esa sonrisa de burla y de 
desprecio. 



Fijemos un momento nuestra atención en la joven. Había 
en sus ojos de un café obscuro, velados por crespas pestañas, 
algo como una llama que sin cesar estuviese avivándose; ha- 
bía provocadores hoyuelos en aquellas mejillas satinadas; su 
boca, de labios ligeramente abultados, parecía el nido de los 



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46 

besos. Aquella virgen morena^ era de airoso continente y de 
gallardo andar. Pero el rasgo más característico en su hermo- 
sa fisonomía era una nariz delgada y fina, imperceptiblemente 
remangada, que imprimía un sello de malicia y de burla á la 
constante sonrisa modulada en sus labios: por eso la llamaron 
JEt'éndira, que en tarasco quiere decir risueña. 

Era hija del venerable anciano Timas, uno de los altos dig- 
natarios 9e la Corte, acaso el más digno de respeto entre los 
consejeros del rey. 

Radiante de hemosura, Eréndira se veía cortejada por los 
más distinguidos guerreros del reino, y más de un jefe del 
ejército, al volver victorioso de una campaña, había hecho in- 
sinuaciones para que el monarca se la otorgase en matrimo- 
nio, pues era costumbre entre los tarascos que el mayor pre- 
mio acordado á los capitanes que se distinguían por su valor 
y pericia en los combates, fuera el de darles alguna hermosa 
doncella. Mas Eréndira, que á su hermosura unía un talento 
raro y la mayor ilustración que en aquellos tiempos podía al- 
canzar una joven, siempre había hallado medios de eludir la 
honra que se le trataba de dispensar. 

Corazón frío, jamás había sonreído dulcemente á ningún 
hombre. A cuantos se le acercaban para hablarle de amor los 
despedía con su eterna sonrisa de burla. Las jóvenes compa- 
ñeras suyas la juzgaban orgullosa 7 le tenían una profunda 
envidia. 



Tal era Eréndira. En aquellos días se había notado en su 
sonrisa mayor sarcasmo y crueldad. Cualquiera que hubiese 
podido leer en lo íntimo de su pensamiento habría compren- 
dido que la joven odiaba inmensamente á los españoles, y que 
se moría de despecho al ver la inercia del rey de los purépe- 
cha y el poco ó ningún entusiasmo de sus capitanes. Ardía en 
su alma todo el patriotismo de un pueblo. 



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47 



IV 

Pasaron unos cuantos días. Notábase en la ciudad de Tzin- 
izuntzan una extraña animación. 

Según el pidecxiario (ritual) de los sacerdotes tarascos, nin* 
fUTíB, fíesta tenia que celebrarse en aquella época del año; y 
sin embargo, se hacían á toda prisa preparativos para algún 
acto solemne en el gran templo de Charatanga^ bigo cuyo 
nombre se designaba á la luna, en su carácter de diosa venga- 
tiva é inexorable. 

I^s gentes se preguntaban con curiosidad cuál podría ser 
el sacrificio ofrecido á la deidad terrible, supuesto que por en- 
tonces no había en Tzintzuntzan más prisioneros de guerra 
que los destinados á la gran fiesta de Caherihóscuaro,^ y tiem- 
po hacía que el rey Tzintzicha no había enviado á la frontera 
alguna expedición armada para que hubiese traído nuevas víc- 
timas. Y la curiosidad crecía al notar que en los preparativos 
reinaban el sigilo y el misterio. Los sacerdotes, inquietos y des- 
pavoridos, iban del templo al palacio y regresaban taciturnos 
á continuar sus trabajos sin permitir la entrada al recinto á 
ningún profano. 

Por fin llegó el día en que la luna llena iba á aparecer al 
principio de la noche en todo su esplendor, haciendo más obs- 
curos los bosques de la sierra y más límpida la superficie del 
lago. 

En esa hora, llena de encanto, se oyeron las quiringuas y 
los caracoles del templo que convocaban al pueblo á una so- 
lemne fiesta. 

Los habitantes estaban ansiosos de asistir al acto, y sin em- 
bargo, no sé qué extraño terror se había apoderado de toda 
aquella gente supersticiosa. 

1 Escrito en la Relación Cahemcótcuiuro, significa las grandes estrellas. 



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48 



Antes se había celebrado un consejo real en el palacio, al 
que concurrieron el rey, los grandes dignatarios de la corona, 
el gran jefe Nanuma y algunas personas de la familia del mo- 
narca. Eréndira entre éstas, oculta tras de una cortina del sa- 
lón, sonreía irónicamente al escuchar las opiniones de los con- 
sejeros, y algo como una cruel lástima se dibujaba en sus la- 
bios cuando llegaban á su-oído las palabras del rey. 

Al disolverse la reunión, Nanuma y Eréndira se encontra- 
ron en uno de los corredores del palacio. El guerrero no se 
atrevía á acercarse á la joven, notando el sello de ironía y de 
desprecio que se hacía patente en el semblante de Eréndira; 
pero logrando sobreponerse, le dijo: , 

— Eréndira, ¿serás siempre tan esquiva con el hombre que 
más te ama en el mundo? 

— Bien sabes, Nanuma — contestó la joven serenando el sem- 
blante — que yo no amo á nadie. Me creo incapaz de llegar á 
amar alguna vez. 

— Mil veces has dicho que no serás sacerdotisa de nuestra 
madre la luna: llegará un día, por lo tanto, en que te sea pre- 
ciso aceptar un esposo. 

—Tampoco. Me repugna la idea de tener un dueño. 

—¡Ah! Yo no seré más que tu esclavo, si me aceptas como 
el compañero de tu vida. Mi amor para tí no tiene limites: eres 
mi adoración. 

— Para un guerrero como tú, hay algo más digno de adora- 
ción que una mujer. 

— Ño te entiendo, Eréndira. 

— Y en ese caso, la mujer misma deberá hacer por su parte 
el sacrificio de su libertad. 

— No te entiendo, Eréndira. 

— Pues medítalo esta noche en el templo, y si me entien- 
des, haz tu deber. Yo seré entonces tu recompensa. 



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Dicho esto, la joven se retiró, dejando sumido en la mayor 
perplejidad al amartelado Nanuma. 

VI 

Era la hora que los tarascos llaman Incháíiro^ la hora en 
que el sol desaparece debajo del horizonte, teñido de escarlata 
y de esfumaciones opalinas. 

Por el opuesto lado se levantaba el gran disco de la luna^ 
derramando en torno suyo efluvios de tenue claridad. 

Las quiringuas del templo seguían dejando oir, á largas dis- 
tancias, su melancólica voz, acompañada del discordante son 
de los caracoles. 

El pueblo se apiñaba en el extenso atrio del templo y guar- 
daba profundo silencio. 

A una señal que se hizo desde lo alto del santuario, la mu- 
chedumbre se agitó, oprimiéndose luego para abrir ancha ca- 
lle por la que pasó el rey seguido de su numerosa corte. La 
comitiva real escaló en seguida la gradería, que en forma de 
espiral conducía á la plataforma. En medio de ésta se destaca- 
ba la piedra de sacrificios, en frente del suntuoso camarín. 

Los personajes que formaban la comitiva tomaron asiento. 
Uno de los sacerdotes penetró al interior del santuario, y en 
aquel instante rasgó el silencio una voz estentórea, extraña» 
jamás oída por los purépecha, voz precipitada, intermitente, 
cuyo eco, en fúnebre clamor, resonaba en los vecinos montes, 
y repercutiéndose de templo en templo, se cernía sobre la di- 
latada ciudad. 

Volvió á aparecer el sacerdote seguido de cuatro guerreros 
que conducían atada una ñera jamás vista en el país. De sus 
tremendas fauces salía aquella voz que había llenado de espan- 
to á la muchedumbre. 

Era el lebrel de Montano que, poseído de ira, lanzaba ladri- 

1 Bl crepúsculo vespertino. 

Michoac4n.~4 



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60. 

dos de furor y que en Taño pugnaba por libertarse de sus car- 
celeros. 

Colocáronlo éstos sobre la piedra del sacrificio, con el vien- 
tre y la cara vueltos hacia el cielo. 

En aquel momento los ojos del valiente perro se fijaron en 
la luna que se ostentaba ya arriba del horizonte. 

Al contemplar el disco luminoso, la fiera cesó de ladrar: En 
cambio, de su pecho salían aullidos lúgubres y lastimeros, y su 
mirada estaba fija en el abismo de los cielos como si viese allí 
tm Eemtasma aterrador. 

Pálido el sacerdote hundió 'con mano trémula un cuchillo 
de obsidiana en el pecho del lebrel y rápidamente extrajo el 
corazón humeante y chorreando sangre. 

Aún repelía el eco de los montes el aullido lastimero del le- 
brel. 

— Hoy es el monstruo, mañana deben ser los españoles los 
que mueran así! — murmuró Eréndira al oído de Nanuma — 
Entonces yo seré tu recompensa. 

Nanuma se extremeció! 

La luna derramaba efluvios de tenue claridad. 

En lo alto de los templos tañían tristemente las quiringuas 
y los caracoles. 

Silenciosa la muchedumbre se dispersó en todas direccio- 
nes. 

Pocos momentos después, Tzintzuntzan parecía una ciudad 
muerta, evocada de las tumbas de la historia. 



SEGUNDA PARTE. 
La Guerra. 

I 

El anciano Timas era el más respetado entre los consejeros 



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61 

del rey. Se escuchaba su voz como la de un oráculo. Su blan- 
ca cabellera parecía una auréola de plata. 

La ciega suerte le había negado hijos varones que perpetua- 
sen su nombre. En cambio, para hacerle menos sensible este 
vacío, la naturaleza le había concedido á Eréndira, la inteli* 
gente Eréndira, en cuyo corazón rebosaba el entusiasmo por 
la patria. 

En medio del pánico que dejara la venida de los españoles á 
Tzinzuntzan, padre é hija eran los únicos seres que, con pa- 
labra persuasiva, iban levantando el abatido espíritu de los pu- 
répecha. 

Las conversaciones que sostenía Eréndira con las princesas y 
con los capitanes del ejército, en que la sátira y la burla eran 
los colores con que pintaba á los castellanos, se transmitían de 
boca en boca al pueblo, cuyo carácter jovial los repetía con 
entusiasmo é iba despertando en todos el valor nunca desmen- 
tido de los tarascos. 

Por su parte Timas no dejaba escapar ocasión en el consejo 
real de abogar por la guerra, ora amenazando á Tzimtzícha con 
que los invasores arrebatarían de su frente la corona de sus 
antepasados, despojándolo de todas sus riquezas y convirtien- 
do la vida muelle que llevaba en una esclavitud afrentosa; ora 
haciendo pasar ante su memoria los hechos heroicos de Ta- 
riácuri y de Tangaxhuan, quienes con su valor y sabiduría ha- 
bían llenado de esplendor el dilatado reino de los lagos y las 
montañas. 

No logrando su objeto, recurrió á la intriga. Por medio de 
Eréndira consiguió que las hijas del rey proyectasen una fies- 
ta militar que el monarca no trató de impedir. 

Trasladóse, pues, la corte á la extensa plaza de armas de 
Queréndaro, á inmediaciones de Higuatzio. 

Allí se levantan aún, cubiertos con el polvo de los siglos y 
coronados de árboles, los soberbios templos del sol y de la lu- 
na, los palacios del rey y la alta pirámide en que se izaba la 
bandera nacional. Todo aquel es]¡)leicio estaba encerrado en un 



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62 

inmenso paralelógramo cuyos muros eran magnífica gradería 
que podía contener cien mil espectadores. 

Allí se verifícó la gran parada militar solicitada por las prin- 
cesas. A los ojos de los personajes de la corte y de los habi- 
tantes de las ciudades del lago, ostentaron los jóvenes guerreros 
sus^ ricos y vistosos atavíos é hicieron evoluciones, mostrando 
su pericia y agilidad. 

En todos los corazones latía el entusiasmo patrio, en todos 
los ojos brillaban las chispas del amor á la gloria; y mientra? 
que los hombres lanzaban el grito de guerra, las doncellas en- 
tonaban los himnos religiosos con que se recibía en el templo 
á los vencedores en la campaña. 



II 



Así fué como'por entpnces impidió Timas que Tzimtzicha 
llevase á cabo su proyecto de enviar embajadores á Hernán 
Cortés para ratificar el vasallaje que había prometijlo á Mon- 
tano; así logró también que se convocase al ejército, á cuyo fin 
partieron numerosos mensajeros en todas direcciones. 

Pronto se vieron por la noche grandes luminarias en las ci- 
mas de los montes, señal de que los pueblos respondían al lla- 
mamiento de su señor, de que en todas partes se congregaban 
los guerreros y de que en cada hogar se construían flechas y 
se adornaban los penachos de plumas, gala y orgullo de los 
mancebos tarascos. 

En donde quiera ardía el deseo de la guerra y hasta Jos más 
jóvenes tomaban las armas y se adiestraban para el combate. 



Antes de un mes un ejército de cincuenta mil hombres 
acampaba en las inmediaciones de Tzintzunlzan. Parecía un 
inmenso bosque de renuevos entre la obscura selva de los pi- 
nos que le servía de campamento. 



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68 

Y en ese campamento había una grande animación: los an- 
cianos acudían á encender en el pecho de los guerreros el fue- 
go santo que ellos habían sentido en so juventud j que no 
estaba aún apagado en las cenizas de los años; las jóvenes pa- 
seaban sus ojos llenos de curiosidad por aquellas filas, en don- 
de más de un corazón latía por otro sentimiento tan dulce y 
tan sagrado como el de la patria; los niños tocaban con sus 
manecitas las armas de los guerreros j habrían sido felices si 
les hubiesen permitido jugar con ellas. 

De hora en hora se presentaban los sacerdotes, tañendo el 
tambor que cada uno conducía á la espalda y haciendo conju- 
ros para ahuyentar de enmedio de los escuadrones el espíritu 
maléfico del miedo. 

Las princesas, á cuyo lado iba Eréndira, más de una vez se 
presentaron en el campamento, conducidas en ricos palanqui- 
nes, distribuyendo entre sus distinguidos subditos alguna dul- 
ce sonrisa, como una promesa de victoria. 

En cuanto al rey y á la alta nobleza de la corte apenas se 
dignaron hacer una visita desdeñosa á aquella muchedumbre 
de plebeyos — á aquella florida juventud, única esperanza de 
la patria. 

III 

En efecto, si la clase baja del pueblo, que da el contingente 
de soldados, estaba anhelosa de pelea, Isí nobleza que sumi- 
nistra los jefes, temía perder sus riquezas aglomeradas de si- 
glos atrás; no se resolvía á cambiar su vida de placeres y de 
muelle indolencia por las fatigas y privaciones de la guerra. Un 
largo periodo de paz, bajo un gobierno absoluto y tiránico, ha- 
bía extinguido en el corazón de los nobles los sentimientos de 
dignidad y la ambición de gloria, que antes habían distingui- 
do siempre á los caudillos de los ejércitos michoacanos. 

Nanuma, el jefe que por aquellos días mandaba las escogi- 
das huestes que hemos pasado en revista, debía al favoritismo, 



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54 

no al mérito personal, la elevación de su grado. Su penacho» 
en que ondeaban las plumas de águila, emblema de su cate- 
goría, era más conocido en las ñestas de Tzintzuntzan que en 
los campos de batalla. 

Bien lo sabía Eréndira; pero ausentes como estaban los prín- 
cipes Tacamba é Itzihuappa, no quedaba por entonces ningún 
otro jefe que pudiera mandarlos ejércitos. Por eso, en su odia 
contra los españoles, y sabiendo la pasión que había inspirado á 
Nanuma, se ofrecía en holocausto por la patria, con tal de que 
el afortunado doncel volviese ceñida la sien con el laurel de 
la victoria, de la expedición anunciada. 

£1 rey, por su parte, había ofrecido á Nanuma que sería Erén- 
dira el premio de sus victorias. 

Ya las princesas del palacio y las doncellas más distinguidas 
de la nobleza tejían las canaeuas (coronas) con que, adornada 
la frente, habían de concurrir á la ceremonia nupcial y á las 
fiestas en honor de los desposados. 

Nanuma, empero, no pedía la orden de marcha. Sfe mostra- 
ba inquieto y sólo parecía desear la presencia de Eréndira. A 
veces se encontraba con la joven en los aposentos' del alcázar 
y se creía dichoso al mirar el rostro sereno y grave de la don- 
cella, y feliz porque no observaba ya en sus labios las amar- 
gas sonrisas de otros tiempos; pero cuando el guerrero se re- 
tiraba, la hija de Timas sonreía tristemente y fijaba su mirada 
en el profundo cielo, como pidiéndole que aceptase su enorme 
sacrificio para que la patria fuese libre. 



IV 



Entretanto Hernán Cortés, que seguía residiendo en Coyoa- 
cán, había pensado en que el tiempo transcurría sin que Tzim-^ 
tzicha compareciese ante él á ratificar su sumisión al Empera- 
dor Carlos V, y sin que siquiera hubiese enviado las ofrendas 
de oro y plata que debían acreditar la sinceridad de su vasa- 



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66 

Il^je. Cansado de esperar envió á oíros tres españoles^ que, 
con pretexto de ir á explorar el mar del Sur en las exuberan- 
tes tierras de Zacatula, pasasen por Tzintzuntzan y recordasen 
al rey de los purépecha su promesa de ir á visitar al jefe es- 
pañol. 

Temeroso Timas de que vacilase de nuevo el ánimo del mo- 
narca, logró que los sacerdotes anunciasen á Tzimtzicha que 
los agüeros eran favorables á la guerra, puesto que por aque- 
llos días se habían visto pasar grandes bandadas de águilas con 
dirección á México. Timas insistió, pues, en que debía apresu- 
rarse la salida del ejército; pero de nuevo encontró obstáculos 
en la indolencia de Nanuma, que más y más parecía dispuesta 
á consumirse en el fuego de las miradas de Eréndira, sin com- 
prender que en aquellos ojos no irradiaban más llkmas que las 
del patriotismo. Limitábase de cuando en cuando á pasar re- 
vista á sus tropas, impacientes ya de marchar al encuentro del 
enemigo. En una de esas veces se encontró con Eréndira que 
había ido oon las princesas á visitar el campamento. 

La joven, aprovechando un instante en que sus compañera» 
estaban distraídas, se acercó al guerrero y le dijo: 

— Nanuma, una cosa falta á tus soldados 

— No lo creo, hermosa niña, están provistos de todo lo ne- 
cesario. 

— Pues te digo que les falta una cosa; la principal, valiente 
Nanuma. 

— Si quisierais indicármela 

—Sencillamente, el jefe que los ha de conducir al comba- 
te respondió Eréndira, prorrumpiendo en una graciosa 

carcigada. 

Nanuma se puso lívido; y ya sintiendo su amor propio pro- 
fundamente herido, ó por el temor de enojar más á la joven, 
desde aquel momento se dedicó incansable á concluir todos 
los preparativos, y avisó al rey que estaba expedito para la 
marcha. 



1 Relación, p. 86. 



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56 



En una espléndida mañana del mes de Junio de 1522 el más 
vistoso ejército de los purépecha atravesaba las dilatadas calles 
de Tzintzuntzan, pasando á la vista de Tzimtzicha que estaba 
pálido é inquieto, porque lo agobiaba el pensamiento de que 
en ese día comenzaban á resolverse sus destinos. 

Era airoso y marcial el continente de aquellos hombres. 
Marchaban en primer lugar los flecheros, repleto el carcax de 
saetas que terminaban en punta de obsidiana; en seguida iban 
los honderos, llevando la honda atada en la frente y al costa- 
do el saco de filamento de maguey que había de llenarse de 
piedras en el momento oportuno; en nutridos escuadrones se- 
guían los veteranos de continente atlético, cuya arma era la 
macana, erizada de púas, y cuyo extremo remataba en una pie- 
za de granito con labores extrañas; aparecían luego k>s que con 
la punta de la lanza decidían los combates personales, y cerra- 
ban la marcha las compañías de nobles que portaban la espa- 
da de cobre, arma sólo usada por los tarascos, de temple du- 
rísimo como el acero: este escuadrón volante acudía al lugar 
en que estaba más empeñada la lucha, y era el que alcanzaba 
casi siempre la victoria. 

Era imponente aquella muchedumbre compuesta de la talase 
baja del ejército, porque todos iban desnudos y horrorosamen- 
te envijados; porque sus penachos se componían de plumas 
erizadas; porque los semblantes revelaban un salvaje ñiror, y 
porque el grito dQ guerra arrancado de aquellos cincuenta mil 
pechos, intermitente y amenazador, era como el trueno que^ 
retumba en las nubes entre relámpagos repetidos. En cambio 
el aspecto de las clases elevadas de los guerreros no podía ser 
más lujoso, sin dejar por esto de ser marcial. Los plumajes de 
sus penachos ondulaban al viento ostentando variedad infinita 
de colores; en sus jubones acolchados brillaba la púrpura del 



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57 

huamilule^ ó el tinte del añil, tan inteligentemente cultivado 
por los tarascos; sus armas, la macana, la lanza j la espada, 
limpias y bruñidas, brillaban á los rayos del sol. 

Entre ellos se distinguía Nanuma por su manto cusgado de 
rica pedrería y por el estandarte d^ plumas de colibrí que os- 
tentaba como señal de mando. 

Al pasar frente á Eréndira, que veía desñlar el ejército, 

—Voy á combatir por conquistar tu amor— le dijo. — Si fue- 
re vencido 

— Ir¿ á llorar sobre tu sepulcro, y sembraré en tu yácata las 
más hermosas flores de nuestros campos. 

No pensaba Nanuma en tal extremo; creía sólo cumplir con 
su deber peleando contra los españoles; pero la joven le exigía 
que muriese. Se estremeció al oir esta sentencia y apenas pudo 
articular su despedida. 

VI 

Si los tarascos se aprestaban al» combate, Hernán Cortés no 
permanecía ocioso. Cansado de esperar la visita de Tzimtzicha 
aparejó en Coyoacán una expedición de doscientos setenta es- 
pañoles, entre infantes, artilleros y ginetes, á quienes agregó 
ocmo auxiliares un ejército de veinticinco mil guerr^eros mexi- 
canos y tlaxcaltecas, todos á las órdenes de Cristóbal de Olid, 
uno de sus más valientes capitanes.^ 

Esta expedición salió de Coyoacán en los primeros días del 
mes de Julio del mismo año (1522) y se dirigió á Taximaroa. 

Los exploradores avisaron á Olid que la ciudad estaba ocu- 
pada desde algunos días antes por un numeroso ejército de 
guerreros tarascos, mandado por Nanuma, el favorito del rey 
Caltzontzin. 

Inútil es decir que tal noticia no hizo más que exaltar el va- 

1 £1 huamilule, tintura parecida al múrice de Tiro, se extrae de cierta es* 
pecie de conchas que se encuentran en las costas del Pacífico. 

2 Cartas de Hernán Cortés á Carlos Y. 



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58 

lor y la impaciencia del capitán español. Forzó su marcha y al 
avistar el caserío dispuso el asalto sin pérdida de tiempo. Los 
españoles penetraron por las calles de Taximaroa, sin que pu- 
diese detenerlos el valor de los tarascos, que presentaban su 
pecho al hierro del enemigo y que caían atravesados por las 
balas de los mosquetes y cañones. 

¡Áh! pero desgraciadamente no luchaban más que los solda- 
dos; los oñciales y los jefes, entretenidos acaso en una orgía, 
quedaron mudos de espanto al primer disparo, cuyo eco llegó 
á sus oídos. Después no pensaron más que en su salvación, y 
al ver á los primeros extranjeros en las calles de la ciudad, em- 
prendieron vergonzosa fuga. 

Nanuma desconocía la idea de la patria, y el recuerdo mis- 
mo de Eréndíra se borró en su imaginación ante la inminencia 
del peligro, no siendo el último de los que abandonaron el 
campo de batalla. 

Entretanto los purépecha, los infelices hijos del pueblo, los 
que no disfrutaban honores ni riquezas, quedaban convertidos 
en cadáveres en las calles y en los campos inmediatos á la ciu- 
dad. 

Algunos grupos luchaban todavía, inermes, sin esperanza de 
victoria, buscando la muerte, guiados por un sentimiento su- 
blime. Acaso creían que de cada hogar en la extensión del te- 
rritorio michoacano brotaban miradas que los contemplaban 
como mártires de la patria. 

Y ninguno de ellos llevó la noticia de la derrota á la impe- 
rial Tzitzuntzan. Nanuma y los nobles que lo rodeaban fueron 
los mensajeros%de tan funesta nueva. 

Ál oiría palideció Tzimtzicha; los cortesanos temblaban de 
miedo, y las mujeres del palacio lloraban y se mesaban los ca- 
bellos. 

Cuando la noticia traspasó los muros del alcázar, las viudas 
y los huérfanos de los plebeyos que habían sucumbido en el 
campo de batalla levantaban los brazos hacia el cielo, como im- 
plorando eterna maldición para los cobardes que habían sacri- 
ñcado al ejército. 



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Eréndíra, de pie, como la estatua inexorable y terrible del 
desprecio, esperó á que saliera Nanuma de la sala del trono. 
Lo miró de hilo en hilo, le volvió la espalda y echó á andar 
hacia el interior de los aposentos. Dos lágrimas silenciosas ba- 
jaron de sus ojos y se detuvieron temblando en el pliegue de 
sus labios que dibujaban una sonrisa de amargura. 

VII 

Invencible pánico reinaba en el palacio. Los cortesanos, si- 
guiendo el ejemplo del monarca, tenían miedo y aconsejaban 
la más vergonzosa humillación; solamente el venerable Timas 
conservaba su serenidad y trataba de alentar el fuego del pa- 
triotismo: era el único que en el consejo se oponía á la fuga de 
Tzimtzicha; su voz, la que decía á su soberano: 

— Esfuérzate, señor; si vienen los invasores trae á tu memo- 
ria los hechos heroicos de tus antepasados. 

— No ves que todos me abandonan; esos hombres extraños 
son invencibles. 

— No es cierto, señor; en más de una vez los aztecas los han 
visto huir, y en la noche triste estuvieron á punto de acabar 
con ellos. 

— Pero su Dios los salvó del peligro: día á día aumenta su 
número con los que atraviesan la laguna grande^ del Oriente. 
¿Qué podremos contra ellos? 

—Luchar, luchar sin tregua y morir antes (jue entregarles 
tu reino. Determina que se alisten todos los hijo§ varones de 
las cuatro tribus; dispon' que todas las mujeres fabriquen fle- 
chas, más flechas que rayos tiene nuestro Dios Ouricaueti.^ Ja- 
más el número de los extranjeros podrá igualar al de los pu- 
répecha. Esto harían, señor, sin vacilar Tariácuri,Tangaxhuan 
y todos tus abuelos. Tzimtzicha bajó la cabeza no teniendo 

1 Apnnda es la laguna. Queri apunda el mar. 

2 £1 sol como divinidad de la guerra. 



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60 

qué responder. Envió á llamar á Ecuángari, viejo soldado, á 
quien el rey no profesaba cariño por haberlo considerado siem- 
pre como antiguo partidario de los hermanos que el monarca 
había sacrificado por envidia ó por celos. Mas Ecuángari, aun- 
que retirado á la vida privada y entregado á los placeres que 
le proporcionaban sus riquezas, acudió solícito al llamamiento 
de su señor. 

— Pues quieren que vayamos á donde han ido nuestros an- 
tepasados — le dijo Tzimtzícha — tú, que eres mi hermano, vea 
hacer gente de guerra á Taximaroa y otros pueblos. 

—Será como lo mandas: no quebraré tus órdenes. Iré, se- 
ñor. 

Y partió Ecuángari acompañado de un alto jefe, llamado ifu- 
zündira.^ Juntó la gente de Araró, de Ucareo, de Acámbaro y 
de Tuzantla y marchó sobre Taximaroa. 

Llegaba ya á las inmediaciones de la ciudad, cuando encon- 
tró en el camino á un principal de nombre Queri-huappa,^ que 
venía todo espantado, y quien le dijo: 

-rEcüángari, ¿á dónde vas en son de guerra? Ya son muer- 
tos todos los de Taximaroa. 

No menos espantado Ecuángari con lo que acababa de oir, 
pensó que no era prudente avanzar con sus tropas. Las dejó á 
las órdenes de Muzúndira y se dirigió solo á la ciudad, en la 
que entró cautelosamente. Hallóla, en efecto, abandonada de 
todos sus habitantes; pero deseando tomar mayores informes 
que llevar á su rey, penetró más y más en las calles desiertas. 
De improviso se vio rodeado de guerreros mexicanos que lo 
hicieron prisionero y lo condujeron al cuartel de los españo- 
les. Allí, por medio de un intérprete llamado Xanacua^ le pre- 
guntó Cristóbal de Olid: 

— ¿De dónde vienes? ¿Qué buscas en nuestro campamento? 

— Señor, me envía el gran Caitzontzin á recibiros á voso- 

1 No dice la relación quién haya sido este personaje, cuyo nombre no he 
hallado en ninguna otra historia. 

2 Significa el hijo del cacique *iel pueblo. 



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61 

tros que sois dioses. Mi rey, que supo vuestra venida, estaba 
temeroso de que al llegar al río* lo hubieseis encontrado cre- 
cido y en consecuencia os hubieseis tornado á México. ^^Mas 
si no fuere así — me dijo— ruégales que no se detengan; suplí- 
cales que lleguen hasta mí ciudad de Tzintzuntzan, en donde 
ansioso los espero para mostrarles mi amor.^^ 

— Mientes— exclamó Cristóbal de Olid, — bien sé que tienes 
apostadas muchas tropas en el camino. En vano tu rey y tú 
pretenderéis matarme; antes yo acabaré con vosotros. Vuelve 
á tu ciudad y avisa á Caltzontzin que es innumerable la gente 
que me acompaña, españoles y aliados. Dile que salga á reci- 
birme en Ouayángareo con presentes de oro y plata, y tran- 
quilízalo, porque yo vengo de paz y no os haré ningún mal. 

— Serán cumplidos tus deseos. Mi amo, señor, no desea otra 
cosa que la amistad de los españoles. 

— Cuéntale también lo que vas á presenciar. 

£n la entrada que hicieron los españoles á Taximaroa, des- 
pués de ocupada la ciudad, dos mexicanos habían incendiado 
un templo por odio á las crencias de los tarascos. Olid mandó 
ponerlos presos; pero con el objeto de inspirar mayor confian- 
za á Ecuángarí los llamó á su presencia, les reprochó su con- 
ducta y los condenó á la horca, sentencia que se ejecutó inme- 
diatamente. 

En seguida hizo que escaramuceasen los ginetes castellanos 
y que la infantería hiciese ejercicio de fuego. 

VIII 

Desgraciadamente participaba Ecuángari de los defectos de 
la nobleza de Tzintzunlzan y de las pusilánimes supersticiones 
de Tzimtzicha. A la vista del numeroso ejército de los invaso- 
res y de las maniobras de los soldados españoles perdió todo 
su valor, y como el ave fascinada por una serpiente, así que- 
dó su alma ante la enérgica voluntad del capitán español. El 

E 11 Lerma. 



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que salió valeroso caudillo para defender la patria volvía tími- 
do, si no es que traidor, á llevar á su rey la más vergonzosa 
embajada. 

En tal estado de ánimo, abandonó Ecuángari la ciudad de 
Taximaroa. Llegó al sitio en que acampaba su ejército, j su 
ejército recibió la extraña orden de disolverse. Los soldados, 
que ignoraban la causa, fueron acometidos del insólito terror 
de lo desconocido, soltaron las armas de la mano y huyeron 
en todas direcciones. 

Por su parte, ecuángari prosiguió su camino á toda prisa. 
Llegó á Indaparapeo, en donde halló ocho mil hombres de gue- 
rra mandados por el valeroso Xamandu, i quien dijo: 

—Disuelve tus fuerzas. Los españoles no vienen de guerra. 
Tzimtzicha los espera en Guayángareo para recibirlos de paz. 

Xamandu palideció de rabia, pero obedeció. 

Se dirigió luego Ecuángari á Etúcuaro, en donde estaban 
emboscados otros ocho mil hombres«y díjoles: 

— Levantaos y volved á vuestras casas. Los españoles no 
vienen enojados, sino que vienen contentos. 

— Eso no puede ser— respondió Tzintzun jefe de aquel ejér- 
cito. Querihuappa nos dijo que los españoles habfan entrado 
á sangre y fuego en Taximaroa. 

— Yo vengo de la ciudad; he hablado con los españoles, á 
quienes hallé muy alegres. Ellos me envían con un mensaje 
para Tzimtzicha. 

— Entonces, aguija, hermano, y lleva esas nuevas á nuestro 
. rey. ^ 

Así fué como aquellos tres ejércitos que, semejantes á ne- 
gros nubarrones, iban á descargar sus rayos sobre los extran- 
jeros, se disiparon al soplo de la cobardía y de la traición. ^ 



1 Bl Sr. D. Manuel Payno en su ^'Ensayo de una historia de Miohoac¿n," 
al leer la Relación 6 la historia de Brasseur de Bourbourg que la reproduce, 
creyó que la palabra aguija era nombre propio de un príncipe tarasco, cuan- 
do no es más que el imperativo del verbo aguijar, 

2 Advierto que toda esta narración es histórica, tomada do las fuentes que, 
con fluencia, se citan en esta leyenda. 



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68 

El sol de los purépecha, en un cielo de infinita tristeza, des- 
pedía ya fulgores moribundos. 

IX 

Todo era confusión y pánico en Tzintzuntzan. Las mujeres 
lloraban y se retorcían los brazos; los nobles escogían sus más 
preciosas joyas para ocultarlas; los consejeros no osaban ex- 
poner su opinión; los guerreros, sin jefe que los guiase, vaga- 
ban taciturnos por las calles desiertas. 

Tzimlzicha, atónito, espantado, indeciso, no sabía qué par- 
tido tomar. Sus favoritos lo apremiaban para que saliese á re- 
cibir á los españoles, mientras que Timas lo apostrofaba, di- 
ciéndole: 

— Vamos, señor; ya estamos aparejados para el combate. 
¿Fueron por ventura tus antepasados esclavos de alguno para 
que lo seas tú de estos extranjeros? 

Pero el rey no respondía: muda estaba su lengua y en sus 
ojos incierta la mirada. Entonces Timas, poseído de indigna- 
ción, exclamó: 

— Ya que no tienes valor para pelear, has que traigan plan- 
chas de cobre; nos las pondremos en la espalda y bajaremos 
al fondo de la laguna; de esta manera llegaremos más presto al 
sitio en que se encuentran nuestros progenitores que supieron 
ser dignos y libres. 

El rey, en cuya alma parecía haberse apagado la luz de la 
conciencia, obedecía maquinalmente: mandó que le llevasen 
sus más ricos plumajes, sus brazaletes y sus rodelas de oro 
y lujosamente ataviado bailó con sus nobles la danza de la 
muerte. 

En aquel momento apareció Eréndira en el lugar de la esce- 
na y dirigiéndose á su padre le dijo algunas palabras al oído. 
Brillaron de entusiasmo los ojos del anciano; y mientras que 
el rey y los nobles danzaban y apuraban el ardiente checata ^ 

1 Aguardiente de caña de maíz. 



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64 

para llegar al paroxismo de la embriaguez, procurando no ser 
YÍsto, salió del palacio y acompañado de su hija, se encaminó 
hada el templo de Xharatanga. 

No pasó, sin embargo, inadvertida para Tzintzun la salida 
del anciano consejero. Se acercó al monarca y en voz baja le 
habló: 

— Señor, atiéndeme. Timas y sus parciales te engañan: la 
traición se ha apoderado de su pecho y sólo tratan de darte 
la muerte. 

Tzimtzicha no lo escuchaba, presa del vértigo de la danza y 
de la beodez. 

—Escúchame, señor, — repetía Tzintzun — tus subditos se re- 
belan y en este momento se reúnen para venir á asesinarte. 

— ¿Qué dices? ¿Es verdad que quieren mi muerte? ¿Quié- 
nes son? Vosotros me defenderéis. 

— Huye, huye sin pérdida de tiempo! Ecuángari y yo reu- 
niremos los restos del ejército para castigar á los traidores. En 
seguida saldremos al encuentro de los españoles, como si lle- 
vásemos el objelo de batirlos, pero en realidad para detener- 
los en su marcha, en tanto que tú te alejas con las princesas 
y con los nobles que te son fieles. 

— Mas ¿á dónde iré? ¿En dónde tendré confianza para ocul- 
tarme? 

— Yo mismo no lo sé. Mañana que se haya despejado tu 
razón, la prudencia te aconsejará. Por ahora loma cualquier 
camino y no te detengas un momento. 

Aceptó el monarca el consejo, mandó que apagaran los ha- 
chones de resina que iluminaban el palacio, y saliendo por una 
puerta que al efecto mandó abrir á la espalda del edificio, se 
dirigió al monte seguido de escasa comitiva. Allí pasó el resto 
de la noche, oculto en lo más espeso de la selva. La embria- 
guez se había disipado, merced al terror que le inspiraron las 
palabras de Tzintzun. 

Antes de que asomase el alba del día siguiente, Tzimtzicha 
y sus compañeros se embarcaron, atravesaron el lago y salta- 



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65 

ron á tierra cerca de Guayameo, y tras penosas jomadas, lle- 
garon una noche á Uruapan, en donde el rey de los purépe- 
eha pudo ocultar su persona, en tanto que la historia iba á 
poner de manifiesto la ignominia de su nombre. 



X 



Ecuángarí y Tzintzun reunieron, en efecto, algunos escua* 
drones. 

En vano buscaron á Timas y á los rebeldes que, según ellos, 
debían acompañar al anciano patriota. La ciudad parecía es- 
tar enteramente tranquila. 

En esta creencia, los dos caudillos salieron por el camino 
por donde venían los castellanos. Llegaron á un punto llama- 
do Api ^ Desde una altura en que acamparon, descubrie- 
ron las avanzadas del enemigo. Entonces los príncipes taras- 
cos mandaron marcar una extensa raya en la tierra, al frente 
de su ejército, para indicar á los españoles que no podrían pa- 
sar de allí. 

Entre tanto Cristóbal de Olid y sus numerosas huestes avan- 
zaban rápidamente y no tardaron en presentarse delante de 
los guerreros de Tzintzuntzan. 

Llegó el capitán español á la raya trazada por los tarascos 
é informándose de lo que significaba formó su batalla y orde- 
nó el ataque. 

Visto esto por Ecuángari y Tzintzun se apresuraron á en- 
viar parlamentarios á Cristóbal de Olid, proponiéndole la paz. 

Dura fué la condición que para otorgarla les impuso el con- 
quistador. 

— "Dejad los arcos y las flechas — les dijo — y entregos pri- 
sioneros." 

Los guerreros tarascos obedecieron el mandato. Muchos de 
los soldados lloraban al soltar las armas, sin que pudieran coñ- 

1 Así, trunco, eetá escrito este nombre en la Belacidn. 

Micboacán.-6 



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6ñ 

solarlos las palabras humildes de Ecuángari y Tzínlzún, quie- 
nes al presentarse á Olid le ofrecieron ramilletes de flores 

La patria ocultó entre las manos su semblante enrojecido de 
vergüenza. 

XI 

— ¿Qué puedo hacer yo sin armas, sin ejército, ni amigos? 
Decía Nanuma á Timas en el atrio del gran templo de Xhara- 
tanga. 

El anciano respondió: 

— En vano puse mi última esperanza en tí, ordenándote que 
reunieras en este lugar los desorganizados restos de nuestros 
escuadrones. Te los dejaste arrebatar por esos principes afe- 
minados é indignos. Nanuma, te diría que eres un niño, si no 
fuera porque 

— ¿Y qué querías que hiciese? 

— ¡Morir! — exclamó en este momento Eréndira — pero tú no 
sabes cuánto deben amar sus hijos á la patria para ofrecerle 
este sacriñcio. 

— ¡Eréndira! 

— Los españoles te enseñarán bien pronto el único oficio 
propio de los hombres que no saben morir en defensa de su 
patria. 

Eréndira con los labios levemente recogidos por una sonri- 
sa de desdén, y pálida de cólera, volvió la espalda al guerrero 
y acompañada de su padre subió los escalones del templo que 
se hallaba rodeado, en aquella hora, de algunos grupos de 
gente. 

Timas se mostró en lo alto de la plataforma y levantando su 
▼oz, d^o: 

— Purépecha, nuestros guerreros ya no saben manejar las 
armas — se han convertido en migeres. ¿Hemos de dejar nos- 
otros que esta tierra sea profonada por los extranjeros? Somos 
pocos, pero los hombres decididos á morir están auxiliados 



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67 

por los dioses y sos fuerzas se maltiplican. Haced que vues- 
tras esposas y vuestras hijas se alejen de la ciudad; que se 
oculten en los montes, antes que ser las esclavas de los ínva- 
isores. Nosotros perderemos aquí la vida, defendiendo nuestro 
hogar y nuestros templos. Daremos libertad á los prisioneros 
<pxe estaban destinados al sacrificio para que nos ayuden en la 
pelea. 

— Sí, sí; exclamaron algunos centenares de voces, muramos 
4mtes que vernos convertidos en esclavos; antes de que las som- 
bras de nuestros antepasados nos llenen de maldiciones! 

— ¡Juradlo! 

—¡Lo juramos por nuestro padre el sol! Que no nos calien- 
te su fuego si faltamos á nuestra palabra. 

En pocos instantes aquellos hombres corrieron á sus caba- 
nas, se armaron de hondas y de flechas, se despidieron, acaso 
para siempre, de sus esposas y de sus hijos, y regresaron al 
•templo, llena el alma de fe y de arrojo el corazón. 

Antes de una hora se vio desaparecer entre los pinos del 
«cercano monte una larga procesión de miyeres que huían de 
la ciudad. Vestidas con sus blancos guanengos, destrenzado el 
cabello y pálido el semblante, parecían los espectros de los an- 
tiguos pobladores del reino, que hubiesen salido de sus tum- 
has para no ser profanados por los viles invasores. 

xir 

Timas quedaba en lo alto del templo. A su lado se agrupa- 
ba un millar de hombres, cuyo número iba aumentándose por 
cuantos sentían en su pecho arder el patriotismo. 

Pero los españoles penetraban ya en las calles de la ciudad. 

A su vista, aquel puñado de valientes purépecha exhaló el 
4[rito de guerra. 

Cristóbal de Olid lleno de furor; hizo conducir á su presen- 
cia á Ecuángari y Tzintzún. 



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68 

— ¿Por qué habéis mentido?— les dijo— Sois unos traidoreet 
Ved como se nos recibe de guerra. 

— Sefior, apiádate de nosotros — le contestaron— esos que^ 
allf ves son los esclavos rebeldes al rey nuestro amo; son los 
que intentaban asesinarlo, porque quería recibirte de paz. Son 
unos cuantos hombres. ¿Qué podrán contra tu inmenso poderi^ 

Así lo comprendía también el capitán español y en vez de- 
seguir discutiendo con sus prisioneros, destacó una oohimna 
de cinco mil aztecas y una partida de castellanos contra lo& 
defensores del templo. 

Se oía incesante el grito de guerra. El espacio se cubrió de 
flechas y de piedras. De cuando en cuando, se escuchaban Ios- 
disparos de la artillería, cuyo estallido repetía el eco, de mon- 
taña en montaña. 

Timas y los suyos hacían prodigios de valor. Rechazaban 
al enemigo cada vez que intentaba escalar la gradería. A ve- 
ces bajaban ellos mismos del templo y cuando lograban apo- 
derarse de algún español, lo conducían inmediatamente á la 
piedra del sacriñcio y lo inmolaban á la diosa Xharatanga, y 
en medio de gritos de entusiasmo, mostraban á los demás cas- 
tellanos el corazón humeante que chorreaba sangre. 

Los indios aliados — mexicanos y tlaxcaltecas— cafan á cen- 
tenares; pero Cristóbal de Olid enviaba nuevas huestes á cu- 
brir los huecos de las ñlas. 

En cambio, los defensores del templo disminuían á gran pri- 
sa. Sus cadáveres llenaban ya la plataforma ó caían despeña- 
dos al atrio. 

Empero ni una voz se alzó pidiendo cuartel. 

Aquella lucha tan desigual era la protesta de la patria mo- 
ribunda, pero erguida, ante la brutalidad de la conquista y la 
infamia de la traición. 

Por ñn Cristóbal de Olid envió al combate á todos los arca- 
buceros. Resonó el trueno y las balas barrieron el último pe- 
lotón de los purépecha. Unos cuántos lograron descender del 
templo y huyeron hacia el monte. 



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Más de seiscientos cadáveres de los tarascos yacían en el 
«campo de la pelea, mezclados con los incontables muertos de 
los mexicanos y tlaxcaltecas. 

^Y llegábanse los españoles y miraban si los cadáveres te^ 
oían barbas*' ^ para saber cuántos de los suyos habían sido sa- 
<9riflcado6. 

El triunfo había costado caro á Cristóbal de Olid, quien no 
{)odía menos de admirar la abnes¡ación y heroicidad de aquel 
pufiado de valientes, que no tenían más objeto que el deaeo 
•de que no se dijera que su patria había caldo en poder de los 
^conquistadores, sin que hubiese un sólo hgo que en su defen- 
sa le sacrificase la vida. 

XIIL 

La historia cuenta la gran catástrofe de Tenoxtitlán que ca- 
yó álos pies de Hernán Ciortés convertida en escombros. Canta 
•en himnos de epopeya, la heroica resistencia, el valor sobre- 
humano, el genio divino de Cuauhtemoc. Pero ni una estrofa, 
ni una página siquiera consagra á aquellos héroes ignorados, 
-que trataron de borrar con su sangre la afrenta y la ignominia 
-del rey de los tarascos. 



TERCERA PARTE. 
Humillación t venganza. 

I 

Cristóbal de Olid quedó enseñoreado de Tzintzuntzan, So- 

1 Kelación. pág. 96.— Muy confüAo es el lenguaje del autor de la Belaeión 
•al referir eete episodio. Parece que de intento se ha querido obscurecer el re- 
lato. Lo cierto es que los historiadores se han equivocado al afirmar que la 
«conquista de Michoacán fué enteramente pacífica. 



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70 

bre el extenso reino de Michoacán soplaba un viento fatídica 
de tristeza y desolación. 

El rey de los purépecha había desaparecido, sin que nadie- 
supiese su paradero. Los príncipes y favoritos más allegados 
á la persona del monarca estaban prisioneros en poder de lo»- 
castellanos. Nanuma mismo había ido á buscar un refugio en- 
tre los grillos y cadenas que aherrojaban á Tzintzún y Ecuán- 
gari. En suma, deshecho, evaporado como el humo, estaba el 
ejército de aquellos indomables guerreros, á quienes nunca 
habían podida vencer ni la ferocidad de los otomites ni el co- 
losal poder de los aztecas. 



II 



Cuando los soldados del numeroso ejército de Cristóbal de 
Ólid tomaron sus cuarteles después de la victoria, su jefe les. 
permitió salir á proveerse de víveres. 

La ciudad estaba desierta. No se encontró una sola mujer- 
en el interior de las casas ni en las calles solitarias. 

El fuego se había extinguido en todos los hogares y aquellos 
hombres, muertos de fatiga, no hallaron comida con que sa- 
tisfacer el hambre que los devoraba. 

Entonces se cumplió la predicción de Eréndira cuando d^o 
á Nanuma: *4os españoles te enseñarán bien pronto el único 
oficio propio de los hombres que no saben morir en defensa 
de la patria.** 

En efecto, Cristóbal de Olid ordenó que, sin distinción de 
clases, preparasen los prisioneros la comida para sus vencedo- 
res, ó como dice el cronista: ^ — "Y como no había migeres en 
la cibdad, que todas se habían huido y venido á Pátzcuaro y á 
otros pueblos, los varones molían en las piedras (metates) pa- 
ra hacer pan para los españoles.** 

1 Relación, pág. 96. 



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71 



111 

Los indios aliados, por orden de Olid, habían despejado de 
cadáveres el recinto del templo. 

Al día siguiente un pregonero, al son de clarines y tambo» 
res, anunció que el ejército daría gracias al Dios de las victo- 
rias por la que en la víspera habían obtenido los cristianos. 

Deberían asistir á aquella fiesta no sólo los españoles é in- 
dios aliados, sino también los purépecha que estaban prisio- 
neros. 

En vano Olid, por medio de mensajeros, había procurado 
atraer á los habitantes pacíficos de la ciudad que vagaban erran- 
tes por las inmediaciones de Tzintzuntzan. Eran éstos los an-^ 
danos, las miqeres y los niños: los demás habían desaparecido 
como por encanto. 

Empero, habiendo lleglido á noticia de los sacerdotes taras- 
cos que la fiesta pregonada había de verificarse en el templo 
del sol, acudieron en gran número á impedir que fiíese profa- 
nado el santuario. Aún tuvieron tiempo de retirar y ocultar el 
gran disco de oro que representaba al sol, y cuya lámipa, co- 
mo un espejo, reflejaba los rayos del astro del día. 

Si los tarascos llamaban Huriata al sol, al ''que todo lo abra- 
sa con su lumbre,'^ dieron á su imagen el nombre de Ouriea- 
ueri ^ que significa d luminar. 

Pudieron retirar también los sacerdotes las joyas de oro y 
plata y las ricas pedrerías que en lugar seguro estaban deposi^ 
tadas en el mismo templo. Mas lo que no pudieron esconder 
filé el colosal ídolo de piedra que representaba al lucero ador- 
nado de lentejuelas de oro y que sostenía en la mano un ha- 
cha del mismo metal, como significando que la luz que derra-* 

1 Cnriomueri es el verdadero nombre j aun aií lo pronuncian hoy día loa 
indios tarascos. En la época en que vinieron los españoles á la conquista es- 
cribían la u vocal como v consonante y por esto hallamos escrito ese nombre 
en la historia y en las crónicas, Curieaverif que nada significa. 



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7t 

maba sobre el mundo, no era su propio brillo, sino el reflejo 
del astro incandescente. 

Los sacerdotes permanecieron después, formados en filas, 
en la alta plataforma del templo. De cuando en cuando ento- 
naban tristes plegarias, como si fueran el canto funeral de sus 
dioses. 

Llegada la hora de la fiesta, el jefe español intimó á los sa- 
cerdotes que se retirasen de aquel lugar, en donde desde aquel 
día en adelante iba á rendirse culto al Dios verdadero y á arro- 
jar al demonio que hasta entonces había tenido degos y obce- 
cados á los indios. Los sacerdotes contestaron que los puré- 
pecha, desde tiempo inmemorial, adoraban á ese Supremo Ser, 
Creador del cielo y de lá tierra, que se llama 7\ioyp-Achá ^^el 
único Sefíor*^ del Universo, por más que para los hombres 
fuese invisible; y que en cuanto al demonio, ni lo conodan ni 
jamás habían imaginado que pudiese existir un rival del Todo- 
Poderoso. 

Indignado Cristóbal de Olid al escuchar semejante blasfe- 
, mia, dio orden á sus soldados de que escateran el templo. In- 
flamóse de celo religioso el pecho de los castellanos y subieron 
á lo alto del santuario. 

ün grito de cólera se exhaló de los labios de los sacerdotes 
que protestaban contra el sacrilegio, que clamaban pidiendo al 
délo venganza y que auguraban un tremendo castigo para los 
profanadorea, asegurando que sus dioses los aniquilarían en el 
acto. Mas aquel inmenso vocerio no biso más que enardecer 
la piedad de los soldados que embistieron con el ídolo, arroján- 
dolo del altar hecho pedazos. 

Atónitos quedaron los sacerdotes y los prisioneros purépe- 
cha, al ver que el cielo no Tvmitaba sus rayos sobre los impíos 
y que Ouríto-Quert, ^ el mensajero de los dioses, al ser arro- 
jado del altar, no los llenase de maldiciones. 

EIntonces se aprovechó de esto Cristóbal de Olid para decír- 

1 Relación, pág. 96.— Curíta-Querí significa *<e] gnm tizón.'' Bra, oomo 
ae ha dicho más arriba, el nombre que los tarascos daban al lucero. 



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78 

les que vieran cómo sos dioses eran sufiridos é impotentes an- 
te el Dios de los cristianos. Los guardianes del templo, espan- 
tados, huyeron en todas direcciones. 



IV 

Cumplido ya el del)er religioso, bajó Cristóbal de Olid las 
gradas del templo y pidió á los caudillos prisioneros que le en- 
tregasen el oro, ^ todo el oro de los reyes tarascos. 

En el espacio de seis lunas ' que Cristóbal de Olid y los su- 
yos permanecieron en Tzintzuntzan, las islas del lago ñieron 
registradas minudosamente y se encontraron grandes canti- 
dades de oro y plata y piedras preciosas que los tarascos lla- 
man chupiri. ^ 

Igualmente hallaron en el alcázar del rey cuarenta arcas re- 
pletas de mitras, rodelas, y brazaletes de oro puro y de la me- 
jor plata. Todos estos tesoros pertenecían á la corona y habían 
sido reunidos por los antepasados de Tzimtzicha para lucirlos 
en las fiestas. 

Tan estimados, como los metales preciosos, eran para los 
indios los plumajes con que se engalanaban en los grandes días. 
Las esplendentes plumas no sólo servían para adornar los pe- 
nachos, sino para tejer los trajes de las mujeres de la nobleza, 
para festonar los jubones de los guerreros, para fabricar aba- 
nicos y aun como señal de cambio para adquirir otros obje- 
tos. ^ Los hermosos pájaros de la tierra caliente y de los cli- 
mas fríos daban el contingente de plumas de los más variados 
y vistosos colores. 

¡Qué hermoso ha de haber sido contemplar é:randes grupos 
de hombres ó de mujeres ataviados con tan brillante lujo! ¡Qué 

1 Belaoión, pág. citada. 

2 "Cada luna cuenta esta gente veinte díai.'' — Rel*ición id. 
8 Significa lumbre. 

4 Aún se conserva en los indios de raza pura en Af ichoacán esa predilec- 
<nón por las plumas de colores. 



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74 

imponente mirar un numeroso ejército en que sobre las cabe^ 
zas de los guerreros formara el viento olas de espléndidos ma* 
tices! 



Y dice la historia ^ que después de recogidos esos tesoros 
los soldados de Olid se echaron sobre las casas principales f 
empezaron á hurtar todas las joyas y plumajes que hallaban. 
Viendo lo cual, las mujeres, que habían ya tornado á la ciudad, 
^'salían tras de ellos con unas cafias macizas y les daban de 
palos/* Y como estuviesen por allf los principales (de entre los 
prisioneros), *'las mujeres empezaron á deshonrarlos, dicién- 
dotes que para qué traían aquellos bezotes ^ de valientes hom- 
bres, puesto que no eran para defender el oro, la plata ni los 
plumajes que se llevaba aquella gente. Empero los principa- 
les, que no tenían vergUenza de traer bezotes, más bien defen- 
dían á los españoles contra la agresión de las mujeres. 



VI 

Cristóbal de Olid, reservando para sí una gran parte del bo- 
tín, envió el resto, que era cuantioso, á Hernán Cortés. 

A este efecto comisionó á Tzintzun, quien con la preciada 
carga se dirigió á Goyoacán, residencia del conquistador. 

Infinito fué el número de tamenes (cargadores) que se em- 
plearon en la conducción, distribuidos de veinte en veinte hom- 
bres, con orden de no reunirse ni apartarse demasiado, sino 
conservando una distancia tal, que cada pelotón alcanzase á 
ver al que iba delante, para lo que cada uno llevaba en la car- 
ga una bandera roja. Y refiere la tradición qne cuando el pri- 

1 Kelacíóa, pág. 98. 

2 Infiignia de mando entre los caudillos del ejército. Los bezotes eran unos 
adornos de oro, plata ú obsidiana que se sostenían en una perforación del la- 
bio superior. 



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76 

mer grupo entraba en las calles de Coyoacán, el último «penas 
abandonaba á Tzintzuntzan. 

Hernán Cortés contempló lleno de júbilo el inmenso tesoro 
y luego dio orden de que se aposentara regiamente al principe 
Tzintzun, entretanto lo recibía en audiencia pública. Pero an- 
tes de hacer la narración de ella, trasladémonos á la pintores- 
ca ciudad de Uruapan. 

Vil 

El rey Tzirotzicha permanecía semi oculto en aquel edén, en 
donde los bosques están cuajados de frutas, donde los manan- 
tiales son cascadas, y torrentes de espuma los caudalosos ríos^ 
aromas y perfumes el ambiente, el suelo alfombra de flores, y 
los rayos del sol efluvios de vida. 

Allí se deslizaban tranquilos los días del afeminado monarca^ 
olvidado de sus deberes como soberano, de las armas como 
guerrero, de la defensa del reino como patriota. 

Acaso ni llegaban á su oído las noticias de lo que pasaba en 
la capital de su imperio, ni en la ciudad de Pátzcuaro, en don- 
de un puñado de hombres volvía por la honra de Hichoacán. 

Vlll 

En efecto si Cristóbal de Olid podía considerarse dueño de- 
Michoacán, sabía bien que aquel grupo de valientes que logró 
salvarse en el asalto del templo se había dirigido á Pátzcuaro 
y había ocupado la parte alta de la ciudad en el rumbo det 
Oriente, en donde construía fortificaciones y en donde iban 
reuniéndose poco á poco los que aún alentaban en su pecho el 
amor de la patria. Tanto para Cristóbal de Olid, como para lo& 
principes y nobles purépecha que lo rodeaban, aquellos hom- 
bres eran considerados como rebeldes al' trono de Castilla y al 
del imperio tarasco. Y si por uií lado el jefe español trataba 
de reducirlos til orden, por el otro los dignatarios que ejercían 



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76 

«n Tzintzuntzan la -autoridad del monarca, estaban empella- 
dos en castigar á los sublevados, siquiera fuese por inspirar 
confianza al capitán conquistador. 

Díóse, de común acuerdo, á Nanumael encaigo de ir á des^ 
truir aquel foco de insurrección. Reuníanse á gran prisa los 
desbandados restos del ejército michoacano y se dispuso la 
marcha. 

¿Para qué decir que Nanuma iba á emprender esta expedi- 
ción con el eptusiasmo y el valor que le habían faltado en su 
campaña de Taximaroa? ¿Acaso los rebeldes no estaban capi- 
taneados por Timas? ¿No se hallaba entre ellos la miger que 
se había burlado de su amor, que le había llamado cobarde por 
no haber muerto en una lucha imposible? ¿No estaba allí Elrén- 
dira, la de obscuros ojos brillantes como las antorchas de la 
noche, la de seno voluptuoso lleno de encantos infinitos? ¿Qué 
le importaban sus desdenes si al cabo iba á ser suya? 

Nanuma marchó sobre Pátzcuaro, llevando á sus órdenes 
más de mil guerreros tarascos y cinco ginetes castellanos, po- 
deroso auxilio que le diera Olid para inspirarle confianza en el 
éxito del combate. Por lo demás, Nanuma sabía que su ene- 
migo apenas si contaba doscientos hombres. Y todavía así, se 
propuso dar una sorpresa para asegurar la victoria. C¡on este 
intento emprendió su marcha, haciendo un rodeo por Tupáta- 
ro y trepando por las montañas que se extienden al Oriente 
de Pátzcuaro, llegó á esta ciudad en el curso de una noche en- 
vuelta en espesos nubarrones. 

Inmediatamente destacó sus columnas de ataque que pene* 
traron en el atrio. Tan grande era el silencio que reinaba en 
la fortaleza, que Nanuma creyó no haber sido sentido por sis 
contrarios. Entonces dio en voz alta la orden de escalar el tem- 
plo Estridente carcajada respondió á las palabras del va- 
liente jefe, que sintió helársele la sangre en las venas. En aquel 
momento un diluvio de piedras y de flechas sembró la muerte 
en la tropa, acometida ya por el pánico. 



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77 

Como un torrente que se despeña de las montañas y cuyo 
fragor semeja al trueno de las nubes, loa patriotas.de Timas 
descienden del templo, se mezclan entre los asaltantes, se oye 
el duro choque de las macanas en medio del gemido de los mo- 
ribundos. 

Los soldados del rey huyen como bandadas de codornices. 

Y después de esta rápida escena, aún escucha Nanuma, al ir 
corriendo, la estridente carcajada de Eréndira. 

IX 

En el atrio, los guerreros de Timas entonaron el canto de 
victoria. 

Recogen abundante botín y como parte de él, un soberbio 
corcel blanco, del que se apoderaron al recibir la muerte su 
ginete. Los gritos de alegría se convierten en ahullidos de ven- 
ganza; en todas partes se oyen voces pidiendo el sacriñcio del 
monstruo^ como una ofrenda á Xharatanga que los había cu- 
bierto de gloria. 

Ya iba Timas á entregar la víctima á los sacerdotes, cuando 
Eréndira, que había bajado del templo, hizo ademán de que 
quería hablar. Callaron todos, y la joven, dirigiéndose á su pa- 
dre, pidió que le entregase el prmonero: 

— No me lo rehuses, padre; — continuó diciendo — el mensa- 
jero de los dioses, que asoma ya por el Oriente, ha enviado 
uno de sus rayos al interior de mi alma para comunicarme una 
orden divina. Que nadie me pregunte, pues no revelaré por 
hoy mi secreto. * 

Ya fuese que los guerreros creyeran en las palabras de Erén- 
dira, ó que quisiesen satisfacer el capricho de la doncella á 

1 Bréndira se refería al interior de su pecho, pues los tarascos desconocían 
la existencia del alma. Hoy le dicen ánimas del latín, porque así se lo ense- 
naron los misioneros. 

Creían en una segunda existencia después de la muerte; pero no el alma, 
sino la sombra (cumanda), era la que seguía disfrutando de una yida eterna. 



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78 

quien tanto querían, lo cierto es que no hubo uno que no cla- 
mase porque el hermoso corcel fuese entregado á la hija de 
Timas. 

X 

Es ya tiempo de que volvamos al lado de Tzintzun, á quien 
dejamos en un regio aposento de Coyoacán. 

Después de que Hernán Cortés hubo separado del tesoro de 
Michoacán la parte que correspondía al rey de España, guardó 
la suya, que era la mayor, poniendo en la distribución el es- 
pecial cuidado que lo caracterizaba en todos sus actos. 

En seguida envió á llamar á Tzintzun y le dijo: 

— ^¿Cómo es que el presente que me habéis traído meló en- 
vía Cristóbal de Olid? ¿Acaso vuestro rey no estaba en la ciu- 
dad? 

— ^Ásí es, señor; Tzimtzicha, para venir más pronto á verte, 
se embarcó en la laguna y su piragua naufragó, azotada por 
los vientos.' ¡Mi rey es muerto! 

—Entonces alguno de sus hermanos habrá ocupado el tro- 
no. ¿A quién habéis elegido? 

— Mi amo, señor, no tenía hermanos. Cuando yo salí de 
Tzintzuntzan no se reunían aún los nobles para tratar de la 
sucesión de la corona. 

— Me habían dicho que el Caltzontzin tenía un hermano que 
se llama Ecuángari. 

•— Ecuángari y yo somos gemelos, y ambos parientes inme- 
diatos del rey, siendo costumbre entre nosotros que los pa- 
rientes se digan hermanos. 

— Como quiera que sea, uno de vosotros ha de ser el rey de 
los tarascos. 

— Será, señor, como tú lo deseas. 

No de otro modo repartía Cortés entre los vencidos á quie- 

1 Relación, pág. 99. 



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79 

nes quería halagar, el mando imaginarío é irrisorio de las pro- 
vincias conquistadas. 

Don Hernando ordenó que su mayordomo entregase á Tzin- 
Izun unos collares de cuentas de vidrio y otras baratijas que 
tanto estimaban los indios. 

— Estos obsequios, le dijo el conquistador, tenfa yo prepara- 
dos para corespohder el regalo del Caitzontzin, pero puesto 
que ya no existe, tomadlos y los dejaréis caer en ei lugar del 
lago en* que se ahogó, para que los tenga consigo. 

En seguida el tesorero Alderete condujo á Tzintzun al lago 
de Texcoco y lo hizo entrar en uno de los bergantines. Nave- 
garon un rato, y Tzintzun no se cansaba de ver cómo inflaba 
el viento las velas de la embarcación y la hacía deslizarse por 
las aguas, cual si estuviese movida por gigantescas alas, y pen- 
saba que al impulso de la poderosa máquina quedarían des- 
truidas, como por encanto, las frágiles chalupas que surcaban 
el lago de Pátzcuaro, si allí se tratase de hacer resistencia á los 
españoles. 

AI día siguiente se le llevó á presenciar un simulacro de 
guerra. Le infundieron admiración las maniobras de la infan- 
tería; le causaron sobresalto la docilidad, la fuerza y la rapidez 
de movimientos de los caballos, y llenóle de terror el estam- 
pido de los cañones y el estrago de sus balas. 

