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COI^CCION SELECTA 



ANTIGUAS NOVELAS ESPAÑOLAS 



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i;. Gnoi^lu 



COLECCIÓN SELECTA 



Antiguas Novelas Españolas 



Tomo V 

PüffiS DE PLIICEB 

MOVBLAS POR 

DOl UOISO DE cístuio souSrzuo 

Beimpiesu ood 



d« 

DON EMILIO COTARELO Y MORÍ 

De U Keal Academim Espa&oU 

Madrid, 1906 



PUBLÍCALA LAS 

LIBRERÍA DE LA VIUDA DE RICO 

Travesía del Arenal, I — Madrid 



'•■ Coi«k 



nfFSniTA IBÉUCA, 



-■ Cocglc 



«tetefesteísfcstetetHtefegfegfetefcst; 



ADVERTENCIA 



La presente obra ea una de laa mis raraa 
ele Castillo Solórsauo, j de ella no hemoa 
TÍsto mis qoe im ejemplar (procedente de 
la librería del inaigna D. Paecualde Gtayan- 
go»), qae ae custodia hoy en nuestra Biblio- 
teca Nacional y es el miamo que, imperfec- 
tamente se desoribe en el Ensayo de G-aUar- 
do, tomo aegundo, número 1689. 

Por esta razón, y por el gran número de 
.piezas que contiene, le hemos dado prefe- 
rencia, al reimprimir las del aator, después 
de la titulada La niíía de los embustei, Te- 
reta de Mamanaret, que forma el tercer 
volumen de esta colección de noTelas esc»- 
gídaa. 

Estamp&ronse las Nochet de placer, por 
primera y única vez en Barcelona, por Se- 



170695 ,„c>„,gi. 



bastían de Cormellas, en 1631, en un tomo 
©n 8." (1); y ofrecen la particularidad de 
que cada una de las doce novelas que com- 
prenden va dedicada & distinto sujeto, to- 
dos y cada uno caballeroe de los prinoipa- 
lea de Valencia, donde á la sazón residía el 
autor. 

Algunos, como D. Gtaspar de Mercader, 
conde de Bnfiol, B. Diego de Vioh y don 
Luis CasteUá, tienen honrosa representa- 
oii5n en la historia de nuestras lebas, como 
poeta el último, como erudito el segundo j 
el primero como autor dramático y nove- 
lista en sn Prado de Valencia. 

Tres de las novelas contenidas en las Xo- 
ches de placer, se reimprimieron en Zara- 
goza, por la Viuda de Pedro Vergee, en 
1649, en un tomo en 8.°, titulado: iíove- 
la» amorosat de los mejores ingemos dé Es- 
paña, dirigidas á D. Miguel de Zalvá y Val' 

(1) ííoeha ¿4 \ plaitr. ] £lnqv»etintiened«uVom¡ai, 
dirigida! d diaérioi | Titaloi, y Oauaütrot d» | Fal#i«- 
eio. I Por J>on florín) | dt CaiiiÜa £oíor(afu>. | At» 
(Bocudo de] impresor) í$31. \ Con lieeneia, | En Baret- 
I*tM, Por Btbaitian de Cormeüai \ al Cali. Ya m toHm. 

0«taTO, aiShojM., Bignatmra» A—Ee.— Port.; t. » 
lilaiioo\Indiet, Jprob:, Lie., Pról.,Introd., Texto. Todos 
•stos pr«limiDarM Yau raprodncidos & oontijisaeié». 



-■ Cocglc 



yorntra, sefior de las Baronías de Jorba y 
VÜanant, Caballero dd Orden de Santiago; 
y iiiieTalCQente se reestamparon al año 8Í- 
gniento (1660) en Barcelona, también en 8.* 
y con ana segunda dedicatoria i, B. Ray- 
mando de Salva (1). 

Comprende esta colección las cnatro no- 
velas de Lope de Vega, tituladas: Las for- 
tunas de Diana, La desdicha por la honran 
La md» prudente venganza jGuztndn él Bra- 
vo, impresas todas ellas con mucha anterio- 
ridad, 7 estas otras qne da sin nombre de 
autor: Las dos venturas sin pensar, El pro- 
nóstico cumplido, La quinta de Laura j SI 
tiloso hasta morir. 

Tampoco supo ¿ qaién pertenecían el co- 
lector del tomo VIH de las Obras sueltas 
de Lope de Vega (impreso en Ifadrid en 
1777), al incluirlas con laa cnatro indnbita- 



(I) Navtlai t amoretat de | loi SMicrsi intente) dt 
ttpaña. I DiriOtdat \ a Don RttymianAo A« SalvA y dt 
Car I dona, Seüor de laa Baroníai dt Salud, Biatmi y 
Brtiffuet, <n la Vegvtrio dt Villa FraTiea \ dé Panadé$, 
(Etacado de antuu<). Con licencia. En Barcelona «n 1* 
•QiprMtdi (MÍ«i*n*itrtKÍ<i por | Thomai Voaaiana, oAo 
KDOL. a*, i hojas preU, 7 371 pát-inu, Dedicatoria; 
aprob. de Fr. Aatotüo F«trer | mínimo: 8 de Febrero 
de 1«69; Texto. 



c.Coo^lu 



ADVBKTCHCU 



d«a del Fénix de los ingenios, ai bien oom-. 
preudui que por da diversidad de eatilo,:itL' 
Tención j otros circunstancias qoe ae ad- 
vierten entre las cuatro primeras y laa de- 
mis, persuaden que sean de diversos auto- 
res.» (Pig. TI.) 

Y efectivamente, como se ve ahorat las 
tituladas: Las dos dichas $in pensar, El 
pronóstico cumplido y El cdosó hasta mo- 
rir, pertenecen á la colección que hoy re- 
imprimimos, y llevan los números de orden 
I, 7 y 9; eata última con la lígem altera- 
ción en el título, que es el de M celoso hasta 
la mutrte. 

La otra intitulada La quinta de LaurOi 
es también de Castillo Solórzano, j se halla 
bajo la rúbrica de La quinta de Diana, ea 
el tomo del autor Itempo del regocijó y Car- 
nestolendas de Madrid, im^T&BO en esta víIIa 
en 1637, como hemos manifestado en la bio- 
grafía de Castillo que precede ¿ la reimpre- 
sión de La nitía de los embustes.- 

Aclaradas ya estas dudas y confusiones, 
poco tenemos que decir acerca de las novar; 
las que signen, que, en general, no nos pa- 
recen las mejores de Castillo, si bien algu- 
nas como La ingratitud y el castiga. La 



" Colóle 



ADVB&TBMOA. 



fuwea castigada, El celoso hatta la muerte 
j El premio de la virtud, spstiaBBa digua- 
mente la competencia cop otras miiotas j 
baenas del miamo aator. 

Las tituladas Las dos dichas sin pensar. 
La cautela sin efecto. Atrevimiento y ventu- 
ra, El pronóstico cumplido y El honor re- 
cuperado, aparte de su grande^ iiiTerosimi- 
litad, cosa es que no reparaban loa lectores 
del siglo xvii, son ingeniosas y algunas, 
como la primway la última, escritas pon vi- 
goroso estiloy calor enla pintura de afectos. 

Afean estas nóvelas los descuidos de len- 
guaje 7 estilo, repeticiones innecesarias, gi- 
ros-incorrectoB, todo lo cual acusa una com- 
pOBición muy precipitada de la obra , que 
parece haberse dado á la imprenta sin niu- 
gona lima. 

Mochos de estos defectos corresponde- 
rán, sin embargo, á la tipografía. Probable- 
mente, la obra ae estampó estando ausente 
Castillo, 7 asi salió plagada de erratas 7 
desatinos . AJgunos pasajes han quedad* 
completauMnte ininteligibles, 7, como es 
natural, así los hemos dejado. 

Aigo 098 hemos ayudado de la reiiQjíre- 
sión de iM% para las trea noyolaa r«fari- 



'■ Colóle 



X ADVUtmiCU 

das; si bien lo mismo ésta que Ift de Bar- 
celona de 1660, no son mucho mejoreft gne 
la primitiva; cosa qae ya advirtió (respecto 
de aquellas) el editor de las Ohrat sudtas, 
de Lope, si decir: 

«Estas impresioaes de las Novelas hechas 
en Zaragoza y Barcelona, salieron afeadas 
con machisimas erratas, qne se has enmen- 
dado cuidadosamente pero sin alterar el 
sentido ni TÍolentar las olánsolas. Sólo eu 
la página 367, linea 23 y signientes de la 
novela vn (M cdoso hasta morir), se hixo- 
algnna leve mutación en tm periodo que sin 
duda estaba corrompido, pues decía antes: 
«Con esto levantaron ana polvadera de ce- 
llos en el baen Santillaua, tal qne como don 
, »Beltrán pudo perderse en ella annqne no 
«discurría mocho, pudo en este lugar alar- 
«garse á discurrir que él era defectuoso de 
■talle, corto de ingenioy esposo de una per- 
>f eota hermosura celebrada con rasóu en su 
■Lugar. Considerábase duefio de ella. Con 
■esta imaginación, eto.^ Lo dislocado de es- 
tas cláusulas y la importunidad de introdu- 
cir la persona de D. Beltrán', de quien uo 
se hace menóión en esta ni creo que en las' 
demás nOTalas, dio motivo á la leve varía- 

Colóle 



ADVUITBMCU XI 

ción qae ahora Be halla para qn* iarieM 
perfecto sentido la oración.» 

Olvidó el ilustrado ooleotor de Lope, qae 
la mención de D. Beltrin, no es sino tm grv 
oioso reoaerdo del romance antigao j anó- 
nimo (pigina 264, tomo I del Romanetr* 
de Corin, en la Bñ. d« AA. espj, ^9» co- 
■úenza: 

Guando de Francia pajiimos 

hicimos pleito tiomenaje, 

qne «1 qa« en la gnarra mitrieM 

dsntro en Francia se enterraae. 

T como loa eapañolea 

prosiguieron el alcance, 

con la miMiliapolvartda 

perdimoM d Don Bdtrant. 

Como solo onatro de estas son d« asoat* 
espafiol, y aun en estas las refereneÍM j 
altuionea históricas y de costombres, aos. 
insignificantes, no hemos creido BecceaTie 
anetarla*. 



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que él la 


que ella 


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i;. GOO^Iu 



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i;. Goot^lc 



NOCHES DE 
PLAZER 

EN QUE CONTIENE 

Doce Novelas, dirigidas á diversos 

Títulos y Caballeros de 

Valencia 

POR D. ALONSO 
DE CASTILLO SOLÓRZANO 

Año (H»y un «sendo) 1631 
CON LICENCIA 



a Barcelona, Por Sebastián de Connella! 
al Cali. Y á su costa. 



L,„-..u=.C.oo^le 



i;. GOO^Iu 



LAS NOVELAS QUE CONTIENE ESTE LIBRO 

80M I.A8 StOÜIBKTHe 



1. Las dos dichas ain pensar. 

2. La cautela sin efeto. 

8. La ingratitad y el castigo. 

4. El inobediente. 

5. Atrevimiento y ventura. 

6. El biea hacer no se pierde. 

7. El pronóstico cumplido. 

8. La fuerza castigada. 

9. El celoso hasta la muerte. 

10. El ingrato Federico. 

11. El honor recuperado. 

12. El premio de la virtud. 



,;. Google 



CASTU-tO SOLÓ R 7. AMO 



APROBACIÓN 

Estas Noches de placer, que contienen doce no- 
velas, por don Alonso de Castillo Solórzano, no tie- 
nen cosa por la cual se les deba negar la licencia 
para ser impresas y publicadas, como las demás de 
semejante composición, que han sido bien recibí* 
daa por la invención ingeniosa y el lenguaje ele- 
gante con que van adornadas, y nada desto lee 
falta á éstas, que muestran bien ser hermanas de 
las que con aplauso han salido del mismo autor y 
corrido sin tropiezo por las manos de varones do- 
toa hasta aquí. Este es mi parecer. En Barcelona 
á2deFebrerodBl6Sl. 

Fray Thouas Roca. 

Vista la rdación del Pare Mestre Roca, se dona 
Ucencia pera que se imprima. ScoBuy á 4 de Fe- 
brer 1631. 

S&HHEHiAT, Vivari general. 



Don Micltael Sala Reg. 



i;. Goot^lc 



I>K,<5IjOOO 



Hallo qtte fué gran cordura la del primero es- 
critor, que trató con respeto d los letores en sus 
Prólogos, pues á quien se le pretende captar la 
benevolencia, más se le obliga con esto que con 
la llaneza del tú, y si ésta usaron los antiguos 
fué porque los que escribían entonces eran per- 
sonas provectas y de anciana edad, y como pa- 
dres y maestros de enseñanzas trataban así á 
los mozos y menos experimentados que ellos. 
Esta edad apetece y admite divertimientos ho- 
nestos para sobrellevar y divertir sus penalida- 
des y trabajas; éstos los escriben sujetos mozos, 
proprio efeto de su edad, que como nacidos en 
este tiempo le kan tomado el pulso y saben lo 
que ha menester. Estos tales (que sacan cada 
día á luz parte de sus ingenios) no deben an- 
darse con los letm-es d tií por tú, pues casi los 
más podrán ser sus padres, porque así la an- 
cianidad como la juventud gustan de divertir 
sus cuidados, olvidando con esto el peso dellos. 
Mi intento (señor letor) fué que este libro hicies 



L,„-..u,.C00>^lc 



esta operacióTt: tale á luz y pónese en fus ma- 
nos de V. m., gi no con nueva introducción de 
otros que he escrito deste género, como variedad 
de novelas; esto pide este tiempo; quiera Diot 
tea manjar á su gusto y Tío ocasión de andar d 
menos costa bien entalladas las damas con lo 
barato de los cartones. Ampare v. m. estas No- 
ches de placer, y si no se lo parecieren, cierre 
el libro y acomódese d dormirlas hasta que sal- 
ga el sol y le den los buenos días. 

Vale. 



,;. Google 



IlTTRODXJOOldsr 



^ABOELONA, insigne y anUqnídma ciudad, Ue- 
trópoli del Principado de Catalufia, ilnatre por 
stia smitaosos y ricos edificios, célebre por sos 
nobles y claras familias, estimada por sns agu- 
dos y sntiles ingenios, y, ñnalmente, aplaudida 
de todo el orbe por sos hermosas y bizarras da- 
mas, era patria de don Qastón Centellas, caba- 
llero de lo más noble della. Era vindo, y padre 
de las dos máa hermosas damas de la Europa, en 
particnlar la mayor, llamada doña Laura, qu» 
por ser tan en extremo perfecta, era llamada, 
por antonomasia, la Venus de Catalufia. 

El segundo lugar daban á dofia Andrea, su 
hermana, en la hermosura, y el primero en las 
gracias de cantar y danzar; en que sumamente 
eran estas dos damas tan extremo queridas de su 
padre, que con haber enviudado en edad que pu- 
diera casar segunda vez, no lo quiso hacer por 
no dar madrastra & bus hijas, sino vivir alegre 
y contento en su compafiía, viendo que la jnven- 



-■ "^■Co"8''^ 



tad de los caballeros de Barcelona deseaban el 
empleo destas damas, compitieado en servirlas 
lo más noble j rico desta ciudad. 

Llegóse la mis celebrada j alegre noche de 
todo al aBo, en que la segunda persona de la 
Santísima Trinidad, habiendo tomado carne hu- 
mana en las entrañas de la Virgen pura, salió 
deila como divino Sol universal, redención nnes- 
tra. Esta noche quiso el anciano don Gastón que 
sns amigos y deudos, con sqb mujeres é hijas, 
hiciesen colación en su casa, y prevenido lo ne- 
cesario, con mucha puntualidad, juntos los con- 
YÍdados, asi damas como caballeros, les fué ser- 
yida nna suntuosa colación de gustosas ensala- 
das, olorosos dulces y exquisitos géneros de 
frutas que pudo haber en aquel tiempo. Alzadas 
las mesas se trat¿ entre todos cómo se entreten- 
drían aquellas Pascuas gustosamente, y toman- 
do la mano para hablar la hermosa doña Laura, 
dijo: 

— Con vuestra licencia me parece proponer el 
modo de vuestro divertimiento, sujeta á la cen- 
sura y ecmiecda si no fuere tal la proposición. 
Mi parecer es que estas cuatro noches de las 
fiestas desta Bascua, con las de los días del aüo 
y Reyes, se pasen deeta manera. Que juntos to- 
dos los que aquí nos hallamos, se señalen cada 
noche caballero y dama para que en oposición 
refiera cada uno una novela, maquinada de su 
ingenio, que deleite á todo el auditorio, y que 



-■ Cocglc 



antes y después dellas » 
bailes: con qae será bastante entretenimiento 
para cada noche, que 70 espero ser&n de modo 
qae merezcan el titulo de Noches de placer. 

A todos les pareció bien lo que la hermosa 
doña Laura propuso; y diapuestoa á seguir au 
orden, ijuedaron todos do concierto de acudir la 
noche siguiente, convidados por don Gastón, & 
cenar como laa- demáa nochea. Con eato, oyendo 
tocar é, maitines, se despidieron los unos de los 
otros, acudiendo & oírles & la igleda con que más 
devoción tenían. 



í,-.Qgí^ 



,;. Google 



******************************** 



Noch? primara. 



Ya había el padre de la luz dado fin á bu coti- 
diano curso en el ¿rtico polo, para comenzar el 
áel ant&rtíco, y la obecara noche tendía an ne- 
gro manto aobre la tierra, cuando loa caballeroB 
j damas convidados por don Qastón Centellas 
acudieron i, su casa, donde fueron recibidos del 
j sns hermoaaa bijas, con mucho gasto fueron 
«capando ana aucbnrosa sala colgada con ricos 
paflos flamencoa; loa caballeros tomaron sillaa, y 
las damas almohadas en un dilatado estrado, j 
habiendo don Gastón prevenido diestros músi- 
cos, cantaron i. cnatro voces, para dar principio 
á la fiesta, estas c 



Laura, cielo abreviado; 
dei miamo dios de amor divino emplao; 
término del cuidado; 
objeto amable, gloria del deaeo; 
beldad tan prodigiosa 
que es de la libertad cárcel hermosa. 

Centro del pensamiento; 
poderosa deidad no resietida; 



-■ Cocgk 



hecliizo el más violento, 

que «n favor y en deadén da mnerte y vida, 

forzando el albedrfo 

brioso alifio, y aliñoBo brío. 

Esos IiermúBos ojos 
con in¿s fuerza que amor con sas arpones 
acrecientan despojos 
api'istonando librea corazones , 
Eaya cierta vitoria 
amor aplaude con eterna gloria. 

Ninfas del mar undoso 
prevenid, fabricad á esta bermosnra, 
■olio majestuoso, 

dig^na y grave mansión de su luz para, 
pues habéis advertido 
qne sola Laura rinde, no Cnpido. 

Había escrito estas canciones & la hermosa 
doSa Laura nn caballero apasionado suyo, que 
estaba en aquella holgara; & todos parecieron 
bien. Cesó la música, con qne di¿ lugar á qae 
doña Laura diese principio á, sa entretenimiento, 
j habiendo en nn breve exordio pedido perdón 
á todos, comenzó esta Novela, sentada eo un lu- 
gar donde podia de todos ser oída. 



i;. Gnoi^lu 



Las dos dichas sin pensar. 

Á don Gaspar Mercader, conde de Buñol y se- 
ñor de las Baronías de Siete Aguas. 

l^E justicia 86 le debe é. V. S. la dirección de 
las primiciaa desti nuevo trabajo mÍo, en reco- 
nocimiento de los favores que hizo á los que me 
dictaron las musas del Tarta en mi Lisardo, ca- 
lificándote con leerle y honrarle con bu aproba- 
ción. 

Ofrezco á V. S. Las dos dichas sin pensar, 
que parece en el títnlo Buceso de aquellos cándi- 
doa tiecnpos de la edad dorada, en quien las di- 
clias buscaban & los hombres, y no de estos de la 
de hierro, que aun buscándolas no las hallan. 
De V. S. ae puede esperar la dicha de su favor 
en esta Novela, sin pensar que lo pueda merecer 
su grosero estilo; á sus manos [va] á pon.erse de- 
bajo de su patrocinio, en la vanguardia de las que 
la siguen, para que tal protector la defienda des- 
tos críticos. Guarde Bios á V. S. como deseo. 

SerTidor de V. S. 

Don Alonso de Castillo Solókzano. 



-■ C-""S>^ 



NOVELA PRIMERA 



Una obscura y tenebrosa noche del encogido 
7 erizado invierno amenazaba con decsos nubla- 
dos y torioBos vientos copiosas plumas, cuando 
en las faldas de lasmonta&as de Jaca, donde 
ea menos áspera y fragosa la tierra, pnes en ella 
hallaban pasto entre aas carrascas y malezas, 
ligeras y trepadoras cabras de gruesos rebaños 
c^ae alli habla, aumentaban la confusión entre 
las obscuras sombras ladridos de perros, vigi- 
lantes guardas de aquellos ganados, substitu- 
yendo entonces las de sus pastores, pues en en- 
cerrados apriscos cercanos i. bien reparadas cho* 
zas les tenían reparándose de la inclemencia de 
las aguas que prometía el lóbrego seno de la 
tempestuosa noche. Dilatado tesón en su inquie- 
to ladrar tenían los valientes animales, congre- 
gados en cierta parte áspera de aquel distrito, 
tanto que obligaron á que sus dueños dejasen 
sus albergues, temerosos por la ferocidad de los 
voraces lobos (que en aquellas montañas habia) 
no habieseu hecho algún notable daGo en sus 
rebaños, y así, tomando encendidas teas (rustí- 



'■ Colóle 



H CASTILLO SOLÓRZANO 

cas antorchfte del campo), salieron ¿ averiguar 
la inquieta confusión do eua perros de <\\ié proce- 
día. Recoaocieroo solícitos aquellos contornos, y 
en un sitio cosa de dos tiros de ballesta de una 
senda que se juntaba media legua de allí con el 
camino real que iba á la ciudad de Jaca, que 
cercabau altas encinas, descubrieron con las lu- 
ces Ib causa del referido alboroto, hallando ten- 
dida en tierra una hermosa mujer sin sentido al- 
guno, procedido esto de una heridas que recono- 
cieron tener en el pecho, de las cuales le había 
salido gran copia de sangre, de que tenia cu- 
bierto el suelo. Llegó, pues, aquella rustica gen- 
te á ver si tenia vida, y con eí rumor de su lle- 
gada volvió en su acuerdo, con que se alegraron 
mucho; procuraron animarla para poderla llevar 
á su rancho; mas era tanta su flaqueza, que no 
se atrevieron á moverla por ser trecho largo y 
temer no se les desmayase en el camino otra vez. 
Ella, más en sí, viendo lo que querían hacer, ein 
hablarles palabra (por no dar Á esto lugar su 
griLnde flaqueza), les señaló con el índice á cierta 
parte á un lado de donde estaba, y acudiendo 
alH, hallaron un cofrecillo de ébano y marfil que 
alzaron del suelo, siendo el peso del mayor que 
su pequenez prometía; con él volvieron & la pre- 
sencia de la hermosa dama, y con otra sefia como 
la que antes les había hecho, les señaló que ftte- 
sen hacia el otro lado. Obedeciéronla, y á trecho 
de poco menos que ti'eínta pasos, sintieron rumor 

-■ C'>'«l'^ 



entra las ramas, con que se alborotaron loa pas- 
tores; mas las luces qne llerabaD les ascgararon 
del aasto, descubriendo que qníeuee causaban 
aqnel rumor eran dos rdcines que estaban ata- 
dos ¿ dos robustas encinas; cerca del uno halla- 
ron un joven de poca edad, bien vestido, muerto, 
en el suelo y bañado todo en su misma sangre. 
Tenia en la última herida que le habían dado me- 
tido un cuchillo, con que se habia hecho aquel 
cruel sacrificio; cerca del estaban tendidos unos 
manteles 7 viandas como que habían merendado. 
Pusieron el cuerpo sobre un rocín de los dos, y 
con él volvieron donde estaba la dama; y pro- 
bando á querer ponerla en el otro rocín, no fué 
posible tener ánimo para ir en él, con que fué 
Eaerza sacar cnchilloa de monte y cortar unos 
palos, con que hicieron brevemente un artificioso 
modo como andas en que pusieron á la herida; y 
asi, en hombros de cuatro cabreros, fué llevada 
á la mejor choza que tenían, adonde uno de los 
pastores (el más anciano) con unas yerbas que 
le aplicó á las heridas la pudo restañar la sangre 
brev emente ;'con esto, y ligárselas abrigándola, 
se entretuvo hasta que á la mañana trataron de 
llevarla de allí. 

Sran. estos cabreros criados de una sefi.ora due* 
ña de una granja que estaba cerca de allí, adon- 
de acudían dos veoea cada semana por la pro- 
visión de su comida; y allí (á gobernar esta ha- 
cienda), en ciertos tiempos del año, se venia de 

Lyn,.U,.Cl.X);^li; 



la cindad & fteistir en esta granja. Acadíeron á 
darle aviso de lo que habla sucedido aquella 
noche; compadecióse la piadosa se&ora desta 
desdicha, 7 mandó se pusiese luego un carro de 
los de su labranza, entoldado, en que fuese traí- 
da la dama á ser curada á su casa; con él partió 
un criado suyo que servia en este ministerio. Lle- 
gando, pues, á la falda de la montaña, halló que 
hasta ella habían bajado con la herida loa pia- 
dosos cabreros, en la misma forma que la noche 
antes fué llevada de donde la hallaron hasta sn 
choza; pusiéronla en el carro, y queriendo, junta- 
mente con ella, llevar el cuerpo de aquel malo- 
grado joven, la dama no ae lo consintió, y asi 
fué llevado en uno de los rocines hasta la granja, 
para darle, en llegando, sepultura en una ermi- 
ta qne cerca della estaba, donde se decía misa 
todos los días de precepto & la gente que allí 
asistía. 

Llegados que fueron á la granja salió ¿ reci- 
birlos dofia Dororea, que así se llamaba su seño- 
ra, la cual, viendo la herida, no pudo de compa- 
sión abstener sus lágrimas que no manifestasen 
el sentimiento de verla así, aun sin conocerla. 
Fué luego llevada é, su cuarto, donde, desnuda 
de BUS vestidos, la pusieron en una mullida y 
regalada cama, en que cobró algún alivio, agra- 
deciendo más con sefias que con razones el favor 
y socorro que recibía. Había doña Dorotea (lue- 
go que supo de sus cabreros esta desgracia) dea- 



-■ Coi«lc 



pachB.do an criado suyo en un andador cuartago 
& Jaca por un médico y un cirujano; y ael, en 
breve tiampo (por ser ceroa de allí) vinieron, con 
cuya presencia ae alentó la dama sumamente. 
Vieron las heridas y halláronlas m&s penetrantes 
que quieieran, y asimismo muy enconadas por 
haber estado la noohe antes mny desabrigadas y 
sin cara; hiciéronle la primera, con poca con- 
fianza que tuvieron de su vida; asi lo entendió 
dellos doña Dorotea, lastimada de ver que tan 
tiernos años con tanta hermosura se malograsen, 
Rogó encarecidamente al médico y cirujano que 
no dejasen de venir cada día con puntualidad & 
curar ¿ aquella dama, hasta que Dios dispu- 
siese de darle vida ó quitársela, ofreciéndoles 
mny bnena paga por su trabajo; ellos prometie- 
ron servirla con mucho guato, con que continua- 
ron el visitarla por ocho días. Boña Dorotea no 
salía del aposento de U herida, asistiendo en él 
con sus criadas & su regalo, hablando pocas pa- 
labras con ella, por no hacerla daño á la cabeza, 
que asi se lo habían encargado los que la cura- 
ban, temiendo no le sobreviniese algún nuevo 
accidente; mas con toda su flaqueza, la forastera, 
con pocas 'palabras y muchas demostraciones, 
agradecía el favor y agasajo que recibía de doña 
Dorotea. 

Veinte días habrían pasado después de la des- 
gracia, y en ellos, asistido médico y cirujano á 
BU cura, bien pagados, cuando manifestaron es- 

NOCaiS DE PLACER 2 

'■ C'>"8l^ 



18 CASTILLO SOLÓKZANO 

tar ya fuera de peligro la dama, por cayas ale- 
gres nuevas recibieron de do&a Dorotea muy 
buenas albricias; cobró nuevo aliento la enferma, 
y de allí adelante, con la mejoría que cada día 
hallaban en ella, recuperó su salud, no permi- 
tiendo el cíelo que javentud tan florida la mar- 
chitase la muerte. Convaleciendo estaba todavía 
en la cama, agradeciendo cada día con muchiui 
esageraciones el desvelo y cuidado que doña 
Dorotea .tenía con su regalo, cosa que ella hacía 
con mucho gusto, porque la piedad de un gene- 
roso pecho y la afabilidad y agrado de la dama 
herida la obligaban á tenerle mayor. 

Un día que se hallaron á solas quiso doña Do- 
rotea saber de la dama, con más fundamento qne 
hasta allí, su desgracia y la oausa della, y así, 
la dijo estas razones: 

— Hermosa señora (cuyo nombre aún no sa- 
bemos los desta casa), vqestro mal nos ha tenido 
en tales términos hasta ahora, que más hemoB 
tratado del cuidado de serviros en orden á vues- 
tra salud, que de inquirir de vos la cansa de ha- 
berla perdido por tan desgraciado suceso como 
han manifestado vuestras peligrosas heridas; 
ya que el cielo, por sus secretos juicios, ha per- 
mitido que de su peligro estéis libre y que en 
breve esperéis restituiros en vuestro primero vi- 
gor y fuerzas, quiero suplicaros, por lo que me 
debéis haber deseado veros en este estado, que 
yo sepa quién sois, vuésb-o nombre y cómo ve- 

' C'>"8l^ 



nÍBteis á, veros ea tan notable peligro, en esta 
tiet7a y en parte tan fragosa, y qniéa era el ja- 
ves difaoto que tan cerca de vos perdió la vida, 
que en ello recibiré particular favor. 

Calló aquí doña Dorotea aguardando respuesta 
& 8Tt justa petición, que le dio la dama herida de 
esta suerte; 

— Cuando tantas obligaciones con que me 
hallo (que son no menos que la restauración de 
mi vida), no os debiera al ser quien sois 7 i la 
discreta oortesla con que lo pedís, era forzoso 
corresponder, sirviéndoos en daros en esto gus- 
to, aunque el tiempo que durare mi relación yo 
no le tenga, acordándome de los trabajos que por 
mi han pasado, que en breve tiempo no han sido 
pocos. 

incorporóse con esto euTla cama, y toigando 
un abrigo, prosiguió sn discurso asi: 

— Aquella ciudad, cabeza deste reino, que ba- 
fian las aguas del caudaloso Ebro, sagrario de 
tantos cuerpos, de santos que en ella padecieron 
martirio, estancia donde la Emperatriz da los 
cielos b«jó á hacer la Corte Celeste acompafiada 
de alados serafines, hasta el breve sitio de un 
dichoso pilar, es mi patria. Nací de padres ilns- 
tres (cuyo apellido sabréis (después); inmediata 
heredera de na cuantioso mayorazgo, después de 
la muerte de mi padre, cuya única tija soy, fal- 
tándome el amparo de mi ¡querida madre, en 
lo tierno de mi edad. A los diez y^seis afioa de la 

-■ Cocslc 



20 CAST«,l,0 SOLÓRZAN'O 

que tengo llegaba (que serán dos más), cnando 
en las conversaciones de mis amigas, oyéndolas 
tratar de sas amorosos cuidados, ya temerosas 
de las mudanzas de sus galanes, ya oon celos de 
verlos inclinados á nuevos empleos, y ya ofen- 
didas de la tibieza de sus festeos, hacia donaire 
de todas, hallándome libre de las doradas ñe- 
chas de Cupido, cuya libertad estimaba en ma- 
cho por verme sin aquella penosa pensión eos 
que las vela en continuo desvelo padecer. Pues 
como en mi viesen libre despejo para hacer bnr- 
la de su cuidado y atrevida osadía para acusar 
su facilidad, recatábanse de tratar deetas cosas 
delante de mi, si bien un dia que les satirizaba 
esto, me dijo una dellas (ofendida de mi correc- 
ción); 

— ¡Plegué á amor, altiva Emerenciana, (que 
este es mi nombre) que presto te veas de suerte 
qae apruebes amante lo que ahora acusas libre! 

Oyó Cupido su petición, ofendido que blaso- 
naae tanto de libre de sus flechas nna Saca don- 
cella, cuando BU poder había rendido robustos 7 
valientes pechos de invencibles héroes, siendo 
ejemplos de esto el nazareno Sansón, el tebano 
Hércules y otros muchos, y así dispuso su ven- 
ganza deste modo. 

Por la fama de las buenas comedias que traía 
nna lucida compañía de representantes que vino 
6. Zaragoza, acudía toda la ciudad & oirías; de 
suerte que no toda la gente principal (hablo de 

-■ Coi«lc 



mujeres) podían en público verlas por el ooncor- 
so grande que habla y la dificultad de hallar 
aposentos, deseando todos ver el primero día de 
comedia nueva, por el cuidado particular con 
que se representa siempre, en una que se había 
echado el día antes, con satisfacción da que en» 
buena, asi por ser de La mayor h'izaña de la 
cesárea majestad del emperador Carlos Qui-at», 
en su retirada al monasterio de Yusta, renun- 
ciando el imperio en au prudente hijo Filipo Se- 
gundo, com« por el que la escribió, que es el 
claro y agudo ingenio de don Diego Ximénez de 
Enciso, veinticuatro de Sevilla. Me hallé sin 
aposento en que verla ni quien me le prestase; 
Gomia aquel día conmigo una amiga mía en casa, 
y sentí mucho no agasajarla del todo con este 
gustoso divertimiento, y así vio en mí un dis- 
gasto que me tenía sin sazón para entretenerla. 
JEra de buen despejo, y díjome que pues había 
faltado á la autoridad, decente lugar para tener 
este gasto, no le perdiésemos con el embozo en 
la general estancia de las mujeres. Como me sa- 
lió á esto, no quise perder la ocasión, y así, con 
los vestidos ordinarios de nnestras criadas, nos 
compusimos, y disfrazadas fuimos á la comedia, 
"acompañándonos dos criados míos, que les vino 
i, medida de sus deseos esta invención, estando 
antes muy fuera de ir á su comedia. Faé snerte . 
hallar razonable lugar, según había concurrido 
la gente. Vimos la comedia gustosamente, que 



L,,..uCo()glc 



fné mayor que su fama. A U salida della, por el 
peligroso paso donde está la juventud, ya espe- 
rando-sos conocimientos, ya buecando los nue- 
vos, pude descuidadamente alzar la basqniDa de 
encima y descubrir debajo un bordado faldellín 
que traía, que llegó ¿ ver don Qastón, caballero 
mozo y principal en aq^uella ciudad. Este (según 
después supe del), reconociendo en mi haber máa 
fondo 80 el exterior y humilde traje que prome- 
tía, quiso (llevado de su curiosidad) conocer 
quién era, y así nos fué siguiendo. Como vimos 
lo qne hacía, temiendo ser conocidas del, no» 
fuimos por desusadas calles, por si podíamos es- 
capamos de su vista; mas ¿1 iba con tanto cui- 
dado, que presumiendo esto apresuró el paso; da 
manera que alcanzándonos dijo estas razones: 

—Poco les debiera el deseo á la solicitad y oni- 
dado si en lo que apuesto su efecto no lo consi- 
guiera, que es hablaros, embozadas señoras, j 
ofreceros mi persona para lo que en vuestro ser- 
vicio se OB ofreciere. Yo he salido de la comedia 
en vuestro seguimiento, llevado de mi ourioui- 
dad que me inclinó & seguiros, por haber presu- 
mido de las dos ser más en lo oculto, qne lo que 
manifiestan los exteriores adornos. 8Í no os dis- 
gastáis de mi ofrecimiento, oa suplico merezca ' 
acompasaros. 

Paramónos en el fin de sn plática mi amiga j 
yo, tomándome el primer lugar de hablarle, j 
aal le dije: 



-■ C-""S>^ 



KOCHSs DB n.j(CER 28 

Lor don Gastón, coaoto & lo primero, ve- 
nís engañado bí pensáis que en nosotras hay más 
que lo qne deaonbro vnestra vista en naestro or- 
nato; esto ea lo más Incido qne tesemos para laa 
mayores festividades del aBo, y por eso venimoe 
da emJMEO por dar á la continna labor en que nos 
ocnpatnos algún día vacación. Si pensáis diver- 
tiros con personas de partes, j habéis eso jnzga- 
do de las dos (no sé con qaé fundamento), yo os 
deséngafio eon certeza porque dejéis la empresa, 
pues en haberla intentado sélo se os ha seguido 
en quedar con opinión para con las dos que care- 
céis de empleo, pnes en esto gastáis el tiempo en 
balde, y es cosa nneva en nn caballero de vuestro 
porte que estéis tan libre de pensamientos, que 
queráis ponerlos en tanta humildad como veis. 

— Cuanto & confesaros que vivo sin empleo que 
me dé cnidado (dijo él), yo os lo aseguro, pero 
no de que me hallo al presente sin el de conoce- 
ros después que tanto os humilláis, cuando os 
veo en traje tan hipócrita, que manifiesta la po- 
breza, encubriendo los bordados; tened máe 
cuenta con to que traéis vestido, y creed que me 
tengo por tan de bnen gusto, que no siguiera 
cosa que no me pareciera merecer más que mis 
pasos y cnidado. 

Macho sentí que mi descnido hubiese manifes- 
tado el encubierto faldellín en que Fundó don 
Gastón el seguimos; pero quise con todo darle 
salida á esto, diciéndole: 



-■ Coi«lc 



24 CASTILLO SOLÓRZANÜ 

— Nadie hay tan descuidado de si qiio no pro- 
cure dar realces á en estado y dejar dudosas las 
opiniones del cuando se determina á salir de 
embozo; digo esto, porqne ¿qué sabéis vos ai yo 
soy mnjer de algún corredor, y este faldellín qae 
traigo y me habréis visto quiero qne pase por 
mió al desunido, porque me tengan por más de 
lo qne soy? 

— Todo pnede ner (dijo él); mas, por ahora, yo 
estoy de ¡larte de creer lo contrario; y asi, si 
merezco para con vos algo por este nuevo ci 
do que ya me debéis y rae ha dado el veros ha- 
blar también, oa suplico que merezca ver vues- 
tros rostros, y en particular el vuestro (dijo mi- 
rándome), que de mi silencio podéis fiar no sal- 
dré de lo que gustáredes. 

— A eso salimos puntualmente (dije yo), á que 
vos nos conociérades, y así fuera fácil hacer lo 
que me pedís ai tuviera licencia de mi compañe- 
ra; pero yo sé que no me la dará, y así quedaré 
desairada en pedírsela por daros guato. 

— Yo so lo suplicaré (dijo él) con humildad y 
cortesía si una y otra valen para con ella. 

— No creo que nada aprovechará (dije yo). 

— Todo lo adivináis (replicé él) en daño mío; 
ya os miro con intento de no hacerme bien por 
hoy. 

^Aai ea (dije yol; otro día podéis esperar en 
que esté raejor templada, que en éste temo mu- 
cho á mi esposo, y así no os doy gusto en lo que 



-■ Coi«lc 



pedís; cuando le tenga ausente seréia servido. 

— Bien me consoláis (dijo don Gaatóu); lo que 
de aquí saco es que después de haber viüto la co- 
medía, qde es á lo que salisteis de vuestra casa 
para divortiros, lo queréis hacer ahora á mi cos- 
ta; bien pienso qne no tenéis esposo á quien 
temer, porque vuestro estado aún no lu ha admi- 
tido, según presumo. 

— Mal gastáis vuestro dinero en lidias (le dijo 
mi amiga), pues tanto os desviái» de lo cierto; 
dadnos licencia si gustáis y hacednos merced de 
no pasar de aquí, porque no queremos ser conoci- 
das de vos. 

— Máe quisiera (dijo Ól) que no hubiérades ha- 
blado, pues habiendo tenido silencio hasta aho- 
ra, lo qne habéis dicho es que os despedís y me 
mandáis quedar; mejor me va con la compañera, 
que eí no concede con lo que suplico, por lo menos 
no se despide tan determinadamente. 

—Soy yo más cortés (le repliqué) pero ya que 
ella os ha dicho que es hora de volver á nuestra 
casa, de nnevo quiero fiar de vuestra cortesía 
que os quedéis en este puesto sin ser curioso en 
seguirnos, dándoos palabra que otro día nos 
veáis y que os buscaremos cuando menos lo pen- 
séis. 

— Con esa promesa (dijo don Gastón) os obe- 
dezco, prometiéndoos de pedir á un amigo poeta 
unos versos qne os celebren lo que he oído, que. 
es vuestra discreción. 

C'>'«l^ 



20 CASTILLO S(H.ÓKZAI(0 

— Pondrá mucho de ea casa (dije yo); pafiS lo 
que habéis oído no merece esos honores; pero 
consolaráee el poeta con no ser el primero qoe 
habrá mentido encareciendo, ni lisonjeitndo pon- 
derando. 

Con esto le dejamos en aquel pnesto y nos f al- 
mos á casa; pero no anduvo tan desonidado don 
Qastún qae no nos hiciese segnir á \m criado 
suyo; el cual, volviendo á él, le dio razón de 
qniénes éramos, porque no conociéndola, nos 
descaidamos en descubrimos en el zaguán de mi 
casa, al tiempo que él entró á preguntar por cier- 
to criado de mi padre. Confieso, señora mía, que 
aunque habla visto & don Gastón algunas veces, 
nunca le miré con tanto cuidado como ésta, que 
me pareció su persona bien, con algunos princi- 
pios qne desde entonces tuve de inclinación. 

Era don Gastón hijo segando en su casa, con 
pocas haciendas qae heredó de sus padres y lo 
que le daba de alimentos sa hermano mayor, que 
entonces estaba ocupado (y hoy dia lo está) en 
nn cargo de regente de Vicaría que le había dado 
en Ñápeles el virrey que gobierna aquel reino; 
pero con lo poco que este caballero poseía anda- 
ba siempre muy lucido y era muy bien mirado de 
todo Zaragoza. 

Lo que restó de la tarde lo pasamos mi amiga 
j yo en hablar de la comedia y de don Gastéa, 
alabándome ella las partes deste caballero, con 
qoe se declaró más mi inclinación ocultamente. 

'■ Colóle 



KOCHBS DI PLACU. 37 

qsfl DO era bien dar tan presto mnestraa de ella 
á la amiga, que era de las amarteladas á quien 
autos reprendía. El dia siguiente era de fiesta; 
yocnpandoTonnaventanabaja demicsBa, pasó 
don Gastón por la calle á caballo, acompafiado 
de otros dos caballeros amigos sayos; vióme, y 
habiéndome saladado con la cortesía ordinaria, 
pasó la calle con los demás, no perdiéndole yo de 
vista en cnanto pnde, y él volviendo asimismo 
á mirarme con dísimnlaciÓn, por caosa de los 
qne le acompaflabao; cosa que yo noté muy bien. 

Ya el amor iba con la segunda vista oomeii- 
sando i, vengarse de mi; pnes ya sentía pena de 
qne don Gastón se habieae quedado sin saber 
quién yo faese, qne me holgara no hubiera sido 
tan obediente en quedarse sin seguirme el día en 
que salí de la comedia. Sa estos pensamientos 
pasé toda la tarde & solas, cuando al tiempo que 
me qnerla quitar de la ventana por querer ano- 
checer, siento ruido de caballo, y espero cuida- 
dosa de si sería dos Gasten; presto sali del cui- 
dado, pues por una calle que salía á la principal, 
en que hacia esquina la ventana donde estaba, 
Teo que viene, y emparejando con ella (por lle- 
gar en ocasión que no había geute en la calle), 
me dijo parando el caballo: 

— La promesa que os hice, hermosa señora, 
cnmplo con esos versoB que os he hecho; no os 
ofendáis de qne os haya conocido, qne si m« 
ajusté i la ley de la obediencia en no seguiros, 

'■ Colóle 



púdolo hEbcer un criado mío; pues pareciera des- 
aire en mi haber dado muestras de cuidado y 
quedarme con él cuando et cielo me guarda esta 

No hubo más lugar (por pasar entonces gente) 
qne arrojarme un papel dentro de ta ventana, 
que por ser baja, lo pudo hacci- con facilidad, y 
partió de alli sin poderle dar respuesta alguna. 
Yo, no viendo la hora de ver lo que en el papel 
había, pedí una luz y lei un bien escrito ro- 
mance. 

No quiso do&a Dorotea que pasase adelante 
con la relación sin que se le di joae si le sabía de 
memoria. 

— No quisiera (dijo do&a Emerencíana) tener 
tanta, pues para lo que falta de mi historia ve- 
réis cuan bien me estuviera; este fué el primer 
papel que de don Q-astón recibí, las primeras 
alabanzas que me dijo por escrito; de creer «s 
que las tendré bien en la memoria, y asi porque 
me lo mandáis las referiré. El romance era éste: 

Deidad cubierta de un velo 
con quien quiso el Niño Dios 
pai-a acumular deseos 
dar á sus rayos prisión. 
¿De qué sirvió dar clausura 
á tan divino esplendor, 
si para rendirme tiene 
libertad la discreción? 
No es de menor potestad 



..Go„gk 



NUCHtS DB PLACER 29 

aa discurrir superior, 
que doa hermosos luceros 
émulos del claro aol. 
Toda perfecta hermosura 
no lo 03 si le faltó 
el doa del entendimiento, 
del donaire 1a sazón. 
Sapoesto amor lo que oís, 
bien es quejarme de tos, 
que manifestáis el dafio 
y ocultáis el agresor. 
Vencimientos de advertidos 
ganan mayor opinión; 
porque de los descuidados, 
¿qué victoria se perdió? 
¡Oh tii, sujeto encubierto, 
de Cupido agudo harpón, 
si avaro de tn belleza, 
pródigo de tu rigor! 
Si dado en taza penada 
tu veneno se gust¿, 
¿cDá,l será en vaso sin pena 
patente tn perfección? 
¿Qué podrán hacer las damas 
(sabstituta del amor), 
ai el socorro del donaire 
por verso en ti les faltó? 
Cédame gloria el Petrarca, 
Apolo me dé favor, 
pues á más discreta Laura, 
taa dignos aplausos doy. 
Macho me holgné con el romance de don Gas- 
tón, declarándose un poco más mi voluntad en 

'■ Colóle 



30 CAITILLO SOLáBEAUO 

sn favor, qne no pnde menos conmigo que comu- 
nicarle con una criada mía á quien quería bien. 
Ella, ó por lo que podía interesar con don Gas- 
tón en Ber tercera destos amores, ó por inclina- 
ción qne i an persona tuviese, me persuadió & 
qne le hiciese favores si perseverase en servir- 
me, pues era caballero don Gastón digno de ser 
estimado. Con esto dormí poco aquella ooclie, 
inqnietándome este nuevo cnídado y resuelta & . 
seguir el consejo de mi criada, qne era la que ya 
disponía de mi voluntad. Ofrecióse dentro de 
ocho días ocasión para verme con don Gastón en 
un sarao de anas bodas en casa de nn caballero 
amigo de mi padre, adonde danzó conmigo, y 
después tnvo lagar (acabada la ñesta) de hablar- 
me & solas, en qne me signiñoó cnanto deseaba 
servirme, aficionado & mis partes. Agradecíle 
sus deseos; pidióme Ucencia para festearme en 
público, y dísela con mucho gusto. 

Desde entonces comenzó Á servirme, hallán- 
dose en las partes donde yo estaba, cosa que no 
llevaba bien mi padre por tener diferentes in- 
tentos, que era casarme con un caballero, primo 
mío, el hombre que más aborrecido tenia desde 
que le conocí este deseo; porque este caballero, 
con saber la voluntad que mi padre le tenía, y 
no ser yo de las personas que podían ser olvida- 
das por presencia y partes, ignaUndole en cali- 
dad y aventajándole en hacienda, trataba más 
de frecuentar la casa del juego qne no la de mi 



-■ Coi«lc 



NOCmS DS PLACKK 31 

padre, con tenar en ella franca entrada & todas 
horaa como deudo, cosa qne otro estimara ma- 
cho. Escribíamonos don Gastón y 70; de soerte 
qne ya estaba asentada mny de veras nnestra 
correspondencia, queriéndole yo muy bien, y él 
corre Bpondiéndome muy fino. 

Saoedié, pues, que un día se hallaron don Gas- 
tón y mi primo en una caea de juego, donde so- 
bre ana diferencia del tuvieron palabras, y della 
resultó el salir & la calle á acuchillarse. De la 
una parte y la otra se hallaron caballeros ami- 
gos de los dos; con que sacadas laa espadas la 
pendencia se acriminó más de lo que fuera si los 
dos de la diferencia riñeran á solas. Hubo algu- 
nos heridos, y entre ellos lo salieron don Gastón 
y mi primo, don Gastón en la cabeza, de una he- 
rida pequeña, pero mi primo en una pierna de 
una grande herida. A no haberse hallado tantos 
á este disgusto, creyera mi padre (ausente del) 
que habia sido por competencia de amores, sien- 
do yo la causa del, porque sin estar bien infor- 
mado de cómo había sucedido, me dijo muchos 
pesares eu orden á lo poco que favorecía & don 
Guillen, que así se llamaba mi primo, y que nne- 
To cuidado me debía de estorbar el hacerle fa- 
vores. Yo le signifiqué cu&n poco caso hacia mi 
primo de mí, cuando otro estimara verle & él 
inclinado & hacerme esposa suya, pues de la 
parte de los galanes debía ser más fomentado el 
festeo, y no sucedía asi, que no se admirase 

'■ Colóle 



32 



verme tibia con él, pues él lo estaba conmigo. 
Era mi padre hombre de la primera apren- 
sióa; falta que tienen machos de buenos onteii- 
diraientoa, y aunque le tenía muy claro, eato ve- 
nia á ser defecto en él. I>e haber visto á don 
Gastón pasear la calle, darme algunas músicasí 
acudir á loa saraos donde me hallaba, danzar 
^ conmigo y otras acciones de enamorado, presa- 
mié haber afición en los dos^ y conformidad de 
voluntades; y con esta pendencia que entre loa 
dos hubo se imaginó haber procedido por mi 
causa; pero con más dilatada relación del dis- 
gusto, se quietó, aunque no la mala voluntad que 
á don Gastón tenia; que en todas las ocasiones 
que en casa se ofrecía hablar de él, no se le moa- 
traba afecto, censurando sus cosas, en particular 
el estarse en Zaragoza, siendo hijo segundo, ha- 
llándose aa hermano en puesto que te podía aven- 
tajar. En esto tenia razón; pero mi amante go- 
bernaba la hacienda de su hermano y no quería 
dejarla en poder de quien le diese mal cobro do 
ella, por asistir junto & éi, que sabía que esto le 
servía de disgusto. 

Curáronse los heridos, haciendo luego entre 
ellos las amistades, personas que se metieron por 
medio; quien más mal librado salió de la cues- 
tión fué mi primo, por quedar cojo de la pierna 
derecha por haberle cortado los nervios del juego 
de ella. Sien se dejaba creer que no fué quien 
hizo el da&o don Gastón, pues acometiéndole 



-■ C'>"8l'^ 



cara i, oara oomo siempre estuvo, no le podia 
herir por detrás; algaao de loa qne en la pen- 
dencia se hallaron qniso vengarse con tan infa- 
me acción. Macho sintió mi padre verle con esta 
mansedad, j mi primo se desesperó de tal suer- 
te, goe se íué niia noche de Zaragoza, sin haberse 
sabido m¿s de él hasta hoy. 

Con esto qaedi con mis aliento para ser ser- 
vida de don Gastón, aunque á mi padre, desde 
aquel dia que mi primo se attseutó, siempre le vi 
con na continno disgusto, mostrándome menos 
amor. La frecuencia de ñnos papeles que de don 
Gastón tenía, con que me iba obligando más 
eada dia, y el mucho amor que por ellos le conocí 
tenerme, me dipnsíeron á favorecerle más de 
cerca, dándole entrada en casa de noche. Gouti- 
vaó algunas (habiéndose antes desposado con- 
111^), y las que me vio no salió de los limites de 
la compostura, ann en los que licitamente la li- 
cencia de esposo le permitía, cosa con que ma 
obligaba más. 

TTna noche que mi padre estaba despierto por 
ciwta indisposición que tenía, sintió pasos cerca 
da mi aposento, y estuvo con atención á ver qué 
serla. Obligóle óir mayor rumor á cuidar más de 
sn casa, y asi se levantó quietamente y salió de 
su aposento á otro más afuera; donde puesto & 
una ventana del, que salía á la calle encima de 
una puerta falsa, vio salir por ella á don Gastón, 
que conoció bien con la claridad de la luna. Yol- 

NOCHKS DE FLACBR 3 



84 CASTILLO fOLÓBEANO 

vióae & la cama, y cou no pequeña inquietud 
aguardó en ella basta la reñida del día, conside- 
rando ver perdido el honesto recato de su casa 
por míj porque con las sospechas que tenia de 
qae don Gastón me festeaba de secreto, después 
de la pendencia con mi primo, aprendió qae 
me había gozado. Aguardó, pues, A que yo me 
despertase, y entrando en mi aposento, habiendo 
despejado del primero á mis criados, se quedó i 
solas conmigo, y luego, perdido el color del ros- 
tro, sacando una daga contra mi, me dijo estaa 
tazones. 

— Este acero, infame y desobediente hija, te 
quitará en breve la vida si de plano no me con- 
fiesas quién salió anoche cerca del día deata 

Cuál yo quedé con esta acción y con lo que 
oía ¿ mi padre, bien lo podéis jnzgar, hermosa 
Dorotea. Turbóme de modo que apenas acerté á 
pronunciar razón con concierto, cosa que acre- 
centó más el enojo á mi padre viendo que mi tur- 
bación confesaba mi culpa. De nuevo volvió 
& amenazarme, doclarándose más conmigo, di- 
ciendo: 

— ¿Piensas, aleve Emerenciana, que no conocí 
anoche á don Gastón, ta galán, que salía desta 
casaP De nuevo te amonesto que ejecutaré lo que 
dicho tengo sí no me confiesas lo que hay entre 
los dos; advierte que te estará mejor confesár- 
melo que negarlo. 



Lyn,.U,.C0t)>^li; 



Breyemeate diecnrri (animada con esta última 
rasón) en que don Gastón era caballero princi- 
pal, igoal mió en sangre, persona de buenas par- 
tes, y que confesado el delito esperaba (c:mo 
única hija) perdón de mi padre, casándome con 
él, y asi me animé á. decirle qtie yo estaba des- 
posada con don Gastón, y qae en fe de eso le habla 
dado entrada cuatro noches, pero con el recato 
qne debía á quien yo era, pues no se había des- 
compQesto á nada, aguardando i que fuertes 
medios acabasen con él qae viniese en este ca- 
samiento. 

Apenas le hube dicho esto, cuando con la 
misma amenaza de matarme me dijo qne quién 
en su casa era tercero de los papeles qae nos 
est^ibiamos; yo le dije que un pajecillo suyo que 
le nombré. 

— Pues conviene (dijo, él) que luego hagáis 
lo que yo os mandare, que me importa. 

Tomé recado de escribir, y marginándome el 
papel, me forzó, con la misma daga en la mano, 
¿ que escribiese estos breves renglones: 

■£spoBO de mi vida: Mi p&dre ha salido hoy á 
una quinta que tiene media legua de aquí, y se 
ha de quedar allá esta noche; habrá cómoda oca- 
sión para que con menos recelo vengáis á verme 
á la media noche, por dar lugar & que estén re- 
cogidas mis criadas; y por hallarme ocupada en 
sa partida y haber de veros presto, no soy más 
larga. El cielo os guarde. Vuestra esposa.» 

'■ Colóle 



3S CASTaLO SOLénzANO 

Cerró el papel, y haciendo que yo llamase &1 
pajecillo, se escondió detrás de mí cama, ha- 
biéndome mandado que le dieSe el papel sin in- 
novar m&s que caando le daba loe otros. Asi lo 
hice, no poco temerosa de qne aquellas preven- 
ciones no eran en mi favor, como después expe- 
rimenté. Aquel dia no salió mi padre de casa, 
asistiendo siempre donde yo estaba, cnidadoao 
de qae no hablase con alguna criada mía, coa 
este coidado. Llegó la señalada hora en qne el 
descuidado caballero estaba avisado, qne no fná 
tardo en venir; bizo la acostumbrada seña y salió 
k abrirle la criada tercera de naestros amores, 
con orden de mi padre; apenas entró en el za- 
guán de casa, cuando cuatro criados que mi 
padre tenia apereibidos, hombres de hecho, se 
abrazaron con don Gastón fuertemente sin darle 
lugar & poderse defender ni dar voces, porque le 
taparon la boca y le vendaron los ojos con nn 
lienzo; atáronte las manos atrás, y prevenido un 
carro largo cubierto, le metieron en él, oyendo 
yo decir á mi padre entonces: 

— Así, don O-astón, sé yo castigar atrevimien- 
to de los que ofenden mí casa; caminad con él 
donde os tengo ordenado. 

Partió con esto el carro, y dentro de un cuarto 
de hora hizo poner el coche, en el cual se entró 
conmigo y con dos criadas^ y salimos de casa ca- 
mino de la quinta. Cuál yo iba podéis considerar, 
si acaso del ciego dios Cupido habéis experimen- 

'■ Colóle ■ 



tado gas amoroeaB flechas. Bncel&bame de qa« 
non don Qastóii no hiciese mi padre alj^na dema- 
sía, qae era de condición crnel y yengativo. Lle- 
gamos á la quinta, donde & mí se me dio im 
aposento obscuro por estancia, y orden áana dn»- 
fia anciana que me sirviese, dejándome siempre 
cerrada. A don Oastón le pusieron (según después 
sope) en nn sótano donde no llegaba á visitarle 
apenas la luz del día; deste tenía la llave mí 
padre, fiindosela, para darle de comer, & on 
eriado, de qnien siempre hizo mucha confianza. 
£1 intento que mi padre tenia no se pudo saber 
por entonces; presumían todos que debía de ser 
acabar con la vida de don Gastón. 

Deata suerte se pasaron ocho días, en los cua- 
les hizo novedad la ausencia impensada de don 
Gastón, no sabiendo sas criados donde pudiese 
estar desde aquella noche que faltó de an casa. 
Con esto, el ver la mudanza de mi padre & su 
qnínta con toda su casa, dio también que sospe- 
char, tanto, que se decían muchas cosas que no 
estaban bien á su opinión ni & la mía, presu- 
miendo haber muerto mi padre ¿ don Gastón por 
mi causa, y estar ausente de su casa por lo 
mi»no. 

Tenia mi padre un hermano religioso en Za- 
ragoza, y como & sus oídos llegase todo lo que 
sobre esto se decía, y & él no le hubiese dado 
parte de la ida i su quinta, comunicándose en 
Zaragoza todos los días, presumió que algo ten- 

'■ Colóle 



88 CASTILLO POLÓREAKO 

djría de verdad lo que oía, y asi se determinó de 
irle á ver. Llegó & hora de comer, y como le viese 
i la mesa solo y faltar yo de ella (despnés de 
haberle dado las quejas de no haberle visto an- 
xtee de en venida allí), le preguntó por mi; él le 
dijo que estaba indispuesta, y queriendo ir & 
verme, le dijo qne no podía ser por cierta cosa 
qne después Je comunicaría; comieron los dos, y 
dejándoles solos sobremesa los criados, le di& 
cuenta mi tío lo que por Zaragoza se decía de la 
falta de don Qastón, y su venida acelerada á 
aquella estancia. Lo que le respondió á esto mi 
padre fné que él había topado en su casa á don 
Gastón á deshora, y habiéndole acometido con 
sns criados hasta salir acuchillado á la calle, se 
les escapó por pies, y queriendo saber de mi qué 
ara lo que entre los dos había, le había dicho 
cómo estábamos desposados, cosa tan contra el 
guato suyo, por no querer bien é, don (íastón, y 
que asi había determinado retirarse á aqnella 
quinta, dándome por castigo desta desobedieneia 
el tenerme en un aposento encerrada, hasta qne 
me dispusiese á tomar un hábito de religiosa en 
el monasterio qne escogiese, que en solo eso que- 
ría darme gusto; qne él estaba aún en edad para 
volverse á casar y tener hijos que le heredasen. 
Deste pensamiento trató de disuadirle mi tío, di- 
ciéndole que el castigar el atrevimiento de don 
G-astón había sido bien hecho; pero que sabido 
lo que entre él y su hija había, hacia mal en no 

'■ Coi^l. 



NOCHES DS PLACKE 89 

oasarloB, pues la calidad era í^al á la suya, j 
8Í no tenia don Gastón hacienda, en mayorazgo 
era cnantioeo para Baplir esto y pasar con él 
Inoidameste. Tantas cosas le dijo mi tío, que mi 
padre, osando de cautela, le enga&d, diciendo 
qae Tolviese á la ciudad y procurase que pare- 
ciese don Oast¿n, y que & ¿1 le daba comisiÓB 
para tratar estas bodas. Quedó gustoso mi tío, y 
quiso verme antes de volverse; fué con él mi pa- 
dre al aposento donde yo estaba, y entrando de- 
lante im poco antes que mi tío, dijome que fuera 
áe lo que me fuese preguntado no moviese el la- 
bio para tratar de materia alguna, si no quería 
que ido mi tío mequitaaela vida; con este temor 
me vi con mi tio, en presencia áe mi padre, espa- 
cio de media hora, y en ella no se trató de nada 
toeante á don Gastón; sólo al despedirse mi tío 
me dijo: 

—Sobrina mía, yo voy muy gustoso de haber 
reducido i mi hermano i lo que es justo; pretito 
espero que estas cosas se hagan como todos 



Con esto se fué, y llegó luego la due&a y de- 
jóme cerrada. Aquella noche mi padre llamó al 
criado que tenia cuenta con don Gastón, y le dijoj 

— Esta noche, Claudio, ha de morir don Gas- 
tón con un bocado; éste le has de dar t¿ en 1& 
cena; mira que fio de ti esta acción, teniendo se- 
guridad que te será bien pagada. 

Ofrecióse el criado i servirle con mucha £de- 

-■ C'>'«l'^ 



40 CASTILLO SOLÓKZAMO 

Hdad, y dándole mi padre una confeocióa qae 
tenia preparada para el caso, le dijo cóm» se la 
habla de mezclar con la vianda, con que ee dea- 
pidió del. Claudio, considerando la crueldad d« 
mi padre y el ánimo deliberado en querer dar la 
muerte & un caballero que le estuviera bien ca- 
BArle con su hija, determinóse á no obedecerle, ; 
así se fué á la prisión de don Gastón, & quien 
dio cuenta de lo que su doe&o ordenaba contra él, 
dejando admirado al pobre caballero. Consolóle 
Claudio, ofreciendo perder por él la vida antes 
qae obedecer á su se&or. Agradecióle mucho esto 
don Gastón, ofreciéndole, si le daba libertad, ha- 
cerle seflor de la hacienda que poseía, y esto por 
un trato delante de notario que le haría luego que 
saliese de allí, porque él se determinaba vengar 
de mi padre quitándole la vida y no parecer más 
en Zaragoza. Mejor lo dispuso Claudio, porque él 
había sabido que un criado del hortelano de 
aquella qainta había muerto de garrotillo aquella 
mañana, y quiso que él supliese por la persona 
de don &astón, poniéndole sus vestidos y dando 
á entender á mi padre, con la obscuridad del só- 
tano, qae él era el difunto. Así se trazó, y para 
darme aviso deeto me escribió Claudio un papel, 
y tuvo maña para meterle por debajo de la puerta 
de mi aposento, avisándome que le tomase, y jun- 
tamente con él metió recaudo de escribir para 
que respondiese. Leí el papel, dejándome admi- 
rada los crueles designios de mi padre, y respoD- 

'■ Coi^l. 



KOCUBS DK flAcu 41 

di en las espaldas del papel qae fue parecía bien 
la traza, para la anseocia de dop Q-aatóa, porque 
dentro de breree días hablan de procurar que yo 
saliese de allí ó me qnitaría la vida. Habo tam- 
bién modo como volver este papel á manos de 
Claudio, y él compaso con don G-astón el modo 
cómo esta fuga mia faeee; y determinóse Claudio 
i sacarme de casa dos noches después de la sa- 
lida de doa Oaatón. Desto tnve aviso luego por 
la misma parte, y comencé á prevenirme con 
juntar, todas las joyas y dineros que había en 
casa, que estaban debajo de mi mano en aquel 
breve retraimiento; y aguardé í la disposición 
de Claudio, «1 cual, aquella noche, para dar li- 
berta/i á don Gastón, dispúsola así. Llevóse al 
difunto mozo de la quinta á la prisión, que lo 
pudo hacer por estar el hortelano enfermo del 
mísnto mal y á su cargo de Claudio el llevarlo & 
Zaragoza á dar sepultura; quedó del contagioso 
mal el difunto con el rostro cárdeno, efecto que 
liacetambi4n el veneno, que no fué poca dicha 
para deslumbrar á mi padre, si bien ayudaba & 
egto sen un poco corto de viata, pues como le pu- 
siesen los vestidos de dan Gastón (poniéndose él 
otro que. le dio Claudio), aguardaron & que fuese 
después, de la media noche esto. En esta sazón 
salió don Gastón de allí, con orden de Clandio 
de aguardar en una aldea, á dos leguas de Zara- 
goza, .á que yo saliese en compafiia de Claudio, 
que se ofreció á llevarme para de alli caminar & 



L,„......C0ü^k 



43 CASTILLO SOLÓRZANO 

Barcelona y embarcanios para Ñapóles , donde 
don Gastón tenia é. su hermano. Salió, paes, el 
7a consolado caballero, dejándome escrito nn 
papel en que me daba cnenta de eas penas 7 
donde me agaardaba. 

En tanto, Clandio salió & avisar & mi padre 
cómo había surtido el efecto del veneno para que 
le diese orden de lo qne había de hacer de don 
Gastón. No poco se alegró con las nuevas, y él 
mismo qoiso certiñcarse dello bajando al sótano 
con una Inz, donde vióel difunto tendido eu tierra 
boca abajo, qne^así le puso de propósito Claudio 
para que entendiese que con alguna basca de la 
muerte se había volcado él mismo. Volvióle ei 
rostro hacia arriba Claudio, el cual, como estaba 
cárdeno y apostillado de tierra, pudo asegurar 
esto y la fidelidad que mi padre tenía de su cria- 
do, que era el mismo don Gastón. Cargó con él 
Claudio, y en una parte de la huerta de la quinta 
le enterraron entre Jos dos, cubriendo unas ver- 
dea yerbas la señal de la sepultara. Con esto se 
volvió mi padre ¿ la cama, satisfecho su cruel 
deseo de haberse vengado ¿ su gusto de don 
Gastón. 

No se descnidó Claudio i prevenir luego mi 
partida, porque procuró darme el papel de mi es- 
poso y otro suyo en qne me avisaba que para de 
allí á dos noches, sin falta, me previniese. Llegó, 
pues, la deseada hora, y tomando 70 la llave de 
mi aposento & mi vigilante guarda (que entonce» 

-■ Coi«lc 



KOCKES DE FLACEK 43 

DO lo fué), con ana aeüa que oí á Claudio, pnde, 
dejándola dormida, salir del aposento y dejarla 
cerrada por de faera, Saqoé conmigo ese cofreci- 
llo, qne ahora est& en vuestro poder, con mis jo- 
yas yla moneda que en otro habla, y hallé á Clan- 
dio esperándome, que me recibió con mucho 
gasto; el cual, por asegararse más de mi padre, 
%aietamente le cerró sa apesento por de fuera. Ya 
en el zaguán estaban aderezados doB rocines de 
campo; púsome á caballo en el nno, y él ocupando 
la silla del otro, salimos apresuradamente de allí. 

Hasta entonces bien había Claudio procedido 
en mí favor; pero en verme en su compatia se le 
levantaron los pensamientos; de suerte qae as- 
piró á querer usurpar lo qae esperaba mí don 
Gastón; desto vi brevemente las muestras, pues 
dejó el camino que llevaba (qne lo pudo hacer 
sin reparar yo en ello, por no haber salido de 
Zaragoza en mi vida) y tomó otro, caminando 
aquella noche, y parte de esotro día, diciéndo- 
me qne en esta eiadad de Jaca habla concertado 
después con don G-astón que nos esperase, lle- 
gando al anochecer, cerca desta montaBa; fingió 
haber errado el camino, y metióme por entre las 
malezas de ella á aquella parte donde me halla- 
ron vuestros pastores, y apeándose del rocín en 
que iba, me dijo: 

— Yo he errado el camino inconsideradamente; 
descansemos aquí un poco comiendo algún bo- 
cado para que volvamos luego á buscarlo. 

'■ Colóle 



Apéeme 7 tomé asiento en aqnella verde yer- 
ba qae allí había, haciendo él lo mismo, atando 
antes loe rocines & las ramas de unas encinas. 
Como se viese á solas conmigo, y llegada la sa> 
zón de qne deseaba, comenzó á significarme coin 
bien le parecía 70, alabándome mi malograda 
hermosura, y finalmente se alargó á declararme 
sn deshonesto deseo (esto estando loa dos co- 
miendo de una fiambrera que llevábamos). Yo, 
que tí declarado el fín de haberme traído allí, 
que era para deshonrarme, y que para esto ha- 
bía de propósito apartádome del camino, antes 
de responderle tomé secretamente el cuchillo con 
que había partido la vianda, y díjele estas ra- 
zones: 

— Clandio, si ha sido toda esa plática que ha- 
béis hecho enderezada á probar lo qne hay en 
mí, el verme presto con don Oastón, mi esposo, 
me había de hacer recatada, cuando el ser quien 
soy no me obligara á serlo; bien creo que esto 
que me habéis dicho ha sido sólo por pasar tiem- 
po y por dar excusa á haber errado el camino, 
pero andaréislo si perseveráis en esa intención, 
Si es diferente de lo que yo presumo, pongámo- 
nos á caballo, y procuremos volver al camino, 
para qne prc:ito nos veamos con mi esposo. 

ÍTo enfrenaron estas razones al depravado in- 
tento de Claudio, que & otro sujeto menos deter- 
minado pudieran abstener; y así, queriendo to- 
marme una mano, no le di lugar, que con el cn- 



L,.,n.u,.C00>^lc 



chillo que tenía escondido le hice un& herida en 
la garganta, y asegundando con otra por el pe- 
cho quise acabar con sa vida. Él, por defender- 
se, sacó sn daga y dióme dos heridas, aunque ya 
casi sentido. Con ellas me animé & acabar con él; 
y asi, viéndole desatinado con la herida en la 
garganta, dile otras muchas, dejándole el ca- 
chillo metido en el cnerpo; y viéndole ya sin el 
vital espíritu, al tiempo de qnerer ponerme & 
caballo, sentí cierto mmor entre las ramas de 
las encinas; hacia donde te sentía quise guiar, 
y apenas habla dado ocho pasos cuando de la 
sangre que se me iba de las heridas caí en el 
Baelo sin sentido. Desta snerte me hallaron vues- 
tros pastores y llevaron á su cabana, adonde fui 
traída á vuestra casa, en quien he hallado pia- 
doso hospicio y generoso amparo; déme el cielo 
vida para que en lo que me durare os sirva este 
favor y merced. Esto es lo que os puedo decir de 
mis trabajos, estando ahora con la pena que po- 
dréis juzgar de no saber de mi esposo, el cnal 
creo sin duda que debe de estar en Barcelona 
aguardándome & mí y á Claudio, bien descuidado 
deste suceso. 

Mucho estimó doña Dorotea el haberle hecho 
la herida dama relación de sus infortunios. Ofre- 
cióla de nuevo servir en cuanto pudiese; y vien- 
do en ella deseo de ir & Barcelona, ofrecióla de 
acompa&ar hasta aquella ciudad. Como pasase 
con ella ¿ Monserrate, que había prometido visi- 

-■ Cocglc 



46 CASTIi^LO SOLÓKEANO 

tar aqael frecuentado saatuario ea una enferme- 
dad qne había tenido, y (juería camplir el voto, 
alegróse tanto doña Emerenciana con lo que la 
ofrecía bu amiga, que en agrade cimiont o de tan 
grande favor la tomó bus blancas manos y se les 
besó, quedando entre laB dos una verdadera 
amistad. 

Coo las esperanzas de verse presto en Barce- 
lona doña Emerenciana, iba convaleciendo muy 
apriesa, que es gran parte el gusto para que ayu- 
de la naturaleza. TTn día que las dos estaban á 
Bolas, comenzándose á levantar la convalecien- 
te, vino é. verse con doña Dorotea un deudo suyo 
anciano, y áespaés de haberla hecho su visita en 
breve rato, la dijo tener que comunicar con ella 
un negocio í solas. FiQieron licencia í doña 
Emerenciana, y asi se retiraron á otro aposento, 
donde estuvieron largo rato hablando á solas. 
Acabóse su plática, y el anciano caballero se 
despidió y se puso á caballo, volviéndose á Jaca, 
de donde habla venido. Quedaron, pues, las dos 
amigas á solas, y dofia Dorotea algo triste (cosa 
que echó de ver su amiga), que le preguntó la 
causa. Dorotea le dijo: 

— Bien creo, discreta Emerenciana, que con 
tu agudo entendimiento habrás discurrido á so- 
las cómo una mujer principal como yo paso aquí 
retirada de la ciudad que es mi patria, y que con 
cantidad de hacienda no trato de tomar estado, 
faltándome el amparo de mis padres. 



'■ Colóle 



MOCHU DB rLACU 47 

— BieD ha pasado por mi ooneideración eso 
(dijo doña Emerenciana); pero no se me ha he- 
cho novedad, paesto que conozco algnaas damas 
de más edad que tú por hallarse bien libres del 
domiaio de sus esposos, en tiempo que es menes- 
ter mirar tanto la compaMa qyio se elige, paes 
los escarmientos de otras qne la han tomado 7 
les han salido malos los empleos, les paede tener 
remisas para hacerles. 

— Escarmiento tengo bastante para do casar- 
me (dijo do&a Dorotea) en toda mi vida, y así ya 
mal despachado este deudo mío, qne ahora habló 
conmigo en au casamiento que me ha propaesto 
de calidad 7 hacienda, pero despedíle, 7 creo 
que desto lleva algún desabrimiento; mas por 
pngarse con otra la relación qne me has hecho, 
qaiero darte cuenta de unos amores que tuve. 

Prestóla atención doña Emerenciana, 7 prosi- 
guió asi: 

— A unajs fiestas que se hicieron en Jaca por 
la entrada del obispo, que hoy gobierna aquella 
iglesia, vinieron á ella algunos caballeros foras- 
teros, entre los cuales vino uno de la ciudad de 
Teruel, que tenía deudos allí. Este me vio la 
primera vez en una ventana de la plaza viendo 
unos toros que se corrían, estando él en otra cer- 
ca dellft. Poco gustó del regocijo, porque el tiem- 
po que duró casi todo le empleó en mirarme con 
demasiada atención, cosa que vine á reparar en 
ella con cuidado. Tenia buena persona, talle y 



'■ Colóle 



48 CASTILLO SOLÓREANO 

edad, puea no pasaba de Teintidós aflos; puse los 
ojoB atentamente es él, y con los suyos me dio i, 
entender ser yo la mayor fiesta que al presente 
tenia. Esto casi pude conjeturar por algunas 
signiñcatiyas seQas, y aunque reparé bien en 
«Has y conocí su pensamiento no me quise dar 
por entendida. Pasó la fiesta y quedóse por al- 
gunos días en Jaca, en los cuales tuTo modo para 
tallarse en la iglesia de nn monasterio vecino 
de mi casa, al mismo tiempo que yo estaba en 
ella oyendo misa; púsose junto á mí, y dióme á 
entender su amor con los mayores encarecimien- 
tos que supo, que no fueron pocos. Yo, qae no 
sabia qué cosa era amor, aficionada 6. su bnen 
talle y persona, crei cuanto me dijo é hice eeti- 
timación do su voluntad. Fregontándole cuánto 
había de estar en Jaca, respondióme que los dias 
que yo gustase asistiría allí sirviéndome y dón- 
de posaba, que era en casa de una prima saya, 
le tenfa con mucho gusto en ella, y así no pen- 
saba ausentarse; antes tener modo como venirse 
& vivir á Jaca de asiento, pues el cielo le habla 
hecho tan venturoso que me hubiese conocido. 
De nuevo le di gracias por esto, y prometí qne 
sí correspondían las obras con las promesas que 
allí le oía, hallaría en mí Favores con el lícito 
■ intento de ser para el casto Himeneo. Allí me 
aaeguró que el mayor deseo que había tenido era 
en orden á ese fin, y que el cíelo le faltase si no 
era verdad lo que mo decía. Con esto nos dividí- 

-■ C'>'«l'^ 



NOCHES DE PLACER 49 

moa, aunque no las Tolnntades, pues correapon- 
diéndonos (por ir abreviando con el discurBo), 
TÍBO á tener entrada en mi casa algunas noches, 
no excediendo de mi voluntad jamás; tan obe- 
diente le tenia. 

En este tiempo vino un caballero á Jaca, na- 
tural de aquella ciudad, qne habla sido capitán 
en Flaudes, mereciendo haber llegado & este 
puesto por sus buenos servicios y partes. Este 
era hermano de una grande amiga mía , qne 
siempre estaba en mi casa. Por orden de su her- 
mana me vino á visitar, j de mi vista quedó 
grandemente enamorado; de saerte que desde 
aquel día todo fué pasado inquietamente j sin 
sosiego alguno. Manifestábalo esto con no salir 
en todo el día de mi calle: esto sintió mucho don 
Luis (qne asi se llamaba mi galán), teniendo no 
pocos celos del capitán, no pudiendo sufrir qne 
algunas veces con achaque de aoompafiar á su 
hermana (que me venía á ver) me visitaao. Esto 
me dio á entender don Luis; yo le aseguré que 
él era sólo á quien amaba, el dueño de mi alma, 
y por quien se gobernaba mi albedrío, y que 
estuviese cierto que no se me daba nada por 
die; que la cortesía no la podia perder, excusán- 
dome que asi perdiese el recelo que deste tenía, 
pues él había de ser mi esposo. Con esto se ase- 
guró don Luis, procurando yo todo lo posible 
cnaar el ver al capitán, y el ir á casa de su her- 
mana á visitarla por no hallarle allí. 



^■-' Coogk 



60 CASTILLO SOl.ÓRZAKO 

Declaróse el capitán con ella, rogándola que 
le fuese tercera para conmigo, y apretándola en 
esto; mas como ella era verdadera amiga mía, y 
supiese antea de la venida de so hermano mi em- 
pleo en don Luis, bnbo de decirle cu&n adelante 
estaba en mi voluntad. Pesóle sumamente al ca- 
pitán el oír esto, y no obstante que tuvo este de- 
sengaño, que le pudiera enfriar en su amor, an- 
tes se le esforzó; de suerte que de atll adelante 
dio en oponerse él á don Luis, procurando en to- 
dos los lugares públicos ponérseme á la vista á 
pesar sayo. 

En esta sazón murió mi padre, y en aquel 
tiempo tuvo poco lugar de verme el capitán, si 
bien don Luis no dejaba de entrar en mi casa 
con grande recato siempre, no recibiendo más 
que los honestos favores que he dicho. Siguióle 
loa pasos una noche el capitán y viole entrar en 
mi casa, cosa que sintió en estremo (según me 
dijo su hermana después), porque luego fué á 
decirle lo que había visto; ella le persuadió que 
dejase aquella necia tema, puesto que don Luis 
era el favorecido, como había visto. Mas el ca- 
pitán, que tenía limitado entendimiento, con la 
aversión que tenía á don Luis, porfió en que se 
le había de oponer y estorbar su galanteo hasta 
hacerle ir de la ciudad si pudiese. Desto me dio 
aviso mi amiga y su hermana; y yo, por obviar 
estos inconvenientes, dije á don Luis que me vie- 
se menos veces, que se murmuraba en la ciudad 



-■ Coiíglc 



NOCHES. DB Pl ACKR 5! 

qae me veía de noche; pero que las qne viniese 
faeae en h&bito diferente del que trafa porque 
nadie le pudiese conocer: ofrecióse hacerlo así, 
viniendo algunas noches en traje de segador, 
con calzones de lienzo, y aquellas antiparas que 
los qne tratan deste ministerio nsan. Aun con 
este hábito no cesó de perseguirle el capitán; de 
suerte qne una noche le aguardó hasta verle sa- 
lir de mi casa, y queriendo reconocerle, enfada- 
do don Lnis de verle hecho siempre atalaya de 
aquella calle, llegando á estar la cólera en su 
punto, sacó una pistola que traía cebada, y dis- 
parándola le metió dos balas en eí cuerpo, ca- 
yendo el capitán muerto á sus pies. Habiendo 
hecho esto volvió á mi ventana, y llamando á 
ella salí alborotada con la novedad, y me dijo. 

— Hermosa Dorotea, yo he resistido i, este ne- 
cio capitán cuanto ha sido posible por lo qne toca- 
ba & ta reputación; ahora ha querido reconocer- 
me, con desprecio mío; háme estado mal el pasar 
por ello; dejóle muerto en esa calle. Siempre seré 
tuyo donde quiera que estuviere; á Barcelona me 
voy hasta qne el tiempo mejore estas cosas; lo que 
te SQplico es qne te acuerdes de mí, avisándome 
de tu salnd, y ten por cierto que á pesar de to- 
dos los que me lo contradijesen, has de ser mi 
esposa; por ahora quiero dejar sosegar estas co- 
sas poniéndome en salvo. 

No pudo decir más por sentir rumorea en la 
calle, y fuese. Jl.Is, maBana se halló allí el cuer- 



'■ Colóle 



po del capitán; hizo la jasticia uveriguación en 
BU muerte, y vieEdo faltar á este tiempo & don 
Luis de la ciudad le dieron por culpado eit ella, 
no eximiéndome de las lenguas del vulgo, pues 
publicaron que por orden mía había sido muer- 
to; con que pasó para tenerme presa en mi casa 
algunos meses hasta que la hermana del difanto 
me disculpó con declarar la teraa que eu herma- 
no tenía contra mi amante. 

Don Luis se fué á Barcelona, de donde nos co- 
rrespondíamos amorosameate; di jome que quería 
pasar á Ñapóles con el virrey que iba á gober- 
nar aque! reino, por dar lugar á que de su ma- 
dre del difunto alcanzasen el perdón sus deudos. 
Envíele un Agnus con algunas reliquias, y en 
una de sus cubiertas un retrato mío. Con esto 
fueron algunos regalos y curiosa ropa blanca 
con que se embarcó; bien habrá dos a&os que 
está en aquel reino, y en todo este tiempo no he 
tenido carta suya desde que llegó; no sé si es 
muerto ó me ha olvidado; de lo postrero dudo 
según fué amante, y así me conformo con que la 
muerte debe de haber dado fíu á aus días. Con la 
tristeza de verme ausente de mi dueño me reti- 
ro aquí lo más del año con mis pastores, sin ha- 
cerme ir á la ciudad. Ahora me proponía ^ste 
deudo un casamiento que me estuviera bien; pero 
tengo tan en la memoria á don Luis, que hasta 
tener certeza de que es muerto no he de tomar 
estado, y entonces oreo será el de religiosa, pues 



-■ Coi«lc 



no complo con menos Begóu al grande amor qae 
le tengo; esta es la causa por qae vivo &qui re- 
tirada, con qne te he dado cuenta de mis amores. 

En macho estimó doña Emerenciana qne es- 
tuviste tan valida con su huéspeda que le hicie- 
se eeta relación, j así aprobó el intento que te- 
nía en no casarse. 

