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Full text of "Narraciones humorísticas"

onin? OF 

JoCoCEISMIlAM 




NARRACIONES HUMORÍSTICAS 



NARRACIONES 
HUMORÍSTICAS 

POR MARK TWAIN. Traduc 
cióN DE GARIOS PEREYRA 




BIBLIOTECA X i; E N" A 



"briifn 



Sucesores dk Rivadeneyra (S. A.).-Paseo de San Vicente, 20 



Tilo 



autobiografía 



Dos o tres personas riiie han escrito en diferen- 
tes ocasiones diciéndome que si yo publicara mi 
autobiografía acaso la leerían cuando lo permitie- 
ran sus ocupaciones. En vista de esta ansiedad fre- 
nética, creo que debo acceder a las instancias del 
público. He aquí, pues, mi autobiografía. 

Soy de ilustre prosapia, y mi familia tiene eje- 
cutorias de una antigüedad incalculable. El pri- 
mero de los Twain que recuerda la historia no fué 
un Twain, sino un amigo de la familia apellidado 
Higgins. Esto ocurría en el siglo xi, y nuestras 
antepasados vivían entonces en Aberdeen, condado 
de Cork, Inglaterra. Hasta hoy no hemos podido 
averiguar la causa misteriosa de que nuestra fami- 
lia llevara el nombre materno de Twain, en vez 
del paterno de Higgins. Tenemos ciertas razones 
domésticas muy poderosas para no haber persis- 
tido en la investigación de ese enigma histórico. 
En algunos casos los Twain adoptaron este o aquel 
alias, y siempre lo hicieron para evitar embrollos 
enojosos con curiales y corchetes. Pero, volviendo al 



M .^..A .H'K T W A I N 

asunto Higginis, si mis lectores tienen una curio- 
sidad muy viva, conténtense con saber que el mis- 
terio se redujo a un incidente vago y romántico. 
¿Qué familia antigua y linajuda no conserva el 
perfume de esas poéticas penurribras de paterni- 
dad y filiación? 

Al primero, siguió Arturo Twain, cuyo nombre 
fué famoso en los anales de las encrucijadas in- 
glesas. 

Arturo contaría treinta años cuando se dirigió a 
una de las playas más aristocráticas de Inglaterra, 
llamada vulgarmente presidio de Newgate, y mu- 
chas personas presenciaron su muerte súbita en 
ese lugar de recreo. 

Su descendiente, Augnsto Twain, estaba de mo- 
da allá por el año 1160. Era un humorista extraor- 
dinario. Poseía un viejo sable del mejor acero co- 
nocido entonces. Augusto Twain afilaba muy bien 
la brillantei hoja de su sable, y se situaba por las 
noches en un lugar conveniente del bosque. A me- 
dida que pasaban los caminantes, Augusto los en- 
sartaba con su sablie, sólo por el gusto de ver cómo 
saltaban, pues ya dije que era muy original en sus 
diversiones. Parece que la perfección artística de 
su obra llamó la atención pública más allá de cier- 
tos límites. Algunas autoridades competentes en 
la materia, tuvieron conocimiento de los rasgos hu- 
morísticos de Augusto, lo espiaron por la noche y 
se apoderaron de él en el momento de una de sus 
bromas. Los agentes de esas autoridades recibie- 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ron la orden de separar la extremidad superior de 
Augusto, y llevarla a un sitio eleva'db que estaba 
en Temple Bar. Todo el vecindario se congregaba 
diariamente para ver aquella parte de la persona 
de Augusto, que nunca había ocupado antes un lu- 
gar tan eminente. 

Durante ios doscientos años que siguieron, es de- 
cir, hasta el siglo xiv, la familia fué ilustrada por 
las proezas de muchos héroes, a quienes tocó en 
suerte — ^de otro modo habrían muerto en la obscu- 
ridad — seguir el camino victorioso de los ejércitos, 
cubriendo siempre la retaguardia, y abrir la mar- 
cha cuando se daba orden de regresar a los cuar- 
teles después de la lucha. Se engañaba Froissart al 
asegurar que el árbol genealógico de nuestra fami- 
lia sólo tenía dos ramas en ángulo recto con el 
tronco, y que se distinguía de otros árboles en que 
daba frutos durante todo el año. Esa es una calum- 
nia y una necedad del viejo cronista. 

Llegamos al siglo xv. En esa época floreció 
Twain el Hermoso, llamado también el Letrado o 
el de la Pluma de Oro, Tenía una habilidad insu- 
perable para imitar la letra y la firma de todos los 
mercaderes de aquel país. La gente ?e caía miuerta 
de risa al ver cómo sacaba partido de aquella apti- 
tud, en la que llegó a una completa perfección. No 
se podía pedir más. Desgraciadamente, parece que, 
por efecto de una de esas firmas, se comprometió 
mi antepasado a servir de picapedrero en una carre- 
tera durante un largo período de años, y que la ru- 



M A R K T W A I N 

deza del trabajo le echó a perder la mano para una 
obra delicada como era la de su ejercicio caligrá- 
fico. De vez en cuando dejaba el trabajo penoso de 
la carretera, pero poco tiempo después volvía al 
enganche por algunos años, y así estuvo, con bre- 
ves interrupciones, muy cerca de medio siglo, me- 
jorando las vías de comunicación y empeorando sus 
ya mermadas facultades para el manejo de la plu- 
ma. Todo tiene compensaciones. Tal era la satis- 
facción de los capataces de la carretera, que en los 
últimos años mi egregio antepasado no se alejaba 
más de una semana del lugar de sus tareas, y los 
agentes de la autoridad lo persuadían muy fácil- 
mente para que volviese al servicio público. Así 
murió, honrado y llorado por todos. Perteneció a la 
Orden de la Cadena. Llevaba siempre el cabello 
muy corto, y manifestó un gusto especial por la ropa 
de lienzo con rayas. Casi nunca usaba otra, y el 
Gobierno se la proporcionaba gratuitamente. He 
dicho que la patria lloró la muerte de mi antepa- 
sado, sin duda a e»ausa de sus servicios ; pero más 
aún por los hábitos de regularidad que adquirió en 
el trabajo de las carreteras. 

Andando los años, nuestra famdlia se ilustró con 
el nombre glorioso de Juan Morgan Twain. Vino a 
lo? Estados Unidos en comipañía de Colón, aunque 
como simple pasajero de su carabela. Parece que 
mi antepasado era un hombre de cascara amarga. 
Durante la travesía no cesó de dar quejas al pa- 
trón del buque por la mala comida, y amenazaba con 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

quedarse en lia playa si no mejoraba el servicio. In- 
sistía sobre todo en que se le diera sábalo fresco, 
aunque no lo hay en los mares de Aniérica. Andaba 
siempre sobre cubierta con las manos en los bolsd- 
llos del pantalón, y cuando pasaba junto a D. Cris- 
tóbal se le reía en ilas barbas de un modo imper- 
tinente. Decía contra él mil horrores en los corrillos 
de pasajeros y tripulantes. Entre otras cosas, ase- 
guraba que Colón no tenía la menor idea de Améri- 
ca, y que había emprendido el camino a tontas y a 
locas, puesto que aquel era su priimer viaje al Nue- 
vo Mundo. Cuando uno de los marineros gritó: 
¡Tierra!, todOs se conmovieron. Sólo él permaneció 
impasible. Estuvo viendo la mancha gris con un vi- 
drio ahumado, que, según ciertos cronistas, era u'i 
pedazo de botella, y exclamó desdeñosamente: ''No 
hay tal tierra. ¡ Qué me cuelguen si lo que vamos 
no es una balsa de indios americanos!" 

Al embarcarse, no llevaba consigo sino un envol- 
torio de periódico, en el que había un pañuelo, un 
calcetín de lana, uno de algodón, una camiisa de 
dormir y no sé qué otro objeto. Cada pieza tenía 
iniciales diferentes. Sin embargo, durante el viaje 
inventó la novela de su baúl, y no cesaba de hablar 
de su baúl. Todos los pasajeros juntos desaparecían 
y quedaban anulados cuando se presentaba mi an- 
tepasado en la cubierta. Si el buque hundía el pilco, 
mi bisabuelo llamaba a los grumetes para que lle- 
varan su baúl a popa. El se situaba en lugar con- 
veniente, a fin de ver el efecto. Si se sumía la popa. 



M A R K T W A I N 

al instante mi célebre antepasado buscaba a Colón 
para sugerirle la maniobra indicada, y ofrecía su 
baúl. ¿Me preguntáis qué contenía ese baúl? Yo os 
diré en dos pa'labras que mi antepasado era un hom- 
bre extraordinario. Consultad el Diario de Colón, 
y veréis lo que dice el Almirante de las Indias. No 
acusa a mi antepasado. No hace una indicación que, 
aun veladamente, sugiera la idea de una conducta 
incorrecta. Colón se limita a afirmar que aquel pe- 
riódico y aquellos calcetines se convirtieron duran- 
te el viaje en un gran cargamento. Ya no se habla- 
ba de un baúl, sino de ilos baúles del Sr. Twain. 
Eran tantos, que no cabían en la bodega, y estaban 
sobre cubierta. Los marineros no podían hacer la 
maniobra ni oir las ordenéis, por el hacinamiento de 
los objetos que formaban la propiedad exclusiva e 
indisputable de mi bisabuelo. Al desembarcar, mi 
antepasado entregó a los cargadores de América 
cuatro grandes ibaúles y cuatro cestas de mimbre, 
dos de ellas de las que contenían la champaña con 
que fué celebrado el descubrimiento. Mi antepasado 
volvió a bordo e interpeló a Colón, exigiéndole que 
detuviera a los otros pasajeros, pues sospechaba 
que lo habían robado. Hubo un tumulto en la ca- 
rabela, y Morgan Twain fué echado de cabeza al 
agua. Todos se asomaron a la borda para ver su 
agonía; pero, a pesar de que permanecieron largo 
rato con los ojos clavados en la superficie del mar, 
no aparecieron ni las burbujas indicadoras de la 
muerte del célebre viajero. El interés crecía por 

I o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

momentos en presencia de aquel acontecimiento tan 
extraordinario. En esto se observó que la carabela 
iba a merced de ilas olas, pues el cable del ancla de 
proa flotaba sobre el agua. La consternación fué 
general y profunda. Si consultáis los papeles de 
Colón, encontraréis esta nota curiosa : 

*'E descobrióse quel pasagero yngilés se había 
apoderado del ancla, e vendídola por cierto oro e 
otras cosas de la tierra a los dichos salvages, e 
decíales quera un amuleto." 

Sin embargo, sería imposible negar los buenos 
instintos de mi antepasado. El fué quien primero 
trabajó por la disciplina y elevación de los na- 
turales de América, pues construyó una gran cár- 
cel y puso enfrente una horca. Aunque la crónica 
de donde sacamos estas noticias deja en blanco mu- 
chos hechos de mi iftustre antepasado, cuenta que 
un día, como fuese a ver el funcionamiento de la 
horca, por un accidente voluntario de parte de los 
naturales, Twain quedó colgado en ella. A él co- 
rresponde, por consiguiente, el honor de haber sido 
d primer blanco que mecieron las brisas america- 
nas, con el cuello afianzado en el extremo inferior 
de una cuerda europea. La cuerda, al parecer, le 
causó lesiones en el cuello, y el primer Twain de 
América falleció a los pocos instantes de codgado. 

He dicho que Juan Morgan Twain fué mi bis- 
abuelo; pero debe entenderse el sentido retórico de 
la expresión. Uno de los descendientes de aquel ma- 
logrado precursor, floreció en mil seiscientos y tan- 



M A R K T W A I N 

tos. Se le conocía en muchos países con el nombre 
del Alnuirante. La historia lo menciona y le atribu- 
ye otros títulos de que hablaremos en su opor- 
tunidad. Mandaba embarcaciones muy rápidas. La 
velocidad era parte esencial para el negocio de las 
flotas de aquel antepasado. También se preocupa- 
ba mucho por llevarlas bien municionadas y arma- 
das con muchos cañones, bocamartas y picas de 
abordaje. Prestó grandes servicios para hacer más 
activo el comercio marítimo. En efecto, cuando 
mii antepasado llevaba cierto rumbo, los navios que 
iban delante desplegaban todas sus velas para cru- 
zar el Océano. Si alguna embarcación se retardaba 
y por una de tantas causas que no averiguaba bien 
mi antepasado, quedaba cerca de las flotas del Al- 
mirante, éste sufría un acceso de furor y castiga- 
ba ajl buque retardado llevándoselo consigo Más 
tranquilo ya, conservaba el navio, con su tripula- 
ción y cargamento, en espera de los armadores y de 
los consignatarios de la mercancía ; pero estos hom- 
bres eran tan indolentes, que no iban a reclamar 
bienes de su legítima propiedad, y mi antepasado 
tenía que apropiársenos para que no se perdieran. 
A veces eran tan perezosos los tripulantes de los 
navios retardados, que el Almirante les prescribía 
baños de mar, y ¡los marineros que tomaban esos ba- 
ños gustaban mucho de ellos. Pocas veces volvían 
a pisar la cubierta después de comenzar el higié- 
nico chapuzón. Un acontecimiento desgraciado cor- 
tó la carrera del Aknárante. Su viuda creía que si 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

en vez de ia carrera de su esposo se hubiera corta- 
do la cuerda de que se le suspendió, no habría 
muerto aquel hombre en la plena madurez de sus 
años y en medio de la carrera de sus triunfos. Es- 
tos Je valieron que la historia le designase con el 
nombre de pirata. 

Carlos Enrique Twain vivió a fines del siglo xvii. 
Era un misionero tan celoso en el cumplimieiito de 
sus deberes, como grande por la excelsitud que 
alcanzaron sus facultades. Convirtió a 16.000 na- 
turales de las islas del Pacifico. Tenía tall conoci- 
miento de los textos sagrados, que convenció a aque- 
llos infelices paganos de la insuficiencia de un co- 
llar de dientes de perro y unas gafas para cubrir 
la desnudez del cuerpo durante las ceremonias del 
culto divino. Sus feligreses le querían tanto, y tan- 
to le apreciaron, que, cuando murió, se chupaban 
los dedos y decían que aquel era el más delicioso 
de los misioneros. Hubieran querido otros como él 
para repetir el fúnebre banquete. Pero no todos los 
días nacen misioneros que dejen un sabor tan agra- 
dable en los paladares del trópico. 

La segunda mitad dell siglo xviii tuvo por glo- 
ria y ornamento la vida del más intrépido de los 
Twain. Era designado entre sus compatriotas los 
pieles rojas con un nombre expresivo: decíasele 
el Gran Cazador de Ojo de Cerdo. {Pagago-Paga- 
gua-Puquequivi.) Prestó sus servicios a Inglaterra 
contra el tirano Washington. El guerrero indio, an- 
tepasado mío, fué el qtie disparó diez y siete veces 



M A R K T W A I N 

contra el mencionado Washington, ocultándose\ en 
el tronco de un árbol. Es exacta, por lo tanto, la 
poética narración de los libros escolares; pero és- 
tos engañan al público cuando afirman que después 
del disparo número 17 de su mosquetón, ei gue- 
rrero dijo: *'E1 Gran Espíritu reserva a este hom- 
bre para una miisión importante", y que ya no se 
atrevió a seguir sus disparos. Lo que dijo fué: '*Yo 
no pierdo mi pólvora y mis balas. Ese hombre está 
borracho, y no puedo hacer blanco." Tal es la ver- 
dad histórica. ¿No os parece que debemos preferir 
las narraciones recomendadas por el buen sentido, 
y que tienen el acento y el perfume de la proba- 
bilidad? 

A mi me gustaban mucho las anécdotas de in- 
dios de los libros escollares; pero no vamos a creer 
que por el simple hecho de errarle dos tiros a un 
blanco, todo indio creyese que el soldado de los dos 
tiros había escapado ileso a causa de una predesti- 
nación del Gran Espíritu para fines ulteriores. Y 
si me decís que fueron 17 los disparos contra 
Washington, yo os contestaré que en un siglo la 
historia convierte dos tiros en 17 y aun en 17.000. 
Sería curioso que de todos los indios profetas sólo 
el de Washington acertase, ya que no en los tiros, 
en la profecía. No habría libros bastantes para con- 
signar las profecías que han hecho los indios y otras 
personas graduadas en la misma facultad ; es decir, 
las profecías que no se cumrplieron. Ahora, si veni- 
mos a <las que se cumplieron, yo podría llevar todas 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ellas en los bolsillos de mi gabán, y me sobrarían 
bolsillos. Debo advertir de paso, que muchos de 
mis antepasados fueron muy conocidos por sus 
apodos. Como la historia los ha consignado, creo 
que no vale la pena de extenderse en este punto de 
la vida secular de nuestra familia. ¿Quién no sabe 
que fueron miembros de ella el célebre pirata Kidd, 
Jack, el Destripador, y aquel incomparable Barón 
de Münchhausen, gloria de las letras? Tampoco 
mencionaré a los parientes colaterales, y hablando 
de ellos en globo, diré solamente que se distinguie- 
ron de la ramia principail en un rasgo curioso. Efec- 
tivamente, los Twain murieron colgados ; los otros 
miurieron en sus camas, de muerte natural, lamen- 
tados por los compañeros de presidio. 

Yo aconsejo a todos los que escriban autoibiogra- 
fías que se detengan en el margen de los tiempos 
modernos. Así, basta una mención vaga y genérica 
del bisabuelo. De allí se salta all autobiografiado. 

Siguiendo este consejo diré que yo nací privado 
en absoluto de dientes. En esto me aventajó Ri- 
cardo III ; pero no nací con joroba, y en esto yo le 
llevé la ventaja. Mis padres no fueron excesiva- 
mente pobres ni notablemente honrados. 

Al llegar a este punto, un pensamiiento asalta mi 
mente. ¿Escribiré una autolbiografía que parece- 
ría pálida, comparada con la de mis remotos an- 
tepasados? Es de sabios mudar de opinión, y des- 
pués de haber meditado, creo que mi vida no me- 
recerá escribirse sino cuando se me haya llevado a 

15 



M A R K T W A I N 

la horca. ¡ Cuan feliz seria al público si las biogra- 
fías de otros hombres se hubieran contraído a ha- 
blar de los antepasados, en espera del aconteci- 
miento a que hago referencia! 



II 

NOCHE DE ESPANTOS 



De las capas calizas de Fort 
Dodge, lozva, Estados Unidos, 
se sacó un enorme bloque, Mode- 
lada una figura humana, irCforme 
y gigantesca, el monolito fué en- 
terrado cerca de Cardiff, Conda- 
do de Ondaga, Estado de Nueva 
York, en 1868. Al año siguiente 
se anunció el descubrimiento de 
un hombre petrificado que alcan- 
zó mucha celebridad y fué cono- 
cido con el nombre de Gigante de 
Cardiff. El Profesor de la Uni- 
versidad de Y ale, Othniel C. 
Marsh, puso de manifieste que no 
había tal hombre petrificado de 
Cardiff, sino un fraude, y practi- 
cadas las averiguaciones corres- 
pondientes, George Hall, de Bir- 
mington, confesó que él había he- 
cho aquella maniobra para des- 
acreditar la creencia en los gigan- 
tes de que habla el Génesis (VI. 4). 

El cuarto que yo elegí estaba en uno de los pisos 
superiores. El vetusto caserón se halla situado en la 



M A R K T W A I N 

parte alta de Broadvvay. Esos pisos habían estado 
sin alquilar durante largos años. Mi cuarto, muy có- 
modo y espacioso, era la morada del polvo y de las 
telarañas, de la soledad y del silencio. Cuando lo re- 
corrí para entrar en posesión de mis nuevos domi- 
nios, tuve la sensación medrosa del que anda entre 
tumbas e invade la vida privada de los muertos. Re- 
conozco que eiii esa noche me asaltó por primera vez 
el miedo supersticioso a lo desconocido. Al dar la 
vuelta en un recodo de la escalera, sentí que se me 
enredaba en la cabeza una inmensa telaraña, y esto 
produjo en mí el mismo efecto que si hubiera encoi> 
trado un espectro. 

Llegué a mi cuarto, y fué muy grata la emoción 
que me dominó cuando la luz del gas y el aire que 
entraba por las ventanas disiparon simultáneamente 
las tinieblas y el olor a cripta. Me senté cerca de la 
chimenea, sintiendo en el corazón la alegría que nos 
comunica siempre la llama coruscante del hogar. A 
lo que me parece, permanecí dos horas junto al fue- 
go, absorto en los recuerdos de tiempos idos y de se- 
res que resurgían de las brumas del olvido. La ima- 
giinación reproducía el acento de voces que habían 
enmudecido para siempre, y de canciones que ya na- 
die entonaba en torno mío. El ensueño iba rodando 
por la pendiente de una suave melancolía, cada vez 
más íntima y enternecedora. Fuera, el rumor del 
viento bajaba su diapasón hasta convertirse en un 
suave gemido. Bl golpe rudo del agua sobre los cris- 
tales de las ventanas, fué disminuyendo paulatina- 

I 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

mente, y ya sólo se oía una discreta y velada caden- 
cia. Se apagaban los múltiples ruidos de la avenida, 
y cuando de vez en cuando se oia el rumor de los 
pasos precipitados de algún trasnochador, ese rumor 
se alejaba, dejando atrás el más profundo silencio. 
El fuego de la chimenea moria también, y mi co- 
razón era invadido por un sentimiento de soledad. 
Dejé al cabo la butaca para desnudarme, y sin sa- 
ber por qué, todos mis movimientos eran discretos 
y furtivos. Andaba sobre las puntas de los. pies, co- 
mo si temiese despertar una legión de enemigos que 
al abrir los ojos se lanzarían sobre mí. Después de 
meterme en la cama, seguía con el oído aguzado los 
rumores del viento y de la lluvia, y el ruido distante 
de las persianas de otras casas, hasta que me quedé 
dormido al arrullo de esa música. Algo me desper- 
tó, y al turbarse mi sueño, sentí que una expecta- 
ción angustiosa me invadía. Todo estaba en quietud 
compileta ; todo, menos mi corazón, cuyas palpitacio- 
nes llegaban a mi oído. Sentí que las mantas se des- 
lizaban suavemente hacia los pies de la cama, como 
si alguien tirara de ellas con mucha precaución. Yo 
permanecía inmóvil y sin voz. El movimiento de las 
mantas siguió, hasta que me quedó todo el pecho des- 
cubierto. Yo me sobrepuse al terror, haciendo un es- 
fuerzo ¡supremo de la voluntad, y tiré de la sábana 
hasta cubrirme la cara. Volví a quedar inmóvil y si- 
lencioso, esperando angustiosamente. Una vez más, 
las mantas comenzaron a deslizarse, y una vez más, 
yo esperé durante un siglo de eternos segundos a que 

I 9 



M A R K T IV A I N 

mi pecho quedara descubierto. Apelando entonces a 
toda la energía de que soy capaz, me atreví a tirar 
de las mantas, y después de volverlas a su sitio, las 
así con fuerte mano. Volví a esperar. Pocos instan- 
tes después, percibí uní suave tirón, y yo aumenté la 
resistencia. El tirón se hizo entonces persistente, y 
su violencia fué creciendo poco a poco. Dejé de re- 
sistir, y por tercera vez me encontré con el pecho 
descubierto. Lancé una queja, y otra queja me coni- 
testó desde los pies de la cama. Yo sentí que la fren- 
te se me cubría de sudor, y que las gotas eran como 
abalorios. En verdad, estaba más muerto que vivo, 
y mi angustia no tuvo límites cuando oí pasos en la 
alcoba. A juzgar por su pesadez, debían de ser pa- 
sos de elefante. Coni toda seguridad, no eran de ser 
humano. Lo único que me tranquilizaba — si en ello 
podía caber tranquilidad — , era que los pasos se ale- 
jaban de mi cama. Oí claramente que se acercaban 
a la puerta y que sin mover pestillo ni cerrojo, trans- 
ponían el umbral, salían de la habitación y se, aleja- 
ban por los solitarios corredores, cuyo pavimento 
chirriaba siempre que desaparecía la misteriosa pre- 
sión. Por fin, reinó de nuevo el silencio. 
Calmada algún tanto mi excitación, yo me dije: 
— He soñado, sin duda. He tenido una horrible 
pesadilla. 

Y comieincé a cavilar, hasta quedar convencido de 
que había soñado. Lancé una carcajada de satisfac- 
ción, y la calma renació en mi pecho. Me levanté, 
encendí la luz, y pu'die cerciorarme de que los cerro- 

2 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

jos estaban bien corridos. Otra vez asomó a mis la- 
bios una risa jovial que salía del corazón. Tomé la 
pipa, la encendí, y estiDa sentándome frente a los 
rescoldos de la chimenea cuando... la pipa cayó de 
mi mano desfallacida, la sangre abandonó mis me- 
jillas y mi tranquila respiración fué interrumpida 
por un movimiento de agonía. Vi en las cenizas de 
la chimenea, junto a la huella de mi pie desnudo, 
otra huella de un pie tan grande que, en compara- 
ción, el mí'Qi pudiera parecer ed de un recién nacido. 
¡Alguien había entrado en ila habitación! ¡En esa 
huella estaba ¡la explicación de los pasos del ele- 
fante ! 

Apagué la luz, y volví a meterme en la cama, pa- 
ralizado por el terror. Largo tiempo permanecí con 
la vista fija qn las tinieblas, y el oído atento a cuel- 
quier soinido que interrumpiera el profundo silen-^ 
cío de la noche. Después de larguísima espera, 
oí un ruido discordante sobre mi cabeza, como si 
lo produjera el arrastre de un cuerpo pesado en el 
pavimento del otro piso. Ese cuerpo cayó, y el cho- 
que produjo un sacudimiento en mis persianas. A 
la vez, oí ruido sordo de puertas en otros departa- 
mentos del edificio. De vez en cuando iban y venían 
pasos furtivos por los corredoras, y subían y baja- 
ban por las escaleras. Los pasos llegaban delante 
de mt puerta, vacilaban y volvían a alejarse. A lo 
lejos sonaba un ruido de cadenas, apenas percep- 
tible; -pero si aplicaba el oído, advertía que el golpe 
era más acentuado, que se repetía lein penoiso aseen- 



M A R K T W A I N 

so por las escaleras, y que cada movimiento del 
duende estaba marcado por la punta de la cadena 
al caer ésta en el escalón de abajo, conforme subía 
el ser sobrenatural. Oia frases, oía gritos ahoga- 
dos por una súbita interrupción, oía el rumor de 
vestidos m visibles y el movimiento de invisibles 
alas. Después tuve conciencia de que mi estancia 
era invadida. Yo no estaba so^lo. Oí una respiración 
an(helosa junto a mi cada. Por último, percibí un 
misterioso cuchicheo. Tnas esferitas de una luz sua- 
ve y fosforescente brillaban en el cielo raso, exac- 
tamente sobre mi cabeza. Una de las esferitas cayó 
sobre 4a almohada y dos sobre mi cuerpo. Las tres 
se apagaron, se licuaron y se callientaron. La intui- 
ción me dijo que al desprenderse y caer, las esferi- 
tas se habían convertido en sangre, y no necesité 
de la luz para persuadirme de ello. Después vi rois- 
tros pálidos, vagamente luminosos, manos blancas 
que se levantaban, objetos incorpóreos que flotaban 
en d aire y que desaparecían. El cuchicheo cesó, 
cesaron las voces, cesaron los sonidos, y reinó el si- 
lencio, un silencio solemne. Yo escuchaba inmóvil. 
vSentía que si no encendía una luz, aquél sería el mo- 
mento de mi muerte. Pero ell terror míe paralizaba. 
Gradualmente fui incorporándome hasta quedar 
sentadoi. ¡ Mi frente estaba en contacto con una ma- 
no viscosa ! Perdí las fuerzas, y caí de espaldas co- 
mo herido por un ataqufei medular. Oí el rumor de 
un vestido talar que se arrastraba, que trasponía lu 
puerta y se alejaba. 

2 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Cuando sentí que el silencio reinaba en torno mío, 
salté de la cama, débil y doliente. Encendí el gas con 
mano trémula, como la de un octogenario, o más 
bien, de un contenario. El fulgor 'd^el mechero me 
reanimó. Acercándome a la chimenea, caí en una 
muda contemplación de la huella impresa en las ce- 
nizas. Sus contornos iban paulatinamente borrán- 
dose y desapareciendo. Levanté la vista, y noté que 
la llama del gas disminuía. En aquel momento per- 
cibí de nuevo los pasos del elefante. Se acercaban, 
se acercaban por los húmedos corredores, y a me- 
dida que los pasos se acercaban, la luz de desva- 
necía. Los pasos llegaron al umbral de mi puerta, 
y se detuvieron en ella. El mechero de'l gas despedía 
una luz azul y mortecina, y todos los objetos que 
me rodeaban estaban envueltos en una penum'bra 
espectral. No se abrió la puerta, y, sin embargo, 
yo sentí que tma corriente de aire frío me azotaba 
las mejillas. Delante de mí había una presencia in- 
forme, gigantesca y nebulosa. Yo la miraba con 
ojos fascinados. Todo aquel ser despedía un vago 
resplandor. Gradualmente tomaron forma precisa 
los repliegues de la masa nebulosa. Apareció un 
brazo, y después del brazo dos piernas ; se destacó 
el contorno de un cuerpo, y por último emergió 
de aquel vapor un rostro triste. ¡Despojado de sus 
envolturas, desnudo, musculoso, afable, apareció 
antc^ mí la majestad del Gigante de Cardiff! 

Todas mis zozobias se d\ "paron, pues hasta un 
niño hubiera sentido que era imposible recibir daño 

2 3 



M A R K T W A I N 

alguno de aquel ser bondadoso. La alegría renació 
en mi alma, y como si estuviera lem perfecta simpa- 
tía conmigo, 'la luz del gas se reanimó al mismo 
tiempo. Jamás se vio en e'l mundo a un hombre que 
después de estar condenado a la reclusión y al aban- 
dono, volviese otra vez a disfrutar de los beneficios 
de la vida social, tan feliz como yo mío sentí enton- 
ces, acom^pañado por el amigo gigante, a quien dije : 

— ¡ Cómo ! ¿ Eres tú ? He pasado un miedo es- 
pantoso durante tres horas. Me alegro mucho de 
verte. Siento no tener una silla que pueda poner a 
tu disposición... Mira, siéntate aquí. No; allí, no. 

Pero ya era tarde cuando ío dije. No pude con- 
tener al Gigante, y la silla crujió. En los días que 
llevo de vi'd'a, no he visto silla que se sacudiera co- 
mo aquélla. 

— ¡Detente, detente! Vas a... 

Una vez más, mis palabras llegaron muy tarde. 
Se oyó otro crujido, y otra silla quedó reducida a 
sus elementos originales. 

— ¡Pero, condenado! ¿No tienes juicio? ¿Te has 
propuesto dejar esta casa sin mueiblies? Ven, ven, 
loco de mil demonios... 

Todo era inútil. Se dirigió a la cama, y en un 
instante, ésta fué un campo de ruina y desolación. 

— ¿Qué hacer? No veo camino. Recorres la casa 
como un torbellino, acompañado de una legión de 
seres del otro mundo, y me llenas de zozobras mor- 
tales. Y por más que tolero la indelicadeza de tn 
traje, quq ninguna persona culta permitiría, salivo 

2 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

en los buenos teatros, aunque ni en éstos sería lí- 
cito el desnudo de individuos de tu sexo, pagas toda 
mi generosidad haciendo pedazos los muebles en 
que se te antoja tomar asiento. Y todo, ¿para qué? 
No te aprovecha, y sales tan maltratado como los 
muebles. Te has roto el vértice de la columna ver- 
tebral. Has arrancado lascas de todo tu cuerpo, y 
las has desparramado por el pavimento. Parece que 
estamos en una marmolería. Debías tener ver- 
güenza, en consideración a tu edad y estatura, que 
no se avienen con tales procedimientos. 

— Bien está; dejemos esto. Ya no romperé los 
muebles. Pero ¿qué voy a hacer? En un sigilo no 
he tenido ocasiión de sentarme. 

Al decir esto, las lágriimias brotaron de sus ojos. 

— ¡ Pobre ! — dije — . No debí haber sido tan seve- 
ro. Además, casi tengo la seguridad de que eres 
huérfano. Pero siéntate aquí. Mira en tomo tuyo, 
y te convencerás de que ningún mueble resiste tu 
peso. Además, si te obstinas en quedar a mayor a)l- 
tura que yo, será imposible un vínculo social en- 
tre nosotros. Yo me subiré a este taburete de tene- 
dor de libros, y así podremos vernos las caras. 

Obedeciendo a mis indicaciones, se tendió sobre 
el pavimento. Le ofrecí una pipa. Fui a ía cama, 
tomé una de mis mantas rojas y se la eché sobre los 
hombros. Le coloqué un barreño invertido en la 
cabeza. En suma, lo puse a la vez cómodo y pin- 
toresco. Mientras yo avivaba el fuego, él cruzó las 

a 5 



M A R K T W A I N 

piernas y expuso al calor amoroso de lia llama las 
plantas esponjosas de sus prodigiosos pies. 

— ¿Por qué tienes asi los pies y las piernas? 

— Unos malditos sabañones que me salieron en d 
cortijo de Newell. Con todo, le tengo cariño a aquel 
lugar. Son los viejos amores, que no olvida uno. 
Allá siento en todo su vaEor lo que es la verdadera 
paz del alma. 

Después de media hora de conversación, notan- 
do su fatiga, le hablé de ella. 

— ¿Dices que estoy cansado? — preguntó — . Si, 
es verdad. Y ya que he recibido un tratamiento tan 
afable, voy a decirlo todo. Soy el espíritu del Hom- 
bre Petrificado, que habita allí enfrente, en el Mu- 
seo. Soy el espíritu del Gigante de Cardiff. No ten- 
dré paz ni descanso hasta que den sepultura a ese 
pojbre cuerpo. Y entretanto, ¿qué puedo ya hacer 
para que los hombres satisfagan un deseo tan legi- 
timo? ¡Aterrorizarlos, aparecerme en los sitios cir- 
cunvecinos ! Todas las noches lo hacía en el Mu- 
seo, y aun logré que cooperaran otros espíritus. 
Pero fué inútil mi actividad, pues nadie va al Mu- 
seo por las noches. Entonces me ocurrió atravesar 
la calle y dar fiesta en esta casa. Yo tenía la segu- 
ridad de que en cuanto se me oyese, todo el imiundo 
encontraría palpable ila justicia de mi causa, pues 
contaba con gente de toda confianza. Noche a no- 
che hemos recorrido los lúgubres y húmedos co- 
rredores, arrastrando cadenas, suspirando, cuchi- 
cheando, dando meneos formidables a las escaleras. 

2 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Llegó un momento en que, si to he de decir la 
vendad', me sentí cansado de esta vida. Pero hoy, 
que vi luz en tu habitación, cobré nuevos bríos y 
emprendí las operaciones con el vigor que lies daba 
en otro tiempo. El ejercicio ha sido tal, que he que- 
dado sin respiración. ¿Podrías danne alguna es- 
peranza ? 

Yo exclamé desde lo alto de mi taburete: 

— I Esto supera a cuanto pudiera imaginarse ! Tus 
sufrimientos, pobre fósil, son completamente inmo- 
tivados. ¿ Ignoras acaso que tu aparición es la de un 
vaciado en argamasa? ¡El verdadero Gigante de 
Cardiff está en Albania ! ¿ Es posible que hayas lle- 
gado a confundir tus propios restos ? 

— ¿ Pero pretendes que yo no soy yo ? 

— ^No lo pretendo; !o sé. Y voy a demostrártelo. 
La falsificación original, o sea el coloso auténtico, 
está actualmenite en Albania. Allí se exhibe, y la mu- 
chedumbre se agolpa en el Museo para ir a verlo. 

— Y yo, ¿quién soy entonces? 

— ¿ Tú ? Tú eres un duplicado ingenioso y fraudu- 
lento. Se te llama, es verdad, el único Gigante legi' 
timo de Cardiff. \ Pero eres de argamasa ! Y lo pon- 
drán en claro los dueños del coloso de piedra. 

No podría describiros la vergüenza y la humilla- 
ción que se pintaron en el rostro del Gigante de 
Cardiff. 

El Hombre Petrificado se puso en pie, y me dijo 
con expresión sincera : 

'^ 7 



M A R K T W A I N 

— ¿ Honradamente es verdad eso que estás dicien- 
do? 

— Es una verdad tan palmaria, como que estoy 
subido en esta torre de tenedor de libros. 

Se quitó la pipa de los labios, y la dejó sobre la re- 
pisa de la chimenea. Después permaneció un mo- 
mento en actitud vacilante. Inconscientemente, y co- 
mo consecuencia de un hábito inveterado, llevó las 
manos al lugar en que debía haber tenido los bol- 
sillos de los pantalones. Indlinando la cabeza sobre 
el pecho, dijo: 

— ^ Jamás me sentí tan ridículo y absurdo. El Hom- 
bre Petrificado ha perdido su reputación! en todas 
partes, y ahora vemos las consecuencias de este frau- 
de vil, hasta en la situación a que se ve^ reducida su 
pobre alma en pena. Hijo mío, si te queda una chis- 
pa de caridad, ooncédes-éla a este pobre fantasma, sin 
un solo amigo en Nueva York, y no vayas a contar 
nuestra aventura. Piensa lo que tú sentirías si hu- 
bieras hecho una estupidez semejante. 

* * * 

Se oía a lo lejos morir el ruido de los pasos en la 
desierta calle, después de que el Gigante hubo ba- 
jado lentamente la escalea. Yo sentía su ausen- 
cia — ¡ pobre hombre sin autenticidad ! — y la sentía 
tanto más cuanto que se había llevado mi manta 
roja V un barreño. 



2 8 



III 



SOBRE LA DECADENCIA EN EL ARTE 
DE MENTIR 

Memoria presentada a 
la Sociedad de Historia 
y Arqueología de la Uni- 
versidad de Harvard^ y 
leída por el autor en se- 
sión pública. 

Comenzaré por afirmar que la costumbre de men- 
tir no ha sufrido interrupción o decadencia. No; 
la Mentira es eterna, como Virtud y Principio. La 
Mentira, como recreo, como consuelo, como refu- 
gio en la adversidad; la Mentira como Cuarta Gra- 
cia, como Décima Musa, como la mejor y la más 
segura amiga deil hombre, es inmortal y no podría 
desaparecer de la tierra sino cuando desapareciera 
el círculo. Pero hagamos una distinción de rigor 
científico. No hay hombre de inteligencia elevada 
y da sentimientos rectos, que vea las mentiras tor- 
pes e inestéticas de nuestra edad, sin lamentar en el 
fondo de su corazón la prostitución de una de las 
Bellas Artes. Distingamos, pues, entre costumbre y 
belleza ; entre lo que es útil y lo que eleva el espí- 
ritu. Mis afirmaciones pesimistas llevarán un sen- 
tido exclusivamiente artístico. 

2 9 



^ 



R K T W A I N 



Tengo la honra de dirigirme a un grupo iílustre 
de veteranos de la investigación histórica, y mis 
palabras deben cubrirse con el velo de la mo- 
destia y de lia circunspección. ¿Podría una solte- 
rona infecunda dar consejos a las respetables ma- 
tronas de Israel ? Yo no os censuro, señores Acadé- 
micos; reconozco que sois mayores en edad, y re- 
conozco también vuestra superioridad en la mate- 
ria especial, objeto dei esta Memoria. Aunque apa- 
rezcan irreverentes tales o cualles de mis observa- 
ciones, yo las formularé en un sentido de admira- 
ción y no de contradicción. Creo en verdad, y lo 
digo con profunda emoción, que mis lágritoas serían 
superfluas y vanas mis lamentaciones, si la más be- 
lla de las artes bellas hubiera merecido de toda la 
humanidad la misma celosa veneración y la misma 
práctica concienzuda y progresiva de que da hace 
objeto esta ilustre corporación. Mis palabras no 
llevan el propósito de envilecerse con la lisonja. 
Hablo inspirado por una justa y leal apreciación 
de vuestra larga historia científica. Podría citar nu- 
merosos ejemplos de vuestros méritos; pero el ri- 
gor de una exposición objetiva míe veda toda alu- 
sión personal. 

Entre los hechos que (la observación ha compro - 
badlo mejor, se destaca éste: la mentira se perpeitúa 
porque es una institución fundada sobre los más 
sólidos cimientos de la necesidad. Y no sería pre- 
ciso agregar que si las circunstancias imponen lia 

30 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

mentiira, ésta toma en tal caso todos los caracteres 
de la virtud. Ahora bien, sabemos por la historia 
de la humanidad que ninguna virtud akanza di 
grado de suma perfección sin un cultivo esmerado 
y diligente. Luego si la Mentira es una Virtud y 
una Arte Bella, y si no puede llegarse a la perfec- 
ción en la Virtud y en d Arte sin la educación, ¿no 
se sigue que el hogar, la escuela pública, la prensa y 
la tribuna deben impartir la enseñanza de la menti- 
ra? El embustero ignorante e inhábil no tiene armas 
para luchar contra el embustero instruido y ex- 
perto. ¿Cómo puQjlo yo bajar a la arena y medir 
mis armas con las de un abogado? Este ha culti- 
vado la mentira juiciosa. Ahora bien; esa es la 
mentira que necesitamos para nuestra perfección 
moral, intelectual y materiaJl. Sería mil veces prefe- 
rible no 'mjentir que mentir con poco juicio. Una 
mentira torpe, carente de valor científico, es, a ve- 
ces, tan desastrosa como una verdad. 

Acudamos a los archivos de la filosofía, y vea- 
mos ío que nos enseñan los grandes maestros. No 
tenéis más que recordar un antiguo proveit)io que 
dice: "Los niños y los locos dicen siempre la ver- 
dad." La inferencia es tan olara como e!l agua de 
'la fuente cristalina. Los adultos y los sabios jamás la 
dicen. El historiador Párlcman afirma en cierto pasaje 
de sus obras inmortales: "El principio de la verdad 
puede llevar al absurdo." Y en otro pasaje del mis- 
mo capítulo, añade el egregio historiador : "Es una 
verdad muy antigua la que nos enseña que la ver- 

3 » 



M A R K T ■ W A I N 

dad no es sitíirupre oportuna. Son peJÍigrosos todos 
aquellos imbéciles a quienes su conciencia corrom- 
pida arrastra hasta el grado de violar habitualmen- 
te este principio." Las palabras de Parkman tienen 
tanto vigor como acierto. Nadie podria vivir con 
una persona que dijera siempre la verdad. Pero 
demos gracias a Dios: esas personas no' existen. 
Un hombre regularmente veraz seria un ser im- 
posible. Ese hombre no existe. Jamás ha existido. 
Hay, es verdad, quienes pretenden no haber men- 
tido. Pero esas personas viven engañadas por una 
ilusión. Todo el mundo 'miente. Y miente cada día. 
Y miente muchas veces por hora. Miente despier- 
to. Miente dormido. Cuando soñamos, cuando go- 
zamos, cuando lloramos estamos mintiendo. La len- 
gua no habla; está inmóvil. ¿Pero qué importa? 
Las manos, /los pies, los ojos, la actitud, engañan, 
y lo hacen con un propósito deliberado. Aun en los 
sermones... Omito la observación por su misma 
vulgaridad. 

Yo vivi en un país lejano, hace ya mucho tiempo. 
En ese país las señoras se visitaban, pretextando 
amablemente que lo hacían para verse unas a otras. 
Cuando una de esas señoras volvía a su casa, ex- 
clamaba con júbilo: 

— He hecho diez y seis visitas, y en catorce no he 
encontrado a la señora de la casa. 

Examinemos esta frase. ¿Qué significa? No que 
la visitante hubiera creído encontrar algo muy des- 
agradable en esas catorce casas, consumando las 

3a 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

catorce visitas. Do ningún modo. La frase significa 
que catorce personas no estaban en casa, y que la 
visitante derivaba una satisfacción intensa del he- 
cho de haber salido del paso dejando catorce tar- 
jetas. Tenemos, pues, en primer lugar, el supuesto 
deseo de ver a catorce personas y el gusto de no 
verlas. En d otro caso, el vago disgusto de encon- 
trar a quien no se hubiera querido ver. Las dos 
mentiras se manifiestan en forma suave y habitual. 
¿Son excusables esas mentiras? Lo son, con toda 
evidencia. Además, no sollo son excusables, sino que 
son expresiones bellas y nobles de un corazón ge- 
neroso. ¿Qué fin se propone la persona que asi 
miente? No se propone lucrar. Su fin único es agra- 
dar a diez y seis personas. 

Eli hombre veraz, de alma de hierro, sería des- 
agradable, y lo sería sin objeto alguno, pues diría 
explícita o implícitamente que no tenía el menor 
des'co de ver a sus amigos. Ese hombre sería un 
asno, y sus coces harían sufrir inútillmentei a todos 
aquellos que tuviesen la pena de entrar en contacto 
con él. 

No sólo mentían las señoras, pues hasta los caba- 
lleros de aquel país lejano eran embusteros. Y no 
hallé una sola excepción. Decían: 

— ¿Cómo está usted? 

Esta pregunta era ujia mentira. No les interesaba 
saÍ3er del prójimo sino cuando eran dueños de em- 
presas funerarias. La pregunta referida tenía como 
respuesta habitual una mentira. Nadie se ponía a 

3 3 3 



M A R K T W A 1 N 

hacer un estudio concienzudo de su salud antes de 
contestar, y d interpelado contestaba al azar lo pri- 
mero que se le ocurría. Si encontrabais al dueño de 
(Una funeraria, le decíais que vuestra salud era imuy 
delicada. ¿Quién podía negarse a dar esa respuesta, 
sabiendo que causaba con ella un placeír, y que s^i 
alimentaba una ilusión en el prójimo, sin compro- 
miso para el que decía la dulce mentira? 