Empero lo que más afligió su espíritu y aumentó su miedo, 
•cuando regresó del lago, fué mirar el semblante airado de Cor- 
tés y escuchar de sus labios las siguientes palabras: 

—¿Por qué mé has mentido? No es cierto que el Caitzon- 
tzin se haya ahogado en la laguna. Oculto está en un pueblo 
de la sierra. 

Tzintzun comprendió que Cortés estaba bien informado, y 
temiendo la cólera del conquistador, decía lleno de angustia: 

— Ha de ser verdad lo que te dicen. Acaso Tzimtzicha salió 
i la orilla de la laguna, y temeroso de algunos nobles que se 
han rebelado, huyó en secreto; mas cuando yo vine de Tzin- 
tzuntzan todos creíamos que había muerto. 



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80 

Y al decir esto lloraba, pensando en que lo iban á matan 

— No llores — le dijo Cortés — vuelve á tu tierra. Llevarás 
una carta á Cristóbal de Olid para que os trate bien á todos 
vosotros. Parte luego á donde se halla el Caltzontzin y dile que 
no tema, que torne á su palacio de Michoacán/ en donde lo re- 
cibirán con agrado los castellanos. 

— Todo cuanto mandas á tu siervo se hará, señor. 

— Di también á tu rey que, tan luego como descanse, venga 
á verme á Coyoacán y que no olvide traer oro. 

XI 

Apenas hubo regresado Tzintzun á la capital de lospurépe- 
cha, convocó á los señores de la nobleza, y les notició el men- 
saje que llevaba para Tzimtzícha, y la buena disposición de 
Cortés páralos habitantes de Michoacán. Como resultado de es- 
tas conferencias, á que asistió Cristóbal de Olid, fué nombrada 
una comisión de los principales dignatarios de la corle, presi- 
dida por Tzintzun y acompañada de dos españoles, para que 
fuesen á Uruapan y convenciesen á Tzimtzicha de que debía 
volver áTzintzuntzaná encargarse del gobierno del reino. ¡Aún 
creía la nobleza en la existencia del reino! 

En cuanto á Olid, que en todo seguía la política de Hernán 
Cortés, quería tener á su lado aquella sombra de soberano pa- 
ra hacer más eñcaz la sumisión de los tarascos. 

La embajada llegó á su destino, y ya en [presencia del mo- 
narca habló Tzintzun: 

— Gran rey, tu imperio está en tinieblas; torna con nosotros 
á tu ciudad; te esperan tus subditos para mostrarte su amor y 
su respeto. 

— Muchos de mis subditos se han rebelado contra mí y tra- 
tan de matarme. ¿Cómo quieres que torne entre vosotros? 

— No temas, señor; vienen con nosotros dos españoles, á fin 

1 Así llamaban lo» españoles á TsintzunUan. 



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81 

de asegurarte que su capitán sólo piensa en protegerle contra 
los rebeldes, que no son más que un puñado de perversos. 

El indolente Tzintzicha se dejó convencer, y después de al- 
gunos días pasados en fiestas, regresó la comitiva, llevando 
consigo al monarca. Por indicación de Cristóbal de Olid los 
viajeros debían tocar la ciudad de Pátzcuaro; quería que los 
descontentos presenciaran desde su campo el recibimiento os- 
tentoso que se iba á hacer al monarca, pues que entraba en 
su política que los pueblos viesen el apoyo que los castellanos 
prestaban al rey y la impotencia en que hasta entonces se ha- 
llaban los rebeldes. Persuadido estaba Olid de que los indios, 
aunque comprendiesen que en Tzimlzicha no quedaba ya más 
que la sombra de los antiguos soberanos purépecha, quería, 
sin embargo, deslumhrarlos con los brillantes atavíos de esa 
sombra, á fín de que no cundiera en la masa del pueblo el 
ejemplo dado por aquel grupo de defensores de la patria, á 
quienes trataba de hacer aparecer como insensatos. 



XII 



Mas en una parte andaba Olid harto equivocado. Aunque 
lentamente, cada día se iba aumentando el número de los pa- 
triotas. Muchos de ellos habían trasladado sus familias al cam- 
pamento, que se convirtió en un barrio de la ciudad.^ Habían 
adquirido cierta conñanza de que no serían atacados y de cuan- 
do en cuando algunos de ellos iban á las poblaciones vecinas 
á hacer la propaganda de la buena causa ó simplemente se 
ausentaban del campamento para ir á ver sus sementeras. 

Timas, respetando su carácter de jefe, abandonaba pocas 
veces el puesto; no así Eréndira que la mayor parte del tiem- 

1 Bse barrio subsiste aún hoy dia y se llama el barrio fuerte , precisamente 
por lo que estoy refiriendo, y por espacio de muchísimos años permanecieron 
allí lo0 iiadioB sin reconocer á las autoridades de la conquista, según lo afirma 
la tradición entre los yecinos de Pátzcuaro. 

MichoaoAn.— 6 



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po residía en su bella mansión de Capácuaro, á orillas de la 
laguna. 

La joven había tenido la idea de aprender la equitación: la 
docilidad del caballo cogido á los españoles, el valor natural 
de aquella admirable doncella y el cariño con que ésta trataba 
á su corcel, hicieron que en poco tiempo* hubiese logrado sus 
deseos. El anciano Timas, que se complacía en ver á su hija, 
dominando á uno de aquellos monstruos que tan útiles aliados 
eran de los españoles, concibió la ¡dea de hacerse á toda cos- 
ta de cuantos caballos pudiera adquirir, bien fuese en las ac- 
ciones de guerra, ó bien cambiándolos por oro á sus. dueños, 
ávidos siempre del precioso metal. Una vez conseguido este 
propósito. Timas pensaba adiestrar en su manejo á los jóve- 
nes más ágiles y robustos de entre sus guerreros y oponer á 
la caballería española los ginetes indios, que se pondrían orgu- 
llosos de pelear de igual á igual contra sus enemigos.^ Comu- 
nicada la idea á los valientes que lo rodeaban, fué acogida con 
grande entusiasmo, y los más audaces juraron que la primera 
ocasión que se presentase, más de un español quedaría pie á 
tierra, lamentando la pérdida de su caballo. 

XIII 

Una hermosa mañana del mes de Abril, los rebeldes del ba- 
rrio fuerte vieron aparecer en el rumbo del Poniente la nume- 
rosa comitiva de Tzimtzicha, al mismo tiempo que del rumbo 
del Norte avanzaba el capitán español, seguido de sus tropas 
y de una inmensa multitud formada de los nobles y de la ple- 
be de los pueblos todos de la laguna. 

Cuando ya estaban á punto de encontrarse se oyó el terri- 
ble grito de guerra que salía de las alturas del barrio fuerte. 
En seguida se desprendieron de allí cuatro grupos de guerre- 

1 Muchos de loe indios en aquel tiempo adquirid roa caballos y llegaron á 
ser mejores ginetes que los españoles, por cuyo motivo el gobierno de (JastilU 
les prohibió tener cabalgaduras. 



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88 

ros que, avanzando unos cuantos pasos en dirección á los cua- 
tro puntos cardinales, lanzaron flechas al cielo y entonaron 
himnos de combate. Aquel simulacro no era más que la pro- 
testa de la patria contra los invasores y contra la infame trai- 
ción de los cobardes. 

Por fin llegaron á incorporarse Tzimtzicha y Olid, verificán- 
dose el encuentro en el lugar en que hoy se levanta la capilla 
del Cristo, en Pátzcuaro. 

Apeóse de su caballo el jefe español y tendió sus brazos al 
monarca; mas éste apresuró el paso é hincó la rodilla en pre- 
sencia del extranjero. Mudos y pasmados contemplaban este 
acto de humillación los millares de espectadores. 

En tanto, sobre lo alto de la colina, una mujer que se desta- 
caba enmedio de los rayos del sol y de un cielo purísimo, ver- 
tía lágrimas de rabia y levantaba la mano dirigiéndola hacia 
Tzimtzicha, como si aquella hermosa mano estuviese llena de 
maldiciones. 

Aún hoy día el sitio en que se verificó el encuentro conser- 
va el nombre de el Humilladero} 



XIV 

Dice la historia^ que tan luego como Tzimtzicha regresó á la 
ciudad de Tzintzuntzan, Cristóbal de Olid mandó poner guar- 
dias en el palacio, diciendo que lo hacía para seguridad del rey; 
pero en realidad era por temor de que volviese á fugarse. 

No descansaba aún el monarca de sus fatigas, cuando ya el 
jefe español le exigia la entrega de más tesoros. Tzimtzicha 
envió mensajeros á las islas de Pacandan y Urendan, en don- 

1 El padre Y illaseñor en su Tecciro Americano al hablar de Pátzcuaro, dice: 
*'Y lo primero que se descubre por el Oriente es una capilla en donde se 

Teñera la imagen de nuestro Redentor Crucificado: llaman á este sitio el Au» 
mülfídero, por ser el paraje en que los indios de la provincia se rindieroa ho-> 
mildes á los españoles que emprendieron su pacificación. 

2 BelaciÓD, pág. 102. 



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84 

de los castellanos reunieron ochenta cargas de oro y plata y 
las llevaron de noche á Cristóbal de Olid. Al ver aquella in- 
mensa cantidad se encaró á Tzimtzicha y le dijo: 

— Esto es muy poco: manda traer más, pues que harto ora 
tienes. í%, ¿para qué lo quieresf 

En efecto, ¿para qué quería oro el rey? Le hubiese bastada 
un rayo de libertad. Temeroso, empero, de Olid, llamó apar- 
te á sus principales y lleno de angustia les decía: 

—Ved qué enojados están los dioses:^ los atormenta el ham- 
bre del oro. Débenlo de comer y tenemos que saciar su ape-^ 
tito. Id á buscar oro por todas partes. 

Y fueron los mensajeros y registraron todas las islas, reco- 
giendo cuantos objetos de metales preciosos pudieron encon- 
trar: por todo trescientas cargas. 

■—Hé aquí lo que hemos podido reunir — dijo Tzimtzicha é 
Cristóbal de Olid— Tómalo, es tuyo. Nosotros ¿para qué lo 
queremos? 

— Bien está, — replicó el jefe. — Mas tú has de ir á México á 
llevar el tesoro á Don Hernando Cortés. 

— Iré, señor, si así te place. 

XV 

Tzimtzicha emprendió el camino de México acompañado de 
los señores principales de su corte. Iba llorando y decía á 
Tzintzun: 

— Ya lo ves; me había ocultado en Uruapan para que no 
me asesinasen los rebeldes; me sacaste de allí, y ahora vas á 
entregarme á los españoles para que me maten. 

— Desecha tus temores, oh gran rey,— contestó el príncipe 
— el Malinche te recibirá muy bien: tan sólo desea que seas 
vasallo del emperador de Castilla. Por otra parte, ¿no llevas 
oro para aplacar su cólera? 

1 Abí se dejaban llamar loe españolei. 



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86 

Era tan eficaz el remedio, que Tzimlzicha se tranquilizó 7 
pudo continuar el camino. 

Ya cerca del Valle de México lo esperaba la música militar 
de los españoles, porque el conquistador sabía que Tzimtzicha 
llevaba siempre consigo á sus músicos, que los tenia muy bue- 
nos. "Al encontrarse — dice el padre Cavo,^ — sonaron los ins- 
trumentos y alternativamente los músicos españoles y taras- 
<:os dieron muestras de su habilidad.'' 

£1 rey michoacano compareció ante la presencia de Cortés, 
quien se alegró mucho de verlo y le dio la bienvenida. Dispu* 
80 que fuese alojado en una de las mejores casas de la pobla- 
ción y que se le tratase cual correspondía á un príncipe tan 
preclaro. 

Al día siguiente mandó llamar Cortés á Tzimlzicha y le dgo: 

-r-Estos señores aquí presentes son de los principales de la 
nobleza de México. Van á conducirle á la Gran Tenoxtitlán 
para que veas cómo cayó esta ciudad al empuje de mis solda- 
dos, no obstante su grandeza y poderío: en seguida te llevarán 
Á la prisión en que se encuentra Cuauhtemoc sufriendo casti- 
go "por haber sido malo con los españoles." 

Tzimtzicha se dirigió á la ciudad de México, á donde llegó 
cuando empezaba la noche y la luna se alzaba en el horizon- 
te como un disco de fuego, rojo y siniestro; y al mirar las rui- 
nas y los escombros de la que fué metrópoli de la América, no 
pudo contener el llanto en que se mezclaban lágrimas de com- 
pasión y de miedo. "Hé aquí, le decían los guías, la gran ciu- 
dad de México: éste es uno de los palacios de Motecuhzoma; 
allf está el gran templo de Huitzilipoxtli; éstas ruinas fueron 
«1 alcázar de Cuauhtemoc; aquellas la gran plaza del mer- 
cado."2 

Tomó luego la comitiva á Coyoacán, encaminándose al sitio 
«n que se hallaba el héroe mártir. Aún yacía en el lecho de 



1 ('LO0 tres BÍglos de México/' lib. I. 

2 Cavo. **Lo8 tres siglos de México,'' lib. I. 



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86 

dolor, á consecuencia de la tortura á que se le había someti- 
do. Tzimtzicha no pudo menos que estremecerse al contem- 
plar los llagados muñones en que estaban convertidos los pies 
del monarca mexicamo. 

Tzimtzicha hizo ademán de saludar al augusto prisionero^ 
pero éste volvió el rostro con un gesto de desdén. 

— Ya ves, gran rey de Michoacán, — le dijo uno de los espa- 
ñoles — ya ves en qué estado se encuentra el Guatemuz por 
haber osado resistir á los castellanos y por haber ocultado los 
tesoros que le pedíamos. No seas tú malo como él.^ 

Una imperceptible sonrisa de amargura se dibujó en los la^ 
bíos de Cuauhtemoctzin, quien fijó una mirada de lástima en 
el rey de los purépecha. 



Al día siguiente Tzimtzicha se despidió de Hernán Cortés,, 
no sin haber reiterado en su presencia el pleito homenige que 
rendía al Emperador Carlos V. 

— Torna á tu país, le había dicho Cortés; allí reinarás bajo 
la protección de mis soldados: nuestra es la hacienda que po- 
sees y por lo tanto no decretarás tributos; porque esto lo en- 
comiendo á mis españoles. En cuanto á la vida de tus subdi- 
tos, tuya es y podrás disponer de ella como te plazca.* 

No se cansaba el rey de proclamar las bondades de Cortés^ 
y de cuan generosos eran los españoles, puesto que le permi- 
tían disponer de la vida de sus subditos, y en consecuencia 
reinar como soberano. 

En su regreso á Tzintzuntzan, hizo muy contento el camino» 
en el que de rato en rato iba jugando al patal con sus compa- 
ñeros, según refiere la crónica. 

1 Relación, pág. 108. 

2 Relación, p. 104. 



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87 



XVI 

Mientras duró el viaje de Tzimlzicha á México, permaneció 
Cristóbal de Olid en Tzintzuntzan sin emprender expedición* 
alguna, preocupado sólo en indagar la existencia de nuevos te- 
soros. • < 

Reinaba tranquilidad en la extensión del suelo michoacano. 

Los rebeldes del barrio fuerte de Pátzcuaro, viendo que no 
eran atacados, cobraron mayor conQanza é iban más frecuen- 
temente á sus casas ó á ver sus sementeras. 

El mismo Timas, caudillo de los patriotas, lleno de confian- 
za, marchó á sus posesiones de Gapácuaro sobre la orilla orien- 
tal del lago. Allí había ocultado la doncella el hermoso corcel 
quitado á los españoles el día del combate. Eréndira mostraba 
cada día más cariño al noble animal, y éste, que parecía haber- 
lo comprendido, correspondíale lleno de gratitud, relinchando 
de contento cada vez que la veía y moviendo graciosamente 
las elegantes orejas. Alimentábalo Eréndira cuidadosamente y 
lo había alojado en el mejor aposento de la casa. Cuando lo 
montaba, el generoso bruto, coitio si se enorgulleciera de su 
preciosa carga, marchaba arrogante por las colinas, saltaba ai- 
rosamente las barrancas ó galopaba en la llanura, dejando flo- 
tar, al impulso del viento, la crin sedosa y abundante. 

Los indios contemplaban admirados aquella esbelta amazo- 
na, la veían pasar como celeste aparición y perderse en la es- 
pesura de los bosques. 

XVII 

El más profundo silencio reinaba en la mansión de Timas. 
Los habitantes de la casa yacían en profundo sueño. 

De cuando en cuando el oorooví^ como centinela de la noche, 
lanzaba su agudo canto desde la copa de los pinos. De repente 
el ave redoblaba sus gritos de alarma, y volaba de árbol en 
árbol inquieta y azorada. 



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88 

Empero nadie la oía en el interior de la casa. 

Comenzaban á palidecer las estrellas é iba despercudiéndo- 
se poco á;poco el negro manto de la noche. Los ojos penetran- 
tes del corcoví se fijaron en unas manchas obscura3 que se 
•dibigaban en la superficie del lago; el pájaro, espantado, ge- 
mia lleno de angustia y saltaba de rama en rama, como poseí- 
do de desesperación. 

En la mansión de Timas todos dormían profundamente. 



De improviso, cuarenta hombres armados saltaron de dos 
barcas, j rápidos se dirigieron á la silenciosa estancia. Aque- 
llos guerreros estaban mandados por Cuinienángari j por Na- 
numa. Rodearon la casa y exhalaron el grito de guerra. 

Los habitantes despertaron sobresaltados. En seguida apa- 
reció en la puerta el anciano Timas y tras de él sus diez espo- 
sas que lloraban y se mesaban los cabellos. Eréndira fué la 
única que se presentó serena, cubierto el rostro de severa al- 
tivez. 

En aquel momento la aurora derramaba sus galas en el ho- 
rizonte. , 

Digna era la actitud de Timas: los collares de turquesas que 
ceñían su cuello, las grandes orejeras de oro que descendían 
hasta sus hombros, los cascabeles del mismo metal que ador- 
naban sus muslos, y la guirnalda de trébol que coronaba sus 
sienes, más parecían indicar que el anciano marchaba á ^algu- 
na fiesta que al encuentro de sus enemigos. 

Cuinienángari le mostró una carta que le enviaba Tzimtzi- 
cha, quien, como señor de la vida de sus subditos, usaba ya 
esta señal de mando. 

—¿A qué vienes tú aquí? — preguntó Timas á Cuinienángari 
— ¿Vas acaso á alguna conquista? 

— En vano te burlas de nosotros contestó el mensajero; el 
rey ha dado orden de muerte contra tí. 

— ^¿De qué me acusa? ¿De defender su reino? 



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— No me toca juzgar á mi señor. Enviado soy y cumpliré 
ras mandatos. 

— ¡Valiente eres! Pelearemos los dos. ¿No has estado tú en 
las batallas en que pelean enemigos contra enemigos? ¿Matas- 
te alguno por si acaso? 

— "¿Tienes miedo de morir? ¿Por qué me insultas?" 

— "Sé bien venido; y pues mi sobrino el rey lo manda, sea 
así. Yo también estuve á punto de matarlo por traidor. Pelea- 
remos. ¿Cómo he de tener miedo, pues había resuelto matar- 
me antes que ver la afrenta de la patria? Espera un poco." 

Urnas penetró á un aposento seguido de sus mujeres. En- 
cendió los braserillos con el incienso destinado á la muerte, 
escogió una entre sus odaliscas y hundió en su pecho una na- 
vaja de obsidiana. Era la esposa escogida como compañera en 
ra eterno viaje. 

Y tomó á salir en donde estaba Cuinienángari con los ver- 
ángos que lo acompañaban. 

— Toma — le dijo Timas — tonta este vaso de vino, pues que 
has de tener sed. 

— No tengo sed. No soy cobarde, contestó el mensajiaro. — 
Lo que tengo es hambre de matarte. 

^Y á una señal que hizo, los cuarenta asesinos se arrojaron 
sobre Timas y lo acogotaron con sus porras, ^ le quebraron la 
cabeza y lo llevaron arrastrando antes de que muriese, y los 
hijos que estaban con Timas huyeron de miedo, ^ en tanto que 
las mujeres lanzaban gritos de dolor en el fondo del aposento." 



Entonces, como era costumbre, los verdugos se apoderaron 
de los bienes del ajusticiado y se repartieron las mujeres. 

Naouma escogió su botín, á Eréndira, que si no había que- 
rido ser su esposa sería ahora su esclava. 

1 Kélación, pág. 105. 

3 Ta se ha dicho que Timas no tenía más hijos que £réndira; pero repito 
^[oe los tarascos Uamaban hermanos á loe primos é hijos á los sobrinos. 



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90 

Arreglado el reparto, todos se apresuraron á penetrar en el 
aposento para tomar posesión de su presa. 

En aquel instante una blanca visión, como la imagen divina 
de un sueño, apareció en el umbral. Era la hermosa doncella, 
montada en fantástico corcel, que se abrió paso por entre los 
asesinos, derribando á Nanuma. 

Ligera como el viento desapareció entre la espesura de los 
pinos. 

El corcovi batió sus alas, brincó de rama en rama y mur- 
muró trinos de alegría. 

Al mismo tiempo el sol brotaba en el Oriente, llenando el 
mundo de efluvios luminosos. 



CUARTA PARTE. 
La Predicación del Evangeuo. 

I 

El mes de Julio se deslizaba en el infinito declive de los si- 
glos. 

El paisaje de Capácuaro ostentaba todo el brillante lujo del 
estío. 

Por la mañana el fecundo luminar del día hacía resaltar el 
verde gualda de los maizales que alcanzaban ya su pleno des- 
arrollo, y sobre sus anchas hojas millares de gotas de rocío, 
como diamantes acabados de pulir, temblaban al impulso de 
la brisa. 

En la tarde, negras nubes se aglomeraban en el horizonte, 
y creciendo rápidamente obscurecían el cielo. El rayo cente- 
lleaba, y mugía el trueno que iba repercutiéndose de montaña 
en montaña. Entonces se desataban cataratas que inundaban 
la tierra. 



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91 

Una tarde en que el cielo estaba despejado, el astro rey des- 
pedía sobre el campo sus rayos abrasadores, como saetas de 
lumbre. 

Eréndira, á la sombra de frondosa encina, contemplaba ab- 
sorta la dilatada sementera de maíz profusamente iluminada 
por el sol. 

Eréndira, que jamás había amado, ¿por qué experimentaba 
en aquel momento honda tristeza, que la hacía pensar en que se 
hallaba sola en el mundo? ¿Por qué en aquel seno, en que pa- 
recía dormir la naturaleza, palpitaba extraña sensación de so- 
ledad? ¿Por qué ningún guerrero venía á su lado á despertar 
en su pecho las alegrías del amor? 



Los ojos de la doncella se dilatan en una mirada de miste- 
rioso placer. ¿Qué pasa en el maizal, que así provoca el éxta- 
sis de Eréndira? Su pecho se levanta y late y parece que dos 
elevadas ondas se hinchan allí, como las olas del mar que pre- 
sagian la tempestad. 

En aquel momento sucede algo extraordinario en la fecun- 
da sementera. Yérguese cada tallo, las hojas se desmayan, las 
espigas se mueven y tiemblan los pistilos de la flor, semejan- 
tes á una sedosa cabellera. Y llega, no sé de dónde, una ráfa- 
ga suave y tibia de viento, que vibra entre las plantas, que lo 
invade todo, que derrama un aliento de sensualidad en aquel 
campo de esmeralda; y de improviso se satura el ambiente de 
un polvo amarillento, desprendido de las espigas, que parece 
lluvia de átomos de oro. Se escucha un rumor misterioso, co- 
mo si estuviesen sacudiéndose de placer las alas del amor! 



Eréndira, con los labios entreabiertos, con la nariz dilatada, 
el semblante pálido, se estremecía en todo su cuerpo, y en sus 
ojos había lágrimas candentes. 



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92 

¿Había despertado la naturaleza en aquel seno de voluptuo- 
sidad? 



II 

El rey Tzimzicha volvió á México, llamado por Hernán Cor- 
tés. 

Habíanle líevado al capitán español planos bastante deta*- 
llados del reino de Michoacán, con noticia de sus riquezas mi- 
nerales y agrícolas y de la importancia de su litoral en el Pa- 
cífico. Llamó, pues, á su lado á Tzimtzicha con el pretexto de 
hacer de común acuerdo el repartimiento de las tierras entre 
los españoles y los pueblos de indígenas en Michoacán. 

De sus. pláticas con el monarca indiano concibió Cortés la 
idea de incluir la provincia de Michoacán en las posesiones que 
para hacienda suya pidió al Emperador Carlos V, demanda 
que le fué acordada, pero en la que Cortés no persistió, prefi- 
riendo veintitrés ciudades y lugares muy poblados y ricos, si- 
tuados en otras regiones.' 

Durante aquellas conferencias se verificó en la ciudad de 
México uno de los acontecimientos más notables, que si no 
cambió la política de los conquistadores, la modificó, suavi- 
zándola en favor de los indios. Me refiero á la llegada de los 
frailes franciscanos. Hé aquí cómo relata el suceso el cronista 
Mendieta en su *^ Historia Eclesiástica Indiana.^* 

^^Llegados, pues, á México, el Gobernador (Cortés), acompa- 
ñado de todos los caballeros españoles y indios principales que 
para el efecto se habían juntado, los salió á recibir, y puestas 
las rodillas en tierra, de uno en uno les fué besando á to- 

1 Cavo, "Tres Siglos de México," lib. II. 

Guando Cortés emprendió sa viaje á Zacatula & través de Hiphoacán fué 
cuando dio al Cupatitzio el nombre de rio del Marqués^ que conserva aún, 
nombre que lleva también uno de los rancbos que pertenecen á la hacienda 
•de la Zanja. 



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98 

dos las manos, haciendo lo mismo Don Pedro de Alvarado y* 
los demás capitanes y caballeros españoles. Lo cual viendo los 
indios, los fueron siguiendo, y á imilación de los españoles les 
besaron también las manos/' 

Más que un acto de devoción fué éste un rasgo de la astuta 
política de Hernán Cortés. 

Profunda impresión causó en el ánimo de Tzimtzicha la hu- 
millación de los españoles ante aquellos hombres que por toda 
arma portaban un crucifijo y por cota de maya un humilde 
sayal. 

— ¡Poderosos é inmortales deben ser estos nuevos guerre- 
ros! exclamó. — Y si los españoles les tienen miedo, ¿qué será 
de nosotros? 

Con estas impresiones regresó á Michoacán, en donde ya no 
tenía bn palmo de terreno corAo soberano. 



III 



Poco tiempo después la voz pública comenzó á difundir en 
todo el país la noticia de que aquellos hombres extraños eran 
protectores de los indios, á los que libraban de la tiranía de 
los españoles; que amaban á los niños y les enseñaban las ar- 
tes castellanas; que no exigían oro ni plata, antes bien repar- 
tían limosnas entre los pobres; que no arrebataban de su hogar 
á las doncellas para hacerlas sus esclavas, sino que las defen- 
dían de los extranjeros y las hacían sacerdotizas de los tem- 
plos: en suma que su poder era tan grande, que los capitanes 
españoles caían á sus plantas, pidiendo perdón de sus pecados 
y dejándose castigar por sus faltas. 

Tzimtzicha respiró al saber esto, como el reo de muerte á 
quien se comunica el indulto. Tener á su lado á uno de aque- 
llos seres sobrehumanos fué desde entonces toda su ambición, 
la esperanza de verse libre de sus pesares y temores. Determi- 
nó, en consecuencia, ir por tercera vez á la metrópoli y regresar 



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94 

con uno ó varios religiosos. Los pediría á Cortés, diciéndole 
que era para que introdujesen la fe cristiana en su reino. 

"Premióle Dios su buena voluntad y diligencia — dice el cro- 
nista Beaumonl — pues fué el primero que lavó su alma en las 
aguas del santo bautismo, poniéndole por nombre Francisco^ 
al que en otro tiempo fué conocido por Sinsicha Tangajuan y 
por el Gran Caltzontzí." 

Con la venia de Cortés solicitó y obtuvo del padre Fr. Mar- 
tín de Valencia, provincial de los franciscanos, que le señalase 
misioneros para Michoacán, cabiendo á esta tierra la dicha de 
que fuese designado, con otros compañeros, el padre Fr. Mar- 
tín Chávez, conocido por algunos por Fr. Martín de la Coruña, 
y generalmente por Fr. Martín de Jesús, 



IV 



Pálido, intensamente pálido, era el semblante del misione- 
ro; y sin embargo, en los frecuentes éxtasis que experimenta- 
ba, durante sus oraciones, se le encendía el rostro, como con 
una llama de fuego. 

Negros, muy negros y brillantes eran sus ojos, pero ninguna 
luz humana, sino un destello celestial hacía fulgurar su mirada 
apacible, como los primeros rayos del sol filtrados á través de 
la gasa de la aurora. 

"No obstante su vida de ayunos, pues jamás comió carne ni 
pescado, andaba descalzo entre guijas y pedernales, trepando 
montes y trasegando sierras."' 

Era dechado de todas las virtudes, distinguiéndose particu- 
larmente en la paciencia para evangelizar á los indios, á quie- 
nes trataba con infinita dulzura. 

Ardiendo en deseos de comunicar cuanto antes la luz divina 



1 La Rea. — Crónica de la Provincia de San Pedro y San Pablo de Hi- 
choac&s. 



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95 

á su grey, en pocos meses aprendió el idioma tarasco y pudo 
ya predicar en esla lengua sonora y armoniosa. 

Aunque de carácter humilde, exaltábase y se erguía como 
un atleta ante las demasías de los españoles que ^^como tigres 
daban en la manada, destruyendo y matando." Tanta energía 
convertíase luego en mansedumbre, á fin de procurar tranqui- 
lidad á las víctimas que había arrebatado á sus perseguidores. 



Tenía Fr. Martín treinta y dos años cuando salió de México 
en compañía del rey Francisco para dirigirse á Tzintzuntzan. 

En tanto que el monarca iba en un rico palanquín, conducido 
en hombros de sus subditos, el misionero caminaba á pie, con 
un báculo en forma de cruz en la mano, el breviario colgado 
de la cuerda y sin más abrigo que su hábito. A la espalda lle- 
vaba su equipaje, que consistía en los ornamentos y demás 
cosas necesarias para celebrar la misa. 

''En todos los lugares del tránsito salían á recibir á los misio- 
neros con entusiastas demostraciones de alegría, y al ejemplo 
de su principe, trataban á los religiosos con suma atención y 
reverencia." 

Después de nueve días de camino, una tarde de Agostó de 
1525 la comitiva penetró en las dilatadas calles de Tzintzun- 
tzan, en donde inmensa gente esperaba la llegada de aquellos 
seres extraordinarios que aparecían como salvadores. 

De alero á alero de las casas había corredizos, formando una 
bóveda de verdura sobre las avenidas; el piso estaba tapizado 
de ninfeas y de la infinita variedad de fiores silvestres, tan 
abundante en la estación de aguas. Se respiraba un ambiente 
profusamente perfumado. 

Avanzaban los padres en medio de la inmensa multitud, pro- 
digando bendiciones á entrambos lados. Las madres cogían en 
brazos á sus hijos y se los presentaban, como poniéndolos ba- 
jo su protección. 



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96 

Tzimtzicha los hospedó en su propio palacio, cortejándolof 
con real magnificencia. Le parecía que á su lado tenía más se- 
guridad que rodeado de su ejército. 



Aún permanecía el pueblo en la extensa plaza, aclamando 
á sus salvadores, cuando en lo alto de una yácata apareció 
Eréndira, tinto de rojo por la indignación, el virginal sem-^ 
blante. 

— ¡Purépecha! — exclamó con voz trémula, pero con acento 
poderoso.— Antes vimos á los españoles que vinieron á arre- 
batarnos nuestros tesoros y nuestras tierras; hoy miramos i 
estos hombres que llegan crfmo mendigos á apoderarse de los 
niños, como si fuesen huérfanos,^ á destruir nuestros dioses y 
á imponernos una religión extraña. ¿Qué nos quedará enton- 
ces? 



Estas palabras fueron transmitidas de boca en boca, y luego 
la muchedumbre se dispersó silenciosa, pero amenazadora. 



No bien había amanecido el día siguiente cuando los misio- 
neros pidieron al rey que les asignase sitio para construir su 
iglesia. Tzimtzicha quiso que eligiesen ellos mismos el lugar, 
y los invitó á recorrer la ciudad y los acompañó él mismo, se- 
guido de los nobles de su corte. Recorrió la comitiva, uno i 
uno, todos los barrios. A su tránsito se formaban grupos de 
pueblo, y el monarca escuchaba palabras poco tranquilizado- 

1 Es sabido que loe franciscanos recogían en los conventos á los niños pa- 
ra aprender de sus labios el idioma y para sembraren su tierno corazón la se- 
milla del cristianismo, baciendo de ellos eficaces auxiliares en la propaganda 
religiosa. 



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97 

ras de parte de sus subditos. Poco á poco fueron creciendo es- 
tas demostraciones hostiles, de tal suerte, que Tzimtzicha no 
pudo menos que ponerlo en conocimiento de los religiosos. Lle- 
gaban en esos momentos al atrio en que se alzaba el templo 
de la luna. Fr. Martín, encendido el rostro con el celo de la fe, 
se volvió hacia el rey y le dijo: 

— Este sitio me agrada. Aquí, donde tus antepasados adora- 
ron á la falsa madre de uno de tus dioses, edificaré mi templo 
y lo consagraré á la santa mujer que tuvo la dicha de llevaren 
su seno á la Madre del Dios verdadero.* 

— Sea como lo quieres, padre; pero déjalo para cuando los 
soldados españoles te acompañen; mira cómo se insolenta el 
pueblo, oye cómo nos amenaza con su cólera. 

— Hombre de poca fe, — replicó Fr. Martín — el demonio dis- 
frazado de miedo se introduce en tu corazón Retírate, 

que quiero permanecer aquí, solo, en oración. 

Había tal acento de imperio en aquellas palabras, que la co- 
mitiva obedeció, apartándose del misionero. La muchedumbre, 
empero, quedó allí compacta y terrible. 

Fr. Martín hincó su báculo en el suelo y se arrodilló anto él. 
Extendió los brazos en cruz, concentró su alma y elevó su pen- 
samiento hasta el trono de la Excelsa Sabiduría. Poco á poca 
el semblante pálido del misionero fué tomando un tinte rosá- 
ceo, como si lo iluminaran los rayos carminados de la aurora. 
Hubo un momento en que aquel hombre se alzó de la tierra, 
como si todo el magnetismo del cielo lo quisiese conducir á la 
morada de los justos. 

Todos los ojos estaban fijos en el varón de Dios. En un bos- 
caje de cedros, fronterizo al atrio, había una mujer, cuya pro- 
funda mirada no perdía un detalle de la sublime escena. Era 
una joven: su semblante palidecía, se dilataba su nariz, se en- 
treabrían los labios de su boca, las olas de su pecho presagia- 
ban tempestad y se estremecía todo su cuerpo 

1 Santa Ana. 

MlohoacAn.— 7 



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98 

VI 

Mas entre la muchedumbre comenzaba á correr la voz de 
que aquel hombre era hechicero. Decían que iba á volar al 
cielo para tornar de allí con legiones de seres extraños que 
arrasasen los templos y extinguiesen la luz del sol y los rayos 
de la luna. 

Entonces estalló el motín.' La gritería era espantosa, pare- 
cía que un viento de cólera saturaba el ambiente. La plebe en- 
furecida, ni respetaba á su rey, ni le infundía respeto la acti- 
tud del misionero, insensible á todo lo que le rodeaba. Llovían 
en torno suyo las piedras; pero como si un muro invisible las 
contuviera, caían á cierta distancia, sin que una sola lograse 
tocar su cuerpo. 

La situación no podía prolongarse. Fr. Martín volvió en sí 
de su éxtasis, y paseando una mirada apacible sobre la agita- 
da multitud, comenzó á hablarle de Jesucristo, del sacrifício 
que el Dios Hombre había hecho de su vida para redimir al 
mundo, y del amor supremo que profesaba á todas las criatu- 
ras: les decía que no había más que un solo Dios verdadero, 
creador del cielo y de la tierra, que moraba en todo el uni- 
verso, teniendo á su lado á la Caridad y á la Esperanza, que 
eran sus mensajeras para comunicarse con los hombres. La 
muchedumbre lo escuchaba, pero no entendía sus palabras 
pronunciadas en idioma extraño. 

Entonces la joven se desprendió del bosque de cedros. Ha- 
bía comprendido en su alma el pensamiento del apóstol; adi- 
vinó que en aquel ser la vida era amor, amor como jamás se 
lo había imaginado, y creyó ver que de sus ojos se desprendía 
una luz desconocida y misteriosa. 

Y Eréndira se dirigió á la multitud: el acento de su voz era 
1 La Bea. Crónica citada. 



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99 

tan melodioso que pareda un canto nunca escuchado por hu^ 
manos ofdos. Los indios quedaron absortos escuchando el rau- 
dal de palabras que se desprendía de los labios de la doncella, y 
que llevaba al corazón de cada uno la inspiración de Fr. Martín, 
llena de esperanza, de luz y de consuelo. Y estaban silenciosos, 
deseando que nunca acabase de hablar. Apenas interrumpían 
aquella quietud los latidos de mil corazones que se movían uní- 
sonos. 

Terminó la joven su arenga, y como si la multitud hubiese 
exhalado un inmenso suspiro, se oyó brotar de ella un rumor 
que el viento hito repercutir, de vibración en vibración. 

Fr. Martín de Jesús fijó su límpida mirada en el intérprete 
que le deparaba el cielo. Sus ojos se encontraron con los de 
Eréndira y el fulgor que de ellos brotó iluminó un abismo pro- 
fundo, en cuyo fondo hervían las llamas de un incendio. 

Eréndira se extremeció como si aquel fuego abrasase sus en- 
trañas 



VII 



La conquista espiritual se había iniciado. Fr. Martín había 
dominado el espíritu de los indios, los cuales "fueron entre- 
gándole — dice el cronista BeaHmont — todos los ídolos de oro, 
plata y piedras preciosas, y quebratándolos con gran despre- 
cio, haciendo de ellos un gran montón, los arrojó á vista de 
todos en lo más profundo de aquella laguna, que es la misma 
de Pátzcuaro. Otros de madera y de curiosas piedras hizo jun- 
tar en medio de la plaza y en una grande pira hizo que el 
fuego los redujese á cenizas, para que éstas, arrebatadas por 
el viento, les diesen en los ojos y los sacasen de la ceguedad 
en que tantos años se habían mantenido. 

"Y para que no quedase ningún asilo al demonio consiguió 
que los mismos indios demoliesen los templos que antes ba- 



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100 

bfan fisibricado con tanto esmero y arrojasen sus piedras por 
aquellos suelos. ^ 

'^Quedó con esto la gran ciudad de Tzintzuntzan y sus mo- 
radores — añade La Rea — con la serenidad que suele el cielo^ 
después de una gran tormenta, limpia de las nieblas del error 
y del engaño de la idolatría." 

Inmediatamente dio principio Fr. Martín de Jesús á la edi- 
ficación del convento, "miserable choza pastoril del evangelio,"^ 
formada de adobes y techada de zurwmiUa, ^ Cabe el templo 
había unas cuantas celdas, sin mueble alguno, destinadas pa- 
ra los religiosos: al lado se construyó un espacíbso salón para 
escuela de niños, y enfrente quedaba la guaiáppeí^ converti- 
da en mansión de las doncellas consagradas al culto de Santa 
Ana, patrona del convento. 



Fr. Marlín era infatigable, ora activando los trabajos de los 
edificios, ora recogiendo á los niños á quienes por de pronto 
no enseñaba más que las dulzuras del canto, ora predicando á 
la muchedumbre que lo rodeaba, cuando aparecía en público. 
Lo acompañaba siempre Eréndira, su fiel, su constante, su in- 
teligente intérprete, de quien él mismo no podía separarse, no 
obstante la inquietud que le causaba la profunda mirada de la 
joven. 

Concluidos los trabajos se señaló día para la consagración 
solemne del templo. De todos los pueblos de la laguna se vie* 
ron llegar piraguas henchidas de ñores con que se adornó pro- 
fusamefite la iglesia: los instrumentos de música no cesaban 
de producir melancólicos sones, acompañados del dulce tañi- 
do de las quiringuas. Y por primera vez escucharon los indios^ 
atónitos á la par que alegres, el sonoro repicar de las campa- 
nas. 

1 Todavía se ve en Tzintzuntzan la gran cantidad de piedras Ii^as, hoj 
sirviendo de cercas, de pavimento de calles y de construcción para las casas. 

2 £s el nombre tarasco del zacatón. 



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101 
Ea seguida franqueó las puertas del palacio una numerosa 
•comitiva de nobles, ataviados con sus más ricos trajes y cu- 
biertos de joyas de oro y plata. £1 rey y los principales se di- 
rigieron al templo y al penetrar en él, los seis religiosos ento- 
naron el Te-Deum, dando gracias al Ser Supremo por aquel 
instante en que la nobleza del reino de Michoacán iba á reci- 
i)ir la nueva fe, desterrándose para siempre de aquella tierra 
^I reinado de las supersticiones. En efecto, en ese dia recibie- 
ron el bautismo los miembros de la fomilia del rey Francisco, 
sus principales consejeros é infinito número de nobles de am* 
bos sexos, distinguiéndose entre todos los príncipes Cuinie- 
nángarí y Tzint2un, los caciques de Higuat2¡o y de Zirosto y 
«US esposas. ^ El que con más fervor recibió en aquel momen- 
to su nombre de cristiano fué el famoso general Nanuma, 
quien durante la ceremonia no apartaba sus ojos de Eréndíra, 
•como para significarle que quería serle grato, abrazando la 
nueva religión. En cuando á Eréndira, lo habla olvidado para 
siempre. 



QUINTA PARTE. 
El sACKinao. 

I 

¿Por qué se refleja tanta angustia en el semblante pálido de 
Fr. Martín de Jesús? 

Hacía muchos días que los religiosos lo veían alejarse del 
-convento, no para ir á predicar á los neófitos, no para ense- 
liar á los niños los salmos que cantaban en el coro, no para 
entrar al templo, á fin de entregarse á la oración, sino para co- 
crer trémulo y vacilante y encerrarse en su celda para hacer 

1 Beaumont Crónica de Miohoaoán. 



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102 

cruenta penitencia. Sus ayunos eran diarios y noche á noche- 
se le observaba en constante vigilia Se hallaba demacra- 
do y hondas ojeras amorataban sus párpados. 

Eréndira estaba profundamente inquieta por lo que ella creía 
enfermedad del misionero, sin notar que ella misma estaba pá- 
lida y ojerosa: sentía oprimido el pecho no obstante los fre- 
cuentes suspiros con que trataba de desahogar su pena. En su» 
tristeza, sin causa aparente, no comprendía que ella también 
estaba enferma, muy enferma. Las gentes que la miraban pa- 
sar se preguntaban: ¿Por qué ya no hay sonrisas en los labios 
de Eréndira? 

En vano pasaba largas horas en la puerta del convento, Fr. 
Martín no aparecía ante sus ojos: la joven no podía penetrar 
en el claustro, prohibido como estaba que las mujeres pusie- 
sen sus plantas en el sagrado recinto. 

Dos ó tres veces creyó entrever la sombra del misionero,, 
pero dos ó tres veces la vio desvanecerse, y sentía como si una 
espesa niebla cubriese su mirada. 

Entonces se retiraba con los ojos bañados en lágrimas ^ 

Ya no había sonrisas en los labios de Eréndira. 



II 

— Padre, — dijeron un día á Fr. Martín sus compañeros — 
nuestros hermanos que predican en México, en Tlaxcala y 
Huejotzingo no permanecen encerrados en sus conventos, sa- 
len á buscar almas que redimir, recorriendo los pueblos y la& 
chozas aisladas. 

— Es verdad, nuestros hermanos no son pecadores como yol 

— Nuestros hermanos salen á repartir limosnas entre los po- 
bres. 

—Es verdad; pero ellos no son pecadores como yo! 

— Ellos salen á visitar á los enfermos para llevarles la salud 
del cuerpo é infundirles la del alma. 



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108 

— Es verdad que ellos no son pecadores como yo! 

— Ellos van á sepultar á los muertos para deyolrer á la tie- 
rra el polvo de que formó Dios á los hombres. 

—En verdad que ellos no son pecadores como yo! 

— Ellos van de encrucijada en encrucijada y de colina en 
coUna, levantando en alio la cruz, emblema de la regenera- 
ción. 

— ^Tenéis razón! La cruz se hizo para redimir á los pecado- 
res! Yo iré: levantaré en esta tierra tantas cruces como son 
mis pecados, desterraré con ellas á los demonios que me ator- 
mentan. 

Los frailes se llenaron de regocijo: no velan en su prior más 
que exagerados escrúpulos. 



III 

Y desde el día siguiente, arrancando fuerzas de su dolor, 
Fr. Martín partió de Tzintzufttzan. ¿A dónde encaminaba sus 
pasos? ¿Qué importa saberlo? Iba en busca de los desgracia- 
dos y le acompañaban la fe, la esperanza y la caridad. 

Así caminó de cabana en cabana, haciendo mies de cristia- 
nos, así fué levantando cruces ^n cada una de las numerosas 
yácatas que se alzaban en los campos; asi fué predicando de 
pueblo en pueblo, ya sin necesidad de intérprete, porque había 
aprendido lo bastante del tarasco para darse á entender. Mas 
en medio de sus sermones, se acordaba de aquella mujer que 
había traducido sus pensamientos en su primera predicación 
en Tzintzuntzan, recordaba la mirada fulgente de la joven, fi- 
ja en él, como una chispa sin fin que se infiltraba en su pecho. 
Aquel recuerdo hacía palidecer más su semblante, hacía bro- 
tar el sudor de su frente, su voz era trémula y un extremeci- 
miento extraño corría por todos los miembros de su cuerpo. 
Buscaba en el cielo la imagen de Dios y sólo veía el rostro de 
Eréndira y la dulce sonrisa de sus labios. 



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Y queriendo desechar de su alma estos pensamientos, tre- 
paba á los montes en que vivían los indios más salvajes, les 
arrebataba los ídolos que hacía mil pedazos, arrojándolos al 
fuego, y buscaba con tezón la muerte del mártir, al herir con 
aspereza el sentimiento religioso de aquellas tribus; pero no sé 
qué luz divina circundaba su rostro, que los bárbaros caían 
postrados á sus plantas. 



IV 



Entretanto Eréndira había sabido la desaparición de Fr. 
Martín. Desolada partió en su busca: las cruces erigidas en las 
yácatas le servían de señales para seguir su camino: al pie de 
cada una de ellas se, arrodillaba, no retirándose de allí sino 
después de haberla cubierto de flores. Al llegar á una cabana 
aislada, á un caserío, escuchaba los himnos que á los habitan- 
tes había enseñado el religioso. Por todas partes sentía la pre- 
sencia del varón de Dios y le parecía percibir el perfume, co- 
mo incienso, que dejaba en su marcha. 

Guando por cualquier indicio creía ya estar cerca del misio- 
nero, se dibujaba en sus labios una sonrisa inefable, la dulce 
y expresiva sonrisa que le había dado el nombre de Eréndira; 
pero, cuando se desvanecía la ilusión, un fuego de inextingui- 
bles llamas abrasaba su pecho, sin que bastase á apagarlo el 
torrente de lágrimas que corría por sus mejillas. 

Una tarde, desde la playa de Higuatzio, vio una flotilla de 
canoas que surcaba el lago de Pátzcuaro en dirección á Eron- 
garícuaro. Adivinó que aquellas embarcaciones llevaban al 
hombre á quien seguía. Se dirigió á la ribera, entró en una 
'Chalupa, hendió el redondo remo y como si fuera una golon- 
drina que roza la superficie de las aguas, se deslizó rápida, de- 
jando en pos del esquife una estela de espuma. Mas la noche 
desprendió del fondo de los cielos su cortinaje de tinieblas; el 
viento levantó grandes olas en la laguna y la pequeña canoa, 



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H)6 

jugaele del huracán, no hacia más que girar sobre sí misma y 
fuerza fué á la joven abordar en la isla de Jarácuaro. 

Al día siguiente, la chalupa volaba sobre la superficie tersa 
del lago, espléndidamente iluminado por la luz de la mañana. 
La joven arribó á Erongarícuaro y supo allí que el misionero 
había penetrado en el espeso bosque de Ajuno, obscura selva 
sin senderos. Eréndira no podía adivinar hacia dónde había 
qiarchado el religioso. ¿Se había roto el imán que la atraía ha- 
cia el objeto de su amor? 

Eréndira avanzó resueltamente. Atravezó el profundo bos- 
que, hasta sentirse fatigada, presa de enervación irresistible. 
Descansó á la sombra de una encina: aquel sitio era encanta- 
dor; la floresta estaba cuajada de robles, c^e pinos, de madro- 
ños Y <le tilos. Jamás el hacha había abatido un sólo árbol, es- 
tos caían de cuando en cuando, agobiados por los musgos y 
carcomidos por los hongoÉ. A la salida del bosque había un 
hermoso lago incrustado en las montañas. En el fondo se veía 
el pintoresco caserío de Sirahuen. 



El sol estaba á la mitad de su carrera. Eréndira se sentía 
languidecer. Reclinóse en una peña cubierta de liqúenes y se 
quedó dormida. Brotaba de su frente un sudor abundante y de 
«u pecho hondos y prolongados suspiros. ¿En que soñaba su al- 
ma? El ambiente perfumado de la floresta hacía circular con 
más rapidez la sangre de sus venas. Estaba tan profundamen- 
te dormida, que no alcanzaban á despertarla ni el dulce trinar 
de los jilgueros ni el ronco graznido de las guacamayas. 

De repente se extremeció: respiró como si un soplo de la 
brisa hubiera penetrado en todo su cuerpo; sus labios sonrie- 
ron dulcemente, y á través de sus párpados, su espíritu con- 
templó una suave claridad, como la que anuncia al día des- 
pués de una noche tempestuosa. 

Eréndira abrió los ojos y vio á Fr. Martín de Jesús; se arro- 
jó á sus pies y los bañó con el torrente de sus lágrimas. El 



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106 

misionero se puso intensamente pálido: le causaba pavor aque- 
lla hora en que el bosque estaba saturado de rayos del sol; lo 
intimidaba aquel sitio solitario; lo llenaba de espanto aquella 
mujer tan ingenua que estaba dominada de pasión irresisti- 
ble. Tenía horrible miedo de sí mismo, porque se sentía sub- 
yugado ante aquella mirada de fuego. Si apartaba la vista; en 

donde quiera que la fijase allí estaba Eréndira. Quería 

orar, y las oraciones se convertían en extraña respiración. 

Mas en medio de su agonía hizo un supremo esfuerzo, puso 
sobre su corazón el crucifijo y elevó su alma á Dios, á ese 
supremo crisol en que se funden todos los amores. 

— Padre, — le dijo Eréndira — te he seguido por todas partes; 
te buscaba mi alma, y mis ojos no podían encontrarte. Vas 
bautizando á mis hermanos, ¿por qué á mi sola me has aban* 
donado? 

— Es verdad, Eréndira, me haces recordar que tú]no has reci- 
bido aún las aguas del bautismo: Dios te mandará con ellas la 
gracia que tanto necesitas! — Que tanto necesito yo tambiénl 
pensó el sacerdote. 

— No dilates un momento. Mira ese lago cristalino que te 

está convidando; aquí tienes mi frente apresúrate, padre^ 

fuego inmenso me devora 

Fr. Martín se inclinó á la superficie líquida y con su mano 
trémula recogió el agua, tomándola de una de las ondas de 
aquella gran piscina; empapó la cabeza de la joven, y al- 
zando su propio corazón hasta el fondo de los cielos, mur- 
muró: • 

—Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hgo y del Es- 
píritu Santo! 

— Ah! ya soy cristiana — gritó Eréndira.' — Ya puedes amar- 
me! Ya no huirás de mí! Ya tenemos un mismo Dios! 

En su mirada había como una oración, como una plegaria 
de infinita ternura. 

Fr. Martín cayó de rodillas. 

En aquel momento plegó sus alas la brisa; los pájaros, ocul- 



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107 

tos en el follaje inmóvil, habfan cesado de cantar; una blanca 
nube veló lánguidamente los haces luminosos del sol: se dii4a 
que reinaba el silencio, á no escucharse un rumor misterioso^ 
como el canto lejano de un coro de ángeles. 



Desde aquel día las cristalinas aguas del lago de Sirahuen se 
tiñerori de azul, reflejando la bóveda celeste. 



Los ayunos de Fr. Martín se sucedían sin interrupción: su 
cuerpo estaba llagado por la más cruel penitencia, su alma me- 
lancólica y sombría. 

Para libertarse de las tentaciones, trabajaba sin cesar en la 
obra de la evangelización. Comprendía que el hombre ha na- 
cido para el amor, pero luchaba porque su alma se llenase del 
amor divino, del amor universal, para apartarse del amor de 
la tierra. Quería amar en conjunto á todo lo creado por el Se- 
ñor ¿No era también Eréndira una criatura del Señor? 

La doncella lo seguía á todas partes, y cuando alguna vez es- 
taba ausente ¿no veía él su imagen en el cielo, en el lago, en una 
flor? No quería hablarle; y sin embargo, ¿no se decían ambos 
muchas cosas, de corazón á corazón? 



VI 

Un día Fr. Martín de Jesús anunció á los habitantes de la 
comarca que iba á celebrar el santo sacriñcio de la misa en la 
pequeña isla de Apúpato, ^ á donde deberían concurrir todos- 

1 Ss el peñón conocido con el nombre de San Pedrito, que está frente al 
hotel de Ibarra, en el lago de Pátzcuaro. Aún subsiste la tradición de que 
allí se dijo la primera misa que se celebró en Michoacán. 



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106 

los indios que hubiesen recibido el bautismo. > Se señaló al 
efecto el día 19 de Octubre de aquel año de 1626. 

En todos los pueblos de la laguna se notaba inusitada ani- 
mación: los [hombres sacudían el polvo de sus penachos y 
preparaban sus atavíos; las mujeres lavaban sus flotantes gua- 
nengos y escogían las plumas más flexibles para colocarlas 
en Jo alto de sus cabellos ceñidos de guirnaldas de flores, los 
niños ensayaban los himnos que habían de entonar en la ce- 
remonia. 

Amaneció el día de la cita. El lago estaba límpido como un 
gran espejo encajado en el verde esmeralda de las montañas. 
La isla de Apúpato aparecía como un gigantesco ramillete, 
en que ostentaban sus tintes lujosos las flores de la tierra ca- 
liente, BU modestia y perfumes las recogidas en la serranía. 
En la cúspide del peñón se levantaba el altar formado de pal- 
mas tropicales y le servia de techo una tupida enramada dé 
ninfeas y espadañas. 



Llegó Fr. Martin, y al contemplar tanta belleEa, compren- 
dió que la mano de Eréndira había llevado á cabo aquella 
obra de arte en que se adunaban la poesía y la sencillez. 

Más de doscientos mil neófitos cubrían las playas y laa oo- 
linaa inmediatas y en la superficie del lago eran incontables 
las piraguas y las chalupas, henchidas de gente que acudía al 
acto religioso. No había embarcación]en que el toldo no fue- 
se una bóveda de flores y verdura. 

En medio del humo de los incensarios apareció el apóstol, 
j la sublime devoción con que celebraba la misa ¡infundió 
respeto y veneración en el alma de los espectadores; les pare- 
cía que el cielo y la tierra se comunicaban por un lazo de 
bendiciones. 

Al concluir la ceremonia se desbordaron el entusiasmo y 
la alegría. Por todas apartes, bajo enramadas improvisadas 
j al melancólico son de la música apacible, se entregaban á 



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109 

ka delicias del baile los mancebos y las doDoellas, soñando 
en una nueva era de felicidad. 



VII 

Pasadas las horas del calor, Fr. Martin indicó su intención 
de regresar á Tzintzuntzan. Más de cien barqueros se le ofre- 
cieron para conducirlo en sus piraguas; pero el misionero, 
deseando entregarse á la contemplación en la gran soledad 
del lago, pidió una pequeña embarcación, empuñó el remo y 
se alejó de la orilla. Tan abstraído iba que no observó que la 
chalupa estaba llena de flores, sin más espacio libre que la po- 
pa en que tomó asiento el religioso. 

Era la tarde. En esa ;hora la laguna se pliega en ondas 
delgadas, que van aumentando su volumen á medida que el 
viento arrecia. El fraile hejidia su remo maquinalmente, pues 
BU pensamiento estaba concentrado en Dios, á quien tributa- 
ba su inmensa gratitud por haber libertado del infierno á 
aquella multitud de almas que habían asistido á la misa, pen- 
saba no descansar un momento en su trabajo de evangeliza- 
ción y se imaginaba á si mismo, trasmontando las serranías 
que acotaban el horizonte para encaminarse á tierras lejanas, 
erigir en todas partes millares de cruces y ver al pie de éstas 
millones de seres humanos, recibiendo los beneficios del cielo. 



Apartada sn alma de todo pensamiento de la tierra, soltó 
el remo eu el fondo de la barca, se hincó de rodillas, su sem- 
blante se cubrió de suave carmín y en aquel momento 

doe espléndidos ojos que brillaban entre las flores, contem- 
plaron la faz del apóstol, circuida de una luz indefinible, y su 
cuerpo que se elevaba de la popa, resplandeciendo entre las 
negras nubes que comenzaban á arrastrarse terribles y tem- 
pestuosas sobre el lago. Eréndira se incorporó violentamente 
y se apoderó del remo. 



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lio 

Ya era tiempo. El huracán encrespaba las olas del lago; la 
coche descendía negra y aterradora; el rayo lanzaba intermi- 
tentemente sa cárdena lumbre, seguido de truenos espan- 
tosos 

Fr. Martin seguía en éxtasis profundo. En tanto, Eréndira, 
con esfuerzo sobrehumano fatigaba el remo: la barca aparecía, 
á veces, en la cima de una ola, á veces descendía al fondo del 
abismo. Por ñn arribó á las playas de la isla de Pacanda. La 
Joven atrajo con robusto brazo al misionero y ambos pusieron 
el pie en la tierra salvadora. Entonces volvió en sí de su arro- 
bamiento el santo religioso, y se encontró solo con Eréndira 
en aquel sitio obscuro y solitario; tembló al fijarse en aquellos 
ojos que brillaban como carbunclos encendidos; le parecía que 
el infierno estaba enmedio de la tempestad y que la hora so- 
lemne del pecado sonaba sobre los truenos de las nubes. 

La joven lo condujo á un palacio no distante, mansión cam- 
pestre, por entonces inhabitada. * 

El firaile, próximo á desmayarse, estaba aterido de frío. Erén- 
dira lo obligó á reclinarse en un lecho y lo cubrió de mantas; 
mas temerosa de que aquel abrigo fuese insuficiente para de- 
volverle el calor, quiso comunicarle el de su propio cuerpo, in- 
tenso, abrasador, y se colocó á su lado. 

Lenguas de fuego pasaron entonces de uno á otro de aque- 
llos dos seres, los ojos despedían llamaradas, la respiración era 
fatigosa. 

La tempestad mugía fuera del palacio, y dentro se desataba 
otra tempestad más terrible. 

£1 ángel de la inocencia agitaba trémulo sus alas. 



De improviso, el fraile se desprendió del lado de Eréndira, 
se hincó de rodillas enmedio del aposento, puso sus brazos 
en cruz, é inclinando su frente, elevó al cielo una plegaría tan 
fervorosa, despegó de tal manera su alma de los deleites de 



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111 

la tierra, que Dios coronó sus sienes con la diadema de su 
amor y lo colmó de bendiciones; ^'le quitó tos impulsos de la, 
carne y lo dejó tan puro, que obraba estando en ella como si 
no estuviera."^ 



Cuando Fr. Martin se levantó del suelo había dejado de ser 
iiombre y se habia convertido en ángel. 

Eréndira, postrada en el lecho, vertía abundantes lágrimas 
j sollozaba tan lastimosamente, como si el corazón se le estu- 
viese haciendo pedazos. 



En aquel momento la bóveda celeste se cubría de estrellas, 
j la luna se alzaba en el horizonte como una hostia de casti- 
dad. 



SEXTA PARTE. 



La Apoteosis. 

Muchos años después — en 1557 — la muerte sorprendió á Fr. 
Martín de Jesús en la ciudad de Pátzcuaro, adonde había re- 
gresado tr^ dilatadas y penosas expediciones en la predica- 
ción del Evangelio. 

Padre le llamaban las gentes desde Tehuantepec basta Ja- 
lisco, lo conocían todos los niños, y las mujeres se arrodilla- 
l)an á su paso y le besaban la orla del hábito. 

Murió rodeado de sus primeros neófitos, de aquellos sus 
khijos á quienes él amaba tanto. 

Se le hicieron exequias en el convento de San Francisco de 

1 L» Bea, crÓDica citttdA. 



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Pátzcuaro y una vez más ^'díó testimonio de sus virtudes la 
fragancia y olor con que quedó el cuerpo ya frío .y yerto/* 



Después de aquella formidable escena en la isla de Pacanda^ 
Eréndira se había retirado á la soledad de sus campos de Ca- 
pácuaro. Día á día visitaba la yácata en que yacía el cadáver 
momificado de Timas. La doncella derramaba allí las fuentes 
de su llanto; y lloraba también por otra muerta, por su patria, 
que iba á perder hasta su nombre en la memoria de los puré- 
pecha, ^ y sollozaba siempre al recordar á Fr. Martín de Jesús^ 
á quien había dejado de ver en tanto tiempo. 



Una tarde, vagando por uno de los bosques que rodeaban 
su rica cabana, percibió el ruido de muchas gentes que pasa- 
ban por el camino y que exhalaban lamentos lastimeros. Se 
acercó á escuchar y llegó á sus oídos la noticia de la muerte 
de Fr. Martín. Una sombra de inñnita tristeza pasó por su al- 
ma, y mientras en sus labios se dibujaba extraña sonrisa, sin- 
tió que su corazón dejaba de latir. Sus ojos permanecieroD 
enjutos, como sí el calor del estío hubiese cegado para siempre 
sus fuentes. 

) 
Pero haciendo un poderoso esfuerzo logró sobreponerse al 
dolor y corrió á su palacio. En uno de sus aposentos preparó 
ciertas substancias^ extraídas de diversas flores y las colocó cui- 
dadosamente en una cesta. 

Tomó en seguida el camino de Pátzcuaro, y á media noche 
penetró en la ciudad, se dirigió al convento de franciscanos, y 
se deslizó cautelosamente en el interior de la iglesia; abrió la 

1 El nombre de Micho<icán es del idioma azteca. ¿Cuál era el que tenía en 
la lengua tarasca? Hasta hoy no ha podido aTeríguarte con exactitud. 



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bóveda de un sepulcro reciente, extrajo el cadáver de Fr. Mar- 
tín Y largo tiempo lo tuvo estrechado entre sus brazos. 

Después lo ungió con aquellos bálsamos que había prepara- 
do, derramó sobre él gomas aromáticas y lo cubrió de flores 
de intenso perfume, y luego volvió á depositarlo en el fondo de 
la tumba, '^habiendo qi^edado su cuerpo — dice el padre Men- 
dieta— con gran olor y suavidad, y sus carnes tan hermosas y 
tiernas como las de un niño." 



Era el mes de Agosto. Eréndira cogía millares de luciérna- 
gas, que, envueltas en capullos de algodón, llevaba á la igle- 
sia: abría el sepulcro, vestía de blanco el cadáver, lo circunda- 
ba de aquellas luces animadas, encendía cirios y permanecía 
largas horas contemplándolo. 

"Y dos veces— asienta el cronista La Rea — los clérigos de la 
ciudad y otros vecinos de ella, le vieron vestido de vestiduras 
blancas, puesto sobre un altar en la iglesia, con dos candelas 
encendidas en el mismo altar y otras cuatro -sobre su sepultu- 
ra. Y en otra ocasión muchas personas lo vieron sobre el se- 
pulcro, cercado de mucha luz y resplandor." 



Después.... Eréndira se desvaneció en la inmensidad de los 
tiempos, como se desvanece una hermosa nube en el azul deL 
cielo. 



Michoacán.<-8 



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INTRODUCCIÓN. 
I 

Los rayos del sol naciente doraban las elevadas copas de los 
pinos en el misterioso bosque que se extiende detrás de las pla- 
yas de Napfzaro. 

Pero á poco aquel torrente de luz fué descendiendo de la 
encumbrada sierra é inundando como un río de oro la limpia 
superficie del lago de Pátzcuaro. 

