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Full text of "Natura, 1895-1897"

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NATURA 



El autor se reserva el derecho de propiedad. 



Juan B. Delgado 



NATURA 



1895 -- 1897 




» 4 * -- 



«O * 






MÉXICO 

TIP. Y LIT. LA EUROPEA, DE J. AGUILAR VERA Y C? (S. EN C.) 
Calle de Santa Isabel núm. 9. 



1898 



^^^sir» 



100 EJEMPLARES NUMERADOS: 

25 en papel Whatman. 

25 II I» Japón. 

50 „ „ Laid Antíque. 



Ejemplar numeró.. 








AL DISTINGO 



Dr. Fernando Altamirano 







p\|LLÁ va este libro, escrito beyo las im- 
presiones de un viaje á través de los 
bosques y por las serranías de las pin- 
torescas y fecundas regiones del Estado de Gue- 
rrero; de esa comarca que inspiró al inolvida- 
ble Altamirano sus joyantes estrofas al Atoyac; 
allá va sin prólogo — sin lazarillo ni bordón — 
como ciego claudicante, á llamar á los corazo- 
nes sanos de mis amigos, quienes le recibirán 
con los brazos abiertos, como á un buen cama- 
rada. 

No me impulsan á publicarle ideas de lucros 
y de medro. ¿Quién no sabe que en este país, 
hasta las mejores obras literarias — y la mía no 
es de éstas — palidecen y se apergaminan en 
los escaparates, á manera de momias exhibidas 
en urna de cristal? Me guía nobilísimo deseo: 
despertar en los jóvenes amantes de las Bellas 



8 

Letras, amor á las cosas de esta tierra: á su fio* 
ra, á su fauna, á su espléndida naturaleza. 

Y allá va, no como "El Himno de los Bos- 
ques" de Othón — triunfkl cauíto rústico — si- 
no como estridente clarinada que convoca pa- 
ladines & combatir noblemente en pro del arte 
nacional. 

Juan B. Delgado. 



^éatus ule qui procul negotiis. 



I 



^^L fin llegué á la sierra! ¡Dios lo quiso! 
Mi delirio mayor, mi más risueña 
esperanza, cumplir era preciso. 
Ya estoy en el umbral del paraíso, 
donde perpetuamente el hombre sueña. 
Hoy alcanzo mis dulces y sencillas 
aspiraciones; ávido contemplo 
de la Creación las grandes maravillas, 
y con inmensa fe, como en un templo, 
al Ser Supremo adoro de rodillas. 

¡Lejos de la ciudad ! ¡Oh, quién pudiera 

trocar aquella dicha pasajera, 

que avara roba al corazón la calma, 

por la casta alegría duradera 

que encuentra aquí con entusiasmo el alma! 

Allá eterno bregar, eterna lidia 

con el rastrero monstruo de la envidia ; 

allá siempre el engaño, la miseria 



que ostenta lujo, el mundanal bullicio; 
allá, siempre, rodando la materia 
á la sima miasmática del vicio .... 
Aquí sana lealtad, paz y ventura, 
la humilde s^wHlH íi^t" pueblo bajo 
qpe come en su cabana con holgura 
éípasiáe Bifionráaefe qut ^^41 trabajo. 
¡Tierra de promisión, edén bendito, 
bajo el azul de tu anchuroso cielo 
el numen del poeta tiende el vuelo 
— mariposa de luz — al infinito. 
Salud, bosque feraz; salud, oh flores, 
fieras, insectos, aves y reptiles, 
mansos ríos, torrentes bramadores, 
montañas y cavernas y pensiles ..... 
Pues os miro ante mí, tras los diversos 
reveses que sufriera en el camino, 
deponga mi bordón de peregrino, 
y al ritmo del laúd vuelen mis versos! 



II 



íA noche se alejó. Ya en el Oriente 
nace un rayo de luz que lentamente 
tiñe el zafir con claridad muy vaga; 
ya el lucero del alba opalescente 
entre cendales de crespón se apaga. 



