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Full text of "México moderno; revista de letras y arte"



f-ir 




/ PURCHASED FOR THE 

UNIVERSITY OF TORONTO LIBRARY 

FROM THE 

CANADÁ COUNCIL SPECIAL GRANT 

FOR 



latín -AMERICAN STUDIES 



MÉXICO MODERNO 



REVISTA DE LETRAS Y ARTE 


DIREaOR: 


ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ 


TOMO II. 


Febrero- Julio de 1921. 




MÉXICO 

EDICIONES MÉXICO MODERNO 

1921 



POEMAS EN PROSA 



PERDIDOS los ojos por tu vasta extensión, mar bonancible, có- 
mo palpita mi seno al compás del suave ritmo de tus pequeñas 
días. Tal parece que se me difunde la vida ante la sonrisa liala- 
gadora de tu serenidad. Ese blanco chapoteo semeja el golpe acariciador 
de manecita enguantada. No, no quiero recordar tu faz espantable, 
tu ceño fulminante de los días en que desataá los vientos de las cuatro 
plagas de la tierra, y los arremolinas como poseído de vértigo. ;.Para 
qué? Hoy te desperezas, tigrezno juguetón. Y el mundo se alegra en 
torno; y bebo su alegría,, voluntariamente olvidadizo de los terro- 
res que dejó atrás y que me esperan. 



II 



ENTOLDABA todo el cielo un tapiz ceniciento, que rompía a tre- 
chos pequeña mancha azul, como sonrisa involuntaria en un ros- 
tro nublado. La frialdad de la mañana parecía condensai^se. La 
calle desierta dormitaba. Sólo un hombre pasaba con la cabeza sumida 
entredós hombros y los brazos cruzados por detrás. Me hizo el efecto de 
que aquella plancha desbruñida del firmamento descansaba sobre el 
viandante y de que su a'lma también se entumía bajo el peso. 



E 



III 

NTRÉ en la sala de operaciones, vi lia mesa de blanca piedra toda 
manchada de sangre negruzca ; me pareció repulsiva, como si s<>- 
bi'e ella flotara espeso vaho de dolor. La vi otra vez, brillando en 



4 MÉXICOMODERNO 

su prístina albura ; el agua lustral de una blanda esponja la había pu- 
rificado a los ojos. Y pensé con angustia, con horror, en eíL campo devas- 
tado por la batalla; y me lo figuré después recubierto con apacible 
manto de césped mullido, salpicado de manchas de oro. 



IV 

LA vida, impasible, había desgastado su cuerpo, se había encarni- 
zado sin cólera en sus miembros* nunca antes robustos. Sólo 
sus ojos conservaban su brilloi, y su lucidez para mirar jwr 
denti^o y por fuera. Neblí de almas, que muchas veces se le revelaban 
al desnudo. Triste don, que él hubiera trocado gustoso por la venda 
Manda y espesa de las ilusiones juveniles. Y recordaba con amargura 
que, cuando no veía, anhelaba ver; mientras que ahora aborr-ecía su 
perspicacia estéril. 



QUÉ remontadas van esas aves ligeras! Cómo traspasan en su 
vuelo aquellos albos vellones de nubes. Suyo, suyo,, todo él es- 
pacio inmenso. Qué encogida las ve mi alllma aquí abajo. Tam- 
bién ella tuvo alas. ¡Hace tanto tiempío! 

ENKIQUE JOSÉ VERONA. 
Habana, 3920. 



EL ROMERO ALUCINADO 



(DBL I^IBBO en PBBN8A 
"L.A PALABRA DEL VIENTO") 



ROMERO de la aurora^ 
romero, 
di si miras el alba o el sendero. 
Vas de espalda al oriente 
y tu sombra se alarga indefinidamente. 
¿Por qué vuelven los ojos 
a los celajes rojos, 
y no miras la faja del camino f 
Hay a tu frente el ala de un destino, 
y delante, 

se prolonga la cinta alucinante 
del camino. 

Romero de la tarde, 
romero, 
di si miras la tarde o el sendero. 

Suena en la lejanía 
una conturbadora melodía^ 
y a las luces de ocaso, 
más de algún peregrino tuerce el paso 
y de la buena ruta se desvía, 
absorto en el cobarde 
y fatal sortilegio de la tarde. 

Romero de la noche, 
romero, 
di si miras la luna o el sendero. 

La embaucadora luna 
ensueño y luz aduna. 



s 



MÉXICO MODERNO 

Más de algún peregrino^ 

esclavo de su luz perdió el camino^ 

y extraviado y demente 

vaga de noche indefinidamente . . . 

Romero de la noche, 
romero^ 
di si miras la luna o el sendero. 



LA CIUDAD ABSORTA 

OPLABA un manso viento de aquel lado del mar 
La turba era una sola alma para escuchar. 



Se concentraba todo en el vago sonido 
que venia de lejos . . . La tarde era tan pura 
y la emoción tan honda, que el alma hubiera oído 
el vuelo de un celaje cruzando por la altura, 
el vuelo de iin celaje 
en la paz infinita de un misterioso viaje. 

Sólo el fnar prolongaba su angustioso tormento 
mientras la turba oía la palabra del viento. 

Ciudad que vi una tarde y cuyo nombre ignoro, 
ciud<id de vida unánime y silencios de oro; 
ciudad absorta y muda, ciudad cuyo sentido 
único es la insaciable codicia del oído; 
ciudad a quien la llama de crepúsculos rojos 
no despierta una sola inquietud en los ojos; 
ciudad que nada mira, ciudad que a nada atiende 
porque escucha y comprende. . . 
Urbe de cuyos hombres, al pasar a su lado, 
no podré decir nunca que me hubiesen mirado; 
vieja ciudad fantástica de quien decir no acierto 
si la crucé dormido o la soñé despierto . . . 
¡He perdido tu rumbo! ¿Quién me dirá si existes, 
obsesión de mis horas infecundas y tristes? 

¡ Quién sabe si entre sueños te volveré a escuchar, 
oh, viento que soplabas de aquel lado del mar!. . . 



LUNA MAT ERNA 



LUNA MATERNA 



D£JA caer la noche sus d()s alas cansadas, 
y tú, corazón mío, tiemblas y te arrebujas 
cual niño que en su lecho de cortinas carradas 
pévidamente sueña con relatos de brujas. 

Eres niñez insomne en cuna de tinieblas. 
Preludia tu garganta el angustioso grito 
que no sonará nunca, y tu vida repueblas 
ton los viejos pavores de un miMerio infinito. 

El toldo de la noche se perfora con una 
ráfaga repentina . . . Pálida e ilusoria. 
u tu sueño de espantos se ha asomado la luna 
como una huena madre, con una palmatoria 
^n la mano, que aparta los velos de la cuna, 

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ 



LA SONATA Y LA SINFONÍA 



LLÁMASE SONATA (puro sonido de instrumentos músicos, vibra- 
ción exclusiva sin voz humana ni canción), lal conjunto de trozos 
cuya síntesis forma, según el musicógrafo Grove, la resolución de 
'^one of the rnost singular prohlems ever presented to the niind of 
man. One of the most successful achivements of his artistic instincts*'. 

Estriba, la esencia de la sonata, en su rica y variada unidad- Co- 
mo todo organismo perfecto y toda producción armoniosa del ingenio 
liumano o de la naturaleza, la sonata no resulta de parte» disímiles 
que se suman por el solo capricho del compositor; sino de la coheren- 
te alianza de piezas distintas en su individualidad, jiersonales en su 
significado, ciertamente, mas, ligadas por la forma interna de una con- 
cepción que se va determinando en el tiempo como desarrollo estéticí> 
de la idea central o del conjunto de ideas musicales tan próximas, tan " 
lógicas en su mutua amistad, como los versos de un soneto o Jos miem- 
bros eurítmicos de una estatua. 

No por ello el orden geométrico o silogístico provee al secreto de 
la concordancia musical. La lógica de que se trata es arralo singular 
del arte; cálida unión de las partes del discurso polifónico; proporción 
artística que, para la lógica pura, sería emblema indescifrable, aun 
cuando fuere, para el instinto del ingenio creador y la espontánea com- 
prensión de su público, obvia verdad artística que subyuga a la intui- 
ción como al puro entendimiento la firme concatenación silogística. 

Regularmente, la sonata expone, en primer término, el allegro; 
luego el andante o adagio y, por último, el finóle. "Suele intercalarse, 
entre el primero y el segundo tiempos, o entre el sañudo y el tercero, 
una pieza breve, minuetto* scherzo^ intermezzo*^ (1) 

[1] Véase: Lavignac. La Musique et les Mitsiciens* 



LA SONATA Y LA SINFONÍA 9 

Dice lo esencial de la sonata el primer trozo. Es la eterna e 
iüsisitnte actuación del misterio del mundo. El ritmo que vuelva 
constantemente sobre sí; la melodía que se mJatiza, como la vida 
misma, para anonadarse en el término universal; la creación siem- 
pre fecunda y monótona siempre. Porque el mundo entero es inven- 
telón e imitación, imaginación y memoria, vibración, ritmo, evolución 
creadora. Las melodías del primer tiempo de una sonata clásica, 
en su exposición prinnordial y genuino retorno, realizan con perfec- 
ción esta intrínseca arquitectura de la música, desarrollo temá- 
tico que se basta a sí mismo y significa la unidad en la variedad ; 
síntesis cósmica patente así en una estatua griega como en un cuadro 
de Leonardo o un poema de Goethe. 

El andante parece más propicio aún que el primer tiempo de la 
sonata a la manifestación del temperamento musical del autor. En 
Mozart y Haydn es un simple tema con variaciones, dice Lavignac; 
en Beethoven, una gran romanza con estrofas diversas que bordan 
el tema, cada vez más rica y copiosamente. Redúcese, por excepción, 
al mero proemio del tiempo final. 

El rondó, conforme al estilo de Mozart, es el poético rondel trans 
cripto a la música, pura. Insistente prolificación del tema que pros- 
pera y fructifica en variados divertissernients, para anonadarse den- 
tro de la concepción fundamental. El placer de la música consiste 
siempre en la misteriosa transición del silencio al silencio, que la 
obra de arte interpreta como un esfuerzo heroico que pugnara por 
explayarse en invenciones complejas y distintas, a imagen del mun- 
do mismo, hasta que,* a la postre, sucumbe por afirmar que nada 
merece durar siempre, sino el ser único y puro, capaz de revestir to- 
das las formas que ensaya, para desecharlas después y permanecer 
imperturbable en su inviolada esencia. 

Podría rotularse la sinfonía sonata magna para orquesta. Con 
Haydn, el abuelo de peluca blanca y sonora como pajarera de cristal, 
la sinfonía es jocunda y harmoniosa como la civilización del siglo 
XVIII. (Parques de Le Notre, despotismo ilustrado de los Josés 
y los Federicos, pintura literaria, prosa francesa bruñida y perfecta, 
etc. ¿No decía Tialleyrand que, entonces, faisait joie de vivref) . . . 
ITambién para el abuelo austríaco hubo siempre alegría dentro del 
corazón. Su alma fué de agua riente y bulliciosa como el primer ím- 



lo M ÉX I CO MO DE R NO 

petu de un surtidor. Con Beethoven, la sinfonía se puso amarga y 
profunda como la vida contemporánea; pero, entre el abuelo feliz y 
el nieto atormentado, tendió Mozart su bella fantasía, su grande y 
pura lalma apasionada, y el encaje maravilloso que hilaron las mú- 
sicas aranas de sus rondós. 

ANTONIO CASO. 



UN ELEGÍACO ECUATORIANO 



POKQUE en el fondo del alma es un elegiaco, hay. para este 
poeta, aun en medio de los suyos, aun en medio de sus cam- 
pos, donde están sus amores, una soledad, la más vasta 
de las soledades, la soledad interior, poblada de inasibles sombras, 
de presencias inalcanzables, de recuerdos como adioses inacaba- 
t>les ... 

Lleva en el alma una música, que excita sin cesar el canto de 
sus memorias, como el de un coro asiduo de plañideras. Podría 
decirse en verdad que no ha cantado, hasta aquí, de lo hondo, sino 
a sixs muertos. Le inspirian como envolviéndole de conítinuo en 
una espiral de visiones y reminiscencias, por donde su alma gemebun- 
da parece ascender, descender, ir buscando como obsedida lo que ha 
perdido. 

Corazón muy humano el suyo,, más sensible parece al vacíos, a 
Ja ausencia, que a la presencia de los seres mejor amados: necesita 
perderlos para amarlos bien: una vez desaparecidos, en todas partes 
los ve. 

La muerte, el sentimiento o pensamiento de la muerte, su som- 
bra suspensa sobre la vida, la filosofía final del destino humano, 
grandeza que acaba en polvo, todo lo que es meditar en la existencia 
perecedera, se diría que es¡, para él, tan sólo concepto sin forma, 
y no realidad sensible ; y que en siendo mal universal no le impresiona 
en abstracto. Pero la muerte real y concreta, la de los seres ama- 
dos, que le despoja a él de ellos como desgarrándole y mutilándole, 
la muerte, en suma, de sí mismo en las muertes de los demás, que 
le van privando de sus amores, despoblando su camino diario, deso- 
lándole el porvenir, esa muerte que hace su obra de devastación en 
los vivos más que en los muertos que a sí se ignoran, ¡cómo le afec- 
ta...! 



12 MÉXICO MODERNO 

Ammi,tudo magna! No se resigna. Bu desolado fervor votivo 
recomienza cada vez su treno con asombrada insistencia. El temor 
de que «e le agote, de que desfallezca en su vigilia fiel el dolor insom- 
ne, renueva sin fin su duelo. Su ciencia del dolor y su don de lá- 
grimas, mjantienen vivos a sus muertos. Y cuando olvida, por un 
momento, llora de no haber llorado, padece de no padecer . . . 

Me place esta monotonía de un corazón que se obstina, de una 
Tena que manando crece. Y me place que su pena absorta añada a 
su monotonía la del ritmo en que se condensa y de la forma en que 
dum. Siempre iguales de alma y jamás los mismos, esos perfectos 
sonetos fúnebres se diferencian en todo, bajo la sombra uniforme y 
el fin idéntico. Lapidarios, simétricos, alineados, se alzas a guisa 
de lápidas. O más bien, esos sonetos concéntricos se suceden uno 
tras otro, y pasan como despertando, en la estancada tristeza con- 
templativa, un temblor de emoción o recuerdo, que se ensancha es- 
ti^meciendo el alma. 

De las personas, extiende su duelo a las cosas familiares aban- 
donadas. Su melancolía les presta un alma doliente, constante. Llena 
el paisaje, vela el horizonte. Tanto que ya no sabe si su pena está 
en ellos o en él. 

Recuerdo, que hoy mi soledad aromas, 
por la ternura del pasado, di : 
... el olor de romero con que asomas, 
¿todavía es del campo, o está en mí?. . . 

No acaba de desprendei^se de las cosas y los seres que la muerte, 
y aun la vida, le arrancan como de los brazos. Así amó a la finca, 
al huerto paternales como a personas vivas y con alma : al pasar 
su propiedad -a otras manos, fué como si aquel sensible rincón de 
tierra para él muriese. La muerte de la heredad le dejó en orfandad 
más vasta. 

Pero ya mi sendero no termina 
en la sombra olorosa de esa estancia 
a ia que en vano mi lusión camina . . . 



. . .Una tarde la granja no fué mía : 
Se me eohó, para siempre, en el camino, 
con mi alma que a la granja se volvía 
y este dolor que a todas partes vino. . . 



Sentimiento que me recuerda el de la visita que hizo Lamartine 
a sus queridas tierras de Saint-Point, para dar, a los mudos testigos 



UN ELEGÍACO ECUATORIANO í3 

de su adolescencia y de su juventud, aquel adiós que nos cuenta, en 
impalpable prosa, en su cai'ta al señor d'Esgrigny, — donde, como en 
la sencilla majestad homérica de su canto a La tierra natal, la tris- 
teza romántica asume una serena nobfleza antigua. Este poeta, de 
tjKínsibilidad a un tiempo angélica y voluptuosa, nostálgica j des- 
prendida, cantó en manera sublime la vulgar vicisitud de ver pasar 
a otras mano« un pedazo de tierra amado: 

Bientót un étranger, inconnu du village, 
viendra, Vor a la main, s'emparer de ees lieux . . . 

Como siempre, se alzó el poeta sobre su pena como sobre es- 
combros, a contemplar la vida y su destino, para, como va el río 
a la mar, perder su propia miseria en sentimiento más vasto. Menos 
resignado, con desdén menos contemplativo y menos bíblica magnifi- 
cencia de renunciamiento, Gonzalo Cordero Dávila se obstina amoro- 
samente» y extiende en su derredor el sentimiento de lo perdido. Hasta 

...el caballo viejo, que era mío, 
porque en otro poder perdió su brío, 
me apena en este Julio el eoraísón. . . I 

La naturalecia amiga le acompaña. Va *'por los campos" regando 
el retornelo de su congoja. Parecen, callados, atentos, correspon- 
derle en no sé' qué secreta comprensión de intimidad. Tanto que ya 
no sabe si su pena está en ellos o en él . . . 

Ya los románticos nos dieron todas las consonancias del alma 
(*on la naturaleza, en su amor casi .panteístico. Y a pesar de su dón 
de la inexactitud poética, nos dieron, además, trazados a grandas 
raíSgos, todos los grandes cuadros, la belleza universal, genérica, 
el alma flotante y vaga de los paisajes, la primera impresión del 
ánimo, la emoción madre como si dijéramos, ante los espectácoJog 
de la tierra, del cielo, del mar. Y fundieron el amor humano en el 
amor de la naturaleza. Este amor así humanizado cobra en los mo- 
dernos un sentido más individual. Y en éste nuestro poeta, ese sen- 
timiento es muy pei'sonal : nostálgico y elegiaco. 

Al ir con él ^*por dos campos", se ve su pena más que lo$$ campos. 
Sin embargo, los reconozco, mis dulces campos de las serranías... 
Montes meditabundOvS ; valles en que a la tarde, su sombra 
vierte una austera melancolía, pero que de día ríen a todo sol; ha- 
ciendan patriarcales, rudas y plácidas... Aillá, el páramo lívido, 



14 MÉXICO MODERNO 

atonnentado por la constancia del viento en pena, del viento loco; 
aquí el sembrado trabajoso, la choza prosternada, la loma árida 
a cuyo flanco, lentamente, se cicatriza un sendero-.. No que estén 
descritos, mas sí sentidos j evocados. Ni descripciones ni discursos 
en esta poesía sobria y plena, toda sentimiento. Su instinto del arte 
le aparta del vicio espontáneo de la descripción y del desarrollo : 
tan dueño está de su materia, que una simple alusión le basta para 
expresarla en su plenitud. Aquí y allá un toque intenso, que sus- 
cita, en vibración indefinida, el complemento de visión o de emoción 
que hiciera falta» a modo como en Bécquer por ejemplo, un silen- 
cio o un suspiro, una alusión, una pregunta¡, una reticencia, delatan 
un drama completo con su nudo y su desenlace. En esta poesía hen- 
chidá de silvestres jugos, florece de repente en un gran verso, en 
un ritmo, en un epíteto, en un aire, todo el paisaje, en honda pers- 
pectiva, con su color, su lontananza y su alma toda. La evocación 
surge natural de detalles simples. El mvás característico es el indio, 

el indio, esa alma triste de la quena, 

odiado por sus propias soledades, 

y encarnación viviente de mi pena . . . ! 



Le ha puesto como centro del paisaje El sollozo reiterado de la flauta 
indígena pasa aquí por entre las estrofas como por el campo, como 
cuando, en la mansedumbre crepuscular, vuelve el peón a su choza 
por las quebradas, dejando impregnado el sendero de su obscura 
congoja indecible. 

Después del errado, falso, o por lo menos incompleto america- 
nismo de intención, que vio en el indio de las selvas, en el salvaje 
mal domado de los bosques, algo así como el héroe epónlmo y legí- 
timo de una i>oesía americana; después de las tentativas que, sin 
pararse en la incongruencia y contradicción, hacían blanco a medias 
en eíl protagonista, para lograr dramatizar su fábula ; después de núes 
tra Cummidáy después de las Melodías Indígenas, de candorosa fic- 
ción incaica y orientalista, de nuestro benemérito Don Juan León 
Mera, necesario se hacía — de gég-uir cantando al indio como asunto 
peculiar y característico — venir a dar, por más exacta y verídica, 
en la poesía del gañán, de nuestro oscuro siervo de la gleba. — Pasar 
de lo pintoresco y remoto a lo patético y presente a nuestros ojos, era 
dejar la visión del romanticismo por acercarse a la realidad actual. 
Pero algo queda de la tendencia Romántica: el peligro de caer én 



UN ELEGIACO ECUATORIANO 15 

sensiblería y en melodrama, y de sentir por el indio com;pasión de 
an¿(ustias que en su alma obliterada tal vez no existen. Porque el 
indio tal vez ignora la congoja que para nosotros llora en su flau- 
ta monótona : le obstruye el alma un estupor de siglos, y su sileneit», 
cargado de atavismos densos, es ineooisciente, casi animal. Su tristeza 
está en nosotros más bien que en él. Por eso cuando este poeta» com- 
pasivo, efusivo, ve en él ^'la encarnación viviente de su pena", lo 
que hace no es sino prestar a la tristeza indígena la suya propia : tris- 
teza múltiple, sabia, fértil en motivos, tristeza inventora, invasora, 
que se escucha y se complase en sí^ y nada tiene de común con 
la tristeza del indio, embotada, hermética, profunda sólo por 
obscura. Mas si no existe esta tristeza como creen verla algunos 
otros poetas, dentro del alma del indio, en forma de sentimiento 
sofocado, de fuente lírica cegada, de meditación que incuba visiones 
desesí>eradas„ de raza y de porvenir o de grandeza pretérita, existe la 
tristeza física que imprime un sello a cuanto le concierne. Gonzalo 
Cordero Dávila sabe verla admirablemente así en detalle como en 
conjunto. 



En medio al afán de exotismo e irrealidad, que aún aloca a 
poeitas ' fimberbes, este poeta ha cantado sólo lo que ven sus ojos y 
su corazón. 

Poeta de la heredad, del huerto amado> del árbol fraternal; fiel 
a lo suyo y a los suyos; prisionero voluntario de su horizonte, Gon- 
zalo Cordero Dávila ha hallado, dentro del cerco de los aislantes 
montes natales, su inagotable universo. Ha hallado su centro ahí 
donde le fijaba la ley del amor primigenio, donde reposan sus muer- 
tos. Lleva consigo su mundo, porque lo lleva en su corazón. ¡Feliz 
concordia del alma con todas las cosas hermanas, frescura a toda 
aridez en la pradera por siempre elísea de la infancia y la adoles- 
cencia! . 

Su voz es de las que llaman hacia lo propio. Las voces que nos 
incitan a dejar lo propio, a cambiar de alma, a buscar a lo lejos el 
otro yo indecible que inquieta adentro, tienen un fatal encanto, una 
turbadora, persuasiva insidia. Aunque resulte falaz su prometida fe- 
licidad, vierten en nosotros filtros irresistibles. ¿Cómo negar »u 



,6 MÉXICO MODERNO 

seducción? ¿Cómo resistir al llamamiento de los caminos descono- 
cidos, cómo no amar bajo otros cielos, cómo desoír el canto innume- 
rable de las sirenas? Pero luego vamos por el mundo como el Fierre 
Schlemihl del cuento de Chamissó^ que creyó no perder nada ai per- 
der ^u sombra, a cambio de venturas maravillosas. La buscamos des- 
pués en vano por el suelo ajeno ... 

Gonzalo Cordero Dávila, de natural casi refractario en litera- 
tura a novedad forastera, poco iluso o poco curioso en lo tocante a 
escuelas y cenáculos, no ha dejado modelar su índole, tal vez huraña, 
por ninguna influencia adventicia. Es evidente, sin embargo,, que, preser- 
vado como se hallaba de mentira y de extravío por su fuerte genio de 
aiTaigado, habría ganado mucho sin perder nada con el cultivo inteli 
gente de los poetas modernos. Cuando se tiene un armazón interior de 
esa consistencia, poco se arriesga al plegarla a disciplinas extrañas. 
Habría ganado sobre tmio en el sentido y la práctica del ritmo, toda- 
vía en él monótono y amartillado cual si Darío no hubiera consuma- 
do su obra de cíclope sabio. Habría ganado también en maleabilidad 
de genio, en variedad de actitudes líricas. Los mil recursos del arte 
nuevo del verso, del epíteto, de la imagen en escorzo; la sugestión 
evanescente de la música, de las pausas llenas de las resonancias y 
correspondencias interiores; todo ese mundo de analogías indeter 
minables pero ciertas, incorporado a nuestra visión modeT-na del al- 
ma y del universo, no ha querido hacerlos suyos. 

De 'haber aprendido el oficio y educado el gusto en los modernos, 
Gonzalo Cordero Dávila hubiera podido ser el precursor que quizás 
faltó, en ejemplo y obras, a la generación que se inició algo tarde 
con Arturo Borja, de conmovedor recuerdo, perdido demasiado pronto 
para la conquista de hi belleza por éíl sofíada^ apenas entrevista. Sa 
companero fraternal y dolorido, Ernesto Noboa Caamaño, que se 
mantiene algo aparte y guarda en recato excesivo una fina sensibili- 
dad y un gusto puro; Humberto Fierro, que ha acertado con toques 
singuflares y sones hondos; varios otros poetas ya reconocidos por su 
innegable talento, que no es del caso enumerar aquí; y en fin, ese 
chiquillo genial, certero y melodioso, en quien culmina de lleno, 
culminé en belleza, de pronto claro y sereno, el movimiento en otros 
turbio y confuso : el malogrado Medardo Ángel Silva, en quien perdi- 
mos lamentablemente un admirable poeta; todos habrían recibido con 
entusiasmo, y algunos con prm^echo, el aporte de renovación que hu- 
biera traído un poeta de la índole infalsifi<*ahle de OoiMlero Dávila, 



UN ELEGIACO ECUATORIANO 17 

al amaestrarse en las tendencias nuevas. Desde luego hay en él, 
visible y connatural, cierta aptitud que, sin duda, hubiérale mante- 
nido dentro de un delicado parnasianismo de forma, pero que habría 
también dado a su don de imágenes, a su sentido del alma en relación 
con las cosas sensibilizadas por la inexhausta transfusión lírica, un 
giro simbolista tenue y sugeridor. De natural tan verídico, exento 
de falsedad laboriosa y de extravagancias buscadas, habría podido 
dejar así, a los epígonos más recientes, el ejemplo de lo que m-ás 
falta les hace a ellos, lo que a él le caracteriza y a todos salva: el 
respeto a la verdad y sobre todo el respeto a la verdad de sí mismo». 
Ha preferido abstenerse y seguir trazando su surco dentro del 
campo heredado. ;Y qué valor no necesitaba, este joven modesto y 
estoico, para mantenerse en su ser, cuando los que ahora forman 
la cohorte más vocinglera, distribuidora de la fama diaria, son lo» 
muchachos más insinceros y que a sí propios se engañan por hacer 
creer a los demás que hay algo en su vanistorio y su vaniloquio. 
Cuando cursilísimós "exquisitos", cou pobres almas literarias com- 
puestas como a recortes de lecturas ignorantísimas, ?io,s hablan, 
¡todavía! de sus grotescos Versalles, de las dieciochescas gracias 
de princGsinas y mai-quesitas de carnaval provinciano^ de perversio- 
nes y refinamientos que harían sonreír al más inocente y créduhí 
de los snolís, ¡cuan repodante el acento de la verdad vieja, de la 
verdad viva! I^ejos de la comparsa arlequinesca, Gonzalo Cordero. 

parece 

vétu de proHté candida et de lin hlanc. 

Viril y veraz, no teme empequeñecerse con la pequenez dé lo 
propio. 

Rieii ■n'est vil, ríen n'est grand Váme en est la mje»ure. 

En arte la medida es el talento; la substancia que le nutre, la 
sinceridad. A sinceridad y talento, pocos como éste. 



Tal cual es, encabeza también un movimiento poético, que tiene 
de preferencia, por asunto y marco, lo conterráneo. Va a la cabeza 
de un séquito de poetas regionales en quien se ve su influjo fraternal. 
Se lo advierte no sólo en la adopción y desenvolvimiento de los asur.- 

2 



i8 MÉXICO MODERNO 

tos de su señalada predilección, sino en la manera de sentirlos, de or- 
(denarlos, conforme al giro personal de su imaginación y de su ingenua 
-.sensibilidad. Entrelaza a la poesía tradicional una manera nueva que 
Ja distingue, sin divorciada, de la antigua poesía discursiva, elocuen- 
te, raciocinadora,, o simplemente descriptiva, genérica o narrativa. 

La verdad que canta no es nueva, ni es toda nuestra verdad, ni 
encierra el destino de nuestra lírica, llamado a más amplio horizonte. 
Pero si es míenos turbadora que la voz errante que nos incita a partir, 
la que nos llama a lo propio y nos invita a volvernos nosotros mis- 
mos, es la que al cabo triunfa de las demás. 

Oigamos pues a este poeta con la emoción grave de los retorno^5 
definitivos. Al ver ondular en sus cuadros nuestros caros montes y va- 
lles^ los hallaremos más bellos que los ven desnudos nuestros ojos. 
Alfonso de Lamia rtine, en su admirable canto a MILLY, su rincón 
natal, habla de la hiedra que tapiza un muro del viejo castillo pater 
no. Esta hiedra no existía al tiempo en que la inventó el poeta. Su 
madre, — cuenta él mismo en los Comentarios a sus Harmonies Poe 
tiques et Religieuses, sembró la planta trepadora que su hijo había 
inmortalizado antes de que existiera. Así la poesía reviste la reali- 
dad, y la ficción se convierte en verdad más profunda y verídica. 

A nuestra tierra desnuda, cúbranla nuestros poetas con la pro- 
tusa hiedra de sus cantos. Dé el arte un alma de belleza a nuestros 
campos humildes. Y ya que la Historia los ha revestido aún esca- 
samente del prestigio de glorias universales, ya que falta a la nove- 
dad de nuestros monumentos la nobleza de las piedras viejas, de 
majestad milenaria, cúbranlos de viviente y sensitiva hermosura poe- 
mas nutridos de savia de amor por el propio suelo. 

Cuenca tiene sus poetan lares. Ahí está, tutelar, sagaz y magní- 
fico, Remigio Crespo Toral. Apoya una mano en el hombro de Gon- 
zalo Cordero Dávila, en quien se afianza así más, la gloria ya secular 
de la tradición. 

París, 1920. 

GONZATX) ZALDÜMBIDE. 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPAÑOL 



CAPÍTULO DEL LIBBO "üN 
CRIMEN DE HERNÁN COBTÉS" 



NO poco hemos dicho incidentalmente acerca del carácter, del 
pueblo español en aquellos tiempos ; pero para comprender me- 
jor la época y estimar los actos de Cortés en su verdadero pun- 
to ée vista, precisa que penetremos más hondo en el alma de ese pue- 
blo, j más detenidamente estudiemos sus costumbres. 

Las razas libio-semíticas que en tan gran parte contribuyeron 
a su formación, dejáronle como herencia cierto fatalismo y desprecio 
por la vida, que le sirvieron de preparación para llegar a ser un pue- 
blo de combatientes denodados y de conquistadores crueíLes (1). 

Fué la pepínsula ibérica el lugar destinado al choque de razas, 
i^ligiones, y culturas tan contrapuestas, que hubo de vivir en perpetua 
lucha durante toda la Edad Media; y esa guerra constante que 
arruinaba a las ciudades y arrasaba y esterilizaba las campiñas, prin- 
cipalmente por razones de creencia, daba nacimiento a Ha intole- 
rancia religiosa, al desprecio al trabiajo pacífico y endurecía los 
corazones haciéndoles insensibles a la piedad. 

Martín Hume, al pintar el retrato del Cid, ya sea éste un perso- 
naje histórico, ya sea mítico y legendario como muchos pretenden, 
ha retratado el alma del pueblo español durante la Edad Media ; 
dice así: "Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, como fué luego llamado, 
ei-a un tipo verdaderamente español de espadachín, un antepasado 
directo de aquellos capitanes baladrones que alborotaban, jugaban, 
reñían y traicionaban al servicio de Enrique VIII de Inglaterra y 
de su hijo, y de aquellos indomaibles soldados y brigán tes sin con- 



(1) Hume. "Historia del Pueblo Español," p. 212. 



20 MÉXICO MODERNO 

ciencia, que cayeron sobre América con' un puñado de hombree, y 
por su codicia cruel convirtieron un paraíso en un infierno. Despre- 
ciador de la vida propia o íi jena ; valiente basta la temeridad, hostil 
a todo freno, vano y fanfarrón, falso y codicioso, y sin embargo con 
cierta ruda caballerosidad de una especie elástica y variable, el Cid 
Campeador, tal y como le pintan los poemas y las crónicas árabes con 
temporáneas, fué la primera encarnación famosa de un tipo nacional 
característico^, en que dominaba la altiva independencia ibera. . ." -I) 

Y así como el héroe nacional, aunque ambicioso de honores 
no despreciaba las riquezas ^'porque peleaba para comer'', como dice 
eJL romance, así el pueblo español, al mismo tiempo que luchaba 
por altos ideales, no perdía de vista sus provechos materiales, y 
llegó a acostumbrarse a ganar su vida por medio de las armas. 

Fué siempre el pueblo español, sobrio, valiente,* puntilloso con 
exceso en cuestión de su honor, y tuvo siempre un individualismo exa- 
gerado, que de las razas que habían contribuido a su formación le 
venía; pero estas buenas cualidades, cuando se puso en contacto 
con otros pueblos y se convirtió en dominador de ellos, se transfor- 
maron y cambiaron en defectos. 

Por raza, por medio y por costumbre el español podía vivir con 
poco, y eso poco lo adquiría casi siempre por medio de la fuerza; de 
allí que viera con profundo desprecio a quienes se entregaban al 
trabajo personal para conseguir el sustento; fundando así en el vi- 
vir ociosamente su puntillo de honor. 

Nada caracteriza mejor esa manera de ser, que aquella historie- 
ta que refiere Mateo Alemán en su célebre novela (2 ) ; dice que Guz- 
mán de Alfarache servía a un capitán, pobre de bienes de fortuna, 
a quien daba de comer con lo que robaba en posadas y alojamientos ; 
y que cuando su amo le sorprendía hurtando fingía, castigarle^ y 
concluye diciendo' : '^desta manera satisfacíamos, él con su obliga- 
ción y yo la necesidad, reparando la hambre y sustentando la honra/' 

El desdén por los trabajos manuales produjo la holgazanería, 
y ésta trajo como séquito la miseria y el crimen: de allí los robos 
de todo género y las trazas e invenciones para fraudear, que tan 
admirablemente han descrito las novelas picarescas españolas. I^a 
miseria en España durante el siglo XVI llegaba a tal punto, que 



(1) Hume 'Historia del Pueblo Español", p. 148. 

(2) "Guzmán de Alfarache". 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPAÑOL 21 

^'el mismo rey, cuando iba de una a otra capital, no encontraba 
en el camino alojamiento ni comida" (1). 

Así como el desprecio al trabajo produjo estas consecuencias, la 
necesidad de adquirirlo todo a fuerza de armas, dio como resultado 
el que, siendo la cualidad más apreciada el valor, se hiciera necesario 
cuando menos fingirlo cuando se carecía de él; de aquí vino la 
fanfarronería. Por otra parte, la necesidad de defenderse de das agre 
siones dio nacimiento a una clase bastante curiosa de espadachines, 
que hoy, vistos en el teatro de Lope y de Calderón, nos parecen exa- 
gerados, finchados y falsos; pero que entonces no eran sino exac- 
tísimos retratos de personajes vivientes. Los nobles,, al principiar 
el siglo XVI, se hacían acompañar de matones y rufianes, dispuestos 
siempre a pelear o herir a quien su señor les mandase ; ya que la 
justicia, ajdemás de tardía en sus procedimientos, estaba mal organi- 
zada y era en exceso venal, como se ve por la literatura de la época; 
todo ello sin contar con que era mal visto y se consideraba deshon- 
roso el recurrir a los jueces demandando la reparación de una inju- 
ria (2). 

Entre lo que cada español se imaginaba ser, y lo que era en rea^ 
lidad, había la misma distancia que entre la fantástica vida pintada 
por Jos romances y libros de caballería, en sus más locas imagina- 
ciones y el vivir miserable fotografiado en Qa novela picaresca. Nadie 
a nuestro entender ha descrito mejor ese contráete que un escritor 
español de aquella época : "Cuando los españoles alcanziamos un 
real, dice, somos príncipes, y aunque nos falte, nos lo hace creer la 
presimeión. Si preguntáis a un mal trapillo quién es, responderos 
ha por lo menos que desciende de los godos y que su corta suerte le 
tiene arrinconado, siendo propio del mundo loco levantar los bajos y 
bajar los altos; pero que aunque así sea, no dará su brazo a torcer, 



(1) Formeiüii. "Historia de Felipe II," p. 47, Mignete : "El Emperador atra- 
vesó lentamente el Norte de Casti'Ua la Vieja, andando pocas leguas por día. Aiinaue 
su comitiva no era muy numerosa, hubo de dividirse en aquel país escabroso y 
sin recursos por la dificultad de los caminos y alojamientos," "Carlos V, su Abdi- 
cación," etc., p. 137. 

(2) I^ Santa Liga de las comunidades, en la representación que pretendió 
presentar a Carlos V, pedía : "que se asignasen a los jueces sueldos fijos y que no 
recibieran ya ninguna parte de las multas y confiscaciones sobre los bienes de 
los condados ; y que fuese nula toda donación de las hajciendas de las personas 
acusadas, si no se hacía antes de juicio." 



22 MÉXICO MODERNO 

ni se estimará en menos que el más preciado y morirá antes de ham- 
bre que ponerse a oficio; y si se ponen a. aprender alguno, e» en 
tal desaire que, o no trabajan, o si lo hacen es tan mal, que apenas 
se hallará un buen oficial en toda España" (1). 

Contribuyó quizá más que nada a acabar de modelar el carácter 
español, la religión. Durante los once siglos de la Kecouquista, los 
pueblos que habitaban la Península habían estado luchando ante to- 
do por un ideal! religioso : por sustiituir la cruz a la media luna. 

Los diversos reinos cristianos que allí se habían formado, mu- 
chas veces en lucha unos contra de los otros, no tenían lazo común más 
fuerte que la religión; ella era la única que hacíai ceder un poco el 
individualismo exagerado de aquel pueblo altivo que decía : "somos 
tan hidalgos como el rey, dineros menos." 

Pero la misma idea religiosa hacía al español en extremo sober- 
bio; porque cada español se consideraba un cruzado y las prédicas 
de los eclesiásticos habían convencido, aun a los más ignorantes cam- 
pesinos, que a ellos y a su raza estaba reservada la gloriosa empresa 
de barrer la herejía de sobre el haz de la tierra. 

'*E1 espíritu español, dice Hume, duro, severo y ascético como 
una protesta contra del agrado, pulcritud y elegancia del árabe, y 
contra la belleza sensual de que habían revestido su culto los italia- 
nos, se complacía en la parte dolorosa de la religión, que era la 
acorde con su naturaleza. Los españoles se convirtieron en una na- 
ción de místicos, en que cada persona sentía su propia comunidad 
con Dios, y era capaz, por consiguiente, de cualquier sacrificio, de 
cualquier heroísmo, de cualquier sufrimiento por su causa. El ideal 
supremo del individuo era ser un caballero celestial, lanzarse a arries- 
gadas aventuras en defensa de la causa de Cristo crucificado, bien 
así como los ya decadentes caballeros andantes habían acometido la 
empresa de acoger damas agraviadas... No sólo los clérigos, sino 
los seglares y los soldados, se hallaban poseídos de la misma extraña 
idea, e iban a la guerra con un espíritu de sacrificio, aliviado por 
orgías de espantosa inmoralidad. . ." (2) 

Del carácter guerrero del pueblo español unido a su ascetismo 
religioso, natció su crueldad. Para acabar con la herejía, que según 
él era el mayor de todos los males, poco le importaba derramar to- 



(1) Segunda parte del "lazarillo de Tormes," p. 117, 

(2) Op. cit. p. 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPAÑOL 23 

rrentes de sangre, desplegar la mayor dureza con los vencidos j mos- 
trarse fanáticos e intolerantes; pues sólo se miraba como un instru 
mentó de la cólera de Dios contra de los enemigos de la fe; tanto 
más cuanto que, según sus ideas, ¿qué importaba que perecieran los 
cuerpos de las criaturas con taH de que se salvaran su^ almas? 

Cierto que la religión del pueblo bajo era más aparente que 
real, y puede decirse que se reducía a las ceremonias y formas ex- 
ternas del culto; pero el labrador más inculto y el último soldado 
se consideraban como seres aparte, superiores a los demás; y creían 
que los españoles y su rey, por ranzón de su fe, eran el pueblo esco- 
gido de Dios. 

De allí se originaba su espantosa crueldad con los vencidos, 
aquel delirio perseguidor en contra de los herejes, aquel no confor- 
marse ni con los suplicios más cruentos para aplicarlos a los que pe- 
caban contra de su credo religioso; de allí los 'horrores de la- Inqui- 
sición española y el desprecio con que los españoles veían a todas 
las tJemás naciones de la tierra. 

Ese carácter soberbio y amante de afectar superioridad, les ha- 
bla atraído a los castellanos el odio y la ojeriza de todos los pueblos 
con quienes habían estado en contacto. 

Hablando de esto, se expresa así un distinguido historiador (1) 
''Frío e impenetrable, asumiendo un lar rogante tono de superioridad 
sobre cualquiera otra nación, en cualquier lugar de la tierra donde 
su destino le arrojaba: Inglaterra, Italia u Holanda; como aliados 
o como enemigos, en todas partes encontramos a los españoles de 
aqtieí tiempo, igualmente odiados." 

Y Mateo Alemán pone en boca de uno de los personajes de su 
novda, "Guzmán de Alfarache," estas palabras : ^'Resi>onde con humil- 
dad a las malas palabras y con blandura a las ásperas, que eres 
español y por nuestra soberbia^ siendo mal quistos, en todas partes 
somos aborrecidos" (2). 

I'asaban los ejércitos españoles sobre las tierras de Europa y de 



\í) Pi-escott "History of the Reigii of Philip the Second, King of Spain." 
t. t. Véase también Gibbon : "Becliine and Fall of the Román Empire," v. II. 
p. 350. The '^Chaudos Classics." 

(2) El papa Paulo IV odiaba tanto a los españoles, que constantemente de- 
cía : que quería arrojar de Italia a aquella vil y abyecta ralea de judíos, escoria 
del mundo. 



24, MÉXICO MODERNO 

América, como una maldición bíblica, como los caballeros del Apoca- 
lipsis, asolándolo todo. Ya hemos dicho que en Italia los mercenarios 
de los demás pueblos, cuyos crímenes dejamos referidos, parecían 
ángeles junto a los españoles (1). Si insistimos en este punto, es 
porque aun entre gente ilustrada se cree que las crueldades que co- 
metieron los españoles en América eran algo extraordinario, sin ver 
que igual cosa ocurría en las guerras europeas, y que esas crueldades 
fonnaban parte del carácter del guerrero español dondequiera que 
se encontraba, durante el siglo XVI. 

Para confirmar lo que dejamos dicho, sólo recordaremos algu- 
nos ejemplos tomados al azar. Cuando las tropas españolas, después 
de la victoria de San Quintín, entraron a saco en la ciudad, no res- 
petaron ni a los muertos, a quienes después de desnudar les abrían 
el estómago y les sacaban <las tripas (2). A las mujeres, a pesar 
de las severas órdenes dadas por el rey, las desnudaban, las palpaban 
grotescamente para ver si ocultaban dinero; y para que dijeran dónde 
lo tenían les daban cuchilladas en la cara o en los brazos. 

Los horrores cometidos por las tropas españolas «1 mando del 
duque, de Alba, durante la guerra de los Países Bajos, han pasado a 
la historia con la execración universal. En esa guerra, como el duque 
copara cerca de Maestrich doscientos jinetes alemanes, que se habían 
acercado demasiado a su campamento, los manda desnudar, los en- 
cierra en una quinta y los quema vivos a la vista de su ejército j 
del de el príncipe de Orange. 

El mismo duque, valiéndose del Tribunal Sangriento de funesta 
recordación, al que había convertido en instrumento de su dominio 
y de sus venganzas, y que condenaba sin pruebas, mandó al cadalso 
mil ochocientas personas en el breve espacio de tres meses ; dejó a mi- 
llares de ricos en la miseria con sus sentencias de confiscación; hizo 
aprehender aun a los niños hijos de la nobleza ; sujetó a los más atro- 
ces tormentos a los miembros de la aristocracia; llenó de presos las 
cárceles de Bruselas y las horcas de colgados; y después de asesinar 
jurídicamente a los condes de Egmont y de Horn, mandó exhibir sus 
cabezas, i'ecién cortadas, en bacías de cobre. 

Los hoiTores a que se entregaron los soldados en la expedición 
dirigida por di marqués de Mondejar contra de los moriscos, exceden 



<1) Cantú. Historia Universal, t. IV, p. 
<2) Forneron. Op. cit., p. 30, n 8. 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPAÑOL 25 

a toda descripción, y se comprende que así ocurriera tratándose de 
enemigos de raza y de creencia religiosa. Un cronista de la época re- 
fiere: que habiendo descubierto el ejército que mandaba el marqués 
de los Vélez, a más de diez mil mujeres moriscas, que huyendo de la 
guerra se habían refugiado con sus hijos en las montañas ; a pesar de 
que hacían cruces con ramas y se arrodillaban diciendo : "yo cristia- 
na", el diabólico escuadrón las hacía pedazos y las despeñaba." En 
menos de dos horas fueron muertas más de seis mil personas y de 
niños desde uno hasta diez anos, había más de dos mil degollados. . . 
Yo vi por mis ojos, la cosa más atroz que jamás habían visto las 
gentes: una morisca cubierta de heridas y rodeada de cinco de sus 
hijos muertos a vista de sus ojos, por favorecer al sexto, niño de pe- 
cho que llevaba en los brazos, se puso boca abajo, y en esta postura 
la mataron, tirándole también algunos golpes al infante, aunque sin 
alcanzarle; mas como estaba bañado en ¡la sangre de la madre^ le ere 
yeron muerto. La mora, revolcándose con las ansias de la muerte 
se quedó boca arriba... y el niño, arrastrándose como pudo, se llegó 
a ella y movido de deseo de mamar se asió de los pechos de la niadi-e, 
sacando leche mezclada con sangre (1). 

Ni eran los eclesiásticos más piadosos y humanos que el resto de 
los españoles: así, durante la guerra de las comunidades, el septua- 
genario obispo de Zamora, Antonio de Acuña, andaba con la parte- 
sana al hombro combatiendo a los herejes; y Guevara cuenta en sus 
Epístolas Familiares^ que vio con sus propios ojos a nn sacerdote 
que con su escopeta mató once enemigos; "y lo mejor, añade, era 
que al apuntar los bendecía con el arcabuz y después los despachaba 
con la bala." ¡Extraña religiosidad, que creía justo dar muerte al con- 
trario; pero no admitía que pereciera sin bendiciones. 

Véase, pues, cómo las crueldades de los conquistadores españo- 
les en América no excedieron en mucho a las que los soldados cas- 
tellanos competían en las guerras del Viejo Mundo. 

La influencia que hemos dicho antes que tuvo Italia sobre la 
inmoralidad reinante en Europa, fué más sensible en España por 
el íntimo contacto en que estuvieron italianos y españoles durante 
luengos años, ya por la guerra, ya por empresas mercantiles y marí- 
timas, bien a causa del dominio que los reje^ de España tuvieron 



<1) Forneíon. Op. cit. "La madre de Carlos V," p. 451. 



26 MÉXICO MODERNO 

sobre las más importantes porciones de la península baSada por el 
Adriático. 

B«a influencia en un principio, por los tiempos de Don Juan II, 
meramente literaria y artística, se extendió más tarde a muchos 
usos y costumbres, que llegaron a ser idénticos en ambos países ; pe- 
ro en nada fué tan preponderante y manifiesta como en la política. 
Los hombres de Estado españoles mucho tuvieron que aprender de los 
italianos en materia de perfidia; pero a fe que resultaron discí- 
pulos bien aprovechados. Y natural era que aconteciera así» ya que 
de tiempo atrás la falsedad estaba en uso en los palacios de sus 
reyes y sólo tuvieron que amaestrarse en el uso de ciertos proce- 
dimientos inmorales y delictuosos. 

Maquiavelo cita como modelo de príncipes al rey Don Fernandi> 
el Católico, y sin duda que pocos hombres ha habido más pérfidos 
y menos escrupuílosos, no sólo en su época» sino en todos los tiempos. 

Oarlos V, a pesar de que en la suya se le consideraba como 
uno de los soberanos más clementes y moderados, no vaciló, como 
hemos dicho, en recurrir a los mismos procedimijentos que sus con- 
temporáneos, para conseguir los fines políticos que se proponía, 
y así hoy se puede considerar históricamente probado que encerró 
a su madre Juana^, sin estar loca, para apoderarse del gobierno (1). 
Recuérdense también sus perfidias en la negociación con la familia 
del elector de Sajonia para la entrega de Wittemberg, y su falsía 
en sus .'ratos con el landgrave de Hc*se y sobre todo su conducta 
cuando la toma y saqueo de Roma. Respecto de ésta se expresa 
un historiador en los términos siguientes: "La nueva de este suceso 
tan 'extraordinario e inesperado causó al emperador tanta sorpresa 
como alegría; mas disimuló sus pasiones a sus subditos, a quienes 
las victorias y crímenes de sus compatriotas horrorizaban; y para 
mitigar la indignación que toda la Europa experimentaba por ello, 
declaró que no tenía ninguna parte en el. saqueo de Roma y que 
híxhUi Kído atacada sin su orden. Escribió a todos los príncipes sus 
aliados participándoles que no había tenido ningún conocimiento de 
las intenciones de Borbón, se vistió de luto, e hizo vestirlo a toda 
su corte; suspendió los regocijos que había ordenado por el naci- 
miento de su hijo Felipe ; y por una hipocresía, que a nadie engañó , 
prescribió rogativas y procesiones en toda España para alciajiziar 

^1) Forneron. Op. cit '^La madre de Carlos V," p. 451. 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPA510L ?7 

la libertad del Papa, libertad que podía mandar restituirle sin pér- 
dida de tiempo» por. una orden expedida a sus generales" (1). 

Pero donde la perfidia de los reyes de España en sus tratos 
políticos llega a su apogeo, es durante el reinado de Felipe -II, 
que tuTO que luchar con rivales tan poderosos y faltos de honradez 
y de escrúpulos en los negocios de Estado, como Carlos IX de Fran- 
cia, Catalina de Médicis e Isabel de Inglaterra, superándoles, casi 
siempre en falta de lealtad. 

Pero hay que hacer notar la diferencia capital que existe en un 
punto entre los políticos españoles y los italianos; en tanto que los 
últimos son incrédulos y despreocupados, al gTado de no arrepen- 
time casi Jamás de sus malas acciones, los primeros no, sóílo son 
creyentes sinceros, sino fanáticos, y sienten remordimientos de sus 
crímenes. Por esto tratando de justificarlos recurren, cf>mo hemos 
dicho, a los teólogos para tranquilizar su conciencia; y todavía no 
contentos con esto, cuando llegan a viejos, llenos de temores por 
su salvación eterna, se consagran a la expiación de sus pecados, 
ya retirándose a un monasterio como Carlos V, ya ingresando en 
una religión como el duque de Gandía, ya entregándose a devociones 
y penitencias propias de un anacoreta, o bien haciendo piadosas 
fundaciones, como tantos otros guerreros y políticos españoles me- 
nos significados. 

Estos rangos característicos del pueblo español de que hemos 
hablado, los encontramos todos, y con frecuencia exagerados en los 
conquistadores de América, muchos de los cuales , habían hecho sus 
primeras armas en Italia. 

ííi es extraño ; ya que no era por cierto la gente más moralizada 
y pacífica la que pasaba al Nuevo Mundo; sino antes bien, casi 
siempre, la mías relagadn, intrépida y batalladora. Por eso Cer- 
vantes apostrofa a las Indias Occidentales de esta manera: "¡Amé- 
rica! Refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los 
alzados, salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los 
jugadores, añagaza general de las mujeres libres, engaño coraiin 
de muchos." (2) Bien sabido es además que Cristóbal Colón ob- 



<1) Rabertson. Op. cit. p. 

42) Cervantes. "Ed Celoso Extremeño. 



2$ MÉXICO MODERNO 

tuvo una real cédula para que los criminales de España, con ciertos 
T-equisitos, pudiesen pasar al Nuevo Mundo. 

A éste venían los aventureros dispuestos a jugar el todo por el 
lodoj la vida misma, si necesario era, con tal de alcanzar fama, ho- 
nores j riqueza; j no les detenían en persecución de ellas, oi los 
naufragios, ni el asesinato, ni las guerras, ni la traición, ni el cli- 
ma ardoroso y malsano^ ni las enfermedades má« mortíferas. 

Su sed de oro era inagotable; dondequiera que un español lle- 
^ba. lo primero que se echaba a buscar era el codiciado metal, y 
los esclavos hi dios nece^ariovs para extraerlo del fondo de la tierra. Y 
en los países nueva/mente descubiertos, el español,, que había santificado 
la intolerancia y la crueldad, al establecer la Inquisición para perse- 
guir a sus connacionales sospechosos de herejía^ nada tiene de extraño 
que, al encontrarse entre indios id^atras, se planteara y resolvie- 
ra a«í este problema: ¿Es acepto a Dios quemar y arruinar a los 
españoles herejes? Sí; luego, cuánto más grato no será para éste la 
sangre de los salvajes infieles, que no creen en nada, y cuánto más 
provechoso será para los matadores, que podrán así guardar loá 
despojos de sus víctimas sin remordimientos de conciencia (1). 

Lo que en Europa hemos visto en grande escala, lo encontramos 
igualmente en América, tanto en la política de campanario de las 
nuevas colonias, cuanto exagerado en lo que se refiere a las cruel- 
dades con los indígenas, ya que por su benignidad natural,' y por 
su atraso en las artes de la guerra,, presentaban menor resistencia 
y tenían menos medios de defensa que los europeos enemigos de 
España. 

La deslealtad que ^hemos puesto de manifiesto al tratarse de 
los soberanos europeos en sus tratos políticos, encontrárnosla, de 
igual suerte, entre los conquistadores del Nuevo Mundo. Bástenos 
recordar la de Diego Velázquez con Colón, su antiguo protector, la 
de Cortés con el primeramente ciliado, y la de Olid con Cortés; y en 
cuanto a los tratos y compromisos con los indígenas, sólo citare- 
mo« como ejemplos: las dobles negociaciones de éste con Mocte- 



fl) Hume. Op. cit, p. 330. 



EL CARÁCTER DEL PUEBLO ESPA510L 29 

zuma j con los cenipoaltecas, las de Pizarro con el Inca, y la trai- 
dora manera con que Alvarado dio muerte a Sequechul, señor de 
Utatlán. La fuerza y la astucia, en el Nuevo como en el Viejo Mun- 
do, eran la manera de adquirir poder y riquezas en aquellos tiem- 
pos, y la ingratitud y la rebelión contra los jefes eran frecuentes, 
como se vio en los alzamientos de sus subalternos contra Colón y 
Vasco Nímez de Balboa. 

Como muestra del poco respeto con que se veían los más solem- 
nes juramentos, sólo citaremos lo ocurrido durante las banderías que 
se suscitaron cuando en México gobernaban los oficiales reales. El 
general Riva Palacio dice así (1) : ''A cada paso proponía Saüazar, 
que como prenda de unión, se partiera la hostia, para que comulga- 
ran todos de una misma forma; hízolo así cuando gobernaba por 
intrigas de Paz, con los cuatro oficiales peales y también para 
afianjsar con el mismo Rodrigo de Paz su alianzia en la conspiración 
que tramaban contra Estrada y Albornoz, después de cambiarse sorti- 
jas en muestra de fidelidad; el clérigo Bello les dijo una misa y 
partió la hostia, con la que comulgaron todos. La historia nos dice 
de lo poco que sirvieron tales ceremonias y juramentos. 

A fin de no cansar a nuestros lectores, no hablaremos de las 
ci'seldades coníetidas en América por quienes la conquistaron a quien 
sobre ello quiera saber más, le remitimos al libro titulado : Carácter de 
la Conquista Española en América , del distinguido historiador Don 
Genaro García, si bien diferimos en cuanto a las conclusiones que saca 
de dos hechos que refiere. 

Atin la extraña y para nuestros tiempos absurda religiosidad, 
que creía fácil hacerse perdonar una vida de crímenes y orgías con 
un tardío arrepentimiento al acercarse la vejez, con hacer una fun- 
dación piadosa o con meterse fraile, la encontramos en los guerreros 
españoles que pasaron al Nuevo Mundo, tal com© la hemos descrito 
al tratar de los que pasearon sus pendones por la vieja Europa; j 
así solamente entre los conquistadores de México se cuentan más 



|1) "México a Través de los Siglos," t II, p. 125. 



30 



MÉXICO MODERNO 



de catorce, según las crónicas, que abandonaron el siglo para eatrar 
en religión (i). 

¡Jja. atmósfera de aquella rígida y extraña fe religiosa enroiria 
aún a aquellos que parecía debieran estar más apartados de ella, aun 
a los rudos y disolutos aventureros castellanos, que habían venido 
a América a forzar a la fortuna en busca de oro! 

Quien de hombres tan valerosos, desleales, crueles en el ©om- 
bate, y llenos de ardor en su extraño misticismo llegara a ser iefe, 
debía por fuerza tener en grado superlativo las cualidades y defectos 
de sitts subordinados; pues apenas en nuestros tiempos es dable con- 
cebir las dotes excepcionales de mando y la dureza que éste requería 
en su ejercicio, para someter a la obediencia a hombres de la» ener- 
gías de los conquistadores; pero hombre de tal suerte dotado j a 
quien nada le faltaba, fué el conquistador de México Hernán Cortés. 

ALFONSO TOBO. 



(1) "Muchos de los viejos conquistadores tomaron el hábito de religiosos: 
euéntanse entre ellos Alonso de Aguilar, que se hizo rico y fué dueñq de la 
venta de Aguilar, entre Veracruz y Puebla, que profesó religioso dominico ; Diego 
de Altamirano, que murió religioso de San Francisco ; Gaspar Burguifllos, paje de 
Cortea, también rico, que entró de novicio franciscano, dejó luego el convento, 
volvió a poco tiempo y murió religiosamente; Gaspar Díaz, encomendero rico, 
abandonó sus indios, metióse ermitaño en los bosques de Huejotzingo, y atrajo allí 
otros compañeros que pasaron la misma vida ; Alonso Duran, que de sacristán, 
vivió algún tiempo en México y metióse a religioso mercenario ; Pedro Eíscalan- 
te, riKío y mentado galanteador, profesó en San Francisco ; lo mismo hicieron 
Carlos Portillo, soldado de la guardia de Cortés; Juan Quintero, que gozaba de 
grandes encomiendas, y Jacinto de Portillo, conocido después por Fray Cantos; 
Lorenzo Suárez mató a su mujer y metióse fraile; Rodrigo Villasinda profe- 
só en la religión de San Francisco, y Alonso de Navarrete señor de Coyuca, mu- 
rió religioso agustino." Riva Palacio. "México a Través de los Siglos", t. II. p, 2S7. 



OFRENDA A ÜRUETA 



MAESTRO fúlgido y sonoro 
Que intensificas el decoro 
De la expresión, y con tu luz 
Enciendes el relámpago de urna gloria de oro, 

Y vuelcas los joyeros de olímpico tesoro, 
Gnomo de Ofir y sacerdote de Ormms. 

Colón de un nuevo mundo de esplendor y elegancia, 
Juntaste olivos griegos con los Uses de Francia, 
El marqués verlainiano y el menkhrudo egipán; 
D^Annunzio te dio uVas de latina fragancia, 
Hugo te dio sus címbalos de augusta resonancia, 

Y te cohija anuahle la somJbra de Renán. 

Tu musa era una Reina de Saha que regía 
Magnificencia y pompas^ bálsamo y armonía, 
Sedas y mármol* púrpura y marfil; 

Y la cuadrija de Helios propicia fué a tu paso 
Cuando abrevaba estrellan la sed de tu Pegaso, 

Y en sus fla/ncos tu numen nutrió esplendor viril. 

Hablaron por tu boca las Gracias, y a su aliento 
Piíidáricas abejas destilaron su miel; 

Y en la caricia alada de tu ágil pensamiento 
La Eternidad cabalga, y en ondas de tu acento 
Florece la verbena y se enjoya el laurel. 



32 



MÉXICO MODERNO 

En tu copüy qu€ escancia vinos alucinantes, 
Navegan las ondinas y se hañan l<is hacantes, 
Tu tirso enciende luz en festival; 
O en azoro contemplan los sátiros distantes 
Los paños de Magdala nimbados y sedantes, 

Y Galilea erige su rosal. 

Tu lira, más que lira, es orquesta: resuena 
Con todos los matices del humaíio pensar : 
Desgrana su aristocrática sugestión de sirena 

Y su linfa, que corre ondulante y serena, 
Oculta las bravuras y los truenos del mar. 

Y allá marcha el cortejo de tu palabra aw'ina 
Las Ora-cias lo presiden y Afrodita div^ina 

Le da coitw estandarte su gayo cinturón; 

Pan sopla en flauta, magias de su canción eadnüa ,* 

C anáforas ilustres decoran la vendimia 

Y el vellocino de oro alcanza al fin Jasón. 

Y ¡oh maestro, enmudeces! y Afrodi^ desciñe ' 
8u cinturón de gracias, el Olinvpio se tiñe 

Con las cenizas del ritual; 

Y el sátiro en silencio la flauta rompe triste, 

Y todo calla, y todo de luto se reviste 
Bajo la sombra funeral. 

Pero en la noche espesa un esplendor persiste 

Y nos alum'bra: ¿tu ideal! 

Enero 17 de 1921. 



TÓRTOLA VALENCIA 



La Tórtola es un brujo logaritmo) 
Celeste, pitagórico y sensual : 
€ame de gracia presta al ritmo 
Y ha^e visible el alma musical. 



A JOSÉ VASCONCELOS. 
FILÓSOFO DEL HAI! K 



TÓRTOLA VALENCIA 

Traza ol arrchafo de la maja maga 

Y se abre Ja música corno un clavel 
Del jardín de Goya y de ZuJoaga, 

¥ la hatiita es un pincel. 

O vuelca las tragedias que moran 

En las cápsulas de oro de Chopin^ y et Dolor 
Se expandCy y formas y líneas lloran 
Sinfímía en angustia mayor. 

Y ulula con Anitra, y se debate, 

Y en el impulso bravo del embate, 
El cabello, en relámpago de acero, 

Se extiende en flamas negras, sesgo y fiero : 
Llamarada rugiente en el comísate. 

Y retruena el Furor en el pandero. 

Y Salomé desgarra su alarido; 

Y la Lujwria, en celo, mMa y quema; 

Y el vértigo es un choque y un úhirrido: 

Y deshoja Osear Wilde su crisantema. 

O arqueolo(/iza con el incienso 

Y asciende Egipto y su pasado inmenso, 
Entre las espirales del ritual; 

Y la dan^a es solemne y angular, y en su esmero 
Exprime de la música un licor de palmero 
Que es sangre de hierático chacal. 

Hawai le da su faldellín de ram^is, 

Y en las agitaciones pecuUceres, 
Vibra el Deseo en avidez de llamas, 

Y los crótalos son caniculares, 

Y en la carne desnuda brotan llamas, 

Y aromas del Cantar de los Cantares. 

O de sus piernas el compás alado 
Dibuja, coribante, la Bacanal: 
Matemático del Pecado 

Y geómetra del círculo del Mal. 



33 



34 



MÉXICO MODERNO 

Y olor de tirsos y rugir de leones^ 
Címbalo y slstro en rojas vihra^dones, 
Rosas que sangran frenesí aficestral, 
Furias que muerden^ gritos y estrujones 

De lascivia en relámpagos , y culebreantes inflexiones. 
Cantaridizan aire pasional. 

O del Danubio en la cerúlea linfa 

Baña su sueño en dulce morbidez^ 
Y, como Diana, se convierte en ninfa, 

Y ardiente y casta es a la vez. 

O porcelana de horno aladinesco, 

Muñeca azul de noches encantadas, 
Procer e ingenuo surge el arabesco, 
Con un lunar de Francia picaresco, 

Y un mucho de Perrault y cuento de hadas. 

Y Puck la sigue, y Mab es su madrina. 
Riegan perlas de Ofir gnomos traviesos, 
Los silfos cantan blanda sonatina, 

Y caricia es la luz dorada y fina, 

Y en la crujiente seda tiemblan besos. 

Y acude el cisne de rosado pico 

\\Leda se esconde bajo del plumón) 

Y UAi estertor suave rompe el abanico 
Que ocultara andrógina y ambigua pasión. 

Y con Asah el misterio rige y norma; 

Pierde la Muerte su macabra forma: 

Y es un velo tremante que se pliega. 
Un ritmo que se apaga, 

Una quietud que llega, . 

Una curva que en rectas se diluye. 

Una silueta vaga 

Que esfuma su parábola fortuita: 

¡Paralela infinita 

Del círculo que se abre y que concluye! 



TÓRTOLA VALENCIA 35 

Ágil, Tórtola^ explora y escudriña; 

Y en el desmayo de sus ritmos flojos 
O al calor de frenéticos y sabios, 

Se alza el Eterno Símbolo, y su viña 
Abre fiestas de amor para los ojos 

Y destila su miel para los labios. 

Lis de Indostán o trágica violeta, 
Madroño zíngaro, lotus oriental, 
Su cuerpo es un jardín y una paleta 
Con la que pinta músico poeta, 
Pompas que sopla en flauta de cristal, 

Bayaderas de fríso^ bacantes de Alejandro, 
Tanagras y M y riñas, mármol y palisandro. 
Joyas de carne y luz monumental, 

Y elegancias y aroman, y misterios de Sandro, 

Y la Mujer en su magnificencia triunfal. 

Asi pasa: pintura de colores musicales; 

Enciclopedia de amor intensamente femenina; 
Aristócrata y fúlgida como los cristales; 
Con mucho de ángel, de lumia y de felina; 
Eva de Paraísos Artifioiates, 
Apsara, almea, danzarina. . . 
¡Bailarina divina! ¡ Divina bailarina! 

Etiero de 1921. 



NUEVA ESPAÑA 

De el libro ea prensa 
Poemas Coloniales 

A agUvSiín lokka y cha vez 



E 



N el estanque añoso del jardín colonial 
duerme el rumor ilustre del ensueño ancestral. 



Sus linfas, que se arrugan como seda joyante, 
saben de la prosapia gentil del guardainfante, 
del abolengo altivo de la robusta espada. 



36 MÉXICOMODERNO 

de egregios tahihartes de Cardóla y Granada^ 
del vargueño de sándalo, de la hopalanda fhm, 
y de las suavidades del damasco de China. 

Aquí alzó el azulejo su procer Talavera; 
y sus cristalerías de piedra^ el Churriguera; 
y una blonda virreina edhó aquí su peineta 
de carey, en memoria de su paje poeta, 
que se ahogó entre las ondas de su mala fortuna 
cazador de suspiros y pescador de luna. 

Y en un vuelo de halcones pasa tropa adventicia: 
son los Conquistadores: hierro, sangre y codicia, 
bravos hombres de presa; y un rudo gerifalte 
heraldiza su alcurnia y decora su esmalte, 

Y el misterio alimenta Catalina de Erazo 
con sus ul)res de acero y su andrógino trazo; 
y sonrisa es el robo que se afína y se aguza 
con el picaro ingenio de Martín Garatuza. 

El Conde de Santiago se irgue con su lebrel, 

y atisba con siniestro mirar Dort Juan Manuel. 

Y teologuiza clásico Fray de la Yeracruz^ 
y Gante lega al indio sus gérmenes de Iti^. 
Atraviesa una estrella de amor: el misionero; 

y una sombra con garras: el fosco encomendero. 

Y el corsario se esboza como águila marina 
acechando el velamen de la Nao de China. 
Santo Tomás incrédulo quiere tocar la llaga 
de Jesús en el cuadro de Sebastián de Arteaga. 
Don Carlos de Sigüenza destaca su perilla, 

y su antiparra casi le cubre la mejilla; 

Sor Juana alza libélulas de frágil vibración; 

y es volcán la joroba de Juan Ruiz de Alarcón. 

Y el otoño sus oros en sordina desgrana; 
en un rezo de frailes murmura una campana 
llamando a santiguarse en la hora de queda; 

y una monja levanta su mirada de seda 

y su mano de nácar, en un místico ascenso; 

y su cuerpo eS un lirio perfumado de incienso. 



NUEVA ESPANA 

y en su toca nevada las blancuras esplenden 
como dos floripondios (¡uc su. pétalo extienden. 

Edad contradictoria que alumbrada se ve 
por el ardor chirriante de los Autos de Fe, 
y por brillo de rasos, y azul de porcelanas, 
y matices de cirios y elegancias mundanas. 
Jaramugos la enmarcan, la decora Xa yedra, 
y Xa ungen los aceites de la imagen de piedra. 

Edad de flor de acero y de luz de coraza, 
en que el crisol crepita en fundición de raza: 
fogosa y ruda y hosca, como un dragón de China; 
O alada y leve y grácil, como una muselina. 

Edad de paz de seda y de fulgor de laca, 
con incendios de trópico y con ritmos de hamaca : 
el halcón es su pájaro, su flor es el madroño^ 
el incienso es su aroma, y su marco el Otoño. 
Y cruzan por el aire de ópalo y de zafiros, 
una hoja, otra hoja, otra hoja... y suspiros. .. 

Y en el estanque añoso del jardín colonial 
duerme el rumor iluMre del ensueño ancestral. 

Enero 20 de 1921. 

ALFONSO GRAVIOTO. 



37 



UNA NOVELA DE HUYSMANS 
AL REVÉS 

HAY algunas obras (Al Revés es una de ellas) a las que el crítico 
debe acercarse con minuciosas precauciones. No todas ellas 
son obras maestras, antes bien en su mayoría son pequeños 
trabajos en los que se nota la ausencia del amplio soplo del genio, 
pero esto mismo constituye una verdadera dificultad. 

Libros existen,, grandes y bellos, bella y sobre todo humanos,, a los 
cuales el humano sentimiento se enlaza por modo indisoluble ; con 
ellos aparece el extraño fenómeno de una obra colectiva que los siglos 
van formando lentamente. Así el Quijote, así Hamlet^ así la Ilíada. 
Llegamos a leerlos, influidos por el juicio que sobre ellos la huma- 
nidad ha formulado; entre verso y verso de la Ilíada y entre discur- 
sos y aventura del inmortal caballero cervantino encontramos, fres- 
ca aún, la opinión de aquellos que nos han precedido. 

Por ventura (algunos piensan que por desgracia) cada genera- 
ción tiene una magnífica idea de sí propia y todo lector juvenil ad- 
quiere pronto la certeza de la personalidad de sus imípresiones. Al- 
gunos hay que, en afortunada ocasión, (^encubrieron al Dante (como 
en la novela de Mérimée) y salieron a la calle a pregonarlo. 

La crítica se adhiere con tal intimidad a la obra de arte y la 
modifica tan rápidamente que, en la mayoría de las veces, es falso 
imaginar las tendencias originales que la informaron. Nuestra vi- 
sión influye y define todo lo que vemos de tan extraña suerte que 
una parte del génesis artístico está en nosotros, lectores sin tras- 
cendencia, en la opinión que la plática familiar formula en torno a 
un libro nuevo, en el aplauso o el silencio que continúan la audición 
de una sonata o de un Concertó. 

La labor del crítico en estos casos es harto sencilla y casi siem- 
pre segura. Sin salir de sí mismo, sin consultar más volumen que su 



UNA NOVELA DE HUYSMANS 39 

propia sensibilidad encuentra, la fraf<e justa, el elogio acertado, el 
reproche perfecto. 

Todo hombre es la suma de las generaciones que le han prece- 
dido; sólo que por desgracia muy pocos son los que tienen conciencia 
de serlo, y por esto los genios son tan poco numerosos. 

Otra es la labor del que se allega a un libro nuevo. Al abrirlo 
un extraño temblor mueve su mano: ¿no desflora acaso un destino? 

Y cuando este juicio que va a dictar no es un bautismo (como 
no puede serlo en este caso tratándose de Al Revés, obra que tan di- 
versas opiniones ha promovido) un nuevo obstáculo surge: ¿cómo es- 
cuchar voces tan opuestas? ¿opiniones tan contrarias, cómo conci- 
liarias ? 

Hubiéramos escogido un camino : consultar al autor. Pero esto, 
que no es siempre fácil, resulta a menudo comprometedor. Gracias 
al prólogo que Hu.ysmans dio en 1903 a su obra nos encontramos au- 
torizados para hablar, sin peligros, de cosa tan sutil como es siempre 
la opinión que se forma el creador^ de la cosa creada. 

''Al Revés — nos dice el novelista — no es la última obra de mi 
primera manera, sino antes bien la primera de mi época cristiana". 
Nada más cierto. Cierta también, ciertísima, la frase de Barbey: Des- 
pués de haber escrito A Rchours sólo quedan al autor dos caminos: 
o la boca de un revólver o los pies de la cruz. 

El señor Huysmans nos explica cómo la virgen María le hizo 
preferir este largo sendero de torturas que es la vida al rápido desen- 
lace del suicidio. Algunos pensarán que el señor Huysmans, y muchos 
en su caso, habrían sabido escoger sin necesidad de tan celestial 
ayuda. 

Dejemos, pues, este punto acerca del cual estamos de acuerdo 
con el autor y veamos a qué tesis obedeció A Rehoitrs en su creación, 
si tesis preconcebida hubo. A Rehonrs fué obra inconsciente, involun- 
taria, una reacción casi fisiológica en contra de la influencia natu- 
ralista de Zolá y de la "Veladas de Médan". Hizo en este punto Huys- 
mans lo que decía el señor de Roannez: "Descubro luego los motivos, 
pero desde un principio las cosas me agradan o me repugnan". 

"Esa necesidad que experimentaba — nos dice — de abrir las ven- 
tanas, de huir del medio en que me asfixiaba, y el deseo que tenía de 
sacudir los prejuicios y romper los límites de la novela, de fhaicer in- 
tervenir en ella el arte, la ciencia, la historia ; esto era lo que más 
profundamente me llamaba, en aquella época, la atención. Suprimir 



40 



MÉXICO MODERNO 



la intriga tradicional, la pasión misma, concentrar la luz sobre un 
solo personaje, hacer algo nuevo a todo trance". 

Y ahora podemos preguntarnos : ¿cuándo con tanta claridad se 
er.uncia todo un sistema de doctrina estética, puede calificarse de 
espontánea la creación de una obra como A Rehoursf No, y parece 
confirmar nuestra creencia el hecho de que entre todas las páginas del 
libro, no haya ninguna en la que no aparezca el deseo de hacer algo 
nuevo j el afán de ahrir las ventanas. 

Tenemos pues (claramente indicados) los caracteres más genera- 
les de lo que pretende Huysmans: lo. romper los límites de Xa novela, 
designio aventurado y sobre todo vago. 2o. Hacer intervenir en ella 
arte, historia y ciencm. Zo. Concentrar la Iwi sohre un »olo personaje. 

¿Consiguió el autor lo que pretendía? ¿Qué es entonces A Re- 
hours? ¿Es la historia de un amor desventurado? ¿La trágica his- 
toria de Calisto e Melibea? ¿El íntimo naufragio de Ofelia? Nada de 
esto. Huysmans nos lo dice terminantemente : quiso desde un prin- 
cipio suprimir la intriga tradicional, la pasión, la mujer mimna . . . 
y lo logró. ¿Oómo? Des Esseintes es un Eené eunuco, un Obermann 
afeminado, y en esta degeneración del personaje está el recóndito 
origen romántico del libro. Comparemos. 

¿Cuál es el deseo de Rene? Odia el ruido de la sociedad, los tor- 
mentos del mundo; hay en él un fondo de ascetismo, un deseo de 
renunciación casi egoísta. Ahora bien Des Esseintes, que empezó por 
ser un frivolo dandy, terminó por no poder soportar la visión de 
un rostro humano. "Positivamente — narra el autor — sufría al ver 
ciertas fisonomías, consideraba como insultos la expresión benévola 
u hosca de algunos rostros, sentía ganas de abofetear al sefíor que se 
pasea cerrando los párpados con aire doctoral, al otro que se sonríe 
en los espejos, aquel en fin que parece esconder un mundo de pen- 
samientos profundos mientras devora, con el entrecejo fruncido, la 
seicción de sociales y personales de los diarios" (A Rehours, Pág. 34). 
Si la semejanza es ostensible, la diferencia no lo es menos. Rene es 
originalmente un pesimista (observemos que es la única manera real 
de serlo sinceramente). Des Esseintes, por el contrario, atraviesa los 
salones más refinados de París; el primero narra al viejo Chactas su 
tristeza hajo el árhol del desierto, el segundo se inventa una soledad 
artificial, llena de luz déctrica, de calefactores y refinamientos socia- 
les. El uno dice a la sociedad: te repudio, en mí hallaré mi tesoro; el 



UNA NOVELA DE HUYSMANS 41 

segundo la desprecia pero no puede abandonarla, lo retiene ix)r un nú- 
mero infinito de vínculos que él mismo no sabría descubrir. 

Des Esseintes exige una soledad absoluta, pero no sabe renun- 
ciar a sus tés importados de la China, a sus libros favoritos, delicio- 
samente encuadernados, a su tortuga de oro y a sus piedras raras. 

Hay en La Ciudad y las Sierras de Queiroz un personaje — el pro- 
tagonista — que tiene un parecido extraordinario con Des Esseintes, 
ambos empezaron por ser curiosos y terminaron por convertirse en 
maniáticos. Se rodearon de pequeñas costumbres despóticas que im- 
pidierop después en ellos toda actividad personal. No obstante, el 
personaje de Queiroz es un hombre sano; algunos meses pasados en 
el campo lo reconcilian con la naturaleza y la novela termina con 
un par de bodas de Camaicho y un buen copón de ese vinillo de Por- 
tugal que inspiraba al último de los Ramires la gloriosa gesta de don 
Tructesindo. 

En Des Esseintes no hay un so] o resorte consistente : todos están 
rotos. ¿La mujer? este raro personaje inventaría los artificios de la 
senilidad más rebelde sin poder exaltar su impotencia... ¿La ambi- 
ción? sumergido en un sillón de valetudinario, vé cerrados todos los 
caminos que llevan al triunfo. ¿Cómo poderlos numea recorrer? En la 
posada de la gloria nadie sabría servirle esos brebajes que le endul- 
zan la existencia, y él que tanto desprecia a los burgueses, ve su an- 
helo limitado por el más ridículo de los temores: el de viajar. ¿El 
arte? A primera vista parecía que en él podría únicamente hallar un 
refugio su extenuada humanidad, pero, además de gustarlo como un 
simple dilettante, el arte no es para él más que un objeto de insanas 
teorías. Lleno áe las ideas que Wilde resume con aína brillante dia- 
léctica paradógica en Intenciones, Des Esseintes odia todo lo que es 
sencillo y natural. El nombre de Rousseau no aparece una sola vez 
en todo el volumen, y de haber aparecido lo hubieran acompañado las 
más procaces injurias. 

Por un pequeño mecanismo que está en el fondo de muchas doc- 
trinas, Des Esseintes piensa que sólo lo artificial es lo bello y con la 
mayor tranquilidad escribe frases como ésta : 

"En resumen, en la perfumería, el artista completa el aroma ini 
cial de la naturaleza. . ." 

Esta estética es capaz de hacernos sonreír; no que sea imposible 
este procedimiento, sino que es característico de ciertos géneros es- 



42 MÉXICO MODERNO 

pecialísimos, como la caricatura, (lue están en im término medio en- 
tre el arte y la vida. 



Agregaremos algunas palabras a esíe artículo (que va adqui- 
riendo ya proporciones involuntariamente extensas) sobre el estilo de 
Huysmaus. 

El maestro a cuya influencia inmediata está sometido es segura- 
mente Flaubert y paia aquel que sabe leer entre líneas se advierte 
que Salammbó ha sido más asiduamente hojeado que Mme. Bovary. 
Todo esto lo confiesa casi el autor al tratar de la literatura latina en 
un capítulo lleno de medula sobre los escritores de la de-adencia. 

En esas páginas amorosamente escritas hace un brillante elogio 
del Satiricen o Sátira de Petronio. Lástima grande es que el señor 
Huysmans haya creído imposible hacer el elogio de algunos escritores 
generalmente olvidados, sin permitirse irreverencias dolorosas parii 
otros, celebrados con unanimidad. Así los párrafos en que la frase 
robusta, melodiosa y solemne de Cicerón y el verso suavísimo de 
Virgilio son tratados de intolerables antigüedades, no pueden dejar 
de parecemos sencillamente necios. No creáis sin embargo que el más 
pequeño remordimiento pueda esconderse en el espíritu del autor; el 
prefacio de 1903 afirma orgullosamente las ideas juveniles y pretende 
autorizarlas con la madurez de un juicio ya sereno. 

Al admirar en Petronio,, a quien Justo — Lipsio calificaba de auc 
tor purissimae impuritatís^ la riqueza de un léxico que no desdeñó 
jamás las palabras de procedencia más sospechosa y la aceptación de 
giros decadentes y de barbarismos como en el Satiricón ]>ululan (bu 
bliotheca y Ephigenia v. gr.), Huysmans nos indica claramente a 
cual doctrina obedecerá en su obra y así, desde la primera frase del 
prefacio nos encontramos con términos técnicos y modismos de origen 
científico o popular. 

Pero este procedimiento que ofrece sin duda ventajas eminentes y 
asegura al lenguaje literario una elasticidad y una virtud renovadora 
muy difíciles siempre de obtener, no deja de presentar serios peligros. 
Así se llega casi insensiblemente al galimatías y al preciosismo como 
cuando, describiendo el cielo de una noche de invierno, dice Huvs- 



UNA NOVELA D'E HUYSMANS 43 

nians: ainsi (¡i(-u¡ie haute tenture de contre-hermine, le ciel se levait 
devant luí (A Reboiirs, Pág. 01.) 

I^]ii el tt'rreiK) de las .ingestiones (¿no es este divino objeto de su- 
gerir derecho que el artista constantemente i-eivindica?) Huysmans 
es un discípulo ferviente de Baudelaire. Hahla de él con noble entu- 
siasmo; Des Esseintes poseía impresos en finísimo pergamino tres 
sonetos suyos; el autor no coloca entre ellos el tan conocido de Co- 
rrcKpoHdcnoias pero a nadie se esconde que de toda la obra de Bau- 
delaire es el que lia informado mayor niimero de tendencias entre 
los literatos llamados decadentes. 

Hemos dejado para los postres el asunto religioso de A Rehours. 
Pensamos que es lo más interesante del volumen como estfudio psi- 
cológico cuidadosamente logrado y, si debemos hablar sinceramente. 
c(mio confesión que es del novelista. 

Las causas del misticismo que lo invade fácilmente se descubren 
y con exactitud se enumeran : la enseñanza jesuítica que aniquila 
la voluntad y hace de ella un resorte secundario, un hilo conductor 
de superior energía, nn deseo .«^lensual de seguridad, lo que R. de 
Gourmont ha llamado deliciosamente el camino de terciopelo; los re- 
finamientos teológicos, resultado necesario de una lectura incesante 
de los padres más sutiles de la iglesia católioa, refinamientos que 
hacen del pensamiento una máquina complicada y difícil; la soledad^ 
que como sabemos, es la más poderosa de las grandes voces cristianas 
y la que mayores adeptos hace al misticismo. 

Además de estas razones generales, que no tienen nada de ver- 
gonzoso, Huysmans deja adivinar muchas otras más especiales pero 
más escabrosas también, que presentan al ¡lector un terreno resbala- 
dizo, lleno de emanaciones deletéreas, y en el cual sólo tras largas 
vacilaciones nos atrevemos a penetrar. 

Hay todavía aquí (¿y en dónde pudiera no haberlos?) motivos 
simplemente literarios y razones puramente ideológicas. 

La lectura de Schopenhauer y el pesimismo de su filosofía apa- 
recen aquí como determinantes; sin embargo hay algo más (lo único 
que por ahora nos interesa) y esto nos recuerda la procedencia natu- 
ralista de Huysmans. 

Los motivos verdaderos son para él culeramente materiales: his- 
teria,, impotencia, sadismo. 

Como veis nos encontramos muv lejos de la conversión religiosa 



44 



MÉXICO 'MODERNO 



intempestiva que el romanticismo había puesto de moda; la ciencia 
ha invadido el campo de la literatura y tenemos que desprendernos 
de los buenos procedimientos de antaño, tan comprensibles y tan su- 
marios. Nos encontramos muy lejos también (aun en el terreno de la 
literatura contemporánea) de casos semejantes pero cuánto más no- 
bles y más humanos . Quiero sólo citar con el fin de oponerlo al des- 
medrado personaje de A Réhours el nombre de Juan Criistóbal Craft, 
ciudadano del mundo, de cuya vida ihizo Romain Rolland obra per- 
fecta 

Leed La Zarza Ardiente, en cuyo volumen se relata la historia 
de la conversión religiosa de Juan Cristóbal. Los motivos fundamen- 
tales son los mismos, sin embargo qué caminos tan diversos sigue la 
piedad para llegar a la morada de una alma pura y fuerte ! 

No sin propósito deliberado citamos el nombre y la obra de Ro- 
main Rolland. Mientras existan glóbulos rojos en el organismo de la 
literatura contemporánea será digno de imitación este robusto ejem- 
plo que nos dá la Francia de ahora que sabe hacer fraternizar en su 
seno tendencias tan opuestas como las de Huysmans y R. Rolland. 

No nos atrevemos a compararlas. Nuestra opinión será de todos 
conocida cuando hayamos dicho que es muchas veces necesario res- 
pirar el aire puro de las cumbres al salir de la atmósfera viciada 
de las grandes capitales. Es bueno por consiguiente poseer literaturas 
diversas y no es inútil gustarlas contradictorias. El contraste es base 
de conocimiento y símbolo de vida. Después de muchos siglos La 
Rochefoucauld sigue teniendo razón : no hay acaso mayor locura que 
la de ser demasiado cuerdo. 

JAIME TORRES BODET. 



UNA INICIATIVA 



SE quejan frecuentemente nuestros compositores de música se- 
ria de las dificultades que es preciso vencer para editar una 
composición de cierta im;portancia. 

El editor, como buen fenicio, atiende a la prosperidad de su co- 
mercio j lanza li la publicidad la música de venta fácil que es, por 
lo general, música bailable exenta de grandes dificultades técnicas. 
Las obras serlas — cela va sans diré — se quedan durmiendo en los es- 
tantes de los compositores. 

A riesgo de predicar en desierto, vamos a exponer una idea que 
estimamos de fácil realización, encaminada a estimular a nuestros 
compositores. 

Nada ¡hay, en efecto, más halagador para un compositor, como ver 
sus obras impresas. La seguridad de que sus manuscritos no se per- 
derán ya ; la facilidad que para la ejecución de ellas significa que es- 
tén editadas; la posibilidad de enviarlas fuera del país \y, por con- 
siguiente, darlas a conocer en los más importantes centros musicales; 
todas estas ventajas le recompensan ampliamente de las horas de tra- 
bajo, de la ardua labor que ha debido realizar para dejar consigna- 
das en el papel pautado sus inspiraciones. 

Pero la edición de la música es costosa y el compositor de mú- 
sica seria en México, está condenado a vivir de otras actividades — 
clases, cines, teatros, etc. — ^menos de lo que constituye el objeto de 
su existencia, el por qué de su vida: la compogición. 

Hemos tenido a pesar de la hostilidad del medio ambiente, al- 
gunos maestros casi heroicos que han abordado los géneros sinfónico, 
religioso, lírico-dramático y de cámara y cuyos esfuerzos han ñau- 



40 MÉXICO MODERNO 

fmgado en el océano de nuestra frivolidad e indiferencia. Y esos es- 
fuerzos traducidos en obras teatrales o sinfónicas no han jKxlido ser 
aquilatados en otros países donde, tal vez, hubieran sido mejor esti- 
mados. 

'¿Por qué Keofar, Atzimha, El Reij Poeta, Zulenia, Nicolás Bravo ^ 
Rudelf Morgana, etc. no han traspa.sado nuestras fronteras? Porque 
no han sido impresas. 



Existe en México un modesto artista grabador de música, cuyos 
trabajos han merecido los más calurosos aplausos de propios y extra- 
iios. Las ediciones hechas por I>. Gustavo Beraud — así se llama el gra- 
bador a que nos referimos — son tan perfectas como las que se ejecutan 
en Alemania. Su larga práctica en el arte de la zincografía lo acredita 
como el más experto en este importante ramo del arte musical. Y 
bien, con elemento tan estimable ¿no se podría emprender la noble 
campana de estimular a los compositores mexicanos? 

Una serie de concursos cuyos premios consistirían en la edición 
de las obras premiadas ¿no sería un aguijón para despertar los dor- 
midos entusiasmos de nuestros m¡úsicos? 

La edición de una obra sinfónica o de cámara trae aparejada la 
facilidad de enviarla a las diferentes agrupaciones artísticas europeas 
o norteamericanas, las cuales, indudablemente, se interesarían por las 
composiciones de real valor artístico, cuj-a aparición en este México 
tan combatido y calumniado borraría, aunque sólo fuese en parte, 
la opinión adversa que acerca de nosotros y en especial de nuestra 
cultura, se tiene en el extranjero. 