II 

Serena y apacible está la mañana: llegan á nuestro oído, del 
lado de la tierra, ese rumor vago pero imponente de las sel- 
vas, el zumbido de las alas invisibles del colibrí, el eco lejano 
del hacha del leñador, el picoteo de los pájaros en el tronco de 
los árboles y el ruido de las hojas secas que chocan entre sí, 
como un gemido de los genios ocultos en el bosque. 

En cambio, en el espejo del lago cristalino todo es silencio y 
soledad: ni un rumor se escucha en medio de las tupidas es- 
padañas; los ánades, como mecidos por el viento, surcan tran- 
quilamente las aguas y ostentan el metálico reflejo de sus plu- 
mas de nieve, en tanto que las garzas flotan en el azul del 
cielo. 



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116 

Y al aletear del aire, el lago se riza en infinitas ondas: en- 
tonces el espectáculo aparece á nuestros ojos como un esplén- 
dido miraje, en el fondo del cual se ven invertidas y temblan- 
do las imágenes de los numerosos pueblos que bordan las ri- 
beras. 

III 

Pero ¿por qué ese lago, que no há mucho surcaban millares 
de canoas, está hoy desierto y silencioso? Los pescados jugue- 
tean en el agua sin temor á las redes. Solitarios están los ca- 
seríos: ni una columna de humo se eleva por encima de las 
cabanas. 

Todo es desolación y tristeza, allí donde poco antes el ángel 
de la alegría habitaba bullicioso y feliz. 

IV 

Itímtzicha, el último rey del imperio michoacano, acababa 
de ser sacrificado por el feroz Ñuño de Guzmán, el insaciable 
codicioso de los tesoros de los indios. 

Familias enteras habían huido á ocultarse en el fondo de los 
bosques, en las quebradas de los cerros ó en las más áridas lla- 
nuras de la tierra caliente. Los ancianos cogían con mano tré- 
mula el báculo, las doncellas iban desaliñadas y llorosas, y los 
hombres, terrible la mirada y con el odio en el corazón, busca- 
ban una guarida para salir de allí á sembrar v^l exterminio. 

La ciudad de los reyes quedó en poder de los soldados ex- 
tranjeros. 



¿De qué sirvió al desgraciado pueblo de Tzintzuntzan haber 
recibido en su seno á aquel santo varón Fr. Martín de la Co- 
rana, que arrojó en el lago los ídolos de oro de los indios, á 



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117 
fin de que quedase aquel recinto ^^con la serenidad que suele 
el cielo después de una gran tormenta, limpio de las nieblas 
del error y del engaño de la ídolatrfa? 

¡Ah! Sobre los escombros de los antiguos templos no humea 
ya el copal de Guerápperi ni tampoco el incienso, recién ofre- 
cido al Dios verdadero por los sacerdotes cristianos. 

La cruz misma ha sido derribada, y en su lugar flaúiea el 
estandarte de la guerra. 

VI 

Sola está la ciudad de Pátzcuaro, la sultana del lago. Sobre 
los colosales cimientos que le dieron nombre, surge el santua- 
rio erigido á la nueva fe; empero el apóstol se halla ausente y 
el pueblo ha huido de sus lares. Las aguas que lamen las ri- 
beras reflejan aquel cuadro de luto y desolación. 

Sola está la sultana. En vez de los cantos alegres de las jó- 
venes se escucha el gemido melancólico de la huílota ó el au- 
llar lastimero de algún perro vagabundo. 

VII 

En vano los pocos misioneros que habían quedado en Mi- 
choacán, penetrando en los bosques, se esforzaban en predicar 
la paz del Evangelio; los indios los tenían por locos y no que- 
rían creer que la caridad y el amor fuesen la esencia de una 
religión en cuyo nombre los españoles cometían tamañas cruel- 
dades y tan inauditas violaciones. 

En tal estado de los ánimos, la empresa de la evangelización 
era superior al poder humano. 



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PRIMERA PARTE. 

Inchátiro. 

I 

Por la florida playa que se extiende desde los bosques de 
Napízaro hasta la ciudad sagrada de Erongarícuaro avanza una 
hermosa doncella que procura ocultarse entre los matorrales. 

Flexible es su talle como el delgado junco de la espadaña; 
sedosa cabellera cae en suaves ondulaciones sobre la espalda 
en que flota el blanco velo de las vírgenes; sus ojos, profunda- 
mente negros, están bañados de melancólica dulzura, y el color 
apiñonado de su cutis da á conocer que la joven pertenece á 
la aristocracia de la raza indígena. Es, en efecto, una de las 
princesas reales de Tzintzuntzan que, oculta con su familia en 
la insondable floresta de Zinciro, acude ahora á una cita para 
tener noticias de su amante. 

Ciñe sus sienes bella guirnalda de flores sobre la que se des- 
taca una flexible pluma, y desde su cuello hasta la rodilla baja 
el blanco guanúmutl con firanjas de cerúleo añil y de carmínea 
grana. El pie pequeño y la robusta pierna dejan adivinar la 
morbidez de sus formas. 

Está marcado en la frente de la joven tal sello de melanco- 
lía; es tan msgestuoso y lánguido su andar, y hay en su mira- 
da apacible un esplendor tan limpio, á la par que tan triste, 
que hicieron bien los moradores de la tierra en llamarla con el 
gráfico nombre de IncháUro — el crepúsculo vespertino — en 
el poético idioma tarasco. 

A veces camina apresurada como si temiese ser perseguida; 
á veces se detiene á respirar, y al latir de su pecho los turgen- 
tes globos semejan dos palomas enamoradas, temblando de 
placer en el caliente nido. 



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II 

Caminando va la doncella: luce en sus ojos un rayo de es* 
peranza al divisar el alto templo de Erongarícuaro. Era la épo- 
ca en que residía allí el gran sacerdote del sol, el venerable 
anciano Petámuti^ guardián del sigfituario de Tzacapu. 

¿Cómo se atreve á penetrar en el templo, cuya puerta está 
siempre cerrada á las mujeres? De estirpe real y guardando 
aún intacta la sangre de sus venas, ^ puede Inchátiro traspasar 
el .sagrado umbral. 

Va á adquirir noticias del príncipe Tacamba, jefe de los gue- 
rreros tarascos que empuñan aún las armas en contra de los 
conquistadores. El gran Petámuti, que conoce los arcanos del 
porvenir, le dirá dónde se halla el héroe y cuáles son sus futu- 
ros destinos. 

III 

Mas ¿por qué detiene el paso, indecisa y trémula de pavor? 
Pone su delicada mano sobre los ojos é inclina ligeramente el 
cuerpo hacia adelante. Queda un momento inmóvil, fijando su 
mirada indagadora en un punto de la ribera, en donde se yer- 
gue la imagen de un hombre de mirar siniestro. Quiere retro- 
ceder, pero al tomar su mirada hacia el camino recorrido se 
llena de espanto y en su semblante extiende la angustia su pá- 
lido velo. 

Sobre las colinas que se levantan en la playa se ven cente- 
nares de guerreros indios, cuyos atavíos militares son desco- 
nocidos para Inchátiro. Algunos de aquellos hombres se ade- 
lantan para impedir el paso á la doncella. Sobresaltada se 
precipita al interior de las tupidas espadañas que bordan el 
lago. Descubre un surco abierto y allí oculta una endeble cha- 

1 Furisquiri (la que tiene íntegra bu sangre) es el nombre tarasco de las 
doncellas. 



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lupa. Salta sobre ella, se apodera del remo, y sin perder un 
momento se desliza por el angosto canal, y rápida como el cé- 
firo sale á campo abierto y huye sobre las ondas, como una ga- 
viota que se siente perseguida. 



IV 



Aquel trabsgo es superior á las fuerzas de la joven. Desfa- 
llecida deja caer el remo. Apenas si conserva Inchátiro una 
débil esperanza de que la velocidad adquirida por el esquife la 
conduzca á la inmediata orilla de la isla de Jarácuaro, en don- 
de acaso encontrará un auxilio. 

¡Vana esperanza! La chalupa se detiene á poco andar. La 
joven vuelve los ojos hacia la playa, y en aquel mstante una 
piragua, tripulada por cuatro remeros, se desprende rápida, y 
dirigiendo la proa hacia la isla, avanza sobre el líquido elemen- 
to. Allí viene el hombre de mirar siniestro, el guerrero que 
parece ser de una raza distinta de la de los purépecha. Su piel 
negra, sus cabellos ensortijados, sus obscuras pupilas bullén- 
dose en el blanco de las órbitas de sus ojos, infundían hondo 
pavor en el alma de la joven. 



Rebelde al emperador Tzimtzicha, el cacique I^H Achá^ ha- 
bía logrado de años atrás vivir independiente de la corte de 
Tzintzuntzan. Tenía sentados sus reales en las ásperas monta- 
nas de Comachuen, y á corta distancia de la ciudad, en un 
campo ancho y descubierto, rodeado de inaccesible pedregal, 
habla edificado inexpugnable fortaleza. 

1 IdigDÍfica el señor negro. 



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121 



VI 

Inchátiro veía la acelerada rapidez con que caminaba la em- 
barcación que conducía á su perseguidor. Recordó entonces 
haber oído decir á las gentes del pueblo que en los profundos 
bosques de Turicuaro reinaba un caudillo absoluto y feroz, que 
cafa repentinamente sobre las ciudades ribereñas, á fin de apo- 
derarse dé las más hermosas doncellas, y transportarlas á su 
escondido harem: que aquel guerrero era negro como una no- 
<:he nublada, y más tenebroso aún su corazón impío. 



VII 

Inchátiro comprendió el inmenso peligro que la amenazaba: 
en su desesperación introducía las manos en el agua y quería 
dar impulso con ellas á su esquife. ¡Inútil tentativa! El esqui- 
fe no hacía más que girar sobre sí mismo. 

Jarácuaro estaba á la vista de la joven. Algunas mujeres, 
llenas de espanto, contemplaban desde la isla aquella escena 
de dolor, impotentes para ir en socorro de la infortunada vir- 
gen de la tarde. 

VIH. 

Están á punto de unirse las dos embarcaciones. Los ojos 
de Turí achá relumbran como dos carbones encendidos: ya 
extiende los brazos para apoderarse de su víctima; mas en 
aquel momento Inchátiro salta de la chalupa y desaparece 
en el seno de las aguas. Turf Achá se precipita en ellas tam- 
bién, y á través de la diáfana linfa, en donde reinan los esplen- 
dores del sol de medio día, se ve en el fondo del lago á una 
sombra negra, persiguiendo una blanca visión, como si el genio 
de la más obscura tempestad se hubiese lanzado á lo profun- 
do de las aguas para apoderarse de una ondina de nivea ves- 
tidura. 



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122 

Las mujeres de Jarácuaro exhalaron un gemido de angustia 
y huyeron á ocultarse en el fondo de sus cabanas. 



SEGUNDA PARTE. 

Tagamba. 

I 

Residía Tacamba^ en uno de los más hermosos sitios de la 
tierra caliente, en aquella florida región que marca el descenso 
de la sierra á la cordillera andina que se extiende paralela á 
las costas del Pacífico. 

Tacamba, descendiente del legendario Hirepan, era uno de 
los cuatro régulos de la alianza michoacana. Su reino, el más 
fértil y el más rico de las cuatro provincias que componían el 
imperio de Tzintzuntzan, tenía por capital á Coyucan — ^la ciu- 
dad de las águilas — asentada en la margen del río de infinito 
caudal que corre entre verjeles, á desembocar en Zacatula. 

Era el príncipe un joven apuesto: su estatura se erguía ele- 
vada y flexible, como la planta tropical cuyo nombre llevaba; 
su mirar era duice y profundo como el fulgor del lucero en no- 
che serena. 

Habíase deslizado su existencia en la tranquilidad del hogar 
y en los ejercicios de la guerra. De esta suerte, su vida era á 
veces el céfiro que pasa murmurando una queja de amor en- 
tre las ramas de los pinos, y á veces el huracán que abate las 
encinas en su vuelo invencible; á veces el rizo apacible y sua- 
ve que pliega la superficie del lago, y á veces la ola que se le- 
vanta cubierta de espuma amenazando al cielo. 

Generoso y magnánimo, la guerra no era un placer para su 

1 Ss el nombre de cierta especie de palmas de la tierra caliente. 



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corazón. Odiaba el exterminio, y sin embargo, cuando el jefe 
de la cuádruple alianza lo requería para emprender alguna 
campaña, era, ó el más prudente en el consejo, ó el más vale- 
roso en el combate. 

A pesar de las exigencias de los sacerdotes, jamás un solo 
cautivo subió las gradas que conducían al sacrificio. 

En las épocas de paz enseñaba á su pueblo el mejor cultivo 
de aquellos feraces campos del reino, lo alentaba para el ade- 
lanto de la industria rudimentaria que principiaba en el país, 
y le procuraba el ensanche del comercio. 



II 

De tiempo en tiempo trasladaba su corte á un pequeño y 
delicioso valle que lleva su nombre. ^ Habíase construido un 
palacio campestre en el borde de la cristalina alberca de Chu- 
pió, en donde es fama que por la noche se oye el canto de las 
sirenas, las que por ignoto canal vienen desde el océano á ha- 
blar de sus amores en medio de las selvas. 

Aquel alcázar suspendido en la elevada colina, disfrutaba de 
una espléndida vista: hacia el Norte la obscura serranía cubier- 
ta de pinos que ocultan su cabeza entre las nubes; del lado del 
Sur cerros de una figura extraña y fantástica que se destacan 
de la espesa bruma de la tierra caliente, y hacia el pie del pa- 
lacio, el primoroso valle y la poética laguna. 

III 

Tal era la mansión de Tacamba: pasaba allí sus días consa- 
grado á los asuntos de gobierno; por las tardes se extasiaba 
contemplando aquel espléndido panorama, y durante la noche 
sus ojos se dirigían al espacio celeste, á ese infinito abismo en 

1 El Talle de Tacámbaro. 



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que ruedan los soles y en que innúmeros mundos narran la 
inmensidad de Dios. 

¿Qué buscaba en la bóveda estrellada la vista escrutadora 
de Tacamba? ¿Por qué osaba su pensamiento penetrar en aque- 
llas insondables profundidades? ¿Contemplaba acaso las mis- 
teriosas señales del cíelo, anunciando á los indios espantados 
la venida de otros hombres que habían de esclavizarlos? 

Algunos de sus subditos que en las altas horas de la noche 
pasaban á inmediaciones del palacio, veían aparecer en las al- 
menas la silueta del joven monarca y escuchaban de sus la- 
bios dulces y melancólicos cantares, entonados en loor de Tu- 
cup Acháy el solo señor del Universo. 



-IV 

Cuando se esparció por la tierra el vago rumor de la llegada 
de los españoles, Tacamba escuchó la noticia sin que se pínta- 
se en su rostro la sorpresa. Envió emisarios á toda la exten- 
sión de su reino, y un mes más tarde, veinte mil hombres 
acampaban desde Chupio hasta las márgenes de los dos ríos 
que bañan la tropical y exuberante Turicato.^ 

El caudillo había sabido que el orgulloso Motecuhzoma de- 
mandaba el auxilio del rey de los tarascos, y quería estar dis- 
puesto para ser el primero en acudir con sus tropas. Grande 
fué, por lo tanto, su despecho, cuando supo que la Corte de 
Tzintzuntzan prefería permanecer en cobarde neutralidad. Li- 
cenció su ejército, del que no podía disponer sin permiso del 
emperador, y con escaso acompañamiento marchó á la metró- 
poli, en donde esperaba vencer, por medio de la palabra, la 
injustiñcable apatía del anciano monarca. 

1 Viene de Turi^ negro^ y de huato ó kuata^ cerro. — Bs uno de lo6 máa fér- 
tiles pueblos de la tierra caliente. 



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126 



Reinaba entonces sobre el vasto imperio de Michoacán el 
que antes había sido tipo de valor y de audacia, Siguangua^ y 
ahora anciano y débil del cuerpo y del espíritu. 

En vano Tacamba puso en juego toda su elocuencia. Inútil- 
mente apeló al sentimiento religioso, al amor de la*patria, al 
orgullo de una raza hasta entonces invencible; el egoísmo* el 
miedo y la superstición turbaban el alma de los nobles puré- 
pecha. 

En aquel viige fué cuando Tacamba conoció á Inchátiro, hi- 
ja de reyes y la más hermosa doncella de la Corte. 



VI 

Habitaba Inchátiro en las floridas playas de Santáppen,^ en 
donde su padre, el cacique de Siróndaro, poseía palacios de 
recreo poblados de migeres encantadoras. 

Al Oriente de aquel delicioso sitio, en la margen opuesta 
del lago, estaba la imperial Tzintzuntzan, oculta á los rayos del 
sol naciente é iluminada por las tardes con los tibios reflejos 
del crepúsculo. 

Era la hora en que Inchátiro, después de haber cumplido 
sus deberes en la Corte, regresaba á Santáppen, á la amena 
mansión bañada por los rayos del moribundo día. Su elegan- 
te esquife surcaba las tranquilas ondas, como una ave que 
vuela presurosa al deseado nido. 

La joven iba entonando himnos melancólicos y dulces, co- 

1 Significa campo iluminado. Bra el nombre primitivo de Santo Fe, evan- 
gelizado por el obispo Quiroga, quien se aprovechó de la semeJanEa de pro- 
nunciación del nombre torasco con el castellano. 

A un kilómetro de distoncia de Santo Fe^ bacia el Noroeste, está el paraje 
de Guayameo, residencia de Sicuir Achá, segundo rey de loñ purépeeha. 



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126 

mo las notas impregnadas de armonía que se levantan del 
arroyo que murmura en la selva. 

Al caminar hacia el Poniente, su espléndida belleza, apaci- 
ble y pura como la primera estrella de la tarde, aparecía con 
todo el esplendor de su poético nombre de Inchátiro. 

VII 

i 

Cuando los ojos de Tacamba se ñjaron por primera vez en 
la doncella, el ángel del rubor Uñó con sus rosadas tintas el 
semblante apiñonado de Inchátiro. Un ligero temblor, como 
cuando se hincha en mórbidas ondas la superficie del lago, 
hacía mover en suaves ondulaciones el blanco guanengo que 
ocultaba su talle. 

— ^Inchátiro, le dijo Tacamba, tú serás la única esposa en mi 
hogar. 

La joven inclinó al suelo los rasgados ojos que una lágrima 
fugitiva humedeció para que más limpios contemplasen el cie- 
lo del amor. 

VIII 

Algún tiempo después, la epidemia de las viruelas sembró 
la desolación entre las familias del reino; señaló entre las pri- 
meras víctimas al rey de los tarascos y aumentó el invencible 
pánico que se había apoderado de los indios. 

Entonces subió al trono que tan alto había colocado el em- 
perador Tariaco, el más abyecto de sus descendientes, el afe- 
minado Tzimtzicha; y esto, cuando los españoles se enseñorea- 
ban ya de la invencible Tenochtitlán. 

IX 

Tacamba veía con rabia y desesperación el abatimiento de 
aquel pueblo que siempre se había distinguido por su indoma- 



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127 

ble fiereza. Aquella raza de águilas parecía una bandada de 
tímidas palomas, temblando á la presencia del gavilán. 

Tacamba empero, como ñel tributario, unió sus destinos á 
los de su rey. Más tarde, cuando el desgraciado monarca de 
Tzintzuntzan iba prisionero de Ñuño de Guzmán, lo acompañó 
en la vía de su calvario, sostuvo amoroso sus grillos, presen- 
ció el horrible martirio que le preparó la sed de oro de los con- 
quistadores y escuchó las sublimes palabras que pronunció el 
mártir al morir. 

Entonces Tacamba no pudo ya contenerse, y á la cabeza de 
unos cuantos guerreros, juró odio eterno á los invasores de su 
patria, comenzó la corta pero tremenda época de matanza y 
exterminio de que fueron teatro las encomiendas establecidas 
en Michoacán. 



TERCERA PARTE. 
Frat Juan de San Miguel. 



Fuit homo missus a Deo, cui 
nomen erat Joanee, hic venit in 
iestimonium. ^ 

I 

Las enhiestas rocas que se levantan en las playas de Eron- 
garicuaro se hallan cubiertas de guerreros: en medio hay un 
grupo de doncellas rodeando el cuerpo inerte de Inchátiro. Un 
venerable anciano, en quien se fijan todas las miradas, espía 
impaciente la salida del sol. 

Después de fatídica noche, la risueña aurora empieza á ten- 
der en el horizonte su finísima gasa. 

1 Btta inBcripción eetá en la infonnación testimonial levantada con motivo 
del juicio de residencia de D. Vasco de Qairoga, en la que Fr. Juan de San 
Miguel fué uno de los testigos. 



\ 



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128 

Los guerreros eran los soldados de Turí Achá, quien había 
logrado apoderarse de Inchátiro en el fondo de las aguas^ con- 
duciéndola en s^uida á la ribera, velándola una larga noche 
de angustias y esperando que volvería á la vida al rayar el día 
siguiente. 

Las jóvenes que rodeaban el cuerpo de la virgen eran las 
guanánchecha, sacerdotisas del sol, en el templo de Erongarí- 
cuaro. 

El anciano venerable era Petámuti, el gran sacerdote de lo& 
tarascos, el único que tenía el poder de conjurar al astro es- 
plendoroso, en bien del pueblo que lo adoraba. 

Sólo espera que asome en el Oriente el primero de sus ra- 
yos para pedirle que devuelva la existencia á Inchátiro. 



II 

Por fin el luminar del día traspone la alta cima del Xhanuat- 
Ucacio,^ y un haz de rayos incandescentes, como lluvia de bri- 
llantes chispas, se deja caer en la tersa superficie del lago. 

La multitud se inclina con religioso recogimiento; las vírge- 
nes del sol entonan melancólica plegaria, y Petámuti, exten- 
diendo las trémulas manos hacia el rey del universo, mur- 
mura una oración y ruega al dios que envíe uno de sus pode- 
rosos efluvios al corazón de Inchátiro. 

Hay profundo silencio en la concurrencia y un destello de 
esperanza en todas las miradas, que no se apartan del cadá- 
ver. El sol baña con su lumbre aquel semblante lívido, que 
parece inanimado Lívido é inanimado continúa el sem- 
blante de la niña Los espectadores se miran aterroriza- 
dos; Turí Achá prorrumpe en horrible blasfemia; Petámuti de- 
ja caer desfallecidas [sus impotentes manos, y las guanánchecha 
entonan el canto funeral de las doncellas. 

1 "Que tíene nieve en la cima.'' Ss el nombre tarasco del cerro conocido- 
hoy por de San Andrés. 



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139 



> III 

Repentinamente se escucha salir de entre la selva el eco de 
un himno religioso, pronunciado en el más puro idioma taras- 
•co, pero con un acento que más que humano parecía celestial. 

** Alabado sea el Señor mi Dios — clamaba aquella voz — ala- 
bado sea en todas sus criaturas, y singularmente en nuestro 
hermano excelso, el sol, que nos da el día y nos envuelve con 
su luz! ¡Es bello, y cuando radia, su inmenso resplandor nos 
da testimonio de tí, Dios mío! 

^^¡Alabado seas, Señor, en la luna y las estrellas! ¡Las has 
formado tú en los cielos claras y serenas! 

"¡Alabado seas. Señor, por mi hermano el viento, por el ai- 
re y por las nubes, por la serenidad del tiempo, puesto que 
-con todas esas cosas sostienes á las criaturas! 

"¡Alabado seas, Señor, por nuestra hermana el agua, tan 
lútil, tan humilde, tan preciosa y tan casta! 

"¡Alabado seas. Señor, por nuestro hermano el fuego! ¡Con 
él iluminas las noches; tan bello y agradable, como indomable 
y fuerte! 

"Alabado seas. Señor, por nuestra madre la tierra, que nos 
sostiene, nos nutre y que produce toda especie de frutos, las 
flores matizadas y las hierbas lozanas y olorosas/^ 

Los oídos todos escucharon con recogimiento aquel hermo- 
tso acento que parecía á los asistentes un cántico al bóI^ ^ á la 
luna, á las estrellas, semejante á una plegaria de la religión de 
los tarascos, pero más inmaterial, pero sublime. 



IV 

De repente avanza hacia la concurrencia un hombre de ma- 
jestuosa y gallarda estatura. Pálido es su semblante: sus ojos, 

1 Lo que cantaba la voz desconocida era el Oániieo de Im criaturas de San 
Francisco de Asís. 

Mlchoaoan.*9 



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de mirar austero, tienen, sin embargo, no sé qué de apacibles 
y de dulces, que hacen entrever confianza y alegría. En aque- 
lla tranquila y ancha frente brillan los reflejos de la virtud y 
del saber. 

Aquel hombre viste traje talar de color gris; ^ sus pies están 
descalzos y la frente descubierta á los rayos del sol. El espíri- 
tu de Dios la circunda. 



Y camina: á su lado, siguiéndolo de rama en rama entre los 
árboles de la floresta, lo acompañan centenares de pajaríllos 
que con su goijeo forman un eco armonioso á aquel divina 
canto de la naturaleza. 

— Vamos, vamos en nombre del Señor, exclama al contem- 
plar el grupo que rodea á IncháUro. 

Llega hasta el cadáver: coloca sobre el pecho de éste un cru- 
cifijo de marfil; se pone de rodillas, y desde el fondo de su al- 
ma eleva una oración. 

Algo como un torrente de mística alegría inunda todos lo$^ 
pechos, que no se atreven á respirar. 

El desconocido fija en la inmóvil doncella una mirada de 
infinita fe, la baña con sus "bellos ojos consoladores" y per- 
manece extático. 

Inchátiro exhala un débil suspiro, late su corazón, y una luz. 
indeficiente, como la postrimera de la tarde, ilumina dos lágri- 
mas que se desprenden de los ojos. 

Los espectadores, llenos de admiración, caen al suelo pros- 
ternados. 

Y aquel hombre, sobre quien el cielo parece derramar una 
luz nueva, se incorpora, atraviesa por entre el grupo atónita 

1 Bra el color del hábito que usaban los franciscanos. Cuando en M^ioo^ 
se acabaron esas vestíduras por el uso, los ílrailee enseñaron á los indios á tejer 
la lana; pero no pudieron dar el mismo color, y entonces lo sustituyeron por 
el azul. — Yéase Beaumont * 



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181 

de los tarascos, y con el hermoso andar del evangelizante des- 
aparece en el interior del bosque, saturado con la esencia pu- 
rísima del pino. 

Aún se escucha allá á lo lejos el gorjeo de las aves, como un 
himno misterioso dirigido á Dios. 

VI 

Aquel TÚgero desconocido era ¡Fray Juan de San Miguell 

VII 

¿Qué tierra vio nacer al apóstol? ¿Cuándo desembarcó en la 
América? ¿Cuál fué luego el día feliz en que sus plantas pisa- 
ron el suelo de los tarascos? 

La historia no lo sabe decir. Alguno de nuestros cronistas 
supone que llegó á México en el año de 1528, ó en la copiosa 
misión de 1529 á 1530.^ El Padre La Rea sólo asegura que fué 
uno de los primeros después de los doce religiosos que vinie- 
ron con Fr. Martín de Valencia. ^ No falta testimonio que afir- 
me que fué uno de estos mismos, si bien no sería sin funda- 
mento suponer que perteneció al grupo de padres franciscanos 

1 Beaumont, Crónica de la ProTincia de los Santos Apóstoles San Pedro y 
San Pablo de Michoacán. Tom. III, cap. XIY. 

2 Crónica de la Orden de N. Seráfico P. San Francisco. Bn el antiquísimo 
retrato de Fr. Juan de San Miguel que posee la parroquia de Uruapan y del 
que hay una copia en la Secretaría del Ayuntamiento de la misma ciudad, Be 
lee en la inscripción que está al pie del cuadro lo siguiente: **Fué uno de los 
doce primeros religiosos obreros que binieron á la combersion de este reino." 

Nada se dice sobre la fecha de su venida en el magnífico retrato suyo que 
existe en el colegio de San Nicolás de Morelia, también pintura muy antigua, 
y sólo es de llamar la atención que este retrato representa á Fr. Juan siendo 
joven, como de treinta años, mientras que el de Uruapan lo representa ya en 
la senectud. Anduvo, pues, muy equivocado el Sr. Canónigo D. J. Guada- 
lupe Bomero en su Estadística del Obispado de Michoacán, cuando afirmó, en 
la pág. 98, que ni Morelia, ni Uruapan, ni otras pobl^iones conservan algún 
retrato de tan esclarecido varón. 



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182 

que vinieron, según Torquemada, después de los doce prime- 
ros, cuyo desembarque en Veracruz se verificó en 13 de Mayo 
de 1524. 

Acaso por esa sublime humildad de que tantos ejemplos 
dieron los primeros discípulos de San Francisco de Asís, Fray 
Juan de San Miguel no habló nunca del lugar que lo vio nacer, 
ni de sus padres, ni de los primeros años de su existencia: lo 
cierto es que la tradición no pudo recoger ninguno de estos da- 
tos, y los cronistas se limitan á hablar de su gloriosa predica- 
ción en Michoacán. 

VIH 

Corría el año de 1531. 

Dos frailes menores, caminando descalzos y apoyadas las 
manos en sus báculos, llegaban cubiertos de sudor y extenua- 
dos de fatiga á un hermoso valle que se extiende entre los ele- 
vados montes llamados el Quinceo y el Funguato y los pinto- 
rescos lomeríos de Tarímbaro y de Ouinlzio. 

Entonces aquel valle era un obscuro bosque en el que por 
sobre las espesas copas de encinas seculares se levantaban las 
sombrías frondas de los cedros. Las lianas, entrelazando los 
brazos de los árboles, formaban un dosel de verdura, por don- 
de apenas penetraban los rayos del sol, filtrándose como por 
una tupida criba para iluminar con extrañas figuras el suelo 
tapizado de húmedo musgo. 

Sobre la superficie plana de una suave pero extensa colina 
que surge del valle, algunas chozas asomaban entre verdes ca- 
pulines y melancólicos sauces llorones;^ éstos, sacudiendo ha- 
cia el suelo sus delgadas cabelleras, y aquéllos ostentando las 
niveas flores de sus ramilletes. 

Al pie del otero corrían, hasta encontrarse, un arroyo que 
bsga de honda y florida rinconada, y el río que, despeñándose 
de las lomas del Suroeste, corre luego por entre verdes cuanto 

1 lid tarimuj que significa en tarasco sauce de agua. 



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fértiles campiñas. Los dos ríos, el grande y el chioo^ caminan 
lentamente; con frecuencia se hinchan sus aguas, y desbordán- 
dose en los vecinos campos los cubren de esbeltas tupatas^ y 
de blancas y espléndidas chumbáouares.^ 

Aquel humilde caserío tenía por nombre Gueyángareo.^ Et 
pintoresco llano llevaba recientemente el de Valle de Olid,^ en 
memoria del capitán español que primero tomó posesión de 
las tierras de Michoacán en favor de los soberanos de Casu- 
lla: un noble virrey, que mereció el nombre de padre de loa 
indios, fundó allí una ciudad y la llamó Valladolid, en memoria 
de la Valladolid de España, lugar de su nacimiento. 

Fué, pues, Gueyángareo la cabecera de la provincia, y la his- 
toria, con respetuoso orgullo, la denomina hoy Mordía^ por ser 
la patria del más grande de los héroes mexicanos, del inmor- 
tal Morelos. Es actualmente la capital del Estado de Michoa- 
cán. En los tiempos anteriores á la conquista era una pequeña 
aldea de indios pirindas. En la alta loma que acota la llanura 
hacia el Sur (donde se halla en la actualidad el pueblo de San- 
ta Maiía) estaba la necrópolis de los régulos de Charo. Aún se 
ve allí una gran yácaJUí^ sepulcro de uno de los seis capitanes 
maüaüzinca que fueron desde Toluca en auxilio del rey taras- 
co, contra quien se habían sublevado los indómitos tecos que 
habitaban el Poniente del imperio. 

IX 

Los dos frailes se dirigieron á la más próxima choza y pi- 

1 Espadañas. 

2 Las ninfeas. 

8 Por corrupción Ottayangareo^ significa loma de semblante aplastado, 7 
por esto algunos lo traducen loma chata., 

4 "Teatro Americano," del padre Villaseñor y "Diccionario de América/' 
de Alcedo. Valle de Olid fué el primitivo nombre español de Oueyángareo, 
Después fundó allí una ciudad el Virrey D. Antonio do Mendoza, ponién- 
dole el nombre de su patria Valladolid, siendo de advertir que ya existían allí 
algunas familias de españoles, al amparo del convento de S. Francisco. (Beau- 
mont, Crónica citada, tomo IV, cap. XV. 



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184 

dieron hospitalidad, una familia de pescadores que allí habi- 
taba se la brindó, recibiendo á sus huéspedes con cariño y ve- 
neración. 

Poco á poco fué llenándose el patio con los moradores de 
la pequeña aldea que iban á conocer y saludar á los recién lle- 
gados. 

Cuando ya el grupo no podía ser más numeroso, los misio- 
neros, aprovechando la oportunidad y valiéndose del lengusge 
de las señas, procuraron insinuar en el corazón de sus oyen- 
tes las máximas de una religión llena de consuelo y esperanza, 
dulce y sublime, junto á la cual la que ellos profesaban antes 
aparecía absurda y cruel, grosera y material. 

Llamaban la atención de los indios el crucifijo y el brevia- 
rio, únicos objetos que llevaban consigo los misioneros. Obser- 
vaban cómo éstos recorrían, llenos de respeto, las páginas del 
libro, y fijaban religiosa mirada de éxtasis en la imagen cruen- 
ta de Jesús. Habían visto que los mismos guerreros castellanos 
tenían respeto á estos misteriosos amuletos, y sorprendidos, 
habían presenciado que los impíos conquistadores doblaban la 
rodilla ante aquellos hombres vestidos de sayal, pobres y hu- 
mildes, y sin embargo caritativos y fuertes en defensa de los in- 
dios. No olvidaban que el mismo emperador Caltzontzin (Tzim- 
tzicha) había marchado á México á solicitar y conducir perso- 
nalmente á Michoacán á los primeros religiosos que pisaron 
aquellas tierras. 

En efecto, apenas hubieron llegado los frailes franciscanos 
en medio de los indios, cuando supieron inspirar en el co ra 
zón de éstos, sentimientos de amor y de ternura. Amantes 
aquéllos de la soledad, de la hermosa soledad en que solían 
pasar horas enteras para que su alma hablase con Dios, ora en 
el interior de la cabana que les servía de convento, ora en me- 
dio de las selvas, en los sitios más profundos del bosque, no 
trataban de que los neófitos se aislasen y llevasen una vida ce- 
nobítica: al contrario, reuníanlos en pueblos, estrechaban los 
lazos de su comunidad y los hacían llevar una vida política 
eminentemente social. 



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186 

Ellos, tan austeros en su conducta, tan sobrios en sus ali* 
tnentos, tan llenos de religiosa unción, no querían que sus her- 
manos indios viviesen tristes, ni pensasen con horror en las 
cadenas que arrastraban: no los querían débiles ni enfermizos, 
no exigían de ellos que estuviesen constantemente en los tem- 
plos: de aquí provinieron las alegres costumbres en que las 
fiestas se sucedían á las fiestas, los banquetes á los banquetes, 
los bailes tradicionales al son de músicas, sí melancólicas, dul- 
<}es y sentimentales. 

Los indios comprendieron que aquellos hombres que los lla- 
maban hijos eran sus bienhechores, y los amaron como á sus 
padres. 

X 

Nada extraño es, en consecuencia, que la noticia de la lle- 
gada de los dos frailes al pueblo de Guayángareo se difundiese 
rápidamente en la comarca; que la multitud aumentase, y que 
ios indios sintieran el deseo de que los dos misioneros se que- 
dasen entre ellos. 

Encarecidamente se lo rogaron, y aunque no se ocultó á la 
penetración de los religiosos la circunstancia de hallarse casi 
desierto aquel paraje, y de ser sus aires malsanos, por estar 
los campos inundados y en gran parte convertidos en ciéna- 
gas, comprendieron que aquel sitio podía llegar á ser el punto 
de contacto de tres pueblos de razas enteramente distintas: los 
tarascos, los pirindas y los otomites, estos últimos en perpetua 
guerra contra las otras dos. Hacer la propaganda entre las tres 
tribus y unificarlas en una sola familia cristiana, fué el pensa- 
miento que desde aquel instante llenó el espíritu de los dos 
religiosos. 

Proyectaron desde luego fundar dos planteles, construyen- 
do con tal fin dos edificios: un convento y un colegio. 

Mas ¿quiénes eran aquellos dos frailes que tenían fe en ta- 
maña empresa? ¿Con qué elementos pecuniarios contaban pa- 



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186 

ra llevarla á cabo? Eran Fr. Juan de San Mif^el y Fr. Antonio 
de Lisboa, Su capital, ¡cinco realesi 



XI 



El convento de Fray Antonio de Lisboa y el colegio de Fray^ 
Juan de San Miguel, ambos edificios de humilde construcción,, 
quedaron concluidos en el mismo año de 1631.^ 

El primero de aquellos misioneros permaneció en Guayán- 
gareo, y acaso le sorprendió alli la muerte. 

Fray Juan de San Miguel estaba deparado para más altos^ 
destinos. 

Aún duraba la sublevación de los tarascos ocasionada por 
la cruel tiranía de Ñuño de Guzman. Los habitantes del reino 
de Michoacán se habían remontado á los más altos cerros de 
sus espesas serranías, y los pocos frailes que, expuestos agran- 
des peligros, habían permanecido en los pueblos de la laguna 
de Pátzcuaro, no se atrevían á penetrar en el retiro de los in- 
dios. 

Entonces fué cuando Fray Juan de San Miguel apareció en 
Erongarícuaro. 

1 El colegio fundado por Fr. Juan de San Miguel en Guajángareo llevó ét 
nombre de "Colegio de San MigucL" Fué el primero que se estableció ento* 
da la América. Más tarde ñindó el Obispo D. Vaaco de Quiroga, en Páticua- 
ro, el colegio de San Nicolás Obispo: y cuando se trasladó á Yalladolid (boy 
Morelia) la silla episcopal, se refundieron ambos colegios con el nombre de 
San Nicolás. El establecimiento cuenta entre sus alumnos al cura D. Mignel 
Hidalgo y Gostilla, que más tarde fué su rector; á Morelos, Rayón, Olavigero* 
y otros muchos hombres ilustres. Clausurado por el gobierno virreinal en la 
época de la insurrección, fué restablecido en 17 de Enero de 1847 por el Go- 
bernador Don Melchor Ocampo, quien le dio el nombre que lleva ahora de- 
"Colegio primitivo y Nacional de San Nicolás de Hidalgo." Los estudiantes- 
de este plantel han sido siempre amantes de la libertad, por la que muchos de 
ellos han combatido en los campos de batalla. Los déspotas han perseguido- 
siempre á los alumnos y clausurado dos veces el instituto. 



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XII 

La noticia de la resurreción de Inchátiro circuló de monta- 
ña en montaña. 

Fray Juan de San Miguel fué considerado como un ser su- 
perior al sol. No de veneración, sino de culto, fué objeto des- 
de aquel día por parte de los infelices indios reducidos á la 
miseria. 

XIII 

Pero si inmóviles de admiración habían quedado cuantos 
presenciaron el milagro, Turi Achá, el impío y terrible rey de 
Turícuaro, vuelto en sí de la sorpresa, tomó en sus brazos á 
Inchátiro y, seguido de sus guerreros, huyó, perdiéndose en 
medio de la selva, riendo irónicamente del llanto de las gua- 
nánchecha y de las maldiciones de Petámuti. 



CUARTA PARTE. 
El Cerro del Rey Valiente. 

I 

Obscuras y profundas son las selvas de aquella parte de la 
sierra de Michoacán, en que aún se ocultan las poblaciones de 
Tingambato, Cumachuen, Turícuaro y Surumucapio. 

En el fondo de los bosques un tupido césped, tierno y lus- 
troso, tapiza el suelo, siempre húmedo. Los árboles entrelazan 
sus ramas, formando una bóveda tan cerrada que hay sitios 
en donde jamás ha penetrado un rayo de sol: de noche, la obs- 
curidad podria palparse, y el contraste que forma con otros 
lugares próximos, menos espesos, es misterioso é imponente, 
porque los efluvios de la luna, nítidos, de asombrosa diafani- 



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188 

dad, fuertemente luminosos, caen en formas recortadas, reme- 
dando mil fantásticos dibujos que se transforman sin cesar, 
cuando el viento mueve las hojas de aquellos gigantes de la 
vegetación. 

De día la vista se ensgena con la infinita variedad de orquí- 
deas que ostentan flores esplendorosas de exquisito perfume; 
el oído se encanta con los melodiosos trinos del jilguero, ó 
con el canto melancólico de la huilota: se oyen los extraños 
rumores con que el viento, al pasar, saluda la msgestad de la 
floresta, y el aroma resinoso del pino embriaga los sentidos. 
AUi él alma se siente grande y dotada de expansión religiosa, 
se eleva ferviente como buscando el trono de Dios para fun- 
dirse en dulcísimas plegarias de santa gratitud. 



II 



Atravesaba Fray Juan de San Miguel aquellos campos deli- 
ciosos, caminando en dirección hacia el Suroeste. 

De tiempo en tiempo salmodiaba el cántico de las criaturas. 
A veces se quedaba extático contemplando la belleza de una 
flor ó las pintadas alas de un coa que brincaba de rama en ra- 
ma como sirviendo de guía al apóstol. Luego sonreía dulce- 
piente, recordando á Inchátiro y á los turbados indios que la 
rodeaban. Su pensamiento volaba hacia la joven, y cayendo 
como una gota de rocío sobre la casta frente de la virgen, la 
bautizaba en el fondo de su corazón, imprimiendo en el de ella 
el sello de la consagración divina. 

¡Qué ajeno estaba Fray Juan de San Miguel de que en los 
momentos mismos en que él cruzaba por aquel bosque, no le- 
jos, aunque en distinta dirección, desmayada é intensamente 
pálida, iba Inchátiro en los hercúleos brazos del feroz Turí 
Achá. 

Pero ni la tierna salmodia, ni las flores perfumadas, ni el 
vuelo de los pájaros, ni su propio pensamiento detienen la mar- 



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189 

cha del misionero. Llega al pie de un cerro, lo encumbra, 7 al 
pisar la cima, sus ojos contemplan extasiados el más hermoso 
panorama. 

Fr. Juan de San Miguel había llegado á lo alto del puerto de 
Ungambato, había subido á la cúspide de una yácata y desde 
allí, volviendo el rostro en todas direcciones, pudo contem- 
plar, hacia el Poniente, la inmensa mole del Tancítaro corona- 
da de nieve y teniendo á su falda los jardines de Uruapan; 
hacia el Norte la gigantesca montaña del Taretzuruán, seme- 
jante á una águila en actitud de volar; hacia el Oriente la esbelta 
figura del Xhanuat Ucado^ que merced á la distancia se veía 
sui^ir del transparente lago de Tzintzuntzan; y hacia el Sur, en 
remota lontananza, el pico del Idafiaie y la gallarda cresta del 
Oundémbaro, que sirven de barrera á las encrespadas olas 
del océano Pacífico. 

La admiración del misionero no podía saciarse ante el es- 
pectáculo de tantas y tan intrincadas cordilleras, de tantos y 
tan amenos valles como se desarrollaban á su vista. 

Era la última hora de la tarde. El viento estaba diáfano. El 
sol doraba la frente de las montañas y teñía de un verde mar 
profundo la superficie superior de los bosques. 

Largo rato oró el apóstol, hincadas las rodillas, en lo alto de 
la yácata. 

Irguióso luego, y abriendo los brazos para ponerse en cruz, 
bendijo aquella tierra que veían sus ojos y amaba ya su co- 
razón. 

En aquel momento se escondía la lumbre del sol, difundien- 
do sus postrimeros rayos. 

Y se vio la silueta de Fray Juan de San Miguel remontarse 
al cielo, crecer en estatura y estar circuida de inefable clari- 
dad. 

III 

Tacamba había regresado á sus dominios. Después del trá- 



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140 

gíco fin de Tzimtzicha había penetrado en las desiertas calles 
de Tzintzuntzan, y al ver que allí reinaban la soledad y la tris- 
teza, recorrió las ciudades, los ocultos caseríos, sin encontrar 
quien le diese noticias de Inchátiro. 

Solo y meditabundo encaminó sus pasos á Tacámbaro, más 
que nunca resuelto á seguir combatiendo á los españoles. 

Numerosas legiones de guerreros se agruparon en tomo su- 
yo. Pasó revista á su ejército, y al enumerar aquellas aguerri- 
das tropas, al divisar aquellas montañas inaccesibles que lo 
rodeaban, le pareció que podría luchar por mucho tiempo; so- 
fió en su patriótico orgullo que amanecería el sol de la victo- 
ria, y luego, sintiendo oprimido el corazón, pero alta y limpia 
la;frente, pensó que moriría vencido, pero nunca humillado. La 
sangre de los héroes es el riego que fecunda la semilla de la 
libertad para los pueblos. 

IV 

En las tardes, cuando sentado sobre una roca, á la orilla de 
la transparente alberca de Ghupio, veía los últimos fulgores 
del sol, ¡cómo pensaba en la gloria que coronaría sus esfuer- 
zosl Y á veces, soñándose vencedor, se imaginaba cuan dul- 
ces sé deslizarían, tejidas por el amor, las horas de felicidad 
pasadas al lado de su Inchátiro. Cada vez que este nombre 
venía á la memoria del héroe, se anublaba su frente y se le 
oprimía el corazón. 

Los emisarios recorrían la tierra convidando á los señores 
para la guerra santa. Los correos cruzaban en todas direccio- 
nes, indagando noticias del enemigo y de la dulce y apa- 
cible Inchátiro. 



Llega un mensajero. 

¿Por qué contrae la cólera las facciones del jefe? ¿Por qué 
á una señal suya, resuenan los instrumentos del combate? 



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141 

Se ven entrar en la plaza los escuadrones de guerreros. 

Tacamba recorre las filas poseido de inexplicable frenesí. A 
veces da la orden de marcha, á veces él mismo corre á dete- 
ner la vanguardia puesta ya en camino. 

Los soldados, impacientes por pelear, maldicen las vacila- 
ciones del caudillo. 

VI 

El correo no llevaba noticia de los españoles. Había relatado 
simplemente á Tacamba la muerte de Inchátiro, su resurrec- 
ción y su rapto por el iré de Turícuaro. 



Pasados los primeros instantes en que la ira embargó el co- \ 
razón del amante, recobró el rey de Coyucan su acostumbrada 
calma, se retiró algunas horas á meditar en el interior de su 
palacio, y al llegar la noche envió á llamar á cien jefes entre 
los más valientes de sus nobles, y antes de que el sol del si- 
guiente día ílumipase las montañas, en medio de un silencio 
profundo, Tacamba y el escogido grupo de capitanes penetra- 
ron en los tortuosos senderos del bosque de Tecario, atrave- 
saron la dilatada selva, y bordeando en seguida el misterioso 
lago de Sirahuen, se perdieron en el espeso florestal del Po- 
niente. 

Los ojos ejercitados y perspicaces de Tacamba observaron 
la huella de varios hombres cuyos pies estaban calzados con 
las sandalias del guerrero, y notó, además, el rastro que deja- 
ba una planta humana, breve y descalza. 

Aquel rastro no era, sin embargo, el de un pie de mujer. 
Ni menos era la huella de un indio. Tacamba pensó entonces 
en el ser sobrenatural que había resucitado á Inchátiro. 



¿Por qué llevaba Tacamba {iquel camino, cuando el grueso 



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142 

de sus tropas tomaba en el mismo día la dirección de Gurín- 
cuaro, la reina de las pampas de la tierra caliente? 

VII 

Una de esas tremendas tempestades que tan|frecuentes son 
en la sierra, estalló repentinamente, deteniendo la marcha del 
caudillo de los cien guerreros. 

Negras nubes corren en tropel por la bóveda celeste y mil 
rayos las rasgan de tiempo en tiempo iluminando el bosque. 

El viento sacude con estrépito sus alas, haciendo chocar en- 
tre sí los altos pinos que gimen agobiados. Aquel rumor sinies- 
tro parece la confusión de ayes lanzados por los fantasmas de 
la selva. 

Las nubes se convierten en cataratas y las crecientes que 
bajan de los cerros producen un rumor pavoroso que poco á 
poco va creciendo fatídico, amenazador. 

De cuando en cuando, sin embargo, se desgarra la negra cor- 
tina que oculta el cielo, y el luminoso disco de la luna se deja 
ver un instante. 

Así, por un momento también, 'cesan el estrépito de los vien- 
tos y el rumor de los torrentes, y el oído ejercitado del indio 
parece oir á lo lejos un canto de plegaria. 

VIII 

Tacamba se había detenido ante la lucha de los elementos. 
Mas luego, salvando barrancos y por en medio de los pinos 
que caían heridos por el rayo, continuó sin vacilar su marcha, 
y seguido de su valiente tropa comenzó á escalar una mon- 
taña. 



Los guerreros de Turí Achá yacen dormidos á la entrada de 



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148 

una gruta oculta al pie de una encina colosal, cuyas nudosas 
ramas, tupidas de hojas, no dejan penetrar los rayos del sol ni 
las gotas de la lluvia. 

Allí donde debiera reinar el silencio, la tempestad muge es- 
trepitosa y se oyen ruidos siniestros; de repente se escucha el 
grito de guerra y se oye el pesado choque de las macanas que 
brazos invisibles agitan sin cesar, El ¡ay! de los moribundos 
despierta á los soldados que aún duermen: lucha encarnizada 
sucede á las dulzuras del sueño. 

Turí Achá, ciego de cólera, saliendo del fondo del antro, se 
abre paso y siembra la muerte entre sus propios subditos. Su 
obscuro cuerpo se distingue entre. las tinieblas, y en el blanco 
de sus ojos brillan las pupilas como fragua de chispas despren- 
didas del infierno. 

Los dos rivales se buscan en medio de la pelea. 

La confusión, las tinieblas, los charcos de sangre que hacen 
el suelo resbaladizo, todo impide que los jefes se encuentren. 

Se combate sin piedad: los de Turícuaro, que no vuelven aún 
de su sorpresa se hieren mutuamente, y descarganlgolpes hasta 
contra su mismo jefe que, presa del odio y del despecho, blan- 
de su pesada macana, ávido de matar ó deseoso de morir. Los 
celos vendan sus ojos y la envidia roe su corazón. 



IX 



El espíritu imperturbable de Tacamba adivina aquella situa- 
ción; penetra cautelosamente al interior de la gruta: su oído 
atento y fino escucha una respiración, si suave, entrecortada 
por el miedo, y dirigiéndose al sitio en que se oye aquel dulce 
aliento, toma en sus brazos á Inchátiro. 

Y ya con la preciosa carga, no huye precipitado, sino que si- 
gilosamente se desliza por entre los combatientes y pasa al la- 
do de Turí Achá que en aquel momento, temeroso de que le 
arrebaten su víctima, va á apoderarse de la boca del antro. 



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144 

A poco se escucha un silbido como el del águila que se re- 
monta al cielo. Los capitanes de Tacamba se mezclan una vez 
más entre los soldados de Turicuaro, los dejan combatiendo 
entre sí y se retiran silenciosamente en seguimiento de su jefe. 



Poco después, la luna ilumina en el fondo del valle á Ta- 
camba, que lleno de ternura conduce en sus brazos á la prin- 
cesa Inchátiro. Abre ésta los ojos que tenía cerrados por el 
miedo, envía á su salvador una mirada de inefable tranquili- 
dad 7 una sonrisa de sus labios oyuelados. 

Las nubes siguen rasgándose: el astro de la noche aparece 
en todo su esplendor. A su clarísima luz se deja ver, en lo más 
alto de la montaña, la imponente figura de Turí Achá inmóvil, 
de mirada feroz y de pie, en medio de más de cien cadáveres. 

Desde entonces aquella montaña lleva el nombre de "Cerro 
del rey valiente." 

XI 

Las nubes han desaparecido por completo. La bóveda celes- 
te está límpida y transparente como un cristal purísimo. La 
luz de la luna y de las blancas estrellas derraman tan apacible 
claridad, que se ven brillar las gotas de rocío en las hojas de 
los árboles. 

Los torrentes apagan su voz, el viento pliega sus alas y los 
bosques sacuden con placer su cabellera mojada por la lluvia. 

En aquel momento se ve atravesar por el pequeño llano un 
hombre de alta estatura, de pálido semblante y de gallardo 
andar. Angosta túnica cubre su cuerpo y van sus pies descal- 
zos; dulces y hermosos son sus ojos. Se oye su voz sonora y 
apacible que canta: 

"Alabado seas. Señor, en la luna y las estrellas! Las has for- 
mado tú en los cielos claras y serenas." 



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146 

"Alabado seas, Señor, por mi hermano el viento, por el aire 
y por las nubes, por la serenidad del tiempo, pues con todas 
esas cosas sostienes tus criaturas!" 



QUINTA PARTE, 
Uruapan. 

I 

Después de las escenas qne acabamos de referir, Fray Juan 
de San Miguel apareció en Uruapan. 

La ciudad estaba solitaria: los moradores habían huido tam- 
bién á los montes. 

Era el mes de Marzo: en los altos árboles frutales se ofa la 
algazara de los zanates, el silbido del mulato, el trino alegre y 
melifluo de los jilgueros y el bullicioso y alegre canto de las 
primaveras. Pero sobre todos estos ruidos, se alzaba el rumor . 
del Cupatitzio y de sus cien cascadas, rumor sordo, imponente 
y simpático, mezclado con los suspiros de las vecinas selvas. 

Era la tarde cuando Fray Juan de San Miguel penetró en 
las embalsamadas calles del edén florido. 

En aquella solemne hora comenzaba para el varón santo la 
gloriosa campaña que '^solo, á pie y descalzo" emprendía en 
nombre de la humanidad y de la civilización. 

"No quedó cumbre, gruta ni monte en la extensión de aque- 
lla Provincia" que no discurriera solícito en busca de los in- 
dios dispersos para reunidos en poblaciones y predicarles el 
Evangelio, ora trepase á las nieves perpetuas del Tancitaro, 
ora descendiese á las abrasadas llanuras de la tierra caliente. 
Tan pronto dirigía su eficaz palabra á las muchedumbres de la 
sierra de Uruapan, como se le veía celebrando el sacrificio de 

MiohoaoAB.*10 



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146 

la misa en las asperezas de la Sierra Madre/ atravesando 
en su camino por guaridas "de tigres y leones/' 

"Cuando llevado de su espíritu, trepaba los montes ó se arro- 
jaba á sus abismos, buscando almas que convertir, los bárba- 
ros que, como fieras, se aprestaban á despedazarle, caían pos- 
trados á sus plantas como mansos corderillos, seguían luego 
sus huellas y no querían apartase de sus tiernos brazos, é hizo 
cosas tan maravillosas, que cada una es bastante á dejar en- 
grandecida una provincia y al siervo de Dios reconociólo por 
grande!"* 

En efecto, cada uno de sus pasos era señalado por aconte- 
cimientos maravillosos que aumentaban el entusiasmo y el 
amor de los indios. Para socorrerlos en sus necesidades, iba 
rápidamente de un lugar á otro "como cierva amorosa al so- 
corro de sus hijos," 

"Fundó pueblos y ciudades, dividiéndolas en calles, plazas y 
edificios, escogiendo el sitio y cielos para que su conservación 
fuese siempre adelante.— Ordenó que los niños se juntasen á 
la doctrina, de donde se escogieron las mejores voces para can- 
tores en las 'capillas |y músicos para sus fiestas y para que 
aprendiesen á tocar el órgano." 



1 La tradición y las crónicas refieren que en el mismo día decía misa ea 
Uruapan y en San Jerónimo, pueblo situado en la Sierra Madre. 

Al pie del retrato de Fr. Juan que existe en Uruapan, se leen los siguien* 
tes versos: 

"Pobre, humilde y Religioso 

"A Fr. Juan de San Miguel 

**Lo presenta aquí el pincel 

"Por ser pastor tan seloso ^ 

"Y mas cuando prodigioso 

"La tierra que transitava 

**P%re8Íendo que bolaya 

"Decia Misa en San Gregorio 

**Y en este pueblo es notoiio 

"Que la mayor la cantava.^' 



2 La Bea, crónioa citada. 



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Ifí 



II 



*'Fundada ya gran parte de la sierra, llegó al sitio de Urua- 
pan, y viéndole tan fecundo, ameno y vistoso y que el cielo se 
le inclinaba con tan lindo agrado, escribiendo en los semblantes 
el afecto con que le miraba, hizo alto el colono Seráfico, caudillo 
del pueblo y apóstol de su Iglesia y fundó el pueblo en el mejor . 
lugar ^ que contenía todo aquel valle, y que tiene todo el reino 
de Michoacán repartiendo la población en sus calles, plazas y 
barrios con la mejor disposición que pudiera la aristocracia de 
Roma, dando á cada vecino su posesión, mandando que desde 
luego biciesen casas y huertas, plantando de todas' frutas, plá- 
tano, ate, chicoaapote, mamey, lima, naranja, limón real y cen- 
til; y así, no hay casa de indio que no tenga de todas estas 
frutas y agua de pie para la verdura, con tan linda disposición 
y arte, que todo el pueblo parece un país flamenco, de frutales 
tan levantados que, en competencia de los pinos, se suben al 
cielo. 

"A un l§do del pueblo está un ojo de agua de doce varas 
poco más ó menos de circunferencia, tan profundo y corpu- 
lento que discurriendo hacia el poniente, á tiro de piedra, es ya 
un río tan caudaloso, que no se vadea,'sirviendo de cinta ó ta- 
jo á la población. De aquí dos leguas enfrena su curso en una 
montaña tan espesa que, como esponja sedienta, se bebe todo 
el raudal y le despide gota á gota por otra parte y demenuzán- 
dose por entre los pinos, riscos y peñascos, parece una lluvia 
de aljófar ó copos de nieve.' Aquí sí que pudieran enriquecer- 
se de aljófar, perlas y cristales todos los poetas que se precian 
de liberales. Apenas gana pie el agua y congrega los desperdi- 



1 Antes estaba en el llano, barrio y cerrito de la Magdalena; pero el ca- 
serío se extendía hasta la Quinta. 

2 La cascada, cuyo nombre es naráraeua, que significa cedaao en tarasco. 



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148 

cios de su copia, cuando discurre un hermosísimo río hacia el 
sur y rinde muchas truchas y pescados. 

"Hay dentro de este pueblo, demás de este rio otros muchos 
ojos de agua con que pudo este siervo de Dios encañarla por 
todas las calles y casas del pueblo, sin que haya alguna que no 
la tenga, y así todo el año hay fruta y verdura, por ser la tierra 
tan fértil, y tanto que en todo su circuito se está sembrando, 
•cogiendo, espigando y naciendo el trigo en todos los tiempos 
del año, porque ayúdala fertilidad del suelo. Siempre está dan- 
do fruto, y así se ven en todo el contorno, á unos segando, á 
otros sembrando y á otros aventando el trigo á un mismo tiem- 
po. Y es la razón porque á las cinco de la tarde se levanta 
una marea tan suave y fresca que, estorbai\do las inclemencias 
del cielo, dura hasta las cinco de la mañana, y así nunca yela, 
con que se ha conservado el pueblo en su primera fundación 
que fué de más de cinco mil fuegos, aunque con las pestes que 
han sido tan grandes en estos años se ha minorado; pero no el 
comercio que, como es de todo el reino, no cesa la contratación 
con todos los géneros de la Provincia y de la tierra, y así el 
concurso es tan numeroso que obligó al pueblo á que introiiu- 
jera todos los días Tianffuia^ á quien nosotros llamamos ferias 
donde se vende, compra y trueca, desde las cinco de la tarde 
hasta las nueve de la noche. Y para evitar la confusión de la no- 
che, así en la feria como para volverse á sus casas, usan los in- 
dios atar en unos quiotes tan largos como una asta, manojos 
de ocote ó tea, que encendidos, hacen una llama muy hermo- 
sa: y son tantos que todo el pueblo parece un incendio troya- 
no; y así venden y compran y se vuelven á sus casas. 

"Fundado el pueblo y repartido con la disposición que he- 
mos visto, trató luego este siervo de Dios de hacer la Iglesia. 
Y como los indios eran tantos y la devoción mayor, apenas lo 
propuso cuando se puso en obra y se acabó una Iglesia muy 
grande, suntuosa y capaz para concurso tan crecido, siendo su 
labor de cal y canto y tan costosa que consumiera muy gran- 
des patrimonios á no ser suyo el de aquel que dai, afluenier d 
ímA improperáis 



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149 

"Concluida la fábrica la adornó de retablos, órgano y orna- 
mentos, como pudiera un gran potentado. Después de esto 
trató de hacer hospital para el recurso de las enfermos, y le^ 
hizo tan costoso y capaz, que por sí solo es obra memorable. 
Colocóse su retablo, órgano, fundándole su renta, como vere- 
mos que hizo en los demás. 

"Fundado el pueblo, hecha la Iglesia y acabado el hospital,, 
repartió la población en sus barrios, dándole á cada uno su ti- 
tular.' Instituyóles sus fiestas, haciendo en cado uno de ello» 
su capilla con el retablo del santo, para que todas las noches 
se juntasen todos los del barrio después de la oración á can- 
tar la doctrina, con lo que el pueblo parecía un coro de reli- 
giosos. Y como cada capilla está en los remates de las calles,. . 
unas á otras se están mirando y hermoseando la disposición 
del pueblo. Y como está dividido en nueve barrios, son nueve 
las capillas, cada una con sus ornamentos y órgano, salvo una 
que no lo tiene. Hecho ya todo lo natural en la fundación, pu- 
so sus conatos en lo espiritual y político, asistiendo en perso- 
na al examen de la doctrina, creando alcaldes, mayordomos y 
fiscales, adornando el pueblo de todos los oficios y poniendo 
en ellos á los muchachos de la doctrina para que los aprendie- 
sen, y juntamente escuelas de canto y música para que siem- 
pre la Iglesia tuviera cantores y organistas. Cuyo ejemplar si- 
guieron después todos los ministros de Michoacán en la edu- 
cación y aumento de sus iglesias .'' 

Lo que refiere el P. La Rea en las líneas anteriores prueba 
que Fray Juan de San Miguel no trató de hacer de los indios 
una comunidad religiosa: los congregó en sociedad política y 
civil, les señaló diversos caminos para el trabajo colectivo é 
individual, les abrió escuelas para su civilización, y alejando de 
su alma la tristeza del asceta, daba alegría á su corazón con las 
notas de la música y con las armonías del canto. 

1 Eran, cuando se fundó Uruapan, nueve barrios llamados: San Francisco» 
La Magdalena, La Trinidad, San Juan Evangelista, San Pedro, Santiago» 
San Miguel, San Juan Bautista y Los Reyes. Este último se trasladó Bkáa 
aide & la Sierra y formó el pueblo de San Lorenzo. 



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160 

III 

Todo era alegría y prosperidad en la elegante y pintoresca 
ciudad de Uruapan. Las sementeras de trigo y de maíz osten- 
taban sus lujosas espigas; la caña de azúcar, que aparecía por 
primera vez en aquellos campos, los teñía de esmeralda; los 
árboles estaban agobiados al peso de las frutas tropicales y de 
la zona fría, ya fuesen indígenas ó exóticas, llevadas allí por el 
filántropo misionero. El agua estrepitosa se deslizaba por to- 
das partes en finísimos hilos de blanca argentería, de mil arro- 
yos que fecundan la tierra. Y el rumor de los ríos, augusto é 
imponente, se mezclaba al de las oraciones de los fieles que 
daban gracias á Dios por tantos beneficios. 

A lo lejos se dibuja el elevado y majestuoso pico del Tan- 
cftaro, inmensa mole, cuya corona de nieve está arriba de las 
nubes, y cuya falda cuajada de manantiales, como los mil pe- 
chos que nutren con su leche aquella vegetación espléndida, 
se dilata en fértiles valles de infinita variedad de productos. 



Pero un día, un funesto día, las jóvenes que habían ido por 
agua á las fuentes vuelven á su casa con el llanto en los ojos 
y el miedo en el corazón. Los manantiales habían desapareci- 
do, exhausto estaba el cauce de los arroyos, y el gran río, el 
bullicioso y alegre Oupatíüdo, el caudaloso torrente de las cien 
cascadas, había dejado de correr 

Aquella misteriosa vorágine en que el río se deshace en per- 
las, y en que los rayos del sol se quiebran irisados, aquel im- 
ponente pero risueño salto que los indios llaman Puruátziro, ^ 
estaba convertido en hondo abismo, húmedas las rocas que lo 
forman y encharcado su fondo en donde se reflejaba otro abis- 
mo, la bóveda azulada. 

