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DisliíMoGOOglC 






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COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES, 



;., Contóle 



DisiiMoGooglc 



NAERACI0NE8 POPULARES 



D. AmomO DE TBVZBA. 



LEIPZIG: 

F. A. BBOCKHAUS. 

1875. 

DisiiMoGooglc 



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Si. Oüax ■)■ PiiionuL 

ítÁ¿ DDSAH DD Sur PUJB 



.DisiiMoGooglc 



DisiiMoGooglc 



A DON EDÜAEDO BO8TILL0. 



üo debo, qoerido Eduardo, eontentarme con dedleute 
este libro, como si düéraniDa, 4 secas, porque eso serU, eo 
primar lugar, como si on hermano, al encontnkne con el 
hermano querido, después de larga ausencia, le ulodase coo 
un nbeso á Yd. la mano», ?, en segundo lugar, seria des- - 
perdiciar ona baena ocasión de decir al público, pot el 
sistema de »& tf te lo digo, nuera, entiéndelo tú, mi suegra», 
lo qne acerca de este libro necesito, ó, cuando menos, deseo 
decirle. 

Antes de todo te diré por qué llamo á este libro Narra- 
eümeí popularte. Confiésete, aunque so te guste, pnes eres 
algo menos reaccionario que 70, qae á pesar de mi antign» 
afición í lo que se llama el pueblo, por que procedo de 
estt clase social, porqae casi siempre be TÍvido entre ella 
j porque he dedicado buena parte de mi vida al estudio de 
sus sentimientos j costumbres; confiésote que me ra ;k 
apestando el calificaüvo de «popularu, porque, de algún 
tiempo í esta parte, se abusa de él tan escandalosamente 
como te lo probarán dos ejemplos que voy i, someter & ta 
consideración. Eo estos úlümoa años, en que tanto se han . 
cacareado la libertad ; los derechos individuales, he visto 
en una capital de treinta toü almas, rica, culta, liberal, in- 



Di8l.;Mí>GpOt^iC 



dependiente, altiva, llamar ajuntamiecío popular al elegido 
por ciento cincuenta ciudadanos, únicos & quienes liabia per- 
mitido votar el garrote de dos aprendices de torero, j he 
-visto en la misma provincia llamar también ajuntamíentos 
populares ¿ una porción de apuntamientos elegidos & cula- 
tazos por un pelotón de soldados. 

De todo se abusa en este mundo, 6, mejor dicho, en esta 
desventnrada Espaüa , é infiatamente más desde que se 
trastorna de arriba abajo la sodédad, con pretesto de aca- 
bar con los abusos; pero porque, en nombre de Dios, veamos 
encender la guerra civil, y arruinar & la patria, y saquear 
; apalear í los honrados y pacíficos ciudadanos, y emplumar 
i lai áík'úea mujeres, j porqiie -veamoB, en nombre 'de la 
libertad, blasfemar de Dios, ; bombardear é incendiar los 
pueblas, é inaitdar de sangre las call^ y los campM, y ata- 
car ; destruir la propiedad, y concidcar y desobedecer toda 
ley divina y humana, no por eso Los hombres sensatos hemos 
3e abominar del nombre de Dios ni del nombre áe U liber- 
tad, que estos nombres son demasiado augustos para qw 
las miserias hnnanas puedan diaminnir el amor y la ven»- 
ración que les debemos. En nuestra buena lengua castellana 
existe el ki^Úvo opopular» para designar lo que pertenece 
al pueblo, y los qne de esta lengua nos servimos, no pode- 
mos prescindir de fse a^etivo, i. menos qne presciadamos 
de la idea que espresa. 

Pudiera yo haber dado el nombre de cftento« & estas 
narraciones, como se le he dado á otraa de la misma Índole 
qoe corren por ahí impresas; pero he tenida mis raEones 
para no hacerlo; la primera, es mi deseo de evitar entre 
este Uiro y alguno de sus hermanos toda confusión, y la 
segunda, ciertos escrúpulos, paramente de arte, qne voy 
tsniendo en llamar cuentos á narracioiies en que el narrador 
tsma la parte propiamente de cuento por ju^testo puv me- 
terse en el oampo ée la filosofía y hasta en ^ de sos 



DisiiMoGooglc 



recoerdos ; Ketímientoe iadÍTMBales. Be cnUfidarieí' de 
popalaree «i> be pedido m debido ptmdM&t , -perqBe tuto 
so íoaAo oomo í>ii forma 1« bob, Et fondo, <qii« «s el peii~ 
Munienw «aplttd, e«tá toiMd« d« bm iMHitsA de 'OMDtos é 
itttiTaci«nea oratea cu» que el pueblo etAretiede «m «olea j 
sus trabajos, 4 da forma, oono <l dijéramoe, 't«iig4ble á n 
fitosofl&; y la forma, que ee el lesgaaje, esU m lo pOBifale 
asimilada al lenguaje del podtlo, para que el fondo 7 la 
forma ao rabieii ide rene j«stee, ; para que tos leetoreB me 
entieodaK taejvr hablándoke en el 'Woma que tm ' eR mág 
himliar 7 qnerido, pvea «o b vida :&n^!ím'^ fne ee á la 
qae libPOB 'ConO' eete se 4calÍDan, hablamoi tito* ; bajos el 
idioma del puebla. 



n. 

Oomo andan ya por esos mundos de Dios cineo ^tornos 
de cneeloE mios, cada «uad eos au prúU^*, tengo ya dicho 
casi "todo lo ^e tenia que tecir aoercs de los cneatos, y 
sobre twido de los cuentas populures; pero aún asiunceeito 
re^tir algo para la m^or inteKgeocia de estas i&niBcioneB, 
caentoE -i 1» que wao. i 

lia tarea que emfnvndí hace tioBqio 7 eentiniio, coosiete 
en recoger las narmciones, cnentos 6 anétdotaa que andas 
en boca del pueblo j son obra de In inveatira populac, qne 
mías veces crea y otras imita, ai es que .no plagia, icuidando 
cuando imita de dar k la imitación ia foma ie i» 'urigiua' 
lidad. Algunos de los escritores 4 colectores qae en el 
estraujero y particularmente en Alemania se han dedicado 
á aikáloga tarea, han aegnide distínto canñno qae yo; pnes, 






,.,Googic 



eomo huí h«^o loe hemuDOS arinun, reproducen loa cueotoa 
popolarea cui come Ion huí recogido de boca del pueblo. 
Este matenut no es de mi gusto, porque casi todos los cuod- 
toB populares, aunque tengan on fi»do predoso, tienen una 
forma iÜMorda, y para ingresar dignamente entre los pro- 
doctos del arte Uterario, necesitan qne el arte los perfeccione 
y encamine ¿ on fin moral 6 filosófico de que no debe ca- 
recer nada en la esfera del arte. 

Un buen amigo mió, muy aficionado á la literatura popu- 
lu, pero poco apto para cnltirarla, andaba por las Fronn- 
das Vascongadas desTiviéndose por encontrar cuentos y tra- 
diciones popolares, y se me qn^aba un día de qne jo era 
m¿8 feliz que él^ pues encontraba í cada paso lo i^ne él en 
ninguna parte podia encontrar. Buscaba yo medio de de- 
cirle lo que sobre el particular pensaba aia berir su amor 
propio ni traspasar loa limites de la modestia, cuando nn 
aldeano que estaba presente me sacó del paso diciendo i 
mi amigo; 

— No se desanime Vd. por eso, D. Román, que el m^or 
día encontrara Yd. lo que busca, donde minos piense en- 
contrarlo. Uire Yd., en el pórtioo de la iglesia de mi aldea 
habia on madero sin labrar ni nada, j & nadie le habla 
ocurrido nunca que sirneae más que para lo que servia, es 
decir, para sentarse malamente la gente qne esperaba el 
Utüno toque de misa. Pues un dia fué por olli uno de eaos 
qne hacen santos, y como le encargase el señor cora que 
hiciese una vligen, sacó una preciosa . . . ¿de dánde dita 
Td. que la sacó ? del madero del pórtico, qne al parecer no 
serna para nada. 

— Si, añadí yo, no sé quién ha dicho que en toda piedra 
6 madero hay ana est&tua, y el mérito del escultor esti en 
acertar á sacarla. Amigo Romau, el cuento, la tradición, 
la anécdota, el chascarrillo, el sucedido, la agudeza, que 4 
cada paso se encuentra ano en boca del paeblp, es el ma- 



DisiiMoGooglc 



dero ó la piedra toeoa de donde el ute liteíaiio aaca aquello 
qne le honra. ¿Tú qoieres encontrar la estitaa hecha y 
derecha? Eso oo puede ser, amigo mío, y si pudiera Ber, 
¿qué mérito habria en el artista? 

Boman callú y desde entÓDcea procura sacar la eatUua 
de la piedra ú el madero tosco con qne tropezaba i cada 
paso; pero el pobre se mnriá sin conaeguirlo. No ea esto 
decir que yo haya sido mis diestro que él, pero sf qoe lie 
sido más obstinado y persevertute. 



m. 

He dicho que el fondo de loe cnentos populares «aele 
ser precioso aunque la forma sea absurda, y en esta co- 
lección hay egemploa de ello. ¿No te parece, como á mi, 
querido Eduardo, que aunque el pueblo no hubiese ideado 
más cnentOB que el que yo título La» dudas de San 
Pedro, cuyo fondo pertenece por entero al pueblo, tendría 
este un gran titulo al dictado de filósofo y artista consu- 
mado en la estética? La teoría de la fé cristiana está tan 
admirablemente simplificada y pnesta de reliere en el fondo 
de ese cuento (contado eu vascuence á un amigo mió du- 
rante la gnerra civil por sus sencillas patronas en una ca- 
sería vascongada donde estaba alojado), que si yo fuese su 
antor, me parece que reventaría de vanidad por el hecho 
de serlo. 

No neceñto encarecer la conveniencia de recoger y estu- 
diar y llevar al tesoro de la literatura y la filosofía patrias 
los cnentos populares, porque esta conveniencia está ya de- 
mostrada con el afán con que se los recoge y estadía en 
todos los paises cultos. Lo que con toda sinceridad haré, 
es lamentar que casi sea yo el ilnico escritor que en nnestra 



patria «e liaya -i^Oicitaé con s.\gab Mnpeñe i. eau ttfreft, 
sobre todo Aeede que el ilustre Pem»n Cabaltevo desCftlisB 
d« IftB glvriOBfeiKkafl SB}«BÍ Como quiero mis eer (acbttda 
de vano que de hipócrita, »o negapé que me ere» -Con «1- 
guna %uena Gondicion para desempeñarla, cual es 4a facili- 
dad qtie -cftcaeMTo'en asinúlanBe al seBMinieQto y el Ionice 
del poBblo, en lo qne soy tan eetremHde, qae etít.aito 1»ago 
eentic y hablar á San Pedro, 6 á PericañaB, 6 á Tragalda- 
bas, 6 & Antonazas, 6 á Jnan Lanas, ó á 'GhAmin, ^'í An- 
gelote, ó á Pico de Oro, 6 al demonio, me parece que me 
he convertido en ellos; pero no basta esto para que me 
crea digno de recoger y llevar los cuentos populares al 
tesoro de la literatura y la filosofía patrias, porque para 
serlo se necesitan dotes de filúsofo, de crítico y de filólogo, 
que ;o dí jmt asemo tengo y <que brülao en mncIíaB de mis 
CQiBCÜidadBiLos de la repúblioa lit«aria eepañela, menos 
fecunda en cabesas vacias ó llenas de aire corrupto i^ae la 
república política. 

De todos modos, y por m¿s que crea que dewmpeño 
mri esta larea de MOOfcr los cueatos populares y adere- 
saxlos iK poeo á £x de que puedan obtener el p«ae Á iMeatra 
literatura, tengo una eipeiianza que me consuela y anima á 
proseguir ni tarea : hace veinte años el arte bteraho apenas 
babift yarad* mientes en los cantares populares espinóles, 
¿ pesKT ée q«e eran rico teaoro de poiesfa y fuente inago- 
table de «ntenaiiza para estudiar las trasftumacwnei de 
nuestro es^Éritu popi^r, de nuestros sentimientos, de nues- 
tras creencias , y hasta de nuestro idioma. Un humilde y 
«Bowo p*ete, dcBpoes de in^irarse en etloe, eacnbió un 
Hbr« que per «sta oiramstancía llamó El tíbro de los ean- 
toret, y coya circolacion ha sido tal, que desdes de halarse 
hei^ Beú Buraervsas edicioueB, no se encuentra hoy eiem> 
piar nÍBgmio de él en las librerías españolas. Sea por 
casual COTDcMencia, sea por influionda de aquel libro, nues- 



DisiiMoGooglc 



logw t«n privilcgjado ccoM eli ^e- oauíM el KeiMBcenCR en 
1a antágiía. Yo, «ae «qj- eL autor de aqnel Ite», so eNA 
p«aat de iliuo. é inmisiieBtin ü empero obbaiMr pau los cuen- 
(u populoreB to qna obtt»« ptin loi caMUM. biu b«nn»naiL 



IV. 

He cttDctnicIsr querido Hdnuda^ d« itafelaf de este Ufaoi 
qnct ai. UeM alguonL importanna, ñl«8¿fina y algiiiuk «wcwiedj 
mis qaa ái. MI idgeBÍa, Be Miea & 1& i^entüa 7 el e^inte 
popular que en el desempeño de m. bnd* y férma> me han 
servido da gm»; pero tm> quiero teoHnar esta proUgúUoi 
dedi«at»ns síd- apnivieahar la ooaBÍoa, do del: todo inopor^ 
tuna., pAnn donÍD algo qi» hace tíraipo deeeatw decir. 

La iontiA popnloc ea muy conreniente M las ehraa lite»- 
ntriat q«e, como esta, aipiraa L deleitar é iastmir- algo, 
parlifiilaniffflWr en el seno de la. familia. T«áa« lae gtnte^ 
annque pertenezcan á la clase más elevada de la sociedad, 
tienes algo^ é, más. Umi, üea^ mnalio de la. qos se llama 
puediáOf. porque hasta eL más. oaeipanuda, j perfitadm en la 
vida pébUea, «^ on la vida, pmada, en la vida-intim,. en 
la viáa de la amistad, y. la familiai, aenrallo', {aimliar, vulgar 
en ^pa^p■W)Hl, popBlw; ¿Qiiifii«ai.ap«iC«r, qi>«iid»'Ed*iarda:, 
k ^iQ.cBOk ocadoceB y eedritores. que aaand« hablan y eecni- 
hen, ea pública Be.remsatan al quinao cielo j no saben lalii 
da lu0, étec y estteUas, y se diña ^e se. \m subleva el 
estám^ga auand»; daBciendeN á estas regíosea sab-lnnMae, 
descienden en el &&dO' da. sn .hogar á.todoe loe modianoi y 
todas keuacetODsi del pnebi»? Es qse el lentinienAa, la 
aeciooj ; 1& e^>]ieii«D popolacaao uáa espe<»f de iualiato 
natuml .eajiiaatras.: ^ati ü-esia axjaaá^' omit firammente 



DisiiMoGooglc 



creo, el arte literario, qae imita el fondo j la forma,' el 
Bentiinieiito y la espresion del pueblo, llera en tí una eficae 
garantía de éxito, 7 no aé eeplicarme cómo en EqiSña son 
tan pocos los que le ejercen, cómo son son menos loa que 
no le ejercen empíricamente, poi^ne U verdad es que ea 
el noventa j cinco por ciento de naestras obras literarias de 
coatnmbres populares, el fondo y la forma son falsos, pues 
el pueblo no sieute, ni obra, ni habla como allí se pre- 
tende. 

Concretindome solo al lenguaje que se atribuye al pueblo, 
pudiera citarte cien modismos que el pneblo no osa ní ha 
Dwdo nanea en ningimn comarca de Espaila, y ein embalo, 
■on la muletilla obligada del noventa y cinco por ciento de 
los que en el libra, 6 en el teatro, ó en el periódica con- 
ceda la palabra ai pneblo y le sirven de apuntadores. Y 
en mi humilde concepto, todo esto sucede porque el noventa 
y cinco por ciento de loa que ejercen el arte propiamente 
de imitación, cuiden poquiumo 6 nada de estudiar en la 
naturaleía, que ea de donde procede todo lo verdadero, 
y por consecoraicia , todo io. bueno que encierran las obras 
del arte. . 

Con esto, mi buen Eduardo, no he querido erigir cátedra 
de maestro en el arte literario, que ya sé que no valgo 
para -eso, sino eqilicar cuál es mi inodo de penaar en cier- 
tas materias, poca esi^car asi los esceaos de reaüstito que 
me han echado en cora algunos críticos miiS ó menos auto- 
rizados y olgonoB otros faltos de toda autoridad literaria, 
como un caballero particular bOboino í quien yo mismo ol 
decir qne le cargásemos los escritores de costumbres ver- 
daderas, porque en la verdad no hay ni puede haber poesía, 
pues poesía y mentira son una migma coaa. 

Tá, qne fatigado de luchar en Madrid por conquistar 
gloria y un poco de bienestar, te convenciste al fin de que 
en estos tiempos que corren esa conquista era aquí an im- 



DisiiMoGooglc 



posible para gentes de alma tan honrada como la tnfa, y 
foifite á pedir descanso j consuelo á eee hermoso, tranquilo 
; amado rincou de Asturias, donde los has encontrado en 
el seno de la &milia j en los encantos de la naturaleza ; 
del cQltivo de la poesía; tú sabrás si en la verdad hay 6 
no poesía, j por tanto si vale 6 no algo el humilde libro 
qne envía á que te salude cariñosamente en tu retiro de 
Celório, tn amigo 



AlíTOlíTO DE TRDEBA. 



Madrid 1." Noviembre 1873. 



DisiiMoGooglc 



DisiiMoGooglc 



EL CURA DE PARACÜELL08. 



Tinuí, KsrrMlOQM. 



.Cooyle 



.Google 



I. 

Xaracuellos, que eg un lugar de tree al cuftrto, situ&do 
en la orilla izquierda del Jarama, como dos leguas al Oriente 
de Madrid, tenia un señor cura que, mejorando lo presente, 
Tilia cualquier dinero. 

Eb cosa de contar de cuatro plumadas bu vida, que la 
de los hombres que valen se ha de contar y no la de aquellos 
de quien se dice: 

Xn al inundo b>7 masbiH boateM 
de DiitoriB t>D mlg«r>Iila, 
qne le cam-ptnSU dlclando 

Su padre era un pobre jornalero que no sabia la Q, de 
lo cual estaba pesarosísimo, tanto que no se le caia de la 
boca la mizima de qne el saber do ocupa lugar. Conse- 
cuente con esta máiima, puso el chico á la escuela, 7 el 
chico bizo en pocos meses tales progresos, que, según la 
Mpresion de su buen padre, leia ya como un papagayo. 

¿si las cosas, dio al pobre jornalero un dolor no sé en 
qué parte, y se murió rodeado de su mujer y sus hijos, re- 
pitiendo á estos, y muy particularmente al escolar, que era 
el mayor, su eterna canción de qne el saber no ocupa 
lagar. 

La madre de Fepillo, que así se llamaba nuestro héroe 
1* 



DisiiMoGoogk 



4 SL CUSA. DE PABÁCUBLLOS. 

(como dicen los genealogiatas , aiuniue su héroe no sea tai 
héroe ni tal calabaza), se vio negra para tapar tantas bo- 
quitas como le pedían pan k todas horas, y como le saliese 
proporción de acomodar & Pepillo con un amo que le man- 
tuviese, vistiese y calzase (vamos al decir), no tuvo jaks 
remedio que aprovecharla, por más que le doliese quitar al 
chico de la escuela. El amo con quien la tia Tritona (que 
asi se llamaba la viuda) acomodó á Pepillo, era el mayoral 
de una de las toradas que pastan en la ribera del Jarama, 
según sabemos por los poetas que tanto han molido al re- 
spetable público con los toros jarameños, como si los toros 
fiíeran un gran elemento poético. 

Pepillo se pasaba el día en aquellos campos arreando 
pedradas con la honda á los toros que se desmandaban, y 
muy contento con no perder de TÍsta á su pueblo natal, que 
se destaca encaramado en un alto cerro que domina toda la 
campiña y muy particularmente las praderas bañadas por el 
Jarama. Era tal el apego que Pepillo tenia á su pueblo, 
que llevarle U donde no le viera hubiera sido llevarle al 
campo-santo. Ya esto dice mucho en su favor, porque no 
puede menos de ser un bribón de siete suelas el que no 
tiene a^ego al pueblo donde ha nacido, donde se ha criado 
y, donde están, vivos 6 muertos, sus padres, aunque el pueblo 
sea tan desgalichado como lo son casi todos los de las cer- 
canías de Madrid (y perdonen sus naturales el modo de 
señalar). 

Como Pepillo tenia muy presente la máxima de su padre 
de que el saber no ocupa lugar, pensó que tampoco le ocu- 
parla el saber capear á un toro, que al fin saber es, y 
tomando lecciones de esta ciencia del mayoral y los aficio- 
nados al toreo que con frecuencia visitaban la torada, logró 
poseerla con rara perfección. Clomo riese que, gracias k ella, 
se habla librado más de una vez de que un toro le hiciese 
cosquillas, se volvía lleno de emoción hacía aquel canipa- 



Di8l.;Mí>G00t^ie 



nano negro y alto í cuya santa sombra descansaba su pobre 
padre, y exclamaba: 

— I Gracias, padre, pues at amor al saber que me infun- 
díate debo el no haber quedado en las astas del toro! 

Tal afición fué tomando Pepillo al toreo, que dedicaba 
& él todos fius ratos de ocio, y, como su amo se lo per- 
mitiese, no perdia una corrida de novillos de las que se 
celebraban en loa pueblos cercanos de Barajas, Ajalvir, Co- 
beña, Algete y otros, donde hacia prodigios con su destrezli 
táurica; pero un dia se hizo estas reflexiones: 

— Mi buen padre decia que el saber no ocupa lugar, y 
me aconsejó en la hora de su muerte que, lejos de olvidar 
esta máxima, la tuviese siempre presente y me guiase por 
ella. ¿Me he guiado por ella hasta aquí? No hay tales 
cameros, porque el saber que hasta aquí he adquirido se há 
limitado al toreo, y el saber no se limita á esta ciencia, que 
se estiende á otra infinidad de ellas. To quisiera ser qd 
a&belo-todo, y donde todo se aprende es en los libros. A ver 
si me proporciono por ahi unos cuantos y regocijo á mi 
pobre padre en el cielo, ó donde esté, haciéndome un pozo 
de sabiduría. 

Apenas se habia hecho Pepillo estas reflexiones, acertó 
por casualidad á pasar el Jarama, por la barca que está al 
pié de Paracuellos, uno de esos libreros ambulantes que van 
por los pueblos vendiendo sabiduría con los libros que , can- 
sados de estar en casa de Navamorcuende, salen á tomar un 
poco el aire en las calles de Madrid y luego van i veranear 
en las provincias. Con las propinas con que habian recom- 
pensado sus hazailas tanrinas los aficionados (con perdón de 
ustedes) á cuernos, asi cuando visitaban la torada de casa, 
como en las sovilladas de los pueblos, compró media docena 
de libros y se dedicó en aquellos campos de Dios (y de los 
toros bravos) á estudiar en ellos. 



DisiiMoGooglc 



I PAIUCUBLLOS. 



II. 



Un Grande de España abandonaba con frecnenda su pa- 
lacio de Madrid y se iba h Algete. ¿A que no saben Vda, 
6 qué iba? Pues iba & sacar la tripa de mal año.porqae 
le Bucedia una cosa muy rara: no podia atraTesar bocado 
en su casa, aunque su cocinero estudiaba con el mismísimo 
demonio para abrirle el apetito, j en Algete comía como un 
sabañón del bodrio cargado de pimentón y azafrán con qne 
ge alimentaban, tumbados con él en loa surcos, loa trabaja- 
dores de una posesión que tenia allí. 

A este Grande (que ya se conocía que lo era en su añcion 
& hacerse pequeño) le chocaba, siempre que pasaba por la 
cuesta de Iban-lbañez, un muchacho muy enfrascado en la 
lectura de algún libro, sentado en aquellos vericuetos, mien- 
tras los toros pastaban en las praderas inmediatas. Un dia, 
en ves de continuar su camino hacia la barca, se diñgiú 
hÍLcia el muchacho y le llamó, deseoso de satisfacer su 
curiosidad. 

Pepillo se apresuró i bajar de los cerros, saliendo al 
encuentro de aquel señor con el libro bajo el brazo y el 
sombrero, gorra ó lo que fuese, en la mano. 

— Mochacho, le dijo el Grande, ¿qué es lo que todos 
los días lees con tanta atención eo esos cerros? 

— Señor, leo unos libros muy sabios, le contestó Pepillo 
chispe^ndole los ojos de admiración y entusiasmo al hablar 
de los libros que leía. 

— ¿Y lees para entretenerte 6 para instruirte? 

— Para instruirme, seflor. 

— iHotal ¿Conque quisieras ser sabio? 

— [Vaya si quisiera I 

— Pues para tu oficio no ae necesita saber mucho. 

— Señor, el saber en todos los oficios es bueno. Mi 



DisiiMoGooglc 



U. CDBA I» PIBACUBLLOB. 7 

padre que eBt£ en gloria decia que el saber no ocupa lugar, 
; tenia mucha razón. 

— Ciertamente qne la t«iiia. ¿Y tú pieasas pasar la 
Ttda guardando toros? 

— 6i no hay otro remedio, me contentaré con obo, aun- 
que tengo eaperanzaB de eer algo m&s. 

— ¿Y se puede saber qué esperanzas son ésas? 

— SI, señor: las de ser torero. 

— ¿Y esto te parece ser algo m¿s? 

— iPues no me ha de parecerl 

-~ Te equivocas, muchacho; ser torero nunca es ser 
a^ más. 

— ¿Pues qué es? 

— Siempre es ser algo menos. 

— No le entiendo ¿ Vd., señor. 

— Cuando estudies algo mis, lo entenderás. 

— Pues tengo ganas de estudiar para entenderlo. 

— ¿Conque tienes afición al estudio? 

— Mucha, señor. 

— Pues ai quieres estudiar, yo te costearé los estadios. 
¿Qué carrera quieres seguir? 

~ Señor, ¿qué entiendo ¡ro de eso? La que ¿ usted le 
parezca m^or. 

— ¿Quieres seguir la miUtar? 

— Esa no me hace mucha gracia. 

— ¿Por qué? 

— Porque el militar mata. 

— Estás equivocado: el militar defiende. 

— Bueno; pero como Paracuellos no tiene guarnición..... 

— ¿Quieres ser arquitecto? 

— Como no ae hacen casas en Paracnellos 

— ¿Quieres ser marino? 

— Como no andan barcos en el Jarama 

— ¿Quieres ser médico? 



DisiiMoGooglc 



8 BL Gütti US PABicnELLOB. 

— Como el de Faracuellos es tan joven 

— 81, señor, porque el señor cura de Paracuetlos es jí 
yiejo j cuando se muera le reemplazaré yo. 

— [Ah, yat ¿conque tú no quieres alejarte de Para- 
cuellos? 

— Le diré á Vd-, señor: si para estudiar no tengo más 
remedio que alejarme , me alejaré ; ¿ pero alejarme para 
siempre? Eso no, sefior; mé^ quiero arar tierra cerca de 
Paracuellos que arar diamantes lejos. 

— Bien, hombre, no me disgnata 'tu modo de pensar. 
Un poco exagerado es, pero ya vendrá el tio Paco con la 
rebaja. 

Algunos años después, Pepillo ya no era Pepillo; era el 
Sr. D. José, eura párroco de Paracnellos, cuyo curato, va- 
cante pOT defunción dei anciano que le desempefiaba, había 
obtenido apenas canté misa. 



in. 

El señor cura de Paracnellos casi no tenia pero. Annque 
joven, era el cura más sabio desde Madrid é, Alcalá, y en 
punto á virtud y celo en el desempeño de su sagrado mini- 
sterio, todo lo qne se diga fe poco. 

Haciendo prodigios de orden y economía durante sus 
estudios, con los ahorros de la pensión de ocho mil reales 
anuos que el Grande de España le liabia pasado hasta qne 
se ordenó de misa, habia ayudado á su madre, de modo qne 
esta babia vivido perfectamente y educado á los otros chicos. 
Cuando D. José obtuvo el curato de sn pueblo, sus hermanos 
no necesitaban ya de su apoyo, pues habían aprendido buenos 
oficios y se ganaban muy bien la vida. En cnanto á su 
madre, ee la llevé consigo á su casita, y la buena mojer. 



DisiiMoGooglc 



9 

tkD euradita, ten aseada j tan gaapa, reventaba de orgullo 
y alaria oyéndose llamar la madre del señor cura, en lugar 
de la tía Trifona, como la llamaban antes. 

Repito que casi no tenia pera el señor cara de Para- 
caelloB: él no tenia cosa suya si los pobres la necesitaban; 
él era puntualísimo en lo tocante al culto, el confesonario 
7 la administración de Sacramentos; él tenia la iglesia como 
ana tacita de plata; él predicaba con tanta elocuencia, que 
los mujeres se le querían c«mer vivo y & boca llena le lla- 
maban pico de oro; él era de alma tan pura y candorosa, 
qne cuando nn muchacho le confesaba que había dado un 
pellizco á una muchacha, le preguntaba si la muchacha se 
habla reido ú había llorado, y si le contestaba que ae habia 
reído, no le echaba por el pellizco penitencia algaua; él 
había conseguido i. fuerza de predicar á la tabernera que 
la fuente del pueblo diese agoa suficiente para el consumo 
del vecindario; ét había quitado 6 los señores de jasticía 
la picara maña de refrescar en las sesiones de ayuntamiento 
con vino, chuletas, jamón, cochinitos y otras porquerías por 
el estilo; él, en fin, era un señor cura qne casi no tenia pero. 

El pueblo paraciiellano veia por sus ojos, porque además 
de todas estas buenas cualidades, tenia otra qne le enamoraba, 
y era la afición del señor cura a) toreo y su pericia en 
capear, picar y poner un par de banderillas con el mayor 
silero al toro ro&s bravo. Ya se sabía: todos los días, des- 
pnes de cumplir con los deberes de su sagrado mioisterio, 
el señor D. José habla de bajar & las praderas del Jarama 
á entretenerse un poquito capeando ó poniendo no par de 
varas al toro de más empuje y bravura de cuantos allf 
pastaban. Y el s&bado por la tarde, único día en que se 
mataba en Paracuellos una res vacuna para el consumo del 
lecindarío, ya se sabia también: el señor D. José habla de 
ir al matadero & dar un palito de muleta & la res que se 
iba i. matar. 



tó<mGooQlc 



10 BI. OÜRi PB PARACtíBLLOS. 

Poea ino digo nada de lo que posaba cuando en Para- 
cuellos había corrida do novilloa, que era con mucha fre- 
cuencia, porque el pueblo paracuellauo era loco (con perdón 
de ustedes) por los caemos I Así que aparecía el novillo 
mke bravo, el pueblo paracuellano mandaba una comiuon 
al seíior cura para rogarle que saliese 4 la plaza é hiciese 
alguna de las suyas. El señor cura, como era tan modesto, 
se ponia colorado como un tomate con el rubor que le cau- 
saban tal honra y los elogios que la comisión popular pro- 
digaba á su valor y su destreza táurica, y despueii de escu- 
sarse laii^ rato y hacerse el chiquito, concluía siempre por 
acceder 4 las instancias del bondadoso pueblo paracuellano, 
y una vez en la plaaa, hacia maravillas con el novillo, hun- 
diéndose los tablados 4 fuerza de aplausos al señor cura, 
cuya destreza era tal, asi en la plaza de Paracuellos como 
en las praderas del Jarama, que lo más, lo mia que le solía 
suceder, era volver al tablado ó al pueblo con un siete en 
el pantalón por salva la parte. 

Solo un inconveniente tenia la sabiduría en el toreo del 
señor cura de Paracuellos, y era la envidia que los pueblos 
iomediatos tenían 4 Paracuellos por el cura que poseía, y 
de esto resultaba cada paliza, que se llenaba de presos la 
cárcel del partido. Los paracuellaoos estaban tan orgullosos 
coa el mérito táurico de su señor cura, que para ellos no 
valía un comino el mejor torero comparado con el señor 
cura de su pueblo, iban, por ejemplo, 4 Algete 4 una 
corrida de novillos: un diestro aficionado 6 un torero de 
oficio hacia una suerte maravillosa, y el pueblo entsro pro- 
nunpia en vítores y aplausos; en aquel instante no faltaba 
un paracuellano que grítase: — u)Eso lo hace por debajo 
de la pata el señor cura de Paracuellos I» ¥ ya teoian 
ustedes anoada uua paliza de cuatrocientos mil demonios. 

Todo eran intrigas por parte de los pueblos inmediatoa 
para quitar 4 los paracuellanos su señor cura y hacerse 



DisiiMoGooglc 



EL CUBA DE PABílCUELUOS. 11 

ellos con párroco de tal ubidurla táurica; pero si, ibuenas 
y gordas t El señor cura de Paiacuellos era tan amante de 
BU pueblo nativo, y á pesar de bu increíble modestia estaba 
tan orgulloso con el aprecio que el pueblo paracuellaoo 
hacia de bu mérito tauromáquico, que ni por una ciwongla 
de Alcalá hubiera trocado su curado de Paracuellos. 

No faltaron intrigantes de Ajalrir y Cobeña que le aa- 
lieron con la pata de gallo de que bí habia sido tolerable 
que cnaado estudiante no abandonase su aticion al toreo y 
ht^ta se eaorgulleciOBe con loe aplausos que le prodigaba 
el público por un salto al trascueruo ó un capeo á la verú- 
Dica, tal afición y tal orgullo enuí muf feos y no se podían 
tolerar en un señor cura párroco; pero el señor cura veik 
Teñir á los de Ajalvir y Cobeña, j los echaba enhoramala 
diciendo para si: 

— Señor, si es máiima umversalmente admitida y san- 
cionada que el saber no ocupa lugar, y yo sé á maravilla 
el difícil arte de Homero, Pepe-Hillo y CosüUaies, ¿A qué 
santo he de renunciar el cultivo de este arte tan honeato 
en mi, que todas las deshonestidadea que me proporciona se 
reducen al cabo del año á media docena de sietes en el 
pantalón por salva la parte? 

Un dia el br. D. José, como todos loa párrocos del par- 
tido, recibió una comunicación del aeñor cardenal arsobispo 
de Toledo, en que au eminencia le anunciaba que se pre- 
paraba á la Banta TÍgita de la dióccaís y de tal á cual dia 
iría por Paracuelloa. 

Recibir el Sr. 1). José esta noticia y empezarle á temblar 
las piernas como campanillas, todo fué uno. 

— Pero, aefior, decía, ¿qué será esto? ¡Temblar yo al 
acercárseme un cardenal arzobispo, cuando ntmea he tem- 
blado al acercárseme un toro bravo I Algo malo me va á 
pasar, aunque no aé por qué. 

¥ á todo esto, al señor cura aeguian tembl&ndole las 



DisiiMoGooglc 



12 KL (JUBA DB PABACOELLOB. 

pantorrillas, y como era tan candoroso y blanco de concien- 
cia, ni por el pensamiento le pasaba que sas tristes presen- 
timientos pudieran tener algo qne ver con bu afición (con 
perdón de nstedes) é, los caernos. 



IV. 

Las campanas de Barajas se iiaciau astillas á fuerza de 
repicar. 

El temblor de piernas volvió h anunciarle at señor cura 
de Paracnellos alguna desazón mu; gorda. 

— I Ya pareció aquello! exclamó el seBor cura al sentir 
aquel temblor y aquel repique, y acompasado de todo el 
vecindario, salió al alto de junto k la iglesia y se puso i 
mirar hacia Barajas, que está enfrente, cosa de media legua, 
al otro lado det rio, Al tin un grupo de gente que rodeaba 
un coche apareció k la salida de Barajas, y tomó cuesta 
abajo en dirección i la barca de Paracnellos. 

— ¡Ya viene, ya viene su minencia! gritó el pueblo pa- 
racnellano, mientras el Sr. D. José, temblándole míe que 
nanea las paotorríllas, ordenaba al sacristán que anbiese á 
la torre y prorampiese en un repique de doscientos mil 
demontres. 

£1 señor cura se fué á revestir para recibir al prelado 
en el pórtico de la iglesia, y los señores de justicia, todos 
arropados con capas pardas , aunque hacia un calor que se 
asaban los pájaros, y seguidos de casi todo el rest« de sus 
feligreses, bajaron & recibir á su eminencia al pié de la 
cuesta de Paracuellos. . 

El señor arzobispo, así que despidió en la orilla derecha 
del TÍO á los cabildos eclesiástico y municipal de Barajas, 
pasó la barca y fué recibido inmediatamente por los de Pa- 
racuellos. Venia bueno, aunque muy sofocado, porque era 



DisiiMoGoogic 



X3 

muy grueso y haciti mucbo calor, y acogió con mucha bene- 
(Olencia é, los señoree de justicia de Varacuelloa, & quienes, 
por supuesto, dí6 á besar el anillo, asf como Jt los demás 
pscacuellanoB. 

La subida al pueblo es violentísima, y eu su vista el 
señor arzobispo manifestó que, temeroso de que se estro- 
pease en ella el bermoso tiro de muías de su coche, se deter- 
minaba á subirla á pié. 

— So lo consentimos, minentísimo señor, le replicó el 
señor alcalde lleuo de entusiasmo, eu el que le secundaron 
los demás señores de Justicia y el pueblo entero. Vuestra 
ffiinencia subirá en coche y el pueblo paracuellano tirará 
de él. Vo soy el primero que voy á tener la honra de me- 
terme en varas para ello. 

Y asi diciendo, el señor alcalde y los demáfi señores de 
justicia se preparabau á quitar laa colleras á las muías para 
ponérselas ellos, cuando el seúor arzobispo se lo impidió 
con benévola sonrisa, dicléndoles que deseaba subir á pié 
y aun se proponía recorrer del mismo modo los pueblos de 
tu^uel lado del rio, porque le convenia mucho hacer ejercicio 
á ver si así disminuía algo su obesidad. 

Ho tuvo más remedio el pueblo paracuellano que renun- 
ciar i, aquella ovación con que deseaba obsequiar al ilustre 
prelado; pero desde aquel momento los señores de justicia, 
interpretando belmente los sentimientos del pueblo que tan 
dignamente representaban, se propusieron no dejar marchar 
de Paracuellos al señor cardenal arzobispo sin disponer al- 
|tma tiesU notable en su obsequio. 

El señor arzobispo visitó la parroquia y quedó compla- 
cidísimo del estado en que la encontró, por lo que colmó 
de elogios al señor cura, que, como era tan modesto, se 
luborizó mucho de los piropos que le echó su eminencia, 
piropos que se renovaron cuando el señor arzobispo se fué 
luego enterando de que el seiior cura tenia el pueblo como 



,C;<H)yie 



14 BL CORA 

nna balsa de aceite en punto á instrucción moral y re- 

Mientras el señor arzobispo comia y descansaba dur- 
miendo un poco de siesta, una agitación inusitada se notaba 
en la casa de ayuntamiento y en la plaza. En la primera 
conferenciaban y daban órdenes loa señores de justicia, y 
en la segunda se tapaban las boca-calles con carros y se 
levantaba una especie de tablado con maderos y trillos. 

Los señores de justicia, presididos por el señor alcalde 
j de toda gala, es decir, todos encapados, aunque ardian 
las piedras, salieron de la casa consistorial y se dirigieron 
k la del seSor cura, donde ae hospedaba el señor cardenal 
arzobispo, que los rocibió con su habitual beneTOlencia. 

El señor alcalde, que no tenia nada de cobarde, parti- 
cularmente cuando, como entonces sucedía, habia tirado ojiaos 
cuantos buenos latigazos al morenillo de Arganda, faé quien, 
naturalmente, tomó la palabra diciendor 

— Hinentísimo señor: el pueblo paracuellano, de quien 
sernos dinoB representantes, esUi namorao del aquel con que 
Tuestra minenoia le ha dao á besar la sorttja piscopal, y su 
diño ayuntamiento, discrismfrndose por encontrar modo y 
manera de oseqniar 6 vuestra minenoia, ha descutido y con- 
ferido lo más conviniente & amas & dos magestades derina 
y humana, y ha encontrado que naa mejor que una corria 
de norillos, máisime que Paracuellos tiene pa eso una alhaja 
que le envidian toos los pueblos de la reonda, porque ellos 
la tendrán en lo cevll, pero en lo clesiástico como la tiene 
FaracuelloB, no |voto va briosl 

¥ asi diciendo, el señor alcalde entusiasmado dio eo el 
Bnelo con la contera de la vara con tal fuerza, qne bizo 
ver las estrellas y soltar un ipor Tia de Cristo padre 1 al 
señor procurador sindico que estaba k so lado y k quien 
le dejó un dedo del pié despachurrado dentro de la alpanptta. 

El señor cardenal arzobispo, k pesar de toda su gravedad, 



DisiiMoGooglc 



EL CDBA. DB PABACOBLLOS. Ifi 

no pado menos de tumbarse de risa en el sUlon donde estaba 
repantigado escuchando la arenga. 

— Veamos, señor alcalde, preguntó al fin dominando la 
risa, qué alhaja eclesiástica es la que tienen ustedes para 
amenizar las corridaB de noTÍlIos. 

— ¡Qué alhaja ka de ser, tmueiittrirao seior, sino nneitro 
sdor cura, que se pasa por debajo de la pata i, todos tos 
toreros de Madrill 

— ¿Y quién les ha dicho & Vds. eso? 

— Naide, minentisimo señor, que too el lugal lo está 
viendo toos los días. 

~ ¿Y dúnde lo ve? 

— Lo Te en la orilla del Jarama, en el matadero y en 
la plaza del lugal siempre que hay novillos. 

— ¿Pero el señor cura sale á lidiarlos? 

— ¿Qne ú Bale? Ji, ji, iqué atrasaa de noticias esti 
vuestra minencia! Esta tarde mesma se veri si hay en el 
mundo, con ser mundo, quien salte al trascuemo 6 ponga 
nn par de banderillas con tanta sal y salero como el señor 
cara de Paracuellos 

El señor cardenal arzobispo, que se habia ido poniendo 
>éria y triste conforme hablaba el alcalde, interrumpió á 
este diciéndole : 

— Bien, bien, señor alcalde, tengan Yds. la bondad de 
retjraree para que yo pueda pensar si debo 6 no aceptar el 
obsequio que Tds. me ofrecen y que de todos modos agra- 
dezco mucho. 

Los señores de justicia se retiraron, y el señor cardenal 
araobispo llamó al señor cura, que, ocupado en sns rezos, 
no habia presenciado aquella singular audiencia, y que, á 
pesar de que de nada le remordía la conciencia, sintió que 
volvían & temblarle las pantorríllas. 



.Cooyle- 



V. 



— Ije&or cura, siéntese Vd. aquí, é. mi lado, d^o el señor 
cardenal arzofaiepo con una mezcla de bondad y severidad 

, que alarmó im tanto al señor cura, i pesar de lo muy traa- 
qnila que este tenia siempre la conciencia. 

— Gracias, eminentísimo señor. 

— No hay de qué darlas, seúor cura. Dígame usted: 
¿ea verdad, como me han asegurado, que es Vd. peritísimo 
en el toreo? 

— Es favor que me hacen sin merecerlo, eminentísimo 
seüor, contestó el señor cura bajando los ojos y ruborizán- 
dose por efecto de su natural modestia. 

— De seguro que los que me lo han dicho no le han 
becho á Vd. favor alguno, sino, por el contrarío, y quizá 
sin querer, un gran agravio. Conque vamos, señor cura, 
¿qué hay de cierto en lo que me han asegurado? 

— Lo que hay de cierto, eminentísimo señor, es que no 
paso de un simple aficionado al toreo. 

— ¡Y hasta dónde lleva Vd. esa afición! 

— No pasa, eminentísimo señor, de bajar por las tardes 
á divertirme un rato orillas del Jarama capeando algún tor(r 
bravo, entretenerme el sábado en el matadero dando lUigu- 
noB pases é. la res que se va &■ matar, poner algunos pares 
de banderillas cuando hay corrida de noviUos en el pueblo, 
y si la hay de muerte trastearle y despacharle de un mete 
y saca recibiendo. 

El señor cardenal arzobispo, cuyo rostro se habia ido 
encendiendo de indignación mientras hablaba el señor cura, 
que lo atribula á entusiasmo Uuirico de su eminencia, se le- 
vantó, exclamando con severidad: 

— Basta, señor cura, que no necesito saber más para 



,C;<H)yie 



BL CUSA DB PÁ&XCUBIiIiOB. 17 

decir i^ue Yd. es indigno de ejercer la cnra de almas que 
le eBt¿ encomendada. 

— Eminentisimo aeiiorl . . balbuceó el señot don José, 
temblándole, no ya las pantorríUaB, sino todo el cuerpo. 

— Nada me replique Vd. Toda la BatiBfaccion que me 
liabia causado la conducta de Vd. como párroco, queda onu- 
l&ia y desvirtuada con au conducta de Vd. como aficionado 
«1 toreo, j desde hoy tengo & bien retirarle á Vd. las licen- 
cias para ejercer el ministerio utcerdotal. 

— iPerdon, eminentisimo señor! exclamó don José que- 
riendo acTodíllarBe bailado en ligrimas á los pies del principe 
de la Iglesia; pero este se mostró inflexible con él, y dis- 
gustado de haber tenido que reconvenir j castigar allf donde 
babia creido tener solo que elogiar y premiar, determinó 
pasar inmediatamente á Ajalvir en vez de pernoctar en Pa- 
racuellos, como habia pensado. 

Pronto se divulgó por el pueblo la triste noticia de que 
el señor cardenal arzobispo babia retirado al señor cura loa 
licencias de celebrar misa y confesar, por an afición al 
toreo, y que au eminencia abandonaba aquella tarde & Para- 
cuellos. 

Todo el pueblo se llenó de pena, y no se oian más que 
lloriqueos en las cosas y en las calles. 

— ¡Y yo, exclamaba el seüor alcalde desesperado, y yo 
que he sido quien sin querer ha dilatao al señor curalt... 

Inútil fué que el ayuntamiento y comisiones de las clases 
mis respetables del pueblo paracuellano se presentasen al 
aefior cardenal arzobispo en súplica de que dejase sin efecto 
la retirada de licencias eclesiásticas al señor cura: el señor 
cardenal arzobispo continuó inflexible , contestando que por 
m&B que lo sintiese, era en él deber de conciencia el no 
csnseutir que un sacerdote degradase y ridiculizase su sa- 
irado ministerio con aficiones y ejercicios tan contrarios y 
«puestos á BU augusta gravedad como el ejercicio del toreo. 

TitniBi, NaTTMioSH. 2 



DisiiMoGooglc 



18 XL CO»A 9B TABACDBU.Oa. 

Sa eminencia partió eü efecto de Paracuelloe aquel1& 
misma tarde, y el pueblo paracaellaDO en maHa quedA firme- 
mente dtapueato & mover cielo ; tierra para rencer el rigor 
del señor cardeiMl antobispo. 

En cuanto al señor cura y m desconsoUida señora madre, 
ni aun tuTieron valor para salir & despedir á sn enÜBencia, 
tomando parte en el coro de Ututo y súplicas con que saliA 
i, despedirle todo el pneblo: ambos qnedarffli en casa llorando 
y pidiendo al milagroso Santo Cristo de la Oliva (muy vene- 
rado de todos aquellos pueblos & pesar de ser de Cobeña) 
que ablandase el corazón del señor cardenal arzobispo. 



VI. 

El señor cardenal arzobispo había pernoctado en Algete 
desg^nefl de visitar los pueblos de toda aquella banda izquierda 
del Jarama, y se dispoaia & volver & Hadñd para descansar 
algunos dias y continuar la risita por su dilatada diócesis. 