En estos rápidos apuntes sobre uíi asunto (|ue entraña una i^al 
importancia para el porvenir del arte musical en nuestra patria, no 
hemos pretendido sino esbozar la forma de estimular la producci<')n 
musical mexicana y señalar — para que se le utilice en su oportuni- 
dad — ^^al creador del arte de la zincografía en México. 

Si la República Argentina gasta cincuenta mil pesos anualmente 
para premiar las mejores obras de sus artistas, ¿por qué en nuestro 



UNA INICIATIVA 47 

país no se dedica una pequeña suma destinada a salvar del olvido las 
obras más notables de nuestros compositores? 

Nos complace imaginar que el entusiasta y culto Rector de la Uni- 
versidad Nacional sabrá hacer viable esta iniciativa — ^si la juzga opor- 
tuna — y así despertará una noble emulación entre los compositores 
de música elevada. 

Estamos seguros que los buenos resultados en favor de nuestro 
incipiente arte musical, no se harían esperar. 

MANUEL M. POKCE. 



♦ ^ 



LA JOVEN LITERATURA MEXICANA 

SECCIÓN A CARGO DK 

AGUSTÍN LOERA Y CHÁVEZ 



PEDRO REQUENA LEGARRETA. Aún no lo conocíamos, hasta que un 
buen amigo, en generoso rapto de comunicativa nostalgia, nos lo descubrió desde 
New York, en frases amables de profeta-viajciv). Era en 1918 el príncipe gen- 
til de los cenáculos artísticos hispano-americános en la Ciudad Tentáculo. Apues- 
to doncel de distinción wildiana y porte refinado, cautivaba con su avasallado- 
ra atracción de irresistible magia : vivaz y cultísimo decir, espontánea dono- 
sura en el tiato, nobleza espiritual y gracia de efebo. Su nombre, de cristalinas 
sonoridades, presagiaba añoranzas, y la brillante juventud de sándalo traía remi- 
niscencias de las místicas noches del Ramadán y el delicado enigma de una 
rosa fragante de Meshed prendida, en sortilegio de juglar, a un anhelo pujan- 
te de caballero merovingio. Tal así de múltiple y ágil, generoso y jovial, atra- 
yente y luminoso en su guapa mocedad, lo imaginamos al reconstruir su figura 
precoz, de hombre y de poeta, devanando los hilos de su mosaico lírico. Loar a 
la juventud artística en él, es entonar el himno de la divina gracia, el canto 
de la fe áurea y potente, proclamar el arraigo viril a las bellezas de la vida, 
al perpetuo seguro de la pureza espiritual en una sincera aspiración creadora, 
generosa en su impulso, tenaz en su cultivo, exultada por el toque de la rara bon- 
dad y transfiguiada por la visión de un hondo fatalismo que apremia la labor 
y purifica la acción. 

Su obra caudalosa y varia revela una espontánea e inagotable fecundidad 
de inquisitiva y multiforme expectación ; y es que la vida fué para él pródiga 
y generosa ; jamás sonaron a sus puertas las homéricas miserias del rapsoda, 
aunque supo beber, con ademán pagano, en los festines de Odiseo, la crátera 
sonora escanciada una y mil veces al apagarse el canto. Completo a los veinti- 
cinco años, hay en sus versos la síntesis de una existencia bien vivida : dolor y en- 
sueño, piedad y anheló, púgil impulso y m^stiica visión de los paisajes, y sobre 
todo, el irisado tul de un vibrante e irresistible amor — dúctil e incorpóreo — 
cristalizado en mil fortuitas aventuras de anónimo y galante devaneo Pe- 
ro si la fortuna brindó a su vida muelle y acogedor albergrue, el óleo de la lia* 



LA JOVEN LITERATURA MtXICANA 



4^ 



iiui interior dio a su lámpara titilaciones de intermitente y luminosa predes- 
rinacién fatalista, que ungía de inquietud y aureolaba de supremo dolor su 
dí^sbordante estrofa. Así despunta entre un oriental y delicado sensualismo, 
í-ieito asomo de desencanto, que no acertó a apagar el quemante gozo inter- 
no, al anuncio cercano de los pálidos toques de queda. 

La desbordante espontaneidad de su rima, objetiva y clarifica en demasía 
Ja ondulante emoción y es a veces en el sonoro ritmo externo, con la expre- 
sión precisa y borbotante, donde su gran fuerza imaginativa despliega la metá- 
lica cauda de su vuelo. Es que una ingenua naturalidad e irrefrenable tenta- 
ción de modular su canto, lo llevaba a la orquestación de las contemplaciones 
vividas o soñadas, antojándose ver tm él la encarnación de la verídica conseja 
que nos pinta al iioeta saludando a la luz con balbuceos armónicos, jáu vibra- 
ción emotiva tiota en una sencillez de musicales ritmos sin técnicas difí- 
ciles ni rebuscamientos hondos, y no por desconocimiento de las más complica- 
das formas, ya que para glorioso ejemplo de nuestros jóvenes poetas, ítequena 
Jx>garreta poseyó un caudal de lecturas y erudición como no ha habido entre 
rnMíStros escritores de cinco lustros quien lo tenga. 

8us traducciones de los Poemas y Cantos de la (Irán (iuerra encierran la 
manifestación de sus vastísimas lecturas en cinco o seis lenguas y en ellas 
va, con lucidez que encanta, del odio vigoroso y brutal de los germíinos a la 
augusta resignación e indomable coraje de los belgas, magnánimos como un 
a[>acible paisaje de Flandes; de la hábil y untuosa dejadez, mezclada con arro- 
gancia socarrona de los ingleses, al heroico valor y pictórica ternura de los 
galos, a través de austro-húngaros, canadienses, norteamericanos, indúes, irlan- 
deses, italianos, montenegrinos, turcos y ruso«. La exubiírante facilidad de ver- 
sificar le permitió encontrar la manera simpática y acertada de trasmitir, con 
h>» encantos del original, en la donosura de nuestra lengua, los gi'itos de odio* 
de veinte pueblos trágicos que se devoraban. 



Hacer crítica de una obia caudalosísima de dos años, »?„ un poeta que 
muere cuando los renuevos apenas marcan su rotunda suavidad de seno ntír 
bil, s'ería labor de tildsteo. Dejo a otros la empresa de señalai; imperfecciones 
técnicas, descuidos de fecundidad, ligerezas de forma, excesos de filosofía, 
desahogos de exiliado, y fallas de cohesión. . . Queden sus versos como él alcan- 
aO a esciibirlos y no haya mano, por sabia y providente, que se atreva a tocar- 
Jos, ya que no habría disculpa para tan monstruosa profanación. 

Yo me conformo con saludar en Requena Legarreta al espíritu representa- 
tivo de una generación ideal, en que la l)ondad y el amor aure<)lan la grael:i 
iiimortal que la belleza canta, en la síntesis de uno divino vocablo: juvenin-d. 

' , A. L. Cfí. 



50 MÉXICO MODERNO 

ENTRE LAS SOMBRAS 

RUSTICA VIII 



ES la noche tan negra, que inunda mis pupilas 
suscitando en mi alma la noción del abismo, 
y siento amargamente que las sombras tranquilas 
immdan a la tierra surgiendo de mí mismo. 

No hay un astro que alumbre, ni hay un faro que guíe, 
no sé a dónde dirijo mi, paso vacilante, 
sólo escucho el sarcasmo del arroyo que ríe 
y el graznido siniestro de algún pájaro errante. 

Y nvis brazos se extienden hacia el fin de la ruta, 
por buscar otros brazos más allá del nirvana, 
y se asoma a mi espíritu una noche absoluta 
a través de mis ojos como de una ventana 

¡Y todas esas ansias que en la sangre hacen eco. 
van apretando en torno de nd garganta un nudo, 
acude el Üutito al ojo, y el ojo sigue seco; 
acude el giHto al labio, y el labio sigue mudo! 

Más allá de las sombras, ¿por qué busco luz pura? 
¿Por qué bursco otros pasos que conduzcan al mío? 
¡Si al ahrir más los ojos contemplo más negrura 
y al abrir más los brazos abarco más vacío! 

¡Hay una luz oculta dentro de cada cosa; 
buscándole, alma mía, reviértete a tí misma, 
vei'ás en tus sentidos como se muestra hermosa 
y como se difunde cual a través de un prisma ! 

Llámala como quieras, amor o fé, que el nombre 
poco importa a la esencia, y es muy débil barrera 
la que a la luz oponen los párpados del hombre^ 
ipara poder privarlo de un4i luz verdadera. 

Con ella harás un foco de cada punto of<vuro. 
y se hará luminoso lo que toque tu mano, 
se hará el júbilo casto y el dolor se hará puro 
y tendrás la belleza que ahora buscas en vano. 



LA JOVEN LITERATURA MEXICANA 

Prueba una vez y aguarda, y si fallas, insiste; 
no pienses sin esfuerzo alcarusar tu destino; 
aquel que espera y btisca sabiendo que ella existe, 
encuentra menos duras las piedras del camino . . . 



¡ La aurora como mi ave, se reclina en los prados, 
la combate a lo lejos la canción de Caronte, 
y yo voy como Homero con los ojos cerrados 
y los brazos abiertos hacia el gran hori4sonte!. . . . 



EN ESTA COPA DE CRISTAL 

ANACREÓNTICA V. 



EN esta copa de cristal sencillo 
desprovista de adornos meicen^rios ; 
con la graeia y soltu/ra con que ciñe 
la vid al mármol, se plegó su mano. 

Su cristal entibióse con el vino, 
y perfumóse suavemente, cuando 
se posaron, como una mariposa 
sobre una rosa cárdena, sus labios. 

La mano, sin joyeles, parecía 
hermana del cristal límpido y diáfano; 
y armmiizando sus matices rojos, 
el labio y el licor, eran hermanos. 

Solos con nuestro amor aquella tarde 
en que alegres y jóvenes brindamos, 
sobre la copa, trémulos se uniermi. 
nuestros labios y amantes nuestras manos. 

Mas la tarde pasó porque es preciso 
que mueran flwes y que emigren pájaros; 
y de mi vida por los cielos grises, 
también sus gracias y su anwr pasaron. 



52 MÉXICO MODERNO 

Hoy la copa subsiste como estuvo 
antes de haber latido entre su muño, 
y vivido al contacto lumiinoso, 
inefable y sediento de sus labios. 

\Es verdad que su forma nada guarda, 
ni recuerda ni siente; y sin embargo 
en ella anida su primer caricia, 
y en sus cristales de su ser hay algo. 

¡No la toques, amigo, escancia y bebe 
mi mejor vino en mis mejores vasos, 
que esta copa sencilla es algo suyo, 
y por eso es tan sólo de mis labios! 

• 

LA ALEGORÍA DEL ÁGUILA 

UN día miré a un águila volar sobre mis hatos 
y desplomarse a tierra veloz contra su presa, 
y yo corrí tras ella; los ciegos arrebatos 
daban alas potentes a mis pies en la empresa. 

El águila, consciente del poder de sus plumas, 
con m<ij€Stad subía por el plácido ambiente ; 
yo trepaba los riscos, como saltan los pumas, 
y buscalm la citim con ahinco creciente 

De iprmito, de un impulso gigantesco, llegando 
más alto que las rocas más enhiestas, atento 
•^ Vi al águila soberbia sobre vZ monte flotando, 

como un aMro de plumas en el gris firmamento. 

Más allá de las cosas más altas, la>s estrellas 
parecían burlarse de mi estéril porfía; 
^iró vertiginosa mi honda contra ellas, 
y puse en aquel tiro mi total energía. 

Partió la piedra rauda, conw un rayo ha<}ia el (Helo; 
plegó las alas recias el águila potente, 
y la vi derrumbarse inerte sobre el suelo, 
m4inchando los terrones cmi su sangre caliente. 

¡ y yo envidié su muerte entonces, y he querido 
coronar mi existencia con un trágico salto 
del Ideal supremo apurar el sentido, 
y morir en el vuelo de mi ensueño más alto! 



PEDRO REQUENA LEGARKHTrA 



¡ín!»iu-^í'"r 



ARTES PLÁSTICAS EN MÉXICO 

SECCIÓN A CARGO DB 

MANUEL TOUSSAINT 



LA EXPOSICIÓN DEL DR. ATL 



Presenciamos ahora una exposiíción 
de pinturas, diversa de las que es- 
tamos habituados a conocer. El Dr. Atl 
exhibe su labor de los últimos meses, 
y quien no tenga telarañas en los ojos, 
puede ver delineado a grandes, pero 
firmes trazos, todo un espíritu. Este 
revolucionario, cuya obra corre pare- 
jas con el movimiento social que hace 
diez años sacude a nuestra patria, ha 
comenzado por revolucionar en su pro- 
pio espíritu y su obra se enlaza de tal 
manera con su actividad ideológica, 
siempre en movimiento, que casi es 
imposible juzgarlo independientemente 
de su tiempo. 

Procuremos haK^er abstracción de la 
resonancia que las actividades políti- 
cas del Dr. Atl hayan podido tener en 
su arte, olvidemos al demagogo, porque 
su demagogia es acaso lo menos inte- 
resante de su obra, y hagamos lo po- 
sible por estudiar un momento la re- 
volución espiritual de este pintor, dé 
este ideólogo furibundo, que ha tra- 
tado de aplicar siempre su teoría a la 
prá<?tica con resultado vario y cam- 
biante. 

Atl ha comenzado naturalmente por 



destruir cuanto en él existía de la- 
bor académica, porque existía, porque 
nadie puede librarse de que se ate a 
su cuello, aun cuando sea un momento, 
uno de los múltiples y movibles bra- 
zos del pulpo : llegará más tarde el 
momento que las meditaciones ayuden 
a los ojos y en que la rebeldía de unos 
cuantos iluminados reconforte nues- 
tra audacia, para rebelarnos contra la 
casi invencible pesadez del tradiiciona- 
lismo. 

Todo lo que hay de blii-ff al princi- 
pio, inevitable y casi necesario como los 
disturbios al principio de todo reno- 
vamiento civil, desaparecen cuando lle- 
gan más reposadas las tardes . de la 
vida, cuando el artista se convence de 
que hay que dejar algo y que la poste- 
ridad no nos tomará en serio si en- 
tre los discreteos del momento y los 
entusiasmos brillantes no queda, a v'é- 
ces olvidada, desconocida, la obra qué 
tenga en sí fuerza bastante para ha- 
blar por sí sola, cuando el cerebro ha- 
ya dejado de vivir, cuando el ojo se 
haya extinguido, cuando la mano iner- 
te no pueda expresar las inquietudes 
que conmuevan nuestro espíritu. '"" 



54 



MÉXICO MODERNO 



Entonces la sinceridad se impone co- 
mo último baluarte contra todos los 
exclüsivimos e intransigencias de es- 
cuela y llega el momento culminante de 
la vida del pintor. Creo no equivocarme 
aJ asegurar en estos momentos que 
el Dr. Atl comienza a expresarse sin- 
ceramente ante sí mismo. 

Esta exposición enseña muchas co- 
sas: estudiantes de arte que ambicio- 
náis conocer cómo expresan sus emo- 
ciones los grandes visionarios, para po- 
der así dar forma aígún día de modo 
peculiar vuestro a las inquietudes que 
os conmueven, aprended aquí todo lo 
que se ofrece a vuestra avidez. Nc to- 
méis la parte personal de este pintor, 
no tratéis de aprovecharos de su proce- 
dimiento, apreciad únicamente las rela- 
ciones que encontréis entre las ideas 
de este artista y su capacidad de expre- 
sión, su modalidad peculiar, su esti- 
lo en una palabra. Así podréis adqui- 
rir- un procedimiento vuestro, un es- 
tilo vuestro. 

Yo no sé si el pintor tendría o no 
mira premeditada al exhibir, junto 
datos sencillos apegados a la natura- 
leza; pero yo veo toda una evolución* 
el dibujo preciso, fiel, en que la mano 
seguía dócilmente las indicaciones del 
ojo, como si el espíritu creador durmie- 
se aletargado por breves momentos. 
Véanse sus dibujos al carbón, hechos 
con una serenidad y criterio, con una 
falta de teoría verdaderamente encan- 
tadora. El dibujante se revela, ha si- 
do el intérprete más fiel del paisaje, 
y apenas si una leve melancolía cubr^ 
discretamente la serenidad de estos 
volcanes, cuyos penachos parpadean en 
el crepúsculo. Fundándose en estos da- 
tos, datos firmísimos como cimientos de 
roca, el espíritu creador, verdadero 
germen del arte, ha venido a desarro- 
llar s^is maravillosas y embri.iadac vi- 
siones. CJolaboraba también el estud 



detallado de los efectos cromaticos, 
la ley de los complementarios, esas 
mil leyes recónditas que sólo los ini- 
ciados conocen y de la que se deriva 
toda armonía colorista. Entonces srr- 
ge la serie magnífica <de paisajes. r.\S 
NUBES EN EL CREPUSClir.O (núm. 
12), LA HUMAREDA DEL VOLCAN 
A MEDIODÍA (núm. 52) ATLAUTLA 
(núm. 43), para no citar sino algunos 
de los más hermosos ; estos son paisa- 
jes sentidos a través de im espíritu, 
única sensación de paisajes que tolera 
el arte de nuestro tiempo. No ha ha- 
bido una imitación fotográfica de la 
naturaleza, ha sido una espíritu el 
que ha extendido su soplo por un mo- 
mento del día. 

Todavía hay una nueva etapa de su 
creación, y el artista se entrega a 
los arrebatos de un simbolismo más 
elevado y más personal. Ahora son los 
volcíanes seres de trascendencia re- 
mota que laten con espíritu propio ca- 
da uno; ahora se descubren paisajes 
de lo suprasensible en que la natura^ 
leza dio los fundamentos, sin loa con- 
vencionalismos, sin la frialdad insen- 
sible de la arista y de la masa. En es- 
tas creaciones se llega al arte má« pu- 
ro que se pueda imaginar y a la vez 
al más verídico, al más sencillo. El 
vulgo trata de entender, nosotros sa- 
bemos que frente a estas sinfonías de 
color, de fuego y de sbmbra, sólo debe- 
mos sentir. Algunos de estos paisajes 
me parecen inferiores a otros, por ra- 
zones de técnica, por ejemplo LA GRAN 
OLA (núm. 62) me parece mucho me- 
nos luminosa, mucho menos real, que 
El Tumbo (número 66,) a causa de 
que los toques de color vivo han 
sido sobrepuestos a un fondo blanco 
que de lejos parece encerrar el vacío, 
negro, incoloro, en tanto que ésta 
(núm. 66) es luminosa como ^ dia- 



ARTES PLÁSTICAS EN MÉXICO 



55 



mant« j ligera como la espuma Mil ma- 
tices la convierten en una irisación 
fantástica, pero llena de luz; la gran 
mancha roja y la gran mancha negra 
despiertan en nuestra pupila coloracio- 
nes que el pintor no ha puesto, pero 
que ha evocado. Estas obras me pa- 
recen muy estrechas dentro de su mar- 
co de madera; imagino salones de pers- 
pectiva infinita, decorados con estas 
fantásticas pinturas, y en los cuales la 
luz, el amWente, la distancia se com- 
binan para realzar la obra y darle una 
finalidad precisa. No podemos tomar- 
las sino como muestras de lo que es- 
ta pintura llegará a ser, seguramente. 

Coronamiento de sus ideales pictó- 
rico» es el retrato marcado con el 
niiniiero 75. La figura parece de nie- 
ve cemplicada con armiño; las ma- 
nos han sido dibujadas con una ex- 
traordinaria certeza, el rostro parece 
simbolizar una enoime inquietud en 
frente del maravilloso paisaje; ¿qué 
relaciones recónditas hay entre es- 
ta mujer y el cráter del volcán? La 
montaña se yergue detrás y la nievo 
es aún más cruel que el velo de la 
figura femenina ; pero sobre las cres- 
tas del cráter hay un ribete de oro 

Para conseguir la realización de sus 
ideales artísticos, el pintor ha tratado 
de crear una técnica peculiar suya; un 



procedimiento que le permite fijar ins- 
tantáneamente un aspecto de paisaje en 
grandes dimensiones, ejecutar rápida- 
mente como él dice, im apunte o cu- 
brir una muralla. Este procedimiento 
permite los más inusitados efectos cro- 
máticos, superponer colores sin que se 
fundan como acontece con el óleo, es 
decir, se llega al divisionismo perfec- 
to, porque la pasta de colores permite 
de modo natural, lo que los artistas que 
no usan ese sistema tratan de hacer 
a costa de grandes esfuerzos visibles. 
Las obris parecen algimas veces pin- 
tadas al pasteU otras veces tienen el 
aspecto de la antigua pintura a la en- 
cáustica ; sea como fuere, el resulta- 
do es excelente. El que recorre esta 
exposición podrá o no salir de ella con 
la convicción de haber encontrado su 
propio artista, pero no podrá menos de 
reconocer que ha habido labor sincera, 
y que, teorías aparte, el pintor ha rea- 
lizado obra bella. En una exposición 
como ésta más que determinados cua- 
dros es la tenidencia general la que de- 
be apreciar, es la tonalidad especial del 
artista la que debe dejarse escucihar. 
Me figuro que con unos cuantos hom- 
bres dispuestos a la emoción que él 
quiera evocarles, el pintor debe darse 
por completamente satisfecho. 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 

SECCIÓN A CARGO DE 

MANUEL M. PONCE 



Traducidas por Boris de Markevith, 
se han publicado recientemente en 
Francia algunas de las cartas que 
Borodine envió a su esposa durante su 
viaje por Alemania y en las cuales el 
gran músico ruso pinta con vivos co- 
lores sus entrevistas con Liszt, en Wei- 
mar. 

En una de esas cartas, Borodine nos 
muestra al gran abate entregado a 
sus tareas de maestro : "... Liszt, a ve- 
ces, detenía a sus alumnos durante la 
ejecución de alguna obra, se sentaba 
él mismo al piano, tocaba, mostraba, 
hacía toda clase de observaciones- 
frecuentemente humorísticas, llenas de 
esprii y de benevolencia — con las que 
causaba la hilaridad aún del discípulo 
a quien iban dirigidas. Nunca se dis- 
gustaba ni se alteraba y los alumnos 
jamás se ofendían. "Ensayad de tocar 
al estilo de Vera", les decía, cuando de- 
seaba que alguno de ellos recurriese n 
los ardides que empleaba Vera Tima- 
noff — su discípula predilecta — para sa- 
lir avante de las dificultades que se le 
presentaban frecuentemente, debido a 
la pequenez de sus manos. Y reía de 
buena gana cuando alguno no obtenía 
el resultado apetecido y confesaba que 



no podía tocar el pasaje difícil. Enton- 
ces Liszt se sentaba frente al piano 
y decía : "mostradnos cómo es que no 
podéis tocar." (Nun zeigen Sie uns 
Wie Sie das nicht Konnen.) 

"Cuando tocó su turno a la señorita 
Tiníanoff. Liszt le indicó que tocara 
la Rapsodia en md hcmol nuiyor, pie- 
zíi que la joven pianista preparaba a 
la sazón para un próximo concierto en 
Kissingen. Después de hacerle algunas 
pequeííias y juiciosas observaciones, el 
maestro se puso a tocar algunos pasa- 
jes con sus dedos de hierro. "¡ Esto de- 
be ser absolutamente como un cortee- 
jo triunfal !*' decía Liszt. Y saltando 
de su asiento tomó a la señorita Ti- 
manoff por un brazo y comenzó a me- 
dir la sala con pasos majestuosos, can- 
tando el tema de la Rapsodia. Todos 
reían alegremente. Cuando la señorita 
Timanoff tocó por segunda vez la Rap- 
sodia poniendo en práctica las obser- 
vaciones que el maestro le había hecho. 
Liszt me dijo : "esta pequeña Vera es 
verdaderamente notable." Y dirigiéndo- 
se a la pianista : "Si tocáis en vuestro 
próximo concierto de la manera como lo 
acabáis de hacer, sabed que cualesquie- 
ra que sean las ovaciones que se os tri- 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



57 



buteía, siempre serán inferiores a lo tiiiv 
merecéis." La señorita Timanoff, to<ia 
sonrojada, lloraba de felicidad. í-.iszí 
la acarició con ternura y ella le l)esó 
la mamo. Todas las disoípulas, por otra 
partí*, acostum'bran besarle la mano sin 
avergonzarse y él las acaricia en la fren- 
te, en las mejillas, en las espaldas; a 
veces, cuando ¡desea llamar su atención 
sobre alguna cosa, les pegia un poco 
fuerte en la espalda. Por lo general, 
entre él y sus discípulos, las relaciones 
son sencillas, familiares y cordiales j 
más bien que relaciones entre profesor 
y alumno son como de padre a hijo o 
más exactamente de abuelo a nietos." 
"A «US observaciones, algunas veces, 
no les falta malicia, sobre todo tratün- 
dose de Leipzig. "¡ Oh, no toquéis así, 
tocad de esta otra manera !... sólo en 
Leipzig se toca así"... Y agrega :" allá os 
enseñarán lo que es una sexta aumeii- 
tíida y creen que eso basta ; pero la 
manera de tocarla, no os la enseñarán 
jamás." O bien : "en Leipzig encontra- 
rían eso muy bonito," observa a pro- 
pósito de cierto pasaje de un estudio de 
Chopin, tocado mediocremente y sin 
colorido." 

"Es necesario hacer notar que Liszt 
no elige los estudios y obras* que de- 
ben tocar sus discípulos; son éstos lo>i 
que seleccionan a su gusto la música 
que más les conviene. Por supuesto que 
los discípulos se cuidan bien de comen- 
zar el estudio de una obra sin antes 
consultar la opinión del maestro, pues 
sucede con frecuencia que si no es de 
su agrado la pieza que el alumno toca, 
no lo deje seguir adelante y le diga : 
"dejad eso.... qué idea de tocar una 
cosa tan fastidiosa . . "' 

"En fin, Liszt concede poca aten- 
ción a la técnica, a la posición de los 
dedos, etc. ; pero se interesa especial- 
mente por todo lo que se relaciona con 
el carácter y la expresión de la obra. 



Es preciso hacer constar que, salvo ra- 
ras excepciones, todos los discípulos 
I>oseen una buena técnica, aunque sus 
estudios preparatorios hayan sido rea- 
lizados con diferentes sistemas." 

"Delante de mí, tocaron dos discípu- 
los y tres discípulas. Cuando las alum- 
nas comenzaron a partir, Liszt las acom- 
pañó a la antecámara y ayudó a algu- 
nas de entre ellas a ponerse el abrigo. 
Muchas jóvenes, al despediise, le besa- 
ban la mano. El Jes besaba la frente. 
Me parece que es, entre paréntesis, un 
famoso amante del bello sexo." 

"Una vez que todos se marcharon, 
me dijo, siguiéndolos con los ojos : 
"¡qué buenos son, ¿sabéis? y cuánta 
vida en todo ello !" A lo que yo res- 
pondí: si existe allí verdaderamente 
la vida, es debido a vos, querido maes- 
tro, que habéis sido el creador de ella." 



En Viena se celebró un "Festival Ra- 
vel" dedicado a las obras del jefe ac- 
tual del modernismo musical en Fran- 
cia. Por conducto del ministro fran- 
cés en Austria, el autor de Daphnis et 
Cloé", fué invitado para tomar parte 
en las fiestas musicales organizadas en 
su honor. 

Alfredo Casella envía al 'Monde Mu- 
sical", desde Viena, algunas notas muy 
interesantes a propósito del referido 
festival. De entre ellas traducimos las 
más salientes: 

"Los últimos resplandores del inmenso 
incendio mundial, se apagan. I^ iTa — 
esa horrible herencia que las clases do- 
minadoras despiertan y exasperan pe- 
riódicamente entre los pueblos para lo- 
grar más fácilmente sus fines de rapiña 
y violencia — se extingue ya. Los hom- 
bres que, aún en medio de la lucha en- 



58 



MÉXICO MODERNO 



carnizada no fueíoii enemigos, sino que 
se vieron constreñidos a guardar un 
doloroso silencio, se encuentran nue- 
vamente, Y se interrogan con ansia, 
se comunican sus pensamientos, sus tra- 
bajos del tiempo de la guerra. La gran 
reconstrucción comienza. La sola fra- 
ternidad esencial entre los hombres — 
la de la ciencia y el arte — se extiende 
de nuevo en toda su inmensidad." 

"Bn este ano* he podido asistir a 
dos manifestaciones ^'internacionales" 
infinitamente significativas: al "Fes- 
tival Mahler" en Amsterdam y al 
"Festival Ravel" de Viena. En las 
fiestas de Holanda se vio — por la pri- 
mera vez desde el Congreso musical 
de París de 1914 — que el antiguo 
mundo artístico internacional resur- 
gía nuevamente y sus representantes 
fraternizaban libres ya del yugo de la 
política que un día los dividiera en 
dos facciones enemigas. Mas estas so- 
lemnidades fueron obra de un país 
neutral. Era necesario que uno de los 
países hcligerantes iniciara el gran ges- 
to de suprema reconciliación." 

""Im gloria de esta actitud corres- 
ponde a Austria, ia primera entre las 
naciones ex-beligerantes que tuvo la 
delicada idea de invitar a un compo- 
sitor enemigo a un festival de sus 
obras." 

"Y la elección recayó sobre un mú- 
sico que hoy por hoy — sin duda algu- 
na — es la personalidad más poderosa 
y oríginal de la escuela francesa : Mau- 
ricio Ravel. Es necesario agregar, en 
honor de Ravel, que su actitud ha sido 
en todo digna de las" atenciones que 
los vieneses le prodigaron. Cuándo los 
organizadores del Festival le suplica- 
ron que designara a los intérpretes de 
sus obras, este compositor*, cuyo pa- 
triotismo es indiscutible, nombró un 
director alemán (Osear Fried) una can- 
se comunica sus pensamientos, sus tra- 



tante polaca (María Freund) y ua 
pianista italiano (el que escribe estas 
líneas). Esto es lo que se llama ser 
un buen "Europeo" 

"Es difícil describir en pocas pala- 
bras la cordial recepción que tanto 
el público como la prensa y los músi- 
cos de Viena hicieron a Ravel. Bl éxi- 
to fué francamente entusiasta. El pú- 
blico austríaco confirmó en los concier- 
tos efectuados los días 22 y 25 de oc- 
tubre (1920) — dedicados a obras or- 
questales y de cámara, respectivamen- 
te — su fácil y rara comprensión, su al- 
ta cultura y su perfecta educación, 
cualidades éstas que siempre fueron 
patrimonio de los vieneses." 

"Personalmente, debo hacer mención 
de la intensa alegría que experimen- 
té al tocar el Trío con los jóvenes hún- 
garos Lehner y Hartmann, dos músi- 
cos simplemente extraordinarios. Es 
indispensable que París conozca cuanto 
antes el Cuarteto, cuyo jefe es Lehner. 
No existe en el mundo ninguno más in- 
teligente ni) más musical." 

"Existe en la Capital austriaoa una 
sociedad que efectúa cada viernes un 
concierto de música de cámara y cuyo 
presidente es Arnold Schonberg: la 
Verein für mnisikalische Privat-Auf- 
führungen in Wien'^ (Sociedad viene- 
sa de Audiciones musicales Privadas). 

"En estas Audiciones sólo los miem- 
bros de la Sociedad son admitidos; no 
se permite la entrada a los represen- 
tantes de la prensa y están prohibi- 
dos los aplausos. No está por demá«" 
que en Francia y en Italia se sepa 
que esta Sociedad, durante la guerra. 
se tocaron obras de compositores vi- 
vientes franceses, italianos y rusos. De- 
bemos reconocer lealmente, que mien- 
tras Wagner era l)Oijvoteado en Fran- 
cia y Beethoven en Italia, nuestros 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



59 



antiguos enemigos tocaban, en la mis- 
ma época, música de Debussy, Ravel, 
PuocIbí o Strawlnski." 



debilidades del señor Roes, y de segu- 
ro se le perdonarán al i-ecordar sus 
flores... ¡ah, y qué bellas eran!..." 



"láuj a mi pesar debo suspender es- 
tas notas demasiado condensadas y rá- 
pida», Y ya que las fronteras políti"- 
cas se han abierto, séame permitido 
manifestar el deseo de que París y 
Roma conozcan personalmente al mú- 
sico cuya figura se agiganta cada día 
más y que parece haber llevado la "li- 
bertad sonora" hasta el extremo lími- 
te: ArBoldo Schonberg." 



Entre las reseñas de los numerosos 
conciertos que a diario se celebran 
en París, hemos leído una que es mo- 
delo de crítica sutil, cuya ironía, ve- 
lada tenuemente con suaves artificios 
literarios, resulta más punzante que 
un ataque violento o apasionado. 

Se trata del pianista Paul Roes. 

"Pianista holandés, — dice el críti- 
co — PauJ Roes tuvo la feliz idea de 
mandar colocar una canasta de rosas 
frente al piano ante el cual tomó asien- 
to. Hsas lindas oyentes, de vestidos ro- 
jos o blancos, eran deliciosas. ¡Cuán- 
ta juventud, cuánta frescura, cuánta 
poesía había en ellas! A pesar de su 
impasibilidad, parecía que inspiraban 
al pianista. Desgraciadamente fueron 
impotentes para darle el mínhniím de 
técnica que reclama la interpretación 
de obras de Bach, Beethoven, Schu- 
mann y Chopin. 

"iSifi embargo, deben olvidarse las 



Un grupo de compositores modernis- 
tas ha decidido construir i3or medio dé 
varias composiciones la "Tumba de 
Debussy". No hay que olvidar que los 
poetas y músicos del siglo XVI erigían 
"tumbas" literarias o musicales de 
los artistas muertos. Ravel, en nuestrx>s 
días, ha compuesto una suite ijititu- 
lada "Le Tombeau de Couperin." 

Para la erección de la "tumba" de 
Debussy, han contribuido liéla Bartok. 
Paul Dukas, Albert Roussel. Francesco 
Malipiero, Eugéne Goossens, Florent 
Schmitt, ^Igor Strawinsky. Maurict^ 
Ravel, Manuel de Falla y Erik Satie. 

Las piedras angulares de este singu- 
lar "monumento" las han puesto Igoi 
Strawinsky y Erik. Satie. El primero 
escribió sólo dos páginas que llevan 
por título "Fragment de Synphonies 
pour Instruments a vent". Esta compo- 
sición de un extraño colorido no pre- 
senta ni tiempo, ni matices y ofrece un 
aspecto interesante de la nueva esté- 
tica musical. 

Erik Satie, por su parte, inspirán- 
dose en Lamartine, escribió una pági 
na plañidera en cuya trama armónica 
se mezclan los más diversos estilos. 

Las obras que integran "I^ Tombeai 
de Debussy" han sido publicadas por 
la "Revue Musicale" de Paris en su 
número de diciembre próximo pasado, 
dedicado al autor de "Pelléas". • 



6o 



MÉXICO MODERNO 



CRÓNICA MUSICAL MEXICANA 



Julián Carrillo no descansa. 
Apenas terminada la segunda serie do 
las Sinfonías de Beethoven efectuadas 
en el Teatro Iris, inaugura los concier- 
tos de música de Cámara en el Anfi- 
teatro de la Escuela Nacional Prepara- 
toria. 

La concurrencia, poco numerosa — 
quizás por tratarse de* la primera au- 
dición — pudo comprobar el domingo 
36 del presente mes, la actividad de) 
maestro Carrillo, quien acompañado 
por la señorita profesora Herrera y 
Ogazón, interpretó la Sonata a Kreut- 
zer y, secundado por los señores Galin- 
d(0, Ix)mán y Carlos, nos tradujo la ju- 
veni] inspiración de Haydn y las má- 
gicas armonías beethovianas. 

No podrían exigirse a ima agrupa- 
ción recientemente formada, como el 
flamante Cuarteto del Conservatorio, 
las cualidades que sólo una larga prác- 
tica proporciona a instituciones simi- 
lares. El renunciamiento de la perso- 
nalidad en aras de la perfección del 
conjunto, es la primera condición pa- 
ra la interpretación ideal de la mú- 
sica de C4mara. 

En la presentación del "Cuarteto" 
fundado por el maestro Carrillo, ano- 
tamos algunas felices versiones en las 
obras del programa, especialmiente los 
tiempos lo. y 3o. del admirable Cuarte- 
to op. IS níim. O de Beetboven. 

i Si la viola hubiese participado un 
poco de su exuberante sonoridad a su 
colega el violín segundo! El conjunto 
habría, ciertamente, ganado en equili- 
bno. 



eminente pianista Eduardo Ilisler, po;- 
Mauricio Dumesnil. 

"Risler — ^nos dice Gómez Anda — se 
interesó por mí y me manifestó el de- 
seo de aprender mi Sonatíi. La "Sere- 
nata Mexicana" le encantó y me h.iz<o 
tocarla tres veces ..." 

Nos alegramos de estos primeros 
éxitos del joven pianista mexicano y 
esperamos que al lado de un miaestro 
como Risler, su indiscutible talento al- 
canzará un espléndido desarrolla, 



Carmencita Pérez, pianista y Domin- 
go Taltavull, violonchelista, son dos ar- 
tistas españoles que desde hace algún 
tiempo vienen realizando una importan- 
te serie de conciertos, en los cuales 
han demostrado plenamente sus exce- 
lentes cualidades de recitalistas. 

El público — ignoramos la causa — no 
ha asistido en número suficiente para 
llenar todas las localidades de la« sa- 
las donde se han presentado estos no- 
tables artistas. 

A iniciativa del Rector de la Univer-- 
sidad licenciado José Vasconcelos, am- 
bos peregrinos del arte tocaron el si- 
guiente programa en el Conservatorio 
Nacional: I. — Sonata op. 40, Beetbo- 
ven. ( Piano y Violonchelo. ) II. — Tocca- 
ta y Fuga en re menor, Bach-Tausig. 
Nocturno III, Liszt. Triana, Albéniz. 
(Piano solo.) III. — Sarabanda, Bach. 
Danza Alemana, Mozart. Siciliana. Fau- 
ré. Hilandera, Dunkier. (Violonchelo só- 
lo.) 



Desde París nos comunica Antonio 
Gómez Anda, quo fué presentado al 



La "Sociedad de Conciertos" de Gua- 
dala jar-a ha elegido su junta directiva 



CRÓNICA MUSICAL MbXlCANA 



6i 



para ei presente año : Presidente, pro- 
fesor José Rolón ; Vicepresidente, 11- 
i^enoiado Manuel K. Orendaln; Secre- 
tario, Víctor de Castro; Prosecretario, 
licenciado González; Tesorero, doctor 
Pérez Gómez; Subtewororo, Víctor Sil- 
va. 

V^ooales : señora ('oucepción S. viuda 
de Bernardelli ; señorita Otilia Cama- 
rena Morfín ; señorita Norma Geist ; se- 
ñorita Enriqueta Ruíz; señor Jorge Pa- 
lomar ; Ingeniero Agustín Basa ve : 
J>uis G. CavStañeda ; e ingeniero Aurv- 
}ío Acevea. 



En el Salón del Museo Nacional se 
celebfó un Concierto organizado i>or 
la "Escuela Libre de Música y Decla- 
mación" y en el cual tomaron parte 
tres alumnos de la díase de piano de 
la señora profesora Ana María Char- 
les. 

T^s señoritas Hortensia Casas Co- 
ronado, Esperanza Ramos y el señor 
Salvador Marmolejo, tocaron, acompa- 
ñados por la orquestíi que dirige el pro- 
fesor Váztiuez, los oonciertos op. 2(>. 
de Mozart, el op. 20 del mismo autor 
y el <^. 15 de Beethoveu, respectivamen- 
te. El público premió con grandes aplau- 
sos tanto a los ejecutantes como a su 
profesora. 

•1 ^ 

Bu el mismo local tuvo lugar el con- 
cierto de presentación de la señorita 



Stella Bannack, discípula de la señora 
profesora María Elena G. de García. 
Además, de las obras de Grieg, Gioi- 
dano, Mozart, AVagnrer, Sainü-Saens. 
! iszt y Carr lio que tnnló la señoril^ 
Bannack, en el programa figuraban al- 
gunas piezas de cítíira y arpa y dos con- 
juntos vocales. 



El domingo 2 del presente se cele- 
bró en el 'J"'eatro Iris el beneficio del 
maestro CaiTillo, director de la Orques- 
ta Sinfónica Nacional, con el siguiente 
programa: I. — Obertuní de la Opera 
"T^ohengrin," Wagner. II. — (Mandones 
alemanas, por el Orfeón Alemán. 111. — 
Sinfonía Patética, Tschaikowsky. VI. — 
Concierto para dos violines, Bach. (Se- 
ñores José Rocabruna y Ezequieil Sie- 
rra). V.— Obertura de "Tannbaiiser^*, 
Wagner. 



El encargado de esta SecH?ión eúrisl' 
por medio de la« presentes líneas la 
expresión de su profundo agra<cteei- 
miento a la importante revista ''Mú- 
sica de América" de Buenos Aires, por 
la reproducción que en su número IV. 
se sirvió hacer del ''Estudio sobre la 
música mexicana" y de las cancioneí?' 
•'Lejos de tí" y 'Las Mañanitas," así 
como por* la nota tan halagadora «orno 
inmerecida que sobre su personaliSaad' 
aparece en el referido número. 



Nota de la rebaCCiów. Eb esta Sección se dará cuenta de todos los acontecimieiitOB »»- 
sical€a importantes de que se reciba noticia y se hari juicio de aquellos conciertos, recítale»^ 
exámenes, etc., a los cuales haya sido invitado Hexico Moderno. 



\ 



REVISTA DE LIBROS 

8ECCIÓN A CARGO DK 

GENARO ESTRADA 



MARTIN LUIS GUZMAN.— A Ori- 
ílas úel Httdson. México, Lib. Editorial 
íle Andrés Botas e hijo, 1920, en 8o. — 
Entre los artistas jóvenes de México 
es Martín Luis Guzmán uno de los pen- 
samientos más seria y noblemente pre- 
parados para las especulaciones estéti- 
cas y sociales y, también, uno de los 
íiue encierran y concentran más vigor 
para acometer empresaiS en que se her- 
manen savia de humanidad y exalta- 
ción lírica. Su obra todavía breve y 
lenta, encierra, no obstante, signos de 
verdadera fortaleza espiritual y gran- 
des realizaciones de belleza. 

A Oritlds del Hudson colecciona en- 
sayos y poemas, crítica, artículos de 
política y breves notas, escritos no 
hace mucho tiempo en la agitada New 
York; y este sólo libio es suficiente 
para enseñar, a quien quisiera conocer 
persoaalidades literaria^ d/e México, 
las posibilidades mentales de Guzmán; 
porque encierra en pocas páginas todo 
el vaJor diverso, pujante y ágil de que 
es capaz el excelente ensayista me- 
xicano. 

Tienen sus ensayos esa agudez críti- 
ca que a tan pocos es dado poseer, y 
que se matiifiesta, una veces, en la per- 
cepción clara y honda de las cosas y. 



otras, en la expresión más adecuada. 
En los escritos de Guzmán, la parte 
expresiva es siempre superada por la 
penetración y la novedad ideológica; 
siempre sabe hallar la novedad en los 
aspectos internos y objetivos de un 
asunto y sus exégesis mentales »ott, en 
este punto, cautivadoras. De tal «raer- 
te, sus prosas poemáticas siguen alen- 
do ensayos sin perder ni un puiíto de 
delicadeza y sugerencia poéticas. Pero 
lo que señala y distingue a Guzm&n en 
la nueva literatura mexicana es, más 
que todo eso, su fuerte y alto entu- 
siasmo por llevar a las letras un so- 
plo vigoroso de verdad social. EJl qui- 
siera que los artistas vivieran más le- 
jos de la literatura y más cerca del 
mundo, y que su aspecto estético se 
resolviera armoniosamente entre los li- 
bros y los problemas sociales. Loa dio- 
ses terribles en México — el miedo j Isl 
adulación — mantienen a los escritores 
retirados de todo contacto político, y 
cuando llegan a los puestos oficiales 
abdican o esconden todo interés por 
las cuestiones del Gobierno. Por egoís- 
mo — afirma Guzmán — los intelectuales 
mexicanos no cumplen su propio des- 
tino ni hacen una patria para que sus 
hijos realicen el suyo. Los intelectua- 



REVISTA DE LIBROS 



63 



les en política ha sido objeto de un 
estudio publioado recientemente en Es- 
paña : parece que allá, como aquí, hay 
escritoi'es que creen que no son los 
intelectuales los llamados a interve- 
nir en esa cosa informe, abstracta y 
a veces dolorocja, que se llama la po- 
lítica. 

JÜSTIN H. SMITH.— The War with 
M^o^ico. — New York, The Macmillan 
Q)., 2 vols. en 4.* — Hace más de diez 
años visitó México Justin H. Smith. 
Sü presencia pasó inadvertida, menos 
para unas tres o cuatro personas que 
sabían que Smith es uno de los prin- 
cipales historiadores norteamericanos. 
Algo semejante puede decirse de Cun- 
ningham, excelente historiador que es- 
tuvo en México hace apenas medio año 
y que ahora se encuentra en España 
documentándose para su obra sobre el 
Consejo de Indias. Cunningham es autor 
de magníficas monografías históricas y 
muy pronto hemos de publicar es espa- 
ñol su estudio sobre la audiencia en las 
colonias españolas. 

Justin II. Smith ha empleado unos 
doce años en escribir su obra sobre la 
guerra entre México y los Estados Uni- 
dos en 1847 y la aparición de este li- 
bro ha sido sensacional en la nación 
vecina. Su trabajo es el prinuero que 
se realiza de manera formal y es, tam- 
bién, lo más importante que se ha hecho 
sobre la materia. Algunos escritores 
norteamericanos consideran que es un 
libro que viene a terminar, definitiva- 
mente, con la creencia muy' generali- 
zada de que la guerra del 47 es un 
atropello de los Estados Unidos. El 
crítico del 'New' York Sun llega a 
pensar que la gran nación uebe gra- 
titud al profesor Smith por haber es- 
crito esta obra, porque en ella se ha- 
cen ver que son infundados los concep- 
tos en que se tiene generalmente a los 
gobernantes . norteamericanos de aque- 



lla época, que lograron arrebatar a 
México una parte muy considerable de 
su territorio. 

Pues bien, si para nosotros los mexi- 
canos, el libro de Justin Smith no e» 
el desiderátum, ni la última palabra, 
en un asunto que tan profundamente 
hirió nuestra dignidad nacional, sí re- 
vela el trabajo más serio y trascenden- 
tal que hasta ahora se haya intentado 
para explicar la guerra del 47; y de- 
bemos acogerlo como el mejor esfuer- 
zo acerca de una época que fué tan 
fecunda en desastres para México. 

Después de este valor — el primero e« 
calidad — el libro ofrece otros que me- 
recen señalarse: en efecto, todos los 
impresos sobre la materia, todos los 
documentos que pudieron encontrarse 
en los archivos oficiales y privados, fue- 
ron minuciosamente revisados y com- 
pulsados por Smith. En este punto, 
conceptuamos de notable la bibliogra- 
fía que presenta The War with Mesci- 
co. Justin Smith revisó documentos de 
los gobiernos mexicanos y norteameri- 
canos, los de guerra y los diplomá- 
ticos; de nuestro Archivo General de 
la Nación : los de algunos Estados 
y municipios mexicanos; archivos de 
la Gran Bretaña, Francia, España y 
varios países latinoamericanos; de 
bibliotecas públicas y de colecciones 
privadas; periódicos de la época y, en 
general, fuentes de primera mano en 
el mayor número deseable; se puso 
al habla con supervivientes de la épo- 
ca, recorrió personalmente los luga- 
res donde se desarrollaron las prin- 
cipales batallas y encuentros, y estudió 
de la manera más detenida que le fué 
posible, la psicología del pueblo me- 
xicano. Cree el autor que más de las 
nueve décimas partes del material uti- 
lizado en la obra puede considerarse 
como nuevo. 

El propio historiador atribuye a su 



64 



MÉXICO MODERNO 



obra un resultado definitivo, cuan- 
do dioe: "Como consecuencia particu- 
lar de esta completa inquisición, apa- 
rece ahora revestido de un carácter 
del todo diferente un episodio que, 
así en los Estados Unidos como en 
el extranjero, ha sixlo conceptuado des- 
honroso para nosotros. Es de presu- 
mir que tal resultado será grato a 
los americanos patriotas; pero el au- 
tor debe confesar ingenuamente que 
emprendió la tarea sin projwnerse, ni 
aun imaginar alcanzarlo. Su parecer 
acerca de la guerra, al iniciar sus iu- 
vestigacioncH especiales, coincidía subs- 
tancialmente con el predominante en la 
Nueva Inglaterra, y tomó entre manos 
f'l asunto sólo porque estaba conven- 
cido de que éste no había sido estu- 
diado a fondo. Tal convicción, si va 
.1 decir la verdad, parece ir ganando 
terreno rápidamente y se cree que de 
hoy en adelante sólo se aceptarán 
nuevas opiniones fundadas en los he- 
chos, en lugar de las que i>or largó 
tiempo han descansado sobre perjuicios 
tradicionales e informes falsos". ¿Ha- 
bremos de aceptar completamente la 
ingenuidad de que habla el escritor so- 
bre todo si se tiene a la vista circuns- 
tancias porteriores que pueden lígarso 
con las que dieron origen a la guerra? 
I^ reconocida competencia y seriedad 
de Smith, como historiador, nos obli- 
gan a atender formalmente sus ex- 
presiones. 

En pocas palabras: el libro The Wur 
with México ha sido recibido—y aun 
el autor lo presenta así — como una jus- 
tiíicacSón cíe los Estados TJniílos y 
como un eiror de México; quiere ha- 
cer ereer que lejos de ser ellos los 
agresores, las hostilidades fueron pro- 
vocadas y apresuradas por nosotros. 

La cuestión de Texas, que fué en rea - 
lidad la inicial del rompimiento, en- 
ciena, efectivamente, repetidos eiro- 



res de parte de los políticos mexicanos 
■de la ér>oca, y verdaderas aberracione« 
de los téjanos. Por imparciaJ y se- 
reno que aparezca en este asunto el 
juicio del historiador, quedan palpa- 
bles los hechos <ionsumados pc<r el 
gobierno noiteamericano de aquel 
tiempo. Se desprende de estas pfi,ginas 
que comientamos, que Mr. PolJi íiixo 
todo lo posible para impedir el Tom- 
pimiento de hostilidades. ¿Pero de ha- 
berlo conseguido, no habría siido igual 
el resultado, es decir, ¿puede asegu- 
rar Ju»tin Smith que no habría so- 
brevenido la anexión? 

El juicio acerca de la psicología 
y de las posibilidades bélicas de am- 
bos países, es digno de toda aten- 
ción, por la profunda penetración 
<jue encierra y el espíritu justiciero 
que lo anima, tanto como por la exac- 
titud de los informes en que »e sus- 
íenta. A pesar del método rigurosa- 
mente histórico y moderno con que 
fué escrito este libro, no faltan en 
sus páginas amenidad y a veces cier- 
to desenfado qufe presta a la obfa 
uji color evidentemente agradable. 

El historiador I'riestley encuentra 
particularmente notables estoí* pusa- 
jt>s de la obra de Mr. Smith: 

"México, sin emliargo — informó un 
ministro inglés — jvíz^ado simplein<»níe 
por apariencias exteriores, es cma 
cosa enteramiente diferente de) Mé- 
xico visto por el interior. A ubo Je 
pueden ofrecer una docena de casas 
con todo lo que contienen y, no obf^ 
tante, dormir en 3a calle muerto de 
hambre. Estos hombres, amigoe y ca- 
maradas, están intrigando diariamen- 
te y conspirando el uno contra el otro. 
Hable usted con un orador elocuente 
y encontrará que sus hermoeas idea« 
son vagas e impracticables. Si díBCOte 
usted con él, o excitará so cólera. 
destruyendo sos opiniíonef», o raerwíerá 



REVISTA DE LIBROS 



65 



su desprecio — puesto que comprende 
su ignorancia — , dejándose derrotar 
por él. Nótese con qué ligereza hablan 
de la religión lo cual se considera 
como de buena forma. La iglesia se 
estima como una institución para mu- 
jeres. Pero en el fondo casi todo ol 
mundo tiene un temor mortal del más 
allá, (.♦orno un niño teme a la obscu- 
ridad y así. cuando alguien está en- 
fermo de graA^edafd, está dispuesto a 
postrarse ante un sac^erdote. La ro- 
bustez aparente de estos hombres, de- 
bida en gran parte a su indolencia, 
es frecuentemente minada por los ac*- 
cidentes de la lascivia, lo cnal con- 
fiesan sin escrúpulo. Difícilmente se 
encuentra un marido que sea leal a sn 
promesa".... "poco en lo material, 
intelectual y en el orden moral, era 
realmente sólido en el México de 1845. 
Evidentemente que el pueblo estaba 
poco acondicionaido para gobernarse 
por sí mismo. Evidentemente, también, 
era improbable que pudiera tratar, de 
manera conveniente, una cuestión gra- 
ve y complicada, que requería toda Iü 
mayor serenidad de juicio y nn do 
minio perfecito de sí mismo; y, en 
particular, las malas inteligencias en- 
tre los mexicanos y una nación como 
los Estados Unidos, eran cosa segu- 
ra que no sólo tendrían lugar, sino 
que indudablemente provocarían des- 
órdenes". 

Estas y otras consideraciones, qui- 
zás todavía más acres, están ^uili- 
bradas por estas otras que .Justin 
Smith presenta contra sus compatrio- 
tas los noríetam'ericv'inos de aquellíi 
época : 

"Cuando las tropas americanas se 
hallaban abajo de >'ew Orleans, co- 
metieron algunos desórdenes, quiero 
decir, se dedicaron al saqueo: y cuan- 
do entraxon en país enemigo m con- 
virtieron — dijo un oficial de lín^a— 



en un cuerpo viviente de pestilencia 
moral. El crimen marcaba sus hue- 
llas y dondequiera que ponían sus 
plantas, dejaban la marca indeleble 
de la infamia. Para satisfaceri sus 
deseoÉi, abríanse esta blecimfien tos en 
todas clases de desorden, y las calles 
estaban constantemente llenas de ofi- 
ciales y soldados armados, borrachos, 
disputadores e insolentes. Uno de ellos 
sacó la pistola contra el Cónsul inglés, 
simplemente porque éste llevaba un 
bastón negro; cometieron muchas de- 
predaciones; y antes del 10 de julio, 
cuando menos cinco o seis personas 
indefensas habían sido muertas por 
diversión^. Sin emhargo, la sombra 
más negra del cuadro registróse en 
Nuevo México. Armijo recompensó 
al pueblo por sus actos de tiranía y 
robo, permitiéndole toda clase de li- 
bertades en su vida social La virtud 
era poco conocida y aun menos es- 
timada. Hasta las mujeres de desafia- 
ban con puñales o con cuchillos de 
carnicero. Los bailes, en los que todas 
las clases sociales se mezclaban con 
bullicio, eran las prindfpiales diver- 
siones ; anunciábanlos las' dampanas 
de la iglesia, y en la misa los mismos 
músicos tocaban los mismos sones. 
Lo que en segundo lugar se estimaba 
tal vez más, eran el juego y las pe- 
leas de gallos, y venían luego vicios 
que míis h¿en parecían necesidades 
que pasatiempos de la existencia. Los 
soldados se rehusaban a ejecutar el po- 
co trabajo que había y se burlaban de 
las reglas de la disciplina. La tropa 
más asquerosa e indisciplinada que ja- 
más haya visto reunida, fué la descrip- 
ción de nn viajero inglés verídico, res- 
pecto de las fuerzas americanas; y un 
soldado escribió en su diario: Estoy 
seguro de que nunca se encontrará umi 
cuadrilla de honbbres más borrachos ni 
más depr atoados. Para- ser querido, tí 
oficial teoía que ser relajado en sus 



66 



MÉXICO M OÍD E R N O 



oostumbres, y ser impopular equivalía 
— como fué sabido de los buenos oficia- 
les — a encontrarse cou una pistola o 
un sable enfrente del rostro. La mitad 
de los capitanes — decía una carta — ^pue 
den encontrarse noche a noche en ma- 
los sitios. 

La glosa que acerca de este intere- 
santísimo libro hace el profesor Pries- 
tley puede /darnos todavía observacio- 
nes de todo punto reveladoras : observa 
el comentarista que citamx)s la grsxiíx 
importanciíi que tienen los diversos pa- 
l)eles que se atribuyen a Jos principales 
personajes de la contienda. Canalizo 
f^ra "'un perro infiel, que una vez reci- 
bió muchos puntapiés'* ; Ciríaco Váz- 
quez, un valiente que murió en su 
puesto de combate; Anaya tenía '/una 
cara agria y amoratada" ; Valencia era 
''un consi>irador, un ebrio, un tonto y 
un volcán'' ; Gorostlza, el negociador de 
lus límites, "era un hombre de mundo, 
agradable e ingenioso: pero no era to- 
pógrafo, ni abogado, ni aun diplomáti- 
co; era el Presidente Herrera "un ciu- 
daidano patriota, razonable y honrado ". 
a pesar de ,su caída posterior, cuando 
abandonó el palacio "con todo el cuer- 
po de sus jefe» y funíñonarios leales. 
con su cara apacible y sus respetables 
patillas, en un coche de alquiler". Por 
parte de los americanos, Butler aparec«- 
como "una desgracia nacional, un es- 
padachín y matasiete, pillo y penden- 
ciero" ; Twiggs estaba dotado de un 
cerebro que era "sencillamente lo que 
sobró después de liaber sido amasada 
su espina dorsal"; Pillow, después de 
su fiasco en í'erro Gordo, "echó a co 
rrer'' ; Cadwalader, "un veterano aci- 
calado de las paradas de la calle Ches- 
nut"; "el cuerpo de voluntarios estaba 
mandado pí>r vagabundos sin mérito, 
algunos de Iojk cuales habían sido ex- 
puleado» del servicio militar por m&Xn 
eondueta trvnt» ftl iMidml«o'\ Polk apii- 



rece en estf libro con sus pantalones 
ajustados, sus zapatos rechinantes y su 
tontera encefálica ; y Taylor, si bien 
se le pinta como hombre de virtudes 
domésticas y valor personal, se le re- 
chaza por su incompetencia, su insu- 
bordinación y su insufrible ambición. 

Este libro, cuyo solo anuncio intere- 
sará, sin duda, a los lectores de "Mé- 
xico Moderno" debe ser leído con inte- 
rés por los mexicanos. Pretende ser jus- 
tificativo de la actitud norteamericana 
por la guerra del 47, por más que su 
autor y los comentaristas crean que 
llega cuanüo, después de muchos años, 
hay una opinión ya formada, justa o 
errónea, que atribuye toda la culpabili- 
dad de ];í contienda a los políticos del 
Norte. De todos modos delnmos cele- 
brar que llegue en el mismo momento 
en que nuestro gobierno, despreciando 
¡ntemperaucia¿; y rescjuemores anterio- 
res — y afortunadamente para ambos 
países — plantea vigorosamente una po- 
lítica de inteligencia con los Estado:^ 
Unidos. 

FRANCISCO FERNANDEZ DEL 
CASTILLO— 7>oñ(í Catalina Xuárez 
Marcayda, pHmcra espolia de Hernán 
Corten, u su familia. (México. Imprentn 
\'ictoria, 1920), en 4o. — No hace mucho 
ti(»mpo que el inteligente historiador y 
abogado, Alfonso Toro, publicó un estu- 
dio documentado por el cual se venía. 
si no a la convicción, quizás a la vehe- 
mente sospecha de que el primer con- 
iiuiiítador de México. Hernán Cortés, 
había asesinado a "la Marcaida", su 
primera esposa, después de una violen- 
ta disputa que se produjo en Coyoacán, 
allá por el Siglo XVL El estudio del 
señ(jr Toro produjo el más vivo inte- 
rés, por referirse a la principal figura 
de la conquista española en México y 
por tratar de dilucidar un punto te- 
ciebroso d« nuestra remot* lüBtoria. 

Por •! atfo d« 1522 y e» •! eur.*!» dtf 



REVISTA DE LIBROS 



67 



una cena en I;( cas» del coministador, 
doña Catalina Jiiárc/ reconvino a un 
tal 80IÍS, capitAn úo l;i artillerífi. en 
esta forma : 

- \'o,s, Solís. Uü queréis sino oeupar 
a mis indios en otra cosa de la que yo 
les mando e non se face lo que yo 
quiero. 

Contestó Solís : 

— Yo, sefioi-íi. no los ocupo, allí está 
su merced que los o(U]>a y manda. — Y 
señalaba a Cortés. 
I — Yo vos prometo — repuso doña Ca 
talina— que antes de muchos días haré 
yo de manera que nadie tení?a qué en- 
tender con lo mío. 

A lo que contesté) Cortés en son de 
chíicota : 

—Con lo vuestro, señora, yo no quie- 
ro nada de lo vuestro. 

Riéronse los comensales, levantóse 
indijíuada doña (Catalina y se retiró a 
su alcoba, de donde a la media noche 
salía Hernán Cortés para avisar a sus 
criados y parientes que su mujer esta- 
ba enferma. Cuando entraron a la chi- 
mara, encontraron a 1^ Marcaida muer- 
ta, humedecidas las ropas de la cama 
y el cadáver con ciertos signos que des- 
pués se atribuyeron a estrangulamien- 
to. Desde la muerte de doña Catalina 
corrieron rumores de que había sido 
asesinada por su marido y cuando vino 
posteriormente el proceso del primer 
conquistador, llovieron las acusaciones 
sobre Cortéis. 

Ahora, en el libro en que nos ocupa- 
mos, el señor D. Francisco Fernández 
del Castillo, historiador académico, in- 
fatigable investigador en los papeles del 
Archivo General de la Nación y muy 
conooido entre las gentes de letras, 
especialmente por su Historia de San 
Ángel, presenta una vehemente y ca- 
lurosísima defensa de la inocencia de 
Cortés en la muerte de doña Catalina 
Juárez. Para Fernández del Castillo 



todo es obra de la imaginación popular, 
hábilmente manejada por los numerosos 
enemigos de Cortés ; por los partidarios 
de Velázquez, Gobernador de Cuba; ca- 
lumnias de los envidiosos y despechados 
que no a lea ucearon reparto del botín 
de gueria y propaganda antiespafíola 
de los numerosos escritores que después 
de la independencia se desataron contra 
la vieja metrópoli. En su concepto, no 
Hay testimonios serios que acrediten la 
acusación. Los miembros de la Audien- 
cia, Guzmán, Delgadillo y Matienzo, en- 
cuéntralos el historiador como princi- 
pales responsables de la versión del ho- 
micidio, propalada hasta nuestros djas. 

El señor Fernández del Castillo se 
acoge a la respetable opinión de nues- 
tro eminente García Icazbalceta, quien 
asienta en su erudito libro sobre Fray 
•Juan de Zumárraga que "no se le pue- 
de dar mucha fe a un proceso formado 
por el encono, guiado por la mala fe 
y sostenido por el temor o por las de- 
claraciones interesadas de enemigos de- 
clarados o de ruines sobornadores" : 
desecha por inverosímiles las declara- 
ciones de algunos testigos o las rechaza 
por falsas ; cree ver en las acusaciones 
intrigas de partido y encuentra, por 
fin, malas interpretaciones históricas 
relacionadas con la vida de Cortés. 

Si la Marcaida ha sido señalada prin- 
cipalmente por su muerte, es natural 
que todo lo relacionado con esto sea 
el asunto principal en la obra que nos 
presenta el señor Fernández del Cas- 
tillo ; pero no imran ahí sus investiga- 
ciones, y dase a estudiar largamente 
la genealogía de la famosa dama, ha- 
llando, de paso, relaciones con persona- 
jes que por otras causas brillan en la 
historia de la colonia. Así. Fray Miguel 
de Guevara, a quien se atribuyó la pa- 
ternidad del bello soneto, joya de anto- 
logías castellanas.: "No me mueve, mi 
Dios, para quererte", repútalo Fer- 



68 



MÉXICO MODERNO 



oAndez del Castillo como a un leiigio- 
so de mediocre valor literario, hombre 
vicioso y dado a escándalos e indigno 
misionero de Cristo. Sus costumbres 
relajadas no lo acreditan como a mís- 
tico de alto espíritu, capaz de 
haber concebido el famoso soneto, 
paternidad que, por otra parte, dejó 
ya dilucidada el P. Vela en su biblio- 
grafía agustiniana, de 1913. Encuén- 
transe también en la flamante mono- 
grafía muy interesantes informaciones 
acerca de Sor Juana Inés de la Cruz, 
de las fundaciones de conventos, de 
particularidades de la vida monástica 
y en especial sde la indumentaria con- 
ventual; de los asaltos de los piratas 
en el Mar Caribe; sabrosas anécdotas 
de la Marquesa del Valle de Orizaba. 
y, para que todo sea pintoresco, no 
faltan los comentarios políticos sobre 
liberales y conservadores, ni siquiera 
una rápida crónica sobre gentes y he- 
chos del desapareoido Jockey Club de 
México. Adornan la obra hasta diez y 
ocho láminas con curiosas reproduccio- 
nes de retratos, portadas de libros ma- 
nuscritos, actas de profesiones monás- 
ticas, escudos nobiliarios y árboles ge- 
nealógicos. 

Los materiales de Doria Catalina 
Xuárez Marcayña los lia tomado el se- 
ñor Fernández del Castillo de su obra 
inédita Biografías de Conquistadores 
d^ México y Guatemala, en la cual se 
ocupa hace algtín tiempo y aparecerá 
muy pronto. 

MANUEL VELASQUEZ ANDRADE. 
— Moral Ocasional, México, 1920, en 8o. 
— El profesor don Manuel Velásquez 
Andrade, que publicó en otro tiempo al- 
gunos opúsculos relativos a Ejercicios 
Físicos, acaba de dar a la estampa una 
monografía titulada Moral Ocasional. 
Nos dice el señor Velásquez que en el 
Congreso Pedagógico reunido en Jala- 
pa en 1915. algunos maestros oyeron 



con extrañeza la expresión mor<fl vra- 
sional, usada en vez de enseñanza mo- 
ral o educación moral. No había moti- 
vo, en nufestro concepto, para tal ex- 
trañeza, pues desde que se viene abo- 
gando porque la Moral no se enseñe 
por medio de preceptos aprendidos de 
memoria, sino haciendo que los niños 
se ejerciten en la práctica de acciones 
buenas, se han venido usando los nom- 
bres de moral práctica, moral en ac- 
ción y otros varios para designar la 
educación moral. No es nuevo lo de oca- 
sional: los buenos educadores han apro- 
vechado siempre cuanta ocasión se les 
ha presentado para corregir lo malo en 
los educandos, para inculcarles lo bue- 
no y para ejercitarlos en hacer el bien. 
El autor señala prolijamente a los 
maestr'03 las ocasiones que deben apro- 
vechar para la educación moral. Les 
habla del ambiente de la escuela, de la 
actividad del niño en la misma, de la 
personalidad del mae^tno, de la lectu- 
ra, de la vida de la comunidad y de 
la de la nación como excelentes moti- 
vos para lograr buena enseñanza mo- 
ral. 

¿No será pedir demasiado a la escue- 
la? ¿Es factible que el maestro esté a 
cada instante y momento ocupado en 
asuntos éticos? ¿Qué tiempo le queda 
para las labores instructivas? En esto 
de la educación moral hay en los maes- 
tros teóricos más deseos generosos que 
sentido práctico. Moralizar al mayor 
número posible de individuos, es algo 
muy urgente: nadie lo duda; pero en 
esta gran tarea, la familia y la socie- 
dad deben tomar a su carino una bue- 
na parte. 

El bello ideal sería que el niño vivie- 
ra en un medio sano, donde el maes- 
tro, la familia y la comunidad fueran 
un constante buen ejemplo. 

De todos modos debemos agradecer 
al señor Velásquez Andrade su.s bue- 
nos deseos.1^. A. 



RfeVlSTA DE LIBROS 



69 



AM2U>0 ÑERVO - 06/aí completns 
Biblioteca Nueva, Madrid, 1920, en 80. 
— La Biblioteca Nueva, empresa edito- 
rial española, está publicando, con éxi- 
$ to evideate, las obras completas de 
nuestro gran poeta Amado Ñervo .y la 
edición ha sido coníiada al docto cui- 
dado de otro ilustre escritor mexica- 
no : Alfonso Reyes. 

Algo más de diez volúmenes han apa- 
recido hasta ahora y probablemente 
otros diez completarán la colección. 
Los mejores estudios críticos sobre la 
obra y la personalidad del vate de 
Elevación encuéntranse al frente de 
cada uno de los tomos ; algunos volú- 
menes contendrán todo lo que Ñervo 
publicara en revistas y periódicos, no 
coleccionado anteriormente en libros, 
y otros ofrecerán verdaderas sorpre- 
sas con la publicación de trabajos que 
habían permanecido inéditos. En uno 
de los tomos aparecerá una bibliogra- 
fía de Ñervo, tan completa, que no se 
omitirá en ella ni lo más reciente que 
se ha escrito en materia sobre el poeta. 

Quiere Alfonso Reyes que esta pu- 
blicación no se limite a los libros co- 
nocidos, sino que sean una obra en con- 
tinuo desenvolvimiento, fuera de todo 
plan que le marque "programa" y aler- 
ta a prohijar cuantas variantes vayan 
siendo aportadas, rectificaciones y d8 
tos poco conocidos. 

ALBERTO MARÍA CARREÑO.- 
HomenajGS Postumos. Joaquín D. Ca- 
sasús. (México, sin pie de imprenta). 
1920, en 4o. — ^Con motivo de la llegada 
a México de los restos de don Joaquín 
D. Casasús, su antiguo secretario y 
amigo don Alberto María Carreño ha 
publicado un libro en donde están re- 
unidos biografías, artículos necroló- 
gicos, discursos y reseñas de prensa 
en honor del que en vida fuera muy 
distinguido economista, escritor y diplo- 
mático. 

Contiene el postumo homenaje, una 
extensa biografía del Sr. Carreño, una 
crónica de don Rafael López, dos ar- 
tículos de "El Universal", uno de don 



\ ictoriano Salado Alvares, y oraciones 
fúnebres de don Atenedoro Monroy. 
don Manuel Puga y Acal, don Enrique 
Martínez Sobral, don Rafael Sierra j 
(Ion Alberto María Carreño. 

DR. NICOLÁS LE^>N.— .VoííW de la.s 
lecciones orales del profeso^' doctor 
Nicolás León en la Escuela Nacional 
de Bibliotecarios y Archiveros. Méxi- 
co, Antigua Imprenta de Murgía, 
U>1S, en 4o. — Acaba de circular este 
lil)ro. cuya utilidad será verdaderamen- 
te estimada, sobre todo si se tiene eii 
cuenta cuan difícil es, en nuestro país, 
la adquisición de obras técnicas de bi- 
bliografía cion fines de vulgarización. 

El doctor León es, quizás, el primer 
bibliógrafo de los que actualmente vi- 
ven en México. Sus libros de caiia ín- 
dole, folletos, artículos de prensa, etc.. 
comprenden 298 ítulos; ha reimpreso 
OG obras y monografías de varios au- 
tores y anuncia tener inéditos 67 ar- 
tículos. De esta vasta producción, unji 
buena parte se refiere a bibliografía. 
Su principal obra sobre la materia es 
la Bibliografía Mexicana del Siglo 
XVIII, todavía no terminada y del ma- 
yor interés para el historiador y el 
enidito. Ha descubierto varios impresos 
mexicanos del siglo XVI y se recorda- 
rá que, debido principalmente a la«! 
esfuerzos del doctor I^ón, existió ha- 
ce algunos años un Instituto Mexica- 
no de Bibliografía. 

El nuevo libro es un verdadero ma- 
nual que deben leer cuidadosamente v 
asimilar todos nuestros bibliotecarios 
y archiveros y los estudiantes de es- 
tas profesiones. Divídese la obra en tres 
secciones : biblioteca, biblioteconomía y 
lectores, con capítulos en donde se des- 
arrollan con la mayor extensión po- 
sible en un manual, las particularida- 
des de cada uno de aquellos asuntos, 
y cierra el libro un apéndice con la 
lección inaugural de la cátedra de bi- 



70 



MÉXICO MODERNO 



l>li<i|('conomía gu la extinta flsciiela (if 
l»iIiliotecarios, dooiimentos oficiales so- 
bre la fundación de ésta, plan para 
nna reorganización do la escuela v una 
bibliografía del autor. 

I^ idea del doctor León p.ira irniilaii- 
tar nuevamente en nuestra I niver.sidad 
Nacional, carreras de bibliotecarios y 
archiveros, es dv las (Kue merecen aten- 
ción inmediata ; porque en México va 
siendo ya un asunto difícil encontrar 
clasificadores y cataloga dores para las 
bibliotecas y los archivos pnblioos. De 
implantarse el vasto plan de ])ibliote- 
cas que encierra el proyecto del Rec- 
tor de la Universidad para la creación 
de una Secretaría de Instrucción Píi- 
blica, sería necesario, por adelantado, 
encontrar los bibliotecarios con la com- 
petencia necesaria, y esa tarea se ve- 
ría notablemente impulsada con el fun- 
cionamiento de una escuela del ramo. 

DR. EDUARDO ALVAREZ.—Baset 
para un Conpreso Centroamericano de 
Obreros, San Salvador, Impi'enta de 
J. B. Cisneros, 1920, en 4,o — Inicia el 
Dr. Álvarez la creación de un Congre- 
so Obrero Centroamericano que dis- 
cuta y llegue a resoluciones prácticas 
sobre los puntos siguientes: sociabili- 
dad, unión y cooperación obrera ; i>o- 
sición social, moral y económica de la 
mujer que trabaja ; intercambio de 
obreros, salarios que permitan al tra- 
bajador una vida humana y jornada 
de ocho horas; trabajadores del cam- 
po, cultura, antialcoholismo; unifica- 
ción de la legislación obrera en los 
países ístmicos, el obrerismo centro- 
americano ante los poderes constituí- 
dos, problema internacional de aquellos 
países con relación a los Estados Uni- 
dos y estudio del unionismo desde el 
punto de vista obrero. 

La tendencia del folleto del Dr. Ái- 
vanez es indudablemente de gran im- 
portancia para los pueblos de Centro- 
América <iue han evolucionado muy 
poco en el sentido de la protección 
debida al trabajador. Es éste explo- 



tado sin misericordia, especialmente 
el del campo, que carece, a veces, lo 
mismo el hombre <iue la mujer, aun 
de un miserable vestido de manta (lue 
cubra su desnudez. 

El autí-r va un poco lejos al tratar 
de .la mujer obrera que. en todo Cen- 
troamérica. y especialmente en El Sal- 
vador, lleva una vida cruel, trabajan- 
do largas y fatigosas horas en el cam- 
po, en el taller o en el comercio ín- 
fimo, y teniendo qué atender a las 
duras faenas de su misérrimo hogar. 
La lástima que al Dr. Álvarez inspi- 
ra la mujer centroamericana de la ciar 
Ho. huínilde, se refleja al prohijar las 
opiniones de Monicow respecto a las 
relaciones sexuales y al nacimiento de 
los hijos. Analiza el autor, aunque so- 
meramente, las condiciones del traba- 
jador del campo, el cual, según expre- 
sa, es un esclavo. Su salario es dp 
veinticinco centavos, tres o cuatro tor- 
tillas y un puñado de frijol a veces sin 
sal ; vive en chozas de paja o a la 
intemperie, queda inhábil para el tra- 
bajo a los treinta y cinco afíos y mue- 
re antes de lo« cuarenta y cinco. ¡ Su 
miseria es inmensa !. exclama. 

Prevé el Dr. Álvarez la intervención 
conquistadora de los Estados Tenidos, 
y pretende que el obrerismo centroame- 
ricano esté en contacto con el obre- 
rismo yanqui, que se ha mostrado amigo 
de aquellos países. Por último, estima 
que con la unión "se centuplica rún las 
fuerza*! del conjunto obrero, su pro- 
tección .será mfis extensa, sus campos 
de acción más vastos, más fecunda y 

poderosa sn obra de cultura " 

En el Alto Relieve del Problema 
Unionista, vuelve el Dr. Álvarez sobre 
el tema de la intervención de los Es- 
tados Unidos en los asuntos de las cin- 
co Repúblicas, la cual ha producido 
una doble tiranía : la de los poderes 
constituidos que pesa sobre los habitan- 
tes, y la de los imperativos del Gobier- 
no de Washington que se traducen en 
disposiciones financieras, «Comerciales 
y políticas. Una Intervención directa, 
afiade, como en el caso de Nicaragua, 



REVISTA DE LIBROS 



71 



sería mil veces peor, pues que en aquel 
país, según expresa Mr. John Konneth 
T*urner. al que cita, "las elecciones he- 
chas bajo la supervisión de las fuerzas 
americanas, han tenido tanto de far- 
sa, como las elecciones manipuladas en 
México en los días más negros del 
despotismo de Porfirio Díaz". Opina el 
autor que la unKio, centroamiericana 
deben hacerla los pueblos y no los go- 
biernos, debiéndose convocar primera- 
mente asambleas seccionjiles popu- 
lareis y después una asamblea popu- 
lar centroamericana. 

El folleto está escrito en un estilo 
fácil y claro, no exento de cierto ner- 
viosismo y elegancia. — J. P. 

BL ALMA DE LA ESCTJEr^.— San 
José de Gosta Rica. — Falcó y Borra;^, 
1920, en 12o. — Tina iniciativa presenta- 
da por un sacerdote apellidado Mene- 
ses, diputado por el Departamento de 
Oartago, y que. a lo que parece, vive 
fuera de siu siglo, dio origen a las pá- 
ginas a que nos referimos en esta no- 
ta. La proposición del padre Meneses 
tiende a la implantación de la ense- 
ñanza religiosa y ¿atólica, de manera 
obligatoria, en la pequeña república íst- 
mica. El folleto contiene artículos de 
diversos autores en defensa de la ense- 
ñanza laica, figurando entre los signa- 
tarios de los tales artículos, los nom- 
bres de Ricardo Jiménez. Miguel Anto- 
nio Caro. F. Tañida del Mármol. Luis 
de Zuleta. Clemenceau, Francisco Fe- 
rrer, Dr. Santiago Ramón y Cajjal, An- 
selmo Lorenzo y otros. 

La iniciativa uyedloelval tíjel señor 
Meneses es un documento curioso, que 
con este título debe archivarse para la 
historia de la educación. 

FERNA yüBZ MORENO. — Catnpo 
Argentino. Vol. en 8.0 Buenos Aires. 
Imprenta Merc^itali. 1919— Fer.so,^ (U 
Negrita. Vol en 8.<'. Buenos Aircís. Im- 
prenta Merca talí. 1920. 

Este poeta es un cultivador, freeueo- 
temente acertado, del ' sincerlsmo. Ün 



poeta evidente y un artista sin hacer. 

El problema de la forma (forma 
visible o forma interior) existirá 
siempre, sobre los" intentos de anar- 
quía o los simples desenfado.s de eje- 
cucii^n. La sensibilidad • exige contor- 
nos y la forma \ es el ángulo facial áv 
cualquier poeta. 

Por esto, Campo Argentino, excei>- 
tuando media docena de págiiiíis, me 
parece una intención. En el desarrollo 
íel libro, Fernández Moreno se en- 
cuentra con el escollo de la sinceridad 
sistemática, aplicable a la vida cotidia- 
na : lo trivial. 

Versos de Negrita acusa una joma- 
da más en el dominio de las hechuras. 
"Algún día serás un esqueleto, jugue- 
te de marfil dentro de un féretro " 

Aquí está ya el embeleso del oficio, 
la visita de las tijeras. El novio de 
Dalmira las manejará cada día me- 
jor, porque ha demostrado sus capa- 
cidades. 

Sustancialmente, Fernández Moreno 
es uno de los personajes /interesantes 
del Sur. Ha dicho palabras muy hu- 
manas. Su naturalidad y su entereza 
lo distinguen. A un rico le escribe unos 
versos "para que le ;regale una cn- 
sa" ; a otro le pide que lo tome de 
peón 

Es de los que tienen buen surtido 
d(- vituallas. Por su virilidad, se des- 
prende de la turbamulta de bufones 
indefinibles. Una de sus ideas fijas, 
trabajar. 

Lo aplaudimos con simpatía. La 
cuerda que pulsa se halla amenaza- 
da por especies toscas; pero hay li- 
naje espiritual para luchar con ellas. 
Lo demás — como él mismo expresa ha- 
blando de las rosas —lo hace el vien- 
to.—R. L. V. 

RUBÉN DARÍO EN COí>ÍTA RICA, 
San José de Costa Ricei, ediciones Sar- 
miento, 1920, en 12o. — Es esta la se- 
gunda parte del folleto que con el tí- 
tulo de arriba publicó hace más de un 
año la casa editorial de Garxíía Monje. 

Contiene artículoe^ de reTisüís y pe- 
riódicos, alusivos a Darío y publicados 



72 



MÉXICO MODERN(5 



durante la lejana estancia del poeta 
en la República del Sur y pequeñas 
prosas y poemitas ocasionales del bar- 
do nicaragüense. Como colección do- 
cumental para la historia literaria de 
Rubén Darío, el folleto de que habla- 
mos tiene im positivo interés. 

LAUREANO VALLENILLA LANZ. 
— Cesarismo Democrático. Caracas, Em- 
presa "El Cojo", 1919, en 8o.— Este es 
un libro de Venezuela que no está de- 
dicado a Juan Vicente Gómez. Tam- 
poco se alude, ni remotamente (que 
ya es mucho pedir), al vulgar tirano 
que se ha encaramado sobre el sufrido 
pueblo que enantes libertara Bolívar. 
Sean estos los primeros elogios <iue 
demos- al autor por sii libro. 

Vallenilla Lanz es un excelente his- 
toriador. A pesar del medio en que 
vive, nada propicio a la libertad de 
escribir, ha ciütivado seriamente 1» 
ciencia histórica. Infatigables investi- 
gaciones le han dado una vasta cultura 
en historia continental ; estíl capacitado 
para intentar — y ya las ha realizado- 
síntesis sobre diversos períodos de la 
vida venezolana ; es, ademas, un es- 
critor fácil e insinuante. Todas estas 
condiciones dan a su Cesai'ismo Denut- 
crático un visible interés. Es una de 
las ))uenas monografías históricas que 
de tarde en tai^.e se producen en la 
América Española. 

La revolución de independencia estri 
estudiada en esta monografía desde 
puntos de vista no abordados decidida 
mente por otros historiadores: espe- 
cialmente el ad.jcctú lolítico. Valteniüa 
Lanz diserta frai.camente sobr'3 el pa- 
pel e importancia de los viejos cau- 
dillos. \ con indudable maestría va 



repartiendo y quitando lauros. Su obra 
es seria y valiente. 

ARTURO AAIBROGI. M Libro del 
Trópico. Imprenta Nacional de San 
Salvador. 1918. — Un libro tropicalmente 
feo. Uno de esos fárragos, sin expresión 
moral ni artístic», que se escriben a 
m-illares en castellano. 

El señor Ambrogi, en 352 páginas de 
tipo menudo, echa mano de ese siste- 
ma explicativo, enumerativo y abusivo 
llamado por alguien "el escrfipulo d^^ 
los iliteratos". 

No se podría decir* si para la historia 
de las costumbres encierra alguna uti- 
lidad el pesado volumen. Lo que consta 
es que bajo la carrocería de su prosa 
sucumbe la intrepidez del lector. 

El paisaje y la existencia criollos, 
requieren, para su interpretación y es- 
terilización, una pluma de calidad, a 
íin de no caer en los inventarios de un 
servil naturalismo. R. L. V. 

ADOLFO A. LÓPEZ.— ivas Carrete- 
ras Nacionales. México, Dirección de 
Talleres Gráficos de la Nación, 1920. 
en 4o. — Con motivo de la iniciativa de 
ley presentada a las Cámaras de la 
Unión por la Secretaría de Comunica- 
ciones y Obras Ptíblicas, para la cons- 
trucción y reparación de carreteiíis, el 
señor Adolfo A. López ha publicado es- 
te folleto en el cual apoya el proyecto 
del Gobierno y presenta un buen nti- 
mero de observaciones relativas a la 
mejor conservación y construcción de 
caminos y empleo del auto<'amión en 
las carreteras. Numerosos ejemplos 
acerca de las vías de comunicación en 
los Estados Unidos, se enou'>"ntran por 
todo el folleto, recomendables como, 
útiles para nuestro país. 



Nota; feolAmente su inf urruará eu esta Sección d« loe libro» que los autores o los editore.-^ 
reuiitao a México Moét0rHc,~-'Lsi9 notas sin firma d*beráai s©r attibviídas acl enoar#ado de la R«Ws 
tadeLibroP.— G. E. 



EN EL MAR 



HA saltado una oía y ha barrido la cubierta. El marinero que 
entonces pasaba, en una posición paradojal, mientras la na- 
ve se empinaba y recostaba, ha sido arrebatado por la ola : 
el marinero que al zarpar del último puerto de Francia, mandaba 
besos a la amada con las yemas de los dedos. 

Ha caído el muchacho marinero en el seno del mar, entre dos 
olas que se abrieron un instante y lo tragaron. No se ha visto más. 

Se ha parado el buque en la inmensidad. Se han arrojado son- 
das. Hombres valientes se han echado al abismo, buceando. Ha 
pasado una hora. Se ha escrutado con poderosos anteojos el agua 
revuelta. Ha ido cayendo la tarde. Ha pasado otra hora. 

La novia, que se quedó en la playa, contestaba con la punta de 
los dedos los besos del marinero enamorado. Todos lo vimos ... Y 
de pronto ha sucedido lo que ha sucedido. Y han pasado dos horas 
mortales y no se ha hallado nada. 

Han pasado, mortales, dos horas. Se ha formado en dos filas 
la tripulación, mientras entraba la noche. . . La banda ha tocado 
una plegaria, una plegaria de marineros que se llevaba no sé adon- 
de el viento huracanado en esa hora procelosa y obscura. . . A una 
voz de mando, todos han hecho la venia, mirando al mar. El bu- 
que ha vuelto a navegar en la no'che. Todos hemos llorado. 

¿ Quién te hará saber mañana, muchachita de Francia, que una 
ola se enamoró de tu marinero y se lo llevó consigo? 

Hemos llorado todos por él y por ti. Y más por él que por ti. 
Y por tu madre y por la madre de él. 

Y la banda, mientras tornaba el buque a navegar, ha seguido 
tocando con lúgubre compás la lúgubre plegaria: una plegaria de 
marineros que se llevaba no sé adonde el viento huracanado en la 
profunda noche del mar. . . 

ARTURO CAPDEVILA. 



VENTARRÓN 



EL bóreas, como un poeta sañudo que va de viaje, 
Al llegar de la montaña^ los torrentes de harmonía 
De su inspiración extraña desata en la vega umbría. 
En la azul linfa discreta y etv el fondo del boscaje. 



Ya ante la ruina escueta gime un cántico salvaje; 
Ya el ameno prado baña con furiosa gritería; 
Bien sacude encina huraña con injuria ronca y fría; 
Bien en la techumbre reta convulsivo de coraje! 



Con su plectro imparte azotes! Y al herir las cuerdas flojas 
De liras de árboles huecos de dolor ar ranea voces 



Que se pierden dando botes. .-! y vibrar hace congoja* 
Que en gritos roncos y secos, como en corceles veloces, 



Huyen, de sus raudos trotes rugiendo entre yertas hofas. 
Como apostrofes, los ecos que lastiman, como roces! 



Acultzingo, marzo 25 de 1901 



75 



SECRETOS 



AL d07inir en tu lecho trati^juila 
donde un ángel hermoso y risueño 
de apreciahle y radiosa pupila 
vele quieto tu plácido su^,ño; 

Al dormir esparciendo tu aliento 
}ná,s suave que aquellos olores 
con que el céfiro manso y el rÁento 
cu el prado saturan las flores, 

¿tú no sabes que en medio la obscura 
soledad de tu tibio aposento 
como un ojo celoso fulgura 
contemplándote mi pensamiento? 

aS*/ en las tardes de la primavera, 
cuando vas sonriente en la grama. 
Ja brisa oyes que llera ligera 
su rumor de una rama a otra rama; 

y sintiéndote ese hálito ardiente 
da a tu vida su música vaga, 
quema luego tu diáfana frente 
y en el aire inflamado se apaga, 

¿no sospechas, mi bien, que esos giros 
ardorosos, de luz sólo son 
de mi pecho los tiernos suspiros, 
los suspiros de mi corazón? 

Tal vez sueles en la hora en que el cielo 
de la noche la pálida mano 
va tejiendo con astros, el z'uelo 
de tu mente elevar soberano 

a las altas azules regiones 
tras sublime ideal: tal vez sueles 
perseguir, con ardor ilusiones, 
ilusiones doradas que ansíeles. 



MÉXICO MODERNO 

Mas ¿ignoras, mi amor, que la estrella 
que más fulge, a mi triste retiro 
va de ti a platicarme, y que en ella 
reflejada mi imagen yo miro? 

GiKindo vuelca su ánfora de oro 
desde Oriente en su triunfo la aurora, 
derramando en el aire incoloro 
su raudal que las cúspides dora, 

y temblando un fulgor va derecho 
a esconderse en tus labios de prisa, 
y despiertas en medio del lobo 
bella y fresca como una sonrisa, 

¿no comprendes que el beso ardoroso 
que en tu boca mi bien pone el día, 
ese rayo es el beso amoroso 
que mi alma, temprano te envía f 

Orizaha, enero 24 de 1899. 