1 Nombre tarasco 4el salto de Gamela. Significa a^tia convertida en m- 
puma. 



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161 

En vano iban los habitantes de manantial en manantial en 
busca del agua; el precioso liquido habia desaparecido en las 
entrañas de la tierra. 

El paraíso de Uruapan estaba amenazado de transmutarse 
en árido desierto. 



Algunos de los indios, en cuyo corazón no había aún echa- 
do raíces la nueva fe, pensaban que sus dioses, airados, envia- 
ban aquel castigo á los partidarios de la Cruz: los neófitos del 
cristianismo, al contrario, pensaban que, celoso Satanás de los 
triunfos do la nueva religión, se vengaba cegando las fuentes 
que apagaban la sed de millares de cristianos, y que servían 
para las piscinas del bautismo. 

El dolor y el espanto se pintaban en todos los semblantes. 
Las hojas de los árboles se inclinaban marchitas y las espigas 
se doblaban sedientas. 



Se oye en las torres de la ciudad el alegre repique de las 
campanas, tan dulces y sonoras, como el rumor de los bos- 
ques y como el estrépito de los torrentes de aquel suelo. Los 
cohetes atruenan el espacio y se respira el perfume sagrado 
del incienso. 



Salen del templo de la Virgen los vistosos estandartes de la 
Cruz, y luego la tierna y hermosísima imagen de la Madre de 
Dios, llevada en su dosel en hombros de las guanánchecha, 
las más hermosas doncellas de la ciudad. Bajo un liyoso palio 
aparece en seguida el austero, pero dulce y amable, Fray Juan 
de San Miguel. 

La. procesión recorre las calles del barrio de Santiago, la cal- 
zada del Calvario, y penetra bajo el follsge umbrío de un pro- 



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152 

fundo bosque de zirandas, en medio del cual y bajo una bóve- 
da de granito brotaba pocos días antes el inmenso caudal del 
Oupatitzio. Ahora el cauce de aquel río parece un extraño y 
fantástico esqueleto, y el fondo de su lecho, de blanquecinas 
peñas, una hórrida osamenta. 

Ni una gota de agua corre á lo largo del triste, del enjuto 
álveo. 

Llega la procesión. En alto promontorio se colocan las an- 
das de la imagen. Las guanánchecha entonan un cántico sa- 
grado y dejan escapar en tomo del improvisado altar esbeltas 
y tenues espirales de humo que brotan de los incensarios. 

Todas las miradas se ñjan en el vacío ajo de agua que pare- 
cía un obscuro é infernal abismo. 



Fray Juan de San Miguel se arrodilla al pie del altar, dirige 
sus ojos al semblante de la Virgen, y un rayo de luz, como un 
destello divino, ilumina su espaciosa frente y aquellas pupilas 
que parecen bañadas por el azul del cielo. 

Sumerge en el agua bendita el hisopo, y lleno de fe y de un- 
ción esparce una lluvia de rocío sobre la roca calcinada 



Una espantosa detonación sacude las ondas sonoras del aire, 
y el eco la repercute terrible y prolongada en las sinuosidades 
del enjuto cauce. 

Se oye en la roca algo como la caída de un cuerpo colosal, 
de un ser invisible: impregna el ambiente un nauseabundo olor, 
como las emanaciones sulfurosas de un volcán. 



Y es &ma que de la negra sima se desprendió una forma ho- 
rrible, como la piel de un pulpo gigantesco, y que al pasar fren- 
te á la efigie de la Virgen tropezó en las rocas y una hon- 



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168 

da huella quedó grabada en el peñasco duro y frío, la huella 
de una rodilla, la rodiUa dd Diablo. ^ 



Pero en medio de aquel fragor se oyó brotar de nuevo el 
Gupatitzio; y alegre y bullicioso, y cubierto de espuma en la 
que se reflejan los colores del iris, rueda, se precipita con ím- 
petu; se oyen mugir sus aguas torrentosas que van chocando- 
en los mil peñascos que quisieran atajarles el paso. 

Una á una dejaron escuchar entonces su imponente voz las 
cien cascadas que en el curso del río rompen por entre corti- 
naje de flores. 

Los pétalos de las rosas se cubrieron de rocío y se levanta- 
ron al cielo las espigas, una hora antes inclinadas y sedientas. 

Las jóvenes indígenas llenaron sus cántaros cubiertos de 
flores, se arrodillaron ante el misionero, que bendijo el agua^ 
y airosas colocaron sobre su cabeza el ánfora adornada y fue- 
ron á llevar la alegría al seno del hogar. 



La procesión desanduvo el camino. Se oyeron los alegre» 
repiques de los altos campanarios; los cohetes atronaron el es- 
pacio; las guanánchecha entonarojí sus cánticos sagrados y el 
incienso perfumó el ambiente. 

La imagen de la Virgen entró en su templo, y Fray Juan de 
San Miguel se inclinó al pie del altar y murmuró una oración 
de gracias. 

IV 

Consta en la "Crónica de Michoacán,'' escrita por el P. Beau- 
mont, que Fray Juan de San Miguel era ya guardián del con- 

1 Este nombre tiene el primer manantial del Cupatitzio. En la roca d» 
donde sale hay marcada una hoquedad que tiene, en efecto, la figura de una 
huella de rodUla. 



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164 

vento de Uruapan por los años de 1634 á 1536. Ejercía esas 
ñinciones, cuando el oidor D. Vasco de Quiroga fué á Michoa- 
cán á pacificar á los indios, por medio de una política de paz 
y de dulzura. En el auto de residencia del Sr. D. Vasco de Qui- 
roga, efectuado el año de 1636, Fray Juan de San Miguel fué 
uno de los testigo^ examinados: su dicho era de gran valía por 
haber residido desde antes de la visita del Sr. Quiroga, y du- 
rante ella, en Michoacan. ^ 

Guando el infatigable misionero se presentó entre los habi- 
tantes dispersos de Uruapan y de los pueblos de la Sierra, ya 
era docto en el idioma tarasco, cuyas bellezas y expresión apro- 
vechaba en sus sermones, no tardando en atraer á los indios 
á la vida civil con el ejemplo de sos virtudes y la dulzura de 
su trato. 

Fué tal la afluencia de naturales que de todas partes acudían 
á Uruapan, enfermos y desfallecidos de hambre, que bien pron- 
to las calles de la ciudad se vieron henchidas de mendigos. 
Entonces fué cuando Fray Juan de San Miguel fundó allí el 
primer hospital establecido en la América, antes de que D. 
Vasco de Quiroga plantease el suyo en Santa Fe cerca de Mé- 
xico. Después el mismo Fray Juan de San Miguel siguió fun- 
dando iguales establecimientos de beneficencia en otras pobla- 
ciones de la Sierra. 

Eran estos planteles una especie de falansterios en que los 
asilados trabajaban en común y se repartían los productos de 
sus pequeñas industrias. Para cuidar de los enfermos se tur- 
naban semanariamente las familias acomodadas del pueblo (de 
raza indígena); se nombraban mayordomos para administrar 
los bienes destinados á la institución, y priostes y fiscales para 
que cuidasen del buen orden, reservándose los religiosos la 
-sobrevigilancia y dirección. 

En el mismo sitio en que se edificaba la casa para hospital 
á hospicio, se erigía un templo consagrado al culto de la Vir- 

1 Beaumont, tomo V, cap. XX. 



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156 

gen bajo el misterio de su Inmaculada C!oncepción. Y en un 
departamento anexo, llamado "ia Ouatapera,'*^ residían las 
guanánchecha, cuyo encargo duraba un año, á contar del 8 de 
Diciembre. 

Las mismas familias semaneras tenían á su cargo el culto en 
aquel templo; y por las noches, en unión de las guanánchecha, 
se congregaban allí para entonar himnos á la Madre de Dios; 
en algunos pueblos se cantaba en el dulce y sonoro idioma 
tarasco ^ el Pange lingua 6 el Ave maris sUlla^ traducidos del 
latín. 

Los sábados se hacía procesión á la Virgen, llevándola des- 
de la capilla del hospital hasta la parroquia, en hombros de 
cuatro de las guanánchecha, yendo además otras dos con bra- 
serillos de incienso, y abriendo la marcha la Pendón pari Qjbl 
que lleva el pendón), que era la principal de aquellas sacerdo- 



Aún duran en algunos pueblos de la Sierra tan dulces y sen- 
cillas costumbres. 



Ta hemos dicho que Fray Juan de San Miguel no trató de 
hacer de los indios gente consagrada de preferencia á los ac- 
tos del culto. Turnaba entre todos ellos el desempeño de esa 
clase de funciones religiosas; pero en cuanto á su vida civil, 
despertó en su alma el amor al trabajo, ya en las pequeñas 
industrias que les enseñó, ya en el cultivo de la tierra, santa y 
fecunda madre que paga con usura la consagración que le tri- 
butan los hombres; ya, finalmente, en el comercio, que cría y 
ensancha las relaciones y que es el mejor vínculo de la exis- 
tencia social. 

Deseaba el misionero borrar en los neófitos el recuerdo de 



1 Lcjarza, Análisis estadístico de Miohoacán. Beaumonti Crónica de Mi- 
choacán. 



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166 

SU historia pasada; hacerles sobrellevar la carga de la domiiUK 
ciÓD española, y desterrar de su alma esa tristeza que suele 
converlirse en irascible egoísmo, entre las gentes que viven 
consagradas exclusivamente al templo; y al efecto, les institu- 
yó fiestas, les reformó sus antiguos bailes, fomentó su afición 
á la música y al canto y los acostumbró á toda clase de reu- 
niones, en que se trataban sus intereses de barrio ó los gene- 
rales de la comunidad. 

Es de saber que cada barrio, en Uruapan, tenía una especie 
de autonomía, con funcionarios que dirigían su régimen inte- 
rior, con rentas y tierras propias para llenar los gastos comu- 
nes y los de los individuos en particular; mas cuando el asunto 
afectaba á la comunidad de toda la población, entonces se ocu- 
rría á los mandatarios de lo que pudiéramos llamar el centro» 
Para estas atribuciones, había también rentas y bienes raíces 
que correspondían al común de la ciudad. Las mismas fiestas 
religiosas, unas eran exclusivas de cada barrio, otras eran de 
todo el pueblo; aquéllas las costeaban los habitantes de cada 
demarcación; los gastos de éstas eran sufragados por todos los 
habitantes. No ha muchos años que en Uruapan- se llamaba 
Bepública á la población toda, á diferencia de los barrioa que se 
mencionaban por sus respectivos nombres. 

. Tan armónica organización no podía menos de estar de acuer- 
do con la índole de los ináios, quienes no olvidaron ni olvidan 
aún que debieron esa felicidad relativa á su bienhechor, á quien 
llaman todavía iatá San Juanito, 

Nada extraño fué que al descender al sepulcro el infatigable 
y santo misionero, los indios de Uruapan se apresuraran á eri- 
girle una estatua que se conserva sobre la fachada de una ca- 
pilla, denominada del Santo Sepulcro. 



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167 

SEXTA PARTE. 

El agua santa 



En las fértiles campiñas de Curíncuaro ^ se nota un extraño 
md%íniiento. 

Por entre los espesos bosques de mameyes y de zapotes ne- 
gros que enlazan sus ramas con las sombrías de los tamarin- 
dos y de las zírandas, se ven atravesar grupos Je guerreros, 
cuyos penachos ostentan plumas de brillantes colores. 

Se oye el grito de guerra, y espantados gritan en lo alto de 
las palmas el guaco y el turpial. 

El panorama es imponente. 

De un lado se ve la pampa extensa, árida y solitaria, sobre 
la cual un sol de niego hirviente vierte rayos abrasadores; del 
otro, allá á lo lejos, la azul serranía exhala suaves emanacio- 
nes perfumadas con el aroma fresco de los pinos. 

En aquella dilatada llanura, monótona, futigante, ni un cris- 
talino arroyo, ni una cisterna mantienen una gota de agua pa- 
ra apagar la sed del viajero: allí la vegetación duerme estéril 
hasta que las lluvias desprendidas de las nubes la despiertan 
de su letargo; y entonces, como por encanto, crujen los tallos 
de gigantescas gramíneas y se extiende sobre el suelo un man- 
to como mar de verdura. 



La ciudad estaba situada entre las dos hondas barrancas de 
Jicalan Viejo y de Andanguío, que la acotaban por el Sur y por 
el Norte: hacia el Oriente se desliza con fragor el río Cupatit- 

1 Portentofla ciudad que existía antes de la conquista} al Sur de Uruapan, 
«n los terrenos que se llaman de Jiealán Vie}o: subsisten aún las ruinas en un 
extenso campo. 



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158 

zio en insondable abismo, y hacia el Poniente, se abría en otro 
tiempo profunda excavación de paredes acantiladas, cuyos ves- 
tigios causan sorpresa hoy día. Aún se ven las colosales yáca- 
tas, asiento de los templos, las calles que se dilatan entre de-» 
rruidos cimientos, y alguno que otro árbol, gigante de la vege- 
tación, que ha resistido á la pesadumbre de los tiempos. Alli 
donde antes ostentaba su lujo una brillante corte, se arrastran 
hoy la silenciosa iguana y la falaz serpiente. 

II 

¿Por qué aquel extraño movimiento que se nota entre los 
habitantes de la ciudad? Se les ve desfilar por las calles, po- 
seídos de tristeza é inquietud. Tras de ellos cierran la marcha 
los guerreros. 

Desierta quedó la populosa y bella Curíncuaro. Tan sólo en 
el palacio se observaba inusitada animación. 

Mas no bien el último escuadrón de guerreros había tras- 
pasado los límites del caserío, cuando apareció en la puerta 
del alcázar el rey Tacamba, ataviado con sus más lujosos arreos 
militares, conduciendo de la mano á la princesa Inchátiro, ra- 
diante de felicidad y de hermosura. 

La mirada de la joven era apacible y profunda, como el cie- 
lo después de que ha pasado la tempestad. 

Vestía Inchátiro elegante gvmiiimvXi^ de finísimo algodón 
bordado de oro y guamilule: el color negro de sus trenzas con- 
trastaba con el albo traje. Flexible era el talle de la virgen, y 
ciñendo la ovalada frente una diadema de turquesas, dejaba 
flotar al aire el plumaje de un coa cazado por su amante. 

La pareja feliz emprendió á su vez el camino. Los ojos de 
Inchátiro parecían interrogar la mirada impenetrable de Ta- 
camba. 

1 Tr^je talar que descendía desde el cuello hasta los pies. Usábanlo sola- 
mente las mujeres de la nobleza. 



^ 



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169 



III 

Los españoles se habían enseñoreado de Tacámbaro. Por 
todas partes los encomenderos tomaban posesión del reino, y 
amedrentados los indios se entregaban á discreción de sus 
amos/ Unos cuantos, nobles acompañaban á Tacamba y for- 
maban su reducido ejército. 

En vista de esta situación, el rey de la tierra caliente había 
encaminado sus pasos á Curlncuaro, en donde, después de ce- 
lebrar sus bodas con Inchátiro, pensaba hacerse fuerte y opo- 
ner tenaz resistencia á los invasores. 

Pero entretanto, Turí Áchá había aumentado el número de 
sus guerreros con la hez y escoria de los indios vagabundos 
que vivían del pillaje. El feroz caudillo de Turícuaro había ju- 
rado no tardar su venganza, y se preparó á invadir el retiro de 
Tacamba. 

Los correos llegaban anunciando que de un momento á otro 
caería sobre la ciudad de Curíncuaro. 

El primer pensamiento del rey fué salir al encuentro de su 
enemigo; mas pensó en sus leales vasallos á quienes dejaría 
indefensos; y entonces, oyendo á su Consejo de ancianos, de- 
terminó buscar un refugio en los inaccesibles flancos del Con- 
démbaro, en medio de una raza de valientes fieles aún á su 
bandera. 

Este era el motivo por qué los habitantes de Curíncuaro aca^ 
baban de abandonar sus hogares. 

IV 

Ya era üempo. Rápidos como el huracán, los guerreros de 
Tari Achá franquearon la distancia que separa la Sierra de la 
ciudad codiciada. Aquel ejército parecía un impetuoso torren- 
te despeñándose de lo alto de las montañas. Cobarde para sa- 



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160 

lir al frente de los invasores de la pat^a, iba lleno de rencor 
<íontra sus hermanos. Tari Achá empuñaba la flecha, ansioso 
de lanzarla al corazón de Tacamba. 



Atónitas quedaron aquellas hordas de salvajes al ver los cam- 
pos de Curíncuaro tan admirablemente cultivados. No se can- 
saban de contemplar aquellas habitaciones cuya magnificencia 
les era desconocida; el agua aprisionada en las fuentes y que 
luego saltaba en surcos plateados y se deslizaba en medio de 
los bordes de verdura; los jardines que por todas partes os- 
tentaban las flores más lujosas, y las aves de gayos plumajes 
que saltaban de árbol en árbol: todo aquel reflejo de una civi- 
lización que jamás habían soñado, embargó el ánimo de estos 
hombres y detuvo sus pasos. 

Al observar esta impresión, Turf Achá llegó á temer que fra- 
casase su empresa. Tomó un haz de ramas secas, lo acercó al 
fuego, y llevando en alto el hacha encendida, penetró en la ciu- 
dad, incendiando luego la primera casa que exM^ontró en su ca- 
mino. 

Hablaba asi al corazón de sus soldados, en el cual la barba- 
rie se sobrepuso á la admiración. Mil antorchas se esparcieron 
entonces por las desiertas calles, y la ciudad de Curincuaro fué 
presa de las llamas. 

El furor y el despecho roen el corazón de Turf Achá al con- 
vencerse de que los habitantes habían huido. Los ojos del cau- 
dillo negro brillan siniestramente, como la tea que tiene en la 
mano. 

YI 

La inmensa y obscura nube de humo que se levantó sobre 
el caserío fué observada por los fugitivos que iban ya á gran 



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i 161 

distancia de su hogar. El miedo se apoderó de los ancianos^ 
de las mujeres y de los niños, y dio alas á sus pies. 

Tacamba y sus guerreros oprimieron con furor sus macanas 
y detuvieron su marcha. 

Inchátiro tembló como una sensitiva; sus negros ojos nubla- 
dos por el terror, se fijaron en los de su amante. 

VII 

Este espera de pie firme á su adversario: su pequeña hueste 
forma en batalla. 

El sol envía sus rayos de fuego. No hay en toda la llanada 
un árbol que convide con su sombra. No se escucha en toda 
la extensión de la árida pampa el murmurio de un arroyo. 

De repente, un guerrero cae en tierra, acometido de horro- 
roso vértigo: terribles contorsiones agitan su cuerpo: sus ojos 
se salen de las órbitas y se crispan sus manos. 

Diez, veinte, más guerreros caen de la misma manera sin 
exhalar un grito, por más que, en su agonía, mueven los con- 
vulsos labios. 

jEs la insolación! 

Como un ángel de muerte cierne sus alas ponzoñosas sobre 
aquel pequeño ejército. 

Entretanto, Turi Achá sale de Curícuaro y va al alcance de 
su enemigo. 

Los dos ejércitos se han avistado: la pelea está próxima. 

Reina pavoroso silencio. 

VIII 

Tacamba vuelve sus ojos hacia Inchátiro: nota la palidez 
que cubre el semblante de la virgen; observa que sus labios 
se contraen y que en vano quisiera exhalar un gemido. Por la 
primera vez Tacamba siente el martirio del miedo. 

MiohoacáB.-U 



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162 

• 

No hay agua en cuatro leguas á la redonda: ni un a]i)ust09 
por pequeño sea, para dar sombra, siquiera sea al rostro de la 
joven, recostada en el suelo. Apenas, allá á lo lejos, se levan- 
ta una peña de cortas dimensiones. Aquella roca es una espe- 
ranza de alivio: toma el príncipe en sus brazos á Inchátiro y la 
conduce á aquel sitio. 

Entretanto la insolación sigue cebándose entre los guerre- 
ros; pero Tacamba se olvida de ellos, como se olvida de sí mis- 
mo, y sólo piensa en la joven, cuya mirada ya extinguiéndose. 



IX 

Detrás de la peña hay un hombre que exclama con voz con- 
soladora: 

—¡Aquí hay agua! 

Dice así, é hiriendo con su báculo en lo alto del peñasco, ha- 
ce saltar el cristalino líquido. ^ 

No se preocupa Tacamba del milagro: presuroso toma el 
agua pn el hueco de la mano y la vierte en los labios de su 
amada. Inchátiro vuelve en sí, se incorpora, y aproximándose 
al manantial apaga su sed. 

Tacamba corre entonces hacia donde están sus nobles: sus 
labios secos no pueden articular palabra, pero con su gesto les 
indica el venero de agua que todos gustan con indecible bienes- 
tar. El héroe es el último en acercarse al líquido misterioso. 

Ya vuelve sus pasos para unirse con Inchátiro, cuando escu- 
cha el grito de guerra de Turí Achá. 

1 Haj en aqueUa peña, al alcance de la mano del hombre, una oquedad 
que conserva agua sin derramarse ni agotarse. "£l agua santa" la llaman los 
habitantes del país. 

Sn el antiquísimo retrato de Fray Juan de San Miguel que existe en la 
parroquia de Uruapan, se lee en la inscripción: 

"Dejó en testimonio fiel de sus virtudes la agua del Copaliio (nombre de 
aquel paiaje), la que inagotable é incorruta se preserva en una piedra biba 
sin estiladero ni manante ninguno.'' 



^ 



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158 

Reorganiza en el instante su tropa y sale al encuentro de su 
«nemigo. 



Cada uno de sus soldados pelea contra diez de los de Turf- 
cuaro. El choque es tremendo: se oyen el ruido de las maca- 
nas y el silbar de las flechas, el aliento &tigoso de los comba- 
tientes y el estertor de los moribundos. 

Mas en aquel momento el ángel de la muerte, la terrible ó 
implacable insolación, bate sus alas sobre los salvajes de Turf 
Achá, que caen en tierra como espigas segadas por la hoz. 

El caudillo negro ruge de rabia y de despecho y busca á Ta- 
camba. 

Es muy Mcil encontrarlo. 

Los dos rivales empeñan combate personal: el odio da fuer- 
za á los brazos; los ojos despiden llamas de ira que se desbor- 
dan, terribles. El genio del valor contempla con orgullo aquel 
duelo á muerte 

XI 

Entretanto Inchátiro se había prosternado á los pies de Fr. 
Juan de San Miguel. El misionero recorría su acostumbrado 
camino de San Jerónimo á üruapan. Aprovechando unos ins- 
tantes la débil sombra que le ofrecía la pefia aislada, había si- 
do testigo del sufrimiento causado por la sed en los soldados 
de Tacamba y en Inchátiro. 

Entonces el ser extraordinario había hecho brotar el agua 
de la roca. 

La doncella, ñjos los ojos en aquel hombre, creía haberlo 
visto en sus sueños, ejerciendo en su alma un poder sobrena- 
tural: se imaginaba haberse encontrado realmente con él en 
alguna circunstancia importante de su vida, y en aquel mo- 
mento le parecía un rayo de luz desprendido del cielo. 



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164 

Inchátiro fijaba su mirada en el religioso, pero enviaba su 
alma al lugar del combate. 

Y al ver el misionero que la virgen luchaba entre la fe y el 
amor, impuso en ella su mirada severa, á la par que dulce; po- 
derosa al mismo tiempo que llena de inefable ternura; la bañó 
con un destello purísimo de magnética unción, y colocando 
en su cabeza entrambas manos, la acercó al manantial, y ba- 
ñó sus sienes con el agua del bautismo. 

Inchátiro estaba envuelta en las invencibles mallas de una 
red sobrehumana y se sentía arrastrada por la fuerza de una ex- 
traña sugestión. 

XII 

Turí Achá mordió el polvo de la tierra al exhalar el último 
aliento: los guerreros de la.montafla, diezmados y despavori- 
dos, huyeron como aves perseguidas por el cazador. 

Tacamba se apresuró á regresar al sitio en que había dejado 
á Inchátiro. 

. XIII 

Pero Inchátiro se había desvanecido como sombra, y el ex- 
tranjero no aparecía en la extensión del llano. 

Tacamba sintió que su razón se extraviaba. Su mirada reco- 
rrió el desierto. 

El desierto estaba vacío. 

Tacamba entonces despidió á sus soldados. Inclinó hacia el 
suelo el semblante, y no volvió á pensar en su reino. 



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[ 



105 

SÉPTIMA PARTE. 
El día de Corpus. 

I 

Habla transcurrido algún tiempo. • 

Tacamba, errante en los más profundos bosques, se dirigía, 
de cuando en cuando, á las desiertas ruinas de Curincuaro: en- 
caminaba luego sus pasos á la peña del manantial: sus ojos 
buscaban algo que no existia allí. Mojaba su frente con el agua 
milagrosa, y otra vez volvía á perderse entre las obscuras sel- 
vas. 

Le sobresaltaba el ruido vago de las hojas movidas por el 
viento. Llamaba en voz alta á Inchátiro, y se estremecía al es- 
cuchar el grito de los pájaros espantados. 

Un día que bajaba de una montaña divisó á lo lejos una ex- 
tensa y populosa ciudad. 

Como atraído por mágico poder caminó en dirección del ca- 
serío: vio calles alineadas, habitaciones que no eran parecidas 
á las que construían los indios; arroyos artiñcialmente encau- 
zados; frutas desconocidas, y hombres y migeres de su propia 
raza, pero vestidos con extraños trajes. 

AqueHa ciudad era Uruapan. 

II 

De repente escucha el estampido de millares de truenos que 
estallan en los aires, y oye timbres sonoros cuyo eco alegre y 
bullicioso repetían las montañas. 

Una fuerza irresistible atrae más y más á Tacamba hacia el 
centro de la ciudad: el pavimento de las calles está tapizado 
de huinumoy y á la altura de los aleros hay verdes enramadas. 
En cada esquina de las calles se levantan rústicas capillas ador- 



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166 

nadas con arcos de tuspatas, de ninfeas y de infinita variedacl 
de parásitas, y el incienso impregna el ambiente ya perfumada 
con el aroma de las flores. Lue¿o se ven pasar en confusión 
cien y cien danzas en que se mezclaban los bailes primitivos 
de los indios con las costumbres de los españoles en sus fíes- 
tas religiosas. 

III 

Cierra la marcha de abigarrada muchedumbre una proce- 
sión de imágenes de santos. 

En seguida, bajo la rica tela de un palio, un sacerdote de- 
semblante austero y de mirada apacible conduce en sus manos 
la áurea custodia, semejante al disco del sol, ante la cual do- 
blan la rodilla los espectadores. 

Pero lo que más llama la atención del guerrero es un bri- 
llante palanquín cubierto de azucenas, llevado en hombros de- 
las guanánchecha. Va en él la imagen de una virgen ingenua 
con el casto esplendor de madre soberana. Tiene la sien orla- 
da de estrellas, y huellan sus plantas la media luna de suave- 
luz de perla. 

Llega frente al guerrero este espléndido cortejo, precedido- 
por una hermosa doncella que tremola un pendón azul; y una 
exclamación de indecible sorpresa se exhala de los labios de 
la joven, dominando el rumor de la muchedumbre. 

"¡Tacamba!" dice la doncella. "¡Inchátiro!" grita la robusta 
voz del guerrero. 

lY 

Un mes después los dos jóvenes se desposaban en la iglesia 
parroquial de Uruapan, recibiendo la bendición nupcial de ma- 
nos de Fray Juan de San Miguel. 



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167 

EPÍLOGO. 

No se contentó Fray Juan de &in Miguel con que sus tra* 
bsgos apostólicos se limitasen á la conversión de los indios de 
la Sierra de Uruapan, en la extensa comarca que corre desde 
los montes de San Gregorio hasta los de Tancítaro y Paracho, 
comprendiendo los valles de los Reyes y Peribán. La índole 
dulce y dócil de los tarascos, y el temor que en aquellos días 
los tenía subyugados, habían hecho que la simiente sembrada 
por Fray Juan de San Miguel fructificase, hasta cierto punto, 
sin gran dificultal. Otras gentes, broncas y feroces por su ig- 
norancia, presentaban no sólo mayor resistencia á admitir las 
nuevas creencias religiosas, sino que amenazaban con grandes 
peligros la vida de los misioneros que se atrevían á ir á pre- 
dicar entre los chichimecas errantes, ó los crueles é indoma- 
bles otomites. 

Fray Juan de San Miguel tomó su cayado y encaminó sus 
pasos á las tierras ocupadas por aquellas tribus. 

Permaneció algún tiempo de guardián en el convento de 
Acámbaro, y dirigiéndose en seguida á Querétaro, llevó luego 
la palabra del Evangelio á los intrincados montes de Xichú, 
recorriendo las márgenes del rio Verde. Fundó después á San 
Miguel el Grande (hoy de Allende), y recorriendo el país que 
forma en la actualidad el Estado de Guanajuato, predicó la 
buena nueva en la total extensión del territorio que, antes de 
la conquista, comprendía el dilatado imperio de Michoacán. 



Anciano ya, inclinado su cuerpo al doble peso de los años 
y de las fatigas, volvió á Uruapan, habitó la celda que en rui- 
nas se conserva todavía sobre la capilla del Santo Sepulcro en 
el edificio del hospital. 



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168 

Una tarde las campanas soltaron su voz de bronce desde lo 
alto de las torres. 

Los indios, al oir la alegre llamada, abandonaron sns poéti- 
cas cabanas, ocultas entre los árboles frutales, y acudieron al 
lado de su pastor. 

¿Qué palabras salieron de los labios del anciano? ¿Por qué 
se pintó tan vivo entusiasmo en el semblante de los concu- 
rrentes? 

Se hablaron éstos entre sí con inusitada animación, y en se- 
guida se retiraron á su hogar, marchando á toda prisa. ^ 

Sonaron más tarde las solemnes campanadas que anuncian 
la oración^ en esos instantes en que el astro del día desaparece 
por completo en el horizonte, y en que la naturaleza entera co- 
mo que se recoge para bendecir á Dios. 

A cada campanada que vibra en la torre de la parroquia res- 
ponde en voz más baja otra sonora en lo alto del hospital, y 
más tenues y más ñnas, como un eco lejano, van sonando tam- 
bién las campanas de los barrios. 

Se oyen esos tañidos como el concierto religioso de una sal- 
modia que se eleva á los cielos. 

Desde el centro de la ciudad hasta sus más remotas chozas 
se alzan á cada toque de campana las voces tiernas y limpias 
de los niños, exclamando unas veces: ^'¡Santa Maria, madre de 
Dios!^* y otras sencilla, pero sublimemente: ^'¡Ave María purí- 
sima!" A 

¡Cuántas veces, de niño, escuché estas santas plegarias que 
hacían palpitar mi corazón! Veía á mi padre á mi lado con la 
cabeza descubierta y el sombrero en la mano; á mi madre, 

murmurando llena de unción: "El ángel del Señor '* y yo 

buscaba entre las primeras estrellas, que lánguidas brillaban 
en la bóveda, aquel ángel mensajero de paz y de ventura. 

¡Qué lejanas están ya de mis recuerdos, siempre vivos, aque- 
llas dulces impresiones! 

1 Quedu todavía en algunos pueblos de la Sierra esta costumbre introduci- 
da' por Fray Juan de San Miguel. 




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rr 



169 

' Rayaba el alba en la mañana del día siguiente. 

Era uno de' esos tibios días del mes de Marzo en que una 
polvareda de oro se levanta en el camino de la aurora. 

Allí en el país en que pasan las últimas escenas de esta his- 
toria, no esperan los árboles á la primavera para estrenar su 
nuevo traje de esmeralda. Las flores se anticipan también, y 
cuando la estación ingente se presenta, la vegetación de Urua- 
pan sale á su encuentro, engalanada ya con sus más vistosas 
pompas. 

En medio de tan espléndido espectáculo, Fray Juan de San 
Miguel, seguido de millares de indios, encamina sus pasos en 
dirección del Norte. Su agobiado cuerpo apenas si se apoya 
en el nudoso báculo, pero le dan fuerza la alegría y el alboro- 
zo que iluminan su semblante. 

Los numerosos indios que lo acompañan, también llenos de 
entusiasmo, llevan en las manos primorosos ramilletes. De 
cuando en cuando las músicas impregnan el aire de dulces me- 
lodías. 

¡Qué hermosa la mañana! ¡Cómo brilla el sol en las enhies- 
tas copas de los pinos! ¡Qué risueños los angostos valles que 
interrumpen la espesa serranía! 

El rumor de las gentes se confunde con ese vago y miste- 
rioso ruido de la naturaleza que parece el latir potente del co- 
razón de la selva. 

Allá en el cielo, algunas nubes como gasas rasgadas del man- 
to de la aurora, hacen que resalte más limpio y más brillante 
el azul del firmamento. 



Cuatro horas llevaban de camino nuestros peregrinos, cuan- 
do de improviso, en medio de un encantador grupo de colinas, 
que más bien parecen ondulaciones del terreno, se presenta á 
sus ojos incontable muchedumbre de habitantes de los cien 
pueblos de la Sierra. El clamoreo de aquella gente ensordece 
el espacio. 



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170 

Fray Juan de San Miguel y sus compañeros atraviesan por 
entre aquella multitud compacta, en medio de la cual se dis- 
tingue un anciano, en cuyos ojos hay mirada de autoridad, j 
en cuya frente espaciosa se adivina la luz de serena y grande^ 
inteligencia. Es el obispo Don Vasco de Quiroga. 

Fray Juan de San Miguel se arrodilla á sus pies y estampií 
un ósculo en el anillo pastoral. 

El pueblo presencia aquella escena sencilla, en que un an- 
ciano se inclina ante otro anciano, los dos tan venerables, los- 
dos tan llenos de dulzura y tan amados de los indios. 

Entretanto algunos de los concurrentes habían erigido una 
cruz al pie de añosa encina que cubría con sus ramas aquel 
sitio. 

A la sombra del árbol gigantesco se ofreció un frugal almuer- 
zo al obispo, humilde ofrenda de tribus semisalvajes. Fr. Juan 
de San Miguel bendijo los manjares, y durante la comida se 
oyeron los cantos de las doncellas, acompañados de la música 
melancólica de los tarascos. ^ 



Después los dos ancianos emprendieron su camino hacia 
Uruapan: Don Vasco de Quiroga montado en humilde muía; 
Fray Juan de San Miguel á pie y descalzo, apoyado en su nu- 
doso báculo. 

El obispo iba aballar su sepultura en la ciudad de las flo- 
res. 



Y cuando más tarde llegó el supremo momento en que et 
alma de Fray Juan de San Miguel se desprendió del cuerpo 
para elevarse al cielo, rodeaban su lecho los inconsolables in- 

1 No ba muchos años que se veía en el camino de Paracho aquella viejik 
encina, á la que faltaban ya muchas ramas. Aún se erguía la cruz, de] anda 
ver la huella de los siglos en sus brazos carcomidos por los insectos. 

£1 sitio conserva el nombre que desde aquel remoto tiempo se le impuso: se 
llama Obispo iirteuaro^ que significa: donde comió el obispo. 




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171 

dios que se sentían huérfanos y abandonados. ¡Cuántas lágri- 
mas regaron el camino del sepulcro! ¡Cuántas flores sobre el 
ataúd, esparcían purísimos aromas! ¡Qué triste y plañidero 
el doblar de las campanas! ¡Qué espantosa soledad en las ca- 
lles de Uruapan! 

¿Cuándo se verificó el glorioso trance? Ninguna crónica lo 
dice; la tradición misma lo ha olvidado. Sólo existen en la ins- 
cripción que hemos venido citando las siguientes líneas: 

"Falleció en el cuarto de la convalesencia que se alia cer- 
cano á la capilla del Santo Sepulcro desde doade se le dio se- 
pultura eclesiástica en la Parroquia deste Pueblo, en donde 
descansa su cuerpo.'' El Padre La Rea dice que está enterra- 
do al lado del Evangelio. 

Los habitantes de Uruapan conservan su memoria y le tri- 
butan aún el culto de su amor. La historia bendice su nombre, 
y la tradición lo repetirá como un eco tierno, transmitiéndolo 
de generación en generación. 



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EL I^-A.IDI2.E J^OOBO- 



La memoria del sabio y virtuoso padre Fray Jacobo Dada- 
no dura aún en los pueblos de la Sierra de Michoacán, princi- 
palmente en Tzacapu y Tarecüato, en donde su nombre es 
bendecido y se venera su efigie como la de un santo. 

La historia del humilde franciscano es sencilla sin carecer 
de interés; pero la imaginación de los indios, habitantes de 
aquella comarca, la ha convertido en una de esas narraciones 
legendarias, llenas de poesía y de episodios sobrenaturales. 

Era Fray Jacobo descendiente de la familia real de Dacia, 
antiguo pueblo que hal)itaba al Norte del Danubio. Su voca- 
ción religiosa lo hizo tomar el hábito de San Francisco, y su 
talento y estudio le dieron un lugar distinguido en aquella so- 
ciedad. 

Se desarrollaba entonces la Reforma en la parte septentrio- 
nal de Europa. Fray Jacobo luchó en vano contra las doctrinas 
protestantes de Lulero; pero su ortodoxia le atrajo las persecu- 
ciones de un poderoso obispo, partidario de las nuevas ideas, 
lo que determinó á nuestro fraile ápasar ala América, en don- 
de la mies estaba virgen y donde sería eficaz la propaganda 
católica. Llegó primero á España, y con la autorización de Car- 
los V emprendió su viaje al nuevo continente, sucediendo esta 
peregrinación en los años de 1530 á 1631. 

Fray Jacobo desembarcó en Veracruz, y á pie y descalzo ca- 
minó la inmensa distancia que separa aquel puerto de la ciu- 



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174 

dad de Tzíntzuntzan, en que estaba ya fundado un convento 
de la Orden seranea. AI penetrar en este sagrado recinto, hin- 
cóse para recibir la bendición del venerable Fray Martín de 
Jesús, primer misionero en aquellas regiones. 

No fijó desde luego el Daciano su residencia en el reino de 
Michoacán, sino que, obedeciendo órdenes superiores, fué á 
evangelizar á otros puntos del país conquistado. Refiere la cró- 
nica que una vez recorrió más de cien leguas, hollando la tie- 
rra con el pie desnudo, á fin de servir de lazarillo á otro varón 
ejemplar. Fray Antonio de Segovia, anciano y ciego, que tenía 
que asistir á un Capítulo que se celebraba en Huexoncingo. 



Por aquella época, si rapaces, crueles y avaros eran los con- 
quistadores; desinteresados, llenos de caridad y de amor se 
mostraban los frailes franciscanos. Sin éstos, los tarascos ha- 
brían permanecido en constante guerra con los españoles, y 
ávidos de venganza por los inauditos crímenes que en aquella 
región habían cometido Njuño de Guzmán y sus secuaces, ha- 
brían permanecido en las asperezas de los montes, converti- 
dos en tribus bárbaras y feroces como las que no ha mucho 
todavía sembraban la muerte y el exterminio en el Norte de 
la República. 

Tales fueron en general y en los primitivos tiempos de la 
conquista aquellos dignos discípulos de Francisco de Asís. Y 
especial mención entre todos merecen Fray Juan de San Mi- 
guel y Fr. Jacobo Daciano; el uno, cuyo origen se pierde en la 
obscuridad de humilde cuna, y el otro, provincial de su Orden 
en Dinamarca, nacido de estirpe real y señalado por su noble- 
za y erudición: ambos recorrieron los bosques del antiguo im- 
perio de Taríácuri; escudriñaron las cuevas, bajaron alas pro- 
ftmdidades de las barrancas más inaccesibles en solicitud de 
los indios para conducirlos á la vida civil; les hablaban en su 
idioma fluido, elegante y flexible; establecieron para ellos es- 
cuelas de primeras letras y de oficios; los congregaron en aca- 



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f 

176 

<lemias de música y de canto; les trazaban poblaciones y les 
«nsefiaban á construir mejores chozas que las que antes habi- 
taban, y llevados de su celo apostólico recibían en sus brazos 
á los recién nacidos para enseñarles el camino de la vida, y 
<;onfortaban y llenaban de esperanza á los moribundos. 

Nada extraño es que semejante conducta haya despertado 
en el corazón de los sencillos aborígenes un amor inflnito ha- 
-eia sus bienhechores, que la memoria de éstos haya venido 
transmiténdose de generación en generación, y que se les atri- 
buyesen milagros que indican la fe y la veneración que entre 
los indios disfrutaban los dos sublimes misioneros. De Fray 
Juan de San Miguel hemos narrado ya las tradiciones que se 
conservan en Uruapan y otros lugares: tócanos ahora hablar 
-de Jacobo Daciano, para que no sean olvidadas las tiernas le- 
yendas de los pueblos. 



Era tanta la opinión que con los indios tenia de santo (afir- 
ma La Rea), que con mucha fe y devoción le llevaban los ni- 
ños enfermos, y se dice que no hubo uno solo á quien no cu- 
rase con la eñcacia de su bendición. Dura aún en Tzacapu y 
Tarecuato la costumbre de que las madres mvoquen al santo 
padre Jacobo en el instante en que sus hijos exhalan el pri- 
mer vagido de la vida, y creen sin vacilar que el misionero 
acude á la cabecera de la enferma en aquel misterioso mo- 
mento. 

Se decía y se dice aún en la Sierra de Michoacán que **má6 
-que andar en la tierra volaba por los aires" al recorrer el ex- 
tenso territorio que administraba. Acontecía á menudo que los 
indios de un pueblo iban á invitarlo para que los visitase: ca- 
minaba él á pie y descalzo, y ellos á caballo corrían á galope, 
sin poder darle alcance, llegando al lugar mucho tiempo des- 
pués que el santo, "cuyo crédito (agrega el cronista) se levan- 
taba como espuma, pues que más parecía ave del aire que 
hombre de la tierra." Fíngelo, en efecto, la tradición como un 



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176 

ángel que, cuando quería, desplegaba las alas, siendo frecuente 
que en las primeras horas de un mismo día dijese misas reza- 
das en Tarecuato y en Tzintzunlzan y cantase la mayor en 
Tzacapu, recorriendo en tan corto tiempo más de cincuenta 
leguas. 



Este último pueblo fué el primero que evangelizó Fray Ja- 
cobo: los habitantes, gente belicosa y altiva, pertenecían á lo» 
indómitos tecos; empero los docilitó con su mansedumbre y 
buen ejemplo, y.allí e$ en donde se conserva más tierna y res- 
petada su memoria. Recuerdan que caminando la primera Tez 
de Cheran hacia aquel rumbo, acompañado de una numero- 
sa comitiva, les anocheció en una obscura selva, donde hicie- 
ron alto. Entre los acompañantes iban ciertos sacerdotes de 
la primitiva religión del país, deseosos de sorprender y publi- 
car alguna debilidad del misionero; mas ¡cuál no sería la sor- 
presa de todos cuando á media noche lo vieron desprenderse 
del suelo á grande altura en actitud de orar! Una luz celestial 
bañaba su semblante y se oían voces misteriosas, entonando 
dulcísimos cantares. Aun los más incrédulos doblaron la ro- 
dilla, permaneciendo así durante el éxtasis de Fray Jacobo. 

Apenas amaneció, los llamó á todos y les dijo que era volun- 
tad de Dios que allí se erigiera la iglesia, consagrando de esta 
manera la fundación del nuevo pueblo de Tzacapu. Los indios 
desmontaron el sitio, abrieron los cimientos y á gran prisa le- 
vantaron los muros del templo. Sucedió que los carpinteros no 
habían tomado bien la medida para las vigas del artesón, y 
resultaron sumamente cortas. Los indios estuvieron á punto 
de arrojarse sobre los culpables, creyendo que habían trata- 
do de impedir la conclusión de la obra; pero Fray Jacobo les 
ordenó que se calmasen, y mandó subir la madera. Con gran 
asombro del numeroso gentío los tirantes se alargaban á la 
vista de todos, y al llegar á lo alto de las paredes se ajustaron 
perfectamente. En 1848 vino á avivar esta tradición el hecho 



1. 



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177 

de que al reponerse el artesonado se encontraron alli semillas 
dé maíz, de trigo y de frijol, depositadas por el santo, admi- 
rándose los indios de que por más de trescientos años hubie* 
sen conservado su poder germinativo. 



Nada arredraba al padre Jacobo en el cumplimiento de sus 
deberes: ni los sofocantes calores del verano, ni el rigor del 
invierno, ni las recias tempestades que se desatan en aquella 
parte de Michoacán. 

Una vez, hallándose en Tzintzuntzan, fué llamado urgente- 
mente para confesar á un indio principal, enfermo en Tzacapu. 
Llovía á torrentes: el rayo descuajaba los árboles del bosque, 
y apenas interrumpida por el fulgor del relámpago reinaba pa- 
vorosa obscuridad. Fray Jacobo cruzó como exhalación la dis- 
tancia entre ambas poblaciones (cerca de diez leguas). Antes de 
entrar á la pieza del moribundo, los indios quisieron recogerle 
la capa que la lluvia había empapado enteramente; pero el pa- 
dre Jacobo se apresuró á quitársela él mismo y la tendió en un 
rayo de sol que en aquellos momentos rompía las nubes, ar- 
diente y esplendoroso. La capa quedó suspendida en el aire y 
/Uo tardó en secarse. 



Era tal el cariño que el apóstol profesaba á los indios que, 
contra la opinión de otros de los misioneros de la Orden, admi- 
mistró á los neóñtos el pan de la Eucaristía, considerándolos 
dignos de ese precioso manjar de los cristianos. No pocos dis- 
gustos le ocasionó esta práctica entre algunos de sus mismos 
cofirades que le negaban autoridad para decidir sobre este pun- 
to; mas el cielo se la confirmó con el siguiente hecho, que pre- 
senció el lego Fray Miguel de Estevaliz, gran narrador de mi- 
lagros sucedidos en aquella época. Es el caso que, siendo guar- 
dián del convento de Tzintzuntzan Fray Pedro de Reyna en 
el año de 1546, una vez que decía misa, llegada la hora de la 

MlóhoACftnw-12 



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178 

comunión, el acólito, que no era otro que el mencionado Es- 
tevaliz, Yió que una de las formas consagradas se apartaba de 
las demás, y volando por el aire se fué derecha á la boca de una 
india. Esta tradición subsiste entre los habitantes deTzintzun- 
tzan, Y se señala allí á los descendientes de la dichosa giuiri 
(mujer), quienes llevan el apellido de Felices, en recuerdo del 
prodigio. 

He dicho que en Tzacapu es donde se conserva más viva y 
tierna la memoria del misionero: en efecto, allí se rinde culto á 
su eñgie como si fuera la de un santo, y se tiene fe ciega en su 
poder de hacer milagros. En las épocas de sequía, cuando se 
ve que la estación de aguas no adquiere su periodicidad natural, 
los indios ocurren á la intercesión de los santos: hacen primero 
una ñesta á San Antonio, á mediados de Junio; si el paduano 
se muestra impotente, claman á Señora Santa Ana celebrando 
con pompa su función el 26 de Julio, y si las lluvias siguen re- 
tardándose, en los primeros días de Agosto sacan en procesión 
la imagen del padre Jacobo; y hé aquí que por aquellos días se 
desatan las cataratas del cielo y los campos se cubren de ver- 
dor. 

Nuestro misionero, ya anciano y achacoso, se había retirado 
á su convento de Tarecuato, en busca de la soledad, para con- 
sagrarse más á la oración, y para ver llegar tranquilo el trance 
de su vida á la muerte. 

Una noche, la del 21 al 22 de Septiembre de 1658, en me- 
dio de uno de los frecuentes raptos que tenía, vio con los ojos 
de su imaginación el convento de Yuste en España, penetró al 
claustro, observó la agitación que reinaba entre los frailes Je- 
rónimos, y obedeciendo á una fuerza misteriosa se introdujo á 
una humilde celda en que agonizaba un hombre, á quien los 
monjes miraban con respeto. El moribundo entregó su alma 
al Señor á las dos de la mañana, hora en que el venerable Fr. 



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179 

Jacobo yoItíó en sí de su éxtasis, y ya no pudo conciliar el sue« 
fio en lo restante de la noche. En la mañana mandó erigir un 
túmulo en la iglesia de Tarecuato y celebró una misa de Be- 
quiem con la solemnidad que era posible en aquel pueblo de 
indios. Los religiosos, admirados, le preguntaban la causa, y 
dijo que en aquella noche, á la hora indicada, había muerto el 
Emperador Carlos V, lo cual se confirmó algunos meses des- 
pués que vino la flota trayendo la noticia y mandando haoer 
los funerales*. 



A los pocos años de este suceso llegó el término en que "la 
muerte (dice el padre La Rea) apagó la luz más brillante que 
tenia el candelabro de la Iglesia micboacana.^^ En todos los con- 
ventos de la Provincia se 1^ hicieron honores fúnebres, y los 
indios, inconsolables, lloraron largo tiempo la orfandad en que 
los dejp el padre Jacobo. Ellos no han esperado que el Sumo 
Pontífice declare su canonización: por sí mismos, por la tierna 
memoria que guardan de sus virtudes, lo veneran como á un 
santo y le tributan culto fervoroso. 

En el barrio de Arancaracua, perteneciente á Tarecuato (se- 
gún refiere el cronista citado), se conservan el báculo y el som- 
brero del apóstol, y "para mostrarlos, aunque fuese á religio- 
sos, se juntaban el alcalde y los fiscales, y no los daban á tocar, 
sino á ver tan solamente." 



El cadáver del padre Jacobo fué inhumado en la iglesia de 
aquel pueblo; pero es fama que en la noche del mismo día los 
caciques principales lo extrajeron, é incorrupto, como si el mi- 
sionero solamente estuviese dormido, lo ocultaron en una crip- 
ta en el fondo de espaciosa é ignorada gruta, al cuidado de tres 
de los más ancianos del lugar, únicos poseedores del secreto. 
En aquel oculto sitio arden constantemente muchos cirios, y 
se eleva sin cesar et humeante perfume de los incensarios. En 



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180 

vano los curas de aquella parroquia, y aun algunos reverendos 
obispos, han tratado de averiguar la situación del misterioso 
subterráneo; la masa general de los indios la ignora, y los tres 
guardianes son incorruptibles y obstinadamente reservados. 

Cuéntase que una vez un párroco que se hizo querer mucho 
de sus feligreses en Tarecuato, logró que cierta noche lo lle- 
vasen á visitar la cripta. Por precaución lo condujeron en hom- 
bros los tres viejos guardianes, vendándole previamente los 
ojos. El cura, sin embargo, ocurrió á un arbitrio, i|ue juzgó in- 
falible para hallar después el sepulcro, y lo paso en planta al 
ir caminando. La comitiva penetró en la caverna, quitaron 
al señor cura la venda, y pudo contemplar el inanimado cuer- 
po del apóstol, imaginándose cuánto fruto podía sacar del ha- 
llazgo. El cura volvió tranquilo y lleno de ilusiones. Al día si- 
guiente, antes de levantarse, entraron á su aposento los viejos 
principales y le dijeron: 

— Tata cura, anoche se te reventó tu rosario en el camino 
del santo sepulcro; pero aquí te entregamos tus cuentitas de 
chaquira, que hemos pepenado desde la puerta del curato has- 
ta la entrada de la cueva. Cuéntalas, no falta una sola. 



^ 



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zxTAau^'jRO. 



Era la noche del 13 de Agosto de 1521. 

La tempestad cernía sus alas sobre el sitio en que tres me- 
«es antes se alzaba orgullosa y bella la ciudad, sultana del 
Anáhuac. 

Como si se librara una gran batalla en lo alto de la bóveda 
<^eleste, el trueno, semejante al estampido del cañón, no cesa- 
ba un instante, propagando de montaña en montaña su ruido 
ensordecedor. Densa obscuridad envolvía la tierra; pero de 
cuando en cuando, el relámpago la rasgaba para iluminar entre 
ios escombros montones de cadáveres. 

El aire estaba irrespirable, saturado con el hálito de la 
muerte. 

Cuauhtemoc se hallaba prisionero: los mexicanos que habían 
sobrevivido á la catástrofe yacían en el suelo, presa del hambre 
y la fatiga. 

En tanto Hernán Cortés descansaba tranquilo y satisfecho en 
Jos brazos de la Malintzin. 



A la luz de un rayo pudo haberse visto á un hombre que se 
arrastraba cautelosamente, saliendo del teocalli. Irguióse de re- 
pente; puso una de sus manos sobre los ojos y clavó su míra- 



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182 
da en las ruinas de una casa inmediata. Penetró con paso se- 
guro entre los escombros y murmuró en voz baja: 

—Ya podemos marchar, Cumanda! 

Entonces una mujer, que por su andar dejaba adivinar que 
era joven, se levantó y siguió al guerrero, porque guerrero era 
aquel hombre, supuesto que ceñía su cabeza un penacho de tu- 
pidas plumas, y que llevaba en la mano una macana de finísi- 
mo cobre. 

¿Quién era aquel guerrero? 

No habían pasado muchos días desde que Hernán Cortés 
pusiera cerco á la ciudad, cuando entre los defensores de la 
plaza se vio aparecer un escuadrón de cuatrocientos flecheros, 
de gente extraña que jamás se había visto en Tenoxtítlán. An- 
daban casi desnudos, sin más adorno que sus altos penachos 
de plumas de brillantes colores. Su caudillo era el valiente 
Ouanícufi^ que se hallaba entonces en la plenitud de la vida: 
alto, robusto, con una musculatura recia y flexible, en que se 
dibujaban los tendones, como serpientes que ondularan en 
aquel atlético cuerpo. 

En las principales acciones de guerra, en que los españoles 
estaban á punto de apoderarse de la ciudad ó de alguna de sus 
más importantes fortalezas, los flecharos acudían en auxilio de 
los mexicanos, y luchaban con tanto valor y habilidad, qü^ las 
más de las veces eran rechazados los sitiadores. Cuauhtemoc 
los tenia en grande estima y los había destinado como la re- 
serva de su ejército. 

En el vulgo se les consideraba como un auxilio sobrenatu- 
ral enviado por los dioses, bajo el disfraz de guerreros taras- 
cos, y se refería en apoyo de esta creencia que el denodado es- 
cuadrón había aparecido misteriosamente en México, estando 
ya cerrado el cerco y ocupados por los españoles todos los ca- 
minos que conducían á la ciudad. Hablando de Guanícuti se 

1 El catador. 



^ 



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188 

decía en voz baja que era la sombra de Xicotencatl y que sus 
soldados no eran más que otros tantos espectros, es decir, que 
eran los espíritus de los más valientes guerreros que habían 
dejado sus cuerpos en los campos de batalla; y que por esto 
eran invencibles. 

A^compañaba también á Cuanícuti una joven de veinte años; 
de tez tan morena y tan suave que semejaba el terciopelo; del- 
gada, pero de formas redondas y esbeltas; de negros cabellos^ 
cuyas largas trenzas, atadas en la parte superior de la cabeza, 
bajaban por la espalda hasta la cintura, y sus ojos de un café 
obscuro eran chispeantes, con un destello extraño, tanto más 
extraño cuanto que sus pupilas vagaban en una órbita azulada. 
De aquí que su mirada fuese fea, terrible y amenazadora. 

Aquella mujer, que por su fisico parecía la sombra de algu- 
na hada malévola, en su parte moral era la negación de todas 
las virtudes, la sombra de la divina luz que convierte en ángel 
del hogar á la compañera del hombre. 

Oumanda ^ era su nombre y no podían habérselo adecuado 
mejor los tarascos en su idioma tan eminentemente graneo. 
En lo más recio de la pelea se le veía al lado de Cuanícuti, ar- 
mada de una luciente espada de cobre, y no era ella la que 
menos sembraba la muerte en las filas enemigas. Jamás se 
apartaba del lado de su esposo, y lo mismo que lo seguía al 
combate, lo acompañaba en el descanso, en sus entrevistas con 
el emperador, en el paseo, en todas partes. Era como su som- 
bra, inseparable, tenaz, sempiterna. Se diría que aquella mu^ 
jer amaba intensamente á Cuanícuti y que estaba dispuesta á 
hacer por él el sacrificio de sur vida. 

Mas no era así; en el corazón depravado de Cupianda he]> 
vía el fuego de los celos, de los celos por odio, por crueldad, 
por lujuria. Jamás de sus labios salió una palabra de cariño, 
de ternura, de consuelo para su esposo. Siempre su boca vo- 
mitaba injurias, siempre su lengua estaba presta á la calumnia* 

1 Significa iomhra. 



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184 

¡Cuántas veces Cuanícuti buscaba en medio de la lucha la 
muerte que le libertara de aquel infierno de su vida! Y la bus- 
caba en vano, porque los enemigos ó caían exánimes al golpe 
de su macana, ó huían á su presencia. 



Cuanícuti y Cumanda atravesaron silenciosos por entre los 
escombros de la ciudad. Se deslizaban por las calles más obs* 
curas y se ocultaban sigilosamente al acercarse alguna perso- 
na. Así llegaron á un montón de ruinas sumergidas en el lago. 
Removió Cuanícuti una ancha piedra y se vio flotar una cha- 
lupa. Entraron en ella el guerrero y Cumanda, y el esquife 
surcó la líquida superficie. 

— ¿Qué vas á decir ahora á nuestro rey, cuando te pregunte 
por los guerreros que contra su voluntad trajiste á este malha- 
dado sitio de México? preguntó Cumanda. 

— Le diré que, más afortunados que yo, murieron defendienr 
do la independencia de un pueblo digno. 

— Un pueblo que no era el tuyo. 

— ^Una nación hermana; y ya que Tzimtzicha le negó su au- 
xilio, al menos que uno de los caciques michoacanos se haya 
aprestado á socorrerlo. Uno á uno murieron mis hombres, y 
los dioses han recibido su espíritu. 

— Sabrá Tzimtzicha y se le lo ratificarán mis labios, que hasta 
el último día del sitio te vieron á la cabeza de tus cuatrocien- 
tos hombres, que no sólo parecían invencibles, sino también in- 
mortales. 

— Le explicaré que para sostefner el prestigio de lo sobrena- 
tural, con que eran mirados por los mexicanos, cada vez que 
caía uno de mis valientes lo sustituía con un guerrero otomi 
en cuyas sienes colocaba el penacho del muerto. 

— Es verdad: esto lo concertaste con el ambicioso Cuauhte- 
moc, y yo contaré á Tzimtzicha cómo entre el emperador de 
México y tú el cacique de Zilácuaro, se celebró un pacto se- 
creto para el caso en que los españoles fuesen derrotados...... 

— Mientes! 



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186 

— ^To le diré que á todas partes te seguía, espiando tus accio- 
nes 7 tus palabras; que sacriflcabas sin prudencia ni piedad á 
tus hermanos, y que los sustituías con otomites para ir forman- 
do un ejército que sostuviese tu traición. 

— Eres una mujer infame. 

— Tú el desertor del ejército de los purépecha, el que ha 
traído á Cuauhtemoc inmensa cantidad de oro y plata, y cuan- 
tos víveres te ha sido posible introducir al sitio, sólo por gran- 
gearte como aliados á los que fueron siempfe irreconciliables 
enemigos de Michoacán. 

— ^Tzimtzicha no creerá tu calumnia. 

— Le descubriré el secreto del subterráneo que comunica á 
México con ChapcUucUo, por el cual venimos á la ciudad sitia- 
da y por donde hiciste varios viajes durante el sitio. 

— Cumanda! 

— Le revelaré el lugar en que has descubierto la más rica de 
todas las minas, de la que has extraído el oro y la plata para 
comprar á Cuauhtemoc. 

Cuanfcuti se estremeció de rabia, levantó el brazo con la 
mano crispada, y clavando una mirada de odio en Cumanda 
iba á descargar el golpe. 

— Pega — le dijo la mujer— pega, cobarde. 

Entonces el guerrero b^ó el brazo y sintió que se ahogaba 
por DO atreverse á castigar á aquel aborto del infierno. 

— Eres tan ruin y tan miserable, le dijo Cumanda, que no 
me has pegado, tan sólo porque no vayan á perderse en el agua 
mi diadema, mi collar y mis brazaletes, porque tendrías que 
darme otros. 

Guanícuti exhaló un profundo suspiro y se contentó con di- 
rijir una mirada de desprecio á la infame. 



Largo rato tardó la chalupa en arribar á Chapultepec. Ya al 
pie de la colina, los fugitivos abandonaron su embarcación, su- 
bieron los escalones, tallados en las rocas, y penetraron en la 



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gruta, en donde poco á poco fué perdiéndose el ruido de sus 
pasos. Un centinela español que se hallaba en lo alto del tem- 
plo dio la voz de alarma; bajó una ronda, alumbró el antro 
con antorchas resinosas, y no hallando ni indicios de que hu- 
biese allí alguna gente regresó á la fortaleza, maldiciendo dei 
centm^Ia. 



II 

Apenas habían transcurrido unos cuantos meses desde que 
Cuanícuti abandonara la ciudad de México. La noticia de ha- 
ber caído en poder de los españoles la capital del imperio de 
Anáhuac se extendió por todo el territorio de la Nueva Espa- 
ña, como la llamaban ya los conquistadores. El pánico era ge- 
neral y había como un aliento de inñnita tristeza en el aire que 
respiraban los indios. 

Ya comenzaba en Michoacán la desorganización de lo que 
podía llamarse gobierno político del reino. Ya el tímido Tzim- 
tzicha, incapaz de defender su reino, preparaba su fuga con el 
fin de ocultarse hasta de sus propios subditos. 

Cuanícuti llegó á su cacicazgo de Zitácuaro. Los habitantes 
que lo vieron aparecer solo con su esposa, lo saludaron res- 
petuosamente y no le dirijieron una pregunta, ni le hideroi^ 
la menor reconvención al ver que no le acompañaban sus sol- 
dados. Las madres y las esposas de los guerreros que el jefe 
habla llevado á la campaña, derramando lágrimas silenciosas, 
amasaron en el interior del hogar el pan que sirve de alimen- 
to á los que han dejado de existir y lo llevaron al punto lla- 
mado guarícharo, el lugar de los muertos. ^ No estaban allf 
sus deudos; pero la sombra de cada uno de ellos vendría á 

1 Ouarieharo significa el eemenierio. Gomo los frailes creían que los que 
no estaban bautizados se iban al infierno, preguntando á los indios á dónde 
se iban después de muertos y oyendo la respuesta de éstos que á Ottarieharo, 
dedujeron que esta palabra debería traducirse **BI Infierno.'' Por el estilo 
Iiay muohaa equivocaciones en los diccionarios formados por los religioaos. 



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187 

buscar su sitio y no era justo que vagase hambrienta, por no 
hallar en una sepultura el pan de las ofrendas. 

Cuanfcuti no pensó ni por un momento en ir á dar parte 
á Tzimtzicha de la malograda expedición. ¿Para qué, si conocía 
el carácter afeminado é irresoluto del monarca? Pero un día 
echó de ver que Gumanda había desaparecido y comprendió 
que su mujer marchaba á formalizar sus calumnias ante la 
corte de Tzintzuntzan. Era la primera vez que Gumanda se se- 
paraba de su lado, y Guanícuti se sintió tan feliz con su au- 
sencia, como si su corazón hubiese sido libertado de un gran 
peso. 

Si aquella mujer era atendida por Gaitzontzin, ¿qué le impor- 
taba la persecución de un rey, cuyo trono estaba próximo á 
derrumbarse? Si se despreciaban sus calumnias, en eso mis- 
mo llevarla su castigo la impostora. Por de pronto, verse libre 
de Gumanda era gozar de algunos días de tranquilidad, de esa 
dulce tranquilidad que había huido de su alma desde su ma- 
trimonio. 

Pero si por un lado Guanícuti sentía las dulzuras de la cal- 
ma, por otro una profunda tristeza se había apoderado de to- 
do su ser. Veía que los españoles, vencedores en todas partes, 
se adueñaban de la tierra y reducían á esclavitud á los habi- 
tantes y que éstos habían perdido por completo el sentimien- 
to de la dignidad y, poseídos del miedo, no pensaban ya en 
defender la independencia de su patria. Entonces se acordaba 
Guanícuti de sus guerreros, de aquellos valientes guerreros que 
hablan sucumbido en el sitio de México. ¿Gomo sustituirlos? 
Eran los únicos purépecha establecidos en Zitácuaro. Guando 
años atrás, el padre de Guanícuti, que era uno de los conseje- 
ros del rey Harame, tuvo que abandonar su palacio de Tzin- 
tzuntzan, merced á las intrigas de sus enemigos, se retiró á las 
escondidas ^Ivas que rodean el valle de Quencio, en el Orien- 
te de Michoacán, en aquel pais montañoso en que residían los 
mazaguas, tribus salvajes conquistadas por los purépecha. Pi- 
dió hospitalidad á sus antiguos enemigos y la halló amplia y 



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188 

cordial, como la ejercen casi siempre ios pueblos primitivos. 
Con el anciano Yiríngari, ^ que así se llamaba el padre de Gua- 
nícuti, habían inmigrado á Quencio sus parientes más allega- 
dos y algunos de sus subditos, formando un patriarcado como 
de doscientas familias. Los mazaguas señalaron al cacique un 
terreno comprendido dentro de una medida de poco más de 
dos fanegas de sembradura de maíz, medida que en tarasco se 
llama «üacuaj de donde la población tomó el nombre de Zitá- 
cuaro. 