En ese mismo país, cuando un extraño os visi- 
taba, vuestro deber era decirle : 

— ¿A qué se debe el gusto de ver honrada esta 
pobre casa con una visita que me causa tanto pla- 
cer? 

En el fondo de vuestra corazón estabais diciendo : 

— ¿Por qué no estás en un país de caníbales y 
llegas allí a la hora del almuerzo? 

Luego d visitante se ponía en pie para salir. Vos- 
otros decíais en alta voz : 

— ¡Cómo! ¿Tan pronto? 

Interiormente : 

— Creo que ya me he quitado este cataplasma. 

Y en la puerta : , 

— Hasta pronto. 

Interiormente : 

— ^¿No habrá tejas que caigan sobre estos mons- 
truos de pesadez ? 

Vuestras palabras no engañabam ni herían. Si hu- 
bieran expresado la verdad, habría habido por lo me- 
nos dos personas embrolladas en una embarazosa dis- 
plicencia. 

3 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Yo creo que la mentira cortés constituye un arte 
encantador y amable, susceptible de cultivo. La más 
alta ¡>erfección de las buenas maneras está formada 
por un soberbio edificio que en vez de piedras talla- 
das tiene como material un conjunto de mentiras ino- 
centes, graciosamente dispuestas y adornadas con 
primor. 

Lo desolador es que tiende a prevalecer la verdad 
en su» formas brutailes. Hagamos todo lo posible para 
desarraigar esta planta maligna. Una verdad que 
hiere, no vale más que una mentira hostil. No debe- 
riamos pronunciar la una, como no pronunciamos la 
otra. El hombre que profiere una verdad odiosa, aun 
para salvar la vida, debería reflexionar que la vida 
de un ser desagradable no mereee los sacrificios que 
se hacen por ella. El hombre que dice una mentira 
para ser útil a algún pobre diablo necesitado de ayu- 
da, merece que los ángeles del cielo celebren sus em- 
bustes. Ese hombre es un embustero magnánimo. 

La mentira desagradable es como la verdad cuan- 
do ésta hiere. El hecho ha sido consagrado por la ley 
sobre la difamación. Entre otras mentiras comunes, 
debemos mencioniar la mentira silenciosa, el error a 
que se nos induce guardando silencio y ocultando la 
verdad. Muchos de los corazones más endurecido» 
por el hábito de la verda'dl, no hacen sino bajar la 
pendiente de la mentira silenciosa, imaginando que 
no mienten porque sus labios callan. En ese país le- 
jano do que hablo, había una dama de ingenio en- 
cantador, de sentimientos nobles, de alma elevada, 

3 5 



M A R K T W A 1 N 

de inteniciones rectas y de reputación^ sin mancha. 
Como yo dijese un día en su mesa que todos somos 
embusteros, ella se sorprendió grandemente. 

> — ¿ Todos ? — preguntó. 

— Todos — dije yo fran/camente — . Todos, sin ex- 
cepción. ; 

Ella se manifestó muy ofendida. 

— ¿Me cuenta usted en el número? 

— Seguramente. Y ocupa usted un lugar elevado 
en la serie. 

— I Chitón ! Hay niños. . . 

Cambiamos de co:n]versación a causa de la presen- 
cia de los niños. Pero cuando los niños se retiraron 
a dormir, la dama vOlvió a da carga, y me dijo: 

— Observo como reglla invariable no mentir. Jamás 
me he apartado de esta reg'la. 

— Hablo con buena intención), y, sobre todo, no soy 
irrespetuoso. Pero, con toda atención sea dicho: us- 
ted, iseñora, miente sin interrupción desde que llega- 
mos a esta casa. Yo he estado muy apeniado por ello, 
pues no tengo el hábito de tales mentiras. 

— ¿En qué he mentido? Cite usted un ejemplo: 
uno solo. 

— Muy bien. El Hospital de Oakland ha enviado 
una enfermera para que atendiera a uno de los ni- 
ños. A la vez, se ile remitió a usted un impreso para 
que consignara todas sus observaciones relativas a 
la conducta de la enfermera. ¿ Se ha dormido cuando 
tenía que velar? ¿Ha olvidado dar la poción?" Y así 
soicesivamente. En el mismo impreso se recomienda 

36 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ia mayor exactitud y minuciosidad en los informes, 
pues el buen funcionamiento del servicio exige que 
la enfermera sea castigada, ya con multa, ya de otra 
manera, por cada una de sus faltas y negligencias. 
Pues bien: usted le atribuye a esa mujer todas las 
perfecciones, y a mi me ha dicho que no tiene de~ 
fectos. Sin embargo, ¿cuántas veces ha dejado al 
niño tiritando de frío mientra's se le mudaba y ca- 
lenitaba la cama? Vamos a la respuesta que usted 
dió en el impreso d'el Hospital: "¿La enfermera ha 
cometido aJlguna falta o ha sido negligente?" Aquí, 
en California, todo lo arregílamos con apuestas. Diez 
dólares contra diez centavos a que usted mintió en» el 
informe. 

— ^No mentí. Dejé la respuesta en blanco... 

— Mentira silenciosa. Hace usted suponer que no 
tiene reproche la conducta de la enfermera. 

— ¿ Esa íes una mentira ? Yo no podía inscribir ell 
descuido en el informe. La pobre muchacha es ex- 
ceilente, bien intencioinada, cumplida. Hubiera sido 
una crueldad anotarle esa falta. 

— ^No hay que temer la mentira cuando la men- 
tira es útil. La intención de usted era buena, pero 
le faltó discernimiento. La laxperiencia enseñará si 
se debe o no se debe mentir para hacer el bien. Ob- 
serve usted el resultado de aquel juicio erróneo. 
Guillermito, el niño de!l señor Jones, tiene escar- 
latina. Como resultado de las rocomendaciones de 
usted, la enfermera está en la casa. Toda la fami- 
lia, se entrega al sueño desde ayer, confiando en la 

3 7 



M A R K T W A I N 

excelencia de la enfermera. La pobre familia es- 
taba agobiada por la fatiga, pero no se hubiera 
puesto en esas manos fatales a no ser por el infor- 
nie. Usted, señora, como el niño Jorge Washington, 
ha alcanzado una fama... Mañana pasaré por usted, 
y si n'O tiene otra cosa que hacer, iremos al entie- 
rro. A usted evidentemente le asiste una razón per- 
sonail para interesarse por Guillermito; una razón 
tan personail, si me atrevo a decirlo, como la del 
empresario... 

Era inútil cuanto yo decía. Antes de que pudie- 
ra 'terminar mi discurso, ya la señora había toma- 
do Un coche y corría hacia la casa de Guillermito 
para salvar lo que auní quedaba de aquel pobre niño, 
y para decir lo que sabía sobre ila enfermera fu- 
nesta. Todo esto era perfectamente inútil, porque 
Guillermito no estaba enfermo. Yo había mentido. 
Peiro en aquel mismo día la señora envió al hospi- 
tal una carta para llenar el hueco y restablecer 
exactamente la verdad de los hechos. 

Como veis, la failta de aquella buena señora no 
había consistido en la mentira, sino en la oportuni- 
dad de la mentira. Hubiera podido decir la verdad 
en el sitio indicado, y establecer la compensación 
consignando una mentira piadosa. Hubiera podido 
escribir, por ejemplo: ''Esta enfermera posee todas 
las perfecciones. Jamás ronca cuandoi vela." 

La mentira es universal. Todos mentimos. To- 
dos debemos mentir. La prudencia consiste en men- 
tir prudentemente, en mentir oportunamente, en 

38 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

mentir con fines laudables. Hay que mentir para 
hacer el bien al prójimo. En una pailabra, hay que 
mentir sanamiente, por humanidad. Hay que men- 
tir francamente; hay que mentir con valor; hay 
que mentir con la cabeza erguida. No hay que men- 
tir por egoísmo; no hay que mentir por crueldad; 
no hay que mentir con tortuosidad y coin miedo ; 
no hay que mentir como si estuviéramos avergon- 
zados de la mentira. 

La mentira es noble. Libremos, pues, a nuestro 
país de la funesta verdad que loi inficiona. La men- 
tira nos hará grandes, buenos, bellos, dignos de 
habitar Un planeta en el que la naturaleza miente 
sin cesar, salvo cuando nos anuncia un tiempo exe- 
crable. ¿Pero que podría yo agregar, novicio como 
soy en el noble arte de la mentira? En vano iii- 
tentaría ponerme al niveí de los miembros de esta 
augusta Sociedad. 

Mintamos, señores ; pero sepamos mentir, ya que 
la mentira es una Jey ineludible. Sepamos cuándo 
se debe mentir y cuándo no se debe mentir. ¿Y 
quién puede establecer las reglas precisas para sa- 
ber si en un caso procede la mentira o si debemos 
evitarla? Esta es una función delicadísima que, a 
mi entender, sólo puede ser concienzudamente cTés- 
empeñada por una Asociación como la vuestra, for- 
mada de personas, puedo decirlo sin adulación, a 
quienes una ilarga práctica profesional acredita co- 
mo maestros en el arte de la mentira. 



39 



IV 



EL ARCA DE NOÉ INSPECCIONADA 
EN UN PUERTO ALEMÁN 

Nadie podrá alegar que son muy notables ios 
progresos realizados en el arte de la construcción 
naval desde los tiempos en que Noé puso a flote 
su arca. Las lleyes de la navegación acaso no exis- 
tían o no eran apilicadas en todo su rigor literal. 
Actualmente las tenemos tan sabiamente combina- 
das, que a la vista parecen papel de música. El 
pobre patrilarca no podría hacer hoy lo que tan 
fácil! le fué hacer entonces, pues la experiencia, 
maestra de la vida, nos ha enseñado que es nece- 
sario preocuparse por fia seguridad de las personas 
dispuestas a cruzar los mares. Si Noé quisiera 
salir del puerto de Brema, las autoriídades le nega- 
rían el permiso correspondiente. Los inspectores 
pondrían toda clase de reparos a su embarcación. 
Ya sabemios lo que es Alemania. ¿Imagin-áis en 
todos sus pormenores di diálogo entre el patriarca 
naval y ilas autoridades? Llega el Inspector, ves- 
tido irreprochaiblemente con su vistoso uniforme 

4 » 



M A R K T W A I N 

militar, y todos se sienten sobrecogidos de respeto 
a la vista de la majestad que brilla eti su persona. 
Es un perfecto caballero, de una finura exquisita, 
pero tan inmutable como la propia estrella polar, 
siempre que se trata del cumplimiento de sus de- 
beres oficiales. 

Comenzaría por preguntarle a Noé el nombre de 
la población de su nacimiento, su edad, la religión 
o secta a que perteneciera, la cantidad de sus ren- 
tas o benefieios, su profesión c ejercicio habitual, 
su posición en ia eseaila social, el número de sus 
esposas, de sus hijos y de sus criados y el sexo 
y edad de hijos y criados. Si el patriarca no estu- 
viera provisto de pasaporte, se le obligaría a re- 
cabar todos los papeles necesaríos. Hecho* esto^ — 
antes no — , el Inspector visitaría e^l arca... 

— ¿ Longitud ? 

— Doscientos metros. 

—¿Altura de la línea de flotación? 

— Veintidós metros. 

— <j Longitud de los baos? 

—Diez y ocho a veinte. 

— ¿Material de construcción? 

— Madera. 

— ¿Se puede especificar? ' 

— Cedro y acacia. 

— ¿Pintura y barniz? 
• — ^AUquitrán por dentro y por fuera, 

— ¿Pasaferos? 

-^Ocho. 



4 ^ 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— ¿Sexo? 

— Cuatro hombres y cuatro mujeres. 

—¿Edad? ' , 

— La más joven tiene cien años. 

— ¿Y d jefe de la expedición? 

— Seiscientos. 

— Por lo que veo, va usted a Chicago. Hará 
usted negocio en la Exposición. 

— ¿Nombre del médico? 

— No llevamos médico. 

— Hay que llevar médico, y también un empre- 
sario de pompas fúnebres. Son requisitos indis- 
pensables. Personas de cierta edad no pueden 
aventurarse en un viaje como éste sin grandes 
precauciones. ¿ Tripullantes ? 

— ^Las ocho personas mencionadasi. 

— ¿Las mismas ocho personas? 

— Sí, señor. 

— ¿Contando las mujeres? 

— Sí, señor. 

— ¿Haiu prestado ya sus servicios en la marina 
mercante ? 

— No, señor. 

— ¿Y los hombres? 

— Tampoco. 

— ¿Quién de ustedes ha navegado? 

— ^Ninguno. 

— ¿Qué han sido ustedes? 

— Agricultores y ganaderos. 

—Como el buque no es de vapor, necesita por lo 

4 3 



M A R K T IV A I N 

menos una tripulación de 800 hombres. Hay que 
procurárselos a toda costa. Es necesario tener 
también cuatro segundos y nueve cocineros. ¿Quién 
es el capitiáíii? 

— Servidor de usted. 

— Se neoesita un capitán. Y se necesita por lo 
menos una camarera, y ocho enfermeras para los 
ocho ancianos. ¿Quién ha hecho el proyecto y es- 
pecificaciones del buque? 

—Yo. 

— ¿Es su primer ensayo? 

— ^Sí, señor. 

— Ya lo suponía. ¿Qué efectos lleva usted? 

— ^Animales. 

— ¿De qué especie? ■ 

— De todas. 

— ¿Son animales domésticos? 

— Casi todos son animales en estado salvaje. 

— ¿Exóticos o del país? 

— Princiipalmente exóticos. 

— Enumere usted aígunos de los animadles más 
notables q,ue se propone llevar en su viaje. 

— ^Megaterios, elefantes, rinocerontes^ leones, 
tigres, lobos, serpientes; en una palabra, llevo ani- 
males de todos ¡los climas. Un par de cada especie. 

— ¿Las jaulas ^stán sólidamente construidas? 

— ^No hay jaulas. 

— Neoesita usted proveerse de jaulas de hierro. 
¿ Quién es el encargado de dar allimentos y agua a 
la3 fieras? 

44 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Nosotros. 

— ¿Los ocho ancianos? 

— Sí, señor. 

— Es peligroso para las ficcras, y sobre todo para 
los ancianos. Se necesita tener empleados compe- 
tentes, de mucha fuerza y habituados a este tra- 
bajo. ¿Númjero de animales? 

— Grandes, siete mil. Contados todos, grandes, 
medianos y pequeños..., noventa y ocho mil. 

— Necesita usted mil doscientos empleados. ¿Que 
métodos de ventilación ha adoptado usted? Y diga 
antes, ¿cuántas ventanas y puertas tiene da embar- 
cación ? 

— Dos ventanas. 

— ¿En dónde están? 

— Junto aü alero. 

— ¿Y un túnel de doscientos metros cuenta sólo 
con dos respiraderos? ¡Imposible permitir esto! 
Hay que abrir ventanas y hay que instalar el alum- 
brado eíéctrico. No se puede permitir la salida sin 
que esta em^barcación Heve por lo menos una do- 
cena de luces de arco y miiíl quinientas lámparas in- 
candescentes. ¿Niimero de bombas? 

— No tenemos bombas. 

— Debe usted comprar bombas. ¿De dónde se 
procura usted el agua para las personas y para los 
animales ? 

— Bajamos cubos por las ventanas. 

— Eso no se puede aceptar. ¿Fuerza motriz? 

— ¿Fuerza... qué? 

4 5 



Ü A R K T ly A 1 N 

— Fuerza motriz. Ponga usted atención: ¿cómo 
echa usted a andar el barco? 

— Yo no empleo fuerza. Anda soío. 

— Necesita usted, o 'bien velas, o bien vapor. 
¿ Tim.ón ? 

— No hay tinKÓn. 

— ¿Cómo gobiierna usted la embarcación? 

— No la gobernamos. 

— Necesita usted instalar todo lo relativo al ti- 
móni. ¿Anclas? 

— No las tenemos. 

— Seis por lo menos. Si no lleva usted seis an- 
clas, no se le permitirá zarpar. ¿Lanchas de sal- 
vamento ? 

— No hay. 

— Anote usted veinticinco. ¿Salvavidas? 

— Tampoco. 

— Anote usted dos mil. ¿Cuánto tiempo va a du- 
rar la travesía? 

— Un año más o míenos. 

• — Me parece larga. Con todo, llegará usted a 
tiempo para la Exposición. ¿Qué lámina ha em- 
pleado usted para el casco? 

— No hay lámina. 

■ — Pero, hombre de Dios, la broma va a taladrar 
el barco, y antes de un mes no será barco sino 
criba. Está usted irremediablemente destinado a 
habitar los profundos albismos del Océano. Si no 
se pone un buen refuerzo metálico, no saWrá us- 
ted. Y olvidaba hacerle a usted una advertencia. 

4 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Chicago está en el interior del continente, y este 
buque no puede llegar hasta allá. 

— ¿Chicago? ¿Pero qué es eso de Chicago? Yo 
no voy a Chicago. 

— ¿De veras? Pero entonces no comprendo al 
objeto de llevar tantos animales a bordo. 

Son animales de reproducción. 

— ¿No son suficientes los que hay en el mundo? 

— Lo son para el estado actual de la civilización ; 
pero como líos otros animales van a ser ahogados 
por el diluvio, éstos servirán para asegurar la per- 
petuación de sus espacies. 

— ¿Diluvio dice usted? 

— vSi, señor. Un diluvio. 

—¿Tiene usted la seguridad? 

— Absoluta. Lloverá durante cuarenta días con 
sus noches. 

— ¿Y eso tiene a usted preocupado? Aquí llueve 
hasta ochenta días con sus inioches. 

— Pero no se trata de una lluvia d^e qsas. La que 
va a venir cubrirá las cimas de las más altas mon- 
tañas, y desaparecerá la superficie de la tierra. 

— Si así es — y le hago a usted una advertencia 
oficiosa, — no queda a su elección el vapor o la vela : 
tiene usted que proveerse de máquinas de vapor, 
pues no podrá usted llevar lagua para once o doce 
meses. Además necesita usted una potente desti- 
ladora. 

- — Ya dig^o que echaré cubos por las dos ven- 
tanas. 

4 7 



M Á R K T W A I Ñ 

— ¡Vaya una simpleza! Antes de que el diluvio 
haya cubierto las más altas montañas, toda el agua 
dulce estará hecha una salmuera por efecto dea 
agua de mar. Necesitará usted ima máquina de 
vapor para destilar el agua. Veo, en efecto, que 
este es é\ primer paso^ que da usted en el arte de la 
construcción naval. 

— Es verdad; ¡no halbia hecho estudios especia- 
les, y he procedido sin conocimáento de las nocio- 
nes respectivas. 

— Considerando las cosas desde ese punto de 
vista especial, me parece muy notable la obra de 
usted. Yo juraría que jamás se ha botado al agua 
una embarcación de carácter tan extraordinario. 

— ^Agradezco mucho los elogios con que usted se 
sirve favorecerme. Bl recuerdo de su visita será 
imperecedero. Mi gracias, mil gracias. Adiós, 
señor. 

¡Inútil es que digas adiós, viejo y venerable pa- 
triarca! Bajo el exterior afectuoso y cortés de ese 
Inspector alemán, se oculta una voluntad de hierro. 
Yo te juro, viejo y venerable patriarca, que el 
Inspector no autorizará tu partida. 



48 



V 

MI RELOJ 

Mi magnífico reloj anduvo como tim reloj durante 
año y medio. No se addantaba ni se retardaba; no 
se detenía. Su máquina era la imagen de la exacti- 
tud. Llegué a considerar a mi reloj como infalible 
en sus juicios acerca del tiempo. Arraigaba en mí la 
convicción de que la estructura anatómica de mi re- 
loj era imperecedera. Pero yo no contaba con que 
un día — una noche, más bien — ^lo dejé caer. Ese ac- 
cidente me afligió, y vi claramente el presagio de una 
desgracia irreparable. Poco a poco logré serenarme 
y abandonar mis presentimientos supersticiosos. Sin 
embargo, para mayor seguridad, llevé mi reiloj a la 
casa más acreditada en el ramo, con el objeto de 
que lo arreglara un especialista de indiscutible pe- 
ricia. El jefe del establecimiento examinó atenta- 
mente mi reloj. Su fallo fué este: 

— Tiene cuatro minutos de retraso. Hay que mo- 
ver el regulador. 

Yo quise detener el impulso de aquel hombre 
y hacerle comprender que mi reloj no tenía retraso. 
Pero fué inútil. Agoté todos los argumentos de la 

4 9 4 



M A R K T IV A I N 

lógica. El relojero afirmaba que mi reloj tenía cua- 
tro minutos de atraso, y que era necesario mover el 
regulador. Yo me agitaba angustiosamente, implo- 
raba clemencia, suplicaba que no se atormentase 
aquella máquina fiel y exacta. El verdugo consuma- 
ba fría y tranquilamente el acto infame. 

Naturalmontc, é. reiloj comienzo a adelantarse. Dia- 
riaimente corría más. Pasó una semana, y la preci- 
pitación de mi reloj anunciaba claramente una fiebre 
loca. Bl movimiento de la máquina se aceleró hasta 
ser de ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Pasó 
otra semana, y otra, y otra. Pasaron dos meses, y mi 
reloj dejó atrás a los mejores relojes de la ciudad. 
Dejó atrás las fechas diel almanaque, y tenía un ade- 
lanto de trece días. Siguió transcurriendo el tiempo, 
pero eil de mi reloj transcurría siempre más rápida- 
mente, y era de una celeridad vertiginosa. Aun no 
daba octubre el último adiós de la partida, y ya mi 
reloj estaba a mediados de noviembre, gozando de los 
encantos de las primeras nevadas. Pagué anticipada- 
mente la renta de la casa ; pagué los vencimientos que 
no habían llegado a su fecha; hice mil desembolsos 
por el estilo, y la situación presentaba caracteres 
alarmantes. Fué necesario acudir a un relojero. 

Este hombre me preguntó si ya se había hecho al- 
guina compostura a mi reloj. Dije que no, y era la 
verdad, pues jainás había necesitado la intervención 
del arte. El relojero me dirigió una mirada de júbilo 
perverso, y abrió la tapa de la máquina. Acto conti- 
nuo se colocó delante de un ojo no sé qué instrumen- 

5 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

to diabólico de madera negra, y examinó el interior 
de>l excelente rodaje. 

— Es absolutamente necesario limpiar y aceitar esta 
máquina — ^dijo el perito — •. Después la arreglaremos. 
Vuelva usted dentro de odio días. 

Mi rdloj fué limpiado y aceitado : fué arreglado. 
Eso tuvo por consecuencia que comcinzara a caminar 
lentamente, como una campana que suena a interva- 
los largO'S y regulares. No acudí a las citas, perdí los 
trenes, me retardé en mis pagos. El reloj me decía 
que faltaban tres días para un veincimiento, y la li- 
branza era protestada. Llegué gradualmente a vivir 
en la víspera, en la antevíspera, en la semana y aun 
en la quincena anterior a la fecha. Era yo un aban- 
donado, un solitario, en medio de una sociedad que 
vivía noiiiia'lmente, y que desaparecía poco a poco de 
mi vista, hasta dejarme instalado en una región dis- 
tante del tiempo. Empezaba a nacer en mí una sim- 
patía inexplicable para la momia del Museo, y fre- 
cuentemente me encontraba cerca de ella comentan- 
do los últimos acontecimientos. Volví a poner mi es- 
peranza on vüív relojero. 

Este hombre desarmó la máquina ; puso los frag- 
mentos a mi vista ; los cogió con las pinzas, y acabó 
por decirme que el cilindro estaba hinchado. Pidió 
un plazo de tres días para reducir aquel órgano im- 
portante a sus dimensiones normales. Reparado mi 
reloj, comenzó a marcar la hora media, pero se negó 
obstinadamente a una indicación más precisa. Yo 
aplicaba el oído, y creía sentir en el interior de la 

5 I 



M A R K T W A I N 

máquifna algo como ronquidos y ladridos, resoplidos 
y estornudos. Mis pyensamientos dejaron de seguir 
por su carril naturail. ¿ Qué reloj era aquél que asi me 
trastornaba ? A las doce del día pasaba la crisis. Por 
ia mañana había dejado atrás a todos los relojes del 
barrio ; por la tarde se echaba a dormir o divagaba 
en sus ensueños quiméricos, y todos los relojes lo de- 
jaban atrás. Transcurridas las veinticuatro horas die 
la revolución del pllaneta, un juez imparcial hubiera 
dicho que mi reloj se mantenía dentro de los justos 
limites de la verdad. Pero el tiempo medio en un 
reloj es como Ha virtud a medias en una persona. Yo 
era compañero de mi reloj, y no podía sufrir aquella 
alteración cotidiana. Me decidí a visitar otra relo- 
jería. 

El técnico dictaminó que estaba roto el espigón dd 
escape de áncora. ¿liso era todo? Yo e>^teriorÍ€é la 
infinita alegría que rebosaba de mi alma. Debo reco- 
nocer en esta nota coíiifidcncial que yo no sabía \<:) 
que era el espigón del escape de áncora ; pero me 
abstuve de dar a conocer mi ignorancia en presen- 
cia de un extraño. Se hizo la compostura. Mi desdi- 
chado reloj perdió por u'n lado lo que ganó por otro. 
En efecto, partía a galope tendido, y se detenía sú- 
bitanmente; volvía a emprc^nder la carrera, y se pa- 
raba otra vez, sin preocuparse por esa regularidad 
de movimientos qiue constituye el mérito de un 
reloj concienzudo. Siempre que daba uno de aque- 
llos salltos, yo sentía en el bolsillo un golpe tan 
fuerte como el de ila culata de un fusil cuando lo 

5 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

disparamos. En vano puse un forro de algodón en 
el chaleco. Era necesario tomar providencias ra- 
dicales contra aquel movimiento explosivo. Acudí 
a otro relojero. 

Este último se colocó ia lente, desmontó el reloj 
y tomó las piezas con lias pinzas, como lo habían 
hecho sus colegas. Después del examen de rigor : 

— Vamos a tener dificultades con el regulador — 
me dijo. 

Colocó el regulador en siu sitio, y procedió a un.i 
limpia de toda lia máquina. El reloj caminaba per- 
fectamente bien. Sólo había un ligero detalle que 
alteraba su ecoaiomía. Cada diez minutos, invaria- 
blemente, las agujas se adherían como las hojas de 
las tijeras, y mostraban la más resuelta intención 
de caminar unidas. ¿Qué filósofo, por grande que 
fuera el poder de su pensamiento, podía haber sa- 
|)ido la hora teniendo un reloj de esa especie? Fué 
indispensable subsanar los inconvenientes de un 
estado tan desastroso. 

— El crístaH — me dijo la persona caracterizada 
por sus miéritos a quien hube de acudir en busca 
de coinsejo; — ^el cristal, y sólo el cristal, es causa 
de la que usted cree propensión de las agujas. Es- 
tas no tienen paso franco y se traban. Además, 
hay que reparar allgunas ruedas; casi todas. 

El relojero procedió con extraordinario tino, y 
desde aquel momento la máquina empezó a mo- 
verse con toda regularidad. ¡ Bendito sea ese relo- 
jero! Pero notad un hecho singularísimo. Después 

5 3 



M A R K ^ T IV A I N 

de cinco o seis horas de llevar et reloj en el bol- 
sillo de mi chaleco, noto de pronto que las agujas 
giran vertiginosamente, al grado de que no podía 
ya identificarlas con to^d'a precisión. Sólo se veía 
en el disco algo como una sutifl telaraña en movi^ 
miento... Seis o siete minutos bastaban para que 
mi reloj hiciese el trabajo que un reloj ordinario 
hace en veinticuatro horas. 

Tenía el corazón despedazado. Acudí a otro ar- 
tista. Mientras el relojero examinaba di reloj, yo 
examinaba al relojero. Mí atención no era inferior 
a la suya. Cuando él terminó su examen, yo me 
dispuse a practicar un severo interrogatorio, pues 
no se trataba de un asunto baladí. El rdoj me cos- 
tó doscieintos dólares cuando lo saqué del estable- 
cimiento donde me lo vendieron, y llevaba ya gas- 
tados tres mil dólares en reparaciones. Sin embar- 
go, un hecho modificó mis propósitos. Yo acababa 
de identificar en aquel relojero a un antiguo cono- 
cido mío — a uno de los miseraíbles con quienes ha- 
bía tenido que ver en el camino de mi calvario — . 
Sí ; ese hombre tenía más aptitudes para clavar !ofc 
remaches de una locomotora de tercera mano que 
para componer un reloj. El bandido procedió a su 
examen, como he dicho, y pronunció el veredicto 
con la imperturbabilidad propia del gremio : 

— ^Esta es ima máquina de la que podría decirse 
que hace mucho vapor. Hay que dejar abierta la 
válvula de seguridad. 

— ¿La válvula de seguridad? Eres un caldedero. 

5 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

No pude conten-eríme, y k di en la cabeza un 
golpe formidable. El malhechor murió, y yo tuve 
que pagar los gastos del entierro. 

Con razón mi tío Guillermo — Dios lo tenga en 
su reino — , decía que un caballo es bueno hasta que 
le sale la primera maña, y que un reloj deja de ser- 
vir cuando los relojeros hacen la pñmera com.- 
postura. 

Tú preguntabas, querido tío, qué oficio adoptan 
los zapateros, herreros, armeros, mecánicos y plo- 
meros que fracasan en su primera elección. ¿Qué 
oficio adoptan, querido tío? Díganlo mis tres mil 
dólares gastados en hacer inservible un excelente 
reloj. 



VI 



LA DIFTERIA Y EL MATRIMONIO 
MC. WILLIAMS 



Los hechos que siguen fueron 
relatados al autor de este libro 
por el Sr.McWilliams, caballero 
muy fino de Nueva York, a quien 
el autor conoció casualmente du- 
rante un viaje. 



— ^Ahora — me dijo — volvamos al punto inicial de 
mi digresión, que tuvo por objeto explicar el terror 
de las madres al ver la ciudad asolada por aquella 
espantosa e incurable enfermedad llamada crup 
membranoso. Yo^ le dije a mi esposa que era ne- 
cesario tener muchas precauciones en lo relativo a 
la salud de la pequeña Penépole. Hablé así: 

— Encanto mío, ¿no sería mejor impedir que la 
niña dhupe ese trozo de pino? En tu lugar, yo lo 
prohibiría. 

— Pero, amor mío, ¿qué mail hay en ello? — con- 
testó mi esposa. 

5 7 



M A R K T W A I N 

Verdad es qiw en el momento de hablar así, ya 
ella retiraba el malhadado trozo¡ de pino para que 
no lo chupara Penéloí>e. Sin embargo, las mujeres 
no pueden aceptar la indicación más racional sin 
decir algo en contra. Me refiero a las mujeres ca- 
sadas. 

Yo repliqué : 

— Vida mía, es notorio que el pino figura entre 
la madora menos alimenticia que puede comer una 
criatura. 

El movimiento de mi esposa se detuvo, y en vez 
de tomar el pedazo de madera que tenía la niña, 
volvió la mano al regazo. Hizo un esfuerzo! visible 
para contenerse, y habló así : 

— Humberto, lo sabes mejor que yo. Y sabes que 
lo sabes. Todos los médicos dicen que la trementina 
contenida en la madera de pino es buena para la 
espina dorsal y para lios ríñones. 

— '¡Toma! Pues yo estaba en un error. Ignoraba 
que la niña estuviera enferma de los ríñones y de 
la espina, y que el médico hubiera recomendado... 

— ¿Pero quién dicei que la niña está enferma de 
la espina y de los ríñones? 

— ^Amor mío, tus palabras lo indican. 

— ¡ Vaya una ocurrencia ! Yo no he dicho nada 
que pueda conducir a esa suposición. 

— Pero, bien mío, hace dos minutos dijiste... 

— ¡Y dale con que lo dije! Dejemos lo que dije 
o no dije. Ningún mal hay en que la niña chupe 
madera de pino, si quiere hacerlo; y tú lo sabes 

58 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

bien, perfectamente bien. La chupará; sí, la chupa- 
rá. ¡Vamos! 

— Es bastante, Carolina. Me hago cargo de la 
fuerza de tu razonamiento. Hoy mismo pediré dos 
o tres cuerdas de la mejor madera de pino. No 
quiero que mi hija tenga un deseo y no pueda... 

— ¿Quisieras ser tan bondadoso que salieras en 
este mismo instante para tu oficina, a fin de que 
yo p.reda tener un momento de tranquilidad? Na- 
die es dueño de hacer en esta casa la menor obser- 
vación sin que te pongas a discutir, y a discutir, y 
a discutir, hasta que llega un momento en que no 
sabes lo que dices, como no lo sabes jamás, 

— Muy bien. Será como lo dices. Pero en esa úl- 
tima observación hay tal falta de lógica, que,.. 

Antes de que yo acabara mi frase, ella salió como 
una furia, acompañada de la niña. Por la noche, a 
la hora da la cena, mii esposa tenía la cara blanca 
como la cera. 

— ¡ Otro más ! Jorgito Gordon ha sido atacado. 

— ¿Crup membranoso-? 

— j Crup membranoso ! 

—¿Y hay esperanzas? 

— Ningunas. ¡ Qué va a ser de nosotros ! 

A poco llegó la niñera con Penépole para que 
ésta nos diera las buenas noches, y para que di- 
jera las acostumbradas oraciones en el regazo de 
la madre. A la mitad de una frase tosió ligeramen- 
te. Mi esposa se echó hacia atrás como fulminada 
por d rayo, pero no tardó un segimdo en ineorpo- 

5 9 



M A R K T W A I N 

rarse, y entró en esa actividad que inspira el terror. 

Mandó que la camita enverjada de la niña fuese 
llevada a nuestra alooba, y ella misma inspeccionó 
la ejecución de sus órdenes. NaturaUnente-, quiso 
que yo la acompañara. Todo se arregló rápidamen- 
te. A la niñera se le puso un catre en él gabinete 
de mi esposa. Pero no bien habíamos acabado nues- 
tros arreglos, pensó que estábamos muy lejos del 
otro niño. ¡Y qué seria de nosotros si le atacaban 
los síntomas a media noche ! Volvió a pooerse pá- 
lida oomo una hoja de papel, i Infeliz ! 

Llevamos nuevamente la camita de la niña y el 
catre de la niñera al departamento de los pequeñoK, 
y se nos preparó una cama para nosotros en la ha- 
bitación contigua. 

De pronto mi es'posa dijo: 

— ¿Y si el pequeño se contagia de Penélope? 

Este pensamiento llevó el pánico a su corazón, 
y la tribu de los que trabajábamos en la mudanza 
no acertaba a proceder con una celeridad sufi- 
ciente en el nuevo traslado de la camita para cal- 
mar la angustia de mi consorte. Es verdad que ella 
nos ayudó personallmente, y quq la camita quedó 
hecha pedazos por los tirones y estrujones que le 
dio en su afán de obtener Un resultado rápido. 

Nos mudamos al piso bajo, pero allí no había 
lugar para la niñera, y mi esposa creyó que no po- 
díamos prescindir de la cooperación experta que 
aquélla podía prestamos. Fué necesario volver a 
nuestra alcoba, con camas, y todo lo que se había 

6 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

bajado. Cuando entramos, sentíamas el alivio del 
pájaro que descansa en su nido después de haber 
sido arrastrado durante 'la noche por la tormenta. 

Mi esposa se dirigió a la alcoba de los niños para 
ver cómo iban las cosas. Violvió al instante con una 
nueva zozobra. 

— ¿ CuáJl será la causa de que duerma así el niño ? 

Yo contesté: 

— Pero, Carolina, ya sabes que el niño duerme 
como si fuera un muñequito. 

—Lo sé. Lo sé. Pero eso sueño tiene algo muy 
especial. Me parece que... me parece que... respira 
con tanta regularidad. ¡ Eso es horrible ! 

— Pero, hija, siempre respira con regularidad. 

— Lo sé 'también. Pero es cosa que infunde mie- 
do. Esta niñera carece de experiencia. Es muy jo- 
ven. María deberá aoompañarla y estar a la mano 
por si algo se ofrece. 

— ^Es buena idea. Pero si se va la doncella, ¿quién 
te ayudará a ti ? 

— Tú. Tú podrás ayudarme en caso necesario. 
Yo no permitiré que alguien sino yo tome a su 
cargoi el cuidado de» Penépole. 

Me parecía una vileza acostarme dejando que ella 
trabajase toda la noche en el cuidado de la niña 
enferma. Pero ella me persuadió, y María partió 
para instalarse cdmo en años pasados cuando la 
teníamos al cuidado de los niños. 

Penélope tosió dos veces durante eil primer sueño. 

— ¿Por qué no vendrá ese médico? Oye, me pa- 



M A R K T W A I N 

rece que la alcoba está muy caliente. Si ; está muy 
caliente. Baja. Corre la placa de la estufa. ¡ Pronto ! 

Torcí la llave, y a la vez examinaba el termóme- 
tro, pues no me parecía que aquella temperatura 
fuese excesiva para una criatura enferma. 

El cochero llegó con la noticia ele que el médico 
estaba en cama y que no podía salir a causa de un 
resfriaidb. Mi esposa me vio con ojos de moribunda, 
y dijo con voz desmayada, que parecía un gemido: 

— j La Providencia ! Estaba escrito. Ese hombre 
jamás se ha enfermado. ¡Jamás! Nuestra vida no 
ha sido ejemplar, Humberto. No lo ha sido. Dios 
nos castiga. Yo te lo he dicho muchas veces. Y 
ahora, mira el resultado. Esta niña no sanará. Da 
gracias a Dios si 'puedes perdonarto tu culpa ; pero 
yo no me la perdono a mi misma. 

Sin el menor propósito de lofenderla, pero con 
palabras elegidas al azar, dije que no encoiitraba 
un exceso de relajación en nuestra conducta. 

— ¿Te propones atraer la cólera del cielo sobre 
el niño tambiénj? 

Rompió a llorar, pero secó sus lágrimas para 
decir : 

— ¡ El doctor debió haber enviado medicinas 1 

Yo dije: 

— Sí. Aquí esitán. Esperaba una ocasión para dár- 
telas. 

— ¡Una ocasión! ¿Pero ignoras, infeliz, que los 
momentos son preciosos? Y ese hombre, ¿para qué 

6 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

prescribe medicinas, cuando sabe que la enferme- 
dad es incurable? 

Yo manifesté que mientras haya vida no se debe 
renunciar a la esperanza. 

— ¡ Esperanza ! Tus palabras tienen tanto sentido 
como las del niño que niOi ha salido aún del vientre 
de su madre. Si quisieras... Mira, aqui se prescribe 
■una cucharada cada hora. ¡ Una cada hora ! Parece 
que hay un año disponible para medicinar a esta 
criatura. ¡ Pronto, hombre, pronto ! Dale a esta in- 
feliz agonizante una cucharada de las de sopa, y 
espabílate. 

— Pero, querida mía, una cucharada podría tal 
vez... 

— ¡ Por Dios, te ruego que no me saques de qui- 
cio!... Sí, sí, mi tesoro; sí, está muy feo, pero es 
muy bueno para Nelita ; muy bueno: para el encanto 
de su mamá. Con esto sanará Nelita. Así, así, pon 
la cabecita en el pecho de tu mamá, y a dormir, a 
dormir pronto. Bien sé que no amanecerá. Una cu- 
charada cada media hora podría... Y esta niña ne- 
cesita belladona. Sí, lo sé. Necesita belladona. Y 
acónito. Hay que pedir esto. Mira, déjame a mí. 
Tú no sabes nada de enfermedades. 

Nos metimos en la cama, poniendo a la niña cer- 
ca de la almohada de la mamá. El torbellino me 
tenía agotado, y a los cinco minutos había caído 
en el más profundo sueño. Mi esposa me despertó. 

— Dime, Humberto, ¿es^tá abierto el calorífero? 

—No. 

6 3 



M A R K T W A I N 

— Ya lo suponía. AbreliQi. Este cuarto 'es una ne- 
vera. 

Me levanté, di vuelta a la llave, me acosté y vol- 
ví a quedar dormido. Se me despertó una vez más. 

— Amor mío, ¿querrías pasar la camita de la niña 
a tu lado? Allí estará más cerca del calorífero. 

Pasé la camita. Pero al hacerlo, tnopecé con el 
tapete, y ,1a niña despertó. Mientras mi esposa arru- 
llaba a la niña, yo volví a quedar sumido en un 
profundo sueño. Apenas había cerrado los ojos, oí 
unas palabras que parecían llegar de un mundo le- 
jano. 

— Oye, Humberto, yo cfeo que sería bueno tencí 
aquí un poco de unto de ganso. ¿Querrías llamar? 

Me levanté con los ojos cerrados, y sin saber 
bitn lo que hacía. En el camino trqpecó con el gato, 
y él respondió con una protesta, a la que yoi quise 
replicar con un puntapié ; pero éste fué recibido per 
una silla. 

— ¿A qué fin viene que abras el gas? Va a des- 
pertar a la niña. 

— Quiero luz, Carolina, para ver lo que tengo en 
este pie. 

— Muy bien. Y de paso verás cómo ha quedado la 
silla. Yo creo que la silla estará peor que tú. ¡ Po- 
bre gato! Supon que... 

— ^No; yo no supongo nada respecto del gato. 
Lo que supongo es que si María estuviera aquí, 
ella haría mejor estas cosas que no son de mi es- 
pecialidad, siriiOi más bien de la suya. 

64 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— ¿Y no te avergüenza decir eso? Es lástima 
que no seas capaz de hacer dos o tres operaciones 
insignificantes, que sólo te pido por las terribles 
circunstancias en que estamos, y porque nuestra 
niña... 

— ¡ Vamos ! ¡ Vamos ! Yo hago todo lo que sea 
necesario. Lo único de que no soy capaz es de to- 
car la campanilla. Eso no. ¿Voy a despertar a k)do 
di mundo? Dime en dónde está el unto de ganso. 

— Está en la repisa de la chimenea de los niños. 
Ve y llama a María... 

Volví a dormirme después de haber llevado el 
famoso unto de ganso. Pero una vez más se me 
despertó. 

— Hijo, me apena mucho mortificarte. Lo hago 
contra toda mi voluntad. Para aplicar esto se ne- 
cesita calor, y no lo hay. ¿Querrías encender el ca- 
lorífero? No se necesita sino frotar una cerilla. 

Me levanté, encendí el fuego y me senté, poseído 
del más amargo desconsuelo. 

— ¿ Pero no comprendes que vas a resfriarte allí ? 
Recógete. 

Me dirigí hacia el lecho. En el camino una voz 
me detuvo: 

— ¿Vas a acostarte sin dar la poción a la niña? 

Se la di. La niña despertó. Mi esposa aprovechó 
la ocasión para aplicar a la niña una frotación con 
el unto de ganso. El sueño volvió a pesar sobre mis 
párpados. La voz me despertó : 

— ¿ No siejntes una corriente de aire ? Yo la perci- 

65 5 



M A R K T W A I N 

bo muy distintamente. Nada hay tan malo para estas 
enfermedades como una corriente de aire. Pon la 
camita de la niña frente al fuego. 

Lo hice. Por segunda vez hubo una ooilisión, y 
el tapete o una colcha cayó sobre el fuego. Mi es- 
posa se alarmó, y saltando de la cama, impidió la 
catástrofe. Hubo un diálogo relativo a la culpabi- 
lidad. Después, un cortísimo intervalo de sueño fué 
interrumpido, a fin de que el interpelado se levan- 
tase y aplicase al pecho de la niña una cataplasma 
de linaza, que el mismo interpelado fabricó. El apo- 
sito quedó en su sitio para que operara los efectos 
curativos que de él se esperaban. 

El fuego de una estufa no está destinado a durar 
eternamente. Necesita combustible y atención. Cada 
veinte minutos tenia que levantarme para alimentar 
la hoguera y avivarla. Esto daba a mi esposa ra 
oportunidad de acortar cada vez más los intervaks 
de la poción, con grandísima satisfacción para Ca- 
rolina, pues así podían ganarse diez minutos entre 
cucharada y cucharada. Entretanto, se nie ocupa- 
ba en callentar la cataplasma, en aplicar sinapis- 
mos y en hacer cuantas flictenas era posible sobre 
los espacios del cuerpo de la niña, que permitían 
una maniobra terapéutica externa. A la madru' 
gada encontré que la provisión de combustible se 
había agotado. Fué necesario bajar a la cueva y 
traer más, naturalmente por atento ruego de mi 
cónyuge. 

6 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Yo hice este razonamiento antes de emprender 
la expedición: 

— Amor mío, la faena es en extremo penosa y 
me parece inútil, pues la niña está perfectamente 
abrigada con mantas adicionales. Podríamos poner- 
le también dos cataplasmas sobre las que ya tie- 
,:e, y... 

No concluí la frase por habérseme interrumpido. 
Bajé, llevé leña, encendí el fuego y empecé a roncar 
como saben hacerlo todos aquellos a quienes agobia 
la fatiga y que tienen el alma tan cansada como el 
cuerpo. Me bañaba la luz del día cuando sentí que 
me movían por un hombro. Lo primero que vi fue- 
ron los ojos dilatados de mi esposa y su boca 
abierta que no acertaba a articular palabra. Cuando 
le fué dado mover la lengua, dijo: 

— ¡ Se acabó ! ¡ Se acabó ! ¡ La niña suda ! ¿ Qué 
haremos ? 

— Gracias por el susto No sé lo que debemos 
hacer. Probablemente lo indicado será martirizarla 
con otras fricciones y ponerla en la corriente del 
aire. 

— ¡Idiota! No hay momento que perder! Urge 
llamar al médico. Ve tú en persona. Y dile que ven- 
ga, que debe venir, vivo o muerto. 