DESFILE CRUENTO 



LA pequeña ti opa por el pueblo atento 
cruza con el polvo de tristes caminos; 
la derrota puso terrible y sangriento 
silencio en las almas de los peregrinos 
de la gloria. . . Toda la mañana el zñento 
ha estado tocando sus clarines finos. 

Ni filas en orden, m arm4is sobre el hombro, 
Frentes con arrugas. . . Hambre. . . Sed. . . Fatiga. 
Cada miserable soldndo un esco^mbro 
lleva en su existencia. La guerra lo obliga; 
}a guerra de hermanos . . . Con ojos de asombro 
ve la muchedumbre curiosa y amiga. 



POEMAS 77 

¿Qué sendas fatales, siniestras, obscuras, 
gimieron al paso de esos infelices? 
i Par a sus herida-'^ tuvieron ternuras 
y tendrán honores en sus cicatrices f 
¿Ceñirán su^ sietves, en coronáis puras, 
caricias de flores de heroicos matices f 

Tras la tropa corre tn^pel macilento 
dr wujeres llenas de cariños suaves, 
d^ en.tu>sia^^mos fuertes y de sentimiento, 
¡í^on corno la.s lobas y como las aves! 
;8o/í sublimes. . . / Todu la mañana el zñento 
ha estado tocamdo sus clarines graves. 

¡Pobres hombres.' Leva que los cielos clama 
arrancólos de honda paz: trocó su suerte, 
y de la luz libre fueron a la llama 
del odio. . . y del surco fueren^ a la tnuerte. . . 
hoy, que por ser grandes, la Patria derranuiy 
.sangre de sus hijos, sangre brava y fuerte. 

Un recluta lleva, con sus crueles cargas, 
a su hijo en la espalda, chico a quien no aterra 
el cansancio errante con sus horas largas, 
ni el sol con sus rayos, ni la misma guerra 
con sus estertores y con sus descargas. .. 
jAsi hace sus hombres nuestra santa tierra! 

La columna pasa .. . ¡Brillen tus destinos, 
oh Patria, en la justa libertad, tesoro 
legado por héroes de ejemplos divinos . . . ! 
toda la mañana del viento el gran coro 
ha estado tocando sus clarines finos, 
sus clarines graves, sus clarines de oro! 

^fi.TCoac, mayo de 1911. 

ROBERTO ARGUELLES BRINGAS. 



RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA 



HOJEANDO los viejos diarios madrileños, allá por los años 
en que el mejicano Gaona comenzaba a torear en Tetuán de 
las Victorias, sorprende encontrarse con la noticia de algún 
banquete ofrecido a Ramón Gómez de la Serna; y esto, no por su 
"primer" libro, como de su edad pudiera inferirse, sino para cele- 
brar la aparición de su "último" libro. 

Gómez de la Serna ha sido precoz: apenas comienza a disfru- 
tar de las ventajas de una edad aceptable, y lleva ya publicados 
numerosos libros, folletos y hojas volantes en el escandaloso ' ti- 
po de los "extraordinarios". Es capaz de todo: un día publicará 
en postales y en papel de fumar. 

El formato, el espesor, el material y la letra, los dibujos de 
Bartolozzi (mujeres desnudas y feas, antifaces, rejas cabalísticas, 
tableros de ajedrez) todo da a sus libros un aire inconfundible. Su 
cara, armada de la pipa, aparece de tiempo en tiempo a guisa de 
mayúscula capitular; o bien alterna, a los comienzos de párrafo, 
con la marca de su mano abierta: una mano regordeta y sin ele- 
gancia, que ha probado ya ser muy buena para de almirez, entre 
las tormentas de cierto festejo literario. Como dos compases mag- 
néticos, la cara y la mano aparecen y desaparecen, y al cabo pro- 
ducen el malestar de una positiva presencia humana, casi la im- 
presión de un contacto. Incomodan y atraen a un tiempo, verda- 
dero rompecabezas psicológico. 

Gómez de la Serna — observa Icaza — es hombre que dice todo 
lo que se le ocurre, escribe todo lo que dice, publica todo lo que 
escribe, y regala todo lo que publica. 



RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA 79 

Gómez de la Serna puede pagarse sus caprichos y manías de 
coleccionista. Además, cultiva la tertulia. 



II 

Hijo de familia, — con probables escapatorias — es un acabado 
madrileño por sus hábitos y su mentalidad misma: con las depura- 
ciones del exquisito talento propio, claro está. Vive en un barrio 
que no carece de color, muy cerca de los manicomios de libros viejos. 

A los madrileños llamean gatos. Este lo es en muchos senti- 
dos (no obstante su expresa desconfianza por los animales de Bau- 
delaire) ; aun en el amor a su rincón, — amor siempre compatible 
con la ronda nocturna, — y por lo bien envuelto y voluptuosamente 
arropado que está dentro de sí mismo y de su pequeño y cargadí- 
simo estudio. 

Su estudio es famoso: toda clase de cachivaches lo amue- 
blan, cuelgan de los muros, trepan hasta el techo. Cuadros y telas, 
candiles, esculturas africanas, "peponas" sin ojos, un museo de 
muñecos rotos, objetos de cocina y de magia. Una chimenea de 
tubo, huérfana encontrada en el fondo de las noches de enero, se 
yergue en un ángulo, a modo de guerrero de bronce. No hay cosa 
estrambótica que no tenga allí su representación, al lado de mu- 
chas cosas bellas': de suerte que la majestad de una cabeza italia- 
na contrasta con la estupidez de un zapato impar. Diminuta ima- 
gen del Rastro, bric-a-brac de moda muy atrasada, (era de Euge- 
ne Sué) y de todo punto anterior a las teorías microbianas de Pas- 
teur 

E\ rincón es digno del gato, y el gato halla en él una objeti- 
vación de su alma. Aunque abráis la puerta y la ventana, aquél 
es un cuarto cerrado y díscolo. Y conste, a todo esto, que Ramón 
es hombre de jovialidad y cortesí¿x encantadoras y espontáneas. 
Pero todo aquel ambiente en que Ví^^e, — así como la lengua en que 
están escritos sus libros, — resulta un exceso antihigiénico de in- 
dividualismo. Es el punto más distante de Grecia, sin salir del Me- 
diterráneo. 

III 

El es un muchacho de corte espeso, ojos inevitables, ancho de 
faccionGs, cara eficaz y patilluda, donde mi amigo Acevedo quería 



8o MÉXICOMODERNO < 

ver una semejanza del joven Fernando VII o un parecido de pica- 
dor de toros. 

¿Cómo definir a este escritor? Si la literatura española fuera 
(y no es improbable) de madera de pino; si los nudos del pino 
fueran un esfuerzo natural, para concentrar la fibra y transformarla 
en ébano puro ; si el gusto general, por otra parte, fuese para esta 
literatura lo que a la madera es la sierra, entonces Gómez de la 
Serna sería uno de esos nudos rebeldes que se niegan a correr 
al hilo del pino, haciendo que la sierra del artesano se rompa los 
dientes y rechine de rabia. 

IV 

Ignoro los orígenes prehistóricos de Ramón. Sé que entre sus 
inventores figura el nigromante Silverio Lanza. Me cuentan que 
Ramón se presentó un día en el Ateneo y leyó una "cosa", — y se 
oyeron varios rechinidos. 

Desde aquel día, los perezosos ingenios de Madrid hubieran 
querido arrumbar al joven escritor en el armario de los trastos 
inútiles. La solución más cómoda es esa: nada es mejor que liqui- 
dar cuentas, que enterrar a los muertos. Por eso dice Pío Baroja 
el impío que la defunción de un amigo íntimo le llena de placer. 
Esta vaga impresión de alivio ya la había confesado hace muchos 
años George Bernard Shaw. Tal es la causa de muchos entierros 
literarios prematuros. 

Pero nada hay más amargo que la certeza de que algunos 
muertos resucitan, y que un día las vamos a pagar todas juntas. 
Ramón, desde sus catacumbas, iba minando la ciudad con una sor- 
da y poderosa alegría. Arriba no se oía casi nada. Pero un buen 
día. . . 



El Antiguo Café y Botillería de Pombo, — la "Sagrada Cripta 
de Pombo", como le llaman sus adeptos, — se abre disimuladamen- 
te en la calle d^ Carretas, entre el edificio de la Gobernación que 
mira a la Puerta del Sol, y el viejo edificio de Correos, "oscuro 
como boca de lobo". Como lo ha notado su sacerdote, Pombo des- 
aparece durante el día ; en el tráfago de la bulliciosa calle, esconde 
la cara. De noche se enciende, — reliquia de los viejos tiempos, — 



RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA $i 

con un lujo deteriorado y algo sucio de espejos congelados, mesi- 
tas de mármol y bancos de terciopelo rojo pegados al muro, 

Pombo es uno de esos cafés honrados a los que pueden con- 
currir las señoras solas (pero no sólo las señoras, que sería otra 
suerte de inmoralidad). Azorín sorprendió un día en Pombo a Do- 
ña Pendendo, reverenda señora. 

¿ Quién es Doña Pendendo ? El nombre es una creación ridicula, 
combinación de sonidos españoles hecha" por una oreja extranjera. 
La persona, — quizá vestida de negro, con un abultado guardapelo 
marital en el pecho — pide chocolate con "picatoste" o helados de 
arroz, y representa una vejez reacia, dura, pétrea, de España. 

Pombo es un café viejo, merecedor del mayor respeto. Los 
pombianos creen siempre "codearse" con el espectro de Goya. El 
espectro entra por una puertecilla lateral que da a una calleja in- 
verosímil, y adelanta — ya coj irrenco — a cortos pasos: entre el flo- 
rón de la corbata y el cuello, sale a luz el cardo de la cara, la cara 
arrugada, terca en su amor de cosas grotescas. 

Este es el recinto nocturno de Gómez de la Serna. Aquí ha 
organizado y celebra desde tiempo inmemorial su tertulia del sá- 
bado. (Del sábado del hortera, porque — dice él — hay que sentirse 
muy hortera del mundo). El nombre de Pombo ñgura en sus tar- 
jetas, y un dibujo sutilizado de la araña de gas de Pombo apare- 
ce en su papel de cartas. Se le puede escribir a Pombo, enviarle a 
Pombo los aguinaldos de Navidad o los padrinos para un duelo. 
Cuando publica un libro, hace la distribución desde Pombo. Se 
sienta, rodeado de los suyos, en un rinconcito, junto a una mesa 
que tiene las delicadas proporciones de un ataúd. Desde allí ve des- 
filar el tiempo, ve pasar a la muerte disfrazada de camarero, ve 
pasar a Doña Pendendo, a Goya, a la de los ojos coléricos y al 
de la barba despeinada. Da banquetes de tiempo en tiempo, — ban- 
quetes organizados por la comisión: R. G. de la Serna, Ramón G. 
de la S., Ramón Gómez de la S., etc., etc.,— publica proclamas. Lle- 
va un^ registro en que firman todos los tertulianos. Es una de las 
últimas tertulias que quedan, y los guías la muestran a los foras- 
teros (desde lejos) como una supervivencia. 

Por allí ha pasado el fantasma de Larra; allí estuvo, no ha- 
ce mucho tiempo, Picasso, y también Madama Fernández, — direc- 
tora, como todo el mundo sabe, de los modelos de la Maison de 
France. 

Tres hombres dan carácter a esta tertulia: uno, el gran Ra- 



82 MÉXICO MODERNO 

món; otro, Bartolozzi; otro, Romero Calvet. Estos dos, a fuerza de 
representar la tertulia en sus dibujos, le han comunicado cierto 
perfil, ayudándonos, con su genio gráfico, a percibir su verdadero 
sentido. Bartolozzi pone a los contertulios con altos cubiletes de 
seda de los tiempos románticos. Romero Calvet dibuja la máscara 
nocturna de la ciudad, y abajo, muy abajo, en la sexta o séptima 
capa subterránea, la cripta de Pombo, abriendo su gran boca de 
luz sobre una avenida de charcos. Allí, como larvas, se agolpan 
unas figurillas humanas, — piojos de la noche de Madrid, gran ma- 
drastra de gatos y diablos cojuelos por los tejados. 

Pombo es una realidad trascendente, no se le puede olvidar. 
Las proclamas de Pombo hablan siempre de los Iscariotes, de los 
infieles y de los buenos apóstoles: recuerdan la manía persecuto- 
ria de Cristo. ¿Qué tragedia se esconde en Pombo? ¿Quién Jos ha 
vendido? ¿Por qué le exigen a uno ese compromiso sagrado de la 
firma en cuanto se acerca ? Yo tiemblo ... ¿ Si se tratara realmente 
de minar la ciudad? ¡Y pensar que, en la mesa próxima. Doña 
Pendendo apura, tranquilamente, con obesos sorbos, su helado de 
arroE ! 

VI 

Ya habréis advertido que Gómez de la Serna tiene todos los 
"no sé qués" de Feijóo (de Fenelón) : algo de hipnotismo, algo de 
pesadilla funesta y algo de elocuencia genial. Desde luego, en el 
sentido "pasatista" de la palabra, no es escritor: carece de urdim- 
bre y cohesión. Todo él es instinto, — entendiéndolo sin necedades 
retóricas — . Sus incursiones en la cultura son volubles y persona- 
les, porque tiene lo mejor: el ritmo de la mayor cultura. No expli- 
ca nunca una idea, sino que la padece, se acalambra debajo de ella, 
y deja — de su tortura — una huella sobre el papel. Es españolísi- 
mo: unos nervios de cien mil voltios y, como reza un romance iné- 
dito: "Anatema sea el cerebro". 

Cuando comenzó a escribir no hacía caso de las palabras. Las 
arrojaba unas contra otras con un raro sentido de su sonoridad y, 
entre tropiezos, lograba imitar con ellas sus emociones inefables. 
Devolvía su confusión a las cosas, no con la segunda intención ló~ 
gica de Hallarme, sino con una inconsciencia de iluminado. 

Ha dejado muchos intentos (dramas, cuentos, dichos), todos 
valiosos y que no se pueden leer sin el escalofrío del arte. Gustan 



RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA 83 

y hacen daño, como todo lo que reposa en una inadecuación sutiL 
Y quizás a la larga maten. 

Poco a poco, Gómez de la Serna parece convencerse de que no 
podrá "desarrollar" una acción. Sus acciones son escenitas solda- 
das artificialmente, como lo serían las cintas del cinematógrafo 
sin el parpadeo de ese misterioso interruptor metálico. Y ni él ni 
las palabras — tan leales — quieren resignarse a esta penosa tarea 
de adición. Se cansan a la cuarta línea uno y otras. Y entonces el 
escritor se va convenciendo de que tiene que escribir a chispazos, 
a frases como toques eléctricos, a golpes de lucha japonesa. 

Al mismo tiempo, una extraña especie de misticismo lo va do- 
minando: todo él se siente untado en las cosas, en los objetos, en 
esos trebejos cotidianos que empiedran la vida, — y la vida madri- 
leña sobre todo, — en los mil y un juguetes trágicos que pueblan 
su célula de abeja paciente. Su cara, su pipa, su mano de sortija 
negra, el hoyuelo de la vecina, el grito del farolillo de gas que se 
apaga y pide favor, lo van atrayendo, polarizando paulatinamente 
toda su voluntad estética. Puede pasarse todo un día viendo volar 
una mosca o gesticulando ante el espejo. Se abandona en las cosas 
con ese pavor delicioso del que sabe asustarse solo. Las cosas alar- 
gan tentáculos hacia él y van a absorberlo. 

Ya para entonces, la lealtad de las palabras le ha impuesto un 
estilo, un corte de frase y una adjetivación muy suyos. No es que 
él haya acabado por ajustarse al lenguaje, sino que el lenguaje, 
a tanto insistir, ha abierto una brecha por su espíritu, penetra por 
él como un golpe de viento, y se roba sobre sus cien alas todo lo 
que puede. 

Pero si el escritor se alarga, si quiere soldar una idea con 
otra, entonces todo se pone mal y todo se lo lleva el diablo. Sus 
obras perfectas no duran más allá de las siete líneas. La línea 
número ocho es el punto crítico de disgregación. Más allá, la má- 
quina se resiste o se para. 

Así condicionado, Gómez de la Sema es dueño de un arma 
que parece un alfiler, y es capaz de crucificar con ella todos los in- 
sectos ; sólo que no le puede servir como cincel de labrar estatuas. 

Se interesa cada vez más en las cosas que le rodean. Ya oye 
la canción del vino en las botellas, o el diálogo de amoroso despe- 
cho (nuevo requiebro entre Horacio y Lidia) del caballo y la sota 
de la baraja; ya le salta el corazón presintiendo que el reloj va a 
dar las trece de la noche. Por toda su obra posterior hay un vaga 



84^ MbXlCO MODERNO 

susto de que el corazón se le ahogue ; la vida le parece una burbu- 
ja muy tenue que un suspiro puede deshacer. 



VII 

Y, andando por esas calles de Dios, da con el Rastro. Es el 
Rastro un mercado de baratijas donde caen, como en remolino, to- 
dos ios desechos de la ciudad: desde la tarjeta de visita con el 
pico doblado — pasando por el retratito con dedicatoria, "el guan- 
te impar y el ramillete seco", la joya perdida que no se perdió, el 
abanico deshilachado y cansado de hipocresías, la peluca vieja pe- 
ro todavía enamorada, los hierros gastados sin ley de accidentes 
del trabajo que los recompense en su desgracia, el mueble de en- 
talle que nació antiguo, — hasta la trompa de locomotora o el an- 
cla de buque: súbitos elefantes del Rastro, venidos no se sabe de 
dónde. 

En el Rastro cree ver Gómez de la Serna el comienzo y el aca- 
bamiento del mundo, con una filosofía parecida a la de Quevedo. 
Y al Rastro dedica todo un libro que yo pienso que durará. Ha en- 
contrado así su asunto y su estilo. En adelante toda su obra gira 
en tomo a temas como éste. La fortaleza de la crítica se le va 
rindiendo almena por almena. Ventura García Calderón me hacía 
notar las semejanzas fortuitas de Gómez de la Serna con Francis 
Poictevin, ''este contemporáneo del naturalismo, que presintió to- 
das las delincuencias." 

De tiempo atrás Ramón venía publicando en los periódicos bre- 
ves humoradas a las que, de acuerdo con su método inintelectual, 
había dado el nombre de ''greguerías", — familiarmente, "gregues". 
La greguería es la unidad de su pensamiento, su milímetro intelec- 
tual, su "llave" de Jiu-jitsu. Y ahora que ha reunido sus gregue- 
rías en un grueso volumen, tienen un aspecto formidable; son co- 
mo un ejército de hormigas voladoras que pueden comerse una 
ciudad; son una polilla voraz que ha caído sobre las cosechas de 
la tierra. Parecen una colección de espinas microscópicas: cada 
una nos clava su punzada, por siempre y para siempre. 

Van a ser de ñjo muy imitadas; lo han sido ya, según dice el 
prólogo. A veces quisiera uno plagiarlas. Yo he pensado seriamen- 
te en hacerlo con toda regularidad y mesura, aunque urbanizándo- 
las un poco: en robarles la almendra, y regarapiñarla después a 



RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA 85 

mi modo y a mi gusto. Muchos, que no lo confiesan, sienten lo 
mismo. 

VIII 

Tiene uno sus aficiones, sus costumbres. Matthew Arnold se 
sorprendería a veces recitando un trozo de Maurice de Guerín (Les 
dieux jaloux ont enfoui quelque part les temoignages de la des- 
cendance des choses . . . ) ; y yo suelo recordar en las conversacio- 
nes los cuentos crueles de Villiers de TIsle-Adam. Un día me 
hacía notar Diez Cañedo que estos cuentos resultan mejor para 
contados que para leídos; el "desarrollo" les hace daño; el asunto 
lo es todo. Grómez de la Serna ha descubierto el secreto para sí: 
todo es greguería, dice, aunque algunas veces — las más — nos la 
dan hinchada o abortada; nuestra alma, vista al microscopio, re- 
sulta hecha de greguerías. 

Psicólogo de las cosas, le ha llamado Azorín: Azorín que, el 22 
de noviembre de 1903, publicaba, en Alma Española, cierta pre- 
ciosa notícula sobre la filosofía de las cosas, que puede conside- 
rarse como un antecedente teórico de la greguería. 

Pero creo que se equivoca Azorín dando a Gómez de la Ser- 
na por representante de la España Niña literaria; Ramón sólo se 
representa a sí mismo. Y creo que exagera recomendando la lec- 
tura de las Greguerías a los niños. 

— No, Azorín : Rousseau no quiere despertar en los niños cier- 
tas sensibilidades que para nada van a servirles; por eso se han 
creado las universidades sajonas, cuyo objeto es embrutecer un 
poco y formar el callo. Además, ¿no es verdad que las greguerías 
están enfermas de una dolencia verde, de un mal contagioso, es- 
pañol, católico y medioeval? Dejémoslas para las personas mayo- 
res, Azorín. ¡ Qué idea de nutnr a la descendencia con ajenjo ! 

IX 
Ramón: 

Hijo de tu pueblo, golfo intelectual de la Villa y Corte: bajo 
la gorra sospechosa de tu ironía, te veo escabullirte, saltando so- 
bre el "Carolus" de la calle empedrada, con la navaja de escribir 
en la mano. Sólo tú sabes por dónde se está desangrando, gota a 
gota, el corazón de Madrid. 
Enero, 1918. 

ALFONSO REYES. 



TU AMOR DESMESURADO, POR CODICIOSO 
PIERDE . . . 



Tü amor desmesurado, por condicioso pierde 
gran parte de lo suyo, como el labrwgo avaro 
que a principios de otoño recoge sin reparo 
con el maduro fruto el todavía verde. 

¿Por qué me pides tanto f ¿Por qué nunca se sacia 
la sed que de mi tienes? No todo yo soy huenx); 
bajo la fuente clara hay un fondo de cieno 
y orquídeas de pecado sobre el árbol de gracia. 

Deja mejor que escoja cuÁl ha de ser tu parte 
de mÁ,; déjame hacerte sacrificio votivo 
sólo de lo más puro de m/i ser, y loarte 

sólo con el decir más alto y noble y bello; 
lo demás, vida, carne, canción, sueño o motivo, 
no lo anheles ni pongas tu volutrtnd en ello! 

II 

Contra toda flaqueza del destino, virtuoso 
me será tu recuerdo: amplio panal en donde 
sus mieles, mi cariño, abeja sabia, esconde: 
fruta que el amor nutre del jugo más sabroso 

que asimilo arraigado de la difícil tierra : 
vaso en que van poniendo mi^ ansias providentes 
cantidades futuras! Cuando por las corrientes, 
a lo largo de yermos, en que la vida yerra 



TU AMOR DESMESURADO, POR CODICIOSO PIERDE... X/ 

el idealismo ndo carezca de sustento, 
rióos manjares, vinos olorosos, licores 
z'imficantes, higos y dátiles y flores 

tendrá con recordarte el dios que va conmigo 
por quien al Dios eterno en mis entrañas siento: 
y OAinquc tú misma cambies, por ésto te bendigo! 



SALOMÓN DE LA SELVA. 



s 



SARCÓFA(iO 



OMOS como don primApen tomhales 
— cada uno en sarcófago distinto — 
que en vida vemos nuestros fnneralef*, 



Vo,s reía, con sus ojos fraternales 
el ángel del Dolor, desde su plinto^ 
y tiene el lampadario del recinto 
ternuras de recuerdo en sus cristales. 

Y pues la muerte de las ilusiones 
puso en nuestros altivos corazones 
un desdeñoso frío de Escoriales, 

tú, cou el cetro dsl Amor extinto, 
yOy con la espada del Ensueño al cinto , 
somos como dos príncipes tombales. 

RAFAEL H. VALLE. 



LA DANZA EN EL MAR 

I -^ llanura del mar se mueve apenas. 

Yo miro cómo se aire el agua 
cortada 
en dos por la alta quilla del navio. 

Al dorso de una ola que se eleva 
y se deshace en una lluvia hlanca, 
el sol, 

logra encender las lámparas del iris! 

Pero el agua en seguida 
se queda i^nmóvil, llana y absoluta. 
Sin embargo y 

la alegre hrisa con los pies desnudos, 
juega y danza sobre el mar. 

Si, pero allí no dejará más huella, 
iiue la que dejaron los pies de las mujeres 
que han jugado, 

o danzado sohre mi corazón! 



EMILIO ORIBE. 



Méx. Mod.— 2 



LA ENDEMONIADA 



DEL LIBRO "el PUEBLO MARAYILLO- 
80", QUE APARECERÁ PRÓXIMAMENTE 



COMO todos los días después de la siesta, las cinco hermanas 
estaban sentadas en el corredor, a la sombra de las enre- 
daderas floridas, ocupadas en diversas labores, comentando 
la vida local, añorando el tiempo ido, murmurando, soñando. 

Muertos los padres, dispersos los hermanos, las cinco vivían 
como siempre, vírgenes y tranquilas, en el antiguo caserón mitad 
finca, mitad monasterio, cultivando flores, criando pájaros o edu- 
cando ''chinas", bajo la autoridad absoluta de la primogénita, a 
quien las otras respetaban como a una madre; gracias al auxilio 
generoso del hermano rico, al cual todas amaban como a un padre. 
Cinco princesas en su torre, cinco monjas en su convento, cinco 
caracoles en su peñón. 

•- Cuchita, la primogénita, sentada en una silla baja, ante un 
brasero blanco de ceniza, sobre el cual roncaba un caldero de cobre, 
tomaba mate correctamente, sin hacer sonar la bombilla de plata. 
A pesar de su rostro marchito y su talla exigua, como empequeñe- 
cida por la edad, se erguía hermosa e imponente. Su tinte mate 
de marfil añejo, su nariz finamente aguileña, sus ojos verdes de 
mirar lejano, su peinado pomposo realzado de alta peineta, la ha- 
cían aparecer llena de distintición y majestad. Era la gran señora 
de nuestra tierra, bella y altiva, nieta de capitanes y encomenderos, 
descendiente de hidalgos españoles y gentiles berberiscos. Mariqui- 
ta, la segunda en años, sentada en el escaño antiguo, contra la pa- 
red, tejía a la aguja un paño de batista calado, inclinada ligera- 



LAENDEMONIADA 91 

mente sobre la labor. Esbelta y diestra, la figura fina, ajada ya, 
las manos delicadas, tenía esa gentileza ñexible de las damas ha- 
bituadas a las ceremonias sociales. Nadie, verdad, como ella para 
conversar discretamente, para bailar contradanza, para cantar a 
la vihuela. La tercera, Jovita, arrellenada sobre un taburete, cabe 
un pilar, cosía nerviosamente una pieza de ropa blanca. Pequeña 
y magra como Cuchita, tenía aspecto muy diferente con su cari- 
lla seca, como un fruto pasmado, sus cabellos escasos, en rizos 
ya grises, sus ojuelos inquietos de mirar medroso. Habríasele creí- 
do una bastarda intimidada por el desprecio de las hermanas le- 
gítimas. Pero he ahí a Zelmira, la flor de la familia. Apelotonada 
contra Mariquita, tejía con desgano un gran chai de lana color de 
fresa. Rubia, de un rubio de arrope, regordetilla y plácida, tenía 
la gracia espesa, la lozanía y hasta el perfume de un durazno ma- 
duro empolvado de rocío. Mimada como una niñita y educada con- 
ventualmente, conservaba a pesar de sus treinta pasados, el candor 
y la glotonería infantiles; robaba azúcar y manzanas, que escon- 
día bajo el lecho, y en amor no sabía más que una criatura. ¿Y 
Rosario, la menorcita? Echada contra el respaldo del escaño, Ro- 
sario leía, ardientes los ojos, en un viejo libraco lleno de imágenes 
estravagantes : las Mil y una Noches, que repasaba por la milési- 
ma vez. Morena y aguda del perfil, de las manos, de la voz, no 
era suya la belleza pero, vehemente y vibrante de la mirada y el 
espíritu, suyos eran la perspicacia y el don de ensueño. Mareada 
de fantasías, no habiendo vivido más que en soñaciones, se. pa- 
saba los días leyendo cuentos de hadas o vagando por el huerto 
solitario en la esperanza de encontrar entre tanta rama florida, 
una varillita de virtud . . . 

Las cinco hermanas. 

Ante ellas se extendía bajo el oro tibio de aquel claro día de 
otoño, el patio enorme, bordado de prados simétricos llenos de ma- 
tas floridas; grandes malvas reales, romeros tallados ingeniosa- 
mente, dalias dobles, belloritas; sombreado de viejos árboles fru- 
tales: naranjos, limoneros, un toronjo precioso y, hacia un rincón, 
una gran ceiba que ornaba el ventanillo del cuarto de coser con 
sus racimos de flores rubíneas. 

A través de los encajes de verdor se veía al fondo, el corredor 
de la cocina, obscuro, con sus paredes revocadas de tierra y sus pi- 
lares sin pintar; en el ángulo una ancha tinaja roja para recibir 
el agua de las lluvias. Sentada a la puerta de la cocina, la china 



92 MÉXICO MODERNO 

cocinera, moza y bruna, de busto airoso y cabello espeso, pelaba 
las legumbres para el puchero de la cena, canturreando entre la- 
bios. 

En el ambiente de sol y de silencio, trascendiente a hojas ver- 
des, a tierra húmeda, a cabellos canos, subían de vez en vez, los 
gorjeos de las avecitas domésticas; el queltehue guardián, la catita 
parlanchína, los jilgueros de la jaula suspendida en el corredor, y 
ondulaba el canturreo de la criada lamentante, monótono ... 

Atmósfera extraña, primitiva, conventual, de otro tiempo; de 
otra vida. . . 

Las cinco hermanas hablaban tardamente, poniendo entre fra- 
se y frase, períodos de silencio. 

— . . . ¿Vieron hoy en misa a Rafaelita López?, dijo de pronto 
Mariquita, sin alzar la vista de la labor. Llevaba un manto nuevo 
de espumilla, con franja bordada, y un vestido flamante, de ca- 
chemira color cascara, adornado de raso celeste. Parecía bañada 
en agua de rosa. Se daba un aire de princesa . . . 

— ¡Soberbia, niña; está soberbia con el noviazgo!, replicó Cuchi- 
ta, como herida. 

(Toda amiga que se casaba la irritaba vivamente: diríase que 
la infligía un agravio personal). Y haciendo rodar las pupilas ra- 
diosas : 

— ¡ Ah !, si nosotras hubiéramos querido . . . , exclamó con ca- 
lor. Entonces era la abundancia, no la antigua opulencia; la abun- 
dancia... Mi padre tan trabajador, estaba rico. El comercio que 
había traído de la ciudad cuando se vino al pueblo, iba cada día 
mejor. . . Las talegas rebozaban de onzas, los graneros desborda- 
ban de trigo, la cecina subía hasta el techo. . . 

— ¡Soberbia!, asintió Mariquita, obsedida por la visión de la 
novia en manto y vestido ricos. 

— . . . ¡ Y mi mamita, tan delicada y tan virtuosa ! . . . No se 
quitaba el chai de cachemira y no salía nunca, más que para ir a 
misa ... Su casa era su reino ; nos crió como a princesas . . . 

— . . . ¡Engreída! 

— ... ¡Y mi hermano Gabriel, que sabía latines, estudiaba 
para cura, y era la admiración del pueblo ! ¡ Tan hábil ! . . . Ahí están 
los cuadros que pintaba, de colores, dibujados con tinta de jibia, 
y los cofres maravillosos que hacía, todos tallados y enchapados 
de conchaperla. . . 



LA ENDEMONIADA 



93 



— ... i Melindrosa ! . . . 

— . . . ¡Pero eso no era nada. . . El antiguo rango de la fami- 
lia!... ¡Ouih! ¡El abuelito Tomás! ¡Don Tomás! Capitán famoso, 
gobernador de las Islas del Sur ... De allá vino la familia ... ¡Un 

verdadero rey ! Mandaba batallones, los indios le templaban 

¡Mi prima Pabla! ¡Qué opulencia y qué campanillas! Chiquitita 
pero muy blanca y tan orgullosa!. . . Siempre de seda y cuajada 
de alhajas: sortijas de diamante, pendientes tamaños y el peinado 
lleno de tembleques . . . Parecía una imagen bendita ... Y las tie- 
rras que tenía, del mar, a la cordillera, y los esclavos y los indios 
y los animales sin cuento . . . Toda la hacienda de **Semita" era de 
eUa. .. ¡Ouih! 

Rosario había cerrado el libro. Aquellos cuentos de la pasada 
opulencia le interesaban vivamente; sólo que nunca había podido 
entenderlos bien. Cuchita hablaba de manera incoherente, juzgan- 
do tal vez, que como ella, el mundo entero debía saber tales histo- 
rias. 

— ¿Y todo eso nabrla de ser de nosotros?, pregunto para es- 
timular a la antigua señorita. 

— ¡ Todito ! Nosotras debíamos ser poderosas . . . Pero la ma- 
la suerte. . . Estaría de Dios. . . El padre Arce. . . Sí, fué el padre 
Arce, todo el mundo lo sabe ... ¡La pobrecita ! La hicieron testar 
lo que se les antojó. . . Compraron a los testigos, engañaron al es- 
cribano ... ¡La pobrecita estaba muerta ! . . . 

— ¿Pero cómo?, interrumpió la joven emocionada. 

— ¡ Ouih ! Ahí está el pleito y no saldrá jamás ... Mi padre 
no quiso meterse. Mi primo Adolfo pasó toda la vida pleiteando: 
al fin murió loco ... 

— ¡Qué picardía! ¿Y mi hermano, José Manuel? 

— ¡Oh! ¡José Manuel! Se ríe. Dice que él es capaz de ganar 
una fortuna mayor. Y el pobre trabaja y trabaja. . . 

Un grito agudo, sostenido de terror, de desesperación, desga- 
rró el ambiente soporífero. Diríase que alguien se defendía bajo 
una agresión mortal. 

Las cinco hermanas hicieron girar los ojos hacia el corredor 
de la cocina. Cuchita, la nariz en el aire, estiró el cuello largo, 
como un gallo que va a cantar : 

— ¡Margara!, gritó. Deja tranquila a esa mujer... 

— Si yo no le hago nada, señorita, replicó la muchacha; es 
porque entré en el cuarto, no más 



94 



MÉXICO MODERNO 



Agitada, la anciana chupó la bombilla, ruidosamente. 

— ¡Perra india!, balbuceó. Al fin se me va a acabar la pacien- 
cia y le voy a dar una calda ... 

— ¡Eeeeh!, interrumpió Mariquita. ¿Para qué es eso? ¿No ve 
que está enferma, que tiene el "mal", la pobre? 

— ¿Pero qué mal es ese, niña, que dura ya más de dos sema- 
nas? Ahí está como el primer día, echada, sin hablar, sin comer,. 
y si alguien se acerca, se revuelca y grita, como una condenada, 
cuando no corre a esconderse en el huerto, como una loca. . . 

— Espere que venga el boticario y verá, me dijo que iba a 
venir lueguito, contestó la hermana prudente. 

Y notando que al fondo del corredor la puerta de servicio del 
almacén ocupado por la farmacia, se abría, se volvió de ese lado. 
En el hueco sombrío apareció el mozo del boticario con su eterno 
delantal de mezclilla. Entraba a lavar en el pozo un gran frasco 
de vidrio azul, que asía con ambas manos. 

— ¡Lucas! ¿Quieres decirle a tu patrón, que lo estamos espe- 
rando ? 

El mozo hizo una seña afirmativa, mostrando su dentadura 
sana, y volvió a entrarse. 

Cuchita frunció los labios, cabilosa: 

— ¡Hum! Mejor sería que viniera el señor cura. Yo empiezo a 
creer que estas son cosas del demonio . . . 

— Todo el pueblo lo dice, murmuró Jovita, y así no más ha 
de ser . . . 

— Chismes, replicó Mariquita, disparates ... 

Cuchita se acaloró: 

— ¿Y no te acuerdas, niña, de la "espirituada" que dio tanto 
que hablar ahora años? Se retorcía y gritaba, como esta china, 
y cuando veía a alguien corría, subiéndose por las paredes y por el 
techo como una mosca . . . Las médicas la curaban por "mal", los 
doctores por tabardillo, por epilepsia . . . ¡ Nada ! No alivió hasta 
que vino el finado cura, que era un santo: él tenía un cordón de 
San Francisco. Le rezó los evangelios y empezó a azotarla. . . Di- 
cen que él demonio se lamentaba como una criatura: "¡Señorcitoí 
¿Por dónde salgo?, ¿por un ojo?, ¿por el ombligo?. . ." "Sal por 
donde entraste", le contestó el santo cura y la seguía caldeando . . . 
Hasta que el Malvado salió por donde entró . . . 

Zelmira se estremecía de la risa contenida. 



LAENDEMONIADA 95 

Rosario había interrumpido su lectura. 

— Yo creo que la picara está haciendo la espirituada, sonrió, 
como la princesa de Bengala se hacía la loca para no casarse con 
el rey. . . 

— ¡ El boticario ! . . . 

De la puertecilla del almacén salía un hombre seco y narigudo, 
que con su larga blusa de tela gris, parecía aun más seco: alzaba 
con arrogancia, la frente desnuda ornada de un gran bucle engo- 
mado. 

Mariquita y Cuchita salieron a su encuentro, haciendo ondu- 
lar sus amplias faldas obscuras, de ese matiz indefinible dado por 
el uso. 

Como el hombre comenzaba a hablar en voz alta y filuda, la 
primogénita, con sigilo, se llevó el índice a los labios : 

— ¡Chuit!, murmuró. Vamos despacito porque si la perra in- 
dia nos oye, se arranca a la huerta y . . . 

Arrojó a las jóvenes una mirada imperiosa que decía clara- 
mente: *'no se muevan", y guió al boticario a través del jardín. 
Aquel forastero venido ¿quién sabe de dónde?, que como hacía pil- 
doras componía versos, le inspiraba poca confianza. ¿No había te- 
nido el atrevimiento de publicar en el periódico unos versos dedi- 
cados a una señorita principal, a quien no conocía sino de vista? 
Todo el pueblo los sabía de memoria ..." 

Al llegar al corredor de la cocina, miró al hombre, reclamando 
con gesto de la mano el mayor silencio ; avanzó de puntillas y em- 
pujó quedamente una puerta semientornada. 

Con precaución, entraron en el cuarto negro, sin ventanas, 
perpetuamente ahogado en sombras. Hacia el fondo, sobre un ca- 
mastro bajo, se agitó algo informe ; al mismo tiempo un grito pro- 
fundo, desesperado, despedazó el silencio. 

— ¡ Aaaaay ! 

Cuchita se avanzó, indignada: 

— i Perra india ! ¡ Calla la boca ! . . . 

Al reconocer la voz cortante de la dueña de la casa, la paciente 
dejó de aullar: rompió en un llanto nervioso. 

Aproximóse a su vez el farmacéutico, procurando con los ojos 
aguzados penetrar la sombra. Sobre el camastro, la moza, vestida 
a medias, la cara demacrada, el cabello desgreñado, se agitaba 
sollipando nerviosamente, los dedos hundidos en los cobertores. 



96 MÉXICO MODERNO 

— ¿ Qué te duele ? ¡ Habla ! Yo vengo a sanarte . . . 

Al ruido de aquel acento extraño, desplegó los párpados, es- 
pantada y, apelotonándose contra la pared, se echó de nuevo a 
gritar, desesperadamente. 

— ¡ Aaaaay ! ¡ Aaaaay ! ¡ Aaaaay ! . . . 

Pero el hombre no se arredró e inclinándose, hizo ademán de 
cogerle el pulso. 

Entonces la mujer se incorporó de golpe y redondeando los 
ojos, mostrando los dientes, alargando las manos crispadas con las 
uñas negras, se abalanzó contra el intruso como un perro rabioso. 

Espantado, el boticario retrocedió atropellándose y ensor- 
decido por los gritos cada vez más recios, salió del cuarto. El, que 
antes había sonreído al oír decir que aquela mujer estaba poseída 
del demonio, ahora al recordarlo, temblaba desconcertado. Viendo 
a las dos señoras que le miraban con ojos de interrogación, se apre- 
suró a disculparse: "... Los nervios... Le daría unas pildoras, 
eso la calmaría ... En la botica lo esperaban ..." Y a grandes zan- 
cadas atravesó el patio y entró en la farmacia. 

— ¡Qué te decía yo!, exclamó Cuchita, mirando a Mariquita 
con un lento meneo de su cabeza de pájaro. ¿No habría valido más 
llamar al señor cura ? 

Mariquita contrajo la cara en una mueca de aflicción que le era 
peculiar : 

— Iré a llamarlo, pues. . . 

La primogénita alzó el mentón, tendiendo el largo cuello : 
. — ¡Anda, niña!, gritó enrojeciendo hasta las orejas. ¡Anda! 

Alejóse Mariquita, en silencio. 

Paso a paso, Cuchita remontó el patio, mirando el jardín dis- 
traídamente, mas no sin notar que los senderos comenzaban a en- 
malezarse, que el toronjo pedía aquel año una buena poda y que 
esa mata de romero tallada en forma de pájaro, necesitaba un 
puntal . . . 

Se arrellenó en su silla ante el brasero y se preparó un nue- 
vo mate. Pretendía que, como quitaba el frío y también el calor, 
ermate quitaba todavía las penas. 

Jovita había desaparecido. Aprovechando la oportunidad, ha- 
bía corrido a casa de su cuñada por quien sentía una amistad de 
devoción. Rosario se había acogido bajo el árbol de los racimos de 



LAENDEMONIADA 97 

rubí. Sosteniendo a la catita sobre el canto de la mano, daba al 
ofracioso pajarito una lección de pronunciación : 
— ¿Catita? ¡Catita! 

Y el avecita, esponjando el plumaje esmeraldino: 
— ¡Catita! ¡Prrrutch! ¡Já, já, ja! 

Solamente Zelmira permanecía en su sitio, silenciosa, fija en 
su labor: sus labios finos, sin un ápice de sensualidad, se encres- 
paban ligeramente, como conteniendo una sonrisa. 

Contemplóla Cuchita con mirada lángida, mojada de ternura. 
Era su predilecta: la había criado y educado como una hija. ¿Sin- 
tió la joven el calor de aquella mirada? Alzó los ojos y miró a la 
primogénita. Sonrieron las dos como dos niñas. 

— ¡Ah!, murmuró la anciana. Qué quiere ese corazoncito ? . . . 
No se te dé nada: un príncipe ha de venir a buscarte, un príncipe 
en su caballo encantado. 

Y rompió a reír. 

Silencio. Paz aldeana o conventual. De tiempo en tiempo agu- 
dos ganglores del queltehue, que pasaba sobre sus largos tarsos 
a través del jardín; regocijados trémolos de los jilgueros enjaula- 
dos o el ingenuo diálogo de Rosario y la catita. 

A una, las tres hermanas alzaron la frente. Habían golpeado 
a la puerta y pasos recios, pausados, avanzaban por el zaguán. En- 
tró de un pie, un caballero de talla mediana pero fuerte, en gabán 
ligero y sombrero de copa. Su rostro maduro aparecía sin embar- 
go, fresco, con sus ojos brillantes y su bigote de negror intacto. 

— ¡José Manuel! 

Y las tres se precipitaron hacia el hermano excelente. Mas en 
seguida se contuvieron. Tras el caballero se alzaba un hombrón 
obeso, de buena edad, barbado hasta los pómulos, cubierto de un 
largo poncho leonado y de un enorme fieltro sumido hasta las 
cejas. 

— Rosario, balbuceó Cuchita; abre el salón, niña. 



II 



Entraron en la llena de esa frescui'a trascendente a moho de 
las habitaciones cerradas. Por las ventanas que Rosario abría, la 
luz penetraba a chorros locos, como regocijada de invadir la alfom- 



98 MÉXICO MODERNO 

bra antigua a medallones floridos, las paredes ornadas de retratos 
borrosos y de paisajes a la acuarela de un arte ingenuo y prolijo, 
los muebles vestidos de fundas blancas, la guitarra en su rincón, 
melancólica . . . 

— Rosario, dijo el caballero a la joven que partía; que venga Zel- 
mira. . . 

Inclinóse Rosario y por la antesala, ganó el corredor. Viendo 
que Zelmira no estaba ya allí, sesgó el patio a la carrera y penetró 
en el dormitorio común, austero, conventual con sus camas blancas 
en fila contra la pared, sus baúles claveteados, forrados de piel de 
ternero; en la testera, sobre ancha cómoda, un viejo santo vestido 
de terciopelo azul, franjeado de oro. 

Allí estaba Zelmira ante su lecho, vistiéndose afanada. Sabía 
que cuando llegaban visitas debía componerse para ir al salón. Ya 
había peinado sus hermosos cabellos en un moño pomposo. En cor- 
sé y enaguas albas de ruedo bordado, examinaba el vestido nuevo 
extendido sobre la cama ; a lo largo de sus hombros desnudos, ater- 
ciopelados y de su nuca esfumada de rizos áureos la luz que entra- 
ba de través por la ventana, ponía como una cinta de plata trémula. 

— Que vayas luego, chiquilla ; José Manuel te llama . . . 

Dilató la joven, las pupilas, como una criatura que tiene mie- 
do: 

— ¡Ave María! 

Nerviosa, se encuclilló y atisbo bajo el lecho. Retiró el ancho 
orinal de loza a flores azules, las cajas de estaño en que guardaba 
sus golosinas y extrajo las botinas nuevas con cordones. Sentóse 
sobre el borde de la cama, remangóse la enagua y el refajo de fra- 
nela rosa, dejando a la luz las piernas soberbias en medias a rayas 
horizontales blancas, purpureas y el volante de los pantalones ca- 
lado y ceñido a la carne aporcelanada; aseguróse las ligas verdes 
con hebilla doradas, embutióse y atóse las botinas nerviosamente. 

Se alzó golpeando con ambas manos la enagua demasiado al- 
midonada. Se puso la falda de merino color caña a pliegues me- 
nudos; luego el faldellín abollonado de seda verde aceituna con lu- 
nares blancos; en fin, chaquetilla de la misma seda, con solapa 
caña, el cuello y los puños de encajes. 

Estaba encantadora. Con el polizón algo exagerado, su silueta 
asumía líneas deliciosamente bufas: habríase dicho un pavo real 
de cabeza minúscula y cola pomposa. 



LA ENDEMONIADA gg 

Cuando la joven entró en el salón, el forastero que hablaba 
con voz blanca, lenta, de los trabajos y arreglos que había ejecuta- 
do últimamente en las casas de su hacienda, se calló de golpe, se 
puso en pie y con su mejor gracia estrechó la mano delicada que 
le tendían, en la suya, espesa y peluda como una pata de puma. 

— Señorita, cuánto gusto . . . 

Y aterciopelando lo que pudo el acento: 

—Hace tiempo que no tenía el gusto de verla; desde el día 

del santo de la señorita Mercedes Ramírez ¡ Cantó una tonada 

tan bonita ! . . . 

— ¡Ah! hizo Zelmira, sin recordar bien aquella ñesta efectua- 
da hacía tantos años: ella era entonces una muchachita. 

— Canta tan bien ... 

— ¡ Oh ! no. Es Mariquita la que canta ... 

Pero la primogénta estaba presente: 

— ^Todas cantan un poco, arrulló. 

— . . .La señorita, muy bien. . . 

Miró Cuchita a la joven lánguidamente: 

— Vaya, niña ; canta, pues, alguna cosita .... 

Obedeció Zelmira, en silencio. Tomó la guitarra y empezó a 
tentar las cuerdas, deteniéndose de vez en vez para apretar algu- 
na clavija. No sabía añnar ; pero como por ahí debía comenzarse . . . 

— "La Morena de Oro", pidió don José Manuel, sonriendo por 
las pupila. 

— Esa es la de Rosario, replicó la joven : yo no la sé . . . 

— ¡ Sí ! . . . , corrigió Cuchita. Tu hermano te la pide . . . 

Zelmira bajó la vista e inició un punteo emocionante. Luego 
con voz gutural, infantil, cantó en tono merciente de barcarola: 

Bajo tu dulce cadena. 
Voy en pos de tu hermosura; 
desde que te vi, morena. 
Te idolatro con locura. 

Mas he aquí que al cantar la segunda estrofa no pudo salir de 
los dos primeros versos. En vano Cuchita le sopló; turbada, con- 
fundí da, recomenzó dos, tres veces sin conseguir, llegar al fácil es- 
tribillo. Acalló entonces de golpe la guitarra, poniendo la palma so- 
bre las cuerdas y se puso en pie, sofocada de rubor y de risa. 



íoo MÉXICOMODERNO 

La primogénita juzgó conveniente sonreír: 

— i Qué chiquilla ! Turbarse en los versos más bonitos . . . 

Empero el visitante, que escuchaba embelesado, se desconcer- 
tó ; no sabiendo si debía o no dar las gracias, se inclinó, murmu- 
rando un cumplimiento vago, y no hallando otro cabo por donde ini- 
ciar, la conversación, plegó los labios bajo el bigote. 

El caballero sonrió por los ojos, por los hoyuelos de la meji- 
lla. No tenía gran amistad con aquel hombre montaraz, que venía 
raras veces al pueblo, pero sabiéndolo ingenuo, laborioso y decente, 
sentía por él cierta simpatía. Decidióse, pues, a hablar en su fa- 
vor : 

— Cuchita . . . Don Isidoro tiene algo que comunicarte ... y 
a ti también, Zelmira . . . 

Y viendo que el aludido no se arriesgaba a desplegar los la- 
T^ios: 

— ...El hombre ha trabajado bien y ha hecho fortuna... 
Desea ahora establecerse, buscar una compañera. . . Y ha pen- 
sado en Zelmira . . . Así ha venido a decírmelo . . . 

La orgullosa señorita saltó en el sofá, como si le hubieran da- 
do un alfilerazo; pero, reaccionando, miró al pretendiente de ma- 
nera ambigua: 

— ¿Cómo así? gorjeó en falsete. 

El hombre se animó: 

— Así es, señorita. . . Si la señorita Zelmira quisiera. . . 

La joven lo miró con los ojos con que un niño miraría a un 
ogro que viniera a pedirlo para comérselo. 

Cuchita no pudo disimular más: 

— ¡Cómo! gritó con voz destemplada. Usted, un hombre viu- 
da, cargado de hijos. . . Un viejo, un guasón!. . ¿No nos conoce us- 
ted a nosotras ? . . . ¡Mi padre ! fué un gran caballero ... ¡Mi ma- 
mita, una santa! Nos crió como a princesas. Y el finado Gabriel, 
¡tan hábil! Habría sido obispo si no hubiera muerto de calentu- 
ra ... . Y mi prima Pabla ... ¡Mi prima Pabla ! Opulenta y de tan- 
tas campanillas! Sus alhajas como las de una reina, sus haciendas 
del mar a la cordillera ... Y si no hubiera sido porque la engañaron, 
si no hubiera sido por el padre Arce, si no hubiera sido . . . 

Se había puesto en pie. Agitada, enrojecida, hablaba atrope- 
lladamente, alargando el cuello, los labios, la nariz en un gesto 



LA ENDEMONIADA 



lOI 



agresivo, irresistible. Habríase dicho un cernícalo pronto a lanzar- 
se sobre un reptil. 

Aterrorizado, el pobre hombre se alzó, cogió su sombrerón, dis- 
culpándose como pudo: 

— . . .Señorita. . . Dispense. . . yo no creía. . . señorita. . . 

Retrocedió a zancadas, tomó la puerta y huyó, huyó como un 
animal perseguido. 

Don José Manuel, que había contemplado aquella escena con 
profundo desagrado, quiso entonces encararse a la hermana impru- 
dente, pero la irritada señorita estaba ya sobre él, la nariz, al aire, 
las manos en alto: 

— :. . .¡Y eres tú quien lo ha traído a la casa!. . . ¡Tú, que de- 
berías cuidar de tus pobres hermanas ! . . . ¡Tú ... ! 

El caballero echó pie atrás y haciendo con la diestra un ges- 
to horizontal, como diciendo: "con usted no se puede hablar", es- 
capó a su vez, conteniendo la risa. 

Rápida, la anciana cerró la puerta con estrépito y viendo a la 
joven sentada, llorando en su pañuelo bordado: 

— Anda, vete muchacha, gritó como si la pobrecilla tuviera 
culpa en lo ocurrido. 

Al sentirse sola, respiró con ansiedad, desahogándose: 

— ¡Ufff! ^ 

Cruzó la antesala, atropellándose en la mesa redonda cubier- 
ta jaspe y por el cuarto de cocer lleno de los cofres y las acuarelas 
del hermano malogrado, salió al corredor. 

—¡Ufff! 

Se sentó ante el bracero y se preparó otro mate. 

Mariquita se destacó del zaguán, desprendiéndose el manto,, 
acalorada. 

— Ya viene, cantó, viene detrás de mí. Tuve que esperar mu- 
cho rato : estaba con gente . . . 

A ese tiempo, en efecto, se oyeron en el zaguán los pasos 
arrastrados del anciano sacerdote. Mariquita voló a su encuentro: 

— Por aquí, señor. . . 

Entró el buen curita, apoyándose en su recio bastón. Muy 
viejo y bastante sordo, mostraba, empero, cierto vigor en el ta- 
lante, y en la mirada completa lucidez. Vestía una sotana verdosa 
de uso y un fieltro aludo como el que llevan los campesinos. Era> 



102 MÉXICO MODERNO 

no obstante, hombre no común. Había sido fraile en la capital; 
disgustado por cierta fraudulenta elección de superior, había se- 
cularizado y emigrado a aquel pueblo lejano, perdido entre las 
montañas. Entendía en letras y artes divinas y humanas: había 
ideado y dirigido la construcción de la iglesia, poseía una pequeña 
biblioteca de obras antiguas, tenía un jardín maravilloso en que 
había relojes de sol. . . 

El pueblo lo admiraba y lo amaba. 

— ¡ Doña Cuchita ! exclamó al ver a la vieja señorita que se in- 
clinaba con ceremonia. Felices los ojos que la ven. . . 

Y sonriendo bonachonamente : 

— Aquí vengo por su enferma, a ver si le puede arrancar el 
demonio del cuerpo . . . 

Y mirando hacia el jardín verdegueante: 

— ...¡Ah! qué bonito toronjo! ¿Cuándo me da un vastago 
para injertar?. . . 

Hablaba a gritos, acaso para oírse. Las señoritas, inquietas, 
3onreían, sin atreverse, a rogarle que bajara la voz. Un aullido 
desgarrador les hizo volverse estremecidas. 

La '"espirituada" envuelta en su pañalón color de fuego, los 
cabellos al aire, los pies desnudos, cruzó como una centella por el 
corredor de la cocina y se perdió en el zaguán de la huerta. 

El anciano que había oído, miró a la fugitiva con ojos de cu- 
riosidad. 

— ¿ Es esa ? . . . 

— Sí, señor, y se ha arrancado a la huerta. . .¡Qué vamos a ha- 
cer ahora ! . . . 

— Vamos allá pues, replicó el curita con ánimo. Hace años que 
no veo su huerto, doña Cuchita ... 



III 

Echaron a andar por el patio frondoso que el sol horizontal em- 
polvaba de azufre. Rosario pronta siempre para ir al huerto, corrió 
adelante... Pasaron ante la despensa por cuya puerta se divisaban, 
en la sombra, grandes tinajas, petacas viejas, los restos del almofrej 
de los viajes de antaño, y ganaron el segundo patio (el patio de las 
aves, como lo llamaban) lleno de frutales, algunos añejos de tron- 



LAENDEMONIADA 103 

eos ásperos, otros jóvenes y airosos; al centro un largo emparra- 
da pesado de racimos azuleantes, rojeantes, amarilleantes entre la 
fronda orinecida; al fondo una alta verja de madera sofocada de en- 
redaderas vistosas. Por todas partes, entre los herbajes locos, bajo el 
emparrado, en redor del pozo, se veían gallinas circuidas de sus po- 
lluelos, pollos esbeltos de calzas amarillas, patos vestidos de seda 
verde, gansos alabastrinos y un gallo soberbio que saludó a la visi- 
ta con sonora clarinada. 

Miró a todos lados Cuchita, ansiosamente. 

— Ha saltado la reja, murmuró Mariquita. 

La anciana alargó el labio inferior y sacando del bolsillo la lla- 
ve del huerto, la pasó a Rosario. 

El curita contemplaba las uvas altas: 

— ¡ Ah, Ah ! i Qué bonitas las uvas ! Mascatel, rosada ... ¡ Ah !, 
¡ ah ! . . . ¡ Y los árboles, qué bien cuidados ! . . . ¡ Ah ! Doña Cuchita, 
qué buen hortelano tiene usted ! . . . . 

La antigua señorita se irguió, arrogante. Olvidó todas sus con- 
gojas. 

— El hortelano soy yo misma, señor, exclamó resplandeciente, 
¡ Esto es mi alegría, esto es mi pasión ! Con mis manos riego los ar- 
bolitos y cuando están podando no me muevo de aquí. Yo misma... 

Comprendiendo que tenía para rato, la inquieta Rosario giró ha- 
cia el huerto, saltando y cantando como una chiquilla. 

Esa correría a través de la arboleda la entusiasmaba: el huer- 
to siempre cerrado, tenía para ella un encanto misterioso, inefable. 
Regocijada, abrió la reja decrépita y penetró en el vergel enorme, de 
suelo accidentado, mitad ñnca, mitad jardín... La falda espesa de ár- 
boles y plantas que subía de un lado, la colina velluda de viñas que 
se alzaba del otro, el vallecito con álamos, sauces y una lagunita en- 
tre cañas en que por la tarde cantaban las ranas, que se abría en 
medio, le daban trazas de predio rústico : mas los macizos de rosas 
que ponían por todas partes sus manchitas purpúreas, los bancos 
viejos que se tendían aquí y allá bajo los árboles, la glorieta florida 
de la viña, el vallado de maderos viejos cabelludos de parásitos le 
prestaban aspecto de jardín primitivo. Habríase dicho uno de esos 
cármenes orientales que abren su encanto verde en las páginas de 
los viejos cuentos. 

El rigor de la estación manchaba magníficamente los follajes 
con todos los matices del ocre al escarlata, impregnando la arbole- 



104 



MÉXICO MODERNO 



da de melancolía enervadora. En tanto que la dulzura de la tarde 
volvía embriagantes el perfume de miel de las rosas, el aroma acre 
de las hojas marchitas, el olor bueno de la tierra húmeda .... 

La joven miraba, respiraba, admiraba con el alegría maravilla- 
da de un niño. Su imaginación había trasmutado aquel huerto al- 
deano en vergel encantado. Por un proceso mental de relación mis- 
teriosa, desde niña había identificado ese lugar familiar con los pa- 
rajes en que se desarrollaban los cuentos que escuchara o leyera., 
/leñándolo de cosas inverosímiles ; selvas, cavernas, torres ; poblán- 
dolo de habitantes fantásticos; ogros, hadas, hechiceras, genios. Eí 
cañaveral de la laguna era la tumba del buen Diego que sus herma- 
nos ultimaron : la flauta que de las cañas se hiciera, delataría a los 
culpables ... La cueva abierta por las lluvias en la falda tupida de 
guindos, ocultaba el antro maravilloso en que Ali-Babá encontrara 
el tesoro de los ladrones. ;.No era en las tinajas de la despensa 
donde la valiente Georgina sorprendiera a los malhechores acurru- 
cados?. . . La espesura de cerezos y ciruelos cabe el vallado, era la 
selva tenebrosa en que Pulgarcito fuera abandonado por sus padres, 
con sus hermanitos tímidos ... ¿ Y la glorieta de la viña ? La torre 
en que la esposa de Barba Azul interroga, ansiosa, a su hermana, 
mientras la hierba verdeguea y el sol reverberea. 

Había tomado por el senderito de la cuesta, a través de los 
árboles, entre rosales sangrientos y altas matas de nardo cuyos ta- 
llos erigían, rígidos, sus estrellas de pétalos de la más suave rosa. 
Arrojó una mirada al banquito que está entre los olivos viejos 
de follaje como canoso. ¡ Qué encanto el sentarse allí de madrugada, 
con un librito de cuentos nuevos ! . . . . Hundió los ojos en la peque- 
ña caverna a la cual las raíces de los guindos prestaban estalacti- 
tas. Para impedir que Cuchita la hiciera rellenar, había 
puesto en el fondo, sobre una piedra, una vieja virgencita 
de madera menospreciada. ¿Quién se atrevería a profanar la 
gruta de nuestra Señora de Andacollo ? . . . Contempló el vallado 
descollante sobre los árboles, formado por troncos justapuestos, 
enormes, soberbios despojos de la selva primitiva : con su corteza co- 
mo piel de serpiente, sus nudos como muñones, sus parásitas como 
barbas y cabelleras, se diría una fila de esos indios gigantes que can- 
tara don Alonso de Ercilla en su poema inmortal. Entre las grietas 
corrían a la siesta lagartijas, en cardúmenes, y en los huecos ne- 



LAENDEMONIADA 105 

g-ros debía anidar algún pihuchén, ese bicho maléfico, mitad pájaro, 
mitad sabandija, que bebe la sangre con la mirada. 

Entre tanto, Cuchita, vuelta a la realidad por una frase de la her- 
mana, había cortado en ñn su discurso y penetrado en el huerto, se- 
guida del cura y de Mariquita. Mas deseando hacer admirar su vi- 
ñedo, giró hacia la colina por entre el cañaveral de la laguna y el 
grupo de antiguos perales con sus ramas en el cielo, a través del sen- 
dero apretado de teatinas doradas, que se internaba en la viña. 

Las cepas achaparradas, a la antigua usanza, con sus hojas ya 
raras, manchadas de púrpura, se abatían agobiadas de racimos lo- 
zanos, como cubiertos de polvo de azur : en las ramas altas tembla- 
ban pámpanos luminosos, semejantes a zafiros negros. 

— ¡ Qué cargada la viña ! exclamó el cura embelesado. Buen vino 
de misa ha de cosechar, doña Cuchita 

— ¡Válgame Dios! respondió la señorita, riendo. Con un puña- 
do de uvas, que se va todo en regalos ... 

Sonrió el curita, sorprendiendo la ingenua avaricia que oculta- 
ba tal respuesta. 

Habían llegado ante la glorieta vestida de pasionarias, esas 
flores santas en que se ven, patentemente, la corona de espinas, los 
clavos, el martillo de la Pasión. 

Sentáronse a descansar; el señor cura parecía fatigado. ¡Qué 
hermosa vista se ofrecía a la mirada ! En torno, el viñedo en fuga, 
todo azulado de su fruta generosa ; en el bajo, la masa ondulada de 
los árboles que el otoño enriquecía con sus matices infinitos, cálidos 
y sin embargo melancólicos. Después, tras el vallado formidable, las 
últimas casas del suburbio, albeantes, suspendidas sobre las barran- 
cas ; luego, el campo verde y pardo, con la cinta sinuosa del camino ; 
el estero azogueante entre álamos agudos, una quinta blanca bajo 
un dosel de eucaliptos. Y al horizonte, las montañas, las montañas 
innumerables, en oleaje majestuoso, y sobre ellas, dominador, el 
Huillén con su cima intrépida, tenebrosa de boscajes, horadando el 
azul blanco de la tarde. 

La hora inefable vertía en el ambiente su melancolía, su paz re- 
ligiosa, su suave polvareda de amatista. En la calma incomensurable 
llegaban con la gravedad de las voces lejanas, los gritos de unos ni- 
ños que jugaban en el camino, el trote acompasado del caballo de un 
campesino que entraba en el pueblo . . . 

Los tres callaban, cautivados inconscientemente por el encan- 
to de las cosas. 

Méx. Mod.— 3 



io6 MÉXICO MODERNO 

Súbito resonó la voz de Rosario, que gritaba del valle: 
— ¡ Cuchita ! Aquí está, aquí está la picara ! . . . 
Al mismo instante tronaron los gritos furibundos de la ende- 
moniada. 

La anciana se puso en pie, conmovida: había olvidado por se- 
gunda vez, el objeto de aquel paseo. El cura la imitó, con su buen 
ánimo habitual. 

— ¡ Cucnita ! i Venga lueeego ! . . . 
— ¡ Aaaay ! . . . . 

Las dos señoritas se adelantaron nerviosas. 
Siguiólas el cura tranquilo, sin apresurarse. 
— ¡Venga lueeego! 

La anciana echó a correr, como una chicuela. Guiándose por 
los gritos, se dirigió hacia el fondo de la vega, junto al vallado. 
Pronto alcanzó el boscaje de los ciruelos que formaban en aquel 
punto una espesura enmarañada. Allí estaba Rosario palpitante, los 
brazos extendidos, impidiendo la salida. Bajo el ramaje intrincado, 
echada sobre las hojas muertas, la fugitiva se agitaba, se revol- 
caba, gritaba como una loca. 
— ¡ Aaaay ! ¡ Aaaay ! . . . . 
— ¡Calla la boca, perra india! 

Como por mandato divino, la mujer se aquietó, sofocó los gri- 
tos. Mas luego, al notar al buen cura que se aproximaba, hizo una 
mueca profunda de espanto, de desesperación y tornó a agitarse, a 
aullar perdidamente. 

. — ¡ Aaay ! ¡ Aaay ! ¡ Uuuuuy ! . . . 
' Se estremecía epilépticamente, revolviendo la órbita de 
los ojos, haciendo rechinar los dientes, retorciendo los brazos, agi- 
tando en el aire los pies desnudos. Sobre su frente los cabellos se 
erizaban como púas, entre sus labios amarilleaba una baba sinies- 
tra. 

El anciano cura retrocedió turbado. Su cara se estiró, su mi- 
rada se hizo dura. Sacó de la faltriquera un viejo libro, lo abrió por 
la señal verde, hizo en el aire una gran cruz y empezó a leer con voz 
trémula. Las señoritas se apartaron recelosas. Sabían que el exor- 
cismo es cosa grave. Al salir del cuerpo de su víctima, el diablo 
revienta como una mina y deja en el aire un tufo de azufre. . . Es- 
peraban, temerosas, el milagro. 

Empero, a medida que el cura leía los "evangelios extraordi- 



L A E N D E M o N I A D A 107 

narios," la espirituada en lugar de apaciguarse, se removía y ahu- 
llaba cada vez con mayor ardor. 

Ensordecido, el sordo anciano cambió entonces el libro por un 
formidable cordón lleno de nudos, que había traído "por si acaso" ; 
y asegurándolo a la muñeca, descargó sobre el Enemigo, una lluvia 
de azotes furibundos. (Sí, sobre el Enemigo, porque los golpes no 
le dolerían a la mujer sino al diablo que la poseía. . . ) 

A tan inesperada sensación, la "china" se arrolló como una cu- 
lebra, se calló: pero en seguida tornó a agitarse a saltos, como que- 
riendo escapar, aullando y articulando denuestos increíbles: 

— ¡ Aaaay ! ¡ Asqueroso ! ¡ Uuuuy ! ¡ Hijo de una gran ! 

El mozo del boticario que había venido al huerto a lavar en el 
pozo el gran frasco de cristal azul, oyendo los gritos de la poseída, 
se había aproximado a paso de gato. Inmóvil entre las ramas, el 
frasco lleno de agua en las manos, miraba alternativamente con 
ojos de zorro escondido, al cura que golpeaba a más y mejor, y a la 
moza que saltaba y maldecía a mejor y más. 

De pronto el anciano como iluminado por inspiración del cie- 
lo, detuvo el brazo y se inclinó cuanto pudo para ver bien a la mu- 
jer esfumada ya por la penumbra de la prima noche; enfocó las lí- 
neas del cuerpo que el pañolón, en la agitación, dejaba por momen- 
tos entrever. En seguida volvió a erguirse: su cara estaba desesti- 
rada, su boca encendida por bonachona sonrisa. Se aproximó a la 
dueña de casa y en voz para él baja, le dijo algo, cautelosamente. 

Un fracaso agudo vibró en los oídos de los circunstantes exci- 
tados, como el estruendo de una granada que hubiera reventado a un 
paso. Volviéronse estupefactos. El mozo del boticario había dejado 
escapar de las manos el hermoso frasco azul, que yacía en tierra he- 
cho añicos. 

— -i Bellaco ! rugió el señor cura, alzando su recio bastón. 

Pero el golpe cayó en el vacío. El bellaco desaparecido en el 
sendero frondoso, como una visión que se desvanece . . . 

París, noviembre. 

FRANCISCO CONTRERAS. 



A PROPÓSITO DE XE TOMBEAU DE DEBUSSY' 



TREINTA y siete años han transcurrido desde que el cisne de 
Bayreuth enmudeció para siempre en la quietud lacustre dé 
Venecia. En este largo período, el arte musical, contra lo 
que opinan los espíritus rehacios a todo progreso, ha sufrido una im- 
portante transformación en sus principales elementos constitu- 
tivos: ritmo, melodía y ritmo. En las manos de Wagner, la heren- 
cia artística de Beethoven y Weber, alcanzó un desarrollo brillan- 
tísimo al formidable impulso lírico del autor de "Tristán". 

Wagner creó un nuevo lenguaje musical que Europa no pudo 
comprender sino después de un largo aprendizaje, durante el cual 
los espíritus selectos lucharon contra la oposición de los adorado- 
res del idioma sencillo de Bellini, Donizetti y Rossini, Wagner, en 
efecto, amplificó la línea melódica de los maestros italianos has- 
ta constituir la llamada melodía infinita destruyendo la vieja qua- 
dr atura; introdujo el cromatismo y las disonancias en sus armoni- 
zaciones inusitadas y opuso a los gastados moldes explotados has- 
ta la saciedad por los compositores de ópera de la primera mitad 
del siglo pasado nuevas combinaciones de valores, en consonan- 
cia con las modificaciones armónicas y melódicas realizadas por 
su genio inquieto y renovador. 

El "wagnerismo" se adueñó del mundo y más tarde los com- 
positores en boga — los "veristas" italianos y los representantes 
de la escuela franco-alemana con Massenet a la cabeza — no pudie- 
ron excluir de sus creaciones durante un cuarto de siglo los pro- 
cedimientos inventados por Wagner. 

Pero la imitación constante de estos procedimientos, el abuso 
que de ellos llegó a hacerse, trajo como consecuencia forzosa el an- 
helo de algo nuevo, la necesidad de quitarse la librea, de buscar 



A PROPOSITO DE "LE TOMBEAU DE DEBUSSY' 



109 



otras fórmulas, otras armonías, otros ritmos, fuera de la dictadu- 
ra del maestro de Bayreuth. 

T la reacción se inició en las obras de Fanelli y Moussorgsky. 

Fanelli, un compositor francés de origen italiano, cuyas obras 
en gran parte permanecen aún inéditas, escribía el año de 1890 
en una de sus originales producciones el fragmento siguiente: (1) 



8. 




¿No es esto "debussysmo" puro? 

Las escalas por tonos, las disonancias agresivas, las sucesio- 
nes de quintas y cuartas, la ausencia de una tonalidad definida, el 
ansia de novedad oculta entre la politonía de sus representaciones 
sonoras, el cabrilleo de modulaciones extrañas, hacen de este ra- 
ro tipo de precursof, un vidente musical. Moussorgsky más libre, 
más genial, producto de la gleba rusa, espíritu audaz que amasa- 
ba en sus creaciones los gritos de su pueblo con la opulencia del 
alma oriental, impresionó fuertemente a Debussy, durante el via- 
je de éste a Rusia. 

En Debussy encontraron campo propicio las rebeldías de Fa- 
nelli y Moussorgsky y fructificaron especialmente en una obra 
que, sin duda alguna, marca una etapa importante en la evolución 
musical: Pelléas et Mélisande. El maestro francés, bien preparado 
por una sólida instrucción musical y guiado por un admirable ins- 
tinto de equilibrio en la forma y novedad en la armonía y en el rit- 
mo, llegó a organizar un sistema armónico cuya base, a lo que pa- 
rece, es la concepción del acorde alterado no como miembro de una 
familia de acordes, sujeto a determinada preparación y resolución, 
sino como entidad libre, como valer armónico, sin más conexiones 



(1) R. Lenormand. Etucle surl'Harmonie Moderne. 



no MÉXICO MODERNO 

con los otros acordes que las que el instinto del compositor le se- 
ñala. 

Roto el engranaje secular de los acordes, destruido el sis- 
tema tonal elaborado trabajosamente por los teóricos en cinco si- 
glos de especulaciones matemático-musicales, se presentó ante los 
ojos maravillados de los que creían que con "Parsifal" había des- 
aparecido toda posibilidad de nuevas combinaciones sonoras una 
extraña música politonal, en cuya armonía estaba abolido el con- 
cepto de disonancia. En esta música no existían consonancias, había 
acordes libres de encadenamientos (de cadenas, diría un panegi- 
rista de las nuevas armonías) y de resoluciones preestablecidas. 
Es decir, la música se encontraba más allá del bien y del mal; 
era el camino para llegar a la negación de la tonalidad, a la músi- 
ca a-tonal. 

Y llegamos. Acabo de tocar las diez composiciones que for- 
man **Le Tombeau de Debussy". Los más brillantes paladines de 
la "libertad sonora" aportaron los extraños materiales para la 
construcción del ideal monumento. 

Paul Dukas, Albert Roussel, Francesco Malipiero, Eugene 
Goossens, Béla Bartok, Florent Schmitt, Igor Strawinsky, Mauri- 
ce Ravel, Manuel de Falla y Erik Satie, ñrman las composiciones 
del "Tombeau". En todas ellas se nota, desde luego, la ausencia de 
los viejos acordes perfectos. Paul Dukas, en su "plainte, au loin, 
du faune", no emplea ni uno solo de ellos. La flauta del faune re- 
pite su diseño desolado a lo largo de un sol obsesionante sobre el 
que se engarzan armonías melancólicas. 

Malipiero escribió dos páginas tristes, sin compás determina- 
do. Las barras divisorias encierran ya cinco, ya siete, a veces seis 
unidades de tiempo. Sin embargo, el ritmo es, en general, simé- 
trico y la composición, a pesar de su autor, descubre el alma me- 
lodiosa y apasionada de un italiano. 

El compositor inglés Goossens, en un apretado tejido de ar- 
monías que un profesor de Conservatorio no vacilaría en caliñcar 
de cacofónicas, revela una real maestría en el tratamiento de la 
moderna técnica de composición musical. No obstante su carácter 
ultramodernista en esta página hay armonías de una belleza ex- 
traña y conmovedora. 

El tono rapsódico predomina en la breve composición del hún- 
garo Béla Bartok. Desde el primer compás asoma la melancolía 



A PROPÓSITO DE "LE TOMBEAU DE DEBUSSY" iit 

grandilocuente del Lassan Magyar. La sombra del gran abate se 
esfuma entre la niebla de las disonancias . . . 

Más importante, por su extensión, es la obra de Florent 
Schmitt, inspirada en las palabras de Paul Fort: "et Pan, au fond 
des bles lunaires, s'accouda". En estas páginas escritas en el es- 
tilo peculiar del autor del "Quintette" no hay "debussysmo". En 
la música de Schmitt sorprende tanto el vigor de las ideas y lo 
moderno de la forma como la exuberancia de los detalles de orna- 
mentación, en los que no encontramos las escalas por tonos, tan 
caras a Debussy. 

"Homenaje para guitarra" se titula la composición de Manuel 
de Falla. Es un breve pensamiento melancólicamente voluptuoso 
con discretísimos toques de españolismo y en cuyo final aparece un 
pequeño fragmento de la **Soirée dans Granade" de Debussy. 

Ravel escribió un dúo para violín y cello, de una refinada sen- 
cillez. Los dos instrumentos dialogan en contrapuntos e imitacio- 
nes. Es un juego en el que las dos melodías se enlazan, se cruzan, 
se persiguen y cuando alguna de ellas descansa en una nota teni- 
da la otra se le acerca y la arrastra obligándola a continuar el fan- 
tástico juego interrumpido. 

Una melodía de doce compases escribió Satie "en souvenir 
d'une admirative et douce amitié de trente ans". Página desolada, 
de una extrema vaguedad tonal, armonizada con disonancias de 
2as. y 9as. y en la que la voz procede por intervalos de difícil en- 
tonación. Termina con un acorde de 5a. aumentada. 

Pero el más extraño de los trozos que integran "Le Tombeau" 
es el fragmento de Igor Strawinsky, sin compás ni matices. Algo 
de fúnebre y solemne hay en esa sucesión de acordes en cuyo tra- 
tamiento se advierte un infinito cuidado para no caer en la tenta- 
ción de escribir un acorde perfecto. 

"Le Tombeau de Debussy" señala un aspecto muy interesan- 
te de la nueva estética musical. Negar la importancia que para el 
porvenir de la música significa la obra de los compositores impre- 
sionistas y últramodernistas, sería tanto como confesar nuestra 
ineptitud para seguir una evolución que se inicia en forma violen- 
ta, agresiva tal vez, pero que merece nuestro estudio y atención. 

En Viena, en Berlín, en Londres, en París, en las principales 
ciudades europeas se aplauden diariamente las obras más audaces 
de Debussy, Ravel o Strawinsky. El público sanciona con su entu- 



112 MÉXICO MODERNO 

siasmo las temerarias innovaciones de los compositores modernis- 
tas. Y es que en música, sobre la Matemática, sobre todas las teo- 
rías y reglas, existe un supremo juez: el oído. Cuando el oído de 
la multitud acepta las nuevas combinaciones sonoras sin los pre- 
juicios que impone el conocimiento de las reglas de composición, 
puede afirmarse que en el fondo de esas combinaciones, que los 
doctos calificarían de disparatadas, existe un germen de belleza, 
germen que se desarrollará, tal vez, y que podrá llegar a ser la ba- 
se de una nueva estética. 

La ciencia de la belleza está todavía en pañales. ¿No escu- 
chamos con la misma emoción un Motete de Palestrina que una 
Sonata de Beethoven? ¿No nos deleitamos con una pieza galante 
de Couperin tanto como con las miniaturas exquisitas de Schu- 
mann? ¿Cuándo, al oír una obra que nos emociona hemos pensa- 
do en la calidad y encadenamiento de los acordes, en la clase de 
cadencias empleadas por el compositor, en las faltas a las reglas 
de armonía que un análisis minucioso pudiera descubrir en ella? 
Sentimos la emoción sin que nos preocupe la procedencia de la 
obra de arte ni los detalles que entraron en su estructura, como 
al recibir el beso del sol no nos interesa saber el número de kiló- 
metros que nos separan de él ni las manchas que hay en su disco. 

Si hay belleza real en las obras de los compositores modernis- 
tas, si en ellas como en lámparas exóticas arde la llama que encien- 
de el entusiasmo, perdurarán conjuntamente con las más al- 
tas creaciones musicales, porque, como se afirma en una profun- 
da frase citada frecuentemente por nuestro Antonio Caso, *ia obra 
de arte es igual a la obra de arte". 

MANUEL M. PONCE. 



I 



LA JOVEN LITERATURA MEXICANA 

SECCIÓN A CABGO D« 

AGUSTÍN LOERA Y CHÁVÍ3Z 



pl BERNARDO ORTIZ DE MONTELL ANO— Forma con José Goit)stiza Alcalá, 
ÍJaime Torres Bodet y Enrique Gonzá^lez Rojo, el grupo compacto en el que »e re- 
sumen las utópicas actividades del novísimo Ateneo de la Juventud, institución 
de amables propósitos concebida en noble y sinc-ero impulso, y cuya desaparición 
al nacer justifica a sus iniciadores. La evolución literaria no tiene réplicas y el 
glorioso Ateneo de 1910, con todos sus sectarismos y malevolencias domésticos, 
produjo al gi'upo contem,porá.neo má« serio de escritores y artistas. 

Otüz de Montellano, optimista por joven y por poeta, lleva a sus rimas la 
súbita frescura de la vida, el ansia de goces iplenos, la avidez ingenua de ensueño, 
'de esperanza y de amor. 

Quisiera en un instante desvanecer la huida 
de las horas mortales; en un lirio el perfume 

de todos los jardines ; en iin amor la vida 

Cuando la tarde ingrávida sus ópalos esfuma. 



En una voz quisiera la música aprehendida ; 
que en un grano de mdrra tod<i oraeián sahume 
y en una estrella pálida todo enxneño coincida. 

i No sé qué brujo sortilegio ejerce en nuestra sensibilidad el ges^to sincero de 
ingenua y espontánea vibración artístix»a. Es que en el mágico vuelo de un pafio, 
en la estilización fugaz y eterna de un ritmo de danza, en el canto sonriente o en 
la plástica de una actitud genial, se siente la palpitación del atributo máximo, 
la gracia, 

Fuiprtemente influido por la iwesía de González Martínez, modula Ortiz do 

Montellano — con cierta sincera y tierna ingenuidad poética — su tentación lírica 

en ascendente lucha por la conquista de la expresión precisa, del término justo, 

del sentido perfecto de la proporción. Entre los i)oetas novísimos se antoja el de 

'raás natural y genuino armnque en sus poemas de amior, y su balbuceo subjetivo 



114 MÉXICO MODERNO 

y simbólico tiene la movilidad y la inconstancia de un femenino parpadeo encan- 
tador y fl-ívolo. 

Yo que soy inconstante, fugitivo y divet'so 

como el viento dentado de las tardes de ahril; 

yo que so'y en In vida, inútil, conio un verso 

donde el ensueño fuei'a de mis años redil. 



Yo que me siento a veces lejos de tus encantos 
Cuando el cieno oscurece los amores más santos. 
Vuelvo a ti, para siempre, la inconstancia de ayer; 
porque el amor perdura, silenoioso, anhelante, 
sohre todos mis ye^*ros. como vivo diamante 
hundido en las arenas fugaces de mi ser. 

Son sus versos breves tafetanes pródigos de ilusión y ensueño, con un prraii 
anhelo de varonil vigor, y algunos, que se antojan inconcluídos, dejan un dulce 
sedimento romántico. 

El nombre de su libro en preparación Avidez y su divis i ünul Esperanza y Fe. 
eintetizan del mejor modo las inquietudes del joven poeta. 

A. L. en. 



T 



DESOLACIÓN 



RES veces he arrojado mi cántaro en el pozo 

^pr o fundamente claro del amor 

tres veces ha salido del fondo rumoroso 
sin una gota de agua, sin un solo fulgoi\ 



Tres veces he pedido que me hese la fuente 

con sus laMos azules trémulos de cantar 

tres veces se ha negado diciendo indiferente : 
tus lahios son impuros, no me pueden tocar. 

Tres veces he implorado una caricia al viento, 
el que nvueve las nubes, la música y la voz, 
— has que sea un perfume mi débil pensamiento 
y llévalo en tus alas de sii señuelo en pos. 

7' res veces el amor se me ha negado: 

la fuente, por tres veces, no me quiso besar, 

y el viento huyó, cantando, de md lado 

(mi voz era muy pobre, no le pudo alcanzar). 



LA ^OVEN LITERATURA MEXICANA 115 

; Y la inqmetud aumenta y la tristeza es mía ! 

Mis velas se desgarran ya próximo a zarpar. . . . 
{Compañera sin par de mi áureo día 
til me has visto llorar.) 

1919. 



RESIGNACIÓN 



U 



NA leve lamhre cubre de ruhor 

las nubes más altas y el fiel mirador. 



TJn presentimiento, araña sutil, 
enreda en sus redes el gozo de ahíil. 

ün dolor mMcera Ubre juventud 

y e.rprinie en los labias uvas de inquietud. 

Una vos pregunta .... no sé resiponder .... 
¡El amor es poco para comprender! 

Rige los destinos el Venbo de Dios 
¿qué voz opondremos a tan dulee voz? 

La vida lo qu/iere, cuando nos exuJta, 
que probos hilemos nuestra pena oculta. 

Si el amor es consta miel para los labios 
sea también abeja para los a gramos. 

Si hombres somos todos, es justo que todos 
probemos las penas de divei'sos modos. 



I 



LETRAS EUROPEAS 

SEtX;iÓN A CARGO DE 

JAIME TORRES BODET 



A PROPÓSITO DE TOLSTOI 

Ms todavni tiempo ()i)ortiin<> hoy, qiio 
^iiiri no ha venido la diste ncia a dar a 
la obra de Tolstoi la monótona unifor- 
midad que a todo lo que toca imparte, 
para contempliar a través de qué vio- 
lentos espasmos de pasión fué aquila- 
tándose su pensamiJento y fué su Tinimo. 
de turbulento y amoroso que era en un 
principio, haciéndase enjuto y a la pos- 
tile razonador, como el de su jjrran her- 
mano solitario : J. J. Rousseau. 

Es menestei- del crítico evitar, a to- 
do trance, que la gloria convierta, como 
Midas, en cosa ,sólida y reluciente todo 
Jo que toca. Obediente a la vida, que dis- 
j)ersa emociones en su constante ondu- 
lacdón, debe respetar en el autor de 
í|uien habla esa mágica condición de 
existencia que es el derecho de varian 
Es menester suyo, digo, y al decirlo 
comprendo, sin embargo, que pretendo 
lui imposible. Aprecio el esfuerzo, pero 
sufi'o anticixmdamente la evidencia de 
que, para poder valorizar sus admira- 
ciones, el pilblico necesita inmovilizar 
en su mente las cosas admiíadas. 

Dentro de pocos años se elogiará a 
Tolstoi por lo que no quiso nunca ni 
Tiunoa pudo decir ; muchos empiezan ya 



a íidmirarlo así, y gran i^etulaneia sería 
la» nuestra si creyéramos que de efste 
error de persi>ectiva pudiéramos estjir 
absolutamente exentos. 

;.C<>mo concibió Tolstoi, en t*n juven- 
tud, el amor y cómo a través de la vida 
fué alterándose la primitiva serenidad 
de su pensamiento y haciéndose duro j 
hostil a la original ternura t blanda 
condiición que le eran propias? 

;.(\>mo y por qué, esposo feliz j i>a- 
dre sabio, en mitad de la cordura con- 
yugal de que gozaba, volvió su yoz en 
contra del amor, del matrimonio y de 
la esjíecie? ¿Cómo también, amplio y 
comprensivo como eiu. para toda gene- 
rosa dádiva del espíritu y todo eficaz en. 
sanc(ha miento del ánimo, su talento se 
hizo ininteligente al sólo triunfo del 
amor? Puntos sutiles todos eHos y reve- 
ladores asimismo de graves coDflicto« 
espirituales y de severas torturas reli- 
giosas. 

Cuando Tolstoi escribía las páginas 
centrales (las más hermosas) de Güe- 
ña y Paz, no pensaba por cierto en al- 
zar voces de apóstol en contra de los 
"prisioneros de amor", pretendiéndolos 
redimir por el sacrificio. Nunca como en 
los cíipftulos en que narra la triste his- 
toria de Natalia y el príncipe Andrés, 



LETRAS EUROPEAS 



117 



halló, poF el contrario, el amor intér- 
prete más lisonjero y alwgado más per- 
suasivo. No es, en este caso, el amor 
romántico, todo blandura y femenina de- 
jadez, no tampoco el platónico suspirar 
<iue s>ume en dulces congojas el espíri- 
tu severo y torturado de Messer Guido 
Cavalcanti ; es e>l amor humano, divino 
de sentirse tan real, hecho de juventud 
y de esperanza, exagerado por las lá- 
grimas, deshojado en el olvido. 

Ks. desde luego, en Natalia una ex- 
traña inquietud, un sentirse alada y en- 
tusiástica, un encontrarlo todo fácil y 
sumiso, un descubrir en el mundo con- 
cordancias infinitas con el propio espi- 
rito, que lo llenan de felicidad. En los 
primeros instantes de su amor. Natalia 
da idea de un niño que, en un lugar don- 
de el eco fuera muy claro, se compla- 
cdera tai repetir palabras sin sentido^ 
por sólo oírlas res^mar en la distancia. 

Luego, la conciliación de siis inme- 
diatos intereses con los del mundo se va 
haciendo más difícil. El corazón rebel- 
de repite en vano palabras de ternura : 
el eco no las repite ya. El alma flaquea. 
I^jos del príncii>e Andrés, a quien ama. 
Natalia se abandona a la dulzura insi- 
nuante de su adolescencia. Está, em- 
briagada de perftimes, extenuada de es- 
I)eranza<». En un teatro, mientras con 
fatal melancolía la acaricia la música, 
(la música, la eterna seductora de Tols- 
toí), la presencia <le un homibre que la 
deseíi la da mie<lo al alma. Su cuerpe- 
cito de niña vibra con cobarde anhelar. 
Una respiración la turba, un cosquilleo 

la desmaya Tolstoi hubiei'a podido 

manchar con una sola palabra la ima- 
gen de Natalia. No quiso hacerlo, no lo 
pudo quizás. Su inteligencia no había 
troiKszado aún en el escollo de la into- 
lerancia. Pretendía entonces ( y logró 
en este caso completamente su deseo) 
comprenderlo y amarlo todo con la vas- 
ta imparcialidad de un Goethe, pero 
agregando a ella ese sentimiento de sa- 



na amistad con las cosas y con las al- 
mas que es la mejor luz del intelecto. 

En mitad de la fiebre de su pasión 
--quizá i)or su pasión mi«ma — Natalia 
sigue siendo tan pura como antes. Se 
ve arrastrada al pecado, y a pesar del 
uceado sigue siendo la suya un alma 
diáfana y buena. ¡ Milagroso entonwsel 
triunfo del artista y grande su discre- 
ciOn ! Su pluma no miente, no exagera, 
no equivoca. Graba. Dice la vida : pero 
la dice toda entera, sin mutilacion(^v 
sin doctrinas. 