Llegó el tiempo de estar la convaleciente con 
enteras fuerzas para poder caminar, 7 previnien- 
do un coche, rogó doña Dorotea & aquel deudo 
suyo los acompañase él con dos criadas 7 dos 
criados oon dos muías. Partieron de la granja 
oamino de Barcelona, para ir desde aquella ciu- 
dad á Monserrate; no les sucedió nada en el ca- 
mino que les embarazase el proseguirle, con que 
llegarOQ & aquella antigua y noble ciudad, corte 
de Cataluña 7 cabeza de su Principado. Sólo un 
día estuvieron en ella, donde doña Emerenciana 
hizo diligencias por saber de don Gastón, pero 
no se halló nueva alguna; prosiguieron con esto 
en camino, yendo la dama no poco penada, 7 lle- 
garon á aquel insigne y frecuentado santuario, 
donde visitando é, la Emperatriz de los cielos le 
encomendó cada una de aquellas damas el buen 
suceso de su empleo, con el honesto ¿n de matri- 
monio. Vieron lo más notable que hay alH que 
ver, y al cabo de tres días partieron de aquel ei- 
tio, viniendo & hacer noche & un lugar pequeño, 
que está al pie de la montaña, donde habiéndose 
recogido las damas en la posada, el deudo de 

-■ '■'««1'^ 



64 



dofia Dorotea, qae tenía aposento cerca deliás, 
oy¿ que en otro janto al anyo contendian dos 
hombres en una porfía, diciendo el uno al otro: 

— Señor caballero (que no sé vuestro nombre), 
ya os lie dicbo que ese mozo, ausentándose de mi 
servicio, me lleva algunas joyas, y entre ellas esa 
qne ha venido & vuestro poder, como él mismo 
dirá; si se las habéis ganado al juego, bien sabéis 
que pareciendo el dueño las ha de cobrar, pues él 
no pudo disponer délo ajeno. Todas las. diera por 
bien ganadas, salvo una, que tiene un retrato de 
una dama á quien estimo como á mi alma, pues 
es el dueño de ella; por cortesía os suplico que se 
me vuelva ésta, porque no querría llegar á dis- 
gusto con vos. 

A esto le respondió el otro: 

— Señor mío, ese mancebo ha jugado, como 
véís, estas joyas, y antes que vinieran á mi po- 
der me tuvo ganado mi dinero y las mias; como 
él se pudo levantar con ellas después de gana- 
das, lo que he hecho yo venciéndole en dicha. 
Aquí no hay más certeza de que son vuestras que 
decirlo vos y confesarlo él; así lo creyera si su 
fácil confesión no me diera sospecha qne lo hace 
por rescatarlas. Perdonadme que no estoy de pa- 
recer de volvéroslas, ahora tengáis disgusto ó le 
dejéis de tener. 

— Yo entendí (dijo el dueño de las joyas) que 
mi cortesía os obligara i tenerla, y tenia intento 
que no perdiérades el dinero que valían las jo- 



Ly..,.u,.Coo;^li: 



HOCHCS DE PL&CttR 55 

y&e; pero pues lo lleváis como os parece, aqnl 
fnera oa daré á entender cómo se Ita de hablar 
con hombres como yo. 

Salióse con esto del aposento y de la posa- 
da, y el otro hizo lo mismo. El mesonero, que oyó 
todo esto, llamó & sus hnéspedes, y todos salie- 
ron ¿ ponerles en paz, que habían sacado las es- 
padas, y el deudo de doña Dorotea salió é. lo 
mismo. La luna hacia mny clara, y el ruido era 
tan grande, que obligó á las dos damas & ponerse 
en la ventana de su aposento á ver en qué para- 
ba la pendencia, que era en frente del en la calle. 
En ella vieron cada nna á, su amante, que el 
nno contra el otro se acnchillaban; al lado de 
don Luis se puso un caballero para ayudar- 
le, pero como don Gastón le conociese, dijo en 
alta voz: 

— ¿Es posible, sefior don Fernando, que contra 
vuestra sangre os pongáis? No debéis de conocer 
á don Gastón. 

Reconoció don Fernando á su hermano, y 
vnelto á don Luis le dijo: 

— Suplicóos, señor amigo, que os reportéis, 
que tenéis la pesadumbre con un hermano mÍo, 
que es dctt Gastón, de qoien os he hecho aquella 
relación en el empleo de sus amores. 
Bajó la espada don Luis, diciendo: 
— No permita el cielo que yo ofenda á herma- 
no de quien tanto debo. 
y con esto llegó & abrazar á don Gastón, ofre- 

'■ Colóle 



TlG CASTILLO SOLÓRIAKO 

ciéndose por amigo auyo. El hizo lo rniamo, y los 
hermanos se abrazaron con macho ^usto. 

No le tenían menos las damas, ¿ qnien tanto les 
tocaba en este conocimiento; y así salieron á la 
calle donde fueron conocidas de bus amantes, y 
doña Emerenciana de donFemando.El gusto que 
tuvieron con sn vista puede considerar quien hu- 
biera amado de veras; unos á otros se contaron el 
suceso de haber venido allí; don Femando dijo 
que se volvía de Ñápeles con muchos ducados en 
compañía da don Luis, que había deseado ver 
aquel devoto santuario de Monserrate; don Luis 
se disculpó con su dama de no haberla escrito 
por haber estado casi un año enfermo muy al 
cabo de su vida. Don Gastón había estado aguar- 
dando á su dama en Barcelona, y quiso ir en ro- 
mería á Monserrate. Dióronse unos y otros por 
satisfechos de las disculpas, con que se fueron á 
cenar todos juntos con mucho gusto. Esotro día, 
tomando el camino de Barcelona, llegaron & aque- 
lla ciudad, donde aguardaron & que por fuertes 
medios se compusiese la muerte del capitán, 
costando algunos dineros. Súpose allí que el pa- 
dre de doíia Emerenciana era muerto, y su tío el 
religioso administraba la hacienda de su mayo- 
razgo en el intermedio que parecía su sobrina. 
Con esto se desposaron en Barcelona don Luis 
y don Gastón con doña Dorotea y doña Eme- 
renciana, y se 'volvieron á sus patrias con mucho 
gusto, viviendo alegres con sus amadas esposas. 

-■ Coi«lc 



Macho gusto dio & todos loa oyentes la apaci- 
ble Novela de la graciosa doña Laura; sucedióla 
doQ Félix, un caballero muy entendido, y comen- 
zó la snya dándole atención. 



FIK DE LA NOVELA PBIUERA 



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i;. Goot^lc 



La cautela sin efeto. 



Á don Diego Tic, caballero de la Orden de Al- 
cántara y señor de la Baronía de Laurin. 

CíSTRE ]oH dones qn» m&a estimó el grande Ale- 
jandro andando en la conquista del orbe, fué el 
qne recibió cerca de la ciudad de Tebas de la 
mano de un rústico labrador, qne le ofreció na 
Taso de pnra y cristalina agua, acabada de sa- 
car de nna hermosa faente; con él en la mano le 
dijo: cMncbos doñee (¡oh supremo monarca!) ha- 
br&8 recibido, en cuya riqueza habrás conocido > 
disimulada la lisonja y encarecida la obligación; 
éste, Bin los dos ñnee, es símbolo de la pura sen- 
cillez de na vasallo tnyo, que soy yo; admítele 
atendiendo á la llana ceremonia con que te le 
ofrezco*. De la misma sinceridad me valgo en 
poner este traba jo mío en manos dev. m.; maes- 
tra es de mi volantad y reconocimiento de obli- 
gaciones; admítale por lo que publica, no por lo 
que vale, y defiéndale con su generosa protec- 
ción V. m., & quien nnestro sefior como deseo. 
Servidor de v. m,, 

Don Alokso dk Castii-lo Solórzaso. 

^■-' Cooglc 



CiSTILLO SOLÓaZASO 



NOVELA SEGUNDA 



Por muerte de Feduardo y Roaimunda, reyea 
de Inglaterra, quedó heredera en aquel reino Ar- 
minda, única hija suya, dama de edad de diez y 
ocho añoa, la m&a hermosa que se hallaba en 
toda Eoropa. Hut¡ gracias eran grandes, así las 
naturales como ks adquiridas con el estadio. 
Quedó por tutor suyo Enrico, hermano del rey 
y tío suyo, que era almirante en aquel reino; 
éste gobernaba aquella monarquía, proveía las 
cosas della y administraba la justicia como si 
fuera la misma persona del rey su hermano, has- 
ta que la hermosa Arminda tomase estado. 

Tenía el almirante un hijo de poca más edad 
que la reina, gallardo joven, valiente y genero- 
so; sólo tenia una falta: que era demasiado so- 
berbio, tanto, que por ella había hecho algunas 
muertes en Inglaterra. Con éste (cuyo nombre 
era Ricardo) quería el almirante, su padre, que 
se casara Arminda, su prima, por ver & su hijo 
rey y gobernar aquel poderoso reino. Trató esto 
con su sobrina, diciéndola que sus vasallos ins- 
taban en que se casase por dar heredero & sus Es- 
dos, y que esto no lo podía hacer mejor que 

-■ C'>'«l'^ 



NOCHES DE PLACEE €1 

con ea primo, paes conocía caán buen caballero 
era y cnerdo psra el gobierno de aquel reino; co- 
nocía muy bien Arminda la condición de su pri- 
mo, y estaba cierta que con sn altivez no frisaría 
bien SQ mansa condición; y asi la respuesta que 
dio al almirants fué que era muy moza para to- 
mar estado; que no quería sujetar tan presto su 
libertad con el escarmiento que tenía de lo mal 
casados que habían sido sub padres; que cuando 
tratase de su bodas tendria coneideración á acor- 
darse de su primo antes qae de otro señor algu- 
no. Pero pueseraaupadre, le pedía que como talle 
fuese ala mano, .reformándole con sus correccio- 
nes sn áspera condición de que se quejaban to- 
dos, pues sabía que esta falta era muy grande 
para gobernar vasallos; pues lo principal que ha- 
bía de tener un príncipe era la afabilidad y blan- 
dura, usando del rigor en sus ocasiones, que con 
esto se adquiere amor y respeto. 

Despidióse desta plática el almirante con poco 
gusto, viendo en su sobrina poca inclinación al 
propuesto empleo con su hijo, pesándole de que 
tan descubiertamente le dijese sn falta, que él 
bien conocía, por donde presumió que no surtiría 
efecto de ver rey á su hijo; mas para que su so- 
brina viniese en lo que quería, valióse de una 
traza ingeniosa, y fué ésta: 

Había en Inglaterra un insigne hombre en la 
astrología, pero mucho más en la mágica, usan- 
do della los cuatro modos que trae Marco Va- 



-■ C-""S>^ 



G3 CASTILLO SOLÓÍ.ZANO 

rrón; era con esto tenido por el oráculo de aque- 
lla tierra, porque entonces era de gentiles. Dea- 
te hombre se valió el almirante, haciéndole lla- 
mar. Pues como se viese en bu presencia, le ha- 
bló desta suerte: 

— Amigo Ardano (que éste era el nombre del 
mágico); bien sabes el poder que tengo en este 
reinó, pues en el ínterin que la reina, mi sobri- 
na, toma estado, le gobierno con absoluto poder; 
supuesto esto, bien creerás que te puedo hacer 
rico en él, de suerte que seas envidiado de mu- 
chos, esto por el camino que tú escogieses, pues 
el cielo te ha hecho tan doto; el premio de lo qae 
has de hacer por mi ya lo tienes sabido; falta 
ahora que sepas por que le has de merecer. 

A la hermosa Arminda he dicho cómo sos va- 
sallos me piden afectuosamente que tome estado 
y les dé un rey que obedezcan, pues está en edad 
para poder hacerlo, dándoles príncipe que ase- 
guren la sucesión del reino. Juntamente con 
esto le propuse á mi hijo para esposo suyo, pues 
con nadie puede hacer mejor empleo que con su 
sangre, sabiendo el valor y partea que tiene Ri- 
cardo. Háme respondido que aún tiene poca edad 
para subordinar sn albedrlo á su esposo; en el 
particular de Eicardo mostró poco gusto, amo- 
nestándome que le vaya á la mano en su altiva y 
áspera condición, con que me persuado á qne no 
se inclina á este empleo. To tengo pensado que 
tú solo puedes remediar esto con la autoridad 



-■ Cocglc 



NOCHCS 1>S fLAOEK 6S 

qne te dan tos letras y continno estudio de que 
este reino tiene tantas experiencias. Este es el 
modo; tú has de fingir un juicio que has hecho 
sobre el nacimiento de la reina, diciendo que ha- 
llas por tu ciencia que adversa estrella la pro- 
nostica muerte violenta si por espacio de dos 
afios no observa et no dejarse ver el rostro de 
otra persona que no sea de las de su familia; 
pero qae pasado este tiempo podrá volver como 
de 'antes & dejarse comunicar y ser vista de 
todos. El fundamento y razón de estado que esto 
tiene te quiero decir. To llevo la mira en que 
Arminda se retire á una casa fuerte y de placer 
que tiene, cuyos edificios bafia el claro rio Time- 
sis, y alli asista este tiempo sin dejarse ver de 
nadie; esto ha de hacer por consejo tuyo, que la 
puedes dar después que le hayas pronosticado et 
daño que la amenaza; allí la tendré en forma de 
presa sin que ella se lo presuma, pues el temor 
del futuro daño con que la has de amenazar la 
de hacer amar este encerramiento. En tanto me 
podré apoderar de las fuerzas del reino, de ma- 
nera que si pasado el tiempo que la se&alares no 
quisiere por bien casarse con Ricardo, entonces 
haré coronarme por rey por fuerza de armas, des- 
poseyendo de su imperio & mi sobrina. Yo pienso 
que no llegaremos é. estos últimos trances, pues 
Arminda es cuerda, y verá que le está mejor ser 
reina soberana que no subdita: esto es lo que has 
de hacer por mi; el premio será el que tú quisie- 



'■ Colóle 



64 GASTÓLO 90LÓREAN0 

res, y el reconocimiento deberte este bien" esta- 
ri siempre vivo en mi memoria para que tengas 
mayores aumentos. 

Consideró brevemente Ardano que si no venía 
en el intento de) almirante podía tener poca se- 
guridad de su vida ea su patria por habérsele 
declarado; pues quien se determinaba & hacerse 
señor de un reino tiránicamente, le sería más 
fácil, á quien se lo estorbase, privarle del vivir; 
y así (considerando esto), se ofreció á servirle en 
lo que le mandaba. Betiróse á su estudio y quiso 
saber por el nacimiento de la reina qué empleo 
le pronosticaban sus estrellas, y habiendo sobro 
esto hecho su juicio con estudio y cuidado, halló 
que había de ser su esposo un príncipe extran- 
jero, generoso en ánimo, valiente en fuerzas y 
amable en condiciones. Con esto se animó á co- 
menzar el engaflo del almirante, fíaudo que en el 
discurso del tiempo que pouían de plazo para 
esto 86 ofrecería ocasión en que poder ser avi- 
sada la inocente reina de todo. 

Hecho, pues, el falso juicio, fundado en tér- 
minos jurídicos de astrologia, se faé á Palacio, 
pidiendo audiencia & la reina para cosa que la 
importaba mucho. Como Ardano tenía tanta au- 
toridad en todo el reino, faéie dada luego entra- 
da; besó la mano 6. Arminda y díjola: 

— Sacr^ Beal Majestad: el leal vasallo no lo 
puede ser con tal nombre si no tiene expuestos 
el ánimo & la obediencia de su rey y la hacienda 



-■ Coi«lc 



á la disposición regia; con lo primero cumplo, j 
en lo segando no pnedo, por carecer de bienes de 
fortuna; con los qne el cielo me ha comonicado 
en las letras os pienso servir, como veréis por 
este pspel, qne con desvelo y estadio he escrito 
para ponerle en vaestras reales manos. 

Tomóle la hermosa Arminda y leyóle todo, 
mostrando en bu hermoso rostro las mudanzas 
qoe pedía, peligro que tan propincuo la amena- 
zaba, pronosticado de hombre tan erudito j de 
tanta estimación. Con todo; dotada de un valor 
mayor que de sn flaco sexo, después que le hnbo 
leído le hizo muchas preguntas acerca de lo que 
había sentido de su adverso planeta. Ardano la 
dio razón de todo por términos astrológicos, obs- 
curos para ana niujer, que sólo trata de sub ga- 
las y de saber hablar con bachillería, con que 
dio crédito & cnanto la dijo; y así mandó que lue- 
go llamasen al almirante su tio, en cuya presen 
cia (con grande disimulación) volvió á referir 
Ardano de palabra lo que el papel contenia. Fin- 
giendo el pooo seguro tío no poca admiración de 
lo qne ola á Ardano, trataron allí de lo que debía 
hacer la reina para preservarse deste daüo, con 
qne vino k surtir efeto el intento del almirante 
con seguir la reina el conseja de Ardano, que fué 
que se retirase & aquella casa qne caía sobre el 
claro Támesis, dando & entender al reino la cau- 
sa por qué lo hacia. El día siguiente que esto 
pasó con Ardano, la reina, con todas sus damas, 

HOCBES DK PLACBS 5 

'■ Colóle 



66 CASTILLO SOLÓKZANO 

acompañada de toda la nobleza de bq corte, paseó 
toda la ciudad de Londres por despedirse de 
todos BOB Talles por el tiempo qae la señalaban 
da clausara; en el sentimiento de todos conoció 
cuan bien querida era de ellos, qne es la mayor 
felicidad que da el cielo & los reyes ser amados 
de snB subditos. 

Llegó á la hermosa y recreable caea de placer 
Arminda, donde, despidiéndose de todos los que 
la acompasaban, les encargó mucho su fidelidad 
y el respeto que debían guardar & su tÍo, pnea 
en su lugar le dejaba gobernando, á quien man- 
daba obedeciesen todos como i su misma perso 
na; asi se lo prometieron, con que se quedó sola- 
mente acompañada del almirante y de Ricardo, 
su hijo, y de Ardano, hasta la noche que se toI 
vieroD & la ciudad, que era seís millas de allí, 
Encargó Arminda á Ardano que la viniese á ver 
á menudo, si no habla en esto peligro que 
dundase en su persona; aseguróla del el mágico, 
ofreciéndose venir ¿ servirla. Quedó, pues, Ar- 
minda en aqaella recreación acompañada d< 
damas y con los criados necesarios para su 
vicio, juntamente con toda su guarda, que asis- 
tía en sus ranchos á la puerta de la quinta por 
lo que pudiese suceder. 

Pasaba allí la vida Arminda gustosamente en 
los amenos jardines da aquella recreable casa 
con sus hermosas damas, ya entretenida con 
gustosos juegoB, ya divertida con la suavidad de 



.Coi«lc 



U múaic a, teniendo damas qae curasen dests ale- 
gre ejercicio. 

Desta manera se pasó medio aBo, en el caal 
tiempo el almirante cumplii^ aa palabra á Arda- 
no, dándole gran suma de dinero, porque le pa- 
reció que asi era mejor satisfacerle que no con 
algún cargo con que diese motivo á que se mur- 
marase, encargándole mucho no manifestase su 
riqueza de modo que por ella fuese declarado el 
intento contra sa sobrina. Puso asimismo en to- 
das las fuerzas del reino personas de su mano 
confidentes suj'as, para cuando se ofreciese la 
ocasión que esperaba. Cosas eran estas que las 
murmuraban todos, pero no podían llegar á los 
oidos de la reina, que es la mayor desdicha que 
tienen loa reyes estar ajenos de saber los daños 
que son dignos de remedio en su reino. Ricardo, 
con la potestad en que vela & su padre, aumen- 
tósele más su soberbia y altivez, y más severo 
que si fuera rey absoluto de aquel reino, tenien- 
do en poco á todos, se portaba como tal, con que 
era sumamente aborrecido de lo noble y lo ple- 
beyo. 

En este estado estaban las cosas, cuando Ar- 
dano, entre muchas veces que iba á visitar á 
la reina, on día se bailó con ella más & solas, 
dejándoles las damas solos; trataron de varias 
materias, y en la última se vino & hablar de su 
empleo. Estaba advertido el mágico por el almi- 
rante que en ese particular supiese la voluntad 



68 CASTILLO SOLÓRZANO 

de Arminda, y si se inclinaba & en hijo Ricardo, 
pues oon esta advertencia podo proponérsele Ar- 
dano & la reina. Ella, qne no penetró por donde 
venia aquella proposición, la atribuyó á que se- 
guía el migico la voz de todos, qne se le daban 
por esposo por haberlo así publicado el almiran- 
te; y así quiso que Ardano fuese el primero que 
le llevase las nuevas de que este deseo no liabfa 
de tener efecto, diciéndole que i no conocer de 
BU primo ser altivo y soberbio la estuviera muy 
bien este empleo; pero que hallaba que para ser 
bien obedecida le estaba mal elegirle por esposo. 
Con esto que oyó Ardano no trató más deste par- 
ticular viendo que la reina tenia razón en no ad- 
mitir para esposo suyo á caballero tan poco afeo- 
to de todos y tan mal recibido en el reino, y sen- 
tía mucho haber de tener silencio, en lo que pre- 
tendía e! almirante contra ella sin manifestár- 
selo, pues siendo vasallo sayo era conocida trai- 
ción. 

Quiso saber de Ardano la hermosa Arminda 
qué príncipes había con quien ella pudiese ca- 
sarse cercanos á, su reino. £1 le fué diciendo de 
algunos las condiciones, estado y riquezas, y 
ofrecióse para otro día (si gustaba) de hacerlos 
ver en un claro espejo. Como las mujeres sean 
tan amigas de novedades y de saber, mostró Ar- 
minda i Ardano que tendría particular gusto de 
ver lo que le ofrecía mostrar; y así, volviendo el 
mágico otro día & verla, ya resuelto en darle en 

Líin,.u,.Cot);^li: 



cuanto quisiese gusto y servirla, procoraado 
frustrar el tirano intento del almíraute en ha- 
biendo ocasióa. Quedáronse los dos á solas, don- 
de haciendo Ardasa un circulo en el suelo, mi- 
rando al Oriente, Occidente, Septentrión y Me- 
diodía, dijo secretamente ciertas palabras que 
no pudieron ser entendidas de la reina, y des- 
pnás de haber hecho esto, la dijo que á una pa- 
red enfrente de la pieza en que estaban pusiese 
Xa vista; hízolo Armiada así y admiróse de ver 
que todo el lienzo de ella se habla convertido en 
un claro y cristalino espejo; puso en ¿1 la vista, 
y sólo pudo ver la claridad de su Inna; pidióla el 
mágico que tuviese atención, y él prorrumpió 
así: 

— En este claro espejo, joh hermosa Arminda! , 
has de ver por mi ciencia todos los principes que 
puedan merecer tu blanca mano en casto Hime- 
neo, y esto ha de ser en la forma qae al presente 
Be hallan en sus tierras: ten atenta la vista al 
terso cristal, sin turbación alguna de cuanto 
vieres. 

Llegó con esto cerca del espejo el miglco, y 
desci&éndose un cfngulo que traía, desatado el 
largo y cano cabello al viento, volvió & mirar & 
las cuatro partes del mundo, y dijo desta suerte: 

— Este que vea armado de todas piezas, terciar 
la pica al hombro y la mano izquierda ocupar 
el pomo de su cortadora espada, ea el belicoso 
Hanfredo, rey de Sicilíar que teniendo guerras 

C'>'«l'^ 



70 



con el rey de Ñapóles, se ostenta asi á sn pod»- 
roso ejército para animar & sns soldados á ooa 
batalla que espera dar á su contrario. 

Este que debajo de aquel dosel de brocado 
ocupa la TÍsta en la lectura de aquel libro que 
tiene entro bus manos, cercado de otros muchos 
que ocupan el bufete que tiene delante de si, es 
el estudioso Roberto, roy de Bohemia, doto en 
varias ciencias, experto en saber hablar muchas 
"■ lenguas y erudito príncipe en todo lo especula- 
tivo, con que tiene siempre una profunda melaa- 
GoUa. 

Este que oprime los lomos de aquel andaluz 
caballo, y le bate los dos hijares en la veloz ca- 
rrera, os Ladislao, rey de Polonia, cuya incli- 
nación es hacer mal á caballos; espérale una 
desgracia en este ejercicio que le costará la 

Este que entre las ñores de aquel oloroso jar- 
dín va formando dolías un oloroso ramillete, es 
Alberto, principe de Albania, poco dado é. las 
armas, mucho á las delicias y regalos, por donde 
perderá el reino brevemente, tiranizándosele un 
hermano sayo menor. 

Esto qne vestido de pieles miras luchando con 
un fuerte oso (ejercicio en qne siempre se ocupa), 
es el valiente Pinabelo, hijo segando del rey de 
Escocia, vecino tuyo, áspero de condición y te- 
mido ds los vasallos del rey, su padre. 

Acabóse la relación de Ardano en este último 



-■ Cocglc 



NOCKEt DB Pl^CER 71 

principe, con qae desapareció el claro espejo, 
^Qedando la pared de la misma suerte que antes 
estaba. Preguntóle el m&gico & la hermosa Ar- 
miiida que quién le habla parecido mejor de 
aquellos príncipes y reyes, y ella le respondió 
qne ninguno, porque unos por demasiado belico- 
sos, otros por altivos, otros por afectados y otros 
por feroces, de ninguno se habla pagado. 

En esto estaban hablando puestos á un balcón 
qne caía sobre el TAmeais, cuando vieron venir 
por el claro rio una saetía con viento en popa, 
que llegando & tierra amainó las velas y dio fon- 
do cosa de nn tiro de ballesta de la casa donde 
estaba Arminda; echaron el esquife y en él salie- 
ron á tierra cinco hombres en hábito francés, tra- 
yendo & nno en el mismo traje en forma de preso, 
vendados los ojos y atadas las manos atrás. Ape- 
nas estnvieron breve rato en tierra, cuando cu- 
biertos de una densa nube, formada por Ardano, 
el que venia vendados los ojos se halló de la mis- 
ma anerte en la principal sala de la quinta; libre 
de los cnatró que le traían en sa saetía, quitóle 
las ligaduras y la banda del rostro: Ardano, en 
presencia de la reina, vio un joven de edad de 
veinticnatro años, de gentil disposición, hermoso 
de rostro. En su presencia del mancebo estaban 
la reina y el mágico, mas por su ciencia no po- 
dían ser vistos del. Púsose á mirar la pieza y los 
adornos della con alguna admiración. Dejáronle 
eentado en una silla Ardano y la reina, y los dos 



-■ Cocglc 



72 CASTILLO SOLÓRZAWO 

ee fueron & otra pieza más ndentro, adonde el 
mágico la dijo; 

—-Este caballero, hermosa señora, os conviene 
tener aquí encubierto, por lo que después aabréia 
de mí. 

Preguntóle Arminda que quién era y por qué 
había venido así. Ardano dijo que eao quería de- 
jar para su relación de él; que entonces lo que 
importaba era hacerle dar de cenar, porque lo 
había de menester. Hízose así, habiendo dado el 
orden Ardano; y estando el joven en el mismo 
asiento que le dejaron, á escuras, por haber ce- 
rrado ya la noche, sintió que le asieron de una 
mano y le guiaron una cuadra más adentro, 
donde halló una limpia y curiosa meea puesta, y 
en ella cuatro bujías, con cuya luz volvió á mirar 
cuidadosamente quien le había traído allí, y vio 
ser una gentil dama ricamente vestida, pero cu- 
bierto el rostro con una mascarilla francesa. Sa- 
lieron luego otras cuatro de la misma suerte cu- 
biertos los rostros, y todas cinco sirvieron al 
caballero con una suntuosa cena, teniéndole ad- 
mirado el quieto silencio con que asistieron allí, 
que anuque él les hablaba con macha cortesía y 
donaire, nunca le respondieron. 

Acabada la cena as quedó allí la dama que 
primero le había traído, y le llevó & otro apo- 
sento, donde le estaba prevenida ana cama de 
hrocado. Allí le dejó la dama, la cual, haciendo 
una grande cortesía, se fué; acostóse el francés. 



Líin,.U,.C0t)>^li: 



NOCHES DE PLACEE 73 

cada instante m¿s admirado de ver lo que por él 
pasaba, caando se hallaba en lance de perder la 
vida 6k manos de los caatro oaballeroB qne le 
traían preso. Pasó on rato de la noche sin dormir 
conaiderando en esto j en qnién podrían ser 
aqaeUas damas qae tan encubiertas le servían j 
agasajaban, deseando saber en qué tierra esta- 
ba; dnrmió cansándose de bacer estos discursoB 
basta la mañana, y de la misma suerte fué la 
dama que allí le dejó é llevarle camisa, agua y 
toalla para lavarse, sin hacerle más que una 
muy baja cortesía; detenerla quiso el caballejo, 
pero la dama no le esperó, y fuese. Con esto es- 
taba el hombre más confuso del mundo, no sa- 
biendo en qué había de parar aquello. 

Arminda estaba en parte que todo esto lo podía 
ver, porque la mágica de Ardano la hacia invisi- 
ble, y cada instante le parecía mejor el francés, 
deseando con gran afecto saber qnién era. Comió 
servido de la misma suerte qne en la cena, y ha- 
biendo pasado la tarde mirando desde un balcón 
nn ameno jardín, basta que llegó la noche y la 
hora de cenar; prevínose la cena, y dada, des- 
pués de haber levantado loa manteles, entró la 
hermosa Armínda en la pieza donde acababa de 
cenar. Acompafi&banla todas sus damas con ri- 
cos y lucidos vestidos, pero cubiertos los rostros 
con masoarillas, como las que hablan servido é. 
la mesa. Admirado quedó el caballero de ver 
aquella novedad, y habiendo experimentado qu© 

'■ Colóle 



1i CASTILLO SOLÓBZANO 



era excnsado el hablarlas, pnes no le habían de 
responder, lo que hizo fué una grande cortesia á 
la qne venía detrás, que le pareció sefiora de to- 
das, 7 otra & las damas; estovóse quedo aguar- 
dando Á ver en qué pararía aquello. Arminda 
tomó asiento en nna silla, y hizo sefias al fran- 
cés que se viniese & sentar & otra que estaba 
cerca de ella; hízolo así, y apenas estuvo senta- 
do, cuando las damas del acompañamiento, des- 
pejando la sata, los dejaron solos, saliéndose & 
otra más afuera. Pues como se viese Arminda & 
solas con el francés, ella le puso un papel en las 
manos, dicíéndole por se&as qne le leyese; de 
nuevo ae admiró, viendo que hasta en aquello se 
extendía el silencio; y así, & la luz de cuatro ba- 
jías que estaban sobre el bufete donde había ce- 
nado, leyó en el papel estas razones en lengua 
francesa: 

■Oausa precisa (qne después sabréis) obliga & 
tener en esta casa el silencio qne habréis nota- 
do; el dueño de ella, que soy yo (y señora de la 
tierra donde estáis, con titula de reina); desea 
(|ue la hagáis relación de quién sois, porque si 
es conforme espera, piensa haceros de buena 
dicha.» 

Cada instante hallaba el francés nuevas cosas 
en que admirarse, estando confuso de qne en tan 
corta distancia como él y la dama estaban se 
hablase por papeles; consideraba que en aquella 
tierra le hablan librado de la muerte, y que en 



.Colóle 



NOCHES bB PLACU Tó 

aqQella caaa le agasajaban con mayor cuidado y 
oBtentacián que en la que había sido habitación 
suya en sn patria, y qne juntamente con esto le 
prometian Queva dicha como manifestase qniéa 
era. Determinóse, paes (consideradas estas co- 
sas), á decírselo & la dama, qne aguardaba aten- 
ta sa relación, la caal comenzó desta suerte: 

— Confíeao, encubierta seflora, qae me han ad- 
mirado las cosas que por mi han pasado en breve 
tiempo y las que ahora veo, y estimo cuanto 
puedo el favor que en esta vuestra tierra se me 
ha hecho, en tiempo que tanto le habia menes- 
ter, juntamente con las honras y favores qne en 
vuestra casa recibo, y asi ganara opinión de des- 
agradecido si no os obedeciera en lo que me man- 
dáis; prestadme atención, que brevemente sa- 
bróis qnién soy, mi patria y la cansa de venir i 
vuestra tierra. 
Sosegóse un poco y prosiguió desta manera: 
—Francia es mi tierra, la gran ciudad de Pa- 
ria mi patria; nací en ella; hijo de Ludovico, su 
rey, y hermano segando de Glodoveo, que ahora 
gobierna aquel reino, con cuantas guerras se le 
ofrecieron & mi hermano con el rey de Ñapóles 
siempre asistí en ellas, gobernando con el cargo 
de capitán general de sus ejércitos; gánele algu- 
nas victorias, por donde mi nombre (que es el 
mismo de mi padre) se extendió por la Europa. 
Llegó el tiempo de la paz, por las que hizo el de 
Kápolee con mi hermano, y así yo volví & la cor- 

'■ Cocgk 



76 



te, donde el rey, muy enamorado de la dnqueBa 
de Borbón, algo deuda nuestra, llevóme una no- 
che consigo á verla; nunca yo fuera, pues tan 
caro me ha costado. Puso los ojos en mí esta 
dama (cuyo nombre es B.osimunda) con tanta 
afición, que olvidó el amor de) rey, y trató de 
darme á entender que me amaba. £sto me signi- 
ficó un dia que acertamos á estar los dos & solaa 
en su casa. Habíame parecido bien á mí; pero 
como mi hermano la quería tanto, encogíame 
esto & no extenderme á lo que merecía su her- 
mosura, que es muy grande. Acusaba Kosimon- 
da mí tibieza y cortedad diciendo qne pagaba 
mal su voluntad y grande amor; yo me disculpa- 
ba oon que no era razón poner los ojos donde mi 
hermano los ponía, y así me eximía de acudir i 
visitarla por no disgastar al rey. 

Sucedió, pues, que las paces con Ñapóles se 
confirmaron con mayores vínculos, casándose mi 
hermano con Casandra, hermana del rey. Fní por 
ella & Ñapóles; hiciéronse las bodas con gran- _ 
des fiestas, en que procuré lucir cuanto pude. 
Con la venida de la reina olvidó mi hermano los 
amores de la hermosa Eosimunda, que no sintió 
poco verse olvidada, pero sintiérato más si no la 
pareciera que con el olvido de mi hermano me 
quedaba libertad para servirla sin dar cuenta 
dello al rey, y así acudía á visitarla, á escribirla, 
y era favorecido della con mucho más gusto que 
lo fué el rey el tiempo que la visitó, por ser m&s 



fácil el casarse conmigo qae con él, qae esta es 
grande señora. 

Frosegnía favorecido en mis amores sin ser el 
Tsy BabidoF deste empleo; pero como no hay cosa 
ooolta, lisonjeros y aduladores (que nunca faltan 
del lado de los sefiores) por desdicha snya, le 
dijeron cómo yo servía & Rosimunda, cosa qne 
BÍntió el rey con extremo, y mandándome llamar 
me preguntó qoe si era verdad que la servía; yo 
(pareciéndome qne no se le daría nada desto, 
puesto qne ya había tomado estado y amaba en- 
trafiablemente & la reina) se lo confesé; de nne- 
vo se ofendió el rey, reprendiéndome áspera- 
mente con llamarme machas veces atrevido, pues 
donde él había pnesto los ojos osaba yo servir sin 
haberle pedido licencia; con esto me dijo tantas 
cosas, qae yo sali de sa presencia con el mayor 
pesar del mundo de haberme empeñado en esta 
nueva afición, llevando orden del rey que ni aun 
an calle pasase. Hube de obedecerle, bien contra 
mi voluntad; avisé desto á Rosimunda, y ella 
hizo extremos de loca del sentimiento que tnvo. 
Oonsolábamonos con escribirnos & menudo; mas 
DO podiendo sufrir Bosimunda el no verme en sn 
casa como de antes, se determinó í lo que oiréis: 
fnese & Palacio con ñn de pedir audiencia al rey, 
para negocios tocantes al estado de su anciano 
padre, que le gobernaba ella por estar el duque 
en la decrépita edad, sin levantarse de la cama. 
Salió el rey á hablarla, y después de haber tra- 



-■ C-""S>^ 



SOLÓRZAKO 



tado los negocios tocantea al duque, le significó 
cnanto sentía que anduviese coa ella tan cruel, 
pues habiéndose casado con quien no era mejor 
qne ella y olvidádola, ahora que 70 la servía me 
estorbaba qne lo hiciese; qne se desengaflase que 
yo la había de servir, y ella me habla de favore- 
cer aunque lo sintiese. Con esta última razón se 
fué dejando al rey perdido de enojo contra mí, 
pareciéndole haberle yo alentado para hacerle 
aquella visita al rey. 

Mandó llamarme, y de nuevo me dio otra m&3 
áspera reprensión, jurando por vida de la reina 
que si más la veía me había de costar muy caro, 
y que había de hacer una ^ande demostración 
conmigo. No le dije más palabra á todo esto sino 
qne yo le obedecería, de suerte que no se disgus- 
tase más conmigo; con esto me resolví á no ver 
más á Rosimunda, y así me retiré en mi cuarto 
en Palacio, y con mis criados lo pasaba de modo 
que no salía del, cosa que el rey sentía mucho; 
pues di en no acompañarle caando salía en pú- 
blico, fingiendo siempre alguna indisposición, 

lío faltó quien al rey le dijo que yo hablaba 
mal de él acerca de algunas justicias que habla 
hecho en aquel tiempo, más llevado de la pasión 
que de la razón, y era asi, que tiene mucho de 
colérico y poco de considerado; con esto le pare- 
ció que yo aspiraba ya á tiranizarle el imperio, 
y aaí me miraba con mala voluntad. En tanto 
Rosimunda se desesperaba de qne no la vía ni 



-■ Cocglc 



NOCHES DB FLACBK 79 

escribía, ; haciéndolo ella nanea qniae recibir 
ningún papel auyo. Con esto se determinó á lo 
que la eatavo may mal, que fné ir & verme & mi 
cuarto nua tarde; pádolo hacer viniendo entre 
macha gente que acadla & la audiencia qne daba 
el rey. No falta qaien diego aviso k mi hermano 
de qoe en mi cuarto habían entrado mujeres, y 
con la llave maestra que tenia abrió el doblo 
que yo tenia echado, y halló á Itoaimunda con- 
migo, sin tener ella lugar de ponerse la masca- 
rilla. Lo que la dijo fué que, pues por hacerle 
pesar, continuaba el favorecerme con tantas ve- 
ras, que ella verla cuanto mayor se le daba con 
la demostración que conmigo haría. Mandó po- 
ner ana carroza y que la llevasen ¿ Rosimunda 
á sn casa, donde estuviese presa basta que él 
mandase otra cosa, y á mi me mandó poner en 
otra, y acompañado de cuatro caballeros fui sin 
armas llevado hasta el puerto de Tolón, donde 
nos embarcamos. Eran estos caballeros mortales 
enemigos míos, á qaien yo habla quitado algu- 
nos cargos en la guerra por haber dado mala 
cnenta de si en ellos; y ahora, viendo la ocasión 
de la veuganza como deseaban; con orden de mi 
hermano, que llevaban para que no me hiciesen 
ningún buen pasaje, lo ejecutaron puntuallsima- 
mente. Metiéronme en la cámara de popa, y dan- 
lasvelasalfavorable viento fué el bagel surcando 
el salado imperio de Neptuno sin saber yo á qué 
parte tomaban el rumbo. Levantóse ana borras- 



-■ C-""S>^ 



SOLÓRZANe 

ca tan grande, qae pensé qae hablamos de pere- 
cer todos en el mar; fné el cielo servido que da- 
rftBO poco, volviendo & serenarse el mar, á cal- 
mar el viento y é, qaietarse las agnas; con qae 
llegamos á esta tierra, que no conozco, donde 
vendados los ojos y atadas las manos me sacaros 
en nn esquife á ella; donde sucedió que al tiem- 
po de querer ejecutar el orden de mi hermano, 
que era darme mnerte, fui libre de sus mauoa 
sin pensar. Bien creo que por ciencia mágica se 
hizo; sí fué con orden vuestra os doy las gracias 
estimando tan grande favor y pidiendo al cielo 
me dé lugar para que os lo sirva todo lo que ma 
concediese de vida; esto es lo que puedo deciros 
en cumplimiento de lo que me habéis mandado. 

Acabé aquí su relación el gallardo Ludovico, 
y luego que Arminda lo hubo oido le puso otro 
papel en las manos, y sin hablarle palabra se 
fué de su presencia con la misma cortesía que 
vino; acompañóla Ludovico hasta la puerta y 
volvióse adonde estaba; nuevamente admirado 
de lo que le sucedía, en el papel vié estas ra- 
zones: 

«Señor Ludovico: Vos habéis llegado á un po- 
deroso reino, traído & él con tormenta desdeFran- 
cia, por la mágica de un insigne hombre que 
quiso libraros del peligro que os esperaba. Es- 
táis en esta casa de placer, donde la reina asiste 
con sus damas, retirada por cansa forzosa qua 
la obliga á ello; si tenéis paciencia de estar en 



-■ Cocglc 



este encerr amiento an año, os ofrece (siendo es- 
poso snyo) la corona de su reino, asegurándoos 
que en hermosura y discreción hace ventajas 
muy conocidas ¿ la gallarda Rosimonda. Esto 
es lo qne se os paede asegurar; en cnanto á vor 
& la reina el rostro ni & ninguna de sus damas, 
ser& imposible; sólo se os permitirá la comuni- 
cación de hablar con ellas y divertiros en este 
encerramiento mientras el señalado término 
pasa; ai tenéis gusto de vivir aqui como se os 
dice, por otro papel podréis declarar vuestra vo- 
laiitad.> 

Apenas acabé de leer esto, cuando entré una 
dama con recaudo de escribir y se le dejó enci- 
ma de un bufete, volviéndose por donde había 
venido. Volvió Ludovico á leer el papel, no sa- 
biendo qné decir de las cosas que por él pasaban. 
Consideró que ya de Bosimnnda no tenia que 
ssperar nada en cuanto su hermano tuviese el 
imperio de Francia, ni él podía tampoco volver 
á él, pnes había salido con orden de que le qui- 
tasen la vida; veía lo que la fortuna le ofrecía 
por aqnel papel y que era lo que le estaba bien, 
con lo cual se determinó á acetar tan cómodo y 
tan honroso ofrecimiento, no siendo ingrato á 
tanta dicha; con eeta resolución tomó la pluma 
y escribió estos renglones; 

«El ser desagradecido fné siemprecosa aborre- 
cida de todoBi y así, habiéndome preciado de lo 
contrario á esto, estimo en lo que es justo el bou- 

NOCHES DE FLACIK 6 

'■ Coi«lc 



82 CASTU-LO SOLÓR7AN0 



roso ofrecimiento q^ue se me hace, y lo aceto con 
las rignros&B condiciones de esperar todo lo que 
fuere la voluntad de quion aquí me ha traido. 
Ludovico.* 

Apenas acabó de poner su nombre^ cuando la 
dama que le había traído recado de escribir en- 
tró, á quien dio Ludovico el papel; tomóla bujía 
y fnéle alumbrando hasta su aposento, donde le 
dejó, despidiéndose con el asado silencio. Deje- 
mos reposar á mi caballero, por decir lo que obli- 
gó ¿ Arminda á darle aquel papel. 

Luego que Lndovico fué llevado á aquella 
quinta cnando salió del mar, Ardano se encerró 
con Arminda y la dijo cuánto la importaba tener 
allí & aquel caballero, no diciéndole entonces el 
nombre, como habéis oído, dejándolo á que él 
dijese su relación quién era. Pues como el deseo 
de saber en las mujeres sea afectuoso siempre en 
ellas, tanto importunó Arminda á Ardano que le 
dijese quiénera el extranjero, que él le dijo todo 
lo que Ludovico le refirió á la reina, y tras eato, 
que ningún príncipe era más á propósito para es- 
poso suyo que éste, haciéndole una breve rela- 
ción de suq partes; con que Arminda se ínotinó 
del todo á él y á seguir el consejo de Ardano, 
que ya estaba muy de parte de la reina para 
Bervirla j ayudarla en todo lo que le mandase; 
pero con ánimo de no descubrir la intención del 
almirante hasta que hubiese ocasión, como ade- 
lante 86 dirá. 



.Cocglc 



HOCH» DI PLÁCIK 83 

Aoonsejada Arminda de lo que habla de hacer 
eacríbir en aqnel papel que le dió haciéndole 
aqaella mnda visita, puea como ahora tavieae 
respuesta de LudoTÍco, y en ella viese que eu 
Yoluntad era admitir la dicha que le venia, de 
allí adelante tuvo lugar Ludovioo en el cuarto 
de la reiua, conversando y eutreteniéndoBe con 
ella y sus damas, ya en gustosas pláticas, ya 
en entretenidos juegos, ya divirtiéndose en la 
música, á que era por extremo aficionado y cau- 
taba con buena gracia, habiendo este trato y la 
esperanza de poseer la dicha que ae le ofrecía 
engendrando en Ladovico tanto amor en su pe- 
cho, que ya no había eu él centella del fuego que 
había «icendido la ansente Rosimunda, si bien 
padecía con deaeos de ver el rostro de la quo 
amaba, manifestándoselos & la reina; maa ella le 
consolaba y alentaba con lícitos favores para 
entretener el tiempo que había de paaar. 

"En el Ínterin que esto pasaba, el ambicioso 
almirante no dejaba perder ocaaión alguna para 
lograr bien su intento, cuando Arminda no qui- 
siese venir en caaarse con sn hijo, pues gran- 
jeando nuevos amigos, procuraba teuer gratas 
las voluntades de todos, hacer nuevas hechuras 
en cargos que ocupar grandes, para que después 
en la ocasión tuviese & las personas que los ocu- 
paban de su parte, aunque lo hecho lo deshacía 
la áspera condición de Bicardo oon la presun-. 
ción que tenía; esto pasaba en Inglaterra. 



'■ C-""sk 



&i 



Los cuatro caballeros á que encomeiidó el rey 
la mnerte de su hermano fuera de bu reino (por 
no temer una rebelión de sus vasallos, según era 
querido dellos), volvieron á París, y dijeron al 
rey cómo su hermano quedaba sin vida en na 
puerto de Alemania, idonde en desembarcando le 
dieron la muerte y se volvieron luego á la mar. 
Con esto Be aseguró el rey, y trató (por medio de 
un caballero) de volver & los amores de Rosi- 
mnnda; ella, que aún lloraba la ansencia de su 
amado Ludovico, viendo el intento del rey, des- 
pidió al tercero con razones ásperas. Parecióle & 
Clodoveo que si Rosimnnda no se deseaga&abft 
de que no volveria más á ver á su amante no le 
favorecería, y asi la envió & decir que ablandase 
la aspereza, favoreciéndole, porque volver á ver 
& sa hermano era cosa imposible. Había dado & 
entender el rey que sa hermano se había parti- 
do de secreto de París á Alemania, donde se le 
trataba un casamiento; pero Bosimnnda nunca 
creyó esto, sino qne de la mala voluntad del rey 
habla resultada algo en daño de su hermano; y 
asi le volvió á decir que aunque el infante Lu- 
dovico (como lo creía ella) no habla de admitirle 
más en su gracia, que quien era igual para espo- 
sa de un rey le estaba mal ser dama suya: con 
esto el rey desesperaba de enojo. 

Quiso, pues, Ilosimunda saber con breveda.i de 
su amante Lndovico, y mandó para esto llamar á 
un mágico, grande hombre en Francia, onyo 



Lyn,.U,.C0t);^ll^ 



Kocma DB PLACBK 86 

nombre era Brnneto; & éste le pidió encarecida- 
meate (ofreciéndole una baena paga) qne la dije- 
se qn& 86 había heclio de Ludorico. Ofrecióse 
Broneto & obedecerla, j asi ee retiró á sa posadii, 
y aquella noche sapo todo lo q'ae había. A la ma- 
fiana volvió i, la presencia de Bosimonda , & 
qaien hizo relación de cómo f aé llevado LudoTÍco 
por lo» cuatro caballeroe, con orden del rey; cómo 
desembarcaron en Inglaterra, y queriendo ma- 
tarle fué libre de aquel peligro por la mágica de 
Ardano; cómo estaba en la quinta con la reina 
Armínda amada del, y que tenJa por cierto que 
se oasaría con ella, sin duda alguna por haber 
olvidado su amor. Lo que sintió esto Bosimanda 
se deja á la consideración de quien ama en este 
grave auditorio. Los ojos deeta dama muaifeeta- 
ron con l&grimas la pena que destas nuevas re- 
cibía aun en presencia del mágico Bruneto, tan- 
to, qne él se compadeció de verla con aquel de- 
masiado sentimiento, y así se ofreció ¿tener modo 
como remediarle; esto fué llevando por su mági- 
ca á la misma Boaimnnda á Inglaterra, y en* 
trándola en el aposenta de Ludovico, adonde 
instmída en lo que había de decir le resultase 
desto el ver Ludovico el rostro de Armínda, no 
con la hermosura que en ¿1 tenía, sino fior mági- 
ca del mismo Bruneto, transformado en el más 
ñero y abominable que ha venido fealdad en el 
orbe; esto para quitarle del pensamiento lo que 
le había ofrecido Armínda, y hacerle persuadir 



'■ Colóle 



con este engaño el qae en aquella casa se lohacia. 
Esto comanicado con Sioeimnnda, y persuadido 
Braneto & ^ue lo pondría en ejecución, aquella 
misma noche fué llevada Bosimnnda en nn bre- 
ve tiempo á Inglaterra (jqné no emprenderá 
tma mujer celosa y olvidada!); Uegó & la quinta 
donde estaba Ludovlco, á la sazón que él acaba- 
ba de cenar, y estaba entreteniéndose con Ar- 
minda y sus damas. Aguardó & que se acabase el 
juego y JJndovico se retirase & reposar, y vién- 
dole solo y en su aposento acompañada la dama 
de Bruneto, si bien él no se manifestaba, s© 
puso en presencia de sa olvidado francés, deján- 
dole admirado su impensada venida allí, sin sa- 
ber qné decirse más que contemplar en la her- 
mosura de la francesa dama, la cual, en medio 
desta suspensión, rompió el silencio, diciéndole 
estas razones: 

— La causa de verte en esta tierra (olvidado 
Ludovico), no se debe atribuir á culpa tuya, pnes 
sé que violentamente fníste traído Á ella y pues- 
to en ocasión de quitarte la vida, por orden de ta 
cruel hermano. Sé que te libró de este peligro la 
ciencia de ana mujer encantadora, que aficio- 
nada de ti, te tiene enga&ado en au casa con pro- 
mesas vanas y qnimeras qne tú has creído fácil- 
mente, siendo sin fundamento; y es claro no ser 
verdad cnanto te ha dicho, pues lo principal, qae 
es el reino qne te ofrece, no te le ha querido nom- 
brar, quien esto excusa que tú sepas, y asimis- 



-■ Coi«lc 



mo sa nombre bien cierto asegura sa engaño. 
Aqni te culpo yo, ingrato caballero; pues llevado 
de noa promesa dndosa, has olvidado on empleo 
cierto en mf, qne conocido mi amor y fe, pudie- 
ras tener seguridad, que por verme en ta compa- 
&ía surcara salados golfos, peregrinara por re- 
motos climas y pasara por multitud de dificul- 
tades. Mi desvelo y cuidado lian penetrado este 
oculto lugar en que vives, como otro Astolfo en- 
gaitado de la encantadora Aliena, y como otro 
Ulises de la canta Oirce. Advierte Ludovico, qtie 
qaien en su poder te tiene, es una maga frau- 
dulenta, una Sphinge engañosa y una mujer 
cuya ancianidad quiere emplearla en tvL ñorida 
juventud. ¿Qué es la causa encubrir de ti su ros- 
tro, sino temerse que en viéndola has de aborre- 
cerla y has de desengañarte del engaño en que 
vives? Vuelve en ti, valeroso Ludovico; acuér- 
date de tus progenitores, y si estás imposibili- 
tado de volver & la corte de Parla, por la cruel 
condición de Clodoveo, tu hermano, que te tiene 
por muerto, reinos hay donde á tu persona se dé 
la estimación que merece. Bien pudiera sacarte 
de aquí, quien á este sitio me ha traído; poderoso 
es para hacerlo, pero quiero que conozcas pri- 
mero haberte dicho verdad; descubre & esa tira- 
na de tu libertad y & esa enemiga de tu juven- 
tud, y luego se dmcubrirá el haber reconocido 
tu engaño, con el sentimiento suyo el bascar & 
quien debes tanto amor, tantos desvelos, tantas 



..C^oslc 



88 CASTILLO S0LÓRZA.HO 

lágrimas, como en tu ansencía ha derramado. 

No aguardó la hermosa Kosimanda & que Lu- 
dovico la respondiese, por que así se lo tenia ad- 
vertido Bruneto temiéndose del mágico Ardano, 
& quien reconocía superioridad de la mágica, y 
asi se desaparecieron de la vista de Lndovico, 
dejándole lastimado ver ausentar á. la hermosa 
Hosimunda de su presencia. 

Metido quedó en nuevos cuidados el gallardo 
caballero, considerando despacio lo que breve-' 
monte le había dicho la francesa dama, y en 
cuanto á ser engañado se le hacía dificoltoso el 
creerlo, porque ei tuviera este empleo algo de 
sospecha, no había aquella que llamaba maga 
haber aguardado tanto tiempo & poner su livia- 
no deseo en ejecución sino conseguirle el mismo 
enga&o. En estas confusiones estaba (determina- 
do á descubrir el rostro al dueño de aquella 
quinta en la primera ocasión) cuando le entró 
por los resquicios de la ventana la luz de la blan- 
ca aurora; acostóse un poco y reposó hasta que 
la dama á quien le tocaba el cuidado de darle la 
camisa á su hora acostumbrada entró en su apo- 
sento. Levantóse Lndovico, y aquel día pasó con 
los miamos divertimientos que los pasados. Lle- 
gada la noche Arminda salió al cuarto de Ludo- 
vico, acompaílada de dos damas, recibióla él con 
mucho agrado, trayendo intento de descubrirla 
el rostro, hallando oportuna ocasión para esto. 
Dos días habla que no venía el mágico Ardano á 



Lyn,.u,.Coo;^li: 



la qainta, y estaba la reina con peca de sn tar- 
danza, no sabiendo qné f nese la oaosa de no verlo 
qnien cada día la vía. Faes como las damas de- 
jasen solos á Lndovico 7 á Arminda, loB dos co- 
menzaron & discnrrir en varias materias, consi- 
derando en medio dellas Ludovico el engaKo que 
le habia revelado Bosimanda, que en aquella 
majer habia. Qniso la reina que Ladovico la hi- 
ciese osa breve relación de las notables cosas de 
Francia; y él, por obedecerla, comenzó primero 
por las ciudades de aquel reino, contando las 
' particularidades de cada uno, y luego prosiguió 
haciéndola noticiosa de las fuerzas importantes 
j presidios de guerra que los reyes de Francia 
tienen; luego le fué nombrando los príncipes que 
eran de la sangre, los grandes y títulos vasallos 
del rey. Aquí llegaba cuando Arminda, por ha- 
ber estado desvelada la noche, pasada, y falta de 
soefio ocupada con varios pensamientos, en or- 
den i su empleo, se adurmió; advirtió en esto 
Ludovioo, y por no dejar pasar la ocasión tan á 
medida de su deseo, sin dejar la relación que 
hacia, llegóse quietamente á la reina, y despren- 
diéndola la mascarilla de un lado sin que lo sin- 
tiese descubriéndola el rostro, allí obró la fuerza 
del m&gico de Bruneto, de modo que i la vista 
de Ludovico pareció Arminda la m&s fea y abo- 
minable mujer que hasta allí había visto, Que- 
dóse el gallardo caballero más inmóvil qne un 
mármol, sin poder pasar adelante con la comen- 



SOLÓRZAMO 



zada relación, y d« modo se atajó, con el espan- 
toso objeto que tenia presente, que hubo de arri- 
maT el codo en el brazo de la silla, y la mano al 
rostro, y qnedarse asi corrido y avergonzado de 
ser enga&ado de aquella mnjer. Desta snerte 
estaba cnando la c|iie él jnzgaba ya por engaño- 
sa maga despertó, y reconociéndose sin masca- 
rilla miró por Ludovico, y viole en la suspensión 
que habéis ofdo; á poner iba la mascarilla pre- 
ítumiendo que Ludovico no la habría visto, cnan- 
do él la detuvo el brazo, diciéndola; 

— Notenéis, anciana señora, qne afectar cuida- 
do en cubriros de mi, queel mfomeba sacado del 
que por vuestro empleo podía tener, descubriendo 
en vos lo que tan bien os estaba encubrir; pésame 
que con estratagemas cautelosas enga&éis á uo 
caballero de tanta calidad como yo; caro me ha 
costado el haberme librado del peligro de aque- 
llos alevosos caballeros, pues he dado en otro 
mayor, que es haber visto en vos tanta fealdad j 
vejez, y conocido con esto vuestros cautelosos in- 
tentos. Lo qne os suplico es, que os sirviis de 
darme licencia para salir desta casa y volverme 
á Francia, que si es esta la ventura que me pro- 
metfades, mayor lo será mía esperar la muerte en 
mi patria de las manos de un cruel hermano, qne 
vivir sin gusto donde tanto engaño se trata; que 
por lo menos no me podrá faltar sepultura en 
París, entre mis difuntos antecesores, y aquí 
dndo tenerla, pues no están seguras mis entra- 



-■ Cocglc 



NOCHES DE PLACEK 91 

ñas y dem&B miembros de ser examinados de 
vuestros perniciosos hechizos. 

Oyendo estaba á Lndovico estas razones la 
transformada Armlnda, y dudaba si las decía el 
mismo por ignorar la cansa por qne se decían; 
qne llamarla anciana, hechicera engañosa, y ha- 
llarse tan desesperado de haberla visto, parecía 
qae eran cosas de hombre fnera de su natural 
jaicio, cnando ella oía cada instante alabarse de 
sas damas, que era un portento de hermosura, 
nn ángel de condición y nna perfecta mujer en 
todo. Con la pena que recibió desto no se acordó 
del peligro qne el juicio de Ardauo la había amo- 
juLzado, y agí sólo atendió & examinar & Lndo- 
vico, por qné la decía aquellas descompuestas ra- 
zones, y asi le dijo; 

— Sefior infante, ¿qué novedad hallo en vos 
ahora, que despnék de haberme visto hablades de 
prometerme más amor en vuestro pecho y más 
cortesía en vuestra boca; pnes en lugar de tener 
uno y otro, veo despegos, oigo desprecios contra 
mí, injuriándome con palabras ajenas de lo que 
soy; & no oíros esas razones con ese airado sem- 
blante, bien creyera qne me Uam&bades por iro- 
nía anciana. Pero el modo con que las oigo me 
parece qne procede de haber perdido el juicio, 
cosa qne en esta ocasión no atribuyera sino á 
Bobra de amor y & demasiado gusto de haberme 
visto el rostro, que tan caro me ha costar haber- 
me descuidado. 



,.Coi,gfc 



92 CASTILLO SOLÓKCAMO 

— Bien decía (dijo LudoTÍcoj^pnea en haberle 
mostrado habéis manifeatado no eer verdadero 
cuanto me habéis ofrecido, y perder vneatro cré- 
dito con. opinión de mentirosa, que ea cosa qne 
debéis sentir mncho. Lo que os vuelvo á saplioar 
ea, que mafiana me deis lioencia para partirme, 
con prevención que oa hago, que de negármela 
con violencia por detenerme aquí forzado, tengo 
valedor poderoso que me sabrá sacar desta casa. 

A responderle iba enojada la hermosa Armin- 
da, cuando se apagaron las luces del aposento 
súbitamente, y habiendo eetado asi medio cuarto 
de hora, volvieron como de antea á encenderse. 
Ya Arminda quedó con la hermosura qae se tenia 
á la vista de Ludovico, el cual quedó admirado 
de ver en ella tan presto tanta mudanza, de tanta 
fealdad, tanta perfección; pero juzgó que eato lo 
habla hecho ella misma por arte mágico, y asi 
(no desdiciendo de au primero intento), porfió en 
que al amanecer se habla de salir de aquel &ac»- 
rramiento, pues sabia que aquella hermosura que 
vía era fingida con sus diabólicos encantos, y lo 
verdadero era ser una anciana maga. 

Pesábale á Arminda como amaba ya con todas 
veras, que Ludovico hubiese hecho tan fuerte 
aprehensión en ésto, no sabiendo el secreto dello, 
y persuadíale á que ae fueae á reposar, que á la 
mañana ae haría lo que gnstase. R«tiróse con 
esto Ludovico á su aposento, gustoso de haber 
bailado tan presto el desenga&o de lo que le ha- 



-■ Cocglc 



bluk aTÍaaiio, por volver & los ojos de la hermosa 
Hosimaiida. Arminda se íné & su cuarto no poco 
penada de ver á Lndovico trocado de lo ijne an- 
tes estaba; en él halló al mágico Ardano de quien 
Bupo todo el caso de lo que pasaba; dejándola 
admirada la cántela de Rosimnnda. Pidióte á 
Ardano consejo de lo qne debía hacer, y asimis- 
mo le dijo qne ya el pronosticado daño le podía 
desda loego ir temiendo; & que la respondió Ar- 
dano, CTianto á lo primero, que se dejase gober- 
nar por él, y lo segando qne no se le diese nada 
qne ella estaba libre del peligro de su vida, 
como después sabria por extenso. Betiróse con 
esto algo más consolada la Beina, y mandó qne 
& Ardano se le diese aposento en que aquella no- 
che reposase. 

Venida la mafiana Lndovico madrugó, y vis- 
tióse con el mismo pensamiento de irse, por pen- 
sar qne estaba allí detenido oon engafio; entra- 
ron en esto en sa aposento el mágico Ardano y 
la hermosa Arminda, y poniendo la vista Arda- 
no en LndoTÍco, le dijo estas razones: 

— Yo (generoso Lndovico) soy el mágico Ar- 
dano, si acaso le has oído nombrar en Francia, 
el que con su ciencia te ha traído aqnf, librado 
de tus enemigos, y te he querido hacer dichoso, 
en el más feliz empleo qne caballero ha tenido 
con esta hermosa dama qne miras. Sé que Rosi- 
monda, por tenerte por suyo, te pretende por es- 
poso, ha estado contigo y te ha informado dife- 



'■ Colóle 



9i CASTILLO SOLÓRZASO 

rente de lo c^ne te han asegurado aquí; tú estás 
cierto de ser verdad lo que te ha diclio, por ha- 
ber visto el rostro desta hermosa dama abomÍDa- 
ble y feo, transforniacián que hizo el mágico 
Bruneto, que tú conoces bien. Esta hermosura 
que ves, es la que tuvo siempre, lo qu^ te ha 
dicho y asegurado es cierto; si en esto te deter- 
minas á salir de ac|ui, tu libre alvedrío tienes; 
mira primero lo que haces, porque ido una vez, 
será dificultoso volver á la gracia de quien te 
ausentes con tanta grosería. 

No se persuadió Ludovico á que cuanto le 
decían era verdad sino todo cautela y enga&o, y 
así, siempre ñrme en sn determinación, volvió & 
decir que por más que le procurasen persuadir 
no habla de tener por cierto nada de lo que le 
aseguraban, y que con esto se determinaba á no 
estar allí un instante más; comenzaron los ojos 
de la hermosa Arminda á derramar orientales 
perlas, con la pena que le daba la partida de Lu- 
dovico. Bien lo vio el mal persuadido caballero; 
mas juzgándolo todo á engaño, se fué, saliendo 
por las salas de aquella quinta sin hablar pala- 
bra; seguíale Ardano, y al salir por la puerta 
principal de aquella casa (donde no vio á nadie 
por disponerlo así Ardano) el mágico se llegó al 
determinado caballero, y le dijo: 

— Ko tengo (¡oh Ludovico!) con que darte pena 
en castigo de lo que has hecho, sino ofreciéndo- 
te este retrato que lleves contigo, que en otros 



-■ Cocglc 



fuera gusto y dicha poseerle; es de aquella lier- 
mosa dama qne dejas llorando por tn ausencia, 
pagando in gratamente lo que te ¿a querido. Pre- 
guntando & la gente qne vieres, qué reino es 
éste, y mostr&ndoles esa perfecta hermosura con- 
fiada de BU hermoso original, te desengaftarás 
con no poco arrepentimiento de lo que has hecho. 
Tomé el retrato Lndovico, y volvióle Ardano 
las espaldas entrándose en la quinta. Al punto 
que esto hizo el mágico, oye el infante rumor de 
mncha gente, y volviendo el rostro & quella par- 
te, vio muchos soldados vestidos de una lucida 
librea & la-puerta de la quinta, unos jugando y 
otros razonando, sintiendo cerca de sí sus parte- 
sanas y archas; admiróse desto Luáovico, por no 
haberlos visto antes, y para comenzar á infor- 
marse de lo que tenía tanto deseo de saber, se 
llegó á uno de aquellos soldados, y en lengua 
frauqesa le preguntó, qué reino era aquél. El 
soldado le tuvo por simple, pues estando en él no 
lo sabia, >y asi, riéndose de su necia pregunta, le 
dijo qne aquel reino era el de Inglaterra. 
— ¿Quién le gobierna, replico Ludovico? 
— Paréceme que hacéis burla de miseñor solda- 
do (dijo el de la guarda), pues en vuestra pre- 
sencia veo no tener traea de hacerme esas pre- 
guntas con natural simpleza; mas porque no os 
quejéis de que no os satisfago con cortesías, os 
digo que deste reino es absoluta señora la her- 
mosa Arminda, reina suya, cuya singular belle- 



-■ Cocglc 



za excede á cuantas hay en el orbe; está, retira- 
da en esta quinta habri poco más de nn año; go- 
bierna por ella en tío el almirante; dicese que 
se casará con Bicardo, primo suyo: esto es lo qne 
desea el almirante, annqae nuestra reina dicen 
que no le tiene voluntad. ¿Hay más en qne sa- 
tisfaceros? 

— Otra cosa me falta de preguntaros {dijo Lu- 
dovico pesaroso ya de haber sido engafiado de 
Rosimunda). 

— ¿Qué es lo que qneréi8 saber? (dijo el sol- 
dado.) 

— Qne me digáis (dijo Ludovioo) si conocéis al 
dueño deste hermoso retrato. 

Entonces ee le mostró. Apenas le hubo visto 
al soldado, cuando le dijo: 

— Señor mió: pésame que hagáis donaire de 
qnien no OB ha deservido; quien trae ese retrato 
informado estará bastantemente de lo que ahora 
supéráuamente pregunta; id en buen hora, qne 
no quiero ponerme en ocasión de enfadarme coa 
vos más de lo que estoy. 

Aseguróle Ludovico con juramento que no sa- 
bía de quién era aquel bien pintado trasunto; 
con lo cual el soldado le dijo que era de la her- 
mosa Arminda, reina suya, con qne le dejó y se 
fuá sin querer hablarle más palabra. Aquí per- 
dió Ludovioo la paciencia, sintiendo con mjiyor 
afecto el haber creído á Bosimnnda, pues echa- 
ba de ver que todo había sido embuste de la cien- 



•' coiaic 



NACKES Dt PLACER 97 

cia de Bruneto, para hacerle perder la dicha que 
le estaba prevenida. Volver quiso á la quinta, 
mas en breve instanle se vió de un recio viento 
apartar de allí un largo trecho, y volviendo & 
mirarla, nn viú seQal de ella ea todo aquel coa- 
torno; con qno vió que esto causaba la mágica 
de Ardano para castigo de su obstinada incredu- 
lidad. Con esto se resolvió & volverse á Francia 
donde tenía algunoB príncipes, grandes seiíores 
qae le eran afectos, y destos se quería amparar 
para volver & la gracia de su hermano. Esto de- 
terminaba, si bien le estorbaba este intento, 
verse en reino extrafio y sin dinero con que ha- 
cer aquel viaje. En esto discurría cuando llegó 
á él un mancebo que le dijo: 

—Caballero francés, á vos me envía á decir 
cierta señora que creo conocéis bien, que os man- 
da que no os detengáis más en esta tierra sino 
queréis perder la vida en ella, y os amonesta que 
sigáis el pensamiento de volveros á vuestra pa- 
tria, que 08 estará mejor que aguardar aquí don- 
de la ha ofendido vuestra ingratitud; que no 
quiere mostrarse del todo rigurosa con v.)S, aun- 
que ae lo habéis merecido, y asi, os envía en esta 
bolsillo mil escudos para que hagáis vuestro via- 
je como pide vuestra calidad. 

— Decid, señor, dijo Ludovico, á quien os en- 
vía, que haciéndome bien me castiga, pues co- 
nozco que con este dinero y el mandado de que 
me sal gadeste reino presto, carezco del bien en 

NOCnSS DE PLACER T 

'■ Colóle 



98 CASTILLO SOLÓRIANO 

que me tI j no coQoci inconsideradamente; qne 
yo llevo tanta pena de haberle perdido, que ella 
será quien la reugne más presto, qaítándome la 
vida. Con esto se despidió del paje y bascó lue- 
go embarcación, donde la dejaremos, por decir 
lo que pasaba en Inglaterra. 

El almirante que tenia convocada parte del 
reino para levantarse con él de secreto, escribió 
un papel & su sobrina, diciéndola que se resol- 
viese en dar la mano de esposa & sa hijo, pues 
tan bien le estaba, porque si no lo hacía so ha- 
bla de arrepentir dello. Este papel la llevó Ar- 
dano, leyóla Arminda y, annque majer, mostró 
entonces mayor valor que de su flaco sexo Be po- 
día esperar, respondiéndole da palabra que el 
cielo no forzaba al libra alveario, y que asf no 
quería que la forzase el suyo ningún subdito, 
obligándola por fuerza dar la mano de esposa á 
quien tanto aborrecía como & Ricardo. Aconse- 
jóla Ardano que procurase coa blandas razones 
enga&ar al almirante, fingiendo venir en su gus- 
to, pues se hallaba retirada en aquella quinta, 
y él era poderoso en el reino y podía mover al- 
guna sedición contra ella, que en tanto creía que 
se dispondrían las cosas de modo qne se hiciesen 
mejor que pensaba. Obedecióle Arminda, y asi 
respondió el almirante que nunca habla rehusa- 
do cosa que tan bien le estaba, sino que el no 
hacerla luego que se le trató, fué por no tomar 
estado tan presto, por eximirse de mayores cul- 



.Colóle 



dados, pero que pues vía en sos vasalloa deseo 
de qae eligiese esposo, lo haría eu paiándose el 
tiempo que estaba determinado qae estnviese ea 
aquella quinta, por guardar sn vida del daño 
qae la omenasaba. A esto volvió & replicar el 
almirante (falto de cordura) que desde taego po- 
día determinarse & ser esposa de sa hijo, por 
qne él la asegnraba el peligro que tenia, y tam- 
bién lo haría Ardano, qae sabía bien con qné 
fandamento la habían hecho retirar. Preguntó 
Arminda al mágico la declarase aqnetlo, qae no 
lo entendía; Ardano, viendo qne era faersa ha- 
cerlo, la hizo relación de lo qae pasaba, cosa 
que dejó & Arminda absorta, y con la indigna- 
ción qae le cansó saber la intención del almiran- 
te, se resolvió & no ser esposa de Ricardo aun- 
que sa padre la desposeyese del reino, y así ee 
lo envió á decir. 

Visto por el almirante esto, declaróse contra 
la reina valiéndose de las personas qae tenía 
granjeadas para este efecto, y brevemente juntó 
mncha gente de guerra para apoderarse de todo 
el reino. La reina qae vio esto, pidió consejo á 
Ardano de lo que debía hacer, y él la dijo que 
la convenía mudar de estancia é irse á un fuer- 
te castillo que estaba diez millas de Londres; 
esto se puso en ejecución luego, y llevando é él 
vitiualla bastantemente para dos años, se forta 
ieció de armas y soldados, fomentando esto el 
conde Arnaldo, deudo suyo, anciano y leal ca- 



t o vsL 



ballero y opuestD aíempre á las cosas del almi- 
rante, Éate previno todo lo necesario, por forti- 
ficarse, y fué escribiendo de allí á todos los se- 
ñorea de Inglaterra, que sabia que seguirían la 
parcialidad de la reina: pero tenía tanta gente el 
almirante, que no so atrevía niaguoo á mostrar- 
se contra él por no perder ana lugares y rentas, 
con escarmiento de verles desposeídos de ellas, 
é. los que primero se declarasen contra él. 

Mncbo sintió et almirante que la reina se ha- 
biese retirado á aquella fuerza, así por ser difi- 
cultosa de ganar, como por ver que mientras no 
tonía & su sobrina en su poder no ae podía lla- 
mar absoluto se&or de luglaterra. Junta, pues, 
toda la gente que tenía de su parta haciéndosa 
en primer lugar, coronar por rey, y á su hijo 
jurar por principe, marchó Ricardo con todo el 
ejército que había junto para ganar aquella fuer- 
za en qne estaba la hermosa Arminda. Llegado á 
ella la cercó en torno distante sólo aquello que 
bastaba para estar segura la gente de la cerca- 
da, y no ser ofendida con arcabuz, flecha, dardo, 
ú otra arma arrojadiza. 

En esto estaban las cosas de Inglaterra, mien- 
tras que Ludovico llegó á Francia, saltó en tie- 
rra, y secretamente caminando se halló en Pa- 
rís, Halló la corte revueltas la causa era que et 
duque de Lorena tenía una hija hermosísima, ¿ 
quien el rey quiso featear. Servía & esta dama 
que se llamaba madama Flor) el duque de Gni- 



-■ C'>"8l'^ 



NOCHES DE PLACER 101 

8a, caballero mozo y gran señor en aquel reino, 
para casarse con ella, y era may favorecido. 
Pues como andovieae con cuidado de lo que el 
rey hacía en este martelo, nupo que con uno/y 
otro recaudo que á madama Flor llevaban terce- 
ros de parte del rey, solicitaba lugar para cum- 
plir su lividinoBO apetito, la dama se le resistía, 
enamorada del duqne de Guisa, y despreciaba 
loa r sesudos del rey. El, temoso en su porfía, 
determinó entrnr un día con achaque de ver el 
jardín de su casa, quo oi'a áa los mejoren y más 
cariosos en Faris. No estaba entonces en casa el 
duque de Lorena; supo esto el de Guisa y fuéle 
á buscar, avisándole lo que habla en su casa. Te- 
nía el de Lorena tratado ya el casamiento de su 
hermosa hija con el de Guisa, y asi los entraron 
de secreto en au casa por una puerta falea sin ser 
Tistos de nadie, y por una escalera secreta su- 
bieron hasta el camarín de madama Flor; cerca 
del estaba la pieza del estrado, hasta donde había 
ya llegado el rey; halló allí á la hermosa dama, 
y haciendo que sus damas la dejasen sola con él , 
qoieo descomponerse con ella, de suerte que vi- 
nieron á los brazos. A esta síizón llegaron su pa- 
dre y an amante, y viendo la resistenoía de la 
dama y !a porfía del rey, quisieron quitársela de 
en presencia, sacó el rey una daga é hirió con 
ella al de Lorena; mas él que se vio tratar así, 
naa la ayuda del de Guisa dieron de paHaladas 
-al rey, quitándole la vida y apellidando libertad 



-■ Cocglc 



102 CASTaLo soiÓRZAKO 

de Tin rey tirano que procaraba infamar las ea- 
Bas de los nobles de Francia. Eran tan bien gne- 
ridoB, qne en breve tiempo se hallaron todos sos 
parientes j gente que se les agrega armados en 
sn casa y calle; echaron el cnerpo del rey por 
mi balcón abajo; fné llevado & palacio donde ce- 
rránd(we en él, por temor del tnmnlto de los re- 
velados, fué tiernamente llorado de la reina y 
ana privados. 

Esta noche, pues, llegó á Paria Ludovico, y 
sabiendo el lastimoso caso se entró de secreto 
en palacio, donde fné recibido de algunos con 
gnsto y de otros con pesar. Estos eran los qne 
le eran contrarios y privados de su hermano 
cuando era infante. Hizo llamar á algunos prín- 
cipes amigos suyos, á quien se manifestó; ellos 
fueron aquella noche dando cnenta & los demás 
de la venida de Ludovico, de secreto, y á la ma- 
ñana se hallaron' todos en palacio, donde fué 
jurado por rey con mucho gusto. Sabido esto 
por loa delicaentes en la muerte del rey, y por 
los mis principales de la parcialidad de los du- 
ques se ausentaron Inego de París y del Reino. 

Entró con esto Ludovico gobernando prndeu- 
tisimamente, haciendo mercedes & loa que tenía 
quejosos su hermano y á todos en general, con 
que se ganó las voluntades de ana vasallos. Bien 
se pensó Hosimunda que sería esposa de Lndo- 
vico; y asi Inego que se coronó le envió la en- 
horabviona con nn anciano deudo suyo, pidiendo 



'■ Colóle 



licencia para irle á besar la mano, Ludovico, qae 
se hallaba ofendido de ella por el engallo que le 
babía hecho, respondió & esto que no se moviese 
de sa casa, que él Irla de secreto & verla. Presu- 
mió con esto que ya estaba sn casamiento efec- 
taado del todo, pero engañóse, porque Ludovico, 
con el cuidado del nuevo gobierno, no se le acor- 
dó más de ella que si no fuera nacida. Como 
Bosimunda vio esto quiso ir i, verle, 7 ua día 
como que iba á negocios de su padre (que aún 
vivía) le pidió audiencia; el rey se la dió, y en 
aquella vista halló la dama más severidad en 
Ludovico que amor. Quejóse de su mudauza y él 
á ella de su engaDo, y por venganza del, la 
desengafió Ludovico, con que sola Arminda, rei- 
na de Liglaterra, seria dueño de su alma y es- 
posa suya; con esto vino la hermosa Bosimunda 
á perder la salud, con la pena que recibió de 
este desengaño, viéndose en una cama muy en 
las últimos términos de sn vida. 

En este estada estaban las cosas en Francia, 
cuando en Inglaterra sapo Ardano cómo Lu- 
dovico habia heredado aquel poderoso Reino, y 
viendo la apretura en que estaba Arminda, tuvo 
modo como viniese á saberlo Lndovico, que fué 
por un papel, que con brevedad increíble llevó 
uno de sns más veloces familiares. Supo Ludo- 
vico la adición de la hermosa reina, y no quiso 
dilatar el ir á ayudarla; y asi, con la gente de 
guerra, que estaba heoha, se embarcó mandando 



-■ Cocglc 



1Ü4 CASTILLO SOLÓKZANO 



hacer laáa, y que se le enviasen con próspero 
viento; en breve tiempo se halló en el puerto de 
Inglaterra, y tomando tierra toda eu gente, orde - 
nó su ejército y foé marchando la vuelta del cas- 
tillo donde estaba cercada Arminda. Llegó á él al 
tiempo que te daba Ricardo el segundo asalto, y 
sin duda le ganara entonces, si este socorro eotí- 
niora. Con la llegada de los franeeaes fué notable 
el daño que recibieron los britanoa, de suerte que 
fueron desbaratados, y con infame huida dejaron 
el campo, siguiendo la francesa gente el alcance 
dos días continuos, hasta dejar muy pocos con 
vida. Ricardo fué preso, y traído á la presencia 
del rey Ludovico, entró con él en el castillo, 
donde estaba la reina, con cuya vista la hermo- 
sa dama se alegró sumamente. El rey la pidió 
perdón de la grosería de sa incredulidad, pero 
con facilidad le alcanzó de ella que le amaba 
tiernamente. Mandó luego la reina poner en 
prisión á Ricardo y que se buscase con diligen- 
cia y cuidado a! almirante que le habían avisa- 
do que sabida la desgracia de su hijo, se había 
Jiusentado. Dejó la reina aquel castillo, y acom- 
paQada del gallardo Ludovico se fué i Londres, 
donde luego que llegaron & aquella ciudad, se 
celebraron las bodas entre loa dos. A Ricardo 
desterraron del reyno, y de su padre no se supo 
más de que se había embarcado á Alemania, Vi- 
vieron los dos amantes, Ludovico y Arminda, 
con mucho gusto casados, y tuvieron dos hijoa, 



-■ Coi«lc 



K0CHR9 DE PLACEK 105 

que el mayor heredó el Reino de Francia y el 
segnodo el de InglateiTa, gobernando aquellos 
do3 reinoB con mucho valor y prudencia. 

Acabó don Félix su novela con grandes aplau- 
fioa de todo el auditorio, y para dar remate á la 
fiesta de aquella noche, al 8on de un sonoro jue- 
go de v'iolones, se comenzó un sarao en que dan- 
zaron gallardamente aquellas damas y caballe- 
ros, hasta que oyeron tocar ¿ maitines, con lo 
que se dio fin á la fiesta, por aquella noche, yén- 
dose á sus casas. 



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i;. Gnoi^lu 



****L**************************** 



Noche segunda. 



Laa laces del mayor planeta, faltaban del e$- 
paQol horizonte, dando Ingar ¿ que la oscura no- 
che tendiese so ne^o manto sobre la tierra, bor- 
dado de Incientes astros, luz participada del 
hermoso Febo, cuando las damas y caballeros 
convidados por el anciano don Gastón se junta- 
ron en su casa, la segunda noche de la Pascua. 
Acomodados, pues, en sus asientos como la noche 
antes, los diestros músicos, á cuatro voces can- 
taron este romance: 

Flecha aguda, objeto hermoso, 
me previno el nifio Dios; 
ella en herir brevedad, 
él en penar dilación. 

Del imposible que emprendo, 
hallando en mi dicha voy 
mucho hielo entre sn laz, 
mucho fuego en au candor. 

Dudoaa empresa conquisto; 
¿quién en un sujeto vio 
fulminar rayos la nieve, 
y nevar copos el sol? 
Atrevido y recatado 



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108 



teugo (;qué gran confusión!) 
re:e1o3 en. la osadía, 
y esfuerzos en el temor. 

Ea mí, firmeza y constancia, 
ee hallíiii en oposición, 
aliento contra el desdén, 
paciencia contra el rigor. 

Mas mi poder con ana ojos 
tendrá breve duración, 
pues la reaiatencia es nna, 
cuando los contrarios dos. 

Eu mia suspiros y llanto 
la severidad oyó 
<¡u6ja sin voz repetida, 
pena publicada en voz. 

En corresponder ain deuda 
ejemplo de amante soy, 
pues manifiesto lealtad 
¿ quien me mata á traición. 

Fino en mi temor porfío; 
hálleme ei tiempo veloz, 
con glorias en esperanza, 
con penas en posesión. 

Años ofrezco al deseo, 
lustros al cuidado doy 
siglos á mi firme fe, 
y eternidades á amor. 
Todos alabaron mucho el romance que !e había 
escrito un apasionado segando de la señora doña 
Laura. Tomó asiento en medio del estrado una 
hermosa dama, llamada doña Clara, y rompien- 
do el silencio la oyese esta novela: 



- Coi«lc 



La ingratitud y el castíjro. 



Á Monserrat de O-uyllaa, Cábállevo de la Orden 
de Nuestra Señora de Mantesa. 

La ingratitud y el caatigo en ana novela ofrez- 
co á v. m., conociendo que si no acudiese ¿ sa 
patrocinio, se pudiera escribir otra de mí en la 
ingratitud y yo tener el castigo deeta en la opng- 
BaciAn destos mordaces. Seguro asi lo solicita 
en el cual espera cierta la defensa de las censu- 
ras, 7 yo qne conozca v. m. por este principio, 
qne deseo ocupar la plun^a en su servicio, en 
mayores empleos. G-uarde Dios & v. m. como 
deseo. 

Servidor de v. m,, 
Don Alonso de Castillo Solóbzano. 



,;. Google 



NOVELA TERCERA 



Qé&ova, Dobilísima república ea nuestra Ea- 
ropa, & quien patrocina el poderoso y católico 
rey de las Espafias, opulenta de riq^tezas por 
los ginesos tratos de sus caadalosos hijos; madre 
de ilustres 7 nobles caballeros, cnyos lionroaOB 
apellidos (en particular los de señaladas fami- 
lias) son estimados en España, Francia, Italia, 
y los más reinos del orbe; esta ciudad, paes, 
era patria de Sinlbatdo, antiguo caballero de 
ella, cuyas partes de prudencia, nobleza y afa- 
bilidad le daban la primera estimación en aque- 
lla República, de quien era siempre gobernada. 
Tenia el anciano caballero un hijo de edad de 
veinte aüos, su nombre Octavio; perfecto en las 
gracias naturales y consumado en las adquiri- 
das, al ñn como instruido con la educación de tal 
padre. 

Era el gallardo caballero la bizarría de aque- 
lla ciudad, la flor de la juventud della, y con 
la cuantiosa hacienda que tenia, el que más la- 
oidamente se portaba. Su afabilidad y franca 
condioióa le hizo dueño do las voluntades de to- 



.Cocglc 



MOCUIS DB PIACEK lll 

dos; querido de sna amigos y mirado bien de las 
damas, si bien (snnque mozo) no había dado pa- 
rias al niño amor en algún amoroso empleo, oca- 
pindose en hacer mal & caballos, en seguir la 
caza, imagen de la guerra, y en los ensayos im- 
portantes al bélico ejercicio, como eran jngar Us 
armas, tornear y correr lanzas. En los ratos qué 
descansaba desta ágil ocnpaciAo, se daba & la 
lectora de libros escritos en varias lenguas, qne 
por haber tenido desde sn pneril edad erndíto 
maestro que le doctrinó, llega & saber la latina, 
eepaHola, toscans, francesa y alemana con gran- 
de perfección. Aborrecía sumamente, no sólo la 
inquieta ocupación de los juegos ilícitos, pero 
aún la qae divierte con los honestos, y conocien- 
do sns continnoB profesores, hala de su amistad, 
viendo ca&n pernicioso vicio sea este en los re- 
públicas, pnes no sólo es polilla de las hacien- 
das, pero causa de mayores dados, pues de la 
necesidad proceden los qne disminuyen las fa- 
mas y aniquilan las reputacionea. 