Era imperativo. Saqué de su cama al infeliz, y 
lo llevé a mi casa. Miró a la niña, y dijo que no 
estaba moribunda. Esto fué para mí un torrente de 
alegría. Para mi mujer las palabras del médico eran 
todo lo contrario, y la enfurecieron como si cons- 

67 



M A R K T W A I N 

tituyeran una ofensa personal. La tos de la niña 
era causada por una simple irritación de la gargan- 
ta. Yo creí que mi esposa iba a levantar el dedo y 
a mostrar la puerta para que saliera el autor del ul- 
traje. El médiooi dijo que iba a provocar una ex- 
pectoración, a fin de remover el obstáculo. Prescri- 
bió una substancia que produjo un acceso de tos, y 
con elia salió un fragmento de madera. 

— Esta niña no tiene crup membranoso — dijO' — . 
De eso respondo. Lo que pasa es que ha chupado 
algún pedacito de madera y se le fué una astilla. 
Pero la cosa no tiene importancia. 

— ^Así do creo — contesté. — ^Además, como ese 
dbjeto tiene tremientina, la madera puede servir 
para ciertas enfermedades propias de la infancia. 
Mi esposa puede decírselo a usted. 

Ella nada dijo. Salió desdeñosamente. El episo- 
dio es de los que nadie menciona. Pero ila corriente 
de nuestros días sigue un cauce de invariable se- 
renidad. 



6 8 



VII 



FÁBULAS EDIFICANTES PARA NIÑOS 
ADULTOS DE AMBOS SEXOS 

De cómo organizaron una expedición científica los 
animales de la selva. 

PRIMERA PARTE 

Sucedió que en miedio de 'la selva los ammales 
celebraron una Gran Convención. Después de se- 
sudas deliberaciones, se acordó el nombramiento 
de una comisión integrada por los sabios más ilus- 
tres, a fin de que, saliendo de los limites del mundo 
conocido, dirigiese sus pasos hacia la región in- 
explorada .que se extiende más allá del espacio cu- 
bierto por la sombra de los árboües, pues convenía 
por una parte comprobar ciertas especies enseña- 
das en las escuelas primarias y en los liceos, y por 
otra parte se aconsejaba la urgencia de extender 
la esfera de los conocimientos, mediante la adqui- 
sición de nuevas verdades. Hasta entonces no ha- 
bía emprencfido la nación una obra tan gigantesca 

6 9 



M A R K T W A I N 

como aquélla. Es verdad que el Gobierno envió en 
cierta ocasión al eminente especialista Renacuajin 
para que al frente de un grupo selecto explorase el 
ángulo que hay hacia la mano derecha del bosque, 
con facultades para penetrar por el pantano dél 
noroeste, si era preciso. Posteriormente los Pode- 
res públicos acordaron la organización de otras 
expediciones, que tenían por principal objeto ave- 
riguar el paradero del Dr. Renacuajin y de sus 
acompañantes, y no habiéndose conseguido esto, 
el Gobierno renunció a toda futura pesquisa en tal 
sentido. Como un tributo de justicia, se concedió un 
título nobiliario a la madre de Renacuajin, con lo 
que fueron premiados los servicios eminentes que 
el célebre explorador había prestado a ila ciencia. 

Otra de las expediciones que ilustraban los ana- 
les de la patria, fu la que envió el Gobierno para 
que descubriese las fuentes del arroyuelo que des- 
emboca en el mismo pantano. Esta empresa estuvo 
a cargo 'dtel vizconde Saltamontes. Entre las mu- 
chas expediciones que salieron para buscar al viz- 
conde, una, al menoá, fué coronada fK)r el éxito 
m(ás halagador, pues encontró el cuerpo de Sadta- 
montes, aunque no pudo averiguar si éste a su vez 
había descubierto las fuentes del riachuelo. 

El Gobierno decretaba sfempre los honores más 
altos a los que morían por servir a la Ciencia, y 
muchos envidiaban los funerales del Vizconde Sal- 
tamontes. 

Las expediciones a que se ha hecho referencia 

7 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

eran de bien poca importancia, comparadas con la 
que acababa de votar la Gran Convención de los 
AnimaÜes del Bosque. Figuraban en ella los sabios 
más ilustres, y además, como ya hemos tenido oca- 
sión de expresarlo, llevaba por objeto ir a regiones 
lejanas, totalmente desconocidas y situadas más 
allá de los límites de la imponente seiva. Toda la 
sociedad estaba poseída de frenesí por aquel acon- 
tecimiento. Los miemibros de la expedición eran 
obsequiados con banquetes, en los que se brindaba 
elocuentemente para cdlebrar su gloria. Cuando 
pasaba alguno de los expedicionarios, la muche- 
dumbre se agolpaba en torno suyo para verle y 
admirarle. 

Salió al cabo la expedición, y era de maravillar 
aquella larguísima procesión de tortugas cargadas 
de sabios, que llevaban consigo voluminosas dota- 
ciones de instrumentos científicos. En las mismas 
tortugas iban los brillantes gusanos y las luciérna- 
gas que formaban el cuerpo de señales. Había una 
sección de hormigas y escarabajos para forrajear 
y para construir las obras de zapa, y otra de ara- 
ñas que llevaban las cadenas y teodolitos. Todos 
estos animales, así como los sabios, iban bien aco- 
modados en las conchas de las tortugas. Muchas 
de éstas habían sido destinadas al cargamento de 
las provisiones. A las tortugas de tierra seguían 
las de agua, destinadas al servicio de transportes 
marítimos y fluviales, y que tenían todas las ven- 
tajas de los acorazados. Cada una de 'las tortugas, 

7 ' 



M A R K T W A I N 

así las de agua como las de tierra, llevaba izado 
un pabellón vistosisimio, formado por gladidos o 
por otras plantas de forma igualmente adecuada. 
A la cabeza de la columna marchaba una numerosa 
banda militar de abejas, mosquitos, grillos y or- 
tósteros. Toda ila vasta línea estaba competente- 
mente custodiada por doce regimientos muy esco- 
gidos de gusanos venenosos. 

Después de tres meses de marcha, la expedición 
traspasó las lindes del bosque y se asomó al Mun- 
do de lo Desconocido, El espectáculo que se pre- 
sentó a las miradas de los «exploradores fué de lo 
más impresionante. Veíarn extenderse una dilatada 
llanura que surcaba un arroyo sinuoso, y en el ex- 
tremo del valle, destacándose sobre el azul del cie- 
lo, surgía una barrera, un obstáculo elevadísimo, 
cuya naturaleza les era completamente desconocida. 
El zapador Estercdlíln emitió esta hipótesis : el 
obstáculo era ni más ni menos que la tierra levan- 
tada en el borde, puesto que distinguía árboles en 
aquella altura. El profesor Caracoilillo dijo lo que 
sigue, que fué aceptado por la opinión unánime 
de sus colegas: 

— Estercolín, usted ha venido para obras de te- 
rracería, y nada más. Si en alguna ocasión solici- 
tamos la opinión de usted sobre materias cientí- 
ficas, se le hará previamente una indicación para 
que la exponga. Pero a menos que esto suceda, 
debe usted abstenerse de presentar sus puntos de 
vista. Es intolerable la frescura con que usted 

7 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

procede, y apenas puede creerse que mientras los 
otros trabajadores manuales proceden al desempe- 
ño de sus tareas, usted se desentienda completa- 
mente de ellas, y dedicado a la holganza, lleve la 
audacia hasta mezclarse en las augustas materias 
del conocimiento. Vaya usted y ayude a descargar 
los equipajes. 

Estercolín dio media vuelta, pero sin que se 
viera la menor señal de mortificación por su com- 
portamiento. En el camino iba diciendo para sus 
élitros : 

— Si eso no es la tierra levantada en el ribete, 
que muera yo aplastado y que se me condejie a una 
sentencia ignominiosa. 

El profesor Renacuajín, sobrino carnal del cé- 
lebre explorador ya mencionado, opinó que la cum- 
bre era un muro destinado a formar el recinto de 
la tierra. Dicho esto, continuó: 

— Es muy vasta la ciencia que hemos heredado 
de nuestros padres; pero como ellos no llevaron 
muy lejos sus exploraciones, podemos asegurar que 
estam.os en presencia de un nuevo descubrimiento, 
lleno de majestad. Aun en el caso de que nuestros 
trabajos acaben aquí, será imperecedero el renom- 
bre que nos discierna la posteridad. ¿De qué puede 
ser esa gran muralla? ¿De, setas, por ventura? Las 
setas comstituyen uno de los materiales de cons- 
trucción reconocidos como convenientes para la 
edificación de grandes murallas. 

El profesor Caracolillo enfocó los anteojos de 

7 3 



M A R K T W A I N 

campo, y examinó minuciosamente la muralla. Des- 
pués de mirada con atención, dijo a sus colegas : 

— No es diáfana esa muralla. El hecho asi com- 
probado me convence de que es un vapor produci- 
do por la calorificación ascendente de la humedad, 
previa una deflogisticación refractiva. Mi afirma- 
ción sería confirmada por la experimentación en- 
diométrica; pero no estimo necesario llegar a la 
prueba experimental. El hecho es obvio. 

Guardó los anteojos en su bolsa, y enconchán- 
dose, empezó a redactar una Memoria sobre el 
descubrimiento de los confines del Mundo y sobre 
la naturaleza que reviste. 

— ¡Es tm espíritu profundo!— dijo el profesor 
Gusanillo habiendo en voz baja con ei profesor 
Turón — . ¡ Es un espíritu profundo ! No hay mis- 
terios para ese cerebro privilegiado. 

La noche llegaba entretanto. Se estableció la 
guardia de Grillos ; los Gusanos de Luz y los Co- 
cuyos encendieron sus lámparas. Todo era silencio, 
sueño y reposo en el campamento. Por la mañana, 
después de almorzar, la expedición continuó la mar- 
cha. A eso de ks doce del día, los exploradores lle- 
garon a una gran avenida, con dos barras paralelas 
y longitudinales, que se extendían indefinidamente 
por una y otra parte, y que estaban formadas de 
cierta substancia negra. Su altura era mayor que 
la de una rana corpulenta. Los sabios subieron a 
las barras, las probaron y las examinaron de mil 
maneras. Anduvieron por ellas una larga distancia, 

7 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

y no les encontraron fin ni quebradura. Era impo- 
sible llegar a una conclusión. Los anales de la cien- 
cia no mencionaban un hecho semejante. El calvo 
y venerable Tortugón, que era una autoridad en 
materias geográficas, y que, a pesar de su origen 
humilde y del fangio. en que se había criado, pudo 
elevarse por la obra exclusiva del esfuerzo perso- 
nal y del mérito, hasta ser el más respetable de los 
que cultivaban la misma ciencia, dijo lo que sigue : 

— ^Amigos míos, es indudable que hemos realiza- 
do un gran descubrimiento. Durante siglos y siglos 
se creyó que era parto de la imaginación esto que 
aquí vemos en su forma palpable, compacta e im~ 
perecedera. Creo que deberéis inclinaros con reve- 
rencia, pues nos encontramos frente a una materia- 
lización majestuosa de la verdad científica. ¡Estas 
dos barras que aquí veis son dos paralelos de la- 
titud ! 

Las cabezas se inclinaron y los corazones palpi- 
taron cuando el concurso de aquellos sabiois emi- 
nentes se persuadió de la magnitud del descubri- 
miento. Muchos de los expedicionarios derramaban 
lágrimas. Se mandó acampar en aquel sitio, y el 
resto del día fué empleado en la redacción de me- 
morias voluminosas sobre la gran maravilla, r.nen- 
tras algunos de los sabios corregían las tablas as- 
tronómicas, a fin de que sus datos estuvieran de 
acuerdo con los dos paralelos descubiertos. Los as- 
trónomos siguieron trabajando durante la noche, 
y a las doce de ella notaron un alarido de cien mil 

7 S 



M A R K T W A I N 

demonios, y después un ruido de golpes y arra':tre. 
Eím ese mismo instante, apareció un ojo enorme, 
aterro rijador, seguido de una coia gigantesca, qu2 
pasó velozmente, y desapareció entre las tinieblas, 
lanzando al aire sus alaridos triunfales. 

Todos los individuos del campamento, es decir, 
los soldados y trabajadores, sintieron sus corazo- 
nes embargados por el espanto, y corrieron a re- 
fugiarse entre la tupida hierba. Pero los sabios, que 
no tenían supersticiones, permanecieron tranquila- 
mente en sus puestos, y empezó entre ellos el cam- 
bio de teorías. Se pidió primeramente su opinión al 
anciano y venerable geógrafo. Sin decir palabra, 
éste se enconchó para proceder a una larga y pro^ 
funda meditación. Salió al cabo, y no bien apare- 
ció su rostro, todos comprendieron que llevaba la 
luz de la Verdad. El eminente Dr. Caracdillo ha- 
bló así : 

— Agradeced la buena suerte que tenéis de ha- 
ber presenciado este acontecimiento estupendo. ¡ Ha 
pasado a nuestra vista el Equinoccio de Invierno! 

La noticia fué celebrada con aplausos y vivas. 

Gusanillo se desdiobló, después de haber medita- 
do durante un largo espacio. No estaba convenci- 
do, y emitió audazmente esta objeción: 

— Llevamos mes y medio de verano... 

— Es verdad — dijo Tortugón — ; es verdad lo que 
acaba de expresar el profesor Gusanillo; pero es- 
tamos lejos de nuestra región, y es sabido que las 

7 ¿ 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

estaciones varían con la diferencia de tiempo entre 
dos puntos. 

— Indudable, indudable. Pero es de noche, y sien- 
do de noche, ¿cómo puede pasar el sol? 

— Incuestionablemente, el sol pasa siempre a ©sta 
hora en las regiones que atravesamos, aun cuando 
sea de noche. 

— Acepto el hecho, y lo tengo por indiscutible. 
Pero me ocurre una duda: ¿cómo pudimos nos- 
otros ver el sol durante la noche? 

— He ahí el misterio, y lo reconozco. Pero estoy 
íntimamente persuadido de que la humedad de la 
atmósfera deja en estas remotas regiones que se 
adhieran al disco las partículas de la luz del día, 
y estas partículas nos permitieron ver el sol entre 
las sombras de la noche. 

La explicación pareció enteramente satisfacto- 
ria, y se hizo constar en el acta la decisión de los 
doctos. 

Apenas se había escrito el último renglón, cuan- 
do volvieron a oírse los temibles alaridos ; otra vez 
sonó el ruido de golpes y de arrastre; el ojo fla- 
mígero apareció nuevamente entre las sombras por 
un lado de los paralelos de latitud, y desapareció 
por el lado opuesto. 

La gente indocta de la expedición creyó que ha- 
bía llegado su fin. Los sabios quedaron perplejos. 
El hechp resistía a toda tentativa de explicación. 
Pensaron y hablaron; hablaron y pensaron. Por úl- 
timo, después de una larga deliberacióm, el sabio y 

7 7 



M A R K T W A I N 

maduro duque de las Antenas, que había pe^rma- 
necido silencioso, con piernas y brazos cruzados, 
habló eii estos términos: 

— Creo que deberéis emitir cuantas opiniones 
creáis pertinentes [ara ilustrar la materia. Yo ha- 
blaré después, con la seguridad de que he resuelto 
el problema. 

— Puesto que es así, dígnese Su Gracia darnos 
esa opinión, que siendo suya encerrará la quinta- 
esencia de la sabiduría — dijo el Dr. Cucaracha, per- 
sonaje de rostro seco y arrugado. 

Para convencer al duque, el Dr. Cucaracha echo 
mano de las más nimias y exasperantes trivialida- 
des, que formulaba autorizándolas como citas de 
los antiguos poetas y filósofos. Todo lo iba dicien- 
do con unción, en la lengua original de cada uno 
de sus autores favoritos, lenguas muertas todas 
ellas, como la mastodontea, la didonia y otras pa- 
recidas. 

— Yo tall vez no ^debiera — ^decía el| académico 
Cucaracha — , yo tal vez no debiera tratar puntos 
que son de la exdusiva competencia de los astró- 
nomos, y menos aún en presencia de sabios tan emi- 
nentes como ios que me escuchaín. Yo soy y siem- 
pre he sido un hombre consagrado al estudio de los 
tesoros ocultos en los repliegues de las lenguas 
muertas, para que todos puedan disfrutar déla opu- 
lenta mies que nos es dado espigar en dos campos 
de la antigüedad; pero no cultivo la moble ciencia 
de la Astronomía, y hablo, por lo tanto, con hu- 

78 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

mildad y respeto, para pedir que se tenga en cuenta 
una circunstancia, y es que la última de las mara- 
villosas apariciones de que hemos sido testigos, traía 
dirección contraria a la del fenómeno que, par uná- 
nime decisión de la Ciencia, era el Equinoccio de In- 
vernó. Como, por otra parte, es absolutamente igual 
un fenómeno ai otro, ¿habría inconveniente en de- 
signar al segundo con el nombre de Ex^uinoccio de 
Otoño y... ? 

— ¡ Fuera ! 

— ¡ Que lo lleven a la cama ! 

~iOh! ¡Oh! 

En presencia de esta oleada de indignación y de 
burla, el desdichado Cucaracha se alejó consumido 
por la vergüenza. 

La discusión entr-etanto seguía empeñosamente, y 
todos acordaron que se pidiese su opinión al du- 
que de las Antenas. Este dijo al fin': 

— Declaro, ilustres colegas, que según mi más 
firme convicción, el fenómeno que acabamos de pre- 
senciar sólo ha ocurido una vez antes de ahora en 
toda su perfección, a lo menos dentro de los límites 
del conocimiento de los seres creados. Es un fenó- 
meno de importancia, y del más alto interés; pero 
para nosotros esa importancia y ese interés son 
mayores aún por cuanto poseemos un conoci- 
miento del hecho que ningún sabio había alcanza- 
do antes de nosotros. Esta gran maravilla que aca- 
bamos de presenciar, ilustres colegas — y sólo men- 

7 9 



M A R K T W A I N 

clonarla me quita el aliento — , es nada menos que 
el paso de Venus. 

Todos los sabios se pusieron en pie, pálidos de 
emoción. A la sorpresa siguieron las lágrimas, líos 
apretones de manos, los abrazos y hasta expresio- 
nes de júbilo que tocaban en los limites de la locu- 
ra. Pero a medida que la emoción comenzó a entrar 
dentro de su cauce natural, y que la reflexión volvió 
a retratarse en las frentes pensadoras, el competen- 
tísimo Inspector General, el ilustre Académico La- 
gartijo, externó esta observación: 

— ¿Pero cómo se entiende? Venus debería pasar 
por el disco del Sol y no por el de la Tierra. 

La saeta llegó al blanco. Todos los apóstoles del 
Saber se sintieron poseídos por una profunda pena, 
pues no se les ocultaba que la 'objeción era formi- 
dable. El venerable Duque cruzó con toda calma 
sus largas antenas, colocándoselas cuidadosamente 
detrás de las orejas, y habló en estos términos : 

— Las palabras de nuestro amigo han penetrado 
hasta la medula misma de la cuestión. El acaba de 
poner sobre el tapete nuestro gran descubrimiento. 
Sí ; es verdad ; todos nuestros predecesores creye- 
ron que el paso de Venus consistía en un vuelo; del 
astro ante la faz del Sol; creyeron esto, es verdad; 
lo afirmaron, y no puede negarse la recta firmeza 
de sus convicciones, hijas de la seincillez de corazón, 
y justificadas por la limitación de sus conocimien- 
tos ; pero a vosotros y a mí nos ha sido dada la in- 
estimable fortuna de establecer el paso de Venus 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

por el disco de la Tierra, puesto que lo hemos vis- 
to, i Lo hemos visto ! 

La Sabiduría allí reunida tomó asiento para en- 
tregarse a la adoración silenciosa de aquel intelecto 
sin par. Todas las dudas se disiparon imstantánea- 
mente, como las sombras de la noche al fulg-or de 
un relámpago. 

Estercolín acababa de entrar sin que nadie lo no- 
tase. Avanzó con movimientos precipitados, y se 
permitió dar palmadas en el hombro a muchos de 
los sabios, diciendo! es palabras de una llaneza des- 
usada. Su sonrisa era de satisfacción muy intensa. 
Cuando estuvo en el sitio más adecuado para diri- 
girse a toda la asamblea, dobló el brazo izquierdo, 
apoyó los nudillos sobre el cuadril, por debajo del 
faldón de su negro casacón, prenda muy ridicula 
para un trabajador, torció la pierna derecha plan- 
tando la punta del pie en el suelo, y poniendo gra- 
ciosamente el talón sobre la apófisis de la tibia iz- 
quierda, echó hacia adelante su voluminoso vientre 
de concejal, abrió los labios, plantó el codo del bra- 
zo derecho sobre el hombro del Inspector Lagarti- 
jo, y... 

Pero el Inspector Lagartijo desvió indignado el 
hombro en que se apoyaba d codo de Estercolín, 
y el encallecido hijo del trabajo cayó por el suelo y 
dio dos o tres volteretas ; pero pudo ponerse en pie, 
sonriente y satisfecho, volvió a arregUr su actitud 
ccn la misma minuciosidad, y sin otra diferencia 
que la de haber buscado como punto de apoyo Ci 

8 I 6 



M A R K T W A I N 

hombro del profesor Garrapatín, abrió los la- 
bios, y... 

Una vez más rodó por tierra. Se levantó sonrien- 
do, se sacudió el polvo de la ropa y de las piernas ; 
pero no habiendo acertado en uno de los m.ovin.ien- 
tos del brazo con que se sacudía, el impulso le hizo 
dar cinco vueltas, las piernas se le juntaron, y sir> 
remos para equilibrarse, cayó como un proyectil so- 
bre el vie^itre del duque de las Antenas. Dos o tres 
sabios se precipitaron para dar auxilio al procer, y, 
apoderándose del menestral, lo echaron de cabeza 
en un rincón. Liemos de atenciones, colocaron al 
patricio en su asiento, pronunciando palabras que 
indicaban la indignación con que se había visto 
aquel ultraje a la dignidad del duque. El profesor 
Renacuajín habló asi: 

— ¡Basta ya de inconveniencias, Don Taramba- 
na! Diga usted lo que tenga que decir, y vayase 
inmediatamente después a sus ocupaciones. ¡Pron- 
to ! ¿ Qué quiere usted ? Adelante. No ; retírese us- 
ted. Huele a establo. ¿Qué ha estado usted ha- 
ciendo ? 

— Si Su Señoría me lo permite, diré lo que he 
descubierto. Pero dejemos eso. Hay otro descubri- 
miento que..., con perdón de Sus Señorías... ¿Qué 
cosa es eso que pasó por aquí como un relámpago 
la primera vez? 

— El Equinoccio de Invierno, 

— Equinoccio de Infierno. Está bien. Maldito sea. 
¿Y el otro? 

82 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— El Paso de Venus. 

— ¡Por vida mía! No importa. Bien está; ese 
Paso dejó caer algo. 

— ¿ De veras ? ¡ MagnífioO' ! ¡ Esa noticia es de 
interés trascendental ! i Diga usted pronto qué es ! 

— Veng-an a ver Sus Señorías, porque vale la 
pena. 

Durante veinticuatro horas no hubo otras vota- 
ciones en la Asamblea, y sólo se consignó en el acta 
lo que sigue: 

'Xa Comisión fué en grupo compacto a ver el 
hallazgo comunácado por el Escarabajo. Consistía 
en un objeto duro, pulido, enorme, con un extremo 
redondeado y una corta proyección hacia arriba, 
que tiene la misma apariencia de una sección de ta- 
llo de col, dividida transversalmente. Esta pro}ec- 
ción no es maciza, sino un cilindro hueco, obturada 
con una substancia suave, parecida a la madera y 
desconocida en nuestra región. La obturación, des- 
graciadamente, fué removida por inadvertencia de 
Ratonín, Jefe de Zapadores y Mineros, mucho an- 
tes de que llegara la Comisión Científica. El gran 
objeto que teníamos delante, misteriosamente caí- 
do de los brillantes dominios del espacio, era todo 
hueoo y estaba lleno de un líquido picante, de co- 
loración obscura, parecido al agua de lluvia estan- 
cada, i Qué espectáculo s-e presentó a la vista de la 
Comisión! Ratonín estaba en el vértice, introati-^ 
ciendo la cola en la proyección cilindrica. La sacó 
en presencia nuestra, y la masa trabajadora pudo 



M A R K T W A I N 

adueñarse de la substancia que se desprendía de la 
cola del Jefe de Zapadores. Volvía éste a introducir 
el apéndice caudal en el interior del cilindro, y otra 
vez los operarios recibieron el fluido que extraía la 
cola de Ratonín. Evidentemente aquel licor tenía 
virtudes de una extraña potencia, pues todos los 
que gustaron de él daban muestras de sentir las 
más placenteras emociones, en grado de exalta- 
ción. Dejaban el trabajo a los dos o tres chupetones, 
y se entregaban al solaz de cantos impúdicos. Bai- 
laban, se abraazban, luchaban, pronunciaban expre^ 
siones inconvenientes, con el más cínico desconoci- 
miento de toda autoridad. El vértigo se había apo- 
derado hasta de las Corporaciones armadas, y la 
Comisión creyó por algunos momentos que era im- 
posible el restablecimiento de la disciplina en aque- 
llas turbas rebeldes. Los miembros de la Comisión 
fueron presa de la enloquecida muchedumbre, y, 
arrastrados por ésta, todos los sabios participaron 
de la desmoralización reinante. Pasado algún tiem- 
po, a los furores de Ja orgía, sucedió en el campa- 
mento un lamentable estupor, dentro de cuyos lí- 
mites misteriosos las categorías quedaron olvida- 
das y se formaron las más extrañas relaciones de 
familiaridad. Cuando por fin los miembros de la 
Comisión pudieron reponerse de aquella inexplica- 
ble perturbación, todos ellos se quedaron petrifica- 
dos y con los ojos dilatados por el espectáculo que 
tenían delante. Estercolm, cavador de formas re- 
pugnantes y de baja extracción, estaba dormido jun- 

84 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tü al ilustre duque de las Antenas, unidos los dos 
en un estrecho abrazo, Ng digamos en los tiempos 
históricos, pues ni en las edades fabulosas a que 
alcanza la tradición, se había visto algo semejante, 
y nadie creerá tal cosa posible, salvo los que tuvie- 
ron a su vista aquella horripilante escena. ¡ Es el 
momento de que la Comisión Científica afirme su 
reverencia ante los inescrutables designios de Dios, 
cuya voluntad habrá de cumplirse ! 

"Hoy, a consecuencia 'de una orden dada al Jefe 
de Ingenieros Herr Kreuzspinne, designado general- 
mente en nuestro país con el seudónimo de Arañón, 
éste hizo las obras indicadas para desaguar el cala- 
mitoso contenido del receptáculo, y descargó un 
torrente sobre la sedienta tierra, que lo absorbió al 
instante. El peligro ha sido completamente conju- 
rado. Sólo quedan algunas gotas de la desconocida 
substancia, que hemos considerado indispensables 
para nuestros experimentos y a fin de que S. M. ei 
Rey ^as conserve con las otras maravillas del Museo 
de Historia Natural. La Comisión ha llegado a de- 
terminar la naturaleaz del líquido. Es incuestiona- 
blemente el fluido terrible y destructor que el pue- 
blo llama relámpago. Se precipitó de los depósitos 
existentes en las nubes, juntamente con la masa 
en que estaba contenido. La fuerza de proyección 
se encuentra en el planeta volante, y la substancia 
cayó a nuestros pies cuando el mismo planeta pasó 
cerca de nosotros. Como resultado de lo anterior, 
se obtiene un interesante descubrimiento : a saber : 



M A R K T W A I N 

el relámpago admite el estado de reposo, y sólo en 
contacto con el trueno sale del recipiente en que 
está cautivo, enciende sus espantosos fuegos y pro- 
duce la combustión instantánea, acompañada de ex- 
plosión, que siembra el desastre y la desolación so- 
bre la tierra." 

Después de un dia destinado a recuperar las 
fuerzas, la expedición continuó su marcha. Al cabo 
de algunas jornadas, acampó en un paraje ameno de 
la llanura, y los sabios se dispersaron por los alre- 
dedores para ver si hacían algún descubrimiento. 
No tardaron en recibir el premio de sus afanes. El 
profesor Renacuajín advirtió la existencia de un 
árbol muy singular, y llamó a sus colegas. Estos lo 
inspeccionaron con el más profundo interés. Era un 
árbol alto y recto, co(n la particularidad de que no 
tenía corteza, ramas ni follaje. El duque de las 
Antenas determinó la altura por triangulación. El 
ingeniero Arañón hizo una medida exacta de la 
circunferencia en la base del tronco, y calculó la 
circunferencia del extremo superior por medio de 
una demostración matemática basada en el grado 
uniforme de inclinación de la sección cónica. El des- 
cubrimiento fué colocado entre los más extraordi- 
narios. Puesto que nadie conocía la especie del ár- 
bol, el profesor Lambricilla le dio un nombre que 
por su sonido indicaba el origen científico de la pa- 
labra. Esta consistía en el apellido del profesor 
Renacuajín, traducido a la lengua nmstodontea, 
pues los sabios tenían por costumbre dar inmorta- 

8 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

iidad a sus nombi-es y honrarse a cí mismos uniendo 
aquéllos a los descubrimientos que hacían. 

Ahora bien, como el profesor Turón aplicase al 
árbol su fiímsimo aparato de audición, advirtió que 
salía un sonido rico y armonioso. Esta novedad sor- 
prendente fué puesta a prueba, y disfrutaron de 
ella tddos los sabios, con gran satisfacción y sor- 
presa para cada uno de ellos. Se solicitó el esfuerzo 
del profesor Lombricilla para que en el nombre del 
árbol quedase comprendida una sugestión al me- 
nos de la cualidad musical que contenía. El lo hizo 
de buena gana, y agregó otra palabra mastodontea 
a la que perpetuaba d nombre de Renacuajín. El 
árbol llamóse, pues, AntJiem Kalophonos. 

El profesor Caracolillo estaba absorbido por una 
inspección telescópica. Descubrió que había muchos 
árboles como aquél, y que se extendían en una lí- 
nea continua, a grandes intervalos unos de otros, 
tanto al norte como al sur, hasta los límites que 
dominaba su instrumento óptico. Descubrió asimis- 
mo que todos los árboles se hallaban unidos por ca- 
torce cables, situados uno sobre otro, y que esos ca- 
bles, tendidos de árbol a árbol, no tenían fin hasta 
donde alcanzaba su observación. Esto causó mara- 
villa. El ingeniero Arañón subió a la cima del ár- 
bol, y bajó para rendir un informe técnico. Decía 
que los llamados cables eran simplemente unos hi- 
los, tejidos por algún miembro colosal de su misma 
especie, pues en la red formada por los catorce hi- 
k)s pudo ver algunas inmensas substancias que por 

87 



M A R K T W A I N 

su textura revelaban claramente ser pieles de pro- 
digiosos insectos. Sin duda la araña constructora 
de los catorce hilos había apresado y devorado a 
los animales que dejaron la piel en los hilos. Partió 
inmediatamente por uno de éstos para hacer una 
inspección más directa y minuciosa; pero no bien 
había empezado la caminata cuando sintió que se le 
quemaban las suelas de las botas, a la vez que por 
todo su cuerpo pasaba un choque paralizante. Ten- 
dió inmediatamente un hilo de los que él fabrica 
para uso personal, y se dejó caer inmediatamente 
hasta tocar la superficie de la tierra, a fin de que sus 
colegas huyesen sin pérdida de momento hacia el 
lugar en que acampaban, pues bien pudiera ser que 
apareciese el monstruo y se interesase por los sa- 
bios tanto como éstos se interesaban por él y por 
sus obras. Partieron, pues, a todo correr, pero no 
sin redactar las notas que debían dar cuenta de la 
gigantesca telaraña. El naturalista de la expedi- 
ción fabricó aquella misma noche un hermoso 
modelo de la araña colosal constructora de la red, 
lo que hizo sin necesidad de haber visto al mons- 
truo, pues había recogido un fragmento de sus vér- 
tebras al pie del árbol, y esto le bastaba para saber 
cuál era la estructura anatómica del coloso, asi 
como su género de vida y sus costumbres. El mo- 
delo tenía cola, dientes, catorce piernas y hocico. 
En el informe se decía que el ser colosal comía 
hierba, animales, piedras e inmundicia con el mis- 
mo entusiasmo. Este animal fué desde entonces 

8 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

considerado como una de las más valiosas adquisi- 
ciones de la Ciencia. Los sabios de la Comisión 
abrigaban la esperanza de encontrar un cadáver de 
la Gran Bestia para empajarla. El profesor Lom- 
bricilla creía que él y sus colegas podríart llegar 
hasta apoderarse de un ejemplar vivo, siempre que 
se pusieran en acecho; pero la única respuesta que 
obtuvo fué la de que él lo intentara solo si quería. 
La Conefrencia terminó con el acuerdo de que se 
designase al monstruo poniéndole el nombre del 
naturalista, ya que éste, después de Dios, era quien 
lo había creado. 

— Y tal vez lo ha mejorado — murmuró Estéreo- 
lin, que una vez más se había introducido en' la 
Junta de los Académicos, según sus hábitos de in- 
veterada haraganería y su insaciable curiosidad. 



Rg 



SEGUNDA PARTE 

De cómo llevaron a buen término sus labores cientí- 
ficas los académicos de la selva. 



Ocho o diez días después, la expedición llegó a 
un sitio que era una verdadera colección de curiosi- 
dades maravillosas. Cruzado el primero de los ríos 
que habían encontrado desde su salida de la selva, 
vieron unas grandísimas cavernas que se abrían, 
separadas o e grupos, a un lado deil rio. Las caver- 
nas formaban dos filas regulares, bordeadas de ár- 
bo.les en línea. Cada una de las cavernas tenía la 
parte superior dividida en dos declives, a uno y otro 
lado. Había muchas filas horizontales de grandes 
agujeros cuadrados, obstruidos f>or una substancia 
delgada, brillante y transparente. Esos agujeros se 
abrían al frente de cada caverna. Dentro de las 
grandes cavernas, había otras menos espaciosas. 
Para visitar los compartimientos menores era ne- 
cesario subir por vías consistentes en terrazas re- 
gulares y contirmas, una arriba de la otra y dis- 
pi>e9tas como un caracol. En cada compartimiento 

9 I 



M A R K T W A I N 

había grandes objetos informes que han de haber 
sido en otro tiempo criaturas vivas, pero cuya piel 
obscura está ya encogida y suelta, y produce un 
ruido seco al menior movimiento. Había muchas 
arañas, y sus redes, tendidas en todas direcciones, 
llenas como estaban de arañas difuntas y despelle- 
jadas, presentaban un espectáculo halagador, pues 
sugerín la idea de ía vida y de una sana actividad 
en medio del vasto escenario que sólo hablaba de 
abandonio y desolación. Pedimos informes a las ara- 
ñas, pero fueron vanas las esperanzas que alimen- 
tamos de obtener alguna noticia. Eran arañas de 
otra nacionalidad, y su lenguaje, aunque musical, 
nos fué del todo ininteligible. Son una raza tímida 
y bondadosa, pero muy ignorante, como lo prueba 
su culto pagano a dioses desconocidos. La expedi- 
ción envió un destacamento de misitoneros para que 
enseñasen la verdadera religión a aquellos infieles, 
y antes de ocho días la catcquesis obtuvo los fru- 
tos más abundantes que podía apetecer, pues se con- 
siguió una perfecta desunión entre las familias, y 
vimos que aquellos seres, obscurecidos antes por la 
ignorancia, habían llegado a no tener apego a nin- 
guno de sus sistemas religiosos. Esto estimuló el 
celo de la exí>edición, y quedó resuelto dejar esta- 
blecida permanentemente una colonia de misione- 
ros, a fin de que la obra de la gracia divina no se 
interrumpiese. 

Pero no nos desviemos del fin de nuestra narra- 
ción. Después de examinar metódicamente la fa- 

9 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

chada de las cavernas, y de haber procedido a una 
escrupulosa meditación y a un cambio de teo.rias>, 
ios respetabilísimos especialistas determinaron la 
naturaleza de aquellas singulares formaciones. Se- 
gún la opinión que hubo de prevalecer, pertenecían 
principalmente al Antiguo Período Rojo de las Pie- 
dras de Afilar. La parte anterior de las cavernas es- 
taba constituida por estratificaciones 'dte una mara- 
villosa regularidad, que se levantaban a considera- 
ble altura. Medidas las estratificaciones, se encon- 
tró que tienen seis ranadas. Estos hechos en su con- 
junto son la más incontestable refutación de la geo- 
logía tradicional. Entre cada una de las capas de las 
Piedras Rojas de Afilar, hay otra capa menos espe- 
sa de cal en descomposición, lo que demuestra que 
no hubo un sólo período del Afilador, sino ciento 
setenta y cinco por lo menos. Y como consecuencia 
de este hecho, queda también demostrado que la 
tierra ha sufrido por lo menos ciento setenta y cin- 
co intmdaciones diluvianas, con el correspondiente 
depósito de estratos calizos. La inevitable deduc- 
ción de estos hechos nos lleva a una verdad supre- 
ma en el orden científico : el mundo no tiene cien 
mil años, como se creía, sino millones y millones de 
años. Hay otro hecho igualmente digno de llamar 
la atención. Cada estratificación de las Piedras de 
Afilar se encontraba atravesada y dividida en inter- 
valos regulares por estratificaciones verticales de 
cal en descomposición. Las inyecciones de roca 
ígnea a través de las fracturas en las formaciones 

9 3 



M A R K T W A I N 

plutonianas, eran fenómenos de muy común obser- 
vación; pero por primera vez se ha presentado al 
examen de la ciencia una proyección de roca for- 
mada por la acción 'del agua. Este es un descubri- 
miento tan portentoso como digno de reverencia, y 
su valor científico no puede estimarse debidamente. 

El examen crítico de algrinas de las estratifica- 
ciones inferiores demostró la presencia de hormii- 
gas fósiles y de escarabajos — los últimos acompa- 
ñados de sus características mercancías — , y este 
hecho quedó registrado con gran satisfacción en 
los libros de actas de la expedición científica, pues 
demuestra que aquellos vulgares trabajadores p'^r- 
tenecen a los primeros y más bajo-5 órdenes de los 
seres creados, aunque a la vez no puede refrenarse 
un sentimiento de repulsión si consideramios que la 
criatura perfecta y exquisita del orden superior debe 
su origen a tan ignominiosa extracción, por obra 
de la ley misteriosa del Desarrollo de las Especies. 

Estercolín, el interesante escarabajo, que había 
escuchado la discusión, expresó su orgullo diciendo 
que bien podían los advenedizos de las nuevas eda- 
des buscar un consuelo en sus teorías científicas; 
pero que a él, por su parte, le parecía mejor ser 
máembro de las más antiguas familias y descender 
directamente de la vieja aristocracia nacional. 

— Pavoneaos con vuestra dignidad reciente, y lle- 
nad el mundo del hedor que se desprende de esc 
barniz con que os encanta cubriros — dijo Esterco- 
lín — ; a nosotros nos basta saber que venimos de 

9 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

una raza acostumbrada desde los primeros tiempos 
a rodar sus fragantes bolitas por los corredores de 
la Antigüedad, que ha dejado esas obras imperece- 
deras que embalsaman la Antigua Piedra de Afilar, 
y cuya gloria proclama la serie de los siglos en 
las carreteras del Tiempo. 

— Ve a tomar el fresco — le dijo desdeñosamente 
el jefe de la expedición. 

Pasó el verano y se acercó el invierno. Conti- 
nuando sus observaciones, los sabios discutian so- 
bre ciertas inscripciones que había en las cavernas. 
Algunos de los doctos decían que no eran tales ins • 
cripciones, pero la mayoría sustentaba la opinióft 
contraria. El filólogo Lombricilla dictaminó que se 
trataba de escritos, hechos con caracteres comple- 
tamente desconocidos para la ciencia, y en una len- 
gua que también ignoraba ésta. Ya había ordenado 
a sus dibujantes y grabadores que hiciesen repro- 
ducciones facsimilares de las inscripciones descu- 
biertas, y oon estos elementos de trabajo se puso a 
buscar la clave de la lengua desconocida. Seguía el 
método adaptado por todos sus predecesores en la 
tarea de la lectura e interpretación de textos. Dicho 
método consistía en colocar a la vista ün gran nú- 
mero de copias de las distintas inscripciones, y exa- 
minarlas colectivamente y en forma pormenorizada. 
Para comenzar, colocó juntas las siguientes copias : 

Hotel Americano. 



9 5 



M A R K T W A 1 N 

A la Umbría. 

Lanchas baratas de alquiler. 

Billares. 

Peluquería. 

Comidas a todas horas. 

Se prohibe fumar. 

Culto a las cuatro de la tarde. 

El Veraneo, diario. 

Oficina telegráfica. 

Se prohibe pasar por los prados. 

Pildoras para el hígado. 

Hoteles y villas para la estación. 

Se vende muy barata. 

Se vende muy barata. 

Se vende muy barata. 

El Profesor Lombricilla creyó en un principio 
que era un lenguaje convencional, y que cada pala- 
bra estaba representada por un solo signo; pero un 
examen más detenido lo llevó al convencimiento 
de que se trataba de un verdadero lenguaje escri- 
to, y que cada letra de su alfabeto estaba represen- 
tada por una figura separada. Por último, llegó a 
la conclusión de que ese lenguaje se escribía en 
parte con letras y en parte con signos o jeroglíficos. 
La conclusión dimanaba forzosamente del descu- 
brimiento de varios ejemplares de un carácter muy 
curioso. 

Observó, en efecto, que ciertas inscripciones se 
repetían más frecuentemente que otras. Así por 
cjempio : 

96 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Se vende barata. 

Billares. 

Cerveza de barril. 

Calle del Barco. 

Naturalmente, la primera hipótesis fué que és- 
tas eran máximas religiosas. Pero el docto filólogo 
desechó tal idea, y gradualmente logró penetrar en 
el misterio del extraño alfabeto. A fuerza de em- 
peño, el .profesor pudo traducir muchas de las ins- 
cripciones con una considerable probabilidad de 
acierto, aunque no a satisfacción completa de todos 
los sabios. Sin embargo, hizo progresos constantes 
y alentadores. 

Fué para él capitalísimo el descubrimiento de 
una caverna con esta inscripción: 

MUSEO DE LA PLAYA 

ABIERTO A TODAS HORAS; ENTRADA, 50 CENTS. 

Hermosísima colección de figuras de cera, antiguos, 
fósiles, etc. 

El profesor Lombricilla afirmó que la palabra 
Museo era equivalente a lumgad molo, o sea Ce- 
menterio. Todos los sabios se asombraron al en- 
trar. Pero' para dar una idea exacta de lo que vie- 
ron, será mejor acudir al texto exacto fd^e su infor-' 
me oficial: 



9 7 



M A R K T IV A 1 N 

"Puestas en hilera había unas grandes figuras rí- 
gidas y erectas^ que nos impresionaron al instante, 
como pertenecientes a la especie de reptil extingui- 
da en otras edades, que se describe en nuestros an- 
tiguos tratados y para cuya designación se emplea 
la palabra hombre. Este descubrimiento nos llenó 
de la más viva satisfacción, pues últimamente ha- 
bía comenzado a privar cierta tendencia por la cual 
se consideraba como un mito y una superstición la 
existencia del reptil a que nos referimos, y aun se 
daba por sentado que fué parto de la fecunda ima- 
ginación de nuestros más remotos antepasados. 
Pero he aquí que encontramos al hombre, perfecta- 
mente conservado, en estado fósil. Lo encontramos 
en su cementerio, según consta de la inscripción 
descifrada por la Filología. Desde luego comenzó 
a conjeturarse que las cavernas inspeccionadas con 
anterioridad eran las antiguas moradas del hombre, 
cuando éste vagaba por la tierra,, pues en el pecho 
de cada uno de los fósiles había una inscripción, y 
todas ellas tenían los mismos caracteres ya ante- 
riormente estudiados al frente de las cavernas. Una 
de las inscripciones decía: ''Capitán Kidd, el Pira- 
ta'^; otra, "La Reina Victoria"; otra, "Abra. Lin- 
coln" ; otra, "Jorge Washington". 

"Con febril interés acudimos a nuestros antiguos 
anales científicos para examinar si la descripción 
que allí se hace del reptil hombre se conformaba 
con el aspecto de los fósiles que teníamos a la vis- 
ta. El profesor Lombricilla leyó los textos origina- 

98 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

les en alta voz, conservando toda su singular y añe- 
ja fraseología. No será inútil repetir aquella des- 
cripción, pues no es muy conocida: 

"En el tiempo de nuestros padres, el hombre 
andaba sobre la tierra, como es sabido; por la co- 
mún tradición. Era un ser de tamaño excesivamen- 
te grande, y se encerraba en una piel muy floja, unas 
veces de un solo color y otras de muchos colores, 
oon la particularidad de que dicha piel era de qui- 
tar y poner. Cuando hacía esto, quedaban al descu- 
bierto las antenas posteriores, y en ellas había unas 
garras cortas, parecidas a las del topo, pero más 
anchas, y las otras dos antenas tenían dedos muy 
delgados y largos, más que los de una rana. Poseía 
también ciertas uñas muy grandes, de las que se 
servía para rascar la tierra y buscar alimento. Cu- 
bríanle la cabeza p^lumas semejantes a las de la rata, 
pero más largas. De la cara le salía un pico, muy 
útil para buscar alimento por medio del olfato. En 
sus momentos de alegría echaba agua por los ojos, 
y cuando estaba triste o sufría, manifestaba esta 
emoción con un infernal cacareo muy ruidoso, que 
era espantoso oírlo. Tal parecía que estaba a punto 
de perecer para acabar con sus sinsabores. Cuando 
se juntaban dos hombres, se echaban ruido mutua- 
mente, y oíamos: "Como, como; Diablo, diablo.'* 
Eso era a lo menos lo que percibíamos. Los poetis 
imaginaron que los mencionados ruidos entraban en 
la categoría de un lenguaje; pero los ipoetas defor- 
man la realidad con sus creaciones. A veces el 



9 9 



M A R K T W A I N 

hombre tomaba una estaca enorme, se la ponía de- 
lante de la cara y sacaba de ella fuego y humo, con 
un estrépito que aterrorizaba a su presa. Cogía a 
ésta con las garras de los remos delanteras, y se iba 
a su casa lleno de la más diabólica alegría. 