Inútiles babian sido todos los empeños |y súplicas con 
que en nombre del pueblo paracuellano, le habían importunado 
las personas más respetables de aquella comarca para que 
devolviese las licencias eclesi&sticas al señor cura de Para- 
cuellos, que aparte de sn picara afición al toreo,, era, según 
le decían todos, un sacerdote ejemplar: el señor cardenal 
arzobispo había continuado infleiible, contestándoles con 
un (fóm. 

El señor cura de ParacuelloB y sn señora madre, poniendo 
ya solo en Dios su esperanza, se' dirigieron & Cobeña íntes 
de salir et sol, sin más objeto que oir una misa en el altar 
del Santo Cristo de la Oliva, y pedir é, este milagroso Señor 
que el señor cardenal arzobispo de Toledo perdonase al 
sacerdote castigado y ya profundamente arrepentido de sus 
faltas. 



DisiiMoGooglc 



BL COBA t>B PUtACtTBLIOH. 19 

Cuando ya, Rabian oído la mÍBa 7 orado larga y entraña 
blement« y se dÍBponian & volver i Faracaelloa, oyeron re- 
picar las campanas de Cobefla: era que el sefior cardenal 
*rzobispo, de regreso de Algete, qne dista de alli medift 
legua, entraba en la Tilla de paso para Madrid. 

Creyendo la anciana y aa hijo que por permisión de Dios 
tropezaban allí con el primado de las Espailas y debiaa 
aprovechar aquella ocasión para dirigirle personalmente sus 
aAplicaa, le salieron al encuentro junto Jt la fnente qne eat& 
& la 'entrada del pueblo, y se arrodillaron k sus plés anega- 
dos en ligrimas. 

El señor cardenal arzobispo tes di6 á besar el anillo y 
los levantó amorosamente no menos conmoyido que ellos, 
pero, haciendo nn penoso esfuerzo sobre su totuntad de 
hombre para no someter é, ella su voluntad de prelado, vol- 
TiA á negar al pobre señor cura la gracia que este le pedia, 
j atravesando la población, sin detenerse apenas en ella, 
siguió á pié hjkcia la barca de Faracuellos. 

El cura y su anciana madre le siguieron triatemeDte, la 
anciana ocultando á su hijo las lágrimas con el rebozo do 
en mantilla de franela, y el cura ocultando á sil madre las 
Gnyas con el embozo de su capa. 

El señor cardenal arzobispo y sn comitiva tomaron la 
cuesta de Iban-lbañez, que termina en las praderas del Ja- 
rama, por entre las cuales y el cerro de Faracuellos hay 
que caminar un buen rato para llegar h la barca donde 
esperaba al cardenal arzobispo el coche. 

El señor cuia y su señora madre estuvieron i. punto de 
dirigirse al pueblo por los cerros en vez de bajar 6 las pra- 
deras; pero yo no sé qué corazonada le dio al sefior cura, 
que dijo á su madre: 

— Madre, vamonos por abajo. 

En el momento en que el cardenal arzobispo y au acom- 
pañanüento ponían el pié en la pradera, un toro de una 



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30 KIi CUBA DB. »AJBACnELL08. 

tgr&da que pacía macho m&í arriba & la orilla del rio, y 
que no había quitado ojo del sefioi cardenal deade que este 
seomó por lo alto de la cuesta con su trt^e encamado, par- 
Ui como uua centella praderas abajo, sin que bastaran á 
detenerie los esfíierzos que para ello hacian los vaqueros. 

El señor cardenal y su acompañamiento, viendo que et 
toro Be les venia encima como una furia infernal, apretaron 
el paso Henos de espanto; pero el toro avanzaba en un se- 
gundo más que ellos en un minuto. Viéndole ya encima, 
los de la comitiva, Henos de terror, treparon i loe cerros; 
pero el señor cardenal, como era tan grueso, resbaló y rodó 
al suelo apenas lo inventó y no tuvo más remedio que seguir 
pradera abajo pidiendo, espantado, socorro, primero á los 
hombres j después á Dios. 

Ya sentía á su espalda las pisadas y los furiosos reso- 
plidos de la fiera, y encomendaba su alma á Dios creyendo 
llegado el momento de entregüreeU, cuando de repente le 
pareció que los pasos y los resoplidos del toro se desviaban 
algo de él, y entúnces volvió la vista y lanzó tm grito de 
esperanza y agradecimiento. 

Era qne el señor cura de Paracuellos, al ver al señor 
cardenal arzobispo en aquel terrible trance, se había lanz&do 
i, la pradera por un atajo de los que él conocía perfecta- 
mente, y saliendo al encuentro del toro en el momento en 
qne este casi tocaba con aus terribles astas al cardenal, le 
babia tendido la capa, y con admirables quiebros y capeos 
le desviaba del blanco (ó mejor dicho encamado) de aus 
iras, y daba tiempo & que llegaran los vaqueros armados 
de fuertes picas, como en efecto llegaron é hicieron í la 
fiera tomar praderas arriba á reunirse con la torada. 

El señor cardenal arzobispo, llorando de alegría y agra- 
decimiento, abrió sus brazos & su salvador y le estrechó en 
ellos, exclamando: 

— Señor cnra, este peligro en que me he visto, y esta 



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21 

salvación que á Vd. debo, son un milagro con que Dios ha 
qaerido castigar mi esceBiva severidad pora con Td. , j 
mostrarme cnán digno es 7d. de mi indulgencia. Como 
hombre le daré A nsted cuanto me pida, y como arzobispo 
de Toledo le devuelvo inmediatamente las licencias eclesi&s- 
ticoa que le habia recogido. 

— ¡Gracias, eminentisifto señor! exclamó el señor cura 
arrodillándose anegado en Ugrimas de gratitud y consuelo 
i los pies del arzobispo, que se apresará á alzarle, diciéndole: 

— No me dé Vd. gracias, señor cara, déme usted úni- 
camente palabra de que no volverá nunca á degradar el 
manto del sacerdote tendiéndole á loa pies de nna fiera 
irracional. 

— Eminentísimo señor, contesté el señor cura con toda 
la e&ision de su alma, yo prometo á vuestra eminencia por 
nú fé de sacerdote y mi honra de hombre, que sacrificaré 
mi vida, si es necesario, al cumplimiento de esta promesa 
solemne que á vuestra eminencia hago. 

Poco después el señor cara de Paracuellos y su señora 
madre subían la cuesta de la barca y otro poco después, 
cuando el señor cardenal arzobispo se alejaba camino de 
Barajas, las campanas de Paracuellos se hacian astillas á 
fuerza de repicar, y el pueblo paracuellano , congregado en 
el alto de junto á la ^lesia, se volvia ronco á fuerza de dar 
•ivas al señor cardenal arzobispo de Toledo y al señor cura 
de Paracuellos. 



VII. 

Habían pasado ya muchos años. La señora madre del 
Cura de Paracuellos, que lo era aún el Sr. D. José, dormía 
ja en el camposanto á donde habia ido á parar amada y 
bendecida del bnon pueblo paracuellano, después de haber 



(vGoogic 



S2 HL 'CmU. SB FAIU-CUILLOS. 

pasado U vejez máa dichosa que mujer había pasado en 
}*aracaellos. 

El 8t. D. JoBé, que no era aún viejo, estaba hermosote 
-y wo. Uoa tarde 1« dijeron que en la casilla de un me- 
lonar de la ribera del Juana hahia caído gravemente en- 
ferma una pobre anciana, y se fué & verla, porque es de 
saber que los ocios que en oti# tiento dedicaba al toreo, 
los dedicaba desde lo de marras al estadio de la medicina 
«asera, persuadido ya de qne si bien es cierto que el saber 
no ocupa lugar, este saber ha de ser el verdaderamente útil 
y no el nocivo ó cuando menos fútil, como el táurico, que 
es nocivo 6 fAtil casi siempre, y si es útíl alguna vez (coma 
se lo fué ¿ él una), es porque todas las reglas tienen eseep- 
cion y no conviene que el hombre se rompa la cabeza ad- 
quinesdo saber cuya utilidad solo se funde en la escepcion. 

Volvía el 8r. D. José de visitar & ta poVre enferma, 4 
la que había dejado muy consolada con unas medicinas ca- 
seras, unos reales y unos consejos, mando al atravesar las 
praderas se vi6 de repente acometido de un furioso toro 
que estaba escondido y como «n acecho detras de un zarzal. 

Corrió, como el Sr. D. José persegaido por el toro, y 
cuando este se le echaba encima, Uevé la mano á aquel 
misrao manteo con que con ta mayor felicidad habia salvado 
al señor carden^ arzobispo de Toledo; pero como sí el man- 
teo hubiese quemado su mano, le soltó, y un minuto después 
el pobre Sr. D. José estaba tendido en la pradera con el 
manteo en los hombros y el pecho abierto de una cornada. 

Esta es la historia del señor cura de Paracuellos, cuya 
canonización no ha solicitado ya el pueblo paiacuellano te- 
meroso de que la gente aficionada (con perdón de Yds.) é. 
cnemoB, «alga luego con la pampringada de que tairirian ha 
habido un torero santo. 



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EL MODO DE DAE LIMOSNA. 



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I. 

Una tarde Íbamos en la diligencia [de Bilbao á Dunngo 
nn señor cura, nn aldeano y yo. El seBor cnra ero lo que 
Be llama un bendito, porque con el candor y el buen cora- 
zón suplía lo nmcbo que le faltaba de talento y perspicacia. 
El aldeano era más hablador que el mus y más agudo que 
lengua de eniidioso. Y yo era un carioso observador que, 
lonqne parezca que mira al plato mira & las tajadas, es de- 
cir, que cuando parece que solo piensa en los cuentos y 
anécdotas populares que escncha, piensa en la filosofía que 
.quelios cuentos y anécdotas encierran. 

Como Vizcaya no tiene más que diez y seis ú diez y siete 

leguas de largo y once 6 doce de ancho, y la población 

apenas se interrumpe y está toda ella cruzada de carreteras 

¡i todos los vizcaínos nos reunimos con frecuencia en 

los mercados de las villas, y en las romeiias, y en las ferias, 

en las juntas generales de Guemica, donde hace más de 

it años nos gobernábamos libremente y sin ocurrlrsenos si 

iramos liberales ó dejábamos de serlo, todos nos conocemos, 

por donde quiera que vayamos vamos entre amigos, 6 

cuando menos entre conocidos. Así era que el señor cura, 

el aldeana y yo Íbamos conversaOdo como amigos, á lo que 

contríbuia también la rarísima circunstancia de ir solos en 

la diligencia, que casi siempre va atestada de gente. 



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26 EL MOHO CB OAB LUOSNA. 

Siempre que la diligencia se detenia ó acortaba el paso 
at emprender una cuesta, se subía al estribo algún mendigo 
á pedimos limosna, porque si los vascongados rarísima vez 
mendigan ni en su tierra ni en la ajena, en cambio las 
Provincias Vascongadas son la tierra de promisión para los 
de otras mfts infortunadas. 

El aldeano y yo dábamos limosna á todos los pobres; 
pero el señor cura, después de llevarse la mano al bolsillo 
del chaleco, la retiraba como arrepentido de su buena in- 
tención, y era el único que no daba limosna. 

Estrañábamos mucbo esto, porque sabíamos que en su 
aldea no había necesitado que no le encentrara dispuesto á 
socorrerle, y el aldeano empezó 4 echarle en cara aquel 
proceder c<»i indirectas del padxe Nnflo, que A la maao cer- 
rada llamaba pn&o. 

El señor cura ¡ut se daba por entendido de estas indi- 
rectas, que seguramente eran demasiado sutiles para qne 
pudiera pescarlas su inteligencia, y entonces el ladino aldeano 
se qnitó de rodeos y fué derecho al bidto. 

— Seiior cura, ¿sabe Vd. lo que le digo? 

— ¿Qué? 

— Que de nosotros tres, Vd. es el único [que taita á 
alguna obra de misericordia, siendo precisamente el mi£ 
obligado á practicarlas. 

— ¿Y ¿ qué obra de misericordia falto yo? 

— A la que manda socorrer al necesitado. Supongo que 
cuando nn pobre le pide k Vd. limosna, y después de lle- 
varse la mano al bolsillo, se arrepi«ite y la retira vacía, 
no estará Vd. pensando en lo que D. Antonio y yo pen- 
samos. 

— ¿En qué piensan Vds.? 

— En que la mujer y los hijos comen como sabafionea. 

— Caro está que no pienso en eso. 

— Pues entonces, ¿en qué piensa Vd.?' 



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U. KODO SB DAB LmO.SRA. 27 

— Hombre, pienso en que si es mu; aanto dar limosna 
i los necesitados, es gran cargo de coaciencia darla á los 
tIcíosds. Casi todos esos vagabundos que piden limosna son 
nnoB viciosos y holgazanes, qae por serlo viven así. 

— Joáfte no lo serán. 

^ No te dicho que lo sean todos, sino cati todos. 

— Pues no hemos visto qtie haya dado Vd. limosaa á 
ninguno. 

— Cierto, y harta pena me da el pensar que para no 
favorecer i, viciosos, tengo que dejar de socorrer í necesi- 
tados; pero ¿cómo se las ha de componer uno para evitar 
este inconTomeiite? 

— ¿Cómo? Yo s« lo diré 4Vd.: imitando, en busca del 
bien, lo que Herúdes hizo en busca del mal. 

— No le entiendo i Vd. 

Ijo creo, señor cunt, pero yo buscaré modo de que Vd. 
me entienda. 

— ¿T cómo? 

— Contándole á Vd. un cuento. 

— Pues venga, y así mataremos el tiempo. 

— Y aprenderemos, aJUdl yo; que los cuentos siempre 
enseSan algo coando el que loi cuenta no es tonto, cosa qae 
no eji de temer del señor. 

£1 aldeano, que hacia rato preparaba ta pipa, la encon- 
diú con la maeslrfa que en pocos anos han adquirido los 
caaqtesiaos en servirse de las cerillas fosfúricas (por aquí no 
K gastan fósforos de cartón ni yesca), aunque el viento 
sople como no demonio, y chupa qué chupa nos contó lo 
signiente: 



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n. 

"Hay en Abadiauo oa tal Chómin qae ha hecho una for- 
tnna bárbara con bu deTodon á nna porción de Btuitoa y 

De recién casado no tenia mis bienes qae sn mujer y 
nna perra; pero le ocorrió echarse por protectores perpe- 
tuos á San Isidro, patrón de los labradores; 6. San Antonio 
Abad, abogado de los animales; á San Roque, enemigo de 
la peste; á San Cosme y San Damián, médicos celestiales; & 
Santa Lucia, protectora de la vista; á Santa Bárbara, ene- 
miga de rayos y centellas, y otro sin fln de santos y santas, 
á quien obsequiaba todas las noches con su correspondiente 
Padre nuestro y Ave-Maria á cada uno, y lo cierto fué que 
encontró en ellos una mina, porque desde entonces emp'ezé 
á prosperar, y prosperar fué que á la vuelta de pocos aitos 
se hizo con la mejor casa y hacienda de la bairiada de 
Qaztélua. 

£)n casa de Chómin no se ha conocido siquiera un dolor 
de cabeza; el trigo que generalmente da en Vizcaya diez y 
seis fanegas por cada una de semilla, le da á Chómin de 
veinte á veinticuatro; el maíz, que á casi todos les da treinta 
por una, á Chómin le da cuarenta, jamás se le ha desgra- 
ciado á Chómin una res, aunque tiene muchas, y cuando la 
tempestad se forma en las alturas de (íorbea y Amboto y 
baja echando centellas bácia Abadiano, tiene siempre buen 
cuidado de dar un rodeito para no pasar por encima de la 
casería y las heredades de Chónüu. 

Chómin tenia un criado que se llamaba Pera, á quien 
bahía prometido casar con su hija Mari-Pepa, de quien Féru 
estaba enamorado, y en verdad que no sin motivo, porque 
la chica era de lo mejor que se presentaba los domingos en 
el baile de la plaza de Abadiano. 



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8L HODO DS DAK 

Péru ertt trabajador y honrado como el primero; pero 
era muy corto de memoria, y por coQBecueiicia, de enten- 
dimiento; como Be contaba de él, entre otras cosas no menos 
chirenes', que habiéndole dicho su amo, un dia que Pera 
subía á San Antonio de Urquiola, que diera un beso de su 
parte & Aitá San Antonio**, en lugar de dar el beso i San 
Antonio Abad, Be le dio al cerdo ^ue acompaña al santo. 
Pero á pesar de esto, si él estaba enamorado de Mari-Pepa, 
lun más lo estaba Mari-Pepa de él, porque ya se sabe lo 
que son las mujeres: por pobre, por feo ó por malo, podrán 
no querer 6 un hombre ; pero por falta de talento, no dejan 
nunca de quererle. 

Una noche, víspera de íjantiago, después de rej^ar toda 
U familia bigo la dirección de Cbómin el Santo Rosario y 
«tro Rosario de Padre nuestros y Ave-Marias por los santos 
j santas protectores de la casa, Chúmin dijo ¿ Péru; 

— Oye, Péru, mañana empieza la íéria de Baaurto y ■ 
pienso ir por allá á ver si compro un par de noñllos para 
irlos criando y domando á fin de que cuando tú y Mari- 
Pepa os caséis, llevéis ima buena pareja, porque ya es cosa 
de ir pensando en acomodaros. 

Pera y Mari-Pepa al oir esto se pusieron rojos como las 
cerezas de Manañária y se miraron chispeándoles de alegría 
los ojos, como diciéndose mutuamente: — |Ay, qné ganillas 
tengo de pescarte! 

Chómin continuó : 

— Me estaré por allá lo menos un par de dias, porque 
mientras no encuentre un par de novillos que promet&n ser 
la gala del Buranguesado , no vuelvo. £s menester. Pera, 
que entretanto hagas tú mis veces todas las noches diri- 
giendo et Rosario y cuidando machísimo de rezar su cor- 



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80 EL HOSO DE DAB LlHOaNA. 

respondieote Padre nuestro y Ave-Maria 4 cada tmo de Iob 
santos y santas qne nos protegen. 

— Pierda Vd. cuidado, contestó Péiu, que maldita la 
falta hará Td. & ninguno de esos santos. 

— Agí lo espero, Péru; pero te repito que tengas mu chi- 
aimo cuidado de que ningún santo ni santa se te escape sin 
su correspondiente Padre nuestro y Ave-Maria, porqoe ya 
ves, Pém, lo mucho que les debemos. Mi mujer y yo no 
teniamos más que un trapo delante y otro detrás cuando nos 

los echamos de protectores, y hoy [Flojo pucherete 

de onzas de oro, mis relucientes que el sol, saldrá de entre 
la basura de la cuadra el dia que Mari-Pepa y tú os caséis! 
Figúrate tú que se te escapa, por ejemplo, Santa Bárbara 
sin su cOTrespondiente Padre nuestro y Ave-María y estalla 

ana tempestad ¡Jesús, solo de pensarlo, como dijo el 

otro, las tiemblas nte piernón! Vamos 4 ver, Pém, ai to 
sabes de eabeta todos los santos y santas i quienes bas do 
rezar todas las noches sn correspondiente Padre nuestro y 
Ave-María. 

Péi^ recitó el nombre de todos los santos y santas pro- 
tectores de la familia bastante á satisfacción de Chómin, y 
este acabó de encarecerle la fidelidad en el cumplimiento 
de su encargo, amenazándole con que no seria yerno suyo 
si dejaba escapar algún santo 6 santa sin su correspondiente 
Padre nuestro y Ave-Marfa, lo cual habia de conocer él des- 
graciademente en el contratiempo que no dejaría de sobre- 
venir por tal descuido & la fiunilia, á la casa, á las heredades 
ó al ganado. 

La mañana siguiente, así que oyó misa primera en San 
Torcoato de Abadiano, tomó Chómin el camino de la feria, 
segnro ya de qne Péru no habia de dejar escapar á ningún 
santo ni santa sin su correspondiente Padre nuestro y Ave- 
Maria. 

Tan á pecho tomó Péru el encargo y sobre todo la 



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XL MOSO DB BAK LWOBNA. SI 

ameDuzB, que se pas6 toda la noche ; la mo&aua siguiente 
cavila que cavila í fin de encontrar medio Beguro de que 
DO se le escapase ningun santo ni santa sin en correspon- 
diente Padre nuestro y Ave-Marfa; pero no daba con aquel 
medio por mis que se calentaba los cascos. Y el aminto 
era para cavilar, porque, lo que Péru decía: <¡Yo ine sé 
como un p^Mgajo los nombres de todos esos santos j santas; 
pero como son veinticiaco j la madre, ¿cómo evito jo que 
se me escape alguno sin su correspesdieute Padre nuestro y 
Ave-Harfa y se lleve la trampa mi casamiento con Mari- 
Pepa? i Cuidado que seria gaita que tal ceas sucediese, 
porque lo que es compañera como Mari-Pepa, no lo encnentro 
yo á tres tirones, y luego Ch6min no nos echa de casa sin 
on buen arreo, una buena pareja de bueyes y quinientos 
do«adoft de dote! 

A la caída de la tarde, todo IMos biúlaba al son del 
tandioril ó del abogue on la plaza de Abadiano, menos Péru 
y Mari -Pepa. .Péru estaba sentado, cavila que cáfila, en 
aqoelloB derrumbaderos, antes enmarai^dos de zarzas y 
argomas, que dan sobre la plaza y que Miota ba convertido 
en bemoeos y fértiles viñedos donde Yd., D. Antonio, snele 
aer pigaro qne picotea las uvas m&a doradas. Y Mari-Pepa 
estaba 6a la plaza sentada junto á la fuente sin querer bailar 
con Bodie y llena de tristeza por las cavilaciones de Péru, 
de quien estaba enamorada como una tonta. 

De r«peMe lanzó Péru un grito de alegría, y, binando 
i, escape & la ^laza, soca i, Mari-Pepa al corro y bailé con 
eUa el árin-árin mis loco que se ba bailado desde Zomoza 
¿ Elórrio y desde Ochandiano & Mallábia, donde se bailan 
de padre y muy señor mío. 

Sia que ya había dado con un medio infalible de que 
DO se le escapase santo ni santa de la cérte celestial sis su 
correspondiente Padre nuestro y Ave-Maria.» 



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32 SL MODO DB SAJt LIHOBHA. 

— ¿Y qué medio era ese? preguntamos llenos de cnrio- 
údad el señor cura ; yo. 

— Uno may sencillo, contestó el narrador. Así qne Péru 
re^ el Rosario acompañado de la familia, pasó á rezar el 
correspondiente Padre nuestro y Ave-Marla á cada santo y 
santa de loa que Ohómin se habió echado por abogados, ; 
en seguida, por si acaso se le había escapado alguno, rezó 
¿á qoién se Sguran Vds. que rezó? 

— ¡Vaya Vd. i saber á quiénl 

— Pues rezó á todos loa santos y santas de la curte 
celestial y siete leguas á la redonda, por si acaso había sa- 
lido alguno de paseo. 

El señor cura soltó una carcajada al oir esto, no tanto 
porque le hiciese gracia el cuento como de alegría y satis- 
facción porque habla comprendido la lección del aldeano, 
reducida á esto: el medio infalible de no privar de limosna 
á ningún mendigo verdaderamente necesitado, consista sen- 
cillamente en d&rsela á todos loa que la piden. 

Esta moraleja es buena, pero todavía pudiera ser m^or 
dindole mayor amplitud, porque en el cuento hay tela para 
eso y mncho mis. Vaya de ejemplo: el medio infalible de 
ser uno cortés, caritativo, generoso y justo con todos los 
que lo merecen, consiste sencillamente en serlo con todos. 

Dos ó tres pobres nos pidieron limosna al apearnos de 
la diligencia en Dnrango, y el primero que se la dí6 filé el 
señor cura. Como viésemos que este permanecía al pié de 
la diligenda con los dedos Índice y pulgar de la mano de- 
recha en el bolsillo del chaleco, le preguntamos: 

— Señor cura, ¿i quién espera Vd.? 

— Espero, nos contestó sonriendo plácidamente, i. todos 
los pobres de Durango y siete leguas 6 la redonda por si acaso 
ha salido alguno de paseo. 



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LA PALIZA. 



TaciBi, NariMloiieí. 



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¿líecuerdas, querido Eduardo, cnteto nos rnovian pidién- 
donos qne lea contttBemos cuentos tu hija y la mía el in- 
Tierno pasado cuando se reunían en tu casa é, jugar y dia- 
blear? Yo no he podido menos de recordarlo al recibir una 
c^rta tuya en qne, con el imperio que te da nuestro cariño, 
me mandas qne te cuente un cuento. ¡Hola! ¡Conque 
gnBtaB de cuentos, como tu María y mi Ascensión? No lo 
estraño, porque, á pesar de tu grave y viril inteligencia, 
tienes el corazón de un niño. 

Allá te Ta un cuento, y no me atrevo á decir el cuento 
qne me pides, porque supongo que el que me pides es bueno 
y el que te envío es malo. 

Hay en las Encartaciones de Vizcaya un hermoso valle 
que tú y yo queremos y debemos querer porque bay en él 
quien todos los dia se acuerda de nosotros. ¿Te acuerdas 
de aquella iglesia que se alza al estremo septentrional del 
valle en un bosque de castaños, robles y nogales? ¿Te 
acuerdas de aquella casería que blanquea en im bosqueciUo 
lie frutales en nna colina que domina á la iglesia? ¿Te 
acuerdas, en fin, de aquella angosta y profunda garganta por 
donde, á la sombra de loa robledales y los castañares, desa- 
parece, dirigiéndose al mar cercano, el rio que fertiliza las 
verdes heredades del valle ? Pues si te acuerdas de todo 



DisiiMoGooglc 



esto, tenlo presente mieotras lees esta i 
pórtico de aquella iglesia, en aquella colina ; en aquella 
garganta pasó lo que te voj á contar, según las buenas 
gentes del valle aseguran. 



n. 

En un libro qne anda por esos 'mundos con el nombre, 
no mu; original, pero sf do tanto apropiado, de Cuentos de 
varios colores, be dado noticias circunstaüciadas de un pobre 
molinero qne coa el sobrenombre de Séneca adquiñó cierta 
celebridad en las Encartaciones & fines del siglo pasado 
Séneca no era ciertamente ningún Séneca, ni sus contem- 
poráneos le tenían por tal, como lo prueba el cuidado que 
tuvieron de plantarle el acento en la segunda silaba de su 
apodo r no en la primera; pero tema alguna afinidad in- 
telectual con el filósofo cordobés, como lo hace sospechar b 
afinidad eufónica que ha; entre Séneca ; Séneca. 

Séneca vivia en un molino cuyas ruinas se ven aún en 
la garganta por donde corre al mar el rio que fertiliza e) 
valle donde hay qoíen todos los dias se acuerda de noBOtros. 

En la colina de la casa blanca á cayo pié, como sabes, 
empiem la garganta donde estaba el molino de Séneca, vivU 
un pobre hombre á quien llamaban Angelote, no tanto por- 
que le habían puesto el nombre de Ángel en la pila bautis- 
mat, como porque era estremadamente candoroso y bonachón. 

Todos los dias festivos, asi que oian el primer toque de 
misa, salían. Angelote de su casería y Séneca de su molino, 
con la chaqueta al hombro , la pipa en la boca y el palo 
de acebo en la mano, y tomaban, el primero colina abajo ; 
el segundo rio arriba, el camino de la iglesia. Benníanse 
en el castañar qne estaba al pié de la coFma, y allí enta- 
blaban diálogos del tenor siguiente: 



DisiiMoGooglc 



LA PALIZA. 37 

— Hola, Séneca. 

— Hola, Angelote. 

— Tú t«ndT&3 bnen tabaco, ¿eh? 

— Fuerte como Brasil. 

— Pues dame una pipada, que el mió parece paja. 

— Alli van aunque sean dos. 

¥ Séneca alargaba k Angelote ó Angelote & Séneca una 
bolsa de piel de perro arrollada j rodeada con ana correa 
i cayo eBtremo liabia un pnnzonciUo de bneso, y preparadas 
y encendidas las pipas, continoabon castañar arriba tirando 
Un faertes chupadas, qne el liamo de tas pipas salia por 
entre el ramaje como si en el castañar habiese alguna oya, 
ó, lo que es lo mismo, algon montón de leña carboniz endose. 



Una mañana, según costumbre, se reunieron Séneca y 
Angelote en el castañar poco después de sonar el primer 
loque de misa. La mañana, aunque de invierno, era hermosa, 
pues el cielo estaba rámpio, como alli dicen, el sol brillaba 
en todo su -esplendor, y la temperatura era suaíe, cosa muy 
coman en Vizcaya y particularmente en la costa, donde 
ipenas se conoce el frió ni el calor. Sin embargo, Angelote 
tiua la cara desabrida y triste y la pipa no humeaba en 

Estrañó Séneca esta última circunstancia, y apenas se 
sUadaron le alargó su bolsa del tabaco para qae echase 
ma pipada. 

— Solimán de lo fino es lo que yo fumaria pora reven- 
ta, dijo Angelote recbazaudo la bolsa. 

— ¿Pues qué es lo que te pasa? le preguntó Séneca, 

— Que este año, como el pasado, tendré que hacer la 



DisiiMoGooglc 



layada solo, á pesar de que tengo una mujer y unos hijos 
más faertea que el Fuerte de Ocharan, * 

— Pues óyeme atento, que te tiene cuenta el oirme, 
dijo Séneca. Compré 70 una burra en la feria de Ar- 
ceniaga 

— Déjame de burras, que bastante burro soy yo, según 
las cargas que soporUi, le interrumpió Angelote, mal humo- 
rado, creyendo [[ne en lugar de darle algún consejo que le 
consolase é iluminase, variaba de convereacíon ; pero Séneca 
continuó como si no se le hubiese interrumpido : 

— El animal era hermoso, y enamorado yo de él, h 
compré el aparejo más rumboso que encontré en la feria, le 
puae é, doble pienso para que engordara y juré no darle un 
palo para que no se le estropeara el pelaje. La burra estaha 
que era cosa de bendecir é. Dios al verla; pero no tardé en 
conocer que ni mis veceras ni yo habíamos ganado con la 
compra de tan hermoso animal, porque todo lo que tenia 
la burra de gorda y lucida, tenia de ñoja; tanto que en 
echándole encima un zurrón de fanega, se le blaadeabau las 
piernas, y en dos 6 tres dias no había que contar para nada 
con ella. — [Malo va esto! dije yo un dia en que me vi 
obligado á reemplazar á la burra cargando con los zurrones 
que esperaban con impaciencia las veceras ; malo va esto si 
no le pongo remedio, y ello necesito ponérsele, que sí no 
se dirá con razón que soy más burro que la burra. Cavilé 
un poco aquella noche, y el resultado de mis cavilaciones 
fué que debía acortar la ración á la burra y ayudarla á 
subir las cuestas con una buena vara de avellano, 

— ¡Si, bastante adelantarías con eso! 

— ¿Que no adelanté? La burra, que cuando estaba 
como una pelota no podía con una fanega de cevera, hoy, 



DisiiMoGooglc 



<|ae está como una peacada, puede con doa. Conque apHca 
el cuento. Angelote. 

— No hay aplicación que valga. ]Que tienen qne ver 
l0t burros con las personas! 

— No bay peisona que no tenga algo de burro. 

— ¿En el cuerpo ó en el entendimiento? 
■^ En el entendimiento ó en el cuerpo. 

— Maldito si te entiendo. 

— Prueba de que no es en el cuerpo donde tú lo tienes. 

En esta converaaciojí llegaron Séneca y Angelote al pór- 
tico de la iglesia, donde ya estaban reunidos mucbos de sus 
coivecinos. Poco deepues sonó el último toque y entraron 
todos á misa. 

Mientras esta se celebriüta, una pasiega, tendera ambu- 
lante, llegó al pórtico y estendió sobre us poyo bus mercan- 
cías, que consistían en pañuelos, percales, cintas y juguetes 
4e niñoB. 

Al salir las gentes de misa, muchas -mujeres y algunos 
hombres, entre ellos Angelote, rodearon 6, la pasiega, unos 
solo para ver y otros para comprar. 

— Vamos, ¿no me compra un pañuelo de estos para la 
mujer, que como es tan guapetona estarlt con él que se le. 
caerá á Vd. la baba? preguntó á Angelote la pasiega esten- 
diendo delante de él un pañuelo de muchos ringorrangos y 
«olorines. 

No necesitaba Angelote que su mujer se pusiera aquel 
pañuelo para que se le cayese la baba', que ya se le caia 
soto con haber dicho la pasiega delante de tanta gente que 
su mujer era guapetona. 

Que si me le das en tanto, que si te le doy en cuánto, 
Angelote compró al fin para su mujer el pañuelo que la 
pasiega le ofrecía; y no contento con esto, compró también 
sendas pelotas para sus hijos. 



di8i.;mí> Contóle 



— ¿Qué te parece este pañuelo que he comprado para 
i mujer? preguntó á Séneca. 

— Me parece, le contestó este, el aparejo que 70 compré 
1 la feria para mi burra. 



IV. 

El pobre Angelote era verdad eramente pobre, porque- 
mientras él echaba el cuajo trabajando solo en las heredades 
que rodeaban la casa blanca, sus hijos, qne ya eran bastante 
talluditOB para manejar un par de layas entre su padre y 
su madre, bajaban t jugar á la pelota y loe bolos en tomo 
de la iglesia, y su mujer, tan fresca como una lechuga, an- 
daba de mercado en mercado y de romería en íomeria. 

Séneca, que era el mismo demonio para observar j sati- 
rizar, observó cuatro domingos seguidos al ir á misa que á. 
Angelote se le reian los calzones por la parte máe seria, j 
observando el quinto domingo que k pesar de ser negio& 
habían sido cosidos con hilo blanco, teniendo además pun- 
tada de mortaja de suegra, se puso á cantar con una sonrisa 
que frió la sangre ¿ Angelote: 

Tengo qne tengo 



Angelote, que si en sus accesos de melancolía renegaba 
de su mujer, la quería lo bastante para sacar la cara por 
ella en los demás casos, preguntó á Séneca algo incomodado : 

— ¿Y á qué santo viene ahora ese cantar? 

— ¿Y á qné viene el hilo blanco en la tela negra? le 
preguntó k su vez Séneca. 

— Yq te diré 

— Ko, quien puede dedrmelo es tu miíjer. 



di8i.;mí> Contóle 



T^ PALIZA. 41 

— Pues estás equivocado, que he sido jo y no mi mujer 
quien ba cosido esto. 

Séneca no tuvo valor para segnir chungándose con nn 
hombre tan desgraciado qne teniendo mnjer necesitaba coserse 
por sf mismo los calzones, y en el fondo de su corazón formó 
en aqnel instante el propósito de hacer cuanto estniiera á 
9u alcance para corregir el desgobierno de que era vlctimit 
BU amigo y convecino. 

Pocos días después subia Seuéca la cuesta de la casa 
blanca arreando varazos á ^u burra cargada de zurrones, 
entre ellos el de casa de Angelote. 

Angelote estaba trabajando como un negro en una here- 
dad rodeada de manzanos, mientras su mujer se peinaba con 
mil primores sentadiu al sol á la puerta de la casa y lo» 
mucbacboB jugaban á los bolos bajo los nogales del camp» 
inmediato. 

— Deja ahi el zurrón, que aquel le subirá cuando venga 
á comer, dijo la del peinado sin moverse de su asiento. 

Séneca deja, en efecto, el zurrón á la puerta y se entró 
i la heredad donde trabi^aba Angelote para echar una pi- 
pada y un párrafo en compañía de su amigo. 

En la hondera de la heredad habia cnatro ó seis man- 
zanos cuya estraordiuaria lozanía llamó la atención de 
Séneca. 

— ¿Sabes, dijo este á Angelote, que esos manzanos son 
soberbios? 

— Pues é. pesar de eso, milagro será que no me caliento 
con ellos las piernas el invierno que viene. 

— iQué disparate, hombre! 

— No hay disparate que valga. 

— ¿Cómo que no, si esos manzanos son verdaderas 
alhajas? 

— Alhajas de similor. Ahí donde los ves tan lozanos y 
corpulentos, no llevan una manzana, al paso que esos otros 



DisiiMoGooglc 



42 LA PALIZA. 

-de la cabecera, k pesar de ser tan ruinea, no ha^ aSo que 
no se les rompan las quimas con el peso de la fruta. 

Séneca varió de conreraacion, y mientras echaba la pipada 
■en compañía de au, amigo, observó con profunda pena que 
los calzones de este soltaban la carcajada por todas partes. 

—i Oye, Angelote, preguntó al labrador, ¿tienes un par 
de pértigas buenas? 

— ¡Vaya si las tengo! 

— Pues vé por ellas. 

— ¿Para qué? 

— Tríelas, hombre, que luego lo sabrás. 

Angelote se fué y volvió nn instante después cargado con 
-dos grandes pértigas de echar ó apalear castañas y nueces. 
Su mujer y sus hijos venían tras él atraidos por la cnrio- 
BÍdad, mientras el cerdo, aprovechando la soledad en que 
habia quedado el zurrón, abría brecha en él con el bocíco 
y se daba un buen atracón de harina. 

— Vamos, aquí tienes las pértigas. 

— Cojamos cada uno una y demos una buena paliza á 
«stos manzanos. 

— ¿Para qué? 

— Para que no sean holgazanes. 

— iJá, já! ¡Qué cosas tiene este Séneca! esclamaron 
en coro Angelote, su mujer y sus bijos. 

Séneca cogió una pértiga y empezó & apalear los man- 
zanos, y Angelote le imitó por seguir la broma y porque 
comprendió que el socarrón del molinero se proponia echar 
en cara indirectameate á su mujer y sus bijos cuén merece- 
dores eran, por eu holgazanería, de una buena paliza. 

Falo va, palo viene, las ramas de los manzanos caian 
tronchadas, y en breve rato aquellos árboles, tan lozanos y 
bravios un momento antes, quedaron medio desmochados, 
cosa que no lastimaba mucho á Angelote, pues estaba re- 



,C;<H)yie 



LA FALISA. 43 

suelto á cortarlos por el pié en vista de qne no producían 
máa que hojarftBca, 

— Desengáñate, que las palizas solo aprovechan á loa 
burroa. 

— (¡No te Tendría á tí mal una bnenal) murmuró Séneca 
por lo bajo, y se alejó de la casa blanca. 



V. 

Sabido es que la escesiva lozanía de las plantas aminora 
ta cantidad y la buena calidad del fruto. En esta creencia 
se fonda la costumbre que hay en la costa cantábrica de 
cargar de piedras los naranjos y los limoneros cuando son 
«BcesÍYamente lozanos. Como yo viese á un labrador de 
Benneo nsar de este procedimiento con los naranjos de 
su huerta y le dijese que dudaba de su eficacia, me con- 
testó! — Si Dios le da á usted hijos y no muda de opinión, 
me temo que sus hijos no le van á dar ¿ Yd. fruto alguno 
6 ae le van á dar muy insípido ó muy amargo. Me ha dado 
Dios hijoa y he mudado de opinión; pero como no hay pér- 
tigaa en mi casa, dejo á la voluntad de Dios la calidad del 
fruto que den mía hijos. 

Cuando Séneca y Angelote apalearon los manzanos de la 
casa blanca, se acercaba la primavera. 

Algunas semanas después tuvo Angelote que hacer un 
viaje de ocho dias y le emprendió encargando á su mujer 
y aus hijos que layasen para cuando él volviese un pedacillo 
de tierra inmediato á la casa y único terreno que él dtjaba 
ain layar. 

Cuando volvió de au viaje era de noche y en casa todo 
lo encontró como quien dice pataa arriba. ¡Ni lumbre si- 
quiera había en el hogar para hacer la cenat 

Acostóse el pobre Angelote desesperado, y así que ama- 



DisiiMoGooglc 



44 LA PALIZA. 

necio Be asomó 6, la ventana á ver qué tal babian hecho su 
majer y bus hijos la layada que él les encargó. Su deses- 
peración no tuvo límites coando vio que el pedazo de tierra 
estaba aún sin layar; pero al dirigir la vista á la hondera 
de la pieza dio un grito de alegría y esperanza; [los man- 
zanos apaleados, que uunca habian echado una flor, estaban 
cubiertos de ellas! 

Aquella misma mañana cogió Angelote una vara de 
avellano y arreó á su mujer y sus hijos una buena paliza 
en vista de que se negaban como siempre i. trabajar. 

Y desde aquel dia Angelote no volvió á trabajar solo en 
las heredades ni volvió á ir á misa con los calzones negros 
cosidos con hilo blanco. 



DisiiMoGooglc 



LAS OREJAS DEL BURRO. 



DisiiMoGooglc 



DisiiMoGooglc 



I. 

Jtste era un señor cura que estaba de serridor en un 
curato patrimonial, que, como es sabido, son aquellos cuya 
propiedad corresponde á curas naturales de la feligresía, 
del municipio y aun de la provincia. Lo que voy á, contar 
de él no le honra maldita la cosa, pero asi como respeto y 
enaltezco siempre i los curas como Dios manda, asi cuando 
por casualidad tropiezo con alguno que no honra & su res- 
petable clase, pronuncio un «salvo la coruna», con lo cual 
mi conciencia queda tranquila, pues hecha esta salvedad, ya 
no se trata del sacerdote, sino del hombre, y le doy, asi por 
lo suave, una zurribanda que sirva de saludable escarmiento. 

£1 Sr. D. Toribio, que asi se llamaba mi señor cura, 
debía tener algún pero muy gordo, pues cuando se colocó 
de servidor en Zarzalejo, lugarcillo de veinti a n 

todas pobres y rústicos labradores, hacia mu h ti mp qu 
estaba desacomodado, porque en ningún puebl 1 q a 

Asistía á, las conferencias que el clero d aqu II n 
tomos celebraba en Cabezuela, que era un p II n d at 
y siempre le encargaba el presidente de la m m q 
estudiase yo no sé qué; pero el Sr. D. Tonb 1 ga d 

pasar los ratos desocupados estudiando, los pa ab andan 1 
de aqui para altl montado en el Moro, qu a un b 
muy mono al que habia criado en casa d d h qiutin 



Di8l.;Mí>G00t^ie 



48 LAS OEEJAB DEL BÜBBO. 

«nseñándole una porción de burradas qne enamoraban y 
bacian destemillar de risa al Sr. D. Toribio. 

La iglesia de Zarzalejo parecía una tacita de plata, y 
todo estaba en ella á pedir de boca; pero esto no ae debía 
al señor cara, que se debia á Pedro, ó por mal nombre 
Fericañas, el b^o del tio Robustiano, que bacía de sacnstaa 
j moDagnillo, y era, mejorando lo presente, lo m&s listo que 
uno se echa á la cara. En Castilla be oido un refrán de 
aonsonete que dice: «Si quieres ver á tu hijo pillo, ponle 
á monagníllo», y en verdad que este refrán es un Evangelio 
cbiqnirritito, como algunos, muy pocos, de los refranes : casi 
todos los monaguillos son pillos en el buen sentido de la 
palabra, que es el de listos y despavilados, porque no parece 
sino qne al aprender á despavilar las velas, aprenden á, des- 
pavilarse & si mismos. 



II. 

0n dia tuvo Pericañaa con 8u padre una conversación 
mny intereeante, 

— Padre, dijo Pericañaa, yo voy siendo ya grande para 
raonagnillo. El otro dia, cuando pasó por aquí el señor 
obispo y yo fui con el JIforo del señor cura á llevarle la 
maleta hasta Cabezuela, trabamos conversación su ilustrisima 
y yo mientras su ilustrisima caminaba montado en su muía 
y yo cambaba á pié arreando al Jlforo- — ¿Qué tal está la 
iglesia de Zarzalejo? me preguntó el señor obispo. — Muy 
bien, le contesté, y ya siento que vuestra ilustrisima no la 
haya visto. — No me ha sido posible detenerme en Zarza- 
lejo, pero el año que viene, si Dios quiere, vendré á la vi- 
sita pastoral y veré despacio la iglesia. — Pnes de seguro 
le gustará á vuestra ilustrÍGima, porque, aunque me esté mal 
«I decirlo, la tengo que se puede ver la cara en ella: de 



■ Di8l.;Mí>G00t^ie 



cada zurriagazo que les doy todos di&s é. los santos para 
limpiarles el polvo, tiembla la iglesia. — Pues qué, ¿eres 
tú el sacristán? — Sacristán y monaguillo, para servir á 
vuestra ilustrisima. — Hombre, hombre, sacristán e&tk bien, 
pero para monaguillo ya vas eieudo grande. — ¿Y eso qué 
le hace, señor? — ¿Pues no le ha de hacer, hombre? Los 
monaguillos deben ser niños que por su inocencia y rostro 
infautii recuerden & los ángeles, y no hay cosa más impro- 
pia para hacer su oficio que un zamarro con mis barbas 
qae un chivo. — Así se esplicó el señor obispo. Conque ya 
ve Vd., padre, que si su ilustrisima me encontraba ya grande 
para monaguillo hace pocos días, más me encontrará dentro 

— Tienes razón, hombre, y la tiene el señor obispo, con- 
testó el tío Bobustiano. 

— ¿Y qné le parece & Vd. que haga? 

— Decirle al señor cura que demües tu empleo y venirte 
i destripar terrones conmigo. 

— Padre ... fi mi me gusta mucho la iglesia. 

— A todos nos gusta, hijo, porque en ella nos da Dios 
i los pobres y afligidos la esperanza y el consuelo que nos 
siegan los hombres. 

— Sí, pero no es eso lo que quiero decir. 

— ¿Pues si no, qué demonios es? 

— Que yo quiero ser cura. 

— Muchacho, ¿tú te quieres chungar conmigo? Mira 
(Jue tengo muy malas pulgas. 

— Pero, padre, mi deseo nada tiene de malo. 

— Pero tiene mucho de imposible. Muy santo y muy 
bueno seria para todos el que te ordenases de cura, porque, 
camo dijo el otro, en cada familia debe haber un machito 
negro que la ayude á llevar las cargas; pero ¿de dónde 
demonios vas á sacar para seguir la carrera? 

— Si Vd. hiciera algún sacriñcio para ayudarme, yo me 



DisiiMoGooglc 



60 LAS OBEJAS DBL SUBBO. 

aplicaría, 7 á ta vuelta de unos cuantos años ya nadie en 
Zarzalejo le llamaría á uBted el tio Robustiaao. 

— ¿Pues cómo demonios me habían de llamar? 

— £1 padre del señor cura. 

— Yamos, vamos, este demonio de chico es capaz de 
engatusar ... Pero, muchaclio, ¿quién te aBegoi'^ ^ tf que 
has de pillar el curato de Zarzal^o? 

— En eso, padre, no puede haber dificultad ninguna, 
porque el curato de Zarzalejo es patrimonial ; no hay miedo 
de que me le disputen. 

— Pues bien hombre, no hablemos más del asunto. Ven- 
deré aunque sea la camisa que tengo puesta á ver si con 
doscientos mil demonios te haces cura; pero lay de tí eí 
veo que no te aplicas! porque entonces te deslomo 6. palos, 
que ya sabes que tengo malas pulgas. Mañana mismo ramos 
á ver al dómine de Cabezuela, y te quedas allí estudiando 
la latinidad, que es lo primero y principal que hay que apren- 
der para cantar misa. 

Pericañas diú un salto de alegría al oir esto, y corri6 
& presentar al sefior cura la dimisión de su destino. 



in. 

£1 señor cura de Zarzalejo andaba muy caTiloso y triste 
desde que Feñcañas estudiaba para cura: hasta su favoríts 
diversión, que era la de cabalgar en el Moro y hacer fiestas 
y enseñar borricadas al animal, le cansaba y aburría. 