Prevenía la nobleza de Genova una gvande 
fiesta para el día qne la Iglesia celebra del ma- 
yor Sonto entre los nacidos (la del Precursor 
Bautista) y habíase concertado una justa real 
entre los caballeros mozos de aquella ciudad, y 
coa la emulación de riquezas, solicitaron empre- 
sas, maquinaron invenciones y sacaron galas, 
para ganar cada uno más ia voluntad de su 
dama y los aplausos del pueblo. Para ostentar 



^■-' Coogk 



llí CASTILLO SOLÓRZANO 

S118 personas ea el señalado día, con más destre- 
za en este bélico ejercicio, se hacían algunos en- 
sayos, en que el generoso Octavio mostraba con 
mayor gallardía la pujanza de su brazo y la ñr- 
meza de gentil bridón. 

Un día de los qne acudía á este militar ejerci- 
cio, acabado el ensayo del, se llegó ó, Octavio on 
hombre conocido, no sólo en aquella ciudad (de 
donde era natural), pero en Roma y toda Italitk 
por el más insigne artífice que profesa el arte do 
la pintura; éste le dijo que si se servía de tener 
paciencia por dos horas le suplicaba se dejase 
retratar su rostro en un bien imprimado lienzo, 
por sus diestros y valientes pinceles. Novedad 
se le hizo & Octavio que en aquella ocasión se 
le pidiese aquello, y quiso saber qué era la cau- 
sa que le obligaba á hacerle fuella súplica con 
tantas sumisiones, y así se la preguntó, y lo máa 
que pudo |saber del diestro pintor fué que por 
una dama le era mandado hacer aquella copia, 
encargando del cuidado de que saliese muy pa- 
recida al original. Inquirió su nombre OctaviO) 
deseoso de saber quién le hacia aquel favor, 
pero no fué posible acabar con el pintor qne se 
lo dijese, asegurándole con grandes juramentos 
que con loe mismos había prometido guardar de 
aquello secreto. 

Dióle un poco de cuidado á Octavio y mayor 
deseo de saber con certeza quién le era tan afi- 
cionada que estimase tener retrato suyo en aa 



'■ Colóle 



ÑOCOIS DE PLACER. 118 

poder, y variando el peuaamieato de unas en 
otras damas de las que él comunicaba, no po- 
día pensar quién coa afecto le háblese favo- 
recido de saerte que pasase de la inclinación 
á esta fineza. Hizo de nuevo varias pregantas al 
pintor, mas bailóle tan canto y tan cerrado en 
no descubrirle la dama, que no qniso cansar más 
la imaginación en lo que porfiaba saber, sino de- 
jarse retratar en la forma qne el maestro le pe- 
dia, que era como salió del ensayo de la justa. 
Sentóse, pues, en una silla y mezclando el artí- 
fice los colores á su propósito, aprendiendo bien 
en su cierta idea las facciones de Octavio, co- 
menzó su obra con grande cuidado, luciéndosele 
el qne eu ella puso, pues salió la copia tan pare- 
cida con el original, que sólo se diferenciaba de 
la vista el carecer de vital aliento para no juz- 
garla por viva. Pagóse mucbo Octavio de la 
obra y pidióle al maestro le sacase de aquel tra- 
sunto otro para tenerle en su galería, diciéndole 
que más ae holgara qne le pagara con otro de la 
dama qne el qne le habla de dar. 

— Algún día (dijo el pintor) oa aerviró en lo 
que me mandáis, que principios muestra en su 
inclinación, que facilitar el creer que vendréis 
Á conseguir eao. 

Con esto se despidió de Octavio, dejándole 
ofuscado en varios pensamientos, sin dar acierto 
fijo en ninguno, por ser sujeto muy remoto de 
aqnellos de quien presumía. 

KOCHES DE PLACEa 8 

'■ Colóle 



114 CASTILLO SOLÓKZASO 



Llegó el día de la fiesta, donde los caballeros 
de Genova ee esperaban un solemne regocijo, y 
esa mañana llegó & casa de Octavio el pintor 
preguntando por él; estaba el galán caballero ha- 
ciendo prevención en su recámara de lo necesa- 
rio para aquella tarde, y avisándole la venida 
del pintor, la mandó entrar adonde estaba y des- 
pejar á sus criados aquella pieza. Recibió Octa- 
vio al diestro artífice con mucho gusto, y pre- 
guntándole qué se le ofrecía, le dijo estas ra- 
zones: 

— ¿Quién duda, 8r. Octavio, que desde que no 
me veis habréis tenido mil imaginaciones sobra 
la copia que saqué de vuestro original, deseanda 
saber con certeza el dueKo que ahora la posee con 
mucha estimación suya, y que ahora con mi ve- 
nida á besaros la mano, habréis pensado qae 
traigo orden suya para descubriros quién sea? 
Yo me holgara poder serviros en esto, si con ma- 
yores fuerzas no hubiera revalidado los juramen- 
tos que he hecho sobre esto, así para guardar 
el silencio en lo pasado, como para prevenir lo 
mismo en lo que os pienso decir. Aquella dama 
poseedora de vuestro retrato, me manda que os 
pregunte si de alguna que servís sac&is algún 
favor en esta fiesta, como penacho, banda, tone- 
letes ¿ otra cosa que en tales regocijos suelen 
los caballeros mozos llevar, que lo desea mneho 
saber. 

— Respondiendo á lo primero (dijo Octavio) 



-■ Coi«lc 



NOCHES DE PLACER 115 

OS asegaro qne me ha puesto en cuidado de saber 
quién tenga mi retrato, y no puedo fijamente 
presumir quién le posea, por no haber puesto loa 
ojos hasta ahora en dama qtte conparticnUridad 
algnna la sirva; ¿loque me preguntáis ahora, 
paedo responder qne digáis á esa seBora que coa 
lo primero que oa he dicho le respondo & lo se- 
gundo, no siendo tan dichoso que me hayan fa- 
vorecido, para salir con más gasto en esta JDBta, 
que esto la puedo asegurar con certeza. 

— Paea según eso (dijo el pintor), bien puedo 
proseguir con mi embajada, diciéndoos que si 
gustáis de llevar en sn nombre un penacho de 
BUS coltures y una banda verde, os lo traeré luego; 
qne se ha hecho en vuestro nombre. 

— Hálleme tan obligado (dijo Octavio) con tan 
impensados favores, que no sé con qué palabras 
exagerároslo, y asf diréis á esa dama que beso 
sus manos mil veces, y que con mucho gusto sal- 
dré adornado y favorecido con sus prendas, pro- 
metiéndola de mudar por ellas los colores de mis 
libreas, y de nuevo sacar las suyte, porque con- 
formen oon el penacho y banda. 

— Para que con más gusto lo hagáis (dijo el 
pintor), sólo me es permitido deciros que esta 
dama os iguala en calidad, y que pocas la igua- 
lan en hermosura en &énova. 

— ¿Pues por qué causa (dijo Octavio), quien 
tantas partes tiene, recata que yo sepa quién es? 
Que si me iguala, como afirmáis, licito es que yo 

;-Coi,slc 



116 CABTIIXO SOLÓEÍANO 

la sirva con el fin que lo haceo públicamente 
muchos caballeros de mi edad con otras damas. 

— Cansa debe de haber (dijo el pintor), que 
por ahora no permite que yo diga su nombre; 
no me preguntéis m¿s en esto, sino dadme licen- 
cia para que vaya por el penacho y banda. 

Diósela Octavio y fuese el pintor, dejándole 
como caballero engolfado entre dudas y confu- 
siones, discurriendo en esto, por varios sujetos; 
y en lo que con más certeza se afirmaba, era en 
pensar que esta dama fuese descendiente de al- 
guna casa de las principales de O-énova , encon- 
trada con la suya, que pocos ahos antes hubo 
parcialidades entre los nobles, sobre competen- 
cia del gobierno de aquella Kepública, y de ellas 
resultó el quedar con opuestos bandos que aún 
(hechas las amistades) duraban. No pudo dndar 
Octavio en qué serla esta dama del bando con- 
trario; y aunque pudiera esto quitarle el deseo 
de saber quién fuese, antes se le acrecentó, pues 
sabía que en las casas opuestas & la suya había 
tonta calidad y riqueza que igualaba & la que él 
tenia, y consideró que le pudiera estar bien el 
fomentar este empleo (siendo el sujeto de su 
gusto) para quietar las enconadas familias con 
amigables paces. 

En esto discurría, cuando Alejandro (que así 
se llamaba el pintor) volvió acompañado de un 
criado suyo, que traía una caja en la cual venia 
el penacho y banda, que sacado en la presencia 



«le 



de Octavio, vi6 eer el más ctirioso y rico qae 
habiese visto; era de plnmas blancas y verdes; la 
banda era verde, bordada de memorias y cora- 
Kones de plata; éstas de iguales y finas perlas, 
y aqnéllos de costosos y encendidos ntbies. Es- 
timó Octavio (como era jnsto) loa dos favores, y 
para dar las gracias & quien se lo habla enviado, 
quiso remitirlo & la pluma, rogando á Alejandro 
esperase á que sólo escribiese un papel que lleva- 
se fi aquella dama, en agradecimiento de las mer- 
cedes que de an mano recibía. Entretúvose el 
pintor en mirar las valientes pinturas y curio- 
sidades qne en el cuarto de Octavio habla, en 
tanto qne escribió á la no conocida dama este 
papel: • 

«Dudoso amante y agradecido, tomo la pluma 
para escribiros: dudoso (como de harta ventura 
y pocas ]iartes) en pensar que sea yo ¿ quien 
ee dirigen vuestros favores, y en conocer quién 
eea el sujeto que gusta de emplearlos tan mal. 
Amante disponiendo la voluntad inclinada & 
amar cuando merezca saber quién ha de ser su 
objeto, y agradecido estimando vuestras prendas 
en lo que esté justo qne las estime. Quien sin 
haberos servido se halla favorecido y honrado 
con ellas, para que la proposición que ahora hago 
de serviros, surta efeto, os suplico merezca saber 
& qnién debo estas obligaciones, para que salga 
de dudas; mi amor se emplee y el agradecimiento 
le tenga siempre, por gozar bien que no he me- 

'■ Colóle 



118 CASTILLIj SOLÓRZANO 

recido, con que me aseguro llevar precio ea la 
juBta que habréis de serviros de recibir en mi 
nombre. El cielo os guarde. 

Otavio.' 
Cerró el papel, y dáudoselo á Alejandro se le 
Uevd é. la dama. £q tanto Octavio, disponiéndose - 
á parecer ñno galán á los ojos de su incógnita 
dama, quiso mudar los colores que tenia pre- 
venidos para llevar al regocijo, y en el poco 
tiempo que había desdo por la mañana que fué 
favorecido hasta las tres horas de la tarde, jun- 
tando oficiales hizo las libreas necesarias para 
padrinos y lacayos, de verde y plata. La inven- 
ción también mudó; y en lugar de la que había 
maquinado llevó en un carro al Dios de ^amor, 
vendado con su arco y saetas, como le pintaron 
los antiguos, por peana de sus pies llevaba un 
lince, animal muy perspicaa en la vista, esto 
mismo sacó en la tarjeta pintado y debajo esta 
letra: 

Más fino que el perspicaz 

hoy se promete despojos 

teniendo ea la fe los ojoa. 

Llegó el término señalado para comenzar la 
fiesta, esperada de tanta nobleza y hermosura 
en lo más lucido de caballeros y damas de Ge- 
nova, que ya aguardaban en sus asientos. La en- 
trada del mantenedor, presto les. cumplió sna 
deseos; que asi él como los gallardos aventureros, 
hicieron sus lucidas entradas, y entre ellas la de 

-. C'>'«l'^ 



KOCUas DE FLACBK H9 

nuestro bizarrÍBimo Octavio, que con los naevoa 
colores de libreas é invención dio samo gusto á 
los ciroouBtantes y no pocas soBpechas á machas 
damas, qae corioaameate habían sabido las galas 
que tenia prevenidas antes, y ahora le veian 
con otras, por donde colegian qne tenía nuevo 
coidado, y alli estaba la oausa desta novedad 
muy contenta de ver la fineza de su querido galán, 
en la presteza conque había mudado de colores, 
llevado de la obligación y cuidado en que con sua 
favores se pnso. 

Comenzóse la fiesta y en ella ganó Octavio el 
primer precio del mantenedor. Estaba el puebla 
esperando & qaé dama se le ofrecerla, cnando el 
airoso caballeroi habiéndole recibido de los jueces, 
hizo traer nn cofrecillo de plata guarnecido con 
ricas y preciosas piedras, adonde depositó & 
vista de todos una firmeza de diamantes (que 
este era el precio que habla ganado) y mandó se 
le llevasen á casa. Con esta novedad dio motivo 
á varios juicios, que oomeniaron á hacer dis- 
cnrsoB sobre quién seria la dama, para quien el 
precio se guardaba, mas ninguno acertó con lo 
que era; sólo convenían todos en que no existia 
en aqnella fiesta, pues el precio se le guarda,ba. 
Prosiguiéndose el bélico regocijo, vino Octavio á 
llevarse otro precio juntando segunda vez, y el. 
último que se le dio por más galán, que era una 
de las condiciones del cartel; estos los dio & dos 
damas parientas suyas, con grande acompaña* 

'■ Colóle 



120 CASTILLO GOLÓKZAHO 

miento de padrinos, que se lee lleTaroit & ana 
ventanas, de donde vían la fiesta. Acabóse antes 
de la noche la ñesta dejando la destreza y gala 
de Octavio & muchos aficionados y envidiosos, y 
á las damas con cuidado de saber su empleo, por 
lo que hablan visto. 

El día siguiente, estando Octavio en la cama 
algo más tarde que acostumbraba, le entró un 
paje & decir que le quería hablar Alejandro. 
Nueva fué ésta qne le dio mucho gusto al ga- 
llardo caballero. Mandóle entrar y después da 
haberle hecho tomar asiento, hallándose con él 
á solas, le preguntó qué se le ofrecía. 

— ¿Qué puedo quereros (¡oh noble Octavio! dijo 
Alejandro) después de venir á saber cómo [os ha- 
lláis?] de la justa (en qne tan gallardo andavis- 
teis) sino traeros nn recaudo de aquella dama, á 
quien dejo cuidadosa por saber cómo habéis pa- 
sado la noche con el cansancio de las armas? Este 
papel acabo de recibir de sas hermosas manos, en ' 
respuesta del vuestro; leedle, y si hay algo qne 
responder á él, vedlo en tanto qne yo me divierto 
con mirar las pinturas de vuestra galería, qaft 
come originales de tan famosos artífices, tengo 
mucho más qne admirar cada día qne las qne vea. 

Jjevantóse con esto Alejandro de sn asiento, 
y dio lugar & que Octavio, con grande alborozo, 
^abriese el papel en que leyó estas razones: 

cNunca, señor Octavio, dudé de vuestra fineza, 
«n la estimación que habéis hecho de mis favores 

'■ C'>"8l^ 



MOCHES Dm PLACSK 131 

(dándoles realce con el nuevo gasto qne os han 
acrecentado) con las esperíeuoíaa que tengo de 
cnán bien correspondáis con Tnestra ilnstre 7 
generosa sangre. En reconocimiento de agrade- 
- cida quisiera poder manifestaros qni4n sea, ya 
qne con las dos prendas que tenéis mías oa hice 
demostración de la voluntad qne os tengo; mas 
por ahora no me es permitido que lo sepáis, si 
bien no os esGUBO de qne por Alejandro os sir- 
váis de avisarme, si habéis descansado de la pa- 
sada fiesta, en que tantos aplausos mereoistes, 
dejándome, los de;loB caballeroe con gnsto, y 
los de las damas con regalo; esto me aumenta 
vuestro retrato, manifestándome las gracias na- 
turales que OB ha dado el cielo, y la fama las 
adquiridas, que tanto celebra esta ciudad. Per- 
mitid qne conociéndolas yo, no anticipéis otro 
snjeto al mió, en vuestra voluntad, que os ase- 
guro que ninguno me aventaja en la eatimacién 
que de vos hago, y para que no os desconfié mi 
recato, os prometo dejarme ver muy presto, pues 
aunque de ser quien soy, no dispone fácil vista, 
el amor alienta á que con más brevedad nos 
veamos. El cielo os guarde. 

Quien md» os estima.^ 
Qustoso dejé á Octavio el papel de la encu- 
bierta dama, y alborozado con las últimas razo- 
nes, en que le prometía verse preBto con él, con 
tantas maestras de afición. Leyóle otras dos ve- 
ces, disponiendo el amor más la voluntad para la 

Colóle 



122 



vista, pues ya del entendimiento de la dama te- 
nía dadas muestras para ser querida, y de sus 
dádivas seguridad de su amor; pidió luego reca- 
do de escribir, y en brevas rasones - le escribió 
este papel: 

«No es necesaria prevención de prisiones an- 
tes de vuestra vista, estando segura qne podéis 
prometeros mayores rendimientos que el mío, 
pues rendirme será corta bazaña de vuestroa 
ojos, y harán poco más que tiene hecho vuestro 
entendimiento. El juzgaros presente 6. la ñesta 
me esforzó & sacar de ella los premios que vistes: 
el primero guardó en vuestro nombre delante de 
tantos ojee; va ahora á los vuestros con no poca 
envidia raía, de que le favorezcan primero que á 
mi: como él os prometo ser Srme, estándolo en la 
esperanza, hasta que alegren mis ojos la pose- 
sión que les ofrecéis para bu mayor recreo. El 
cielo 08 guarde. 

Vuestro esclavo, Octavio.* 

Cerró el papel, y llamando é. Alejandro se le 
dio, y con él el cofrecillo en que iba el precio 
que había ganado en la justa, y por el trabajo 
dio al portador del una cadena de doscientos es- 
cudos de peso; dejándole con ella tan obligado 
cuanto pest^oBO de no poder revelarle el secreto 
de quién fuese la dama. Presto se vio en su pre- 
sencia á quien dió el papel y ofreció en nombre 
de Octavio el cofrecillo con la joya que había ga- 
nado por precio de la justa. Kstimóla en macho la 



Líin,.U,.CtX)l^lt^ 



NOCHES DE PLACBB. 13S 

dama, oomo venida de laa manos de qnien tanto 
amaba. Kostróla Alejandro la cadena que le ha- 
bía dado, encareciéndole las partee de Octayio y 
aprobando cn¿n jnstamente habla puesto su 
amor en tanperfectocaballero. Leyó el papel la 
dama, y con sua enamoradas razones y lo que 
habla oído á Alejandro, se dispaso á favorecer & 
ea galán con su visU. 

Tenía una se&ora amiga snya un jardín de 
mucha recreación, j pidiéndole la llave de la 
casa del para cierto día, fuese aquella tarde & él, 
y antes había trazado q^ue Alejandro sacase á 
Octavio al campo hacia aquella parte, con fin de 
decirle quién era la dama y guiarle adonde es- 
taba. Hízolo así el solicito tercero, saliendo Octa- 
vio en sa carroza con grande alborozo por saber 
lo gao tanto había deseado. Iban los dos solos, 
habiéndole prometido Alejandro descubrirle el 
secreto, en estando en el campo. Entretenidos, 
pnes, en varias pláticas llegaron al jardín al 
tiempo que el luciente planeta doraba los limi- 
tes del Occidente con sus hermosos rayos, y ha- 
llaron abierta la puerta. Alejandro dijo & 
Octavio: 

— Aqoí podemos (si sois servido) entrar, que 
en algún cenador deste ameno jardín os dice 
(gozando jontamente del fresco) lo que tanto de- 
seáis eaber. 

— Sea así (dijo Octavio). 

Bntr&ronse en el jardín, gozando de la ameuí- 



'■ CoCglc 



SOLÓRZAltO 



dad de sus calles, de la compostura de sus cua- 
dros, de la frescura de sus artificiosas fuentes; 
sin haber tratado de nada. Había el día llegado 
é. aa último término, sustituyendo por aa luz la 
limitada que daban las estrellas, prestada del 
Deifico planeta. En esto llegaron á la casa del 
jardín, donde en un mirador della algo bajo, que 
oaia sobre an enredoso laberinto, vieron estar 
dos damas, cubiertos los rostros con unos cenda- 
les de gasa verde, de suerte que podían ver por 
ellos sin ser vistas. 

— Aquí (di]0 Alejandro) se&or Octavio, ha- 
ciendo más de lo que os prometí, os pongo en 
presencia de la dama que dese&is conocer; 
yo be cumplido con mi palabra; si vuestra per- 
suasión fuese tan eficaz como grande ha sido 
vuestro deseo de verla, con ella podéis acabar 
que se os descubra, y en tanto que lo conseguís, 
me aparto, con vuestra licencia, & hablar con la 
quo la acompaña. 

EUzolo asi dando lugar á que Octavio (viéndo- 
se á solas con la dama) le dijese estas razones; 

— Mny agradecido debo estar á Alejandro (se- 
ñora mía) por haberme traído é, vuestra presen- 
cia, cosa tan- deseada de mí, y ha andado muy 
corto (sabiendo estos deseos) en no pedirme mny 
buenas albricias, por este bien qne me presenta 
á la vista, si bien con la pensión del embozo que 
me priva de gozarle del todo. Permitid no agra- 
vie vuestra hermosura, pues avariento me la 



'■ Colóle 



oealta, coando mis &fectos han merecido gosar 
la patente, y esta merced (que es la mayor) 
acreciente el número de las machas que me ha- 
béis hecho sin merecerlas. 

— Se&or Octavio (dijo la dama) vos seáis may 
bien venido. El traeros aquí Alejandro, ha sido 
con orden mia, porqne no me acuséis de descor- 
tés, cuando con tanto afecto me pedia qne os 
vea, ya lo hago aunque detrás deste velo, por no 
estar cierta si gnstáis 6 no de conocerme; y asi, 
dar las albricias por lo qne después os ha de pe- 
sar, no lo tengo por cordura: quizá por eso no og 
las ha pedido Alejandro. Yo gustara de hacer lo 
que me pedís, mas por ahora no lo permitiréis, 
que sólo sois llamado para daros las gracias del 
precio qne me gnardaetes en la justa, y de que 
dejadas vuestras colorea qnisiésedes celebrar las 
mías en vuestra librea. Yo vi la fiesta y no 
quisiera ser tan de vuestra parte, que con la pa- 
sión 08 juzgase ventajoso en todo á cuantos en 
ella se hallaron: mas repito en decir (muy gus- 
tosa) lo que han dicho cuantos gastaron de ve- 
ros, con tanta destreza y bizarría aquella tarde. 

—El deseo con que iba á parecer bien ¿ vues- 
tros ojos (dijo Octavio) me hizo salir ganancioso 
de los tres precios; que por otra causa muy cier- 
to pudiera estar que no llevara ninguno, y el ma- 
yor qne no puedo estimar, ea el favor que me ha- 
béis ponderado (más con el esfuerzo de vuestra 
parte) lo que hice, que mi propio valor merece, 

'■ Coi«lc 



126 CASTILLO SOLÓRZANO 

por él os beso Ibb manos, y yaelvo á repetir !a 
primera aúplica de ijue os decobráis, asegar&n- 
doos que en no hacerlo, me tenéis en una confn' 
sión qne se me convierte en pena, sin aliviarme 
m&s qae la esperanza que tengo de que me ha- 
béis de favorecer. 

— Ya OB digo (dijo la dama) que inclinación 
mía me ha hecho hacer lo que sabéis, y duda de 
ai la vuestra (descubriéndome) ha de ser la que 
me habéis prometido en vaestros papeles, en mi 
favor me tiene temerosa en hacer lo qne me ro- 
gáis. De nnevo os vuelvo á deoir qne sí me des- 
cabro, aguardo ana novedad en tos, y aventuro 
eer contra mí: dejarlo por ahora, que á mi me 
está bien «1 hablaros asi, y á vos no se cómo ob 
estará. 

Crecían los deseos de Octavio por ver el ros- 
tro de la dama, al paso qne ella se rebasaba el 
hacerlo, y por no dar lugar á más dilaciones le 
dijo. 

— ¿Tan poco obligado os parece que me tenéis, 
qne dadáis que yo no estime el conoceros? Pues 
yo os aseguro, con palabra de caballero, que á 
ser TOS descendiente de la familia más contraria 
á la de mi padre, no dísminayera un punto el 
amor qae os tengo; antes, la dificultad qae habie- 
ra en eso, fuera estímalo para quereres con más 
veras: esto os digo por qae vuestro recato ha en- 
gendrado en mí esta sospecha. 

— Cierta ha sido (dijo la dama) ; mas fiada en lo 

'■ Colóle 



NOCHIS DB FLACKK IST 

qae me aseguráis, no quiero dilataros la snspeii- 
dÓQ, sino que cese con los principios del arre- 
pentimiento qae juzgo tendréis de haberme co- 
nocido. 

Con esto se quitó el embozo y conoció Octa- 
vio ser la dama la hermosa Casandra, descen- 
diente de una de las familias más principales de 
Genova, y la más opuesta á la antigna casa de sn 
padre. Era ta dama bizarra, de superior hermosu- 
ra y asimismo mny rica, sujeto digno de que 
cualquiera principe de Italia sehonrara de tener- 
la por esposa. Por muerte de sus padres, estaba 
esta señora en casa del anciano Julio, su tío, el 
mayor enemigo que Sinibaldo, el padre de Octa- 
vio, tecíaenOénova; por lo cualse recataba tanto 
de ser vista de nuestro bizarro caballero. Sus- 
penso estuvo un poco con su vista Octavio, no 
juzgando digno de tan grande empleo, más por 
su desconfianza discreta que por au sangre no- 
ble, y en medio desta suspensión ie dijo Ca- 
sandra: 

— Ta, eefior Octavio, esperimento mis temo- 
res, cesan mis dudas y comienzan mis penas, 
pues de vuestra suspensión infiero que, por ser 
de la familia contraria á la vuestra, seréis poco 
afeto; si es asi, vuestro desengaño luego me será 
(aonqae penoso) medicina, excusa de mayor em- 
pello; ya 08 pagáis de la confusión que tuvistes 
con la que ya de veros tengo: la brevedad en res- 
ponderme será aquí acto de piedad. 

'■ Coi«lc 



126 CAiTDXO SOLÓKZANO 

— La BuspensiÓQ que habéis acusado en mi 
(dijo Octavio), aunque me culpe de grosero para 
con vos, como yo sé mejor de dónde provino, og 
digo que nació de verme con tan impensada di- 
cha, 7 como cosa ajena de mi poca suerte me te- 
nia absorto el gusto j loco el contento. iDícho- 
80 mil veces sea el dia en que Alejandro me di6 
vuestro primero recaudo, pues del ha resaltado 
el bien que gozo] Poco bago en cumplir la pala- 
bra que di de quereros y amaros, aunque seáis 
del coutrario bando de mi padre, si esa hermo- 
sura lia hecho tanta batería en mi, que confesán- 
dome vuestro desde hoy, me opondré á las ma- 
yores contradiciones que me puedan hacer cuan- 
tos intentaren estorbarme que yo sea vuestro: 
esto os aseguro con £e y palabra de esposo, si 
vuestro gusto es que yo merezca tal titulo. 

Contentísima dejó & la herpiosa Casandra lo 
que oyó al enamorado Octavio, y segura de las 
dadas con que estaba, la dijo: 

— Yo me doy por pagada de mi voluntad, dis- 
creto Octavio, con lo que os oigo: pero para que 
la proposición que hacéis, sea con los requisitos 
que pide cosa que ha de durar para siempre, y 
que en sus principios ha de tener contradicción, 
quiero que lo miréis bien primero, y en otra oca- 
sión que nos veamos (si os estuviese bien) sea lo 
que gustáredes. 

— No ha de pasar desta (dijo Octavio) porque 
quien tiene el bies presente y le deja ir, ó le 



-■ Coc^lc 



NOCHES DEFLACBK 129 

falta sn conocimiento 6 fia macho de su fortuna; 
70 la temo, y para TÍvir seguro y gustoso, os su- 
plico me favorezcáis con vaestra mano. 

LIam¿ Inego á Alejandro y á la dama qne le 
acompañaba, que era criada de Gasandra, y dio* 
les en breves razones cuenta de lo que habla pa- 
sado, y con gusto de Casandra, ae dieron las ma- - 
nos delante de aquellos testigos. 

Hádasele tarde á Caeanára para dar la vnelta 
& caaa de sn tío, y asi no dilató la eatada en 
aquel jardín, aunque con sentimiento suyo y de 
Octavio, qne estaba ya del todo enamorado della. 
Abrazáronse los dos amantes, prometiendo Ga- 
sandra buscar lagar para verse, y con esto se 
puso en sn carroza, partiendo á sa casa; lo mismo 
hizo Octavio en la suya, dando machos abrazos á 
Alejandro por el bien que por au causa le habla 
venido, gratificándoselo en llegando á sa casa, 
con joyas y vestidos qae le dio. 

Continoaron los dos amantes el escribirse al- 
anos días, por la orden de Alejandro, y supo 
Octavio de Gasandra que sn tío partía el dia si- 
guiente á Saona, donde había de estar ocho días 
en ns negocio de importancia. Esta nueva fné de 
sama alegría para el enamorado caballero; en la 
respuesta deste papel en que le daba el aviso, la 
suplicó á Gasandra le favoreciese en darle en- 
trada en au casa. Fácilmente lo alcanzó della, 
por estar tan enamorada de Octavio, y bbI la pri- 
mera noche qne Julio, satio de la dama, se ausen- 

NOCHBS DB FLACIR 9 

'■ Colóle 



130 CASTILLO BOLÓIUANO 

tó, Octavio Be vio con ella, donde con afectuosos 
ruegos alcanzó el premio de bus deseos, debajo 
de la palabra de esposo que en el jardín le habla 
dado 7 que revalidó alli, acudió con esto todas las 
noches que el anciano Julio estuvo ausente en. 
Saona. Volvió de su jornada, y con su venida 
carecieron de verse los dos amantes con mucho 
sentimiento suyo. Babfan dispuesto el buscar 
medios para qae Sinibaldo y Julio supiesen su 
empleo; mas las personas & quien se dio onenta 
para tratar desto, visto que las volnntadea, de 
los dos ancianos caballeros eran tan opuestas, no 
se atrevieron i emprenderlo, con que los dos 
amantes lo sentían sumamente. 

Viendo el anciano Sinibaldo algo inquieto á su 
hijo, porque (fuera de su costumbre) salía todas 
las noches.-y volvía á deshora, sospechó que al- 
gún amoroso empleo le traía así. Esta sospecha 
se le acrecentó con la continuación que vela ir á 
Alejandro á su casa, dando en lo cierto de que 
venía é, verle con algún ¿n más de lo qne le to' 
caba por el arte de la pintnra; 7 así, nn dia que 
Octavio estaba en la cama, 7 Alejandro con ¿1 á 
solas, entróse en un retrete qae oaía detrás de la 
pieza donde dormía Octavio, de donde, sin aer 
visto, pudo oir de lo que trataban, lo que bastó 
para entender el empleo de Octavio, recibiendo 
dello notable pena, juzgando de la plática estar 
su hijo empe&ado del todo en aquellos amores. 
Aguardó & que Alejandro se fuese 7 entró por la 

'■ Colóle 



NOCHES DB FLACSK 181 

paerta principal donde estaba bu hijo, i quien le 
hizo novedad verle en aquella hora en en cuarto, 
pin- juzgarle en la iglesia oyendo miaa, qse lo 
acoatnmbraba siempre Iiaata la última qae se de- 
oía. Tomó Sinibaldo una silla cerca da la cama, 
y con grave y severo semblante, dijo á Octavio 
eetas raEones: 

— Octavio; la inquietud con que os he visto, 
cosa fuera de vuestra costumbre, en salir de cubíi 
de noche, estar menos en ella.qne soUades de dla^ 
y juntamente la frecuencia deste pintor en vnea- 
tro coarto, me han hecho algo carioso, hasta lle- 
gar á hacer lo que hoy he hecho, que ha sido oir 
mucha parte de la plática qne con él habéis teni- 
do, de la cual he sabido más^e lo qne qniaiera; 
pnes eé cn&n empefiado estáis en el amor de Ca- 
sandra, sobrina de Julio, el mayor enemigo que 
tengo. En su opinión, gracias y nobleza, no hay 
-objeto qne ponerla, pnes todo es tal qne os igna- 
la, y tuviérades muy gran suerte en alcanzarla 
por esposa; mas el ser hija de Camilo y sobrina 
de qaien ya conocéis, es grande inconveniente 
para conseguir vuestro gusto, y conociendo en 
vos que le tenéis en servirla, vengo & mandaros 
qne desist&is del por muchas causas qne lo oon- 
tradioen. Bien es notoria la competencia de ban- 
dos que ha tenido nuestra casa con las de Camilo 
y Jalio, y que de leves causas procedieron pesa- 
das cuestiones qne se les pudieran dar nombre 
de guerras civiles, con que los valedores de una 

'■ Coi«lc 



183 CASTUJ.0 SOLÓltZANO 

j otra familia dividieron parcialidades, liaciéa- 
doBe los mayores diegnatos qae pudieron los 
nnoB á loa otros, sustentando las cabezas de ellos 
sns opiaiones, por no mostrar falta de valor. Si 
del empleo qne deseáis hacer, os persuadís & qn« 
ha de resultar la quietad de loa bandos, os enga- 
£áis, y priiébolo desta manera. Bemos por caso 
asentado qne yo vengo en qne os caséis (que es 
cosa may fuera de mi gusto, y que no le tendré 
jamás en esto); faerza es que de la parte delcab»- 
llero se pida á la dama para el deseado consor- 
cio, y así de la vaeatrase ha de pedir, ¿qué diréis 
TOS onando por respuesta os den qae Jalio no 
qmere venir en ello? Puesto que no le debe nada 
vneatra sangre á la saya, que es cierto qse no 
admitirá plática en el empleo; ^,ser& bien que 
cuando penséis qne le honráis, y queréis honrar 
mi casa con tal esposa, haga de vuestro intento 
desestimacién Julio? Pues si acaso vuestro amor 
os obligase á sacarla de su casa, con el honesto 
fio de matrimonio, coa la mala voluntad qne noa 
tiene, ¿qué cosas no emprenderían hacer los de 
su bando contra el nuestro, tomando por afrenta ' 
vuestra acción, siéndoles de mucha honra i to- 
dos? Prevéngooe de todo esto, porque sé iofalibls- 
mente (conocidas las condiciones de nuestros 
contraríos) que sucederá así. Quietos estamos, y 
yo, en los postreros tercios de mí vida; cnerdo 
sois; como padre, os mando qne olvidéis ese 
amor, para que yo viva lo poco qne me falta con 

-■ Cocglc 



■DSiego; damas hay en GéooTa &0 menos hermoa 
SM qufl Casandra y mncho más ricas qae ella, 
A qaien podéis servir para el honesto fin de ma- 
trimonio, y si le queréis hacer por elección, ]jo- 
ned vaestros ojos en la que más bien os ptu'ecie- 
se (como sea de las familias de nnestra parte), 
qae aunque no os iguale en hacienda, la mia es 
gañcíente para que viráis muy rico y gus- 
toso. 

Con ésto se fné el anciano Sinibaldo sin dar 
lagar á que su bijo le diese satisfacción alguna, 
dejándole lleno de pesares y confusiones, culpan- 
do á su poco recato, en no haberse guardado de 
■ qne llegara á oir la plática entre él y Alejandro. 
Por ana parte se hallaba empeñado en el amor de 
la hermosa Gasandra, á qaien dsbia su honor, 
con fe y palabra de marido, cosa qae babia (se- 
gas ley cristiana) de cumplir. Por otra la opi- 
nión de su padre (ya sabido de sus amores) le 
contradecía su gusto, oon tan apretadas y fuer- 
tes razones, que no tenían respuesta, conociendo 
ét mismo las dificultades que habla en desenco- 
nar voluntades de bandos tan enoontradoa que 
jamás tendrían conformidad ai pae. Discurrió so- 
bre esto más de dos horas el aflijido Octavio, y 
•1 cabo dallas sé resolvió en dar cuenta de todo 
á Gasandra, para que éntrelos dos sedeterminase 
lo que más conviniese, firme el enamorado caba- 
llero en quererla siempre y en desear ser bu es- 
poso con las bendiciones de la Iglesia, ahora 



-■ C'>'«l'^ 



131 



faese con gusto de evi padre ó sia él. Lo que le pa- 
recía más á propósito era dilatar cuanto padieae 
laejooución de sus bodaíj, haeta que el tiempOf 
6 por medio de terceros,- ablandase la rebeldía á«~ 
los obstinados pechos de sa padre, y de Julio, 
tío de Casandra, ó cou la muerte de alguao dellos 
(que estabEin ya en anciana .idad) se consiguiese 
su deseo. " 

Vióse Octavio con la hermosa Casandra, & 
quien dio cuenta de lo que habla pasado con su 
padre, eigniñcándole la pesa que desto tenia, por 
sabef que asi de parte suya, como la de su tío es- 
taba dificultoso el beneplácito para casarse. No 
mostró menor sentimiento Casandra que su ga- 
lán, mauifostándolo con lágrimas de bus hermo- 
sos ojos. Dijola Octavio lo que había pensado en 
esto, que era estarse asi aguardando que el tiem- 
po diapusiesB las cosas. Hasta^qui bien vino Ca- 
sandra en BU gusto, mas oyendo pasar el discur- 
so de que era bien vivir de allí adelante con ma- 
yor recato; no verse con Alejandro en público, 
y hablar con ella menos veces, por el peligro que 
había en venir á saberlo Julio, y hacer seguir 
Sinibaldo los pasos, no pudo sufrirlo la hermosa 
dama, porque fué tanta la pena que oon esto le 
sobrevino, á la que se tenía, que perdiendo el 
sentido se quedé desmayada en los brasoa de sa 
esposo. El y la criada, sabidora de aquellos amo- 
res, procuraron que volviese en su acuerdo, que 
fué de allí á media hora con el más copioso lian- 



-■ Coi«lc 



NOCHKS DE FLACBS ] Ít5 

to qae se pnede itoaginar de un afligido y des- 
consolado pecho. Ya le pesaba i Octavio haber 
tratado destaa cosas ton á costa de sa querida 
Casandra; pues tanto sentimiento mostraba do lo 
que le había propuesto, para consuelo soyo hubo 
de decirla (haoiéiidola machas caricias) ttue ha- 
bía dioho con presnpaesto de qne vendrían en 
ello por lo bien qaa á los dos lea estaba; mas que 
pues no gustaba de que se hiciese, ¿1 coutinna- 
ria el venir & verla todas las vecos qno fneae con 
recato avisado por Alejandro, aunque en ello 
aventurase perder la gracia de su padre, y la 
vida en el peligro de la casa de aa tío. 

Quedó eo esto algo satisfecha Casandra, con 
que di6 licencia á Octavio para irse, despidién- 
dose los dos con grandes ternezas. A Ootavio 
le pareció que Casandra no quedaba bien satis* 
Fecha con lo que le había dicho, y con persua- 
dirse á esto propuso ir menos veces á su casa, 
temiéndose de que no diese cuenta desto á su tío, 
y también por deslumhrar & su padre de su sos- 
pecha; y así dio en asistir como acostumbraba 
en casa, y no verse con Alejandro; con este reti- 
ro estaba Casandra tal, que perdía el juicio. Cul- 
paba su demasiada felicidad, pues forzada de 
grande amor que tenía & Ootavio, sele había ren- 
dido, y temíase que no le había de cumplir la 
palabra que le había dado, como enemigo de la 
casa de su tío. Escribióle algunos papeles en que 
acusaba su descuido; tuvo respuesta de ellos no 

'■ Colóle 



13U CASTILLO SOLáXZASO 



alterando el estilo amoroso con que la trataba 
Octavio; con qae se aseguró, porque en ellos la 
satisfacía el galán, dando excnsas que no acu- 
día como antes, por asegurar las sospechas á. sa 
Ifadre. 

Bien había quince días que Ootavío no se vía 
oon Casandra, yon todos ellos ninguno, falt¿ de 
su casa, y este cuidado que en asegmar & su pa- 
dre puso, dio i. Siuibaldo ocasión para pensar qae 
aquello se hacía por cumplimiento coa él, no 
con voluntad de apartarse su hijo del empleo de 
Casandra. Presumiendo esto ol anciano caballea 
ro, todos los días, después de comer, le hada una 
pUtica, amonestándole que se guardase de ofen- 
der la casa de Julio, el tío de Casandra; & 
esto procuraba Octavio satisfacerle, díciéndole 
qae á él le había parecido bien Casandra, 7 la 
deseara m&s que á otra por mujer; pero que oon 
el inconvonieiits que esto empleo tenía por las 
razones que sobre ésto le habla dicho, no se 
acordaba ya de ella, 7 que así viviese seguro que 
no le daría disgusto en aquel particular. 

Ofrecióse k Sinibaldo un negocio de considera- 
ción en Milán, & que habla de asistir en persona; 
mas por hallarse viejo y con algunos achaques, 
dispaso que en su lugar fuese su hijo; fué tan 
breve ésta determinación, y el resolverla con Oc- 
tavio, que no tuvo lugar de dar cuenta á Casan- 
dra, sino por un papel, en que le dio oaenta d« 
la calidad del negocio, de la priesa que le daba 



-■ Coi«lc 



HOCHIS DS PLÁCBl 187 

su padre que partiese y de cuinto le importab» 
partir laego. Áqui comenzó Caaandra á temer 
qDÍebnken la voluntad de Octavio, pues ninguna 
oansa habla para dejar de verla j deapedirse de 
ella, con que estaba desesperada, y aoreosntáwla 
m&B la añioción con las mnestraa qae vi¿ en sJ de 
tener prendas animadea de Octavio, cosa qne le 
poso eo grande oaídado y desvelo. Eacribióselo 
& Milán quejándose de sn olvido y acosándole 
de ingrato; á su papel la respondió Octavio con 
las más fuertes disoalpaa qne pndo hallar para 
satisfacerla; y en cnanto al aviso qne le daba de 
las primicias qne tenía de darle anceaor, la sig- 
nificó holgarse mncbo, alentándola para qne lo 
disintulase y no taviese pena de nada, que sa 
vuelta sería mny ea breve. i 

Bien presnmia Sinibaldo qne en hijo frecnen- 
taba todavía la correspondencia con Casandra, 
annqne no era sabidor de todo lo qne pasaba 
«ntre los dos; y, por evitarlo, qniso que Octavio 
fneae á aqnel negocio á Milán, y Octavio quiso 
obedecerle. Pasóse nn mea, y habiendo en el con- 
cluido; en este tiempo no se descuidó Sinibaldo 
de saber lo qne había entre Casandra y su hija, 
porqne de nn criado qne había llevado á Milán, 
sapo cómo desde allá se escribía con sn dama. 
Sintió mucho esto y, para remediarlo, tuvo modo 
como Octavio se detuviese á otro negocio qne le 
encomendó, en qne seocapó otro mes, entreteni án- 
dele todo este tiempo dos mercaderes de Milán, 



.Coi«lc 



133 CASTILLO aOLÓRZANO 

con orden de Sinibaldo; todo esto con fin de que 
se olvidara de la hermosa Gasandra, la coal, coa 
venifl más erecido el preñado, todo se le' iba ea 
llorar sa dosdicha j ea esoribir & Octavio c^mo 
se hallaba para qne viniese más presto. Con el 
segando mes se pasó el tercero, coo que vino á 
pre^amir Casandra que aquella ausenoia habia 
sido trazada de propósito por Octavio para no 
verla más, y no apartándosele este pensamiento 
de la memoria, bijso tal efecto en ella que laquit¿ 
la salud, cayendo enferma en la cama. Teníala 
BU tío grande amor y deseaba casarla con un hijo 
suyo, sino que era muchacho de doce afios, y 
aguardaba á qne tuviese edad suficiente para 
efectuar el matrimonio, con intención que la 
hacienda de Casandra se quedase toda en su casa. 
Pues como viese Julio enferma á su querida 
sobrina, díóle notable pena sn mal, y llamando 
los mis acreditados y doctos médicos de Genova, 
hizo junta delloB sobre sn enfermedad. Los mes 
dellos convinieron en que procedía de una pro- 
funda melancolía derivada de algún pesar; pero 
cpn esto no se le quitaba una ardiente calentura 
que la iba consamiendo. Oída la relación por 
Julio, una tarde, que se halló solo con sn sobrina, 
lo dijo estas razones: 

— Sobrina mía, á qnien tengo en lugar de hija, 
pues es ignal el amor que te tengo al de ta primo 
Carlos, hijo mío: he hecho junta de médicos sobre 
tn enfermedad; dicenme ser muy grave y que se 



'■ Colóle 



va aflrec«ntuido cada día, de modo que aDabari 
oon ta yida^ para que acabe más presto ta mia. 
CiHiforman todos en qne previene de una grave 
meluiccdlaj bien sé yo que no ha; enfermedad á 
qnien no le aea adhereate este accidente; pero 
aqal ha sido al revés, qne la calentm-a ha sido 
de la melancolía, hasta ponerte ea tal estado, y á 
mi en el mayor cuidado qne podía tener es esta 
vida. Si yo paedo saberla cansa desto, cree de 
mi que si está en mi mano el remedio, no habr& 
cosa difionltosa que no procure por mi parte 
allanar; mozo hs sido, y sé que «n las personas 
de tn juvenil edad, tal vez de tu amorosa afición, 
que el empacho estorba la explicación della, y el 
rocogimiento la ocasión de la vista, resultan 
estos males; yo te confieso que te deseo emplear 
en Carlos, mi hijo, y qne sólo aguardo ¿ que el 
rapae tenga edad para poder darte su mano, que 
es sólo lo que pretendo ver y no vivir m&s. Mas 
si fuera de Carlos has puesto en persona igual & 
la tuya que te merezca, estimaré que me lo digas, 
porque más tardarás en rebelarme tu pensa- 
miento, que yo poner en ejecución tu gusto. Cesó 
Julio en su plática por dar Jugar á qne su sobrina 
le respondiese, la cual, como deseosa de verse ya 
mujer de Octavio, engañada de las promesas de 
en blo, que sólo deseaba el casamrento de su hijo, 
le pareció qne vendría en el que ella sin su 
licencia había hecho, y así, disourriendo poco en 
esto, le manifestó á su tío cuanto había pasado 

-■ C'>'«l'^ 



lio CjISTILLO aOLÓSKANO 

«ntre ella y Oatavio. Presto echó de ver la inoaii' 
ta dama lo mal qae había hecho en dar caenta da 
aus amores al tío, porqae en eu semblante conoció 
luego el disgnato qae en oírlo mostró . Manifes- 
tóse m¿s con decirle estas razones! 

— Gasandrí^, yo quisiera más haber perdido la 
▼ida en vuestra presencia, que haberos oído lo 
qse habéis hecho; onlpa es la vuestra qne no la 
suelda otra cosa, sino la melancolía con que os 
reo que debe de proceder de justo arrepentimien- 
to del yerro que hioistes. La nobleza de Octavio 
no pnedo negar que no sea mucha; pero á su oasa 
tengo tau mala voluntad, que eso os debiera ha- 
cer m&s recada, y menos amorosa. 8a aasenoia 
sospecho que ha de ser muy larga, y con la obli- 
gación que me habla dicho que os tiene, qne él no 
reconocerá, no le verán más vuestros ojos en GM- 
novn; y esto yo lo sabré presto, porque salgáis de 
duda, como habéis salido de obediente para dar- 
me el mayor disgusto que tendré en mi vida. 
Diciendo esto la dejó, yéndose muy digustado de 
sn presencia, y quedando Casaudra la más aái" 
gida y desconsolada mujer del mando; de tal 
suerte, que los médicos hallaron en ella más pe- 
ligrosos accidentes de calentura, temiendo su 
rida. 
Supo esto Octavio en Hilan, avisado por Ale- 
. jandro, y queriendo venirse por la posta, fué lla- 
mado del gobernador para tratar con él un aego< 
cío importante al socorro de un tercio que espera- 



-■ Colóle 



NOCHES SB PLACER 141 

b« pags, y este qaerla qae se le hiciese el ancia- 
sc Sinibaldo, por haber hallado en él otraa veces 
estas liberalidades. Asi se qned¿ Octavio (may 
contra sn gnsto), por nnos días. Iba la enferme- 
dad de Gasandra en aumento, como en sa tio el 
diagnatode loque habla hecho; perodisimnlibale 
por ri acrecentándose el mal i an sobrina la 
traía & los últimos ténoinos de an vida tenerla 
grata, para qae mandase sn hacienda á Garlos, 
sn primo, é hijo suyo. Pero oon esto no se des- 
onidó en lo qae tocaba & la venganza de Octa- 
vio, porque llamando á dos hombres, cnyavida 
era bi«n rota, pnes no trataban m&a que ser jor- 
naleroa de los posilánimee, ejecutar muertes 
por el interés, les ofreció una buena paga sí 
& Octavio le quitaban la vida en Mil&n, donde al 
preeente estaba. Condescendieron con su gasto 
los atrevidos asesinos, y por principio de paga 
les di¿ Julio quinientos esoados, prometiéndo- 
les otros quiaientos en toniendo certeza que 
Octavio era muerto; eate conoierto pasé todo en 
la presencia de un nifio, hijo de Alejandro, de 
edad de ocho afios, que, sin hacer caso del se 
acertó hallarse allí. 

Foéronse los asesinos á peñeren ejecncián an 
intento, y el hijo de Alejandro & buscar á sa pa- 
dre, á quien contó el caso, más aespiertamente 
que si fuera de mayor edad. Ya sabía Alejandro 
qae Gasandra habla diebo sus amores & su tío, 
y el disgusto que había mostrado de haberlo sa- 

'■ Colóle 



Ii2 CAATlfcLO SOLÓB.ZAHO 

bido: éate supo de la criada de Oasandra, á quien 
ella había dado cuenta desto, y con esto er»yó f &- 
Gilmente lo qne oyera é. su hijo. Hallábase obli- 
gado de Outavio, y parecióle qne le hacía una 
grande traición si sabiendo el intento de Julio, 
tan en daño suyo, no le avisaba que se gnardase. 
La pluma tuvo en la mano para escribirle, mas 
pareciéndole qne tardaría el aviso, se resolvió 
para que se le diese más pronto en dar cuenta de 
todo ét Sinibaldo; y así fué luego á su casa, don- 
de le dijo todo cnanto había entre Octavio y Ca- 
sandra, y lo que determinaba hacer Julio. Uuoho 
se inquietó Sinibaldo con lo qne & Alejandro ola, 
& quien agradeció el aviso, prometiéndole una 
buena d&diva al niño por él; luego despachó un 
correo con cartas suyas y de Alejandro, para que 
hiciese más fe, en que los dos le daban cnenta de 
lo que pasaba, y Sinibaldo le mandaba que lue- 
go se embarcase para EspaHa, dándole crédito 
abierto para todo cuanto hubiese menester, así 
en Milán como en Madrid, adonde te mandaba ir. 
Notablemente se admiró Octavio, luego que 
hubo leido las cartas, viendo lo que intentaba 
Julio, culpando grandemente á su Oasandra en 
haberle revelado sus amores; y considerando el 
peligro que tenia en asistir más en Milán, se íué 
i pedir licencia al Gobernador para volverse á 
Genova, habiendo' con il efeotnado el negocio á 
que se había detenido. Con esto se volvió á Ge- 
nova, y en Saona se embarcó pu'a Espa&a, e»- 

-■ C'>'«l'^ 



NOCHES DE FIACU 143 

cribiendo desde el paerto á bq padre, 7 jauta- 
mente á Julio esta carta: 

«Sentimiento podréis tener (aeKor Julio) de ver 
frustrados vuestros intentos; mi vida en salvo, 
y vuestro tiempo perdido. 

No me estaba bien qne acabárades de pagar 
el jornal á aquella pacifica gente, y asi be dis- 
puesto desta oindad á la de Nápolea, donde con 
m&s prevención podéis continuar vuestro deseo, 
si mi parcialidad na os le quita antea. 

Octavio.* 

EjBta carta se le dio ¿ Julio acabando de cenar 
(con unos convidados que tenia), algo máa de lo 
ordinario, y sintió tanto el ver revelado este 
pensamiento (que él tenia por muy oculto) & Oc- 
tavio, que cou la mayor pena del mundo se fué 
á acostar, y discurriendo sobre los daños que po- 
día esperar del bando de Sinibaldo, se le aumen- 
té tanto la pena, que ella y la demasiada cena 
le ocasionaron ana apoplegia, con que le halla- 
ron sin vida & la mafiana. 

Ouando esto sucedió estaba Casandra algo me- 
jor de su indiaposición, y dándole la nueva en la 
cama, se animó & tomar sus vestidos é ír & ver 
la que no creía. Fué de gran importancia hacer 
este exceso la dama para Octavio, porque hallán- 
dole á Julio la carta de bu galán debajo de su al- 
mohada, por ella aupo Casandra todo el caso, y 
guardándola excusó que otro de sus deudos no 
la hallaae, que fuera ocasión de nuevaa disen- 

-■ Cocglc 



144 CASITLI-O 801.ÓRZANO 

BÍones en Qénova. A tod& la ciad&d ^dmird 1» 
repentina mnerte de Julio, annqne no faé sentida 
m&3 que de los de sn parcialidad, por ser caba- 
llero de áspera condición y no mny cortea, cosas 
qae son siempre aborreoibles; TÍdse Alejandro 
con Gasandra, á quien dio más por extenso cuen- 
ta del caso, y dijola cómo él habla sido qnien 
diera el aviso á Octavio, cosa qne le agradeció 
mncho la hermosa dama, admirada de la rebelde 
condición ¿ intención depravada de sn tío, en tut 
decrépita edad. 

Hechas las exequias de Julio, Gasandra trató 
de retirarse á la casa de una señora tia saya via- 
da, donde pasó basta que pasaron los nueve me- 
ses de su preñado, al cabo de ellos parió un her- 
moso niño, consuelo de ]^ afligida Gasandra, en 
medio de sos penas j pesares. 

Dejémosla con él, debatiendo su gusto, y con 
esperanza de ver presto á an Octavio, á qnien 
habla escrito á Ñapóles, avisándole de lo que 
pasaba, y volvamos & nuestro caballero, que se 
vio en la Cocte da España. 

Llegó Octavio á Madrid, insigne villa de Cas- 
tilla la Nueva y Corte de los reyes de España; 
memorable por su antigüedad, por sus edificios 
suntuosos, por patria de nobles caballeros y por 
ser lo común de muchas naciones del orbe. Aqnl 
quiso Octavio portarse como hijo de sus padres, 
y con el fausto y grandeza qae pedia tanta ha- 
cienda como esperaba heredar de su padre, bus- 



-■ C-""S>^ 



NOCHE» DE PLACER 146 

Gó oaea á los barrioB de Antón Martin, aaficiente 
para bm familia, qae eran cuatro pajee, otro» 
tantos criados, cuatro lacayos, doe cocheros q-je 
traían nn coche de cnatro hermosos frisonee, otro 
para ana carrooilla con cnatro caballos, y los 
dsm&e criados ordinarios, como despensero, co- 
cinero, etc. 

Con esto y el lucimimiento de su persona, se 
introdujo en pocos dias con todo lo noble de 
la Corte, y era de todos muy querido y esti- 
mado. 

La confusión de Madrid, los muchos diverti- 
mientos y los hermosos rostros de sus bien alilia- 
das damas, lucieron que Octavio no se acordase 
mis de Calandra, que si no estuviera en el mun- 
do, y ael no trató de escribirla mis desde luego 
que llegó, con que la hermosa dama lo pasaba pe- 
nosamente, haciéndose un mar de ligrimas; y 
aunque en esta aflicción la serrta de consuelo en 
querido hijo, como vía el olvido de su padre, no 
habla cosa que la divirtiese de su pena. 

Con el conocimiento de los caballeros mozos, 
con quien tomó amistad Octavio, hubo algunos 
que le quisieron dar i conocer damas en la cor- 
te, de las más celebradas della, y asi uno que se 
le hizo mis ainigo en particular que otros, le 
llevó nn día en casa de unas damas, de cuya vi- 
sita solió Octavio aficionado en extremo de la 
más hermosa y bizarra dell&s. Vivían en una 
buena casa de los barrios de San Bernardo, una 

MOCHES DEFLACEK 10 

Colóle 



146 CASTILLO lOLÓKZASO 



anciana viuda, madre de dos bermoaae Jiijas, 
del Reino de Qranada, la cual, vieta la poca 
hacienda que en sn patria tenli, no suficiente 
para sustentarse, y qne la hermoanra de ana hi- 
jas era el mayor dote que podían tener, pneatas 
en la corte, no dilató el venirse á ella, fiada en 
que por la gracia de las dos bizarras mozas se- 
ria dnefio de los mayores cándales de Madrid. 
Teniendo desto ciertas experiencias en otras, qne 
aumentaron los snyos; con él le hizo de la belle- 
za. La anciana se llamaba Lucrecia, la hija ma- 
yor á. quien se aficiona Octavio, doña Dorotea, y 
la otra Emerenciana. Tenían jnntamente, con ser 
bermosaa, las gracias de la discreción y el saber 
cantar con suma destreza; fué, pnes, Dorotea el 
eficaz hechizo de nnestro caballero; de modo qne 
no asistía en otra parte, qne en sn oasa, gastan- 
do con laa damaa generoaisimamente. Uno de sus 
cochea laa servia siempre, y, finalmente, eran 
duefios de sn voluntad y hacienda; de suerte qne, 
en espacio de seia meses, había aumentado de jo- 
yas 7 galas la hermosa Dorotea m&s de seia mil 
eacndoa & costa de Octavio. 

No se le pasaba nada sin saber i la ausente 
7 olvidada Casandra, sintiendo tiernamente ver- 
se despreciada de su galán, debiéndola no me- 
nos qne sn honor, y habiendo prenda de los dea. 
Para desempefiarse del todo de Octavio, se resol- 
vió (sin dar parte i sns deudos) ft ir & Espafia, 
acompasada de an hijo y de Alejandro; púsolo 



-■ Coi«lc 



MOCHIS DB PLACUL 147 

•D ejecaoíÓB, dando cubierta i eata partida, 
decir que el rey debía & 8Q padre cierta cantidad 
de dinero qne le habla prestado y que le iba á 
cobrar^ Sapo Sinibaldo esta partida, y esoribiA 
loego í an hijo avisindole della, y amonestando 
qne no le venciesen megos de Casandra, para ca- 
sarse con ella, si no qoeria qne él le aborreciese 
toda SQ vida. No tenia necesidad el anciano ca- 
ballero destas prevenciones, porque Octavio es- 
taba tan olvidado de Casandra, que no la admiti- 
ría m&B en sa gracia con lo mncbo qne 4 Dorotea 
amaba. 

Llegó Casandra & Madrid y tomó casa algo 
apartada de la de Octavio, por no ver í sus ojos 
sos divertimientos, porqne ya sn Dorotea vivfa 
cerca de sn casa. Descansó por nnos días del 
largo viaje, y qniso para comenzar la ejeonción 
de BQ intento, qne Alejandro faese quien primero 
hablase i su esposo, instruido bien de la cansa, 
en lo que habla de decir. Vióse Alejandro con 
Octavio, i' quien significó muy por extenso lo que 
4 Casandra debía; las lágrimas qne le costaba 
su ausencia y olvido; el largo viaje que habla 
hecho por ¿1, y, finalmente, el hermoso hijo que 
tenía en ella, qne traía consigo para m&s obli- 
garle i que se moviese i piedad. Kazones fueron 
las que dijo Alejandro, que en otro pecho que el 
de Octavio (olvidado de las obligaciones de quién 
era, y de las qne tenia í Casandra), hicieran efe- 
to; pero en el anyo, amante de una mnjer (festea- 

'■ Coi«lc 



149 CASTIL.LO SOLÓftZAMO 



da de la javentud de la corte), antes canBaros 
más aborrecimiento, considerándose con la veni- 
da de Casandr» embarazado, y qne había de ser 
estorbo de sos gustos 7 diTertimientos; esto, y 
tener en la memoria lo ([ae su padre le habia 
escrito, y presumían que ella indnci6 ¿ sa tío, 
qne en Milin le quitasen la vida, bastó para ro- 
gar é. Alejandro, con muy grandes veras, qne de 
Casandra no le hablase, si no qaerla perder un 
amigo en él, dando por ezcnsas que no habla de 
casarse coa quien intentó por ilícitos medios qne 
le matasen. Alejandro, como inferior & tan gran 
caballero, no quiso replicarle más, pareciéndole 
que no faltarían fuertes medios en la corte para 
persuadirle á lo qne era justo y puesto en raz¿n, 
y así le dejó, no despidiéndose del todo de verle. 
Aceptó esto Octavio con mucho gusto, pero con 
advertimiento que de Casandra no le había de 
hablar más, porque era la cosa qne más tenía 
aborrecida. Fnéee con estas malas nuevas Ale- 
jandro á la presencia de la hermosa Casandra, á 
qnien hizo r^ación de lo que le habla pasado con 
Octavio. Aquí perdió el sufrimiento la afligida 
dama, de tal suerte, que no perdonando á sns 
hermosos cabellos, con que pagaron la enlpa qne 
Octavio tenía, echándose por el suelo de pnro 
enojo. Heportóla Alejandro con las más consola- 
torias razones que se le ofrecieron, dándole espe- 
ranzas qne, por más eficaces medios qne ¿1 suyo, 
conseguiría su pretensión, pues en la itorte ha- 



-■ Colóle 



NOCHU DE ?LACBK 149 

bia taa grandes príncipee á qníen Octavio no 
perderla el respeto. 

CouBolóae algún tanto Gaaandra, pesándole de 
lo qoe con impaciencia había hecho, y conside- 
rando qae poner sn cansa en las msnOH de Dios 
era el mejor camino para cumplir sus jnetos de- 
seos (pues ODiao recto jaez permitiría Su Majes- 
tad que Octavio mndase propósito para tan ho- 
nesto fin, como era el matrimonio instituido por 
el midmo) fneee á nn convento de religiosos que 
había cerca de sn posada, j preguntando al por- 
tero del qoé religioso era el más grave y de bnena 
vida de aqnella casa, él se le nombró, que era 
on anciano maestro, ejemplo de todos, á qnien 
Gasandra pidió que se la llamase Inego. Bajó e] 
venerable fraile, qne ora de grave aspecto y hon- 
rosa presencia, á qnien la hermosa dama sapli^ó 
se sirviese de oiría de confesión, que á el había 
elegido por padre espiritnal, con espwanza qne 
por sa mano le había de venir el coasnelo que 
esperaba de una grande aflicción qne tenía. 

Era el religioso persona de grande virtud, 
acompañada con bnenas letras y amigo de que 
nadie fnese de sa presencia descontento. Leyó 
en el rostro de Casandra la pena que traía, y así 
se apartó con ella & nna retirada capilla, donde 
Casaodra se ctmfesó con él, dindole en sn confe- 
sión cuenta de toda su vida y la oaosa qne la 
había traído & Sfadrid, pidiéndole por la miseri- 
cordia de iDios que la tuviese della, y amparase 

'■ Colóle 



160 CASTILLO S0L¿RZANO 

en aquella desdiclia, paes en tierra ajeua de tm 
patria no tenía ¿ quién volver loa ojos aino í él. 
Admiróse el religioso grandemente de lo qoe oía 
¿ Casandra, j consolada con las mis anaves ra- 
zones qae se le ofrecieron, prometiéndola hacer 
de sa parte cnanto fuese posible por redncír & 
Octavio & que la camplieee la palabra qne de 
eapoao la babia dado, y que para ésto se valdría 
de los medios de grandes señores, con qníen tenía 
particular conocimiento y le favorecían. 

Con ésto se fué Gasandra maj consolada, pi- 
diendo al religioso que la ibioiese merced de ver^ 
la en en casa, dándole las señas della; así se 
lo prometió, con que le dejó cuidadoso de hacer 
por Gasandra lo que le había ofrecí^; 7 para 
dar principio á aste negocio, qaiso primero cono- 
cer la persona de Octavio, fué un día á su casa 
i visitarle por la tarde, en ocasiéo que él había 
tenido por convidadas á su dama, madre y her- 
mana, y estaba con ellas, y nn amigo snyo entre- 
teniéndose ¿ los naipes Avisaron á Octavio como 
le quería hablar un religioso, 7 sintió tanto que 
hubiesen sus criados dicho que estaba en casa, 
qne ellos experimentaron bien su enojo eon áspe- 
ras raeones qne sobre esto les dijo. Oon este en- 
fado salió í recibir la viaita & una s&la baja; el 
grave religioso bien conoció del semblante de 
Octavio el disgasto con que le recibía aun sia 
conocerle 7 que prooederia de haberle estorbad» 
algún gustoso entretenimiento, sintiendo el ha- 



-■ Coi«l. 



NOCHtS DB PLACES 151 

ber Tenido en tal ooaaión, pnes para el caso que 
emprendía le importaba hallarle de baena razón; 
con todo ofreeiÓBolo á Dios 7 con tal confianza 
dijo á Octavio (después de haberle preguntado 
por su salad), eetas rasonea: 

— Befior Octavio, los caballeros de tan ilustre 
sangre como la vuestra, no pienso que ignoran lo 
que deben hacer para corresponder & quien son; 
pcff no desdorar la opinión que sus antecesoreB 
tuvieron; y cnanto mayor es la calidad, tanto 
mis se debe mirar decaer de ella, con accionea 
que las puedan deslustrar. Estaréis suspenso, 
aguardando en qué vendrá & parar este mi dis- 
curso, guiado sólo al fin de serviros en asegurar 
vuestra conciencia, pues condescendiendo con 
una súplica que os pienso hacer, con efectuosos 
megos, j fundada en razón de cristiandad, ha- 
réis loable vuestra fama, con eternos aplausos de 
todos. Ija señora Casandra (que se ha confesado 
conmigo), me ha referido toda hi historia de vues- 
tros amores, 7 en ella dado cuenta de la fe 7 pa- 
labra que de esposo la distes; hecho relación 
de lo que por vos ha padecido y mostrando jun- 
tamente el fruto que de loa dos debajo de tal pre- 
texto ha procedido, que trae en su compañía. Las 
penas que ha padecido son muchaa, las lágrimas 
que la costáis son sin número, y las que ahora 
derrama no sabré encareceros cuántas son. Cuer- 
do sois y echaréis de ver qne serán como os he 
significado, puei una se&ora afligida qne se ha 

'■ Colóle 



152 CASTILLO SOLÓRZAKO 

opueeto al baado de saa parieates por rueatro 
amor, qiLe aventuró su reputación ansentáiidaae 
por voa y que se halla en tierra ajeaa por per- 
suadiros que le cumpláis la palabra de marido, 
¿ÍL qué pecho, aunque sea de bronce, no moverá á 
piedad? Yo vengo con mucha oonñanza de alcan- 
zar de vos esta merced, pues con ella la obligáis 
á ser, no vuestra esposa, sino vuestra esclava. 
Por do asnsente de vuestra patria, tenéis qLenos 
con quién cumplir, disculpándoos con el escrd- 
pnlo de vuestra conoiencia, que es lo primero; 
lo segundo con su calidad de Cas&ndra, á quien 
debéis su honor, y lo tercero y último haoe me- 
nor el yerro para con vuestro padre la fuerza de 
su hermosura, y la prenda que de vos tiene, en 
nn ángel bien parecido á vos. 

— Acabó el religioso su plática, que no quisie- 
ra Octavio que hubiera sido tan larga, por no 
dilatar el volver á verse con su Dorotea, á quiea 
tan de veras estaba rendido; esta ceguedad de 
amor le hizo responder al religioso desta suerte: 

— Padre mío: bien sé las obligaciooes que le 
corren á un caballero de mi calidad, y no ignoro 
que cuanto más conocido sea por mi sangre, y 
haciendo estará el pueblo más atento á mis ac- 
ciones; de suerte que ai desdicen de quién soy, 
aventuro mi reputación. To no la he perdido has- 
ta ahora, gracias á Dios que me ha dado instinto 
para conocer lo bueno ylo malo. El amor que debí 
á la seUora Casandra, en el principio de nueatro 



'■ Colóle 



empleo, se le aope pagar coa otro igaal al suyo; 
reconozco della, en aqael tiempo, & cnanto se 
aventuró por favorecerme, yendo contra el gusto 
de sos deudos; sé lo que aintid mia ausencias, 
cosas estas para obligarme siempre á ser suyo, 
si perserv^rara en la fe, orno debía. Desconfiando 
de mi voluntad, tanto, que, dando inconsiderada - 
niMite cuenta á au tfo de nueatros amorea, visto 
lo mal que él lo llevaba, de que no hubiese favo- 
recido, condescendió con él (y auuque creo que lo 
fomentó), que anea asesinos me quitasen ia vida 
en UiMn. Esto me desobligó de manera que en 
cuanto yo tuviese e} juicio que poseo, no la ve- 
ráu mia ojos; á mi me pesa que se haya inquíe- 
todo en dejar su patria, y el riesgo del juicio de 
las gentes, y bu reputación. Lo que yo podré ha- 
cer, para satisfacción desto, es reconocer ese 
ni&o por hijo mío y tenerle conmigo como tal; mas 
esto ha de ser con protexto que ella se determi- 
ne & entrarse religiosa en nn convento. Y para 
que vamos i la conclusión y no perdamos tiem- 
po, esto es lo que resaeltamente me determino; 
y lo que vuestra paternidad le podrí decir, por 
¿Itima resolnción niía, á la señora Casandra, que 
noentiendaqueinteroesión alguna, aunque sea la 
más poderosa deata corte, ha de haoer otra cosa 
de mi voluntad; y porque me eatá aguardando 
una visita que dejé arriba, suplico á vuestra pa- 
ternidad me dé licencia para volver i ella, y se 
sirva de dar este recaudo. 



154 CASTILLO SOLÓRZANO 

Despidió con eeto Octavio al venerable reli- 
gioso; y él, admirado de sa resolncíóii, y con po- 
cas esperanzas de qne llegase á tener efeto la 
pretensión de Casandra, se fué & sa posada, 
adonde ia dio caenta de lo qne le Iiabía pasado 
con Octavio; estodelante de Alejandro, qne, como 
sabidor destas cosas, se podrían tratar en sn pre- 
sencia. Itenovó con esto Casandra sns penas y stf, 
llanto y comenzó & desesperar de sa remedio, 
llamándose la más desdichada mnjer del mundo. 
No quiso el religioso qne tan presto perdiese las 
esperanzas donde estaba su diligencia, y asf la 
ofreció hacer todo lo posible por reducir de su 
propósito á Octavio, y qne hiciese lo que era tan 
puesto en raxón; y desde aquel día continuó él 
acudir á cansolarla, haciendo por cnantos me- 
dios pndo diligencias en qne Octavio cumpliese 
la palabra á Casandra; mas él estaba tan ciego 
en el amor de Dorotea, que no fué posible acabar 
con él nada sino sólo aquéllo qne al religioso ha- 
bla ofrecido. Con esto desesperó del todo Casan- 
dra de poderse casar con él, y todo cuanto amor 
tenía se le convirtió en aborrecimiento, tratando 
de vengarse doste desprecio de Octavio, no me- 
nos que con hacerle quitar la vida; ofrecióse oca- 
sión para esto, como ella la pudiera pedir y fué 
desta suerte; 

Habla un Caballero de Genova en Madrid, 
mozo, y que por sus demasiadas travesuras habla 
dejado bv patria, de qnien faltaba seis aAos. 



-■ Cocglc 



MocBu DE FLAcm 155 

Dejóla con fin de irse á Flandes, á aervir en las 
gaerras, que entonces había 0107 sangrientas, 
entre los españoles y borlasdeBes; alli aeístió 
cosa de an alio, 7 obligóle á dejar aqnellos países 
ana pendencia qae tnvo con nn alféres de en 
eompafiia, ¿ quien dejó mal herido. Yinose por la 
Francia, donde se detnvo algún tiempo, 7 de allí 
tomó la vuelta de España, por San Juan de Luz, 
7 no paró hasta llegar & Madrid, donde halló 
ccmooldos de su tierra, qne le ampararon , 
aunque con algún recato 7 temor , de qne pro- 
sigoiese con sus traveenras como antes. Aae- 
garóles éste temor; su trato era mny diferente 
del que solía, porque loa trabajos, 7 conocer 
nuevos olimas 7 diferencias de gente, mudan las 
libres condiciones hechas con el regalo de la pa- 
tria. Con esto esfonó Camilo(que asi se llamaba) 
sn opinión afición 7 grangeó amigos. 

SiBte caballero era del bando de Julio, padre de 
Casandra, 7 su padre fué el ina7or valedor qne 
tnvo. Ub día que estaba 07endo misa en aquel 
monasterio, donde era conventual el religioso, 
conocido de Casandra, viola salir de la iglesia 7 
entrarse en un coche. Admiróse grandemente Ca- 
milo, Inego que la conoció de verla en Madrid, 7 
sin hablarle palabra fué siguiendo el coche, has- 
ta saber la casa en qne vivía, y aquella tarde fué 
i Tisitarla. No menos admiración causó & Casan- 
dra el ver á Camilo en la corte, que él le habla 
causado su presencia. Becibióle afablemente, 7 

'■ Coi«lc 



166 CASTILLO SOLÓUIANO 



& la pregunta qae le hizo de su asistenoia alU, le 
respondió estar ¿ negocios importantes de co- 
branza del re;, con quien sa padre Labia heobo 
cuantiosos asientos. Preguntóla por cosas de Ge- 
nova , de que le bizo Oasandra bastante relación. 
Tras esta visita le hizo otras Camilo, de saertA 
qae con la frecuencia de la vista de Casandra, se 
vino 4 apoderar «1 amor de su peobo, de tal 
suerte, que no se bailaba un punto sin verla. 

Bien conocía Casandra la añción de Camilo, y 
no la pesaba de que se la tuviese, llevando ya 
imaginado para qué le sería importante. Una tar- 
de que el genovée galán estaba con ella en visita 
halló ocasión de declararle su amor, y ouaato 
estimara que admitiese sus buenos deseos en 
servirla con el fin de ser su esposo, y esto lo dijo 
con tanto afeto que no dudó Casandra de su 
verdad. A esto aguardaba la ofendida Casandra 
para dar principio á su venganza, y para tener 
más de su parte á Camilo, estimó su voluntad y 
dióse á entender con Jos ojos que no la pesaba 
de ser querida del, con lo cual el enamorado 
Camilo se tuvo por muy favorecido. A pocos dias 
después que sucedió esto, con la frecuencia de 
visitas y más confianza de Camilo de ser favo- 
recido de Gaea&dra, quiso ella una tarde da?;le 
cuenta de su vida; y asi, hallándose los ^¡a» á 
solas, le hizo larga relación de la histeria de sus 
amores con Octavio, de su fuga á Espafia, y, 
fiualmeiite, del desprecio que hacia de elU, y eon 



Lyn,.U,.C00yli: 



NOCHE! DE PLACBB 167 

esto le Bignifioó el deseo que tenía de veogar- 
ae del. 

Nuncft estavo bien Camilo con las cosa de 
Siaibaldo, 7 por ser hijo sayo Octavio, era cier- 
to que pasaría i ¿1 esta mala roloutad: paes 
como oyese atentamente ¿ Caaandia la sin razón 
que ia habia hecho, y viese en ella el deseo da 
vengarse del, por consegmr el última fin de ens 
amores, y ver caán bien le estaba este casa- 
miento siendo él tan pobre y Casandra con tanta 
hacienda, determinóse é. obligarla eos ofrecér- 
sela á que sería él quien qaitase la vida & Oc- 
tavio, si le daba palabra de agradecérselo con ser 
BU esposa. Vino en ello Casandra, que nna mujer 
ofendida, no con quien era su igual, mas con otro 
inferior & ella, te casara & trueque de vengar su 
agravio; esto conoertado así entre los dos, 
comenzó Camilo í disponer la muerte á Octavio. 
La venida de Casandra á Madrid era pública á 
pocos, y la estancia de Camilo allí la sabían 
mraios, con que pudieron mejor disponer su viaje 
para cuando llegase el efeto de la muerte de su 
ofensor. 

Haiñendo el enamorado Octavio prestado su 
carroza á su amada Dorotea para ir á Alcalá & 
unas ñestt», sintió mucho no la podcnr acompa- 
ñar, por haber eee día de despachar un carreo & 
Genova sobre cosas de hacienda qne importaba 
mucho, y así se qnedó en Kadrid. Aquella tarde 
Be retiró á su aposento solo & escribir, dando 



-■ Cocglc 



166 CASTILLO SOLÓREAHO 

priiaero orden á sos criados qne si le bascasen 
no dijesen estar en casa. Ellos, viendo i sn anto 
ocupado, se fueron á divertir ¿ los naipes, de- 
jando US pajecillo pequeño allí para lo que & 
Octavio se le ofreciese. Este se salió i la puerta 
de la calle y fué al tiempo que Camilo con otros 
dos iiombreg que le acompaHaban (gente de mala 
conciencia, conocidos suyos del tiempo de sus tra- 
vesaras), entraron sin impedimento alguno hasta 
et aposento donde estaba Octavio, y hallando 
oportuna ocasión le dieron las puñaladas, que 
bastaron & privarle de la vida; y ésto sin qne él 
pudiese dar voces para que le favoreciesen, por 
ir con prevención de taparle la boca, como lo hi- 
cieron. 

Asi murió Octavio, siendo Camilo mstmmen- 
to del cielo, que quiso castigarle por sn mere- 
cida colpa en no cumplir la palabra de esposo 
que habla dado i quien perdió el honw en eu 
confiauía. Esto mismo pueden temer todos los que 
en ooaHÍones tales cumplen con su apetito j ao 
después con su obligación. 

Tuvieron los homicidas lugar para salirse & su 
salvo del aposento de Octavio, adonde acudió 
luego el pajecillo por si le mandaba algo, y vien- 
do el sangrimto espectioulo salié á llamar i los 
dem&B criados, que aondiwon luego, donde vie- 
ron & su amo con las peneb«ntea y mortales he* 
rídas privado de la vida, arrojado en el suelo y 
rodeado de sa misma sangre. Quedáronse, coa lo 



-■ Cocglc 



NOCHU DB r%jíCEM. 169 

que miraban mia helados que tmoa mármoles, 
admirándoles cómo en tan breve tiempo babfa 
sucedido aquella desgracia, sin dar en quién pu- 
diese haber sido el autor de ella. Considerando, 
pues, que luego se supiese la muerte de bu uno, 
tabla de hacer la josticia sus apretadas diligen* 
cías para buscar al agresor, 7 que éstas hablan 
de redundar en daño de todos, como criados de 
Octavio, tomaron por razón de estado resolución 
de poner tierra en medio; pero no tan desnados, 
que del dinero y joyas que Octavio tenia, no fue- 
sen participes, aunque no en ignatdad, por la 
prisa con que se hizo la partición de todo. Con 
esto desampararon la casa poniéndoee en salvo. 
Poco después de la fuga de los criados llegó un 
caballero amigo de Octavio en busca suya, y 
como tan familiar de su casa entróse en ella has- 
ta su aposento, en él vio la referida y lastimosa 
tragedia, cuya vista le obligó & dar voces, con 
que se juntaron los vecinos 7 gente que pasaba 
por la calle, y luego un alcalde de Corte con 
cuatro alguaciles buscaron por toda la cas» í la 
gente della y no bailaron bído sólo dos mozos 
de caballos, que estaban en ta caballeriza entre- 
teniéndose & los aupéis, coa macho descuido de 
lo que en casa pasaba, por ser muy apartada 
del cuarto de Octavio. Á. ¿stos, isocentes del 
caso, llevaron k la circel, y al caballero que 
halló muerto su amigo (que en casos tales), los 
que estin mis sin culpa suelen bastar por loa 

-■ Cocglc 



160 BASTILLO SOLÓRIAKO 

que la tienen, mientras se averiguan Iob verda- 
deros delincuentes, no los abonando por enton- 
ces, el descuido con que los hallan. 

Hallaron la casa con todos sos adornos, sin 
faltar delloB nada; pero como hallasen los cofres 
abiertos y de ellos que faltaba el dinero jjoyas, 
derramado alguno por la prisa con que lo sa- 
caron 7 que con ésto faltaban loa principales 
criados de Octavio, atribuyeron & que pot robar- 
te le habían muerto, y comenzaron á despachar 
requisitorias en busca suya, con las señas de sus 
personas. Estoles estuvo bien & Camilo y & Ca- 
sandra, pues con culpar á los criados pudieron 
tener lugar para irse de Madrid á Genova, des- 
posándose primero, adonde, vengada Caeandra 
del ingrato Octavio, quiso mucho á Camilo, su 
esposo. Esta nueva de la muerte de Octavio, sin- 
tió tiernamente Siuibaldo y fué parte para aca- 
bar en breve sus dias; pero en los últimos térmi- 
nos de su vida, comunicando con su confesor ]a 
culpa que tuvo en quitar que su hijo no casase 
con Casandra, y como la habia dado palabra de 
casamiento Octavio y tenía un hijo en ella, le 
aconsejó que le dejase sn hacienda. Hlzolo así, 
con que Carlos, que así se llamaba el hijo de Oc- 
tavio, fué muy rioo y estimado en aquella repú- 
blica, siendo ya hombre. 

Befirió Dofia Clara la novela con mucha gra- 
cia y sucediéndola D. D&lmas, comenzó la suya 
desta suerte. 

FIN DE LA NOVBLA TEBCEBA 

-■ Coi«lc 



El inobediente 



Al Dotor Don Gaspar Vivas y Velasco , Deán 
y Canónigo en la Santa Iglesia de Valencia, 
y Subcolector Apostólico por nuestro muy San- 
to Padre Urbano VIII. 

iHANiFEBTARse qaiso, eÍQ decir sa nombre , el 
célebre Timaates en oasa de un pintor, no hallán- 
dole en ella, y asi en tiq lienzo acabado de impri- 
mar con tin pincel, formó ana línea t&n sutil que 
con ella dio noticia de haber estado alli. Por el 
contrario, lo toscode mi estilo manifiesta mi nom- 
bre, qne quisiera encabrir, si bi^n el dedicarle 6. 
V. m. esta novela, es muestra de una gran volan- 
tad mía, pronta siempre á so servicio. Merezca 
que á su sombra se libre de los detractores y 
halle en v. m. el favor que siempre ha hecho & 
mis escritos, para qne con más aliento loa ofrezca 
& tal sagrado. Ouarde Dios á v. m. oom« deseo, 
Su mayor servidor 
DoH Alovso de Castillo Solószaito. 

MO CHBS DB PLACER 11 



'■ Colóle 



NOVELA CUARTA 



Ooberit&ba el poderoso reino de Sicilia Man- 
fredo, generoao rey, temido de bus vaBalloB, por- 
que guardaba á todoB rectamente justicia. Era 
generalmente amado dellos, porque al mismo 
paso que castigaba delinoaentes, eabla hacerles 
mercedes & qnien con aervioios se las merecía, 
l^uclias veces fué persuadido de sus vasallos que 
tomase estado porqne les dioBe Bucesor, mas u» 
podían acabar con él eato por estar tiernamente 
aficionado de nna dama de bu Reino, cuyo nom- 
bre era Estela, y de tanta hermosura, que no ha- 
bla en toda Italia qoíen la igualaae. De esta se- 
ñora tuvo uu hijo y una hija; el varón ae llamó 
Arnesto y ella Lucrecia. 

Criáronse los dos nÜLos en casa de an caballero 
á quien el rey eatimaba mucho, el cual (retira, 
do dos leguas de Palermo) habfa dejado el bnllí- 
cio de la corte y dádose á la soledad y & la lee-' 
tura de los libros por vivir con sosiego sin espe- 
rar mayores aumentos de los que tenia , pues ha- 
biendo sido general de los ejércitos de Carlos, 
padre de Uanfredo, en lag gaerrae que tnvo oon 



-■ Cocglc 



Francia y con Ñipóles, supo defender aquel rei- 
no con grande esfuerzo y valor, ya por aa edad 
con los gajes de este oficio y lo que tenia de sns 
rentas, vívla alegre en una aldea saya, entrete- 
nido con los dos nífioB, & qnien atnaba como si 
fueran hijos suyos. 