"La anterior descripción, heoha por nuestros an- 
tepasados, es del todo conforme al aspecto de los 
fósiles que teníamos delante, como se verá a coiiti- 
ntiación. El ejemplar marcado con la inscripción 
Capitán Kidd, el Pirata^ fué exaiminado en todas 
sus dimensiones. Tiene en ia cabeza y en parte áe 
la cara un forro parecido al de la cola del caballo. 
Con mucho trabajo logramos quitarle la piel, y des- 
cubrimos que el cuerpo es de una substancia muy 
pulimentada y blanca, en estado de petrificación 
com^pleta. Todavía llevaba sin digerir la paja que 
había ,comido en edades remotas, y que le había ba- 
jado hasta lasi piernas. 

"En djerredor de estos fósües había objetos que 
carecería'n' de siguificación para el ignorante; pero 
que eran una revelación a los ojos escrutadores de 
la Ciencia. Ellos ponen de manifiesto en toda su des- 
nudez los misterios de las edades pretéritas. Los 
viejos códices nos hablan de bis hábitos del hombre, 
cuando éste pasó por la tierra. Pero nosotros pudi- 
mos examinar las pruebas fehaoientes de que vivió 
en las primeras edades de la creación, al mismo 
tiempo que otros órdenes inferiores de la vida, per- 
tenecientes a aquellos tiempos ya olvidados. Vimos, 
en efecto, el' nautilo fósil que surcó los mares pri- 

I o o 



NARRACIONES II U M O R / ^^ T ( CAS 

miitivos del planeta; vimos el esqueleto del masto- 
donte, el del ictiosanro, el del oso de las cavernas, 
el del prodigioso alce. Vimos huesos de otros ani- 
males extinguidos, y los del hombre joven, todos 
ellos vacios completaimente, lo que indica que el tué- 
tano era uno de los antojos más codiciados por su 
gula. Evidentemente, el hombre había chupado el 
contenido de aquellos huesos, pues no había en ellos 
huellas de dentelladas de otros animaíles. Estercolín 
objetó que la acción de los dientes no se imprime en 
los huesos. Había también algunos hechos por los 
que se infiere que el hombre tenía una vaga y gro- 
sera ddea del arte, pues encontraimos ciertos objetos 
con inscripciones en lengua indescifrable, que de- 
cían : Hachas de Sílex, cuchillos, pedernales, ador- 
nos de hueso del hombre primitivo. 

"Al parecer, algunos de estos objetos erarr. armas 
sacadas de la piedra, y en cierto lugar apartado vi- 
mos otras en fabricación, con esta leyenda intraduc- 
tible, escrita sobre un objeto delgado y frágil : 

"Juanes: Si no quiere usted que se 'le 
despida del Museo, haga usted las armas 
de) hombre primitivo con más cuiclado, 
pues las últimas no engañan ni a los profe- 
sores de la Universidad. Los animales que 
pintó usted en algunos de los Ornamentos 
de Hueso son una vergüenza para cual- 
quier hombre primitivo. — M, H. Campos, 
Director." 



M A R K- r W A I N 

"Al otro lado del cementerio había un montón de 
cenizais, lo que indica la costumbre que tenia el hom- 
bre de celebrar fiestas en los funerales. ¿Cómo ex- 
pilicar sim esto la existencia de cenizas en tal sitio? 
También' se demuestra que creía en Dios y en la 
inmortalidad del alma. ¿Podría de otro mo»d'o cele- 
brar tales cerampnias ? 

"Resumiendo : 

"I. — Sabemos que el hombre tenía un leiüguaje 
escrito. Sabemos por observación directa que exis- 
tió en algún tiempo, y que no es mítico. 

"II. — Sabemos que fué contemporáueo del oso de 
las cavernas, del mastodointe y de otras especies ex- 
tinguidas. 

"III. — Sabemos que asaba y comía a esos anima- 
les, así como a los más jóvenes de su propia especie. 

"IV. — Sabemos que usó armas muy inperfectas y 
que tuvo ciertas nociones de arte. 

"V. — Sabemos que se creyó dotado de alma, y 
que tuvo el capricho de considerarse inmortal. 

"Pero no nos entreguemos a la hilaridad, pues 
biem pudiera haber otros seres para quienes nos- 
otros y nuestras vanidades y profundidades tuvie- 
ran el mismo aspecto ridículo." 

TERCERA PARTE 

Cerca de la margen del gran río, los sabios des- 
cubrieron una piedra colosal en la que había esta 
inscripción : 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

"En la primavera de 1847, ^'1 ^í<^ salió 
de madre, e inundó toda la ciudad. La pro- 
fundidad de las aguas era de 50 centíme- 
tros a un metro 50 centímetros. Se per- 
dieron' más de 900 cabezas de ganado ma- 
yor, y nnichas personas quedaron sin ho- 
gar. El Alcalde ordenó que se erigiera 
este monumento, para perpetua memoria 
del calamitoso suceso. ¡ Dios nos libre de 
una nueva catástrofe!" 

El profesor Loonibricilla pudo traducir esta ins- 
cripción, después de emplear en su labor muchas de 
las más fecundas vigilias de aquella carrera glorio- 
sa. Enviada al país la traducción de Lombricilla, 
produjo una enorme excitación entre los conciu- 
dadanos del insigne filólogo, pues confirmó de un 
modo estupendo ciertas antiguas tradiciones que el 
pueblo conservaba como un tesoro Es verdad que en 
la traducción había dos o tres lagunas, pero éstas 
no quitaban su claridad al significado del documen- 
to epigráfico. He aquí cómo lo autorizó el eminente 
Lombricilla : 

*'Hace cien mil ochocientos cuarenta y 
siete años, los (¿fuegos?) bajaron y con- 
sumieron toda la ciudad. Sólo se salvaron 
novecientas almas. Todas las demás fue- 
ron destruidas. El (¿Rey?) mandó que se 
levantase esta piedra para... (intraducibie) 
impedir que se repita la catástrofe?." 

} o 3 



M A R K T IV A í N 

Esta fué la primera traducción' que pudo hacer- 
se de los extraños caracteres usados por la extii> 
guida especie del hombre, con la seguridad plena 
del acierto, y subió tanto el prestigio de Lombrici- 
lia que todos los Centros doctos de su patria na- 
tiva le confirieron los grados más eminentes. Se 
creía comúnmente que sá hubiera sido soldado, y co- 
mo tal hubiera consagrado su espléndido talento al 
exterminio de una remota tribu de reptiles, el Rey 
no habría tardado en otorgarle un título nobiliario 
y en darle grandes riquezas. En la traducción de 
Lombricilla tuvo origen la célebre escuela llamada 
de Homologistas, creada especialmente para desci- 
frar los antiguos documentos dejados por el ave 
llamada hombre, (Últimamente se ha averiguado 
que el hombre era ave y no reptil.) Pero a pesar de 
la fundación de aquella escuela, Lombricilla fué, y 
es aún, la autoridad indiscutible en ia materia, pues 
nadie ha logrado hacer traducciones tan» limpias de 
error como las suyas. Los demás se equivocan; él, 
jamás. Se han encontrado muchos vestigios epigrá- 
ficos de la perdida raza; pero ninguno alcanza el 
renombre y la veneración' de la Piedra del Rey, o 
sea de la Piedra del Alcalde, en la lengua del 
hombre. 

Otro de los grandes descubrimientos de la ex- 
pedición científica, fué la de una gran masa plana 
de diez ranadas de diámetro y cinco o seis de al- 
tura. El profesor Caracolillo se caló las gafas y 
exaniin(3 el contorno dte aquel objeto, Dicho esto, 

i Q 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

trepó a íla cima y la inspeccionó. Después dijo: 

— ^La perlustración y la percontación de esta pro- 
tuberancia isoperimétrica, es la afirmación de que 
constituye una de las creaciones más raras y ma- 
ravillosas de los coirstructores de montículos. El 
hecho de que ésta sea lamelibranquiata en su for- 
mación le presta un interés más grande, por cons- 
tituir tal vez una variedad diferente de todas las 
que encontramos en los anales cientificos, sin que 
el hecho impida la autenticidad del ejemplar. Si el 
aparato mejgialo fónico del D:r. Saltamontes emite 
un sonido penetrante, acudirá el negligente Ester- 
colíni, y este operario circunferencial hará las exca- 
vaciones necesarias para que nuestro saber acumu- 
le nuevos tesoros. 

A falta del Escarabajo, que no pudo ser habido, 
acudió una compañía de Hormigas. Nada se descu- 
brió. Esto habría sido una desiitisión para los sa- 
bios ; pero el venerable duque de las Antenas dio la 
siguiente explicación : 

— Tengo por evidente que la misteriosa y olvida- 
da raza de los Constructores de Montículos no des- 
tinó siempre estos edificios para mausoleos, pues en 
tal caso hoy habríamos encontrado un esqueleto, 
co)m)o ha sucedido en otras ocasiones. Y habríamos 
encontrada también los rudos utensilios de que se 
servían aquellos seres. ¿ No es cosa evidente ? 

— ^Evidente, evidente — repitieron todos los sabios. 

— Si esto es así, nuestro descubrimiiento tiene un 
carácter peculiar, y en vez de disminuir nuestros 

! o s 



M A R K T W A I N 

cüriQcimientois sobre el Constructor de Moritícuilos, 
ei hecho viene a darles mayor alcance. La expedi- 
ción cobrará lustre y fama por lo que se ha hecho 
en este montículo, y los sabios del mundio. entero 
nos aiplaudirán con entusiasmo. La ausencia de hue- 
sos y cacharros en este montículo significa sólo que 
el 'Constructor no era un reptil ignorante y salvaje 
como se ha venido sosteniendo por todos los trata- 
distas, sino un ser culto y de una inteligencia muy 
desarrollada, no sólo caipaz de apreciar los grandes 
y nobles hechos de los .individuos de S'U especie, sino 
de comnemoraríbs. i Ilustres colega?, este montículo 
no es un sepulcro, es un monuimento ! 

La imipresión fué profunda. 

El silencio se interrumpió por una risa desteim- 
piada. Estercolín se presentó como en otras oc!:i- 
siones. 

— ^¿Un monumento? ¡Un monuiniento del Cons- 
tructoT de Montículos ! Efectivamente, lo es. Lo es 
para el ojo avizor dle la Ciencia ; pero un pobre dia- 
blo, un lignorante que jamás ha pisado fias aulas, dice 
que no hay tal monumento, en el riguroso sentido de 
la palabra por lo menos, si bien posee ricas y muy 
nobles propiedades. Y, con perlmiso de Su Gracia, 
voy a manufacturar esferitas de una monería y... 

Estercolín fué arrojado' a golipes, y sin pérdida de 
momento los dibujantes de la expedioión hicieron 
vistas ddl^ monumento, situándose en todos los pun- 
tos favoirables. En el frenesí de su celo científico, el 
profesor Lombricilla recorría el monumento en tq- 

i o 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

dos sentidos, con la esiperanza de encontrar alguna 
inscripción. Pero si la hubo, ha de haber sido arran- 
cada por algún vándalo para llevársela colmo rojiquia. 

Hechas las vistas, se procedió a cargar el monu- 
mento, colocáudolo al efecto sobre las concháis db 
cuatro grandes tortugas, pues se le había destinado 
al Museo Rcail. Cuando llegó a la Corte, fué recibi- 
do con pompa, y millares de personas lo acompaña- 
ron hasta que se hizo la instalación. Encabezaba la 
procesión el soberano Ránido XVI, y para dar más 
atractivo a la ceremonia, el Rey coiisiintió en ir sen^ 
tado sobre el monum/ento desde las afueras de la 
ciudad hasta d' Museo. 

Entre tanto, los rigores de la estación aconsejaban 
a los sabio;s la suspensión de sus tareas, y empeza- 
ron a preparar el regreso a la Patria. Pero esto no 
impidió que aprovecliaran el tiempo, y el último día 
de su permanencia en las cavernas fué de los más 
fructuosos. Efecticamente, uno de los Académicos 
encontró en un rincón apartado del Cementerio, o 
Museo, el objeto más sorprendente que hasta enton- 
ces se hubiera visto. Era un hombre^ave de estruc- 
tura especial, o más bien dos hombres-aves, ligados 
el uno al otro por el pecho. Abajo estaba una ins- 
cripción intraducibie, que decía : Los hermanos Sia- 
meses. El infonme oficial que se rindió a las Acade- 
mias, decía, para terminar: 

*'Por lio anterior se infiere que hubo dos especies 
de este pavo majestuoso llamado Hombre: una de 
ellas era seneilla, y la otra doble. La Naturaleza tiit;- 

i O 7 



M A R K T IV A I N 

ne razón en todo cuanto haoe. El Ojo de la Ciencia 
ve claramente que el hombre doble habitaba en su 
origen regiones en dondie abundaban los peligros. 
Así fué como por la ley de Supervivencia de los más 
aptos, el hombre vivía en parejas pegadas, a fin de 
que mientras uno de esos seres durmiera el otro ve- 
liara, y en el tm)omento de la imulinencia del peligro 
descuibiento por el pavo que no dormía, los dos opu- 
siesen sus fuerzas unidas para resistirlo. ¡ Honremos 
a la Ciencia que, como Dios, no conoce misterios!" 
Cerca del doble hombre-ave se encontró una 
historia, en numerosísimas hojas, de una substancia 
delgada y blanca, que estaban encuadernadas. El 
profesor Lombricilla descubrió inmediatamente la 
siguiente frase, que pudo traducir sin el menor tro- 
piezo, y que puso a la vista de sus colegas. Todos los 
que le^^eron aquella frase fueron arrebatados por la 
más viva sorpresa y por el entusiasmo más deliran- 
te. La frase dice así: 

"Muchos creen que los animales infe- 
riores razonan y hablan entre sí." 

Cuandb se dio a luz el Informe Oficial de la Ex- 
pedición, la frase anterior aparecía cqmlentada en 
los términos que siguen : 

"¡Y se dice en aquella historia que hay animiailes 
inferiores al hombre! Es inconfundible el signifi- 
cado de este notable pasaje. El hombre es una es- 
pecie extingui'dti, ipero bien puede existir aún. En 
tal caso, ¿qué son y en dónde habitan e§os seres? 

I o 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

El entusiasmo traspasa todos los ilímites cuando 
consideramos el campo brillantísimo de investigacio- 
nes y descubrimientos que se abre a la Ciencia. No 
terminaremos nuestra labor sin rogar humildemen- 
te a Vuestra Majestad que se nomibre por el Go- 
bierno una Comisión, para que^. ésta proceda a bus- 
car los inidividuos supervivientes de tina especie cu- 
ya existencia actual no se sospechaba." 

Después de itan larga ausencia y de tan concien- 
zudos trabajos, la expedición volvió a la Corte, y el 
pueblo de toda la nación le hizo nn recibimiento 
digno de ella. Las ovaciones se sucedían de ciudad 
en ciruidad y de villorrio en' villorrio. 

No faltaron aristaTcos, es verdad. Siempre los b^ 
habido y no dejará de haberlos. Naturalmente, uno 
de ellos fué el obsceno Estercolín. Decía en los co- 
rrillos de gente vuUlgar que sus viajes le habían en- 
señado una sola cosa, y era que, con un adarme de 
suposiciones, la Ciencia construye una montaña de 
hechos demostrados, y que él, por su parte, se con- 
tentaría con el conocimiento que la Naturaleza im- 
parte libremente a todas sus criaturas, sin atreverse 
a inquirir los augustos secretos de la Divinidad. 



I o '4 



VIH 

JORGE WASHINGTON, SU INFANCIA 
Y MI ACORDEÓN 



Soy hombre metódico, y voy a proceder metódi- 
camente. Esta narración se refiere, en primer lugar, 
a Jorge Washington, el hombre que jamá-s mintió, 
y en segundo lugar, a las personas que soni verdugos 
del prójimo por creerse dotadas de genio musical. 

La anéckl'ota de Jorge Washington es admirable; 
pero comencemos por las consideraciones musica- 
les que deben servir de introducción' a la mencio- 
nada anécdota del niiño Washington, "incapaz de 
mentir". 

Supongamos que tui vecino de mi lector tiene, 
como mi vecino, el capricho de violar la calma sa- 
grada de la noche con los bufidos de un trombón. 
¿Qué hará el lector? De seguro considerará un de- 
ber la resignación cristiana, y un privilegio de su 
exquisita naturaleza compadecer al desdichado cu- 
yos instintos buscan solaz en esa discordancia. Yo 



M A R K T W A I N 

no he sido siempre de apacible condición, y si hoy 
me siento penetrado de benevolencia para los mal- 
vados que por afición destrozan el tímpano de sus 
vecinos, esto se debe a una tristísima experiencia 
personal que fué consecuencia de ese mismo ins- 
tinto de que hablo, desarrollado en mí sin que la 
voluntad tomara parte en ello. El infiel de la acera 
de enfrente, ese infeliz que aprende a tocar el trom- 
bón y cuya lentitud ee el adelanto llega casi a los 
confines del milagro, reanuda noche a noche sus 
ejercicios,, sin que yo lo maldiga, pues, antes bien, 
lo compadezco tiernamente desde el fondo de mi 
corazón. Hace diez años, el mismo crimen hubiera 
sido castigado ferozmente, pues yo habría incen- 
diado la casa del malhechor. Yo era entonces víc- 
tima de un aprendiz de violinista, y puedo llamar 
inconcebibles los sufrimientos que me infligió aquel 
hombre durante las dos o tres semanas que sufrí su 
iná:olerabl'e vecindad. El mal no consistía en que el 
infame tocara siemipre Oíd Dan Tucker y en que no 
tocara otra cosa, sino en que lo hacía tan mal, que 
yo rabiaba invariablemente si estaba despierto o 
tenía una pesadilla si estaba dormido. Con todo, 
sufrí valientemente la prueba y me abstuve de toda 
violencia; pero un día aquel desalmado proyectó 
un nuevo crimen. Su intento de tocar Home, Szveet 
Home fué superior a mi resistencia, y procedí a la 
ejecución de la venganza que meditaba hacía largo 
tiempo: incendié su morada. 

Después me atacó un miserable clarinetista. Sólo 

I I 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tocaba la escala. A éste también le dejé libre cam- 
po mientras siguió por la vía que se había trazado 
para su genio. Pero llegó el momento fatal de las 
innovaciones ; pretendió tocar una tonada lúgubre^ y 
yo sentí que la luz de la razón me abandonaba en el 
potro de aquella exquisita tortura. Impulsado por 
un arrebato irrefrenablcji, consumé el acto de jus- 
ticia. 

Pasaron dos años, y en ese tiempo he tenido que 
apelar a las vías ejecutivas contra un cometista, un 
buglista y un fag-'otista. No fué esto lo único que 
experimenté durante los dos años de que hablo. 
También se interpuso en el camino un bárbaro que 
creía estar dotado de las facultades excelsas del ge- 
nio para tocar los timbales. 

Si en aquel tiempo el trombonista de hoy hubiera 
vivido cerca de mí, habría conocido los efectos mor- 
tales de 'mi cólera. Pero como he dicho, lo abando- 
no a su suerte,; y si perece, que sea por obra de su 
propia perversidad. Mi experiencia como aficiona- 
do es tal, que siento piedad por todos los que, como 
yo en un tiempo, tienen la desdicha de caer en las 
tentaciones de la melomanía. Yo sé que cada uno de 
nosotros lleva en las fibras ocultas de su ser uoa in- 
clinación invencible para tal o cual instrumento mú- 
sico ; está fuera de lo humano resistir a la tentación 
de aprender a tocar ese instrumento; tarde o tem- 
prano hay que cultivar la ingrata tierra de la mono- 
manía. ¡Pensad un instante, vosotros los que des- 
pertáis frenéticos cuando una mano incierta procu- 

113 8 



M A R K T W A I N 

ra subrayar las cuerdas de un yiolm^ agotándose en 
tentativas inútiles y desmoralizadoras! ¡Tarde o 
temprano llegará el momento en que vosotros tam- 
bién, hombres intolerantes, seréis intoHerables ! Ha- 
bláis con ligera ferocidad contra aquel que os ha 
despertado de un sueño delicioso, llenando el am- 
biente nocturno con los horrores de una nota pecu- 
liarmente diabólica ; pero al considerar que todos los 
homibres somos hermianos en el destino de una co- 
mún miseria, veréis la injusticia de vuestra indigna- 
ción. 

El monomaniaco del trombón es algo más que un 
prójimo para mi : es un desventurado que exterio- 
riza su infortunio. Tiene momentos de inspiración, 
¿cómo negarlo? Yo lo sé, lo siento cuando uno de 
los bramidos de su instrumento levanta mi cabeza 
de las almohadas y me obliga a sentarme sobre el 
ledho, trémjulo, cubierto de un sudor frío. Mi pri- 
mer pensamiento es el del terremoto ; pero al sentir 
que la tierra está inmóvil, y al pensar que hay trom- 
bones en su anchurosa superficie, me asalta la idea 
del suicidio, y sin quererlo, pieniso en el sueño inal- 
terabUe de la tumba. Un instinto que asoma en mi 
corazón, dirige mi mano hacia el lugar en donde es- 
tán las cerillas productoras del incendioi con que he 
castigado a los perturbadores de mi sueño. ¿Pero 
voy a incendiar la casa del trombonista? Eso seria 
una impiedad. La Providencia traza caminos mistc- 
riiosos, y el hombre del trombón -es victima de su 
destino. Pienso que sufre y que su tribulación no 

I I 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tiene acaso remedio. ¿Voy a envolverlo en las lla- 
mas de un incendio punitivo ? 

Yo me creía inmunizado dci la locura funesta a 
cuyo impuslso nos proclamamos músicos, desafiando 
la manifiesta voluntad de Dios, que nos manda ase- 
rrar madera o hacer otra cosa útil y permitida pol- 
las leyes. Pero he aqui que un (d^a caí víctima del 
instrumento llamado acordeón. Hoy lo odio fci-vien- 
temeníte, tanto como el que más ; pero entonces sentí 
sin saber cómo, una adoración idolátrica y repug- 
nante por sus melodías. Compré un acordeón colo- 
sal, y aprendí a tocar Auld Laiig Syne.. Hoy, que 
puedo reflexionar fríamarute, creo que sólo por ins- 
piración pude haber elegido aquella tonada, que es 
la más horrible y descorazoiíadora de cuantas per- 
mite la caja de un acordeón. ¿Quién me la indicó 
entre las sombras de mi total ignorancia? No creo 
posiMe que haya en todo cíl universo una can- 
ción comparable con aqtiélla en lo que se refie- 
re al poder perfecto de difundir la desesperación en 
la especie humana. Mi corta carrera musical ha si- 
do por esto insuperable. 

Llevaba seis u ocho días de ejecutar Laiig Syne, 
cuando tuve el pensamiento vanidoso de introducir 
mejoras en la melodía original, y al instante la ador- 
né con arabescos y variaciones. Mi genio inventivo 
produjo instantáneamente un resultado. Tal fué la 
presencia de la patrona en mi habitación. La expre- 
sión de su rostro era de viva oposición a mis ten- 
tativas creadoras. 

í I 5 



M A R K r W A I N 

— ^Señor Twain, ¿conoce usted otra melodía? — me 
preguntó. 

— No conozco otra, señora — contesté con tono 
suave y conciliador. 

— En ital caso, tóquela u ted tal como es, y abs- 
téngase de variaciones, pues los huéspedes ya tienen 
bastante con la composición oniginail. 

Sí ; ya tenían bastante. Ya tenían demasiaéoi los 
infelices. La mitad de la pensión quedó vacía, y la 
otra mitad habría quedado lo mismo si la señora Jo- 
nes no me hubiera puesto en la calle. 

Sólo pasé una noche en la casa de la señora Smith, 
porque a la mañana siguiente, la patrona se me pre- 
sentó para decir: 

— Puede usted marcharse a la hora que quiera. 
Por mí, ya baja usted la escalera. He tenido otro 
como usted. Era un pobre loco que tocaba el banjo, 
bailaba y hacía saltar los cristales con el ruido de 
su música. Usted no me dejó cerrar los ojos en 
toda la noche, y creo que si se repite la experiencia, 
vengo y le rompo el acordeón en la cabeza. 

Por lo visto, la señora Smith no era muy aficio- 
rada a la música. Me mudé a la casa de la señora 
Brown, 

Durante tres noches consecutivas mis vecinos dis- 
frutaron de Auld Lang Syne, genuino e inadulte- 
rado, salvo algunas disoordanciaís, que a mi enten- 
der, fueron favorables para el efecto de la ejecu- 
ción. Sin embargo, los huéspedes se mantuvieron 
relativamente tranquilos. Intenté las variaciones, y 

I I 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

no bien hube comenzado» se produjo el motín. La 
opinión unánime era adversa a las variaciones. Ha- 
bía logrado cuanto podía ambicionar en la esfera 
del arte, y dejé aquella casa sin pesar. En efecto, 
uno de los huéspedes perdió la razón, j otro inten- 
tó arrancarle el cuero cabelludo a su propia madre. 
Yo estaba perfectamente convencido de que a la si- 
guiicnte audición, el parricidio se hubiera consumado. 

Fui entonces a vivir a la casa de la señora Mur- 
phy, italiana de prendas estimabilísimas. La pri- 
mera vez que toqué las variedades, un anciano ma- 
cilento, abatido, de faz cadavérica, entró em mi cuar- 
to, y se quedó mirándome, con el rostro iluminado 
por la expresión de una inefable dicha. Puso la 
mano sobre mi cabeza, y miró hacia arriba, con la 
unción del creyente. Djespués me habló, y yo sentía 
que sus palaibras Ue^gaban a mi oído, entrecortadais y 
tréi: lulas por la emoción que embargaba al buen 
anciano. 

— Joven — me dijo — . Dios bendiga a usted. Dios 
lo bendiga, oomo yo lo bendigo. Lo que ha hecho 
usted, sobrepuja a cuanto yo pudiera decir para ala- 
barlo. Desde -hace muohoB años sufro una enferme- 
dad incurable. He luchado en vano para re'3ginarme 
con mi suertte. El amor a lia vida se sobreponía en 
mí a todos los consejos de la razón y de la fe. Usted 
es mi benefactor. El cielo se lo prdmie. Desde que oí 
tocar las variaciones d'e usted, iha entrado en mí la 
persuasión de que esta vida es indigna de nuestro 
amor. Ya no quiero vivir... No sólo estoy resig- 

I I 7 



M A R K T W A I N 

nado a la muerte, sino que la quiero y la espero con 
ansia. 

El ancianO' se arrojó a mis brazosi, y derramó abun- 
dantes lágrimas de felicidad. Yo estaba sorprendi- 
do; pero, a pesar del asombro que me causaban las 
palabras y el llanto del ancianio, el oi-gullo embarga- 
ba mi pecho. Cuando el anciano llegó al umbral de 
la puerta, yo lo despedí con una de mis variaciones 
más dilacerantes. El se dobló como la hoja de la 
navaja cuando la cerramos de golpe. Cayó en el le- 
cho del dolor, y no lo abandonó sino cuando lo' sa- 
caron en una caja metálica. Mi acordeón lo había 
curado. 

Todo pasa, y la pasión que yo sentía se extiinguió 
al cabo. Un día me encontré sano, libre para siem- 
pre de la influencia maligna del acordeón. Mientras 
fui músico, yo no ora un hombre, sino una calamidad 
a quien acompañaban la desolación y el desastre. 
Sembraba la discordia en las familias, entenebrecía el 
espíritu de las personas joviales, desesperaba a los 
melancólicos, apresuraba la muerte de los enfermos, y 
creo que turbaba ia paz de las tumbas. Fui causa 
de incalculables daños, e infligí sufrimientos inde- 
cibles con mi execrable música. Como compensación, 
sólo fui autor de un acto caritativo : el de llevar la 
resignación al pecho de aquel anciano. 

Otro de los beneficios que produjo el acordeón, 
fué el de no pagar en las casas de huéspedes, pues 
las patronas se allanaban a toda clase de arreglos 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

por la satisfacción de verme partir con el instru- 
mento debajo del brazo. 

Creo que lo anterior habrá llenado uno de los 
dos objetos que me propuse al tomar la pluma, 
pues desde que mis lectores sepan la verdadera na- 
turaleza del mal melódico, perdonarán' a cuantos in- 
felices turban el sueño de sus vecinos para cultivar 
el genio de que se sienten dotados. 

El otro objeto de mi trabajo era referir la anéc- 
dota admirable del niño Jorgie Washington, incapaz 
de mentir. Me proponía, en efecto, hablar de aquel 
cerezo o manzano — ^no &é si era cerezo o manza- 
no — , aunque ayer me lo refirieron a mí... La par- 
te relativa a la música ha sido tan larga, que ya no es 
posible hablar del niño Washington, entre otras co- 
sas, porque olvide el cuento. 

Pero juro que era conmovedor. 



I I ') 



IX 

UNA VIDA DE PLUTARCO 



Hoy es día del natalicio de Joirge Washington. 
HabTando con precisión, el hecho ocurrió hace miii- 
chos años. ¡ Cuan profunda es la significación qiue 
tiene para nosotros e&te recuerdo! Y hablo espe- 
cialmente de todos los que hemos nacido también, 
aunque haya sido con mucha posterioridad. Enco- 
mendamos el hecho .a la meditación de los jóvenes, 
ya que han de tomar a Washington por modelo, y es- 
forzarse en imitarlo. ISÍO' deben retroceder pensan- 
do que otros muchos millones de compatriotas han 
intentado nacer anltes que ellos, y no han conseguido 
(igualar en esto a nuestro héroe. Pero el ejemplo de 
esos fracasos no debe acobardarlos. 

Jorge Washington cira el menor de nueve niños. 
Ocho de esos niños fueron hijos de los tíos de Was- 
hington. Este, grande en todo, tuvo ocho primos, y 
además no tuvo hermanos. 

Durante «su infancia, Washington no dio señales 
de la excelsitud que habría de distinguiirle más tar- 

I 2 I 



M A R K T W A I N 

de. Ignoraba hasta las cosas más comunes en los ni- 
ños de SOI edad. Pot ejemplo, dicen que no sabía 
mentir. Esto indica que estaban fuera de su alcan- 
ce esas ventajas de que hoy disfrutaní hasta los ni- 
ños de cuna más huimílde. En nuestros días todos 
los niños pueden mentir libremente. Yo andaba to- 
davía a gatas y ya mentía. Verdad es que est<i chispa 
del genio era tan común en ni! familia, que no lla- 
maron la atención mis facultades. 

A Jorgito le faltaba lia sagacidad en lo absokriu. 
Cuéntase de él que en ima ocasión derribó el cerezo 
predilecto de su padre y que no se dio fmaña para 
ocultar aquella travesura. 

En otra ocasión estuvo a punto de hacerse guar- 
dia marina, pero su madre le dijo que si se embar- 
caba, necesariamente estaría ausente de la casa pa- 
terna, y que esta ausencia continuaría por fuerza 
hasta el momento del regreso. La triste verdad im- 
presionó tan profunjda mente al joven Washington, 
que mandó por su baál, pues ya lo tenía a bordo, y 
con toda tranquilidad y firmleza negó su cooperación 
en los combates de la marina real para no causar 
una pena tan grande a la autora de sus días. 

El joven Washington obraba siempre inspirado 
por los más altos y purois principios de la Moral, de 
la Justicia y del Derecho. Era en todo un modelo 
digno de la omfulactión de los otros jóvenes. Siempre 
se le vio dispuesto a cumplir con sus deberes. Un 
historiador ha dicho que Washington siempre esta- 
ba listo-, coimo un millar de ladrillos. La comparación 

I 2 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

no es miiy feliz. En efecto, ¿qué más dan diez mil 
ladrillos, o cien mil, o un millón, para hacer plena 
justicia ail objeto de este ensayo? Las unidades de 
material de construcción carecen de eficacia para 
expresar la excesiva prontitud y fidelidad que ca- 
racterizaban al joven' Jorge Wasihington. Su alma 
poseía excelencias que escapaban al escrutinio y a 
la computación de las matemáticas. No cabe en el 
paralepípedo de un ladrillo toda la sublimidad que 
hay en una alma tan pura. 

El joven Jorge Washington se dedicó a la agri- 
miensura, y esta fué una de las modestas funciones 
a que consagró su actividad en los primeros años de 
la vida. Obedeciendo a las órdenes del gobernador 
Dinwiddie, Washington atravesó centenares de ki- 
lómetros de bosques inextricables, infestados de in- 
dios, para 'libertar a algunos prisioneros lingleses. El 
historiador dice que aquellos indios eran de los más 
depravados de; su linaje, y que estaban en acecho pa- 
ra robar y ímiatar a los blancos. Si consideramoü quíf-. 
pasaba por allí un blanco cada año, es de suponer 
cuál sería el negocio de aquellos pobres indios Ei hc- 
clio es que no robaron al joven Washington. Un in- 
dio pretendió hacerlo, pero no logró su propósito. 
Se Oic*uiltó tras de un árbol y disparó el mosquete 
contra el objeto de este ensayo ; pero el objeto de 
este ensayo sacó al indio de su escondite y se lo lle\ ó 
prisionero. 

El largo viaje del joven Washington fué inútil, 
pues los franceses que tenían en su poder a los in- 

I 2 3 



M A R K T IV A I N 

g-kses no quisieron entregarlos, y Washington vol- 
vió tristemiente a su casa. Se organizó un regimi'ento 
para rescatar a los prisioneros, y Washington se en- 
cargó deí .miando. Tomó a los franceses en mal mo- 
m'cnto para ellos, los atacó intrépidamente y los de- 
rrotó en diez imiinuitos. El comandante franciés en- 
tregó los priisioneros. Esta fué la batalla de las 
Grandes Praderas. 

Transcurrió imuoho tiempo, y Washington fué 
nombrado generalísimo de los ejércitos america- 
nos. Anduvo muy ocupado durante todo el tiempo 
de la Revolución. Pasó días de amargura y sufrió 
reveses, pero de vez en cuando daba una sorpresa 
al enemigo. Luchó durante siete años, acosó a los 
ingleses desde Harrisburg hasta Halifax, ¡y la pa- 
tria fué libre! 

Se lie eligió presidente y a C'osi cuatro años S€ le 
reeligió. Si viviera todavía sería presidente. ¡Así 
honró el pueblo al padre de su Patria ! 

Esiperemo'S que la juventud tdmie por modelo a 
ese homibre incomparable. ¿Por qué no han de sei 
presidentes todos los jóvenes? La victoria es posi- 
blie— nno (l'o olvide la juventud — ; la victoria es posi- 
ble, aunque haya ciertas probabilidades en contra. 

Podría yo continuar esta biografía, ein beneficio de 
las nuevas generaciones, pero la suspendo para aten- 
der a otros asuntos más urgentes. 



I 2 4 



X 



LA MORAL DE FRANKLIN 



No dejes para maña^ 
na lo que puedas hacer 
pasado mañana. — Alnia^- 
naque del Pobre Hombre 
Ricardo. 



Franklin era uno de esos individuos a quienes 
las gentes llaman filósofos. Fué gemelo de otro in- 
dividuo que nació en el mismo día y a la misma 
hora, aunque en otra casa. Los dos acontecimientos 
se efectuaron en Boston. Todavía existen las dos 
casas, y tienen iinscripciones relativas a lo'S dos he- 
chos memorables. Las inscripciones son claras, y 
por lo demás, inútiles o casi inútiles,, porque los ha- 
bitantes de la ciudad se encargan de llamar la aten- 
ción del forastero hacia los hechos de que hablo, y 
cumplen su misión muchas veces por día. 

El personaje objeto de este ensayo era de natu- 
raleza viciosa, y desde los primeros años de la vida 
manifestó una tendencia muy marcada a escribir 

I 2 5 



M A R K T W A I N 

máximas y aforismos, cuyo fin era atormentar a las 
nuevas generaciones de las edades futuras. Aun sus 
actos más sencillos se inspiraban en el deseo de ser- 
vir como ejemplo a los tiernos retoños de la poste- 
ridad, que a no ser por Franklin hubieran tenido 
una infancia menos atormentada. 

Precisamente con esfte fin perverso, Franklin se 
propuso ser hijo de un fabricante de jabón. Medi- 
tando, se comprende que quiso hacer sospechosos 
los esfuerzos de todos los niños futuros que se 
(propusieran el fin lícito de elevanse en la císcala 
social, sin la ventaja de ser hijos de un jabonero. 

Daba pruebas de una maldad única en la historia, 
pues trabajaba durante todo el dia, y seguía traba- 
jando durante la noche. Fingía estudiar el Alge- 
bra a la luz de una lámpara velada, para que los ni- 
ños de las nuevas generaciones hicieran lo mismo, 
si no querían que a todas horas sus papas les echa- 
ran en cara el caso de Benjamín P'^ranklin. No con- 
tento con estos hechos verdaderamente irritantes, 
cometió el exceso de ponerse a pan y agua y de es- 
tudiar 'la Astronomía durante sus banquetes, lo que 
ha hecho desgraciados a millones y millones de 
niños cuyos padres tenían en su biblioteca la per- 
niciosa biografía de aquel personaje singular. 

Todas las máximas de Franklin respiraban ani- 
mosidad contra los niños. Todavía hoy, estos seres 
encantadores no son dueños de seguir sus instin- 
tos naturales sin tropezar con alguno de los eternos 
aforismos que se les citan, legalmente autorizados 

I 2 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

por Franklin. Supongamos que un niño quiere com- 
prar dulces. Al instante su padre le dice: 

— Recuerda, hijo mío, la sentencia de Franklin. 
Un penique al día es una libra al año. 

IvOs dulces del niño toman la amargura del acíbar. 

El 'niño acaba de repasar sus lecciones. Busca un 
peón y quiere jugar. El padre declara categórica- 
mente : 

— El aplazamiento de las cosas es el ladrón del 
tiempo. 

El niño ha ejecutado un acto de abnegación; lia 
consumado el sacrificio de dar el mejor melocotón 
a suhermanita. Espera la recom'pensa en la forma 
de elogio. Nada. El padre dice: 

— La recompensa de la virtud está en la virtud 
misma. Franklin, 

El pobre niño deja de ser niño, y todavía en los 
tmibrales de la juventud oye decir: 

"Acostarse temprano, levantarse temprano, 
hace al hombre rico, sabio, virtuoso y sano." 

¿Quién puede ser sabio, rico« sano y virtuoso en 
tales condiciones? El lenguaje humano es impoten- 
te para expresar la suma de disgustos que me ha va- 
lido esta máxima, cada vez que mis padres han 
querido aplicármela. El resultado de ella es mi 
debilidad general, mi indigencia, mi insensatez y mi 
falta de moral. Muchas veces mis padres me obliga- 
ron a salir de la cama a las nueve de la mañana, y 

I 1 7 



M A R K T W A I N 

aun a las ocho y media. ¿Cuál sería mi condición 
física, moral y social si me hubieran permitido to- 
mar el reposo que exigía mi cuerpo? Todo el mun- 
do me honraría, y yo sería dueño de un gran al- 
macén. 

Pasemos a los actos que ejecutó en su vejez el 
hombre de quien hablamios. Para q,ue le permitieran 
jugar a la cometa dos domingos, imaginó poner una 
llave en la cuerda, y dijo que se ocupaba útilmente 
en la pesca de rayos. El púMico inigenuo volvía a 
su hogar encomiando la sabiduría y el genio de un 
viejo que no hacía sino profanar el día de descansí). 

Ya había cumpUido sesenta años y jugaba al peón 
sin decírselo a madie. Si alguien lo sorprendía en eÜ 
juego, declaraba miuy formalmente que estaba calcu- 
latidlo d crecimiento de la hieriba. ¿K él qué le im- 
portaba la hierba? Mi abuelo fué su amigo. 

— Benjamín Franklin siempre estaba ocupado. 
Siempre hacía algo^ — ^me decía. 

Cuando se le sorprendía, ya en la vejez, papando 
moscas, o haciendo casitas de arena, o patinando 
sobre el escotillón del sótano, al instante se ponía 
muy se;TÍo, soltaba una máxima, y se iba con el som- 
brero de lado', fingiendo que estaba preocupadísimo. 
Era un tiazo. 

Inventó una estufa que sirve para poner la cabeza 
de un homlbre como jamón aihumado, en menos de 
cuatro horas. Ha de haber tenido una satisfacción 
diabólica en darle su nombre a ese aparato. 

Contaba con insufrible vanidad que llegó a Fi- 

I 2 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

laddfia llevando uno o dos chelines en el bolsillo y 
cuatro hogazas bajo el brazo. ¿Pero eso qué valor 
tiene? Cualquiera otro hubiera hecho lo mismo. 

A él le corresponde el honor de haber sostenido 
la ventaja de que los solidados emplleen arcos y fle- 
chas en vez de fusiles y bayonetas. Con su buen 
sentido habitual, decía que la bayoneta puede ser- 
vir en ciertos casos, pero que es dudosa su aplica- 
ción útil cuando hay que atacar a un enemigo dis- 
tante. 

Benjamín Franklin realizó muchas cosas impor- 
tantes para su país. Como este país era nuevo, se 
hizo célebre por haber sido !la cuna de un hombre 
tan ilustre. Yo no me propongo callar o desestimar 
sus méritos, sino reducir a su justo valor las máxi- 
mas que fabricó, llenas de afectación, y, sobre todo, 
de injustificadas pretensiones de novedad, cuando 
las vulgaridades de que se componen ya hacían dor- 
mir en pie a los constructores de la torre de Babel. 
Tam>bién me propongo reducir a fragmentos mi- 
croscópicos su estufa, sus teorías militares, su falta 
<át discreción cuando llegó a Filadelfia sin dinero, 
para hacerse notable con ese rasgo de originalidad, 
su prurito de jugar a la cometa y de emplear el 
tiempo en toniterías por el estilo, en vez de vender 
las bujías y el aceite de su metáfora sobre la econo- 
mía política. Pero principalmente quiero, aunque sea 
de un modo parcial, destruir una desastrosa idea do- 
minante entre los jefes de familia. Estos pretenden 
que Franiklin fué un genio por haberse entregado a 

129 9 



M A R K T W A I N 

ejercicios pueriles, por haber estudiado a la luz de 
la luna y por haberse levantado a media noche, en 
vez de aguardar la luz del dia como hace todo fiel 
cristiano. Quiero además protestar contra la idea de 
que el programa de Franklin, aplicado al mundo 
entero, hará un Franklin de cada bestia de albarda 
que lo ponga en práctica. Es necesario demostrar 
que todas las deplorables excentricidades del instin- 
to y de la conducta son pruebas y no causas del ge- 
nio. Quisiera haber sido padre de mis padres el tiem- 
po suficiente para hacerles comprender esta verdad, 
e inspirarles una disposición más humana, que hu- 
biera permitido a este\ su hijo llevar la existencia fe- 
liz a que lo hacían acreedor las leyes de la natura- 
leza. Mi padre era rico, pero tuve que fabricar ja- 
bón. Tuve que levantarme antes del alba. Tuve que 
estudiar la Geometría en el almuerzo. Tuve que sa- 
lir a ver quién me compraba unos versos que com- 
puse. Tuve, en suma, que hacer cuanto hizo Fran- 
klin para ser otro Franklin. ¡ Y ya veis el resultado ! 



3 o 



XI 



LA TEMPESTAD Y EL MATRIMONIO 
MCWILLIAMS 



— .Sí, señor Twairi: — dijo el señor Me Williams — : 
lie hay enfermedad comparable con el terror que 
causa el rayo. Pero esta enfermedad, como otras mu- 
chas de las que afligen a la desdichada especie de 
que formamos parte, hace sus estragos principal- 
mente en las filas del sexo femenino. No es difícil 
ver a un perro atacado por d miedo a la electrici- 
dad atmosférica, y hasta los hombres se sienten, 
1:0 pocas veces, cruelmente azotados por la funesta 
enfermedad a que me refiero; pero las mujenes son 
su presa habitual. ¡ Y de qué modo ! Yo he visto 
mujeres, la mía, por ejemplo, capaces de luchar 
ventajosamente con el mismo diablo — mujeres u 
quienes no arredra la vista de un ratón — , que caen, 
sin embargo, anonadadas cuando oyen el fragor de 
una nube tempestuosa. No las censuremos. Compa- 
dezcámoslas, señor Twain. 

Como le venia diciendo, al diespertar oí un gemí- 

i 3 1 



M A R K T W A I N 

do... Oí una voz; era una voz distante, ahogada, 
que salía de regiones ignotas. 

— ¡ Humberto ! ¡ Humberto ! 

¿Quién me llamaba? Ya despierto, pregu:gité du- 
dando : 

— ¿Eres tú, Carolina? ¿Qué pasa? ¿En dónde 
estás? 

— Aquí. 

— ¿Dónde? No comprendo. 

— En la covacíha. En la covacha de los zapatos. 
¿No te da vergüenza quedarte dormido con esta 
tempestad ? 

— Pero ¿cómo podía darme vergüenza estando 
dormido? Carolina, tu lógica f laquea. 

— No quieres comprender, Humberto. Lo sabes. 

Oí un sollozo ahogado. 