El amor de Sonia no es Ciomo el (K 
Natalia. Ponderado y sumiso. recuer<> 
el de ciertas ideales flgunis de Tour* 
gueneff. Sabe en ocasiones resignarse a 
ser una simple amistad ; pero la mejor 
de las amiistades. Está hecho de respeto 
y de piedad, es en sí mismo abnegación. 
Pero entre todos los amores que Guerra 
y Paz desciibe (y los hay de varias mo- 
dalidades y matices) el de I'edro Be* 
z^ukov es un raro accidente de human^ 
comprensión y de piadosa ternura. Hom- 
bre acostumbrado al desorden mental 
al que lo condenan su vasta erudición y 
su pobre voluntad. Bezoukov i)one tmla 
su alma en el amor que ofrwe a Nata- 
lia. Tímido y grueso, con anteojos que 
íian un aspecto ridículo de serie^lad a 
la actitud sentimental y benévola, pasa 
junto a Natalia con respetuosa compa- 
sión, licjos de ella reconoce todas sus^ 
flaquezas, y las absuelve, junto a ella 
las ignora, casi las ama... Siente qué 
privilegio significa en una niña hermasfi 
la juventud y teme herirla con un solo 
gesto, indignarla con una sola confe- 
sión. 

¡ Cuánto ambicionaría entonces Be- 
zoukov poseer la elegante distinción de 
su amigo el príncipe Andrés! ¡Y qué 
lejos, no obstante, se encuentra de am- 
bicionarla I Es ingenuo al extr*emo de 
ignorar sus ridículos, de complacerse 
casi en ellos. 

Noble y pueril como es su alma, no se 



ii8 



MÉXICO MODERNO 



imede determinar si es ella la que puri- 
íita el amor que contiene, o el amor 
quien la ennoblece y dignifica ; pero es 
más probable lo último que lo primero, 
pues mientras Bezoukov cede a todas 
las insinuacionas del vicio y cae en to- 
da*» las flaquezas del i^ecado, en el amor 
se aisla y se exalta, como sobre un al- 
tar. 

y si todos estos ejemplos, no bastaren 
para demostrar el aprecio que tuvo 
l'olstoi en las obras centrales de su vi- 
da por eJ amor; allí están las amables 
descripciones que hace de la vida de 
Petrov. padre de Natalia, allí queda pa- 
ra siempre el recuerdo de esa noche de 
Navidad en que Sonia. disfrazada de 
nuLiik, llena de tortura y de emoción el 
alma de Nicolás. 

Algo, no obstante, hay ya en Guerra 
y Paz que nos hace presentir la cruel 
insistencia de que Tolstoi hizo uso en la 
Sonata a Kreutzer. 

P^ste algo, más bien dicho, este al- 
euien. es Elena Bezoukov, hermoso y 
vano animal que engaña ostensiblemen- 
te a su esposo, quien no hace de ello el 
menor aprecio. 



Y es que. Tolstoi nos lo explica ch)q 
sugerente sabiduría. Bezoukov se eas6 
con Elena rfn amor porque como el 
trágioo personaje de la Sonata, un ins- 
tante de lascivia decidió de su destino. 

Flaqueza y abandono existen en el 
corazón de Natalia, abandono y flaque- 
za en las liviandades de Elena, y no 
obstante qué abismo insalvable hay en- 
tre ellas! 

¡ Cómo se advierte entonces que nada 
puetle la majestad del sentimiento cuan- 
do lucha contra la mezíiuindad de las 
aluiíis ! ; C<Jmo y con cuánta razón se 
lúensa que nada vale la pasión, sino el 
corazón que ella anima ! 

Tolstoi por esa sujeción que ata el 
ciieador a la obra creada, se vio nms 
tarde obligado a exagerar su doctrina, 
T^ hizo áspera, incomprensiva y tor- 
turante como una maldición : inútil no. 
que nada tiene en el vasto escenario 
de la vida esterilidad de carne mouáa, 
ni tosca solidez de piedra. 

México, febrero de 1921. 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 

SECCIÓN A CARGO DE 

MANUEL M. PONCE 



Knrico Caruso ha interrumpiclo sus 
i raba jo» en el Metropolitano de Nueva 
"i'ork, debido a una pleuresía que le ha 
obligado a guardar cama. 

Según opina el doctor Sauchelli, mé- 
dico del célebre tenor, la enfermedad 
de Caruso no es simplemente una pleu- 
resía, sino un trastorno de los órganos 
productores de la voz, inclusive los pul- 
mones, la pleura, los' bronquios y el tó- 
rax. El doctor Sauchelli opina que las 
actuales dolencias de Caruso han sido 
causadas por los innumerables acci- 
dentes y caídas que durante veintiséis 
años ha sufrido, en la escena, el rey 
de los tenores. Hace seis años que al 
caer "fusilado" en "Tosca", se lesionó 
la nariz y la cara ; i-ecientemente. al 
derrumbarse el templo en la última es- 
cena de "Sansón", una columna cayó 
sobre su espina dorsal ; en otra ocasión, 
en "Payasos" sufrió serias lesiones ; las 
frecuentes caídas, en fin, dice el doctor 
Sauchelli. han ocasionado graves tras- 
tornos en la espina y en el aparato res- 
piratorio de Caruso. 

Kn vista de los desastrosos resultados 
que las frecuentes caídas suelen produ- 
cir a los cantantes ¿no sería conve- 
niente — ^ya que en el teatro tutto e con- 
renzionule — cambiar la forma de ma- 



tar a los tenores usando en vez de \oñ 
medios que se emplean actualmente... 
la silla eléctrica? 

Este procedimiento sería más cómodo 
y, sobre todo, muy americano. 



Ha llegado a Nueva York el famoso 
maestro de violín, Ottakar Sevcik, lla- 
mado por la Dirección del Conservato- 
rio de Ithaca i)ara dirigir las clases de 
violín de esa institución. 

Desde 1873 la personalidad de Sev- 
cik como pedagogo, es muy estimada en 
Europa. Kubelik, Kocian, SchmuUer, 
Cultbertson y Kennedy enti^ otros mu- 
chos violinistas, proclaman con sus éxi- 
tos constantes las excelencias de la es- 
cuela del profesor Sevcik. 

Antes de contratar al profesor Sev- 
cik, los norteamericanos habían logra- 
do, con el infinito poder del dólar, traer 
a otro eminentísimo maestro de violín, 
al profesor Auer, mentor de una bri- 
llante falange de jóvenes violinistas a 
cuya vanguardia marcha el estupendo 
Heifetz. 

Con Auer y Sevcik, los americanos 
pueden afirmar que poseen a dos de los 



y 



120 



MÉXICO MODERNO 



mías ga'ancles maestros de violín del 
mundo. 

¿Guales serán los beneficios que re- 
cibiTá eQ arte musical de Norteamérica 
con la colaboración de esas dos celebri- 
dades del mundo musical? Desde luego 
puede anunciarse la fomíación de una 
escuela violinística cuyos resultados se 
palparán bien pronto en la cohesión e 
identidad de medios de inteii^retación 
que desarrollai*án los futuros alumnos 
en las orquestas. Además, los jóvenes 
dotados de aptitudes para seguir con 
éxito la carrera de virtuoso, ¿dónde en- 
contmrían mejores guías que en las 
academias de Auer o Sevcik? Estos 
maestros, con su sabiduría y su expe- 
riencia, sabrán conducirlos a los más 
brillantes resultados. 

Kn Méxiico. del)eríamos aprovechar el 
ejemiplo que no« presentan nuestros ve- 
cinos del Norte, apresurándonos a con- 
tratar algunos de los notables maestros 
que, por las condiciones especiales en 
que se encuentra Europa, vendrían a ' 
impartir sus enseñanzas sin grandes .síi- 
criücios pecuniarios para la Nación. Es- 
to isería miás provechoso para el porve- 
nir de nuestro ineipiíente arte nacional, 
que el envío de jóvenes a Europa con 
objeto de que perfeccionen sus estu- 
dios. La práctica ha demostrado que. 
por regla general, los pensionada no 
responden con progresos reales a la ge- 
nei*osida<i del Gobierno, pues muchos 
de ellos dedican la mayor parte de su 
tiempo a las distracciones y paseos. En 
cuanto a los que estudian y logran 
crearse una situación, aunque sea mo- 
desta, en el extranjeit), no regresan ya 
a su patria y no dan, por consiguiente, 
fruto alguno a su país, que les ayudó 
en su carrera. 

¡ Cuánto ganaríamos con adquisicio- 
nes tan importantes como la que acaba 
de hacer el Conservatorio de Ithaca ! 



Emilio Sauer, durante su reciente es- 
tancia en Madrid, concedió una enere 
viista al "Caballero Audaz", redactor de 
"La Esfera". 

Sauer se mostró afligido porqae en 
in'iblico se afirmaba que sobre las on- 
paldas del ilustre pianista pesaban ya 
setenta inviernos. — "Ix) esperaba con 
impaciencia. . . Tengo la vanidad de no 
creerme viejo todavía ... Y como se ha 
dicho por ahí que tengo setenta y un 
años, lo esí)eraba a usted, confiado en 
que su pluma desvanecerá este error... 
— "Pues tengo cincuenta y ocho años 
nada más. Nací en Hamburgo el 8 de 
octubre del 02. ¡ Oh ! Si tuviera setent;i 
y un años, no iwdría tocar... A ean 
edad nadie, ni Moznrt. ha podido arran- 
car al piano vibraciones ju.stas. . (nn- 
turalmente. comentamos nosotros : Mo- 
zart no pudo arrancar justas vibracio 
nes al piano a esa edad. . . porque mu- 
rió a los treinta y cuatro años). 

El pianiiStíi vienes (hay (^ue advertir 
que Sauer se naturaliKó austríaco poin 
desempeñar el puesto de Director de la 
Ileal Academia Musical de Viena) se 
muestra encantado de España y dice 

que lo que máí; le gusta son ¡los 

toros ! ¿Será verdad. . . ? 

A solicitud especial del "Caballero 
Audaz". Sauer cuenta la historia de su 
melena, 'que no siemi)re usó como otros 
íirtistas. "Hace nuichos añ08, dice v\ 
pianista, me enaiaoré de una bellísima 
mujer, compatriota mía, de la más alta 
aristocracia . . . Era una gran dama ru- 
bia, como una princesa pálida de las ba- 
ladas de mi país. . . Después de un lar- 
go cortejo, cuando yo ya enfermaba de 
melancolía y de impaciencia, logré una 
cita, la única... Razones de familia, 
de rango, obligaron a matrimoniar a mi 
amada. . . La vísijera de su boda, nos 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



121 



vimos... Yo a sus pies sollozíiba mi 

amor Ella se inclinó sobre mí y 

lloró también, con sus manos, como li- 
rios, posadas sobre mi cabeza, (lue se 
doblegaba acongojada en su regazo,.. 



Nos separamos. Se casó. Pasó el tiem- 
po... Y como recuerdo de aquel gran 
amor de juventud, yo juré no cortar 
nunca mi« cabellos sobne los que ella 
había puesto sus manos de marfil..." 



CRÓNICA MUSICAL MEXICANA 



En el Anfiteatro de la Escuela Pre- 
jtaratoria se celebró el día 18 del pre- 
sente un notable concierto organizado 
por el pianista y compositor Alejandro 
Meza, exclusivamente con obras suyas 
y patrocinado por la Universidad Na- 
cional. 

El iprograma se desarrolló ante un 
público numeroso y efusi'vo. deseoso de 
míinifestar al artista ciego, su simpatía 
y admiración por el esfuerzo laudable 
que significa la creación de obras tan 
importantes como las que fueron inter- 
pretadas ese día en la Preparatoria. 

Un *''Minuetto" para institimentos de 
arco, una "Suite" pianística, cuyo pre- 
ludio interesa desde luego por su ritmo 
novedoso, dos "Romanzas" para violín 
y piano, tres canciones mexicanas rica- 
mente armonizadas y una obra de piano 
y orquesta, la "Rapsodia Mexicana", 
entre otras composiciones, formaban el 
programa. 

Alejandro Meza es un mtísieo serio, 
es un compositor de temperamento apa- 
sionado, de brillante imaginación, pro- 
fundamente romjántico, a pesar del de- 
monio modernista que en ocasiones 
intenta apartarlo de su sendero florido. 

La música de Alejandro Meza finge 
con frecuencia alegría y placidez ; pero 
detrás de la máscara sonriente de cier- 
tos procedimiientosí armónicos, de cier- 
tas ornamentaciones artificiosas, suspi- 
ra tristemente su melodía nostálgica y 
evoca, PR Iq» ííocturnos y Mftjüurcftií 



las nostalgias y tristezas chopinianas. 

El artista Meza ha puesto de relieve 
en la fiesta lírica de que nos ocupamos, 
sus aptitudes musicwles. regidas por 
una férrea voluntad y cultivadas con 
entusiasmo creciente. 

Merecedor de todo estímulo y aplau- 
so es quien, como Meza, triunfa por su 
propio esfuerzo y por su talento musi- 
cal ampliamente exhibido en el curso 
del concierto de la Preparatoria. 



La niña Angélica Euterpe Morales, 
discípula del estimable pianista don Mi- 
guel Cortázar, tocó en la sala de»! Con- 
serA'atorio Nacional un interesante pro- 
grama cuya excelente interpretación le 
valió las felioita clones entusiastas del 
director y profesores de dicho jilantel. 
El programa contenía obras de Beetho- 
ven, Bach, Schubert. Schumann y Cho- 
pin. 

La "Sociedad de Con*ci:ertos". de 
Guadalajara, ha realizado una brillante 
labor en su última serie de conciertos. 
corresi>ondiente al año de 1020. Es me- 
ritoria en alto grado la obra educadora 
de la "'Sociedad de Conciertos", y la 
Perla de Occidente del>e felicitar.se por 
contar entre sub habitantes a mrtsieo» 
tm 4MI»)?Uia«i como Jo«é RoWn y su» 
Méx, Mod,-Ht 



MÉXICO MODERNO 



distin^iidos colegas. En la soiie de con- 
ciertos a i pie nos referimos no menos de 
cuarenta y ocho obras diferentes fue- 
ron ejecutadas. 

Con giisto publicamos los tres últi- 
mos programas corresiiDondientes a los 
conciertos décimo, undécimo y duodé- 
oimo. 

Festival Reglamentario, dedicado a 
la memoria del genial compositor Lud- 
wig van Beethoven, Segunda Sinfonía, 
re mayor, Beethoven. — ^Concierto en la 
menor, Grieg. (solista, profesor J. Je- 
sús Estrada.)— T/Appren ti Sorcier, 
Paul Dnkas.— Peer Gynt. Suite I. Grieg. 

UndrciniTi Festival 'Regla mienta rio, 
Sinfonía VI, Tschaikowski, Concierto 
op. 23. Mac Dowell (solista, señorita 
Ana de la Cueva) Intermezzo. Ciea. — 
Overtura de Phedne, Massenet. 

Duodécimo Festival Reglamentario. 
— Sinfonía VI, Beethoven.— Fantasía 
Húngara, Eiszt (solista, señorita Sara 
Robles). Danza Macabra, Saint-Saens. 
— Scheherezade. Rimski-Korsakoff. 



Se anuncia un "Concierto Cultural" 
organizado por María Romero, cantan- 
te, Leobardo M. González, recitador y 
Manuel Barajas, pianista. — líl festival 
está dedicado a don Adolfo de la Huer- 
ta, don José Vasconcelos y don Fran- 



cisco l'érez. El programa : Piano. — An- 
dante Apasionado, E. Soro. Mazurka 23, 
Chopin-Brassin. Valse Triste, Sibelius. 
Camouflage. . . ! Barajas. Estudio Japo- 
nés. Poldini y Rumores de la Caleta de 
Albéniz. — II. Recitación. El Misionero. 
Alfonso Cravioto. Adolfos, Manuel Ma- 
chado. Poema inédito. Guillermo de Lu- 
zuríaga. Los lamentos inútiles, Gilberto 
Rubalcaba. Cuando duerma la amada, 
A. Alvarez Pulido. Señor, no. me la 
vuelvas...! E. García Carrillo y Tus 
ojos negros, de Ñervo. — ^11 1. Canto. Ma- 
drigal y Fleur du Matin, Chaminade. 
Sérenade du Passan. Massenet. Chan- 
son Árabe. Godard. Chagrín d'Amour, 
Mme. Malibran. Canción del Solvej. 
Grieg y Romanza de la ópern "Mor- 
gana." 



El joven pianista Eugenio Navarro, 
tocará en un próximo recital que se 
efectuará en la Preparatoria escogidas 
obras de Bach, Liszt. Saint-Saens y 
Chopin. 

De Mérida nos comunican los pro- 
gresos que realizar la Academia de pia- 
no del profesor Benjamín Aznar. Un 
resonante éxito fué para esíi institu- 
dión el concierto de un alumno del se- 
ñor Aznar. que regresó últimamente 
de Italia. Feliieitamos cordialmente al 
señor Aznar pov este nuevo triunfo. 



Nota dk la redacción. En esta Sección se dará cuenta de todos los acontecimientos mu- 
sicales importantes de que se recil>a noticia y se hará juicio de aquellos conciertos, recitales, 
exámenes, etc., a los cuales haya sido invitado México Moderno. 



REVISTA DE LIBROS 

SECCIÓN A CARGO DE 

GENARO ESTRADA 



DEL CARILLÓN INTIMO. Emilio 
Mcnéndez Barrióla. Biblioteca Poética. 
Buenos Aires. 1920. 

No se trata, seguramente, en este li- 
bro de la primora salida por tierras 
literarias; ni es obra de .úwentud que 
exculpar pueda los balbuceos técnicos, 
ni los de otro jaez; en las primeras 
páginas encontramos el retrato del au- 
tor y podemos decir que "ya dobló el 
cabo de buena esperanza", sin que los 
frutos de la madurez' física correspon- 
dan a la intelectual que era de espe- 
rarse. 

Azorín recomienda, para valorizar a 
un poeta, tomar de su obra versos ais- 
lados, que, aun siendo inconexos y sin 
sentido congruente, cuando son de un 
poeta, "nos sugieren un estado de es- 
píritu, una visión, una musicalidad. . ." ; 
si para juzgar del señor Menéndez Ba- 
rrióla usamos del ''poetómetro" que Azo- 
rín nos propone y escogemos algunos 
versos sueltos de su obra, nos encon- 
tramos los siguientes : 

Llevo sohre los homhros un viejo 

{campanario 

Mi caheza es un caos de loco visiona- 

{rio.... 
Y aquí estoy otra vez de liendres rico, 

que en lugar de argonauta fui 

(horrico. 



no se trata precisamente de una broma ; 
el prologuista nos dice en las primeras 
IDáginas : "Estos versos son la conden- 
sación de una vida" y por eso, respe- 
tuosamente, los comentamos. 

l'n miembro más en la legión de la 
ramplonería, de la frase sobada, del 
cK]úritu chato y del humorismo perio- 
dístico, lo que no es una recomendaciión 
para la lectura del "Carillón Intimo". 

B. O. M. 

DE MI BLOCK. Pedro Erasmo Ca- 
llcrda. México. 1920. 

En un volumen de dudosa presenta- 
ción ha recogido el Dr. Callorda, artícu- 
los literarios publicados, casi todos, en 
la prensa del Uruguay y que corres- 
ponden a su iniciación por los sende- 
ros de la lliiteratura. Completan el vo- 
lumen atildados discursos, que en sen- 
das ocasiones?, y para cumplimentar su 
caráxíter diplomático, ha pronunciado 
su Excelencia entrí? nosotros. 

B. O. M, 

PENSAMIENTOS Y FORMAS. NO- 
TAS DE VIAJE. Alberto Masferrer. 
San José de Costa Rica. 1921. 

Como el título lo propone, ha forma- 
do Alberto ¡Masferrer este volumen. 

Con varios Ensayos y Notas de viaje 



124 



MÉXICO MODERNO 



recopilíidíis casi todas en la América 
Central. 

De la primera parte del libro, Jos en- 
sayos, espigamos los contenidos bajo 
el subtítulo "Una Punta del Velo", es- 
pecialmente, por sor ol mejor desarro- 
llado y el de mas am])lias perspectivas, 
"Las Formas". 

Dentro del estilo que se ha dado en 
llamar ensayos, y en donde algunas per- 
sonas, como el prologuista del libro 
que nos ocupa, — tilda al autor de fíl6- 
sofo profundo, — creen hallar filosofía ; 
dentro de tal estilo, digo, que para mí 
es más bien una ''literatura ideológica'', 
valga la expresión, puesto que dentro 
de sus límites caben la paradoja, la 
sutilización y la ironía fuera de todo 
sistema, que es la base del pensamien- 
to filosófico, apunta Masferrer iitiles 
ideas, como este siglo exige que lo sean, 
y con cierta originalidad y holgura dis- 
curre su peiisamiento por los proble- 
mas vitales de la hora, caracterizán- 
dolo un misticismo cristiano y el opti- 
mismo que dimana de él. Toda la obra 
se informa en tal espíritu y en sus pos- 
tulados de Fé, Esperanza y Caridad. 

De las notas de viaje nos impresio- 
nan "Fiesta de la Raza" y "Harapos", 
escritas en un estilo inaisivo y dolien- 
te, acerca del hambre y la pobreza del 
indio en Centro América, (pueden ex- 
tenderse las fronteras), palabras que 
acusnn un hondo sentido de humanidad 
y un alma limpia. Además visiones lí- 
ricas del pailsaje y descripciones de 
Guatemala, San Salvador, Izalco y Aca- 
jutla, donde advertimos, una vez más, 
el donairoso estilo del autor. 

[ y B. O. M. 



ORDENANZAS DE GREMIOS DE 
LA NUEVA ESPAÑA. Recopilación he- 
cha por el Lie. Francisco del Barrio Lo- 



rcHzot. Genaro Estrada la prologó y 
cuidó su imi)resión. 

I'oco se sabía acerca de las condicio- 
nes del trabajo en la Nueva España, 
debido a la rareza de la documenta- 
ción. El archíA'o de actas edilicias nun- 
ca ha sido explotado convenientemen- 
te y apenas si recibieron publicidad las 
ordenanzas de dos o tres gremios. Ge- 
naro E'strada logró obtener la recopi- 
lación manuscrita del Lie. Francisca) 
del Barrio Ix)renzot y la mandó a im- 
primir la Secretaría de Industria, Co- 
mercio y Trabajo; por lo oual. conta- 
mos ya con una obra completa acerca 
del trabajo en la Nueva España y con 
una contribución al estudio de más vas- 
tos problemas, históricos y sociológi- 
cos, de nuestro país. 

El prólogo de Genaro Estrada, bella- 
mente escrito, no ha menester de elo- 
gios. La firma de su autor lo elogia bas- 
tante de por sí. 

.T. G. A. 



EL CORAZÓN JUGLAR. Poemas de 
T,uis G. TTrbina. La Editorial Pueyo. de 
Madrid, publiica el fdtimo volumen lí- 
rico de nuestro gran poeta. 

Nada nuevo puede decirse a propósi- 
to de Urbina. pues nada nuevo nos da. 
Intenta versificar en esa manera des- 
cuidada, de versos recortados, tan usual 
en estos días, y logra hacerlo a perfec- 
ción ; pero es el mismio Urbina de siem- 
l>re, sentimental y dolorido. 

Hay en El Corazón Juf/lnr poemas su- 
perficiales, de la vida ciudadana y vul- 
gar, y poemas de profunda melancolía, 
de gran intensidad emotiva, como El 
Be.9o de la fíomhra. El Dolor Confiado 
y El Cementerio. 

La poesía moderna ha prendido en 
TTrbina Abastas inquietudes de donde bro- 
tan páginas esforzadas y ajenas a su 
canción habitual ; parece atormentarlo 
la Idea de una renovación casi impo- 



REVISTA DE LIBROS 



125 



>ible; i)en) Urbina 110 necesita añadir 
un ápice a su valía, no debe renovarse. 

J. G. A. 



SANTIAGO DE CHILE. 1020.— ;. Se- 
rá de verdad arábisco el origen del au- 
tor o la autora? Si es un pseudónimo, 
hay que confesar que suena bien : orien- 
tal y aurísono. El título del librito es 
bello y el dibujo afrancesado de la 
poitada, no es feo. Ha pasado media 
hora y ya hemos leído casi todo el to- 
mito. El autor, o la autora, es demasia- 
do joven probablemente. Sólo de esta 
manera pueden perdonársele ciertos de- 
fectos. Pero lo que no podemos excusar- 
le es su llanto niagaresco. Por qué, oh 
santo Dios, se ha de llorar de este modo 
a los veinte aííos? En último caso que 
se llore así, pero sin escandalizar al 
transeúnte que va a comprar una cor- 
bata o unos cigarros legítimos. Pero 
llorar desde un libro de versos, y a gri- 
tos, es una grave falta de cortesía. Que 
se llore; pero como lo aconseja el alto 
y noble poeta Enriqíte González Mar- 
tínez : 

. . . .// soí^epa (lamente 

llorar, .sí hay que llorar eomo la fuente 

esroiulUla. 

Lo contrario es un error moral de la 
mayor iraiiwrtancia. Los poemitas del 
señor o señorita Elim, están invadidos 
de lugares comunes de la época de Ma- 
nuel Acuña y el predilecto "Nocturno". 
Carecen de toda novedad, y sólo en uno 
que otro verso hay belleza. La América 



Indoespañola está renovándose y sus jó- 
venes poetas deben ya abandonar los 
gestos i)asados y profesar la vida de 
modo más resi)etuoso y sincero. Le 
aconsejamos al señor o señorita Elim 
que use nombre castellano, que haga 
algún ejercicio corporal (tennis o po- 
lo), y sobre tx)do que abra un poco más 
sus ojos hacia el corazón espléndido de 
nuestra América nueva. 

C. P. C. 



Romanzas Interiores. — Caracas. Ve- 
nezuela. — El joven venezolano Ángel 
Corao, es el autor de este libro de ver- 
sos que hemos recibido. Libro triste, de 
una tristeza que en raras páginas de la 
obra no es chocante. Esa tristeza que 
lleva al caos y al ridículo al noventa y 
nueve por ciento de los infinitos poetas 
jóvenes de Améri<'a. Ninguna persona- 
lidad, absolutamente ninguna, encon- 
tramos en el libro del señor Corao ; tal 
vez ni la esperanza de una próxima o 
remota personalidad. A veces Lugones, 
otras Luis C. T/)pez. En otras veces es 
Andrés Mata, el negrito poeta venezo- 
lano, el que se aparece, sentimentalón 
y estéril, en medio die una es>trofa. Cuan- 
do un poeta llega a confesar que su vida 
es un abismo, y llora femeninamente y 
cita nombres de mujeres vulgares, está 
perdido. Hay media docena de i>oemas 
en el libro que tiene el honor de ocupar 
nuestra atención, que hemos leído con 
placer y por los cuales afirmamos que 
el señor Ángel Corao es un poeta. 



C. P. C. 



Nota: Solamente ae informará en esta Sección de los libros que los autores o los editores 
^emitan a México Moderíio.—hAS notas sin firma deberán ser atribuidas al encargado de la Re- 
vista de Libros.— G. E. 



REVISTA DE REVISTAS 

SECCIÓN A CARGO DE 

JAIME TORRES BODET 



NOSOTROS, Buenos Aires, diciembre 
de 1920. 

Hojeando la interesante Revista ar- 
gentina, nos sorprende "El Oro del Oto- 
fío", de Lugones; poema donde, como 
siempre, culmina la maestría del altí- 
simo poeta. Continuando la tendencia 
de "El Libro de los Paisajes", nos en- 
cantan la sensitiva espiritualidad y la 
"difícil facilidad" de que bace gala en 
estos versos .prodigiosos. 

Para delectación de quien lea. cate 
algunas gotas del sagrado licor. 



^EL ORO DEL OTOI^O 



Una amorosa madure:: lo enerva: 

Y con fatiga de pincel mediocre, 
iMfi tenues espiguillas de la hierha, 
rtibins de luz, sensibilizan su ocre. 

Y aseda ya bajo la lenta fuga 

De aquel oro más fiel, si menos rico. 
El desmayo final con que se arruga 
la mimosa rcjcz del abanico. 

Gotea oro una fuente sin murmullo . . . . 

Y al rayo diagonal del sol escuálido, 
Sobredora el jilguero su capullo 
allá en el sauce cada, vez más pálido. 

La última pizca de oro de su trino 
Resigna angustias de inminente lloro. 

Y el árbol cede ante el dolor divino 
de irse innriendo derramndo en oro. 

LEOPOLDO LUaO^ES. 



Dorada placidez de aromas llena. 
Cálida miel del colmenar' sonoro. 
Hojas que cubren la, asoleada arena 
con rumorosa muchedumbre de oro. 

La arena, con el sol, está dorada. 
La nube, en áurea luz, desfleca su ampo. 
Y en una palidez como encantada, 
Bajo la honda quietud se dora el campo. 



ORTO, Manzanillo, Cuba, enero de 
1021. 

Del escogido acervo literario que nos 
ofrece la Revista cubana "Orto". Nues- 
tro amigo, el poeta Rafael Ileliodoro 
Valle, en entusiástico artículo nos da a 
conocer "El caso extraordimario de Ilu- 
da Conkllng". la poetisa norteamerica- 
na que en octubre pasado cumpliera 



REVISTA DE REVISTAS 



T27 



los 10 años. Y para que no tildemo.s de 
oxaí^erado su dovoto homenaje, nos con- 
cede la ííraeia de sorprendernos, en ver- 
dad, con algunos poemas de tan raro 
ingenio vertidos a nuestra lengua "11- 
terail mente, puesto que se trata de tli- 
fundir un tej'to sagrad f) como él mis- 
mo lo dice. 

lie aquí algunos de los poemas. 

AGUA 

La Tierra se mueve lentamente para 
no derramar sus lagos y sus ríos. Tle- 
va el agua en sus brazos y el cielo va 
dentro del agua. ¿Qué es el agua, que 
arroja plata y puede contener al cielo? 



EN EL LAGO CHAPLA IN 

Yo estaba desnuda como una hoja y 
sentí el viento en níis hombros. Los ár- 
boles se rieron cuando yo agarré un po- 
co de sol entre mis manos. El viento es- 
taba cazando olas y revolviendo sus 
blancos bucles. ¡ Oh sauces ! dije, ¡ oh 
sauces, ved el lago! No os burléis de 
una niña que corre sobre vuestros pies 
hundidos en la arena. 



AMANECER 

Hay un arroyo que yo debo de escu- 
char antes de dormirme. Hay un abe- 
dul que debo visitar en las noches con 
claridad. Tengo que sonar algo, que es- 
cuchar mucho, antes que regrese la luz 
en la flecha de plata de una nube, y 
me limpio los ojos y me digo : "; Debe 
estar amaneciendo en esta colina I" 

//. Conkling. Trad. R. H. v"! 



THE HISPANIC AMERICAN HIS- 
lORICAL REVIEW. Raltimore. Md., 
E. U. A. En el último número de esta in- 
teresante publicación aipa recen dos ar- 
tículos de especial importancia para los 
lectores latinoamsericanos : Uno. On the 
Proposed L'nion of Central America, 
de Salomón de la Selva, y otro, CtiAhan 
Authors and TMnlcers, de Rafael Heliio- 
doro Valle; ambos, jóvenes escritores 
centroamericanos, residentes en los Es- 
tados Unidos. 

Salomón de la Selva, en un inglés 
correctísimo, estudia el problema de la 
unión de Centro América, con cierta 
ingenuidad política através de la cual 
se advierte un espíritu noble. De la Sel- 
va atribuye el distanciamiento de las 
pequeñas Repúblicas, el egoísmo de sus 
gobernantes anteriores y al apasiona- 
miento de los políticos más o menos in- 
fluyentes y propone que se resuelva la 
unión centroamericana, lejos de estas 
influencias, en Washington, bajo la des- 
interesada protección de los Estados 
Unidos. 

Rafael Heliodoro Valle, abandonando 
la ampulosidad de su estilo castellano, 
dedica su escrito a diseñar rápidamen- 
te las personalidades más interesan- 
tes de la intelectualidad cubana. 

Estos artículos no significan tanto 
por sí, como por estar escritos en in- 
glés y para lectores estadounidenses. 
Es preciso dar a conocer las inquietu- 
des, problemas e intelectos de nuestra 
civilización a los Estados Unidos, ese 
país grande y brutalmente civilizado. 

J. G. A. 



;.Será posible que un cuerpo de 10 
años guarde un espíritu de toda la vida? 

B. O. M. 



CARAS Y CARETAS. Buenos Aires. 
El número más reciente de este perió- 
dico contiene la maguífica informa- 
ción gráfica de siempre, dedicada con 



128 



MÉXICO MODERNO 



especialidad, en esta ocasión, a la pre- 
sencia de S. A. R. el I'ríncipe Aimone 
de Savoia Aosta y S. A. el Infante Don 
Fernando de Baviera, en la capital ar- 
gentina, que amenaza convertirse en 
una capital de opereta. 
Entre el texto se encuentra una en- 



trevista de Juan José Soiza Reilly con 
el gran novelista Gustavo Martínez Zu- 
viría. "Caras y Caretas" realiza el 
ideal de una publicación popular : ale- 
jarse de hi Literatura. 

J. G. A. 



JESÚS URUETA 

Oración fúnebre leída en 
el cementerio de Dolores, el 
día 29 de Marzo de 1921, 
al ser inhumados los restos 
de Jesús Urueta. 

I 

Ht A sentencia del legislador de Atenas "no juzguemos de una vida 
I hasta después de la muerte" pocas veces tuvo, señores, oca- 
-■— ^sión mejor que ésta, en que el acatamiento y la congoja nos 
congregan para ofrecer un último homenaje a los restos mortales 
de quien fue, si gran pecador, ciudadano insigne e incomparable 
tribuno. Porque no habiendo sido los días de Jesús Urueta ni los 
de un santo, ni los de un maestro, ni los de un héroe, sino que mien- 
tras ellos corrieron quedó atrás un rumor de voces no siempre uná- 
nimes y a menudo discordantes, sus deudos por el corazón y por el 
espíritu hemos debido esperar este momento de supremo desinte- 
rés para apreciar la magnitud de nuestra pérdida, así como los con- 
tendientes de Troya sólo se dieron cuenta de la estatura de Héc- 
tor cuando éste yacía en el polvo. Tiene la proximidad de la muer- 
te la virtud de hacernos justicieros, nobles, generosos, y, por eso, 
al sorprendernos ahora nosotros una vez más ante el misterio del 
ser y el no ser, el recuerdo de Urueta, cuya vida era hasta hace po- 
co objeto de muy diversas apreciaciones, nos conmueve tan inten- 
samente como si temblara en nuestro pecho la llama tenue y con- 
fortante de la piedad humilde que llora y glorifica el fin de una exis- 
tencia piadosa, o cual si nos embargaran la angustia y la inquie- 
tud, la pena y el terror con que veríamos caer a nuestro héroe y jun- 
to al héroe nuestra esperanza. 



130 MÉXICO MODERNO 

• 

Cumplió con su deber primordial de hombre y de mexicano. Aquí, 
donde el cultivo del espíritu y las aspiraciones a una vida superior 
parecen irivitarnos a una voluntaria segregación del alma patria, 
imperfecta y doliente; aquí, donde, como i)or acuerdo tácito, casi 
todos los intelectuales rehuyen unir su destino a los destinos de su 
país, con olvido de que las venturas nacionales, buenas o malas, li- 
berarán o esclavizarán a sus descendientes; aquí Jesús Urueta, in- 
telectual e ideólogo por disciplina y artista por temperamento, pro- 
fesó y practicó la política, ¡ nuestra política, tan parca en los triun- 
fos, tan larga en los sinsabores ! Y fué Urueta un buen ciudadano. 
Un buen ciudadano porque la probidad material, el claro sentido de 
lo que es nuestro y lo que no es nuestro le permitió — aquí, país don- 
de rarísimas veces la preeminencia y los cargos públicos no han si- 
do instrumento de malversadores y de venales — el privilegio sin 
igual de morir y dejar al Estado la tarea de alimentar a su viuda y 
a sus hijos. Un buen ciudadano porque la integridad mental, la 
lealtad hacia sí mismo nunca le abandonaron e hicieron — aquí, país 
de tergiversaciones y componendas con la conciencia — consistentes 
sus actos, una su conducta. En 1908, cuando comenzaba a desentu- 
mecerse y a romper sus trabas nuestro débil anhelo de pensar, de 
hablar y de obrar, ya encontramos a Urueta predicando las verda- 
des fundamentales bajo cuya advocación, ora sincera, ora fingida, 
se ha hecho y deshecho el torbellino de los últimos diez años, y 
moribundo, todavía tembló en sus labios una plegaria cívica ins- 
pirada en aquellas mismas verdades. Y sus prédicas, comprensivas 
y concretas, al mismo tiempo que señalaban cada uno de los aspec- 
tos de nuestro enorme problema nacional, alcanzaron la perfecta ex- 
presión de la propia esencia de donde ese problema arranca. En sus 
artículos y sus discursos políticos se contienen todos los principios 
revolucionarios por que aún estamos luchando y allí también pal- 
pitan, y palpitarán eternamente, las máximas sin cuyo amparo no 
es posible la vida ciudadana. Entre el bagaje del moderno pensa- 
miento político mexicano, ralo como la vegetación de un páramo y 
dominando, como en el páramo domina el cactus, por la arborescen- 
cia de argumentaciones mentidas y adulatorias y egoístas — como el 
cactus fofas, como el cactus espinosas, como el cactus repelentes — 
¿qué hay mejor, ni más hospitalario, ni más alentador que aque- 



JESUSURUETA 131 

Has breves palabras de Urueta dichas con convicción la víspera de 
una década trágica y no negadas después ni cuando los resplando- 
res eran más lúgubres y hasta los entusiastas y los creyentes tor- 
naban a hacerse escépticos? Entonces escribía Urueta: "Nuestros 
muertos siguen siendo creadores de energía ; infatigables . . . todo 
lo remueven y todo lo vivifican . . . Son la medula de nuestra histo- 
ria, la vida de nuestra vida, y nos acompañarán — legión sagrada — 
a la gran conquista, a la conquista de la ley . . . Es preciso, es ur- 
gente que todos los mexicanos comprendan que la Constitución, só- 
lo la Constitución puede salvar a la Patria. El pueblo que pone sus 
destinos en manos de un hombre, por grande que éste sea, es un 
pueblo insensato . . . Mientras las instituciones no funcionen nor- 
malmente no se puede hablar de paz, ni de progreso, ni de libertad. 
A mejores ciudadanos corresponden mejores gobiernos. Den- 
tro de un buen gobierno, respetuoso de la ley, que sabe impartir 
justicia, que es honrado en el manejo del haber nacional. . . los ciu- 
dadanos elevan su nivel intelectual y moral, el pueblo crece en for- 
taleza y en virtudes cívicas." Así pensó, así habló, así procedió 
Jesús Urueta, ciudadano de México. 



Vivió intensamente y para el arte. Aceptó los impulsos de su 
pasión y supo entretejer con ellos, manteniéndola impoluta, inco- 
rruptible, una tendencia nobilísima a contemplar las cosas bellas y 
a evocarlas. Nadie logrará separar lo que fué en Urueta mera pa- 
sión — pasión, es verdad, con frecuencia desordenada y arrebatada 
por loco desenfreno — de lo que fue en él amor a la belleza o pro- 
longación de ese amor. Pasión y amor de lo bello, la una y el otro, 
émulos que acrecentaban mutuamente su vigor, integraron su alma, 
presidieron a cada uno de sus actos y le llevaron a formular — son 
palabras suyas — este concepto de la vida humana: "La alegría, el 
dolor, el amor, el pensamiento, el alma entera, todo viene siempre 
a la carne, a la cruel y deliciosa carne, ennoblecida y divinizada co- 
mo una flor milagrosa por los supremos artistas ..." Esclavo de la 
sugestión de lo bello, pasó a nuestro lado practicando, acaso sin sa- 
berlo, pero con arrogancia y con un profundo desprecio de la hipo- 



132 MÉXICO MODERNO 

cresía y los tapujos sociales, esta máxima pagana — fuente del pa- 
trimonio de luz legado a nosotros por el genio mediterráneo : el arte 
principia y acaba en los sentidos, no es sino una sensación, ya sim- 
ple, ya infinitamente complicada. Y, excesivo en todo, sincero hasta 
en el error, a sus sentidos, sutilmente afinados e ilimitadamente cu- 
riosos, debió Urueta sus cotidianos desaciertos y sus instantes de 
suprema perfección. 

De ahí su arte. Aún le vemos : en pie ; fino y esbelto ; la cabeza 
ligeramente inclinada hacia adelante; próximas las manos, mien- 
tras los dedos acarician nerviosos un pequeño papel, y todo él some- 
tido, como si lo dominara una fuerza extraña, a un blandísimo vai- 
vén, apenas perceptible. Y de pronto, cuando, al parecer, el genio 
en reposo se agitaba, rompía él a hablar para deleite de su audito- 
rio; porque era dulce su voz, claras sus vocales, puras sus conso- 
nantes, rítmicos sus ademanes, acariciadoras sus palabras, evoca- 
doras de belleza sus citas y sus reminiscencias y profundamente 
generosa, sedante para el alma, bella para los oídos del cuerpo y del 
espíritu la euritmia de sus discursos. Hay oradoi:es — como Justo 
Sierra — cuya memoria debe perpetuarse con la lectura de sus obras. 
No así Urueta: guardemos, quienes le oímos, como rescoldo sagra- 
do, la imagen imborrable aunque confusa de su arte sin par, y le- 
guemos a quienes no le oyeron la leyenda de su palabra — ¡ Crisósto- 
mo ! — , sonora y musical como campana de oro ; pero que nadie in- 
tente buscar en el molde impreso, en la rigidez de la frase escrita, 
la realidad de su obra, viva, sinuosa, esencialmente del tiempo, aje- 
na al espacio e imposible de nuevo sin la intervención de la mágica 
virtud creadora. 



Por ello la pérdida es irreparable. Queda en pie la catedral, 
compendio de un genio múltiple, y las piedras ennegrecidas mantie- 
nen perennemente viva la influencia de la devoción anónima, de las 
manos anónimas que la erigieron; contemplan los ojos un cuadro o 
una estatua, y en su esfuerzo por seguir la línea, la mirada descri- 
be el mismo trazo aprisionado por los ojos creadores; se repite un 
canto o los sones acordados que un músico concibiera en tiempos 
pretéritos, y el oído descubre, dócil a su guía, la misma belleza re- 



JESÚSURUETA 133 

velada; y una historia se relata, y se recita un poema y se lee un 
libro. Pero, ¿cómo volverá jamás a sacudirnos el temblor derivado 
de la voz de Urueta, y de sus ademanes, y de sus pausas, y de todo 
aquel peculiarísimo toque personal que él comunicaba a la frase di- 
cha a su manera, a la cita hecha a su modo, a la palabra silabeada 
según él sólo supo silabear? Como de todo artista cuya obra no 
puede fijarse ni es transmisible, la semblanza de Urueta, su perso- 
nalidad quedarán en la sombra mientras otro artista no las reviva 
con su genio y les dé brillo. 

Y en tanto, el dolor de la impotencia aunlenta nuestro descon- 
suelo. Sobre la luminaria magnífica de su verbo, matizado en oca- 
siones como un crepúsculo, él elevó una vez la figura de Altamirano 
y la mostró a nuestros ojos, en un arranque de taumaturgo aman- 
te de su patria, como emblema místico de la fusión espiritual de 
dos razas y dos civilizaciones ; otra vez, muerto Manuel José Othón, 
encarnó él de tal modo en la imagen de aquel alto poeta la poesía 
inherente a la Naturaleza, a la naturaleza visible en lo pequeño y 
en lo grande, en lo escueto y lo opulento, que quienes lo oyeron lle- 
garon hasta Othón a través de sus palabras y pudieron acoplar 
más tarde a la imagen sintética evocada por el panegirista el sen- 
tido expreso y el espíritu oculto de los versos del poeta; otra vez 
— y este es el recuerdo más conmovedor, el más tierno, pues revive 
instantes en que fueron igualmente grandes la sencillez y el dolor — 
Urueta lloró ante nosotros la muerte de Justo Sierra, y la lloró con 
tal duelo, con tal duelo convirtió en lágrimas nuestro corazón — lá- 
grimas copiosas, lágrimas sin literatura — que casi nos consoló de 
la pérdida del maestro. Y ahora, henos aquí, incapaces de llorarlo 
a él como él merece, impotentes — pese a la presencia de sus des- 
pojos y a la comunidad de nuestras almas — impotentes para atraer 
sobre nuestras cabezas e incorporar al ambiente que aquí nos en- 
vuelve siquiera un fugaz aleteo de su espíritu, siquiera una chispa 
del fuego que él encendería en nosotros si estuviera aquí tocándo- 
nos con su palabra el corazón. 



Ha habido, señores, desde que el hombre se dio a analizarse a sí 
mismo y a analizar el universo que le rodea, una filosofía de la vida 
y una filosofía de la muerte, infinitamente variadas una y otra. En 



134 MÉXICO MODERNO 

SU lucha diaria, o en su juego diario con las cosas del mundo (por- 
que en este mundo lo que no es esfuerzo, lo que no es dolor es tan 
sólo un deporte, un pasatiempo) los hombres toman de estas dos 
filosofías aquello más a propósito para tranquilizarles — en medio 
de este vivir inexplicable, tan oscuro en su origen como en su fina- 
lidad — el ánimo de cada día y para poner de acuerdo sus actos y 
su pensamiento. Y así, la muerte reviste en las páginas de los li- 
bros, en las horas de la conducta innumerables aspectos, todos verda- 
deros y todos falsos. Mas externamente a nosotros, en la realidad 
situada más allá de nuestra percepción mental y de nuestras va- 
nidades morales, la muerte es una, por lo insondable y lo inapre- 
hensible; su significación íntima se nos escapa, se nos oculta como 
la significación de la misma vida que vivimos y la conciencia pu- 
ra que somos. Por eso, cuando nos encontramos delante del paso 
real de la vida a la muerte, cuando uno de los nuestros, uno de los 
que con nosotros han sido, pasa a no ser, se produce en nuestra al- 
ma, como respuesta única, un vacío inconmensurable y un dolor 
profundo cuyo centro quizás radique fuera de nosotros. Y brota en- 
tonces desde el abismo de nuestro propio vacío, desde el fondo de la 
horrible fatiga hermana de todo dolor, un voto humilde, un senci- 
llo deseo sin orgullo ni vanidad, el voto que querríamos para nos- 
otros, voto viejo como las fatigas y los desengaños humanos : Des- 
eansa en paz, 

MARTIN LUIS GUZMÁN. 



ROSAS DE UNA GUIRNALDA DE HUMILDAD 



PRIMERA CANCIÓN SIN MOTIVO 



4 ^^\^ juventud. , . y el corazón, . . y ella 
I V^J cantando en el silencio del palmar! 
I Brilla en mi cielo declinante estrella, 

y el corazón, la juventud y ella 

me infunden vago anhelo de cantar. 

Junio en sus brazos cálidos madura 
de Mayo floreal la herencia opima, 
y la onda musical de la luz pura 
truécase en polvo de oro de la rima. 

¡Oh juventud. . . y el corazón. . . y ella 
vibrando en el cordaje del laúd : 
ella florida, ella enardecida, 
ella — todo el aroma de la vida 
en la miel de la dulce juventud! 

Aún tengo impulsos de cantar , . . La brisa 
riega efluvios de Dios por la pradera, 
toda primor de nácar y de trina 
en la infantilidad de la mañana. 

¿Qué es Poesía f 
¡El Pensamiento Divino 
hecho melodía humana! 



136 MÉXICO MODERNO 

II 

MOMENTO 



YO fuerte, yo exaltado , yo anhelante, 
opreso en la urna del día, 
engreído en mi corazón, 
ebrio de mi fantasía, 
y la Eternidad adelante. . . 

adelante . . . 



adelante. 



III 
CANCIÓN LIGERA 



HACIA el jardín azul de la Ilusión, 
entre las brumas de la edad, 
echo a volar mi corazón. 
Consumido por la pasión, 
quiero volver a la infantiUdad. 

Escueto y duro y triste corazón, 
ebrio del acre vino de la edad, 
envuelto en negras Mamas de pasión: 
has de volver a la infantilvdad, 
roto, cansado, viejo corazón. 

¡Oh, sí! Volver a la infantiUdad, 
hada el jardín azul de la Ilusión. . . 
¿ Y cómo ir entre las brumas de la edad, 
perdida ya la sencillez del corazón? 



EL PENSAMIENTO PERDIDO . 137 

IV 
EL PENSAMIENTO PERDIDO 

{A RAFAEL HELIODORO VALLE.) 

YO tuve un pensamiento de inspiración divina, 
seguro como un monte y arduo como un amor; 
encerraba el secreto de la onda marinu, 
del ojo de las águilas, del tinte de la flor. 

Jamás lucero alguno vertió desde la aZtwra, 
sobre el nocturno páramo, más dulce claridad 
que el pensamiento mió sobre mi carne obscura, 
hecha, por él, florida de sueño y de verdad. 

Bajo su luz, la ira de mi ademán cruento 
fue hermana del ziszás alegre de la hoz; 
y cuando dije un día con ánimo violento : 
^'¡Yo no quiero un prodigio — me basta un pensamiento!'' 
— estaba ya el prodigio temhlándome en la voz. 

Bajo su luz el mundo reía en la alborada, 
y la alborada fue mi honda de David: 
¡oh ternura sin lágrimas de la luz aniñada 
jugando en los racimos midieres de la vid! 

En su esplendor pacífico — rubí, zafiro, día 
celeste — iban las múltiples fuerzas del Bien y el Mal 
(palomas y milanos) con rumbo a la Armonixi, 
y todo se nutria de ciencia divinal. 

Agrias tormentas — agrias como erizada roca — 
entre la mente obscura y el sordo corazón: 
plegaria que te vuelves, al brotar de la boca, 
iracunda blasfemia o ardiente muldición: 



,38 MÉXICO MODERNO 

Enfermedad sagrada que hiisca lo absoluto 
en nuestro ser efímero, m<is no lo puede hallar: 
celeste Poesía que llevas hasta el bruto 
tus perfumadas ánforas, tu lirio y tu azahar: 

Soplo que extingue, al paso, la flama de la vida: 
ósculo de las sombras: fatídico vaivén 
entre un día futuro y una edad preterida : 
ansias de azul: melódica nostalgia del Edén, 

Todo bajo la lumbre del claro pensamiento 
era impulso armonioso, miel, perla, vino, Abril. 
El suspiro de Dios, que armonizaba el viento, 
iba en mi pensamiento por el viento de Abril! 



RICARDO ARENALES. 

Hotel Austin. 
126 Military Plaza. 
San Antonio, Texas. 



ESTUDIOS DE LITERATUKA RUSA 

Al margen del * 'Crimen y Castigo" db Dostoiévsky 

EL caso del estudiante Raskolníkoff, justamente famoso entre 
ios criminalistas, es singular por la maestría con que Dos- 
toiévsky lo expone. No es sencillo, por supuesto, aunque a pri- 
mera vista no seamás que uno de tantos de los que la crónica negra 
reseña. Es complicado porque se entra con él al misterio de las al- 
mas, y porque Dostoiévsky, que tan bien sabía escudriñar los os- 
curos rincones del espíritu, proyectó la luz de sus análisis sobre ca- 
da accidente de las situaciones psíquicas que Raskolníkoff atravie- 
sa, gracias a lo cual nos revela algunos de los secretos, que sin du- 
da pululan en todas partes, pero que nosotros ignoramos porque nos 
falta la mirada avizora que permite entreverlos. 

Un hombre como Raskolníkoff, capaz de sentir la piedad (la más 
fuerte de las emociones que Dostoiévsky describe) y capaz de hacer 
el bien, aun con peligro de su propia vida; un intelectual, un psi- 
cólogo, mata brutalmente a dos indefensas mujeres; las mata a 
hachazos, después de engañar a la primera con una infame alevo- 
sía. ¿No es esto uno de los crímenes repugnantes de los que nos 
apartamos con horror apenas nos damos cuenta de que existen? 
Este es el que Dostoiévsky trata en su famosa novela. Y lo primero 
que se pregunta uno es: ¿por qué el personaje de ella lo comete? 

Aparentemente (él lo dice así muchas veces) las mata por es- 
tas razones : a una, sin propósito previo ; sólo porque se le interpu- 
so en su camino; a la otra, porque es una usurera sórdida, y porque, 
pesando él en la balanza de su razonamiento, para averiguar si la 
vida de esa mujer, que maltrata a su hermana y que se enriquece 



140 MÉXICO MODERNO 

con el agio que sin entrañas ejercita, vale más o vale menos, mo- 
ralmente, que la posibilidad de aprovechar una parte del dinero de 
esa mujer para que él pueda tener un punto de partida sólido en la 
vida, y se lance luego a una serie de buenas y grandes acciones, de- 
cide que, enriquecido por el crimen, y capaz de hacer grandes bie- 
nes gracias a su riqueza, valdrá más que su víctima. Fuerte con es- 
te modo de ver las cosas, se dice a sí propio que no de otro modo ha 
razonado cada uno de los conquistadores del mundo que, pasando 
por encima de cadáveres y vertiendo sangre sin cuento, en guerras, 
como lo son todas, feroces, se han apoderado de los gobiernos, las ri- 
quezas y los destinos de los pueblos y han saciado con esto sus apeti- 
tos y sus deseos. Puestos por encima de las leyes, porque han tenido 
audacia bastante para hacerlo así, el mundo los ha colmado de ho- 
nores; poetas han cantado sus hazañas y multitudes les han erigi- 
do estatuas. ¿Por qué no ha de hacer él otro tanto, no para con- 
quistar un país o un trono, sino para hacer el bien, que la ávida 
usurera no hace? ¿Por qué no ha de hacerlo, si a fuerza de habili- 
dad y aun de talento, puede conquistar la impunidad, lograr al ca- 
bo la realización de todos sus deseos y vivir a la postre cortejado y 
adulado, como todos los que tienen éxito en sus empresas ? ¿No es 
este el caso de ciertos revolucionarios ? ¿ No debe tomar como lema, 
el lema famoso: Audacia^ Audacia y Siempre Audacia, sobre todo si 
lo hace por hacer grandes bienes? 

Aparentemente esto es toda la razón de su crimen; (espolea- 
do, no obstante, por razones secundarias: porque él es un violento 
y no quiere seguir el largo camino del trabajo, que al fin lo condu- 
ciría también al éxito ; porque es además orgulloso, y aun pundono- 
roso, y se resiste a vivir a costa del constante sacrificio de su madre 
y de su hermana, todo el tiempo que necesitaría seguir el dilatado 
sendero de la labor diaria para obtener el triunfo). 

Aparentemente esto es todo ; y sin embargo, él tiene dudas, has- 
ta el momento supremo de su acto ; su razón sola no lo conduciría a 
su delito, porque hay algo dentro de él, que lo reprueba, y que con 
repugnancia lo rechaza. ¿Por qué llega entonces él? ¿Por qué lo 
prepara, detalle por detalle, día por día, minuto por minuto, entre 
el horror de pensarlo y el orgullo de razonarlo y de considerarlo 
justificado? 

La explicación última de su acto parece haber sido apenas en- 
trevista por el mismo Dostoiévsky que, a pesar de esto, la indica 



ESTUDIOS DE LITERATURA RUSA 141 

con una rara penetración. Hay que decir que sólo la entrevio, por- 
que no está sugerida más que al principio de su obra, y desapare- 
ce luego totalmente en cada uno de los posteriores análisis, por 
más luminosos que éstos sean. La verdadera explicación del crimen 
de Raskolníkoff consiste en que los actos que su crimen constitu- 
yen se desarrollan con la incontenible fuerza de una máquina, que 
poco a poco, pero de un modo irremediable, se pone en movimiento, 
contra la voluntad del asesino, y lo convierte en su juguete, sin 
que él mismo lo sepa y dejando que apenas lo entrevea. Esto es 
decir que todo ocurre en él bajo el imperio de esa casi normal con- 
dición de los hombres todos, que son, como Dostoiévsky dice en el 
Idiota, víctimas de "ideas mixtas" : unas, en la parte más visible de 
la conciencia ; otras, emboscadas, en la sombra, y acaso por eso más 
fuertes. ¿Ideas propiamente? No. Impulsos más bien; no razona- 
dos, aunque los apoye un razonamiento, que es, a la par, incomple- 
to, y, para tales estados de conciencia, casi extraño. 

¿Quién no ha sentido tales incoercibles impulsos? ¿Quién no 
sabe que en ciertos momentos de su vida, comete un acto que mil 
veces se ha reprochado y que, llegada la ocasión, sabe perfectamen- 
te que no debe cometer, pero que va preparando paso a paso, con 
una sabia habilidad, a pesar de todo, hasta efectuarlo? 

Mas entonces, si existen semejantes tendencias (instintivas 
o no — ^las de Raskolníkoff no lo eran; otras lo son — ), incoercibles 
en todo caso, ¿es que los hombres no son responsables? ¿e.s que lo 
son en parte y en parte no lo son? Si tales tendencias — y parte de 
ellas son los "complexos" psíquicos que Freud y sus discípulos están 
entreviendo ahora — nacen, sin que sepamos casi cómo, y están en 
nosotros escondidas, urdiendo el crimen, — o la falta, o la acción que 
nos avergüenza, — y nos arrastran, aunque las reprobemos, y nos 
hacen decir la palabra que no sentimos que sea nuestra, y que 
nos sorprende cuando brota de nuestros labios, o perpetrar la mala 
acción que nos hace ver la mano que la cometió, y que es cierta- 
mente la nuestra, como si fuera la de otro, ¿cómo explicar todo 
esto ? ¿ Cómo explicar lo que el mismo Dostoiévsky dice alguna vez, 
cuando declara que mecánicamente, cuando hemos olvidado una cita, 
nuestros pasos nos llevan a la casa donde está el hombre que nos 
ha dado esa cita? Todo esto parece explicarse recordando que la 
conciencia corre, lucha y vive en capas superpuestas y yuxtapuestas 
o antagónicas, que se ignoran una a otra, y de las que sólo una, o 



142 MÉXICO MODERNO 

a veces, digamos una y media, fosforecen en el "yo". ¿Pero el "yo" 
puede ser, entonces, responsable, por lo que determina en el orga- 
nismo un conjunto de fenómenos subconscientes que guían la mano 
sin que el alma, en lo que tiene de mejor, esté presente? 

El problema, así transformado de psicológico en ético, tiene 
que resolverse sin duda por la afirmativa: sí; sí es responsable el 
"yo'*; sí es responsable, porque, aunque las fuerzas oscuras que al 
mal conducen estén trabajando subterráneamente, el "yo" se da 
cuenta de algún modo de que tales fuerzas allí existen : no sabe con- 
tarlas ; no les ve la cara ; pero sabe que allí están, y que si él cambia 
de ocupaciones y de medio, y les niega el apoyo de su condescenden- 
cia adormecida, no podrán vencer. Por eso Raskolníkoff es culpa- 
ble : no por su pervertido razonamiento ; — que él sabe que es perver- 
tido y falaz — nó por la razón que él se da, al declarar, como lo haría 
un niestcheano, que su proceder, pasando por encima de las leyes, 
es bueno para los seres superiores, para los superhombres como los 
Bonapartes, que ni son accesibles al remordimiento, ni a las debili- 
dades que los traicionen ; sino por otras razones que él no se da, y 
que sordamente, dentro de sí mismo, sabe que existen, aunque su 
limitada inteligencia le impida verías. Podría haberse hecho cargo 
de ellas, sin embargo: podría haber advertido que si un hombre, 
sólo por el juicio recto o erróneo que hace de otro hombre, atenta a 
la vida de éste, rompe con esto sólo sus lazos con la sociedad, y se 
excluye de ella él mismo, lo cual es para él la destrucción misma de 
su carácter de hombre ; pero su razonamiento no llega hasta allí ; ni 
obedece por tanto a las intimaciones de su razón, que a pesar de to- 
do le indica que sus consideraciones y sus dialécticas son falsas o 
truncas. 

• 

Cometido el crimen, el castigo empieza: empieza justamente y 
se desarrolla de un modo inexorable, como la consecuencia psíqui- 
ca y social del crimen mismo: Raskolníkoff ha violado la coordi- 
nación social, asesinando y robando, e inmediatamente se siente ex- 
cluido de la sociedad: nó porque tenga que esconderse y que men- 
tir, sino porque ya no puede ver de frente a sus amigos, a su ma- 
dre y a su hermana; porque no puede trabajar con ellos, ni ha- 
blar con ellos; porque hay un invisible e infranqueable abismo en- 
tre ellos, porque la sociedad se ha roto para él; porque se siente 
en el vacío, aunque todos, apasionada y amantemente, lo rodeen. 



ESTUDIOS DE LITfcRATURA RUSA 143 

Y como a pesar de todo, es por su esencia y su naturaleza mis- 
ma, como lo somos todos los hombres, un animal social ; como la so- 
ciedad le es indispensable, resulta que está condenado irremedia- 
blemente a una de dos cosas : a morir, a suicidarse parcialmente en 
una perpetua vida de disimulo, o a confesar su crimen, y volver así 
a la comunión social : como un reprobo, sea ; como un maldito ; pe- 
ro al fin, a la comunión social. 



Su crimen, no obstante, aun absorbiéndolo, aun segregándolo 
de la sociedad, no lo absorbe por completo; no lo segrega de una 
manera absoluta : un punto queda vivo en su alma : aquel en el que 
ésta se encuentra, por decirlo así, desnuda y sin piel: allí donde 
sangra la llaga palpitante de la piedad por las desdichas ajenas, y 
donde esa llaga arde al contacto con las desdichas y se transforma 
en el fuego purificante de la caridad, es decir, en el amor. 

Con ser éste tan ardiente, no logra, sin embargo, restablecer 
la comunión del alma del criminal con las almas todas: para esa 
es forzoso que se acabe la mentira : es preciso que el criminal con- 
fiese su crimen: primero, a los seres que le inspiran piedad, o por 
los que aun siente cariño; después, a los acaso indiferentes; al 
fin, a los que la inspiran repulsión. Y esta es la maravillosa historia 
que Dostoiévsky cuenta. 

El castigo de Raskolníkoff no consiste, pues, en que la sociedad 
lo rechace: ni llega a rechazarlo; porque un conjunto de circuns- 
tancias alejan poco a poco de él las sospechas, hasta destruirlas 
casi, y porque en torno de él, seres abnegados y amantes pugnan por 
devolverle la salud y la vida : el castigo no llega tampoco cuando 
materialmente, a causa de su confesión, se le condena a trabajos 
forzados en Siberia, y va a extinguir allá su condena, con la cade- 
na al pie, el alimento malo y escaso, y el trabajo rudo. El verda- 
dero castigo está en él mismo: en que siente que ya no puede ca- 
minar espiritualmente hacia nadie: que no le es dable vivir en la 
comunión de las almas con ninguno; que tiene que estar, que es- 
tá desterrado de la sociedad, no por la sociedad, sino por él mismo ; 
no material, sino espiritualmente. El es ciertamente más desdi- 
chado que el Lázaro del Evangelio; porque Lázaro en su tumba, 
a los cuatro días de haber sido sepultado, aun cuando hubiera en- 
trado ya en descomposición corpórea, tenía su alma, viva, libre 



144 MÉXICO MODERNO 

y en relación espiritual con las demás almas, en tanto que Raskol- 
níkoff llevaba un alma muerta, sepultada en su cuerpo vivo. 

Dostoiévsky pinta la resurrección de esa alma: no como el 
cuerpo de Lázaro, llamada bruscamente a la vida por un milagro; 
sino lentamente: forzada, primero, por la necesidad misma de la 
naturaleza del hombre, — que mientras más humano es, es más so- 
cial, — forzada, digo, a confesar su crimen y luego, poco a poco, al 
través de largos meses de suplicio, obligada a sentir, más bien que 
a entender, que ciertamente había sido el alma de un verdadero cri- 
minal ; obligada a darse cuenta de ello, por la dulzura sublime y la 
piedad sin límites de la niña desventurada que, a fuerza de abne- 
gación y de ternura, y sin pedirle que así él lo hiciera, sino por el 
espectáculo perenne y rutilante de la virtud que ella tenía, hizo que 
al fin él cayera arrodillado a sus pies, y que, sin saberlo, personi- 
ficando en ella a la humanidad, le pidiera perdón de su crimen. 

Dostoiévsky no cuenta cómo haya sido esa resurrección ple- 
na; pero sí hace ver que al fin Raskolníkoff estaba resucitado: 
que él lo sabía ; que lo sentía en todo su ser ; y su resurrección no es 
otra cosa que la restitución final de su alma a la comunión de 
todas las almas. Por eso al contarlo, la prodigiosa evocación del 
crimen, la transfigurante tortura del castigo, se convierten en una 
tesis soberana, en la que la psicología se transforma en sociología 
para que ésta se transmute en ética ; y el alma conturbada, que por 
el sortilegio del arte de Dostoiévsky es conducida, aprende aquí, 
como en todas las obras verdaderamente grandes, que en el sene 
del horror puede germinar aún, y está en efecto germinando, la cla- 
ra lumbre del amor, y que ésta es capaz todavía, como es capaz 
siempre, de encender, a pesar de todo, nuevas estrellas. 

EZEQUIEL A. CHA VEZ. 



ELEGÍA DE LA PROVINCIANA 

A JOSÉ JUAN TABLADA. 

GENOVEVA : ya eres 
la apóstata de la' provincia. Las mujeres 
de tu casta, te gimen con el clamor deshecho 
conque se gime a un/ niorihuudo en su lecho. 

Y te suspiran por' infidente y ausente, 
el adicto rosal, la honesta fuente, 

la brisa ufana y la torcaz demerite. .\ 

Vas por la cortesana 
metrópoli, como una perla humana, 
perfecta, salomónica y liviana. 

Y ruedas por la vía, y te dan su equilibrio 
tus ojos y tus pies, 

todavía linajes puros de ta pavés. 

Pero eres el ludibrio 
de los suspiros castos, del amor pudibundo 
y del limpio recato de tu mundo. ** 

Ya descastada, eres un joyel • ,\' 

renacentista, un medallón pagano ' 

cuya imagen emerge de un laurel. 
Y ese laurel es un' trofeo cortesano, /> 

Pero ya tiene grietas tu troquel, 
porque eres para mí' un Juramento en Vano! 



Tú, la romántica Patrona 
de los ensueños tempraneros 



MéXfc Mo(f ¿— - 



t46 MÉXICO MODERNO 

de rústicos poetas cortijeros; 

tú, la suave Madona 

de la medrosa fantasía 

del limosnero músico^ que hacia 

por tíj y para ti sola, 

indigentes arpegios en su indigente viola, 

cuando te daba su' filarmónico ruego, 

como él oscuro, mendicante y ciego! 

Til, que pisaste con' tus largos pies de Infanta 
el compungido trébol de un letal desamor; 
tú, Genoveva, en cuya melódica garganta 
se mecían las notas con, un mimo de amor 
para dormir al hermano menor: 

^^ Arriba del Cielo 
^^está una ventana 
'^por la que se asoma 
^^ Señora Santa Ana. . /' 

Tú, curva sonriente, ola crespa y armónica; 
docto declive de columna jónica; 
palpitante y arquitectónica presea 
cuyo torso fragante era cual la marea 
de la linea, porque era el ondulante escollo 
del cincel alfarero 
que copiaba una muelle voluta d-e estoraque. . . 

(¿Te acuerdas, Genoveva, de tu busto criollo: 
una escultura de' San Pedro Tlaquepaque. . .?) 

Ahora has de llorar el escueto naufragio 
de aquella saludable ignorancia: sufragio 
de tu esponjada dicha de mujer, 
porque ahora ya sabes tejer y destejer 
tus complejos: discutes el cubismo, 
coqueteas con Chesterton, ensayas a Bergson. . . 
Y así has hipotecado a pausas tu emoción. 

¿ Qué ha quedado de tí, si en la comarca ausente 
^ y en el contrito amor de su sagrario, 



ELEGÍA DE LA PROVINCIANA 147 

fuiste, tácitamente, 

el cumplido incensario 

donde ardían los granos del copal reaccionario, 

y el incienso inmanente 

de la provincia triste, católica y ferviente. . . f 

Mi conciencia fue el límpido metal 
donde estuviste en pie, cual la dinástica 
estatua pía de la Tradición. . . 

Retiro el pedestal, 
y te lanzo al vaivén de la sarcástica 
opereta venal 
diurna y nocturna de la Capital! 

ENRIQUE FERNÁNDEZ LEDESMA. 

26 

marzo 

1921 



MÉXICO-TENOXTITLÁN 



SE cree que los primeros pobladores de América vinieron del 
Asia a esta parte del continente, después del Diluvio, pasando 
por lo que hoy es el estrecho de Behring. Aunque hay varias 
hipótesis sobre punto tan obscuro, es ésta la más aceptada. 

Propagados en numerosas tribus, esos primeros pobladores, 
por causas que se ignoran empezaron en el siglo VI a emigrar ha- 
cia la parte conocida ahora con el nombre de Valle de México. 
La tribu azteca fué la última en partir de un punto llamado Az- 
tlán (cuya situación se desconoce), emprendiendo en 1160 una lar- 
guísima y accidentada peregrinación en busca de lugar donde fijar 
su asiento. 

Conforme a la indicación que su dios Huitzilopochtli, llamado 
también Meccitli, o por corrupción Mexitl, les hiciera por medio de 
los sacerdotes, de que ese lugar no debería ser otro que aquel don- 
de encontraran un águila sobre un nopal, devorando una culebra, 
pusiéronse en camino, procesionalmente, al mando de su caudillo, 
Acatl, y llevando a la cabeza al sacerdote Texcacoatl, que, acompa- 
ñado de Cuauhcoatl y Apanecatl y de la sacerdotisa Chimalpa, por- 
taba la imagen del dios al que seguía el pueblo como subyugado. 

Después de atravesar durante largos años inmensas regiones, 
y de detenerse por algún tiempo en distintos lugares, los aztecas 
llegaron en 1245 al Valle de México, cuyo territorio y montañas 
circunvecinas encontraron ya ocupados por las tribus que les pre- 
cedieran. 

Permanecieron diez y siete años en Chapultepec ; pasaron des- 
pués a Acúleo, donde residieron cincuenta y dos años; luego, re- 
ducidos a la esclavitud, vivieron en Tizapán ; más tarde estuvieron 
en Acatzintitlán, al que mudaron el nombre por el de Mexicaltzingo 



MÉXICO ' TENOXTITLÁN I49 

en honor de sus dios Mexitli, a quien erigieron allí un templo ; des- 
pués radicaron en Ixtacalco, y por último en Mixiuhtlán (hoy Er- 
mita de San Antonio), a principios del siglo XIV, donde conforme 
a lo prevenido por Huitzilopochtli, después de ciento sesenta y cin- 
co años de peregrinación, al fin descubrieron sobre un islote del la- 
go, que ocupaba el centro del Valle, el ave anunciada. 

Ese día, según cálculos del historiador Sigüenza y Góngora, 
fue el 18 de julio de 1327. El islote donde se encontró el nopal con 
el águila posada, estuvo, según unos, en lo que hoy es el ángulo 
suroeste del jardín de Catedral ; según otros, en el lugar que ahora 
ocupa el jardín de la Corregidora. 

Edificaron luego un pequeño templo a su dios ; se establecieron 
en torno de aquél, y dieron a la nueva población el doble nombre 
de Meccico-Tenochtitlán, que por corrupción se hizo México-Te- 
nochtitlán. Llamóse así, en honor de su dios Huitzilopochtli o Mex- 
tli (propiamente Mecitli. que significa "ombligo del maguey"), y 
de Tenoch ("tuna de la piedra"), sacerdote que portaba al dios a 
fin de la peregrinación. 

México fué al principio un pequeño poblado de chozas de ca- 
rrizo con techos de tule, edificado en el islote, y poco a poco se fué 
extendiendo a otros islotes cercanos, los que pronto se vieron unidos 
al principal por medio de estacadas terraplenadas con fango extraí- 
do del lago, y por un sistema de islillas flotantes, llamadas Chinam- 
pas, las cuales sirvieron para el cultivo de cereales y otras plan- 
tas necesarias al sustento. 

Declaráronse los mexicanos tributarios del rey de Atzcapot- 
zalco, a quienes pertenecían aquellos lugares ; en 1337 se separaron 
unas de sus tribus y fundaron Xaltelolco ("montón de tierra o are- 
na"), que luego tomó el nombre de Tlaltelolco, y con él una nueva 
nacionalidad ; en 1376 cambiaron de forma de su gobierno (que ha- 
bía consistido en un consejo dirigido primero por Tenoch, y muer- 
to éste, por Mexitzin), proclamando. rey a Acamapichtli, cuyo nom- 
bre significa "el que empuña el cetro". 

La conquista de cuatro pueblos comarcanos que el primer rey 
hiciera, redundaron en provecho de México-Tenochtitlán, el cual, 
en su ensanchamiento, pronto se vio dividido en cuatro o calpulli 
barrios, que fueron : Moyotla, al suroeste (hoy de San Juan) ; Teo- 
pan Zoquipan, al sureste (hoy de San Pablo) ; Cuepopa, al noroeste 
(hoy de Santa María la Redonda), y Atzacualco, al noreste (hoy 



150 MÉXICO MODERNO 

San Sebastián). Pero el engrandecimiento de la población comenzó 
realmente durante el reinado de Huitzilihuitl, sucesor de Acama- 
pichtli, quien hizo edificar las primeras casas de piedra, y en que 
los mexicanos empezaron a usar, hacia 1398, trajes de tela de al- 
godón, en vez de la pita o ixtle que antes se usaba. 

Chimalpopoca, el tercer rey, fue un monarca desafortunado y que 
poco hizo por la ciudad y la nación ; pero Itzcoatl, que le siguió en 
el trono, realizó nuevas y grandes conquistas que dieron principio a 
la verdadera grandeza mexicana. El territorio se vio aumentado 
considerablemente, y en la capital se construyó el templo mayor con- 
sagrado a Huitzilopochtli ; otro a Cihmacoatl, y muchos hermosos 
edificios. 

Motecuhzoma Ilhuicamina, el más grande de los reyes azte- 
cas, quien asumió el poder en 1440, inició su gobierno levantando un 
templo al dios de la guerra en el nuevo barrio de Huitenahuac. En 
1449 mandó construir por consejo de Netzahualcóyotl, rey de Tex- 
coco, una albarrada o dique de piedra y mampostería, desde el pie 
del cerro de la Estrella hasta Atzcoalco, con una extensión de más 
de tres leguas y un espesor de quince metros, a fin de preservar la 
ciudad de inundaciones como la que aquel año sufriera a causa del 
crecimiento de las aguas del lago. Dividido el lago en dos, y libra- 
da la parte occidental de las principales afluencias, el agua, antes 
salada, convirtióse en dulce, originando una exuberante vegetación 
y mayor firmeza en el terreno que permitieron transformar la pri- 
mitiva ciudad en la nueva Tenochtitlán llena de soberbios edificios 
y jardines. Motecuhzoma Ilhuicamina, después de hacer audaces 
conquistas, de crear escuelas y de dictar sabias leyes, coronó su 
obra de embellecimiento de la capital edificando un nuevo templo e 
introduciendo por medio de un notable acueducto el agua de Cha- 
pul tepec. 

Axayacatl, quinto rey, sometió Tlaltelolco a su corona, el cual 
sólo tuvo cuatro reyes que fueron Cuacuauhpitzahuac, Tlacateotl, 
Cuauhtlatoa y Moquihuix, y la vecina ciudad pasó a ser un simple 
barrio de México, con lo que éste ganó en extensión. Tizoc Chal- 
chiutlatonac derribó en 1483 el templo de Huitzilopochtli, para 
construirlo más grande y más suntuoso. Ahuizotl concluyó el tem- 
plo mayor e hizo su solemne consagración ; y como en el reinado de 
este monarca se descubrieron algunas minas de cantera cercanas, 
la ciudad mejoró notablemente en su aspecto material. 



i 



MÉXICO-TENOXTITLÁN 151 

Con la exaltación de Motecuhzoma o Moctezuma II, a quien 
encontró la Conquista española, vino el apogeo, y grandeza postu- 
ma del reino azteca y, por consiguiente, de su capital. 

De la ciudad, tal como la encontraron los conquistadores y lo 
que fué durante el reinado de Moctezuma II y de Cuitlahuacatzin 
y Cuauhtémoc los dos últimos y efímeros emperadores aztecas, exis- 
ten descripciones tan fieles, tan detalladas, que. recurriendo a 
ellas podemos reconstruirla, representárnosla de modo bastante 
aproximado. 

Edificada, como hemos dicho, en el centro del lago que ocupa- 
a el fondo del Valle de México, soberbio anfiteatro de más de no- 
enta leguas en redondo, circundado completamente de altísimas 
montañas entre las que descuellan el Popocatépetl, el Ixtaxihuatl y 
el Ajusco, comunicábase con tierra en distintas direcciones, por 
medio de tres grandes calzadas de extensión no menor de dos le- 
guas cada calzada. La principal, que partía de Ixtapalapa, era "tan 
ancha como dos lanzas" y tan "bien obrada'' que podían "ir por ella 
ocho de a caballo a la par" ; al llegar a Churubusco, que con sus ado- 
ratorios, casas y torres se hallaba edificado a uno y otro lado, parte 
sobre la tierra y parte sobre el agua, la calzada torcía y tomaba rec- 
ta de sur a norte; media legua antes de terminar, interrumpíala 
una especie de baluarte de fuerte construcción, con dos puertas, una 
para entrar y otra para salir, coronado por dos torres y seguido a 
uno y otro lado de dos muros almenados, del altor de dos hombres. 
Dábala remate, ya junto a la ciudad, un gran puente levadizo que, 
como los idénticos de las otras calzadas, servía para aislar el pobla- 
do durante la noche. 

Salvado el puente, extendíase la calle principal en una longitud 
como de dos tercios de legua, bordeada de "grandes casas, aposen- 
tamientos y mezquitas", la cual conducía al centro de Tenochtitlán. 
Era la ciudad con "más de cincuenta mil casas", tan grande "como 
Sevilla y Córdoba", de calles anchas y rectas con una mitad de* tie- 
rra y la otra de agua pfor la que discurrían las canoas de los trafi- 
cantes, y unidas todas en los cruceros por anchos y sólidos puen- 
tes. Su trazo y disposición semejábanla a Venecia grandemente. Di- 
vidíase en solares como de cincuenta varas de longitud por cua- 
renta de latitud, en los que de manera uniforme se hallaban dis- 
tribuidos habitaciones y huertos. Sus edificios fabricados algunos 
dentro del agua, eran en general de magnífica construcción, todos; 



152 MÉXICOMODERNO 

de terrado, cantería y piedra tetzontle, con vastos aposentos en al- 
gunos de los cuales cabían hasta tres mil personas, decorados con 
mármoles y jaspes, tapices y pieles; alfombrados con esteras de 
palma, y rodeados de bellísimos jardines bajos y aéreos, en los que 
no faltaban estanques y surtidores. 

Descollaban, el templo mayor con su enorme muralla capaz 
de albergar "una villa de quinientos vecinos", sus setenta y ocho 
edificios interiores, sus escalinatas y sus "cuarenta torres muy al- 
tas y bien obradas", la principal más grande que "la torre del tem- 
plo mayor de Sevilla" : los palacios de Moctezuma, "tales y tan ma- 
ravillosos'*, que, según el decir de Hernán Cortés, le era imposible 
dar idea de su "bondad y grandeza" y sólo se limitaba a expresar 
que en España no había "su semejable" ; finalmente, las mansiones 
de los grandes señores de la corte, quienes pasaban de mil, y las 
de "muchos ciudadanos ricos". 

Entre las innumerables plazas, había una, la del barrio de Tlal- 
telolco, tan extensa como "dos veces la ciudad de Salamanca" ; allí 
se congregaban diariamente más de sesenta mil personas que com- 
praban y vendían, y cuyo rumor se oía a "más de una legua". Era 
tan notable, que el conquistador Bernal Díaz asegura que entre ellos 
"hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y 
en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan 
bien acompasada y con tanto concierto, y tamaña y llena de tanta 
-gente, no la había visto". Estaba cercada de portales, y su distri- 
bución era tan ordenada, tan perfecta, que cada artículo tenía lu- 
gar señalado. Había una calle de herbolarios donde se vendían yer- 
bas y raíces medicinales; casas "como de boticarios" donde se 
vendían "las medicinas hechas, tanto potables como también un- 
güentos y emplastos"; otras "como de barberos" donde rapaban 
y lavaban las cabezas; otras en que "daban de comer y beber por 
precio", y en las- que servían "pasteles de aves y empanadas de 
pescado", tortillas de huevos, pescado guisado y toda clase de man- 
jares; había puestos de esclavos; de animales de caza y domésti- 
cos; de peces, frutas y verduras; de ropa, pieles, tapetes y loza; 
de piedras preciosas, joyas de oro, plata, cobre, plomo, latón, esta- 
ño; de plumas, conchas y caracoles; sin que faltase una policía 
bien organizada que tenía a su cargo velar por el buen estado de 
los comestibles y la exactitud de las medidas comerciales. 

Un sistema aduanal, establecido en todas las entradas de la 



MjJJ 




TEMPLO Y HABITACIONES 
(Códices Teilcriano. Rcmensc y Borgia) 



(Cortesía de "El Maestro") 




PLANO DE LA CIUDAD DE MÉXICO 




GEROGLÍFICO DE LA FUNDACIÓN 
(Códice Duran) 



(Cortesía de "El Maestro") 




TRAJES GUERREROS 

(Códice Duran) 



{Cortesía de "El Maestro") 




TEMPLO DE HUITZILOPOCHTLI 

(Códice Duran) 



(Cortesía de ''El Maestro") 



MÉXICO-TENOXTITLÁN 15? 

ciudad; una buena administración de justicia, la cual se impartía 
en el Tecpancalli, enorme edificio que se alzaba frente al mercado 
de Tlaltelolco, y la más estricta vigilancia urbana, completaban 
el orden, la armonía de la capital del imperio de Anáhuac. 

De la impresión que causara a los conquistadores, revelado- 
ras son estas palabras de Bemal Díaz al describir la entrada de 
Cortés y de los suyos por la calzada principal o sea la que partía 
de Ixtapalapa: "Y de que vimos — dice — cosas tan admirables, no 
sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante pare- 
cía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la 
laguna otras muchas, e víamoslo todo lleno de canoas, y en la 
calzada muchas fuentes de trecho en trecho, y por delante esta- 
ba la gran ciudad de México." Y cuando cuatro días después pu- 
dieron contemplarla desde las terrazas del templo mayor, que era 
"tan alto que todo lo señoreaba", refiere que Moctezuma, en cuya 
real compañía subieron, preguntó a Cortés con exquisita amabi- 
lidad si estaba cansado, y que "luego le tomó por la mano y le di- 
jo que mirase su gran ciudad y todas las más ciudades que había 
dentro en el agua, e otros muchos pueblos en tierra alrededor de 
la misma laguna." 

No sin razón hizo exclamar al autor del Quijote, al gran Cer- 
vantes, estas palabras frente a Venecia : "... ciudad que a no ha- 
ber nacido Colón, en el mundo no tuviera en él semejante: merced 
al cielo y al gran Hernán Cortés que conquistó la gran México 
para que la gran Venecia tuviese en alguna manera quien se le 
opusiese. Estas dos famosas ciudades — prosigue — se parecen en 
las calles, que son todas de agua: la de Europa, admiración del 
mundo antiguo ; la de América, espanto del mundo nuevo." 

Su población, formada de más de trescientos mil habitantes, 
era en general disciplinada y de moralización casi perfecta. Ene- 
migos del embuste y de la embriaguez, los aztecas destruían las 
casas a los que tomaban licores con exceso, queriendo demostrar 
con eso que los creían indignos de vivir en sociedad; tenían en 
grande estima el matrimonio y les era prohibida la poligamia, 
aunque los reyes y grandes señores se rodeaban de muchas espo- 
sas; educaban a sus hijos con esmero y los acostumbraban al tra- 
bajo ; eran, en suma, humanos, inteligentes, laboriosos y aptos pa- 
ra todas las artes. 

Su indumentaria, en extremo pintoresca, daba vivas notas de 



154 MÉXICO MODERNO 

color de aspecto físico de la ciudad. Vestían la mayor parte de 
los hom'bres traje compuesto de una especie de faja o ceñidor, lla- 
mado maictlatl, liado a las caderas y anudado de tal manera, que 
dejaba caer sus puntas por delante y por detrás, en artística for- 
ma; un manto cuadrangular, llamado lilmalUque, atado al pecho 
o al cuello, cayendo en derredor del cuerpo hasta las pantorrillas, 
y sandalias de cuero, llamadas factli. Las mujeres llevaban unas 
camisas largas y sin mangas, designadas con el nombre de huipl- 
IIL puestas varias, una encima de otra, y de distinto largor, para 
dejar ver los diversos tintes y caprichosas labores de cada una; 
enaguas o tzincueitl que les llegaban a los tobillos; una a manera 
de toca bordada, nombrada quexquemU,y ligeros cac//i.. Los plebe- 
yos usaban telas de pita o algodón bastas, y colores y adornos sen- 
cillos. Los grandes señores, aparte de la finura de los tejidos y ri- 
queza de los colores y adornos, se ataviaban con dos borlas de de- 
licadas plumas, atadas a los cabellos y guarnecidas con oro ; traían 
un gran plumaje a la espalda; en los brazos se ponían ajorcas de 
oro; en el cuello sartales de piedras preciosas y perlas; en la nariz 
y las orejas, turquesas y argollas de oro, ban.das de mosaicos de 
plumas en el pecho, y grebas y armaduras de oro delgadas, de la 
rodilla hasta el pie. Las señoras usaban las mismas prendas que 
las demás mujeres, sólo que de gran riqueza; tocaban sus cabe- 
llos con hilos de piedras preciosas, portaban ricos brazaletes y co- 
llares, y solían pintarse la cara de un leve rojo o amarillo, los 
dientes de grana, igual que el pecho y las manos, de negro los pies, 
y se ponían muchos perfumes. Los monarcas extremaban todo ese 
fausto hasta hacerlo estupendo; portaban cetro y calzaban sanda- 
lias de oro. 

Este pueblo esencialmente religioso y guerrero, que se expre- 
saba en una lengua armoniosa cuya perfección, si hemos de creer 
a algunos filólogos, es comparable a la del griego; que poseía en 
alto grado el sentimiento de la nacionalidad, y los elementos de 
una civilización, ruda si se quiere, pero que extendía su inñuencia 
sobre todo el organismo social y político, este pueblo era, según 
expresiones del propio Hernán Cortés, un "primor en su vestido y 
servicio"; había en sus usos y trato "la manera casi de vivir que 
en España, y con tanto concierto y orden como allá", que en gen- 
te "tan apartada del conocimiento de Dios y la comunicación de 



MÉXICO-TENOXTITLÁN 155 

otras naciones de razón — agregaba — es cosa admirable ver la que 
tienen en todas las cosas." 

Y ese pueblo, que hizo obras grandiosas, y obras de raro arti- 
ficio, y que edificó tan soberbia ciudad, era ... ¡un pueblo bárba- 
ro! sólo porque practicaba los sacrificios humanos a igual de los 
fenicios, los egipcios, los árabes, los cartagineses, los persas, los 
griegos, los romanos, y CASI TODOS los pueblos de la antigüedad ; 
pero vino la civilización, es decir, la Conquista, y no conforme ésta 
con arrasar por completo tan bella ciudad, trajo las siete plagas 
de que nos habla Mendieta, substituyó los sacrificios humanos con 
la Inquisición, expolió y envileció a un pueblo que lo era de hecho, 
y destrozó una cultura que pudo haber subsistido hasta nuestros 
días, y tras un progreso de cuatro siglos más, estar evolucionando 
ahora como cualquier cultura exótica (la japonesa, por ejemplo), 
sin el fardo de los terribles problemas que la agitan y ensangrien- 
tan, en su afán de volver a ser lo que fué en tiempos pretéritos. 

LUIS CASTILLO LEDON. 

(PRINCIPALES AUTORES CONSULTADOS:— Hernán Cor- 
U^B, Cartas de Relación a Carlos y.— Berna! Díaz del Castillo. La coiir 
^¡uista de Nueva España. — Francisco López de (íomara, Conquista de 
México. — Baltazar Dorantes de Carranza, Sumaria relación de las co- 
sas de Nueva España. — Cecilio A. Róbelo, Nomhres geográficos mexico- 
nos del Distrito Federal). 



NOTA.— Este artículo fue escrito hace varios afíos, sin otro finque el de ha- 
cer obra de divulgación histórica. El autor no está de acuerdo ya con la con- 
clusión a que llega, pues reconoce que la Conquista trajo costumbres, religión 
y lengua superiores a las que aquí había, y que si ese magno acontecimiento 
no sobreviene, no existirían las razas criolla y mestiza, a la primera de las cuales 
pertenece, ni se consideraría orgulloso de poder hablar y escribir el más bello 
de los idiomas. 

L. C. L. 



CARÁTULAS 
JOSÉ VASCONCELOS 

Su alma sintió las alas muy temprano. No pudieron mutilár- 
selas las tijeras intelectualistas, ni los aceros de las máquinas de 
esta muriente civilización sin ideal. Encendido en la divina lumbre 
ha hallado su objeto supremo: "arder luminosamente". 

¡A costa de cuántas zozobras y de cuántos dolores! Poseyé- 
ronle todas las furias, los demonios le tuvieron asido; lo arrastró 
la corriente de lo externo y las penas le infiltraron su ponzoña: 
¡ todas las fiebres del sufrimiento actual ! Él, marcado ah initio por 
la gracia, creyó perderla y dudó de si eran ''firmes sus motivos 
ideales, si realmente eran sinceros sus nuevos misticismos". 

En la vasta y poderosa sinfonía de su desarrollo, tuvo su lu- 
gar el scherzo, anárquico, con su implacable crítica, con su escep- 
ticismo disolvente. Era necesario "para la selección de esa cosa tur- 
bia que era su conciencia", como toda conciencia. El detalle ahogó, 
momentáneamente, el vibrar del' ritmo supremo. 