Y no dejaba de ser fundada la tristeza de) pobre señor 
cura, porque, lo que él decía: 

-~ Ese Pericañas, que es listo como un demontre, se 
hace cura en un periquete, y valido de la picara patrimo- 
nialidad, me birla el curato y vuelvo & pasar la pena negra 
antes de encostrar nueva colocación. Hacer oposición á un 



Di8l.;Mí>G00t^ie 



:.A3 OBBJJLB DEL BCRBO. 51 

beneficio es imposible para mi, porque ni jota sé del latín 
que me prendí con alfileres para ordenanae, y eso de esta- 
diar, Mancamente, no me gasta. Será una fatalidad, será 
uDS picardía, Bcrá todo lo que ee quiera este horror que 
tengo á loa libros, pero ¿qué le he de hacer yo? Cada 
UDO tiene sn opinión y su genio. Mire Vd. también al trasto 
lie Fericañas, que ee le ha antojado ser cura, como si para 
serlo no hnbiera más qne tumbarse á la bartola y pasar la 
vida hecho nn borrico. No, pues si yo pongo pies en pared 
pu'a que no se salga con la suya, no se saldrá. Y si que 
los pondré, caramba, que ya estoy harto de ser tonto, por- 
que en esta picara España el qne no es intrigante j tuno 
se fastidia. 

Todos los días tenia el señor cora este soliloquio, y se 
devanaba los sesos buscando el medio de hacer á Fericañas 
una jugarreta qne le obligase á abandonar la carrera ecle- 
siástica. 

ün día que andaba en estas cavilaciones se le presentó 
el tío Robustiano y le dijo que tenia que hablar con él á 
!olas cuatro palabras. 

— Ya sabe Vd, señor cura, le dijo el tio Robustiano, 
que á Fericañas le tengo en Cabezuela ya va para medio 
Ȗo aprendiendo la latinidad con el aquel de que se haga 
cura, porque parece qne le tira mucho la iglesia. 

— Si, ya lo sé, y me temo mucho que ese chico pierda 
el tiempo, porque para ordenaree hay que saber mucho. 

— En eso último estoy yo también, señor cura. Pues 
voy al decir que el muchacho tendrá estos dias los desáme- 
las j en seguida se vendrá á pasar las vacaciones en casa. 
Yo quisiera que asi que venga le desaminase Td. disimula- 
damente y luego me dijera en confianza qué tal viene de 
adelantado, porque si no ha adelantado le doy nna paliza 
de cien mil demonios y le pongo á destripar terrones con- 
niigo, que me estoy gastando un sentido con él y |á qué 



.Ciooyie 



52 LA3 0BEJA8 DEL BUBRO. 

es moler si el muchacbo no ea aplicado 6 de sa natural ee 

— Hombre, tiene Vd. mucha razón y piensa como bueu 
padre. Pierda Vd. cuidado, qne en cuanto Tenga el chico 
;o le examinaré, asi como quien no quiere la cosa, y le diré 
á Vd, con franqueza lo que me haya parecido. 

Tras esta conversación, el tio Eobustiano se despidió del 
señor cora, seguro de que un señor tan sabio le habla de 
desengaiiar en lo tocante ¿ los adelantos del chico. 



IV. 

Apenas llegó Pericaüas tt Zarzalejo, fué á visitar al 
señor cura, y como viese al Jlíoro paciendo en un pradito 
que estaba antes de llegar á la casa, corrió & él para hacerle 
una fiesta. Por lo visto no estaba para fiestag el Jíforo con 
motivo del despego que le mostraba su amo hacia algún 
tiempo, pues acercarse á él Pericañaa y plantar i, este ojia 
coz qne á poco mks le deja en el sitio, todo fué uno. 7e- 
ricañas, que no esperaba tal correspondencia de un animal 
á quien habia hecho muchos favores, siguió su camino mur- 
murando : 

— Bien merecido tengo este pago, por no considerar que 
de los burros solo se deben esperar coces. 

£1 señor cura reeibió á Pericaüas, al parecer, con mucho 
afecto. 

— Hombre, le dijo, yo creia que me ibas á saludar en 
latin. 

— Mal ó bien, señor cura, le contestó modestamente el 
muchacho, hubiera podido hacerlo, porque me he aplicado 
cuanto he podido , pero creia que tal alarde hubiera pare- 
cido arrogancia. 



DisiiMoGooglc 



— No hay arrogancia que valga, hombre. A ver, á ver 
cómo me esplicas eo latín en qué has empleado el tiempo. 

El muchacho tomó la palabra en latm, y dejó patitieso al 
señor cura la Eoltuxa con que se esplicó, y digo la soltura, 
I no la perfección, porque el Sr. D. Toribio solo conoció 
que hablaba con soltura. 

— ¿Y es ese el latín que has aprendido en medio año? 
le preguntó el señor cura haciendo un gesto de desapro- 
bación. 

— Sí, señor. 

— Pues, hijo, es lástima que los panaderos hayan pasado 
malas noches por tí. 

El muchacho, que con razoa creía haber aprovechado el 
tiempo y así lo había oido de boca de su preceptor, se quedó 
cortado con la salida del señor cura y se volvió é, casa poco 
menos que llorando. 

El tío Robustiano se fué aquella tarde por casa del 
señor cura deseoso de saber á qué altura do latía venia 
Pericañas. 

— Tío Robustiano, le dijo el señor cura apenas le tío, 
tengo que darle i. Yd. una mala noticia. El muchacho viene 
más burro que fué, porque no sabe jota de latín y basta ha 
olvidado lo poqnillo que con el roce habia ido aprendiendo 

— Me ha partido Vd. de medio & medio con esa noticia, 
seaor cura, esclamó el pobre hombre llevíJ)dose la mano á 
U frente para enjugar el sudor frío que le comenzaba & 
chorrear. 

— Lo siento mucho; pero debo desengañarle á Vd., por- 
que no tiene gracia que se esté Vd. sacrificando inútilmente 
por el muchadio. 

— ¡Por vida de dios Baco baliUo, que en cuando llegue 
i casa no le dejo hueso sano á ese tunante! 

— 1 Hombre, no haga Vd. barbaridades! 



DisiiMoGooglc 



51 I-U OSKJU DBL BDBBO. 

— Es que no sabe Vd. , señor cura, las eudemoQiaiIa^ 
pulgas que tengo! 

— Déjese Vd. de pulgas y siga mi consejo. 

— iPor Tida de d >scientas mil recusas de demonios! 

Perdone Vd., señor cura, la falta de respeto, que no sé lo 
que me digo. ¿Qué quiere usted que un hombre haga? 

— Lo que ha de hacer Vd. es no tocar al pelo de k 
ropa al muchacho, ; en vez de dedicarle á una carrera para 
la que no sirve, dedicarle á la labranza, en que puede ser 
uu hombre tan útil 7 honrado como Vd. 

— Haré por sejair los consejos de Vd. , señor cura 

— Ho hay pero que valga, tio Rohustiano. Es que creen 
Vds. que de bóbilis-bóbilís se hace uno cara. Están Vds. 
muy equivocados, que para ser cura se necesita saber mucho, 
¿qui me tiene usted á mí que, aunque me esté mal el de- 
cirlo, no soy de tos más negados; pero, admírese Vd. , aún 
hay curas que saben más que yo. 

— ¡Parece imposible, señor! 

— Pnes no hay imposible que valga. Ea, conque que- 
damos en que al pobre chico no le pegará usted, y en lugar 
de hacer de él un mal cura, haga un buen labrador. 

— Francamente, señor cuia, no respondo de mí, porque 
le digo á Vd. que tengo unas pulgas endemoniadas 

— ] Vuelta con los pulgas! 1 Hombre, no sea usted tao 
cerril! En este mundo somos lo que Dios nos ha hecho, j 
no lo que nosotros queremos ser. A unos nos ha dado Dios 
mucho talento, y & otros 

— Bien, señor cura, no hablemos más de eso. Haré lo 
que Vd. quiere, porque no se diga que un pobre borrico 
como yo pretende saber mis que un señor tan sabio como 
Td. Muchas gracias por todo y disimular 

— Mo hay de qué, tio Robustiano. 

El pobre tio Robustiano se fué de casa del señor cura 



DisiiMoGooglc 



LAS OBBJAS DEL BIIKBO. 56 

üuii mus apesadumbrado que poco antes se habia ido el 
pobre Pericañas. 8u esperanza de tener en la familia un 
machito negro que la ayudase 4 llevar taa cargas, ;babia 
Tolado I 



Para el tío Robustíano, que era hombre 'de bien i carta ' 
cabal y ya habia consentido en que todo Zarzalejo le llama- 
ría el padre del señor cura, fué una puñalada la pérdida de 
aquella esperanza. Tener un hijo cura era para él la mayor 
de las honras. Yo conocí en una ciudad de Castilla una 
pobre mQJer que solo tenia un defecto, j era un orgullo 
taa desmedido, que no la penoitia tratarse de igual & igual 
con las Tecinas. Este orgullo se fundaba en que su marido 
era sepulturero, y por consiguiente, como ella decia reven- 
tando de vanidad, la familia era 'de iglesia. Y yo conozco 
ea una aldea de Vizcaya á una buena y amada compañera 
de mi infancia que, oyendo mis reconvenciones porque no 
se resignaba con la voluntad de Dios que le babia llevado 
un hijo próximo á ordenarse de misa, me contestó; — «iAyl 
eia muy dnlce para mi la esperanza de que manos engen- 
dradas en mis entrañas alzasen todos los días la hostia con- 
sagrada y bendijesen al pueblo donde he nacido, he vivido 
y he de morirl" 

El tio Robustiano habia prometido no pegar al muchacho; 
pero cuando este, tratando de defenderse de la acusación 
de que no sabia jota de latín, sostuvo que sabía cuándo 
menos tanto como el señor cura, y se atrevió i. poner en 
4uda la veracidad y buena fé en cuya virtud le condenaba 
3D padre & abandonar la 'carrera eclesiástica y i dedicarse 
á destripar terrones, el tío Robustiano perdió los estribos 
indignado de qne un mocoso como su hijo se atreviese & 



DisiiMoGooglc 



dudar de la sabiduría y veracidad del señor cora, y fallfr 
poco para que moliera k palos al pobre Pericañas. 

Pasaron meses y meses, y Pericañas destripaba terrones 
al lado de su padre coa la mayor resignación y obediencia; 
pero dedicaba sus ratos de ocio y aún no pocas vigilias al 
estudio del latín, valiéndose para esto de los libros que 
habia traído de Cabezuela. 

Un dia recibió el señor cura una carta del señor obispo 
en que este le anunciaba que iba á emprender la visita 
pastoral y le inilicaba el dia en que llegarla é. Zarzalejo. 
Su ilustrlsima deseaba peruoctar en casa del sefior cura, y 
añadía á este: i'So se moleste Vd. en bacer preparativos 
estraordinarios de ningún género para recibirme. En cuanto 
é. la mesa, solo tengo que decirle á usted que orexis mort 

Su ilnstrisima tenia una letra endemoniada. La parte 
en castellano de esta carta ya la fué deletreando el señor 
cura, pero al llegar al latiu se atascó completamente, por 
m&3 vueltas y revueltas que dio. 

— Pero ¿qué demonios querri decir aqui su ilustrísima? 
exclamaba el señor cura sudando la gota tan gorda por in- 
terpretar el sentido de aquellas palabras, que aun yo hubiera 
traducido por «soy habitual mente parco, » Y precisamente, 
continuaba, «n este maldito latinajo está el busilis de toda 
la carta, porque aqui es donde esplica el señor obispo la 
clase de comida que le he de preparar. Orexia more parve . . . 
Mil demonios me lleven si entiendo esto Orexis more . . . 
Aquí parece que habla de las orejas iel Moro... Pero ¡ci! 
eso no puede ser. ¿Y i quién voy yo, en un pueblo como 
este, donde nadie sabe latín mas que yo, á preguntarte lo 
que signiñca este picaro latínajo? Pericañas de seguro lo 
sabe; pero ¿cómo doy yo mi brazo á torcer preguntándo- 
selo? Y sin embargo, no tengo más remedio que acudir i 



DisiiMoGooglc 



LAB 0BBJÍ8 DBL BCBBO. 67 

él. Eso sí, lo baré con tal diplomacia, que no me ha de 
descnbrir la oreja. 

Asi diciendo, el señor cura se echó la carta de eu ilostrí- 
sima, en el bolsillo, y haciendo qne daba un paseo, se fué 
por la heredad donde trabajabas Perícafias ; bu padre. 

— ¿Qué tenemos por esos mundos de Dios, señor cura? 
dijo el tio Robus tíano. 

— Hombre, por esos mundos de Dios no sé lo que pasa, 
pero en Zarzalejo tenemos una gran novedad, 

— ¡Callal ¿Y se puede saber cuál es? 

— ¡Uiia friolera! Que el día 21 tendremos aquí al señor 
obispo. 

— ¡Hola, holal ¡Esta noticia es gorda! ¿Pero se sabe 
ja de cierto? 

— Tan de cierto, que acabo de recibir carta de su ilus- 
trisima anunciándomelo y diciéndome que se hospedará en 
mi casa. Aqnf tienen Vds. la carta de su iTustrlsima. Que 
la lea alto el estudiante, pues yo me he dejado las gafas 

Y el señor cura alargó la carta á Pericañaa, que la lej-6 
de corrido. Al llegar á las palabras latinas, el señor cum 
le dijo con un retintín capa» de cargar á Cristo padre: 

— Eso está en griego para tí, muchacho. 

El muchacho, que no tenia pelo de tonto, adivinó al 
vuelo lo que buscaba el señw cura, y replicó: 

— Oraeias, señor cura, por el favor que Vd. me hace. 

— Es justicia, hijo, y si no tradúcelo, tradíicelo pata 
que lo entienda tu padre. 

— Tiene raaon el señor co». Di qué quiere decir esor 
borrico. 

— ¿qui dice que su ilustrisima se contenta con que el 
señor cura le prepare para comer el par de orejas del 
Moro. 

El tio Robustiano levantó el mango de la azada para 

DisiiMoGooglc 



fiS I^áB OBBJiü DEL BUBBO. 

Arrear ud lapo & Fericañas diindo por Begnio que eete tra- 
ducía un disparate, pero el señor cura le detuvo ; dijo al 
muchacho : 

— ¿EsUb aeguTO de que diceeao? 

— Tan seguro como Td. lo est& de que yo no sé jota 
-de latín. La cosa no puede estar mis clara: orexia, las 
or^as, more, del Moro, parve, el par. 

— FueB, amigo tío Robuatiano, dijo el señor cura, el 
muchacho ha acertado esta rez por más que lo hagan in- 
Teroslmil au ignorancia del latín ; lo entraño del encargo 
(le su ilustristma. 

— ¿Pero es posible, aeñor cura, que su ilnstrfsima tenga 
tal antojo? 

— Amigo, carta canta. 

— ¿Y cómo sabe bu ilustrisíma que el burro ae llama 
Jlforo? 

— iToma, mire Vd. con lo que aale ahora mi padrel 
dijo Pericañaa. ¡Fuea pocas veces me oyó é, mí darlo eae 
nombre cuando fui con su ilustrisíma á Cabezuela! 

— lYa se vé, dijo el tio Robuatiano, como eatos aeño- 
ronea no saben ja qué comer, por variar se les antoja cual- 
quier porquería! 



VI. 

Perícañas no tenia mal corazón, pero no había podido 
dominar la tentación de vengarse de laa doa coces que había 
recibido, una del Moro j otra del señor cura. 

Por fin llegó el se3or obispo k Zarzalejo entre el repi- 
que de las campattas j la alegría del vecindario, que en 
compañía del señor cara había salido & recibirle i. las 
afueras del pueblo. Pericañaa también salió con au padre i 
recibir i, bu ilustrísima. 



DisiiMoGooglc 



LAS OBBJAS IIBL BÜBBO. 69 

' Lo uBual en tales casos es que el clero reciba al prelado 
i las puertas de la iglesia; pero como aquel era pueblo de 
gente toda ella rAstica, el señor cura faabia creido que debía 
salir 4 recibirle en l&a afueras del pueblo j luego adelan- 
tarae á la Iglesia para revestirse j bacerle alH el recibi- 
mieato eclesiástico. 

AI ver el tio Robustiano que el señor cura y aún el 
maestro de escuela dirigían la palabra al se&or obispo, por 
snpuesto en castellano, felicitándole por bu llegada, no pudo 
donünar un arranque de sentimiento 7 disgusto, j dijo por 
lo bajo & su hijo tír&ndole un torniscón: 

— ¡Ah, si tá, burro de todos los demonios, hubieras sa- 
lido otro, cómo te hubieras podido lucir hoy delante de 
todo el pueblo, felicitando en latín al seBor obispo! 

Estas palabras fueron un rayo de luz para Fericaüas, 
como caú siempre lo son las de los padres para loa hijos 
claros de inteligencia y sanos de corazón. Al oírlas, ade- 
lantóse hacia el señor obispo y le dirigió la palabra en latín 
sin la menor Tacilacíon. 

8u ilustrÍBÍma se quedó pasmado al oír al machacbo es- 
presarse con no común corrección en la lengua del Lacio, 
de que el prelado era gran partidario y peritísimo culti- 
vador, y no pudo menos de contestar primero con un aplauso, 
que secundó todo el pueblo entusiasmado, y luego con al- 
gunas frases en castellano, elogiando & la faz de todo Zar- 
zatejo la perfección conque aquel roucbacho hablaba ellatin. 

El pobre tío Robustiano creyó reventar de orgullo y 
alegría al ver y oír aquello, y sin aab,er lo que se hacia 
empezó á abrazar á su hijo y i tirar al aire el sombrero, 
dando vivas £t su ilustrlsima. 

El qae>, por m&s que lo disimulaba, se habla quedado 
como los santos de Francia, era el señor cura. 

Su itustrísima dispuso que Pericañas Le acompañara, no 
solo 4 la iglesia , sino también & su mesa en casa del señor cura. 



,C;<H)yie 



Esta nueva j singular bonra dispensada & su hijo tenia ' 
trastornado de gozo al tio Robustiano, i, quien todo el puelil» 
volvía chocho felicitándole por ella. 

De vuelta de la iglesia, el señor obispo, su secretario, 
el señor cura y Ferícafias, se sentaron & la ínesa, este último 
con gran emoción j humildad aunque no con torpeza ni 
encogimiento. 

El señor cura había dispuesto una escetente comida, como 
lo probaban el apetito y complaceiicia con qae comían su 
iluEtrísima j el señor secretario. 

Fueron saliendo los principios, y al fin apareció el sin- 
gularisimo encargado, en concepto del señor cura, por e! 
señor obispo. Su itnstrisima y el señor secetario se sir- 
vieron de él y empezaron á comer. Sea que el gusto del 
manjar le pareciese egtraño 6 sea que le chocase que tanto 
el señor cura como Pericañas ae escusaban corteamente de 
probar de aquel plato, el señor obispo preguntó: 

— Señor cura, ¿qué vianda es esta? 

~ Pues nada, señor, contestó e! cura, ese es el plato 
que en su caria me encargaba especialmente vuestra ilus- 
trlsima. 

— Usted está equivocado, señor cura; yo no especifiqué 
á Vd. plato alguno. 

— Aquí he de tener la carta de vuestra ílustrfsima, re- 
plicó el señor cura sacando del bolsillo la del señor obispo. 
Vea vuestra ilnslrlsima cómo me decia en ella que le pre- 
parase el par de orejas del Moro. 

— ¿El Moro? ¿Y quién es ese caballero, hombre? 

— Señor, el Moro es el burro de casa. 

— Señor cura, ¿se ha vuelto Vd. loco? 

— [No, ilustrfsimo señorl Carta canta; aquí dice testual- 
mente: «Orexis more parve.-¡ 

La casa se le cayó encima al señor obispo al oir esto, 
y tanto él como el señor secretario empezaron & dar arcadas 



.Ciooyie 



para vomitar, porque de repente se les había vuelto veneno 
lo poco que habían comido de las orejas del burro. 

Pericañas estaba aúu más confundido y pesaroso que el 
señor cura de la jugarreta que al señor cura y al borrico 
Üabia hecho por un mezquino sentimiento de venganza que 
le causaba ya profundo remordimiento y vergüenza. 

— ¡Señor obispo! esclamó arroj^dose humildemente á 
los pies del venerable prelado; ¡perdone vuestra ilustrisima 
al señor cura, que es inocente de esta picardía de que solo 
yo soy culpable! 

El señor obispo pidió espUcaeiones de aquello que parecía 
nua indigna broma, y así que oyó algunas que le dio el 
muchacho, lo comprendió todo, -pues era tan perspicaz como 
prudente y benigno. 

Poco después se disponía á salir para Cabezuela con ob- 
jeto de pernoctar allí y no en Zarzalejo como había pensado, 
y llamando á parte al señor cura y al mucbacho, les dijo: 

— Señor cura, ya sabe Vd. que la lengua latina es el 
idioma oficial de la Iglesia católica. Usted, que es uno de 
los ministros de la Iglesia, ha olvidado esa lengua j es in- 
dispensable que vuelva al seminario conciliar de la diócesi 
L aprenderla. Tú, Pedro, que aspiras á ordenarte y ¿ ob- 
tener la patrimonialidad de Zarzalejo y por una intriga 
miserable te viste apartado de tan santo camino, te vas & 
venir conmigo, después de obtener el beneplácito y la ben- 
dición de tu padre, que yo roe encargo de costearte la 
carrera eclesiástica á que al parecer Dios te llama. 

Pocos años después, Fericañas era cura patrimonial de 
Zarzalejo, y D. Toribio, que estaba de servidor en otro 
pneblecillo cercano, estudiaba como un demonio para hacer 
oposición á un beneficio do Cabezuela. 

— ¡Ah! si yo fuera obispo algo más había de hacer 

que echar bendiciones. 



DisiiMoGooglc 



DisUMÍy Contóle 



LAS DUBAS DE SAN PEDRO. 



DisliíMoGOOglC 



DisuMíy Contóle 



I. 

Cjuando Cneto j San Pedro andaban por el mimdo suce- 
dieron cosas que el pueblo español me ha contado en el 
Jengnaje caudoro same ate familiar, anacrónico y castizo en 
<iue, con la ayuda de Dios, las Toy á recontar. 

San Pedro era un gran santo, y Cristo le quería mucho, 
como lo prueba el haberle nombrado su ricario en la tierra 
y el haberle dado después las llaves del cielo; pero ¿ pesar 
de eso, San Pedro tenia sus debilidades de hombre, de lo 
qae es testigo aquello del gallo, y sus rarezas de Tiejo, de 
lo que dará testimonio la presente narración. 

Cristo notaba hacia algún tiempo que San Pedro estaba 
cada vez más caTüoso y triste, j un dia que caminaban jun- 
tos por Galilea, le dijo: 

— Amado Pedro, ¿cuil es la causa de las melancolias y 
t-avilaciones en que le sumes con frecuencia? 

— Señor Maestro, contestó San Pedro, .desgraciadamente 
no se equivoca Vd., que hace tiempo me atormentan dudas 
que casi no me dejan pegar los ojos de noche ni solazarme 
coa los encantos de la naturaleza de dia. 

— ¿He dirás, amado Pedro, qué dudas son esas? 

— Setior Maestro, trabajillo me costará el decírselo á 
Vd., porque mis dudas son tales, que se me cae la cara de 
vergüenza solo con pensar en ellas. 



DisliíMoGOOglC 



66 Lia DUBAS DB a*n pedbo. 

— Amado Pedro, rústico y humilde pescador eras en 
esta mar de Galilea caando, siguicEdo las inspiraciones de 
mi Padre, te elegi para predicar el Eraugelio de Dios á las 
gentes, y aiiu para más altos destinos te reservo. Te he in- 
fondido la ciencia divina de mi Padre, que es ia sabidnrii 
Bupiema en el cielo y en la tierra, y ¿crees que no tengo 
derecho á eligirte que me muestres todo lo más recóndilo 
de tu corazón y tu inteligencia? 

— Ks verdad, señor Maestro, que tiene usted derecho 
para eso y mucho más, pero mis dudas son terribles . . . 

— Amado Pedro, díme cuáles son. , 

— 'Pues ha de eaber Vd. que dudo de la jnsticia y sa- 
biduría de Dios. 

— iX>e mi Padre? , 

— Cabalito, Ue su señor Pad^re de Vd. 

— Amado Pedro, ¿has perdido el juicio? 

— Le perderé si estas picaras dudas continúan, pero li 
que es ahora le teügo muy cabal. 

— Pero, amado Pedro, ¿sabes lo que son esas dodas? | 
.— Seráu una picardía, serán una barbaridad, serán ui 

sacrilegio, serán todo lo que Vd. quiera; pero. lo cierto es 
que yo Iss tengo, y por más que me mato por echarlas flon 
doEcieutoE mil de k caballo, no lo puedo conseguir. 

— Pero díme, amado Pedro, cuáles son y en qué se fun- 
dan. Porque no basta decir yo dudo de esto ó de lo otro 
6 de lo de más allá; es menester probar que la duda ei 
racional y justa. 

. — Estamos conformes en eso, seüor Maestro; pero des- 
graciadamente las dudas que yo tengo de la justicia y sa- 
biduría de su señor Padre de usted son fundadísimas, 

— Veamos, amado Pedro, en qué se fundan. 

— Señor Maestro, Vd. sabe muy bien que desde qu¿ 
andamos de zeca en meca combatiendo la malicia y eH error 
que tanto abundan en este picaro mundo , hemos «istu 



DisliíMoGOOglC 



cosa9 que ... francamente, do nos han hecho maldita la 
gracia. 

— ¿Y qué cosas han eido esas, amado Pedro? 

— Demasiado lo sabe Yd., señor Maestro. Hemos visto 
inocentes niños desamparados, hombres de bien haciéndose 
cruces en la boca, bribones nadando en el oro y el raorb, 
mujeres honradas cubiertas de harapos y miyeres sin ver- 
güenza cubiertas de seda ; repantigadas en doradas car- 
rozas. 

— ¡ToJo eso es la pura yerdail, amado Pedral 

— Pues bien, señor Maestro: si su seüor Padre de Vd. 
es justo j- sabio á carta cabal, como usted dice y todos 
nosotros vamos propalando por el mundo fiados en la hon- 
rada palabra de Vd., que creemos no nos dejará mentir, 
^cómo su señor Padre de Vd. coasiente esas y otras pi- 
cardías? 

— Amado Pedro, contestó Jesús, tus dudas son crimi- 
nales-, pero no temas, qne mi Padre ha dicho: Bienaven- 
turados los pobres de espíritu, que de ellos será el reino de 
los cielos. 

— ¿Y se puede saber, señor Maestro, qué entiende Vd. 
por pobres de espíritu? 

— Pobres de espíritu son loa ricos de corazón y pobres 
Je iuteligencia ; que si pecan, pecan por ignorancia y no 
por malicia, como á tí sucede al dudar de la justicia y sabi- 
duría de mi Padre. 

Al decir esto. Cristo sonrió benévolamente. Entonces 
San Pedro sintió que un rayo de divina luz iluminaba vaga 
y fugitivamente su inteligencia, y prorumpiendo en lágrimas 
lie arrepentimiento, quiso prosternarse á los pies de Jesús, 
<iue le tendió am'oiosamenle la diestra para impedírsela , y 
'e consoló con au sonrisa. 

Y ambos viajeros, mudando en seguida 
continuaron su camino. 



.Cooyle 



I.AB DUDAS DB SÍV PEDSO. 



n. 



Andando, andando. Cristo y San Pedro llegaron junto á 
nna casería rodeada de frutales cargados de madura fruta 
y campos cubiertos de verdes maizales y de dorado trigo 
qne un hombre, nna mujer j un niño comenzaban 4 segar. 

Como bacia un calorazo que se asaban los pájaros, iban 
ambos, como quien dice, con un palmo de lengua fuera. 

— Señor Maestro, dijo San Pedro, esto es achicharrarse 
vivo, y yo ni siquiera me atrevo á quitarme la caperuza 
para limpianne el sudor, porque como tengo tan poco pelo, 
temo coger una insolación qne me lleve la trampa. 

— Ten un poco de paciencia, amado Pedro, que en esa 
casería del pié de la cuesta descansaremos un poco y dos 
refrigeraremos con agua fresca, porque yo me voy ahogandc 
de sed. 

— Y á mi me sucede dos cuartos de lo mismo. 

Cristo y Sao Pedro llegaron al fin á la casería qne estaba 
al empezar una cuesta, y se sentaron deluite de ella á 1i 
sombra de un cerezo. 

Apenas vieron los labradores que los viajeros se habían 
detenido, se apresuraron i, salir á saludarlos. Los labra- 
dores eran un matrimonio con un hijo como de catorce aüo9 
may avispado y muy guapo. 

El recibimiento que hicieron á los dos viajeros descono- 
cidos no pudo ser más afectuoso. 

— Pasen Vds. adentro y descansarán un rato y toma- 
rán algo, les dijo la labradora abriendo la puerta de la 

— Ho se moleste Vd., le contestó Cristo, que k la sombra 
de este cerezo estamos perfectamente. De lo que sí nos ha 
de hacer Vd. el favor es de un poco de agua fresca. 

— Con mucho gusto, contestó !a buena miger; y uo 



DisliíMoGOOglC 



LAS SUDAS SS HAK PSDBO. 69 

momento despoes les sacó agua fresca con ftziicarillog y 

todo. 

— ¿Parece, le preguntó San Pedro, que ogaño la cosecba 
es buena? 

— Hu; buena, gracias í Dios, que lia derramado este 
año todas sus bendiciones sobre nuestras heredades. 

— ¿De modo que cogerán Vds. trigo para todo el año? 

— Y aun para más si no lo vendiésemos ; pero pensamos 
llevar al mercado toda la cosecha de este año para dar con 
su importe j el de la fruta un poco de carrera á este chico. 

— ¿Y qué han de comer Vds.? 

— Pasaremos como Dios nos dé á entender con pan de 
maíz, que si no viene algún pedrisco ; nos lo destruye, va 
i ser, gracias á, Dios, también mu; abundante. 

Tras esta conversación. Cristo y San Pedro levantaron 
para continuar su camino ; pero la labradora se empeñó en 
que se habían de esperar un poco, mientras el chico les 
cogia unas cerezas con que pudieran mojarse la boca en el 
camino; y en efecto, el chico subió al cerezo y les cogió nn 
pañuelo de ricas cerezas, que agradecieron mucho ; con que 
» entretuvieron mientras subian la cuesta. 

— ¿Sabe Vd., señor Maestro, dijo San Pedro entusias- 
mado con tas cerezas, que, como tenia ya mala dentadura, 
eran una de sus frutas favoritas; sabe Yd, que esas gentes 
parecen muy cristianas y buenas? 

— Mucho. Pero apretemos el paso, amado Pedro, por- 
pe aquella nube que asoma por Occidente es muy siniestra, 
) a no nos damos prisa nos va á alcanzar antes que llegoemoa 
i la venta. 

San Pedro siguió el consejo del Maestro, con tanto mis 
motivo cuanto que la nube avanzaba, avanzaba relampa- 
gueando y tronando como un demonio. 

Cuando llegaban á la venta , que estaba al terminar la 
cuesta, la tempestad bramaba ya sobre la caseria donde tau 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



/» 



70 LAB DUDAS DB SAN PEDRO. 

obsequios wnenle habían sido acogidos. Refugiáronse en I& 
venta miéntraB la tempestad pasaba, y asi que escampó sa- 
lieron para continuar su camino. 

San Pedro dirigió entonces la vista bácia la casería, 7 
lanzó un grito de sorpresa y lástima al ver que el pedrisco 
había arrasado completamente los campos de maiz y trigo 
y. destrozado los árboles cargados de fruta que rodeaban la 
casería. 

Cristo reparó también en aquel estrago y guardó silencio. 

Una anbe de tristeza se ealendió de qucto por la vene- 
rable faz de San Pedro. 

— ¿Qué es eso, amado Pedro? le preguntó el Maestro. 

— |8eñor Maestro! esclamó el anciano con honda amar- 
gura, ¿no ha convenido Vd. en que las gentes de allá abajo 
son muy cristianas y buenas? 

— Sí, amado Pedro, son honradísimas. 

— Pues entonces ... 

— Amado Pedro, no vuelvas í dudar de la sabiduría j 
justicia de mi Padre, dijo Jesús sonriendo. 

— ¡Señor Maestro, rogadle que me perdone! esclamó 
San Pedro llorando, porque aquella vaga y divina luz que 
esclarecía su inteligencia siempre que Jesús le reconvenía 
sonriendo benévolamente, había ahuyentado de improviso bu 
desconsoladora duda. 

— Amado Pedro, mi Padre ha dicho: Bienaventurados 
los pobres de espíritu, le dijo Jesús por única contestación. 

Y ambos continuaron su camino, , hablando de asunto 
diverso. 



,., Google 



LAS DUDAS SE SAN PBDBO. 



III. 

Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron al anoche- 
cer & una ermita que estaba en na espantoso desierto , en 
ai¡m matorralea añilaban los lobos como condenados. 

— Sefior Maestro, dijo San Pedro, yo no paso de aquí 
annque me fusilen. 

— ¿Por qué, amado Pedro? 

— ¿No oye Vd. la música que anda en los matorrales? 

— Amado Pedro, cuando los lobos aullan licencia tienen 
de Dios. 

— Estoy conforme en eso, señor Maestro, pero no lo 
otoy en que los lobos saquen la tripa de mal año con 
uwtros. 

-~ No tengas cuidado, que aqnf ba de vivir un ermitaño 
q\Le es casi un santo, y de seguro nos darJi un rinconcillo 
donde pasemos la noche. 

— '[Me ba vuelto Vd. el alma al cuerpo, señor Maestro I 
Cristo y San Pedro se dirigieron á la ermita, y pidieron 

¡)OBp¡talidad al ermitaño, que los recibió con mucho amor y 
les di6 de cenar pan, nueces y agua- fresca, servida en una 
copa de oro guarnecida de diamantes. 

La copa le chocó sobremanera & San Pedro. El ermi- 
taño lo notó y se apresuró á satisfacer la curiosidad del 
anciano. 

~ Sin duda, dijo, estrañarin Vds. que un humildísimo 
nerro de Dios, que ordinariamente se alimenta con yerbas 
y raices, pues el pan y las nueces solo se nsan aquí los dias 
de incienso, posea una alhaja como esta? 

— V tres más que lo estragamos, contestó San Pedro. 
~ Pues han de saber Vds. qne yo era riquísimo, trinn- 

&ba y gastaba en grande, y lo mismo me acordaba de Dios 
que de la primera camisa que llevé puesta. Al fin me tocó 



DisliíMoGOOglC 



72 ÍÍB DUDAS SE StM FBDBO. 

Dios en el corazón, y sin duda por aquello de que después 
de harto el diablo de carne se metió fraile, determiné re- 
nunciar á las vanidades del mundo , á cu;o efecto di & loa 
pobres cuanto tenia, menos esta copa, y me vine á eflta so- 
ledad, donde vivo dando al olvido esta vida transitoria ; 
pensando solo eo la eterna, 

— Eso, contestó San Pedro, es muy cristiano y bueno; 
pero pregunta mi curiosidad: ¿por qué se reservó Vd. esta 
copa que, entre paréntesis, vale cualquier dinero? 

— Porque era un regalo que me habla hecho el rey y 

francamente, no tuve valor para desprenderme de 

alhaja que tanto y tanto me honra. ¿Conque, según veo, le 
parece & Vd. cosa de mérito la copita, eh? 

— ¡Vaya si me parece 1 

— Y no crean Vds. que la guarnición es de piedras 
falsas : es de finísimos diamantes que valen un dineral. 

— Eso í la legua se conoce, hombre. 

Sospechando el ermitaño que los forasteros tendrían más 
gana de dormir que de hablar de la copa, lea arregló una 
escelente cama de yerba seca y olorosa, y asi que se acos- 
taron y les dio las buenas noches, se fué á. la ermita á pedir 
á Dios que les concediese el sueño de los justos. 

Cuando Crísto y San Pedro se levantaron, el ermitaño 
ya les tenia preparado el almuerzo, compuesto, para variar, 
de nueces, pan y agua fresca, servida en la copa con- 
sabida. 

7 Ea, les dijo, almuercen Yds. í sus smchas y dispensen 
Tds. que les deje, porque tengo que irme át mis rezos. Dio» 
les dé á Vds. buen viaje y baga que si no nos volvemos i 
ver en la tierra, nos volvamos é, ver en el cielo. 

Cristo y San Pedro le dieron las gracias por todo, le 
instaron á que fuese á sus quehaceres sin andar en cum- 
plimientos, y después de almorzar como unos principes, con- 
tinnaron su viaje. 



DisliíMoGOOglC 



— ¿Sabe Vd. , señor Maestro, dijo San Pedro, que el 
ermitaño ese me parece un bendito? 

— Ya te dije, amado Pedro, que casi era un santo. 

— Yo creo que lo es sin casi. 

Como el pan y las nueces son comida seca, Cristo y San 
Pedro tuvieron muj pronto ana sed de mil demontres. 

Basca por aqui, busca por atli una fuente, ti fin dieron 
con una qne brotaba al pié de un árbol. Para beber en 
ella casi era necesario echarse de broces. Iba ;a á hacerlo 
San Pedro á pesar de que para bajarse tenia ya doro el 
espinazo, cuando el Maestro le detuvo, diciendo; 

— Espera, amado Pedro, que aqaí he de tener yo algo- 
con que bebamos cou toda comodidad. 

Y echando mano L las alfoijas, aac6 de ellas, con gran 
asombro de San Pedro, la tica copa del ermitaño. 

— Pero, señor Maestro marmar6 San Pedro, por 

cuyo «eoerable rostro se había estendido de repent*, no ya 
una nube, sino on denso nubarrón de tristeza. 

— Amado Pedro, bebe, le interrumpió Cristo sin darse 
por entendido de aquella murmuración y aquella tristeza. 

Bebieron ambos, se guardó Cristo la copa en las alforja 
1 continuaron au camino. 

San Pedro se moría de tristeza. 

~ Amado Pedro, le dijo Cristo, ¿tomas í tas melan- 
colías? 

— Señor Maestro, le preguntó i su vez el apóstol, 
¿está Vd. seguro de que su señor Padre aprueba cuanto 
Vi hace? 

— Til lo has dicho, Pedro. 

— Pues señor ... digo que no lo entiendo, que no lo 
entiendo y que no lo entiendo. 

— No lo entiendes, amado Pedro, dijo Cristo con seve- 
ridad, porque eres pobre de espíritu. 

— Pero ¡qué pobre de espiritu ni qué alforjas! Ese 



DisliíMoGOOglC 



74' LAS SDSAS SR BAH PBDBO. 

santo homtire noG da de cenar lo mejorcito que tiene, nos 
poDe nna cama que ni las de matrinioiiio, nos da de almor- 
zar, nos deja boIob en bu cuarto i pesar de que allí tiene 
una copa que vale m&s oro que pesa , y en pago de todo le 
birlamos la copa. ¡Hombre, si esto no es ana picardía, qne 
Tenga Dios y lo vea I • 

— Ya lo Te, amado Pedro. 

— ¿Y lo aprueba? 

— Cúmplese su santa voluntad, dijo Jesús sonriendo. 

Aquel súbito rayo de luz que eolia iluminar la inteligen- 
cia del apÚBtol siempre que Jesús sonreía, apareció tam- 
bién esta vez al trocar Jesús en benévola sonrisa su se- 
veridad. 

£1 apóstol lloró de arrepentimiento y consuelo, y ambos 
continuaron so camino mudando de conTersacion. 



IV. 

Andando, andando, Oristo y San Pedro llegaron á la 
«rilla de nn rio muy ancho y muy hondo que había que 
pasar en nna barca. 

La barca estaba amarrada á la orilla del rio y el bar- 
quero no parecía por allí. 

San Pedro, como habla sido pescador y entendía algo de 
barcas, quiso empuñar el remo y pasar con Cristo al otro 
lado, pero Cristo se opuso á ello. 

— Qué, señor Maestro, dijo el anciano, ¿duda usted de 
mi pericia en la navegación? [Ave María no es Td. poco 
desconfiado ! 

— Amado Pedro, mete la mano en tu seno, le replicó 
Jesna sonriendo. 

San Pedro se pnso como la grana y calló. 

Ambos se sentaron é. descansar í la puerta de la choza 



DisliíMoGOOglC 



LIB SUDlá DK BÁK PSDBO. 75 

del barqaera, tméntraB el barquero renia, suponiendo que 
habría ido por alli & cortar mimbres para bacer estrovoa. 

Buena necesidad tenian los dos de descansar, y aun de 
tomar un bocado, porque estaban despeados y muertos de 
hambre. 

Poco después rieron bajar al barquero de hacia una 
igleúa que ae yeia all& arriba en un cerro que dominaba 
la ribera. 

El barquero, que parecía como compungido y lloroso, lo 
que hizo suponer á San Pedro que Tendría de algún enüerro, 
ks pidió mil perdones por haberlos becho esperar, y des- 
pués de baberloa obsequiado con una fritada de truclias y 
un porrón de bnen vino que encandilú los ojos al santo an- 
ciano, se dispuso é. pasarlos al otro lado. 

Cuando se acercaba la barca á la orilla opuesta, Cristo 
sacó con mucho disimulo una barrena que llevaba en el 
bolaillo desde el tiempo de su difírnto padre putativo San 
José, eci cuyo taller de carpintero solia entretenerse haciendo 
cuatro chucherías, y con ella bizo en el fondo de la barca 
lia agujero que tapó con el pié para que no entrara por él 
el agua hasta su debido tiempo. 

Cristo y San Pedro se despidieron del barquero, qne no 
quiso tomar ni un cuarto por el almuerzo ni el pasaje, y 
saltando en tierra empezaron á alejarse del río. 

Oyendo San Pedro un doloroso grito que le pareció del 
barquero, voItÍÓ la cara y vio que barca y barquero se 
hundían en el fondo del rio para no volver á aparecer. 

— I Señor Maestro, esclamó espantado, socorramos á ese 
hombre que se aboga!' 

— Amado Pedro, le replicó el Maestro, cúmplase la 
voluntad de mi Padre, que para que se cumpla he horadado 
el fondo de la barca mientras pasábamos el rio. 

-~ Vamos, señor Maestro, esclamó San Pedro santiguán- 
dose y cubierta su venejafele faz de una nube de tristeza 



DisliíMoGOOglC 



más densa aún que la que había vomitado torrentes de piedra 
sobre la casería de marras; ¡vamos, esto ya pasa de castaño 
oscuro 1 

— Amado Pedro, le dijo el Maestro con severidad, la 
voluntad de mi Padre se ha cumplido y debemos regocijar- 
nos por ello. 

— Pero, señor Maestro ¡Vamos, si digo y redigo 

y vuelvo á decir qne yo no comprendo estas cosas! 

— No tas comprendes, amado Pedro, porque eres pobre 
de espíritu, dijo Jesús sonriendo benévolamente y alargando 
su diestra al anciano. 

£1 misterioso rayo de luz tornó á iluminar la inteligencia 
de San Pedro. 

¥ San Pedro bajó la venerable frente en silencio derra- 
mando abundantes lágrimas, y ambos viajeros continuaron su 
camino mudando de c 



Andando, andando, Cristo y San Pedro llegaron, ya muy 
de noche, á nn pneblo donde no conocían á nadie. 

A la puerta de una casa vieron á un hombre 7 le pre- 
guntaron dónde hallarian posada. 

El hombre, que parecía estar chispo, les puso de picar- 
días que no habia por donde cogerlos. 

San Pedro quiso emprender con él á estacazos, pero Cristo 
se lo impidió, diciéndole: 

— Amado Pedro, la voluntad de mi Padre es que cuando 
nos hieran una mejilla, ofrezcamos la otra para que nos la 
hieran también. 

Y asiendo de la mano al apóstol, ambos se fueron a! 
pórtico de una iglesia que estaba en frente, y allf pasaron 
la noche durmiendo como bienaventurados. 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



LAB SUDAS DB SAK fEOBO. 77 

Coando despertaron, poco después de raj'ar el alba, 
vieron un bombre tumbado á la puerta de la taberna de 
enfrente y fueron á Ter si estaba muerto ó dormido. 

¡El hombre estaba que daba lástima! Tenia la camisa 
llena de vino, la cara ; las manos llenas de arañazos y car- 
denales y la ropa hecba girones. 

— Vamos, dijo San Pedro, este eatéi durmiendo la mona. 
¡Pero, señor, ea mucho cnento la picara afición al vinú que 
tiene este picaro pueblo soberano! Si yo fuera rey, en mi 
reino solo se habia de vender el viuo en las boticas, y al 
boticario que vendiera un cuartillo sin la correspondiente 
receta del facultativo, ¡ya le babia caido la lotería! 

— Amado Pedro, le replicó el Maestro, tira la primera 
piedra al culpable cuando te creas sin culpa. 

San Pedro se acordó de lo alegre que habia salido de 
la choza del barquero, y se calló como diciendo para si: 

— ;E1 señor Maestro me ba partido por el eje! Cristo 
dijo al dormido: 

— ¡Eb, buen hombre, levántate, que ya es de día! 

El dormido despertó, saludándoles con un buenos dias 
tengan Vds., y levantándose como avergonzado, fué á tomar 
ana callejuela escusada, como si quisiera ocultarse de las 
gentes del pueblo, que ya comenzaban á salir de casa. 

— Calla, esclamó entonces San Pedro, reparando mejor 
en él, ese tunante es el que anoche no puso como ropa de 
pascua. 

— Ciertamente, amado Pedro, dijo Jesús; y dirigiéndose 
al hombre, añadió: 

— Eh, buea hombre, torna acá. 

£1 hombre volvió como avergonzado y tímido, con tanto 
más motivo cnanto que San Pedro le echaba unos ojos que 
parecía querérsele comer vivo; y Cristo, metiendo mano á 
las alforjas, sacó la copa guaniecida de diamantes y se la 
dio, diciéndole; 



DisliíMoGOOglC 



78 LAS SODAS DE BAH FBDBO. 

— Toma esta copa que vale mucho dinero, véndela, y 
haz de su importe el uso que Dios manda. 

El hombre tomó la copa deshaciéndose en ligrimas de 
agradecimiento, y se alejó por la callejuela excusada. 

La unbe que en aquel instante cubrió la. venerable faz 
de San Pedro no era ;a nube, era tinta fina de escribir. 

— Señor Maestro, esclamó el anciano fuera de si, si su 
señor Padre de Vd. obra como justo y sabio al lecompensar 
de ese modo á un borracho indecente, digo que 

— ¡Amado Pedro, le interrumpió Je^us con severidad, 
pon tiento en lo que dicesl ¡Ten fé en la justicia y sabi- 
duría de mi Padre! Tu fé vacila con frecuencia y es me- 
nester fortalecerla, porque mi Padre quiere fundar en ella 
la obra más grande y duradera de est3 mundo. 

Y asi diciendo, Jesús tomó á San Pedro de la mano y 
fué á sentarse con él en el pórtico de la iglesia. 



VI. 

— ¿Qué has visto, amado l'edro, desde que por primera 
vez me confesaste que dudabas de la justicia y sabiduría 
de mi Padre? 

-~- Señor Maestro, ha visto cosas que han arraigado cadi 
vez más mis desconsoladoras dudas, contestó San Pedro 
llorando. 

— Amado Pedro, óyeme con atención y deja tas lágri- 
mas para llorar otra grau debilidad en que has de incuiTir 
cuando se acerque la consumación suprema de loa decretos 
de mi Padre. 

Aquellos honrados labradores cuya cosecha vimos des- 
struida en un instante por la .tempestad, destinaban el im- 
porte de la cosecha á costear la carrera de su único bijo' 
que queria hacerse escribano. 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



Si el muchacho ae hubiese hecho escribano , hubiera- 
enredado en pleitos y jaranas á todo el pueblo, bubieía- 
matado & disgustos á sos padres, hubiera deshonrada . á la 
familia, y por último, se haUera condenado; pero cono la 
tempestad dejó á sus padres sin medios para darle tal car- 
rera (que honra tanto mea á los que la ejercen bien cuanto 
mis expuesta es á ser ejercidt\ mal), el muchacho será uii 
honrado labrador como sus padrea , sua padres alcaozaráu á 
su lado una vida dilatada y feliz. Él la alcanzará igual al 
ludo de sua hijos, ; cuando muera iiá á sentarse á la diestra. 
de mi Padre, que es donde se sieutan los que glorifican á. 
Dios y á la humanidad con la virtud y el trabajo. 