El demasiado amor qne el rey tenia á la her- 
mosa Estela, y el ver ella qne tenia dos hijos de 
¿1, la ensoberbeció tanto, que trató de persuadirle 
por fuertes medios que la recibiese por esposa 
snya; trató de esto el duque Quillermo, algo deu- 
do de Estela, y con la persuación y el amor del 
rey, facilitóse esto con Uanfredo, de suerte que 
se vino á casar con Estela, siendo muy desigual 
á él; cosa que abominaron los principes y reyes 
de Europa, habiendo pasquines sobreesté des- 
alambrado empleo en Sicilia, enriados de otros 

Uaa el rey estaba tan ciego, que como gozase 
á Estela, se le daba muy poco de cnanto deola. 

Quiso la nuera reina apoderarse de la roluo- 
tad del rey, m¿s dueño de lo que estaba da ella , 
y ser la que gobernase aquel imperio. Al prin- 
cipio comenzó á introducirse moderadamente, 
qneriendo hallarse presente en algunas provisio- 
nes de cargos que el rey daba, en que daba su 
roto justificadamente, para que el rey, riendo 
cuan ajustada á la razón, aconsejaba, ñase ma- 
yores cosas de su consejo. Desta manera vino & 
gobernar por sn mano aquella monarquía, por- 

-■ Cocglc 



SÚLÓKZUIO 



que el rey, poco amigo de trabajar, dio en B^uir 
la caza, y líbni el trabajo de los papelea en el 
Dnqne Onillenno y en la reinK. 

Era eate caballero mozo gaUn, yqne babía 
pretendido ser esposo de la reina antes que el 
rey la amara; mas viendo en él tan grande com- 
petidor, desistió del galanteo y retiróse; ahora, 
con la nueva privanza en que se vía con ella, 
con capa de deudo llevaba intento de servirla 
como galán. 

Un día que el rey fué & caza, aoertó á pasar 
por una aldea, «n que vio una hermosa villana, 
qne en compaQia de otras sacaba anas ¿nades al 
campo. Reparóen ella con atención, pareciéndole 
bien. Mandó con cuidado & un caballero de sa 
cámara, privado suyo, que supiese qné estado 
tenia, qnién eran sus padres y sn nombre, y de- 
jándole esta órdeu prosiguió su camino, yendo al 
monte á cazar. Qaedóse allf el caballero, y en la 
aldea hizo información de lo que el rey había 
mandado, y supo que esta labradora se tenía por 
hija de Ergasto, un labrador rico de allí; mas 
que habia fama, que lo era natural del Conde 
Rodolfo, on anciano caballero, que había poco 
que era muerto, y dejó por heredero de sn estado 
á un hermano suyo. Supo el rey esto, holgándose 
sumamente de saber qne Lisaura fuese quien 
decían, y haciendo llamar al que la tenía es su 
casa con nombre de padre, quiso saber d41 apre- 
tadamente la verdad, prometiéndole hacer mw- 



-■ Colóle 



NOCRBS DE FLACEK }6Ó 

ced, si se lo decía. El labrador, pareciéudole qae 
darla mejor padre í la hermosa Lísaura que él, 
antes era honrarla; dijola que era hija del conde 
Biodolfo, y qae ¿ él Be la había dado él mismo á 
criar, sabiendo, asimiemo, ser sn madre nna prin- 
cipal ae&ora de Palermo. Con esto volvió el rey 
& la ciadad, y llamando al hermano heredero 
del conde y tío de Lísaura, le mandó que fuese 
por ella y la tuviese por unos días en su casa, 
hasta c[ue él le avisase, trayéndola con la decen- 
cia de hija de tal padre, para lo cual le dio ana 
grande ayuda de coeta; con que Anselmo (que 
así se llamaba el conde), partió luego en una ca- 
rroza y trajo & su casa & la hermosa Lísaura, á 
quien le dijo quién era, mudándola en hábito de 
dama, con costosas y ricas galas. 

Desta saerte la vio el rey un día que salió en 
público por la ciudad puesta á un balcón, habien- 
do antes mandado que estuviese para verla. Con 
en vista quedó el rey del todo aficionado, y para 
dar menos nota en sus amores, mandó al conde 
Anselmo que pidiesen & la reina, estando él allí, 
que recibiese por dama suya á Lisaura, su sobri- 
na; hlzolo asi, y la reina, sin reparar en nada 
(ignorando el intento con que esto se trataba), 
vino en que se la trajesen. Convidóse toda la no- 
bleza de Sicilia para el acompañamiento, y llevó 
& Lisaora ¿ Palacio, donde besó la mano á la 
reina, dejándola admirada su mucha hermo- 
sura. 



^■-' Coogk 



166 CASTILLO SOLÓRZAHO 

Bien se pasarla un mes que el rey no trató d« 
nada por asegurar & la reina. En este tiempo, el 
dnc|iie O-nillermo, que gobernaba á, Sicilia, asía- 
tía siempre, acompaQando ¿ la reina en todas 
las consultas qae se hacían, proveyendo oficios 
en las personas que en ellas se oponían, con qna 
ganó (por asistente) tanto la voluntad de la rei- 
na, que no se hallaba sin él. Esta continua co- 
municación olvidó al rey en hacer las finezas 
que solía con la reina, y la gala de Guillermo 
despertaron una nueva afición en ella, de suerte 
que ya le miraba con diferente modo que hasta 
allí, agradándose más de sus aociones. 

Comenzó el rey su amorosa pretensión con la 
ocasión de hallarse un día & solas con Lisanra, 
á qníen dijo cómo por orden suya (sabiendo 
cuya hija era), la había hecho traer & Palacio, y 
esto había sido porque desde el día que la vi6 
en su aldea se había aficionado á su hermosura; 
pouderósela de nuevo, y juntamente con esto 
la rogó afectuosamente que le favoreciese, pa- 
gándole, con hacer esto, su voluntad y amor. 
Era Lisaura entendida, y con el haber sabido 
cuya hija era, tenía ya nuevos bríos, y así por 
aquella vez estimó la merced que el rey la ha- 
bía hecho en que por su orden asistiese sirvien- 
do á la reina; pero á lo segundo que la propuso, 
le suplicó que no tratase de dar ocasión de dis- 
gusto á BU esposa y doeflo suyo, con hacer cosa 
qne tan mal la estaba, paes aun sin ser quien 



.Coi«lc 



NOCHtS DBPLACKK 167 

era en el bajo estado qne antes tenía, no admi- 
tiera festeo de nadie qne no hubiese de ser sa 
esposo. £d esto se despidió el re;, entrándose en 
otra pieza más adentro de la en que la había ha- 
blado, dej&ndole abrasado y con mayores deseos 
de segnir aquella empresa hasta vencer; por- 
qae tanto más se aorecientan en el amante, 
coanto es mayor la resistencia qne haya. Forñó, 
pnea, con -este intento, procarando hallar lugar 
para verse á solas con Lisanra. 

No fné esta afición tan secreta que la reina no 
la viniese á conocer por demostraciones que en 
su esposo vio, con que los rabiosos celos hallaron 
entrada en sa pecho, y de allí adelante anduvo 
con más cuidado, por acabar esto con más funda- 
mento, hasta que una tarde desde un camarín 
suyo, vio que el rey bajaba por una puerta falsa 
ó. on jardín, donde estaba Lisaura con otras da- 
mas. Betiróse á una cierta parte del, y como ya 
fneae tarde, las damas se recogieron; mas Lisau- 
ra, que estaba avilada del rey que la iba á ha- 
blar, y ya menos esquiva, le daba audiencias, la 
cual, sabiendo donde le aguardaba, se fué & 
aquel sitio. Miraba todo esto la reina desde su 
camarín con no poca impaciencia; bien quisiera 
bajar al jardín y con sns manos vengar el enojo 
que tenia en Lisaara, ofendida del agravio que 
la hacía con su esposo, mas por entonces disi- 
muló, por lo mal qae la estaba tai acccióu. 

Pero quiso por otro camino tomar del vengan- 



-■ Cocglc 



163 CASTILLO SOLÓRZ&KO 

za, que le estuvo muy mal, que fué favorecer al 
duque Quillermo. El modo de empezar & favore- 
cerle fué, en la primera junta que se liallaroD so- 
los, darle á entender con loa ojos que, atrevién- 
dose ¿1, no serla mal admitido; el duque, que no 
aguardaba otra ocasión, con estas primeraa inues- 
tras que vié de agrado en la reina, la manifestó 
su amor con grandes enoarecimientOB; ella hizo 
estimación de sus des eos, y extendióse su libertad 
& dejarse tomar ana mano del duque para besár- 
sela algunas veces. Aquella noche qne snoedlÓ 
esto, era Lisaura de guarda, ycomo estuviese mal 
acomodada, esperando que saliese la reina de la 
junta, viendo lo mucho que tardaba, que era mis 
que otras veces, dióle eurioaidad de ponerse á ver 
por un resquicio de la puerta lo qne hacían y & 
escuchar lo que trataban, y pudo llegar & tiempo 
que vio lo qne habéis oido, y oyó los tiemog 
encarecimientos con que publicaba el duque su 
afición; bien escuchados de la reina, y no mal 
admitidos, dejándola admirada ver el poco deco- 
ro que guardaba al rey, debiendo reconocer que 
de su bajo estado (aficionado é. ella) la babfa su- 
bido á la grandeza en que se vía. Diferentemente 
procedía Lisaura con el rey, que aquella vez 
que se yió con la persuasión suya en el jardín 
(de que engendró la reina sus celos), le quiso dar 
audiencia para desengaflarle que no se caiisaae 
en pretender delta nada, pues había de sacar 
poco fruto de tal pretensión. 



i;. Gnoi^lu 



Sucedió, pues, que como el rey estuviese ena- 
morado'de Lisaura, olridAndoee de loe ag&sajos 
que baela antes i, bu esposa, supo que la reina 
estaba en el jardín y que habla qnedidose Li- 
eaura en una galería tomando lección de danza. 
Abrió coa la llave maestra las puertas que iban 
hasta ella, y en la última se paró i mirar por un 
pequeño resquicio della, con la gallardía que 
Lisaura danzaba; acción con que dejó al rey 
con m&s fuertes vínculos preso en su amor. Aca- 
bóse la danza, salió el maestro y entró el rey 
donde estaba la hermosa dama, con cuya presen- 
cia se turbó ella grandemente. Exageróla el rey 
de nuevo lo que padecía por ella amándola, y 
cn&a en su mano estaba el consolarle, con un 
pequeño favor suyo. Lisaura le dijo, viendo su 
porfía. 

— Sacra Real Majestad: he considerado que los 
que viven en bajos estados anhelan por ascender 
á los superiores, envidiando á los que ven en- 
cambrados, sin considerar las pensiones que tie- 
nen en ellos, que, & saberlas, es cierto que esti- 
maran su medianía ó pobreza y se contentaran 
con poseerla, con más gusto que la prosperidad 
con enfados. Yo no sabía ser hija del conde Ro- 
dolfo, bíuo de un rico labrador de mi aldea; en 
ella pasaba mi vida gustosamente; era la más 
estimada della, regalada de loa que me llamaban 
hija; no tenía cuidados, ni cumplimientos con 
qué andar siempre advertida. Supe cuya hija 

'■ Colóle 



170 CASTEXO SOX-ÓÍIANO 

era, vine & esta grandeza, qae faera estimada 
de mi, sí no me hallara con esta mal empleada 
hermosura, perseguida de vuestra Majestad, no- 
tada de la reina, mi señora, y envidiada de ma- 
chas. Vuestra JUajestad se sirva de mirar qae, 
en porfiar en ese tema, ofende & la reina, mí 
señora; asi se desacredita, j yo pierdo opinióa 
para casarme. 

De nuevo instó el rey en que Lisanra le ha- 
bía de hacer un favor, no obstante los desenga- 
ños que le daba; viendo Lisanra au porfía por 
eximirse del, le di¿ un listón, que ataba ana 
parte de su hermoso cabello, y al dársele la tomó 
el rey la blanca mano y besósela, aunque lo re- 
sistió cuanto pudo. A esta ocasión llegó la reina, 
que habiendo echado de menos á Lisaura, sospe- 
chando que se habría quedado por hablar coa el 
rey , dejó & sus damas en el jardín, y con una 
(que era privada suya), subió á la galería, donde 
vio darle el listón al Eey y á él besarle la mano; 
y fué desgracia de Lisaura que ao llegase 6, lo 
primero de la plática, porque coa en resistencia 
quedara sin tantos celos como despaés tuvo de 
verle dar el favor al rey. 

Aguardó ¿ que se entrase Lisaura en sa cuarto 
y salió adonde el rey estaba, que se torbó de 
verla alli sin pensar, cuando la juzgaba divir- 
tiéndose por el jardín. Mandó la reina salir á la 
dama que la venia acompañando, y quedándose 
á solas con el rey, le dijo estas razones: 



L,„-..U,.COO)>^|C 



NOCHES DE PLACEA 171 

— No creyera, ae&or, qne amor tan poro como 
el maestro para conmigo.ytBQ fino, qae me ha sa- 
bido á hacerme igual & vos, se adalterara coa 
naeTos pensamientos, nacidos desde qne esa 
dama ha venido á Palacio & inquietaros coa sa 
hennoBora 7 ¿ ponerme á mi en cuidado. To h* 
visto lo qne me basta para estar celosa de vos; 
ved ahora lo que debéis hacer para quitar esta 
pasito qne hay en mi. La cansa eBtá en mi oom- 
pañia; sí vuestra resistencia no modera los pasos 
que en esto dais, yo se los sabré cortar & Liean- 
Ta, poniéndola en parte donde vuestros ojos no 
la vean; porque no es jnsto que se diga que & loa 
míos recibo esta ofensa, cuando está, en mi man» 
remediar este dafio. 

No dio lugar el enojo de la reina y las lágri- 
mas que ya derramaba, ocasionadas de los celos, 
& qne el rey se discnlpara; porque le volvió las 
espaldas y se fué. Quedé el rey algo corrido de 
que supiese su amcr la reina y metido eu varloa 
pensamientos. Por una parte hallábase preso del 
amor de Lisaura, y por otra conocía su pasión 
de la reina y la causa de qne procedía, y dábale 
notable pena verse padecer sin aplicar remedio 
y verse acosar sin poder enmendarse, pues le 
parecía imposible, según estaba enamorado de 
Lisaura. Resolvióse (en estas dudas) á padecer 
por unos días, sin decirle nada por deslumbrar 
estas sospechas de la reina. 

Es estos pensamientos ofuscado, pasé gran 



'■ Colóle 



parte de la tarde, en tanto la reina (retir&ndoBe 
k BU cnarto), mandó llamar á Lisaora, vino á sn 
pieaencia y quedándose con ella á solas la dijo 



— Atrevida Lisanra: desconocida del favor qae 
recibes de mi; olvidada del bajo estado en qoe te 
has visto con el qae ahora posees; ingrata ¿ las 
mercedes que te lia hecho el cielo, y tú no sabes 
conocer, pues oon alas de tu presoación quieres 
(onal otro loaro) llegar cerca del Sol, sin que sa 
escarmiento te avise que hay pricipicio en que 
pierdas la vida, di ¿en qué fundas dar oidos al 
rey en su amorosa pasión, si sabes lo que deato 
me tengo de ofender, cuando no llegue mis que i 
este? Si presumes con tn disimulación que lo has 
de deslumhrar eng&ñaste, que no vivo tan poco 
cuidadosa, después que veo al rey tan olvidado 
de mí, que no haya visto m&a de lo que quisiera. 
Listón que ciAe tn cabello, ¿das tú al rey? Lazo 
será de tu cuello que te quite la vida. ¿Uauo te 
ha de besar quien es poderoso se&or por galán 
tuyo? Yo la sabré cortar, para que no se vea en 
otro honor como eete. 

Con estas razones la dijo otras muchas, que 
ola atentamente Lisaura muy en si, para dis- 
culparse délo que injustamente se le haola cargo. 
Después que hubo oído á la reina todo cnanto en 
BU agravio le quiso decir , le dijo estas razones: 

— Si Vuestra Majestad (se&ora) se persuade á 
creer de-mi que le soy ingrata á los favores que 



'■ Colóle 



SOCHES DE PLACER 173 

de SQS reales manos recibo, en balde pretendo 
dar las jostas discalpas al cargo qae me hace. 
Yo no soy desconocida al cielo, así de iiaberme 
dado A conocer & mis padres, como de verme en 
mejor eatado, dejando el humilde en que me vf; 
pero pnedo asegurar qne sin este conocimiento, 
mi mejoria, lo pasara con mis gasto en mi aldea, 
pnes por lo menos me vía en ella libre de la per- 
seonoión del rey, y de la Vuestra Majestad con 
SQ8 celos. Dar andienoia al rey está puesto en 
corteafa por la primera vez sea de la materia que 
gustase, pues do mi recato puedo fiar mayores 
contrastes de su poder, sin ser persuadido de bus 
enoareoimientos, ni obligada de sus promesas; 
pnes mirando á qnien soy (y aun cuando me ha- 
llara en el primer estado que tenía), estoy cierta 
que no me envaneciera el ser celebrada de un mo- 
narca soberano con amor. Que le di listón de mí 
cabello, no lo paedo negar, por habar sido así; 
pero m&s se lo di porque se fuese y me dejase, 
que por gusto que el dársele tuviese por favor; el 
besarme la mano fué sin mí voluntad, con yio- 
leneia snya; que yo se la tengo de besar é. Su Ma> 
jestad por sefior mío, antes que dársela como 
dansa soya. Pero cuando me alargara al consen- 
timiento de queme la besara (imposible para mí 
áspera condición), ejemplar be tenido en quien 
debiera guardar más su honor y el de un due- 
fio; que á mí estábame bien siendo menos, ver- 
me celebrado dé lo que es más que yo, antes 

'■ C'>'«l^ 



174 CASTILLO SOLÓRZANO 

^ae, siendo más, hacer favoras i. quien es menoB . 
Lnego entendió la reina la última razón de 
Liaanra, 7 entró en ella tanta cólera (cuando de- 
biera callar 7 disimular), que al pnnto llamó & la 
dama que aquel día hacía §u gaarda, con ella 
salieron otras dos, 7 con ajada de todas eacó la 
reina nnaa tijeras de su estache, y aunque Lisan- 
ra se defendió cuanto pudo, la cortó su hermoso 
cabello. Fué luego llevada á un aposento, el mas 
retirado del cuarto de la reina, donde la ence- 
rraron, dejándola presa.Lo que sintió Lisaura de 
verse tratar así, no ee puede ponderar con razo- 
nes; y asf, por hallarse inferior en poder ¿la Bei- 
na, hubo de sufrir con. paciencia aquelrigor, con- 
siderando que también se le había atrevido i de- 
cir macho á la ileina. 

Desta manera estuvo Lisaora quince días pre- 
sa, publicándose por Palacio que estaba enferma. 
De algunas damas de las que la visitaban supo 
Lisanra cómo la reina determinaba deponerla 
de ser dama snya, 7 hacerla en estado ioEerior & 
su cámara, diciendo que para ser hija bastarda 
de un titulo pobre, le sobraba aquél honor. Esto 
sintió grandemente, 7 por no llegar á verse ea 
esta afrenta, resolvióse á escribir un papel al 
re7 teniendo modo como llegase á sns manos, 
en el cual le7Ó estas razones: 

•Vuestra Majestad, señor, ha dado causa con 
su mal empleada afición, que 70 padezca en est6 
retraimiento, presa por voluntad de la reina mí 



.Cpglc 



KOCHBSDB PLACU 175 

señora; pues Tiviendo sn Majestad cod cuidado 
por algalia sospecha que tendría, ha venido i 
verme dar aqael listón & vnestra Majestad, y 
juntamente el besarme la mano; exceso que de- 
biera exonsar qnien es sefior con sa sierva. No 
paró su rigor en decirme machos pesares, sino 
qae, con ayoda de tres damas, me ha cortado el 
cabello y metiene presa en nn retirado aposento, 
jnr&ndo qne ha de hacerme servir en inferior 
oonpación de la que tengo, haciéndome de sa cá- 
mara. Yneotra Majestad, qne ha sido la cansa 
dMto, Tea el remedio, volviéndome & la casa de 
mi tío, donde la reina se halle segnra, que á, mí 
no me paede faltar on convento. Qoarde Dios & 
Toestra Majestad como deseo. 

Lisaura. * 
Mocho sintió el rey la demostración de la reina 
con Lisaura, y qne la tuviese tan apretada, y aei 
aguardó i que un dia estuviese fuera con sus da- 
mas, y ese acudió donde la afligida dama estaba 
presa; allí la vieitÓ y consoló, y mandando poner 
una carroza la hizo llevar á casa de su tío el con- 
de Anselmo, á quien mandó que la tuviese secre- 
tamente sin dejarla ver de nadie. Después de ida 
Lisaora, por mandado del rey se le llevaron & so 
posada ricas colgaduras, cama, plata, estrado y 
eoanto era necesario para aderezarla nn cuarto, 
con tanta majestad como si fuera el de la reina; 
no porque el conde Anselmo tuviere falta desto. 
Bino por gusto del rey; qne gustó que de adornos 

'■ C««lc 



176 CASTILLO 30LÓKZAM0 

de 8a casa se colgase el cuarto en C[ne habia •!« 
asistir la hermosa Lisaura^ y que en sn plato 
comiese. 

Volvió la reina ¿ Palacio, y apenas se retiró 
& su cuarto, ooando laego la dieron cuenta de lo 
que el rey habla hocho con Lisaora. Sintiólo en 
extremo con tantas veras que no habia dama 
que se le osase poner en sn presencia según 
estaba enojada. Colpaba mucho á la que habla 
encomendado la guarda de Lisaora, porqna la 
habían dejado sacar de alli, si no negarle al rey 
que estaba presa. Ese día j otro adelante no 
vio la cara al rey, y ai tercero, que fué fuerza 
verse con él, le dijo muchos pesares, quejándose 
de cuan poca fe se la guardaba, pues á sas ojos 
quería tener dama que se le opusiere á ella. 
Llevé el rey cnerdamente cuanto le dijo; pero 
después reprehendió 4 la reina de poco snfrida 
para con Lisaura, en cosa que no era coljndo 
ni Lisanra menos, y rogóla que de allí adelante 
se fuere á la mano, en hacer tales demostracio- 
nes con sna damas, quines eran hijas de gran- 
des señores, y no habían menester servir; que 
por reconocimiento lo hacían y no debía tratarlas 
como é. esclavaB. Esto fué echar lefia al faego 
délos celos con que- se abrasaba la reina, sos- 
pechando por lo que volvía el rey por Lisaora, 
que ya debía de estar en poseaién de «u amor, 6 
muy ceroa desto. 
Coa la ausencia de Lisaora, el rey lo pasaba 

-■ Cocglc 



mal, 7 aaí hubo de bascar el consaelo en aua ojoB, 
viéndola algoaae nochea. Ebío vino á aaber la 
reina, con qae se deBeapwabaj y para atajar eeto 
qne pensaba ser amistad confirmada, tratd con 
on orlado anciano del conde Anselmo, qae diese 
veneno & Liaanra, ofreciendo si sartla esto efec- 
to, darle un grande oargo en Sicilia, con qne vi- 
yiese lloarado toda su vida. 

£ra Koaelio bien nacido, y de quien Anselmo 
confiaba macho, y éste tenía tanta ley con aa 
dueño, qae oantelosamente se ofreció á hacer lo 
qne la reina le mandaba con mucho guyto, con 
inteucién de dar cnenta i. Anselmo desto, luego 
qae saliese de allí. Bien ee pensó la reina (ciega 
con en celosa pasión) que B^sselio la obedeciera 
Inego, ejeoatando sa riguroso mandato con el in- 
terés del cargo que le habla prometido; mas en- 
gafi¿se, porque apenas se apartó de sn presencia, 
cuando buscando Roselio & au due&o para reve- 
larle el secreto le halló en el cuarto de su sobri- 
na, en cuya presencia le dijo lo que pasaba. Ad- 
miróse LlsaQra del deliberado ¿nimo de la reina, 
no juzgando ésta crueldad que coa ella intentaba 
hacer, tanto amor que tuviese al rey, y.á celos 
que procedían desto, cuanto ofendida de lo qne 
la dijo, acerca del haberla besado au mano el 
dnque Guillermo. 

Vino el rey aquella noche á casa del conde An- 
selmo, yBUpo de Liaaura lo que intentaba la reina 
contra ella, poniéndole delante de sa presencia & 

SOCHKS DE PLACER 12 

'■ Colóle 



178 CASTILLO SOLÓRZANO 



Itoselio, que de nuevo lo refirió como habla pa- 
sado einquitar un silaba de lo que le había dicho. 
No podía creer el rey esto, porque de su amor te- 
nía grande satisfacción, y toda la perseancíón 
contra Lisaura la atribuía á nacer deato mismo, 
que las muestras del fino querer se manifiestan 
en los celes; pues qnien no loa tiene no puede de- 
cir que quiere bien. Estimó el rey de Boselio que 
supiese cumplir de palabra con el gusto de la 
reina, y después dar aviso á Lisaura de lo que 
contra ella se ordenaba; y así por esto le dio 
aquella noche una cadena de mil eacudoB que lle- 
vaba al cnello, diciéndole ser aquello principio 
de paga para lo mucho que pensaba hacer con él. 
Quedóse el rey á solas con Lisaura; y viendo 
al rey tan tierno con ella, no reparando en lo qae 
podía resultar en dafio de la reina, m&e que á 
vengarse de la injuria que la habla hecho, asi i 
su reputación, como & sua cabellos, le dio cuenta 
de lo que le había visto hacer con el duque Gui- 
llermo, y cómo ella había padecido el castigo; 
porque habiendo la reina afeado el dejarse besar 
la mano del, cuando le dio el listón, ella la había 
dicho lo que con el duque hiciera. Mas cnerda 
anduviera Lisaura en haber callado esto al rey, 
si bien no le estuvo mal, como se dirá adelante. 
Quedóse el rey con esto hecho un mármol en U 
silla donde estaba sentado; de suerte que no 
pudo hablar palabra por espacio de media hora. 
Al cabo deste tiempo quiso saber de Lisaura, 



'■ Colóle 



NOCHRS DB FLACBK 179 

mé.B por extOBso c¿mo se había heoho aquel favor 
al dactoe Guillermo; y ella de nuevo le hizo más 
dilatada relación de lo que había visto. No qniso 
el rey aguardar á más, sino fnese con el dia- 
gosto qne se pnede imaginar de an rey, que 
- oye facilidades de bu esposa; que si lo sienten los 
de hnmilde estado, ¿qné harán loa qne le tienen 
tan SQperior? 

Desde aquella noche comenzó el rey & vivir 
con cuidado en esto. Gomo la reina andaba con 
la inquietud de los celos y con las sospechas de 
que el rey la ofendía con Lisaura, por lo que ha- 
bía visto hacer con ella, comunicó esto con el 
duque, el cual, viendo la ocasión tan á medida 
de su deseo, üo la quiso perder, y así, para enta- 
blar mejor su pretensión, comenzó á afear la fa- 
cilidad del rey en poner los ojos en Lisaura, 
cuando tenía tanta hermosura que estimar, y 
querer en ella. 

En esta plática estaban los dos á solas, cuan- 
do el rey los estaba acechando en parte que no 
pudo ser visto, y oyó cuanto hablaron acerca des- 
to, viendo A la reina consentir que el duque la 
besase-su mano á la despedida; disimuló su agra- 
vio con prudencia y aguardó ocasión para ven- 
garse. Tenia la reina algunos achaques que da- 
ñaban ¿ su salud, y era en el tiempo de la pri- 
mavera cuando es más á propósito para todas las 
curas que han de ser largas. Consultáronse los 
médicos, y hallando el tiempo cómodo, oomeiuó- 

'■ Colóle 



190 



se la cara de la reina, con mandarla sangrar de 
los tobillos; hizÓsele la sangría en nno, yestan- 
do el rey prevenido en eato, tnvo modo como & 
la lanoeta del maestro se le pusiese on tósigo 
templado, que no matase con brevedad, siso qne, 
dilatadamente, quitase la vida; así snoedió, por- 
que la reina se sangró por la mafiana, y & dos 
horas de la noche era ya difunta. Mostró el rey 
con SQ muerte extraño seutimiento por disímnlar 
mejor; retiróse por muchos días sin tratar de ne- 
gocios, tanto que aun no dejaba verse de ans dos 
hijos. 

Hicierónse solemnemente las exequias y fune- 
ral, y acabado todo volvió el rey de secreto al ga- 
lanteo de su Lisanra, escribiéndola desde sn re- 
tiro. Ella le respondía ¿ sus papeles algo m&a 
amorosa. Volvió el rey á visitarla con el mismo 
secreto, mas nunca pudohallar en Lisanra accióa 
que le diese atrevimiento para extenderse m&S 
que hablar, con que estaba más enamorado. 
Pasóse el afio de la viudez, y viendo qae era 
imposible alcanzar el ñn de sus deseos con Li- 
saura, con que le obligó á recibirla por su esposa, 
con no peqaeño sentimiento del príncipe Ar- 
nesto y de la infanta Claristea, sus hijos, que 
llevaron mal este segundo empleo áá su padre. 
Era Amesto de edad do diaciseia aBos, gallardo 
joven, aunque por extremo soberbio, cosa que 
ponía en no poco cuidado & so padre. 

Con solemnísimas fiestas so hicieron las boda» 



-■ Cocglc 



MOCHES SB PLACER 181 

del rey j Lisaora; porqae como los nobles de Si- 
cilia vefan que este caBamiento se había hecho 
(como el pasado) por amor, todos quisieroa li- 
sonjear á an rey en regocijarle; menos el príncipe, 
que fiogiénáose indispaesto se excusó de entrar 
en las máscaras, sortijas, torneos y demás rego- 
cijos que se hicieron, cosa que caneó al rey no- 
table enfado, conociendo la intención con qae el 
[oríncipe hizo esto. 

Vivía Manfredo contentísimo con sn amada 
esposa Lisanra, y acrecentósele este contento 
con tener, al fin de loa nneve meses, una hermo- 
sa hija de ella, en cuyo nacimiento y bantismo 
se hicieron grandes fiestas, valiéndose Arnesto, 
para no hallarse en ellas, de la misma traza qne 
en las bodas; si bien no hizo cama, pero andando 
levantado, aun no se vistió de Incidas galas, 
cuando todos los grandes, títulos y caballeros 
se empefiaban por lucir con vistosas galas y bor- 
dadas libreas, que daban á sus criados, imi- 
tando en esto á su principe. 

No pudo sufrir el rey que su hijo mostrase su 
sentimiento tan declaradamente, dando que no- 
tar á todo un reino, que hablaba en esto con li- 
bertad; y así, hallándose con él á solas una tar- 
de, le dio á entender, cou desabrido semblante, 
cómo le había penetrado Ja intención, reprehen- 
diéndole ásperamente, con pesadas razones, qas 
sofrió el principe cnerdo, aunque no lo había esta- 
do en lo pasado; pero disculpóse con que andaba 



'■ C-""sk 



1^ CASTILLO SOLÓKZAND 

con tanta melancolía, que en medio de los mayo- 
res regocijos Bo le aumentaba más, y asi no Be 
vestía de gala, porqae en él era pena lo qae en 
otros gnsto; no procediendo esto de causa algu- 
na. Amenazóle el rey, que si más Be señalaba en 
otra ocasión como aquella, lo pondría en una 
torre, preso, donde no vería la luz del sol por mu- 
chos días, 7 le haría allí que acabase la vida. 
Más cnerdamente se portó la infanta, que su 
mucha virtud la inclinó á tomar un hábito en on 
religioso monasterio, donde trató de vivir vir- 
tuosa y santamente. 

Fuá creciendo la ni&a bija de Manfredo y Li- 
saura (á quien pusieron por nombre Glorínarda), 
y en los pocos años que tenía (que no pasaban de 
ocho), dio muestras de ser la más hermosa mujer 
del orbe, porque era perfectamente acabada y no 
menos entendida. Era el gozo de sus padres; de 
tal suerte, qae no se hallaban un punto sin tener- 
la en su presencia. Esto sentía mucho el príncipe 
Amesto, porque con el amor que tenían á la niña, 
no hacían caso dé), en particular la reina, que le 
aborrecía sumamente, mereciéndolo él, porque se 
vino, por BU áspera condición, & hacer aborrecido 
de toda la Corte, 

Ün día que la r^na estaba en el jardín con 
BU hija, hallóse allí Arnesto, y habían pre- 
sentado á la niña ciertos juguetes de gusto par» 
qae se alegrase. Quiso, pues, el príncipe tomarle 
algunos para dar á una dama que comenzaba i 



-■ Coi«lc 



MOCHES DE PLACER. 183 

seryir,ylaniña, defendiéndolo, comenzó á llorar. 
Oyóla la reina y acudió donde estaba, donde vio 
que el principe le quitaba su entretenimiento; 
con desposeerla de una parte de sa presente, 
itiandóle qne no llegase á nada del, esto con 
algún enfado. Sintió Arnesto que la reina pasie- 
se tal afecto en guardar el aire & su bija, que se 
extendiese á enfadarse con él con tan airado 
semblante, y asi, la dijo que alU le volvía á su 
hermana lo que le había tomado, y que se hol- 
gaba de haber conocido en su Majestad, en cosa 
tan poca, el mucho aborrecimiento que le tenia. 
La reina, oomo le quería mal, le respondió que 
no hacía bien; pues presumía eso de ella darle 
ocasiones para ver cosa que le estaba tan mal. 

— He querido (dijo Arnesto} hacer prueba del 
pecho de vuestra Majestad, y ya he sabido lo 
oculto del. 

— Pues huélgome (dijo la reina) para que pro- 
curéis siempre guardarme el respeto que si fuera 
yo vuestra madre, pues basta sei' esposa de vues- 
tro padre; y creed de mi, que cuando me deter- 
mino & mostraros airado el rostro, me consta que 
lo habéis bien merecido. 

Quiso disculparse Amesto; mas fué con razo 
nes en que, con la cólera, no guardó el debido 
decoro & la reina. Ella (que se halló entonces 
con una caña en la mano á que se arrimaba), 
viendo su descompostura lo dio con ella dos ó 
tres golpes. Ofendióse el príncipe tanto de esto, 



-■ Coi«lc 



184 CASTILLO SOLÓBZANO 



qae no mirando el respeto qae debía guardar & 
quien era esposa de sa padre, puso las manos en 
ella con notable atrevimiento, de enerte qne la 
dejó se&alado su hermoao roatro. Alzó la reina 
laa vocee de manera qne acudieron todps sus 
damae allí, que andaban eeparcidaa por el jar. 
din; esto fué al tiempo qae Amesto se apartaba 
de aquel puesto, saliéndose del jardín. Vino 
luego el rey, y halló á la reina con el enojo que 
había recibido, desmayada en las faldas de nna 
dama suya, y señalado el rostro. Preguntó si 
había caldo; las damas, por no irritarle contra 
el príncipe, por no esperar de esto una grande 
desdicha, le dijeron que la reina había dado una 
caída andando por el jardín. Preguntó el rey ai 
se había hallado allí el príncipe, porque le había 
encontrado & la puerta, perdido el color. Repli- 
cáronle & esto que había salido á hacer traer una 
silla en que llevar á la reina & su cuarto, y que 
de verla con el desmayo debía de ir mudado el 
semblante. Llegóse el rey á la reina, y tomán- 
dole las manos, se las comenzó á apretar, echán- 
dole agua en el rostro, con que volvió en su 
acuerdo. Reconoció qne estaba en brazos del rey 
y, cobrando aliento, le dijo estas razones: 

— En cuenta del mucho amor qne os tengo, rey 
y esposo mío, tomad el agravio que he sufrido 
de vuestra sangre. Vuestro hijo Amesto (olvidado 
del ser que tiene de vos, y procediendo con el 
bajo y humilde de su madre) ha hecho lo que 



TeÍB en mi rostro; la caasa qae 1« di la mereció 
su deBcompostora; testigos son dos damas; mas 
de Id que es digo no quiero que le castigaéis 
(esto OB suplico); sólo gustará de que no parezca 
delante de mi más. 

Apenas snpo el rey esto, cuando, furioso como 
un león, dejó á la reina, 7 salió descompuesto 
en busca de en atrevido hijo, haciendo diligen- 
cias por hallarle en todo palacio. 

No le pareció cordura á Arnesto aguardar que 
en padre fuera sabidor de su atrevimiento; y aaf , 
luego que sucedió se saUó del jardín y de la 
cindad brevemente. Betiróse á' la aldea, donde 
fué criado, en casa de Leonido; mas habiendo 
sabido el anciano caballero de boca del príncipe 
lo qne le había pasado, le suplicó que no le des- 
compusiese con su padre, porque era fuerza que 
arrojado de su desacato le bascase para casti- 
garle, y hall&ndole en su casa serla mal recibido 
del rey, 7 le culparla. Dióle los dineros con que 
se halló, 7 el principe, con un criado, se pasó & 
Ñapóles, aunque no se detuvo en aqnel reino 
casi nada, por no estar asentadas las paces de 
SQ re7 con el de Sicilia, en ciertas diferencias 
qne hablan tenido, 7 cada dia se esperaba rom- 
pimiento de guerras; aunque no de parte del 
napolitano, por estar en posesión de ciertas 
rentas que tenía del re7 de Sicilia. 

Pues como el príncipe Arnesto no fuese hallado 
en la corte, mandó el re7 publicar un bando, que 

'■ Colóle 



18« 



cnalqniera persona que amparase al principe en 
sa casa fuese dado por traidor, y asimismo cnal- 
qaiera que Id diese ayuda para ausentarse^ asi de 
dineros y de caballos. No fué hallado por esto el 
principe, y asi el rey quedó pesarosísimo de no 
haberle en su poder, para mandarle luego cortar 
la cabeza. 

Bien temía esto el principe: pues tan apre- 
suradamente se salió de Sicilia y de Ñápeles; 
de donde se embarcó para Yenecia, queriéndose 
estar en aquella ciudad basta ver en qué para- 
ban las cosas de Sicilia. Pero sucedióle diferen- 
temente de como pensaba; que eu el mar fué 
cautivo de Rastan Xafes, valentísimo corsario 
que andaba con seis galeras en corso, robando 
por aquellas costas. Este turco le llevé á Cons- 
tantinopla, con la demás gente que había cauti- 
vado, y con toda ella hizo una lucida entrada en 
la corte del gran Turco, siendo del alegremente 
recibido. Después de haberle besado la mano, 
presentóle aquella cantidad de cautivos que 
había preso, y |_entre ellos iba el príncipe Ar- 
nesto. 

Estaba el Gran Seflor en una sala de su im- 
perial alcázar, acompañado de loa más prin- 
cipales bajaes de su corte, sentado sobre cuatro 
cojines de brocado, y reclinado el brazo en otros 
seis de lo mismo. A cada uno de los cautivos, 
fné preguntando (por su intérprete) quién era en 
su tierra, y su nombre. Llegó, pues, á Arnesto, y 



-■ C-""S>^ 



K0CHE5 t>E PLACKK 187 

pregniitándole como i los otros, sn patria, 
nombre y calidad, le pareció al principe que 
diciéndole verdad en todo aería del Gran Señor 
máa estimado; y aaf le dijo quién era y la causa 
porque habla salido de Sicilia. Era el rey Man- 
Éfodo, padre do Amesto, nno de los mayores 
enemigos que el Tarco tenia, y de quien más 
dafio habla recibido, es encuentros qne por la 
mar hablan tenido con no poca pérdida de la 
gente del Torco; pues como viese en su poder al 
hijo de quien tanto aborrecía, alegróse suma- 
mente pareciéndole que por rescate suyo le darla 
cuanto le pidiese, persuadiéndose é. que no era 
mucho hacérsele feudatario suyo, á trueque de 
ver á su hijo con libertad. 

Luego que el Gran Señor supo quien era Ar- 
nesto, certificado por un cautivo de Calabria, que 
le conoció alli, mandó darle asiento junto á su 
persona. Preguntóle por algunas cosas de Sicilia 
de que le di6 razón, y acabada la plática, el 
Oran Sefior se entró en su cuarto, y á Amesto 
mandó se le diese otro en su mismo Alcázar, 
sefialándole personas que le sirviesen con mucho 
cuidado; sólo quiso para honra suya, de tener 
por cautivo un primogénito de tan gran Mo- 
narca, que el principe anduviese vestido como 
tal, mudando el hábito que traía, y trocándole 
en eBt«, con adornos de costosas telas, trayendo 
al pie una arropea de oro con una gruesa cadena 
de lo mismo. 



'■ Cocslc 



183 CABTtU.0 SOLÓKZANO 

Con esto se quedó Araesto eaolavo del Oran 
Befior ea Conetantioopla, con no poco seatimien- 
to snyo: que aunque era bien servido y rega- 
lado, , & esto de tener perdida la libertad, no 
equivale ningún buen tratamiento. En las veces 
que el cautivo principe salió en público, fué 
visto de ana hermana del Oran Se&or llamada 
Boea; y como el principe era de gentil disposi- 
ción, de buena cara y poca edad, enamoróse la 
turca dama de él, de snerte que éste nuevo cui- 
dado la traia con desvelo. Hallábase imposibi- 
litada de poder manifestar su pena al príncipe 
por el grande recato conque estaba en Pala- 
cio. Desta suerte vivía en continua pena. Era 
Bosa hermosísima, y fióse en que si Arnesto lle- 
gaba á tener una copia de sa belleza, no deja- 
ría de inclinársele; pero no bailaba cómo pu- 
diese venir & manos del principe; acudía á su 
cuarto un cautivo cristiano, de anciana edad, 
cuyo nombre era Gerardo. Deste se servían las 
damas. Hízole llamar, y declarándose con él, 
prometió darle libertad, si la servía en lo que U 
quería mandar. £1 cristiano con el interés pro- 
metido, ofrecióse á servirla con muobo gusto, 
y fiándose ella del escribió & Arnesto un papel, 
y dentro le puso un retrato suyo. Dióle orden 
Bosa que este papel (que el cautivo habla tra- 
ducido en lengua siciliana) se le pusiese debajo 
de la almohada de su cama al príncipe. Púdolo 
hacer esto fácilmente, porque coú los cautivos 



-■ Cocglc 



NOCHES DI PLACES. 189 

que acnáfan al cuarto de Arneato ee mezcló 
Oerardo; y qneríendo por curiaeidad ver BU 
cuarto se le mostraron hasta donde tenia la 
cama. Llegó en ocasión qne vio descnidadoa & 
los qtte tenían cargo de aquella pieza, y asi, no 
perdiendo la ocasión, pndo Ewrrir á la hsrmosi- 
sima Kosa en lo qne le babia mandado, poniendo 
el retrato donde le ordenó, y Inego fuese & darle 
cnenta da lo qne habla hecho, qne se lo agrá 
deció macho. 

Fnéae á dormir Amesto, y mndando la almo- 
hada por nn lado descabrió el papel, tomóle, y 
Tiendo qne el sobre escrito era para él, hlzosele 
grande novedad, que allí hubiese quien le escrí- 
biese. Presnmió qne serla algún cautivo que se 
quería yaier de su favor en orden á alcanzar sa 
libertad; abrió el papel, y halló dentro el hermoso 
retrato de Bosa, cuya singular hermosura le dejó 
tan rendido, qne desde entonces no tuvo más li- 
bertad su almit; disponiendo el cielo eso para 
probar su valor y constancia. Pero presto dio & 
entender qne del apetito y deseo pudieron tanto, 
que le hicieron olvidar de sa cristiana religión, 
como adelante se verá. Lo qne el papel contenía 
era esto: 

>EI dueño de esa copia (siciliano, principe) 
es Eosa, hermana del poderoso Mahoma y Gran 
Señor; ha visto vuestra persona algunas veces 
desde las ventanas de sn cuarto, y pudo tan- 
to vuestra gentil presencia oon ella, qne es 

'■ C'>"8l^ 



190 CASTILLO SOLÓI.ZANO 



ya, triunfadora de su libertad, ya que no puede 
en persona verBe con vos, couBuélase conque en 
su lugar oa aoompa&a su trasunto. Quien os Is 
ha puesto en el lugar que le habéis hallado (sien- 
do bien recibido de vos), acudirá ¿ ver qué le 
mandáis, y qué se os ofrece en que yo pueda ha- 
cer por vos. Alá os guarde. 

Admirado quedó Arnesto de ver que el dneflo 
del papel y retrato era no menos que hermana 
de su dnefio, y que su hermosura hubiese heoho 
en él tal efecto que le diese ya cuidado en tan 
breve tiempo, y deseos de cotejarle con sn origi- 
nal. Considerando esto, nunca le apartaba de sua 
ojos, porque le era de gran gusto repetir con la 
vista sus perfectas facciones. Ta deseaba cono-' 
oer quién le habla traído á su cama; presto se le 
complié este deseo, porque averiguando con los 
cautivos que le servían quien había estado aquél 
día en su aposento, ellos le dijeron que 0-erar- 
do, conque al punto hizo que se le llamasen; 
vino el cautivo á su presencia, y del supo lo que 
Bosa le había mandado hacer. 

Holgóse Arnesto mucho con lo que le ola, y 
mandóle acudir otro día á su aposento; y aquella 
noche escribió este papel: 

■No puedo haber dado, hermosísima Eosa, en 
albricias del hermoso retrato que poseo vuesfaro 
más que mi alma. Ésta, al punto que mis ojos 
vieron vuestras copiadas perfecciones, se dis> 



'■ Colóle 



NOCHCS DE PLACES 191 

pTiBo ser vuestra; su dneño sois, tratarla bien, de 
suerte que sn mudanza de libre & sajela, sea 
para ella m¿a agasajo qne oantiveFÍo. El cielo os 
guarde. Amesto.» 

Vino el día siguiente Gerardo con mucha pun- 
'tualidad á verse con el príncipe, y él le dio el 
papel con que ee holgó infinito Itosa; desta ma- 
nera se correspondieron algunos dfse, llegando 
Arnesto A ver algunas veces (aunque raras) & su 
hermoso duefio & una ventana de su cuarto. 

En este tiempo, el rey de Sicilia hizo jurar á 
la hermosa Glorinarda, su hija, por princesa de 
aquel reino, desposeyendo de la acción que tenía 
& heredarte el príncipe Amesto, porque había 
ley, que por desobedientes á sus padres, se po- 
dían desheredar á los hijos. El día de la jura 
hubo mucha fiesta en la corte; regocijándose to- 
dos los caballeros de ella por agradar & sus Be- 
yes. Era ya la princesa de edad de qnince a&oe, 
hermosísima mujer, y de tan gentil disposición, 
que ya ponía á sus padres en cuidado de darla 
estado, no acordándose el rey de lo que se ha- 
bría heoho su hijo desde que se ausentó de Sici- 
lia, más que si no fuera nacido en el mundo. Y 
aunque en su reino se sabía su cautiverio, nin- 
guno de los que andaban oerca del rey se atre- 
vían á darle la nneva de su desgracia, por ver lo 
mal que recibía en que se le nombrasen, y así 
cada uno quería no perder la gracia de su prin- 
cipe, por lo qne no le importaba. 

'■ Coi«lc 



SOLÓKZAHO 



Como la fama divulga todas lae cosas por todo 
el orbe, súpose en Constantinopta lo qae el rey 
de Sicilia habla heclio contra su hijo en dar la 
fatora sncesión de sas estados á sn bija, y asi- 
mismo como QO daba el rey Ingar & qne le ha- 
blase nadie del principe, y que el duque Oní- 
llermo, privado (antes suyo), vivia en su estado 
retirado allí, por orden del rey, y qoe deete se 
podía esperar le dijera la prisión del priocipe. 
Vieto, pues, esto del Gran Señor, desconfió de 
que el rey de Sicilia rescataría & su hijo, y aaf 
se le desvanecieron las grandes esperanzas que 
tenía de tener un grande interés por él. Con esto 
trató de persuadirle, con grande instancia, que 
dejase su cristiana ley, y admitiese la de su 
falso Mahoma. Tuvo motivo para emprender 
esto, no verle inclinado á tratar con cristianos, 
no acudir á los templos que tienen en Constanti- 
nopla, y solo tratar de pasear el terrero de su 
serrallo y las ventanas del cuarto de su herma- 
na, que estaban cerca del; conque presumió que 
tenía alguna añción, y presumiendo si por ven- 
tura fuese & su hermana. Estando un día & solae 
con él, le dijo estas razónos: 

— Arnesto, mucho siento que hayas dado cau- 
sa ¿ ta padre, para que aborreciéndote, se haya 
olvidado de tu rescate; á mí me consta qoe sabe 
tu cautiverio, y que no se le da nada que le pa- 
dezcas aquí (esto le dijo por hacer más bien lo 
que intentaba, que el rey Manfredo nunca supo 



-■ Cocglc 



K0CHE3 DB PLACER 103 

esto). Ijo qne á ti te puede estar mejor es vivir 
entre nosotros, dejando ta ley por U nuestra; 
que 81 esto haces, 70 ofrezco casarte con Rosa, 
hermana mfa, y darte hacienda conque pases 
Incida y descansadamente, y hacerte uno de mis 
estimados bajaes, dignidad que corresponde á 
la de grande en ta tierra; dime lo que determi- 
nas hacer, que me holgará que conozcas el bien 
que te hago; pnes siendo extranjero, es mucho 
ofrecerte prenda como mi hermana, í quien no 
he qnerido casar con el príncipe de Persia . 

Pidióle Areesto para responderle un día de tér- 
mino, ycon esto dejó al Gran Señor. En este tiem- 
po estuvo el príncipe considerando lo que debía 
hacer. Veía el aborrecimiento qae le tenía su 
padre, el haberle desposeído de la acción de he- 
redarle, el haberle dejado en cautiverio, cosa 
pocas veces ó ningnna vista en un poderoso rey 
cristiano. Hallábase enamorado de la hermosí- 
sima Rosa y favorecido de ella; veía la honra 
que le ofrecía so hermano en su Corte, dándose- 
la en casamiento. Estas cosas consideraba el 
siiiciano príncipe, dudoso en lo que había de 
responder al Gran Se&or; resolvióse finalmente 
en elegir lo que peor le estaba, pues olvidado de 
lo principal y eterno, e8Cogi¿ lo temporal y de 
menos valor; secreto juicio del cielo que lo dis- 
pone así porque se sirve dello, inescrutable á 
los entendimientos humanos. 
Escribió aquella tarde & Bosa dándole cuenta 

NOCmS DB FLACSB 13 

'■ Colóle 



104 CASTILLO S OLOR Z ANO 



de! ofrecimiento de su hermano, y cómo por sa 
amor dejaba la ley en que habla nacido y admi- 
tía la suya. Esa misma tarde tuvo respuesta de 
Rosa, favoreciéndole mucho, y estimando su fine- . 
za y agradeciendo sn determinación. Con esto se 
animó á dar más brevemente la respaesta al Gran 
Se&or de lo que hacía reanelt«. Recibió del mu- 
chos abrazos, muchos favores y honras; y apos- 
tatando de la católica fe, vocalmente (temerario ■ 
atrevimiento) admitió la ley de Mahoma, hacien- 
do los ritos y ceremonias que en tal caso usan los 
que reniegan; vistióse como turco, y pasando loa 
días de la circuncisión fué casado con Rosa, 
admitiendo juntamente con ella otras diez turcas, 
las más hermosas de la corte del Gran SeEor. 
Forestas bodas se hicieron en Constan tinopla 
regocijadas fiestas y alegres zambras, quedán- 
dose el iofiel Arnesto allí separado del católico 
gremio de la Iglesia. Las nuevas desto llegaron 
é, Sicilia, y luego á los oídos del rey; llevándo- 
selas los mismos que antes habían rehusado el 
decirle las de la prisión del príncipe. Lo que sin- 
tió el rey esto, so deja bien entender, pues nn 
príncipe tan cristiano, era fuerza sentir con ex- 
tremo que hubiese engendrado hijo que aposta- 
tase de su religión. Perdieron su gracia todos los 
que le tuvierOTí encubierto el cautiverio de sn hi- 
jo, diciendo él que si entonces se lo dijeran, él le 
rescatara, no para tenerle cerca de sí, que no ha- 
bla de entrar más en Sicilia, más para qae no 



-■ Coi«lc 



viniera á tan miserable estado como el que ha- 
bía elegido. Toda Sicilia se cubrió de luto, y 
fueron tantos los extremos de sentimiento del 
rey, que estos le causaron una grave enferme- 
dad, conque vino en breve tiempo á perder la 
vida. Quedó por su única heredera la hermosa 
Glorinarda en compaAia de su madre, que como 
tutora suya, con otros cuatro grandes ee&ores de 
Sicilia, gobernaban aquel reino. 

La muerte del rey Hanfredo se supo en Coqh- 
tantisopla, y, asimismo, cómo habla besado la 
mano por reina Á Clorinarda. Propuso Arnesto 
al C^ran Se&or que seria bueno ir con una gruesa 
armada sobre Sicilia; que él se prometía hacer 
una buena facción, por saber que su hermana y 
la reina, su madre, tenían en Mesiaasu corte, 
por no haber estado sana la ciudad de Falermo. 
Quiso el turco darlo gusto á su cuñado y en bre- 
ve se armaron treinta galeras con muy buena 
chusma y gente de guerra. Dellas hizo general 
al principe Arnesto, dándole dos ancianos .t)a- 
jaea, prácticos en la milicia, para que fuesen de 
su Consejo y no hiciese cosa sin consultarlo con 
ellos. Con esta prevención salió Arnesto de Cons- 
tantinopla , despidiéndose antes de su amada 
Rosa, esposa enya, que sintió tiernamente verle 
ausentar tan presto de su compañía. 

Con próspero viento navegó Arnesto con su 
lucida escuadra hasta llegarlo & tomar en el 
puerto de Mesina, que fué en ocasii^n que halló & 

-■ Cocglc 



19« 



sa gente tan descuidada, qne cnando qoÍBieron 
impedirle la entrada ya habían entrado diez ga- 
leras, qne defendieron la resiatenoia qne se les 
hizo. No quisieron los turcos dilatar la facción 
que venian & hacer desde Oonstantinopla, y así, 
dando fondo todas las galeras á pesar de los que 
ios reaiatian, saltaron en tierra y por presto que 
de la ciudad salieron & estorbarles sn intento, ya 
la mitad de la gente había entrado en ella dego- 
llando á cuantos topaban. 

Faéronse derechos á palacio por prender & lae 
dos reinas; mas habiendo sido avisadas del daSo 
qne tenían dentro de la ciudad, se retiraron á nn 
jardín. Sn él se hallaron afligidas sin saber qué 
hacerse, considerándose ya presas de los turcos: 
que aún no sabían qne era Amesto el qne venia 
con aquella gente, á quien ya llamaremos Zula- 
ma, qne este era el nombre qne habla tomado. 

Llegó, pues, Znlema & palacio, y á cuantos en- 
contró en el camino hizo prender, que ee le fneron 
rindiendo sin defensa algnna; desta suerte subió 
al coarto de la reina, y como por todas las salas, 
cuadras y aposentos del la buscase no pndo ha- 
llarla, aquellos turcos qne le acompañaban {O'en- 
dieron á todas sus damas, estimando esta presa 
por parecerles que en ella tenía Zulema bastante 
gente para fundar un serrallo en Sicilia. 

Ko sosegaba el renegado principe hasta poder 
hallar á las dos reinas, madre é hija, y así dis- 
eorría buscándolas por todo palacio (como quien 



-■ Coi«lc 



tan bien le sabia) con cnatro hachas, acotnpa- 
Hado de algnnoe torcos; U demás gente en tan- 
to andaban robando y matando por toda la oia- 
dad sin respetar cosa algnna. £n esto estaban 
sintiendo la reina estos alborotos, y la hermosa 
Clorinarda, sa hija, no sabiendo qué hacerse, 
cnando donde estaban llegó nn anciano caba- 
llero, criado antigao del difunto roy, cuyo nom- 
bre era Henrico. Este, hallando á las señoras 
bañadas ea lágrimas las animó, amonestándolas 
que le siguiesen; hiciéronlo asi, y llegando á un 
retiro que tenía el jardin en una parte escondida, 
cerca de una mesa verde de murta, levantó una 
pesada losa con ayuda de las dos reinas. Descu- 
brieron una boca de cueva y pidiendo luz en la 
casa del jardinero les dio un pedazo de hacha 
enceadida con la cual se entraron las reinas y 
Henrico por la cueva, por donde caminaron gran- 
de espacio hasta dar en otra boca de la misma 
cueva, y quitando otra losa de ella abrieron la 
puerta para salir á un campo donde estaban unos 
casares, Ingar que por retirado de donde anda- 
ban los turcos se libró de su insaciable codicia. 
Ofrecióse un mancebo qne servia en aquella casa 
darles dos rocines, cosa que agradeció macho el 
anciano Henrico. 

Era el joven de poca edad, de agradable as- 
pecto y gentil disposición, el cual solicitó en 
servirles. Entró en la caseria y aderezó los roci- 
nes brevemente, y sacándolos donde estaban 

-■ Coi«lc 



SOLÓRZANO 



Henrico y laa doe reinas, en el nno Ee puso la 
hermosa Cloriuards y en el otro la reina, en 
madre, y á las ancas Henrico, que por su ma- 
clia edad no podía ir de otra suerte. Con esto 
partieron de alli, acompañándoles aqael joven á 
pie. Aquella noche caminaron doce millas hasta 
llegar á una pequeña aldea donde Henrico tenía 
un labrador conocido suyo, hombre de gruesa ha< 
cienda, que les hospedó en su casa con mnclio 
guato, compadeciéndose de la calamidad en que 
veía á sus reinas. 

En el ínterin que esto pasaba, el renegado Zn- 
lema se apoderó de la ciudad de Mesina, y valién- 
dose asi de su gente, comode la-facinorosa del 
reino (á quien dio perdón general de sus delitos 
y ofreció hacer mercedesj, comenzó á tr tomando 
posesión de los lugares sin hallar defensa hasta 
la ciudad de Palermo. Esta ciudad, con el esfuer- 
zo que algunos señorea leales hacían con la de- 
máa gente, animándola, se hicieron fuertes, reais- 
tiendo el poder del renegado Zutema. £1 cual, 
yieado esto, puso cerco á la ciudad con la gente 
que le seguía, prometiéndose ya la corona de Si- 
cilia por cierta. Trató luego de asentar au real y 
fortificarle muy despacio por hacer la guerra con 
fundamento; sa gente talaba la tierra y así, por 
redimir su vejación, algunos se agregaban al 
campo de Zalema. 

La reina, acompañada del anciano Henrico, 
luego que llegaron á aquella aldea, le pareció, 



-■ Coi«lc 



KOCIIBS DB PLACEK l'Jtí 

con sa consejo, Mcribir al rey de Nápolea, dán- 
dole cuenta del aprieto en que estaba, y, asi- 
mismo, suplicándole que la socorriese en aque- 
lia necesidad, ^o se hallaba quien se llevase la 
carta, teniendo á loa tarcoa, y ofrecióse ,á aer- 
Tirle aquel mancebo que les había traído, cuyo 
nombre era Federico. Este, en uno de los dos ro- 
cines que trnjo se aventuró i ir á Ñapóles con 
la carta de la reina. Diéronsela y todo lo nece- 
sario para el camino, conque partió luego. En 
breve tiempo llegó á Ñápeles {pasando sin estor- 
bo aquel estrecho de mar que divide los dos rei- 
nos) y dio la carta al rey, el cual se compadeció 
tanto del trabajo en que se hallaban las dos rei- 
naa, que quiso ir en persona á sacarlas del; y asi 
haciendo con brevedad juntar la más gente, y 
nombrando por general de ella á un caballero 
algo deudo snyo, el más práctico soldado que se 
hallaba en su reino, partió de Ñápeles á toda 
priesa. Quiso Federico mostrar en esta ocasión 
su ánimo y así alistado por soldado del rey en 
una de las compañías de aquellos tercios, fué á 
s^vir á la reina su señora. 

Llegó el rey á Sicilia sin estorbo; porque 
como tenía el renegado toda su gente ocupada 
en et sitio de Palermo, pudo con facilidad en- 
trarse e] rey en la tierra allanando la poca, con- 
tradicción qne le hizo una poca de gente qno le 
resistió. Con esto llegó, marchando el ejército 
hasta tres jornadas antea de Palermo sin saberlo 

-■ C'>'«l'^ 



( 201) CASTILLO SOLÓRIAMO 

Zulema, tan ocupado estaba en ijuerer ganar ln 
ciudad; mas cuando supo el defensor que la rei- 
na tenía, tubo de levantar el cerco y hacerle 
rostro. Asentó el de Ñapóles sn real y fortiñcóle 
bien con ánimo de no partirse de Sicilia basta 
que los enemigos de la reina saliesen del reino, 
y en particular hacerla mny vengada de Zalema, 
que ya sabia que era el caudillo de aquella gente 
y que venia apóstata de su ley. 

En la primera escaramuza que los napolitanos 
tuvieron con los turcos y con los rebelados de la 
tierra, prendió Federico (aquél animoso mance- 
bo) á uno de los bajaes qne venian por consejeros 
del renegado, habiéndose aventurado al mayor 
peligro de la batalla por hacer aquella hazafia. 
Con el preso se fué á la tienda del rey de Xápo- 
les, á quien le presentó, cosa que el rey estimó 
en mucho; y sabiendo qne en aquel encuentro 
habían muerto de los suyos dos capitanes, quiso 
que una de las dos compahías laH gobernase Fe- 
derico, como capitán suyo; esto por premio de lo 
que había hecho. Continnáronse (por abreviar} 
las escaramuzas en que Federico, con verse pre- - 
miado con tan honroso cargo, quiso manifestar 
mis su valor & todos, y así, señalándose segun- 
da vez más que ningún soldado ¿ los ojos del 
rey, hizo cosas que le causaron admiración. 

Llegóse el último día de la guerra en que rom- 
pieron los dos ejércitos el uno contra el otro; 
duró poco el estar dudosa la victoria; porqne 

'■ Coi«lc 



NOCHES DE PLACBB. 201 

como los napolitanos y algnnos de Sioilia que 
se hablan agregado al ejéicito del rey eran 
m&a prácticos, j estando mejor armados que los 
- torcos y los visónos foragidos áe Sicilia qae les 
ayudaban, presto les desbarataron, haciéndoles 
volver las espaldas. Aquí Federico se vio cnerpo 
& cuerpo con el renegado Zulema. Felearoa cosa 
de inedia hora animoeaniente, m¿8 al cabo della 
vino al saelo el renegado, herido mortalmente 
en la cabeza y en el coatado izquierdo. Asi le hizo 
Federico llevar & la presencia del rey de Ñipó- 
les, en tanto que loa soldados napolitanos se- 
guían el alcance tras de la desbaratada gente. 
Pesóle al rey que Zalema estuviese tan mal he- 
rido, porque quisiera (prisionero) reprenderle 
ásperamente delante de todos el desacierto que 
habla hecho en seguir la ley de Kahoma dejando 
la verdadera de Cristo; mas viole tan desaaima- 
do que le hizo llevar á curar, mandando que se 
tuviese grande cuidado en mirar por sn persona, 
y que se le curase. 

Bl alcance se siguió con muerte de muchos in- 
fieles, no quedando apenas hombres con vida y á 
los pocoa que quedaron que se fueron & embar- 
car no les dieron lugar & esto, y en el puerto de 
Hesina fueron todos presos. Pusieron al renegado 
Zulema sus heridas en el último término de su 
vida; dieron aviso desto al rey, y fué & verle. 
Estimó Zulema el favor que le hacía; en esta 
visita le afeó «1 rey el yerro que había hecho, 

'■ Coi«lc 



pnes naciendo de un rey tan cristiano y valero- 
so, degenerando de quien era y de la ley en qne ' 
fuá instruido, le había dejado por la falsa y 
errado del perverso Mahoma; amonestóle que se 
reconciliase con U Católiea Igleaia Eomana, pe- 
sándole de haberla dejado, por no perder su alma 
que estaba en tórtninos de tener poco de vida, 
pues sabía cierto de los médicos que no le daban 
seis horas de plazo. Tantas cosas dijo el rey ai 
herido príncipe, que él (pesaroso de su desacier- 
to) comenzó á verter lágrimas, á hacer acto de 
contrición y & confesar á voces el yerro qae ha- 
bia cometido. Reconcilióse con la Santa Iglesia, 
confesóse de sus pecados,, y recibiendo hasta el 
último Sacramento, acabó su vida arrepenljido 
de sus culpas. Ta la reina y su madre estaban 
en la tienda del rey, siendo recibidas del con 
mucho gusto y llevadas luego á la ciudad de Pa- 
lermo, donde se hicieron grandes fiestas en an 
entrada, viéndose los sicilianos libres de la su- 
jeción de los turcos. Quiso la reina premiar ¿ 
Federico sus servicios y mandó que pareciese en 
su presencia. Vino el gallardo joven, y mirándo- 
le con más atención el rey de Ñapóles, le pre- 
guntó cuyo hijo era; aquí le respondió Federica: 

— Sacra Real Majestad, si mi persona merece 
que se le haga merced por lo que ha servido, no 
permitáis que yo diga quien soy; deshará el saber 
mi linaje cnanto pretende la reina hacer en mí. 

Con todo porfió el rey que lo habla de saber, 



'■ Colóle 



NOCEIES DB FLACEK 203 

que tenia p&rticalar gagta en ello, y asi le dijo: 
que SQ padre se llamaba Montano, un labrador 
que aeistía en on casar cerca de la ciudad ^e Ue- 
BÍna, qae aquel dia había llegado en su burra. 
Hizole el rey parecer deluite de si, con no poca 
vergüenza de Federico; porque como ya estaba 
en mejores pafios, sentía que loa groseros de su 
padre se los deslustrasen. Vino al £n el seocillo 
labrador, y el rey le preguntó si era Federico 
su hijo, que le importaba saberlo, á que respon- 
dió Montano; 

— Si os he de decir verdad (invicto rey), este 
mancebo no es mi hijo, aunque le tengo amor 
como si lo fuera. A mi casa vino na anciano ca- 
ballero de Ñapóles, habrá el mismo tiempo que 
él tiene de edad, y dtdmele & criar; y esa misma 
noche que llegó le dio un grave accidente, con- 
que sin bastar los remedios que para él le hici- 
moB muri¿; lo que hallé en su poder fueron un 
bolsillo con 200 escudos en oro, que traía en el 
pecho, y en la misma parte una carta que desde 
entonces la he traído siempre conmigo en esta 
caja de hoja de lata. 

Sacóla de allí y diósela & leer al rey, en ella 
leyó estas razones: 

■Lotario: yo he sabido que tenéis en vuestro 
poder un hijo natural del rey, que nació ocho 
días antes que yo llegase é, N&poles, y aunque 
Su Majestad no me ha ofendido, por tenerle an- 
tes de conocerme, lo estaré yo de que se crie 

-. CocJIc 



201 CilSTILLO SOLÓBZÁNO 

aqai; salid Inego deate reino con él, ó sino haré 
que á los doa oa qniten la vida. 

LaBdna.* 

Apenas acabó de leer eeto el rey, ciiando se 
levantó de la silla en que eataba, diciendo & las 
dos reinas: 

—Perdónenme Vaestras Majestades, qaebiea 
pnedo hacer esto, cuando hallo nn perdido hijo. 
Yenid 4 mis brazos, no Federico, Rngero b£; que 
no poco sentimiento he tenido por vos, j por el 
bnen caballero Lotario, qne temiéndose de la 
xeina, os salió á criar & este reino, y aunque por 
entonces me envió el aviso de su partida, yo es- 
taba con guerras con el de Polonia, y no pude 
responderle. Después hice grandes diligencias 
por saber de los dos, y ninguna tuvo efecto para 
cumplírseme mi deseo. Hoy mí buena suerte me 
ha traído este bien sin pensar aquí, acordándome 
luego que llegasteis ¿ mi presencia de vuestra 
difunta madre, á quien os parecéis mucho, j & 
qoien la reina metió religiosa en un convento, 
por asegurarse más de mi. 

Esto decía el rey, dando muchos abrazos y be- 
sos á BU recién hallado hijo, y él estaba de rodi- 
llas besándole las manos. Llegaron las dos reinas 
á darle la enhorabuena á Bugero de haber cono- 
cido tal padre, que él recibió como se puede con- 
siderar de quien se halla hijo de un humilde la- 
brador, y ya de un poderoso rey. La reina madre, 
agradecida del socorro que el rey la había hecho, 

'■ Colóle 



NOCHES UE FLACER 205 

pues por él faé restitnfda sa hija en su reino, 
quiso pagársele, y juntameate premiar & Kagero, 
Iiaciendo & la hermosa Clorioarda qae le diese 
la maco de esposa. Esto se hizo allí con mocho 
gasto del rey, j mnoho más de Rngero, por verse 
eapoao de tan bizarra yhermosa dama. Las bodas 
se dilataren hasta la venida del principe de Ca- 
labria, heredero del rey de N'ápoles, qne habla 
de ser padrino de dellae, en compañía de una 
anciana princesa, de la casa de loa reyes de Si- 
cilia, mujer qne habla sido de un gran señor en 
aquel reino. Vino el principe, hubo grandes fíes- 
tas y regocijos, quedando por absolutos reyes 
da Sicilia el valiente Bugero y la hermosa Clo- 
rinarda. 

Todos aplaudieron la novela de don Dalmau, 
y para dar fin & la fieata, danzaron un torneo 
cuatro caballeros con otras tantas damas, que 
pareoid muy bien. Acabado, se despidieron de 
don <}aBt<5ii, todos deseosos de verse en aquel 
puesto la siguiente noche. 



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*****■*;*** ***************** 



Noche tercera. 



Ya la lámpara del cielo extinguía su laz en 
nuestro horizonte, previniendo al mayor plane- 
ta la marítima Tbetie, tímido alojamiento en 
el cerúleo imperio de Neptono; y la noche lle- 
vado su funesto carro de los caballos. Temor y 
Saeño, cabría de dilatadas sombras lo que antee 
estaba de laces, cuando las damas y caballeros 
acudieron á la casa del apacib le don Ghistón Cen- 
tellas á continuar su gustoeo y honesto entreteni- 
miento, fueron recibidos del anciano caballero con 
aquella cortesía y agrado que siempre, y ni más 
ni menos de sus hermosas hijas. Por no perder 
tiempo de la alegre noche, los caballeros y d^imas 
ocuparon sus asientos, ellos en las sillas yellas en 
el estrado. Nuevos músicos que previno don Gas- 
tón, con varios y sonoros instrumentos, dieroa 
principio ¿ la fiesta con este romance cantado i ' 
cuatro voces. 



Bullicioso un arroyuelo 
(alma de las aelvas) da 
á dos márgenes de ñores, 
gargantillas de cristal. 



,;. Google 



Oenerosamenta ofrece, 
con finezas de galán, 
limpia corriente, que sea 
espejo de su beldad. 

Por mirarse en ene espacios, 
agradecidas le están, 
annque tal lisonja tenga, 
la pensión de murmurar. 

La presteza de su inga, 
Lucindo mirando está, 
y eato cantando le dice 
por dar al campo solaz;N 

• Presuroso y claro arroyuelo, 
que entre guijas menudas caminas al mar 
tente, tente, tente, 
para tu curso y mira que vas 
á perder entre golfos azulea 
el nombre que adquiere tu ciato cristal. 

No ignores precipitado, 
¡oh, arroyuelo bullicioso! 
que á todo caadal undoso, 
le es sepulcro el mar salado. 

Suspende lo apresurado, 
en tu campaña florida, 
que eao más tendrás de vida, 
cuanto le suspendas más. 

Tente, tente", etc. 

Aplaudió el auditorio la bien cantada letra 
y tono & loa músicos, y señalada la hermosa 
doña Andrea, hija de don Gastón para novelas, 
se puso en su puesto á referir esta novela. 



'■ ■C.^^"sk 



,;. Google 



Atrevimiento y ventura 



A don Vicente de Borja, hijo de don Carlos de 
Sorja, gobernador de la villa de Castellón de 
la Plana, en él reino de Valencia. 

Probar la plnma ha sido no máa el ofrecer 4 
y. m. esta novela c^ue intitalo Atrevimiento y 
i^entura, para qne trae eate ensayo la emplee ea 
mayor ocupación de sa servicio. Atrevimiento 
mió es y ventura sería qae v. m. se digne de ad- 
mitirla en ea protección por reconocimiento do 
mis obligaciones. Halle en v. m. amparo, que 
con tal defensor pasará atrevida por los morda- 
ces filos de los detractores, venturosa en haber 
elegido tal protector, que gaarde nuestro Seflor 
como deseo. * 

De V. m. sa servidor, 
Dos Alonso de Castillo Solórzano. 



'■ Cocgfc 



NOVELA QUINTA 



Gobernaba el poderoso estado del PíamoDte, 
riliberto, oa príácipe, joven qne apenas había 
cumplido los caatro lustros de su edad. Era de 
baena disposición de cuerpo, bien proporciona- 
do, hermoso de rostro, afable, generoso, y, sobre 
todo, grande bonrador de sus vasallos; partee 
para ser amado de todos como, por el contrario, 
aborrecido aj que le faltasen. 

Viéndole sus vasallos en edad de tomar esta- 
do, le propusieron & la hermosa Lucrecia Esfor* 
cía, única heredera de Gamito Esforcía, dnque 
de Mil&n; dama de tan superior belleza que en 
toda Italia no se hallaba otra que en esto la aven- 
tajase. Tratáronse estos casamientos por emba- 
jadores del piamontés, y habiéndose dado fín & 
ellos por capitulaciones, fueron de acuerdo que 
para de ahi á un mes 6 antes si pudiese, el prín- 
cipe irla á^ar la mano & la hermosa Lucrecia. 
En el ínterin que para ocasión tan lucida se 
prevenían galas, se llamaban & los tftalos y caba- 
lleros del Fiamonte para ir acompaliando á su 
duefio y príncipe, & él le pareció enviar por nn 
correo su retrato á Lucrecia, y que de Mil&n le 



-■ Coi«l. 



NOCBSa se FLACKB. 211 

trajesMi otro della, qne por ^aedarse copiando 
4« lienzo en lámina pequeña no le habían lleva* 
do los embajadorea. Con esto partió el correo, U^- 
vando ikSÜnisiBO ricas joyas, que se deja conside- 
rar que para tan gran señora serían de grande 
estimacióQ. Era el correo nstoral del marquesa- 
do dje Uonferrato, y ara casi por su tierra el oa- 
mino, y qoiso pasar por allf . 

En esta ocasión estaba el marqués de Moofe- 
rrato casando por unos montes que confinaban 
con aqn^ lagar de donde era el correo. Era un 
caballero moao, bizarro, generoso y demás aven- 
tajadas partes que el principe del Fiamoute. Qai- 
80 qae en esta caza le aoompañase la belleza de 
la hermosa Diana, hermana saya. Sacedlo, pues, 
qae al tiempo que el correo de Pilíberto pasaba á 
MUán, estaba el marqués y bb hermana en la fal- 
da de un monte descansando de la fatiga de )a 
caza; pagaba por allí un arroyo, y por abreviar el 
correo el camino, quiso vadearle por parte poco 
usada, de manera que & los primeros paaos el ca- 
ballo cayó y hundióse con el que llevaba encima, 
oonqne hubiera de perecer si los casaderos del- 
marqnés, que vieron su desgracia, no acudieron 
i sacarla del agua casi sin sentido. Lleváronle á 
ana casería que estaba cerca de alli, donde le pu- 
sieroB enuna cama en jugándole los vestidos. Al- 
gunos remedios le hicieron conque volvió en aa 
acuerdo, aunque no del todo; esto fué por orden 
del marqués, que fué casi en aa presencia la des- 



'■ Colóle 



212 CASTILLO BOLÓRZAHO 

graoia. Mandó que se le regalase con mncho cui- 
dado áeepnés qne supo qne 6r& del príncipe del 
Pajmonte 7 que iba & Milán. QnÍBO, paes, el mar- 
qués saber & qué iba, por que estos casamientos 
se hablan tratado con algún secreto y él no lo sa- 
bia; 7 para esto con la llaneza qoe en la casa se 
permite, qniso el mismo marqués verse con el co- 
rreo entrando en sa aposento, cosa qne le .admi- 
ró notablemente y estimó en mucho qne tan gran 
favor se le hiciese. Del snpo el marqués & lo qne 
iba, 7 deseoso de ver las joyas que enviaba el 
príncipe, le rogé que se las mostrase. El hombre, 
obligado de las mercedes que le hftbia hecho, le 
quiso servir en esto que le mandaba, y asi le en- 
tregó la llave del cofrecillo en qne estaban.. 
Abrióle el marqués 7 vio todas las J07as y el re- 
trato del príncipe. Esto fué en otro aposento m&s 
afnera del en que el correo estaba en la cama. 

Había el marqués deseado tratar este casa- 
miento con la hermosa Lucrecia, si bien no lo 
había puesto en ejecución; pero sabía cuan her- 
mosa era, y las partes excelentes qne la ador- 
naban; pues como viese este empleo tratado con 
el príncipe, quedó no poco envidioso dól, y con 
grande pesar de la omisión que había tenido en 
no haberlo tratado antes qne él. DíscnTriendo ea 
esto, le vino nn notable pensamiento, que fué 
procurar con cántela tiranizarle esta beldad de 
Lucrecia al principe casándose con ella, y desto 
le dio motivo el retrato que vio entre las joyas del 



'■ Colóle 



NOCHES DB PL&CEB. 213 

príncipe, y asi, cttidadoso por aalir con sa inten- 
to, lo comunicó con au hermana, haciéndole reía- 
eióa de lo qae tenía pensado, para lo eaal despa- 
chó luego on criado suyo, qae por la posta le 
trajese de la ciudad del Gaaal, donde residía, 
on retrato suyo; éste paso en lugar del el del 
[vfnGÍpe, con intento de hacer lo ijne después se 
verá, 

lira el marijaés de mejor arte qne el príncipe, 
como est& dicho, y aeí, puso su retrato con sega- 
ra confianza de qne se pagaría de él la hermosa 
Lucrecia . 

Partió de aquella casería el correo esotro dia, 
habiendo descansado de sn caída, y prosigniendo 
BU jomada llegó á Milán donde fué alegremente 
recibido de la dnqaesa y de sntío Leopoldo Es- 
forcia, que entonces gobernaba por ella su^tado. 
Dio las cartas del príncipe yel cofrecillo con las 
joyas y retrato, con el cuál se holgó mucho la du- 
quesa y toda la corte, viendo cu&n gentil presen- 
cia tenia el que esperaban por dueño, y así, eu 
breve, se copiaron del muchos traaootos. Volvió 
el correo despachado con un retrato de la duque- 
sa para el principe, y con muchas dádivas que 
le dio. Habíale encargado el marqués de Uoufe- 
rrato que á la vuelta no dejase de venir por sn 
corte, que holgaría mucho de verle; habíale re- 
galado al correo bastantemente, y él, codicioso 
de otro tanto, y de que el marqués le darla algo, 
obedecióle puntualmente. Mostró al marqués el 

'■ Colóle 



214 CASTILLO SOLÓRZANO 

retrftto de la duquesa qae llevaba al príncipe, con 
que se holgó macho. Quedóse el correo alH aquel 
día muy regalado del duque; y en eate tiempo man- 
dó el marqués copiar el retrato de la duquesa con 
cautela, porque hizo que el pintor le diese algún 
aire al rostro, perono con la perfección de fao- 
ciones que tenia, sinomás groseras; éste llevó el 
correo que reparó poco en el trueque, así con el 
regalo que le hioieron, como con lo que el mar 
qués le dio, con esto partió del Casal, llegando 
i Turín, donde el príncipe le aguardaba por ins- 
tantes. Holgóaeniuolio con su venida, leyó las 
cartas de su esposa y vio su retrato, que respec- 
to de lo mucho que se le alabaron le descontentó 
mucho. Consideraba que yerro de pincel no po- 
día ser, porque en tales ocasiones más suele va- 
lerse de la lisonja que de la verdad, y pues tan 
pocas había hecho á Lucrecia, creía que aún era 
más fea que la copia mostraba, con lo cual tra- 
tó de su jornada, que & no estar hechas las capi- 
tulaciones con tantas fuerzas, no se casara. Elsia 
dilación en su jornada dio la vida al cauteloso 
marqués de Monferrato, porque apresuró la suya 
para ganarle la bendición al príncipe. 

Acabáronse con tiempo las libreas, joyas y 
demás cosas necesarias; y prevenidos de lo mismo 
los caballeros principales de su estado, la noche 
antes de su partida les dio cuenta de su pensa- 
miento, y advirtió que todos le llamasen princi- 
pe del Píamente. Partió con esto del Casal, con 

'■ C'>"8l^ 



H«CHBg DS PLACBK 215 

grande &compafiami«nto para Milán, donde llogA 
nna jomada antes; avisó de sn venida á la da- 
qaefla, dándola & entender que el deseo que tenia 
de llegar á ser esposo suyo le había antes de 
tiempo bocho partir de sn estado; estimó en 
miioho la hermosa dama sn fineza, no menos 
contesta que él de verle ya en Uilán, para qne 
gohemuse aqnel poderoso estado. Llegó el mar. 
qnés & aquella insigne ciudad, cabeza de Lom- 
bardía, donde contar el suntuoso recibimiento 
qne se le hiao, así de caballeros como de máBoa- 
ras é invenciones, fnera alargar más este volu- 
men. Guando llegó & la presencia de la duquesa 
la halló acompañada de en tío, del arzobispo de 
Kilán, y de los títulos y caballeros ancianos de 
UUá,n.Becibiéronse conaquella cortesía debida á. 
ens personas, y después de haberse preguntado 
por sus salude», el arzobispo les díó las manos en 
presencia de todos los caballeros qne allí esta- 
ban y le habían venido acompañando, así de 
Hilan como de sn estado. Aquella noche tuvo 
sarao, en qne danzaron los duques (que así lia- 
mar«mos al marqnés de allí en adelante), y des- 
pués de ellos, muchos bizarros caballeros y her- 
mosas damae; duró hasta muy tarde, no con poca 
pena del nnevo duqne, que enamorado de la be- 
llísima Lncreoía deseaba lograr el fin de su cau- 
tela; presto se le cumplió su deseo, porque dando 
fin al sarao se retiraron é, sn cuarto, donde se 
anticipó Federico (que asi se llamaba el daqne) & 

C'>"8l^ 



216 CASTnxo soLORZANO 

goz&r loque estaba para el príncipe del Fiamoate. 

Dejémosloa en este estado {previniendo un lu- 
cido alarde de la gente de guerra de Milán, que 
quiso hacer el duque, con fin de saber la que 
tenía, y por lo que pudiese suceder con el prín- 
cipe, á quien había burlado). Volvamos & la her- 
mosa Diana, hermana suya, á qoien dejó el re- 
trato del príncipe filíberto en sn poder, que 
trocó por el suyo. Esta bizarra dama se pagó 
tanto de la persona del príncipe, dando crédito & 
sa trasunto , que dio entrada al amor en su pecho 
con tal agasajo, que ya no era dueBa de su liber- 
tad ni potencias, y asi en las soledades nanea le 
faltaba de sn presencia, conque se hallaba cada 
día m&s enamorada. 

Llegó el tiempo señalado para el príncipe bor- 
lado, y con un lucido acompañamiento partió 
de Turln, corte de su estado, y quiso llevarse 
consigo á sus bodas al marqués de Monferrato, 
para honrarse con. él en ellas, que por cartas se 
comunicaran mucho, si bien nunca los dos se 
habían visto. Llegó, pues, con toda au gente i, la 
ciudad de Casal, dando primero aviso de su ve- 
nida, que cogió de sobresalto á la hermosa Diana, 
si bien no se holgó poco de qae viniese por el es- 
tado de su hermano. Ella respondió al caballero 
con quien envió el aviso, cómo el marqués, sn 
hermano, había ocho días que habla partido í 
verse con el marqués de Saluzo, su primo, que 
creía que dentro de breve tiempo sería de vuelta, 



-■ Cocglc 



NOCHES DE FIACEK 217 

y que ae holgaría moclio de irle BÍrvieado «n esta 
jomada. Al prfncipe le pareció bien aguardarle, 
7 aal, coa licencia de Diana, entró en la ciudad, 
donde la hermosa dama le hizo ¿ él 7 & aa gente 
muy buen hospedaje. Holgóse mucho el principe 
da verla, quedando no poco aticionadode au her- 
mosora, de tal suerte, que no qniaiera, despnés 
de haberla visto, pnéstose en camino para Milán, 
ni haber tratado casamiento coa sa dnquesa; 
tan aborrecida la tenía por el mentido retrato 
que habia viato suyo. 

