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NOSOTROS 



NOSOTROS 

REVISTA MENSUAL DE LETRAS 
ARTE - HISTORIA - FILOSOFÍA Y CIENCIAS SOCIALES 

FUNDADA EL l.o DE AGOSTO Dfi 1907 

POR Alfredo A. Bianchi y Roberto F. Giusti 



DIRECTORES 

ALFREDO A. BIANCHI - JULIO NOÉ 



AÑO XVI — TOMO XLI 






BUENOS AIRES 
1922 



'AÑO XVI Mayo de; 1922 Núm. 156 



NOSOTROS 



GIOVANNI VERGA 



GiovANNi Verga ha fallecido el 28 de enero del año corrien- 
te. Su muerte ha renovado en Italia los mismos problemas 
de arte y las mismas discusiones planteados y entablados hace 
dos años, cuando se quiso festejar el 80.° aniversario del gran 
escritor. 

Como es sabido, Giovanni Verga inició su carrera literaria 
con relatos de tipo estrictamente romántico, publicados entre 
t86o y 1873 • ^^^ peccatrice, Storia di una capinera, Bva, Tigre 
rede. Todos los personajes de estos relatos pertenecen a la bur- 
guesía y a la aristocracia; buenos mozos, lindas mujeres, ele- 
gancias, amores de sociedad; el diario de una monja hecha reli- 
giosa por fuerza ; la historia de una traidora que lleva a la muerte 
a su enamorado; castillos románticos, leyendas, enfermedades del 
pecho, epítetos poéticos, epistolarios de amor; en una palabra, y 
para entendernos algo, la repetición de Dumas hijo. 

Pero un buen día cayó en manos de Verga, que hasta en- 
tonces había vivido en la sociedad de Florencia y de Milán, un 
diario de un capitán de mar de sus países, lleno de errores de 
ortografía y de sintaxis, pero vivo y apasionante. Fué como una 
luz para él, en cuyo ánimo, evidentemente, habíase ido intensifi- 
cando, en esos años, un cierto disgusto del propio arte. Además, 
habíanse ido acumulando en él muchas observaciones de la 
vida. ¿Por qué — decíale esa luz — no haces hablar a tus 
personajes como ese capitán de mar, por qué no escoges los 
campesinos, los burgueses de tu región, con sus ridiculeces, con 
sus pasiones, con sus sufrimientos, y con sus vanos heroísmos? 



6 NOSOTROS 

En 1874 aparece el primer boceto siciliano, Ncdda; en 1880. 
la Vita dei Campi, cuyos dos primeros cuentos son Cavallcrui 
rusticana y La Lupa, y en 1881, / Malavoglia (considerada como 
su obra maestra) ; en 1888, Mastro Don Gesualdo, y luego, o al 
mismo tiempo, // marito di Elena, varias colecciones de cuentos, 
entre las que tiene especial importancia la titulada Novelle rustí- 
canc. Es todo otro mundo y todo otro estilo. Estas son pasiones 
violentas y simples, de gente adherida a la tierra, a lo suyo, a la 
propia mujer, pasiones de campesinos, de señores, de curas, de 
marineros, de Sicilia. Ya no son divagaciones sentimentales en 
torno al tema único del amor, sino una prosa prieta y sólida, sin 
imágenes, a menudo dura e incorrecta, con un diálogo sobrio y 
seco. Verga apareció completamente cambiado; encontró su es- 
tilo, y adquirió fisonomía propia. 

Ahora bien: el hecho extraño, indiscutible, es que el Verga 
romántico, un poco falso, algo vulgar, que los críticos y los lite- 
ratos y los hombres de buen gusto no quieren leer ya, es todavía 
el preferido por el gran público, se le lee y se le reimprime en 
millares de ejemplares; en tanto que el Verga de las obras maes- 
tras, aquel a quien los críticos ponen al lado de Manzoni y por 
encima de D'Annunzio, aquel a quien los jóvenes de las genera- 
ciones recientes han honrado, no es seguido por el público, y para 
agotar dos mil ejemplares de / Malavoglia se han necesitado 
veinte años, aproximadamente! 

* 
♦ * 

Si el gran público italiano no ha comprendido a Verga, lo 
proprio ha sucedido en el extranjero, pero por otro motivo. El 
público extranjero, que no ha podido leer a Verga en el original, 
lo ha visto simplemente bajo la etiqueta de la escuela a la que 
él decía pertenecer: la escuela verista. En 1884, después del triun- 
fo teatral que con la Duse obtuvo Cavallcría Rusticana, Emilio 
Zola escribía a Verga: "On m'a parlé de votre grand succés au 
théátre, dont je ne me puis rendre compte, malheuresement, car 
c'est peine si je lis l'italien. leí, nous partageons encoré. II faut 
vaincre chez vous, et peut-étre votre victoire nous encouragerat- 



GIOVANNI VERGA 7 

elle á París." ¿Giovanni Verga era solamente un verista o, peor 
aún, un zoliano? 

Algunos años después, hallándose Zola en Roma, con el 
desfachatado propósito de "prepararse" en quince días para es- 
cribir uno de sus libros más estúpidos, Roma, conoció personal- 
mente a Verga, y luego dijo a un amigo común: "On me dit que 
votre amí Verga est un grand écrivaín; mais íl n'a pas des idees 
tres arrétées." Zola expresaba una impresión justa; había adver- 
tido que Verga no era uno de los discípulos del verismo; Verga 
era una personalidad. Verga difiere de Zola como la obra espon- 
tánea de la naturaleza difiere de la obra artificial del hombre; 
como un alimento de carne fresca difiere de uno de conserva. 
Zola, en comparación con Verga, es un novelista de tesis, que 
ha estudiado todos los detalles pero no ha visto el conjunto, y 
que trata los hechos psicológicos y sociales según sus ideas y no 
conforme a las propias observaciones. Zola no vive la vida de 
sus personajes, que se mueven como marionetas mecánicas ; Ver- 
ga se mantiene ajeno a sus personajes porque estos viven por 
su cuenta, con una lógica propia, con una propia fantasía, con 
sus propias pasiones. Según la fórmula verista, el novelista no 
interviene ni en uno ni en otro caso, pero por una razón bien 
distinta : Zola no interviene porque levanta un mundo mecánico. 
Verga no interviene porque crea un mundo humano. 

En otra parte he hecho la observación sobre el extraño des- 
tino de muchos artistas italianos que, más artistas que teóricos, 
ajenos a las ideas generales y a las escuelas (la primera "escuela" 
literaria italiana ha sido el futurismo, de evidente imitación ex- 
tranjera), han tenido la desgracia de ser incluidos en alguna es- 
cuela extranjera, francesa casi siempre, y como es más cómodo 
y más fácil para el público recordar una etiqueta que advertir 
las características de un artista, aquellos conservaron una noto- 
riedad de discípulos donde podían ser maestros. Verga es uno 
de esos casos típicos. 

* 

La diferencia principal que existe entre Verga y los veris- 
tas, ha sido señalada en un estudio magistral por un joven crítico 



8 NOSOTROS 

de la escuela crcciana. El nos dice: "Verga no ha seguido al ve- 
rismo en el gusto malsano de no representar la vida sino en sus 
dolorosas miserias, en sus miserias desagradables y en sus obsce- 
nas desnudeces. Verga fué un escritor profundamente moral, 
pero no en el sentido de que se haya complacido en moralismos 
o porque haya esquivado argumentos de fácil lubricidad, sino en 
un sentido más alto, porque humanizó la vida de los brutos, de 
los vencidos. Aquellos brutos, aquellos vencidos, que eran estu- 
diados en su animalidad repugnante por los veristas amanerados, 
pasaron por los relatos de Verga trágicamente vibrantes en su 
primitiva humanidad. El positivismo de las mentes llevaba a ver 
en la vida del hombre un mecanismo que se moviese por virtud 
y fuerza de los instintos, de enfermedades hereditarias, de idio- 
sincracias fisiológicas; Verga olvidó las brutales y groseras rece- 
tas de la patología, para ver la vida, y no la enfermedad en todas 
partes, y sentir las fuertes y sanas palpitaciones cuanto más des- 
cuidadas fueren en las exquisitas búsquedas de los psicólogos 
intelectualistas y cuanto más inescuchadas por los mismos prota- 
gonistas que sufren casi sin reflexionar y filosofar sobre sus su- 
frimientos. Verga restaura el reino del alma, donde el verismo 
mecanizaba la vida; idealiza allá donde los otros ahogan el ligero 
aliento por el cual la poesía vive en todas las cosas del mundo; 
esculpe hombres, allí donde otros reunían documentos humanos. 
Si se quiere notar la exacta diferencia entre Verga y el dis- 
cípulo del verismo, compárese Verga con el D'Annunzio del pe- 
ríodo verista, cuando escribía Le Novclle della Pescara. La di- 
ferencia es la misma que existe entre un hombre de personalidad 
y un hombre sin personalidad. 






En efecto, Verga no se había renovado yendo en busca de 
los documentos humanos, estudiando, como lo hacía Zola, los li- 
bros más que la vida, o preocupándose del estilo, como lo hacía 
Flaubert. El se había renovado volviendo a su provincia y obser- 
vando a quienes tenía en torno. Es característica de los escri- 
tores italianos, que, en más o en. menos, todos son regionales, 



GIOVANNI VERGA 9 

que todos se fortalecen cuando buscan la propia tierra na- 
tiva. Papini es florentino de espíritu y se lo advierte en su 
vocabulario y en su estilo; Moretti es de Romana y como tal 
aparece en sus novelas; Panzini es también de Romana y se le 
nota en sus mejores trozos; y no por nada es Croce napolitano 
cuando llena de anécdotas burlescas a sus polémicas. Prescindien- 
do de los escritores dialectales, como Di Giacomo o Trilussa, o 
Barbarani, y también de los que han tomado de la provincia o de 
la región el asunto de sus escritos como Grazia Deledda, todo 
escritor italiano conserva características regionales en el color, 
en la sintaxis, en el lenguaje que adopta. Verga es, en ese sen- 
tido, uno de los más regionales. Su idioma italiano tiene dejos 
del dialecto siciliano. 

Se ha hallado a si mismo, hallando a Sicilia. Ha abandonado 
el cosmopolitismo de las ciudades, las bailarinas, la vida de tea- 
tro, los salones y se hizo más grande y más clásico con reducirse 
a la vida de los castillos y de las casonas, a los dramas del pan, 
del amor de aldea, de la posesión de la tierra, de la malaria y de 
la pobreza. El arte es límite, es mojón que cierra y no abertura 
y divagación. Con frecuencia en un artista, tomar un tema más 
pequeño y más adaptado es hacerse más grande. Verga ha gana- 
do en solidez, en severidad, en sentido religioso, lo que parecía 
perder en extensión y en variedad. 






Muchos discuten si la mejor novela de Verga es / Malavo- 
glia o Mastro Don Gesiialdo. 

I Malavoglia son de 1881 y aparecen como la primera parte 
de un gran ciclo de novelas titulado *Xos vencidos" que Verga 
tenía el propósito de escribir, y del que dejó incompleta la tercera 
parte : La duchessa di Leyra. 

I Malavoglia es un estudio sincero y desapasionado de una 
familia de pescadores, en cuyo antiguo sistema patriarcal nacen 
ya las primeras inquietudes por el bienestar, suscitadas por la 
vida moderna ; las que llevan la familia a la ruina. Un sentido de 
fatalidad, no insinuado artificialmente por el escritor, sino sen- 



10 NOSOTROS 

tido directamente por los personajes que aparecen en el relato, 
da a la novela una entonación trágica. Es una tragedia de gente 
humilde, en la que son héroes los hombres, sin sospecharlo si- 
quiera, silenciosos héroes del deber, del trabajo, del honor do- 
méstico, de la fidelidad. 

La tragedia nace de una barca cargada que la familia del 
patrón Ntoni ha comprado a crédito. La barca se ha perdido, 
es preciso pagar la carga a un acreedor feroz ; es preciso so- 
portar los embrollos del intermediario de la aldea; es preciso 
soportar el descrédito y el alejamiento de todos los amigos de 
la aldea, que os abandonan cuando caéis en la miseria. Pero el 
verdadero mal de la- casa de los Malavoglia es el hijo, que al 
volver del servicio militar ha traido pocas ganas de trabajar y 
los vicios de la ciudad. Tórnase borrachín, mantenido por las mu- 
jeres, acaba en la cárcel después de dar una puñalada; la hija 
tiene amoríos y huye a la ciudad a buscar hombres por las ca- 
lles. Historia común, cotidiana; pero la fuerza de un artista no 
consiste en la invención del relato, sino en la forma de desarro- 
llarlo. La fuerza propia de Verga está en la representación vigo- 
rosa de esa gente, en la que no hay ni un personaje carente de 
relieve o al que no oigamos hablar de verdad. Como en las obras 
clásicas, el personaje principal de / Malavoglia es la familia en- 
tera; y acaso toda la región. Las pasiones simples y profundas 
que animan a los protagonistas se trasmiten como en ondas a 
todos cuantos los rodean, y como en las antiguas tragedias, el país 
hace coro a las desventuras y a los dolores de los personajes. A 
esta especie de tragedia antigua se aproxima también el género 
de los sentimientos que animan a los humildes pescadores de 
Trezza: la religión de la casa, de la familia, de la honestidad, de 
la autoridad paterna, la que vuelve a triunfar al terminar el rela- 
to, porque los hijos sobrevivientes de la catástrofe pónense a tra- 
bajar, readquieren la casa perdida, lanzan de nuevo la barca al 
mar y de nuevo pescan y hacen economías. 

Mostró Don Gesualdo es, por el contrario, el drama de la 
riqueza y de la posesión. Es el hombre que se ha elevado de la 
nada, con las manos aún marcadas por el trabajo diario, pero con 
la cabeza firme y la voluntad constante de aumentar la riquezas. 
Ha hecho una gran fortuna, pero la ve dilapidada por el yerno 



GIOVANNI VERGA 11 

y por la hija. Con su dinero llega a los ambientes aristocráticos, 
que lo destrozan apenas lo tienen a mano. También él es un ven- 
cido y lo comprende .jcuando está por morir. Todo le ha fraca- 
sado: su matrimonio con una aristócrata, su hija que ha hereda- 
do los rasgos de su mujer y no los suyos propios ; el yerno, gran 
señor despilfarrador y frío. 

La grandeza de Verga reside en que sus personajes no se 
nos aparecen buenos o malos ; son repugnantes o admirables, pero 
vivos; son pedazos de vida sobre los que es imposible dar jui- 
cios. Viven de tal modo, que se siente amistad por ellos, porque 
es posible penetrar hasta lo más profundo de su mentalidad. Na- 
da se nos oculta de su corazón. Verga sabe cómo razona un pes- 
cador, y cómo un barón siciliano, sabe penetrar en el corazón de 
las criadas y en el de las damas. 

Pero Verga no ha sido conocido en el extranjero por esas 
novelas como por su Cavalleria rusticana, que no ha sido con- 
siderada como una obra de arte literario, sino como un tema de 
exotismo y de folklore. No se ha visto en la Cavalleria rusticana 
uno de los más bellos cuentos de la literatura europea, potente 
sobre todo por la sobriedad de los medios con los cuales se ex- 
presan los personajes de barbarie primitiva, pero de sentimien- 
tos nobles y contenidos. Sin embargo, no se lee la novela ni en 
Italia ni en el extranjero, pero se asiste al drama teatral, que 
algunos groseros artistas, como Giovanni Grasso, hacen a modo 
de un drama policial, de un drama de sangre. Desaparece toda 
la delicadeza psicológica de los sentimientos. La tragedia espi- 
ritual de Turidú, el bello hersagliere, que no puede casarse 
con Lola a causa de su pobreza, y a la que toma Alfio — que 
tiene cuatro muías en el establo — , y los celos, por los cuales 
Turidú llega a vencer la virtud de Lola, haciendo el amor a Santa, 
en la casa de enfrente; y luego la venganza de Santa, engañada 
por Turidú, a quien denuncia ante Alfio, y el duelo bárbaro del 
fin, que no se vé, pero que un niño anuncia, como en las trage- 
dias antiguas: "Han muerto a Turidú"; todos estos sentimien- 
tos de espíritus simples, pero profundos de pasión, nobles y ge- 
nerosos como de hidalgos españoles, piérdense casi por completo 
en la escena. 



12 NOSOTROS 



* * 



El arte y el hombre fueron iguales en Verga. Como de 
D'Annunzio se puede decir que todo en él es arte o artificio, de 
Verga se diría que todo es prosa y seriedad. Nadie fué más re- 
miso que él a la notoriedad. Su vida fué siempre simple y re- 
tirada. Era de vieja familia noble; vivió en sus tierras, que 
administró desde la muerte de un hermano, de cuyos hijos de- 
bió cuidar. No concedía entrevistas, jamás hablaba de arte sino 
con unos pocos amigos íntimos. Su figura era noble, severa, 
retraída; llevaba celosamente sus pasiones y sus dolores, sin con- 
fiarlos a nadie. Un crítico advirtió en él algo de español, como 
en Mastro don Gesualdo; algo de noble, del señor español que 
tiene su casa bien cerrada a la ajena curiosidad. 

Los honores que se le rindieron con motivo de su octogena- 
rio tuvieron carácter simple y sincero, como a ese hombre corres- 
pondían. Representáronse sus dramas en todos los teatros, las re- 
vistas le dedicaron números exclusivos, el Rey lo nombró sena- 
dor. Aún en su muerte pareció guardar su carácter solitario y 
retraído; fué hallado una mañana, echado por tierra, en su dor- 
mitorio. Había sufrido un ataque, no hablaba ya, y murió un día 
después. Pareció confirmar con su muerte silenciosa y solitaria 
el carácter de sus figuras, que no declaman cuando miueren. 

GiusKPPE Prezzolini. 



POEMAS 



Un fantasma 



EL hombre que volvía de la Muerte, 
se llegó a mí, y el alma quedó fría, 
trémula y muda. . . De la misma suerte, 
estaba mudo el hombre que volvía 

de la Muerte . . . 



Era sin voz como la piedra . . . Pero 
había en. su mirar ensimismado 
el solemne pavor del que ha mirado 
un gran enigma, y torna mensajero 
del mensaje que aguarda el orbe entero . . , 
El hombre mudo se posó a mi lado. 

Y su faz y mi faz quedaron juntas, 
y me subió del corazón un loco 
afán de interrogar . . . Mas, poco a poca, 
se helaron en mi boca las preguntas. . . 

Se estremeció la tarde con un fuerte 
gemido de huracán ... Y, paso a paso, 
perdióse en la penumbra del ocaso 
el hombre que volvía de la Muerte . . . 



14 NOSOTROS 



Alguien se ha ido 

A I.GUIEN O algo se ha ido . . . 
•** ¿Por qué, — si no, — perdura en mi conciencia 
esta insondable vaguedad de ausencia 
y este pavor de olvido? . . . 
Yo tengo para mí que alguien se ha ido. 

¿Tal ves aquella noche ya lejana 
de mi primer dolor, cuando una arruga 
dejó en mi frente su señal temprana, 
en invisible y misteriosa fuga 
huyó, lo que perdí, por la ventana f. . . 

Nunca podré saber cuándo ni dónde 
se fué, ni qué se fué del lado mió; 
yo sólo sé que a la canción que envío, 
alguien responde . . . 



Desorientado ser, acaso en una 
noche imprevista volverá a su centro. . 
Y el ansia de esperar que llevo dentro, 
atisba en los presagios de la luna 
el fantástico signo del encuentro. 



CADA día me cambia en otro hombre; 
ahora mismo soy otro ya. 
El hombre de ayer está muerto . . . 
¡Descanse en paz! . . 

Son inútiles los propósitos . 
Arrepentirse . . . ¿Para qué? . . . 



POEMAS 15 



El hombre nuevo de mañana 
dictará su ley. 

Cada instante, con un olvido 
o con una nueva emoción, 
va cavando el abismo insondable 
de ayer a hoy. 

Y en la sucesión vertiginosa 
de este incesante devenir, 
la vida es un rio que corre y que corre 
sin rumbo y sin fin. . . 

Bajo la embriagues de lo efímero, 
mientras todo viene y se va, 
"hoy es el hombre y mañana no parece. . 
¡Descanse en paz! . 

{Y, no obstante, cuando allá a solas 
dialogamos tú y yo, 
sentimos que hay algo que dura, 
¡ oh, corazófi / . . . ) 



La perniquebrada 



LA chiquilla que mete jugando 
los pies en el agua, 
se divierte pensando que tiene 
las piernas quebrada^ 

Con las manos en púdico gesto, 
recoge las faldas, 
y hasta medio muslo 
se mete en el agua, 



16 NOSOTROS 

con que la fractura 

resulta vmy alta. 

El cristal que tiembla, retuerce y deforma 

sus columnas blancas, 

y ella ríe 

de la extravagancia . . . 

¿Por qué de repente saca del arroyo 
las piernas mojadas 
y en precipitado ademán las cubre 
sin enjugarlas?. . . 

¿Sintió el beso prófugo 
de alguna mirada f 
¿Rumor de pisadas furtivas 
sobre la hojarasca? . . . 

¡Cómo corre 
la muchacha! 

¡Cómo evoca la noble carrera 
de Atalanta! 

¡Qué bien que bate los remos 
la perniquebrada! . . . 

EnriquiS González Martínez. 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 

Breves anotaciones 

CUANDO alguien nombra a Venezuela, y eso de tarde en tarde, 
lo primero que se le ocurre al confiado- interlocutor es 
creer que se encuentra frente a un poeta, que a tal ha llegado 
■la divulgación de la poesía en aquella fogosa tierra del trópico. 

Alguien llamó a Caracas la "Atenas americana", pues allí 
floreció más que en ningún otro pueblo del continente la 
poesía . 

Tiene Caracas la particularidad de hallarse a 922 metros 
Fobre el nivel del mar, haciendo de su c'ima, según la propia 
expresión del barón de Humboldt, una estación de eterna pri- 
mavera. 

"A la falda de un monte que engalana 
feraz verdura de perpetuo Abril, 
tendida está cual virgen musulmana 
Caracas, la gentil". 

Así cantó el poeta la situación de la tranquila capital de 
Venezuela. 

Es Caracas una ciudad de canto, que descansa su vida fati- 
gada al pie del gigantesco Avila y a la que arrulla sus penas el 
manso Guaire que se mueve lentamente a través de sonreído 
corazón de ciudad casi colonial. La invitación a la poesía es una 
continua clarinada de su naturaleza pródiga. 

Con el alma más que con los ojos o con los ojos 
del alma, el descubridor de Venezuela, muy dado a la me- 
táfora, le vio un parecido con la ciudad lacustre de Ve- 



18 NOSOTROS 

necia, pues allí en el lago ele Maracaibo, los indígenas cons- 
truían sus viviendas sobr^ el agua. Venezuela parecía ser el 
diminutivo de Venecia. Hoy, por lo menos, no existe aquella 
particularidad edilicia para que podamos creer en el aserto de 
la historia. Hoy se ha cambiado esa construcción indo-vene- 
zolana — digámoslo así en honor a la ¡historia, que siempre fué 
ésta coqueta — por ciudades más flotantes aún que aquellas 
miserables chozas indianas. Ahora parecen colgar las casas des- 
de las tenues madejas de los árboles, como si fueran nidos que 
se columbraran sobre el abismo de luz . . . Hablo de las casas 
de esos pájaros embobados, borrachos de la luz de un sol me- 
ridiano y cielo azul de trópico: los poetas. Difícil la comarca 
que no los cuente a bandadas ; difícil el pueblo que no los arru- 
lle entre sus murmuradores riachos de linfas cristalinas ; difícil, 
tn fin. la casa que no hospede a uno de estos locos de corazón, 
que aman y se divierten como los niños, confiesan a la luna sus 
pesares o sueñan despiertos. Se advierte en el temperamento 
de estos un trasunto o reflejo fidedigno de lo que es la natu- 
raleza: fuente de colorido, poblado de imágenes seductoras, de 
combinaciones de luz, como un cuadro movible por el que pasa- 
ran sucesivamente mil creaciones de belleza intocada. Si el 
alucinamiento mental del hombre del trópico no fuera el estado 
normal de la naturaleza que le rodea, que le adormece, que le 
embriaga los sentidos, ya se hubiese definido en hiperestesia ^o 
en locura esa extraña idea de la poesía. Pero nada puede subs- 
traerse a esa desbordante incitación de una naturaleza fuerte en 
todas sus manifestaciones, en donde el panteísmo, de sus cam- 
piñas mueve a una molicie espiritual, como si fueran las tristes 
comarcas de la Galilea. . . 

De pquí que la mayor parte de la literatura venezolana sea 
bucólici o cuando menos naturalista. Tienen los poetas de toda 
la repúb^ca el mayor incentivo, el más puro lenguaje que pare- 
ce aquilr.tar en el hombre las virtudes amorosas del suelo pró- 
digo. Y por la morosa frondosidad o ramificación de las ima- 
ginaciones fugaces, muchas de las poesías adolecen de ese ligero 
chispazo o espontaneidad que las hace de una naturaleza diá- 
fana e insustancial. 

Por más que muchos de los poetas siguieron las huellas del. 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 19 

mágico apóstol Rubén Darío y besaron sus sandalias de esteta 
rabino o de opulento nabab del estilo ampuloso, revolucionario 
en el fondo más que en la misma forma, como Andrés Eloy 
de la Rosa, con su libro tan descabellado en el fondo como en el 
título : Carnes y porcelanas, que lo único bueno era el prólogo 
de Rufino Blanco Fombona, Arvelo Larriva, emotivo, senti- 
mental y de verbo conturbador, otros han sostenido el moder- 
nismo sin caer en la empeñada tarea de engarzar ripios en la 
inmaculada corona del Apolo helénico o de hacer piruetas al 
bronce de Góngora y Argote. 

Los poetas venezolanos no han formado ninguna escuela. 
Acaso tiendan todos hacia una pureza de sentimiento que tenga 
a'gún nexo con la escuela romántica francesa. El culteranismo 
no es tampoco raro en el Caribe, pero puede casi asegurarse 
que no se ha arraigado mayormente, debido a que en modo 
alguno está de acuerdo con el ambiente. Los grandes maestros 
venezolanos Andrés Bello y Pérez Bonalde, sentimentales y sen- 
tenciosos, amantes de dar en la expresión del verso una clari- 
videncia filosófica, han sido pocos continuados en las nuevas 
generaciones. Ni el último gran vastago del Parnaso, Heraclio 
Martín de la Guardia, que murió siendo anciano y de una fres- 
cura intelectual sólo comparable a la de Guido y Spano, aunque 
de una manera más impetuosa, se ha visto sucedido en la Vene- 
zuela actual . Verdad es que aquella escuela ha desaparecido, 
llevándose lo mejor que ha dado la poesía. Crisis análoga la 
experimentan todos los países pero no es otra cosa que la nueva 
escuela del objetivismo literario que ha removido las bases de 
la literatura universal. Ni el fenómeno tan fuerte de la gue- 
rra, que ha afectado hasta a los países más ajenos a ella, ha 
sacado de la monotonía panteísta a la poesía venezolana. Nin- 
gún movimiento reaccionario o revolucionario ejerce una pre- 
sión para darle otra, vitalidad a ese quietismo intelectual en que 
se vive ! El mundo que habitan los poetas tiene una tranquili- 
dad de estanques adormilados, en donde enormes lotos — los 
pensamientos — gestan con una lentitud casi inerte. Se mira a 
través de una atmósfera demasiado azul, y las cosas son irreales 
y falsas. Los mismos seres se desfiguran ante sus ojos y ad- 



20 NOSOTROS 

quieren las formas de entes fabulosos, como arrancados de la 
fantasía de la población de Marte. 

La producción asidua de estos poetas, diseminada en revistas 
y en diarios, en donde vean motivo de publicidad, que les des- 
cargue el alma y la mente del pesado dolor de vivir, dejan detrás 
de sí un montón de hojarasca como un vendaval enfurecido en 
otoño. No encuentran otra alegría que exhibirse como seres tris- 
tes, golpeados por la suerte, extenuados, desengañados, olvidados 
por las damas, en una palabra, llamando más a compasión que re- 
flejando en el estilo plenitud de ánimo y coraje de hombre. 
Poesía escrita como por eunucos en la solaz mansedumbre del 
serrallo, acusando poca virilidad, ninguna potencia vital. 

La poesía personalista, que es la que generalizó la escuela del 
romanticismo, es la que cuenta con más prosélitos, porque, apar- 
te de aliviar al autor, le da la sensación de que las miradas y los 
corazones se inclinan hacia sus inconsolables tristezas. Llega a 
tanto el poder de las mentfras que las elucubraciones de Edgardo 
Alian Poe, de Hoffmann o las torturantes reflexiones macabras 
de Espronceda, son pálidas ante las sugestivas imágenes que evo- 
can estos poetas alucinados. 

Dirán los poetas que cantar a la realidad es ponerse al ser- 
vicio de vulgares mercenarios. Pero la realidad no es la vulga- 
ridad. Precisamente tiene el artista a su alcance en donde poder 
buscar el quid de la belleza vital de lo que se vive, dejando a un 
lado lo que pueda ser objeto de la menor repulsa. En los poetas 
venezolanos se descubre esa poderosa virtud de extraer el néc- 
tar en donde el vulgo descubriría un sucio manantial. La her- 
mandad directa con la naturaleza, la fusión del paisaje lugareño 
siempre nuevo, siempre hermoso, en el alma contemplativa, ha 
creado ese nexo circunstancial por el que el hombre se identifica 
£ lo que vive, confirmando el hermoso aforismo de que "el hom- 
bre es producto del ambiente". 

Dejándome llevar por la mente me extravío por entre tanto 
vericueto, cuando debiera, con la índole de este estudio, circuns- 
cribirme a la lejana Venezuela. 

Por lo que toca a la actual poética de Venezuela es esencial- 
mente universal. La moda literaria hace presumir a los poetas, 
hace ajustar los gustos y emplazar lo corriente hacia el aplauso 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 21 

del día. La difusión del libro, del diario, hace que las produccio- 
nes sean tenidas en poca monta en medio de la subasta de tanta 
baratija intelectual. Hay poetas jóvenes que cuentan un acervo 
de obras que da una sensación de la monomanía literaria de nues- 
tros días. En Venezuela tiene la producción literaria una afli- 
gente situación: las casas editoriales brillan por su ausencia. Re- 
cientemente se ha formado una bajo la dirección del escritor es- 
pañol Ramírez Ángel que irá sacando del fondo de las bibliote- 
cas originales dignos de la luz y del aire del mundo de lo que 
vive. Es frecuente encontrar entre los papeles de un modesto es- 
critor veinte y más obras inéditas, que han tenido que dormir al- 
gunas edades entre las ruinas de un cuarto o los empolvados ana- 
queles de una biblioteca. Se escriben obras de teatro esperando 
que éste se constituya. Es como adquirir el freno para el caballo 
que traerá el porvenir. La creación del teatro nacional venezolano 
abrirá las puertas a brillantes escritores que hoy tienen que con- 
tentarse con el artículo del periódico, no siempre grato ni leído, ^ 
L con ir almacenando los manuscritos para solaz de los insectos 
c alimañas que se comen las ideas junto con el papel. Es una de 
de las causas, a mi manera de ver, por qué se escribe tanto en ver- 
so en los países en que los vehículos de publicidad son deficientes. 
La intensidad productora intelectual necesita el estímulo o el aci- 
cate de conquistar la remuneración en metálico. Y los versos no 
se pagan. La montaña de versos que se dan a la publicidad de- 
nuncia claramente el desgaste orgánico de la raza, la deficiencia 
\del espíritu en la sociedad. En Venezuela, como en los demás paí- 
ses tropicales, la excitación de la naturaleza hace irrupciones fe- 
briles en el cerebro. Es esa una causa de la inagotable relajación 
i que ha llegado la poesía, cuya lira anda en manos de todo linaje. 
La zona tórrida es la potente incubadora que hace evolucionar to- 
das las cosas. El pesimismo habitual de toda la poesía es nada 
más que el agotamiento que presupone esa constante tensión de 
producir, de superarse por cantidad, de ser inagotable. 

"En una de las encantadoras cartas que Emerson escribió a 
Carlyle — he leído en una obra — el filósofo se lamentaba con 
con su amigo de sus tenaces aunque vanos esfuerzos por abarcar 
la obra total de Goethe." Treinticinco he leído — escribe con 
amargura — pero no puedo leer las otras treinticinco. Este caso 



22 NOSOTROS 

de Goethe, caso de genio, es poco común cuando a la calidad de 
los escritos se trata. El caso de fecundidad de don Benito Pérez 
Galdós, señala también aquella dualidad del genio alemán. 

Pero las corrientes modernas de la literatura contemporánea 
tienden a la vaguedad, como si fueran de aire para expandirse, 
dilatarse y correr en pocas horas lo que otros han necesitado cen- 
turias para pasar de un pueblo a otro. Nadie tendría la pacien- 
cia de Milton o de Cervantes. La literatura de hoy exige esa 
futilidad, esa literatura de tren, de vértigo, pueril y vago, que dis- 
traiga antes que señale un camino hacia un problema. El diario, 
la revista, la novela corta, es la literatura del siglo. 

Tiene Venezuela buenos cuentistas como Urbaneja Achel- 
poll, del que me ocuparé más adelante, que bien merecerían tm 
puesto de honor en las letras castellanas, por la pureza del estilo 
— culto que se venera con suma unción en aquella soñadora tierra 
que riega el impetuoso Caribe — y por la penetración psicológica 
de sus cuentos bien observados y mejor expresados. No hace 
muchos años que en el concurso organizado por el Ateneo Nacio- 
nal Argentino, una novela de Urbaneja Achelpoll, titulada ¡Bn el 
país!. . . obtenía un premio, habiendo tocado el primero a La casa 
de los cuervos, de Martínez Zuviría. A través del Atlántico vino 
aquella pobre novela, dando tumbos entre el oleaje del mar y del 
río de la Plata, a ocupar un puesto de honor entre las mejores. 

La flor que se abre con más fuerza en Venezuela es la tier- 
na poesía, de una suave armonía lamartiniana . Abundan las églo- 
gas, los idilios en el fondo de una naturaleza que besa un sol fe- 
cundo y acaricia la fecundidad lujuriosa de sus campiñas. El 
nombre de Andrés Mata, consagrado en toda América como uno 
de los primeros líricos, es común a las musas de ambos continen- 
tes. Sus versos sentimentales, de una música de arpa, del arpa de 
Carril que era "dulce y triste como el recuerdo de las alegrías 
pasadas", tienen un lugar preferente en el recitado. Triunfante 
en casi todos los certámenes poéticos, dio en sus Anfpras Penté- 
licas motivos más que suficientes para acreditarlo ante la crítica 
severa e imparcial. Escribe muy poco; pero cuando da una poe- 
sía puede considerarse que es un búcaro de tiernas madreselvas 
que embriaga el ambiente por mucho tiempo. Su popularidad 
es grande en Venezuela. 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 23 

De un tiempo a esta parte dirige el diario Bl Universal, que 
junto con Bl Nuevo Diario, que dirige el intenso publicista y so- 
ciólogo Laureano Vallenilla Lanz, comparten la opinión pública 
en Venezuela. 

Actualmente está Andrés Mata en París en viaje de bodas 
y el gobierno de Francia le ha conferido la honrosa Cruz de la 
Legión de Honor, que habla bien alto del servicio prestado a la 
patria espiritual de la humanidad durante el penoso período de la. 
guerra, como así mismo del alto valor intelectual del poeta de 
Ánforas Pentélicas y del periodista venezolano. Andrés Mata ha 
creado una escuela de lirismo que sobrevive incólume a la ava- 
lancha de las corrientes del transformismo que hoy agita al mun- 
do entero. Es el poeta tierno, no con esa ternura del tintero, para 
persuadir a las damas soñadoras, sino el fino madrigalista, el 
sonoro ruiseñor que alegra el jardín en las radiosas mañanas de 
primavera . 

Su numen es un tranquilo manantial que corre por entre las 
ocultas violetas llevándose en la corriente el filtro montaraz de 
esas flores para perfumar los jardines selváticos, para ofrecer a 
los pájaros un encanto que les hará cantar sus amores, sus ale- 
grías, sus plegarias. 

* 

Habré de citar mucho en el curso de esta disertación algunas 
líneas de mis artículos publicados en este país como en Venezue- 
la. No lo toméis por pedantería. Me valgo de mis propias mule- 
tas para evitar la falla de mis pasos. 

En el volumen H de la Biblioteca de Autores Jóvenes que se 
titula Antología de Autores Jóvenes, página 39, decía lo siguien- 
te : "A tal extremo llegó la curiosidad pública respecto a Améri - 
ca, que su divulgación se hizo tan popular en Europa, que los más 
grandes eruditos distrajeron sus investigaciones en los Archivos 
de Indias, desentrañando del anónimo documentos importantes 
para la justa rehabilitación de la Historia. Pero no insistiremos 
en este asunto de índole prehistórica o de carácter esencialmente 
bibliográfico, pues en la limitación de estas líneas no llegaríamos 
siquiera a bosquejar las aristas del majestuoso edificio de las con- 



24 NOSOTROS 

quistas y civilizaciones europeas en América. El objeto que nos 
ocupa, si bien se liga a aquellas insinuaciones históricas, es señalar 
el desconocimiento de los países entre si, bosquejados a diario por 
la determinada monomanía del rasgo de la postrer noticia telegrá- 
fica, que ya se constituye en una tensión nerviosa susceptible de 
refinados anhelos mundanales. . . 

"El concepto de americanismo, aquí mismo en América, es 
vago, inconsistente e insustancial. Los pueblos americanos limitan 
sus conocimientos a simples amistades de cancillería, a esa co- 
iriente que nace en la obligación del formulismo diplomático, al 
absurdo intercambio de febriles deportes, que en lugar de estre- 
char viñados, disocia voluntades, por la eterna cuestión entre el 
vencido y el vencedor. Todos esos lazos de fraternidad oficiosa 
se disuelven como los castillos de naipes creados por la lírica fan- 
tasía. . ." 

Más adelante, decía: "Cuando los países americanos lleguen 
al convencimiento de que se conocen, la misma naturaleza exten- \ 
derá sus brazos, como madre benéfica, para cubrirlos a todos en 
su regazo de amor y de cariño. A esto debemos, pues, de tender 
todos los americanos, tratando de hacer conocer unos países en 
otros, transfundiendo sus vidas, asociando voluntades, impulsan- 
do las corrientes hacia otras corrientes que lleven un curso deter- 
minado. Hacer del alma de los pueblos el alma de An^érica, hacer 
de su dolor un dolor común, una misma carne para soportar la 
amargura y para gozar las espontáneas horas de alegría. ¿Cómo 
se logrará eso? Conociéndose entre sí. Y esto concierne a los 
que pueden vulgarizar la obra colectiva de América." 

Así escribí, entre otras cosas, esas cuantas líneas. Hoy las 
ratifico con toda mi amargura. La realidad viene siempre en ayu- 
da de estas tristes verdades a confesarnos su misión ingrata : sólo 
se cruzan correspondencia o telegramas los pueblos americanos 
cuando una revolución estalla y eso a título de conjurar el peli- 
gro, como el asustadizo inquilino que ve quemar^ una casa ve- 
cina a la suya. 

De un tiempo a esta parte es España la que se acerca a la 
América por sus delegados intelectuales. En lo que respecta a 
Venezuela, la visita de don Eduardo Marquina, el ilustre autor 
de Las hijas del Cid, de esa intensa leyenda trágica inspirada en 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 25 

el poema del héroe castellano, tendió un hilo de afinidad más 

fuerte aun entre los dos pueblos . El poeta Mata lo saludó con los 

versos que traducen una verdad que la madre patria siente con 

orgullo : 

"Podéis decir en España 

que aquí no se ha puesto el sol". 

Luego estuvo el novelista, si no el primero de España, uno 
de los que mantienen el nombre ibero en seguro apogeo, don 
Eduardo Zamacois, quien me confesó una tarde en palabras ar- 
dorosas que aquello es España misma, la España de la juerga, 
del toreo y de la despreocupación, pero también la del ateneo, 
las aulas y la intelectualidad vital de nuestro siglo. 

Y ahora mismo, la España de los Valera, de los Clarín, de 
los Unamuno, de los Gasset, envía al egregio cantor y príncipe de 
la poesía castellana de este siglo de oro de la patria de Cervantes, 
don Francisco Villaespesa. La estruendosa ovación y el homena- 
je rendidos en Caracas a este poeta, es sólo comparable a la admi- 
ración del pueblo griego a sus más gloriosos paladines. Las con- 
ferencias poéticas del ilustre vate le dieron todo el abrigo de aque- 
lla culta sociedad. Villaespesa, que es un creador de las emocio- 
nantes figuras del teatro contemporáneo, probó también de que 
puede ser un gran actor. Para lo cual representó la fina come- 
dia portuguesa del célebre dramaturgo Julio Dantas, "La cena 
de los Cardenales", que él adaptó a la escena española. La acción 
de esta sutil comedia pasa en el Vaticano, a principio del si- 
glo xviii. El cardenal Rufo, que es toda la gallardía española del 
siglo XVII, lo representó Villaespesa; el cardenal Montmorency, 
que es la Francia galante del Rey Sol, el joven poeta venezolano 
Andrés Eloy Blanco y el cardenal Gonzaga, que resucita en sus 
palabras el alma sentimental y honda de Portugal, por otro es- 
critor. 

j Quiero así señalar con este detalle lo bien que suena en Ve- 
nezuela cuanto tenga timbre de cultura! ¿Por qué los pueblos 
americanos no hacen lo mismo, y junto a ese personaje frío, me- 
ticuloso, que se llama Excelencia o su dignísima Excelencia el se- 
ñor Ministro, vaya de escudero el traductor del alma del pueblo 
representado? Sería eso la diplomacia intelectual. 

Un escritor argentino ha recorrido la América haciendo, aL 



26 NOSOTROS 

mismo tiempo que el honor, el conocimiento intelectual de los 
pueblos americanos: don Manuel Ugarte. 

Tiene la Argentina como representante intelectual en España 
al poeta Alberto Ghiraldo, hondo en el pensar, sincero en el de- 
cir. Y tiene Venezuela como representante de su intelectualidad 
allí mismo a don Rufino Blanco-Fombona. Y decir esto, es decir 
mucho. Blanco-Fombona es hoy por hoy en el viejo mundo el 
exponente más elevado de la cultura americana. 

En La Nación, de marzo de 191 1, decía Rubén Darío: "Fom- 
bona, como todos los que hemos luchado en la batalla lírica de 
nuestra América española, proclama con la doctrina y el ejemplo, 
la libertad de la expresión y del verso. Erudito y políglota, sabe 
aplicar recursos de técnica extranjera en nuestro idioma, como 
t)tros lo hemos hecho, pero aun cuando us^ del modo libre a la 
francesa, conserva un don del ritmo que le es personal." 

Concebir que en el continente americano haya algo de re- 
lieve desi>i.iés del aplastante azote del intenso Pío Baroja, es algo 
que nos tiene inquietos. . . En vano hemos recurrido mentalmente 
a los nombres de Gómez Carrillo, de Blanco-Fombona, García 
Calderón, de Sanín Cano, de Pedro César Domínici y de otros 
tantos que nosotros tenemos por mucho. Pero lo que ha dicho el 
autor de Juventud, egolatría, por algo lo ha dicho. Unos se in- 
-clinan a creer que Baroja es un enemigo sistemático de América, 
que no analiza, que no inquiere, que no penetra . Otros, más prác- 
ticos, lo toman como un problema de librería y se complacen en 
descubrir en el sarcasmo irónico del famoso novelista algo de re- 
criminación por la exigua venta de sus intensos libros. Yo no 
creo eso. Debe ser que el señor Baroja ha escrito eso por una de 
las tantas humoradas que todos tenemos y que él acopia con ex- 
quisitez espartana. 

Gómez Baquero, hablando de Juventud, egolatría, dice : "Han 
encontrado el libro, cínico, demoledor o algo así más atenuado 
en el mismo orden." Yo por mi parte, creo que es este uno de los 
pocos libros que levantan el espíritu americano. Aquí, por lo me- 
nos, nadie lo tiene por cínico, ni por demoledor; sino por edifica- 
dor. Llamar a todo un continente estúpido es tener demasiado 
. interés en que no lo sea, para que así pueda comprender al Zuloa- 
ga de la literatura ebria de colorido . Ha hecho mal Marquina en 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 27 

apretarle las clavijas al laúd de Baroja, porque aquí en América 
hsiy afinadores, y uno de ellos, Blanco-Fombona, es un maestro 
en el arte. La gente le escucha, aunque haya salido del continente 
"estúpido" . 

Rufino Blanco-Fombona tiene algo de picador en su prosa. 
Su estilo, nervioso, agitado, convulso, de frases novedosas y gi- 
ros audaces, le descubre como a un hombre entregado a una con- 
cepción de carácter nítidamente personal. Para los chafalmejas, 
que forman hoy escuelas con ideas timoratas, Blanco-Fombona 
es una moneda de cuño francés, como todo aquello que se desta- 
ca de en medio de la estupidez incásica que descubrió Baroja en 
uno de sus últimos viajes de estudio. Aquellos chafalmejas tienen 
el espíritu de la imitación, tienen el obcecado prurito de buscar el 
calco hasta en la originalidad más definida como la de Blanco- 
Fombona, como siempre se la achacaron a Darío, sacudiéndole 
aquellos clásicos matamoscas con el hisop.'llo de las escuelas de 
Francia. . . Hasta el más personal de los novelistas españoles, 
Felipe Trigo, se encontró un día con que se parecía a Maupass^nt, 
a Flaubert, a Zola, a Kipling, a France, etcétera y a casi toda la 
academia francesa... 

Y muchos escritores americanos no lo son — larvas parasi- 
tarias que se contentan en permanecer dentro de la baba de la 
procreación — , precisamente, por haber remedado a los Verlaine, 
a los Murger, hasta en la heterogénea vestimenta, creando hasta 
un visionario Barrio Latino, reconocido por chamagosas materias 
de bohemia, por deudas improvisadas y por aventuras de perso- 
najes folletinescos, en donde rueda la dama de alcurnia y el mari- 
do de pacotilla. En Europa no se ha perdonado el momento para 
echar sobre América el excedente de sus defectos intelectuales. 
América ha sido por mucho tiempo el sumidero de los desperdi- 
cios europeos. Y con estas materias de trastienda es que se han 
formado muchos, impuros por su naturaleza o por sus formas. 
Aquel que ha podido asimilar mayor cantidad de alimentos euro- 
peos y ha podido robustecer mejor su sistema, ha sido el mejor 
exponente de desecho intelectual, y con él es que aparentemente 
se ha constituido el palacio de Apolo para desdoro de la América 
española ! 

Corresponde, precisamente a Blanco-Fombona, el orgullo de 



28 NOSOTROS 

la tendencia emancipadora de las letras americanas. Es él uno de 
los pocos americanistas de corazón que ha combatido para cortar 
a la intelectualidad americana ese ganglio gálico que la hace su- 
balterna, cuando no esclava. Es por esta causa que los críticos 
europeos tienen la obligación de mirar en toda la literatura ame- 
ricana la tendencia de imitación. Que me digan esos críticos que 
Rodó tiene algo de Remy de Gourmont o de Flaubert y les diré 
que muchos de los metecos francófilos tienen lo que han robado 
en la colmena de Ariel. . . Que me digan los apolíneos mancebos 
de la Galia que Darío tuvo mucho de Verlaine, y les contestaré 
que muchos de los académicos de las rancias escuelas remozaron 
sus plumas remojándolas en la fuente del más francés de los 
franceses, de la América. Que me digan los líricos que Lugones 
tiene el alma oriental y el corazón francés, que ha libado la miel 
en los panales en que Musset refrescó sus puros labios de adoles- 
cente, y me echaré a reír, pero a reir llorando, considerando con 
dolor que cuando no es un crítico que nos llama copistas, es un 
novelista de nota que nos acomoda modestamente el título de es- 
túpidos. . . 

Dice Blanco-Fombona en su libro Cantos de la prisión y del 
destierro: "Una cosa que me ha llamado siempre la atención: el 
que los hispanoamericanos que viven a dos o tres mil millas de 
París, en sus tierras más o menos calientes, estén al tanto, no de 
las novedades literarias extranjeras que valgan la pena de cono- 
cerse y estudiarse, sino de las extravagantes, grotescas y desco- 
nocidas gavillas de "ratés" o de escandalosos principiantes pari- 
sienses que se quieren imponer por el ruido, que se decoran de 
nombres sonoros, se conciertan en cenáculos de gritones, publican 
maniífestos iconoclastas y fundan revistas que sólo ellos leen y 
que duran el espacio de una mañana como las rosas de Malherba." 
Rubén Darío es uno de los culpables de ese dilettantismo de 
lo extraño. En su libro Astil hablaba de París y no lo había visto. 

¡Es como ser familiar en la luna! 

Para esos peregrinos la tierra de Promisión es el París de la 
bohemia, de los restorantes, de las cocotas homeopáticas, de las 
"gargonniéres", de las "midinettes" y de los etcéteras creados 
por las mentes ilusas o alcohohzadas . Bástales un viaje a aquel 
lincón del arte para consagrar ante el mundo entero el prestigio 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 29 

de arcabucero (siglo xiii) cuidador de las pudibundas musas del 
arte puro ... La tal consagración no es otra cosa que la sisa que 
pagan los escritores por su tara semiintelectual . 

Lugoues, es Lugones, porque ha independizado su acción, 
porque ha creado su personalidad con 'su propia arcilla. Rufino 
Blanco-Fombona lo es por lo mismo. La misma personificación 
que le llevó al Parnaso venezolano, en una de cuyas estrofas de- 
cía casi salvajemente: 

"me dan ganas de beber leche, 
de domar un potro, 
de atravesar un río", 

la ha continuado estoicamente, siendo un poeta americano en 
Francia y en cualquier parte. Y, sin embargo, el crítico venezo- 
lano Jesús Semprún, en un estudio que hace de la poesía de Blan- 
co-Fombona, dice que "la huella de Díaz Mirón, el de Lascas, es 
evidente en Mediodía campestre y en Barrio bajo. 

"El cargo más absurdo que se me hace — dice Blanco-Fom- 
bona, es de que imité en Mediodía y Barrio bajo, las Lascas, no 
dice cuáles, de Díaz Mirón. Semprún, cosa rara, ha caído en el 
estrecho lugar común de buscar parentescos literarios imposibles 
entre hijos de diferentes espíritus para mostrar sagacidad o eru- 
dición. Homero, cabeceas..." 

Figura compleja es esta de Blanco-Fombona. Por remoza- 
dor del olvidado metro de eneasílabos, también le buscan paren- 
tesco con Triarte, el fabulista. Se ha llegado tanto a la prostitu- 
ción de la literatura americana que no es posible ya sustraerse del 
mordaz anatema de los Zoilos del arte órfico. Desde Bl hombre 
de hierro, libro extraño, hasta sus últimas páginas, tienen sabor 
de trópico y olor de serranía. Fluye en sus páginas saturadas 
con el aliento de la naturaleza su espíritu de esteta bravio, de 
audacia indiana y sonoridad de Olimpo. En sus escritos se ha 
analizado el arreo del diplomático con el arnés del bohemio aris- 
tócrata. Bohemio como Gómez Carrillo, con esa bohemia triste 
y hermosa, sin un resabio del gesto verleniano, sin el huraño des- 
plante de los monjes cisternienses de los siglos xii y xiii, sino 
con una sonrisa plácida ante la belleza de la vida... 

Blanco-Fombona nació en Caracas en 1874. Ha sido diplo- 
mático en distintas ocasiones. Ha recorridb^el mundo siempre 



30 NOSOTROS 

como poeta, cortando flores de Holanda, de Francia, de España, 
para hacer guirnaldas que él envía de corazón hacia su bella ciu- 
dad natal. . . Actualmente reside en Madrid, en donde dirige con 
el más plausible éxito las bibliotecas "Andrés Bello", "Ayacucho" 
y otras, que son los exponentes más relevantes de la cultura his- 
panoamericana en Europa. 

Fombona está dedicado por entero a la historia de Venezue- 
la. La lejanía obligada de la patria le privará de exhumar docu- 
mentos inéditos como ha estado haciendo desde hace varios años, 
para la formación de una historia digna de la epopeya nacional, 
pero a su voluntad de hierro él le ha dicho: 

"Ponme en los brazos músculos 
y ambición en el alma!" 

Es, sin duda alguna, el baluarte más digno que tiene Améri- 
ca en el viejo mundo. Es un crítico sagaz, un poeta ebrio de rit- 
mo y un prosista galano por su forma como por su forma. Es 
cuentista sentimental, de cosas de la vida, que dejan su sabor a 
nostalgia y su pureza estética. Sus Cuentos de poeta, que dedi- 
ca al poeta Fabio Fiallo, son "historias desnudas — como él di- 
ce — de mayor interés, historias de esa que se hablan dos poetas 
en un banco de la plaza pública, a la media noche, cuando el cielo 
esté azul, parainentado con temblorosos hilos de estrellas". Ha co- 
leccionado Las cartas de Bolívar, con prólogo de Rodó, las Aren- 
gas y discursos, del mismo, que ha enriquecido a ambas con no- 
tas hondas que señalan siempre un rumbo al estudio por la nove- 
dad de sus investigaciones históricas y sociales. Trovas y trova- 
dores. Más allá de los horizontes, vertida al francés por Raisin, 
traductor éste de dos libros de Leopoldo Díaz; libros de contro- 
versia, tal como su contestación al libro del norteamericano W. 
T. Stead The Americanisaiion of the World; Contes Amerkains 
y Littérature d'outremer, escritas en francés, La lámpara de Ala- 
dino, El hombre de oro y múltiples obras más. 

Tiene la misma sed de colorido que Gómez Carrillo y Ama- 
do Ñervo. Tiene el alma de colibrí que hunde el pico en el seno 
de las rosas más tiernas buscando la primera ambrosía. Es un 
poeta sincero, y tan sincero, que se pregunta, cuando le hablan 
de parentescos literarios: "Muy humilde prosador y más humilde 
poeta me he considerado siempre . Mi vaso es más pequeño que el 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA' 81 

de Musset; pero en mi vaso me acostumbré a beber y no en el 
de los demás . ¿ Orgullo ? No tal . ¿ Temperamento ? j Que me di- 
gan de quién son estos dolores que he sentido y cantado!" 

Sí. Blanco-Fombona ha sufrido mucho su orgullo ancestral. 
Las nubes le han dado músculos en los brazos y ambiciones en el 
alma. Con sus brazos hase colocado en duelo legal, en distintas 
ocasiones, y con ellos mismos ha restañado la sangre de muchas 
heridas ; y con las ambiciones de su alma ha podido hacer grande 
a la América con su obra americanista, señalándola como hija dig- 
na de Castilla aun en las más ebrias cruzadas del cosmopolitis- 
mo, no consagrando su nombre con adjetivos a la usanza del feu- 
do realista, de Carlos el Temerario, Felipe el Hermoso, sino con 
el suyo propio unido a su obra fecunda y esencialmente ameri- 
canista. 

Hay mucho que decir de este hábil jardinero de las rosas de 
Meleagro ; pero hay mucho que esperar de su honda inquietud por 
las visiones del arte . . . 

La obra de Fombona es variable tanto en forma como en el 
fondo. Poeta de altura, historiador de grandes alientos, aristó- 
crata de cuna, diplomático "galantüomo", gallardo de figura, arro- 
gante de gesto, espadachín de escuela y de honor, su historia está 
nutrida de episodios que me veo supeditado a reflejar por el re- 
ducido espacio a que tengo que someterme. Hemos de dedicarle 
más aliento — mañana o pasado — a este poderoso maestro de 
la cultura hispana. 

Otro dómine de la intelectualidad venezolana, que por anto- 
nomasia se le llama "maestro" es el autor mil veces alabado en 
Europa y América, don Manuel Díaz Rodríguez, de novelas y 
sensaciones de viaje. Estilista ático, el romance castellano entre 
sus dedos y la pluma toma transparencia de gema : rubíes, esme- 
raídas, ónix, crisoberilos, con luz intensa en el fondo, son las ar- 
monías de este Benvenuto Cellini. Si se pudieran rehacer sus 
palabras y darle una formación llevarían la esbeltez del Apolo de 
Belvedere o la Venus de Milo. Es el gran cincelador del idioma. 
Burila las palabras cómo D'Annunzio o Fierre Louys. Pero sin 
buscar en los otros lo que le da el propio idioma. 

Es el doctor Manuel Díaz Rodríguez silencioso, de corte aris- 
tocrático, de modales que envidiarían los tribunos y glosarían los . 



82 NOSOTROS 

más gentiles hombres de la cortesanía de Grecia, rulcro en el 
vestir, sereno y reposado en el andar, de mirada triste tras lentes 
wilsonianos, es un hombreestilista hasta en la pulida indumenta- 
ria. Rodó le señaló como uno de los mejores prosadores de Amé- 
rica. Y Rodó era franco. El autor de los Motivos de Proteo, te- 
nía una analogía intensa con el autor de Camino de perfección. 
Recientemente abandonó el cargo de Ministro de Instrucción 
Pública en Venezuela y emprendió viaje a Europa, siguiendo así 
su afán de ver y amar por sus propios ojos el ruinoso escombro 
que dejó la guerra. Tal vez oigamos sus palabras litúrgicas lle- 
nando de luto el suelo de Europa . . . 

Muy poco he podido leer acerca de la vida de este gallardo 
paladín de las estrofas de oro . Escribe con buril de punta de dia- 
mante. El papiro egipcio asentaría más a sus manos de refinado 
prosador. Como decía, muy poco sé de la vida de Díaz Rodrí- 
guez. Le recuerdo cuando yo era un muchacho que empezaba a 
sentir deseos de escribir, que lo veía pasar por la plaza Bolívar, 
de Caracas, con aquella gravedad académica, siempre vestido de 
negro, mirando muy bajo, pensando muy alto. En cuantos libros 
he leído de este autor, tiene su prosa una serenidad transparente 
de estanque dormido. Por tener un estilo pulimentado no es cul- 
teranismo el suyo, sino simple modalidad de su espíritu exquisito 
de hombre digno del renacimiento florentino. No tiene su prosa 
el epicureismo de la de Rufino Blanco-Fombona, a quien el crí- 
tico venezolano doctor Jesús Semprún llama poeta de juventud. 
Trata de explicar este término, diciendo : "Blanco-Fombona es in- 
tensamente sensualista y, si se quiere, hasta sensual." Luego 
prosigue el intenso crítico venezolano : "La mayor parte de 'los que 
entre nosotros leen a D'Annunzio — pongo por ejemplo — lo ha- 
cen seducidos por la vibrante sensualidad y por el erotismo desafo- 
rado de sus libros. Hablo de nuestro público, del que yo conoz- 
co bien, del que se engulle las traducciones de Maucci, donde el 
artista italiano aparece pálido y deforme, si no es en la brama 
perenne y subrepticia de sus personajes. A este propósito quiero 
contar una anécdota que me han referido y que viene muy a cuen- 
to. Un palurdo se detuvo en cierta ocasión frente al escaparate 
de una librería, en el cual estaba exhibiéndose el flamante volu- 
men de los Cuentos de color, de Díaz Rodríguez. Paróse el hom- 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 83 

bre a mirar buen trecho el libro y luego entró en el establecimien- 
to y pidió un ejemplar de los cuentos. Cierto escritor, que estaba 
atisbando al hombre, quedóse encantado al ver cómo el vulgo bus- 
caba y leía las obras de nuestro gran estilista. Pero resultó que 
al poco el hombre volvió a entrar en la librería, reclamando que 
le devolviesen su dinero, porque lo habían engañado: él creía que 
aquellos eran ¡cuentos verdes!, vale decir, obscenos". 