Ese sollozo impidió que saliera de mis labios una 
frase satírica. Enternecido dije: 

— ^^Siento infinitamenite, querida mía ; lamento lo 
que pasa. No tenía la intención... Ven a mi lado. 

— ¡ Humberto ! 

— ^Di, amor mío. 

— Pero ¿estás todavía en esa cama? 

— Evidentemente. ¿En dónde puedo estar mejor 
que en esta cama ? 

— Sal de ella al instante. Ya que no te preocupa 
la conservación de tu propia existencia, piensa, al 
m.enos, en la mía y en la de tus hijos. 

— Pero, amor mío, dime, ¿cuál es el acto cri- 
minal de que estoy acusado? 

I 3 2 



m 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Es inútil que pretendas ignorarlo. Sabes bien 
que el lugar más peligroso durante la tempestad es 
la cama. Lo dicen todos los (libros de física. Y te 
quedas en esa condenada cama, sin otra razón que 
el deseo de disputar conmigo. 

— ¿Quién dice que estoy en la cama? No estoy 
en la cama. Con trescientos de... 

Un súbito resplandor interrumpió mi frase. Si- 
guió el ruido atronador del rayo. Entre el relám- 
pago y la voz colérica del cielo, se oyó el chillido de 
espanto de mi esposa. 

— ¡Ya ves el resultado! ¡Humberto, Humberto! 
No comprendo tu impiedad. ¡ Lanzar juramentos en 
este instante solemne!... 

— Yo no he Lanzado juramentos. Y, en todo caso, 
yo no soy autor del trueno. Es cosa independiente 
de que hable yo o de que me quede callado' como un 
muro. Sabes, Carolina, o debieras saberlo, que cuan- 
do la electricidad atmosférica... 

— Sí ; razona, razona, razona. ¡ Tienes una calma 
admirable ! Yo no la comprendo. Ves que en toda 
la casa no hay un solo pararrayos, y que toda tu in- 
feliz familia está absolutamente en manos de la 
Providencia. . . ¿ Qué haces ? ¿ Es una cerilla ? ¡ Estás 
loco de atar! 

— ¿ Qué mal hay en que yo encienda una cerilla ? 
Esta ailcoba es una boca de lobo. 

— Apaga; apaga esa cerilla al instante. ¿Quieres 
sacrificarnos a todos ? La cerilla es el elemento más 
adecuado para atraer el... 

I 3 3 



M A R K T W A I N 

Rrrrr... Crac... Pum... Puní... Pum... Puuuum... 

— ¡ Ya oyes ! Es el resultado de tu temeridad. 

— No niego la posibilidad de que una cerilla pue- 
da atraer el rayo, pero no es la causa del rayo. Y 
apuesto lo que quieras. Además, ¿qué va a atraer 
ni qué ocho cuartos? vSi, efectivamente, el rayo fué 
dirigido contra mi cerilla, ila tempestad tiene una 
puntería admirable : no acierta en un millón de dis- 
paros. Ningún circo la contrataria. 

— Ten, ai menos, el pudor -de tu impiedad. Esta- 
mos en la presencia augusta de la muerte. ¿No 
piensas en el más allá?... ¡Humberto! 

—¿Qué hay? 

— ¿Has rezado? 

— Penisé hacer'o; pero me divagué por ver si sa- 
bia de memoria cuántas son doce pKDr trece. Des- 
pués... 

Pssssst... Pulm purum... Puuum... Puuuuuum... 
Chassss. . . 

— i Estamos perdidos ! ¡ Estamos perdidos sin re- 
medio ! ¿Cómo has sido capaz de cometer esa negli- 
gencia ? ¡ Y en oin momento como este ! 

— ^Cuando yo me acosté, el momento no era so- 
lemne. El cielo estaba diáfano. Y ¿quién puede su- 
poner que todo el estrépito de esta noche es resul- 
tado de un olvido inocente ? No me parece justa tu 
exaltación, sobre todo, tratándose de cosas que pa- 
san cada mil años. Te juro que no había dejado de 
rezar desde aquél día en que fui causa del terremo- 
to, y eso pasó hace mucho tiempo. 

134 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Tienes un modo ée. hablar... ¿Ya olvidaste lo 
de la fiebre amarilla? 

— Escucha, Carolina, y deja ya eso de la fiebre 
amarilla, pues me parece una insiensatez. Sabes bien 
que ni ;los tedegramias llegan de aqui ail Tennessee, 
¿e iba a llegar la acción de mi nefanda impiedad? 
Admito lo del terremoto', puesto que yo estaba en 
ei teatro de los acontecimientos ; pero que me ahor- 
quen si tengo culpa en esa condenada fie... 

Pum... Purumpuim... Pum pum... Puuuum... 

— ¿Te haces cargo, hijo mío? Estoy segura de 
que ha caído en ailguna parte. . . ¡ Humberto, Hum- 
berto! No veremos el día de mañana. Y ya recor- 
darás después que tu lenguaje impío... ¡Humberto! 

— Bueno. Di qué quieres. 

— Yia oigo tu voz. Juraría que estás enfrente de 
la chimenea. 

— ^Justamente ése es el crimen que acabo de co^ 
meter. 

— ^Apártate de allí. ¡ Pronto ! Tienes la resolución 
deliberada de causar nuestra muerte. ¿Ignoras que 
el mejor conductor del rayo es el tubo de una chi- 
rtienea ? ¿ En dónde estás ? 

— ^Junto al cuadro del ''Hijo Pródigo". 

— ¡Por Dios, Humberto! ¿Quieres asesinarme? 
Aléjate. Un niño de pecho sabe el peligro a que se 
expone situándose junto a una ventana cuando hay 
tempestad. Este es mi último día, Humberto. Di. 

— ¿Qué he de decir? 

— ¿Qué movimiento es ése? 

í 3 5 



M A R K T W A I N 

— No hay movimiento. 

— ¿Qué haces? 

— Me pongo el pantalón. 

— ¡Arrójalo lejos de ti! ¡No pierdas tiempo! ¿A 
quién lie ocurre vestirse con un tiempo como este? 
Y, sin embargo, no puedes alegar ignorancia, ¡pues 
todas las autoridades científicas están de acuerdo 
en que las telas de lana atraen el rayo. No bastan 
las causas naturales de peligro. Todavía te empe- 
ñas 'on hacer cuanto es huimanamente posible para 
agravar la situación. ¡ No cantes, por Dios, no can- 
tes ! ¿ En qué piensas ? 

— ^No veo 'la maldad que puedo cometer con mis 
pobres notas. 

— ¿No la ves? Pues si no han sido cien veces 
habrán sido diez mil las que te he dicho que el canto 
origina vibraciones en la atmósfera; que estas vi- 
braciones desvían la corriente eléctrica, y que... 
¿Abres la puerta? 

— Sí; la abro. ¿Otro atentado contra la paz pú- 
blica? 

— No; es un acto muy inocente. El asesinato es 
inocente. Basta haber abierto el compendio más 
vuilgar para saber que las corrientes de aire consti- 
tuyen una invitación directa a la descarga de la 
electricidad atmosférica. Y dejas una hendidura. 
Cierra bien. Apresúrate, antes de que perezcamos. 
¡ Qué horror habrá comparable al de vivir con un 
loco de atar! ¿Qué haces? 

—Nada. 

136 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

—¿Nada? 

— Lo equivalente a nada. Doy vuelta a la llave 
del ag-ua. ¿Quién resiste este calor? Todo está ce- 
rrado a piedra y 'lodo. Voy a lavarme la cara para 
ver si así puedo respirar. 

— Has perdido la cabeza. ¡ Infeliz, te compadez- 
co 1 Sabes que de cincuenta rayos, cuarenta y nueve 
caen sobre el agua. ¡ Cierra esa llave ! No hay sal- 
vación... No hay salvación posible. ¿Qué pasa? 

-—Este condenado, mil veces condenado. Nada, 
nada. Es un cuadro que se vino abajo. 

— j Estás cerca del miuro ! Jamás he visto una 
imprudencia como la tuya. ¿Sabes que los muros 
son buenos conductores de la electricidad ? ¡ Lo 
sabes, lo sabes ! ¡ Apártate, apártate, por Dios ! No 
jures, te lo ruego. ¿Cómo puedes ser tan criminal 
viendo a toda tu desdichada familia en este peligro 
inminente? Aseguraría que no pediste aquella col- 
cha de que te hablé. 

— Había olvidado tu insistente recomendación. 

— ¡Olvidado! Puede costarte la vida. Si hubieras 
traído esa colcha gruesa, podrías tenderla en medio 
de la alcoba y acostarte sobre ella. Eso te inmuni- 
zaría. Ven, ven al instante ; ven antes de que puedas 
cometer otra locura de efectos desastrosos. 

Pretendí entrar en la covacha; pero ¿íbamos a 
estar allí los dos, con la puerta cerrada, sin aho- 
garnos dentro de aquel infiernito? Teníamos a nues- 
tra disposición dos metros cúbicos de aire, cantidad 
tan pequeña, que se iniciaron los síntomas de as- 

13 7 



M A R K T W A I N 

fixia en los dos habitantes de la covacha. Yo salí. 
Mi esposa me llamó. 

— ¡Humberto! — me dijo — , es necevSario proveer 
a tu seguridad. Dame ese libro alemán que está so- 
bre la repisa de la chimenea. Trae también una 
bujía. No la enciendas. Yo lo haré aquí, donde no 
hay peligro. Ese libro contiene algunas instruc- 
ciones. 

Tomé el libro sin otro inconveniente que la des- 
trucción de un vaso y de algunos objetos del mis- 
mo tamaño y de mayor fragilidad. Mi esposa en- 
cendió la bujía y se absorbió en la lectura. Pocos 
minutos después llamada a su cónyuge: 

— Ven, Humberto. ¿Quieres decirme lo que 
ocurre ? 

— No soy yo : es el gato. 

— i El gato ! Había olvidado ese peligro. Cógelo 
y enciérralo en la cómoda ddl lavabo. ¡ Pronto, 
amor mío! Los gatos son animales saturados de 
electricidad. Tengo la seguridad de que al despun- 
tar la aurora, mis cabellos estarán más blancos que 
la nieve. Eso se entiene si sobrevivimos a la ca- 
tástrofe. 

Oí de nuevo los ahogados sollozos de la mártir. 
Su aflicción me impulsó a una tentativa que no 
habría iniciado por propia y deliberada voluntad. 
A pesar de las tinieblas, salvando cuanto obstáculo 
se me interponía — ^todos ellos más o menos duros 
y limitados por cortantes aristas — , me apoderé del 
gato, que había buscado refugio bajo la misma 

I 3 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

cómoda que iba a ser su cárcel. El importe de las 
pérdidas no pasó de cuatrocientos dólares, pues 
fueron pocos los objetos destruidos durante la 
caza, aunque algunos de ellos eran de cierto vaílor. 
En las pérdidas no se computa la piel de mis dos 
espinillas. 

Los sollozos de la covacha empezaron a hablar : 

— Dice el libro que lo más seguro es ponerse en 
pie sobre una silla, en medio de la estancia ame- 
nazada por la tempestad eléctrica. Hay que colo- 
car las patas de la silla sobre cuatro cuerpos no 
conductores. Yo te aconsejo que traigas cuatro 
vasos. 

Psssst... Pum... Pum... Purum... Puuuum... 

— ¿ Estás oyendo ? ¡ Pronto, Humberto, antes de 
que tu cabeza atraiga el rayo! 

Busqué los vasos. Logré llevar los cuatro últi- 
mos, después de la infalible ruina del aparador. 
Aisíé concienzudamente la silla, y pedí nuevas ins- 
truicciones. 

— Voy a traducir el texto alemán — dijo la voz 
de la covacha — . ''Durante la tempestad es nece- 
sario tener cerca... metales... esto quiere... anillos; 
conservar relojes, llaves..., y no se debe jamás... 
no estar en lugares en donde haya metales o cuer- 
pos que estén unidos unos a otros, como estufas, 
parrillas, verjas..." ¿Qué significa esto, Humber- 
to? No sé si debe uno conservar los metales o 
abstenerse... La negación. Sí; es una negación... 
No; son dos negaciones... 

í 3 9 



M A R K T W A I N 

— 'Yo no puedo decir con toda seguridad. Hay- 
cierta confusión. El alemán es siempre más o me- 
nos obscuro. Sin embargo, creo que debe entenderse 
ligado a, unido a, relacionado con... Hay que fi-, 
jarse en el dativo y no confundir el genitivo con el 
acusativo. Para mi, hay que tener todos los meta- 
les cerca. 

— Sí ; eso iha de ser. Y salta a la vista. Es el 
principio de los pararrayos. ¿Comprendes? Cúbre- 
te con tu casco imetálieo de vokmtario de bom- 
beros. 

Nada más metálico, en etecto, y por lo tanto 
nada más pesado, más embarazoso, más incómodo 
que imi elegante casco de bombero, sobre todo en 
una noche de verano y en un cuarto cerrado her- 
méticamente. El calor era tal que la ropa de dormir 
me parecía una armadura. 

— Humberto, no basta proteger la cabeza. Hay 
que proteger el cuerpo. ¿Tendrías la bondad de 
ceñir tu sable de guardia nacional? 

Obedecí. 

— Humberto, ¿has pensado en los pies? Cálzate 
las espuelas. 

Me puse las espuelas en silencio, procurando 
conservar la calma. 

— Oye lo que sigue, Humberto... "es muy peli- 
groso, no se debe... no hay que abstenerse >de repi- 
car... durante la tempestad... las campanas... la 
corriente de aire... la altura del campanario... de 
la campana que puede atraer el rayo". ¿Quiere 

I 4 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

decir esto que es pdigroso no repicar durante la 
tempestad ? 

— El sentido es evidente, siempre que el partici- 
pio pasado, como me parece indudable, se relacione 
•directamente con el sujeto... La altura del campa- 
nario y la falta de movimiento en las capas de la 
atmósfera, hacen muy peligroso no repicar durante 
la tempestad. ¿No ves que la expresión...? 

— Sí; conforme. Pero no perdamos un tiempo 
precioso. Ve y trae la campana grande. Yo la vi 
en el vestíbulo. Pronto, Humberto, y piensa que 
esto puede ser la salvación. 

Nuestra quinta está en la cumbre de un collado 
y domina todo el valle. Las granjas de los alrede- 
dores son muy numerosas, y la más próxima se 
encuentra a un tiro de escopeta. No habrían trans- 
currido aún cinco minutos desde que comencé la 
tarea de menear aquella condenada campana, cuan- 
do sentí que saltaban hechas mil pedazos las per- 
sianas de la alcoba. Un vivo fulgor penetró por la 
abertura. A h, vez decía la voz de un hombre que 
llevaba una linterna sorda : 

— ¿Pero qué diablos pasa aquí? 

Junto al hombre de la pregunta había otros mu- 
chos hombres. Los ojos de todos ellos miraban con 
estupor mi desnudez guerrera. 

Yo dejé caer la campana y salté de la silla, 
avergonzado y confuso. 

— No es cosa de mucha importancia, amigos 
míos. Lo que yo hago está indicado en las obras 

I 4 I 



M A R K T W A I N 

científicas para conjurar el peligro de la tem- 
pestad. 

— ¿De la tempestad? 

— ^De la tempestad. 

— ¿Está usted en su juicio, Sr. McWilliams? 
No hay una sola nube. Asómese usted para que vea 
las estrellas. 

Me asomé, en efecto, y fué tal mi sorpresa que 
no acertaba a articular una palabra. 

— No comprendo — dije — . Aquí hemos oído el 
rugido del trueno y hemos visto el fulgor de los 
relámpagos. 

Todos los presentes cayeron por tierra, murién- 
dose de risa. Dos fallecieron en el acto. Uno de los 
supervivientes dijo : 

— Si usted hubiera corrido las cortinas y abierto 
las persianas, Sr. McWilliams, habría visto que se 
disparaba un cañón y que teníamos una ilumina- 
ción de fuegos de Bengala. Acaba de recibirse el 
telegrama de ila elección de Garfield. 



I A 2 



XII 
SOBRE AVES DE CORRAL 



Carta dirigida a cierta Socie- 
dad Avícola^ en acción de gra- 
cias por haber fiomhrado al au- 
tor miembro honorario de ella. 



Desde mi primera juventud me intereso muy 
seria y 'especialmente por todo lo que se refiere al 
arte de tener aves de corral. El nombramiento con 
que se me honra, despierta en mi corazón las emo- 
ciones de ia más grata y viva simpatía. Frecuen- 
taba aún la escuela primaria, y ya los beneñcios de 
la avicultura eran objeto de mi predilección, por 
lo que puedo asegurar, sin el menor asomo de jac- 
tancia, que a la edad de diez y siete años conocía 
familiarmente los métodos mejores y más rápidos 
que es posible emplear para tener gallos y gallinas. 
En efecto, mediante la aplicación de una cerilla de 
las que llevan la marca del Diablo Rojo, puesta 

4 3 



M A R K T ¡V A ! N 

debajo del pico de una ave de corral, ésta entra en 
vuestro dominio por muy refractaria que sea al 
tratamiento. Y cuando en una noche de las más 
crudas del invierno, insinuamos una tabla bien ca- 
liente bajo las patitas de uno de esos animales do- 
mésticos, se efectúa un movimiento ascendente por 
el camino que indica el experimentador, o en otros 
términos, el ave deja su percha y avanza por la 
tabla que se le presenta. 

El talento con que yo procedía en la aplicación 
de mis métodos, era reconocido aun por los mis- 
mos animales interesados. La juventud gallinácea 
de ambos sexos, dejaba de escarbar la tierra con el 
pico, y se aibstenia de buscar lombrices inmediata- 
mente que yo me personaba en el corral. Los vie- 
jos gallos que salían cantando, enmudecían a mi 
vista. Contaría yo apenas veinte años, y ya mi 
especialidad superaba a la de cualquiera otro de 
los vecinoí^s del barrio, grandes y pequeños, en el 
difícil arte Me tener aves de todos los corrales. Mi 
experiencia ha sido tal en el ramo de gallinas, que 
la ilustre Sociedad a cuyos miembros tengo la 
honra de dirigirme, encontrará, sin duda, que mis 
indicaciones son hijas de esa preciosa experiencia. 
Los dos métodos de que hablo arriba son en extre- 
mo sencillos, y debo decir que su empleo es apli- 
cable a las aves de clase ordinaria. Uno de esos 
procedimientos es para el verano y el otro para el 
invierno. Describamos el primero. Al sonar das 
onee de una noche de estío, el exiperimentador en- 

14 4 



NARRACIÓN ES HUMORÍSTICAS 

tra en el corral, acompañado de un amigo. Por vía 
de paréntesis, diré que la hora es de la mayor im- 
portancia y que varía según los Estados de la 
Unión. Se recomienda que la tarea no empiece 
después de las once, pues en California y Oregón, 
por ejemp)lo, todo el gallinero despierta a las doce, 
y cacarea durante un tiempo que varía de diez a 
treinta minutos, según la mayor o menor facilidad 
con que los habitantes del corral consiguen que 
despierte todo el público. El amigo del experimen- 
tador debe llevar consigo un saco. Cuando se ha 
llegado al sitio en que está el gallo sultán (y se 
recomienda que la experiencia no tenga por canxpo 
el gallinero propio, sino el del vecino); cuando se 
ha llegado, repito, al sitio en donde está el sobe- 
rano, prendida la cerilla, va aplicándose ésta en zl 
pico de todos los plúmeos, hasta que manifiestan 
voluntad resuelta de entrar aJl saco que lleva con- 
sigo el camarada del experimentador, sin oponer 
una resistencia indebida. Hecho esto, el experimen- 
tador vuelve a su morada, unas veces llevando el 
saco, otras dejándolo en el corral, según las cir- 
cunstancias. ''Nota bene''. He conocido casos, y 
esto sin que me lo contaran, en que se consideró 
preferible y muy apropiado a las circunstancias, 
abandonar el saco y alejarse rápidamente del lugar 
de la ex,periencia, sin dejar las sefías para el envío 
de las aves apartadas en el gallinero. 

Respecto del otro método mencionado para te- 
ner aves de corral, diré que el amigo y asociado 

145 10 



M A R K T W A I N 

en la experiencia, lleva un cacharro con tapa, y den- 
tro de ese cacharro una buena provisión de carbo- 
nes encendidos. El experimentador alistará previa- 
mente una tabla 'ligera y larga. El imétodo requiere 
noches muy frías. Los dos especialistas llegan al 
árbol, cercado o percha en donde están las aves. 
Recomiendo que el método sea aplicado dentro del 
propio corrail de alguno de los experimentadores 
cuando éstos sean dos idiotas. Continúo. El expe- 
rimentador pone a calentar un extremo de la ta- 
bleta en el brasero del amigo. Tan pronto como la 
tem,peratura es suficientemente dlevada, el experi- 
mentador levanta su tableta con suavidad y deli- 
cadeza, hasta poner la extremidad caliente debajo 
de las patitas del ave dormida. Si se trata de una 
verdadera ave de corral, ésta <procederá inmedia- 
tamente a expresar su agradecimiento con tmo o 
dos cloqueos, y avanzará por la tabla, convirtién- 
dose en un accesorio conspicuo de esa tabla antes 
ddl momento de su muerte, en tal forma que se 
plantea una gravísima cuestión jurídica, ya trata- 
da por el jurisconsulto Blackstone. El ave que pasa 
a la tableta, ¿no ejecuta en realidad un suicidio 
perfectamente calificado? Pero estos refinamientos 
legales son objeto de medicaciones posteriores, poco 
apropiadas para la ocasión en que se hace la expe- 
riencia. 

Suponiendo que se trata de adquirir uno de los 
famosos gallos de Shangay, deí tamaño de un {>avo 
y con voz tan potente como la de un asno, el mé- 

146 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

todo que se recoimienda es el del lazo, exactamente 
como para sujetar a un toro. Se explica esta pre- 
ferencia, puesto que el gallo debe ser extrangula- 
do, y extrangu'lado con toda (la eficacia necesaria. 
La razón es olbvia : si el gallazo ipuede exteriorizar 
la tentativa de que se le hace objeto, hay noventa 
probalDilidades contra una de que inmediatamente, 
ya sea de día, ya de noche, se presentará alguien 
directamente interesado en interrumpir la exipe- 
riencia. 

El gallo negro español es una ave de calidad muy 
fina y que alcanza precios elevadisimos. Comúnmen- 
te se vende a 35 dólares, y un ejemplar selecto vale 
50, o sea, 250 pesetas. Los huevos de la gallina de 
esta hermosa variedad, se venden a un dólar y a 
un dólar 50 centavos. Sin embargo, son tan .poco 
sanos, que el médico municipal los prescribe muy 
raras veces para los enfermos del Asilo de Men- 
digos. Yo, sin embargo, he logrado tener hasta me- 
dia docena de estos huevos, sin coste, y empleando 
sólo la luz de la luna. El mejor medio que hay para 
adquirir aves de la .mencionada variedad, es ir lo 
más tarde que se pueda y llevárselas con jaula y 
todo. La razón que tengo para recomendar este 
método, no escapará aun a los menos perspicaces. 
Siendo tan valiosas esas aves, Üos dueños no las 
dejan en -promiscuidad con las otras, y las tienen 
en una jaula tan segura como una caja de caudales 
a prueba de incendio. Por la noche ponen la jaula 
dentro del gallinero. El método que yo aconsejo no 



4 7 



M A R K T W A I N 

iproduce invariablemente un efecto brillante y sa- 
tisfactorio; pero como en un gallinero hay siempre 
objetos dignos de la solicitud de los especialistas, 
aun supuesto un fracaso en el experimento de la 
jaula, quedan otros fines secundarios que compen- 
san en parte la falta de un éxito completo. Asi ob- 
tuve yo una magnífica trampa de acero, que valdrá 
noventa centavos por lo menos. 

¿Pero para qué apurar los recursos del entendi- 
miento en esta materia? Creo haber demostrado a 
la Sociedad Avícola Occidental de Nueva York 
que no soy un polluelo en materia de aves de co- 
rral, sino un hombre maduro que sabe cuanto se 
puede saber en esta especialidad, y que competiría 
con el mismo Presidente de la Corporación en el 
conocimiento y empleo de los métodos más efica- 
ces para tener gallos, pollos y gallinas. Tal es el 
nuevo consocio que habéis admitido en vuestro 
seno. Agradezco debidamente el diploma de honor 
que me habéis concedido, y aprovecharé cuanta oca- 
sión se me presente para dar testimonio de mi celo 
oficial, ya con actos, ya empleando 'la pluma para 
dar consejos e informes. Todo aquel que se pro- 
ponga tener aves de corral, ,puede llamar a mi puer- 
ta, después de las once de la noche, y me encontra- 
rá dispuesto para una cooperación cordial. 



I 4 s 



XTII 



CARTAS DE FAMILIA 

Yo no sé qué idea tienen de nosotros los que vi- 
ven al oriente de las Montañas Rocosas. ¿Creerán 
que los liabitantes del Pacifico no somos de carne y 
hueso? He formulado esta pregunta, a veces con 
aspereza, a todas d^s personas conocidas que me es- 
criben, pues sus cartas exceden a cuanto se pudiera 
imag'imar en .punto a sequedad, pKDbreza de expresión 
y falta de interés. Diríase que después de seis meses 
de haber emigrado a la vertiente occidental, perde- 
mos todo derecho a la consideración y al afecto de 
nuestros deudos y amigos. Y para justificaros, decís 
que nada nos interesa de cuanto pasa lejos de nues- 
tra vista, y que dejamos sin respuesta las cartas máí 
afectuosas del remoto país abandonado. Si así es, y 
no lo niego, ¿a quién deberá culparse? Voy a deci- 
ros dos palabras acerca de esto. 

El arte de ía correspondencia epistolar tiene sus 
leyes, o, para hablar propiamente, está sometido a 

i 4 9 



M A R K T W A I Ñ 

una ley. ¿ La conocéis, o por ventura os creeréis re- 
levados de acaítarla ? Esa ley es de una sencillez aa- 
mirrable. He aquí su texto: ''No escribas sino sobrft 
aquellos asuntos que interesen a la persona con 
quien desees (mantener una correspondencia activa." 
Supónganlos el caso de viejos amigos. El que es- 
cribe la carta sabe cuáJles son las personas conocidas 
de él y de la persona a quien se dirige, y sabe que la 
noticia iTiás trivial, el rasgo más insignificante, la 
observación más nimia que se refieran a esas perso- 
nas, interesarán al destinatario de la carta. Este la 
leerá desdie ía cruz a la fecha, aun cuando no tenga 
otra luz que la del crepúsculo. 

La cofrta de mi tía. 

Veamios cómo acatáis esta ley racional y justa. 
Tomáis la pl'uma y escribís sobre personas y sucesos 
de que yo no tengo el menor antecedente. ¿Voy a 
leer esta carta? Y si la leo, ¿tendré deseos de con- 
testar? Vuestras reclamaciones carecen de sentido. 
Tomemos un ejemiplo'. Acudo a mi archivo y saco 
al azar una carta. Es la últiimia de la tía Nancy. Elijo 
un párrafo, el primero que cae bajo mi vista. La 
carta fué recibida hace cuatro años No míe apresuré 
a enviar la respuesta. Ya veréis la razón obvia de 
mi «poca prisa. 

"Saint Louis, 5 de Julio de 1862. 

"Querido Mark: Pasamos la velada muy con- 
tentos en casa. Nos visitaron el doctor Macklin y su 

I 5 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

esposa. Son de Peoría. El €s un modesto jornalero 
en la viña del Señor, y le gusta el café cargado. Pa- 
dece neuralgias. Le dan de preferencia en la cabe- 
za, y es de carácter humilde y muy devoto. Hay po- 
cos hoimbres como él. Servimos sopa en ia comida. 
A mí no m^e gusta mucho. Marfe, hijo mío, ¿por qué 
no procuras corregirte? Te recomiendo que leas en 
el libro II de los Reyes, desde el capitulo II hasta 
el XXIV, inclusive. Me daría mitcho gusto saber que 
ha cambiado tu corazón. La pobre sonora Gabrick 
murió. Tú no la conociste. Le daban accesos de fu- 
ror. ¡ Pobre ! Dios la tenga en su santo reino. El día 
14, todo el ejército quedó dueño dle la línea de mar- 
cha desde..." 

Cuantas veces intentó leer la carta de mi tía, tuve 
que detenermie al comenzar este pasaje. Mi tía me 
daba sin duda todos los pormenores de la campaña. 
i Cerebros de roca ! ¿ No sabíais que el telégrafo nos 
traía a San Francisco esas noticias íntegras cuando 
todavía eran vagos rumores al oriente del Missi- 
ssippí? ¿No sabíais que el expreso venía cargado 
de correspondencias miinuciosísimas quince días an- 
tes de que llegaran vuíestras cartas a mis imanos? 
Yo, naturalmente, pasaba Ja espumadera sobre la 
parte política y militar de vuestras cartas, a riesgo 
de que se fueran con ellas las conmovedoras exci- 
taciones para que leyera éste o el otro tomo de la 
Sagrada Escritura. Vuestros consejos eran como 
trampas disim/uladas hábiJlmienle entre las malezas 

I 5 I 



M A R K T W A I N 

del noticierismo trasnochado, para coger en ellas al 
incauto pecador. 

Pero dejemos las informaciones de la guierra, por 
su notoria inoportunidajd. ¿Qué podía importarme a 
mí el reverendo Macklin? El doctor Macklin, su 
mujer, sus neuralgias, su devoción, el lugar de su 
procedencia, su gusto por el café carga'd'o, y hasta 
sus labores en la viña del Señor, me son de una in- 
diferencia absoluta.. Yo podré admirar el conglo- 
merado de virtudes que forma la personalidad reli- 
giosa del reverendo doctor Macklin; pero no paso 
de ahí. Me da gusto de que haya pocos hombres co- 
mo él, y celebro que se hubiera servido sopa durante 
la comida del memorable 4 de Julio de 1862. La lec- 
tura de veintidós capítulos del libro II de los Re- 
yes, ejercicio muy piadoso, es una nuez imuy difícil 
de romper para un pecador tan humilde como 
empedcimido, que no está dispuesto a adoptar 
la carrera de miinistro de Nuestro Señor, en cuya 
viña hace tantos prodigios el reverendo doctor 
Macklin. La noticia de la muerte de aquella pobre 
señora Gabrick, a quien no tuve la honra de cono- 
cer, fué recibida con poco entusiasmo. Sin embargo, 
aun cuando no me contara en el número de sus amis- 
tades, celebré que hubiera tenido accesos de hidro- 
fobia. 

¿Comjenzáis a haceros cargo? No hay una sola 
frase de aquella carta que pudiera ser de interés 
para mí. Analicemos la pieza literaria de mi tía. En 
su parte militar, la carte era un fiaimbre incomible; 

I 5 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

en su parte religiosa, cualquier predicador la aven- 
tajaría, y no tengo sino tomar el sombrero e ir a la 
iglesia para oír homilías más adecuadas a mi situa- 
ción; la pobre señora Gabrick me era indiferente, 
y en el mismo caso se encontraba el respetabilísimo 
viñador de las neuralgias. Yo me decía, dando vuel- 
tas a la carta, después de convencerme de su perfec- 
ta superfluidad : 

— ¿Por qué no dirá mi tía una sola palabra de 
Mariana Smith ? Algo daría por saber de esa amiga 
de mi infancia. Tampoco habla de Georgina Brown. 
i Si ail menos me contara lo que hace el tunante' Ze- 
bulón Leavenworth ! Aun me conformaría con dos 
renglones acerca de Samuelillo Bowen o de Juan 
Wiley. En fin, hay otras muchas personas cuya 
suerte no me preocupa, pero que forman para mí 
un teatro amenísimo, por sus defectos, por sus cua- 
lidades, o por su misma total insignificancia para inte- 
resar a alma viviente, salvo aquellas que hayan visto 
desde la niñez su nariz roja, su joroba puntiaguda o 
su incolora desvergüenza. La carta de mi tía era la 
vigésima de una serie de cartas idénticas. Quedó 
sin respuesta, y se suspendió una correspondencia 
inútil. 

La carta de mi madrastra. 

Mi venerable madrastra escribe con cierta ameni- 
dad. En todo caso, está arriba de la línea media que 
alcanza el vulgo de los autores de cartas familiares. 
Ya la veo calándose sus gafas, tomando las tijeras 

í 5 3 



M A R K T W A I N 

y entrando a saco en un montón de periódicos. Re- 
corta cuanto hay : articuilos de fondo, listas de lle- 
gadas y salidas de los hoteles, versos, cuentos, chis- 
tes, anuncios, telegramas, recetas para hacer paste- 
les, indicaciones para curar diviesos... No conoce 
los exclusivismos, y su espíritu procede con una im« 
parciaílidad absoluta. Recorta un artículo, y sigue 
con la vista el resto de la columna. Debo decir de 
paso que procede en su exploración mirando por so^ 
bre los cristales de los antetojos. Estos de nada le 
sirven, no hay duda. Tiene otros, pero usa los que 
no sirven, porque el arillo es de oro. Decía que sigue 
con la vista el resto de la ooiluimna, y sin vacilar re- 
corta todo lo que puede recortar, dando esta razón : 

— De todos modos, valga o nio, el recorte es de un 
periódico de aquí. 

Después de rellenar el sobre con sus recortes, mi 
madrastra escribe su carta. Habla de todos los bi- 
chos conocidos y de los no conocidos. Emplea ini- 
ciailes y olvida que cuando dice: "Murió J. B., o 
bien W. L. se va a casar con T. D.", o que ''B. K.. 
R. M. y L. P. J. viven ya en Nueva Orleans", olvida, 
digo, que las iniciales de tantas gentes, unas desco- 
nocidas y otras que casi lo son ya por el tiempo 
transcurrido desde que no las veo ni oigo hablar de 
ellas, forman en mi espíritu una masa de prosa he- 
brea. Jamás escribe los nombres con todas sus le- 
tras. ¿Cómo voy a saber de quién habla? O me que- 
do a obscuras, o hago confusiones más lamentables 
que la sombra de la ignorancia total. Ya me suce- 

1 S 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

dio ha'ber llevado en el alma luto por la muerte de 
Bill Kribben, en vez de regocijarme pOT la desapa- 
rición del horrendo canalla que pirateó por el mun- 
do con el nombre de Benjamín Kenfuron. 

La carta de mi sobrina. 

I Lo creeréis ? Las cartas más amenas, las que leo 
con mayor placer, son las de los niños de siete y 
ooho años. Esta es una verdad petrificante. Por for- 
tuna, esos seres minúsculos y graciosos viven den- 
tro d€l horizonte de la vida doméstica: la casa, la 
familia y los vecinos, les dan materia para revistas 
que sus mayores considerarían indignas de la gra- 
vedad con que debe escribirse una carta destinada 
a atravesar el continente americano. Escriben con 
sencillez y naturalidad, y no buscan efectos. Escri- 
ben sobre lo que saben, y dejan la pluma cuando 
llegan al punto en que comienza su ignorancia. Sus 
cartas son breves, pero llenas de encanto para el que 
las recibe. ¿Queréis adquirir un talento extraordi- 
nario en el arte epistolar? Tomad un maestro de 
ocho años. Conservo entre mis tesoros una carta de 
una niña de esa edad, y la conservo precisamente 
porque entre todas las que recibí en el Pacífico, esa 
carta fué la única que me llevó las noticias que yo 
ansiaba tener. 

He aquí esa obra literaria: 

"Saint Louis, 17 de Mayo de 1865, 
"Querido tío : Si estuvieras aquí, te diría muchas 

I 5 5 



M A R K T W A I N 

cosas de Moisés y de la zarza encendida, que no 
sabía entonces. El señor Sowerby se cayó de un ca- 
ballo y se rompió una pierna. Andaba paseándose el 
domingo. Margarita es ahora la camarera, y quitó 
las escupideras y los cubos para el agua sucia, y los 
porrones de tu cuarto. Me dijo que cree que ya no 
volverás, y que te has ido haoe^ mucho tiempo. A la 
mamá de Elisa McElroy le trajeron otro niño. Tie- 
ne ojos azules como los del señor Swimley, el que 
vive en la casa, y se parece mucho. Yo tengo una 
muñeca nueva, pero Juanita Anderson le arrancó 
una pierna. Hoy vino la señorita Doosenberry. Yo 
le di tu retrato, pero dijo que no quería verlo. La 
gata tiene muchos gatitos; yo creo que son el doble 
de los que tiene la gata de Carlotita Belden. Hay 
uno muy monín, con una colita chiquirritína, y le 
puse tu nombre. Hay uno que se llama General 
Grant, y otro, Margarita, y otro. Moisés. A umo le 
pusieron Deuteronomio ; a otro, Levítico, y a otro, 
Horacio Greeley. Hay uno sin nombre. Yo no quie- 
ro que tenga nombre hasta que se muera el gatito 
que tiene tu nombre, y entonces le pondré tío Mark. 
El gatito está enfermo y se va a morir. Tío, yo creo 
que Catalina Caldwell te quiere. Aquí lo dicen to- 
dos. Ella cree que tú eres muy guapo. A mí me dijo 
que hasta las viruelas te dejarían bien, como eras 
antes. Mi mamá dice que Cataiina es muy viva. Y ya 
no te escribo porque el General Graint anda pelean- 
do con Moisés. 

"Tu sobrina que te abraza, Anita." 

I 5 6 



N ARRAC^IONES HUMORÍSTICAS 

La autora de estas cartas no sabe hasta qué pun- 
to me conmueve las entrañas con sus garrapatos. 
A mi me interesan extraordiinariamente la señori- 
ta Doosenberry, Catalina Caldwell, Grant y Moi- 
sés. Y no sólo me encanta, sino que me llena de or- 
gullo ver cómo mi sobrina ha tenido la intrepidez 
de sacrificar dos gatitos poniéndoles mi nombre. 
¿Resistirán a la prueba? Yo sabía que Catalina 
Caldwell es muy viva — ^más de lo que dice mi her- 
mana — ; pero ¿cómo pagarle ese rasgo sutil de las 
viruelas ? 

Quiero saber todo lo que hacen los gatos; quiero 
saber lo que aprende Anita; quiero saber cómo 
sigue de su pierna el señor Sowerby. No pueden* ser 
extraños a mi curiosidad y simpatía los ojos azules 
de la criatura que acaban de traerle a la señora 
McElroy. Siento que Juanita Anderson se permi- 
tiera arrancarle una de las piernas a la muñeca 
nueva, Pero ya que así es, deseo saberlo. 

Lo que no quiero saber es todo lo concerniente 
a. 'la virtud y a la neugalgia del reverendo Macklin. 
Y sobre todo, que no me envíen ese infame folleto 
de propaganda moral que se llama Efectos deplora- 
bles de las bebidas alcohólicas, con la estampa del 
harapiento borracho en medio de una familia ha- 
rapienta. 



1 5 7 



XIV 



EL ATENTADO CONTRA JULIO CESAR, 
SEGÚN LA PRENSA 



(Este artículo se basa en la 
única relación auténtica del he- 
cho que se ha publicado hasta 
hoy. Es un extracto del diario 
de Roma, Los Haces ide lia Tar- 
de, que fué el primero en dar 
la noticia, pocas horas después 
del accidente.) 



Nada en el mundo es más satisfactorio para un 
reportero que reunir todos los datos relativos a un 
asesinato sangriento y misterioso, y exponerlos con 
todas lias circunstanicias que puedan aumentar la 
gravedad del hecho. Este trabajo encantador llena 
su alma de placer, sobre todo cuando sa'be que el 
aperiódico e» que escribe circulará por las calles 
antes que los demás. Muchas veces he sentido la 
txpnda pena (fe no haiber sido reportero romano en 

k _ » 5 9 



M A R K T W A I N 

el momento de la muerte violenta de Julio César. 
¡ Cuál habria sido mi satisfacción si el periódico en 
que yo trabajara, por su carácter de hoja vesper- 
tina, anticipaba doce horas la narración de los he- 
chos ! El mundo ha presenciado acontecimientos no 
menos sorprendentes que aquél; pero ninguno tan 
acentuadamente reporteril, seg*ún entendemos hoy 
las cosas periodísticas. En efecto, nunca se había 
visto, ni se vio después, un suceso tan emocionante, 
no sólo por la importancia personal de la víctima, 
sino por la posición elevada, por la reputación sin 
mancha y por la influencia política de los autores 
del crimen. 

No fui el privilegiado reportero que pudo llevar 
sus cuartillas a las cajas antes que ninguno de sus 
colegas; pero tengo la rara satisfacción de traducir 
el texto latino de los ''Haces de la Tarde", diario 
romano, que dio la narración completa de los he- 
chos en su segunda edición de aquel dia. 

Dice asi el periódico: 

"La ciudad, tranquila de suyo, recibió ayer la 
impresión más profunda y perturbadora que sea 
posible imaginar, a causa de uno de esos crímenes 
sangrientos que contristan el corazón y llenan el 
alma de espanto, a la vez que inspiran hondas pre- 
ocupaciones a los hombres sensatos. Temblamos 
por el porvenir de una ciudad en donde la vida hu- 
mana corre tantos peligros y en donde las leyes son 
conculcadas abiertamente. Pero ya que el hecho se 
ha cometido, cum*plimos con un deber doloroso de 

I 6 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

periodistas, refiriendo la miuerte de uno de nues- 
tros ciudadanos más re'spetalbles, hombre conocido, 
no sólo en Roma, sino en todos los lugares adonde 
llega nuestra publicación. Permítasenos recordar con 
orgullo y placer, la actitud siempre amistosa que he- 
mos guardado respecto de la victima, defendiendo 
su reputación, en la débil medida de nuestra capa- 
cidad, contra las calumnias de sus malquerientes. 
Nos referimos al Sr. D. Julio César, Emperador 
electo. 

He aquí los hechos, tales como nuestro reporte- 
ro pudo aclararlos, escogiendo entre las narraciones 
contradictorias de los testigos presenciales. Como 
puede suponerse, el origen de los acontecimientos 
fué una cuestión electoral. Es el caso de las nueve 
décimas partes de los espantosos asesinatos cotidia- 
nos que deshonran el nombre de nuestra ciudad. 
Las malditas elecciones traen siempre consigo una 
causa de odios, querellas y violencias. Por eso he- 
mos dicho que Roma ganaría mucho si los funcio- 
narios públicos, incluso los agentes de policía, fue- 
ran nombrados para un período de cien años por 
lo menos. La experiencia ha demostrado que no so- 
mos capaces de elegir ni a un perrero municipal sin 
que los puestos de socorro atiendan por lo menos 
a doce ciudadanos con fracturas en el cráneo, y sin 
que las inspecciones de policía se vean atestadas 
Gc ebrios y vagabundos. Según los rumores que 
líegaíi a nuestra redacción, cuandb hace algunos 
días se proclamó en la plaza del mercado la cifra 

I 6 I u 



M A R K T W A I N 

de ila aplastante mayoría para la coronación de 
aquel caballero, no fué bastante la extraña y des- 
interesada negativa que formuló tres veces, para 
salvarlo de las insultantes murmuraciones de hom- 
bres como Casca., vecino del décimo distrito, y de 
otros seides de 'los candidatos derrotados, sobre todo 
ios del distrito ii, los del 13 y otros de los subur- 
bios. Muchas personas sorprendieron frases iróni- 
cas y despectivas sobre la conducta del Sr. César. 

También se dice, y esto es cosa que tienen por 
indudable nuestros correligionarios, que el asesina- 
to de Julio Cesar era cosa convenida, con arreglo 
a un maduro plan, elaborado por Marco Bruto y 
los ibandi'dos que éste tiene a su servicio. El progra- 
ma se desarrolló con toda exactitud. El lector podrá 
juzgar por si mismo los fundamentos que haya para 
esta sospecha. Por nuestra parte, absteniéndonos 
de conjeturas aventuradas, le sometemos la narra- 
ción dte los hechos y le suplicamos que los exami- 
ne atentamente, con todo desapasionamiento, antes 
de que adopte una opinión definitiva. 

El Senado se había reunido ya, y César bajaiba 
por la calle que conduce al Capitolio, conversando 
con algunos amigos, y seguido de muchos ciudada- 
nos, como sucedía ordinariamente. Al pasar frente 
a la droguería Demóstenes, Tucidides y Compañía, 
César dijo que habían llegado los idus de marzo. 
Estas palaibras fueron dirigidas a un señor, que, 
según nuestro informante, se ocupa en hacer pre- 
dicciones. 

162 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Sí — contestó el vaticinador — ; ya vinieron, pe- 
rú no han pasado todavía. 

En aquel momento se acercó Artemidoro ; habló 
de algo que corría mucha prisa, y le rogó a César 
que leyera un folleto o documento u otra cosa no 
bien determinada por los testigos. ELSr^ Decio 
Bruto se interpuso y dijo que tenía ''luia humilde 
súplica", cuya lectura pedía, por serle de mucho in- 
terés. iVrtemidoro insistió en que se leyese primero 
lo que él llevaba, pues se refería a asuntos de im- 
portancia personal para César. Este dijo que los 
a&untos relativos a su persona eran para él de me- 
nor monta, y que consideraba de su deber pospo- 
nerlos. Acaso no empleó precisamente estas pala- 
bras ; pero en substancia a eso se reducía el senti- 
do de ellas. Artemidoro insistió nuevamente, para 
que se le diera la preferiencia sin pérdida de mo- 
mento (i). César rechazó su pretensión, y dijo que 
no leería memoriales en la calle. Inmediatamente 
entró en el Capitolio, seguido de la muchedumbre. 