Aquel ermitaño que tan caritativa hospitalidad nos dio, 
aolo necesitaba para ser santo usa cosa: desembarazarse de 
una . sutilísima hebra de vanidad mundana que le ligaba i. 
U tierra. Yo, cumpliendo la voluntad de mi Padre, que- 
branté aquella hebra arrebatándole la copa de oro que con- 
servaba cou necio orgullo por habérsela regalado uu rey, y 
el ermitaño goza de la bienaventuranza eterna en el reino 
Je mi Padre. 

El barquero que viste ayer sepultarse en el fondo del 
rio, había cometido enormes culpas arrojando al agua á 
machos viajeros para robarles; repetidas veces se habia 
arrepentido y repetidas veces habla reincidido en las mis- 
mas culpas. Ayer se hallaba en estado de gracia, porque 
acababa de confesarse y llorar sua culpas cou sincero arre- 
pentimiento. Muriendo ayer, subió derecho al cielo; si ayer 
no hubiera muerto, hubiera vuelto al pecado, y hubiera ba- 
jado derecho al infierno. 

Por último, ese hombre á quien he dado la copa de oro 
era un honrado labrador, padre de dilatada familia. Pér- 
dida de cosechas y otras desgracias le hicieron contraer 
grandes deudas y esperimentar grandes privaciones qne le 
avergonzaban y lastimaban horriblemente. Para atolondrarse 



¡vCioot^ic 



'80 LAB DUtlAB DE 6tX FBDBO. 

j echar de la memom bus desdicbas, el insensato acndia i 
la embri^uez. 

— O, lo qae es lo mismo, señor Maestro, twnaba por lo 
serio aquella estúpida máxima del pueblo soberano qae dice : 
•Para no sentir penas, emborracharse.* 

— Cierto, amado Pedro. Cotr el valor de la copa que 
70 le be dado, pagará todas sos deudas; atenderá i. las ne- 
«esidades de su casa; apartará á su familia de la senda de 
perdición á que empezaba á arrastrarla la miseria; será un 
ciudadano útil j un honrado padre de fomilia, y él y su 
miger y sus hijos que caminaban para el infierno, caminarán 
para el cielo. 

¡Amado Pedro! continnó Jesús, trocando la severidad en 
una dulce y benévola sonrisa. Dios, que es mi Padre, es la 
justicia y la sabiduría así en la tierra como en el cielo. Ls 
inteligencia humana, como es débil y mezquina por natura- 
leza, no comprende la razón 7 la justicia de todo lo que 
Dios hace ; pero todo lo que Dios hace es sabio y justo. 
Los pobres de espíritu dudan-, pero si no son también pobrts 
de corazón, se salvan. 

Aquel rayo de divina luz que irradiaba siempre la son- 
risa de Cristo y solia iluminar vaga y fugitivamente la in- 
teligencia del apóstol, la iluminó al fin por entero y se fijó 
«n ella para no abandonarla jamás hasta aquella noche en 
^¡ae Pedro, á punto de cantar el gallo, negó tres veces á su 
-divino Maestro Jesús el galileo en el atrio de Caifas. 

— ¡Oh, señor, esclamó San Pedro deshaciéndose en li- 
ornas de consnelo y de fé, pedid á vuestro Padre que tengí 
misericordia de mil 

— Amado Pedro, dijo Jesns sonriendo, tú eres de los 
pobres de espirita de quien ha dicho mi Padre que serán 
«on él en el reino de los cielos. 



DisliíMoGOOglC 



EL Tío ínteres. 



DisliíMoGoOglC 



DisUMÍy Contóle 



I. 

Hace ya muchos años, camin&ba yo eo una galera de 
Medina del Campo & Valladolid, y entre los viajeros que 
me acompañaban, iba una mujer que Be qu^aba amarga- 
mente de que no se le babia hecho justicia en un pleito 
que estaba á panto de resolverse en segunda instancia en 
la Audiencia de Valladolid, donde temía que tampoco se le 
hiciera justicia. 

Con tal motivo ó tal pretesto, se dieron allí peirerias 
de los tribunales, y el que más benévolamente los juzgó fué 
un señor cara de aldea que se limitó k decir que los jueces 
tienen ojos y no ven. 

Yo quise tomar la defensa de la justicia, porque esta 
señora de vidas y haciendas es muy respetable ; pero fuese 
<|ne el auditorio estuviese poco dispuesto & dejarse conven- 
cer, ó fuese que la santidad de .la causa que yo defendía 
Qo diese la suficiente elocuencia í mi palabra, de suyo p<M>o 
persuasiva, es lo cierto que tuve que callarme porque crei 
qne mis compañeros de viaje me comían vivo. 

— ¿No saben Vds. lo del tío Interés? preguntó un labra- 
dor gordo, alegróte, malicioso y decidor, que era de los que 
mis parte hablan tomado en la disputa, animado sin duda 
iwr las frecuentes caricias que tras un «¿Ustedes gustan?» 
hacia á una enorme bota qae asomaba la gaita en aus 
alforjas. , 



DisliíMoGOOglC 



84 BL Tío MTBRÉH. 

— No señor, le contestamos todos. 

Y yo, qne doy i las narraciones y caeutos populares U 
importancia que se les da en todos los países cultos donde 
ge las recoge, imprime y estudia como documentos preciosos 
para conocer la historia y el espíritu popular, uní mis ruegos 
á los de mis coinpafieroB para que el labrador contase lo 
del tio Interés, que, en efecto, nos contó sustancialmeute en 
estos términos: 



n. 

«En un pueblo de Castilla, cuyo nombre no viene i 
cuento, TÍTian tres sujetos muy conocidos por U singulari- 
dad de su car&cter que bastarán á dar ¿ conocer los apodos 
con que eran conocidos y uno de los rasgos más carácterfí- 
ticoa que se atribula á cada uno de ellos. 

Del tio Interés se contaba que cuando el sastre le tomaba 
medida para bacerle ropa, se encogía conteniendo el aliento 
para que ae necesitase menos tela. 

Del tio Justicia se aseguraba que , siendo alcalde del 
pueblo, se prendió á sí mismo y se tuvo una porción de diss 
en el cepo. 

Y, por último, del tio Buenafé se decia que ¿ las socie- 
dades de crédito se le daba. 



III. 

El tio Interés, el tio Justicia y el tio Buenafé se encon- 
traron un dia en la calle y trabaron conversación. 

— ¿Cómo Ta, tio Interés, cómo va con estos tiempos? 

— i Cómo quiere Vd. que me vaya, tio Justicia, sin gaaii' 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



EL no iHTZRBB. 85 

un cuarto con Ub bárbaras cosechas qae ha; todos estos 
años? 

— ¿Qué, laa bnenas cosecIíaE le perjndiciaa á ust«d? 

— ¡No me han de peijudiciar, hombrel Cuando tas 
cosechas eran malas tenia uno á porrillo labradores á quienes 
prestar dinero al ciento por ciento de interés ; pero desde 
qae son buenas, ni sin interés ha; quien tome un cuarto. 

— Hombre, me alegro de que le suceda & usted eso, 
porque es justo que los labradores cojan el fruto de bu tra- 
bajo, y es una picardía que los usureros como Vd. engorden 
con su sudor. 

— Soy de la misma opinión que Vd, , fio Justicia, dijo 
el tio Buenafé. 

-~ ¡Vayan Vds. donde se fué mi dinero con sus escrú- 
pulos de monja! esclamó el tio Interés muy quemado. 

— Tio Interés, no se enfade Vd., hombre, dijo el tio 
Justicia, que en este mundo todos debemos desear el bien 
de los más y sentir el mal de los menos. 

— Y además, afiadié el tio Buenafé, cuando Dios da para 
Vicente, da para el vecino de enfrente. ¿Cómo Vd. , que ■ 
estudia con el enemigo malo para sacar partido de todo, no 
ha encontrado medio de sacarle de las buenas cosechas que 
liay estos años? 

— Ya le he encontrado; pero para eso se necesita más 
capital que el que yo tengo. 

— Espliqnese Vd., que quizá le podamos ayudar el tio 
.'uBticia y yo, pnes gracias á Dios nos quedan algunos miles 
de reales de lo que heredamos de nuestros padres, aunque 
hemos perdido mucho, el tio Justicia por no querer pasar 
por cosas injustas y yo por fiarme de picaros. 

— Pues el medio que yo encuentro de sacar partido de 
las buenas cosechas que hay estos años consiste en dedi- 
(ane á comprar granos en Castilla, donde abundan, y ven- 



DisliíMoGOOglC 



86 £1. TÍO tKTEREB. 

derloa en Andalucia, donde, escasean. ¿Qné le parece k 
Vd. la idea, tío Justicia? 

— Hombre, me parece buena ; como tal la acepto con 
tal que procedamos con rectitud. 

— ¿Y á Vd-, tío Buenafé? 

— Digo. lo qne el tio Justicia: la idea me parece buena 
j me conformo con ella siempre que la buena fé sea la base 
de nuestra especulación. 



IV. 

El tio Interés, el tio Justicia y el tio Buenafé se aso- 
ciaron para comerciar en trigos. Las bases de la sociedad 
fueron las siguientes: 

1.* El capital babia de ser de 60.000 reales, poniendo 
cada socio 20.000. 

2.' Cada socio babia de tener un distrito fijo en Cas- 
tilla para la compra de trigos y otro también fijo en Anda- 
hiela para la venta, á cuyo efecto se dividía & Castilla en 
tres distritos y- á Andalncia en otros tres. 

¥ 3.* Al cumplirse el afio, los tres soíios se babían de 
reunir en Madrid y repartirse por partes iguales los fondos 
que resultase tener la sociedad, hubiese disminuido el capi- 
tal ó bubiese aumentado. 

Constituida así la sociedad, cada socio tiró por su lado 

y manos éi la obra, 6. comprar barato y vender caro, 

que es el sencillísimo problema á cuya resolución se con- 
cretan los cálculos del comercio. 



DisliíMoGoOglC 



V. 

Espiraba el año y. el tio Interés, el tío Justicia y el tio 
Buenafé tomaron el camino de Madrid para repartirse por 
iguales partes los fondos de la sociedad y dar esta por 
disuelta. 

£1 tio Interés llegó el primero, ansioso de ver i cufcuto 
ascendía sa parte de ganancias, que creía fuese grande, su- 
poniendo que sus consocios las habían realizado aún mayores 
loe las suyas, 4 pesar de que las suyas eran grandes, cosa 
que no le parecía al tio Interés, que en materia de ganan- 
cías todo lo tenía por poco. 

Impaciente al ver que sus consocios no llegaban, deter- 
miaó salirles al encuentro. En las llanuras de la Mancha 
encontró al tío Justicia y le hizo dos preguntas. 

~ ¿Qué tales son las ganancias de Vd.? 

— Hombre, regulares. 

— ¿Y dónde queda el tio Buenafé? 

— Muy atr&s debe quedar aún. 

El tio Interés siguió su camino hasta dar con el tio Buenafé. 
Encontróle k la banda de allá de DespeSaperros y se 
apresuró i pregontarle qné tal venia de ganancias. 

— Mallslmamente, contestó el tio Bu^iafé. Por fiarme 
de todo el mundo y proceder como Dios manda, no solo no 
he realizado ganancia alguna, por m&s que me he matado 
i trabajar, sino que he perdido la mayor parte del capital 
que he manejado. 

El tio Interés se puso hecho on toro al oir esto; pero 
aparentó tranquilizarse y emprendió la vnelta con el tio 
Buenafé. 

Conforme caminaba, el Uo Interés decía para si: 

— Con arreglo i lo convenido, en Madrid ¡haremos un 
montón del dinero que llevamos los tres socios, y lo repar- 



i„M(> Google 



tiremos por partes iguales; de modo que la misma cantidad 
me tocará & mi, que be duplicado la parte de capital que 
he manejado que i. este estúpido de tio Buenafé que, lejos 
de ganar ba perifido. Esto no puede quedar así. 

Y faltándole del todo la paciencia con estaa amainas 
reflexiones, al pasar por el despeñadero, que da nombre á 
aquella cordillera, porque ea donde en tiempo de los moros 
se despeñaban vohintarí amenté los que no creian en Dios 
(calificados mny propiamente de perros por los mismos moros], 
cogió por la embragadura al pobre tio Buenafé, y despnes 
de arrancarle la mermada bolsa, icataplum! le lanzó al 
precipicio, donde se hizo pedazos. 



VI. 

El tio Interés llegó á Madrid y se dirigió k la posada 
donde esperaba á sus consocios el tio Justicia, 

— iQué, viene Vd. solo? le preguntó este admirado de 
ver que no llegaba con él el tio Baenafé. ¿Y el tio Sne- 
nafé, dónde queda? 

— El tío Buenafé, no solo no ba ganado nada, sino qne 
ha perdido la mitad de los fondos qne ba manejado, y como 
con razoQ se le cae la cara de vergüenza por su mala suerte, 
6, mejor dicho, por su tontería, me ha dado el poco dinero 
que traía y dice que renuncia su parte y ni anu quiere 
presentarse delante de nosotros. Conque, ea, vamos á reunir 
todos los fondos y á repartirlos entre los dos, que asi nos 
tocará más. 

— Eso no lo consiento yo, esclamó muy incomodado el 
tio Justicia. AI tio Buenafé, haya perdido ó haya ganado, 
le corresponde igual cantidad qne á cada uno de nosotros. 

Hombre, no sea Td. tonto 



DisuMíy Contóle 



EL TÍO IHTERÉfl, 89 

lEombre, d6 sea Td. injusto! 

Que si faa de ser, qne sí no ha de ser, en estas j las 
otras, el tío Interés, que buscaba medio de qnedarse con 
todo, sacú con mucho disimulo la navaja 7 le tiró al tio 
Justicia nn navajazo que le echó un ojo fuera. 

£1 tio Justicia echú á, correr, y viendo que el tio Interés 
le perseguía navaja en mano, le arrojó la bolsa, ; &, esto 
debiú su salvación, pues el tio luterés se bajó á cogerla, j 
asi pudo escapar el pobre tío Justicia.» 



vn. 

Al llegar aqnl el labrador, sacó la bota y le dio on beso 
tan prolongado, que no pude menos de preguntarle im- 
paciente: 

— ¿Y qué ha sido del tio Interés y del tio Justicia? 

— Hace pocos dias pasé por su pueblo, y acordándome 
de ellos, hice esa misma pregunta i nna mojer que estaba 
lavando ropa en un arroyo. 

— El tio Interés, me contesta, bien rico y gordo esti, 
mal a&o para él. En cuanto al tio Justicia, alcalde del 
pueblo es ahora. 

— ¿Pero está bueno? 

— Le falta, con perdón de Vd,, el ojo derecho. 

Y queriendo sonsacar & aquella buena mujer lo qne se 
opinaba en el pueblo del crimen de DespeiiaperroB. 

— ¿No hay en esto pueblo, la pregunté, nn siyeto 
llamado por mal nombre el tío Bnenafé? 

— Bnenafé ... contestó proctirando recordar, Bnenafé 
-. . jahl ya no existe. 

Calló el labrador y callamos todos por un instante, y el 
señor cura interrumpió al fin el silencio diciendo: 



DisliíMoGOOglC 



90 M. Tío ISTBRÉS, 

— Ese cuento prueba que bí el pueblo pagano tenia sím- 
bolos j nütos para representar sus vicios j sus virtudes, 
también el cristiano pueblo espahol los tiene, ; mus discre- 
tos y significativos. 



DisliíMoGOOglC 



EL CURA NUEVO. 



DisliíMoGOOglC 



DisuMíy Contóle 



I. 



risto debió suceder hace más de un siglo, pues fué en 
tiempo de mi bisabuelo materno Agustin de Oaray, quien lo 
contaba á mi abuela, qae á bu vez lo contaba á mi madre, 
como esta me lo contaba h mi, bien distantes todos por 
cierto de que en letras de molde se lo babia de contar yo 
al público. 

Era hacia fines del mea de Julio; por m&s señas, on 
s&bado al anochecer. Los vecinos de Montellano, conforme 
dejaban las heredades donde andaban en la siega del trigo 
y la resalía de la borona, se iban reuniendo en el campo 
de Acabajo, nno de los cuatro barrios en qne se divide 
aquella aldea de veinticinco vecinos. 

Aquel campo, donde hoy esiste una ermita dedicada á 
San' Antonio Abad, abogado de los animales, era entonces 
macho mfts espacioso qae ahora, porque después le han ido 
invadiendo y estrechando las codiciosas heredades hasta el 
punto de faltar poco para que digan é. la ermita, la era y 
los nogales que aún quedan en él : sé, ver si os quitáis de 
ahf, para que nosotras nos ensanchemos un poquito mis»; 
como qne llegaba hasta la Fuente fria que hoy está sepa- 
rada de él por una estradita qne corre entre heredades. 

No era solo el deseo de refrescar en la fuente lo que 
reunia allí entonces á, los vecinos de Montellano, sino una 



.Ciooyie 



84 EL CDU NUEVO. 

novedad de las más grandes de la aldea: snbia ;a por el 
castañar de Traalacueva, acompafiado de un hermoso perro 
de caza y montado en el caballito de San Francisco, el cura 
nuevo, ; los vecinos, ansiosos de conocerle y saludarle, se 
reunían y le esperaban en |el campo de Acabijo, donde sin 
duda se detendría un rato & descansar intes de subir por 
la llosa del Portal al barrio de las Casas, en el qne mi 
bisabuela Magdalena de Umáran le tenia preparado provi- 
sional hospedaje, que consistía en el mejor cuarto de la 
casa, liúdamente blanqueado la víspera por mí bisabuelo 
con una caldera de lechada de cal distribuida hasta en el 
techo con ayuda de una brocha de brezo. 

Cuando apareció en el campo el señor cura, todos los 
vecinos que estaban sentados en las cañas (ó varas) de los 
carros ó en las raices de los nogales, se levantaron respe- 
tuosamente y salieron á sú encuentro, le saludaron y le b- 
vitaron á descansar en el asiento de preferencia, que eran 
las susodichas cañas. 

£1 señor cura, mostrándose muy agradecido y afable, 
aceptó aquel asiento, y et perro se tumbó á sus píos. 

£ra tan joven, qne apenas aparentaba la edad necesaria 
para ordenarse de misa, y asf que dirigió algunas palabras 
á sus feligreses, estos quedaron prendados de su finura, ds 
su piedad y de lo que ellos calificaron desde luego de bd 
sabidoria. Hacia algunos instantes que le escachaban conM 
embobados, cuando sonó el toque de oraciones en la parro- 
quia de Santa María, que blanqueaba solitaria á través del 
ramaje de los castaños, allá arriba en la cuesta entre lo9 
cuatro barrios de la aldea, y el señor cura, descubriéndose 
la cabeza, en lo que le imitaron todos los hombres, empezó 
á dirigir las Ave-Marias, intercalando las correspondientes 
oraciones en latín, qne enamoraron á hombres y muÍBr^s, 
aunque por supuesto no entendían los pobres más qne el 
castellano y ese salpicado de vasconismos , pues á la sazón 



DisliíMoGOOglC 



todavía se hablaba el vaEcaeDce en la cordillera del concejo 
de Caldámes (á que pertenece Montellano) confinante con 
Barac&ldo y Goeñes. 

El señor cura, no contento con rezar Us trea Ave-Marias, 
les añadió una porción de Padre nuestros & diferentes santos 
y con diferentes intenciones, todas ellas muy piadosas, lo 
que prolonga aquella laudable ocupación cerca de medía 
hora, que le dio ocasión de conocer la piedad de sus feli- 
greses, pues solo uno de ellos se durmió, á pesar de que 
todos habian madrugado y estaban como qiúen dice reven- 
tados de trabajar. 

Asi que terminó el rezo, el señor cura se dispuso á con- 
linnar sn camino acompañado de mi bisabuelo, de otros 
Tecinos del barrio de las Casas y por supuesto del perro; y 
en efecto, despidiéndose afabilísimo de los de los otros barrios, 
saltó con BU acompañamiento el seto del Portal y continuó 
llosa arriba á la Inz de la luna que acababa de asomar 
wmo un» ^an rueda de fuego sobre la cúspide calcárea 
leí Ereza. 

— [Jesús, qué señor cura tao sabio, tan santo y tan'' 
cariñoso nos ha traido Dios! esclamá conmovida y entusias- 
suda una de las mujeres cuando el señor cura se alejaba 
llosa arriba. 

¥ hombres y mujeres, no menos conmovidos y entusias- 
mados, corroboraron su opinión, menos un mozallón cono- 
cido por .^ntonazas el de Seldortun, que era el que habia 
estado dando cabezadas mientras rezaba el señor cura, y se 
t^ontentó con dar un gran bostezo desperezándose brutal- 
mente. 

— iEste Antonazas siempre ba de ser el mismol esclamó 
^gustada la buena mujer que babia tomado la iniciativa 
™ aquel elopo. ¡Qué, no te gusta el señor cura nuevo? 

— El señor cura nuevo, contestó Antonazas dando otro 
bostezo, me parecería al olio si no fuera tan pesado; 



.Ciooyie 



VS BL CDBt HUBTO. 

pero iporrazo! lo es más que el tuezo de la ferrería de 
Pobal! 

Todos los vecinos y vecinas hicieron heroicos esfueiioi 
para disculpar la pesadez del señor cura ; pera convinieron 
con Antonazas en que los vecinos de MoutelLano uo eaUban 
acostumbrados ¿ dedicar media hora á la saiutacien del 
Ángel. 



II. 

Entre los barrios de Seldortuu y el Avellanal, que disun 
«Dtre si como un millar de pasos, hay una caverna conodda 
con el nombre de cueva de la Magdalena. Por esta caverna 
pasa una vena de a^a que, brotando un poco más abajo, 
daba movimieuto en el siglo pasado i, una aceña que en lei 
niñez estaba arruinada y se reedificó con virtiéndola en oi' 
lino con rodetes horizontales. Este molino, i pesar de ser 
«1 único posible en la aldea que situada en la ladera d(I 
' monte no tiene raudal de agua más abundante qne aquel, 
molió por muy poco tiempo, y boy, deshabitado y caidss 
sus puertas, solo sirve para inspirar pavor á los que por 
allí pasan y para que en la cam'cula, cuando pica la mosca 
al ganado que pasta sin guarda (como es uso y costambr* 
en Vizcaya donde el guarda principal de todo es el géüan 
mandamiento de la ley de Dios) en aquellos eombrjos cas- 
taSares, sestee ea él. 

El molino quedó abandonad^, no tanto por la escasea 
-de agua (que si en toda estación era suficiente para moier 
la rueda de madera de la antigua aceña, no lo era en verano 
para mover los rodetes de hierro , ¿ menos de moler i re- 
presas), como porque el molinero que en él establecieron 
sus dueños los Sangineses, vecinos de la aldea y & quienes 
«sta debe hoy beneficios dignos de mucho agradecimiento, 



D.8i.;M(>Goo¿;ie 



«mpezó á dejarse dominar de tan supersticiofios terrores, 
i]ue le liicieron abandonar aquella soledad. 

Algo impropio es llamar soledad al sitio que ocupa el 
malino, puesto que apenas canta un gallo en la aldea sin 
que desde el molino se oiga, ; hasta recuerdo que la últíma 
tarde que yo pasé por allí, desde el camarado percibí el 
aroma de unas magras que en cierta casa de más arriba 
empezaba á freir una buena montellanesa, que me babia 
visto subir j se había propuesto no dejarme pasar por su 
puerta sin que me detuviera á merendar; pero es allí tan 
profunda y estrecha la cañada j la arboleda tan espesa 3 
frondosa y el torrente tan ruidoso por lo quebrado y pen- 
diente de su lecho, que aun ea pleno día suelo yo mismo 
sentirme sobrecogido de pavor al pasar por allí, no sé si 
por la naturaleza del sitio ó por el recuerdo de las me- 
drosas consejas que en mi niñez ol contar de aquel ralle- 
juelo. 

. Cerca de la cueva de la Magdalena existió, hasta bien 
entrado este siglo, una ermita de la misma advocación, que 
antiguamente debió ser muy venerada, pues en los libros de 
la parroquia, que empiezan & fines del siglo XV, aparece 
que se imponia el nombre de la pecadora arrepentida á 
muchas niñas de la aldea. Esta devoción fué cesando hasta 
el punto de que la ermita, cuyas ruinas apenas se distinguen 
hoy, se estaba cayendo. Una sencilla mujer tomó nn día 
la imagen de la santa titular creyendo no ser decoroso que 
permaneciese allí, y la llevó i. la parroquia. El señor cura, 
D. Francisco Hurtado de Sarachu, de quien recibí el bau- 
tismo (¡canario, qué dato para la historial) la obligó á de- 
volverla; entendiendo que no era lícito hacer tan sin cere- 
monia la traslación, y la hizo él procesionalmcnte, arruinándose 
poco después la ermita. 

Como la imagen era increíblemente tosca y ademas de 
esto estuviese muy maltratada por los años (quizá por I0& 



.Cooyie 



siglos) y la intemperie, creyó el párroco que no debía colo- 
cársela en la iglesia á la veneración publica j la trasladó 
al campanario. 

Allí la encoatránios José -Mari * y yo hace tres años, en 
uua de nuestras frecuentes escapatorias á la alegre y amada 
aldea de nuestra infancia, y pensando, no ya solo como cris- 
tianos, sino también un poquito como poetas, como artistas 
y como filósofos, dijimos: 

— ¿Que es rústica y sencilla esta imagen basta el punto 
de recordar la rusticidad y sencillez de los pobres pescadorea 
del mar de Galilea ¿ quienes Jesús escogía para predicar el 
Evangelio de Dios ¿ las gentes de buena voluntad? ¿Que 
los siglos. y los ósculos y la humedad de las lágrimas de 1» 
fé la han deteriorado? ¡Qué importa eso! ¡Imagen de uua 
santa b simplemente leño bendito en que generaciones en- 
teras han lijado los ojos inundados de lágrimas y de donde 
haa manado para ellas inefables consuelos, tú debes ser ob- 
jeto sagrado, bien te contemplemos con los ojos de la fé, 
bien con los de la filosofía ó bien con. unos y con otros! 

Y pensando y sintiendo así. Jos ó- Mari trajo á Bilbao la 
imagen, la hizo pintar y aderezar un poco sin que perdiera 
su primitiva fisonomía, y la colocó en uno de loa retiiblos 
parroquiales donde los nietos de los que buscaron amparo 
y consuelo en 1» protección de María Magdalena, han vuelto 
á buscarlos en el culto del sencillo y sagrado simulacro que 
adoraron sus abuelos. 

Yaveremos cómo algo de todo esto que parece aquí im- 
pertinente viene, muy á cuento para la mejor inteligencia de 
lo que contaré más adelante, y aunque no viniera, ningún 
lector sensato me culparía por haberme entretenido en estas 



Di8l.fMÍ>G00t^[C 



digresiones, porque, ¿qoiéii' puede llevar á mal que el que 
pasa por junto á la casa donde nació y la iglesia donde le 
hicieron cristiano y los árboles á cuya sombra jugó cuando 
niño y el osario donde están los huesos de sus abuelos se 
detenga un poco, como yo me lie detenido á mentar, & re- 
cordar, & rezar y á narrar alguno de sus recuerdos? Kunca, 
pobre aldea mia, jugó á la sombra de tus nogales y tus 
castaños, hasta que yo jugué, quien hubiera de escribir 
libros. [Cómo yo que los escribo, aunque malos, no be de 
consagrarte en ellos algunas páginas! 



III. 

El pueblo no gusta de curas que en el desempeño de 
su sagrado ministerio pequen de menos ó de más. For eso 
ha inventado la frase «en menos que se persigna un cura 
loco», y aunque no haya inventado otra contra las miaaa 
largas, la suple asistiendo de mala gana ó no asistiendo 
á ellas. 

Según las autoridades eclesiásticas más competentes, la 
misa, rezada no debe durar menos de veinte minutos ni más 
de treinta. Yo conozco una aldea de Vizcaya de gente tan 
morigerada y piadosa como trab^adora y sencilla á donde 
no ba muchos años fué un cura nuevo que se hizo en poco 
tiempo objeto de la animadversión de sus feligreses hasta 
el punto de tener que trasladarle el señor obispo á. otro 
curato, y todo á pesar de ser celosísimo en el desempeño 
de su ministerio. Las faltas que le achacaban sus feligreses 
eran dos: la primera que hasta los dias de trabajo, después 
de emplear cuarenta minutos en la misa rezada, empleaba 
otros veinte en lecturas morales ó exhortación oral desde el 
pulpito; y la segunda, que para reprender los vicios de 
aquella aldea encarecía las virtudes de la suya, privando 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



loo El, CDRA HCBVO. 

con lo primero al vecindarío de un tiempo que le era in- 
dispensable para el trabajo ; mortificando con lo segundo 
su patnotismo, pues con razón se ha dicho que las compa- 
Taciones son odiosas. 

El cura nuevo de Montellano bo incurria ni por asomo 
en la segunda de estas fallas ; pero si algún tanto en la 
primera. Empleaba una mitad de tiempo m¿s de lo ordi- 
nario en la misa y demás oficios parroquiales ; pero era su 
piedad tan sincera j tan laudable bu celo por el bien espi- 
ritual y material de sus 'feligreses, que estos estaban muy 
contentos con él, y aunque convinieran en que era algo 
pesado, se conformaban con esta pesade-r y afeaban la con- 
ducta de Antonasas, que siempre se estaba quejando de ella. 

Precisamente Anfonazas era el vecino de ¡a aldea que 
menos necesidad tenia de escatimar tiempo al cumplimiento 
de los deberes religiosos, por la sencilla razón de que era 
el vecino más rico; pero como su lógica iba siempre al 
revés, precisamente esta era la razón por que le escatimaba. 
En aquel tiempo era costumbre en Montellano oir misa los 
trabajadores el dia de labor como el dia festivo, ya fuesen 
jornaleros 6 ya se ocupasen en las faenas propias, y como 
Antonazas tenia continuamente jornaleros, porque eia el que 
más tierras labraba, y las labraba todas con manos ajenas, 
de aquí el que le doliese más que á nadie el que las misas 
del cura nuevo fuesen menos breves que las del cura viejo. 

Antonazaa era muy tonto y terco, j agravaba esta cuali- 
dad con la de ser muy presumido de discreto. 

— Para los que tenemos un poco de talento, solía decir, 
no hay cosa imposible en el mundo, porque con el talento 
todo lo conseguimos. 

El domingo, después de misa (que era á las diez), solían 
los muchachos armar un partido de pelota, sirviéndoles de 
frontón la pared que sustenta el campanario, y mientras las 
mujeres, después de doblar la mantilla de franela y colo- 



DisliíMoGOOglC 



BL CUBA KUBVO. 101 

caria sobre la cabeza á gaiaa de quita-sol, se apresuraban 
i ir 4 casa para activar y preparar la comida, los hombrea 
se quedaban á presenciar el partido y echar una pipada 
sentados bajo los enormes castaños que sombrean la esplo- 
nadita de junto á la iglesia, basta que sonaban las doce, á 
cuya señal el juego concluía ; todos se dirígiau por aquellas 
arboledas, como ellos decían, en busca de la pucbera. 

No faltaba nunca Antonazas en esta reunión, donde él 
era el que principalmente llevaba la palabra, pretendiendo 
ser la autoridad suprema é inapelable, asf en los incidentes 
del juego como en los demás asuntos de la aldea que allf 
se discatian. 

El que mis pareéis preocupar & Antonazas, pues apenas 
sabía este hablar de otra cosa, era el de la pesadez del 
cura nuevo. 

— Para vosotros que no tenéis pizca de talento, decia 
ua domingo, no vale nada que el señor cura gaste cada día 
una hora en lugar de media en las cosas de la iglesia; pero 
para los que le tenemos, vale mucho. Y si no voy & haceros 
la cuenta de la vieja, porque á vosotros hay que meteros 
las cosas con cachara. Ten ac& tú, Fftis, que entiendes 
mncbo de cuentas, y con un carbón haz en esa pared las 
que yo te d^ja. 

Pítis que era nn chico muy vivaracho, hijo de Quicorro 
el de la aceña de Seldortun, ae apresuró , lleno de orgullo, 
i bascar un carbón en un torco inmediato * y se acercó á 
la bluica pared de la iglesia, carbón en mano, dispuesto i, 
hacer las operaciones aritméticas que Antonazas le in- 
dicase. 

— Monteltano, continuó Antonazas, tiene veinticinco fo- 
gueras, que calculándole h. cada nna cinco personas, hacen 



.Cooyie 



102 BL CITBÁ NUEVO. 

— Ciento veinticinco personas, añadió Pítis despnes de 
multiplicar 25 por 5. 

— Algunas de esas personas no oyen misa más que los 
dias de fiesta y media fiesta ; pero las demás la oyen todos 
los dias. Calculemos que los que la oyen todos los dias son 
ciento j veamos cuántas son las misas que todas esas per- 
sonas han oído al cabo del año, A ver, Pitia, cómo te com- 
pones para averiguarlo. 

Fitis se apresuró á multiplicar 365 por 100, y d^jo: 

— Son 36, 5W misas las que al afio ha oido toda la gente 
de Montellano, 

— ¡Bien, Pítis; eres im gran contador! Ahora tenemos 
que ver cuántas horas de trabajo ha perdido esa gente por 
hacerle el señor cura gastar cada dia media hora más áe lo 
regular en las cosas de la iglesia. 

■ — La mitad de 36.500 son 18.950, dijo Pítis tras nna 
nueva operación aritmética, 6, lo que es lo mismo, la gente 
de Montellano gasta de más en la iglesia 1S.350 horas 
«1 año. 

— ¡Está al olio ese cálculo! Este Pítis merece dos 
cuartos para una libra de cerezas. Allá van. 

Así diciendo, Antonazas tiió dos cuartos al chico, y este, 
después de cogerlos al vuelo brillándole los ojos de alegría, 
se apresuró á emplearlos en una libra de cerezas que ven- 
día mía mujer al pié de un castaño y que recogió en el 
seno de la camisa. 

Pítis, ocupada una mano con el carbón y la otra en 
moverse desde el seno á la boca, se aproximó de nuevo í 
la pared para proseguir las operaciones aritméticas. 

— Amigo Pítis, ya vamos concluyendo nuestra tarea, If 
dijo Antonazas. Al dia las horas útiles de trabajo se puedeo 
calcular, por término medio, en diez, y, por consiguiente, 
hay que ver cuántos dias de diez horas, 6, lo que es lo 
mismo, de trabajo, hacen esas 18.250 que los montellanescB 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



cmiileamos de más al año en la iglesia por la pesadez del 

— Hacen ,1.825 dias. 

— ¿Lo veis, bnitos, lo veis? ¡El señor cura nuevo nos 
i'oba al año, come quien no dice nada 1.825 dias de trabajo 
real y positivo I 

— jParece mentira! esctamaron santiguájidose de admi- 
ración todos los eircunstantes, menos mi bisabuelo. 

— Pues no hay mentira que valga. Y alora, ¿creéis 
que debemos estar muy satisfechos con que el señor cura 
uuevo quite á Montellano cada dia ciucneuta horas de tra- 
bajo, que eso es io que resulta también de los cálculos, que 
}iemoE hecho? Estos cálculos no fallan, porque si son cien 
personas las que cada dia vienen á la iglesia y á cada una 
le hace perder media hora de trabajo, claro está que la 
pérdida de todos es de cincuenta horas al dia. 

Mi bisabuelo, que estaba presente, no era más perspicaz 
ni discreto que sus convecinos; pero habia tomado tal afecto 
al seEor cura nuevo y habia formado tan ventajosa idea de 
60 piedad y sabiduría en los pocos dias que le habia dado 
lospitalidad hasta que le dispusiesen casa propia, que no 
podia creer que fuesen exactos los cálculos de Antonazas. 
Viendo que no encontraba en lo humano medio de desmen- 
tirlos, pues no le octirria siquiera la aclaración de que los 
1.852 dias de trabajo eran de una sola persona, hizo un es- 
fuerzo supremo para encontrarle en lo divino. 

— ¿Qué dices tú á esto, Agustín, que estés tan callado? 
le preguntó Antonazas. 

— Digo, contestó mi bisabuelo levantándose profunda- 
mente disgustado de que con tan mezquinos cálculos se re- 
bagase la estimación y el respeto debidos al señor cura, digo 
que si el señor cnra nos quita algún tiempo para trabajar 
por los bienes de la tierra, es para dárnosle para trabajar 
por los bienes del cielo. 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



101 £L CUBA KCBVO. 

Y asi diciendo , tomó castañar adelante con dirección á 
las Casas, donde ya he dicho que estaba la suya. 

La semilla de la duda que dejaba sembrada en el campo 
de las fahas afirmaciones de Antonazas brotó inmediatamente, 
y ¿ntonazas sudó para desvirtuarla, lo que aun asi no con- 
Bigaió por completo. 

Sonaron las doce, y la controversia se interrnmpió par» 
prepararse cada cual á tomar el camino de su casa. 

— Pero oye, Antonazas, dijo uno de los vecinos, ¡para 
qué nos hemos de romper la cabeza con estas disputas! Si 
tú crees que es un mal para Montellano el que el señor 
cura nuevo sea m&s pesado que el anterior, ¿por qué n» 
pones pies en pared y lo remedias, ya que te precias de 
tener talento y aseguras que con el talento se consigne toda 
en este mundo? 

— SI qne los pondré y lo remediaré, iporrazol contesté 
Antonazas con la vanidad del necio y la saíla del pobr» 
diablo que presume ser infalible y ve dudar de su infali- 
bilidad. 

Aquella misma tarde, cuando la gente salió del rosario, 
y, según costumbre, sé esparció por los alrededores de la 
iglesia para solazarse , los casadas chupando su pipa j 
Hablando de sus parejas de bueyes y sus heredades, las ca- 
sadas de sus maridos y sus hijos y sus faenas domésticas, 
y los solteros, nnos jugando á la pelota ó á los bolos y 1% 
demás bailando con las muchachas al son de la pandereta, 
Antonazas, acompañado de algunos vecinos, entre ellos mi 
bisabuelo, se sentó en el pórtico renovando la cuestión de 
la pesadez, del tmra nuevo. 

Cuando salió este de la iglesia para dirigirse & casa, los 
saludó afectuosamente, y todos se levantaron para contestar 
í su saludo, menos Antonazas, que, no contento con esto, 
interrumpió ¡os saludos que se cruzaban entre el pimco y 
los vecinos, diciendo al primero; 



DisuMíy Contóle 



EL CI7BA SUEVO. 10& 

— Señor cnra, naa cosa le t«ngo que decir á usted, y 
perdone que sea el más atrevido de todos los de Montellano, 
porque como aqui Qiugnno tiene pizca de talento sino yo, 
sDDqne me esté mal el decirlo, | quién ha de decir las cosas 
eí no las decimos los que tenemos un poco de esplicacion! 

El señor cura se sonrió benévolamente de la presunción 
de Antonazas. 

— Veamos, Antón, qué es lo que Td. tiene que decirme. 

— Pues nada, es que aquí para títít tenemos qne tra- 
bajar mucho y aún así no nos alcanza el trabajo. El día 
de fiesta, es verdad, no trabajamos en las heredades, pero 
no faltan en casa enredillos en que hay que aprovechar el 

— No entiendo lo que Vd, quiere darme i entender, 

— Yo me esplicaré, señor cura, qne á Dios gracias es- 
plicaderas no me faltan. Pues quería decirle á Vd. que 
santo y muy bueno es pasar el tiempo en la iglesia, pero 
ssf ni el dia de trabajo se labran las piezas ni el día de 
fiesta se cuida el ganado 

— Sigo, amigo Antón, sin comprender á dónde va Vd. 
& parar. 

— Voy k parar, señor cura, & decirle i Vd. en mi nombre 
y el de todos los vecinos de Montellano 

— En mi nombre no, esclamó mi bisabuelo incomodado- 
Y alejándose del pórtico. 

— Qneria decirle & Vd. que el otro señor cura, que esté 
en gloria, tardaba la mitad que Yd. en ka cosas de la 
iglesia. 

— Antón, el señor cura á quien he sustituido sin mere- 
cerlo, pues sé qne me aventajaba mucho en virtud, saber y 
celo sacerdotal, emplearía en el desempeño de su ministerio 
el tiempo que su conciencia le sefialaba, como yo empleo el 
qae me señala la mia. 



DisliíMoGOOglC 



IOS EL CURA NUEVO. 

— Pero el caso es, señor cura, que Vd. emplea cada 
dia lo ménoB media hora más que él, y asi resulta que enlr« 
todos los de Montellano perdemos al dia cincuenta horas de 
trabajo que itsted nos roba 

— Antón, esclamó el señor cura un poco incomodado, 
respete Vd., ya que no al hombre, al sacerdote. 

— Hola, señor cura, ¿conque se incomoda usted porque 
le dicen la verdad? Pues ¡porrazol aguántese ó no nos 
obligue á decírsela. 

El señor cura, comprendiendo que era inútil y depresivo 
de su dignidad el altercar con aquel pedazo de bestia, se 
apresuró á dar las buenas tardes á los del pórtico j tomó 
el camino de su casa pensando cuánta paciencia y. cuánta 
prudencia necesitan los que ejercen una misión puramente 
espiritual en los campos donde, si abundan las sencillas, 
puras, suaves y aromáticas flores, también crecen entre ellas 
tos punzantes, ásperos é inodoros cardos. 



IV. 

La aceña de Seldortnn era e 
mentidero de la aldea. Generalmente los molineros de Viz- 
caya recogen en las casas y devuelven á las mismas molido 
el grano que semanalmente consume la familia; pero en 
Montellano no sucedía asi, porque estando la aceña casi eu 
mitad de la aldea y distando poco entre si los cuatro bar- 
ríos de que esta se compone, las vecinas iban una vez á la 
aceña con el zurrón en la cabeza, esperaban á que se le 
moliera y volvían con él convertido en harina, que inmedias 
mente cernían, amasaban y cocían en el liomo que t«da ca- 
sería tiene al lado. Asi era que en todo tiempo y á toda 
hora, lo mismo de dia que de noche, siempre habia miqeres 
y aún hombres en la aceña de Seldortun esperando la 



BL CÜEA NUEVO. 107 

molienda, bien deutro, en el saloDcillo de las tolvas, ó bien 
en la portalada i la qne daban sombra dos enormes castaños, 
á cuyo pié babia asientos becboB con muelas rotas. 

Era por el mes de Agosto y apretaban los calores, y, 
sin embargo, después de anochecer desapareció de la porta- 
lada la tertulia trasiad^dose al saloncillo int«rior, donde 
todos hablaban en voz baja ; do se oian las alegres carca- 
jadas de costumbre. 

,Mi bisabuela Magdalena era una de las mujeres que 
aquella noche estaban en la aceña, y i esta circunstancia 
se debe el haber llegado á mi noticia lo que alli se babl6, 
porque, como ya he dicho, ella se lo coutó A mi abuela 
Agustina, mi abuela á mi madre Marta y mi madre me lo 
cont« á mí como si presintiera que yo estaba destinado t 
escribir libros que ilustrasen al mimdo con narraciones tan 
trascendentales y luminosas como estas. 

— Pero, Beñor, esclamó la aceñera mirando tímidamente 
por uaa ventanilla que daba al camino que haciendo tomos 
descendía de junto á las casas de Seldortun casi tocando en 
el borde de la cueva de la Magdalena, ¡dónde estará ese 
enemigo de chico! Hace dias que no se puede hacer car- 
rera de él, hoy que va aquí, mañana que va allí, otro dia 
que va acullá. Hoy, después de comer, dijo que se iba á 
las laderas de Llangon á ver si la cabra que nos faltó dias 
liasados estaba con las de Talledo .6 Baltezana, y ni viene 
ni parece. 

— Ese, dijo su marido Quicorro, ha bajado tarde, y, no 
atreviéndose á pasar por la cueva de la Magdalena, se ha 
qnedado á dormir en la cabana de los carboneros de allá 
arriba, i Estamos bien los de Seldortun, y particularmente 
los de la aceña con el padrastro de tal cueva y con la ter- 
quedad del señor cura nuevo en no querer venir é. conjurar 
el espanto ni hacer caso de lo que el espanto dice! 

— ¿Pero vosotros creéis qne tal espanto haya en la cueva 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



108 £L CUBA NOEVO. 

de la Magdalena? preguntó mi bisabuela en voz bastante 
baja para hacer dudar de la Uanqoilidad de su espíritu. 

— ¡Pues no 'lo hemos de creerl contestaron todas las 
mujeres. 

— i<íue me lo pregunten á mil aftadió una de ellas. No 
sé cómo no' me caí muerta ai oirle. Al pasar por el Ave- 
llanal, me dijeron: «Mira, anochece ya, y es mejor que 
vayas á la aceña castañar ahajo aunque te espongas k rodar 
con el zurrón por la cuesta, porque si yas por la cueva de 
la Magdalena, de seguro oyes el espanto». Dejadme de es- 
pantos, que yo no creo en ellos, contesté, y seguí el camino 
de Seldortnn; pero nunca tal hubiera hecho, porque al acer- 
carme & la cueva para tomar los tomos de la bajada, oigo 
hacia la cneva un silbido como para reclamar mi atención; 
me paro , escncho , y en seguida oigo una voz quejumbrosa 
j triste que sale de la cueva y me dice: 

— Yo soy el alma del cura viejo, que aun después de 
muerto se desvive por el bien de los montellaneses, y de 
parte de Dios te mando , que vayas al cura nnevo y le digas 
que si sigue robando á los montellaneses cincuenta horas de 
trabajo cada dia, van i. venir sobre Montellano muchos males, 
y él será responsable de ello en este mundo y en el otro. 

— ' ¡JesttB, qué miedo! esclamaron las mujeres y los 
hombres apiñándose como buscando protección anos en 

— ¿Y vas i. hacer el encargo del espanto? pregantaron 
muchos de los circunstantes á la espantada. 

— ¿Pues qué he de hacer si no? En cuanto amanezca 
me voy i, ver al señor cura y se lo digo. 

— Pero el seBor cura no te bar& caso, replicó mi biea- 
bnela, porque cuando esta mañana le fué la Cana de Acá- 
biúo conque anoche al venir & la aceña le habia encai^;ado 
el espanto lo mismo que á tí te ha encargado esta noche, 
el señor cura se echó á reír y le dijo que no la absolvería 



DisliíMoGOOglC 



BL CDBA SUEVO. 109 

cuando se fuera á confesar si Beguia creyendo en talea eu- 
perstícjoaes. 

-> Vaes haga el señor cura lo que hf^a y dígame lo 
que me diga, yo cumplo eos ir & verle y decirle lo que pasa, 
)' mafiana antes de ponerme & cerner iré y se lo diré. 

En estas conversaciones y estos temores estaba la gente 
de la aceña, cuando llamaron á la puerta y todos se estre- 
mecieron de espanto. 

— ¿Quién es? se atreTiú Quicorro i preguntar. 

— Abra Vd., padre, contestó Pitia con voz desmayada. 
Quicorro se apresuró é, abrir, y Pitia se precipitó dentro, 

todo descompuesto y asustado. 

— ¿Qué [es eso, hijo? le pregtintó su madre sobresal- 
tada mientras su padre no acertaba de miedo 4 cerrar la 
puerta. 

— I El espanto! balbuceó el muchacho falto 

de aliento y sobrado de terror, cayendo como desfallecido 
sobre un arca. 

— ¡Dios nos tenga de sn mano! esclamó la aceñera, 
liadéndola coro, con - esclamaciones an&logas, todos los 
presentes. 

Al fin el muchacho se repuso un poco y pudo hablar 
pora contar lo que le habia sucedido; lo que le habia su- 
cedido era que habiéndose detenido demasiado en el monte 
en busca de la cabra, con la que al fin no babia dado, á 
pesar de haber examinado todos los rebaños de Montellano, 
Baltezana, Talledo y Lasmuñecas, al pasar por la Magda- 
lena, el espanto le habia hecho el mismo encargo que ¿ los 
de la molienda. 