Sin embargo, no estoy de acuerdo con las observaciones del 
doctor Semprún. Esta simple modalidad no es lo suficiente para 
creer que en Venezuela o, mejor dicho, en Caracas, sea leída más 
la pornografía que cualquier otro género literario. Hay en todo 
país un público que sólo busca el albañal en los libros, que admi- 
tan más a Paúl de Kock que a Anatole France. Pero en Caracas 
predomina, más bien, si cabe, el lector de sensiblerías, de roman- 
ticismo hueco, de cosas haladles. La prosa de Díaz Rodríguez re- 
quiere una dialéctica superior. Se dirige más al espíritu que al 
incesante espejismo de las cosas. Su sentimentalismo le hace des- 
cubrir un alma doliente en cada ser. Las cosas para el insigne 
autor de Camino de perfección están como veladas por una at- 
mósfera de vapores de color rosa. Sus Sermones líricos es un li- 
bro formidable de crítica serena, de altura apolínea, en que el 
sello de su aticismo pone como un escudo de distinción en cada 
pensamiento. Pero transcurre en el sereno maestro con atildada 
parsimonia, con intensa claridad de ideas . . . Sangre patricia y 
Cuentos de color, tienen el colorido de su prosa diáfana y las pa- 
labras ruedan como esferas de cristal sobre un hilo de luz . ídolos 
rotos es una novela triste, de factura nostálgica, brumosa y algo 
mórbida. La gesta del trópico pasa por los libros de este sereno 
escritor, de este estilista, con las múltiples manifestaciones de 
una fibra tristemente sensual y ebria de colorido. Es panteísta 
y le gusta saborear el olor de la selva, la evolución fuerte de los 
seres, la agitación lenta de las cosas en una naturaleza en que todo 
es amor y fuerza, harmonía y sensación. El estilo de Díaz Rodrí- 
guez tiene ese sentimentalismo brumoso que pone Pierre Loti en 
sus novelas. Pero el escritor venezolano purifica más la frase. 
En el tomo De mis romerías nos da la idea de que somos nos- 
otros los lectores 'los que atravesamos las callejas de Stambul o 
bebemos el café de Constantinopla, que allí sólo saben hacer, 



84 NOSOTROS 

según el ilustre viajero. Vemos, entusiasmados, las columnas del 
humo perfumado del narguilé. Vemos pasar las aguas del Bos- 
foro, de azul pulido. El amor despertado por una mujer turca y 
la desilusión de no volverla a ver más nunca ... 

En fin, este ático y galano prosista, me atrevo a asegurarlo 
sin temor de incurrir en ninguna exageración, que sucede en las 
ietras castellanas al malogrado maestro José Enrique Rodó. 

Diaz Rodríguez, que recientemente deja la cartera de mi- 
nistro, y se va a Europa a perseguir nuevamente su ilusión de 
sempiterno enamorado de la luz y el aire nuevos, expone el me- 
jor nombre de la Venezuela intelectual contemporánea. Es autor 
de numerosos libros, entre los cuales se destacan: Sensaciones de 
viaje (189Ó), Confidencias de Psiquis (1897), De mis romerías 
(1898), un tomo de cuentos, la novela ídolos rotos, Camino de 
perfección, Semwnes líricos, numerosos escritos diversos, artícu- 
los, conferencias, en cada una de las cuales ha puesto su rúbrica 
de atildado prosista y galano temperamento sentimental. 

José Rafael Pocaterra rompe la monotonía y la trivialidad 
de la literatura venezolana con una novela de colorido : Vidas os- 
curas, que pinta con una fidelidad incontrastable cuadros que bien 
podrían llevar la firma de Pereda, por la chispeante agilidad del 
relato o la del gran maestro Flaubert por el realismo, por el bello 
realismo de sus pinceladas en que revela el amor, el deseo todo y 
la existencia atormentada de sus personajes. Pocaterra tiene ap- 
titudes para cargar con la sagrada responsabilidad de ser el ver- 
dadero novelista venezolano, el que arrancará de sus llanos vidas 
humildes y las hará exponer ante quien corresponda la situación 
angustiosa en que se vive. E'l estilo de este autor es el que con- 
viene. Mezcla a la calma bochornosa de los paisajes de Venezue- 
Li, que tienen un ambiente pesado de modorra, esa vida insegura, 
valentona y circunstancial del cacique. La intromisión de los mo- 
dismos caraqueños, tan irónicos como oportunistas, deja en el 
espíritu del lector un zumo agridulce, como si hincara el diente 
en una fruta no demasiado madura. La pintura de los caracteres 
se acentúa con rasgos de una psicología equilibrada . Tiene la per- 
ceptiva de la lógica, y al ponerla en boca de sus personajes, nada 
discurren de más ni nada suprimen en el diálogo, de un naturalis- 
mo casi gráfico. Describe con tecnicismo, con sagacidad, en un 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 85 

estilo suelto, picaresco, vivo, chispeante . . . Pocaterra habrá de 
dar obras de más aliento, ya que es un costumbrista vivaz, cuan- 
do una a esa línea que marca el derrotero de una raza la intensa 
descripción del espíritu sombrío que flota en aquel ambiente casi 
inmóvil del trópico. Repito que las aptitudes de este autor son 
superiores, porque es uno de los pocos escritores venezolanos que 
penetran a la realidad, aunque sea sin dañar esa atmósfera mi- 
liunochesca que envuelve a todas las cosas venezolanas. 

Urbaneja Achelpoll es más mordaz. Se sienten las garras 
de su prosa, a veces áspera, clavándose en la carne cansada de 
la. víctima. Tiene también un admirable dominio de pluma. Co- 
noce las costumbres, las vive, las enseña. Son en su fondo estos 
admirables autores, dos emancipados, dos rebeldes, que no se 
sujetan a esa escuela vaga e insustancial que predomina tanto 
en Venezuela como en los demás países intertropicales. Bn este 
país...! tiene un cariz de bronce gravado con agua fuerte. El 
relieve del medallón adquiere una claridad definida. Es un cuen- 
tista que parece juntar al colorido una emoción genésica. 

Otro autor joven, gran amigo mío compañero en mis pri- 
meros pasos literarios, es Ramón Hurtado. Su primer libro 
Cofias, nieblas y molinos, escrito durante su estada consular en 
Holanda, es una filigrana de corte florentino. Su estilo se le ha 
comparado al de Gómez Carrillo, y en algunos pasajes es supe- 
rior al del celebrado escritor centroamericano. Es uno de esos 
escritores que por su rtiovilidad debena andar siempre de viaje, 
extrayendo de esas caminatas los encantos de los paisajes y las 
dulces y encantadoras sonrisas de las mujeres. Es en esto como 
en el pulimento de frases, buen discípulo de Díaz Rodríguez. 
Sobre todo, tiene Hurtado una buena y amplia concepción de 
la Belleza. Si el medio ambiente no le cierra, como un círculo 
de hierro, si no se envanece; si no soporta su frente apolínea 
la refrescante brisa de la lisonja, Hurtado será, en el correr 
de los años, una de las figuras descollantes de la América es- 
pañola. 

Es tan poco conocida la literatura contemporánea de Vene- 
zuela, que yo mismo he tenido* que hacer como 'los turcos: re- 
coger y guardar todo pedazo de papel escrito, "porque puede 
contener el nombre de Alá". De vez en cuando recibo diarios, 



36 NOSOTROS 

un libro, un folleto . . , Eso sabemos de la Venezuela de hoy. 
El poco intercambio con la Argentina hace esa obra de reco- 
nocimiento. 

La obra más conocida de la literatura venezolana de nues- 
tros días es, sin duda alguna, Dyonisos, de Pedro César Do- 
minici, autor también de Bl triunfo del ideal, y últimamente 
del libro de artículos que publicó en París, en 1907, titulado 
De Lutecia, de arte y crítica. Es Dominici uno de esos pacien- 
tes escritores que liman y pulimentan con amor de artífices 
las palabras. Pero no es solamente en las palabras en donde 
leside el valor de su obra. Es un esteta superiorizado. 

Dyonisos fué lo suficiente para inmortalizar el nombre de 
Dominici. No ha mucho que el célebre y fastuoso Pompeyo 
Gener acudió a las fuentes áticas de Dyonisos para refrescar 
las páginas de un libro casi suyo. Le valió este acto a Gener 
ser desacreditado ante el mundo de las letras como un vulgar 
y escándalo^ plagiario. Y Dominici, el puro autor de la cele- 
bérrima no-ma, se vio más alto por el arrojo desenfrenado del 
Tristemente célebre Gener... Es Dominici un fiel escudero del 
Renacimiento italiano. Su libro resume una época. Pinta a lo 
vivo cuadros y costumbres con una pulcra mano de artista, de 
cincelador, de filigranista. 

Dice él en el prólogo de De Lutecia: "¿Por qué entonces, 
después de Dyonisos, no haber dado a luz otra novela, sino un 
libro de arte y crítica? Razones no me faltaron. En primer 
lugar, el temor de desmerecer presentándome ahora con una hija 
indigna de su hermana mayor; además, el campo, de la novela 
resulta, en cierto modo, estrecho; su estructura no permite las 
divagaciones críticas, a menos de hacer cierta armonía que cons- 
tituye su principal encanto; ni el hilo de la trama se presta para 
emitir opiniones sobre todo asunto. Al contrario, estos libros 
de arte son infinitos como el piélago, y pintorescos como un 
jardín. Nada detiene las imágenes de la fantasía; libremente 
vuela el ave por doquier, persiguiendo caprichos, cantando en- 
sueños, hablando de amor y de belleza; triste a veces, alegre 
ctras, irónico, entusiasta, displicente; y las ideas van de uno a 
otro tema como abejas de flor en flor, enseñando, recreando, 
divagando. Por otra parte, de Lutecia siempre habrá algo nue- 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 37 

vo que decir; deliciosa ciudad de amor, sus entrañas son in- 
agotables, y como las diosas del viejo paganismo, concibe cada 
noche, y con la aurora lanza an universo asombrado los gér- 
menes de su infinita procreación espiritual." 

Es, además, un atildado crítico de arte. Cualquier moder- 
no autor francés firmaría con orgullo cualquier trabajo del más 
eminente crítico americano. Sus páginas están llenas de una 
belleza, de unas sensaciones, de unas emociones bien vividas y 
pensadas. Familiarizado con los autores todos y la literatura 
de Francia, ha dicho de la obra de Jean Lombard: "En los 
años en que Bourget triunfaba con su snobismo psicológico y 
su pornografía perfumada, en que muerto Goncourt, loco Mau- 
passant, inválido Daudet, la novela, no obstante el feroz esfuer- 
zo de Zola, habíase transformado en libro de "budoir", Jean 
Lombard inició el renacimiento de la novela de alto vuelo y gran- 
de aliento, rememorando el ciclo histórico que después conti- 
nuaron Fierre Louys, Champsaur, Paul Adam y Bertheroy, im- 
pregnando a la literatura contemporánea un vigoroso movimien- 
to, bañando con sangre lo que sucumbía de anemia, entre pei- 
nadores femeninos y polvos de arroz." 

Con Pedro Emilio Coll, L. M. Urbaneja y Achelpoll, fundó 
Dominici en Caracas una revista titulada Cosmópolis, hermana 
de la argentina Mercurio de América y de la Revista Azul, de 
Gutiérrez Nájera en Méjico. Fué la época del florecimiento 
en Venezuela. Gil Fortoul enseñaba a pensar, dando soluciones 
de una alta filosofía a los problemas más trascendentales de 
Venezuela, y César Zumeta cantaba con su prosa melosa y ática 
las nuevas corrientes literarias del país. Zumeta tenía la direc- 
ción de aquella floreciente Atenas americana. Nunca fueron más 
lozanas las letras en Caracas que con estos jóvenes maestros. 

Eloy G. González ya tenía el empaque de historiógrafo de 
peso. Al margen de la epopeya ya le aureolaba, ya le distin- 
guía entre la aventajada escuela de rancios académicos de secu- 
lares renombres. 

Siglo de oro de Venezuela, sus letras recorrían el conti- 
nente, llegaban a Europa y traducían el paradigma tradicional 
que la distinguiera como tierra de literatos. Abiertos los nuevos 
nimbos a las corrientes modernas, la literatura alcanzó su más 



38 NOSOTROS 

alto exponente. La fama, que según Virgilio adquiere fuerzas 
en su carrera, hizo volver los ojos a Venezuela. 

Luego Zumeta, Dominici, Blanco-Forrtbona, 'Coll y otros 
se fueron a Europa. La nueva escuela que siguió, si bien atil- 
dada, generosa, leal, perdió las riendas del pegaso inmortal 
del siglo de oro venezolano, para continuar esa escuela difusa 
de la poesía que nada construye en los pueblos. 

En cambio, la moderna escuela histórica de Venezuela se 
vuelve al pasado glorioso del cantor de Venezuela heroica, don 
Eduardo Blanco, y entra en las corrientes filosóficas del siglo, 
se remoza y busca los lauros. Tiene ^ Laureano Vallenilla 
Lanz, con su comentada obra Sobre evolución étnica y social 
en Venezuela, su más acentuado sociólogo. Me ocuparé en 
ctra oportunidad de "los historiógrafos de la actual Venezuela", 
que es, a mi manera de ver, la más importante cuanto más des- 
tacada tarea de sus hombres de nuevo cuño republicano-demo- 
crático. Bastaría tan sólo los nombres de Gil Fortoul, con 
su Historia constitucional de Venezuela, Carlos A. Villanueva, 
con su Fernando VII y los nuevos estados y Dentro de la Co- 
siata, de Eloy G. González, para comprender de que hoy por 
hoy ocupa Venezuela en esta rama de la literatura una formi- 
dable trinchera de pensamiento y de acción. Gracias a los nue- 
vos historiadores se han dilucidado graves problemas tanto de 
sociología como de antropología y economía política. 

Atribuye el crítico venezolano doctor Jesús Semprún de 
que los autores que predominan son aquellos que intensifican 
los deseos con chocantes pornografías. Yo creo que eso ocurre 
en todos los países. Es un postre que nunca falta en toda mesa. 
Tanto lo come la niña cursi como el hastiado de condimentados 
manjares. Es, en otros términos, la tregua de solaz al hondo 
afán de ilustrarse. Dice el estimado maestro Ssmprún: "El 
vulgo culto es una terrible plaga social que padecemos, como 
todos los pueblos jóvenes. Lo forma gente de toda calaña, que 
visten con decencia, saben leer y, a lo menos algunas, han viajado 
un poco. Gente superficial en todo, en las ideas que son posti- 
zas, en la cultura que es epidérmica, en la sensualidad que es 
fingida o enfermiza. Es gente que sabe el francés necesario 
para leer una novela de Paul Bourget, que cree que París y la 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 39 

Francia son el houlevard, que da opinión sobre los trajes de 
las actrices con una seriedad de modista, que tienen siempre 
un oráculo a cuyo dictamen ajustan sus palabras : ese oráculo 
es a veces un escritor extranjero, ordinariamente una medianía : 
a veces es una revista a la que están suscritos, a veces un amigo 
a quien suponen profundamente versado en cuestión de buen 
tono... Gente que nunca ahonda nada, ni piensa por si propia, 
ni es capaz de enfrentarse a su conciencia en busca de una opi- 
nión" Así se expresa con acritud, si se quiere, el erudito cri- 
tico de la Venezuela contemporánea. Pero es : así. La gente no 
se toma la molestia de pensar . Escribí yo una vez en una revista : 
"En general, se carece de opinión. El mal radica en un fenónie- 
•no: que no somos sinceros. Se teme discutir con la opinión del 
médico, aunque se expongan razonaríiieníJos convincentes; se 
teme profanar al legista, trasluciendo errores vitales; se teme 
discutir al poeta o al escritor, creyéndoles siempre dotados de 
una superioridad inconmovible, porque estamos bajo la infuen- 
cia de un fenómeno social: el doctorado. Fenómeno que está 
suplantando grandes valores, tanto morales como intelectuales, 
rezagando a hombres de valía en apartados rincones de mediocri- 
dad, consiguiendo con ello crear un carácter subalterno enta- 
blado a todo aquello que no esté secundado por un título, aunque 
no sea otro que el- lujoso papel satinado colocado en la parte 
más visible de un hipotético estudio." No me arrepiento de ha- 
ber escrito eso. Tanto es así que ahora . me he atrevido, con 
esta sana serenidad de mi espíritu a juzgar hombres y cosas, 
no arredrándome la mirada despectiva del ajusticiado ni la gra- 
titud del que a mi juicio he loado, admirado y sentido. 

Mucho habría en Venezuela que hacer y decir, que cortar 
3 quemar, para que de esa hojarasca de los versos que nada dicen 
quedara una ceniza. Y así como la del féniz, resurgiese a la 
vida una juventud más sólida, más pujante, que diese junto a 
los maestros que he señalado — como Blanco-Fómbona, Domi- 
nici, Díaz Rodríguez, Zumeta, Urbatteja AchelpoU, Hurtado, 
Pocaterra y otros — el impulso necesario para hacer que de la 
desvencijada escuela brotase nuevamente la Atenas americana, 
como alguien llamó a Caracas, desterrando para siempre esa dis- 



40 NOSOTROS 

ciplina del verso llorón, mediocre, vacío como un odre y vago 
como una leve columna de humo perfumado- 
La gesta espiritual de los pueblos rio son versos. Y en 
Venezuela, sobre todo en la capital, los versos constituyen imo 
de los primeros alimentos. No es nada extraño ver a un minis- 
tro cambiar la prosa de la literatura oficial para darse a cantar 
en versos -la acariciada frente de la diosa Ceres. Los versos son 
tanto deleite de los pueblos como postración e inactividad de su 
vida mercantil. La música, como los versos, sólo recrean el 
alma cansada de los pueblos ; pero si ella se tiene para todo : 
para la boda, el saludo, la sonrisa, se troca en una melancolía 
o en un vicio de clorosis espiritual que incita a la raza a esa 
mercia, solo comparable a la que se advertía en las cortes de 
los bufones y polichinelas... El hierro se templa al rojo para 
hacer el acero. Así el cerebro de los pueblos se hace fuerte en 
esa fragua del estudio razonado. 

La juventud se retempla con el pensamiento. Los versos 
son bellas rosas para el jarrón de una noche. En el vergel ve- 
nezolano abundan estos tristes jardineros de las rosas melan- 
cólicas. Jardineros de manos ducales, en cuyos dedos bien es- 
tarían las gemas de un Benvenuto Cellini. El perfume de esas 
rosas narcotiza y les hace una vida artificial de embriaguez. 
Son el "triste puñado de dol<)r humano", de que nos habla Lu- 
gones. 

Difícil sería ensayar una antología de poetas venezolanos. 
Tarea fuerte para recopilar un mundo de versos. Existe la idea 
de que allí son poetas los vigilantes y los cocheros. A la plé- 
yade de galanos poetas cuyos nombres no cito y que merecen 
el elogio, hay otra multitud de poetas personalistas, plañideros, 
casi llorones, que siempre están al acecho de la melancolía y el 
otoño para espigar en pensamientos sombríos, misteriosos, té- 
tricos y sentimentales. Los que merecen la corona de laure- 
les, además de los ya nombrados y cuya obra no analizo por 
no hacerme demasiado extenso, son: Juan E. Arcia, hondo y ga- 
lano; Felipe Valderrama, periodista, cuentista de nota y admi- 
rable traductor de francés; Emiliano Hernández, Juan Santaella, 
Juan Duzán, Fombona Pachano, E. Planchart Loynaz, Diega 
Córdoba, Juan Miguel Alarcón, Sergio Medina, Alejandro Fuen- 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 41 

mayor, Michelena FortouJ, Lavado Isava, Guillermo Austria, 
Ildemaro e Ismael Urdaneta, Fernández García, Luis Felipq 
Blanco y otros muchos que no recuerdo. 

Destacado de esta gloriosa estirpe de trovadores es la figura 
bizarra, de temperamento fogoso, de intensa vibración, del siem- 
pre laureado poeta Udón Pérez. Es, con el abate deserto Carlos 
Borges, imo de los mejores portaliras de esa dorada juventud, 
del verso hidalgo, meduloso, en que los cantos están como las ale- 
gorías en el relieve del bronce. 

Fundidas están hoy en Venezuela dos generaciones: en la 
que se destaca mi ilustre maestro, gran talento, hombre pulcro, 
erudito y gentil poeta: don Felipe Tejera. Le recuerdo desde 
estas lejanías. Aún le veo ante el pupitre hablándonos de Ho- 
racio y de Virgilio, de literatura americana, e incitándonos a 
perseverar en la senda que él, ya anciano, caminaba con cariño... 
Aún veo su noble barba entrecana, su cara de apóstol, su son- 
risa plácida de maestro, caminando con gallardía e ir luego jun- 
tos por los pasillos de la universidad de Caracas y luego acom- 
pañarlo por las calles e ir yo orgulloso de ser su fiel escudero. 
Otro adalid de la pasada generación es don Eduardo Calcaño. 
Erudito, culto apolonida, bizarro prosista, maestro pulcro. 

De la nueva escuela se destaca nítidamente el cuentista y 
costumbrista Rafael Bolívar Coronado. También Rómulo Ga- 
llegos, buen cuentista, de diversos géneros, pone en sus persona- 
jes estudios psicológicos dignos del ambiente localista. Carlos Paz 
García, de estilo preciso, articulista probo, crítico docto. Juan 
Churión, que interrumpe su carrera diplomática para esculpir fi- 
nas prosas y malos versos. 

En lo didáctico la nueva generación cuenta con tres ele- 
mentos : los doctores Luis Razetti, cirujano famoso y escritor 
fecundo; Diego Carbonell, autodidacta y publicista bien acogido 
por la prensa de ambos mundos, médico también, y el galeno 
Francisco Giménez Arraiz, que escribe con el escalpelo y opera 
con la pluma. Al doctor Razetti le es tan familiar el bisturí 
como la péñola. Para él es lo mismo la difícil operación como 
el problema científico que desmenuza en pulida prosa o en ga- 
lana disertación académica. 

Si bien he podido recoger una parte de la nueva gesta 



42 NOSOTROS 

intelectual de \'enezuela, gran parte de sus co-factores disertan 
de mi alcance. Sabemos tan poco de la Venezuela actual, que se 
hace imposible desde esta extremidad del continente abarcar la 
obra de cultura intelectual de aquel pueblo tan dado a las bue- 
nas letras. No somos pesimistas para el día lejano en que los 
intelectuales argentinos y venezolanos se den un abrazo a través 
del continente, salvando el hondo abismo del océano, porque es 
una misma su historia y sus afinidades fraternales. No hay evo- 
lución de arte, acento de cultura, nota de aspiración intelectual, 
que no tenga eco en la sociedad de Caracas. No es Caracas la 
Tolosa inmortal y capital durante seis siglos de la poesía ga- 
lante, con su Consistorio del Gay saber, ni la Provenza aquella 
del siglo XIV, sino la tranquila ciudad, galante en demasía, so- 
berbia en sus notas de arte, que rinde un tributo a la mujer y 
la exalta en reina del amor y la poesía. Allí se confunden nobles 
y menestrales en el templo de Apolo. 

Frente al Avila, gigantesco monarca, dormita la ciudad de 
Santiago de León de Caracas. Bajo el cielo nítidamente azul vi- 
ven sus poetas una vida bucólica, como los tiernos pastores de 
Li Arcadia. La tristeza del muzárabe pone su dejo insaciable 
de melancolía. Pero Caracas sabe también reir. Con su risa 
de andaluza, con sus zambras, con sus guzlas. Revive en cada 
momento y en cada gesto el espíritu romántico de España. Bien 
lo dice el gesto de sus mujeres y ese redondel de la plaza de 
toros, de donde suele salir en andas del populacho el valiente 
torero. Pero también a ese mismo pueblo le cupo la gloria de 
llevar sobre los hombros al eximio cantor de la España son- 
riente: Marquina. Ese mismo pueblo ha tributado a Villaespesa 
un homenaje fervoroso. Pueblo sentimental, su espíritu tiene 
un abandono peculiarísimo. 

El maestro Díaz Rodríguez ha aconsejado a los poetas, ex- 
hortándolos de esta manera: "con la música de vuestros versos, 
pero también, ¡ oh, poetas !, con el sudor del trabajo y la san- 
gre de vuestros corazones, forjad ese poema de la patria fuerte 
y una que la podéis llevar sobre el corazón como un joyel, y 
esgrimirla, si fuese preciso, con vuestras manos como un pu- 
ñal, o ponerla sobre vuestras frentes como un escudo, y habréis 
cumplido con vuestro deber para con los antepasados, comple- 



VENEZUELA INTELECTUAL CONTEMPORÁNEA 48 

tando su obra, lo que al mismo tiempo significaría tener cum- 
plido vuestro deber para con los hijos de vuestros hijos y vues- 
tros más lejanos descendientes. Desgreciado, dice Leonardo, el 
hijo que no sobrepuja en algún respecto a su padre". Así ha 
dicho el maestro. 

Así queremos ver a los poetas: ayudar al país con la pluma 
y el arado. Que sepa el mundo que los bardos no sólo son 
las cigarras que cantan a la primavera. Que saben, como Wash- 
ington, después de la república, hacer el arado. Que con esas 
manos pálidas como lirios pueden sembrar, trabajar y honrar a 
la patria con ía potente voluntad de la acción. Que sea la poesía 
solaz de los pueblos, pero nunca dominio, absolutismo... Sólo así 
podrán merecer el atributo de las gracias y la alegría de los 
pueblos. 

M. García Hernández. 



LOS POEMAS DE LA INMOVILIDAD 



Yo soy la piedra inmóvil. 



\/ o soy la piedra inmóvil junto al camino vivo; 

■ El árbol envidioso de la nube andariega; 
Estoy sentada y muda al borde de la Vida, 
Mientras la senda sigue su marcha hacia el futuro. 

Pasan inquietos seres, caminantes, arrieros. 
Parejas enlazadas, y familias contentas, 
Chiquillos juguetones, hirvientes de energías, 
Pasan ancianos, pasa la juventud, . . . se van . . . 

Pasan, pasan ... Yo siempre en mi lugar estoy . . 
Soy la piedra sentada un día y otro día, 
El árbol engarzado en la misma actitud . . . 

^Arbol, piedra, persona... Ya no sé lo que soy... 



A la victoria de Samotracia 

Para Mauricio Cravotto. 

Oh! Victoria, Victoria, mármol divino, 
Como yo condenada a la inmovilidad; 
Con toda el alma puesta en las alas abiertas, 
Mutilada en el ímpetu supremo de volar . . . 



LOS POEMAS DE LA INMOVILIDAD 45 

Ansia de movimiento! Anhelo de elevarse. 
De correr, de subir, en vuelo magistral; 
Deseo doloroso a fuerza de imposible 
De andar... de andar... de andar... 

Oh! Victoria, Victoria de Samotracia, » 

Imagen de mi vida toda inmovilidad; 
En el mármol divino, hecho cárcel del vuelo. 
Ansia desesperada, enorme, de volar! . . . 



Palabras . 



• •• Mm^ 



AS palabras 
Deformaron el alma, y la enlodaron .... 
¿Bn qué silencio te hallaré algún día. 
Tú, que ignoras acaso, que mi silencio 
Tiene tu misma voz? 

En el misterio de sus aguas quietcís, 
Inmóvil y desnuda, 

• — Blanco nenúfar — floreció mi alma; 
Y ascendió su corola del silencio 
Cálido y aterciopelado, 
Donde una inmensa floración se abre 



A través de sus aguas de misterio 
¿Qué heroísmo floral ha de enviarme 
Su amoroso mensaje 
De corola a corola, 
Y fecundar mi pensamiento. 
Navegando callado, en el océano 
Lustral de los silencios f 

Las palabras 

Deformaron el alma, y la enlodaron 



4« NOSOTROS 
Descenderé otra vez 

P*V ASCENDERÉ Otra vez hasta el profundo 
*--' Abismo de mi océano infinito. 
En cuya superficie, 
Por el encanto de una vela blanca, 
Por la dulzura de una brisa nueva. 
Por el azul de un cielo más tranquilo, 
Dejé flotar las horas deleznables 
En sufrir de esperanza; de la vieja. 
Terca esperanza de otros días. . . 
Descenderé otra vez hasta perderme 
En el nirvana de las aguas quietas; 
Allá, en el fondo, en eh palacio oculto. 
Que elevaron más hondo que las olas. 
Más profundo que todas las borrascas. 
Los misteriosos dioses, las extrañas 
Potencias que gobiernan mi destino . . . 

Y cogeré las flores monstruosas, 

Y forjaré en el fondo del abism^o 
Las perlas, los corales, las madréporas. 
Que son dolor, renunciación y calmea, . . 
El naufragio despojo 

No flotará perdido en el océano, 

Y no sabrá la Vida^ 

La misteriosa i'ida de mi alma. . . 



Sed 



LA sed me devoraba. . . Una sed tan ardiente. 
Que por todos los poros absorbiera humedad. 
Mi cuerpo era un desierto de arena tan candente. 
Que a empapar no bastara toda el agua del mar. . . 

Y puse mi garganta como cauce de un río; 

Y por ella pasó, cantando, la corriente. 
Toda abierta a su fresco y verde murmurio. 
El agua acariciaba mi sequedad doliente. . . 

Y bebí, bebí toda la linfa cristalina; 

Y goteaba diamantes de la cabeza al pié. 



LOS POEMAS DE LA INMOVILIDAD 47 

¡Ay! no bastó a mis ansias, la fuente cantarína: 
¡Yo misma he de ser agua para apagar mi sed! 



Y 



Ya nunca más. 

'a nunca más olvidaré el oscuro 
Sabor que mis raíces 
Chuparon de la tierra; 
Que ascendió por mis venas, 
Se hizo cal en mis huesos, 

Y por los finos hilos de mis nervios, 
Llevó hasta mi cerebro 

Bl hondo y trágico sentido de la vida. 

Se desgajó mi tallo, y en prodigio 
Maravilloso y nuevo. 
Eché a andar por el mundo; 
Mas nunca ya podré olvidar el húmedo 
Sabor de mis raíces. . . 

Y cuando vuelva un día 
En abraso esta vez definitivo 
A ser raíz eterna. 
Recordaré de nuevo las oscuras, 
Húmedas sensaciones de la tierra. 
Planta otra vez me ahincaré en el humus. 
Planta otra vez ascenderé en el éter, 

Y entregaré a la luz y a las caricias 
Del viento, mi follaje. . . 

Y acaso un día la nostalgia vuelva 
De andar, de andar, de nuevo, 

Y de la copa verde de mí tnisma. 
Sin saber como fué, volará un ave 
A la región del éter. . . 

Ave, planta, cerebro, flor, peñasco. 
Eterno cielo, sucesión eterna. . . 

Luisa Luisi. 

Montevideo, 1922. 



EL CONSTRUCTOR DE QUIMERAS 

Hubo una vez un hombre... ¿Cuándo no hubo un hombre, 
hermanos, y sobre qué palabras se inclinará ansiosamente 
ía atención de los hombres si ellas no libertan el rumor apasio- 
nado del humano vivir que aprisionan sus senos? ¿Y qué hay 
en la tierra y en la mar y sobre la mar y sobre la tierra, hacia 
la que vaya nuestra temblorosa curiosidad, si sobre el camino 
ondulante de las aguas y si sobre los senderos pedregosos de la 
tierra nuestra pupila insomne no atisba el rastro fugitivo de 
pisadas de hombre? Y aún en la hondura de los cielos tempes- 
tuosos, en la profundidad serena de los cielos, ¿qué habrá si 
ojo de hombre no la contempla y corazón de hombre no la siente 
y pensamiento de hombre no se asoma sobre las bocas insonda- 
bles de su abismo? Hubo una vez un hombre... 

Cuando era niño, vivía en una de esas humildes casas que 
manos oscuras y olvidadas construyen en los viejos barrios sub- 
urbanos ; una de esas silenciosas casas que se suelen ver desde 
los trenes en marcha, cuando los hombres fatigados huyen de 
la gran ciudad entenebrecida por las primeras sombras noctur- 
nas. Los trenes pasan rápidamente y los chicos saludan con las 
manos a las gentes que miran pensativas desde las ventanas de 
los coches, conducidas por sus destinos más allá o más acá de 
sus deseos y de sus sueños. 

El niño vivía allí. Hacia su espalda rugía la vorágine enor- 
me de la gran ciudad de carne y ladrillo; frente a sus ojos abríase 
la curva horizontal de las llanuras que acogen a todos los pasos 
aventureros. Sobre su cabeza combábase el arco profundo del 
cielo. 

La casa era solitaria y triste. Tenía uno de esos viejos 
patios poblados de tiestos floridos, donde siempre hay un hú- 
medo pozo que asila en su brocal hospitalario ciertas flores humil- 



EL CONSTRUCTOR DE QUIMERAS 49 

des que a la hora crepuscular de la tarde riegan solícitas manos 
maternales. El grave chirrido diario de la polea anunciaba la 
presencia del gran balde chorreante de agua elástica y fresca, 
surgida de la hondura del pozo, como una pura oferta líquida de 
la tierra fervorosa. Y eri el agua abrevaba la fatiga del hombre, 
la sed de las plantas y la boca tierna de los niños. Que esa es la 
bondad del agua, hermanos. 

Espaciábase el patio en un vasto terreno inculto, el cual 
cubríase en los días estivales de azules borrajas silvestres, al- 
rededor de las cuales zumbaban pardas abejas afanosas. Ha- 
cia el fondo, contra el muro musgoso, encorvábanse un grupo 
de higueras revestidas de bíblica severidad. Al llegar la noche, 
las luciérnagas subían del campo húmedo como un gotear lumi- 
noso y fantástico. Cuando los primeros aguaceros del otoño 
caían sobre el planeta sediento, olfateábase en el aire el aeré y 
grato olor de la tierra mojada. 

Crecía el niño en la gracia del Señor. Por frente a la casa 
humilde, hundiéndose en las llanuras arcanas, los veloces trenes 
pasaban cargados de bullicio. En la noche marchaban como ful- 
gurantes columnas fugitivas y durante el día como tropeles de 
gigantescos animales en atemorizada fuga. Y al verlos pasar, 
una secreta ansiedad encendíase en los ojos del niño. Su sem- 
blante se oscurecía como la ventana de un taller en donde se for- 
jase quién sabe qué obra incógnita. 

En veces, tendido sobre el vientre tibio de la tierra, respi- 
raba la fragancia vegetal de las hierbas y escuchaba esas es- 
condidas corrientes de pequeños rumores que se deslizan im- 
perceptiblemente por entre los pastizales agrestes. Sus ojios 
contemplaban el cielo, extendido allá arriba como un ancho mar 
poblado de flotantes nubes o seguían, abstraídos, el pausado vo- 
lar de aves desconocidas que cruzaban desde un horizonte hacia 
el otro horizonte. Entonces, el alma del niño colmábase de algo 
impalpable y profundo que parecía ascender desde sus más os- 
earos ángulos y volar ansiosamente hacia los trenes fugaces, ha- 
cia las nubes fantásticas o asentarse con blandura callada sobre 
la verde terneza de las hierbas campesinas. A su espalda, un 
gran halo de fulgores rojizos proyectados hacia los cie'os som- 
bríos anunciaba la presencia de la gran ciudad. Frente a sus 



60 NOSOTROS 

ojos, las llanuras brindaban sus caminos a la impaciencia inquie- 
ta de osados viajeros andariegos. Las miradas del niño 
profundizábanse hacia el resplandor prodigioso o se volvían hen- 
chidas de graves reflejos hacia lo desconocido de las llanuras. 
Y había en el fondo de ellas algo como la sombra interna de un 
taller oscuro en donde diligentes manos trabajaran en quién sabe 
qué imaginadas forjas. 

Había en la casa una ventana. No pasaba de ser una de 
esas humildes ventanas de enrejados de hierro que amparan los 
tesoros del pobre contra las asechanzas de rondadores furtivos. 
Cierto día, salió de la morada humilde una caja donde no había 
nada que valiera nada para los millones de hombres que pueblan 
la superficie de la tierra. No había en ella nada más que un 
postrado cuerpo de madre. Y al pasar el fúnebre cortejo por 
frente a la ventana, pensó el niño que sus brazos eran tan 
fuertes que torcían los hierros para que por entre ellos saliera 
su desesperado adiós. Y cuando se alejaba el grupo de silen- 
ciosas personas que llevaban a la muerte su lastimera ofrenda, 
los ojos del niño contemplaban los hierros, sin duda torcidos por 
ti esfuerzo de su dolor. Asombrábase su alma de que nadie 
viera aquello ; y pensando en eso se olvidaba de llorar. 

Aconteció otra vez que en cierto sitio los muchachos juga- 
ban a trepar hasta lo alto de un mástil sólidamente fijado en el 
suelo. Unos alcanzaban hasta el ápice y otros se deslizaban 
desde mediana altura; mas todos ensayaban sus esfuerzos y loá- 
banse mutuamente por su vigor y destreza. El niño sentía hondos 
deseos de subir pero retiróse silenciosamente sin atreverse a 
probar. Seguía sus pasos el rumor jubiloso de la algazara in- 
fantil. Y más tarde, tendido sobre la hierba tibia, los ojos fi- 
jos en pequeños pájaros que piaban por los cercanos ramajes, 
pensaba que sus músculos, ágiles y fuertes, izábanlo victoriosa- 
mente hasta la cima del mástil, aclamada su proeza por la alegre 
muchedumbre. Y lo pensó tan hondamente, que lanzándose con 
presteza por entre las gentes, sorprendíase de que no le detu- 
viesen para cumplimentarle. Al pasar nuevamente frente al más- 
til ya solitario, experimentó esa honda sensación de júbilo que 
provoca la victoria lograda. Y cuando meditaba en esas cosas 
ensombrecíase su frente como la ventana ahumada de una es- 



EL CONSTRUCTOR DE QUIMERAS 51 

condida fragua. Por cierto que cuando las personas sensatas 
pasaban a su lado no alcanzaban a divisar nada más que un pe- 
queño niño demasiado pensativo para su edad. 

El niño tornóse en hombre y uno de los trenes fugitivos 
lo arrebató al pasar y condújolo hacia la gran ciudad de carne 
y ladrillo. Vinieron los días y se fueron los días ; la plata asomó 
en sus cabellos y el tiempo curvó sutilmente sus espaldas. Pa- 
saban las generaciones a su vera como una oscura y relampa- 
gueante nube preñada de pasión y de misterio. Pasaban las 
jóvenes con sus gracias y los niños con su candor. Iban los 
hombres marchando afanosos hacia sus fines; los unos condu- 
cían a las multitudes y los otros destilaban oro con el hambre 
y la sed de las gentes. Caían aquéllos y el pie de los que se- 
guían levantaba el puñado de polvo necesario para cubrirlos. 
Las voces sonoras tornábanse opacas y los gritos de esperanza 
en lastimero plañir. Y el hombre que fuera niño avanzaba hu- 
mildemente por la vida, rozado por todas las aristas y esquivo 
•t todas las luces. Su paso era incierto y su andar indeciso; 
frecuentemente, avergonzábale su viejo calzado y sus viejas ro- 
pas; frecuentemente, sobre la mesa de los suyos cerníase el 
sombrío malestar de la pobreza. Y sus amigos confiábanse en 
secreto su lastimosa incapacidad para hacer las cosas positivas 
en que emplean las manos todas las gentes dotadas de sentido 
común. 

Mas en el fulgor de sus ojos y en la serenidad apacible de 
su frente traslucíase la actividad fecunda de una escondida fra- 
gua interior. En lo profundo de sus ojos desdoblábanse espa- 
cios infinitos poblados de quien sabe qué maravillosas creacio- 
nes de belleza y de equidad. Y había entonces en su semblante 
la placentera conformidad de los hombres felices. 

Hasta que murió un día. El ángel de la muerte arrojóle 
al pasar una mirada y el corazón del hombre detuvo su latir. 
Agrupados frente a su tumba sus amigos, confiáronse su 
l)erplejidad. Estos amigos llamábanse, acaso, Elifaz Tema- 
nita. Baldad Sugita y Sofar Naamatita. En verdad, que esos 
eran los nombres de los amigos de Job; mas, ¡quién sabe! 
¡ Quién sabe si estos también no eran llamados ^gjj Entre los 
hombres hay más semejanzas de las que perciben las personas 



52 NOSOTROS 

sutiles. Y estaba presente otro amigo más, un cierto José de 
Arimatea, cuyo nombre también ha sido escrito en alguna parte. 

Y dijo Eli faz: 

— Embarazosa es nuestra situación, amigos ¿qué podemos 
escribir sobre la loza que cubre sus restos? Bien se me alcanza 
que es menester añadir a su nombre algunas palabras que real- 
cen sus niéritos ante las gentes que pasan. Además, la gloria 
de las personas muertas honra a los amigos que las sobreviven. 
Es una retribución a la amistad. He aquí, sin embargo, que 
él nada hizo en su vida. Vivió ociosamente y en la oscuridad. 
Dilapidó sus días como un caudal sin valor. No esculpió pie- 
dra, ni pintó lienzo, ni arrancó sonido, ni escribió palabra, ni 
acumuló fortuna, ni adquirió fama, ni hizo cosa alguna de esas 
que se dejan como simiente en el polvo cósmico de la eterni- 
dad. Mucho lo amamos pero fuerza es hablar así. 

— En verdad — habló a su vez Baldad Sugita — que es 
tarea dolorosa de la amistad ésta de decir quién fué y qué 
hizo el amigo que murió. Cierto que lo amamos grandemente; 
mas el amor no debe oscurecer la claridad de nuestro juicio. 
Fué su vida como una línea borrosa trazada en la sombra. Si 
quiso no pudo, y si pudo no quiso. Como el criado timorato 
de la parábola, enterró su talento y dejó que hombres hábiles y 
diligentes sacaran pingüe provecho de los suyos. Digámoslo 
en voz baja para que no se enteren quienes no deben oír; fué 
un fracasado, como dicen las gentes de hoy. 

Tomó entonces la palabra Sofar Naamatita, quien, hasta 
entonces, escuchaba meditabundo los discursos de los que habla- 
ran antes que él. 

— Amigos — dijo — bella cosa es la sinceridad. Bien- 
aventurada sea la muerte de este hombre porque nos ha per- 
mitido ser sinceros con él. Yo amo la sinceridad sobre todas 
la? cosas y a ella sacrifico hasta las afecciones más caras. Nada 
más hermoso que decir cosas desagradables del amigo muerto 
cuando abrigamos la convicción de que ellas son verdaderas. 
La equidad debe prevalecer sobre la amistad y es esa una legí- 
tima manera de ganar fama de justos. Propongo que ponga- 
mos sobre esta lápida la siguiente incripción: "Aquí yace un 
hombre que no merece piedad". 



EL CONSTRUCTOR DE QUIMERAS 53 

Absortos y satisfechos, oyéronle Elifaz y Baldad. Apres- 
tábanse todos a grabar en la piedra la leyenda justiciera cuan- 
do acercóse a ellos José de Arimatea. Este, habiase mantenido 
entretanto, alejado y silencioso. 

— Sabiamente he oído hablar — dijo — ¿mas quién puede 
afirmar que en la sabiduría reside el secreto de la bondad? 
Hay que ser justos — decís vosotros. ¿Y quién forjó la vara 
para medir la falta del que yerra y la virtud del que acierta? 
No existe varón capaz de afirmar que se profundizó en el áni- 
ma de su vecino y que descifró el signo inscripto en la frente de 
su hermano. ¿ Cómo, entonces, os atrevéis a decir : éste vivió 
ociosamente y no merece piedad? Visteis la vida del hombre 
como quién examina el reverso grosero de la estofa sin alcanzar 
la belleza que luce en su otra faz . . . 

— ¿Y qué utilidad tiene todo eso? interrumpióle en alta 
voz Sofar Naamatita, el cual añadió en voz baja: — Las ex- 
presiones de éste transcienden a la retórica de su amigo el Ga- 
lileo que murió crucificado. Siempre he creído en la influen- 
cia perniciosa de las malas compañías. 

Encogiéndose levemente de hombros prosiguió el de Ari- 
matea : 

— ¿Quién conoce el destino postrero de las cosas que pasan 
y perecen ante nuestros ojos sin utilidad visible? En el princi- 
pio de los tiempos crecía un árbol anchuroso y elevado y he ahí 
que el rayo lo derribó y el terremoto precipitó su tronco y sus 
ramas en los senos sombríos de la tierra. Y vosotros decís : 
¿de qué sirve hacer crecer un árbol para aniquilarlo neciamente 
con el fuego celeste y soterrarlo en la entraña ignota del pla- 
neta? Mas el torrente de los tiempos prosigue su deslizamien- 
to sempiterno y en las honduras de la tierra el tronco del árbol 
milenario se transforma en gema prodigiosa y deslumbradora 
que la mano del esclavo encuentra y que paga la libertad de 
quien lo descubrió y refulge maravillosamente en la diadema 
del rey. . . 

— Observo, amigo — objetó con sorna Baldad Sugita — 
que beneficiáis de descubrimientos químicos posteriores a_ vues- 
tra existencia. Eso se llama incurrir en un anacronismo. (En- 



64 NOSOTROS 

tre los amigos de Job este Baldad Sugita gozaba fama de iró- 
nico e incisivo. Poseía lo que hoy se llama espíritu crítico). 

— Además — expuso a su vez Elifaz — no es un procedi- 
miento dialéctico aceptable ese de <lirigirse a da sensibilidjad 
cuando es necesario persuadir a la razón. No quiero ser con- 
movido sino convencido. 

Perplejo estuvo algunos momentos José de Arimatea, y, 
después, lleno aun de confusión, dijo : 

—Perdonad, amigos; confieso haber incurrido en un error. 
Ciertas lecturas, de esas denominadas edificantes y colmadas de 
zumo moral, hiciéronme creer que este era un caso de apólogo. 
Entendía que en circunstancias iguales la exhortación del tes- 
tigo benévolo termina por reducir a sus adversarios. Eso se 
llama hacer triunfar la virtud. Proponíame, pues demostrar 
que la vida interior de este hombre ha sido tan rica y fecunda 
para sí misma como pobre fué y estéril su vida exterior. Indu- 
cido por mi vanidad, intentaba probar que el espectáculo ar- 
monioso de una existencia feliz por transformación íntima de 
su propio destino, contiene, a la vez, una lección estética y una 
noble enseñanza de moral. Es menester — decíame — que al- 
guna vez el hombre no viva solamente de pan y responda vic- 
toriosamente a las disciplinas materiales de la vida construyén- 
dose con los elementos de su espíritu un exclusivo mundo inte- 
rior. Este se profundizó y ensanchó en sí mismo de tal manera 
que al infinito cósmico opuso humildemente su infinito espiri- 
tual. Para él fueron las compensaciones que el vivir ofrece,- no 
como galardón desdeñable y efímera vanidad, sino como tesoro 
ganado y acaudalado para sí, como batalla reñida y alcanzada, 
como amor conseguido y solaz alcanzado. La diligencia infa- 
tigable de su espíritu realizó todos sus propósitos, coronó todas 
sus ambiciones, alcanzó todas sus glorias, engendró activamente 
en el seno de la eternidad. Fué un hombre feliz . . . 

— Advierto — expresó con displicencia Baldad Sugita — 
que describís eso que se llama un soñador. 

— Y aun admitiendo — intervino nuevamente Elifaz — 
que el hombre haya vivido hermosamente para sí ¿qué gana la 
sociedad con ello? Por que no podemos olvidar que es todo 



EL CONSTRUCTOR DE QUIMERAS 65 

l)ombre un producto social y que su mérito debe ser estimado 
según su finalidad. 

—Olvidáis, amigos — replicó sonriente José de Arimatea — 
que habia desistido ya de mi osada pretensión. Ciertamente, el 
espectáculo de una vida plenamente desinteresada, no es, como 
creía, fuente de ideal y camino de elevación para los hombres. 
De otro modo, acaso respondería que una vida de hombre no 
termina en sí misma y que su utilidad florece más allá^ de su 
espacio y de- su momento. He visto alguna vez, entre nume- 
rosos vasos colmados de licores, uno en el que se operaba lenta 
y secretamente una preciada destilación. La gente entraba y salía 
y tomaba los vasos llenos y estos enorgullecíanse con su utili- 
dad y desdeñaban al vaso olvidado en el ángulo donde alguien 
lo colocara alguna vez. ¿ Y qué se le alcanzaba a la arcilla del se- 
creto de la esencia futura cuya fragancia preciada elaborábase 
en el seno recóndito del vaso desdeñado? Hombres hay, ter- 
minó José de Arimatea... Y su reflexión quedó suspensa por 
que tomando el cincel abandonado por Sofar Naamatita, escul- 
pió rápidamente en la piedra estas palabras: 

"Aquí yace un constructor de quimeras". 

La luz del sol crepuscular manchaba de oro resplandeciente 
el horizonte y en lo alto del firmamento ensombrecido insinuá- 
banse tímidas estrellas. Una ráfaga tibia y oliente a silvestre ma- 
ciega sopló desde la llanura próxima. Y los amigos de Job, ale- 
járonse desdeñosamente sin tornar una sola vez la cabeza. Lo 
que prueba que en el hombre- justo más imperio tiene la justicia 
que la amistad. Y esto también fué escrito hace mucho tiempo. 

Víctor Juan Guili,oi\ 



POEMAS EXALTADOS 



I 

ME pesaba su nombre como un grillo de hierro, 
me pesaba su nombre como férrea cadena, 
me pesaba su nombre como un fardo en los hombros, 
como atada a mi cuello me pesara una piedra. 

Ya no está junto al mío la injuria de su nombre 
y. . . me pesa . 

Me pesaba su am-or ambicioso y mezquino, 
me pesaba su amor de deseo y de queja, 
me pesaba su amor que más que amor fué odio, 
í« dignidad abrupta que más era soberbia. 

Ya no tengo su amor, su dignidad, su odio 
y . . . me pesa. 

Me pesaban sus celos pendientes de mis gestos, 
me pesaban sus celos candentes de tragedia, 
me pesaban sus celos adustos, implacables 
envolviendo mi cuerpo con obscura sospecha. . . 

Ya no tengo sus celos, su sospecha, su injuria 
y ¡Dios mío! me pesa. . . 



II 

Nunca ya un tal amor incendiará mi vida: 
para quererte así me declaro vencida. 



POEMAS EXALTADOS 57 

Cual racimo exprimido en un vaso de arcilla, 
así en la suya ruin, mi alma pura y sencilla 

dejó su jugo dulce . . . ¿ Qué podré darte ya 
de candido, de nuevo, de virginal? . . . ¡Bstá 

mi corazón marchito, marchito! . ..Vea buscar 
una novicia ingenua en el arte de aw^r. 

El era digno, es cierto, pero entonces la vida 
no me había enseñado que puede ser fingida 

la exaltación más loca de amor. . . Mentira vil 
la querella más dulce y el beso más gentil. . . 

Hoy, lo sé todo. Acaso yo también he fingido 
y mis labios, mi boca, mi sonrisa han mentido. 

Alguna ves, quién sabe si una lágrima ardiente 
me hizo, siendo culpable, pasar por inocente. 

Sé el registro total de mi vos porque pueda 
ser, a mi voluntad, amarga, dulce y queda. . . 



Tú e^es muy grande y noble, y él era infame y necio, 
a tí te admiro tanto como a él le desprecio, 

pero no hay dos amores iguales en la vida 
y para amarte así me declaro vencida! 



III 

No entendió mi cariño 
que era un amor de madre 
y era un amor de niño. 



-^^ NOSOTROS 

A^o entendió mi ambición, 
que si le hurtaba el cuerpo 
le daba el corazón. 

No entendió mi locura 
que le abrasó las manos 
sedienta de ternura. 

No entendió nú martirio : 
buscar, buscar un alma 
con singular delirio. 

No comprendió mi amor: 
diamante bien pulido 
con llamas de dolor. 

¡No me comprendió nunca! 
y así fué como entonces 
quedó mi vida trunca. . . 

Cuando busqué sus labios 
me mordieron sus dientes 
infiriéndome agravios. 

Cuando busqué sus ojos, 
me hirieron sus miradas 
como dos dardos rojos. 

Cuando busqué su pecho, 
me asaltó su deseo 
como huracán deshecho . . . 

No me entendió. . . Partimos 
por sendas diferentes 
y. . . ni adiós nos dijimos!. . . 

María MonvuIv. 

Santiago de Chile, 1922. 



HALIMA 

Leyenda dramáítica en un acto 

de; Moisés Kantor 



Halima. 
Nadar. 
El Sultán. 
La Sultana. 
El Visir. 
Zulema. 



PERSONAJES : 



Zaid. 

Ali. 

Malee. 

Amet. 

Ismael. 



Pescadores campesinos, el pueblo. 



ACTO ÚNICO 

La escena representa la cubierta de un barco. 

En la perspectiva se ve el río y un bosque frondoso en la orilla dere- 
cha. A la izquierda la costa es rocosa. 

Escena Primera 

Bl Sultán, La Sultana, El Visir, Zaid, Ali, Amci y el séquito. 

El Sultán. — Cuéntanos, Zaid, cómo pasó esa desgracia . . . 

Zaid. — Ya la conté, Señor... 

Bl Snltán. — Repítela . . . 

La Sultana. — ¡Aunque la repita mil veces, Halima no vol- 
verá a la vida! 

Bl Sultán.— \Cd.\\2i\ {A Zaid) ¡Habla tú!... 

Zaid. — Esta mañana, Señor, al contar mis ovejitas, advertí 
que una me faltaba; en seguida fui a buscarla; llegué a las ori- 
llas del río; mi ovejita caminaba confiada y tranquila entre las 
aguas mansas que bañaban las rocas. Yo la llevé en mis brazos, 
temiendo que se ahogase. . . 



60 NOSOTROS 

En esto oí un grito desesperado que me heló el corazón; 
busqué con la mirada alrededor mío y vi con espanto en aquella 
roca escarpada a un fantasma que levantó sus brazos, como le- 
vanta sus alas un pájaro herido, perseguido por el cazador, y se 
lanzó al río. . . 

Dejando a mi ovejita lejos de la orilla, corrí con todas mis 
fuerzas hacia aquel sitio, pero cuando llegué, ya era tarde: el 
agua estaba tranquila como si nada hubiese pasado; de su seno 
se levantaba el enorme disco del sol naciente, rojo como sangre. 
Apenas se oía el rumor del aleteo de los pájaros. Fijé mi mi- 
rada en las profundidades del río, pero no vi más que mi propia 
imagen . . . Pensativo y triste me di vuelta, y, i oh dolor ! mi ove- 
jita de nuevo se había acercado a la orilla. Corrí hacia ella, pero 
cuando llegué, ya era tarde: arrastrada por la corriente mi pobre 
ovejita desapareció para siempre. . . 

El Sultán. — ¿Y eso es todo? 

Zaid. — Todo, mi amo . , . 

Ali. — (Se arrodilla ante el Sultán). Señor, yo vi más que 
Zaid, y si no me castigas, te lo contaré. . . 

Bl Sultán. — i Habla ! . . . 

Ali. — Buscaba un cabrito de mi rebaño... Lo vi a lo lejos 
saltando por encima de las rocas, como un pequeño diablillo . . . 
Corrí tras él para agarrarlo, y al acercarme a las rocas reconocí 
a Halinia . . . 

Voces. — Ali vio a Hahma. Escuchad. Escuchad... 

El Sultán. — ¿Estaba desesperada? 

Alt. — Estaba tranquila. 

El Sultán.— ¿Orahz? 

Ali. — Maldecía. 

El Sultán. — ^¿A quién? 

Ali. — j Oh, Sultán, no te lo diré ! . . . 

El Sultán. — j Habla, si aprecias tu vida ! . . . 

Ali. — Apreciándola, debería callarme... 

El Sultán. — ¡ Habla sin temor ! . . . 

Ali. — . . . Te maldecía a tí . . . 

El Sultán. — ¿Oíste sus palabras? 

Ali. — (Temblando). Las oí... 

El Sultán. — Repítelas ... 



HALIMA 61 

Alí. — (Angustioso). ... Maldito sea aquel, dijo Halima, 
que me arrebató del lado de mi Nadar . , . Maldito sea el hombre 
que a la fuerza quiere conquistar mi amor que guardo sólo para 
mi Nadar . . , Maldito sea el hombre que, poseyendo todas las ri- 
quezas, quiere robarme mi único tesoro : mi amor por mi Na- 
dar. . . Maldito sea, maldito para siglos y siglos... Y dichas 
estas palabras, se arrojó al río... 

El Sultán. — ¿Por qué no trataste de salvarla? 

Alí. — ¡ No pude, Señor . . . Quise correr, pero mis piernas 
no me obedecían. . . quise gritar, pero se me cortó el aliento, y 
sólo un gemido salió de mi garganta. . . 

Bl Sultán. — (A uno del séquito). Llévalo. . . 

Alt. — (Arrodillado). Perdóname, Señor, yo no hice más 
que repetir las palabras de Halima, yo no hice más . . . 

Bl Sultán. — i Las repetiste ! 

Alí. — i Por orden tuya, Señor ; las repetí por orden tuya, 
Señor ! 

Bl Sultán. — ¡Y morirás! 

Ali. — (Con un grito de angustia). ¡Oh, Alah! (Se arras- 
tra' a los pies del Sultán). ¡Piedad, piedad, Señor mío... Mi 
amada Maisara se morirá de pena y dolor . . . 

Bl Visir. — ¡ Perdónale la vida, Majestad ! 

Bl Sultán. — La vida y la muerte de mis subditos están en 
mis manos. Visir; incluso la tuya... No lo olvides... 

Alí. — (Bn la misma posición). Y mis pobres cabritos pe- 
recerán de hambre y de sed . . . 

Bl Sultán. — ¡Apartadlo de mis ojos! (Dos siervos del Sul- 
tán sujetan a Alí, retirándole de la escena. Bste, al pasar por 
medio de la muchedumbre que murmura descontenta, vuelve su 
rostro). 

Alí. — (Con bravura). Y dijo más Halima: ¡Que eres un 
tirano ! 

Bl Sultán. — (A sus siervos). ¡Dispersadlos!... (Los sier- 
vos obligan con sus sables a la muchedumbre a alejarse a mayor 
distancia de la escena. Del lado de las rocas llega un bote con 
pescadores ; tres de ellos suben al barco, se inclinan ante el 
Sultán ) . 

ler. pescador. — ¡Todo fué inútil, Señor! Hemos tendido 



62 NOSOTROS 

nuestra red en todas direcciones, y no apareció más que arena. 
2." pescador. — Nuestros esfuerzos fueron inútiles y, ade- 
más. Señor, una fuerza superior se nos presentó en el camino. . . 
Bl Sultán. — ¡ Habéis tomado vuestro miedo por una fuerza 
superior! ¡Temed! ¡Temblad ante la justicia de mi cólera! 

ler. pescador. — ¡No sabemos lo que es el miedo, Señor! Lu- 
chamos cuerpo a cuerpo cuando vemos al enemigo al frente, pero 
no podemos nada contra los espectros! 
El Sultán. — ¿Qué espectros? 

\cr. pescador. — Al anochecer hemos tendido la red en el mis- 
mo sitio donde Halima se ahogó. Hicimos un esfuerzo para sa- 
carla, pero no salió. Entonces pusimos todos manos a la obra. 
Catorce brazos vigorosos se unieron para vencer la resistencia. 
Todo fué en vano: alguien la retenía con fuerza inaudita. Tira- 
mos más y sacamos la red hecha pedazos. 

Bl Sultán. — ¡Imposible! 

2." pescador. — Y hubo más, Señor; del fondo del río perci- 
bimos un sonido como si fuese de una campana. El cielo se ha- 
bía puesto rojo como sangre y el bosque parecía encendido por 
sus rayos. El agua misma, la clara y dulce agua del río se había 
vuelto turbia e inquieta. Alrededor nuestro la atmósfera se hizo 
tan rara que no podríamos explicártelo. Llevante la mano hacia 
mis ojos y sentí, cosa extraña, dos gruesas lágrimas, yo, que 
nunca lloro, Señor mío . . . 

icr. pescador. — ¡Ninguno de nosotros osó mirar a la roca 
maldita desde donde se lanzó al río la desdichada Halima! 

2.° pescador. — ...De repente oímos un canto lúgubre que 
llegaba del lado de las rocas . . . 

ler. percador. — Llegaba del lado de las rocas, pero nosotros 
mirábamos al lado opuesto . . . 

2." pescador. — Así fué . . . hasta que una fuerza irresistible 
nos obligó a volver nuestros rostros . . . 

ler. percador. — Y vimos. . . 

2." pescador. — ^Y vimos. \. 

Bl Stiltán. — ¿A quién, por fin? 

Los pescadores. — ¡A Halima, Señor! (Voces de admira- 
ción). 

La Sultana. — Vamonos de aquí, amado mío: esa mujer ha 



HALIAÍA 63 

encantado todo y a todos. Fué una hechicera. Olvídala. , . Ven a 
nuestro alcázar y me sentaré a tus pies, besaré tus manos y 
bendeciré todas las horas de tu existencia. ¡Ven, amado mío! 

El Sultán. — ¡Quiero saber toda la verdad! 

La Sultana. — L,a verdad de la ilusión, mi Señor... 