Con la presencia del príncipe, la hermosa 
Diana se acabó de rendir al niño amor, conside- 
rando en él haber andado poco lisonjero el pintor 
(cayo retrato tenía), respecto del original. Des- 
pués de haber estado el principe un largo rato 
con Diana en visita, ae le previno cena en caarto 
aparte, y se fué él & cenar: cosa que sintió mu- 
cho, porque no quisiera apartarse de sus hermo- 
sos ojos, tan enamorado est&ba della. Cenó poco, 
porque ya au alimento sólo era tener presente el 
objeto autor de su nueva pasión; asi lo mostró en 
el poco sosiego que turo aquella noche, puea 
durmió mny poco en ella, madrugó más de lo 
acostumbrado y mandó que te llamasen al conde 
Camilo, un privado suyo, que siempre fué el 
archivo de sua secretos; vino, á su cuarto, y ha- 
llándose con él solas, le dijo: 

— [Ay! Camilo; quien no hubiera determinado 
& venir ¿ convidar al marqués de Monferrato 

'■ Colóle 



218 CASTILLO SOLÓKZAKO 

par& mis bodas, que tan caro me cnesta mi vé- 
nula é, sa estado. 

Preguntóle e] conde la caaea por qué decfa 
aquello, ignorando qne estaTÍeae enamorado. 

— Eb {dijo el principe) haber visto )a hermo- 
sura de Diana, que en este breve tiempo ha hecho 
tal batería en mi pecho, qne tiene del rendida 
la libertad y «njeto mi albedrío. 

Mncho se admiró el conde de aquella nove- 
dad en sa dnefio, 7 asi le amonestó qae no ae 
empeñase en aquella afición tanto, en ocasión 
que iba ¿ ser esposo de una tan gran se&ora. 

— jAy, amigo! (dijo el príncipe), ¿cómo podr¿ 
dar la mano á quien veo tan inferior en belleza, 
pues en ella la aventaja tanto Diana? ¿Con qné 
gasto podrí ir ¿ ser de otro dueño quien tiene 
elegido ya por sayo esta hermosa deidad? Si 
Diana tiene la posesión de mi alma, y día no ea 
prenda qne se pnede dividir, ¿cómo la entregaré 
en dos partes? 

— Mire vaestra alteza (replicó el conde) qne 
temo mucho verle tan rendido á este nuevo giis- 
to, y que si persev^'a en él ha de ser para qae 
se altere toda la Lombardía. Cuando Milán 
aguarda gu llegada con grande alborozo; coando 
so dueño espera darle la manó, y hacerle abso- 
lato señor do sus estados, entonces divertido 
con otro empleo ¡se olvida del primero y de lo 
que debe & su generosa sangre? Vnelva vuestra 
alteza en sí, y repare en lo qae le digo; no dé 

-■ C'>'«l'^ 



cansa con esta breve mudanza & que nos perda- 
mas todoa, aonqne cnande digo esto presomo 
qne vuestra, alteza se está bnrlaado conmigo, y 
ha querido verlo qne siento desto; pero echará de 
ver, que aimqae por la merced y favor que reci< 
bo debiera condescender con las cosas qne fae- 
raade aa gnsto, en esta, onando lo sea, me ha 
de perdonar la lisonja, que' no be de usar della 
coando de por medio se atraviese reputación, y 
así le be dicho mi sentimiento. IHana es muy 
hermosa, y conñeso que en esto excede & mi se- 
&ora la duquesa; mas ya concertado su oasa- 
miento, ha de eer para au vista como si fue- 
Be de mármol. Yo creo que vuestra alteza co- 
nocerá que tengo razón, y considerará lo que de 
io contrario á lo que le aconsejo se podrá se- 
guir. 

Atento escuchó «1 principe á Camilo, y con- 
cedióle la razón qne tenia en lo que le aconseja- 
ba, y asi prometió no dar rienda á la volun- 
tad en todo el tiempo que estuviese allí aguar- 
dando al marqués (qne ya había fingido Diana 
que despachaba un correo á llamarle). Ko lo 
pndo cumplir el principe amante, porque vién- 
dose en la presencia de la bellísima Diana, se le 
olvidó cnanto había prontetido á su privado; ha- 
llóla en sn estrado sola, y dejándole loe que le 
acompañaban, con la ocasión de verse á solas, le 
dijo estas razones. 
—Nunca pensé, hermosísima Diana, que vues- 

^■-' Cooglc 



220 CASTUJ.0 SOLÓíZiHO 

tro hospedaje fuera tan á costa mía como ha si- 
do, paes en pago del he dejado la prenda qoe 
más estimo, de qne me acordaré toda mi vida. 

Lnego conoció la dama á qné fin tiraba al 
príncipe, y no le pesó; pero haciéndose desen- 
tendida de su razén, le dijo; 

— No entiendo lo (lue vuestra alteza me dice, 
qne le haya costado lo qne con tanta volnntad 
se le ha ofrecido, que el hospedaje se os ha h&- 
cho con ella y sin intento de qae por ning¿a in- 
terés fuese. 

— Por vuestra parte bien creo (dijo el princi- 
pe) que pasara asi; mas por la mia os asegnro, 
que conocida esta voluntad he dejado en pago 
de ella el alma con mucho gusto, haciéndoos á 
vos dueño della como autora de haberla dado 
dulce cautiverio. 

— Si pagas de tan buena acogida (dijo ella) se 
han de hacer con lisonjas que aún no tienen apa- 
riencia de verdades, es quererme dejar quejosa, 
y aán con sospecha de que no os debemos de ha- 
ber hospedado coma se os debía, pues con eso 
nos pagáis, en ocasión de que sé el empleo qne 
os aguarda de tanta estima; suplicóos que consi- 
deréis que yo he suplido la ausencia de mi her- 
mano, y que por ser mujer no mereaco oíros lo 
que habéis dicho. 

Esto dijo Diana con muestras de algún senti- 
miento, manifestándolo en el encendido color da 
su hermoso rostro, incrédula de qne hubiese con- 



.Cocglc 



flpgaido del príncipe esta victoríft con aa hermo- 
anra. Mas Filiberto, que estaba encendido en bu 
amor, asi por satisfacerle & sa queja como por 
declararse, la dijo: 

— No me admiro Se&ora, que no creáis de mí, 
lo qne os «segare con la ocasión de verme ir & 
ser esposo de la daqnesa de Hilan; pero si cono- 
oiésedes las ventajas qae la hacéis y qne con 
ellas os podéis jactar de mayores hazañas que 
rendir & nn añoionado Toestro, daréis más cré- 
dito á mi afición. Confieso que esta preTencién 
de acempafi&míento qne llevo es para desposar- 
me, 7 qne all& en Uilán me esperan con otra 
tanta para lo míame; confieso que la dnqnesa 
aguarda verme esposo snyo, y sas vasallos para 
besarme la mano por su señor y dueflo; mas & 
todo esto voy «n gnsto, después que he visto 
vnestra hermosura; ella ha sido la remora que 
me ha detenido, estorbando mis intentos, ella el 
imán qne me atrae á qne os tenga por duefio 
mío, y, finalmente, quien me ha de hacer (caso 
qne no admita estos deseos) qne viva toda mi 
vida sin gusto; dama, estado, y cuantos aumen- 
tos espero del empleo que voy & hacer, pospongo 
por vos, todo lo dejo, no temiendo el da&o que 
me puede venir como mereica vuestro favor; si 
permitía que yo le alcance, todo lo veréis pos- 
trarse á vuestros pies, y Filiberto llamarse el 
- hombre m&s dichoso del mundo. 

Decía esto el príncipe con tan afectuosas ra- 



'■ Cocgk 



zonea, qoe Diana f aé comenzando & darle crédito, 
y asi le dijo. 

— Cnanto á lo que vuestra alteza dice, me quie- 
ro asegurar; me falta el tiempo, que ea quien des- 
engaña deatos cuidados; el que ba de estar aqui 
aguardando al marqués, mi hermano, es may cor- 
to; y asi, viendo que en llegando se h.e, de partir 
laego, y qoe él mismo le ha de aconsejar qne 
siga su primero intento, me tiene dndosa, como 
incrédula; suplicóle que no taeraa de su propósi- 
to, pues en la señora duquesa hay tantas partes 
para ser admitida para esposa suya, que esto ya 
aé que es por pasatíeiQpo. 

Era esto echar leña al fuego en que el enamo- 
rado principe se abrasaba; y así, para conchur 
con esta plática, y que le creyese lo que le ase- 
guraba, le dio palabra de que luego que llegase 
su hermano le darla cuenta de sn intento, y que 
sería esposo sayo, gustando ella deste empleo. 
Quiso Diana que así fuese para certificarse m&s 
de la voluntad del principe. 

Pas&ronse seis dias, en los cuales siempre Dia- 
na le habló con grande recato, conociendo del 
amante ana firme voluntad en sn propósito y un 
grande amor que la mostraba; pues como pasase 
este tiempo y el marqués no viniese, el principa 
persuadió con grandes veras & la hermosa Diana 
qne le diese la mano de esposa, que la llevaría 
consigo é. Tnrln. Viendo la dama la constanoia 
del principe, y que con tanta eficacia era per* 



'■ Colóle 



aoftdida áéil en este particnljir, ae determinó i 
darle la mano, y asi esa noohe Be desposaron de- 
lante del conde Camilo y de dos damas de Diana, 
á, qoien favorecía, siendo esto por mano del ar- 
Eobispo del Oasal, que como sabedor del empleo 
del marqnés, vino fácilmente es desposarles. 
Aqnella noche el principe temó la posesión bien 
merecida por sus deseos, en la caal, con lo sega- 
ro qTie tenia ya Diana sn empleo, no qoiao tener 
más encabierta la ausencia de an hermano, y ael 
le hizo relación al príncipe de todo lo que se ha 
dicho atr&a hajta verse dueilo de MiUn. Algo sin- 
tió «I príntHpe la cántela del marqnia; mas consi- 
derando qae la hermosura de la daqaeaa era tan 
poca (según el engaño del retrato) y la de Diana 
tan aventajada, y cnanto gusto tenf aen ser esposo 
snyo, disimuló aquel peqnefio peaar, y quedó muy 
contento con la suerte que el cielo le había dado. 
Novedad se les hacía á los caballeros del prin- 
cipe que no sabían su empleo, el verle aguardar 
tanto al marqués, ignorando la cansa de tenerse 
allí, pues de donde estaba el marqués era tan 
corto camino; mas presto salieron de esta confu- 
sión, porque dentro de dos días vinieron nuevas 
como la duquesa de Alil&n estaba casada con el 
príncipe del Píamente. Admirábanse todos los 
que no sabían este secreto de las nuevas, y te- 
níanlas por mentirosas, como machas veces suce- 
de publicar la fama de lo que no es. Dentro de 
cnatro díaa se publicó la boda del príncipe y 



'■ Colóle 



SOLÓRZANO 



Diana, cosa qae les admiró & todos, no sabiendo 
qne decirse de la mudanza de ea dueño, si bien 
la disoulpaban cüa la hermosura de la dama, que 
había tantas ventajas & la duquesa. Las fiestas 
que en el estado del marqués se hicieron por ^e 
casamiento fueron gandes entre loe caballeros 
natnralee como forasteros. 

En Hilan se hallaban entonces metidos en 
otras fiestas algo mayores, por haber sido preve- 
nidos con m&s tiempo. Esto snpiecon el principe 
y su esposa y quisieron hollarse en ellas de se- 
creto. Previnose lo necesario para la jomada, y 
puestos en camino, en pocos dias se hallaron en 
el estado de Milán, haciendo toda su gente alto 
en Yexeben, ciudad ¿e aquel Estado, que dista 
doce millas de la metrópoli del. AUf sin decir 
quien era, el principe se previno de todo lo nece- 
sario para lo que se dirá. 

Un día que el dnqne de Milán y sus caballeros 
estaban tratando de hacer unas justas, entró en 
la sala el conde Camilo, privado del principe del 
Piamonte, y estando en la presencia del duque, 
le dijo: 

— Príncipe delPiamontey gran dnqne de Mil áni 
yo soy venido á tu corte de parte de un gallardo 
caballero, dne&omio, que vieneá ella á pedirte li- 
cencía para ser en tu nombre manteoxedor de nna 
justa; desea por ahora no ser conocido, y asi, jun- 
to con la licencia, te pide el seguro de sn persona. 

Algún recelo le dio al duque la venida de este 



'■ Colóle 



caballero extranjero, temiéndose no fuese Aq la 
parte del príncipe del Piamonte y quiaiese ha- 
cerle algún engaño; mas hallándose en la pose- 
sión del Estado de Mil¿n, esposo de su duquesa, 
y con ocho mil hombres de guerra dentro de la 
ciudad, se quitó aquel recelo, y asi le dijo qne 
estimaba mucho que aquel caballero viniese á 
regocijar sus boclas con aquella fiesta, y que en 
cuanto & querer saber quién era, no se le haría 
alguna violencia hasta que él de su voluntad lo 
quisiera decir; y que asi le daba el seguro que 
pedia, el cual se le guardarla inviolablemente. 
Con esto fué el conde. Esa noche con cincuenta 
caballeros vestidos de tela de plata y nácar con 
plumas de los mismos colores y máscaras; acom- 
pañados de mucha cantidad de hachas vinieron 
á fijar el cartel de la justa en la plaza de pala- ■ 
ció, lo que contenía era esto: 

■El Caballero dichoso, subdito del poderoso 
Dios de amor, rendido á la beldad de la sin 
igual en hermosura Dinarda, su dama, se obliga 
á defender en una real justa á cualquiera caba- 
llero, que armado se le contradijere, á tres en- 
cuentros de lanza, qne no hay en el orbe más 
hermosa dama que la que sirve; esto sustentará 
en la gran plaza de Milán, desde que el planeta 
mayor haga la mitad de su corso en el ártico 
polo, hasta que sus hermosas luces ae sepulten 
es las piras de zafir del océano. 

El Caballero dichoso.* 

NOCHIS OR PLACER 16 

'■ Cocsl. 



226 CASTILLO SOLÓRZANO 

Deete cartel le llevaron un traslado al dnqae, 
el cual tuvo & sama arrogancia, la del extranje- 
ro caballero, por aaber cuan grandes jastadorea 
tenia el estado de Milán, que sabrían defender 
la hermosura de sus damas; y estaba tan corrido 
desto, que pensaba de secreto salir á la justa á 
defender la de su querida esposa. Era la justa 
de ahí á dos días; nombró el duque jueces para 
ella, y hechaB las telas delante de palacio, lie- 
góse el día y la hora de salir el mantenedor, á 
quien aguardaba toda la nobleza y bizarría de 
damas y caballeros de Milán, en aquella plaza. 
Foco antes se armó una gran tienda de riquísimo 
brocado enfrente de la tela, capaz de aposen- 
tar 50 caballeros; & un lado de la puerta se fa- 
bricó un trono con siete gradas muy grandes, y 
en la última se puso, debajo de un rico dosel, 
una silla de lo mismo con sn sitial delante. 

E! bélica son de los clarines manifestó la en- 
trada de! mantenedor, que entrando, treinta ves- 
tidos de tela de nácar y plata, seguíanles & és- 
tos cien lacayos vestidos de la misma librea; 
Inego cien pajes con vaqueros de tela blanca 
bordada de nácar y plnmas destos dos colores 
ibanen otros tantos hermosos caballos ricamente 
aderezados con vistosos giróles. A esto snce- 
dian 50 padrinos vestidos á la franoesa, de teta 
de nácar bordada de oafiutillo y chapería de 
plata, grandes penachos de plumas de los dos 
colorea. Luego venían el mantenedor y su uya- 

-■ Cocglc 



NOCHES DB PLACBR 227 

dante, armadoB de ricas y lucientes arm&a, coa 
calzaB, toneletes y grandes pesaclios de los dos 
colores plata y nácar: las calüas-nqafsimaniente 
bordadas de grueso aljófar, y á treclioa algunos 
rabies. 

Al lado derecho del mantenedor iba, en un 
gentil palafrén blanco (cayo cabello le arrastra- 
ba por el snelo), laVbermosa Diana, onbierto el 
rostro oon ana mascarilla francesa;tras ella iban, 
en otros palafrenes , 12 damas de sn casa, todas 
ríqnisi mámente aderezadas. Admiró mucho esta 
bizarra entrada, sin poder el duque ni su esposa 
pensar quién fuesen; los padrinos llevaban los 
rostros con mascarillas, y asimismo los pajes; 
sólo los trompetas los llevaban descabiertos, por 
ser llevados de Hilan para la fiesta. 

Laogo que el mantenedor llegó al pmesto, por 
otra parte de la plaza salió un carro conducido 
por doce caballos blancos; en él iba la Aarora,pro- 
Bidiendo en su principal asiento, que era ana her- 
mosa dama; debajo de sus pies, en ana grada, iba 
la Noche, eos el rostro negro, vestida de la misma 
color, bordado el vestido de estrellas de oro. Este 
carro iba con muy acortada música, repartida por 
las gradas del, rodeado de varios inatromentos y 
sonoras voces; la tarjeta qne presentó su padrino 
& los jaeces, era, pintado en campo blanco, nn ca- 
ballero que, en so presencia, tenía á la Aurora y 
é. la Noche, con estas letras; 



,;. Google 



De la Noche hice eleccióii; 
mas mi snei-te se mejora 
en dejarla por la Aurora. 

La letra era & propósito de la que al principe 
le pasó en sa empleo. Aoatiada de ver la letra 
por los jaeces, y después por los duques, aque- 
llas damas se apearon de los palafrenes en bra- 
zos de los padrinos, y las pnaieron: la principal 
dellas en el asiento del sitial, y las otras en las 
gradas que estaban debajo del. 

Apenas hablan tomado asiento, cuando al son 
de cuatro clarines ocupó la plaza un caballero 
aventurero, Venia con cuatro padrinos vestidos 
de verde j plata, plumas de los mismos colores; 
llevaba en nn carro fundado nn jardín, y en 
medio dél un almendio, que, con la escarcha, 
se le habían helado las primeras flores; en la 
tarjeta venia lo mismo pintado, y debajo, escrita 
esta letra: 

A mi esperanza parece: 
que apenas se vio florida 
cuando en flor perdió la vid». 

Seguía á esto el aventurero armado de armas 
listadas de verde y plata, plumas da las mismas 
colores, y sns padrinos lo mismo. 

En el segundo lugar entró otro aventurero, 
con dos clarines, delante ocho lacayos y cuatro 
padrinos vestidos de azul y plata, y él, asimismo, 
vestido destos colores, y en una blanca tarjeta, 



'■ C'>"8l^ 



pintado un cab&Ilero, del modo qne él iba ar- 
mado, sin celada, con na candado puesto & la 
boca, y la letra declai 

Por callar pierdo la vida 
ó por hablar; 
j reanélToiue á callar. 

En tercero Ingar de aventareros entró el conda 
F&bio, caballero inilanés, con doce trompetas, 
ta^inta lacayos, veinte padrinos, y sn persona, 
todo de negro y plata, plumas blanoas y negras. 
Traia en nn carro al sol, y cerca del muchas 
flstrellasi esto mismo llevaba pintado, y la letra 
qoe aacÓ en la tarjeta decía asi: 

Como la toman del sol, 
así da mi dama bella 
todas toman Incea della, 

A este conde signieron otros seis caballeros, 
todos de diferentes colores vestidos y cod costo- 
sas invenciones y agadas letras. 

Comenzóse la justa, en la cual el príncipe del 
Piamonte y su ayudante, andnvieroQ alentados 
caballeros, excediendo con grandes ventajas ¿ los 
milaneses. Dar qneria fin á su curso el dorado 
Febo, cnando ¿ la plaza salió un caballero, acom- 
pafiado de nn sonoro y diestro ciarlo; con él iban 
seis lacayos y dos padrinos. Estos iban vestidos 
de leonado y plata, con más gala que ostenta- 
ción. Sacó por invención, á la fortuna sobre su 

'■ Coi«lc 



230 CASTiI.LO SOLÓRZANO 

rueda, y que por ella subía un caballero á po- 
nerla nn clavo; la letra, en latía, docía: 

Audaces fortuna jubatf ttmidosque repellit. 

Y en castellano: 

Al osado 

le favorece la fortuna y bado, 

Di6 vuelta á la plaza y habiéndole dado lanza 
al mantenedor, hecha la eoñal, partieron el uno 
contra el otro, haciendo tas lanzas menudas as- 
tillas; asi tes sucedió las segundas 7 en las ter- 
ceras el mantenedor se llevó el aplauso del pue- 
blo; porque habiendo sido por él encontrado el 
aventurero de rencuentro le sacó de la silla. En- 
tre algunos se levantó una voz qne decía ser el 
caído del duque de Milán; acudieron todos los ca- 
balleros á donde estaba, y entre ellos el mantene- 
dor, que llegó de los primeros, ya él estaba en su 
acuerdo y puesto en píe, y como conociese el es- 
tado en que estaba, y junto asi el mantenedor le 
dijo quitada la celada: 

— Gallardo caballero, envidioso de ver la gala 
con qne babéiB andado esta tarde en la justa, 
quise probarme con vos corriendo tres lanzas, y 
huélgome de haber sido aventajado de tan vale- 
roso caballero; deseara mucho saber quién seáÍB, 
para estimaros y haceros el agasajo que merece 
vuestra fortuna en mí corte. 

El príncipe le dijo: 

— Yo estimo en mucho el favor de vuestra alte- 



'■ Coi«lc 



HOCEKS V% PLACER 2H1 

za, y lo acetara á tener lioeucia de aqaella dama 
á qnien vengo acompañando; como yo la alcance 
della, holgaré de asistir aquí sirviéndoos; por 
qne hay causas porque yo haga esto. 

A este punto, ya la hermosa Diana había ba- 
jado de BQ asiento y estaba cerca del dnqne sin 
mascarilla, acompañada de muchos caballeros 
del principe que habiendo oído decir que eu her- 
mano era el que había caído, no pudo llevar ade- 
lante el embozo. Conoció entonces el duque á sn 
hermana y admiróse de verla en Mil¿u y m&3 
acompañada de aquel valiente caballero. Reci- 
biéronse los dos con macho gasto y entonces el 
principe se quitó la celada: Luego fué conocido 
del duqae por el retrato «[ue había tenido en su 
poder, y hallóse no poco corrido de haberle tira- 
nií:ado á la duquesa. Recibiéronse con muchas 
corteafas y subieron á palacio deseoso el duque 
saber como habla veuido el príncipe acompañan- 
do á au hermana á llilán. 

Con esto, puestos en la presencia de la duque- 
sa declaró el principe la burla qne el de Konfe- 
rrato le había hecho, y como se había vengado 
della, teniéndose por muy dichoso de ser marido 
de la hermosa Diana, hermana suya. Renová- 
ronse las fiestas y quedaron estos dos príncipes 
mny amigos, casados & su gusto con estas her- 
mosas damas, con qnien vivieron alegremente 
muchos días gozando en paz sus Estados. 

Refirió an novela la hermosa doña Andrea con 

'■ Colóle 



CASTILLO 50L0RZAKO 



mtioha gracia, dando macho gasto al auditorio^ 
dejó au lugar para que D. Ugo, caballero mozo, 
prosiguiese el entreteniroieato con otra novela, 
deata manera. 



FIN DE LA SOVELA QUINTA 



c.Googlu 



El bien hacer no se pierde 



A Juan Saulista Martí, de VentimiUa, caballe- 
ro de la Orden de Nuestra Señora de Mon- 
te$a. 

^HTBB de acabar de escribir esta novela, tenía 
elegido por dueño ¿ v. m. oousiderando que Ba 
título simboliza mucho con su condición, pues 
osando del tiene granjeadas las voluotades de 
todos, como lo vemos en tantas amistades como 
adquiere con ella (felicidad la mayor del mundo) 
pues quien carece de amigos, ó por aspereea ó 
negligencia es comparado á los irracionales bru- 
tos. Del bien tacer he conseguido mi intento en 
haber dedicado é, v. m. este trabajo que sé que 
uj se perderá, pues espera en v. m. le ha de am- 
parar conociendo la voluntad de quien la ofrece. 
Chiarde Dios & v. m. como deseo. 

De V. m. servidor, 
Don Alohbo de Castillo Solórzaho. 



--- Cooglc 



CASTILLO SOLÓUAMO 



NOVELA SEXTA 



En Valencia, ciudad insigne, madre de la no- 
bleza; centro de la santidad y patria de agudos y 
claros ingenios, vivía don Fernando Centellas, 
caballero de ilustre sangre, y que en las guerras 
que el prudente monarca Fílipo segando tnvo en 
Plandes,conlosrebelde3 de las islas, mostró bien 
la clara sangre que tenía y el valor de su ánimo. 
Este caballero, habiendo servido & au majestad en 
peligrosas empresas y fuertes asaltos, á satisfac- 
ción de su general, por quien mereció una ^neta 
y tras ella gobernar an tercio de españoles, can- 
sado ya de seguir el ponderoso trabajo de la gue- 
rra, se retiró á su patria con la merced de un há- 
bito de Santiago y una buena encomienda, pre- 
mio que se debe ¿ los que tan bien sirven k bqb 
reyes. Era ya de edad de cincuenta a&os, en la 
cual quiso mudar de estado y casó con una seño- 
ra mny principal y rica, que tenía una grande 
hacienda en la antigua villa de Alcira. Celebrá- 
ronse las bodas con mucho gusto de sus padres 
de la dama y parientes, trayéndosela don Fer- 
nando desde ¿Icira á vivir & Valencia. 



LyM,„.,,.C0t)glC 



NOCHES DE PULOK 285 

GoEftbaa ios dos da aqael gastoso estado, que 
!o Be uatDdo conformes las Tolnntadea son una; 
dentro dt nn año lea dio el cielo una hija, qae su 
grande hannosura (llegada á edad de discrec- 
ción) aomentó cuidados y dio adtriracíones, sien- 
do un portento della, no sólo en sa patria, pero 
en toda EepaQa, tanto que con envidia de machas 
damas fué llamada la Venus del Turia. 

Con las partes que he dicho que tenía eatadama 
de beldad, se jantaron las de discreción 7 ri- 
queza; porque era su dote ol más cuantioso de 
todos cuantos había en el reino. Muchos e''an los 
caballeros que deseaban merecerla por esposa, y 
para obligarla á que su inclinación eligiese, era 
su calle aiempre frecuentada con paseos y con 
carreras, donde con extraordinarias y lucidas 
galas procuraban lucir todos ¿ los ojos desta her- 
mosa dama. 

Uno de los que más lucían entre tantos preteu- 
Bores, era don Cotaldo Corella, caballero mozo, 
galán, de buena sangre 7 rico, si bien con esto 
era muy presumido de si, defeto que causa abo- 
rrecimiento en quien lo conoce. Este caballero 
tenía un hermano segundo, con mayores partes 
que él, por las cuales era amado eu toda Valen- 
cia, asi de lo noble como de lo plebeo; sólo le 
faltaban los de la riqueza, porque no tenia más 
que sólo los cortos alimentos que su hormano le 
daba, tan mal pagados, que si no tuviera amigos 
que viéndole con necesidad le socorrieran, no pu- 



'■ CoDgfc 



^6 CASTILLO SOLÓSZAHO 

dier» pasear ni lacir, como hijo de sas padres. 
No era bien qnerido don Jerónimo (que ael se 
llamaba este caballero) de sn hermano mayor, 
porqae en muchas ocasiones le habla persuadido 
que se faera á Flandes á servir al rey, y él no 
había salido ¿ esto, no porque fuese de corto ini- 
mo (qne en tenerle generoso y alentado excedía 
á todos los caballeros de su tiempo) sino porque 
oon este consejo que don Cotaldo le daba, no se 
animaba & enviarle conforme pedia su calidad, j 
¿1 vía qne en Flandes era tan conocido como en 
Valencia, y qne no babfa en sn parte de degene- 
rar de quien era. 

Es la cosecha de la seda en Valencia mny 
grande, de suerte qne de sn comarca y del reino 
de Murcia se provee toda España bastantíslma- 
mente; y asf los qne tienen heredades plantadas 
de los árboles, cuya hoja es alimento de los ga- 
sanos, tienen más comodidades para hacer ma- 
yores cogidas, que otros que han de comprarla. 
Tenia don Fernando Gentellae una alquería, la 
mejor de Valencia, á donde se iba con sn casa 
todo el tiempo que duraba el criar la seda, ha^ 
que se hilaba; distaba de la ciudad esta heredad 
medio cuarto de legua; asistía allí desde medía- 
do Uarzo hasta el fin del florido Abril. 

Acabado se había el embarazoso trabajo desta 
ocupación, y llevádose la cosecha del á la ciu- 
dad, cnando nna tarde (por descuido de nna cria- 
da de don Gerardo) dejó una luz oerca de un aaio 



C-^>"S^^ 



NOCaSS DB PL4CER 2S7 

de caflfls, qae llaman andana, donde e&t&n loa gu- 
sanos, y en tal lagar se faé gastando, hasta qne 
el fuego toc¿ en las cafias, donde aprendió, y di- 
latándose por lo demás, se comenzó á prender 
toda la casa. No estaba don Femando entonces 
en ella, sino sn mujer y la hermosa doña Laura, 
sn hija (que asi se llamaba este portento de her- 
mosura). Dieron voces á sus criados, vino la gen- 
te qne se halló por alli, qne fné poca, al tiempo 
que el fuego estaba en su mayor rigor; qniso la 
madre de doña Laura entrar cou nn hombre de 
la alquería á librar del fuego unos cofres qne 
estaban en su aposento, y el hnmo los desatinó, 
de modo, qne se q[uedaron dentro ahogados dél, 
donde murieron. Tiendo esto la hermosa doña 
Laura, con más valor qne su edad y seso pedia, 
se arrojó al peligro, entendiendo que su madre 
aún estaba con vida, y pasara por la misma des- 
dicha, malogrando la mayor belleza de la Europa, 
si el cielo no guiara por alli á don Jerónimo Co' 
relia, el cnal venia de ver ana señora tia suya 
qne estaba en otra alquería cerca de aquella, en 
la misma ocupación de la seda, Vio el fuego que 
trepando á su región se manifestaba por los te- 
rrados de la alquería y salía por las ventanas 
della. Informado, pnes, del peligro de aquella se- 
ñora, qne se lo dijeron unas mujeres que allí 
acndían á dar agua, se arrojó en et aposento 
donde estaba doña Laura, enmedio de lo más en- 
oendido del fuego; esto á tiempo que habia poco 

'■ C'>"8l^ 



SOLÓií.ÁHO 



{[ue habfa entrado doña Laura. Abrazóse con ella 
y sacóla casi sin sentido fnera de la alquería, 
habiéndose el fuego atrevido al oro de sus hermo- 
BOe cabellos, y aún maltratada algo la divina per- 
fección de su rostro; acudió luego la gente, y con 
agua pudieron aplacar algo del f aego del aposen- 
to, adonde volviendo don Jerónimo pado sacar & 
la difanta seflora, medio quemados rostro y ma- 
nos, de aquel poderoso elemento. Apenas babla 
beoho esto, cuando el fuego, prendiendo en la ca- 
balleriza de la casa (donde estaban cuatro mnlaa 
de un coche), por entrará librarlas un hombre qne 
allí se bailó, se hubiera de quedar entre el fuego; 
bajó á este tiempo don Jerónimo, y como aquel 
gallardo corazón correspondía á su generosa san- 
gre, atrevióse i Sacar & aquél hombre de aquel 
peligro, y así lo hizo, sí bien con no poco traba- 
jo, saliendo con el rostro algo maltratado del fue- 
go. Estaba allí doña Laura ya vuelta en su acuer- 
do, y aunque la pena de la muerte de su madre 
la tenia lastimada, no dejó por eso de considerar 
el deliberado ánimo de don Jerónimo, su caridad 
y buena iatenoión, y reparando más en su perso- 
na (ann con estar con la pena que se ha dicho) 
pudo amor prevenir la inclinación para hacer 
adelante su efecto con la voluntad, como se dirá. 
Vino á este tiempo don Femando, el cual vien- 
do el lastimoso espectáculo de bu mujer, y & 
sn bija maltratada del fuego oeroa della, y aa 
caaa quemada, no se puede ponderar loa extre- 



'■ Coi^l. 



moB qae de pesar bizo, justo Bentímiento al ma- 
cho amor qae.á aa esposa tenia. Snpo laego el 
buen socorro qae dos Jerónimo babia beobo li- 
brar á su bija, y en medio desta pena le di¿ las 
gracias dello. PrevinoBe on cocbe, en que se 
paso el onerpo de la difunta sefijora, y en él en- 
traron don Femando y don Jerónimo con la ber- 
mosa doña Laura; el verla don Jeróaimo tan be- 
lla, aunqae bafiados sas ojos en copiosas ligri- 
mas á la vista fioisimaB perlas, faé caasa de 
rendir su pecbo al blando imperio del amor, 
am&ndola desde allí adelante con grandes veras. 

Dióse sepulcro & la esposa de don Femando, 
acndiendo & sa entierro lo m¿s noble ; lustroso 
de la ciudad, asi por ser él tan principal caba- 
llero, como por sa hermosa bija, á quien desea- 
ban anos por esposa, otroa por nuera, y otros por 
cnfiadaí tan apetecido era su casamiento. Pas&- 
ronae algunos días, con que fué olvidándose el 
sentimiento de aquella maerte, qne no bay cosa 
qae con el tiempo no se olvide, en el cual la her- 
mosa Laura fué aliviando el luto. Acudía á visi- 
tar don Jerónimo & don Fernando, teniendo ¿ su 
hermano, no poco envidioso, la acción del socorro 
en el foego, hecha en servicio de la dama & 
qaien servia. Y diera él cuanto poseía por ha- 
berlo hecho, por bailarse oon ella anticipado á 
todos sus competidores. 

Un día entre otros, que don Jerónimo iba ¿ 
visitar i don Femando, no le halló en casa, y di- 

'■ Colóle 



240 CASTILLO lOLÓKUNO 

jéronle como habla ido í la heredad á tr&tar del 
reparo de la casa que destruyó el faego. Sacecli6, 
paes, qae al tiempo que ae bajaba don Jerónimo 
por la escalera, alzando la rista, vio & la hermo- 
sa dofia Lanra, que todas las vecea que iba & bq 
casa procaraba verle cou mucho caidado; este 
tavo entonces la dama como acostumbraba; pero 
como la viese dou Jerónimo, se atrevió & pregun- 
tarla por su salud; ella le respondió tenerla á sa 
servicio, y estar siempre muy reconocida & la 
obligación que le debía. Ocasionó esto durar la 
pl&tica algo, conque don Jerónimo pidió licencia 
para besarla las manos alli arriba, con la oca- 
sión de estar bu padre ausente; acetó doña Lan- 
ra, que no se holgó poco de tenerla, y asi volvió 
á sabir don Jerónimo arriba y estuvo con ella 
de visita casi una hora. En este tiempo le dio 
cuenta de como deseara ser el heredero de la 
casa de sus padres, para emprender el servirla) 
hasta merecer ser su esposo; más que su poca 
hacienda y partes le encogían & no atreverse 
& manifestar sa amor, juzgando que donde tan- 
tos caballeros la servían, sería él el inferior da 
todos, si bien se juzgaba por superitar en el 
amor. Agradeció doña Lanra sus deseos y no los 
desestimó, antes con demostraciones dló & en- 
tender que gustaría ser servida del; con esto se 
animó el gallardo caballero & continuar el ser- 
servirla siendo siempre bien admitido della. 
Vio sa hermano esto,y no pudo snfirir que siea- 

Lyn,.U,.C0t)>^li; 



NOCHIE DE PLACKR L'41 

do segniido en sn casa y conociendo ans deseos 
se opusiese á él qne con más liacieuda podia pre- 
tender mejor aquel empleo; y así tm día le dijo 
que no fneee tan loco, qne pensase por aquel ser- 
vicio qne había hecho ¿ doña Laura, ser admi- 
tido della, donde tantos caballeros la servían 
con riqneía y calidad; qne desistiese de tal in- 
tento, ó le qaitaria la vida. Son Jerónimo con 
sa modestia qaiso reportar la cólera de sn her- 
mano, y asi le dijo que él no servia & do&a Lau- 
ra como pensaba, sino que acudía á sn casa como 
amigo de sn padre & visitarle. No se aseguró 
desto don Cotaldo, habiendo visto. en sn herma- 
no más cuidado en estos amores que él quisiera; 
y temiéndose que Laura aficionada no le antepu- 
siese á él, trató de enviarle fuera de Valencia. 
Ofrecióse haber de hacer dos compañías de 
infantería el virrey para enviar á Mallorca, y 
acabó con él que fuese uno de los capitanes don 
Jerónimo, que levantase gente en Yaleucia. Vio 
el virrey en este caballero partes para esto, y en- 
vióle á llamar; propúsole haberle elegido entre 
otros caballeros para este efeto, y oon esto obli- 
góle & que aceptase la condncta que le ofrecía. 
Supo esto doña Laura, y no sintió poco qne don 
Jerónimo hubiese acetado aquel cargo, cuando 
ella se determinaba & hacerle mayores favores. 
La causa porque don Jerónimo convino en el gua- 
to del virrey, fué porque se vio corto de hacien- 
da para servir á una dama de tanta, á quien 

I*OCHBS DI PLACKK 16 

'■ Colóle 



242 CASTato solóriako 

aeTTian caballeros mu; ricos, y entre ellos sa 
hermaiiio, que lo era el mis de Valencia, con 
quien pensaba toda la ciudad, que sin duda se 
casaría; y así por parecerle que no sería antici- 
pada su acción, y servicios beclios á doña Laura 
& él, se determinó & acetar aquella honra. 

Un dia se ofreció ir á casa de dofla Lanra & 
ver á sn padre, de quien era muy amigo, y no ha- 
llándole en casa quiso visitar á su bija, y ha- 
biéndola bailado en su estrado, y él tomado asien- 
to cerca della, quien comenzó la plática fué la 
hermosa dama, diciendo le: 

— Hanme dicho, señor don Jerónimo, que os 
'vais de Valencia, y no lo pnedo creer; quiero 
saber de vos si esto es verdad, y así os pido me 
lo digáis. 

Turbado el amante caballero la dijo; 

— Señora, quien como yo ha nacido segiuido 
en su casa, es faerza elegir ocupación honrosa, 
con que pueda aspirar á más de lo que tiene. 
Esta me ha parecido acetarla, pnes es camino por 
donde muchas casas se han levantado, si bien 
me desanima el verme corto de ventura, pnes en 
lo qne más he deseado se me muestra escasa. 

— Macho me pesa (dijo la hermosa Laura) que 
os perdamos y más en ocasión que mi padre ha- 
bla hallado en vos un buen amigo. 

— Mi hermano (replicó don Jerónimo) ocupará 
mi lagar; que le desea con no poco afeto, y en 
los deseos que tiene para el ñn á que los endere- 



-■ Cocglc 



KOCKBS DB FLACEK 243 

za, OS aseguro qu« no me aventaja, sólo me fal- 
ta el Incimiento, y la dicha para pretender lo 
qae él. 

— Oorto sdÍE de ánimo (dijo doña Laura): ma- 
yor le juzgaba en voa. ¿Qué puede emprender 
vaestro hermano, que vos no hagáis lo mismo? 

— En declarada pretensión (dijo D. Jerónimo) 
seria desobediencia mía emularme y oponerme á 
¿1, cuando yo mismo me conozco indigno de tan 
alto empleo. 

— No 8¿ por qné lo decís (replicó la dama) mis 
lo que 08 aseguro es que para cualquiera preten- 
sión, si mi voto se hubiera de tomar, le tenlades 
más seguro que vuestro hermano. 

— Besóos mil veces las manos (dijo D. Jeró- 
nimo) por el favor, que ¿ saber que tan de mi 
parte os tenia, no hubiera guardado obediencias 
excusadas y términos corteses; más mi encogi- 
miento me ha hecho desconfiar de mi y aceptar 
una gineta para salir de mi patria; ya está he- 
cho, sólo me pesa de ansentarme de vos, ya que 
me «B fuerza declararme por el mayor apasiona- 
do vuestro. 

Saliéronle hermosos colores á dolía Laura con 
la vergüenza de lo que ola, y cobrada de la tur- 
bación le dijo: 

— Ho quiera el cielo, eeftor don Jerónimo, que 
yo estorbe vuestra partida tan en dafio de vues- 
tra reputación, pnes habéis dado la' palabra do ir 
coa aceptar el cargo que os ofreció el virrey, más 

'■ Coi«lc 



244 CAETILLO SOLÓItZANO 



lo ¡lae 08 puedo aeegarar ea qne podéÍB, en el em- 
pleo que pretendéis tener, más esperanzas de ser 
admitido que ningún caballero de Valencia. 

Esto dijo haciéndole nna cortesía, 7 dejando 
su presencia se entró en otra cuadra, puesto on 
lienzo en loe ojos. QoedÓ don Jerónimo si conten- 
to por ana parte de verse asi favorecido, pesaro- 
so por otra de que habície de ausentarse de sa 
querida doña Laura. 

En los días que estuvo en Valencia, procuró 
corresponderse con ella, j fué admitido con graa 
voluntad, dándole por papeles la palabra de qu« 
hasta verle de vuelta en su patria no mudarla da 
estado. 

Con esta seguridad partió don Jerónimo de 
Valencia, con una muy lucida compañía de in- 
fantería que levantó, 7, embarcándose en el 
Grao, dando las velas al'próspero viento, partiá 
de aquella playa no poco pesaroso de dejar á su 
querida doña Laura al tiempo que ella le favore- 
cía con tantas veras; pero iba confiado en bu pa- 
labra que le había de gnardar lealtad y firmeza 
hasta la vuelta. Lo que la hermosa dama sintió 
la ausencia de sn soldado amante, no hay razo- 
nes con que exagerarlo, porque todo cuanto di- 
simuló sn amor para con él en esta ocasión, lo 
manifestó con grande abundancia de ligrimas y 
con retirarse sin querer salir á ser vista de nadie. 

No poco sentían sus pretensores ver este reti- 
ro, no dando eu la causa que i ésto la obligaba. 



-■ Cocglc 



NOCHES DE PLACER 246 

8a padre la procuraba divertir; mas era taBta la 
melancolía que tenía, que nada la consolaba sino 
las memorias de su galán ausente. 

Dejémosla eu este retiro y volvamos & don Je- 
rónimo, que iba con favorable viento navegando 
la vuelta de Mallorca, cuando la instable fortu- 
na que nunca permanece en un ser, mudó el prós- 
pero viento en adverso; turbáronse los oieloa con 
densos nublados 7 levantóse una borrasca en el 
mar, con que obligó á tomar el bajel otro rumbo 
del qae llevaba, ñ&ndose en lo que la fortuna 
quisiese disponer del . Corrió tormenta todo aquel 
día y noche, y al amanecer se halló muy cerc» 
de la playa de Argel, de donde fué visto; esta- 
ban en ella dos galeras de moros qne gobernaba 
Ali Uorato, el mayor corsario de la Morisma. 
Este, pues, viendo la ocasión como la podía de- 
sear, salióles é. cercar el bajel con las dos gale- 
ras, y habiendo peleado cosa de una hora, como 
era mayor la ventaja de los moros fué readido el 
bajel, y entrado dellos, cautivaron toda su gen- 
te, siendo pocos los que perdieron en aquella ba- 
talla sus vidas. üomAroutes las armas y despo- 
jándoles de todo lo bueno que tenían, fueron Uo' 
vados ¿ la ciudad donde, en su gran plaza, se sa' 
carón todos los cantivoB á vender. Fué don Je- 
rónimo conocido por capitán de la mitad de aque- 
lla gente, y considerando ser persona por qnien 
se darla cuantioso rescate, fué el precio que se 
pidió por él más subido. Pocos fueron los que 



'■ Colóle 



246 CASTILLO SOLáKZANO 

qaísidron comprarle, hasta que á la t&rde llegó 
UQ moro á la plaza el caal paxo los ojoa en él 
atentamente, tanto, que reparó en ello D. Jeró- - 
nimo y le puso el ver esto en oaidado de por qué 
lo haría. Presto ae vio que le habla llevado afi- 
ción de tener por cautivo á éste caballero, pnes 
sin reparar en el levantado precio dio por él 
cnanto le pidieron ain regatear nada, y oon esto 
se le llevó á su casa . 

Todos le dijeron á don Jerónimo que llevaba 
muy buen patrón y que era de loa más ricos y 
principales de Argel. Desconsolado estaba el po- 
bre caballero viendo la desgracia que le habla 
sucedido en tiempo, que sólo deseaba llegar á^ 
Uallorca y qua le reformasen para volver á Va- 
lencia & proseguir sus amores con la hermosa 
do&a Lanra. Llevóle Hamete (que asi se llamaba 
el moro que le compró) & su casa, y púsole en 
presencia de Zelídora, hermana suya, á quien 
dijo en BU arábiga lengua (que don Jerónimo no 
entendió): 

— Hermana, aquí traigo un capitán cristiano 
que he comprado para qae me sirva, mogote 
qne hagas se tenga mucho cuidado con él, y 
lo qae más te pido es que procures con toda 
eficacia reducirle & nuestra ley, que te impor- 
tará. De tu agrado fio (que lo sabrás hacer) qne 
las muJM^es tenéis en esto del persuadir más 
gracia. 

Separó Zelídora más en el cautivo y vtó sa 



-■ Coi«lc 



NOCHES DE PLACER 347 

gentil disposición y bnen rostro, partes qae des- 
pertaron la inclinación, y ella á la voluntad, 
para tenerle desde alli grande amor. 

Servia don Jerónimo en todo lo que le manda- 
ban en casa con cuidado, sabiendo qae esto era 
conveniente para negociar su buen tratamiento, 
y baciasele tan bueno y tan diferente de los de- 
más cautivos, que le pareció exceso, y en lo ma- 
cho que le regalaban se sospechó el tin & qne ca- 
minaban de reducirle & su ley ó al interés de un 
grande rescate que por él podian esperar (cosa 
bien difionltosa) porque como estaba en el libre 
alvedrio de don Cotaldo, su hermano; cómo él ha- 
bla sido cansa de salir de Valencia, consideraba 
que por que no volviese i. ella, le dejaría estar 
sin libertad, cautivo, fnera de qne don Cotaldo 
era sumamente misero, y de esto tenia bastantes 
experiencias, en ver cuan mal le pagaba unos 
cortos alimentos qne tenia. Pasaba con esto la 
vida sirviendo & an dueño Hamete, el más me- 
lancólico hombre del mondo. 

Un día que estaba cultivando las plantas de 
un ameno jardín; bajó & él Zelidora sola. Era 
esta mora hermosa y de macha gracia, y como 
viese solo á su cautivo, llegóse & donde estaba y 
dijole en lengua valenciana (cosa que admiró & 
don Jerónimo): 

— Amigo, ¿cómo lo pasas en esta tierra? mal 
debe de ser, pues tu melancolía nos lo dice. 

— Señora (respondió él), eo cnanto á ser bien 



'■ Colóle 



248 



tr&tado 7 honrado de mi daefio y de voa, Boy el 
máe venturoso esclavo que hay en Argel, por que 
OB doy las gracias; pero esto de eslar bíq la ama- 
da libertad, es causa de no tener gusto conmigo, 
pues sin ella no hay prosperidad que se estime, 
ni regalo que lo parezca. 

— Dices bien (dijo la mora), que nadie vién- 
dose esclavo se halla con sn contento primero; 
pero si por la libertad lo haces, tá la tendr&a bre- 
vemente si condesciendes con una cosa que te 
quiero decir. 

— Gomo ella sea (dijo él) tal como á mi me est¿ 
bien hacerla, tanto estimo verme libre qUe la 
haré. 

— Es {dijo Zelidora) que dejes tu ley y tomes 
la nuestra; que sí lo haces, está mi hermano tan 
añoionado que te casará conmigo, y será la ma- 
yor partede su hacienda para que aquí vivas esti- 
mado y querido de todos, como merece tu persona. 

Mudósele el color á don Jerónimo oyendo la 
proposición de la mora, tan en da&o suyo, y por 
un rato estuvo suspenso sin responderla, mirán- 
dola atentamente. A esta acción estuvo atenta 
Zelidora, no esperando de ello buena respuesta 
á lo propuesto. La que le dió don Jerónimo fué: 

— Hermosa Zelidora: no poco me han dejado 
admirado en vuestra plática dos cosas que he ha- 
llado en ella; la primera es veros hablar mi na- 
tiva lengua tan des piertam ente como el más ex- 
perto patriota.de mi reino, dejándome oon esto 



-■ Cocglc 



NOCHBS DE PLACIK 249 

rodeado de oonfaBÍones, dndaodo cómo la liabéis 
sabido con tanta perfección. 

Atajóle el discurso Zelídora, diciéndole que 
ella 7 BU hermano le habían aprendido en nna 
oautiva valenciana, qne habían tenido machoa 
días en Argel. Froeiguió don Jerónimo: 

— Con esto así, de la segunda viviré de aqol 
adelante más receloso, por ser tan en daño de mi 
salvación, pues proponerme qae siga una ley de 
tantos wrorea como la del Alcorán, naciendo yo 
entre católicos cristianos, 7 sabiendo qae la mia 
68 la verdadera, y ka otras todo engallo, fuera 
hacerlo despefiarme á las eternas penas; y así os 
snplico, hermosa Zelidora, que en esto no me ha- 
bléis máa, qne aunque el interés que con vos me 
ofrece vuestro hermano es de grande estimación,' 
siendo á costa de mi alma, 7 para perderla, no me 
esti bien elegir ese camino; 70 os serviré el tiem- 
po que fuere vuestro cantivo con el cuidado que 
veréis, si por este fin he tenido diferente trata- 
miento que mis compafieros, coa mi desengaño 
en este particular espero tener igaaldad con 
ellos; 7 aunque sea más malo, estoy dispuesto an- 
tee ¿ padecerle que á desdecir de lo que debe 
quien por el agua del bautismo está en el gremio 
de los católicos. 

Mucho sintió Zelidora ver á su cantivo con 
tanta resolución; pero no desconfió por eso, con- 
siderando qne )a primera vez de responder esto, 
7 que en la segunda ó tercera persuasión le ha- 



'■ C-""sk 



SOLÓRSANO 



ll&rfa más blando. Dejóle por entonces, y fuese 
quedando don Jerónimo metido en nuevos cuida- 
dos, considerando que de su respuesta había de 
resultar el tener de su duefio muy áspero trata- 
miento. En aquellos días no le halló oomo pensó; ' 
antes con más cuidado era exentó de las ocnpa- 
ciones á que acudian los compañeros, y le daban 
cama fuera del baño, haciendo grande confianza 
del y tratándole Hamete con grande amor. Otras 
dos veces volvió Zelidora & persuadir & don Je- 
rónimo en el particular de la plática pesada, más 
halló en él la misma constancia, resistiendo á sna 
ruegos. 

En este tiempo ya, las nuevas de la toma del 
bajel en qae iba don Jerónimo y su compaQla 
embarcados, llegaron á Valencia con an prisión, 
porque algunos soldados, hijos de la ciudad, es- 
cribieron desde Argel, pidiendo á sus padres, her- 
manos ó deados que tratasen de rescatarles, A 
toda la nobleza de Valencia movió á lástima la 
desgracia de don Jerónimo, sino fué & su her- 
mano, que como no le quería bien y era misera- 
ble, sabía lo que del rescatarle había de redun- 
dar, que era gastar su hacienda y traerle á la 
vista de su dama, para que la hiciese favores ¿ 
su costa, y era esto en tiempo que con su padre 
tenia muy adelante sn casamiento. 

No sintió poco la hermosa dama el cautiverio 
de su galán, que le cosió muchas lágrimas, y 
afligíala más ver & su padre tan apasionado por 



'■ Colóle 



doQ Cotaldo, tanto qqe muchas veces la habla 
persuadido qne ee casase con él, á que había res- 
pondido tener aún poca edad, y verle á él viudo 
y con necesidad de quien le regalase: esta res- 
puesta le daba siempre. Allanar quiso el anciano 
don Fernando esto con decir á en hija que él que- 
ría traer & don Cotaldo á su casa y que viviesen 
juntos. Viendo Laura que en esto tenia bu padre 
gasto, no halló modo como dilatar sus bodas, 
sino con decirle que cómo se'habfa ella de ca- 
sar con un caballero que sabía la prisión de su 
humano y no había tenido ánimo de rescatarle. 
No le pareció mal á don Fernando el adverti- 
miento de su hija, y asi un día eu que don Co- 
taldo le apretó en que se efectuase el casamiento, 
le dijo lo que su bija te afeaba. Conoció qne jus- 
tamente se le ponía aquel objeto, y saliendo de 
su natoral, comenzó & tratar del rescate de su 
hermano coa los Padres Redentores de la orden 
de la Merced, que partían de Valencia i Argel 
(voto que hoce aquella sagrada religión, con los 
tres ordinarios). A estos les dio comisión que 
hasta mil y quininíentos ducados podían ofrecer 
por sn rescate; esto hizo por no perder el crédito 
con do&a Laura, 7 con toda Valencia, que en ella 
no se murmuraba otra cosa sino su mísera condi- 
ción. Por lo cual don Jerónimo no había querido 
escribirle desde Argel en cautiverio, esperando 
más clemencia en los Redentores que en el hecho 
de su hermano. 

'■ Colóle 



'J62 CASTILLO SOLOKZANO 

Un dfa que eataba en el jardín este caballero 
componiendo ana mesa de murta, llegó á doode 
trabajaba Hamete, su duefl.o, el cual le dijo qae 
alejase aquella ocupación y se viniese con él. 
Obedecióle don Jerónimo, y llegando & un hermo- 
BO estanque qne estaba en medio del jardJn. 
tinos aBÍentoe que le rodeaban de blanco alabag' 
tro, se sentó et moro, mandando i sa caativo qae 
toma8e asiento cerca dé I. Admiróle Á don Jeró- 
nimo esta novedad, y rebasó el obedecerle, di' 
ciéndole que en píe le aBcucharf a lo que le : 
dase, aunque durase la plitica largo tiempo. Por- 
fió otra vez el moro en que se habla de sentar, y 
don Jerónimo en resietirlo, hasta qne cansado de 
su porfía, le dijo Hamete: 

— Sent&os, señor don Jerónimo Corella, qae 
quien os conoce 09 ofrece el lugar que merecéis. 

Ho se holgó el caballero de oírle esto, viendo 
ser conocido del moro; porque hasta allí no habla 
sabido del más de que era capitán de aquella 
gente cautiva, pero no había dJoho qne se llamaba 
másqueJerónimo,y con esto se puso un apellido, 
el más vulgar y bajo que se le ofreció á la memo- 
ria. Consideró brevemente que el saber su nombre 
y apellido verdadero, habría sido por diligencia 
del moro, con codicia de tener mayw rescate por 
su persona, y que aquella honra que le hacia iba 
en orden á esto. 

Tomó asiento, y habiéndose sosegado un poco 
el moro, le dijo estas razones: 



-■ Cocglc 



— Se&or don Jerónimo; admirado os tendri 
verme hablaros en valenciano tan castizo, y asi 
mismo qne sepa vuestro nombre y apellido, y 
creeréis q^ne mi cuidado habrá procurado saber 
vaestra calidad y nobleza para mayores intere- 
. ses: pnes estáis engafiado si tal pens&is; que yo 
08 he traído aqal para deciros quien soy, y para 
agradeceros juntamente un socorro qae me hicia- 
tes, que no fué menos que darme la vida. Bien 
os acordaréis de aquel incendio de la alquería de 
don Femando Centellas, donde murió su mujer, 
y vos entrasteis con valeroso ¿nimo á librar á sn 
hermosa hija dofla Lanra, y luego que de las vo- 
races llamas fué libre, se extendió vuestra cari- 
dad i hacer el mismo socorro i. un mancebo qne 
pereda es el fuego de una caballeriza, si no fue- 
ra por vuestro piadoso favor. 

— Bien me acuerdo de todo, dijo don Jerónimo 
(con mayor admiración que antes), y qne la me- 
moria de ese día me tiene con tanta aflicción en 
Argel, qne es el mayor accidente de la pena de 
mi cautiverio. 

— Pnes soy (dijo el moro) aquel mancebo que fa- 
voreclstes en aquel peligro del fuego, qne quiero 
ahora pagaros, pnes quien le olvida es aborre- 
cido del cielo y de los hombres. 

Qniso saber don Jerónimo (más alentado con 
lo que ofa) como habla venido á Argel, y pregun- 
tóselo; el moro le dijo: 

— Eu esta ciudad habitaba un hermano de mi 

'■ Colóle 



254 CASTILLO SOLÓRZANO 

bisagíialo, el mayor coreario que tuvieron estas 
berberiscas costas; y después de haberse hallado 
en peligrosas empresas, con no poco riesgo de ea 
persona, saliendo de todas ellas con victoria yga- 
nancias, se quiso en edad mayor retirar desta pe- 
ligrosa profesión y vivir quietamente el tiempo 
que le quedaba de vida, que por su baena sa- 
lud y mejor gobierno vino á ser larga, pues vi- 
vió ciento y diez a&os. En todo este tiempo se co- 
rrespondió con mis antecesores, que desde la con- 
quista de Valencia, por el rey D. Jaime, se que- 
daron habitadores en un lugar pequeño de aquel 
reino llamado Benalguacil, con nombre de moris' 
cOB, que asi los llaman en EspaCa. Allí, entre al- 
gunos cristianos, cultivamos nuestras heredades 
con cuidado, y era nuestro gobierno tal, que & 
ninguno de nosotros llegó í conocérsele necesi- 
dad, antes tanta prosperidad, que á los dnel&os 
de los lugares, ácuyos vasallos éramos, les hacia- 
mos algunas veces cuantiosos socorros. Ui abuelo 
y mi padre siempre tuvieron correspondencia 
en Argel, porque á esta ciudad descienden de la 
más calificada familia della, y may caballeros. 
Tenían, pues, unos con otros trato de secreto, y 
con segura ganancia se enriquecían. La causa de 
no venirse mis pasados de secreto á esta tierra, 
fué porque deseaban ver efectuado un levanta- 
miento de nuestra gente contra la vuestra, para 
hacerse señores de la tierra. Conspiraron algu- 
nas veces á efectuar esto, pero como en estas 



-■ C-""S>^ 



juntas hay siempre varioB parecerea, y más en 
empresa tan diüonltosa y de tanto peligro, nan- 
ea llegó & tener efecto. Murió mi abnelo y padre 
y todavía vivía aún mi tío, hasta qne la parca, 
oortando el hilo de sn vida, dio ña á ana dlaa y 
no dejó hijos, casa bien nneva para esta tierra, 
cuando tantas mujeres ae permiten para tener- 
los. La causa desto fué porque mi tio era más fi- 
lósofo que vicioso, y nunca quiso (con aer tan 
rico) tener más que una mujer, á quien quería 
con extremo. Desta suerte murió sin aucesión y 
toda sn hacienda mandó que ae pusiese en depó- 
sito, y que fuésemos avisados, que si la querfa- 
moa dejásemos á Espafia. Llegónos el aviso á 
tiempo que mi padre era muerto; tratamoa con 
secreto nuestro fuga, y una noche, hallando la 
ocasión como la podríamos pedir, tomamos una 
barca de pescadores del Grao y nos pusimos mi 
hermana, un primo mío y yo en ella, habiendo 
primei'o reducido á dinero las heredades que en 
Valencia teuiamos. Llegamos con próspero vien- 
to á esta ciudad, donde nos entregaron más de 
ciento y cincuenta mil zeqnias, que mi tío dejó 
depositados, de que aomoa señoreami hermano y 
yo. Como la fortuna dispuso el prenderos y yo os 
vi puesto en venta, conociéndoos, quise compra- 
ros con dos fines; el primero fué procuraros re- 
ducir á nuestra ley para casaros con mi herma- 
na. Este no ha tenido efecto, pues constante en 
vuestra fe no queréis apqstatar della, deseando 



266 CASTILLO SOLÓBZAHO 

morir en loqne yuestros padres os instruyeron. 
Yisto, paes, qae no hay orden de convenceros, 
gniero usar del segando, qne es daros libertad y 
aun hacienda con qae viváis, porque sé qne no 
tenéis lo qne merecéis. Debe de haber un año 
que nn tfo mío se pasó de Valencia é, Argel por 
una muerte qne hizo, quitando la vida al justi- 
cia de un peqaeBo lugar, donde vivía, que llaman 
Godella; hecho este delito fué fuerza por salvar 
la vida pasarse á esta tierra. Este no tuvo tam- 
poco hijos ni deudos forzosos qae le heredasen 
siso yo, decláreme ai tiempo de su muerte que i 
la entrada de la casa de un huerto en qae vivía, 
que era la última del lugar, dejó enterrados de- 
bajo de cierta losa cosa de 16.000 escudos en 
todas monedas, y qae éstos tenia guardados 
para la ocasión del levantamiento ó rebelión 
que emprendíamos hacer, y que con esta faga 
que hizo no pudo sacar de allí esta moneda; ma- 
nifestómela para que ei yo tuviese modo la go- 
zase con las se&as de donde se hallaría. Desto 
quiero que seáis, señor, que yo bastante hacienda 
tengo para pasar lucida y cómodamente. Ved 
cuando deseáis partiros, que ese día yo os quiero 
poner en nn bergantín mío en la playa del Grao 
de Valencia, 

Arrojóse don Jerónimo á los pies del moro 
para besárselos por el favor qae le hacía, más él 
le levantó del suelo abrazándole y diciéndole que 
más que eso le debía , pues le había dado la vida. 

-■ Cocglc 



NOCHBS DE PLACB& 2&7 

Llevóle & sa onarto y allí Becretamente comió «n 
Tuiftmesa, acompaÜ&Ddolea sa hermana, ¿ qoieo 
dijo como Be Labia declarado eon don Jerósime 
y qae sería bu partida en breve; mostró eu lo ex- 
terior alegrarse la hermosa Zelidora, aaaqoe ea 
lo intnrior sintió no haberle podido redueir i su 
ley para tañerle por esposo; para la noche del 
eigaiente día conoettaron an partida. Avisó don 
Jerónimo á Hamete, contó sn criado estaba caá- 
tiro en poder de un moro rico de Argel llamado 
Daat 6t>ltán, y qae se holgara llevarle consigo. 
Apenasle oy4 esto el agradecido Hamete, cuando 
faé á la casa de Daat y le compró el esclavo, 
qae vino contentísimo á su casa, y más lo íaé 
onando supo su libertad. 

Llegóse la ocasión de embarcarse con el silen- 
cio de la noche, y aprestado el bergantín, doQ 
Jmrónimo y sn criado se vistisron en hábito de 
forsados, por no dar sospecha k la demás gente 
d¿l, y despedido nuestro caballero de Zelidc^a, 
que sintió mucho sa partida, salieron de la pla- 
ya de Argel, dando las velas al viento y los re- 
mos al turquesado zafir, y haciéndoles á propo- 
sito el temporal llegaron dentro de dos dias de 
viaje, UBa noche al Grao de Valencia. Púsose »1 
moro en hábito de oriatiano por el seguro de la 
gente y aaimismo loa del bergantín sin determi- 
nar á qué facción salían á tierra. Contentísimos 
estaban don Jerónimo y su criado de verse en sa 
tierra libres de sn eaut ir erio; despidióse Hamete 

NOCHES DB PLACER 17 

'■ Colóle 



258 CA.STILLO SOLÓKZANU 

delloB con mnehos abrazos, tornándole á referir 
tas Be&as del lugar donde en tío dejó enterrada 
aqnella moneda, y con el Altlmo abrazo qne di6 
& don Jerónimo le dejó un bolsillo con 1.000 ze- 
qnies dentro para que gastase. De noevo le dio 
el gallardo caballero las gracias y con esto se 
ahirgó al mar, y volvió con bnen tiempo á Argel. 

No qniso don Jerónimo manifestarse á nadie 
en Valencia, basta saber en qué estado estaban 
las cOsas de dofia Laura, y asi haciendo que sa 
criado le trújese la comida del lagar, dormía ea 
una alquería que halló donde no le conocieron. En 
ella supo como sn hermano estaba muy adelante 
en el casamiento de doña Laura; porque habiendo 
dicho los Padres Redentores, que les habia dado 
crédito para el rescate de su hermano, ésto en 
presencia de don Fernando, padre de la dama, 
apresuró con ella que el consorcio se hiciese 
para el día que se sefialó; fué ochodias después 
que don Jerónimo hubo llegado á Valencia. Supo 
esto el gallardo caballero, y que para solenidad 
de la boda se trasaba un torneo. Este había ds 
ser por la tarde, y luego esa noche los desposo- 
rios. Lo que dofia Laura sentía ésto no se puede 
encarecer, ya intentó diferirlo hasta la venida 
de don Jerónimo; m&s temiéndose desto su her- 
mano, no qniao aguardarla, y asi lo apresuró para 
el día que se dice. 

Sabiendo, pues, don Jerónimo todo esto, coa no 
poco sentimiento suyo, determinóse de alli á do8 

-■ Colóle 



días dar caenta de bu venida á doña Laura, y 
eu tanto, hacer diligeacias para saber, con Ub 
Beñas del moro, doude estaba sepultado aquel 
dinero. Previno para ésto un rocin del dueño de 
la oaserfa donde estaba, y ep él fneron él y 
Vicente, su criado, & GodeUa, lugar dosde había 
habitado Hamete en este pueblo, con las sabidas 
Befiaa que llevaba. Llegó á la casa qne estaba ¿ 
lo último del lugar: era más de media noche, y 
con prevención de linterna qne llevaban, reco- 
nocieron si parecía gente, y viéndolo todo en 
quieto sosiego, buscaron con las sefias, la losa, y 
halUndola, comenzó Vicente & cavar, y don Jeró- 
nimo á ayudarle con dos azadas que traían para 
el efecto. Levantaron la losa (con poca confianza 
de qne les había de importar aquella diligencia) 
j debajo dalla no vieron m&s que el suelo, con 
que dieron por frustrados sos intentos, y su 
engaño por cierto; m&s por no dejar de hacer 
toda diligencia por entero, cavaron más de una 
vara de hondo en todo el lugar que ocupaba la 
losa, hasta topar con otra más ligera, seña tam- 
bién que traían del moro. Levantada ésta, ha* 
liaron una tabla debajo, que era cubierta de una 
arquilla de cosa de una vara de largo. Sacáron- 
la de su lugar, y ésto no con poca dificultad, por 
lo mucho que pesaba. Finalmente fué abierta 
con golpea que dieron con las azadas, y dentro 
della hallaron ser verdad cuanto el moro lea 
había asegurado, porque en talegos r 



'■ Coi«lc 



260 CASTILLO SOLÓRZANO 

ron grande cantidad de moneda en plata y oro. 
No se pnede exagerar el contento qae don Jfl- 
r¿nimo y aa criado tenían; daba el moso saltos 
de placer viendo tan feliz suerte, venida en tan 
buena ocasión. Cargaron el rocín de aqaelloa 
talegos, y volvieron i la alquería, habiendo pri- 
mero dejado la losa en sa Ingar como antes la 
hallaron. El día siguiente don Jerónimo trat¿ de 
tomar casa en Talencia, y encargóle al hombre 
qne estaba en la alquería, se la buscase algo 
apartada del comercio de la ciudad. Bnsoósela 
en barrios solos, y pagando adelantadoel alquiler 
della, se mudó don Jerónimo, dejando bien pa- 
gado al huésped de la alquería el hospedaje que 
le había hecho, y rogándole que acudiese i 
verle. 

Era el hombre castellano, y recién venido & 
Valencia, donde se habla casado, y no conocía á 
don Jerónimo; acudió, pues, á la nueva posada 
conmucha puntualidad, y por orden suya, viendo 
dou Jerónimo en él capacidad para fiarle cual- 
quier cosa, oscribió con él & doBa Laura un 
papel, en que la daba cuenta de su venida, y 
cómo habla salido de Argel, suplicándola se 
acordase de la palabra que le había dado & la 
partida de Valencia, de que no mndaria dé 
estado. Este ^apel llevó el portador, y llegó en 
tan buena ocasión, que halló &, la hermosa dama 
sola con sus criadas, á quien se le dio. Ella cono- 
ció luego la letra de su galán, y fué tanto lo que 

-■ Cocglc 



MOCHM DB PLACBH 261 

SO alegró, qaa habíeran de conocerlo bub críadaB, 
que apenas podía creer que don Jerónimo tenía 
libertad; llamó aparte al portador, y le preguntó 
por don Jerónimo, haciendo que le diese las 
seSaB de bu persona; tan incrédula estaba de que 
eetaviese en Valencia. El hombre le dió buena 
razón de todo, y aal mismo le dijo en la posada 
qae estaba encubierto. No quiso doña Laura que 
á QUSTas de tanto gusto dejasen de dársele 
buenas albricias, y así le dió al que se laa trujo 
nna rica sortija de diamantes que quitó de uno 
de sos hermosos dedos; mandándole aguardar en 
tanto que respondía al papel, que faé en breve 
dada larespuesta, mandando á don Jerónimo que 
aquella noche la viniese á ver por la puerta de 
un jardín de su casa, señalándole hora. No se 
puede significar con razones el contento que don 
Jerónimo recibió con este papel, considerándose 
con él puesto de muerte á vida. Ya le parecía 
qne el sol dilataba su curso más de lo acostum- 
brado, y que la noche regateaba el tender su 
negro manto, para amparo de su embozo, y 
auxilio de su pretensión; que en loa amantes son 
siglos las horas, y años los ins tantos que dilatan 
el recibir favor. 

Uegó, al ñn, la hora de la media noche, la cual 
era plazo para verse don Jerónimo con sn her- 
mosa doña Laura; viéronse los dos con inexplica- 
ble alegría; de la de su dama conoció don Jeró- 
nimo su firmeza en quererle; ocuparon asientos 



'■ C-""sk 



262 CASTILLO SOLÓRZANO 

en an fresco 7 ameno cenador, donde el gallardo 
caballero hizo larga relación á dofia Laura d« 
su largo cautiverio, su modo de libertad, y, final- 
mente, del hallazgo da la moneda^ que le hizo 
donación el moro, agradecido de sn beneficio en 
retorno desta relación. Le dio cuenta doña Lau- 
ra de lo que su padre habla tratado con bu her- 
mano, y como estaba sefialado el día para laa bo- 
das, pero que le aseguraba que aunque paeasd 
por mil maertee, no seria otro su esposo sino él. 
Besóle don Jerónimo una de sus blancas manos 
por este -favor que le' hacía, ; en conformidad 
desto, dispusieron el modo de casarse, 7 fué, que 
en el Ínterin que el torneo se hacía, la hermosa 
dofia Laura fingiese un preciso abhaque, que la 
obligase é quitarse del balcón, y que luego, acom- 
pañada de una criada, de quien se pensaba fiar, 
se iría & su posada, estando para esto advertido 
aquel hombre de la alquería, que asistiese & una 
puerta falsa por donde hablan de salir para 
guiarla. Con esto don Jerónimo despidióse de su 
dama, conformes los dos en lo concertado, aguar- 
dando el día de la fiesta. 

Ya las prevenciones de los caballeros tornean- 
tes estaban hechas, y aguardaban el señalado 
día que llegó, para que luciesen sus galas. Don 
Cotaldo se vestía rica y curiosamente; dio lu- 
cida librea é. ocho pajes y cuatro lacayos; acom- 
pañáronle sus deudos muy lucidos, y con ellos to- 
da la nobleza de Valencia, llevándolo á caballo 



-■ Coi«lc 



NOCHES DK PLACES 263 

desde snB casas á las de don Fernando, sn sne- 
gro, & donde habla de estar mientras Ge hiciese 
el torneo y depaés desposarse. Ocaparou luego 
machas hermosas y bizarras damas, los balcones 
de la casa de don Fernando, que calan á una 
plaza doQde se hacia ta fiesta, y entre ellas es- 
taba la hermosa Laora, aventajando á todas, 
como el rutilante Febo & las estrellas & quién 
presta luz. 

Estaba hecho un tablado en medio de la plaza, 
capaz para diecisóis combatientes, y á un lado 
armada nna rica tienda de campa ña para el man- 
tenedor, y arrimada i ella muchaB picas para 
los torneantes. £ufrente estaba el aparador de 
los precios, cerca del asiento de los jueces. Llegó 
la hora de comenzar la fiesta, y las cajas dieron 
aviso de la entrada del mantenedor en la plaza, 
paes con veinte, y doce padrinos, se presentó en 
ella. Hizo su entrada airosamente, y fuéronles 
siguiendo los demás aventureros, todos lucidísi- 
mos, y con muy costosas invenciones y galas. El 
combate se comenzó, y casi en medio de la fies- 
ta, la hermosa doBa Laura fingió su achaque, y 
dejóelbaloón,prevÍniendoqQeTolvla luego. Todas 
aquellas damt» lo pensaron asi, y aunque algu- 
nas 86 ofrecieron & acompañarla, no lo consintió; 
y asi sola, con su criada (que estaba adverti- 
da de todo) arrimada, se entró adentro, don- 
de en breve instante, se desnudó el rico vestido 
que tenía de boda, y se puso otro muy ordina- 



'■ Colóle 



3S4 CASTILLO SOLÓKZANO 

rio, con el caal, embosada, se salió con sn cria 
da de la mano por la puerta falsa de sa casa, & 
donde hallaron al criado de don Jerónimo qoe- 
las esperaba, y acompañindolaa las llevó & sa 
posada. 

Con no poco alborozo las estaba esperando don 
Jerónimo, pareciéndole una eternidad cada ins- 
tante qae se tardaba s<i dama; viéndola entrar 
por ans puertas, nc se puede ponderar el gnsto ooa 
qae la recibió; considérelo quien hnbiese ball¿- 
doee en estos lances de amor; las cosas que dijo 
el tierno amante en orden á agradecer esta fineza 
de su dama , fuera alargar más este disoarso, 
si diera cuenta de todo. Finalmente, la rasón de 
estado que tuvieron los dos amantes, fué que el 
hombre de la alquería (cuyo nombre era Felicia- 
no), dejase aquella estancia y se viniese ¿ vivir 
en aquella casa, que por su orden se le había al- 
quilado; esto se hizo porque su asistencia alH 
deslumbrase & los que anduviesen buscando é, 
doña Laura. 

Volvamos á la fiesta y al que esperaba, por fin, 
della ser esposo de la mayor beldad de la Euro- 
pa. Pues como don Cotaldo no quitase loa ojos 
del balcón donde estaba dofia Laura, viendo que 
faltaba del, estuvo con cuidado aguardando, 
cuando volvería; más como viese que tardaba, 
echándola menos las damas que la acompaflaJian, 
presumiéronse que tendría alguna indiaposioión 
que la impedía volver á la fiesta; y asi dos, de 



'■ Colóle 



MOCHBS DI ÍLACRa 265 

«paellas se&or&a fueron & su aposMito á saberlo. 
Halláronle cerrado; llamaron, y como no laa rea- 
pimdieaen, se hallaron en nueva confuBÍúa sin 
sftber que sería aquella novedad. En esto estaban 
cuando llegó doa Femando, as padie de Laura, 
ac<mpa&ado de don Ootaldoi dijéronles como ha- 
blan llamado y no 1«b respondían, y poniéndoles 
esto no poco cnidado, volvieron otra y machas 
más veoes á llamar, pero todo era en vaso, por- 
que doña Lanra y sn ^iada le habían dejado ce- 
rrado. Visto esto, echaron la puerta en el inielo 
y entrando dentro, hallaron sobre ana cama 1» 
saya de gala que había tenido vestida doña Lau - 
ra, el abuiillo, pofioa, chapines y demáa adere- 
ao.-; qne la dama llevaba. 

Oon esto, puestos en notable confoaión, la £ue- 
nm bascando por toda la casa, pero no faé ha- 
llada ella ni su criada; llegaron & la puerta falsa 
y halláronla abierta por donde conocieron haber- 
se ido de la oaas; por do cesó con este alboroto la 
fieata, y loa «aballeros convidados al desposorio, 
y asi mismo las damas, con esta novedad tan ex- 
trafia, comeniaron todos i discurrir sobre ésto 
con varios pareceres. Don Cotaldo y sus amigos 
fueron por toda la oiadad buscando í la dama, 
haciendo notable diligencia por hallarla, más fué 
en vano. ValiároBSe del poder del virrey, y él, 
con sus ministros, aquella noche no dejó calle de 
Talenoia qne no pagase, pero no hubo remedio 
de bailar rastro alguno; por última diligencia se 

'■ Colóle 



28(5 CASTMXO SOLÍRZANO 

boBoó en loB conventos, peco tampoco se halló ra- 
zón de nada. 

Quedó don Cotaldo con esto el hombre más co- 
rrido y afrentado del orbe, j don Femando el 
' más arerf^onzado de la tierra, tanto, que de pena 
cayó enfermo en la cama. Pasáronse ocho días, 
en los cuales no se habló de otra cosa en la ciu- 
dad. Un día, al tiempo del anochecer, le arroja- 
ron á don Fernando un papel escrito de letra de 
doña Laura, por la ventana del aposento donda 
estaba; pnsiéronsele en las manos, y en él leyó 
estas rasonea: 

(Padre y sefier mío; coneideranáo que el estar 
casada contra mi gusto, no era vivir quieta vida 
sino penosa muerte, me determiné dejar vuestra 
caga, y en oompafiia de don Jerónimo Corella, 
hermano del que me dábadee por esposo centra 
mi voluntad, desde que llegó aquí libre de sa 
cautiverio, por un estrafio suceso comenzó á con- 
certar esto conmigo; yo le he pagado el socorro 
que me hizo de sacarme viva del fuego, en ele- 
girle por esposo, sabiendo que no sólo iguala las 
partes de su hermano, pero que las excede. Su- 
plicóos que lo tengáis por bien, y que nos ausen- 
temos de Valencia á Castilla.! 

Algún tanto se consoló don Fernando con la 
carta, viendo qne á ser esto verdad no era tanta 
la facilidad que juzgó de su hija, y qne había 
elegido más aventajado esposo de partes persona- 
les en don Jerónimo que no en el qne le daba, sí 

-■ Cocglc 



nocHKS Bs njiCKíí 267 

bien no era tan rioo en bienes de fortnna como 
don Gotaldo. Disimuló este ariao p»ra con loa 
criados, 7 no qoiso dar cuenta dello & don Ootat - 
do; más por él le hizo otro papel de dolía Laura, 
que Be escribió px consejo de don Jerónimo, an 
esposo, 7 se le echó con el mismo modo que & don 
Femando dentellas. Leyó el papel don Cotaldo, y 
viendo por él la determinación de doña Lanra, y 
haberle preferido á sn hermano, fué tanta la 
pena qae recibió, que dentro de dos noetes le 
hallaron muerto sns criados. 

Súpose Inego la desgracia y toda la ciudad 
jnzgó de la repentina muerte haber sido la causa 
el no haber tenido efecto su boda con la her- 
mosa dolía Lanra, de quien estaba tan enamo- 
rado. Esotro dla,dQspnés de hechas las exequias, 
llegó un religioso grave al virrey, y le hizo re- 
lación del casamiento de dofla Laura y don Jeró- 
nimo, por haberle dado cuenta & él los dos aman- 
tes dello; envió luego á llamar á don Femando 
Centellas, y dándole noticia del caso, le rogó los 
admitiese en bu gracia; pues con la muerte de 
don Ootaldo no tenia á quien dar satisfacción 
alguna desta determinación. Condescendió con 
esto don Femando, viendo cuan mejorada se ha- 
llaba su hija de esposo, ya heredado en el mayo- 
razgo de BU hermano, y no quieo decir al virrey 
cómo babia tenido aviso de su hija. Parecieron 
los dos amantes en el palacio del virrey, donde 
con gneto de toda la ciudad, que quería muy 

'■ Coi«lc 



28B CASTa.to solókzaho 

bien & don Jerómmo, lea dio las ntvioe el arzo- 
bispo que se halló presente; desde allí con gran- 
de acompañamiento loe llevA don Fernando & aa. 
casa, doade vivió en bd compañía algnnos años, 
y después de sus dfaB gozaron Bn moyorazgo coa 
hijos que les sucodieroD. 

Alabaron todos & don Ugo lo bien razonado d« 
aa novela, d&ndole laa gracias de haberles entre- 
tenido. Oyóse laego el juego de los violonas qud 
previno atención para ver una lucida máscara de 
dooe caballeros muy bizarros vestidos en trajes 
de diferentes naciones. Danzaron todoB gallarda- 
mente, y lo bastante para pasar bien aquella 
noche. Aoabada la máscara todos se despidieron 
de don Oastón y suB hijas y se fueron & sus casas 
Qon deseo de volver la siguiente noche. 



'-«^i|§t«^ 



i;. Gnoi^lu 



******************************** 



Noche cuarta. 



Los últimos bostezos de luz daba el luminoso 
planeta, en los márgenes del Océano^ para dar 
fin al día, y principio á so luciente salida en el 
antartico polo, cuando la noche, ctdjriendo de 
OBcnras sombras la tierra, la dejó llena dehorror, 
si el octavo cielo para sn consaelo no manifes- 
tara BUS lucidos diamantes, piezas de la recámara 
de Apolo, pues de sn hermosa luz les daba el ser 
qne tenían. En este tiempo los caballeros y da- 
mas de la entretenida congregación de don 
Gastón, acudieron á su casa én la última tiesta 
de las Fascnas. Todos, por no perder tiempo, 
ocuparon sus asientos, y los músicos, avisados 
que dieran principio & la fiesta de aquella noche, 
cantaron asfi 

•Alegría de las selvas, 
breve inatramento de plama, 
qne á ser liaonja del campo 
tantas auroras madruga. 



,;. Google 



270 CASTILLO soliJezako 



Celoso cantor y amante 
las amenidades buaca; 
que poco adora la caaaa 
quien del efeto se burla. 

Si lo dulce de tu canto 
quejas de agravios pronuncia, 
cerca espera su consuelo, 
quien divertirle procura. 

Haciendo al dolor lisonja» 
pones tu fineza en duda: 
ajeno estás de la pena 
pues no la tienes por tuya. 

Si el peso de tu cuidado 
con alivios disimulas, 
jquó aguardas de la esperanza 
pues sin mMitos la fnadasP> 

Esto & un dulce ruiseñor 
lo hermosa Laura le aoasft; 
y aaí prosigas cantando 
é, las asirás, que la escuchan. 

•Pajarillo, que en selvas amenas 
los cdmpos te escuchan amante y oantor, 
bate, bate las alas, suspende la roe; 
porqae en vano acredita sus penas 
quien lisonjas previene al dolor. 

De crédito vire ajena 
la pena que explica el canto, 
ai aolamonte es el llanto 
intérprete de la pena, 
tu misma acción te condena, 
pajarillo adulador 
bate, bate las ala',> efe. 



..Go<,glc 



271 



Tono y letra dio gasto & los oyentes; y para 
tenerle mus sazonado, dieron atención á la her- 
mosa doña Lucrecia, bizarra dama, y sobrina de 
don Gastón, la cual, ocupando el asiento en el 
estrado de las damas, se&alado para las que no- 
velaban, habiéndose sosegado nn pooo, cuando 
todas la prestaban silencio, le rompió con esta 
novela, qne refirió con mucha gracia: 



s^gpf 



,;. Google 



i;. Cogiílu 



El pronóstico cumplido 



A dor Oaspar de Socafu.1 y Bou, Conde de 
Mbatera, y señor de la Baronía de Vet&ra. 

IriHTAitoil los antignaB en la portada del alcá- 
zar de Atenaa las tres Gracias, según afirma Paa- 
sanias. Estaban deenndas, con anos velos, la 
maTor, qoe llamaron Egle, cod el rostro cabierto 
del todo, sigDÍficaado que e! favor que liaoe le 
coaita; la segunda, nombrada Eufroaina, tenía 
sólo medio rostro cabierto, dando á entender qae 
lo descabierto manifiesta recibo del favor, pero 
no la retribnoión délj la tercera, qne intitularon 
Talia, tiene el rostro patente, porque quien re- 
cibe sin retribación ha de manifestar la dádiva, 
7 publicarla. Y. S. simboliza con la primera, 
pues en sn generosidad be hallado favores sin 
manifestaciún dellos de sa parte, y admito la se- 
gunda, poes con el medio rostro onbíerto mani- 
fiesto el recibo del don, y oculto la retribacíóo; 

NOCHU DB rLAClR 18 

'■ Colóle 



27Í 



en el quo á V. 3. ofrezco, por indigno de llegar 
á sus manos, tenga de disculpa ser maestra de 
volontad, sino de la erudición, y baile el amparo 
qne deseo en Y. S. ¿ quien guarde Dios mnolios 
anos. 