Al soplo de las auras matinales 
ondulan los cafetos, ostentando 
el rojo fruto en sartas de corales, 
y se cimbra la palma, derramando 
con su abanico efluvios tropicales. 
El rocío — las lágrimas que llora 
el Genio de la Noche — á los clarores 
aurórales, del cáliz de las flores 
mezclado con perfumes se evapora. 
Va despertando por doquier la vida: 
en el redil el becerrillo brama 
con quejumbrosa voz estremecida, 
y en sus filiales prolongadas quejas 
busca á la madre y con afán la llama; 
balan en el aprisco las ovejas, 
y — heraldo de la luz, ujier que cuida 
el corral, pasar viendo hora tras hora — 
marcial el gallo, con ardor desata 
su voz por el espacio vibradora, 
y alegre anuncia en su clarín de plata 
que llegó al mundo la princesa Aurora. 
Subo al monte: en el cielo se confunden 
de la gama del iris los colores, 
y en un mar lapislázuli se funden, 
al asomar el rubio y luminoso 
Astro -rey, diademado de fulgores. 
Del río borbollante y sonoroso 



se alza un vaho, la pálida neblina 

que vaporosa por el aire asciende 

y en girones de grácil muselina 

en los picachos rásgase y se prende. 

Miro las rocas del altivo cerro 

de florecillas múltiples manchadas, 

y por las costras de cinabrio y hierro, 

de rojizo y de verde salpicadas. 

Ya va á rasgarse el Orto: se estremece, 

preséntase más bella la mañana, 

y á medida que el Sol surge y decrece 

en las grutas el pórfido parece 

rico filón de nivea porcelana. 

Desciendo á una floresta encantadora, 

y ¡oh prodigio! con pompa soberana 

se desarrolla exúbera la flora 

de la naturaleza americana. 

Enrédase en los troncos de abedules 

como serpiente la opulenta liana; 

hay hiedras y campánulas azules, 

azucenas, tan blancas como el cuarzo, 

que bordan y embalsaman la pradera, 

y otras flores magníficas que en Marzo 

desparrama la diosa Primavera. 

La mariposa cruza con donaire 

— flor polícroma, alada y vanidosa — ^ 

tejiendo serpentinas en el aire 



13 

y jugando feliz de rosa en rosa. 
¿Mas qué pasa? Chorrea viva lumbre 

por los cantiles de la esbelta cumbre 

¡ Ah ! Ya se muestra, al fin, grande, imponente, 
como disco de aurífera custodia, 
el Sol en el santuario del Oriente. 

Y todo canta mística salmodia: 
gárrula rueda el agua de la fuente, 
gorgoritea el manantial parlero, 

y borbotando limpio en el venero, 
sacudiendo su crin de roca en roca, 
el espumoso y mugidor torrente 
como tritón cegado se desboca. 
Lanza á los vientos el turpial canoro 
un salpique de notas tremulantes, 
y trina dulce la calandria de oro 
y pía á veces, imitando lloro, 
el cardenal de plumas llameantes. 
Zurea la paloma; la sencilla 
parda torcaz, arrulla placentera; 
la medrosa elegiaca tortolilla 
querellándose gime lastimera, 
y el clarín de la selva alegre canta 
una égloga de Pan en el doliente 
caramillo que encierra en su garganta. 

Y de ese mar de arpegios, derrepente, 
como un himno triunfal que sube al cielo, 



196815 



14 

emerge el canto erótico que ufano 
y alado trovador alza en su vuelo. 
Es el rey que domina soberano 
de Anáhuac en los bosques seculares, 
el bardo de dulcísimos cantares, 
el moreno zenzontle mexicano. 

Es de día. En el bosque se levanta 
rumor de incubación — vago sonido 
de savia creadora, voz que canta 
en la fuente, en el árbol y en el nido. — 
Es el solemne instante en que palpita 
el génesis; instante apetecido 
en que el trabajo empieza, hora bendita. 
El leñador, con vigoroso brazo, 
derriba el árbol agrietado y seco, 
y el ruido que produce el brusco hachazo 
va propagando sin cesar el eco. 
Llega en alas del viento, que se baña 
en el olor que esparce la campaña, 
el crujir del trapiche que rechina 
al aprensar la caña sacarina. 
Los barreteros clavan en la veta 
de esmaltado granito, la piqueta 
que arranca á veces con su choque lumbre, 
y á los asnos de grave mansedumbre 
cargan las piedras de abrumante peso. 



15 

Asciende en caprichoso remolino, 
como vellón azul, el humo espeso 
de las hornadas de carbón de encino. 
El calor va aumentando; la calina 
sus chales tiende de flotante gasa, 
cacarea alarmada la gallina, 
y el ronco cuervo, crascitando, pasa. 
Se cierne el gavilán con tardo vuelo, 
súbito baja como rauda flecha 
y se lleva en las garras el polluelo 
á quien ha tiempo sanguinario acecha. 

Salgo de la intrincada serranía, 
el hambre me devora las entrañas, 
y me lleno de insólita alegría 
al divisar, no lejos, las cabanas 
humeando en la rústica alquería. 
Una muchacha púber cuanto hermosa, 
— ^^Flérida para mí dulce y sabrosa " — 

me sale alegre á recibir de prisa 

me seduce su voz armoniosa, 

me enamora su candida sonrisa. 