Bl Siiltán. — {Al Visir). ¿Qué dices tú, que siempre callas? 
¡La leve sonrisa en tus labios me irrita y tu cabeza majestosa 
de profeta me inspira el deseo de verla en manos del verdugo! 

El Visir. — (Sonriendo ligeramente). ... Pronto caerá por 
sí misma, Señor ... Sé paciente . . . 

El Sultán. — ¿Qué dices tú a las palabras de la Sultana? 

El Visir. — . . . tanto vale conocer la verdad de la ilusión, 
como la ilusión de la verdad . . . 

El Sultán. — (Irónicamente). ¡Celebro tu sabiduría!... (A 
los pescadores). ¡Continuad vuestro relato! 

ler. pescador. — . . . era divinamente hermosa. . . 

2." pescador. — ... sus largos cabellos sueltos cubrían su 
cuerpo que parecía de nácar . . . 

El Sultán. — ¿Qué decía en su canto? 

ler. pescador. — ¡ No se entendían las palabras ! 

2." pescador. — Salvo una, Señor, salvo una. 

El Sultán. — ¿Y esa fué? 

Los pescadores. — Nadar. . . 

El Sultán. — (Sombrío). ¡El nombre de su amante! 

ler. pescador. — ¡El nombre de su amado. Señor! 

El Sultán. — . . . del hombre más feliz en el mundo. . . (Ri- 
sas maliciosas de algunos esbirros). 

Un esbirro. — ¡ Quisiera ver esa cara feliz, cuando lo encuen- 
tre y lo entregue a las manos del verdugo. Já-já. . . 

El Sultán. — ¡ Basta de palabras ! ¡ Levantad las velas ! ¡ Pre- 
paraos a partir! 

La Sultana. — ¿Dónde, amado mío? 

El Sultán. — ¡ A recorrer todo el río ! De un extremo al otro, 
sin descanso, hasta encontrar a Halima! ¡Adelante, adelante! 

Amet. — (Capitán del barco). El cielo se ha nublado, Se- 
ñor, y el viento Sur anuncia una tempestad. 

El Sultán. — ¡ Cumplid mis órdenes ! 



64 NOSOTROS 

Amet. — ¡La tempestad será terrible, Señor! Corremos pe- 
ligro... 

Bl Sultán. — ¡ Más peligro corres tú en contradecirme ! 

Amet. — Mi vida está en. manos de Alah. . . El río tiene es- 
collos peligrosísimos, Señor, y el barco, al chocar contra ellos, 
puede romperse en mil pedazos . . . 

El Sultán. — ^i Ocupa tu puesto y cumple con tu deber ! {Amet 
inclinándose se aleja). 

La Sultana. — ¡ De mí te olvidas ! . . . 

El Sultán. — ¡No!... (grita a sus marinos): ¡Abrid cami- 
no a vuestra soberana! (A dos esbirros): ¡Conducidla al al- 
cázar ! 

La Sultana. — . . . Me quedo . . . contigo . . . 

El Sultán. — ^Tu vida correrá peligro... 

La Sultana. — Mi vida eres tú. . . No tengo más vida que tú... 

Los pescadores. — ¡ Nob'.e Sultana, te besamos las manos... 
¡Que Alah te bendiga!... (Bajan del barco). 

El Sultán. — (Como en un acceso de locura, corre de un lado 
al otro). ¡Adelante! ¡Todos a sus puestos! ¡Adelante! ¡Ade- 
lante ! (A lo lejos relampaguea . . . ) 

Escena II 

La muchedumbre en la orilla del río. 
Entre ella Zulema, la madre de Ilalima. 

ler. campesino. — Vamonos. La tempestad se acerca.. . 

2." campesino. — (Mirando al cielo). Está lejos aún... 

3er. campesino. — El tirano está furioso porque no tiene el 
mismo poder sobre los muertos que sobre los vivos . . . 

ler. campesino. — . . . Pero se cree más fuerte que la tempes- 
tad. . . ha desafiado a la tempestad y se lanzó contra viento y 
marea . . . 

Un anciano. — (En vos baja). . . . Huye de sí mismo. . . 

Zulema. — (Solloza). Halima. . . Halima... 

Voces. — Es Zulema, la madre de Halima. . . 

Una voz. — ¡ Pobre madre ! . . . 

Zidema. — (Llorando). ¡Tan hermosa y tan buena se quitó 
la vida, olvidándose que mataba también a su madre. . . 



HALIMA 65 

Un campesino. — ¿Por qué se quitó la vida su hija? 

Voces. — i No lo sabes ? Oid ... no lo sabe . . . 

Bl campesino. — Nada sé. Soy de otro pueblo y al verlos 
reunidos aquí, me acerqué . . . 

Zulema. — {Contenta de poder hablar de su hija). Yo te lo 
contaré... Halima y yo hemos sido felices... Teníamos bas- 
tante para vivir y nunca faltaba en casa el pan y la alegría. 

La alegría la traía Halima . . . Cantaba siempre ... a la vi- 
ída. . . al Sol, a las estrellas, a las flores, a Alah. . . Debía casar- 
se con Nadar, el cazador. ¡ Oh, cómo se amaban ! . . . Eramos fe- 
lices los tres : Halima, Nadar y yo, y no sabíamos que la desdicha 
estaba cerca. 

Un día, ¡qué día fatal!, el Sultán, al pasar a caballo con su 
séquito frente a nuestra casita, vio a Halima, y por desgracia 
nuestra se enamoró de ella. . . Desde aquel día la paz huyó de 
nuestro hogar... Mensajero tras mensajero vinieron a conven- 
cer a Halima para que fuera la amante del Sultán. ¡ Qué regalos 
no llevaron consigo! Perlas y diamantes, záfiros y rubíes, esme- 
raldas y turquesas, todo lo ponían a los pies de mi Halima. 

Una mujer. — ¿Y ella? 

Zulema. — Lo rechazaba todo con desdén . . . 

La mujer. — ¡ Qué tonta fué tu hija ! 

Zulema. — {Sin escucharla). Rechazaba todo y a todo tenía 
una sola contestación : Amo a mi Nadar . . . Amo a mi Nadar. 

Una voz. — Tu hija fué tan hermosa como una estrella ma- 
tutina . . . 

Zulema. — Nadar se volvía cada vez más y más sombrío . . . 
Riñeron. . . Antes nunca había entre ellos la más leve discordia. 
Yo todo lo escuchaba y lo veía, pero hacía como si fuese sorda y 
ciega. El le reprochaba su infidelidad. Pobre Nadar, enceguecido 
por los celos él se imaginaba lo que Halima no tenía ni en su 
pensamiento ni en su corazón. "Toma las joyas, le decía, y vete 
a vivir con el Sultán. Serás su amante, tendrás muchos servi- 
dores y vivirás en un hermoso alcázar. El Sultán te ama . . . 
Caminarás sobre flores y te olvidarás de tu Nadar." Y lloraba el 
pobre. . . Y mi Halima se sentaba a sus pies, tomaba sus manos 
en las suyas y las besaba, y las lágrimas de mi Plalima se mez- 
claban con las lágrimas de Nadar. 



66 NOSOTROS 

{La muchedumbre escucha con ansiedad). Una noche, oh 
Alah, ¡ qué noche fué aquella ! me despertó un grito de angustia, 
el grito de mi Halima. . . Se debatía entre los brazos de los es- 
birros que el Sultán envió para robármela; gritaba desesperada- 
mente: ¡madre mía, sálvame! Yo, arrodillada, uní mis manos, 
implorando me dejasen a mi hija, mi único bien, pero fué en 
vano ; me arrastré por el suelo, me abracé a los pies de los ver- 
dugos. . . todo fué inútil; se llevaron a mi hija, se llevaron a Ha- 
lima. . . Y desde entonces, queridos míes, no dejo de llorar, mis 
ojos están ciegos de llorar... 

Voces. — ¡Venganza, venganza contra el tirano infame! 

Ziilema. — Ayer supe que se había muerto arrojándose al 
río, y no sé cómo vivo aún, ni para qué Alah necesita la vida de 
su pobre sierva, de su pobre sierva desdichada. . . 

Voces. — I Venganza, venganza ! 

Una mujer. — ¿Y Nadar? Dinos, madre: ¿qué se ha hecho 
de Nadar? 

Zulema. — . . . No sé, hija mía. . . Cuando supo el rapto de 
Halima, se volvió loco . . . Desde entonces no lo he vuelto a 
ver . . . 

Una vos. — Su cabeza está a precio . . . 

Voces. — Lo sabemos, pero nadie lo delatará. 

Ismael. — ^Já, já ! . . . 

Voces. — ¡Es Ismael! Buscadlo... buscadlo... ¡Ah! aquí 
te tenemos . . . 

Ismael. — ¡ Déjenme ! . . . Soy servidor del Sultán. . . 

Voces.— ^l Traidor ! . . . 

Ismael. — No soy traidor. 

Una r'Oi:.—¡ Verdugo ! ¡Vil traidor, que vende a sus her- 
manos ! . . . 

L^mael. — Soy servidor del Sultán, y ¡ay de Nadar si se en- 
cuentríi en mi camino . . . 

Una vos. — ¿Lo delatarás? 

Ismael. — Lo entregaré al Sultán y cobraré el precio de su 
cabeza en oro sonante. 

Voces. — ¡Traidor, vil! 

Una vos. — ¡Matadlo! 

Ismael.— ^{No es visible para el público durante todo el tiem- 



HALIMA 67 

po que dura la escena. Se oye tan sólo su vos de angustia) : 
¡ Perdonad ! ¡ En nombre de Alah, perdonadme la vida ! 

La primera voz. — ¡Matadlo en nombre de Alah! {^Se levan- 
tan varias manos y aplastan al espía . . . Muchos, aterrorizados, 
huyen). De repente, llega un grito del lado de las rocas i ¡Ha- 
li-ma ! ¡ Ha-li-ma ! 

Voces. — i Es Nadar ! ¡ Es Nadar, el loco Nadar ! . . . Va- 
monos, vamonos de aquí. . . El lugar está embrujado. (La muí- 
titud se dispersa... Sobre la escena queda el cadáver del espía. 
Se- repite el grito: Ha-li-ma, Ha-li-ma). 

Durante la escena se oyen con intervalos truenos lejanos que al final 
se acentúan, confundiéndose con los gritos de Nadar. 

Escena III 

El mismo barco en la orilla del río. Es media noche. 
En el barco, Malee y su perro. 

Malee. — {Acariciando al perro). Así es, amigo mío, todo 
tiene su fin, pero al terminar todo empieza de nuevo; el princi- 
pio y el fin se confunden. Así es . . . A la primavera con sus ro- 
sas y sus flores, sigue el verano caluroso, después viene el otoño 
y caen las hojas y la tierra se entristece, hasta que el invierno la 
envuelve en su manto blanco de nieve . . . Pero después del in- 
vierno vuelve de nuevo la primavera con sus rosas, con sus flo- 
res y con sus pájaros. . . ; lo único que no vuelve, amigo, es la 
vida : lo muerto, muerto está . . . Nadie devolverá la vida a nues- 
tra Halima. ¿Qué dices? ¿piensas lo mismo? Así es, amigo; el 
perro y el hombre sabemos que la muerte no devuelve su presa... 

Te diré otra cosa, ya que eres el único ser en el mundo que 
has venido a verme . . . , debes saber que el río se negó a devolver 
el cadáver de la pobre Halima. Dos días y dos noches duró la 
tempestad y estábamos a punto de perecer. El viento silbaba, bus- 
cando estrecharnos en sus brazos vigorosos, pero el Sultán le- 
vantaba su voz que se confundía con el rugido de la tempestad 
y ordenaba seguir adelante. Todos temblaban; sólo la Sultana 
oraba en silencio. 

Te digo la verdad, amigo, la pura verdad : el río escondió 



68 NOSOTROS 

para siempre el cuerpo de la desdichada Halima. ¿Porqué lo 
hizo ? Porque Halima es de Nadar y no del Sultán . . . 

Y te diré en voz baja, muy baja. . . : el Sultán, nuestro gran 
Sultán, es un tirano . . . nos roba las haciendas, nos transforma 
en esclavos y nos arrebata lo que vale más que ricas haciendas y 
que todos los tesoros del mundo : nos arrebata nuestros seres que- 
ridos. . . j Ah! podría contarte una larga historia. . . pero, ¿por- 
qué te inquietas? ¿qué buscas? Nadie está en el barco desde que 
lo dejaron el Sultán y su séquito. ¡ Cálmate ! Solos estamos 
aquí: yo, tú, y ese río magnífico en que se miran las estrellas, y 
aquel bosque espeso, envuelto en el manto negro de la noche que 
parece dormido, y aquellas rocas que se esfuman en lontananza 
y que se han vuelto lúgubres desde que vieron a Halima lanzarse 
al río, y . . en alguna parte del río, en su fondo mismo, está Ha • 
lima acariciada por sus aguas dulces y buenas, y, por encima de 
todo, levanta tu vista, amigo; por encima de todo está el subli- 
me Alah. . . 

Pero ¿ por qué te inquietas ? ¡ Habrá subido alguien al barco ! 
¡A esta hora! (Se acerca Nadar). 

Malee. — ¿Quién eres, amigo? ¿No contestas? ¿Qué quie- 
res? ¿Qué buscas aquí? 

Nadar. — Busco la muerte. 

Malee. — ¿Y por qué viniste a buscar la muerte aquí y no 
en otra parte? Te equivocaste de sitio, amigo; aquí no hay más 
que seres felices: este perro y yo, y el cielo estrellado, y la cal- 
ma del aire, y el leve murmullo del río, y la paz en las almas, y 
Alah en los cielos . . . 

Nadar. — ... Soy Nadar... 

Malee. — ¡Ah! tú eres Nadar y vienes a preguntar por tu 
Halima. . . No la encontraron. El río se apiadó de Halima y de 
tí y no entregó el cuerpo de la muerta al tirano. (Bondadoso). 
Siéntate, Nadar . . . aquí . . . Reparte el bocado con el perro y 
conmigo. Me imagino que no has comido durante varios días. 
¿Rechazas? No soy un Sultán, para que apartes mi mano. ¿Ves? 
¡te lo doy con todo el corazón! (Nadar toma el pedazo de pan 
de manos de Malee). 

Malee. — Y ahora, mi querido huésped, te prepararemos un 
lecho. . . la noche es avanzada y el sueño nos hará bien a todos. 



HALIMA 69 

{Preparando la cama). No será muy blando tu lecho, pero más 
duro es el fondo del río hacia donde tú lanzas constantemente 
las miradas ; nosotros, mi amigo y yo, iremos a acostarnos lo más 
lejos posible, para no serte molestos. 

Nadar. — ¿ Sabes que mi cabeza está a precio ? 

Malee. — ¿Cómo no he de saberlo? ¡Todo el mundo lo sabe! 
j pero aquí no hay delatores, amigo ! No te delataremos ni el 
perro, ni yo . . . Duerme tranquilo y que Alah sea contigo ! 

Nadar. — (Solo). Se acerca al borde del barco. En voz baja: 
Halima, . . Halima. . . (estira sus brazos para lanzarse al río; 
es detenido por una voz suave que pronuncia su nombre). 

Nadar. — ¡Es la voz de mi Halima! 

Halima. — ¡ Nadar ! 

Nadar. — ¡Es Halima! ' 

Halima. — ^Amado mío . . . ¡ Nadar ! 

Nadar. — (Dase vuelta. En la obscuridad se destaca una si- 
lueta de mujer). ¡Oh, HaHma! Tú, tú. . . {La toma en sus bra- 
zos, la cubre de besos). Eres tú... No sueño... ni estoy deli- 
rando . . . Son tus cabellos hermosos los que acaricio con mis ma- 
nos, es tu dulce boca la que beso, son tus ojos que cautivan, los 
que me miran al alma. Eres tú . . . tú . . . Tú no has muerto . . . 
Cuéntame, cómo te salvaste. . . Te escondiste en medio de las 
rocas y ahora has venido a reunirte conmigo ... ¿ Cómo has vi- 
vido tantos días sin alimentarte ? ¡ Ah ! . . . por eso estás pálida, 
tan pálida como si de verdad hubieras muerto . . . Amada mía . . . 
Alma mía . . . Toma ese pan, me lo dio Malee, el bueno de Ma- 
lee .. . Lo rechazas, no lo quieres . . . Dime que mi aliento te 
fortifica, murmúrame que mis besos te devuelven la vida. . . ha- 
bla, amada mía, te lo suplico . . . 

Halima. — ¡ Nadar ! ¡ Nadar ! 

Nadar. — No dices más que Nadar, no sabes más que repe- 
tir : Nadar ... Y yo te suplico, dime cómo te salvaste, cuéntame 
cómo se produjo ese milagro. . . No contestas. . . no contestas. . . 
Pero tú estás viva, alma mía, a tí te abrazo, a tí te beso las ma- 
nos, a tí te acaricio los pies . . . Pero tus manos y tus pies están 
helados y extf aña tu mirada . . . Habla, querida, habla . . . por- 
que este silencio me mortifica, me aterra tu silencio ... ¿Te dor- 
miste ? . . . Te dormiste en mis brazos como un niño en el rega- 



70 NOSOTROS 

zo de su madre . . . Duerme tranquila, amada mía, tu Nadar está 
contigo, ya nunca te abandonará tu Nadar ... i Cómo te anhe- 
laba, alma mía, cómo te buscaba ! Ya iba a reunirme contigo en 
el fondo del río cuando se produjo ese milagro: tú has vuelto 
a la vida y estás en mis brazos . . . pero estás fría y mis manos 
se hielan al contacto con tu cuerpo ... y tus cabellos están húme- 
dos, como si recién hubieras salido del agua. . . y tus ojos cerra- 
dos ! Oh, estoy loco, estoy loco . . . Despierta . . . Despierta . . . 
Todo está tranquilo ... y tú duermes confiada como una niña 
en los brazos de su madre. . . y yo estoy loco. . . beso tu frente 
tan clara como el marfil, arreglo tus cabellos que te cubren como 
un manto, te levanto alto, muy alto y grito : Halima es mía . . . 
Halima es mía . . . ¡ quién se atreverá ahora a arrebatarme a mi 
Halima ! El mismo Sultán ... j Ah ! . . . Ahí viene el enemigo, 
el monstruo, ya se acerca . . . alarga su brazo maldito, quiere ro- 
barme a mi Halima (grita desesperadamente): No... No... 
Despierta, Halima . . . Despierta ... el Sultán de nuevo busca 
apoderarse de tí, el tirano extendió una red sobre toda la tierra 
para apresarte. ¡ Socorro, socorro ! . . . 

Halima. — Amado mío, no temas. El Sultán no tiene poder 
alguno sobre la muerte. 

Nadar. — ¿Y a quién tengo en mis brazos? 

Halima. — A tu Halima, a tu Halima tienes en tus brazos . . . 

Nadar. — . .. ¿Pero has muerto?... 

Halima. — No para ti. Sigo viviendo para ti porque me amas 
con toda tu alma, Nadar. 

Nadar. — . . . ¿Y esa boca que me besa? 

Halima. — ^Es de tu Halima. 

Nadar. — . . . ¿Y esos ojos en que se hunde toda mi pena? 

Halima. — Son de tu Halima. 

Nadar. — ... ¿Y ese corazón, cuyos latidos oigo tan clara- 
mente ? 

Halima. — Es de tu Halima. 

Nadar. — ... ¿Pero estás muerta?... 

Halima. — Estoy muerta. Nadar. {Nadar entre gemidos, se 
¡desvanece. Entra Malee con una linterna en la m^no, acompa- 
ñado del perro. La escena se ilumina con una luz rojiza. Nadar 
yace en el suelo muerto.) 



HALIMA 71 

Malee. — (Menea la cabeza). Es lo mejor que ha podido 
sucederte, Nadar. (Dirigiéndose al perro). ¿No es cierto, ami- 
go mío? (Acomoda el cadáver en el lecho preparado anterior-^ 
mente.) 

FrN. 
Buenos Aires, Febrero de 1922. 



POESÍAS 



Gracias te doy por mi dolor 



GRvVCiAS te doy por mi dolor. 
Por mi dolor sagrado 
Que me torna en capas de eterno amor. 
Por él en ti me siento trasformado, 
Amoroso Hacedor. 
Si esta alma que me diste 
Sólo fuera capaz de la alegría 
Yo tu celeste voz no escucharía 
Sino a medias. Señor. 
Por eso, estando triste. 
Siento la augusta dicha en que consiste 
La existencia y su candido- esplendor. 



* 



Son las blancas estrellas 
Signos del soberano sufrimiento 
Que tiene el vasto mundo en movimiento. 
Son las límpidas huellas 
Del espíritu trágico que anima 
Mi ser y que en ti mismo es suma esencia. 
Bajo su luz afronto la existencia. 
Que en ellas tu dulzura me sublima, 
Y pienso que la muerte 
Equivale tan sólo a una apariencia 
No menos transitoria 



poesías 73 

Que el reverbero de oro del- rocío. 

Así yo soy el fuerte 

Dominador de la terrena gloria, 

Porque el dolor es mío, 

Porque es mío el dolor, 

Y en el ser esencial sin valla viva, 

Sin límite de edades 

Que el Universo para el Bien motiva. 

En ti, puro Señor, 

Me abismo coronado de santas claridades. 



Cáliz de luz etérea 



ALTA noche de luna. 
Bajo la brisa gélida 
Preludian los mustios duraznillos 
Vago cantar de pena. 
¡ Quizá las tristes notas 
Venían de la entraña de fuego de la tierra! 
Semejaban los rígidos arbustos 
Ubano sideral en la tiniebla. 
El agua plateada 
Era una luna inmensa. 

Imploré al infinito. . . 
Acostado en la arena 
Movíase en mi mente el Universo. 
Mis ojos penetraban las tinieblas. 
Por ellos en mi sangre 
Entraba el río de oro de las dulces estrellas. 

Repetían las aguas 
Su adusta melopea. 
Una lunar gaviota 

Sesgó en rápido vuelo las blancuras etéreas. 
Lo mismo que ante un ara 



74 NOSOTROS 

Me arrodillé en la arena. 

¡En el hueco temblante de mi fnano 

Recogí un agua azul, viva de estrellas! 

Y bebí el infinito 

En ese momentáneo cáliz de luz eterna. 



Fugaz belleza 

DEL verde camalote 
Una flor arranqué. Las aguas límpidas 
Semejaban m« nujnto de zafiro. 
A casa me volví con la flor lila. 

Decíame: es profundo 
Como la Muerte el enervante aroma 
De esta flor, y sus pétalos ¡tan bellos! 
Parecen de amatista vaporosa. 
Nunca mejor regalo 
Brindó al hombre el bogar bajo la aurora. 

Humeaba el crepúsculo. 
Fué entre su opaca púrpura mi asombro. 
Negra y viscosa vi la flor egregia. 
Ya sin perfume era cual tenue lodo. 
¡Era cual lodo escurridizo y negro 
La flor en el crepúsculo de oro ! 

Arturo Vázquez Cey. 
Paraná, 1922. 



MAÑANA... 



C STADA tendido en la cama. Boca arriba. Los ojos tristes, 
'— • como olvidados, fijos en el techo. Recién se despertaba. 

Sentía cierta fatiga. Los hombros doloridos, la cabeza, va- 
gamente pesada, también. Paladeó un momento, y torcióse su 
boca en un visaje de asco. Se revolvió pesaroso en el lecho. 
"¿ Qué hora sería . . . ?" 

Husmeó en su torno. Sentía como un efluvio de frescura. 
Esparcidas por el cuarto veíanse unas frescas hojas de vid. Por 
'la banderola abierta, alguna racha matinal las había traído. 

Miró hacia afuera a través de los blancos visillos de la ven- 
tana. Abstraído quedó mirando largo rato. Los cristales le pa- 
recieron picados de rocío. 

El verde de la tupida parra transparentado vagamente por el 
sol, cobraba tono y encanto esmeralda. Por una que otra aber- 
tura veíanse claros retazos de cielo. Olvidó su fatiga cual al lle- 
gar se olvida la pesadez del haz. Y, presintiendo la mañana es- 
plendorosa, fresca, retadora de amor, sus nervios, como al roce 
de un muslo femenino, se tendieron vibrando. 

El día anterior sábado, había hecho, para cumplirlo aquella 
mañana, el propósito de madrugar. Al atardecer reafirmó su re- 
solución poniéndose torvo y haciendo, con el ademán, un movi- 
miento enérgico de avance. Ahí, sobfe el velador estaba, la copa 
hacia abajo, el sombrero de paja no estrenado aún. Dentro de él 
la corbata elegida, que era la negra volandera. Recordando indig- 
nado los otros propósitos de igual índole, todos frustrados, era 
que, la tarde anterior, habíase puesto torvo. 

"Pero será posible que yo . . . ¡ No ! ¡ No ! Mañana me verá 



76 NOSOTROS 

el alba en alguna colina. Tendré ofrendando a las rachas el pe- 
cho , la frente, la cabellera. Aproximaré la voluntad a mi espí- 
ritu como unos labios panidas al canuto melódico. Y entonces . . . 
entonces, alzado en vilo por la inspiración, lograré el canto prodi- 
gioso que pugna y bulle en mí alma". 

Después de cenar habia rogado resuelto a la dulce madre: 
" — ¡Mamá! Mañana, ¿Sabes? Al clarear no más... ¡No! An- 
tes... Cuando te levantes para ir a tu primera misa. . . ¿Conve- 
nidos, mamá? ¿Me despertarás? ¿Cierto? 

Las hermanas lo miraron en silencio. Se agitaba pálido y 
con los ojos extrañamente febriles. 

La mirada de la madre dulce y siempre intranquila por el 
hijo enfermo, se empañó de pena. 

" — Sí, hijo... Ya sabes lo que dijo el médico... Te hará 
bien ... ¡ Y me alegrarás mucho, mucho, no te imaginas cuánto ! 
Pero ahora, sosiégate... Pasemos a la sala... Tú, Laura, toca- 
rás un poco el piano... La oiremos todos juntos y después, ¡a 
descansar! ¿Me harás caso, hijo? Una vez siquiera. ¿Verdad?'* 

Agachó el hijo la cabeza dejando ver la nuca flaca y lívida. 
Al rato la levantó, sereno ya. 

" — Pero, mamá. . ." La miró un momento y viola angustio- 
samente suspensa de su respuesta. Se contrajo receloso y como 
dolorido. En seguida volvió la agitación a ponerle febriles los 
ojos. De pie, estremecióse, agitando los brazos. — "Ustedes es- 
tán obsesionados ! ¡ Me creen enfermo, sin voluntad, agonizan- 
te!..." 

" — Pero, hijo, quien..." 

El ansia cruel, con que tantas veces había luchado, volvióle 
potente. Esa vez, creyéndose humillado por la angustia materna, 
ni forcejeó. 

" — Y si fuera cierto... ¡digan! díganme: ¿Quién tendría 
la culpa? ¿Yo acaso? ¡A ver! ¡Digan! ¡Hablen!" 

" — Hijo. . . por Dios. . . cálmate. . . Si yo. . ." 

La madre, ahogada la voz, lloraba en silencio. Su cabeza 
cana doblada, como en la penumbra de un hoyo, sobre el hundido 
pecho . 

El costado izquierdo palpitaba contraído de dolor. 

"—Hijo... si yo..." 



MAÑANA... 77 

Todo había pasado como una racha fría. En el hijo la exal- 
tación súbita, acaso inconsciente, tuvo sólo una intensidad oscu- 
ra y fugaz. El llanto materno calmóle. Y rodeó amoroso el cue- 
llo de la anciana. 

" — Mi "vieja"... ¿Tú me haces caso? Tonta... Pero de- 
ja... deja que te serene la frente con un beso... Mi "vieja" 
querida. . . Mañana, ¡ya sabes!, zamarréame sin consideración. . . 
Ahora voy a tranquear un rato... Vuelvo en seguida... Tú, 
Laura, empieza "La Sonatina" . . . Antes de que la termines es- 
taré de vuelta ..." 

Salió seguido por las miradas de las hermanas y de la ma- 
dre, llorosa aún. El hombro izquierdo, flaco y hundido. 

Iba un poco avergonzado. "¡Pobre vieja!" Ella con el do- 
lor de todos agrandado en el inmenso suyo . También es demasia- 
do aprensiva ! Pero mañana ... ¡Ya verá ! Yo estaré despierto 
antes del primer rumor de la mañana ... Al rato oiré sus pasos 
leves. . . En seguida, suave, el crujir de la puerta. . . Me haré el 
dormido . . . Ella cautelosa asomará la cabeza . . . Aceleraré la res- 
piración y me creerá sumido en profundo sueño . , . Sintiendo 
pena de despertarme quedará indecisa ... La puerta muy suave 
se volverá a cerrar... Oiré con los ojos entornados la primera 
campana llamando a misa. Al rato, otra vez, crujirá la puerta. 
Volverá a dudar. Pero viene con el desayuno. Oigo el temble- 
queo de la taza sobre la bandeja, siento el aroma del chocolate. 
Lo va a depositar, de puntillas, sobre el velador. Doy, entonces, 
un estruendoso ronquido. Se sobresalta y la bandeja duda en 
sus manos. Sofocada murmura: "Qué muchacho este..." Se 
sienta, sigilosamente, al borde de mi cama. Así pasa un rato. 
De pronto escucha: Es la segunda campanada. Y al fin se 
anima : 

"— j Raúl ! ¡ Raúl ! Que ya es tarde ..." "— ¡ Hijo ! ¡ Vamos ! 
¡Levántate!..." — Que son las 7, hijo... Sé bueno... ¡Arri- 
ba ! — Que son las 8, Raúl . . . Vieras la mañana ¡ qué hermosa 
está! Vamos, hijo..." Se desespera. Su mano rugosa apenas 
toca mi hombro. " — 'Pero, hijo... ¡Raúl!" Nada. " — Mira que 
es tarde . . . Son las 9 . . . El desayuno se te enfría ... La mañana 
se va ... " 



78 NOSOTROS 

Suena la tercer campanada. Nótase en su son una inusitada 
prisa. Parece que apremia: 

^' — Sé bueno. . . Hazme caso, hijo. . ." 

No puedo sabiendo su angustia, retenerla más. Voy ya. Pe- 
ro... ¡No! ¡La alegría no sería tanta! Sigo roncando. " — Hijo, 
hijo... Qué muchacho este, Dios mío... — Hijo..." La con- 
goja quiebra su voz... Sale para buscar el velo y el libro de 
misa. Vuelve. La siento aproximarse, ansiosa. Se asoma espe- 
ranzada en que Dios habrá escuchado su ruego, despertando a su 
hijo. Pero no. Cree ya todo inútil. "Oh, Dios mío..." Se dis- 
pone a irse. Inclínase, suave, tierna, para besarme. . . Me cuelgo 
a su cuello. . . " — Mi "vieja" querida. . . Si estaba despierto. . ." 

La alegría que reservaba a la madre, la seguridad de su rea- 
lización llenóle de regocijo y ánimo. Sintió el murmullo incitan- 
te de la noche cálida . Todo rumor parecía bisbiceo . . . 

Había caminado unas cuadras, cuando alguien lo tomó del 
brazo. Se volvió sorprendido. 

—¡Hola!, tú... 

—Yo... 

— ¿Hacia dónde? 

Tomados del brazo, perdiéronse, hablando animadamente. 



* 



"¿ Qué hora sería" Fijóse, entonces, que sobre el velador es- 
taba el desayuno. Se incorporó súbito. "¡ Diablos !" Llevóse la 
taza a los labios y la retiró en seguida. Estaba fría. Se dejó caer 
sobre la cama. Sentía otra vez, la boca, amarga, los hombros do- 
loridos. Se apretó la frente. "Yo no sé..." 

Recordó que había trasnochado. Pero al acostarse la reso- 
lución de madrugar estaba enhiesta en su ánimo. Segurísimo de 
cumplirla se había dormido. 

Ahora ya serían las lo. . . Miró otra vez por la ventana. . . 
Parecióle que el sol calcinaba todo. Los escasos transeúntes an- 
darían rozando las paredes, sudorosos . . . Cruzando la calle o en 
algún solitario zaguán se vería uno que otro perro, la lengua go- 
teando . 



MAÑANA... 79 

¡Ya serían las lo, las ii! Y él, ahí, dolorido el cuerpo, la 
boca amarga. 

¿Y la alegría guardada a la madre para esa mañana? Pobre 
"vieja"... La habría dejado ir así no más... Quizás profirien- 
do, en la inconsciencia de la fatiga, alguna palabrota. "¡Si pare- 
ce mentira ! . . . " Apretando la cara en la almohada se le sintió 
sollozar. Una puntada larga, interminable, le atormentaba el co- 
razón. Poco a poco 'la fué olvidando. Y quedóse dormido. 



Cuando despertó serían las seis de la tarde. Oscurecía. 

Todo en silencio. De pronto el fragor del tren pasando por 
el puente cercano. Un silbido, cerca, estridente ; otro lejos, apa- 
gado, apenas perceptible. 

Junto a la puerta oyóse a un grillo . Más allá la acequia mur- 
murante. I/OS ojos y el espíritu fijos, quedó asombrado como 
ante un inesperado presente. 

Era una dulce paz desprovista de deseos. Un abandono. AÜ- 
go inmaterial. Parecíale tener la cabeza sobre un hombro amado. 
Pasó un rato tras otro. Oyó, de repente, voces cerca de su cuar- 
to. Y tembló de misteriosa angustia. 

Las oyó más cerca. Una sonaba alta, cantarína. Las otras 
quedas . 

" — ¿Pero vamos a ir solas? ¿Y tú hermano?" Los ojos del 
enfermo cobraron rara ferocidad... 

— "l Despacio ! ¡ No hagas ruido ! ¡ Qué muchacha ! No ves 
que duerme . . . Mamá encargó que no lo molestáramos . . . Tras- 
nochó y ha de estar cansado. . . 

Siguió un rato el murmullo. Y las voces se alejaron. 

Volvió a oír junto a la puerta el canto del grillo. Más allá la 
acequia murmurante. Sonrió. Era Luisa la muchacha rubia de 
los labios húmedos... Siempre lo miraba con los ojos entorna- 
dos y lo llenaba de diosmas . ¡ Si sólo faltaba que se le colgara al 
cuello! Sintió fugaz un tironeo en el corazón. Y su boca se con- 
trajo un momento. El... él se le mostraba hosco, cierto... y, 
a veces, hasta cruel ... i Por qué ? Vaya a saber . . . Pero le escri- 
biría un poema . . . Mañana mismo ... Sí . . . El estaba seguro 



80 NOSOTROS 

que la quería. Bueno. El quería a todos. A las hermanas, a Lui- 
sa, al sol, al aire ... a los grillos ... al agua de la acequia . . . 

Se dobló un poco sobre el costado izquierdo. Parpadeó co- 
mo si no viera... "De mamá, ni que hablar... "Vieja" queri- 
da... ¡Ya verá ! . . . ¡ Ya . . . verá ! Mañana . . . Maña ..." 

Se estremeció... Mientras sus ojos se iban poniendo vi- 
driosos, sonreía . . . 

A'. Salvador Irigoyen. 

Buenos Aires, 1922. 



LAS GRANDES NOVELAS AMERICANAS 

*'Un perdido" de Eduardo Barrios 

Pocx>s libros nos han producido una impresión tan honda y con- 
turbadora como Un perdido de Eduardo Barrios. Pero he 
aquí que siendo una novela analítica, es también la obra de un 
formidable artista, que ora pinta, ora fotografía. El mayor mé- 
rito de este trabajo maestro, que basta, por sí solo, para definir 
ima gran personalidad literaria, es la concepción grandiosa, pues 
Barrios ha metido en su libro, no ya solo la historia emocionada 
de una vasta familia, sino también la vida palpitante de su cu- 
rioso país. ¿Recordáis la técnica ciclópea de Zola, aquel Zola de 
Germinal, que mueve muchedumbres?... Pues con Zola tiene 
un entronque victorioso el novelista chileno. Los que escribimos 
novelas, sabemos bien el trabajo que da mantener una docena de 
personajes en tal forma, que los rasgos de cada uno dejen de; 
confundirse con los de cualquier otro. Calcúlese, pues, el esfuer- 
zo realizado por este artista de América, presentándonos veinte- 
nas, quizás cientos de personajes, sin que echemos de menos en 
ninguno de ellos eso que suelen llamar los críticos "calor de hu- 
manidad". 

Desde luego, advertimos la ductilidad de Barrios, tan hábil 
para presentarnos un carácter sentimental, como para definirnos 
a un descreído ironista, como para caracterizar esos grotescos 
histriones que pasan por la vida como figuras de comedia. Nada 
se resiste a su pluma, que ahora parece tajante bisturí y que 
luego se convierte en pincel taumatúrgico. Barrios es psicólogo 
y filósofo, es descripcionista y sabe de los modernos proble- 
mas que en vano trata de resolver la Sociología. Al reproducir 
un lugar o una figura, tiene procedimientos diversos ; y mientras 



82 NOSOTROS 

para hacer el retrato de una suave heroína recurre a la limpia 
acuarela, para darnos un fondo sombrío sobre el que actúan fi- 
guras tenebrosas, recurre al aguafuerte tan rotimda y viril. De 
esto que llamaremos técnicamente "profusión de medios", emana 
la enorme variedad de su novela, semejante a una incursión por 
la selva, que nunca nos presenta dos anchos cuadros idénticos. 

¿Va a sernos posible sugerir el asunto de Un perdido f No 
estamos muy seguros de lograr tal empresa. En la primera par- 
te — en la primera línea — nos encontramos ya al protagonista, 
que es Luis, este niño de quien dice su familia toda, que "tiene 
alma de Vera en cuerpo de Bernales". 

El viejo experimentado, docto y sentimental, le ha dicho a 
su nietito: "Cuando seas hombre, trata de cultivar un arte". 
Esta sola recomendación nos dice ya la clase de hombre que es 
Papá Juan, figura admirable, la más romántica, generosa y her- 
mosa de todo el libro. Papá Juan pertenece a ese linaje de hom- 
bres superiores — superiores sin alarde, sin jactancia — que 
todos hemos admirado, aun niños, pues que el idealismo escapaba 
con sus palabras cómo un perfume, evocador de vastos panora- 
mas, sobre los que sus figuras aventajadas parecían recortarse 
con majestad. 

Papá Juan, que ha sido andariego en su juventud ("anda- 
riego a lo gran señor"), y misia Gertrudis, que vino de un viaje 
a Alemania con su catolicismo vigorizado, son los abuelos de este 
párvulo reflexivo y triste, cuyo crecimiento vamos a seguir, hasta 
verlo hecho un hombre sin voluntad, tan sin gobierno, que amán- 
dole mucho en su desgracia, vamos a irritarnos contra él, porque 
no lucha y se resigna a ser en la vida un vencido : "un perdido", 
como con una inmensa piedad escribe Eduardo Barrios. 

— Entonces — me diréis — , si tanto desagrada el carácter 
de Luis, ¿cómo puede agradarnos tanto una novela que tiene se- 
mejante protagonista? 

He ahí, precisamente, el triunfo del arte, la magnífica vic- 
toria obtenida por el artista. A poco de leer, Eduardo Barrios 
se adueña de nuestro ánimo. Nos sugestiona. Ha vencido la 
indiferencia y hasta destruido el "espíritu defensivo" del lector. 
Porque el lector — : vosotros lectores, ¿no lo habéis observado? 
— al abrir un libro, se dijera que intenta defenderse contra las 



LAS GRANDES NOVELAS AMERICANAS 83 

sugestiones del artista. Está deseando hallar una falla para de- 
cirse en su fuero interno: "Este paisaje está mal; ese carácter 
es falso, aquella situación es absurda". De ese modo, al final, va 
a tener la certeza de que la obra le satisface — en el supuesto 
de que le haya gustado — le satisface, repetimos, pero con reser- 
vas, con restricciones. Por eso los autores, que saben la clase de 
lucha que hay que sostener con el público (lucha simbolizada por 
un ingenio contemporáneo como la del domador y las fieras) 
optan, comunmente, por los asuntos simpáticos. 

Seguro de su fuerza, el gran novelista chileno no ha busca- 
do ventajas. Ha ido, derechamente, a explotar el hondo filón 
de la vida, tantas veces ingrata, pero tan llenas de sugestiones, de 
emociones, de enseñanzas . . . 

Nos resistimos a creer que haya en Un perdido episodios 
imaginados. Más bien se creería que el autor encadenó hedios 
que le fueron familiares. Desde luego, la niñez de Luis Ber- 
nales — en cuanto se refiere a la contextura espiritual — debe 
ser la niñez de Eduardo Barrios, carácter dotado de un senti- 
mentalismo precoz. El consejo de Horacio: Si vis me flere do- 
lendum est, primmn ipsi tibi (Si quieres que yo llore has de llo- 
rar tú primero), Eduardo Barrios lo cumple honradamente, es- 
crupulosamente. 

De una mujercita que creció "algo enfermiza por el mimo" 
(era unigénita"», "instruida con adorno y hacendosidad monjil, 
nace Luis Bernales. Su padre es un capitán de la guarnición 
de Quillota, el pueblo donde viven los Vera, en un viejo edificio 
andaluz, "con veintitantas habitaciones, ancho zaguán, un primer 
patio florido en arriates y un segundo plantado de naranjos, con 
hortaliza y quinta frutal en el fondo". Rosario, la madre de Luis, 
es una mujer sin relieve y el capitán, a poco de casados, vuelve 
al hogar ebrio, trascendiendo a esos perfumes intensos tan del 
gusto de las mujeres que... se entregan con facilidad. Cuando 
el militar riñe con Rosario y hasta se jacta de haber cenado en 
compañía de una artista de zarzuela, ella llora sin tregua. "Lloró 
toda la madrugada, mientras dormía su marido el sueño profun- 
do del alcohol ; pero a la mañana siguiente salió de su cuarto con 
la tranquilidad de una decisión". 

Luis nació cuando su hermanita Rosario cumplía los cinco 



84 NOSOTROS 

años. Anselmo, el primogénito, contaba seis. "Mucho querían 
ios abuelos a los otros niños, pero a éste (Luis) lo recibieron a 
la edad en que ya se principia a cüiochear". Anotemos rasgos 
esenciales en aquella infancia: "Se crió blando y modosito, tími- 
do con los extraños y tierno con los suyos. Tan solo el padre, 
que le atraía por el brillo del uniforme, le azoraba un tanto con 
sus exabruptos de soldado". Hay un detalle psicológico que 
acredita la finura del observador. Es aquel por el cual la fami- 
lia descubre una extraordinaria sensibilidad en la criatura. Cuan- 
do da un beso, suspira. "Los otros chicos ensayaron, besándole 
repetidas veces, entre risas maravilladas. En efecto, el niño de- 
volvía el beso, acurrucábase feliz en el regazo de su madre y 
repetía el suspiro, tembloroso de emoción". 

Y Papá Juan, todo comprensión cordial, explicaba a la hija 
desgraciada en amores: 

— Yo te aseguraría Rosario, si fuera un pedante, que en este 
niño ha florecido tu dolor. 

Porque Papá Juan sabe que el estado de nuestro ánimo, al 
procrear, "imprime su tono en el hijo". Y Rosario ha concebido 
a Luis cuando tenía su sensibilidad irritada. 

De este modo, con valiosos aportes psicológicos, con minu- 
ciosa atención, Eduardo Barrios nos va describiendo el alma de 
su protagonista. El jardín familiar exacerba su imaginación y 
debilita, con su fragante placidez, "las fuerzas de acción" del pe- 
queño. "Habituándose a soñarlo todo y a quedarse satisfecho 
de lo ilusorio, se hacía tímido". Y el psicólogo reflexiona: "Hay 
un instinto que enseña a los tímidos que solo en sueños es todo 
perfecto, sin dolores ni fracasos". Es curioso ver como se en- 
gendra — siendo muy pequeño Luis — el desacuerdo espiritual 
que ha de separar siempre de su padre al hijo. Y he aquí uno de 
los aspectos trascendentes, más útiles, de esta novela : lo que 
instruye respecto a la educación infantil. 

Para sugerir de qué clase es la ideología de Papá Juan, no 
tenemos más que copiar esta frase que dice un día, discutiendo, 
en presencia de su nieto: "La bondad y la poesía, que son hijas 
de la inocencia, ahondan más que la justicia". Aquella mañana, 
Luis que había cumphdo ya once años, "se marchó al liceo do- 
minado por la tristeza vaga de las cosas que no se entienden, y 



LAS GRANDES NOVELAS AMERICANAS 85 

que no obstante deprimen el corazón con entrevistos, sospecha- 
dos conceptos desfavorables a la propia personalidad". Ya en el 
prólogo de la obra, Manuel Gálvez — este novelista argentino 
con estructura balzaniana, como lo reconoce el propio Barrios — 
nos ha dicho que Luis es "un descendiente espiritual de Federi- 
co Aíoreu y, como el admirable personaje de la novela de Flau- 
bert, una víctima de la educación sentimental". Su ascendencia 
novelesca, habría que buscarla en el Adolfo y en Wherter. 

No podemos seguir, paso a paso, el robusto desenvolvimien- 
to de la novela, pues el empeño nos exigiría un muy grande tra- 
bajo de síntesis, reclamando muy ancho espacio la publicación. 
El novelista relata costumbres chilenas, sencillas, pueblerinas, de- 
votas, y nos sugiere aquella naturaleza a fuertes pinceladas, como 
puede apreciarse en esta lacónica descripción del verano: 

"Pronto avanzó noviembre con la preparación de exámenes, 
y días bochornosos. Disminuían los paseos. El campo perdía 
sus atractivos. El sol parecía un crisol candente dentro de un 
horno, rabiaba el azul del cielo, retorcíanse como torturados los 
rastrojos amarillos y el viento no hacía más que levantar nubes 
de polvo en los callejones y poner cenicientos los árboles". 

Misia Gertrudis, cada vez más devota, muere en forma ex- 
traña, mientras organiza sus fiestas religiosas, aquellas fiestas 
que Papá Juan, el esposo, siempre descreído, iba a ver de cuan- 
do en cuando. Porque "era sensible a la grata emoción que cau- 
sa el sentir a una muchedumbre de almas obscuras, gruesas y 
torpes, afinarse, aun cuando ello sea temporal y artificiosamente, 
en un. concierto apacible de gesto, visión, perfume, color y so- 
nido". Un deseo de elevación nacía en todos los pechos. ¿Divi- 
nidad?... ¿Poesía?... Para el viejo caballero chileno las dos 
palabras representaban lo mismo. La abuelita se mató, rodando 
del altar, abrazada a la virgen que en aquel momento estaba vis- 
tiendo. Sólo la forma como Barrios describe este episodio, con 
sus efectos dentro de la vieja casona de los Vera, da idea de su 
singular capacidad de novelista. 

Ruedan los días de una manera gris y dolorosa, apagada- 
mente, dentro del caserón. Rosario, la mamá de Luis, enferma 
a consecuencia de la desgracia. Debemos prepararnos para asis- 
tir al derrumbe de aquel hogar patricio, que nos parecía tan só- 



86 NOSOTROS 

lido. Sobrevienen estrecheces económicas. Su quinta rinde poco. 
"No podía don Juan explotar a los peones, ni regatear con los 
verduleros, pobres individuos cuyas compras iban a la reventa en 
el mercado. Y es que don Juan era generoso hasta la debilidad, 
hasta preferir el' verse algo explotado, antes que sorprenderse él 
en cualquiera de esos gestos de avaricia menguada que rebajan el 
espíritu en una íntima vergüenza". Perdió su chacra, perdió su 
Dique (desmoronado por un temporal), perdió la esperanza de 
obtener ingresos bastantes con la quintita . . . 

Y cuando lo perdió todo, como habremos visto leyendo el 
magnífico, el estupendo final del capítulo X, se fué lejos y escri- 
bió a menudo "cartas valientes" . . . Hasta que en el otoño, "al 
cabo de un silencio tan corto que no alcanzó a producir alarma 
en la familia", lo trajeron encerrado en un tosco ataúd. 

Si habéis leído, con la emoción debida este Hbro de emoción, 
al llegar aquí, amando como amáis a Papá Juan, vais a sentir des- 
garrada vuestra alma. Mucho más habéis de sufrir luego, pero 
no os importe, que el dolor que produce la verdadera obra de arte, 
es tan refinado, tan quintaesenciado, que de dolor se transforma 
en placer. 

La muerte de Rosario, la mamá de Luis, por esperada, es 
menos afligente. Pero ¿y la situación de aquel niño mimoso, re- 
flexivo y sentimental?. . . ¿Qué va a ser de Luisito, con un padre 
al que no comprende y que no le comprende, con un hermano 
despreocupado y egoísta, que estudia, recluido en el colegio, la 
carrera naval ? . . . Cierto que le queda su hermana Charito, po- 
cos años mayor que él, pero ¿qué puede hacer por Luis esta 
niña ojerosa, escuálida, vencida, que tuvo crisis de nervios — 
en las que "se retorcía los brazos y lanzaba alaridos" — al morir la 
madre?... Luis había sido marcado, como por un hierro can- 
dente, por la desgracia. Y entrevio "que la vida involucra una ley 
inflexible, indiferente y dura. Estas penetraciones sutiles de sus 
catorce años, sentimentales e intuitivas, en ningún caso ideológicas, 
dejábanle suspenso y asustado." Lo que sufrió el día del entie- 
rro de la madre llega a las lindes de la tragedia clásica. 

De Quillota, Luis ya mozalbete, va a Iquique, en compañía 
del padre, que ahora está allí de guarnición. Charito marcha con 
una tía y Anselmo sigue sus cursos en la Escuela Naval. Ya teñe- 



LAS GRANDES NOVELAS AMERICANAS 87 

mos desbaratada la familia. Luis desconfía de su padre, aquel 
hombre cuyo carácter no comprende y del que supone que nunca 
lo ha querido. Aquí empieza la parte más difícil — más difícil 
para el autor — de la novela. Es un alarde psicológico. Manuel 
Gálvez, al evocarla, asegura: "Aquella situación de alejamiento 
entre el padre y el hijo, producida por la timidez de los dos, está 
analizada con la hondura de un maestro". Porque habéis de saber 
que Luis, observador y analítico comcf es, llega a descubrir, tras 
los gestos destemplados del padre (gestos destemplados que remar- 
ca su condición, un poco tosca, de soldado) cierta timidez solo 
comparable a la suya. 

Y es aquí, cuando el protagonista vive alojado en el cuartel de 
Iquique, cuando la novela se hace verdaderamente realista, porque 
las cosas exteriores ocupan más^sitio que el hondo drama inte- 
rior. Aquí el desarrollo se entretiene, se retarda, con lá descrip- 
ción de la ciudad salitrera, a donde llega un barco cargado de 
cómicos españoles, groseros, estridentes; en donde trabajan afa- 
nosos millares de braceros; en donde las mancebías tienen un ca- 
rácter particular, con aquellas mujeres que si macularon su cuer- 
po con todos los impudores, tienen un alma limpia, incontaminada, 
susceptible de experimentar grandes sentimientos: la bondad, la 
generosidad, la piedad, el amor. . . 

Hasta cuando Barrios alude a tipos incidentales, de pasada, 
sabe caracterizarlos de modo que hieren nuestra imaginación. 
Ved este personaje exótico en un baile del cabaret: "Un inglés 
muy alto, cuyos huesos poblaban de ángulos el traje de franela 
gris, valsaba saltón y risible, la frente hacia arriba y el brazo iz- 
quierdo tieso, para marcar el compás". Si un día vamos a alguno 
de esos puntos lejanos, donde hacen escala los vapores ingleses, 
nosotros vamos a encontrarnos en algún café cantante, cierto su- 
jeto alto y anguloso que va a hacernos recordar el "mister" baila- 
rín de Barrios. Pero lo que no olvidaremos nunca son las mozas 
de Iquique, aquellas mujeres que viven del amor, y que "el amor 
suaviza, las nutre de ideas fraternales, salva su alma de la grose- 
ría en que naufragan sus hermanas de otros pueblos, de casi 
todas las ciudades, donde se las cuenta solo entre las cosas útiles 
al desahogo de la bestia masculina*^. Y es que como dice otro 
personaje simpático, el teniente Blanco, "lo mejor de Iquique, sin 



88 NOSOTROS 

duda, es un instinto de solidaridad en que se amparan vagabundos 
y aventureros". Y es preciso proclamarlo : descripciones de pue- 
blos enteros, descripciones espectaculares como esta magnífica que 
introduce Barrios en Un perdido, no abundan en las letras caste- 
llanas, ni aquende ni allende el Océano. 

En Iquique, el pobre Luis tiene en su vida una eclosión glo- 
riosa. Ama y es amado. Hasta que la fatalidad derrumba su 
castillo de naipes con un zarpazo. El teniente Blanco lo ha dicho : 
''Nacemos con la suerte echada". Y Papá Juan sugería: "Apenas 
si el corazón, como una linterna ciega, nos guía en la oscuridad". 
Alguien ha dicho que este libro debiera terminar en donde em- 
pieza la segunda parte, aunque otro es nuestro modo de ver. 
Sucede que la tensión nerviosa, en los lectores, se hace tan grande^ 
que precisamos llegar hasta el final para lograr quedarnos tran- 
quilos. En una palabra: parece que la segunda parte interesa 
menos, por lo mucho que interesa. Esto que a primera vista cree- 
ríase paradoja, explica la avidez con que se devoran los capítulos 
finales. 

Siendo mayores las andanzas de Luis, transformado en hom- 
bre, mayor ha de ser lógicamente, el número de personajes secun- 
darios con que habremos de enfrentarnos. El psicólogo no falla. 
Ni un solo tipo se nos antoja falso. La lógica más extricta, y por 
ende más cruel, preside el desenvolvimiento de la novela. Nos 
familiarizamos con cien aspectos de la vida en Santiago de Chile. 
Aparecen familias que. pueden considerarse representativas, no 
solo de Santiago, sino de toda Sud América, ya que estos pueblos 
nuevos, con idéntica tradición, tienen costumbres tan semejantes. 

Antes que enterar del contenido social y artístico de Un per- 
dido — capítulo por capítulo, detalle por detalle — , urge encarecer 
la importancia de esta novela, a juicio de Gal vez, la mejor que 
ha hecho un hispano-americano. Carecemos de erudición para 
sentar afirmaciones de tal modo excluyentes, en tal forma abso- 
lutas, pero, desde luego dejamos constancia de nuestra admira- 
ción por un artista al que bastaría su obra Un perdido, para 
hacerlo inolvidable. Quien de tal modo forja los caracteres, quien 
con tanta maestría urde una trama, quien tan gallardamente des- 
cribe tipos y ambientes, quien inocula un germen de inquietud con 
procedimientos tan lícitos, quien tanto nos hace gozar y sufrir. . . 



LAS GRANDES NOVELAS AMERICANAS 89 

¡ y pensar !, es un novelista eximio que, brotado en ambientes don- 
de la literatura admite la consagración (obsérvese que no decimos 
el profesionalismo), habría dejado en su pos una vasta obra digna 
de la universalidad, máxima gloria que han merecido los Balzac, 
los Dickens, los Galdós y los Tolstoy. Es decir : los más grandes 
novelistas del mundo. 

Vicente A. Saeaverri. 
Estación Corrales (R. O. del U.), 1922. 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 



Centenarios. — Mürger y Feuillet. — Flaubert y su ejemplo. — 
Moliere inmortal y nuestro teatro. — La resurrección 
de Gobineau- 

TANTOS han sido los centenarios celebrados en estos últimos 
tiempos que, a fé mía, seríame difícil enumerarlos total- 
mente. Me pierdo en la cuenta. 

Conviene, desde luego, tener un criterio para juzgar esos 
centenarios. Unos presentan un significado esencial, otros no 
tienen más importancia que la de recordar que el señor Fulano 
de Tal ha nacido hace cien años. El matiz es importante. 

Es harto evidente que el pobre Octavio Feuillet y el pobre 
Mürger (por no citar otros entre el número de los escritores 
cuyos centenarios se han celebrado) significan muy poco ante 
nuestro espíritu. Tuvieron su hora de celebridad, pero cuando 
leemos sus obras quedamos estupefactos: tanto han envejecido. 
La necedad aristocrática de Feuillet y la necedad barrio-lati- 
nesca de Mürger nos parecen igualmente lejanas de nosotros. 

Pero si de más cerca examináramos las cosas, seríamos, 
sin duda alguna, más modestos. Es preciso no engañarse: sólo 
los nombres y los trajes cambian, pero el espíritu es siempre el 
mismo. Siempre habrán gentes como Feuillet que escribirán 
novelas mundanas, morales, de un sentimentalismo de agua de 
rosa. Y yo podría (si no fuera vano este pequeño juego) nom- 
brar en cada generación de las posteriores a Feuillet, el escritor 
que llenó esta misión tan poco envidiable. Y lo mismo podría 
hacer con respecto a Mürger, pues siempre habrán escritores 
dispuestos a componer novelas de bohemios. 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA ül 

El caso es que, al producirse cada obra, nos engañamos so- 
bre la cualidad de la mercadería, a causa de ser joven el autor, 
de ser nuestro contemporáneo, y de que él toma de los verda- 
deros renovadores de su época algunas audacias y gracias de 
forma que disfrazan de modo más o menos acertado el viejo 
rostro fatigado de este tema eterno. Pero llega un momento en 
la vida en que no se gusta sino de las cosas bellas, y entonces, 
sea el que fuere el talento puesto, no os escapa la secreta vul- 
garidad, la íntima pobreza de esas historias. Los héroes son 
siempre, en el fondo, unos burgueses (en el sentido en que los 
entendía Flaubert cuando decía: "llamo burgués a todo ser que 
piensa bajamente"). Se divierten y hacen cosas disparatadas 
en las obras de Mürger. En las de Feuillet quieren aparecer 
dignamente. Pero jamás pasa nada realmente elevado. Jamás 
ilumina estas aventuras un resplandor de poesía, aventuras que 
tienen al dinero por único resorte. Hoy, de tan aburridos, estos 
libros se nos caen de las manos. Y con toda justicia. 

En cuanto a los centenarios de estos escritores, no dan sino 
ocasión a algunos escultores oficiales de hacer un busto o una 
estatua y de decir un discurso o hacer un viaje a algunos dipu- 
tados o ministros. Lo que no es muy interesante. 

Otra cosa muy distinta es con respecto a Flaubert. Flaubert 
no ha dejado de vivir entre nosotros; Flaubert es un alto ejem- 
plo. Las generaciones que se sucedieron después de su muerte 
han profesado un invariable culto por sus obras y por su vida, 
porque su vida fué muy noble, muy desinteresada y consagrada 
por entero a la literatura, es decir, a un ideal. 

Por lo demás, es preciso no olvidar a fin de explicar tal so- 
brevivencia en nuestras almas, esto que señala Albert Thibaudet 
en la Revuc hebdomadaire: 

Murió en 1880, pero su existencia literaria se prolongó mucho des- 
pués de su muerte. Había publicado seis volúmenes, aproximadamente: 
la publicación del epistolario y de las obras postumas, aunque muy in- 
completa aún, ha triplicado ese número y ha dado a Flaubert una vida 
de ultratumba que lo ha engrandecido. Las obras postumas han facilitado 
la comprensión de la precocidad y de la fecundidad verdaderas de un 
escritor a quien sus escrúpulos de artista obligaban a publicar tarde y poco. 
Nos han abierto el laboratorio interior de Flaubert, nos han mostrado el 
vigoroso mantillo que nutría a sus admirables árboles. Aumentará aún 
más este conocimiento cuando la entrega de los manuscritos de Flaubert 
a una biblioteca pública permita hacer ediciones criticas de sus grandes 



92 NOSOTROS 

libros. No hay escritor que pueda perder nienos que él en esta muestra 
de sus reconditeces y secretos. 

Mucho han hecho, en efecto, las obras postumas por el pres- 
tigio de Flaubert. Consiguiéronle la adhesión de cuantos no po- 
dían aceptar sino de mal grado la doctrina un tanto helada según 
la cual una obra no podía publicarse sino después de ser some- 
tida a un trabajo intenso, fatigoso e interminable. Durante mu- 
chos años nos cargaron con esas teorías; el más estéril infeliz, 
incapaz de publicar más de un folleto cada diez años, justificaba 
su pereza con el ejemplo de Flaubert. Gracias al "epistolario" 
vemos aparecer tras el autor definitivo y un poco frío de la 
Tentación y de Salambó, un hombre, un improvisador, un ver- 
dadero artista, a mi sentir: nervioso, desigual, viviente. Sea la 
que fuere nuestra convicción con respecto al gran problema de 
la obra de arte, ya la consideremos como una efusión directa del 
temperamento o como el resultado artificial de una prolongada 
paciencia (y lo probable es que la verdad esté en una dosis igual 
de estas dos doctrinas), hallamos en Flaubert al maestro que 
nos es necesario. Tiene suficiente lirismo para gustar a los poe- 
tas; la pureza de su vida no puede dejar de satisfacer a los que 
apenas creen que los azares del destino pueden hacer germinar 
el grano de genio en el cerebro de los "malos muchachos" ; es el 
tipo acabado del hombre de gabinete, de aquel cuya vida, 
según la palabra terrible y profunda de Hallarme, tiende entera- 
mente a la realización de una obra maestra. Además, los nervio- 
sos, los sensibles, los afeminados, los fantaseadores no pueden 
sino admirar su idioma formidable, sus impulsos, todo ese vigor 
de improvisación que contuvo siempre, por principio, pero que 
no obstante existe y que en el Epistolario se desboca. 