El joven Meister salía al mundo a medir con su alma el dolor 
y el engaño que hay en él, para adquirir, más tarde, la serenidad, 
augusto don final. 

Pero como en él persistía la inquietud, como era de esa varie- 
dad psíquica que él define como irresistiblemente inclinada a la 
síntesis, variedad que puede confundirse con la de los "depen- 
dientes" de William James, nunca dejó de mano el problema de 
los últimos fines; el misterio lo atrajo en todas sus formas, y así, 
niño, gastó estérilmente largas horas imponiendo las manos so- 
bre trípodes que no respondían, visitando casas de duendes, que 
se negaban a asustarlo, e invocando espíritus que jamás se mani- 
festaron. 



CARÁTULAS 157 

Hombre ya, cuando su mente puso a la vida la interrogación 
ansiosa que toda mente noble le hace; cuando desencantado por el 
oficial materialismo sintió algo en su interior que no se saciaba, 
ciñó sus riñones con el cíngulo de la privación, y con el ritual báculo 
en la mano, partió rumbo a todos los pensamientos, navegó por 
todas las filosofías. Fausto buscaba a las madres. 

Claro es que ya llevaba en su hato un sistema ; el que le impri- 
miera prístinamente su educación católica romana; pero esta edu- 
cación que basta a habituarnos a mirar más arriba de esta tierra, es 
ineficaz en nuestro primer despertar intelectual, cuando, orgullosos 
de nuestro cerebro, lo queremos razonar todo. Más tarde, cuando 
desengañados de los otros sistemas, sutilizada nuestra conciencia 
por ellos, también, nos encontramos nuevamente, en el desarrollo 
cronológico de nuestros estudios, con aquella religión, volvemos a 
ella en su expresión de cristianismo puro e insustituible. 
K Mas antes hay que hacer el periplo. Vasconcelos entróse por 
ios mármoles de Grecia. En sus plazas y en sus jardines conoció 
a sus filósofos, a quienes suplicó que le resolvieran el enigma. La 
escuela de Mileto le enseñó que todo es devenir; Heráclito le dio 
su pesimismo fundamental, sin el cual no hay salvación para el 
alma. Ante Pitágoras y Platón se arrodilló deslumhrado, como 
Moisés ante la zarza ardiente. Su misticismo original se descubrió 
a sí mismo, y en adelante sólo trató de acendrarse. En Plotino 
supo lo que es el éxtasis, ese estado en que el alma conoce al Crea- 
dor, de un modo inefable. 

Y entonces, tal vez, percibió como un ritmo vaguísimo la voz 
taumaturga de los Evangelios. El conocimiento por el amor, de 
Jesús, su doctrina de consolación y de pureza, su gran impulso de 
redimir a todas las almas, sacándolas de los empeños materiales 
y señalándoles un reino de Dios supra-terrestre, elementos gran- 
diosos de religión, se le aparecieron nuevamente, ya mondos de 
los ropajes del catolicismo. 

Luego, los filósofos alemanes acabaron de arruinar en él la 
idea de que todo debe pasar por la razón. El impulso, el deseo, la 
energía son la base del universo. Kant fijó en su mente que toda 
metafísica es intuitiva. Con Schopenhauer recibió su espíritu el 
sacramento de la confirmación en el pesimismo, y Nietzsche lo hizo 
comulgar con la tragedia del mundo. En Francia, Bergson le ha 
mostrado cómo deben cerrarse los ojos, abriendo el alma al rumor 
invisible. 



158 ' MÉXICO MODERNO 

Ya es un místico acabado; ya se siente él mismo esa super- 
conciencia, que se alza a lo trascendente y aprehende sus revela- 
ciones. Irá a escuchar el mensaje de todos los que fueron antenas 
hundidas en el infinito: Kempis, Francisco de Asís, Juan de la 
Cruz, Santa Teresa, Fr. Luis de León, Ruysbroeck 

Pero quedaba aún medio mundo inexplorado: el oriental, y 
parte a la selva indostánica, a las ciudades sagradas como Hena- 
res, para conversar con brahamanes, fakires y yoguis, trayendo 
de allí un rico bagaje y el firme propósito de hacer, — como San 
Pablo hiciera la síntesis de la idea griega y de la cristiana, — la sín- 
tesis del pensamiento indostánico y del cristiano. 

Su tendencia a lo absoluto, al monismo, había de encontrarse 
holgada en la filosofía vedántica que proclama y enseña el *Tat 
twam ansí", "tú eres esto". Identidad de las cosas con nuestra con- 
ciencia. 

Maya, la ilusión, nos cubre e impide el verdadero ser y hay 
que rasgarla, para lo cual se necesita el vigor y la entereza que da 
el pesimismo. 

La salvación sólo se consigue por los que tratan de purificar- 
se, no viendo más la eterna danza que "pakriti", la materia, teje 
ante la atónita **purusha", el alma. El renunciamiento y amor son 
los consejos de Buda, para lograrlo. 

Pero a Vasconcelos no le satisface la salvación individual, la 
de unos cuantos Budas, e imagina y sostiene que Jesús es el Buda 
Maitreya, el Buda Misericordioso, que concibe y procura la salva- 
ción de todos los hombres, por la exaltación, por la gracia. 

¡Fecunda idea ésta que permite al cristianismo penetrar en 
las conciencias vedantas, y a aquél renovarse en las concepciones 
hindúes ! 

Imagino al ser de Jesús, ya liberado del Karma y en el seno 
de Brahma, el Padre, desprendiéndose, por amor a las otras al- 
mas, de la beatitud, y encarnando de nuevo, para ser guía y luz. 

El misterio de la encarnación se me hace patente, y creo con 
firmeza que, periódicamente, ha de verificarse esta **kalpa" in- 
versa, en que una partícula bienaventurada de Brahma, baje a la 
carne, para bien de los hombres. 

Los sabios de los Upanishads enseñan que la materia es de 
una misma sustancia que la idea; la ciencia moderna concibe al 
átomo como un centro de movimiento, en el que se agitan fantás- 
ticamente los electrones, que no son nada material, sino una simple 



CARÁTULAS 159 

potencialidad dinámica, es decir, algo inmaterial y que se confun- 
de con la naturaleza de la idea. Así se realiza el monismo univer- 
sal, un monismo energético que se hace estético, según la intuición 
de Vasconcelos. 

El materialismo había reducido todo a mecanismo, a materia; 
el pensamiento mismo era una secreción del cerebro. Por reacción, 
por nobleza de espíritu, Vasconcelos dice, con otros filósofos, que 
la materia no es, que lo único existente es, no la idea, sino el espí- 
ritu, caracterizado por el ritmo. 

Descubre en el mundo dos clases de fuerza: una, la que mueve 
al mundo externo y donde impera la causación, y la llama dina- 
mismo newtoniano; otra, la libre, que se origina de la voluntad, y 
la llama ritmo pitagórico, interpretando el "número" que predicara 
Pitágoras, no en el sentido matemático, sino en el de ímpetu, de 
vibración. "La energía estética, — dice — , que llamó pitagórica, en 
oposición al dinamismo newtoniano, nace en la conciencia, y lejos 
de abandonarse a la sucesión de los fenómenos, los arrebata en 
impulso de ritmo nuevo, los asimila a la inquietud de la voluntad 
y al afán de la belleza". Así, influye sobre lo externo como el dia- 
pasón vibrante sobre los cuerpos que lo rodean. 

El pathos estético verifica, pues, la síntesis, de lo uno en lo 
múltiple. 

Quien llega hasta aquí ha alcanzado la cima del conocimien- 
to humano. Tal es el fondo del hombre. 

Con esta sed de absoluto, con esta seguridad de poder cambiar 
por un impulso exaltado de amor y de belleza, todo el ambiente, 
es claro que no transigirá con lo relativo y fragmentario, con la mal- 
dad y la fealdad. 

En filosofía condena al ensayo por detallista y por personal; 
quien no tiene asco del yo, no pasará de los linderos de lo mediocre. 
Hay que crear un género nuevo, contrapuesto al tratado, que sea 
como la sinfonía es a la sonata. Su originalidad se muestra también 
estableciendo una nueva prueba de la inmortalidad del alma; in- 
tentando renovar la mística, expresándola por imágenes auditivas 
en vez de visuales. 

Como es un devoto de la vida, odia a lo superficial ; auna el Mal 
con la Ironía y nos dice su incompatibilidad con la elegante sonrisa 
de Anatole France y con la razonadora acritud de Bernard Shaw. 

También como corolarios de la supremacía del "pathos", pro- 
fetiza la misión creadora que tienen que cumplir los pueblos de Amé- 



,6o MÉXICO MODERNO 

rica, puesto que son mezcla de carne morena, quemada por sd, y 
de carne rubia, y ya que sienta la tesis atrevida y seductora de que 
sólo esta combinación es fecunda, y que las razas del norte son 
capaces de construir únicamente civilizaciones industriales, que re- 
ducen a la esclavitud al noventa por ciento de los individuos de una 
sociedad. 

Y bajando a este terreno, yo creo que es bajar, de la cons- 
titución actual de la humanidad, se siente apóstol y quiere llevar 
la buena nueva a las almas, si es menester forzando la verdad y la 
felicidad dentro de ellas. Irascimini et nollite pecare 

¿Quién no tiene presente su figura cuando se enfrenta con un 
auditorio, que es enfrentarse con un montón de prejuicios? ¡Cómo 
los ataca ! ¡ Cómo los provoca ! Sin tregua y sin piedad. 

Con el cuerpo un poco encorvado, con una voz medio quebra- 
da y falta de timbre, con ademán más bien zurdo, concítase las 
iras de la burguesía económica e intelectual, que es su bestia ne- 
gra. 

Y parecerá a quien no haya sondeado su conciencia, que no hay 
en ella la inmensa dosis de bondad que encierra, porque no la denota 
su cara impávida de mentón un poco sumido, de bigotillo lacio de 
mestizo, y de mirada fría. Su método es atraer por contrariedad y 
no por simpatía. 

Y no estaría completa la semblanza si no se pintara su acti- 
vidad de revolucionario. Cabe, desde luego, pensar cómo alma que 
da tan poco precio a esta existencia se emplea tan insistentemente 
en mejorarla. 

¿Por qué quien elogia a las religiones hindúes, por no haber 
derramado una sola gota de sangre, en guerra unas con otras, no 
retrocede ante el estrago de las revoluciones hechas, no para lo- 
grar la implantación de un ideal moral o religioso, que es lo más, 
sino de un ideal económico o jurídico, que es lo menos? 

El místico es el ser más activo, es cierto, pues ebrio de certi- 
dumbre, nunca vacila respecto a su vía, respecto a su conducta. 
¿Pero el mal puede ser medio? Arjuna dijo a Krishna antes de la ba- 
talla: "Preferiré mendigar mi pan por el mundo antes que ser ase- 
sino de estas gentes ..." Krishna lo alentó al combate alegando la 
futilidad de la vida y de la muerte, y la salvación por medio de la 
acción. Sí, la salvación propia; pero, ¿los demás se salvan? 

En buena hora creer que la sociedad actual es defectuosa e in- 
justa. Si, hay que condenar "la invención de la máquina, la codicia 



CARÁTULAS i6i 

colectiva, el exceso de la alimentación, la filosofía empírica y la 
moral utilitaria"; hay que esperar que se desvanezca el régimen 
capitalista y que se encumbre una aristocracia del espíritu, por- 
que esa es una tendencia innata en la sociedad, no una aristocracia 
meramente intelectual, como en el fantaseo de Renán, sino una 
aristocracia plena del espíritu del bien y de la belleza. 

Pero tal vez no estamos autorizados a demoler, sino a trans- 
formar. El Buda Misericordioso dijo que en cualquier estado pue- 
de conocerse la verdad y servir a Dios, y los esclavos en las er- 
gástulas lo confesaron. El justo, únicamente vive por la fe: "lus- 
tus autem ex fide vivit", dijo el apóstol. 

Vasconcelos quizá es víctima de su inquietud, y él, que lanza 
anatemas a todo optimismo de la tierra, piensa, a ratos, que la 
tierra puede ser asiento de felicidad. ¿No le sucede eso en los mo- 
mentos de que él nos habla, analizándose, en que siente la "inca- 
pacidad de persistir en los estados de entusiasmo y de fe? ¿En 
esos ratos de acedía que tan bien describe Teresa de Jesús? 

Cualquiera civilización permitirá al individuo llevar una vida 
espiritual, intensa y amplia, porque — él mismo proporciona este ar- 
gumento — si su ritmo pitagórico es fuerte, arrastrará a las cosas,, 
sin necesidad de materializarse. Este es el milagro musical. 

Esa su actividad externa hace pensar — furtivamente, fugaz- 
mente — si será uno de esos seres que apunta Rolland, que por des- 
encanto interior, por despego a la vida, se atribuye un papel so- 
cial, que desempeñan con todo entusiasmo. ¡Es el único recurso 
que les queda para sentirse vivir ! 

El problema es para mí irresoluble; tal vez no existe el pro- 
blema, sino sólo mi incomprensión. 

De todos modos, estemos seguros de que encontrará al fin la 
serenidad y la luz, porque hay en su alma la chispa de la caridad. 
Kempis, en el extremo de la unión con Dios oraba : "Mas porque soy 
aun flaco en el amor e imperfecto en la virtud, por eso tengo nece- 
sidad de ser fortalecido y consolado por tí. Por eso visítame, Señor, 
más veces, e instruyeme con santas doctrinas". 

GENARO FERNANDEZ MAC-GREGOR. 



Méx. Mod.-3 



LA COMMEDIA DELL ARTE 
I 

DE LAS MÁSCARAS 

Pantalón 

Narciso 

Petronilo 

Escaramucha 

Mezetino 

Arlequín 

Escapin 

Polichinela 

"Doctor 

Capitán 

Leandro 

Horacio 

Cintio 

Nifaldín 

Lelio 

Francatripa 

Pierrot 

Comisario 

Colombina 

Isabel 

Lelia 

Brighela 

Tartaglia 

Cornelina 

Fracisquina 

Beltrana 

Flamina 

Gioppino 

Giargulo. 



LA COMMEDIA DELL ARTE ,ej 

II 
DE LO QUE SIGNIFICAN 

Pantalón, avariento comerciante 
Doctor, filosófico curandero 
Capitán, espadachín fanfarrón 
Polichinela, lírico gracioso (1) 
Mezetino, jovenzuelo intrigante 
Pierrot, mozo de molinero y romántico 
Casandro, viejo burgués 
Leandro, gran señor 
Francatripa, glotón de macarrones 
Isabel, suntuosa dama de calidad 
Colombina, pispireta mozuela de barrio. 



(1) El barbero. Fígaro de España, rufián, dicharachero, malicioso y cínico 
ideado o mejor explotado por Beaumarchais, es indiscutible que constituye un 
tipo parecido al Polichinela italiano y es además uno de los personajes de 
la farsa popular española más bien delineados; pero cuya acción no perduró 
por la misma volubilidad, grandilocuencia, de la literatura española de ia 
época. 



i64 MÉXICO MODERNO 

111 
DE DONDE SON (l) 

Arlequín, de Bergamo 
Giargulo, del Piamonte 
Narciso, de Bolonia 
Petronilo, de Bergamo 
Beltrana, de Milán 
Escaramucha, de Ñapóles 
Mezetino, de Roma 
Doctor, de Bolonia 
Polichinela, de Roma 



(1) No sólo eran de determinado higar por obra de la casualidad, sino que 
constituían verdaderos tipos críticos de las figuras populares sobresalientes 
de cada lugar. Como en la farsa inglesa se hace caricatura del tipo religioso 
católico de Irlanda y se Ite pinta con los más exagerados colores ; en Francia se 
ridiculiza al patín, al no parisino, y se determina su aspecto marsellés, etc.; y 
en España se clasifican los andaluces, los catalanes, los gallegos, etc. De i¿ual 
modo se formulaban en Italia los dichos personajes explotados en su teatro. 



LA COMMEDIA DELL ARTE 165 

IV 

sus INVENTORES (l) 

Arlequín, inventado por el célebre actor Parigi durante su estancia 

en Francia en la época de Enrique III. 
Escaramucha, inventado por el actor Tiberio Fiorelli, en Francia 

(nacido en 1618 y muerto en 1696). 
Mezetino, inventado por el actor italiano residente en Venecia y 

llamado igualmente Mezetino (1654 a 1729). 
Polichinela, inventado por el actor Silvio Fiorillo. 



(1) Los nombres de los personajes provenían unas veces del nombre de los 
actores, y otras veces el nombre de éstos se derivaba del de aquéllos. 

"Ce n'est pas tout: le sobriquet tendait toujours il devenir la désignation 
typique du role et du personnage oü avait excellé celui qui l'avait porté d'abord; 
ou bien il pouvait ^tre tiré directement du nom de ce roleet de ce personnage; 
dans Fun et l'autre cas il se transmettait avec le role lui-meme; et rien ne 
distingue plus l'acteur qui c'est ainsi que: Bontemps au Roger Boutemps — 
Gualtier Gorguille (nommé bien avant le temps du célebre farceur qui vécut 
sous Louis XIÍI, dans la farce ^'Colin fils de Thenot". La meme chose exacta- 
nient s'est passé pour Arlequín au siécle suivant on a fait cent pieces, oft 
Arlequin paraít, et il y a eu plusieurs comédiens différents connus sous le 
iiom d'A.rleauin". 



i66 MÉXICO MODERNO 



DE LOS ACTORES FUNAMBULESCOS 

Neuber 

Felicia Mallet 

Hilas 

Catalina Biancolelli 

Maillard 

Dominico 

Gelosi 

Flaminio Scala 

Cocodrillo 

Fedoli 

Fiorelli 

Golinetti 

Sacchi 

Guyou 

Locatelli 

Dominique 

Shavardi 

Thomassini 

Cario Bertinazzi 

Paul Frank 

Gotscheel 

Roscio 

Gros Guillaume 

Turlupin 

Tabarin 

Luigi 

Gaspar Debureau (1) 

Rouff 

Legrand 

Federico Lemaitre 



(1) Su hijo de igual nomíbre también fué célebre actor funambulesco y 
recorrió, como su padre, toda la Europa latina- 



LA COMMEDIA DtLL ARTE 167 

Charles. 

Herblay. 

Trimoville 

Barbarini. 

Thales (2) 

Pilades 

BathiHo 



(2) Los tres últimos actores, aunque de la época romana, no he querido su- 
primirlos, porque constituyeron la representación más graciosa de la primitiva 
farsa, en la que el valor mímico era factor importantísimo y, además, sus ca- 
racteres burdos, groseros, se acercan mucho al original tipo del Arlequín de 
que se hahla en próximo capítulo. 



i68 MÉXICO MODERNO 

VI 

DE SUS DIVERSOS NOMBRES 

Capitán, Aspromonte, Tiribiribombo, Leontrone, Arcitonante, Es- 
cabombardon de la Papirotonda, Basilisco, Fracassa, Ro- 
domante, Spezzaferro, Spezzamonti, Bellerofante, Marte- 
lione. Rinoceronte (1). 

Arlequín, en la Roma Alitigua, Maco ; en la llamada comedia de los 
atallanes durante las postrimerías de la dominación roma- 
na en Italia, Buceo; en las diversas repúblicas italianas, 
Sannio, luego como derivación o contracción, Sanni. (2). 



(1) En España, Matamoros; en Francia, Fanfarrón. 

(2) En Alemania, Hans Wurst; en Francia, Juan Potage, especie de bufón; 
en Inglaterra, Jack Pudding; en Holanda, Pickelherringue. 



LA COMMEDIA DELL ARTE 



169 



VII 



DE LOS ANIMALES QUE LES ACOMPAÑAN (l) 

Perros 

Loros 

Pá jaros - 

Gatos 

Osos amaestrados 

Palomas 



(1) En las estampas de la época se ven tales animaJ^es, y en las diversas far- 
sas se cita y se habla a cada momento de ellos. 



170 MÉXICO MODERNO 

yiii 

DE SUS RELACIONES FAMILIARES (l) 

Isabel, esposa de 

Pantalón, amigo del 

Doctor, amo de 

Arlequín, enamorado de 

Colombina, doncella de Isabel y novia de 

Pierrot, mozo de 

Leandro. 

o bien 

Colombina, hija de v 

Casandro, o de 

Pantalón, y amante de 

Arlequín, y 

Pierrot y 

Leandro. 



(1) Las relaciones familiares fueron improvisadas por los literatos italia- 
nos como Goldoni, Cerlone y Goldoni, así, pues, no tiene más significación 
que el buen gusto de estos escritores, y de ninguna manera obedece a razones 
reales, como pretenden algunos historiadores modernos. 



LA COMMEDIA DELL ARTE 171 

IX 

DE LA TRAMOYA 

En los contratos que celebraban los cómicos o farsantes con los em- 
presarios, se expresaba por lo general lo siguiente, que es real- 
mente curioso (1). 

El actor está obligado : 

1.", a vestirse en la cocina del teatro. 

2.°, a representar de esbirros, ladrones, reyes, etc. 

3.°, a vestirse conforme a las ordenanzas de los autores o escenarios 
que se eligieran. 

4.^, a llevar consigo mandolinas, pelucas, perros, abrigos, panderetas. 

5.°, a empujar el carro, cuando las muías o caballos se cansen de ti- 
rar de él. 

6.°, a no cobrar nada anticipado. 

7.'', a conformarse con la quiebra o bancarrota (2) de la farándula, 
cuando ésta no tuviere trabajo. 

S.% a encender lumbre en los altos que se hicieran estando de viaje. 

9.", a danzar o gritar cuando llegue el caso, a fin de atraer al público. 



(1) Extracto de un contrato del célebre empresario Rlch. 

(2) Más bien bancarrota, por ser palabra netamente italiana, de banca-rota, 
porque los fiscales rompían los bancos de los comerciantes que habían sido de- 
clarados fallidos. 



172 MÉXICO MODERNO 



DE LOS PRÍNCIPEto, MAGNATES Y REYES QUE LOS PROTEGIERON 

Enrique III de Francia 

Catalina, Pedro y Lorenzo de Médicis 

Luis XIV 

Luis XIII 

Femando el Católico 

Francisco I 



LA COMMÉDIA DELL ARTE 173 

XI 

DE LAS FARSAS FUNAMBULESCAS 

Arlequinada, especie de pantomima, introducida en la Comedia del 
arte en Italia, hacia el año 1602. 

Commedia dell Arte, llamóse así a ciertas comedias ingenuas, flori- 
das, a veces licenciosas (causa de su decadencia en 
Italia y de las censuras continuas de los críticos y aun 
del gran Goldoni, que la cultivó con fervor), que se 
extendieron por toda la Europa civilizada, sobre todo 
por el Norte, (Alemania, Bohemia, Francia, Flandes). 
Diferenciábase de la comedia italiana denominada "eru- 
dita": 1.% en que era generalmente improvisada, ate- 
niéndose los actores a pequeños escenarios o argumen- 
tos, quedando al ingenio de los que representaban el 
adorno de la obra; y 2.", en que se representaba en 
calles y plazas, mientras la "erudita" subía a palacios 
y castillos. 

Pantomima, de origen latino, alcanzó gran renombre en el siglo XVII, 
distinguiéndose tres escuelas : la italiana, la inglesa y 
la francesa (1). 

AtaM'anes, farsas de la Roma antigua (de Átala, ciudad romana). 

Istrionada, farsa romana de origen etrusco (de ister, en etrusco, 
cómico, farsante). 



(1) Esta clasificación se debe al cómico Severin- 



174 ' MÉXICO MODERNO 

XII 

DE SUS TRAJES 

Capitán, gran casaca bordada — sombrero de alas anchas adornado 
con plumas de gallo — espuelas — botones dorados — bo- 
tas de montar — bigotes erizados — espada "larga como 
una lanza" — pelos del pecho que al erizarse agujerean 
su camisa almidonada (1). 

Pierrot, sombrero negro llamado de Colin — blusa blanca con botones 
negros y en las mangas — zapatillas negras — pantalón 
flotante — cara enharinada. 

Arlequín, pantalón verde, rojo, amarillo, azul a cuadros — zapatos ne- 
gros — medias hasta la rodilla, blancas — máscara o an- 
tifaz negro (a veces barba negra recortada) blusa 
blanca, cinturón de cuero negro — espada de madera su- 
jeta por el cinturón. 

En Francia no lleva máscara ni barba, se hace más 
gentil. 

El traje a cuadros le cubre todo el cuerpo hasta las 
piernas. 

En la Comedia de los Atallanes, llevaba en la cabeza 
un pico de pájaro y un vestido rústico aldeano de la 
época. En las farsas etruscas, llamiadas istrionadas, 
llevaba una gran nariz y muy grandes bigotes. 
En Grecia era un bufón grotesco y vestía piel de ñera 
(león, tigre), estrechamente colocada sobre el cuerpo. 
Llevaba en la mano una varilla, y en la cara una más- 
cara de color pardo, en la cabeza sombrero negro o 
blanco. Era un rústico campesino ateniense. 
Cuando en la Roma pagana se llamaba Sannio, vestía 
un traje a cuadros, llevaba la cabeza rasurada y la ca- 
ra pintada. 

En Herculano y Pompeya se encontraron frisos que 
confirman esta descripción que desvirtúa la leyenda 
del' siglo XVI italiana, que atribuye la invención de 
Arlequín a un muchacho escolar disfrazado en día de 
carnaval, con un traje hecho de retazos de lienzo que 
le habían regalado sus camaradas. 



(1) La caracterfstica de eslte personaje es que siempre aparece extranjero 
en los lugares que visita. 



LA COMMEDIA DELL ARTE 175 



XIII 



DE SU INMORALIDAD 

A los farsantes italianos de los siglos XVI y XVII, les negaba la 
Autoridad eclesiástica todo auxilio espiritual, en virtud de que eran 
considerados los faranduleros como gente innoble y grosera. 

Y esto fue causa para que fueran despreciados por la aristocracia 
de la época en Italia, no así en Francia, en donde fueron muy calu- 
rosamente recibidos (1). 



che .danno d'últiima mano proprio allora alie máschera del Pantalone, del 

Pulicinella e dell Arlecchino ... . , 

. . .la nobilitá castigiana e principesca i Re, i Papi, stessi erigiano nei loro 
palagi o nelle loro capitali sontuoso teatrl; 



176 



MÉXICO MODERNO 



XIV 



DE LOS AUTORES DE OBRAS DE LAS COMEDIAS DEL ARTE 

Laberio. 

Publio Sirio. (1) 
Paul Margaritte. 
^ Hapde. 

Gongibus. 

Gautier. 

Banville. 

Catulle Mendés. 

Cerlone. 

Rich. 

Nicolini. 

Gustavo Karl. 

Xavier Privas. 

Pilades. 

Alberzati Capacelli. 

Gamillo Federici. 

Alberto Nota. 

Florián. 

Nazarin. 

Goldoni. 

Garlo Gozzi. 

Abate Ghiari. 

Gorneille. 

Marechal. 

Planto. 

Scarron. 

Shakespeare. 

Wolf. 

Ben Johnson, 



(1) Estas dos autores, aunque romanos, los considero como italianos, por- 
que hicieron gran labor en un (sentido parecido al que se realizó posteriormen- 
te en Italia. 



L^ COMMEDIA DELL ARTE 177 



XV 



/ 

DE3 LAS OBRAS QUE3 REPRESENTABAN 



Príncipe de las Cien Sopas, por Vernon Lee. 

Farsas de Polichinela, por Francisco Cerlone. 

Tres naranjas, por Cario Gozzi. 

Monstruo Azul, por Carío Gozzi. 

El Pájaro Verde, por Cario Gozzi. 

La Naissance d'Arlequin, por Hapde. 

El falso ermitaño o el Monedero falso, por Gongibus. 

Danza de la Muerte, autor desconocido. 

El Juicio de Paris, autor desconocido. 

El chino de Dufesny, autor desconocido. 

El Empresario de Smirne, por Goldoni. 

Ma Mere TOie, por Catulle Mendés. 

Tricornio encantado, autor desconocido. 

La flauta mágica, autor desconocido. 

El gendarme encantado, autor desconocido. 

La Cenicienta, autor desconocido (1). 

El esqueleto, por Ricardo Bell. 

Pierrot en África, 'autor desconocido. 

Pierrot volet de la mort, por Champleury. 

La trantadue disgrazia d'Arlecchino, por Goldoni. 

L'Arlecchino imperatore del mondo della luna, por Goldoni. 

II figlio d'Arlecchino perduto e ritrovato, por Goldoni. 

Colombine-Arlequin, por Lesage. 

Colombine aux en fars oi Arlequin vainqueur de Pluton, Lesage. 

Colombine mariee per complaisance, autor desconocido. 

Zovan zavatino, autor desconocido. 

Gina e de Relnea, autor desconocido. 

La donna chi se credia avere un raba veluto, autor desconocido. 



(1) Esta obra está basada en el célebre cuento de igual nombre que ha sido 
i tratado por literatos de diversos países desde la antigüedad hasta nuestros 
días, 

Méx. Mod.~4 



178 MÉXICOMODERNO 

Nicolao Spranga, autor desconocido. 

Perón e Cheirina, autor desconocido. 

Lanternero. 

Nicara e de Librina. 

Del brachio e del milaneiso. 

Del franzozo alogiato a tos leria del Lombardo. 

Colin fils de Thenot. 

Illusion comique, Corneille. 

Le veritable Capitán Matamore ou le fanfarrón, por Merechal. 

Les bondades du capitán Matamore, Scarron. 

Preziosa, por Wolff . 

Músico de Augsburgo, de Bauerufeld. 



LA COMMEDIA DÉLL ARTE 



179 



XVI 



DE LA BIBLIOGRAFÍA 



Giusto Moeser 

Guadrio 
Micoli 



F. H. Bothe 

Lessing 

Gryser 

Goldoni 

Barón de Bienfield 

A. Adam 

Gómez Carrillo 

Marco Foscarini 

Eusebio Eramite 

Girolamo Tiraboschi 
Cario Fontano 
A. F. Ozanam 

Frederick Winkel 



Gio Giorgio Abrone 



Petit de Juleville 

E. Picot 

Giuseppe Guarzoni 



Harlekin oder Vertheidigung des gritesk- 

komiken 1777. 

Della storia e ragione d'ogni poesía. 

Stpria avanti il dominio dei Romani. 

Nuova enciclopedia populare italiana owero 

dizionario genérale di scienze, lettere, arte, 

storia, geografía, ecc. ecc. Torino, 1856. 

Poeta latini scenici, 1829. 

Abhandlung von den pantomimen dei alten 

Pantomimische kunst des alterhums. 

Commedie scelti di Milano, 1821. 

Enciclopedia. 

Antigüedades romanas. 

El teatro de Pierrot. 

Dellia letteratura veneziana libri otto di Pado- 

vo 1752 infolio. 

Osservazioni sopra vari punti d'istoria Ifette- 

raria ef porte in alcune lettere 1756 1 v. 8." 

Storia della letterature italiana. Milano, 1826 

Anfiteatro Flavio. 1725 Roma. 

Documents inedits pour servir a Thistoire 

litteraire de Fltalia siglos viii xiii. 

Horn Ph. D. — History of the literatura of 

the scandinavian. Chicago, 1884. 

Literatura italiana. Madrid, Col. Uni. 

Commedie e farse carnavales che nei dialetti 

astigiano, milanese e f rancese misti con latino 

bárbaro, Milán, 1865. 

Historie du theatre en France. — Les come- 

diens en France. París, 1885. 

Gringore et les comediens italiens. París, 1877 

II teatre italiano nel secólo XVIII. Milán, 1886. 



E. ABREÜ GÓMEZ. 



S. M. EL FOX 



TENEMOS que aceptar como un hecho irremediable, aunque 
vergonzoso para nosotros, la conquista que en materia mu- 
sical ha consumado en nuestro país la poderosa República 
del Norte. La invasión comenzó al paso continúo a pasos dobles y ha 
terminado al trote ... de zorra, con la astucia peculiar de ese ma- 
mífero carnicero. . . (¿será un fatal augurio?). 

Los one steps^ los tioosteps y los fox-trots se han apoderado 
de este país sin más baterías que la hatería execrable que es base 
necesaria de tales bailables. Dicha batería es de invención yanqui: 
nunca, ni los más atrasados pobladores de las selvas africanas ima- 
ginaron nada más genuinamente salvaje. Silbos, aullidos, ruidos 
inauditos y percusiones extrañas produce esta indispensable com- 
pañera del fox-trot. Un hombre casi enloquecido trabaja con ma- 
nos, pies, boca y cabeza y llena el ambiente de los más exóticos 
rumores. Es el artista de la batería. 

Y este galimatías musical, esta cacofónica amalgama de rui- 
dos y sonidos inarmónicos ¡es la expresión del alma norteameri- 
cana! Porque ni las fugas (en el sentido musical del vocablo) de 
la señora Beach, ni las óperas de Cadman, ni las sinfonías de Car- 
penter pueden considerarse como la manifestación sonora del sen- 
timiento yanqui; donde éste vibra, donde se refleja como en un 
espejo es en el Fox., en el astuto Fox^ que en la forma menos agre- 
siva ha realizado la conquista de México. 

En teatros, cines, salones y cafés; en soirées burguesas y en 
bailes aristocráticos, el Fox, con su cortejo de ruidos salvajes apa- 
rece como el dictador de todas las ñestas. Los valses cadenciosos, 
las danzas lánguidas, los jarabes vernáculos, han cedido el campo 
al despótico conquistador. En las bodegas de los almacenes de 
música envejecen las producciones artísticas de Castro, de Villa- 



S . M . E L F o X i8i 

nueva, de Elorduy, de Rosas, de Abundio Martínez. . . El público, 
que ya las ha olvidado, sólo pide Fox; Fox disfrazados de turcos, 
de egipcios, de chinos o de charros mexicanos, ¡pero siempre Fox! 
Miles de ejemplares circulan tanto en la Capital de la República 
como en las más lejanas provincias. El foxtrotismo. es la epidemia 
de nuestros días. 

Mientras el Fox impera, la hatería dirige sus más certeros dis- 
paros contra el buen gusto, contra la tranquilidad de quien busca 
en el cine o en el restaurant un rato de solaz y — lo que es más gra- 
ve aún — contra el porvenir artístico de los jóvenes músicos que ba- 
jo su acción ruidosa y» destructora de toda emotividad y toda in- 
terpretación artística, acaban por convertirse en autómatas de un 
arte que demanda, precisamente, de los que lo profesan una ex- 
quisita sensibilidad. Agobiados bajo el chaparrón ruidoso de la 
hatería, bajo la monotonía exasperante de los Fox^ los jóvenes 
músicos que tocan en las pequeñas agrupaciones de los cines y ca- 
fés, pierden el entusiasmo, olvidan sus más nobles propósitos y 
van a aumentar el montón de músicos escépticos esclavos del in- 
terés, muertos para toda empresa noble y generosa. 

Compuesto de formas viles y ritmos vulgares, el Fox no pue- 
de despertar sino sentimientos desprovistos de nobleza y digni- 
dad. No habla a la inteligencia ni al corazón; se dirige únicamente 
a excitar el deseó del movimiento físico, lo cual, según Bellaigue, 
es la característica de toda música inferior. Ciertos animales ex- 
perimentan, también, ese deseo de movimiento físico al escuchar 
determinada música bailable. 

Es perniciosa, por tanto, la invasión de México por S. M. el 
Fox. Y es triste, además, que nuestra juventud se entregue in- 
consciente en los brazos del conquistador, sin considerar que de- 
trás del baile americano que nos invade, se dibujan, como una 
amenaza, los faldones del frac de Tío Sam. 



MANUEL M. PONCE, 



ARTES PLÁSTICAS 

SE«)CIÓN A CARGO DE 

MANUEL TOUSSAINT 



LA EXPOSICIÓN VAZQUEZ-DIAZ, 

en el Palacio de Bihliotecas y Museos de 
Madrid 

I. EL IMPRESIONISMO.— Un arte 
en plenitud, define su época. Si el 
arte no define una época, carece de 
valor fundamental; no será nunca 
"clásico", porque no fué actual nun- 
ca. Será un arte de jamás. Y el arte 
que cumple su fin ideal y espiritual, 
es bueno, siempre, dos veces: en su 
momento y en nuestra relativa eter- 
nidad. 

El impresionismo ha sido, en pintu- 
ra, como el simbolismo en poesía y en 
música, definidor de la vida moderna 
universal; es decir, que la vida mo- 
derna universal "necesitó" definirse 
estéticamente y creó su arte "necesa- 
rio"; quedó definida, en belleza, por 
el arte. El impresionismo, pues, mar- 
ca definitivamente, en la historia de 
la pintura, una era artística vital. 
Después de él, no es posible volver 
atrás, porque el arte necesario es co- 
mo la ciencia, y en él hay que partir 
de cada conquista nueva. — Lo ante- 
rior, como en la ciencia también, es 
ya sólo curiosidad más o menos be- 
lla, deleitable, admirable, pero que no 



sigue añadiendo cosa, en lo técnico, 
para filólogos. 

En todo el mundo de civilización oc- 
cidental, alerta, la pintura moderna 
con valor actual, clásico, es consecuen- 
cia necesaria, como fué necesario él, 
del impresionismo. 

2. LA PINTURA "MODERNA" 
ESPAÑOLA.— En España, hasta es- 
tos años más recientes, el impresio- 
nismo no había producido evolución 
alguna. Nuestra pintura — y nuestra 
escultura — se habían deshermanado, 
rezagándose, de nuestra literatura y 
nuestra música, en las que, aunque el 
ejemplo es contadísimo, nos habíamos 
puesto al nivel de mejores países. — 
Sólo algún modesto caso perdido — Re- 
goyos asensual, Iturrino fácil, Mir di- 
secado y esterior — y sin ascendiente. — 
El cambio, en aquéllas, había sido 
esterno nada más, una semirrenova- 
ción, que no partía ni de sensibili- 
dad en duermevela ni de refrescada 
cultura espiritual e ideal; un seudo- 
impresionismo, una incomprensión 
del impresionismo, en suma. 

Desde el impresionismo, se han pin- 
tado en España, sin duda, cosas esce- 
lentes y hasta cosas majistrales, si 



ARTES PLÁSTICAS 



iSj 



se quiere; pero que no responden, digo, 
a proceso evolutivo, creador; que na- 
da han añadido — y han restado por 
lo tanto — en afinamiento, en adelicade- 
zamiento sensual, a nuestra pintura 
fea, "antipática", plebeya, oscura, 
aunque parezca clara, a veces; que 
nada han escitado hacia la unidad de 
los sentidos — hallazgo del impresio- 
nismo — , hacia el arte completo. 

Nuestros pintores, hoy todavía, es- 
ceptuando un pequeño grupo, catala- 
nes en su mayor parte — Sunyer, el 
gran sensitivo, ' sobre todos; Nogués, 
el rítmico, el dinámico delicioso; no 
es preciso nombrar al espatriado an- 
daluz Picasso — , son repetidores, tra- 
suntistas, caricaturistas alíricos de los 
"clásicos normales"; y su triste 
obra es labor sin invención ni 
trascendencia, espresión de huecos, de 
vacíos; ni el ayer, porque ayer ya no 
existe hoy en el tiempo, ni el hoy. 

3. DELICADEZA.— Entre nosotros, 
esta mal llamada — ¡de antiguo, ay! — 
fuerza, herencia, en arte y en litera- 
tura, del cerril realismo centronacio- 
nal, deja granar pocas veces la fuer- 
za verdadera, la delicadeza, espiga su- 
ma de una cultura. 

Es constante: después de cada co- 
nato de renovación hacia lo escojido, 
lo esquisito, lo esencial — estamos vién- 
dolo estos años — , acaba siempre la 
mayoría de la minoría por desertar 
hacia el dicho odioso realismo irra- 
cional, de lonja y estanco, vileza del 
que llaman grande arte español; ga- 
llinero de vuelo corto, alón por ala; 
y el espantapájaros — ¡y el tiro negro, 
si es preciso! — enmedio de la viña 
verde. 

— Y cada vez, se queda solo, como 
un monje, en su único pie cuadrado, 
el "universal", el "verdadero" de ca- 
da país, el "delicado"; unos poquitos, 
¡qué poquitos!, en un siglo; el aire 



agudo y puro contra la doble suela 
de la patria segunda, la trabada, la 
presa. — 

4. DANIEL VAZQUEZ-DIAZ.— El 
arte de Daniel Vázquez-Díaz es un 
producto conscientemente evolutivo, 
renovacionario. El pintor nervense ha 
asumido, desde muy joven — estancia 
en París, como en el caso de Manuel 
de Falla ; la literatura vieja, la mú- 
sica menos, la pintura casi nada — , 
las influencias más varias, progre- 
sivas y culminantes, en forma, rit- 
mo y color — Renoir, Cézanne, Gau- 
guin, Bourdelle— , y las ha discipli- 
nado d-ía tras día, ofreciendo, en ca- 
da nuevo agosto, el fruto nuevo. 

— Bien dotado para "pintor", pa- 
ra tenor de la paleta, pudo perderse 
— y estuvo a punto — en ese abierto 
montón famoso y laureado del fácil 
nacionalismo pictórico, los rearrui- 
nadores ladrilleros de Castilla ran- 
cia, los adormilados del castellanis- 
mo forzoso, ¡ay, pintores, poetas y 
músicos "españoles" del día, caste- 
llanos o no!; o en el otro montón — 
y el mismo — del último virtuosismo 
del grano, del tubo, del ademán de 
los brazos armados de paleta y pin- 
cel — ¡la batalla del arte! — ; grose- 
ros recalentadores, aquéllos y éstos, de 
la olla bien podrida, en la cocina ce- 
rrada — ¡ni un tragaluz, ni chimenea 
Hiquiera! — de la venta nacional. — 

Vázquez-Díaz no es nativamente 
un temperamento delicado — rarísi- 
mos en España-^; pero la de- 
licadeza lo ha ido haciendo su- 
yo; él es, más cada día, de la 
delicadeza. Ahora llega el momento 
— los treinta y tantos del hombre 
artista — de la madurez. — Ved ese 
ADOLESCENTE, cenital sazón de una 
disciplina íntegra, ese plateado des- 
nudo vestido, esa espada, espadaña 
humana, esa alma desnuda, luminosa 



MÉXICO MODERNO 



como una aurora de sol y luna. — ^Y 
a la estniordinania comprensión amo- 
rosa de la forma — amor, otra virtud 
del impresionismo — , que le viene de 
antes, a un profundo sentido rítmico 
— ese ritmo de la pintura, que desde 
El Greco parece haberse perdido en 
la española — en Anglada es ritmo su- 
perficial — , Vázquez-Díaz añade hoy 
su novísimo color— MUJER, ESTU- 
DIOS PARA UNA PINTURA MU- 
RAL, DESNUDO DE LA CORTINA 
AMARILLA, LA BARCA VERDE, 
CABEZA CAMPESINA, PESCADO- 
RES VASCOS, PUEBLO DE MAR, 
MADRE CAMPESINA, ADOLES- 
CENTE—, espléndida libertad de co- 
lor; y su cuadro es espejo, claro co- 
mo el agua más límpida, de la es- 
tampa del sentido de la visión errante 
que ha posado, aquí y allá, su fe ab- 
sorta en la infinita ala caprichosa del 
matiz — esa ilusoria realidad delicada, 
hija tierna del color, que apenas se 
posa ya se va ; luz casi sólo, y que es 
deleite máximo del contemplativo — ; 
añade hoy el estasis del mirar. 

5. EL CLASICISMO..— "Clásicos 
y modernos"; ¡qué absurda, qué cons- 
tante distinción! Clasicismo es vir- 
tud del presente y del futuro, no sólo 
del pasado. Hay clásicos en el pasado, 
pero los clásicos no son del pasado, 
por ningún concepto temptoral; ni 
ellos fueron del pasado en su día, ni 
hoy son de su día solamente. Tampo- 
co eso otro de "los revolucionarios de 
hoy serán los clásicos de mañana". 
No; revolucionarios, clásicos maña- 
na y hoy. No hay oposición. 

Es error inocente, creer que la ma- 
yoría de hoy sanciona lo de la mino- 
ría de ayer; decir: "el artista jenial 
no es comprendido en su tiempo." La 
mayoría de hoy llama clásicos a los 
mismos que gustaba la mayoría de 
ayer. No hay duda de que, para esta 



mayoría, Murillo, Ribera, Velázquez 
casi, son hoy "más clásicos" que El 
Greco o Goya; Cervantes, Lope, más 
que Góngora o Gracián. 

El clasicismo, como la estética, la 
ética, etc., no es nada objetivo, ni, in- 
sisto, lo condiciona esencialmente el 
tiempo. Está en nosotros, cuando es- 
tá, como la sangre, vivo, hondo y ar- 
diente; en nuestra vida diaria, no en 
libró ni museo; y si queremos ser 
"clásicos", hemos de encontrar en 
nosotros mismos, sin consejo ni ayu- 
da, nuestro propio y único clasicismo. 

6. EVA AGGERHOLM DE VÁZ- 
QUEZ-DÍAZ. — Paralelamente a su 
marido, Eva A. de Vázquez-Díaz vie- 
ne trabajando callada, hace años, en 
su obra decorativa y escultórica. Ella 
corre toda por dentro; es la plena y 
rica rama oculta, la sensualidad ideal, 
el corazón lleno, la meditación de la 
entraña emotiva; oye, en su centro se- 
creto, más músicas trascendentales. 

Yo la llamaría "marinera de la es- 
cultura", navegando por estas aguas 
de formas rítmicas, músicas; que po- 
dría parafrasear, a cada ola, en su 
errancia, el verso májico de Baude- 
laire: "A veces, la escultura me coje 
como un mar". 

Olas de piedra humana son sus es- 
culturas, peregrinación de solitarios 
o fraternales seres contemplativos, 
hacia un islote invisible, existente, 
sin duda, donde lo cuenta a la fe, a 
la esperanza y a la caridad de la ma- 
rinera que los guía, el viento. 

— Y sus ensayos pictóricos, ausen- 
cia triste de esta esposición . . . — 

Yo creo que el misticismo panteis- 
ta de esta Eva ha ido contajiando la 
pintura de su Adán, con los elementos 
de su claro exotismo natural y con su 
muda pasión purificadora. Y el arte 
de los dos se complementa, como con 
cristales espirituales y materiales 



ARTES PLÁSTICAS 



185 



combinados, en atmósferas con espe- 
jismos, siendo cada uno perfectamen- 
te desierto y orijinal. 

y 7. NOTAS. 1. El arte ha de ser, 
ante todo, "conscientemente sensual", 
halagador de los "sentidos intelijen- 
tes". 

2. La poesía lírica, el baile, la mú- 
sica, el ensayo ideolójico, tienen bas- 
tante con la verdad, porque crean con 
ella. La pintura, la novela, la escultu- 
ra, el teatro, no tienen bastante, por- 
que sólo copian con ella. 

3. Hasta el impresionismo, la pin- 
tura universal posterior a El Greco, 
y que ha podido verlo, es toda .ante- 
rior a El Greco. En el mejor ca- 
so — Velázquez, por ejemplo — , apren- 
de de él, pero no le añade. El impre- 
sionismo aprende de El Greco, cima 
altiva, definidora, de la pintura de 
víia época, y le añade. 

4. La cultura de la vista, ¡qué fá- 
cil, qué rápida suele creer el pintor 
que es; y es tan infinita! La vista es 
la madre verdadera del estasis. 

5. Se dice en España "sensualidad, 



arte sensual", y creen que es de casa 
de lenocinio. Se dice "pasión", y 
creen que es í?rito, desafío, porrazo y 
tentetieso. Se dice "sencillez", y creen 
que es suciedad, carencia de respetos, 
alarde de plebeyismo. 

6. El arte bello, la "belleza bella" 
contra el arte feo, la "belleza fea". 

7. Ese otro nos viene contando que 
va contra el chorizo, la mojama y el 
garbanzo nacionales, y lo que hace es 
chorizo de salón, mojama para el té 
y garbanzo de convaleciente. 

8. El clasicismo verdadero, el úni- 
co — el jenial, no el normal: ¡ Gongo ra, 
El Greco, universales solitarios, sen- 
suales completos, luces de alba I — , es 
actual siempre, y por eso no descien- 
de nunca, ni aún con el tiempo, a la 
mayoría. 

y 9. — Pie en la patria casual o ele- 
jida; corazón, cabeza, en el aire del 
mundo. El verdadero artista nacional 
— ¡cuidado con el truco! — es el artis- 
ta universal. 

Juan Ramón Jiménez. 
Madrid, marzo de 1921. 



EL ARTE MU8ICAL EN EL MUNDO 

SECCIÓX A CARGO DE 

MANUEL M . P O N C E 



Antonio Gómez Anda nos envía des- 
de París el programa de su recital pia- 
nístico, en la Sala Erard, anunciado 
para el 23 de febrero próximo pasado. 

Como puede verse en el programa 
que copiamos a continuación, Gómez 
Ajidíi se jiresentó como pianista y com- 
positor, interpretando obras suyas y 
de otros maestros clásicos, románticos 
y modernos. Esperamos la prensa mu- 
sical de París para comunicar a los lec- 
tores de esta sección el resultado de la 
primera prueba a que se ha sujetado el 
joven pianista mexicano, de la cual, 
seguramente, habrá salido victorioso. 

•Progranime- — Prelude et Aria (re 
niineur), Haendel. Menuet, Mozart- 
Alleííro. ]\[. A. liOSusi. SoinV dans Gre- 
naíde, Minstrels, Danseuses de Del- 
])hes Prt^lude en la niineur. Debussy. 
— Siiite Moderne: Prélude, Sérenade, 
(mode phrygien) Katal)ankalesis, Ba- 
dinage, Thrénes a la mémoire de De- 
busisy, A- Gómez Anda. — Sonate (si ma- 
jeur) Allegro enérgico, andante, Scher- 
zo. Ilondeau. A. (rómez Anda. — Rliap- 
sodie V. Liszt-Góuicz AihIm. Ktiidc. mi 
bemol. Paira nini-Liszr. 

A pesar de las protestas de los músi- 
cos franceses, el impuesto sobre los 
pianos ha sido decretado y el presiden- 
te Millerand ha promulgado ya la ley 
relativa. El artículo lo. de dicha ley 
dice: "Se autoriza a la ciudad de Pa- 



rís para percibir desde el lo. de enero 
de 1920 y durante tres años, un im- 
puesto sobre los pianos, armoniums, 
órganos y orquestriones mecánicos o 
no mfHánicos*'. Los pianos vcrtuaTcs 
pagarán 30 francos y los de cola 60 
francos anuales. 

Un defensor de este nuevo impuesto, 
M. Maurice l'rax, se pregunta en el 
'Petit Parisién'", ¿por qué no gravar 
la Pler/aria de una Virgen y las esca- 
/(/.v. si la leche, la mantequilla, el vino, 
la carne, el conejo, la lana, las telas, 
las bicicletas y hasta el aire que se res- 
pira está recargado de impuestos''? 
Por su parte, el director del "Monda 
Musical", M. Mangeot, protesta enér- 
gicamente contra esa ley que afecta 
directamente a quienes, por el cultivo 
de la música, contribuyen a elevar el 
valor intelectual del país. 

Para los últimos días del presente 
mes de marzo — fecha en que con»en/a- 
rá a surtir sus efectos la ley — se pre- 
para una manifestación contra el nue- 
vo impuesto que afecta a los in.stru- 
mentos do teclado y — no nos explica- 
mos la causa — ha dejado libres de ta- 
sas a los instrumentos de cuerda, de 
madera, de metal y de percusión. 



Caruso ha entrado en franca con- 
valecencia- La presencia de su herma- 
no Giovanni, quien llegó de Italia en 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



i«7 



el •Caronia", ha contribuido a su me- 
joramiento. E! célebre tenor se encuen- 
tra ya sin fiebre y ha podido perma- 
necer algunas horas sentacío. Ha leí- 
do la prensa, interesándose por las 
cuestiones políticas y manifestó de- 
seos de hacer algunas caricaturas — su 
distracción favorita — sin conseguir 
que esto le fuera permitido. 

Los doctores aseguran que Caruso 
— si no sufre una recaída — estará en 
condiciones de emprender un viaje a 
Italia en el curso del próximo mes de 

abril. 

* * * 

"Móxico. su país natal, debe sentirse 
orgulloso de contar con tan magnífico 
artista " 

"...Galindo tocó con extraordinaria 
corrección y sentimiento, diciéndola 
muy bien, la "Romanza en /(/", que hu- 

1)0 de repetir. . .'' 

"...En el Hotel Palace se ha cele- 
brado una gran fie.sta mexicana presi- 
dida por el Embajador de INIéxico, se- 
ñor Sánchez Azcona. En la fiesta tomó 
parte principalísima la célebre artis- 
ta mexicana Esperanza Iris, que cantó 
el Himno Nacional Mexicano; la seño- 
rita Ross, recitó poemas de Amado 
Xervo y la señorita Centeno c:intó Ala- 
rias piezas, siendo muy aplaudida. Des- 
pués el notable pianista Aroca tocó ad- 
mirablemente la "Rapsodia Mexicana" 
de Ponce. y "Groyescas", de Granados. 
Fué ovacionado con justicia el gran 
violinista Rafael Galindo. tan aplau- 
dido siempre, interpretó de modo ma- 
gistral la "Romanza*' de Castro, y la 
"Jota Aragonesa" de Sarasate. Galin- 
do es un mexicano que honra a su país 
y así lo estimó la distinguida concu- 
rrencia que asistió a la fiesta, entre 
cll;». cMsi toda la colonia mexicana, 
que aplaudió con gran entusiasmo al 
concertista admirable...." 

■•.' * í: 

María Inés González, distinguida 



profesora de piano, presentó él 20 del 
presente un numeroso grupo de alum- 
nos, cuyos adelantos en el difícil arte 
(le t(K-ar H i-iano. que<1aron demcs- 
trado« por la buena interpretación que 
supieron dar a las obras de! progra- 
ma. Elena Butcher, Inés Maldonado. 
Heatriz Pérez. Sofía ('arrefu). Guiída- 
lupe González, Dolores Burcher, Caro- 
lina González, Luis Castañeda. José 
Rafael Mondragón, Carmen Carrefio, 
Elisabeth Butcher, íllenita Murgiifa, 
Teresa Maldonado, María Isabel Coli- 
gnon. Rosita Ortega, Dora Collignon y 
Magdalena Urrea, son los nombres da 
los pequeños pianistas discípulos de la 
señorita González. 



Banda de .Vrtillería.— Esta Corpora- 
ción tiene el alto honor de ofrecer a la 
culta sociedad metropolitana, dos con- 
ciertos consagrados a la memoria del 
inmortal maestro Luis van Beethoven, 
como un homenaje a su memoria, en el 
49 aniversario de su muerte acaecida 
el 26 de marzo de 1827. 

Ambos conciertos serán ejecutado» 
en Santa María, Colonia Roma, Chapul- 
tepec y la Alameda, respectivamente, 
de 10 a 1. hora oficial, los domingos 20 
y 27 de marzo, ?i y 10 de abril; el se- 
gundo, los domingos siguientes en el 
mismo orden. 

Primer Concierto. — Obertura "Bg- 
mont". — Allegro del "Trío" en sí be- 
mol — Scherzo de la 7a. Sinfonía. — 
Marcha fúnebre. (Adagio de la Sinfo- 
nía Heroica.) — Quina Sinfonía. — Ober- 
tura "Eleonora*' núm. 2- 

Segundo Concierto. — Obertura "Fide- 
lio*', — Séptima Sinfonía (lo. y 2o. tiem- 
pos). — "Adagio*' del "Septimino". — 
"Scherzo'* de la 9a. Sinfonía. — Sinfonía 
VI. — Sinfonía Heroica. (Allegro con 
brío) — México, D. F.. marzo 26 de 1921. 
— ^El Director, M. Rosas. 



I $8 



MÉXICO MODERNO 

CRÓNICA MUSICAL MEXICANA 



Con verdadera satisíacción nos ente- 
ramos por la prensa de Madrid, de los 
recientes triunfos alcanzados por Ra- 
fael Galindo, violinista mexicano, en 
la Villa y Corte. 

Desde muy temprana edad demostró 
Galindo — liijo del conocido violonce- 
llista don Rafael — excelentes dispo- 
siciones para la música y especialmen- 
te para el violín. Hace aproximada- 
mente quince años que marchó a Eu- 
ropa, y en París, bajo la dirección del 
maestro Wliite, dedicóse a perfeccio- 
nar los conocimientos musicales que 
había adquirido en México. Por aque- 
lla época, encontrándonos en la Capital 
francesa, tuvimos oportunidad de oír 
a Rafael Galindo, Jr., y con alegría pu- 
dimos comprobar que había aprovecha- 
do el tiempo. Afinación perfecta, nota- 
ble manejo del arco, sobriedad en los 
portamentos, seriedad en la interpre- 
tación de las obras clásicas: tales fue- 
ron las cualidades salientes que apre- 
ciamos en el joven virtuoso. 

Después, Galindo se eclipsó. Una dé- 
cada de obscuridad, de luchas incesan- 
tes, tal vez, para no naufragar. Y aho- 
ra, cuando muchos le creían derrotado, 
aparece victorioso en la Capital de Es- 
paña. 

De "El Nacional", de esta ciudad, co- 
piamos los siguientes juicios críticos 
de la prensa española: 

'•. . . .La obra (el "Concierto" en rr 
mayor de Baeh), alcanzó una inter- 
pretación irreprochable, no sólo por 
parte de Wanda Landov/ska, sino por 
la del admirable flautista Valdovinos 
y la de Rafael Galindo. Este es un vio- 
linista notabilísimo, un verdadero ar- 
tista, cuyo sonido es delicioso. La afi- 
nación es perfecta y posee expresión 
y delicadeza notabilísimas. La Filar- 
mónica le ha contratado como concer- 
tino, y ayer Galindo demostró ante el 
gran público lo que sabíamos hace mu- 
cho tiempo, esto es, que para mucho 



más que para ser concertino sirve. Es 
un concej^tista excelente...'' 

". . .En el "'Largo" de Haendel alcan- 
zó un triunfo tan entusiasta como le- 
gítimo, el gran violinista Rafael Ga- 
lindo, artista notabilísimo que sabe ex- 
presar primorosamente y cuyo sonido 
es delicioso. Tuvo que repetir el "Lar- 
go"' tras una gran ovación. También so 
lució Galindo de la "Scherazada" qiit 
constituía la tercera parte del progra- 
ma. . . ."' 

"....Todas las obras del glorioiso 
compositor — Beethoven — fueron in- 
terpretadas por la Filarmónica con 
mucho cariño, especialmente el "Sep- 
timino", del que se repitieron después 
de calurosos aplausos, el "Minueto" y 
el "Scherzo"; la inmortal "V Sinfo- 
nía", la "Kouumza en fa'' para violín 
y orquesta, que puso de manifiesto el 
arte notabilísimo del concertino de la 
Filarmónica, señor Galindo, que tuvo 
que repetir la deliciosa página y la 
obertura de "Egmont. ..." 

"...La inspiradísima "Romanza en 
/(/". proiwrcionó un triunfo tan entu- 
siasta como justo al gran violinista Ra- 
fael Galindo. Se acreditó ayer éste, de- 
finitivamente, de concertista muy no- 
table, capaz de la más altas empre- 
sas dentro de su arte. Con afinación 
impecable, con precioso sonido, con 
agilidad y delicadeza admirables, tocó 
Galindo la "Romanza", causando hon- 
da emoción en el auditorio, que le ova- 
cionó tan calurosamente, que tuvo que 
repetir la obra, con la general com- 
placencia. Galindo es, por todos con- 
ceptos, un artista de mucho mérito, a 
quien sólo ha perjudicado hasta ahora 
su excesiva modestia. Pero como el ta- 
lento se abre siempre paso, no hay du- 
da de que Galindo, que comienza a ser 
conocido y apreciado, alcanzará en 
plazo brevísimo el alto renombre a 
que es acreedor. 



LO SOEZ 

Del libro en prbpáracióm EV Minúteme 



ALGUIEN me hablaba de cómo se acentúa la desgarradora 
fatalidad de lo sucio reflexionando que sólo el animal lo es. 
Ante la limpieza de minerales y vegetales, impónese lo soez 
como la más dolorosa de todas las formas del mal. 

Si la ley universal de salvación es la de la línea, ninguna, em- 
pero, cae en las aberraciones de la línea humana, trátese de la 
conducta o de la fisonomía. ¿Existe algún ser más heroico que 
la mujer en el momento de resistir la luz? Y, viceversa, ¿hay 
alguna especie zoológica que envejezca tan trágicamente como 
la hembra humana? El gesto convertido en mueca, me ultraja 
no ya en mis raíces de poeta, sino en mi propia dignidad moral. 

Yo sé que aquí han de sonreír cuantos me han censurado 
no tener otro tema que el femenino. Pero es que nada puedo en- 
tender ni sentir sino a través de la mujer. Por ella, acatando la 
rima de Gustavo Adolfo, he creído en Dios; sólo por ella he cono- 
cido el puñal de hielo del ateísmo. De aquí que a las mismas 
cuestiones abstractas me llegue con temperamento erótico. 

Tierra el sol, tierra el firmamento, tierra la luz... Así rae 
duele el mal cuando despeña al corazón en enigmas tan sórdidos 
como el de la virgen sepultada, que lo que negó al amante más es- 
clarecido de rostro, de voluntad y de pensamiento, concédelo a la 
última bestia, a la que no alcanza ni una sospecha de la luz. 

El gusano roe virginidades y experiencias. Unos ingenuos 
blasfeman, otros se destrozan con el cilicio. El maniqueo procla- 
ma la eternidad del mal. El teólogo ortodoxo pone en silogismos 
la omnipotencia y la bondad infinita del Increado. Mejor que en 



i86 MÉXICO MODERNO 

imaginar un poder sin límites, me complazco en ver, detrás de la 
rosa de los vientos, la magna faz de Jesús, afligido porque en la 
obra del Padre se mezcló un demonio soez. 

Y tal ficción no será canónica; pero es el esfuerzo de un io- 
jrente amor. 



LA CIGÜEÑA 



EN la crudeza del Adviento, la fotografía, menos que una boar- 
dilla, menos que un palomar, es traspasada por cierzos es- 
quimales. El fotógrafo, en mangas de camisa, enseña sus 
tarjetas a la gentil señora nariguda. La señora, cigüeña costosa 
al marido, publica sus brazos de pelele, fustigados por el frío, a 
despecho del tul que los condimenta. Dice: "Queremos pronto 
los del nene". Luego, con su gracia picante, añade, husmeando 
su propio retrato: "Mucho perfil, mucha nariz". Y nos guiña el 
ojo, aderezando con bromas la nariz, como quien enflora el an- 
zuelo. 

Señora, que turbáis a los clientes del tejaban con vuestra 
delgadez de ráfaga: he descubierto vuestro juego. Coqueta alre- 
dedor de vuestro defecto, lo esgrimís como el sabor de la ple- 
gadiza persona. Sois cazurra y simpática, porque de vuestra ima- 
gen, un poco espantapájaros, hacéis la olfativa espiral en que 
se laminan los deseos. Vuestra nariz es vuestro gancho, lo sabéis 
de sobra. Por ella, tentáis como el espíritu de la mostaza. Sin 
«Ha, seríais correctamente insulsa, como un académico. Pero es- 
ta fruslería, esta quisicosa nasal . . . Cigüeña astuta, sabéis al 
dedillo que la nariz redondea vuestros brazos de pelele, y que in- 
sinúa, desde el fondo que se asoma sobre los chapines, toda una 
Holanda subrepticia y salutífera. En la nariz de fascinación y de 
trapisonda, que os libra de la intachable sandez, se toma el pulso 
-de vuestra vida, mejor que en la dúctil muñeca. 

La soma de la cigüeña desata en la fotografía, a las cinco de 
la tarde esquimal, una ecuatorial llovizna de caniculares granos de 
igranada. 

RAMÓN LÓPEZ VELARDR 



UN FLIRT A BORDO 

EL FLIRT de Julio Ríos con la bella norteamericana Miss Nelly, 
empezó mientras cruzaba el Atlántico a bordo del Leviathén 
Chicago. 

Miss Nelly viajaba rumbo a Nueva York. Julio, se diragía a Lon- 
dres. La casualidad los acercó, y, en buen inglés, charlaron de cosas 
animadas, intimidando hasta el punto de pasar de las anécdotas 
a las confidencias. 

Miss Nelly era una mujer blanca, de cabellos dorados a fuego, 
vale decir de un color cóbreo; una mujer digna de un flirt 
a bordo por sus cualidades morales, por su belleza, por su posición . . 
Y más aún cerca del Trópico, en la \inesL ecuatoriana, donde el sol, 
en relación directa; influye sobre la naturaleza humana. 

Julio Ríos era todo un buen mozo, buen charlador, buen gentle- 
man. Supo aprovechar las circunstancias que se le ofrecían y 
en los pocos días de viaje, no dejó pasar ninguna oportunidad de 
poder hilvanar palabras con ella. Arrimando su hamaca, ya ofre- 
ciéndole el libro entretenido de argumentación un poquito román- 
tica, otro poco sentimental; ya invitándola a una pose para su 
Kodac, demostraba a las claras la intención de ser simpático a 
la joven. Ésta parecía comprenderlo y hasta corresponderlo ... Y 
he aquí cómo se completaron las emociones del viaje hasta el punto 
de hacérsele la vida ensoñativa, llena de esperanzas, cálida, honda... 
Confesábase Julio, que un viaje sin flirt es un viaje donde sólo 
se vé cielo y mar, mientras que ahora ; Demonios! ¡Ahora es- 
taba enamorado, enamorado ! Y al pensar en que el buque corría a 
una velocidad de muchas millas por hora, maldecía las máquinas, las 
hélices, el humo de las chimeneas... Claro está que Julio Ríos 
hubiera preferido una avería grave en las calderas o en las bode- 
gas ... De ese modo se le ofrecería la ocasión de consolar a su 



i88 MÉXICO MODERNO 

Oriana, de alargar el viaje y de desnudar sus brazos mirando al 
mar con desprecio como significándole a Miss Nelly que al lado 
de él se hallaba tan segura como en la casa de diez pisos de su 
padre, el fabricante de las máquinas Humward. 

Su amigo el capitán del buque, le bromeaba a veces con esa serie- 
dad risueña de los jóvenes lobos de mar: 

— Vea, don Julio, que se le acaba la aventura. New York está 
cerca . . . Unos cuantos nudos . . . 

Y él veía que Nueva York estaba cerca. Ojalá lo hubiera estado 
arriba del Canadá, en buena compañía con los icebergs del Norte! 
Y al pensar en que Miss Nelly le miraba con ojos húmedos y labios 
trémulos ! . . . Ya había compartido con ella algunas emociones : le 
había, ella, dado a besar su mano y otras licencias que se permiten 
en la mitad del mar, abandonada en un chaissc lom/ue, bañadas las 
mejillas, los labios, los cabellos, toda ella, por la luna suave del 
Trópico, sintiendo la caricia de la música del mar ... 

Julio Ríos se estiraba nervioso la corbata, daba pequeños golpes 
de pie sobre la cubierta, comía apurado, etc.. etc. ¡Si él pudiera 
quedarse en la gran ciudad norteamericana! Pero se le esperaba 
en Londres. La Compañía Anónima que él representaba en Sud 
América, no querría saber nada de amores de a bordo, ni de 
cabellos rubios, ni de corazón enternecido . . . ¡ Qué demonios ! El 
directorio esperaba pronto, citado ya, una buena liquidación de 
libras esterlinas .... 

Por fin, llegó a Nueva York ... 



Atrás quedó el puerto lleno de pañuelos que so agitaban en el 
aire. La gran ciudad empezó a borrarse viéndose solamente sus altos 
edificios de techos de pizarra. El remolcador había abandonado al 
transatlántico, y éste se deslizaba sobre el agua sin esfuerzo, toman- 
do velocidad al impulso de sus máquinas. Sobre cubierta, una gran 
confusión hacía característico el momento que sigue a la partida: 
cuerdas por allí, barricas por allá, equipajes más allá, todo en ese 
desorden que huele a aceite y cuero. Y mezclado a todo ello, las 
voces débiles de la tripulación todavía un poco cohibida, y las voces 
fuertes de los marineros activos. 

Inclinado sobre la borda, con la cabeza entre las manos y los 



UN FLIRT A BORDO 189 

ojos fijos en la ciudad semiborrada, se hallaba Julio Ríos ajeno 
al bullicio de su alrededor. De pronto sintió unos golpecitos sobre 
su hombro. 

— ¿En qué piensa, señor Ríos? — di jóle la voz simpática del capi- 
tán. ¿ Está Ud. mirando los peces que vienen de Nueva York ? . . . 

— Pienso, capitán, que si la vida del viajero es ésta, si en cada 
puerto deja un poco de su alma, no debe de llegar a su destino 
sino un esqueleto sin corazón. 

— ¡All right! — exclamó el joven marino lanzando al aire una 
bocanada de humo — eso es lo que pasa con los barcos: llegan 
casi siempre a su término sin combustible en las carboneras . . 

BARTOLOMÉ GALINDEZ. 



VERSOS A UNA REINA 

A Jttlio Tobbi 



ENAMORADO estoy de la esbeltez. 
Rotunda de una Reina de Ajedrez. 
Pues revela en su arquitectura. 
(Calipigia y juncal; 
Grupa enorme, breve cintura) 
Toda una entidad moral. 

No sé si será tierna 
{La Reina es sorda) 
Sólo tiene una pierna 
¡Pero tan gorda! 

Lámpara (sin luz) quinqué trágico, 
Pero mística y procer toda, 
Como un poste telegráfico 
Prisionero en una pagoda. 

Aunque inmóvil, se dijera. 
Por sus enaguillas horizontales, 
Que es vertiginosa hayadera 
Girando en infinitas espirales. 

(El General '^post mortem^' es eoue$tre 
En bronce o mármol. A su vez 
Tiene su busto, vertical, el caballo 
En el Panteón del Ajedrez). 



VERSOS A UNA REINA I9E 

(El que muere primero 

Y a granel es el peón, 
Yictima eterna del tablero 

Y de la Revolución). 

Pero a ti. Reina, la m/aerte no te inquieta. 
Tú renaces como las Margaritas 

Y eres más que María Antonieta, 
Porque mueres y resucitas. 

Y miras a tu Rey senil, 
Blanco, negro o color de ceniza, 
A la postre tan i/nfantil, 
Cual la necia torre maciza. 
Lírica torre de marfil. 

Reina, me encantas porque eres ^ 

Idéntica por cualquier lado 

Y afirmas así tu reinado 
Sobre las demás mujeres. 

Eres tan sencilla 
Que sintetizas con el disco el anca, 

Y eres tan franca 

Que tienes por cabeza una perilla. . . 

No eres tan opulenta como Róschil, 
Ni tu abolengo es tan azul que 
Eclipses a la Reina Xóchil, 
Nuestra Reina-Madre-del-Pulque. 

Pero cual eres ha de ser, 
(Algo sufragista 

Y más dadaista) 
La super-mujer. 

Seré cómplice del Destino 
Y tras de maquinal combate 
Voy a servirte un jaque (mate) 
Filidoresco y Argentino. 



192 MÉXICO MODERNO 

Con mimetismos de azahar y de marfil 
Te asalto, triplemente inicuo-, 
lo. — por chino, 2a. — por oblicuo, 
3o. — por arfil. . . 



LA REINA: Wonderful ¡It is 

Sweet! Another kiss! 



En mi total placidez. 
Una duda me importuna, 
{No todo ha de ser ¡claro! de lAtna) 
¿Tuvo doncellez. 
Alguna 
Vez, 
La Reina del Ajedrez?. . . 



Nueva York. 
1921. 



JOSÉ JUAN TABLADA. 



LA INMUTABILIDAD DEL DERECHO 
DE PROPIEDAD 



A PROPOSITO de las leyes que tienden a la aplicación de los 
preceptos constitucionales relacionados con la propiedad, se 
ha sostenido la tesis de que la misma propiedad es un derecho 
definitivo e irrevocable, que ningún pueblo civilizado puede aceptar 
que sea una función social y que sólo los bolchevistas son capaces de 
poner en práctica tal concepto moderno de la propiedad. El señor 
Díaz Dufóo en su obra "La cuestión del Petróleo," condensa esa 
tesis en los términos siguientes: "Jurídica y económicamente la 
base de toda vinculación de capital es el aseguramiento de la pro- 
piedad, tal como 'ha sido establecida por el Derecho Romano y que 
se acepta en todas las sociedades civilizadas de la tierra. lia 
propiedad, según ese derecho, tiene un carácter definitivo e irre- 
vocable. Así está fundada en todas las legislaciones de los Es- 
tados. Y así también se fundó ese derecho en México, antes de 
que las doctrinas bolchevistas estallaran en nuestro medio y en 
el seno mismo del Gobierno. No es cierto que el concepto moderno 
de las sociedades considere a la propiedad como función social. 
No es cierto en otras palabras que el concepto moderno haya hecho 
trizas a la propiedad privada." 

Unas cuantas palabras bastarán para demostrar lo erróneo 
de los conceptos apuntados. 

No es verdad que sea inusitado declarar que la propiedad es una 
función social. Tal es nada menos que la tesis de los canonistas. 
En el prólogo de la obra de Monseñor Ryan sobre los salarios, se 
leen estas palabras: "La idea del derecho a la existencia es cierta- 
mente el centro de la doctrina canónica. Efectivamente, sobre la 
necesidad y el deber de satisfacerla por los medios más eñcaces loa 



194 MÉXICO MODERNO 

teólogos, desde Santo Tomás, han fundado todas las instituciones 
económicas y en particular la propiedad individual. Esta es a sus 
ojos una función social al mismo tiempo que un derecho o más bien 
un derecho justificado por la función, muy diferente por conse- 
cuencia de ese derecho absoluto y exclusivo que la escuela individua- 
lista tomaría de la noción de los jurisconsultos romanos." Efecti- 
vamente, Santo Tomás, siguiendo a San Ambrosio, considera la pro- 
piedad como siendo no un derecho primario sino secundario, es 
decir, una adición que el género humano ha hecho en vista de la 
utilidad social. 

Los canonistas mismos consideran que la tesis de que la pro- 
piedad es inmutable a pesar de los perjuicios que tal doctrina oca- 
siona injustamente a los que, no la poseen, es. una teoría que se ex- 
plica por el debilitamiento del espíritu cristiano. Así los verdade- 
ros canonistas se admiraron de que causara extrañeza entre los ca- 
tólicos que los Cardenales Gibbons y Manning hubiesen proclan^ado 
qué "los derechos del hombre a su subsistencia están por encima 
de los derechos de propiedad." 

Es inexacto que conforme al Derecho Romano la propiedad 
haya tenido el carácter intangible que sus celosos defensores le 
atribuyen. La propiedad inmueble tuvo en Roma un doble carác- 
ter político y religioso. En aquellos casos en que la propiedad re- 
cibió una consagración religiosa era claro que era intangible. Fustel 
de Coulanges en "La Ciudad Antigua" lo confirma en estos térmi- 
nos: "No fueron las leyes las que garantizaron desde luego el 
derecho de propiedad; fue la religión. Cada campo debía estar 
rodeado como lo hemos visto para la casa, de un recinto que lo se- 
paraba completamente de los dominios de las otras familias. Este 
recinto no era un muro de piedra: era una banda de tierra de al- 
gunos pies de ancho que debía quedar inculta y que el arado no 
debía jamás tocar. Este espacio era sagrado, la ley romana lo 
declaraba imprescriptible; pertenecía a la religión." En otros tér~ 
minos la consagración religiosa y no la ley era la que hacía inviola- 
ble esa propiedad. No podía alterarse porque estaba fuera de la 
acción del Estado. Mas este régimen no era el dominante en todo 
d Imperio. Esta propiedad sagrada ocupaba en realidad muy poco 
lugar y estaba por decirlo así fuera de las instituciones propiamente 
políticas de los romanos. Es bien sabido que casi todo el territorio 
dei Imperio Romano fue adquirido por conquistas. De ordinario 



LA INMUTABILIDAD DEL DERECHO DE PROPIEDAD 195 

el territorio conquistado se dividía en tres partes, una que era 
acordada al país vencido, otra cedida o vendida a loa particulares 
y la tercera conservada al Estado. Toda esta propiedad no tenía 
el carácter absoluto que se le supone. Según puede verse en Sicu- 
lus Flaccus (De conditione agrorum. Goez, Pág. 3), el derecho del 
poseedor era un goce precario que el Estado podía a cada momento 
revocar. Una renta le era impuesta en reconocimiento del dominio 
eminente del Estado y por larga que fuera la posesión no podía 
transformar a los poseedores en propietarios. La seguridad que 
estos tenían de poseer la tierra era muy débil. Virgilio en una de 
sus Églogas nos hace oír los acentos de los pequeños propietarios 
despojados cuando Augusto quiso recompensar a sus veteranos 
con posesiones territoriales. Más tarde la ley Thoria convirtió 
a los poseedores en propietarios de casi todo el dominio del imperio ; 
pero no escaparon a las confiscaciones, a pesar de que sus tierras 
fueron declaradas óptimo jure prívate. No solo sino que una ley 
(LII, de Evict) otorgaba expresamente el derecho de hacer con- 
fiscaciones sin motivo, cuando el Emperador lo juzgara prudente. 
Según Chalot (La expropiación entre los Romanos) "La constitu- 
ción política de los romanos no había erigido en principio consti- 
tucional el principio de la inviolabilidad de la propiedad. La pro- 
piedad no había sido constituida de tal manera que no fuese im- 
posible al Estado lesionar el derecho del propietario. Bajo la Re- 
pública, bajo el Imperio, el Estado fue propietario y ningún derecho 
pudo prevalecer contra el suyo cuando le plugo ejercitarlo." 

Se nos ha hecho creer que los romanos para conservar incó- 
lume el derecho de propiedad apelaban a los medios de mayor rigor 
posible, sin inquietarse por el bienestar del inmenso número de pro- 
letarios que poblaban el imperio. Nada es mas erróneo. Los ad- 
mirables trabajos del gran jurisconsulto Ihering nos permiten for- 
mamos una idea clara de la situación social de Roma y de la vigi- 
lancia que el Estado tenía en la suerte económica de las clases po- 
bres. El mal más grande de Roma fué la concurrencia del esclavo 
con el hombre libre. El gran latifundista cultivaba sus campos por 
esclavos que recibían una miserable recompensa. El hombre libre 
no tenía este medio a su alcance. Cualquiera circunstancia como el 
servicio militar lo obligaba a abandonar sus campos, mientras que 
los del rico seguían cultivados. En otros términos la cuestión agra- 
ria en Roma era una forma del peonismo que hoy nos aflige. Es 



' i 



196 MÉXICO MODERNO 

más, los ricos romanos, como nuestros grandes terratenientes espe- 
peculaban de tres maneras. Los años escasos les permitían vender 
los cereales a altos precios, regularizaban las importaciones de trigo 
según su conveniencia haciendo subir y bajar los precios y por fin 
arrojaban cargas públicas sobre las clases pobres. El Estado roma- 
no no fue indiferente a ese estado de cosas. Para demostrarlo no 
hay necesidad de que nos refiramos a las leyes revolucionarias de los 
Gracos. El Estado procedió siempre como hoy se pretende entre nos- 
otros, o mejor dicho, más enérgicamente que como hoy se procede. 
Desde luego la ley dispuso que cierto número de personas libres 
trabajasen en los campos en concurrencia con los esclavos, para 
proporcionar así trabajo al pueblo. La ley Licinia estableció, como 
hoy nuestra Constitución, un máximum de la propiedad raíz y hasta 
del rebaño prohibiendo que nadie fuese dueño de más de cien ca- 
bezas de ganado mayor. Si no empleó el sistema del arrendamiento 
en pequeños lotes fue porque no correspondía, dice Ihering, a laa 
costumbres de la vida romana. Es más, la propiedad fue una fun- 
ción social. "Era un deber social para las clases afortunadas, afirma 
Ihering, compensar la superioridad que esas circunstancias les atri 
buían con su generosidad ; era un deber reparar y dulcificar la in- 
justicia que de ello resultaba." El hombre que no cumplía esta 
función social estaba expuesto al desprecio de todo el mundo. "Sólo 
un espíritu bajo y sórdido, sigue diciendo Ihering, podía aprovecharil 
las ventajas de una posición privilegiada sin querer soportar los 
deberes que de ella dimanaban.'* ¿Cuáles fueron las medidas or- 
dinales que el Estado dictaba continuamente para aliviar la condición 
de las clases inferiores además de estas excepcionales? El mismo 
Ihering las enumera: I. — La concesión de tierras a la masa pobre, 
ya para la fundación de colonias, ya con asignaciones sobre el ager 
publicus. Continuamente los romanos formaban colonias para 
evitar que la plebe degenerara. Cicerón compara esta función social 
a la de la limpia de los albañales. Cuando no había tierras a la 
mano el Estado las tomaba de donde podía y hasta despojando a los 
particulares. II. — La introducción de la soldada para compensar 
a los agricultores que abandonaban sus labores por el servicio mi- 
litar. III. — Las medidas sobre los granos con objeto de establecer 
el equilibrio de los precios, como lo hicieron entre nosotros las 
sabias autoridades españolas, a fin de conservar el poder de com- 
pra de los salarios. IV. — La remisión de las deudas. Como el siste- 
ma de esclavizar a los hombres libres era tenerlos adeudados como 



LA INMUTABILIDAD DEL DERECHO DE PROPIEDAD 197 

a nuestros peones, el Estado puso restricciones a la tasa del in- 
terés y es más, según refiere Tito Livio, el Estado intervino pa- 
ra obtener la reducción de las deudas. El Estado continuamente 
vigilaba por el bienestar del individuo, por funcionarios como los 
ministros de bienestar social que hoy existen en Europa y que 
pretende crear el Presidente de los Estados Unidos. "Vemos al 
Estado, dice Ihering, obrar de una manera casi paternal, por 
ejemplo, constituyendo sobre las rentas públicas dotes a las hijas 
de los ciudadanos, tan merecedores de ello como faltos de recursos, 
o bien sea a cargo de la casa del funcionario ausente." El mismo 
cita muchos casos en los que el Estado dio alimentos a la mujer, 
regaló un solar para erigir tumbas e hizo entierros por cuenta del 
Estado. 

Es pues un error conceder al Estado romano el carácter de im- 
placable vigilante de la propiedad de los latifundistas que ordinaria- 
mente se le atribuye. A pesar de que la mala repartición de las ri- 
quezas originó la caída del imperio por ser ineficaces las medidas 
que se dictaron y que no atacaron el mal de raíz, nosotros nos consi- 
deraríamos felices si se realizaran en nuestro país algunas de esas 
medidas que sirvieron para aliviar la condición de las clases pobres. 

Es un error que sólo los bolchevistas han alterado el derecho de 
propiedad. No queremos extendernos mucho sobre este particular. 
Mencionaremos tan sólo que Francia ha sancionado una ley sobre 
la siembra libre en terrenos ejenos, que Polonia ha limitado el 
derecho de propiedad, llegando al extremo de confiscar sin indemni- 
zación, que Rumania ha repartido las tierras entregando obligacio- 
nes agrarias por cuarenta y cinco años a los propietarios de tierras. 
No se ha disputado a los gobiernos el derecho de restringir la pro- 
piedad en nombre del interés público. "Su derecho es incontesta- 
ble, dice Letourneau (La Evolución de la Propiedad), y algunos lo 
usan, por ejemplo Inglaterra, que por simple medida administrativa 
disminuyó de un sólo golpe en un catorce por ciento las rentas de 
los hacendados Irlandeses." 

Es inexplicable que no se quiera admitir que la propiedad está 
sujeta a las leyes ordinarias de la evolución y de la transforma- 
ción de las instituciones. Las clases privilegiadas quieren que 
la propiedad permanezca bajo la misma organización que prevale- 
ció en Koma antes de la Era Cristiana. Ya no existen los motivos 
religiosos de entonces, ya no existen las instituciones políticas, ya 
no existe la organización económica, ya no existe nada de lo que 



198 MÉXICO MODERNO 

caracterizaba aquella sociedad antigua y sin embargo se pretende 
que subsista la propiedad tal como la concibieron los sacerdotes ro- 
manos, aunque los que tal cosa pretenden se guardan de limitarla 
y de corregirla como lo hicieron los dominadores del mundo. La 
propiedad no es una categoría absoluta. Ampliamente lo demostró 
Spencer. No es lo mismo la propiedad en Inglaterra que en Zan~ 
zibar. La propiedad romana fue distinta de la de la Edad Media. 
La propiedad de hace cincuenta años fue distinta de la propiedad 
del antiguo régimen. 

¿Cuáles son las consecuencias de detener artificialmente el 
progresos de las sociedades declarando, en beneficios de unos cuantos, 
inmutable a la propiedad privada? La primera ya la dijo Diodo ro 
de Sicilia hablando del Egipto. "Es absurdo confiar la defensa de 
un país a gentes que no poseen nada." La segunda es la de pro- 
vocar movimientos bruscos porque las clases oprimidas algún día 
se cansan y entonces se entregan a deplorables excesos. No en 
vano se detiene el proceso natural de las cosas. El progreso de la 
propiedad que hoy se pretende, lejos de ser causa de revoluciones 
tiene por objeto prevenirlas. 

FERNANDO GONZÁLEZ ROA. 



LO QUE APRENDIÓ AQUEL PEZ 



AQUEL pez era de esos grandes torpones, de ojos de recién 
nacido. Siendo fuerte y estando dotado de grandes defen- 
sas, un poco parecidas a los bracitos cortos de las focas, aun- 
que más informes, su caza de peces pequeños no saciaba toda su 
glotonería; su barriga era capaz a contener todo un cajón de pes- 
cadero. 

Los peces — sobre todo los listos peces pequeños — han evolu- 
cionado, han prosperado y se han enterado de muchas cosas. Sa- 
ben ya más muchos de ellos, que los peces humanos. En este es- 
tado de sabiduría se defienden perfectamente de los peces gran- 
des, de los insaciables peces con alma de tiburón. Ya saben es- 
capar dando el quiebro, ya saben prever cuando se acerca el pez 
temible gracias a su sistema de telegrafía sin hilos para el que les 
sirven las antenas vivas de las langostas, que son proveedoras de 
noticias; ya saben todos los disimulos y ya discuten sus derechos 
con el pez grande y entretienen su voracidad con eso, y con la pre- 
dicación de instintos más humanitarios. 

Los peces grandes suelen pasar mucha hambre en el mar, y 
como no pueden alimentarse más que de pescado, porque allí no 
suele haber carne nunca, su hambre es mayor. Sus mercados tie- 
nen muy pocos elementos. Sólo hay expendedurías de "La Coru- 
ñesa" y para eso la mitad de los días como si pusiese: "No hay 
pescado". ¿Es que para comer pescado fresco tendrían que ir a 
Madrid o a París, o a cualquiera otra ciudad alejada del mar ? 

Aquel pez grande, obeso y vacío, estaba indignado. Un régi- 
men de agua sola no puede ser recomendado a nadie, y si siquiera 
fuese agua dulce menos mal. ¿Pero agua rabiosamente salada! 

Aquel pez, constantemente purgado por esa especie de agua 
<ie carabaña que es el agua del mar, se sentía débil y pensaba que 



200 MÉXICO MODERNO 

si aquella falta de alimento continuaba mucho se convertiría en un 
pez espada o en una anguila. 

Muchas cosas se le ocurrieron para combatir la anemia, aque- 
lla anemia contra la que ni el recurso cabía del aceite de hígado de 
bacalao, precisamente por la carestía no sólo de bacalao, sino de 
morralla y de bonquerocitos. ¿Le convendría ser vegetariano? In- 
tentó ese cambio de régimen, pero le dio una indigestión de algas 
porque resultaron imposibles de digerir. ¿ Le convendría alimentarse 
sólo de estrellas de mar? Probó a ver, pero vio las estrellas de re- 
tortijones que sufrió. ¿ Y un régimen de ostras ? Creyó que se moría. 
El haber oído ponderar las ostras como lo más exquisito del mar, 
pero careciendo de "abre-ostras" tuvo que comérselas cerradas, y 
el cólico fue cerrado, y hubiera sido el definitivo y postrero si no 
hubiera sido porque bebió más agua de mar que nunca, tanta que 
provocó antes de la hora anunciada una pequeña baja mar. 

No había solución. Aquel pobre pez iba ya lento como un sub- 
marino sin esencia, o como en la superficie del mar un barco sin 
carbón. Casi ya no remaba con sus muñones, pues estaba falto de 
fuerzas. 

"¡Si siquiera hubiese latas de conserva! ¿Si se pudiesen ad- 
quirir unas cuantas latas de sardinas?", pensaba aquel pobre des- 
graciado. 

"¡Cada vez somos mejor pescados por los hombres y nosotros 
pescamos menos y estos peces que se han vuelto intelectuales y se 
burlan de nosotros!", exclamaba constantemente el pobre pez 
vacío. 

¡Ah!, pero como en ese estado de inacción es cuando surgen 
grandes ideas, aquel gran pez tuvo una idea estupenda, genial, mo- 
rrocotuda. Viendo que no había solución para su hambre pensó 
pescar como los hombres, convertido en un verdadero pescador de 
caña, transformar la caza a diente, ya anticuada, y desprestigiada, 
por la caza ingeniosa. 

Desde ese instante de la concepción de su gran proyecto, se 
dedicó a confeccionar sus aparejos de pesca, y después de encon- 
trar un anzuelo de los muchos caídos en el fondo del mar, preparó 
con una correilla de alga y con una preciosa caña submarina, el 
aparato completo. Cesta o bote de lata para echar la pesca no le 
eran necesarios, porque toda pieza cobrada iría del anzuelo a la 
boca. ¡Tenía mucha hambre atrasada! 