A la vez que esto pasaba, alguien oyó una con- 
versación, que, relacionada con los hechos posterio- 
res, tiene una signiñcación de lo más siniestro. El 
vSr. Papilio Lenna le dijo a Jorge W. Casio (cono- 
cido con el apodo de "El badulaque del tercer dÍ6- 

(i) Nótese un ihecho: WiHiiam Sdiakeispeatpe, que pre- 
5«iició el atentado ideside que comenzaron' a -desiarroillarse 
tos soicesos hafstJa 'sm trágico diesenlace, idice que eil docti- 
mc.rito era UTia carta en 'l'a que (se h-Vciían inevelaciioaies a 
César soibre la e'xistenicia de una conjura para asesinarlo, 

I 6 3 



M A R K T W A I N 

trito", y que en realidad no es sino un agitador 
pagado por los oposicionistas) : 

— Es de esperar que la empresa de usted no se 
malogre hoy. 

— ^¿Qué empresa? — dijo Casio. 

El Sr. Lenna no respondió, g-uiñó el ojo izquier- 
do, y dijo con disimulada indiferencia: 

— Que usted lo pase bien. 

Sin más, se dirigió hacia doinde estaba César. 

Marco Bruto, de quien se cree que era el director 
d¡e la banda de asesinos, preguntó a Casio : 

— ¿ Qué te ha dicho este ? 

Casio repitió las palabras de Lena, le mencionó 
su seña de inteligencia, y agregó : 

— Temo que nuestros planes hayan sido descu- 
biertos. 

Bruto encargó a su malvado cómplice que vigi- 
lase al Sr. Lenna. Un momento después, Casio ha- 
blaba con ol famélico Casca, cuya mala reputación 
no tenemos para qué ponderar, y le decía : 

— ^Activa las cosas, porque temo que se nos sor- 
prenda. 

Dirigiéndose a Bruto, con mucha nerviosidad, 
que no le era fácil ocultar, pidió instrucciones, y 
juró que él o César no saldrían de allí. Antes se 
mataría. 

César convensaba con algunos diputados de los 
distritos foráneos. Se trataba de las elecciones del 
otoño. El Emperador electo no ponía atención a lo 
que pasaba cerca de él. Guillermo Trebonio habla- 

I 6 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ba con Marco Antonio, hombre de buenas intencio- 
nes y gran amigo de César. Empleando algún pre- 
texto, Trebonio logró apartar a Antonio, y cuando 
César quedó aislado de ese excelente amigo, lo ro- 
dearon Bruto, Decio, Casca, Cinna, Mételo Ciniber 
y otros de la banda de bribones que tienen infes- 
tada la ciudad de Roma. Mételo Cimber se arrodi- 
lló y pidió que fuese levantado el destierro de su 
hermano; pero César rechazó esta petición e hizo 
reproches a Cimiber por su actitud baja y rastrera. 
Bruto y Casio pidieron gracia (para Publio, tam- 
bién desterrado, y César dio una segunda negativa. 
Dijo que nada lo conmovía, y que sus propósitos 
tenían la fijeza de la estrella polar, astro que mere- 
ció sus elogias más sinceros por la firmeza con que 
procede en todos los actos de su existencia y por 
el buen criterio que lo distingue. Se comparó con 
él, y dijo que no había en el país una sola perso- 
na que ipudiera decir otro tanto. ¿ Había desterrado 
a Cimber? Pues en el destierro se quedaría. Un 
hombre constante no da el brazo a torcer. Antes 
se condenaría su alma que .permitir la vuelta del 
desterrado. 

Aprovechando este fútil pretexto para reñir, Cas- 
ca se arrojó contra César, y le dio una puñalada. 
César le tomó el brazo con la mano derecha, y con 
la izquierda, que recogió hasta el hombro, asest'ó tal 
puñada, que el reptil rodó por el pavimento, bañado 
en su propia sangre. Sin pérdida de momento, Cé- 
sar retrocedió hasta el pedestal de la estatua de 

I 6 i; 



M A R K T JV A I N 

Pompeyo, y se puso en guardia para recibir a los 
que le atacaban. Casio, Cimber y Cinna se arroja- 
ron sobre él, puñal en mano, y el primero logró he- 
rirlo ; pero antes de que repitiera la agresión y an- 
tes de que los otros hirieran a Césiar, éste dejó ten- 
didos a los tres infames, con sendos golpes de su 
poderoso puño. El Senado era una masa confusa 
y agitada, y ¡los ciudadanos se precipitaban hacia 
las puertas, haciendo esfuerzos frenéticos para es- 
capar. El macero y sus auxiliares procuraban con- 
tener a 'los asesinos. Lois más venerahles senadores 
abandonaban bus togas, y, trepando por las filas 
de curules, se escapaban hacia las galerías laterales 
para refugiarse en las salas de las comisiones. Mi- 
llares de voces gritaban : 

— ¡ Auxilio ! 

Otras clamaban : 

— i Guardias ! 

Estas voces discordantes llenaban el espacio, co- 
mo el alarido de los vientos que pasan sobre las 
olas encrespadas del mar. El gran César, apoyado 
en el pedestal, como león acosado, luchaba a brazo 
partido con sus atacantes, sin abandonar el conti- 
nente altivo y el valor inflexible que tantas veces 
ha mostrado en los sangrientos campos de batalla. 
Guillermo Trebonio y Cayo Ligario lo hirieron ; 
pero cayeron por tierra como los otros conjurados. 
Finalmente, cuando César vio a su antiguo amigo 
Bruto, navaja en mano, listo para el asesinato, el 
pesar y la soripresa lo dominaron, según se dice, y, 

I 6 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

dejando caer el invencible brazo izquierdo, se ocul- 
tó el rostro entre los pliegues de su manto, y reci- 
bió la puñalada traidora sin hacer el menor esfuer- 
zo para detener el brazo que se la asestaba. Sólo 
dijo : 

— Et tu, Bruto f 

Y cayó sin vida sobre el duro mármol. 

Se sabe que al ser asesinado, César tenía el mis- 
mo traje que vistió en la tarde del día que derrotó 
a los ñervos, y que cuando se le desnudó, pudo ver- 
se la ropa con siete desgarraduras. No se encontró 
objeto alguno en los bolsillos. La ropa de César 
aparecerá como elemento de prueba en la investi- 
gación abierta por el juez criminal, y mediante su 
examen, será fácil establecer el homicidio. 

Marco Antonio, que por su posición puede ente- 
rarse de todos los hechos relacionados con el accn- 
tecimie ilO que absorb? actualmente la opinión piV: 
blica, nos comimica los datos <ire acabamos de 
consignar. 

ULTIMA HORA.— En tanto que el juez convo- 
caba al Jurado, Marco Antonio y otros amigos del 
difunto Julio César tomaron el cadáver de éste y se 
lo llevaron al Foro. Según los informes que acaba- 
mos de recibir, el citado Antonio y Bruto están pro- 
nunciando discursos, y es tal la agitación producida 
por ellos, que en los momentos de entrar en prensa 
nuestro diario, el inspector general de policía toma 
medidas de precaución, seguro como está de que va 
a haber un motín en Roma. 

I 6 7 



x\^ 



EL ILUSTRE REVOLUCIONARIO 

BUTTERWORTH STAVELY 

CAPÍTULO PRIMERO 

Datos geográficos y antecedentes históricos. 

Por si el lector los ha olvidado, le ruego que me 
permita recordarle algunos hecho¡s. Hace más de 
un siglo, se insurreccionó la marinería de un buque 
inglés llamado **Bounty". El capitán y los oficiales 
fueron abandonados en una lancha, y, sin duda, 
perecieron, en tanto que los marineros, dueños del 
barco, hicieron vela hacia el Sur, anclaron en una 
de las islas del archipiélago de Tahití, donde se 
procuraron mujeres, y de alli se dirigieron a un 
islote solitario que está en medio del Océano Pa- 
cífico, y que es conocido con el nombre de Pitcaim. 
Desembarcados todos ilos efectos, útiles y armas, 
que al parecer eran suficientes para la fundación de 

I 6 9 



M A R K T W A I N 

una colonia, los tripulantes del barco rompieron 
éste, a fin de aprovechar la madera, clavazón, jar- 
cia y velamen. 

Como Pitcairn está muy apartado de todas las 
rutas comerciales, transcurrieron muchos años sin 
que los colonos viesen un solo barco en su playa. 
El islote figuraba como desierto en los tratados de 
geografía; asi es que cuando, por azar, llegó un 
barco, el capitán de éste y todos los tripulantes que- 
daron muy sorprendidos al ver allí una población. 

Los fundadores de la colonia halbían vivido en 
continua lucha, y los disturbios no acabaron sino 
cuando quedaban sólo dos o tres viejos, que por su 
edad y achaques ya no podían hacer uso del cuchi- 
llo para exterminarse. Sin embargo, en medio de 
las tragedias cotidianas, que duraron mticho.s años, 
nacieron algunos hijos de los ingleses y tahitianas, 
y por el año de 1808, la población blanca, polinesia 
> mestiza de Pitcairn, contaba veintisiete personas. 
Vivía el jefe de los amotinados, que se llamaba John 
Adams, y que fué todavía durante muchos años 
gobernador y patriarca de la tribu. El antiguo in- 
surrecto y homicida, se había convertido en un cris- 
tiano fervoroso, predicador elocuente, cuya piedad 
halbía hecho de aquel pueblo un grupo edificante 
por sus virtudes. Adams enarboló el pab)ellón bri- 
tánico, y Pitcairn formó iparte de los dominios de 
Su Majestad. 

Actualmente la población de Pitcairn es de 90 
personas, a saber: 16 hombres, 19 mujeres, 25 ni- 

170 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ños y 30 niñas, todos descendientes de dos antiguos 
tripulantes, todos de apellido inglés y todos here- 
deros de la lengua de sus antepasados masculinos. 

El islote es de costas altas y escarpadas. Mide 
tres cuartos de milla, en el sentido de la longitud, 
y en la parte más ancha, alcanza media milla. Las 
tierras de ilabor están repartidas entre las familias, 
según arreglo que data de muchos años atrás. Hay 
vacas y cabras, cerdos y aves de corral. Hay tam- 
bién algunos gatos. Los colonos carecen en abso- 
luto de caballos, asnos, mulos y perros. 

El edificio destinado al culto, sirve también de 
ca/pitolio, escuela y biblioteca pública. 

Durante una o dos generaciones, el gobernador 
ha llevado el titulo oficial de ** Magistrado y Jefe 
Supremo, sujeto a la soberanía de Su Majestad". 
Ese gobernador reunía las atribuciones del poder 
legislativo y del ejecutivo. Desempeñaba sus fun- 
ciones por elección. El sufragio era universal, y 
tenían derecho de voto hombres y mujeres desde 
los diez y siete años de edad. 

Las únicas ocupaciones del pueblo de Pitcairn 
eran la agricultura y la pesca. Su única diversión, 
el culto divino. Eran desconocidos en el islote los 
comerciantes y el dinero. Las costumbres y el traje 
de los habitantes habían sido de un carácter pri- 
mitivo. Las leyes revestían formas de una sencillez 
infantil. Puede asegurarse que la vida de aquel pue- 
blo era tranquila como un domingo. Lejos del mun- 
do y de sus ambiciones, de sus injusticias y de su 

I 7 1 



M A R K T W A I N 

vana agitación, los ihijos de la libre Pitcairn veiai.i 
transcurrir su existencia, ignorantes e ignorados, 
indiferentes a todo lo que hacían cuantos imperios 
poderosos se extendían más allá de las ilimitadas 
soledades del Océano. 

Cada tres o cuatro años llegaba un buque, y por 
él sabían 'las viejas nuevas de batallas sangrientas, 
de epidemias devastadoras, de tronos derrocados y 
de dinastías desposeídas. Después de enterarse de 
todo esto, recibían algunas cajas de jabón y algu- 
nos tercios de franela, que adquirían mediante la 
entrega de unía cantidad convenida de dulcísimas 
batatas y de otros frutos de la tierra. Concluida 
esta operación, el barco levaba anclas, y los colo- 
nos volvían a reanudar sus sueños apacibles y sus 
piadosas expansiones. 

CAPÍTULO II 

Un informe oficial, base de la estadística de Pitcairn. 

El almirante Horsey, comandante de la escuadra 
inglesa del Pacífico, visitó la isla de Pitcairn el 8 
de septiembre último. He aquí lo que dice de la 
isla en el informe oficial que conserva el Almi- 
rantazgo : 

"Los habitantes tienen habichuelas, zanahorias, 
nabos, coles, maíz en pequeña cantidad, pinas, hi- 
gos, naranjas, limones y cocos. Se visten con los 

I 7 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

géneros que les traen los barcos de paso, y que 
éstos dejan a cambio de provisiones de boca. La 
isla carece de ríos y fuentes ; pero como general- 
mente llueve cada mes, el agua no escasea. Sin em- 
bargo, durante los primeros años de la colonia, los 
habitantes sufrieron a causa de la sed, por no esitar 
acostumbrados al uso de un líquido incoloro, ino- 
doro e insípido. Hoy las bebidas alcoliólicas son 
empleadas únicamente como remedio. Los borra- 
chos sen desconocidos en el país. 

^'Para tener una idea del comercio exterior, fija- 
ré los hechos enumerando los artículos importados 
a cambio de las provisiones de boca que llevan de 
aquí los barcos. Esos artículos son: franela, jerga, 
Ccáñamo, zapatos, peines y jabón. También hay de- 
manda de cartas geográficas y pizarras para las 
escuelas. Los útiles son muy solicitados. Yo mandé 
que se les entregara un pabellón para que lo des- 
plieguen cuando haya buque a la vista, y una sierra 
grande que les hacía mucha falta. Creo que la Su- 
perioridad tendrá a bien aprobar mis actos. Si la 
generosa nación inglesa conociera las necesidades 
de esta pequeña colonia, tan merecedora de todo 
género de solicitud, antes de que pasara mucho 
tiempo, Pitcaim recibiría cuanto le hace falta para 
su prosperidad. 

"Todos los domingos hay servicio divino, a las 
diez y media de la mañana y a las tres de la tarde. 
El fundador del culto fué ell eminente John Adams, 
quien ofició como pastor hasta su muerte, ocurrida 

' 7 3 



M A R K T W A I N 

en 1829. El rito es exactamente el de la Iglesia An- 
glicana. Actualmente el Sr. Simón Young desem- 
peña el cargo de pastor. Young es un hombre uni- 
-versalmente respetado. Los miércoles hay instruc- 
ción religiosa, a la que asisten todos los que pue- 
den hacerlo. El primer viernes de cada mes, los 
habitantes se reúnen para orar en común. Lo pri- 
mero que se hace por la mañana, y lo último que 
se hace por la noche, es elevar el alma al Creador. 
Antes y después de las comidas, se implora la ben- 
dición del Altísimo. Las virtudes y los sentimien- 
tos religiosos de estos insulares, merecen el enco- 
mio más vivo. No necesitan misioneros ni sacerdo- 
tes quienes practican la comunión más íntima con 
Dios, quienes se reúnen espontáneamente para en- 
tonar himnos en su gloria, y quienes además se 
distinguen por su afabilidad, su diligencia y tal 
vez por una ausencia de vicios que pocas sociedades 
presentarán en el mismo grado." 



CAPÍTULO III 
Un acontecimiento extraordinario. 



Llegamos a una frase que, sin duda, fué escrita 
por el Almirante sin que éste la diera mucha im- 
portancia. Acaso la dejó caer de su pluma, ignoran- 
te de la significación profunda que contiene. De lo 

174 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

que sí estoy seguro es de que la escribió sin segunh 
da intención. 

He aquí la frase textual : 

"Acaba de llegar un extranjero a la isla. Es nor- 
teamericano. La adquisición me parece dudosa." 

¡ Dudosa en verdad la ta'l adquisición ! El capitán 
Ornsby, del buque norteamericano ''Tábano", lle- 
gó a Pitcairn tres o cuatro meses después de la vi- 
sita del almirante, y por los informes de Ornsby 
podemos enterarnos de todo lo que se relaciona con 
el nuevo haibitante de Pitcairn. 

Relatemos los hechos cronológicamente. El nom- 
bre ddl noirteamericano es Buitterworth Stavely. 
Cuando conoció a líos habitantes de la isla, cosa 
que k fué dado hacer en poco tiempo, empezó a 
granjearse las simpatías generales por todos los 
medios imaginables. Llegó a ser muy popular y 
además muy considerado. Abandonó cuantos hábi- 
tos pudieran recordar un pasado de poca rigidez, y 
adoptó las (prácticas religiosas más severas. Cons- 
tantemente se le veía leyendo la Biblia, u orando, 
y si no Heía u oraba, cantaba himnos. No había en 
la isla quien k igualase en las dimensiones y en el 
fervor de sus preces. 

Este es el que pudiéramos llamar período de pre- 
paración de sus planes. Llegamos a la ejecución. 



I 7 5 



M A R K T W A I N 

CAPÍTULO IV 
Un rival de Maqiiiavelo. 

Butterworth comenzó a sembrar secretamente los 
gérmenes dell descontento. Su oculto designio era 
derrocar el Gobierno; pero a nadie dijo una sola 
palabra de los planes que ¡había formado con ex- 
traordinaria sagacidad. Empleaba medios diversos, 
según los individuos con quienes trataba. Desper- 
taba, por ejemplo, el descontento de laflgunos hom- 
bres piadosos, llamándoles la atención respecto de 
la brevedad que se daba a líos oficios divinos. En 
vez de dos reuniones para el culto, debía haber tres 
por lo menos cada domingo, y esas reuniones, que 
duraban una hora aproximadamente, u hora y me- 
dia, durarían tres horas, según 'las sugestiones de 
Stavely. Todos los que pensaban así y que no se 
habían atrevido a formular una proposición en tal 
sentido, se unieron al norteamericano en un partido 
oculto para trabajar por ;la realización deil proyecto. 

Simultáneamente, Stavely había indicado a las 
mujeres que no se les daba en las reuniones y pre- 
ces el lugar decoroso que merecían por su impor- 
tancia social. Formó, pues, otro partido. 

Stavely no dejaba ninguna arma sin aprovechar- 
la. Se dirigió a ilos niños y les sugirió que la doc- 
trina dominical era demasiado corta. Así se formó 
e! tercer partido. 

1 7 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Cuando s€ vio al frente de los tres grUipos en que 
Fí^ dividían las opiniones, consideró que la situa- 
ción estaba en sus manos y que había llegado la 
hora de ejecutar sus grandes pro)^ectos. 



CAPÍTULO V 
La acusación del Jefe Supremo. 

Stavely había madurado un plan para acusar al 
Primer Magistrado de Pitcairn. Llamábase James 
Russell Nockoy, hombre enérgico y de talento, que 
era además inmensamente rico, pues tenía ima casa 
con sala de recibir, tres acres de terreno plantados 
de ñames, y una balandra, única embarcación que 
había en la isla. Desgraciadamente, se presentó un 
pretexto para acusar a aquel hombre, íntegro y no- 
table repúblico. Entre las leyes más antig-uas y sa- 
gradas de la islla, figuraba una sobre la propiedad, 
considerada como el paladión de las libertades po- 
pulares. Treinta años antes de los hechos que na- 
rramos, se había presentado un caso grave, que el 
Tribunal sólo podía fallar aplicando la ;ley a que he 
hedho referencia. S-ucedió que Isabel Young, de 
cincuenta y ocho años en aquel tiempo, hija de 
John Mili, uno de los sublevados del barco inglés, 
era propietaria de un pollo. Este pollo pasó por un 
terreno perteneciente a Jueves Octubre Cristiano, 
de veintinueve años, nieto de Barrabás Cristiano, 

177 12 



M A R K T W A I N 

sublevado también. Jueves Octubre mató el ,pollo. 
Según la ley tutelar, Jueves Octubre podía conser- 
var el pollo o dar sus despojos mortales al propietario 
legítimo del ave, y recibir daños y perjuicios en 
especie, según la naturaleza de las devastaciones 
hechas por el invasor. El informe rendido al Tri- 
bunal por el Secretario decía que '*el sobredicho 
Jueves Octubre Cristíano había entregado el sobre- 
dicho despojo mortal a la sobredicha Isabel Young, 
y que exigía una fanega de ñames como reparación 
de los daños causados en la heredajd del sobredicho 
Jueves Octubre". Isabel Young se negó rotunda- 
mente a pagar lo que se le exigía, y consideró la 
demanda como exorbitante. Ante esta negativa, el 
juicio tuvo que seguir por todos sus trámites. Fa- 
llado en primera instancia, se concedió a Jueves 
medio almud de raíces, y el demandante no se con- 
formó con la sentencia. Apeló, y llevado el asunto 
a otros Tribunales, en instancias sucesivas, se con- 
firmó la sentencia del inferior, después de diez años 
de litigio. Por último, el Tribunail Supremo, que 
debía dar el fallo definitivo, consideraba el pleito 
en todos sus aspectos jurídicos, y para mejor pro- 
veer, lo tenía en estudio desde hacía veinte años, 
hasta que, finalmente, en el pasado Agosto dictó su 
sentencia, confirmando la resolución del medio al- 
mud. 

Jueves se declaró conforme, aunque el fallo no 
tenía apelación. Pero Stavely se hallaba presente, 
habló en voz baja con el demandante, habló con el 

I 7 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

abogado de éste, y les sugirió que como simple 
cuestión de trámite pidiesen la exhibición del tex- 
t j Ilegal, base del fallo, para que la Secretaría cer- 
tificase su existencia. Todos consideraron esta indi- 
cación como una "extravagancia, pero nadie negaba 
que fuese muy ingeniosa. En efecto, el demandante 
hizo la solicitud respectiva, y se envió un mensa- 
jero a la casa del Magistrado. Pocos momentos 
después se supo que el texto <ie la \ty había des- 
aparecido, pues no se encontraba en los archivos, 
del Tribunal, por muchas diligencias que hicieron 
ios funcionarios para la busca. 

El juicio quedó anulado, por ha'berse pronuncia- 
do de acuerdo con una ley sin existencia actual. 
La noticia corrió por toda la isla, y la nación en- 
tera fué presa de una profunda agitación. El arca 
de las libertades, la base ddl orden social, había 
desaparecido, no existía, destruida acaso por una 
mano traidora. Antes de que transcurriese una hora. 
Id nación en masa acudió al pretorio, es decir, a la 
escuela, es decir, a la iglesia. Stavely presentó una 
moción de urgencia, pidiendo que fuese revocado el 
mandato del Magistrado prevaricador. Bl plebis- 
cito fué unánime, y el Jefe Supremo bajó del Solio. 



i 7 9 



M A R K T W A I N 

CAPÍTULO VI 
El nuevo Réghnen. 

El acusado soportó su desgracia con la resigna- 
ción del mártir y la dignidad del estoico. No alegó, 
lio discutió. Dijo únicamente que era extraño a la 
pérdida deíl texto, y que había velado celosamente 
por su conservación, sin permitir que alguien to- 
case los archivos públicos, conservados en la mis- 
ma caja de bujías donde se pusieron desde los orí- 
genes de la nación. 

A pesar de estas palabras tan sinceras^ como fir- 
mes, el Jefe Supremo fué declarado culpable de 
traición y abandono, y privado de las funciones que 
había desiempeñado desde hacía tanto tiempo. Se 
le confiscaron sus propiedades; No era esta la par- 
te más negTa de la intriga, sino la calumnia que 
sirvió de fundamento a los perseguidores del ilus- 
tre mandatario. Decíase que éste había destruido 
el texto de la ley tutelar para favorecer a Judas 
Octubre por relaciones de parentesco que tenía con 
éste. ¡ Como si toda la nación no fuera prima del 
íntegro Magistrado! Sí; toda, menos Stavely. El 
lector recordará que aquel pueblo había salido de 
la unión de media docena de personas. Casados los 
•hijos de los sublevados, dieron nietos a éstos. Y 
casados los nietos, los biznietos y tataranietos re- 

I 8 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

sultaban consanguíneos. Hay parentescos soirpren- 
dentes, que llenan de estupefacción por sus com- 
plicadísimas combinacionc;^. Si 1111 forastero habla 
con algún habitante de la isla, y le dice; • 

— ¡Cómo! ¿Esa joven es sobrina de usted? Me 
pareció haberle oído decir que era su tía. 

— Sí — contestará el picarniano — ; es mi tía, y así 
la llamé al referir el parentesco evocado en aquel 
momento. Pero es que ahora hablo de ella en su cali- 
dad de prima, como le hablaré a usted pronto, si 
llega el caso, del afecto que le tengo por ser mi 
cuñada. Además, es mi tía abuela, viuda de mi cu- 
ñado, y dentro de pocos días se la presentaré a us- 
ted como mi esposa. 

En presencia de estos hechos, aparece muy in- 
consistente la acusación de nepotismo contra ell Pri- 
mer Magistrado. Poco importa, pues inconsistente 
o fundada, aquella acusación era el recurso que ne- 
cesitaba Stavely. Se le eligió Jefe Supremo, y em- 
pezó a sudar leyes por todos los poros. Hubo una 
locura de servicios religiosos. La segunda oración 
mental del primer oficio, que hasta entonces había 
durado media hora o tres cuartos de hora, y que 
estaba destinada a pedir por todo el universo, enu- 
merando los continentes, y después las naciones y 
tribus de la Tierra, se extendió hasta ser de hora y 
media. A esta oración se añadió otra en favor de 
los pueblos futuros y de las poblaciones planetarias. 
Todos estaban encantados ; todos decían : 

— Esto comienza a ser Gobierno. 



M A R K T W A I N 

Por una ley se dispuso que los tres sermones ha- 
bituales de tres horas cada uno, fueran de seis ho- 
ras. La nación acudió en masa para expresar su 
gratitud al nuevo Primer Magistrado. Una ley prohi- 
bía cocinar en día feriado; la nueva ley prohibió 
comer en día feriado. La doctrina del domingo de- 
bía durar siete días, para comenzar de nuevo el do- 
mingo siguiente. El regocijo era general e indeci- 
ble, y antes de que transcurriera la primera semaina, 
el Magistrado Supremo mereció aclamaciones y se 
le adoraba como ídolo del pueMo. 



CAPÍTULO VII 
La Independencia Nacional. 

Era el momento que esperaba Stavely. Todo le 
parecía propicio para el gran movimiento que había 
meditado. Prudentemente comenzó a excitar la opi- 
nión pública contra Inglaterra. Haibló en lo confi- 
dencial coo cada uno de los principales ciudadanos, 
y les reveló sus miras. No tardó en aventurarse a 
hablar públicamente de ellas. Dijo que la nación 
debía a su propia dignidad, a su honor, a sus gran- 
des tradiciones y al lugar que ocupaba en el con- 
cierto de los pueblos, afirmar su fuerza y sacudir 
el ominoso yugo de Inglaterra. 

Los candorosos insulares decían: 

— I Qué yugo es ese ? No lo hemos sentido. Cada 

i 8 a 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tres o cuatro años, Inglaterra nos envía un barco 
que trae jabón, franela y otros artículos de los que 
tenemos mucha necesidad y que recibimos con agra- 
decimiento. No se nos molesta. Hacemos lo que nos 
.parece conveniente. 

— Sois libres de pensar así. Siempre los esclavos 
han hablado como vosotros. Vuestras palabras re- 
velan la profundidad del abismo a que habéis des- 
cendido. Ellas indican cuál es vuestro embruteci- 
miento bajo la tiranía que os abruma. ¿Habéis re- 
negado de la dignidad de hombres? ¿La palabra 
libertad no tiene sentido para vosotros? ¿Os satis- 
face vivir como dependencia de una soberanía ex- 
traña y odiosa? ¡Y lo hacéis cuando tenéis todos 
los títulos para levantaros y tomar el lugar que os 
corresponde en la augusta familia de las naciones ! 
Podéis ser libres, grandes, civilizados, independien- 
tes. Y no se dirá que sois los servidores de un dés- 
pota coronado, sino los arbitros de vuestro porve- 
nir. Podréis hablar y pesar en la balanza de los des- 
tinos de las naciones, vuestras hermanas. He dicho. 

Este y otros discursos semejantes, produjeron el 
efecto que se buscaba. Los ciudadanos comenzaron 
a sentir el peso del yugo británico. No podían de- 
cir exactamente en dónde estaba ese yugo y de qué 
manera los abrumaba, pero lo sentían. Murmuraban 
insistentemente; hablaban de las cadenas omino- 
sas ; suspiraban por el día de la emancipación. El 
pabellón inglés se hizo odioso para ellos, pues co- 
menzaron a verlo como un símboHo de la humilla- 



MAR K T IV A I N 

ción a que ¡haibía sido reducida la patria. Cuando los 
ciudadanos pasaban cerca del Capitolio, desviaban 
la mirada para no ver ondear aquel odioso símbolo. 
Involuntariamente cerraban los puños y apretaban 
los dientes. Amaneció un día en que los picarnia- 
iios vieron la bandera británica, al pie del asta, cu- 
bierta de fango. No hubo una sola mano que se 
alargara para levantar el antiguo trapo sagrado. 
E! acontecimiento fatal se produjo. Un pequeño 
grupo de ciudadanos visitó por la no'che al Magis- 
trado y le dijo ; 

— La odiosa tiranía es ya absolutamente inso- 
portable. ¿Cómo podremos sacudir él yugo de la 
opresión ? 

— ^Con un acto de fuerza. 

— ¿Qué es eso? 

— ^Una co'sa muy sencilla, para la que ya todo está 
preparado. Yo, en mi calidad de Jefe Supremo, pro- 
clamo la Independencia Nacional, solemne y públi- 
camente, desligándoos de todo vínculo de obedien- 
cia a un Gobierno extraño, cualquiera que éste sea. 

— Parece muy 'sencillo y fácil, en efecto. Podemos 
hacerlo. ¿Y después? 

—Nos apoderamos de todas las fuerzas y de las 
propiedades públicas ; nos declaramos en estado de 
guerra; movilizamos el Ejército y la Marina; pro- 
clamamos el Imperio. 

El plan era deslumbrador, y aquellos hombres 
candorosos quedaron maravillados. 

I 8 4 



NARRACIÓN ES HUMORÍSTICAS 

— La idea es 'luminosa, grande, soberbia... ¿Pero 
qué haremos si Inglaterra resiste? 

— ¿ Qué puede Inglaterra ? Nuestra isla es un Gi- 
braltar. 

— No hay duda. ¿Pero será necesario realmente 
fundar un Imp-erio y tener un Emperador? 

— ^¿De qué os sirven las enseñanzas de la Histo- 
ria? Mirad en torno vuestro y comprenderéis que 
sólo os falta llegar a la unificación. Ved el caso d-^ 
Alemania y el de Ita'lia. Las dos han hecho su uni- 
dad. Hagamos la nuestra. Sin unidad, la vida no 
vale la pena de vivir. Obedezcamos a la ley del pro- 
greso. Necesitamos un Ejército permanente y una 
flota. Los impuestos vendrán después, como es na- 
tural. En esto consiste la grandeza de tin pueblo. 
¿Qué más podéis ambicionar cuando hayáis con- 
quistado la unidad y la grandeza ? Pero estos bienes 
sólo pueden emanar de un Imperio. 



CAPÍTULO VIH 
Las Instituciones Imperiales. 

En la mañana del 8 de septiembre, la isla de 
Pitcairn fué proclamada nación libre, independiente 
y soberana, en pleno ejercicio de sus derechos inter- 
nacionales. Media hora después, era solemnemente 
coronado Butterworth I, Emperador de Pitcairn, en 
medio de grandes fiestas y regocijos. La nación en- 

i 8 5 



M A R K T W A 1 N 

tera, exceptuando catorce personas, que eran niños 
de uno, dos y tres años, desfiló ante el trono, de 
uno en fondo, con banderas desplegadas, músicas y 
tambor batiente. I^ procesión tenia noventa pies 
de largo por dos de ancho, y se observó que el paso 
delante del trono duró no menos de cuarenta y cin- 
co segundos. En los fastos de la historia de Pitcairn 
no se había registrado 'un hecho tan grandioso. El 
entusiasmo público no cabía dentro de los límites 
de la ordinaria reserva. 

Esa misma tarde comenzaron las reformas impe- 
riales. Se institWó la Nobleza. Se nombró un mi- 
nistfa,-de.Marina, y se le dio posesión de la balandra 
del antiguo Jefe Supremo. El ministro de la Gue- 
rra comenzó a dictar las medidas conducentes a la 
formación inmediata de un ejército permanente. Se 
nombró un primer lord de la Tesorería, quien hizo en 
el acto mismo el proyecto de ley tributaria destinado 
a crear los fondos públicos. Este lord de la Te- 
sorería estaba encargado de abrir negociaciones 
con las Potencias extranjeras para conbluír con 
ellas Tratados de amistad, de navegación y comer- 
cio, así como de alianzas ofensivas y defensivas. El 
Soberano acordó en Consejo de Ministros el nom- 
bramiento de generales, almirantes, chambelanes, 
monteros, caballerizos, etc., etc., etc. 

Todas las personas disponibles recibieron alguna 
comisión o empleo. El gran duque de Galilea, mi- 
nistro de la Guerra, se quejó en el Consejo de que 
todos los hombres maduros, que eran diez y seis, 

\ 8 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tenían cargos de importancia, y, por lo mismo, to- 
dos se consideraban exentos del servicio militar 
como soldados rasos. El marqués de Ararat, ministro 
de Marina, formulaba quejas casi idénticas. El es- 
taba dispuesto a hacer personalmente la maniobra en 
la balandra ; pero necesitaíba, por lo menos, una per- 
sona que se encargase de figurar como tripulación. 

En vista de estas circunstancias, S. M. dispuso 
que los niños de diez años para arriba fuesen incor- 
porados al Ejército. Así pudo formarse un Cuerpo 
de diez y siete soldados, bajo las órdenes de un te- 
niente general y dos coroneles. Esta medida llenó de 
satisfacción al duque ministro de la Guerra, y de 
ira, a todas las madres del Imperio. Ellas no que- 
rían para sus hijos las tumbas que abre la discor- 
dia en el ensangrentado campo de batalla, y hacían 
responsable de la medida atentatoria al ministro de 
la Guerra. Las más desoladas y las más inconsola- 
bles se ocultaban tras de las puertas cuando pasa- 
ba S. M., y le arrojaban batatas, sin cuidarse de los 
guardias de corps. 

Entretanto, era grande el apremio en los servi- 
cios públicos por falta de personal disponible. El 
duque de Betania, ministro de Comunicaciones, fué 
designado para que auxiliase en la maniobra de la 
balandra, y esto humilló al procer, pues se le co- 
locaba en posición inferior. Lo que indignaba al 
duque era verse subordinado a nobles de cateí^^oría 
inferior, y, sobre todo, que el vizconde de Canaán, 
preboste de las Atarazanas Imperiales, tuviese ju- 

i 8 7 



M A R K T W A I N 

risdiicción sobre él en actos del servicio. El duque 
de Betania asumió una actitud de oposición abierta, 
y conspiró en secreto. El Emperador lo había pre- 
visto, pero nada pudo hacer para impedirlo. 

CAPÍTULO IX 

La decadencia del Imperio. 

Todo liba de mal en peor. El Soberano dio un día 
el rescripto que hacía grande de Pitcairn a Nancy 
Peter, y veinticuatro horas después se casó con 
ella. Estos dos actos habían sido consumados a pe- 
sar de la enérgica oposición de sus consejeros, quie- 
nes le proponían para Emperatriz a Emelina, hija 
mayor del arzobispo de Belén, fundándose en ra- 
zones de Estado. La clase sacerdotal se declaró ene- 
miga de la Soberana. Esta procuraba contrarrestar 
el influjo diel partido levítico, y quiso apoyarse en 
la amistad de las treinta y seis mujeres adultas del 
Imperio, nombrando damas de honor a todas ellas. 
La medida produjo un efecto: las doce restantes 
se declararon enemigas mortales de la Emperatriz. 
Por otra parte, las familias de las damas de honor 
empezaron a murmurar viendo que ya no había 
quien atendiese a las faenas domésticas. Además, 
las cocinas imperiales se veían sin fuego, pues las 
doce m^ujeres que no eran damias de honor se nega- 
ron terminantemente a servir como domésticas de 

\ 8 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Sus Majestades. La condesa de Jericó y otras se- 
ñoras no menos linajudas, tuvieron que encargarse 
de ir a los aljibes, de barrer el palacio y de otras 
faenas no menos vulgares y poco gratas. Las da- 
mas de honor estaban furiosas. 

Todos los subditos se quejaban a una del peso de 
las contribuciones creadas para atender a los gastos 
del Ejército y de la Armada y para el boato de 
la Corte. La nación estaba reducida a la mendici- 
dad. El Emperador procuraba calmar el desconten- 
to público ; pero sus palabras no eran convincentes. 

— Ved el caso de Allemania. Ved el caso de Ita- 
lia. ¿Son por ventura más felices que vosotros? 
¿ No os he dado la unidad ? 

Ellos decían: 

— ^Con unidad no se come. Tenemos hambre. No 
hay agricultura. Todos los hombres válidos están 
en el Ejército, en la Armada, en la Administración 
o en la Corte. Los ciudadanos llevan uniformes vis- 
tosos, se lucen y no comen. ¿Quién cultivará nues- 
tros campos? 

— Ved el ejemplo de Alemania. Ved el ejemplo 
de Italia. Lo mismo pasa allá. Es la política de la 
unificación. No conozco otros métodos para obte- 
nerla, ni otros medios para conservarla. 

Estas eran las frases de estampilla que pronun- 
ciaba el pobre Emperador. 

Y el pobre pueiblo respondía invariablemente: 

— Los impuestos nos abruman. Ya no podemos 
más. 

I 8 9 



M A R K T W A I N 

i ara colmo de males, el Gabinete anunció que la 
Deuda pública era de 4.095 dólares, o sea de cua- 
renta y cinco dólares y cincuenta centavos por ca- 
beza. Los ministros propusieron la creación de un 
nuevo impuesto. Habían oído decir que en los Es- 
tados se crea un nuevo impuesto cada vez que la 
situación es intolerable, y los ministros aconseja- 
ron el arbitrio de un derecho de importación y otro 
de exportación. Querían, además, emitir bonos del 
Tesoro y papel-moneda, amortizables en cincuenta 
años y pagaderos con batatas y coles. Se debía a 
los soldados, a los marinos, a los empleados de la 
Administración y a los dignatarios del palacio. La 
bancarrota se levantaba amenazadora ; la revolu- 
ción rugía. Era preciso tomar medidas de carácter 
urgente. El Emperador adoptó una resolución enér- 
gica, sin precedentes en la historia de la isla. El 
domingo por la mañana se dirigió a la iglesia, 
acompañado de toda su corte y seguido de las tro- 
pas. No bien llegó al templo, dio orden al ministro 
le Hacienda para que se hiciese una colecta. 

Esta fué la pluma que doblegó al camello. Un 
ciudadano se levantó y dijo que no aceptaba aquel 
ultraje inaudito. Otro ciudadano dijo lo mismo. 
Cada negativa traía consigo la confiscación inme- 
diata de los bienes del refractario. La energía del 
procedimiento dominó las resistencias, y la colecta 
se hizo en medio de un silencio lúgubre y amena- 
zador. Al retirarse el Soberano con las tropas dijo : 

— Veremos quién es el que manda aquí. 

I 9 o 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Algunos individuos gritaron : 

— ¡ Abajo la unidad ! 

La soldadesca aprehendió a l'os delincuentes, arre- 
batándolos de los brazos de sus amigos, que se des- 
hacían en lágrimas. 



EPILOGO 

No se necesitaba ser profeta para preverlo : en 
Pitcairn había nacido un demócrata socialista. 
Cuando el Emperador subía en su tartana dorada 
para retirarse de la iglesia, el demócrata socialista 
le dirigió diez y seis harponazos, con una falta de 
tino, que era de lo más democrático y de lo más so- 
cialista que puede imaginarse. El Emperador salió 
ileso. 

En esa misma noche estallaba la revolución. La 
nación se levantó corno un solo hombre, aunque 
había entre los revolucionarios cuarenta y nueve 
mujeres. La Infantería abatió sus armas, consisten- 
tes en perchas puntiagudas. La Artillería rompió 
sus cocos. El miembro de la Armada se unió a los 
sublevados. El Emperador fué detenido, maniata- 
do e incomunicado en su palacio. Estaba profunda- 
iruente abatido. 

— Os he emancipado — decía — , y me debéis el 
inmenso servicio de hajber sacudido el yugo de una 
odiosa tiranía. Por mí habéis salido del envileci- 
miento en que vivíais. Por mí figuráis en el cátalo - 

I 9 I 



M A R K T W A I N 

go de las naciones. Os be dado un Gobierno fuerte, 
compacto, centralizado ; más aún : os he dado el 
más vailioso de todos los bienes: la unidad. ¿Cuál 
es la recoimpensa ? El odio, el escarnio, los hierros 
de una prisión. Sois dueños de mi; haced lo que 
os plazca. Renuncio a mi corona y a todas mis 
preeminencias. No sin un profundo regocijo me veo 
libre de la carga abrumadora que pesaba sobre mí. 
Por vuestro bien acepté las responsabilidades y pe- 
ligros del Poder ; por vuestro bien, abdico. Las jo- 
yas de la corona imperial se han desprendido de ella. 
¿Qué vale ya "la diadema? Holladla si queréis. 

En votación unánime se acordó que el Empera- 
dor y el demócrata socialista serían perpetuamen- 
te excluidos de las ceremonias del culto, o condena- 
dos a trabajar, como galeotes, en la bailandra du- 
rante el resto de sus días. Quedaban libres para 
elegir lo que más les conviniera. 

A la mañana siguiente, reunida la nación frente 
al Capitolio, izó de nuevo el pabellón británico y 
restauró da tiranía británica. Los nobles entraron 
en la condición de simples ciudadanos. La batata 
fué objeto de una solicitud ardiente, se honró el 
ejercicio de las artes útiles y renació la práctica 
consoladora y saludable de los antiguos ritos. El 
ex Emperador entregó el texto de la ley sobre la 
propiedad, y confesó que lo había substraído sin 
malicia, sólo para utilizar su desaparición como me- 
dio de realizar un vasto designio político. En vista 
de esta confesión, el pueblo restableció en su pues- 

I 9 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

to al Jefe Supremo y le devolvió los bienes confis- 
cados. 

Después de una reflexión madura, el ex Empera- 
dor y el demócrata sociadista optaron por la exclu- 
sión perpetua de las ceremonias del culto, pues en- 
contraron esto menos cruel que el trabajo forzado a 
perpetuidad, con culto divino también a perpetui- 
dad, como ellos decían. Al oír esi'as palabras, el 
pueblo creyó que la razón de los dos reos había su- 
ciunbido a causa de sus desgracias, y juzgó pru- 
dente lencerrarlos. Así se hizo. 

Tal es la historia de ''la adquisición dudosa" de 
Fitcairn. 



i ^ ? 



XVI 

EL VENDEDOR DE ECOS 



¡Desdichado caminante! Su actitud humilde, su 
mirada triste, m ropa, de buena tela y buen corte, 
pero hecha jirones — último resto de un antiguo es- 
plendor — , conmovieron aquella cuerda, solitaria y 
perdida, que llevo en lo más oculto de mi corazón, 
desierto ahora. Vi la cartera que é\ forastero traía 
bajo el brazo, y me dije : 

— ^^i Contempla, alma mía ! ¡ Has caído una vez 
más en las garras de un viajante de comercio ! 

¿Cómo librarme de él? ¡Vano intento! ¿Quién 
se libra de ninguno de ellos? Todos tienen un no 
sé qué, algo misterioso que interesa. 

No me di cuenta de la agresión ; recuerdo sólo 
el momento en que era todo oidbs, todo simpatía 
para escuchar las palabras del hombre de la car- 
tera. 

Su narración comenzaba así : 

— Era yo muy niño, ¡ay!, cuando quedé huérfa- 
no de padre y madre. Mi tío Ituriel era bueno y 
afectuoso. En él encontré un tierno apoyo. Era el 

í 9 5 



M A R K r tV A I N 

Único pariente con que yo contaba en esta inmensa 
soledad de la tierra. Mi tío poseía bienes de fortu- 
na y disponía de ellos generosamente. No sólo me 
educó, sino que satisfizo todos mis deseos, o por lo 
menos, me proporcionó los goces que pueden com- 
prarse con oro. 

Terminados mis estudios, partí para hacer un 
viaje por el extranjero. Iba acompañado de un se- 
cretario y de un ayuda de cámara. Durante cuatro 
años, mi alma sensible fué una mariposa que re- 
voloteó por los jardines maravillosos de las playas 
lejanas. ¿Me perdonará usted el empleo de esta ex- 
presión ? Soy un hombre que siempre ha hablado el 
lenguaje de la poesía. En esta ocasión me siento 
más libre para hablar así, poixjue en ios ojos de 
usted adivino una chispa del fuego divino. Viajan- 
do por líos países lejanos, mis labios probaron la 
ambrosía encantadora que fecunda el alma, el pen- 
samiento y el corazón. Pero lo que sobre todo me 
interesó, lo que solicitó el amor que mi naturaleza 
tributa a lo bello, fué la costumlbre que tienen los 
ricos de odleocionar objetos elegantes y raros. Y así 
fué como en una hora funesta sugerí a mi tío Itu- 
riel la idea de que se dedicara al pasatiempo exqui- 
sito del coleccionista. 