Sigue siendo, y sin duda lo será por mucho tiempo aún, un 
maestro, uno de nuestros más auténticos directores espirituales. 

En cuanto al tricentenario de Moliere, ha sido para toda 
Francia ocasión de reconocer, una vez más, la extraña, la indes- 
tructible juventud de este genio cómico. Abundantemente han 
tratado de él todos los diarios y revistas. Sobre todos los esce- 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 93 

narios han sido representadas sus obras. Y un poco en todas 
partes las han comentado los conferencistas. Tan poco nos ha 
fatigado todo esto, que algunos han creído pobre el homenaje. 
Hubieran deseado homenajes más oficiales aún, más numerosos 
y de más boato. 

Yo creo, por mi parte, que mejor hubiera sido, simplemen- 
te, representarle de manera más integral. Pensad que no todas 
sus piezas están en el repertorio. Es, tal vez, muy divertido que 
un teatro de segundo orden dé una obra de' Moliere que en 
la Comedia francesa no se representa nunca. Pero esto no de- 
biera suceder. Y además, si el público francés estuviera bien 
compenetrado de su autor nacional, mostraría tal vez más seve- 
ridad para con las obras de los fabricantes de comedias que 
abastecen a nuestros actuales escenarios. 

Salvo el caso de algunos pocos (que con mucha dificultad 
logran imponerse) nuestros anuncios teatrales no celebran sino 
prestigios equívocos, vulgares. No parecen los productores tener 
otro deseo que ganar dinero. Y es contra esta bajeza de las cos- 
tumbres y de la mediocridad literaria que fué su consecuencia, 
que Jacques Copean fundó su Vieux-Colomhier, que con tanta 
justicia se hizo tan rápidamente famoso. 

Sobrados ataques hemos oído contra tan generosa empresa. 
Y los más pérfidos no fueron los de los comienzos, sino los que 
se le dirigieron después de los primeros éxitos . . . Burlonas ob- 
jeciones de los que insinúan: "Sí, pero, lo sabe usted, en el fon- 
do, eso no significa nada. Eso nada nos enseña . . . Además, 
¿qué quiere usted? el teatro es el teatro. Tiene sus leyes propias, 
sus necesidades. El del bonlevard tenía sus méritos". 

Este hallazgo de méritos en el teatro del boulevard, después 
de haber fingido comprender y admirar al Vieux-Colomhier, es 
la eterna táctica del burgués que ha transigido con Claudel for- 
zado por la opinión de la juventud, pero que solo espera una oca- 
sión para volver a un Octavio Feuillet, apenas aparezca ese viejo 
pompier bajo una máscara de juventud. Y entonces juzgará de 
viejo gusto a Claudel. Tantas evoluciones de este género he 
visto, que ya no me sorprenderían. 

Volviendo al Vieux-C olomhier , es preciso aceptar que, mal- 
grado toda especie de snobs, su ejemplo es óptimo ya que Bel- 



OA NOSOTROS 

gica lo ha seguido. Jules Delacre ha fundado en Bruselas el 
Théátrc de Marais, concebido aproximadamente según la fór- 
mula del de Copeau, pero acaso con más libertad y fantasía. El 
caso es que Jules Delacre es un poeta como lo prueba su deli- 
cioso y emocionante Chant provincial, uno de los mejores éxitos 
de la poesía intimista posterior a Francis Jammes. No puedo 
menos que citar aquí algunas líneas de la carta que sobre este 
particular me ha escrito otro poeta adorable, llamado Jean Do- 
minique, que fué uno de los más entusiastas partidarios de esta 
iniciativa del Théátre de Marais: 

Ha sido un éxito completo. El genio de este poeta comediante se 
pone, por fin, maravillosamente de manifiesto, y a la vez en todos los 
sentidos . . . 

Delacre ha traído nuevamente la poesía a los escenarios. La simpli- 
ficación del decorado es, por su ingenio, la deliciosa transposición de la 
vida en la irrealidad. Su joven compañía es ya homogénea. El espectáculo 
es ahora una diversión que el espíritu desea. El arte es atendido con 
una probidad y una distinción perfectas. 

¡Qué admirable fórmula, y a mi ver definitiva es esa: "la 
diversión que el espíritu desea!" No hay, en efecto, otra defini- 
ción de lo que debe ser el espectáculo. Y es porque la mayo- 
ría de las piezas representadas en los houlevares no pueden ya 
satisfacer nuestro espíritu, que es tan profunda la decadencia 
del teatro. No hay necesidad de romperse la cabeza para hallar 
la razón por la cual, en plena temporada, ha debido cerrarse uno 
de los más célebres teatros de París, y abrirse en él un cinema- 
tógrafo. De sobra tenemos de esas antiguallas. 

Pero, ¿qué se nos importa, al fin y al cabo? Los esfuerzos 
que esos señores de los grandes éxitos hacen por atraer en Pa- 
rís un público indiferente, y en el extranjero por confundir el 
prestigio de Francia con su producción de pacotilla, no impedi- 
rán que iniciativas de la índole del Vieux-Colombier, de la Petite 
scéne, del Théátre du Marais, etc., atraigan al verdadero públi- 
co, impongan las obras, y, en una palabra, vivan y demuestren 
nuestra vitalidad estética, 

* 
* * 

La publicación seguida de dos obras agotadas de Gobineau: 
Ternove y Souvenirs de Voy age, la reedición de las Pléiades, 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 95 

han vuelto a dar últimamente cierta actualidad a la figura inte- 
resantísima de ese gran francés, tan injustamente ignorado des- 
de hace muchos años. Muy larnentable es que la situación parti- 
cularmente difícil por que atraviesa la librería francesa a con- 
secuencia de la guerra, nos ha de privar por mucho tiempo aún 
de una edición completa de Gobineau, ya que los libros que ac- 
tualmente poseemos de él no nos pueden dar una idea de con- 
junto sobre su pensamiento. Es extrañamente compleja, en efec- 
to, la fisonomía espiritual de este gentilhombre de antaño, a la 
vez diplomático, viajero, poeta, novelista, ensayista, etnógrafo, 
historiador, soñador, que a pesar de conocer el Oriente perma- 
neció tan occidental, y que fué ante todo y sobre todo, el tipo 
acabado del europeo. Por ello, y por algunas paradojas exce- 
sivamente famosas sobre la superioridad de la raza germánica, 
gustó a los alemanes, los que al adoptarlo diéronse el gusto 
bastante perverso de humillarnos diciéndonos que nosotros no 
sabíamos honrar a nuestras propias glorias. Pero era por esa 
particularidad de su europeísmo que no le comprendíamos en 
una época en que creíamos que nuestra seguridad fincaba en el 
particularismo. Gracias a Dios y al sacudimiento de todas las 
nociones que la guerra trajo como consecuencia, hemos aprendi- 
do, o vuelto a saber, que existe una tradición francesa más alta, 
más vasta y más profunda que consiste, precisamente, en asimi- 
larnos lo más posible las mentalidades extranjeras, y que lejos 
de entorpecer nuestras cualidades específicas, esa actitud acoge- 
dora nos pone en nuestro propio papel. En cuanto a mí, tal ha 
sido la idea que he sostenido siempre y que he tratado en mi 
primera crónica de Nosotros, en Mayo de 1921. En la actuali- 
dad, los estudiosos de Francia no deben hacer más para recupe- 
rar a Gobineau, para quitárselo a los alemanes, que leerlo, cosa 
muy simple. Advertirán entonces que para ser aún más nacio- 
nal es preciso despojarse de todo nacionalismo, como lo hizo ese 
autor que, al esforzarse por conocer los espíritus más extraños 
a su raza, no hizo sino aumentar su propia conciencia. ¿Qué 
importa que a veces se haya engañado, que entre los millares de 
teorías, de paradojas y de observaciones vertidas con magnífica 
profusión en toda su obra, hay absurdos y falsedades? Es pre- 
ferible equivocarse de tal modo que tener razón sosteniendo una 



96 NOSOTROS 

pequeñísima idea exacta, la que, por lo demás, no sabemos si 
será discutida dentro de un siglo. Lo esencial es ver con claro- 
videncia én los caracteres y en las almas. Y Gobineau es ,ante 
todo, un psicólogo distinguido. No entiendo por ello solamente 
un analista sutil de una situación que se desarrolla con la segu- 
ridad con que se desarrollaría un teorema de geometría, sino 
más bien un observador de las reacciones reales que recíproca e 
indefinidamente ejercen en los hombres el alma y el cuerpo, el 
individuo y el medio. Los héroes de Gobineau no son fantoches 
de novelista mundano, autómatas de movimientos previstos; son 
hombres y mujeres de verdad, vistos en la vida, con todas las 
particularidades y ondulaciones de la propia psicología. Y como 
los ve desde cierta altura, sin ser esclavo de su creación, hay en 
su obra cierto humorismo filosófico que se me antoja ser una de 
las causas de su impopularidad. El lector habitual no gusta de 
que un autor juzgue a los personajes de su libro: su natural sen- 
timentalismo necesita hallar en el novelista un sentimentalismo 
fraternal, un enternecimiento que le parece garantía de since- 
ridad. 

Gobineau no podía ni quería dar esa garantía. Espíritu al- 
tamente aristocrático, libre, orgulloso, no hacía más concesiones 
en este terreno de las que podía hacer en política, en la que re- 
accionaba francamente, valientemente, contra toda sentimentali- 
dad demagógica. En esto último, se le ha comparado, no sin 
razón, a Nietzsche, del que en cierto modo fué precursor por su 
doctrina de la moral de los fuertes. 

Las ideas han evolucionado suficientemente desde entonces 
para que tales teorías no causen ya a los esclarecidos amigos de 
la cavtsa popular el enojo que entonces debieron provocarle. 
Honra a José Enrique Rodó haber sido uno de los primeros en 
buscar una conciliación entre el ideal democrático y el ideal aris- 
tocrático. Ya nadie cree hoy día que la raza de los conductores 
sea la enemiga natural de los pueblos. Por el contrario, su fun- 
ción es dar a los pueblos las orientaciones de que han menes- 
ter. Si Gobineau parece reaccionario al sostener los derechos de 
los "hijos de reyes", es debido a la irritación perfectamente ex- 
plicable que le producía el espectáculo de un orden social en el 
que la democracia, desorganizada aún, parecía un trastocamien- 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 97 

to anárquico de los valores, que no dejaba lugar a esos conduc- 
tores del mundo. Pero ya ha pasado ese periodo. Caliban ha 
leido los libros de Próspero y ha aprendido su sabia prudencia. 
Sabe también que no será legítima su usurpación mientras no 
alcance a Próspero, su modelo. Si Gobineau viviera sería el pri- 
mero en reconocer que el mundo se ha transformado hacia sus 
ideas, y le sobraba lealtad intelectual para no encastillarse en 
principios ajenos a épocas que no podía prever. 

Existen dos maneras de ser reaccionarios : una consiste en 
vincularse sentimental y estrechamente a un viejo orden de co- 
sas, probado por las selecciones del pasado; la otra estriba en 
salvaguardar del pasado lo que debe subsistir para que el fu- 
turo no sea desorden y locura. La primera es la de los tontos ; 
la segunda la de los inteligentes. La segunda fué la de Gobineau. 
Es por ello que la lectura de sus obras, lejos de dejar una im- 
presión de pasadismo, aparece, por el contrario, como muy subs- 
tancial, muy viviente, muy actual. La familiaridad con una 
mentalidad de tal índole no puede ser sino infinitamente venta- 
josa para los moralistas, para los políticos, para los pedagogos, 
para todos los que están llamados, en fin, a formar y a dirigir 
prácticamente/'a los hombres. 

Frangís de Miomandr^. 



NOTAS DE ARTE 



G. López Naguil 

MUY pocos éramos los que, con evidente reconcomio, nos atre- 
víamos a reprocharle al figurista la vanidad de su obra 
convencional. Entonces, nuestras voces agrias disonaban en el 
dulzón concierto común. Hoy, aquellos pocos nos sentimos sa- 
tisfechos, reconfortados por la laboriosa y honesta tarea de López 
Naguil que se muestra artista consciente de su fuerza expre- 
siva. 

Bien sabido es que este joven pintor de figuras amaneradas, 
despreciando triunfos fáciles supo abandonar las comodidades de 
su situación y, casi sin rumbo, fuese lejos de aquí, convencido 
de que era el único medio de quebrantar esa suerte de sortilegio 
envolvente. Por ello, acaso como en pocos, su viaje a "La Isla 
de Oro" tiene, significación. En López Naguil el viaje se jus- 
tifica, mientras que en otros no es más que el exponente de fal- 
sos conceptos o de espejismos. 

Aparte' de los beneficios incalculables que los Museos re- 
portan, especialmente en los artistas ya provectos, y pasando por 
alto las enseñanzas de todo orden que el viajar otorga (con las 
consiguientes pérdidas de tiempo para trabajar y experimentar- 
se) resulta evidente que un viaje a Mallorca, tan ensoñado por 
muchos, está muy lejos de ser una tabla de salvación como creen 
tantos jóvenes paisajistas nuestros, convencidos de que con "cam- 
biar de naturaleza" se transforman ellos mismos. 

Como son legión los que esperan de la casualidad lo que 
tan sólo puede ser fruto del estudio y del trabajo, bueno será 
recordarles las persuasivas y bellísimas páginas literarias de 



NOTAS DE ARTE 99 

Schopenhauer donde razona y explica que en el paisaje lo ver- 
dadero es por sí mismo obra estética de la naturaleza. 

Palabras que son un magisterio de energía, pero que des- 
graciadamente resultan inaccesibles a los que a la propia carencia 
de voluntad creadora llaman "falta de ambiente" ... Y si es 
evidente que son raros los círculos artísticos, donde con el co- 
mercio de las ideas logran permutas convenientes, es cierto, tam- 
bién, que un artista se hace ambiente si tiene personalidad. 

Por lo tanto afirmamos que López Naguil obró acertada- 
mente al irse, y no porque el medio "e fallara, como creen muchos 
impotentes, sino, al contrario, para alejarse del ambiente, asfi- 
xiante de tan premioso. 

A esos que slieñan con Baleares misteriosas y remotas, bue- 
no será recordarles que aquí tenemos sobrados motivos intere- 
santes : nuestra inmensa urbe y sus suburbios ; el Puerto Nuevo 
de prolijas y firmes líneas y el puerto decrépito que cruje la 
elejía de su maderamen inconsistente; la costa del río, y por 
fin, el Delta..., digámoslo: tanto como para inmortalizar un 
buen millar de pintores. 

Vanos son muchos programas y proyectos — enseñaba 
Claude Monet — ; siendo todo bello, por una faz o por la otra, 
y digno de ser pintado, urge retransmitirlo, porque la vida re- 
sulta harto breve para fijar la variedad de aspectos y lo infinito 
de sus sensaciones. 

Si se exceptúa a Fader que ve maravillosamente a las sie- 
rras cordobesas ; ítalo Botti que sabe representar la gama de 
grises de nuestros puertos y la pesadumbre de los caseríos de 
madera y zinc; Ángel D. Vena que fijó extraordinariamente 
la armonía del "campo y su laguna" ; Rodolfo Franco que logró 
retransmitir la ocre monotonía de los paisajes santiagueños ; 
Walter de Navazio que exaltó la gracia conmovedora de los 
cambiantes sauces enamorados del río, los demás, pintan cosas 
que pueden ser de aquí como de cualquier parte. Descontando 
a los nombrados ¿quién da obras donde las cosas, sorprendidas 
en su existencia independiente, asumen verdadera representación 
de la naturaleza en gracia de artista que las hace propias? 

Es que nuestros pintores quieren "triunfar de golpe", harto 
rápidamente, y sin mayor esfuerzo. Así, confiando con la ayu- 



100 NOSOTROS 

da del encanto de bellezas exóticas abandonan lo propio, aquello 
que siempre tuvieron a su vista y que, por lo mismo, mejor 
conocen, para ir en busca de panoramas lejanos. 

Y manchan telones con largas pinceladas, más pretenciosas 
qvie sabias ; hacen cuadros y desprecian el boceto . . . ¡ En verdad 
puede decirse que pocos son los que perciben la voz fraternal 
de un simple árbol, buen camarada de toda hora. . . ! 



* 
* 



Volviendo a López Naguil cumple aclarar que si bien viajó 
hacia el fácil triunfo que la opulencia de Mallorca brinda, su 
honestidad le impidió la rebusca de lo insólitamente pintoresco. 

Compenetrado, sin duda, de la belleza absoluta de esas re- 
giones, no intentó las partes más decorativas, (casi inasibles 
por su variable multiforme encanto) ; ponderadamente eligió te- 
mas sencillos, como si dijéramos un pedazo de paisaje, para po- 
derlos profundizar. 

Tito Cittadini, acaso el más interesante del grupo que po- 
dríamos llamar de Mallorca, prefiere las cimas atornasoladas de 
las montañas y las reverberaciones de las aguas del mar baleá- 
rico : engarce dé piedras extrañas que aprisionan la mágica 
gema. 

Octavio Pinto recorta la policromía de sus pinceladas fuer- 
tes en vastos panoramas fantásticos. 

Boveri, el más débil de ellos, sólo persigue una deslumbran- 
te impresión decorativa, exagerando los contrastes de tonalidades, 
para obtener efectos. 

López Naguil es el más ponderado de todos ; descartando 
tres o cuatro telas inferiores, y que recuerdan a Mir y Anglada 
por momentos, nos parece el único que ha comprendido la voz 
del árbol. 

Bl Pi Jove no es la más atrayente de sus obras : notamos 
los planos posteriores que se adelantan sobremanera; sin embar- 
po. ya apuntan en esta tela condiciones admirables, las sombras 
están tratadas con soltura y están sólidamente realizados los 
troncos nudosos y recios. 



NOTAS DE ARTE 101 

De las catorce telas expuestas en el salón Müller las que 
más nos entusiasman llevan los números 2, 7 y 11. 

Olivos de Val d'en March evidencia a un poderoso paisa- 
jista capaz de retener en la tela las más variadas irradiaciones 
de la luz y el fulgor multiforme de las cosas bajo las caricias 
del sol... Árbol por árbol, rama por rama, hoja por hoja en 
esta tela vibran, palpitan. A lo lejos un trozo de cielo, que nos 
dice de toda la bóveda celeste, cubierto por la roca prieta de un 
monte matizado con colores finos, es simplemente armonioso. 

Invierno es una prueba acabada de su capacidad para reali- 
zar las sombras, que no son la ausencia de la luz — hay que 
repetirlo siempre porque muchos no lo saben — sino que son 
luces de otra calidad y de valor menor. 

Puig Tomi, es, según nuestro sentir, la más hermosa y com- 
pleta de sus telas ; los planos están resueltos hábilmente ; todo 
tiene su valor. Y, conmueve el cariño fértil del pintor, que trata 
la materia con un empaste recio y que no obstante logra tor- 
narla suave, difusa y luminosa. 

Otoño en la huerta es inferior; poco sólido el monte que 
además de su monotonía se viene adelante; en cuanto al caserío 
hace pensar en ciertos pintores andaluces que pintan las cosas 
con el "color local", completamente de manera. 

Primavera en la huerta es superior ; es una tela completa 
y que no carece de gracia, aun cuando ciertos tonos crudos en 
el primer plano : verdes venenosos de algunos repollos gigantes- 
cos y un prado rojizo, cómo cancha de. "tennis", aminoran la 
belleza del conjunto. 

Ternellas tiene un cielo luminoso, rico de color y con mon- 
tañas de laderas verdegueantes, amparando un caserío de piedras, 
que nos hace pensar en el calor de nido de su interior. . . 

La honestidad artística y su voluntad de trabajo colocan a 
López Naguil en im lugar de vanguardia entre nuestros buenos 
artistas. Las telas que expone en el Salón Müller, recordando 
la frase de Delacroix, son un verdadero "festival para los ojos". 

Arturo Lagorio. 



NUESTRA DEMOSTRACIÓN A E. GONZÁLEZ MARTINE?^ 



^^ ON todo éxito sirvióse el ii del actual, en uno de los salones 
^-^ del Aue's Keller, el banquete que a iniciativa de la direc- 
ción de NosOTROvS ofreció a Enrique González Martínez un grupo 
de admiradores argentinos. 

En la fiesta dominó el espíritu de cordial amistad que Carac- 
teriza a las comidas de Nosotros. 

A los postres, ofreció el banquete nuestro director, Julio 
Noé, a quien contestó el obsequiado. Nuevamente debió ponerse 
de pié el poeta para satisfacer el deseo unánime de oírle recitar 
algunas de sus composiciones, que fueron largamente aplaudidas. 

Alfredo A. Bianchi leyó en seguida el soneto de Bartolomé 
Galíndez, que más adelante publicamos, y a pedido de todos reci- 
taron algunas poesías originales Calixto Oyuela, A. Medís Bo- 
lio, Fernández Moreno y Rafael Alberto Arríeta. 

Cerróse la fiesta después de aplaudir calurosamente a la exi- 
mia cantante mejicana señora Fanny Anitúa, que hizo conocer 
unas bellísimas canciones de su país, y a la señora Gloria Bayar- 
do y señor Alemany Villa, que recitaron composiciones de poetas 
mejicanos. 

Asistieron al banquete: 

Señora de González Martínez, señora Fanny Anitúa, seño- 
ra Gloria Bayardo y señorita Adelía di Cario; señores Manuel 
Malbrán, general Cuervo Márquez, Carlos Ibarguren, José In- 
genieros, Calixto Oyuela, Diego Luis Molinari, Encargado de 
Negocios de Bolivia, José León Suárez, B. Fernández Moreno, 
Rafael Alberto Arríeta, A. Medís Bolio, L. Padilla Ñervo, Jor- 
ge M. Rohde, Roberto V. Giustí, Emilio Suárez Calimano, Julio 
Rinaldini, Alemany Villa, L. Ponce y Gómez, Alberto Palcos. 



NUESTRA DEMOST. A E. GONZÁLEZ MARTÍNEZ 103 

Samuel Glusberg, Luis Reissig, Alberto F. Pezzi, M, Ferraría, 
Elias Treves, Héctor Ripa Alberdi, Ignacio Córdoba (hijo), J. 
E. Pinero (hijo), Alfredo G. Torcelli, Alfredo A. Bianchi y Ju- 
lio Noé. 

Excusaron su inasistencia los señores : Jacinto Benavente, 
Ricardo Rojas, Alberto de Oliveira, A. Muñoz Vernazza, Pe- 
dro César Dominici, Emilio del Solar, Jorge Mitre, Luis Be- 
risso, Emilio Berisso, Luis Méndez Calzada, Arturo Capdevila, 
Ricardo Levene, Leopoldo Duran, Bartolomé Galíndez, Antonio 
Aita y Arturo de la Mota. 

Discurso de Julio Noé 

Maestro : 

Una muy grande y muy firme admiración por vuestra obra, 
nos reúne esta noche en torno vuestro. Hemos tendido nueva- 
mente la mesa amical que fué honrada hace tres años por Amado 
Ñervo, y que, desgraciadamente para los que sabíamos su gran- 
deza de orador, no tuvo a Jesús Urueta. 

Vuestra patria, señor, que quiso hacernos conocer el calor 
de su afecto encomendando a dos de sus hijos más preclaros la 
misión de representarla entre nosotros, nos envía en vos al pri- 
mero y al más alto de sus nuevos poetas. 

Vuestra poesía es la de toda una generación: de esta activa, 
talentosa y fuerte generación de Vasconcelos, de Antonio Caso, 
de Pedro Ilenríquez Ureña, de Alfonso Reyes, de todos los que 
han hecho a México Moderno, la revista tan querida y tan sim- 
pática, que vos habéis fundado. Poesía prieta, austera, clásica 
en la más honrada acepción, firme como un mármol, labrada 
como una joya, cálida como un corazón. Después de Ñervo, de 
Tablada, de Urbina, dóciles a la musicalidad maravillosa con que 
el modernismo rompió el decadente verso español de los siglos 
XVni y XIX, vuestro verso, señor, no quiere sino reflejar lo 
más puro del pensamiento y de la emoción, sin brillo sensual, 
sin acorde sorprendente. 

Pertenecéis a una generación intelectualista, agitada por 
hondos problemas filosóficos y morales. Vos mismo habéis acon- 
.sejado: 



104 NOSOTROS 

"Busca en todas las cosas un alma y un sentido 
oculto; no te ciñas a la apariencia vana." 

Por eso vuestra poesía tiene cierta reconditez que, si no fué 
ignorada por vuestros antecesores inmediatos, no fué, como en 
vos, predominante. Habéis comenzado eh el amor de las cosas 
exteriores, pero entrado muy pronto en la vida profunda. Desde 
entonces, vuestra alma no sale de sí misma, que es lo mismo que 
no salir del alma humana toda ella. Por eso habéis podido decir 
en vuestro últiíjio libro: 

"... en mis versos flota, diafanidad o arcano, 
la vida que es de todos. Quien lea, no se asombre 
de hallar en mis poemas la integridad de un hombre, 
sin nada que no sea profundamente humano". 

Nada más lejos de vos que el artificio que con las Prosas 
Profanas se introdujo en la poesía de Hispano- América. Habéis 
dicho en un famoso soneto: 

"Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje 
que da su nota blanca al azul de la fuente; 
él pasea su gracia no más, pero no siente 
el alma de las cosas ni la voz del paisaje. 

"Huye de toda forma y de todo lenguaje 
que no vayan acordes con el ritmo latente 
de la vida profunda, y adora intensamente 
la vida y que la vida comprenda tu homenaje. 

"Mira al sapiente buho cómo tiende las alas 
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas, 
y posa en aquel árbol su vuelo taciturno. 

"El no tiene la gracia cTel cisne, mas su inquieta 
pupila que se clava en la sombra, interpreta 
el misterioso libro del silencio nocturno." 

Curioso de la poesía universal, habéis buscado en todas las 
literaturas las obras de más sazón, de mayor plenitud formal y 
espiritual. De vuestras frecuentaciones habéis recogido en el vaso 
castellano toda la esencia y todo el perfume que unos cuantos 
poetas franceses pusieron en sus versos. Vuestras versiones reco- 
gidas en el libro Jardines de Prancia son ejemplares por su fide- 
lidad, por su compostura, por su justeza. 

Sois, además, en nuestra América un ciudadano de la patria 
grande, como Rodó llamaba a todos estos pueblos de origen es- 



NUESTRA DEMOST. A E. GONZÁLEZ MARTÍNEZ 105 

pañol que, lejos de diferenciarse con el transcurso de las edades, 
adquieren cada vez más un maravilloso sello de comunidad. 

Es con pudor que trato de este tema. Tanto y tan falso se 
ha dicho sobre la unificación de Hispano-América, deseo de los 
escritores más que de los políticos, que ya parece infame lugar 
común, grato a los filisteos. Y bien, aunque así sea no dejaremos 
los que desde Méjico hasta la Argentina nos inquietamos por el 
futuro de nuestra América y por la suerte de la humanidad, de 
luchar por este sueño. 

Como compatriota, señor, os recibimos los que esta noche 
os rodeamos, como provinciano de la patria grande, de la que nos- 
otros también somos provincianos, y al aplaudiros con el calor 
que la admiración ix)ne en nosotros, aplaudimos a uno de los 
más altos y más nobles poetas de la estirpe nuestra. También 
vuestra poesía es nuestra poesía, y vuestra gloria es nuestra 
honra. 

Alzo la copa en nombre de todos por vos, señor, por Méjico, 
hermana nuestra, por todos los que en ella sienten como senti- 
mos nosotros, y por todos los que en América no han olvidado el 
sueño de Bolívar. 



Discurso de Enrique González Martínez 

Nobles amigos míos : 

Me confundiría la magnitud de este homenaje si no lo inter- 
pretara cpmo la manifestación generosa del espíritu argentino al 
viajero que no cuenta con más títulos para sentarse entre vos- 
otros, que el de su fervorosa amistad hacia el grupo selecto que 
hoy nos congrega y el de su admiración creciente hacia el alma 
de este gran pueblo, que, no .contento con sus triunfos eiconómi- 
cos, sabe dar a nuestra América el maravilloso contingente de 
sus pensadores y de sus artistas, comprendiendo acaso que, sin 
ello, no sería ni tan noble ni tan grande. 

De cualquier misión que aquí se me haya confiado, ninguna 
podría enorgullecermee como la de sentirme portador de un men- 
saje espiritual de mi país para el vuestro. Este mensaje, ya en 
otras ocasiones hombres de verdadero valer os lo han traído, y 
por él áabéis c[ue nada vuestro nos es extraño, y que en México 



106 NOSOTROS 

se aplaude vuestro arte y se ensalza vuestra ciencia con el mismo 
calor con que se enaltecen la ciencia, el arte y el pensamiento me- 
xicanos. Ahora bien, si el mensaje es alto, conviene repetirlo 
para fortalecerlo y eternizarlo; y si es grande, en gracia de esa 
magnitud debéis olvidar la insignificancia del mensajero. 

Creo firmemente en ese ideal americano de que acaba de 
hablar mi amigo Noé, y lamento como él que fines bastardos 
lo empequeñezcan y deformen hasta hacerlo perder su justo 
sentido. Creo en ese ideal qu sembró España, que la sangre 
aborigen fecundó y modificó reciamente, y que los esfuerzos y 
las luchas de un siglo en veinte pueblos le han dado caracteres 
inconfundibles. Creo en ese ideal hecho a la vez de tradición, de 
actualidad y de futuro, que nos da fuerza y cohesión para afron- 
tar el porvenir que no tarda, que no puede tardar a menos de un 
inesperado cataclismo. Y yo espero que ese cataclismo no vendrá, 
y estoy convencido de que mañana ningún pueblo, desde el Río 
Bravo del Norte hasta la región más austral de América, ha de 
sentirse solo. 

Por esta razón juzgo simbólico el nombre de la revista a 
quien debo esta fiesta inolvidable y que sostiene hace más de tres 
lustros un estandarte de pensamiento y de belleza, al cual otra 
bandera, allá en la patria de Sierra y de Gutiérrez Nájera, de 
Morelos y de Juárez, hace signos fraternos. Nosotros . . . Nom- 
bre a un tiempo mismo restrictivo y acogedor. Nosotros. . . 
¿ quiénes ? . . . ¿ vosotros ? . . . No ; ni todos los argentinos ni sólo 
los argentinos. Porque los que no crean en este puro y común 
ideal de verdad y de belleza, serán expulsados de su recinto como 
indignos mercaderes del templo ; y, en cambio, los que de lejos 
vibran al unísono con este ímpetu de amor y de vida, se os in- 
corporan y se hacen vuestros; porque esos son los hermanos. 
Jos que tiemblan con nuestro propio temblor, los que van con 
nosotros al través de la vida y de la muerte. 

No importan las inquietudes del momento; no importa que, 
aun en los dominios del arte, surjan sacudimientos de la hora 
que pudieran parecer disolventes. Los tuvimos nosotros para de- 
purar y justificar el pasado, y es legítimo que la obra de hoy entre 
en el crisol que elimina las escorias. Bien venida la juventud ico- 
noclasta, porque si de ella se dice que es injusta, también ha dicho 



NUESTRA DEMOST. A E. GONZÁLEZ MARTÍNEZ 107 

Schiller con su palabra de poeta: "los jóvenes siempre tienen 
razón". 

Permitidme, señores, que a este homenaje que me deja tré- 
mulo de emoción, solamente conteste con una palabra: gracias. 
Y dejadme que, para terminar, alce mi copa, amigos míos, por 
vosotros, es decir. . . por Nosotros. 

Soneto de Bartolomé Galíndez 

Este gran don Enrique González y Martínez 
nieto de Moctezuma, con arterias del Cid, 
trae a tierras de rosas puñados de jazmines 
y en su lira, las siete cuerdas de Al-Motamid. 

El que del alma supo arrancar la armonía 
honda de lo que teje, oculto, el corazón, 
y que de toda esa alma hizo una sinfonía 
como una copa llena de luna y de emoción, 

sabrá hoy que la obra que deslumhra y conmueve 
lo mismo que la flor que brota de la nieve, 
halla afán en los hombres que hablamos español. 

Sea, pues, esta fiesta como un canto sonoro, 
y que mi amistad ponga en su vino de oro, 
hoja a hoja, mía rosa coronada de sol. 



EDUCACIÓN 



El ciclo escolar en la provincia de Buenos Aires 

EN SU mensaje inaugural, el nuevo gobernador de la provin- 
cia de Buenos Aires, don José Luis Cantilo, ha expresado 
el propósito de ampliar el ciclo escolar que rige actualmente en 
la provincia, en un año más (es decir que, el ciclo comenzará a 
los 7 años de edad, en lugar de los 8), en cuanto lo permita el 
estado de los recursos financieros. 

Como se trata de un propósito sano, fuera de toda duda, 
con proyecciones para la cultura general del país, dada la enorme 
importancia que en éste tiene la provincia de Buenos Aires, que- 
remos demostrar como el óbice de los recursos no existe, a nues- 
tro juicio, sino en parte relativamente mínima, si se considera, 
por un lado, lo adelantado que se tiene ya en la práctica, al mar- 
gen de la ley, en punto a gastos, y, por otro, los grandes beneficios 
que se recogerían de inmediato, escolares y de orden moral en 
general, para la infancia, los maestros y el público. 

Si la realidad estuviera en correspondencia armoniosa con 
las disposiciones legales que tratan de la materja, habría que pen- 
sar, seguramente, en un gran esfuerzo económico. El nuevo go- 
bernador, desde luego, con la discreción que le impone el alto 
cargo, parte de este supuesto en su primer mensaje. Pero es que 
en la práctica las cosas pasan de otra manera. 

En el año 1905 (i), se sancionó la actual ley provincial de 
educación común que redujo el ciclo escolar obligatorio al período 



(i) Antes, por la ley de 1875, el ciclo abarcaba desde los 6 
hasta los 14 años,- esto es, lo mismo que dispone la ley nacional de 
1884, que rige actualmente. 



EDUCACIÓN 109 

comprendido entre las edades de 8 y 12 años, exclusive ésta, con 
el siguiente doble pro]X)sito: reducir el analfabetismo sin nuevas 
erogaciones, dadas las dificultades financieras del momento, y 
comenz,ar la enseñanza primaria en edad más adecuada desde los 
puntos de vista físico y psíquico. 

El primer propósito se obtenía porque, reduciendo el ciclo 
escolar, duplicábase la capacidad de las aulas existentes. El pro- 
cedimiento era bien sencillo : librando al Estado de la obligación 
impuesta por la ley anterior (1875) de enseñar a los niños de 6, 
7, 12 y 13 años de edad (i) cjuedaban asientos libres para todos 
aquellos que, comprendidos entre los 8 y 11 años cumplidos, no 
podían en ese entonces recibir enseñanza escolar debido a la falta 
de asientos. 

Así, según las palabras del entonces gobernador, señor 
Ugarte, había, al tiempo en que las cámaras legislativas conside- 
ra])an su proyecto de ley, sobre una población escolar de 240.000 
niños, 1 18. 941 "condenados a vivir en anhelante indigencia inte- 
lectual por falta de capacidad en las escuelas". 

Con reducir el ciclo escolar al período comprendido entre los 
8 y los IT años se reducía automáticamente la población escolar 
a 120.000 niños, de los cuales habría que deducir aún los con- 
currentes a las escuelas' nacionales y a las privadas y los que 
aprenden en sus hogares, de donde resultaba, más o menos, un 
saldo de 100.000, de quienes tendrían que hacerse cargo las es- 
cuelas de la provincia, es decir, muy aproximadamente, la canti- 
dad permitida por la capacidad de dichas escuelas. De este modo, 
no quedaría ningún niño sin recibir el mínimum de instrucción. 
Disminuyendo la intensidad para ganar en la extensión, según 
las propias palabras de aquel gobernador, "se educaría la integri- 
dad del analfabeto que pesa como masa inerte sobre el destino 
colectivo". Se conceptuó que de esta manera^ se combatía el pri- 
vilegio resultante de la antedicha situación de hecho, en la cual 
quedaban fuera de las escuelas, sm instrucción alguna, casi 120 
mil niños. Se entendió satisfacer "el objeto de la educación co- 

(i) Correlativamente, se refundían el primer grado inferior y 
el primero adelantado, en uno so'o y se suprimían para la Rratuidad 
(que es, por otra parte, una gratudad que no llega a ser'o del todo'» 
los grados quinto y sexto cuyos estudiantes deberían pagar en ade- 
lante una matrícula de veinte pesos moneda nacional. 



lio NOSOTROS 

mún: colocar a todos los ciudadanos en condición de aprender", 
y se dijo: "quién sabe si al discernir así la educación en la me- 
dida necesaria no preparamos el advenimiento de grandes ciuda- 
danos". 

El entonces director general de escuelas de la provincia de 
Buenos Aires, doctor Manuel Bahía, aprobó afectuosa y decidi- 
damente esta iniciativa. El doctor Pinedo, que fué también direc- 
tor general de escuelas, la apoyó desde su banca de legislador. 

Con procedimiento tan sencillo se disminuyeron en seguida 
los analfabetos. Tenía que ser así. Si el ciclo se hubiera rebajado 
a un año, los analfabetos hubieran sido todavía muchos menos. 
La conclusión es clara. A los efectos, de las estadísticas respecti- 
vas, sólo se consideran analfabetos, como se sabe, a los niños 
que estando dentro del ciclo escolar no concurren a las escuelas 
o reciben instrucción en sus casas y cuanto menor sea el período 
obligatorio, menos serán los que queden comprendidos en él y 
menos, por tanto, los analfabetos. Es obvio. 

Supongo que las primeras estadísticas fueron halagadoras. 

Pero la ineficacia de la ley no podía mantenerse oculta mu- 
cho tiempo. La desazón mental producida a este respecto en los 
encargados de dirigir la instrucción pública provincial puede in- 
ferirse de estas palabras que copio de la memoria que, en 1912, 
publicó el doctor Vega, director general de escuelas en esa época: 

"La realidad es que la ley citada (la de 1905) no se ha cum- 
pildo hasta el presente en toda su estrictez, como con franqueza 
lo han declarado ya otras administraciones escolares ante la ob- 
servación de los hechos y, lo que es más grave, ante la perspec- 
tiva de clausurar centenares de escuelas y abandonar a la igno- 
rancia miles de niños, si el criterio práctico y racional del fun- 
cionario educador se hubiera subordinado al texto rígido e infle- 
xible de la ley." 

"En las escuelas públicas de la provincia ha habido y habrá, 
sin duda, actualmente, muchos niños menores de ocho años, a 
quienes el Estado no extiende la obligación de educar, pero esta 
infracción es el resultado de la costumbre arraigada en los hoga- 
res" (i), etc. 



(i) Memoria de la Dirección G. de Bscuelas de la provincia de Bue- 
nos Aires, correspondiente a los años 1910 y 191 1. — La Plata, 1912. 



EDUCACIÓN lU 

vSi se analizan estas frases se observará acaso algo de exa- 
geración en la expresión "clausurar centenares de escuelas", pero 
no se la encontrará, con toda seguridad, en su complementaria 
"abandonar a la ignorancia miles de niños". 

Como hecho de fuerza igualmente persuasiva, merece recor- 
darse lo ocurrido en 1916, cuando el director general en ese mo- 
mento, doctor Sánchez Sorondo, quiso que se cumpliera estric- 
tamente la ley, resultado de lo cual fué un disminuir tan grande 
en la cantidad de educandos, que se levantó la prohibición mucho 
más pronto de lo que era de esperar. 

Consecuencia de todo esto, es la tolerancia de medio año es- 
colar que todavía se practica hoy en todas las escuelas de la pro- 
vincia con el consentimiento de las autoridades seccionales y ge- 
nerales de la instrucción pública. La ley de 1905 exige como mí- 
nimum para poder ser inscripto en una escuela provincial, ocho 
años cumplidos, pero sabido es que todas las escuelas de la pro- 
vincia de Buenos Aires, aún las más escrupulosas, admiten sin 
observación alguna a los niños que cumplan los 8 años antes del 
I." de Julio del ejercicio escolar al que ingresan. Entre los alum- 
nos que figuran en las estadísticas oficiales como teniendo ocho 
años de edad existen, pues, muchos de siete en estas condiciones, 
sin contar los aún menores que se infiltran a favor de distintas 
circunstancias. 

Se puede, pues, afirmar que la ley de 1905 no se ha cumpli- 
do nunca, desde su promulgación hasta la fecha. Más aún, se 
puede asegurar que, de haberse cumplido, se habría agravado el 
problema del analfabetismo y hubiérale ocurrido a la institución 
escolar de la provincia de Buenos Aires lo que al primer ferro- 
carril, "el cohete de míster Stevenson", a estar a las referencias 
de su primer maquinista cronológico, y no el último en competen- 
cia fe ingenio, según lo he leído hace pocos días en una de las 
revistas más importantes del país : 

"El público estaba siempre inventando cosas nuevas para 
probar la fuerza del tren . Unos querían atar el último vagón 
a un tronco o poner frente a la máquina una yunta de bueyes, 
o bien poner vigas encima de la vía para ver si las ruedas 
podían cortarlas. En cierta ocasión, un escocés que venía en 
el tren dijo que si los carriles fuesen más lisos o estuvieren 



112 NOSOTROS 

lubrificados, la máquina correría más. Otro viajero era de 
opinión contraria. En vez de consultarme a mi, en la primera 
estación hicieron una apuesta. Mientras yo estaba ocupado pro- 
curándome agua y combustible, ellos y otros viajeros que se 
ofrecieron de mil amores para colaborar en la tarea, "lubrifi- 
caron" unos cien metros de vías con grasa y otras sustancias. 
Como es de suponer, la vía quedó demasiado resbaladiza, y las 
ruedas comenzaron a girar con asombrosa rapidez mientras el tren 
permanecía inmóvil. Para seguir el viaje, no' hubo más remedio 
que tomar arena del camino y echarla sobre los rieles". 

En el caso que estudiamos en este artículo, la institución 
escolar viene a ser como el primer tren de Stevenson ; el lubri- 
ficante es la ley de 1905; y la arena salvadora está admirable- 
mente representada por la "trampa" a que ha habido que recu- 
rrir en la práctica para que el tren continuara la marcha. . . 

Para completar más el fenómeno, la matrícula de veinte 
pesos moneda nacional que deben pagar los alumnos de quinto 
y sexto grados (i) ("cursos complementarios" fuera del ciclo), 
ha sido sustituida por la primitiva de un peso, igual a la de los 
cursos del ciclo común. 

Es que esa ley, como el lubrificante del escocés, violentaba 
la naturaleza de las cosas. Cosas de las más fundamentales? 
en los conceptos y los fenómenos jurídicos y sociales no se con- 
sideraron para nada en ella. Ni la tradición o las costumbres de 
la sociedad, ni la estructura de ésta en el ambiente donde la nue- 
va ley iba a set aplicada, ni la capacidad infantil, psicológica v 
fisiológica, ni los grandes ejemplos de las naciones que orientan 
la civilización contemporánea. Ni Inglaterra, ni Francia, ni Ale- 
mania, ni Estados Unidos, con su porcentaje de analfabetos que 
varía del i al 4 % fueron considerados como ejemplos dignos 
de imitación, en lo que se refiere a la edad adecuada para iniciar 
a los niños en el aprendizaje escolar. 

En cambio, la ley de 1905 cerraba las puertas de las escue- 
las -públicas a los niños de 6 y 7 años, edades estas de las más 
])ropicias, como puede probarse con las estadísticas nacionales v 
extranjeras, para que los padres envíen de buena voluntad sus 



(i) Ley de 1905, arts. 11 y 12. 



EDUCACIÓN 113 

hijos a la escuela. Esta paternal buena voluntad, desde el punto 
de vista colectivo, no es sólo un resultado de la costumbre o de 
la rutina; es, también, en gran parte, un derivado de necesida- 
des económicas. Son muchos, desgraciadamente, los padres que 
cuando sus hijos tienen lo u ii años de edad, a veces antes, 
dejan de enviarlos a la escuela porque los colocan a sueldo o 
los necesitan como pequeños auxiliares en los trabajos domés- 
ticos o en las tierras de labor; y otros, muchos también, los en- 
vían un poco más, pero, con largas interrupciones: la cosecha 
del maíz, la cosecha de la papa, la cosecha del poroto, en una 
palabra: la recolección del pan de cada día que no siempre se 
efectúa con facilidad. Y como es tan difícil a veces, no pocaá, 
hacer el distingo ¿qué se hace? Por otra parte, aún sin dar 
importancia a esos casos, si ello puede admitirse, la vigilancia 
de los consejos escolares y de las comisiones vecinales y la de 
las comisarías de policía, en lo que toca a la obligatoriedad de 
la asistencia escolar, se practica con tanta escasez, debido en oca- 
siones a lasitud o despreocupación, pero, en ocasiones también, 
y en gran parte, a los comprensibles obstáculos aludidos en el 
párrafo anterior, que es inútil buscar por ahí el remedio más 
apropiado. 

Ni nuestras costumbres, rli nuestro estado en la técnica co- 
rrespondiente, ni la densidad de nuestra población, nos han per- 
mitido el cumplimiento de la obligación escolar en la medida 
que lo demandan nuestras aspiraciones y nuestras necesidades 
de cultura. 

Por eso, hubiera sido mucho más acertado, teniendo en 
cuenta las circunstancias, ya que de adoptar un reducido ciclo 
obligatorio se trataba, comenzarlo a los 7 años o aún a los 6. 
Y para los mayores de 9 o 10, según el caso, hubiera quedado 
el recurso a que se refiere la ley en su artículo 4.° y que el 
reglamento general de escuelas de la provincia aclara cuando dice 
en el artículo 60 que "una vez cerrado el período de inscripción, 
y siempre que hubiese capacidad, podrán admitirse alumnos de 
12, 13 y 14 años de edad que no hayan completado el mínimum 
de instrucción obligatoria. Pero no se hizo; se pensó que la 
edad fisiológica y psicológicamente más adecuada era la de los 
8 años cumplidos. De esto me ocuparé también. 



114 NOSOTROS 

Por mi parte, como lo he de repetir luego, creo que el ciclo 
obligatorio debe tener cierta elasticidad, pues opino que las uni- 
formidades si bien son convenientes y necesarias, no deben ni 
pueden ser nunca absolutas. Asi se podría establecer como ci- 
clo escolar el comprendido entre los 7 y los 14 años de edad y 
como obligación u obligatoriedad, según se ha dado en decir 
ahora, cuatro o cinco años dentro de éstos, que los padres o 
encargados podrían elegir, siempre con sujeción a un límite, por 
ejemplo, el de que ningún niño podría pasar de los 8 años sin 
ser inscripto en alguna escuela, ya sea para -cursar estudios en 
sus aulas o para dar en ella solam'ente el examen como lo per- 
mite la ley nuestra y sus similares extranjeras, al autorizar la 
enseñanza de lo^ niños en sus propios domicilios. 

Conceptúo que en esta forma ocuparíamos, racional y cien- 
tíficamente — me refiero también al orden nacional — un lugar 
más destacado en la legislación universal que rige la materia. 

Con tal elasticidad se consultaría más la diferencia indivi- 
dual de los niños, pues, como es harto sabido, no todos flore- 
cen al mismo tiempo en su capacidad físico-mental. Bien se 
dice que una es la edad cronológica y otra la anátomo-fisioló- 
gica. Y esto nos dá pié para entrar en el segundo punto en que 
se fundó la ley de 1905, la capacidad física y psíquica de los 
niños. 

En realidad, deberíamos darlo ya por tratado con aquello 
de "una es la edad cronológica y otra la biológica o anátomo- 
fisiológica" que acabamos de emplear. Pero, he ahí que los 
médicos y los pedagogos han dado en discurrir y discutir a pro- 
pósito de si para comenzar estudios en la escuela primaria con- 
viene más la edad de 6 años, o de 7, o la de 8, o la de 9. Ha 
sido esto im largo analizar y comparar de la talla y el peso y 
desarrollo del cuerpo; peso y volumen y desarrollo del encéfalo 
y del cráneo; ontogénesis del sistema nervioso, madurez de las 
células, mielinización de las fibras, estado de las glándulas de 
secreción interna, etc., etc. Finalmente, ya sea por sus estudios 
directos, o por la comparación de estudios diferentes, unos han 
llegado a la conclusión de que la mejor edad es la de 8 años o 
la de 9 y otros la de 7, y aún la de los 6. Así, el director del 
cuerpo médico escolar de La Plata, Dr. Carlos Cometto, acaba 



EDUCACIÓN 115 

de publicar, en el Boletín de higiene escolar, un extenso artículo, 
en el cual, fundándose en los estudios y la opinión de numero- 
sos autores, llega, a la conclusión terminante de que la mejor 
edad es la de 7 años cumplidos. Sin embargo, deteniéndonos 
en las palabras de los autores que cita, observamos que hay es- 
tudios y opiniones muy respetables, según los cuales recién a 
los 8 años es cuando el niño se encuentra en condiciones de so- 
portar los primeros pasos de la escuela sin correr el inminente 
riesgo de serios perjuicios para su tierno organismo : así, las 
investigaciones de Bernard Pérez sobre la memoria; las de Kais 
y J. Scury acerca de la mielinización de las fibras tangenciales 
superficiales de la masa encefálica y los mismos resultados que 
el Dr. Cometto saca de las tablas de Broca. La tabla de Binet 
con referencia a los niños de las escuelas primarias de Francia, 
de 4 años en adelante, no deja llegar a conclusión definitiva. En 
cambio, los trabajos y las tablas de otros autores, también ilus- 
tres, permiten sostener que a los 7 años se puede enviar sin pe- 
ligro un niño a la escuela y hasta que es para ello singularmente 
propicio este fugaz momento de la vida, pues que, durante él, 
se opera una especie de "calma fisiológica" en lo que atañe al 
desarrollo del organismo. A estar a la tabla de Variot y Chau- 
met esta calma es efectiva. Por otra parte, las investigaciones 
hechas hace algunos años en La Plata con alumnos de la escue- 
la primaria nacional anexa a la universidad y de la anexa a la 
normal de maestras (ambas con ciclo de 6 a 14 años) confron- 
tadas con las estadísticas de Roberts (inglesa), Quetelet (belga) 
y Nicéforo (italiana) dan una diferencia favorable para los 
niños argentinos (i), Hay que tener en- cuenta que se trataba 
de niños cuya enseñanza era de ciclo igual al de los extranjeros 
comparados, pues, si no, bien podría decirse que, precisamente, 
el ciclo menor los beneficiaba. 

En verdad, lo único que nos demuestran estas investigacio- 
nes y opiniones es lo mismo que se induce en la observación dia- 
ria de las escuelas y los hogares: los niños se desarrollan unos 
más pronto que otros. A igualdad de edades, distintos niños nos 
presentan en su estado general, físico y mental, condiciones muy 
diversas, ora sea desde el punto de vista de su adelanto, ora 



(i) Archivqs de Pedagogía y Ciencias Afines. La Plata, icy>6 y 1908. 



116 NOSOTROS 

de las formas o maneras de ese adelanto. Chicos que a los 7 
años se muestran mucho más listos que otros de su edad, a los 
8 o a los 9, o más tarde, se quedan atrás para in eternum, o 
el día menos pensado surgen de nuevo a la vanguardia, de don- 
de los sacarán o no las circunstancias de la vida. 

Tales circunstancias, sobre todo desde el punto de vista so- 
cial, no son tan múltiples en la infancia como en la edad adulta; 
sin embargo, se cuentan en número y acción importantes las que 
determinan variaciones en el desarrollo pueril: la raza, la heren- 
cia, las enfermedades, las condiciones económicas, de las cuales 
derivan algunas tan determinantes, como la alimentación y la 
vivienda. Agregúese a ello las características que ofrece nuestro 
país, formado hoy por hombres de todas las razas, las más va- 
riadas costumbres y condiciones económicas y se verá como ja- 
más podría aplicarse mejor aquello de una es la edad cronoló- 
gica y otra la anátomo- fisiológica o, dicho en términos menos 
ásperos, una es la edad "contada" en años y otra la que realizan 
las demás circunstancias de la vida, que son muchas y muy po- 
derosas . 

Esto me obliga a insistir en la conveniencia de darle cierta 
elasticidad al ciclo obligatorio escolar o, dicho en otras palabras, 
a establecer una diferencia entre ciclo escolar y obligación esco- 
lar. Lo cual, si se estableciera desde ahora, sería asimismo, en 
cierto sentido, un paso más gradual en lo concerniente a los te- 
midos recursos económicos que demandaría la reforma. En la 
Gran Bretaña existe» algo parecido: la asistencia escolar obliga- 
toria comienza a los 5 años, pero, la ley faculta a las autoridades 
locales, previo permiso del C. de Educación, a conceder que la 
obligación principie a los seis. 

En Inglaterra, la última ley de educación (1918) establece 
como ciclo escolar obligatorio, con la salvedad apuntada, el com- 
prendido entre los 5 y los 14 años de edad; en Francia, la obli- 
gación comienza a los 6 y termina a los 13 ; en Alemania, a los 
6 y concluye a los 14 cumplidos ; en los Estados Unidos de Norte 
América, aunque, en general, predomina este último ciclo, hay 
bastante variedad en el conjunto de los Estados. Pero dadas las 
características de esa nación, en todos sus aspectos relativamente 
a la preparación de sus ciudadanos; dado el rol enorme que 



EDUCACIÓN 117 

juega allí la iniciativa privada en materia de enseñanza, bien 
puede decirse, felizmente para ella, que allí no hace falta la 
imposición obligatoria de la instrucción pública. El lunar deriva 
allí de la tradicional cuestión de razas. Por eso, en muchos esta- 
dos del sur la enseñanza primaria no es obligatoria . . . 

La cuestión, en lo que atañe a la aptitud infantil, no es 
iniciar la obra a los 6 años o a los 8 o a los 9; la cuestión es 
graduar la enseñanza de acuerdo con la capacidad integral de 
los niños, sus conveniencias y las conveniencias sociales. Entre 
nosotros, tenemos el mal de los programas recargados y unila- 
terales en el sentido intelectualista, mal tan conocido como el del 
urbanismo, el de las malas viviendas, el de la mortalidad infan- 
til y tantos otros, pero, también tan combatido y tan invicto! 

Desde dicho punto de vista, juzgo que la ampliación del 
ciclo escolar de la provincia en un año más traería de inmediato 
una mayor graduación y eficacia en la enseñanza con el desdo- 
blamiento del actual primer grado en dos, tal como existe en 
el orden nacional, siendo esto, por lo demás, una necesidad sen- 
tida en la diaria experiencia de las maestros, puesta ya de mani- 
fiesto por los directores de las escuelas - provinciales en una en- 
cuesta reciente. 

Se resolverían así tres cuestiones: la cuestión social, de que 
he hablado más arriba ; la cuestión de la capacidad" psico-f ísica 
de los pequeños educandos y la cuestión didáctica que acabo de 
expresar. 

La cuestión social es algo más que la tendencia general de 
padres, maestros y autoridades en el sentido de enviar los niños 
a la escuela antes de los ocho años. Es que haciéndolo así se 
tiene la agradable perspectiva de que todos aquellos niños a quie- 
nes sus padres retiran de las escuelas, por las causas citadas, a los 
10 u II años, o antes, aprovechen un año más de enseñanza, lo 
cual redundará en beneficios nada despreciables para la instrucción 
general del pueblo. Puédese, asimismo, abrigar la esperanza de que 
la instrucción, al hacerse más gradual se haga también más com- 
pleta, más integral. Al descargar a los programas de las excesivas 
nociones intelectuales, se podrá prestar mayor atención a la vida 
física, por la salud del cuerpo, sin cuya condición en sus individuos 
los pueblos no pueden ser fuertes ; al canto y a la música, que pre- 



118 NOSOTROS 

disponen a la alegría y educan el sentimiento, riquezas incompara- 
bles para la vida de los humanos; al dibujo y a las labores 
manuales que sirven también, organizados con seriedad, para 
entretener dichosamente al espíritu o para distraerlo en los mo- 
mentos de dolor, y que preparan, además, para el adelanto indi- 
vidual en los oficios y profesiones y para el progreso colectivo 
que dan las industrias, cuando se las maneja con conocimiento 
de causa y con amor al país en el cual se ha aprendido. 



Dije ya que además de la tolerancia expresa de medio año 
escolar que existe por parte de las autoridades, se producen otros 
aportes de niños menores de 8 años, es decir, teniendo en cuenta 
dicha tolerancia, menores de 7 años y 8 meses de edad. Un estu- 
dio analítico de los registros de inscripción en las escuelas, desde 
1905 hasta la fecha, demostraría mucbo en este sentido. 

Si la ley de 1905 se hubiera cumplido en lo que toca a la 
edad mínima que ella impone, sería lo ordinario observar en 
los colegios secundarios establecidos por la nación en la provin- 
cia, que los jóvenes egresados del sexto grado primario ingre- 
saran a aquellos cumplidos ya los 14 años. Pero, lo raro, precisa- 
mente, es encontrar en el primer curso de los colegios nacionales 
que funcionan en la provincia niños de 14 o más años de edad. 

Hay aportes de esos que se producen a pesar del mayor 
contralor posible, yo no sé cómo. A más, las escuelas primarias 
nacionales que funcionan en la provincia (cursos de aplicación 
de las escuelas normales y escuelas de la ley Láinez) admiten 
niños desde los 6 años de edad ; lo mismo hacen las escuelas 
particulares. Así un educando de 8 años recién cumplidos pue- 
de llegar a una escuela provincial en condiciones de pasar al 
tercer grado. 

Ahora bien, recordemos que los autores de la ley de 1905 
m.anifestafon que combatían un privilegio al querer destruir la 
diferencia odiosa entre niños para los cuales había asientos en 
las escuelas de la provincia y niños para quienes no los había. 
Vimos ya que si la ley se hubiera aplicado con toda la estrictez 
"posible", según las propias declaraciones de las autoridades es- 
colares, habrían quedado fuera de las escuelas más niños que 



EDUCACIÓN 119 

antes. Y con todo esto, a mi juicio, la ley que quería combatir 
un privilegio, en lugar de destruirlo, creó otro en la práctica: 
por su imperio, se estableció que en la provincia de Buenos Ai- 
res hay niños que pueden iniciar la instrucción escolar a los 6 
años (ya que sus disposiciones no alcanzan legalmente a las 
escuelas nacionales y no pueden evitar que los admitan las pri- 
vadas) y niños que no pueden obtenerla hasta cumplir los 8. 

Otro aspecto poco grato de la ley de 1905 es que, entre todas 
las leyes escolares, "ha batido el record" en lo que se refiere al 
fomento de la mentira. En innúmeras ocasiones han mentido 
los padres, han mentido los maestros y se ha enseñado a mentir 
a los niños, para que pudieran ingresar a la escuela antes de los 
8 años de edad. 

No se necesita mucha sutileza para comprender cuan gran- 
de es la trascendencia social que puede tener el enseñar a men- 
tir a los niños, con la conciencia de su infantil mentira y la de 
muchos de sus compañeros, cuando llegan por vez primera a la 
escuela con la vaga, pero profunda, entrañada emoción, de que 
van a aprender el arte o el modo de ser útiles a sus semejantes 
y a sí mismos. Así el tradicional sentimiento de desprecio a la 
ley, de que nos han hablado Juan Agustín García (i) y Carlos 
Octavio Bunge (2), encuentra en el blando espíritu de los neó- 
fitos escolares campo propicio donde afirmarse. 

Este arte de mentir se divulgó tanto, con la protección, 
puede decirse, de la sociedad entera ; adquirió caracteres tan se- 
rios, que las autoridades escolares hubieron de llegar a la tran- 
sacción, en el límite de la ley, pero del lado de afuera, a que 
hice referencia, como un medio desesperado para conciliar en 
lo factible a las dos entidades reñidas ya en forma alarmante: 
el pueblo y la ley. 