Servidor de V. S., 

D. Alokso de Castuxo Solóbzamo. 



,;. Google 



NOCHIS DB PLAC^X 



NOVELA SÉPTIMA 



En la insigne y antigua oíudAd de Veneoia, 
nobilisima Bepúblioa de la Europa, habla un 
magnifico ciudadano, ouyo nombre era Fabricio, 
de quisa aquel prudente Senado hacía siempre 
mucha eatimación por su prudencia y virtud; 
tanto, que en todas las ocaeiones de más im- 
^rtancia que & la Bepública se le ofrecía para 
sus embajadas, era la persona de quien siempre 
haofa elección, sabiendo cuan buena cuenta daba 
de todo. 

Estaba casado Fabricio oon ana sefiora de lo 
principal de Veneoia, llamada Camila, & quien 
amaba extrafiamente, y no tenía, en seis allos 
que era casado con ella, hijos que le hereda- 
sen muchos bienes de fortuna, de que estaban 
prósperos. Sucedió encargarle el Senado ¿ Fa- 
bricio nna embajada al Emperador de Alema- 
nia, en la cual se dstavo por tiempo de medio 
a&o, mny contra su volontad, porque eu este 
-tiempo, le había avisado su esposa como estaba 
prefiada; concluyó con sn embajada y volvió é. su 
patria, donde fué alegremente recibido de Ca- 
mila, holgándose sumamente de verla tan en días 



'■ Colóle 



276 CASTILLO SOLÓeZANO 

dfl parir, el cnal porto fué más presto que se 
pensó, porqae de allí á quince días que Fabricio 
llegó & Yenecia, parió an niño, qae las comadres 
díjeroa aer de siete meses. 

fTo sa puede encarecer el contento qae Fa- 
brício recibió, con el nnevo heredero que le 
Labia nacido. Paaiéronle por nombre Sütío, y 
hubo grande fiesta el día de sn bautismo, entre 
sna parientes y amigos. Fué crecienda el mocha- 
clio basta la edad de dieciocho aBos, saliendo con- 
sumado en las gracias, asi adquiridas como nata- 
rales, con lo cual ora bies querido de todos. 

Sucedió, pues, que á la Bepáblica se 1« ofre- 
ció toner un negocio de ooneideración en la isla 
de Chipre, para el cual se yalieron, como otras 
veces, de la persona de Fabricio, y ael se le en- 
cargaron. Partió luego & servir al Senado, yquiso 
en esta jomada que Sütío, su hijo, le aoompa- 
Hase, yannque se le hieo de mal & su madre, hubo 
de llev&raele consigo. Llegaron á desembarcar á 
Chipre coa buen tiempo, donde Fabricio otHnenzó 
i tratar del negocio á que iba oon macha diligm- 
cia, por darle presto fin; pero no fué como se pensó, 
porque tenia algunas dificultades en él que alla- 
nar, y asi, le hizo detener allí algún tiempo. 
Aguardábase para su áltimo despacho, que tí- 
niese nn personaje que estaba ausente, y esperá- 
banle dentro de dios dias. 

En este tiempo que había de estar ocioso Fa- 
bricio, oyendo la fama de un grande astrólogo y 

'■ Coi«lc ■ 



MOCHKS DB FLACBK 277 

>, que habitaba cuatro milIaB de la ciudad 
de Nioosia, donde estaba, qaiso verse con él, 
para que hiciese jaicio sobre el nacimiento de 
Silvio, sa hijo, por saber qnéhabla de ser: si 
bahía de tener feliz snerte en casarse, 6 qa¿ fin 
le pronosticaba sa hado (coaa que dicen que por 
oienoía se sabe, aunque yo so hallo certidambre 
desto). Partiéronse padre é hip i verse con el 
m&gioo Navateo (que éste era su nombre), el 
oual tenía su morada al pie de un alto monte; 
enalbase i ella por la boca de una estrecha cue- 
va, donde los dos se apearon. Entrando dentro, i 
cosa de nnos treinta pasos que tuvieron andados, 
halláronse junto á una puerta, la cual estaba ce- 
rrada (esto pudieron ver con la poca luz que lea 
comunicaba la entrada de la grata); buscaron al- 
daba con qne llamar, ; al tiempo que oon ella 
iban & batir en la puerta, el mismo movimiento 
della ocasionó el de tocarse dentro nna campana 
que les admiró, conociendo qne aqnélla era sefial 
para dar á entender qne estaban allí. Un rato se 
estuvieron aguardando, y al cabo del fué abierta 
la puerta. Entraron los dos en un patio cuadra- 
do, adornado de hermosos mármoles 7 enlosado 
de losas de variado jaspe. Lo qne más les admi- 
ró fué, que al punto que entraron allí y se cerró 
la pnerta, se hallaron coa luz en cielo abierto, 
sin saber por donde padie&ea haber salido á tal 
claridad. Estando, pues, en esta saspension, de 
nna puerta que estaba eafreate por donde habíaa 

'■ Coi«lc 



entrado, vieron salir na hombre de anoiana edad 
y venerable presencia, vestido nna ropa qa« le 
llegaba basta el sneio, arrimado el cansado 
cuerpo ¿ irn b&oulo; salió con tardos pasos i. reci- 
bir & padre y & bijo, y mostrándoles afable ros- 
tro, les dijo; 

— Sean bien venidos los señores Fabrioio y ' 
Silvio á esta solitaria morada mía. 

Los dos sefiores le saludaron cortéemento, y 
entrándoles en nna espaciosa cuadra (eatndío 
del docto mágico) tomaron én ella asientos, ad- 
mirados padre é hijo de ver la cantidad de libros 
qne en ella tenia, con tan oariosa orden puestos. 
Después de haber Fabricio pregnntádola por sa 
ealnd al mágico, le dijo estas razoiies: 

— La gran'fama (¡oh, doctísimo ^Navateo!) qne 
de ta gran saber hay, no sólo en esta tierra, ñus 
en todo el orbe, me trae á tu presencia venera- 
ble, coa quien me be alegrado tanto, que no te lo 
pnedo encarecer con razones; la causa porque he 
venido aqui (annqne es excusado el darte cuesta 
della, pnes por tn ciencia no la ignoras) te quiero 
decir. Cuan propio sea de los padres desear e! 
aumento de sus hijos y el acertar sus empleos, 
no se te hará extraño. Yo deseo el de Silvio oon 
tanto afecto, qae m« ha obligado á venirte á con- 
sultarlo contigo, y así, te suplico te eirras de 
mirar con cuidado qué empleo tendrá este joven, 
y si le pronostica su estrella feliz dicha en su 
vida. 



.Cocglc 



NOCKIS DB FLACBR 279 

Acabó en esto sa plática Fabricío, 7 & ella le 
reepondió el mágico: 

— fntden teFabrício:desd«qtte de la ciudad 3a^ 
liste & verme pOr mi ciencia, aupe el cuidado que 
te.traíaá oats, soledad; conozco que ea propio de 
Im padree inquirir por el nacimiento á bus htjoB, 
qué suceeo les espera^ qaé empleo les aguarda y 
qué felicidad ó suerte ban de tenar. Poco estudio 
me hadeoostar ahora lo .queden otra ocasión ten- 
go visto; pero con todo, te ruego que en ese jar- 
dín te entretengas un rato con tu bijo, en tanto 
que acabo de ver un libro sobre lo que me pides. 

Salieron Fabricio y Silvio á un ameno jardín, 
en quien vieren tanta cantidad de ñores y tanta 
variedad de aves que les suspendió la bermosa- 
ra de las unas 7 la sn&ve armenia de los otras. 
Sin esto habla artificiosas fuentes que hacían 
más amena aquella apacible estuicía. Después 
que por ella se hubieron recreado un rato, fue- 
ron llamados de Navateo. Entraron donde esta- 
ba, 7 volviendo ¿ ociq)ar sus asientos, el anciauo 
mágico les habló desta suerte: 

— Habiendo ' visto- con cuidado el nacimiento 
deste joven, aún antes de ahora, hallo por mi 
ciencia que loa astros le pronostican tan feliz di- 
cha, que puesto en una alta dignidad (qoe uo me 
es permitido decir) oa veréis humillado á bus 
piWi respetándole y aun oasi dándole un género 
de adoraoiéu', y él pasará por ello por respeto 
del estado en que se ha de ver; esto es lo que os 



-■ Cocglc 



290 CASTILLO soliSbeamo 

puedo asegurar, segúa hallo por mí ciencia que 
pasará así. 

Coa esto dejaron la presencia del anciano Na- 
vateo, yendo Fabrioio may poco gastoso eco el 
▼aticinio del mágico por pareoerle qne Silvio ae 
hftbía de dejar hacer samisiones de ,aa padre. Sn 
bieron á caballo Tolvi^ndose & la ciudad y ea 
todo el camino no babl¿ Fabricio palabra alguna 
i sa hijo; tan metido iba en sus pensamientos, 
cosa qne admiró extrañamente á SíItío, conside- 
rando cu&n diferente efecto había cansado en el 
semblante de en padre su pronosticada dicha por 
el mágico, cosa que antes le había de dar soma 
alegría y contento de sne aamentos; llegaron í la 
ciudad donde con brevedad concluyó Fabrioio el 
negocio que se le había encomendado, y embar- 
cándose para Yenecía, nnnca Fabricío mostró el 
rostro alegre á su hijo. Desde que oonsoltó al má- 
gico, tanta pena le dio an pronóstico, que cad» 
día se le despedazaba el corasón de envidia de 
ver qne sa hijo habla de llegar & mandarle á él; 
con lo cual apretado desta imaginación, se deter- 
minó á una de las mayores cmeldades que en his- 
toria alguna se ha visto escrita, y fu¿ quitar la 
vida á BU hijo arrojándole en el mar. Halló opor- 
tuna ocasión & su deseo, y fué que habiéndose le- 
vantado tormenta, de suerte que ya á los mari- 
neros les ponía en cuidado, Fabricio, por perder 
el suyo entre él y un criado (sabedor de su cruel 
intento) en medio de la confusión de la tormén- 



'■ Colóle 



NOCHES DB PLACEK 381 

ta, se sbraE^ron con el inocente SUtío y dieron 
con él en el mar. diciendo & loa de Ib nevé haber 
¿I por desgracia caldo, disimnlando la traioiÓB 
el cmel Fabricio con el ñngido llanto que hacia 
por Silvio. 

Era el jotmi animoso, y sobre todo, gran nada- 
dor; TÍ4 la mnerte cercana, y mostrando esfo^er- 
zo comenaó á luchar con U fortalesa de las olas 
por espacio de nna hora larga. En este tiempo, 
de haber aligerado alguna nave qne padecía ries- 
go, venían unas cajas por el mar, lo cual, visto 
por el nanfragante Silvio, procuró asirse á una, 
sobre la cual, con m&s alivio, podo resistir el Ím- 
petu de las olas algún tiempo, hasta qne apiada- 
do el cielo, que á nadie desampara, calmaron los 
encontrados vientos y sosegaron las aguas. Pa- 
sa'ba en este tiempo^ un navio que caminaba & Si- 
cilia con gente de aquel reino, y viendo al pobre 
Silvio abrazado con su caja, arrojaron el esquife 
en qne le salvaron, metiendo en ¿1 la caja en que 
se habla soBtentedo. Ce las astas del esquife la 
pasaron ¿ la nave, donde tos compadecidos na- 
vegantes le recibieron lastim«dos de su trabajo. 
Desnudáronle los vestidos que traía y acomodán- 
dole en ana cama, podo en ella repararse en 
dos dias del dafio recibido, pero no despedir de 
si la tristeza de acordarse de la gran crueldad 
qne su padre habla usado con él, sin penetrar el 
fundamento que hubiese tenido. Faéle prei^nn- 
tado á Silvio por el capitán de la nave de quó 

-■ Cocglc 



282 CASTILLO SOLÓKZANO 

paia era, y él le dijo ser msrcader alemán, que 
TÍni«klo d« la isla de Caadia sa le había ido & 
pique una cave en qiie venía, y que él sólo bq 
habla ealvado de todoa los que le acompasaban, 
en aquella caja de mercaderías suyas, habiendo 
perdido. MI la mar grande santidad de hacienda. 
Cooaolóle el capitán, ofreciéndosele en lo que tu- 
viese necesidad, lo cual le agradeció Silvio ma- 
cho. Allí lo dijo como aquella nave iba á la vnel- 
ta de Sicilia, de donde eran naturales. Mucho ee 
consoló Silvio de que al cabo de suA' naufragios 
hubiese dado en manca de grate de su ley, y no 
en las de corsarios turcos enemigca deüa. 

Con el próspero tiempo que les hizo, llegó la 
nave al puerto de Mesina, donde desembarcó 
toda la gente della, alegre de haber aalida de loa 
peligros del mar. Supieron luego como el rey de 
Sicilia, Bugero (que así era su nombre) tenía 
guerra con el rey Carlos de Nápolea, el cual ha- 
bla con gente venido á Sicilia con ánimo de con- 
quistar para si aquel reino, diciendo pertene* 
cerle á él. Estaban, pues, los dos ejércitos cérea 
de la ciudikd d« Falermo (metrópoli de aquel rei- 
no),_casi á la vista uno de otro, esperando coda 
día darse campal batalla, asistiendo alli Boa dos 
reyes, con toda la nobleza de los dos reinos. 

Cnando lascosasdeSioilia estaban en este esta- 
do, llegó á tomar tierra la nave en que el naufra- 
gante Silvio venía, el oual tomó particular amis- 
tad con el piloto della, que era casado en Mesi- 



Coi«lc 



na. Este le lleva por huésped á sa casa, á donde 
fué muy agasajado de sn mujer y dos hijas que 
tenia, & quien contó el peligroso trance en que 
le bat>íaa hallado, cuya relación enterneció ^o 
poco Idb pechos de las piadosas mujeres, porque 
Silvio era de hermoso rostro y áe gentil disposi- 
oi¿D, tanto, que se llevaba las voluntades de to- 
dos cuantos le trataban y consideraban que esta 
juventud se malograba en el hondo abismo del 
mar, & no haber llegado tan á buen tiempo el so- 
corro. 

lilevó Silvio la caja que le habla sido de 
alivio en el mar i casa del piloto, sin haber teñí- 
do lugar hasta entonces de haberla abierto para 
s^ber lo que sn ella traia, y un día que se halló 
solo en casa, tomando un martillo, rompió la ce- 
rradura della, abriéndola; así como quitó la cu- 
bierta de encima, j luego uaoe paños que había, 
le dej¿ atónito j espantado lo que eu ella vio, 
porque todo cuanto encerrado en ella estaba, era 
una suma cantidad de ñnisimas piedras precio* 
sas y de orientales perlas, de suerte que valia 
grandísima cantidad de dinero todo. De grande 
consuelo le fa4 esta impensada ventura & Silvio, 
viendo que con ella podía pasarlo bien en ajena 
tierra, ya que el rigor de su padre la desterraba 
de BU patria, al cual es justo que volvamos, que 
llegó & Yenecia con más buen temporal que me- 
recía. 

fué recibido de su esposa alegremente, mas 

-■ Coi«l. 



284' cASTiL,Lo soLÓKZAiro 

como no le viese venir con su hijo, le preguntó 
may asastada por él. El canto y dieimnlado 
Fabrício, con fingido llanto, la hizo ana falaa re- 
lacidn de sn mnerte, diciéndola haber caído en el 
mar, en medio de lo más forioBO de la tormenta. 
Lo qne la pobre madre sintió no ae pnede exage- 
rar con razones; sólo diré qne en muchos dias no 
se enjngaron sus ojos, llorando la pérdida de su 
querido Silvio, el cual, con el impensado tesoro de 
su casa, vivía consolado. En primero lugar quiso 
agradecer á su huésped el buen acogimiento qua 
le había hecho, y así, le dio de aquellas piedras y 
perlas, lo bastante para que con su valor dejase 
el peligroso oñcio de piloto, teniendo caudal para 
tratar en mercancía á pie quedo, sin volver más 
al peligro del mar. 

Era, pues, tan inteligente Marcelo (que asi se 
llamaba), que en pocos días hizo despachar á 
Silvio, su huésped, aquella cantidad de piedras 
y perlas, de que hizo mucho dinero, con el cual 
tomó casa en Uesina y recibió criados, portán- 
dose eñ la ciudad autorizadamente, con que en 
breve tuvo muchos caballeros por amigos, siem- 
pre diciendo ser nn caballero alemán y negando 
su patria, y esto lo pudo muy bien fingir, porque 
entre las gracias que tenía, era una el ser muy 
diestro en hablar seis lenguas, y entre ellas la 
alemana. 

£1 suceso de la guerra corría mal por parte del 
siciliano rey, habiendo en una escaramus» perdi- 

-■ C'>'«l'^ 



domaolu gente, y hallábase falto della y de di- 
BBTO, obligándole esto 4 pedir cierto tribnto por 
BOBoiud&des, 7, animismo, & mandar que se hiciese 
guLte. Llegóse con este mandato á Mesina, ofr&' 
cieodo los particulares de sus haciendas lo qae 
podltuijTÍno estoen ocasión,qiie en ella quiso Sil- 
vio mostrar sa generoso ¿nimo, y asi, entre laa 
ofertas qne al rey lé hicieron, fué la saya de 
60.000 escudos, cosa qne admiró á los sicilianos 
macho, jasgando que quien esta cantidad daba, 
serla riquísimo hombre. Bien serian 200.000 
escudos los que había hecho Silvio de la caja 
hallada en la mar; y asi, con los que le queda- 
ban, qniso hacer otro nuevo servicio al rey, y 
fn¿, que tomando por su cuesta el levantar 
gente con el macho dinero que gastaba, pudo en 
breve de Mesina y de los paeblos couvecinos, 
hacer ana compa&ia de quinientos hombres, de 
los cuales (lucidamente vestidos á su costa y 
mejor pagadoe) se hizo capit&n, y con ellos par- 
tía donde estaba el rey con su ejército. Ya le 
habían escrito el servicio que Silvio le habia he- 
eho, corriendo la fama del rico alemán, qae así 
le llamaban por todo el ejército, pues con su dá- 
diva fué casi todo socorrido en la necesidad en 
que estaba, con lo cual, y saber el rey la gente 
que le llevaba, estaba deseosísimo de conocer á 
tal hombre. Llegó, pues, con bu lacída oompafLía 
a\ ejóroito, y habiendo dado muestra de sus lu- 
cidos soldados, fué á besar la mano al rey, que 



-■ Coi«lc 



SOLÓKZANO 



le recibió con macho gasto, haciéndole machos 
favores y honras. Alojóae aqoella gente, y ¿ Sil- 
vio le mandó el rey dar muy buen 'alojamiento. 
Dentro de dos días, entre los dos campos se mo- 
vió nna eBcaramnza, y fnéee encendiendo, de 
Bnertfl qae casi llegaron á rompimiento; acudie- 
ron los dos reyes á. esforzar ana soldados, y el si- 
ciliano metióse m&s de lo qne debiera en lo peli- 
groso de la batalla, de suerte que le mataron el 
caballo y se halló & pie, cercado de aas enemigos 
y con macho riesgo de la vida. 

Este día, qne era el primero en que Silvio asaba 
las armas, quiso dar maestras dé su valor, y 
en nn poderoso y ligero caballo, discurrió por Ío 
más peligroso de la batalla, dando la maerte & 
muchos enemigos. Sucedió llegar en 1& ocasiiki 
que vi6 al rey en el peligro referido, y hacién- 
dole lugar á fuerza de sus golpes, pudo llegar & 
tiempo, qne apeándose de eu caballo, puso al rey 
en él, diciéndole: 

— Vuestra Majestad se procure salvar, qne es 
lo que & todos nos importa. 

Reconoció el rey quién le hacía tan gran ser- 
vicio, y dando de las espuelas a! caballo, llegó 
donde sa gente estaba, á quien dio caenta del 
peligro en que 6. Silvio habla dejado. Acudieron 
aHá tres compañías de caballos; maa cuando lle- 
garon, ya el esforzado joven había iquitado & ca- 
chilladas & un príncipe napolitano su caballo, ; 
en él venía, haciendo ancha calle por donde pa- 



-■ Cocglc 



MOCHES DB PLACER 287 

saba. Esto era & tiempo qae el boI dejaba el he- 
misferio, con qno los dos campos se retiraron á 
sus cuarteles. 

Ko habia qnerido el rey desarmarse hasta sa- 
ber nuevas de Silvio, cosa qno dio no poca envi- 
dia á maelios caballeros, que eran sns validos. 
Llegó en esto Silvio acompa&ado de macha gen- 
te, con qaien el rey se alegró macho, echándole 
los brazos al cnetlo y diciéndole: 

— Bien sea venido el restanrador de mi vida, 
pues por sa esfuerzo tiene Sicilia hoy vivo & 
BU rey. 

Besóle la mano Silvio, y el rey le preguntó si 
venia herido; él le dijo que el, pero que con el 
gasto de haberle servido no sentia laa heridas: 

]ffandó el rey que luego se fuese á desean* 
sar, y que acudiesen á verle eas fíaioos y ci- 
rujanos, y le enrasen con mucho cuidado, como 
8Í fuera sa misma persona. Uno de los mayores 
aficionados qne tenía el valiente Bílvio , era el 
daqne de Calabria, hermana del rey, que era sa 
capitán general en sus ejéroitoa. Este le aendió 
& ver Inego, y asistió á sn onra hasta que le dejó 
BOMgado. En aquella escaramuza murió macha 
gente de la napolitana, con que se determinó la 
de Sioilia (alentada de la victoria) & darles de ' 
ahí á dos dlae otro rebato. Supo esto Silvio, 
y por ser las heridas que tenía de pooa con- 
sideración, no quiso dejar de hallarse en la ba- 
talla. 



'■ Colóle 



288 CASTILLO SOLÓBZANO 

Llegóse el tiempo della, y habiendo rompido 
loe dos ejércitos, como los napolitanos estaban 
amedrentados del día pasado, presto faeron des- 
baratadas de los contrarios, haciéndoles volver 
las espaldas. Este día se sefialó masho m&s Sil- 
vio, paes hallándose en ocasión de llegar jonto 
al rey de Ñápales, le pado prender por sn perso- 
na, á costa de algunas heridas qae en el trance 
recibió; mas al ño, él fné poderoso & llevarle á la 
tienda del rey de Sicilia, i, pesar de sus soldados, 
donde le tnvo hasta qne el rey Uegó, sabiendo ya 
el buen suceso de la guerra con la prisión de su 
contrario. 

Apeóse el rey, y halló al de N&poles sentado at 
nna silla, y cerca del al vaUente Silvio con otros 
caballeros. Levantóse á recibir al siciliano, el 
anal le abrazó con rostro afable, diciéndole: 

— Vuestra alteza lleve este golpe de fortnna 
con el valor y prudencia de que es dotado, y está 
cierto que su arrogancia le ha puesto en este es- 
tado, pues estando yo quieto en mi reino, quiso 
venir con demasiada ambición & tiranizármela, 
y hale salido muy al revés su intento. Mas por- 
que á los afligidos no se les debe dar más añic- 
ción de la que tienen, lo que le suplico es qne 
descanse y se sosiegue, y crea que no está como 
prisionero en mi poder, sino como-dueilo y señor 
de todos. 

Agradeció el napolitano con corteses rasoDea 
las que oía al de Sicilia, y porque Silvio no qne- 



-■ Coi«lc 



dftse BÍn el preitüo debido de sn h&EaO», le 
abrftzú el rey muchafl veces, levantándole de sus 
pies con un tftalo qne le dio de marqnéa en sa 
Taino, cosa' qne & todos les pareció bien, y al mis- 
mo rey de N&poles qne alabó el esFaer^o y reso- 
lacÜD qne tavo Silvio en prendarle. Ea rato le 
enrió á qoe se cnraae, y siendo liora de cenar lee 
dieron i los dos reyes la cena en aqaella tienda, 
taiiendo en la mesa el de N&polea el majar Ingar. 
Aoabada la cena, el de Sicilia dejó allí' i sn pci- 
■ionero alojado con sas caballeros de la cimera, 
qne se bascaron para qne le sirviesen, y con 
buena gnarda afuera, y él se fnó ¿ la tienda da 
eu hermano, el duqtto de Calabria, donde posó 
aquella noobe. 

Con la prisión del rey de N&polea se acabó Ja 
^erra, y ¿1 Fué llevado i la cenote, que estaba en 
la ciudad de Palarmo, mandando 6. an ejército 
^e diese la vaelta k N&poles. Tenía el rey de 
Sicilia ana bija; y porque las paces se efectuasen 
* «ntre los doanyes, la pidió por mujer, el de Ña- 
póles. Efeotuártinse las bodas, haciéndose gran- 
des fiestas de jastas, torneos y máscaras, en las 
anales siempre Silvio aventajiS & todosóon macba 
gata, siendo esto cansa de ser muy bien recibido 
en la corte de todos, en partioalar era grande la 
privanza que tenia' con el rey, habiéndole hecho 
gentil hombre de su c&mara, y dado machas ayu- 
das de costa, cosa que él no habla mucho menes- 
ter por estar rico del marítimo tesoro de la caja. 

NOCHKS l.í PLACFR 1» 



290 CASTILLO SOLÓUAHO 

Como el marqaéa Silvio continakse mnolio en 
la casa del daqne de Calabria, la hennoaaDiaaa, 
única hija saya, puso loa ojos en él, de suerte 
ine el ni&o amor la aprieionó con fuertes vinctt- 
los de voluntad', que de alli adeluite mostró 
tener á Silvio. Esto procuró dárselo á entender 
nn dia que viniendo ¿ visitar al duque, su padre, 
no le halló en casa y la dama le recibió por él la 
visita. AUi, en las demostraciones, conoció Silvio 
ser amado de ella, y aunque su grande hermosu- 
ra le convidaba & tener amor , el conocerse tan 
inferior & hija de tan gran sellor, le daba enco- 
gimiento para no darse por entendido, cosa qas 
Diana en varias ocasiones que se vio con él lo 
sintió mucho. 

Diapisose la partida del rey de Ñipóles á su 
reino, llevándose á su esposa; pero fué ton des- 
graciada que antea de llegar á Ñapóles enfermó 
de una peligrosa enfermedad que dio fin á bu 
vida, sirviéndoles asi á su esposo, como á sn pa- 
dre, de gran desconsuelo esta pérdida, tcmto, qae 
acabó en breve con los días del anciano rey. No 
tenia otro heredero sino ¿ sn hermano el duque 
de Calalxia, y así luego que las exequias fueron 
hechas, le juraron por" rey con mucho gusto de 
los sicilianos, que era bien querido de todos. No 
por verse Diana princesa de Sioiiia, y heredera 
de aqnd estado (por ao tener el duque esperan- 
aaa de tener m&s hijos) se le enfrió el amor qae 
al marqués Silvio tenia; antea con mayores veras 

-■ Cocglc 



d«Beaba que aÍD empaoho la BirrisM, mis ¿I, oo- 
aooiando la desigualdad de los dos, nnnca so 
atrevió á esto, si bitii la amaba tiernamente. 

Turo el saero rey, en tiempo que ei» dnciae, 
oiertOB enooentroa coa el marqnis Amesto, tm 
Mflor rico & quien trató mal de palabra, y 41 es- 
tuvo mnohos días aaseata de Siollia por iBeto-, 
mk» deapséa volvió á sn estado, y retirado en él, 
siempre tnvo recieate este agravio, deseoso de 
vengarse, pero viendo ya rey al que era dnqoe, le 
tenia temeroso, para emprender su venganza, 
hasta que otro título deudo suyo, también quejo- 
so del rey, le alentó, y dio ánimo para que del se 
veagasea. los dos, carteándose con el rey de 
f rancia, y ofreciéndole que si eran del honrados 
y preíerides 4 todos los caballeros de Sicilia, le 
darían esta reino en las manos, con muerte do 
sus reyaa y príncipes. Aceptó el francés este 
ofreoiniiento por lo bien qae le estaba, y así fue- 
ron disponióadose las cosas para el efecto. 

Lo qae pretendían era hacer una mina que vi- 
nieaeádar debajo del cuarto del rey, y volarle ana 
noche con pólvora, y asi en una parte de nn maro 
(oimiento qae era de ana torre de aqael suntooao 
edificio). Conxeiuaron á media noche su obra, pro- 
siguiéndola siempre á esta hora, hasta ceroa de 
la mafiMM, valiéndosa los autores della, de vaaa- 
lloa suyos, de quien fiaron el secreto de cosa de 
tanta imp<»taocia. Bien habría un mea qae la 
obra se había comenzarlo y estaba ya tan en el 

^■-' Cooglc 



SOLÓKZANO 



fin, que puta de ahi & cuatro noches habla de sor- 
tir efecto aa maqoiaada traición. Snofldíó, pnM, 
que como la princesa Diana perssrerase en favo- 
recor al aurqnés Silvio, él habo de admirar esta 
dieiía y no- depreciarla, oonaiderando qtM oou 
menos partea y servicios qne loa sayos, otros se 
atrevieron ¿ este empleo, y qne pnes la fortnna 
se lo ofrecía, y el mágico de la Ifila de Chipre le 
había dicho que habla de verse en alto estado, 
qne sin dada por aqnel camino se le díeposia el 
cieio. Con esto comenzó k servir á Diana con 
mni;baa veras y no menor recato. Habíale la prin- 
cMa mandado ana noche (¿ la mitad de sa onrso/ 
acudir debajo de ana galería para hablar con él, 
y esto era hacía la parte donde se trabajaba en 
la mina. Llegó allí Silvio 6, deshora, despnéa de 
venir de hablar con Diana, y vió salir mucha 
gente por la boca de la mina, oosa qne aqas- 
lla hora la paso en gran cnidadA. Mesclóse entre 
la gante con disimulo, y oyó decir & ano dallos: 

— Paréceme qne qaeda bien aqnella mnnición 
en la forma qne se ha puesto. 

Keplicó otro: 

— Bien está asi; m&s présame qne .es poca y 
qui no haga el efecto qne se desea, qne para to- 
Inr una máquina tan grande como la*! ábriea des- 
te palacio, eS necesario más materia; bien aeré, 
d«:^i^ eso al marqués Ameeto máfiana para que 
él lo disponga de modo qae no le salga vana sn 
intención. 



-■ Cocglc 



— Qaede usi de aenerdo, dijo el segnndo, paes 
bay an dia enmedio antes d« llegar al se&alado; 
mala noche le espera al pobre rey. 

Ssto pudo oír Silvio, de doode infirió que el 
muqnés Aroeato (poco afecto al rey), le maqui- 
llaba, algnsa traición con alguna encubierta 
mina. Dajó. ir la gente, y disimuladamente se 
quedó solo encubierto de una esquina, haeta que 
los vio ir lejos de aquel puesto, con lo cual vol- 
vió Silvio á la parte doode habían salido y pudo 
reconocer, á la clara luz de la lona (que enton- 
ces salla), una boca de mina, que con unas pie- 
dras á sa medida estaba cubierta. 

Esto le bastó para confirmar su sospecha; fue- 
se í reoQger & su posada, durmiendo muy poco 
aquella noche, con el cuidado de ir á la ma&ana 
& dar cuenta al rey de lo que habla visto. Salió 
la blaoMi aurora, más perezosa que el gallardo 
Silvio quisiera, y habiéndoee vestido, fué & Pa- 
lacio, pidiendo licencia al rey para hablarle & 
solas. Dióiela, y víéndcae en su presencia, le 
hizo relación de lo que la noche pasada había 
viato, tomando primero la palabra al rey de que 
no le había de preguntar la causa de haberse 
hallado allí aquella hora. 

Admirado quedó el rey de lo que oía á Silvio; 
tanto, qué á no tener bastantes experiencias de 
BU fiel trato y verdad, preBumiera que le enga- 
ñaba; mas como esa noche, oon la evidencia que 
ofrecía ee había áe desenga&arí dióle crédito. 

'■ C'>"8l^ 



294 CASTILLO SOL¿HZAN* 

Aqael día pasó el rey retirado con Silvio en 
grandes discarsos sobre lo qoe se debía hacer. 

Volvamos al marqués Amesto, el coal, coom 
tenia dispaeeta la ejecnción de en alevosía pwa 
la seganda noohe, sa cómplice, y deudo euyoi 
habia dado aviso al francés, y agfj estaba agoar- 
dando la ocasión con gente; ésta tenía en gale- 
ras á la vista de Sicilia. 

Llegó la noche antea de la señalada, y en tíla 
qoiso el traidor Arnesto y sns conjnrados, ver la 
disposición que había ea la oculta mina, y así, i 
la media noche, acudió ¿ ella, donde halló su 
gente disponiendo de más munioión para tener 
m&s cierto el efecto. 

!No se descuidaba Silvio á este tiempo, porqne 
habiendo avisado al capitán de la guardia, jun- 
tando sos soldadoB con la mayor quietud que 
pudo, ilegó al puesto de la boca de la mina, cer* 
candóla, y estando todos en quieto silencio, vie- 
ron salir al marqués y su compafila, de dejar en 
orden au pólvora y barriles. Dejáronlos salir á 
todos por consejo de Silvio, y luego loa acome- 
tieron los soldados de la guarda. Como se halla- 
ron descuidados del da&o que les venia, tnrbé^ 
ronse de modo que fué fácil prender, ein de- 
rramamiento de sangre, al marqaés y á loB 
caballeros que le acompañaban en la traioióa. 
Fneron llevados á nna torre, donde los cargaron 
de prisiones, dejándolos con guardas de vista. 
La demás gente que trabajó se puso en osouroi 



-■ Cocglc 



calabozos, 7 ésto heoho, faé SÍItío á dftr cuenta 
ftt rey de todo, el coal se qaeá¿ suspenso viendo 
onán notable traición le armaba, ycain cercana 
tenia sa muerte si no fuera por Silvio, & quien 
agradeció con mneatrae de grande amor el ser- 
vicio que le había bocho; junto con este agrade- 
cimiento le vino el premio, pues de allí adelante 
faé Silvio la segunda persona del rey, y por cuya 
mano corrían las cossoltas y todos los negocios 
del reino. 

Para mis jastifícación de parte del rey, en el 
cargo que se le baoia al marqués Amesto y cóm- 
plices, quiso él mismo en persona bajar & ver tá 
mina, en la cual reconoció toda la monición de 
pólvora y barriles que tenía para volar el Keal 
palacio, siéndoles á muchas personas manifiesto; 
sobre lo cual, con este indicio tan claro, se die- 
ron tonnento & los qne trabajaban ec la obra, en 
los cuales confesaron de plano haber acudido & 
ella por mandato del marqués, y pagidoles sa 
trabajo; y, asimismo, declararon para el fin que 
hablan oído que se hacia, que era para volar el 
Keal palacio la siguiente noche y dar muerte al 
rey y & la princesa. Con esta confesión salió la 
sentencia contra el marqués, qne fué mandarle 
cortar la cabeza como traidor, y, asimismo, & sus 
cómplices. Esto se ejecutó de ahí á cuatro días, 
en la plaza de la ciudad de Falermo, quedando 
los estados del marqués y haciendas de losdemis, 
confiscados para la B«al corona, todo lo cual fué 

'■ C'>"8l^ 



296 CAsrnio soLÓRtAKo 

di^ & Silvio ooa titulo de Grande del reino, con 
qoe quedó poderosísimo principe y la primera 
persona de.Sioilia. 

Algunos deudos del marqués quisieron hassr 
Gonjoracién contra el rey; mas é), que tnvo aviso 
desto, presto fué al remedio con la bue;ia dili- 
gencia de Silvio, prendiendo i los sospechoeos 
en diversas fortalezas del reino. Con esto ae ase- 
guré deste peligro, por donde so^Iiíeo temido el 
rey y respetado de sus vasallos. Pasaban adelan- 
te los amores de la princesa y de Silvio con .mu- 
cho secreto, cuando el cielo determinó d^r fin & 
los dias del rey con nna grave enfermedad. q«e le 
vino, con la. cual, viéndose en el último término 
da su vida, llamó & su hija y df]ole estas ra- 
zones: 

— Amada y querida Diana: el cielo dispone 
que yo rinda, e) feudo que los mortales, con esta 
vida, que & todos les es prestada. Bien qujaieía 
que esta fatal vida se dilatara nn aOo, siquiera 
para que en él te diera esposo & tu gasto y como 
mereces; mas pues mi fln se apresura, he.iOOJifli- 
derado (temiéndome de alguna novedad en el 
reino con la muerte del traidor mai:qués.Aini£ato) 
que bsi para tu empleo como para defensa desta 
tierra, ningún esposo puedo al , presente darte de 
más valor y partea que el marqués Silvio, .pues 
en él concurren toda? las que un perfQoto firin^ 
cipe puede tener. Bien coupzco que en sangre no 
te iguala, pero no es el hombre primero .i^ub por 



'■ Colóle 



NOCHES T>E PUACKB 997 

sa valor se hft hecho mouBroa en el mundo, qne 
tu historiftB remos llenftB de ejemplos, en qne 
maettran habet subido humildes hombres, con el 
valor de las armas j virtud de sns costumbres, & 
tales dignidades. Yo espero de Silvio, que recono- 
cido del bien qne le viene con este empleo, sábrA 
siempre respetarte y darte la debida estimacida 
c|ae i. qnien eres se debe. 

Aguardó el rey la respuesta de sithija, la cual 
fn6 breve y compendiosa, unes no dijo mis de 
que ella estuvo siempre subordinada á su volun- 
tad, 7 que así- pod^ disponer delta como fneae 
servido. Abrazóla el rey, y- ella le besó la mano*, 
muido luego que le Ubmasen i. los ancianos ca- 
balleros de sn Consejo de estado, y estando en su 
presencia, en breves raEones les dió-parta de sn 
voluntad, y llamando & Silvio en preímcia do 
todos, mandó que diese la mano & la princesa. 
Estaba alli el arBobÍ3po de Falermo, que era uno 
de los del Gqnsejo de estado, el cual celebró el 
«oQSoroio, quedando Silvio y Diana desp<»adoa, 
y con si' contento que podéis pensar. I¡se día mu- 
rió el rey, y ea los nueve siguientes se le hicieron 
las exequias, despnós de las cuales, Silvio fué ju- 
rado por el tky de Sicilia con grande solemnidad, 
haciendo aqQel día muchas mercedes i todos. 

Oonteatoy alegre viviaisnlaenpremadignidad 
de rey, alcanzada por. su valor y partes, y oam- 
plido el pronóstico del m&gico de Chipre, cuando 
ea Veneoía hnbo aquel año grande esterilidad de 



L,„-..u,.C00>^lc 



CASTiLLO SOLÓ^tZANO 



ti'igo, de snerte que la Bepública se vio engrande 
apretara, y para remedio desto, nombró ¿ f a^ 
bríoio, padre de Silvio, que en nombre del Se- 
nado, jr con comÍ3Í¿n Buya, faeee & Sicilia por 
cantidad de trigo, para remediar la hambre de 
BU patria. Mucho sintió el anciano Pabrício, ir 
en esta oaasión á servir al Senado, por ten»: & 
sn esposa enferma; pero íui faerza diapcnersa & 
Ja jornada. Llegó á Sicilia con próspero viento, y 
«n tomando tierra partió i la Corte, qae como 
había en algunas partes la falta que en Tenecia, 
habla mandado et nuevo rey Silvio, que no ae 
sacase trigo del reino, sin que ex[a:eBamente 1« 
pidiesen & él licencia la persona ó perBonas qae 
lo sacasen. Asi fué Fabricio & vwse con el rey, 
que también llevaba carta del Senado que daiIe. 
Dióle el rey audiencia, deseosísimo de saber 
cosas de su pato ia, y para ésto qníso dársela á 
solas. Entró Fabricio é la presencia del rey, á 
quien no conoció, porque la barba que ya tenía, 
y el ser m&s hombre, le hizo desconocerle. Has, 
Silvio, asi como víó ¿ su cruel padre, al ponto 
fué conocido del. litaba el rey arrimado i nn 
bufete; llegó Fabrioio, y poniendo la rodilla en 
tierra le besó la mano, y luego dio la carta de la 
República. Algún tanto rehusó el rey querer darle 
la mano, más al fin sin reparar én ser su padre 
ae la dio con poco oarifio, que ya tenia con él 
ana secreta antipatía que le borraba el amor de 
hijo á padre. Leyó la carta del Senado, y d»- 



-■ Coi«lc 



HOcHis DE pLftcm 299 

pa¿a de hsbwle ooncedido lioencia de qoe de sa 
reino Brease todo el tr^ que faese menester, le 
CDmeBz6 ámmoladamente & preguntar por oobob 
-de Venecú.ytftnmenadas algunas, qne fabrioie 
se oámiró que el rey estuviese tan noticioso 
dellas. Finalmwte le pregnntóporsf mismo, como 
que no le cosooia, i lo cual respondió Fabrício 
ser él Ift persona por quien le pregontaba, presii- 
miéndose qne por bu fama tenía noticia del. 
Estonces el rey le dijo qae qué se habla becho 
un hijú qoe tenia, llamado Sitrio. Enternecióse 
Fabrioio,^ y dljole: 

— SeAor: ese joven por qnien meatra altesa 
me pregunta, murió malogrado; porque yendo de 
la Isla de Chipre para Yeneoia, cayó del navio 
en el mar y ee ah<%ó; con qne desde entonces no 
he t«údo día de gusto ni contento. Diferente 
oorrió la fama por Yenecía, dijo el rey, annqae 
no en púUico, porque se dijo que después de 
haber consultado & un mágico de Chipre, y sa- 
bido del que vnestro hijo habla de subir & una 
gran dignidad, en que le hablados de reconocer 
vasallaje y hacer reverencia, os causó tanto odio, 
qne olvidado del amor paterno,, vos y un criado 
vuestro, llamado Camilo, le arrojástes al mar. 

Turbado y perdido el color, quedó Fabrício con 
lo que oyó al rey, y aunque quisó hablar, la 
lengn» se le anudó & la garganta, de modo que 
comensaba las raeonea, y no las acababa. Lo cnal 
visto pcn* el rey, le dijo; 



'■ C-""sk 



300 



— Par» qae Teáü que & lo que el cielo tiene 
dispuesto no b^y ham&no poder qne lo estorbe, 
yo soy Silvio, y no digo que vnestro bijo,- porqa» 
contradice la cmel acción vaestra al nombra de 
padre; pero mientras en contrai no haya otra oow 
averigáada, vos halaréis de serlo. ' 

Entonces le abrazó con maestras de amor, 
annqne no sentía «1 c«razón lo qne el rostro pa- 
blicaba. Absorto se qaedó Fabricio con lo que 
oía al rey, paTeciéndole pasar aqttello an sndlo; 
dio mil abrazos y besos al rey, y con Ifterimas 
confesó su culpa. Dljole el rey qne conv«ni« iH> 
decir por entonces que ejra su padre, por baber 
él negado sn patria; qne ocasión habiia para 
hacerlo, pero qne permitía qne lo' pndiese es- 
cribir & su madre. Mandó el rey aposentar á Fa- 
bricio en Palacio, y que se le regalase con tnuoho 
cuidado, basta que faese despachado, ó hiso qne 
se le juntase todo el trigo qne él pidió, y á acosta 
del rey se fuese, embarcando para Veneoia. 

Ya se refirió oómo Camila, esposa de Srabri- 
cio, quedó enferma cuando H partió de Venecia, 
pues agraTindosela «1 mal, llegó & lo ilt!mo de 
sn vida^ en el eual tiempo y término le llegó la 
alegre nueva d? que Silvio, su hijo, erarey de 
Sicilia. Sumalnente se alegró Camila con ella, 
mas no bastó este gusto estando tan debilitada 
do fuersaa para darla salud; y asf el signíentie 
día, viéndoseya en el último trance de su vida, 
delante de sa confesor y de dos ancianos, tfos su- 



-■ Cocglc 



ROCHU DE PLACEK 301 

yoB, declaró qae aa hijo Silvio se lo era de F»- 
bríoio, BU esposo, porqne estando ¿1 ausente en 
Alemania, vino á Yeneoía el marines de Hon- 
ferrato, desposefdo de sn eetado pw el dnqnede 
Hilan, & favorecerle de la Bepública.y este Prin- 
cipe la solicitó, de suerte que del se liizo pre- 
ñada, y áió i. entender qne de aiete meses era el 
Infante, habiendo dos antes que la tratara. Esta 
declaración ae tomó con autoridad de notario, y 
se envió laego & Sicilia á manos del rey, qne no 
se holgó poco de verse hijo da más noble padre. 
Vióse con Fabricio en secreto, j mostróle la de- 
claración autorizada qne habla acabado de reci- 
bir, con qofe te dejó muerto de pesar; por ésto co- 
noció el rey qne el no tener sangre suya le hizo 
arrojarle al mar; mas en las obras no pareció 
ser ajeno delta, pues dándole muchaE dádivas á 
Fabricio, y todo el valor del trigo que embarcó 
para él, le envió & Venecia, habiéndose cumpli- 
do el pronóstico del mágico. Llegó Fabricio & 
Veneoia, aonque rico, no mucho de guato, y 
agradeciéndole el Senado la bu ena diligencia que 
puso en servirle, desc ansó algunos días, aunque 
pocos, porque la liviandad de su esposa le acabé 
la vida. Silvio gobernó i Sicilia, en compaUa 
de sn esposa, en quien tuvo muchos hijos que les 
sucedieron. 

A todo el auditorio dio guato la novela de la 
hermosa dofia Lucrecia, que la dijo con mucho 
donaire. En segundo lugar, le cupo la suerte de 



'■ Colóle 



sos CASTILLO «OLÓeZANO 

norelur á na caballero hermano suyo, llamado 
don Bernardino; 'tomó asiento en an distrito, y 
con muy bnen despejo, sacodieado ¿ su hermosa 
hermana, dijo esta novela dosta mnnera. 



F[H'~I>K ^ HOTBLA BÉPraUA 



i;. Gnoi^lu 



La fuerza castij^ada 



A don Ckirloi de Borja, caballero de la orden de 
Nuestra Señora de Mantesa y gobernador de 
Castellón de la Plana. 

IviTieBTRA de la noble generosidad, es amparar la 
homildad 7 hacer estimación de coalqnier dádi- 
va porpeijneBaqaeeea.Esto me ha animado bus- 
car tftQ generoso estilo (sic) para amparo de la 
hnmilde ofrenda, qne sdlo ha tenido ds acierto la 
elección del Mecenas en v. m., de quien se vale 
para tantos críticos que aguardan materia para 
ejercer sos agndos estilos. A generoso patrocinio 
se arrima; por cuenta de v. m. corre sn defensa, 
como lo espera en aotor. Qaarde Dios & v. m. lar- 
gos aQos como desea. 
De T. m. sn servidor, 

DOH Al^NBO DE CAariLLO &0LÓBZA1I0. 



,;. Google 



CASTILLO SOLÓaZAMO 



NOVELA OCTAVA 



Por maerte de Wenceslao, rey de Hangria, 
heredó el cetro de aquel reino Ladislao, úmoo 
hijo sayo, maocebo de generoso ánimo y virtno- 
sae costumbres, amado ;. querido de sus vasa- 
llos. Fué jarado por rey después de haber hecho 
las exequias de su difunto padre, j comenzó & 
gobernar el primer año con el mayor acierto qae 
rey ni monarca lo habla hecho de cuantos las hlEh 
torias alaban. Pero como la verde jnventnd la da- 
ñan, ó los malos consejeros, ó las oompahias poco 
segaras, en la deste joven rey hubo tantos adnlo- 
dores que se la estragaron de tal suerte, qne vie- 
ron malogro della; paes el que mostré severidad 
en sus verdores, rectitud en sus procedimientos, 
degenerando desto, dio en darse í entreteni- 
mientos con damas, de tal suerte, que le distra- 
jeron de lo que antes era. 

Su ejercicio no era otro que andar de noche en 
travesaras, inquietando mujeres de bneuas ca- 
ras, de cualquier estado que fuesen, y con ésto, 
e^^do de por medio el poder de un rey, ser ga- 
lán 7 agasajador de la hermosura, pocas eran 1m 



-■ ■Co"8l'^ 



NOCHIS DE PLACES SÜ5 

qne no ee le randíaQ. Coa el mal ejemplo de su ca- 
beza, Be atrevieroQ loa miembros della (i imita- 
ción snya) & ser iaquíetos y & no dejar honra en 
BU lugar; qti« es de f^rande oonaideración para la 
conservación de ana repáblioa, Ter en los sáb- 
ditos modestia y compostara en el señor, para 
que les aoa freno y terror para sus atreTimiontoB. 
Sucedió, pnea, que á la corte de Hungría lle- 
gó un conde francés que, desavenido de su rey 
por ciertos disgustos, se vino i amparar del hún- 
garo monarca. Halló en ¿1 buen acogimiento y 
alegre rostro, ptAM^ue traía consigo cartas segu- 
ras de recomendación, en la hermosura de una 
hija 8i:^a, llamada madama Flor de Lis, cuya 
beldad era sin igual en toda Europa. El día que 
fné con ella Ricardo (que asi se llamaba el fran- 
cos conde) ¿ besar la mano al rey^ se quedó La- 
dislao sujeto & las blandas leyes de Cupido, y 
prisionero de BU beldad. Esto le fué de gran con- 
slderaciÓB ¿ su padre de la dama, porque no halló 
m&s eScas medio para obligarla & que la favo- 
reciese, que honrar & su padre;y desde aquel día, 
primero que la vio, le comenzó ¿ favorecer con 
todo extremo, de tal eaerte, que era de los pri- 
meros señores de Hungría, y por quien hallaban 
loa pretendientes el m&s seguro favor par¿ coa- 
segnir sus pretensiones. Ofrecióse haber un sa- 
rao en Palacio, & donde concarrieron todas loB 
damas de la corte, entre las cuales ee halló la 
í Flor de Lis; con este intento le trazó el 



'■ Coi«lc 



eo6 



rey, danzEindo con ella. Fado, en el biteris «jue 
otooa danzaban, oon breves r&zoneB, darle parte 
de sn amorosa pasión, declarándola &a amor cod 
laa más eficaces persaaciones qne pado. Por en- 
tonces, madama no se dló por entendida, mez- 
clando pláticas diversas, con qne el re; tovo ne- 
cesidad, para sosiego de au amorosa inqniatnd, de 
valerse de an gentil hombre de su c&mara, caba- 
llero entendido, á quien quería mucho, con qnien 
la escribió un papel, dándole ^i él más larga- 
mente cuenta de sus amores y pidiéndola le favo- 
reciese, pagándole eu voluntad. Tiendo Flor de 
Lis que era fuerza el responder al B>ey, lo hizo 
con tanta severidad, qne por entonces ae dio él 
por imposibilitado de poder conseguir su amorosa 
pretensión. Con tcdo, no desistió della, antes oon 
más fineza la procuró servir, siendo ya en toda 
la corte pública su afición, como la resistencia 
de la francesa dama. De nuevo quiso obligarla 
con dar mayores honores & au anciano padre, 
dándole mano para que despachase las consultas 
de los oficios del reino, con que llegó al colmo de 
en privanza, y á tener los grandes 4o Hungría 
no pooa envidia de ver antepuesto á ellos un ex- 
tranjero. Todo esto no obligaba & la hermosa 
Flor de Lie nada, estando tan entera á sus per- 
suaciones del rey, como si su padre Fuera de los 
quejosos del reino. 

£ra la edad del conde Bicardo muoha, j asi 
con nn pequeño accidente qne tuvo, oantinoindo- 



-■ Cocglc 



NOCHES Di PLACU 307 

le por algunos días, acabó con sn TÍda.Sa entie- 
rro se hizo con grande ostentacióa, uo Faltando 
A él, por lisongear al rey, cuantos príncipes y ca- 
Jsalleros se hallaron en la corte. Quiso el rey de 
secreto dar et pésame á Flor de Lis, y así la pre- 
vino p&ra que naa noche supiese que la quería 
visitar, nubo de admitir esta visita, en la cual 
con m&s vivas razones ponderó el rey sn amor, y 
con mayores afetoa su voluntad; tanto supo obli- 
gar con finezas, perseverando en su amoroso in- 
tento, que la fortaleza de la que antes había re- 
sistido ñaqneó y se lo rindió, de euerte que vino 
Á verse en posesión el que antes vivía con tantas 
esperanzas. Ya en la corte eran públicos estos 
amores, y así los pretendientes para alcanzar el 
oñcio ó cargo que pretendían, ae vallan del mo* 
dio de la hermosa Flor de Lis, cuya intercesión 
acabó siempre cnanto quiso. 

Dnró algunos años esta correspondencia, y 
.viendo los principales y ancianos señores del rei- 
no que al rey le convenía para tener sucesor que 
, te heredase, casarse, le suplicaron qne tomase 
«atado. Entretúvoles el rey algunos días con bue- 
nas esperanzas, pero viendo que por estar pren- 
dado del amor de Flor de Lis, éstas se les iba 
dilatando, instaron de nuevo en esta súplica, 
proponiéndole que le estarla bien una de tres in- 
fantas, la ds Francia, de Bohemia ¿Dinamarca. 
Tan persuadido se halló el rey de sns vasallos, 
. que hubo de forzar el gnsto par condescender con 



'■ Colóle 



el sayo; y oal eligió & la infanta de Bohemia por 
esposa snya, y envió al almirante de Hungría 
que fuese por ella coa aquella grandeza que pe- 
dia qaien venia á ner reina de aquel reiúo, y es- 
posa suya. Lo que eiatió esto Flor de Lie no m 
puede ponderar con razones. Asistía el rey á sn 
consuelo cada noche, y bien le había menester, 
porqne en esta ocasión se hallaba preñada de 
siete meses. 

Partió el almirante de Hungría con grande 
acompañamiento de principes y caballeros, por 
la que venia á ser reina suya, y halUndola & la 
raya del reino acompañada de toda la nobleza 
de Bohemia, se le hizo entrega della como se 
acostumbra. Esotro día se partió para Hungría; 
no faltó en el camino quien á la reina avisase de 
los antiguos amores del rey con Madama Flor de 
Lia, y así mismo como estaba preflada del (co- 
sa que sintió la reina mucho), comenzando desde 
entonces & hacer su oficio los celos, y aumenti- 
baselos más el saber la grande hermosura de la 
francesa dama, con que llevaba presupuesto que 
luego que llegase 6. la corte de Hungría, tratar 
de que saliese deaterrada della, por no tener í la 
vista ocasión con que el rey la ofendiese. 

Llegó á la gran ciudad de Belgrado, donde fa¿ 
recibida, así del rey como de todos prlnotpeB y 
señores de Hungría, con muchas fiestas y gran- 
des regocijos. Pocos días después de su llegada, 
parió la hermosa Flor de Lis un hijo, cuya her* 



-■ Cocglc 



moanra salió muy parecida í la de sa madre. 
Holgóse el rey con el recién naeido infante, 
yendo de secreto á verle. Este niño fné el con- 
anelo de sn madre en el sentimiento qne del ca- 
flamiento taro. 

Trató Inego Ladislao qne se llevase á criar 
fnera de la corte, y para eeto eligió al conde An* 
selmo, nn caballero anciano que residía en una 
^Idea (cuatro millas de allí), retirado. A éste en- 
vió & llamar y le encargó la crianza de su hijo. No 
se atrevió el conde á llevarle & su caea, temiendo 
qne sn esposa no pensase qne era snyo; y así hizo 
confianza de un vasallo, hombre de bien qne tomó 
por en caenta la crianza con mucho cuidado y se- 
creto, no sabiendo cuyo hijo era, porque el conde 
no se lo dijo. Vino la reina á saber el parto de 
Plor de Lis, y como el niño «e criaba fnera de la 
corte, no quiso darse por entendida desto, hasta 
ver mayores demostraciones en el rey. Presto ee 
ofreció ocasión, en que hubo de manifestarle el 
amor qne la tenia, en dafio y celos de lá reina, 
porqne dentro de seis mesea qne Flor de Lis pa- 
rió, le sobrevino nna enfermedad tan grave que 
acabó con su vida. En toda ella no faltó el rey 
ninguna ijioche de su casa, y todo lo sabia la rei- 
na, con qne pasaba muy malos ratos, hasta qne 
supo la muerte de Flor de Lis, que aún cuando 
no se la hubieran dicho, se manifestaba per el 
semblante del rey, que como la quería tanto, no 
pudo con toda au cordura, disimular la pena de 

'•■ Coi«k 



SIO 



so pérdida, tanto, ^ue la reina, no padíendo sa- 
frir más el agrario que se le hacía, manifesté al 
peso del sentimiento del rey, la pasión de sus ce- 
los, dándole caenta de lo que sabia de sn empleo. 
Procuró el rey volver en sí y disimular sa pena, 
pero era tanta que no pudo; y asi la reina, agra- 
viada de nuevo por ver en él estos extremos 
tan poco tiempo que eran casados, comenzó á ha- 
cerlos de celosa, y á no querer salir á los actos 
públicos, con que el rey se vino á desabrir coa 
ella, de modo que olvidado á lo que debía é, sa 
decoro, y ál estado que tenia, volvió á sos prime- 
ras mocedades, y ¿ su gracia volvieron aqnelloa 
que se las fomentaban y aplaudían. Esto llegó é, 
taata rotura, que la reina se determinó volver ¿ 
Bohemia con su padre, y así le escribió sobre 
esto, dándole cuenta de lo que pasaba. 

Sintió el bohemio esto con veras, y así escribió 
al rey una carta afeándole lo qa6 con su liija 
hacía, no digno de su calidad ni estada, amena- 
zándole que si no se enmendaba se la sacaría de 
sn poder. Era Ladislao muy poco sufrido, mny 
altivo y soberbio, y pareciéndole que aquella 
amenaza era demasía para con él, y tenerle en 
poco el rey de Bohemia, resolvióse con el parecer 
de aquellos nuevos consejeros que le seguiao y 
acompa&aban en sns travesaras, de enviar á la 
reina & Bohemia con libelo de repudio. Tan des- 
avenidos estaban él y ella que fácilmente se con- 
certaron en esto, y así, con muy poco acompaBa- 



-■ Colóle 



miento la envió é. bu padre. Llegó á Bohemia al 
tiempo qps halló í Sü padre enfermo, y con el 
pesar de ver enviar & sn hija, se le acrecentó el 
mal 7 dio fin & aus días. Heredóle un hijo de edad 
de doce alLoe, y OBto fné cansa de que Bohemia 
no manifestase el sentimiento desta acción del 
húngaro «OB las armas en la mano. 

Quedando,' pues, Ladislao con libertad 7 sin 
esposa, díóse m&8 á sns ancharas, ; llagó á tanto 
sn atrevimiento, que emprendió gozar & la her- 
mosa Alfreda, hija del duque Alberto el ma7or 
señor dé Hungría, hermano del marqnéa Guiller- 
mo, los dos mayores sefiores del reino. Esto lo in- 
tentó por tan declarados medios, que la pnblicí- 
dad de sn arrobamiento irritó los ¿nimos de su 
padre y deudos. Ilesistia la dama cuanto podía 
& sus importunaciones, mis el rey estaba tan 
enamorado ddlla, que cnanto más era despre- 
ciado, tanto más se le aumentaban sus deseos. 
Resolvióse un dia por medio de una criada, que 
sobornó con grandes dádivas, á entrar en sn 
cuarto de noche, hasta el aposento donde Al- 
freda dormía. TSo se concertó ésto con tanto se- 
creto, que no lo viniese é, oír un criado del du- 
que, padre de la dama, el cual luego se lo fué á 
decir & sn duefio. No vivía el duque tan descui- 
dado que no estuviese reoeli^o desto, por algu- 
nas novedades que habla visto en entrar algunas 
personas en sn casa, qiM poco antes no tenían 
entrada, si bien estaba seguro de parte de la 



'■ Colóle 



813 CAtTILLO 30LÓKZAHO 

hermosK Alfreda sa bija. Con el aviso qne le di& 
el criado, se reBolTieron él 7 el marqnée OaiUer- 
mo, sa hermano, ao(»npa&adoB de algunos cria- 
dos de confianza, á agnardar al rey aquella no< 
che. Llegó la hora concertada y no falU de ve- 
nir & ella al pneoto qne la criada te habla selLa- 
lado, viniendo acompaKado de nn cabanMo pri- 
vado suyo. Ya estaba toda la casa del duque re- 
cogida al parecer de la sobornada airvienta, la 
cual salió i abrir la pnerta al rey, & quien llevó 
con quietos pasos & sa aposento, para qoe en él 
aguardase mejor disposición para el efecto de sa 
deseo. Era el cuarto de Alfreda algo apartado 
del de su padre, que en esto fundó la traidora 
criada el entrar en él al rey, considerándose le- 
jos de los oídos del duque, cuando algo hubiese. 
Todo estaba en quieto silencio, y al parecM del 
rey todos sepultados en blando sueflo, cuando 
llevado de la criada entraron los dos en el coarto 
de la descuidada dama. Apenas en él pusieron 
los pisa, cuando de un hueco de una ventana que 
cubrían dos paños de tapiz, salieron el duque y 
su hermano y descubrieron una linterna qne te- 
nían oculta su luz, embistieron con el rey & quien 
brevemente quitaron la vida sin valerte su de- 
fensa. Por esta pena pasó la criada que le guia- 
ba y el caballero que le acompañaba, que halla- 
ron en el aposento ¿6 la criada. A este tiempo 
despertó Alfreda admirada de ver en su aposento 
hecha tan sa^giiínolenta crueldad , ignorando 



que faese el rey el objeto de la cólera de bu pa- 
dre y tio. Los homicidaB tomaran el cnerpo del 
rey y de su privado, j con la obsourídad de la 
noclie los pasieron ¿ laa pnartaii del real palacio, 
donde & la ma&ana fué visto de los que madru- 
garon, aqael funesto espeotáonlo. 

No cansó mucha lástima i la corte, porqae no 
era bien recibido en ella; que esto tienen los 
principes mal admitidos de los vasallos, qne en 
gas mnertes no oansan el sentimiento qne causa- 
ran, gobernándolos con amor y cnúiado de la jns- 
tieia. Trataba el rey más de siu gnstos que 
desto, y a^ tuvo el ña que vemos. Fué llevado el 
CBorpo á sn oaarto, donde se trató de aderezarte 
con preciosos olores y bálsamos, para darle se- 
pulcro donde le tenían sns antecesores. 

£n tanto que se trataba desto, los inmediatos 
á la corona de Hungría, que eran tres priDoipea 
Htny cercanos, dendos del difunto rey, en igual 
grado, aspiraban á ser cada uno dnelLo de aquel 
imperio, y para esto convocabansna deudos, ami- 
gos y valedores, valiéndose cada uno de su po- 
der, con que estaba la ciudad de Belgrado á pi- 
que de perderse con civiles guerras. Supo esto 
el conde Anselmo en su aldea, y para atajar este 
dallo, llevó consigo al infante Wenceslao, que 
aán no sabía quien era, prevínole nn vestido de 
falto y partió con él á la corte, donde llegó á 
tÍMnpo qne bailó en palacio á los tres principes, 
Amesto, Honorio y Rosendo, qne cada nno coa 

'■ Colóle 



314 CASTILLO SOLÓRZANO 

ayuda á 8b parcialidad, deseaba coronarse por 
rey. Era el oondfl Auaelmo por sa sangre y par- 
tes estimado y respetado de todos los señores del 
reino, y como viesen su anciana persona en me- 
dio de todos y qne les rogaba te oyesen, gnardóle 
cada ano el debido respeto, dando lugar í qne 
les dijese estas razones: 

— Principes generosos^ que por la real sangre 
que tenéis de nnestros reyes, aspiráis justament? 
á la corona deste reino, merecida de todos tan 
igualmente tq¡ae & estar en mi mano el darla, veo 
en todos tan iguales m^itos, qae dadara cual la 
merecía mejor, suplicóos que me déia atención, 
pues mi venida hft- sido sólo con deseo de {Kiner 
paz en vuestras diferencias y quietud en vues- 
tras disensiones. El malogrado rey, que & las 
manos de traidores ha perdido la vida, como ha- 
béis visto, tuvo aquellos tan sabidos amores con 
madama Flor de Lía, de los cuales resultó pro- 
ceder de los des un hijo. Este se ha criado en 
Froralbá, aldea de mi estado, y donde yo asisto. 
El orden que tuve para llevarle á criar fué del 
rey por este papel, con que me envió & llamar, y, 
asimismo, por éste que os muestro le reconoce 
por hijo snyo, qne parece que el hacer esto fn¿ 
prenuncio de que había de morir sin podarlo de- 
clarar. Estos son los papeles firmados de sa 
real manó si hacen fe para con los tras, y sabéis 
qne hijo natural por leyes destos reinos los he- 
reda, no es justo que le pierda el principe Wen- 

-■ Cocglc 



cesUo, que «a este joven que me acompalla. 
Beoonocieron todas las firmas del rey, y, asi- 
mismo, que le era debida ¿ Wenceslao la corona 
de Hungría, y así, sin obst&oulo ninguno, le die- 
ron todos la obediencia, y tmá ellos los demás 
principes y caballeros que eñ aquella sazón se 
hallaron, entre los cuales estaban los homicidas 
del rey. A todos recibiii Wenceslao oon grande 
amor y afabilidad, admirado de verse rey, qnies 
tenía por cierto ser hijo de' un hambre plebeyo. 
Trataron 6on esto de dar sepulcro al difunto; en- 
traron en la sala, donde estaba un regio túmulo 
cubierto de brocado, y en él armado el rey Ladis- 
lao. Xlfigóee á él el conde Anselmo, y tomando 
de la- mano al onevo rey (que entonces serla de 
edad de quince años) le dijo estas razones: 

— Soberano Wenceslao: este es el cuerpo de 
vuestro padre Ladislao, rey que fué déste reino 
dé Hungría. Su maerte fué violenta, rindiendo 
el espíritu & las traidoras armas que le quitaron 
la vida. La que vivió fué tan libre y tan ajena 
de consejo, que aun lo que reinó lo tuvimos á 
muy gran suerte, pues de sus atrevidas accio- 
' nes estábamos cada día esperando lo que vemos 
ahora. Ouerdo sois; este espectáculo sangriento 
os abra los ojos del entendimiento para conside- 
rar que qnien viviere com& vuestro padre, no 
puede esperar menos qne esta desastrado Sn . Su 
escarmiento os sirva de freno á esa verde juven- 
tnd, admitiendo el sano consejo del vasallo pru- 

-■ Coi«lc 



81G CASTOLO SOLÓKZAHO 

dente, y gobernándoos por coerdoB varoneg , so 
perdiendo de vuestra memoria este trigico aace- 
80, que si así lo hacéis, estoy cierto qae no po- 
dréis errar. 

Admitiéelreylft prudente amones tacién del an- 
ciano conde; agradeció su buen celo, y prometió á 
todos portarse muy diferente que as padre, con lo 
cual se entró en su rea) cuartO) adonde recibió los 
pésames de todos aquellos prfncipee. Dieron se* 
pulcro al rey muerto; y acabados los días de las 
funerales honras (que se hicieron con grande ma- 
jestad), trataron los grandes de que se jurase i 
Wenceslao por rey de Hungría, conforme & los 
fueros y oostumbres de aquel reino, que eran en 
nn público teatro, en la plaza principal de la cor- 
te, recibir la corona y cetro de aquel imperio. 
Propusiéronle el dia que tenían determinado ésto 
á Wenceidao, mas él le defirió hasta de allí ¿ un 
mes, cosa que é, todos se les hiiso extraña nove- 
dad. Asistíale siempre el conde Anselmo, aun sin 
haber traído su casa de la aldea. 

Era este caballero viudo y padre de la m&s her- 
mosa dama que había en la Europa, única hija 
suya y heredera de su estado. Con el conde so 
aconsejó el rey, pidiéndole su parecer en una in- 
tención que deseaba ejecutar, y era averiguar la 
muerte de su padre. Confuso se halló el conde, no 
sabiendo qué conaejs dar al rey para esto; y así le 
pidió término de dos días para responderle. Con- 
cedíósele el rey, y pasados, le dijo que de su padre 

'■ Colóle- ■ 



se decía que procuré servir i la hij& del duque 
Oaillermo, y si no es qae por este camino le vi- 
niese el d&fio, no podia pensar qae nadie en el 
reino se atraviera á quitarle la vida. Parecióle al 
generoso joven qae tenía razón el conde, y asi 
procórd saber qué criado tenía el duque que más 
privase con ¿1, j dijéronle que ano qae se llama- 
ba Fabio; que éste era el aroliivo de sus secretos 
y el todo de en voluntad. A éste mandó el rey qne 
se le tmjesen i su presencia, y retirado con él, 
& solas, le dijo! 

— Fabio: ya he sabido qne tú (como quien goza 
la gracia del duque tu duefio) sabes que él fué 
en la muerte de mi padre; si esto es asi, de bue- 
no i bueno te mego me digas lo que eu esto sa- 
bes, para que enterado, no baga alguna demos- 
tración con quien no tiene culpa ea ella. 

Turbado quedé Fabío, asi oon la presencia del 
rey, como con la pregunta que le baeía; y asi, 
balbuciente en tas razones y apenas acertado i. 
hablar, le dijo no saber nada de lo que le pregun- 
taba. Con ver estos acciones, confirmó el rey la 
sospecha que tenia; y así no desconfiando de sa- 
car & lus la verdad, le replicó: 

— Fabio, en tu semblante y turbación mani- 
fiestas saber algo délo que te pregunto, aunque 
me lo niegas; yo estoy con resolnoién de averi- 
guarlo, y para esto está más adentro de esa sala 
tin ministro de mis consejos, que jnrídicameute, 
y con apremio te lo ha de preguntar; antes de lie- 



318 



gar ¿ ezperimeat&r los tormentOB qne para decir 
la Terdad se te han de dar, sería bien excusar 
los diciéndola. De no lo hacer, habrás de verte 
ooiDD digo; prevén paciencia y Talor para sa- 
frirloe. 

Temía mnoho Fabio, y lleno de temor d« lo que 
le amenazaba, no quiso experimentar el castigo, 
y asi le dijo al rey todo lo que en este caso está 
referido, como quien ae habla hallado en todo, 
siendo uno de los queaoompEiñó al daqne y al 
marqués, so hermano. Sapo, el rey, de Fabio, 
todo lo qne deseaba saber, y haciendo entrar í nn 
juez qne tenía prevenido, le hizo de nuevo deeir 
que habla pasado el caso, con lo cual íné Fabio 
llevado á nna prisión, y luego por ordui del rey 
mandó & su capitán de la guarda que oon su es- 
cuadra hiciese lo mismo oon el duque y aiarqa¿B 
y BU familia de criados. Ssto se hieo aquella mis- 
ma noche oon secreto, sin saberse en la ciudad' 
por qué estaban aquellos principes presos. Exa- 
minados, pues, los criados, condenaron asna dae- 
ños en la muerte del rey. Substaneioae la causa, 
y ya convictos el dnqoe y marqués de ser acto- 
res en la muerte del rey^y de su gentilhombre de 
su cámara, fueron condenados á cortarles las ca- 
besas. Esto se hizo secretamente una noche antea 
del día que el rey tenia señalado para -que le jn- 
rasen. No gustó que fuese esta jora en la plaza, 
sino en un salón de Palacio; alli ee hizo un trono 
qne.cubrienni de ricos paños de brocado, y dsa- 



C-""S>^ 



ItOCMES DE PLACKB. Sld 

paésde habar, con grande acompa&amiento de 
todoa 109 príncipes de Hungría, sido lleva'1'} «1 
rey & él, y dindole el cetro y la corona, mandó 
que todos los grandes y tftalos tomases asientos. 
Obedeciéronle, y habiendo dejidoles sosegar xin 
breve rato, les hablé desta eaerte: 

— Frlnrapes, grandes, títnlos y caballeros, no- 
bles vasallos míos, qne me habéis hoy jnrado 
por vuestro rey y seBor, y prestado obediencia: 
he qnerído qne en este acto sep&is lo qne habéis 
hecho, porqne lo qne después sapiéredes de mí 
lo aprobéis. Jnrar los príncipes y grandes de un 
reino i sn rey, es asegurarle que estarán prestos 
i servirle obedientes con entera fidelidad, pro- 
metiendo ésto como prinaipales oabeEas de nn 
reino, en nombre de los demás miembros inferio- 
res del, y qne esto harán así en la pas como en 
la guerra; snpnesto lo cual quien desdijese de lo 
qne {«órnete, sería traidor & sn rey, pues ¿cuánto 
más se le puede llamar con justa razón al que no 
sólo no ayuda y favorece ¿ su rey, pero le quita 
la TÍda? To he dilatado el coronarme, hasta ave- 
riguar con apretadas diligencias, quiénes hayan 
sido los actores de la muerte del rey mi padre; 
y hecha la averiguacién justificadamente, he 
hallado qne fueron el dnqne Alberto y el mar- 
qnés, so hermano, acompasados deeriados suyos, 
que puestos en el tormento confesaron de plano, 
y condenaron i sus dnefios. Visto el caso por los 
prudentes miníetros de todos mis consejos, los 



condenaron á degollar, guj&s cabszaB aun lua 
qne veréis . 

A este tiempo se descubrió una cortina qne es- 
taba al lado del dosel del rey, y sobre ana gran 
fuente de plata, que estaba en un bnfets, se vie- 
ron la» cabezas del duque y del marqués. Bodol- 
fo, hijo del marqués Guillermo, que se hallé á la 
jura, viendo el sangriento espectáculo de la ca> 
beza de su padr« y tío, perdió el sentido, y con el 
dolor cayó en tierra. Uandé el rey que le retira- 
sen; ¿ todos causó notable temor la rigurosa jus- 
ticia del, y admiré la demostración de su severi- 
dad. Prosiguió el rey su plática diciendo: 

— Por las muertes destos desleales caballeros, 
tienen perdidos sns estados, según disponen las 
leyes deste reino, y deben considerarse para la 
corona; pero yo ao ejecutándolas con el rigor que 
debo, permito que mientras fuese mi voluntad 
los tengan Alfreda, hija del duque, y Bodolfo, 
hijo del marqués, con advertimiento, que el es- 
carmiento de sa padre le haga á Bodolfo leal y 
fiel vasallo; ésto le advierto porqae sé que es algo 
inquieto. Esto le dirán los que le desearen bus 
aumentos. 

Acabóse con ésto aquel acto, y desde aqnel dia 
comenzó el generoso Wenceslao á ser temido 7 
respetado, gobernando por el consejo del oonde 
Anselmo rectlsimamente. No quiso dilatar el rey 
el darles guato á sus vasallos que le pedían eo 
casase, y asi habiendo visto algunos retratos de 



Líin,.u,.Coo;^li: 



infantas, eligió entre ellaa & la de Dioamarca. 
Para traerla & su reino envió al conde Anselmo, 
dándole una grande ayuda de ot^ta oon que se 
láclese, y oon ella el titulo de almirante de Hun- 
gría, que habla muerto pocos días habla. No 
qniso el almirante (que asi le llamaremos desde 
ahora) hacer mudanza de su casa, desde Flo- 
ralba & la corte, y asi quiao que la hermosa Es- 
tela, su hija, estuviese allí hasta que él volvÍMO 
con la reina, en onyo servicio quería queasistiese 
por dama suya. Dejóla en compaUa de una an- 
ciana dueña, de quien tenia grande confianza, 
pues era quien la había criado, y, asimismo, de 
Leonido, un criado antiguo, y todo el gobierno 
de BQ casa. 

Entreteníase Estela en el ejeroicio de la oaza, 
que era muy aficionada, cruzaba el monte muy 
oontln ñamen te, á donde la ligereza del corzo no 
le valla contra la certeza de sus tiros, ni la fero- 
cidad del jabalí se libraba de los filos de su ace- 
rado venablo, porqne oprimiendo los lomos de un 
ligero bruto, le seguía hasta emplear en él afilado 
acero. 

Un dia, entre otros, de los que salía & caza, 
habiendo seguido un puerco, se alejó algán tanto 
de BU gente, codiciosa de darle alcance. Esto fué 
cerca de una clara fuente, que fecundaba con su 
liquida plataloameno de un verde valle. Allí hizo 
el riguroso empleo en el cerdoso animal & la 
vista del conde Enrique, un gallardo joven, que 

HOCHM DE rL&CBK 31 

'■ Colóle 



322 CASTILLO SOLÓRZAHO 

habiendo seguido una fugitiva cierva, tomaba 
alivio de su cansancio en la florida mirgen de 
aquella cristalina fnente. Estaba también b&Io, 
y como viese con el airoso despejo que la her- 
mosa Estela ejecutó el golpe de su venablo, y 
muerto el jabalí, al tiempo que quería tocar nna 
corneta para llamar i bu gente, impidió su eje- 
cución el conde, cogiéndole casi de Bobreaalto, y 
llegando donde estaba le dijo: 

— Suspended, divina cazadora, el llamar quien 
os celebre el bnea acierto de vuestro airoso brazo 
en ese dichoso bruto, que & tales manos ha per- 
dido la vida, qna aqní está quien viendo tan 
heroica acción se hará lenguas en alabanza 
vuestra, aplaudiendo y exagerando ese valor 
acompañado de tanta hermosura. No sé quien 
sois; mas si tuviera por verdad la adoración de 
los gentiles, creyera que érades la divina Diana, 
que estos montes favorecía con su presencia. 
Cuanto á daros la veneración que pide esa belleza 
ya la hago ahora; de vuestra parte os suplico 
paguéis esto, con serviros de tomar descanso en 
en este apacible sitio, y decirme quién sois, 

Atenta estuvo mirando la hermosa Estela al 
conde Enrique, mientras estas razones le decía, 
y como era mancebo de gentil disposición, fanen 
rostro y discreto (en lo que pudo juzgar de sus 
primeras razones), parecióle bien, y quiso darle 
gusto en lo que la pedia, y así le dijo: 

—No soy, gallardo joven, tanto como habéis 



-■ Cocglc 



KOCBBS DI PLACER Ws 

preaamido de mi, mas soy qníea cortea estima 
TneatroB encarecimientos; sí bien sobrados al 
sujeto qne veie; y así en agradecimiento de lo 
que os oigo, quiero daroa gnsto en descansar aq&i 
un rato, que tiempo me qneda para llamar 4 mi 
gente de quien me aparté, poco ha, siguiendo 
ese jabalí. 

Apeóse del caballo ayudándola el conde, y to- 
mando asientos en la fresca y florida margen de 
aquella fuente, comenzaron á hablar en varias 
cosas. Allí supo Estela quién era el caballero, y 
él, asimismo, quién era ella. De aquella primera 
vista, quedaron los dos prendadas las volonta- 
des para amarse firmemente como se verá ade- 
lante. Manifestó Enrique á la hermosa Estela 
los deseos que tenia de servirla, y ella, no desde- 
ILoea & an voluntad, admitió la oferta, aunque in- 
crédula de que fuese como la aignifioaba. Remi- 
tió Enrique al tiempo la certeza desto, y ella en 
él quiso asegurarse deeta verdad. 

Con esto, haciéndose hora de partir de allí, 
haciendo su seña Estela, vino en gente, y acom- 
pañada della y del conde, se volvió k su aldea. 
Desde aquel día se vieron los dos con otros mu- 
chos en la caza, donde se fomentaron aqnellos 
amores, de suerte que no era más la voluntad 
de Enrique que el gusto de Estela, y, por consi- 
guiente, no tenía albedrío la dama, m&s que la 
voluntad del conde. 

Parecióle al marqués Eodolfo, hijo de Quiller- 

'■ Coi«k 



334 



mo, á quien el rey había cortado la cabeza, que 
para ganar bu gracia era buen medio el casarse 
con Estela, pues con la privanza del almirante, 
BU padre, si ee efectuase este empleo, sería de 
los más estimados del reino. No había visto á la 
dama, y asi en ausencia de su padre quiso desde 
sa estado pasar por gu aldea, que era casi ca- 
mino para la corte. Vistióse de gata y con dos 
criados lucidos llegó á Floralba, donde se fué & 
apear 6. un mesón, y desde él, sin aguardar á dea- 
cansar quiso ver & Estela; envióla un recaudo, 
suplicándola que se dejarse ver. Muclio sintió la 
dama la visita; pero por no incurrir en descortés 
de un tan gran señor oomo Rodolfo, la hubo de 
admitir para aquella tarde, y asi se compuso con 
algún cuidado, porque el marqués la hallase 
como era razón, Vino Rodolfo, vióse con la dama, 
y desta vista quedó tan enamorado della, que 
desde aquel día no era otro su pensamiento que 
amarla. Procuró con grandes veras no dejar 
ningún día de enviar criados desde la corte (que 
era cerca desta aldea) á saber de su salud, y 
con esto la hizo algunos presentes, pero no los 
admitió la hermosa Estela, por saber con el fin 
que iban,, que aunque era igual suyo, estaba tan 
enamorada del conde Enrique, que mayores em- 
pleos que el de Eodolfo despreciara por él. Tam- 
bién le volvió al marqués, cerrados, los papeles 
que le escribió, y de palabra le respondía que 
ella estaba subordinada á la voluntad de su pa- 



-■ C'>'«l'^ 



dre, que él era el que había de disponer de an 
persona. 

Eran grande» enemigos el conde Enrique 
y Rodolfo; y pesábale sumamente & Enrique 
ver & so oompetidor tan empe&ado en servir k 
Estela, juzgando que para con su padre era el se- 
ñor más rico y grande de Hungría, y que esto le 
habia de obligar al almirante darle á 8u hija. Más 
de parte della le aseguraban estos temores ios 
favores que le hacía, y el hallarse tan dueño de 
sa voluntad. Como Rodolfo vio la esqaividad de 
Estela, presumió si acaso nacía esto de estar 
prendada en otra parte la voluntad; y así anduvo 
con algún cuidado, para averiguar esta 
pecha, y á pocos lances pudo descubrir sus amo- 
res, sabiendo cuan & menudo se vía con el 
conde en la caza, y que, asimismo, le daba en 
trada en su casa. Con esto los rabiosos celos hi- 
cieron su efecto, inquietando el pecho del enamo- 
rado Kodolfo, que, envidioso de la dicha de Enri- 
que, sentía en sumo grado verle antepuesto á 
Partió í Floralba nna noche que en su favor 
vino á ser oscura, y ocupó la callo de Eatelí 
Sucedió que en aquella noche era avisado Enri- 
que para verse con la dama, y llegó á tiempo 
que Rodolfo te vio entrat' en su casa. Con esto se 
paede considerar cual estaría el no admitido 
galán, viendo preferido en el favor á quien 
aiempre tuvo por contrario suyo. Estuvo por 
romper las puertas, y loco de celos hacer de- 



EOI.ÓKEAH0 



moetraoiones de tal, qnitando la vida al caa- 
de. En este penaamiento estaba, cuando acertó 
un criado & abrir tm peqae&o postigo de la puer- 
ta principal para salir fuera. Vio Rodolfo la 
ocasión como la podía pedir su deseo, j antes 
que tuviese tiempo de salir, se entró en casa de 
Estela, acompasado de dos criados que llevaba. 
El que iba & salir (que le conoció), viendo su 
atrevida determinación, eubíó con presteza donde 
estaba bu aefiora con el conde, j dijoles lo 
que pasaba. Alteróse snmamente Estela, y no 
menos el conde, y quiso salir & impedirle la su- 
bida; maa ella le rogó afectuosamente que no 
hiciera tal cosa porqae importaba á su honor, 
sino que se entrase en una alcoba, que* cubría 
una cortina, que quería ver la iuteutiión del 
marqués. Obedecióla Enrique, y entróse donde lo 
señaló, al tiempo qne ya Bodolfo estaba en su 
presencia de Estela. Ella, sin dar lugar i que le 
hablase, le dijo: 

— Señor marqués: ¿qué novedad es esta, entra- 
ros & estas horas en esta casa sin licencia mía? 
¿Es bien que sabiendo que su dueño está ausento, 
que vos con atrevida osadía queráis profanar su 
recato, dando ocasión & sospechas, así de vetó- 
nos como de criados? Quien no supiere que yo 
nunca admití recaudos, ni papeles vuestros, 
pensara que por mi orden sois aquí llamado. Lo 
que os suplico es, que os volváis, y excuséis la 
nota que podéis dar, creyendo de mí que no tengo 



-■ Coi«lc 



más voluntad qne la de mi padre para mudar 
estado; y ahora con esto qne be viato qne habéis 
hecho, aún cuando la saya faese daroB gusto, le 
aupUcaré que me dé el estado de religiosa, an- 
tes qne el de casada con vos. 