Una vez establecido Yirfngari, avisó al rey su nueva instala- 
ción para que dispusiese de él y de sus guerreros, como de sus 
más ñeles subditos. 

Así pasaron los años: aumentó el número de habitantes de 
la nueva población, y cuando falleció Yirfngari le sucedió en el 
cacicazgo su hijo Cuanfcuti que ya se había distinguido como 
valiente en más de cien combates. 

Cuando Hernán Cortés puso sitio á la ciudad de México, el 
joven cacique de Zitácuaro -supo que su rey Tzimtzicha había 
rehusado el auxilio que le demandara el emperador azteca, 
llegando hasta el colmo de la torpeza, pues dispuso que los 
embajadores fuesen sacrificados. Entonces Cuanícuti convocó 
á todos los hombres de su tribu que pudiesen llevar las armas, 
y todos los hombres de la tribu acudieron al llamado, forman- 
do un total de cuatrocientos guerreros, hábiles, como todos 
los tarascos, en el manejo de la flecha. Con ese brillante es- 
cuadrón marchó Cuanícuti á México, en donde lo hemos ha- 
llado. Allí perecieron, uno á uno, sus valientes guerreros, y 
cuando regresó á Zitácuaro, no quedaban en su patriarcado 
más que las mujeres y los niños. ¿Qué podía emprender el ca- 
cique en defensa de la patria, sin un i|olo hombre que lo acom- 
pañase? Y sin embargo, cuando las mujeres de Zitácuaro adi- 
vinaron sus deseos, le llevaron sus hijos adolescentes, para 
que al lado del caudillo recibieran la muerte gloriosa de sus 

1 El del semblante arrugado. 



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189 

progenitores. Cuaníeatí podia contar, pues, con un ejército de 
niños! 

lijo siempre su pensamiento en ia agonía de la patria, va- 
gaba triste por las calles solitarias de Zilácuaro: á veces se en- 
golfaba en los bosques que se dilatan al Sur, y allí, en medio 
de la floresta de zirandas y de parotas; en los tupidos mato- 
rrales que forman los grangenos; á la sombra de las ¡lamas que 
embriagan los sentidos con su perfume voluptuoso, lo absor- 
bía (Je tal manera el recuerd» de su juventud, cuando su tierra 
estaba libre de opresores y él libre de Cumanda, que ni escu- 
chaba el graznido de millares de chachalacas, la greguería de 
los loros, el displicente susurro.de las chicharras ^ adheridas 
al tronco de los árboles, ni el tierno murmullo de las huilotas, 
ni las modulaciones del centzontli, ni los inesperados trinos 
del jilguero. 

Guanfcuti había abandonado su cabana de Zftácuaro y se ha- 
bía retirado á vivir en una profunda caverna oculta entre el 
espeso pinar de la montaña que se yergue rumbo al Sur de la 
población. Allí permanecía grandes temporadas, alejado de los 
hombres, y allí, con la meditación, hallaba consuelo á sus pe- 
sares. Desde entonces los moradores de aquellas tierras em- 
pezaron á llamar al elevado monte "El Cerro del Cacique.^* 



Ya por aquel tiempo comenzfiban los capitanes de Cortés á 
repartirse la tierra conquistada, y con el pretexto de que se les 
encomendaba la educación religiosa y la vigilancia de los in- 
dios, éstos les eran distribuidos como esclavos, á fin de que los 
utilizaran en toda clase de trabajos: los liombres eran envia* 
dos á explotar las minas, á cultivar los campos ó á prestar ser- 
vicios como bestias de carga; en cuanto á las mujeres, se em* 
picaban en las labores de su sexo, las más afortunadas; las 
otras hacían trabajos propios de los hombres, y las jóvenes, 



1 cigarras. 



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^ 



190 

fueran ó no hermosas, se destinaban á satisfacer la insaciable 
lujuria de los encomenderos. De esto último resultó qne en 
pocos años, los mestizos, descendientes de aquellas uniones, 
llegasen á formar casi la mayoría de la población. 



La fama de que al Sur de Zitácuaro se extendían fértiles 
campos regados por cristalinos y copiosos manantiales, llegó á 
noticia de Cortés, quien deseanda premiar los servicios d^ su 
fiel soldado Gonzalo de Salazar, le confió la encomienda de 
Taximaroa y Tuzantla, con los numerosos pueblos que forma- 
ban su jurisdicción. El encomendero emprendió su marcha, y 
al pasar por Zitácuaro se alojó en la cabana de Cuanícuti. Las 
extrañas maneras del indio, su vida misteriosa y la reputación 
de valiente que gozaba, fueron parte para que el español sin- 
tiese una viva simpatía por su huésped, simpatía de que parti- 
cipó el indio, de una manera irresistible, no obstante haber 
jurado odio eterno á los conquistadores. 

Salazar no iba más que á hacer un reconocimiento de sus 
tierras, é invitó á Cuanícuti á que lo acompañase. Juntos em- 
prendieron el viaje: atravesaron por entre el bosque de guaya- 
bos de Enandio y contemplaron la altísima cascada que lo her- 
mosea; visitaron el ameno valle de los laureles, las campiñas 
de Orocutin y la vega fértilísima de Tuzantla, cuyo río se cuaja 
de pescados. Salazar se extasiaba viendo la rica encomienda 
que le había tocado en suerte y se forjaba ensueños de rique- 
za al observar cómo cruzaban por donde quiera vetas de me- 
tales preciosos. Lleno de ilusiones, se propuso volver á Méxi- 
co á fin de regresar con gente é instrumentos para el trabajo. 
Con ánimo de descansar de sus fatigas se detuvo algunos días 
en la cabana del cacique. 

Cuanícuti tuvo la mala suerte de encontrar allí á su miyer, 
la cual había llegado á Tzintzuntzan, en los momentos en que 
el rey Tzimtzicha se dirigía á Uruapan huyendo de los españo- 
les. Todo era confusión y espanto en aquella Corte desmora- 



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191 

iízada, y aunque Gumanda se apersonó con varios de los no- 
bles principales, nadie quizo oiria ni creyó en las fabulosas ri- 
quezas que ofrecía. Despechada y más que nunca llena de odio 
contra su esposo, volvió á Zitácuaro, meditando en nuevos me- 
dios de venganza, pues venganza llamaba ella á su encono in- 
justificado. Tornó á ser la sombra inseparable de Cuaniculi. 

Saiazar tuvo ocasión de escuchar las no interrumpidas re- 
yertas de los consortes, de oir los insultos que Gumanda diri- 
jía á Cuaniculi y que penetraban en el corazón de éste como 
saetas envenenadas. 

Un día en que ella estaba ausente, Saiazar dijo al cacique-, 

— ¿Por qué no te separas de esa mujer? ¿Por qué no la echas 
de tu casa? ¿La amas tanto? 

— ¡Amarla! Desde el día en que uní mi suerte á la suya ad- 
quirí el convencimiento de que esa mujer es indigna de todo 
amor, de toda consideración. Gometí un gran pecado al ca- 
sarme con ella, y los dioses me lo castigan, obligándome á 
vivir á su lado para expiar esta misma falta. ¡Amarla! la odio 
tanto, que muchas veces mi brazo se levanta para matarla: en- 
tonces ella, que me insulta hasta en la memoria de mis pa- 
dres, me Ihftma cobarde, prevalida de su sexo. ¡Amarla! no 
siento por Gumanda más que el más profundo desprecio, si la 
considero como esposa; el mayor aborrecimiento, si simple- 
mente Ja veo como mujer. Gumanda me persigue por todas 
partes como sombra maldita. 

— Tus dioses deben ser muy crueles si no permiten que el 
marido pueda separarse de un^ mujer semejante á la tuya. 

— Los dioses son justos; el hombre que no estudia bien y * 
por largo tiempo á la mujer que quiere para esposa, no mere- ^ 
ce perdón. El matrimonio debe ser en la tierra el único con- 
suelo de la vida, y el que no ha sabido formarse este paraíso, 
muy justo es que sufra los tormentos que ustedes los españo- 
les llaman infierno. 

— Pero si la mujer falta á sus deberes? 

— Los dioses son justos: si no cumple con las obligaciones 



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192 

del hogar, si no ama á su mando, son cosas que dependen de 
su carácter, y el carácter se debe estudiar. Solamente en el ca- 
so de que la mujer falte á sus deberes como esposa, sólo en- 
tonces los dioses autorizan al marido para quitar la vida á la 
infiel. Cumanda basta ahora no me ha dado este derecho. 

Salazar no pudo contener una sonrisa de duda y de ironía 
que se dibujó en sus labios. 

— Pobre amigo mío, siguió diciendo; en mi religión, pesares 
como los tuyos encuentran un lenitivo en la oración: el amor á 
Dios resume todos los amores de la tierra, y mientras más des- 
graciado se es en ella, tanto más consuelo se halla en pensar 
que pronto llegará el día — la vida es breve — de ir en pos de 
la felicidad que sólo existe en el cielo. Si te hicieras cristiano» 
desde ese mismo momento, desatados como quedarían, los la- 
zos que te unen á Cumanda, seguirías la senda por donde la 
virtud guía á los hombres hacia el reino de la eterna justicia* 

— ¡Ah! ¿Tus dioses no me obligarían á vivir unido á Cumanda? 

— No; porque siendo tú cristiano, no podrías estar unido á 
una infiel. 

Gran rato hacía que Cumanda, inmóvil como estatua, había 
estado escuchando oculta la conversación de Salazar y Cuanf- 
cuti. Solamente sus ojos chispeaban de furor y de despecho. 
Cuando oyó que su esposo podría separarse de ella cambiando 
de religión, estuvo á punto de estallar en un grito de cólera; 
pero de repente brilló en su mirada un destello sombrío, como 
el fulgor de la venganza. Y cautelosa, como víbora, se deslizó 
sin hacer ruido, saliendo del aposento. 



Salazar regresó á México. Después de algún tiempo supo 
Cuanícuti que el buen español, su amigo, había dejado de exis- 
tir y que la encomienda de Taximaroa se había transferido en 
su hijo Don Juan Velázquez de Salazar, que residía en España^ 
el cual, en consecuencia, tardaría en venir á tomar posesión de 
sus tierras. 



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[ ■ 



198 

El cacique de Zitácuaro, triste y abstraído en su pensamien- 
to, vagaba por los espesos pinares de la montaña, en que estaba 
escondida la gruta que le servía de habitación. Gumanda no se 
apartaba^de su lado, y el guerrero sufría el inaudito tormento 
de un hombre que, condenado á muerte, viese constantemen- 
te á su lado al verdugo, desde mucho tiempo antes de llegar 
el día de cumplirse la sentencia. 



III 

Extraña animación reina en Zitácuaro, en Ta^imaroa, en to- 
do el valle de Quencio. 

Zitácuaro es como un lugar de cita, en donde van reunién- 
dose millares de indios, vecinos de los pueblos inmediatos. Las 
calles están tapizadas de huinumo; * de cabana á cabana hay 
festones formados de flores; el ambiente está perfumado. De 
tiempo en tiempo se escucha la detonación de los cohetes que 
estallan en el aire ó se oye en el interior de algunas casas la 
música melancólica, pero armoniosa de los tarascos. 

Empero, por más que los ojos indagan, en ninguna parte 
aparece Cuanicuti, ni se ve, en consecuencia, á su inseparable 
Gumanda. 

¿No es ya el guerrero cacique de Zitácuaro? Cuerpo y som- 
bra han desaparecido acaso de la tierra? 

La verdad es que el guerrero triste huye de participar del 
regocijo público; él no es, como los demás indios, partidario 
de Hernán Gortés, él no lo mira como á protector de los na- 
turales. Jamás podrá olvidar los combates que sostuvo contra 
el conquistador en las calles de México, en donde los cadáve-^ 
res de los aztecas servían de trinchera á los ejércitos contra- 
rios, ni menos perdona el horrible y bárbaro suplicio de Guauh- 
temoc ni su injusta muerte cuando lo hicieron perecer en la 

1 Nombre tarasco de las hojas del pino. 

Mlclioaoán.— IS. 



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194 

horca. La memoria del héroe nunca se borraba del alma de 
Cuanicutí. 



La muchedumbre crecía más y más en Zitácuaro: á peque- 
ños intervalos llegaban correos anunciando que el marqués 
(Hernán Cortés) había salido de Taximaroa; que había ascen- 
dido al cerro del Gallo, en donde los antiguos tarascos tenían 
una fortaleza; que ya estaba á cuatro leguas distante de la po- 
blación; que ya iba á llegar 

Un inmenso rumor de voces llenaba el ambiente; todos ha- 
blaban, la alegría los hacía reír y palmetear á cada noticia. 

De improviso reinó el silencio y se oyó lejano todavía, pero 
distinto, el sonido del clarín, cuyo eco metálico se repercutía 
en los vecinos montes. 

Por fin apareció el conquistador, ginete en un corcel alazán 
que al andar iba braceando con gallardía: la muchedumbre se 
apretaba, y cada uno de los indios quería ser el primero en ir 
á besar la mano de aquel hombre, uno de los más afortunados 
capitanes que han existido en el mundo. Por todas partes se le 
aclamaba, todos le llamaban padre, todos lo bendecían. 

En efecto, Hernán Cortés llegaba á la tierra de Michoacán. 
Después de haber regresado de su viaje á las Californias, supo 
en México que Ñuño de Guzmán le había apresado, en .el mar 
del Sur, uno de sus mejores navios. Lleno de cólera empreií- 
dió un nuevo viaje para recobrar la nao, y esta vez hizo su ca- 
mino por tierra. Pasó por Taximaroa y Zitácuaro, atravesó la 
tierra caliente, estuvo en Carácuaro, cruzó el río grande y lle- 
gó á Zacatula, en donde tomó el mando de los tres navios que 
había hecho construir en Tehuantepec. En seguida recorrió la 
costa de Colima, la de Jalisco y el Guayabal, y recobró en Chia- 
metla el bajel que Ñuño de Guzmán le había robado. ^ ¿Quién 
había de decir á Cortés que iba pisando la tierra en que tres- 

1 Beaumont. Crónica de Michoacán, tomo III, pág8. 551 á la 555. 



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195 

«ientos años más tarde Morelos, Rayón, López y tantos otros 
héroes le habían de disputar su conquista? 

Cuando llegó á Taxímaroa fué recibido por los indios prin- 
cipales D. Buenaventura y su hijo Juan, D. Gonzalo Cuini, D. 
Martín Huitzu, D. Mateo Chapatuato, D. Francisco Puruata y 
D. Andrés Chisuni, caciques de aquellos pueblos, quienes hi- 
■cieron su acatamiento al marqués en Acámbaro tepacua (lla- 
no de los magueyes), y le presentaron gran cantidad de galli- 
nas de la tierra. Venían en compañía de D. Hernando muchos 
«españoles y dos religiosos franciscanos, Fr. Ángel de Jesús y 
Fr. Alonso de Palo, y estos padres empezaron á bautizar y ca- 
tequizar á todos los de aquel territorio. ^ 

Muchos días permaneció la comitiva en aquellos lugares, di- 
virtiéndose Cortés y sus compañeros en frecuentes y dilatadas 
•cacerías. 



Entre los oficiales que acompañaban al marqués estaba D. 
Alonso de Peñaranda y Bracamonte, que había venido en la 
expedición de Panfilo de Narvaez. Tenía fama de ser un hombre 
inteligente, astuto y traicionero. Nunca atacaba de frente á su 
enemigo; la sorpresa y la infamia eran las solas armas que 
contra él esgrimía. En cambio, se ostentaba sanginario y fe- 
roz contra los indios inermes y desmoralizados por su omino- 
sa situación. Era singularmente blanco, de cuyo color partici- 
paban el pelo, las pestañas y la barba. Tenía aguzado el sem- 
illante, como el tipo de ciertos individuos de la raza negra. Los 
españoles le llamaban el Pdán á causa del escaso pelo que cu- 
bría su cabeza, y los tarascos le dieron el nombre Ouinurápdi 
{pájaro blanco), por la configuración de su cara y por su color 
enteramente albino. 

Un día que los españoles habían ido á la caza del venado en 

1 Beaumont. Crónica de Michoacán. 1. c. 



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196 

Za(íapendo, Peñaranda se empeñó en perseguir á una de las 
piezas que huyó hacia el Oriente. Pronto se extravió entre los 
espesos pinares del cerro del cacique. En vano buscaba una 
salida; el bosque era cada vez más profundo; le gareció som- 
brío y horriblemente solitario. No se arriesgaba á gritar pi- 
diendo socorro, temeroso de que algún indio vagabundo lo to- 
mase por blanco de sus flechas. 

Era ya la última hora de la tarde: los ojos de Peñaranda co- 
menzaban á distinguir con más claridad los objetos que lo ro- 
deaban, pues es sabido que los albinos ven mejor de noche 
que de día. Sin embargo, la maleza era tan tupida, que su vis- 
ta sólo abarcaba un pequeño espacio. 

De repente oyó una voz, en que se echaba de ver que adre- 
de había dulzura. Peñaranda se estremeció, le pareció que 
aquel acento era el silbido de una víbora. 

— No temas — repitió la voz— Ya sé que tú eres Cuinurápeli. 
Acércate. 

Entonces Peñaranda distinguió al pie de una encina la ñgu- 
ra de una mujer, cuyos ojos chispeaban intermitentemente^ 
como el fulgor de las luciérnagas. 

El crepúsculo se extinguía y aquella mujer parecía la pri- 
mera sombra de la noche. 

Peñaranda vio que estaba sola, y esto y la extraña hermo- 
sura de Cumanda lo atrajeron hacia ella, como el pájaro fas- 
cinado por la mirada irresistible de la serpiente. 

— ^Te conozco, repitió la voz de la infame. Te llamas Peña- 
randa y nosotros te decimos Cuinurápeli, porque eres blanco 
como los pájaros que nuestros dioses maldicen, cuando se ro- 
ban el maíz de las sementeras sagradas. ^ 

Peñaranda tuvo miedo de aquella mujer que lo insultaba, y 
guardó silencio. 

— He procurado muchas veces hablar contigo, pero parece 
que temes estar solo. Siempre te vi rodeado de tus hermanos 
y no me atreví á acercarme. 



1 LoB pájaros que sufren el albinismo. 



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197 

— ^¿Y qué quieres de mí? murmuró Peñaranda. ¿Quién eres 
tú? 

—Soy la esposa del cacique de esta tierra, á quien aborrez- 
co, y quiero de U tu alianza. 

— Ah! sí, del cacique rebelde, de ese indómito Cuanlcuti, el 
único de los régulos de este país que no se ha presentado á 
rendir homenaje al marqués. 

— Del mismo, del que guarda tesoros en la gruta misterio- 
sa en que habitamos en esta montaña. 

Cuando Peñaranda oyó hablar de tesoros, como por encan- 
to quedó libre del miedo. 

— Entonces eres tú esa mujer bella que se llama Cumanda? 
Me han hablado de tí y he deseado conocerte. No sé qué sim- 
patía me lleva hacia tu amor. 

La obscuridad no permitió á Peñaranda ver una sonrisa de 
burla en los labios de Cumanda. 

— Yo también— dijo ésta — yo también he sentido por tí una 
impresión profunda. He querido verte rico y honrado en esta 
tierra. Por. eso te he buscado, para ofrecerte los tesoros, inúti- 
les para el hombre que aborrezco y que en nuestras manos, 
en tus manos, serán instrumento de grandeza 

— ^¿Y dices tú que me amas? preguntó el español á Cuman- 
da con voz que ñngió apasionada. 

— Como sola yo soy capaz de amar. Aquella mañana en 
que, cubierto de tu armadura y haciendo brillar la hoja de tu 
espada á los reflejos del sol, entraste en las calles de Zitácua- 
ro, sentí en mi pecho que había llegado el momento en que 
por primera vez latía mi corazón por un hombre. 

— Eso no puede ser. Estas casada con un valiente joven, 
^Acaso no fué el objeto de tu primer amor? 

—Te equivocas, castellano; en nuestro país, cuando un gue- 
rrero se distingue por su valor en los campos de batalla, el rey 
lo premia dándole por esposa á una doncella digna de él por 
su hermosura. Cuando Cuanícuti volvió de la campaña contra 
el rey Axáyacatl de México, nuestro rey, que me creía hermo- 



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198 

sa, sin que yo lo fuese, me hizo tomar una guirnalda de flores 
y colocarla^en las sienes del valiente mancebo. Labró el rey 
nuestra desgracia, porque desde ese día mi esposo y yo no» 
odiamos profundamente. ¿Qué me importan sus riquezas, si lo 
único que yo deseo en el mundo es hallar un hombre á quien 
amar con un amor sin límites? 

Peñaranda, al escuchar de nuevo la palabra riquezas, sonri6 
á la joven y la miró con ojos de fuego. 

—Sí; yo hubiera querido volar como una ave, recorrer el 
mundo y buscar, buscar en todas partes al hombre que deseo. 

— Cumanda! 

— Viniste tú; te vi domando tu brioso caballo negro que re- 
linchaba de placer. Me pareciste un sueño, el sueño de mí 
vida 

— El sueño que se realiza. Jamás te había visto, Cumanda; 
pero á mis oídos había llegado la fama de tu hermosura. Te 
amo 

— No me digas todavía esas dulces palabras; llévame conti- 
go, que sea yo la Malintzin de mi blanco español! 

Peñaranda se sobresaltó ante esta idea de Cumanda; unirla 

á su suerte como esposa ó como manceba no iba hasta 

allá la complacencia del castellano. Negarse redondamente,, 
era perder la esperanza de hacerse rico. Reflexionó, en tanta 
que la infame miger lo envolvía con sus miradas de lujuria. 

->Cumanda, te adoro, y si tu amor á mí es tan grande co- 
mo dices, házte cristiana; nosotros los españoles no podemos 
traer á nuestro lado á una mujer que no ha sido bautizada. 

— Renegar de mis dioses? Tú no puedes amarme, Cuinurá- 
peti, cuando me propones una cosa imposible. 

Esto pronunciaban los labios de Cumanda, mientras sus ojos 
brillaban de alegría. 

Peñaranda guardó silencio. Cumanda sollozaba, y de impror 
viso, como si un arranque de amor sublime brotara de su pe- 
cho, 

—Lo pensaré, exclamó con acento lleno de ternura, lo pen* 
saré; ¿qué sacrificio no haré yo por conseguir tu amor? 



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199 

Largo ralo hacía que la joven guiaba á Peñaranda por entre 
el obscuro bosque, y media hora después indicaba á Peñaran- 
da el camino ancho que conduce á Zitácuaro. 

El caballo del español relinchó al ver los campos ilumina- 
do por la luna. Se oyó el chasquido de un beso y los dos aman- 
tes se separaron: él pensando en la fortuna de los españoles^ 
á quienes adoraban las indias; ella en que había llegado labo- 
ra de la venganza. Al ver allá á lo lejos la silueta de Peñaran- 
da exclamó con acento irónico: 

¡Imbécil! 



IV 



Mientras que los soldados de Cortés se entregaban á los pla- 
ceres en las fértiles campiñas de Zitácuaro, Fr. Ángel de Jesús 
y Fr. Alonso de Palo se consagraron sin descanso á la predi- 
cación del Evangelio. 

Era Fr. Ángel tan devoto de San Francisco de Asis, que to- 
do su deseo se cifraba en imitar al insigne fundador de su Or- 
den: no tenía más que amor para todas las criaturas del mun- 
do, y ásus ojos, tan hijo de Dios era el hombre, como la cule- 
bra que se arrastra en el breñal; su pobreza era tal, que desde 
que profesó, hasta su muerte, y todavía en la tumba, no usó 
más que un solo hábito de tosco sayal; infatigable en el traba- 
jo, las pocas horas que no consagraba á la oración, las dedica- 
ba al cultivo de la huerta en su convento, y nadie como él sa- 
bía hacer un ingerto, ni podar los árboles, ni abonar la tierra: 
en sus viajes jamás usó calzado, y chorreando sangre de sus 
pies se le veía trepar alegre y sereno por pedregales abruptos 
y empinados montes; pero lo que más llamaba la atención en 
Fr. Ángel, era su vida contemplativa: se le veía arrobado du- 
rante los oficios divinos, de rodillas y en cruz en su celda, y 



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200 

¡cuántas veces, los demás frailes le hallaban elevado más de 
media vara sobre el suelo, en alas de frecuentes éxtasis! ^ 

No así Fr. Alonso de Palo, que no era más que lego, pero 
que, como lo dice el cronista Beaumont, ayudaba al sacerdote 
en su santo ministerio. Era avaro y codicioso, y remiso para 
el trabajo, pues siempre que podía, daba muestras de comple- 
ta inactividad. Frisando ya en los cincuenta años, le gustaba 
la vida alegre y aún ardía la sangre en sus venas, cuando sus 
ojos se encontraban con los de alguna india que le pareciese 
hermosa. Contábase que, cuando salía del convento en busca 
de distracciones, se arrancaba una cana de la cabeza, la echa- 
ba á volar al aire y seguía la dirección que le señalara aquel 
guía, más ligero que una pluma. 

Fr. Alonso no se paraba en mientes para satisfacer sus pa- 
siones, y sin escrúpulo ni temor de Dios, se sentaba en el con- 
fesonario y sorprendía más de un secreto, que explotaba des- 
pués en beneficio de sus miras. 

¡Qué contraste entre los dos religiosos! No solamente eran 
una antítesis en lo moral, sino que también en el ñsico; pues 
mientras Fr. Ángel estaba pálido, demacrado, y su mirada era 
apacible y tímida, el hermano Alonso tenía mejillas rubicun- 
das, ostentaba una obesidad asombrosa, respiraba recio, suda- 
ba á chorros y sus ojos eran vivos y penetrantes. Fr. Ángel 
era el tipo de los austeros monjes de los siglos pasados; el her- 
mano Alonso el retrato vivo de los frailes que vivieron des- 
pués. 

Hacía varibs días que un hombre, aprovechando la obscuri- 
dad de la noche, penetraba en las calles de Zitácuaro y se di- 
rigía á la celda de Fr. Ángel de Jesús, permanecía allí en larga 
conferencia, y luego desandaba el camino, internándose en el 
bosque. 

1 Todos los cronistas refieren los frecuentes éxtasis de los misioneros y su 
elevación sobre el suelo. 
Ss digna de disculpa esta piadosa credulidad. 



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201 

Noche á noche seguía á aquel hombre, como si fuese su som- 
bra, una mujer que penetraba también en el alojamiento, pe- 
ro que no se dirigía á la morada del santo misionero, sino que 
al ver desaparecer en ella al misterioso personaje, encamina- 
ba sus pasos hacia el aposento del hermano Alonso. 

En la celda de Fr. Ángel se oía el suave murmullo de voces 
que oraban. En el aposento del padre Palo se escuchaban pa- 
labras de alegria y risas que estallaban á menudo. 

— Hijo mío, decía Fr. Ángel, tu conciencia errónea ha sido 
hasta hoy invencible, puesto que jamás había penetrado en es- 
tas tierras la luz del Evangelio: tu error era completo; pero 
hoy que has escuchado ya la palabra divina, que dudas de tu 
mismo error, es preciso que alumbres tu conciencia con los 
destellos de la fe. 

— Sí, padre mío, lo deseo; pero vos mismo me habéis dicho 
que la fe tiene una venda en los ojos; ¿cómo puede ser que el 
fuego de su mirada se comunique en los míos? Dudo, no pue- 
do vencer mi duda. ¿Soy acaso culpable? 

—Cuando la ignorancia es invencible, es también inculpable. 
Pide á Dios desde el fondo de tu corazón que aleje de tí la du- 
da. Impetra el auxilio de la virgen María para que Dios haga 
descender en tu corazón un rayo de su luz. 

— Camino á ciegas, padre; sólo me conduce á tus plantas mi 
deseo de conocer la verdad. Ilumina mis ojos. 

— Mucho has adelantado, Cuanícuti; lo mejor de todo es ca- 
mmar á ciegas, pero confiado en la divina Providencia. 



—¿Qué culpa tienes tú, Curaanda, de no conocer la ley de 
Dios? Sólo hay pecado cuando se infringe esa ley. 

— Mi ley reprueba también los actos que te he referido. 

— Sí, vida mía, pero ha sido el demonio quien ha dictado 
esa ley, y lo prueba que tu religión es falsa. 

— No puedo comprender cómo siendo el adulterio un hecho 
reprobado por tu Dios, y siéndolo también para el demonio, 
sea pecado en tu religión y no lo sea en la mía. 



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202 

Fr. Alonso no pudo responder. Le parecía raro, en efecto, 
* que Dios y el diablo se hubiesen puesto de acuerdo para prohi- 
bir una misma cosa. Y no hallando respuesta, Fr. Alonso se 
puso á reír estrepitosamente. 

— Como quiera que sea, lo cierto es, hermosa Cumanda, que 
Dios sólo puede ser ofendido effedive^ y que el pecado para ser 
imputable debe ser cometido con pleno consentimiento. 

— Precisamente es el caso. Lo que demandas de mí es e) 
pleno consentimiento. 

El lego tornó á reir con estrépito, y en esta vez lo acompañó 
Cumanda con una carcajada sonora. 



En éstas ó semejantes pláticas pasaron varios días. 

El cacique iba sintiendo cada vez más tranquilo su corazón; 
nuevos horizontes se abrían en su vida, y de entre ellos surgía 
el sol de la esperanza, 

—¿Lo ves, hijo mío? La felicidad no se encierra en esta tí- 
da; no la dan los placeres, porque ellos son efímeros; no la 
ambición de mando, porque es amarga como la retama de tus 
campos; ni tampoco la riqueza, que es la red de que se sirve 
el demonio para aprisionar las almas. 

— Aún dudo, padre, temo no ser digno de que se me comu- 
nique la fe. 

— Santo temor que va á hacer de tí un hombre distinto. 

— Y ¿cuándo, padre? Ansio que llegue ese feliz momento. 

— Muy pronto, Cuanícuti; se acerca el día señalado para el 
bautismo de los neófitos. 

— ¿Podré quedar libre entonces de los lazos que me encade- 
nan á esa mujer? 

— Sí; con tal de que Cumanda no se haga cristiana tam- 
bién. 

Cuanícuti se tranquilizó, y casi con acento alegre dijo: 

—Cumanda no es capaz de ser cristiana. 

—Así lo creo, replicó Fr. Ángel. Mas Dios envía su gradaí 
en algunas ocasiones, basta á las almas más empedernidas. 



^ 



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208 ^ 

—Entonces acataré su voluntad, 

Fr. Ángel elevó sus ojos al cielo, dándole gracias por haber- 
le proporcionado la conquista de un corazón tan puro. 



— Que te pague Dios tus ofrendas, Cumanda, y que te au- 
mente la devoción, decía Fr. Alonso, al recibir, como otras va- 
rias veces, presentes de collares y brazaletes de oro que le lle- 
vaba la esposa de Cuanfcuti. 

— Me has dicho que tu Dios está lleno de ira contra los in- 
dios, porque adoramos al demonio. Quiero apagar su cólera 
con el oro que tanto aprecian los cristianos. 

— Haces bien, haces bien; ese oro se invertirá por nosotros 
en cosas santas. 

— Una vez que Dios esté contento, ¿cómo contentaré tam- 
bién á mi esposo? ¿Le descubriré, mi delito? 

— La Iglesia es prudente: no te impone esa obligación, le bas- 
ta que acuses el pecado y el confesor te absolverá. 

— Si la codicia es también un delito y no puedo restituir á 
mi marido cuanto le he robado, ¿qué haré? 

— ^Aunque pudieras restituirlo, la Iglesia no te obliga á ello. 
Además, tú tienes derecho á la mitad de los bienes de tu es- 
poso. 

— Me lo has dicho, padre; pero sabes que he dispuesto de 
las dos mitades. 

— La Iglesia te reconoce la primera y te absuelve de la se- 
gunda. 

— Me lo has explicado, padre. Dios es el único dueño ver- 
dadero de todas las cosas; con restituirle algunas, perdona las 
demás. 

— Veo que estás ya muy instruida en todas las cosas de 
nuestra santa religión. Ya puedes recibir la gracia del bau- 
tismo. 

— Entonces, padre, podré ya separarme de Cuanfcuti. 

—No, porque él también será cristiano. 



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204 

— ¿Y si dice que nuestro matrimonio es nulo por haberse 
verificado antes de nuestra conversión? 

— La ley lo obligará; es tan grande la gracia de ese sacra- 
mento, que la reciben aun los mismos infieles. 

— ¡Qué dichosa voy á ser, padre! exclamó irónicamente la 
infame Cumanda. 

— Ego te absolvo, contestó Fr. Alonso. 

El confesor y la penitente cambiaron una mirada, en medio 
de la cual se alzaba una llama como si fuese una lengua de fue- 
go brotada del infierno. 

Ocho días después las calles de Zitácuaro estaban henchi- 
das de gente: habia millares de indios lodos vestidos de blan- 
co, todos llevando en las manos preciosos ramilletes de flores, 
y las jóvenes, además, coronadas las sienes de rosas silves- 
tres. 

Una grande enramada se alzaba en la extensa plaza, en don- 
de cien braserillos de incienso dejaban escapar espirales de 
humo perfumado. 

Iba á verificarse el bautismo de los neófitos, y todo era ale- 
gría y animación en el pueblo. 

De repente cesó el rumor de la muchedumbre. Fr. Ángel, 
revestido con el traje del sacerdote, apareció en el fondo de la 
enramada. A su lado se hallaba el hermano Alonso, oprimido 
en la sobrepelliz y teniendo en la mano el hisopo. 

Los neófitos se colocaron en frente, hincando las rodillas. 
Eran más de mil, y cualquiera hubiera creído que el acto du- 
raría por lo menos un mes. No fué así; Fr. Ángel se adelantó, 
y tomando el hisopo lleno de agua bendita, roció con él á la 
muchedumbre, procurando, empero, que el rocío cayese sobre 
la cabeza de cada uno de los neófitos. ^ 

1 Por jn¿8 que Beaumont y algunos otros cronistas dicen no ser cierto que 
los misioneros venidos á raíz de la conquista bautizaran á los indios en masa, 
la verdad es que otros historiadores refieren así el hecho, agregando que sólo se 



^ 



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206 

¡La muchedumbre estaba bautizada! 

De antemano el padre Alonso había ¡nscrilo en un registro 
los nombres de los nuevos cristianos, entre cuyos nombres el 
que más abundaba era el de Francisco, en memoria del após- 
tol de Asís. 

El altar, el suelo en que se alzaba la enramada, las calles 
contiguas, todo quedó tapizado de flores que exhalaban aro- 
mas exquisitos; los cohetes ensordecían el aire y se oían por 
todas partes aclamaciones de alegría. 



Mas la ceremonia no había concluido. A una señal de Fray 
Ángel, el hermano lego condujo al altar á Cuanícuti que se ha- 
llaba en el fondo de la enramada, y á Cumanda que en aque- 
llos momentos apareció saliendo de una casa vecina. 

El cacique se puso intensamente pálido, la mujer le lanzó 
una mirada llena de ironía y se colocó á su lado. El bautismo 
se verificó con todas las reglas 'que prescribe la Iglesia, y en 
seguida Fr. Ángel unió las manos de los neófitos y les leyó la 
epístola de San Pablo. 

El sacerdote se acercó á Cuanícuti y en voz baja le dijo: 

— El cielo te envía esta prueba dolorosa. Pon tu esperanza 
en Dios. 

El cacique lanzó un suspiro profundo, y dos lágrimas se de- 
rramaron por sus mejillas. 



hacía individualmente el bautismo, cuando se trataba de los indios principa- 
les. £1 padre Laguna, para traducir la palabra bautismo al tarasco, forma una 
compuesta de muchos vocablos que significan ^^echarles agua en la cabeza á mu- 
ehoa.'' En un catecismo tarasco escrito por el presbítero S. ü, R. hallamos, 
para significar el bautismo, otra inmensa palabra que traducida dice: *'Acto 
de echar el agua para dar la creencia." Por último, Maturino Gilbert! en su 
diccionario tarasco dice que bautismo es Itziaiahtzicuhperacuaj que literalmen- 
te quiere decir: echar agua en la cabeza á todos. 

Los frailes hacían una sola palabra de otras muchísimas para poder expli- 
car una idea abstracta, y sin embargo les resultaba muy material y muy con- 
creta. 



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206 

Cumanda se irguió como un fantasma aterrador. 



Cuanícuti marchó con paso vacilante y se perdió en el inte- 
rior del bosque, en tanto que Cumanda, con paso presuroso, 
se dirigió al alojamiento de Alonso de Peñaranda y Braca- 
monte. 

— Cuinurápeti — le dijo — ya soy cristiana. ¿Cesarán ahora 
tus escrúpulos? 

El castellano, temeroso de que hubiese oídos indiscretos, lle- 
vó á Cumanda á un sitio reservado y ambos estuvieron hablan- 
do mucho tiempo en voz bsya. 



Hernán Cortés, con su brillante comitiva, siguió, al día si- 
guiente de la ceremonia, su viaje rumbo al Sur. 

Antes de partir quitó á Salazar parte de su encomienda y 
cedió las tierras de Zitácuaro al alférez Don Alonso de Braca- 
mente y Peñaranda. Los indios aborrecían á este su nuevo 
señor, porque los trataba con altanería y con crueldad. Co- 
menzaron á manifestar su descontento, reuniéndose en grupos 
hostiles y murmurando contra la tiranía que se les quería im- 
poner. 

El encomendero, á quién no acompañaban sino dos ó tres 
españoles, no hallándose seguro en el pequeño pueblo de Zi- 
tácuaro dominado en todas direcciones por alturas, fué, por 
consejos de Cumanda, á hacerse fuerte en la enhiesta monta- 
ña que se alza hacia el Oriente. 

Así quedaron cara á cara y fronterizos El Cacique y El Pe- 
tón. 



En cuanto al cacique y Cumanda, seguían la horrible vida 
que era como el anhelo, como la ambición de aquella mujer 



^ 



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207 

para hacer sufrir á su esposo los tormentos del inñerno. Des- 
de el día del bautismo, el indio se había vuelto tétrico, se le 
veía vagar sin término por en medió de los bosques, con la mi- 
rada incierta, con el rostro sombrío, con el paso vacilante. De 
noche fijaba sus ojos en el abismo insondable de la bóveda ce- 
leste, y sug ojos brillaban como las estrellas del firmamento. 
Jamás se dibujaba una sonrisa en sus labios, jamás un suspiro 
de consuelo salía de su pecho sofocado. 

Algunas veces, los hijos de aquellos valientes flecheros que 
pelearon con Cuanícuti en el sitio de México, se le acercaban 
para hablarle de la tiranía de que eran víctimas, y le rogaban 
ardorosamente que los capitaneara para sacudir la esclavitud. 
El cacique ¿(jaba sus ojos en ellos, los miraba largo rato y les 
decía con sordo acento: 

— ¡No es tiempo! 

El indio sólo hallaba consuelo cuando se prosternaba ante 
la imagen de la Virgen y cuando desde lo íntimo de su cora- 
zón le pedía que lo libertase de Cumanda. Y no porque la pa- 
tria le fuera indiferente. ¡Cuántas veces soñaba en verla libre 
de sus opresores! Pero comprendía que en el estado de des- 
moralización en que por entonces se hallaban los indios sería 
inútil todo esfuerzo en favor de la independencia. Acaso más 
tarde, cuando los españoles no pensasen ya más que en los 
placeres que da la riqueza, llegaría labora de sacudir el yugo. 
Este orden de ideas agobiaba más el espíritu de Cuanícuti y 
aumentaba su profunda tristeza. 

Por su parte la india revelaba contento y animación. En sus 
ojos brillaba la alegría siniestra del crimen. Más que nunca, 
sus labios vomitaban insultos contra su marido, y no había ca- 
lumnia que no inventase para procurar deshonrarlo. 

De cuando en cuando se apartaba de Cuanícuti y corría á 
ver á Peñaranda, con el que tenía largas conferencias en el ce- 
rro en que el español moraba, cerro que las gentes comenza- 
ron á llamar El Pelón. 

¿De qué trataban el codicioso español y aquella miger in- 
fame? 



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208. 

En medio del delito que los unía, algo grave tramaban con- 
tra el cacique. 

Un dia que caminaban juntos hacia Zitácuaro, hablando 
animadamente, Peñaranda exclamó de improviso: 

— ¡Lo mataremos! 

— ¡Jamás! respondió Cumanda; la muerte le ahorraría los 
sufrimientos. Lo que yo quiero es que ese hombre apure gota 
á gota el cáliz de la amargura; que me vea feliz en cuanto que 
él sea más y más desgraciado; que mientras nosotros nademos 
en la abundancia con la posesión de los tesoros, él mendigue 
su pan de puerta en puerta. 

— Pero tú misma dices que en tanto que él viva no se deja- 
rá usurpar sus riquezas. 

— Se las arrebataremos. 

— ¿Cuando? 

— Aun no es tiempo. 



Cumanda, como todas las indias, conocía las propiedades de 
las plantas medicinales que abundan en Michoacán, sabía apli-* 
carias en determinados casos, preparadas en filtros, para curar 
á un enfermo; distinguía las que sirven para dar alegría al áni- 
mo, las que producen en él honda tristeza y las que hacen lan- 
guidecer el cuerpo ó abismar en tinieblas la razón. ^ 

Desde, hacía tiempo que Cuanícuti gustaba de algunos de esos 

l El Sr. Dr. D. Nicolás León, en un folleto que titula: "Apuntes para la 
historia de la Medicina en Michoacán/' nos dice (pág. 16) que habfa en aquel 
país más de trescientas plantas con nombres tarascos dotadas de particulares 
propiedades medicinales. 

Nos habla también del famoso 2>oc^ Indio de Capácuaro (distrito de Urua- 
pan), que confundió y humilló el orgullo del Froto-medicato de México, cuan- 
do lo examinó para castigarle como empírico, charlatán y curandero. Él su- 
plicó á sus sinodales que oliesen una yerba, la cual les produjo una fUert» 
hemorragia; entonces les dijo que se la contuvieran, pero no pudiendo hacerlo 
en lo pronto, les ministró polvos de otra yerba, con los que al punto restañó la 
sangre. 

Bien cabe en un libro de leyendas la anécdota del Doctor Indio, 



^ 



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209 

filtros. Para verlo padecer, Cumanda le había preparado los 
bulbos de ciertos lirios que envenenan el sistema nervioso y 
cuyo síntoma principal es la melancolía. A veces la india em- 
prendía largas correrías, en busca de una orquídea llamada 
cundirueua^ que produciendo una reacción despierta la alegría, 
la confianza y la locuacidad, y tomadas las hojas en mayor 
cantidad producen la locura durante varios días, y más tarde 
debilitan el entendimiento, avivando, sin embargo, en él, la 
conciencia de la desgracia. 

Cumanda había amenazado á Cuanícuti con revelar á sus 
enemigos la existencia de la rica mina que tantos tesoros pro- 
ducía; pero lo cierto era que ignoraba el lugar preciso de su 
situación. De aquí es que no sólo por mortificar á su esposo 
lo acompañaba á todas partes, sino que también la llevaba el 
propósito de sorprender el secreto. Causábale desesperación 
ver que Cuanícuti parecía haber olvidado para siempre su te- 
soro y que jamás encaminaba sus pasos hacia Chapatuato, lu- 
gar en que sabía ella que se ocultaban vetas de oro y plata, 
tan numerosas y abundantes como ríos hay en las entrañas 
de la tierra. 

Cierto día en que Cuanícuti había apurado una dosis mayor 
de cundínicua^ sus ojos se animaron, sintió correr por sus 
miembros un efluvio de alegría, y sin comprender que su ce- 
rebro se extraviaba, se imaginó hablar con el encomendero Sa- 
lazar, su amigo. 

— Vamos, — decía — voy á llevarte á Chapatuato. 

Cumanda se enderezó como movida por un resorte. 

— Tú eres el único á quien revelaré mi secreto. Vamos. 

Cumanda se incorporó y caminó en pos del cacique. 

—Sigúeme, repetía el indio, ya verás cómo es imposible que 
el ojo humano pueda descubrir la entrada de la gruta. Ape- 
nas se penetra en ella se abren dos galerías: la más amplia es la 
que da principio ai extenso subterráneo que conduce á la cue- 
va de Chapultepec en México. La he recorrido muchas veces; 



Michoaoán.~H 



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210 

en una de ellas me acompañaron Cumanda y mis cuatrocien- 
tos guerreros. En cuanto á la más estrecha, apenas si el cuer- 
po humano, arrastrándose, puede deslizarse por su pendiente, 
€asi inaccesible y cubierta de tinieblas. 

De tiempo en tiempo interrumpía Cuanícuti su relación y 
miraba á Cumanda, creyendo siempre ver en ella á Gonzalo de 
^alazar. 

— Durante el sitio de Tenoxtitlán hice varias veces el viaje 
del subterráneo. Volvía cargado de oro que el Emperador 
<k]auhtemoc entregaba á sus espías para que pudiesen pene- 
trar al campo español. 

Cumanda escuchaba sin abrir sus labios, temerosa de que 
acabase la ilusión del cacique. Los dos caminaban á gran pri- 
sa, y la india tenía cuidado de ofrecer á su esposo el blanco 
Ikor del maguey cada vez que lo hallaban en alguna choza, 
vertiendo en él unas cuantas golas de su filtro. 

— Después de mi regreso de México, Cumanda no se apar- 
taba de mi lado; Cumanda, ya la conoces, esa mujer abortada 
del infierno para mi mal. Era mi sombra, era el espectro que 
me seguía por donde quiera que fuese. Quería robarme mi te- 
soro 

El indio se reía, pero sus ojos despedían chispas de odio. 

— Ya lo sé; se ha aliado con Cuinurápeti. Quieren ser ricos, 
muy ricos. Por eso, antes de que logren su intento, te traigo, 
D. Juan, para que tú seas el único dueño de esos raudales de 
oro y plata. 

Al decir esto, Cuanícuti se ponía taciturno, respiraba fatigo- 
samente y se hundían sus ojos en las órbitas huesosas. 

Divisaron por fin á lo lejos una aglomeración de montañas 
y de bosques enmarañados. Las continuadas barrancas les in- 
terrumpían á cada paso el camino. La vegetación era esplén- 
dida, y enlazaban allí sus ramas los árboles de la tierra caliente 
con los de la templada y la fría, y era curioso ver al lado de 
4os pinos, pochotes gigantescos cuajados de capullos de algo- 
dón. 



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211 

Distinguíase en la cordillera, por su extraña figura y su co- 
lor obscuro, casi negro, el cerro de Chapatuato. ^ 

— ¡Allí está el tesoro! exclamó lleno de entusiasmo el caci- 
que, al contemplar aquella conglomerada colina. 

Apresuró el paso. Apenas podía seguirlo Cumanda, cuyos 
pies chorreaban sangre. 

— Por aquí, por aquí, decía el indio: hé aquí la entrada de 
Ja gruta. Levantó sin mucho esfuerzo una peña y apareció un 
•estrecho agujero por donde penetró seguido de Cumanda. Se 
arrastraron por el subterráneo por espacio de cien varas. Allí 
se bifurcaba el camino: el cacique sin vacilar siguió el de la 
•derecha, y á poco la gruta tomó las proporciones de un in- 
menso salón; parecía un templo encantado, en el que las esta- 
lactitas y las estalagmitas semejaban columnas de brillantes y 
zafiros. Algunos rayos del sol atravesaban trémulos por las 
tiendeduras de la bóveda y quebraban su luz en aquellos mag- 
níficos muros. 

En el suelo se veían regadas millares de piedras que osten- 
taban en sus rugosidades cuajados hilos de oro y plata. 

Dibujábanse claramente en las rocas las vetas de los dos 
preciosos metales. Mas ¿para qué fijarse en ellas, si las manos 
podían recogerlos nativos en el espacioso pavimento? 

De pie, extático, orgulloso, contemplaba Cuanícuti tanta sun- 
tuosidad: sus ojos fueron perdiendo luego, poco á poco, el bri- 
llo de la mirada; sintió que le flaqueaban las piernas y que le 
acometía un vértigo. El cacique se desplomó, en tanto que Cu- 
manda, como una sombra fatídica, atravesó el inmenso salón 
y se arrastró como una serpiente por la estrecha galería. Cuan- 
do salió de la caverna aspiró todo el aire que cupo en sus pul- 
mones y exhaló un su3piro de satisfacción. 

Era ya de noche; las pupilas de aquella mujer fosforescían 
como chispas del infierno. 



1 Cerro de la Chápala. Chapata es una especie de tamal (bollo) hecho con 
•chía negnu 



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212 

Al día siguiente Dotí Alonso de Peñaranda marchó á México 
y denunció y obtuvo para si la mina de Chapatuato. Muchos 
castellanos, dice el padre Beaumont, ^ dejaban á México y se- 
iban á Micboacán, á causa de la riqueza de la mina, que deno- 
minaron del Morcillo. 

Con el apoyo de los recién llegados trató de trasladarse Pe- 
ñaranda al pueblo de Zilácuaro; pero los indios, que cada día 
lo aborrecían más, no permitieron que se avecindase allí. En- 
tonces el español fundó otro pueblo que llamó San Juatiy ta» 
cercano á aquél, que solamente los dividía el ancho de una ca- 
lle. Más tarde, en 1617, tomó San Juan el nombre de villa de 
Peñaranda y Bracamonte^ nombre que no pudo subsistir, pues- 
prevaleció para ambos pueblos, que al fin quedaron unidos, el 
de ZrrÁcüARO, tan glorioso en los fastos de nuestra historia* 



VI 

En el arreglo de su pueblo de San Juan se entretenía Doi> 
Alonso, cuando vino de España Juan Velázquez de Salazar á 
hacerse cargo de la encomienda de Taximaroa que había here- 
dado de su padre D. Alonso. Trajo consigo una imagen de la 
Virgen de los Remedios para tenerla en su casa. Y refiére- 
la crónica que al p&sar la muía que conducía la preciosa car- 
ga por frente de la iglesia de Zitácuaro, se salió de entre las- 
otras muías y se dirigió á la puerta del templo, en donde se- 
echó, sin que bastase esfuerzo alguno para hacerla levantar» 
Juntóse mucha gente con la novedad, y viendo que no era po- 
sible reducir al animal, conoció el encomendero Don Juan ser 
voluntad de la Santísima Virgen quedarse en aquella casa. Des- 
cargaron la muía, y cuando la divina imagen penetró en el 
templo, la bestia se dejó caer de rodillas como si se hubiese 
puesto en adoración. 

Este raro prodigio atrajo hacia la sagrada efigie general de- 

1 Crónica de Micboacán, tomo III, cap. XIX. 



^. 



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218 

voción, y el Santuario de Zitácuaro llegó á ser el término de 
innumerables romerías. Largo sería citar la lista de milagros 
<le que desde aquel día fué tan pródiga la divina Señora: el que 
^stá referido sobra para demostrar el gran cariño que ella tu- 
vo por sus hijos de Zitácuaro. ^ 



Entre los más devotos de la Virgen se distinguía el cacique 
Cuanícuti, quien al sonar el alba y al tañido del ángelus iba á 
depositar en el altar ramilletes de flores silvestres, pues era la 
época en que estaban cuajados de ellas los campos de las in- 
mediaciones. 

El indio, siempre triste, clavaba sus ojos en el rostro de la 
imagen bendita, pareciéndole que ella lo miraba con la luz de 
sus pupilas garzas y apacibles. ¿Qué decía á la Madre de Dios 
el desgraciado Cuanícuti, cuando movía sus labios trémulos, 
•cuando no salían de su pecho más que suspiros de angustia y 
de dolor? ¿Qué plegaria elevaba su pensamiento hasta las plan- 
tas de la Virgen soberana que huella la luna y está rodeada de 
•estrellas? 

El indio buscaba en el santuario el consuelo que no hallaba 
-en los campos. Las calientes lágrimas que resbalaban por sus 
mejillas brotaban de las profundidades de su alma, como un 
alivio de sus males, porque después de orar y de gemir en si- 
lencio, no sé qué resplandor de esperanza se comunicaba co- 
mo lengua de fuego, de las sienes divinas de la imagen al cora- 
zón frío y marchito del cacique. 

— Si es preciso morir, moriré. Virgen santa, decía en ese 
-sublime idioma de ideas que no necesita de las palabras. 

El olor del incienso, el aroma de las flores, ese suave pero 
penetrante perfume que se desprende de la cera que arde en 
los altares, excitaban los nervios del cacique y debilitaban su 
•espíritu. El templo sombrío que hacía más melancólico el cre- 

1 Véanse los capítulos IX y X, libro 2 de la Crónica de La Rea. 



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214 

púscuIOf el silencio que reinaba en las naves, el chirrido de al* 
gún pájaro nocturno que frotaba sus alas contra las paredes^, 
todo impresionaba tan profundamente á Cuanícuti, que sentía? 
arder su cerebro como un hogar en que iba á consumirse s\> 
razón. 

— Moriré — repetía — si tal es tu voluntad, madre mía. ¿No 
me dicen tus ministros que no es la tierra el país de las al- 
mas? » 

El semblante trigueño y suavemente rosado de la Virgen de 
los Remedios parecía sonreír al indio, como aprobando su pen- 
samiento. 

VII 

Cierta noche Cuanícuti salió del templo, recorrió una á una 
las casas de los purépecha de Zitácuaro. Las viudas de los gue- 
rreros que lo acompañaron á México salían al encuentro del 
cacique, hablaban con él en voz baja, y cada una se dirigía á 
sus hijos para decirles "ya es tiempo." Los ojos de los man- 
cebos relampagueaban de placer, descolgaban el arco arrin- 
conado en el interior de la cabana, y contaban las flechas deí 
carcax. 



En el cerro del Pelón, Don Alonso presidía una junta de es- 
pañoles; distribuía entre ellos instrumentos de zapa, y les de- 
cía que antes de ocho días serian dueños de la más rica mina 
del mundo. 

— Hé aquí estos toneles llenos de pólvora. Ya veréis coma 
nos servirán para desgajar las rocas y recoger á montones ora 
y plata hasta saciar nuestra codicia. 

Los españoles respondían con vivas de entusiasmo. 

— No olvidéis que hemos de dividir el tesoro en tres partesr 
una para esta mujer, y señalaba á Cumanda, que me ha reve- 
lado el secreto de la mina; otra parte para mí que he tenido 




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215 

)a bondad de participaros del hallazgo, y la tercera para voso- 
tros como retribución de vuestro trabajo. 

En esta vez los españoles, que veían lo leonino del reparto, 
no prorrumpieron en vivas; antes de entre ellos salió una voz 
que decia: 

— Olvidáis los quintos á la Real Corona. 

—La mina toda es del Rey, y á la conciencia de cada uno 
de nosotros queda aplicarle el quinto. 

—No os desaniméis, añadió Cumanda, que observaba cómo 
se ponía torvo él semblante de los españoles. La minji es tan 
abundante que hay para el quinto de todos los reyes del uni- 
verso. 

Al escucharla, volvieron á resonar vivas estruendosos, esta 
vez dirigidos á Cumanda. 

—Ya lo sabéis, volvió decir Peñaranda. Atendedme ahora: 
hoy es lunes; el domingo próximo deberéis hallaros reunidos 
en Chapatuato para comenzar los trabajos al día siguiente. En- 
tretanto, yo haré trasladar á aquel punto los toneles de pól- 
vora para dar los barrenos. Será la primera salva que se escu- 
che en Michoacán, ¡para solemnizar nuestra riqueza! 

—¡Viva! contestaron los aventureros. 

Cuanícuti se puso á la cabeza de veinte guerreros, jóvenes 
apenas salidos de la adolescencia. Se dirigió con ellos hacia la 
obscura selva de Chapatuato, y una vez allí, les encargó que 
recogiesen los capullos de los numerosos pochotes que se exten- 
dían al Sur del pueblo. En seguida les mandó que extrajesen el 
algodón blanquísimo y sutil de que estaban llenos los capullos, 
y que con él hiciesen una espesa línea desde cierto lugar, fue- 
ra de la gruta, hasta el fondo del espacioso salón de las colum- 
nas de brillantes y zafiros. 

Concluido el trabajo, el cacique sonrió de satisfación. Era la 
primera vez, tras muchísimos años, que una sonrisa dulce se 
dibujaba en los labios del indio, siempre triste. 



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216 

— ¡Hé aquí, exclamó, hé aquí el camino que te conducirá al 
templo de la riqueza, amigo Salazar! Al decir esto, su sonrisa 
se convirtió en carcajada sarcástica y de nuevo cayó en pro- 
' funda tristeza. 

—En cuanto á mí, ¿para qué quiero plata ni oro? ¿No es la 
muerte el camino de la felicidad? 

Los mancebos no hallaban qué explicación dar á lo que ha- 
bían hecho de orden del cacique. 

—El cacique lo sabrá, se decían; nosotros no tenemos más 
que obQ^ecer. 



Peñaranda había hecho transportar los toneles á Chapa tuato 
y había regresado á su pueblo de San Juan, á ñn de completar 
los preparativos para la explotación de la mina. 

Cumanda estaba inquieta, porque había observado la reu- 
nión de los jóvenes de Zitácuaro; los había visto salir armados, 
y tomar cada uno distinta dirección. Aunque entonces no que- 
ría apartarse de Peñaranda, corrió precipitadamente al cerro 
del cacique, penetró en la gruta y la halló vacía. Buscó á Cua- 
nícuti en todos los sitios por él frecuentados. En ninguna par- 
te pudo encontrarlo. Tornóse á gran prisa al cerro del Pelón, 
y supo que Peñaranda había marchado á Chapatuato, pero que 
regresaría esa misma tarde. Cumanda tuvo que armarse de pa- 
ciencia para soportar I antas contrariedades. Estaba fatigada, 
ansiosa y llena de temor y de duda. Por primera vez tenía 
miedo, miedo de ver frustrada su venganza. 

Anochecía, cuando el encomendero llegó á su habitación. 

— ¡Los indios se han sublevado! le gritó la india, sombría. 
jCuanícuti los encabeza! 

£1 español palideció. 

— ¡Nos roban nuestro tesoro! 

Peñaranda se puso lívido. 

— ¡Nos quieren asesinar! 

El encomendero sintió que la tierra se abría á sus pies. 



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217 

— áQué hacer ? articuló apenas, 

— Reúne á tus parciales, ármalos, no te domine la cobardía. 
Voy al cerro del cacique. Averiguaré los proyectos del enemi- 
go. Cuando regrese debo hallarte dispuesto á la pelea. 

Sin aguardar respuesta, Cumanda emprendió de nuevo el 
camino, penetró impaciente en la gruta y miró á Cuanicuti dur- 
miendo tranquilamente, Cumanda no quiso despertarlo; pero 
se propuso no separarse de su lado hasta no llevar una noti- 
cia cierta á Peñaranda. 

VIII 

Cuando Cuanicuti vio completo el surco de pochote, marchó 
con sus veinte guerreros á Chapatuato, en donde, sin que na- 
die se le opusiera, se apoderó de los toneles llenos de pólvora 
y los trasladó en hombros de sus soldados al espacioso salón 
do la caverna. 

— Hijos míos, — dijo á los mancebos — que vuestras flechas 
y macanas sirvan para vencer en el primer encuentro á los 
españoles; nos apoderaremos de sus arcabuces, y después no 
los combatiremos sino con sus propias armas. Tenemos más 
pólvora que ellos! 

Los guerreros lanzaron gritos de alegría y de entusiasmo. 

— Ahora, poned atención á lo que voy á deciros. Los pue^ 
blos de Yurimahuato, Cóporo, Yungapeo, Timbineo y otros van 
á enviarme también sus guerreros. Voy á recibirlos y á situar- 
los en diversos puntos. £1 sábado próximo, en la noche, á una 
señal caeremos todos sobre los castellanos que dormirán tran- 
quilos. Vosotros daréis la señal al aparecer la luna; una señal 

rápida, imperceptible para ojos que no sean los nuestros 

El cacique btgó la voz y no pudieron oirse, sino por los gue- 
rreros, sus últimas palabras en que les revelaba cuál sería la 
señal. En seguida Cuanicuti marchó á paso apresurado al ce- 
rro del cacique, y ya en la gruta, lleno de fatiga, cayó en pro- 
ñmdo sueño. 

Fué cuando Cumanda no quiso despertarlo. 



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218 

El indio, siempre triste, más triste que nunca, salió de Isr 
gruta y recorrió meditabundo y á pasos lentos algunos de los 
sitios en que solía vagar. 

Cumanda lo seguía como si fuese su sombra. 

El indio, sumido en profunda distracción, se alejaba más y 
más del cerro del Cacique y se internaba en los bosques que 
se dilatan hacia el Oeste. 

Cumanda no se apartaba de su lado. 

El indio seguía su camino: á veces parecía vacilar, y Cuman- 
da creía que intentaba regresar. 

Era ya el día sábado y estaba á punto de caer la tarde. El 
cacique miró el sol y apresuró el paso. 

Cumanda reconoció la selva de Chapatuato y le asaltó el te- 
mor de que estuviesen emboscados allí los guerreros del caci- 
que. Este pensamiento no hizo más que afirmarla en su pro- 
pósito de espiar uno á uno los pasos de Cuanícuti. 

El semblante del indio se cubrió de melancolía, y cuando 
iban llegando á la entrada del subterráneo, Cumanda observó 
que aquel semblante se tornaba alegre y animado. 

El indio penetró en la obscura galería, acompañado de la in- 
separable Cumanda. 

IX 

Algunos minutos después, la luna alzaba en el horizonte su 
gran disco teñido de rojo, como si estuviese empapado en san- 
gre. Al verla, uno de los veinte guerreros de Cuanícuti aplicó 
una antorcha al montón de pochote que daba principio al sur- 
co. Levantóse una llama fulgurante.^ ¿Era la señal convenida 
para declarar la guerra? 



1 El pochote es un árbol corpulento de la tíerra caliente. Bl algodón que 
produce es sumamente inflamable. Suele emplearse para llenar Colchones, y 
cuando éstos se endurecen, basta ponerlos al sol para que vuelvan á quedar 
mullidos. 



^ 



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219 

El cacique estaba tranquilo, casi risueño. Cumanda, presa 
de la inquietud y profundamente excitada, de pie en ét fondo 
del salón, vio repentinamente que una inmensa culebra de 
fuego avanzaba con vertiginosa rapidez á lo largo del subterrá- 
neo, que llegaba á los toneles que de improviso se des- 
prendió de éstos una llamarada siniestra Y sintió que 

una obscuridad más densa que las tinieblas invadía su alma y 
que la sumergía en un abismo sin fin 

Los veinte guerreros escucharon un estruendo aterrador y 
cayeron desplomados. 



"Fué cosa maravillosa — dice el padre Beaumont — que des- 
de aquel día se desapareció la mina de los ojos de todos y nun- 
ca más se supo de ella," y el cronista La Rea afirma que *'era 
tan rica y próspera, que los españoles se la quitaron á su due- 
ño y se la adjudicaron para sí, y fué cosa maravillosa que des- 
de ese mismo día desapareció hasta hoy día; y según opiniones 
vulgares dicen que se cayó una sierra sobre las catas ó boca 
de la mina, con que la quitó Dios de las manos de la ambición 
y suspendió muchas discordias que amenazaoa el rumor de 
ella." 



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IITJITZin^élITO^K;!. 



Los historiadores y los cronistas que se ocupan de los suce- 
sos de Michoacán, apenas hacen mención de Huilziméngari/ 
hijo del último de los reyes tarascos, no obstante que la vida 
de aquel príncipe parece haber estado llena de aventuras y que 
su muerte fué, hasta cierto punto, misteriosa. La tradición 
misma, ese eco lejano pero poético de la historia, sólo ha con- 
servado uno que otro episodio relativo al descendiente del in- 
fortunado Tzimtzicha. 

Estaba aquél en la adolescencia cuando los españoles se 
apoderaron de Michoacán, y acaso por este motivo no hay me- 
moria de que hubiese figurado en el ejército real de los puré- 
pecha. Empero se refiere todavía entre los indígenas ilustra- 
dos, que después del asesinato de Tzimtzicha, Huitziméngari 
vagaba por los bosques huyendo de los verdugos de su padre 
y sufriendo la miseria espantosa en que se hallaban todos los 
habitantes del país. 