LO QUE APRENDIÓ AQUEL PEZ 201 

Dotado así de su caña y con un poco de sardina como cebo, se 
puso a pescar en una montañita del fondo; y como los peces no 
podían sospechar que hubiese un pescador de caña en aquellas pro- 
fundidades, picaron el anzuelo con gana y aquel gran pez volvió 
a recobrar sus hechuras. Estaba contentísimo, optimista, y veía que 
su porvenir era el de un multimillonario en peces, que es como ser- 
lo en plata de la mejor plata viva. 

i Ah ! Pero corrió la voz por todo el mar. ¡ En el fondo del mar 
había un pescador de caña disfrazado de pez. ¡El colmo! Aquello 
no podía consentirse. Se organizaron numerosas avalanchas, ban- 
cos enteros de peces para aplastar al intruso. 

Los guardias temibles del mar, los tiburones, se enteraron tam- 
bién y buscaron al intruso, al pobre pescador de caña y se lo co- 
mieron con caña, anzuelo y todo, siendo la venganza del pez genial 
que por lo menos aquel tiburón llevaría siempre como dije, como 
leontina de su reloj imaginario, el pequeño anzuelo clavado en la 
barriga. 

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA. 



lUAx. Mod.-t 



A UNA NOVICIA 

▲BOIBNTB MADRIGAL 



DULCE" virgen mal ceñida, 
de tos ángeles amada, 
para monja perjeñada 
por los dedos del pudor. . . 
santa que la vida olvida, 
perdón si un poeta lascivo 
de tu boca al rojo vivo 
manda un heso turbador. 



En la divina torpeza, 
de tu traje y tu atavío 
hatees del amor desvío 
y desprecio del saber. . . 
Toda 68 santa tu belleza, 
pero son tu^ labios rojos ] í 

y en las ascuas de tus ojos 
arde u/n mundo de placer. 



En la gracia fresca y pura 
de Xa almendra de tu cara 



A UNA NOVICIA 

mi sed </•; amores repara 
como en el m/mantial 
hallado entre la espesura, 
cuya linfa apetecida 
en la noche de mi vida 
tiene un encanto auroral. 



Tú no sabes jeUzmsnte 
lo que es sed en el camino, 
y yo soy el peregrino 
que escuchó el agua correr. 
Piensa si habrá quien me ataje 
en buscarla con locura 
y, al hallarla fresca y pura, 
si he de dejar de beber. 



MANUEL MACHADO. 



EL PODER DE LAS LETRAS 



ALGUNA vez, cuando examino mi conciencia, suelo sentir es- 
crúpulos por seguir cultivando las letras a mi edad, que es ya 
bien avanzada. Me recuerdo a mí mismo en la adolescencia, 
inclinado ya sobre los libros para devorarlos, o con la pluma en la 
mano y el papel al frente para escribir; y me veo después, ahora, 
cuándo casi no tengo pelo en la mollera y mis bigotes se han vuelto 
blancos, consagrado tenazmente a los mismos ejercicios. ¿Es de- 
bilidad de los años? ¿Es puerilidad de viejo? Necesito recapacitar 
un poco para absolverme a mí mismo y obtener excusas del públi- 
co, que puede haberse fastidiado de ver tantas lucubraciones mías 
en libros y periódicos. 

No: las letras no son diversión frivola, sino profesión seria y 
trascendente; con su descubrimiento comenzó la civilización del 
mundo. Aquí vendría bien una tirada erudita para hablar de los 
fenicios, hebreos y griegos; de los ladrillos babilónicos, de los pa- 
piros egipcios, de las tabletas romanas, y de otras muchas cosas 
de gran viso y resonancia. De acuerdo con este plan podría demos- 
trar que la grandeza de los pueblos y de los imperios se prolonga 
más, a lo largo de la historia, por virtud de las letras, que por la 
fuerza de las armas, de la riqueza o de las leyes. Y que, en tanto 
que de Nínive y Babilonia no se conservan más que informes es- 
combros cubiertos de vegetación ; que de la altiva Misraím tenemos 
únicamente pirámides medio sepultadas en la arena; que de Israel 
no nos resta más que un muro salomónico; que de Sidón y Tiro 
no quedan más que paredes solitarias y truncadas columnas; que 
de Grecia y Roma guarda el mundo unos cuantos monumentos de- 
rruidos; y que de todo el mundo antiguo podríamos decir con Lu- 
cano, i)enetrados de tristeza, ¡etiam rwinae periere/: resulta, en 
cambio, que la escritura cuneiforme nos ha presentado rediviva la 



EL PODER DE LAS LETRAS 205 

aociedad contemporánea de los toros alados, guardianes de los 
templos y palacios asirios; que los libros mosaicos nos describen el 
origen del mundo y de la humanidad ; que los geroglíf icos egipcios 
nos revelan el modo de ser, pensar y vivir del pueblo de los farao- 
nes; y que los palimpsestos nos ponen al tanto de cuanto hicieron 
y dijeron griegos y romanos, tanto en la guerra como en la paz, 
así en tratándose de sus vicios y errores como de sus virtudes y 
sus glorias. 

He aquí el esquema grandioso de una disertación imponente, 
cuyo desarrollo, empero, humildemente confieso que está.' sobre 
mis fuerzas. Por otra parte, aun cuando quisiera echar sobre mis 
hombros esa carga agobiadora, no me sería posible ni aun siquiera 
intentarlo, porque dispongo de brevísimo tiempo para escribir estos 
renglones. Doy, pues, por sentado que las letras son el alma misma 
de la humanidad, perpetuada en sus misteriosos caracteres ; y que, 
no viven sólo para enlazar unos siglos con otros y unas generacio- 
nes con otras, sino, más que eso todavía, para unificar e identifi- 
car tiempos, razas y generaciones, haciendo un conjunto total y 
armónico, que forma la unidad humana al través de la historia. 



El intento de demostración que antecede, podría bastar, aca- 
so, a mi propósito, para librarme de culpa y pena por mi terquedad 
literaria; pero, no pudiendo mantenerme en esas alturas, voy a 
descender a consideraciones de orden inferior para completar mi 
intento de justificación. 

Más Uamza, muchacho.— Está bien, maese Pedro, voy a dejar 
las eminencias de la andante caballería para hablar de asuntos 
contemporáneos, pero sin salir de mi tema, porque yo tengo mis 
ideas 

Acabo de leer un hermoso libro de Isaac Goldberg, doctor en 
filosofía, prologado por J. D. H. Ford, profesor de español y fran- 
cés en la Universidad de Harvard. Su título es Studies in Spaniah 
Anierican Literature, Lo he devorado con interés indecible, y me 
ha ensanchado el corazón. Hablase en él con grande elogio de la 
poética y literaria de los proceres de las letras hispanoamfe- 



2o6 MÉXICO MODERNO 

ricanas, y los nombres de Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador 
Díaz Mirón, Amado Ñervo, y Enrique González Martínez, salen 
a relucir a cada paso en sus elocuentes páginas. Y al lado de ellos, 
en lugar muy distinguido, aparecen los de José Martí, el héroe- 
poeta, Julián del Casal, José Asunción Silva, Rubén Darío y José 
Santos Chocano, honra de Cuba, Colombia, Nicaragua y Perú; y 
también los de José Enrique Rodó, Blanco-Fombona, Lugones y 
ptros que sería largo enumerar, honra y prez de Uruguay, Vene- 
zuela, y la República Argentina. Y veo que fuera del país, los me- 
jicanos, y nuestros hermanos de Sudamérica, somos estimados y 
aplaudidos por nuestras letras, pese al desfavorable juicio que de 
todos nosotros se forma el extranjero por nuestras constantes in- 
quietudes políticas y por nuestras tremendas revoluciones. Y veo 
también que la fraternidad hispanoamericana va siendo obra de 
verdad, pero no de la diplomacia, por campanuda que sea, sino de 
los tañedores de cítara y de los escritores americanos de lengua 
española. 

El Dr. Ford dice, entre otras cosas, en su breve, pero sustan- 
ciosa introducción: "Fue ayer nada más cuando los hombres cul- 
tos de España comenzaron a manifestar un interés real por la 
literatura de sus antiguas colonias del Nuevo Mundo. Antes que 
don Juan Valera escribiese sus sabrosas Cartas Am erica mi^, 
las personas educadas, ni mucho menos, por supuesto, los lectores 
ordinarios de la Península Ibérica, se hablan dado cuenta de la 
ambiciosa actividad de muchos escritores del siglo XIX, esparci- 
dos en los países que se extienden entre el límite sur de los Esta- 
dos Unidos y la Tierra de Fuego . . . Aunque Valera fue un espíri- 
tu genial, se manifestó incapaz de evitar esa tolerancia condescen- 
diente de los críticos europeos con respecto a las producciones del 
alma colonial, que nosotros, en los Estados Unidos, estamos acos- 
tumbrados a encontrar en la actitud de los críticos . . . nosotros, los 
hermanos norteños de los hispanoamericanos, hemos vivido más 
olvidados todavía de los ideales y méritos de la altura de Hispano- 
américa, y es tiempo ya de que salgamos de nuestra ignorancia . . . 
Cuando lo hagamos y conozcamos bien las tendencias y perfeccio- 
nes de los escritores españoles de América . . . , comenzaremos for- 
zosamente a concebir alta estimación hacia su celo, móviles y arte 
consumado." 

Y, por lo que hace al Dr. Goldberg, no hay elogio que escati- 



EL PODER DE LAS LETRAS 907 

me en su obra a los poetas y escritores de nuestra raza en este 
continente. Según él, Díaz Mirón y Gutiérrez Nájera fueron los 
grandes precursores del movimiento de renovación de las letras his- 
panoamericanas ; Rubén Darío es uno de los mayores poetas de la 
edad presente; y José Enrique Rodó un crítico de la talla de En- 
merson y Macausley. Así podemos ver a nuestras patrias ameri- 
canas elevadas a grande altura en la consideración de los doctos 
extranjeros. Regocijémonos. ¡Estamos tan poco acostumbrados a 
recibir alabanzas y cumplidos ! 

Nótase por otra parte, en el espíritu general de la literatura 
hispanoamericana, una tendencia poderosa y efectiva a la frater- 
nidad de todos los pueblos de habla española de América, la cual 
tendencia podrá dar por resultado la unión espiritual de nuestras 
repúblicas. 

Indico apenas las ideas por falta de tiempo ; pero creo que las 
observaciones anteriores son suficientes para demostrar que gran- 
de, soberano, incontrastable es el poder de las letras. 

De donde deduzco que consagrarse a ellas, no es ocupación 
baladí, sino de capital importancia, y que merezco perdón si a mis 
años tanto las amo y con decidido empeño todavía las cultivo. 

JOSÉ LÓPEZ PORTILLO Y ROJAS. 



LA ESTANCIA EN LA MONTAÑA 

Del libbo bn pbbnsá. Las sinfonias del Popocatepetl 

DEL pueblo adormecido ascendí a la montaña viviente. 
En las aguas de sus torrentes mi cuerpo se limpió de toda 
inmundicia; entre los bosques de pinos se perfumó con la 
esencia de las selvas; bajo la potencia del sol se fortificó y sobre 
los hielos mis pasiones se congelaron. 

Desde la cima del volcán yo vi el Mundo como un espectáculo 
maravilloso y lo amé sin reticencias, profundamente, intensa- 
mente. 

Todo me pareció bello, hasta el Dolor, Todo me pareció por- 
tentoso, hasta la Mujer, y de todas las cosas emanó una fuerza 
nueva cuyo influjo yo no había sentido jamás — una palpitación 
cuyo ritmo nacía de cada molécula de la materia y vibraba sobre 
mis nervios con renovadora energía. 

Oh, la vida . . . ! 

La vida es la comprensión. 



UN LUMINOSO DÍA 



LA CÚSPIDE de la Montaña ergida entre la altísima atmós- 
fera, domina la Tierra. 
Frialdad metálica y transparencia de cristal en el aire-^luz, 
luz. Torrentes de luz azul inundan el espacio — afluido azul baña el 
inmenso paisaje — potentes radiaciones sepultan la tierra en un 
extraño silencio luminoso . . . 



UN LUMINOSO día 109 

En la claridad maravillosa del día un viento sutil agita las 
capas superiores de la atmósfera. 

Radiando, en el zenit, el Sol mira pasar el Mundo. 

Desde la cima del gran domo del Volcán contemplo la tierra que 
se extiende hacia el Poniente. La Montaña baja en precipicios y 
se desarrolla hasta los valles en ondulaciones boscosas que se es- 
fuman en la luminosidad de las llanuras. 

Abajo, entre los montes, asoman cráteres carcomidos de volca- 
nes extinguidos, y en el horizonte, enorme y trágico, el cráter del 
Toluca sumerge su desgarrada boca en el azul impasible. 

Por los largos declives que descienden desde la roca donde con- 
templo el panorama, las arenas absorben las radiaciones solares 
y sobre la fineza de su monotonía los más pequeños detalles son 
perceptibles a grandes distancias. 

Todo está marcado con dramática precisión en este paisaje 
fantásticamente real : los peñascos enormes sobre ei cielo azul, los 
transparentes témpanos blancos sobre la blancura de los hielos, los 
pedruscos rodados por los declives de arena, los lejanos bosques, los 
caminos de los valles, los sembradíos lejanísimos divididos en cua- 
dros, las cordilleras colosales . . El panorama tiene el aspecto de 
un mapa relieve — es frío y monótono, metálico — parece el pano- 
rama de otro mundo, iluminado por otro sol. 



i 



Luz— luz — luz azul . . . Torrentes de luz azul que bajan en ondu- 
laciones vibrantes—irradiación potente del sol— potencia desespe- 
rante de la luz que agobia la Tierra 

Hacia el Sur, el Ixtatzihuatl colosal, mirado desde arriba, pa- 
rece un palacio de techo metálico. Se ha empequeñecido. Enormes 
regiones cubiertas de bosques, de valles divididos como tableros de 
ajedrez— y sobre ellos, como una pequeña pirámide, la Malinche— 
están sumergidos en luz. En el horizonte, sobre el fondo del mar le- 
janísimo que señala con una línea plateada la curvatura de la Tierra, 
el Pico de Drizaba se levanta gigantesco y sañudo. 

No hay una nube en toda la inmensa bóveda celeste. La Mon- 
taña enorme desciende y se aplasta. La Tierra se ha vuelto uni- 
forme. Los montes son simples arrugas bajo el cielo sereno y 



210 MÉXICO MODERNO 

profundo. En la frialdad sin misericordia de la altísima atmós- 
fera el sol espléndido irradia .... 

Luz azul — ondulaciones de luz azul sobre la Tierra — esplendor 
azul — radiaciones de silencio luminoso . . . 

La mitad de la Tierra está sumergida en la pupila magnánima 
del Sol! 



LA NOCHE 



SUMERGIDA en la lluvia, la selva de cedros es un misterio hú- 
medo. Los ramajes oscuros se mueven pesadamente bajo los 
chorros de agua como bajo una cascada. En la opaca claridad 
de la noche brumosa se esfuman los troncos negros de los árboles y 
por entre el follaje espeso se filtra un tenue vaho luminoso. 

Llueve — tan tupidamente llueve que la selva parece una selva 
sumergida en el fondo del mar. 



La profunda cañada tiene un techo de nubes. En su fondo 
oscuro no se ve nada — sólo se escucha el ruido de una cascada. 



Los largos esqueletos de los pinos pretenden taladrar los vien- 
tres de las nubes densas. Espesas masas de vapor gravitan sobre 
el bosque destruido. La atmósfera saturada de agua envuelve la 
Tierra y oculta el Infinito. 



La nieve irradia suavemente bajo la densa niebla. El crá- 
ter enorme está azolvado de vapor. En la oscuridad de la noche se 



L A NOCH E 2,1 

vuelven misteriosas las oquedades de los hielos y se prolongan in- 
definidamente las asperezas nevadas de la Montaña. 

Espinazos helados suben, suben, suben entre mantos nebulo- 
sos. De repente, una extremidad ; arriba no hay nada. Las manos 
buscan otra altura. Nada La niebla espesa — el ignoto impene- 
trable — nada. . o todo 

La atmósfera densa marca el límite de lo explorable. 

Me muevo como una larva en el fondo de un lago que se con- 
gela. 



En otro tiempo, la Tierra envuelta en una niebla espesa, incu- 
baba en la humedad cálida, la Especie inconsciente. Y el hombre se 
arrastraba en el fango como un reptil. Pero una noche — una noche 
gloriosa — el azar consecutivo desgarró las nubes y el espíritu del 
hombre desprendido del limo primitivo radió sobre los cielos. 



Sobre tu altura suprema todo es puro, oh Montaña : tus hielos, 
la atmósfera, mi pensamiento. De tu cúspide adormecida en el 
silencio de la noche, el hombre como sobre un pedestal, levanta su 
gigantesca estructura y sumerge en las lejanas promesas del firma- 
mento constelado la inquietud de su mirada. 



El Universo entero derrama sobre el Volcán el imponderable 
ñuido de sus astros — ^llueve luz — llueve la luz del Cosmos sobre el 
Mundo y la Montaña baña su cima nevosa en la nebulosa infinita 
del Caos pulverizado en soles. 



Caminando por el áspero perfil de una montaña helada — las 
radiaciones del pensamiento proyectadas como la luz de un faro 



212 MÉXICO MODERNO 

sobre las profundidades del Espacio — ^yo comprendí la importancia 
sin límites del Accidente insignificante y prodigioso que rasgó las 
nubes, descubrió los Mundos y transformó la Vida en una espiral 
sin fin. 

De tus entrañas enroscadas en el Espacio — oh Misterio que 
engendró a la Inteligencia — nació el Deseo que a través del Tiempo 
y del Espacio ultrapasará siempre los límites de Lo Tangible. 

Soles, sistemas y vías lácteas, oscuridades que esperan la luz 
de un cálculo, nebulosas que pululan en el éter como microbios en 
un tubo de ensayo, espacios infinitos saturados de universos, luz, 
movimiento, matemática, armonía, todo nos pertenece. . . 

Oh, noche, ¡ cómo has hecho grande al hombre ! 

Todo el Cosmes entrando por el microscópico canal de nuestra 
pupila, palpita en las moléculas de nuestro cerebro. 

La bóveda craneana encierra el Infinito. 

Tú eres fascinante, oh Noche — más fascinante que la boca de 
mi amada — más dulce que la palabra de mi madre — más profunda 
que la sabiduría de los hombres — más terrible que el dolor — más 
inmensa que el placer — ^más bella que el amor y más grande que 
todos los dioses. Tú eres la más grande y la más bella de todas 
las cosas porque tú eres el Porvenir. 

Sobre las Moléculas luminosas de tu Misterio, el Hombre ca- 
mina, y su paso levanta una polvareda de soles! 

DOCTOR ATL.. 



LA PUÍÍALADA 



A 01BB1BL ALFABO 



NO supe jamás su nombre. 
Una noche, en la rué de la Gaite, cuatro amigos, al salir 
del taller, discutíamos de nada, cuando una picaresca mu- 
chacha rozó nuestras sonrisas con las suyas borbotantes de en- 
canto. 

Los amigos la vieron sin contemplarla. Yo, la miré y la se- 
guí. 

— ¿Adonde vas, ma petite? 

— Me paseo. 

— ¿Quieres venir conmigo? 

Sin contestarme, con ojos de pecado, me miró risueña. 

Í' — ¿Quieres?. . . Anda, ven. . . 
— i Si tú quieres ! . . . 
— Sí, sí ; pero ... ¿adonde ? 
Me hablaba con una gracia suave y natural. 
— Si tu veux, ici a Thotel de Bretagne; veux tu? 
— Donde quieras . . . ¡ Qué linda eres ! . . . Dame un beso . . . 
Y en plena calle la hice mía con el pensamiento, en la penum- 
bra de un árbol del camino y al calor de mis ardores de artista. 



-T-Bon soir, patrón — dijo ella al entrar en el paupérrimo ho- 
telucho. 

— ¿C'est pour toute la nuit? 



214 MÉXICO MODERNO 

— Nó, — dije yo. 

— Le cinq, alors,— dijo el hombre gordo. 
Subimos. 

Yo callaba. Ella sonreía, y charlando desabrochó su corpino, 
hizo deslizar por las caderas mórbidas su trajecito de velours ne- 
gro, y quedó en camisa. 

— ¡Qué maravilla de formas, de juventud y de gracia! 
Al verse admirada así, desabrochó sus labios y me besó ansiosa. 
¡ Qué ardor tenían mis carnes descansadas de lujuria ! 
Hubo un momento en el que sus pupilas entrecerradas, el imán 
de sus formas y el favor de su galante gesto, me arrojaron brus- 
camente sobre aquella estatuilla pecaminosa de Montparnasse. 

Mis veintitrés años cerraron los ojos y se echaron de bruces 
en aquella cisterna de belleza y placer. 

Abrí los brazos y tremante la estreché con fuerza el tórax. 

¡Oh!... y entonces, entonces aquella mujercita linda lanzó un 
grito terrible, de dolor, que me aterró. 

— ¡ Ay ! . . . No, así no, así no . . . 

Arqueó el cuerpo como un tallo lastimado y suspirando de muy 
hondo, me imploró piedad con mirada tierna y dolorida. . . 

— ¿Qué tienes? inquirí asustado. 

Entonces levanté pausadamente sus ropas, y vi : 

Al rededor de la cintura gallarda y blanca, una' venda blanca 
tapaba una herida. 

— Mira, — me dijo — ; ayer, un apache me dio aquí una puña- 
lada ; — y desenvolviendo la cinta larga manchada de sangre, dejó 
al aire los labios rojos y trágicos de una herida recién abierta. . . 

— ¿Cómo fué? 

Las mujercitas así no explican las cosas bien; es pre- 
ciso adivinarles. . . 

Fueron los celos. En un baile de vicio y amor el souteneur, el 
apache idolatrado, estaba celoso; la insultó, la estrujó, la pegó, la 
quiso matar, y casualmente el puñal no dio en el corazón. 

Vivía, y vivía para él . . . 

Así, herida, por las calles obscuras, silenciosas y frías de París, 
iba buscando cinco francos que llevar al verdugo . . . 

El amor en París es así . . . 



LAPUÑALADA Jij 



Ella no comprendió nunca por qué mis besos fueron tan suaves; 
por qué la dejé, rozando con mis labios las puntas de sus alas, y por 
qué sin amarla, escondí entre sus medias, un billete de diez fran- 
cos, mi pan de una semana de miseria y de frío. 

ISIDRO FABELA. 
Buenos Aires, Dic. 12 de 1916. 



LA SOMBRA DE KARMIDJÍS . 



Del próximo libro El 
David de Miguel Ange 



CUSTODIAN la entrada los leones de la puerta de Micenas, si- 
lenciosos, ciclópeos, heroicos. Llevo entre los labios un verso 
de Sófocles: "extranjero, has llegado a la tierra de los cor- 
celes rápidos " Voy a contemplar las estatuas griegas. Es de 

fortísimo dinamismo espiritual, para la autoeducación, recrear los 
ojos sobre la tersura de un mármol griego. Esta contemplación esti- 
mula el sentido estético, da proporción y euritmia a las creaciones 
alucinantes de la fantasía, llena el pecho, acuchillado por la inquie- 
tud, de una aristocrática serenidad; produce una sensación de con- 
trol sobre la materia, de libertad, de agilidad espiritual, que nos 
hacen adueñarnos de nuestro ego, tomarnos, tal cual lo soñaron los 
griegos, en una mariposa, una "psiche", un alma. Comprendo por 
qué Goethe, antes de escribir la Eñgenia en Tauride, permaneció 
por espacio de tres meses entre las estatuas griegas, dibujándolas 
en un pequeño libro, para dar euritmia, plasticidad y proporción a 
su fantasía. Sé por qué Miguel Ángel, ciego y anciano, se hacía con- 
ducir al Museo, para palpar, trémulo de amor, el torso de los anti- 
guos mármoles. 

La escultura griega nos legó un admirable cortejo de imáge- 
nes de la juventud heroica. Si por un fatal acaso, solamente nos fue- 
ra dado gozar de una obra de arte única, yo escogería entre todas, 
que me permitieran vivir contemplando el grupo de mármoles que nos 
ha legado la estatuaria helénica. Es un cortejo blanco e impecable, 
un mundo de alabastro, lleno de pureza, de serenidad, de fuerza. 
Para nosotros, hombres super-civilizados, constituyen estas esta- 
tuas una admirable lección; son el blanco evangelio de la religión 



LA SOMBRA DE KARMIDES... 217 

del cuerpo. La religión del cuerpo, he dicho, y no me arrepiento de 
esa frase ; parece algo materialista, pero ya Pablo de Tarso, un após- 
tol de Cristo, escribió: "Vuestro cuerpo es el templo del Dios vi- 
vo". Esta es la enseñanza de los mármoles cincelados, semirrotos, 
dorados por el beso de los siglos : llevar el cuerpo como el templo del 
alma. Los griegos supieron vivir este pensamiento. Que la "psiche", 
la mariposa, el alma, fuera guardada en un cuerpo equilibrado, es- 
belto como la columna de un templo. Que el corazón rojo, latiera 
álgido, bajo el arca santa de un pectoral rotundo. Se formó enton- 
ces el mundo de Píndaro: los dioses aman los juegos canta el 

poeta. 

Culto religioso, institución nacional, fueron en la Hélade los 
juegos atléticos en que el joven demuestra la donosura y la fuer- 
za de su hombría. Tenían las prácticas de la palestra el privilegio 
de estrechar la unidad nacional. Durante las olimpiadas se suspen- 
dían las guerras. El mes que duraban los juegos, era Grecia una na- 
ción unida. Heraldos, coronados de flores, proclamaban la inaugu- 
ración de los días sagrados .... 

Llegaban al bosque de laureles las theorías de jóvenes atle- 
tas, en trirremes con veías de púrpura, o en carros dorados que re- 
flejaban los rayos del sol Venían desde las regiones más lejanas 
de la Grecia a compjetir en los certámenes que los dioses risueños fa- 
vorecían. 

Caminan los efebos en matinal theoría bajo la sombra de los 
mármoles consagrados. Caminan donosos, como el alba. Brillan sus 
miembros ungidos con el aceite que da suavidad y ligereza. La 
musculación elástica se mueve bajo la piel tersa ; sonríen dulcemen- 
te los encendidos labios escarlata; la cabellera negra ondea sobre 
los hombros como un chorro de ébano diluido . . . Son el genio de 
; Grecia. Los poetas, los escultores, los filósofos, harán del joven he- 
I roico, sencillo, modesto y temperante, un motivo de inspiración. 
j El espectáculo más grato que el pueblo griego puede ofrecer a los 
' ojos radiantes de los dioses, es el cuadro de la juventud sobria y flo- 
reciente. 

No es posible acercarnos a Platón, dice Leroux, sino como nos 
acercamos a Cristo, con respeto y amor. Platón dotó al alma de alas. 
En un diálogo perfumado con brisas de los vergeles del Pireo, hace 

Méx. Hod.-3 



2i8 MÉXICO MODERNO 

el divino pasear a Sócrates seguido por el grupo matinal de sus 
discípulos, y luego, sobre un banco de la palestra, entrevistar al 
joven Karmides. La luz del espíritu, ardiendo en lámpara perfec- 
ta, ilumina las palabras de este diálogo. Karmides es el joven ate- 
niense fuerte y calmo. Su vida espiritual es profunda. En su mente 
bullen los versos de Homero, y en los músculos de su torso, se mar- 
ca, en relieve, el cinturón de Apolo. Karmides es la templanza, la 
"sofrosinia" de la vida del ateniense, la moderación del alma, el es- 
tado del espíritu bien regulado; la proporción perfecta de los sen- 
tidos superiores e inferiores, el florecimiento de la fuerza psíquica 
sobre la rotundidad de los músculos perfectos. Karmides es un con- 
quistador de sí propio ; su alma es una psiché. "Karmides, — ^le dice 
Sócrates en el diálogo: — . . . tú estás colocado por encima de todos, 
porque puedes mostrar la alianza de dos cosas, cuya unión produ- 
ce los seres más perfectos de la tierra : el alma virtuosa dentro del 
pecho fuerte " 

Esta escena de la palestra es reveladora del espíritu de la ju- 
ventud ática. Karmides no es un barbilindo, gomoso, empapado en 
agua D'Orsay. Es el hombre en ñor de mocedad, educado en el gim- 
nasio, respetuoso con los ñlósofos, amador de las bellas palabras, 
equilibrado en todas sus facultades, serio, religioso, que inclina la 
testa al escuchar las palabras suavílocuas de Sócrates, y abre su al- 
ma ingenua para que los ojos del maestro penetren hasta lo más ín- 
timo de su ser. Karmides está rnuy lejos de la frivolidad donjuanes- 
ca y de la vanidad papagaya. A su edad es ya poeta y ñlósofo. Este 
joven de aspecto abrileño podrá luchar desnudo, cuerpo a cuerpo, 
con el medo de floiaute cahellera en los bosques obscuros de Platea, 
o correr con la voz de la victoria en los labios y los laureles del triun- 
fo en las manos en la jornada de Marathón. 

Tal fue el tipo de la juventud fuerte y heroica que eternizó en 
mármol la escultura griega. Estoy junto al grupo de blancas esta- 
tuas. Parece que los jóvenes griegos meditan en silencio .... Qui- 
siera llamarlos hermanos. Sonríe el Diskóbolo en la serenidad per- 
fecta. Debe ser muy dichoso, no ha tenido que andar en camión, no 
ha oído hablar de política, ni siquiera ha visto el retrato del Empe- 
rador de Alemania. 

En la calma religiosa acarician los jóvenes un sueño de ala- 



LA SOMBRA DE KARMIDES ... 219 

bastro Ha siglos que escucharon las palabras aladas de Platón, 

brotando, como ancho río de dulce hablar, de los labios áulicos del 
maestro Hace ya muchos siglos que los jóvenes están dormi- 
dos. Hace ya muchos siglos que floreció la sonrisa de los dioses 

Parece que en el ambiente, purpurado, como floración de ciruelo, 
por la agonía del sol tramontano, pasa sirenciosamente, junto al en- 
canto de las blancas estatuas, la sombra de Kármides 

JOSÉ U. ESCOBAR. 



MÚSICA Y BAILES CRIOLLOS DE LA ARGENTINA 



EN el ambiente cosmopolita de la ciudad de Buenos Aires se ha 
dejado sentir, por unas noches el perfume agreste de las can- 
ciones y los bailes populares del interior en su acción dramá- 
tica y forma melódica elemental. El interés que ha producido ello, 
mentiríamos si dijéramos que ha sido universal; pero sí lo sufi- 
cientemente generalizado para dar a los espectáculos de canto y 
baile criollos una importancia que mucho se dudaba que alcan- 
zaran. 

Buenos Aires, más que ciudad ninguna, debe ser considerado 
como refugio de toda actividad humana. Lo que hay de bueno y de 
malo en el mundo viene a fundirse y transformarse en esta tur- 
quesa que es la ciudad moderna y a producir el modelo consi- 
guiente, hecho de otros pequeños modelos ya gustados en el ex- 
tranjero. Una moda, por ejemplo, lanzada en Londres o París, 
adquiere en Buenos Aires fisonomía propia y caracteres determi- 
nados, al grado que haríamos muy mal en elogiar como parisiense 
ese vestido, adorablemente sencillo, con que pretende cubrir su 
cuerpo una niña bien en la calle Florida o señalarle procedencia in- 
glesa a ese traje que porta, no sabemos si con elegancia o no, el ca- 
ballero que se exhibe tarde a tarde en las puertas del Jockey Club. 
Uno y otro, el femenino y el masculino, son esencialmente bonae- 
renses. Es decir, lo más chic y lo más propio de la América toda 
de la que Buenos Aires es el emporio indiscutible, tanto más cuan- 
to que ni los mismos Estados Unidos gozan por estas latitudes de 
ningún predicamento. Un sacrilegio, una irrisión sería pasear por 



MÚSICA Y BAILES CRIOLLOS DE LA ARGENTINA 221 

ia Avenida de Mayo o por Florida, escaparate de toda belleza y 
muestrario de toda elegancia un traje confeccionado en alguna de 
las tiendas neoyorquinas, cómodo y todo; pero de una aberración 
extrema. 

¿Qué será pues en lo demás? Buenos Aires no es como Mé- 
xico, Lima o tan siquiera Santa Fe de Bogotá, ciudad de tradición 
arraigada, costumbres vernáculas mantenidas en su mayor o me- 
nor integridad; pero mantenidas al fin con solícito cuidado. La 
Semana Santa ha pasado sin que apenas nos diéramos cuenta de 
ello, ¿podría suceder tal cosa en México? Lucha con la corriente 
cosmopolita que tiende forzosamente a borrar todo carácter propio 
que pudiera establecerse. Y cosa natural, la ciudad busca su tradi- 
ción o por lo menos forjársela, que diera a la ciudad una ascen- 
dencia conocida en el mundo de las naciones. Y trata de lograr, 
con ahinco, una cultura y hacerse de una tradición que suele ser, 
por ei momento, artificial; pero que, con el tiempo adquirirá vir- 
tud de sobrevivir por su propia excelencia. Mucho hará la Argenti- 
na cuando en las venas de sus hijos logren mezclarse y confundir- 
se las sangres tan diversas que en ellas hierven, desde la anárquica 
del ruso hasta la blanda y apacible, aunque tozuda del gallego, o la 
independiente y laboriosa del vasco. 

Difícilmente habrá, además, en cualquier parte del mundo 
ciudad que consagre mayor espacio a los espectáculos. El viajero 
curioso encontrará en ella de todo, desde el concierto sinfónico y 
el drama musical hasta la piecesilla jocosa, sin importancia y feble 
de los tablados de género chico, sin contar con los espectáculos que 
por su estragado sabor a pimienta monopolizan determinado pú- 
blico. Los teatros pueden clasificarse en dos grandes secciones: los 
que dedican sus escenarios a la representación de espectáculos ex- 
tranjeros y los que ofrecen a la producción, cada vez creciente del 
drama, la comedia o la zarzuela nacional sus tablados plantada so- 
bre ellos orgullosamente la bandera celeste y oro de esta hermosa 
república. No hay que buscar pues, en la ciudad cosmopolita lo 
pintoresco, lo exclusivo, lo propio de la Argentina. El medio es 
lo suficientemente refinado para excluir lo genuino. Habrá que 
penetrar en la campaña y ver de obtener de ella lo que la ciudad 
escatima con un poco de desprecio. 

El gaucho criollo, con sus costumbres, andanzas y caballerías, 
que suele causar risa en la ciudad cuando se presenta, cabello largo 
a la espalda, "chiripá" o bombachas amplísimas, rebenque en mano 



222 MÉXICO MODERNO 

y facón al cinto por esas calles de Dios pobladas de niños bien que 
a la moda visten, se esconde muy adentro del territorio, con sus 
vagidos de arte primitivos; pero frescos y jugosos. Los rasgueos 
de la guitarra, las canciones de los payadores anónimos y sobre 
todo las danzas típicas y ¡ tanto ! han sabido sacudir de su modorra 
a la ciudad y conmoverla en estas noches cercanas al invierno con 
la frescura de una inspiración niña. Y al oirías ¡ Dios mío ! yo tam- 
bién me he conmovido. Se parecen tanto a las nuestras, a las que 
hemos oído cantar en el interior de nuestra tierra, en las haciendas 
del Bajío, en los ranchos prendidos a la sierra, en los campos po- 
blados de sonoridades . . . ! 

Figuraos un teatro poblado de gente acostumbrada a percibir 
muy otros sonidos que los que van a señorear el escenario. El cua- 
dro es pintoresco y sugestivo: un rancho preparado para la fiesta, 
una rueda de cantores y bailarines ataviados con los trajes típicos 
del gaucho. Los hombres de bombacha, pantalones amplios metidos 
en la bota de anca de potro, o bien el chiripá, mascadas al cuello y 
poncho al hombro, las mujeres con sus haldas de cretona muy hol- 
gadas, de colores vivos y alegres que marcan el ritmo al revuelo de 
los holanes aplanchados, la blusa de lo mismo, las trenzas a la es- 
palda y una cinta o listón atada a la cabeza. El traje es de campe- 
sina hacendosa, limpia y discreta. No de campirana rica. Nuestra 
china vería con el rabillo del ojo a su colega la criollita del sur. 

El cuadro nos es conocido: cambiad mentalmente los trajes 
de los concurrentes al bodorrio y tendréis una pintura de género 
tan mexicana como la que más. Poned a los gauchos el traje de 
nuestros charros y a las mozas la enagua de castor, el rebozo de 
Tenancingo y la camisa con randas bordadas y tendréis inmedia- 
tamente una fiesta en la hacienda. La orquesta se compone en este 
caso de una arpa (como la que suelen tener por nuestras casas de 
vecindad los ciegos que venden azucarillos) un tambor de caja gran- 
de, una flauta, un violín y una guitarra, ¿no son éstos los elemen- 
tos constitutivos de cualquier orquesta rústica, en toda barbería 
lugareña? 

Empieza la fiesta. Se agrupan todos en redor del que tañe 1h 
jarana. Van a entonar una "vidalita*'. Se llamará: "Una prenda 
que dejé '' "Me causa un sentir. . ." "Ausencia. . ." ¿No cono- 
céis canciones nuestras con el mismo nombre o parecido? Ahí va la 



MÚSICA Y BAILES CRIOLLOS DE LA ARGENTINA 



22 



letra de alg:una de ellas, de estas "vidalitas" que sin tener nada de 
común con nuestros cantos populares tienen tanto: 

Después de deoir que si, 
dices que no has de poder; 

tonuí este ramo 

dame un clavel. 

Por los montes y espesuras, 
yo caminando andaré; 

tomu este rama 

dame un clavel. 

De pena me estoy muriendo, 
los motilaos no los sé, 

toma este rama 

dame un clavel. 

Al lado'e la sepultura 
donde nU madre enterrée; 

tmna este ramo 

dame un clavel. 

Toda la noche despierto 
tan grande pena lloré; 

toma este ramo 

dame un clavel. 

*'Adiós" te digo llorando; » 

ya no te volveré a ver 

toma este ramo 

dame un clavel. 

i. Que no tienen que ver nada con las nuestras ? Si y mucho, co- 
mo ellas son producto de melancolía y de dolor las inspira una mu- 
sa popular fresca y sincera y tienen un mismo origen: la copla an- 
daluza, la saeta sevillana. Ahí va, por ejemplo, la letra de una 
zamba : 

Dolores son los que paso 
tan sólo a considerar 
por lo que vivo pensando, 
no me tienes voluntad. 

Una canción argentina, vidalita, zamba, tonadilla causando al 
colombiano la misma impresión que sus guajiras, o al mexicano 
que las valonas, hacen más por el acercamiento moral y espiritual 
de los pueblos de América que doscientos discursos sobre inter- 
cambio continental. Entre un verso y un argumento geográfico, dia- 
léctico o histórico, hay que preferir lo primero, por más cercano al 
corazón. Y entre una vidala y una valona hay la misma relación 



224 MÉXICO MODERNO 

de elementos melódicos, simples, sin complicaciones, sanos y fres- 
cos como flor que crece en los campos oreada por el sol y cobijada 
por el cielo. Letra ingenua, triste o melancólicamente alegre, al- 
guna vez picante sin grosería y sin alarde. 

Y vino la danza. La danza que todo lo expresa y que todo lo 
dice, desde la emoción primaria hasta el arrebato dionisiaco de la 
vida. Todo lo que llena el alma y la rebosa, todo lo que ha menes- 
ter expresión y no hay sonidos capaces de manifestarla recurre a la 
danza como medio ideal. La danza fue el punto de partida de todas 
las artes en una civilización que no ha tenido segundo y esa "es la 
razón por la cual — nos dice Edouard Schuré — fueron tan verdade- 
ras." He aquí cómo nos explica don Ricardo Rojas, eminente his- 
toriador de la literatura argentina, los bailes que estamos presen- 
ciando: "La nomenclatura de los bailes del norte argentino su- 
giere claramente la intención de sus símbolos: "el prado" es la in- 
vitación galante; "el escondido" la esquivez femenina; la "zamba" 
el cortejo erótico; "la chacarera", "el gato", "el marote", reme- 
dan el frenesí del amante con su zapateo que se parece a los circu- 
lares asedios del gallo ; el triunfo es ya la conquista epónima, coro- 
namiento de la dulce aventura. En dichas danzas las partes de la 
pareja no van unidas por el abrazo, y antes, por el contrario, hay 
en la mimodia tal recato gentil, salado, a veces, de malicia, que 
junto con la gracia de las mujeres, impresiona en ellas la delicade- 
za cortés de los varones. Acaso entre todas, sea la zamba la que es- 
tá destinada a un éxito mayor, por la voluptuosidad de la música 
y la elegancia de los gestos ; sin excluir por ello, a los bailes de za- 
pateado, que aunque son más difíciles, suelen arrebatar a bailantes 
y espectadores en la loca agilidad de sus movimientos." 

¿No os parece que el autor describe las mudanzas de nuestro 
típico baile nacional: el jarabe? Todos esos pasos aislados, no son 
sino elementos de una danza y que esa danza evoca todo un poema 
de amor desde el requiebro hasta el triunfo, no de otra suerte que 
los diferentes romances del romancero son trozos de una epopeya 
primitiva y única, la que constituye la gente española. El jarabe es, 
pues, la síntesis del drama humano que en fragmentos nos expo- 
nen los bailes típicos argentinos. Agilidad de pies que se trenzan en 
un canevá inverosímil de figuras, he ahí la técnica de estos bailes, 
como lo es de los de nuestra tierra. 



k MÚSICA Y BAILES CRIOLLOS DE LA ARGENTINA 



225 



¡Cómo se parecen a los nuestros! Es la exclamación que brota 
de los labios de cualquiera al presenciar las evoluciones de los bai- 
larines en el escenario. Sólo que la música de éstos es más monó- 
tona, menos rica y pintoresca que la mexicana. No tiene esa picar- 
día ingenua de nuestro jarabe que tanto se aviene a la idiosincracia 
del pueblo mexicano. 

Aquí está el arte genuino y verdadero de la Argentina, más 
que en el tango producto voluptuoso y atormentador y hierático al 
mismo tiempo de la urbe cosmopolita, más que en el "pericón", 
danza por lo demás originalísima que no ha nacido como el tango 
en la ciudad, sino en el campo, también en las pulperías de vascos, 
en las tardes de los domingos agobiadoras de calor y al son tam- 
bién de la indispensable arpa, del violín agudo y de la guitarra 
compañera del payador. Por estos bailes populares la nacionalidad 
se afirma más que por los discursos ayunos de sentido o por los 
tratados colmados de citas de sabios y de eruditos. En España se 
cultivan con esmero. Rusia ha encontrado su fórmula en ellos y 
la compañía de Jean Borlim busca para los países escandinavos un 
lugar preferente en la historia coreográfica de las naciones. 

Buenos Aires, marzo 29 de 1921. 

JULIO JIMÉNEZ RUEDA. 



LA JOVEN LITERATURA MEXICANA 

/ BECCIÓN A CARGO DE 

AGUSTÍN LOERA Y CHA VEZ 



JESÚS S. SCKLX). Un poeta de provinchi. Sin embargo, sus versos no tíenen esa 
dulce melanoolía de las cosas provincianas ; se advierte en ellos al espíritu apri- 
sionado en las oompílicaciones de un vida inquieta. 

Soto es un inyeta. desigual : en las fuentes del sentimiento, en las ideas y eai 
las aspiraciones de forma. Tiende lo mismo a la pureza, clái?ica de los versos, 
como se olvida de individualizarlos y los deslava en un ambiente peculiar de 
otras literaturas. 

No obstante, la forma se domina con paciencia y en la juventud son naturales 
y valiosa» las iiicertidumbres. I>os poetas corridos miran con cierta condescen- 
dencia nuestra preocupación por dominar las palabras o realizar la nmsicalidad 
de una frase. 

Pero Soto tiene un problema más : El de sí mismo. Nada importa la diversidad 
f:^piritual, según el momento. Todos somos así. El problema de Soto se halla 
en su manera de ser más i>ermanente. Oomo casi todos los jóvenes de estos 
días, manifiesta una vejez inexplicable, una grave desilusión, un dudar infinito. 
Y llega a límites verdaderamente penosos: 

fiíi experiencia en amor no gtvsta nada; 
todos los besos me parecen yertos. 

Y como si no bastara, como si no fuese ya una desventura no gustar algo 
del amor, inmutable a través de las más dolorosas experiencias, la pluma de Soto 
increi>a : 

Asco de la vida por múltiples causas, 
Alcohol, el sexo vil de la mujer, 

Cosas así me lleA\an a pensar, por la frecuencia de sus manfestaciones, si 
llegamos a un punto donde la literatura mata a la poesía. Dos mil afioB de 
tradición literaria pesan sobre nosotros y restan pureza a las im,presioues de los 



LA JOVEN LITERATURA MEXICANA 227 

í^entidos, que ya 961o pueden advertir la belleza en formas estereotipadai« por 
<>] Tiempo. 

Ante la desolación de nuestra juventud (la mía no e» diferente) me entran 
deseos Irresj^stiblee de romper el pa«ado literario; de mirar las cosas con una 
primera y limpia mirada, y de formuiltar mi pensamiento en gritón que llamarla : 
Poemas. 

J. O. 



EL CANTO DE LA LLUVIA 

EN tanto que la lluvia 
Golpea mi ftaícón, 
Una canción doliente 
Canta mi corazón. 

Mi corazón lloroso. 
Cansado de sufrir 
Al que una daga aguda 
Nunca acaha de herir. 

Pero la lluui<i trae 
Tanta desolación, 
Que de llorar candado, 
Canta mi corazón. 

Las nuhes en hand'ada 
Negras huyendo van; 
En el monte cercano 
Sombrías rodarán. 

En su huida golpean 
Mi cerrado balcón 
Y sintiendo la, lluvia 
Canta mi corazón. 



228 MÉXICO MODERNO 



TARDE RELIGIOSA 

LATE en nd corazón una esperanza 
tímida como niña e indecisa, 
hoy que la tarde hace danzar la brisa 
sobre tm cabellera, en dulce danza. 



Algún dolor quisiera hincar su lanza 
para arrugar mi frente, ahora lisa; 
pero la tarde suave, que se irisa, 
me hace feliz y mi ventura afianza. 

Danza la brisa con amor; los vientos, 
acompañados por el arpa cólica 
del bosque, que harmoniza los comentos, 

hacen fluir esta canción bucólica 
y dan a todos mis presentimientos 
una sei-ena suavidad católica. 

JESÚS S. SOTO. 



ARTES PLÁSTICAS 

SECCIÓN A CABGO DB 

RICARDO GÓMEZ RÓBELO 

LA EXPOSICIÓN ROBERTO MONTENEGRO 

I 



Fascinadora con sortilegios orien- 
tales, con hechicerías de línea y de co- 
lor, y desconcertante al primer análi- 
sis por la diversidad de aspectos, de 
motivos y aun de técnicas, tiene la ex- 
posición de Roberto Montenegro la 
virtud, sutil y seduct¿ora, de un espíri- 
tu y un estilo; es decir, de toda una 
personalidad artística, la más afinada 
e inquieta, la más exquisita y laborio- 
sa, quizá, entre todas las por fortuna 
distintas de nuestros fuertes pintores 
jóvenes. 

El conflicto, sólo aparente, de ten- 
dencias, nace de la nsás grande cuali- 
dad de Montenegro: orientado desde 
sus primeros dibujos, — que todos re- 
cordamos con el regocijo de una revela- 
ción de belleza, — hacia un ideal in- 
tensamente expresivo de modernidad, 
y opulentamente decorativo; la flama 
turbulenta que dló vida a la indómita 
línea primitiva necesitaba estilizarse, 
y eoneiervando su fuego, someter sus 
volutas y arabescos a los dictados su- 
premos del gusto estético trocado en 



amo y señor de sus elementos expre- 
sivos. De ahí que el artista, completo 
en conciencia y voluntad, se detenga a 
cada momento a documentarse y a 
ilustrarse, pues para él, el mundo vi- 
sible existe, y en las estructuriis natu- 
rales y en los maestros afines busque 
incansablemente, como lo hizo en su 
tiempo Rafael de Urbino. sus ma- 
teriales propios y su constante eleva- 
ción. Esta depuración continua, visible 
y patente en la obra Üe Montenegro, 
no solamente lo ha Uevado a las con- 
quistas actuales, consagradas i)or la 
crítica nacional y la eurofea, sino 
que le asegura, por encima de los i*e- 
tóricos y críticos de receta y formula- 
rio, una ascención constante, en cuya.s 
epifanías escuchamos no sólo los lau- 
dos de un artista, sino también las 
voces triunfales de las bellezas múl- 
tiples de México, que Montenegro ha 
sabido hacer vibrar en las últimas 
creaciones de su arte, y que hacen de 
est-a exposición una sotemuidad nacio- 
nal. 



230 



MÉXICO MODERNO 



I>ecorador por excelencia, no acuidió 
Montenegro por su fortuna a los te- 
mafi clásicos o del Renacimiento euro- 
peo, <iue no son de nuestra época ; por 
su fortuna también, gozó en los co- 
mienzas de su catrera las influencias 
literarias y artísticas de renovación 
que han vuelto a la vida a las letras 
españolas en nuestro continente y su 
instinto de selección lo llevó a Goya, 
precursor de Baudelaire, y a Beards- 
ley exégeta de Osear Wilde. Este ar- 
re nei'vioso, cerebral, vidente de^ la 
crisis mental contemporánea, en que 
el verdadeit) idealismo, antiguo y me- 
xlioeval, sufre todos los trituramientos 
del llamado progreso industrial que 
pasniíi a las buenas gentes, lleva con- 
HÍgo la redentora moral imperativa de 
una cultura rigurosa, en contra de las 
inarmjónicas convulsiones de las bo- 
hemias míelenudas, en el ^orte o el es- 
tilo. La elegancia, cada vez, más refina- 
da y más opulenta de Roberto Monte- 
negro, ha nacido de esa sujeción ; y 
su libertad, de una implacable disci- 
plina, de un estudio infatigable, del 
que son pruebas patentes esas cabezas 
de ríisgos acentuadas, casi primitivos, 
que dieron asunto a sus dibujos al lá- 
piz, y los retratos al óleo, que forman 
una historia y una evolución, en el 
conocimiento de formas y colores y de 
las técnicas para expresadlos. 

Por igual razón, en su marcha sos- 
tenida, ha estudiado Montenegro al Ti- 
ziano, a Zuloaga, a Romero de Torres; 
Ijara profundizar mis interpretaciones, 
en espíritu y materia ; como lo ha he- 
cho con Beardsley, con Dulac, y las 
fuentes originales: las maravillosas 
l>inturas chinas de los siglos VIII al 
XV, las miniaturas persas y lias admi- 
rables jicaras michoacanaiS ; para re- 
crearse en los éxtaisis de la estiliza- 
ción. Era absolutaimente indispensable 



poseer un tesoro mental y artístico 
tan puro, para desarrollar, wi deco- 
raciones orquestales los temas nuexi- 
canas de que la mediocridad sólo ha- 
bía (podido obtener ridiculas mojigan- 
gas u odiosas caricaturas. 

Bebiendo en las aguas encantadas 
del orientalismo, trabajando ardua- 
mjente. Montenegro, con los ojos y el 
corazón inflamados de amor a la tie- 
iTa nuestra, ha realizado el prodigio, 
y no es ya el caso de que el dandismo 
estético de un poeta como J. J. Tabla- 
da niegue ser "autóctono," en justa 
rebeldía en contra de las necedades 
pseudonacionales y la ya dicho<^- 
mente archivada teoría del medio; el 
arte autóctono ha encontrado su ex- 
presión, y reveladas por «1 arte, des- 
cubiertas y hechas patentes por él, las 
bellezas que nos rodean, serán admi- 
radas y amadas por los ojos de to- 
da«<. "excepto de aquellos a quienes un 
torpe beso majitierie los párpados ce- 
rrados." 

I^ peregrinación, devota de Monte- 
negro, del arte modernista inglés y 
francés, al de Oriente, y de éste al 
nacional, es, para nuestras artes to- 
das, ejemplar y trascendente; Jesús 
Acevedo y Pedro Henríquez Ureña, 
estudiando nuestra iliteratura, habían 
señalado la suavidad crepuscular del 
alma mexicana. 

La observación es de clarividentes, 
pero a la facultad poética hay que aña- 
dir la plástica. Si la raza oprimida 
y frustrada, aún gime su pérdida ideal 
en sus canciones; el géj*men primitivo, 
aplastado en las ciudades bajo todas 
las importaciones del mal gusto, en 
mercaderías, en arquitecturas y en pen- 
samientos, cada vez que puede crecer 
en libertad, muestra su fuerza esen- 
cial y positiva, en una ardiente ima- 
ginación y una potente sensualidad, y 



ARTES PLÁSTICAS 



2)1 



oorrespondiendo a los sentidos, las ar- 
tes plásticas estallan en un orienta- 
lismo que €6 el verdadero genio del aJ- 
uia nacional. 

Desde la perfecta manera de llenar 
un espacio y de estilizar una figura, 
de los artífices de PaJeiique o Tenoch- 
titífi-n basta los prodigios de riqueza 
que había de adquirir la arquitectura 
colonial, y los inagotables temas flo- 
lales de su decoración, tan armónica 
con éi (paisaje y el alma del pueblo; 
desde los mosaicos de plumas de los 
emperadores hasta las^ irisaciones des- 
lumbranteis del sarape del Saltillo, de 
la camáBa y el castor de la "China" po- 
blana, o el joyante maqueado de la 
Jícaora y la batea, un instinto igual ha 
dictado la selección y creado las alu- 
cinadas policromías indígenas. 

Las líneas aztecas son hermanas de 
Jas egipcias; la Nao de China dejó su 
huella permanente en las estilizacio- 
nes, en vasos y maderas de la costa del 
l'acífico, y si en el interior la cerámi- 
ca de Puebla se impresionó con los te- 
mas góticos de las talaveras, fue poi'- 
que eran más imaginativos que los del 
Renacimáento, y la doble corriente 
ibérica^ hija del arte oriental por los 
fenicios y árabe por los califas, tenía 
que concurrir, como lo hizo, con la fla- 
mígei-a inspiración nativa, para crear 
el arte maravilloso nacional que hasta 
ahora comenzamos a conocer y que 
el programa, de la Universidad, libre 
de las trabas solenmísimias de antaño, 
ha colocado en lugar de preferencia. 

No pudo ser de otra manera: absur- 
do hubiera sido llegar a conuprenderio ; 
iniciar siquiera algo genuinamente 
nuestro y de verdadero valor artístico, 
partiendo de I-andesio y de Clavé. 

El espíritu conservador y la gramá- 
tica que no llega ni a "pompier", per- 
sisten aún, tiienen que persistir, para 



eso sirven los magísters; pero «ienti» 
nueertra generación el gozo infinito de 
su conquista, y aáiuel que ima vea ha 
probado la ambrosía del arte, no vol- 
verá jamiás a iiKlIgestarse en las es- 
cuelas de momias pedantcacM ni ae 
detendrá a oír los oráculos negatÍTO« 
de esos Irónicos que a falta de genio, 
creador, desarrollaron la malftcüi, en 
la que Hon grandes maeBtroe, especUI- 
mente para los homéricos fracasos. Y 
Itoberto Montenegro es un triunfador. 



II 



A otros coi-responde hi legítima sa- 
tisfacción de buscar loe defectos. Ante 
la obra de un artista, que es el ma- 
yor don que puede darnos él mundo, loe 
amantes del arte aplauden, mtlentras 
los émulos murmiu'an. Lo contrario ee 
verdad cuando la mediocridad se exhi- 
be; la charlatanería chilla de gasto 
y sufre la apasionada devoción a la 
belleza. 

En la imposibilidad de comentar obra 
por obra, reuniremos los grupos de que 
aún no hemos hablado: HueEas direc- 
tas de la primera época, qu^ natu- 
ralmente llevó a Montenegro de la 
Francia literaria y la Espafia del man- 
tón, a Italia, la más gloriosa tierra, 
en la mujer y en el arte, van afinán- 
dose los dibujos hasta llegar a: *'Un 
Capítulo de Casanova", "Fons Vitae", 
"Indiferencia", para florecer, fascina- 
dora flor del mal, la belleza es diabó- 
lica, según Lavonarolíi. en el retrato 
obsesionante de la Marquesa Cbsati. 
la obra maestra en la serie que puede 
llamarse de los dibujos "satánicos." 

Por contraste, los retratos de mujer, 
ai óaeo, "(decoración de un misterio," 
que dijo Alfonso Cravioto son exclu- 
sivamente interpretadonee de bellesa 



232 



MÉXICO MODERNO 



externa, expresadas con la doble ele- 
gancia del modelo y del pintor. 

Desde otro punto de vista, ix)r las 
investigaciones técnicas, porque el ar- 
tista llevó hasta su límite, el análisis 
interno, a la vez que su traducción en 
planos y valores, son de un gran in- 
terés los retratos de homíbre. Las mu- 
jeres danunzzianas, tan alejadas en su 
proporción del canon clásico como 
simbólicas en su anormalidad contur- 
badora del idealismo trágico moderno, 
irresistible de sugestión y fuego, co- 
mo la Marquesa Casati, son las de 
Montenegro, y también, las instinti- 
vas, de enormes ojos negros y sensua- 
le«, un tanto oblicuos, de nariz recta 
y primitiva, de boca como flor húmeda 
de sangi'e y jugo, de esii>lendentes hom- 
bros tentadoi^^s, lujo de la vida, y a 
quienes, como a los cisnes de Rodin, 
basta con la excelencia de la línea y 
en ella tienen su alma única. 

En los hombres. Montenegro busca, 
para darles carácter, los ra^os funda- 
mentales: el de la forma y el m,ental. 
Es te manera peculiar, el alfabeto va- 
ronil que descifra el pintor. Así, el gui- 
tarrista Segovia. alma nocturna, llena 
de vitalidad, ojos que han visto mu- 
cho con la penetración y la indiferen- 
cia de quien vive su propia vida; bo- 
ca epicúrea, sensual, golosa ; manos 
sensitivas, rostro de tonos fr^cos de 
carne, perfectamente armonizados con 
el negro y blanco, esto es, azul de una 
noche de luna. 

Julio Torri, "El Hermano Dia.blo," 
nutrido de teología profana, de ojos 
malignos y perspicaces, y de quien se 
adivina el pensamiento tácito, y se sa- 
be que al hablar sale la palabra con 
saltos de Puck; el Marqués de San 
Francisco, de más potencia mental que 
de expresión por la elaboración conti- 
nua dentro de ese cráneo enérgico ; Ge- 



naro Estrada, erudito, recopilador, 
magnífico amigo, con esa expresión 
cordial y sana; y por último, el pántor 
Fenández Ledesma y el poeta Joaquín 
Méndez Rivas. el primero en color- puro, 
luminoso, suscinto y vibrante, el se- 
gundo miás suscinto aún, en tonalida- 
des verdiazules entonadas por púrpu- 
ras con los tonos rojizos de la cara; 
los dos retratos perfectamente logra- 
dos en su inteipretación de las es- 
tnicturas corporales y mentales, y en 
su principio de la economía de medios, 
tan exacto en esta® síntesis como lo 
es eH de la riqueza, en la decoración; 
procedimientos tiránicos al falso artis- 
ta y que maneja Montenegro con igual 
maestría y certeza, según el carácter 
del asunto. Al pasar de estos realis- 
mos, (en los que se detiene el pintor 
con toíla la fuerza de su imaginación 
paira acrecer su ciencia con los secre- 
tos de los seres naturales,) a las ilus- 
traciones de Aladino, en las que se en- 
trega al pleno lirismo de su persona- 
lidad ; la técnica de Montenegro, es 
magistral. 

Mas que otra influencia, lo digo co- 
mo un gran elogio, recibió su espíritu 
selecto la de los pintores cliinoa antes 
mencionados, cuyas enseñanzas .«?e asi- 
miló, no en la imitación obtusa de los 
procedimientos, que marca todos los 
períodos de decadencia, sino por la 
agudeza de percepción y la excelen- 
cia exipresiva, como verdadero artis- 
ta que es, renovándolas en su contac- 
to directo con la vida, haciendo a«í 
obra a un tiempo exquisita y original. 
Las tonalidades cálidas, de lacas y 
pinturas, las ricas medias tintas, en 
contraste con la vibrante calidad de 
las lineáis y masas negras, de una pu- 
reza impecable, avivadas por toques 
de vermellón, siempre justos, hacen de 
estas ilustraciones preciosos esmaltes^ 



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L. 




RUFinO TñMñYO, POR ROBERTO MQMTENlE<3RQ 

Cortesía de (''El Maestro") 



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QEMRRO ESTRRDñ; POR ROBERTO MOMTEÑEQRO 

Cortesía de {"El Maestro") 





EL MñRQüÉS DE SñÑ FRñMCISCO; POR ROBERTO MOMTEMEQRO "^ 

Cortesía de {"El Maestro") 




EL CRICO DE Iñ QRñÑñbñ, POR ROBERTO MOÑTEMEQRO 

Cortesía de (''El Maestro") 



ARTES PLÁSTICAS 



233 



de oro puro, verdaderas maraviLlas de 
pintor y orfebre. 

En las cabeza;g, como de ensueño, 
en las manos como flores, y resu- 
men de su perfección, en el dibujo de 
la gaxíela, la línea, la resistencia de 
la materia al espíritu que la modela- 
ba, quedó vencida con la sumisión aca- 
riciadora con que las tínicas divinas 
wsas naturales, el arte y la mujer, se 
i 'llegan al dominador que, habiendo 
comenzado por ser su esclavo adorante, 
m ellas encendió el fuego de la creación 
liiie las conquista. 

Someramente cumpliré con el deber 
(le no omitir otix) grupo, formado por 
"La Jicara de Olinalá," "Mateo." "El 
indio de la Jicara," a los que puede 
agregarse "La Ofrenda," cuadros en los 
que el estudio de un tipo es tema cen- 
tral : variado después, al fondo, en una 
(utilización de colores que desarrollan 
las tintas fundamentales en series de 
armonías, reveladoras por sí solas del 
decorador y el colorista. 

Con ese caudal, embriagados los ojos 
'O vibraciones luminosas, dueño de su 
técnica, afrontó Montenegro la obra 
de su corazón; las suntuosas tonalida- 
des de ílas telas nacionales decorati- 
vas: "La Vendedora de Pericos," y los 
espléndidos proyectos para un vitral 
de la Universidad, y para un friso na- 
cional ; sinfonías de color, en que los 
verdes del nopal y del maguey, los oros 
y rojos de los frutos, el índigo del cie- 
lo, los mil tonos de las telas, vibran 
como metales o esmaltes, y el negro, 
ese gran elemento de los decoradores 
de raza, adquiere las preciosas cali- 
dades que lo hacen insustituible en las 
lacas chinas y japonesas, en las jica- 
ras con flores rojas como sangre. Al 
teiTQJnar la obra, con un gesto que ha- 
ce recordar a Rubens al copiar el Adán 
y EVa del Tiziano, Montenegro se exal- 
ta y audazmente coloca como un tro- 



feo sobre la mano del indígena del 
grupo central, la llama azul y roja de 
un paimgallo, en la embriaguez exhl- 
larante de esa orgía de luz. 

Y, por fin, las agua-s fuertes y, oon 
ellas, "La Tradición," en la que el al- 
ma de la raza indígena ha sido exte- 
riorizada, como nunca hasta ahora, en 
su actitud inmóvil, entre sus propios 
símbolos y sus misteriosos caracteres, 
cuya lectura, ella también ha olvida- 
do. 

"Ba Mercado," "Los Plátano»," dos 
idilios profundamente bellos en sus 
líneas, sus masas y acuatintas; obras 
de artista consumado, por la creación 
de tipos y de escenas; la EJva indíge- 
na que tiende al Adán astuto que fin- 
ge indiferencia, ante su éxito de ma- 
cho instintivo y fuerte, la manzana 
común: después, la india madre que 
amamanta al cachorro, mientras el 
varón, siempre in^pasible, vigilia sin 
embargo, por los suyos, con la tran- 
quilidad del felino, pronto al salto. Y 
en amibas, una tercera figura, la donce- 
lla, que en EH Mercado atiende al r^es- 
to con la sublime gentileza del bien 
nacido que no atisba ni juzga de mo- 
rales ajenas, pasto de los criados; y 
en "Los Plátanos" ante el milagro de 
la maternidad se yerigue, hierática de 
noble ensueño en espera de la hora de 
la revelación y la fusión supremas. 

"Pájaros Negros," también en color, 
oon el empleo peculiar de los blancos 
para producir efectos de nácar, lumi- 
noso tras de las manchas negras de 
los pájaros agoreros, en pleno medio 
día, a la hora en que la mujer, mode- 
lo de amantes, idílica, evangélica como 
la mujer de Samar, lleva el jarro y la 
canasta para el almuerzo del varón. 

Y como resumen y símbolo de esas 
razas, bronce por fuera, brasas la san- 
gre; "TaI Vendedora Peruana," obre 
Méx. Mod.-4 



234 



MÉXICO MO DE RNO 



maestra de la serie, en la vlgoroáa 
í^encillez de composdjción y formas, de 
negro y blanco ; en las líneas vivas, de- 
liciosamente inacadémicaiS, de los per- 
files; desde el vaso agudo hasta la 
imse; en la admirable adaptación de 
las riquísimas franjas de grecas y vo- 
lutas a la austeridad llena de miste- 
riosas sugestiones del conjunto; ex- 
quisita en e/1 dibujo de miniatura hin- 
dú de los pies; india, desde el Bravo 
hasta la Tierra del Fuego, por la au- 
gusta, actitud, por el enigma de la for- 
ma y de ios ojos; por la vehemente 
inspiración que guió la mano del ar- 
tista para inscribir en esta hoja de 
metal su apasionada simpatía por las 
épicas espectaciones seculares. 

Montenegro ha tenido todas las con- 
sagraciones, r^s académicos empeder- 
nidos, petrificados, lo repudian; Ru- 
bén Darío, Henri de Regnier; lo ce- 
lebiaron, París lo declaró suyo, Espa- 
ña le abrió de par en par las rnier- 



tas, y en México, donde todo lo pro- 
pio es carne de víctima, lo alentaron 
108 mejores artistas, hace años, y los 
jueces mjás difíciles; los pintores jó- 
venes y los estudiantes, lo han admi- 
rado hoy con entusiasmo, al igual de 
¡Los artistas y escritores de más valía. 

Ante el vigor que por encima de to- 
das sus calamidades, despliega el al- 
ma nacional, la fe deja de ser una vir- 
tud, es una cosa natural. Como en la 
bellísima visión de Roberto Montene- 
gro, nuestra tierra, madre fecunda en 
sus artes y sus letras, es también siem- 
pre joven y virginal, y como la don- 
cella india, junto a la hermana, fe- 
cunda ya, aguarda serenamente, segu- 
ra de sí misma y de su destino, la 
renorvación perpetua del milagro, en 
su carne sagrada, "morena porque la 
ha besado el ^1." 



Junio de 1921. 



R. G. R. 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 

SECCIÓN A CARGO DE 

MANUEL M. PONCE 



Se queja Boris Schioetzer en la "Re- 
viie Musicale" del desconocimiento que 
existe en Francia de la joven escuela 
musical rusa, cuyos representantes más 
notables son Miaskowsky, Prokofieff, 
LouPié, Saminsky, Oboukhoff y Ghniés- 
sine. Sergio Tenejeff, el Oésar Franck 
ruso, es un desconocido para los pari- 
sienses. 

Se sabe que Ghniéssine está en Mos- 
cou, quizás trabajando en alguna nueva 
obra, tal vez muriéndose de hambre, en 
estos calamiitosos tiempos. Hasta hace 
un año, asegura Schioetzer, Ghniéssine 
había escrito solamente unas 18 obras. 
¿Habrá decidido el joven m(úsico ruso 
seguir el consejo de Balakirew: escri- 
hid poco? La música de Ghniéssine no 
eetá basada en el canto popular, ni se 
parece a la de sus ilustres paisanos 
ÍTschaikowsky y los Cinco. Es una músi- 
ca original; expresa las emociones con 
amarga, aspereza, con una voluptuosi- 
dad concentrada que hace recordar a 
Dostolewisky, según afirma Schioetzer. 
Sólo un poema sinfónico figura entre 
tus composiciones: *'Segim Shelley.'* 
' ' Entre los lieds, los más interesantes son 
Le ver vainqueur y Lygeia, con texto de 



Edgar Poe y el Hinmo o la peste con 
letra de Pushkine. 

El arte de Ghniéssine es Bombrío y 
doloroso. No se advierte en sus inspira- 
ciones ni rastro de orientaliemo. Mas a 
pesar de que la melodía popular no en- 
tra en la construcción de sus obras, la 
música de Ghniéssine sin ser naciona- 
lista como la de Moussorgsky o Oésar 
Cui, es profundamente original. 

Boris de Schioetzer se queja de que los 
jóvenes músicos rusos sean desconocido® 
en Francia. Por nuestra parte, apenas 
nos atrevemos a preguntar: ¿cuántas 
décadas pasarán antes que el arte nue- 
vo y fuerte de la joven escuela rusa lle- 
gue hasta nosotros a través de nuestra 
Orquesta Sinfónica Nacional? 



Los compositores argentinos trabajan 
sin descanso. Hace poco tiempo señalá- 
bamos en estas mismas columnas los 
trabajos destinados ai teatro que pre- 
paraban, entre otros compositores, los 
maestros Constantino Gaito y Gllardo 
Gilardi. Además de esas obras lírlcüs, 
la Sociedad Nacional de música de Bue- 



236 



MÉXICO MODERNO 



Boe Airee ha dado a conocer yarias 
obras de tendencias diversas, en las que 
loB conupositores argentinos mostraron 
excelentes cualidades. 

M prestigio y esplendor del arte lírico 
argentino contribuyeron "Kenilwort," 
cuatro actos de Alfredo Schiuma; "Sai- 
ka," de Floix) M. ligarte y "Ariana y 
Dionisos" de Felipe Boero. Estas obras 
fueron representados en los teatros Co- 
liseo y Colón. 

Entre las nuevas obras sinfónicas, 
pueden señalarse las "Escenas Argenti- 
nas" de Carlos vliópez Buchardo, la 
"Obertura Criolla" de Ernesto Dran- 
gosch — de corte clásico — ^y una "Suite 
Infantil" de Cayetano Troiani. 

En cuanto a la música de Cámara, 
Armando Schiuma presentó un "Prelu- 
dio, Coral y Piñal," para Cuarteto de 
arcos, piano y contrabajo ; Arturo Bem- 
tti, cuatro "Semblanzas" para Cuarteto 
de arcos ; Armando Chimenti, tres "Im- 
proptus" para piano ; Alejandro Inzáu- 
rraga, la Suite "Por sierras de Córdo- 
va;" Manuel Gómez Carrillo, "Roman- 
za" para canto, "Rapsodia. Santia güeña' 
y "Alma Quichua" para violín y piano : 
Athos Palma, "Sonata" pax*a violín y 
piano; Felipe Boero, "Les Ombres 
d'Hellás," melodías para canto y piano ; 
Carlos Pedrell, "Melodías" sobre poe- 
mas de Leopoldo Lugones y Ernesto 
Drangosch "Amemos" y "En Paz" con 
letia de nuestro Amado Ñervo. 

No eecaisean las obras de sabor local 



argentino como "El nido ausente" y 
"Caminito" de Julián Aguirre ; "Triste" 
de Stiattessi y el "Indiecito de Pichi 
Mahuide" de Torre Bertucci. 

Nuestro estimable colega "Música de 
América" — de donde tomamos los ante- 
lioree datos — agrega el siguiente co- 
mentario a ia enumeración y crítica de 
las obras argentinas cuyos nombres y 

autores acabamos de copiar "ComD 

se ve, nuestra Babel musical sigue, al 
parecer, incólume. Como en auoe ante- 
riores, se codeajQ diversas tendencias, 
sin otro parentesco espiritual que el de 
haber sido interpretadas en la misma 
ciudad, ante un auditorio un tantito in- 
diferente 

Hermanadas ante la frialdad del pú- 
blico, del mismo público que concurre a 
los teatros nacionales, que lee las nove- 
las y los libros de poetas argentinos, 
que visita las exposiciones de arte de 
pintores locales, son obras sin ambiente 
— noe referimos a los europeizantes — en 
las que se desperdician : mucho talento, 
no escasa cultura y anhelo de hacer 

obra honesta y noble Lástima que 

así sea. En el catecismo del músico, el 
primer mandamiento debería ser:, no 
calcar, adaptar al ambiente, levantar 
un nuevo edificio sonoro, cuyos cimien- 
tos reposen en la tierra lugareña y cu- 
yas torres construidas con materiales 
propio», se alcen orgullosas y esbeltas, 
sin recordar las de otros países.** 



CRÓNICA MUSICAL MEXICANA 



Carlos Chávez Ramírez es un rano 
ejemplo de laboriosidad fecunda que 
se destaca con rasgos vigorosos en 
nuestro ambiente de pereza secular, 
porque se aiparta del dolce Jar niente, 
frase italiana que entre nosotros tie- 
ne aplicación cotidiana. 



Chávez Ramírez es pianista y com- 
positor. Bajo este dobfte aspecto se pre- 
sentó en el Anfiteatro de la Prepara- 
toria en dos conciertos efectuados los 
días 25 y 29 del pairado mes de Mayo. 

Lo primero que se advierte en la« 
compoeioiones de Chávez Ramírez es 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



un afán constante de modernismo, un 
anhelo continuo de originalidad que, 
dada la juventud del autor, está plena- 
mente justificado. ¿Quién no desea en 
ostos tiempos ser original? Debussy, 
con sus procedimientos personalísimos, 
ejerce indudable fascinación sobre los 
jóvenes compositores cuyas aspiracio- 
nes van más lejos que la imitación de 
!os clásicos o los románticos. El pelí- 
iri-o reside en pretender imitar a De- 
bussy, que es inimitable. Nada detesta- 
ba llanto el maestro francés como el 
'i^bussysmo. 

¿El reflejo debussysta es tan nota- 
ble en la obra de Chávez Ramírez que 
l)ueda llamarse imitación? No lo cree- 
mos así. Se advierten en sus composi- 
ciones, ciertamente, deter-mánados pro- 
. edimientos característicos del autor 
(le Peleas; pero en el fondo de ellas se 
fíescubre un latente romanticismo cuya 
efusión lírica no pueden destruir ni el 
rapleo inmoderado de disonancias ni 
persistente cambio de diseños rít- 
iiicos. En el andante del "Sexteto", 
aede comprobarse nuestra aseveración. 
Tanto en las Romanzas para canto 
,v piano como en las piezas pianísti- 
<-as, Chávez Ramírez ha escrito pági- 
nas de singular belleza. Recordamos 
la deliciosa "Bendición", el brillante 
"EJstudio IV" y "Tú eres como una 
flor", saturada de íntima emoción. 



237 



Como pianista, Chávez Ramíre» de- 
mostró en la versión de un progra- 
ma ecléctico y difícil, cualidades muy 
estimables: comprensión de la obra, 
(Sonata de Beethoven) ; sonoridad ro- 
busta, iwirticularmente en la parte gra- 
ve del piano, (Funerales de Liszt) ; 
buena manera de cantar, (Nocturno 
de Paderewsky) ; dominio de las difi- 
cultades técnicas y sobriedad en la dic- 
ción, (Rapsodia de Liszt). 

Carlos Chávez Ramírez es muy jo- 
ven aún, a pesar de su aspecto de hom- 
bre serio y un poco melancólico. Tie- 
ne talento. Y se encuentra bajo la do- 
ble influencia de un romanticismo que 
lo inclina del lado de Schumann y 
CJhopin y de un modernismo que lo 
atrae con el brillo de la novedad y del 
exotismo. 

¿Renunciará a su romantiiclsmo pa- 
ra seguir resueltamente la bandera de 
los modernistas? He aquí una pregun- 
ta trascendental en cuya respuesta se 
encierr/a el porvenir del joven compo- 
sitor. 

Medítela y decida el estimable artista 
la dirección que en lo futuro ha de 
dar a sus inspiraciones, acatando la 
voz interior de la sinceridad. 

Porque la sinceridad y el estusias- 
nw) son la más segura garantía de éxi- 
to en toda obra de arte. 



Nota db la Rbdaoción.— En esta sección se dará cuenta de todos los acontecimientos 
musicales importantes deque se reciba noticia, y se hiará juicio de aquellos conciertos, recáta- 
les, exámenes, etc., a los cuales haya sido invitado México Moderno. 



REVISTA DE LIBROS 

SECCIÓN A CAB60 DE 

GENARO ESTRADA 



"ESTUDIOS INDOSTANICOS", por 
José Vascofwelos. Ediciones México 
Moderno. 1921. 373 pp.— Es éste el libro 
de unidad plena, síntesis y fundamento 
de loe anteriores, en la obra humana, 
humanísima de José Vasconcelos. Es 
la luz cenital de una Vida. Sobre es- 
tas páginas no se estremece el en- 
tusiasmo pasajero, ni la Teosofía, ni 
el misticismo literario de Maeterlinck, 
ni la chachara de los aficionados a 
escribir sobre tópicos del Oriente mis- 
terioso y monstruoso. Este libro na- 
da tiene que ver con la moda. De 
eradición cabal, de honrada filosofía, 
de intención pura, de explicación sin 
alarde fatuo: tal dirán los lectores 
de alma desnuda que se arrojen al agua 
corriente de estas páginas, en cuyo 
álveo crece el bosque antiquísimo del 
enigma Como en el verso del mís- 
tico, entrad aquí los que comprendéis 
y amáis. 

Tres ideas fundamentales se destacan 
en el libro: (1) Las grandes civiliza- 
ciones no son producto de los hombres 
que luchan para adaptarse a un clima 
hostil, sino que surgen cuando se ha 
reeuelto el problema inmediato de la 



adaptación al medio, así que se deja 
de luchar a brazo partido para soñar 
creando. (2) La conversión de la 
energía sexual en mentalidad, es decir, 
el triunfo de la Doctrina Yogui, gra- 
das a la intervención primiaria del 
alimento vegetal con su acervo de sus- 
tancias químicas. (3) Las religiones 
no pueden desunirse, considerarse ais- 
ladamente sin penetrar a su íntima 
correlación: el Cristianismo es el úl- 
timo plano en el desarrollo sucesivo 
de ellas, siendo el brahamanismo y el 
budismo los (peldaños iniciíales. 

No hay en castellano, y quizá en 
inglés, una síntesis de los sistemas 
centrales, de las doctrinas de la Filoso- 
fía del oriente, míis clara, más sobria, 
de honradez espiritual mejor depurada 
que la ofrecida en este libro: hay que 
leerlo para nuestro bien, para confor- 
tamos con el lenitivo de su enseñanza y 
la pasión discreta de su entusiasmo. Si 
el capítulo "Demonología*' es atra- 
yente, conturbador, la "Conclusión" es, 
sin quizá, una de las páginas más bri- 
llantes y sólidas de Vasconcelí». Será 
"Prometeo Vencedor" la joya de su 
estilística, pero "Estudios Indostáni- 



REVISTA DE LIBROS 



239 



eos" (que no por ser trabajo de infor- 
mación, de coordinación, de fé y de 
esperanza es simple enunciamiento de 
datos, sino lo acendrado de una Vida) 
viene a afirmarnos en la opinión de 
que como pensador y maestro, como 
educador y hombre bueno, Vasconcelos 
m halla, en nuestra América, a la van- 
guardia del i>ensamiento filosófico. 
Los que lo conocemos a través de su 
obra y de su trato, los que somos testi- 
gos de su fé, de su inmensa fe, en los 
destinos del Continente de habla espa- 
ñola, encarecemos la lectura de su libro 
último, avivando nuestro elogio del 
varón fuerte que es ejemplo cotidiano 
y dádiva desinteresada. Sus páginas 
darán seguro gozo a las almas selectas. 

R. H. V. 

CARLOS OBLIGADO. POEMAS. 
Prólogo de Carmelo M. Bonet. Ilustra- 
ciones y ornamentación de Rodolfo 
Franco. Buenos Aires. Editorial "Vir- 
tus,"1920. — He aquí un libro de versos 
irreprochablemente presentado, de un 
modo a la vez discreto y sugestivo : es 
el libro de versos del hijo de don Rafael 
Obligado, el r*oeta de las décimias so- 
noras que saltaban por encima de la 
pampia y recorrían el dorso de los An- 
des, como un calosfrío épico de la cor- 
dillera americana 

Pero esa sonoridad que la moda, im- 
puso y que dominó durante la última 
parte del siglo pasado, ya no encuentra 
eco en las tendencias actuales, que 

I huyen del énfasis y loe desplantes de- 

I diamatorios. 

i En este libro aJt)undan IO0 ¡oh!, los 
¡ay!, lasi admiraciones. La influencia 
del padre se trasiluce en algo más que 
en las citas y en la dedicatoria filial: 



"Padre : si en lo hondo el culto de tu 
memoria llevo. 
Sé que tu luz me orienta, aé que tu 
amor me escuda 
Hoy que en la noche triste de tu par- 
tida, elevo 
Mis temblorosas manos hacia tu lira 

muda . . . 
¡ Sepa cual tú del ritmo que lo 
inefable exprime I 
¡Cual tú, toda beOeza, tod^t bondad 
comprendía ! 
¡Honre cual tú la patria. Madre nues- 
tra sublime! 
¡Lleve hasta el fin mi paso sobre tu 
dará senda!" 

Estas dos estrofas;, nacidas de la 
veneración justa del hijo a la memoria 
paterna, explican por qué prefiere Gar- 
los Obligado cantar en el mismo tono 
y en las mismias rimas de forma an- 
ticuada que dieron gloria a su pro- 
genitor. 

F. M. G. I. 

AMADO ÑERVO. Acotaciones a su 
vida y a su obra. Las escribió Jorge 
Celso Tíndaro. Buenos Aires, 1919.-- 
El reciente aniversario de la muerte 
de Ñervo, dal relativa actualidad en- 
tre nosotros, a este libro bien intencio- 
nado que nos llega con retardo consi- 
derable. 

Don Pedro B. Franco (Jorge Celso 
Tíndaro) escribió este libro cuando el 
autor de Plenitud caminaba serenamen- 
te por la vida ; por consiguiente, no se 
hallará en sus páginas el tono de ele- 
gía que es frecuente en los libros que 
tratan de Nervo,^ escritos casi todos, 
— con excepción del estudio de Ory— 
después de su fallecimiento. 

En la primera parte de su trabajo 
el autor hace una breve síntesis histó- 
rica de la poesía en México, desde Sor 
Juana, Ruiz de Alarcón y Navarrete, 



240 



MÉXICO MODERNO 



entre los antiguos, hasta Díaz Mirón 
Othón y ürbina, entre los modernos, 
guiándose por la Antología del Cen- 
tenario. 

En la segunda parte, desoribiendo la 
vida de Ñervo, hace un retrato espi- 
ritual que puede condensarse en este 
comentario, impreso en la carátula, al 
pie de un busto de la Venus manca : 
**Ha hecho de su vida un mármol grie- 
go, sereno como ninguno." Traza una 
somera biografía y trata de investigar 
sus relaciones con "el anM)r, las mujeres 
y el Misterio." Luego, habla de su 
amor a la patria y de la impresión que 
en él dejó la última guerra. 

Al estudiar, en la tercera parte, la 
obra de Amado Ñervo, habla de ella 
primero en conjunto ; luego, tras de 
opinar sobre el modernismo hispano- 
americano, diserta sobre su tendencia 
mística y la influencia que en su obra 
tuvo la filosofía hindú. Concluye ha- 
ciendo sinceras acotaciones a sus libros 
en prosa y en verso, desde Perlas Ne- 
gras hasta El Estanque de los Lotos, 
que Jorge Celso Tíndaro conocía enton- 
ces parcialmente. 

Para aligerar su estudio, el autor 
intercala, de cuando en cuando, alguna 
impresión del momento en que lo es- 
cribía, a manera de amable paréntesis. 
Como un ejemplo, véase esta divaga- 
ción : 

•'Está abierta la ventana de mi cuar- 
to, y, como todas las mañanas, se ha 
parado a mirarme un chiquiOlo del ba- 
rrio. Ve mi librería y me dice, lo mis- 
mo de todos ios días : 

— ¿No me da un libro, señor*? 

Y viendo que no reparo en su per- 
sona: 

— Señor, señor, ¿ me regala un libro ? 

Tengo que dejar de escribir. Me 
acerco a la ventana y le pregunto : 

— ¿Y para qué quieres un libro, si 
tú todavía no sabes leer? 

— Para mirar las figuras. 



— ¿Y si no tiene figuras? 

— Las hago. Aquí tengo un lápiz. 

— Si es así... le dije y sacando del 
estante un librito de versos, del que 
soy único resiponsable, se lo entrego: 

— Aquí tienes. Llénalo de dibujos. 

Y el chiquillo se va, saltando de ale- 
gría. 

Vuelvo a mi mesa." 

Esto nos reconcilia con los versos de 
Jorge Celso Tíndaro que, a juzgar por 
un soneto a Ñervo, impreso al frente 
del libro, son muy inferiores a su 
prosa. 

F. M. G. I. 

MANUAL DE GRAMÁTICA CASTE- 
LLANA. — ^Arreglado en lo fundamental 
conforme a la doctrina de don Andrés 
Bello, ipor Carlos Gomzález Peña, Pro- 
fesor de Lengua Castellana en la E3e- 
cuela Nacional Preparatoria y en la 
Escuela Superior de Comercio y Ad- 
raifnistración. Ediciones "México Mo- 
derno." 1921. — Este Manual — usando 
una frase consagrada por el uso co- 
mún — ^viene a llenar un vacío que exis- 
tía desde hace tiempo, en las obras 
de texto de nuestras escuelas, "Como 
su nombre lo indica, escribe en el Pre- 
facio Carlos González Peña, no es el 
presente un libro original. Poco o nada 
he puesto en él de mi cosecha. Trá- 
tase simplemente, de un resumen o 
recopilación de teorías gramaticales 
conocidas y sancionadas, adaptado a 
las programas hoy vigentes en las es- 
cuelas de enseñanza secundaria. 

De gran privanza goza entre nosotros 
la doctrina de don Andrés Bello. Más 
todavía : por superior decreto que am- 
paró la resolución de un congreso de 
profesores de Lengua Catellana, des- 
de 1915 está acordado que tal doctrina 
sirva de base para la enseñanza de 
nuestro idioma en las escuelas de Mé- 
xico. 



REVISTA DE LIBROS 



241 



No había sido posible hasta hoy, em- 
pero, dar cumplimiento al expresado 
mandato. Por una parte, la obra monu- 
mental de Bello no llena las condicio- 
nes de un libro de texto ; bien que, des- 
de elevados puntos de vista, sea ex- 
celente como libro de consulta para el 
profesor. Por la otra, no existía nin- 
gún manual netamente escolar en el 
que se hubiera desarrollado, de acuerdo 
con la generalidad de nuestros progra- 
mas la sabia doctrina de aquel ilustre 
filólogo hispanoamericano . . . 

El deseo de remediar semejante de- 
ficiencia fue el que determinó la com- 
posdjción de este manual . . " 

F. M. G. I. 

POEMAS DEL CORAZÓN AMORO- 
SO por Luis Felipe Rodríguez. — Bi- 
blioteca Martí, Manzanillo, Cuba, 1920. 
— Debe estar orgulloso el señor Ro- 
dríguez por la excelente edición de sus 
prosas que pretenden ser poemas, y 
por su buena presencia, puesto que su 
gallarda fisonomía, evocadora de la ju- 
ventud de Osear Wilde, aparece en el 
forro de su libro. 

Libro formado con la mayor dosis 
posible de lugares comunes, acumu- 
lados pacientemente, no deja en el lec- 
tor otra impresión que la de fastidio 
al salir de su lectura, sin haber llegado 
a abrir más de una docena de páginas ; 
puede opinarse de él, lo que el señor 
Rodríguez pone como epígrafe de su 
primer "ipoema" : 

"Salí del cuarto de un hotel sin emo- 
ción ninguna, (porque comprendí que en 
aquel cuarto de hotel, donde viví seis 
días, el amor de mi espíritu no se ha- 
bía detenido ni un sólo segundo." 

Es posible que durante esos seis 
días haya, escrito sus Poemas del cora- 
zón amoroso. 

F. M. G. I. 



EL ÁRBOL QUE CANTA. HiUnberto 
Tejera. México, 1921.— Humberto Te- 
jera es dueño de una inspiración juve- 
nil y franca, que le permite abarcar con 
miradas vigorosas los cfuadros más di- 
versos, sin abdicar de su pereonaJidad, 
que tiende a definirse con precisión. 

Este pequeño volumen, encierra en 
sus ciento y tantas páginas más be- 
llezas y aciertos que muchos tomos vo- 
luminosas de poesías. JjOs asuntos y el 
papel están bien aprovechados. La ga- 
ma de colores es riica y la sonoridad 
de El árbol que canta produce en su 
suntuosa polifonía. 

Nuestra predilección en su poesía 
descriptiva, está por los paisajes y las 
cosas nuestras, vistas, con ojos libree de 
prejuicios, con miradas llenas de sin- 
ceridad, como ésta : 

Mexioanita, 
de bronce y de seda, 
que en esta baranda 
con enredaderas, 
los ojos me clavas, 
los dedos me trenzas, 
y a mis arrebatos 
ardientes contestas 
con un dulce dejo 
de hondas tristezas: 
"Están verdes 
que tú vuelvas." 