Se afirma que la ampliación del ciclo escolar en un año más, 
representará la incorporación de unos 50.000 niños nuevos, apar- 
te el acrecentamiento ordinario, y costará más de dos millones 



(i) Introducción al esitidio de las Ciencias Sociales y La Ciudad'. 
Indiana. 

(2) Nuestra América. 



120 NOSOTROS 

de pesos anuales. El cálculo me parece un tanto exagerado. Si 
se tiene en cuenta la gran cantidad de educandos de 7 años 
que, por los motivos antedichos, se admiten todos los años en 
las escuelas, malgrado la ley de 1905, se verán disminuir enor- 
memente esas cantidades. Además, debe descontarse aparte que 
las escuelas rurales, salvo rarísimas excepciones, no necesitarán 
aumentar en nada, por esta causal, su capacidad ni su personal 
actuales. De un lado, la escasa asistencia de niños que las ca- 
racteriza; de otro, las dificultades con que se tropieza muchas 
veces para obtener los certificados de edad, son motivos sufi- 
cientes para inferir la afirmación anterior. En último caso po- 
dría recurrirse a un procedimiento parecido al que se usa en 
Alemania y que nuestra ley nacional 4874 autoriza, con las lla- 
madas escuelas de medio día, y aún me parece mejor adoptar un 
arbitrio de días comunes y días alternos de que me ocuparé otra 
vez. Hay que descontar también lo relativo a edificación y mo- 
biliario, pues que, con el sistema del doble turno ya usado en 
la actualidad, hay suficiente con los edificios y los muebles exis- 
tentes. Funcionan muchas escuelas de doble turno que tienen 
en ambos o en alguno de ellos aulas desocupadas; existen otras 
muchas de un solo turno que funcionarían, llegado el caso, con 
dos, sin necesidad de agregarles un solo banco, fuera de la or- 
dinaria provisión que se hace más. o menos periódicamente. Que- 
darían los niños pobres, a los cuales habría que dar gratuita- 
mente los libros y demás útiles del primer grado. Pero, si esto 
no sería otra cosa que adelantar en un año los gastos que forzo- 
samente se harían al siguiente, cuando se incorporaran a la es- 
cuela, si la ley actual se cumpliera con estrictez. Y no se diga 
que no es lo mismo, a causa de la cantidad de educandos que 
ingresarían de golpe el año próximo, pues, de cumplirse estric- 
tamente la ley vigente, debieran asistir muchos más niños de 
los que concurren a todos los grados, especialmente del 2" al 4°. 
En resumen, conceptúo que con una tercera o una cuarta 
parte de las cantidades anotadas, sobre todo si se adopta la elas- 
ticidad en el ciclo obligatorio, habrá más que suficiente para 
atender a los gastos que demande la reforma que en la ley de 
educación común de 1905 proyecta el nuevo gobernador de Bue- 
nos Aires, a mi entender, con gran acierto. 



EDUCACIÓN 121 

Por lo demás, buena parte de los recursos necesarios deben 
ser producidos por la ley de impuesto a las sucesiones. 

Y después de todo, el medio millón o el millón de pesos a 
gastarse, estará compensado con exceso en las ventajas morales 
y sociales que he enunciado. 

Por mi parte, hago votos porque el nuevo gobernador de 
Buenos Aires vaya todavía más allá en otros aspectos de la ins- 
trucción pública, entre ellos el de las escuelas rurales que según 
palabras hermosas de los legisladores de 1875, entre ellas las de 
José Manuel Estrada, debieran ser las escuelas mejores con los 
mejores maestros del país; y el de la gratuidad de la enseñanza 
primaria, que la Constitución nacional y la de la provincia esta- 
tuyen sabiamente y que las leyes de entrambas no cumplen sino 
a medias. 

Marcos Manuiíl Bianco. 
La Plata, mayo de 1922. 



bibliografía 



Letras Hispano-americanas 

Literatura Cubana (Ensayos críticos), por José María Chacón y Calvo. 
(Biblioteca Calleja, Madrid, 1922). 

I ÍN crítico excelente que acaso no conoce aún el lector, es el cubano 
^ José María Chacón y Calvo. Muy joven todavía — veintisiete o 
veintiocho años le calculamos — ha realizado una obra de relativa abun- 
dancia y de importancia indiscutible. Libros de temprana erudición lleva 
escritos (Cen'antes y el Romancero, Tablar de variantes en las poesías 
líricas de la Avellaneda, Las cien mejores poesías cubanas,) que con este 
de Ensayos de literatura cubana y su anterior titulado Hcrmanito menor 
le colocan entre los primeros escritores jóvenes de Hispano- América. 

No son nuevas las monografías que componen este volumen. Son de 
1913. 1914 y }9^Z\ "OS dice el autor en la advertencia preliminar, es decir, 
de sus más juveniles años. Tratan de los orígenes de la poesía cubana, 
de los romances^ tradicionales, de la Avellaneda y de José María Heredia. 

Gran conocimiento de esos temas muestra el señor Chacón, mucho 
escrúpulo erudito, fina sensibilidad y penetrante juicio. 

Chacón y Calvo puede llegar a ser uno de los más grandes críticos 
de nuestro idioma. Quiera la suerte que no se pierda. 

J. N. 
Letras Españolas 

Don Juan, novela de Azorín. Rafael Caro Raggio, editor. Madrid, 1922. 

HÁSF. contagiado "Azorín" de la universal curiosidad que en estos últi- 
mos años despierta la figura del Burlador. ¿Necesidad de confesión? 
Acaso. La sensibilidad y los conceptos de los personajes eternos y re- 
presentativos — Don Juan, Fausto, Don Quijote, Hamlet — no son radi- 
calmente opuestos entre sí, ni son exclusivos de esas figuras de la ima- 
ginación. En todos los humanos, en proporción desigual, viven, pobre- 
mente por cierto, el sensual y el idealista, el que ha vivido sin advertirlo 
y el que va hacia la duda y la muerte por la suma advertencia del vivir. 
Quieren los hombres de ahora enfrentarse con el Don Juan que llevan 
dentro, y al exponerlo se confiesan. Diverso y contradictorio es, pues, 
el Burlador en cada una de sus encarnaciones. ¿ Serán también contra- 
dictorias y diversas las representaciones que acaso tengamos pronto del 
Quijote, de Hamlet, de Fausto? 

En la novela de "Azorín" Don Juan ha dejado de ser el Burlador. 



bibliografía 1¿3 

"Un día adoleció gravemente, dice "Azorín". No llegó a morir, pero su 
espiriíu salió de la grave enfermedad profundamente transform.ado". Es 
ahora piadoso y caritativo, mora en una pequeña ciudad y tiene unos 
cuantos amigos. Con todos alterna, mas no regala vanamente su amistad. 
Visita al obispo, charla con el aurífice, recorre la ciudad con el médico, 
pregunta al labriego por sus siembras, platica con el gobernador, se inte- 
resa por los desdichados. "Conoce una chiquilla de diez y ocho años, de 
ojos anchos y negros, sonriente, alegre, estrepitosa, que quiere tentar a 
Don Juan. Pero Don Juan calla. Conoce a una monja, Sor Natividad, 
bella de form.as. Viole un día las piernas, al prendérsele la larga túnica 
entre un ramaje. Pero Don Juan que ha dicho: "Hermosa", elogiando 
una tracería del patio de San Pablo, ha repetido: "Verdaderamente... 
hermosa" al posar la vista en los ojos de Sor Natividad. Nada más. Lue- 
go, Don Juan entra a sagrado. 

" — Hermano Juan: ¿por qué es usted tan pobrecito? ¿Es verdad que 
ha sido usted muy rico? 

— Todos hemos sido ricos en el mundo; todos lo somos. Las ri- 
quezas las llevamos en el corazón. ¡ Ay del que no lleve en el corazón 
las riquezas ! 

— Hermano Juan : Si ha sido usted rico, ¿ cómo se puede acostum- 
brar a vivir tan pobre? 

— Yo no soy pobre, hija m.ía. Es pobre el que lo necesita todo, y no 
tiene nada. Yo no necesito nada de los bienes del mundo. 

— Pero sus riquezas, hermano Juan, ¿las perdió usted por azares de 
la fortuna, o las abandonó de grado? 

— Mi pensamiento está en lo futuro, y no en el pasado ; mi pensa- 
miento está en la bondad de los hombres, y no en sus maldades. 

— Hermano Juan : dicen que usted vivía en un palacio. ¿ Es verdad ? 

— Mis palacios son los vientos, y el agua, las montañas y los árboles. 

— Hermano Juan : ¿ cuántos criados tenía usted ? 

— Los criados que tengo son las avecicas del cielo y las florecillas de 
los caminos. 

— Herm.ano Juan : su mesa de usted era espléndida ; había en ella de 
los más exquisitos manjares. 

— Mis manjares son ahora el pan de los buenos corazones. 

— Hermano Juan : usted ha visitado todos los países del mundo. 
¿Habrá visto usted todas las maravillas? 

— Las maravillas que yo veo ahora son la fe de las almas ingenuas 
y la esperanza que nunca acaba. 

— Hermano Juan : no me atrevo a decirlo ; pero he oído contar que 
usted ha amado mucho y que todas las mujeres se le rendían. 

— El amor que conozco ahora es el amor m.ás alto. Es la piedad 
por todo. 

(Una palomita blanca volaba por el azul)". 

Finísima y delicadísima es la emoción aquí guardada, pero nada más 
que emoción y un estilo ejemplar hay en este libro. Mucho es eso, no hay 
duda. Pero es tan pobre la invención, tan "quelque chose de ríen" como 
decía Racine, que no nos es muy fácil aceptar este libro como una novela, 
ni este Don Juan como el Burlador. 

J. N. 

Las Columnas de Hércules. Farsa novelesca, por Luis Araquisiain. — 
Editorial Mundo Latino. — Madrid, 1921. 

I. — No está muy distante en el tiem.po, pero sí asaz puesta en lejanía 
por la evolución social, aquella poca en que Armando Palacio Valdés nos 
contó las malandanzas y desventuras que Bl cuarto poder — hoy Las Co- 



124 NOSOTROS 

lumnas de Hércules — atrajo sobre los pacíficos habitantes de la humilde 
y quimérica villa de Sarrio, por humana desviación de un proyecto en sus 
orígenes, lleno de los mejores propósitos. Esta distancia espiritual ha ca- 
vado un abismo entre las éticas de antaño y ogaño, y sin embargo han 
permanecido inmunes ciertas inodalidades, en las que a lo sumo se han 
revelado variaciones de expresión como muestra de las nuevas influencias, 
sin que el proceso psicológico generador se haya desviado de su trillada 
ruta. 

Don Rosendo Belinchón, rey del bacalao en la costa cantábrica, y don 
Herculano Cacodoro, artífice de las pildoras herculinas, tienen tm paren- 
tesco de primer grado, guardadas las proporciones entre ios escenarios, 
épocas y aventuras de su vida novelesca, demostrándonos la de don Her- 
culano Cacodoro esa inmanencia en ciertas modalidades éticas, aludida al 
comienzo de estas líneas, a través de los años de tiempo y espirituales 
transcurridos desde la aparición de la novela de Palacio Vaídés que creó 
al fundador de El Faro de Sarrio hasta la de Las Columnas de Hércules. 

Y nos abstenemos de llamar también novela a esta obra por que no 
lo es, aunque tampoco nos parezca farsa novelesca como lo quiere su 
autor. Alguien la ha llamado ensayo de novela política; tal vez, sin lo 
de política; nosotros, forzados a bautizarla, quizá nos inclináramos a 
hacerlo así : discurso satírico sobre los orígenes del periodismo moderno, 
sus bases e influencia en la república. Sale algo largo, pero la culpa no 
es del bautista ni del recién nacido, sino del padre. El autor la ha llamado 
farsa novelesca, decíamos, lo cual ya es una redundancia si nos atenemos 
a la definición de farsa que dá el diccionario : "Representación de alguna 
cosa sucedida o no, histórica o imaginaria, verosímil o inverosímil; espe- 
cie de fábula, ficción o invención para entretener o divertir o para enseñar 
cautivando". A menos que lo haga deliberadamente para establecer el ca- 
rácter del libro excluyendo la posibilidad de que alguien lo estime como 
"representación de cosa sucedida". En cuanto a la denominación de An- 
drenio, hemos dicho que tal vez la aceptaríamos en sus dos primeros tér- 
minos : ensayo de novela ; pero no en su tercero : política. De ponerle 
mote, cayérale mejor sociología. Es incidental en Las Columnas de Hér- 
cules la política, siendo capital su carácter especulativo en el orden social. 
Política, entonces, por lo que de ella cae dentro de éste; pero muy secun- 
dariamente. 

II. — Araquistain, que tiene un fino sentido crítico, si por tal se en- 
tiende noción de la medida, es siempre el primero en juzgar sus obras, 
porque defender el punto débil ya es conocerlo y así procede él. Lo hemos 
visto en El Peligro Yanqui y volvemos a verlo en Las Columnas de Hér- 
cules. Las palabras de Meredith, puestas al frente de ésta, son como una 
justificación y dicen: "El Espíritu Cómico concibe una situación definida 
para cierto número de personajes, y con objeto de ir tras ellos y sus dis- 
cursos, rechaza todo lo que es accesoi:.io", y el primer punto débil del libro 
es la absoluta carencia de lo accesorio. ¿Hasta qué punto puede determi- 
narse el límite de lo accesorio? Prescindir de ello es quitar perspectiva a 
la "situación definida" y a los "personajes", achatando aquella y estos, que 
en el arte, solo el contraste por la sabia disposición de lo esencial y lo su- 
perfino, anima la creación con calor de vida; donde el equilibrio se aban- 
dona, por seguir tras una situación, cáese en peligrosa monotonía. Tal el 
caso presente. Con los valiosos elementos que Araquistain ha tenido en la 
mano y su preparación, pudo construir no un ensayo, ni una farsa, ni un 
discurso, etc., sino una verdadera novela henchida de humanidad. En vez 
de esto nos enconíram.os con algo amorfo, donde hay muchas cosas eu 
germen; se salva del fracaso gracias al estilo vigoroso y a las originales 



bibliografía 125 

ideas, muestra de todo lo cual han tenido los lectores de Nosotros con p1 
capítulo aparecido en estas páginas. 

En Las columnas de Hércules casi no encontramos acción, y la poquí- 
sima existente se desenvuelve larga y trabajosamente. Cada capítulo, mu- 
chos hay de relleno, es un alegato periodístico o un discurso contra ideas 
o personas. Hay ocasiones en que esperamos ver la mano del novelista 
aprovechando las situaciones que se plantea para dar esos brochazos ma- 
ravillosos con que se deñne un airibiente, se traza un personaje o se remata 
un cuadro ; pero nuestra ilusión se desvanece como la llama de una cerilla : 
casi al producirse. No por gastado el tema hubiera sido menos propicia 
la ocasión de la visita de Escudero y Cacodoro al Banco para pintar el 
medio en forma más amplia de lo que está hecho, con más clara visión y 
más acierto ; terminar la desleída figura de Hipólita, sin embargo la más 
interesante del libro por lo que sugiere, caricaturizar menos a Cacodoro 
y contornear más el marco general poniendo fin a tantos trozos inconclu- 
sos, boceteados, empresa de mayor valía hubiera sido. 

Nos extendemos en estas apreciaciones, al parecer violentas, pero que 
no encierran más violencia que la de una profunda simpatía por Araquis- 
tain, precisamente por esto y por considerarle digno de que se le hable así. 
De lo contrario, el silencio habiera sido más expresivo. 

Si Araquistain ha llamado su obra "farsa novelesca" maguer la re- 
dundancia ya según decimos más arriba, para exclilir la posibilidad de qu2 
se la estime como "representación de cosa sucedida", defiende así otro 
punto vulnerable de ella. El fusilamiento de Ferrer, del. que las izquierdas 
españolas hicieron pobre bandera, porque pobres de valores y de acción 
eran ellas también ; el asesinato de Dato, que casi elogia Araquistain ; la 
guerra de Marruecos, como sucesos, y Dato mismo, Maura, La Cierva, 
Romanones, Melquíades Alvarez, Mariano de Cavia, y toda una suerte de 
dioses mayores y menores del periodismo y la política españolas, como 
personas, bajo nombres o acciones demasiado transparentes, pasan por Las 
Columnas de Hércules en forma tal que no deja duda, si alguna quedara, 
por otra parte, de que la obra es "representación y bien recargada en co- 
lores de cosa sucedida" — acotación al margen de los sucesos, diríamos 
nosotros. j, 

Araquistain, hombre unilateral, hasta ahora, si los hay, en ese país 
de la unilateralidad que es España, ha comunicado a su libro el apasiona- 
miento del político y del periodista que existen en él. Así al leerlo, a 
veces nos parece estar leyendo una crónica suya sobre personas o ideas; 
y oyendo expresarse a cada uno de I05 personajes oímos siempre a Ara- 
quistain, no solamente en ideas, sino en léxico, en terminología. El arte 
del novelista, su primer condición esencial, es saber ocultarse tras su crea- 
ción lo más humanamente posible, que como dice Jean Paul en la cita 
puesta por Araquistain al frente de su libro *'En el poeta la Humanidad 
se dirige sólo a la Humanidad ; pero no este hombre a aquel hombre". 
Y aquí encontramos el otro punto débil de la obra, el que nuestro autor, 
como buen conocedor de sí mismo, trata de defender con las palabras del 
ilustre humorista, queriendo hacernos creer que él ha procedido así cuando 
es precisamente lo contrario. 

Nos decía Blasco Ibáñez cierta vez, que la razón por que se fabrican 
tantos libros de versos y pergeñan tantas obras teatrales, mientras apare- 
cen tan pocas novelas, radica en que para lo primero un esfuerzo mínimo 
e intermitente basta, mientras que para lo segundo es necesario una larga 
y empeñosa contracción". 

El trabajador que es Araquistain ha afrontado el esfuerzo de empuje 
con mano, aunque débil en este empeño inicial, presagiadora de músculo. 
La prueba, por lo que tiene de revelación, nos incita a aplaudirle. Si el 



12G NOSOTROS 

aplauso le llega con previas limitaciones, es porque nuestro humilde enten- 
der las considera justas ; así no podrá sonarle, tampoco, a palmas de "cla- 
que", lo cual para un hombre como el director de España sería un insulto. 

Una censura tanto como un aplauso razonado, son siempre tm elogio : 
cuándo aquella, quién la ejecuta presupone en el censurado capacidad y 
voluntad de rectificación y lealmente lo incita a enderezar el yerro; cuando 
elogio, afirma esas capacidades. 

Y rectificar una orientación equivocada obedeciendo a{ juicio de quie- 
nes honestamente lo den, es siempre un triunfo; y el más difícil: el 
triunfo sobre sí mismo. 

E. S. C. 

El peligro yanki, por Luis Araquistain. Publicaciones "España", Madrid, 
1921. 

I. — El autor de este libro visitó Estados Unidos en las postrimerías 
del año 19, como delegado de los obreros españoles a la Conferencia Inter- 
nacional del Trabajo que se celebró en Washington por aquel entonces. 

Espíritu moderno, inquieto y observador, no perdió la oportunidad de 
estudiar de cerca ese "inmenso crisol que es la República norteamericana" 
— inmenso, decimos nosotros, cuantitativa no cualitativamente — y de 
dar su interpretación desde los dos puntos de vista de su doble personali- 
dad de político y escritor. El primero ha dictado los capítulos de "La 
Evolución Económica", "La Evolución Social", "La Política Internacio- 
nal" ; el segundo los de "Interpretaciones y Visiones", "El feminismo", 
"La Hispanof ilia" y "La Prensa" ; pero en ambos hay una armónica pro- 
porción del político y del escritor que delata al periodista — cuando el 
periodista, cómo en este caso, lo es a la manera de un Barzini, de un Sté- 
phane Lauzanne, de un Huret, todos también ilustres peregrinos al hormi- 
guero yanki. 

Confiesa Araquistain, al frente de su libro, la forzada celeridad con 
que ha debido tratar los temas y añadamos nosotros que ello, unido a la 
falta de un plan orgánico, le ha restado robustez, contextura, al libro, mu- 
chos de cuyos capítulos, si no todos, fueron crónicas periodísticas, cir- 
cunstancia que explica, sin más argumentos, lo anterior. 

El autor cree, sin embargo, "haber rozado todas las fuerzas actuales y 
latentes" del país objeto de su estudio y la conclusión que de ello saca 
está sintetizada en el título del libro. Disentimos en su creencia aunque 
suscribimos la síntesis que implica el título. Falta entre los estudios que 
se le olvidaron, uno sobre la influencia judía en las orientaciones de la 
vida yanki — al tratar de Gompers y su patriarcado roza el tema si bien 
impensadamente y sin concretarlo, como lo roza en mijchos otros mo- 
mentos, por que la influencia judía está en todo dentro de la vida yanki, 
llegando nosotros a afirmar que el peligro yanki es una involucración del 
peligro judío. Falta — y de ello se hubiera apercibido Araquistain de 
prolongar su viaje hasta el" Oeste — estudiar el yanki del Pacífico, tan de- 
semejante al del Atlántico, al que es superior en todo y él lo sabe y lo 
dice. De estas dos fuerzas contrarias puede salir la sorpresa del porvenir. 
Araquistain ha rozado, si, todas las fuerzas que mueven la vida yanki 
y sus actos de más inmediata sensacionalidad y actualidad, los cuales otros 
viajeros, así como muchos estudiosos yankis, también sometieron a juicio; 
pero, a nuestro modo de ver, yendo demasiado a lo externo, ha olvidado 
mezclarse en las corrientes espirituales de su mundo en busca de más 
íntimas y convincentes razones para robustecer la atroz profecía, hecha 
pesadilla en todos los cerebros de hispano-américa que no se pagan de 
doctrinas y sentimentalismo gubernamentales : el peligro yanki. 

Complemento deseado de estos estudios hubiera sido prolongarlos hasta 



bibliografía 127 

México. Conocido el mal, conocer el órgano por donde puede empezar su 
acción disolvente. Asi podria concretarse más plásticamente, con acen- 
tuado relieve la futura tragedia en que seremos obligados actores, si la 
conciencia de nuestro destino no nos abandona en el trance. Nueva Es- 
paña será la que — semblanza de la vieja España que defendió la civi- 
lización latina del avance semita cerniendo en el tamiz cristiano las semi- 
llas exóticas, — por profético destino de su nombre deba sufrir el choque 
de estos nuevos bárbaros y limitarlos a sus fronteras en defensa de la 
integridad de Hispano-américa. 

11. — Diagnosticar el mal es el primer paso en la senda de la cura- 
ción, siguiendo aquel aforismo de Leonardo: las enfermedades son la 
salud del cuerpo. Pero este mal que nos acecha, empezó, hace ya un buen 
tiempo, en forma lenta y segura, su acción disolvente ; nadie ignora el origen 
ni la patología, todos se plañen ; y, mientras, las llagas crecen en carne de 
nuestra carne sin que el taumaturgo capaz haga verdad la sentencia vin- 
ciana. El poder deletéreo es superior a la fuerza vital, mejor dicho a la 
volimtad vital, infinitamente superior a aquella, quebrada por la molicie 
en que el mal halla su mejor aliado. 

¿Dónde está en Hispano-américa el cerebro que suelde los sentimien- 
tos de toda la raza, haciendo un único e inmenso sentimiento semi-cósmico 
de acción y de voluntad con que librar la batalla? Si fuera unánime, 
como lo es en nosotros, el Deseo violento y profundo de esa Encarnación, 
El existiría. Busquemos, pues, esa unanimidad y El será. Que urge el 
tiempo, libros como el de Araquistain nos lo dicen a voces y conviene qiie 
ellas sean sonoras y continuas para mantener despierto y acuciar el espí- 
ritu de Hispano-américa. 

E. S. C. 

Libros escolares 

Curso de Historia de literatura castellana, Texto y antología, por 
Rcné Bastianini. Tomo I : Desde los orígenes hasta el siglo XVI. 
Buenos Aires, 1922. 

.1 Tno más? Esta es la pregunta que invariablemente nos hacemos cada 
¿ ^ vez que llega a nosotros un libro destinado a servir de manual en nues- 
tros colegios. La mayor parte de estos libros no pertenecen a la litera- 
tura, propiamente hablando, sino a la industria del libro. Responden a un 
programa determinado y sirven a maestros y alumnos, respectivamente, 
para tomar y dar la lección. Obras escritas en frío, sin ningún entusias- 
mo, carentes de estilo, pesadas y espesas, contribuyen no poco a favorecer 
la antipatía que los muchachos sienten por sus libros de estudio. Indu- 
dablemente, hay sus excepciones, libros que son ^verdaderas obras maestras 
en su género, ílenos de vida y de calor; y refiriéndonos solamente a aque- 
llos de carácter análogo al que nos sugiere estos comentarios, citaremos 
entre esas excepciones, el de Don Calixto Oyuela, Teoría Literaria, tra- 
tado original de preceptiva, que si tiene algunos defectos considerado como 
obra didáctica, ellos dimanan (lo que parece paradojal) de sus excelen- 
cias como obra de arte. Pues el Dr. Calixto Oyuela, artista antes que 
nada, se enamora a veces de algunos de los temas que aborda, y, olvidan- 
do que su obra es im tratado elemental, se eleva a una altura muy supe-, 
rior con relación a la inteligencia media de los jóvenes a quienes se dirije. 
Industria y no literatura hemos dicho, y añadiremos que esa indus- 
tria del libro de texto es poderosísima en nuestro país, está muy bien 
organizada y dispone de influencias de extraordinaria eficacia. Tanto que. 



128 NOSOTROS 

hace algún tiempo, los protectores de ella, esto es, las personas ligadas a 
los intereses que esa industria ha creado, hicieron fracasar un proyecto de 
reforma a los planes vigentes, en los colegios nacionales. Fácil es supo- 
ner que una reform.a de los planes, y con ella, de los programas, hubiera 
reducido a cero el valor de muchas ediciones, con el natural quebranto 
para autores 3' editores. 

Con tales prejuicios sobre los libros de texto, un tanto atenuados ante 
éste que comentamos, gracias al prestigio del autor y al conocimiento 
que teníamos de su anterior obra, abrimos el Curso de Literatura Castellana, 
del Sr. Rene Bastianini. 

Y leímos el primer párrafo, que dice asi : 

" El conocimiento de un pueblo tan complejo como el español, en cuya 
" formación han intervenido tantos otros, es decir, el conocimiento de 
" las razas que sucesivamente poblaron, conquistaron o visitaron la Pe- 
" nínsula Ibérica, por lo mismo que nos permitirá referir cada uno de 
" los rasgos más salientes de dicho pueblo español a su origen verdadero, 
"donde muchas veces hasta cabrá observarlos en su forma pura, es indu- 
" dablemente el mej or camino para comprender los varios aspectos de su 
" historia, comenzando por los literarios, más dependientes que otro cuales- 
'" quiera del temperamento de la raza cuya expresión vienen a ser." 

No comprendimos nada de lo que habíamos leído. Después de re- 
petida la lectura llegamos a columbrar el pensamiento del autor, perdido 
entre una maraña de oraciones incidentales. Y nos dijimos: Si toda la 
obra está escrita en ese tono, con tan enrevesada sintaxis, con tan bru- 
moso estilo, el libro que tenemos en las manos es uno de tantos. 

Felizmente, la desagradable impresión que nos produjo el párrafo 
que hemos copiado se desvaneció bien pronto. El autor, después de este 
tropezón incial, da algunos otros, hasta caer de bruces a veecs ; pero, en 
general, camina con paso seguro, señor de su asunto y dueño de adecua- 
dos medios de expresión. Sin que en ningún momento sea brillante, su 
estilo, salvo los casos a que acabamos de referirnos, es claro y sencillo, y 
acomodado a la índole y a la finalidad de la obra. 

El señor Rene Bastianini, miembro destacado de nuestra docencia, 
ha escrito varias obras didácticas, la mayor parte de ellas sobre mate- 
rias relacionadas con el lenguaje. Sus manuales de gramática son exce- 
lentes, llenos de una riquísima ejemplificación, que el autor ha cose- 
chado directamente en sus lecturas de los más conocidos autores espa- 
ñoles y argentinos. El Sr. Bastianini ha modernizado la enseñanza de la 
gramática afiliándose a la escuela de Benot y vulgarizando las teorías de 
este gran escritor. En el Curso de Historia de la Literatura, el Sr. Bas- 
tianini se propone, según sus propias palabras, "despertar en sus jóvenes 
lectores el interés por la Literatura Castellana mediante un conocimiento 
lo más acabado y objetivo posible de la misma en sus tópicos esenciales." 
Al efecto, el autor no se reduce a señalar por orden cronológico la apa- 
rición de tales escritores y de tales tendencias literarias, y a dar su opi- 
nión sobre el valer o importancia de unos y otras, como la mayoría de 
los autores de manuales análogos al suyo ; sino que, además de eso, expone 
las relaciones (cuando existen) entre la ficción literaria y la realidad que 
la ha engendrado, el origen de las principales obras, una síntesis bien 
completa y clara de éstas, y trozos de las mismas elegidos ton sumo 
acierto. De este modo procura que el alumno se ponga en contacto con 
los maestros castellanos, y, como finalidad (única a nuestro entender que 
debe tener la enseñanza de la literatura), adquiera una cultura literaria 
que en adelante ha de servirle, mucho más, por cierto, que sus estudios de 
preceptiva y de gramática, para el dominio de sus medios de expresión. 

Hasta ahora, y hablando en términos generales, la escuela no ha dado 
a los alumnos que estudian literatura, esa cultura a que nos referimos 



bibliografía 129 

más arriba. La escuela les inculca algunos conocimientos de retórica y 
les señala la existencia de ciertos y determinados autores ; pero no los 
pone en correspondencia con las obras maestras del ingenio humano. Apre- 
surémonos a decir que de esta falla no es culpable el profesor, como po- 
dríamos probarlo si no fuera otro el objeto de estas líneas. 

El libro del Sr. Bastianini, gracias a su método y a la copiosa antolo- 
gía que lo integra, servirá al joven estudiante para que entre en relación 
íntima con las más importantes obras de la literatura castellana, les cobre 
simpatía, goce de las emociones que ellas producen, y junto con esto, 
afirme su gusto y su criterio estético. Y como quiera que el autor, de 
acuerdo con las teorías expresadas por Taine en su Filosofía del Arte, da 
suma importancia al estudio del "clima moral" en que se desarrollan las 
obras a las cuales se refiere, el libro del Sr. Bastianini servirá también, 
a los jóvenes especialmente dedicados a las letras, para que adquieran una 
cabal comprensión de las causas determinantes de muchos fenómenos 
literarios. 

J. F. C. 

f Folletos 

Memoria de la Sección de Historia (1920-1021), por Emilio Ravigna- 
ni, director de la Sección. (Facultad de Filosofía y Letras. Buenos 
Aires, 1921). 

pT h doctor Emilio Ravignani, director de la sección de historia de la 
*— Facultad de Filosofía y Letras, ha publicado en un folleto la memo- 
ria .elevada al decano de esa casa de estudios, en octubre último. En ella 
reseña la organización de los trabajos de la sección, las donaciones y 
préstamos de documentos que le hicieron diversos particulares, la influen- 
cia que la sección ejerce en los estudios de la Facultad, el éxito que sus 
publicaciones obtienen en el extranjero y otros detalles administrativos. 
Por todo se advierte el entusiasmo y competencia que el director y 
los adscripíos de la sección de historia ponen en sus tareas, tan útiles a 
la cultura argentina. Algún día comentaremos como corresponde) la 
valiosa obra de esos investigadores. 



Los escritores argentinos juzgados en el extranjero 



La actualidad intelectual argentina 

pr N la revista francesa L'Opinion Ci5 de abril) ha consagrado Ik&inoel 
■— Gahisto un artículo a la actividad presente de los escritores argei|tinos. 

En él no pierde de vista, como era de esperarse, la influencia que so- 
bre el desenvolvimiento intelectual argentino ejerce la cultura francesa. 
Por eso dice, no debe molestar sobradamente a Francia el hecho de que la 
Argentina se rehusara a formar parte de la Liga de las Naciones. Por el 
contrario, es, a juicio del articulista, cálido nuestro afecto por Francia 
como lo probaría la acogida dispensada a Paul Fort. 

Trata luego del éxito alcanzado en París por la compañía dramática 
de Camila Quiroga, que consagró la fama de Florencio Sánchez, y probó 
con obras de Vicente Martínez Cuitiño, Julio Sánchez Gardel, Gregorio 
de Laferrore lo que puede ser la actividad dramática de im centenar de 
autores igualmente hábiles. 

La Argentina — dice más adelante — quiere, intelectualmente, vivir 
su vida propia, y prodiga los sentimientos de este nacionalismo en moda. 
Las universidades sufren una radical transformación en virtud del espí- 
ritu nuevo que las anima, al propio tiempo que intensifican sus estudios. 
En Buenos Aires, Ernesto Quesada estudia con igual imparcialidad cien- 
tífica la filosofía de Augusto Comte que el relativismo del alemán Oswald 
Spengler. En La Plata aparece periódicamente una publicación en la que 
el articulisía ha podido comprobar el cuidado científico con que Corio- 
lano Alberini, Enrique Mouchet y Alfredo Franccschi han escrito sus 
monografías. Aunque no conozca muy bien el señor Gahisto el desarrollo 
alcanzado por los estudios históricos, se refiere a la Historia dr la ^ Lite- 
ratura Argentina, de Rojas y al difundido manual escolar de Ricardo 
Levene. 

Luego hace el elogio de Paúl Groussac, "que fué el primero en ex- 
poner concienzudamente, de acuerdo con una documentación de benedictino, 
los hechos históricas, al propio tiempo que daba valerosamente a veces, un 
juicio imparcial sobre los hombres. Emigrado hace cerca de sesenta años, 
argentino de adopción, personaje oficial, director de la Biblioteca Nacional, 
ha publicado durante la guerra, en Le Courrier de La Plata, artículos "en 
favor de la causa del derecho" que eran modelos de dialéctica. Hace poco 
los escritores de las nuevas generaciones, agrupados por la revista Nos- 
otros, se reunieron en una manifestación de simpatía en torno de este 
veterano escritor, un poco apartado ahora de su afiebrada actividad y en 
la que emocionado recordó sus orígenes". 

Enseguida se refiere el articulista a la obra realizada por Nosotros. 

"La evolución realizada por esta revista — dice — que en sus actua- 
les quince años ha llegado a ser una de las más importantes de toda la. 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS 131 

América española, y la más literaria de todas, es muy significativa" (des- 
de el punto de vista en que el señor Gahisto se coloca). "En virtud 
de su título debía en sus comienzos, consagrarse únicamente a hacer co- 
nocer los poetas y prosistas argentinos. Era la época en que la opinión 
general atribuía a la Argentina preocupaciones exclusivamente mercanti- 
les, y en la que se creía por completo extraña a esas tierras de incalcu- 
lables riquezas materiales, toda aspiración idealista. 

"Paulatinamente han figurado en los sumarios de esta publicación ca- 
da vez más ecléctica, todos los nombres conocidos de los autores hispano- 
americanos, desde F. García Godoy, de Santo Domingo, y A. Hernández 
Cata de Cuba, hasta Francisco Contreras o Armando Donoso, de Chile y 
Rufino Blanco Fombona, de Venezuela. Tiene Nosotros en la actualidad 
crónicas extranjeras e informa a su público, con espíritu de sincera im- 
parcialidad, sobre los acontecimientos de la vida intelectual de Europa y 
de América. Sin duda alguna, la élite argentina ha evolucionado en estos 
últimos quince años. Afectaba, y aún afecta, de introducir en el idioma 
libertades e incorrecciones que la independizan del desdeñoso academismo 
español, pero envía a la península, sin embargo, a escritores y artistas cu- 
riosos de cuanto se refiere al Solar de la rasa, y escucha con atención las 
palabras de Ortega y Gasset o de algún otro español que visita la capital 
y las provincias y que, favorecido por la comunidad de idioma, resume 
sus impresiones y observaciones en un juicio penetrante". 

Gahisto estudia enseguida las manifestaciones literarias del criollismo: 
las milongas, tristes, estilos y vidalitas que, contrariamente a lo que 
acontece en otros países sudamericanos, han podido llevar sus resonancias 
a los ambientes cultos de las ciudades. "Así Bl Payador es el título de 
una obra de Leopoldo Lugones, escritor cuyo nombre, después de la muerte 
de Rodó, es uno de los más justamente afamados en Europa. La tradi- 
ción iniciada por el Martín Fierro, poema heroico consagrado por Her- 
nández, a mediados del último siglo, a la gloria del gaucho legendario, por 
Santos Vega de Rafael Obligado, se transforma sin extender sus medios 
de expresión, y así reciementemente Edmundo Montagne expresa en La 
Guitarra del Pueblo el deseo de afirmar en este punto la unión del pasado 
con el futuro. Los complejos espíritus actuales se forman, sin embargo, 
con prescindencia de todo elemento rústico, y el carácter de muchos to- 
mos de versos se advierte por sus propios títulos : Harpas en el silencio, 
de Eugenio Díaz Romero; Languidez, de Alfonsina Storni; Bl Ala de 
Sombra, de Pedro Miguel Obligado; Las noches de Oro, del exquisito 
Rafael Alberto Arrieta, y también Un Camino en la Selva, del fino es- 
critor Ernesto Mario Barreda, o La Urna, de Enrique Banchs. Obras 
armoniosas pero, según el crítico Alfredo A. Bianchi, obras de artistas 
'más próximas de Watteau que del gaucho". 

Trata luego de los novelistas : "¿ Benito Lynch, autor de Raqueta y 
Los Caranchos de la Florida, relatos sobrios y vigorosos, obtendrá en Euro- 
pa la acogida que merece; Hugo Wast, evocador perfecto del pasado, nos 
hará leer en francés La Corbata Celeste o alguna otra de sus novelas his- 
tóricas ; y Manuel Gálvez, premio nacional de literatura en 1918, verá tra- 
ducido en Francia, como en los Estados Unidos o en Italia, a uno de sus 
vigorosos cuadros de vida provinciana como son La Maestra Normal y 
La Sombra del Convenio, o bien Nacha Regules, novela del Montmartre 
porteño? Estamos lejos de los años en que el héroe de las novelas hispano- 
americanas era un hijo de familia aristocrática, que a su regreso de Euro- 
pa impregnado de refinamientos estéticos de un París artificial, luchaba 
entre su neurosis o su talento y las rutinas del ambiente nativo. El ambien- 
te ha cambiado en la Argentina, y el hijo pródigo se asimila con fervor, 
como Vicente Salaverri lo ha demostrado en dos novelas atrayentes : Este 
era un país y El Corazón de María. Los rasgos que ayer le repelían son 



132 NOSOTROS 

los que hoy considera más atrayentes. Y son los que más pueden cauti- 
varnos." 

Termina el artículo diciendo : 

"La República Argentina ha vivido en estos últimos diez años vma 
etapa intelectual sin igual, con fuerzas aun suficientemente fecundas para 
obtener resultados todavía mayores de su juventud creadora." 

La evolución de las ideas argentinas, por José Ingenieros. 

pr N la Ret'ista do Brasil, Monteiro Lobato ha consagrado un artículo a 
*^ la última obra de Ingenieros. 

"Ningún nombre en las letras argentinas se ha difundido tanto entre 
nosotros como el de Ingenieros. Sus obras andan por todas partes y se 
venden cada vez más. Crece su prestigio y su opinión es citada siempre 
como argumento de valor. 

"Y con toda justicia. Ingenieros, además de ser un científico de gran 
envergadura capaz de amplias visiones de síntesis, tiene un estilo seductor, 
claro y ameno, sin el defecto de la elocuencia pomposa tan frecuente en 
los sudamericanos de origen español . Ideas claras en estilo claro : el eterno 
secreto . 

"Y por serlo así, ningún espíritu culto, aquí por América, deja de in- 
cluirlo en su biblioteca, en los estantes donde hasta hace poco sólo figu- 
raban nombres europeos. Eso obliga a nuestra crítica informativa el de- 
ber de dar noticia de sus libros con menos apresuramiento del que es co- 
mún para la producción mental sudamericana." 

Monteiro Lobato reseña a continuación el contenido de los dos volú- 
menes aparecidos hasta ahora de La evolución de las ideas argentinas, es- 
pecialmente del segundo que trata de la Restauración. Refiriéndose a Ro- 
sas y al sistema de terror que implantara, dice Monteiro Lobato: "Sin este 
invento los pronunciamientos se hu1)ieran sucedido con frecuencia y la in- 
dustria ganadera no hubiera logrado echar los cimientos sobre los cuales 
se yergue la gran Argentina actual. 

"Parécenos que Ingenieros, dominado por noble indignación contra la 
tiranía teocrática de Rosas, no confiere el verdadero mérito a este aspcctu 
del fenómeno ; como también nos parece que el futuro sociólogo perdo- 
nará a Rosas sus crímenes en mérito de la innegable utilidad que de ellos 
obtuviera el país. Si en el terreno material la paz despótica apresuró el 
advenimiento de la nación moderna, bastante contribuyó en lo moral a do- 
meñar el carácter argentino. La atroz persecución del liberalismo llevó 
al destierro a sus más nobles representantes, y en él templáronse feliz- 
mente, de modo que, despus de caído el tirano, continuaron la obra de la 
revolución en un país ya muy diferente del primitivo, .porque había sido 
enriquecido y dominado por la fuerza y domado por eL freno terrible del 
formidable domador de hombres. De ahí la facilidad con la que, después 
de pequeuas oscilaciones, entró la nación argentina en la magnífica esta- 
bilidad actual." 

V 

Nuevos poemas, por Fernández Moreno. 

P N los días que corremos parece que la poesía tiende a desenvolverse 
■— de toda percalina para manifestarse en una suprema desnudez ideo- 
lógica. 

Fernández Moreno — cuyos libros anteriores le han conquistado el 
merecido puesto que hoy ocupa en la literatura americana — se nos pre- 
senta ya seguro, sin vacilaciones, caminando por este sendero de la poesía 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS 133 

de fondo. Al revés de muchos poetas de nuestra generación, él da poca im- 
portancia a la forma (a la forma nueva) y pone en palabras vulgares lo 
más sensacional o íntimo de un ambiente o de un estado de alma. 

Si lo vemos inclinarse sobre las aguas de un lago, no es sólo para con- 
teniplar la belleza del añil de las aguas, ni su estática quietud. Sus ojos 
atisban en la hondura con afán de sorprender lo oculto, de apoderarse del 
secreto que escapa a las miradas de los otros hombres temerosos del do- 
lor y del análisis. 

Es fino, leve, diáfano, selecto. La tercera parte de Nuevos poemas 
continuación del libro Campo argentino es la que más alto lirismo encie- 
rra. A veces suena un poco a Machado, pero nunca pierde completamente 
su acento personal. 

{España, de Madrid). 



LAS REVISTAS 



La amargura de Henri Bataille 

CON este título, "Corpus Barga" ha publicado el siguiente artículo en 
El Sol de Madrid (i6 de marco). 

El ilustre autor ha muerto de una manera teatral. Vivía, como 
buen pariseño, fuera de París. Tenía puesto piso en París, magnífica- 
mente, como Debussy, como Anatole France, que tiene, no un piso, un 
hotel, en la Avenida del Bosque de Bolonia, y cuando estaba montando 
una obra, tomaba además una casa o habitaciones en un hotel cerca 
del teatro. Para escribir se refugiaba en su "chateau" del Aisne. Para 
corregir las pruebas, es decir, para gozar de sus triunfos, pues la obra 
que iba a publicarse es que se acababa de estrenar, vivía en los aledaños 
de París, en su finca cortesana de la Malmaison. Ha sido aquí, donde 
a la vuelta de un paseo por su parque y cuando iba a la bililioteca a 
corregir las pruebas de La carne hnviana. le ha cogido una angustia y 
ha caído desplomado. Su intérprete de La Posesión, la actriz Ivona 
de Bray, que se vestía para ir al teatro, dio hasta París, por teléfono, 
voces de dolor. 

•* *v * 

Henry Bataille ha sido uno de los hombres que se haya podido 
dar mejor vida en nuestra época. Tuvo medios y tuvo fines. Tuvo 
dinero antes de ganarlo : su familia era de la alta, de la rica 
burguesía. Tuvo un talento que no tardó en ser consagrado por el éxito. 
Bataille era meridional y semita. Se ha dicho del teatro francés con- 
temporáneo, del teatro del bulevar, que era obra de judíos, a partir del 
empresario y hasta a contar el último tramoyista. El hermano en éxito 
de Plenry Bataille, Henry Bernstein, es semita asimismo. Y también 
lo es Porto-Riche. Pero el teatro de Porto-Riche es otra cosa que el de 
Bernstein y el de Bataille, los cuales, si son diferentes, son los dos me- 
lodramáticos. Y todavía, el de Bataille, si es exclusivo y deformador, 
no deja de ser sincero, no suena tan a falso como el de Bernstein, o 
como el de Curel, que suena a falso por otros motivos. Francois de 
Curel vive casi todo el año, como un gran señor, en sus bosques de caza 
de los Vosgos. Georges de Porto-Riche vive recogido en su puesto de 
la Biblioteca Mazarina. Henry Bernstem sigue siendo "el hombre de 
teatro", es director de uno de los principales teatros del bulevar. Henry 
Bataille ha muerto dejando sus dos últimas obras puestas en dos esce- 
nas también de las más a la vista de París. 



LAS REVISTAS 135 



La Posesión y La carne humana no han tenido mucho éxito 
entre los críticos. Mejor dicho: ahora en París no hay críticos; hay 
unos literatos revisteros de otros literatos.^ Sigue, naturalmente, ha- 
biendo literatos que hacen profesión de críticos, y, desde luego, pro- 
fesores de la historia literaria ; pero el tono está dado, cual en otras 
partes, y, si se repara, como en las mejores épocas, por la ausencia es- 
pecial de críticos y la agudización general del espíritu crítico. En la 
crítica teatral ha repercutido, pues, la crítica de la literatura contra lo 
pcorativo del teatro. Después del teatro romántico, y del naturalista y 
sentimental de Augier y de Dumas hijo, los literatos franceses habían 
llegado a considerar el teatro como un arte inferior, extramuros de la 
literatura, el escalón más bajo de la escala que sube a las regiones del 
lirismo. Los mismos que rehabilitaban el teatro, como Henry Becque, 
el autor naturalista de La Parisicnne, el "Teatro libre", de Antoine, 
y los importadores de Ibsen y de Hauptrnann, lo hacían en reacción 
contra él y apoj'ados en ese juicio despectivo. Claro está que un arte 
puede ser más grosero cuanto más se presta a utilizaciones, a funciones 
ajenas a su inutilidad. Hasta en el teatro más puro, la tragedia griega, 
se adivinan los motivos nada estéticos, sino políticos y religiosos, que de- 
bían intervenir en su éxito. Hoy, cuando el último — ya es el pen- 
último — rehabilitador del teatro francés era, no ya el teatro natura- 
lista de Henry Becque, el religioso de Paul Claudel, y pasaba el "Tea- 
tro libre" a ser el teatro clásico del "Palomar Viejo", ha sido el teatro 
de Henry Bataille, sancionado por el gran público de los bulevares, una 
de las víctimas más propiciatorias para que una crítica cualquiera, con 
mayor o menor acierto, le disparara esas plumas que añadidas a im 
pedazo de madera hacen, como decía Chamfort, una flecha. 

Hs He, 5|C 

Henry Bataille se sentía herido precisamente porque era artista y 
literato. Antes que "hombre de teatro", empezó por ser pintor y poeta. 
Sus libros de versos: La cámara blanca. B^ hermoso viaje, La 
divina tragedia, La cuadratura deV amor (los dos últimos publicados 
después de la guerra) no le han dado en la poesía el nombre oue 
Mamá Colibrí, La marcha nupcial, La virgen loca, La Falena, El 
animador. Las antorchas, etcétera, le han dado en el teatro. Fué 
sin embargo, poeta lo suficiente para amargarse sus triunfos teatra- 
les. No parece que haya llegado a una obra - tipo como La enamorada, 
de Porto - Riche, o La Parisiense, de Becque. por no citar más que 
del género femenino. Mamá Colibrí es una Fedra... colibrí. Y por la 
impresión de conjunto que se puede tener de un teatro visto repre- 
sentar salteado, creo que el teatro de Bataille tampoco vale lo que el de 
Aucier v el de Dumas hijo. Estos se hallaban mis cerca de Balzac. 
Henry Bataille ha contribuido indudablemente a la: franqueza, o, si 
se quiere, al cinismo, que es un valor del teatro francés moderno. Lo 
mejor de Bataille está en su sinceridad: una de sus primeras obras tea- 
trales fué traducir Resurrección, de Tolstoi. Si no ha escrito otra 
obra igual, no ha sido por falta de intenciones, sino de posibilidades. 
Y acaso la posibilidad que más le ha faltado para ello ha sido la vida 
honda, de interés. Toda una literatura francesa, no sólo teatral, también 
novelesca y hasta poética, de la poesía mis moderna, viene queriendo 
salir, por naturalismo, por dinamismo o por sorpr'^sa directamente de 
la vida ; quiere, en fin, llagar a la última consecuencia del romanticismo. 
Pero nada menos romántico que la vida actual de los literatos franceses. 



lae NOSOTROS 



Mauricio Barres y Fierre Loti no han ido en su inquietud más 
allá de cierto espiritual turismo. Por mucho que Loti maldiga de la 
Agencia Cook, su literatura, que hubiera podido ser tan sorprendente, 
no pasa de ser una literatura para señoritas y otros espíritus turistas. 
La maravillosa filigrana de Barres conduce a la nada psicológica, por- 
que no tiene nada que hacer en el medio en que ha hecho su laberinto. 
Parece así muy lógico que Barres . haya querido dar políticamente a ese 
medio un aire heroico y religioso ; mas tal nacionalismo la verdad es 
que resulta igual de opuesto al de Dantón que al de Dostoiewsky : es 
el sostén de la burguesía, incapaz de ima espiritualidad superior a la 
que le presta Paul Bourget. Anatole France, con mejor inspiración, lleva 
por la senda de la tranquilidad y la abundancia, a cultivar la literatura 
sabia. Las mismas condiciones son propicias para la especulación filo- 
.sófica. Dentro de la literatura práctica, aplicada a casos, suele también, 
en efecto, ser un hombre desde su rincón quien cambia la visión del 
mundo : Flaubert dio una visión, que es poco decir dantesca, de la vida 
aldeana (¿hay alguna novela de Dostoiewsky tan emotivamente horrible 
como Madame Bovaryf) ; y nada menos que una visión nueva es lo 
que intenta dar, operando sobre la vida del gran mundo, y, si no desde 
un rincón o lado, desde una hondura, este novelista, Marcelo Proust, de 
quien se viene hablando tanto. Sin embargo, los literatos franceses, 
bien dotados y pertenecientes a lo que el joven Mauricio Rostand llama 
con delicias "literatura personal", ¿qué no hubieran hecho de llevar la 
vida, no ya de algunos literatos rusos o escandinavos, de algunos litera- 
tos británicos o españoles ? Ha habido la guerra ; pero si tuviera aquí 
espacio para seguir la relación entre la literatura y la guerra, fortalece- 
ría estas apreciaciones. En la poesía francesa moderna, la más moderna, 
con aportes extranjeros, se quiere hacer como una revolución personal 
del universo, y las jóvenes personas (algunas hasta han recogido "la 
fiebre" de les Estados Unidos) no salen del siempre tan fino "esprit" 
parisiense o de sus empleos. ¿ Será su propósito viable ? Rimbaud, el 
precursor de esta poesía, cuando vino a París con Batean ivre, traía 
ya marcado su fugaz y extraño destino, había huido de su casa y aban- 
donado, como los grandes románticos lord Byron, Chateaubriand, utia 
hermana, esa pobre Isabel que hemos conocido últimamente. 

* *, * 

Todos los esfuerzos de sinceridad fueron en Bataille lo excesivo y 
la deformación quizá, porque se empleaban en sacar humanidad de una 
vida poco cantera. Lo humano hondamente humano, de Henry Bataille 
fué su propia vida, inevitable de halago y amargura. Estaba fisiológica 
como socialmentc predispuesto. Rodeado de voluptuosidades, debía vivir 
en mía desolación sexual. Una de las escenas íiltimas de su Don Juan, 
Bl hombre de la rosa, no la escena de los cinco duros, parece muy 
significativa. Era de los que no saben ser castos. Se diría que tuvo 
la triste belleza de encarnar uno de esos tipos finales de una clase de 
una sociedad. Sirva ello de consuelo a los pobres envidiosos de las 
grandezas humanas. Y sirva la figura de este artista como aviso para 
los que sueñan con dedicarse al arte. Bataille parece haber sido en este 
género el prototipo del infeliz. Y no le faltaba nada, ni el talento. ¡Ah!, 
para ser marinero en el 'Hiateau ivre" de las letras hay que tener hiers 
puestos los calzones. 



LAS REVISTAS 137 

A propósito del poema sipnóptico 
sobre tres pianos. 

pr N La Vie des Lettres (febrero), Nicolás Beauduhij su director, ha pu- 
^ blicado el artículo siguiente: 

Algunos poetas cuya estimación me es particularmente cara, me han 
pedido que les defina lo que yo entiendo por poemas sobre tres planos. 
En el primer momento he titubeado en responderles, por temor de caer 
en una exposición con aspectos de manifiesto. Por ternor también de su- 
ministrar un pretexto cualquiera a un nuevo dogmatismo. 

Que esos amigos se tranquilicen ; yo rechazo de antemano toda^ idea 
de un sistema a priori, toda esquemítización demasiado matemática. 
Ko digo: ¡he aquí la verdad!, sino: he aquí un poco de mi verdad. 
Por lo tanto, apreciación absolulamenle personal. Dicho esto, y con las 
restricciones que ello comporta, me siento más libre frente a ellos y^ a 
mí mismo para hablar de mis investigaciones de orden puramente téc- 
nico, como será agradable comprobarlo. 

Que me excusen de antemano de hacer hincapié en mis experien- 
cias. Que comprendan cuan delicado es para un autor el tener que 
citarse : 

Desde 1912 (época en que yo componía Bl Hombre Cosmogónico), 
sentía cómo el verso libre, en correspondencia tan perfecta con la sen- 
sibilidad musical de los puros poetas simbolistas, no era suficiente ya 
para dar con limpidez todo el sincronismo del mundo moderno. Además, 
experimentaba una real laxitud visual y auditiva en el empleo de las 
mismas formas, en servicio desde hacía más de treinta años. De ahí, 
¿por qué no decirlo?, el deseo de un nuevo instrumento. 

Durante este período (1912-1919), y en el curso de los azares de la 
guerra, me apliqué a la descomposición de las viejas formas : pochades, 
poemas instantáneos, anecdóticos, caleidoscópicos, etc. Este período de 
destrucción del verso libre simbolista se continúa todavía en un gran 
número de poetas de mi generación y aún en los más interesantes de 
entre los recién llegados. 

Ahora bien, por temperamento, por razón, por necesidad de simpli- 
ficación y de claridad, dirigía mis investigaciones hacia un orden lírico 
nuevo, en relación con las leyes orgánicas universales, y orientado hacia 
la unidad. 

Los descubrimientos científicos, aún los más maravillosos, que na- 
cen cada veinticuatro horas, y trastornan, según dicen, las concepciones 
humanas, no me parecieron una justificación suficiente para la perma- 
nencia de mi sistema. 

El poema en versos libres, aún deformado, incoherente, desasido, 
sin ritmo y proyectando en explosiones las palabras que se desparraman, 
no m.e parecía que reflejara perfectamente, con nitidez y prontitud la 
multiplicidad de las cosas del día. 

Y yo pensaba : ¿ cuál será el Regulador de la poesía ? ¿ Encontrará 
ésta su orden nuevo, como su hermana más evolucionada, la pintura? 
La naturaleza no es un caos. Hay una lógica en el mundo, aún cuando 
ésta se nos escape. Hay un equilibrio, a pesar del desequilibrio aparente. 
La obra de arte nos revela siempre una poderosa construcción en la 
base, una disciplina, una jerarquía de los valores. Crear fuera de los 
números no es crear. En toda construcción hay una simetría, una equi- 
valencia. Un caos no es una arquitectura. Hay leyes eternas. Son esas 
leyes organizadoras, internas, que yo me forzaba en encontrar, no en las 
lecciones del academismo, no en los cánones de las sorbonas universitarias, 
no en las otras necrópolis, aún las florecidas, sino en la confrontación de 
las leyes de mi individuo con las grandes leyes que gobiernan el mundo. 



138 NOSOTROS 

Mi voluntad era pues la de construir y no de improvisar. Crear for- 
mas nuevas y no contentarme con copiar servilmente las que ya existían. 

Cansado del poema unilateral (en versos clásicos, rimados o blancos) 
del poema solo, del recitativo, de la cantata, del verso tan propicio a la 
declamación, buscaba ante todo una forma nueva en un desenvolvimiento 
paralelo binario de mi lirismo. Pero me apercibí rápidamente que la 
oposición binaria impide toda síntesis ; los contrarios no se pueden aliar. 
Por otra parte, el binario es por esencia estático y rompe la unidad. 

Ensayé pues un lirismo trilateral (Poema de la ausencia, 1914-1919. 
Ritmos y cantos de la renovación. 1919) y desde esos primeros ensayos 
tuve la percepción muy neta de un instrumento nuevo, lleno de recursos 
infinitos, en perfecta concordancia con lo universal. Había encontrado, 
como muy. bien se me dijo después, "la poesía de la cifra plástica que rige 
el universo". 

El ternario, número creador por excelencia, signo espiritual de la 
creación, es esencialmente dinámico, organizador y permite la acción. Es 
la raíz de todo, el término intermediario que unifica los antagonismos, el 
agente que pone en contacto. "Tres es la fórmula de los mundos creados" 
ha escrito Balzac. 

En efecto, se le encuentra en la base de toda operación intelectual abs- 
tracta. En lógica todo razonamiento supone tres términos. Es necesario 
tres sensaciones para concebir una idea, tres aspectos para que una noción 
se haga distinta. En la naturaleza, igualmente, toda manifestación es tri- 
ple. Tres las propiedades esenciales de la materia : peso, afinidad, cohe- 
sión. Tres los' principios fundamentales en mecánica: inercia, movimiento 
continuo, equilibrio. Tres las especies de movimiento : constante, acele- 
rado, retardado. Tres los elementos de la geometría, correspondientes a 
las tres dimensiones del espacio: la línea, la superficie, el volumen. Tres 
las especies de números en aritmética : números enteros, fraccionarios y 
fracciones. Tres los colores fundamentales de la luz: el rojo (calórico), 
el azul (electroquímico), el amarillo (luminoso). Tres las notas del acor- 
de perfecto. Tres los puntos de apoyo del equilibrio estable, etc., etc. 

Además, este número creador por excelencia me parece encontrar no 
solamente su justificación en la forma exterior del poema, sino corres- 
ponder también al plan físico, al plan intelectual y al plan de la intuición, 
por la expresión de la vida total, que es a la vez sensual, sentimental y 
mental (los sentidos, el corazón y el espíritu), por medio de las palabras, 
de los sonidos y de las ideas imágenes. 

Esto fué primeramente para mí im problema casi exclusivamente 
formal. Una vez en posesión de la cifra plástica que rige el universo, por 
necesidad de simplificación y sin caer por esto en el ideograma, concebí 
el poema con su arquitectura triple~,j una, dispuesta según las leyes geo- 
métricas eternas yv permitiendo una significación extensa con un mnimo 
de elementos. 

La organización gráfica que concentré primero muy particular- 
mente sobre el plano central (Signos Dobles, Bnnoia) se extiende hoy 
sobre los otros planos (Bl hombre cosmogónico), preocupándome cada vez 
m.ás de las relaciones que entre sí mantienen las formas interiores del jjoe- 
ma, sin perjudicar a su perfecta legibilidad. 

Así mi creación se organiza según una estructura interna, del mismo 
orden que la que preside a la organización de las formas naturales. El 
nuevo equilibrio del poema se realiza según una simetría hecha de la co- 
operación de elementos cualitativos y cuantitativos. 

Los elementos cualitativos son tres ; y participan de los tres planos del 
poema : 

i.° — Los valores psíquicos o de inspiración. 

2° — Los elementos rítmicos. 

3.° — Los elementos de expresión, de evocación y cíe sugestión. 