Aún creían los españoles residentes en Tzintzuntzan en la 
existencia de grandes tesoros de los monarcas tarascos, y juz- 
gaban que el heredero del trono debía ser sabedor de los si- 
tios en que estuvieran ocultos. De aquí la persecuicón que ha- 
bían declarado á Huitziméngari. En cambio los indios michoa- 

1 Véase la explicación de eete nombre al final del presente artículo. 



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222 

eanos cuidaban de él, lo socorrían en su pobreza y lo amaban 
y lo respetaban, considerándolo como su rey. 

Los purépecha estaban alzados en los montes á consecuen- 
cia de la tiranía de los conquistadores; poco á poco iban decla- 
yándose en abierta rebeldía, y desgraciado el español que en- 
contraban en el camino ó descuidado en su hacienda, porque 
sin piedad alguna era victima de la venganza de los indios. 
Gon ersto la insurrección cobraba bríos, y ya no fueron sola- 
mente amenazados los individuos, sino que la alarma se difun- 
dió en las poblaciones enteras en que residían los europeos. 

Huitziméngari, entonces en la flor de su juventud, estaba 
ansioso de castigar á los asesinos de su padre, capitaneaba á 
los guerreros y su nombre comenzaba á adquirir fama. 

Cuentan que una noche entró á sangre y fuego en la aldea 
de Teremendo y que sentó allí sus reales, habitando en la fa- 
mosa gruta que hay cerca del pueblo; que desde allí salía á 
expedicíonar por el Oriente hasta los remotos confínes de Ta- 
zimaroa, ó por el Oeste hasta las márgenes del lago de Cha- 
pala. 

En vano la Audiencia de México enviaba tropas á Michoa- 
eán. Si los españoles eran pocos, no se atrevían á batir á los 
rebeldes; si numerosos, en ninguna parte los hallaban. 

Los indios tarascos, que tan dóciles se habían sometido á 
Hernán Cortés y que al escuchar las palabras de Fr. Martín de 
Jesús habían abrazado humildes el cristianismo, se levantaron 
bravos y amenazadores, abandonaron la fe católica y volvieron 
á su antigua religión. "Llegó á tal extremo la mudanza, que los 
religiosos los dejaron viéndolos incorregibles."^ Entonces la 
Audiencia se vio obligada á adoptar una política diversa. 

Había entre sus miembros un letrado distingyido por su 
prudencia, por su sabiduría y por su carácter enérgico. Era D. 
Vasco de Quiroga, á quien los demás oidores enviaron á Mi- 

l Vida del 111 mo. Sr. D. Vasco de Quiroga. Por el Lie. D. Juan Josef Mo- 
neno. Fág. 31. 




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228 

<;hoacán para que con la suavidad y dulzura con que acostum- 
braba tratar á los indios, redujese á los de aquél reino á la vi- 
da civil. 

Aceptó el Sr. Quiroga la misión, y acompañado de escriba- 
no, alguacil é intérprete, llegó á Tzintzuntzan é hizo comparecer 
á su presencia á Cuinienángari,^ que era gobernador, y á los 
«principales y pueblo de dicha ciudad. Tuvo tal tino al tratar 
Á los indios, fué tanta la bondad de sus palabras, que todos los 
que allí estaban se convirtieron en agentes de su obra de paz 
y caridad; y en poco tiempo los sublevados comenzaron á de- 
jar los montes y venían á escuchar al Sr. Quiroga, le entrega- 
ban voluntariamente los objetos de su culto y luego marcha- 
ban á reunirse en poblaciones, convertidos de nuevo á la reli- 
•gión de Jesucristo. Y agrega Moreno, de quien son estos datos, 
•que ^'se señaló en sus fervores una india, concubina del go- 
bernador, la cual vino á dar cuenta al Sr. Quiroga cómo con- 
-tra lo que había enseñado tenía aquél cuatro mujeres con ella. 
A esto, valiéndose de la dulzura que tenia {en insinuarse y de 
Ja conñanza que se había ganado con el gobernador, le hizo 
patente su desacierto y con suavidad lo redujo al fin deseado. 
Lo casó solemnemente con aquella que lo denunció, é hizo que 
dejase el torpe comercio con las otras. ^^ Así, adunando la 
energía á la dulzura, el visitador se hizo querer tanto de los 
jndios, que éstos le llamaron TcUáDonVasco^ysiSÍ le nombran 
todavía en -muchos pueblos de Michoacán en que después de 
más de tres siglos dura aún su memoria. 

No daba, sin embargo, el oidor por vencida la insurrección, 
-puesto que aún expedicionaba en son de guerra con un puña- 
do de valientes el príncipe Huitziméngari, rehacio á las instan- 
cias que se le hacían para que fuese á presentarse á Tzintzun- 
-tzan. Por ñn, ya porque se viese abandonado de los suyos, ya 
porque se persuadiera de la misión de paz del Sr. Quiroga, ó 
^ue le halagase el nombramiento de gobernador que se le ofre- 

1 Significa el que tiene cara de pájaro. 



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224 

ció, lo cierto es que un día llegó á la ciudad, y tras larga eon^ 
ferencia con el Visitador, depuso las armas y fué á víyír en su 
palacio, retirado del trato de las gentes. 

Pacificado de esta manera el reino de Michoacán, no tardó 
en regresar á México el Sr. Quiroga, dejando instalados de 
nuevo en sus conventos á los humildes franciscanos, predica- 
dores del Evangelio, pues todos ellos habían abandonado sus 
casas, con excepción de Fr. Juan de San Miguel que daba á 
Uruápan envidiable prosperidad. 

En vista del éxito completo que alcanzara el licenciado Qui- 
roga en Michoacán, el emperador Carlos V obtuvo del Papa 
que fuese preconizado como obispo de aquella diócesis recién 
establecida, no obstante que no pertenecía al estado eclesiás- 
tico. En consecuencia fué consagrado, habiéndosele promovi- 
do en el mismo día desde la tonsura hasta la plenitud del sa- 
cerdocio. 

Por de pronto fijó el obispo su residencia en la antigua me- 
trópoli de los purépecha, en la sombría Tzintzuntzan; mas lue- 
go trasladó la sede episcopal á la alegre y bien situada ciudad 
de Pálzcuaro, bañada por el sol y abundante en cristalinos 
manantiales.^ Entre las diversas obras que allí emprendió, fué 
una de las más notables la fundación, en 1540, del colegio de 
San Nicolás para que en él se educasen jóvenes españoUsYUmr 
pio8^ destinados al sacerdocio, agregándose al plantel algunos 
indios á fin de que aprendiesen á leer y escribir, y pudiesen 
enseñar á ios colegiales y aun á sus mismos maestros la len- 
gua tarasca. El obispo atrajo al establecimiento á Huitzimén- 
gari en calidad de alumno fundador, según lo expresaba la ins- 
cripción al pie de un retrato del príncipe que existía en el 
comedor del colegio y que desapareció en la época de la in- 
tervención francesa. El retrato representaba á Huitzimén- 
gari con sus atavíos de guerrero tarasco y su diadema impe- 

1 Basalenque. Historia de la Provincia de Agustinos de San Kicolás de 
Tolentino de Michoacán. 



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226 

rial. ¡Extraña coincidencia la de que en el niismo colegio se 
hubiesen educado Huitziméngari, que vio morir la independen- 
cia de la patria, é Hidalgo y Morelos que con su sangre le die* 
ron nueva vida! 

En el tiempo en que Huitziméngari permaneció de alumno 
en el colegio de San Nicolás, no había abrazado aún el cristia^ 
nismo, aserción fundada en que los historiadores refieren que 
fué ahijado de bautismo del virrey Mendoza, recibiendo el sa- 
cramento cuando este personige estuvo en Michoacán de paso 
para Jalisco, en 1541. Üió el virrey su propio nombre al neó- 
fito, asi es que en adelante se llamó ^'D. Antonio de Mendoza 
Huitziméngari,^^ y no falta quien agregue "Caltzontzin." 

Por recomendación de su ilustre padrino ingresó á la Uni- 
versidad de Tirípitío que acababan de fundar los frailes agus- 
tinos, y en donde por aquel tiempo enseñaba Artes y Teología 
el célebre Fr. Alonso de la Veracruz, de quien Huitziméngari 
fué discípulo predilecto. Hablando de ello, dice el padre Ba- 
salenque^ ^'que es circunstancia que ennoblece este estudio^ 
ver por oyente á un hijo de un rey, el cual salió muy hábil. 
Puso casa en Tirípitío y era en nuestra lengua muy ladino, por 
lo cual pudo muy bien ayudar mucho á su maestro en la len- 
gua tarasca que había de aprender.^ £n efecto, fué tal la sa- ' 
tisfacción que los agustinos tuvieron de contar entre sus cole- 
giales al hijo del Galtzontzin, que lo mandaron retratar, y el 
retrato existe todavía en la iglesia de San Agustín, de Morelia: 
allí se halla en un grupo de alumnos, vestido á la europea y 
con un libro en la mano, en actitud de escuchar la lección del 
maestro Fr, Alonso de la Veracruz. 

Es posible que en la época en que Huitziméngari estudiaba 
la literatura haya escribo los "Anales del reino tarasco," ma- 
nuscrito de que hablan ciertos autores, si bien algún otro atri- 
buye la obra á D. Constantino Huitziméngari, hermano bastardo 
de Don Antonio.^ 

1 obra citada. 

2 Don Manuel Payno, en el «'Ensayo de una historia de Michoacán/' dice 

MichoacAn^— 16 



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226 

Refiere también la tradición que después de que el principe 
hubo adquirido su educación literaria, se hacía presente en di- 
versas poblaciones del reino con el ánimo de adquirir ó afir- 
mar su popularidad. "Vestía con elegancia, montaba muy 
buenos caballos de Rúa" ^ y cortejaba con éxito á las donce- 
llas más hermosas. En todas partes se le recibía con entusias- 
mo, y mozos y ancianos lo festejaban á porfía. 

Tal conducta llegó á inspirar serios temores al Gobierno vi- 
rreinal, el cual mandó practicar una averiguación secreta, sien- 
do encargado de esta comisión el padre Fr. Francisco de Mena, 
quien en su informe respectivo se produjo así:^ "En este rey- 
no de Michoacan ay un indio, llamado Don Antonio, que plu- 
guiera á Dios que nunca hubiera estudiado; dícese ser hijo de 
Gazosí, que era como rey de aquella tierra en tiempo de su 
infidelidad; anda muy acompañado de españoles perdidos, que 
cuando no los veen ni oyen, le llaman Rey: hace éste grandes 
tiranías, echando derramas, sin medida alguna, costoso en sus 
comidas, trajes y caballos, de los cuales hace mercedes mu- 
chas veces. Perjudicial en extremo á la honestidad de las in- 
dias, sin tasa suya ni de los que con él andan: servir seria á 
Dios y al Rey nuestro Señor, mucho, en que se le ponga una 
tasación en lo que ha de llevar, y que de allí so graves penas 
no excedan, ó le manden venir á EapaJílay porque es gran peli- 
gro estar aquel allá."* 

Es probable que la Corte de España haya seguido este últi- 
mo consejo, y que al efecto haya procedido con toda reserva, 
bien haciendo salir del país al peligroso aspirante al trono de 

haber tenido á la vUta el manuscrito y lo supone obra de Don Antonio Hui- 
tziméngarí. 

1 A esta época debe referirse el padre l'avo, cuando dice: "seguían en tan- 
to las hostilidades de los pueblos rebeldes de Guadalajara, y corría la yoz de 
^ue los tarascos confederados con los tlaxcaltecas se querían unir á aquellos 
y hacer causa común para acabar con los españoles.'* "Los tres siglos de Mé- 
xico." Libro III. 

2 Beaumont. Crónica de Míchoacán, tom. III, cap. XXI. 
8 Documentos inéditos de Indias. Tomo XI, pág. 191. 




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227 

Michoacán, bien suprimiéndolo aquí mismo, por medio de una 
muerte secreta; lo cierto es que la historia no vuelve ya á ocu- 
parse del infortunado Huitziméngarí. 

Mas ¿cuándo y dónde fué su muerte?— El Sr. Dr. Nicolás 
León nos dice/ en los ^'Anales del Museo Michoacano/^ que 
el fallecimiento se verificó en 1562, y el lugar gvizá la ciudad 
de Pátzcuaro; pero el mismo Sr. León asienta en su obra 
^^Hombres ilustres y escritores michoacanos,^* al escribir la di- 
minuta biografía de Huitziméngari, las siguientes palabras:— 
— "Cuándo fué su muerte y en dónde, imposible nos fué averi' 
gtmrloy 

El Sr. D. Ramón Sánchez, en su "Bosquejo estadístico é his- 
tórico del Distrito de Jiquilpan de Juárez (Michoacán)," refi- 
riéndose á unos títulos de tierras de la hacienda de la Magda- 
lena, dice lo siguiente: "Don Antonio Huitziméngari, hijo legí- 
timo del rey Caltzontzin, al hacer su testamento en Pátzcuaro, 
de donde era gobernador, el 13 de Septiembre de 1572, dejó 
de universal heredero de sus bienes muebles y raíces á su hi- 
jo Don Pablo Huitziméngari, é igualmente le dejó todos los 
derechos y acciones que el rey de España debía concederle por 
'los grandes servicios que había prestado en la pacificación y 
conversión de los indios chichimecas, lo mismo que por los 
muchos gastos que había erogado en la fundación de la Villa 
de San Felipe." 

Mas de lo que hemos visto, es de creerse que D. Antonio fué 
Gobernador de Pátzcuaro por los años de 1545, en cumpli- 
miento de la promesa que le había hecho el obispo D. Vasco 
de Quiroga: de documentos públicos consta que D. Pablo, hijo 
de Huitziméngari, gobernaba en Pátzcuaro precisamente en el 
año de 1572, cuando se supone hecho el testamento referido- 
Bueno es advertir que ya en aquel tiempo los gobernadores de 
indios no ejercían mando político, teniendo tan sólo que ver 
en lo económico de los intereses y cargos religiosos de sus 

1 Año I, pág. 178. 



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228 

pueblos. Por último, no está fuera de propósito advertir que 
D. Pablo dejó á su vez un hgo llamado D. Pedro Huitzimén- 
garíy que fué uno de los primeros novicios que tomaron la so*- 
tana de la Compañía de Jesús en Pátzcuaro, á que lo decidió 
haber visto la acendrada caridad de los padres hacia los indios 
en la terrible peste de 1576, y contagiado él mismo, falleció á 
los pocos meses de haber profesado.^ Lo expuesto hace creer 
que el testamento de que habla el Sr. Sánchez era apócrifo 7 
que se hizo para amparar el dominio de una buena hacienda^ 
¿No andaría la mano de los jesuítas en la facción del testamen- 
to, en la profesión de D. Pedro y en el contagio de este nieto 
y último descendiente de Huitziméngari? 

Después de tantas dudas sólo puede afirmarse que no se sa- 
be cuándo ni en dónde falleció D. Antonio de Mendoza y Hui- 
tziméngari. X. 



Cuando era yo joven conocí en Higuatzio, pueblo de la la- 
guna de Pátzcuaro, á un indio muy anciano que se apellidaba 
Morales. Sabía éste muchas tradiciones del país y por esto me 
agradaba platicar con él. Me decía que cuando Huitziméngari 
estaba á punto de proclamarse rey, de acuerdo con varios pue- 
blos de Michoacán, una miger española, con quien mantenía 
relaciones, denunció al virrey todos los planes de los conspi- 
^radores que entonces vinieron secretamente de México algu- 
nos soldados, y que, de la noche á la mañana, desaparecieropr 
los dos amantes, sin que jamás haya vuelto á saberse su para-* 
dero. 

Desde aquel día, agregaba el indio Morales, todo el reino de 
los purépecha quedó á obscuras. 



1 Romero. Estadística del Obispado de Michoacán. Pág. 74. 
Alegre. Historia de la Compañía de Jesús. T. I, pág. 110. 



,^ 



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229 



El nombre de Huitziméngari. 

No habiendo querido atenerme á mi propio juicio consulté 
con varias personas el significado de este nombre. Citaré so- 
lamente la opinión de algunas de ellas, muy versadas en el 
idioma tarasco. Mi escribiente D. Ramón Molina dice que sig- 
nifica el que tiene el semblante varonil (recalcando esta última 
palabra); el Sr. Lie. Garlos Equihua traduce d del semblante 
-andero 6 adusio^ y el señor mi padre D. Toribio Ruíz decía 
^'«í del aspecto grave, que causa respeto y veneración." 

Del otro lado, el Sr, Dr. Nicolás León, en la página 173 del 
tomo I de los ^'Anales del Museo Michoacano" se expresa en 
ios siguientes términos: — "Vitziméngari; correcta y propiamen- 
te escrito, significa el que tiene una pulga en la cara\ de vüdri^ 
pulga, men ó ma, uno, y gari^ partícula con que se indica el 
rostro ó cara. Quizá aludirá este nombre á algún lunar que 
haya tenido en la cara D. Antonio, y con la apariencia de pul- 
ga." 

Sería imperdonable dejar pasar inadvertida esta serie de 
dislates, y por lo tanto los examinaré uno á uno.. 

Ya he dicho en otra vez que los escritores- antigües, para ex- 
presar el sonido de. la Z7 vocal escribían F consonante, y al 
contrario; así para escribir Uruapan ponían Vruapan^ y para 
decir ave estampaban aue. 

Pues bien, si el Sr. León pone "correctamente" Vitziménga- 
fi, como este apreciable anticuario escribe en idioma moderno, 
la palabra debería pronunciarse con la pronunciación actual 
de la V consonante, Vitziméngari, y ningún indio tarasco la en- 
tendería; mas no es así, puesto que el mismo señor en su li- 
brito citado "Hombres ilustres y escritores michoacanos/' es- 
<;ribe Huiíziméngari con H, lo que indica que debe hacerse una 
ligera aspiración ál principio del nombre. 

Veamos ahora cómo tal nombre de ninguna manera puede 



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230 

significar d que tiene una pulga en la cara. Desde luego no ha- 
llamos en la palabra nada que signifique el verbo haber 6 tener. 
No es cierto que á la pulga se le llame en tarasco mbdri^ sino 
tziri, 7 el Sr. León puede preguntarlo á cualquier indio de los 
que hablan hoy dicho idioma. Tampoco es cierto que el número 
uno se traduzca men; su nombre es ma: men es adverbial y sig- 
nifica una vez^ una ocaMn. La partícula con que se designa el 
rostro 6 la cara no es gari^ sino ngari, que al entrar en com- 
posición con una palabra, expresa que existe alguna circuns- 
tancia ó modificación en el semblante. El rostro sé dice en ta- 
rasco cángarioua, y algunos, muy pocos, lo pronuncian acánr 
gáricua. Mas suponiendo que de esas voces se quisiera formar 
el nombre en cuestión debería entonces ser así: ViüAr men ga- 
rí, que resultaría un disparate, ó VtísAr me ngari que daría el 
mismo resultado. 

Con lo expuesto queda destruida la idea de que ese nombre 
"quizá aludiría á algún lunar que haya tenido en la cara Don 
Antonio, y con apariencia de pulga.^^ Esto último no es más 
que una hipótesis ó conjetura de D. Nicolás León, sin estar 
basada en el más insignificante fundamento. 

El Sr. León sigue diciendo en el pasaje de los Anales á que 
me refiero: — "A los que creen que (Huitziméngari) significa 
cara de perro^ de Vtchu^ perro (canis), y gari^ cara, les recorda- 
remos que los tarascos no conocieron este animal, sino hasta 
la época de la Conquista, y malamente tendría el hijo primo- 
génito del rey tal nombre, recibido antes que se conociera e\ 
objeto á que se le daba, tanto más cuanto que Viohu es pala- 
bra onomatopeya que bien pronunciada remeda el ladrido del 
perro." 

Cuando leí por primera vez las líneas anteriores, confiesa 
que me quedé estupefacto. No hay historiador de la conquista 
que no nos diga que tanto en las islas (las Antillas) como en 
la Nueva España había unos perros que eran mudos (subraya 
estas palabras por lo que hace á la onomatopeya)^ y que servían 
de alimento á los indios, "los cuales perros se agotaron cuan- 



^ 



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281 

do los aborigénes sufrieron el hambre por la miseria á que los 
redujeron los españoles." 

Hay más: cualquiera que haya pasado los ojos por las pági- 
nas de la'^^Historia antigua de México," escrita por Clavigero, 
ha de haber visto en el tomo II, disertación IV, que en el pais 
había antes de la conquista cuatro especies de perros, que enu- 
mera con sus respectivos nombres, y en el tomo I, libro I, nos 
ofrece una lámina del perro llamado en idioma mexicano ¿c- 
cuinle poUtotii; hablando de él dice: ^'Tenia la piel manchada 
de blanco, leonado y negro: la cabeza era pequeña con res- 
pecto al cuerpo, y parecía íntimamente unida á éste; tenía la mi- 
rada suave, las orejas bajas, la nariz con una prominencia con- 
siderable enmedio Elpaís en que más abundaba era en 

d reino de Michoacán^ 

Por último, como quiera que el Sr. León pronuncie Viohu^ 
esta palabra no puede ser onomatopéyica del ladrido del pe- 
rro. Si este animal se llamara en tarasco el guau guau, como 
le dicen los niños, sería cosa distinta. 

Ahora bien: debo aclarar las palabras del Sr. Dr. León que 
dicen: "A los que creen que signiñca cara de perro etc." Se re- 
fieren dichas palabras al Sr. Gral. Vicente Riva Palacio, quien 
en la nqta que va al calce de la página 29 del tomo II de ^^Mé- 
xico á través de los siglos," da esa etimología al nombre de 
Huitziméngari. 

Yo, que tuve la honra de tratar al Sr. Riva Palacio y algu- 
nas veces de verlo trabajar en la obra citada, recuerdo que 
decía que el nombre en cuestión debía descomponerse de la 
siguiente manera: 

"-Huített, (verdadero nombre del perro en tarasco) cambia 
la U final en i según la índole del idioma, lo que también su- 
cede en castellano con algunas palabras compuestas, como 
maniroto. 

"JIÍ6 partícula que en tarasco sirve para designar además de 
la idea de agua, algo que está hundido, adherido, junto, y 

^^Gnari, rostro, cara, y mejor dicho, semblante.''^ 



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282 

• 

Esta ingeniosa explicación forma exactamente el nombre 
Muitzi-me-^gari, y significa el dd aemblanie de perro. ¿Qué es- 
pecie de perro? La que, según Glavigero, abundaba en Michoa- 
<;án en los días de la Conquista. 

Basta lo dicho para el propósito de esta nota. Si andando 
el tiempo llegare á ser preciso ampliarla, lo haré más extensa- 
mente, ocupándome además de algunos otros puntos y de los 
relativos á las gramáticas que se han escrito del idioma taras- 
co, idioma que está próximo á desaparecer, sin haber alcanza- 
do los caracteres de una lengua perfecta, más bien dicho, de 
una lengua digna ya de gramática. Para esa ocasión tendré á 
la vista cierto libro escrito en francés sobré esta curiosa mate- 
tía, y demostraré entonces que si se leen algunas de sus pági- 
nas al indio tarasco más rudo, acaso podrá entender de ellas 
las que están escritas en el idioma de Francia, pero las que lo 
están en tarasco le serán del todo desconocidas. 



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EL APÓSTOL D£ TIEBBA CALIENTE. 



Hace mucho tiempo desempeñaba las funciones de sacristán 
en la iglesia de San Agustín, de Morelia, un lego que se halla- 
ba en la senectud, afirmando él mismo que tenía más de no- 
venta años. Era yo muy niño y me agradaba ir á platicarle, por- 
que me contaba las tradiciones del convento y muchas anéc- 
dotas de los padres, á los que no profesaba grande esUmación. 

Difuso sería relatar todo lo que el padre Don Trinidad (así 
se llamaba el lego) me referia, lleno de entusiasmo y de in- 
fantil candor. Una de las veces que hablé con él fué un día en 
que contemplaba yo en el presbiterio el retrato de Fray Juan 
Bautista, leyendo la inscripción que cubre el nicho en que des- 
cansan sus restos. 

El anciano, á quien no había visto, se hallaba detrás de mi 
y de improviso me dijo: "Lee eso en alta voz y yo te explicaré 
después su contenido.^' Las palabras inesperadas del lego, in- 
terrumpiendo el silencio de la iglesia, me hicieron estremecer; 
pero reponiéndome deletreé: 

^^Qui nomen^ moreaqv^iuos Proecursor Jeau^ Dum vucü; rdulü; 
4Sondüur hoc tvmvloy * 

"Aquí se guardan las reliquias del venerable siervo de Dios, 
el padre Juan B. Moya, llamado el apóstol de tierra caliente, 
por haber convertido á la Fe Católica, por medio de la predi- 

1 "Oh Precursor de Jesusl el que, mientras vivió, te imitó en el nombre 
y en las virtudes, yace en este túmulo." 



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284 

cación, á los habitantes de casi todo el Sur de Michoacán. Na- 
ció en la villa de Jaén en España, y fué uno de los primeros 
religiosos agustinos que vinieron de allá. Fué admirable por 
su penitencia y esclarecido en milagros, de los cuales, el que 
ha llamado más la atención, es el de haber pasado el río de las 
Balsas por dos veces, parado sobre un caimán y predicando, 
con un crucifijo en las manos, á la multitud de indígenas que 
lo miraban atónitos. Murió en este convento de Morelia (en- 
tonces Guayángareo) año de 1567." 

Cuando acabé de leer, el padre Trinidad exhaló un profun- 
do suspiro y murmuró; ¡"Qué tiempos aquellos que producían 
santos! A fe que ahora"! 

— Verdad, padre, le dije; pero yo quisiera saber todos los 
milagros de Fr. Juan Bautista, y sobre todo, el de los caimanes. 

— Pues á complacerte voy. Mas te advierto que nos faltaría 
tiempo si te refiriera todos los que hizo. Por otra parte, igno- 
ro algunos que sólo son conocidos por tradición en los pueblos 
de la tierra caliente. Hé aquí los principales de los que tengo 
noticia. Después te contaré dos leyendas que se relacionan con 
nuestro santo. 

LOS MILAGROS. 

Poco tiempo hacía que acababa de fundarse nuestro conven- 
to de Tacámbaro, cuando pasó por aquel vergel de frutas y de 
flores el venerable padre Fr. Juan Bautista que marchaba á la 
conquista espiritual de la tierra caliente. 

Si el pueblo de Tacámbaro parecía un paraíso de verdura, 
porque no hay casa que no tenga su huerta, regada por cris- 
talinas aguas, en cambio en el gran atrio de la iglesia no había 
un solo árbol á cuya sombralpudieran descansar de sus fatigas 
los misioneros. En vano buscó allí el apóstol un sitio en que 
pudiera guarecerse de los rayos del sol, cuando, por ao caber 
en el templo la muchedumbre, salía á predicarle al aire libre. 
Entonces, adrede ó por distracción (que hartas padecía entre- 



^ 



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285 

gado á sus meditaciones), dejó olvidado su báculo que había 
clavado en el suelo, mientra decía su sermón. 

Fr. Juan Bautista marchó hacia la tierra caliente y no habían 
pasado ocho días, cuando con gran sorpresa observaron los 
frailes y los habitantes de Tacámbaro que el báculo comenza- 
ba á crecer y á echar ramas abundantes por todos lados. An- 
tes de un mes estaba convertido en una colosal parola que ex- 
tendía su sombra en un grande espacio. Por más de doscientos 
años duró el árbol, pereciendo al mismo tiempo que el con- 
vento se convertía en escombros, á causa de los temblores- 
acaecidos en el siglo pasado. 



De distinto género eran otros milagros de que daba testimo- 
nio la ardiente fe del padre Juan Bautista. Me refiero á sus re- 
petidos éxtasis, pues varias veces se le vio suspendido en el aire, 
entregado á la oración. Una de ellas fué que, "caminando de 
Tacámbaro á Pungarabato, en compañía del corregidor de aque- 
lla tierra, Don Diego Hurtado; el padre iba á pie y el alcalde á 
caballo y más aprisa andaba el padre, porque lo llevaban los 
ángeles por mandato de Dios. A la hora de la siesta pidió per- 
miso á su compañero para retirarse á siís oraciones. Viendo 
Don Diego que el padre se dilataba envió á un negro esclavo 
suyo á que lo llamase. El negro le buscó y le halló levantado 
en el aire y admirado vino á su amo diciendo, Señor, este frai- 
le es hechicero, allá está subido en el aire; fué el corregidor 
y violo, y respetólo como debía, advirtiéndole al negro (que 
era algo simple), que aquello era porque el padre estaba con 
Dios."* 

En otra ocasión caminaba el m isionero por la cuesta de Aca- 
ten y como llevase los ojos y el pensamiento en el cielo, des- 

1 Basalenque. '^Historia de la Provincia de San Nicolás de Tolentino d<9 
Michoacáo." El cronista agrega que él alcanzó á conocer al negro y á la espo- 
sa del Corregidor Hurtado y que ambos le lefirieron el milagro.— Por lo vis- 
to Basalenque participaba algo de la simplicidad del negro. 



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286 

vio ua poco el pie de la angosta senda y cayó en profundo 
precipicio. Los indios que lo acompañaban bajaron llorosos á 
buscar el cadáver, mas vieron que ya venía el apóstol subien- 
do la ladera y sacudiendo el polvo de su hábito. ^^Al caer, los 
ángeles del cielo lo habían recibido en las palmas de las ma- 
nos." 



Pero los prodigios que más se conservan en la memoria de 
los frailes de este convento son los siguientes: 

Después de muchos años empleados en la predicación del 
Evangelio vino á vivir en este convento, en donde desempeñó 
el encargo de refitolero. Con tal empleo halló nueva ocasión de 
servir á Dios; pues en medio de la abundancia de platillos que 
repartía á los frailes, él se complacía en ayunar diariamente. 

Una mañana, á principios del año, lo rodearon los novicios 
y entre risas y súplicas le pidieron que en la tarde de aquel 
mismo día les diese una merienda de dotes. 

— ^¿Gómo quieren que les dé elotes frescos, si apenas esta- 
mos en el mes de Marzo? 

— Pues elotes queremos padre, y elotes nos ha de dar su 
Reverencia. 

El padre se puso triste, se dirigió al templo, extendió los 
brazos en cruz y se puso á orar, único consuelo que hallaba en 
todas. sus aflicciones. 

En la tarde estaban muy quitados de la pena los novicios, 
sin acordarse ya de su impertinencia, cuando de repente oye- 
ron la voz de Fr. Juan Bautista que los llamaba. Acudieron 
todos y juntos se encaminaron á la extensa huerta del conven- 
to. ¿Cuál no sería su sorpresa al ver una milpa cuajada de elo- 
tes, ostentando sus cabellitos morados? La merienda fué opí- 
para. 

Alentados los novicios pidieron otro día que el padre les 
diese limas. Otra vez ñié complaciente con ellos y sembró una 
semilla de lima, creciendo eñ ocho días el limar que se con- 
serva todavía y cuyos frutos se recogen como reliquias. 



^ 



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287 

Ni sólo durante su vida hizo Fr. Juan Bautista semejantes 
prodigios. Cuando fué al seno de Dios, en su entierro se halló 
toda la ciudad, aclamando su muerte. Desgarráronle la vestí- 
dura y cada uno de los presentes se llevó un fragmento del 
hábito para que le sirviese de amuleto ó panacea. £1 sombre- 
ro y la capa los guardaron los religiosos agustinos y se conser- 
van en el depósito del convento. "Pídenlo (el sombrero, dice 
Baslenque), con grande devoción los enfermos y, sobre todo, 
las paridas en riesgo y se han obrado grandes maravillas." En- 
tre multitud dé casos, puede citarse el de la Sra. Doña Josefa 
de Arámburo, perteneciente á una de las más distinguidas fa- 
milias de Valladolid (hoy Morelia). Cuatro días hacía que aque- 
lla Señora estaba sufriendo los dolores del parto y ya todos 
desesperaban de su vida, cuando por consejo de varias perso- 
nas imploró la intercesión del padre Fr. Juan Bautista; solici- 
tó la enferma el sombrero del santo y entonces dio á luz con 
toda felicidad á un niño, á quien por gratitud al convento se 
le puso el nombre de Agustín. ^ Esto pasaba el 27 de Septiem- 
bre de 1783 y el niño aquél era D. Agustín de Iturbide. 



• 1 D. Lucas Alamán en su "Historia de México/' tomo V, pág. 52, refiere 
este suceso en los términos siguientes: *'Un incidente particular y que en su 
casa (la de Iturbide) se consideraba como milagroso, señaló su nacimiento 
que se veríflcó el 27 de Septiembre de 1788| día que en el curso de loe sucesos 
había de ser tan glorioso para él. Habiendo sido muy laborioso el parto, al 
cuarto día, cuando ya se esperaba poco de la vida de la madre, y se daba por 
perdida la del feto, la Señora por consejo de personas piadosas imploró la in- 
tercesión del P. Fr. Diego Basalenqne, uno de los fundadores de la provincia 
de agustínos de Michoacán, venerado por santo y cuyo cadáver incorrupto 
se conserva en un nicho en el presbiterio de la iglesia de San Agustín de Va- 
lladolid; trájoeele además la capa que el padre usaba que se guarda como re- 
liquia en el mismo convento y entonces dio á luz con felicidad un niflo, al 
que por estas circunstancias se le puso por nombre Agustín.'' 

Alamán padece varias equivocaciones: ni el P. Basalenque fué uno de los 
fundadores de la provincia de agustinos de Michoacán, sino su historiador, 
ni es venerado como santo. Alamán lo confunde con Fr. Juan Bautista, y la 
tradición constante en Morelia atribuye los milagros á la capa y al sombrero 
del apóstol de tierra caliente y á éste es á quien se achaca el prodigioso naci- 
miento de Iturbide. 



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2S8 



LEYENDA PBIMEBA. 



PHÁNSPERATA. 



Hacia el Sur de Tacámbaro y más allá del fértilísimo pue- 
blo de Turicalo, hay unos vallecicos rodeados de enmaraña- 
das y ásperas montañas. La vegetación es lujuriosa y los tu- 
pidos bosques están formados de frondosas y gigantescas zi- 
randas j de nudosos brasiles^ de caJmáiñcaa^ cuyo tronco es más 
verde que las hojas, de elegantes curindoiia veteados de fila- 
mentos, como escarcha de plata, y de parotas que esconden en 
las nubes sus copas, generatrices de la sombra. 

Aquel sitio es Guapáeiiaro, oculto en una de las ramiñcacio- 
nes de la cordillera andina. Allí se habían refugiado los últi- 
mos restos de los guerreros purépecha que habían defendido 
contra los españoles la independencia de Michoacán, los últi- 
mos, pero los más fieles soldados del ejército que había acau- 
dillado el rey Tacamba. 

Era jefe de aquellos patriotas el gallardo PdmpzpeH, ^ caci- 
que de Guapácuaro, el cual había jurado no doblar la rodilla 
ante el invasor y defender hasta la muerte las tierras que le 
pertenecían. Su terrible mirada infundía respeto en sus sub- 
ditos y miedo en el corazón de sus enemigos. 



II 

Muy pronto debía sonar la hora de la lucha, pues que el 
capitán D. Cristóbal de Oñate había obtenido en encomienda 

1 Significa, el amante^ el amoroso. 



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289 

los pueblos de Tacámbaro y Turicato y sus respectivas perte- 
nencias, entre las cuales se hallaba el cacicazgo de Pámpzpeti. 

El encomendero tanto tenía de soldado como de político; 
unas veces por el rigor é insinuándose otras dulcemente, iba 
sometiendo á gran prisa á sus subditos. Comprendiendo las 
ventajas que podría sacar de su alianza con los frailes, á quie- 
nes amaban los indios, tomó positivo empeño en que los pa- 
dres agustinos, que acababan de establecerse en Tiripitío, pasa- 
sen á fundar un convento en Tacámbaro. Logrado su objeto, 
los misioneros llegaron á dicha población, en donde fueron re- 
cibidos con grandes demostraciones de alegría y desde luego 
comenzaron la predicación del Evangelio, siendo abundante la 
mies que cosecharon. 

'-Y así quedó Tacámbaro^-dice Basalenque — convertido en 
un paraíso espiritual, como lo era en lo material por sus huer- 
tas." Para el capitán Oñate aquel teatro de la guerra tornába- 
se en quieta y pacífica encomienda. 



III 

No lejos de Tacámbaro y también hacia el Sur, hay una al- 
berca* encajada en un monte que, en la época á que nos re- 
rimos, estaba cubierto de espesísimo bosque. Desde aquel pin- 
toresco sitio se domina un panorama espléndido. En aquel 
tiempo la colina en que se asienta el pequeño lago era un 
magnífico jardín, en donde crecían el árbol de las cinco hojas, 
encendidas como carmín ardiendo, los turas de pistilos en for- 
ma de abundante cabellera y él cunda tzUziqui{zaca]síZOch\H en 
idioma azteca), que impregna el ambiente de suaves emana- 
dones perfumadas. El suelo se cubría de la inmensa variedad 
de lirios que se producen en aquellas selvas. Y los árboles es- 
taban convertidos ellos mismos en otros tantos vergeles, os- 

1 Es un gran depósito de agua, llamado alberca de Chupio (lugar de con- 
•chas), de donde brota el río que riega la hacienda del mismo nombre. 



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tentando en las bifurcaciones de sus troncos millares de orquí- 
deas, gala y asombro de la flora tropical. 

En la clara linfa de la alberca se reflejaba inversa la imagen 
de una hermosa cabana, mansión de delicias y de dulce tran* 
quilidad. 

Vivía en aquella poética morada la hermana del rey Ta- 
camba, la bellísima Irerí^ ^ joven de veinte años, esbelta como 
los pinos del inmediato monte; sus ojos de un café obscuro 
fulguraban una mirada límpida y apacible, como el brillo de 
una estrella en noche de invierno; andaba tan gallardamente 
como una paloma de la selva. Sobre la crencha de sus cabellos 
usaba Ireri una flexible pluma de faisán. Cualquiera, al ver á 
la doncella, habría creído mirar á la ondina de la poética al* 
berca. 

Desde que el príncipe Tacamba había desaparecido entre 
los jardines de Uruapan, en donde las aves y las fuentes can- 
taban su himeneo con Inchátiro, los indios de Tacámbaro re- 
conocían á Ireri como reina, reina sin trono, pero reina en el 
corazón de sus subditos. El amor de estos era la única, si bien 
dulce fuerza, con xjue se hacía respetar. 

Sin embargo, el cacique de Guapácuaro acababa de jurarla 
vasallaje, ofreciendo un pequeño ejército decidido á defender- 
la. El valiente Pámpzpeti iba con frecuencia á Chupio á reci- 
bir órdenes de su soberana. Las gentes, empero, decían que el 
mancebo se hubiera contentado con una mirada de Ireri, en 
señal de soberanía. 

El jefe volvía á su desierto albergue, ahogando los suspiros 
de su pecho y despidiendo rayos de sus ojos torvos y sañu- 
dos 

Phánsperata, ^ dios de fecundidad que recorre el mundo, 

1 Ireri, la reina. 

2 El amor, en tarasco, según el dialecto de algunos pueblos; en otros, prin» 
oipalmente en la sierra, se llama pámpzeua. 



^ 



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241 

encendiendo los corazones con fuego inextinguible, había de- 
jado el de Ireri frío como la nieve de las más altas montañas. 



IV 



Fundado el convento de Tacámbaro, nombróse guardián al 
reverendo padre Fr. Francisco de Villafuerte, quien no des* 
cansaba en su ministerio, bautizando á los innumerables in- 
dios que se le presentaban; y sabedor de que en las inmediacio- 
nes vivía la joven hermana de Tacamba, repetidas veces en- 
vió emisarios á llamarla para tener la satisfacción de catequizar 
á la reina de aquel valle; pero Ireri había rehusado siempre 
abandonar el paraíso que habitaba y, quién sabe si en el fon- 
do de su pecho se negara á abrazar la nueva religión que ella 
consideraba como la cadena de esclavitud para los indios. El 
padre Villafuerte, indignado contra la joven, se valió del en- 
comendero para que la obligase á presentarse en el convento. 

Partió Don Cristóbal á Chupio cubierto de brillante arma- 
dura; y con los ginetes que lo acompañaban subió la florida 
colina, haciendo caracolear su brioso caballo, que relinchaba 
de placer y que salpicaba su 'pecho con blanca espuma des- 
prendida del freno. 

Llegó la comitiva á la real cabana, y cuando el encomende- 
ro fijó sus ojos en la joven, experimentó una fuerte conmo- 
ción, como si el rayo de las nubes hubiese electrizado todo 
su cuerpo. Buscó la mirada de Ireri que se detuvo en él, lím- 
pida y apacible, pero serena y fría, como Ja onda de un lago 
en una noche tranquila. 

Don Cristóbal de Oñate, que era tan apuesto como orgulloso 
caballero, sintió herido su corazón con el desdén de aquella 
mirada que no hacía otra cosa que avivar la llama de su amor 
repentino. Mas disimuló por de pronto lo que pasaba en el in- 
terior de su pecho y cumplió su misión, invitando á la joven 
á que se hiciese cristiana y fuese á habitar en la ciudad. A to- 

liichoAC&n.-16 



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242 

das sus palabras respondía Ireri con una persistente negfativa. 
Entonces el capitán le recordó que él era el encomendero de 
aquella tierra y que la joYcn, como todos los indígenas del 
país, estaba á su cuidado y debería obedecerlo. Le previno, en 
consecuencia, que en el término de tres días habría de presen- 
tarse en Tacámbaro, en la casa de la encomienda, y agregó que 
si pasado ese tiempo no era cumplida su orden, volvería á 
Gbopio para conducirla él mismo, como contumaz y rebelde. 
Los ojos de la doncella se llenaron de lágrimas, pero sus la- 
bios permanecieron cerrados. 



OcúHo en el bosque, Pámpzpeti había sido testigo de la es- 
cena que acabamos de referir. Sus ojos torvos y sañudos des- 
pedían rayos de odio y de venganza sobre el español. No hizo 
ademán de arrojarse sobre éste, no pronunció una sola pala- 
bra, no se presentó siquiera ante su soberana: huyó, huyó por 
enmedio del bosque, como si se viese perseguido por una ma- 
nada de tigres. 



Pasaron los tres días con la rapidez de un torrente que se 
despeña. Ireri no había cesado de llorar. Nunca,.como en aque- 
llas horas tristes habíasentido tanto su orfandad y aislamiento. 
¿Quién habría de venir á libertarla de sus opresores, á ella, po- 
bre víctima amenazada por el desenfreno y el capricho? 



Don Cristóbal de Oñate y los ginetes que lo acompañaban 
subían la florida colina haciendo caracolear sus caballos cu- 
biertos de espuma y que relinchaban de placer. 

El sol había desaparecido detrás de las montañas y la ima- 
gen de la luna, movible y argentina, se retrataba en el fondo 
del lago, sobre cuya superficie rielaban ondas trémulas y del- 
gadas. 




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248 

En el interior de la cabana se oía un sollozo no interrumpido, 
que hubiera ablandado á las mismas rocas, mas no al corazón 
del encomendero que creía ya segura su presa. 



Llega el castellano á la mansión de duelo, fija su mirada ar- 
diente en la severa y fría de Ireri y manda á ésta que lo siga. 
La joven inclina la frente y nuevas lágrimas, como gotas de 
fuego, se empapan en el suelo; permanece sin moverse, como 
la estatua de la resignación, en medio de un grupo de ver- 
dugos. 

Furioso Oñate, extiende ya sus brazes para asir á la donce- 
lla y colocarla en su caballo En aquel momento se escu- 
cha un terrible alarido, y cien guerreros purépecha, blandien- 
do la lanza en la mano, aparecen en vertiginosa carrera. Se 
oye el choque de los aceros españoles con el cobre de las es- 
padas de los indios, saltan chispas de las armas y de los ojos, 
y se escucha el ¡ay! de los moribundos. 

Herido por una flecha cae de su corcel Don Cristóbal de 
Oñate; sus compañeros lo recogen y huyen á escape, bajando 
como negros fantasmas la florida colina: aún resuenan á lo le- 
jos las herraduras de los caballos que resuellan jadeantes. 



A poco no se oye más que el canto triste y monótono del 
gxiaoo^ oculto en la espesura de la selva. 



VI 

Profunda impresión causó en Tacámbaro la noticia de estos 
sucesos. Entre los indios, el nombre de Pámpzpeti se pronun- 
ciaba en voz baja, como el de un héroe. En todas partes se 
hablaba del próximo enlace del guerrero con la hermosa Ire- 
ri, y todos decían que no estaría ya desierto y sin reyes el di- 
latado imperio de Coyucan. 



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244 

Pámpzpeti no dirigió una sola palabra á la doncella, cuando 
la libertó de su enemigo. Contentóse con mirarla profunda- 
mente, no viendo en sus ojos más que los destellos de la gra- 
titud, nunca el fuego sagrado de la antorcha que conduce 
Pdmpzperata en sus manos al recorrer el mundo. 

Reunió á sus guerreros y se alejó triste y silencioso, per- 
diéndose en el bosque sin senderos. 

VII 

El capitán Oñate se curaba de sus heridas. Eran tan pocos 
los españoles que residían en Tacámbaro que no pensaron si- 
quiera en salir sobre el enemigo en venganza de su jefe, ni 
menos cuando observaban síntomas de insurrección entre los 
indios que habitaban la ciudad. No se daban cuenta de cómo 
tan intempestivamente se había presentado en Chupio aquel 
grupo de guerreros, al que imaginaban oculto y errante en los 
intrincados bosques de Guapácuaro. Siguiendo su acostum- 
brada política, los castellanos ocultaban cuidadosamente la 
existencia del enemigo y en voz alta decían que aquel accidente 
no tenía otro carácter que el de una riña particular entre el 
encomendero y el amante de una de sus esclavas. 

El padre Villafuerte comprendía, en efecto, que en lo acae- 
cido no había nada de política; pero temeroso de que el de- 
monia de la idolatría tuviese en ello gran parte, se apresuró á 
marchar á la casa matriz de Tiripitío, en donde informó al pro- 
vincial de los agustinos que en ninguna parte había más hechi- 
ceros que en aquella tierra ni que tuviesen más pactos expre- 
sos con el demonio, que por medio de ellos tenía tiranizados 
para que lo adorasen, á millares de indios que vivían entre los 
peñascos y en las oquedades de los picachos fragosos de la 
sierra ' en que se hacían fuertes en su adoración á los ídolos. 
Espantado el padre San Román, prior de los agustinos, envió 

1 Basalenque. Obra citada, tomo 1?, caps. 3? j 7? 



"^ 



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245 

á Tacámbaro al venerable Fr. Juan Bautista que acababa de 
llegar de México y que era tenido por santo entre cuantos lo 
conocían. Sin más armas que su breviario y su báculo marchó 
el misionero á emprender en la tierra caliente su formidable 
campaña contra la idolatría y los hechiceros y á ser el verda- 
dero fundador de Tacámbaro. 

Ya en aquel pueblo, se informó Fr. Juan Bautista délos su* 
cesos recientes, y lo que más afligió su alma fué la obstinación 
de Ireri en no recibir la aguas bautismales. 

En cuanto á Oñate, estaba impaciente de que la joven se hi- 
ciese cristiana, por conviccción ó por la fuerza, á fin de con- 
tarla en el número de sus esclavas, pues sabido es que los es- 
pañoles, como buenos católicos, no querían tocar á una idólatra. 
Esto hubiera sido un pecado abominable. 

El padre fraguaba ya en el interior de su alma los medios 
•de conquistar á Ireri para el cielo y de libertarla al mismo tiem- 
po del criminal intento del capitán español. Prometíase tam- 
bién el misionero que haría cristiano al feroz y valiente Pámpz- 
peti, lo que equivaldría para él á una victoria completa sobre 
«1 demonio. 

VIII 

Una tarde se hallaba Ireri en la playa de la cristalina alber- 
ca de Chupio. Gorgeaban los pájaros en los árboles, pero la 
joven no escuchaba sus trinos. La brisa tibia y perfumada aca- 
riciaba la frente de la doncella; pero aquella frente no sentía 
el halago, encendida, como estaba, por el fuego de un pensa- 
miento que se fijaba en otra parte. Ni'siquiera se extasiaba Ire- 
ri, como otras veces, en contemplar su imagen reflejada en las 
aguas tranquilas dA pequeño lago; tanta hermosura la dejaba 
Indiferente. 

¿T por qué estaba Ireri tan meditabunda? Desde el día en 
que el capitán Oñate había visto burlados sus intentos, la jo- 
ven sentía llegar á su alma, como venido de muy lejos y aproxi- 



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246 

mandóse de repente, el recuerdo de Pámpzpeti. No de otro 
modo se mira un abismo obscuro en donde de improviso se 
hace la luz, dejando ver en el fondo un ameno paisaje. Y asi 
miraba ella, en lo intimo de su corazón, rodeado de suave cla- 
ridad, el semblante del guerrero. 

Rep6ntinamente se estremeció la joven. Su mirada se había 
fijado en la extraña figura de un hombre de intensa palideZt 
de semblante demacrado, de ojos hundidos, en el fondo de los 
cuales había una luz misteriosa. 

Subía aquel hombre paso á paso la colina; le parecía á la 
, joven que las flores se apartaban para abrirle una senda, que 
al contacto de su vestidura soltaban sus perfumes y que en- 
cendían más y más los colores de sus pétalos como sobrecogi- 
das de pudor. 

El misionero clavó su mirada en la de Ireri. La envolvió con 
la llama misteriosa que despedían sus pupilas y algo, como 
una voluptuosidad divina, circuló por las venas de la doncella» 

Ireri se irguió: inefable sonrisa se dibiyaba en sus labios, y 
en su alma, como lluvia de felicidad, se derramaba el contento. 

—"Vamos, padre, —exclamó— te seguiré á donde quiera 
que me lleves!" 

Los pájaros goijearon en el fondo de las selvas; las flores 
abrieron camino soltando sus perfumes, y el cielo azul se re- 
flejó en las aguas cristalinas de la alberca. 

IX 

Repicaban alegremente las campanas de Tacámbaro, anun- 
ciando que al día siguiente iba á verificarse una gran fiesta. 
En efecto, Ireri, la reina de la tierra iba á. recibir, con el bau- 
tismo, el velo de las guanánchecha^ de las vírgenes consagradas 
al culto de la Madre de Dios. 



^ 



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247 

El encomendero Oñate se refa de los candores de Fr. Jaan 
Bautista y no esperaba más, sino que estuviera bautizada la 
doncella para reclamarla como cosa que le pertenecía. 

Ireri pasaba en vela la noche y esperaba tranquila y dicho- 
sa el momento de recibir la gracia y de fundir su amor en el 
seno de Dios. 

I^einaban profunda obscuridad y silencio en la ciudad de 
Tacámbaro. De repente se oyó á lo lejos un ruido ligero, que 
parecía el andar de muchos hombres caminando cautelosa- 
mente. 

Un grupo de guerreros porépecha aparece en la plaza, se 
dirige á la guatáppera, el jefe penetra en el interior de un apo- 
sento. Al verlo, cae desmayada Ireri. Pámpzpeti toma la pre- 
ciosa carga en sus brazos y sale del sagrado recinto. 

Se oyó alejarse de la ciudad y perderse en la llanura el pa- 
so cauteloso de muchos hombres. 

Reinaban profunda obscuridad y silencio en las desiertas 
calles de Tacámbaro. 

X 

Amaneció el esperado día. Ya no repican alegremente las 
campanas. Al saber Fr. Juan Bautista la desaparición de Ireri 
creyó más y más en la existencia de poderosos hechiceros en 
las inmediaciones de Tacámbaro y andaba como aveif^nzado 
de haberse dejado derrotar por el demonio en la primer ba- 
talla que entre ambos se libraba. 

Don Cristóbal de Oñate despedía rayos de odio por sus ojos, 
prorrumpía en execrables blasfemias y se mesaba los cabellos. 
Sin estar aún restablecido de sus heridas, convocó á los espa- 
ñoles residentes en la ciudad, hizo alarde de su fuerza y al son 
dé trompetas y clarines salió á batir al enemigo. Recorrió los 
cerros y los bosques de las cercanías y en seguida se dirigió á 
Guapácuaro. Ni un solo ser humano apareció en la intrincada 
selva. No hubo barranca ni gruta que no registrase con d ma- 
yor empeño. 



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248 

Los pájaros huíaii asorados ante la presencia de los españo- 
les. Sólo el gitaoo permanecía curioso, oculto entre los árboles, 
silvando irónicamente. 



No se volvió á tener noticia de Ireri. 

Pámpzperata que recorre el mundo, encendiendo los corazo- 
nes, abrazó con su llama el de los fugitivos y los llevó á regio- 
nes ignotas. 

XI 

Muchos años pasaron: el venerable padre Fr. Juan Bautista 
penetró en la tierra caliente y plantó los estandartes de la fe 
en Pungarabato, á cuya provincia pertenecían, en lo eclesiás- 
tico, Coyucan, Cutzamala, Huetamo, Zirándaro y otros pueblos. 
Su fama de misionero volaba por todas partes y esto fué mo- 
tivo para que el provincial del convento de México lo llamase á 
la metrópoli, pues que se deseaba conferirle los más altos pues- 
tos en la religión agustiniana. Obedeció el apóstol; mas vién- 
dose tan lejos de sus amados indios se entristeció de tal modo, 
que llegó á enfermar. Entonces, por consejo del médico, se le 
permitió volver á la tierra caliente, ^'paraíso de su alma y mar- 
tirio de su cuerpo." Allí sanó por de pronto y, lleno de alegría» 
prosiguió la predicación del Evangelio. En esta vez fijó su re- 
sidencia en Huetamo, como punto céntrico de la provincia. 
Con este motivo acudían al pueblo numerosas peregrinaciones 
de los habitantes de ambas márgenes del río de las Balsas. El 
caserío aumentó, el comercio ensanchaba sus operaciones, la 
fértil tierra producía pingües cosechas de maíz y de ajonjolí, 
las praderas se veían cubiertas de ganado de todas clases, los 
españoles inmigraban á explotar los ricos minerales de que es- 
tán cuajadas las montañas. Huetamo llegó á ser la capital de 
aquella comarca tan extensa, tan próspera y tan abundante en 
elementos de riqueza. 



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249 

Fué entonces cuando Fr. Juan Bautista, á quien se debió en 
todos sentidos la metamorfosis de aquel país, fué llamado *'E1 
Apóstol de tierra caliente." 

XII 

Cierto día, cuando espiraba la tarde entre - los esplendores 
del crepúsculo, llegó corriendo un indio al convento de Hue- 
tamo á pedir confesión para un enfermo que estaba muñén- 
dose en Zirándaro. El apóstol tomó su báculo y se preparó á 
marchar; empero muchos de Jos vecinos del pueblo que se ha- 
llaban presentes trataron de impedirle el viaje, por Ío avanza- 
do de la hora; porque siendo la estación de las aguas, era pro- 
bable que el río estuviese crecido, y porque, de seguro, no 
encontraría barcas que lo pasasen. *^Ei caritativo ministro es- 
tuvo suspenso pidiendo á Nuestro Señor le inspirase lo que 
convenía; de allí á un poco se resolvió á ir á la confesión; si- 
guiéronle algunos, bien ciertos de que la ida avia de ser en- 
valde, y llegando al Rio y echándose vno al agua, por donde 
suele ser vado, halló que estaba muy hondo y assí se lo dijo al 
Padre, el qual mirando házia otro lado vio una como puente y 
dando gracias á N. Señor, llamó á sus compañeros diziendo: 
aquí hay puente; ellos, entendidos ser engaño con la obscuri- 
dad de la noche, llegaron y les pareció ser puente, probaron á 
pasar, y luego el Ministro, y aviendo pasado, al punto con gran 
ruydo se hundió la puente, y convinieron todos ser un Caimán, 
porque aquel Rio y los demás de tierra caliente están llenos 
dé estos peces." ' 

XIII 

Era ya media noche; la luna llena, ala mitad del ñrmamen- 
to, iluminaba el paisaje; aquellos bosques insondables que pa- 

1 Historia de la Provincia de San Nicolás de Tolentino de Michoacin. 
Tomo I, cap. III. 



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260 

recen un océano de verdura, aquel río como serpiente de plata 
que se desliza silencioso en medio de floridos veiig^eles, aquel 
cielo purísimo en que palidecen las estrellas, titilando suave- 
mente. 

El apóstol entró en el pueblo, esparcido en aquella floresta 
que entonces estaba cubierta de zirandas, de esos árboles gi- 
gantescos y frondosos en que cada ejemplar parece él solo una 
selva. Están tan tupidas sus pulposas hojas, que apenas si al- 
gunos rayos del sol, al medio día, logran filtrarse entre ellas, 
tejiendo en el suelo figuras caprichosas. Por la noche, los tré- 
mulos efluvios de la luna se resbalan como perlas líquidas en 
las ramas superiores.— Así son las zirandas; las respetan los 
siglos y los huracanes, las tempestades las iluminan con sus 
relámpagos y la lluvia jamás atraviesa su fronda. 

El indio guió al misionero por debajo de aquella bóveda som- 
bría, hasta llegar á una gran cabana rodeada de cactus. Dentro 
y sobre un candri (cama) de caoba, yacía moribundo un hom- 
bre de mirada torva y zañuda. En la cabecera del lecho, una 
miger, joven aún, no apartaba sus ojos del enfermo. Apenas 
podía contener los sollozos y se apretaba una con otra sus con- 
vulsas manos. 

Fr. Juan Bautista clavó profunda mirada en ambos persona- 
jes, y lanzando un grito de alegría, se hincó de hinojos en el 
suelo y elevó una oración de gracias al Padre Universal: Hfibía 
reconocido á Pámpzpeti y á Ireri. 

Una nube de vacilación pasó por el alma del apóstol, pero 
luego se dirigió resueltamente hacia el lecho y vertió sobre la 
frente de Pámpzpeti y de Ireri el rocío del bautismo. En se- 
guida, ante la numerosa concurrencia, los unió in extremis con 
los lazos del matrimonio. 

Después quedaron solos en la alcoba el santo misionero y el 
moribundo que esperaba su absolución. 



En tanto Ireri estaba de rodillas al pie de una ziranda, ab- 



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261 

sorta, con los ojos fijos en el cielo. De repente le pareció que 
el árbol abría sus ramas* y dejaba penetrar el esplendor de la 
luna, que las notas de una música divina llegaban á su oido y 
que en medio de las cuatro estrellas de la constelación (}el Sur, 
aparecía la imagen de Pámpzperata, iluminando al mundo con 
su antorcha inexlingible y abriendo para ella y para Pámpzpeti 
las puertas del Empíreo. 

XIV 

El apóstol salió de la cabana; desde lo íntimo de su corazón 
alzaba al cielo un himno de victoria. 

Emprendió su regreso: ya no había sobre el río la puente 
negra que le había franqueado el tránsito. Marchó por la playa 
hasta llegar á un paraje llamado Úspero.^ Allí encontró una 
gran balsa, negra también, que se movía sobre las olas. Entró 
en ella, llevando el crucifijo en la mano, y al surcar la ancha 
cinta de plata que serpeaba «ntre las campiñas, contempló el 
espléndido panorama iluminado por los primeros rayos del sol. 

Guando arribó á la opuesta orilla se deslizó la balsa y los 
caimanes que la formaban desaparecieron en el fondo del río. 



1 Úapero, Lugar de caimanes. — De uspi que es el nombre tarasco del an- 
fibio. 



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252 



LETENDA SEOXTNDA. 

AMBÉTZECUA. 

I 

Zapinda era una niña de doce años, pero ya toda una mu- 
jer, porque en la tierra caliente las jóvenes alcanzan muy pron- 
to su pleno desarrollo. Así, nada extraño parecerá que la don- 
cella india fuese una esbelta muchacha, de formas mórbidas 
que, como explica esta palabra el diccionario de la lengua, apa- 
recían blandas y suaves. Y si hemos de creer á la tradición, 
Zapinda era la mayor hermosura que había en el entonces 
reino de C¡oyucan, capital de los Huetama, una de las cuatro 
tribus aliadas del imperio de Michoacán. 

Empero la niña era muy desgraciada, porque vivía bsgo la 
férula de Peuáhpensti, su madrastra. Lo menos que hacía esta 
infame mujer con Zapinda, era obligarla á ir hasta Cutzio, dis- 
tante más de media legua de Huetamo, á sacar agua del río, 
pretestando que era insalubre la de los pozos del pueblo. Nada 
importaba que el sol lanzase sus rayos de fuego ó que la tierra 
se envolviese en tinieblas; la niña, llorando, emprendía su ca- 
mino, ora espuesta de día, á los rigores de la insolación, ora 
temiendo, de noche, la voracidad de los tigres. 



II 

Mientras Zapinda no había salido de la infancia eran aque- 
llos los solos peligros que la amenazaban; mas llegó para ella ^ 
la época misteriosa en que las jóvenes, sobrecogidas de estu- 
por, sienten como la crisálida cuando se convierte en maripo- 



1 



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253 

sa. Entonces comenzó á tener también miedo á los hombres y 
entre ellos principalmente á uno llamado Kaquitze, de quien 
huían amedrentadas las mujeres. Aquel hombre feroz habi- 
taba en una espantosa gruta en el fondo de la florida barran- 
ca de Curür-ffuarimio^ de donde salla para caer como milano 
sobre inocentes víctimas que sacrificaba á su lujuria en las pro- 
fundidades de aquel antro. 

. Una vez Zapinda pudo desprenderse de los brazos del mons- 
truo y huir como ligera codorniz. 

¿Pero podría escapar siempre? A quién iría á contar sus te- 
mores? De quién pediría consejo? 

Acordóse de que por aquellos días había llegado á Cutzio un 
anciano venerable, á quien todos miraban como á un ser sobre- 
natural. Decían que era hechicero entre los cristianos^ los que 
por aquel entonces invadían la tierra de los purépecha. 

La niña ignoraba que el hombre extraordinario era Fr. Juan 
Bautista, el apóstol de la tierra caliente. 

Emprender el camino de Cutzio en aquellos momentos para 
ponerse bajo la protección del santo, era desafiar la lubricidad 
de Eaquitze y exponerse á perder su inocencia en los obscu- 
ros subterráneos de Curú-guarimio. Ya que no era posible» 
pues, ver al hechicero cristiano, contaría sus penas á Súmame^ 
la hechicera india que tenia su choza bajo las zirandas del ba- 
rrio de Urapa. 

III 

Trémula y con lágrimas en los ojos se dirigió á aquel sitio 
Era ya de noche. Densa obscuridad ennegrecía la tierra: en 
cambio en el cielo titilaban las estrellas, llenando de esplen- 
dores espacios invisibles para nosotros. 

En el interior de la cabana, iluminada con hachas de cuera-- 
mu^ se divertía Sicuame haciendo caricias á un gigantesco cai- 
mán, cogido en lasi aguas del Río Grande y que tenía su gua- 
rida en una de las pozas del arroyo de Urapa; detrás de lahe- 



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254 

chicera estaba enroscada una de esas serpientes colosales lla- 
madas aiamaooaa, la cual, de tiempo en tiempo, abría sus íku* 
ees y se tragaba algún alacrán que pasaba descuidado; corrían 
por el suelo bandadas de esas horribles lagartijas, sedientas de 
sangre, y escuálidas como esqueletos, que se llaman nopidies^ 
y por último, innumerables murciélagos, de la especie de los 
vampiros, invadían la choza, se acurrucaban en los hombros 
de Sicuame y de nuevo se dejaban llevar por el zíg zag de sus 
alas implumes, perdiéndose en las tinieblas de la noche. 

Al ruido que hizo Zapínda, al entrar, alzó los ojos la hechi- 
cera y le dijo: 

— ^Adivino á qué vienes. Te espanta el encuentro de Kaquit- 
ze: yo te libertaré de él. Mira; en el oriente de este pueblo hay 
un bosque de cuirindales; allí forman maleza esas púdicas 
plantas que se llaman vergonzosas,^ y que son el emblema de 
la virginidad. Cuando tu madrasta te envíe á Cutzio, ve prune- 
ro á aquel sitio y toca con tus dedos las ramas de esas hierbas; 
verás que pliegan sus hojitas como llenas de pudor, tiéntalas 
repetidas veces y podrás caminar sin que el monstruo de Gurú- 
guarimio logre sus infames deseos, por más que lo acompañe 
la infame diosa Ambéüsecua^^ enemiga mortal de las doncellas. 

Zapinda se inclinó, besó la mano de la hechicera y salió de 
la cabana confortada y alegre. 

IV 

Serian las dos de la tarde del día siguiente, cuando Peuáh- 
pensti dijo á Zapinda: **anda á traer agua á Cutzio.^^ 

La doncella partió, pero antes de emprender el camino acos- 
tumbrado, se dirigió al bosque de cuirindales y restregó con sus 
manos las ramas de las sensitivas, cuyas hojas se plegaron tem- 
blando, como los nervios delicados de una virgen, al sentir los 
primeros efluvios del amor. 