Atento escuchó Rodolfo á la enojada Estela; 
y con mayor pesar que hasta allí había recibido, 
en ver la disimalación de la dama, le respondió 
estas razones: 

— Yo creí, señora Estela, que vuestra esqui- 
vez para conmigo, nacía del recato que en las 
de vuestro estado suele haber y que ésta no se 
dilataba & hacer desprecios de mis finezas, pues 
no soy tan desechado en este reino, qne por mi 
sangre y partes no pueda ser admitido á una li- 
cita pretensión de esposo, y & nn galanteo de 
persona igual á mi sangre. Esto me puso en 
grande cuidado; pero sacóme dél cierta sospe- 
cha, que tuve de que esto procedería de alguna 
afición vuestra. Hice diligencias para averiguar- 
lo, y é. pocas, hallé ser cierta mi presunción m&a 
que yo quisiera, paes no son tan secretos los 
montes, qne no publiquen que con el venatorio 
ejercicio anda también el amor á caza con eu 
arco y saetas, y qne no le han salido en vano dos 
tiros qne ha hecho. Por si la fama me mintió, 
quise de naevo enterarme en esto, y con poco 
desvelo hallo que esta noche me reprendéis, de 
que -profano estos umbrales en menoscabo de 
vuestra fama, por haberme entrado uiu licencia 

-■ C'>'«l'^ 



aquí, y no miráis que al mismo tiempo viene con 
ella otro taita dichoso , porque es más bien re- 
cibido. 

Pesóle & Estela que el marqaés hnbiese sido 
tan curioso que hubiese visto entrar allí á Enri- 
que; mas por sí hablaba de sospecha, prosiguió 
con su valor diciendo: 

— ¿Qué decis, atrevido Bodolfo? ¿de dónde 6 
cómo presumís de mí una facilidad como esa? Si 
por no ser favorecido os queréis despicar con 
ofrasa mia, advertid que esos atrevimientos ha- 
brá quien los castigne rigurosamente. ¿De mi se' 
ha de presumir que en ausencia de mi padre ha 
de admitir en su casa persona que desdore los 
ilostrea timbres de ella? Ya os digo qao os vayáis 
con Dios, y no acrecentéis mi enojo, subiéndole 
tan de punto, que lo que no puedo hacer en vos, 
que es quitaros la vida, lo haga en mi con un 
cuchillo de mi estuctie, pues tal habéis presu- 
mido. 

— So se puede negar (replicó Rodolfo) que nos 
la ganan las mujeres en la disimulación; qnion 
viese la vuestra, pensará que todo pasa así como 
lo signiñcáis; mas porque yo salga de duda (que 
debo de haberme engañado), ya que he venido 
aquí, con vuestra lioencia 6 sin ella, no me iré 
sin ver si mí sospecha es vana. 

Y diciendo esto, quiso atreverse á ver la casa, 
comenzando por la alcoba, donde estaba Enriqne; 
alzó la cortina de ella, y encontróse con él. Salió 

-■ Cocglc 



HOCHES DE FLACEK 829 

el conde del lagar donde estaba, no menos enfa- 
dado qne Eodolfo, y di jóle: 

— Marqués, laa Tolantadea qne se pretenden 
conquistar, no han de ser al modo qne los reinos 
y provincias, por fnerza de armas, qae ha de ser 
con agrado. El amor no qniere violencias, y dicho 
se está, qae quien no admite loa ruegos ni las dá- 
divas de nn tan gran señor, como vos, que tendrá 
causas más que esquividad para hacer esto; lo 
qua no obligaren finezas y partes personales como 
IsB vuestras, no lo harán demostraciones de rigor. 
Yo sirvo á la señora Estela con el licito ñu de 
ser sn esposo; tengo favores suyos, admíteme en 
BU casa con el decoro que debo guardarle, hasta 
tener su mano con la votantad de su padre, que 
será cuando vuelva de su jonnada. Empeñada en 
favorecerme, no habéis hallado entrada en sn 
pecho, que á no haberme anticipado yo, creo que 
no viviérades quejoso, pues le estaba bien tal 
empleo; ya os desengaño con haberos dicho en su " 
presencia esto; suplicóos que os vayáis, que yo 
08 considero tan cuerdo que miraréis esto ahora 
sin la pasión que hasta aqui. 

En cuanto esto le estuvo diciendo á Rodolfo o! 
conde, mudó el semblante de varios colores, y 
desesperado de ver que el que le había sido 
opuesto siempre en todas sus acciones, se le ha- 
bía manifestado serlo en la do más consideración, 
le habló desta suerte: 

— Ya que por más dichoso hahóia merecido, 

-■ C'>'«l'^ 



Enrique, qae la se&ora Estela os admita, ob haré 
conocer, qne no por más digno merecíades tua fa- 
vores, pues yo sólo (que os aventajo tanto, como 
todos saben), los debía tener. 

Era Enriqne snfrido y reportado hasta lo que 
era jueto, más provocado deste desprecio, páao- 
sele la cólera en su punto, y así le dijo: 

— Necio Rodolfo, vos debéis ignorar quien yo 
sea en Hungría, y que hay' pocos seíiores en el 
reino que ai se quieren dar lo samo de la calidad, 
ha de ser confiándose deudos de mi casa. Esto ea 
cosa cierta y dudosa qne vos presumáis qne no 
os igualo, cuando consta de verdad que os exce- 
da. Sois nn altivo caballero, y & vuestro necio 
intento me sabré oponer, defendiendo que en ros 
no fueran también empleados los favoree de la 
señora Estela como lo son en mí. 

— Eso dirán las espadas (replicó Rodolfo). 

y sin raparar en el lugar donde estaba, sacó 
la suya, obligando con esto á qne hiciese lo mis- 
mo Enrique. Estela que vio su determinación, y 
que de cualquier adverso suceso se le había de 
seguir menoscabo en su opinión; considerando 
también el peligro de su amante, se resolvió & 
apagar las luces que alumbraban la sala, y con 
esto ae retiró á su aposento. Con la obscuridad no 
se pudieron hallar los dos contrarios aunque se 
busoaban,sóloEnrique,comoqnienhabia entrado 
más veces en aquella casa, pudo hallar á tiento 
la escalera, y puesto en ella, dijo ¿ su contrario: 

'Lyn,.U,.C0t)>^li; 



— Rodolfo, ya ves que la prevención de Estela 
ha estorbado nuestros intentos, para que su cana 
no se luciese palestra de duelos', 70 he hallado 
la puerta de la escalera para salir de aquí; si 
gastares venirte conmigo & dar ñn ¿ esta cues- 
tión, en parte donde ni nos estorben ni perjndi- 
qaen la opinión de Estela, llégate & mí, que, con 
seguridad que te doy como caballero, puedes ha- 
cerlo, 

Conformóse Rodolfo con el parecer de Enri- 
que, y al sonido de su voz se halló jnnto á él. To- 
máronse de las manos 7 bajaron por la escalera, 
cn7as luces había hecho también apagar la her- 
mosa Estela. Desta suerte salieron al zaguán, y 
hallando la puerta abierta, se salieron de allí, 
conoertando que fuese el desafío fuera del lugar, 
porque no se presumiese la causa del. Acompa- 
fioroa 6. los dos caballeros sus criados hasta el 
puesto donde habían se&alado,7 allí con expreso 
mandato de que no se moviesen á favorecer á 
ninguno, pena de redundar en su daña, se aco- 
metieron los dos competidores valerosamente . 
Bien pasaría nn cuarto de hora qua reñían, con 
tantadestreza, que ninguno había ofendido con el 
acero al otro, admirados los criados de su grande 
valor. Era Enrique hombre de hecho, tardó en 
enojarse, pero ya con enojo ninguno se hallaba 
de más aliento que él. Halló desabrigado & su 
contrario, y entrándose con una punta le pasó 
con ella el brazo izquierdo, con que no pudo jugar 

-■ Cocglc 



la daga. Presto se vengó Rodolfo, porqae al sa- 
lirse do hacer esta herida, sacó Enrique otra en 
la cabeza. 

En esta saeón estaba la pendencia, cuando 
cerca de aquel sitio acertó á pasar un jaez y del 
crimen , que eu español responde este oficio & al- 
calde de corte. Venia acompañado de alguaciles 
y corchetes, prevención para prender á ciertos 
delincuentes que andaba A buscar, pues como 
éste oyese el raido de espadas, acudió & aquel 
puesto, donde halló á. los dos caballeros y & 
sus criados. Hacia muy clara la noche, por ha- 
ber salido la luna, y quitádose algunos nubla- 
dos que antes la tuvieron oscura. Llegó el juez, 
dándose á conocer, con que los dos caballeros se 
apartaron. El quiso saber la causa de su penden- 
cia, mas no se la dijeron; conque los llevó presos 
á la ciudad, dejando á cada uno en su casa con 
guardas, hasta dar cuenta al rey desto, que por 
no poder ser aquella hora, la dilató para esotro 
dia. Sapo el rey el desafío, pero no la verdadera 
causa del, que sólo se publicó haber sido por 
unas palabras que habian tenido. Estuvieron pre- 
sos ocho días, y tomándoles las manos, les hizo 
el rey amigos. 

Volvió Enrique á gozar de loa favores de 
la hermosa Estela y Rodolfo & envidiárselos, 
con tantos celos, que no acordándose de Ins 
amistades que habia hecho con él, por orden 
del rey, ni de su ilustre sangre, emprendió el sa- 



-■ C-""S>^ 



car por fuerza á Estela de su casa y llevársela 
& una quinta suya, qae era como casa fuerte, un 
cuarto de legua de la corte. Para esto se valió d* 
cuatro hombres, destoa que de haber ejecutado 
algunas muertes mal heclias, cobran fama (si 
bien injustamente) de hombres de ánimo. Con 
ellos se fué una tarde á Floralba, y sabiendo que 
Estela estaba en un jardín, intentó con nna llave 
maestra abrir la puerta del que caía á un cam- 
po, y fué su suerte tal, que abrió, llevando todos 
cubiertos los rostros con mascarillas. Llegaron, 
pues, en ocasión que el conde Enrique, habiendo 
sido llamado por Estela, estaba con ella en el 
jardín, sentados los dos en un fresco cenador, 
entretenidos en amorosa conversación, sin tes- 
tigo» que les oyeson, por haberlo asi dispuesto 
Estela. No se holgó Rodolfo de hallar allí á En- 
rique, por parecerie sería parte para hacerle al- 
gún estorbo á su determinado intento, mas vién- 
dose empeñado en él, mudó la forma del robo, 
advirtiendo á uno de los que le acompafiabnn 
(que juzgó de más ánimo), que fuese por detrás de 
los dos, y con una liga procurase cubrir el ros- 
tro á Enrique, y que los demás llegasen á abra- 
zarse con él. Hízose asi como lo ordenó, de suerte 
qne, vendado Enrique de ojos y boca, y abrazado 
de los demás por detrás, no pudo usar de sus 
armas, ni tampoco resistirles, y así él y Estela 
fueron sacados del jardín y puestos ea dos carro- 
zas en que Rodolfo y su gente habían venido. 

'■ Colóle 



334 CASTILLO SOLÓBIAHO 

Llegaron brevemente ¿ la quinta, donde poniendo 
á Enrique en nn aposento oacuro della, le de- 
jaron allí cerrado. Estaba eate alojamiento en lo 
bajo de una toríe, con aola ana pequeña luz. Allí 
86 yi(i Enriqne lleno de penas, cercado de confn- 
BÍones, porque bien conocía qne cnando fué lle- 
vado del jardín, babian sacado también & Este- 
la, y presumía que no podía haber hecbo esto sino 
sn enemigo Eodolfo, envidioso de que le Favore- 
ciese la dama. Temíase, con razAn, de su resola- 
ción, que no llegase & ejecutarla en algnna vio- 
lencia contra Estela, pues su determinación en 
robarla no prometía menos. 

Dejémosle con esta pena y volvamos á Estela, 
que f né llevada é. un cuarto ricamente aderezado, 
donde la dejó Rodolfo acompañada de dos cria- 
das que para este propósito había traído de aa 
casa, con orden que la persuadiesen eficazmente 
& que le favoreciese. Eatas comenzaron desde 
aquella noche & hacer laa partes de su dueño con 
Estela, más ella estaba tan lastimada, viéndose 
en poder de su mortal enemigo, y expuesta & que 
dijese el vulgo libremente della cuanto quisiese, 
que no trataba de más que llorar, pidiendo & 
aquellas mujeres qne le diesen un puñal para 
quitarse la vida. No quiso aquella noche oenar 
ninguna cosa de machos regalos qne la tenia 
prevenidos, y así escogió por áltimo descanso 
que la dejasen sola; con esto se echó sobre una 
cama, y las mujeres fueron & decir & Rodolfo lo 



Líin,.u,.Coo;^li: 



qao pasaba. El que estaba stunamente enamo- 
rado della y por otra parte algo pesaroso de lo 
qae habla hecho, consideraado que si el rey sa- 
bia ésto le había de castigar aeveramente, le pa- 
reció que ooD hacerla fuerza se olvidarla de En- 
rique y precararía que se soldase sñ honor ca- 
sándose con él. Con esto se resolvió á ejecutar 
este pensamiento, y asi entrando donde estaba 
Estela la comenzó & querer desenojar, dando por 
disculpa de su atrevimiento el mucho amor que 
la tenia. Todo esto era penetrar con más flechas 
de eentimiento el corazón de Estela, la cual se 
resolvió á no responderle palabra, más de que 
antes perderla la vida que condescender con su 
gusto, que su esposo habla de ser el conde Enri- 
qne ó perder la vida. Vista esta resolución por 
Rodolfo, libró en su violencia, lo que vio lejos 
de alcanzar por ruegos, y asi como á las voces 
que diesen no la habla de venir á socorrer nadie 
de su casa, y en las fuerzas la tenía ventaja, ce- 
rrándose 6. solas Rodolfo con Estela, pudo por 
fuerza alcanzar lo qne no pudo por otro camino, 
Las lágrimas de Estela fueron machas, tanto 
que por momentos se le desmayaba y quedaba 
sin sentido; particnlarment« nna vez que le duró 
mucho on desmayo, y fué necesario salir Rodolfo 
á buscarle remedio en anas piedras de grande 
virtud que tenia en otro cuarto. Entre tanto vol- 
vió Estela en si, 7 considerándose en aqnel esta- 
do, en poder de su enemigo, y perdido sn honor, 

'■ Colóle 



836 CASTILLO SOLÓRZAHO 

vieto qae no habla remedio para hacer su hecho 
y salir de allí que era lo que deseaba, se deter- 
minó & engañar á Rodolfo con fingirse sin enojo. 
Volvió el atrevido galán con aii remedio y halló 
vnelta en bu acuerdo á Estela. Procnró con nue- 
vos agasajos y caricias desenojarla, y ella caute- 
losamente enjngó las lágrimas y admitió discul- 
pas, dejando con esto contentísimo al enamorado 
".aballero. 

Volvamos á su casa que echando menos á lís- 
tela los criados en cuya confianza la había de- 
jado BU padro, fué buíjcada por todo el jardín, y 
vista la puerta del abierta, juzgaron que habría 
salido fuera. Fué buscada por la aldea, pero con 
grande recato por no dar escándalo, haciendo en 
esto las diligencias posibles; pasáronse dos días 
en los cuales se supo en la corte que la reina es- 
taba ana jornada de Belgrado, cosa que puso en 
mayor cuidado á la familia de Estela, viendo lo 
que había de sentir el almirajite esta ligereza 
suya. Bien se sospechaban que el conde Enrique 
la tendría en su poder, por lo menos la criada an- 
ciana que sabía estos amores, y así aguardaba 
cada instante saber de su señora por orden de 
Enrique. 

En este tiempo Estela mostraba afable ros- 
tro á Rodolfo, con lo cual (confiando que es- 
taba ya en su gracia) se descuidó, de modo que 
Estela tuvo lugar de poder salirse de la quinta 
sin ser vista de nadie, y de tener ánimo para 

-■ C'>"8l'^ 



irse (loBde ella & pie hasta Belgrado, al tiempo 
qae la reina acababa de entrar en palacio acom- 
paüada del rey y de todos los seflores de Huu- 
gria, menos de Rodolfo y el conde Enriqae. Hí- 
zose la querellosa dama lugar entre la gnardia 
del rey y pudo llegar hasta el estrado de la reina, 
donde delante de los dos, postrada de rodillas, 
refirió públicamente con copiosas lágrimas la 
fuerza que le- hizo el marqués Rodolfo, pidiendo 
& voces JQstioia del agravio. Llegó sd padre 
laego i la presencia de los reyes y humedeciendo 
laa canas pidi¿ lo mismo, y con él enantes deu- 
dos y amigos tenia. Perplejo se halló el rey del 
caso, más por dar seguridad é, Rodolfo, dijo que 
qiieria casarle con Estela, que pues eran los dos 
iguales en sangre, le parecía qne así se atajaban 
mnchos daños y ella quedaba con su honor. A la 
reina le pareció bien lo que el rey disponía, y 
asimismo, á todos loa qne no eran deudos de las 
partes, y con esto mandó el rey al condestable 
qne fuese por Rodolfo y le dijese lo qne había 
determinado después de la queja de Estela. 

En tanto la llorosa dama se fné al cuarto de la 
reina donde, retirado el rey della, supo con m&s 
fandamento los amores del conde Enrique y las 
competencias de los dos; y como Enrique estaba 
preso por Rodolfo. Con esta información, el rey, 
de secreto, llamó al conde Honorio, deudo suyo, 
con quien estuvo hablando en secreto un grande 
rato y dejó su presencia al tiempo que Rodolfo 

MOCKSS DE FLACBR 22 

Colóle 



33Í CASTItLO SOLÓRIANO 

entró donde estaba el rey. El escusó que le diese 
dÍBcuIpaa y le mandó luego desposar con Estela, 
y ijue hecho eato le volviese á ver. Hizolo así 
Rodolfo, muy contento de tener por esposa á Es- 
tela; desposólos el arzobispo de Belgrado, y 
luego fué á dar cnenta desto Rodolfo al rey á su 
cuarto. Halló en sa lugar al conde Honorio, que 
le recibió con una escuadra de soldados, donde 
fué preso. Diósele luego nn confesor que lo oyese 
de penitencia, diciéndole que habla de morir. El, 
al punto confesó, y, acabadas de confesar sus 
culpas, le fué cortada la cabeza. Dióse desto 
cuenta al rey, el cual estaba ya con el conde 
Enrique. Pasó al cuarto de la reina, i quien dio 
cuenta en presencia de todos lo que había hecho 
con Rodolfo, por soldar el honor de Estela, y 
luego mandó al conde Enrique que se desposase 
con ella, dándola «n arras el estado de Rodolfo 
que tenia mientraa fuese la voluntad del rey. A 
toda la corte satisfizo la justicia que hizo el rey y 
el casamiento de los dos amantes; eltos vivieron 
contentos y los vasallos temerosos de su rey, que 
por escarmiento de su padre fué siempre muy 
prudente y justiciero. 

Rematóse la ñesta con un sarao, y acabada, 
acudieron todos & sus posadas con cuidado de ve- 
nir la siguiente noche. 

FIN DE LA NOVELA OCTAVA 



Ly..,.t.,.C0t)ylt^ 



Noche quinta. 



IxABA más dilatada carrera, descansaba el her* 
moso desprecio de la ingrata DapLne en el im- 
perio undoso de N^eptuno, agasajado de sns [her- 
mosas ninfas y nereidas, oaando en el polo ár- 
tico dio lugar & que presidiese la noche. Era la 
primera de aqael año, que por ser el dia pasado 
el festivo de la Circuncisión del SeBor, cuando 
la alegre janta de caballeros y damas quisieron 
dar principio & aa buea a&o, con el alegría de 
BU entretenimiento, juntos en la casa de don 
Gastón, y en sns asientos acomodados todos, la 
música principio de todas estas fiestas (aumen- 
tada de nuevas vocea é instrumentos) le dio asi: 



Criminales son tuA ojos, 
hetmosisima Fenisa, 
pues de tantos como prenden, 
son pocos los que se libran. 

Dulce prisión los alienta 
en el Argel de tu vista, 
y si es pesada la pena 
con el objeto se alivia. 



..Google 



310 CASTILLO 30LÓBZANO 

Ho & todo rigor los tratan 
traviesas y hermosas ñiflas; 
pues lo mismo que os sn daflo 
les Tiene k ser medicina. 

Ser en el riesgo el reposo 
tas luces no es maxaTÍUa; 
qns teniendo tantas almas 
pueden prestar muchas vidas. 
Como los ven tan hermosos, 
como traviesos los miran , 
la razón hace í la pena. 
el qne con gloria le brindan. 

Negro color les esmalta, 
y en sn perfección admira 
qne regocijo nos causen, 
y que de luto se vistan. 

¿Qué mucho que el Dios vendado 
deje al arco que ejercita, 
si en más poderoso efeto 
sus tiros y aciertos libra? 

Aquesto cantaba Albanio 
al son de au dulce lira, 
haciendo amor que & la causa 
estos Versos ^e repita. 

«Bigutosos ojos ti^ne mi niña.» 
porque nunca rescatan loa que cautivan. > 
A odio voces cantado este todo, y con mocha 
destreza, dio ocasión ¿grandes aplausos y alabaa- 
eas, previniéndoselas en profecía á la hermosa 
do&a Oamila, dama genoyesa, que asistía allí en 
Barcelona, ¿ qniénietocóla suerte aquella noche: 
tomó asiento entre las damas y dijo esta novela. 

~ Cocglc 



El celoso hasta la muerte 



A Don Imíb Ca»t^á y ViUanova, capitán de 
cabaUoK en la co»ta de2 reino de Valencia. 

Ijob feudo y reconocimiento que se debe dar á 
mayor ingenio como es el de v. m. , le tribnto esta 
norela, qne con grosero estilo va temerosa á bus 
manca. Atrevimiento es ponerse delante de qoien 
tantas maestras tiene dadas de su claro entendi- 
miento, con lo eloonente en la prosa y lo eradito 
en los versos, la acoión del reocnocer, merezca 
(en loa yerros) la del perdonar, qne de patroci- 
nio se vale, qne con lo pradente conocerá deseos, 
y con lo noble suplirá faltas. Celoso del servíoio 
de v. m., le ofrezco otro de sn honra, qne &a tema 
le llegó á los términos ñnales de su vida basta 
acabar con ella, proposición será en mí que onm- 
pliré el emplear la mía en el servicio de v. m. que 
gaarde Dios como deseo. 
Servidor de v. m,, 

DoH Alohbo de Castillo Solórzabto. 



'■ Coi«lc 



CASTILLO S0LÓRZAE40 



NOVELA NOVENA 



Estaba en servicio del Ezoelestísimo Señor 
Don Garlos de Borja.duquede Gandía, anliidalgo 
solariego de la montaña de Borgos, cayo nom- 
bre era Bernardo Salazar. Este, por una muerte 
que hizo en su tierra, se vino al reino de Valen- 
cia, donde por su buen proceder y honrado trato, 
fné admitido por gentilhombre deldnque, á quien 
servia en Gandía. Estuvo algunos años en esta 
ocupación, mereciendo por sus partes la com- 
pañía de una noble señora, criada de la duquesa, 
con quien se casó, y así estableció más de asiento 
el continuar el servicio del duque. 

Deste matrimonio tuvo ana hija, que llegando 
á los tres lustros de su edad, era la más hermosa 
majer que habla en todo el reino de Valencia. 
UnohoB caballeros mozos, criados de la casa del 
duque, deseaban merecerla por esposa, y aun ha- 
cían diligencias para esto, pero la poca edad de 
Marcela (qne este era su nombre) atajó estas pre- 
tensiones, dando por disculpa su padre que aún 
era temprano para ponerla en estado y apartarla 
de en compañía. 

-■ Colóle 



No por esto dejaron, por entonces, los accio- 
nados de la hermosa Marcela, de continuar el 
servirla para tener merecido lugar en an volun~ 
tad cuando fuese la de su padre ca's&rla. No es- 
taba en esto Bernardo de Salazar, porqne como 
fino montaBés, quería emplearla en un primo 
hermano suyo muy ríco, que vivia en Aguilar 
de Campóo. Este habla heredado de bus padres 
más de 40.000 ducados de hacienda, en hereda- 
des y juroe, de suerte que era de los hombres 
más ricos de aquella tierra. 

Llegó Marcela á tener veinte aftos, y viendo 
su padre que tenía ya edad para darla estado, 
lo trató por cartas con deudos suyos, para que 
ellos lo acabasen con bu primo. Envió retratos 
de su hija allá, con que fué fácil de efectuarse el 
casamieu to. Enviaron por ladispensaciónáKoma, 
■que vino dentro de tres meses, y en el ínterin 86 
trató el modo cómo se había de hacer la boda. 
Era el novio poco galán, y mucho montañés. La 
disposición del cuerpo no realzaba sus partes, 
porque le tenía muy pequeño, y con esto un bulto 
en las espalijas, que él decía haber sido caída, 
y los que le vieron nacer que era corcova. De 
cualquier suerte, él era corcovado, y tan metido 
de hombros, que apenas se señoreaba la cabeza 
sobre ellos dos dedos. Las piernas no suplían este 
defecto, porque era zambo en sumo grado; sólo 
el entendimiento enmendaba estas faltas, quo 
era tan corto como su cuerpo, y tan limitado 



314 



que apeaae sabía lo ordinario de la cortesía, que 
llaman la cartilla de los ignorantes. ¡Miren qué 
monstruo esperaba la beldad de Marcela! ¡Qué 
demonio elegían por compafiero de tal ángel! En 
sólo uua cosa anduvo cuerdo, que Fué en no que- 
rer Ir á. casarse á Gandía, sino que le llevasen & 
su patria la novia; debió de ser consejo de quien 
le quería bien, porque no viesen sus defectos. 
En esto se resolvió, y como rey, aguardó & que 
su suegro y primo se la enviasen á la montaña. 
Viendo Bernardo de Salazar la terquedad del 
yerno que había elegido, en no ir á casarse con 
su hija, se determinó á llevársela. 

No podía Salazar entrar en Aguílar por la 
muerte que allí había hecho, porque atiu vivían 
hermanos del difunto, y era gente poderosa; pero 
resolvióse en ir encubierto. Partieron de Gan- 
día, y continuando sus jornadas, llegaron & la 
patria del sefior novio. No venía Marcela con 
mucho gusto, porque de ver la poca fineza de su 
esposo, se temió, ójque le faltaba entendimiento, 
ó le sobraban defectos personales; mas al fin, su- 
jeta y obediente al gusto de su padre, hubo de 
forzar el suyo, y en compañía de su madre ir á 
casarse, sin saber el talle y partes de su consorte. 

Llegando cuatro leguas de Aguilar, á donde de- 
terminaba quedarse Bernardo de Salazar, hicie- 
ron alto esperando la salida de Lorenzo de San- 
tillana (que este era el nombre del novio); mas él 
la excusó con fingirse enfermo y echarse en la 



'■ Colóle 



NOCHSE UB PLACER 315 

cama, y asi U obligaron & que en ella le hallase 
SQ suegra, no con poca riea de todo el Ingar, que 
celebraba estos caprichos y temas del defectuoso 
Santillana. Con esto se determin¿ Solazar á en- 
trar en Aguilar i verse con su yerno, enviando 
delante & su mujer é hija , acompañadas de al- 
gunos deudos que te salieron & recibir. Las dos 
hallaron al tal novio en la cama, que los recibió 
con mucha alegría. En pocas razones conocieron 
su buen talento, con que ¿ Marcela y á su madre 
se les dobló el pesar; que tampoco este casa- 
miento se hacia con gusto de la madre. Esa no- 
che se hizo un ezpléndído banquete, donde asis- 
tieron los deudos más cercanos y sus mujeres, y 
después de acabado, vino Bernardo de Salazar á 
verse con su yerno. No poco se holgaron madre 
é hija de que viese el sujeto que habia elegido 
para su yerno, y esposo de una dama de tantas 
partes. Mas él estaba tan casado con la codicia 
de su hacienda, y tan desvanecido con el novio, 
que BUS defectos le parecían perfecciones. jOh 
codicia humana: cuántos desaciertos haces y 
cuántos yerros ocasionasl 

Esa noche se pasó con visitas de parientes, y 
esotro día se efectuó la boda, que no les costó 
pocas lágrimas á la hermosa Marcela y á su ma- 
dre. Era el novio sumamente miserable, y ocho 
días que tuvo á sus suegros consigo se le hicie- 
ron mil años. Cansóse con los huéspedes, de 
suerte que coa ceñudo semblante, les dio á en- 

-■ Cocglc 



tender que goetaría de que le dejaran solo. 
Echólo de ver la suegra, y coaociendo el enfado 
del descortés yerno, dio prisa á 8alazar para bu 
Tnelta á Gandía, si bien por otra parte le daba 
pena haber de dejar en poder de un hombre, toa 
opuesto & su condición, & bu hija. Esto causan 
los padres, que por sus particulares intereses 
emplean sus hijos en personas con quien han de 
vivir muriendo, dándoles estado por fuerza, que 
ha de durar lo que la vida. Volvióse Salazar con 
su mujer Á G-andía, despidiéndose su yerno del 
muy secamente, con lo cual llevó algún pesar de 
haber empleado á su hija en hombre tan tonto y 
falto de urbanidad. 

Con la venida do la hermosa Marcela, acudió 
toda la gente principal de Aguilar & visitarla, 
asi de damas, como de hidalgos y caballeros, y 
todos salieron contentísimos de sus partes, y 
añcionados de su agrado y cortesía. La ociosa 
juventud del lugar todo éta alabar á la Valen- 
ciana, que así la llamaban; todo hacerla versos á 
su hermosura, y darla músicas de noche. Con 
esto levantaron una polvareda de celos en el 
buen Santillana, tal como don Beltrán pudo per- 
derse en ella. Aunque no discurría mucho, pudo 
en este particular alargarse á discurrir, que él 
era defectuoso de talle, corto de ingenio, y es- 
poso de una perfecta hermosura, celebrada con 
razón en su lugar; consideraba que vista, aumen- 
taría deseos y causaría envidias en los que le 



-■ Coi«lc 



couBÍderaban duefio della. Con esta imaginación 
continuada comenzó & desvelarse, j á c[uitar & 
aa mujer las salidas, y á cortar las visitas qae 
la hacían. Echó sus parientes; anmentósele el 
sentimiento á la pobre señora, de tal suerte, que 
cada día iba perdiendo de su hermosura. No sa- 
lía de casa sino era á misa, y eso (que era for- 
zoso) cubierta el rostro, y acompañada del mismo 
Santillaaa, que la llevaba do la mano hasta 
volverla & casa, no se apartando un punto en I» 
iglesia de su lado. 

No sentía Marcela estarse en casa, privada de 
la comunicación de los que la solían visitar, y 
de salir & las holguras que se ofrecían, tanto como 
de la poca confianza que de ella bacía su grosero 
esposo, y del temor con que vivía, recatándose do 
que viese á nadie, que con esto insinuaba en ella 
ligereza, 6 temor de que la tuviese contra su hj- 
nor. Esto escribió algunas veces á sus padios 
junto con estas lástimas, con que los tonían eu 
continua pena, arrepentido del todo Salaaar áo 
haber hecho tal empleo. Sucedióle á SantillHim 
en la iglesia ver á nn galán oyendo misa boste- 
zar, y como es ordinario hacer lo mismo el quu 
lo ve', acontecía hacerlo tal vez Marcela, y 
pensar qne esto era seña entre los dos, con que 
llegando & casa la consumía pidiéndola celos. 
Cesto, á este modo, te sucedían muchas cosas, 
que en la pobre señora era de |>esad»mbre, y sa- 
bida de los vecinos do risa, viendo cuan apaaio- 

Lyn,.u,.Coo;^li: 



nado estaba el pobre celoso. £ra de manera, qae 
redundaba en decirla razones muy pesadas, qae 
la obligaban á tener mucho sentimiento. 

Con las muchas lástimas que Marcela escribía 
é, suB padres de la triste y desesperada vida que 
pasaba, ocasionó á Bernardo Salazar ana enfer- 
medad que le apretó tanto, que le acabó la vida. 
Queríale bien su esposa, y asi lo mostró en el 
sentimiento, pues & quince despuéa que le ente- 
rró dio fin á sus dias con grande pena de los 
duques, que la estimaban y querían mucho. 

Dejó Salazar alguna hacienda, y siendo bu 
forzosa heredera Marcela, avisaron & SantíUana, 
así de la muerte de sus su<)groe, como de lo que 
su mujer heredaba. El, que no era poco ambicioso, 
y amigo de interés, se holgó con la herencia, y 
viendo que para tomar la posesión della, sí iba 
á Gandia había de dejar sola & su esposa, deter- 
minóse ¿ llevarla consigo. No fué de poco gusto 
esta jornada para la hermosa Marcela, qne lle- 
vaba intento, en llegando & Gandía hacer cnanto 
pudiese por apartarse de la compañía de tan in- 
Bufrible hombre, valiéndose del favor de los dn- 
ques, y de sus hijos. Llegaron á Gandía (y es de 
advertir primero, que SantiUana jamás habla 
salido de Aguilar, desde que nació, una legua en 
contorno); fuéronse á apear en casa de na deudo 
de Marcela, que les recibió con mucho gusto. Esa 
noche les enviaron loe duques á visitar con na 
paje, y á darles la bienvenida. Al recaudo rea- 



-■ C-""S>^ 



pondió SantÜIaaa cod aqnel baen lenguaje de 
que era dotado, coaa que el paje notó bien, y lo 
dijo en palacio, qae no fné poco solemnizado; 
porqae el paje era socarrón, y to refirió con mu- 
cha gracia. 

Be ahf & dos días qae llegaron, quiso Marcela 
ir i besar la mano al dnqne y duquesa; acompo- 
flóla el pelmazo de gu esposo, tan bien vestido 
como ae podía esperar de su buen gnsto; qae ann- 
qae Agoilar es lugar político, en él no había en- 
trado el andar al oso. Fné SaatíUana honrado 
del duque, de sn hijo el primogénito y del maes- 
tre de Montesa, qae asietla allí, disimulando 
cnanto pudieron la risa qae les causaba su deslu- 
cido y ridiculo talle y sus groseras acciones. 

Uarcela, después de haber besado la mano 
al duqne, entró en el cuarto de la duquesa, 
donde fué afablemente recibida, no poco adrói- 
rada de ver en tanto menoscabo su hermosura, 
considerando cuánto acaba una pena. Allí dio 
cuenta Marcela & su excelencia y á sus criadas, 
de sns trabajos desde que se casó, y cómo aún 
vivía con ellos, sin haber remedio de poderse 
acabar con Santillana, que perdiese los celos que 
della tenía, fundados en necias sospechas. Vuel- 
ta Marcela y su esposo á su posada, comunicaron 
los sefiores lo que la dama les había referido 
acerca de la terrible condioción de su esposo, 
cosa que i todos les causó mucha lástima. Tomó 
el duque i su cargo esotro día el darle una mano 

-■ Coi«lc 



350 CASTILLO SOLÓaiAHO 



para ver si con ella se enmendaba, y estimaba 
á sa esposa; envióle á llamar, y annqne al 
buen montañés se le hizo cuesta arriba ir á pa- 
lacio, hubo de obedecer el mandato del dnqae. 
Aguardábale en un camarín solo, dónde viéndose 
é. solas con él, le dijo las obligaciones que tenía 
un marido de bonrar á su mujer, cnando en ella 
conocía parte para ser amada, y qae no le daba 
cansa para sospecha alguna. Dijóle lo que había 
sabido usaba con ella, y rogóle que de allí ade- 
lante ae portase de otro modo, con advertimien- 
to, quo si sabíalo contrario, le procuraría enmen- 
dar por el camino que pudiese. Algo se atemorizó 
Santillana, viéndose reprendido de un tan gran 
señor, en cosa qiie tenía tanta razón, y él tan 
poca. Disculpóse con las más concertadas razo- 
nes que en rudo talento le dio la mano, sin ha- 
cer fundamento á su necio tema, y con esto se 
despidió del duque. 

Como Santillana era necio de cuatro costados, 
no supo disimular nada con su esposa; antes ima- 
ginando que aquella reprensión procedía de in- 
formación, que les habría hecho Marcela, indig- 
nóse contra ella de modo que, si no fuera por sus 
huéspedes, deudos suyos, llegara á poner las 
manos en ella. Supo luego el duque esto, y co- 
municólo con sus hijos para verlo que haría so- 
bre ello. Unos estaban de parecer que se tratase 
divorcio, otros que la duquesa se la llevase con- 
sigo por unos días, por ver si se enmendaba. 



-■ C'>'«1'^ 



NOCHES DE PLACER 851 

H&B el míiestre de Uoatees, caballero pruden- 
te, mozo y amigo de entretenerse, quiso qae 
se le hiciese ana burla , esperando que por 
aquel camino tendría más presto remedio Mar- 
cela. Comunicólo con su padre y hermanos, y 
por ver el efecto que hacía, dio lugar el duque á 
que se pusiese en ejeonción. Fué necesario hacer 
primero las amistades de ^antillana con su es- 
posa. Esto tomaron Á cargo sus parientes, ha- 
ciéndolas esotro día, y para solemnizarlas trata- 
ron de concertar una holgura en el mar. No 
rehusó poco Santillana entrar en él, por ser cosa 
qae nunca había hecho; mas con raegoe de los 
demás deudos (asegurándole que no había peli 
gro) hubo do condescender, harto contra su vo- 
luntad. Previniéronse dos barcos grandes, de 
pescadores del Grao de Gandía, y en ellos me- 
tieron fiambrera para merendar. 

Estaba el mar quieto; entraron on él, y con 
zaron los remos á alterar su líquidos záfiros 
que se alargaron el mar adentro más de uní 
gaa. Ya el Maestre habla prevenido á sus cria- 
pos para la burla, y estaban dentro del mar eu 
un bergantín que allí había surto, en el cual en- 
traron cosa de treinta dellos, todos vestidos de 
moros, llevando asimismo el bergantín con flá- 
mulas y gallardetes, todos con medias lunas á 
BU usanza. Porfiaba Santillana qae volviesen á 
tierra, más como iban sobre aviso, mientras más 
instaba en esto, más se en traban en el mar; des- 

-■ Coi«lc 



362 CASTILLO gOLÓRZAttO 

oabrieron en breve el bergaatín, tan prevenido 
de todo, qne & no estar advertidos, pensaran 
qne era venido de Argel. Los barqueros comen- 
zaron i decir: 

— A tierra, & tierra, pobres de nosotros, qne 
aqnel bajel es de moros. 

Aqnl fué ello; qne asi como lo oyó nuestro San- 
tillana perdid el color, y no acertaba ¿ hablar. 
No Fué poco qne los que iban con él no descu- 
briesen el engaño con la risa; mas cada ano hizo 
valor en disimularla, manifestando en lo exte- 
rior sentimiento del impensado subeso, encomen- 
dándose &. Dios qne los librase de aquel tan ma- 
nifiesto peligra.Las mnjeres, sacando sus lienzoa, 
fingían lágrimas, 7 todo era nna confasión. 
Llegó en esto el bergantín á los dos barcos, y con 
la algazara morisca, comenzaron & dispararles 
piezas sin bala, cuyos tronidos apenas llegaron 
& los oídos de Santillana, cuando arrojado en el 
suplo del barco, comenzó A dar vocea y A pedir 
misericordia. Aferró el bergantín con el barco en 
que iba Santillana y su esposa, y saltando aque- 
llos fingidos moros en él comenzaron á abrazarse 
con las mujeres, y & llevarlas á su bergantín. 
Pnsiéronee algunos en su defensa, más luego les 
tomaron las espadas, ataron las manos, ¿ hicie- 
ron lo mismo con el montañés, que estaba casi 
sin sentido, llevándole cnu los demás al bergan- 
tín, donde luego fué despojado de su vestido y 
puesto en calzas y eu jubón. Esto mismo hioie- 

-■ "^■C»"8l'^ 



NOCHES rȒ Pt.ACfE 353 

róndelos otros, qae fné oosa tolerable por. ser 
verano, m&s ¿ loa mujeres no tocaron en el ves- 
tiáo. 

Oon esto partieron de allf dando bordos por el 
mar toda aqaella tarde, haciendo qne & Sasti- 
ilaua le llevasen al bajo del bergantín, porque no 
viese donde oamioaban. Estaba el cuitado mon- 
tañés llorando y haciendo las mayores lástimas 
del mondo, sin haber coa que consolarle. Lo que 
m&a pénale daba. era verse sin esposa, y & ella 
en poder de aquellos que jnzgaba por moros. 
Llegó la noche, y el bergantín amainó las velas 
y suspendió la palamenta cerca de tierra. Esto 
era algo más arriba del Orao de Q-andfa, adonde 
estaba nna alquería la tierra adentro. Oomenza- 
ron& decir to<loB «¡tierra, tierra!*, para que San- 
tillana lo oyese, & qnien fueron sns oompafieros 
á decir que estaban en la playa de Argel, y ceroa 
de ana casa de placer donde el rey asistía. Con 
esto el cuitado no hacía otra cosa que llorar. Sa- 
lieron todc» con el esquife á tierra, sacando á 
Santillana, bien temeroso de que le habían de 
maltratar. 

Loa moros con la gente que iban, en for- 
ma de cautivos, comenzaron & cauíinar'hacia 
la alquería, dando á entender que allí los estaba 
esperando el rey para ver la presa que hablan 
hecho. Iba delante de todos, el que llamaban 
Arráez del bergantín, qne mostraba ir mny ufano 
oon la presa; los domas le seguían de dos en 

MOCHIS DE ÍUlCWS. 23 

'■ Colóle 



354 CAsro-LO solórzasu 

dos. Desta suerte entraron en la alquería, y ¿ lá 
pnerta de una sala deUa hallaron cuatro moros, 
que estaban puestos para ser porteros, á quien 
pidieron que entrasen á pedir licencia para ha- 
blar al rey Mahomad Yafer. Uno dellos se la en- 
tró á pedir, quedándose allí los tres. Salió breve- 
mante el portero, diciendo que el rey aguardaba , 
con lo cual entraron.los moros y los cantivos del 
mismo modo que hablan Tenido, hallándose todos 
eu la presencia del fingido rey, el cual papel ha- 
cia el camarero del maestre, hombre de bomsimo 
hnmor, criado toda bu vida en la corte de los re- 
yes de üspaña, y uno de los mayores socarrones 
disimali^doB dé la Eoropa. 

Elste estaba vestido con una marlota carmesí, 
y sobre ella un albornos azul, tenia un turbante 
muy grande en la cabeza, muy poblado de benga- 
las listadas de varios colores. Era un hombre 
grande de cuerpo, moreno, de poblados mosta- 
chos. Al fin, escogido para hacer la figura, que 
representaba muy al natural. Este, pues, estaba 
sentado sobre dos almohadasde terciopelo verde, 
y encima de una gran alfombra; cerca del, esta- 
ban acompaü&ndole algunos moros. Llegó el pri- 
mero Sella, qae así se intitulaba el fingido Az- 
rráe, y en la lengua que él quiso formar (des- 
pués de haber hecho la zalá) habló nn rato. Aca- 
bado BU no entendido razonamiento, el rey le 
abrazó y mandó arrimar í un lado de la sala, 
tiuego fneron llegando los hombres que pasaban 

-■ Cocglc 



plaza de oantivoB, á quids el rey preguntó ec 
lengua española, de qné tierra eran y el oficio 
de cada uno. Llegó ^1 último Santillana, perdido 
el color y con pasos tímidos, no poco admirado 
de ver hablar al rey tan deapiertamente sn len- 
gua, & quien dijo: 

— T¿, cristiano, ¿de dónde eres?] 

Tan turbado estaba el afligido montañés, qne 
no acertaba i responderle, y asi se lo hubo de 
preguntar otra vez. El, comiéndose las palabras, 
y medio tartamudo, dijo: 

— Señor; yo soy montañés, de las montañas de 
Burgos. 

— ¿Qué oficio 63 el tuyo? (replicó el rey). 

— Hidalgo: respondió 8 antillana. 

—Hidalgo, según pienso (dijo el rey), no creo 
que es oficio en tn tierra con que se gana la co- 
mida. Bino una herencia do sangre de buenos pro- 
genitores. 

Como era corto en discurrir el montañés, no 
entendió de la etimología de hidalgo más de lo de 
herencia que lo de los progenitores, fnésele por 
alto, y aai le dijo: 

— Sefior; después que murieron mis señores pa- 
dre (santa gloria hayan) no he tenido otra heren- 
cia que la de mi mnjer, y aun esa me ha salido 
tan cara, qne viniendo & poseerla, me hallo cau- 
tivo en poder de vuestras mercedes. 

Aquí comenzó é llorar amargamente, de modo 
qüa hizo el rey mucho (con toda en disimula- 

'■ Colóle 



356 CASTILLO SOLÓEZANO 

ción) en no reírse y malograr la comenzada borla. 

— ¿Casado eres? (dijo el rey). 

— A eerricio de vuestra merced (respondió 
SantiUana), si su cómo se llama gastare de que 
lo sea aqui en Argel. 

— ¿Pues cómo7 dijo el rey ¿está ta esposa en 
esta tierra? 

— Señor, sí, por mis pecados; replicó SantíUa- 
na; qae ahí me la traen oantiva conmigo, síb 
dejármela ver sita moros, qne me ban desDasado 
de ella como si faeran vicarios. 

— ¿Es moza ó vieja? dijo el rey. 

— Ella lo dirá mejor que yo, respondió Santi- 
Uana, qne las majeres no qoieren qne se las afta- 
dan años, y & mi me parece qne ha algonos que 
soy casado con haber poco tiempo. 

— ¿Viene en la tropa? dijo el rey volviéndose 
al Arries . 

£Í le respondió que si. 

— Holgaréme de verla; replicó el socarrón. 

Entonces hixo el Arráez que la hermosa Kar- 
oela pasase delante en la presencia del rey. líi- 
róla atentamente, teniendo ella puestos los ojos 
en el suelo, mostrando grande pesar de la fingida 
prisión. Después que el rey la eatUTo mirando on 
grande rato, dijo: 

— Por cierto, cristiana, que es tu hermosnra 
singular, y la mayor que mis ojos han visto. ¿Eb 
posible qne en tu tierra estiman tan poco las bel- 
dades, que las emplean en hombrea de tui baja 



.Cocglc 



HOCHgS OG PLACKB 357 

«atofa como tu eapoao, habiendo príncipes que 
fueran dichoaoB «n tenerte por compaftera? 

Atento estaba Santillana, á lo que decía el 
rey, y como siempre los celos le traían con in- 
c[aistnd, presumióse que et rey estaba enamorado 
d« su esposa, y no podiendo sufrir qud le tuviese 
en humilde reputación, le dijo; 

— Sefior, mi mujer hermosa es, y ella lo sabe, 
de lo que me pesa; mae yo soy de tan alta estofa, 
como ei que más, que no hay solar de la mon- 
taña que aventaje en calidad al mió. 

— Bien está, dijo el rey; consolaos con que sois 
buen cronista de vuestra nobleza, mientras que 
yo (que soy ahora duefio de vuestra esposa) trato 
de reducirla & nuestra ley, para que lo sea mía. 
^ — No ser& eso en mis días, dijo Santillana muy 
metido en cólera. 

—¿Cómo, cómo? dijo el rey. ¿En mi presencia 
se atreve un vil cristiano, cautivo mío, á hablar 
tan libremente? ¡Hola, Arráezt baoedle dar mu- 
chos palos, con un junco de la India, en la ba- 
rriga. 

No le sonó bien el riguroso decreto á b3an- 
tUlana, alborotándose sumamente, y afligiéndose 
otro que tal. Apenas oyeron los moros el man- 
dato de so rey, cuando agarran de nuestro San> 
tillana, y aunque no quiso, le vuelven á atar las 
manos atrás; él con copiosas lágrimas, puesto de 
rodillas delante del que tenia por verdadero rey, 
lo dijo: 



-■ C-""S>^ 



S56 CASTILLO SOLOKZáKO 

— Señor rey, 6 duque de Argel (que el miedo 
me tiene tal, que no sé con certeza lo qne sois): 
revocad la áspera sentencia qne contra mi habéis 
dado, y perdonadme mi desacato, qne los celoa 
me hicieron hablar asi, y el hombre de quien 
se apodera esta pasión, pocas veces está es sa 
acuerdo. 

— ¡Qné, qué? ¿celoso me sois? (dijo el rey). Eso 
quiero saber para ver como os tengo de tratar. 
La sentencia revoco, y conmútese en azotes en el 
lugar y partee donde y como son |vapulado8 lo8 
nifios de la escuela. Aquí no aguardó m&s la bur- 
lona tropa, que en un instante fué llevado (como 
ánima por infernales espirituB) í unretiro, donde 
brevemente le quitaron las cintas, quedando & 
guisa de penitente por fuerza; y con tantas 
ganas, como puntualidad, fué castigado, dando 
el triste diablo tantas voces que atronaba loa 
oídos de los circunstantes, causando & su esposa 
no poca pena; porque si entendiera que la burla 
llegara & tales términos, no consintiera dar prin- 
cipio á ella. Acabado el snplicio, nuestro cas- 
tigado fué otra vez puesto eu la presencia del 
rey, y él le dijo: 

— Este castigo que se os ha dado, importó mu- 
cho, para que con su escarmiento no se atrevan 
otros viles cautivos como vos & ser atrevidos 
en la presencia de un rey tan hombre de bien 
como yo. 

Si tuviera talento Santillana, en esta razón 



->.. Cocglc 



KOCHES DE PUICER 359 

conociera la borla; mas el poco qae tenia, y la 
turbación de verse cautivo, azotado, y sn esposa 
á pique de ser tiranizada del rey, le tenían fuera 
de sí. Prosiguió el rey diciendo: 

— En tanto que os han castigado mis minis- 
tros, he estado perBuadiendo á ■v'uestra esposa 
que se reduzca á mi ley, y que me casaré con 
ella; pero está tan rebelde, con ver cuanta bonra 
la hago, que he determinado ya que por ruegos 
no quiere ser mi mujer, que por fuerza sea mi 
concubina. 

Preguntó Santillana qué era concubina, y 
dijerónle qne una de las amigas ó mancebas quo 
tenia el rey en su serrallo. Aquí perdió San- 
tillana la pacienbia del todo, diciéndole & vocea: 

— Key injusto, rey tirano, rey ambioioso del 
bien ajeno; mátame antes que yo llegue á verte 
concubino de mi esposa, y qne ella lo sea tuya. 
¿Concubina había de ser una beldad tan perfeta, 
una hermosura tan rara? yo bien puedo perder 
□ua vida que tengo; pero si tal llegasen á ver 
mia ojos, matarla no sólo al rey, pero & cien reyes 
que tal emprendiesen. Vuestra como se llame se 
reporte, y no tome por fuerza lo que no le dau 
de grado; conténtese con las concubinas que 
tenga, sin emprender concilbinar con Marcela. 

— ¡Desacato, desacato! apellidaron loe moros; 
y el rey visto que el pueblo se alteraba, dijo; 

— Segunda rebeldía contra el que tiene do- 
minio sobre este cautivo; digno es de segando 



-■ Coi«lc 



SOLÓBZANO 



castigo; éste sea raparle, y echarle por boga- 
vante de Una galera de las mias. Alto, llam^ al 
rapista 6 barbero, y hágale rasura, á fner de ga- 
leote. 

Segunda vez se vió el montafLés en poder de 
aquella morisma; y habiéndole rapado, le des- 
nudaron cuanto llevaba, y le vistieron una ca- 
misa y anos calEones de angao; y con una ja- 
qneta ó saltambarca de frisa carmesí, y un bo- 
nete de lo mismo, fuá puesto en figura de boga- 
vante con su arropea al pie. No sabia el desdi- 
chado lo que le había sucedido. Comeneó ds 
nuevo á su llanto, y por toda aquella noche es- 
tuvo en un sétano, que llamaron por entonces 
mazmorra, amenazado de los moros, qne esotro 
día habían de ponerle al remo. Toda la noche se 
pasó el cuitado, sin dormir suefio, metido entre 
mil confusiones, considerando la vida que se le 
esperaba, de quien le contaron mil penalidades 
y trabajos. 

?ino el día, no muy deseado, del triste Santí- 
llana, y mandando el fingido rey que le trajesen 
& su presencia. Hallóle sentado en su misoko 
asiento, qne el día antea, y á sa lado bu esposa 
muy contenta, cosa que le hizo admirar macho. 
Dijóle el rey: 

— Aqui verás, cristiano, oomo no hay rebel- 
día, que con la perseverancia permanezca, ni 
resistencia qae no se ablande. Marcela tu esposa, 
ea ya de mi ley, y por hallarse agraviada y oten- 



-■ Cocglc 



NOCHSa DK PLACKK 861 

dída de tí, en lo macho qne eres oeloeo, quiere 
quedarse coamigo en Argel caaada. Mira lo que 
ha cansado tn eetraüa oondicián. 
' Oído ésto por Santillana, preguntó & Harcela 
sí era verdad lo qne el rey le decia. £lla calló, 7 
el rey le dijo: 

— SantUla&a: quien calla otorga; paciencia, é 
ir á aervirme en l&a galeras. 

Cayóse el montañés de su estado, sin sentido 
en el suelo (tanto le añigió la pena). Volvió de 
aM í un rato en si, y comenzóse i arrancar la 
barba y oabello de pesar. El modo como lo hacia 
diera mucha risa é, los circunstantes, si lo per- 
mitiera el encargado disimulo desta burla. Deeta 
suerte fué Santillana llevado al bergantín, di- 
ciendo que allí aguardarían & las galeras para 
ponerle en ellas con los dem&B galeotes. Dennevo 
tonuí á su lamentación, haciendo notables lás- 
timas. El Attígz fingió compadecerse del, y para 
oonsaelo suyo, y que do se desperase, le dijo, 
que pues estaba & su cargo el cuidar del por 
mtonces, no quería que tomase remo en la mano, 
basta ver qué determinaba el rey. Pasáronse 
ocho dias, y en el fin de ellos fué mandado llevar 
Santillana delante del rey. Hallóle acompafiado 
de su esposa, é iguales en los asientos, con que 
ae pensó que ya la boda entre los dos estaba 
hecha. Luego vio entrar dos criados del du- 
que de Gandía, que se ñngteron embajadores 
RtyoB. Estos dijeron al rey, que el duque quedaba 



L,„-..u,.C00>^lc 



SOLÓSZAKO 



con grande Beotímieiito de que vasalloB sayos 
hubiesen venido & sa poder cautivos, y qne asi 
le suplicaba le dijese cuanto le habia de enviar 
de rescate por todos. !EU rey les respondió, qne 
aunque sabia que toda aquella era gente prin- 
cipal, con 12.000 dncados que su Excelencia en- 
viase, tenia suñcientepara rescatarlos. Acetaron 
esto los embajadores; pero el rey replicó, que 
aqnello se entendía sin la hermosa Uarcela, que 
esa reservada entre todos por saber della, qne 
no Tolyerla á poder de su marido con en gnsto, 
por causa de los demasiados celos qne le pedia, y 
la mala vida qne la daba, y que en esto no le re- 
plicasen. 

Si en eso estriba el quedarse en sn compañía 
y no en antojo suyo, dijo Santillana, yo ofrezco 
desde aqui que no tendré celos, ni menos se los 
pediré, y que ser¿ todo cnanto ella quisiese, & 
trueque de salir de cautiverio. Mandó el rey que 
viniese un escribano (que no permitió Dios qne 
alli faltase) y delante del se obligó Santillana en 
una pública esoritnra á complir lo que él quiso 
dictar, que eran estas razones: 

(Digo yo, Lorenzo de Santillana, hijodalgo 
montañés de solar conocido, casado con Mar- 
cela de Salazar, mi deuda, y cautivo que soy al 
presente del señor (aquí preguntó al rey cómo 
se llamaba, qne no causó poca risa, dijóselo 7 
prosiguió) del señor Mahomad Xafer, rey de 
Argel, que me obligo á no pedir como hasta aquí. 



-■ Coi«lc 



á 1& dicha mi majer, celos, ni dárselos, sino qqq 
▼iviré qoieto y segnro, y sin suato de la tal ma- 
ligna y endiablada pasión; pena de qae si con- 
traviniese á esto, Babiéndolo en alteza dsl eelior 
rey, pneda enviar por mi & sas moros á donde 
qniera qne estnviere, para que vuelva ¿ ser su 
prisionero, y tener ración de bizcociio y agaa, y 
loa malos tratamientos qne al presente he reci- 
bido, oomo m&s largamente lo dirán los carde- 
nales de mis asentaderas; y porque así lo cum- 
pliré, lo firmo de mi nombre». 

Ocupado en la nota no reparó en los semblan- 
tea de los qne estaban presentes & la tal escritn- 
ta, qne estaban reventando de risa. Disimularon 
todos, y él ñrmó sn obligación y dióla al rey, y 
él tomó & Marcela de la mano y entregósela, vol- 
Tiendo & advertirle qae si no cnmplia aqaello á 
qne se obligaba, volvería á sa poder. Así lo pro- 
metió de nuevo Santillana. Con esto fneron en- 
tregados los cautivos i los embajadores del dn- 
qne, y entrándose en nnaa barcas, tomaron el 
nimbo de Gandía. Ya el duque, duquesa y sus 
hijos sabían la borla qne el maestre había hecho 
á Santillana, que á todo se había hallado el 
maestre vestido de moro, ain qne pudiese aer co- 
nocido. Después de haber dado algonaa bordas 
'por el mar, tomaron tierra en el Qrao de Gandía, 
donde desembarcaron todos, besando la tierra 
con el miamo afecto que si con verdad vinieran 
redimidoa de Argel. Fueron llevados á la preaen- 

Lyn,.u,.Coo;^li: 



SOLÓBZAKO 



oia de los daq^ies qae iiiuisieroii oír la relaoióa da 
en caatÍTfirio ¿ Santillana; él la hizo con tm ali- 
flado leugnaje, coa que les dio maclio que reír. 
Advirtiólo el daqne qae dobla guardar y com- 
plir la obligaoion que habia heolio al rey de 
Argel. 

— No es menester (dijo él) acordármelo vaea- 
tra excelencia, qne yo me lo tengo en cuidado, 
pnes no me trataron tan bien, que por maohos 
dlae no me acaerde del rey y de sns moros, pena 
de qne seré un tonto si de ello me olrido. 

De nuevo se rieron los duques, con que les die- 
ron licencia & todos para irse & sus posadas^ y 
Santillaaa volvió & tratar en sos negocios por' 
dar fin & ellos con la promesa que habla hecho 
al fingido rey. Atrevióse Marcela ¿ no guardar 
la clausura qne hasta allí, saliendo i, verse oon 
■os amigas, con que volvió Santillana interior- 
mente á sQB-celos con m&B afecto; y como éstos 
no los pudiese manifestar, consumióse de modo 
que esto le causó ana enfermedad peligrosa o<hi 
que dio fin & sus días. Era su forsosa heredera 
Marcela, tomó posesión de toda su hacienda, y 
oon ella, dentro de un abo halló marido & su gnii- 
to, con quien vivió alegre y contenta. 

Sobre manera fué lo que el discreto auditorio 
de caballeros y damas se alegró con la graciosa 
novela de la hermosa dofia Camila; porque la 
contó con tanto donaire y sazón, y tan pneato en 
sn lugar todo, qne juntamento oon la risa dri 



-■ Cocglc 



celoso borlado, oaosaba admiracióu el artificio, 
con referir la graoioaa burla. 

Llevó de todos mnclias enhorabneDas, d&ndole 
la palma de haber sido la que hasta allí lo ha- 
bla hecho mejor; y ella, dándose por muy favo- 
recida con tantas aplausos^ dio lugar á que don 
Cotaldo, un caballero mozo y estudiante comen- 
zase sn novela, el cual, tímido por seguir Á quien 
tan bien habia novelado, previno esto con el au- 
ditorio, y obediente & la suerte que le tocó, di6 
principio & su narración. 



B I^ NÓTELA NOVENA 



i;. Gnoi^lu 



,;.GO<lglu 



El ingrato Federico 



A Tkm Juan Vivag de Cañamar, hijo de Don 
Juan Viva» de Cafíamar, caballero del hábi- 
ix> de Santiago y señor de la Baronía de la Be- 
nifayó. 

l^oa cosas obaervaroa los escritores antigaos cu 
el dedicar ea^ obras: dirigíraelaB k personas ilns- 
tre8 j qne tuviesen valor para amparárselas! 
Viendo en v. m. un perfecto retrato del señor don 
Joan Vivas, sn padre, qne con lo ílastre, honra, 
y con el valor ¡ampara, paitándole la dirección 
de esta novela, se la dedico á v. m,, ijne os lo 
mismo, pareciéndome se ajusta más lo verde do 
sujaventad con la leyenda de casos amorosos. 
Tiene de todo El ingrato Federico, pues con lo 
amante solicitó, y con lo olvidado no reconoció 
beneficios, vicios que Dios castiga muy de con- 
tado. Halle en v, m. el amparo qne le promete su 

'■ Colóle 



autor, que espera favor en sa honra, y Begnridad 
en en amparo. Q^uarde nuestro Sefior á v. m. como 



V. m. su servidor. 
Dos Alonso db Castillo Solóbzaso. 



i;. GOOlílu 



NOVELA DÉCIMA 



Era señor del romano imperio el í^eneroso Se- 
gismundo, joven dotado de valor y prudencia , y 
gobernábale . con estas dos prerrogativas, mny 
al gusto de sus vasallos; que es la mayor felici- 
dad que pnedon tener ea hallar an príncipe que 
os honre y an eefior que los defienda. Tros a&os 
había que el emperador gozaba las tres coronas 
(que por ceremonia después de su eleción le ]>o- 
nén en diferentes ciudades) , cuando por muerte 
de Volgando, duque do Cleves (que fué ain suce- 
sión) se pusieron á pretender el Estado, Guiller- 
mo y Federico, primos hermanos y sobrinos del 
difunto. Púsose el pleito en tela do justicia en 
Francfort, corte del emperador, dándoles él li- 
cencia para asistir en ella el tiempo que durara 
darles la última sentencia. Tenía más justicia 
Guillermo, y así se le dio en su favor, con que 
tomó luego la posesiún del Estado. 

Era Federico altivo y soberbio, y viéndose sin 
esperanza de ser duque do Cleves, convirtió su 
pesar en enojo contra los jueces de los Consejos 
del emperador y contra el mismo Segismundo, 

MOCHEI DE FI.ACEK 21 

-■ Coi«lc 



370 CASTILLO sol<5rzano 

diciendo dallos que apasionadamente, y con so- 
bornos, le habfao dado el Estado á au primo Gui- 
llermo. Esto no lo dijo una vez ni dos, recatada- 
mente entre sos amigos, sino en muchas publici- 
dades varias veces , con palabras malsonantes. 
N'o faltó quien fué á decir ésto á. los consejeros, 
y ellos averigua ndol o con fundamento, se qneja- 
ron de Federico al emperador, el cual, enojado 
del atrevimiento deste caballero, mandó al du- 
que de Baviera (que era algo deado suyoj que le 
prendiese. No le valió la sangre que tenia con el 
duque para dejar de obedecer él el mandato del 
emperador, y asi fué puesto en una torre con 
guardas, jurando el César que babla de acabar 
allí su vida en la prisión, para que fuese escar- 
miento & otros y diesen ia debida estimación Á 
suij ancianos ministros y consejeros. 

Estuvo Federico en esta prisión dos afios, y en 
este tiempo sucedió que el duque Galeazo de Mi- 
lán, viéndose poderoso en su Estado, quiso apo- 
derarse de algunas ciudades de Italia en daflo de 
lo» que las poseían y de la Iglesia. Acudieron 
todos los interesados á quejarse al emperador, y 
á pedirle su favor como á su protector y cabeza; 
y para humillar la soberbia del Mitanes, quiso 
Segismundo pasar en persona á Lombardía, para 
lo cual levantó un grueso ejército en Alemania, 
Era Alberto, duque de Baviera, mozo, y aun- 
que se hallaba entonces recién casado con la her- 
mosa U:argarita,bija del duque de Brandemburg, 

L.íin,.u,.Coo;^li: ■ 



HOCHKS DE PLACER 871 

quiso ir sirviendo á au príncipe, que, asimismo 
había poco que se habían hecho sns bodas. Era 
Alberto favorecido del emperador, y así en eeta 
ocasión se atrevió & suplicarle diese libertad & 
Federico, eu deudo, para que en aquella jornada 
le fuese sirviendo. Tanto le importunó, que Se- 
gismundo le mudó la torro de la cárcel en que 
estaba á Hatisbona, ciudad y corte del duque, á 
donde le mandó que asistiese sin salir de aque- 
lla ciudad, hasta que otra cosa le fuese ordena- 
do. Besó el duque de Baviera la mauo al empe- 
rador por la merced que le hacia en dar á Pede- 
rico su corte por prisión, con que fné muy con- 
tento & la torro, prisión de Federico, & quien dio 
esta nueva, y los dos muy alegres se partieron á 
Ratisbona, donde trató el duque de prevenir las 
cosas necesarias para la jornada, que so apres- 
taba á Lorabardía. Llegóse el tiempo de ella, y 
haciendo Alberto una Junta en su corte de las 
más principales personas dolías, les dijo cómo eu 
su lugar dejaba por gobernador de su Estado á 
Federico, su primo, al cual mandaba que obede- 
ciesen como á su misma persona; y á él le dio 
una instrucción del modo que se había de portar 
con sus vasallos, porque ignoraba sus costum- 
bres. No poco sintió la hermosa Margarita la 
partida de su esposo, mostrando su sentimiento 
con copiosas lágrimas que bañaban sns rosadas 
mejillas. Pagóle esto en otro tanto Alberto, qne 
ia amaba tiernamente, y no quisiera haberse 

-■ Coi«lc 



ofrecido á ir con el emperador, por no llegar á 
sentir tanto esta auseacia. De nuevo encargó á 
Federico el gobierno de su Estado y el regalo de 
la duquesa: él ee ofreció & todo con mucho gus- 
to, estimando la Louray favor que le hacía. 

Partió, puoB, Segismundo de Alemania, con 
toda la mayor nobleza del Imperio, y con el mayor 
ejército que so habia visto. Llegó á Lombardfa, 
donde halló á Galeazo, fortiñcado dentro de Mi- 
lán y con ánimo de hacerle roatro, por esperar 
presto socorro del rey francés y del duque de 
Saboya, deudos suyos. Dejémoslesen el estado de 
haber sitiado & Milán, y volvamos á la hermosa 
Margarita, duquesa de Baviera, lloroua con la 
ausencia de su amado esposo, que desde qne se 
partió con el emperador, trató de retirarse en un 
cuarto de 8u gran palacio, sin dejarse ver de 
nadie, sino era de Federico, que como goberna- 
dor del Estado, le entraba ¿ dar cuenta de laB 
cosas dól. 

F.n estas visitas que la hizo, viendo más de 
covcLí. su grande hermosura, quedó tan rendido 
del)a, y tan sujeto al amor, que ya no tenia al- 
be'lrío, ni potencias, porque todo se lo entregó á 
la hermosa dama. No sabía qué hacerse por nna 
parte, enamorado tan do veras á esta belleza, y 
por otra tan obligado del duque, su deudo, con 
honras y favores. Cou esta pena no sosegaba; 
latt noches se le pasaban desvelado, los días no 
quiuiora que le viera nadie, sino pasarlos en las 



-■ Coi«lc 



NOCHES DB PLACES. 373 

soledades de nn jardín sobve que cafa su cuarto. 
Sentía samainente no poder mny á menudo verse 
con Margarita, considerando qne su honestidad 
y recato no permitían que la viese, sino en caso 
forzoso, que hubiese de consultar algo con ella. 
Con esta pena se determinó á declarar su pecho 
i un caballero amigo suyo. Este se había venido 
de Tnringia á Bavíera, castigado de su señor, 
y amparóse del duque que le hacia merced; su 
nombre era Roberto; & éste pues llevó un dia 
Federico al jardín á quien después de haber pa- 
seado un rato por él, habiendo tomando los dos 
asientos, cerca de una hermosa fuente, le dijo 
éstas razones; 

— Hoy, amigo Roberto (liado en la sincera vo- 
luntad con qne me asistes) te he sacado á esta 
ameno lagar para darte cuenta de un secreto, 
que hasta ahora ha estado ocnlto en mi pecho 
desde que el duque, mi deudo, se ausentó. Es, 
pues, amigo caro, hallarme en una confusión te- 
rrible, que pienso que si dura en ral, como hasta 
aqui, acabará con mi vida. Amor es, Roberto, 
quien me fuerza & quejarme de mi pena y honor 
respeto y obligaciones quien estorba que aplique 
remedios A mi mal. Puse los ojos en la hermosa 
Margarita, y su belleza, su agrado y su hones- 
tidad han sido vivos incentivos para despertar 
un amor tan grande, que va no soy mío, ya uo 
tengo aibedrío ni ya las potencias : le sirven . 
como antes, pues todo lo ocupó el amor eq adorar 

L,„.„,,C(X)glc 



374 



& esta duma; el albedrío en sujetarse & sola su 
voluntad y las ¡jotenoias en emplearían en su ala- 
banza. Excesos me vieras hacer de loco si esta 
honra, esta obligación que al duque tengo, no 
fuera ol freno que me sujeta, y el estorbo que 
me impide manifestar mi cuidado. Mil veces me 
he dispuesto 4 decirla mi pena, y dclararla mi 
afícción; pero mirando su compostura adornada 
de tanta houesidad, me ataja y enmadece. He 
querido darte cuenta desto, para que me acon- 
sejes lo que en ello debo hacer, y máe me con- 
viniese. 

Atentamente oyó Hoberto lo qne Federico le 
dijo, y considerando bien las obligaoiones que 
tenía este caballero al duque, y, asimismo, la que 
el mismo Roberto le debía en haberle amparado 
en BU tierra, no se atrevió & aconsejarle qne ea 
declarase con Margarita; antes trató de disua- 
dirle deste cuidado, advirtiéndole cuan feo pa- 
recería á los ojos de todos tratar de ¡quitar el ho- 
nor á quien con tantas veras le había honrado. £)s 
tas y otras razones le dijo Roberto con sano pecho 
(que así deben ser los sanos y verdaderos amigos 
y conriejeroB) con que por entonces puso sosiego 
á la inquietud de Roberto, y dejó de tratar desto 
por algunos días. Ofreciéronse nuevos negocios 
que comunicar con la duquesa, y con la Frecuen- 
cia de verla, renovósele et amor, y volvió á sn 
primer cuidado, y fué de manera lo que le in- 
quietó, que leprivó de su salud, cayendo enfermo 



.Cocglc 



NOCHES DB PLACER 375 

en la cama. Díó caidado á la virtaosa duquesa 
el mal de su pariente, y mucho máa cuando supo 
de los médicos que estaba apretado, y que igno- 
raban la causa de sus accidentes. Acudió ét visi- 
tarle algunas veces, coa que se aliviaba el en- 
fermo viéndose favorecido, ai bien con su ausen- 
cia volvía á 8U primer ser el mal. Pasáronse 
dos semanas en que se comenz^' á - levantar, y el 
primer día que se vistió, vino la hermosa Marga- 
rita Á visitarle, acompañada de sus criados y 
damas, como siempre. Determinóse Tederico esta 
vez & no morir sin haberle dicho su amorj y asi, 
con ocasión de comunicarla un negocio de impor- 
tancia de su Estado, lasuplicóquequedasen solos, 
Despejaron los criados el aposento, y viéndose & 
solas con la duquesa, la dijo, con alguna turba- 
ción, estas razones. 

—Hermosa Margarita, flor de la hermosura, 
no sólo de Alemania, pero de toda Europa; ejem- 
plo de célebres matronas, y honor de todas cuan- 
tas el rubio sol alumbra en todo el hemisferio. 
Perdóname si de lo que te pienso decir se ofen- 
diesen tus castos oídos, que mi enfermedad ha 
procedido de haber ocultado con silencio lo que 
ahora te ha de ser manifiesto, por morir (si es 
que he de llegar & tales términos) consolado de 
haber declarado mi pena. El cíelo quiso (her- 
mosa Margarita) con pródiga mano repartir con- 
tigo de todo lo mejor de su poten ;ia, pu^a vemos 
que en hermosura y discrecciin, excedes i mu- 

-■ C'>'«l'^ 



376 



chas, yningunallega ¿igualarte. FarteaíioaegtAS 
que no á los que te tratan, y la comunican ca'la 
día, poroáloaqueraras veces laa ven, aficclonaa 
y atraen las voluntades. Según ésto no es mucho, 
que quien con mis cuida'lo que todos te ha consi- 
derado perfecta en todaslas cosas, le des cuidada, 
le causes inquietud, y le enciendas en tu amor. 
Yo Boy éste, hermosa señora, no obstante que 
debo considerar los honores recibidos do tu es- 
poso, y la lealtad que debo guardarle, Le pro- 
bad.» loa tiros de Cupido, cou tanto rigor, que 
ya no tengo libertad, ya vivo sin ulbedrío y ya 
soy tu esclavo: culiia, bella Margarita, & tas di-. 
viuas partes esta afición , pues ellas lian sido 
causa del daño que te exagero, y de la enfer- 
medad que padozoo, y me fuerzan ¿ que te comu- 
nique mi pena. 

No se puede encarecer el pesar que recbió la 
duquesa, de que atrevidamente Federico la.díje- 
se su cuidado, y lo manifestase su amor; cosa 
que cha tenía bien conocida en las acciones de 
sus ojos, muchos djas habia; que tas más Veces 
son intérpretes del alma; pero disimulaba consi- 
derando que tíü debía do engañar, y así no se afir- 
maba con esta sospecha. Ahora que su osadía le 
dio atrevimiento par a. declarársele, por si acaso 
era prueba de su valor, no quiso al principio 
romper lanzas con el enojo que rederioo merecía, 
y así, le dijo estas razones: 

— No sé (señor Federico) si con el cuidado del 



-■ C-""S>^ 



NOCHES DB PLACER ' S77 

gobierno os encomendó el daque, mi señor, la 
curiosidad de saber lo qué en mí teuía conocido 
con experiencias de amor y voluntad, pues veo 
que V08, dando buena cuenta de lo primero, os 
atrevéis ¿ querer examinar lo segando. En las 
personas de mi calidad no se hacen pruebas se- 
mejantes, pues por fó se ha de creer (hablando 
de las tejas abajo) que una persona noble raras 
veces desdice de quien es; yo procuraré tener más 
prudencia que vos, suplicándoos que esas prue- 
bas las dejéis con pesar de haberlas, comenzado 
en mi; que si no mirara al honor en que el duque 
os ha puesto, hallárades en mí más rigor que 
modestia. 

Cuando un hombre comete un yerro, Eiuele por 
enmendarle hacer otro mayor: así sucedió á Fe- 
derico; que porque la duquesa no pensase que era 
curiosidad de prueba de su valor, y no afición 
suya, volvió de nuevo á quitarle esto del pensa- 
miento, asegurándola con juramento, que amor 
le forzaba á decirla su pasión. Con esto perdió la 
paciencia la duquesa, y encendida en cólera, 
le dijo; 

— To entendí (loco Federico) que mis razones 
fueran freno de vuestros atrevimientos, para no 
repetirlos, asegurándome añcién de vuestra parte 
en daño de mi reputación, ¿Qué habéis visto 
en mi, desalumbrado caballero, qne os ha movi- 
do á declararme vuestro desatinado amor? ¿For 
ventura he desdicho yo de lo que soy en desen- 

'■ C'>"8l^ 



3T8 



voltara algaaa? ¿Portóme diferente que antes en 
ausencia del duque? ¿Gusto de conversaciones 
más que las de ntis criadas? ¿He prevaricado de 
las antiguas devociones que antes, tenía? ITo. 
Pues si soy la misma que antes, y aquella á quien 
tantos principes y señores han guardado el res- 
peto, ¿por qué {olvidado de los beneficios del du- 
que) vos habéis querido perdérmele? Yo daré 
cansas á mi esposo que le obliguen 4 volver á su 
Estado, sin manifestarle lo que le hiciera volver 
con más cuidado; porque no entienda que habéis 
presumido en mí ligereza; que á estar cierta que 
esto fuera así, yo Fuera luego homicida de mi 
misma. 

Levantóse con esto del asiento donde estaba, y 
arrojando fuego vivo por los ojos, sin hacerle 
cortesía, se entró donde estaban sus criadas, re- 
tirándose luego á un oratorio, donde, con abun- 
dancia de lágrimas, descansó algo de la pena que 
traía comunicando esto con una dama valida. 
Buya llamada Isabela, cosa que le estuvo mal, 
porque á ésta de secreto le parecían las cosas de 
Federico muy bien y le miraba con afición, te- 
niendo esperanzas que por ser algo deuda del du- 
que se podía casar con él. Pues como viese Isa- 
bela que este caballero estaba aficionado de la 
duquesa, comenzaron los celos á hacer su ofioio; 
y como de ellos jamás resultó cosa buena, suce- 
dió delloa lo que adelante se dirá. De ahí á dos 
días despachó la duquesa un correo'secrotftmente 



'■ C-""sk 



al duque, con una carta en que le eBcribía Bola- 
mente estas razones: 

■Amado esposo y dueño mío, la ausencia nunca 
fué buena para loa que bien se quierea. La leal- ■ 
tad no suele permanecer en los obligados. El ol- 
vido de los beneficios pasa á ingratitud. Todo se 
eKBuaará, ron vuestra venida. El cielo os guarde. 
Margarita, que más que á «í os quiere.* 

Esta carta se comunicó con Isabela, que pu- 
diera excusarlo la duquesa, y habiendo partido 
el carreo con ella, en breve tiempo la paso en 
manos del duque, por haber caminado por la pos- 
ta. Leyóla, y bus breves razones le pusieron con 
biou ijilatado cuidado, pesándole mucho de que 
□o ae declarase más su esposa. Hacia varios dis- 
cursos sobre ellas, y con algunos daba en lo 
cierto. Nunca se persuadió á que Federico le hi- 
ciese traición, habiéndolo él honrado tanto. Tra- 
tó de desembarazarse de algunos negocios; mas 
los lances de la guerra no le dieron lugar á que 
pusiese en ejecución su partida, y asi ae pasaron 
algunos diaa, en los cuales Federico deseó verse 
con la duquesa. Más ella le envió á decir que de 
los negocios que tuviese que comunicar con ella 
le envíase la relación por escrito, que él la res- 
pondería á ellos, lo que se debiese hacer. Esto le 
dio motivo á él para escribirla un papel lleno de 
nnevas significaciones de su voluntad y do gran- 
des ofrecimientos 4 servirla. Comunicóle la du- 
quesa con Isabela, y esta dama procuró verse 



380 CASTILLO SOLÓRZANO 

con Federico, y con loa celoa que del teoia, le re- 
prendió su atrevimiento, y dijo como MargnriU 
había escrito al duque, haciéndole sabidor de lo 
que habfa pasado con ella. El modo con que le 
dijo esto Isabela, fué con sentimiento, dándole i 
entender que en ella faera admitida su afición 
con más propósito que Bn Margarita, que era es- 
pejo de virtuosas y leales matronas. Mucho sintió 
Federico que la duquesa hubiese escrito al duque 
lo que con ella habla pasado, y tomieado su ve- 
nida, y que no le podía ir bien con su justo eno- 
jo, mudó de parecer, y díó con el más notable 
capricho del mundo. Eate fué poner su afición en 
Isabela, pues ella se le ofrecía, que por sus partes 
y hermosura merecía ser estimada. Y esto fué 
con fin de tiranizarle el Estado al duque, como lo 
hizo, guiándolo desta suerte. 

Había en el estado del daqao un caballero no- 
ble llamado Casimiro, que por ciertas pasiones 
que tuvo con otro, se buscaron en campaña para 
matarse. Hubo estorbo en esto, ydello resultó di- 
vidirse en bandos Ta ciudad de Lansuto, 7 con 
muertes que hubo, más de la parte de Casimiro 
que en la de George, su contrario. Juntó este ca- 
ballero sus amigos y deudos y persiguió á sus 
émulos, de modo que no dejó hombre con vida 
del otro bando. Con esto le creció el orgullo, de 
suerte que vino á ser temido en toda Alemania. 
Dos veces se valió el duque de Baviera del po- 
der del emperador para darle muerte á Casimiro; 

'■ Colóle 



NOCHES DB FLACEK 381 

pero él se defendió valerosamente, si bien le des- 
terró de sus estados; y así andaba por las tierras 
montuosas, haciendo muchos insultos y latroci- 
nios, y ahora con la ausencia del emperador y 
del duque había vuelto á su patria. De la amis- 
tad déste se valió Federico; y d&ndole seguridad 
para verse con él, en esta primera vista le co- 
municó el deseo que tenía de alzarse |con el es- 
tado de Ba viera y casarse con Isabela. No le di- 
soadió de su intento Casimiro, como aq^nel que 
era inclinado & todo género de traición y alevo- 
sía, y viendo los partidos que le hacía Pederíoo, 
y, asimismo, las promesas de colocarle en el ma- 
yor cargo del estado, animóle & ejecutar su in- 
tento, ofreciéndole su favor y gente, que era 
hombre que traía 4.000 hombres en campaña, 
ejecutando muertes y robos siempre. Oon este 
concierto sefialaron día y hora para dar princi- 
pio ¿ su hecho. El día fué á cuatro después de 
aquella vista, y la hora ¿ la media noche. Con 
esto se despidieron, muy contento Casimiro de 
que se le ofreciese ocasión en que vengarse del 
ausente duque que tanto le persígni^. 

Procuró Federico de verse luego con Isabela, 
y dándola cuenta de lo qoe tenía concertado, y 
que todo iba en orden á tenerla por esposa suya, 
fué fácil de tener su consentimiento porque es- 
taba muy enamorada del. Trató Federico con 
Isabela, que luego que Casimiro llegase á la ciu- 
dad oon sn gente y tratase de apoderarse delU, 



^■-' Coogk 



tuyieae Isabela cuidado de encerrar á la da- 
que»a, de modo que la padiesen tener presa. Esto 
hizo por teaerla en su poder ; vengarse de sus 
desprecios; más no le sacedió como pensaba. Lle- 
góse el se&alado término entre Federico ; el 
atrevido Casimiro, el cnal llevó toda su gente 
con la mayor quietad y silencio qne pudo hasta 
las puertas de la ciudad de Kati&bona, corte de 
los duques de Bayiera, donde por parte de Fede- 
rico tenia dado aviso á las guardas dellas que . 
abriesen luego. H{zose así, y habiendo entrado 
toda la gente dentro de la ciudad, comenzóse 
luego & tocar arma. Loa descuidados ciodadanos, 
qne estaban sepultados en blando suefio, inte- 
rrumpido su sosiego, salieron alborotados á sa- 
ber la causa de aquel rumor malpuesto(síc)(rota3 
sus puertas); entraban los enemigos en sus casas 
y les ataban de pies y manos, y les hacían saber 
qne la ciudad se ganaba por Federico, Estos no 
eran de los más mal librados; porque otros que 
se ponían ea resistencia, como salían din preven- 
ción, les quitaban las vidas aquella gente cruel, 
y les saqueaban las casas. Todo era un clamor - 
de gritos de hombres, niños y mujeres, unos pi- 
diendo favor, otros confesión, otros llorando su 
desventura. Ya las casas más principales de la 
ciudad estaban saqaeadas y sub dueHos, ó muer- 
tos ó puestos en prisión, con io cual dentro de 
hora y media la ciudad estaba ya & orden de Fe- 
derico. Las voces llegaron al cuarto de la da- 



-■ eoi«ic 



quesa; y queriendo Isabela encerrarla en un apo 
sentó, las damas quo temieron alguna traición 
ae lo defendieron, de modo que no tnvo lugar su 
intento. Retiróse Margarita á su cuarto en com- 
pañía de un anciano caballero qu6 se halló allí, 
que vivía en palacio; y con acuerdo suyo, hu- 
yendo del rigor de Federico, que ya sabían bu 
traición, se salieron por una puerta falea los dos, 
por no venir á manos de su enemigo. Esta salía 
al muro, y como era aquella parte sola de gente 
y la oscuridad de la noche grande, pudieron no 
ser vistos, si bien é. pocos pasos les sucedió una 
grande desgracia, y fué que el anciano caballero 
cayó en una zanjn que era conducto por donde 
expelía la cindad sus inmundicias fuera de sus 
muros. £ra muy honda, y asi el buen caballero 
se hizo pedazos, perdiendo allí la vida. Puédese 
considerar cual quedaría la triste duquesa con 
este desdichado suceso. Estuvo por nn rato he- 
lada sin poderse mover de un lugar, más des- 
pués, cobrando algún ánimo, pudo llegar hasta 
una puerta de la ciudad, donde ya había pues- 
tas nuevas guardas por Tederioo, y al tiempo de 
querer salir por ella fné conocida y llevada á la 
presencia del tirano, que no andaba poco cuida- 
doso de hallarla. Hízola poner en una torre de 
palacio, y por aquella noche no ae trató más que 
poner buen cobro en la ciudad y tener en prisio- 
nes á todos los que sabían que eran de la parte ' 
del duque. El siguiente día Federico (quedan- 

-C-o'-'Sk 



384 CASTILLO SOLÓRZANO 

dose con algana gente en la ciudad) dio orden á 
Casimiro que con el resto de la suya, y la que se 
le fuese llegando, f aese por las ciudades y víllaa 
del Estado, las más importantes, y las redujese 
á su obediencia, poniendo alcaides y gobernado- 
res de su mano. Con esto partió Casimiro, no 
poco gustoso, porc[ue en la comisión se aprove- 
chó de manera que todo cuanto allanó y rindió 
fué para su persona. Juntósele mucha gente per- 
dida y facinerosa, que con ella hizo el daño que 
después se dirá. 