LAS REVISTAS lí59 

Igtialmente tres elementos cuantitativos concurren a su organización 
•material : 

l.° — La simetría formal por equilibrio de los planos (con el esote- 
rismo que esto comporta). 

2." — El agrupamiento y elección de las palabras por analogías (so- 
nidos, timbres, colores). 

3.° — Los números, 

A mi juicio, las nuevas palabras escritas se dirigen no solamente al 
oído (como lo hacían los simbolistas), sino también a la vista. De donde 
la legitimidad de los nuevos dispositivos de escritura, por la realización 
figurativa de ideografías líricas (Fantasía de Asia) encaminándose, pue- 
de ser, hacia un poema puramente semántico, aparte del ilusionismo y la 
pesantez de las palabras. 

Pero no nos anticipemos. ¡ Quien puede prever el término final de 
la evolución de las formas líricas ! 

Sí, tipográficamente, el aspecto del poema de hoy es otro que el de 
ayer, sus diferencias internas son aun más considerables. Sin duda su 
incomprensibilidad aparente puede sorprender y causar una ruptura mo- 
mentánea con la inteligencia, pero incomprensible hoy, no lo será más 
mañana. Por esto un poco de verdad objetiva debe ser incluida en él. Es 
por esto que si las formas poéticas cambian materialmente, ellas no deben 
transgredir las leyes eternas del número, ni las de selección que eliminan 
los aportes inútilmente complejos. El poema sinóptico sobre tres planos 
es para mí en su simplicidad sintética, una ordenación y clasificación rá- 
pida, que de tal modo evita un lento desarrollo unilateral y fastidioso. 

Los medios de expresión de los técnicos de ayer han perdido toda 
acción sobre mí. I,as palabras mismas, presentadas en el antiguo orden 
sintáxico han cesado de ser "seres vivientes". Para ser generadoras de 
emociones deben tomar una nueva figura. Lo subconciente tiene, un valor 
indiscutible en toda creación artística. Pero a un lado, y puede ser por 
encima, hay la inteligencia que organiza y elige. Sin ella abandonamos el 
dominio del arte por el reino de los topos, donde se confunden mezclados 
la tontería y el genio. 

James Joyce 

'^ uEvo, completamente nuevo, es el nombre literario de James Joyce que, 
*_ desde hace dos o tres años, se ha impuesto con extraordinaria noto- 
riedad entre la gente de letras de su generación. Ningún crítico, salvo 
Valéry Larbaud que le ha consagrado un estudio que La NouveUe Revue 
Frangaise (abril), publica, se ha ocupado de su obra, y apenas si la parte 
más culta del público inglés y del norteamericano comienza a conocerlo. 
Algunos le consideran el más grande de los actuales escritores ingleses, el 
igual de Swift, de Sterne y de Fielding. Los que han leído su Retrato 
del Artista en su Juventud y los fragmentos del Ulises publicados en una 
revista de Nueva York en 1919 y 1920 preveen que la nombradla y la in- 
fluencia de James Joyce serán muy grandes. 

Nacido en 1882 en Dublin, de vieja familia católica, se educó con los 
jesuítas y cursó sus estudios superiores en París, desde donde se trasladó 
a Zurich, Trieste, Roma. En Italia vivió durante catorce años y formó 
su familia. 

Su primera obra es ima colección de 36 pequeños poemas, titulada 
Mitsica de Cámara. Aunque a primera vista parecieran simples poemas 
de amor, los críticos advirtieron que ellos seguían o más bien renovaban 
una gran tradición : la de la canción isabelina. Joyce no la imitó grosera- 
mente, sino que, obedeciendo a las mismas leyes prosódicas- que Dowland 



140 NOSOTROS 

y Campion, sus más grandes cultores autiguos, cantó bajo el nombre de 
amor, la alegría de vivir, la salud, la gracia y la belleza, pero siendo mo- 
derno en la expresión como en el sentimiento. El éxito que obtuvo fué 
muy grande, y bastó esta plaqucttc para colocar a Joyce entre los mejo- 
res poetas irlandeses de la generación de 1900. 

Interesado en describir caracteres humanos, púsose a escribir unos 
cuentos que en número de quince aparecieron en 1914 con el título Gentes 
de Dublm. Su mundo es el mismo que el del Retrato del Artista y del de 
Ulises. Es Dublin y los hombres y las mujeres de Dublín. Sus figuras 
se destacan con gran relieve sobre el fondo de las calles, de las plazas, del 
puerto y de la bahía de Dublín. 

Dos años después ptlblicó en Nueva York el Retrato del Artista en 
Sjt Juventud. En este libro, que tiene forma de novela, Joycc se ha pro- 
puesto reconstruir la infancia y la adolescencia de un artista en un medio 
y circunstancias determinados. Al mismo tiempo, según el título lo 
indica, es, en cierto modo, la historia de la juventud del artista en gene- 
ral, es decir, de todo hombre dotado de temperamento de artista. 

El héroe — el artista — se llama Stephen Dedalus, lo que fuerza 
a considerar una de las dificultades de la obra de Joyce: su simbolismo, 
que volveremos a encontrar en Ulises y qtte será la trama misma de ese 
libro extraordinario. 

Aunque el nombre de Stephen Dedalus sea simbólico, su juventud es 
la de James Joyce, aunque permanezca apartado de los intereses y apetitos 
que llevan a la acción vulgar y solo se preocupe por conocer, por com- 
prender y ptir expresar. 

Grande fué el éxito de este libro, que, desde su publicación, hizo co- 
nocer el nombre de Joyce entre los escritores. Fué el suyo un éxito de 
escándalo. Los críticos, especialmente los ingleses y protestantes, que- 
daron fastidiados por la franqueza y falta de respeto humano que mos- 
traban esas "confesiones". Alguno ha dicho que es un libro "extraordina- 
riamente n'al educado". "Es seguro — dice Valéry Larbaud — que otro 
hubiera sido el tono de la prensa en un país católico. En Francia se han 
publicado en estos últimos diez años varias novelas en las que un colegial 
se debate entre sus creenciaá o sus costumbres religiosas y las exigencias 
de sus sentidos que le fuerzan a hacer furtivas visitas a casas libertinas. 
De hecho, el mejor artículo de crítica consagrado al Retrato del Artista 
ha sido el de la "Dublín Review", una de las grandes revistas del m.undo 
católico, dirigida o por lo menos inspirada por curas". 

Para la lectura del Ulises se necesita ser dueño de considerable cul- 
tura clásica. Quien no la poseyera lo abandonará apenas abierto. A pesar 
de su título, ninguno de sus personajes se llama Ulises, nombre que — por 
lo demás — solo se le lee cuatro veces. Cuesta un poco enterarse del asun- 
to. Sabe, por incidencia, que la acción se desarrolla en Dublín, reconoce 
al héroe del Retrato del Artista, Stephen Dedalus, regresado de París y 
frecuentador de ambientes intelectuales de la capital irlandesa. Luego, 
el lector conocerá a Leopold Bloom a quien va a seguir paso a paso du- 
rante todo un día y parte de la noche, ^es decir, durante los quince capí- 
tulos que, con los tres primeros, constituyen todo el libro de 800 páginas. 
Así, este enorme libro cuenta un solo día o, para ser más exacto, comienza 
a ¡as ocho de la mañana y termina a la madrugada siguiente, a las tres. 

Esos dos personajes, Dedalus y Bloom, sirven de vehículo al autor 
para presentar toda clase de ambientes, para hacer hablar a tipos repre- 
sentativos. Las conversaciones no son típicas, solamente, de determina- 
dos individuos : algunas son verdaderos ensayos filosóficos, teológicos, de 
crítica literaria, de sátira política, de historia. También se exponen v 
discuten teorías científicas. 

Joyce ha querido en su Ulises representar el hombre moral, intelec- 



LAS Rr, VISTAS IH 

tual y fisiológico en su integridad, y a causa de ello, se ha visto forzado 
a tratar del instinto sexual y de sus diversas manifestaciones y perver- 
siones. Como los grandes casuistas, trata libremente este asunto, y lo 
trata en inglés como aquellos lo hicieron en latín, sin cuidarse para nada 
de los escrúpulos de los laicos. Su intención no es ni picaresca, ni sensual ; 
describe y representa, simplemente; y, en su libro, las manifestaciones del 
instinto sexual no preocupan ni más ni menos que la piedad, por ejem- 
plo, o la curiosidad científica. Es en los m.onólogos interiores de los 
personajes, y no en sus conversaciones, donde aparecen el instinto sexual 
y la imaginación erótica, por ejemplo, en el gran monólogo interior de 
Penélope, la mujer de Bloom, que también es símbolo de Gé, la tierra. 
En ese trozo, que no es de los que más pasajes obscenos contiene, abun- 
dan las expresiones más crudas. El idiom.a inglés es muy rico en pala- 
bras obscenas, y el autor de Ulises anduvo mucho y audazmente en ese 
vocabulario. 

Estos pasajes provocaron, en los Estados Unidos, la intervención de 
la Sociedad para la Supresión del Vicio. Sin embargo, el libro de Joyce 
no es licencioso, sino obsceno. 

Aun tardará bastante, sin duda alguna, en llegar al público la obra 
de Joyce, cuyo Ulises acaba de editarse en volumen, y en limitada edición, 
a principios de febrero último. 

Poetas judíos nacidos en la guerra 

T A literatura judía — dice L. Blumenfeld en un artículo aparecido en 
*-' Ciarte (i.° de abril) atraviesa un período de actividad importantísi- 
ma, cuyas principales tendencias es difícil resumir en un artículo de re- 
vista. 

"Contrariamente a lo que acontece a las demás literaturas, la de len- 
gua yidisch sufre la ley de descentralización que le impone el destino del 
pueblo de Israel...". 

El articulista no quiere sino tratar brevemente de los poetas yidisch 
de Ukrania, revelados durante la gran guerra. 

"En 1919, revelóse el poeta Hopstein, originario de una colonia ukra- 
niana. El joven huérfano tan poco se diferenció de sus compañeros no 
judíos, que pudo pasar por cristiano y beneficiarse de este modo, bajo el 
régimen zarista, de la instrucción escolar superior. 

Hopstein quedó así fundido en la masa ucraniana, considerado como au- 
tóctono y viviendo la vida de todos, lejos de toda cultura judía y aun de 
la más mínima influencia yidisch. La guerra de 1914 le sorprendió en la 
Universidad. Había escrito ya unos versos rusos, pero llevado bajo ban- 
dera, el joven poeta fué puesto por azar entre judíos, de quienes conoció 
la literatura yidisch. 

Tuvo de inmediato el deseo de conocer el idioma de sus padres, y así 
aprendió el yidisch. Dos años después, Hopstein llegó a componer esti- 
mables poemas en ese idioma. Actualmente sus versos son de forma per- 
fecta, armoniosos y fáciles, de ritmo pleno y exquisita suavidad. Aunque 
es socialista convencido y reflexivo, Hopstein no canta a su ideal. En sus 
versos, Hopstein dice su voluntad de acción, de trabajo. Desea trabajar 
incesantemente, hasta quedar rendido. Quiere contar cada día los tesoros 
de su esfuerzo acumulado. Sueña con tiempos y lugares armoniosos, de 
calma. serena, de piadoso recogimiento. Desconfía de la turba efervescen- 
te y caótica ; teme las multitudes, pues podría perder sus tesoros líricos. 

Algo hay en él del misticismo ardiente y patético de Alejandro Blok, 
sentimiento que, da a sus poemas un valor universal, panhumano. 

Otro poeta yidisch surgido de la guerra, es Leib Cvitko. No es calmo 
como Hopstein, sino agresivo y áspero. 



143 NOSOTROS 

Cvitko tuvo que ganarse la vida desde la edad de ocho años, aprendió 
a pintar carteles j' a confeccionar calzado. Crecido ya, supo que descen- 
día de célebres rabinos, y así orientóse hacia las letras. 

Espíritu inquieto e investigador, Cvitko sufre de que, según la pala- 
bra de Schopenhauer, "bajo las ropas estamos desmidas". Empéñase en 
cortiprender al mundo, pero se queja de hallar lodo en su camino... En 
uno de sus poemas. Los Rubios, el poeta procura conciliar el europeo con 
el judío, pero renuncia a la idea de que estemos aun muy lejos de mere- 
cer la paz universal de los espíritus y de los corazones. 

Moisés Cartoun es natural de Petjara, en Ukrania, y acaba de reve- 
larse gran poeta popular. 

Las privaciones de los años de la guerra, y, sobre todo los crímenes 
atroces perpetrados por los invasores civiles en los barrios judíos, hicie- 
ron de este miserable el poeta trágico de Ucrania. 

Ha descripto los sufrimientos judíos bajo las botas de los aventure- 
ros ; ha grabado el martirologio de Israel con una potencia de ex- 
presión tal, y en un idioma tan admirable simple y sobrio, que sorprenden 
extraordinariamente al lector. 

Además de la epopeya lamentable de los judíos perseguidos, ha escrito 
una serie de composiciones llenas de mágica gracia. Cartoun versifica 
como respira, con toda naturalidad. Su poema es a veces un canto erótico, 
pero sano, vigoroso, — a veces un paisaje ukraniano en que la naturaleza 
parece arreglarse para alegrar el corazón humano. 

En sus 33 años de edad, Cartoun ha creado una obra — ¡y en qué 
circunstancias ! — de primer orden. Le ha bastado poseer el don maravi- 
lloso que no se adquiere, de ver ante sí, de escuchar el idioma del pueblo. 
Siéntese ante él un alma desbordante de lirismo puro, un corazón generoso 
abierto a todas las sensaciones, y un hondo sentimiento de la naturaleza. 

He aquí una composición de Cartoun : 

A LAS MUCHACHAS JUDÍAS 

Hermana querida, hermana matirizada, — a tus pies me arrojo, como 
ante dios. — ¿Dónde estáa tus grandes ojos negros? — ¿Dónde tu mirada 
pura y luminosa? 

¿Dórde están los rostros encantadores, — que tan tiernamente mecen 
al corazón? — Ellos tejían el sueño, despertando sentimientos dulces, — 
y creaban una melodiosa languidez ... — ¿ Dónde están ? ¿ Dónde están, . . . 
¡ Oh, ángel de dolor ! — Tu rostro marchito inclínase hacia el suelo, — 
sufres en tu ser ultrajado — Y tus ojos... ¡No tienes más ojos! 

Tu cuerpo violado, tu alma calcinada, — el sueño de la doncella pro- 
fanado bajamente 

. Pueblo mío, qué quedan sino piedras — de tu tesoro mara- 
villoso? 

Sombr-'s s-H+arias, piedras semimuertas, — rodadas al azar, sin tre- 
gua, — nrv-tVos si os encontráis con esas piedras-sombras, — arrojaos 
por tierra, en señal de duelo. 

Nn ierñ'h al cielo vuestros brazos suplicantes, — y no pidáis ya 
a Dios la libertad. — Jamás el cielo cicatrizará vuestras heridas — e 
impotente es la venganza — cuando tantos son los dolores ... — Perma- 
neced mudos como lápidas. 



NOTAS Y COMENTARIOS 



Francisco Chelía 

VEINTICINCO años de dedicación a la enseñanza acaba de cum- 
plir nuestro amigo Francisco Chelía. 

De todos es conocido el establecimiento ejemplar que Chelía 
dirige con gran cariño y competencia . El Colegio Internacional, 
de Olivos, instalado en uno de los más bellos sitios cercanos a 
Buenos Aires, ha logrado por el esfuerzo de nuestro amigo desta- 
carse entre nuestras casas de enseñanza. Colegio de puertas 
abiertas, entre amplios jardines, llenos de sol, de luz, de alegría, 
es el de Chelía. Muchos de nuestros hombres de letras han ense- 
ñado en sus aulas, y todos han admirado el extraordinario tacto 
del director que sabe imponerse por su bondad, por la amistad 
que ofrece a sus discípulos. 

Chelía es el perfecto educador moderno, tan distinto de los 
antiguos maestros. Por eso ha conquistado tantas simpatías, tan- 
tas adhesiones a la bella y noble obra que realiza. 



Un gran intérprete de Chopin 

LA empresa Ouesada-Grassi, ha iniciado este año su tempo- 
rada de conciertos presentándonos a un gtan pianista ruso: 
Alejandro Brailowsky. 

Casi sin reclame, dio su primer concierto en el Teatro Odeón 
ante un reducido público; pero éste, desde los primeros compa- 
ses de la Sonata de Litzs, dedicada a Schumann, se dio cuenta 
de que Brailowsky era uno de los más completos pianistas que 
nos han visitado y lo demostró escuchando religiosamente esa. 



144 NOSOTROS 

larga y pesada sonata que, sin embargo, se oía esta vez con un 
raro placer. 

Desde ese instante el público le perteneció. Brailowsky 
lleva ya dados ocho conciertos, con un éxito cada día mayor. Esta 
vez siquiera, las alumnas de Conservatorios han comprendido 
cuanto pueden aprender escuchando a los grandes concertistas. 
Menos mal. 

Piezas clásicas y piezas modernas, hizo gustar igualmente 
Brailowsky en sus ocho nutridos programas ; pero en lo que se 
ha revelado insuperable, casi diríamos perfecto, es en sus inter- 
pretaciones de Chopin. Las Baladas, los Estudios, los Preludios, 
las Polonesas, los Nocturnos, las Mazurcas, los Valses, en fin, 
todo Chopin, adquiere en sus manos sones desconocidos. Se 
compenetra de tal modo con esa música, que dudamos que el 
mismo Chopin pueda haberla sentido más. Buenos Aires ha 
oído a muchos grandes pianistas y entre ellos a dos inolvidables 
intérpretes de Chopin: Paderewski y'Miecio Horszowski. Brai- 
lowsky ha tenido el divino poder de hacernos olvidar a aquellos. 

Si estas breves líneas admirativas contribuyeran a aumentar 
en algo los oyentes de este gran artista, nos daríamos por com- 
placidos. 

Nosotros. 



Año XVI Junio de 1922 Núm. 157 



NOSOTROS 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 



UNO de los hombres que han hablado de teatro con más pro- 
fundidad de acierto, más conocimiento de causa y podría 
añadir que con mayor comprobación de efectos ha sido Henri 
Bataille. Hoy que la guadaña de la implacable sació en él sus 
apetitos, sus palabras tienen ya, sobre el valor real de su buen 
tono, el temblor prof ético y sagrado de las cosas eternas . El verbo 
ha recibido un bautismo de luz y como bate sobre él sus alas la 
Paloma del Espíritu, el verbo tiene ya palpitación de Credo. 

Decía, pues, Henri Bataille que en el teatro sólo hay dos 
personajes: el Hombre y la Fatalidad. No nombró a la mujer. 
Cualquier espíritu medianamente sutil comprenderá, sin embar- 
go, que la mujer quedaba implícitamente inclusa en el genial y 
conciso reparto. Ahora bien; ¿en qué clasificación se la incluía? 
¿ Quedaba adscrita en la acepción de generalidad del término 
hombre — ampliada hasta la significación de humanidad — o por 
el contrario en aquel otro que abarca, terrible y tenebroso todas 
las- modalidades de la Fatalidad? De cualquier manera, la mujer, 
fatalidad contra el hombre, o compañera del hombre contra y bajo 
«1 peso de la fatalidad, humanidad o designio, juguete o causa, 
estaba, como veis, implícitamente comprendida en la clasificación 
de Bataille. Y la gracia con que él supo escamotearla es, preci- 
samente el golpe teatral con que al autor dramático le plugo sazo- 
nar la frase del pensador. Y aun podríamos decir que es un efec- 
to escénico que tiene todos los recursos de buena ley. Por eso 
el pensador no supo fruncirle el ceño y lo prohijó sin escrúpulos, 



146 NOSOTROS 

con lo que Bataille vino a ser una coquetería de sí mismo. Por- 
que sin temor a errar puede decirse que la frase es toda una teo- 
ría, toda una definición del teatro. Y que en ese inquietante mis- 
terio del tercer término, en esa duplicidad de asignaciones con 
que la mujer, levadura y fermento de las pasiones del mundo, in- 
terviene en él, enraiza su potencialidad, su dinamismo y, en defi- 
nitiva, su positivo valor. De cierta manera, y sin que pueda en- 
tenderse nunca que pretendemos rebajar la categoría hasta la en- 
tendedera vulgaridad de las anécdotas, podríamos decir, hablando 
de teatro, lo que los hombres, hablando del mundo, han tenido 
miedo secular de confesarse a sí mismo: la mujer es la ley. 

Ahora bien, y sin perder nunca de vista la frase de Bataille 
que nos ha servido de punto de partida: la mujer queda conside- 
rada como fatalidad que preside o como pedazo de humanidad 
que sufre, que triunfa o que sucumbe en el combate contra aque- 
llas otras fuerzas que la hostilizan desde el fondo impenetrable y 
eterno de lo inasequible. 

De cualquier modo es un acierto y puede servirnos como 
programa y como índice la frase de Bataille: "En el teatro sólo 
hay dos personajes: el hombre y la fatalidad". 

En el arte dramático la fatalidad viene a ser, sobre todo desde 
un punto de vista escénico, lo que en filosofía se llama orden ló- 
gico de las cosas; es decir, una concatenación de causas para toda 
clase de efectos sin dejar ni un hecho aislado ni tan sólo perdido 
en la vaguedad de lo arbitrario. Quieren, sin embargo, algunos 
filósofos considerar estos hechos cuyas causas no han sido bien 
determinadas como hijos del azar y a ello oponen los demás que 
ese asar se llama precisamente limitación de la capacidad del en- 
tendimiento, incapacidad humana para llegar, en aquel caso con- 
creto hasta la aprehensión cabal y perfecta de las causas origina- 
les y primarias. 

El ejemplo de Galileo es expresivo. A veces la penetración, 
en desasimiento y lejanía de todas las normalidades acostumbra- 
das, es bautizada con el nombre de intuición, palabra alada y mis- 
teriosa en que un águila joven, con ansias de infinito, parece batir 
las alas gozosas ... 

Humanidad, fatalidad, azar, intuición, penetración ... He 
aquí, enunciados y revueltos, todos los términos del teorema del 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 147 

arte teatral en el que ha llegado a magistral excelencia don Jacin- 
to Benavente. 

Encarado, en el vasto panorama circular, con los dos uni- 
versales y eternos personajes, el ilustre dramaturgo español ha 
producido una labor que, sin perder jamás la armoniosa unidad 
de su belleza y de su acierto, es de una riquísima variedad. 

Yo no sabría cómo clasificarla. Bien es verdad que he sido 
siempre dentro de mi natural timidez — me considero el más 
audaz de los tímidos y el más tímido de los audaces - — un poco 
rebelde a las clasificaciones y a las normas inmutables. No sé 
bien qué cosa sea esa de los géneros teatrales ni la necesidad de 
que el nudo, desarrollo y desenlace — creo que se dice así — sigan 
una ley determinada. Ni siquiera me parece demasiado exacta 
la frase de Buffon: "el estilo es el hombre", salvo en el caso, ex- 
cepcional y magnífico de la escritora Jorge Sand. 

Yo no sabría, pues, clasificar con acierto la obra total de 
nuestro gran autor dramático. Me consuela pensar que a cual- 
quier otro más capacitado, con mayores hábitos de orden que yo, 
le pasaría lo mismo. 

Me imagino la escena. Nuestro estudioso entra en su estu- 
dio. Quiero dar a la frase todos sus sentidos. Uno de ellos, na- 
turalmente, es material. Nuestro estudioso es un crítico erudito 
y entra, a menudos pasos, en su estudio. Muchas revistas, un dic- 
cionario enciclopédico, — que representa en la cultura lo que los 
motores en la locomoción: avance en la velocidad, retroceso en la 
gracia — y algunos libros. Muebles a la americana. Un clasifi- 
cador. ¡No faltaba más! Hay una discreta claridad en el cuarto. 
Es de noche. La lámpara abrigada y cálida es una pupila abierta 
sobre el dolor del mundo. Afuera en la infinita lejanía celeste, 
las estrellas curiosas van contando las luces de la ciudad. Como 
acaban pronto, empiezan de nuevo y como en la ciudad se han 
encendido y apagado tantas veces, cada vez cuentan las estrellas 
un número distinto. Finalmente, acaban por marearse con el dul- 
ce juego, y entornan las pupilas, muertas de sueño a punto que el 
sol, que las estorba espiando, rompe a reír, jocundo y feliz... 
Lo mismo le sucede a nuestro crítico . Ha empezado bien su labor. 
Veamos. Letra B. Benavente (Jacinto). Dramaturgo español, 
etc., etc. Esta primera ficha, no tiene dificultad. Las siguientes 



148 NOSOTROS 

tampoco. ¿La Malquerida? Letra D. Drama. Letra R, rural, etc., 
etc.. Pero ¡ay! existen obras que no caben en el fichero. El 
crítico da vueltas al magín, da vueltas a la obra, da vueltas al abe- 
cedario. ¡Y no hay modo! ¡No encajan! Cada noche quedan sin 
clasificar un montón de obras, siempre las mismas. Y lo peor 
del caso es que a fuerza de torturas y disquisiciones, el crítico 
cambia a cada hora la clasificación de las que ya tenía fichadas. 
Y las letras y las clasificaciones le bailan una horrible zarabanda 
en la cabeza. Y la C parece apretarle como dos garfios en el 
cuello, y la D bincha el abdomen en una risa exasperante y la V 
de los simbolismos se alarga y retuerce y a veces parece una 
horca y a veces una sierpe . . . Naturalmente, como las estrellas 
que se descontaban cada vez, nuestro hombre, acaba por marearse, 
pero huérfano de aquella serenidad de las azules esferas side- 
rales, se exaspera e irrita y arremete contra el autor rebelde, con- 
tra las obras resbaladizas que se le escurren de las manos ... Y no 
hay un alma buena que, apiadada de su desespero, le aconseje: 
j Vea, amigo ; véndase el fichero ! 

Por no haberse vendido a tiempo los ficheros los críticos de 
España — los tenían entonces nuevecitos — y por la propaganda 
interna a favor de los "bureaux" norteamericanos (con nombres 
franceses, naturalmente, no hay que olvidar esto, tratándose del 
teatro) se explica la insolencia y hostilidad con que tropezó en 
sus comienzos la obra de Benavente. 

Irrumpió libre y sola, independiente y arisca, a despecho de 
sus sonrisas — a la manera que había un indicio salvaje en el 
divino Rubens a despecho de sus manos de marqués. Se albo- 
rotó el cotarro. Una ráfaga de aire penetró por la ventana — 
abierta a la calle, a la ciudad, al mundo! y esparció alegremente 
— se sentía toda ella infautada por las locuras de la lejanía — 
todas las papeletas. Como es natural, todos los fabricantes de 
ficheros, todos los catalogadores herméticos y mohosos, todos los 
guardadores del sueño del Gran Durmiente Inalterable, mesnada 
de los bien hallados, carroña de la estupidez, formaron cruzada 
y una vez más sirvieron a la Incomprensión y acataron su capi- 
tanía. 

Sin embargo, a pesar de todo el vocerío hostil, de toda la 
sorpresa y su derivado escándalo, la fórmula que el autor de La 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 149 

gata de Angora y La comida de las Fieras aportaba al secular y 
glorioso tablado español se reducía, en síntesis, a la misma que 
preconizaba Bataille. Dos personajes: Humanidad y Fatalidad. 

Hablando con sinceridad absoluta, no puede decirse que la 
literatura teatral de Jacinto Benavente surgiese como una oposi- 
ción a las viejas escuelas, como un arma de combate contra las 
tendencias entonces dominantes, como una floración de hetero- 
doxias, cuya levadura hubiese fermentado en el silencio de las 
largas cogitaciones fecundas. 

No. La aparición en la escena española del que después 
había de ser autor de La Noche del Sábado, no revistió aqueKos 
signos y aquellos caracteres de que premeditadamente se rodea, 
en el mundo del arte, el caudillo rebelde. 

A este propósito, son del todo reveladoras unas palabras 
que el propio autor de La Fuersa Bruta escribió algunos años 
más tarde : 

"Más de una vez he dicho que es ridículo hablar de romper 
moldes en el Teatro y menos en el teatro español en donde desde 
La Celestina a los autos sacramentales, hay modelos para cuan- 
to en lo humano y divino puede ser llevado al teatro. No hay 
que romper nada, ni siquiera ensanchar ; lo que sí es necesario 
es no limitar el Teatro a un solo molde, así sea el de última 
moda"... 

No se nos caigan del oído estas palabras porque ellas, amen 
de explicarnos lo que aconteció al aparecer en la literatura dramá- 
tica el nombre de Benavente, es una definición de toda la manera 
del ilustre autor, de esa manera jamás amanerada, de ese estilo, 
de ese modo suyo que abarca y domina todas las modas y arran- 
cándolas de la frialdad marmórea^e los sarcófagos estéticos las 
vivífica y anima con un hálito genial de creación. 

Sencillamente, toda la novedad estribaba en esto. Era por 
tanto, más que superficial y de fórmula, sustancial y de fondo. 
Lo que con él se renovaba no era el recetario al uso sino algo 
más racial y enjundioso. En los odres viejos entraba crepi- 
tante e hirviente, el mosto nuevo. Y porque en la quietud del 
aire había sido hecha la señal sagrada, iba a hacerse, entre la 
expectación religiosa de los elementos, la transubstaciación. 

Ello explica suficientemente el estupor de los viejos sacer- 



150 NOSOTROS 

dotes del Templo. Pero sobre las ruinas de los altares palpita- 
ban en la luz los ecos de los ritos eternos. 

Sería, aunque muy interesante, demasiado largo examinar 
detenidamente la situación de la escena española, cuando empezó 
a ofrendarle Benavente la maravilla de sus dones. 

"Pero para el modesto cometido que me he impuesto, forzoso 
me será referirme un~poco al concepto teatral que había puesto 
en boga la genialidad de un autor romántico: He querido nom- 
brar a Don José Echegaray. 

Me apresuro a declarar que siento veneración y respeto por 
su memoria. Al fin y al cabo, digan lo que quieran los que le 
han atacado, casi siempre por lo que tiene de más admirable, el 
autor de El gran galeota ha sido un momento el teatro español. 
Aquellos autores que después, y hecha precisa excepción de el 
autor de La Malquerida, puedan decir lo mismo, tiren la primera 
piedra. (Apenas si algún crítico incipiente, de esos de quienes 
el mismo Echegaray dijera que salían con arpón a la pesca de 
sardinas, se inclina a recoger un pedrusco). 

Ya lo estáis viendo. Ningún autor dramático se ha atrevido. 

. . . En cierta ocasión y en lugar de cuyo nombre es verdad 
que no me acuerdo y aunque me acordase me acogería, como tan- 
tos otros, al clásiso recurso afásico que inmortalizó Cervantes, 
se veía ante los Tribunales un proceso escandaloso. Tal tono 
de intensa procacidad, de peligrosas revelaciones, fué aparecien- 
do en el incansable sucederse de declaraciones y folios que, en la 
mitad de la vista pública, el Presidente de la Sala, interrumpiendo 
la sesión hubo de decir así : 

— Por la índole escabrosa del proceso, suplico a las damas 
decentes que tengan la bondad de retirarse. 

Hubo un terrible momento, un divino minuto de vacilación. 
Unas a otras se miraban las damas sonriendo. Pudo más en ellas 
la curiosidad que la natural, indiscutible y abroquelada inocencia. 
(Y es bien que así sucediese, que ésta no corría peligro y aquélla 
si es madrasta de todo pecado es también madre de todo cono- 
cimiento). Quiero, pues, decir que ninguna dama decente se 
marchó del salón. Con lo cual dieron a entender que lo eran 
todas; pero el juez que tenía para la sutilidad de las entende- 
deras el obstáculo de las telarañas legalistas, dijo así : 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 151 

— Ahora, los ujieres echarán a todas las demás... 

En este proceso de Echegaray, retirados los críticos decentes, 
echaremos a todos los demás y en gracia a su potencialidad 
vigorosa de imaginación, a su estro romántico, a la genialidad 
tumultuosa de su cerebro, absolveremos de todas sus culpas a 
Don José Echegaray, a quien un gran polígrafo español, uniendo 
en una sola frase el mayor elogio y la máxima censura, definió 
exactamente diciendo que era el genio sin talento. 

Por este resquicio penetraremos para establecer las debidas 
comparaciones, siempre a la luz de la frase de Bataille, lámpara 
que hemos escogido para iluminar la senda. 

En el teatro de Echegaray — y escojo al autor de Bl Estig- 
ma como, término de comparación precisamente honrándole como 
a genio representativo, — concedido el absurdo puede llegarse 
a la ficción de la vida. En el teatro de Benavente, concedida 
la verdad de la vida, puede llegarse hasta el absurdo. En el tea- 
tro anterior a Benavente, los dos personajes a que se refiere Ba- 
taille se llaman Muñeco y Capricho, hasta en problemas tan hu- 
manos y del día como el de El gran galeota. En el teatro de Be- 
navente se llaman Hombre y Fatalidad, hasta en ficciones de 
tinglado como Los intereses creados, en la que la humanidad es 
tan una que hasta al mismo Polichinela le rezuma por la defor- 
midad de sus jorobas. Como un niño demasiado precoz, los auto- 
res tejían sus fábulas con personajes de papel recortado. Como 
un hombre que sonríe porque está demasiado triste, Benavente 
ba tejido sus fábulas con criaturas de carne y hueso... Y si a 
veces las ha recortado de las bellas láminas policromadas — La 
copa encantada, Mefistofela, Y va de cuento, La Cenicienta — ■ 
las ha movido como a criaturas humanas. Con hilos de oro las 
tenía atadas a sus muñecas, podría decirse con adulación. Más 
exacto sería decir con arterias y venas sutiles a la vasta red que 
emerge del corazón del mundo. 

El arte de Benavente resultaba, pues, nuevo por gracia de 
un secreto : humanidad. Ese es el crisma que le surge. 

El procedimiento vivo de este arte resultaba nuevo por vir- 
tud de considerar a la fatalidad, no como un azar o un capricho, 
sino como el orden lógico de las cosas. 

Consideremos brevemente este punto. 



152 NOSOTROS 

En el teatro benaventiano, la fatalidad es un trágico con- 
flicto: el conflicto entre la verdad de la vida y la verdad del co- 
razón. 

He ahí, a mi juicio, reducido a una fórmula sintética todo 
el teatro del prodigioso autor de Señora Ama. 

No por gozar de la ilusión de un acierto sino con deseo de 
aclarar la idea, quisiera añadir que acaso, en el conjunto de la 
obra de Benavente, no hallaríamos una excepción. 

En toda ella, y en cualquiera de sus manifestaciones aisla- 
das, encontraremos esta pugna, este contraste, esta oposición en- 
tre las dos verdades, como nervio y eje, culminación y centro, 
de las pasiones, de los conflictos, de las incidencias que consti- 
tuyen la trama de ésta. 

Radica ahí acaso, primariamente, toda la excelencia del arte 
maravilloso de nuestro gran dramaturgo. Porque, al acertar 
con esta fórmula fatal de la verdad de la vida frente a la verdad 
del corazón, ha acertado a condensar, a hacer una y palpitadora 
toda la inquietud amarga, pero al fin y al cabo, gloriosa, del 
dolor humano, de este dolor de vivir que nos redime de haber 
nacido. 

Este conflicto trágico, esta fatalidad u orden lógico de las 
cosas reviste en la totalidad de la obra benaventiana, maravi- 
llosa y riquísima variedad de expresión y de matizaciones. En^ 
el proceso total del dolor humano, el dramaturgo escoge cada 
vez un momento distinto o una faceta diferente; pero, siempre, 
como en la vida, el orden lógico de las cosas, la fatalidad radica 
en la misma terrible realidad del trágico conflicto. 

Podríamos seguir paso a paso toda la producción benaven- 
tiana y en cada una de las obras que la constituyen hallaríamos 
la presencia, espiritual y magnífica, de este sentimiento. El ideal 
es el perfecto acuerdo entre las dos verdades ; la de nuestra vida 
y la de nuestro corazón. La lucha por este ideal, consciente o 
inconscientemente, es el paso por la vida. La pugna, la oposi- 
ción, el fracaso desesperado, la resignación sumisa, la rebeldía o 
el éxito en que acaba esta lucha, son las variedades escénicas con 
que se teatraliza. 

Ya en este terreno artístico de la teatralización, hay que 
considerar un buen elemento que se funde con los otros y que 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 153 

reviste los mismos caracteres trágicos : la verdad de los demás, 
el conflicto de los demás, el desacuerdo o la conformidad en que 
se hallan la verdad de su vida y la verdad de su corazón y el 
acuerdo o desaveniencia de las verdades de unas y otras. 

¿Imagináis el vasto panorama? Mar tumultuoso y fiero, 
mar verde, mar bravo, es el mundo que se divisa. Y así como 
cabe todo el eterno rumor de la mar salada en la concha de 
un caracol marino, así en el acierto de una bella obra dramática 
cabe todo el sabor y todo el dolor eternos de este mar del mun- 
do. Todo consiste en la manera de acercarse el caracol al oído. 
"Pintar a brochazos, pero con tal arte que a distancia parezca 
que se pintó una miniatura, es toda la dificultad y todo el arte 
del teatro", ha escrito Benavente. 

De cómo esa concepción de la fatalidad que he dicho que es 
el nervio del arte teatral del autor de La Princesa Bebé está sen- 
tida por él con entera pureza y de cómo es verdad que responde 
a algo más hondo y trascendente que un mero y accidental crite- 
rio literario, pueden dar idea estas otras palabras del maestro, 
que aunque no fueron escritas a este propósito, creo que pueden 
perfectamente ser aplicadas a él: 

"No corramos, como Don Quijote, las aventuras de nues- 
tros libros. No sea nuestra vida el producto de nuestro arte, 
sino nuestro arte el producto de nuestra vida". 

Como veis, se encierra en estas frases todo un credo que 
favorece mi exégesis. Palpita en ellas el constante anhelo, el 
fervor infinito, el deseo indomeñado de penetrar la verdad de la 
vida y ponerla de acuerdo con la verdad del corazón. 

Si dispusiéramos de mayor espacio, de más tiempo o si es- 
tuviésemos reunidos aquí sesudos académicos, engolados y gra- 
ves, podría ahora ir haciendo una relación de obras de Benavente 
y desentrañando, en cada una de ellas, el sentido y la manera con 
que el conflicto nace y se desarrolla. Al fin y al cabo, a mí po-^ 
dríais permitírmelo, porque yo hace tiempo que me vendí el 
fichero. 

Pero bastará a este respecto hacer la advertencia — no fue- 
ran a creer los eruditos que se nos pasó por alto la posible ob- 
jeción — de que si en algunas obras de Benavente esta manera 
de sentir la fatalidad parece contradictoria con la que se maní- 



154 NOSOTROS 

fiesta en otras del mismo autor, La Malquerida y Una pobre mu- 
jer, por no citar más que dos en las que la contradicción pudiera 
parecer más flagrante a la mirada erudita, ello obedece no a mo- 
dificación del sentido intimo y racial de su manera de conside- 
rar el mundo, sino a variaciones que le aconsejan, para servicio 
de la misma, el instinto y las necesidades del arte. El pensador 
escoje las modalidades y de distinto modo las expone, pero no 
menoscaba con ello la armoniosa unidad espiritual de su doc- 
trina. 

Y si, por ejemplo, en La Malquerida la pugna trágica y te- 
rrible entre las verdades del corazón y la verdad de la vida, en- 
ciende en las postrimerías el chispazo fortuito de una fatalidad 
irreparable, en Una pobre mujer, el choque de las fatalidades 
adversas va poniendo, ante el alma atormentada y dolorida, de 
relieve y al desnudo la pugna entre las verdades cuyo equilibrio 
perfecto y cuya normal coyunda son la felicidad humana. Ved 
también, de pasada, cómo en La propia estimación la pequenez 
de una fatalidad vulgar — el orden lógico de las cosas, maese 
filósofo! — viene a poner su gotita de hiél en esa felicidad tan 
difícilmente conquistada. 

Creo que estas consideraciones aclaran muchos de esos ca- 
sos y de esas cosas que, a veces, han desorientado a los críticos 
que no se contentan casi nunca con ver las cosas por el lado más 
sencillo. Con ocasión del triunfo clamoroso de La Malquerida, 
uno de sus comentaristas más entuasiastas dijo que, en la escena 
final, había pasado por el escenario una ráfaga de la tragedia 
griega. Pero, señor, ¡ qué manía de complicar las cosas ! Si en 
La Malquerida ■ — que es un brillante nítido e impecable — hay 
alguna cosa más clara, más humana, más sangrante que las otras, 
es el final, muy distinto, por cierto, a la manera trágica de los 
griegos, donde la fatalidad era irrasonada, divina, sobrenatural, 
mientras que aquí es natural y humana. Pero el caso era traer 
h colación a Esquilo, y fué gran lástima no poder complicar, por 
esta vez, a Ibsen. Se conoce que había empeño en que Don Ja- 
cinto rompiera un molde. ¡ Y el molde tenía forma de corazón ! 

Quiero hablaros ahora de algo que creo que es la más alta 
justicia que se debe al autor de La honra de los hombres. He- 
mos llegado al instante atormentado y glorioso en que el dolor 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 155 

y el sacrificio, en que la conciencia de un deber estético y aquel 
infinito deseo insaciable que Prometeo legó a sus hijos, justifi- 
can, en el caso de Benavente, la magistral excelencia de su arte, 
consagrándola para la inmortalidad. 

Tuvo el maestro un Domingo de Ramos. A lo largo de la 
senda recorrida, como mojones que señalaban las jornadas, que- 
daban las obras maestras : La noche del sábado, Los intereses 
creados, La Malquerida, Bl collar de estrellas; tantas y tantas 
que fué hecha palpitación de palmas y temblor de laureles a su 
paso. Se adamascaron los corazones y a ellos se asomaron entu- 
siastas y voceadoras, la admiración y la loa. Unánimes y totales 
fueron el aplauso y el elogio. La victoria se detuvo sobre él 
como un ave de augurio y en el jardín de su alma podían cantar 
los ruiseñores. Fué su consagración y su gloria. Había llegado 
con unánime reconocimiento a la más alta esfera, águila caudal 
sobre el vuelo de los gorriones. 

Se le reconoció y admiró como maestro, con una total con- 
formidad raramente lograda. Maestro en el estilo, en la gracia, 
en la ironía, maestro en el arte de infundir vida a las criaturas 
de su espíritu y en aquel otro de diseñar las figuras secundarias; 
maestro impecable en forjar episodios subalternos y complemen- 
tarios, maestro en el garbo y galanura del diálogo. 

En una palabra : había acertado con una fórmula teatral per- 
fecta y era un autor indiscutible. 

Pero este autor indiscutible, este hombre que de una ma- 
nera tan absoluta había llegado a saborear en vida las mieles de 
la gloria, es el mismo que había escrito estas palabras con las 
que, para refrigerio en la propia aridez quiero regalarme y para 
reposo dé vuestra fatiga quiero regalaros el oído : 

"El espíritu de los verdaderos, de los grandes artistas no es 
como el de las medianías que parece hallarse siempre a gusto en 
sus obras, como en mansión propia y acomodada; para el verda- 
dero artista la obra es como cárcel de su espíritu y sobre ella flota 
siempre, con la tristeza de un anhelo infinito, algo que busca 
huida y es lo mejor de su espíritu ; no lo que está en sus obras, 
sino lo que de ellas se escapa". 

Y la gloria le fué cárcel a su espíritu. Y huyó de las como- 
didades del triunfo. Y él, que había llegado a una fórmula per- 



156 NOSOTROS 

fecta, rompió la receta, abandonó la senda ya demasiado fácil 
de sus triunfos, y andariego y apóstol, como la mística Doctora 
de Avila, se dio a la aventura y a la tentación de los caminos 
nuevos, con ansia de desflorar los nuevos secretos, acaso para 
saciar la tristeza de sus anhelos infinitos, seguro de que hay 
siempre un más allá al que no se llegará nunca en una obra y 
que "no puede acabar cuando la farsa acaba". 

He aquí, en mi concepto, la culminación de un ejemplar 
magisterio. En esta renovación — luz de aurora en la frente 
de los elegidos — cuya falta reprocha y condena Ortega y Gas- 
set en la delicia total de la obra de Anatole France, radica en 
mi sentir la mayor de las causas en virtud de las cuales puede 
el autor de El Dragón de Fuego ser admirado como maestro. 
Acaso sea esta su más bella, su más alta, su más trascendente 
lección. Acaso sea éste su mejor gesto docente, su más fervoroso 
verbo de educador. 

Si examináis esta que podríamos llamar segunda época en 
la portentosa totalidad de su obra, veréis a Benavente rechazar 
la comodidad de los éxitos seguros, desprenderse del secreto 
adquirido, tirar al mar la llave del arca y afanarse por hallar en 
una nueva inquietud una nueva eternidad. Le veréis prescindir 
de todo aquello que le ha valido titulación magistral, del donaire 
ostentoso, del diálogo sutil, del episodio interesante, para es- 
culpir sobre la carne viva, sin aderezos ; para pintar a grandes 
brochazos, siempre en rebusca de un más allá, deseoso de plas- 
mar las inquietudes de su espíritu -^— tan ricas todavía que no 
han podido sus obras aprisionarlas a todas — en una nueva fór- 
mula sintética del arte teatral. Y siempre avizorando todos los 
dolores, abarcando todos los panoramas, queriendo encerrar en 
la belleza del arte las palpitaciones universales y eternas. De 
esta segunda época — la de su teatro sintético, sin episodios ni 
complementos, desnudo, real, conciso — son La ley de los hijos; 
La Vestal de Occidente; Por ser con todos leal, ser para todo^^ 
traidor; Una pobre mujer; Una señora; La honra de los hom- 
bres; etc. 

Cualquiera de ellas es una prueba honrosa de esta tentativa 
del maestro para arrancar del fondo inagotable de la vida una 



EL TEATRO DE JACINTO BENAVENTE 157 

manera nueva. Cada una de ellas es un jalón glorioso en este 
camino que el consagrado, libre por su propia voluntad del teso- 
ro indiscutido, ha empezado a recorrer, con el hatillo al hombro, 
gozoso y animoso, valiente y sonriente, como un chaval. 

Comprendéis, desde luego, toda la gallardía, toda la fuerza 
de este gesto, toda el ansia de infinito que palpita en él. La me- 
dida de la perfección había sido colmada para todos, menos para 
el propio autor, que eternamente insatisfecho, como verdadero 
artista, con fervor indomeñado y prepotente, veía aún las cimas 
no escaladas, los futuros orígenes, como amado que sabe el se- 
creto de una profusa cabellera intonsa. 

No habían cesado las aclamaciones y los vítores ; todavía el 
mundo alborozado proclamaba la soberanía espiritual del maes- 
tro, cuando éste, apartado del bullicioso clamoreo, emprendía la 
nueva senda. 

Ya imaginaréis el estupor y la desorientación. La polilla y 
la carroña dieron fe de vida. Crugieron en los desvanes todos 
los ficheros, bajo las telarañas que ensucian la luz. Y en algu- 
nos casos, del todo lamentables, la suficiencia de los comentado- 
res llegó, en la hostil torpeza, cerrando los ojos a' la grandeza 
generosa de este gesto, a insinuar, en el momento de más gloria 
del maestro, que se iniciaba la decadencia. Es preciso decir estas 
cosas, yo siento el ímpetu imperativo de decirlas, para satisfacer 
mi propia conciencia y para poner una gota de bálsamo en la po- 
sible herida. 

Se llegó a insinuar, señores, que Jacinto Benaveríte perdía 
la agilidad, la gracia, el dominio que le destacaron con tan pode- 
roso relieve. Se caía en el absurdo de suponerle falto de pericia 
teatral, a él, que en una sola, breve y episódica escena de El collar 
de estrellas, había tocado todos los registros del corazón humano 
y había conducido a las multitudes desde la risa a las lágrimas ! 
No se quería ver el voluntario abandono que de todas aquellas 
cosas, que dominaba como quizá nadie dominó en España, había 
hecho, tentando de explorar las selvas vírgenes. 

Mientras tanto él iba cumpliendo su propósito y en algunas 
de sus obras de esta segunda época, en Una pobre mujer, por 
ejemplo, y sobre todo, en esa joya limpiamente, audazmente ta- 



158 NOSOTROS 

liada que se llama La honra de los hombres, llegaba tan cerca de 
la perfección sintética, que alcanzará el teatro del porvenir, que 
su acierto nos procuraba el escalofrío expectante de lo profetice ! 

Y al mismo tiempo, con una genialidad de adivinación casi 
poética, sus actividades se extendían al mundo teatral de la pan- 
talla, al cinematógrafo, por manera que, ahora que el mundo 
corre tan aprisa, él, adelantándose a su tiempo, quería que su 
tiempo adelantase un poco y caminaba resueltamente por las tíos 
sendas — teatro sintético, cinematógrafo — que han de ser las 
dos formas del arte teatral del porvenir. 

He ahí, en mi concepto, el mayor mérito, la más alta virtud 
del autor de La losa de los sueños. 

En el momento en que otros de los pocos artistas llegados 
a esa plenitud de consagración, a esa dorada madurez de perfec- 
fección, se tienden, perezosos o exhaustos, a la sombra del laurel 
profuso o se esterilizan rumiando su propio recetario, en una es- 
pecie de espiritual onanismo censurable, él ha acertado a ser un 
innovador. 

Rai^ael Marquina. 



EL PAYADOR 



PAYADOR de melenas nazarenas; 
Poeta del desierto, 
Todavía sin bronce y sin estampa; 
Orillando los siglos has llegado hasta América; 
Tu estirpe abrió los ojos en Provenza 

Y los cerró en la Pampa. 

Señor de las cuatro lejanías; 

I Abre y aventurero 

Ambiúabas sin rumbo y sin embargo, 

Latían todos los rumbos 

Debajo del alón de tu chambergo. 

Sencilla era tu brújula; 

Cualquiera de los puntos cardinales 

Para tí era el Norte; 

Y el único cerco que lograba encerrarte 
Bra el del horizonte. 



Vivías a la buena o a la mala ventura 

— Igual a una semilla fuera del surco — 

Carozo de alegría que en cuanto se aquietaba 

Se abría hasta ser árbol, 

Llenando todo el pago de músicas y fiestas, 

Como el ombú pampeano abarca todo un paisaje 

Desde su corpulencia. 



160 NOSOTROS 

No exigías gran cosa para lucir tu arte: 
Una copa; un contrario; si era gallo, mejor; 
Como tienen los pájaros su trino en la garganta 
Tú tenías toda la poesía en la vos. 

La guitarra en tus brazos era corno una hija 

Peque Tiita y sin madre, 

Y tú le cantabas para hacerla dormir; 

La guitarra en tus brazos era como una madre 

Cuya leche, escurrida por muchas arterias. 

Ha llegado hasta mí. 



Le2>antado hacia atrás con orgullo el sombrero. 

Te apretaba el barbijo la nube de la barba; 

Y entre la barba y el bigote unidos 

— Cada ves que cantabas — 

Tu boca amanecía como un churrinche en su nido. 



El cráneo de un vacuno te servía de asiento 

— Y si picabas alto — de trono un mostrador; 

Oyentes primitivos sentados en cuclillas 

Te escuchaban solemnes puestos en derredor, 

Y desde los palenques 

Un coro de coscojas venía a acompañarte 

Con la carraspera férrea de su son. 

Entre cosas de viejo e intuiciones de niño. 
Eras bueno, eras malo, todo, ¡que más remedio! 
Vuelta a vuelta te echaban al camino del medio. 
Por aquí el malón rubio; por allá el malón indio. 



Pelo negro o canoso; difícil darte edad; 
La suerte, si era mala, te doblaba los años; 
Hijo de la intemperie, ¡cómo eras de rudo! 
Hijo de la Fortuna, ¡cómo eras de sabio! 



EL PAYADOR 161 

Tu hilacha de dulzura, es verdad, la mostrabas 
En las puntas de los dedos y en el filo de los labios. 

Te gustaba el peligro, el azar y las faldas; ^ 

Y cuando Lucifer estaba de tu lado, 

Las brujas te veían cruzar desde los ranchos'. 
La luna en el herraje y una mujer en ancas. 

Pasabas, y a la espalda te llevabas la fiesta; 
La alegría volaba detrás de tu canción; 

Y por el campo se estiraba un silencio 
Negro y armosioso como un calderón. 

Vivías en belleza pero sin tú saberlo; 
Natura, siendo ciega, hace el bien como el mal; 
Si la lluvia al mojarte te ensuciaba de cielo. 
Te alzaba el arco iris una entrada triunfal. 

Fernán Sii,va Valdés. 

Montevideo, 1922. 



UNA VALIOSA EDICIÓN DE QUEVEDO 

(Horas de ocio). 

CÓMO llegó a nuestras manos, fué cosa de la amistad. Mero- 
deábamos por Córdoba de Andalucía, hace ya largos años, 
yendo a parar a su biblioteca, apolillado camaranchón donde un 
joven de barba negra hubo de atendernos por ausencia del en- 
cargado. Resultaba también una visita, pero de confianza. Se 
puso a nuestra disposición y nos fué muy útil, ahorrándonos el 
tiempo de una búsqueda infructuosa. Luego salimos a pasear 
por la ciudad del antiguo califato, entrando por fin a una rebo- 
tica, para ver dos cuadros interesantes que allí había: uno de 
Averroes y el otro de Góngora. 

Eran de buena escuela, atribuidos a Valdés Leal, y se con- 
servaban muy bien. El filósofo árabe-español, surgía de la tela 
bajo un turbante rojo, enmarañado de cejas y barbas, con los 
ojos ardientes. El poeta, con su gran calva que le iba de sien a 
sien, revestía el cerrado hábito de Santiago, lo que le daba una 
marcada apariencia de teólogo. 

Conversando de estas cosas y otras, llegamos a fraternizar. 
Así fué que ya en Madrid, meses después cuando nos vimos, la 
amistad había echado raíces en nuestros corazones. Era un hi- 
dalgo de Granada, llamado José Ruiz-Coelho, alma noble y des- 
interesada. Fué él quien puso en nuestras manos el valioso libro. 
Inútiles las protestas. Nos lo envió a la casa, con la promesa de 
aceptarlo, que ya le había escrito la dedicatoria. Así, pues, lo 
guardamos. 

Mucha tierra y mar cruzara dentro de la alforja y hasta co- 
rrió los riesgos de una inundación, de la que salimos ilesos. Y 
ahora está allí, con su apariencia de misal, forrado en grueso 



UNA VALIOSA EDICIÓN DE QUEVEDO 163 

cordobán bermejo, borradas ya por el uso y el tiempo las letras 
del título, que fueron estampadas en oro. 

Todavía conservan su áureo matiz los adornos de las tapas 
y el canto de las hojas, y con la pátina de los años, se acentúa en 
todo el libro un sello marcado de cosa muy valiosa y vieja. Es 
una edición holandesa del siglo XVII, conteniendo todas las poe- 
sías de Don Francisco de Quevedo y Villegas. 

Pero sus méritos no paran allí, con ser ya muchos. Ahí es 
nada, una obra impresa con tal magnificencia, en la ciudad de 
Aniberes, durante el año de 1699, por los célebres editores Hen- 
rico y Cornelio Verdussen! Y tan completa en su género. Pues 
si bien resulta solo el III tomo, contiene en sí la total producción 
poética de aquel inquietante y contradictorio carácter, cuyo gran 
talento y vasta ilustración, se despilfarraron al decir de Herrera, 
en un verdadero derroche a los cuatro vientos del espíritu. 

Pero, las sales de su ingenio fueron tan corrosivas algunas 
veces, que el Santo Oficio hizo de sus obras satíricas un obligado 
motivo de expurgos y quematinas. Y de allí que la prosa de 
Quevedo, con ser ya copiosa, aparezca en nuestros días reducida 
a muy mermadas proporciones. 

No sucedió lo propio con sus poesías, seguramente por an- 
dar en labios de todos, lo que facilitó la compilación. Sólo en so- 
netos se alcanza a la extraordinaria cifra de cuatrocientos sesenta 
y dos. Y no contemos los romances, de que fué tan fecundo; las 
letrillas, tan donosas a veces, y otras tan desvergonzadas, y las 
jácaras, madrigales y entremeses... 

Hecha la edición, sobre la obra ya impresa se extendían los 
expurgos. 

Pues, — ya eso íbamos, — en nuestro ejemplar de poesías 
quevedescas, el Santo Oficio ha puesto la mano. Y por si no bas- 
taran las tachas que lo testimonian, leemos- en la carátula inte- 
rior del libro, la diligencia que así lo previene. Bajo una pequeña 
cruz, se extiende la fórmula establecida: "Expurgado por el ín- 
dice del Sto Ofo de 1707. Madrid y Nov. 3. 1724. L. Claudio 
Adolfo de Malboan. S." 

Con lo que la obra resulta todo un documento bibliográfico 
de la época. 

Más de cincuenta años habían transcurrido desde qué el au- 



164 NOSOTROS 

tor muriera; los hombres de su época ya desaparecidos; hacíase 
inútil una limpieza de carácter político o, diremos "social", para 
emplear un término moderno. Los expurgos, pues, se limitan en 
este libro a asuntos de índole religiosa, dejando en libertad las 
demás licencias de que tan pródigo fué Don Francisco. Y así 
vemos íntegramente eliminado el inocente madrigal que se titula 
A un bostezo. Sin embargo, puede leerse bien por haber em- 
palidecido la tinta con que fueron tachados los versos, y resaltar 
la impresión tipográfica a través de ella y de la tira de papel que, 
para mayor precaución, se pegaba encima de la parte "limpiada". 
Véase, sino, cómo hemos logrado reconstruirlo: 



A UN BOSTEZO 



(Madrigal) 



Bostezó Floris, y su mano hermosa 
Cortesmente tirana y religiosa, 
_Tres cruces de sus dedos celestiales 
^Engastó en perlas y cerró en corales, 
Crucificando en labios carmesíes, 
O en puertas de rubíes, 
Sus dedos de jazmín y casta rosa. 
Yo que alumbradas de sus vivas luces 
Sobre claveles rojos vi tres cruces, 
Hurtar quise el engaste de una de ellas, 
Por ver si mi delito o mi fortuna, 
Por mal o buen ladrón me diera una : , 

Y fuera buen ladrón robando estrellas. 
Mas no pudiendo hurtarlas, 

Y mereciendo apenas adorarlas. 
Divino humilladero 

De toda libertad, dije: yo muero, 
Si no en cruces, por ellas, donde veo 
Morir virgen y mártir mi deseo. 

En cambio no lleva ninguna tacha el célebre romance Donde 
refiere él mismo sus defectos en bocas de otros, con ser muy 
suelto de intención y palabras; asombrando que brotara de la 
misma pluma que tan nobles poesías morales y estoicas escribiera, 
talvez al día siguiente. 

Curiosa contradicción la de este espíritu, que recorre toda la 
escala, desde la baja suciedad hasta los límites de la más alta 
serenidad filosófica! Y eso prueba una vez más la idiosincrasia 
del poeta, en quien no debe verse un ejemplo, sino un espejo de 
la humanidad. El poeta no tiene por misión ser guía de una 
época, sino rene jar todos los aspectos espirituales de esa época. 



UNA VALIOSA EDICIÓN DE QUEVEDO 165 

Cuando quiere conducir, fracasa; pero en cambio, nadie como 
él sabe trazarnos el cuadro de la edad en que le tocó vivir. Y 
Quevedo lo realizó en muy alto grado. Valiente, licencioso, reli- 
gioso, moral ... y tan estoico, dentro de aquella corrupción, de 
aquella pequenez sofocante! 

Aparece, pues, en toda su integridad el romance susodicho, 
en cuyos cuatro primeros versos hallamos, sin embargo, expre- 
sado todo lo que hay de franqueza y entereza en el alma de 
Quevedo : 

Muchos dicen mal de mí 
Y yo digo mal de muchos; 
Mi decir es más valiente 
Por ser tantos y ser uno... 