1 La sensitiva. 

2 Significa lt{}uria. 



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266 

Entonces prosiguió su camino. Había llegado á un bosque 
de parolas, cuando se vio presa entre dos nervudos brazos y 
sintió en sus mejillas la aspereza de un rostro feroz y la respi- 
ración candente de una boca próxima á estallar en ósculo in- 
mundo. Zapinda lanzó un suspiro de inñnita angustia, sus ojos 
se nublaron, y apenas latía su corazón. 

En aquel instante se oyó el silbido de una flecha. La saeta 
atravesó de sien á sien la cabeza de £aquitze. £1 infame sáti- 
ro aflojó los brazos se cubrió de una palidez mortal y se des- 
plomó exánime. 

Zapinda, velados de lágrimas los ojos, elevaba su alma á los 
cielos, cuando entre los gruesos troncos de las parotas vio apa- 
recer un arrogante y gentil mancebo, cuya frente ceñía diade- 
ma de oro de la que se destacaban tres plumas de águila. Era 
Tumbí el iré (cacique) de Cutzio, que amaba en silencio, pero 
con el ardor del clima de aquel suelo, á la más hermosa don- 
cella del reino de Coyucan. 

Al ver á su libertador sintió Zapinda que lo más delicado de 
su ser se estremecía como las hojas de la sensitiva. 



Desde aquel día, siempre que la niña iba por agua, Tumbí 
salía á su encuentro y la acompañaba hasta las primeras calles 
de Huetamo, regresando solo y meditabundo á su pueblo de 
Cutzio. 

Mas ¿por qué Zapinda palidece á la vista del mancebo? ¿por 
qué hay ahora en su corazón más miedo que cuando la espan- 
taban los tigres, ó la aterraba el hombre de mirada lúbrica, el 
monstruo de la gruta de Curú-guarimio? 

Y no había día que no tocase con sus dedos las hojas de la 
sensitiva, y cuanto más se veía protegida por el valeroso Tumbí 
más sentía que se plegaban misteriosamente las fibras de su 
ser. A veces sus mejillas se encendían instantáneamente, pero 
en seguida era más profunda la palidez de su rostro. Y tenía 
miedo de sí misma. 



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266 



VI 

En una de aquellas tardes en que había llegado á Cutzio, vio 
en la puerta del templo al anciano venerable que predicaba la 
nueva religión. El hechicero cristiano con acento de inefable 
dulzura le dijo: 

— Entra Zapinda; eleva tu alma á Dios. 

Penetró la joven en el santuario, y sobre ^1 altar que se des- 
tacaba en el fondo, vio la imagen de una mujer, coronada de 
estrellas y á sus pies el blanco creciente de la luna. Angeles y 
querubines la elevaban al cielo y al ascender, rompían la tenue 
gasa de las nubes. Los ojos de la imaginación podían ver que 
el cielo abría sus puertas de diamante para recibir á la más 
bella de todas las criaturas.^ 

Hincada de rodillas pidió Zapinda á la reina de los ángeles 
que la librase del peligro de su propio corazón; lloró, y sus lá- 
grimas, como una lluvia, templaron los ardores de su pecho. 

El sol se hundía entre los celajes de colores, cuando Zapin- 
da entró en las calles de Huetamo, bajo un cielo de bendición 
y de esperanza. 

Vil 

Otr,a vez volvió Peuáhpensti á enviar á la niña por agua del 
río. Zapinda se encaminó primero al bosque de cuirindales, y 
llena de asombro miró levantarse en medio de los árboles un 
elevado cocotero, sobre cuyo flexible tronco se mecían las pa- 
lapas á impulso de la brisa. Aquella esbelta planta le parecía 
la imagen de Tumbí, el gallardo guerrero de alta estatura, ce- 
ñida la sien con el penacho de flexibles plumas que ondulaban 
al viento. 

Absorta caminaba, tocando con sus manos las tiernas sensi- 

1 La virgen de la Asunción es la patrona del pueblo de Cutzio. 



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267 

tivas y al par de ellas sentía extremecerse en su seno las fi- 
bras más delicadas de su ser. 

Pensó en el anciano sacerdote, y elevó sus ojos al cielo, El 
cielo se cubría en aquel instante de nubes macizas que ya pa- 
recían inmensos copos de nieve, ya montañas de oro incan- 
descente ó girones espléndidos de púrpura. 

Hubo un momento en que las nubes, iluminadas con los co- 
lores del iris, tomaron ante los gjos de Zapinda la forma de 
una mujer, la más bella de todas las mujeres: la coronaban las 
estrellas y se extendía á sus pies el arco creciente de la luna. 
Y en aquella apoteosis que se verificaba en los cielos, el sol 
derramó sus últimos rayos, como torrentes de luces misterio- 
sas. 

Mas luego las nubes se deshicieron como tenue gasa, y en 
el espacio azul sólo flotaba ya el manto de color indeciso de la 
tarde. 

VIH 

Cuando la joven volvió sus miradas hacia el suelo, vio salir 
de entre las sensitivas una paloma silvestre que cantaba ale- 
gremente, que batía sus alas y que sacudía de sus plumas una 
menuda lluvia de gotas de agua cristalina. Zapinda prorrum- 
pió en un grito de júbilo al comtemplar un pequeño manan- 
tial que aparecía entre las sensitivas, al pie del elevado coco- 
tero.^ 

Así fué como Fr. Juan Bautista hizo el milagro de que ni Za- 
pinda ni las demás doncellas de Huetamo tuviesen que ir por 
agua hasta Cutzio, expuestas á los peligros del camino. 

IX 

Ño paró en esto el milagro. Pocos días después, Zapinda 

1 JLl manantial se conoce en Huetamo con el nombre de *<Ojo de agua del 
coco." 

Michoacán.-17 



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268 

y Jambí recibieron el agua bautismal de m^os del Apóstol 
de Tierra caliente, y con los nombres de María de la Asun- 
ción y de Juan Bautista se unieron con eternos lazos, siendo 
ésle el primer matrimonio cristiano celebrado en el antiguo 
reino de los huetama. 



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L 



EL HHJOHIOEJK/O. 



Hubo en aquel tiempo un indio tenido 
en el yulgo por heohloero que hizo gran- 
des estragos en los de su nación. Arreba- 
tado de un entusiasmo dlabólloo ponía 
oon fiereza Inoielble los ot)os en un pobre 
Indio, y le decía en su lengua: ni uari [an- 
da muérete]; oon esto se dc^Jaban aquellos 
miserables poseer de un terror pánico y 
profunda melancolía que les quitaba la 
ylda. Ck>nstó ser esto la causa íbta], pues 
el 8r. Obispo, conociendo Judicialmente 
del caso, halló noSbaber causa alguna físi- 
ca de que aquel hombre se valiese para 
quitar la vida. 

Morenot Vida del lUmo, Sr, Don 
Va$eo de Quiroga, páff, 71. 



Hacia el noroeste de Ziracuaretiro se desencadenaba sobre 
la sierra una tempestad profunda y tenebrosa. El trueno se 
sucedía sin interrupción, y el cárdeno fulgor de los relámpagos 
parecía abrasar con siniestras llamas las elevadas copas de los 
pinos. 

Por entre la selva huía un hombre, un anciano, cuyo aspec- 
to, tanto podía inspirar lástima como temor. Su cuerpo páre- 
mela un esqueleto ambulante, y había en sus ojos no sé qué 
ígneo relampagueo, como si en aquellas órbitas se encerrase 
el germen del rayo. Su cabellera blanca é hirsuta flotaba á dis- 
creción del viento. 

Aquel anciano caminaba rápidamente íiacia Ziracuaretiro. 



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260 

Ziracuaretiro, según la bella expresión de un artista poe- 
ta, ^ es el prólogo del hermoso poema que se llama üruapan. 
Sus calles están obscurecidas por la sombra de los zapoteros, 
de los árboles de mamey, de los naranjos cubiertos Je frutas 
de oro, de los mangos de exquisito sabor, de los plátanos de 
lucientes hojas. Allí cuaja el café sus corales de néctar y las 
ananas el almíbar de sus pinas codiciadas. 



Los habitantes de la hermosa aldea presenciaban en aque- 
llos momentos un sublime espectáculo, imponente y .terrible 
de un lado y del otro encantador y apacible: en la selva que 
se extiende hacia el norte, la tormenta ennegrecía más los obs- 
curos pinares y la montaña retumbaba al fragor de los true- 
nos de la tempestad; en tanto que hacia el Sur los rayos del 
sol se derramaban sobre la superficie aterciopelada de los cam- 
pos y en una nube lejana el iris deshacía sus brillantes colores. 



De súbito las mujeres y los (niños exhalaron gritos de an- 
gustia y de terror al divisar que salía de la selva el anciano del 
siniestro semblante. Apareció como si fuese el engendro de la 
tempestad, brotando de en medio de las tinieblas. 

Por todas partes se oía el grito: "el hechicero! el hechicero!"" 
y las gentes huian á ocultarse en el interior de sus chozas. 



Cuando aquel hombre misterioso atravesó por la aldea, las 
calles estaban ya desiertas. 

Tenía hambre, y no hubo una mano piadosa que le ofrecie- 
se una tortilla. 

Lo devoraba la sed, y las puertas se cerraban cuando pedia 
un jarro de agua. • 

1 Manuel Ocaranza. 



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261 

En vano recorrió toda la población: en ninguna parte logró 
encontrar un ser humano. Los perros, al verlo pasar, se en- 
grifaban y prorrumpían en lastimeros aullidos. 



Comenzó á anochecer. Entonces aquel hombre recorrió de 
fluevo la población; se detenía en cada esquina y con acento 
lúgubre gritaba: 

— "JVi t¿arí/"— Las gentes encerradas en sus aposentos tem- 
blaban al escucharlo; las madres estrechaban en sus brazos á 
SMS hijos que sollozaban espantados, como si un viento de 
muerte llevase el eco de aquellas fatídicas palabras 

II 

La escena que se acaba de referir pasaba en el año de 1540, 
casi á raíz de la conquista de Michoacán, en donde reinaban el 
pánico y la miseria. De semejante situación supieron aprove- 
charse los misioneros católicos para hacer una copiosa cose- 
<^ha de almas. A millares acudían los indios á recibir el santo 
bautismo, o^a porque creyesen que el cambio de religión los 
libertaría dd las crueldades de los conquistadores, ora porque 
los sedujeron las virtudes de los religiosos y el amor que ellos 
les manifestaron. Hería la ardiente imaginación de los neófi- 
tos lo aparatoso del nuevo culto y la dulzura y benignidad de 
flus ceremonias. Pero si todo esto los halagaba, en cambio 
veían con horror y tristeza algunos sacrificios que se les impo- 
nían. Acaso el principal era el que exigía de los maridos que 
no conservasen más que una sola mujer de las varias que les 
permitía su antigua religión; y ni siquiera se les dejaba elegir, 
«ino que se les obligaba á mantener en su compañía á la pri- 
mera que había ocupado el tálamo de esposa. ^T en esto ha- 
bía mucho que averiguar — dice el cronista Basalenque— por- 
que ó ellos no sabían declarar cual había sido muger ó mance- 
ba, ni qual de las mugeres había sido propiamente muger, ó la 



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262 

primera; y dado caso que supiesen qual era la primera y qua> 
la segunda, sucedía amar á la segunda y aborrecer á la pri- 
ifeera." 

El limo. D. Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán^ 
confirmó esta decisión de los misioneros, "porque— decía — 
tiene tanta fuerza el sacramento del matrimonio, que aun en- 
tre los infieles derrama su gracia, siendo claro que la primera 
unión es la única que obtiene el sello divino/^ 

Los indios tuvieron por fuerza que someterse al canon, y de- 
esta manera imperó soberana en el hogar tarasco la más an- 
tigua de las esposas. Nada importaba que los matrimonios fue- 
sen infecundos, si se salvaba la pureza de la fe. 



Un año antes, Tarepe (el anciano^ en tarasco), cacique de Su- 
rumucapio, se había prendado de una hermosa joven de su 
pueblo, y como de su voluntad dependía, pronto la sin par 
Oüeranda fué á habitar en el palacio de su rey, siendo la déci- 
matercera de sus esposas legítimas. 

La joven creyó que se le cerraban para toda la vida los dfas^ 
de felicidad. Siempre retraída de sus compañeras, no hacía 
más que llorar, llorar continuamente, confirmando así la ver- 
dad de su nombre, Oueranda^ que significa lágrima. 



Mas un día del mes de Abril de aquel año, GQeranda, coni 
una dulce sonrisa en los labios, se encaminaba al manantial 
del cristalino río de Surumucapio* Las gentes que la veían pa- 
sar se admiraban de que fuese tan contenta y risueña. 

¿Qué había originado esta insólita alegría? Tarepe no podía 
inspirar á GUeranda ese sentimiento ardiente é inefable que se 
llama amor. Guando la hacía ir á su lado, la joven no podía 
ocultar su tristeza ni su despecho; y mientras más ardiente era 
la pasión de su esposo, más grande le parecía á ella el sacrifi- 
cio de su juventud y de su hermosura. Entonces se desataban^ 



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268 

los raudales de sus lágrimas, y á veces, el anciano, presa de los 
celos, la arrojaba de sus brazos, poseído del odio más pro- 
fundo. 

Nada extraño era, pues, que los vecinos de Surumucapio se 
quedaran pasmados aquella tarde que la vieron ir tan alegre 
al ojo de agua del rio. No sabían que Güeranda tenía ya á quien 
amar, con el amor más grande y más puro que existe sobre la 
tierra. 

—Soy madre, — decía en el fondo de su alma— ya mi cora* 
zón no estará solitario. 

Y al mismo tiempo sentía nacer un vago afecto por el hom- 
bre que la había privado de su libertad. ¿No era él quien la 
colmaba de una dicha inesperada? 



Llegó al paraje delicioso en donde brota el río. Los últimos 
rayos del sol caían sobre las gotas que saltaban de la linfa y 
las teñían de múltiples colores. La joven se despojó del blan- 
co guanúmuti y se envolvió en la espuma de la fuente que mur- 
muraba: murmurios de ternezas, acompañados del rumor sua- 
ve y misterioso de los pinos. 

Güeranda sentía latir su seno de una manera desconocida^ 
pero tan santa, que se creía transportada á la mansión de las 
almas para escoger entre ellas la que había de animar á su 
hijo. 

Cuando volvió en sí de su éxtasis palidecía la luz del sol, y 
la luna asomaba por el oriente, derramando sus rayos apaci- 
bles y castos, como los pensamientos de aquella madre feliz* 

La joven tornó á su hogar, y al entrar á la regia cabana, su 
mirada se encontró con la de Tarepe. Por primera vez sus la- 
bios sonrieron al anciano, quien sintió derretirse en su corazón 
el hielo de los años. 



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264, 



III 

Por aquellos días llegó á Surumucapio uno de los familiares 
del limo, obispo Don Vasco de Quiroga. Tarepe, los miembros 
de su familia y los habitantes del país habían recibido ya con 
anticipación las aguas del bautismo; por lo tanto, el sacerdote 
fué acogido con todo respeto y con los homenajes de la más 
franca hospitalidad, tanto más, cuanto que su misión era la de 
anunciar á aquellos pueblos que Su Señoría Ilustrisima los hon- 
raría muy en breve con su visita pastoral. Entretanto, el clé- 
rigo iba facultado para investigar si habían sido ejecutadas en 
todo las órdenes del prelado, teniendo, además, autorización 
para castigar á los desobedientes. 

¡Cuál no sería la profunda indignación que le causó saber 
que Tarepe conservaba íntegro su serrallo! En vano el minis- 
tro de paz— lleno de santa ira — amenazó al cacique con los 
anatemas de la Iglesia; el anciano, acaso por no comprender 
lo terrible de esos castigos morales, no manifestó espanto al- 
guno y siguió empedernido en su pecado. 

Cuando el familiar regresó á Pátzcuaro, dio cuenta al prela- 
do de la heregía en que estaba incurriendo el cacique de Su- 
rumucapio y pidió el castigo para escarmiento del culpable y 
para evitar el contagio del mal ejemplo. 

El obispo Quiroga, si dulce y apacible en sus maneras; si 
amoroso y caritativo con los indios, era enérgico y firme en 
sus resoluciones y decía que sobre el amor y la caridad estaba 
la salvación de las almas. Así es que al saber la horrible con- 
ducta de Tarepe requirió el auxilio del brazo secular para que 
el reo fuese destituido del mando político, para que se le con- 
fiscasen sus bienes y para que fueran expulsadas de su lado 
todas las mujeres de su harem, con excepción de la primera 
que hubiese compartido con él el lecho nupcial. 

El familiar regresó á Surumucapio, acompañado de un alfé- 
rez real y de una fuerte escolta de soldados. El clérigo, perso- 



n 



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265 

nalmente, penetró en la guatáppera y arrojó de aquel recinto 
de Satanás á las concubinas del cacique, obligándolo á conser- 
var como su única y legítima esposa á aquella con quien se ha- 
bía casado en la juventud, y que actualmente vivía retirada en 
un rincón del pueblo. La escogida fué OvM {la viga), anciana 
de setenta años, cuyos ojos, largo tiempo amortiguados por la 
soledad, hallaron aquel día una chispa de amor, al dirigir una 
mirada á su real consorte. 

£1 cacicazgo de Surumucapio quedó convertido en encomien- 
da, y en cuanto á los bienes raíces de Tarepe fueron confisca- 
dos todos los que poseía en la sierra y le dejaron tan sólo los 
que se extendían al Sur de Ziracuaretíro, en aquella región de 
la tierra caliente, en donde el sol impera como dueño absolu- 
to: verdad es que multitud de ríos cruzaban el tortuoso valle, 
pero ni se apreciaban entonces las ventajas de la irrigación, ni 
parecía posible elevar las corrientes de las aguas que iban en- 
cajonadas en barrancas profundas. La superficie de aquel te- 
rreno estaba cubierta de pedregales y apenas uno que otro es- 
pacio podía servir para el cultivo del maíz. Por eso nadie co- 
dició entonces la dilatada extensión. 



El alférez del rey y el familiar del obispo ejecutaron todos 
estos actos en presencia del pueblo, reunido en la plaza pú- 
blica; y si algunas almas se compadecieron de la angustiada 
situación del cacique, reducido de un momento á otro á una 
terrible miseria, la generalidad de los habitantes vio con indi- 
ferencia semejante cambio y no faltaron quienes hiciesen ma- 
nifestaciones de burla, cuando vieron que el familiar con gran 
solemnidad presentaba la mano de Gutzí á su infortunado con- 
sorte y cuando observaron que la anciana no manifestaba aquel 
recato ni aquel pudor con que la joven doncella se acerca á su 
esposo en el día de las bodas. 

Las manifestaciones de burla tornáronse en silbidos y en 
desenfrenada gritería, cuando la muchedumbre vio á Tarepe 



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266 

empujar con desprecio á la enamorada Cutzí y huir de ella^ 
lleno de desesperación y de despecho. Y sin embargo, la mu- 
chedumbre tuvo en seguida un arranque de respeto ante el in- 
fortunio, y silenciosa yirecogida, abrió paso al cacique para que 
pudiese caminar sin obstáculo. 



Abatido trasponía ya las últimas casas del pueblo, cuando 
oyó tras de sí pasos de alguien que le seguía. Volvió el rostro 
y sus ojos contemplaron atónitos á GQeranda. 

— Sí, soy yo, dijo la joven. ¿No eres tú el padre de mi hijo? 
(jNo te amo como si fuese tu 'hija? Te acompafíaré en tu po- 
breza, seré el báculo de tu vejez y, cuando mueras, yo cerraré 
tus ojos, yo llevaré á tu sepultura el pan de los difuntos. ^ 

Tarepe no respondió á la joven: sintió que le oprimían la 
garganta, le pareció que una nube pasaba por sus ojos, y que 
la tierra se hundía bajo sus pies. 

Apretó convulsivamente la mano de Güeranda y lanzó sobre 
ella una mirada fría y siniestra: en seguida prorrumpió en es- 
tridente carcajada. 

Güeranda tuvo miedo; mas poco á poco el anciano se calmó 
y sin soltar la mano de la joven echó á andar rumbo á Zira- 
cuaretiro. 

IV 

Algunos años antes del comienzo de esta historia habían lle- 
gado á México los religiosos de la orden de San Agustín con 
objeto "de predicar el santo Evangelio y de desterrar al demo- 
nio que, como rey tirano de las almas, havía muchos siglos 
que las tenía tiranizadas; y después de muchas visibles con- 
tiendas que con los demonios havían tenido en varias partes^ 
pensaron emprender nuevas conversiones donde nunca hu- 

1 Aún dura entre los indios la costumbre de llevar esa ofrenda á los sepul- 
cros de sus deudos. 



^ 



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267 

biese llegado el sonido de la voz evangélica ni los rayos del 
Sol de Justicia uviessen alumbrado, y hallaron que la tierra 
caliente estava olvidada, porque esa tierra es la peor que tenía 
la Nueva España, por ser doblada, muy caliente, llena de mos- 
quitos y malas sabandijas, donde no se hallava mal el demo- 
nio."! 

Entre los lugares que escogieron para hacer la conquista es* 
taba la provincia de Michoacán y sentaron su cuartel general 
en Tiripitfo, que nada tiene de cálido, sino antes bien, es un 
clima suave y benigno; mas es entrada de la rica y feraz tierra 
callente y desde allí podían mandar sus cohortes á la tremen- 
da campaña que venían á emprender. Cedióles aquel sitio el 
encomendero Don Juan de Álvarado, pariente del famoso Don 
Pedro, compañero de Hernán Cortés. Favoreció también su 
empresa el limo. Don Vasco de Quiroga que no veía con ojos 
serenos el exclusivo predominio que sobre los indios tarascos 
alcanzaban los hermanos de la orden de San Francisco de Asís. 
No desconocía el señor obispo el desprendimiento, la abnega- 
ción y demás virtudes de los franciscanos; pero por razones 
que no expresa el cronista Beaumont, el prelado se empeñó 
en llevar á su diócesis á los frailes agustinos y en favorecerlos 
con decidida preferencia sobre los franciscanos, á pesar de que 
éstos habían llevado la palabra divina hasta los rincones más 
ocultos de Michoacán. 

Sea de ello lo que fuere, los agustinos sentaron sus reales 
en Tiripitfo, no porque allí hubiese oro, como parece indicarlo 
su nombre, '*pues aunque el cerro, á cuyas haldas está funda- 
do el pueblo, tiene muchas catas y socabones no hay noticia 
de que los padres hayan encontrado oro, ni lo buscavan los 
pobres de Cristo, sino por adquirir otras perlas y joyas que 
son las almas, de las cuales había muchas en esta tierra." ^ 

Doble como era la misión de estos nuevos apóstoles, pues 

1 BAialenque. Historia de la Proyincia de San N ¡colas Tolentino, de Mi- 
choacán. 

2 Basalenque. L. c. 



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268 

qae "tenían que luchar contra el demonio, enseñoreado de las 
almas ^ délas tierraa^^^ se dividieron en dos jerarquías, una pa- 
ra conquistar las almas y otra para hacer que el demonio sol- 
tase de sus manos las tierras. Entre los primeros — que fueron 
pocos— puede citarse á Fr. Juan Bautista; y entre los segundos 
ninguno dejó de ser un héroe, y muy en breve, cristianizadas 
las tierras, se convirtieron en las más ricas haciendas de Mí- 
choacán. Y no sólo arrebataron al enemigo malo las de tierra 
caliente, sino también las de tierra fría, no quedando rincón 
de aquella provincia, con tal de que fuese fértil, que no liber- 
tasen de las garras de Satanás. En Tiripitío alcanzaron la pri- 
mera victoria, pues allí fundaron la soberbia hacienda de Coa- 
pan. ^ 



Estrecho les pareció el dilatado campo que se extiende des- 
de Tiripitío hasta las márgenes del río grande, y buscando 
más amplios horizontes penetraron á la región del poniente y 
establecieron un priorato en Zirosto, desde donde podían do- 
minar las feraces campiñas del Valle de Imbarácuaro (hoy Los 
Reyes) y las ubérrimas huertas de Apatzingan; y como vitUa 
principal, se establecieron en Tingambato, encuadrándose en 
la comarca en que los franciscanos ejercían su jurisdicción, 

"Tingambato — dice Basalenque — ni es frío mucho ni muy 
caliente. Está en medio de la sierra, bagando á tierra caliente. 
Tiene limpias aguas, mucha frescura y lindas frutas.^^ Nadie 
extrañó, en consecuencia, que los padres agustinos se apode- 
rasen de aquel ameno sitio, desterrando de allí al demonio, y 
que al año siguiente, los campos que rodean al pueblo osten- 
tasen en suaves ondulaciones las doradas espigas del trigo. 

Comprendía la jurisdicción de Tingambato la aldea de Zira- 
cuaretiro. A corta distancia de este pueblo se erguía sobre una 
yácata un antiguo templo de la gentilidad, en medio de un oá- 

1 Muy sabido es que los agustinos y los jesuítas eran dueños de las mejo- 
res fincas de campo. 



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269 

sis de fecunda verdura. ¿Qué mejor oportunidad ni más pro- 
picio campo para combatir al demonio? El prior tomó aquel 
sitio á título de conquista espiritual^ y erigió allí una ermita 
b^'o la advocación de San Antonio de Padua, palabra esta úl- 
tima que los tarascos convirtieron en Patuan. "Allí se dieron 
los primeros plátanos de la Nueva España, que los trajo de 
Santo Domingo el Señor Obispo Don Vasco de Quiroga y es- 
cogió este puesto y no se engañó, porque se dan muy lindos; 
y de cinco pies que puso se ha llenado la Nueva España." ^ 

No fué tan pacíñca la posesión que los agustinos tomaron 
de Patuan, pues Tarepe alegó que aquel sitio estaba compren- 
dido en el terreno que se le había dejado. Conociendo los frai- 
les la tenacidad y energía con que los indios defienden un pal- 
mo de sus tierras, no quisieron verse envueltos en un largo 
litigio si ocurrían á los tribunales, y pensaron que sería mejor 
apoderarse de todo, valiéndose de la astucia: á este efecto y 
con instrucciones secretas enviaron de prior del convento de 
Tingambato á un famoso fraile, criollo y nacido en Pátzcuaro, 
que á la habilidad de su talento reunía un profundo conoci- 
miento del idioma tarasco. 



Entre la magnificencia de aquel campo conglomerado se le- 
vantaba una humilde choza, oculta entre los flexibles tallos y 
las hojas, como listones de esmeralda, de un boscaje de bam- 
búes. ^ Llegaba hasta allí el perfume de los lejanos pinos de 
la sierra y se oía el ruido de los torrentes, que al chocar con 
las peñas se deshacen en espuma. 

En aquella choza moraban Tarepe y GUeranda, esperando 
el momento en que un nuevo ser viniese á traerles un destello 
de felicidad en la noche de su vida desventurada. 

1 Antes de la conquista ya se conocían en Michoacán los plátanos grandes 
llamados machos j en tarasco huemba, Basalenque, en el pasaje copiado, se 
refiere á otra clase de plátanos. 

2 Otates. 



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270 

Seis meses hacía que habían salido huyendo de Surumuca- 
pió, perseguidos por la maldición del sacerdote que los había 
excomulgado por adúlteros. 

Tarepe, siempre abatido y meditabundo, no tenía más ratos 
de consuelo que aquellos en que se hallaba al lado de la joven. 
Guando salía á inspeccionar su tarda ^ estaba inquieto y sobre- 
saltado y ansiaba por el momento de regresar, perseguido siem- 
pre por el temor de que en su ausencia viniesen ó la autoridad 
eivil 6 la más inflexible todavía, la eclesiástica, á arrebatarle el 
único bien que le restaba en el mundo. 

El amor que Tarepe profesaba á GUeranda se había tomado 
en inmensa ternura y en infinita gratitud. Cuando pensaba 
más profundamente en la posesión de su esposa, un miedo te- 
rrible de perderla se despertaba en su alma: á veces este sen- 
timiento se convertía en cólera, y entonces brillaban sus ojos 
como ascua ardiendo, se crispaban sus nervios y del fondo de 
su pecho salía un rugido que acababa en una convulsa carca- 
jada. ¡Oh! Si al regresar á la cabana, el anciano no hubiera 
hallado á GUeranda, jamás la razón habría tornado á su cere- 
bro. Las dulces, aunque respetuosas caricias de la joven lo 
traían de nuevo á la vida tranquila. Tarepe no tenía el con- 
suelo de su religión que había visto caer impotente á los pies 
del conquistador. La que éste le había impuesto, sólo había 
servido para arrebatarle su dominio, para sumirlo en la mise- 
ria y para privarlo de su familia. 

GUeranda, en cambio, no se sentía desgraciada. Le bastaba 
saber que era el ángel de consuelo de su esposo y la esperan- 
za para el ser que sentía moverse en su seno. La fe cristiana 
que la joven había abrazado con entusiasmo llenaba su espí- 
ritu de dulce confianza y derramaba en su cuerpo la esencia 
del amor. Y sin embargo, ¿por qué la melancolía nublaba á 
veces la frente de la joven de mirada dulce? ¿Por qué volvían 



1 l^ombre tarasco del maizal: indica la idea de campo de cultivo en un sen' 
tido más general. 



^ 



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271 

á SUS ojos los torrentes de lágrimas con que la vimos aparecer 
en esta historia? ¿Por qué, de cuándo en cuándo, se sentía in- 
quieta y temerosa? En el profundo arcano de su pecho creía 
que no le bastaban para ser cristiana la redención del bautis- 
mo ni la práctica de las virtudes; le parecía que todo era inú- 
til sin las ceremonias del culto. ¿Llegarían al cielo sus plega- 
rias, cuando no partían del interior de un templo, sino de en- 
medio del campo, cubierto de flores y bañado por los rayos 
del sol? ¿Le bastaría la mística elevación de su alma al trono 
de Dios, sin la mediación del sacerdote? 

Si alguna vez pensaba en aprovechar una ausencia de Ta- 
repe para ir á orar en la ermita, en el acto desechaba la idea, 
persuadida de que el sacerdote católico habría de obligarla á 
separarse del anciano, del infeliz anciano que moriría al verse 
aislado ó que perdería para siempre la razón. Por esto acep- 
taba resignada su destierro. Jamás iba en sus paseos solita- 
rios más allá de las rocas que rodeaban su choza. Le agrada- 
ban la frescura de la floresta salvaje y el estruendo de los to- 
rrentes. 



Cierta vez encontró en aquellos sitios á una anciana que le 
pidió limosna; lo que no llamó la atención de la joven, porque 
en aquellos días las nueve décimas partes de los indios vaga- 
ban mendigando los desperdicios de los conquistadores y has- 
ta los de los caballos y de los cerdos de los encomenderos. 
GUeranda no podía haber sospechado que muchas noches aque- 
lla mujer se acercaba cautelosamente á la cabana para espiar 
á los esposos. Al retirarse sonreía siniestramente, y se habría 
podido distinguir en sus ojos una mirada terrible, como un re- 
lámpago de venganza. 

La pordiosera se manifestó humilde á la presencia de la jo- 
ven, pero ésta no pudo menos que sorprender en la fisonomía 
de la anciana algo que infundía terror, y cuando se alejó, GUe- 
randa experimentó no sé qué especie de inquietud y de temor 
á lo desconocido. 



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272 

En la noche, el cielo se cubrió de espesos nubarrones, la 
tempestad doblegaba los árboles seculares de la sierra y á 
la orilla del torrente gemían los sauces, sacudidos por el hu- 
racán. 

En aquel momento Tarepe atravesaba por entre los peñas- 
cos del malpafs y á la luz del relámpago buscaba el sendero 
que lo condujese á su choza. Al ñn llegó jadeante, mezclando 
sus gotas de sudor con las primeras de agua que se despren- 
dían (le l»s nubes. En la puerta de la choza lo esperaba impa- 
ciente GQeranda. 

¿Por qué había tanta angustia en la mirada de la joven? E! 
anciano vio que estaba profundamente pálida y notó el tem- 
blor de su cuerpo. Clavó sus ojos en las pupilas negras de su 
esposa, ¿qué miró allí, como una luz desprendida del cielo? 
¿Por qué había una sonrisa de inefable dulzura en los labios 
de GüerandaP Tarepe extendió los brazos, oprimió el talle de 
su esposa y las lágrimas de ambos se mezclaron en un ósculo 
de felicidad. 



Penetraron en el interior de la choza. Y como si la tempes- 
tad hubiese querido respetar el misterio que iba á verificarse, 
sacudió las alas y dejó bañadas de rocío las hojas de los árbo- 
les; el bosque exhaló no sé qué acentos melodiosos, eñ armo- 
nía con el canto de los pájaros; se desgarró el negro cortinaje 
de nubes y apareció en el cielo el tiperiado disco de la luna. 

En aquel instante se oyó dentro de la choza el agudo llanto 
de un niño. . 

Y afuera el rechinido de dientes de la anciana limosnera que 
se alejó, chispeando sus ojos rayos de venganza. 



VI 

Tres meses más habían pasado, cuando una mañana Tare- 
pe y GQeranda tomaron el camino de Tingambato. El anciana 



■\ 



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278 

no se había atrevido á rehusar á la joven que llevase á bauti- 
zar á su hijo. 

Llegaron á la población, cuyas casas se ocultaban entre los 
tupidos chirimoyos que en aquella época del año estaban en 
plena florescencia, saturando el ambiente de perfumes. ¿Quién 
no conoce la humilde flor del chirimoyo, cuya fragancia delei- 
ta los sentidos? Se parece á esas mujeres de alma pura y co- 
razón sensible, á quienes la naturaleza ha negado la hermo- 
sura. 

Güeranda llevaba en los brazos á su pequeño hijo que iba 
viendo el cielo, el bosque, las nacientes sementeras de maíz, 
con esa ojeada vaga é indecisa con que el niño comienza á mi- 
lar los objetos que lo rodean. Tarepe los seguía inquieto y 
desconfiado como un avaro que tuviese dos tesoros que guar- 
dar. Se aproximaron al vestíbulo del convento y encontraron 
allí al prior de la casa. 

— Ya os esperaba, exclamó el religioso, hablándoles en ta- 
rasco; ya sé á qué venís. 

Güeranda y Tarepe se miraron sorprendidos. 

— ¿Cómo ha de ser eso, padre? dijo el anciano, con nadie 
hablamos, á persona alguna hemos anunciado nuestra inten- 
ción de venir al pueblo. 

— Tú ignoras, Tarepe, que un ministro del Señor todo lo 
sabe. 

— Así ha de ser, puesto que tú lo dices 

— Anoche sorprendiste á Güeranda que lloraba inconsolable. 

— Es verdad. 

— Le instaste á que te dijera la causa de su sufrimiento, y 
cuando te dijo que no podía ver indiferente que su hijo no es- 
tuviera bautizado, tú calmaste sus sollozos con la promesa de 
que hoy vendrían á hacer cristiano alniño. 

El anciano no contestó; pero Güeranda miraba al prior con 
profunda admiración, creyendo que la gracia divina lo inspi- 
raba. 

Michoae&n.--18 



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274 

— Habéis dejado pasar muchos días, y si el niño hubiera 
muerto lo habríais privado de la gloria. 

Güeranda oía espantada las palabras del monje, y Tarepe 
permanecía indiferente. 

— No digas eso, padre; aquí tienes al niño para que lo bau- 
tices, exclamó aquélla. 

— Bien venidos seáis al fin, porque la autoridad va á sepa- 
raros, á destruir esta familia impía. 

Tarepe miró al sacerdote sin comprenderlo. 

— Eres rebelde y estás pecando mortalmente, al vivir al la- 
do de Tarepe. 

Güeranda se sentía desfallecer, y los sollozos le impidieron 
contestar. • 

— En cuanto á tí, dijo el prior al anciano, hé aquí á tu espo- 
sa, la única esposa ante Dios y ante los hombres. Y mostró á 
Cul2Í que sonreía dulcemente, apareciendo ante los interlocu- 
tores. 

Güeranda reconoció en ella á la pordiosera, y Tarepe á la 
mujer aborrecible que el obispo y el alférez real querían im- 
ponerle como compañera de su vida. 

El padre prior, en tanto, con los ojos entre cerrados, sabo- 
reaba en el fondo de su pecho el dulce néctar de la codicia sa- 
tisfecha. 

— Jamás; — gritó Tarepe— jamás uniré mi suerte á la de esta 
infame mujer, á quien quise repudiar por sus maldades, á esta 
mala hembra, de alma torcida como sus ojos. 

— Silencio: es tu esposa; está unida á tí para siempre. 

— ¡Nunca! Huiré lejos de los hombres, y si la salvación de 
mi hijo depende de tan terrible sacrificio, que no sea crisüano', 
la religión de mis antepasados no tiene crueldades como ésta. 
Vamos, Güeranda, coje al niño y huyamos de estos lugares 
malditos. 

— Te equivocas, Tarepe, dijo con aparente calma el religio- 
so, tu hijo nos pertenece: hay aquí soldados que te impedirán 
llevarlo. Bautizaré á ese niño inocente y mi convento lo adop- 
tará como hijo 



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276 

Lívida era ya la palidez de GQeranda; sus ojos se llenaban de 
lágrimas, y trémula y balbuciente imploraba la clemencia del 
prior. 

— Mi hijo — exclamaba entre sollozos — mi hijo no tiene la 
culpa de haber nacido de madre tan desgraciada. No es ver- 
dad que yo viva en el pecado con Tarepe: lo quiero como si 
fuera mi padre, soy el único consuelo de su vejez. Apiádate 
de nosotros. 

— Y lo niegas, cuando tú misma confiesas que ese niño es 
hijo de vosotros dos? 

— ¡Ah! padre, mi hijo estaba ya en el seno de mi ser, cuan- 
do llegaron á esta tierra los españoles: entonces era yo mujer 
legítima de Tarepe. 

— Razón de más para quitarlo de tu lado. 

— Separarme de mi hijo, sería arrebatarme la existencia. No 
lo consentiré jamás! 

— Padre, interrumpió Cutzí, bauliza á la criatura, sepárala 
de sus impíos padres, yo cuidaré de su crianza. 

Si GQeranda hubiese sido capaz de un ímpetu de ira, se ha- 
bría arrojado en aquel momento sobre la implacable vieja, pe- 
ro en su corazón de paloma no cabía otro sentimiento que el 
del terror, pareciéndole que iban á arrebatarle á su hijo. 

— Está bien, exclamó el religioso, como cediendo á las ins- 
tancias de Cutzí, bautizaré ese niño, lo pondré á tu cuidado 
como esposa legítima que eres de su padre; Güeranda no lo 
volverá á ver. 

— ¡Ah! Ten compasión de mí. Yo rogaré á Tarepe que viva 
al lado de Cutzí; yo seré la esclava de ambos y la nodriza de 
mi propio hijo. 

Los ojos de Tarepe, ora se fijaban en el prior con humilde 
mirada como implorando clemencia, era chispeando de ira en 
el semblante de Cutzí, ora con infinita ternura contemplaban 
á Güeranda, como si tuviesen poder para enjugar sus lágrimas. 
Latía su corazón con tal estrépito que parecía que iba á saltar 
del pecho: se inflaban las venas de su cuello y resonaba en su 
garganta el ruido precursor de una carcajada. 



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276 

— Padre mío— gemía Gfieranda — ten piedad de mi hijo, com- 
padécete de su anciano padre, sobre quien en estos instantes 

cierne la locura sus alas emponzoñadas haz de mi lo que 

quieras. 

El prior pareció enternecerse ante aquesta escena de deso- 
lación. 

— Sólo hay un remedio, — dijo — hablaré con el señor obispo; 
le diré que tú, Güeranda, eres una mujer llena de fe cristiana, 
que harás el sacrificio de tus bienes para obtener una dispensa, 
á fin de que quede consagrada tu unión con Tarepe. 

— ¡Santo cielo ¡ — murmuró la joven. — ¿Será posible tanta 
felicidad? Cualquiera que sea ese sacrificio lo acepto desde 
ahora. 

— Y tú, ¿qué dices, Tarepe? 

El anciano, que se había ¡do calmando al escuchar las pala- 
bras del religioso, pudo contestar: 

—Yo haré lo que quiera Güeranda. 

El prior, lleno de malicia, sonrió y dijo: 

— Pues bien, en estos casos se necesita dar una limosna cre- 
cida á la Iglesia. 

— Yo no tengo dinero, prorrumpió angustiado el anciano. 

—No hay necesidad de dinero: aún eres dueño de los terre- 
nos en que están tu choza y tu tárela. 

Tarepe abrió desmesuradamente los ojos, y exclamó: 

— ¿Dejaré morir de hambre á los seres que me pertenecen? 
¿No tendré ya un rincón de tierra para que reposen mis hue- 
sos? 

—¿Y Güeranda? ¿Y tu hijo? 

— ¡No, nunca! 

Dijo el anciano con tanta energía estas palabras, que el prior 
comenzó á dudar del éxito de su plan. Mas como era preciso 
arrebatar de manos del demonio aquellas magníficas tierras, 
se volvió hacia ese auxiliar inconsciente y ciego que tiene siem- 
pre el sacerdote en la mujer é interpeló á Güeranda. 

— ¿Consentirás en que tu hijo no sea cristiano, y en que tú 



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277 

y Tarepe estéis condenados al infierno por la vida impura que 
lleváis? 

Un destello de indignación pasó por el alma de Güeranda, y 
dijo: 

— Si tú no quieres bautizar á mi hijo lo llevaré á Uruapan, 
lo pondré en manos de Fr. Juan de San Miguel; Tarepe habi- 
tará en el hospital que aquel santo varón ha edificado en aque- 
lla ciudad, y yo me consagraré al culto de la Virgen, de la san- 
ta Madre de Dios que ruega por nosotros los pecadores. 

El prior palideció; tuvo celos de que los bienes de Tarepe 
pasasen á poder de los franciscanos, y con voz llena de dulzu- 
ra dijo á Güeranda: 

— Podría suceder lo que dices, hija mía; pero jamás volve- 
ríais á veros, porque los franciscanos y especialmente Fr. Juan 
de San Miguel, son más escrupulosos que nosotros. Mas no 
llegará ese caso: hoy mismo quedaréis separados por orden de 
la autoridad. Olvidarás las facciones de tu hijo; ¡Tarepe no vol- 
verá á ver á su Güeranda! 

La joven inclinó la frente, llena de una palidez tan intensa, 
como si la muerte la hubiese tocado con su mano. 

Al oir Tarepe las palabras del religioso y al contemplar el 
semblante de la joven, gritó: 

— Yo no quiero separarme de mi esposa. Dispon de mis bie- 
nes. 

— No soy exigente, respondió el fraile; bastará que hagas en 
favor de la Provincia de Agustinos una donación que com- 
prenda tan sólo el terreno que pueda medirse por sus cuatro 
lados con lo largo' de una piel de buey. ^ 

— Acepto, exclamó Tarepe, reconocido á la generosidad del 
prior. 

Güeranda que observó la extraña alegría que iluminaba los 
ojos del monje, tuvo miedo, el miedo del peligro desconocido; 



1 Aunque esta tradición no eea original, así es como se refiere que los agus- 
tinos de Michoacán se hicieron de la inmensa hacienda de Taretan. 



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278 

pero sus labios permanecieron mudos. En cambio Gutzl gritó 
con toda la fuerza de sus pulmones: 

— ¡Imposible! Yo me opondré á la dispensa. ¡Yo soy la es- 
posa legítima de Tarepe! 

El padre prior sonrió, con una sonrisa tan inocente, como 
si en el fondo de su pensamiento estuviese diciendo á la an- 
ciana: "tú no tienes tierra que medir con la piel de un buey." 



Seis días después regresaron los nuevos esposos á su caba- 
na. Tarepe se sentía rejuvenecido. Estrechaba en sus brazos 
á Güeranda, como una encina secular ciñe con sus ramas á un 
tierno arbusto. Sus ojos, antes amortiguados, brillaban ahora 
como dos estrellas que rasgan las nubes y titilan deslumbra- 
doras. 

En cambio, Güeranda no participaba de la alegría del ancia- 
no. ¿Por qué ruedan por sus mejillas lágrimas silenciosas? ¿Por 
qué tiembla como la hoja al primer soplo del huracán? No po- 
día olvidar aquella escena en el vestíbulo del convento, la fe- 
roz y extraña alegría del padre prior y la mirada vengativa que 
sobre el tierno niño había lanzado Cutzí. Ni se fijó siquiera en 
que en aquel momento se alzaba la luna como una lámpara 
nupcial en el cielo del amor. 



vil 

No pasó un mes sin que el Corregidor de Pátzcuaro librase 
cita á Tarepe para que se presentara en determinado sitio, á 
efecto de dar posesión á los agustinos del terreno donado. El 
anciano se despidió de su esposa y se encaminó hacia el Norte, 
pensando que la medida no podría extenderse á más de lo que 
comprendía el paraje llamado Corú. Güeranda lo vio partir, 
sin poder darse cuenta de la zozobra que oprimía su corazón. 

Cuando Tarepe llegó al punto designado ya estaban allí el 



^ 



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279 

prior de Tingambalo, el juez que iba á practicar la diligencia 
y varias comunidades de indígenas convocados como colin- 
dantes. Habiendo preguntado por la piel de buey le mostraron 
un pequeño montón compuesto de una sola correa extrema- 
damente delgada. Casi podría decirse que aquella cuerda era 
impalpable. 

Se comenzó á practicar la medida. Tarepe tomó un extremo 
de la correa, y acompañado del juez siguió la dirección del Sur, 
en tanto que el prior permaneció en el sitio, teniendo el otro 
cabo de la cuerda. Ésta comenzó á desarrollarse, y á media 
legua de andar observó Tarepe, desde una eminencia, que el 
ovillo no disminuía, al menos sensiblemente. Entonces sintió 
su frente bañada de un sudor frío. 

— ¡Me han engañado! gritó. 

— ¡Marcha! le dijo el Juez. 

Siguió Tarepe caminando, y mientras más andaba, aquella 
cuerda parecía interminable. 

— ^Esto no puede ser la piel de un solo buey. 

— El juzgado da fe de que ni le falta ni le sobra. ¡Avanza! 

Siguió Tarepe caminando: le flaqueaban las piernas, no de 
cansancio, sino acometido de un presentimiento terrible. 

— No te detengas, ordenó el juez. 

Siguió caminando Tarepe, torturada su alma y nublados sus 
ojos ante la espantosa realidad. 

Por fin llegó al lindero opuesto de su terreno: el juez man- 
dó hacer alto, y con robusta voz otorgó, por aquel lado, á la 
Provincia de Agustinos de San Nicolás Tolentino de Michoa- 
cán, la posesión que le correspondía. 

Al escuchar Tarepe estas palabras, hundidos los ojos en lo 
más profundo de sus órbitas, prorrumpió en una lastimera car- 
cajada. 

Se dirigió con paso vacilante á su choza, inmediata á aquel 
lugar, y se quedó inmóvil ante la puerta. 

A electo de continuar la medición, el señor juez lo llamaba 
á grandes voces; pero Tarepe no lo escuchó ya. 



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280 

— ¡Tarepe ! ¡Tarepe ! repetía el juez; pero repetía en 

vano. 

Entonces el actuario, creyendo que el sitio tenía tal nombre, 
escribió que aquel lindero se llamaba "El Tarepe." ^ 

Largo rato permaneció el anciano frente á su choza; después 
prorrumpió en un grito agudo y prolongado, y huyó, tomando 
de nuevo la dirección del Norle. ¿Iba á recorrer por última vez 
su taretaf 

Y el escribano, que le oyó pronunciar este nombre, escribnS 
en el acta: "Y el terreno de que se da la posesión se llama Ta- 
rdan^ según lo confiesa el donante." 

El señor juez continuó practicando en rebeldía la diligencia' 
y cuando tornó á Corú, el padre prior, lanzando un suspiro de 
satisfacción, dio las gracias al digno funcionario, y le dijo: 

—Ya ve su señoría cómo los padres agustinos hilamos muy 
delgado. 



GQeranda no se había apercibido de la presencia de aquella 
gente en las inmediaciones de la choza. En la tarde, inquieta 
por la tardanza de Tarepe, salió para ir á su encuentro. Lle- 
vaba á su hijo dormido en los brazos, y al pasar por debajo 
de una ziranda, á la margen del río, suspendió de las ramas de 
aquel árbol una pequeña hamaca, y depositó en ella al niño 
para que disfrutara de la sombra y lo arrullase el ruido del to- 
rrente. 

En seguida se dirigió á una eminencia, y poniendo una de 
sus manos sobre los ojos íijó su mirada en el Norte, inquirien- 
do si Tarepe vendría ya de regreso. 

Un grito agudo del niño la hizo retroceder precipitadamen- 
te, y al llegar á la ziranda vio á Cutzí inclinada sobre la hama- 
ca con la vista fija en la criatura, cuyos ojos se dilataban bri- 
llantes, como si su alma contemplara la inmensidad del cielo. 

1 Ese nombre se ba conservado, y es el de un rancbo que boy pertenece i 
la bacienda de Tomendán limítrofe de la de Taretan. 



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^1 

— ¡Culzí ! exclamó Güeranda, y arrebatando á su hijo 

huyó con toda velocidad hacia el interior de la cabana. 

Cutzí la dejó partir y luego tomó el camino del Norte: al en- 
cumbrar la pequeña eminencia se encontró con Tarepe. 

— ¡Estoy vengada! le dijo y estalló en risa de cruel ironía; 
Tarepe respondió con olra, siniestra y prolongada. 

Había obscurecido: las estrellas titilaban en la negrura co- 
mo abismo de un cielo sin nubes; en la tierra, en medio de la 
tupida vegetación, se multiplicaba la intermitente fosforescen- 
cia de las luciérnagas; el aire estaba saturado del perfume de 
las ilamas y de los arrayanes. En lo alto de la colina se desta- 
caban todavía las siluetas de Tarepe y de Cutzí, como dos fan- 
tasmas que se dan cita en medio de las tinieblas, y que se mi- 
ran con ojos de fuego. 



Cuando Tarepe llegó á su choza oyó que Güeranda solloza- 
ba y que su hijo exhalaba gemidos lastimeros. Penetró: el niño 
era víctima en aquel momento de agudas convulsiones; se con- 
traían sus tiernos músculos; las pupilas de sus ojos revelaban 
el hondo sufrimiento del cerebro. Respiraba lentamente con 
estertor angustioso; imperceptible era su pulso; las extremi- 
dades de su cuerpo estaban frías, y la boca se llenaba de es- 
puma. 

Güeranda no pudo contener el llanto al ver entrar á Ta- 
repe. 

— Hé aquí la venganza de Cutzí—le dijo — ¡lo ha envenenado 
con sus ojos! ¡Mi hijo se muere! 



Güeranda habla oído decir á los ministros del Evangelio que 
los niños que mueren son ángeles que vuelven al cielo, almas 
privilegiadas, á quienes Dios aparta del pecado y las llama á 
su gloria. 

Ante este pensamiento, Güeranda sintió que se helaba la 



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28^ 

sangre de sus venas. En aquel instante vio que los ojos del 
niño adquirían un grandor extraordinario; había en su mirada 
una limpidez tan intensa que parecía reflejarse en ella la pu- 
reza del cielo. Le parecía que aqnel cuerpecito se tornaba diá- 
fano y aéreo. Lo vio plegar sus labios con una sonrisa indefi- 
nible, y oyó que de lo intimo del pecho salía un sollozo débil, 
pero de un timbre argentino, como si fuesen dulces palabras 
con que el niño saludara á los ángeles, rodeados ya de su cu- 
na, para recibir su alma y remontarse con ella al azul de la 
bóveda estrellada. 



Güeranda se arroja á la cuna, coge en brazos á su hijo, 
— ¡No se lo han de llevar! exclama; es el fruto de mis en- 
trañas; ¡no quiero que se vaya á la gloria! Aquí lo tengo pen- 
diente de mis pechos. Le daré la sangre de mis venas para 
alimentarlo. Viviré sonriendo siempre para que esté conten- 
to ¡Ah! pero me lo arrebatan lo llevan coronado de 

flores; mis manos son impotentes para detenerlo ¡Y él va 

alegre sin acordarse de su madre ! Ya traspasa la región 

de las estrellas; ya penetra en la morada celeste 

— ¡Dios mío! ¡Se han cerrado las puertas del cielo para mí! 



Yin 

Después de aquella noche terrible, los vecinos de Ziracua- 
retiro veían á la joven madre arrodillada ante un pequeño tú- 
mulo que se levantaba en el cementerio del pueblo. Sobre 
aquella sepultura había constantemente ramilletes de flores, 
frutas y pan, y un vaso de arcilla roja que contenía agua cris- 
talina. 

La tumba estaba siempre húmeda de las lágrimas de Güe-^ 
randa. 



^ 



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Desde aquel funesto día en que el alma del niño voló al cie- 
lo, Tarepe había abandonado también su choza. Vagaba por 
las selvas y por los breñales de lo que había sido su tareta. 
De cuando en cuando prorrumpía en estridente carcajada. 



Un mes después algunos vecinos piadosos de Ziracuaretiro 
enterraban el cadáver de Güeranda al lado del sepulcro de su 
hijo. Desde entonces se vio aparecer á Tarepe: se le veía acer- 
carse á las casas en donde había un enfermo, y se le oía ex- 
clamar: 

— Ni; uarí! — ¡Anda; muere! 

Por eso, al verlo llegar, las gentes se encerraban en sus cho- 
zas, temblando de miedo, y se decían en voz baja : " hé aquí 
que viene la muerte en pos del hechicero!" 



IX 

La historia no nos habla del fin de Tarepe; pero el misterio- 
so acento de la tradición lo refiere en los siguientes términos: 

"En el proceso que el señor obispo mandó formar al infeliz 
anciano probóse hasta la evidencia que era hechicero, y que 
con la sola mirada de sus ojos, mirada de una fiereza increí- 
ble, causaba la muerte de los indios, acometidos de extraña 
melancolía. 

"Por tan inaudito crimen se le condenó á morir quemado. 

"Levantóse la hoguera en la plaza de Tingambato, en una 
bella mañana del mes de Abril. Un fraile Agustino encendió 
el fuego. 

"Alzáronse las llamas á impulso de la brisa perfumada que 
corría entre los frondosos chirimoyos. 

"Se oía el chirrido de las carnes de Tarepe, sin que pudie- 
sen apagarlo los gorjeos de los pájaros que cantaban alegres 
en la enramada 



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284 

"La multitud que presenciaba la ejecución prorrumpía sin 
cesar: ¡Ni; uarir 



El anciano no exhaló un quejido. Sólo se le vio poner con 
fiereza los ojos en una horrible vieja que contemplaba el su- 
plicio, y á quien se dirigió en los momentos de morir para de- 
cirle: 

— ¿Ni; uari! 



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EL SANTO ENTIERRO DE PARAOHO. 



I 

Cuando Ñuño de Guzmán hizo la conquista de Jalisco, en- 
tre los indios que defendieron su independencia, ningunos mos- 
traron más valor ni más heroicidad, al quedar vencidos, que 
los téquecha, que habitaban ambas márgenes del río Lerma, en 
su desembocadura en el lago de Chápala. 

Los tecos ó teques vivían en aldeas esparcidas en las fértiles 
playas del Zula. Eran sobrios, valientes, aclivos y aptos para 
el aprendizaje de las artes y oficios. 

La saña del conquistador se cebó en aquellas infelices tri- 
bus: centenares de guerreros fueron muertos en los campos 
de batalla y por miles se contaban los prisioneros; las mujeres 
eran convertidas en esclavas de los vencedores. Los caseríos 
quedaron desiertos, pues lajs familias huyeron á remotas tie- 
rras, espantadas de las crueldades de los soldados de la con- 
quista. 

II 

Uno de los grupos emigrantes fué el de la pequeña aldea lla- 
mada Paracho, inmediata á la extensa población de Pajacua- 
rán. Caminaban de noche, temerosos de que el sol los hiciese 
visibles á los ojos de sus implacables eneniigos; de día se ocul- 
taban en lo más tupido de los bosques. 



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286 

Así anduvieron por espacio de algunos meses. De pueblo 
en pueblo iban pidiendo hospitalidad que se les negaba por 
temor á los españoles. Sufrieron á cielo raso las intemperies. 
Dejaron en el camino á muchos de sus hermanos muertos de 
hambre ó consumidos por las enfermedades, y no pocas veces 
tuvieron que sostener combates contra los indios aliados de 
los conquistadores. 

III 

Al fin hallaron asiento en un abrupto cerro que se levanta 
cerca del pueblo de Pumucuarán, entonces de la jurisdicción 
de Pálzcuaro. Por lástima se les dejó establecerse en medio 
de un pinar espeso y obscuro, en donde reinaban de día y de 
noche las tinieblas. Allí so mantenían de raíces y de la exigua 
caza que podía contener el bosque. 

Algunas veces el leñador perdido escuchaba salir de la sel- 
va acentos de una música tierna y sonora, que parecía al mis- 
mo tiempo un arranque de alegría, como el trino del jilguero, 
ó un gemido melancólico, como arrullo de huilota. De noche 
reinada el silencio, interrumpido de hora en hora por el canto 
del ooreoví. 

Sesenta años duraba ya esta vida monótona; los hombres 
ejercían el oficio de viandantes^ las mujeres se habían hecho 
notable^ en el tejido de lienzos y en el bordado con hilos de 
colores. Unos y otras adquirían robustez y lozanía; ellos por 
lo duro de las caminatas, ellas porque tenían que ir á lai^gas 
distancias á sacar el agua que conducían á lo alto del monte, 
llevando airosamente el cántaro en la cabeza. 

Los misioneros franciscanos habían descubierto el asilo de 
los teques, y hallando en ellos aptitud para la civilización, sem- 
braron en tan buen terreno la semilla del cristianismo. Para 
herir en este sentido la imaginación de los indios, trasladaron 
aquellos monjes á la Nueva España las animadas ceremonias 
del culto externo que se acostumbraban en la madre patria: 



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287 

lo8 toritos en las carnestolendas; los actos del grandioso drama 
de la Pasión, en la Semana Santa; las lides entre moros y cris- 
tianos en la patriótica fiesta de la Cruz; la procesión de los 
gremios en la del día de Corpus; el baile de las vírgenes, com- 
pañeras de Santa Úrsula, el 21 de Octubre, y las graciosas pas- 
torelas en la noche de Navidad. En otras fiestas adoptaron las 
costumbres antiguas de los conquistadores, cristianizando sus 
pindecuds ^ que no podían éstos borrar de la memoria. 

1 Fiestas en el idioma tarasco. 

En ninguna parte como en Paracho, arraigaron tales prác- 
ticas; los purépecha de aquel pueblo se distinguieron por su 
ferviente culto á las imágenes. Desde aquella remota época 
compusieron los filarmónicos (que muchos y buenos los ha 
habido allí) música especial para cada una de las fiestas men- 
cionadas; dulces sones que, ora rasgaban el aire con notas ale- 
gres y estrepitosas como los que se tocaban en los casamien- 
tos, en el Carnaval y en la parandatzicua y la airangua; ora 
graves y solemnes, como en los bailes de las doncellas consa- 
gradas al culto de la Virgen. Ya eran una plegaria llena de 
emoción, como el cantar á la Cruz del Sur; ya el eco sencillo 
de las pastoras al llevar sus ofrendas al niño Dios que acaba 
de nacer en Belén. ^ 

IV 

Cuando el Conde de Monterrey gobernaba esta Nueva Es- 
paña, ordenó que los indios que vivían en lo alto de los cerros 
ó en las profundas espesuras de los bosques, trasladaran sus 
aduares al centro de los valles existentes dentro de sus pro- 
pios terrenos; pero en sitios abiertos, donde pudiesen ser más 
fácilmente vigilados. Muchos desobedecieron el mandato. En- 
tonces el gobierno empleó la fuerza, y se vio bajar de la mon- 

1 D. Jesús Valerio Sosa, indígena de raza pura, actual director de la niú- 
Bica de Paracho, ha coleccionado esos sones, intitulando su ohra "Año mu- 
sical de la Sierra." 



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288 

taña á los moradores de los pueblos; los hombres con el ceño 
adusto, las mujeres deshechas en llanto, porque abandonaban 
las yácataa, dentro de las cuales dormían el sueño eterno sus 
antepasados. 

Los habitantes de Paracho gemían en la mayor angustia; 
ellos no poseían un palmo de tierra al que llevar sus chozas. 
Se les amenazó C9n incendiarlas, si antes de un mes no em- 
prendían la nueva peregrinación. El que tal decía, era un al- 
férez español que había llegado á aquellos contornos, acom- 
pañado de veinte arcabuceros. Llamábase D. Agustín de Lu- 
que. Tenía los ojos bizcos y el alma despiadada, y los indios 
le dieron el nombre de yeréngari, á causa de su defecto físico. 

Su furor contra los indios había llegado al colmo, y motiva- 
ban esto los desdenes de una joven de quien se había enamo- 
rado perdidamente. No era para menos, porque Isimba parecía 
una esbelta caña de maíz próxima á espigar. El señor de Lu- 
quc perdió toda esperanza y juró hacer uso de la violencia en 
la primera oportunidad para saciar su amor. 

La joven, á fin do librarse de él, había tomado el velo tem- 
poral de las guananchas. Mientras estuviese consagrada al culto 
de la Virgen, su pureza estaba fuera de riesgo. Esto decían los 
hermanos en Cristo, aquellos monjes franciscanos que pare- 
cían ángeles del cielo bajados *á consolar y defender á los in- 
dios. • 



Por aquel tiempo, dos padres de la Compañía de Jesús re- 
corrían la sierra, vendiendo imágenes de santos que asegura- 
ban haber traído de Roma, bendecidas por el Sumo Pontífice. 
Nuestros teques compraron un Santo Entierro que los jesuítas 
afirmaban ser muy milagroso, y lo demostraba la mucha san- 
gre que por todo el cuerpo chorreaba, las grandes espinas que 
atravesaban su frente, las horribles huellas de los clavos en 
manos y pies y la mortal lanzada en el costado. 



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VI 

Al acercarse el plazo señalado por Yeréngan para incendiar 
el pueblo, los indios principales de Paracho se reunieron á 
deliberar. ¿A dónde irían? ¿Quién les daría hospitalidad en un 
valle ó en una llanura? El más anciano propuso que se com- 
prase á los de Aranza, Quinceo y Ahuiran, un campo abierto, 
enteramente estéril, que disputaban entre sí. Pero, ¿con qué 
dinero, — replicaron los demás — si lo que teníamos en común 
y en lo privado lo hemos invertido en comprar el Santo En- 
tierro? Todos se apretaban las manos llenos de desesperaciónt 
y la junta se disolvió sin haberse acordado nada. 

Al encaminarse á sus casas vieron al Ferán^rari, como, siem- 
pre, en un caballo negro que se encabritaba á cada paso, que 
desprendía rayos de sus ojos, que vomitaba espuma sanguino- 
lenta y que arrancaba chispas de los pedernales que pisaba. 
Si el animal era un monstruo, no le iba en zaga el ginete, con 
la mirada bizca y la aceitunada palidez del semblante. 

Los arcabuceros preparaban las teas para incendiar las cho- 
zas. ¿Qué hacer? 

Isimbay inspirada por la fe, se dirigió á la modesta capilla, 
se arrodilló al pie de la urna del Santo Entierro y oró, derra- 
mando un torrente de lágrimas. 

VII 

Era en aquellos días prior del convento de franciscanos de 
Charapan el siervo de Dios Fr. Francisco de Castro, cuya san- 
tidad era admirada y reverenciada por los indios, que lo veían ' 
caminar á pie y descalzo, con el hábito á raíz de las carnes^ 
con diversos y varios silicios y con una cruz de madera sobre 
el hombro y haciendo con esta carga seis ó siete leguas por 
jornada. "Se le aficionaron tanto los indios, que su amor por 
el santo discípulo del Seráfico creció como espuma/^ 

Mlohoacán.-!» 



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290 

Los pueblos que he mencionado estaban dentro de la feli- 
gresía de Charapan, y el hermano Castro los visitaba sin cesar, 
merced á lo cual llegaron á sus noticias, tanto las tribulacio- 
nes de los de Paracho, como la exaltación de ánimos que, á 
<»usa del litigio, reinaba entre los pueblos limítrofes. El misio- 
nero, impregnada de caridad el alma, dirigió ;:''s pasos hada 
aquellos sitios, convocó á las comunidades litigantes, celebró 
€on ellas una reunión en el desierto arenal, objeto del pleito, 
y tanto les habló, y tanto despertó en ellos el espíritu de con- 
ciliación, y tanto predicó sobre el amor del prójimo, que hubo 
de conseguir que Ahuiran, Aranza y Quinceo hicieran dona- 
ción del inútil llano en favor de los menesterosos habitantes 
de Paracho. Los linderos del terreno fueron lo que la vista 
abarca colocado el espectador en medio del valle; por el Orien- 
te, el selvoso Querhuata; por el Sur, el gigantesco TaréSuruán; 
por el Poniente, el empinado Oúmbuen^ y por el Norte la es- 
belta colina de Guacuin. 