F. M. G. I. 

ARTE COLONIAL. Tercera serie, por 
D. Manuel Romero de Terreros, Mar- 
qués de San Francisco, Caéballero de 
Malta, Correspondiente de las Reales 
Academias Española, de la Historia 
y de Bellas Artes de San Femando. 
México, Librería "Cultura," MOMXXI. 
— Es merecedora de elogios, por tx)doa 
conceptos, la infatigable laboriosidad 
del Marqués de San Francisco que en es- 
tos breves tomos de Arte Colonial con- 
densa el resultado de largas investi- 
gaciones, tendentes a revelar las be- 



242 



MÉXICO MODERNO 



1 



llezas del Tirreinato que aun existen, 
en edificiOB, muebles y objetos artísti- 
cos. 

En esta tercera serie, aparecen re- 
unidos sus últimos , trabajos — algunos 
de ellos publicados ya en la prensa — 
en los que estudia "La iglesia y monas- 
terio de San Agustín Acolman," "La 
casa de los virreyes en Huehuetoca," 
**E1 camarín de los Remedios." "La te- 
rraza de "El Caibezón." "La escultura 
funerai'ia en la Nueva España," "La 
sillería del coro de Guadalupe," las 
"Figuras de Talavera, de Puebla," "Los 
bronces dorados de Tolsa," "El vi- 
drio." y la "Caligrafía coloniaü." 

Cierra el presente tomo una biblio- 
grafía de la Pintura en la Nueva Es- 
paña. 

P. M. G. I. 

C. MUZIO SAENZ PEÑA. EL EPI- 
CUREISMO DE OMAR KHAYYAM. 
Nuevas RUBAIYAT en verso castella- 
no. Buenos Aires, 1919. — En un folleto 
de treinta y dos páginas ha reimpreso 
Saenz-Peña este trabajo que se publicó 
por primera vez en la Revista "No- 
sotros," en septiembre de 1919. 

¿Debemos insistir en juzgar una obra 
ya conocida y apreciada por todos cuan- 
tos saben que el señor Muzio Saenz 
Peña es un competente conocedor de 
los poetas persas y un fiel traductor 
de las mejores obras de Tagore? 

F. M. G. I. 

ARMANDO DE MARÍA Y CAMPOS. 
Visione» ürhanas. (Poesías). México, 
sin año. — ¡Armando de Mária y Campos 
ha transladado a nuestro ambiente el 
género que cultivó con espontaneidad 
el poeta argentino Evaristo Carriego, en 
La Canción del Barrio y en otnos poe- 
mas rebosantes de un sincero senti- 
mentalismo criollo. 



Tiene Mária y Campos hallazgos fe- 
lices en rimas musicales e imágenes 
sugestivas; maneja con soltura el so- 
neto alejandrino y ha logrado fijar las 
impresiones recogidas en medio del 
bullicio diurno de la Capital y en los 
rincones típicos de sus horas nocturnas. 

Por las descripciones sintetizadas en 
sus sonetos de arte menor, recuerda los 
Cuadros del poeta cubano Ulloa. 

El último poema, del libro. Envene- 
nadora, nos descubre que el poeta de 
Visiones Urbanas trata de seguir el 
camino trazado por López Velarde y 
Fernández Ledesma. 

F. M. G. I. 

"Por la Verdad Histórica". — Tercera 
Parte. 1921. — Imprenta Católica.— Pa- 
namá, R. de P.— El Sr. Manuel Calde- 
rón Ramírez publica en este folleto 
muy interesantes revelaciones, para la 
Historia, relacionadas con la conducta 
política de Adolfo Díaz, Enüliano Cha- 
morro, Máximo H. Zepeda. y otros per. 
sonajes de esa laya, entusiastas colabo- 
radores de la intervención yanqui en 
Nicaragua; y así presta un doble ser- 
vicio a su país y al Continente. 

R. H. V. 

**Juventud'\ — Fiesta de la Primave- 
ra. — Día de los Estudiantes. — 3a, edi- 
ción definitiva. — Federación de Etetu- 
diantes de Chile. — Imp. Moderna^ — 
Santiago, 1921. — Trae una buena se- 
lección de poemas de González Martí- 
nez, con una salutación para el poeta 
que hoy representa a México en aque- 
lla República. También llama la aten- 
ción el homenaje a Domingo Gómez Ro- 
jas, o Daniel Vázquez, el estudiante 
poeta y mártir, que murió en septiem- 
bre de 1920 en la Casa de Orates de 
aquella capital, víctima de la saña del 
Ministro José Astorquiza Líbano. Fue- 
ron llanto rojo, blasfemia con lelám- 



REVISTA DE LIBROS 



24? 



pagos de oración, los poemas de aquel 
que turo ''lejanos jardines en la lu- 
na"; sus cartas, sus notas de diario 
escritas en la pared de la ergáetula, 
son ecos lúgubres del a/lma que en un 
día de horror gritara: "Siento oómo 
se pudre mi tristeza" ; y al fin pudo sen- 
tir "sus ojos florecidos de estrellas", 
el pobre, que llevaba en el corazón ra- 
chas de odio para sus patibularios, 
azul de incienso elegiaco en sus gritos 
filiaJes. "Yo soy un maldito corazón 
hecho hombre ! — sollozaba. — ¡ Un inde- 
fenso y desnudo corazón de niño!" 

R. H. V. 

BI BLIOORAFIA CENTRO - AMERI- 
CANA DE 1920. 

Bl alma activa de Joaquín García 
Monge continúa a la vanguardia de la 
intelectualidad de Centro-América. Eü 
autor de "La Mala Sombra y otros Su- 
cesos" y la novela regional "El Moto" 
y Director de la Biblioteca Nacional 
de San José de Costa Rica, se halla al 
frente de una Casa de Ideas de la que 
vemos salir con periodicidad puntual 
la selección de autores mundiales: "El 
Convivio", de americanos, "Ediciones 
Sarmiento", de "Ediciones Centro-Ame- 
ricanas" y la revista "Repertorio Ame. 
ricano", publicaciones ya solicitadas 
por los lectores de gusto insigne. Gar- 
cía Monge ha sido, en 1920, editor de 
"Los Cuentos de mi Tía Panchita", de 
Carmen Lira, una admirable contribu- 
ción folklórica ; "En el Taller del Plate- 
ro", "De Variado Sentir" y "De Atenas 
y de la Filosofía", de Rómulo Tovar; 
"Poesías" de José Olivares, de Nicara- 
gua; "Las Coccinelas del Rosal" de 
Octavio Jiménez; "El Hombre que Pa- 
recía un Caballo" de Rafael ArévaJo 
Martínez ; dos tomos sobre "Rubén Da- 
río en Costa Rica" ; y "La Miniatura" 
de Ricardo Fernández Guardia, quien 
acaba de regalarnos su "Reseña Histó- 



rica de Talamanoa", monografía que, 
según Brenes Mesen, es la mejor de don 
Ricardo desde el punto de vista esti- 
lístico. Otros llbitoe costarricenses del 
año: "Rosa Mística", de Luí» Do- 
bles Segreda, digno de loa eepedal; 
"I^is Guarías del Crepúsculo", de Na- 
poleón Pacheco (versos) ; "Fuente» 
Iluminadas" de R. Alvaxez Berrocal; 
"Filosofía de la Crítica" y "Vocee Le- 
janas", de M. Vicenzi; y "Valores Li- 
terarios de Costa Rica", de Rogelio 
Sotela, editor de la revista "Athenea". 
En Tegucigaipa, Luis Andrés Zúñiga, 
fabulista y periodista, fniblicó sus me- 
jores prosas y versos en "El Banque- 
te"; y el profesor Ensebio Fiallos V. 
sus "Apuntamientos sobre Flora Hon- 
durena". 

Y no más en cuanto a libros, porque 
todo el año se fue en derrocar a Tino- 
co, Bertrand y Estrada Cabrera, y 
los hombres de pluma se fueron al mon- 
te. Está anunciada la publicación pró- 
xima de ios poemas de Alfonso Gui- 
llen Zelaya, de Honduras, e "Ideas y 
Formas", de Alberto Masferrer, del 
Salvador, ambos de la élite intelectual. 

Buenas revistas son "Proceres", de 
El Salvador, editada por el doctor Ra- 
fael V. Castro, con la colaboración de 
investigadores tan obstinados como Al- 
berto Luna, Manuel Valladares, Ró- 
mulo E. Durón, Víctor Jerez y Fran- 
cisco Gavidia. Centro-América conme- 
morará este año la primera centuria 
de su independencia política (¡y qué 
triste va ser el aniversario!), y co- 
misionados de El Salvador y Guatema- 
la están buscando en los archivos de 
España aquella documentación desco- 
nocida que puede servir de presea bi- 
bliográfica del Centenario. La idea de 
la búsqueda conjunta la tuvo el Go- 
bierno costarricense, que ya designó 
sus comisionados, el licenciado Pedro 
Pérez Zeledón y don Ricardo Fernán- 



244 



M ÉXICO MODERNO 



ílez Guardia, diestros escudriñadores 
del pasado y literatos de primer orden. 

En Honduras sale de vez en cuando 
la "Revista de la Universidad", donde 
se ha publicado "El Evangelio y el 
Syllabus", del doctor Lorenzo Montú- 
far. En el semanario "Los Sucesos", 
de Tegucigalpa, lia estado revelando 
páginas de la historia colonial el licen- 
ciado Eduardo Martínez López, Direc- 
tor de la Biblioteca Nacional. "Nica- 
ragua Informativa", de Hernán Ro- 
bleto (que acaba de anunciar su libro 
"Barro Criollo") y "Los Domingos", 
de Salvador Ruiz Morales, son los más 
aprecia.bles semanarios nicaragüenses. 
¡ Qué unción, qué alteza de mentalidad 
la de ese Padre Azarías H. Palláis, autor 
de libros de poemas como "A la Som- 
bra del Agua" y "Espumas y Estre- 
llas", quien no ha mucho escribió una 
"Salutación a Chocano", muy bordada 
en púrpura y sembrada de gemas. "Los 
Archivos del Hospital Rosales", de San 
Salvador y "La Juventud Médica", de 
Guatemala, representan la escasa pro- 
ducción científica, y la "Revista Eco- 
nómica", que dirige el Barón de Fraji- 
jzestein, en Tegucigalpa, es un perió- 
dico que sirve de verdadera consulta. 
"Centro-América", la gaceta de la Ofi- 
cina Internacional Centro-Americana, 
con sede en Guatemala, se sigue publi- 
cando con la colaboración de Arévalo 
Martínez, el licenciado Francisco Quin- 
teros Andrino, etc. La "Revista de 
Costa Rica", editada por J. F. Trejos 
Quirós, ha insertado monografías de 
verdadero mérito: "Una Vi'sita al Vol- 
cán de Irazú", por R. Fernández Pe- 
ralta; "Cartago y Cariay", por Carlos 
Oagini; "Climatología y Selvicultura", 
por Elias Leiva; "Las Costas del Sur- 
oeste de Costa Rica", por M. Obregón 
L. ; y "San José y sus comienzos", por 
Oleto González Víquez. 

En cuanto a la producción dispersa 
en otras publicaciones, he aquí un re- 



í 



sumen : "La Historia de la Imprenta 
en el Antiguo Reino de Guatemala", de 
Virgilio Rodríguez Beteta, un tiempo 
Director del "Diario de Centro-Aniéii- 
ca" ; "Crónicas Viejas" de Víctor Mi' 
guel Díaz, en el mismo periódico, so- _, 
bre la Antigua Guatemala; "Proposi- 
ción de la Delegación de Honduras so- 
bre la Doctrina Monroe", presentada 
por el ex-Presidente doctor don Poli- 
carpo Bonilla en la Conferencia de la 
Paz, pidiendo la definición de dicha 
doctrina: "La Deuda Ethelburga, ne- 
gocio de los banqueros", por Juan Ra- 
món Aviles, "La Noticia", Managua; 
"Foreign Debts Factor in Move to ef- 
fect Central American Union", por Mr. 
Edward Perry, en el "Newark Evening 
News" ; y "The Ecclesiastical Policy of 
Francisco Morazán and the Other 
Central American Liberáis", por Miss 
Mary W. Williams, en "The Híspanle 
American Historical Review", de Wash- 
ington. 

K H. V. 

LIBROS RECIBIDOS 

"Matices", por A. Mariano Ferrari, 
Buenos Aires. — Editorial "Virtus", 
192L 

La Moral Diplomática. — Versus El 
Cesarismo Diplomático. — Correspon- 
dencia cruzada con el Sr. William E. 
González, ex-Ministro de los Estados 
Unidos en Cuba y actual Embajador 
en el Perú (Por Nicolás Hernández, 
venezolano). — San Juan*, Puerto Rico. 
—Tipografía "El Compás", 1921. 

''Bolívar", por Gomelio Hispano. — 
Ediciones Sarmiento. — Cuaderno 21. — 
San José de Costa Rica. — Trae un co- 
mentario del Prof. Roberto Brenes 
Mesen. 



REVISTA DE REVISTAS 

SECCIÓN A CARGO DE 

RAFAEL HELIODORO VALLE 



"OuUura Venezolana", de febrero, 
ofrece un artículo "El Hado del Liber- 
tador", por Lucila L. de Pérez Díaz, 
de interés para el aneodotario bolivia- 
no, y unos delicados versos de Luis 
Chuñan, actual Secretario de la Lega- 
ción en Washington. 

"IVosoíros", de Bu'enos Aires. — En las 
ediciones de enero y febrero encontra- 
mos "La Pesca", "Estío", y "El Agua 
Corriente", poemas de Juana Ibarbou- 
rou; "La Anexión a España", de F. 
García Godoy, enjundioso artículo del 
distinguido dominicano ; unas palabras 
de Roberto F. Giusti, a nombre del 
Consejo Deliberante de Buenos Aires, 
en gloria de Galdós ; un estudio : "Nues- 
tra Música en 1920", por Gastón D. 
Talamón. Fidelino de Figueiredo pre- 
senta información de primera mano 
acerca de la vida y obra de Eca de 
Queiros; y hay unas notas sobre Ra- 
fael Barrett, apóstol y cuentista, el 
mismo de "La Divina Jornada", pági- 
na de consumada belleza. 

*'Revi»ta de Costa Rica'\ — La sigue 
dirigiendo con gran tino el Sr. J. Fran- 
cisco Trejos Quiróe, quien ha logrado 



congregar las más prestantes firmas 
de aquella tierra. Sumario de abril y 
mayo: "Nombres Geográficos de Costa 
Rica", por Cleto GonzáJez Vfquez ; "Do- 
mingo Jiménez", por Manuel J. Jimé- 
nez ; "Primera Contribución al Estudio 
de los Zancudos de Costa Rica", por 
Anastasio Alfaro; "La Guadalupana 
en Centro-América", por Rafael Helio- 
doro Valle; "Ascención al Volcán Ira- 
zú", del Dr. TroUope, traducción de 
Amelia Montealegre Rohrmoser. 

''Cuba Contemporánea''. — Habana. — 
La. dirige ahora don Mario Guiral Mo- 
reno. En los números de abril y mayo 
leemos: el estudio que Enrique A. Or- 
tiz ha trazado sobre el Padre Las Ca- 
sas y los Conquistadores Españoles en 
América ; el que don José Isaac Corral 
intitula "Investigaciones sobre el pe- 
tróleo en Cuba" ; e ideaciones de EJnri- 
que José Varona, quien sigue dando a 
conocer los sonetos castellanos de una 
curiosa antología. 

''América Latina'*. — Esta revista, que 
dirige en París don Ventura García 
Oalder<3n, es un estandarte azul y blan- 
co que sabe llevar bien las letras de su 
heráldica. En el número de abril se 



246 



MÉXICO MODERNO 



encomia al Marqués de Pescara, el 
egregio argentino que parece haber da- 
do solución a los problemas del heli- 
cóptero, y que el Gobierno francés quie- 
re adquirir para su gloria aviatriz. 
El número de mayo está lleno de Na- 
poleón I, en el primer centenario de 
su muerte. 

''Plus Ultra". — Buenos Airee. — En su 
edición de marzo la insuperable revis- 
vista bonaerense regala, como Biempre, 
la pulcritud que ya la singulariza. Vie- 
nen unos versos "Taza de Satsuma", 
de Xavier Sorondo ; y "El Arte del Mo- 
saico. La Escuela del Vaticano", por 
Rafael Simboli, con superbas ilustra- 



"Social". — Habana. — No eaJbe duda 
que Massaguer es un brujo del buen 
gusto, un gran señor de la tipografía 
y el grabado, un hacedor de sorpresas 
en la caricatura. Su publicación es ga- 
la del arte gráfico en la América Lati- 
na^ Domingo Figuerola, Caneda, maes- 
tro de bibliofilia cubana, diserta magis- 
tralmente sobre "Dos Libros Raros y 
Preciosos" ¡Y los "Ellos" de Mas- 
saguer! El número de abril fue dedi- 
cado a México, y por supuesto el lá- 
piz genial de García Cabral estuvo de 
fiesta. 

''Repertorio -Americano'*. — Quincena- 
rio de los intereses continentales. — 
Editor : J. García Monge.— San José de 
Costa Rica, abril y mayo núm. 17 y 18. 
— Se distinguen los siguientes escritos: 
"Bases para un tratado entre la Repú- 
blica de Costa Rica y la de los Esta- 
dos Unidos de América sobre el Canal 
por el Río San Juan", por Manuel 
Sáenz Cordero; "La Pedagogía de la 
Personalidad", por Lorenzo Luzuria- 
ga; y "José Martí", por Rubén Darío. 
— Acaba de iniciar el Sr. García Mon- 
ge la publicación de "El Convivio de los 



Niños", con los "Cuentos a Sonny" po? 
S. Pérez Triana y "Tardes de Invier- 
no", por Pí y Margall. 

R. H. V. 

"El Mae»tro'\ — Revista de Cultura 
Na/cional. Núms. I y II. México 
MOMXXI. — "Se funda esta Revista — es- 
cribió al frente del primer número José 
Vasconcelos, — con el propósito de di- 
fundir conocimientos útiles entre toda 
la población de la República. Nuestras 
columnas serán una tribuna libre y gra. 
tuita para todas las ideas nobles y pro- 
vechosas, y en ningún caso estarán al 
senicio ni de un partido ni de un gru- 
po, sino al servicio del país entero. Ni 
tampoco nos limitaremos a un credo ni 
a una época. El único principio que 
servirá de norma a los que aquí escri- 
ban y a los que seleccionan el mdterial 
que ha de publicarse en nuestro i)erió- 
diico, es la convicción de que no vale 
nada la cultura, de que no valen nada 
las ideas, de que no vale nada el arte, 
si todo ello no se inspira en el interés 
general de la humanid.Jd, si todo ello 
no persigue el fin de conseguir el bien- 
estar relativo de todos los hombres, si 
no asegura la libectail y la justicia, 
indispensables para que todos desarro- 
llen sus capacidades y eleven su espí- 
ritu hasta la luz de los nxás altos con- 
ceptos. . ." 

Siguiendo ese camiao, los directores 
de lia Revista, Enrique Monteverde y 
Agustín Loera y Chávez, han logrado 
que los dos números publicados hasta 
ahora, contengan estudios trascenden- 
tales, de escritores miexixíanos y de plu- 
mas extranjeras, siendo los primeros, 
naturalmente, inéditos. 

En el primer número de "El Maestro" 
aparecieron artículos de Ezequiel A. 
Chavéz, José Gorostiza, Jaime Torres 
Bodet, Carlos Pellicer, Ramón López 



I 



REVISTA DE REVISTAS 247 

Velarde, Agustín Loera y Chávez, etc., Con este segundo número Be inaugura 

j reproducciones de Romrain RoIIand, la "Revista Editorial Informativa/' 

León Tolstoi y Bernard Shaw. En el que es una recopilación, en pocas líneas, 

segundo número, escritos de Rafíiel Ra- de noticias interesantes de actualidad, 

mos Pedrueza, José Siurob, José U. Es- En cada nfimero figuran, como sec- 

cobar, etc., poemas de Pellicer, Torres clones permanentes, una de conoci- 

Bodet y Cravioto, y entre las firmas ex- mientos prácticos y otra, dedicada a I08 

tranjeras, las de Máximo Gorki, Rabin- niños, titulada "Aladino." 

dranath Tagore y WiHiim Swinton. p, 51, q i. 



FRANCISCO JOSÉ CASTELLANOS 



A fines del año pasado murió en la 
Habana el joven Dr. Franciisco José 
Castellanos, que pertenecía a la nueva y 
brillante generación de escritores cuba- 
nos. Con el poeta Mariano Brull y con el 
docto José María Chacón y Calvo for- 
mó el grupo que sustituyera, para ese 
incansable conversador que es Pedro 
Henríquez Ureña, el cenáculo que bar 
bía dejado en México y en el cual se 
discutía todo. 

Tradujo para la publicación mexica- 
na "cultura" algunos ensa^ros de Ste- 
venson; pero, aristócrata intelectual 
por vocación, escribió poco. ¿Que im- 
portaba la expresión escrita? El re- 
finaba su espíritu en la cultura y en 
la vida constantemente, por hábito 
fatal, como siguiendo un movimiento 
predeterminado y latente en su esen- 



cia. Ai^esar de haber visitado au casa 
le conocí no más a través de sus cartas 
amables y apretadas de ideas en las 
que se revelaba una mentalidad sutil 
y laboriosa.; uno que otro ensayo suyo 
me envió, que dan fe de su agilidad de 
pensamiento y de su gusto por las apo- 
rias de la razón. "Era — escribe su ami- 
go Brull — un bienaventurado de la inte- 
ligencia y del corazón, y un raro por su 
abundancia de virtudes naturales y por 
su temperamento de una sana, artifi- 
cialidad." 

Lamentamos todos la pérdida de 
Francisco José Castellanos. A su fa- 
milia, y a sus amigos podemos decirles : 

"También nosotros lloramos su au- 
sencia." 

A. C. L. 



TREINTA Y TRES 



LA edad del Cristo azul se me acongoja 
porque Mahomn nos sigue tiñendo 
verde el espíritu y la carne roja, 
y los talla al beduino y a la hurí 
como mía esmeralda en un rubí. 

Yo querría gustar del caldo de habas, 
mas en la infinidad de mi deseo 
se suspenden las sílfides que veo, 
como en la conservera las guayabas. 

La piedra pómez fuera mi amuleto, 
pero mi humilde Sino se contrista 
porque mi boca se instala en secreto 
en la feminidad del esqueleto 
con un escrúpulo de diamantista. 

Afluye la parábola y flamea 
y gasto mis talentos en la lucha 
de la Arabia feliz con Galilea. 

Me asfixia en una dualidad funesta 
Ligia, la mártir de pestaña enhiesta^ 
y de Zoraida la grupa bimesta. 



250 MÉXICO MODERNO 

Plenitud de cabeza y corazón; 
oro en los dedos y en las sienes rosas; 
y el Profeta de cabras se perfila 
más fuerte que los dioses y las diosas. 



¡Oh plenitud cordial y reflexiva 
regateas con Cristo las mercedes 
de fruto y flor, y ni siquiera puedes 
tu cadáver colgar en la impoluta 
atmósfera imantada de un<i gruta! 

RAMÓN LÓPEZ VELARDE. 



ORACIÓN FÚNEBRE 

PRONUNCIADA 
N REPRESENTACIÓN DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL 

Señores; 

EN un maravilloso elogio que el poeta de 7>a Sabiduría y del 
Destino ha hecho de ese otro grande muerto prematuro 
que se llamó Julio Laforgue, Mauricio Maeterlinck ha es- 
crito estas palabras esplendorosas e inmortales: "A todo poeta 
que avanza, el guardián del templo sagrado debe de hacer estas 
preguntas: ¿Eres de los que crean con las palabras o de aquéllos 
que sólo repiten lo's nombres? ¿Qué cosas nuevas has visto en su 
verdad o en su belleza, o bien, con qué belleza y verdad nuevas te 
has encontrado en esas mismas cosas que todos los otros han vis- 
to? Si el poeta no responde enseguida, si se turba o vacila un ins- 
tante, seguid vuestro camino, sin volver el rostro. Ese poeta no es 
de los que vienen de los lugares santos en que existen las fuentes 
venerables. Pero si en el rumor más humilde cree recordar haber 
mirado acaso, en su verdad o en sí^ belleza, una flor o una lágrima, 
o una sonrisa, entonces, deteneos, aproximaos, escuchadle: ese 
hombre de seguro, os lo envía un dios que necesita ser admirado 
de manera nueva." 

Ramón López Velarde, el infortunado poeta que navega ya 
en su ataúd prematuro, a través de las ondas del enigma formida- 
ble, pudo responder gloriosamente a las preguntas de Maeterlinck. 
Nunca en la literatura patria, ojos de artista tuvieron tal acuidad 
de visión, tan grande intelecto de amor para penetrar en las cosai 
cada vez más allá, hasta el fondo, al empuje de una sinceridad efer- 
vescente, que a veces desconcierta con la singularidad del ha- 



i52 MÉXICOMODERNO 

llazgo O con la magnificencia de la revelación, pero siempre nos 
deslumhra con sus prestigios sensibles, desbordados en perfumes, 
en sonidos o en colores sobre las ondas cálidas de sensaciones 
abundosamente ingenuas, que se entrecruzan con las magias de 
la imaginación y del sentimiento, dirigidas no nada más a los sen- 
tidos, sino a la simpatía viviente que resucita entre nosotros el 
alma secreta del misterio. 

López Velarde ha sido llamado en los cenáculos el Príncipe 
de las Tinieblas. Bella ironía, que castiga nuestros ojos insinceros. 
El vio muchas cosas diversamente que los otros, y ver diversa- 
mente que los otros, es casi siempre ver mejor que los demás. Las 
pupilas de López Velarde, esas pupilas adámicas, ingenuas, primiti- 
vas, que supieron explorar la Provincia amada, purificándola de lo 
vulgar y dándole vastedades de Universo menor, esas pupilas brilla- 
rán en los fastos de la poesía nacional, con mágicas fulguraciones 
de lámpara de Aladino. Yo no conozco tan intensa fuerza de expre- 
sión juntada con tan prístina sencillez de sentimiento, ni mayores 
contrastes espirituales que los que hubo en este hombre que fue 
medularmente provinciano hasta lo payo, y heroicamente refina- 
do hasta lo delicuescente. Y de estos choques, sin duda, nacieron 
esas aparentes obscuridades en lo que él mismo llamara la derrota 
de la palabra no porque las palabras lo hayan traicionado nunca, 
las palabras hicieron lo que podían, pero no lo pueden todo y por 
eso a ocasiones hay que leer a López Velarde, por transparencia 
y por intuición. 

El, tan gustador de las rarezas y de les misterios, ha dejado,, 
naturalmente, una obra rara y misteriosa, pero no con más miste- 
rio que una flor, ni con mayor rareza que un astro. El, que sistemá- 
ticamente rehuía el lugar común y la expresión trivial, nos hizo ad- 
mirar inmensamente las bellas exquisiteces que hay en las cosas 
más vulgares. Y acaso sea esto su más alta lección y su huella máá 
mdestructible. Así como Víctor Hugo en verso memorable, encuen- 
Ta la inmensidad de la humilde gota de agua, que sedienta bebe la 
alondra, así López Velarde, de las palabras más sencillas referidas 
a las cosas más conocidas, arranca las asociaciones más sutiles, las 
armonías más singulares, mezclándolas con intenciones e impresio- 
nes que se estrechan en mallas apretadas e indefinidas y que van a 
estrellar su arcanidad en los limbos obscuros de lo subconscien- 
te. Sinceridad y sinceridad, esto es su fuerza y esto es i.;: 'enseñan- 



ORACIÓN FÚNEBRE 359 

za. Admiro sobre todo, dice Camile Mauclair, a los que no se preocu- 
pan por inventar facultades hiperfí sicas, forzando hasta el rompi- 
miento sus medios naturales, sino que se contentan con emplearlos 
en su más plena acción. Saben que esto basta para ser extraordi- 
nario y que en nuestras sociedades hay más audacia y originalidad 
en su más plena acepción. Saben que esto basta para ser extraordi- 
ni disculpan el desarrollo plenamente individual entre hombres que 
nunca se atrevieron a ser completamente ellos mismos, pero hay 
muchos que sí aplauden y corren a ver las contorsiones clownescas 
de aquél que sólo desea aparecer como distinto de los demás. 

López Velarde ha creído, como Ruskin, que el arte es adoración, 
y que toda obra bella debe consagrarse a glorificar algo que r na- 
mos. El pudo dedicar su obra, como la Eureka de Edgard Poe, a los 
que sienten más que a los que piensan, pues fue de los elegidos para 
quienes el hecho de escribir no es una habilidad ni es un honor, si- 
no un acto expresivo de caridad espiritual. 

López Velarde, como André Chenier, debió exclamar al morir, 
golpeándose la frente : "Aquí había algo" ; y ese algo era gran par- 
te del porvenir de la literatura de México. Nos deja una tradición 
que hay que desarrollar, un esfuerzo que hay que desenvolver, y 
una estela que hay que seguir. Será en lo venidero, al igual que Keats 
y que Laf orgue, como Cuauhtémoc en su bello verso postumo : Un 
joven abuelo, López Velarde pudo decir con sinceridad la frase al- 
tiva del Mariscal Lef ebre : "yo no soy un descendiente, sino un an- 
tepasado:" y nosotros clamamos frente a esa obra inconcluída: 
1 qué gran vino cuando lo beban nuestros nietos ! Porque López Ve- 
larde, mejor que un poeta de presente, fue un gran poeta de futuro, 
un luminoso obrero de quién sabe qué repliegues de eternidad, que 
se agitan entre las lobregueces del porvenir insondable; y en esta 
perspectiva ideal que se abre sobre los horizontes de su obra, con 
audaz golpe de alas y con esplendor de aurora presagiosa, López Ve- 
larde, paciente, desinteresado y fervoroso, consagrando gran parte 
de su alma al desconocido mañana, como la antigüedad consagraba 
altares a los dioses ignorados, aparece más alto todavía, pues ya ha 
predicho el maestro de "Ariel" que la obra mejor es la que se rea- 
liza sin las impaciencias del éxito inmediato; el esfuerzo más glo- 
rioso es el que pone su esperanza por más allá de los horizontes del 
mundo visible; y la abnegación más pura es la que se niega en lo 



254 M É X ICO MOD ERNO 






presente, no ya la compensación del lauro y del honor ruidosos, si- 
no hasta la voluptuosidad moral de solazarse en la contemplación 
de la obra consumada y del término seguro. 

Y este botón de gloria que acaba de caer por el zarpazo aleve 
de una muerte estúpida, ha deshojado sus últimos pétalos líri- 
cos sobre la Suave Patria, en una poesía postuma estupenda, que 
tiene el frenesí de las vibraciones geniales y la armonía dulce de 
las realizaciones definitivas, y que oculta, entre suavidades cari- 
ciosas, durezas perennes de granito y relieves indestructibles de 
mármol y de bronce. Yo evoco esta poesía grandiosa y única, al des- 
pedir a nuestro gran poeta, para que ella quede aquí, sobre esta 
tumba, como un monumento perdurable, y porque ella sola jus- 
tifica este homenaje de la Universidad Nacional de México, en cu- 
yo nombre he hablado, de la Universidad que acaba de transfor- 
mar transcendentalmente su lema poniendo: Por mi Raza habla- 
rá el Espíritu; y la raza mexicana acaba de hablar gloriosamente 
en el espíritu alado de Kamón López Velarde, en una suprema afir- 
mación de vida, en una fuerte realización de belleza, y en un fecun- 
do grito de amor. 

ALFONSO CRAVIOTO. 



I 



RAMÓN LÓPEZ V EL ARDE 

Le chemin dont Vépine insulte mea lambentix, 
Comme une voie antique est bordé de tombeaux. 

EÉGÉ^IPPE AiOREAU. 

COMO Signoret, como Laforgue, como Herrera Reissig y 
Saturnino Herrán, Ramón López Velarde tenía que morir 
joven, antes que la madurez impositiva y segura preci- 
sara las líneas del esbozo genial y arrancara de las sienes del poeta 
el halo divino revelador de una germinación inquietante. Acaso 
el correr de la vida le hubiera refrenado las alas púgiles y temblo- 
rosas; acaso la sobriedad definitiva y el dominio perfecto hubie- 
ran amortiguado el fulgor desconcertante de su audacia 

No puedo imaginármelo con los cabellos grises, dueño de esa 
maestría serena y reposada que asume a veces formas de cansan- 
cio. No lo concibo sin rebeldías, sin avidez de ser nuevo, sin las 
nobles huellas del insomnio creador, sin la tortura íntima que lu- 
cha con la seguridad del propio numen, esa seguridad que es don 
de predestinados y que sólo en ellos no toma el cariz agresivo de 
ia mediocridad suficiente. Porque aquel mancebo de viril belleza 
un poco campesina y al desgaire, sano y fuerte, con rostro de niño 
grande, con modales delatores de cierta timidez provinciana, y que 
evocaba la figura del ángel que acompañó a Tobías, era consciente 
de su estirpe y caminaba por su senda solo, tal vez para guiar y 
nunca para ser conducido. 

Lo evoco en charlas familiares, suave y apacible, pero con- 
vencido y sin flaquezas; cediendo en la discusión por huir de la 
polémica agria, mas dispuesto a dar por prenda y garantía de sus 
opiniones el verbo que ¿ fc>rjaba en la fragua de su sinceridad fer- 
vorosa. 



256 MÉXICO MODERNO 

Yo, que tanto lo quería, que lo admiraba tanto, puse alguna 
vez reparos en su obra. La malignidad fracasó y nuestra amistad 
quedó incólume, porque ella se fundaba en cosas más hondas y 
más altas que la miseria humana. Pero aun esos reparos mi- 
núsculos dichos con la simplicidad desnuda a que es acreedor el 
nombre fuerte, y perdidos en el torrente impetuoso de mis alaban-^ 
zas, quiero borrarlos hoy para que el homenaje de mi espíritu ví 
ya a su sepulcro sin la leve apariencia de una sombra. Si no lo hi-1 
ciera, creería escuchar su tierno y fraternal reproche lanzado des- 
de allá donde la crítica es vana y sólo está el dolor de la muerte: 
*'¿para qué, pobre amigo, triste hermano, si sabías que iba a 
morir? " 

Ayer, Herrán; ayer. Ñervo; ayer, Jesús Urueta. Hoy, Ramón 
López Velarde . . . . ; Cómo se alarga ese fila de tumbas ! 

Es imposible asomarse a la obra del poeta con los ojos llenogj 
de lágrimas. Ya iremos descubriendo poco a poco lo que adivina- 
ron sus pupilas y no logró ver la ceguedad; ya iremos oyendo a 
pausas su mensaje lírico que los oídos torpes no escucharon. Pero 
'^n esta ocasión, no dejaremos que nuestros prestigios se nos im- 
pongan desde afuera, sino que encenderemos nosotros mismos la 
llama y la vivificaremos con nuestro soplo. 

Su provincia le llorará huérfana. La Santa Patrona no le per- 
mitió entrar, cardíaco y trémulo, en la nave donde una vez soñó 
en castos desposorios. Rezará por él la novia ingenua cuyas exce- 
lencias anotó al día en la urdimbre preciosa de sus versos .... Y k 
en las calles desoladas del villorio lejano, aullará lastimeramente 
a la luna aquel perro que en un viaje primaveral ladraba sin mo- 
tivo .... 

Santiago de Chile, a 31 de julio de 1921. 

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ 



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+ EN 


MÉXICO 


A. D. 


MCMXXI 



R. I. P. 



CONSAGKO a su memoria este Retablo'. 
Un lucero nos guia hasta el establo 
Donde su numen — Niño Dios de cera — 
Junto al asno ij el buey del Nacimiento, 
Que humildad y potencia diéranle con s^u aliento, 
De Reyes y pasteares los tributos espera. 



Pues las dádivas de monarcas y zagales 
Que timbraron sus versos, adornaron su cuna: 
Joyas y flores, oro y ma/rjíl, mirra y panales 
Hechos de sol y magas perlas hechas de luna! 



Leyenda del Retablo: "No se. ha visto 
Poeta de tan firme cristiandad. 
Murió a los treinta y tres años de Cristo 
Y en poético olor de santidad". 



258 MbXICOMODERNO 

"Fue en la vida el agreste actor de pastorela 
Que canta villancicos, todo música y miel, 
Y al fin, cambiado en ángel, sobre el torvo Luzbel, 
Con un verso de oro entre los labios. . . vuela!" 



"La Belleza le dio un ala ; la otra el Bien, 
Viva así por los siglos de los siglos ! Amén". 

3. 

ESCOLIO. 

Hermano cuyos éxtasis venero 
Cobijados bajo tu gran sombrero 
Negro y tímidamente mosquetero. 



El olor de azahar y los cocuyos 
Dentro de las magnolias fueron tuyos. 



Y tus metales que juzgaron vanos. 
Como engendros de luna, los insanos, 
Cuajaron oro virgen en mis manos. 



Y tu poesía que dijeron rara, 
Rezumando emoción es agua clara 
En botellones de Guadalajara, 



(Pues con sudor de su barro mortal 
Cuaja el Poeta prismas de cristal 
Para que el vulgo vea al triste nmndo 
Irisado, misterioso y profundo). 



Fué tu barro también un incensario 
Ante Xochiquetzal ; mas tu fervor 
Católico, ciñó el escapulario 



A LA MEMORIA DE RAMÓN LÓPEZ VELARDE 259 

Y a la par desgramahas un rosario 
Perfumado con ámbares de amor. . . 

• 

Tus júbilos ingenuos sobre la pena están 
Cual sobre negro lucen, ardientes y sencillas, 
Azules amapolas y rojas '^maramllas'' 
Las jicaras que bruñe Miclioacán. 

• 

Asi en la laca nítida y brillante 
De tus cóncavos versos turbadores 
Bebiendo el agua zarca, entre las flores, 
Mira su propio rostro el caminante! 

4. 

Poeta municipal y rusticano. 
Tu Poesía fue la Aparición 
Milagrosa en el árido peñón, 
Entre nimbos de rosas y de estrellas, 

Y hoy nuestras almas van tras de tus huéllaos 
A la Provincia en peregrinación, . . 

5. 

Gracias . . . ! Porque alargaste hasta la cuna 
Rústica y pobre tu rayo de luna. . . 

Y le pusiste letra al pertinaz 
Cántico de la fuente abandonada 
Que sintió los enigmas de tu faz 
En su propio misterio reflejada. 

* 

(La fuente : compotera de azulejos 
Del silencioso patio de las monjas, 
Que los limones guarda y las toronjas 
En dorada conserva de reflejos . . . 

Y donde aún, tal vez, alvMi beata 
Pero siempre golosa, en la oportuna 



2éo MÉXICO MODERNO 

Medianoche, hurga mieles con la plata 
Oémplice de los rayos de la luna.) 

• 

Porque brillo de séricos mantones 
De Manila, tendiste en los halcones 
De la natal casona, pol)re y fea, 
Al paso de las lentas procesiones* 



Y en la plaza polvosa de la aldea 
Despertaste un 7iidal de ruiseñores, 
Entre ígneas corolas de oro y plata, 
Dejando oir tu honda serenata 

Y encendiendo tus luces de colores. 



Pues florece en jardines de esperanza 
De la Patria la gran noche sombría, 
Cuando en ardiente cornucopia lanza 
Tu cohete de luz su pedrería. . . 

• 

Y al clamor de la gente pueblerina 
Que anhelados prodigios adivina. 
Oros llueve, como si desde el cielo 
Por damos luz, el Padre Ilhuicamina 
"Arrojara los astros a su duelo! 



Por los poemas que con miel de flores 
Amasó tu alma — monja en penitencia — 
Y como los monjiles alfajores 
Huelen a miira y saben a imdulgencia. 

• 

Por tus poemas tan sabrosos como 
Las mulitas del Corpus, que en el lomo 
Llevaron hasta nuestra niñez, en sus huacales, 
Fragantes y jugosas las primicias frutales, 



A LA MEMORIA DE RAMÓN LÓPEZ VELARDE a6i 

Porque entre albas cortinas y entre florea 

De tu jardín y germinada chía, 

Y naranjas con oros voladores, 

Encuadras tu sentida Poesía 

En un altar de Viernes de Dolores. 



Porgue en tus versos armomzas y unes 
Con el afán de indígenas telares 
Copal de misas, ocios de San Lunes 
Y aromas de verbenas populares. 



Porque colgaste de tus rimas rudas 
Y con pólvora sabia, hasta la escoria, 
Quemaste a la Retórica, ese Judas, 
En jubiloso Sábado de Gloria,., 



Porque vestiste tu ímpetu, de charro, 

Y de china poblana tu alegría, 

Y a nuestra sed en tic brillante jarro 
De florecido y oloroso, barro, 
Brindabas inebriante poesía / 



JACULATORIA. 

Un gran cirio en la sombra llora y arde 

Por él, , . y entre murmullos feligreses 

De suspiros, de llantos y de preces •'• ' 

Dice una vos al ánimo cobarde: 

"Qué triste será la tarde 

Cuando a México regrese» 

Sin ver a López VeJarde. . ! 

Nueva. York 
Agosto. 
de 
l»at JOSÉ JUAN TABLADA. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



SIN concluir porque sea esta mi contribución definitiva para 
honrar la amada somibra de llamón López Velarde, permí- 
taseme, al emprender este boceto de crítica acerca de su 
gran numen, evocar la teoría de Hallarme, que da a las palabras 
un vigor de concentración capaz de representar, por sí mismas y 
como nexos aislados, la idea íntegi*a, el color, la forma, el peso, el 
matiz y aun la calidad olfativa de la materia o abstracción que 
se encarece con ellas. 

Por más que parezca metafísica, esta teoría, aplicada a López 
Velarde, exhibe aristas de aguda clarividencia. Porque ese fue 
el hechizo del arte de Ramón: depurar los valores expresivos del 
idioma, transformando su fisonomía con un malicioso maquilla ge 
y libertándola, así, del estatismo académico. 

El vocablo, martirizado hasta las heces de su jugo, culminó, 
en las manos del poeta, en virtudes inexploradas, en intenciones 
inauditas, en predestinaciones únicas. 

Agotando las sumas y las restas de la sintaxis, puso, en cada 
palabra de sus poemas, una voz cantante. Y en esa voz una idea mó- 
vil, como la armonía de orquestación en un conjunto sinfónico. 
Cierto que ese conjunto irrumpe, a veces, en rebeldías debusya- 
nas; pero esa es su condición, puesto que se debate dentro de una 
periferia genial. 

Fernández Mac-Gregor, en un estudio escrito y pensado con 
una sagacidad que lo enaltece, ha dicho que ni en ritmos ni en 
ideas tiene López Velarde miedo a la séptima inarmónica. No 
sólo no teme la discordancia, sino que la busca para completar 
perfecciones sugestivas, yendo más allá de la forma, y obligando 



RAMÓN LÓPEZ VELARDB 263 

al espíritu a suspenderse en arritmias de emoción. Con todo, ja- 
más bucea en exotismos volanderos o en complicaciones ajenas a 
su conflicto medular. 

Todos los asuntos de su poética nacen de las entrañas de lo 
auténtico. Con una extraordinaria probidad íntima consagró en 
cada renglón de sus poemas el fulgor de sus prismas vitales. Pris- 
mas que, para los que puedan ser sus exégetas, espejearán como 
facetas de diamante. Este fue su secreto para hacerse inmortal. 

El señorío de su orgullo no toleró jamás tramoyas compla- 
cientes. Prefirió ser arbitrario, no consigo mismo, sino con el co- 
rro de lectores que intentaban intuirlo. Su obra acogió, con fre- 
cuencia, materiales tan íntimos, tan personales, tan ocultos, del 
ser y de la vida de Ramón, que no bastarán una inteligencia sagaz 
y un decidido temperamento de crítica, para desentrañar el tu- 
multo de enigmas que trepidan en sus poemas. 

Dice Alfonso Cravioto, con mucho talento, que Ramón dio 
a su provincia vastedades de universo menor. Yo añado que esa 
preeminencia en el corazón, y por ende, en el arte de López Ve- 
larde, se suspendió siempre sobre cada instante de su vida. La vi- 
da de Ramón, hasta en sus mínimos reflejos, fue su universo. A 
él acudió el poeta por los materiales hiperbólicos que tanto alar- 
man al vulgo literario, y en él tiñó las cuerdas de la lira con el 
rubor de su pureza o con la sangre de sus ritos. 

Distribuyó sus materiales inconfundibles, sus materiales síi- 
yos, sus materiales únicos, con un íntimo y aguzado despotismo. 
No importaba que fueran opacos para la extraña conciencia, con 
tal que inundasen de luz y de sabiduría las crestas de sus océanos. 
En ese despotismo se envolvió siempre, ante los comentarios ino- 
centes de sus críticos, sonriendo, a la postre, cuando se habló de 
r>u ingenuidad y se aseguró que no tenía el espíritu adormilado. 

Un rumor nimio, un matiz imperceptible, un titubeo de in- 
quietud, una evocación sonámbula, un parpadeo de la conciencia, 
eran bastantes para dar al poeta la clave de su emoción. No la 
describía, ni la definía siquiera, puesto que para él era límpida. 
La estilizaba hasta el martirio, y la arrojaba, pura como un dia- 
mante, entre sus aguas cerúleas. 

Alerta a su conciencia y a su mundo, ¿cómo había de hacer 
concesiones al Sentido Común? Los dardos de su parábola abrie- 
ron una muesca en la carne de los gramáticos, y ya el ilustre Ra- 



264 MÉXICO MODERNO 

fael López dijo que tuvo insomne a la Academia, y que Sancho, 
lívido de inquietud, comulgó sus hostias prohibidas. 

Dejó López Velarde que la cuerda de la estulticia se desen- 
rollase en las manos de sus semejantes, mientras él se mecía en 
su universo. Enardecido en sus propias piras, todos los hallaz- 
gos de su mundo fueron para él. Por eso, la contada asamblea de 
sus lectores sospecha esos hallazgos en la sombi-a y en la penum- 
bra. A veces — pocas veces — a plena luz. 

A propósito de estos fenómenos, que constituyen lo que ha 
dado en llamarse la estética arbitraria de Ramón, departíamos él 
y yo una noche, de sobremesa en El Gloho. Hablábamos de la 
torpeza y de la necedad conque un personaje literario había comen- 
tado La Ultima Odalisca, que era el más reciente poema de mi 
amigo. Este, tras de arropar su desdén en una sonrisa escéptica, 
exclamó : 

— ¿Es posible que tales hombres, con tal ceguedad, intenten 
depurar el mundo? Por sonreírme de su asombro, he de escribir 
un poema tan simple, tan cristalino, tan llano, que los desconcierte. 
Dirán que he vuelto a lo que juzgan mi sencillez de expresión; 
pero nunca sabrán que en ese poema no les dejé ver sino lo que 
yo quise que vieran . . . 

A raíz de estas confidencias nació Humildemente , obra maes- 
tra de emoción, de vigor ... y de técnica : 

Cuando me sobrevenga 
el cansancio del fin,.. 

Deliberadamente asequible, conserva, en su simplicidad, lo que 
López Velarde llamaba garra, esto es, la virtud mágica de emo- 
ción y de expresión para zarpar en la conciencia. 

Sus arbitrariedades, o sea su rebeldía a ser complaciente 
con los ojos de la multitud, se fincan en las exploraciones de su 
universo que, como he dicho, era los accidentes de su ser y de su 
vida. Con esos accidentes, sublimados hasta la tortura, escribió es- 
tos renglones: 

Mi alnva pesa y se acmigoja 
porgue su peso es el arcano 
sinsabor de haher conocido 
la Cru4S y la floresta roja 
y el cuchillo del cirujano ., , 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



26s 



Emoción hermética, para los que no atinen a dilucidar la es- 
finge. De tal emoción nace este corolario: 

. . .soy un harem y un hospital 
colgados juntos de un ensueño. 

Llevaba en sí todo el magnetismo de la vida y todos sus he- 
chizados arrobos. La vida es una pura prestid i gitarión. — solía de- 
cir.— Pero él era el mágico. Transformaba, por sí y para sí, los 
más elementales pasajes del momento. Su magia lo llevaba a lim- 
bos de sensibilidad casi hiperestésica y a intensidades expresivas 
de perfección única: 

Y aunque iodo mi ser grarita 
cual un orbe vaciado en plonw 
que en la somhra paró su rueda, 
estoy colgado a la infinita 
agilidad del éter, como 
de un hilo esGuMido de sedo. 

Puede decirse que auscultó el corazón universal: 

Vivo la formidable 
rida de todas y de todos. 

Cada latido humano fué para él un sobresalto de júbilo, de 
piedad, de amor o, de horror. Un sobresalto que ondulaba en su 
carne con el fluir de su sangre; en su carne, que viene a ser siem- 
pre la ecuación de su sensibilidad y de su filosofía. Ese sobresalto" 
llegaba, a veces, al frenesí del iluminado, y así navegaba en su 
ser, marcando con una fiel y cálida probidad las pulsaciones del 
instante: Él dice: 

Uno es mi fruto: 
ririr en el cogollo 
df cada minuto. . . 

Pero si todos los tumultos himianos, de sabor y de escalas con- 
tradictorias, se destilaban por su fisiología, conservando su calidad 
I específica, el espíritu, con una neutralidad límpida, compendiaba 
% el análisis, estilizaba la emoción y resolvía, en un esquema final 
perfecto, los mórbidos elementos vitales dispersos en zozobras di- 
vinas. De este sistema de depuración, nace, en López Velarde, 
la prodigiosa dualidad de espíritu y materia, que hay en su arte. 
Estaba engarzado fuertemente a la Vida. Discernió y sabo- 
reó lo que la Vida le deparara, en adversidades, en asombros, en 

M. M -2. 



266 MÉXICO MODERNO 

deleites. Puede decirse que su ser fué un gran tímpano que reco- 
gió siempre las ondas conmovidas del mundo, hasta en sus vibra- 
ciones agonizantes. A cada latido se ofrecía entero, sin restric- 
ciones, con el júbilo fatal de un oficiante que entrega su sangre y 
sus nervios a las solicitaciones de un rito despótico: 

Mi única virtud es sentirme desollado 
en el templo y la calle, en la alcoba y el prado. . . 

La piedad en él no fué acomodaticia. Demacrada la Pureza c 
exangüe la Lujuria, él encontraba, en los repliegues de su com- 
punción, donde había diluido átomos de sadismo, la generosa mu- 
nificencia : 

Espiritiial \al {prójimo, mi corazón se inmola 
para hacer un empréstito sin usuras aciagas 
a ia clorosis virgen y azul de los Gonzagas 
o la cárdena quiebra del Marqué» de Pr'iola 

Daba el tesoro de su entraña, a todo lo limpio y agudo, así a 
la concreta feminidad como a la abstracción más abstracta : 

Todo ms pide sangre: la mujer y la estrella, 
la congoja del trueno la vejez con su báculo, 
el grifo que vomdta su hidráulica querella, 
y la lámpara, parpadeo del tabernáculo. 

Las aras cruentas de su martirologio eran, a la vez, manteles 
de pureza donde reposaba el espíritu y donde el desinterés era re- 
nunciación caritativa: 

Dejo sin testamento »u gota tt cada ólavo 
teñido con la savia de mi ritual madera; 
no recojo mi mngre, ni siquiera la lavo . . . 

La amalgama de materia, en el más íntegro sentido de hu- 
manidad, y de espíritu, en el plano de las estilizaciones casi mís- 
ticas, que constituían el eje central del ser de Ramón, queda con- 
signada, con los relieves de una divisa, en estos renglones: 

8i en el mirto canónico 
o en el nardo we ofusco, 
Ella adiviíwrá 
la flor que busco; 
y convicta e invicta 
esforzará su celo, 
en serme, llanamente, 
barro para mi baiTO 
y \azul para md cielo. . . 



RAMÓN LÓPEZ VBLARDE 267 

Su síntesis de expresión, que fue la espuma de su arte, no se 
realizó jamás en análisis escuetos de laboratorio. Ondulaban en 
ella las riendas del espíritu y los vuelcos del corazón. Así, des- 
pués de apurar la congoja en sus alambiques, todavía anhelante 
de dolor de belleza, exclama: 

Santas de mi terruño, cuerpos caros 
y gratas almas; ved que me he hecho añicos 
y azul celeste, y luz, para rezaros ... 

I Qué forma tan única de interpretar las visiones y de devol- 
verlas, ya sublimadas! En su prodigioso poema postumo, excu- 
í sándose ante sí mismo de poner la planta en los dinteles de lo 
épico, recuerda que él sólo cantó la exquisita partitura del í/nti- 
mo decoro. 

Salva a su ^uave Patria de lo inicuo, en cuanto que la retira de 
ílos hollados requiebros cívicos. Y crea un depurado símbolo. 

Para poner en la tradición de los siglos la perenne lozanía 
; del mártir emperador, le llama Cuauhtémoc joven abuelo y 
para compendiar el frenesí del trueno en la tormenta, dice : 

■ .. .y \wl fin derriimha las madererías 

de Dios sol)re las tierras labrantías. 

I Resuelve su visión en esta hipérbole, instantánea como un 
pestañeo : 

y tu cielo, las garzas en desliz 
y el relámpago verde de los loros. . . 

Elabora la estatua viva de la hembra de Cuauhtémoc, con 
ísólo tres renglones: 

.. .y por encima, halterte desatado 
del pecho curvo de la emperatriz 
como del pecho de wna codorniz. 

Para expresar, en su síntesis final, que los colores pat -05 
quedan en el seno sudoroso de la criolla, y que ésta es una enti- 
dad simbólica en su carromato chirriante, usa este giro estup .^.do: 

. . .; \pupilas de abandono; 
sedienta voz; la trigarante faja 
en las pechugas al vapor, y un trono 
a la intemperie, cual una sonaja: 
la carreta ^alegórica de paja. 

un encanto único: ironía miserable e íntima. 



268 MÉXICO MODERNO 

¿Imagináis los escrúpulos de este magno poeta para sortear 
Jas ignominias de un canto civil? Con razón José Juan Tablada, 
en carta última, exclama, con esa titilante inteligencia tan pro- 
pia de él: ¡Qué manera de estrangular la Retórica en el corazón 
de la Epopeya! 

En toda su obra supo equilibar la balanza que sostenían sus 
manos y que vigilaban sus ojos. En un platillo, el lastre atormen- 
tado del cerebro ; en el otro, la impedimenta angustiosa del corazón. 
Y entre ambos términos, sobre el fiel fidelísimo de la balanza, un 
polvo de hechicería, una lágrima franciscana y un crisantemo es- 
céptico, en el que todos los pétalos, menos uno, fueron Negación. 

López Velarde veló por el fiel de su balanza. Con el espíritu 
alerta y el corazón en llamas sostuvo la equidad de su arte, pesan- 
do, con pasión, hasta la dosimetría impalpable. 

Dracmas, escrúpulos y granos arrojó en la balanza su mano 
bizantina, mientras las pupilas acuciosas medían el justo nivel y 
un gesto beato aprobaba la tarea, a la vez falible e infalible. ¡Dú- 
plice gesto, rectificado, apenas, por la sonrisa maliciosa de un car- 
denal renacentista ! 

Fué equilátero en su poética y en su prosa. En ambas fun- 
ciones del arte usó idénticas balanzas de perfección. Él mismo 
decía que los poetas, cuando son maestros en la disciplina artís- 
tica, descuellan en la prosa. La de él asume la misma depuración 
heroica de su verso. 

Alguien ha dicho, en un artículo incongruente y apresurado, 
que López Velarde no era pensador. ¡Error inocente! Lo fué, y 
de estirpe excelsa. Si su vocación de poeta no lo hubiese subyu- 
gado, habría escrito los Tratados de la Razón. Su libro de prosas 
El Minutero es un haz de dardos filosóficos. Es también el 
patrimonio de nuestros siglos venturos, porque en él se dilatan 
los temblores humanos y el instinto se engarza en las vértebras 
de la conciencia. 

Sus prosas son los espejos ustorios del idioma. En ellas hier- 
ve el fuego de las revelaciones novísimas. Exentas de tambores 
y de fanfarrias, mantienen en su trama el esbelto esqueleto de la 
forma, donde la idea — aún enardecida — otorga la dignidad de ar- 
monía. Nada de impulsivismos a m.ano airada. El tumulto, si 
lo hay — que siempre lo hay — queda en la ñor de la m.édula. Este 
es su valor concluyen te. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 269 

López Velarde escribió en castellano y amó su lengua . . . 
pero no se aclimatará en España. Los españoles, a pesar de la 
íiran sombra de Ganivet y de las rectiñcaciones de Pérez de Ayala, 
siguen siendo detonantes. No importa que Ortega y Gasset piense 
por media península, ni que Machado cante en el roble de los dio- 
ses. Un desñle de tenores lamentables merodea por los jardines 
de Apolo, y los paladares que gustan del Rioja y del Cariñena no 
catarán el vino velardeano. 

El exponente de valores líricos españoles que se despeña, aun 
en las revistas culminantes, con instintos de horda, parece con- 
firmar mi vaticinio. Ya los nombres ilustres de Marquina, Diez 
Cañedo, Juan Ramón Jiménez, Carrere y dos o tres más, se aislan 
en sus heredades para que pase la langosta. 

Un español, tumultuoso, para no faltar a la tradición, pero 
que lleva en sus jaulas al ruiseñor de América: ese poeta mórbi- 
do que se llama Camín, ha sentido conmigo, en la dignidad del es- 
píritu, el vilipendio de las letras peninsulares hacia los racimo» 
apolíneos. 

Que López Velarde vuelque sus cornucopias en Lutecia. O 
que oficie en el Quirinal. En Francia o en Italia danzarán en su 
pulso los minutos sonámbulos. En Francia. Que lo traduzca Mae- 
terlinck, ya que se abatieron las alas de Laforgue y de Redenbach. 
Que lo traduzca Maeterlinck para lanzarlo a la avidez de la inquietud 
francesa, que tanto y tanto sabe canalizar la fantasía en los de- 
chados de la expresión. 

¡La expresión de López Velarde! Sus anzuelos se cuelgan de 
los planos de lo irreal, porque se desentienden de los materiales 
asequibles al literato. En él, la función descriptiva es de laya in- 
ferior para su arte. No describe: sugiere, sugiere siempre. Y 
con tal señorío, con tan nimio apaño, con penetración tan cabal 
de los valores emocionales, con tan honda vibración de espíritu, 
que su alma, para usar una expresión suya, es una equilibrista 
chuparrosa infatigablemente suspendida sobre el enigma del 
mundo.. ' ^'" ,-^f;:.-^..- f . 

El vocablo de López Velarde, ordenado por él, incrustado por 
él entre las líneas de un poema, pierde el inocente uniforme que 
le conoce todo el mundo y que le vistieron la Academia y el Uso. 
Sirviendo a López Velarde, como a un gran señor encerrado en su 
Alcázar huraño, se atavía con una librea de magia y de deslumhra- 



270 MÉXICO MODERNO 



I 



miento. ¡ Heteróclita y única librea que abre las puertas al concepto 
procer y a la técnica egregia, y que ni siquiera se preocupa — por- 
que desdeñaría tal preocupación — de retirar con el pié al Lugar - 
Común ! 

La potencia expresiva de López Velarde vá más allá de las 
fuerzas humanas. Es heroica en el máximo término del heroísmo. 
Derrumbando los muros de la retórica académica, crea un léxico de 
perfección y da a la palabra ductilidades de hechicería. Los mis- 
mos vocablos indigentes se tocan con un penacho excelso, cuando 
él los requiere. 

Nadie ha creado un arte tan palpitante, tan lleno de sollozos 
de belleza como López Velarde. De ese arte cuelgan los gajos de 
la vida como cerezas del mundo, a la vez humildes y soberbias. 

Ese arrobo de expresión se mece en el magnetismo de la car- 
ne con una inagotable gama de matices vitales; se suspende del 
instinto, y realiza sinfonías ideológicas como esta, de estos renglo- 
nes inéditos: 

En mi pecho feliz no hubo cosa 
de cri»tal, terracota o madera, 
que abrazada por mí, no tuviera 
movimientos hunuanos de esposa. 

Su expresión se deforma en los lampos escalofriantes de la 
belleza. Apura los horizontes intangibles y se remonta al éter de 
la hipérbole. Ya en el éter, abraza a una sombra adorada y dice: 

Viaja de incógnito el fantasma de yeso, 
y cuando salimo» del fin de la atmósfera, 
me da medio perfil para su diálogo 
y un cuarto de perfil para su beso . . . 

Todo lo sintió y lo presintió su médula, licuando las visiones 
en rocío espiritual de amor y de tortura. 

Depuró al idioma de sus escorias vergonzantes; sopló en la 
redoma de los mundos con la sabiduría de un fakir; llevó cerca 
del costado izquierdo, en su mano de San Jorge de Donatello, los 
palafrenes de la forma, y libertó los conceptos, aguzándolos en sus 
geniales esmeriles. Hizo la apoteosis del instinto, y abrió, a gol- 
pes de conciencia, un tajo en la mezquindad de su generación. 

Dejó una ruta de rubí serpenteada de nardos. Este fué su 
testamento. Que nuestros poetas de hoy lo recojan, porque ellos, 
con los de América, impondrán sus tutelas a la lengua de Cer- 



R A . ó N L ó P E Z V E L A R D E 271 

vantes... pero que no se engrían demasiadamente en sus ju- 
ventudes y en sus triunfos de cenáculo ; que no respiren, aliviados, 
porque Ramón López Velarde haya cerrado los ojos, y que no alcen 
las manos al sol, en ademanes deíficos. Hay que recordar al gran 
obelisco que se nos queda de monumento, y hay que ser fervientes 
y humildes para acogerse a su sombra. 

¿Qué poeta hace aroma y melodía de la muerte? ¿Quién, ante 
la Deidad Tremenda, baraja los destinos de un fúlgido instante, 
convirtiéndolos en temblores de eternidad? Él, sólo él, en esta estu- 
penda realización de forma: 

. . .ün sonoro esqueleto peregrino 
anda cual un laúd, por el camino. 

Este clamor supremo de evocación, del poeta supremo, fun- 
diéndose y difundiéndose en las entrañas del universo, es la convul- 
sión del genio que serpentea en los pulsos de la inmortalidad. 

En la inmortalidad se ha envuelto el poeta. Como su joven 
ahílelo contemplará las centurias, pero su brazo no arrojará la 
flecha del ardido patricio. Arropado en la gloria, abrirá su clá- 
mide y suspenderá, sobre los reinos de la naturaleza, los tres de- 
dos extendidos de su mano papal. 

México, agosto de 1921. 

ENRIQUE FERNÁNDEZ LEDESMA. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



ME interesó siempre López Velarde, por su afán de cosas re- 
cónditas; en su conversación se notaba que tenía n.iiy vi- 
vo el sentimiento del misterio ; a veces no acababa de ex- 
presar del todo sus ideas porque el sentido se le iba. Esto ocurre a 
menudo al que está obseído de algo profundo e inefable. Era un pro- 
feta profundo que no llegó a desarrollar su mensaje; traía cosa^ 
nuevas y se llevó su misterio consigo, porque ni para sí mismo llegó 
a definirlo. 



I 



JOSÉ VASCONCELOS. 



CANCIÓN DE LA NOCHE DIAMANTINA 

Eif LA MÜEKTK DE RAMÓN LÓPEZ VBLARÜJB 



MUSA 8oIar con nardos irreales 
el cielo niño del Ahril decora; 
y. .. éste era el huerto de una Reina mor» 
y un lirio que la aurora aljofaró; 
pero mi corazón halhuce ante la aurora: 
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 

El tiempo fluye, la ilusión dilata 
su onda azul y en lo real confluye: 
¡nocñe de la entrañable serenata, 
Id lágrima, el deliquio y el '^tú y yo'\ . . ; 
pero mi corazón modula rima ingi'uta: 
— ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 

La antqrvha crepitante está en el viento 
y d^ siglos a siglos va encendida; 
la Muerte sopla su hu/racán violento 
y fulge más la antorcha de la vida: 
¿un niño en este instante los ojos no entreabrió f 
Pero mi torvo corazón no olvida: 
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 

Por tu frecuencia, Amor, por tu frecuencia, 
por los valles letárgicos de la carne encantada — 
(de un humo a^zul la hlánd/ula almohada, 
de un procer vino la brumosa esencia) — 
sosiégase en la noche la frente conturbada . . . 



274 M É X I C O M O D E R N O 

Las alondras no cantan todavía 
ni mueve sus saetas el reloj; 
pero mi corazón solloza en su alegría: 
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 

Después^ quietud. El mortuorio túmulo, 
loas lúgubres y flores, oro postumo, 
y, en mármol negro, el Numen desolado! 
Con sus manos azules, en la tarde riente 
ya mi inquietud la Muerte apaciguó . . . 

Alguien diga en nú nombre, un día, va/immente: 
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 

BIGARDO ARENALES. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 

MUCHAS esperanzas estaban puestas en él porque tenía ta- 
lento, porque era joven y porque las febriles imperfeccio- 
nes que delataba su arte eran puntillos de técnica. Su 
originalidad, servida por obedientes instrumentos de expresión, lo 
hubiera convertido, sin duda, en una de esas brillantes excepciones 
que trastornan los índices de las historias literarias. Su obra no 
es ahora la flor espontánea y el grato anuncio del fruto porque la 
muerte fijó de súbito la etapa de su evolución y detuvo bruscamen- 
te un proceso de perfeccionamiento. Y disminuyó — ¡trági?a conse- 
cuencia! — la figura del poeta al encerrarlo en tan estrecho e in- 
flexible cuadro del tiempo, quitándolo de las abiertas perspectivas 
del futuro que lo magnificaban. Queden entre las páginas de sus 
Jibros, como una ofrenda a lo que, con más vida, hubiera hecho, 
nuestras esperanzas cariñosas. 

Nacido en provincia y educado en ella, López Velarde tiene 
sin embargo audacias de escritor formado en medios más cultos. 
Temperamento original y espíritu rebelde a las influencias, era frío 
para celebrar las preferencias literarias. Hubiera querido revisar 
por sí mismo todos los valores establecidos, y como para eso cual- 
quiera vida fuera corta, se encerraba en un escepticismo inocente, 
pronto a abdicar si lo estrechaban los argumentos, — más por bue- 
na crianza que por convicción. Así hubiera leído más de lo que le- 
3^0, no se habría amoldado nunca a modos ajenos, porque su asimi- 
lación era por demás tortuosa y tiránica. Nunca le decían los li- 
bros más que lo que él quería que le dijesen. Representaba un po- 
co el tipo del literato que no le concede mucha importancia a la li- 
teratura. Así era naturalmente, sin el gesto arrebatado del icono- 
clasta ni siquiera con el énfasis del desdeñoso. 

No se puede afirmar que existan en México bandos literarios, 
pero es evidente que la poesía de López Velarde apareció con cier- 
to aire de neutralidad amable. No desafió nunca, ni en los mo- 
mentos en que era más personal y oscura ; ni el poeta la sacaba al 



27Ó MÉXICO MODERNO 

viento como una bandera. Vivía en un sagaz disimulo y hasta pa- 
recía no darse cuenta de que una palabra suya, condenando a los 
nlisteos, hubiera desencadenado iras no sospechadas. Aun para los 
indiferentes su poesía era interesante como fenómeno literario y 
los más reaccionarios la consideraban, sin excesos de pasión, como 
la tentativa fracasada de un viaje a la luna. Entró a la literatura 
sin padrinos, sin preferencias, sin propósitos, con esa calma na- 
tural y grave que todos le conocimos en vida. 

A la novedad de la forma agrega la de ciertos asuntos que él 
inaugura en nuestra poesía. Canta la provincia, su vida pintoresca 
y tranquila, sus emociones, — no tan sencillas como quiere el roman- 
ticismo. No ejecuta el frío desarrollo de un tema retórico — la 
provincia como modalidad de la campiña ideal impuesta por Ho- 
racio — ; canta con el balbuceo del que tiene visiones directas, pin- 
tando con toques de color local y descubriendo almas conocidas. 
Era su provincia lo que cantaba. En este género nos deja cuadros 
fabricados con delicada sensibilidad, compuestos de rasgos esen- 
ciales y de guiños de ironía. Pero aunque no se reñera a la pro- 
vincia, el ambiente provinciano se percibe siempre en su canto. 
En su fe tenaz, en su unción, tejida en su misma carne, se adivina, 
como a través de una niebla, el seminario y la parroquia del pue- 
blo; y su erotismo tiene todos los francos caracteres de un vigor 
campesino que solicita empleo. Su catolicismo y su erotismo son 
sentimientos elementales que resultan complicados nada más en 
la forma en que se expresan. ¿ Quién no está de acuerdo en que al 
poeta le esperaba un futuro más lírico y más sabio? 

La forma de su poesía es caprichosa, personal. Hace el ver- 
so sin música, con evidentes deseos de olvidar la métrica, y aun- 
que no son generalmente felices sus nuevas combinaciones, no saca 
ninguna enseñanza de ello. En su verso desencajado, un instan- 
táneo reñejo extraño del pensamiento ciega y hace olvidar el ritmo. 
El adjetivo lo usa por aproximación, dándonos en lugar de la pa- 
labra insustituible una dicción extraña, abierta sobre descompues- 
tas perspectivas. No neguemos que, en ocasiones, el sistema tiene 
prodigiosos resultados. 

El desdén del lugar común es otra de sus características. Aque- 
lla provisión de metáforas que pertenece a todo el mundo y que, se- 
gún Rémy de Gourmont, usan los poetas como material donde en- 
Síu-zar sus gemas originales, no aparece en los versos de López Ve- 



I 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



277 



Jarde. Un constante derroche de metáforas, no siempre felices, pe- 
ro siempre nuevas, es su poesía. Parecía fabricarlas con desenfado 
de improvisador, pero nó : son ideaciones complicadas a las que ha- 
bía llegado agregando, deformando o suprimiendo términos o, sen- 
cillamente, rindiéndose a dificultades de expresión. En este punto 
tuvo el aspecto heroico del inventor que quiere renovar en su má- 
quina hasta las piezas minúsculas y universales que no ampara la 
patente. Locuciones tiene la poesía que él no quiso conocer, y 
donde en derecho labora el recuerdo, él fatigaba la invención. Pe- 
ro su estilo, sin perder su peculiar modo bizarro, iba ganando en 
maestría. 

¿Qué poetas tuvieron influencia sobre López Velarde? Cite- 
mos en primer lugar a Lugones, a quien el poeta solía poner por 
encima de Darío, bien está que evitando argumentos. Del brillante 
Proteo literario, López Velarde prefería al consciente trabajador 
de metáforas sugestivas y extrañas que revela el I Amarlo Henti- 
meutol' Lecturas recientes de este libro delata la composición Kl 
Minuto Cobarde y también Transmútase mi alma... Todo el es- 
tilo de Zozobra es una tentativa de alcanzar la expresión lugoniana. 
Hasta encontraréis ahí: 

en 8u enagua violeta 
los volubles matices de los climas sujeta • 
con wn<i proMdad instantánea y precisa. 

En sus comienzos, lecturas de Luis Carlos López pueden ha- 
berle dado valor para ampliar el léxico poético y aun para forzar 
la métrica, así como cierta ironía que no parece ser esencial en su 
temperamento. 

¿Cuál es el lugar de este poeta? Después del grupo de nues- 
tros poetas mayores Ramón López Velarde viene con José Juan 
Tablada a su derecha y con Roberto Arguelles Bringas a su iz- 
tjuierda. Este fué de curiosa originalidad, de técnica personal y 
murió joven escogido por las esperanzas de muchos para obra más 
alta. José Juan Tablada señala en nuestra lírica el viento cam- 
biante de las conquistas nuevas, es nuestro más inteligente adeo- 
to a las últimas exageraciones del arte. Así el sugestivo poeta 
de Zjozohra está entre dos artistas que representan uno el ansia de 
nuevos caminos, y el otro la tragedia de las promesas truncas. 

Santiago de Chile, Julio de 1921. 

ANTONIO CASTRO LEAL. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE, 

EL POETA DEL AMOR Y DE LA MUERTE 

LOS que fuimos amigos fieles y admiradores devotos de López 
Velarde debemos decir algo que, aunque sea sin relieve lite- 
rario, lo presente a los ojos de los que no tuvieron la fortuna 
de gozar de su trato con el doble prestigio de que estuvo investido : 
Era una bella síntesis de virtudes estéticas y de cualidades humanas. 

Existía una concordancia estricta entre su vida y su obra, la 
misma dignidad que respaldaba los actos más nimios de su vida se 
descubre hasta en los renglones más sencillos que haya escrito. 
Honradez y sinceridad de hombre bueno y de artista extraordina- 
rio, armonía en todas sus facultades. Él tendía diariamente la red de 
sus nervios, a la vez sencilla y complicada, para recibir la más mí- 
nima vibración de cuanto le rodeaba, percibía con tal exactitud la 
confidencia de los seres y de las cosas que llegaba al goce y al sufri- 
miento por caminos desconocidos para la mayoría de los morta- 
les. Él mismo hacía residir su mayor fuerza de expresión en los 
datos apremiantes y complejos que recibía de sus sentidos, datos 
que acataba humilde y sumiso para no desfigurarlos y luego con 
su propia sangre, según reza el verso del Dante, daba vida a su 
obra en la plena integridad de pensamiento y de emoción. Facultad 
de vivir en la forma más pura y elevada, lucha modesta y gran- 
diosa para devolver en el paisaje ilusorio, según su propia frase, 
su integridad inocente a los hombres y a las cosas. Esfuerzo he- 
roico de verlo todo con ansia de comprensión absoluta y ante la im- 
potencia de la palabra sintetizarlo en imágenes que tienen los atri- 
butos esenciales del objeto, y dar de ese modo la idea cabal de un 
estado de ánimo. 

¡Qué otra cosa fueron la estética de Góngora en lo que se 
refiere a los sentidos y la de Hallarme en lo que hace a las ideas ! 
Empeño de sugerirlo todo con el brillo del color, con la agilidad del 
movimiento, con la cadencia de la música, con un auténtico perfu- 
me espiritual! 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 279 

En un tiempo cultivó López Velarde el trato de Góngora, la 
lectura de Gracián y la amistad intelectual de Mallarmé, amó y ad- 
miró a estos supremos artífices, su estirpe era partícipe de la mis- 
ma aristocracia que adornó a tan admirables maestros; sin pro- 
ponérselo fue un paladín de las más bellas creaciones conceptistas 
y simbolistas y no porque se complaciera en hacer un arte que 
no fíiera para los mv/chos según la expresión de Góngora, fue que 
su horror al lugar común y a los caminos trillados, lo llevó por ol 
camino de la originalidad a crearse su propia manera. En sus últi- 
mos años fue tal su afán de verlo todo en sí mismo y por sí mismo 
que se abstuvo de toda lectura y de toda influencia, ya no leía au- 
tor alguno, cada vez auscultaba más atentamente y descubría con 
mayor certeza, el ritmo propio de la vida. El Tiempo y la Mujer, 
temas esencialmente vitales, ocupan en la obra de López Velarde 
el sitio predilecto, eran el polo positivo y el polo negativo de su 
vida, vida colgada en la infinita agilidad del éter, como de un hi- 
lo escuálido de seda, según nos dice en La Ultima Odalisca, 
imagen fiel de su existencia, porque estaba a merced del más leve im- 
pulso del viento y resonaban en su interior los cambios del ambien- 
te con la exactitud de un vivo aparato de precisión; de esta ma- 
nera nos habla en Anima Adoratix : 

Mi virtud de sentir se acoge a la divisa 
del harómetro lúhrico, que en su enagua violeta 
los volubles matices de los climas sujeta 
con una probidad instantánea y precisa. 

Sentía una angustia torturante al ver dibujarse sobre el fon- 
do del tiempo su propia vida y las siluetas femeninas, nos dice en 
8uave Patria: 

Sobre tu Capital, cada hora vuela, 
Ojerosa y pintada en carretela . . . 

y en Tu Palabra más fútil, había escrito, con acierto genial : 

, y mis horas 

van a tu zaga, hambrientas y canoras, C 

como va tras el ama, por la holgura 

de un patio regional, el cortesano 

séquito de palomas que codicia 

la gota de agua azul y el rubio grano. 

Expresión candida y diáfana del hambre y sed de amor que 
padecía. Él que recibía la luz dfe cada día como un bello don mila- 
groso y que decía a su Creador que era su juguete agradecido, 



28o méxicomoderno 

pagaba religiosamente su diario tributo como nos lo dice en El Mi- 
nuto Cobarde. 

Eh estos hiperbólicos minutos 
en que la vida sube por mi pocho 
como una maroa d^e tributos 
onerosos, 

y con gran piedad fraternal al pensar en el estrago del tiempo, 
que ha convertido la sonrisa en mueca, dice A las Vírgenes: 

¡El tiempo se desboca; el torhelUno 
os arrastra al fatal despeñadero 
d£ la Muélate; 

El mismo título de su libro postumo /;/ MiniUcro nos reve- 
la su esfuerzo por fijar contornos a las cosas más complejas y dar 
vida a los momentos más fugaces. 

El tiempo, al que justamente veía como a un enemigo embos- 
cado, era su polo negativo; en tanto que la mujer, por encima de 
todo, era su polo positivo. Amábanlo todas las mujeres a quiene.^ 
trataba, por su exquisita sabiduría, por su gesto atinado y por s\i 
actitud de reverencia y deben amarlo todas las mujeres de México 
porque ha sido su cantor más elevado y su panegirista más com- 
prensivo; no fue él quien dijo: 

Sluare patria : tú wnles por el río 
de las virtudes de tu mujerío .... 

no fue él quien nos habló con palabra colorista en la que reviven 
nuestras impresiones de franco romanticismo y de fina sensuali- 
dad» en cuadros de auténtico olor y sabor provinciano*? d ^ una pri- 
ma Águeda que era: 

(luto^ pupilas vei'des y nvejilla9 
rubicundas) un cesto polícroma 
de manzanas y uvas 
en e1 ébano de un armario mwsft- 

De la Orocia primitiva de Jas aldeanas: 

Vasos de devoción, arcas piadosas 
en que el \amor jamás se coiitamhw : 
jniv^as cuyas \paredes olorosas 
dan ni agua frescum campesina. .... 

de las muchachas de Zacatecas: 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE ,Si 

señcnHtaa con rostro» de manzana, .. 

ilustraciones prófugas 
de las cajus de pasas. 

y sobre todo, de su Fuensanta, La del sobrio estilo, 

, creatura pequeñiia 

y suprema, adueñada de la cumbre 
del corazón; artista u un mismo tiempo 
nUnima y procer, que en las manos llevai 
mi v-ida como oh jeto de tu arte! 

Y después de la muerte de Fuensanta, incógnita que ha de 
aclararse por expreso deseo del poeta en la segunda edición de 
La sangre devota, aparece la amada de la ciudad, la que al prin- 
cipio quiso llevarse a su tierra en aquella crónica que tituló: La 
dama en el campo y que a la postre fue ella la que lo asimiló a 
la Capital. En vez de verla como a Fuensanta, en las misas de la 
madrugada del pueblo, la veía, en las misas zenitales de la ciudad, 
con su : 

" agudo perfil; vabcllcra 

to7'mentosa; nuoa morena, ojo» fijos; 

boca flexible, ávida de lo concienzudo^ 

hecha para dar los besos prolijos 

y articular la sílaba lenta 

de un minucioso idilio, y también 

para persuadir a un agonizante 

a que diga amén. 

No la pintaba con su sombrero de pastora sobre un campo 
sembrado; sino que en un Día 13, fecha de superstición, la en- 
contró en pleno corazón de la urbe, y le dijo : 

Adivinaba mi acucioso espíritu 
tus blancas y fulmíneas paradojas: 
el centelleo de tus zapatillas, 
la llamarada, de tu falda lúgubre, 
el látigo incisivo de tu» cejas 
y el negro laminar de tus oabeUos. 

En la multiplicidad de visiones que viven en sus imágenes 
calosfriantes, en los sobresaltos de sus adjetivos rotundos e inu- 
sitados, era siempre él, el artista sincero e íntegro que jamás vi6 
la vida como un espectáculo, sino que pasó por ella como por un 
campo en que se agitan las más fuertes pasiones; sobrecogido, ab- 
sorto, torturado, humilde e inerme como creador y pensador quo 



282 MÉXICO MODERNO 

quiso penetrar en la médula de los hombres, y en la esencia del 
Universo e interrogó diariamente a los magos que saben del mis- 
terio del amor y de la Muerte. 

• 

Esta vida es una brujería, decía López Velarde ante el des- 
file de fantasmas y paisajes que se barajaban en su imaginación 
de artista inquieto y clarividente y esa sensación de magia se hizo 
más aguda en los últimos días que pasara entre nosotros. En las 
noches de angustia y pesadilla contemplaba desde su aposento la 
luna en creciente y en sobrecogido silencio escuchaba el concierto 
musical de los mundos. ¡El mundo es una brujería! Al amanecer, 
después de haber luchado con el dolor implacable y con la asfixia 
progresiva, se embelesaba con el ruido de la ciudad que despierta, 
silbatos de fábrica y estrépito del tráfico, que se dibujaban sobre 
una tímida luz. i La vida es una brujería! Abochornado en el ca- 
liginoso mediodía de junio, envuelto en nubes de polvo que no res- 
petaban su habitación bien cerrada, se inundaba de alborozo, h 
pesar de que sabía que eran sus últimas horas, al oír el repique- 
teo de las primeras lluvias de la estación, lluvias que le hablaban 
de los campos de sus ancestros y de su provincia, lluvias que le 
habían dicho al oído las bellas cosas de que nos habla en sus poe- 
mas: Tierra Mojada y En las tinieblas HúinedaS' La Vida es 
una brujería! 

¡Él sabía que caminaba a su fin y no se revelaba, él que ante 
los absurdos y los dolores de la vida tuvo la dignidad de un tau- 
maturgo se veía envuelto en las sombras y no podía sino invocar 
al misterio de cuanto le rodeaba ! 

Pasó por la vida como un taumaturgo, revistiendo de belleza 
y de bondad las cosas grandes y las humildes: El amor, la amis- 
tad, el cariño de los suyos, su paisaje de provincia y sus horas de 
la Capital, todo era destilado, purificado con su virtud inmanente 
de sublime transmutación y las cosa^ de la vida humilde nos las 
presentaba con los prestigios del heroísmo y de la belleza. 

Él que fue un taumaturgo, un creador de cosas bellas y un 
bondadoso artífice de actos puros, fue traicionado por los genios 
de las tinieblas, celosos de su facultad de volver limpio todo lo que 
tocaban sus manos y luminoso cuanto atravesaba por su imagi- 
nación. 

Julio de 1921- PEDRO DE ALBA 



elegía juvenil 



ESTÁ amaneciendo'^ decía 
el poeta desesperado: 
¡y ya el sol había besado 
la frente azulada del día! 
Sangrar de pétalo estrujado, 
horror de ardiente pedrería, 
y el sol prolongaba su alarde 
en sus embriagados verjeles: 
¡Oóngora traía claveles 
para Ramón López Velar de! 

La tarde es como v/n pintor 
embelesado y altanero: 
¡el aire parece lucero, 
la tierra tiembla como flor I 
Lusgo una voz en el sendero: 
sollozo, niebla, surtidor. . . 
y se pone dulce la tarde 
y está opalescicndo el nublado, 
porque purpúreo y enlutado 
pasa Ramón López Velar de! 

Y la luna apenas asoma 
tan melancólica y perlina: 
¡y el aire que se hace neblina 
y la fierra que se hacr aroma! 
Un niño, . . un monte. . . una paloma, . . 



284 MÉXICO MODERNO 

y, provinciana y campesina, 
la luna refulge cobarde 
en la penumbra de la fronda, 
como una lágrima muy honda, 
como Ramón López Telar de! 

Cisnes negros sobre las olas 
de una la gima de amaranto; 
y ¡a brisa que suelta el llunto 
y suspira entre las corolas . . . 
Pálidos sistroSy claran violas 
sufriendo mucho en el quebranto 
y en la querella y el reproche, 
porque el poeta halló a la Amada 
y es una alondra desmayada 
sobre los brazos de la Noche. . . 

México, junio de 1921. 

RAFAEL HELIODORO VALLE. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



UNA música vaga, desentonada y en sordina que alcanza los 
oídos a través de un paisaje quieto, pero rico de olores y 
colores; una zurda orquesta que descompasa la obra de 
un genio, como aquella chirimía de indígenas que encontré una tar- 
de magnífica de Tabor y de amor, acompañando a un cadáver al 
cementerio, y moviéndose en los surcos morenos, al ritmo antité- 
tico y apenas reconocible de la marcha fúnebre de Chopin ; algo del 
encanto equívoco de estas evocaciones producen los versos de Ra- 
món López Velarde. 

La musicalidad es lo primero que en ellos sorprende . . . antes 
de entenderlos. Es una suave brisa que acaricia o que hace daño 
vagamente; es un suspiro apasionado o burlón; sentimos estupor 
ante las asociaciones de sustantivos poéticos y de adjetivos toma- 
dos a una tecnología bárbara, adjetivos que a veces huelen a io- 
doformo ; una confusión de lampos, de grisallas, de silencios inex- 
plicables que mantienen hipnotizado al ensueño, pero que, al prin- 
cipio, la razón no acepta. Arte ingenuo y decepcionado que se ex- 
presa en una monotonía de canto llano, roto, sin embargo, por la 
acentuación rara del ritmo irregular. Manso ritmo ordinario, con 
olores a incienso y a manzana, a ropa almiidonada y a guayabate 
monjil. Aun sin prestar atención a lo que expresa, su cadencia 
nos trae ya un dejo provinciano persistente. 

Y en verdad, el poeta es sólo un provinciano; un zagal que 
estaba destinado a tañer su bucólica zampona en la paz puebleri- 
na, y que, por ironía de la suerte, ha venido a amargar su alma y 
a complicar su canto en la gran sirte de esta capital. Era, antes de 
su éxodo, un primitivo, un pequeño, atónito ante la vida y que la 
copiaba con la candidez de los precursores en el arte de la pintura. 
Su temperamento lo asimilaba a los primitivos alemanes: en él la 
inelegancia de las formas y lo sumario de la factura estaba com- 
pensado ampliamente por sus dotes de invención y de movimien- 



286 MEXICOMODERNO 

to, por el sentido agudo del valor expresivo del detalle, por la gra- 
vedad del pensamiento y del sentimiento. Tenía su manera el agra- 
do de una rosa silvestre en una tabla de alfalfa florecida; su con- 
ciencia escuchaba el mensaje de la poesía, con el aire tímido y so- 
brecogido con que Dante Gabriel Rossetti pinta a María al reci- 
bir la Anunciación. Hubiera podido ser cormano del monje Gual- 
terio de Coincy que escribía sus fábulas piadosas en una celda con 
vista a un huerto cerrado. Él y su escuela dirigían su arte ingenuo 
a probar la debilidad humana: el hombre es una criatura muy in- 
feliz y muy impotente, incapaz de todo si Dios no lo asiste y no 
sostiene su voluntad vacilante. 

Allá, en su pueblo natal, acólito e inocente, absorbió la paz 
de la vida eclesiástica y casera sin incidentes ; su sueño se envolvía 
en un rebozo de seda; veía con ojos amigos la plaza provinciana 
de las dominicas; placíanle los talles y las nucas campesinas de 
sus coterráneas; las penumbras frescas de su parroquia colonial; 
las naderías que conmovían al pueblo, Garzón, tuvo que prender 
los vuelos de su imaginación a las cosas nimias, y sus amores can- 
deales fueron a su prima Águeda, a Fuensanta, la primera novia, 
a quien rendía dulía diciéndole las jaculatorias con que venerara 
a la Virgen de su parroquia. 

Entonces era su poesía puramente objetiva, bien que ya pre- 
sagiara clausura en el microcosmos. 

Poco a poco descubriera su propio mundo enigmático y di- 
verso. De objetivo se tornó subjetivo y, por ende, más lírico, y 
pronto, de lo exterior usó únicamente como símbolo. Siguió em- 
pleando las mismas imágenes familiares y dilectas, los mismos 
temas provincianos; pero entrañó en ellos un significado: el vie- 
jo pozo verdinoso y taciturno que, en medio a la casona, copia el 
primer lucero de la noche, fue su maestro. 

Como su alma naciera sensible y dependiente, el misticismo la 
envolvió maternal en sus plumones; genuflecto se halla ante el 
misterio, y se promete que, a la hora del cansancio final, los callo? 
de sus rodillas le han de ser viático. 

La civilización, el poco de civilización que encierra la Ciudad 
de los Palacios, ha instilado al poeta un veneno más letal que los 
de Medea. Al correr por sus venas lo ha metamorf oseado, en cierto 
modo, hasta el punto de que, a veces, se duda cuál es su verdadera 
fisonomía espiritual. 

Esa estatura de San Cristóbal rústico, los músculos que se 



RAMÓN LÓPEZVELARDE 287 

acusan bajo las ropas un tanto desgarbadas, tales atrevimiento» 
en sus versos modernos—ásperos y túrgidos como el deseo de un 
egipán — , su voluntario hermetismo, lo harían digno de ser incluí- 
do por Verlaine en su galería de poetas malditos. Recuerda a Rim- 
baud hasta por aquella **su cara de ángel en destierro." Esa faz 
suele ser pacata ; pero bien observada es ambigua, por cierto movi- 
miento hacia atrás de la cabeza proterva ; por una ceja en rasgo de 
eñe que sombrea a un ojo sarcástico y sutil ; por la boca sensual de 
sonrisa siniestra. Su franca risa suena en ocasiones más irónica 
que todos los relinchos de los hoiiyhnhtims de Swift. 