No le faltaba á Federico más que cumplir la 
palabra á Isabela, y ella estaba ya muy alboro- 
zada esperando sus alegres bodas. Más antea de 
hacerlas, quiso Federico verse con la hermosa 
Margarita, que estaba, como se ha dicho, presa. 
Entró, pues, en la prisión, y haciendo que los 
dejasen solos la dijo estas razones: 

— Margarita: tu altivez y esquividad, ha sido 
causa de todos los daños que ves, y de muchos 
más que se esperan. En tu mano ha estado reme- 
diarlo con haber agradecido mi amor y pagado 
mi voluntad; pues todo se podía haber hecho con 
recato y silencio, y se quedara entre los doa. 
Supe que resueltamente escribiste lo que entre 
los dos pasó, á tu esposo, por lo cual, yo indig- 
nado de tu poca espera y mucho rigor, he querido 
con mano poderosa hacerme señor absoluto 
deste Estado, y que estés & mi voluntad presa, 
tratando de casarme con Isabela, deuda tuya. 

-■ Cocglc 



Esta boda se hará mañana sin Falta, eato es, si 
tú antes no admites mi amor y estimas mis fine- 
zas; resuélvete á esto, porque de no lo kaoer, un 
riguroso veneno quiero qae sea quien dé fin á 
tu vida. 

La reapuesta que Margarita dió á, Federico, 
fué que no ae había de alabar, mientras Dios le 
diese vida, de que había hallado ligereza en ella 
para ofender & su esposo, y que asi, podía dispo- 
ner de su vida, haciendo de ella lo que quisiese; 
que en su poder estaba; por respeto del honor 
haría della muy poco caso; que en cuanto ¿ ha- 
berse alzado con el Estado del duque, ella sabía 
que se había de gozar poco en aquella dignidad, 
pues no sería más de cnanto el emperador vol- 
viese á Alemania, pues con ayuda de su majes- 
tad, era cierto que su esposo habla de recuperar 
BU Estado. 

Fuese Federico de allí, y luego se vio con Isa- 
bela, & quien hizo vestir de gala, y estándolo él 
también con todos los que le cortejaban, quiso 
que las bodas se hiciesen en público, en un salen 
de Palacio. A todas las damas de la duquesa 
mandó que se hallasen é. ellas; porque fuesen 
acompañando & Isabela como á señora snyt^, de 
que no poco ufana y soberbia se hallaba, que era 
muy altiva . Hizo asimismo aacar do la prisión 
é, Margarita, y quo por'fuorza llevase la falda 
á Isabela, cosa que ella hubo de hacer con mu- 
chísima paciencia, abrazándose con el tiempo, 

MOCHES DE PLACES 



..Sooslc 



386 CASTILLO SOLÓRZANO 

pnes la fortuna la había traído á tal estado. 
Acabado de hacer el desposorio, hubo aqael día 
gran ñesta en palacio. Hizo Federico mercedes 
á algunos caballeros de que temía recibir algún 
daño, por tenerlos de su parte cuando fuese me- 
nester, 7 entre ellos á Roberto; el cual, aunque le 
parecía mal todo cuanto Federico haola, pasaba 
por ello, mostrándole un exterior muy alegre 
con el tirano que pensaba que ninguno le era tan 
de veras amigo, y fiel como él, y así el día si- 
guiente de sus bodas, hallándose con él & solas 
le dijo: 

— Amigo Roberto: es tanto el sentimiento qne 
tengo de haber sido despreciado de Margarita, 
que todo cuanto amor la tenia (que era excesivo) 
se ha convertido en mortal odio, y así hoy quiero 
vengarme della quitándole la vida. Esto ha de 
sor con un veneno. A ti, que eres la persona de 
quien más me fío, quiero hacer ejecutor desta 
muerte; y creo de mí que si se le acaba la vida 
como lo espero de tn diligencia , que presto te 
verás esposo de Serafina, hermana de Isabela, y 
mi segunda persona en este Estado. 

Vio Roberto resuelto el ánimo de Federico á 
esta crueldad,y que si rehusaba el obedecerle ha- 
bía de dai áotro esta rigurosa comisión, y asi, sin 
poner dudaen nada (con ánimo de librar de la 
muerte á la constante duquesa), aceptó el servir- 
le en lo que le mandaba, como lo vería, y estimó 
la merced quele ofrecía en darle á la hermosa Se- 

-■ C'>'«l'^ 



KOCHKS DE PLACER 887 

rafína sucaKada. Tenía Roberto un ami^, gran- 
de hombre en la medicina, con el caal comunicó 
esta crueldad del tirano, pidiéndole, que si era 
posible, dieso traza como la inocente señora no 
pereciese. El ge ofreció á darle gasto, y más en 
cosa que era tan justa; 7 asi dispnso hacer una 
confección que tuviese á una persona en qne be- 
biéndola vemia (sic) caatro boras fuera de su a- 
cuerdo. Esta le dio & Roberto, y ól con ella se fué 
á Federico, diciendo lo qne se le iba á dar Á Mar- 
garita. Antes desto habia tenido modo como avi- 
sarla, que no rebasase el tomar esta bebida, con 
segnridad que no le babla de bacer daño. Quiso 
Federico ir de secreto & la prisión de la duquesa 
y vérsela dar, y así fueron los dos. Llegó Rober- 
to delante, y díj'ola: 

— Señora duquesa: ante todas cosas os suplico 
me perdonéis lo que vengo á bacer, que yo soy 
manclado . El duqae Federico me ba ordenado 
que toméis esta bebida con qne deis fin & vues- 
tros dias; conform&os con la voluntad de Dios y 
recibidla con paciencia. 

Ya Margarita estaba confesada, muy puesta 
con Dios, por lo que esperaba de la crneldad de 
Federico, y así le respondió; 

— Roberto; para el tribunal de Dios cito & Fe- 
derico que vaya en breve á darle cuenta desta 
violencia; y asi no tengo más que deciros sino 
que me deis esa bebida. 

Llegó Roberto, y antes de dársela la apretó la 

'■ Colóle 



mano, haciéndole seña de que se podía fiar del, y 
coa señas dándola á entender que estaba allí el 
tirano. Tomó la bebida con muchas lágrimas, y 
en breve hizo la operación del sueño & la vista 
de los dos, quedando la duquesa como sin sentido. 
Así la dejaron y se fueron, y ei^a noche volviendo 
á la prisión, y hallándola en el mismo estado, 
pensando Federico ser muerta, mandó á Boberto 
que la hiciese sepultar. El lo tomó & su cargo, y 
asi le dejó con ella Federico y se fué á palacio. 
Boberto, avisando al amigo médico, sacaron en- 
tre loe dos á la inocente duquesa y la llevaron 
secretamente á la posada del médico, el cual la 
puso sobre una cama, donde estuvo hasta que el 
efecto de la bebida cesó y volvió en so acuerdo. 
Aguardaban los dos á esta ocasión, y viéndola 
moverse, llegaron al lecho y la esíorzaron con 
unas sustancias que el médico le tenia prepara- 
das. Allí la dijeron como estaba fuera da la pri- 
sión, y ya tenida por muerta de su mortal ene- 
migo Federico. Ella les dio las gracias de su 
piedad. Allí estuvo puesta la duquesa en compa- 
ñía de una hermana del médico que la servia con 
mucho cuidado. 

En este tiempo, el atrevido Casimiro andaba 
muy codicioso en el rendir las fuerzas del es- 
tado de Baviera en su nombre, lo cual sabido por 
Federico, juntó la gente que pudo y trató de opo- 
nérsele. Tuvieron los dos algunos encuentros, de 
ios cuales salió victorioso Federico, y Casimiro 



.Colóle 



NOCHES DE PI,*CEB 389 

vencido; pero con todo, no pudo cobrar lo que ha- 
bía conqniataAo; dio cargo á, un caballero de 
quien se confiaba, para que fnese en aeguimienlo 
de aa gente hasta echarle del estado si pudiese, 
y él se volvió á Ratisbona con en esposa. Mien- 
tras Federico hizo ausencia de la corte, pudo el 
médico,por orden de Roberto, sacar della ala du- 
quesa, vestida de villana, 7 llevarla á nna aldea 
i treinta millas de allí, dejándola en casa de un 
labrador rico amigo suyo. Las cosas de Italia, 
llegaron á términos que el duque do Milán vol- 
viólas ciudades á sus dueflos reducido á k obe- 
diencia del emperador, con lo cual se volvió parn, 
Alemania, no poco pesaroso por haber tenido 
nueva de lo que había sucedido en el estado del 
duque de Baviera, y por no dar pena al duque, 
mandó que nadie le dijese nada, poniendo gran- 
des penas al que supiese que le había revelado 
esto. Bien se presumía el duque que le había 
sucedido algo, porque desde la carta que recibió 
de su esposa, en que le llamaba, no había tenido 
otra alguna. Caminando, pues, por bus .jornadas, 
el emperador entró en el imperio, á donde fué 
fuerza saber el duque la pérdida de su estado; 
el levantamiento del tirano, y como tenía en pri- 
sión á su esposa, que no se había manifestado su 
muerte. La pena que desto tendría cada uno, po- 
drá juzgar. Supo el emperador cómo Alberto lo 
sabia, y haciéndole llaíiar le coniioló, prome- 
tiéndole por su real corona de no ver los ojos de 



U emperatriz hasta dejarle vengado del tirano, 
y en pacífica posoBÍÓii en su estado. Besóle Al- 
berto la mano por la promesa que le hacía, y con 
estas esperanzas, que fneron algún alivio de bu 
pena, prosiguieron sus jomadas. Dos días des- 
pués de haber tenido esta nueva, vino otra como 
Federico habla muerto & su esposa con veneno, 
como está dicho, y que la ciudad estaba revuelta 
en bandos, habiendo sabido esto, volviendo mn- 
chos leales vasallos por su señora natural. Aquí 
perdió el sentido el afligido duque, deshacién- 
dose en llanto, sin querer oir consuelo alguno 
de sus parientes y amigos. Quiso el empera- 
dor, lastimado desta pérdida, favorecerle, y ví- 
nole ét ver & su posada. Acusóle de pusil&níme, 
pues en esta ocasión le faltaba el valor, y con 
. esto mandó guiar el ejército á Batisbona. Supo 
Federico el intento del César, y comenzando á 
temer su ruina, quis<> hacer paces con Casimiro; 
mas él, temiéndose del emperador, se salió del 
imperio y se pasó & Italia. 

Llegó el emperador hasta aquel lugar donde 
estaba Margarita, y acórtesele & dar por posada 
al duque, su esposo, la casa donde ella estaba. 
£ila vestida, como se ha dicho, el hábito de vi- 
llana al uso de aquella tierra, y con los trabajos 
grandes que por ella hablan pasado, pudo asis- 
tir delante de su esposo. Acudió á servirle, sin 
ser conocida, contentísima con su presencia, y 
aotoaáo del la grande tristes con que estaba, y 



-■ C-""S>^ 



NOCHES DE PLACER 391 

deaeoBa do oír la causa de bu boca, rogó afec- 
tuosamente á Una hija del duefio de la casa, que 
después de cenar el duqae, trabase plática con 
él y le preguntas esto. Era la villana despejada 
(y por dar gusto á Leonida, que asi la llamaban 
á la duquesa), cuando vio alzadas las mesas y el 
duque solo, entró donde estaba, salud&ndole á bu 
grosero modo. Volvióla el duque la salud, y de 
plática en plática vino á preguntarle que por qué 
tenía tanta tristeza. Entonces el duque se le lle- 
naron los ojos de agua, y la respondió que había 
justas causas para tenerla aún mayor. Eso deseo 
yo saber, sino os causa pena, dijo la villana. £u 
breves razones la quiso el duque dar gusto di- 
ciéndola que en el breve tiempo que había esta- 
do ausente, había perdido su estado, y esposa, 
que era lo que más que todo sentía; y ésta le ha- 
bía dado el hombre que más le debía á él, ha- 
biéndole pagado ingratamente con esta alevosía. 
Aquí no pudo contenerse, con abundancia de lá- 
grimas que le vinieron á los ojos, ni hablar pa- 
labra con loe sollozos del llanto. Todo esto estaba 
oyendo la duquesa, haciendo el mismo efecto la 
pena con que veía á su esposo, y no pudiendo su- 
frir más el verle con aquel pesar, salió á donde 
estaba, dlciéndole: 

— Alberto, dueño y esposo mío, no es justo que 
sí vuestra pena procede de las nuevas falsas de 
mi muerte, pase adelante y se os diln)e. Aquí 
tenéi» á vuestra Margarita, si es posible que los 



892 CASTILLO SOLORZAHO 

tr&bajos y desdichas que han pasado por ella os 
la dejen conocei'. 

No 86 puede exagerar 6¡ contento que el duque 
recibió con ver & su esposa, que ya juzgaba por 
muerta, ir quien conoció en la habla, porque en 
el rostro no pudiera, tal la tenían sus trabajos, 7 
abrazáronse los dos. Admirada la villana amiga 
de Margarita de v6r aquella novedad, en la que 
tenía por mujer baja, hallándola esposa de un 
duque, fué á decírsele á su padre, el cual, ad- 
mirado, fué al aposento del duque, donde le dio 
la enhorabuena de haber hallado 6. su esposa 
viva. Eecibióla el duque con mucho gusto, agra- 
deciéndole el haberla tenido allí 7 ofreciéndole 
muy buen premio por ello. Luego se sopo esto por 
los criados del duque, y todos entraron á besar 
las manos i los duques. Pasó la palabra hasta 
saberlo el emperador, el cual quería tnnto al 
duque, que salió luego de su posada y £ué á ver 
á la duquesa, favor que estimó ella en mucho, 
Al otro día partieron de allí, y en breves jorna- 
das llegaron juntamente con el ejército k Batís- 
bona. Estaba Federico bien reparado en ella, 
pero en un mes que duró el cerco se le entregó la 
ciudad por trato, vendiendo sus propios confiden- 
tes al traidor Federico y entregándole. Entró el 
emperador en la ciudad con los duques y co- 
menzó i castigar culpados, adornando las alme- 
nas de sus cercas con los qué ahorcó, que fueron 
muchos, y dando la posesión á. los duques. £1 

'■ Coi«lc . 



BÍguiente dia mandó cortar la cabeza & Federico 
en público cadalso; á su esposa hizo retirar á un 
monasterio, y á Roberto y Demetrio, el médico, 
- hizo largas mercedes, recibiéndolas también el 
labrador que tnvo encubierta á la duquesa, tor- 
nando todo & su primero ser; con que el empe- 
rador los dejó y se fué 6. la corte, donde era de- 
seado é. gozar de la compafifa de su querida es- 
posa, con la cual gobernó muy quietamente su 
imperio todo el tiempo que vivió, haciendo siem- 
pre muchas mercedes y favores al duque Alberto 
y & Margarita sa esposa. 

A todos regocijó la. novela de Don Cotaldo, 
con la venganza del duque, que estaban irritados 
contra el tirano. Rematóse la fiesta con una lu- 
cida máscara de caballeros y damas que estaba 
ensayada, y salieron & ella muy bizarros; y des- 
pués que se le dio fin, despedidos todos de Don 
Gastón, les avisó que la Noche de los Reyes nin- 
guno faltase ék la junta. 



-*^«-- 



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******************************** 



Noche sexta. 



Lía noche de los Reyes, tan celebrada, general- 
mente de todos, quiso que la claridad de la 
blanca Cintliia animase, sin temor del frío, á, 
que los caballeros y damas cumpliesen en su 
convite; y asi juntos en la alegre congregación 
del anciano caballero, después de haberse de 
nuevo dado las Pascuas los unos á los otros, se 
trató de dar principio á au festivo entretenía 
miento, comenzando á dos euros de música esta 
letra: 

Azafates de esmeraldas 
guarnece el cristal del Turia 
para presentar ¿ Filis, 
que con el alba madruga. 

En BUS espacios, las flores, 
sus aromas le tributan 
por paga, de que aprenüieron 
primores de su hermosura. 

La capilla de las aves 
que á darla aplausos se junta, 
le previene alegres salvas 
con lo airoso de sus fugas. 



'■ Cocgk 



NOCHES DE PLACER 395 

Xiauro que en Filis espera 
el colmo de su ventura, 
esto cantó en SQ instrumento 
A los campos que le escuolian: 
• Advertid, advertid, pastorea, 
qae el amor sale á caza con nuevos harpones; 
guárdese dello quien no les conoce; 
póngase en cobro, 
más si son de Filis los ojos, 
quien muriere con ellos será dichoso.» 
£d dos flechas puso amor 
(por quien usa la destreza), 
deleite con su belleza 
y con so electo rigor. 

A poder tan superior 
no hay opuesta voluntad, 
que rinde la libertad 
manifestando primores. 
'Advertid, pastores», etc. 

Cada día iban creciendo Ub admiraciones y 
aamentándúse las alabanzas, porque vian que, 
con emulación , aei la música, como los que nove- 
laban, excedían á los que primero lo habían 
hecho. Esta letra pareció bien; desearon saber 
sn autor, y díjoseles que era Castalio el de Man- 
zanares- Algunos le conocían de oídas, pero 
pocos de vista. Tocó la snerte aquella noche & 
do&a Felicia, dama de grandes portes, la cual, 
ocupando el señalado asiento, cuando vio que to* 
doB estaban con quieto silencio, dando principio 
& su honesto entretenimiento, dijo esta novela. 

-■ Coi«l. 



i;. Gnoi^lu 



El honor recuperado 



A Pedro de Vald-a, cabaüero de Vcdeneia. 

JÍrL haber visto ubrasmias en poder de V. ia.,Iion- 
r&ndolas y favoreciendo 6 sa autor, me ha dado 
aliento para darle parte deste volumen, con ofre- 
cer á, V. m, esta Novela, que intitulo El Ho- 
nor recuperado; no llevacdo menos confianza 
de buena acogida en tal protector, que las que 
V. m. ha favorecido sin tanta propiedad, pues le 
hago dueño della, para que segura con tal tutela, 
pase los peligros de la censura, con menos temo- 
res, qne si le faltara tal Mecenas, & quien suplico 
supla muchos errores que tendrá, por el acierto 
de haberse puesto en sus manos de v. m. Nuestro 
Señor le guarde como deseo. 

Servidor de v. m., 
D. Alonso de Castillo Solóbzako 



^■-' Coogk 



CASTILLO SOLÓKZAHO 



NOVELA UNDÉCIMA 



Por fieata de la gloriosa Santa Ana, madre de 
la Purísima Emperatriz de los Cielos, qaecelebra 
la insigne villa de Madrid, cada año por voto 
tenia prevenido nn regocijo de juegos de cañas, 
acompañado con bravos y feroces toros, Iií jos de 
)a8 verdes dehesaa que fecnnda el caudaloso 
Jarama, á los católicos monarcas Felipe III, 
y la serenísima señora doña Margarita, su es- 
posa. Llegóse el día señalado, y habiendo traído 
20madrigadostoro8 que correr, luisíeron aquella 
mañana, por alegrar á los que habían madrn- 
gado á ver ei encierro, que se matasen dos ó tres 
brutos; y habiendo salido uno del toril á la aa- 
cburosa plaza (octava maravilla del orbe) co- 
brando fama, é infundiendo miedo i, los peones, 
con dos muertes que hizo, por descuido de loa 
que tenían cargo de las puertas, se hizo lugar y 
salió por la qua sale á la callo de Atocha. El 
bullicio y rumor de la gente que le seguía, dio 
aviso á la que andaba por la calle, que se guar- 
dase; ya Ufigaba á emparejar el suelto animal 
con el Monasterio do la Santísima Trinidad, que 



-■ C-""S>^ 



»et& en la misma calle, cuando del salla una 
dama acompañada de un anciano escudero, que 
había madrugado á oír míaa, y rolrfase & su 
caea, qne estaba enfrente del Monasterio. Como 
el escudero viese al toro, dejó la mano de su se- 
fiora, y con apresurados pasos se aco^ó al Mo- 
nasterio, quedando la dama con el embarazo de 
loB chapines y basquinas en medio de la calle. 
Llegó á este tiempo el feroz bruto, y queriendo 
ejecutar en ella su rigor, al bajar para ello la 
armada frente, sucedió hallarse allí un caballero 
tan-á tiempo, que pudo arrojarle su capa, á tan 
bnena ocasión, que ie cubrió el rostro, y él tuvo 
en tanto lugar de abrazarse con la añigida dama, 
y sacarla del peligro. Procurando estaba el fu- 
rioso toro desenvolverse del embarazo de la arro- 
jada capa, cnando antes que lo hiciese se halló 
con el mismo dueüo della, y de un revés le des- 
jarretó el pie derecho. Pasáralo mal ei otro caba- 
llero amigo suyo, acudiendo en la ayuda, no 
hiciera el mismo sacrificio del otro pie, con que 
quedó el animal impedido para poder ejecutar 
BU furiosa rabia, levantándose de la gente que 
esto vía un clamor, que fué aplauso de su ani- 
mosa acción. Limpiaron los dos las espadas, y 
acudieron juntos & acompasar ¿ la dama, que 
estaba dentro del Monasterio. Llegaron & su pre- 
sencia, hallándola robado el color de su hermoso 
rostro, aún no libre del susto que había reci- 
bido. Diólea las gracias del socorro, y, asimismo, 

-■ C'>"8l'^ 



400 CASTILLO SOLOR.ZAN0 

lagar para que la aoompa&aseii basta su casa. 
Era esta señora hija de un caballero principal 
de Karoia, el cual asistía en Madrid como pro- ' 
curador de cortes por aquel reino. Abundaba de 
bienes de fortuna, y tenia suficiente dote que dar 
á esta dama (que era única liija suya) para que 
cualquier caballero se tuviese por muy f&liz en 
ser su esposo. Después de haber llegado con la 
dama á su oasa, ella admitió un poco de visüa 
de los caballeros, aficionada al buen talle del 
que primero habla llegado á librarla del toro 
(que era más mozo), del cual quiso saber su asis- 
tencia en Madrid. El la dijo ser de Sevilla, hijo 
segundo de un principal caballero de aqaella 
ciudad, su nombre don Antonio Tallo, y su pro- 
fesión la milicia en Flandes, donde había ser- 
vido á su Majestad ocho años, hasta merecer 
ana gineta; y que en aqaella sazón estaba pre- 
tendiendo acrecentamiento de sueldo por aus ser- 
vicios, y uu hábito de Santiago, de lo cnal 
esperaba que presto saldría la merced. El amigo 
dijo llamarse don Andrés de Toledo, su patria 
Talavera, y que estaba allí con la misma preten- 
sión que doD Antonio, su camarada. Macho sd 
holgó la hermosa doña BuSna (que éste era sa 
nombre) de saber la calidad de aquel caballero, 
á quien se había aficionado. Ofrecióles aqaella 
casa por suya, en nombre de don Bernardíuo do 
Boca Mora, su padre, y pidióles que la volviesen 
& ver cuando él estuviese sa casa, porque cono- 

-■ C'>"8l'^ 



NOCIKS DE FLACEB 401 

cíese & quien debía después de Dios la vida en 
Mja. LoB dos amigos estimaron este favor, j don 
Antonio macho m&a, porque ya pagaba ¿ la dama 
la iuclinaoión qne le mostró con otra mayor, 
oantÍTO ya de su hermosura; con esto se des- 
pidieron, yéndose i su posada. Ya habla corrido 
la fama por todo Madrid del suceso de la dama, 
y la valiente acción de los caballeros, diciendo 
tos nombres de todos, con que llegó á oídos de don 
Bernardino, padre de doña Buñna. Acudió & su 
casa, y supo della todo el suceso con más funda- 
mento, y por agradecerle el socorro á los caba- 
lleros, informándose donde posaban, tosfué luego 
i visitar &, su posada. Estimaron ellos la visita, 
y della quedaron con grande conocimiento para 
adelante, siendo muy amigos de don Bernar- 
dino y acudiendo á su casa muchas veces. Con 
esta frecuencia don Antonio pudo declarar su 
amor & doña Euñna, y olla estimó su voluntad 
mostrando gusto da ser del recibido. 

Habla don Bernardino tratado un casamiento 
para su hija con un caballero de Granada, algo 
dendo suyo, y sobre algunos intereses se había 
dojado por entonces. Vino é. allanarse esta difi- 
cultad, y volvióse de nuevo 4 tratar con más ve- 
ras. Supo esto doña Rufina, y como estaba tan 
aficionada de don Antonio, resolvióse á no admi- 
tir á otro qne á él por esposo suyo, y así, dióla 
á su amante parte de lo que se trataba, manifes- 
tándole cou esto su ánimo é intención. Estimó 

NOCHES DB FLACBR 26 



403 CASTILLO aoLÓKZANO 

don Antonio el favor qne le hacia, y dljole de qué 
modo gnetaba qne esto se atajase, que á todo lo 
qne faere de bu guato le hallaría dispuesto y 
obediente, como quien no tenía m&s voluntad que 
la Buja. 

Dofia Rufina, que estaba declarada con él, y 
ya qoitado el Velo del empacho, le dijo qae la 
siguiente noche viniese á verla, poco antes de 
las doce, que con fe y palabra de ser su esposo, 
le daría entrada en su casa 7 posesión en sa 
pecho. No se puede exagerar el contento que don 
Antonio recibió, manifestándole con basarla sus 
blancas manos machas veces. Con esto concierto 
se fué & su posada. 

No estaba entonces en Madrid D. Andrés, sa 
camarada, que ¿abla ido á holgarse & su pa- 
tria, y así, hubo don Antonio de prevenirse de 
armas de fuego, por lo qne le sucediese, é irse 
solo & verse con su dama. Llegóse la hora, no 
poco deseada del tierno amante, y poco antes de 
la seiUlada se halló en la calle, y al querer ha- 
cer la seña qne le fué dada, oyó mido de cuchi- 
lladas en la misma calle, por cuya causa lo dejó 
por entonces hasta haberse pasado aquel rumor, 
y así, se apartó de la puerta de su dama. DnrÓ 
la pendencia más de lo que él quisiera, porque 
hubo un herido en ella. Llegó allí un alcalde qne 
andaba de ronda, que quiso averiguar de raíz el 
caso por qué había sido la cuestión, prendiendo 
Á algunos que estaban sin culpa, en lo cual se 

-■ Cocglc 



NOCHES DB FLACBK 403 

tardó más de una hora larga, qne todo esto era 
mnerte para don Antonio. Ya dejaba la calle el al- 
calde,f con el herido ypreBos venían hacia la parte 
donde don Antonio estaba, el cnal, porque no 
le encontrasen y reconociesen, hubo de aprusu- 
rar pasos 7 procurar dar la vuelta allí por otra 
calle. Era el rodeo algo largo, j así, cuando llegó 
á la puerta de bu dama y llamó con la concer- 
tada seüa, no le respondieron. Volvió á repetirlo 
otras veces, y menos fué oído, conque se volvió 
á su posada desesperado; tanto, que en toda la 
noche pudo dormir, considerando que por aque- 
lla pendencia habla perdido tan buena ocasión. 
Llegó la maflana más tarde de lo que el penado 
amante quisiera (que deseaba saber la causa de 
no haberle oído), y llegada la hora en que don 
Bernardino acudía al rey á ejercer su cargo de 
procurador, se fué á ver á la hermosa doña Ru- 
fina. Hallóla de revuelta, medio desnuda, con sus 
criadas, viéndolas hacer labor. Asi como la bi- 
zarra dama le vió, fué recibido de ella con gran- 
des extremos de alegría, entrándose los dos en 
ana pieza más adentro, donde viéndose á solas 
con él, le dijo: 

—Querido esposo mío, bien de mi alma, dueño 
de mi voluntad: no os exagero con la alegria que 
oa recibo, con el gozo que miro vuestra presen- 
cia, pues el silencio que tuvístes anoche y lo 
poco que celebraste» mis agasajos, me dejaron 
tan tríete, que presumí que no habíades de vol- 

'■ Colóle 



404 CAETILLO SOLÓRZAHO 



ver & ver esta ynestra esclava. Confieso, mi bien, 
qne la .vergüenza (propia en mujeres de mi cali- 
dad) no rae dejó celebrar el contento de nuestras 
bodas, el regocijo de mi buen empleo; mas abora, 
que con confesión propia, puedo llamarme yne^ 
tra, sin recelo, echaréis de 7er que sabré volver 
por mi empacho y solemnizar mi dicha. 

Estaba don Antonio fuera de si oyendo esto i, 
doña fiofina, perdido el color y casi falto de res- 
piración; y como no la respondiese nada aloque 
le decía, y viese en él mudanza de semblante, 
con nuevos recelos, dijo: 

— ¿Qué es esto, sefior don Antonio? ¿por ven- 
tura estáis arrepentido de lo que habéis hecho, 
que tan poco celebrastes anoche mis favores, ni 
ahora mis caricias? Decidme, sin empacho, que 
ya adivinaba yo que de mi facilidad habia de re- 
sultar este menosprecio que de mí hacéis. Con- 
fiéme en la noble sangre qáe tenéis; esperé de tos 
toda buena correspondencia, habiendo de por 
medio prendas de amor, mas todo me ha sa- 
lido al revés. Hablad; ¿qué os tiene mudo? Mani- 
festad vuestro pecho, annque sea en daño mío; 
declaradme este enigma, tan lleno de confusio- 
nes para mi, porque conozca mi corta suerte en 
amaros y mi poca dicha en conoceros. 

Esto decía, llena de copiosas lágrimas, cuando 
don Antonio, titubeando en las razones y mal for- 
mando las palabras, la dijo: 

— ¡Ay,querida Rufina! ¡qué desdichadaha sido 



-■ Cocglc 



NOCHES DB PLACU. 405 

lái suerte; qué contraría me ha sido mi estrella, 
t^né vuelta ha dado la varia fortana ec mi da&o! 
So en balde taye anoche tan poco sosiego, des- 
pués qae piirtí desta calle, hallando tus pnertaa 
cerradas, y perdida la esperansa de verte. Otro 
mis dichoso que yo gozó de la ocasión qao me te- 
nia el amor prevenida; otro se hizo dueño de tu 
belleza, yo no; hermosa Euñna, sólo gozo de la 
peaa de haberte perdido y de la desesperación de 
no ser tuyo. 

— j Ay, falso engañador! (dijo la añígída dama). 
Bien te entiendo; esa disimulación es escusa 
para eximirte de ser mi esposo, cuando debes de 
tener otro empleo. Si le tenías, ¿por qué engaña- 
bas á ana ñaca mujer? ¿por qué la has quitado 
el honor? ¿por qué quieres hacer menosprecio 
della? ¿soy yo, acaso, alguna mujercilla vil, de 
bajo porte, con quien se pueda usar ese término? 
¿No tengo calidad que iguala á la tuya y ha- 
cienda con que sustentar las dos, apetecida de 
mnohos, si despreciada de ti? ¿Ciué te mueve & lo 
que haces? ¿mi entereza no te aseguró ser el pri- 
mer dueHo della? Sácame destaa oonfnsiones, ó 
dame esa daga que traes, para que con ella acabe 
mi vida. 

Con esto, emprendió quitársela, para darse con 
ella; mtM él, resistiéndola, la dijo: 

— Señora mía, macho siento que de mi volun- 
tad hayáis tenido tan poca satisfacción, en que 
jueguéís á menosprecio mí turbación, acumu- 

-■ Coi«lc 



40G CASTILLO SOLÓRZAK© 

lando el verme l^elado delante de vos, sin hablar 
palabra, uno y otro causa el ver mi desdicha. 
El ver que en mi lugar hayáis admitido des- 
alumbradamente quien ha causado vuestra des- 
honra y mí disgusto. Fálteme el cielo, ábrase la 
tierra y tragúeme vivo, sin habla.ros más pala< 
bra, si fui quien anoche tuvisteis en vuestros 
brazos. 

Como doña Rufina viese con las vivas acoionM 
que don Antonio le aseguraba su desdicha y se 
lamentaba de sn pérdida, perdió el sentido y 
quedó desmayada. Acudieron dos criadas (que 
sabían sna amores) y lleváronla & la cama adon> 
de volvió en sí, battando sus hermosas mejill&a 
con copiosas lágrimas, maldiciendo su oorta suer- 
te. Consolóla don Antonio cnanto pudo diciéndola 
qaeelcielo descubriría al autor de aqaelladesgra- 
cia, que él no la podía faltar jamás , y por ser 
hora en que aguardaba sn padre, se volvió & ao 
posada lleno de pesares. Arrojóse en una cama, 
donde estuvo bañando con lágrimas las almoha- 
das della, todo aquel día sin querer comer, dan- 
do confusiones á sus criados, que ignorabas la 
causa de su pena. De ahí á dos días envió á sa- 
ber de dofia Rufina cómo estaba; díjérónle que 
muy mala , porque la había sobrevenido un ac- 
cidente, con que tenía puesto en cuidado i sa pa- 
dre. Fué á verla don Antonio á ia hora que sa- 
bía estar bu padre en bu precisa ocupación, y los 
doa renováronse pesares y lastimas. Allí contó 

■ Cocglc 



NOCHES DB FLACBK 407 

dofia Knñna á don Antonio, el silencio qaa había 
tenido aqaella noche el quo en Ingar sayo habia 
entrado, 7 qna por prenda snya tenia un lienzo 
de pautas qae tenia sangre de narices. De naevQ 
se ofreció don Antonio saber ai en las conversa- 
ciones de los caballeros mozos se habría alguno 
alabado de haber tenido aqael lance. Pidióle 
encarecidamente dofia Bafína que no la olvida- 
se, qaa en «so conocería el amor que la tenia; 
asi se lo ofreció don Antonio, pero no lo cumplió, 
porque viendo que todas cuantas veces la visita- 
ba, era todo llantos y suspiros, trató de concluir 
oon.su pretensión. Salióle la merced del hábito, 
y dentro de un mes se ie puso. Pero detúvole en 
Madrid nn pleito de su padre 6. que hubo de acu- 
dir. Pues como acudieBe don Antonio á, su pleito 
y se olvídase de doña Eofina, en ocasión qae ella 
le habia dado cuenta que estaba preñada. Visto 
esto por la dama, presumió qae esto le había 
apartado de su comunicación y que él era el 
antor de sa deshonra, y así, por un papel que le 
aecribió, se qaejó de su olvido y le amenazó qae 
le haría quitar la vida; paos como mal caballero 
le negaba su obligación. Acabó el pleito don An- 
tonio pero dejó este papel de amenazas, con lo 
cual sin despedirse de la añigida dama, .se fué & 
Sevilla, patria suya, & ver ¿ su padre, dejando 
en Madrid á su amigo don Andrés, todavía en en 
pretensión. 
Partióse don Antonio de Madrid, y caminando 

-■ Coi«lc 



408 CASTILLO SOLÓRZAKO 

de noolie, por Iob calores del verano, cerca de 
Toledo le salieron á él y ¿ su criado, seis hom- 
bres con armas de fuego, & quitarles lo que Ile> 
Tab&n. Quísose poner el Taiiento caballero en de- 
fensa, más fué derribado de la mnla en qae iba, 
atravesado el brazo izquierdo de una bala, y al 
criado le qnitaron con otra la vida, despojindoles 
de cuanto llevaban, y desnudos los dejaron en 
^edio del camina; el ruido de la gente y vocwi 
del herido, alborotó & unos perros qae estaban 
por guardas de un ganado cerca de alH, y ellos 
á los pastores, presumiendo que algunos ladro- 
nes les venian á hacer algún hurto en los car- 
neros (cosa que pasa por ellos cada día) acu- 
dieron á aquella parte con hondas y chuzos. A las 
voces del caballero herido, le descubrieron. Lle- 
váronle á él y al difunto criado & una granja 
donde estaba una señora viuda que era su daeha, 
en cuya casa le entraron. Era la señora tan com- 
pasiva, cuanto hermosa. Levantóse aunque i 
deshora y mandó hacer á sus criados una cama 
en que acostaron á don Antonio y luego despachó 
á Toledo (que estaba una legua de allí) un criado 
en una corredora yegua, para que trajese de allí 
en BVL coche, un religioso que confesase al heri- 
do y un médico y unj^cirujano que le onrasen. 
Vio el criado con el afeto que su seUora se lo 
mandaba, y deseoso de darla gasto, hizo la dili- 
gencia coa brevedad, de suerte que al amaneoer 
ya estaban todos en la granja. Llegaron, pues, 

-■ Colóle 



loa dos médicos de alma, y cuerpo; éste le confe- 
só y aqnél, coa asistenoia del cirujano, le vio la 
herida y della conocieron ser más penosa que de 
peligro. Trataron de la cura, y continuaron al- 
gtinoB dias, en los cuales fné don Antonio rega- 
lado y asistido de aquella señora, compadecida 
de su mal, venido por tan atroz suceso, que pudo 
ser tan siniestro como el de su criado, í quien 
dieron esotro dia de la desgracia, eu Toledo^se- 
pnltura. 

Al cabo de un mes que don Antonio se levan- 
taba ya, quiso saber dofla Elvira (que asf se lla- 
maba la dama viuda) quién era, y estando los dos 
á solas se lo preguntó. Le dijo su nombre, patria, 
profesión y camino que hacia á ver & su padre á 
Sevilla, no poco añcionado & su hermosura, que 
era mucha, porque tenía unairedela desgraciada 
doña Ru&na. Holgóse doña Elvira de que fuese 
hombre de calidad y partes, porque también 
le estaba inclinada, y quiso que don Antonio sa- 
piesfl también quién era, y asi le dio cuenta como 
habia sido esposa de un principal caballero de 
Toledo que habia año y medio que había muerto, 
dejándola á ella muy gruesa hacienda libre, que 
administraba en aquella granja á ciertos tiem- 
pos del año, que se venia de Toledo, donde tenía 
sus casas principales. Díjole que tenía una her* 
mana moza que estaba en Uadrid, y que trataba 
de casarla con un caballero, amigo suyo, qne tam- 
bién asistía con él en la corte, el cual, aunque an- 

'■ Colóle 



410 CASTIU^ S0LÓ&ZA14O 



daba may fino en sas amores no era de en goBto. 
Esto alentóno poco ádoaAatonío, porque deseaba 
hallar ocasión para decirle sa pensamiento, y 
viendo ser esta baeaa, la dijo, cuan dichoso f aera 
en mraecer ser admitido para qae la sirviese; 
esto con fin de ser su esposo. No despidió sata 
plática doña Elvira, qae si bien mostró colores 
en aa rostro, la respuesta faé decirle qae do se 
confiaba tan presto de sas palabras, sino qae la 
continaacióa del servirla 7 el tiempo quería qQ.9 
la aaegorasen de su fé. Díóle por fiador della don 
Antonio, como hacen todos los galanes, 7 díjola 
oltimamente como era del h&bito de Santiago, 
que no se lo había dicho, cosa qae ella estimó en 
macho, con esto se trató de ir dofia Elvira á To- 
ledo, 7 dio ordea á don Antonio para qae asis- 
tiese allí encubierto en h&bito de estudiante & 
servirla. 

Bien se pasaron más de ocho meses qae don 
Antonio asistía donde le dejaremos, por decir 
lo que sucedió á la hermosa dofla Bufina, la 
cual, como supiese la partida de don Antonio, sin 
saber & donde, sintiólo con tanto extremo, que 
llegó & los últimos términos de sa vida; mas el 
cielo que quería darla consuelo en ea aflicción, no 
permitió que muriese. Con la enfermedad pado 
encubrir «1 preBado en la cama; levantóse y dio 
& entender que su mal era hidropesía, con qne 
pudo engañar & su anciano padre, hasta nna 
noche que la dieron los dolores del parto. Una 



'■ Colóle 



MOCHES DB placer" 411 

criada qae oon todo el secreto aoadió á llamar & 
naa comadre vecina, ea tiempo que bu padre no 
estaba en casa, y estando y& ésta en el aposento 
de la dama, pudo hallarla allí el viejo cuando 
vino, con qne le dio sospeclia que el embarazo de 
BU hija era enfermedad de naeve meses, y asf , sin 
decirla cada, ae salió de casa i dar cuenta desto 
á nn sobrino suyo. Hablase don Bemardino mu- 
dado & otros barrios distantes de los de la calle 
de Atooha, donde antes vivía. Pues como la 
criada viese ir á su dueflo á llamar Á su sobrino, 
y que él lo iba diciendo, sin pensar que lo oían, 
dio luego cuenta desto á doña Bufina; ella te- 
miendo algún mal suceso, no quiso aventurar la 
vida; asi, habiendo parido, se salió de casa con 
la criatura en los brazos (sin poderla detener), 
con ánimo de no volver & ella. Fué en ocasión su 
salida que pasaban por la calle dos caballeros; 
encontróse coa ellos, diciéndoles: 

— Si el amparar las mujeres afligidas es acto 
generoso, os suplico que en ocasión tan apretada 
como la en que me hallo á peligro de perder la 
vida, me favorezcáis, porqae no perezca un re- 
ci^ nacido niño que acaba de salir de mis en- 
trañas. 

Eran estos caballeros don Juan de Eivera, 
hermano de doña Elvira, la viuda de Toledo, y 
don Esteban de Cárcamo, amigo suyo, y preten- 
Bor de su hermana, como está dicho. Tuvieron 
piedad de la afligida dama, y lleváronla á su 

'■ C'>"8l^ 



413 CASTILLO SOLÚBZANO 

posada, donde la tücieron poner ea ana blanda 
cama y regalarla, y ¿ la crwtora la dieron aque- 
lla uoolie & nna mujer de la posada, gne criaba, 
pora qne la alimentase hasta' la mafiana qae se 
le buscase una ama. Seotro día fueron lu«^ loa 
doa amigos á ver á la dama, la cnal hallaron bien 
fatigada, asi oon el parto como con la pena de 
ver lo que haria su padre, echándola de menos 
cuando volviese & sn casa. Admiróles muflió sa 
grande hermosura, parecíéndoles (y & don Beta- 
han en particular) la m&s bella mnjer de coantas 
. habla en la corte. Delta supieron que habiéndole 
dado un caballero palabra de esposo, la engañó, 
gozó y no se la cumplió despaés, dej&ndola con el 
trabajo que velan. !No qtÜBo decirles ella quién 
era, m&s de que tenia calidad; qne no era menes- 
ter esto pues lo confirmaba su presencia. 

Estaban los dos caballeros de partida para To- 
ledo, y entraron en consalta sobre lo qne debían 
hacer con aquella señora. Aqoí obligó la piedad 
por ella, resolviéndose don Juan á llevársela é. 
Toledo, que estuviese en casa de sn hermana 
en sa compa&ia, aunque so ponía á riesgo de 
que se sospechase qae era cosa suya. Con estaré- 
solución, la fueron á decir lo qae hablan deter- 
minado y viese lo qne gustaba haoer. Ella con- 
tenta, como agradecida de la merced qne la 
ofrecían, la aceptó, y así se fueron con ellos á 
Toledo, llevándosela en una litera con mucho 
cuidado, y á sn ni&o oon una ama que le críase. 

'■ Coi«lc 



ÑOCHAS DE FIACER 413 

Uegaron & su patria, donde fueron bien recibi- 
dos de sn hermana Elvira, en cuya compafiia pu- 
sieron á dofia Rufina, con macbo gusto sayo, 
por BospeobarBe que era gosto de su hermano, y 
qne en esto le iba el ser aquella criatara suya 
habida en aquella dama. Trató regalarla y con- 
solarla de su pena, con que doña Rufina se con- 
sola, habiendo hallado tal compañía con qnien 
vivir. Veíase, después de la venida de su herma- 
no, do&a Elvira con don Antonio, de noche, y él 
andaba muy fino en sus amores. 

En algunas ocasiones, deseó do&a Elvira sa- 
ber el suceso de doña Rufina de la boca de su her- 
mano, haciéndole autor de aquella criatura. Mas 
él lo negaba, afirmando con grandes juramentos 
no ser coea snya. Pero como las mujeres obliga- 
dos con los beneficios descubren tal vez sus pe- 
chos, quiso doña Elvira saber el de Rufina, y asi 
por obligarla á esto, la dio parte de sus amores 
con don Antonio, ei bien la calló el nombre, y, 
asimismo, la manifestó cómo aborrecía á don Es- 
teban, aunque más la celebraba. Tras esto, la 
preguntó la oauea de haberla traído allí sn her- 
mano. Ella se la dijo dilatadamente, sin que 
tampoco dijese él nombre de don Antonio, conque 
se aseguró doña Elvira de no ser cosa de su her- 
mano. Desde allí adelante, se trataron las dos 
como muy amigas, con lo cual se determinó don 
Esteban & poner & dola Rufina por iutercesora de 
sus amores. Mas ella le dijo que no se cansase, 

'■ C'>"8l^ 



414 CASTILLO soliJkzano 

porgue dofia Elvira tenía elegida persona de stt 
gusto para esposo snyo. 

Una noche, entre otras, qae venia don Anto- 
nio á verse con doña Elvira, quiso doña Rnfína 
ser cariosa y ver si conformaban las alabanzas 
que de su galán hacia, con la persona, y así, por 
un agnjero que hizo en un tabiqne, pudo, & la lu» 
de una bujía, ver & don Antonio en h&bito de es- 
tudiante. Sabia de doña Elvira como había ve- 
nido en su conocimiento con la desgracia que le 
había sucedido y el tiempo que había que asis- 
tía en Toledo, en el cnal había llegado & pose- 
sión con su dama. Todo esto ee lo había dicho 
ella. Pues como aiiora le viese,-qnedó con sa ob- 
jeto, de modo que por nn rato no pudo ser seQora 
de suB acciones, más que quedarse sentada eu 
una silla. Cobróse algo, y volviendo al agnjero 
pndo ver los agasajos qne dofia Elvira hacía & 
don Antonio, y los que en correspondencia la 
hizo él. Gon esto estaba la celosa dama para des- 
esperar. 

Sufrió cuanto pudo aqaella pena por aqaella 
noche; mas en llegando la mañana, hieo llamar 
Á don Esteban, á quien dio cuenta del empleo 
de doña Elvira, y de oomo su gal&n era el mismo 
que & ella le había quitado la honra y neg&dole 
la palabra de esposo. Notablemente sintió don 
Esteban ésto, y entrambos, con loe rabiosos ce- 
los de verse despreciados, se resolvieron en que 
don Esteban aguardase 6. don Antonio á que vi- 



-■ Coi«lc 



NOCHES DB PLACKB 415 

niese á verse con doña Elvira y qne le sacase 
al campo desafiado, haciéndole cmaplir la pala- 
bra que negaba. Hizole de nuevo dofia Knfina 
relación del suceso de sos amores, coa las cir- 
cnstancias que se ha dicho, y, asimismo, la del 
lienzo que le tomó con sangre de narices. Re- 
paró don Elsteban en esto, y de nuevo la preguntó 
dónde estaba bu casa en Madrid y lo que le pasó 
con su galán aquella noche, y sabido todo de don 
Esteban, partió de la presencia de Bnñna con 
inimo de verse con don Antonio. Aguardóle 
aquella noohe á. la puerta de dofia Elvira, y al 
tiempo de querer abrir el favorecido amante con ■ 
la llave qne éltraia siempre, le impidió la acción, 
dándosele á conocer y sacándole á la puerta del 
Cambrón; dexpués que allf le tuvo, le dijo estas 
razones: 

— SeCor don Antonio Tello; bien pensábades 
estar en Toledo encubierto sin que vuestro nom- 
bre se supiese; yo lo he sabido por el más extrafio 
camino del mundo. Aqui os he sacado á que por 
ruegos os sirváis de cumplir la palabra que le 
distes & la seüora do&a Rufina que está en esta 
cindad. Sus lágrimas, su firmeza, au calidad, y 
tener prenda viva de vos, os fuerza á que corres- 
pondáis átautaobligacíón. De no lo hacer, vengo 
con presQpueato de que uno de los dos quede 
aquí sin vida: ved ahora lo qne más bien os está. 

Admirado dejó á don Antonio lo que á don Es- 
teban oia, y más de ver que sus amores ee suple- 

'■ Coi«lc 



416 



sen y estuviese doña Rañna en Toledo, y asi le 
respondió desta anorte. 

— Se&or don Esteban: á pasar por mi todo lo 
que deois, de haber dado palabra & la señora 
dofia Kofina y deberle esas obligaciones de que 
como caballero debía cumplirlas, yo no bioiera 
nada en eso, puesto que tau de mi iuclinación la 
amaba, pues no había cosa libre en mi, después 
que la conocí. Desalumbradamente entró la no- 
che que me esperaba otro hombre eu mi lugar, 
y en tanto que yo me eximi de encontrar con la 
justicia que averiguaba una cuestión en aquella 
calle, tuvo más dicha qiie yo, gozando la ocasióa 
tan callada, qae & mí se me atribuyó esto á dis- 
gusto, siendo como os digo, cosa tan deseada de 
mí, que cuando yo pidiera al cielo mujer de gran- 
des partea para mi compañía, no la pudiera ha- 
llar como ella. Finalmente, el no conocido hom- 
bre, gozó la mayor beldad de la Europa, cosa 
que hoy lloro con grande sentimiento mío. No 
me estaba á mí reputación bien el casarme con 
ella después deste suceso, y así no acudía á su 
casa con las frecnencias qne antea. Esto juzgó 
do&a Bu&na á desprecio, ymás viéndome ausente 
dejándola preñada, dióme anas señas de ha- 
ber dejado el que la gozó un lienzo de puntas en 
sn poder con sangre de narices. Eu efecto, seBor 
don Esteban, yo perdí el mejor empleo del muu- 
do, juzgad vos ai conociéndole le rehusara. 

Más enterado del modo con que se le usurpó la 



-■ Cocglc 



NOCHKS DE PLACER ■117 

dicha & don Antonio, reconocía don Esteban ser 
¿I mismo qoien habia gozado la ocasión en su lu- 
gar; y asi, con nnevas preguntas que le hizo, se 
aseguró más desto, confesando alU ser el dendor 
de la honra de doña Hiiñna, porque yendo aque- 
lla noche por la calle de Atocha ae arrimó & noa 
puerta y se le abrió, hallando allí ana criada que 
le llamó cou un nombre, que ahora se acordaba 
ser don Antonio, y él, fingiendo ser el que aguar- 
daba, podo gozar la ocasión, y estaba muy en 
acuerdo de que habla perdido allí el lienzo con 
las Sofías que daban del. Con esto et desafio re- 
dundó en paz de los dos, y concartando verse en 
otro dia se fneron á reposar aquella noche. 

Tino la mañana, buscó don Antonio á don Es- 
teban y Fueron á casa de don Juan de Rivera, & 
quien dieron parte del suceso. Don Esteban se 
vio con Hufina, y más en particular comunicaron 
los dos razones que habían pasado, con lo cual 
don Esteban se desposó con ella; y sabiendo don 
Juan quién era don Antonio, le dio por esposa i 
SQ bermana, gozándose largos años en paz. 

Todos alabaron la novela ¿ la hermosa Felicia- 
na, y sncediéndola en su lugar don Leonardo, im 
caballero de lucido ingenio, dijo esta novela. 



nS DE LA NOVELA XTNDÉCIMA 



..C.o<,glc 



,;. Google 



Gl premio de la virtud 



A Rafael Darder, Justicia criminal de la ciu- 
dad de Valencia y su partido, en la suerte de 
los caballeros. 

^i virtud ea conocer siempre lo bneno, 7 serlA 
afecto, premio merecerá qalen lo hace. Viendo 
BOB partes de t. m. tan dignas de nn perfecto ca- 
ballero, ha BÍdo en mi virtud amarlas, y así, en 
premio desto, no me debe v. m. negar el patroci- 
nio desta novela que le dedico, intitulada M pre- 
mio de la virtud. Cierto estoy qne no la desesti- 
mará quien, si hubiera de tener al premio tempo- 
ral que merecen saa partes, gozara muy grande 
lagar. Guarde el cielo el de más consideración 
& T. m. por los méritos que en su persona haya; 
téngale, después de muchos años de vida y aore- 
centamieutos en su casa, como deseo. 
Servidor de t, m., 
Don AL019BO di: Castillo SolÓrzano. 

'■ Coi«lc 



MSTILLO SOL ORZAN O 



NOVELA DUODÉCIMA 



Pavía, antigua ciudad del Estado de Milán, 
famosa por la msígne Academia de Letras que 
en ella liay, era patria de un rico ciudadano lla- 
mado Hortensio. Este, siendo casado con ana 
principal señora de Novara, hubo en ella dos hi- 
jos; el mayor se llamó Henato y el menor An- 
selmo. Llegaron á edad bastante para que toma- 
sen modo de vivir. El mayor se ocupó en acudir 
á las correspondencias de su padre que tenia 
oon mercaderes de Oénova, Saona y Milán, y el 
segundo siguió las letras en las escnelae de 
Pavía. 

Sucedió morirse la esposa de Hortensio, de una 
repentina y grave enfermedad, con la cual que- 
dó muy desconsolado sin su compañía. Si bien la 
de sus hijos (en particular Renato que as i quien 
más quería Hortensio) le era de gran alivio en 
BU desconsuelo. Pasóse el a&o primero de su viu- . 
dez, y los amigos de Hortensio trataron de que 
segunda vez tomase estado, casándose. A los 
principios lo rehusó, no admitiendo esta plática; 
mas con su continuación vino á sonarle bien y 



.Cocglc 



di6 lagar & que se le tratase casamiento con nua 
dama moza j bizarra, desigual en edad, porque 
podía muy bien ser bija saya. Sintieron , mncbo 
gas hijos (en particular el mayor) qae su padre 
hiciese este consorcio; mas viendo ser su volun- 
tad hubieron de pasar por ello. £ra Julia (qne 
así se llamaba la esposa de Hortensio) muy dama, 
mny amiga de ser vista y de salir &. todas las 
festÍTÍdades públicas; de andar bizarra y final- 
mente, de tratar con las damas amigas. A todo 
esto (cosa que Hortensio sintió mucho); pero que- 
ríala tanto, que no la osaba ir á la mano ni ha- 
blarla palabra; cnlpa grande en los maridos, no 
atajar esto á los principios por no ver después 
de su resulta malos fines. Quería macho Jnlía 6, 
su esposo, según las demostraciones que hacia, 
y porq^ue veta lo mucho que amaba á su bijo Ke- 
nato, mostrábale ella el mi^mo amor en lo exte- 
rior, si bien en lo interior más se pegaba de An- 
selmo. 

Cuatro años se pasaron, en los cuales, con ma- 
yor edad, Hortensio vino & tener achaques de go- 
ta, y otros juntamente oon éstos, que le impidie- 
ron el poder ser galán de su esposa como hasta 
allí. Con lo cual ella comenzó á traer cierto dis- 
gusto consigo, que se le echaba de ver, de que 
no poca pena sentía su esposo, Renato, las más 
veces ausentes, ya ea Genova, ya en Milán, y 
oon el manejo de la hacienda de su padre, trató 
de dar mala cuenta ijella con juegos y mujeres^ 

'■ Cocsk 



422 CASTILLO SOLÓBZAKO 

dos cosas qae oonsamen más poderosos cándales 
qttd el qae tenia su padre. 

ATisaron á Hortensio bds oorreepondientea del 
modo qae ee portaba bq hijo, y qae si no le qui- 
taba de lo que ejercía, en dos días no t«nárla ni 
hacienda ni crédito. Era tanto lo qae el anciano 
padre le amaba, qae no podía dar crédito & losqne 
le acosaban; pero como en esto hubiese continaa- 
ción j por experiencia viese qaebradas algunas 
correspondencias que tenía, temiendo mina le 
mandó dejar aqaello y venirse Á Pavía, poniendo 
en sa lagar an hombre de prudencia y satisfac- 
ci¿n, de qaien se padiese fiar. Macho sintió Re- 
nato que, en medio de sus gastos, el mandato de ' 
SQ padre le apartase dellos, con conocimiento de 
sa poco gobierno, y así hubo de obedecerle, y ví- 
nose Á Pavía, ¿ donde el anciano Hortensio le 
reprendió st(s desórdenes y le mandó asistiese 
allí en su compañía, cosa qae sintió no poco Re- 
nato. 

Era el joven libre y atrevido, y viendo qae 
habla, á pesar sayo, de estar en Pavía, trató de 
jugar y enamorar como lo hacia en Mil&n, y para 
acudir á las dos cosas, no habla escritorio ni co- 
fre de su padre seguro, que & todos hacía llaves 
para robarle cuanto podía. Machas veces echando 
de menos la falta del dinero, le reñía el padre, 
mas él estaba tan insolente, que diciéndole mu- 
chas inobediencias le volvía las espaldas y no 
dejaba de hacer su gusto. Diferente se portaba 

-■ Cocglc 



Auaelmo, que tratando de eos estudios, era el j'o- 
tgh más oompaesto que se hallaba ui todo el es- 
tado de Milán, y con yer el padre esta virtud ea 
él, y que no salla de su obediencia, le tenía tan 
hechizado el amor de Renato, que por él vendiera 
i Anselmo, ai faera menester, en tierra de infie- 
les; ceguedad grande de padres, apasionarse por 
lo peor, y no hacer estimación de lo bueno. 

La couñauza de ser querido le daba alas á Re- 
nato para ser insolento y libre, de modo que un 
dia llegó iperderal juego 1.000 escudos sobre la 
palabra. Para pagar éstos quiso hacer un hurto 
á su padre; pero su recato había puesto el dinero 
en buena guarda y no le halló Renato, como ae 
pensó. Hizo para esto eztra&as diligencias, y 
viendo que ninguna surtía^ efecto, se detomiinó 
pedir la cantidad á su padre coa muy poca ver- 
güenza. £1 pobre viejo, que estaba cansado de 
sufriruno y otro hurto y de pagar cada día deu- 
das y trampas suyas, le dijo que no quería darle 
lü nn solo real y en esto se resolvió. Viendo esto 
Benato, y que no había modo para convencer á su 
padre, perdida la paciencia y el respeto pater- 
nal, embistió con el anciano Hortensio, y arro- 
jándole en el suelo le quitó del cuello unas lla- 
ves peqneüas de sus escritorios, con las cnales, 
á pesar suyo, abrió el que era custodia del dine- 
ro que tenía en oro, y del sacó toda la cantidad 
que en él habla, que serian 8.000 escudos, con 
que se salió de su casa, dejando á su padre ce- 



-■ C-""S>^ 



434 CASTILLO SOLÓKZANO 



rrada en un a poeento llorando esta desobediencia. 

Faé esto enocasióu que Anselmo uijaliaao es- 
taban en casa, que habían ido ¿ tm coavento & una 
fiesta que en él se hacia. Venidos de ella, hallaron 
el uno i BU padre, y el otro & su esposo añigido, y 
casi bañando en lágrimas aas blancas oaiias. 
Fregantóle Julia la cauea de sa sentimiento, y 
el viejo, temiéndose de que Anselmo qiiisiMa 
vengarle, y por ello le viniese dallo á B^nato 
(tan ciego estaba de pasiiin), les dijo que su llanto 
era porque Benato ae iba de Pavía para no vol- 
ver tan presto. Quiso Anselmo salírle & bnacar, 
mas su padre le mandó qne no lo hiciese, cosa 
que, para lo mucho qtte le amaba, se le hizo no> 
vedad este despego. Benato, con el diaero tomado 
con tanta desobedieacia á su padre, sin pagar los 
l.OOOeBoudos, que dejó debiendo (y despnéa pag<} 
su padre), se partió de Pavía á Florencia, donde 
le dejaremos hasta sn tiempo. 

La ausencia del querido hijo iba sintiendo 
Uortensio, de manera que sus achaques se la 
agravaron é impidieron salir de casa. No poco 
sentía su esposa, considerándose ya viada ea 
taitta mocedad, y que por asistir á la compañía 
de su esposo le había de [«'ivar de la de sus ami- 
gas y de salir & sus fiestas como hasta alU. Pa- 
sábalo acompañada de Anselmo, del cual, como 
viese en él partes de gentileza y discrecoiÓE, se 
vino á enamorar con tan impetuoso amor, qne no 
sosegaba, ni comía, ni dormía, sin tenerle siem- 

-■ Cocglc 



NOCHES DB PLACEB i2ü 

pre en la memoria. Pasó alganos días son esta 
amorosa inquietud, entendiendo qae se le quita- 
ría; mas como la cauaa della la tenia siempre por 
objeto, cada día crecía más au pena, no sabiendo 
de qaé modo pudiese manifestársela, por lo que 
temía se kabia de escandalizar Anselmo, aca- 
sándola de liviana. Tanto (finalmente) la apretó 
este lividinosú deseo ; amorosa pena, que un día 
que Be vio ¿ solae con Anselmo, en un apartado 
cuarto del de Hortensio, le dijo estas razones: 

— Anselmo (que no quiero llamarte hijo, pues 
impUoa ¿ lo que has de decir de mí), ya que mi 
buena suerte me ha dado la ocasión como la po- 
día desear, que OS verme á solas contigo, te quiero 
manifestar on cuidado, declarar una pena, y 
dar parte de una aflicción que ha tiempo que me 
trae fuera de mí, sin reposar los días, ni Bose- 
gar las noches. Suspenso estar&s y dudoso, ^e- 
seando ver dónde ha de parar el fín de este dis- 
curso mío. Mas si conoces de ti las partes que el 
cielo te concedió en talle, en gracia y en discre- 
ción, tan alabadas de muchas damas de Pavía, 
que las gozan de lejos, ¿qué macho qne en quien 
tan continuamente las tiene presentes, y las con- 
templa, con el conocimiento de lo que son hagan 
tal efecto queme obligue á. decirte que te adoro, y 
q'Ue te he elegido por dueño de mi alma? Esta ha 
machos días que la tienes en tu poder, trátamela 
bien y compadécete desta esclava tuya, que no 
tiene guato sin tu vista, ni alivio ain tu memoria. 

Cocglc 



426 ClVSTli.LO SOLÓEl/ANO 

Admirado y absorto le dejaron á Anseimo las 
razones de su madrastra, de suerte que por aa 
largo rato no pudo hablar palabra, más cobrán- 
dola, la dijo: 

-—No es posible señora y madre mía, sino qae 
con esta persuasión tan extraña que causa ho- 
rror queréis probar lo que hay en mi pecho, cuan- 
do mi obediencia y el respeto que os tengo, oa 
debieran dar bastantes seguridades de que á ma- 
yores ofertas no se mudara mi condición, y jaás 
en cosa que ofendo al cielo gravemente, y en ae- 
guodo logar ¿ quien me dio el ser, con el más 
atroz ¿ incestuoso pecado que haya. Ya he codo- 
cido vuestro intento y tengo experiencia de vues- 
tras borlas; otros modos hay en que ejercer el 
donaire, que en éste, ann asi platicado, ofende 
los oídos. 

Comenzó Julia á asegurarle qne cnanto le de' 
cia era de veras, y qae le amaba tiernamente; 
mas Anselmo, cerrándose los oídos, la dej¿, y se 
fué escandalizado de lo qne había dicho. Picada 
Jnlia más de Anselmo, cuanto vía que se le re- 
sistía, procuró verse con él otra vez á solas, en 
aposento algo más vecino al del anciano Horten- 
BÍo, donde apretó más la dificultad en persuadir- 
le. Mas el constante joven, afeándola su cuida- 
do con razones libres, la dijo que se le quitase 
aquel frenesí, pues era tan dafioso para la salud 
de su fama y la honra de su padre. Con esto oyó 
dól mochos pesares, de suerte que las voces ss 

-■ Cocglc 



Nuches db flachr 427 

oyeron donde estaba Hortensio enfermo, y le pu- 
eieroa en do poco cuidado. 

I^aése Anselmo de la presencia de Julia, de- 
jándola llorando tiernamente, y tan indignada 
de BU desprecio, que todo el amor qne había pues- 
to en él se convirtió en mortal odio. Entró donde 
estaba Hortensio, y pregontindola la causa de 
laa voces que daba, ella desalumbradamente le 
dijo que Anselmo perdido el respeto al cielo y á 
su padre, la solicitaba y aun quería hacer fuerza, 
cena que dejó & Hortensio atónito y fuera de si. 
Podo oír eato ana criada, y sin dilatarlo más f u¿ 
á dar cuenta de la maldad & Anselmo, el cual 
riendo el peligro en que se hallaba, entró en un 
aposento de su padre, y descerrajándole un es- 
critorio, pudo tomarle del l.OOU escudos y partir- 
se & Ñipóles, dejando la profesión de las letras 
con intento de seguir la de las armas. 

Llegó, pues, ¿ aquella gran ciudad, paraíso^ 
de la tierra y lustre de nuestra Europa, don- 
de coQ el dinero que llevaba hizo galas de sol- 
dado, y sentó plaza en la compa&ia de un caba- 
llero espaüo], que se le aficionó, haciéndole su 
camarada. Procedió Anselmo con tanta pruden- 
cia y generosidad en la milicia, que en breve 
tiempo pudo llegar á ser alférez en la misma 
compafLia donde se alistó, por muerte del que 
poseía la bandera. En este cargo estuvo ocu- 
pado dos años, siendo estimado' y querido de los 
toldados por su afabilidad y generosa condición. 

-■ Cocgk 



428 CASTILLO souírzako 

Sucedió levantarse en I» campa&a nn bandolero 
llamado fieinaldo, trayendo m&s de 500 hom- 
bres de compafiía, con los cnalea ejeantaba maer- 
tea 7 latrocinios, sin haber caminante segnro. 
Pues para castigar é. este hombre, mandó el vi- 
rrey que cuatro compañías saliesen á la parte 
donde andaba haciendo insnltos, y procurasen 
traerle preso 6 muerto, ofreciendo un tallón de 
razonable interés. Capo la suerte de ir á eeta 
facción á la compañía de quien AnBelmo era 
alférez. Habiendo tenido nuevas qne parte desta 
gente facinorosa andaba nueve millas de Ñipó- 
les, salió por aquella parte en basca suya, an- 
ticipándose & las otras tres que le hablan de 
seguir, y con la nueva cierta qne llevaban ca- 
minaron con algún cuidado. Habían estada en un 
pequeño lugar, cosa de cincuenta foragidos, y 
hecho en él todo el dafio qae pudieron con qne 
pasaron adelante. Cerca de aquí estaba una casa 
de placer que era de la marquesa Flora, cuyo 
era el lugar; aqní llegó la compafiía & tiempo qne 
cosa de docena y media de los que iban & bus* 
car estaban procurando derribar la puerta de la 
oasa. Esta la defendían de un balcón cuatro da- 
mas muy hermosas con muchas piedras qae les 
tiraban. 

Llegaroa los primeros el capitán j Anselmo, 
que venían á caballo, y apeándose prestamente 
comenzaron á aouchillarse con los foragidos con 
maoho brío. Ellos, dejando la puerta, volvie- 



-■ C'>"8l'^ 



ron loB rostros & defenderse, á tan mal tiempo 
para el capitán, qne nno le dio ana crael eeto- 
cuda con qae le qnitií la vida. Ya habían lle- 
gado cosa de treinta soldados, y viendo á su ca- 
pitán mnerto, entre ellos y el alférez, no se les 
escapó con vida hombre de cuantos alli hallaron. 
Abriéronles las ptiertas de la qninta, y entraron 
«n ella por aguardar tiempo que llegase el resto 
de la compañía. Metieron allá el caerpo del ma- 
logrado capitán, con no poco sentimiento de An- 
selmo, qne era may an amigo. Bajó la marquesa 
con BUS damas al patio, lastimada del trágico su- 
ceso, y di6 el pésame del & Anselmo, diciéndole 
qnieu era; muy pagada dél, por haberle visto tan 
alentado con los foragidos, de que le dio las gra- 
cias por el favor qne había recibido. Aunque An- 
selmo se halló con la pena de ver mnerto á su 
capitán, pudo la hermosa presencia de la mar- 
quesa Flora hacer que reparase con cuidado en 
su belleza, y della nació quedar preso de sus 
amores. Dióse orden que en llegando la oompa- 
fifa se le diese sepultura al capitán en aquel 
lagar que habían dejado atrás, y que luego se 
prosiguiese oca su camino. 

En tanto estuvo de visita Anselmo con la mar- 
quesa, en la cual se le fué todo en alabar sus per- 
fecciones, lisonja bien creída de las damasyprin- 
oipio de muchas aficciones. Flora estimó el favor 
que la hacía más añcionada á Anselmo, porque 
era joven de agradable presencia, gentil talle y 

Lyn,.u,.Coo;^li: 



SOLÓRZANO 



gustosa plática. Preguntóle si aaistfa enN&polM, 
díjola que al; mas que él gustara m&s de asistir 
siempre en su servicio. Ella le did & entender que 
estaba de camino para irse á la ciudad, y que 
ahora con lo que le había sucedido oon aquella 
gente acelerarla el propósito, por no verse en otra 
ocasión como aquella, pues por haberse ido aus 
oriados & casa, ae había quedado sola con aaa 
criadas y nn anciano escadero de ochenta a&os. 
Esforzó BU intento Anselmo, suplicando le pusie- 
se en ejecRción, porque cuando él volviese & Ñi- 
póles la hallase alU. No desestimaba esta plática 
la marquesa, antes la oía con gusto, lo cual, como 
se lo conociese Anselmo, se atrevió á duplicarle 
que en Ñápeles le permitiese dar lugar á que la 
visitase en sa casa. Concedióle ésto la hermosa 
Flora con mucho gusto, y habiendo sido avisado 
Anselmo qae estaba allí toda la compañía junta, 
se d^pidió de la marquesa. 

Habla mandado prevenir refresco para todos 
los soldados, el cual se le dio con mucha liberali- 
dad, agradeciendo y estimando por ello el alférez 
el favor. Comieron un bocado en pie todos, y con 
el cuerpo de sn capitán volvieron al lugar, donde 
ae le dio sepulcro en mnyhonrado lugar, por man- 
dado de la marquesa. De allí partieron, volviendo 
por la quinta donde Anselmo se despidió de Flo- 
ra, viendo en sus ojos maestras de qne le estaba 
aficionada. Hizo Anselmo una plática & los sol- 
dados, en que les dijo como por muerte de su oa- 



.Cocglc 



pitáa le tocaba gobernar aqaella compafila, qne 
en la Tolnntad no podía errar, qne ai Ub obras 
no la igualasen supliesen saa defectos . Todos 
dijeron qae de tan gran soldado no se podía es- 
perar otra cosa, que ellos iban muy gustosos en 
ir debajo de sn obedienoia. Esto agradeoió mu- 
cho Anselmo, con lo cnal partieron de allí en 
bnaca de los bandoleros, y fué tan bnena la dicha 
de Anaelmo, qne antes de doce millas tuvo aviso 
como Reinaldo dormía en unos casares. Este se 
le di¿ uno de en misma compañía, qne coa pro- 
mesa de sn perdón se ofreció & ponérsele en las 
manos. Aseguróle el perdón Anselmo, y coa esto 
aguardó allí & qne le viniese el aviso segando. 
Era el sitio donde estaba un bosqaecillo, dos 
tiros de ballesta de el casar doade dormía Rei- 
naldo. Había aquella noche brind&doae con sus 
cantaradas, algo más de lo acostumbrado, y el 
vino y las viandas hicieron su efecto aumentán- 
dole el sueño, acostado al lado de su amiga que 
le acompañaba en la campaña. Aguardó el aol 
dado que le veadla, ocasión en qne todos estuvie- 
sen en qnieto silencio, y fué á avisar á Anselmo, 
el cual, con toda su gente, cercó la casa y derri- 
baado las puertas della pudo, sin herida ni peli 
gro alguno, hacer la prisión da Reinaldo, atán- 
dole de píes y manos ¿ él y i doce camaradaa, 
los más valientes de su compajlía; facción que 
hacía machos días que se deseaba hacer por el 
aotable daño qae este hombre hacía en el reino, 

-■ Cocglc 



432 CASTILLO aOLÓRZASO 

y había costado muchas vidas el quererle pren- 
der sin haber salido coa ello. Con esta prisión 
muy oontento Anselmo no qniao dejar de aguar- 
dar la ocasión de chocar con los soldados de Rei- 
naldo, qne habían de venir allí cosa de ciento 
por él, y así hizo & los suyos que en aquellos ca? 
sares se escondiesen hasta ver la ocasión. Avi- 
sado por la ceja, no tardó mucho la gente en 
venir, bien descuidada de lo que se les esperaba. 
Como venían coa este descuido, hecha la seña de 
la caja, salieron los soldados prevenidos, y en 
breve tiempo desbarataron á los rocíen llegados, 
aanqne no tan é. su salvo, que no muriesen algu- 
nos de la compañía de Anselmo. De la de Rei- 
naldo murieron más de la mitad y los otros fue- 
ron presos y maniatados. Hizo Anselmo buscar 
carros de un lugar cercano á aquellos casares, 
en que acomodó los presos, con los cuales dio la 
vuelta Á Ñápeles. 

Ya el virrey tenía aviso de lo que había suce- 
dido, estando el más contento del mundo, porqne 
deseaba mucho haber á las manos & este ban- 
dolero. Todo NápolcB acudió al llano de pala- 
cio á ver la entrada de Anselmo, echándole mil 
bendiciones por haber hecho aquella prisión tau 
de importancia. Llegó, pues, Anselmo á pala- 
cio, con no poca dificultad por la mucha gente 
que había, y besó la mano al virrey, el cual le 
abrazó y agradeció mucho lo que había hecho. 
Hfzole luego capitán de aquella compa&ia, de 

-■ Cocglc 



e[ae era alfórez, y dióle el tallón, qae eran 6.000 
Mcndoe, con otros dos da ayad& de oosta. Desto 
r^artió Anselmo bnena partecon bub soldados, 
oautíT&ndolM i. todos las Tolnatades con tan ge- 
nerosa acción. Bien babfa visto la marqnesa Flo- 
ra la entrada de Anselmo, que con cuidado pro- 
curó estar donde la pudiese ver, holgándose mu- 
cho de ver el bizarro joventati ^l¿n, cosa que el 
aumentó la afición, yqaisíera que su calidad 
fnera tal que igualara & la Suya, para tenerle 
por esposo. 

Con ser capitán Anselmo, 7 verse con dineros, 
hizo galas extraordinarias y costosas, vistién- 
dose de los colores que aupo tener la marquesa, 
y con cuidado paseaba su calle, visitándola al- 
gunas veces, aunque pocas, por no dar qne decir 
á sus deudos. Siempre halló en ella mucho gusto 
de ser servida de Anselmo, pero con más secreto 
qne publicidad. Bien echó de ver Anselmo, que 
el no ser igaal con la marquesa le privaba do 
qne en público la sirviese , y lastimábase mocho 
desto; pero el cielo qniao premiar su virtnd con 
guiar su dicha por camino qne se le cumplió su 
deseo, y fué desta suerte, 

Habia ea Ñápeles un caballero anciano, muy 
rico, que se preciaba de deudo de la marquesa; 
y óste continuaba el visitarla muy á menudo, y 
queríale en extremo por haber sido muy amigo 
de su difunto padre. Pues como saliese áe su casa 
de visitarla una noohe, fué acometido de dos 



,.Coi,gfc 



481 CASTILLO BOLÓBZANO 

hombrea para quitarle Ik vida. Ceñía eapada el 
buen caballero, pero eraa bub años más de se- 
Beata yaeÍB, estaba falto de brios, j ao avi com- 
pañía edlo traía dos pAJeoilloe. ComenEóee ¿ d«- 
fender, mes & la primera ida le dieron asa esto- 
cada, que aonqne en soslayo le derribaron m 
tierra, pidiendo confesión. En esta sazón se halló 
nueatro Anselmo en la oalle, qne agoardaba oca* 
sión para dar nn papel á una criada de la mar- 
quesa Flora, 7 como viese la pendencia y al oa- 
ballero en el suelo, poniéndose & su lado se c»- ¡ 
menz¿ & acuchillar con los qne le ofendían, con I 
tan buen aliento qne de una estocada dio con el I 
uno en tierra, y revolvi^do sobre el otro, le 
alcanzó una cuchillada en la cabeza. A este tiem- 
po sali¿ gente con luces, con que el herido en la 
cabeza escapó huyendo, dejándose allí al compa- 
ñero. Llegaron ministros de justicia, conocieron 
al anciano don César, qne así se llamaba el ca- 
ballero que estaba herido, y de la otra parte i 
don Carlos, nn sobrino sayo que pedía confeai6n 
& voces. Bien pudiera Anselmo irse sin ser cono- 
cido, mas no quiso desamparar í don César; 
abrazóse con él, y por estar cerca la caaa de la i 
marquesa Flora, le entraron en ella, donde lé. 
pusieron en una blanda cama para ser curado. 
A don Carlos llevaron & su posada, dejándole en 
ella preso con guardas. Quisieron prender ¿An- 
selmo, mas no lo consintió don César, diciendo 
que él había sido su defensor oontra au sobrino i 



-■ Cocglc 



MOCHBS DB fLACU 136 

(qne lo era el don Garlos, y el que habia huido), 
y qae había de asistir & su cabecera hasta que 
DioB le llevase, si era sa voluntad que él mu- 
riese de aquella herida, hecha con tanta alevo- 
sía. Quedóse Anselmo en forma de preso, acom- 
pañando á don César, con licencia de la mar- 
quesa Flora, la cual con ver que era con licita 
ocasión, se holgó de qae Anselmo fuese su hués- 
ped, asistiendo siempre í don ÍIJésar con macho 
cuidado. 

HÍ20se averiguación de la pendencia por or- 
den del virrey, 7 de la declaración que tomanm k 
don César, se snpo que don Carlos y sa hermano, 
BobrÍDoa suyos, caballeros traviesos, le habían 
pedido cierta cantidad de dinero, j que por ha- 
bérsela negado lefaabian querido matar, viendo 
qae ellos eran los inmediatos sucesores & sn ha- 
cienda, por ser hijos de sa primo hermano. Con 
ioB testigos de la peudencia,-se averiguó ser los 
dos contra su tío, y que don Carlos le habla he- 
rido. Procuróse prender & su hermano, mas sú- 
pose que se habla pasado & Venecia. Estuvo don 
Carlos sano, y fué desterrado por el virrey, del 
reiao de Ñápelas; esto por súplica de don César, 
que le quería el virrey cortar la cabesa. 

Uíentras don César estovo en la cama, siem- 
pre^nselmo y la marquesa le asistieron, hasta 
que se levantó della; y como de saa oonversacio- 
ofiB conociese el anciano caballero que se mira- 
ban bien, viendo la obligación que le debía í 



" Coi«lc 



Anselmo por haberle librado de la muerte, j & 
la marqnoaa BQ deuda, por haberle corado con 
tanto regalo, nn dia qne los tres estaban i solas, 
les dijo estas razones; 

— Como la ingratitud sea na vicio que Dios 
aborrece tanto, ye, por no inonrrir en ¿I, quierS 
con el agradecimiento pagar nna deuda que no 
es menos que de la vida. Esta la debo al sefior 
Anselmo, pues con su alentado valor pudo defen- 
derme de mis alevosos sobrinos y ser causa da 
que no me matasen , perdiendo allí el vital aliento 
ooB duda de mi salvación. Yo no he tenido hijos 
que me hereden; mis bienes son libres; los for- 
zosos herederos que á, ellos tenían acción, la han 
perdido con la traición que contra mi intenta- 
roa. ¿A quién puedo más justamente, y con más 
razón, adoptar por hijo, que i quien debo mi ser 
después de Dios? Este me le ha dado Anselmo; 
¿1 quiero que sea el heredero de mi hacienda, 
prohijándole, y qne la goze desde luego; pero 
porque della participe quien me tiene sangre 
(esto dijo volviéndose & la marquesa), quiero que 
sea con condición que se case con vos, hermosa 
Flora. Las armas y los letoas levantan las casas, 
y dan las calidades; bástele á Anselmo, oaando 
ns os iguale, ser capitán y ya hijo mío, para 
qne lo supla todo. Este es mi gusto, si el vuestro 
no fnere de dármele y admitirle por esposo , con 
la hacienda que le dejo no le faltara mnjer rio* 
y principal por su parte. 



-■ C-""S>^ 



HOCHES DB PLAGIK 487 

Anaelmo llegó ya como lujo á besar la mano i, 
doB César, colmado de tantoB favores. La marque- 
sa coDsidor& estarle bien casar con au giuto j ser 
señora de 200.000 eBcudos que tendría su deudo, 
y asi aceptó la oferta que le hacia, con lo cual, 
liabida Ucencia del virrey (que vino en ello con 
mucho gusto por lo bien que queria & Anselmo), 
se desposaron, quedando el gallardo joven hecho 
marqnéB, dueSo d« muy grande hacienda y esposo 
de una bellísima señora de lo mejor de Ñipóles. 
Bió aviso destoá su padre en Pavía, á tiempo que 
habla an mes qne se le había muerto su esposa, 
declarando en lo último de su vida haber levanta- 
do aquel falso testimonio & Anselmo, por no haber 
condescendido con su torpe amor, cosa que escan- 
dalizó á todos. Hortensio mejoró de sus achaques 
y fué á ver i Nápolés & su obediente hijo. De Be- 
nato se supo haberle quitado unos ladrones la 
vida y el dinero, digno castigo & su inobediencia. 
Diferente en Anselmo, que por su virtud halló el 
premio que merecía. Llegó su padre á If&poles, 
donde estuvo cosa de un a&o en compaUa de su 
hijo, acabando' allí la vida. Don César se retiró 
¿ un monasterio, donde murió santamente, 7 los 
dos marqueses se gozaron muchos años con mu- 
cbo gusto. 

Dio la ejemplar novela de don Leonardo mu- 
cho contento & todos^ y por estar prevenidos para 
ver nna máscara (remate de la fiesta de aque- 
llas juntas), no se la alabaron largo tieupe. 



-■ Coi«lc 



■OLÓKZANO 



Habfaa doce caballeros veatídose de indios, 
Incida y ricamente, y de cuatro mi cn&tro, con 
hachas en las manos, hicieron sn entrada al son 
de on sonoro juego de violonea. Hicieron cario- 
sos lazos sin dejar las hachas, y en segando aon 
remataron en baile la fiesta, que daró grande 
rato, dejando muy gaatoaos & todos. Era ya la 
media noche, y prevenidas hachas, cochea y ca- 
ballos, despidiéndose todos de don Q-astdn y de 
sae hermosas hijas, se faeron á sos posadas, que- 
dando de concierto qne para las Carnestolendas 
qne esperaban, habían de continuar aquel entre- 
tenido ejercicio. 

Con esto da fin el autor á est« volamen, de- 
seando salga á gusto de los lectores, para dar 
presto & la estampa SI coche de leu estafa», que 
tanto ha que tiene prometido. 



LAUa DKO, HOHOB KT «LOBIl, 



..Goo^k 



fimiOE 



Apiobacíók 4 

Próloqo 6 

noobe primeka 10 

Las dos dichas sin pensar 12 

La caatelA sin efeto 59 

Noche segunda 107 

La in^atitad y el castigo 109 

El inobediente 161 

Noche tercera S06 

Atrevimiento y veutui'a 20A 

£1 bien hacer no se pierde 232 

NpCHB CUARTA 269 

£1 proa¿stico cumplido ^3 

La fuerza castigada 304 

Noche quinta 839 

El celoso hasta la muerte Sil 

El ingrato Federico 3fi7 

Noche sbsta 895 

El honor recuperado 397 

El premio ds la virtud 419 



-■ C-""S>^ 



BE JLOABÓ DE »PSIHIB S0TK 
LIBBO ElX LA «lUPBBNTA IBA- 
BIOA» A OAH&O DE BSTAHIBLAO 
UAE8TBE, A LOS TBEINTA DÍAS 
DEL HES DE KOTIEUBBE DE 
VCníTL 



Calle de la» Poeaa, aúni, 12 



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