Difícil es, sin duda, poner cortapisas a la inteligencia. Has- 
ta en este caso, pues casi todo lo expurgado del libro se lee hoy 
con cierta facilidad. Por otra parte, parece que tales funciones 
se efectuaban un tanto al azar y, naturalmente, con un criterio 
al uso del revisador. La tarea debía ser fatigosa y no siempre 
se cumplía íntegramente. El libro aparece revisado nada más 
que hasta la página 378, siendo que el volumen tiene 572, Las 
tachas poco a poco se van haciendo más breves, hasta que des- 
aparecen. Y ya es heroicidad! El libro tomándolo así, de una 
sentada, se torna fatigoso arriba de las doscientas páginas. El 
conceptismo de Quevedo, su torturada quintaesencia, ese marti- 
rizar el pensamiento y el idioma para sutilizarlo en intención, 
resulta en nuestros días muy pesado de sobrellevar. Se lee sal- 
teado el libro: aquí un soneto, allá un romance, acullá cualquier 
letrilla o jácara... Luego, la gran erudición del autor, es otro 
lastre que hace más pesada la tarea. Únicamente lo que tiene 
vida se salva. ¿A qué gastarse las fuerzas en acrecentar sabidu- 
ría, en destilar un estilo alquitarado, si todo eso le será vano en 
los siglos que vengan, más curiosos sin duda en averiguar cómo 
se vivía en esa edad? 

Y pensar que los "culteranos" le llamaban ingenio del "agua- 
chirle", por lo excesivamente fácil que les resultaba su lectura! 
¿Pero, quién entiende ahora una palabra de Las Soledades de 
Góngora? Provechosa enseñanza para los que, en nuestros días, 
pretenden caer otra vez en hermetismos y fórmulas sibilinas, 



166 NOSOTROS 

cuando solo el sentimiento y la sencillez, son la pareja de luz que 
atraviesa los siglos, fecundando las almas ! . . . 

Volviendo al volumen como curiosidad bibliogiiáfica, diremos 
que la familia. Verdussen. "mercaderes de libros", fué célebre en 
Amberes por sus ediciones, durante más de un siglo. 

En 1699, como hemos dicho, aparece allí esta primera edi- 
ción de Quevedo, publicada por Heñrico y Cornelio Verdussen, 
dividida en tres tomos, e "ilustrada con estampas muy donosas 
y apropiadas a la materia". Soló el tercer volumen se halla en 
nuestro poder, conteniendo todas las poesías, aunque las estam- 
pas no figuran en él. Y las tenía, realmente, muy donosas la edi- 
ción, a juzgar por las que se advierten en el primer volumen, 
existente en nuestra Biblioteca Nacional. Es éste un ejemplar 
roto y apolillado, donde figuran muchas prosas serias y satíricas, 
como la "Vida de Marco Bruto", el "Alguacil alguacilado", "La 
hora de todos y la fortuna con seso" (Fantasía moral). No está 
expurgado, y ésto le quita el resto de su escaso valor, pues el 
ejemplar es una criba de polillas. Lo ilustran láminas grabadas 
en acero, de Bouttats y Harrewyn. 

Hasta 1726 no encontramos otra nueva edición de la casa 

Verdussen . Y es ahora la viuda de Henrico quien aparece, ya 

fallecidos los dos seguramente. Esta última edición es la única 

citada en Rivadeneyra^ seguramente por ser menos conocida la 

nuestra, que erí orden cronológico, viene a ser la 5- en la serie 

general. Veamos : 

¡ 
i' edición Madrid 1648, por Diego Díaz de la Carrera. 
2" „ Bruselas 1661, por Francisco Foppens. 

3' „ Madrid 1668, por Melchor Sánchez. 

4' „ Bruselas 1670, por Francisco Foppens. 

5' „ Amberes 1699, por Henrico y Cornelio Verdussen. 

Ya en 1672 hallamos un Verdussen imprimiendo el Quijote, 
ilustrado por Bouttats (inventor et fecit), edición que se repite 
en- 1697, 1 7 19 y 1770, estando otra vez una viuda de Verdussen 
al frente de la casa editorial. 

Comparado el ejemplar de Quevedo en nuestro poder, con 
el que se halla en la Biblioteca Nacional, siendo de la misma edi- 
ción, se les nota algunas diferencias. Por lo pronto, el nuestro 
es más rico en la encuademación, lo que hace suponer que para 



UNA VAUOSA EDICIÓN DE QUEVEDO 167 

el tomo de las poesías se tuvo mayor acicalamiento. En cambio 
la portada del otro se halla impresa en tinta roja. El papel, si es 
el mismo, idéntica la tipografía y el formato en 4." 

Hemos ojeado muchas veces el extraordinario volumen, re- 
cordando la vida tan múltiple y agitada del poeta. Embajador 
de Osuna ante el papa, perseguido luego en Venecia, hasta el pun- 
to de tener que disfrazarse de mendigo para escapar a la muerte, 
don Francisco de Quevedo llena durante unos años con su per- 
sonalidad el suelo de Italia. Intrigas palaciegas le confinan, por 
fin, en esa torre de Juan-Abad, de la que fué señor y que más 
le sirvió de prisión que de señorío. 

Por todas partes da prueba de sagacidad, de poderosa inte- 
ligencia y gran ilustración. Conoce varias lenguas orientales, es 
maestro en el latín y el griego, habla y escribe el italiano como su 
propio idioma;, posee el francés. Todos los conocimientos de la 
época "le eran a él familiares y aún pueden decirse propios: ma- 
temáticas, astronomía, filosofía, derecho civil . . . poseía con alto 
aplauso y admiración de los doctos". Escribe un Discurso sobre 
la moneda dé vellón; llega hasta secretario de Felipe IV; co- 
rrige los trabajos de Mariana, es amigo de Cervantes y Lope 
de Vega ... Y todo esto interrumpido por largas reclusiones 
a que su espíritu mordaz, su rígida y acre censura le conducen, 
hostilizado por un valido que termina por encerrarlo en la maz- 
morra de San Marcos, de León. 

Luego, su vida literaria tan estrechamente unida a sus aven- 
turas donjuanescas. De todo hay en él. Caudillo del "conceptis- 
mo", libra tremendas batallas contra Góngora y sus discípulos, 
que han hecho del "culteranismo" la religión estética de la épo- 
ca. Todos le atacan y él cierra contra todos, con la pluma y con 
la espada. Su prosa es una serie de libelos; de cualquiera de sus 
poesías satíricas puede decirse: ¿contra quién va? 

Y detrás de su vida agitada y terrible, el moralista y el es- 
toico. La misma pluma regodeante que escribe la Vida del Bus- 
cón, traza también, en noble estilo, la Vida de Marco Bruto. Y 
su musa de arrabal, que chorrea indecencias y malicias en sonetos 
y romances, halla luego los graves acentos de la epístola "contra 
las costumbres de los castellanos", o los giros magestuosos de la 
silva, en el "sermón estoico de censura moral" . . . 



168 NOSOTROS 

El poeta es así. 

Pero, al decir de sus comentadores, su vida fué un increible 
fracaso. En medio de una corte regida por un rey endeble, go- 
bernada por insignificantes privados, pudo por un momento di- 
rigir los destinos de España. ¡ Y con cuánto más acierto ! No lo 
intentó siquiera; allí dentro todo su valer se desmenuza. Y" cuan- 
do recurre a la sátira para estigmatizar la tremenda corrupción 
que le rodea, para abrir los ojos de un monarca libertino y has- 
tiado, se le encierra en el húmedo calabozo, donde agoniza cua- 
tro años, saliendo para morir. 

Hay un profundo escepticismo en la respuesta que da al 
mensajero que viene a prenderle: 

— Señor don Francisco, perdone, que ya sabe como son es- 
tas cosas. 

— Sí señor, ya sé yo que estas cosas son como todas las de- 
más ... 

Ernesto Mario Barreda. 



EL ATORRANTE 



ERA al atardecer del 25 de Mayo. El día había sido ruidoso y 
espléndido. Grandes desfiles, explosiones de ingente patrio- 
tismo. Himnos marciales que recordaban, como eternos ecos los 
albores de la independencia patria. Sobre ellos había flotado, se- 
vero y majestuoso, el Himno Nacional. Como -cada año, cubrió 
la fecha con sus épicas estrofas. 

Poco a poco, las multitudes se deshacían. Los torrentes hu- 
manos que inundaban las calles y las plazas de la urbe, dismi- 
nuían su caudal y convertíanse insensiblemente en arroyos fugi- 
tivos del gran cauce. La normalidad, alterada por la gloriosa 
conmemoración, recobraba su dominio. Las últimas voces del 
día perdíanse en la reacción silenciosa que sucede al estruendo de 
las aglomeraciones. 

En la obscuridad del cielo comenzaban a parpadear estrellas. 
Cayó la noche:'" una inmensa fatiga tras la agitación y el entu- 
siasmo del inmortal aniversario. 



En el Paseo de Julio se amontonaba abigarrada multitud. 
La multitud de siempre. Honrados obreros y malevos, hombres 
del campo, extranjeros en su mayor parte: italianos, turcos, es- 
pañoles, árabes, sirios, algunos alemanes e hindúes. Tres dimi- 
nutos japoneses, riendo y mostrando sus blancos dientes, cruza- 
ban por entre los grupos europeos y americanos. Destacábanse 
fácilmente altos y fornidos ingleses y yanquis, fumando en pi- 
pas cargadas de rubio tabaco. Sus cabezas, erguidas y altaneras, 
sobrepujaban el nivel de las demás cabezas. Marchaban rígidos, 
con paso rítmico, indiferentes a la corriente humana que a su de- 



170 NOSOTROS 

rredor se extendía. Dos borrachos, codeándose y tropezando, 
mascullaban palabras sin sentido. Nadie les hacía caso. 

Salían de los fondines vahos de desagradable olor ; ante las 
cerradas armerías fijábanse ojos de asesino, como si quisiesen 
vislumbrar la brillante hoja del facón y la pavonada culata del 
revólver. Algunos atorrantes, medio echados en los umbrales, 
vivían su vida ordinaria. Nada querían saber de lo acontecido 
aquel día. Para ellos era un día como los demás. No tenían pa- 
tria. Habían olvidado lo que la palabra significa. 

Como larvas informes, generadoras de una especie animal 
infecunda, íbanse levantando poco a poco. Asquerosos murcié- 
lagos que se disponían a tender su vuelo nocturno, veíanse acá 
y allá indefinibles siluetas formadas, al parecer, por fragmentos 
y restos de otros seres. 

A las 22, poco más o menos, uno de aquellos numerosos ato- 
rrantes, soñoliento, alzó su extraña cabeza. Miraba sin ver. No 
parecía un hombre. Apenas un despojo humano. Bajo la sucie- 
dad y la miseria, su edad resultaba un enigma. Podría tener 
treinta años y podría tener sesenta. La paupérrima indumenta- 
ria, contribuía al aspecto mísero y grotesco del atorrante. 

Figuraos una larga cabellera enmarañada, de un rubio sucio 
cruzado por numerosos hilos blanquecinos. Una barba enorme 
e informe. Entre la cabellera y la barba se distinguían, con gran 
dificultad, las facciones del triste personaje. Una viejísima ga- 
lera, que años atrás tal vez fuese negra, abollada su copa y me- 
dio desprendidas sus alas, se aguantaba trabajosamente sobre la 
áspera selva capilar. Cubría el cuerpo del miserable un raído so- 
bretodo, deshilachado, huérfano de una manga y no muy seguro 
de la otra. El pantalón que ocultaba los flacos muslos y piernas 
del atorrante, era digno del sobretodo. Quién sabe si en sus 
buenos tiempos fué de cuadritos blancos y negros ; pero resulta- 
ba, en la actualidad, muy difícil la comprobación de tal aserto. 
Uno de los pies del pobre hombre iba calzado con una zapato sin 
suela; el otro, usaba un botín no menos lastimoso. 

Despedía el atorrante a su derredor un hálito pestilente y 
hediondo: conjunción de miseria, de suciedad, de abandono, de 
un algo indefinible que semejaba el compendio de todas las de- 
generaciones humanas. 



EL ATORRANTE 171 

Densa era la obscuridad. El viento agitaba débilmente los 
árboles del Paseo de Julio. Ivlegaban los rumores del puerto a 
manera de voces perdidas y lastimeras. Parecían conjuntos de 
sollozos y quejas procedentes de todaí> las tierras del mundo. 

Nuestro atorrante, después de largo soliloquip, tal vez una 
diatriba contra su habitual pereza, levantóse, echóse la andrajosa 
iDolsa a cuestas y emprendió, sin rumbo, vacilante marcha. 

A media cuadra, se detuvo. Ante la puerta de un hospedaje, 
disputaban acaloradamente un hombre y una mujer. No era di- 
fícil conocer la naturaleza de ambos. Hablaban en francés, un 
francés canallesco. El hombre, trémulo de ira, amenazaba de 
muerte a su interlocutora. Era ella una infeliz que, harta de los 
malos tratos de aquel hombre, se había emancipado de su odiosa 
tutela. Pero él encontró la pista y se disponía a p.edir cuentas a 
la m.ujer de la partida que le había jugado. 

Un grupo de curiosos rodeaba a la pareja. El grupo, co- 
mentando el violento diálogo con toda clase de frases groseras, 
hacíase cada vez más compacto. El atorrante, envuelto y empu- 
jado por los curiosos, tropezó con la mujer, que retrocedía ante 
la inminencia de la muerte. 

Brilló un cuchillo. La hoja se hundió en el pecho de la fran- 
cesa. Oyóse un grito, un grito penetrante y desgarrador. La 
víctima se desplomó casi encima del atorrante. Sonaron pitos de 
auxilio. Entre los vigilantes y el asesino se trabó desesperada 
lucha. Un vigilante fué levemente herido de una cuchillada. 
Pero el victimario, molido a porrazos, no tardó en sucumbir. 

El atorrante, dando codazos y empellones, desapareció. En 
imo de los bolsillos de su raído sobretodo, se hallaba la cartera 
de la muerta. 



Quince años antes de los hechos acabados de referir, había 
llegado a Buenos Aires, ávido de fortuna y de placeres, Vanni 
Nigra. Nacido en un pueblito de las inmediaciones del lago de 
Orta, en medio de aquella frondosa vegetación que irradian los 
Alpes, estudió en la facultad de Ingeniería de Turín. Era un mu- 
chacho impetuoso y enérgico, de un atrevimiento sin límites. 
Los obstáculos, según él, sólo existían para las almas "timoratas. 



172 NOSOTROS 

Los escrúpulos considerábalos como invenciones de los hombres 
inteligentes para contener los impulsos de sus rivales. 

No era, sin embargo, un hombre vulgar. Sus apetitos des- 
enfrenados y su anhelo por las riquezas y los placeres, dejábanle 
tiempo para apasionarse por la carrera que había emprendido y 
que estudiaba brillantemente. Dedicóse también con ahinco a las 
letras y las artes. Era un melómano impenitente y se contaba 
entre los más fogosos admiradores de D'Annunzio. 

Recibido de ingeniero, convenció fácilmente a sus padres del 
gran porvenir que en la Argentina le esperaba. 

Veinticinco años tenía Vanni cuando pisó por primera vez 
el puerto de Buenos Aires. Poco dinero en su bolsillo, pero en 
su espíritu una enorme cantidad de audacia. 

Rápidamente se abrió camino. Asociado a unos connaciona- 
les suyos que se dedicaban a la construcción de casas, inició una 
marcha frenética en pos de la soñada fortuna. 

El dinero acudía a montones hacia Nigra. Marchábanle los 
negocios viento en popa. Sus socios lo consideraban como un 
predestinado. Era el hombre de la buena estrella. Éxito seguro 
en todo asunto de su incumbencia. 

Pero paralelamente a la genialidad en ganar dinero, existía 
ingénito en Nigra el instinto del derroche y del vicio. Ese para- 
lelismo se alteró. El ambicioso piamontés, el osado conquistador 
de América, cedía lentamente a la molicie y a la disipación. Pa- 
recía cómo si se apagase en él aquel antiguo fuego de luchador, 
de atleta de las finanzas. 

Rápida como la ascensión fué la caída. Vanni substituyó su 
primitivo lema: Voluntad, Energía, Trabajo, por este otro: Mu- 
jeres, Vino, Juego. El piamontés rodaba, rodaba hacia ese abis- 
mo insondable y voraginoso que jamás devuelve sus víctimas. In- 
tervino en toda clase de operaciones dolosas, en numerosos nego- 
cios turbios. Albergóle, por algunos meses, la Penitenciaría. 

Al sahr, no supo" Vanni qué camino debía emprender. Difí- 
cil le era reanudar su antigua vida de trabajo, desde que debía 
iniciarla en un ambiente de humildad y de pobreza. Durante al- 
gún tiempo vivió, bien o mal, de las carreras. í)espués, del pe- 
chazo. I^a vagancia fué el término de una actividad que pudo 
haber tenido espléndido coronamiento. 



EL ATORRANTE 173 

Vanni Nigra se convirtió en el más perfecto de los atorran- 



tes. 



Sentado en solitario banco del Paseo de Julio, sumido en dé- 
bil obscuridad iluminada por los reflejos de lejanos faroles, Ni- 
gra, con los ojos desorbitados por la avaricia y la concupiscen- 
cia, contaba los billetes robados: cuatrocientos cincuenta pesos. 

Vanni no durmió aquella noche. Tuvo asimismo buen cui- 
dado de no frecuentar lugares demasiado desiertos. Intimidá- 
banle los ladrones. Sentíase rodeado de asesinos. 

El atorrante, estrujando convulsivamente la cartera en su bol- 
sillo, veía por todas partes ojos feroces, manos que se alargaban 
en busca de su tesoro; creía percibir la rápida trayectoria de las 
cachiporras, parecíale sentir en sus carnes la fría y afilada hoja 
del cuchillo . . . Nigra vagaba en pleno terror, acosado por es- 
pantosas pesadillas , . . 

¡Noche larga y triste! Más larga y más triste que aquellas 
pasadas con algunos mendrugos de pan y sendos tragos de agua 
€n el cuerpo . . . 

Por fin clareó la aurora. Una aurora mortecina, cubierta 
por retazos nebulosos de color gris sucio. Las aguas del puerto 
se iluminaron débilmente. Comenzaron los buques a dibujar sus 
formas sobré el oro tembloroso de las aguas. 

Nigra tomó, resueltamente, una determinación. 

La de convertirse, exteriormente por lo menos, en un hom- 
bre como los demás. 

Pero. . . ¿en qué forma debía iniciar su regeneración física? 

Tiró su asquerosa bolsa. Apenas se abrió la primera arme- 
ría del Paseo de Julio, compró unas tijeras muy baratas. Con 
«lias se cortó la cabellera y la barba. Después, en un boliche, ad- 
quirió por la cantidad de treinta pesos, un traje de saco. Compró 
también un sombrero, unos botines y una muda completa de ropa 
blanca. Con el lío a cuestas, se dirigió a una casa de baños. Su 
cuerpo gozó el placer del agua, placer intenso, placer olvidado, 
que devolvió a Vanni un soplo de juventud y de alegría. Dejó 
en el baño la ropa sucia. La ropa limpia interior le dio agilidad, 
imprimióle desos de caminar y de moverse. Al salir, entró a una 
peluquería que halló al paso. 



174 NOSOTROS 

Nigra, completamente transformado, llegó a la Avenida de 
Mayo. Era un hombre alto y muy delgado, casi escuálido, de 
nariz aguileña, ojos obscuros, barba prominente. Su afeitada 
cara tema un matiz simpático. 

Caminó algunas cuadras. Apretóle el hambre y entró a un 
restaurant de la calle Victoria. Un restaurant modesto. Pero al 
verse ante los manteles, Vanni se sintió feliz. Comió con vora- 
cidad un enorme plato de tallarines, un asado y postres. Aquella 
inusitada cantidad de alimentos, prodújole'una digestión pesada. 
Anduvo arriba y abajo por la, A venida. Finalmente, se sentó en 
un café. 

Era, al parecer, un hombre como los demás. Faltaba ver lo 
que durarla su tetorno a la humanidad. 

La vereda era un continuo tránsito. Nigra no sabía si so- 
ñaba o si estaba despierto. Ante él circulaba una multitud de 
gentes apresuradas, camino de sus ocupaciones. Autos y coches 
metían ruido ensordecedor. Los vendedores de diarios, de mo- 
nederos, cinturones y carteras, los lustrabotas ambulantes y toda 
esa innúniera cantidad de pequeños comerciantes callejeros iban 
y venían pregonando la excelencia de sus mercaderías, mostrán- 
dolas a los ojos desdeñosos o complacientes de los transeúntes y 
concurrentes a los cafés. 

Vanni, como aquelloá hombres del campo que acuden por 
primera vez a una gran ciudad, que se deslumhran y marean en 
el flujo y reflujo de las aglomeraciones humanas, y se aturden y 
desorientan por el temor de ser aplastados bajo las ruedas de au- 
tos, coches y tranvías, miraba azorado aquella enorme vida ciu- 
dadana que le rodeaba. Y no obstante, hacía veinticinco años 
que residía en Buenos Aires ; pero los últimos tiempos pasólos 
vegetando miserablemente, aislado en una vida interior cada 
vez más obscura y triste, sin deseos, ilusiones ni esperanzas, anu- 
lando su pensamiento en una gama de insensibles y descendentes 
gradaciones hasta llegar a la absoluta animalidad que no se rige 
por otras leyes que las del hambre, del hambre exigente e impla- 
cable, aullando, gimiendo, retorciéndose cuando no se la satis- 
face y gozando el éxtasis de la suprema bestialidad cuando se 
siente colmada con exceso. 



EL ATORRANTE 175 

Nigra, con la cabeza turbia por los vapores de la digestión, 
comenzaba a razonar y a ver un poco de claridad entre las som- 
bras de su mente. Pero en la nueva vida que iniciaba intervenían 
más sus ojos que su cerebro. Las visiones externas todavía no 
cristalizaban bien en su sensorio. Eran algo así como imágenes 
flotantes, vagas, indefinibles. El despertar de las ideas se efec- 
tuaba en él de un modo lento y rudimentario. El antiguo hombre 
de ciencia coordinaba sus sensaciones como aquél que quiere 
comprender cosas superiores a su intelecto. 

Sentíase el piamontés a manera de un ,cuerpo muerto que 
gozase, milagrosamente, de pequeñas e indefinibles dosis de con- 
ciencia. Pero notó que ésta iba adquiriendo más facultades a 
medida que el tiempo transcurría. Se ensanchaba lentamente el 
reducido círculo de sus impresiones. Abríasele largo horizonte 
retrospectivo, reflejando imágenes casi olvidadas. 

Vanni revivió, como al través de opaco velo, el lejano pasa- 
do de su niñez : vio fija en él la mirada severa del padre, sintió 
en su cabecita de niño las amorosas manos de la madre, oyó gri- 
tar y patalear a la hermanita, una nena preciosa, rubia como el 
oro, traviesa como un diablillo. Los padres habrían muerto, se- 
guramente; pero, ¿y Gina? ¿Qué sería de ella? ¿Habría muerto 
también? !< "^ 

De su casa, situada en la vertiente de una montaña, ante las 
nieves del Monte Rosa, el muchacho se encaminó a Turín. Allí, 
conjuntamente con la afición a la Ingeniería, se desarrollaron en 
el novel estudiante los apetitos de posesión y de riqueza, y tam- 
bién sus entusiasmos artísticos y literarios. Fué aquella su vida 
un estado de semi-bohemia, pero el ambicioso Vanni no antepuso 
nunca lo secundario a lo principal. Loqueaba en grande, pero 
estudiaba con toda su voluntad, con toda su inteligencia y apli- 
cación. Quería ser algo y lo sería. 

Después vino la vida en Buenos Aires, el vértigo de los ne- 
gocios, la fiebre del dinero. Luego... se apagó lentamente aque- 
lla energía que pareciera indomable. El vicio triunfó en todas 
sus fases de una serie de cualidades afeadas, sin embargo, por la 
carencia de escrúpulos y el desprecio del recto proceder. La ca- 
tástrofe se produjo fatalmente... 

Vanni, nervioso, queriendo rechazar aquella nube de re- 



176 NOSOTROS 

cuerdos que le envolvía implacableinente en sus tristes piegos, 
se levantó. Quizá caminando un poco se serenaría su espíritu. 
Fué en vano. 

Sentóse en otro café y pidió un San Martín. La bebida le 
hizo daño. Entonces, no muy seguro de sus pasos, se dirigió a 
un hospedaje de la calle Bernardo de Irigoyen, y se tendió en la 
cama. A las diez y ocho despertó de su sueño, que no había sido 
otra cosa que una sucesión de pesadillas. 

No tardó en sentirse mejorado. El sueño, con todos los in- 
convenientes que le acompañaron, le alivió bastante. Cenó en el 
mismo hospedaje con bastante apetito, y entre plato y plato ojeó 
un diario. I^eyó cosas que le dejaron estupefacto. El mundo se 
había transformado desde que dejó de pertenecer a él. Habían 
tenido lugar acontecimientos increíbles . . . Todo estaba cambia- 
do y revuelto . . . Resucitaron Polonia, Bohemia, Finlandia, y su 
propia patria se extendía hasta las márgenes orientales del Adriá- 
tico . . . 

Pero la noticia que más le afectó fué la siguiente: en el Co- 
lón se daba, aquella noche La Walkiria. Nigra quiso oírla de 
nuevo. Quiso renacer, evocar sensaciones olvidadas. 

El piamontés salió a la calle. Se sumergió en la gran ciudad, 
que comenzaba su vida nocturna. ¡ Qué movimiento ! Encantá- 
banle, por primera vez, después de su resurrección, las lindas 
muchachas que se cruzaban en s\\ camino. Pasos ligeritos, rit- 
mos cadenciosos, voces suaves y argentinas, siluetas finísimas y 
flexibles, aladas ondulaciones que pasaban y desaparecían ... A 
menudo vela muchachos parados en las esquinas que se adelan- 
taban hacia las deliciosas maripositas, cambiando apretones de 
manos, sonrisas y palabras cariñosas ... 

Vanni sacudió su cabeza como si quisiese rechazar aquellas 
visiones que le hacían daño. Su tristeza aumentaba en medio de 
la felicidad ajena. Procuró no ver. ¡Adelante! Intensa y fecun- 
da impresión de arte bañaría en breve su espíritu y lo purificaría 
de todo dolor . . . 

El Teatro Colón aparecía como una síntesis de la riqueza 
porteña. Derroche de lujo, de opulencia, de fausto. Perfumes 
mundanos, aristocráticos, de alta distinción, ascendían a las ga- 



EL ATORRANTE 177 

lerías del coliseo. En palcos y plateas se combinaban el rígido 
frac, uniforme y monótono, con la riquísima variedad de los 
vestidos femeninos, mosaico de finísimas telas, gama colorida al 
infinito. En hermosas cabezas de mujer, artísticamente peinadas, 
brillaban todos los colores del cabello. En orejas, escotes, bra- 
zos, se agitaban mundos de piedras preciosas. 

El teatro era un ascua de oro, resplandor fabuloso de luz. 
Los pisos altos desprendían rumores de colmena. Movíanse las 
cabezas, murmullos de impaciencia creciendo y decreciendo, re- 
corrían los ámbitos de la inmensa sala. 

Mirando desde arriba, veíanse los concurrentes a palcos y 
plateas como si fuesen figuras automáticas. Sus gestos eran len- 
tos y armónicos, sin apresuramiento. Orden y silencio reinaban 
abajo, en oposición a la impaciencia de las alturas. 

Los músicos ocupaban ya sus respectivos sitios. Apagáronse 
gradualmente las luces del teatro y. , . 

Una furiosa tempestad, en medio de la cual se oía rugir la 
voz potente y formidable de Donner, se desarrolló en la orquesta. 
Al través del vendaval, se percibía la fuga de Sigmund, perse- 
guido por enemigos implacables ... ' 
Vanni, desde el paraíso, seguía anhelante el trágico preludio. 
Un nuevo ser se despertaba en él : un espíritu estético superior, 
aquel mismo espíritu que le acompañara en sus años de juventud, 
entre los malos instintos, a manera de rayos luminosos . . . 

A la cabana de Hunding acababa de entrar, agobiado de fa- 
tiga, un hombre : Sigmund. 

Después, una blanca y poética figura de mujer, la suave 
Siglinda, daba de beber al sediento. La llegada de Hunding, con 
su tema áspero y rudo, puso fin al diálogo precursor de la trage- 
dia. Cuando Sigmund quedó solo, vacilando sus miradas entre 
el rastro luminoso que Siglinda dejara tras ella y el puño del v 
sagrado Nothung, hundido por Wotan en el tronco del fresno, 
Vanni experimentó exaltación increíble. Sumergíase su alma en 
aquellos raudales de poesía, volaba en alas de inexpresables de- 
seos : despertábase en él un mundo romántico, surgiendo de la 
miserable prosa actual de su vida. . . 

Pero cuando la Primavera, abriendo de par en par las puer- 
tas de la cabana, ostentando sus infinitos mantos de verdor y de- 



178 NOSOTROS 

Tramando por doquier flores y perfumes, envolvió a Sigmund y 
Siglinda extasiados en su inmenso amor, y se los llevó por el ca- 
mino que conduce a la muerte, Nigra sintióse mal. Quiso salir 
del teatro. Bajó lentamente la larga escalera, por entre los gru- 
pos de concurrentes que comentaban con calor la ejecución de la 
obra. 

Al llegar a la calle, el aire de la noche circuló a su derredor 
como una caricia. Templada era la noche. Ligeras nubecillas 
blancas, a guisa de velos transparentes, se tendían entre las es- 
trellas. Giraban caprichosamente, se diluían como finísimas he- 
bras de algodón, se juntaban formando moles imponentes. Y 
detrás de aquel luminoso juego, reinaba el profundo azul in- 
finito. 

Noche de invierno serena y melancólica, misterio visible y 
sensible de otros misterios impenetrables a la pequenez humana, 
hablaba a Nigra con lenguaje revelador de cosas nunca vistas ni 
sentidas. 

El hombre resucitado, extremeciéndose al impulso de cre- 
ciente fiebre, caminaba lentamente por la calle Tucumán, en di- 
rección al puerto. Caminaba en estado sonambúlico. Una fuerza 
desconocida dirigía sus pasos. No era él quien andaba. Era un 
nuevo ser formado con restos dispersos de su antigua naturaleza. 
Pero aquellos restos eran las partículas de oro desprendidas de 
la escoria, de las substancias vulgares que las habían envuelto. 
Fulguraban en la obscuridad como átomos de luz y rodeaban al 
pobre Vanni de fantástico chisporroteo. 

Nigra soñaba. Soñaba y caminaba. Atravesaba las cuadras 
sin ver nada. Ni siquiera veía a sus compañeros de miseria, los 
atorrantes, que dormían pesadamente en los umbrales de las 
puertas, estirados unos, convertidos otros en inmundos ovillos . . . 
Soñaba siempre. . . 

. . . Era otro hombre. Un hombre nuevo. Florecían en él 
los sentimientos más exquisitos y puros. Era joven y simpático, 
y, como un loco, se había enamorado. No sabía si su amada era 
la propia Siglinda, mujer de origen divino, o cualquiera de aque- 
llas lindas modistillas, vaporosas y alegres, que mariposeaban a 
manera de efluvios. Su amor era un éxtasis : Siglinda, o bien la 
deliciosa muchacha vista en la calle, correspondía amorosamente 



EL ATORRANTE 179 

a su pasión. Vivía en plena felicidad y su compañera también. 
Su felicidad no tenía nubes. 

Vanni seguía caminando y soñando. Era un ingeniero emi- 
nente. Intachable su proceder. Alta la cabeza, no tenía que aver- 
gonzarse de indignas acciones. Su nombre merecía el respeto 
del mundo científico. La compañera de su vida participaba de 
los triunfos de él. 

Gozaba el piamontés de la más pura dicha doméstica. Go- 
zaba de una poesía tranquila, apacible, serena, sin caer nunca en 
las bajas miaterialidades de la prosa. Había hallado aquel punto 
maravilloso en que la imaginación confina con lo real. 

Soñando, soñando, Ñigra tropezó y estuvo próximo a caer. 
Había dado contra el pie de un, atorrante dormido, que llegaba 
hasta la mitad de la acera. 

Fué un golpe moral terrible. Un retorno brutal a la reali- 
dad. El aviso de un triste ambiente que no quería ser olvidado. 

Pero . . . ¿ qué extraña locura se había apoderado de Vanni ? 
¿Qué estrofas idílicas cantaron en su mente, henchidas de paz, 
de reposo, reflejando venturoso presente y anunciando no menos 
feliz porvenir? ¿Qué alegre llamada, qué cristalinos sones de 
campanas recorrieron los aires y se perdieron en los negros es- 
pacios apagando melancólicamente sus ecos? 

Todo se desvaneció. El pie de un atorrante, rígido como el 
de un muerto, puso término, momentáneamente, a los raros en- 
sueños de Nigra. 

No tardó éste en sentir arder de nuevo su cabeza. La fiebre 
volvía a él. Pero era una fiebre maravillosa, que seguía trans- 
formando su ser. Aniquilaba arraigados defectos, anulaba vicios 
substanciales y ejercía ingente presión sobre la mínima parte de 
bondad que en su naturaleza existía, convirtiéndola en palanca 
de nuevas fuerzas y abriendo rutas desconocidas. De una débil 
raíz, apenas hundida en la tierra, nacería gigantesco y frondoso 
árbol . . . 

Nigra se embarcaría pronto para su país natal. Allá se in- 
clinaría sobre la tumba de sus padres y regresaría a la Argentina 
trayéndose a su hermanita. Si fuese casada, vendrían con ella 
su marido y sus hijitos, que jugarían con los que él tendría de 
Siglinda. . . 



160 NOSOTROS 

Al llegar al Paseo de Julio se sefenó algo la mente de Ni- 
gra. Pero se serenó para ensombrecerse al instante. Largo ex- 
tremecimiento recorrió su cuerpo al recordar el motivo que ori- 
ginara su reincorporación al mundo de los seres pensantes. Unos 
cuantos pesos manchados con la sangre de una pobre mujer ase- 
sinada. . . 

Vanni sintió frío. Un frío que helaba sus huesos y amora- 
taba su miserable carne. Con el frío volvió a la realidad, Y la 
realidad, con voz apagada y lúgubre, le anunció el fin de los pe- 
sos robados, y su reingreso al gremio de los atorrantes, espec- 
tros vivientes, sombras de seres que fueron . . . 

El piamontés quiso rebelarse contra el destino. Lucharía 
para rehacer su vida. ¿Pero en dónde hallaría el coraje para 
ello ? Si la voluntad no fuese suficiente, recorrería el mundo has- 
ta encontrar la fuente de los milagros. En ella bañaría su ardo- 
rosa cabeza y la levantaría reconfortado, mirando sin pestañear 
las barreras que opone el mundo a los héroes y mártires de la 
regeneración . . . 

Soñando, soñando, atravesó Vanni los jardines del Paseo de 
Julio y llegó al puerto. Fuerte viento comenzaba a soplar desde 
el Sud. Arrastraba en su rápida marcha inmensas aglomeracio- 
nes de nubes, entre las cuales fulguraban lejanos relámpagos. 

Iba acambiar el tiempo. Balanceábanse violentamente los 
buques, crujían cadenas y cuerdas. Las aguas del puerto, tur- 
bias y r^egras, agitábanse ruidosamente. 

La noche se invadía del sopor que precede a las tormentas. 
Ni una sola estrella brillaba en el cielo. 

Vanni contempló fijamente las aguas. Le parecía ver en su 
agitación el poder de fuerzas hipnóticas. Puntas de imanes aso- 
maban en los vértices de las olas. 

Y se dio cuenta, instantáneamente, de que aquellas aguas 
poseían un pensamiento y que, además, hablaban. Emitían con- 
ceptos tan claros y precisos como los que se originan en las me- 
jores organizaciones mentales. 

Díjole así la voz áé[%io: "No luches más, pobre alucinado, 
contra los espejismos que en tu imaginación se forman. La tie- 
rra nada tiene ya que ofrecerte. Todo te lo dio y todo lo recha- 
zaste. Tenías voluntad, tenías inteligencia, ¿qué te faltaba? Su- 



Ely ATORRANTE 181 

fre y calla, si es que quieres vivir. Pero si alienta en ti un soplo 
de razón, ven a mi seno y en él hallarás el supremo reposo, el 
eterno consuelo a todos tus dolores". 
— Dice muy bien, murmuró Nigra. 

Y la voz del río prosiguió: "Mis aguas son turbias y roji- 
zas, pero son también compasivas y buenas. Ellas te llevarán tal 
vez a las azules olas del Atlántico por donde viniste a mis orillas, 
sediento de fortuna y de placeres. Mecerán tu cuerpo hasta su 
descomposición final, y te recordarán las armonías y los ritmos 
de aquellas músicas que embellecieron tu juventud y te han aca- 
riciado por última vez esta noche. Rodeado de eterna agitación, 
alcanzarás el silencio y la quietud del Nirvana. Ven a mí, que 
la tierra te rechaza ..." 

— Dice muy bien, volvió a murmurar Nigra. 
Las tinieblas se hacían cada vez más densas. 
Vanni, aterrado, doblegóse bajo el peso de un puño de plo- 
mo que le empujaba hacia adelante. 

Sintióse en el vacío, después en la frialdad del agua. 

Y la voz del río rezó la última oración por el alm^a de Vanni 



Nigra. 



Jerónimo Zanné. 



MI CIUDAD 



Olí mi ciudad sonora, multámine y activa, 
oh mi ciudad inquieta! 
Al verte esta mañana bajo la gloria viva 
de este sol de verano, me he sentido poeta. . . 

Y he echado a andar por estas tus calles empedradas, 
algunas pintorescas, sonrientes y animadas, 
algunas muy vulgares, monótonas y grises, 
a descubrir bellezas que tendrás ignoradas, 
a descubrir fealdades {también te han sido dadas) 
y a oír lo que me dices! 



La calle céntrica 

HU aqí{í la calle céntrica, he aquí la calle inquieta 
de mri ciudad sonora. Bs amplia y es lujosa; 
feérica de noche, de día bulliciosa 
y siempre algo coqueta. 
Es un recto tentáculo, una arteria apoplética 
que palpita en el ritmo de la gran muchedumbre ; 
es uniforme, limpia, también tiene su estética 
y cada acera ofrece un cuadro de costumbre. 
Aquí ya existe un poco de gracia y de belleza. 
¿Que no tiene carácter f ¿Que no existe el estilo 
en las altas fachadas? ¿Que no tiene pureza 
de gusto el edificio f ¡Qué importa! El Rosario 
es caprichoso y nuevo, no tiene idiosincrasia; 
multiforme, cambiante, interesante y vario 
y enemigo de cánones. Tiene su fuerte gracia 



MI CIUDAD 183 

el gusto de lo áspero. Mi calle predilecta 

es ésta de edificios enormes, desiguales: 

junto cu una casa baja hay otra que proyecta 

hacia el cielo infinito 

su contextura sólida de líneas colosales, 

de hierro y de paredes que imitan el granito. 

Bn la rubia mañana 
esta calle se llena de muchedumbre espesa 
gesticulante, briosa. Mi ciudad tiene esa 
fiebre del movimiento: la fiebre americana. 

Gusto andar por sus anchas y límpidas aceras 
flanqueadas de comercios, de tiendas y de bares, 
de vastos almacenes, de lujosas vidrieras, 
de espléndidos hoteles y nutridos basares. 
Camino a pasos lentos, pues en la acera inquieta 
sólo yo rompo el ritmo, sólo yo voy cansado, 
con mi pena secreta, 

envidiando a los hombres que pasan a mi lado 
todos activos, rientes, con la alegría pura 
que no tienen aquéllos que sólo han caminado . 
por las calles dolientes de la literatura. . . 



La calle suburbana 

Sobrí: la calle opaca del barrio suburbano 
la luz palpita intensa; el gran sol de verano 
diluye su acuarela sobre todas las cosas. 

Su luminoso toque 
resbala en la fachada de la casita obrera 
que aun no tiene revoque 
y se extiende a lo largo de los tapiales rojos, 
ilumina la acera 

escasa y derruida, y filtra en los manojos 
verdes y tembladores del tierno paraíso 
que es un oasis breve de sombra y de verdura 
al borde de las calles grises y polvorosas. 
Los verdes paraísos... los árboles humildes 



18i NOSOTROS 

que decoran las calles tristes y silenciosas! 

Arbolitos redondos de copas regulares 

que verterán frescura 

al {indar de los años! Arbolitos queridos 

sencillos^ familiares, 

que al llegar a floridos 

perfumarán de un leve perfume de reseda 

las lloran graves, lentas, de las tardes calladas! 

Bn esta mañanita luminosa y reidera 
la calle suburbana, tan monótona y queda 
se puebla de rumores. . . Corren por las calzadas 
tres chicuelos alegres; van sucios y desnudos 
y muestran el ombligo. 

De un portoncito sórdido sale una vendedora 
de lecJntgas y pollos, con dos bolsas atadas; 
es una viejecita inquieta y charladora 
y seca como un higo. 

Sobre un carrito enano, desvencijado y raro 
que, al rodar dando tumbos por los baches rechina, 
un hombrón de vo3 gruesa, de timbre grave y claro, 
un hom.brón imponente 
resongón e insolente 
con la pobre vecina 

que no puede pagar muy cara la verdura, 
va gritando a los vientos : ''Hay papa, mandarina, 
naranja paraguaya, coliflor y banana. . /■' 

Por sus gestos, su modo, su vos amplia y segura 
muy fácil se adivina 
que el viejo verdulero 
ha educado sus dones de cantor callejero 
en la sonora lírica de la escuela italiana. 
Bn el carrito estólido, entre el verdor oscuro 
de las legumbres, brillan al sol rubias naranjas 
como bruñidas bolas de purísimo oro. 

Aparecen de pronto, esquivando las sanjas 
y al anuncio sonoro 

de sus cien cascabeles, el carro del lechero, 
del buen vasco lechero 



MI CIUDAD 185 

que, bajándose ágil, bonachón y sincero 
distribuye la leche — chorro de nieve pura — 
a las pobres mujeres. 

La opaca callejuela 
del barrio suburbano se va animando ahora 
y la suave acuarela 

de la mañana clara se hace más viva y dura; 
el sol la incendia en pleno y ya no es incolora, 
y es que el gran sol la cubre de un milagroso velo, 
pues la calleja mísera, para su gran pobreza 
sólo ese lujo tiene que le viene del cielo . . . 
No miremos andrajos, no miremos tristeza! 
Usos chiquillos sucios, bajo la luz se visten 
de un traje luminoso; el obrero de blusa 
tiene contornos áureos. ... Y, oh milagro! una musa 
viene hacia mí. . . la calle se lleiui de armonía. . . 

Bs una joven rubia; se adelanta con gracia 
y se acerca y me mira. Bl poeta querría 
ofrecer a su suave y fina aristocracia 
una palabra sola... Pero la rubia pasa 
y yo me quedo mudo; 
su boquita de brasa, 

sus ojos, su pie breve, su pasito menudo, 
su cara marfilina 
y su brazo desnudo 

me dejaron extático. Ahora la mata aurina 
de su gran cabellera, vista de atrás, se agita 
y bajo el sol palpita 

como una ideal bandera . . . la muchacha se aleja . 
con paso apresurado. Bs la buena maestrita 
de la escuela del barrio; su figurita grácil 
y delicada pone sobre la gris calleja 
una adorable nota de gracia y de finura. 

La maestrita del barrio, del pobre barrio obrero, 
que ofrece al hijo ajeno su amorosa ternura 
y quizá para siempre guardará prisionero 
en su corazoncito como en jardín cerrado 
un capullo de amores, un capullo que nunca 



186 NOSOTROS 

ha de llegar a abrirse, el capuUito amad.o 

de un amor imposible, de una esperanza trunca . . 

La siguen varios niños camino de la escuela 
y, después de decirle '^buenos días, señorita", 
pasan delante, riendo, al ver que Pablo "pela" 
al chambón de Luis la última bolita. . . 

Más allá está la escuela alegre y bulliciosa 
y más allá se pierde la calle. . . pocas casas 
de madera y de lata. . . luego el tapiz verdoso 
de un alfalfar y luego la extensión luminosa 
del campo abierto y llano. 
Oh, callejuelas áridas que ofrecéis tan escasas 
bellezas al viandante! Oh, barrio suburbano 
tan pobre de carácter, tan hostil, desolado, 
vulgar, grisáceo, opaco . . . ! 

Bn mi ciudad inquieta 
esta calleja mísera y este barrio apartado 
cuánto dicen al poeta. . . ! 



El Paraná 

MI río no tiene agua quieta ni trasparente 
ni tiene esos rumores que las églogas dicen; 
es silencioso, opaco, de plomiza corriente 
y no tiene remansos que brillen o se irisen. 

Pero es profundo y amplio y en su dormido cauce 
caben barcos inmensos. En su lejana orilla 
verdea el juncal, el tala, el algarrobo, el sauce 
y se extiende la arena luciente y amarilla. 
Por su caudal arriban los ventrudos vapores 
de amplísimas bodegas 
trayéndonos en cargas fabulosos valores 
para llevarse luego millones de fanegas 
de grueso y rubio trigo. Mi río no es trasparente 
pero es pujante y amplio, es útil y es modesto . . . 
y a mi Rosario práctico le viene bien todo esto . . . 



MI CIUDAD 187 



El Parque 



UN montículo trunco, verdoso y pintoresco 
y al pie una gruta blanca; detrás una arboleda 
de frondasón espesa (vasto panneaux goyesco) 
y más acá un gran lago de epidermis de seda. 
Muchas columnas albas, clásicas, elegantes 
y una avenida extensa por donde van los coches 
ricos y charolados, los autos trepidantes 
y una hilera infinita de cien focos gigantes 
que incendian de luz blanca las perfumadas noches. . . 

Y luego el rosedal, florecido y coqueto, 
con surtidores tersos y aromadas glorietas, 
con cisnes serpentinos en el estanque quieto, 
con mAijeres hermosas, 
y muchas, muchas rosas 
para los flacos poetas! 



Las barrancas de Alberdi 

BARRANCAS de mi río, altas y recortadas 
en felpudos festones de céspedes verdosos; 
barrancas caprichosas, frescas y salpicadas 
de flore cillas vivas, 

de tréboles fragantes y de árboles lustrosos. 
Sobre la falda oscura destácanse los fríos 
chalets aristocráticos, tan pulidos y ufanos; 
más allá un promontorio 

y luego, allá a lo lejos, los brazos de los ríos, 
con gestos voluptuosos, largos gestos humanos, 
que intentan abrazar el gran cuerpo ilusorio 
de las islas lejanas. Algunos camalotes 
que navegan errantes 

traen hasta la barranca su presente de brotes 
de flores y de frutos; jardincillos flotantes 
desprendidos quién sabe de qué frescos islotes 
de qué playas distantes . . . ! 



188 NOSOTROS 



El Saladillo 



UN paisaje de líneas onduladas y varias, 
un ambiente algo "chic" de "cottages y villas", 
pocas casas proletarias, 
pocas cosas sencillas. 

Aquí hay dinero y triunfa Churriguera y sus cosas; 
hay grutas de artificio, estatiiitas de yeso, 
mucho "papier maché" y entre las frescas rosas 
hay cigüeñas de palo. . . Eucaliptus inmóviles 
desgreñados y altivos 

contemplan desde lo alto, un poco pensativos, 
los locos automóviles 

retaliando a lo largo de inmensas avenidas 
tan quietas y extendidas 
que parecen dormidas. 

Suavísimas colinas 
se acuestan a lo lejos hasta llegar al rio 
en gradaciones leves: son pintorescas, finas 
y tienen sus matices. 

El Saladillo es una 
Suiza de miniatura, con su breve arroyuelo, 
sus casas luminosas, su accidentado suelo 
y habitantes pacíficos de mediana fortuna. . . 



Las mujeres 

M UJIERES del Rosario! Muchachuelas 
de los barrios humildes; obreritas 
alegres, casquivanas y locuelas, 
de años escasos, cortas pollcritas, 
sonrientes, coquetuelas, 
que vais por la tnañana . 
en bandas bulliciosas 
a dejar en la fábrica tirana 
las florecidas rosas 



MI CIUDAD 189 



de vuestra fresca juventud... Obreras 
del dedal y la aguja. . . Muchachitas 
que debéis trabajar ''para la casa" 
y empesáis a sufrir tan jovencitas! 

El poeta que pasa 
y os quiere y os sigue a veces 
por oír vuestra charla y vuestra risa, 
sabe vuestro dolor, presiente todo 
lo que vais a sufrir. Pobre y sumisa 
ha de ser vuestra vida y tal vez llegue 
a mancharse en el lodo. 
Un amor, tal vez nada. . . Un mal marido 
más tarde . . . quizá os pegue 
cuando venga borracho... Quizá alguna 
conocerá el amor y habrá tenido 
muchos hijos (la única fortuna) . . . 

Obreritas amadas, obreritas 
de manos pequeñitas 
que vais a coser bolsas y os pincháis 
los deditos rosados 
en el áspero cáñamo . . . mujeres 
que nunca fuisteis niñas, yo quisiera 
veros siempre en bandadas por la acera 
así, como os miro hoy, frescas, gozosas, 
sin pensar en la vida 'del mañana, 
siendo siempre pimpollos, nunca rosas. . . 

Y vosotras las ricas, las que vais 
en actitud inmóvil 
sobre el rico automóvil 
y nunca abandonáis 
esa actitud hierática y serena 
qar timen las estatuas bizantinas, 
vosotras, rosarinas, 
que parecéis llevar alguna pena 
cuando os miro pasar tristes y altivas 
por la calle de Córdoba, a la tarde, 
lejanas, pensativas, 
y sin embargo suaves y adorables; 



190 NOSOTROS 

vosotras las esquivas, 

y por eso tal ves las más deseables, 

sonreíd a la vida, haced que surjan 

de vuestros labios frescos y aromados 

las floridas sonrisas. . . sonreíos 

oh mujeres gallardas... Vuestros fríos 

y lánguidos ojos asombrados 

que se llenen de luz de la alegría! 

Así seréis más bellas, más amadas, 

luminosas, deseadas, 

V ha de tener más luz la ciudad mía! 



Los hombres 

HOMBRES de mi ciudad, hombres activos 
llegados hasta aquí desde regiones 
distintas y lejanas, 
que hacéis a mi ciudad cosmopolita 
y creáis las razas sanas 
de las nuevas naciones! 

Mi ciudad os invita 
a que la hagáis vivir de vida intensa; 
en mi ciudad se piensa 
sólo para el presente y el mañafia; 
la gente vii'e aquí para el futuro 
y es audaz, positivista, nietzcheana! 

En la lucha incesante y cuotidiana 
sólo vencen los fuertes. Sed bravios, 
luchadores, valientes, 
luchad con bello gesto, sonrientes, 
que aunque estéis ante el ara del dios Oro 
no debéis estar tristes. . . 

Esto sólo 
lo serán unos pocos en Rosario; 
los tristes sólo irán con su incensario 
humildes y dolientes 
a rezar por las gentes 
ante el ara de Apolo. 



MI CIUDAD 191 



Envío 



OH mi ciudad que tienes la infinita belleza 
de todas tus mujeres suaves y luminosas; 
que vives persiguiendo a la diosa Riqueza 
entre el trajín diario de tus calles ruidosas. 
Ciudad americana, joven, fuerte, pujante: 
algunos te reprochan de ser cartaginesa, 
de ser muy comerciante 
y de dar a Mammón o al Becerro de Oro 
lo mejor de tu mesa. 

Oh mi ciudad que tienes el inmenso tesoro 
de los .grandes mercados, del más vasto granero, 
y quemas ante el ara de templos mercenarios 
en hondos incensarios 
la mirra del Dinero : 

Dentro de tus cien Fábricas y de tus cien Talleres 
el Capital se anida, se desarrolla, aumenta, 
pero, oh ciudad, escúchame, si por algo me quieres 
y perdona si el pobre poeta se lamenta: 
aquí, junto al suburbio, también está el andrajo, 
aquí también he .visto a la familia hambrienta 
que no alcanza a comer tras el día de trabajo. . . 

Oh mi ciudad!, yo busco en tí toda belleza; 
quiero verte sin velos, real y verdadera 
cual si fueras el cuerpo desnudo de la Amada; 

sigue por los caminos áureos de la Riqueza, 
sé laboriosa, fuerte, vive la vida austera 
de la cruenta jornada, 

pero ¡oh ciudad! no quiero que te llamen fenicia 
ni debes ser cruel, desolante ni fría. . . 

¡Oh mi ciudad no olvides a la diosa Justicia 
ni a la diosa Poesía! 

Marcos L^nzoni. 

Rosario, 1921. 



LA PATRIA DE CULÓN 



A mi regreso del extranjero, donde permanecí bastante tiempo, 
por razones de salud, tuve noticias de haber aparecido en la 
muy acreditada revista Nosotros, un articulo del señor Rómulo 
D. Carbia, fuertemente agresivo para mí, a propósito de un libro 
que publiqué jáltimamente intitulado La Patria de Colón. Lo leí, 
vi que más que una crítica serena de mi libro, era un desahogo 
contra mi persona, y me pareció que lo más prudente sería no 
ocuparme de él. Pero pasó algún tiempo, alguien me advirtió 
que se notaba con extrañeza mi silencio ante los ataques del señor 
Carbia y comprendí que, efectivamente, esos ataques merecían 
una sencilla respuesta, y que haría mal si la omitiese. 

La razón de ese artículo y de su tono despectivo, es muy 
sencilla. Mi referido libro, en su capítulo XL colocaba al señor 
Carbia en una situación muy desairada, dadas sus pretensiones 
de maestro, ya que quedaba a la vista su ligereza en materias de 
apreciación histórica y no encontró otro expe^Jiente mejor para 
salir del paso que el de hacer críticas de orden personal, totalmen- 
te injustas. 

Ocupándose de mi libro, escribe: "Lo primero que de él 
puede decirse — y esto ya lo invalida — es que se trata de un ale 
gato curial. El autor que es abogado ..." Es decir, que por ser 
abogado el autor y por demostrar claramente lo que se propone, 
documentándolo, el libro no puede ser sino un alegato curial. ¡ Y 
queda invalidado ! Según eso, mis libros Piscursos, Narraciones 
y algunos otros, muy modestos, sí, pero míos, no pueden conte- 
ner otra cosa que alegatos. Es una curiosa manera de razonar. 

Dice también que creyéndome yo poseedor de la prueba de- 
finitiva de la tesis de la patria española de Colón, "me lancé como 



LA PATRIA DE COLON 193 

esforzado paladín" a la empresa de un libro, a mi juicio, final, 
aplastador, pulverizante. Y no hay tal cosa. La honradez y la 
verdad con que procede el señor Carbia, queda de manifiesto ante 
lo que digo en el prólogo de mi obra, pág. 17: "Lejos de mí al 
dar un paso tan aventurado (la publicación del libro) la vana 
pretensión de haber arribado a una demostración que no admita 
réplica, puesto que nada hay en la vida que no tenga su pro y su 
contra" . . . Manifiesto además, que me mueven, al hacer esa 
publicación, "el deseo y la esperanza de que los antecedentes por 
" por mí expuestos sean tomados en consideración por los que 
" tienen la misión y el deber de velar por la pureza de la historia 
" — entre los que jamás pensé incluir al señor Carbia — a fin de 
" que, dedicando al asunto el atento y concienzudo estudio que 
" merece, hagan la luz de una vez por todas, ya que es hoy po- 
" sible, sea en el sentido que fuere (con lo cual yo' no afirmo nada 
"categóricamente) alrededor de aquello mismo que Colón^ como 
" se ha dicho, pretendió que fuera un misterio para todos". Y 
esto es precisamente todo lo contrario de lo que el señor Carbia 
me atribuye caprichosamente: que diga o crea yo que mi trabajo 
es final, aplastador, pulverizante. 

Para él sí que fué realmente aplastador. Yo no lo dije, pero 
así vino a resultar. Digo en mi libro (págs. 202 y siguientes), el 
cual calificó él de alegato curialesco, que el opúsculo Origen y 
Patria de Colón que él publicó en 1918, plagado de errores ga- 
rrafales, aparece entre ellos el inverosímil de que Colón apenas 
conocía el castellano, y que todos los documentos de que tenemos 
noticia, emanados de él, son la obra de sus amanuenses o secreta- 
rios. Para demostrar que esta afirmación es enteramente falsa 
y absolutamente caprichosa, le recuerdo en la pág. 216 de mi ale- 
gato, lo que él mismo demuestra conocer en una «ota de su 
opúsculo, y es, ante todo, lo que dice Colón en su carta de 4 de 
Abril de 1502, dirigida al P. Gorricio: "Allá van por mi arquita 
para algunas escrituras. La carta escribiré de mi mano". El i." 
de Diciembre de 1504, escribía a su hijo Diego: "A Diego Mén- 
dez dá mis encomiendas y que vea ésta. Mi mal no consiente 
que escriba, salvo de noche, porque el día me priva de la fuerza 
de las víanos" ; prueba evidente de que, cuando le parecía bien, 
escribía con su propia mano, no con las de sus amanuenses. En 



1^4 NOSOTROS 

la carta dirigida al mismo en 29 del propio mes y año, escribía : . . . 
"dile que non le escribo particularmente por la gran pena que 
llevo en la péndula" (la pluma). 

Como se vé, el reconocimiento de Colón de ser él mismo 
quien escribía, si no todas, muchas de sus cartas, no puede ser 
más categórico, ni más claro. El señor Carbia, dice que Colón 
escribía las cartas a su manera, destrozando el idioma, y que un 
amanuense las arreglaba y escribía después en buen castellano; 
pero la prueba de que también esta hipótesis, además de ser ri- 
dicula, es falsa de toda falsedad, la tenemos en forma notarial y 
fehaciente. ' En efecto: el escribano don Pedro de Hinojado, al 
autorizar onte siete testigos, el testamento que otorgó Colón en 
Valladolid el 19 de Marzo de 1506, el día antes de su muerte, 
dice, dando fé de ello: "E agora añadiendo al dicho su testa- 
mento, él tenía escrito de su mano e letra un escrito que ante mi 
dicho escribano presentó que dijo estaba escrito de su mano e le- 
tra, e firmado de su nombre" ... Y más adelante : . . . "Su tenor 
de la cual dicha escritura que estaba escrita de letra e mano del 
mismo Almirante, e firmada de su nombre de verbo ad verbum, 
es este que se sigue". . . A continuación va el bien conocido tes- 
tamento de Colón, muy extenso y escrito todo él en buen caste- 
llano. La solemne declaración del escribano Hinojado, ante siete 
testigos, al autorizar un documento de tan excepcional impor- 
tancia, excluye hasta la más remota posibilidad de que no fuese 
la del propio otorgante la mano que lo escribió. Debe agregarse 
a todo lo dicho que Colón, "el de la capa raída y pobre", según 
su grande amigo el historiador Bernáldez, no estuvo siempre, ni 
mucho menos, en condiciones de llevar consigo secretarios y ama- 
nuenses. En su Lettera raríssima, de 1503, es decir, a los once 
años del descubrimiento, escribía a los Reyes: "Que hoy día no 
tengo en Castilla ni una teja; si quiero comer, o dormir, no ten- 
go, salvo el mesón o taberna, y las más de las veces falta para 
pagar el escote". Es decir, que quien no disponía de una teja, 
ni tenía para pagar su comida, llevaba invariablemente consigo 
el consiguiente séquito de secretarios y amanuenses. ¡Es com.o 
para felicitar al señor Carbia por su magno descubrimiento ! Co- 
mo se vé, yo demuestro con claridad meridiana que la hipótesis 
echada a volar por el señor Carbia, es enteramente caprichosa. 



LA PATRIA DE COLON 196 

infundada, en suma, falsa. Yo pruebo con las propias palabras 
del Descubridor y con la fé que merece nada menos que la ates- 
tación de un escribano público, es decir, con la mayor suma po- 
sible de elementos de convicción, que sus escritos eran de su 
mano e letra; y en cuanto a que él castellano de sus escritos era 
un buen castellano, salvo alguna palabra gallega, sin mezcla nin- 
guna de genovés, o de otro idioma, puede verlo cualquiera. 

Lo más curioso del caso es que el señor Carbia, en su 
opúsculo, pág. .29, nos dice: "O los escritos no son del Almi- 
rante, pues no es dable que un extranjero manejase así el idioma 
de Castilla, o hay que convenir en que ellos aportan una prueba 
cumplida de su origen hispánico". Pues bien: como se ha visto, 
un escribano público, en un documento que suscribe, ante siete 
testigos, el propio Colón nos dice, bajo su fé, que el Almirante 
es el autor de un documento extensísimo — el testamento — todo 
él en correcto castellano ; y entonces, quedamos en que, según el 
señor Carbia, ello es prueba cumplida del origen hispánico de 
Colón, que es lo que pretende negar y combatir, valiéndose para 
ello de las más absurdas suposiciones. 