Le escribí una carta en la que mencionaba ¡la co- 
lección de conchas formada por un caballero, y otra 
de pipas de espuma de mar. Refería mi visita a 
un nabab que tenía millares de autógrafos indes- 
cifrables, de esos que adora un espíritu natural- 

I 9 6 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

mente dispuesto a las cosas nobles. Y ¿^radual- 
inente mi correspondencia fué de un interés cada 
vez mayor, pues no había carta en que no mencio- 
nase 'las chinas únicas, los millones de sellos pos- 
tales, los zuecos de campesinos de todos los países, 
los botones de hueso, las navajas de afeitar... Tar- 
dé poco en darme cuenta de que mis descripciones 
habían producido los frutos que yo esperaba de 
ellas. Mi tío empezó a buscar un objeto digno de 
interesarle como coileccionista. Usted sabe, sin duda, 
\¿ rapidez con que se desarrolla un gnsto de este 
género. El de mi tío no fué gusto; fué furor antes 
de que yo tuviese conocimiento exacto de los avan- 
ces de aquella pasión dominadora. Supe que mi tío 
no se ocupaba ya en su gran establecimiento para 
la compra y venta de puercos. Pocos meses después 
se retiraba de los negocios, no para descansar, no 
para recibir el premio de sus afanes, sino para con- 
sagrarse, con una rabia delirante, a la busca de ob- 
jetos curijC^os. He dicho que mi tío era rico ; pero 
debo agregar que eira fabulosamente rico. Puso toda 
su fortuna al servicio de la nueva afición que lo 
devoraba. Comenzó por coleccionar cencerros. En 
su casa, que era inmensa, había cinco sa'lones llenos 
de cencerros. Se diría que en aquella colección ha- 
bía ejemplares de todos los cencerros del mundo. 
Sólo faltaba uno, modelo antiquísimo, propiedad de 
otro coleccionista. Mi tío hizo ofertas enormes por 
ese precioso cencerro; pero el rival no quiso des- 
prenderse de su tesoro. Ya sabe usted la consecuen- 

J 9 7 



M A R K T W A I N 

cía de esto. Colección incompleta es colección en- 
teramente nula. El verdadero coleccionista la des- 
precia ; su noble corazón se despedaza ; pero, asi y 
todo, vende en un dia lo que ha reunido en veinte 
años. ¿Para qué conservar una causa de tortura? 
I^refiere volver su mente hacia un campo de acti- 
vidad, virgen ai'm. 

Esa fué la resolución que tomó mi tío cuando vio 
que era imposible adquirir el cencerro fmal. Colec- 
cionó ladrillos. Formó un lote colosal, del interés 
más palpitante. Pero volvió a presentarse la misma 
dificultad, y volvió a romperse el corazón del gran- 
de hombre. Un dia vendió su colección al afortu- 
nado bolsista que, después de retirarse de los ne- 
gocios, tuvo la dicha de adquirir d ladrillo único, 
eí que sólo existía en su museo. Mi tío probó en- 
tonces las hachas de sílex y otros objetos que re- 
montan a la época del hombre prehistórico ; pero 
casualmente descubrió que la misma fábrica de an- 
tigüedades proveía a otros coleccionistas en condi- 
ciones idénticas. ¿Qué hacer? Se refugió en las 
inscripciones aztecas y en las ballenas disecadas. 
Nuevo fracaso, después de fatigas y gastos increí- 
bles. Cuando su colección parecía perfecta, llegó 
de Groenlandia una ballena disecada, y a la vez se 
recibió de la América Central una inscripción que 
dejaban reducidas a cero todas las adquisiciones an- 
teriores de mi tío. Este hizo esfuerzos inimagina- 
bles para quedarse con la ballena y con la inscrip- 
ción. Logró, en efecto, adlquirír la ballena; pero 

I Q 8 



NARRACIONES HU MORÍS TI CAS 

otro aficionado se adueñó de la inscripción. Sabéis 
que un auténtico jeroglífico azteca es de tal valor, 
que si alguien llega a adquirirlo, antes sacrificará 
su familia que perder tal tesoro. Mi tío vendió las 
inscripciones, inútiles por falta de la inscripción de- 
finitiva. Su encanto se había desvanecido. En una 
sola noche, el cabello de aquel hombre, que era ne- 
gio como el carbón, se quedó más blanco que la 
nieve. 

j\Ii tío reflexionó. Un nuevo desengaño lo mata- 
ría. Resolvió entonces tomar como objeto de su ex- 
periencia algo que nadie co'leccionara. Pesó cuida- 
dosamente el pro y el contra de la decisión que iba 
a tomar, y una vez más bajó a la arena par?, luchar 
con denuedo. Se había propuesto hacer una colec- 
ción ¿e^jÉCOS. 

— ¿E>c qué? — pregunté. 

— 'De ecos, señor; de ecos. Primero compró un 
eco en Georgia. Era un eco de cuatro voces. Des- 
pués compró uno de seis en Maryland. Hecho esto, 
tuvo la fortuna de encontrar uno de trece repeti- 
ciones en Maine. En Tennessee le vendieron, muy 
barato, uno de catorce, y se lo vendieron barato 
porque necesitaiba reparaciones, pues una parte de 
la roca de reflexión estaba partida y se había caído. 
Supuso que, mediante algunos millares de dólares, 
podría reconstruir la roca y elevarla para aumentar 
su poder de repetición. Desgraciadamente, el ar- 
quitecto no había hecho jamás un solo eco, y en 
vez de perfeccionar el de mi tío, lo echó a perder 

? 9 9 



M A R K T IV A I N 

completamente. Antes de que se emprendiera el tra- 
bajo, el eco hablaba más que una suegra; después 
podía confundírsele con una escuela de sordomudos. 
Mi tío no se desanimó y compró un lote de ecos de 
dos golpes, diseminados en varios Estados y terri- 
torios de la Unión. Octuvo un descuento del 20 por 
100, en atención a que compraba todo el lote. La 
fortuna enipezó a sonreírle, pues encontró un eco 
que era un cañón Krupp. Estaba situado en el Ore- 
gón, y le costó una fortuna. Usted sabrá, sin duda, 
que en el mercado d-e ecos, la escala de precios es 
acumulativa, como la escala de quilates en los dia- 
mantes. Las expresiones son casi las mismas en 
uno y otro comercio. El eco de un quilate vale diez 
dólares más que el terreno en que está situado. Un 
eco de dos quilates, o voces, vale treinta dólares, 
más el precio d'el terreno ; un eco de cinco quilates 
vale novecientos cincuenta dólares; uno de diez, 
trece mil dólares. El eco que mi tío tenía en el Ore- 
gón, bautizado por él con el nombre de "Eco Pitt", 
porque competía con el célebre orador, era una pie- 
dra preciosa de veintidós quilates, y le cesto ciento 
diez y seis mil dólares. El terreno salió libre, porque 
estaba a cuarenta millas de todo lugar habitado. 

Yo entretanto 'había seguido un sendero de rosas. 
Era el afortunado pretendiente de la única y be- 
llísima hija de un lord inglés, y estaba locamente 
enamorado. En la cara presencia de la beldad, mi 
existencia era un océano de ventura. La familia 
nK recibía bien, pues se sabía que yo sería el único 

S Q Q 



N A R R ACIO N E S II U M O R I STIC A S 

heredero de mi tío, cuya fortuna pasaba de cinco 
millones de dólares. Por otra partee, todos ignorá- 
bamos que mi tío se 'hubiese hecho coleccionista, 
o por lo menos, lo creíamos poseído de una afición 
inofensiva, hija del deseo de buscar las emociones 
del arte. 

Pero sobre mi cabeza inocente se acumulaban 
las nubes temipestuosas del infortunio. Un eco su- 
blime, conocido después en él mtindo con el nom- 
bre del Ko'hinoor o *' Montaña de la Repetición 
Múltiple", acababa de ser descubierto por los ex- 
ploradores. ¡ Era una joya de sesenta y cinco qui- 
lates ! Parece fácil decirlo. Pronunciaba usted una 
palabra, y si no había tempestad, oía usted esa pa- 
labra durante quince min-utos. Pero aguarde usted. 
A lia vez surgió otro hecho. ¡ Había un rival ! Cier- 
to coleccicwiista se levantaba frente a mi tío, en 
actitud amenazadora. Ambos se precipitaron ipara 
concluir aquel negocio único. La propiedad se com- 
ponía de dos colinas, con un valle de poca profun- 
didad que las separaba. Quiso la suerte que los 
dos compradores llegaran simultáneamente a aquel 
paraje remoto del Estado de Nueva York. Mi tío 
ignoraba la existencia y (pretensiones de su enemi- 
go. Para mayor desgracia, eíl eco era de dos pro- 
pietarios : el Sr. Williamson Bolívar Jarvis poseía 
la colina oriental, y la otra estaba situada en un 
terreno del Sr. Harbison J. Bliedso. La línea divi- 
soria pasaiba por la cañada intermedia. Mi tío com- 
pró la colirta de Jarvis por tres millones doscientos 

3 a { 



M A R K T W A I N 

ochenta y cinco mid dólares ; en el mismo instante, 
e^ rival compraba la colina de Bledso por una suma 
algo mayor. 

No le será a usted muy difícil hacerse cargo de 
1j que seguiría. La mejor y más admirable colec- 
ción de ecos se había truncado para siembre, mu- 
tilado como estaba d rey de los ecos del universo. 
Ninguno de los dos coleccionistas quiso ceder, y 
ninguno de los dos consideraba de valor la parle 
de eco que había adquirido. Se profesaron desde 
entonces un odio cordial; disputaron; hubo ame- 
nazas por una y por otra parte. Finalmente, el co- 
leccionista enemigo, con una maldad que sólo es 
concebible en un coleccionista, y eso cuando quiere 
dañar a su hermano en aficiones, empezó a demo- 
ler la colina que había comprado. 

Quería todo el eco para sí ; nada dejaría en ma- 
nos del enemigo. Quitando su colina y llevándose- 
la, el eco de mi tío quedaría sin eco. Mi tío pre- 
tendió oponerse. El malvado repuso: 

— Soy propietario de la mitad del eco, y me place 
suprimirla. Usted es dueño de la otra mitad, y 
puede hacer con ella lo que le convenga. 

La oposición de mi tío fué llevada ante un tri- 
bunal. La parte contraria apeló ante un tribunal de 
ordien más elevado. De allí pasó el asunto a un 
tercer tribunal, y así sucesivamente hasta llegar a 
la Corte Suprema de los Estados Unidos. Esto no 
dio claridad al negocio. Dos de los magistrados del 
Tribunal Supremo dictaminaron que un eco c, 

2 2 



NARRACIO N ES HUMORÍSTICAS 

propiedad muebk, por no ser visible ni palpable. 
Se le puede vender y cambiar; se le puede impo- 
ner una contribución, independientemente del fun- 
do en que produce su sonido. Otros dos magistra- 
dos opinaron que un eco es inmueble, pues no se 
le puede separar del terreno a que se halla adhe- 
rido. Los miembros que no eran de uno u otro pa- 
recer, declararon que un eco no constituye propie- 
dad mueble o inmueble, y que no se le puede hacer 
objeto 'lícito -de un contrato. 

La resolución final dejó establecido como verdad 
legal que el eco es propiedad y las colinas tam- 
bién ; que los dos coleccionistas eran propietarios, 
distintos e independientes, cada uno de la colina 
que había comprado, pero que el eco es una pro- 
piedad indivisible, por lo que el demandado tenía 
pleno derecho para la demolición de su colina, 
ipuesto que le pertenecía en plena propiedad, si 
bien debía pagar una indemnización calculada so- 
bre la base de tres millones de dólares por los da- 
ños que pudieran resultar a la parte de eco perte- 
neciente al demandante. En el mismo fallo se pre- 
venía a mi tío que no podía hacer uso de la colina 
de la parte contraria para la reflexión de su eco 
sin el consentimiento del interesado. Si el eco de 
mi tío no funcionaba, el Tribunal lo sentía mucho, 
pero no podía remediar la situación, derivada de 
un estado de derecho. A su vez él otro propietario 
debía abstenerse de emplear la colina de mi tío con 
el mismo fin de reflejar sonidos reflejados primero 

2 O o 



M A R K T W A I N 

por su propia colina, a menos que se le diese el 
consentimiento del caso. 

Naturalmente, ninguno de los dos quiso dar ese 
consentimiento en favor del vecino y adversario. 
El noble y tnaravilloso eco, soberaaio de todos los 
ecos, dejó de resonar con su voz grandiosa. La 
inestimable propiedad quedó sin uso ni valor. 

Faltaba una semana para la boda, y estaba yo 
más engolfado que nunca nadando en el piélago de 
mi ventura, cuando llegó la noticia de la muerte 
de mi tío. Toda la Nobleza de los alrededores y de 
otras muchas partes del reino se preparaba para 
asistir a mi unión con la hija del ilustre conde. 
Pero i ay ! mi bienhechor había desaparecido. To- 
davía hoy siento el corazón atribulado recordando 
aquel momento. A la vez que la noticia de la de- 
función, llegó él testamento del difunto. Yo era su 
heredero universal. Tendí el pliego al conde para 
que lo leyera. Yo no podía hacerlo, pues el llanto 
nublaba mis ojos. El noble anciano se enteró de 
aquel documento, y me dijo con tono severo : 

— ¿A esto llama usted riqueza? Tal vez lo sea 
en el vanidoso país de donde usted procede. Veo, 
caballero, que la única 'herencia de usted es u^a... 
inmensa colección de ecos, si se puede llamar co- 
lección algo que está disperso en todo un conti- 
nente. Aún hay más : las deudas de usted le llegan 
hasta arriba de las orejas. Todos los ecos están 
hipotecados. Yo no soy duro ni egoísta, pero debo 
velar por el porvenir de mi hija. Si usted fuera 

5 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

dueño siquiera de un solo eco libre de todo grava- 
men, si pudiera usted retirarse con mi hija a vivir 
tranquilo en un rincón apartado y ganar el susten- 
to cultivando humilde y penosamente ese eco, yo 
daría de buena gana mi consentimiento para el 
matrimonio ; pero usted está en las fronteras de la 
mendicidad, y yo sería un criminal si le diera a mi 
hija. Parta usted, calballero. Llévese usted sus ecos 
hipotecados, y le ruego que no se presente más en 
esta casa. 

Celestina, la encantadora y noble hija del conde, 
lloraba desconsoladamente, y se colgaba de mi cue- 
llo con sus amantes brazos. Juraba que se casaría 
conmigo, aunque yo no tuviese el eco más insigni- 
ficante en este mundo. Sus ruegos, sus lágrimas, 
su desesperación fueron inútiles. Se nos separó. 
Ella languidecía en su hogar, y un año después 
dejaba de existir. Yo, triste y solo, arrastrándome 
penosamiente por el camino de la vida, busco el 
reposo que nos reúna en el reino de los bienaven- 
turados. Allí la maldad no tiene imperio ; allí los 
desgraciados encuentran la morada de la paz. Si 
quiere usted dirigir una mirada a estos planos que 
traigo en la cartera, podrá adquirir un eco en me- 
jores condiciones que cualquiera de los que le 
ofrezcan en el mercado. Aquí hay uno que costó 
diez dólares hace treinta años. No hay maravilla 
igual en Tejas. Se la dejaré a usted por... 

— Permítame usted que le interrumpa. Hasta 
este momento, querido amigo mío, mi existencia 

205 



M A R K T W A I N 

ha sido un continuo martirio, causado por los 
agentes viajeros. He comprado una máquina de 
coser que no necesitaba, puesto que soy soltero. 
He comprado vma carta geográfica que contiene 
falsedades ¿hasta en sus datos más insignificantes. 
He comprado una campana que no suena. He com- 
prado veneno ipara las ratas, y éstas lo prefieren a 
cualquiera otro alimento, pues las engorda más que 
el mejor queso de Flandes. He comprado una infi- 
nidad de inventos impracticables. Es imposible 
sufrir más de lo que he sufrido. Aun cuando me 
regale usted sus ecos, no los quiero. ¿Ve usted ese 
fusil? Lo tengo para los viajantes de comercio. 
Aproveche usted la oportunidad, y huya antes de 
que la cólera me ciegue. No quiero derramar san- 
gre humana. 

El sonrió dulcemente, con expresión de profun- 
da tristeza, y entró en consideraciones de orden 
filosófico. 

— Usted sabe — me dijo — ^que quien abre su 
puerta a un viajante de comercio, debe sufrir las 
consecuencias. El mal está hecho. 

Discutimos, pues, durante una hora, y al cabo de 
ella, yo acabé por transigir. Compré un par de 
ecos de dos voces cada uno, en condiciones que no 
eran del todo malas. Para mostrarme su gratitud, 
el viajante me dio otro eco que, según me dijo, no 
tenía salida, pues sólo hablaba alemán. Había sido 
políglota, pero quedó reducido a aquel idioma gu- 
tural por desperfectos en el órgano de reflexión. 

206 



XVII 

EL HÉROE DE LUCRECIA BORGIA 

(novela militar) 

Prólogo. 

Ttngo la honra de contarme entre los más fer- 
vientes admiradores de las deliciosas novelas a que 
ha daldio ocasión la última guerra, y que son tan po- 
pulares en nuestro país (i). Esas encantadoras na- 
rraciones brotan como hongos, especialmente desde 
hace tres meses. Yo no quise quedarme atrás, y con- 
sagré mis afanes a este género literario. He aquí 
el fruto de un esfuerzo perseverante. Mis lectores 
pueden estar completamente seguros de la verdad 
que anima cada una de las páginas de esta novela 
militar. Para lograr la más perfecta exactitud his- 
tórica, he acudido con toda solicitud a los preiciosos 
documentos que se custodian en el Departamento 



i) El autor se r«fi«rt a la Guerra Separatista d« /©< E. tados lloidos (1861- 
20: 



M A R K T W A I N 

de Guerra, en Wás'hington. Confesaré, y no tengo 
inconvemente en hacerlo paladinamente, que más 
de una vez he extractado copiosamente la obra de 
Jomini El Arte de la Guerra, que es clásica en la 
materia, y confesaré también que me he servido de 
la compilación de los Mensajes Presidfnciales y de 
sus Documentos Anexos, que son una mina para los 
eruditos. Una novela como esta no podría escribir- 
se sin contar con tantos y tan preciosos elementos 
de información, pues no quiero aventurarme ha- 
ciendo afirmaciones infundadas. 

Debo dar las gracias a la Compañía de Tel^ra- 
fos Transconitinentales, por haber ipuesto sus líneas 
a mi disposición para el mejor éxito de esta impor- 
tante empresa literaria, y, sobre todo, por el des- 
interés de esa Compañía, pues sólo me cobró los 
precios de tarifa ordinaria en la transmisión de los 
mensajes que fué necesario expedir para llevar a tér- 
mino la ardua labor que yo había acometido. 

Finalmente, es para mí muy satisfactorio expresar 
mi reconocimiento a todos aquellos amigos míos que 
ya con' sus consejos, ya con actos positivos, han 
contribuido durante tres meses a facilitar la ejecu- 
ción de mis propósitos, sin desmayar hasta ver ter- 
minado El Héroe de Lucrecia Borgia. 

Los nombres de esos amigos míos son muy nu- 
merosos y no puedo mencionarlos aquí; pero apro- 
vecho la oportunidad para darles las gracias por 
este medio. 



2 o 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Capitulo primero. 

Era una mañana balsámica de la primavera de 
1861. El pdétijco pueb'lecillo' de Bostezón, en Mas- 
sachusetts, se engalanaba con el esplendor de un 
sol que acababa de surgir en el oriente, g^naldo 
de Whittaker, dependiente de confianza de la casa 
Bushrod y Ferguson; salía de su lecho. Reginaklo 
era el dependiente de confianza de la negociación. 
Agregaremos que era el dependiente único. La casa 
en que servía era un establecimiento mixto que 
negociaba en víveres, ropa y otros artículos. Ade- 
más, tenía a su cargo el reparto de la corresponden- 
cia, por no haber oficina de Correos en Bostezón. 
El lecho de Reginaldo estaba debajo del mostrador. 

Nuestro héroe se desperezó, bostezó varias ve- 
ce.'^, tomó un barreño y empezó a regar el pavimen- 
to de la tienda. Después la barrió escrupolosamente. 
Antes de termiínar aquella tarea preliminar de su 
jornada, se dejó caer sobiiQ un barrilete de clavos, y 
al parecer, meditaba o soñaba. 

— Ha despuntado el alba del último día que pa- 
saré en este barracón — dijo para sí el joven depen- 
diente — . ¡ Cuál va a ser la siorpresa de mi amada 
cuando le diga que he sentado plaza de soldado I 
¡ Oh, encanto mío, estarás orgullosa de tu Regi- 
naldo ! 

Su imaginación anticipaba toda suerte de aconte- 
cimientos bélicos. Ya era el héroe de mil aventuras 
extraordinarias; ya el hombre cuya fama comienza- 

2 o 9 14 



M A R K T W A I N 

ba a asomar en el ¡horizonite de la glioria ; ya, por úl- 
timo, el favorito de la Fortuna. Volvía a sii casa, a 
su pueblo, tostado por el sol, cubierto de lauros, 
vistiendo el uniforme de Brigadier, para depositar 
toda su grandeza a los pies de la incomparable, de 
la divina Lucrecia Borgia Smith. 

Un estremecimiento de orgullo y de júbilo sa- 
cudió todo su sistema nervioso; pero en aquel mo- 
miento d-e exaltación, bajó los ojos, vio la escoba que 
empuñaba, y sus mejillas se cubrieron de rubor. 
Dando vuelcos, cayó de las nubes que su fantasía ba- 
bía estado formando, y la realidad le dijo con voz 
despiadada que no era sino un humilde depenid'itmte, 
con un sueldo de des dólares y m^dio por semana. 

Capitulo segundo. 

Esa noche, a las ocho, Rcginaldo estaba en el re- 
cibimiento del Sr. Smith, aguardando la presencia 
de Lucrecia Borgia, El corazón de Reginaldo pal- 
pitaba de 'Orgullo, pues anticipaba el efecto que la 
noticia de su resolución produciría en el pecho de la 
mujer amada. Ella entró en el salón. Reginaldo se 
levantó cortésmente, y salió al encuentro de Lucrecia 
Borgia. La antorcha del amor iluminaba los ojos 
del apasionado joven, pues la llevaba interiormente, 
en algún repliegue de su volcánico cerebro. Regi- 
naldo murmuró: 

— ^¡Alma mía! 

Y abrió los brazos para recibir en ellos a su pro- 
metida. 

a t o 



N ARE A CIO N E S H U MORÍ STIC AS 

— ^¡Caballero! — exclamó Lucrecia Borgia. 

Y sin decir una palabra más, sin una mirada, sin 
un giesto, rígida como el mármol, y altiva como urna 
reina ultrajada, se irguió en medio de aquella es- 
tancia, impidiendo con esa actitud las tiernas efusio- 
nes dd amante. 

Reginaklo permaneicía mudo de asombro. ¿Qué 
significaban esa altivez, esa mirada de indignación, 
esa distancia que Lucrecia Borgia ponía entre am- 
bos ? ¿ En dónde estaban la ternura, el alegre y cor- 
dial recibimiento con que ella salía siempre al en- 
cuentro de Regiinaldo? x\sí como la nube que vela 
repentinamenite la faz del sol, arrebata al paisaje 
sus encantos esplendorosos, Reginaldo sintió que 
la cólera de Lucrecia Borgia llevaba las sombras a 
su lacerado pecho. El infortunado joven pasaba por 
uno de esos miotmentos de desesperación infinita que 
nos recuerda la del viajero cuando cae de un barco 
a media noche, y se encuentra perdido en la exten- 
sión salobre, con la horrible certidumbre de que no 
se ha notado su desaparición en el raudo bajel, cuyo 
contomo va esfumándose entre la siombra. Quiso 
pronunciar algunas palabras, pero sus labios pálidos 
se negaron a obedecerle y a cumplir con su deber. 
Al cabo, pudo murmurar : 

— ¡Oh, Lucrecia! ¿Cuál es mi crimen? ¿Qué pa- 
sa? No comprendo la causa de esta cruel esquivez. 
¿Ya no amas a tu Reginaldo? 

Los labios d^e la joven se contraj^eron en una ex- 

2 11 



M A R K r W A I N 

presión sarcástica, y contestó dando a sus palabras 
el acento de la mofa : 

— ¿ Se me pregunta si ya no amo a mi Reginaldo ? 
No ; ya no lo amo. Ya no puedio amarlo. No amo a 
quien prefiere estar en el tugurio del sórdido inte- 
rés, con la mieizquina vara de medir en la mano. No 
amo a quien se pont algodón en los oídos para no 
oír la voz de la Patria que llama a sus valientes y los 
invita a empuñar las armas. ¡ Fuera ! 

Y sin advertir el; relámpago que reventaba en los 
ojos del joven ooinierciante, salió de aquella escan- 
cia, y cerró tras 'sí la puerta, con el estrépito de la 
indignación. 

¡ Por qué no aguardó un momento tmás ! Un mo- 
mento más habría bastado para que Reginaldo le 
comunicara que ya había dado oídos a !a orden im- 
periosa de la Patria, y que ya había firmado su en- 
ganche en la o<ficina de reclutamiento. ¡ Instante id- 
tal ! Sin la precipitación con que se desenvolvieron 
los sucesos, aquella novia, perdida acaso para siem- 
pre, habría caído en sus brazos, con palabras de en- 
comio para el heroico Reginaldo, y de patriótica gra- 
titud ;por su iniciativa generosa. Reginaldo dio un 
paso para llamar a Lucrecia Borgia ; pero en aquel 
momento decisivo pudo más el sentimiento de su 
propio decoro. Recordó que ya no era un afeminado 
estudiante en el plantel de Mercurio. S'U alma gue- 
rrera se negó a pedir cuartel. Salió con paso mar- 
cial, y no volvió la cara para saber si Lucrecia Bor- 
gia lo seguía con mirada anhelante. 



/\' A R R A C I ONÉ S H V J/ O R I S T 1 C A S 



Capitulo tercero, 

A la siguiente iniiañana, cuando Lucrecia Borgia 
despertó en &u lecho, una lejana música de pifanos 
y tamíbores llegó a sus oídos, llevada por las suaves 
alas de la brisa (primaveral. Aguzó el oído y pudo 
advertir que Ja música se hacía cada vez más con- 
fusa, hasta que se perdieron sus últimas notas en 
la lejanía. Lucrecia Borgia decía para sí: 

— ^¡Qué ventura la mía si Reginaldo se encontra- 
ra entre los reclutas ! ¡ Cuan inmienso sería mi aimor ! 

En el transcurso del día, Lucrecia Borgia recibió 
la visita de una señora. Está» habló de todos los tó- 
picos locales, y por último dijo : 

— Reginaldo de Whittaker parecía estar abatido, 
y no contestó a los vivas con que fueron aclamados 
él y sus com,pañeros. Creo que usted, señorita Lu- 
crecia, sólo el pensamiento de Ja ausencia de usted, 
es la causa de la tristeza del joven Reginaldo. Ano- 
che lo vi cuando venía a dar la noticia de su engan- 
che, y me dijo que usted se enorgullecería de saber- 
lo... ¡Qios Santo! ¿Qué le pasa a esta niña? 

Nada. Había caído sobre su corazón la onda fría 
del desaliento. La palidez mortal de su rostro era 
el telegrama revelador del interno cataclisimo. Se le- 
vantó sin decir una sola palabra, y salió del recibi- 
miento. Cuando llegó a la sagrada e invi'iolable re- 
clusión de su alcoba, un torrente de lágrimas brotó 
de los ojos de la infeliz y apasionada Lucrecia. Di- 

2 I 3 



M A k K T W A 1 Ñ 

rigiase amargos reiproches por la insensata precipi- 
tación con que (había procedido la víspera y por las 
palabras crueles con que recibió al abnegado Regi- 
naldo cuando éste le llevaba una noticia que era ei 
anhelo de su altivo corazón. ¡ Pensar que ya estaba 
alista'd'o bajo los pliegues de la bandera bélica, y que 
iba a luchar como paladín de la mujer amada, cuan- 
do ésta, iperdida o anublada la razón, lanzaba palabras 
de sarcasmo contra el heroico joven! ¡Ay! Otras 
tendrían soldados fieles en los gloriosos campos de 
batalla, y podrían externar su tierna solicitud por 
aquellos valientes, (mientras ella, a causa de su or- 
gullo, no hallaría un representante en las lides 
guerreras ! Volvió a llorar, o más bien, reanudó el 
llanto en el punto donde lo había dejado anteriui- 
mente. Casi llegó a pronunciar enérgicas interjec- 
ciones, propias cleí la desesperación. No las pronun- 
ció, s/in embargo, y la voluntad selló sus. púdicos la- 
bios. 

Durante mucho tiempo, Lucrecia Borgia alimentó 
en secreto su honda 'pena. Las rosas de sus mejillas 
paVidecían. Una esperanza le quedaba : el amor, 
aquel amor tan vehemente y tan puro, renacería en 
el corazón de Reginaldo. El correo le llevaría una 
carta del amado. Pasaron, sin embargo, los largos y 
tediosos días del verano. La carta de Reginaldo no 
llegaba. En todos los periódicos no se hablaba sino 
de las proezas de la guerra. Las columnas de infor- 
mación contenían copiosos datos de todas las bata- 
llas y de todos los encuentros. Lucrecia Borgia leía 

2 i 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

con avidez las cróníi'cas y revistas de los correspon- 
sales, los telegramas del Estado Mayor, los datos 
del Departamiento de Guerra, los reimitidos, todo, en 
suma, lo que podía llevarle un rayo d-e luz. Pero 
nada : la iuz no llegaba. El nomibre de Reginaldo no 
aparecía en aquella catarata de noticias. Las Tágri- 
mas de la amante Lucrecia Borgia Sniith caían so- 
bre las apretadas líneas del ,periódico. En su cora- 
zón había siempre un- puñal que ahondaba la heríxla. 
Sus primas y sus amigas recibían cartas de ios no- 
vios. En esas cartas se hablaba de ReginaldO'. Todas 
lo pintaban triste, sofmbrío, desesperado, dispuesto 
a morir en lo más recio de la batalla, ennegrecido por 
la pólvora, avanzando -entre torrentes de fuego, llu- 
vias de balas y tempestades de metralla; avanzando, 
avanzando, como sü un hado invisible protegiera su 
existencia. 

Un día, por fin, entre los nombres de una lar- 
guísima lista de muertos y heridos, Lucrecia Bor- 
gia Smith halló esta mención : 

R, D. ¡VJiiftakcr, soldado raso, herido de gra- 
vedad. 

La joven cayó pesadamente sobre el pavimento. 



Capítulo cuarto. 

Estamos en Washington. Nos encontramos fren- 
te a un lecho del hospital militar. En ese lecho yace 
un soldado. Una espantosa herida en la parte infe- 

2 I S 



M A R K T ¡V A I N 

rior de la cara, hace indisptpsable d más volumi- 
noso de los vendajes. Apenas si se le ve tal o cual 
espacio de aquel rostro, allí donde las balas enemi- 
gas no han dejado su huella fatal. ¿Quién está a 
su cabecera? ¿Quién puede ser sino Lucrecia, Lu- 
crecia Borgia, Lucrecia Borgia Smith, para decirlo 
de una vez? Nuestros lectores lo hnbrán adivinado. 
Muchos días antes, la infeliz Lucrecia, pálida v 
acong^ojada, encontró en su abnegación fuerzas bas- 
tantes para buscar e identificar al soldado herido 
que mencionaba la voz imparcial de la prensa. To- 
das las mañanas, Lucrecia Borgia se presenta en 
el hospital, y todas las noches salía de allí. Durante 
el día prestaba una asistencia asidua al héroe. El 
cirujano lo vendaba por la mañana, y Lucrecia re- 
cibía al herido de manos del cirujano. La enfer- 
mera y el herido no cambiaban una sola palabra. 
No podían cambiar palabras, puesto que toda la 
quijada del infeliz había sido destrozada por las 
balas del enemigo. Esto impedía que la asistencia 
abnegada de Lucrecia arrancase una expresión 
afectuosa de aquellos labios amados y vendados. 
Con todo, Lucrecia Borgia permanecía en su pues- 
to valerosamente, sin pronunciar una sola queja, sin 
murmurar una protesta. El día en que Reginaldo 
fuese dado de alta, sonaría la hora de la recompensa, 
de la ternura y del idilio, premio de tanta abne- 
gación. 

En el momento que hemos escogido para abrir 
este capítulo, Lucrecia siente r.n tumulto de júbilo 

216 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

en su corazón. El cirujaiiio ha dicho que su Reginal- 
do, que su Whittaker podrá verse hbre de las ven- 
das superiores. Ella aguarda con ansia feíbril el 
instante dichoso de la visita del doctor, para que 
éste proceda a descubrir el rostro idolatrado. El 
cirujano llega, y Lucrecia, con ojos radiatntes y co~ 
razón agitado, se inclina sobre el lecho para pre- 
senciar la maniobra quirúrgica. Cae una venda, cae 
otra, cae una tercera venda. Cae la última venda. 
El rostro adorado recibe \\ 'uz del día. 

— Amor mío, mi Reg... 

¡Qué cuadro! Los ojos de la dulce Lucrecia Bor- 
gia se nublan. No; no es posible. ¿Qué ves, pobre 
Lucrecia ? 

¡Infeliz Lucrecia! Se cubre los ojos con una ma- 
no, y con la otra procura sostenerse en una silla. 
Su cuerpo vacila. Su garganta emite un sonido sor- 
do, expresión de honda, inenarrable angustia... 

Pronto sucede a la desesperación un acceso de 
cólera, una cólera fría e irrefrenable. Las manos 
trémulas de la hija del señor Smith sacuden la 
mesa de noche, y hacen bailar los frasco? de las dro- 
gas. Lucrecia exclama, fuera de sí : 

— ¡Tres semanas! ¡Tres mortales semanas, lim- 
piando y cuidando a este sucio sdldado ! ¡ Y no es 
el ¡mío ! 

¡Triste y horrenda verdad! El inocente impos- 
tor, el desdichado herido del hospital era R. D., o 
sea Ricardo Dilworthy Whittaker, de Wisconsin, 
el soldado de Eugenia Le Mulligan, que vivía en 



M A R K T W A I N 

aquel distante Estado. ¿Que tenía de común con 
el soldado de Lucrecia Borgia, sino las iniciales y 
el apellido? 

Tal es la vida. ¿Quién escapa a sus caprichosas 
burlas? Bajemos el telón. Bajémoslo. Dios sabe si 
volveremos a levantarlo, pues el verdadero Regi- 
naldo de Whittaker no aparece ni hay quien dé 
razón de él. 



I « 



XVIII , 
EL ROBO DEL ELEFANTE BLANCO 

PRIMERA PARTIÍ 

— Usted sabe cómo se honi^ al Elefante Blanco 
en el reino de Siam... 

Así comenzó su narración el caballero con quien 
trabé reiacitomes accidientales en un coche de ferro- 
carril. Era un hombre de más de sesenta años. Me 
interesaba su fisonomía, en la que estaban impresos 
los rasgos de la bondad y de la probidad. No era 
posible poner en duda el contenido- de su relación. 
Hela aquí textualmíCnte : 

— Usted sabe cómo se honra al Elefante Blanco 
en Siam. Es un animial consagrado a los reyes, y 
sólo éstos pueden poseerlo. En clertioi modo, está 
sobre los mismos Tv'íyes, puesto que no sólo se le 
honra, sino que se le hace objeto de un culto. 
Pues biicn, durante los últimos conflictos que hubo 
entre la Gran Brctaña y el Gobierno de Siam, por 
aquella cuestión de límites que usted recordará — 

2 I 9 



M A R K T IV A 1 N 

hará de esto cinoo años a lo sumo — , quedó demos- 
trado hasta la evidenícia que la razón estaba de par- 
te de los ingleses. Cuando los siameses concedieron 
las reparaciones que exigía la parte reclamante, el 
ministro ingles 'se dio por satisfecho, y estaba en la 
mejor disposición para tener pior no ocurrido el in- 
cidente. El rey de Sianii quedó encantado, y ya 
para mostrar su gratitud, ya para borrar las últi- 
mas huellas del descontento que había creado la 
cuesitión, quiso enviar un regalo a la reina, pues se- 
gún las ideas orientales, ese es el mejor mcdifo de 
borrar las huellas de un enojo entre amigos. Se tra- 
taba de un regalo regio ; más aún : transcendental- 
mente regio. Ahora bien, el mejor de los obsequií'^s, 
el obsequio ideal, no podía ser sino un Elefante Blan- 
co. El puesto que yo iccupaba en la administración 
de la India, me señalaba como la persona más pro- 
pia para llevar el regalo y ponerlo a la vista, ya que 
no en las manos de Su Majestad. El Gobiernio de 
Siam fletó un barco especial para mí y mi conTÍtiva, 
para el Elefante Blanco y los oficiales y servidores 
die la Bestia Sagrada. Lliegamos a Nueva York sin 
contratiempo, y tomé alojamiento, instalándome con 
mi regia comitiva en la vecina ciudad de Jersey. Era 
necesario permanecer allí durante largo tiempo, 
pues el Sacro Animal tenía que recuperar sus fuer- 
zas antes de que pudiera continuar el viaje. 

Los primeros quince días de nuestra permanen- 
cia en la ciudad de Jersey, transcurrieron sin traer 
una sola nube que empañase el cielo de la Comisión 

2 .? o 



N ARR ACIÓN E S H U M O RISTI C A S 

siamesa. Pero una noche fui despertado de mi tran- 
quilo) fétXJí'tño para, saber — ¡ horror de los horrores ! — 
que el Elefante Blanco habia desaparecidoi. El gol- 
pe me dejó abrumado. Mi ansiedad era infinita. ¡ No 
había esperanza! Haciendo fuerzas de flaqueza, 
procuré calmarme y tomar ías determinaciones que 
correspondían, según las indicaciones de mi buen 
juicio. Era ya muy tarde, pero piodría acudir vio- 
lentamente a Nueva York, y dirigirme a un agente 
de la policía, para que éste a su vez me pusiese in- 
mediatamente en contacto con una oficina de agentes 
secretos. 

Por fortuna llegué a tiempo. El famoso inspector 
gieneralB'lunt (i) tomaba su sombrero para mar- 
charse a casa. Era un hombre de estatura mediana 
y ancho tol'so. Cuando se le veía sumergido en el 
mar profundo de sus reflexiones, la manera de frun- 
cir el entrecejo y de darse palmadas en la pensadora 
frente, inspiraba la convicción de que una idea ge- 
nial brotaba en su cerebro. Verle, sentir confianza 
en él y "alimentar esperanzas, fué todo uno. 

Le expuse el objeto de mi visita. Mi declaración 
no hizo el menor efecto en aquella sangre fría de 
hierro. Al oirme, su aspecto era el mismo que si le 
hubiera comunlicado el robo de un perro. Me ofreció 
una silla, y dijo con su calma habitual : 

— Ruego a usted que me permita reflexionar un 
momento. 

(i) Obtuso, romo. 



M A R K r W A I N 

Tomó asiento frente a su escritorio, ap03'ó en él 
los codos, y 'la cabeza en la palma de la mano. El 
ruido de las .plumas de dos o tres empleados que 
escribían en el otro extremo de la amplia oficina, 
era .el údico ruido que se oía en ella. Pasaron seis o 
siete minutos. El Inspector general estaba sumido 
en hondas meditaciones. Levantó por fin la cabeza. 
La línea firme de su rostro indicaba el fin de un fruc- 
tuoso trabajo interior. Eil plan se había formado en 
el cerebro del Inspector. Entonces, con voz ¿muy 
baja, y más ámpresionante por lo mismo, habló de 
esta manera: 

— El caso no es de ocurrencia díiaria. Todos los 
pasos que demos serán guiados por la prudencia. 
No levantaremos el pie sin asegurarnos de que va- 
mos a ponerlo sobre terreno sólido. Guardemos d 
secreto, un secreto profundo y absoluto. No coimiu- 
ñique usted el hecho a alma viviente. Deben igno- 
rarlo hasta los periodistas. Yo me encargo de ellos, 
y no les diré sino :1o que convenga para los fines de 
nuestra campaña de investíigación. 

El inspector puso el dedo sobre un timbre eléc- 
trico. Un ordenanza se presentó. 

— Alarico, diga usted a los periodistas que aguar- 
den. 

El ordenanza se retiró. 

— Ahora,- a trabajar. Hagámoslo metódicamente. 
Nuestra profesión exige un (método estricto y mi- 
nudoso. 

Tomó papel y pluma. 

2 2 2 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— ¿Noniibre del elefante? 

— Hassan-beii-Ali-'ben-Selim-^Abdalah-Mohamed- 
Jamset-Sultán-Ebu-Budpur. 

— ^Está bien. ¿ Apodos? 

— El Embrollón, 

— Bien. ¿Lugar de nacimiento? 

— Bangkok. 

— ¿Viven ios padres? 

— No ; han cmfuerto. 

— ¿ Hermanos ? 

■ — Fué hijo único. 

— Perfectamente bien. Basta por lo que a esto se 
refiere. Ahora describa usted el Ei-efante, si tiene la 
bondad, y no omiita detalles, aunque le parezcan in- 
significainites. Para nu(.<stra profesión, ningún detalle 
es insignificante. No se ha conocido aún el detalfé 
que no sea dedisivo. 

Yo describía. El escribía. Cuando terminé, Idijo 
Blunt : 

— Escudhe usted atentamenite, y sírvase corregir 
los errores en que yo haya podido incurrir. 

Y leyó lo que isigue : 

''Altura: Diez y nueve pies. 

"Lonígitud, desde la coronilla de la cabeza hasta 
la inserción de la ¡cola : Veintiséis pies. 

"Trompa : Diez y seis pies. 

"Cola: Seis pies. 

"Longitud total, comprendiendo la cola y la trom- 
pa : Cuarenta y ocho pies. 

"Colmillos: Nueve pies y medio. 

223 



M A R K T W A I N 

^'Orejas : En relación con los colmillos, la trompa y 
la cola. 

"Huella del pie: Semejante a la que deja un barril 
en la nieve. 

"Color: Blanco. 

"Señas particitlares : Abertura del tamaño de un 
plato en cada oreja, para los aretes que se le cue'lgan. 

"Hábitos : Echar agua con la trompa a todo el que 
se le pone delante, aunque sean personas a quienes 
ve por la primera vez. 

"Defectos: Cojea ligeramente de una de las patas 
traseras. Es 'la derecha. 

"Otra seña particular : Cicatriz de antiguo divieso 
en la paleta izquierda. 

"Circunstanicias : En el momento del rabo lleivaba 
una torre de marfil con asientos para quince perso- 
nas, y una gualdrapa de oroi del tamaño de un tapiz 
ordinario." 

Nada tuve que corregir. Todo constaba con exac- 
titud. El Inspector tocó el timbre, dio a Alarico el 
papel con las indicaciones, y ordenó lo que sigue: 

— Diga usted que se imprima esto. Que hagan 
ima tirada de cincuenta mil ejemplares. Hay que en- 
viarlos a todas las casas de préstamos de los Esta- 
dos Unidos, deíl Canadá y de Méjico. 

Alarico se retiró para ejecutar las órdenes del 
jefe. El inspector dijo: ' ' ' 1 

— Naturalmente, habrá que toifrecer una recompen- 
sa. ¿Qué suma fijamos? 

— Usted dirá. 

224 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Creo que para comenzar, podremos partir de la 
suma de veinticinco mil dólares. El niegocio pre- 
senta muchas dificultades. Hay mi'l puertas d/> es- 
cape para los ladrones, y sobre todo, grandísimas 
facilidades para la ocultación. Los ladrones tienen 
amigos y receptadores en todas partes. 

— ¡ Estamois salvados ! Usted l'os conoce. 

La fisonomía prudente y cauta del Inspector no 
dejó adivinar el fondo de sus pensamientos, ocultos 
siempre bajo un velia ímipcnetrable. Yo escuché con 
interés lo siguiente, que acentuaba una expresión 
plácida : 

— Deje usted eso. Los conozxo o no los conozco. 
Generalmente brota en nuestro cerebro la chispa de 
la idea, y adivinamos al autor por el modo de co- 
meter el delito, así como por la importancia del lu- 
cro. Desde luego, esté usted seguro de que el ladrón 
no es un ratero, ni uno de esos infelices que andan 
por l'os mercados. Este objeto no fué robado por un 
apiTudiz. Pero como decía, tomando en considera- 
ción el viaje que; será necesario hacer y la diligen- 
cia con que los ladrones habrán procedido! para ocul- 
tar las huellas, y la que em.plearán para borrar las 
que ulteriormente pudieran dejar, la suma de vein- 
ticinco mil dólares me parece muy moderada. Sin 
embargo, tengámosíla como elementio inicial. 

Fijamos, pues, la cifra qua nos iba a servir de 
punto de partida. El inspector no olvidaba cuanto 
pudiese darnos una indicación preciosa. 

— Hay casos en los anales de la policía — ^dijo — , 

225 13 



M A R K T W A I N 

que demuestran la posibilidad de encontrar a los de- 
lincuentes por su manera de comer. Aquí no se tra^a 
del autor, sino del objeto de este delito. ¿Qué co- 
mía el Elefante? Y si puede, dígame usted,* ¿qué 
cantidad consumía normalmente del aríículo con 
que se alinientiaba, ? 

— Un elefante come todo cuanto se puede coni'T. 
Eso depende muchas veces de las circuiistanc'.a^^. 
Puede comerse a un hiO'mbre, o puede contentar :••:! 
con devorar una biblia. Ponga usted, hombres y 
bibhas. 

— ^Magnífico. Sin embargo, el dato me parece 
muy general. Quiero algunos detalles. No olvide 
usted : el detalle es el hilo de Ariadna en nuestra 
p»rofcsión. El Elefante Blanco devora hombres 
¿Cuántos, más o menos, por comida? Y además, 
necesito saber si los come del día o conservados. 

— Le da lo mismo. En este punto, el animal no 
es exigente. Ponga usted cinco hombres por comi- 
da. Cinco hombres de clase común y corriente. 

— I\luy bien. Cinco hombres por comida. ¿Y de 
qué nacionalidad o raza los prefiere'.^ 

— No tiene preferencias marcadas. Acaso las per- 
sonas coinoeidas; pero no se le ha notado prejuicio 
contra los extraños, y también se los come. 