En estas conversaciones y estos terrores pasó la noche, 
y tan luego como amaneció, los huespedes de la aceña to- 
maron cada cual el camino de su casa con el zurrón de 
barina ea la cabeza ó en el hombro. 

El señor cura vivia en las Casas, en una contigua i, la 



DisliíMoGOOglC 



lio EL CUBA HUEVO. 

de mi bisabuelo. Terminados sus rezos, en que se ocupaba 
desde' el amanecer, Lora á que comiuunente se levantaba, ee 
disponía para ir á la iglesia á decir misa, qne el día de 
trabajo era íi las ocho, cuando se le presenta la buena 
mujer á quien la noche anterior babia dirigido la palabra 
el espanto. 

El señor cura escuchó con mucha atención la relación de 
la espantada, que la corroboró con la advertencia de que 
también é, Pltis habia hablado el espanto y le habla hecho 
el mismo encargo que á ella. 

— ¿Y qué hora era, le preguntó, cuando á usted le su- 
cedió eso? 

— Un poco después de anochecer. 

— ¿Es decir, 6, la hora en que la noche anterior le eu- 
cedió lo mismo á la Cana de Acabajo? 

— Sí señor, pero debo advertir á Vd., señoc cura, que 
también algo más tarde habla el espanto, porque cuando le 
habló anoche á Pitis era más tarde. 

— Bien, dijo sonriendo el señor cura, eso quiere decii 
que el espanto no está en casa hasta que anochece. Iremos 
k esa hora i conjurarle. 



Al anochecer de aquel mismo dia se iban reuniendo los 
vecinos del barrio de las Casas en el hermoso campo poblado 
de árboles frutales que aun subsiste en medio del barrio, 
aunque algo mermado á fuerza de tirarle disimulados pelliz- 
cos los vecinos para ensanchar cada cual su huerto. Cuando 
el señor cura vio llegar á mi bisabuelo, le llamó y le díjo: 

— Agustín, venga Vd, conmigo para servirme de acólilo, 
que voy é. conjurar el espanto de la cueva de la Magdalena. 



DisliíMoGoOgiC 



EL CURA KDBVO 111 

— Pero, señor cura, le contestó admirado mi bisabuelo, 
¿Td. cree lo del espanto? 

— Lo que creo es que debo averiguar lo que eu ello 
baya de cierto. 

— Pues vamos alli, señor cura; jjero como es de noche 
y nadie sabe lo que hay en las cuevas, por si ó por no, 
ciHiTendria que no fuéramos con ias manos peladas . . . 

— Ya llevo yo aquí con qué defendemos en caso nece- 
sario, contestó el señor cura señalando un objeto que abul- 
taba bajo su sotana. 

— ¿Qué es eso, señor cura? 

— El hisopo. 

— Ea, pues, voy á lomar el farol y echaremos á andar. 
Miéutras mi bisabuelo subia por el farol, el señor cura 

dio un silbido, é inmediatamente acudió el perro, que em- 
pezó á hacerle fiestas. 

El señor cura y mi bisabuelo , con el farol encendido, 
lomaron el camino de Seldoitun precedidos de Javalinero, 
pe así se llamaba el perro por su destreza en perseguir j 
apresar á los jabalíes hasta en las cavernas más recónditas. 
Como la distancia desde el barrio' de las Casas hasta Sel- 
dortuu era larga, en el camino se les fueron reuniendo 
muchos vecinos de los que regresaban de las heredades, y 
movidos de la curiosidad ú la devoción se fueron con ellos. 
Cuando pasaron por el barrio del Avellanal, loa curiosos ó 
ilevotos se aumentaron notablemente, y al acercarse á la 
cueva de la Magdalena también salió 4 su encuentro un grupo- 
de gente de las inmediatas casas de Seldortun. 

La cueva de la Magdalena es una gran abertura que 
penetra horizon talmente en la roca; pero su piso está más 
bajo que el terreno contiguo á la boca, por lo cual hay 
naa descolgarse cosa de dos metros para penetrar en la 

Mi bisabuelo quiso alargar el farol cou objeto de alam- 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 

á 



112 EL CUBA NUEVO. 

brar el interior de la uaverna; pero el señor cura se lo im- 
pidió diciéndole: 

— Agustin, no se moleste Vd. en eso , 'que tengo yo un 
gran registrador de cuevas, y es necesario que registre esta 
á ver si el espanto est& dentro ó ha salido de paseo, en 
cuyo último caso nos escusamos de malgastar conjuros. 

Asf diciendo, el señor cura silbó al perro que andabs 
por allí 7 que se apresuró á ponerse i sus órdenes. 

— I Jabalinero, adentro! gritó al perro señalándole h 
boca de la caverna. 

Y Javalinero se lanzó á la cueva estremeciendo de horror 
i las gentes que presenciabau la escena, porque no podiau 
concebir que hubiese vicho viviente, aún irracional, capaz 
de lochar frente á frente con los espantos. 

Tras un momento de ansiedad y silencio solo interrom- 
pido por el sordo murmullo del raudal de agua que atra- 
vesaba por la cueva para salir más abajo , ee oyeron en el 
interior de la cueva furiosos ladridos del perro y como gri- 
tos y ayes de persona humana que lo cóncavo del lugar 
donde se daban hacia confusos, y no tardó en oírse otro 
ruido como el de un cuerpo arrastrado sobre las piedras 
sueltas y secas y los huesos de ganados que cubrían el pa- 
vimento del primer tecbo de la caverna. Aquel ruido se fué 
acercando á la boca de esta, y entonces mi bisabuelo se 
adelantó con el farol á cuya luz se vio que lo que arras- 
traba Javalinero era el cuerpo de un muchadto cuya ropa 
tenia asida con los dientes. 

El señor cura y mi bisabuelo saltaron á la cueva, gri- 
tando el primero al perro: 

— I Javalinero, suelta! 

Javalinero soltó y mi bisabuelo eaclamó al reconocer á 
la luz del farol el cuerpo del muchacho: 

— [Es Pítis, es Pitis, qne está desmayado! 

Los vecinos lanzaron un grito de sorpresa al oir esto, 



,.,Cooj^íe 



EL CCE.V KCEVO. 113 

y algunos bajaron ¿ ayndar al señor cura y mi bisabuelo á 
subir el mucbacbo. 

Fuera este de U cueva, ae vi6 que no tenia herida 
alguna. 

— ¡Agua, agna para rociarle con ella la cara, & ver si 
Tuehe en si! dijo el aeñor cara. 

Hi bisabuelo corrió con el farol en la mano á traer agua 
en el ala áe! sombrero de vertedera del manantial proce- 
dente de la coeva que brotaba mit abajo de esta. 

— [Esta agoa baja enaangrentada! esclamó al cogerla 
del manantial. 

— I Ensangrentada I repitieron todos con espanto. 

£1 señor cura volvió & examinar el cuerpo de Fítis, y 
no encontrando en él lesión alguna, dijo: 

— Rocíen Vda. con agua la cara del muchacho, que yo 
TOj con AgUBtin y Javaliuero á averiguar de qué procede 
la sangre que sale de la cueva. 

Y añadió: 

— iJavalinero, adentro! 

Y sacando de debajo de la sotana el hisopo, es decir, 
una pistola que amarlilló, se lanzó á la cueva precedido del 
perra y seguido de mi bisabuelo, armado únicamente del 
farol, cuya luz desapareció en el fondo de la caverna. 

Trascurrió otro momento de ansiedad, y al fin se vio 
reaparecer la luz del farol, que cada vez se distinguía más. 
Las gentes que rodeaban á Pítis dejaron por un instante á 
este, que babia recobrado el sentido, y se agolparon á la 
«ntrada de la cueva, de donde retrocedieron horrorizadas 
viendo que el señor cura y mi bisabuelo sacaban asido de 
los píes y los hombros el cuerpo de un hombre ensangren- 
tado, pero vivo aún, pues se quejaba lastimosamente. 

Aquél hombre era Antonazas, que, perseguido furiosa- 
mente en la cueva por Javalinero, habia dado una caida al 



.Cooyle 



BL COBA NtTBVO. 



atravesar el tórrenlo, y ademas de causarse una grave herida, 
en la cabeza contra el ángulo de una peña, había sido ata- 
razado por el perro. 



VL 

Había trascurrido cerca de un mea desde que Antonazas 
y Pitis fueron sacados de la cueva de la Magdalena, Anto- 
nazas graveuiente herido y Pitis desmayado. 

Antonazas estaba de enhorabuena, pues el facnltalivo le 
había declarado aquel dia fuera de todo peligro, después de 
haber estado con la santa Unción. 

El señor cura nuevo estaba al lado de la cama de An- 
tonazas coDveisando con este afectuosamente. 

— ¡Ay, señor cural decia Antonazas. ¡Cómo pagaré yo 
á. Yd. lo bondadoso que ha sido conmigo durante el gran 
peligro de muerte en que he estado! 

— ¿Cómo me lo pagará Vd. ? De un modo muy sencillo, 
amigo Antón: recordajido mientras viva que estuvieron i 
punto de costarle la vida sus terquedades, único medio de 
que no vuelva Vd. á incurrir en ellas ó en otras semejantes. 

— Yo haré lo posible por recordarlo, y le ruego i Vd. 
que me ayude también á ello. 

— Así lo haré, amigo Antón. 

— ¿Sabe Vd., señor cura, que fué un verdadero milagro 
el que no quedaran mis huesos en la cueva de la Magda- 
lena mezclados con los de los animales que allí han pe- 
recido? 

— Ciertamente que lo fué, amigo Aston. 

— jPor fuerza tuve aquella noche de mi parte alguB 
santo que me protegió; y si supiera cuál fué, haría cual- 
quier cosa por mostrarle mi agradecimiento! 

— ¿Y qué baria Vd. si lo supiera, amigo Antón? 



DisliíMoGOOglC 



EL CUEl Bl-BVO. 115 

~~ ¿Qué, señor cura? Gastanae mil ducados en levan- 
tarle una ermita ea el mejor sitio de Moutellano. 

— Déme Vd. los mil ducados y yo lo averiguaré y con 
ellos ie levantaré una ermita. 

— Acepto la proposición, señor cura. Haga usted el favor 
de abrir esa arca con esta llave y déme una bolsa de dinero 
que hay en ella. 

Así diciendo, Antonazas dió al seíior cura la llave que 
sacó de debajo de la almobada; el señor cura abrió el arca, 
sacó y dió la bolsa i. Antonazas, y este, contando mil du- 
cados eu onzas de oro, se los entregó al señor cura que le 
dió el correspondiente recibo, concebido en los siguientes 
lérminos: 

— .iHe recibido de Antonio de Seldortun, vecino de esta 
feligresia de Montellano, concejo de Galdámas, la cantidad de 
rail ducados para erigir con ellos una ermita al santo que 
yo crea haber salvado de la muerte en la cueva de la Mag- 
dalena al espresadü D. Antonio. Montellano, etcétera.» 

El 17 de enero del año siguiente se dijo la primera mís& 
con toda solemnidad, con asistencia de Antonazas y ayudada 
por Pitis, en una linda ermita que en el campo de Acabajo 
babia. erigido el señor cura á espensas de Antonazas al 
glorioso San Antonio Abad, abogado de los animales. 



DisuMíy Contóle 



i,fMí> Contóle 



LA. YESCA. 



DisliíMoGOOglC 



í> Contóle 



bate era un hombre casado, á quien llamaban Juan Lanas, 
porque era como Dios le habia hecho j no como Dios quiere 
que DOS hagamos nosotros mismos con ayuda del entendimieuto 
que para ello nos ha dado. 

Su miger y él se llevaban muy bien; pero no por eso 
alejaban de tener de higos á brevas sus altercados por la 
falta de ñiosofia de Juan Lonas. Uao de los altercados que 
solian tener era este: 

— i Cuidado que son dichosas las seüoras mujeres! 

— M&B dichosos son los señores hombres. 

— iNo digas disparates, mi^er! 

— ¡No los digas tú, marido! 

— Fero, mujer, ¿quieres comparar la vida aperreada que 
nosotros pasamos trabajando como negros para mantener ¿ 
la mujer y los hijos, con la vida que vosotras pasáis sin 
niás trabajo ni quebraderos de cabeza que cuidar de la 
casa? 

— Y qué, ¿es poco trabajo ese? 

— ]V»ya un trabajo I Parir y criar tantos y cuantos 
chicos, y luego cuidar de ellos y del marido. ¡Ko hay duda 
que el trabajo es parj reventar á nadiel 

— Ya te quisiera yo ver en nuestro lugar, á ver si mu- 
dabas de parecer. 



DisliíMoGOOglC 



120 LA YBaCA. 

— Pues no mudaría.' 

— Pnes te equivocas de medio h medio: una legua an- 
dada con los pi4s cansa mis que veiote andadas con la 
imaginación. 

— Será todo lo que tú quieras; pero lo qne yo sé es 

— ¡Qué has de saber tú, si eres un Juao Lanas! 

— ¡AdioB, ya salió é. relucir el picaro motel 

— Los motes uo los pone el que loa usa, 

— [Otra te pego, Antonl ¿Pues quién los pone si no? 

— El que los merece. 

— ¡No, ai i las señoras mujeres las dejan hablar!.... 

— ¡Ko, si á los señores hombres los dejan hacer y decir 

disparates! Jesús, ¡y luego dicen que loa hombres se 

casan! Mentira, mentira, que las que se casan son las 
mujeres. 

El pobre Juan Lanas, no encontrando ya razones que 
aponer ^ las de su mujer, cedía á esta el campo y se iba 
á ganar la vida. 



II. 

Juan Lanas era jornalero; pero cuando no tenia dónde 
ganar el jornal, se dedicaba é, lo que salía, porque, eso sí, 
él, aunque de pocos alcances, era vividor, y por arte ó por 
parte, raro era el dia que no se agenciaba para ir pasando 
él, la mujer y los chicos. 

Un día, vieudo que en Valpelado (que así se llamaba, 
con razón, sn pueblo) no encontraba ocupación, se fué é, 
ValboscoBO, que distaba de allí cuatro leguas, á ver si en- 
contraba jornal ó cosa en que pudiera ganar uno, dos ó 
medio. ^ 

Valboseoso era célebre en toda la comarca porque tenia 
grandes encinares que producían mucha y bueua yesca, de 



DisliíMoGOOglC 



LA YESCA. 12! 

que ee Burtia todo el país, que carecía Ae árboles, porque 
BUS naturales, como los de niuchas comarcas del iaterior áe 
EapaBa, decían que los árboles no sirren más que para criar 
gorriones y los gorriones no sirven más que para comewe 
el trigo. 

Yo tesgo eu mi casa un gorrión que oyendo decir esta 
barbaridad á uu campesino que vino á preguntarme c6mo 
se las compondría para que lloviera con más frecuencia ep 
su pueblo, hablo por permisión de Dios y le pnao de vuelta 
y media. 

— Hombre, le dijo, permita Vd. qae me estraSe de verle 
i Vd. aquf. 

— ¿Por qué, bombie, digo pájaro? 

— Porqne no sé cómo Vd. y los que como usted piensan 
no han reventado ya de brutos. ¿Conque convienen Vds. en 
que es una gran cosa el arbolado para atraer la lluvia y la 
frescura sobre loa campos, que sin ellas son como cuerpo 
vital sin sangre, y aborrecen el arbolado porque favorece la 
cria y propagación de los gorriones? ¥ ustedes, pedaaoB de 
alcornoque, ¿creen que los gorriones no servimos más que 
para comer trigo? La plaga principal de los campos son 
los insectos y Eabandijas que devoran é inficionan cuanto en 
ellos brota, y ha de saber Td. que el único remedio de esa 
plaga somos nosotros los pájaros, y muy especialmente nos- 
otros los gorriones,- que sí gustamos del trigo, gustamos cien 
veces más de ios insectos y sabandijas. Hombre, no sean 
Vds. zoquetes, y en vea de negarnos la hospitalidad, aborre- 
uendo los árboles qne pueden dárnosla, orlen de arbolea sus 
heredades y cubran de arboledas sus colinas, inútiles para 
otra cosa, y asi matarán Vds. dos pájaros de una pedrada 
(como dicen Tds. en su afán de matar pájaros hasta de 
boca), proporciontmdo á sus campos frescura y estermina- 
dores de insectos y sabandijas. 

¿Pues creerán Vds. que el campesino quedó convencido 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



d 



122 LA YESCA. 

con este discurso, auaque el orador era pájaro que cantaba 
en la mano? ¡Nada de esol Con insultar al orador, dicién- 
dole que tenia mucho pico, se quedó tan fresco y sigue no 
puntando árboles por miedo de gorriones. 



III. 

Pero volvamos al pobre Juan Lanas, j le llamo pobre, 
porque, aunque recorrió todo Valboscoso buscando jornal de 
casa en casa, no encontró quien se le diera. 

Volriase ja, lleno de desconsuelo, & Valpelado, cuando 
á la salida del pueblo vio un almacén de yesca y le ocarríú 
comprar media arrobita de ella para revenderla en su pueblo, 
dos cuartos Jt este, uno al otro, un ochavo al de más allá, 
¿ ver si se ganaba siquiera un par de pesetas. 

Juan Lanas era desconfiadilio , por lo cual advirtió al 
yesquero que no le engañara en el peso, advertencia que le 
supo al yesquero á rejalgar de lo fino, y asi que hizo la 
compr», echó la yesca en el morral y el morral á la es- 
palda, y, hala, bala, continuó su camino hacia Valpelado. 

Apenas echó & andar, le pareció que la yesca le pesaba 
muy poco y empezó á pensar si el yesquero, en lugar de 
echar en el peso la pesa de media arroba, habría echado 
la de cuartilla y por consiguiente le habria birlado la mitad 
del dinero que habia dado por la yesca. 

Con esta sospecha pasó un rato muy picaro, y estuvo á 
punto de volver al pueblo í dar parte al alcalde de tan 
escandaloso robo; pero pensando que el ladronazo del yes- 
quero podis negar el robo y además acusarle de calumnia, 
y en lugar de devolverle lo que le había robado, hacer 
que le plantaran en el cepo, desistió de aquella teulacion 
y no le pesó de ello, pues cuando llegó al mojón de la 
primera legua, ja le parecía, á juzgar por el peso de la 



DisliíMoGoOgiC 



yesca, que lo más, lo m^ que habría hecho el yeaqiicro era 
«char en el peso la pesa de cuartilla y media en litgar de 
h de media arroba, j por lo tanto, lo más, lo más que le 
labia robado era media cuartilla, que no merecía la pena 
de andar en denuncias y pleitos qne cuestan un sentido con 
lo sanguijuela y trapalona que es casi toda la gente de 
la curia. 



IV. 

Cuando Juan Lanas llegó al mojón de las dos leguas, dio 
gracias á Dios por no haber incurrido en la lijerezn de 
acusar de ladrón al yesquero, porque estaba ya plenamente 
convencido de que la yesca pesaba la media arroba que 
habla pagado, y decia para si: 

— ' jVea Vd. qué picara 'incllaacioa tenemos los hombres 
i pensar mal del prójimo I Be suerte y manera que, si me 
dejo llevar del mal pensamiento que el enemigo me inspiró, 
calumnio al pobre yesquero, que será hombre honrado á 
carta' cabal, y ademiis de incurrir en la infamia de manchar 
la reputación de un hombre de bien, me expongo á que me 
soplen en el cepo por calumniador y malo ... ¡Jesús, Jesús, 
bien dicen que el diablo tiene cara de conejo! 

Asi pensando y asi diciendo, el buen Juan Lanas con- 
tmuó su camino, que por cierto nada tenia de agradable, 
porque hacia un sol que se asaban vivos los pájaros. 

Cuando llegó al mojón de la tercera legua, le pesaba ya 
más que la yesca el remordimiento de haber pensado mal 
del yesquero, porque ya estaba segurísimo de que este, l^oa 
de haberle robado na^a en el peso, se había equivocado 
dándole una cuartilla de más, ó, lo que es lo mismo, echán- 
dole en el peso la pesa de tres cuartillas en lugar de la de 
media arroba. 



DisliíMoGOOglC 



124 LA TESCA. 

— Pero, señor, decia sopesando con ámbaa manos el 
morral doode llevaba la yesca, ¿cómo pade yo pensar que 
esto no pesaba media arroba? Estoy segnro de que la pesa 
que echú en el pego fué la de tres cuartillas en It^ar de 
la de media arroba. Yea Yd. cámo ni el mis honrado y 
fiel de este picaro mundo está libre de que alguno le ca- 
lumnie dejándose llevar de un mal pensamiento. 



Juan Lanas, cada vez más arrepentido de la lijereza con 
que había juzgado la probidad del yesquero, continuó hacia 
su pueblo, á cuya entrada estaba e! mojón de la cuarta le- 
gua, donde descansó un poco y volvió k sopesar la yesca. 

Esta operación aumentó sus remordimientos de haber 
pensado mal del homado yesquero, porque le dio el intimo 
convencimiento que habia empezado i adquirir desde la ter- 
cera legua, de que la yesca pesaba aún más de tres cuartos 
de arroba. 

— Pero, Dios mió, decia, ¿dónde demonios tendría yo el 
entendimiento cuando llegué hasta á pensar que la yesca no 
pesaba media arroba? Está visto que en este picaro mundo 
hasta el que lleva les ojos más abiertos anda la mitad del 
camino & trompicones. 

Su mujer le vio desde la ventana, donde estaba colgando 
un poco de ropa al sol, y como notase que llegaba fatigado, 
se apresuró á bajar i su encuentro y é. pedirle el morral 
para que subiese con menos fatiga las escaleras. 

— ¿Qué traes aquí, hombre? le preguntó. 

— Mujer, viendo que no encontraba dónde trabajar en 
Valboscoso, me dio la humorada de emplear los cuartos que 
llevaba en media arrobita de yesca para ver si gano ano, 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



LA TEiCA. 135 

dos ó meJio Teodiéndola aqui, dos cuartos á este, uno al 
otro, un ochavo al de m&s all4> 

— Y has hecho perfectamente. 

— Pero tengo que volver á Valboscoso. 

— ¿Y á qué santo has de volver tú allá? 

A hacer una restitución a! pobre yesquero, que se ha 
equivocado, echando en el peso la pesa de arroba en lugar 
de la de media. 

— ¿Y qué has hecho de la media arroba que te dio 
demás? 

— Mujer, ¡qué habla de hacerl nada; ahí viene. 

— ¡Qué ha de venir aqui, hombre! Esto ni siquiera pesa 
media arroba. 

— ¡Ya¡ como tú estás descansada, te parece que pesa 
menos. 

— ¡YaI como tü estás cansado, te parece que pesa más. 
Estas últimas palabras fueron uq rayo de luz para la 

oscura inteligencia de Juan Lanas, que guardó silencio, y 
apresurándose á pesar la yesca en la tiendecilta inmediata, 
se encontró con que pesaba media arroba justa. 

— ¿Lo ves, hombre de Dios, lo ves? le d^jo su mqjer, 
Eh, no sé para qué te dio Dios el entendimiento si no has 
de conocer con aj'uda de él lo que mil veces te he dicho. 

— ¿Y qué ea lo que me has dicho tú? 

— Que cansa mis una legua andada con los pies, que 
veiilte andadas con la imaginación. 

Juan Lanas calló, queriendo entrever en lo que le habla 
sucedido la resolución de dos problemas importantes, cuales 
eran el de la gravitación de los cnerpos y el de la teoría 
y la práctica; ¿pero la entrevio? Ca, eso se queda para 
inteligencias más claras que la suya y la mía. 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



A 



DisliíMoGoOglC 



LA FUEEZA DE VOLUNTAD. 



DisliíMoGOOglC 



.CoDgle 



1)q& vei canversaba yo con nn carranzano más listo que 
im demontre (pues los hay qne yen crecer la yerba), y como 
U conversación recayese sobre lo que puede la imaginación 
eo nuestros aeíos, el carraniano me contó lo si|;uiente, que 
no eché en saco rotp, como no echo nada de lo que me 
pueda servir para estudiar el modo de sentir, pensar y pro- 
ceder del pueblo á quien tengo mucha afición, aunque no 
tanta que me parezca nn santo ni mucho menos, porque su 
señoría (y perdone si le niego el su majestad, pues creo 
que mienten bellacamente loa qne le llaman sobenmo) suele 
descolgarle con cada animalada qne le ptite & uno de 
medio i medio. 



n. 

Era h&da los aiins de 1836 & 1838 en que la guerra 
mil entre tsabelinos y carlistas hacia de las suyas é. más j 
m^jor, tanto que cuando las recordamos los que no tenemos 
Hada de belicosos ni de picaros, no podemos menos decir h 
los belicosos, picaros 6 inocentes que se entusiasman con 
ella: ¡Ay, pedazos de bestiasl 

Los beligerantes ordinarios en la conjnnciau de los vallea 



DisliíMoGOOglC 



180 LA PDBBZl. 

de Carranza j Soba, eran: en Carranza un destacamento 
de aduaneros carlistas mandados por un carranzano conocido 
por Josepin el áf> Aldacueva, y en Soba los urbanos ó pai- 
sanos armados isabelinos de los lugares confinantes coa 
Carranza, mandados p.or un sobano conocido con el apodo 
de Qeringa. 

Josepin era nn moceton corpulento, de buen humor y 
diestro en la estrategia guerrillera', y Geringa nn delgaducho 
como un alambre, á cuya Gircunstancía debía el apodo de 
Qeringa, preocupado y cavilosa como él solo, tanto que su 
mujer temía no se le pusiese alguna vez en la cabeza qne 
estaba en peligro de muerte, porque entonces ni todos los 
veterinarios del mundo le salvaban. 

Josepin y Oeringa se conocían deede antes que empezáis 
la guerra, y por cierto que merece contarse en capitulo 
aparte cómo se conocieron. 



ni. 

La romería de nuestra sefiora del Buen Suceso qne se 
celebra en la parte oriental de Carranza es coucurridisimt 
de gentes, asi de los yallee de las Encartaciones de Vizcaya 
como de los de la Montaña, á cuyo número pertenece en 
primer lugar el de Soba. 

Entre los concurrentes & la romería estaban Josepin el 
de Aldacueva y Geringa el de Soba. La gente iba formando 
un gran corro, eu el que se hallaba Geringa admirando i 
un charlatán que pretendía tener un perrillo tan sabio qne 
si su amo le decía: Chucbumeco, ¿ ver cuál es el único 
carranzano que puede asesinar aunque sea á Cristo padre sin 
que la justicia se meta cou él , iba & plantarse de manilas 
en las piernas del médico del valle; y si le añadía Chuchu- 
meco, dfnos quién es el m¿a tonto de todos los que nos 



DisliíMoGOOglC 



I^ PDSBZl DB TOLÜBIAD. 131 

est&n mirando, iba derecho como nna bala é, un pobre diablo 
que acababa de casarse por tercera vez después de haber 
parado la pena negra con bus dos primeras mujeres. 

Viendo Josepin los aspavientos de admiración que hacia 
Geiii^a, al presenciar aquellas habilidades, le dyo: 

— Qué, ¿te admiras de lo que ese hombre hace con el 
su perrillo? 

— ¡Pues no me he de admirar, hombre! 

— Los que tenemos fuerza de Yoluntad hacemos eso ; 
mucho más por debajo de la pata. 

— Si, como no hagas tú 

— Lo que yo hago es, no hacer que me obedezca nn 
perro, que es el animal ini.s listo, sino hacer que me obe- 
dezca un burro, que es el animal más torpe. IiOE que tene- 
mos fuerza de voluntad, lo consegnimos todo con ella. 

— ¿Y tú la tienes? 

— ¿Que si la tengo? Lo vas á ver. 

— ¿Y cómo? 

— Haciendo una cosa más difícil que lo que hace ese 
hombre con «I bu perrillo. El perro paede obedecer á ana 
se&a imperceptible para el público, que le haga el amo; 
pero lo que yo voy á hacer no admite trampa; es todo pura 
fuerza de voluntad. Le voy á decir á ese burro, de modo 
que lo oiga la romería entera, que se haga el muerto, y 
veris como al punto me obedece, porque la mi foerza de 
voluntad es inresistibh. 

Geringa, como todos los que escuchaban á Josepin, se 
«ch6 á reir en son de duda, pero Josepin se dirígiú al burro 
del charlatán, que pacia bajo los robles, tapóle con una 
mano una oreja, y acercando los labios á la otra, de modo 
4ue la voz se recojiera en la oreja del animal, gritó: 

— ['ilHazte el muerto! ti 

El burro cayó al suelo como herido de un rayo al sonar 
este tremendo grito, y quedó como muerto. 

9* 



.Cooyle 



132 LA 7DBBZA SB TOLUSTAD. 

Toda la gente, j Geringa di&b que nadie, lanzó otro 
grito de asombro. 

El hombre del perro se enteró de lo que pasaba y em- 
pezó i echar temos viendo & su burro inmóvil, creyendo qae 
Josepm se le había muerto. 

— No se asuste Vd., buen hombre le dijo Josepin, que 
el burro estará muy pronto con tanto conocimiento como 
Vd., paes aunque con tct mi fuerza de voluntad le hubiera 
matado yo de veras, con la mi fuerza de voluntad le resu- 
citaría, y si no ahora verán Vds. lo que la mi fuerza de 
voluntad puede, 

Josepin permaneció na momento con la vista fija en el 
burro, al que al cabo dijo: 

— |Ea, levántate y echa, h correr para que se vea quf 
estás vivo I 

El burro empezó á moverse, se levantó y echó á correr 
dando coces y reqiingos por la arboleda. 

Inútil fué que al volver Geringa á Soba no faltase entre 
las gentes á quienes contaba, lleno ato de asombro, la pro- 
digiosa fuerza de voluntad áe Josepin el de Aldacueva, quien 
le arguyese que tal fuerza de voluntad era una quimera, 
pues la caída del burro era por efecto del aturdimiento qne 
le habia causado el grito dado en su oido. Geringa signié 
creyendo á pies juntillas que la fuerza de voluntad de Joee- 
pin obraba prodigios. 



IV. 

Como he dicho, Josepin era jefe de tos aduaneros car- 
listas y Geringa uno de los jefes do los urbanos isabelinos. 

Josepin tenia como prenda de uniforme una cbaquetilli 
con vivos, boca-mangas y cuello encamados. Un dia estaba 
en .mangas de camisa á la puerta de bu alojamiento en 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



LA 7ÜEBKA BB VOLCUTAD. 133 

Saiigrices esperando que la patrona, sentada á la misma 
puerta, acabase de coserle ciertos desperfectos de la cha- 
quetilla, que empezaba ya i. Iiablar por los codos, pidiendo 
la enríasea al cuartel de inválidos. 

— Estáis hechos unos arlotes, dijo la patrona, y Toás 
comparados con los urbanos de Soba, que se han hecho un 
aaiforme muy majo, y particularmente Geringa, que se ha 
echado una levita que parece la de un general. 

— ¿Si? contestó Joeepin tm poco picado de aquellas 
palabras. Veri Vd. qué pronto luaco yo la levita de Geringa. 

— iQué habéis de lucir vosotros, si no tenéis más que 
bocal replicó la patrona. 

~ Le digo á Vd. , esclamó Josepin con tono cada vez 
nÚB picado y resuelto, que he de lucir la levita de GerJnga 
mafiana mismo. 

Al dia eiguiente, Josepin con sus subordinados se dirigió 
bkia Soba antes de amanecer y se emboscó en unos ma- 
torrales próximos al camino para esperar á los urbanos, que 
snlian salir hasta alli á fin de ahuyentar á los aduaneros car- 
listas. 

Poco después aparecieron unos cuantos urbanos manda- 
dos por Geringa, lanzáronse sobre ellos los carlistas é hicie- 
i'on prisionero á Geringa, que se quedó como alelado cuando 
vio á Josepin, y que, en efecto, vestía la levita de uniforme 
últimamente estrenada. 

Geringa era preocupado, pero no cobarde. Avergonzado 
y arrepentido del annlanamiento á que debia el haber caido 
prisionero, increpó á Josepin diciéndole que era un cobarde 
lazo el que le habia tendido. 

— Desengáñate, Geringa le contestó Josepin con mucha 
calma, aquí no ha habido lazo ni cosa que lo valga: lo 
que ha habido es la mi fuerza de voluntad que es in- 



Geringa no supo qué contestar á esto, porque creía que, 

DisliíMoGoOgiC 



134 LA VÜBBZA VE VOI.ntITAD. 

en efecto, U fucrz» de voluntad ,de Josepin tenia gran 

Lo primero qne lazo Josepin faé mandarle qne se qnitan 
la levita mientras él Be qnitaba la chaqueta, que se pro- 
ponía relevar definitivamente del servicio en aquel momento. 

Obedeúó Gerínga í regañadiente, ; Joeepín, lleno de 
alegría, fué ¿ ponerse la levita. A fuerza 'de fuersas lo 
conEÍguió; pero le estaba tan estrecha, qae quedó con ell» 
como envarado, huta que la levita pegó un estallido poi 
espalda ; hombros, abríéndoee como si fuera de papel. 
Quitósela Josepin, y de rabia, viendo que no podía lucir 
prenda tan codiciada, la hizo girones y volvió 6, ponerle la 
achacosa chaqueta. 

Pocos diaa después hobo cange de prisioneros, y Gerings 
fué de los que recobraron la libertad. 

— Oye, Gerínga, le dijo Josepin, si 'te vuelves í hacer 
levita, te encargo que la hagas más ancha, pues te he A' 
volver i- coger, y si ía tu levita no me sirve, te pego den 
palos. 

— iSf, no te untes! le contestó Geringa riéndose del en- 
cargo y la baladronada. 

La patrona consabida, que estaba presente y oyó esto, 
le dijo: 

— Ko lo tomes & broma, Oeringa, que en poniéndosele 
á ese Josepin nna cosa en la cabeza, se sale con la snya 
La víspera del día qne te cogiú dijo que te cogería y te 
quitaría la levita, y ya ves cómo lo cumplió. 

— Con la mi faerza de voluntad lo cumplo yo todo, 
afiadió Josepin. 

Y Geringa calló, y tomó el camino de Soba mn; pen- 
sativo. 



.Cooyle 



í FÜXBU DB YOI.ÜVTAS. 



V. 

— Pero señor, se decia Gerioga, ¿no es nna tontería qne 
nn hombre como yo crea que otro hombre, solo con la 
fuerza de su volnntad, pueda hacer lo que le dé la gana? 
Pero la verdad es qne Josepin lo hace, y eso no me lo 
ha contado nadie, que lo vi yo en el Suceso por mis pro- 
pios ojos. 

En estas cavilaciones pasó algunos dias, y como se de- 
cidiese á hacerse nneva levita y no quisicso dar sn brazo á, 
torcer al sastre , encargó & este que se la hiciese bien an- 
chita para poderse poner ropa debajo asi que viniese el frío, 
que en Soba viene temprano y se va tarde, según lo canos 
que yo veía casi siempre desde mis templadas Encartaciones 
los montes sóbanos. 

Apenas Geringa se habia puesto media docena de veces 
la segunda levita, cuando Josepin penetró h&cia Cisterna y 
Lamedal, pueblos de Soba fronterizos; atacú & los urbanos 
mandados por Geringa, y volvió á hacer & este prisionero. 

Geringa se indignaba de si mismo, pues & pesar de su 
valor (que era mucho, como el de sus subordinados) se había 
quedado también esta vez como acobardado al ver 6, Josepin, 
y como espantado, convenía consigo mismo en que la fuerza 
de voluntad de Josepin tenia gran poder sobre él. 

A primera vista conoció Josepin que la segunda levita 
de Geringa era mis holgada que la primera, y se apresuró 
& ponérsela, con tanto rais gusto, cuanto que su chaqneta 
se reia por todas partes del que la llevaba. 

Lft levita le entró con más ñicilidad que la otra; pero 
ann asf le estaba tan apretada, que amenazaba estallar y le 
molestaba mucho. En vista de esto, Josepin se la quitó 
muy quemado, se la diú & su segundo, que era bastante m&s 
delgado que él, y dijo á Geringa: 



DisliíMoGOOglC 



136 LA FUBttSA SB VOLUNTAD. 

— Geringa, has cumplido é, medias el mi encargo, y i. 
medias wj yo & camplir la lui promesa. 

Dicho esto, hizo que dieran á Geringa cincuenta palos, 
en lu^ar de loa cien prometidos. 

Poco después hubo nueTo cange de prisioneros, y tam- 
bién fué incluido en él Geringa. 

— Geringa, le dijo Josepin, dentro de poco caerás por 
tercera vez en mis manos, pori^ue la mi fuerza de voluntad 
te hará caer. Si te haces la tercera levita, háztela de modo 
que me esté justa, porque si no me lo está, te fiísilo sin 
Temision. Entiéndelo hieii, para que luego no alegues igno- 
rancia: la levita ha de estar como hecha para mf. 

Geringa le contestó con la risa del cou^o: 

— Si, te enviaré el sastre pata que te tome las medidas. 

— Pues te tendria mucha cuenta, porque ya sabes q»e 
yo cumplo lo que ofrezco, y que la na fuerza de voluntad 
es inrañstible. 

Esto era ea Sangrices, y la patroua de Josepin , que es- 
taba presente y tenia buena voluntad á Geringa, acons^ó 
á este que no tomara á broma las palabras de Josepin, poes 
este, por fuerza tenia pacto con el diablo. 



VL 

Geringa se volvió i Soba más preocupado que nunca, y 
tratando de hacerse la tercera levita, cosa indispensable, 
pues era la prenda principal de uniforme de la oficialidad 
de los urbanos del valle, sus cavilaciones subían de punte. 

De cavilación en cavilación, empezó por reconocer que, 
en efecto, la fuerza de voluntad de Josepia era irresistible, 
y concluyó por convenir también en que le iba la vida ea 
^ue la tercera levita le estuviese justa á Josepia. 

— Consiento, se dijo, en morir fusilado, antes que pasu 



Di8l.fMÍ>G00t^iC 



u. vcsaxÁ. SB voLUHTAii. 137 

por la vergüenza de enviar el sastre á que le tome las me- 
didas : pero quisa ha;a algún medio de evitar esta vergüenza, 
sin esponenne & que la levita no le esté justa. 

Geringa encontró, en efecto, el medio qoe buscaba, y 
qae consistió en pedir secretamente & la patrona de San- 
gríc«s la medida d£l cuerpo de Josepin, que la patrona tomó 
mientras Josepiu estaba durmiendo. 

Por tercera vez hizo Josepin prisionero í Geringa. La 
tercera levita qae este vestía le estaba á su dueño como un 
saco, y & primera vista conoció Josepin que, al fin, aquella 
vez podría presentarse i la patrona, sin que esta le califi- 
case de arlóte. 

Apresuróse á. despojar á Oeringa de la levita con tanto 
más motivo, cuanto que sn chaqueta se caia ya i pedazos, 
y con indecible alegría vio, al ponérsela, que le estaba 
como pintada. 

Entonces, lleno de gozo, abrazó 4 Geringa, le puso en 
libertad sin cange ni rescate alguno, y no contento con 
esto, llevó su generosidad hasta el estremo de regalarle bu 
chaqueta para que no volviese á Soba en mangas de camisa. 



vn. 

£gto es lo qae me contó el carraazano para probarme 
lo que puede la imaginación, esto es lo que los carranzanos 
cuentan en ferias y romerías para bacer rabiar i los sóba- 
nos, y e3to*es lo que los sóbanos no pueden oir coa pacien- 
cia, por lo cual, cada vez que en tales ocasiones se cuenta, 
se arma una de palos y bofetadas de cuello vuelto que desde 
U peña_de Aja ¿ la cumbre de Colisa, se oye e\ ¡ay, que 
me han roto el bautismo! 



.Cooyle 



DisuMíy Contóle 



PICO DE ORO. 



DisliíMoGoOglC 



DisuMíy Contóle 



I. 



TrabEgillo nos ant&tk, ahoia que estamos en ioTieniOr 
trasladamos, auuqne solo sea con la imaginación, & la ciudad 
lie Burgos, d^ando la benigna temperatura de las marismas 
lie Vizcaya, donde fructifican el naraigo j el limonero, por- 
que la temperatura de Burgos ce tan' fría, que alli, cuando 
el termómetro de Reaumur bi^a al grado de caugeladoii, 
esclaman las gentes: "¡Qué, si tenemos una temperatura 
prímaverall» Pero ello, no hay remedio, hemos de trasla- 
damos alli, si hemos de oir al famoso Pico de Oro, que va 
í predicar en la nnoca bastante ponderoda catedral de 
Burgos. 

¿No saben Vds. quién es Pico de Oro? Pues Él muy 
nombrado es, porque en las iglesiaa siempre est& uno oyuído 
esclamar 4 las mujeres: aiJesus, qué pico de oro!» 

No sé si habr& más picos de oro que uno; pero el de mi 
narración eia un fraile dominico tan célebre en toda Cas- 
tilla por su elocuencia en el pulpito, que en cuanto se 
anunciaba que iba á predicar en cualquiera parte, no que- 
daba pueblo alguoo entre las cordilleras carpetana y pire- 
naico-cantábnca do donde no fnera gente & oírle. 



DisuMíy Contóle 



n. 

La luena, la retigiosa, ta caballeresca, la hidalga, la 
histórica, la monumental ciudad de Bargos estaba alborotada 
con la noticia de que el famoBO Pico de Oro iba á predicar 
en BU santa iglesia catedral, y con tal motivo por toda 
Caatilla la Vieja acudían lag gentea como en romería á la 
iluBtre cajput CasteUa, aunque, como de costumbre, hacia en 
Burgos un frío que ya, ya. 

¡Para qué quería Burgos capitanía general, ni audiencia, 
ni presidio, ni instituto, ni seminario, ni escuela normal, ni 
demonios colorados, si el funoso Pico de Oro fijase allí su 
residencia y echase aunque no faese mia que un sennonúto 
cada semana! 

Pero dejémonos de digresiones y vamos al asunto. £1 
asunto era que había llegado el gran día, el dia en qne el 
famoso Pico de Oro hiciese resonar su elocuentísima toz en 
ta catedral de Burgos. 

Yeinte catedrales como aquella, y eso que do es fioja, 
no hubieran bastado para dar cabida k la muchedumbre que 
se agolpaba á las puertas del templo codeándose, estruján- 
dose, apabullándose, despachurrándose por entrar á oír il 
lamoso Pico de Oro. 

Ija catedral estaba ya tan llena, que a) Papamoscaa le 
temblaban las piernas cada vez que salta & machacar en la 
campana, temiendo que la catedral pegase un estallido. 

Por fln el seiior arzobispo se arrellanó en el Billón ponti- 
fical colocado en el presbiterio, y un ¡ahhhl de satisfacción 
se escapó de todos los gaznates al ver aparecer en el pul- 
pito al famoso Pico de Oro. 



DisUMÍy Contóle 



PICO DB OBO. 



III. 

Como no es cosa de qne yo vay& k encajar aqnf entero 
el sermón del famoso Pico de Oro, me contentaré con dar 
á conocer sn reaúmen, que los afrancesados llamairian análÍBÍs. 

Después de anunciar en el exordio que se proponía con 
la ayuda de Dios encarecer las penas del infierno, para lo 
cual imploraba la gracia del Altísimo, el predicador entriS 
en- materia, y fné diciendo lo que en resumidas cuentas 

oAmados oyentes míos: los tormentos del infierno son 
tales que solo pueden concebir algona idea de ellos los 
hombres de bien que se meten en pleitos; los pobres pun- 
donorosos que se casan con ricas necias; los alcaldes de loa 
pueblas divididos por las picaras elecciones; los qoe en Es- 
paña TÍTen del cultivo de las letras y los bellas artes; los 
que están gobernados por gentes qne han pasado la vida 
conspirando para coger la sartén del mango, y finalmente, 
los españoles.n 

El auditorio, que todo él era espa&ol, se estremeció de 
espanto al oir esto, y el orador continuó; 

«Ya veis, amados oyentes mios, que en Burgos hace nn 
frío de doscientos mil demonioB. Pues el frío que aquí baca 
es tortas y pau pintado comparado con el que hace en el 
infierno.» 

El señor arzobispo di6 un respingo en su asiento, y el 
auditorio lanzó un gríto de horror al oir que en el infierno 
hacia aún más frío que en Burgos. 

«¿Veis, continuó el orador, los carámbanos de hielo que 
cuelgan de los canalones de esta santa catedral? Pues en 
el infierno hasta en las alcobas hay colgaduras como esas.». 

El señor arzobispo echaba al orador unas miradas que 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



/ 



144 Pica SB orto. 

parecia querer tragiraele vivo, y el publico alzaba los ojos 
al cielo pidiendo al Señor mieericordia. 

«Sí, amados oyentes mios, continuó el famoso Pico de 
Oro, hacéis bien en pedir al Señor que os libre de los tor- 
mentos del infierno, porque en el infierno es tan horroroso 
el frió, qne hasta cuando ae asan los piaros liaj qoe llevar 
una fuodita en las narices, porque ai no le hielan & uno.ji 

Al aeítor arzobiapo nn color se le iba y otro se le venia, 
y el público lloraba de terror y atrepentiniiento, dándose en 
el pecho cada pnastazo que se le huUdia. 

El famoso Pico de Oro continuaba: 

"Para que no creáis que exagero al encarecer loa tor- 
mentoa del infierno, os diré que allí, haata cuando á uno le 
sirven hirviendo el chocolate, para tomarle hay que romper 
con los nudillos de los dedos el hielo que le cubre.» 

El señor arzobispo echó mano á la mitra para tírirselt 
á la cabeza al predicador; pero conteniéndose ynopudiendo 
^^antar ntás en su sillón, se levantó y se fué á la sacrisUa 
á tomar un vaso de agua con azucarillo, porque parecía que 
le iba & dar algo. 

En cuanto al auditorio, estaba tan arrepentido de sns 
pecados, que los confesaba & gritos y pedia & Dios qne le 
librase de las penas del infierno. 



IV. 

£1 fáraoBo Pico de Oro bajé del pulpito altamente satís- 
feeho del ealndable efecto de su oratoria, y al dirigirse i 
la sacristía hubiera reventado de ot^uUo á no ser tan mo- 
desto, porque todo el mnndo esclamaba: 

— [JesuB, Jesús, qué pico de oro! 

En la aacnstia encontró al seflor arzobispo hecho m 
veneno de santa indignación. . 



DisliíMoGoOgiC 



PICO DB ORO. 145 

— Amigo, eaclamó su iluBtrísíma al verle, me ha dado 
Vd. un rato de padre y moy señor mió. 

— ¿Por qué, ilustrísimo señor? le pregunló Pico de Oro 
con mucha calma, tomando un polvo con permiso de sn 
ilustrísima. 

— ¡Alabo la pregunta, como hay DiosI eeclamó el señor 
arzobispo indignado. ¿Conque se pone usted á. decir que 
en el infierno hace frió, cuando precisamente sucede todo lo 
contrario? 

— ¿Y por eso esti incomodado vuestra ilustrísima? 

— No, que estaré bailando de contento. 

— ¿No ha visto vuestra ilustrísima el efectfi que mi ser- 
món ha hecho? 

— Y tres más que lo he visto; pero por eso mismo me 
duele y hasta me indigna el que habiéndole dado Dios tan 
asombrosas facultades oratorias, no saque de ellas el par- 
tido que debiera sacar. ¡Cuidado que me ha hecho gracia 
la ocorrencia de decir que hace frió en el infierno I 

— Entendámonos, ilustrísimo señor. ¿Qué me propuse 
yo al dirigir la palabra al público húrgales? 

— Lo que Vd. anunció en el exordio de su sermón: 
inspirar horror al pecado, que Dios castiga con el infierno, 
encareciendo los tormentos que en el infierno sufre el pe- 

— ¡Aja! Estamos conformes. Aliora digame vuestra 
ilustrisima: ¿qué es lo que sobra en Burgos? 

— Frió. 

— ¿Y qué es lo que en Burgos falta? 

— Calor. 