Penetro en su casita, y á su lado 

saboreo, entre chanzas y entre bromas, 

un almuerzo frugal y regalado: 

un cabrito muy tierno y dos palomas. 



i6 



III 

^^A siesta de los trópicos. Natura 
como virgen sensual los ojos cierra 
á los rayos del astro que fulgura, 
y que á plomo descienden de la altura 
á clavarse cual dardos en la tierra. 
Natura es una virgen entregada 
con molicie al deleite y al reposo, 
que se sueña en los brazos del hermoso 

Febo, que la encendió con su mirada 

De aquel que ansioso en el zenit se empina 
descorriendo de nubes la cortina 
por mirarle las formas arrogantes, 
y le manda sus besos fecundantes 
y con un nimbo de oro la ilumina. 

Llueve fuego; el ambiente saturado 
de olores resinosos, la faz quema. 
Todo en este momento está entregado 
á quietud melancólica y suprema. 
Cabe el arroyo diáfano y tranquilo, 
bajo el toldo de ceibas y de sauces, 
descansa el escamoso cocodrilo 
mostrando abiertas las armadas fauces; 
y entre el lodo, entre el fango, entre las quiebras 



17 

de los resecos y mermados cauces, 
anudadas dormitan las culebras. 
Esparcidas están en los gramales, 
absorbiendo los rayos estivales 
y esquivando el frescor de las fontanas 
que salpican diamantes en las hojas, 
las de ojos papujados — las iguanas — 
colgando en su sopor las lenguas rojas, 
ígneas entonaciones purpurinas 
chispean en el cielo despejado, 
y desparcido yace en las colinas, 
rumiando ahito, entre las rocas áridas 
que grata sombra prestan, el ganado. 
Préndense en el chayóte las cantáridas, 
los mayatones, con solemne pompa, 
el verde-bronce de sus alas lucen, 
el mosquito zumbón tañe su trompa 
y las tercas cigarras chirri'ando 

su sonido metálico producen 

Y se arrastra la víbora, agitando 
sus cascabeles con extraño ruido, 
del macho las caricias esquivando 
á refugiarse al subterráneo nido, 
mientras aquel tras ella va vibrando 
la rojiza lengüeta bifurcada, 
y los colmillos al silbar mostrando 
como mueca de horrible carcajada. 



i8 



Con el vapor que en el espacio brilla 
cruje el reseco tronco y se revienta, 
brinca en la barda la ligera ardilla 
y sobre lecho de menuda arcilla 
grisáceo lagartijo se calienta. 
Pávido por la rampa huye el conejo 
que del temible cazador se escuda, 
y al sol se ven el alacrán bermejo 
y la negra tarántula peluda. 

Baja del monte, con andar tardío, 
la rolliza torada jadeante, 
buscando el agua del undoso río; 
y después de gustar la refrescante 
clara linfa, lev/anta la cabeza 

para mugir con libertad y brío. 

Y cada noble bruto se espereza: 

uno, frota su piel en la corteza 

del árbol ó en los picos de la roca; 

otro, buscando á la gentil novilla 

sus fuertes cuernos con los de ella choca. 

Es el mes más alegre de los meses, 

es el mes del placer: aman las reses 

algo en sus glaucos ojos treme y brilla: 
el bravo toro á la consorte expresa 



19 



en sus salvajes expansiones francas, 
su instinto pasional, cuando la besa 
lamiendo alegre sus lustrosas ancas. 



Y sigue el sol inmenso é inflamado 
lanzando en erupción sus centelleos, 
como un ojo sanguíneo y dilatado 
que tiembla con fugaces parpadeos. 
De tronco á tronco, laboriosa araña 
sus leves hilos de babaza enreda, 
y, cual coqueta al rondador, con maña 
prende al insecto en la tremante seda. 
En el cáliz de agrestes amapolas, 
su ansia de néctar la colmena apaña, 
y la gallina de agua flota leda 
—esquife de marfil — sobre las olas. 
El lago duerme transparente y manso; 
nada turba su plácido reposo, 
apenas si se mueve algún remanso 
cuando la verde rana chapotea, 
ó bien, cuando el tutuvitzí nervioso 
con ansiedad las ondas picotea. 
Como ánfora corinthia, la ninfea 
descuella virginal entre mil flores; 
y por cima del limpio cristal pasa 
un enjambre de insectos bullidores 



batiendo el ala trémula de gasa. 
¡Qué blancas que se ven las mariposas 
del quieto lago en la extensión serena! 
Tal parece que manos misteriosas 
riegan pétalos niveos de azucena. 