Los ancianos principales de Paracho tomaron posesión del 
terreno, y en señal de dominio plantaron en medio de la lla- 
nura un cedro joven, traído de la cúspide del Taré Suruán. ^ 
En seguida señalaron día para que se trasladara el pueblo. 



VIII 

Era el mes de Julio. Las lluvias habían lavado con sus go- 
tas cristalinas el manto de esmeralda que cubría la tierra; co- 
menzaban á abrirse los botones de las flores silvestres; el sue- 
lo despedía ese olor sabroso de la arcilla húmeda y las rá&gas 

1 Sste árbol, que alcanzó un crecimiento prodigioso, vivió más de tres si- 
lbos prestando su sombra al atrio de la Iglesia y á la plaza del pueblo, hasta 
1864, en que una columna de franceses prendió fuego al afioso tronco que se 
derrumbó con gran contento de la soldadesca. Coincidió la desaparición del 
cedro con la época en que comenzaron á extinguirse las tiernas costumbres j 
las vagas j poéticas tradiciones de Faracho, como si los recuerdos de ellas hu- 
biesen estado anidadas en las ramas del árbol. 



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291 

del Tiento corrian impregnadas de resina desprendida de los 
pinares. El cielo estaba de un azul purísimo. 

Los purépecha descendían del áspero cerro. La población 
era ya numerosa y desfilaba ocupando grandes trechos. A la 
cabeza de aquella columna aparecía la imagen de San PedrOi 
patrón del pueblo; en seguida la de la Virgen llamada la (Ttio- 
naneha^ de semblante color de rosa, fresca y de esbelto talle, 
con la tupida cabellera blonda que flotaba á discreción del 
▼iento, la reina de las guanánchecha, la que recibía el cul- 
to diario de las doncellas de Paracho, y, por último, cerraba 
la marcha la suntuosa urna del Santo Entierro, con la cual 
iban los más ancianos de la tribu, y en medio de ellos, el ve- 
nerable padre Fr. Francisco de Castro. Capitaneaba la proce- 
sión una hermosísima joven de gallardo andar, la pendonpari^ 
la que llevaba el pendón azul, emblema de la pureza de María. 
jEra Isimba! 

La música dejaba oir sus sones melodiosos, como suspiros 
de tierna melancolía. 

Para que nada faltase á la belleza de aquella tarde, se veían 
en el cielo gruesas agrupaciones de cúmulus, nubes de figuras 
caprichosas, que en parte brillaban como plata fundida, en 
parte como oro incandescente, ó como escarmenados copos de 
algodón; mas de repente variaron de forma y corrían por el 
espacio negras y desgarradas, convirtiéndose en el ropsge som- 
brío de la tempestad. Comenzaron á caer grandes gotas de 
agua, rodó el trueno desprendido de la concavidad del firma- 
mento, é instantes después, el aguacero descendió á la tie- 
rra como inmensa catarata. 

T refiere la tradición que el reverendo Fr. Francisco de Cas- 
tro *'en esta vez como en otras, caminaba á pie, enjuto como 
un Moisés por las aguas del mar, dejando seco el camino por 
donde iba con la cruz á cuestas, en tanto que el aguacero em- 
papaba á todos sus compañeros.^' ^ Luego cesó como por en- 

1 L» Be», crónica citad*. 



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292 

canto el fragor de las nubes; disipáronse éstas en velos de te- 
nue transparencia, de un color crema que fué difundiéndose 
hasta desaparecer en el manto de añil que oculta el cielo. El 
sol volvió á brillar, llenando de esplendores la tierra que apa- 
recía salpicada de diamantes. 

La procesión entró en la choza que se había preparado pa- 
ra morada de los santos en el nuevo pueblo de Paracho. 

IX 

Estaba tan espléndida la tarde, que Isimba, llevada de su* 
ardor juvenil y de su piadosa devoción, corrió hacia la florida 
Joma del Guacuin para hacer ramilletes de aquellas bellísimas 
rosas del campo que esmaltaban la ladera y colocarlas en el 
altar de la divina Guanancha. Ya había llenado de flores el 
bordado guanúmuti que, como un delantal, cubría su traje,, 
cuando observó, llena de pavor, que por el llano, en dirección 
de Charor-Charando^ avanzaba el Yeréngari en su negro corcel 
de ojos chispeantes, que vomitaba espuma y que mascaba ñerro. 

Ningún auxilio podía esperar la doncella; el pueblo estaba 
lejos; los purépecha entretenidos tributando culto á las santas 
imágenes; la noche se venía encima con espantosa velocidad. 

El Yeréngari se acercaba por momentos, y sus ojos despe- 
dían un fuego más siniestro que los de su caballo. 

La joven, desolada, huyó á lo alto de la colina; trepaba con 
tanta rapidez, como si fuese cierva herida, alentando, como 
única esperanza, la idea de que el negro corcel no podría es- 
calar tan rápida pendiente. 

Pero el negro corcel subía como si le hubiesen nacido alas. 
Ya escuchaba Isimba la respiración de la bestia y dej ginete, y 
le parecía oir rugidos de ñeras. 

Casi juntos llegaron á la cima la víctima y el verdugo. En 
aquel terrible instante, Isimba elevó su alma á Dios y lanzó 
este grito de suprema angustia: ¡Santo Entierro de Paracho! 

Y sintió que la tierra se tambaleaba, vio que los árboles sa* 



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298 

<;udían sus frondas y se descuajaban de raíz, que las peñas se 
hendían y que el cielo se cubría de nubes aborregadas. Obser- 
vó entonces que sus pies desaparecían en arena; y como si se 
hubiera abierto un abismo, experimentó el vértigo de una caí- 
da, pero una caída de suave descenso, á través de una barran- 
ca, desde lo más alto del Guacuin hasta el pie de la colina. 

Y la colina, antes boscosa, se veía ahora despojada hasta del 
mes pequeño arbusto ' 

Allá, arriba, quedó el alférez atónito de espanto, el corcel 
-encabritado, sin atreverse á dar un paso en la barranca que, 
•como un río de arena, acababa de abrir el terremoto. 



Desde entonces, los niños de Paracho suben, por vía de di- 
versión, á la cúspide del Guacuin: tardan media hora en veri- 
ficar el ascenso y, en menos de un minuto, descienden á la 
base, deslizándose por la movible arena. Llaman á esto, jugar 
<il cerriio pelón 

El velo de los años no puede borrar de mi alma los recuer- 
dos de la infancia! 



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Xj^ nDI^BH.^ 



A la sombra de uno de los frondosos fresnos que hay en la 
plaza de Uruapan, tenía ^^Ña Rita, la Carrián^^ un puesto en 
que vendía comida de á tiaco y tiaoo. 

Un día — hace de esto mucho tiempo — estaba allí un ancia- 
no como de setenta años de edad, blanco de color, la barba y 
el cabello enteramente canos, los ojos azules, la nariz grande 
y la piel cubierta de arrugas, sobre todo en la frente, indicio de 
que aquel hombre había tenido grandes sufrimientos. Cubría 
su cabeza un sombrero de peíale; usaba una chaqueta verde de 
pana y pantalones de cuero; calzaba guaraches, y portaba en 
la mano un grueso bastón de cocolmeca. 

Sicuir Tipioho (este nombre daban al viejo), hacía contraste 
con ña Rita. Era ésta una india de raza pura, de un moreno 
subido, de ojos obscuros y brillantes, de boca ancha en que se 
mostraban dos terribles hileras de dientes blanquísimos; bega 
de cuerpo, fornida, con caderas macizas, capaces de ser el pe- 
destal de cien generaciones. En aquella época tendría treinta 
años, plenitud de la vida. Rita era infatigable trabajadora; po- 
seía algunas huertas; terrenos para la siembra de maíz y de 
trigo; varios pozos en el cerro de la Charanda, en los que, du- 
rante la estación de aguas se deposita el barro que arrastran 
las crecientes y que sirve para la fabricación de adobes en el 
tiempo de secas. Además, era chimolera y tenía muchos parro- 
i^uianos que pagaban tlaco por el ^lato de mole y tlaco por el 



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296 

'cpüo de tortillas, de donde venía la denominación de "comida 
de tlaco y tlaco." Pasaba por ser una de las personas más ri- 
cas entre los indios de la entonces villa de Uruapan. Casi siem- 
pre desempeñaba el cargo de mayordoma de San Miguel, cuya 
imagen se venera en la capilla del barrio que lleva el nombre 
del santo. Todo el mundo daba á ña Rita el apodo de "La Dia- 
bla," y por mucho tiempo ignoré el origen del sobrenombre. 
Siempre se la había visto devota, oyendo su misa los domin- 
gos, confesándose y comulgando en la cuaresma, llevando sus 
ofrendas á la iglesia y luciéndose en la fiesta de su santo pa- 
trón. Francamente protestaba yo en mi interior contra aquel 
mote, pues que la buena mujer no lo merecía: la única diablu- 
ra que le vi hacer, era cada año, en el martes de carnaval, 
cuando salía acompañando al torito de petate de su barrio (el 
charandillo); embijadas las mejillas; encajado el sombrero ja- 
rano; embrocadas unas mangas de paño de primera, guarneci- 
das de chaquira; con una caña de azúcar en la mano derecha 
y en la izquierda una botella de aguardiente, y lanzando gri- 
tos atronadores. Si por ende la llamaban to diabla, demo- 
nios debían apellidarse los indios principales del lugar, por- 
que en aquel día se pintaban todos, todos traían cañas de azú- 
car que les servían para pegarse buenas tundas, todos se em- 
briagaban de lo lindo y todos vociferaban por aquellas bocas 
¡palabras para no ser oídas ni menos escritas. Era lo que daba 
carácter á la fiesta religiosa, celebrada en honor del santo Niño 
que, en cuerpo, si no en alma, presidía la procesión, mezcla de 
la antigua idolatría de los indios y del culto moderno. 



Ahora bien, Sicuir Tipicho y la Diabla conversaban debajo 
del fresno, cuando acertaron á pasar por allí los muchachos que 
salían de la escuela, los cuales sin más ni más recogieron gui- 
jarros y hu€808 de aguacate, y descargaron sobre el anciano tal 
cantidad de estos proyectiles, que aquello parecía una graniza- 
da en toda forma. Soportábala la víctima con resignación; no 



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297 

así fia Rita que, empuñando en la mano derecha una gran cu- 
chara, con la izquierda arrojaba piedras á los asaltantes y vo- 
mitaba frases tan enérgicas y tan expresivas que pronto los 
puso en vergonzosa fuga. 

Ya que conocemos á la terrible Rita, veamos si es posible dar 
una idea de su interlocutor. 

Sicuir Tipicho aparecía de tiempo en tiempo en los pueblos 
de aquella comarca. Pedía limosna que le daban por espacio de 
dos ó tres días, y en seguida le cerraban lodas las puertas, y, 
lo que era peor, los muchachos del lugar quedaban autoriza- 
dos para per.^eguirlo, hasta que lo hacían huir de la población 
inhospitalaria. Decíase que esta desgracia le venía por heren- 
cia, pues los ancianos contaban haberlo visto á fines del si^o 
pasado en compañía de su padre, errantes los dos de pueblo 
en pueblo; los dos m'endigos; los dos recibiendo uno ó dos días 
el pan de la cnridad y al siguiente las manifestaciones de un 
odio profundo por parte de los vecinos, y por último, siendo 
víctimas de los muchachos que los apedreaban y azotaban im- 
píamente, motivo por el cual, ambos usaban calzones de cue- 
ro, de donde vino el apodo Sicuir Tipicho que es lo que en ta- 
rasco significan las dos palabras. La gente decía que eran des- 
cendientes del judío errante. Se les daba limosna para que no 
murieran de hambre, eludiendo así el merecido castigo de ca- 
minar sin descanso, á fin de que se cumpliese la maldición im- 
puesta por Jesús al progenitor de aquellos limosneros, cuando 
caminando con la cruz á cuestas, en la vía del calvario, pidió 
un vaso de agua para mitigar su sed y le fué negado por aquel 
impío. 



No podían ser más vagos estos informes. Sucedió empero, 
que, gracias á la intervención de un tercer personaje, pude en 
gran parte aclarar el misterio, objeto de esta narración. 

Hubo en Uruapan, allá por los años de 1855 á 1869, un cura 
párroco llamado D. Francisco García Orlíz, antiguo catedrático 



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298 

del Seminario de Morelia, y á quien en el colegio y en la feli- 
gresía llamábamos d padre Pachüo} Era este sacerdote, inte- 
ligente, humilde, caritativo, casto, trabajador, juvenil, despren- 
dido de los bienes terrenales y ajeno á las pasiones políticas: 
de un carácter tan apacible que creo que se fué de este mun- 
al otro sin saber lo que era un enojo. Desde antes de las leyes 
de reforma había abolido en Uruápan las obvenciones parro- 
quiales. Su tarifa para los ricos señalaba como máximun "lo 
que buenamente pudieran dar.*' De este caudal hacía los gas- 
tos más precisos para su vida y distribuía el resto entre los mi- 
serables de su parroquia, lo que se sabía por ellos, pues que el 
señor cura jamás daba nada en público. Entre sus feligresest 
los preferidos eran los enfermos. 

Tenía un vicio: engordar gallinas para repartirlas entre las 
mujeres más pobres, cuando acababan de dar un nuevo habi- 
' tante al mundo, y además tenía el capricho de no recibir na- 
da por el subsecuente bautismo, pues decía que á él le gusta- 
ban los cristianos de balde. 

El padre Pachito no tenía comparación. Miento; cuando se 
conoció en Uruapan el libro de Víctor Hugo, '^Los Miserables/* 
quienes lo leyeron en aquella ciudad exclamaban: ^' Ahora si 
hay quien se parezca al Señor cura; es Monseñor Bienvenido.** 
Con esta diferencia, que Monseñor Bienvenido es una criatura 
de la imaginación del gran poeta, y el padre Pachito era de car- 
ne y hueso, hechura de Dios. 

Para completar estos recuerdos voy á transcribir una corres- 
pondencia escrita por una señora de Uruapan y enviada al pe- 
riódico oficial de Michoacán, la cual, fechada en 18 de Abril de 
1869, daba noticia del fallecimiento del padre Pachito: 

^^El hombre inmaculado, el imitador de Jesucristo acaba de 
morir. A las siete de la mañana de hoy, sorprendida la fomi- 
lia del Señor Cura de que éste no estuviese en pie, ahora pa- 

1 J)9 este digno sacerdote se refiere un episodio (que estuvo á punto de ser 
trágico) en mi libro ^'Guerra de la intervención francesa en Michoacán." 



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299 

ra él tan avanzada, entraron á su pieza y lo encontraron en su 
cama, como entregado á un sueño apacible. El señor cura es- 
taba muerto! La noticia circuló en el acto en toda la población: 
cesó el comercio en la plaza, ^ se cerraron silenciosamente las 
puertas de las tiendas y las casas y se escuchó en toda la ciu- 
dad un llanto desgarrador. 

^^El curato se llenó de gente, las madres llevaron á sus hijos 
para que tocaran el santo cadáver, pidiendo para ellos una 
postrera bendición. Muchos niños fueron solos y, arrodillados, 
besaban los pies del sacerdote. Todo el mundo se arrodilló á 
su ejemplo, y yo no puedo describir esa escena que veía á tra- 
vés de mis lágrimas.** ^ 



El padre Pachito era muy comunicativo: no se reservaba 
más que lo que le referían en el tribunal de la penitencia, y 
esto era muy poco, pues que á las beatas que querían confe- 
sarse cada ocho días, les preguntaba muy serio: ^'¿qué no tie- 
nen ustedes qué hacer en su casa?** 

Ahora bien, dado su carácter, nada extraño es que en cier- 
ta ocasión me platicara lo que sigue: 

— ¿Se acuerda vd. de aquél pobre viejo tan desgraciado, de 
aquel Sicuir Tipicho, siempre vagabundo, siempre viviendo 
de limosna? La última vez que estuvo en esta ciudad, al huir 
de los muchachos, no halló refugio más seguro que el curato. 
Se me coló aquí de rondón, temblando y con la boca seca* 
Mandé que le dieran una taza de cocimiento de canela, y cuan- 
do se hubo repuesto, me hizo la revelación que va vd. á oir y 
en la que conservaré íntegras algunas de sus frases: 



1 Sra domiogo, día de üanguU, 

2 Carta escrita por la Sra. Cornelia Ruis á su hermano que era el redactor 
del periódico oficial de Michoac&n. 



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"Tengo ya más de setenta años y estoy tan achacoso que 
pronto he de morirme. A reserva de llamar á un sacerdote 
que me confiese en mis postrimerías, voy á contarle ahora al- 
go de la historia de mi padre y á revelarle en seguida un se- 
creto que puede interesar á vd. como cura de almas de este 
lugar. 

*'Ya habrá vd. oído decir que á mi padre lo perseguía la 
misma mala suerte que á mi, á causa de una calumnia de que 
ambos hemos sido víctima. ¿Cuál fué el origen de esta desgra- 
cia? Nadie lo ha sabido, pero ella está enlazada con una tra- 
dición que se refiere al volcán de JoruUo, tradición tan vaga, 
que casi es hoy desconocida. 

— **Sí; algo sé de ella le dije; pero refiérala vd. 

— "Ha de saber vd., señor cura, que á mediados del siglo 
pasado, cierto vecino de Pátzcuaro falleció, dejando sus bienes 
al convento de Jesuitas de aquella ciudad. La herencia se 
componía de las haciendas de Jorullo, San Pedro y la Presen- 
tación, ubicadas al Sur de Ario. Un hijo del testador, que ha- 
bía sido desheredado, puso pleito á la Compañía de Jesús y 
habría perdido, á no haber sido por mi padre que entregó al 
heredero legitimo unos documentos importantes que aifulaban 
el testamento, siendo de notar que el testador mismo se los 
había confiado á la hora de su muerte con la instrucción ex- 
presa dé no ponerlos en manos de su hijo sino en caso de ab- 
soluta necesidad, pues allí se revelaban secretos que no deja- 
ban bien puesta la reputación de los religiosos de la Compa- 
ñía. 

"Los jesuitas no perdonaron la ofensa que se había hecho 
al Convento. Mi padre era huérfano, hijo de un judío holan- 
dés, convertido al cristianismo, y estaba empleado en la des- 
pensa de la finca. Después de la entrega de los papeles fué 
cuando comenzó á difundirse el rumor de que el despensero 
era descendiente del judío errante y todos comenzaron á ver- 
lo con un odio profundo. Cuando pasaron los acontecimien- 
que en seguida voy á referir, mi padre no encontró colocaeión 



■**%; 



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801 

en ninguna otra hacienda y desde entonces comenzó á vagar 
de pueblo en pueblo^ sin conseguir trabajo ni lograr reposo. 
En su ancianidad vine yo al mundo para compartir con él se- 
mejante martirio. 

"Pero la terrible venganza no recayó solamente en el autor 
de mis días. 

'^En los primeros meses del afio de 1759, se habían comen- 
zado á oir en la hacienda de Jorullo ''unos retumbos espanto- 
sos debajo del suelo.^* Mi padre había observado desde algu- 
nos años antes que por las hendeduras de las rocas que for- 
maban el lecho de las barrancas se escapaban hilos de humo 
con,olor de azufre y, con más fuerza, de varios subterráneos 
que había en la sierra de Jorullo. Nunca se alarmó de esto, 
juzgando que habría por allí miná^ de azufre, como las hay en 
abundancia de cobre y aún de plata. 

"En Junio de 1759 aumentaron los estrepitosos ruidos inte- 
riores, y más tarde comenzó á temblar la tierra. Atemoriza-, 
dos los habitantes de la hacienda huyeron despavoridos á los 
cerros. 

"No faltó quien dijese que aquello era i!ast¡go del cielo, por- 
que se habían quitado á los Jesuítas eus haciendas. Para con- 
trariar el rumor, el administrador de Jorullo solicitó se le en- 
viasen algunos padres del convento que en Pátzcuaro tenía la 
Compañía y obtuvo que fuese el padre Isidoro Molina, con su 
necesario acompañante ^ que era uno de los más sabios de la 
orden, el cual se presentó en la hacienda, como un simple 
lego. 

"El padre Molina luego que llegó á su destino, comenzó un 
no^narío de misas á Nuestra Señora y practicó misiones pa- 
ra confesar á la gente, y mientras duraron estos ejercicios, no 
cesó la tierra de temblar y de bramar. Y si el sacerdote cum- 
plía así su misión, el lego desempeñaba la suya, recorriendo la 



1 Loft jesuítas conforme á sus reglas, deben andar siempre acompaftadoe: 
por lo menos de dos en dos. 



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802 

cuadrilla en que habían quedado algunos peones y los cerros 
en que se hallaban los demás, divulgando el pronóstico de que 
el día de San Miguel no quedaría piedra sobre piedra en aque« 
lia región maldita. 

^^Mi padre no cesaba de espiar al lego y observó muchas 
veces que amontonaba peñas en un punto situado á orillas 
del arroyo de Guitimba, el cual corría en el fondo de la caña- 
da del mismo nombre, no lejos de donde las rocas presenta- 
ban á cierta altura una ancha grieta que dejaba escapar colum- 
nas de humo. 

• ^'Pues bien, en la noche del 28 al 29 de Septiembre, mi pa* 
dre, como de costumbre, siguió los pasos del lego^ el cual se 
dirigió á la cañada y estuvo poniendo una presa en el arroyo, 
en el sitio indicado, alejándose inmediatamente después. Se- 
rían las dos de la mañana, cuando el agua se precipitó en el 
agujero y como de seguro habia en el interior una gran canti- 
dad de fuego, el líquido se convirtió en vapor y no hallando 
salida suficiente en los intersticios, estalló rompiendo las ro* 
cas y vomitando una humareda tan espesa que más parecía 
una columna de lodo: se oía un ruido tempestuoso; salían por 
todas partes inmensas llamaradas; el espacio estaba lleno de 
fulgores sulfurosos y temblaba la tierra como si estuviese ebria. 
Los bueyes y demás animales domésticos, juntos con las fie- 
ras del bosque, espantadas, huían' de un lado á otro, sin po- 
der salir de los médanos ni atravesar los pantanos que se for* 
marón. Sobre estos rodaban olas furiosas de incendio que se 
azotaban contra las peñas, llenándolas de espumas de color lí- 
vido. De los cerros manaban ríos que, desapareciendo en se- 
guida en el abismo, aumentaban los sacudimientos y acrecían 
el fragor de la catástrofe. Habían desaparecido las inumera- 
bles bandadas de p^'aros que antes ensordecían los oídos con 
sus variados cantos. 

''La terrible erupción continuó por espacio de muchos días: 
destruyó por completo las haciendas mencionadas é hizo que 
se despoblara el pueblo de la Huacana. El aspecto del país 



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808 

quedó cambiado, pues los que no hacía mucho eran campos 
de cultivo se tornaron en malpais intransitable. 

^'Entretanto el volcán despedía piedras envueltas en nubes 
de humo y '^eran en tanta copia que parecían de día parvada 
de cuervos y de noche un pegujal de estrellas." A la luz de 
las llamas se vio cómo se iba hinchando la costra reblandeci- 
da del suelo y formándose loa hornüos que subsisten aún: las 
llamas se veían desde Pátzcuaro, á más de treinta leguas, y se 
dice que las cenizas cayeron á tal distancia que llegaron á 
Querétaro. 

Desde el 29 de Septiembre hasta el 13 de Noviembre reinó 
una profunda obscuridad en diez leguas á la redonda del volcán. 
No bastaron los conjuros de algunos sacerdotes para aplacar la 
cólera divina, pues mientras más exorcisaban, más tremendas 
se levantaban las llamas y más fuertes eran los temblores. 

"De Jorullo, San Pedro y la Presentación no quedó piedra 
sobre piedra, cumpliéndose así la profecía del lego jesuíta. 

"En la primera de las expresadas haciendas se veneraba la 
imagen del arcángel San Miguel, hecha por un escultor de 
Pátzcuaro, á principios de la Conquista, con la peregrina idea 
de que, en vez de tener á sus pies el trasunto de Satanás, de 
orden de los franciscanos, había colocado el artista la horrible 
escultura de OurUa Queri^ ídolo que representaba al lucero, ado- 
rado por los indios tarascos. Con esto quisieron patentizar los 
misioneros á los indios que sus llamados dioses no eran más 
que el mismo demonio. Empero sucedió que los neófitos s¡- 
|[Uieron practicando ocultamente su antigua religión, y al en- 
terarse del piadoso fraude, juzgaron que había sido un hecho 
providencial, porque así podrían tener, y tuvieron en efecto, la 
dicha de formar grandes peregrinaciones á Jorullo y, con el 
pretexto de adorar á San Miguel, á quien en realidad tributa- 
ban culto era á la efigie del lucero al que llamaban ^^Oran 
PoienUr^ 

1 No fueron, por supuesto, los úaioos de los que profesando U religión be- 
«an la peana por el santo. 



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804 

Y con su astucia natural, los indios procuraron desde aque- 
lla época que el sacristán de la capilla de Jorullo fuese siem- 
pre alguno de los sacerdotes de la religión primitiva, cargo que 
se hereda de padres á hijos, pues si no todos, muchísimos de 
los indios conservan sus antiguos ritos. ^ 

En el tiempo á que se refiere esta historia ejercía el oñcio- 
de sacristán en Jorullo el llamado Miguel Carrión, nativo de 
Uruapan y que pertenecía ala más alta gerarquía levítica de los 
purépecha. Le acompañaban como acólitos sus dos hijos ge- 
melos, Patricio y Juan Cipriano, que eran modelo de ferviente 
piedad y devoción. 

"En la noche de la catástrofe, el padre Molina trató de sal- 
var las imágenes de los santos que había en la capilla. En pri- 
mer término figuraba la del Santo arcángel. Cuatro hombres 
habían ya cargado las andas, cuando aquel dignísimo miembro 
de la Compañía de Jesús, lleno de furor, se echó sobre ellas y 
arrancó de la peana la. espantosa escultura y la arrojó enme- 
dio de la lava hirviente que surgía de la tierra, exclamando 
que al menos esta venganza se debía tomar contra el enemigo 
malo que había hecho de aquellos fértiles sitios un remedo del 
infierno. Consumado este acto de celo religioso, la procesión 
emprendió su marcha hacia el pueblo de Churumuco, acom- 
(:añada de los moradores de las haciendas. Sólo permanecie- 
ron en Jorullo, como enclavados en el su^lo, los adolescentes 
Patricio y Juan Cipriano que no quisieron separarse de la ima- 
gen condenada al fuego. 

"Repentinamenta apareció por entre unas rocas la figura si- 
niestra del %o, se acercó al torrente déla encedida lava y apo- 
derándose de Curiía Queri^ corrió hacia donde ertaban los ge- 
melos y al entregarles la efigie 

— Tomad, les dijo, aquí tenéis al gran tizón del Universo. 
Salvadlo! 

La escultura había ya comenzado á arder; pero los herma- 

1 Téase 1? serie de "If ichoacáiL Paiaajes, tradicioDCB y leyendaa." 



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806 

nos Carrión la sumergieron en el agua y apenas si quedb su- 
perficialmente carbonizada. 

**¿Por qué había procedido así el jesuíta? ¿Por qué no dejó 
que el fuego consumiese el espantoso ídolo? £1 lego quería ha- 
cer méritos entre los indios y principalmente atraerse la vo- 
luntad de Patricio y Juan Cipriano que le parecían muchachos 
inteligentes, valerosos y audaces. 

El jesuíta traía en mientes un gran proyecto 

^Treocupado con este pensamiento, el lego se alejó de aquel 
sitio, dejando llenos de estupor á los gemelos que habrían pe- 
recido en medio de las llamas, si en aquel momento no se hu- 
biese presentado mi padre, quien los condujo fuera del recin- 
to inOamado, haciéndolos caminar por un subterráneo hasta 
salir al lugar en que hoy se levanta, al pie del volcán de Joru- 
Uo, el rancho de la '*Mata de plátano." 

— "Echo de ver. Señor Cura, que vd. está ya fatigado de oír 
mi relato, y sin embargo, es tan interesante la historia de Pa- 
tricio y Juan Cipriano que 

—"Déjela vd. para otro día y llegue ya al punto importante 
de su revelación. 

— "Pues bien, señor, ¿sabe vd. por qué le dicen á la señora 
Rita Carrión la Diabla? 

"Me quedé sorprendido, decía el Señor Gura, de esta ines* 
perada salida de Sicuir Tipicho y lleno de curiosidad le res- 
pondí: 

— "No; y le confieso que siempre he tenido deseo de saberlo. 

— "Es muy sencillo: desde hace un siglo, la familia Carrión, 
de padres á hijos, ha venido teniendo á su cargo la imagen de 
Ourila Queríy trasladada de Jorullo á esta villa. ^ Los indios de 
aquí y los de las poblaciones cercanas le tributan culto, le 
traen ofrendas valiosas y con el mismo objeto vienen en ro- 
mería los que habitan en lugares remotos. Cada vez que el 

1 Bn el tiempo á qne se refiere esta parte de la leyenda, Umapan no tenía 
aún el nombre de ciudad. 

liiehoaeán.— 20 



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S06 

lucero aparece en el poniente como estrella déla tarde ó suif^e 
en el Oriente por la mañana, sacan los indios á media noche 
una procesión, presidida por su ídolo, recorren las calles más 
solitarias de los barrios y lo alumbran con ceras encendidas 
al revés. 

— ^"^Sf, he oído hablar muchas veces de esta idolatría; pero 
lo he tenido como una conseja sin fundamento. 

— ^'Lo que sucede es que todos guardan completa reserva y 
por nada confesarán que practican aún el culto de sus primi- 
tivos dioses, entre los cuales figuraba en primer orden el lu* 
<:ero. 

— ^^Si uno fuera supersticioso le parecería extraña coinci* 
dencia esta adoración de los indios al astro llamado por los 
.paganos Lu4ifer. ^ 

— ^^Ahora bien, el pueblo ha vislumbrado el secreto y ha creí- 
do que se trata de un verdadero culto al diablo, y de aquí el 
«podo de la Diabla con que se llama á ña Rita, en cuya casa 
está depositado el ídolo, siempre con velas encendidas, hu- 
meando el incienso y cubierto de flores el altar. 

"Yo, Señor Cura, he querido contarlo á vd., porque, próxi- 
ino á comparecer ante la presencia de Dios, deseo no cargar 
mi conciencia con este secreto. 

''Esta fué, concluyó el padre Pachito, la relación de Sicuir 
Tipicho. Usted sabe lo demás. 



En efecto, yo sé lo demás;' pero como los lectores lo igno- 
•ran voy á referírselo en breves palabras. 

1 Esto que decía con cierto candor el Sefior Cura Ortis me recuerda que 
una ves que en un grupo de personas liberales se hablaba de las virtudes de 
aquel digno sacerdote, un antiguo chinaco llamado Tomás Zeja, meneaba la 
cabeza á cada elogio que oía. Interrogado por esos signos de reprobación, res- 
pondió: "Bl señor cura será muy bueno 7 todo; pero siempre tiene la mácula 

-de ser padre.'' 

2 T como yo, lo saben también muchos vecinos de Uruapan, pues lo que 
>se va á referir pasó hace poco más de treinta afios. 



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807 

AI oir las últimas del anciano, el padre Pachito se sonrió 
y luego, cubriéndose la cabeza con su eterno sombrero de jipi 
y apoyándose en su bastón, se dirigió al barrio de San Miguel, 
llegó á la casa de Rita y sin preámbulo alguno le dijo: 

— ¿Es verdad que tú eres cristiana, Rita? 

— ^Pues como nó. Señor Cura? 

— ^¿Y es verdad que me quieres? 

— Ah! ¿cómo no había de querer á su merced? 

— Pues entonces me vas á dar lo que te pida. 

— Cuanto tengo. Señor Cura, lo que vd. quiera. 

— Nada más, Rita, que ese ídolo que conservas oculto en tu 
casa. 

La Diabla abrió desmesuradamente los ojos, tosió, tragó sa- 
liva; pero no hubo remedio, penetró en el interior de la habi- 
tación, volvió en seguida y entregó al párroco la espantosa 
figura, no sin exclamar después de un sonoro suspiro: 

— ^Alabado sea el Gran Potente! 



Por espacio de un mes tuvo el padre Pachito en el patio de 
la casa cural la imagen de Curita Queri: allí acudía la gente á 
verla y no faltaban quienes se persignaran al contemplar al 
monstruo. 

Después el Oran Tizón quedó definitivamente convertido en 
<;enizas. 



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EL Ca-ie/ATsT X^OTJbJJN TE. 



El episodio que voy á referir ahora fué un impulso en favor 
de la Independencia de México, dado en pleno régimen virrei- 
nal. Vaga y sucintamente lo cuentan algunos historiadores, y 
por esto y por ser su asunto demasiado curioso, me he pro- 
puesto tratarlo con la extensión que pueda dársele, uniendo á 
los datos conocidos, otros que son ya raros y completándolos 
con lo que refiere la tradición. Asi, pues, tomaremos las cosas 
desde una época remota, en que puede considerarse que tuvie- 
ron ellas( principio y causa. 



Decidido empeño tuvo el primer obispo de Michoacán, Don 
Vasco de Quiroga, de traer á la América la compañía de Jesús, 
recién establecida en Europa por Ignacio de Loyola. Escribió 
para esto con insistencia al Fundador, que era entonces gene- 
ral de la Orden; pero aunque fueron acogidas sus súplicas, los 
cuatro sujetos enviados para que fundasen casa en Pátzcuaro, 
se enfermaron en San Lucar de Barrameda, estando á punto 
de embarcarse y no pudieron ya emprender el viaje.^ Después 
de frustrarse varias veces la expedición, y de sufrir naufragios 
j otras penalidades y contratiempos, llegaron á México quince 
misioneros jesuítas, conducidos por su provincial Don Pedro 

1 Moreno. — Vida del Y. é lUmo. Señor Don Vasco de Quiroga 



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X 



810 

Sánchez, haciendo su entrada en la capital el 29 de Septiem- 
bre de 1572.^ Allí recibieron nuevas instancias del cabildo de 
Pátzcuaro, por lo que el provincial pasó personalmente á esta 
ciudad y reconoció la comodidad é importancia de fundar en 
aquel siüo. A su regreso á la capital señaló á los padres Juan* 
Curiel, Juan Sánchez, Pedro Rodríguez y Pedro Ruíz de Salva- 
tierra, los cuales fueron recibidos en Pátzcuaro con demostra- 
ciones de muy sincera alegría, cumpliéndose así las palabra» 
que el Señor Obispo Quiroga hablía pronunciado varias veces^ 
antes de morir: ^^La venida de la Compañía de Jesús ae düaiaráy 
pero al fin vendrá^ después de mis diasJ*^ En efecto llegaron en 
1580. 

Durante los dos siglos que permanecieron los jesuítas en Mi- 
choacán no fundaron allí más que dos casas, la de Pátzcuaro 
y la de Valladolid (hoy Morelia); en cambio adquirieron cuan- 
tiosos bienes raices, entre los que pueden enumerarse las ha- 
ciendas de Queréndaro, Tiripelio, la Zanja^ la Magdalena y otra» 
de las mejores de Michoacán. 

La gran riqueza que atesoraron en todo el pais,^ su carácter 
insinuante, el celo que manifestaban ppr evangelizar á los in- 
dios, el lls^marse á sí propios defensores de los pueblos, les die- 
ron tal influencia y popularidad en todas las clases de la socie- 
dad, que bien puede decirse que eran los arbitros de las fitmi- 
lias y de las fortunas en toda Nueva España. Entonces comen- 
zaron á trabajar secretamente para adueñarse del país, coma 



1 Alegre — Historia de la Compafiía de Jesús. 

2 *'Las Ancas ocupadas á los jesuítas por el gobierno, en virtud del decreUv 
de expulsión, fueron ciento veintitréSi y casi todas ellas tan grandes, tan pro- 
ductivas y tan bien situadas, que hasta la época presente son en su generali- 
dad las mejores fincas rústicas de la República Mexicana, representando todas 
ellas un capital verdaderamente asombroso. Además, tenían los grandes edi* 
flcios en que estaban sus colegios y multitud de fincas urbanas en las prime- 
ras ciudades de Nueva España; los particulares les reconocían gruesas sumas, 
y sólo el duque de Terranova redimió en el afio de 1768, por un reconocimien- 
to, ciento veintiún mil seiscientos veintidós pesos." México ¿través de los si*- 
glos. Tomo II, pég. 848. 



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«11 
habían usurpado la soberanía en el Paraguay, en donde, ais- 
lándose de España, gobernaron de tal suerte, que por espacio 
de siglo y medio fué un misterio lo que pasaba en aquella parte 
de la América y hasta después se supo que habían ejercido alié 
un despotismo absoluto.^ En sus predicaciones, en el confeso- 
nario, en el seno de las familias, no cesaban de censurar al go- 
bierno español y de hacer resaltar la tiranía de los virreyes que, 
tan distantes como estaban de la madre patria, no tenían co- 
rrectivo alguno en sus arbitrariedades. 

Nada extraño es, pues, que en 1766, siendo virrey el mar- 
qués de Cruillas comenzase á agitarse vagamente la idea de la 
independencia, y que, aunque con pretextos ostensibles de otra 
naturaleza, hubiese movimientos sediciosos en Puebla, Yaute- 
pec, Guanajuato, Valladolid y Real del Monte.^ 

El virrey, marqués de Croix, que sucedió al anterior, cono- 
ciendo bien el espíritu de aquellas sublevaciones, pidió fuerzas 
de España, las cuales llegaron á Veracruz en Junio de 1768,. 
cuando ya se habían desarrollado en el país los sucesos que 
vamos á referir. 

En 25 de Junio de 1767 fueron espulsados los jesuítas de 
Nueva España, habiéndose procedido con tanto secreto que loa 
padres no llegaron á sospechar nada de lo que se tramaba con- 
tra ellos hasta la noche del día citado en que se les hizo salir 
de sus conventos.' 

Los padres, sin embargo, habían dejado encendida la chispa 
y el incendio estalló en el mismo mes de Junio. Se dio el gri- 
to de insurrección en San Luís Potosí, Guanajuato, San Luis 
de la Paz, Pátzcuaro, Valladolid, Uruapan, Apafzingán y otras 
poblaciones de menos importancia. En ^onde la llama de in- 



1 México á través de los siglos. 

2 México á través de los siglos; tomo II, pág. 828. 

8 En las "Bfemérides Guanajnatenses," escritas por el padre D. Lucio Mar* 
molejo, puede leerse la correspondiente al día 25 de Junio de 1767| que es in- 
teresante y curiosa por lo dramático del estilo en que se refiere la espnlsión 
de los Jeiuitas de Fátzcuaro y de Quanajuato. 



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81d 

dependencia se levantaba más amenazadora era entre los in- 
dios. Por todas partes circulaban los emisarios y no se hacia 
misterio en construir arcos, flechas, hondas y macanas. El 
virrey Croix supo después que estaban urdidos, **de modo que 
**" infaliblemente habrían tomado un carácter general, si desde 
*'' la primera noticia que recibí, dice, no hubiera tomado el par- 
" tido de hacer marchar al punto al Señor Gáivez acompañado 
*^de quinientos hombres de buena tropa para contenerlos desde 
" el principio y castigar á los culpables." ^ 

"Salió Gáivez de México el 9 de Julio de 1767 para el inte- 
rior, y caminó con tanta actividad y energía que consiguió res- 
tablecer el orden, castigando á los principales cabecillas, y le 
vantó un cuerpo de trescientos hombres de infantería y caba- 
llería de milicias provinciales para mantener la tranquilidad, 
sin que costara un cuarto al rey ni por su vestido ni por su ar- 
mamento, que todos han costeado de su peculio.'^ 

"En Guanajuato, Gáivez mandó que los principales motores 
del tumulto fueran decapitados y sus cabezas se pusieran en 
escarpias en los lugares más públicos y en los cerros inmedia- 
tos á la ciudad; hubo entre estos ajusticiados un indio opera- 
rio de las haciendas de moler metales, llamado Juan Cipriano, 
y su cabeza fué clavada también en una escarpia en uno de los 
cerros. Poco tiempo después la gente de Guanajuato declaró 
que Juan Cipriano era santo y que se veriQcaban curaciones y 
hechos milagrosos en el lugar en que estaba colocada la cabe- 
za. Esto produjo nuevas conmociones, porque la gente iba en 
romería á rezar y á encender velas á aquella cabeza, costando 
mucho trabajo á las autoridades impedir los tumultuosos actos 
de piedad que ailí se. ejecutaron." 

No se contentó con esto el gobierno español, sino que el mis- 
mo visitador Don José Gáivez, investido por el rey de las más 
amplias facultades, impuso á todo el pueblo guanajuatense el 

1 Cartas del Marqués de Croix, publicadas por Nüñez Ortega, pág. 14. Estoe 
párrafos y estas citas están tomados de '^Méxicoá través de los siglos.'' Tomo 
II, pág. 842 hasta la 848. 



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818 

injusto y ruidoso castigo de que cada afio pagara un tributo de 
ocho mil pesos, en son de multa; además, se condenó á los in^ 
dividnos de la plebe á sufrir continuas levas para que fuesen á 
desaguar las minas, amarrándolos para que bajasen con inmen- 
so riesgo de su vida. El castigo subsistió hasta el 26 de Sep- 
tiembre de 1810, en que el intendente Riaño, conociendo la in- 
dignación con que era soportado tan inicuo yugo, publicó la de- 
rogación de aquel decreto, creyendo que con este paso impe- 
diría los progresos del movimiento de Dolores.^ 

LfOS sucesos hasta aquí referidos constan en las obras que 
hemos citado: son deficiente^ y yo voy á completarlos con la 
tradición; mas antes diré que los historiadores referidos no tu- 
vieron á la vista el curioso y ya rarísimo libro del padre Fr. 
Joseph Joaquín Granados, cuyo título es "Tardes Americanas, 
trabajadas por un indio y un español," en el que se registran 
curiosos datos sobre los mismos sucesos. Copiaremos íntegra- 
mente esas páginas para que se conozca el estilo de la época 
en que fueron escritas: 

^^Indio, — A el Exmo. Sr. Marqués de Cruillas, sin intermisión, 
succedió el Exmo. Sr. D. Carlos Francisco de Croix, Marqués 
de Croix: entró en México el año de 66. A pocos pasos de su 
Gobierno se levantó una llama, que estaba escondida entre las 
tibias cenizas de algunos fanáticos, necios y alucinados. Fabri- 
có la astucia el telar donde había de texer las telas de la inhu* 
manidad y crueldades; pero como los hilos de la trama eran 
desiguales, inconstantes y débiles, malogró la malicia su traba- 
jo, dexando descubierta la hilaza de la traición y alevosía. La- 
bró las oficinas, para obrar en Apatzingán, Uruapan, Pátzqua- 
ro, y Pueblos de la Sierra, en Guanaxuato, Venado, Minas de 
San Pedro, Potosí, San Luis de la Paz, San Felipe, y otros Lu- 
gares; pero como en el corazón de los Operarios se introduxo 
la codicia, quiso cada uno, aun antes de comenzar la obra, ser 



1 Marmolejo. **Kfemérídc8 guanajuatenses;'' tomo I, pág. 281. Bustamaii- 
te. Cuadro histórico de la revolución mexicana; tom. I, paga. 26 y 101. 



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814 

el primero en vender sus géneros, por lograr las estimaciones 
del precio y la reputación, dando causa estos irregfulares mo- 
vimientos para que despertaran los compradores y tratantes 
del pesadp sueño en que los tenía la confianza, la inocencia, y 
la sencillez, poniéndose á la vista de sus resultas. Los prime- 
ros que comenzaron á vender sus tiranos efectos, fueron los 
de Apatzingán, los de Uruapan, Pátzquaro, &c. 

"íSspa^Z.— Querría que no me hablases con tanta obscuri- 
dad, porque aunque no dexe de entender el lenguage, sábete,, 
que semejantes acontecimientos se han de referir en un esti- 
lo, que hagan los pasages claros y perceptibles. 

^^ Indio. — Vm. pide razón, y aunque tenía ánimo de continuar 
en esa especie de metáfora hasta el fin, por no rosarme con al- 
guna palabra ofensiva, ó que parezca mal sonante; me esforza- 
ré á tratarla con el decoro que demanda el caso, desviándome 
de todo lo que pueda lastimar la Justicia, y estrechándome á 
referir lo que oí, vi, y, discurrí, que todos estos tres puntos va- 
ciaré en un Tomo. 

'*Mal avenidos los Indios de la Sierra de Michoacán con la 
libertad que gozaban, piedad, y conmiseración con que los mi- . 
raba el Rey, y han tratado siempre sus Ministros, creyeron que 
con quitar las vidas á los Españoles y Gente de razón, se sa- 
cudirían el yugo de la obediencia, que lo imaginaban insufrible. 
Apadrinaban esta cruel maquinación los Gobernadores de Pátz- 
cuaro, Uruapan, Tanzítaro, Charapan, y otros Pobladores de 
las Serranías. Convencidos los ánimos por una secreta comi>- 
nicación, y alentados los Caudillos, primeros papeles de tan 
sangrienta farsa, emplazaron el día, en que á el sordo acento 
de una voz, fueran todos cruentas víctimas del rigor y de la 
impiedad. No debieron de tramar negocio de tanto peso tan 
dentro de las leyes del sigilo > el silencio, que no cundiera á 
los oídos de los Guanaxuateños, Luisianos, y otras gentes, que 
amigas de la libertad y el libertinage, se confederaron entre sí, 
y firmaron una alianza general entre todos, capaz, según á ellos 
parecía, de derribar las pirámides de Egipto, y fuertes Muros 



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815 

de Babilonia. Con el valor que les infundió el poder de tantas 
fuerzas unidas, comenzaron los desórdenes, é insolencia á sa- 
car la cara. 

^'Los de Apatzingán, atreviéndose á profanar la inmunidad 
de las Reales Casas, saquear los Intereses, y pretender apre- 
sar la Persona del Justicia mayor, para dar con ella en el su* 
plicio, los de Uruapan, no permitiendo Aloxamiento á los Mi- 
litares que se destinaban para el arreglo de las Milicias, y por- 
que perseveraron en su intento, sin respetar el sagrado de lo que 
representaba, condenaron á uno de los Oficiales á la pena de 
azotes, y hubieran todos pagado con la vida, si no intervinieran 
los oficios, empeño, y eficacia de los Padres de San Francisco, 
que por entonces administraban la Doctrina y Curato, expo- 
niendo, por libertar aquellas, las suyas á gravísimo peligro. En 
Pátzcuaro, San Luis, Guanaxualo, y demás parles, suspendien- 
do la execución de la Real Pragmática Sanción de nuestro So- 
berano, sobre la expatriación de los Jesuítas, promulgada en 
este tiempo. Y como iban corriendo de uno en otro abismo, 
no intentaba cosa la malicia, que ño executara el furor. Las 
calles se poblaban de corrillos, las casas de maquinadores, y 
los campos de escándalos; en unas partes se escuchaban llan- 
tos, en otras risas, y en todas el terrible sonido de mueran^ 
mueran. Esta melancólica voz, que lastimosamente sonaba en 
las orejas de los atribulados é inocentes, hada que unos se 
aprestaran á la defensa, otros á la fuga, pocos á los templos, y 
muchos atrincherándose en una ú otra casa, labraban muros 
de las paredes para repararse del furor y defenderse hasta mo- 
rir. 

^^De adonde resultaba, que con este inexcusable desamparo 
de intereses y familias, saqueaban los almacenes, destrozaban 
las tiendas, violaban las casadas, estupraban las vírgenes, y 
hasta las Imágenes Soberanas de la Majestad grabadas en los 
lienzos, llegaron á borrar, con el desacato más inaudito, inmun- 
do y horroroso. Estas violencias y desafueros, fueron el des- 
pertador (asi lo dispuso el Cielo) de la emplazada crueldad. 



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816 

traición y Urania; porque avisado el Exmo. Señor Virrey Mar- 
qués de Croix de tan repetidos atentados, y declarado por al- 
gunos de los Comuneros los tiranos fines á que miraban, man- 
dó al Illmo. Sr. D. Joseph de Gal vez, que desde el año de se- 
senta y cinco se hallaba en México, entendiendo en la gene- 
ral Visita que de éstos Reynos le había confiado el Rey, con 
todas las facultades, y plenitud de autoridad que en su Exce- 
lencia residía, para que juzgara negocio de tanto peso y grave* 
dad. Obedeció gustoso; y haciéndose cargo del empeño, partió 
para esta Provincia con la presteza que demandaba el caso: Dt»- 
cendam^ Et videbo utrum olamorem, qui venit ad me opere eompU- 
verit^ an non üa esL^ Abrió su primer Juicio en Valladolid, Po- 
tosí, y Guanaxuato, comisionando á las demás parles Sugetos 
desinteresados, de integridad y justicia, por no poder por sí 
acudir á todas en tan urgente necesidad. Las sumarias, autos, 
y procesos que del cuerpo de los delitos formaron, no puedo 
referírselos, porque no los ví;-pero por los efectos debemos in- 
ferirlos: lo que sabemos de cierto es, que todas las cabezillas, 
unas fueron condenadas á Ik pena ordinaria, otras á acabar la 
vida en los tormentos, y las de menos conseqüencia, á destie- 
rro. Con casi noventa cuerpos de los impíos y traidores se lle- 
naron las horcas de miedos, las escarpias de sustos, y los ca- 
minos, calles, y plazas de los Pueblos de horrores y de espan- 
tos, dexando tan destrozados espectáculos avisos á los presentes 
y escarmientos á la Posteridad. Esto es lo más notable de es- 
te escandaloso acontecimiento. 

^'Español— Pues á más de eso, he oído contar á Sugetos 
dignos de toda fe, que intentaban descargar el golpe, pri- 
mero en los Gachupines, sacándoles impíamente el corazón 
por las espaldas, y después, como enflaquecidas las fuerzas, y 
debilitado el poder, tocar á degUello generalmente, no sólo con 
todos los Españoles Indianos, sino aun con aquellos hijos del 
País, nada castizos en sus obras, y muy mestizos en la sangre 

1 Lib. de Etpect. oap. 20. 



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817 

con los tuyos, cómplices, y acaso inhumanos actores de tan 
detestables homicidios, los que llamamos en estos Reynos, 
Lobos, Coyotes, Mulatos, etc., apoyando sus razones con los 
muchos que se hallaron encartados, ya como cabezas, ya co- 
mo miembros en la conjuración, formándose de entre éstos 
aquel Reyezuelo Patricio, que con el nombre de Gran Polen- 
te^ arrastraba entre los tuyos tantas pompas y honores, como 
los Porapeyos, y Honorios entre los Romanos. 

^*Y lo más chistoso que me cuentan es, que eligiendo una de 
las desamparadas Minas del Real de San Pedro, para Corte y 
habitación de su Real Persona, había colocado en uno de sus 
obscuros calabozos, y lóbregos pueblos, como otro Pintón, el 
magnífico Trono, desdo donde con Corona en la cabeza, y do- 
rado Cetro en las manos, repartía honores, creaba Grandes, 
confería dignidades, firmaba decretos, y libraba órdenes que 
con pronta ligereza conducía el Barquero Aqueronte á todos 
los miembros del Estado. Me han dicho asimismo, que en el 
Escudo de Armas y Nobleza, que ya soñaba fixar á las puer- 
tas, y sobre las almenas de su Real Palacio, tenía escrita esta 
Letra: Nuevo Ret, t nueva Let, sin otras ridiculas y desprecia- 
bles locuras, hijas de la bastardía de unas gentes bárbaras, in- 
cultas, y desordenadas/^ 

Hasta aquí los hechos históricos que refiere el padre Grana- 
dos: luego el cronista se ocupa solamente de disculpar al visi- 
tador Gálvez de la severidad y rigor con que procedió contra 
los insurrectos y dice con mucho candor que no había senten- 
cia de muerte que no firmara con las lágrimas de sus ojos. 

Aunque repitamos algunos puntos del relato hecho por los 
cronistas, toca ahora su parte á la tradición, fresca y constan- 
te hasta hace algunos años en Pátzcuaro, Uruapan, Apatzingán, 
Tancítaio y Charapan y que se conserva entre algunas perso- 
nas que existen todavía. 

Llama la atención que no habían transcurrido quince días 
desde la expulsión de los jesuítas, cuando estalló en diversos 
puntos (situados entre sí á grandes distancias) la amenazadora 



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818 

insurrección acaudillada por el Gran Potente. Puede decirse 
que respecto de algunas de las poblaciones insurrectas, ni tiem- 
po hubo para que llegara á allí la noticia de la expulsión. 

En nuestro concepto estaba, pues, preparado por los jesuí- 
tas el gran levantamiento para apoderarse de la Nueva Espa- 
ña, independiéndola de la Metrópoli y proclamando aquí Aue- 
va Ley y nuevo Rey. El indio Patricio no era más que un ins- 
trumento que habían de sacriflcar á sus miras los discípulos 
de Loyola. La previsión y energía de Carlos III y la actividad 
é inteligencia que desplegaron tanto el Virrey Marqués de Groix 
como el visitador Gálvez, salvaron para la corona de España la 
más rica joya de sus conquistas y libe* taron al pueblo mexi- 
cano de los horrores de un gobierno teocrático, como el que 
tiranizó por tantos años á los habitantes del Paraguay. 

Algunos días antes de la expulsión de los jesuítas, los indios 
de Pátzcuaro se habían atumultado, haciendo huir á las auto- 
ridades que se dirigieron en busca de auxilio á la ciudad de 
Valladolid, las que á su regreso y viniendo acompañadas de 
una fuerte escolla, hallaron que los jesuítas habían pacificado 
á los amotinados, entregados ya de nuevo á su trabajo, al pa- 
recer serenos y tranquilos. Quiso la justicia proceder severa- 
mente; pero los mismos padres de la compañía abogaron por 
ellos, alegando que el motín no era en contra del gobierno, si- 
no simplemente contra los recaudadores del tributo. El res- 
peto con que se veía á los jesuítas y el convencimiento que 
tenían las autoridades de los abusos de aquellos empleados 
fiscales bastaron para que se echara tierra al asunto. 

Por fin llegó el 25 de Junio (1767); los jesuítas fueron 
aprehendidos en su casa y la plebe de Pátzcuaro se levantó 
de nuevo en armas para impedir que se llevase á cabo la or- 
den de expulsión: de los numerosos pueblos de la laguna lle- 
gaban auxilios de hombres á los rebeldes; pero de nuevo los je- 
suítas, hablando en secreto y misteriosamente con los jefes del 
motín, sofocaron el tumulto. Los indios se dispersaron y de- 
cían á cuantos encontraban, hablando en tarasco, que todavía 
no era tiempo. 



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S19 

P^r fin, la revolución estalló en diversos y lejanos puntos 
<le las provincias de Michoacán, Guanajuato, San Luis Potosí 
y Querétaro, y fíjese la atención, el movimiento se verificó en 
un nmmo día. 

En Pátzcuaro se registraron escenas de desolación, pues 
aparte de que las casas de los españoles fueron saqueadas, las 
familias tuvieron que sufrir la crueldad y depravación de los 
sublevados, cuyo grito de guerra era Nueva ley y nuevo Bey, 
en medio de vivas atronadores al Oran Potente. En Apatzin- 
gan, los indios amotinados se apoderaron de las cajas reales, 
destruyeron los archivos, asesinaron á varios españoles y ro- 
baron las ricas tiendas de aquella población que era entonces 
«1 emporio del comercio en la tierra caliente. Los pueblos de 
Tancitaro y Charapan enviaron á Uruapan numerosos escua- 
drones de flechadores y de honderos. 

Esta última población era el centro de la sublevación, pues 
iilH residía y de allí era oriundo el célebre Patricio Carrión, 
•que tomó el título de Oran Potente y que empuñó el estandar- 
te con el lema de Nueva Ley y Nv^vo Rey. En esos días había 
llegado á Uruapan, como refiere el padre Granados, un regi- 
miento de caballería con el pretexto de organizar en aquel pue- 
blo las milicias que se habían mandado levantar con motivo de 
la ocupación de la Habana por una escuadra inglesa. 

Los sublevados se arrojaron sobre el cuartel, desarmaron á 
los dragones y se apoderaron de los oficiales. Ck>n éstos últi- 
mos se dirigieron á la plaza del Santo Sepulcro (hoy de Fray 
Juan de San Miguel), en donde se alzaba la picota. Allí, en me- 
<lio de la espantosa gritería de más de diez mil bocas, estaban 
los indios á punto de azotar á los prisioneros, cuando del claus- 
tro del convento contiguo salió una procesión de frailes fran- 
ciscanos, llevando el guardián la custodia y entonando todos 
un cántico sagrado. Los amotinados se hincaron de rodillas, y 
entonces uno de los padres los exhortó á que no llevaran ade- 
lante el suplicio de los españoles. Tanto amaban los indios á 
aquellos religiosos, que desistieron de su intento y ya iban 



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820 

á poner en libertad á los prisioneros, cuando de entre la mu- 
chedumbre se oyó una voz que dominaba el inmenso ruido: 
^^Al tío; vamos á echarlos al agua!^' Entonces resonó una car- 
cajada general. Quién sabe cómo en aquellos momentos se hi- 
cieron de unos burros, montaron en ellos á los oQciales, y la 
inmensa muchedumbre que no cesaba de reir se dirigió por las 
calles de Cupatitzio, llegó al Puente Ancho y uno á uno, el g¡- 
nete y su asnal cabalgadura fueron lanzados al agua, en tanto 
que de diez mil bocas brotaba una inmensa carcajada. 

A estos ó semejantes tumultos se limitaron los sublevados: 
no había entre ellos cohesión, y aunque se les había dado á 
reconocer como su jefe el indio Patricio, éste, henchido de va- 
nidad, fué á instalar su corte al Real de San Pedro, conten- 
tándose con recibir los homenajes de sus subditos y con ro- 
dearse de cortesanos tan ostentosos como él y que no sabían 
más que adular á su augusto amo. 

Mas ¿quién era el principal caudillo del movimiento popu- 
lar? La historia no lo dice, pero nadie duda que él debía de 
salir de entre los discípulos de Loyola. 



Por aquellos días el padre Salvador de la Gándara, Provincial 
de los jesuítas de México, visitaba las casas del interior, y el 
decreto de expulsión lo halló en Querétaro, que fué una de las 
provincias que se sublevaron. 



Es seguro que sobre el aparato del Gran Potente, puesto 
adrede para alucinar á los indios, debía haber una cabeza que 
dirigiese. Aunque el día de la insurrección se había fijado de 
antemano, como en vísperas de él quedaron presos todos los 
jesuítas, el que debía ser el director principal de la revolución 
no pudo ya acaudillarla, y el Oran Pótenle se vio entregado á 
sus propios, pero nulos esfuerzos. 

Sin dificultad alguna pudo el visitador Gal vez, apagar la 11a- 



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821 

ma que amenazó incendiar toda la Nueva España. Le bastaba 
presentarse con sus tropas en las capitales de las provincias en 
que apareció la chispa revolucionaría para que esta se extin- 
guiera! Los indios volvían pacíficos á sus casas, descepciona- 
dos del Gran Potente y resueltos á no volver á mezclarse en 
asonadas. 

Grande ocasión fué esta para que el Gobierno hubiera he- 
cho alarde de generosidad; pero no fué así. el visitador Gálvez 
por sí ó de acuerdo con el Marqués de Croix, desplegó un lujo 
inusitado de severidad, haciendo perecer en las horcas á cen- 
tenares de indios, é imponiendo á los restantes crueles casti- 
gos. En vano el padre Granados trata de hacerlo aparecer co- 
mo magnánimo, la tradición clama horrorizada lo contrario. 
El cronista citado no puede menos que dejar escapar las siguien- 
tes palabras: 

^*No firmó sentencia que no la rubricara más con lágrimas 
que con letras. Bien manifestó la nobleza de su alma y candi- 
dez de sus christianas intenciones, cuando en la plaza de San 
Luis, desde el balcón de su morada, arrebatado de un espíri- 
tu apostólico, y cubierto su valeroso ánimo de un dolor vehe- 
mentísimo, á vista del innumerable concurso, y de los calien- 
tes cadáveres que aún pendían de los patíbulos y las horcas, 
oró con tanta eloqüencia, y persuadió con tanta abundancia de 
testos, razones, leyes y autoridades, el justo castigo ejecutado 
en aquellos infelices, y el culto, obediencia, -amor, y ]ealta<} 
que debemos tener al Rey nuestro Señor, y á la verdadera 
Fé que profesamos, que todos, compungidos y apoderados de 
un impulso superior, se abrazaban tiernamente, se perdonaban 
contritos y alababan á Dios en un Héroe que tanta gracia ha- 
bía derramado en sus labios para persuadirlos y ablandarlos 
en la obstinación y rebeldía.^' 

De lo expuesto se deja ver que el pánico que se apoderaba 
de las gentes más bien era debido al espectáculo de los patíbu- 
los y de las horcas, que á la elocuencia del visitador, cuya fa- 
ma de cruel y poco cuerdo llegó á hacerse universal, lo mis- 

lfic]ioao6ii.-21 



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S22 

mo que su codicia, pues aunque el padre Granados procura 
defenderlo, él mismo escribe, que, á su regreso á España '*no 
ha faltado quien asegure que embarcó consigo más plata, que 
tesoros flotaban en las fomosas Naos del Oflr/' 

Sofocado el tumulto de Uruapan más por la intervención de 
los padres franciscanos que por la tropa que desde Valladolid 
envió el visitador Gal vez, los jueces especiales que llegaron con 
la expedición comenzaron desde luego á proceder contra los 
rebeldes. Noventa de estos perecieron en las horcas que se le- 
vantaron en las plazas de la población y á lo largo de las ca- 
lles de Cupatitzio; centenares de infelices sufrían el castigo de 
azotes que seles infligían al pie de la picota, y la totalidad 
de los indios, habitantes del lugar, fueron obligados á conducir 
piedras y á pavimentar con ellas todas las calles de la extensa 
ciudad, en el concepto de que todas carecían de empedrado. 
Los ancianos, de cuyos labios oímos esta tradición, agregaban 
que á causa de que el trabajo se hizo como castigo, las calles 
quedaron tan mal empedradas que no parecía sino que se hu- 
biese trasladado á ellas un pedazo del pedregal que se extien- 
de al Sur y Poniente de la población. ^ 

En los días en que funcionaba la justicia del visitador Cal- 
vez, sin estar este presente, y sólo poseídos de pánico y dolor, 
los habitantes de Uruapan se abrazaban tiernamente, se per- 
donaban contritos y hacían llegar hasta Dios sus oraciones. En 
todas partes se oían sollozos y era tan grande el temor de 
aquellos infelices que creían llegada su última hora. 



1 De diez afios i esta parte, el Ayuntamiento no ha ceeado en mejorar el 
pavimento que está ya transitable, pues, en efecto, antes era tal la informe 
aglomeración de piedras, que casi no podía darse un paso por aquellas calles. 



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828 

En cuanto al indio Patricio, huyó del Real de San Pedro j 
conservando siempre su regia pompa, estuvo oculto algún tiem- 
po en la gruta que hay cerca de la Tzaráracua, á inmediacio- 
nes de Uruapan. 

Después nadie volvió á ver al Gran Potente. 



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ÍNDICE. 



Pá«s. 

Prólogo 8 

Dedicatoria. A la memoria de mi esposa Francisca Salgado de Ruiz 

¡Siempre! 18 y 16 

Kl Fratricidio 21 

Bréndira 48 

Bl apóstol de Michoacán 116 

Bi padre Jacobo 178 

Zitácuaro.^ 181 

Huitsiméng^ 221 

Bl nombre de Huitsiméngarí 229 

Bl apóstol de tierra caliente» 288 

Los milagros 284 

Leyenda primera — Pámpzperata 288 

Leyenda segunda, — Ambétzecua 262 

El Hechicero 269 

Bl'Santo Bntierrode Paracho 286 

La Diabla 296 

BlGran Potente 809 



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ERRATAS NOTABLES. 



Página 47, Imea tercera, dice: pidecuarioj debe decir: pindecuario. 

„ 126, línea 24, dice: Tariaco; léase Tariácuri. 

„ 288, segunda línea del título, dice: Phámpsperata; debe decir Pámpa- 
perata. 

Igual errata hay en la última línea de la página 240. 



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