— Perfectamente. Pues siendo así, dígase k los bur- 
galeses que en el infierno abunda el calor que en Burgos 
falta, y todos querrán ir al infierno ; pero dígaseles que en 
el infierno abunda el frió que en Burgos sobra, y no querrá 
ir al infierno ninguno. 

TiDUA, Nuiulgnu. 10 



DisuMíy Contóle 



i 



IK PICO M ORO. 

Al oir esto el señor ar£obÍspo, alargó la mano al famoso 
Pico de Oro, y eaclamó sacando i, su vez la caja del polvo 
y tomando uno de los morrocotudas: 

— ¡Dios de Dios, lo que saben estos padres dominicos! 
¡Parece que lian estudiado con los padres jesuitast 



DisliíMoGoOglC 



UN SIGLO EN UN MINUTO. 



¡vCioot^ic 



DisuMíy Contóle 



Esta aarracion necesita prólogo propio. £ii cambio, no 
le necesitan tgeno tantos ; tantos libros como ahora salen 
con prólogo sgeno, í pesar do estar vítoe j ganos, gracias & 
üioB, SUS autores, y ser estos muy listos 7 muy guapos para 
00 necesitar que el vecino se encargae de decir al público 
lo que nadie mejor que ellos sabe. 

En el de este libro he citado la opinión de cierto ca- 
ballero particular que asegura son una misma cosa la men- 
tira y la poesía, y no quiero poner término 4 estas narra- 
dones sin hacer un esfuerzo para areriguar lo que haya de 
cierto en la sosodicha opinión. £1 procedimiento de que me 
voy á valer es muy sencillo, pues consiste en contar algo 
que sea mentira, y luego ver si hay ó no poesía en ello. 

Tengo por mentira lo que voy & contar; pero también 
tengo mis lemorciUos de que no lo sea, porque, además de 
ser personas muy verídicas y bien informadas unas buenas 
aldeanas de Uüeñes, que me lo contaron una noche de Di- 
fiidtos, mientras ellas hilaban y nosotros los hombres fumá- 
bamos k la orilla del fuego, he leido algo que corrobora bu 
iiserto en un libro que, si mal no recuerdo, se llama Lej/en- 
(ias de Flande», escrito por un tal Berthout, ó cosa asi, y 
cnando una notícia anda de Vizcaya 6 Flandes, algo debe 
tener de cierta. 



DisliíMoGOOglC 



Moreto ha dicho que la poesía y la filosoña bod tma 
misma cosa, y si resultase que la pooafa y la mentira Um- 
bien lo BOD, ¡buena buena va á. quedar la filosofía, tras lo 
mal parada que ha quedado en manos de los krausistaE! 



ir. 

Áili, háciu mediados del siglo XIV, eran célebres en 
Vizcaya dos caliaLleros, llamados , el uno, D. Juan de Aben- 
daño, y el otro, Fortuu de Mariaca, este último más codo- 
eido coa el sobre-nombre de Ozpina, que equÍTole á Vinagre, 

D. Juan de Abendaño, & quien el historiador Lope Gír- 
ela, de Salazat, su paisano y casi contemporáneo, llama 
«orne endiablado", por su travesura y audacia, y pinta como 
terror de loa maridos, era el B. Juan Tenorio de aquella 
época y aquella comarca. La doncella mis pura' y tímida 
ge escapaba tras él i la torre de Unzueta en cuanto dos 
Juan le cantaba una trova ó rompía en su honor una lanza 
b^o BU ventana, y la casada más honesta y alÜTa necesitaba 
guardas, si D. Juan rondaba una vez su torre solariega, de 
lo que era buen testigo doña Elvira, la m«jer de Pero de 
Lezama, de la que dice el citado Salazar que «era mucbo 
bermosa y lozana sobre todas las de bu tiempo, y su mariita 
la tenia siempre guardada en la su torre con criados suyos. 
por recelo de D. Juan de Abendaño.» 

En cuanto á Fortun de Mariaca, bijo bastardo de Fortuu 
Saez üe Salcedo, señor de Ayala, Salazar Le califica de 
iiome perverso». Ya de mancebo, tenia genio endemoniado, 
por lo cual dieron en llamarle Ozpina, y este mal genio se 
liabia ido agravando de tal modo con los años, que liabia 
llegado á ser insufrible én el tiempo i, que me refiera, en 
que Forttin era viejo. 

Por aquel tiempo estaban en toda su crudeza las guerras 



,C;<H)yie 



rn Bioio EH DH NiHuio. 151 

de bandería eatre añoetnos j gamboinos, j en toda la re- 
gión cantábrica desde el Bidasoa al Deba aaturo - montan éa 
y desde el océano al Ebro á mis arriba, caballeros y labra- 
dores apenas teman m&s ocapacion g^ue la de romperse el 
baatismo «sobre qnién valia más», como dice el bnen Lope 
García de Salazar, que debía saberlo, pues desde la edad 
de diez y seis años basta la de setenta en que se dedicó 
á historiar Jo que de aquellas guerras y otras cosas sabia, 
que por cierto no era poco, habia sido uno de los m&s po- 
derosos y afamados bandariíos. 



ni. 

Ochanda de Anuneibay era i la edad de diez y seis 
años la doncella más hermosa, delicada y para de peñas 
abajo. Los que habéis bajado é, Bilbao por las amcuaa 
márgenes del Kerrion, que es aquel riachuelo que atraves- 
asteis en la vega de Orduña y luego iba creciendo, creciendo 
i vuestro lado hasta que la mar salió á su encuentro siete 
leguas más abajo y le escondió en su resalado seno, ¿no 
recordáis haber visto á la derecha de Areta, casi en la con- 
fluencia del Arnáurí (que baja del valle de Orozco) con el 
Xervion, una torre solariega que tiene al lado una ferrerfa, 
un molino y una ermita? Pnes aquella es la torre de Anun- 
eibay, solo que so es la misma qae cobijó la niñez de 
(Jchanda. Aquella torre con pretensiones de palatio es re- 
lativamente moderna y se ediücó en el solar de otra muy 
Tieja, muy fuerte y muy sombría, que era la que cobijó la 
niñee de Ochanda. 

Al cumplir los diez y seis años Ochanda de Anuneibay 
lo más que se babia alejado del solar paterno era para ir, 
velada la taz y acompañada de su madre ^oi^a Bstibaliz, una 
dueña y un criado Tiejo, i. oir misa en la iglesia monasterial 



DisliíMoGOOglC 



de San Pedro de Lamuza (que. es la de Llodio), á la que 
la piadosa dofia Estibaliz tenia mucha devoción por haberla 
consagrado, al comenzar el siglo XI, el obispo de Calahorra 
D. Pedro Nazar, usurpador según unos, y heredero legitimo 
según otros, de la santa sede episcopal de Armentia. 

Su madre era un tipo femenil que existía aún en todo 
su vigor ai terminar la Edad Media; pero que desde en- 
tonces se ha ido desianeciendo basta el punto de no quedar 
siquiera sombra de él en nuestro tiempo. Compartía su ^ida 
entre la fé y la casa; pero la compartía con tal severidad, 
que hoy su amar nos parecería poco aceptable á Dios y i 
la familia. Casi nunca pronunciaban sus labios una palabra 
dura; pero casi nunca aparecia en ellos una sonrisa. Su 
marido era á la par su amado compañero y su respetado 
señor, de modo que nunca le nombraba sin darle este último 
nombre. 

— Pedid 6. Dios que tenga en su guarda á mi mando y 
señor Sancho Martínez de Anuncibay, decía siempre al so- 
correr por su propia mano al pobre que llegaba ¿ su puerta 
implorando su caridad, que era inagotable. 

Sancho estaba casi siempre ausente del hogar, porque 
las guerras de bandería en que constantemente andaba me- 
tido, no le permitían otra cosa. Para el cuidada de su caEa 
y hacienda, bastábale su mujer, porque doña Estibaliz era 
señora para todo. Ella administraba la ferrerla y el mieliiui 
solariegos, y ella se entendia. con sus colonos de Vizcaya j 
de Álava, donde los señores de Anuncibay poseían las pin- 
gües haciendas de Arbulo , cerca de la insigne iglesia juia- 
dera de Santa María de Estibaliz, de donde eran originarios. 

Muchas veces regresaba Sancho á su casa acompañado 
de apuestos donceles y caballeros, que antes de despedirse 
de él, se solazaban con alardes de guerra y caballerís en 
el nocedal frontero á la torre donde también solía lucir sus 
sandías gracias un bobo bufón muy célebre entonces en el 



:.,C¡oot^ie 



país con el spodo de Gftno»b&co, qne aun se da á todo 
EÍndio y hazme-ieir. 

— Señon madre, decia Ocfaaoda 'k doña Eetíbaliz ba- 
jando tímidamente los ojos y encendí ¿adósele de nibor el 
rostro, i permitís que me asome 4 la ventana? 

— Asomaos, hija mia, le contestaba doña Estibaliz con 
blandura, pero sin rebajar con eBcesiva familiaridad su digni- 
diui de madre; asomaos, pero con la honestidad que cumple 
á doncellas como vos. £)n vuestro estado son Ifcítos tales 
solacea; tanto más, cuanto tendréis qué despediros para 
BÍempre de ellos cuando paséis í otio, porque entonces solo 
viviréis para serrir y amar á Dios y k Tuestio marido y 
seSor. 

Ochanda sentía palpitar de misterioso júbilo su corazón 
al dirigir tímidamente la vista i aquellos gentiles mancebos 
^ue justaban bajo su ventana quizá sin más objeta que el 
de agradar á la hermosa doncella, y no sé qué sueños de 
felicidad casi oeleste venían á arrullarla guando veia á los 
justadores alejarse Arnáuri arriba ó Nervíon ab^o tomando 
amorosamente los ojos hacia ella. 

Una tarde sonaron bocinas hacia la ribera del Nervion 
! todos los moradores de la torre de Anuncibay se apresu- 
raron á salir alborotados k ventanas y almenas, porque 
aquella señal lo eia de que tornaba el amado eche-iojauná 
(señor de solar) que hacia mucho tiempo andaba por las 
merindadea de Castilla ayudando á sus aliados los Salazares 
en las guerras que estos traían con los Vélaseos. Doña 
Estibaliz y Ochanda, de pechos á las ventanas gemelas que 
daban sobre la puerta ojiva de la torre, tenían fija la an- 
siosa vista en la revuelta que hacia el camino, para seguir 
Xervion arriba, donde ahora está la estación del ferro- 
carril. {¡ Oh Dios, cuánta prosa hay en verdades como esta!) 

Al fin un centenar de caballeros aparecieron en aquella 
revuelta, y en vez de seguir la margen del Nervion, tomaron 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



154 VS BIOLO B» ÜK MINUTO. 

la ÍEquier^ del Aruabri. Madre é liija levantaron la vista 
al cielo en faz de inüiiita gratitud al distinguir á la cabeza 
de aquellos caballeros al buen Sancho Martiuez, por cuja 
Toelta tan largo- tiempo hablan suspirado. 

Al lado de Sancho venia oiro caballero eobremanera 
apuesto, & quien en vano pugnaban por reconocer, porque 
traia la visera calada. Levantóla aquel caballero al acer- 
carse á la torre, ; dirigió la vista á la ventana, j entonces 
doña Eatibuliz, después de pronunciar involuntariamente su 
nombre, que Ochanda no oyó, dijo á esta con singular mezcla 
de severidad y benevolencia: 

Retíraos á vuestra cámara, hija mia. 

Ochasda obedeció 6.. ha madre, retirándose á su cámara, 
hnmilde, mas pesarosa! 

Los caballeros, que venian sumamente fatigados de la 
jornada, se despidieron de Sancho en el nocedal, rehusando 
cortésmente el ofrecimiento de algún descanso en su hogar 
que el de Anuncibay les hacia, y continuaron la via d« 
Orozco mientras doña Kstíbaliz salia al encuentro ele su 
marido y señor que la recibió amorosamente en sos brazos 
y se apresuró á preguntarle por Ochanda, 

— Buena y humilde como siempre la hallareis en su 
cámara, á donde la he mandado retirar viendo que con vos 
venia D. Juan de Abéndaño, le contestó doña Estibaliz. 

— Habéis hecho bien en eso, dijo Sancho, porque el de 
Abendaño, segon lo que he visto en las merindades, parece 
tener encantos diabólicos para trastornar, el seso á don- 
cellas y casadas, y á nuestra amada Ocbanda le traigo yo 
destino digno de au virtud, hermosura y nobleza. 

Doña Estibaliz se estrenieció coma de espanto al oir 
estas últimas palabras; pero no se atrevió á pedir espUcacion 
de ellas i su marido, que tampoco curó de dársela. 



DisliíMoGOOglC 



UN taeLO BH t 



IV. 

Eia el dia que siguió al del regreso de Sancho Martínez 
de Anancibay á su noble solar. Ochanda, que habia sido 
amoroBamente acogida por su padre, babia tenido Buenos 
muy singulares ta nocfae anterior, y llamo singulares á estos 
sueños, porque habían alternado en ellos las imágenes de 
la dicha con las de la desventura. Aquel gentil caballero, 
i quien con tanto disgusto habia reconocido su madre, se 
le aparecía rodeado de encantos inefables, ; á esta visión, 
que le daba á conocer en la tierra algo de las delicias que 
se había imaginado en el cielo, sucedía otra horrible, pero 
tan vaga, que consistía en una masa de negras sombras entre 
las cualee aparecía coofosamente, repugnante y desconqtaesto 
por la ira, el rostro de un anciano que no tenia ni asomo 
de la benevolencia que comunmente acompaña & la an- 
cíanidad. 

Sancho entró en la c&mara de Ochanda, donde i. la sazón 
se hallaba doña Estíbalie, y después de saludar i. imhaa 
con afabilidad, reclamó su atención, pues tenia algo grave 
que comunicarles, y anuució á madre é Lija qne al buen 
caballero Fortuu ^lariaca le babia pedido la mano de 
Ochanda y él se la había concedido , creyéndose muy hon- 
rado y ganancioso en ello, puesto que Fortun era caballero 
muy noble, y como deudo de los condes de Ayala, tenia 
muchos valedores, y lo seria poderosisimo de la casa de 
Anuncibay. 

Doña ÍBstibalIx y su hija oyeron con espanto mal disimu- 
lado esta nueva, pero Sancho no se apercibió de ello ó 
ungió no apercibirse, y les preguntó si les placía su re- 
solución. 

— Ya sabéis, le contestó doña EEtibalíz con humildad, 
que apruebo y acato siempre como debo vuestras resoluciones, 



DisliíMoGOOglC 



156 nu BiOLo Kir mr ibvjjto. 

que son las de mi eposo y señor, y en cuanto é, nuestra am&da 
hija, su voltmtad es en todo la ouestra. 

Como testimonio extraordinario de lo complacido ^ue 
quedaba de su mujer j de bu hija, Sancho abrazó amoro- 
samente á esta y se retiró de la cámara. 

Ochimda, sintíéndose morir de desconsuelo j desencanto, 
guardaba silencio con la hermosa frente inclinada, y pro- 
curaba en vano contener tas l&gnmas que se escapaban de 
sus ojos. Doña Estibaliz ¡a contempló un momento, des- 
garrado su corazón de madre, porque adivioaba todo lo que 
pasaba en el de la doncella, y abrió instintivamente los 
braeoB para estrechar en ellos á su hija y consolarla en su 
seno y consolarse i si propia , ungiendo la rubia cabeza de 
la niña coa sus lágrimas; pero reponiéndose de repente de 
aquella debilidad por medio de un esfuerzo supremo de so 
voluntad, tomó á aquella mezcla de severidad de juez y de 
benevoleacia de madre con que trataba siempre á su hija 
y procuró convencer i eí^ta de que su propia dicha y su 
deber filial la obligaban á acatar la voluntad de su padre, 
uniéndose al caballero á quien este la destinaba y amándols 
y sirviéndole como á esposo y señor, pues asi habia pro- 
cedido ella con sus padres y procedía con su murido. 

Algunas semanas después, Ocbanda de Anuncibay era 
esposa de Fortun de Mañaca. 



La torre de Mariaca era sombría y triste como ninguna, 
á lo que contribnian los espesos robledales que la cercaban 
y su- lejanía de toda otra habitación humana. Con esta tris- 
teza armonizaba la de sus moradores. Fortim estaba casi 
siempre ausente de su hogar, porque lleno de rencores j 
enemistades, no tanto porque esto fuese muy común en los 



DisliíMoGoOgiC 



DH siQLO BN US MnrüTo. 157 

caballeros de su üempo como por efecto de bu car&cter 
naturalmente díscolo, continitamente andaba en querellas y 
guerras, ya por cuenta propia 6 39, como aliado de tales 6 
cuales banderías. Y casi era esto felicidad muy giande para 
la desventurada Oclianda; cuando Fortun estaba en su caaa, 
lili estaba con él la guerra, y de esta guerra Ochanda era 
la principal víctima, porque Fortun parecía cemplaceise en 
martirizar á su mujer con infundados celos y con esquiveces 
j torturas de todo linaje. 

¡áhl |Cnán distinta era la vida de Ochanda de aquella 
que había soñado en el hogar paterno, 7 cuan diferente el 
bombre con quien se veia unida de aquel que había entre- 
tiste en sus sueños de felicidad casi celeste! 

Ni aun t«aia criados ñeles ; compasivos é, quienes con- 
fiar aquella parte de su dolor que el decoro de eepoM y 
señora le hubiera permitido confiarles; su marido la tenia 
rodeada de venales y desalmados espías que parecían com- 
placerse en su dolor. 

La oración y las labores propias de su seso y estado, 
distruan un tanto sus penas; pero esto no bastaba para 
llenar una vida tan desotada y trist« como la suya ¿ la 
edad de diez 7 siete años en que el alma necesita horÍEon- 
tes sonrosadas é infinitos por donde espaciarse. 

Pugnando por abarcar estos horizontes i. través de lot 
negros y espesos muros de la torre de Mariaca y de las 
sombrías arboledas que rodeaban la torre, e^aba Odianda 
nna tarde al morir el dia asomada á la estrecha ventana de 
su cíimara. 

La lengua euskara, que aún es la vulgar en aquella co- 
marca, se presta admirablemente 6, la poesía 7 & la ex- 
presión de los afectos tiernos y apasionados. Con dedr 
«sto y con añadir que en aquel tiempo todavía no hablan 
decaído en España los trovadores que vagaban da casUllo 
en castillo y de torre en torre señorial cantando la bermo- 



DisliíMoGOOglO 



158 DK 8IGL0 EH DK MIBOTO. 

snra, el amor y la caballería, no como míserobreB r éea- 
preciados mendigos, sino con la conaideracion de caballeros 
y nobles liijoa del arte que ca»i todos merecían, por su 
nacimiento 6 su ingenio, y no les negaban las damas y los 
señores á cuya puerta llamaban con la dnloe y noble voz 
de la poesía; con decir aquello y añadir esto, se compren- 
derá qne en la caballereaCA y solariega tierra vascongada 
abandaban los troTadores en el siglo XIV á que me refiero. 
Y no eran todos trovadores renales y TsgsbuDdos sin más 
escudo que su laúd ni mis hogar que el de las damas y 
caballeros á cuya puerta llamaban con la dulce y noble T02 
de la poesía, como lo eran muchos de los cultivadores de 
la gaya ciencia cnyo cultivo llegó á equipararse en lo hon- 
roso con las hazañas guerreras más iusignas, como lo prueba 
el mote heráldico de un caballero navarro que, presumiendo 
descender de los invencibles héroes de Cantabria j de los 
dulces trovadores de Provenza, escribió en su escudo: 

/«eroí mil progenilorti. 

En el septentrión de España, en Vizcaya misma, buba 
caballeros insignes que si manejaron bien la lanza, no. mane- 
jaron peor el laúd y la dulce y antiquísima lengua de aquellas 
montañas. Aún subsiste en el Duranguesadó la torre de 
Pero Ruiz de Muncharaz cuyas trovas y cuya g^itileza, se- 
gún cuentan las tradiciones, pudieron tanto en las esplén- 
didas fiestas que en su córt« de Tudela daba el rey Sabio 
de Navarra, qne Urraca, la hermosa hija del monarca na- 
varro, se prendó de él y, arrostrando el- enojo de su padr?, 
se unió secretamente con el elegido de su corazón y foé 
á sepultarse contenta y feliz en la soledad de Huncharai, 
donde vivió amando á Dios, á su marido j á sus hijos basta 
que descausó en paz y bendecida al fin de sn padre, b^ 
las cercanas bóvedas de San Torcaz de Abadiano. 



DisliíMoGOOglC 



Escondíase ya el sol tras tas cumbres de las Encarta- 
ciones, y el misterio del crepúsculo empezaba 4 llenar de 
inesplicable encanto collados y arboledas. 

En la sombra de loe jigantescos j copudos robles qae 
crecían al pié de la torre resonaron los preludios de un 
dulce laúd, á los que siguió una canción tan sentidamente 
pensada y entonada, que Ochanda quedó al escucharla en 
inefable arrobamiento. .Aquella canción ha atravesado los 
s^los hasta llegar i nosotros, privilegio que Dios concede 
i la poesía cuando lleva impreso el sello del genio. Temo- 
roso de destruir este sello, no la traslado á la leugu» cas- 
tellana, y seguro de que eolo le entenderían las gentes de 
la tierra donde se sabe de memoria, me abstengo de repro- 
ducir el texto orifpual. Lo único que baré es decir qne en 
ella parecía arder un volcan de amor y brillar un cielo de 
delicias. Con decir esto y pensar que Ocbanda se consi- 
deraba muerta para el amor y sus delicias, se compren- 
derá con cuánta emoción entrevia aquel volcau y aquel cielo. 

El misterioso, dulce y apasionado canto se renovó muchas 
veces apenas las sombras de la noche impedían ver al cantor 
é. través del ramaje desde las ventanas do la torre. 

Ocbanda no veía con los ojos materiales al cantor; pero 
le veia con los ojos del alma. ¿Qué forma material le daba? 
Le daba la de aquel gentil caballero que desde la ventana 
de BU cámara de Anuncibay habia visto alejarse Amauri 
arriba tornando amorosamente la vista bácia ella. 

Ocbanda no sabia que aquel caballero fuese don Juan 
de Abeadaño, y quizá de saberlo no hubiese idealizado en 
él al cantor del robledal de Mañaca, porque hasta habían, 
llegado á BU oído de casada y auu de doncella loa desa-^ 
fueros amorosos de Abendaño. 

A la banda opuesta de la torre, apenas doscientos pasos 
de distancia de esta, también entre seculares arbolea, existía 
una ermita, cuyas ruinas se descubren aún, consagrada á la 



DisliíMoGoOgiC 



160 nt aiOLO bn ns kikcio. 

Virgen María. Ochanda bajaba muchas tardes k orar en 
aquella ermita, y generalmente bajaba sola, porque la proxi- 
midad de la tone hacia innecesaria la compañía y porque 
qnería estar sola para poder llorar y suplicar sin que la 
oyera oadie más que la madre de loe afligidos. 

Una tarde, al declinar el sol, bajá k la erioita, propo- 
niéndose tomar, como siempre, antes que anocheciese. 

Nanea como entonces necesitaba bu corazón confiar sus 
penas i. alguien, porque sns penas eran entonces mayores 
que nunca. La comparacicm del mundo real y positivo en 
que riiia con la de aquel otro mundo de amor y dicha caú 
celeste que todas las noches mostraba & sus ojos el cantor 
del bosque, era para ella el mayor de los martirios. 

Oró y lloró largo rato f> los pies de la Virgen María, y 
como el dia espirase, se levantó para tomar t su triste 
morada. Al atrayeaar el cancel no pudo reprimir un gnto 
de sorpresa y no sé si también de espanto encontrando en 
el pórtico á aquel mismo caballero 6, quien tío alzar la 
visera delante de la torre de Anuncibay 7 luego alejarse 
Amauri arriba tomando amorosamente la vista h&cía ella. 
Solo que entonces aquel caballero no cabalgaba en bríos» 
potro ni empuñaba pesada lanza; estaba apoyado en uno de 
los pilares del pórtico y tenia en la mano mi laúd. 



VI 

Iba cerrando la noche, y Ocbanda pugnaba por alejar» 
de D. Juan de Abendaño, que habia empleado inútílmenle 
todas las infernales artes de su ingenio para seducir á Us 
mujeres fingiendo toda la ternura y todo el amor que bs 
podido soñar una mnjer en nn hombre. 

— Badme siquiera una lejana esperanza de amor, esela- 
maba Abendafto en el colmo de la desesperación, arrodillado 



DisliíMoGOOglC 



FN BIOLO ES TH MIHCTO. 161 

á los pies de Ochanda y sin consentir en soltar el manto 
ie la desventurada dama, que había asido para retener á 
esta i su lado. 

— Pues bien, le contesta Ochanda como loca de espanto 
y quizá de amor, porque era imposible q'ue mujer tan apasio- 
nada y aislada en el mundo como ella, no le sintiese oyendo 
y viendo íL aquel hombre; dejadme tomar i mi hogar y yo 
os baré en cambio la promesa que me pedís. 

— Hacédmela, y partid, contestó Abendaño soltando el 
maato y alzándose. 

— Mientras viva Fortun de Mariaca, mi marido y señor, 
ni ann el amor de una hermana debéis esperar 4e mf ¡ pero 
Fortun es anciano y yo joven. Si yo le sobrevivo y os habéis 
hecho digno de mi amor, entonces le obtendréis, tan honrado 
y pttro como Fortun le tendrá mientras viva 

Ochanda se interrumpió sintiendo pasos en la arboleda. 

— jHuid, huid I añadió á Abendaño, y tomó el camino 
de la torre, mientras Abendaño se alejaba por la parte 
opuesta. 

Pocos pasos habia dado Ochanda, cuando ae encontró 
con uno de sus servidores, que le dijo iba en su busca, 
temeroso, como sus compañeros, de que la tardanza de su 
Toelta fuese efecto de algún grave accidente. 

Dos días después de este suceso, Fortun, que andaba con 
los de su parcialidad hacia la m&rgen izquierda del Ehro, 
regresaba á su torro de Mariaca. La noche de su llegada 
^0 & Ochanda que quería celebrar su regreso cenando 
alegre y amorosamente con ella. Aunque esta era honra fi 
que su marido no la tenia acostumbrada, Ochanda sintió al 
anunciársela Portan un terror inesplicable , porque la faz y 
laa palabras del anciano caballero tenian un no sé qué pa- 
vorosamente siniestro , aunque Forton pugnaba por disi- 
mularlo. 

Al terminar la cena, Fortun hizo traer un licor qae decia 

Tddibá, K>niicÍOD«a> 11 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



goardar por esquisito para banquetes tan gratos como aquel, 
y escaaciando por sa propia mano una copa de él, se la 
ofreció á Ochanda, que la llevó á bus labioa ain atreverse 
á desconfiar de su marido 

El dia siguiente se cubrió con un velo negro en bnUI 
de lato el escudo de anuas de la torre de Maríaca porque 
la hermosa y noble esposa de Forton, Ocbanda de Anon- 
clbay, babia aparecido muerta en su lecho aquella mañana, 
por efecto, según declaración de los maestros del arte de 
curar, del esceso de alegría que habia eaperimentado con 
el regreso de su amado esposo y señor después de larg* y 
penosa ausencia. 



VII. 

Asi que espiró Ochanda, envenenada por su marido, que, 
fiando en informes de las gentes mercenarias que tenia á sn 
lado para espiarla, creía haber sido vendido j deshonrado 
por ella, un ángel condujo á las puertas del cielo el alms 
de la esposa mártir y sin mancilla. 

Conforme el ángel y Ochanda atravesaban las regiones 
etéreas, el primero notó con estrañeza que la segunda estaba 
triste y se alejaba de la tierra como pesarosa. 

— Todos loa que van al cielo, le dijo, van radiantes 
de alegría. ¿Por qué tú te entristeces más cuanto más te 
alejas de la tierra? 

— ¡Porque en la tierra dejo á un hombre á quien no 
espero ver nunca! 

— ¿Le amabas? 

— Sí, y esperaba que mi amor y mis consejos le apar- 
tasen de la senda de perdición eterna por donde camina. 
Falto de uno y otros con mi ausencia de la tierra, ¡ya ¡¡o 



DisliíMoGOOglC 



tiene quieo le aparte de la senda del mal y ya ni en el cielo 

ni en la tierra podremos unimoBl 

Tal desconsuelo mostró Ochanda al enuaciaT esta última 
idea, que el ángel se contristó y llenó de compasión al 
oiría. 

— ¿Quisieras volver á la tierra? preguntó é. Ochauda. 

— Si, aunque fuese por cortos instantes, porque esos me 
bastarían para apartar del camino del infierno al que se- 
guirá el del cielo cuando sepa que en el cielo me ha de 
bailar. 

— Vo intercederé con el Señor pata que te lo conceda. 
Ochanda se regocijó con esta promesa del ángel, que era 

para ella dulcísima esperanza. 

Cuando el ángel y Ocbanda llegaron á la presencia del 
Señor, el ángel cumplió bu promesa. 

— Fuiste buena hija y buena esposa, dijo el Señor á 
Ochanda, y es mucha mi misericordia para con los que 
como tú ban orado y llorado mucho. Si tal es tu deseo, 
toma á la tierra-, pero ha de ser con una condición precisa, 
cual es la de que por cada minuto que permanezcas en la 
tierra, has de padecer un siglo en el purgatorio. 

-r- Señor, acepto esa condición, contestó Ochanda. 

— Pues torna á la tierra acompañada del guia con que 
te alejaste de ella, dijo el Señor. 

Y Ochanda, acompañada del ángel, volvió á cruzar las 
regiones etéreas, tomando á la tierra. 

Mediaba la noche cuando á la luz de la luna distinguió 
allá abajo, como en un profundo abismo, los valles nativos 
■en los que resaltaba la torre de Unzueta que señoreaba el 
valle de Orozco asentada sobre una eminencia. 

Brillaba la luz en una de sus angostas ventanas, por 
la que penetraron invisibles ó impalpables Ochanda y el 
ángel. 

Aquella ventana correspondía á la cámara de D. Juan 
11* 



DisliíMoGOOglC 



164 tm sioLo EN vs minuto. 

de Abendaño. D. Juan estaba en aquella cámara, pero no 
estaba Bolo: una uiujer, joven y hermosa, de «quellae que 
el arte infernal de la Beduccion, en que Abendaño e;a 
consumado, arrastraba desenfrenadas 7 locaa de amor en 
pos de D. Juan á la torre de Unzueta, estaba con él Bca- 
riciando en su profanado seno la gentil cabeza del nome 
endiablado» , como le llamaba el buen Lope García de 
Salazai. 

— iDon Juan I le decía la desgraciada y culpable barra- 
gana, tengo celos de una muerta y no aeré feliz á tu Iad« 
mientras no los desvanezcas. Tú amabas k Ocbanda de 
Anuncibay, y el amor que aun muerta le tienes, no deja 
lugar al mió en tu corazón. 

— Juróte, hermosa mia, le contestaba P. Juan colmán- 
dola ¿ BU vez de apasionadas caricias, que si alguna vez he 
mentido y desamado & una mujer, esa ha sido mintiendo j 
desamando & Ochanda. ¿Sabes la oración que arrancó esl> 
mañana de mis labios la nueva de su muerte? «En el in- 
fierno esté con Judas el traidor», fué lo que entonces dije, 
y ese será siempre el responso que por Ochanda rece. 

— Rondaste por su amor, primero la torre de Anuncibay 
y luego la de Mariaca, y arrullaste á Ochanda con enamo- 
radas trovas. 

— Mentlle siempre amor, porque no hubiera dado un 
ardite por el suyo, y solo ansié, primero vengar ofensas re- 
cibidas de los de Anuncibay, seduciendo y deshonrando & 1» 
doncella que mucho amaban, y luego vengar las recibidas 
del de Mariaca irritando sus ya rabiosos celos. |Amar jo 
á Ochanda de Anuncibayl No hiciera tal el hijo de m 
madre, aunque fuese, en vez de D. Juan de Abendaño, el 
zafio GanoTohaco que ejerce el oficio de bufón de torre en 
torre solariega desde la Encartación & Arrátia. 

El ángel derramaba lágrimas de compasión contemplando 



DisliíMoGOOglC 



el hondo, el itiSnito, el inmeiiso sufrimiento con que Ochanda 
escuchaba este deavarfo de D. Juan. 

— ¡Tornemosl esclamó el alma peregrina y desolada, 
con íoz solo perceptible para el ángel. 

Y ambos íolvieron i cruzar regioaea y más regiones 
tomando al cielo. 

El Señor los recibió á las puertas de la bienaventuranza. 

— Señor, le dijo Ochauda, señaladme el camino de la 
expiación, que resignada estoy á buscar por él la del minuto 
que he permanecido en la tierra. 

— Entra en mi morada y siéntate á mi diestra, le con- 
testó el Señor lomándola amorosamente de la mano; que lo 
que has padecido durante un minuto eu la tierra, escede á 
lo que padecerías durante un siglo en el puritatJirio. 



DisliíMoGOOglC 



DisliíMoGOOglC 



EL RUISEÑOR Y EL BURRO. 



DisliíMoGOOglC 



DisliíMoGoOglC 



I. 

Ao sé á punto fíjo cuándo sucedió lo que voy A contar, 
pero de au contesto %e deduce gue debió ser allá hacia los 
tiempos ea qae los madrileños se alborotarou y estuvieroa 
&, punto de enloquecer de orgullo con la nueva de haber 
aparecido en el ManzaDarea una ballena que luego resultó 
ser, segnn unos, una barrica que no iba llena, j, según 
otros, la albarúa (con perdón aea dicho) tfó un burro. Estos 
tiempos deben remontarse lo menos á los del Sr. D. Fe- 
lipe II (que tenia i. los madrileños por tan aficionados í 
bolas, que les llenó de ellas la puente segoviana), pues ya 
en los del señor D. Felipe III llamaba Lope de Vega balle- 
natos 6, sus paisanos loa madrileños. 

Pero dejémonos de historia y vamos al caso. 

El caso es que el Madrid de entonces se parecía al 
Madrid de ahora como un huevo & una castaña. No lo digo 
porque entonces Madrid tirando á monárquico quena hacerse 
cabeza de león y ahora tirando á republicano quiere hacerse 
cola de ratón, sino porque la parte meridional del Madrid 
de ahora estaba aún despoblada , menos la planicie y los 
declives de allende laa iglesias de San Andrés y Son Pedro, 
donde ya existia el arrabal que por haberle poblado moros 
se llamaba y llama aún )a Moreria. Todas las demás bar- 
riadas meridionales no existían aún, y toda aquella dilatada 



DisliíMoGoOgiC 



zona comprendida desde Puerta- cerrada á la banda de la 
Yirgea de Atocha solo abundaba ea barrancos, colinas es- 
cuetas y cerrados matorrales , donde se veia algnno que otro 
ventorrillo, eotie los cnales lleyaba la gala el que luego fué 
<te Manuela, porque era el único donde se bebia el vino en 
Taso de vidrio j se comia la vianda con tenedor de madera. 
£n los detaás ventorrillos se empinaba el jarro de AIcoicod 
j se escarbaba en el plato con la uña. 

No recuerdo quién lia aconsejado modernamente á los 
que entran en Madrid por la puerta de Toledo (que son los 
españoles meridionales, gente más apta que los septentño- 
aales para pescar en este rio revuelto) que dejen á un lado 
la calle de los Katudios y tomen la del Burro, con lo cdbI 
«aldrán infaliblemente & la plaza de) Progreso, j andando, 
andando un poco más, se soplaráji en ei Congreso de los 
Diputados y ann en los ministerios. 

Entonces, como ahora, habia burros en Madrid; pero la 
señora villa aún ito habia dedicado el nombre de una calle 
á conmemorarlos, como luego hizo y aún sigue haciendo de 
cuando en cuando, aunque no ha mucho tuvo el buen acuerdo 
de rebautizar con el nombre de calle de la Colegiata á la 
que se llamaba del Burro. En esto, la señora villa pro- 
cedió más discreta que Sevilla ha procedido no ha macbo 
poniendo á su calle del Barro calle dé D. Alberto Lista, 
aunque poeta y maestro tan inaigne nunca debió creerse 
destinado á alternar con asnos. 

La que en Madrid fué despaes calle del Burro, no era 
entonces tal calle, sino un desierto poblado de maleza por 
donde nadie osaba pasar temeroso de malhechores, cnya 
audacia y número eran tales que, pata precaver de sus 
embestidas á la villa, habla cerrado esta la qne aún se 
llama Puerta- ce rrada , i. pesar de no eiústir desde 15G3, en 
que se la derribó porque en sus revueltas se escondían los 
malhechores. 



DisliíMoGoOglC 



EL BCIBBfiOB T EL BUBRO. 171 

Aún el barrio de U Morería estaba muj lejos de tener 
la fisonomía urbana (ramos al decir) que hoy tiene: delante 
de Ift iglesia de San Pedro habia usa alamedica con asien- 
tos mal labrados, y las casas, mal alineadas, estaban entre- 
Teradas de árboles, alguno de los cuales, como el que diú 
nombre á la calle del Alamillo, ha sobrevivido hasta nuestros 
días ó poco menos. 

El c&fé, el casino, el Prado, la Puerta del Sol de la 
Morería era la alamedica de San Pedro, doude se reunía la 
gente del barrio, particularmente los disantos después de la 
misa mayor. La misa mayor terminaba á las diez, y al 
salir de ella, toda la gente se quedaba allf t. murmurar los 
viejos y á enamorar los jóvenes, pues ya entonces chicos y 
chicas se gustaban mutuamente; y cuando en la morisca 
torre de San Pedro sonaban las doce, todo el mundo se iba 
en busca del pnchero, previo el nSeñor cura, que aproveche 
como si fuera leche», que dirigían al párroco, y el üA ver 
si esta tarde venis todos al rosario, que Alonso va & hacer 
de las Buyas en la tetanfa», con que les contestaba el señor 
cura, con gran contentamiento de Alonso, el hijo del en- 
terrador, que estaba presente y se contoneaba al oir estas 
últimas palabras. 



n. 

Señora Marica la panadera era ya vieja cuando sucedió 
lo que voy k contar; pero aún conservaba la fama y el 
prestigio que le habían dado, durante sn juventud y su 
edad madura, su admirable habilidad y gracia para el canto. 

Casi desde mozuela había' andado desde Madrid á Valle- 
cas con dos borriquiilos , con cuya ayuda conducía diaria- 
mente al mercado madrileño el afamado pan vallecano, in- 



,C;<H)yie 



112 £L boseSoe y el bcsro. 

dustria con que vivía un tanto holgada j más de un cuanto 
alesre. 

Dos cosas habías sido objeto de admiración en Madrid 
y Vallecas y en el camino intermedio, da^a^te los muchos 
años que señora Marica habia recorrido diariamente este 
camino: en pnmev lugar, loa cantares de señora Marica, 
que enamoraban á lodo el que los escuchaba, y en segnndo, 
loj borriquülos de ia misma, que parecían ser muy amados 
de la panadera, según lo engalanados, gordos y lucios que 
siempre los traía. 

— Pero, señora Marica, decían á la panadera las gentes, 
asombradas y enamoradas de sus cantares, ¿cómo oa com- 
ponéis para cantar asi? 

Y señora Marica les contestaba: 



Con lo que señora Marica, & la fama grande y merecida 
de cantora práctica, añadió fama no menos merecida y 
grande de cantora teórica. 

A esto último debió el set solicitada de las damas j 
galanes más encopetados de la corte para que les enseñase 
el sublime y no aprendido arte de los ruiseñores, y el que 
en la corte y diez leguas en contomo fuese la más respe- 
table autoridad en materia de canto, porque hasta los tiples 
de la capilla real decían al oiría: 

— ¡Canariol esa mnjer es uu prodigio y debemos con- 
fesar que á nosotros mismos nos falta algo para comparar- 
nos hasta con sus discípulos. 

Los discipulos de Marica estaban reducidos á uno, qu« 
era na mozo de su vecindad' llamado Alonso é hijo del 
enterrador de la parroquia, de quien conviene dar pelos y 
seBales. 



DisliíMoGOOglC 



EL EUISBfiOB Y EL BUBBO. 173 

Marica babia casado y enviudado, quedándole tiiiB niña^ 
muy hermosa, á quien queria como á las de sus ojos. 

LucigQela, que asi se llamaba la niña, fué creciendo, 
creciendo, miéntraa bu madre andaba de Madrid á Vallecae 
y de Vallecas é, Madrid; j como retozoBe con los mozuelos 
de la vecindad, que era en la calle de Iob Mancebos, fué 
tomando querencia al míis brnto de todos, llamado Alonso, 
qae ya es muy antiguo esto de enamorarse las mujeres de 
los que no tienen virtud ni talento y desdeñar á los que 
tienen ambas cosas. 

Señora Marica, que veia á LucigUela desmejorada y 
triste, llamóla á solas una noche y le preguntó la causa de 
su desmejoramiento y tristeza. 

La mozuela echóse 6 llorar y le confesó que ee moría 
por el vecinuelo Alonso. 

Casualmente Alonso era aborrecido de señora Marica, 
porque aquel mozuelo era mani&tico por el canto, y como 
en vez de cantar rebuznase, y dia y noche estuviese dale que 
le das a loa cantares, señora Marica, oyéndole, padecía lo 
que no ea decible. 

— Hija, ¡qué pu&alada me has dado en este corazón 
dedicado á amarte! esclamú señora Marica, desfalleciendo de 
dolor al oir la confesión de la rapaza. Bien sabes que 
aborrezco & Alonso, no tanto porque canta mal, como por- 
que piensa que canta bien, lo que prueba que no tiene ta- 
lento para conocerse. Hija, el que no tiene talento para 
conocer sn propio valer, no le tiene tampoco para conocer 
el valer ajeno. ¡Qué será de ti, hija mia, si casas con 
quien no conozca lo que vales! 

Lucigltela, que quería mucho á su madre y veia que para 
esta era dolor de los dolores el que quisiese é. Alonso, pro- 
metió i. su madre olvidar al vecinuelo. 

Pero fueron pasando meses y meses, y señora Marica 
veia que el desmejoramiento y la tristeza de Lucigüela 



,C;<H)yie 



174 XL BCISEÜOB 2 EL BOBRO. 

aumentaban y aún qne la doncella lloraba á hurtadillas, 
según más de una vez se lo habían dicho aquellos ojoa donde 
ella 86 miraba. 

Otra noche tomó & interrogar á solas á LucigQela, j 
esta, que no conocía el mentir, y menos preguntada de sa 
madrecica, confesóle que no habia podido olvidar ¿ Alonso 
y que este cada vez mostraba máa empeño en requerirla de 

Señora Marica preguntóle á la almohada qné era lo que 
debia hacer para escoger entre dos males el menor, 7 la 
almohada le dijo: 

— La doncelUca morirá ó le faltará poco para morir, si 
COD Alonso no casa. Canto 7 música, que todo es cantar, 
domestican fieras, y tú que tanto de canto entiendes, puede» 
domesticar ¿ Alonso, enseñándole á cantar, aunque nimca 
lo hará tan bien como ahora rebuzna. Nunca será yemo 
de. tu gusto, que el alcornoque pulimento puede recibir 
hasta que brille, mas no dejar de ser alcornoque*, pero ganar 
mal yemo menos malo es que perder buena hija. 

Esto dijo la almohada á señora Marica y esto tov» 
señora Marica por lo más acertado. 

Lucigoela conformóse con ello muy regocijada, y cuand» 
topú á Alonso en la escalera y la dijo lenvidol ella le con- 
testó i quiero! 

Bruto y todo como Alonsico era, placíale más por 1» 
jovencico y de buen gesto, que un caballero del barrio, algo 
entrado en años y muy honrado y rico, llamado D. Pedro, 
que bebia los vientos por ella. 

Señora Marica llamó aparte á Alonso y le dijo: 

— AloDsico, hijo, ya sé que á Lucigttela enamoras. 

— Verdad es, señora Marica, y con ñu honesto es, con- 
testóle el mancebo. 

— Pues ai te place ciuar con ella y ella »gne gustando 
de ti, licencia mia tendréis los dos; pero si yo gusto de 



DisliíMoGOOglC 



EL BUIBBSOB V EL BUBRO. 175 

gente que cacle bien, no asi de gente que caate nal coma 
tú haces. Hijo Alonso, en punto á cantar no cabe término 
medio: ó un buen cantar 6 bacn callar, que quien canta 
bien, parece ángel que á Dios alaba, y quien canta mal, 
asnico que rebuzna, 

— Si vos, señora Marica, me dierais lecciones de can- 
tar, como vos cantaría yo, que voz harto gentil tengo. 

Sonrióse señora Marica de la vanidad de Alonso, y le 
prometió hacer desde entonces con él lo que nadie babia 
querido hacer ni aun por logrería: darle lecciones de cantar. 

Y dándoselas pasó meses y más meses y aun a&os en- 
teros, hasta que un dia Alonso ofició misa mayor en la 
parroquia del señor San Pedro, sin que los perros, que 
nunca faltan en misa aunque falten cristianos, escaparan al 
oirle, como habían hecho en otra ocasión que probó oficiar. 



III. 

^0 cantaba bien Alonso, por más que señora Marica, 
su maestra, habia puesto empeño en que saliese discípulo, 
si no que la honrase, á lo menos que no la deshonrase^ 
pero él presumía de hacerlo á maravilla. 

Ko lo era que él presumiese de diestro; pero pasmaba 
que le tuviesen por tal las gentes, inclusa la de iglesia, y 
todo por la única razón de que él alardeaba á toda hora y 
en toda parte de haberle aleccionado señora Marica la pa- 
nadera. Bien que esto no era ni es nuevo en el mundo, 
porque muchos de los que esclaman ¡ah! ¡oh! viendo una 
pintura ú oyendo una música ó nombrándoles un libro, no- 
admiran de ciencia propia, sino de ciencia ajena que les ha 
dicho, á tuerto ó á derecho, que la pintura, ó la música 6 
el libro es de admirar. 

Decir entonces en Madrid que señora Marica la paua- 



DisliíMoGOOglC 



176 EL bcisbSor t el bübbo. 

dera había aleccionado & Alonso en el canto, era casi casi 
como decir ahora qne le había aleccionado Caltañazor 6 
Mañano Fernandez, qiíe cantan en la mano. 

Pero ¿quién había dado á señora Marica esta autoridad 
artística? ¡Quién! El que se la da á los miseñorea. 

Mientras Alonso reventaba de gloria j orgullo con bu 
cualidad de discípulo único y predilecto de señora Marica 
y coa sns trínnfos en San Andrés y San Pedro y aún en 
calle y ventana & donde salía frecuencia á.cantar, atrayendo, 
no ya á toda la Morería, sino á todo Madrid, inclusos los 
tiples de la capilla real, qne se desnucaba por correr i. 
oírle; mientras esto pasaba, LucigOela se consumía de ansia 
por casar con él, porque decía y no sin razón á su señora 
madre : 

— Madrecica mia, de todos es Alonso, menos de quien 
más le quiere. Mirlos y ruiseñores cantan desde la albo- 
rada hasta que el sol se pone, pero pasan la noche & solas 
con la amada compañera. jAy madre, la mi madre, cuento 
más dichosas que yo son mirlas y hiiaciioras! 

Y señora Marica, persuadida de que las quejas de Lu- 
cígUela eran justas, Uamú á Alonso y le dijo: 

— Hijo Alonso, ya soy vieja para la andanza de Madrid 
á Vallecas y de Vallecas k Madrid, y esta Lueigüela nuestr» 
no me pnede reemplazar, que, delicadica siempre como flor 
de jazmines que tiembla y quiere caer cuando el más snave 
céfiro sopla, harto ha hecho y hace y hará vendiendo en el 
mercado el pan que otros trajeron. Hora es ya que ella j 
tú caséis en uno y camino de Yallecas me reemplacee, no 
soto en la guia y cuidado de los borríquilloa, sino también 
en loa cantares con que más de cuarenta años he alegrado 
aquellos campos, de suyo tristes, menos desde qne el señoi 
San Isidro los viste de florecícas y yerbas que el señor San 
Juan les quita. 