Y en las márgenes címbrase el papayo, 
írguese el elegante cocotero, 
se inclinan los bejucos con desmayo, 
y charla negligente el guacamayo 
oculto entre las ramas del manguero. 
En lo apartado de la sierra obscura, 
con el tesón de infatigable obrero, 
el nido labra en la corteza dura 
con su acerado pico, el carpintero. 

Ya de tanto vagar estoy cansado; 
y, sudoroso y débil peregrino, 
depongo con pereza mi cayado, 
y quedo sobre el césped recostado 
para seguir más tarde mi camino. 



IV 

^L Sol va desmayando, y á medida 
que desciende, se escucha por do quiera 



nuevamente la estrofa de la vida: 
revuela el chupamirto en la pradera, 
se alejan del riachuelo las garzotas, 
y tornan de lejana sementera, 
con los buches repletos, las huilotas. 
Dulces jilgueros, mirlos charlatanes, 
preludian melancólica balada; 
las alondras asperjan su cascada 
de ritmos, y crotoran los faisanes. 
Como un ágil gimnasta va ligero 
de rama en rama, el pájaro mulato, 
remedando el chiflido del arriero 
que á los corrales encamina el hato. 
Desentume su ala el cefirillo, 
su hálito entibia la caliente zona, 
se oye á lo lejos el chirriar del grillo 

y el gemir de conguita cimarrona 

Va á tramontar el sol; ocres guiñapos 
de celajes, avanzan á Occidente, 
y del aguaje elévase estridente 
el miserere ronco de los sapos. 



Tengo por pedestal maravilloso 
la cúspide del cerro. ¡ Cuan hermoso 
se despliega el paisaje ante mi vista 
— fuente eternal de inspiración secreta- 



y el alma se conmueve y se contrista 

no pudiendo alabar al Gran Artista 

con la sublime lira del poeta! 

Ya bajan los corderos los barrancos 

á grandes brincos; balan, travesean, 

y del abrupto monte por los ñancos 

como reguero de granizo albean. 

Y, seguido de un perro melenudo, 

vigilante pastor de aspecto rudo 

marcha silbando en pos de su ganado, 

mientras las tardas, perezosas yuntas, 

mugiendo hacia el corral avanzan juntas 

llevando de revés el corvo arado. 

Su haz de leña á la espalda y corcovado 

el hachero desciende la montaña, 

y lento y sudoroso y fatigado, 

anhela descansar en su cabana. 

Y Vésper guiña su ojo soñoliento 

allá en la arrebolada lejanía, 

se destiñe el cerúleo firmamento 

y llora la tipluda chirimía. 

Cae el sol, tras la cumbre levantada, 

como rodela fulgurante y roja 

que, en la arena del Circo purpurada, 

un invisible gladiador arroja 

El día está expirando; la tiniebU 
desenvuelve su clámide enlutada. 



23 

y de endriagos la atmósfera se puebla 

y bosteza distante la hondonada 

¡ Ah ! su bostezo lánguido y profundo, 
anuncia el sueño que desciende al mundo. 
Augusto es el momento. . . el cuadro asombra, 
la luz vacila .... trémula se apaga .... 

se sumerge en un piélago de sombra. 

¡es una Ofelia rubia que naufraga! 
Y bajo ya del cerro. 

El casto broche 
va cerrando la flor tímidamente, 
y — viajadora del desierto ardiente — 
su tienda va á plantar la negra noche. 



V 



/A virgen cafre se vistió de duelo, 
ve de su amante los lumíneos rastros, 
y al sacudir los pliegues de su velo 
salpica el ónix del combado cielo 
con el brillante polvo de los astros. 
Es de noche; se escucha los ladridos 
que al aire lanzan los mastines graves, 
y con fúnebres gritos van las aves 
nictálopes, saliendo de los nidos. 
Cesó el trabajo, la tenaz fatiga 
por la existencia; en el jacal se abriga 



24 

el apacible campesino honrado, 

y se entrega en los brazos de la esposa 

que tierna y sonriente y cariñosa, 

le enjuga el rostro de sudor bañado 

ese sudor que, en lágrimas temblantes, 
gota á gota el terruño fertiliza 

produciendo cosechas abundantes 

sudor que el rico exprime y cristaliza 

en puñados de perlas y diamantes. 

Ya circula narcótico beleño, 

semeja inmenso túmulo la tierra, 

y ya se siente la embriaguez del sueño, 

y poco á poco el párpado se cierra. 