¿Será un sacristán erótico? ¿Oirá algunas veces las misas ne- 
gras de Gilíes de Rais ? A mí me parece que hasta su tercer pecado 
capital es ingenuo y que iría, a lo más, a las cristianas celebracio- 
nes que, en el siglo de Elagabal impulsaban a los fieles a entregarse 
mutuamente a la hora del Perdón, en una basílica incipiente y ante 
un Krestus colosal clavado en una Tau, que simbolizaba el princi- 
pio de la vida, por derivación del oriental culto del sol. 

Es, en suma, un neo-romántico, un descendiente de Rene y de 
Obermman. Ellos experimentaron todas las ansias y todas las in- 
quietudes ; quisieron cubrir a la creación en un gigantesco abrazo, 
y, al verse muy pequeños para darlo, se rebelaron. 

El romántico de hoy siente lo mismo, mas no llega hasta la 
rebelión. ¿Es una fuerza o una lacra? 

López Velarde es romántico aún por el hecho de que todavía 
tiembla ante la mujer. (¡Líbranos, Señor, de la jactancia!) Su dra- 
ma, él lo dice, es a la vez sentimental y cómico, y por sus versos 
pasan amores otoñales, deslumjDrántes enlutadas en día nefasto, 
mujeres cuyos nombres tienen desinencia en diminutivo, donce- 
lleces que se prolongan como vacuas intrigas de ajedrez 

Esa es su obsesión, aun cuando lo liberen, a ratos, las remem- 
branzas de sus frescas provincianas, las propicias pasajeras de los 
días lluviosos, los giros hieráticos de Tórtola Valencia o el taconeo 
de estrofa de Antonia Mercé. 

Por sobre esa teoría, remonta, sin embargo, un sueño: el de 
la mujer que sea barro para su barro y azul para su cielo. Dejemos 
que la alabe antes de que se convenza. 

Se hace minúsculo conscientemente, (ser una casta pequenez,) 
y dilucida su drama interior con un gesto resignado y lento. L^ 
decora con todo lo nimio, con todo lo insignificante y logra, asi. 



i 



288 M É X I C O M O D S R N O 

renovar el bagaje lírico con que se expresan los sentimientos .... 
aún el amor. 

Ni en ritmo ni en ideas tiene miedo a la séptima inarmónica y 
obtiene con ella ef ^tos prodigiosos : disonancias que dan a su verso 
un encanto único ; ironía miserable e íntima. 

¿Cómo logra fijar algunos aspectos de la belleza que pasa sus- 
pensa en la fluidez de la vida? Desde su rincón, su alma que tiene 
por única virtud el sentirse desollada, atisba: le interesa todo lo 
que no tiene ñn preciso, los despilfarros de fuerza y de pasión, lo 
fútil, lo que nadie mira, lo sencillo y suave, la debilidad, el pecado., 
la tristeza. Y todo eso lo traspone en imágenes, en imágenes puras. 

La idea es dinámica y la imagen estática. El poeta quiere dete- 
ner, con un gesto de amante en desespero, el instante fugaz y, así, 
lo clava como una mariposa en un cartón de entomologista, con el 
agudo alfiler de su propia inquietud. Quiere que su creación sea 
un resumen de su conciencia total del momento, y, obstinadamente, 
anota todas sus coincidencias. 

Todos los artistas que crean según la estética de la intuición, 
hacen otro tanto : asocian sus estados emotivos a todas las circuns- 
tancias materiales exteriores, a las más nimias, que serán las más 
personales; pero éste, que es un máximo ensimismado, prende sus 
estados interiores uno al otro, los describe ambiguamente y resul- 
ta, a las veces, ininteligible para los profanos. Y es que se necesita 
una profunda consonancia para intuir todos los estratos de la con- 
ciencia de otro espíritu y adivinar así las alusiones a ellos. 

De su gramática no hay que hablar, porque ya Rafael López 
le auguró excomunión mayor. 

Mas sí cabe hablar, al paso, de su filosofía, aunque haya en el 
mundo más cosas de las que puedan soñarse en ella. Es desencan- 
tada y amarga. El poeta ha dicho valientemente que asistirá con 
sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura; que toda 
la ciencia, la zurda ciencia, cabe en la axila de una danzarina, y que 
la norma de la vida es Eva montada en la razón pura. 

¡Que en honor de estas afirmaciones, por los milenarios, des- 
calzas y purificadas las juventudes vayan en peregrinación a su 
sepulcro, que ha de estar ornado de una imagen bifronte: por un 
lado un Salicio plorante; por el otro un reprobo que tendrá en la 
mano un candil en forma de nave! 

GENARO FERNÁNDEZ MAC GREGOR. 



LOS TRES PERFILES 

EN LA. MUEBTE DK RAMÓN LÓPEZ VELARDE 

(A mis amiiros y sus atniffot Rafael Lopes, Enri- 
que Fernández Ledesma y Jesíís B. González 

TENÍAS tres perfiles. Tu humamdad nos vino 
de lejos, aún más lejos que nos llegó el Rabino: 
uno de tus perfiles llegó de las Pirámides, 
hembras de brofwe han puesto luto sobre sus clámides; 
¡a Esfinge del Desierto su cólera no aplaca 
y sueltos los cabellos, Marta l<i egipciaca- 
humedece de lágrimas la abtmdante melena 
del León legendario que descampa en la arena. 
Un girón de la noche mancha el cielo tranquilo, 
sangra el 8oi, como un César, en las aguas del A ¿ío, 
aguas como tu vida que aquí estaba en rehenes 
reflejando a la Imva claran Jeimsalenes, 
joyantes Macedonias y ampliar Alejandrías, 
todo lo que es en smna tu perfil de otros días, 
<mando en tus arenaJes, interior del Sahara, 
iha cayendo un lento caudal de luna clara, 
de tal modo que entonces fue la Esfinge al poeta 
y dejó en sus oídos la pafabra secreta. 

Tendal tres perfiles. Fue la clave absoluta 
de los astros entonces quien te habló de la ruta 
de esta^ fierras que ha siglos separaba al azar, 
de las tierras antigu<is la ouchilla del nw/r. 
Conociste la Atlántida rara y maravillosa 
que hinchó al viento la púrpura de tu vela armoniosa, 
y llegaste a las Indias. La 'Atlántida fue el puente 
'entre estas tiehras vírgenes y el viejo Sol de Oriente. 



290 MÉXICOMODERNO 

Y hallaste aquí una parte de tu raza remota,, 
girón de la cadena que el mar oculta rota, 
venganza de los dioses que las gentes han visto^ 
más de ochocientos años antes de Jesucristo. 
Pronto comunicaste al noble Rey poeta 

la palabra armoniosa y la causa secreta^ 

y hubo fastuosidades y hubo versos de oro, 

admirables alhajas de tu propio tesoro; 

la Serpiente, señora de la Sabiduría, 

el Águila, que el nido cerca del Bol tejía, 

fiereza, amor y a/udacia, inspiración y anhelo, 

el Caballero Tigre y el Flechador del Cielo. 

Tal pasaron los lustros en los que hallaste lauros\ 

hasta el advenimiento del tropel de centauros, 

cuando viste en un sueño de opulentos desmanes, 

caer el Sol difunto sobre los tres volcanes. 

No opusiste a los blancos caballeros gran fuerza, 

que la ley del Destino nadie habrá quien la tuerza;, 

y si el Sol ha tenido que dejar su regazo 

nada harán a la postre la macana y el brazo. 

Cuahutémoc aun hablaba con frases armoniosas; 

tú oíste que decía: ^^mi lecho no es de rosas''.., 

Y al dar su último aliento, corno flor a la brisa, 
recogiste, sereno, de su faz la sonrisa 

que durante treinta años de tu vida presente, 
fuiste mostrando a todos, indiferentemente. 

Tenías tres perfiles. El tercero que obra 
desleído en las páginas fragantes de ^^ Zozobra'', 
y acaso en el rincón de tu armario severo, 
donde quedó suspenso de pronto ^^El Minutero', 
es el perfil de un hombre risueño y con levita, 
que cree en Jesucristo, sueña con Afrodita 
y deshoja su cordialidad por las calles; 
hombre de hispano-américa que conoce Ve7 salles, 
cultiva los afectos, no desprecia el cognac, 
y goza si le cuentan lances de Bergerac. 
Supo bañar de rosa las mejillas resecas 
de la mística musa que estudió en Zacatecas 



LOSTRESPERFILES 291 

y la tomó utia alegre paloma qíie a la mano 
vmela tranquilamente para comer el grano. 
8u musa provinciana nunca olvidó el hisopo, 
pero al altar llegaba »u aroma de heliotropo, 
igual que si Leonardo oficiara en la misa 
y pidiera la santa Comunión Monna Lisa. 

Tenían tres perfiles. Y fue por eso acaso 
que los creyó la Muerte tres Ue7hzos del ocaso, 
y como una cleptómana que viene envuelta en sedas, 
penetró en tu recámara, robó las tres monedas, 
y en su lecho de púrpura, cesáreamente obsceno^ 
felinamente duerme con ellas en el seno; 
mietitras por ti solloza María la egipciaca, 
Netzahualcóyotl mira cómo su Sol se opaca, 
y las hembras criollas, ataviadas de luto, 
buscan para tus sienes el laurel absoluto. 
España aquí te envía {Yo mellé la segur), 
los laureles del Norte y las palmas del Sur. 

México, julio de 1921. 

ALFONSO CAMIN. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



ME parece verlo todavía, con sus treinta y tres años ricos de 
salud espiritual y física, hondamente plantado en el co- 
razón de la vida, como un joven encino en el corazón de 
la selva. 

Me parece verlo desgarbado y risueño, enlutado y cordial, con 
su juventud recoleta echada como una hija de María en el lecho 
concupiscente de la ciudad. Una hija de María que tuviese el pecho 
cubierto de escapularios y los ojos suspensos de todas las curiosi- 
dades, aun de las más acerbas. 

Me parece verlo con su plumaje de pájaro obscuro, posado en la 
ilusión de la hora, hasta hundir en ella el pico agudo y antojadizo, 
todavía endulzado con la miel de las frutas que el señor Cura ben- 
dijo en las huertas de la provincia. 

No era masón, ni Caballero de Colón. Aunque arquitecto, no 
usó otra escuadra y compás, que los que con un gesto irónico puso 
en sus manos el destino para levantar adoratorios a Nuestra Señora 
de la Muerte. Gesto irónico, porque la Virgen que priva en los al- 
tares de este máximo enamorado de la vida, acólito de sus inquietu- 
des y catecúmeno de sus placeres, es la muerte; la todopoderosa y 
la pontifical, la amante incorruptible e inmóvil, que lo esperaba en la 
noche de junio para desposarse con él y que, llevada de una coque- 
tería cruel, cortaba azahares de una luna de jueves santo, para la 
fiesta de las bodas. 

Tampoco era Caballero de Colón. Tenía la lírica para las socie- 
dades y los ateneos. Se reservaba su religión de católico para sabo- 
rear mejor la voluptuosidad del remordimiento, cuando ceñía deso- 
ladamente las ánforas eternas de Afrodita con ásperos cilicios de 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 295 

penitencia. Como el rudo monje del desierto, cuántas veces azo- 
taría con el hisopo los flancos de la reina de Saba, después de ha- 
berla acariciado. 

No era frivolo, y la flor de las elegancias bulevarderas, corría 
riesgo de marchitarse a la sombra de su borsalino. Nunca habría 
necesitado para sus guantes, dos obreros como Brummel que exigía 
uno sólo para el pulgar. Se escandalizaba de mis corbatas vivaces y 
de mis chalecos optimistas. Los contemplaba con cierto curioso asom- 
bro, semejante al que sintiera un misionero de la Conquista, viendo 
por primera vez un quetzal. Indignado contra su lúgubre pergeño, 
que me parecía amortajar prematuramente el mérito de su corazón 
florido, le decía yo entre amistosas bromas: prende a tu juventud 
un manto real, como si fuera hija de rey ; mímala como a la amante 
más hermosa, por fugaz, de la vida ; cómprate un canotier, córtate 
un temo claro, ponte un diente de oro. El se reía de mis consejos. 
Su lujo era más profundo y su elegancia menos superñcial. Estaba 
en la aristocracia de su pensamiento, burlador de las cuadrículas 
vigentes y en el exquisito son de su lira, desdeñosa de lisonjear al 
vulgo letrado. Cada vez que la mano de López Velarde empujaba 
un poema a la plaza pública, aparecía un lucero en el cielo del arte, 
entre el espanto de los literatos moderados y el desconcierto de las 
literaturas asustadizas. Los cenáculos babeaban, los críticos caían 
enfermos de ictericia y cambiaban de forma algunos rocallosos crá- 
neos académicos. No; no era un frivolo este "payito" de paso can- 
cino, que atravesaba las avenidas apretando contra su pecho una 
estampa de la Virgen de su pueblo, mientras enaltecía y gloriñcaba 
el trivial paisaje provinciano, con la sutil paleta de Góngora y los 
endiablados pinceles de Licofrón. 

Venía de la provincia; de la provincia ubérrima en virtudes 
donde está encajada la espina dorsal de la patria. Generalmente 
hablando, en la provincia se forjan los mejores ciudadanos, los hom- 
bres más útiles, los más conscientes artistas y los poetas más gran- 
des. La lámpara del hogar provinciano está cargada con aceites 
más limpios para alumbrar los deberes y hacer visible la señal del 
misterioso destino. De la provincia vino Herrán a incorporar en 
sus telas de sombra el dolor de los indios y a engastar en sus 
bermellones ilustres, el cuerpo caliente de las criollas, doradas co- 
mo la piel de los pumas bajo la gloria de nuestro sol. De la provincia 
vino Díaz Mirón como desprendido del regazo de OnfaJia, a sacudir 
en el Pindó nacional su armoniosa cabellera de color de jacinto. De 



294 MÉXICO MODERNO 

la provincia vino Ñervo, a aplacar las marejadas del mundo con su 
gesto franciscano, aprendido en el aula mansa de su colegio de 
Jacona. Y de la provincia vino López Velarde, todavía con el pie 
juvenil de su musa, enrojecido por las bravas puntas de la peña 
¿acatecana. 

Musa complicada y sencilla, ingenua y paradójica, periférica 
y central, como él mismo decía. Con la ansiedad de Margarita de 
Borgoña para extenuar a innumerables amantes y con castidades 
de la Virgen María para salvar a todos los pecadores. Musa que 
aunque pasara por la fiebre de la ciudad, pintada y ojerosa, exten- 
diendo las manos ávidas y en ademán irrefrenable al rosal de la 
vida, llevaba en los cabellos olientes a flor de durazno, la bendi- 
ción de la provincia. Viéndolo bien, el arrebol de sus mejillas per- 
tenecía al tocador de las auroras, de aquellas que besan con santa 
luz el campanario del terruño. Y las ojeras sólo eran un reflejo 
de las hiedras que no pudieron profesar y que se quedaron espe- 
rando su turno en las tapias del convento, ya con los cabellos cor- 
tados bajo sus tocas azules. Y todavía, la musa provinciana, a 
través de la falda y el refajo de seda, hacía crugir las blancas 
ropas almidonadas y fieles a la pulcritud de los arcones solariegos. 

Por eso le bastó la evocación de la provincia en todos sus as- 
pectos, para dejarnos su St^ave Patria, en que con las cosas más 
íntimas, más nuestras, más puras y más profundas de la mexicana 
vida, hizo un canto bendito de belleza y de amor, que a mí me 
gustaría repetir como un himno guerrero, en los momentos supre- 
mos de nuestro vivir nacional. 

Los que lo quisimos, tenemos que consolamos con haberlo in- 
tegrado a la tierra dignamente. Gracias al corazón alerta y a la 
inteligencia de Vasconcelos, le hicimos funerales de príncipe, como 
lo que era, dejándolo amorosamente dormido en los brazos fríos 
de Fuensanta. 

RAFAEL LOPBZ. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 

IN MEMORIA.M. 

LOCA de luz su lira, 
anegada en Apolo su fiel pira 
de metáforas, tuvo, 
ingenuo y sensitivo, 
la llama de amor vivo 
que lo hizo cantar desde el perfecto tubo 
del ÓRGANO litúrgico, fuerte y contemplativo. 

(De rrmy lejos la voz, sumisamente, canta 
en súplica tenaz: Ora Fuensanta. .. 
REX TREMENDAE MAJESTATIS, 
QUI SALVANDOS SALVAS GRATIS 
ILLUM SALVA FONS PIETATIS ) 

Gmsíó fugo de vides en la Rosa 
del Mundo; fué sincero 
para pecar y para, en toda cosa, 
hallar siempre un pendón aventurero. 

Su paraíso fue sohria manzana 
coronada de hojas de infinito; 
y su vital poema oual un augural grito 
^anunciónos la aurora de Mañana. 

(Muy lejana la voz, sumisamente, canta 
en ruego enardecido: Ora Fuensanta. . . . 
QUI MARI A M ABSOLVISTI 
ET LATRONEM EXAUDI8TI 
ILLI QUOQUE SPEM DEDTSTI. . . ) 



296 MEXICOMODERNO 

Ramón López Velwrde : 

¡qiie la luz 

perpetun luzca para tu salud! 

, . . .Mi Alma magdaletm, puesta en cruz, 
llora aún a los pies de tu ataúd. 

México, Julio de 1921. 

JOSÉ D. FRÍAS. 



RAMÓN LÓPEZ VELARDE 



PAJIECE que un destino adverso se abate sobre los artistas de 
nuestro país, impidiendo que su existencia se desenvuelva 
y acabe plácidamente en el atardecer, y truncándola, despia- 
dado, a mitad del camino, en plena luz. . . Sin ir hasta Gutiérrez 
Nájera y Othón, muertos así, cuando el sol cenital doraba sus fren- 
tes, recordemos en estos últimos años al grupo de músicos y pinto- 
res y poetas, de arquitectos y oradores, a la flébil teoría que forman 
Ricardo Castro y Villaseñor y Lozano, Acevedo y Arguelles Bringas 
y Saturnino Herrán, Ñervo y Urueta ; unos ya frutos sápidos y ma- 
duros, pero aún llenos de miel; otros apenas trepando la cuesta pi- 
na, en risueña juventud, cuando el "divino tesoro" no se había es- 
capado todavía de su alma y de su carne, cuando asían, con la ma- 
no y el espíritu ansiosos, las cerezas de la pasión . . . 

Hoy es Ramón López Velarde . . . Hoy es este gran muchacho, 
nobilísimo en su arte y en su vida, todo sinceridad y emoción, todo 
ánimo cordial, todo impulso generoso y amable. Hoy es este exqui- 
sito poeta que en versos ora simples, ora complicados, a veces olien- 
tes al tomillo de los campos, a veces al incienso de la iglesia de su 
provincia, a veces también al penetrante y fuerte humor de la urbe, 
pero siempre esenciales y elegantes, supo elevar nuestros espíritus 
en comunión con el suyo. 

Hoy es este hombre bondadoso, imbuido en una prístina fe ca- 
tólica, sano moral y físicamente, que se dobla al golpe de la Átro- 
pos inexorable cuando apenas había traspuesto los años mozos, 
cuando parecía tener por delante la vida, es decir, la dicha ponde- 
rada, el fluir y refluir del espíritu alentando en una labor pura y 
fructuosa. 

. . .No es éste el momento de hacer crítica de su obra. Nos 

M. M.-4 



298 MÉXICO MODERgNO 

conturba una profunda pena, nos embarga una sincera emoción que 
humedece los ojos y pone temblores en la garganta. Mañana se 
hará esa labor de aquilatamiento y de análisis, y se nos dirá lo que de 
su obra es efímero, si algo en ella hay efímero, y lo que, inmutable, 
será rumbo para las nuevas generaciones literarias de México . . . 

Nosotros, rodeando el cuerpo inerte del joven poeta, que baja 
a la tumba en esta bella mañana de junio, no hacemos sino llorar 
su partida inesperada, y lamentar la ausencia definitiva de su fi- 
gura toda simpatía, de su espíritu todo amistad . . . 

Y sobrecogidos de dolor ante la catástrofe, damos a este hom- 
bre inteligente y bueno nuestra emocionada despedida, anhelando, 
con un fervor y una sinceridad íntimos, que su cuenx) halle paz ba- 
jo la tierra que dentro de unos minutos va a cubrirlo, y que su al- 
ma goce eternamente de Dios . . . 

ALEJANDRO QUIJANO. 



A RAMÓN LÓPEZ VELARDE, Q. E. P. D 
elegía apasionada 

SOLO, con ruda soledad marina, 
se fue por un sendero de la luna, 
mi dorada madrina, 
apagando sm Imes comp una 
pestaña de lucero en la nehlvna. 

El dolor me sangraba el pensamiento 
y en los labios tenía 
como una rosa negra mi lamento. 

Las azules canéforas de mi melancolía 
derramaron sus frágiles cestillos 
y el sueño se dolía 
con la luna de lánguidos lehreles amanllos. 

Se pusieron de púrpura las liras; 
las mujeres en hilos de lágrimas suspensas, 
cortaron las espiras 
blandamente aromadas de sus trenzas. 
Y al romper mis quietudes vesperales 
el gris destas congojas, 
las oí, resbalar como las hojas 
en los rubios jardines otoñales. 

Apaguemos las lámparas, hermanos ... 
De los dulces laúdes 
no muevan los cordajes nuestras manos. 
Se nos murieron las Siete Virtudes 
al asomar 
los labios finos del amanecer. 

¡Ponga Dios una lenta lágrima de mujer 
en los ojos del mar! 

1921 JOSÉ GOROSTIZA ALCALÁ, 



RAMÓN LÓPEZ VE LARDE 



E3TE es el tipo del poeta futuro. La detonancia irascible huyó 
despavorida en su presencia noble y suave. Y nadie como é!, 
vivió cada verso y cada frase. Hurgó la frase cabal y adi- 
vinó como nadie, dentro de nuestras exiguas ascendencias patrias, 
la más íntegra y sintética expresión de belleza. Porque si pasa 
hasta la fecha, con salvedades honrosas, por un obscuro y diabólico 
hacedor, yo aseguro con mi sinceridad que esto se debe a que bajó 
aterrizando en un vuelo caduco, desde la cumbre del árbol del bien 
y del mal, después de oir la voz trombal de Dios que le habló, cuan- 
do el pelillo áureo de las manzanas paradisiacas lo embelesaban. 

Nunca como hoy, y muy a propósito de su obra, es urgente 
una revaluación literaria. Debemos situar a cada uno donde es su 
lugar, porque en el moderno engranaje hay orientaciones contra- 
dictorias. La finalidad bella, es la sola exigencia, ya que la obra 
proviene de un benéfico desgaste central. Los motivos son solamente 
los "afiances'* de las emociones, los agentes en que subjetiva la 
belleza, pero lo íntimo queda en aptitud de abrazar los tropeles 
sensoriales. Ningún poeta como éste desdeñó altivamente los falsos 
reductos de escaso quilataje, las tristezas apócrifas, los cosquilieos 
parnasianos o románticos. Estos antídotos atestiguan su vulgar 
aplicación, en los casilleros de todas las droguerías. Ya pueden se- 
guir creaciones de lunas mártires, de fuentes silenciosas, de torres- 
palomares alargadas en los crepúsculos .... y el arresto de la última 
lágrima, falsa, como la cera de las perlas. La frase manoseada, la 
iníperecedera sillería común. Cántese lo que se quiera, pero cán- 
tese. Y que la caterva no nos venga a decantar con su "humo pro- 
pio," porque ya la chimenea estaba ahumada y era de arrojarse al 
balcón y vocear al primer deshollinador. ¡ No es la influencia Ig des- 



RAMÓNLÓPEZVELARDB fét 

deñada, sino el trasunto, porque el linaje es lícito: Hugo bebió a 
Ossian, Darío a Verlaine, López Velarde a Góngora. Pero la teoría 
de menores, aceptémosla como menor, y los que lucen combta y 
los que se laudanizan, y los que van a los juegos florales. Pero que 
aquel que sea, haya sido alcanzado por la íntima unción del venerable 
aeda ciego, i Y que el dolor lo tenga, atado como a Sebastián y fle- 
chado y sangrante ! 

Ramón López Velarde es único. Aún no regresa el cortejo de 
darle el adiós definitivo, y es que se han extraviado. Al echarle la 
primera palada gris, se desprendió de su órbita estelar el SagitS/- 
rio ... . y estamos en tinieblas. 

Sus antenas, nutridas en las caudas de gases de las almas — 
cuando manejaba el orto, como a un tiro nevado de renos — hoy nos 
exigen dejar el paludismo de mucho tiempo, para decirle estas zur- 
das frases de amor, frente a su agonía : 

Ramón, esta estafeta va perdida, en pos de tu ascensión al 
tercer día, soltada como un papalote en un día de huracán, por un 
aprendiz que no sabe llevar tus ciriales. 

Supiste el alfabeto de las rosas, de nuestros jardines fami- 
liares, descifraste el milagro de las naranjas y de los nidos de 
tu plaza de armas, y con tu sangre le hiciste el ataúd a Fuensanta, 
pero en los funerales se te ahogaba el corazón y ella no conoció 
las sales de tus lágrimas. 

Cuando te conocí, tu ambiente poético excepcional me suscitó 
figuras que nacieron de la trituración de tu caudal. Llegaste hasta 
mí como un carcelero a quien se le está muriendo un hijo, y que 
trae en bandeja de oro mi sentencia de muerte y que al salir no 
echa la aldaba paulatina. Tu breviario sin Torquemada y con Je- 
sús, que fue tu vida y tu arte, con las 27 letras enjaulaste las 27 
provincias. 

Tu dotación, sin ser jamás de salva, se situó bajo la sombra 
de tu conciencia y oyó tras el pliegue de la túnica terrosa de los 
sentidos, las ruidosas columnas de las fraguas eternas. 

Tutela del silencio y de la discreción, -explotada en la erección 
de pequeños motivos. Corrosivo hemistiquio, antagónico del hemis- 
tiquio de los explosivos. Ornamentos frescos para la misa cotidiana, 
en mágicos sabores y en reflexionados y fugaces acentos con la 
isabilidad de los peces. El maravilloso empleo del adjetivo tuerce 
todo el valor de las frases y la agilidad del concepto, inesperada, 
luce los grandes valores complementarios. Entendámoslo a golpe de 



303 M E X I C o M o D E R N o 

fotógrafo, cuya cámara queda deshecha en la revelación. En las hu- 
mildes pezuñas de la bestia nació un hermoso poema, como de la 
alada cauda de una mujer han salido sus estrofas vitales. Y bien 
hubiera podido en una noche invernal, al caer el año en su lecho 
de vejez, esperar ávido la llegada de los reyes magos cargados de 
juguetes. Su tristeza es incompleta, desasonada, inquietante. Su 
tormento viviendo en una penuria de motivos, como si todo él no 
fuera sino una franqueza de antigüedades, desafín de la electrici- 
dad y afín de las bizarras vajillas de Tonalá. 

Más tarde se volvió hacia la onda y se trocó en primer flechero, 
pero en la curvatura plena, cuando el garfio iba certero, se desplomó 
la taberna de la Muerte y lo encontró en el corazón tibio y blando, 
la resaca del dolor batiendo el azahar de Fuensanta y en los ojos 
los siete colores en una lágrima 

Cuando yo muera, mi corazón difundido en los osarios del éter, 
saliendo al llamado de Dios, pedirá empapado en lágrimas de hijo 
que vio desaparecer a su padre al darle la voz, apagar en un sólo 
grito estrangulado, las trompetas de su juicio final! 

Ags., julio 5 de 1921. 

LUIS AUGUSTO KEGEL. 



L 



FLOR SILVESTRE 

BIT LA TUMBA DE RAMÓN LÓPEZ VBLARDE 

A Esfinge ha pronmiciado wna palabra extraña. 



Hrní temhlado las rosas... I sis rasgó su velo. 
Y yo que he comprendido la paz de la Montaña, 
Lloré, (mando la alondra tendió al Amor su vuelo. 

Azul es la mañana de la Muerte en victoria 
y es síml)olo la frágil carrera de la Vrisa... 
De un gran vigor tronchado surge un afán de gloria^ 
porque la Vida tiene, allá. . . a lo lejos: ¡Risa! 

México, a 22 de junio de 1921. 

JUAN E. COTO. 



INSTANTÁNEAS MUSICALES 



GUADALAJARA, la florida y culta ciudad de Occidente, mar- 
cha a la vanguardia de nuestro adelanto musical. Es la tie- 
rra de los cantos y los perfumes, y sus mujeres, que son ro- 
sas vivientes, llevan siempre a flor de labio una canción. De los pa- 
tios, cuyos muros decoran las más variadas plantas trepadoras, 
salen en las quietas noches de plenilunio los aromas como himnos 
de la tierra y los cantos como esencia grata del sentimiento. La 
ciudad se envuelve en su manto florido y se arrulla con el coro de 
olas de su Lago, que ha sabido inspirar a sus rapsodas la bella 
canción : 

Las olas de la laguna 
una^ vienen y otras van; 
unas van para Sayula 
y otras para Zapotlán. 



LA SOCIEDAD DE CONCIERTOS.— Un grupo de entusiastas 
cultivadores de la música ha logrado, con inteligencia y constancia, 
fundar y sostener una Institución artística que honra a Jalisco. 
Ese grupo ha sabido crear en tomo suyo un ambiente favorable 
al desarrollo de la cultura musical y comienza ya a recoger los fru- 
tos: los festivales que mensualmente se efectúan en el gran Tea- 
tro Degollado, obtienen un éxito creciente. Es una vergüenza para 
la Capital de la República no contar con una Sociedad de Concier- 
tos como la que existe en Guadalajara. (La benemérita Sociedad 
de Música de Cámara ha restringido su acción a un pequefto núcleo 
de aficionados — extranjeros en su mayor parte — ^y, por consiguien- 
te, su campo de actividad es bien limitado). 



INSTANTÁNEAS MUSICALES |05 

En uno de los últimos festivales de dicha Sociedad tapatía 
pude apreciar lo mucho que se ha adelantado en el camino de la 
cultura. . .y de la educación en el público que asiste a oír música: 
un silencio casi absoluto reina durante la ejecución de los núme- 
ros del programa. El intérprete musical experimenta la sensación, 
en determinados momentos, de que la inmensa sala está completa- 
mente vacía. 



EN EL HOSPICIO. — Un patio encuadrado por largos corredores 
y convertido en jardín espléndido alegra la vista del visitante. La 
piedad de algunas almas buenas, con tierna delicadeza, propor- 
ciona a las pequeñuelas desheredadas un regalo constante para 
sus ojos, las flores, y un placer exquisito para sus almas: los 
cantos. 

Las niñas no saben música. No conocen ni una nota. Apren- 
den las obras de oído. ¿Os imagináis que se trata de canciones fá- 
ciles y breves ? Nada más erróneo. Cantan fugas complicadas y co- 
ros difíciles de un Oratorio de Massenet. La intuición musical de 
estas chicas es sorprendente. Las segundas voces atacan sin va- 
cilar el tema propuesto por las sopranos y conservan entonación y 
ritmo a través de la maraña sonora. Esas niñas, pienso yo, deben 
aprender solfeo. ¡Cuánto trabajo se ahorrarían sabiendo leer la 
música! Las canciones son los postres del suculento festín lírico. 

Y hasta el jardín, bañado ya por los oros del crepúsculo, lle- 
gan las voces infantiles y tristes de aquel enjambre que no ha co- 
nocido las ternuras maternales ni la dulzura del hogar: 

Mdrchita él alma, triste él petisanvisnto . . . 

* 

I 

LOS CONCURSOS DE PIANO.— El salón es una jaula de pája- 
ros. Las alumnas conversan, ríen, comentan. ¿Cuál de ellas será la 
vencedora? El público se impacienta. Por fin, el jurado llega. Suena 
un timbre y comienza el desfile. Manos nerviosas, manos ágiles, 
míanos guiadas por el entusiasmo o paralizadas por el miedo, desflo- 
ran el poético Valse de Villanueva y una página intrincada de 
Moszkowsky. 

Todos los GOnourmnieSy señoritas y jóvenes, acusan excelente 



3o6 MÉXICOMODERNO 

dirección en sus estudios pianísticos. El Director lee los nombres 
de las triunfadoras y el público aplaude. ¿Habremos dado un fa- 
llo justo? ¿Cuántas veces el más audaz — aunque no sea el más in- 
teligente y estudioso — vencerá a la hora de la prueba? Y pienso en 
los vencidos. ¿No sentirán ensombrecida su radiante juventud por 
la derrota? Decididamente, soy enemigo de los concursos. 



LA ORQUESTA. — Hay disciplina e inteligencia en la orquesta 
de la Sociedad de Conciertos. Músicos abnegados que tocan por la 
gloria de su arte, como los obreros medioevales trabajaban por la 
gloria de su Dios en las agujas de las catedrales góticas. Héroes ig- 
norados, esconden su personalidad en bien de la homogeneidad del 
conjunto. "¿Qué sabemos de ellos? Nada a casi nada. Son sacerdotes, 
y sus nombres no nos importan. Están juntos, cautivos del vértigo 
que nos darán. Desde el momento que se reunieron, constituyen 
un testimonio de humanidad superior, pues llevan dentro, como 
todos nosotros, el amor, el terror, el odio, el éxtasis, la caricia, el 
enloquecimiento, la derrota y el triunfo; mas pueden y deben ex- 
presarlos como una oración, como un examen público de la concien- 
cia humana, y nosotros les hemos encargado de ello. En ese grupo 
de hombres erigido en ejemplo hay, pues, como un compendio del 
mundo sensible y del mundo moral". (Mauclair. La Religión de la 
Música). 

Con los nuevos instrumentos de viento y madera que ya se han 
encargado, la orquesta de Guadalajara podrá ser considerada como 
una de las agrupaciones sinfónicas más importantes de la República. 

Fuera del ensayo y del concierto, se acaban la gravedad y la 
disciplina en los músicos que constituyen el núcleo orquestal. Los 
epigramas vuelan, los chascarrillos prenden sonrisas en los labios, 
la alegría se desparrama por las diferentes familias de la orquesta, 
como las claras aguas de una fuente. Y en los Colomos — ¡ panorama 
delicioso! — en ágape fraternal, todos abrimos nuestros corazones 
a la cordialidad y a la sana expansión del espíritu en una límpida 
mañana inolvidable. 



UN BELLO EJEMPLO.— ¡ Si en todas las Capitales de los Esta- 
dos jse organizarán Sociedades artísticas semejantes a la Sociedad de 



INSTANTÁNEAS MUSICALES jo? 

Conciertos de Guadalajara J ¡ Si los músicos de la República, dándose 
cuenta de la trascendental labor cultural que están llamados a des- 
empeñar, se agrupasen en sus respectivos Estados e imitasen el be- 
llo ejemplo de los filarmónicos tapa tíos! En poco tiempo nuestra 
cultura musical alcanzaría un desarrollo que ahora no podemos 
calcular. De realizarse esto, ya habría una razón para que los jóve- 
nes dotados de aptitudes de concertistas, siguieran la carrera de 
recitalistas. Las sociedades musicales establecidas en las principa- 
les ciudades del país, avivarían el entusiasmo que para todo lo que 
a música se refiere existe en nuestro pueblo y el intercambio de 
virtuosos mexicanos entre las diferentes regiones de la República, 
serviría de grande estímulo para nuestros incipientes artistas. 

Guadalajara ha dado un importante paso en el camino del pro- 
greso musical al establecer y sostener una Sociedad de Conciertos 
que no sólo da prestigio a la bella Capital tapatía, sino al país entero. 

¿Cuándo llegará el momento en que sacudiendo nuestra ances- 
tral pereza imitemos el alto y noble ejemplo de solidaridad artística 
y social que nos presenta la Perla de Occidente? 

El día que emprendiésemos semejante tarea, podríamos afirmar 
que la cultura musical de nuestro país estaba asegurada. 

MANUEL M. PONCE. 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 

SECCIÓN A CAKGO DE 

MANUEL M. PONCE 



Oaruso fue un artista afortunado: 
desde muy joven conoció lag dulzuras 
del triunfo; más taMe, la gloria y la 
riqueza llenaron sai vida de satisfac- 
ciones raras veces conocidas por los 
artistas y, finalmente, la muerte lo li- 
bró de una decadencia irremediable 
cuyos primeros síntomas se anuncia- 
ban ya. En los últimos tiempos, el 
gran tenor se fatigaba extraordinaria- 
mente durante las representaciones. 
Km-onquecla con frecuencia. Recorda- 
mos a este propósito la angustiosa in- 
terpretación del último acto de Ma- 
non de Puccini, representada duran- 
te la temporada Caruso en el teatro 
Iris de esta ciudad. Ea tenor ludió, en 
el curso de dicha i^epresentación con 
las frecuentes rebeldías de sus cuerdas 
vocales y si salió avante de tan dura 
prueba fue gracias a su arte admira- 
ble basado en su excelente manera de 
respirar. La, muerte evitó con su brus- 
ca aparición que el célebre cantante 
apurase el cáliz amargo del deseniga- 
fio, que sintiese la frialdad de los pú- 
blicos atraídos por la juventud avasa- 
lladora de los nuevos astros de la es- 
cena, que oyese los I pobr» Oaruso ! co- 
mo triste comentario de sus primeros 



fracasos. La muerte cortó su existen- 
cia en plena gloria, cuando saboreaba 
los ricos frutos de su brillantísima ca- 
rrera. 

En Ñapóles, en 1868, nació Enrice 
Caruso. El Sr, Key, en interesantes 
datos sobre la vida del famoso tenor, 
dice que Caruso cantó como niño de 
Coro en una iglesia de su ciudad natal. 
Más tarde, cuando llegó la época do la 
muda de la voz, el futuro ídolo de 
los públicos, cantaba en los cafés, en 
cuya atmósfera poco propicia para des- 
arrollar las facultades de un artista, 
le encontró el barítono Missiano y 
lo presentó con su propio maestro, el 
Sr. Vergine. Tres años estudió con 
este profesor, quien no se mostraba en- 
tusiasta de su nuevo alumno. Su pri- 
mera aparición en un eiscenario fué 
con motivo de la representación del 
Amico Francesco, ópera de un mú- 
sico poco conocido, Morelli, y en cuya 
interpretación se distinguió notable- 
mente. Ochenta liras recibió Caruso por 
cuatro representaciones y, además, pa- 
gó el traje. 

La interpretación dea Amioo Fran- 
cesco 1© proporctonó un nuevo oontEa- 
to en el teatro de Caserta, donde siguió 



EL ARTE MUSICAL EN EL MUNDO 



?09 



conquistando aplausos. Seiscientas liras 
mensuales ganaba ya cuando fue a 
Egipto, y a su regreso a Italia, le fue- 
ron pagadas setecientas liras mensua- 
les en el teatro Bellini, de Ñapóles. La 
ópera elegida para la apertura de este 
teatix), fue Rigoletto. Caruso cantó 
mal, cohibido por la presencia de un 
tenor de fama que se encontraba en 
primera fila. Esta fue una de las pocas 
noches desgraciadas del tenor. 

Su reputación había traspasado la? 
fronteras italianas y, después de can- 
tar con éxito en Bologna, Milán, Ge- 
nova y Livorno, emprendió un viaje 
a Rusia, en cuyas principales ciudades 
cantó, en 1899. Por esa época realizó 
una espléndida temporada en Buenos 
Aires, y a su regreso a Italia tenía tres 
contratos para los años siguientes, por 
los que ganaba el primer año veinti- 
cinco mil, el segundo treinta y cinco 
mil y el tercero cuarenta y cinco mil 
liras mensuales. 

En Londres debutó con Manon de 
Puccini. Su primera aparición en Nue- 
va York, fue en 1903, con Rigoletto. 
Desde entonces ocupó el puesto de pri- 
mer tenor del Metropolitan y llegó a 
ser el ídolo del público norteamieri- 
cano. 

El gran tenor pasaba los inviernos 
en los Estados Unidos y los veíanos 
en Londres y en su propiedad cerca, de 
Florencia. En el término de 16 aííos 
cantó 549 veces en el Metropolitan y 
ganó más de un millón de dólares- De- 
Ja, ademAs de su hijita Gloria, dos 
hijos de su primer matrimonio, uno de 
los cuales estudia' actualmente en la 
Culver Military Academy. 



En México, es en absoluto descono- 
cida la personalidad artística y la obra 



musical de Lili Boulanger, malograda 
musiquista francesa. 
Camine Mauclair dedica en el nd- 

un bello artículo a la simpáüca com- 
positora, del cual tomamos los siguien- 
tes datos. ^ 

Hija de un masico laureado con el 
premio de Roma, nació Lili Boulan- 
ger en Parfs, en 1893. Su hermana 
mayor Nadia-excelente organista-la 
inici^ en la carrera musical, para la 
que desde luego demostró tan excepcio- 
nales dotes, que a los seis años de edad 
cantaba las melodías de Gabriel Fauré 
Su precaria salud le impidió seguir 
los CUIDOS del Conservatorio y en su 
propio domicilio recibió las lecciones 
de Caussade y Paul Vidal. 

En 1913 ganó el premio de Roma con 
su Cantata Faust ct Héléne y partió 
para la Ciudad Eterna con la satis- 
facción de ser ella la primera mujer 
que obtenía tan señalada recompensa. 
Este corto período de tiempo fue el 
más feliz de su vida. Su inspiración 
se desbordaba en obras de real impor- 
tancia, como los dos poemas de or- 
questa De una, triste noche y De una 
mañana de Primavera, en la Plegaria 
Indú, en Claridades en el Cielo... 

Pero la enfermedad destruía impla- 
cablemente su organismo, aun cuando 
su espíritu permanecía lucido e intacta 
su facultad creadora. "Nunca como en 
esa época, — dice Mauclair— trabajó tan- 
to ni penetró mejor los secretos de su 
arte y las inspiraciones de su alma; 
obediente a las voces interiores, lle- 
naba con notas escritas con lápiz, en 
su lecho, albums en cuyas páginas el 
I)ensamIento musical se formulaba rá- 
pido, imperioso, perfecto " 

En 1918 moría en plena juventud la 
que hubiera alcanzado, ciertamente, 



^10 



MÉXICO MODERNO 



lajs más adtm cumbres del arte musical 
francés. 

Lo que más admira eu la obra de 
esta genial muchacha, es la facultad 
para expresar las más complicadas pa- 
siones, los estados de alma más intrin- 
cados, sin haber conocido otra cosa que 
la vida hogareña y monótona que su 
edad y su enfermedad le imponían. 
"Tal vez, — escribe Mauclair — debería 
creerse que algunos seres, por la purie- 
za y el sufrimiento, han sido designa- 
dos paxa ser dignos de decir lo 
que centenares de artistas muertos 
no han dicho por falta de tiem- 
po " "lia rapidez de concep- 
ción y de ejecución de Lili Boulan- 
ger, cuya obra fue creada en siete años, 
muestra que pensaba en ideas musica- 
les, como ciertos calculadores piensan 
en números. Pero su música es la. enun- 
ciación de mil y mil voces desconoci- 
das. Entre ellas ^e distingue la suya; 
pero nunca sola. \Es una música cav' 
gada de alnuis que resplandece sobre 
la individualidad que la concibió. Y 
en el arte de esta niña débil, hay la 
potencia de un elemento." 



Con los recientes viajes de la señora 
Schumann-Heink y de Mischa Elman a 
China y Japón, se ha abierto para los 
concertistas europeos una nueva fuente 
de explotación. En el Imperio japonés, 
especialmente, la música europea es 
muy gustada y bien comprendida por 
los nativos, como lo prueba el hecho 
de que el violinista Elman haya te- 
nido casa llena en los ocho recitales 



que dio en el Japón, no obstante lo ele- 
vado de los precios: quince pesos el 
asiento. 

Lo que más llamó la atención del 
virtuoso en el país del Sol Naciente 
fue la cortesía, personal y colectiva de 
sus habitantes y la curiosidad que és- 
tos demostraban por conocer los más 
pequeños detalles acerca del arte eu- 
ropeo. Mostrábanse encantados al oír 
el violín y, en el curso de las audicio- 
nes, llenaban el escenario con marfíles. 
lacas y vsedas, como homenaje al ar- 
tista. 

En Tokio, la Filurm&mca obsequió un 
banquete a Mischa Elman. En esa oca- 
sión 'le fue entregada una tarjeta con 
un poema en japonés del conde Otani. 
En dicha tarjeta se leía : "en recuerdo 
del talento sobrenatural del señor El- 
man.— Todos los pájaros enmudecieron 
para escuchar encantados sus melodías 
más dulces que la flauta del ruiseñor 
y que el arpa del jilguero." 

Esta feliz experiencia del celebrado 
violinista, repetida con igual resultado 
por la señora Schumann-Heink, en su 
viaje al Japón, significa, quizá, el prin- 
cipio de futuras actividades de los con- 
certistas eu los países del Extremo 
Oriente. 

¿Esta nueva corriente artística a tra- 
vés del océano Pacífico traerá a Nor- 
teamérica y, por consiguiente a Eu- 
ropa, nuevos elementos melódicos y ar- 
mónicos ocultos en las exóticas tonali- 
dades de esos viejos y herméticos pue- 
blos? He aquí una cuestión que el tiem- 
po se encargaiA de resolver. 



Nota de la REDACCióN.-En esta sección se dará cuenta de todos los acontecimientoi 
musicales importantes de que se reciba noticia, y se hará juicio de aquellos conciertos, recita- 
les, exámenes, etc., a los cuales haya sido invitado México Moderno. 



REVISTA DE LIBROS 

SECCIÓN 1 CÁBQO DI 

GENARO ESTRADA 



EL ALMA NUEVA DE LAS COSAS 
VIEJAS. — Poesías.— 1921.— Alfonso 
CraiHOío.— Nuestros artistas y escri- 
tores (Ponce, Montenegro, Mariano 
8ilva, el malogrado Acevedo, etc.) que 
iniciaron su carrera desde tan diverso 
punto de partida, lian venido a con- 
verger, sin embargo, en producir obras 
de inspiración miexicana. 

Entre éstas descuella, verbi gratia, 
el magnífico libro de Genaro Estrada 
El Visiomario de la Nueva España. 
Fantasía» Mexicanas, lleno de pene- 
trante aroma de antaño, de exquisita 
ironía aprendida en las más remotas 
y menos visitadas provincias de la 
Literatura, y escrito en ima prosa no- 
ble y sabia que constituye la admira- 
ción y la desesperación de los conoce- 
dores. 

La vida multiforme y ubérrima de 
nuestra patria está henchida de poten- 
cialidades infinitas, para artistas de 
cualquier orden. 

Cravioto, perspicaz y escritor de la 
mejor casta, dedica su lecieflte libro 
de versos a exaltar los aspectos más 
salientes de la época colonial, y los 
elementos de esta nuestra edad media, 
mexicana que tan singiularmente han 



persistido en nuestra personalidad y 
carácter nacionales. 

Ya el excelente crítico español 
Adolfo Salazar manifiesta, en artículo 
reciente, el deseo de que nuestros mú- 
sicos se desentiendan un poco del mo- 
vimiento europeo, y retornen a las tra- 
diciones vernáculas, revelando los te- 
soros líricos que guarda, nuestro pue- 
blo indio y criollo. La vida de la 
Nueva España atrae poderosamente 
las miradas e íntimas preferencias de 
nuestros artistas. El fausto y esplen- 
dor de la colonia, su prestigio román- 
tico, sus sombrías y traecas leyendas, 
su arte refinado, que nos legó tanta 
maravilla arquitectónica y pictórica, 
hechizan a los espíritus distinguidos 
que se complacen en el morboso amor 
de las cosas pasadas, y que se evaden 
de nuestra época para remontarse a 
otra idealizada por ia lejanía y el re- 
cuerdo . 

Don Luis GonzáJez ObregóD y el 
Maixjués de San Francisco (a quienes 
expi-esa Cravioto, en el prólogo, su 
agradecimiento de mexicano) nos han 
abierto fácil paso con su amena eru- 
dición hacia los tres siglos de domina- 
ción española. 



312 



MÉXICO MODERNO 



EH poeta ha sabido evocar estos vie- 
jos tiempos y nos ofrece una visión 
ricanvente colorida, como los lienzos de 
los antiguos maestros cuando una, ma- 
no sabia los aligera de retoques y afei- 
tes. Aparecen entonces ante nuestros 
ojos los brochados mantos de las vír- 
genes, 

"las nubes coloradas, 
"al tramontarse el sol bordadas de 

oro", 

los paisajes de quietud profunda, las 
figuras rígidas y severas de los do- 
nantes. 

Cravioto como evocador, tiene el 
sentido de la visión plena, total. Nos 
sugiere lo pasado apelando a todas 
nuestras facultades y sentidos. 

Tras consignar el pormenor brillante 

que más honda y larga resonancia 
deja en nuestra alma, aún precisa, 
completa e insiste. Y todavía nos su- 
giere con la música de sus versos, 
que es lenta y acompasada en La Pro- 
cesión, vivaz y jocunda en La Masca^ 
rada, o querellosa en La Serenata del 
Paje y pertinaz y lúgubre en La Inun- 
dación. 

Tan completo dominio sobre nuestra 
imaginación lo alcanza el poeta, con su 
impecable técnica y con los recursos 
de su inagotable don verbal. Con pa- 
labras escogidas y preciosas como ge- 
mas va constelando sus joyeles. 

Reciba el poeta nuestra sincera y 
efusiva enhorabuena. 

J. T. 



MÉXICO HACIA EL FIN DEL VI- 
RREINATO ESPAÑOL, — Anteceden- 
tes sociológicos del Pueblo Mexicano. — • 
Por el Profesor Gregorio Torres Quifi- 
tero. — Primera edición. — Librería de 
la Vda. de Ch. Bouret. — París y Mé- 
xico.— 1921. 156 pp. 

De mucho provecho para quienes es- 



tudian con afán y amor la historia de 
la nacionalidad mex'cana, este libro 
se halla respaldado por una buena do- 
cumentación y por textos de investiga- 
dores de primera mano que ya son 
autoridad. M autor hace un boceto 
de la situación social de los pobladores 
de Nueva España a fines del siglo 
XVIII, comenta las reformas que pro- 
puso el obispo Abad y Queipo, y luego 
ofrece nutrida información acerca, del 
clero, el ejército, las clases sociales, 
la situación económica, la cultura rei- 
nante, los tipos notorios del conglo- 
merado humano y el aspecto pintores- 
co de la colonia. Servirá de precioso 
manual de consulta para los estudio- 
sos. Es una, contribución de mérito al 
homenaje que se tributa a la patria 
en su glorioso onomástico. Se resiente 
la obra de cierto espíritu partidarista, 
al hablar de los consumadores de la 
Independencia, pero nada de exaUa- 
ciones que afeen la circunspección 
que se exige a los que se dedican a 
esta suerte de análisis. 

R. H. V. 



CRÓNICAS COLONIALES Escrí- 
belas Ricardo Fernández O^uardia. — 
Trejos Hnos., San José de Costa Rica, 
-1921—318 pp. 

El nitinro libro del insigne cronista 
viene a afirmarnos eii la opinión de 
que, muerto Pepe Milla, es el más 
alto representativo del género entre 
los pacientes buscadores de oro del pa- 
sado de Centro-América. Hijo del for- 
midable investigador don León, que en 
los Archivos de Indias era rey en su 
reino, don Ricardo recoge la bandera 
paterna y la hace tremolar toda gules 
y Uses al aire espléndido de la tradi- 
ción. Estas páginas se hallan impreg- 
nadas del aroma bárbaro del antaOo: 
por ellas pasan el caballero pirata, el 
señor gobernador, el general de arti- 



REVISTA DE LIBROS 



313 



Hería que vino a ganar en tierras de 
América otro entorchado por pelear 
bien contra bucaneros y zambos revol- 
tosos. Son veintitrés cróniicasT muy 
nutridas de información brillante, ame- 
nas hasta el grado de que el libro se 
lee hasta que se apaga la luz en el 
candil. Porque hay que saborear es- 
tas narraciones al amparo de un ca- 
serón de la época romancesca en 
que parece escrito, y bajo la indul- 
gencia plenaria de una luz que 
empieza en flama azul y oro y se amor- 
tigua al cantar el primer gallo de la 
alquería,. "Versos y Azotes" tiene do- 
naire, y bien va al principio dei libro, 
como mascarón de piedra frente a casa 
condal. 



LA LENTE OPACA. — El Hilo de 
Sol. — Cuentos. — Los esci'ihió Flavio 
Herrera. — Imprenta "Royal", Guate- 
mala, julio de 1921.— 136 pp. 

El poeta nos sorprende, al cabo de 
cinco años de anunciarlo, con su libro 
de cuentos. Herrera está considerado 
con Arévalo Mattínez, la figura de 
más notoriedad entre los portaliras de 
Centro-América. Sus sonetos han sido 
saludados con estrépito por la gente 
nueva. En la prosa hace labor sobre- 
saliente: la suya no tiene esa elocuen- 
cia tropical que tanto caracteriza a 
ílios prosistas de allende (Aviles, Ro- 
dríguez Oerna, por ejemplo), sino que 
se desenvuelve sin decoración, a ratos 
escueta, alejándose cada día del adje- 
tivo. Sabe trazar firmes líneas. "La 
Pitanza" es uno de los cuentos más 
sobrios que se han escrito en aquellas 
tierras cálidas, 

R. H. V. 



Mencionaré los nombres de algunos 
libros y folletos que se acaban de pu- 
blicar en Centro-América: "Con el Es- 
labón", por Enrique Joaé Varona, 



"Pensamientos y Formfla. Nota» de 
Viaje" por Alberto Masferrer y "La 
Propia" (segunda edición) por Manuel 
GonzáiLez Zeledóu, edicionea hechas por 
García Mouge, en San Josó de Costa 
Rica, así como "La Ventana y Otros 
Poemas" por el poeta colombiano Dmi- 
tri Ivanovitch. "Algo de Matemáticas" 
por Vital Murillo; "Novia" por Luis 
Dobles Segreda y "Cuentos de Amor 
y de Tragedia" por Victíute Sáens. 
En Honduras, el señor Enrique Sturit- 
za publicó "Aventuras de un Cónsul"; 
el periodista Gustavo Alemán Bolaños 
formuló tremendos ataques en su pan- 
fleto "Máximo Hermieneglldo Zepeda", 
Tipografía Pro-Patria, La Ceiba. En 
El Salvador aparecieron "I^fCer y Es- 
cribir" por Alberto Masferrer; la ter- 
cera edición de "Historia del Salva- 
dor" por el Dr. Rafael Reyes; y el 
segundo volumen de "Recuerdos Sal- 
vadoreños" por José Antonio Cevallos, 
en que se tratan asuntos históricos 
méxico-centro-americanos. De Guate- 
mala la Editorial "El Sol" nos envía 
las siguientes publicaciones: "Ija Se- 
ñora Es Así", por Carlos Gustavo Mar- 
tínez (hoy G. Martínez Nolasco) ; "Vi- 
das Estériles", por Federico Alvam- 
do F. ; "San Luis Gonzaga" i>or Adol- 
fo Drago-Braco; "Tierras Floridas" 
por Ramón Aceña Duran, y "Mlxco", 
poema dramático, por Garios Rodrí- 
guez Cerna. Aré^*»!© Martínez ha he- 
cho una mala edición de siu poemas: 
"Las Rosas de Engaddi", que serán 
publicadas como se debe en México. 

El Dr. Adrián Vidaurre, colabora- 
dor asiduo de Estrada Cabrera, ha 
reunido sus recuerdos de hombre pu- 
blico durante los últimos 30 años en 
recientemente publicado en la Habana. 
Se anuncian un "Diccionario Botánico 
de las tres América s" por el Dr. Sixto 
Alberto Padilla, del SaJvador; unos 
"Apuntes sobre la Bibliografía de Cos- 



314 



MÉXICO MODERNO 



ta Rica", por Adolfo Bien; y "Costa 
Rica Precolombiana'', por el Profesor 
Carlos Gagiiii, quien está comisionado 
por aquel Gobierno para expurgar y 
editar los documentos que están en pe- 
ligro de desaparecer en aquellos Ar- 
chivos Nacionales. Dos libros novedo- 
sos, en inglés, se hallan de venta a 
última hora en las librerías estaduni- 
densea: "Sailing South" por Philip S. 
Marden (Houghton Mifflin editores), 
quien narra su viaje por Cuba, Costa 
Rica y el Canal de Panamá; y "The 
Land Beyond México", por Rhys Car- 
penter, (Badger editor), un tributo 
debidamente pagado a las memorables 
ciudades derruidas de Copan y Quiri- 
guá. El Dr. Dámaso Rivas, nicara- 
güense, de la Universidad de Pensil- 
vania, ha dado a conocer sus investiga- 
cionog científicas en un libro titulado 
"Human Parasitology, with notes on 
Bacteriology, Mycology, Laboratory 
Diagnosis, Hematology and Serology". 
R. H. V. 



Eil Profesor William Gates, Presi- 
dente de la Maya Society, anunció en 
el último mitin en la Universidad de 
John Hopkins, que los arqueólogos 
america.nos emprenderán una activa se- 
ne de investigaciones en Centro-Amé- 
rica y Yur'atán para estudiar la cien- 
cia médica aborigen y los recursos 
económicos de dichas comarcas. Y a 
propósito es digno de conocerse el her- 
moso artículo sobre "Sabiduría Popu- 
lar", debido a la, pluma de don Victo- 
riano Salado Alvarez, publicado por 
"La Prensa" de San Antonio de Texas 
en su edición del 18 de marzo. 

R. H. V. 



Autores Mexicanos Modernos"), Méxi- 
co, 1921. 

Libro nuevo, por su concepción, 
por su forma y por su espíritu, pro- 
ducto de una observación pertinaz y 
de las meditaciones de un cerebro fir. 
me. 

Concebido según las sugestiones con- 
tenidas en El Monismo Estético, hace 
pensar, por su armonía y desarrollo, en 
una composición musical, adta y per- 
fecta. La curva que se inicia suave- 
mente en el Preludio, toca el punto 
más alto en La tempestad sUen^osa, 
ensayo que hace vibrar en nosotros, 
células cerebrailes ignoradas y f^ñe 
todo el brusco encanto de algunas pá- 
ginas primitivas de RudyáTü Kiplin. 

El Dr. Atl pinta con la pluma tan 
bien como con sus pinceles. El amigo 
de los volcanes, que nos' había revelado 
su aspecto exterior y sus transforma- 
ciones luminosas, nos lleva, como un 
guía experto, a través de sus bosques 
y de sus nieves en donde el viento es 
como un escultor loco. 

F. M. G. I. 



LAS sinfonías del POPOCATE- 
PETL.—Dr. Atl. —(En "Biblioteca de 



poesías.— Carlos Guido y Spano.— 
(En "Ediciones Mínimas". Cuadernos 
mensuales de ciencias y letras. Direc- 
tor: Leopoldo Duran). Año V, No. 53. 
— Buenos Aires, 1920. 

Consta este cuaderno de treinta y 
dos páginas, que contienen once poe- 
sías selectas, reputadas como las me 
jores del poeta helenista. 

Como una inscripción lapidaría, las 
precede este elogio: "Guido y Spano, 
varón preclaix) de preclara estirpe, co- 
sechó frutos óptimos y escanció en co- 
pa griega el zumo de nuestras viñas". 

Los críticos de la Argentina^ unáni- 
memente, consideran a Guido y Spano 
el patriarca venerable, precursor e 
iniciador de un movimiento que no lo- 
gró realizar de una manera plena^ pe- 



REVISTA DE LIBROS 



315 



ro señaló el camino con su mano vi- 
gorosa, para que lo siguieran sus con- 
tinuadores. 

Su poesía, dulce y serena, que ya 
no leen los jóvenes, arrebatados por el 
vórtice del momento que huye, se re- 
fugia en las antologías, de donde a 
veces surge, trémula y palpitante, co- 
mo el rumor de un vuelo sutil de abe- 
jas del Himeto. 

F. M. G. I. 



DEL VERJEL INTERIOR. — Luis 
Augusto Méndez. — Poesías. — Con un 
prólogo de Laudado de la Cruz. Man- 
zanillo, Cuba, 1921. 



Este libro, publIca4o hace clncneota 
años, hubiera estado de acuerdo con 
las tendencias literarias de entonces, y 
aun hubiera merecido aplansoe y pa- 
rabienes. 

En la actualidad, pasa inadvertido, 
como tantos otros libros de versos que 
se le parecen. 

Parecería Increíble, si no viéramos 
a diario ejemplos en nuestro mismo 
país, que haya aún en la moderna Cu- 
ba, que cuenta con tan excelentes es- 
critores, quien vista sus ideas a la 
moda de 1870. 

F. M. G. I. 



REVISTA DE REVISTAS 

SECCIÓN A CARGO DE 

RAFAEL HELIODORO VALLE 



'*Art and Archaeology'' — Volume 
XII, Number 1 — Director and editor, 
Mitchell Carrol!.— Washington, D. C, 
July, 1921. — Fiel a su programa de 
buen gusto y de perfecta intención de 
cultura, trae esta vez una. página de 
Mr. D. Cartuel, sobre el estudio azteca 
quo en San Francisco de California 
ha instalado el señor Francisco Cor- 
nejo. Dice el articulista: "Así que se 
sube por las escaleras nos hallamos en 
un nuevo reino de ideales y proyectos, 
mientras afuera se estremece el mundo 
bursátil. Los muros del vestíbulo se 
hallan cubiertos de misteriosas y ex- 
trañas decoraciones que atraen la aten- 
ción del observador con la sola fuerza 
y belleza de los diseños. Son copias de 
las famosas tablas de Palenque, ciu- 
dad fabulosa que ya era vieja cuando 
el Descubrimiento. Son una de las más 
puras realizaciones del arte primitivo 
americano, en que la pujanza y la 
gracia del trabajo fueron bien expre- 
sados. Estos dibujos estupendamente 
coloridos, en que aparecen figuras ga- 
oerdota'lies rodeadas por simbolismos 
raros, excitan la admiración del visi- 
tante. El vestíbulo está decorado acu- 
ciosamente con motivos tomados del 
Arte Maya. Al entrar al salón princi- 
pal nos encontramos con un verdade- 
ro museo. Copias de los más famosos 
monumento® de la América, antigua, 
esJcultuias originales y soberbias pie- 
ras de la cerámica rúiexicana de todas 



las épocas, ejemplares de la industria 
textil y curiosidades interesantes ador- 
nan los anaqueles o reposan en las vi- 
trinas. Los muros se hallan cubiertos 
con dibujos brillantes y atrevidos que 
no tienen émulos. No son egipcios ni 
chinos, ni se asemejan a los de alguna 
otra civilización pretérita. Son estric- 
tamente amiericanas en su origen, son 
la. herencia del arte y la cultura pila- 
colombinos. Este estudio, en verdad 
admirable por su espléndida colección, 
es la obra de Francisco Cornejo, el 
artista mexicano, que ha consagrado 
15 años de paciencia y trabajo para 
realizar su propósito de restaurar las 
huellas de la antigua civilización del 
Continente. Dueño de un fino sentido 
artístico, y teniendo acceso en la ciu- 
dad de México, a las más espléndidas 
colecciones, tanto particulares como 
públicas, fufe poderosamente influen- 
ciado por los tesoros artísticos y las 
reliquias arquitecturlales que Se en- 
cuentran en aquella tierra, de romance 
y misterio, y pronto llegó a la conclu- 
sión de que las obras de ese pueblo 
podrían servir de inspiración a un Arte 
puramente autóctono. Aunque tal Arte 
era conocido en el mundo científico, 
hasta la. fecha ningún artista había em- 
pleado en lo mínimo sus recursos. Si 
nuestros estetas van a ser influenciados 
por alguna forma de Arte, ¿por qué 
no hacen uso de la riqueza decorativa 
de nueetros primitivos? En el salón 



RE VISTA DE REVISTAS 



317 



mayor del estudio el señor Cornejo 
dispuso que se congregaran las exce- 
lencias de sus hallazgos, como para de- 
cirnos la. última palabra: lo llama el 
Templo del Sol, y su intención fue 
impresionar con toda la fuerza y vi- 
gor que se combinan con líneas y co- 
lores del Azteca y del Maya. Esto se 
nota en cuanto se entra al salón. Los 
efectos de luz, los diseños harmonio- 
sámente enriquecidos y das combina- 
ciones sutiles, interpuestas con los simr 
bolismos, tienen una influencia solem- 
ne. El motivo principal es el famoso 
calendario azteca, reproducido por pri- 
mera vez con sus colores originales, 
todo esto exaltado por un mobiliario 
único y una tapicería ad-hoc, para pro- 
bar que el artista conoce el color y 
la proporción." 

^'Revista de Filosom:'--^Vu\)\icfiQÍ6n 
bimestral dirigida, por José Ingenieros 
-iAño VII, Núm. 3.— Buenos Aires.— 
Mayo.— En la página editorial presenta 
el sesuso discurso que Alfredo Colmo, 
Profesor de aquella Universidad, leyó 
ail inaugurarse los cursos del año ac- 
tual, versando sobre "El Código Civil 
en su Cincuentenario". Sobre "Miran- 
da como Filósofo y Erudito", elucu- 
bra magistralmente el sabio bibliógra- 
fo Dr. Manuel Segundo Sánchez, Di- 
rector de la Biblioteca de Caracas. 
Luego nos encanta el estudio que so- 
bre "La Estética de Croce" ha formu- 
lado Moisés Kantor, con tan airosa 
perspicuidad. En la sección bibliográ- 
fica floran reproducciones de "El 
Concepto de la Historia Universal" 
por nuestro Antonio Caso; y "Las 
ideas estéticas en la Argentina" por 
Jorge M. Rohde. De positiva eficacia 
resultará leer "Nuevos ideales de edu- 
cación" por Ingenieros. 

'ThLs C7Z¿m".--HAfío VI, Núm. 61.— 
Buenos Aires. — ^Mayo.^Como siempre 



pulcra, perseguida por el lector arte- 
tocrático, decorada por máceos lápl- 
ees. José María Salaverría habla de 
los "Los Tapices de Goya"; la Pardo 
Bazán envió su cuento •'El Novillo" 
página que resultó postuma; sobre el 
escultor argentino Legulzamón Pondal 
dice cosas bellas el poeta Fernán Fé- 
lix de Amador; y antes de los versoe 
"El Ait)ol Solitario" de EJugenio Día« 
Romero nos hechiza la Ibarbourou 
con su parábola "Una Madrugada". 

''ultra". — Poesía, Críüca, Arte.— 
Año I, Núm. 12, Madrid, 20 de aJbrll 
y 10 y 30 de Mayo.— (2Vo tiene di- 
rector. Se rige por un convite directivo 
anónimo), — Colaboran R. Canaino»- 
iAssens, Humberto Rivas; R. GÓn\ez 
de la Serna, Rafael Lasso de la Vega 
y otros ángeles rebeldes. RIvas dedi- 
ca a la venerable Real Academia Es- 
pañola su poema "Ki-Ki-Ri-Ki". Hay 
un responso en honor de Carlos Roo- 
sen, que fue *'patético y solitario co- 
mo un pájaro perseguido" y se repro- 
ducen tres de sus prosas fa^scinantes. 
J. Rivas Panedas dice: "La hora Ja- 
mié md mano — cowio unn vaca mansa** 
y Juan Las afirma que "La aurora 
empieza a elevarse — de las piernas de 
las mixijeres". 

"SooiuV\ — Vol. VI, Núm. 7.— Conra- 
do Massaiguer. — Habana, Julio. — El 14- 
piz de R. A. Suris muestra a "Car- 
mencita" en una página delirante de 
coíorido. Don Federico Henríquer y 
Carvajal, procer dominicano, presenta 
un cuento de su país. Alvaro d© la 
Hefedia traduce versos de Mario de 
Artagao y los precede de un discreto 
comentario. Massager sabe mantener 
en alto el i^onfalón de su Jovialidad. 

''Cromos'*.^ Bogotá, No. 263, Vol. 
XI. — ^Director Luis Tamayo.— Bogotá, 
Junio 25. — "La Nueva Granad* en 



3i8 



MÉXICO MODERNO 



Oarabobo", es un artículo que trazó 
a conciencia Max Grillo. El señor 
Manrique Terán encomia "Siete Ca.- 
bezas" de nuestro Eduardo Colín, pero 
nada nuevo sobre el ensayista. 

''Fray Mocho''.— Año X, Núm. 478.— 
Buenos Aires, 21 de junio. — Es un in- 
censario junto al ara secular del gran 
"Bartolito", profesor de pueblos que 
con pluma, y espada ratificó la poten- 
cia de nuestra América. Cuenta anéc- 
dotas civiles de Mitre don José M. 
Niño, que son para enternecer y con- 
solar. Mitre se diría en la inmensidad 
de nuestros Andes morales una cima, 
de ventisqueros a la que se asoma con 
su más suave rosicler la luna 

**The Hispanic Americcm Historical 
Review. — Baltimore, Md., Vol IV, No. 2. 
May, 1921. — El Dr. James A. Robertson 
y el Dr. C- K. Jones bibliógrafos que 
Se interesan de verdad por nuestra 
América Latina, siguen realizando una 
obra prestantísima en su magazine 
trimestral. liaman la, atención estas 
colaboraciones: "Pan Americanism and 
the League of Nations" por Manoel 
de Oliveira Lima; "Yankee Imperia- 
lism and Spanisb-American Solida- 
rity; a Oolombian Interpretatiou" por 
Isaac Joslin Cox; "Bibliografía Anti- 
llana" por el Dr. Carlos M. Trelles; 
y el catálogo de bibliografías hispano- 
americanas que prosigue con probo 
empeño el Dr. Jones. 

''ümversidad'\ — Número 9, Bogotá., 
Junio 9. — ^Crítica, cuestiones estudian- 
tiles, información. — Esta última está 
miuy oportuna, y por ella hemos segui- 
do de cerca lo que hacen y piensan 
en aquel núcleo nuevo, que también 
se estremeció no hace mucho en sonado 
mitin al pi«t estar contra das activida- 
des de Juan Vicente Gómez. En cuan- 
to a verso y prosa, todo colaboración 
espontánea, chachara sin motivo, nada 
que nos reconforte. 



*'BabeV\ — Revista de Arte y Crítica. 
— Tucumán, Rep. Argentina, Año I, 
No. 3, Mayo. — Son preseas del número : 
"'Cataliaia die Enciso", por Ricardo 
Rojas; "El Compañero Iván" por Ho- 
racio Quiroga ; "Los perfumes humil- 
des", por R. Francisco Mazzoni. En 
la revista colaboran Banchs, Fernán- 
dez Moreno, Lugones, la Mistral, Pe- 
dro Prado, Alfonsina Storni, el di|K 
tinguido Enrique José Varona. 

"Cuda Contemporánea''. — Director, 
Mario Guiral Moreno. — Tomo XXVI, 
No. 103. — Habana, Julio. — En cada nú- 
mero empieza a tratar editorialmente 
alguno de los problemas trascendenta- 
les de la Isla, y en éste aparece algo 
"Sobre el problema económico y la re- 
for-ma constitucional" por Varona. 
Don Francisco G. del Valle revive do- 
cumentos para la biografía de José 
de la Luz y Caballero y don Luciano 
Acevedo desentierra dos libros curio- 
sos en que aparecen descripciones de 
la Habana, antigua. 

*'La Nota". — Revista semanal. — Nú- 
mero 307 — Año VI. — Buenos Aires, lo. 
de julio. — Pondera las virtudes de Mi- 
tre el Dr. Juan Carlos Garay, de quien 
es el estudio "La Abdicación de San 
Martín", (septiembre de 1822). Se diría 
que está decayendo un poco el ánimo 
de Emir Emín Arslán, pues se quiere 
dormir sobre sus laureles.-.. 

''Juventud". — IV época. — No. 35.— Di- 
rector, Juan Zepeda. — San Luis Potosí, 
lo. de julio. — ^Es el periódico de los 
estudiantes. Y he aquí que alguien re- 
produce la oda inédita que ante el ca- 
dáver del Lie. Marcelino Castrt) dijera 
Manuel José Othón, a la edad de 18 
años. ¡Crueldad de admirador! 

"Xalapa".— Tomo I, Núm. 2, Revista 
quincenal ilustrada. — Jalapa. — Enrí- 
quez, 19 de junio. — Trae la colabora- 
ción de don Cayetano Rodríguez Bel- 



REVISTA DE REVISTAS 



)I9 



trán, quien dirige aquel Instituto del 
Estado. Y en la carátula resplandecen 
los ojos de Julia, que en este caso es 
la Srita. Alicia Villegas Bouchez. 

''La Ros\a del Tepeya&\ — Revista 
mensual . — ^Director : Pbro . Jesús Gar- 
cía Gutiérrez. — ^Año III, Núm. 8. — Mé- 
xico, Agosto. — Sobre "El acueducto de 
Sta. María de Guadalupe" diserta con 
rica erudición el Sr. García. Gutiérrez, 
cuya labor como bibliógrafo eclesiás- 
tico, es por todos alabada. La revista 
dispone de plumas como las de Gonzá- 
lez Obregón y el Marqués de San Fran- 
cisco, y con ello basta para asegurar 
que tiene también muchos lectores. 

''Revista de Costa~Ri€a'\ — Año II, 
No. 10. — San José, Junio. — Muy leído 
será lo que sobre "Orígenes de los 
costa rricences", escribe don Oleto Gon- 
zález Víquez; el estudio que sobre 
"Ujarrás" preparó con esmero don 
Eladio Prado, y lo que sobre "La Sub- 
región Fitogeográfica Costarricense", 
dice don Carlos Wercklé. 

" Proceres''. — Tomo IV. — Núm. 6 y 7. 
—^Director, Dr. ^Rafael V. Castro. — 
San Salvador. — ^De jwsitiva importan- 
cia para quienes tratan de ahondar en 
el estudio de la Independencia de 
América. Presenta, documentación re- 
lacionada con el primer Presidente de 
Centro-América, Gral. Manuel José Ar- 
ce; sobre el general Filisola en El 
Salvador y don Juan de Dios Mayor- 
ga, agente diplomático en México 
(1823) ; don José del Valle, centro- 
americano que fue Ministro de Iturbide ; 
el Intendente don José María Peinado 
(1813) ; un recuerdo en honor de don 
Dionisio de Herrera por el Dr. Rómulo 
E. Durón; y datos sobre el pnócer 
Mariano de Beltranena por el Dr. 
Castro. 

"Los. Ensayos''. — Semanario de varie- 
dades.— 'No. 13— Guatemala, 23 de ju- 
lio.— Redactores : José Luis Yalcárcel, 



Enrique Azmltia y Juan Olivero. — Co- 
mo expresión de aquella juventud, está 
bien la revista. En ella se da a co- 
nocer lo último de los mejores poetas 
y prosistas de aque41a tierra : Aréva- 
lo ^lartlnez, Flavio Herrera, Aceña 
Duran. Y viene carlcatum de actua- 
lidad, política milijtaute, varapalo y 
mandoble. 

Nicaragua Industrial. — I*ublicaci6ii 
mensual ilustrada. — Año I, Núm. 3. — 
Managua, Junio. — Para los negociantes 
y gente de empresa será muy útil bo- 
jearla. Entre otros trabajos sobiiesar 
•len: "El Carbón del Maíz", por C. 
N. Zepeda; "Procedimientos para aca- 
bar con las Taltusas" por Juan B. Ma- 
gaña; "Monografía del Departamento 
de Masaya" por Francisco Acuña Es- 
cobar; **La Costa Atlántica", por José 
Vita. — Lo cual no es óbice para que 
Hernández hable de la "Música de Wag- 
ner" y Cornejo recurra al verso (que 
"es vaso santo") para charlarnos so- 
bre los años que vienen ... 

"Nicaragua Informativa". — Año V, 
Núm. 52. — Managua, Junio. — Con al- 
teza de entusiasmo la dirige el insigne 
escritor regionalista Hernán Robleto, 
uno de los espíritus más comprensi- 
vos y fuertes de esa generación. El 
alma adolorida de Nicaragua se queja 
entre esas páginas, en que la leyenda, 
el cuento, la tradición bien aliñada se 
hallan como en su panoplia las armas 
coruscantes. En la dulce tierra de los 
lagos florecen Juan Ramón Aviles, 
Carlos A. Bravo, Salvador Ruiz Mora- 
les, el Padr-e Azarías H. Palláis. 

"El Fígaro". — Habana. Julio. — Dos 
poemas, de Bernardo Ortiz de Monte- 
llano y Gregorio López Fuentes, ava- 
loran la edición del prestigioso maga- 
zine que dirige el Dr. Ramón A. Cá- 
tala. 

-'Vida Profunda". — Revista quincenal 



J20 



MÉXICO MODERNO 



liferaria— Año I, No. 2.--San Ana (El 
Salvador). — Versos de Jofé Valdés, 
Manuel Escoto y Carmencita Bran- 
non, todos llenos de inquietud nobilí- 
sima, como ventanas abiertas hacia 
el jardín interior. El director del quin- 
cenal es el poeta Valdés, de lo que 
más vale en tierra salvadoreña. 

"THbwia Universitaria''. — Año IX, 
No. 3. — Buenos Aires, Junio. 

''Mosaico". — Revista quincenal. — Di- 
rector David Cornejo. — Año III, Nos. 
4', y 46.— 15 de mayo y lo. de junio. 

Lujos. — Revista de Educación, ór- 
gano del Instituto Normal de Varones 
de *'El Salmdor\,—^Año I, Núm. 2.— 
San Salvador, Junio 15.— Director y 
Redactor: Don Francisco Machón Vi- 
lanova. 

*'AtlacatV\— Año I, Núm. 4.— Direc- 
tor y Redactor: Abraham Ramírez Pe- 
ña.— ^San Salvador, Abril. 

''La Carmana;\ — Editor Gerente: 
Arístides de Marchena. — No. 7. — San 
Salvador, Junio. 

Revista de Ejército y de la Marina. 
— Órgano de la Secretaría de Guerra 
y Marina.— Publicación Mensual. — ^To- 
mo VI.— ^AbriL— Terceira Época. — Mé- 
xico, 1921. 

"Fivac",— Tomo I, Ntím. 9.— Revis- 
ta de actiialidades . — Director: Enri- 
que W. Curtís. — México, D. F. Junio 
30. — En homenaje a López Velarde, 
cuya muerte nos tiene consternados 
aún, publica don David N. Arce estos 
versos inéditos del poeta : 

EL ANCLA 

Antes de echar el ancla en el tesoro 
del amor postrimero, yo quisiera 
correr el mundo en fiebre de carrera, 



con juventud, y una pepita de oro 
en los rincones de la faltriquera. 
Abrazar una culebra del Nilo 
que de Cleopatra se envuelva en la 

(clámide, 
y oir el soliloquio intranquilo 
de la Virgen María en la Pirámide, 
para desembarcar en mi país, 
hacerme niño, y trazar con mi gis, 
en la pizarra del colegio anciano 
un rostro de perfil guadalupano. 
Besar al Indostán y a la Oceanía. 
a las fieras rayadas y doradas, 
y echar el ancla a una paisana mía 
de oreja breve y grandes arracadas. 
Y decir al amor: "De mis pecados 
los más negros están enamorados; 
un miserere se alza en mis cartujas, 
y va hacia tí con pasos de bebé, 
como el candido islote de barbujas 
navega por la taza de café. 
Porque mis cinco sentidos vehementes 
penetraron los cinco Continentes, 
bien puedo, Amor final, poner la mano 
sobre tu corazón guadalupano" . , . 



Castillos y Leones. — ^Núm. 23. — ^Fun- 
dador Gerente, Alfonso Camín. — Méxi- 
co, D. F., 31 de julio.— Esta edición 
extraordinaria fue para conmemorar 
a San Ignacio de Loyola, distinguido 
profesor de energía. Notable la pre- 
sentación, abundante el material (y de 
interés), y el genio vasco manifestán- 
dose en sus múltiples heroicidades a 
través de la historia. Don J . Joaquín 
F. de Pardo Dufoó resuelve dudas 
sobre la heráldica de los Rodríguez de 
Ledesma; el Sr. Fernando de Zabala 
hace una revista de "Los Vascos en 
la Independencia de América" (Mina, 
Bolívar, Iturbide, Hidalgo, Aldama, 
Allende, etc., etc.) y Camín ofrece dos 
sonetos altaneros. Don Salvador Rue- 
da se presenta con la inevitable coro- 
na de laurel y las dieciséis tamboras 
de "Los Dieciséis Prodigios". 



REVISTA DE RE VISTAS 



521 



*'lnúÁee". — (Revista meusual).— Ma- 
drid, No. 1.— 1921.— Este es el suma- 
rio de la nueva revista que aspira 
a "llegar u definir y deslindar, del mo- 
do más completo y perfecto posible,— 
con un criterio amplísimo y estrechí- 
simo a un tiempo, — la calidad más nó- 
tate del genio español e hispa no-ame- 
ricano": José Ortega y Gasset, "Es- 
quema, de Salomé*', Azorín, "Diálogo 
de un rico y un pobre; Pedro Henrí- 
quez Urefia, "En la Orilla" ; Pedro 
Salinas, "Poesías"; Alfonso Reyes, 
"Calendario"; Adolfo Salazar, "Las 
tres Normas"; J. Moreno Villa, "Lu- 
ces de Pentecostés"; Corpus Barga, 
"Teatro Bufo, El AYUDA DE CAMA- 
RúV ; Juan Ramón Jiménez, "Disciplina 
y Oasis" (prosa y verso) ; E. Diez Ca- 
ñedo, "Tópicos"; Gabriel Gai'cía Ma- 
rotó, *M3olor y Ritmo; Jens Peter JU- 
cobson, "Poesías" (traducción de E. D. 
C) y como suplemento "GÓngora re- 
tratado por el Greco. Góngora y el 
Greco precursores del Cubismo. Un 
epistolario inédito", por los redactores. 

Repertorio Americano. — ^Decenario de 
los intereses continentales. — Editor, J. 
García Monge. — Vol. II, No. 25. — San 
José de Costa, Rica, 10 de julio de 
1921. — Con la prestancia de propósitos 
que siempre lo animan, el señor Gar- 
cía Monge presenta a su vasto público 
los tópicos de más interés, las páginas 
más dilectas de los contemporáneos del 
Habita. En este número vienen los tra- 
bajos que a continuación se indican: 
"Meditación en el Canal" por Tulio M. 
Cestero; el discurso pronunciado por 
José Vasconcelos, en la "Fiesta del 
Maestro", de México, en mayo de este 



año; un cuento de Horacio Quiit>ga. 
escritor rioplateuse de los más leídos, 
y que se intitula "La gallina degulüu 
da"; "I^s Perlas Culturaieg" por Ra- 
miro de Maeztn ; "Sucesos, ModaIida<ies 
y Matices de la vida en Estados Uni- 
dos" por Alberto Masferrer; "Carta de 
Méjtico" por el autor de estns notas; 
y unos poemas con que Jaime Torres 
Bodet anuncia su próximo Ubro. 

R. H. V. 

"£7í Maestro:' RevUtta de Cultura Na^ 
cioml. Núms. 3 y 4.— México, 1921. 

En el número de ''MI Maestro'', co- 
rrespondiente a junio próximo pasado, 
apareció el úiltimo poema de Ramón 
I^pez Velarde, nuestro poeta muerto. 
Esta producción suya, mientras llega 
a publicarse el libro de sus poemas 
dlspei-sos, quedará en el número 3 de 
El Maestro, avalorando esa publica- 
ción. 

El artículo de Vasconcelos AristO' 
erada Pulguera, es como un tiro cer- 
tero y oportuno ; por eso la prensa dia- 
ria se ocupó de él y lo reprodujo en 
sus columnas. 

En el número 4, entre otros estudio*» 
interesantes, se halla el de Adoifo Sa- 
lazar Indeffenismo y Europeizacián, en 
el que, disertando sobre las tendencias 
musicales que predominan en América, 
expresa su parecer sobre nuestras ac- 
tividades en ese campo artístico. 

Oerran este número varias poesías 
de González Martínez, adelanto de su 
libro en prensti La Palabra del Viento: 
un soneto de Juan Ramón Jiménez, 
Octubre, y la Balada de la luz sumisa 
de José Gorostiza Alcalá. 

F. M. G. I. 



índice del tomo II. 

Número 7 

Enrique Ja8é Varona. Poemas en Prosa 3 

Enrique Gomales Martínez. — El Roncero Ailoidnado. La Ciudad absorta. 

Luna Materna 5 

Antonio Oaso.—Jja. Sonaía y la Sinfonía g 

Gonzalo Zaldumbide. — Un Elegiaco Ecuatoriano 11 

Alfonso Toro. — El Oará<*ter del Pueblo Español M> 

Alfonso Cravioto. — Ofrenda a Urueta.. Tórtola Valencia. Nueva España... di 

Jadme Twrea Bodet. — Una novela de Huysmans. Al revés 38 

Manuel M. Ponoe. — Una Iniciativa 45 

Agustín Loera y Chavea. — Ija Joven Literatura Mexicana :— Pedro Requena 

Legarreta 48 

Manuet Toussaint. — ^Artes Plásticas en México 53 

Manuel M. Ponce. — El Arte Musical en el Mundo y Crónica Musical Me- 
xicana ....s , 56 

Genaro Estrada. — Revista de Libros 62 

Número 8 

Arturo Capdevila. — En el Mar 7S 

RoJ)erto Arguelles Bringas.—YmtSLttón. Secreto y Desfile cruento 74 

Alfonso Reyes. — Ramón Gómez de la Serna 78 

Salomón de la Selva.— Tu amor desmesurado, por codicioso pierde 86 

Rafael H. Faííc— Sarcófago ^ 

En^Uo Oribe.— Ij& danza en el Mar ^ 

Francisco Contreras. — La Endemoniada ^ 

Mwnuel M. Ponce.—K propóííito de "Le Tombeau de Debussy" 1<» 

Agmtin Loera y Chávez.—ljSi Joven Literatura Mexicana.— Ho-íkirdo Ortiz 

de Montellamo 

Jaime Torres Bodet. —LetTBB Eurt>peas ^^^ 

Manuel M. Ponce.— El Arte Musical en el Mundo y Crónica Mitsical Me- ^^^ 

xicana ^^23 

Genaro Estrada.— nevlstsL de Libros 

Jaime Torres Boáet:— Revista de Revisitas 



Número 9 



Pág:. 



Uuriín Luis GuzmÁn. — Jesüs ünieta -^^ 

Ricardo Arenadles. — Rosas de una Guirnalda de Humildad 135 

Eseqmel A. Chaves. — Estudios de Literatura Rusa 139 

Enrique Fernández Ledesma. — Elegía de la Provinciana I45 

Luis Castillo Ledón, — Méxieo-Tenoxtitlán. 148 

Genaro Fernández Mae-Gregor. — Carátulas 156 

E. Ahreu Gómez. — La commedia del arte 162 

Manuel M. Ponce. — S. M. el Fox 180 

Manuel ToussaAnt. — Artes Plásticas 182 

Manuel M. Poncc.—El Arte Musical en el Mundo y Crónioa Musical Mexica- 
na 186 



Número 10 

Ramón López Velarde. — Lo soez. La cigüeña 185 

Bartolomé Gaillndez. — Un fliit a bordo 187 

José Juan Tablada. — ^Versos a una reina 190 

Fernando González Roa.— La inmutabilidad del derecho de Propiedad 193 

Ramón Gómez de la Sema. — Lo que aprendió aquel pez 199 

Manuel Machado. — A una novicia 202 

José López Portillo y Rojas. — El poder de Jas letras 204 

Br. Atl. — La estancia en la montaña^ Un luminoso día. La noche 208 

Isidro Faheia.—IjQ. Puíialada 213 

José ü. Escohar. — La sombra de Kaxmídes 216 

Julio Jiménez Rueda. — Música y Bailes Criollos de la Argentina 220 

Agustín Loera y Chávez.—La. Joven Libenatura Mexicana. — Jesús S. Soto.. 22lQ 
Riardo Gómez Rohelo. — ^Artes Plásticas en México. Exposicióu. Roberto 

Montenegro 229 

Manuel M. Ponce. — El Arte Musical en el Mundo y Crónica Musical Me- 
xicana 235 

Genaro Estrada.— ReYista. de Libros 238 

Rafael Heliodoro FoiíZe.— ^Revistas de Revistas 245 

Francisco José Castellanos 248 



^ Número 1 1 

Ramón López Velarde. — Treinta y tres 249 

Alfonso Cravioto. — Oraci<in fúnebre 251 

Enrique González Martínez.— Ramón López Velarde 255 

José Juan Tallada. — Retablo a la memoria de Ramón Lápea Velarde 257 

Enrique Fernández Ledesma. — Ramón López Velarde 262 

José Vasconcelos. — Ramón López Velarde 272 

Ricardo Arenales. — Canción de la noche diamatína 273 

Ánionü) Castro Leal. — Ramón T>>pez Velarde 275 

Pedro de Alba. — Ramón López VcOarde 278 



Pág. 

Rafael II. Valle. — ^Elegía Juvenil 283 

Genaro Fernández Ma-c-Greffor.—Kam6n l/^xtm Velarde... líSa 

Alfonso Cami7i. — Los tres perfiles 289 

Rafael López. — Rauíón López Velarde jOa 

José D. Fruís. — Ramón López Veáarde Ií06 

Alejandro Quijano. — Ramón López Velarde iiS7 

José Gorostiza Alcalá. — Elegía apasionada 29S 

Imí8 Auffusto Kegel. — Ramón JjCopez VeAarde .'{00 

Juan E. Coto. — Flor silvestre :i03 

Manuel M. Ponoe. — Instantáneas Muisécales 304 

Manuel M. Ponce. — El arte musical en el mxindo 30S 

Genaro Estrada.— ^ReriBtd de Litoroe 311 

Rafael Heliodoro FaWe.— Revista de Revistas 310 



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•fP México moderno 

63 

VÍA 

t.2 



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