Lucigaela estaba presente al dirigir señora Manca este 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



EL aClSESOB T EL BÜBRO. 177 

sesudo discurso á Alonso y temblaba la cuitada siu saber 
por qué, pues el corazón solo le decía que temblara. 

Y Alonso, tras sonreír un poco irúnicamente, entre in- 
dignado y satisfecho, y meditar otro poco, respondió al fin 
i Beñora Marica: 

— Señora Marica, con fin honesto he querido y quiero 
i Lucigüela, y prueba de ello es que ni siquiera é, pellizcos 
hemos andado; pero casar con ella no puedo ni nnnca 
pensé hacer tal. 

— ¿Haste tomado loco, hijo Alonso? esclamó señora 
Marica asombrada de tal repuesta, mientras Lucigüela pali- 
decía como muerta. 

— Loco seria yo, repuso Alonso, si de pájaro libre tor- 
nase voluntariamente p^aro enjaulado. Enamórala porque 
dicen que el pájaro para cantar bien, enamorado ha de estar. 
Demás de esto, harto sabéis que vengo de gente de iglesia, 
y casar con doncella que viene de gente mercadera, casar 
desigualmente seria. 

Señora Marica quiso replicar indignada á este s&ndio 
razonamiento: pero un grito y un desmayo, al parecer mor- 
tal, de la cuitada Lucigüela, hicieron que solo curase de la 
doncella mientras Alonso se alejaba de ambas. 

Entre la vida y la muerte pasó Lucigüela muchos meses, 
y al fin convaleció, no tanto del alma como del cuerpo. 

Ki su madre ni ella eran para seguir el tráfico del pan 
vallecano; mas la primera encontró medio de suplirle con 
ima alcancía, en que había ido echando los ahorros de 
muchos años, con la venta de los borriquillos y con las 
lecciones de canto, que al fin se decidió á dar á gentes muy 
principales, entre ellas, aquel D. Pedro que suspiraba casi 
en silencio por Lucigüela, 

Entre tanto, Alonso seguia reventando de gloria y or- 
eullo en San Andrés y San Pedro, y aun en ventanas y 
calles y plazas, donde la muchedumbre que le oia cantar 

laniBi, KarrBoiones. 12 



DisliíMoGoOgiC 



178 EL KUISeSOR y el BrBBO, 

no escaseaba el ¡olí! ni el \&h\ más que por la autorklaJ 
del mérito intrínseco de sn canto, por la que le dala su 
cualidad de discípulo primero y predilecto de señora Marica 
la panadera. 



IV. 

Ya he dicho lo que pasaba todos los disantos, después 
de misa mayor en la alamedica de junto á la iglesia del 
señor San Pedro. 

Si esto pasaba fuera, algo aún más digno de contarle 
pasaba dentro, y era, que hacia muchos domingos, señon 
Marica comenzaba á llorar así que comenzaba á cant^ 
Alonso, 

Habíalo notado la geute y no había quien no dijera: 

— ¡Oh, qné cautor tan diestro ha salido Alonsico el del 
enterrador con las lecciones de señora Iilarica, cuando hasta 
su misma maestra se conmueve y llora de ternura al oirtel 
Un ruiseñor teníamos y ya tenemos otro. 

Alonso, á quien todos daban plácemes y enhorabuenas 
por aquel triunfo, estallaba de vanidad y de gozo oyendo 
esto, y más aún viendo que señora. Marica, colocada en la 
iglesia, donde él podía verla desde la baranda del coro en 
que cantaba, de domingo en domingo aumentaba su llanto. 

Aguijábale el deseo de dar gradas á Marica por aquella 
aprobación y aplauso indirecto, pero esplicito, de su maestría, 
y decía para sí: 

— Aun no saben las gentes todo lo que me honran las 
lágrimas de admiración y ternura que arranco á señora 
Marica así que comienzo á cantar. Que conmovamos el 
corazón que nos ama no es maravilla, mas sí que conmo- 
vamos el corazón que nos aborrece, como el de sefioa 
Marica debe aborrecerme desde que desdeñé la mano de 



DisliíMoGOOglC 



EL rciseSor y el bubbo. 179 

LucigUela por de6iiierecer de mantPbo que como \o viPue 
de gente de iglisia Como señora Marta es dt sujo re 
servada v por esto } por honra propia habrá (.aliado j 
todo e] mundo qne desltfié ea ar eou su hija coimeneme 
decirlo a todo» v eso haré cuan lo uiáa oportuno sea 

Propúsose Alonso un domingo hacer sabedores á to lus 
1)S feligreses de que seíoia Manca no podi* resistir in 
llorar a moto tendido la mflueui.ia de n canto y se pro 
puso esto ptr dos razones que 'on á saber la primera por 
SI algún feligrés no habii reparado en el llanto de señora 
Manca y la segunda por regodear e publicamente con la 
narra ion de su tnunfo 

Fart motivar mas ^ más esto que meditaba, propuscse 
estrtmar aquel d a los primores de su canto de modo que 
llonsen no ja solo seuora Mama su mae tía sino hasta 
las mismas losas del templo 

\ asi lo hizo I Oh que gritos Oh que goijeos Oh 
que modulai.iones \ su cmpeuo no fu \anu porq le señora 
Mírica lloro entonces más que nunca des le que \loiso 
abrió ia boca hasta que It cer o 

La alamelica estaba más deliciosa que n mea poique el 
sol pícala recio j bajo aquelK enlamada no entiaba ni el 
más sutil de sus rajos 

'Ni uno solo de los feligreses que salían de misa seguía 
adelante que todos quedabín en la arboleda para gozar de 
alegre ilatica j de fresca ombra 

Asi hizo señora Marica que aun lloraba al salir de la 
Iglesia 

Alonso salló el ultimo y viéndola coniei ando con las 
comadres mejor quistas en el barno eucaminuse hacia ella 
) la muchedumbre que lo noto formóles corro ansiosa de 
gozai (.on lo que gozase Alonso ofendo los plácemes de su 
maestra 

— benDra Manca dijo ilonso impomtndo a la muche 



DisliíMoGOOglC 



180 EL BüíasSOB T BI. BCBBO. 

dumbre silencio tal, que hasta el aleteo de las moscas ee 
Día; tiempo ha que lloráis á mares apenas comienzo á can- 
tar, y no ponéis cabo al lloro hasta que yo le pongo al 

— Cierto es eso, hijo Alonso, contestó Marica tonuaúo 
á conmoverse. 

— Si aborreciéndome hacéis asi , ) qué no hicierais 
amándome! 

— |Yo aborrecerte, Alonsicoí ¿Por qué te he de abor- 
recer, hijo? 

— Porque LucigUela moria de amor por mi, y yo, des- 
pués de eoamorarla, bien que hoDcstamente, neguéme t casar 
con ella pensando que, riñiendo yo de gente de iglesia, des- 
doraba mi linaje casando con doncella que venia de genl« 
mercadera. 

Un murmullo de indignación, que Alonso tomó por de 
aprobación, acogió estas palabras del mozo, 

— lEs posible, señora Marica, continuó Alonso, es posible 
que TuestTo llanto en la iglesia todos los disantos que canlo 
JO sea porque. yo cauto y no por otra causal 

— Porque tú cantas es, Alonsico. 

— Pues dígoos, señora Marica, que si yo reventara abora 
mismo de vanidad, nadie pudiera maravillarse de ello, por- 
qne en materia de canto, tal autoridad tenéis, que por asno 
quedara aquel á quien dijeseis «como asno cantas», y por 
miseñor aquel á quien dijeseis «cautas como ruiseñor". 

— {Cierto, cierto es eso que dice Alonsico t clamó la 
muchedumbre vieiido que señora Marica trataba de declinar 
la autoridad que el mo:to la atribula. 

— ¿No me diréis, continuó Alonso, por qué mi canto 
tan hondamente os conmueve? 

— Si te diré, Alonsico, hijo, respondió señora Marica y 
para enjugar las lágrimas que tomaban á cegar sus ojos, 
hizo una larga pausa, cuyo término esperaba la mucbe- 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



EL RUiaeSOB T EL BL'BRO. 181 

dumbre impacieote y silenciosa. Desh&gome en llanto y se 
me dislacera el corazón apenas te oigo cantar, porque en- 
tonces traes 4 mi memoria el recaerdo de un asnico que se 
me murió y rebuznaba lo mismo que tú cantas. 

Oir esto la muchedumbre y prorurapir en risotadas y 
silbidos enderezados á Alonso, todo fué uno. 

Despojado de improTiao el mozo de la aureola que cei^ia 
sn frente, huyó de aquel que creyó ser teatro de su gloría 
y veia tomado en cadalso de su ignominia, y los mozuelos 
le siguieron una y otra calle de la Morería, gritándole: 

lAloDilao, Alonso, 



Alonso no tomó é, cantar ni en la iglesia del señor San 
Pedro, ui en la del señor San Andrés, ni en calle, ni en 
plaza, ni en ventana, ni en parte alguna donde gentes le 
oyesen. 

Aun de la Morería tuvo que mudar vivienda, y solo re- 
catándose, tomaba á la misa de alba, porque los rapaces, 
erre que erre en perseguirle, cada vez más sañudos, le tira- 
han tronchos de col y fruta laceriada, gritándole: 

lAlooiioo, Alonso, 
lebuinsdDD responso I 

Y buscando la soledad donde no le persiguiese nadie más 
que la conciencia, que basta y sobra para castigar pecados, 
hallóla en los espesos matorrales no distantes de la Puerta- 
cerrada. 

Gentes de suyo sobradamente reparonas diránme que en 
estos altozanos y vallejuelos de la banda izquierda del Man- 
zanares, donde solo se ven arenicas y mas areuicas áñdas 



182 EL bciseSob y el bcsro. 

y secas como el ingenio mió, no pndo haber nunca mator- 
rales espesos ni aun ralos. 

Gracia me hace, como soj Antón, este reparo, cuando 
los cronistas de la yilla, desde el licenciado Quintana hasta 
Caprnany j Mompalau, más licenciado aun, limoneros y todo 
ponen en las susodichas arenicas. 

Allí, digo, en aquellos espesos matorrales lahró Alonso 
el del enterrador una chocica y roturó una heredad, allí 
TÍviú luengos años, triste y malquisto de todos, y allí murió 
más conocido con el sobrenombre de Burro qae con el nombre 
de Alonso. 

Y cuando poco después de su muerte se labró hacia allí 
el barrio aún llamado Kueyo con ser lan Tiejo, y los mator- 
rales lomáronse calle, que partiendo en dos la heredad que 
fué de Alonso, bajaba hacia la Puerta- cerrad a, el vulgo necio 
llamó calle de! Burro á la que inició el desterrado de ia 
Morería, y íal nombre confirmó, al cabo, la señora Tilla, 
que i. las veces es algo arrímadica á la cola. 

En cnanto k Lucigüela y señora Marica, la primera casó 
cun el honrado y rico caballero que dejó su nombre & li 
calle de D. Pedro, y la segunda tomó i entonar dulces can- 
tares que parecían salir de entrañas de madre, asi que tuT» 
nietecicos á quien arrullar con ellos. 



DisliíMoGOOglC 



TEAGAIDAÍAS. 



DisuMíy Contóle 



I. 

Lesmes erii pastor, aunque su nombre no lo haria sos- 
pechar & nadie, pues todo el que haya leído algo de pastores 
en los aolores mis clásicos y autorizados, sabe que se lla- 
maban todos Nemorosos, Silvanos, Batilos, etc. 

Si el nombre de Lesmes nada tiene de pastoril, menos 
aun tiene la pereona; pues es sabido que todos los pastores 
como Dios manda, son guapos, limpios, discretos, músicos, 
cantores, poetas y enamorados, ; Lesmes podia apostársela» 
at más pintado á feo, puerco, tonto, torpejon para la música, 
el canto ; la poesía, y el amor estomacal era el único que 
le desvelaba. 

Lesmes tenia, sin embargo, algo de pastor, aparte, por 
supuesto, de lo de guardar ganado: era curandero. Nadie 
ignora que la flor y nata de los curanderos sale del gremio 
pastoril. 

La voz del pueblo, que dicen es voz de Dios, aseguraba 
que Lesmes triunfaba de todas las enfermedades; pero yo 
tengo una razón muy poderosa para creer que la toz del 
pueblo mentia como una bellaca, y, por consiguiente, no es 
tal voz de Dios ni tal calabaza. Lesmes padecía una terrible 
hambre canina, á la que debia el apodo de Tragaldabas con 
que era conocido, y toda su ciencia no habia logrado triun- 
far de aquella enfermedad, 

> atacó no sé qué enfermedad al rebabo de 



,C;<H)yie 



Lesmes, y en poco tiempo no le quedó uaa res. Esta des- 
gracia fué doble para el pobre Tragaldabas, porque al per- 
der el ganado perdió la numerosa clientela de enfermos, qnr 
le daba, si no para matar el hambre, al caÉnos para de1ji- 
litarla. El pueblo, que acudia t él en sus dolencias, dijo 
con miicbisima razón: «si Tragaldabas no entiende la enfer- 
medad de las bestias, es inútil que acudamos á él». Y dicho 
y hecho : ya ningún enfermo acudió á consaltar & Tragal- 
dabas desde que se suím) que este no acertaba con el mal 
de las bestias. 

Cansado Lesmes de luchar con el hambre sin conseguir 
echarle la zancadilla, determinó llamar en su auxilio á la 
Muerte, cosa qne hacen los tontos caando la tontería se les 
agrava con la desesperación. 

— ¡Señora Muerte! Señora Muerte! empezó á gritar, 
1 señora. Muerte! 

De repente descubrió & la Muerte que salia de una ta- 
berna inmediata y se estaba divirtiendo en andar al rededor 
de una de esas pozas de agua estancada que suele haber 
en las aldeas á ia puerta ó las inmediaciones da las casas. 

— ¿Qué se te ofrece, hombre, qne tantos gritos das? le 
preguntó la Muerte. 

— Que haga Vd. el favor de quitarme cuanto antes del 
medio á ver si acabo de padecer, 

— ¿Tenias más que haberte llegado k la casa de trato 
donde suelo estar? Pero vamos á ver lo que te pasa. 

— Lo que me pasa es que no me pasa nada por fl 
pasapán. 

— ¿Hola, eres aficionadillo al retruécano? jMal gusto 
tienesl ¡Conque rae llamas porque tienes hambre, eh? 

— Justo. ¿Y lo estraña Vd.? 

— 81 que lo estraño. 

— ¿Por qué? 



DisliíMoGOOglC 



TBÁGALDABÁS. 187 

— Porque en los Jiartos y no eu los hambrientos es donde 
por lo común ejerzo yo mi minÍEterio. 

— Si yo estuviera barto, no la llamaría á Yd. 

— Cierto, porque vendría yo sin que tú me llamaras. 

— En fin, no tengo gana de .conversación. Hágame Vd. 
«1 favor de sacarme de penas dándome un golletazo con eee 
chisme que lleva Vd. al bomliro. 

— ¿Qué chisme, la guadaña? 

— Sí, señora. 

— La guadaña es solo mí insignia heráldica y no mato 
«on ella á nadie. 

— ¿Pues con qué mata Vd.? 

— Con una porción do armas mucho más eficaces que 
esie embeleco: con los médicos malos y los curanderos malos 
y buenos, con los malos gobiernos y loa pueblos ingober- 
uables, con los hipócritas de Dios y de la libertad, con el 
ligo, con los libros escritos por los malos y los tontos, con 
la indiferencia religiosa, con la vida de café, que va susti- 
tuyendo á la vida de familia, con los dos 6 tres mil bri- 
bones que en cada nación pretenden monopolizar la cosa 
pública 

— Déjese Vd, de sátiras, y écheme pronto al otro barrio. 

— Deseo complacerte porque me has prestado muy buenos 
servicios mientras has sido curandero; pero si te he de decir 
la verdad, quisiera que permanecieses aún por acá á ver si 
vuelves á prestármelos. 

— Cualquiera diria, según lo' qoe repugna á usted el 
matarme, que no es Vd. partidaria de la pena de muerte. 

— Hombre, algo hay de eso. 

— Si lo entiendo que me ahorquen. 

— Pues es fácil de entender: el servicio que me prestan 
los muertos es insignificante , porque la tufaradilla con que 
inficionan la atmósfera desde que empiezan á corromperse 
hasta que concluyen, no vale nada comparada con el que 



DisliíMoGOOglC 



188 TSAOALDABAa. 

me prestan los vivos. Casi, casi ae pnede asegurar que si 
no moriese oadie moriría macha más gente. 

— Vamos, Vd. me quiere volver taramba con sus para- 
dojas. ¿Me quita Yd. del medio, sf 6 no? 

— No. 

— ¿Pero no ve Vd. que entonces me voy á morir de 
hambre? 

— Yo haré que no te mueras. 

— ¿Cómo? 

— Comiendo. 

~ ¿Y cómo voy i comer si no gano un cuarto? 

— Yo haré que ganes cuanto quieras. 

— ¿De qué modo? 

— Haciéndote médico. 

— Pero si no entiendo de medicina 

— Pues esos médicos son los que á mf me convienen. 

— ¿Y dónde est&n esos? 

— ¿Dónde? No me conviene que se sepa. 

— i Si digo que Vd. tiene gana de volverme tonto! 

— Ya lo eres. 

— Pues entonces ■ 

— Entonces me conviene que seas médico, y lo vas i. sei. 

— ¡Espliquese Vd. con dos mil de & caballo! 

— Me voy & espUcar. Asi que una persona cao malt, 
me planto yo & su lado. Si el mal no tiene remedio, me 
coloco á la cabecera de la cama, j si le tiene, me coloco i 
los pies. Ya supondrás que cuando Dios me ha dado atri- 
bucionea- para deshacer su predilecta hechura, que es' el 
hombre, también me habr& dado algunas otras menos im- 
portantes. 

— ¿Y qué atribuciones bou esas? 

— Una de ellas es la de permanecer invisible. 

— ¿A los ojos de todos? 

— Sf. 



DisliíMoGOOglC 



189 

— (Esa es grilla! [Mire Vd. si los médicos la Terén 
á Vd.! 

— ¿Terme á mí loa médicoB? Tú estás tocando el violón. 
Pero Tolvftinos á tu ipedicatura. 

— Dirá Vd. á mi curandería. 

— ¿Por 4uéT 

— Porque no teniendo título seré curandero j no médico. 

— Lo mismo da. Lo que no da lo mismo es la igno- 
rancia y la ciencia. Pues como iba diciendo, ;o soy invi- 
BÍble para todo el mundo y dejaré de serlo para tí. Entras 
á ver á. un enfermo, y si me ves & la cabecera de la cama 
dices que el enfermo no tiene remedio por haberte llamado 
tarde; el enfermo se muere j todos dicen: "¡Qué ojo tiene 
ese D. Lesmes! i En echándole ese á uno el fallo, ni toda 
la veterinaria le salval» Pero si me ves á los pies de la 
cama dices que tú respondes de la vida del enfermo, aun- 
que le has encontrado ja medio muerto; le das cualquiera 
cosa para hacer que hacemos , y como el enfermo se salva, 
dicen todos: níEste D. Lesmes resucita los mnertosl» y no 
tienes bastantes pies para visitar ni bastantes manos para 
gmbolsar dinero. Conque ¿qué te parece nú proposición? 

— Me parece á pedir de boca; pero me ocnrre uno 
duda. 

— Varaos á ver que duda es esa. 

— Yo no puedo creer que me proteja Vd. per mi buena 
cara, y quisiera saber qué mira se lleva Vd. en ello. 

— En primer lugar, la de satisfacer una deuda de gra- 
titud, porque ya he dicho que me serviste en grande cuando 
eras curandero, y en segundo, la de que vuelvas á servirme. 

— ¿Y cómo le he de servir k Vd.? 

— Te diré: los médicos de gran reputación son los que 
á mí me convienen, con tal que su reputación sea injusta, y 
de este número serás tú. 

— No lo entiendo. 



.Cooyle 



Ido TBAOJJ.DABAS. 

— Tú no entiendes nada, y asi me gustan i mí los mé- 
dicos. Cuando hayas adquirido gran reputación, te conBal- 
taráo mucliiáimas gentes, sanas y buenas, y las pondrás 
enfermas á fuerza de hacer con ellas barbaridades. 

— Está Vd. muy equivocada, que á todo aquel á cny» 
lado no la vea á Vd., le diré que no está enfermo. 

— Guárdate de decirle tal cosa. 

— ¿Por qué? 

— Porque, diciéndosela, perderás reputación y dinero. 

— ¡Zape! No echaré en saco roto el consejo. 

— Aunque es de la Muerte, es saludable. 

— Ea, voy é, ver si me sale por ahi alguna buena visita 
y sacú la tripa de mal año. Conque basta la vista, señora 
Muerte. 

— Hasta luego. Tragaldabas. 

Lesmes tomó el camino de un pueblo, cuyo campanario 
se vela á lo lejos, y la Muerte se fué á otro á intrigar para 
que el médico y el boticario, que eran amigos suyos, fueran 
nombrados individuos de la junta de sanidad. 



II. 

Al llegar Tragaldabas al pueblo, notó gran consternación 
en el vecindario, como que hombres, mujeres y niños llora- 
ban como becerros. 

Informóse de lo que ocurría, y supo que toda aquella 
consternación y llanto eran porque el alcalde del pueblo 
estaba desahuciado de los médicos. 

Y en verdad que el vecindario tenia motivos para idola- 
trar al alcalde y considerar como una gran calamidad el 
que Dios se le llevase, porque alcaldes como aquel entran 
pocos en libra. 

Para ser elegido no habi» tenido que emborrachar á los 



DisliíMoGOOglC 



IK A o ALDABAS. 101 

electores, no oigaiuz-iba cada día, eii umon de los dtmás 
LODcejales, una comiloua lou cargo al capitulo de gastos 
imprevistos, no se embolsaba las multas, desiiues de dar al 
alguacil los picos para que cerrase el su}0, sabia leer, no 
tenia los abastos del pueblo por medio de testaferro, j, por 
ultimo, no babia hecbo depositario de los fotidos municipales 
a ua amigo su>o que le entregase todaí> la-, noches la llave 
de la caja Dígaseme, en vista de estos informes, u tengo 
o no razoQ para decir que alcaldes eomo aquel entran pocos 

^ lYa me cayó que hsLer' dijo para si Tragaldabas 
bi Msito al akalde, y sale adelante en su enfermedad, me 
pougo las bolas' 

Y dirigiéndose á casa del enfermo, pidio permiso al 
ilguacii que hacia de portero, para pasar adelante 

Es de advertir que el alguacil eia la uunica persona del 
pueblo que no podía tiagar al alcalde j todo por la sen- 
tilla lazon de que este no le daba los picos de las multas 
Lomo BUS antecesores, porque sacaba pocas, > cuando las 
^acaba las destinaba integras al fondo coiiuiu 

— ¿Parí que quieic \d pasar'* ]irtgimto el alguacil á 
Lesmes. 

— Para ver al enfermo. 

— ¡Eso es, para que le mate Vd.! 
^ ¿Cómo que matarle? 

— El que mata á las bestias , de juro ha de matar al 
señor alcalde. 

— ¡Deslenguado! esclamó Lesmes, mdiffnado del maligno 
sentido equivoco con que hablaba el alguacil, y penetró en 
la alcoba del eufermo , i lo que el alguacil no opuso gran 
resistencia por la razón que más adelante veremos. 

A la cabecera de la cama estaba un médico de los más 
afamados en la comarca, y Lesmes temió por un momento 
que fuese la Muerte, porque habia oido decir que esfa se 



193 TRAGALDABAS. 

dUrr&zaba de médico machas veces; pero muy pronto se 
conyirtió au temor en alegría al dirigir la vista i los pies 
de la cama y ver alli i la Muerte. 

— ¿Qué trae Vd. por aqui? le pregiintó la alcaldesa, 
que, eutre paréntesis, tenia muy buenos bigotes. 

— Vengo & dar la salud al aefior alcalde, contestó 
Lesmes. 

— El señor alcalde, replicó irritado el médico, solo debe 
ya esperar la salud de Dios y de la ciencia. 

— Pues con la ayuda de Dios y de la ciencia se la voy 
yo á dar, 

— ¿Ciencia Vd.? dijo el médico con la risa del conejo. 

— Ciencia yo, sí señor. 

Aunque la ocasión no era para risas, todos, inclusa U 
alcaldesa, estuvieron á punto do reir á todo trapo al Tcr k 
estupidez de aquel zamarro, que creia poder dar la salud á 
un moribundo, desahuciado de los mejores médicos. 

El alguacil se había acercado á la alcoba, atraído por 
aquel altercado, y como tenia ganas de que cuanto antes se 
llevase la trampa al alcalde, j creia muy & propósito i 
Tragaldabas para despacharle pronto, única razón por qne 
no había opuesto gran resistencia h la entrada del curan- 
dero, tomó la palabra en favor de este, diciendo por lo 
bajo á la alcadesa, que repito tenia muy buenos bigotes: 

— Señora, eche Vd. noramala é. los médicos, que son 
los que están matando al señor alcalde, resentidos de que 
apenas hay enfermos en el pueblo desde que él hizo des- 
aparecer todos los focos de infección que envenenaban al 

La alcaldesa era crédula, como lo son casi t«das las 
mujeres, cosa que nos tiene mucha cuenta á nosotros los 
tunos de los hombres, y creyó de buenas & primeras al 
alguacil. 

— Yo opino, dijo al médico, que si Lesmes insiste en 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



TKA-Q-ALDlBAa. a 193 

que él BB ckpaz de sacar adelante & ai toando, debemos 
poner en bus manos al enfermo. 

— Señora, eaclamó el médioo asombrado de la credulidad 
de la alcaldesa, ¿ esti Yd. chispa ó se ba vuelto loca? 

— Ni lo uno ni lo otro. Vd. j sos compañeíoa han 
dado por muerto é. mi mando; este hombre dice que él se 
compromete á resucitarle, j yo quiero probar si le resucita, 
qae de todoi modos, de muerta no ba de pasar mi marido. 

Oir esto el médico, j tomar la puerta como si le hubieran 
puesto un cohete en aalra la parte, todo fué uno. 

A la puerta de la casa habla muchas gentes esperando 
con terrible ansiedad noticias del estado del enfermo, y al 
ver al médico, todos corrieron ¿ preguntarle. 

— Cuéntenle Vds. por muerto, que ya le esUi dando el 
cachete el bruto de Tragaldabas, contestó el médico con- 
tinuando la fuga, 

El llanto del vecindario fué entonces tal que partía las 
piedras, y en medio del general lloriqueo se oyeron vocea 
de: «iMuera Tragaldabas!» 

Asi que .salió el médico, Lesmes dirigió la TÍsta hacia 
la Mnene como para preguntarle si lo hacia bien y fió que 
la Unerte se habia ak^ado un buen trecho del enfermo asi 
qae el médico salió y le hacia sefiales de aprobación «on 
la cabeza. 

Lesmes, cada vez m¿s alentado y contento, tocé la bar- 
riga del enfermo, cogió unas telarañas del techo, se las puso 
sobre los p&rpados al alcalde, y este, que hada tiempo 
habia perdido el conocimiento poco después dio se&alM de 
recobrarle. 

— |Ya tenemos hombiel esclamó Tragaldabas abrazando, 
en el trasporte de su alegría, k la alcadeaa, que repito 
tenia muy buenos bigotes. 

En aquel instante el alcalde acabó de roher en si, 
diciendo : 
Tbdiu, Huneloata. 13 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



194 

— (O tengo telarañas, 6 he visto abrazar & mi mdjerl 
T como se llevase la mano á loa ojos 7 notase que, en 
efecto, tenia telarañas en los ojos ó bds inmediacioaes, se 
Tohii al otro lado y se qnedó tranqnilainente donaido. 

Poco despnes roncaba como nn marrano, y él pneblo, 
conociendo en sns ronqnidoa qne estaba ya fiíera de peligro, 
lloraba de alegría y se apresuraba k tomar parte en wí 
snscricion qne se había abierto para recompensar digns- 
mente al qne habia salvado al popnlar alcalde (qne no es 
lo mismo qne alcalde popular], snscñcion coa qne Lesmes 
'se pnso las botas, botas qne antorizaron á Lesmes á ante- 
poner á sn nombre el don, y don qne dio á Lesmes la 
apariencia de persona decente, qne es lo único á que as- 
pira el don. 



in. 

La cnra del alcalde consabido habia dado á don Lesni«9 
nna repntacion bárbara, y esta reputación ccecia como la 
espuma con las admirables pmebaa de acierto qne cada dia 
daba el ez-pastor. 8¡ D. Lesmes decía: «este enfermo ee 
muere», el enfermo se moría, aunqne sn enfermedad conui- 
tiese en la picadura de una pulga; j si, por el contrarío, 
decia: «este enfermo se salvan, el enfermo se salvaba, ans- 
qne su enfermedad consistiese en la picadura de nua cnlebit 
de cascabel. Hl ojo de D. Lesmes era ya más célebre qae 
el del boticario de la pedrada. 

Cuéntase (y por sabido lo callara yo si no viniera tan i 
cuento) que cierto sujeto llamó á un medico y le dijo que 
estaba enfermo sin saber euU fuese su enfermedad, pues no 
le dolía nada. 

Lo mAs raro de este picaro mal, añadió, es que tengo 
buen bnmor, buen enefio y buen apetito. 



DisuMíy Contóle 



TBAOALD&BAfl. 19S 

— Pues no le dé & Vd. cuidado, le dijo el médico, que 
;a le quitaremos á Vd. t«do eso. 

Y en efecto, á fuerza de cama j medicinas y dieta ; 
sobaduras, le quitó todo aquello, es decir, el buen Iiumor, 
el baeu sueño y el buen apetito. 

D. Lesmes era llamado con frecuencia por personas á 
cuyo lado no veía á la Muerte, lo qae probaba que se le 
llamaba p&ra curar un mal imaginario. A pesar del encürf^o 
qae le habia hecbo la Muerte de que se acordara de des- 
engañar á tales enfermos, al principio los desengañaba, por- 
que proceder de otro modo le repugnaba mucho; pero pronto 
tuvo que abandonar tal sistema. Los pretendidos enfermos 
i quienes no ponía en cara porque no la necesitaban, le 
echaban enhoramala diciendo que era un bruto <ine no en- 
teodia su enfermedad, é iban á dar sn dinero & otro médico, 
á quien ponian en las nubes porque los jaropeaba de lo 
lindo. 

En vista de esto, D. Lesmds se decidió tk seguir el con- 
sejo de la Muerte, quitándoles, como el médico del cuento, 
el buen humor, el buen sueño y el buen apetito á fuerza de 
cama, medianas, dieta y sobaduras. 

Repito que la fama de D. Lesmes crecía como la espuma. 
A los médicos se les llevaba con razón el diantre al ver 
que un intruso en sn facultad no les dejaba ganar un cuarto, 
y rabiaban por acudir al subdelegado de medicina para que 
pusiese las peras á cuarto á D. Lesmes; pero era la gaita 
que en aquel país no había tal subdelegado ni tal niño 
muerto, porque allí era enteramente libre el ejercicio de. la 
medicina. Señor, ¿que nn enfermo era tim animal, que 
llamaba i, un albéítar en lugar de llamar á un m^co y 
reventaba con la medicina qne le daba el albéitar? En el 
pecado llevaba la penitencia. ¡Pues no faltaba más que no 
se permitiera en nn país civilizado y libre curar los enfer- 
mos sin licencia del gobierno, cosa que se permite en la 
13* 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



196 

MÜgma Afric^ tan atnuadota j birbara qne muchoB españolea 
emigran á ellal 

Pero é, pesar de sn gran reputación y m numerou clien- 
tela, Tragaldabas no ganaba lo bastante para Batisfacer el 
hambre canina qae siempre le habia deTorado 7 que era 
cada vez major, hasta el ptinto de parecer insaciable. 

— Es tontería, decía para sf D. Lesmes, para comer j 
leber como yo deseo, se necesita nna renta de diez mil 
duros al dño, y no gano la mitad, auuqne hago la in&mit 
de no desragafiar i los enfermos imaginarios. Está visto 
qne como no tenga la suerte de que algún rey, principe A 
sefioron así me nombre su médico de ciii&ara, nunca me 
Tere harto. 

Sucedió por aqnel tiempo que el rey cayó graTísimt- 
mente enfermo; y por m&s que los médicos de cámara k 
despepitaban por aliviarle, no lo conseguían. 

La fama de D. Lesmes había llegado ya á la corte ; poi- 
que las famas inmerecidas tienen cuatro alas, y las mere- 
cidas una y un alón. No faltó quién aconsejase & S. H. 
que le hiciese llamar, cosa que puso hechos unos basiUscos 
& los médicos de cámara, que decían con muchísima lógica: 
«Cierto que nosotros no podemos salvar al rey; pero si pi>[ 
casualidad ese hombre sabe más que nosotros y le saín, 
tqné será de nosotros l> 

Cuando D. Lesmes recibió la noticia de qne el rey le 
llamaba, temió morirse de alegría; pero no viendo por alU 
á la Muerte, se tranquilizó y emprendió el camino de U 
corte diciendo : 

— A la corte voy, y milagro será que allí no consigt 

matar el gusanillo, porque dejémonos de cuentos, pan 

matar el hambre no hay como el presupuesto de la nacioH' 



DisliíMoGoOglC 



TBAQALDABAS. 



IV. 

Ya nadie daba un ochavo por la rida del rej cuando 
Tragaldabas Uegó & la corte. £1 rey era muj amado de 
su pueblo; pero la gente elegante (anoqDe no toda, por su- 
pnesto) se puso de mal humor cuando corrió la voz de que 
acababa de llegar un médico que probablemente Balvaria á 
S. M., 7 era porque ja había consentido en lucir bob ricos 
trajes en el eaüerro de 8. M. y en las fieetoa de la coro- 
nación de aa sucesor. 

iQnél ¿Dicen Vds. qae esto es inreroslmil, que tenga 
muy pobre idea del corazón humano? Pues yo les contaré 
á yds. un cnento que no lo es. Ustedes habrán túdo hablar 
mncbo y bien de la señora de López, muy couocida en la 
buena sociedad de Madrid por su elegancia y caiítatÍTOS 
sentimientoe , de que hablan con frecuenda los periódicos. 
Fues una mañana que Madrid se despoblaba para ir á ver 
apretar el gañote á un reo [operación que debe ser en es- 
tremo ingeniosa y divertida cuando el pueblo que debe ser 
el más culto de España gusta de presenciarla), supe al llegar 
á la pue^ de aquella elegante y caritativa se&ora, que el 
reo habia sido indultado por la reina doña Isabel II, y como 
precisamente en aquel instante viese í, la señora de Lopes 
bajar por la escalera, deslumbradora de belleza y elegancia, 
me apresuiré á decirla; «Señora, no se moleste Vd. en salir, 
que la reina ha perdonado al reo". Y la señora de Iiopez 
haciendo un gesto que parecia quererse tragar á la reina, 
se volvió atr&B esclamoudo: — i Qué fastidio! 

Cuando D. Lesmés penetraba en la cámara regia, las 
piernas le temblaban como campanillas temiendo ver á la 
Muerte k la cabecera de la cama del augusto enfermo , en 
cuyo caso, como hay Dios, habia hecho buen viejel 

Sus temores no eran infundados, porque apenas entró, lo 



DisliíMoGOOglC 



198 •CRxan.DÁSAB. 

primero que se echó i la cara fué á U Uuerte, que estaba 
agazapada á la cabecera de la cama para lanzarse sobre el 
rey como el gato que se agazapa junto al agujero para lan- 
zarBB Bobre el ratón. 

£1 alma se le cayó á los pies k D. Lesmea al verlai 
pero repuesto un poco de bu de^nayo, tuvo de repente uní 
idea Inmiaosa de esas que inspira el hambre, su eterna 
compañera. 

~ ¿Cúmo se encuentra V. M.? preguntó al rey, 

— Mal, rematadamente mal, contestó el enfermo hecho 
un Teneno. Ya te puedes dar prisa á aliviarme un poco, 
porque si no va á haber aquí una catástrofe de cinco mil 
demonios. 

— Tenga V. M. un poquito de cadiaia, que todo se an- 
dará si la bwra no se para. Por de costado, que vengan 
aqnf cuatro mozos de cordel. 

— ¿Qué barbaridad vas á hacer conmigo, hombre? ce- 
clamó el rey sobresaltado. 

— No hay barbaridad que valga. Que vengan cuatro 
mozos he dicho. 

Cuatro mozos de cordel aparecieron inmediatamente en 
la cámara. 

— Cttjan Vds. esa cama, les dijo D. Leamos, y coló- 
quenla al revés, ó, lo qae es lo mismo, la cabecera donde 
están los piéa, y los pies donde estA la cabecera. 

Los mozos lo hicieron así, y la Muerte se encontró sb 
saber cómo ni cuándo á los pies de la cama en Ingar de 
eetar 6 la cabecera. 

D. Lesmes miró con aire de triunfo i la Muerte, y cono- 
ciendo en los gestos de esta que le decía: «|Amigo, me bu 
hecho una pillada que yo no esperaba de til» D. Leones 
se llevó la mano i la barriga como contestándole : «Señora, 
Vd. perdone, que el hambre aguza el entendimiento y en- 
durece el corazón.» 



DisliíMoGOOglC 



Xa Muerte iba á mandar un recado ¿ eú jefe f> ver bí 
le permitía inutilizai la jugarreta de don Lesmes , volvién- 
dose á colocar á la cabecera de la cama del enfermo; pero 
desistió de ello asaltada por una idea luminosa que í m 
vez tuTo cuando Tragaldabas se tocó la barriga. También 
el hambre inspiró aquella idea & la Muerte, que siempre 
tiene bambee de carne. 

— ¿Sabes, dijo el augusto enfermo, que me siento mucho 
mejor desde que me han puesto al revés la cama? Es ver^ 
dad que los reyes estamos tan acostumbrados & que nos lo 
pongan todo al reyes 

— Pues qué, ¿creia V. M. que yo no sé dónde 1« 
aprieta el aapato á, los reyes? Donde á los reyes les 
aprieta el ssapato es en el pié de los calafates que andan 
á 3U lado. 

— Y lo más raro es que nosotros y el pueblo cojeunos 
7 ellos andtu tan campantes. 

— Déjese V. M. de conversación y que le traigan un 
ensopadillo de loujas de jamón y medio cuariillete de buen 
Valdepeíias. 

— ¿Y crees tú que no me hará daAo? 

— ¿DAño el jamón y el riño? Hombre, no diga V. M 
barbaridades. Para que V. M. se convenza de que estay 
segifTo de que no hace daño, voy á comer y beber de lo 

— Sí, pero 

— Ko hay pero que valga. Para probar que mis medi- 
cinas no son nocivas, me atraco yo de ellas frutes que el en> 
fermo, como voy k hacer ahora mismo, y estamos al fin de 
la calle. 

— Peto como tü no estás enfermo 

— Cierto que no lo estoy; peto en cambio vuestra ma- 
jestad solo va i tomar unas raspas de jamón y un sorbo de 
lino y yo me voy 4 poner de uno y otro como una pelota. 



DisliíMoGOOglC 



— £u fiA, Yei^ el eeop»d)llo 7 el t go sin necendad 
de qne tú lo pnebes antes.' 

— ¿Cómo que no lo he de probar? Lo qne yo prometo 
lo cumplo. iPaes no faltaba más, bombrel Ctm pemiso 
de V. M. TOy al comedor, y hasta qoe yo no me pei^ d« 
jamón y vino qne lo alcance con el dedo , no consentiré qne 
á V. M. le traigan su radon. Fara qne aproTeclien Im 
medianas se han de tomar con fé y para qne V. M. la tenga 
en la que yo le he recetado, lo mejor es que Toa lo pro- 
TeChosa que á mí me ha sido. 

Tragaldabas bajó al comedor, y tal se pnso el cuerpo de 
jamón y vino, que todos pensaron iba i dar on estallido. 
En seguida subió su ración al rey, que se la echó al coieto 
con tanta más fá, cuanto qne veta al médico mis alegre que 
nnas pascuas y más colorado que un tomate. 

D. Le«mes se toMó á acordar en aqnel instante de U 
Muerte, de quien se habia olvidado mientras comia, olvido 
en que incurren todos loa glotones, y por m&s que miró j 
remiró no la vio en la real cámara, lo cual era pmeba evi- 
dente de que el rey se habia salvado. 

Pocos diaa despnes, el rey estaba completamente rcsla- 
blecido de su grave enfermedad y señalaba á T>. Lesmei 
una pensión. vital! cía de dies mil dnietes al aSo en recom- 
pensa del servicio de padre y mny señor mió qno le había 
prestado. 



Con motivo de la asombrosa facilidad con que D. Lesoiet 
habia salvado de la mnerte al rey, qne ya la tenia al ojo, 
á D. Lesmes le llovían las visitas, porque ¡como no había 
de aprovechar á los vasallos lo que habia aprovechado al 

reyl La fuente del Berro es casi la peor que hay en 



Di8l.fMÍ>G00t^iC 



TBAeALSABAB. 201 

Hadvid 7 sos cercuifas; corao qne bqb agnu, aonqoe abon- 
duitee, clanB j frescas, bou tan duras qae para digerirlu 
Be necesita tenei una de estas doB coeas: ó estómago de 
perro ó costumbre de bebei de ellas i otruB semejanteB. Y, 
sin embargo, el público las tiene por las mejores de Madrid 
j Bns cercanías por la única razón de qne las bebían los 
reyes (y volverán & beberías). Cuando Carlos m vino & 
Madrid, como estaba acostumbrado k las aguas de Ñipóles, 
qne Bon gordas, le sentaron mal las de Madrid, qne son 
delgadas. Buscáronse agnas qne se pareciesen todo lo 
posible i, las de Ñapóles, 7 como el rej probase las del 
Berro ; le sentaflen bien, contínoó bebiéndolas, y desde en- 
tunees aquella fuente vino surtiendo á Palacio, p<Mrqne 
acostumbrada la familia real á sus aguas, le sentaban al 
parecer bien. El público, que veia todos los dias conducir 
k Palacio, en relucientes cántaros, el agua de la fuente del 
Berro , cuya injusta reputación prueba que en la corte la 
frescnra y no el verdadero mérito es lo que priva, cree que 
la fuente áel Berro es un prodigio, y el público que veia 
conducir todos los dias & Palacio en rehicientea carrozas á 
D. LesmeB, creia qne D. Lesmes era también un prodigio 
de ciencia médica, A pesar de esto, las visitas no le daban 
i Tragaldabas para matar el hambre, qae cada ves era más 
devoradora. 

~ Está visto, decia para si B. Lemnes, que no me veré 
harto hasta el día que cobre la primera mesada de nñ 
pensión. Lo qne es ese dia, ¡jaro á brios Baco qne me be 
de poner bueno el cuerpo! 

Lo que tenia inquieto á D. Lesmes era la Muerte, por- 
que no era tan lerdo que no sospechase que aquella señora 
le preparaba alguna emboscada en venganza de la partida 
serrana que le habia jugado en Palacio. 

Algonas personas que la vieron en lae fondas, tabernas, 
casas de juego, etc., etc., que eran los sitios que mas fre- 



DisliíMoGOOglC 



302 TB^aALSABAS. 

cueutaba, notaron que Be ponía hecha ud veneno cuando le 
hftbUbui de D. LeemeB, y luego se sonreia sinieatramente como 
diciendo: «Dejen Vds. per mi cuenta é. ese Tragaldabas, que 
no tardará en pag&mielas todas juntas.* 

Por fin llegó el gran día para D. Lesmes: el día de pee- 
cor la primera mesada de su pensión. 

Aquel día se dio tal atracón, que reventó de lleno inte» 
de levantarse de la mesa, y al cerrar por última vez el ojo, 
yíó ¿ su lado i, la Muerte, que le dijo con un tono cap&z 
de matar á un caballo: 

— ¡Pensabas, pedazo de animal, que á los médicos lea 
es licito jugar con la Muerte! Pues te equivocabas de me- . 
dio á medio, que á los médicos solo les ea licito jugar con 
la Vida. 

La moral de esta narración, en .que la Muerte no des- 
perdicia ocasión de morder & loB médicos, es que los médi- 
cos como Dios manda hacen muy mal tercio & la Muerte, j 
por consiguiente son utiUsimos k la humanidad. Conque, 
señores médicas, & ver si Vds., k fuer de agradecidos, ae 
esmeran en la asistencia del autor de esta narración, que ea 
el pueblo. Por lo que ¿ mi hace, declaro que si Üios me 
hubiera dado siquiera una pizca de la grada y la malíd» 
que se necesitan para cultivar la s&tira, la emplearía para 
satirizar ¿ los curanderas titulados, que son aún mis nume- 
rosos qne los titulados curanderos. 



DisliíMoGOOglC 



EL PRIMER PECADO. 



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¿Quién no recnerda b&ber oído i. wx nutdre Ut historu 
de un gran cñminAl que empezó au triate OLireni robuido 
un alfiler j -Ia terminó muriendo ajusticiado en un pfttfbnlo? 
Historia maj parecida í la de este desdicbado ea la del 
pneblecito de 8an Bernabé, BObre cuyas solitarias minas, 
cubiertas de zarzas y yezgos y coroaadas con una crus , como la 
sepultura de loe muertos, me la contaron una melancólica 
tarde á la sombra septentrional de la cordillera pirenUco- 
cantábrica. 



n. 

En una de aquellas colinas, pertenecientes al noble valle 
de Mena, hoy perteneciente á la provincia de Burgos, aun- 
que la naturaleza y la historia le hicieron hermoso y hon- 
rado pedacito de Yizcaya; en una de aquellas colinas que se 
alzan entre Arceniega y el Cadagua, dominadas por la gran 
peña 6, cuyo tado meridional corre ya caudalosísimo el £bn>, 
existia desde el siglo TIU un santuario dedicado al apóstol 
fian Bernabé. 

Este santuario era uno de los muchos que hay desde 
el Ebro al Océano, separados por un espacio de diez leguas. 



DisliíMoGOOglC 



debidos k la piedad de aquella muchedumbre de monjes y 
seglares que se refiígiaron en aquellas comarcas cuando los 
mahometanos .invadieroD las llanuras de Castilla ; se 
detuvieron en la orilla meridional del gran rio sin atreverse 
& pasar & la opuesta, en cuyas fortalezas naturales los es- 
peraban amenazadores y altivos los valerosos cántabros, re- 
forzados con los fugitivos de Castilla. 

Mientras la guerra fué el estado normal de la Penüisola 
ibérica, las comarcas de aquende el Ebro (escribo orilla del 
Océano cantábrico) se vieron casi despobladas, porque sns 
moradores, ya movidos por su carácter belicoso, que no 
podo domar por completo la soberbia Roma, como lo prueba 
aún la existencia de la lengua ibérica, que' aqni no cedi6 
el puesto á la romana, como en el resto de la Península, 6 
ya obedeciendo á sus particulares instituciones, en vez de 
manejar la esteva y la azada, mancaban la ballesta y la tanza 

Cuando con la completa espulsion de los mahometanos 
de la Peuinsula hispánica, casi señoreada por ellos por más 
de siete siglos, y más tarde, con la institución de los qér- 
citos permanentes y la regularizaron de las relaciones in- 
ternacionales, la guerra dejó grandes periodos de descanso 
j respiro á España, estas comarcas vieron aumentar nota- 
blemente su poblarion, antes tan mermada, que aun & fines 
del siglo XTI se hizo constar en un documento oñcial ; 
solemne que, en Vizcaya, cuyo número de habitantes apenas 
pasaba de sesenta mil, existían diez mil viudas, cuyos mari- 
dos hablan muerto en defensa de la patria. La patria, por 
cuya gloria hablan dado la vida diez mil vizcaínos, era Cas- 
tilla, era España, cuyas glorias y tribulaciones siempre tuvo 
Vizcaya por tribulaciones y glorias propias, ásl mientras no 
la ligaban á ella más vínculos que los de la hermandad j 
la fé, como desde 1379 en que se incorporó á la. corona de 
Castilla, por haber ascendido al trono castellano sus señores 
condicionalmente hereditarios. 