— Muy bien. Vamos a lo <le las biblias. ¿Cuántas 
biblias puede consumir cu una comida? 

— Puede agotar una edición. 

— El dato no es suficientemente explícito. ¿Habla 

226 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

usted de ediciones ordinarias en 8.", o de ediciones 
ilustradas para familia? 

— Generalmente no le preocupan las ilustracio- 
nes. O, en otros términos, le es indiferente que las 
biblias estén ilustradas o que sean todo texto. 

— Probablemente no me he explicado bien. Me 
refiero al volumen. La edición ordinaria en 8.° pesa 
dos libras y media, mientras que la edición ilustra- 
da en 4.° pesa de diez a doce libras. Precisemos 
más aún. ¿ Cuántas biblias de Gustavo Doré se co- 
mería d Elefante en nn aímuerzo? 

— Si usted conociera al Sacro Animal omitiría 
esa pregunta. No hay biblias que sacien su apetito. 

— Calcule usted en dólares y centavos. Hay que 
precisar. Precisar, tal es nuestro lema. Un ejemplar 
de Gustavo Doré cuesta cien dólares, con encua- 
demación de piel de Rusia. 

— Comprendo. El Elefante necesitaría más o me- 
nos cincuenta mil dólares. Calcule usted una edi- 
ción d(^, quinientas ejemplares. 

— Ya eso es más exacto. Escribo : "Afición es- 
pecial a las biblias." ¿Qué otra cosa? Detalles, de- 
talles. Precisión. 

— líntre biblias y ladrillos, preferirá los ladri- 
llos; entre ladrillos y botellas, preferirá las bote- 
lías. Dejará las botellas por el trapo, y dejará la 
seda si le pi-esentan varios gatos. Dejará los gatos 
si hay ostras. Dejará las ostras si hay jamón. Cuan- 
do haya comido jamón, comerá azúcar. Tal vez 
deje el azúcar para comer pasteles. Dejará los pas- 



M A R K T W A I N 

teles si hay patatas. Dejará las patatas si hay cen- 
teno. Dejará el centeno si hay heno. Dejará el heno 
si hay avena. Dejará la avena si hay arroz. Este es 
su flaco y su fuerte. El arroz ha constituido la base 
de su alimentación. Lo único que no come es man- 
tequilla de Europa; pero creo que aun esto comería, 
si no fuera falsificada. 

— Muy bien. Peso del conjunto de materias que 
ingiere por comida. 

— Digamos... Bueno. De un cuarto de tonelada a 
media tonelada. 

— ¿Y qué bebe? 

— ^En general, todo lo líquido. Ponga usted le- 
che, agua, whisky, melaza, aceite de ricino, aguarrás, 
ácido fénico, petróleo... Ponga usted todos los líqui- 
dos de que haga memoria. Exce])túe usted café de 
Europa. 

— Exceptúo. ¿Cantidad? 

— De cinco a quince barricas. Depende de la es- 
tacióiT. La sed es variable. El apetito es invariable. 

— Estos rasgos no son muy co'munes en la huma- 
nlidad, pues generalmente la cantidad fija de lo quc 
se bebe determina la cantidad variable de lo que ae 
coime. La originalidad servirá para guiarnos en 
nuestras pesquisas. 

Tocó el timbre. 

— Alarico, llanite usted al capitán Burns. 

Llegó Burns. El inspector Blunt le explicó minu- 
ciosamqnte el negocio. Después, con la concisión 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

del que tiene un plan fijo, y con la energía del que 
está habituado al ¡mando, habló asi : 

— Capitán Burns, encargará usted a los agentes 
Jones, Davis, Halsey, Bates y Haket que sigan las 
huellas del Elefante. 

— Asi se hará. 

— Van a ser la sombra del cuerpo de ese ele- 
fante. 

— Asi será. 

— Capitán Burns, encargará usted a los agentes 
Moses, Dakin, Murphy, Rogers, Tupper, Higgins y 
Barthelemy que sigan y persigan a los ladrones. 

— ^Asi se hará. 

— Capitán Burns, esos agentes deberán seguir h 
los ladrones como la sombra sigue al cuerpo. 

— Asi será. 

— Mandará usted que se sitúe una guardia de trein- 
ta hamibres muy escogidos en el lugar donde fué ro- 
bado el Elefante. Otros treinta hombres, también de 
los más escogidos, estarán de imaginaria para rele- 
var y auxiliar a los de guardia. La vigilancia se 
mantendrá noche y día. Dará usted Jas instrucciones 
más severas para que nadie se acerque al lugar del 
delito sin orden escrita de autoridad competente. No 
habrá otra excepción que la de los noticieros de la 
prensa diaria. 

— Se hará. 

— Pondrá usted agentes secretos en las estaciones, 
a bordo de los vapores del puerto y en las lanchas 
de río. Deberán vigilar también todas las carreteras 

229 



M A R K T W A I N 

y avenidas de Jersey Oity. Registrarán los bolsillos 
de toda persona sospechosa. 

— Se hará. 

— Todos los agen'tes llevarán el pliego de señas 
del Elefante y una fotografía del animal. Serán so- 
m^etidos a minucioso registro los barcos, lanchas, 
trenes, coches, carros y carretas que salgan de la 
ciudad. 

— Se hará, 

— Encoutrado el Elefante, se le detendrá y se me 
telegrafiará la noticia inmediatamente. 

— Se hará, 

— Seré informado al linstante si hay huellas del 
animal o si se encuentra algún elemento indicador 
de isu ruta, 

— Se hará. 

— Advertirá usted a la policía para que establezca 
patrullas de vigilancia frente a las casas sospechosas. 

— Se hará. 

— 'Mandará usted una fuerza de agentes secretos 
por las distintas líneas férreas. Los del Norte irán 
por las distintas líneas férreas. Los del norte irán 
hasta el Canadá; los del oeste, hasta Pittsburgh; 
los del -sur, hasta Washington. 

— Se hará. 

— Instalará usted un número competente de agen- 
tes de toda confianza en las oficinas telegráficas para 
que lean los mensajes y para que oigan su transtmá- 
sión. Pedirán aclaración de todos los telegramas en 
cifra. 

230 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— Se hará. 

— Recomendará usted el más profundo e impe- 
netrable secreto. 

— El secreto será inviolable. 

— A la hora de costumbre rendirá usted un parte 
pormenorizado. 

— Vendré a rendirlo. 

— Retírese usted. 

— Por orden de usted. 

Burns salió del despacho. Blunt permaneció en 
actitud meditativa. Guardó un largo silencio. El 
fuego de su mirada se extinguió. Volvió hacia mí 
el rostro, y me dijo con voz tranquila: 

— No soy jactancioso. Pero oiga usted esto : po- 
dría asegurar que encontraremos el Elefante. 

Yo le estreché ambas manos efusivamente. Mi 
maniefstación era sincera. Pocos minutos antes no 
conocía a ese hombre, pero cuanto había visto en él 
me inspiraba admiración y afecto. Pude verle, por 
decirlo así, en el fondo de los sorprendentes miste- 
rios de su profesión. Era ya tarde. Nos separamos. 
Yo volví a mi alojamiento, y no llevaba el corazón 
preñado por las zozobras que lo agitaban' cuando 
entré en el despacho del inspector Blunt. 

SEGUNDA PARTE 

• ' Todos los periódicos de la mañana contenían una 
información pormenorizada del robo. Además de 
los hechos conocidos, había suplementos con opi- 

2 3 í 



M A R K T W A 1 N 

Ilíones de las autoridades en la materia, sobre la 
forma en que pudo haberse ejecutado el delito, so- 
bre los presuntos autores j sobre el camino que 
habrían seguido on su fuga. Había en total once 
hipótesis que cubrían todo el campo de las posibili- 
dades. El hecho demuestra la variedad con que se 
produce el espíritu independiente j fértil del De- 
tectivismo. Hubiera sido imposible buscar no ya 
coincidencia, pero ni aun conciliacióin! posible entre 
las once conjeturas. Rectificaré. En un punto esta- 
ban de acuerdo los once autores de las ornee genia- 
les hipótesis. La barda posterior de mi casa había 
sido demolida durante la noche del robo. Pues 
bien, los once especialistas declaraban, sin ponerse 
de acuerdo para ello, que el Elefante no había sa- 
lido por allí, sino por alguna otra vía desconocida. 
Esto daba margen para una cuestión interesantísi- 
ma y apasionante. ¿Qué objeto tenía la brecha de la 
barda? Despistar a la policía. Tal era la unánim.e 
opinión de la Facultad. Yo no habría pensado eso. 
No lo habría pensado ninguno otro pi'í)fano. Pero 
el espíritu profundo del Detectivismo no se dejó 
sorprender ni en el primer momento. 

La única cosa que me parecía clara en ese obscuro 
negocio, era precisamente' aquella en qu^ mi error 
era más grosero. 

Las once hipótesis mencionaban nombres de pre- 
suntos culpables, pero no eran los mismos. Suman- 
do, las sospechas recaían sobre treinta y siete in- 
dividuos. 

232 



NARRACIONES HU AFORÍSTICAS 

Después de dar todas las opiniones, los periódi- 
cos cerraban su información con la del inspector 
Blttnt, luminaria del gremio. He aquí un resumen 
de las palabras del Inspector: 

**E1 inspector Blunt conoce a los dos principales 
culpables. Uno de ellos se llama Duffy, el Ladrillo, 
y otro MacFadden, el Rojo. Diez días antes del 
robo, el Inspector sabía con toda precisión el golpe 
audaz que se preparaba, y sin decir palabra tomó 
las medidas convenientes para tener vigilados a 
esos dos conocidos picaros. Desgraciadamente, casi 
ya en el instante de la consumación del hecho, la 
Policía perdió la huella de los dos malhechores, y 
antes de que se les encontrase, el pájaro, o sea el 
Elefante, había volado. 

"MacFadden y Duffy — continuaba la prensa — 
son los dos pillos más peligrosos del mundo crimi- 
nal. El Inspector tiene razones muy fundadas para 
creer que esos individuos son los mismos que en 
una noche glacial del último invierno le robaron la 
estufa de la Inspección General de Policía, robo 
que tuvo por consecuencia que a la mañana si- 
guiente fuesen internados en los hospitales u obli- 
gados a guardar caima en sus habitaciones el Ins- 
pector y varios agentes, pues se les habían empe- 
zado a gangrenar los dedos de las manos y de los 
pies, las orejas y las narices, por falta de circula- 
ción, a causa del frío intenso que reinó &n¡ la oficina 
desde el momento de la desaparición misteriosa de 
la estufa." 

233 



M A R K T W A I N 

I.a lectura de la primera parte de esta nota in- 
formativa, llevó al colmo la admiración que yo sen- 
tía desde la vísj>era por la sagacidad maravillosa 
del inspector Blunt. Era im hombre que no sólo 
veía con perspicacia los detalles presentes, sino que 
penetraba en las sombras de lo que estaba por ve- 
nir. Me dirigí a su oficina y le expresé la pena cjd 
que supe su sorprendente previsión, pues me ex- 
trañaba que no hubiese comenzado por detener a 
los criminales antes de que pudiesen llevar a tér- 
mino su propósito. La respuesta del Inspector no 
tenía réplica, a pesar de la sencillez de que estaba 
revestida. 

— Nosotros no podemos prevenir los hechos de- 
lictuosos. Nuestra misión empieza cuando se han 
consumado. Es ima misión punitiva. ¿Cómo vamos 
a castigar lo que no se ha hecho aún? 

Le dije que el secreto de nuestras primeras in- 
vestigaciones había sido divulgado por la prensa. 
No sólo nuestro'S actos, sino aun los planes mismos, 
eran ya del dominio público. Este comocía hasta 
los nombres de los presuntos ladrones. Nada sería 
para éstos más fácil que disfrazarse u ocultarse. 

— Tranquilícese usted. I-a experiencia les dirá 
que al llegar el momento oportuno, mi mano caerá 
sobre ellos, dondequiera que se oculten, y con tanta 
seguridad como la mano m. na del destino. Los 
periódicos son indispensables para nuestra labor. 
F,t agente de policía y de investigación no puede 
dar un paso sin comprometer su nombre y su re- 

234 



A^ A R R A C 1 O N E S H U MORÍSTICAS 

putación. I.a atención del púljlico le sigue. Si se 
oculta, será acusado de inacción. Debe anunciar 
previamente sus pasos. Debe formular hipótesis. 
Nada hay tan curioso y tan desconcertajite como 
las hipótesis del Detectivismo. Nada nos atrae con 
más seguridad el respeto y la admiración social. 
Publicamos nuestros planes porque así nos lo exige 
la prensa, y a la prensa se lo exige el público. 
Desgraciados de aiosotros si guardamos silencio y 
si nos recatamos. Do menos que se dirá es que nos 
entregamos a la pereza. No somos dueños de im- 
pacientarnos cuando la impertinencia del públi- 
co toca ciertos límites insoportables. Debemos son- 
reír y debemos hablar, a fin de que los lectores del 
diario digan al abrirlo por la mañana: ''He aquí la 
ingeniosa hipótesis del inspector Blunt." 

— Me hago cargo de la fuerza del razonamiento : 
pero veo que hay un punto en que usted se negó 
rotundamente a emitir opinión. Se trata, por otra 
parte, de un punto circunstancial. 

— Siempre hacemos lo núsimo. Esto produce buen 
efecto. Además, bien pudiera ser que yo no hubie- 
ra formado mi opinión en lo relativo a ese punto. 

Puse una suma elevada en manos del Inspector, 
para que acudiera a los gastos más apremiantes, 
líeoho esto, me senté a esiperar, pues de un mo- 
mento a otro podían llegar noticias telegráficas. 
Volví a leer los periódicos y el texto de nuestra 
circular, poniendo mayor cuidado en la lectura. 
Advertí entonces que la gratificación de los veinti- 

2 3 3 



M A R K T W A I N 



cinco mil ldt)lares:, se ofrecía sólo a los agentes de 
investigación. Manifesté que deberíamos ofrecer 
esa suma a cualquier persona que encontrara al 
Elefante. El Inspector me contestó: 

— Los agentes encontrarán al Elefante. A ellos 
les corresponde la recompensa. Si lo encuentra un 
extraño, esto se deberá sin duda a un acto de es- 
pionaje, en detrimeinto de los agentes, y aprove- 
chando los pasos dados por ellos. Siendo esto así, 
¿quién sino los agentes deberán recibir el premio? 
El fin de un ofrecimiento como éste es fomeintar el 
celo de los que consagran sus esfuerzos y su saga- 
cidad a las investigaciones policíacas, y no favore- 
cer a ciudadanos que por casualidad realizan un 
acto meritorio, sin antecedentes que los hagan acree- 
dores a la recompensa ofrecida. 

Las razones del Inspector me parecieron incon- 
trastables. En ese momento el aparato telegráfico 
que había en el despacho, comenzó a grabar en la 
ciinta un mensaje. El mensaje decía: 

"Estación de Flower, Nueva York. — A las 7,30 
de la mañana. 

"Voy sobre pista. Encontré surcos profundos, atra- 
viesan granja ocircana. Seguílos hacia oriente, dis- 
tancia dos millas. Resultado negativo. Creo Elefan- 
te tomó dirección oeste Variaré rumbo. — Darley, 
agente." 

— Darley es uno de los más notables de la Divi- 
sión — dijo Blunt — . Espero que pronto enviará no- 
ticias. 

2 3 ó 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

No tardó en llegar el telegrama número^ 2: 

*'Barker, Nueva Jersey. — A las 7,30 de la ma- 
ñana. 

''Acabo de llegar. Fractura puertas tienda. Des- 
aiparición ochocientas ibotellas. Imposi'ble enton- 
trar aquí agua suíiciente para Elefante. Voy lu- 
gar fuente próxima, cinco millas distancia. Sigo 
huella marcada botellas vacías whisky. Gran canti- 
dad. — Baker, agente.'^ 

— El negocio promete. Marcha bien. Yo había di- 
cho que conociendo el régiimen alim-enticio del ani- 
mal, las pesquisas se facülitan considerablemente. 

Llegó el telegrama número 3 : 

"Taylorville, Long Island. — A las 8,15 de la ma- 
ñana. 

"Hacina heno desaparecida durante noclie. Créese 
fué devorada. Sigo pista. — Hiihard, agente. '' 

— i Qué enormics distancias recorre ese animal ! — • 
exclamó el Inspector — . Ya suponía yo Jas dificul- 
tades que encontraríamos; pero la bestia blanca no 
se nos escapará de las imianos. 

''Estación de Plower, Nueva York. — A las 9 de 
la mañana. 

"Huecas encontradas tres millas oeste. Anchas, 
profundas, orladas. Lal)rador dlice no son de elefan- 
te. Afirma son hoyos hizo para cubrir plantas du- 
rante heladas. Utilizados hoyos, echóles tierra, con- 
sérvase floja. Espero i.nstrucciones. — Darley, 
agente." 

— ¡ Como todos los campesinos ! — rugió el inspec- 

2 3 7 



M A R K T W A I N 

tor Blunt — . Ese supiuesto labrador es un cómplice 
de los ladrones. Acaso es uno de ellos. 

Blunt escriibió: 

"Detenga labrador. Obligúelo declarar nombres 
coautores, cómplices, encubiüdores. Siga huellas has- 
ta costas Océano Pacífíco.^ — Blunt, inspector gene- 
rala 

Otro telegrama: 

"Coney Point, Pennsylvania. — A las 8,45 de la 
mañana. 

''Fracturada puerta fábrica gas. Desaparecieron 
recibos trimestre no pagados. Sigo pista.. — Jones, 
agente.'' 

— j Dios santo ! Ese elefante se come hasta lors 
documentos que importan liberación de obligacio- 
nes... 

— Ha sido una inadvertencia — ^contesté — . Los re- 
cibos no son alimentos sustanciosos. Al menos si no 
los acompaña otro de mejor calidad. 

Vimos en la cinta un telegrama conmovedor 

"Ironvlille, Nueva York. — A las 9.30 de la ma- 
ñana. 

''Llego. Aldea consternada. Elefante pasó cinco 
mañana. Opiniones dirección marcha fiera varían. 
Unos creen oeste, otro^ norte, otros sur. Nadie 
hizo observación momento preciso. Mató caballo. 
Aparté fragm-ento para aprovecharlo como indicio. 
Matólo trompa. Según naturaleza golpe, creo fué 
lado izquiierdo. Juzgando posición caballo, Elefante 
dirigesí^ inorte, línlea fcuTodarril B'erkeley. Lleva 

? .3 8 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

ventaja cuatro horas y irr^edia. Seguiremos de cerca 
animal fugitivo. — Harves, agente J' 

Yo no pude reprimir una exclamación de júbilo. 
El inspector tUuul estaba impasible como las imá- 
genes de una estampa. Llevó la mano tranquilamen- 
te al botón de la campanilla, y el timbre sonó. Entró 
Alarico. 

• — 'Alarico — dijo el Inspector — , diga usted al ca- 
pitán Burns que necesito hablar con él. 

Alarico desapareció. Burns apareció. 

— Cajilitán Burns, ¿cuántos hombres disponibles 
tiene usted? — preguntó el Inspector com voz tran- 
quila. 

— Noventa y seis. 

— Envíelos usted inmediatamente hacia el norte 
Debe hacerse la concentración en Berkeley. 

— Se hará. 

— Prescribirá usted el sigilo más riguroso. Cuan- 
do haya otros agentes disponibles, me^ lo avisará us- 
ted sin deimora. 

— ^Se hará. 

— Retírese usted. 

— Pior orden de usted. 

El telégrafo empezó a desarrollar una cinta: 

"Sage Corners, Nueva York. — A las 10,30 de la 
mañana. 

"Llego. Elefante pasó 8,15. Habitantes ciudad hu- 
yeron, exceptuando un agente policía. Elefante ata- 
có poste alumbrado público. Agente policía apoyado 
delante poste, murió, liáoste destruido. Intención 

2 3 9 



M A R K T W A I N 

Elefante no fué contra policía, sino contra poste. 
Reservados brazo, pierna, vientre policía para indi- 
cio. — Sttimmy agente." 

— Por lo visto, el Elefante ha volado hacia el 
O'este. Camina con una rapidez prodi'giosa. No se 
nos escapará. Tengo agentes en todos los Estados 
de la Unión. 

Llegó otro telegrama. Lo leímos. Decía esto: 

''Glovers. — A las 11,15 ^^ ^^ (mañana. 

"Llego. Pueblo abandonado. Quedan enfermos y 
ancianos. Elefante pasó 10,30 durante sesión Socie- 
dad para protestar contra los bebedores de agua. Ani- 
mal metió trompa ventana salón sesiones, arrojó agua 
contra socaos. Trompa llena agua pozo. Socios muer- 
tos, otros ahogados. Habitantes contomos aterrori- 
zados. Habitantes emigran en todas direcciones, pero 
todos encuentran Elefante. Compañeros Cross )'■ 
O'Shaughnessy dirigiéronse sur; no lo encontra- 
ron. — Brandtj agente." 

Esas noticias trágicas me consternaban. El ins- 
pector Blunt dijo, s/in alterar el tono de la voz : 

— Coimio ve usted, nos acercamos. E^l animal sien- 
te nuestra presencia, y vuelve hacia el oriente,. 

Recibimos noticias siniestras. Una de ellas decía: 

''llohangport. — h las 12,19. 

"Elefante pasó 11,15 niañana. Sembró terror y de- 
solación. CorrÜó furiosamente calles. Dos plomeros 
muertos. Público lamenta desgracias. — O'Flaherty, 
agente " 

— i Ya está entre nosotros! — dijo Blunt sin ocul- 

240 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

tar una fugitiva expresión de triunfo — . \ No saldrá 
de las garras de mis agentes ! 

A esta noticia sucedió una sertie de telegramas 
suscritos por agentes diseminados entre Nueva Jer- 
sey y Pemitsylvania. Todos seguían las huellas del 
Animal Sagrado. Todos hablaban de pueblos conster- 
nados, de granjas destruidas, de fábricas paraliza- 
das, de bibliotecas escolares devoradas, y sobre todo, 
hablaban de una esperanza vecina de la certiidumbre. 

—Quisiera estar en comunicación con ellos — ma- 
nifestó sesudamente Blunt — . Yo les aconsejaría 
que se ¡dirigiesen hacia el norte. Pero es imposible. 
Los agentes no van al telégrafo sino para env/iar sus 
informes ; jamás se detienen para recibir instruccio- 
nes que embarazarían sus imovimiontos. Parten al 
instante, y no miran hacia atrás. Hay que dejarles 
ta libre liniciativa. 

Llegó un telegrama. No era uno de tantos tele- 
gramas : 

"Bridge Port, Connecticut. — A las 12,15. 

^'Empresario circo Barnum ofrece 4.000 dólares 
anuales privilegio exclusivo empleo Animal Sagrado 
para anuncio ambulante. Plazo empezará contarse 
hoy, y expirará cuando los agx:aites encuentren Ele- 
fante. Solicita respuesta inmediata. — Boggs, agente." 

— ¡ Esto es absurdo ! — exclamé fuera de mí. 

• — Indudablemente — contestó el Inspector — . El 
señor Barnum se cree muy sagaz; pero no me co- 
noce. En cambio, yo lo conozco. He ahí 'mi ventaja. 

? 4 1 i6 



M A R K T W A I N 

Dictó un telegrama, que estaba conce/bido en estos 
términos : 

''Boggs, Agente. — Bridge Port, Connecticut. — 
Diga Barnum 7.000 dólares o nada. — Blunt. Inspec- 
tor general." 

— Verá usted cómo no tarda la respuesta. Bar- 
num está en la oficina de telégrafos aguardando con 
ansia. Asi lo hace siempre para sus negocios. Den- 
tro de tres... 

Vii'mos un telegrama : 

"Trato cerrado. — P. T. Barmmi." 

Pero ante? de que yo pudiese comentar este epi- 
sodio extraordinario, llegó un telegrama que cam- 
bió en un «entido desastroso todo el curso de mis 
ideas : 

''Bolivia, Nueva York. — A las 12,15. 

"Llegó Elefante, procedente sur. Dirigióse bos- 
que 11,50. Dispersó entierro. Bajas dolientes, dos. 
Ciudadanos huyeron después disparar algunos tiros 
revólver. Agente Burke y yo llegamos diez minutos 
después, procedentes norte. Tiempo perdido falsa 
pista. Encontramos verdadera. Seguiimos hasta bos- 
que. Copiainws cuidadosamente huellas patas Ele- 
fante. Animal encuéntrase malezas. Vímoslo. Burke 
estaba delante de mi momento descubrir animal. 
Desgraciadamente, Elefante hasc detenido para des- 
cansar. Esto impide «eguir huellas. Burke veíalas 
vista clavada tierra, cuando tropezó patas traseras 
amoial. Burke cayó choque, sin ver animal. Levan- 
tóse, tomó cola, empezó exclamación alegría. Antes 

;? 4 3 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

de terminarla, animal volvió cabeza, azotó Burke 
trompa. Desdichado camarada murió instante. Ele- 
fante persiguióme, paso acelerado hasta orilla bos- 
que. Peligro inimiÜnente, pero libróme vista restos 
entierro, pues Elefante acometiólos. Habrá otros 
entierros pronto. Elefantes desaparecido. — Miilroo- 
ncy, agente.'' 

No tuvimos otras noticias, .sino las de una infini- 
dad de celosísimos agentes que veían huellas del Ele- 
fante en los Estados de Nueva Jersey, Pennsylva- 
nia, Delaware y Virginia. Todos seguían al Ele- 
fante. 
Por la tarde se recibió este interesante informe: 
''Baxter, Centro. — A las 2,15. 
Elefante pasó cubierto anuncios circo. Dispersó 
conferencia religiosa. Muchos heridos y contusos. 
Ciudadanos lograron apoderante animal. Estaba cus- 
todiado de cerca. Agente Brown y yo entramos co- 
rral, y coimenzamos practicar ideintificación Elefante, 
empleando fotografías y descripciones. Señales con- 
cuerdan. Falta una que no^ pudiímos ver. Es cicatriz 
divieso paleta. Brown deslizóse bajo animal. Cabe- 
za machacada. Restos Brown perdidos. Circunstan- 
tes huyeron aterrorizados. Animal también. Lleva 
costados lesiones mortales. Deja rastros sangre he- 
ridas cañonazos. Encontrarémoslo. Atraviesa espeso 
bosque dirección sur." 

Este fué el último telegrama. A la caída de la 
tarde, la niebla era tan densa que no podía uno ver- 
se la punía de las narices a tres pasos de distancia, 

? 4 3 



M A R K T W A I N 

La niebla duró toda la noche, y fué causa de que 
se interrumpiera el tráfico en las calles y en el rio. 

TERCERA PARTE 

A la mañana del siguiente día, los periódicos con- 
tenían una profusión infinita de opiniones. La pren- 
sa refería mlinuciosamente todas las peripecias de la 
tragedia. A los telegramas de la agencia detectivcs- 
ca, agregaba los de sus corresponsales. Casi la ter- 
cia parte de los diarios estab aliena de títulos enor- 
mies. Mi corazón se despedazaba al ver esas noti- 
cias horripilantes. Juzgúese del tono general de la 
prensa : 

¡ EL ELEFANTE BLANCO EN LIBERTAD ! 

¡PROSIGUE SU MARCHA FATAL! ¡PUE- 
BLOS ENTEROS SON ABANDONADOS POR 
SUS HABITANTES! ¡EL PÁLIDO TERROR 
PRECEDE LA MARCHA DEL ANIMAL FU- 
NESTO ! ¡ LA DEVASTACIÓN Y LA MUERTE 
LE SIGUEN ! ¡ AL ELEFANTE SE UNEN LOS 
AGENTES SECRETOS, Y EL TERROR AU- 
MENTA! ¡GRANJAS DESTRUIDAS! ¡FABRI- 
CAS ASOLADAS! ¡MIESES DEVORADAS! 
¡ASAMBLEAS CÍVICAS Y RELIGIOSAS DIS- 
PERSADAS! ¡carnicerías INDESCRIPTI- 
BLES! ¡OPINIÓN DE TREINTA Y CUATRO 
NOTABILIDADES ! ¡ HABLAN LOS PERITOS 
MAS EMINENTES! ¡OPINIÓN DEL INSPEC- 
TOR BLUNT!" 

2 4 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

— ¡ Magnífico ! j Magnífico ! — exclamó el inspector 
Blunt, casi externando su satisfacción — . ¡ Mag- 
nífico ! Jamás habíamos tenido un triunfo como este. 
Nuestra fama llegará hasta los últimos confines de 
la tierra. El recuerdo de este acontecimiento sobre- 
vivirá a nuestra generación, y en ios límites más 
remotos del tiempo se pronunciará mi nombre can 
admiración y entusias-mo. 

Yo no tenía las mismas razones para estar con- 
tento. Ni esas ni otras. Me parecía que yo era el 
autor de aquellos crímenes sangrientos o ruinosos, 
y que el Elefante había servido de agente irres- 
ponsable (le mi perversidad. ¡ La lista de los ho- 
rrores había aumentado prodigiosamente ! En una 
localidad, el Elefante lle;gó justamente en el mo- 
menito de efectuarse una elección, y mató a cinco 
escrutadores. Ese acto de violencia fué seguido de 
la muerte de ffos pobres diablos, dos irlandeses lla- 
mados O'Donohue y Mac-Flanigan, que la víspera 
habían encontrado un refugio en la tierra que sirve 
de asilo a los oprimidos de todos los países, y que 
por primera vez ejercían el derecho sagrado de to- 
dos los ciudadanos morteamericanos presentándose 
a las urnas electorales. No consumaron ese acto de 
civismo, pues en el mismo instante los hirió *'la 
mano implacable del azote de Siam", como llamaba 
la prensa a la trompa del Elefante. En otro luga- 
rejo atacó a un viejo apóstol de la moral más pura 
que preparaba su campaña cootra el baile, el tea- 
tro y otras diversiones pecaminosas. En otro punto 

245 



M A k K T W A 1 N 

murió un inspector de pararrayos. La lista san- 
grienta icontinuaba, y cada vez me parecía más 
desoladora. Sumé sesenta muertos y doscientos 
cuarenta heridos. Todos los informes encomiaban 
la vigilancia y la abnegación de los agentes ; todos 
los artículos terminaban diciendo que la bestia fa- 
tal había sido vista por trescientos mil hombres y 
cuatro agentes. ¡ Dos de éstos habían perecido ! 

Sentía angustia sólo de pensar que llegase otro 
telegrama. Pero no había remedio. Lo inexorable 
tenia que cumplirse. ¡ Comenzó el aguacero de no- 
ticias ! Por uno de esos cambios bruscos de la fa- 
talidad, recibí la más grata de las sorpresas. ¡ Había 
desaparecido toda huella del Elefante ! 

A favor de la niebla, el Animal Sagrado encon- 
tró un retiro, y se mantuvo oculto a las nJradas 
curiosas de la investigación policíaca. Telegramas 
de lugares absurdamente distantes unO'S de otros, 
anunciaban la vista de una inmensa mole que se 
adivinaba a través de la niebla. Era sin duda el 
Elefante. La masa enorme fué vista a la vez en 
Nueva Haven y en Nueva Jersey, en Pennsylvania, 
en lo más remoto del Estado de Nueva York, en 
Brooklin y hasta en la misma Ciudad Luperial. 
Pero la mole siniestra se desvajnecía sin dejar hue- 
llas sobre la superficie de la tierra. Los agentes di- 
seiminados en esa dilatada extensión, enviaban sus 
mensajes cada hora, cada media hora, cada cuarto 
de hora. Todos los agentes estaban en posesión de 

246 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

la pista segiwa; todos iban a coger al animal por 
la cola. 

El día transcurrió sin una noticia de resultados 
positivos. 

Transcurrió el siguiente día. 

Transcurrió el tercero. 

El público empezó a fastidiarse de leer noticias 
de huellas que se borraban!, de hipótesis que se 
quebraban de sutiles, ¡El público ianzó su primer 
bostezo ! 

Era necesario reanimar la Ctxpeciación pública. 
Era indispensable estimular el celo de los agentes. 
¿Cómo lograrlo? Bl inspector Blunt me aconsejó 
que duplicase la prima ofrecida. Yo obedecí. 

Siguieron cuatro días de espera mortal para mí. 
Un golpe cruel amenazaba a los agentes de inves- 
tigación. Los periodistas cerraron las columnas de 
los diarios a la inserción de las hipótesis policíacas. 
Pedían un breve respiro. 

Quince días después de la consumación del robo, 
elevé a setenta y cinco mil dólares la gratificación. 
Yo sacrificaba mi fortuna, pero /no vacilé. Todo 
antes que desacreditarme a los ojos de mi Gobier- 
no. Nada salvó a los infelices agentes. La prensa 
los acosaba con sus sátiras. El teatro imitó a la 
prensa, y en todos los retablos aparecieron crueles 
caricaturas del Detectivismo.- Salían los agentes ata- 
layando el horizonte con sus catalejos, y salía el 
Elefante detrás de ellos, metiéndoles la trompa en 
los bolsillos de las americanas para sacar manza- 

247 



Ai A R K T W A 1 N 

ñas, bocadillos y botellas de ivhisky. Hasta la in- 
signia del Detectivismo fué condenada al ridiculo. 
Todos hemos visto en las cubiertas de las novelas 
policíacas el ojo abierto y la leyenda que dice: 
"Jamás dormimos." Pues bien, si un agente entra- 
ba al bar, el dependiente se permitía ridiculizarlo 
con el empleo del antiguo retruécano del ojo. Los 
sarcasmos poblaban la atmósfera y la saturaban. 

Sólo un hombre permanecía tranquilo, inmuta- 
ble, insensible a todas las burlas. Para ese hombre 
el mundo de la policía secreta seguía girando en 
su eje adamantino. 

— Déjeles usted — me decía esc hombre de mira- 
da límpida — . Déjelos usted. Veremos quién ríe al 
final del último acto. 

Después de esto, ¿se extrañará que mi admira- 
ción tomase la forma de un culto? Yo into me apar- 
taba de él; su oficina era mi morada. Sufría en 
ella las penas de una cárcel, pero allí estaba a mi 
•vista el ejemplo reconfortante de una serenidad 
heroica que yo me imponía el deber de imitar. De- 
bo decir que si yo admiraba a Blun«t, el mundo en- 
tero me admiraba a mí pot la confianza con cjue 
alimentaba mi fe. A veces cruzaba por mi frente 
la idea de abandonar la partida; pero me bastaba 
contemplar aquella faz tranquila para ver que mi 
sitio estaba junto a Blunt. 

Uina mañana, sin embargo, tres semanas después 
del hecho abominable, me vi tentado de enviar mi 
renuncia al Gobierno de Siam. Comuniqué mi pro- 

248 



\ 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

pósito al Inspector, y éstfe m¡c¡ sometió otro iplan 
general de campaña. liaríamos una transacción? 
con los ladrones. La fertilidad propia de su ing-enio 
era superior a cuanto pudiera imaginarse. Yo no 
había visto hasta entonces um espíritu que igualara 
al de Blunt, y, sin embargo, me eran familiares los 
hombres más ilustres de ambos mundos. Si yo me 
allanaba a dar cien mil dolores, el Elefante perdido 
entraría al instante por la puerta de mi casa. Tan 
seguro así estaba Blunt de la eficacia de su idea 
genial. Contesté que yo podría reunir aquella suma, 
aunque con cierta dificultad ; pero me preocupaba 
la suerte de los abnegados agentes que habían des- 
plegado tanta actividad y que habían mostrado una 
inteligencia tan extraordinaria en aquella investi- 
gación hasta entonces poco fructuosa. 

— En toda transacción — ^me dijo Blunt — , en toda 
transacción van a medias di Detectivismo y el Cri- 
men. No lo olvide usted. 

Mi única objeción caía por tierra. Apronté los 
cien mil dólares. El Inspector general escribió dos 
cartas. La primera decía: 

** Señora de toda mi consideración y respeto: El 
esposo de usted puede ganar una suma considera- 
ble y contar en lo absoluto con la protección de la 
ley, si acude inmediatamente a mi oficina. Soy de 
nsted, señora, el más atento y respetuoso servidor, 
que besp. «us pie», — Blunt, inspector general," 



249 



M A R K T IV A I N 

A la señora Duffy, esposa del caballero llamado 
Duífy, el Lgárillo. 

La otra carta estaba concebida en los mismos 
términos, y fué enviada a la barragana <de Mac- 
Fadden, el Rojo. 

La misma persona que llevó las dos cartas trajo 
una hora después las dos respuestas. 

"Viejo animal: Duffy el Ladrillo falleció de 
muerte natural hace dos años. — Brígida Mahcney." 

La otra respuesta era no menos enérgica y con- 
tundente. 

''Imbécil murciélago: ¿Te quieres burlar de mí? 
Mac-Fadden, el Rojo, fué colgado hace diez y ocho 
meses. Se necesita pertenecer a la policía detecti- 
vesca para ignorarlo. — María O'Hooligan." 

— Ya lo sospechaba — dijo el inspector — . El tes- 
timonio fehaciente de estas dos cartas es la prueba 
de mi olfato infalible. 

Sus recursos eran inagotables. Si fallaba uno, 
encointraba cien mil. Inimediatamente envió a los 
periódicos este anuncio: 

"A.— XWBLVN, A ADA. NM. TJDJÍ.— FAS. 
SDJwawawa. OZPO.— 2M. Ogwe Mum." 

250 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

Cuando quedamos solos, me dijo: 

— Si el ladrón vJive, acudirá a la cita. 

Yo no comprendí, pero él' me explicó que había 
un sitio en donde trataban sus negocios los ladrones 
y la policía. No era necesario citar hora, pues ya 
se sabía que al dar las doce se encontrarían los de- 
fensores de la Ley y los que tienen por oficio vul- 
nerarla. 

Yo quedaba libre hasta las doce, pues antes no 
había asunto que tratar. Salí de la oficina, feliditán- 
dome de aquel respiro. 

Volví a las once de la noche con los cien mil dó- 
lares en billetes de Banco, y se los di al Inspector 
general. Poco después nos despedimos. Brillaba en 
sus ojos aquella luz de esperanza y de seguridad que 
era para imi la columna de fuego en el desierio. 
Transcurrió una hora de angustia. Oí, por fin, los 
pasos mesurados del genio. Me 'levanté anhelante, y 
salí a recibirlo. ¡ Su frente estaba nimbada por la 
aureola del triunfo! 

— Hemos transigido — me dijo — . Puedo decir que 
tenemos el Elefante en nuestro poder. Sígame usted. 

Tomó una bujía, y bajó a la espaciosa cripta de 
la casa. Allí dormían sesenta agentes. Otros veinte 
jugaban y bebían. Yo seguí a Blunt. El avanzó rá- 
pidamente hasta el extreimo del sótano sombrío. Yo 
estaba a punto de sucumbir, asfix)iado por la atmós- 
fera de la cámara infernal, y casi había perdido el 
conocimiento, cuando me sacudió un sobresalto pe- 
noso al ver que Blunt tropezaba, resbalaba y caía. 



M A R K T W A I N 

No cayó sobre el suelo, sin embaí go, sino sobre una 
alfombra de un espesor gi^^antesco. 
— ¡Nuestra noble profesión está vengada! 
Tales fueron las palabras de Blunt al sentir bajo 
su peciho el cuerpo del Elefante. 

Tantais emociones onie dominaron al fin, y la rea- 
lidad s€ desvaneció ante mis ojos. Cuando volví en 
mí, estaba en la oficina. Los policías me prodigaban 
sus cuidados, y me acercaban frascos de éter para 
que aspirara. 

La espaciosa oficina estaba llena de gente. Todos 
los subordinados de Blunt habían acudido al recibir 
la noticia del estruendoso triunfo. Los periodistas 
llegaban también apresuradamente. Media docena 
de criados destapaban botellas de champaña. Blunt 
brindaba. El entusiasmo era indecible, y se mani- 
festaba con abrazos, apretones de manos, vivas y 
cantos. Blunt era el héroe, el vencedor, el aclama- 
do. ¡Victoria merecida, victoria ganada a fuerza de 
perseverancia, de valor y de pericia ! Yo me sentía 
feliz. Aquel incgocio me había reducido a la men- 
dicidadi, pero ¿cámo no enternecerme viendo la 
profunda admiración de que era objeto el gran 
Blunt? 

— Es el Rey del Díetectivismo — ^dijo a mi oído un 
agente; déle usted un indicio, y ese Coloso con'3- 
truye inmediatamente el sistema completo de la 
investigación. 

Era verdad. Yo lo reconocía. ¿Iba a negar he- 
chos indiscutibles? No he sido jamás injusto. La 

252 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

pérdida de mi fortuna y de mi posicióm', sobre todo, 
la pérdida de la confianza de mi Gobierno, nada 
tenían que ver con Blunt y sus agentes. Mi desdi- 
cha era el resultado de la inexcusable negligencia 
con que me acosté a dormir, sin mantener una vi- 
gilancia celosa para que el Elefante no fuera ro- 
b '.do o no se escapara dando \m empujón a la barda 
del corral. 

Triste, pero no envidioso del bien ajeno, pre- 
senciaba yo la repartición de los cincuenta mil dó- 
lares correspondiente a la Falaiiige del Detectivis- 
rno. Blunt pro-cedió con espíritu de justicia en aque- 
lla atribución de beneficios noblemente merecidos. 

— Gozad, hijos míos; gozad, puesto que habéis 
ganado esta recompensa. Gracias a vosotros, nues- 
tra profesión* tendrá un renombre imperecedero. 

La orgía fué intcrrmnipida por la llegada de un 
telegrama : 

'*Monroe, Michigan. — A las lo de la noche. 

"Por primrxa vez encuentro oficina telegráfica. 
Hace tres semanas camino por desiertos. Seguí hue- 
lla caballo distancia novecientas millas bosque. Hue- 
llas iban siendo más grandes y más recientes de día 
en día. Semana próxima capturaré Elefante. Segu- 
ridad absoluta. Continúo persecución. — Darley, 
agenten* 

El Inspector general ordenó que se saludase el te- 
legrama de Darley con una ti^iple salva de aplausos, 
üarley era uno de los hombres más infatigables y 
más enérgicos en el cumplimiento del deber. Rea- 

2 5 3 



M A R K T W A I N 

lizado el acto de justicia, se le telegrafió que re- 
gresara para qm. pudiera gastar alegrenieute la 
parte que le correspondía en la gratificación. 

Así ternnnó el maravilloso episodio del Elefan- 
te Blanco de Siam, el Aoimal Sagrado. 

La Prensa de la mañana contenía los más ar- 
dientes y efusivos elogios para la Falange de 
Blunt. Sólo hubo una excepción. No sé qué pape- 
lucho insignifica/nite decía irónicamente: 

"¡Grande es la gloria del Polizonte! ¿Quien es 
capaz de medir el genio del Detectivismo? Se le es- 
caparán a veces objetos de pequeñas dimensiones, 
como los elefantes, por ejemplo. Sucederá tal vez 
que pase días y días, que duerma noches y noches, 
sin! saber, por la vista ni por «el olfato, que un po- 
bre paquidermo ha agonizado y ha muerto, que se 
pudre en el sótano de la Inspección general. á\i esa 
misma Inspección en donde entran los ladrones 
durante las crudas noches de invierno para llevar- 
se la estufa y el combustible, los abrigos y el wisky 
de los agentes. ¿Qué importa esto? El Detectivis- 
mo logra encoHítrar hasta un elefante, siempre que 
ponga la mano sobre los hombros de alguien que 
haya visto al Elefante, y que diga en dónlde se halla 
su cuerpo inanimado y pestilente." 

i Pobre Elefante mío ! Dos o tres balas de cañón 
lo habíaiti herido mortalmente. Sobrevino la noche 
de niebla, y caminando a tientas, sin saber cómo, 
se refugió en el sótano de la Inspección. Allí, ro- 
deado de enemigos, en peligro constante de que se 

^ 5 4 



NARRACIONES HUMORÍSTICAS 

le descubriera, pasó los últimos días de su existen- 
cia, hasta que el reposo ñiial puso término a los 
ddores producidos por las brechas que habían 
abierto los cañonazos en sus costillas, y lo libró ck 
las torturas mil veces más insufribles del hambre 
y de la sed. ¡ Pobre paquidermo ! 

Mis pérdidas fueron: 

Transacción con .ios ladrones lüo.ooo dólares. 

Gastos de investigación 42,000 " 

Total 142.000 " 



Soy un arruinado, un vagabundo, un desacredi- 
tado. Pero no un ingrato ni uim injusto. Admiro a 
Bknit y proclamo los méritos del Detectivismo. 



? ^ ") 



índice 

Págs. 



I. — Autobiografía 5 

II. — ^Nociie de esipanlos 17 

III. — Sobre la decadencia en el arte de mentir 29 

IV. — ^^EI arca de Noc inspeccionada en un puerto 

alemán 41 

V. — iM'i reloj 4<j 

VI. — 'La difteria y el matrimoníio McWilliiamis 57 

VIL — 'Fábulas edifica.mlies para niños ladultos de am- 
bos sicxos 69 

Vin. — ^Jorge Wásihin'g^tom', su infancia y mi acuidcon. 111 

IX. — Uina vida de Plutarco 121 

X. — La morail de Fraiikllün 125 

XI. — La tempestad y d matrimoinio Me Williams 131 

XII. — Sobre aves de corra;! 143 

XIII. — ^Cartas de fami,Hia..-v 149 

Xí V. — El atentado contra Julio César, según la Prensa. 159 

XV. — ^El iilu'stre revoiliucioiraTio Bu'tterworth Stavd'y... ¡69 

XVI. — ^El vendedor de ecos 195 

XVII. — ^El héroe de Lucrecia Borgia 207 

XVIII. — ^El robo del ellefante blaiicü 219 



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