La noche es el reposo, es el misterio; 
ante ella el alma sufre y se consterna 
como en obscuro y vasto cementerio, 

como en inmensa y lóbrega caverna 

La noche es mar de sombras sin orillas, 

y profundo y fantástico en él bogan 

los trasgos, esas negras pesadillas 
que nos hacen gritar y nos ahogan. 

Me interno en la espesura: ni un ruido, 
ni el más leve rumor. ... es el momento 
de elevar al buen Dios el pensamiento, 
en un templo selvático y dormido. 



25 

La víbora no silba; la torada 
sobre vastos gramales dispersada 
dormita en los confines del potrero; 
ya su bronco mugir en la callada 
noche, en alas del céfiro no asciende; 
el leopardo feroz con altanero 
y grave porte, en su cubil se tiende; 
cierra los ojos y dormido finge, 
posada entre las manos la cabeza, 
el genio de la olímpica pereza 
bajo la forma de fatal esfinge. 



Pero no todo duerme: entre la obscura 
sierra, vagan audaces cazadores 
y del tiro estallante á los fragores 
el jaguar se sorprende con pavura .... 
allá va ... . corre herido, ya flaquea, 
y al sentir que la sangre le chorrea 
en su cólera ruge con bravura, 
su verde ojo de sátiro chispea, 
y con las convulsiones de la muerte 
rueda vencido al fin, exangüe, inerte. 
Es la hora propicia para el robo: 
al viento la nariz, con tardo trote, 
llegan al rancho el carnicero lobo 
y el rapazuelo y ladrador coyote. 



26 



Subo al monte: el peligro no me arredra^ 
pero mis fuerzas más y más se agotan; 
las águilas que duermen en los nidos 
que ocultos se hallan bajo tosca piedra, 
al rumor de mis pasos se alborotan, 
y como torvos buitres agoreros 
vuelan lanzando fúnebres graznidos. 
¡ Qué obscuridad ! Los pálidos luceros 
no envían á la tierra sus fulgores .... 
¡ Tan débil es su tembloroso brillo ! 
Del espeso capuz en los negrores 
ved lo que sólo irradia y fosforece: 
el luminoso y breve gusanillo 
que resbala en las hojas de las flores 
y — lágrima de oro — se estremece; 
enjambres de luciérnagas que vagan 
como polvo de sol, y que intranquilas 
ora encienden su luz, ora la apagan, 
y dos manchas de lumbre: las pupilas 
del Hércules felino: el tigre rudo 
de mostachos erizos y nervudo. 

Mas de pronto el espacio se ilumina: 
una ola gigante y ambarina 
con fulgentes destellos todo baña, 



27 

lo envuelve todo: el bosque y la colina 
y el verjel y la selva y la montaña. . . . 
^Qué ha pasado? Surgió bicorne luna 
— hoz de nácar — segando una por una 
las doradas espigas de la noche, 
y espejea el cristal de la laguna 
y canta alborozado el cuitlacoche. 

Ya de tanto vagar estoy cansado, 
y, pues quiere reposo la fatiga, 
voyme camino del albergue honrado 
donde me tiene la pastora amiga 
un jergón para el sueño preparado. 

VI 

^^BRO los ojos, y en Oriente — diosa 

que tiritando deja la bañera 

para envolverse en sábana nivosa — 

sonríe la mañana ruborosa 

empapada de luz la cabellera. 

Y es preciso partir, adiós ¡oh flores! 

fieras, insectos, aves y reptiles; 

mansos ríos, torrentes bramadores» 

montañas y cavernas y pensiles . • . . 

Adiós, campos en flor, donde contento, 



28 

ajeno á todo humano sufrimiento, 
viví en humilde y rústico palacio, 
grabando en mi brumoso pensamiento 
el Beatus Ule del divino Horacio; 
en donde al lado de la bella Flora 
— la Flérida gentil y seductora — 
viví en alegre y amoroso idilio, 
disfrutando la paz encantadora 
que ha narrado en sus églogas Virgilio. 
Adiós, dejo este ambiente puro y sano, 
vuelvo á la corte donde el mal asedia .... 
¡La corte! .... inmundo estercolero humano 
do germinan delitos de tragedia. 
Madre Natura: adiós .... Tus ricas galas 
dejo de contemplar; pájaro herido, 
despliego ya las enfermizas alas .... 
¿Y á dónde voy?.. . 

¡En busca de otro nido! 




Este libro se acabó de im- 
primir en México, en la 
casa de J. Aguilar Ve- 
ra y C*(S. en C.) 
calle de Sta. Isa- 
bel n? 9, el día 
II de Julio 
del año de 
1898 









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