.Cooyie 



•j FKIWBR PECADO. 



ni. 

Cuando en tiempoB retativainente maj próximos á los 
naestios, la población de aqnende el Ebro crecia, crecia de 
modo que no quedaba Tallecito al pié de las montañas, ni 
rellano en laa faldas y aun en las cimas de estas que no 
fuese utilúado para la población y el cultivo , Uegú al san- 
tuario de San Bernabé, entonces solitario j aislado en la 
cumbre de ona colina, un peregrino, cuyo cuerpo estaba 
Heno de cicatrices, adquiridas luchando valerosamente por 
la gloria de au patria, España, en los campos de Flándes ó 
en los marea ansónicos. Era un soldado c&ntabro que había 
prometido al Apóstol visitar su santuario si tornaba á ver 
las amadas montañas de la patria. 

Decidido á trocar la azarosa é inquieta vida del soldado 
por la segura y pacífica del labrador, que habia sido la de 
SQ primera juventud y se aviene mejor con la edad provecta, 
pidió con ardiente fé al santo apóstol que iluminase en in- 
teligencia al escoger el rincón del mundo donde, con más 
honra de Dios y de la sociedad civil, habia de pasar el 
resto de su vida; y como, al salir del templo, echase de ver 
qtie á la sombra de este se eatendian, primero en suave 
declive, y luego en apacible llano, terrenos incultos, soleados 
7 cubiertos de ttna espeaa capa de mantillo vegetal, que 
prometian pingües cosechas de cereales, legumbres, frutas y 
vino, entendió que aquel era el sitio que el apóstol le des- 
ignaba para la erección de au hogar. 

Apoyado en las leyes que aseguraban la propiedad de 
loa terrenos incultos y no enajenados, b, sus rotnradoreg, 
quebrantó algunas aranzadaa de terreno, y tales resultados 
obtuvo de este trabaja, que en seguida labró una casería 
en la cabecera de las nuevas roturas y casó con una hoil- 



,C;<H)yie 



rada doncella de aquella comarca que dio calor á sa cora- 
Kún ; su hogar. 

Pocos años después, San Bernabé en tm puebledto de 
Teinte fogueras cuya prosperidad envidiaban todos los de 1& 



IV. 

En TCTdad, en verdad os digo que los vecinoa de San 
Beniabé eran dignos de ser envidiados. Aldea tan sana ; 
alegre j rica ; feliz como aquella no existía desde el Ebto 
al Océano cantábrico, donde ;a existías tú, |oh, mi dulce 
aldea nativa I que si nunca has sido lica, siempre has sido 
sana j alegre j relativamente feliz, menos cuando la gaens 
que Dios ; los hombree maldigan ha eetendido, como ahors 
sucede, sns negras alas sobre ti. 

San Bernabé tenia drujaoo prt^io, porque no se dijera 
que cuando Dios colmaba de prosperidades al pueblo , este 
trataba de escatimar dgunos miles de reales; pero lo cierto 
era que el dnqano se aburria por ao saber en qué pasa: 
el tíempo, pues allí solo se conocía una enfermedad, si bien 
tan grave que no tenia cura: esta enfermedad era la v^ei, 
que en San Bernabé no solía notarse hasta loa setenta 
«fios. 

Únicamente abundaban en el pueblo los partos, porque 
las sambemabeaas eran las picaras mu; fecundas; pero aun 
asi se abnrria el pobre bcultativo, porque como las mnjeres 
eran mu; sanas jr robustas, al día siguióte de parir estaban 
como si nada hnbiera sucedido. En golpes de mano airada 
no tenia que pensar, ; esto tenia una explicación mu; Mgica 
; sencilla: dice el refrán que donde no ha; harina todo es 
mohína, ó, lo que es lo mismo, todo es trancsEOs; ; como 
en San Bernabé no halña casa donde la harina no sobrase, 



,C;<H)yie 



todos tívud como beimanos y jamás en 1& aldea había un 
quilfe allá esas pajas. 

LoB campos, que por ténajno medio suelen dar de peñas 
uriba el diez por uno de cereales, dabau en San Bernabé 
el diez y seis A Teint«. 

Luego, c(»ao en torno de la colina en que ge alzaba U 
aldea, coronada por su iglesiU románico -biuntjna, con re- 
miendos ojirales, se estendían dilatados encinares, con cuya 
bellota se cebabwi centenares de cerdos, j deheeas no menos 
dilatadas, donde milluee de ganados reventaban de gordos 
todo el afto, el veduo más pobre tenia cuanto jamón, cecina, 
eame fresca ; Leche nece^taba para et gasto de la casa, y 
cada a&o sacaba un dineral del sobrante. 

El vino qus se cosediaba w San Bernabé era flojito, 
pero el picaro se dejaba beber que era una delicia, y ale- 
graba sin emborrachar, que es lo que deben hacer los vinos 
como Dios manda. 

Gu cuanto á la abundancia y cridad de las frutas de 
San Bernabé, bastará decir en su elogio que desde que co- 
loreaba la primera cereza hasta que lloraba el tilcimo higo, 
todos los picaros de ambas orillas del Ebro trialadabau so 
residencia á San Bernabé, donde á todas horas armaban una 
m^ea que arruinaba y desacreditaba á loa tamborileros. 
Solamente la miel que exportaban loi sambemabeses impoo'- 
taba muchos miles al año, porque era tan abundante como 
rica, merced á la abundancia de flores y plantas aromáticas 
qae embalsamaban en todo tiempo aquel paraíso. 



V. 

Pues si la abundancia reinaba en todas las casas de San 

Bernabé, [no digamos nada de la que reinaba en la depoai- 
tatfa del municipio I 
lansu, Hamolonel. 11 



DisliíMoGOOglC 



210 KI. PBHUS PBCASO. 

Los gastos de este enin relatiTsmente eaormes, porqae 
einijuto, escuelas de ambos sexos, alguacil, pastor, gnards 
de campo, sereno, todos estaban espléndidamente dotados. 
Y en obras públicas, tales como el empedrado de la Auím 
calle de la aldea, la compostura j conBervacion de paseos 
y caminos y limpieza del riachuelo para que bus aguas 
no se estancasen y produjesen tercianas, se gastaba un 
sentido. 

Aun asi, la depositarla municipal rebosaba siempre dinero, 
y eso sin necesidad de repartos recinales, sisas ni arbitrios 
de ninguna clase: en uu solo dia del año, con un módico 
lucro eo la venta del vino y otros artículos forineos, qne se 
reservaba para ese dia el ayuntamiento, sacaba este recursos 
más que sobrados para todas sos obligaciones. Este dia era 
el del santo titular, que celebraba el once de junio, en la 
estación de las flores y las cerezas. 

Ya desde tiempo inmemorial era muy concurrida la ro- 
mería de Son Bernabé; pero el ayuntamiento del pueblo 
babia encontrado medio de llevar á ella la cuarta parte de 
los habitantes de las provincias de ambas orillas del Ebro, 
y este medio consistía en la preparación de magnificas fim- 
tíones de iglesia, toros (iya pareció aquello!), comedias, 
foegos artificiales, partidas de pelota, bailes, rifas á fkior 
de loa forasteros, músicas y fuentes públicas de vino y 
leche, cuyo programa se fijaba con la. debida antelacios en 
el pórtico de todas las iglesias de los pueblos comarcanos. 

El dinero que dejaban en San Bernabé los forasteros 
qne acudían i estas fiestas, bastaba para enriquecer á los 
vecinos en particular y al ayantamiento en general, 



DisliíMoGOOglC 



SI. PBIMBB PICADO. 



VI. 

Fara qae todo fuese dicha en Sao Bernabé, aquella aldea 
hasta tenia la de que Iob pedriBCoB que desolaban todos los 
Ter&noB los campofi de los lugares cercanos, no tocasen los 
suyos. T esto se debía á la sabia prariaion de los aamber- 
nabeses. 

Los curas de Biergol, pneblecillo |de aquella comarca, 
tenían desde tiempo inmemorial fama de singular TÍrtud para 
conjurar los nublados y la oruga, como consta en el archivo 
municipal de Balmaseda, cuyo ilustre y progresista hijo (ó 
poco menos, pues nació en Carranza y se crió en Balaameda), 
et difunto D. MarUn de los Heros, muy dado k este género 
de inveatigaciones históricas, averiguó que la noble rilla 
debió infinitas veces á aquella virtud la salvación de sus 
amados viñedos. 

Los sambemabeses, que no tenían pelo de. tontos, se 
empeñaron en que se hablan de hacer cou un señor cura 
natural de Biergol, costase lo que costase, que en cosas tan 
santas y útiles no se debia escatimar dinero, y se salieron 
con la saya, aunque no había en et mundo moa que un señor 
cura natural de Biergot. 

Esta adquisición les dio soberbios resultados. Asomaba 
la tempestad, rugiendo como un león y negra como el pe- 
cado, por las cimas de Ordunte ó el Cabrío, ó Ángulo, ó 
Gorbeo, ó Colisa, 6 Fagazarri, y el Sr. P. José, que así se 
llamaba el cura biergolano, se encaraba cou ella hisopo en 
mono desde el campo de la iglesia mientras el sacristán 
tocaba i íeníe-nufie, como , diciéndole : tanda, diiquita, atré- 
vete k venir acá, que ya nos veremos las. caras! La tem- 
pestad bramaba de coraje ante aquel desafio, y avanzaba, 
avanzaba echando rayos y centellas y piedras y demonios 
colorados sobre los campos de los lugares cercanos á San 



DisliíMoGOOglC 



219 XL PBivEa TECAOO. 

Bernabé; pero intes de llegar á U jurisdicción de eata 
aldea, ae paraba palpitante de ira, lanzaba el troeno gordo 
para desahogarse un poco, daba media vuelta á I», izquierda 
6 á la derecha de San Bernabé y continuaba su camino 
mientras los samberoabeses segnian al señor cura á la i^esia 
para entonar el Te-Dema por ta victoria obtenida sobre 
el móQStmo que amenazaba sos fértiles y benditos csjupos. 
Solo un pesar lastimaba á los felices sambemabeses, j 
era la envidia que les tenían los habitantes de loe pueblos 
comarcanos, y singularmente los de Biergol, que, según sos 
sospechas, andaban siempre sonsacando al señor cura, su 
paisano, para que se volviese á su pueblo, que no tenia la 
dicha de poseer un se&or cura natural del mismo. 



vn. 

Describamos de cuatro plomadas la población de San 
Bernabé para qoe asi se c<Hnprenda mejor lo que en 
ella pasé. 

De la iglesia parroquial se podia decir lo que se decia 
de una casita de recreo que hicieron unos amigos míos caja 
estatura venia á ser la de un perro sentado: — |Uan hecho 
Vds. una casa muj liudal les decíamos un dia contemplando 
el nuevo ediñcio. — Chiquitíta, contestó modestamente uno 
de los dueños, — Pero para Yds. bastante, les repliaunos. 
La iglesia de San Bernabé era chiqnitita, pero para el pueblo, 
bastante. Como he dicho, coronaba la colina doBÚuando las 
montañas de las Encartaciones de Vizcaya y gran parle de 
los valles de Hena, Tndela j Ayala. 

Un gran campo sombreado de seculares encinas, ceresos 
y nogales, á cuyo pié habia asientos de piedra y una gran 
mesa de la misma materia para los ayuntamientos abiertos, 
remates y otros actos de la comunidad, rodeaba la iglesia 



Di8l.fMÍ>G00t^ie 



EL PKHfBB PECADO. SIS 

proIoDg4&dose en Bemlcfrcolo por et declive orient&I de la 
colina como para buscar la calle de la aldea que estaba 
bácia aqael lado ; empezaba donde el campo concluía. 

A un estremo de esta prolongación estaba la casa consis- 
torial, cuyo piso bajo ocupaban las escuelas 7 la habitación 
del maestro y la maestra, que eran mando y miyer; el 
principal, la sala ; otras dependencias mnnicipales, y el 
superior, las habitaciones del alguacil y otros dependientes 
del concejo. 

Al eatremo opuesto estaba otra casa de dos pisos que 
ocupaban el señor cnra, et sacristán y el cingano. 

Por último, las veinte casas restantes, entre las cuales 
se distíngala por sn escudo de armas, su gran balcón y su 
venerable aspecto de antigüedad la de los descendientes del 
poblador de San Bernabé, fonnaban una ancha calle de diez 
en cada hilera, con medianería de hermosos hnertedlloa, en 
el declive oriental de la colina, empezando, como be dicho, 
donde concluía et campo y terminando donde empezaban las 
heredades que circulan toda la colina y descendiendo al 
llano, se dilataban por él, fonnwido corta, pero fértilísima 
Tega. 

Para acabar con descripciones que siempre son pesadas, 
y más hechas por plnmas tan á la buena de Dios como la 
mia, dos rengloncitos que den á conocer al señor cura, aun- 
que bastante se dará él ,á conocer durante esta verídica 
narración en que lo único tengo que inventar es el modo de 
decir las cosas nn poquito mejor que las dice la graite de 
quien las averiguo. £1 señor cura de Sui Bernabé era lo 
que en el lenguaje familiar llamamos un bendito ; tenia en 
el corazón el máximum de la fé y la bondad que se necesi- 
tan para ascender al cielo y en la cabeza el mínimum de 
la inteligencia que se necesita para ascender al sacerdocio. 



DisliíMoGOOglC 



BI. PBDIHK PBCtDO. 



vm. 

Era una tarde del mea de julio, j los vecinos de San 
Bernabé andaban muy ocupados con la siega del trigo y 
con la resalla (ó rescarda) del maíz. £1 sol se escondía ya 
tras las cordilIeTas de Ordunte, rojo como la iamarra que 
TOltean bajo el enorme mazo los ola-guteanes del Cadagoa. 

El sefior cura, que compartía de caiditas de las tardes 
de verano enlre un hermoso loro que tenia siempre en el 
balcón y nn desportillado breviario que tenia siempre en el 
bolsillo, bizo una caricia al loro, y saliendo al campo, se 
sent6 a] pié de nna encina á leer su breviario. 

Una mujer pasó, riñiendo de bácia las beredades, y entre 
ella y el sefior cura se entabló el diUogo siguiente: 

— Buenas tardes, sefior D. José. 

— Buenas te las dé Dios, Juana. ¿Vas ya de retí- 
rada, eb? 

— SI, señor, voy & preparar la cena, porque aquellos 
pobres ya tendrán gana. 

— I La siega es trab^o muy picaro! 

— Calle Vd., señor, si lú cabo del dia tronza el espinazo 
y los brazos, y más aquí que pesa tanto la espiga. 

— Este año parece que est& bueno el trigo. 

— Como todos los años. ¡Ho parece sino que Dios der- 
rama todas BUS bendiciones sobre San Bernabé 1 

-— ¡Es l&stima qoe no conceda igual beneficio á Iob 
pobres pueblos inmediat^Bl 

— Ande Vd., señor, que bien merecido lo tienen por 
enridiosos. 

— Mujer, no digas eso. 

— ¿Y por qué no lo he de decir? ¡Ay, señor don José, 
ya se conoce que Vd. no es del pueblo I 



DisliíMoGOOglC 



SL FBIMEB PECADO. 215 

— ¿Tunbien tú sales con esas chocheces? Para el sa- 
cerdote todos los pueblos son nno, porque todos los hombres, 
yivan donde rivan, son hijos de Dios, j, por consiguiente, 
hermanos. 

— SI, pero i cada uno le tira su pueblo más que los 
otros, como le sucede á Vd. 

La mujer continuú sn camino, y poco después, de la 
cbimeDea de su casa se alzaba una azul humareda. Sncesi- 
Tamente fueron pasando otras, teniendo parecida conversación 
con el señor cura, y sncesñamente fué alzándose el humo 
de todas las cliimeneas. 



a. 

El sacristán atravesó el campo dirigiéndose 4 la iglesia 
y tocó é, la oración. Ya entonces conversaban con el señor 
cura algunos vecinos que iban llegando de las heredades j 
se iban sentando bajo las enoinas para descansar, charlar 
nn poco j echar nna pipada, mientras en su casa se pre* 
paraba la cena. 

El señor cuia, al oii el toque de la campana, se levanté, 
se descubrió la cabeza y todos le imitaron. Rezadas las 
Ave-Marías, que dirigió el señor cura, todos volvieron & sen- 
tarse, á fumar y & charlar. 

Foco & poco ñieron llegando otros vednos, hasta reunirse 
alli casi todos los de la aldea. 

H&cia el camino del monte, que snbia dando rodeos por 
la falda occidental de la colina, sonaron cencerrillos de 
ganado, y un momento después aparecieron en el campo 
todas las cabras y ovejas del pueblo, que en verano dormían 
al aire libre en dos grandes rediles, colocados, el de las 
ovejas, delante de la casa del señor cura, y el de las cabras, 
delante de la casa del concejo. 



DisliíMoGOOglC 



¡tlfi XL FUMEB PICADO. 

Las cabras eran todas blancas, como genetalnieiiU lo 
Bon aún las de aquella comarca, mfnos una que era negra 
como la mora. Esta cabra llamó la atención de los aten- 
beniabeses. 

— iCallal dqo ano de ellos, esa cabra es forastera. 

— De juro, asintieron otros. 

— 1 Hombre, qué gorda y hermosa esl 

— ¿De dónde es esa cabra negra, pastor? 

— Ella, contestó el pastor, forastera es, pero no sé de 
donde, porque en el monte se han reunido h«j con tas 
nuestras laa de Biei^ol j otros lugares qne las tienen blan- 
cas, negras y pintas. 

Al dia siguiente, á la misma hora, la misma cabra apa- 
reció en el mismo sitio entre las de San Bernabé, j suscitó 
la misma ó parecida converaacioD. 

Al otro dia sucedió lo propio. 

— Por lo visto, dijo ano de las vecinos, la cabra negra 
60 ha empeñado en ser sunberaabesa. 

— lY qué alhaja esl ¡Hombre, si rerienta de gordal 

— Saben Yds. que para una merienda entre todos los 
vecinos del pueblo, & la caidita de la tarde, en la mesa del 
concho, era k pedir de boca? 

— lEscelente ideal 

Los sambemabeses tenían en aquel instante flojo el 
estómago, y ya se sabe que eeta flojedad inspira las ideas 
m&a atrevidas y pecaminosas. ¡Cuímtas gloriosas revolu- 
ciones poljticas han sido inspiradas por la flojedad de 
estómago! 



— I No digan Vds. disparates! replicó el seftor cura dis- 
gustado de que iim en broma tratasen gentes cilslianu y 
honradas de apropiarse lo ajeno. 



DisUMÍy Contóle 



BL PKIMBK FECAIM. 217 

— Vd. h» de perdonar, señor cnra, le contestó uno de 
los TeriDoa; pero no me parece niagnn disparate el que 
noB comamOB en amor ; compalUa una cabra qne no tiene 
dueño. 

— ¿Y quién tes dice á Vds. que no le tíene? 

— Cjiando nadie la reclama, claro esti que no ie tiene. 

— En ese cuo también se dirá que no tiene dueño el 
bolsillo lleno de dinero que uno se encuentra en un camino, 
y, sin embargo, no puede uno disponer de ese dinero aun- 
que su dueño no lo reclame. 

— ¿Que no? ;Ave-María Purlsimal [Nunca oi otro 
tanto! I Diga Vd. que ;o me encontrara mañana un par de 
docenitas de onzas, j veria usted si disponía ó no de ellas! 
Lo que se pierde es del qne lo encuentra. 

— Lo que se pierde es del que lo ha perdido. La Sa- 
grada Escritura dice: «Si encontrares buej A oveja de tu 
prójimo, derolvérselo debes.» 

— Pero venga Vd. aci, señor cura, y dígame una cosa. 
Si mañana ú otro dia se va una cabra de las nuestras . . . 
pongo por caso, con las de Blergol, y los de Bjergol ven 
que pasan dias y más dias sin reclamarla su dueño, ¿cree 
Vd. que no se la comerán? 

— Harán niuy mal si se la comen. 

— Pero se la comerán. 

— iClaro está! esclamaron todos los vecinos. 

— Pues yo digo que está turbio, replica cada tce mes 
incomodado el señor cura, levantándose de su asiento. 

— Nada, nada, mañana si Dios quiere, que es domingo, 
& la ciüdita de la tarde, hacemos en la mesa del conctijo 
ana merendona con la cabra negra. 

— No harán Vds. semejante picardía. 

— Pero por qué no, señor cura? 

— Porque seria faltar & los Mudamientos de la ley de 
Dios. 



DisuMíy Contóle 



218 ZL PBIKHB PECADO. 

— iCál repuso con iqnliciosa sonriBa uno de los Tecinog, 
no (¡i por los MaadunieiitOB por lo que el señor coia se 
opone & que nos conumos la cabía; es porque sospecha que 
la cabra es de Biergol. 

— Justo, por eso es, asintieron todos los dem&s. 

— Ya me tienen Vds. harto con tan ruines sospechas. 
Pero I no sean Tds. tercos, hombres de Dios! Si quieren 
tener mañana una merienda, ténganla como Dios manda, 
pagándola á escote, gue gracias 4 Dioa en San Bernabé no 
hay quien no pueda permitirse ese despilfarro. 

— ¡A escotel Eso no tiene gracia. La gracia está en 
que merendemos sin costamos un cuarto. 

— ¿A costa del vecino, no es verdad? 

— ¿Del vedno, eh? lAhl, ahí es donde le duele al 
señor cura! 

£1 señor cura no pudo aguantar más. Viendo que no 
hallaba medio de convencer á aquellos tercos, tomó el ca- 
mino de su casa después de dejarles esta especie de triste 
profecía: 

— Harin Vds. la picardía que se les ha puesto en la 
cabeza-, pero no la harán impunemente. San Bernabé ba 
sido hasta aqnf un pueblo feliz j próspero, porque basta 
aqnf babia sido nn pueblo justo y honrado; pero tengan 
Vds. entendido que los individuos, las familias y los pueblos 
empiezan á ser desgraciados allí donde empiezan á ser in< 
justos. £1 primer pecado, por pequeño que sea, es como 
la bola de nieve, que por pequeña que sea va creciendo, 
creciendo y aplasta una ciudad. 

Los sambemabeses se pusieron un poco pensativos al oir 
estas palabras pronunciadas de tal modo que parecía animar 
al señor cura el espíritu profético que vatidnó la mina 
de la ciudad deicida; pero como uno de ellos esclamase 
al fin: 



DisliíMoGoOglC 



■L PBUBS PBCADO. 219 

— iQné demoniosl dejémonos de escrúpuloB de monja ; 
merendemos mañana la cabra negra. 

-~ Sí, sf, asintieron casi todos, mañana caerá al rededor 
de la mesa del concejo, coa ayuda de un pellejo de vino 
que pagaremos á escote. 

Y, en efecto, al día siguiente la cabra se merendó entre 
todos los vecinos en el encinar de la iglesia, con gran alga- 
zara 7 salvas de cobetes j escopetazos 7 burlescos brindis 
á los lugares inmediatos, j particularmente k Biergol- 

Entre tanto, el señor cura pedia á Dios en la iglesia que 
no tomase en cuenta la obstinación con que aquellas gentes, 
hasta allf tan justas j honradas, quebrantaban uno de sos 
Mandamientos cometiendo el primer pecado. 



XI. 

Una tarde de Agosto, justamente un mes después qne 
los sambemabeses se merendaron ia cabra negra, estaba 
agonizando un anciano de San Bernabé, ; el señor cura le 
prodigaba los consuelos de la religión. 

AUi, sobre las cumbres de Ordunte, se ponía oscuro, 
oscuro el cielo, brillaba el relámpago y ragia la tempestad. 

Era la una de la tarde, y los labradores dormían la 
siesta en sus casas, esperando que en la torre de la iglesia 
sonasen las dos para volver á sus heredades. 

La tempestad se iba acercando, como que se cemia ya 
sobre los campos de Nava, Jijano y el Berron; pero nadie 
curaba de ello en San Bernabé acostumbrado como estaba 
el vecindario á que el señor cura diese buena cuenta de 
ella con sus conjuros. 

Sin embargo , un grito de horror ; asombro resonó en 
todas las casas al sentir sus moradores el estallido de nn 
rajo que partió la mesa del citncejo y derribó la encina 



DisliíMoGOOglC 



3S0 EL FRJNER PECADO. 

qne Ift cobijaba y li aentir el mido de una nube de piedras 
como nueces que rompía las tejas ; loB cnsUles de las 
casaB y destrozaba el ramaje de los frutales de los huertos. 

En el momento en que la terrible tempestad se alejaba 
de San Bernabé, el se&or cura salió de la casa del mori- 
bundo, entró en la iglesia j tocó i muerto, i El anciano í 
quien auxiliaba acabó de espirar I 

LoB vecinoB salían de las casas, y dirigiendo la vista & 
la Tega desde las cercanías de la iglesia, prorumpian en 
lágrimas y gritos de desolación: era porque el terrible pe- 
drisco habia asolado completamente loa campos do San Ber- 
nabí. [Todo: maizales, viñedos, parrales, frutales, colme- 
nares; todo, todo habia sido destruido! Hasta el ganado 
menudo que pastaba en el campo habia sido muerto por el 
pedrisco. 

Muy pronto los lloros 7 lamentaciones se trocaron en 
gritos de indignación y amargas reconTenciones dirigidas al 
■eñor cura porque no babia conjurado la tempestad. 

En vano el seüor cura hizo presente al vecindario que no 
merecía tales reconvenciones, porque un deber sacradísimo 
snpeñoT & todo interés hamano le habia detenido al lado del 
moribundo, que le pedia no le abandonase en el momento 
supremo; no faltó quien malévolamente observase que ai el 
■eflor cura no habia conjurado la tempestad, habia sido por 
temor de que retrocediese y diese la vuelta por Biergol, 
cuyos campos se habian librado de ella k costa de los de 
San Bernabé j gradas á aquella picardía del señor cura. 

Es\a insensata idea encontrá acogida en el vecindario é 
indignó de tal modo al señor cura, qne este ciejó rebtgar 
BU dignidad descendiendo á rechazar sem^ante absnrdo. 



DisliíMoGOOglC 



XL PBIMBR TRCAIKI. 



xn. 

Pocos días después de la tempestad, otra tempestad cayó 
sobre San Bernabé, k pesar de que el señor cura bizo gran- 
des esfaerzos para conjurarla. La cabra merendada por los 
sambernabeses pertenecía al lugar de Biergol, cuja comu- 
nidad poseía un rebaño de cabras conocido con el nombre 
de rebaño del concejo. 

Sabedores los biergoleses de que los de San Bernabé te 
habían merendado la cabra con acompañamiento de brindis 
provocativos, entablaron demanda contra ellos, á pesar de 
que el cura de San Bernabé,. sn paisano, Mzo cuanto podo 
para disuadirlos de semejante paso y aun se comprometü k 
pagar de su bolsillo la cabra merendada. 

Los sambernabeses creyeron absurdamente que aquella 
era cuestión de amor propio y no de dinero, y juraron qoa 
los biergoleses no habían de ver un cuarto por la cabn, 
porque todo, todo era envidia que Biergol tenia desde mu; 
antiguo á San Bernabé. 

El pleito signiú corriendo instancias y más instancias ; 
haciéndose intermín^le, con gran contento de la curia, que 
sacaba las entrañas del bolsillo ¿ los sambernabeses. 

No era este el único filón de la mina de San Bernabé 
que esplotaba la curia: apenas babia allí casa que no tu- 
viera algún individuo preso en la cárcel del valle de Mena 
por quimeras tenidas con los de los pueblos comarcanos- 
La causa de est^ qnimeras era también la maldita cabra 
negra con tanta alegría merendada por los sambernabeses. 

Ho iba uno de estos por ninguna parte del valle de 
Mena, de Losa de Tobalina, de Álava, de Vizcaya,', de la 
Montaña y aún del lado meridional del Ebro, sin que tusiera 
que escoger entre armarse de la paciencia de Job 6 nraarsc 
de una estaca y empezar á estacazos contra todo bicho 



¡vCioot^ic 



22S XL FBOIXB PBCASO. 

TÍTÍente, porque eran cajMces de cargar á Cristo padr» las 
bromas que k cnenta de la condenada cabra n^ra se dabftn 
en todas partes & los iwbrea sarabemabeses. 

— ¿Db dónde sois? les preguntaban. 

— De San Bernabé. 

— iBeeee! berreaban entonces los preguntadores, y ya 
estaba armada la paliza. 

Por cerca de la colina de San Bernabé atravesaba tina 
calzada que iba & la villa de Arceniega ; continuaba por el 
Talle de Ayala é. Orduña. No pasaba por ella hombre ni 
mujer que al dar frente á Sao Bamabé no se desgañitase 
i balar de la manera más provocativa, sin que sirviesen de 
escarmiento las palizas que con frecuencia arrimaban los 
«ambemabeses á los baladores. 

Estas bromas iban ya siendo ana pesadilla insoportable 
para los vecinos de San Bernabé, tauto que no se pedia 
prononciar delante de ellos el nombre de su pueblo ó el del 
santo que al pueblo daba nombre sin que se les figurase 
que intencional y malignamente se habia prolongado la ter- 
minación de aquel nombre. 

El mismo señor cura habia tenido muchas veces el dis- 
gusto de oir en la iglesia murmullos de desaprobación cuando 
pronunciaba el nombre del santo titular, y aquellos mur- 
mullos procedían de que los suspicacss sambemabeses habian 
ereido notar que el señor cura duplicaba la 6 final del 
nombre del. santo. ... 

. .M¿s, aunque parezca iucreible y exagerado: basta las 
orejas y las cabras eran ya insoportables & los obcecados 
sambemabeses, que no podian tolerar sus inocentes balidos, 
7 con frecuencia sucedía una cosa que daba mis y más 
pábulo á las burlas y chacota de los habitantes de aqnell» 
comarca. . > 

Oian loa sambemabeses un coro de balidos en los som- 
bríos endnares que rodeábanla vega; corrian í los encinares 



..Ciooyie 



SI. fBDCBB PICADO. 



armados de eacopetaa ; bramando de indignacioD, y sa en- 
contraban con que los balidos que tanto bablaD iiritado sa 

bilis eran los de las cabras j las ovejas de la aldea. 



xni. 

Una nueva calamidad Tino muy pronto 4 anmentar y 
agravar las que ya afligían á San Bernabé, antes tan feliz 
y tranqoilo: como el arca común babia quedado sin un 
cuarto con el interminable pleito con los de Biergol, y no 
babia que pensar en repartos al vecindario, porque este 
estaba ahogadísimo con la pérdida total de las cosechas del 
año anterior, causada pot el pedrisco y con los procedi- 
mientos judiciales que se seguían particularmente contra los 
vecinos, se había descuidado ila limpia del riachuelo que 
corría por la vega, y estascadas las aguas, tanto en el cauce 
del rio, como 'en las zaujas de Us heredades, á donde se 
coma en tiempo de avenidas, las aguas se habían corrom- 
pido, y la aldea de San Bernabé, antes tan sana, estaba in- 
festada de calenturas malignas que diezmaban al vecindario 
y tenian convertidas en espectros i. aquellas gentes, en otro 
tiempo tan robustas que causaban el asombro y la envidia 
de los viajeros. 

Pero DO paraban en esto las desgracias que afligían i, 
San Semabé; la discordia reinaba entre sus moradores, tan 
fraternalmente unidos hasta el día en que se merendaron 
la cabra negra. 

Estas discordias tienen una esplicacion mny sencilla, 
aunque fuese poco racional la causa de ellas; esta cansa 
era, en primer lugar, la falla de harina, que lo convertía 
todo en mohina, y en segundo, el empeño que todos tenian 
en atribuir al vecino la idea de la merienda, que con razón 



DisliíMoGOOglC 



294 BI. PUVBK FBCApo. 

.se creift aer origen providencial de todas las caUffiídadee J 
desgracias que pesaban sobre la aldea. 

— ¡Maldita sea tal merienda y maldito el hyo de cabra 
i quien te ocurrió la idea de que merend&ramos la de Bier- 
golt esclamaba cualquier vecino, lamentando las desgracias 
que la merienda habia traído. 

Y .. . que 8i fuiste tú, que si no ful yo, que si Fulano 
d^o esto, que si Mei^ano dijo lo otro, todos querian cu- 
brirse con la túnica de la inocencia y endosar al vecino la 
hoja de higuera, y de aquí nacían enemistades, j chinchor- 
rerfas y linternazos que tenían infernado el pueblo. 

Luego, como todos los eamberuabeses habían concebido 
tan irracional prevención contra el señor cura, por más que 
este hiciera berúicos esfuerzos de paciencia y persuasión 
para vencerla, hasta los consuelos de la religión faltaban en 
gran parte & aquellos desgraciados, que tenían la debilidad 
de creer que el seíior cura mezclaba con las santas funcio- 
nes de BU ministerio las rencillas y miserias de que ellos 
teniau lleno el corazón. 

Un consuelo, una e^eranza quedaba, síu embargo, á los 
sambemabeses. Por fin, decían, la fiesta de Sao Bernabé 
se acerca, y estonces saldremos de ahogos con los miles de 
duros que ese dia dejan en el pueblo los forasteros. A ver 
sí eoQ esos recursos sos .desahogamos un poca los vecinos 
y el ayuntamiento puede limpiar ese condenado de rio, que 
nos est& asesinando, y enderezar 'ese maldito pleito con los 
de Biergol, que está arruinando á San BenuJ)é. 



El gran dia, el día de San Bernabé se acercaba. Con 
quince de antelación se reunieron t«dos los vacmos de la 
aldea, según costumbre, para acordar los f estaos con que 



DisliíMoGOOglC 



BL nmsS PBOAso. 326 

se habla de obsequiar & tos forasteros. En esta junta ó 
concejo había aquel año una novedad, 7 era ta de no aatErtir 
& eQa el seQor cura, como había aBistido todos loi años. 
Uno de los vecinos tomó la palabra ; dijo-.- ' 

— Señores, no me gusta hablar mal de nadie, y mucho, 
menos del que no esti presente, ; inénos aún del que gístft. 
corona; pero no puedo menos de proponer un vete de cen- 
sura al señor cura por su falta de asistencia A una reunión. 
tan importante como esta, falta que este aSo es más cen- 
surable que nunca, porque hasta indica poca caridad, halUn- 
dose el pueblo en la desgraciada situación en que se halla. 

— Abundo en esas mismas ideas, respondió el mayor- 
domo del santo, que lo era el descendiente del primer po- 
blador de San Bernabé. Es verdad que al señor cura no 
se le ha avisado este año por causas que todo el mundo 
sabe . . . 

— Que diga el señor mayordomo qué causas son esas, 
porque aquí hay que hablar muy claro, peso á quien pese 
y ciúga quien caiga, esclamó otro vecino dando grandes 
muestras de irritación. 

— Pues bien, respondió el mayordomo, las diré, aunque 
nadie me ha de dar dos cuartos por la noticia. Aquí hay 
que tratar, aunque sea incide ntalmente, de los forasteros, y 
quÍEÍt, y sin qoizáL, hablando mal de ellos, y hubiera sido 
poco delicado y generoso el haber citado para esta reunión 
al se&or cara, que tanta afieiw les tiene. 

— A propósito del señor cura, añadió el vecino que 
liabia dicho qae era menester hablar muy claro, tengo que 
poner en conocimiento del concejo una Cosa que me tiene 
indignado: el señor cura, no contento con Insultarnos hasta 
en la ^leaia misma, añadiendo letras al nombre del santo 
apóstol, ha enseñado á su loro á burlarse de nosotros, pues 
el avechucho ae pennite balar desde el balcón. 

QritoB de rabia y miradae amenazadoras, dirigidas fa&cia 

Thciba, NuimIodh. 15 

Di8l.fMÍ>G00t^ie 



/ 



236 BL ntUfBB PKOADO. 

casa del sefior cura, con acompañamiento de pnüos cerr&doí, 
aoogieron eBta declaración. 

— Señoree , d^o con timidez el sacristán, no llevemos 
tan lejos la desconfianüa. El señor cnra no tiene la culpa 
de qne sn loro bale. Como en verano duermen las ovejas 
al fresco en el rodil que se pone delante de la casa, del 
señor cara j no paran de balar hasta por la mañana, en 
que después de ordeñarlas se las junta con las crías, el loro 
lia aprendido por sf solo & ijnitar sos balidos. 

Esta aclaración encontró algunos incrédulos ; pero medio 
creida por la mayoría del veciudario, se dejó en paz al 
seBor cnra y se pasó í tratar de las funciones que aquel 
afio se habían de disponer para el dia de San Bernabé, j 
después de mucho hablar, mucho discurrir y mucho divagar, 
se convino en que las ñiaciones se redujeran ü la de iglesia 
con sennon qoe por buenas 6 por malas echaría el señor 
cura, y. al disparo, por la tarde, desde el balcón del señor 
mayordomo, de dnco ó seis docenas de cohetea, y por la 
noche, de lua rueda de fuego, porque en la depositaría 
monicipal no había dinero ni el pueblo tenia de donde 
sacarlo. 

— Pero, señores, observó uno de los vecinos, si no hay 
más diversiones que esas, ¿qué van & decir los forasteros, 
acostumbrados como est&n & que tos divirtamos tanto el 
dia del Apóstol? Añadamos siquiera nn par de bnenos 
novillos. 

— Sí, b1; yo estoy por wi par de novillos de los mis 
bravos, asintió el vecino que quería se dijese todo, pesara 
h quien pesara y cayera quien cayera; pero ha de ser con 
una condición, y es la de que no se suelten hasta después 
de haber metido en el coso & todos tos biergoleaes que hayan 
venido & la fiesta. 

El concejo no esUba para risas, pero aou asf rió al oir 



Di8l.fMÍ>G00t^iC 



EL ranas FBcADO. 337 

esta propoBÍcion , y no faltó pedaio de animal qua la tomó 

Convínose en añadir al programa el par de noTÍlloa, y 
el concejo se díBolfió en seguida. 



XV. 

Llegó U Tfspera de San Bernabé con tiempo inmejorable 
aunque algo ventoso. El campo de la igleeia se llenó de 
puestos y figones, cada casa se convirtió en una fonda y 
toda la 'noche se pasó matando y desollando roses. 

La taberna del concejo estaba provista de más de cien 
pellejos de vino riojano, ; en todas las casas se puso ramo 
de laurel fresco anunciando el sabrosillo zumo de la uva 
sambernabesa. 

En cnanto á la función de iglesia, el señor cura había 
prometido bacer todo lo que estuviese de su parte para que 
fuese lo mis lucida posible, ; habia arreglado 7 estudiado 
un panegírico del s&nto que creía había de producir muy 
buen efecto, particolarmente la inrocacíon ó apostrofe final 
dirigido al santo titular pidiéndote que viera el estado en 
que se hallaba el pueblo que se honraba con su santo 
nombre é intercediera con el Señor para que mejorara su 
triste situación. 

Pobres eran las diversiones dispuestas para el día si- 
guiente; pero aun asi los cMcoa j aun los grandes se rego- 
cijaban pensando en los novillos, 7 sobre todo en los cohetes 
7 la rueda de fnego que desde la calle veían puestos en el 
balcón del nia7ordomc>, donde este los había colocado pom- 
posamente para que el público pudiera contemplarlos. 

Amaneció por Gn el tan deseado dia y los sambemabeBes 
dirigieron la vista hftda A7ala, hiela las EncartacioiieB, 
hfccia la Peña, hicia Bortedo, bicia todas partea esperando 
15» 



2^8 U. rBims pbcuio. 

ver asomar aciuetta infinita auchedoabn ie romeroe que ea 

t&l dia y & tal hora se dirigía otros años hacia Sui Ber- 
nabé; pero con grao ftorpr^iía y dt^or solé deacubrieron al- 
guna que otra persona, y entre ellae media docena de es- 
copeteros que el alcalde mayor de valle de Mena enviaba 
para mantenei el orden, que temía se tnrbaae con moÜTo 
de las bromas j cueatiouea que mediaban entre loa samber- 
nabcBes y los vecinoB de los lugares inmediatoa. 

£sta falta de forasteroa tenia niia esplicaeioii al alcance 
del mdnoB perapicaz: sabi&Ba ea todas part«s que las calen- 
turas 7 la discordia reinabsoí en San Bernabé, y ae sabia 
también que Iqs sambemabeseB habian acordado reduór poco 
meaos que 6 oada las fimcioDes. 

Habia ademis otro motivo para que estuviese desanima- 
dísima la £eít4 de Sao Bernabé. Los de fiiergol, deseosos 
de cumplir aus promesas de mandar decir y oír misas en el 
altar del Apóstol sin necesidad de ir para ello al pueblo 
que tal ojerizA les tenia, habiají erigido usa ermita al mis- 
mo santo en un llano de au jurisdicción, donde todavía 
existe ; es nm; venerada. M¿a aún haíiiaD hecho los bier- 
goleses, y es probable que en ello se mexclase lo proíaoo 
coa lo piadoso: h^ian anunciado poi edictos fijados c^ todos 
los puebba de aquellas comaicas la erección de su ermita 
k San Benuhbé, añadiendo que se abriria al culto solemne- 
mente el dia del santo, y en celebridad de tan fausto suceso 
babria grandes festejos, entre eUoa cánida de toros y fiíente 
de vino. 

Nad# de esto sobiaii los obcecados y piesostoosos sam- 
benubeees, y si s»bian algo creian que se iban & llevar 
chasco los biergolesea, pues ¡ijué forastero habia de hacer 
caso de un San Bernabé hecho como quien dice el dia an- 
terior del prima KOfpete de encii^ qné los blugoleses 
habían sneonirado á manol 

ÍM hora de la ftHUian de iglesia se acerca];)», y apenas 



DisliíMoGOOglC 



llegaban & doBcientos los forasteroB, can la puücataridad 
de no hallarse entre ellos ninguno de Biergol. Tan ineape- 
rada falta de concairencia 4 la romería tenia deseaperados 
á los sambemabeseB, d^eBp^acton que ae aumentaba con 
las noticias que se iban recibiendo de que por todEts partes 
ae dirigía geole b&cia BiergoL 

Entonces empezó í correr el aordo lumor d« qae en 
todo aquello andaba la mano oculta del aeíior cora, ; basta 
se llev6 la sospicacia y la malignidad al ponto de sospechar 
si el aeñor cura habría cambiado la imagen del Apóstol dán- 
dosela & los de Biergol ; austituyéndola con la que hablan 
hecho de una encina cualquiera loa biei^oleses. 

Ei disgusto era tanto major cuanto que no ceaabaD en 
la callada que atravesaba los encinares los proTocaUvos 
pálidos de las gentes que iban h^cía Biergol, 7 nn incideat« 
que ocurnó poco antea de empezar la misa vino á envenenar 
más j máa los iüimoB: algnnos de los pocos forasteros que 
halñan venido de lejos, habían almorzado fuerte apenas 
Uegaron, 7, cimio respondiendo i loa balidoa que oían en la 
calzada del encinar, se pusieron á balar desesperadamente 
en el campo de la iglesia, por lo qne entre ellos 7 los del 
pueblo as armó ujia paluquina de mil demonioa qoe con 
dificultad consignieKm contener los escopeteros. 



XVI. 

Por fin, empeló la función de iglesia, llenándose esta de 
gente. Como la igleña era peqneíia, todos los aiios se deda 
la misa majoi en un altar con la venerada imagen del ¿póa- 
tol, que se colocaba en el pórtico para que deade el campo 
pudiera la muchedumbre asistir al santo sacnficio; pero 
enl^nceB no cre;ó e| señor cnra que babia necssidad de c^^ 



DisliíMoGOOglC 



230 RL PBtHBS PKCADO. 

lebrar faers, por mis qne la gente estaviese dentro nn poco 
apretsda. 

La procesión al rededor de la iglesia fué eolemne y tran- 
qoila, si bien el Tiento del Sar, qne soplaba desde la noche 
anterior bastante recio, apagó todas las bacfaas y faltó poco 
para que derribase im&gen j estandarte. Hubiera [sido lás- 
tima tener que celebrar í& misa en el pórtico , porque con 
aquel airejon no bubiera podido lucir la iliuniDadon del 
altar, que dentro estaba como una acusa de oro con la in- 
£nldad de laces que en él ardían. 

Empezó la misa, y después del Evangelio, el señor cnra 
Bobid al pulpito y comenzó el panegírico del santo. 

Apenas babía dado principio á su oración, se manifesta- 
ron, coa escándalo de todas las personas sensatas y piadosas, 
las brutales preTCnciones que los sambemabeses abrigaban 
contra su candoroso párroco, pues no nombraba este nna sola 
Tea á San Bernabé sin que estallasen mnrmullos de descon- 
tento, creyendo el obcecado vecindario que el sacerdote 
prolongaba intención almente la última silaba del nombre 
del santo. 

Doloroaamente afectado el señor cara con la obcecación 
é injusticia de sns feligreses, abrevió cuanto pudo el sermón 
y se volvió hacia el Apóstol para diñarle el piadoso após- 
teofe quo babia preparado cuidadosamente y esperaba babia 
de producir Balndabilísimo efecto, así en el santo como en 
el vecindario. 

— Santo y glorioso Apóstol, esclamó, ve, ve . . 
Salvajes gritos de ira interrumpieron al predicador, qne 

no pndo completar la frase de «ve, ve el tristísimo estado 
en qne se baila el pueblo que patrocinasl* 

— ¡Matarle! Matarle I ¡Qne muera 1 gritaban bombrea 
y mujeres promoviendo nn tumulto espantoso. 

Dos de los más furiosos j desatentados se laniaron al 
pié del pulpito, ip¡« estaba sostenido casi solo por nna 



.Cooyie 



BL PBIHSB FBCADO. 231 

esbelta colunma de iiiedia, ; abrazándose á la colomna, la 
Bacaron de su base y derribaron el pulpito con el predica- 
dor, que fué á dar contra un pilar de la iglesia,' donde Be 
deshizo la cabeza. 

Como la confusión j el desorden crecían cada vez más, 
muchas personas se subieron sobre los altares esperando 
librarse así do monr abogadas 6 aplastadas. 

Los que habían subido al altar major derribaron algunas 
velas de las muchas que ardían allí, y prendiéndose una 
cortina, el fuego se estendió rápidamente por el retablo, que 
estaba como yesca por su mucha antiglledud , y trepando al 
techo, que era de madera laboreada, se estendiú con la ve- 
locidad del reltunpago por todo el templo, avivado por el 
viento Sur que entró de repente por las puertas principal y 
laterales, que abrió de par en par la muchedumbre para 
lanzarse fuera de la iglesia. 

La gente, atemorizada, huía, y los escopeteros pugnaban 
por apoderarse de los principales promovedores de aqnel 
terrible tumulto , , y particularmente de los asesinos del 
párroco. ■ 

Algunos de los perseguidos se refugiaron en casa del 
mayordomo, que era la más sólida del lugar, y cerrando 
tras sí la puerta, empezaron á hostilizar desde el balcón 
y las ventanas á los escopeteros que querian forzar la 
entrada. 

Muebles y cacharros y hasta agua hirviendo caian sobre 
loa escopeteros desde el balcón. Entonces los escopeteros 
hicieron fuego á los que desde el balcón les hostilizaban, y 
los cohetes y la rueda de fuego, que estaban allí, se in- 
flamaron-, el fuego se comunicó al cortinaje interior del bal- 
cón, y pronto la casa se vio envuelta por las llamas, que, 
impulsados por et viento, fueron apoderándose de las demás 
de la única calle que constituia casi toda la aldea. 



DisliíMoGOOglC 



332 K, PRIMBB vtKuaxt. 

AlpnOH vecinos j foraateroB hicieron deseeperados es- 
fuerioa por salvar d« las llamas, asf el templo como lae 
casM, pero todo fué mútil: ipocos horas despoes, de la her- 
mosa aldea de San Bernabé solo qnedabím montones de 
escombros, que atestiguaban á dAnde puede eondudr, asf 
á l«s individúes «orno & los pueblos, d priuwr pecado! 



Iidpcig. — Bn !■ Impmit* de F. A. I 

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