Yo creo demostrar en mi libro que el Descubridor tuvo es- 
peciales motivos para ocultar su patria y que si llegó a decirse 
nacido en Genova — lo que jamás pudo probarse, pues veinte 
pueblos de Italia se disputan el honor de ser su cuna — fué en 
un documento que otorgó en España fundando un mayorazgo en 
aquella Ciudad (donde tales mayorazgos no existían, ni eran re- 
conocidos), y quiso dar base con aquel reconocimiento a esa 
fundación que creyó necesaria, para que una nación "poderosa 
por la mar" fuese garantía de sus derechos como descubridor de 
las Indias, los cuales temía le fuesen desconocidos por Fernando 
el Católico ; creo demostrar, asimismo, que su verdadero apellido 
de Colón, desconocido en Italia, es netamente español, así como 
que Colón no hablaba el italiano; y, finalmente, que el Descubri- 
dor reconoció a España con sus hechos reiteradamente como pa- 
tria suya, que al español le llamó nuestro romance, y que jamás 
se naturalizó en España, lo que sería inadmisible, pues fué almi- 
rante y virrey, mientras conservase el carácter de extranjero. 

¿Que al demostrar todo esto y mucho más, he incurrido en 
ingenuidades, como dice el señor Carbia? Según la manera que 



196 NOSOTROS 

tiene este señor de apreciar las ideas de los demás, es bien posi- 
ble. ¿Que mi trabajo contiene errores? Nada tendría de par- 
ticular. Hominum est errare. No lo son los que él indica, pero 
en cambio yo le podría señalar algunos de que he podido darme 
cuenta después de impreso el libro, a causa de la premura con 
que fué compuesto, los cuales, al no ser vistos ppr el señor Car- 
bia, demuestran cómo ciega el apasionamiento. 

Aludiendo a mi propósito de escribir con todo detenimiento 
un libro sobre el asunto, dice : "prepara, con el concomitante par- 
che de tambor, que, a su hora hará temblar la tierra sobre la que 
descansan los edificios de sus adversarios", lo cual no deja de 
ser bastante chabacano; y no sabiendo* ya cómo extremar su crí- 
tica, quiere demostrar que conozco muy bien el castellano, por- 
que en mi libro (pág. loi), aparece la palabra geringor,a, en la 
que vé el más ignorante que rio hay otra cosa que una n traspues- 
ta por el tipógrafo, y, por lo tanto, un mero descuido de correc- 
ción. Es como si yo cometiese la inocente torpeza de decir que 
él no conoce el idioma por haber escrito en su artículo inflencia 
por influencia (pág. 362). Puedo decir, en cambio, que al escribir 
toponomía (ese se vé que es error suyo, no tipográfico), ha co- 
metido un feo barbarismo, pues se dice toponimia,- de topos, en 
griego, lugar, y onyma, nombre, en francés toponymie. (Eche- 
garay. Dice. Etim. Tomo V, pág. 528). 

Diré para terminar, que La Patria de Colón — después de 
todo, una sencilla conferencia amplificada, — no salió a luz, se- 
gún se ha dicho, con la necia pretensión de que fuese inacatable, 
ni mucho menos. Juzgúela cada cual como quiera, que, sobre sus 
razonamientos y conclusiones, no he de contender con nadie. Las 
observaciones y censuras de que haya sido y pueda ser objeto, 
bienvenidas sean, que acaso me resulten provechosas para el día 
de mañana. Yo esperé verla criticada, combatida, maltratada; 
pero confieso que jamás pude sospechar que ella resultase tan 
mortificante para el amor propio del señor Carbia. 

■ ^ ■ ■ { t 

Raíae;!. Cai^zada. 



SONETOS 



Naturaleza 



MADRE Naturaleza: sobre los mismos ejes 
eternamente giras tu globo de cristal; 
Penélope perpetua que tejes y destejes 
siempre distinta tela, siempre una tela igual. 

Cada día eres nueva, siendo siempre inmutable, 
armonía suprema regida por el Sol; 
en ti nada se pierde ni hay nada despreciable, 
pues todo lo refundes en tu augusto crisol. 

Hoy es lo que ayer fuera, lo que será mañana; 
en tu seno la muerte con la vida se hermana, 
porque en tus sabias leyes la muerte es gestación. . . 

Y las generaciones se suceden como ondas 

de un mismo mar, o como las hojas de las frondas 

que son otras e iguales cada renovación. 



Momento 



GALICADA tristeza del mal que me hicieron, 
dolor angustioso del mal que yo hice, 
felices recuerdos que el alma bendice 
de los venturosos días que se fueron. 



198 NOSOTROS 



Frase que en los labios, a flor, se deshizo 
y, al no ser, por eso la dicha fué trunca; 
único momento que no vuelve nunca, 
y aquella palabra que tanto mal hizo. 

Bn esta manaría neblinosa y fría, 

todo se ha volcado sobre el alma^mía, 

de golpe, lo mismo que agobiante carga... 

Y he retrocedido con el pensamiento 
hacia aquel recodo, hasta aquel momento 
que torció mi vida por la senda amarga. 



Humildemente . . . 

Señor: yo no soy nada, soy una sombra apenas, 
una pálida sombra de un pálido reflejo. ., 
si me colmas de goces o me cargas de penas 
es lo mismo, pues nunca de tu senda me alejo. 

Bn la flor que sonríe, en la estrella encendida, 
en el ave que canta, en el viento que implora; 
en todo lo que alienta, sufre y, en fin, es vida, 
por simpatía mi alma sonríe, canta o llora. 

Para mí no hay más gloria, ni religión, ni ciencia, 
que sentir hasta el fondo tranquila la conciencia 
por tener la certeza del bien y la verdad. . . 

Y humildemente espero que la última gota 
de la clepsidra caiga junto a la carne rota, 
y el espíritu alcance la gran serenidad . . . 

Juan Burchi. 

Buenos Aires, 1922. 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 

Henri Bataille y la sensibilidad de ayer. — El asunto de los 
manuscritos Goncourt- — El siglo XIX : sus amigos y sus 
enemigos. 

HRNRi Bataille ha muerto. No ofendemos su memoria si de- 
cimos que por fin se nos presenta la ocasión de juzgarlo 
con completa imparcialidad. Unía a la natural irritabilidad de 
los poetas una tan aguda susceptibilidad de dramaturgo, que no 
admitía la más mínima crítica, por más prudente y cortés que 
fuera. Creía que quienes no estaban con él estaban en contra de 
él. Y consideraba como verdadera traición todo artículo que no 
fuera suficientemente elogioso. Se recuerdan los procedimientos 
que últimamente empleaba para asegurarse de que nadie faltaría 
el respeto a su obra- había prohibido la asistencia a los estrenos 
de sus piezas a los periodistas cuyas crónicas le habían disgus- 
tado la vez precedente. El sistema pareció injurioso. Era, sin 
duda, ingenuo. ¿Cómo puede imaginarse un autor dramático, que 
de tal modo va a entorpecer la opinión del público? Henri Ba- 
taille debió advertir que, desde hacía tiempo, esa opinión le 
abandonaba. Pero no por eso veía mejor. Creíase, simplemente, 
víctima de lo que acontece siempre a los grandes artistas, aisla- 
dos cuando su obra se torna más grande y más significativa. De 
buena fé creía en su genio,- en su misión. Sería injusto pensar 
que los manifiestos con que hacía preceder en los diarios cada 
uno de sus estrenos, fueran exclusivamente tretas de publicidad. 
Servíase"<de la publicidad para algo que él creía elevado. Ya no 
separaba su persona de su obra, ni esta obra de la' función que 
creía ejercer en la formación moral de sus contemporáneos, 
i Extraña ilusión, si se piensa en lo que sus primeras comedias 
tenían de mórbido y de inquietante! En esa época, cuando fueron 



200 NOSOTROS 

estrenadas La Marche Nuptiale, Maman Colibrí, La Vierge 
Folie, La Femme Nue, él no se creía un educador : bastábale con 
saber que agitaba nuestros nervios. Y si entonces se le hubiera 
acusado de "desmoralizarnos", lo hubiera aceptado como un elo- 
gio. No están aún muy lejanos esos tiempos, y personas aún muy 
jóvenes recuerdan la inquietud con que el público de los es- 
trenos, el Tout-Paris, acogía esas piezas un tanto podridas pero 
atrayentes y de sentimiento frecuentemente verdadero. Algo ha- 
bía en ello de alucinación colectiva muy curiosa: los más pon- 
derados críticos perdían todo contralor y en sus crónicas hacían 
empleo de los más desmesurados términos. Los comunes espec- 
tadores se quedaban como enloquecidos. En esos hombres mimosos 
y seductores, en esas mujeres de nerviosidad semienfermiza, re- 
conocían a hermanos y hermanas más audaces, más arriesgados 
que ellos mismos, ,puesto que eran capaces de jugar toda la vida 
en un arranque de pasión. 

Jamás he sido de los que gustaban de ese género de teatro. 
Las situaciones dramáticas de Henri Bataille me parecían basa- 
das sobre débiles fundamentos . Arbitrarias en su alcance, ellas 
se desarrollaban según una lógica enteramente artificial y se re- 
solvían al acaso. Además, el idioma empleado era a la vez im- 
preciso y pretencioso, forzado, extraño, mezclado siempre a 
un pathos misterioso. Pero debo reconocer la virtud que conte- 
nían esas piezas irritantes, ya que a pesar de sus defectos, co- 
rrespondían a un deseo secreto, profundo, del público moderno. 
Por lo demás, de todos los dramaturgos de moda entonces, Hen- 
ri Bataille era el único que demostraba un especial cuidado de 
verdad psicológica y de poesía. Nunca puede olvidar del todo que 
había escrito La Chambre Blanche y Le Beaii Voyage. Sus hé- 
roes más ásperos jamás tenían esa dureza que es propia de los 
personajes de Bernstein, por ejemplo. Enternecíanse ante las 
mujeres, y sus crímenes eran, después de todo, crímenes de amor. 

Desde este punto de vista, PTenri Bataille fué durante lar- 
gos años, uno de los espejos de nuestra sensibilidad. Sensibilidad 
blanda y enfermiza, a veces un tanto perversa, deformada, ca- 
prichosa, alterada por el erotismo, lo que se quiera, pero sensi- 
bilidad siempre, y si se pretende juzgar severamente a este escri- 
tor, debemos juzgarnos de igual manera. Imposible le será al 
historiador de nuestras costumbres, entre 1900 y 1914, omitir 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 201 

un capítulo consagrado a Henri Bataille, no porque sea uno de 
nuestros maestros, sino por ser un notable testigo , Y esto, — 
piénsese lo que se quiera de la forma literaria — es algo muy im- 
portante. 

Si Henri Bataille se hubiera mantenido ahí, nos hubiera sido 
posible seguirle. Pero, con la guerra, una evolución se operó en 
fu espíritu. Quiso no solamente proporcionarnos un espejo, sino 
señalarnos una razón de vivir. Afrontó los grandes temas. Mo- 
ralizó, i 

Moralizar, en el teatro, es siempre un error. Para él era 
doble error, puesto que carecía de envergadura suficiente. Había 
nacido sentimental y debía serlo durante toda su vida. Nada hay 
más extraño, más penoso, que el esfuerzo que él realiza a fin de 
adaptar a sus nuevos propósitos, su natural temperamento. Pro- 
cura crear personajes sobrehumanos, o totalmente representati- 
vos. Apenas logra inflar vagas tripas, que flotan en una niebla 
de abstracciones. Para decirlo todo de una vez, su teatro se hace 
más falso y aburrido. Es que carecía de la vitalidad necesaria 
para la deseada renovación. Le escapan por completo las nuevas 
formas que adoptó la sensibilidad de la juventud. Vagamente de- 
bió darse cuenta de ello, y esta dolorosa sospecha que él tenía de 
la realidad, debió provocarle la irritada actitud de que hemos ha- 
blado. No pudiendo aceptar el relegamiento que sospechaba, hacía 
esfuerzos por luchar, pero' lo hacía sin esperanza, de manera in- 
coherente y cada vez más solo. 

Este es el doloroso destino de los artistas que comienzan a 
envejecer cuando no han tenido la prudencia de reahzar la pro- 
pia obra por encima de los gustos coetáneos. No se debe tomar 
demasiado en serio a los contemporáneos, y no se debe creer que 
sea definitiva y eterna su manera de encarar los problemas del 
corazón y de la vida . . . Pues llega un momento en el que se 
advierte con terror que se ha trabajado en algo efímero. Como 
muchos otros, Henri Bataille hizo esta amarga comprobación en 
los últimos años de su vida. Pero ya carecían de poder el lángui- 
do violín con que encantaba la generación precedente y el clarín 
con el que creía llamar y agrupar en torno suyo a la subsiguiente. 
Cuando querramos recordarle, sin sufrir desilusión alguna, nos 
será preciso volver a leer ese delicioso libro que se titula Le Beau 



202 NOSOTROS 

Voyage, en el que la sensibilidad del poeta florece en la intacta 
frescura de su adolescencia. Hay en él tan sinceras, puras y vivas 
efusiones, que no parecen de una época determinada .Son flores 
un tanto agrestes, como las que se recogen en la Antología. Po- 
drían vivir siglos. 



* 
* * 



Hace tiempo que deseo hablaros del asunto de los manus- 
critos de los Goncourt, aunque siempre me retiene el temor de 
dar, también yo, sobrada importancia a algo que en nada la 
tuvo. Pero lo trataré aunque más no sea que para reducirlo a sus 
debidas proporciones. 

Desde hace tiempo (más de un año) algunos diarios llevan 
— sobre todo en verano, cuando es escaso el tiraje — una en- 
carnecida y bastante pérfida campaña contra la Academia Gon- 
court. La acusan de retardar, por pereza o por más oscuras ra- 
zones, la publicación de la parte inédita del Diario de los Gon- 
court, que dicha Academia estaba obligada a dar a luz, ya que es 
la ejecutora testamentaria de los dos gentileshombres de letras. 

Esta campaña fué llevada con suficiente acierto como para 
hacer creer al público en toda clase de malos propósitos por par- 
te de los Die::. De acuerdo con cuanto he leído sobre el particu- 
lar, hubiera llegado a la conclusión siguiente, si no conociera por 
otros medios la absoluta verdad : "Los dies quieren aprovechar 
de las ventajas que por un lado les proporciona la anualidad le- 
gada por los Goncourt, y por otro la enorme publicidad que 
anualmente les produce el pertenecer al jurado del Premio más 
importante moralmente, que existe en la literatura. Pero cuando 
se trata de trabajar, de ejecutar las cláusulas del testamento, se 
rehusan." 

Pues no hay nada de esto. El texto del testamento es claro 
y explícito. Dispone que los manuscritos inéditos podrán ser 
publicados veinte años después de la muerte de Edmundo de 
Goncourt, bajo la dirección de los miembros de la Academia 
que en ese entonces sobrevivieran, No les ordena en modo al- 
guno de hacerlo. Les deja, pues, ante todo, la libertad de esco- 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 203 

ger fecha, y luego, implícitamente., el derecho de elegir entre 
esa enorme cantidad de notas lo que puede ser publicado sin 
temor de escandalizar a algunos contemporáneos bastante mal- 
tratados. 

En el deseo de hacer creer al público que los Diez están 
en el deber de publicar todo inmediatamente , los periodistas que 
han iniciado esta campaña realizan un doble juego. 

Pues una de dos: o cederán los Diez por temor de malen- 
tendidos y de escándalos, y entonces les enrostrarán que han 
traicionado la memoria de su benefactor publicando textos ten- 
<iientes a mostrarle en sus días de mal humor, como un ser 
perverso y cruel, o bien resistirán, y seguirán siendo acusados 
de faltar a su deber de legatarios. Y esto, prescindiendo de 
cuanto puede hacerse, entre tanto, para explotar a antojo las 
divergencias de criterio que fatalmente se producirán entre ellos, 
con respecto a la actitud que les conviene asumir. Puede ase- 
gurarse que desde hace un año viven envenenados por esta 
absurda historia. He creído oportuno poner las cosas en su 
debido sitio, ya que además de ser los Diez las más honradas 
personas del mundo, son hombres de letras en la más noble 
acepción del término, aparte de ser extremadamente injusto 
que se les haya hecho motivo de esta broma de colegiales , . . 



* 
* * 



Detesto, en principio, las encuestas. En el noventa y nue- 
ve por ciento de los casos, son iniciadas por personas que no 
sabiendo cómo obtener algunas líneas de autores célebres y bien 
remunerados, las consiguen de esta habilidosa manera. 

Ante tales casos, la primera idea que os ocurre, es de abtene- 
ros. Luego se reflexiona, se piensa si ello es acertado, y por fin, 
se concede. Y el juego queda hecho. Es así que, periódicamente, 
Barres, Bergson, Pierre Mille, dicen lo que piensan sobre la 
moda de los vestidos, sobre la joven literatura, sobre la música 
del porvenir, sobre un sin fin de cosas carentes de importan- 
cia. Decididamente, detesto las encuestas. 

Pero es preciso hacer excepciones. Por ejemplo con la que 



204 NOSOTROS 

Les Marges ha iniciado sobre el siglo XIX. No se trata de una 
mera inquisición, sino que obedece a una realidad. 

Es, en efecto, harto verdadero que desde un tiempo a esta 
parte, algunos escritores (algunos periodistas, para ser más 
exactos) han atacado violentamente al siglo XIX, en nombre 
de la inteligencia. Parece que hasta lo han llamado "el estú- 
pido siglo XIX". 

Sonreiremos algún día de tales excesos. Pero lo que es 
indudable, sin duda alguna, es que, tal como lo asegura Mau- 
rice Le Blond, en Les Marges, comentando las contestaciones 
recibidas "estamos en presencia de una campaña colectiva que 
no es de hoy (tiene sus orígenes en los escritos de Maurras 
y de Lasserre, por no citar otros nombres) y que tiende a des- 
naturalizar }' escarnecer en conjunto, la época más fecunda y 
brillante de nuestra historia literaria". 

Y Emile Henriot asegura que "el proceso iniciado contra el 
siglo XIX es un proceso político". Como tal, no debiera intere- 
sarnos," porque, como lo recordaréis, nos hemos propuesto al 
iniciar esta serie de estudios, no colocarnos jamás en un punto 
de vista ajeno a la literatura. Pero cuando se trata de defender 
la integridad de ese punto de vista, nos vemos en la necesidad 
de intervenir. La tendencia de los escritores que se proponen 
restar méritos al siglo XIX, es de las más peligrosas. Quiere, 
ni más ni menos, que reemplazar los . verdaderos valores esté- 
ticos por valores políticos, cuya autenticidad es, por lo demás, 
discutida por los adversarios. Ahora bien, nosotros no podemos 
dejarnos arrastrar a tal terreno: pues es el de la esclavitud. Aun- 
que los clericales escojan su siglo en oposición al de los anticle- 
ricales, y que los republicanos escojan otro para denigrar el de los 
monárquicos, nosotros los literatos debemos permanecer resuel- 
tamente ajenos a estos ridículos debates. 

Es por odio hacia Juan Jacobo y hacia su estirpe, es por 
odio hacia el romanticismo (considerado como efecto de la re- 
volución) que los actuales enemigos del siglo XIX realizan su 
campaña pueril. Nosotros no debemos inmiscuirnos en tales de- 
bates. Juan Jacobo y sus resultados, todo el romanticismo y 
la admirable floración literaria de la segunda mitad de ese siglo 
tan denso, tan rico, nos pertenecen, fuera de toda consideración 
política. Tanto peor si Chateaubriand, Lamartine, Hugo, Bau- 



CRÓNICA DE LA VIDA INTELECTUAL FRANCESA 205 

delaire, Vigny, Renán, Balzac, P'Iaubert, Stendhal, Taine, Ver- 
laine, Mallarmé, parecen difíciles de regimentar, postumamente, 
en un partido determinado. Lo lamento por ese partido, fastidia- 
do evidentemente de no tener para glorificar sino más menguadas 
personalidades. Pero no entro, ni jamás entraré en tales conside- 
raciones. Y con júbilo compruebo que la mayoría de mis co- 
legas se ha expedido en tal sentido, aunque a menudo sus opi- 
niones personales les habrían inclinado hacia la política de los 
partidos en lucha. Les ha parecido de previa necesidad salvar 
el patrimonio amenazado : las grandes obras acusadas para po- 
ner a salvo sabe Dios qué frágil teoría de gobierno. 

No quiere decir esto que el siglo XIX sea en todo admi- 
rable. Ya tiene desperdicios, y muchos más tendrá sin duda. 
Pero puede vaticinarse desde ya lo que permanecerá intacto^ lo 
<iue desafiará al tiempo. Y no es preciso tener gran sabiduría 
para sospechar que sobrevivirá lo que ha sido concebido con 
prescindencia de todo pensamiento político. Las más geniales con- 
cepciones políticas de Balzac, de Taine o de Baude'aire, por ejem- 
plo, que en un determinado momento parecieran profecías, han 
caducado ya. Del siglo XIX, como de los restantes, sólo quedará 
lo que se ha consagrado al corazón humano. Esto es lo que 
constituye el fondo clásico de nuestra literatura, y cada siglo 
aporta su contingente al tesoro total. 

Dicho esto — todas las opiniones son aceptables — no pue- 
do menos que sonreír cuando Blaise Cendras responde: "De- 
testo el siglo XIX, siglo de Napoleón, de los tiradores (brete- 
lies) y de la civilización del gas". 

Sonrío porque pienso, aunque no quiera, en el joven del año 
2OI0, que a su vez afirmará: "Detesto el siglo XX, siglo de 
Wilson, de los cinturones y de la electricidad". 

Y también sonrío cuando Fagus, que es un poeta admira- 
ble, escribe : 

"Chateaubriand, Nerón-Narciso, pondría fuego a la Ciudad 
" con tal de llorar noblemente sobre sus ruinas ; Lamartine, es 
" un resplandeciente cisne con cerebro de ruiseñor ; Vigny, falso 
" Chatterton, se cree un Moisés (o un Samson cuando Madame 
" Dorval le hace alguna picardía) ; el infortunado Musset lloraba 
" o se embriagaba cuando Madame Sand lo trata como Ma- 
" dame Dorval a su tocayo ; Madame Sand tutea a Dios antes 



06 NOSOTROS 

" de cada amancebamiento, y se pone a escribir novelas una vez- 
" terminado ; Michelet, solterona apasionada ; Renán, sub^Mi- 
" chelet, "si-no, no-si" ; Anatole France, Renán sádico ; Dümas 
"padre, que no hizo solo sus novelas, pero, (al menos él lo cree) 
"hizo enteramente solo la revolución de 1830; Hugo, Júpiter de 
" circo, Tartufo - Padre Eterno, bobo épico pero práctico, come el 
"pan del destierro con rosbif también del destierro..." 

Sonrío porque la caricatura es divertida y puede repetirse 
fácilmente, ya que de tal modo pueden ser tratados los grandes 
hombres de todo tiempo, y que esta sátira carece de intención 
política . 

La libertad absoluta, total, es para los escritores el más 
precioso de todos los bienes, el único. Me es grato advertir una 
vez más que las doctrinas especiosas de los politicastros no tie- 
nen eco entre mis coetáneos de prestigio, que son, en resumidas 
cuentas, los directores del pensamiento y de la sensibilidad con- 
temporáneos. 

Frangís de Miomandrí;. 

París ; Mayo, 1922. 



NOTAS DE ACTUALIDAD 

Genova y La Haya 

EL, tiburón y el oso han salido a escena, nuevamente, dán- 
dose la mano. Prácticamente se ha demostrado que un di- 
plomático ruso puede viajar hasta Inglaterra sin visar sus pa- 
saportes en Francia, sin cobijarse bajo el cielo que ama el 
sagaz Anatolio. Y el síntoma es revelador, como se verá más 
adelante . 

La "Conferencia, de Genova" ha seguido el curso lento y 
ordenado de los acontecimientos previstos; y lo que en aparien- 
cia fué una brillante demagogia política, ha resultado una vic- 
toria de la gran industria que es la política de los intereses. 

Cuando decimos que Lloyd George obra en virtud de una 
previsión y ateniéndose a las conveniencias para el porvenir, 
cuando elogiamos su fácil audacia generosa lo hacemos sin ol- 
vidar que Inglaterra hace esfuerzos por aminorar la paralización 
en la actividad de su industria, que necesita colocar sus produc- 
tos, disminuir la desocupación, obtener combustible. Y su acer- 
camiento a Rusia, su política de reconstrucción no es prueba 
de su ojo avizor ni de su compasión por las desgracias ajenas: 
es una fatal imposición de sus intereses amenazados. 

Inglaterra sigue otra ruta político - económica que la de 
Francia. A la "entente" de la guerra ha sucedido el desacuerdo 
de la paz. Es decir: se ha retornado a una situación parecida a 
la de principios de 1914. Pero entonces había una Alemania 
limpiándose los pies a la puerta,, lista para entrar. Entonces 
había una comunión más en la "entente", que hoy no existe por- 
que el enemigo no piensa usar las armas que le dieron la derro- 
ta. Usará otras: la baja del marco, la competencia sin límites, 
etc. ; hasta la hora en que Francia se decida a liquidar el pasado 



208 NOSOTROS •> 

haciendo una razonable y buena rebaja en su crédito total por 
reparaciones . 

PVancia, que hace ocho años era la Diosa preferida de las 
bellas conquistas, ha cruzado el punto culminante de su órbita. 
De su apoteosis hay abundantes cenizas. Ellas cubren las hue- 
llas del pensamiento en marcha que durante varias décadas fué 
a rendirle su homenaje. ¿Dónde está la humanidad que dirige 
sus miradas a Francia?... Si ésta pregunta se lanzara: ¿ha- 
bría quién la respondiese haciendo algo más que localizar aquí 
y allí vagos grupos?. . . "¡ Ah! Sí" — se diría. — "Está el Pacha 
de la Ciudad Santa de Alulay Idris, que ha obsequiado a M. Mi- 
llerand con cuarenta clases de postres distintos; están los es- 
pectadores de "La Opera" que han ido a celebrar la "troupe" de 
Mme. Rasimi; están los admiradores de Anatole France..." 
i A.h : de France no ! El, menos feliz que Romain Rolland porque 
no había nacido para actuar en estas emergencias, es la espiritua- 
lización de la Francia del 14 hacia atrás, de la que estaba orgu- 
llosa la humanidad . La de hoy es la de P'och y Poincaré ; la 
que ha ganado la guerra, que no puede ser una Francia pacifista. 
La de hoy es la misma que embarcó a Inglaterra en las ridiculas 
incursiones de Koltchak y sus émulos, que apresuró la caduci- 
dad de la "entente" militar junto con las sanciones por incumpli- 
miento del Tratado de Versalles, La de hoy que ha perdido la 
gracia de ser bella y hacer imiversal el espíritu de su pueblo. 

Es la ley del Destino que dá contantes y sonantes triunfos 
a cambio de las alas. Y es, en términos concretos, la ley del 
desarrollo de Francia que tiende, como otrora, a bastarse a sí 
misma. 

Ella cierra sus puertas. Sus regiones devastadas se recons- 
truyen. Quiere que se le pague y que se reconozca, como incon- 
movible y aplicable, el soberano principio de la propiedad pri- 
vada. Esta ha sido su política en Genova, invariablemente. Su 
irreconciliable actitud para con- el bolshevikismo nace de la nece- 
sidad de proteger sus intereses por adquisición de derechos a sus 
antiguos dueños en las cuencas petrolíferas, amenazados por las 
concesiones que el soviet promete a diversos sindicatos. Quiere 
un acercamiento con Rusia pero al igual que el del perro al amo, 
siempre que no le ponga las patas encima. Su autoridad prefe- 
rida es la de dirigir la política Europea cuyos hilos ahora se 



NOTAS DE ACTUALIDAD 209 

mueven dirigidos por Londres y Moscú; Berlín y Moscú luego 
y al final esta última, frente a su viejo enemigo el Japón. Es 
el desplazamiento que está sufriendo la hegemonía política ha- 
cia el Oriente. 

Alemania ha ido a Genova como un secreto amigo de Rusia 
a dar el gran golpe. Su tratado, que radica en la necesidad de 
la expansión de su industria que busca campos de acción para 
su actividad floreciente, ha servido para su propaganda en fa- 
vor de los tratados sin indemnizaciones ... o con las menos in- 
demnizaciones posibles. Pero esto es de un efecto momentáneo, 
mientras el engrudo mantiene firme el cartel, pues ni a Rusia 
ni a Alemania le hubiera convenido verse envueltas en líos por 
cuestión de reparaciones. Necesitan marchar de acuerdo. Dar 
ía impresión de que están unidas en . . , el destierro . Esto favo- 
rece la política de "acercamiento" que propicia Inglaterra, deseo- 
sa de contar con la benevolencia de Francia a quien asegura que 
la mejor manera de evitar la peligrosa alianza germano-rusa es 
entrar en relaciones bien directas y amistosas con ellas. 

Pero Francia menea la cabeza y mantiene reserva viendo 
al diablo delante. 

En cuanto a Rusia, punto capital de la Conferencia, ha des- 
empeñado con destreza su duro y difícil papel de solicitante. 
Duro por la urgente necesidad de conseguir créditos. Pero ella 
•no ha ido a hipotecar, como le hubiera acontecido a Austria, 
sino a negociar. Tiene el petróleo del cu^l Inglaterra está anhe- 
losa . Cuando Lloyd George dice : "hay que reconstruir a Ru- 
sia" quiere decir : "hay que apoderarse del petróleo de Rusia". 
Y todo su empeño en Genova fué hallar una fórmula aceptable 
por Francia para intervenir en Rusia. Tanto ha exagerado 
Poincaré el peligro alemán y tan absorta está Francia en el 
problema de las reparaciones, que Lloyd George no tiene más 
que introducir la discordia en la "Entente" para conseguir lo que 
desea a cambio de la "solidaridad". Así consiguió ir de Cannes 
a Genova, que no se devolviese el memorándum ruso del ii de 
Mayo, que se transigiese con el Tratado ruso-germano de Ra- 
pallo y que se realizase la conferencia de peritos en La Haya. 
El peligro para Inglaterra está que en esta Conferencia no se 
apruebe el principio de la propiedad nacionalizada, expuesto y 
sostenido por el Soviet, y de que a éste no se le permita, en 



210 NOSOTROS 

casos donde juzgue posible la compensación, indemnizar en me- 
tálico (con el oro inglés) a los antiguos propietarios o celebrar 
con ellos o sociedades donde tengan participación, contratos de 
arrendamiento o concesión con respecto a las cuencas petrolíferas. 

De ocurrir esto se le escaparía de las manos el acariciado 
monopolio, uniría a Francia y a Bélgica con su fuerte rival 
Estados Unidos. Quedaría frente, a una Alemania próspera a 
quien no podría exigir el pago regular o el simple pago de las 
reparaciones, debido a su política de sabotage para con el Tra- 
do de Versalles. 

Pero ella cuenta con sus buenas libras de que están necesi- 
tados los bolshevikis, el buen tino de éstos, la simpatía oficiosa 
de Italia y la ausencia de Estados Unidos. Con esto y la ayuda 
de Holanda, con quien está asociada para la explotación de las 
minas de Petróleo, puede aspirar a entrar en un arreglo formal 
con Rusia sin detenerse por las inquietudes de Francia. 

Pero para ésto: ¿tendrá Inglaterra que reconocer o forzar 
a reconocer "de jure" al gobierno de los soviets? 

Esa es la nueva alternativa que ofrece Rusia después de 
la no ratificación del Tratado con Italia. Y para queLloyd 
George salga triunfante del período de prueba a que lo han so- 
metido los partidos políticos ingleses, tendrá que ir de La Playa 
a Londres, no con un monopolio, porque el Soviet prefiere va- 
rios rivales a un enemigo, pero sí con una especial concesión 
para la explotación de los yacimientos petrolíferos, a fin de ven- 
cer la resistencia del conservadorismo político del Imperio alen- 
tado por los repetidos ataques de los Partidos Socialistas y Labo- 
ristas a la obra de los Soviets. 

Francia ha conseguido postergar el debate político haciendo 
de la Conferencia de La Haya una conferencia de peritos. Pero 
este es un mediano triunfo, casi nulo para el futuro de Europa, 
porque en Cannes quedó vencida la política de aislamiento de 
Francia por la política de cooperación de Inglaterra; porque con 
esa postergación Francia ha querido retardar el acercamiento entre 
los pueblos ; porque sus peritos irán a obstaculizar la concordia 
de los intereses, no siendo en el fondo más que funestos políticos. 

Francia, con Foch y Poincaré, distrae la atención del mun- 
do con la liquidación de la gran guerra. Su militarismo consiste 
en quitar al financista lo que dá al oficial: la solución de su 



NOTAS DE ACTUALIDAD 211 

porvenir. Confía que, en lo que más directamente le atañe, sus 
armas le darán definitivamente la razón. Pero, ¿a quién piensa 
atacar y contra quién está armada? 

Ale atrevo a responder que está, no contra Alemania, pero 
sí contra la solidaridad de los pueblos, en defensa de su exclu- 
sivo nacionalismo económico. Francia por Francia y nada más 
que para Francia. Se acabó Francia para la humanidad que le 
dio su grandeza. 

Estados Unidos se mantiene alejada de la contienda de la 
paz. Ha rehusado la responsabilidad de Genova y La Haya. 
Teme la tortuosa política de Francia qué .embaucó al más con- 
fiado y paladín de sus políticos, al noble Wilson, otro agotado 
por la lucha cruenta entre el ideal y la implacable realidad, como 
el gran Lenín, postrado en el momento que trata de evitar para 
su pueblo la catástrofe. Su pueblo embrutecido por el zarismo, 
bloqueado, castigado por Francia, Inglaterra, Alemania, Japón, 
que han pretendido dividirla, destrozarla, sofocar con sus saté- 
lites la revolución que iba a ventilar sus errores y sus crímenes... 

Pero la racha ha pasado. Ha sido posible cubrir con un 
velo de fantasía los grandes males. No son los de Rusia, cura- 
bles por la organización, el crédito y el trabajo. Es el mal de 
las grandes hegemonías, ya sean éstas del chauvinismo^ de la 
industria, de la autocracia. Francia, que anunció un porvenir, 
mantiene las pavesas de un condenable pasado. Junto a ella, 
como satélite, está Bélgica. 

¿Y Japón?... De su estructura medioeval, de su gobierno 
imperialista y aristocrático, unido a su actividad y prosperidad 
germana, que magistralmente nos ha descripto Wells en su co- 
rrespondencia a La Nación sobre la Conferencia del Pacífico, 
sólo cabe hallar en él otro perturbador para cuando Rusia sea la 
clave y la mano que rija los destinos políticos de Europa. . . 
con vistas al Oriente. Se ha sometido a lo dispuesto en Washin- 
gton para no comprometer o no denunciar su verdadera política, 
porque aún "no es hora" o porque, acaso, haya un estremeci- 
miento en las cunas donde respira el nuevo pueblo del Japón. 

Entre tanto tiene las ga,rras puestas en Siberia. 

Italia ha cumplido en Genova^ honradamente, su pesado pa- 
pel de hospitalaria y mediadora. Se ha rehabilitado. Se ha ga- 
nado la simpatía de todos los que no tienen bonos de la deuda 



212 NOSOTROS 

rusa ni han sido dueños de propiedades confiscadas por el So- 
viet. Ha guardado las formas de una armonía que no existe 
para no desairar a Poincaré, suscribiendo notas sin fé alguna en 
su éxito y de las que se ha reído a hurtadillas el tiburón diablo de 
Lloyd George. Decididamente, Barthou fué un hombre peligroso 
y entretenido. Si la delegación rusa hubiese accedido a sus exi- 
gencias era como salir de Rusia a buscar leña y volver desnudo. 

En Genova se descifró el porvenir político de Europa. Ha 
triunfado la cooperación. En La Haya los peritos tratarán de 
darle forma y los sindicatos la aplicarán si les conviene. De esta 
divergencia nacerán nuevas reuniones donde Estados Unidos 
quizás se decida a poner en marcha su máquina y España deje 
de representar el limitado j^apel de hasta ahora. Cuando esto 
último ocurra será porque, al fin, (y téngase en cuenta la idio- 
sincracia de quien gobierna España) se encara el gran principio 
de la solidaridad económica, que debió ser el espíritu de la Con- 
ferencia de Genova. 

Podemos decir que, con Genova, nos hemos dejado enga- 
ñar por Lloyd George y que los periodistas se prestaron a ello. 
Quiso presentar al mundo político sus "peligrosos" futuros abas- 
tecedores y clientes, miembros de la nueva razón social "Soviets 
and Soviets", en una reunión interesante para que no se le repro- 
chase el haber contraído enlace a escondidas con ellos, y porque 
sabía que iba a confundir a Francia y restarle simpatizantes. Y 
sus deseos de que se discutiesen las reparaciones fué un "bluff" 
para atemorizar a Francia y comprar con el retiro de su pro- 
puesta la transigencia de Poincaré para una acción futura. 

Pero el problema de las reparaciones, que es el problema de 
la paz con relación a la pasada guerra, tiene que ser tocado. Y 
entonces, si Norte América, la única esperanza de la tozudez 
francesa, ratifica el pensamiento de Morgan y las previsiones de 
Me. Keynes, volverá a renacer la perdida confianza de que esta 
generación muera tranquila. 

¿A qué otra cosa podemos aspirar si la conquista del petró- 
leo nos anuncia otro desastre, a menos que el proletariado, la 
única eterna víctima en la paz y en la guerra, imponga la verda- 
dera cooperación entre los pueblos? 



JiaTAS DE ACTUALIDAD 213 



Walter Rathenau 

P L crimen político es el arte de intimidar a los pusilánimes. 
■— ' Es un perturbador por excelencia. No remedia: detiene. 
Un reformador puede divinizar su doctrina substrayéndola del 
tibio acogimiento o del olvido por algún sacrificio donde el 
cuerpo se redime de sus males salvando al alma en tortura. Es 
la última de las grandes galanterías de las que, en el hecho, se 
exige la responsabilidad. Una muerte, en tales circunstancias, 
deja un alma libre, eterna y peligrosa para los malos enemigos. 

\\'alter Rathenau no fué un genio, un reformador, ni un 
héroe. Era una de esas inteligencias equilibradas que se cons- 
tituyen con cierta uniformidad en la activa Alemania; bien que, 
o veces, se une a ellas un atrevida aire de precisión y una auto- 
ridad de propaganda que nuestra suspicacia latina rotula con el 
calificativo de pedantería. 

Alemania es la nación del equilibrio entre sus partes y Ra- 
thenau era, esencialmente, un alemán en toda la regla. Recelo- 
sos están, aún, Francia y otros aliados suyos por lo que ellos lla- 
man cambio de careta, dudando de sus pacifistas protestas de 
conciliación, tanto de simpatía como de intereses. Ellos no con- 
ciben que una Alemania que fué. pan-germanista pueda llegar a 
ser "pan-humanista". Pero es que el militarismo, tan regimen- 
tado y difundido como estuvo, no fué más que una de las múlti- 
ples ocupaciones de su capacidad de equilibrio. El militarismo 
no niveló a los alemanes ; fueron estos quienes, por su marcada 
homogeneidad, hicieron popular . el militarismo. Su homogenei- 
dad que ha tenido la virtud de facilitar la total redención de los 
analfabetos. 

Walter Rathenau fué un gran organizador tanto en la gue- 
rra como en la paz. Gran acaudalado y gran industrial, a pesar 
de su delicada y especial posición no fué de los que precipitaron 
la guerra. Concluida ésta, colaboró, incesantemente, en la obra 
de restauración. Conocedor de la idiosincracia de su pueblo, in- 
dicóle su deber : reparar el daño a la riqueza de las naciones y 
los hombres, y el daño a la obra de perfección de la humanidad. 
Sabía que no estaba solo y que iba a triunfar. 

El acuerdo de Wiesbaden y el Tratado ruso-alemán de Ra- 



2U NOSOTROS 

pallo diéronle gran renombre político. Hubiera sido un gran 
canciller y un gran presidente. Estaba llamado a ello a pesar de 
la tenaz oposición de Stinnes, el hombre siniestro que estará rela- 
miéndose de gusto, y que contribuyó al fracaso del empréstito 
internacional que mejoraría las finanzas alemanas. 

Pero su obra será continuada: debe serlo. La cólera de los 
pangermanistas, los kaiseristas y los "junkers", frente a la polí- 
tica de cumplimiento y concordia que los declara culpables y 
aleja cada vez más la posibilidad de que vuelvan a adueñarse de] 
poder sobre la funesta plataforma política de desquite, es la que 
ha armado la mano asesina que abatió a Rathenau. 

Esta vida estaba salvando a Alemania de la gran crisis fi- 
nanciera que sufre. La muerte de Rathenau ha salvado al go- 
bierno socialista a la alemana de Ebert el débil. Contra los impe- 
rialistas está otra vez alerta el pueblo. Habrá que esperar a que 
fenezca esta generación, que quiso brillar y triunfar con la guerra, 
antes de soltar las armas de la mano. ¿Cuáles son éstas? La 
huelga general que venció la contrarrevolución de von Kapp. El 
ejército de los proletarios que hubiera podido limpiar a Alema- 
nia de esos abrojos con solo quererlo. 

¡Ah! Era en aquellos días, que no han de repetirse, de 
angustiosas perspectivas para los culpables, en que los soldados 
volvían de la guerra. . . ! 

LouEs Reissig. 

Junio, 25 de 1922. 



LETRAS ARGENTINAS 



Sobre nuestra incultura, por Juan Agustín García. (Cooperativa Edito- 
rial "Buenos Aires", 1922). 

CUANDO, cada seis o diez años, una nueva generación inicia en 
nuestro país su vida intelectual, varios indicios hacen supo- 
ner que esta inmensa e ignorada Argentina va a ser pensada se- 
riamente. Tempranas inquietudes plantean al honrado espíritu 
juvenil un cúmulo de problemas que, apenas enfocados, quedan 
preteridos. Nunca llega después, para esa generación, el momen- 
to de tratarlos debidamente, como si al andar el camino fuera ad- 
quiriendo conciencia de su incapacidad para la conceptuación. 

Vagas ideas tenemos todos formadas en torno de nuestra 
nación, las vagas ideas que nacen de superficiales sensaciones. 
Muy latinos, y sobre todo muy españoles, los argentinos pertene- 
cemos a la casta de los hombres sensuales que Ortega y Gasset 
opone a la casta de los meditadores. Estos, dice, "viven en 
la dimensión de la profundidad" ; para los otros "es el mundo una 
reverberante superficie". 

Superficie reverberante fué la Argentina para sus escritores 
clásicos. Excepción hecha de Sarmiento, que ha tenido unas cuan- 
tas intuiciones geniales, los demás no han podido alzar la mirada 
por encima "de algún problemita de derecho público". Reverbe- 
rante superficie es también para sus actuales escritores. Ni Lu- 
gones, tan dado a tomar posición filosófica; ni Rojas, oráculo re- 
conocido de nuestra nacionalidad ; ni Ingenieros, historiador inte- 
ligentísimo de las ideas argentinas, han ahondado nuestra informe 
realidad. ¿ Será que ésta es indómita al concepto, como alguna 
vez nos lo ha dicho el mismo Ortega y Gasset ? Acaso ; pero aun 
no se ha intentado la adecuada explicación, que es preciso dar 



216 NOSOTROS 

cuanto antes. Bien dice el doctor García en su libro reciente : "Te- 
nemos que desentrañar la figura animadora de la patria, a fuerza 
de estudios desinteresados. Esa imagen debe re'.acionarse por un 
análisis bien prolijo con toda la vida argentina. Hay que demos- 
trar la unidad intrínseca de esa vida, y cómo todos los hechos, 
todas las ideas, todas las tendencias obedecen en el fondo a una 
voluntad única que preside desde sus orígenes la evolución de la 
patria argentina". No lo haremos si no logramos deshacernos 
de todos los prejuicios, si no desechamos las fáciles explicacio- 
nes y, sobre todo, si no ponemos en el estudio de nuestros proble- 
m.as un apasionado espíritu de libertad y de verdad. 

En el nuevo libro del doctor Juan Agustín García es ese espí- 
ritu de verdad lo que más seducirá al lector. Equivocadas o no, 
el autor de La ciudad indiana no disimula en estas páginas sus 
íntimas ideas. Las expone con sencillez, como en conversación algo 
deshilvanada y saltarina, pero en todo momento se advierte la 
presencia de un espíritu que ha estudiado y meditado mucho, de 
una sensibilidad finísima que no puede aceptar sin protesta cier- 
tas descamisadas modalidades de nuestra actualidad nacional. 

Desde 1880 data, a juicio del doctor García, nuestra incul- 
tura fundamental. "Spencer, Haeckel, Lombroso y sus discípulos 
entraron triunfalmente en nuestra mentalidad; algo contrapesa- 
dos por Renán, Macaulay, Buckle y los poetas y novelistas que 
fueron nuestros compañeros íntimos en esos dulces años de la 
vida. ¡ Qué tiempos ! Bain, los análisis de Ribot, Taine, en su faz 
menos simpática, arrebataban las inteligencias. Esas negaciones 
del espíritu, de la voluntad libre, del alma ; el determinismo im- 
pecable de la mecánica ! El pensar y el sentir, la literatura, la filo- 
sofía, la abnegación, el heroísmo, el arte, el entusiasmo. . . eran 
simples residuos fisiológicos !" 

No es necesario transcribir todas las palabras , en que recuer- 
da el doctor García el espíritu de esa época positivista y grosera 
que trajo el naturalismo zolesco a la literatura, la enseñanza tor- 
pemente utilitaria a la educación pública, el nacionalismo fetichis- 
ta al estudio de la historia. De todos los lectores es conocido ese 
espíritu primario, elemental. Cuarenta años han pasado desde en- 
tonces, varias cosechas se han recogido ya de esa siembra nefas- 
ta, y muchas, seguramente, deberemos levantar aún. Estamos, 



LETRAS ARGENTINAS 217 

pues, en plena incultura, quebrados todos los principios altruistas, 
todas las ideas de cooperación social, borradas las fronteras que 
establecen la mayor inteligencia, la mayor cultura, el mayor tra- 
bajo. "¡Naides es más que naides! viene gritando nuestra demo- 
cracia desde el fondo de la Pampa y desde los años lejanos", dice 
el doctor García ; naides es más que naides, repiten en el comité 
político, en el parlamento, en la universidad las nuevas gentes de 
la república. Nuestra democracia ha equivocado, sin duda alguna, 
sus rumbos esenciales, y los ha equivocado porque después de ha- 
ber roto los vínculos con el pasado, de haber quebrado la tradición, 
no se ha formado una nueva conciencia nacional. Acaso no ha lle- 
gado aún el momento de enjuiciar severamente a la escuela ar- 
gentina, a la universidad sobre todo, pero será menester de que 
algún día se las acuse de la desviación cultural que hemos su- 
frido. Bajo las apariencias brillantes de una más difundida y 
elemental instrucción, yacen inertes los pocos principios que 
hasta las proximidades del 8o fundaron nuestra mejor cultura: el 
clasicismo que dio a Gutiérrez, a López, a Mitre, a Vélez, a Al- 
berdi, a Avellaneda, el hondo conocimiento de nuestras tradicio- 
nes raciales, la afiebrada inquietud por dotarnos cuanto antes de 
historia escrita, de legislación, de buen gusto, de forrtias proceres. 
La escuela nueva, torpemente práctica, "preparó varias genera- 
ciones de hombres superficiales, que dan la impresión de un fan- 
toche al que se le pegaron con engrudo letreros científicos : aquí 
idioma, allá literatura, ciencias, filosofía, arte..." 

No desespera- el doctor García de poder ver salvada nuestra 
cultura. Es preciso ante todo, nos dice, que se dé tma enseñanza 
racional del idioma. "Una enseñanza racional del castellano debe- 
ría dividirse en cinco o seis años. Durante los tres primeros cur- 
sos una hora diaria — se consagra el tiempo a la lectura de los 
clásicos, comentarios y ejercicios de redacción. Así en una forma 
inconsciente, intuitiva, el niño se compenetra de las cualidades del 
buen estilo, del decir claro, sobrio y elegante. Después de leer a 
Gracián, Castelar es intolerable, y junto con Castelar otros ora- 
dores derivados de ese tono, que pululan en todos los países de ha- 
bla española. Cuando se han vivido tres o cuatro años en un trato 
familiar con Jorge Manrique y sus coetáneos, se siente un cierto 
rubor al leer a Mármol o Almafuerte. Y por más que algún ani- 



218 NOSOTROS 

versario lo requiera, si hablamos de su arte seremos discretos, mo- 
derados, de una prudencia en el elogio llena de virtudes y méri. 
tos. No sé donde pondríamos a Santos Vega y Martín Fierro, pero 
seguramente su ideal de belleza no sería el más apropiado para 
consuelo o distracción de nuestras almas." 

Es interesante la postura del doctor García. Siendo como es 
él tan netamente argentino, incapaz ■ — como hace poco nos lo ha 
dicho — de no escribir nada que no se refiera a la vida argen- 
tina, no cree ni en nuestra literatura propiamente nacional, ni en 
la excelencia de las historiografía pragmática, orguUosa y vana. 
Ks ]a suya una dignísima posición de estudioso y, de hombre de 
buen gusto, a quien molesta el nacionalismo gritón e ininteli- 
gente que ha crecido con nuestra incultura. Cree, por eso, de ur- 
gente necesidad rehacer nuestra historiografía, presentar nues- 
tros prohombres en toda su humanidad, con todos los defectos 
que ocultan los historiadores mediocres y cuya revelación irrita 
al energumenismo patriótico. El doctor García está en lo cierto. 
Groussac ha dicho ya: "Por ahora no concibo en la América del 
Sur la aparición remota de historiadores "nacionales" que, talen- 
to aparte, escriban de San Martín o Bolívar con la misma libertad 
que Lanfrey y Taine, sin ser lapidados, escribieron de Napo- 
león". Va naciendo, pues, una nueva necesidad entre nuestros 
mejores historiadores, y si aun no está próxima la ppoca en que 
estas esperanzas de hoy lleguen a las escuelas como obra ya reali- 
zada, debe alegrarnos que sobre el oscuro horizonte asomen ya 
unos rayos de luz. 

Esto mismo nos consuela de la visión tremendamente pesi- 
mista del doctor García. Ha cambiado mucho, sin duda alguna, 
nuestra sociedad. Elementos de toda clase han dado vivo color 
y firme relieve a todo lo plebeyo que durante casi toda nuestra 
historia pasó inadvertido. Pero sería injusto afirmar que han 
perdido valor nuestras clases representativas de la cultura. Des- 
pués de la gran época de Sarmiento, Alberdi, López, Mitre, Gu- 
tiérrez, Vélez, Avellaneda, no ha tenido nuestro país — a pesar 
de la incultura que el doctor García señala — época mejor que la 
presente. Poeta y prosista más grande que Lugones no tuvo nues- 
tro país hasta ahora, ni tuvo estilistas como Larreta o como Án- 
gel de Estrada; Rojas realiza una obra tan alta y digna como la 



LETRAS ARGENTINAS 219 

de Gutiérrez, y jamás hubo un número tan grande y de tanta in- 
quietud espiritual como el de los nuevos escritores actuales. 

Pero a pesar de ésto, blanda es la médula de nuestra cultu- 
ra. ¿Por qué? ¿Por qué los argentinos no hemos podido aún dar 
fisonomía propia a nuestra civilización, carácter a nuestra perso- 
nalidad? El doctor García roza el problema sin llegar a su en- 
traña. No importa. Su libro, inquietante de verdad, insinúa asun- 
tos que deben ser pensados y analizados largamente. Si aun no 
tenemos el libro que nos explique, tenemos con este del doctor 
García un elemento excelente para alcanzar la definitiva explica- 
ción. Y esto no es poco. 

Julio Noé. 



En el próximo número trataremos, entre otros, de los siguientes li- 
bros : Las vísperas de Caseros, por Arturo Capdevila ; El Sofista, pot 
Diego Luis Molinari ; De Tucumán, por Fausto Burgos. Y acaso de La 
tragedia de un hombre fuerte, la última novela de Manuel Gálvez. 



EDUCACIÓN 

De la "silabización oracional" 

UNO de nuestros profesores más estudiosos, el señor José A. 
Natale, acaba de exponer en un pequeño folleto un nuevo 
procedimiento para la enseñanza de la lectura en la escuela pri- 
maria, procedimiento que él denomina de "silabización oracio- 
nal", y que aplica de inmediato en su libro La Primavera, tam- 
bién nuevo, preparado para que sirva de texto en el 2." año de 
las escuelas primarias. 

El método de la silabización oracional, dice Natale, después 
de citar a Benot, tiende al aseguramiento de la fuerza integra- 
dora de la lengua, por el estudio de todas las silabas de unión 
de las palabras en la masa elocutiva y, además, procura el justo 
enlace expresivo, 

"Porque si bien es cierto que cada palabra debe ser pronun- 
ciada, sea aisladamente o en la oración, con todos sus accidentes 
fónicos — para que su personalidad lingual resulte inconfundi- 
ble, inequívoca ; no lo es menos que las distintas palabras de la 
oración tienen una relación de coordinación fónica. Esta rela- 
ción de coordinación fónica se establece al hablar, de un modo 
natural, por concatenación silábica en cada palabra, y de estas 
entre sí, en la oración". 

Benot, a este respecto, dice : "A veces, al hablar, pueden 
pronunciarse sin intermitencias dos vocales, una final de una 
palabra, y otra inicial de la palabra que inmediatamente siga, 
como cuando decimos: La unidad; la imagen; mi afán; ejem- 
plos que se pronuncian : Lau-nidad ; lai-magen ; mia-f án. 

"Dichas combinaciones de vocales (prosigue Benot) pro- 
nunciadas sin intermitencias, no obstante pertenecer a palabras 
distintas, reciben el nombre de sinalefas". 



221 , EDUCACIÓN 

Pueden unirse tres, cuatro y hasta cinco vocales pertene- 
cientes a dos o más palabras, en una sola sílaba, y en este caso 
la correspondiente sinalefa se denomina triptongo, tetraptongo 
o pentaptongo, por sinalefa. 

V. gr. : Más precia el ruiseñor su pobre nido (iae, tripton- 
go) ; Estos Fabio, ¡ay dolor que ves ahora; (ioai, tetraptongo; 
Volvió a Eurídice el misero los ojos, (ioaeu, pentaptongo) . 

Esto que ocurre entre vocales, formando diptongo, trip- 
tongo, tetraptongo, pentaptongo por sinalefa (y aún hexapton- 
gos, v. gr. : "Y el móvil ácueo a Europa se encamina"— (ueoaeu) 
— ocurre también, agrega Natale, entre sílabas términoiniciales 
del discurso, como puede verse en las silabizaciones que figuran 
el pie de las lecturas del libro Primavera. 

Más adelante, después de referirse a los vacíos que encuen- 
tra en la metodología corriente de la lectura, agrega: "El método 
de la silabización oracional tiene — de consiguiente — un doble 
rol : de totalización fónica (coordinativa) de la masa elocutiva 
y de diferenciación sensible entre ésta y sus distintas uniones". 

"Si al hablar se siente la necesidad de unir las palabras unas 
-con otras, y de que éstas conserven — al mismo tiempo — todo 
su valor fónico ; nada más lógico, pues, que el ejercitar las com- 
binaciones silábicas por sinalefa; y de percibir las diferencias 
de sonidos entre estas combinaciones y la manera como se unen 
las palabras en la masa elocutiva". 

En cierto sentido, estamos de acuerdo con nuestro distin- 
guido amigo. Creemos que el procedimiento que él nos presen- 
ta, es, en principio, un buen aporte para la enseñanza de la 
lectura corriente y, sobre todo, para el aprendizaje de la dicción 
correcta, tan poco común entre nosotros. Todos los procedi- 
mientos que se encuentren para ejercitar con eficacia la vocali- 
zación, en relación con el lenguaje, deben ser bienvenidos. 

Es cada vez más necesario dar una importancia grande a 
la gimnasia bucal, a la articulación de los sonidos, a los ejerci- 
cios de fonetización. Preciso es reconocer que en general no 
pronuncian bien los argentinos. 

No debemos olvidar, po» otra parte, que nuestra población 

está formada por elementos de diverso origen, particularmente 

,en cuanto a la lengua; hijos inmediatos de extranjeros muchos 

de ellos, los cuales extranjeros son muy diferentes entre sí, y 



222 NOSOTROS 

que aún en los elementos de larga sedimentación nacional hay 
variados defectos idiomáticos que combatir. 

Desde un punto de vista general, opino que no se han usado 
en el país mejores libros que los del señor José Henríquez Fi- 
gueira, que ya tienen varios lustros de vida. 

El año próximo pasado el señor Mercante escribió un libro 
de buena base para segundo o tercer grado, La Lámina, mucho 
mejor, en mi concepto, que el que más o menos al mismo tiem- 
po publicó con destino al primer grado, dividido en dos volúme- 
nes, {La Cartilla y Leo). 

El señor Mercante, en La Lámina, se apoyó, por una parte, 
en las indicaciones y el acierto del señor Figueira, y por otra, 
enriqueció su libro con ejercicios fundados, como él mismo lo 
dice en el prólogo, en Legouvé, Chervin y Sala, particularmente 
en este último (i). 

Después de este no conozco ningún nuevo aporte para la 
enseñanza de la mecánica de la lectura hasta el trabajo del señor 
Natale. Repito que en principio me parece una útil contribución 
el método de que nos habla en su folleto, aunque no comparto 
la actitud que da al valor de lo que él llama "silabización por si- 
nalefa", pareciéndome mucho más racional quedarse ordinaria- 
mente con la vocalización por sinalefa de que nos habla Benot, 
y .creo qué sólo excepcionalmente permite el idioma, en la coor- 
dinación elocutiva, llegar a la silabización tal como la preconiza 
Natale. 

Así, por ejemplo, en la expresión: 

"Las plantas acaban" (lección i' de Primavera), no creo 
que la s pueda desprenderse de la sílaba tas de la palabra plantas, 
para agregarse a la sílaba a de la palabra acaban, según la sila- 
bización que Natale hace al pie de esa lección, y, como ella otras 
muchas, en esa y otras lecciones, na obstante lo que afirma res- 
pecto a contracciones falsas en la página i6 de su folleto y al 
vicio muy corriente en los niños de no pluralizar en la página 17 
del mismo. Ni veo el objeto de ejercitar el silabeo de sa, según 
la nota al pie de la lección i* de Primavera, cuando en realidad 
lo que habría que silabear es tas - a' y varias veces. 

Y ahora tomaré un ejemplo en singular: "Azul inmensi- 



(i) Cura de la balbuzie. 



EDUCACIÓN '-^23 

dad" {La Primavera, página 24). No me parece tampoco que 
pueda la / de azul desprenderse de su sílaba para formar Un 
con la primera silaba de inmensidad, salvo licencia de las musas, 
ni encuentro que convenga el ejercicio en 2.° grado de la escuela 
primaria. La / siempre formará parte de la sílaba zul. Nunca 
de in. Lo que he podido observar es que al pronunciar azul in- 
mensidad están todavía en el aire las últimas vibraciones de la I 
cuando ya emitimos la in Azul-in) y, entonces, alguna tonali- 
dad recibe la i de la consonante antecesora, pero, nunca llega el 
hecho, en mi concepto, a facultar para la ejercitación en Un, se- 
gún indica Natale. A no ser que se use de este modo de la 
"silabización oracional" para que resalte por contraste, por ejer- 
cicio del error, la buena dicción. Pero si es así, ello no está, a 
nuestro juicio, suficientemente explicado a los maestros en el 
folleto y menos resulta del desarrollo del libro La Primavera, 
escrito, como dijimos, para niños de segundo grado. Aparte de 
que el error no debe ejercitarse centralmente o básicamente, di- 
ríamos, ni mucho menos, como parece resultar de la exposición 
y el natural entusiasmo del autor en el libro y el folleto. 

Cierto que Natale nos dice que "el ejercicio de la silabiza- 
ción por sinalefa concluirá por perfeccionar precisamente la 
agudeza auditiva del niño ; quien, al leer, tendrá presente la 
coordinación silábica por sinalefa u oracional y evitará recalcar- 
la, a fin de que se insinúe apenas en la oración". Nos parece 
mucho para un niño y nos inclinamos a creer que el ejercicio 
de "silabilización oracional", en forma principal, le dispondrá 
los órganos de la fonación hacia el error y, entonces, se necesi- 
tará a cada rato de un esfuerzo más de inhibición infantil que, 
me parece, conviene evitar. 

En fin, conceptuamos que Natale indica un buen procedi- 
miento auxiliar, pero que por exceso de amor a su hallazgo lo ha 
perjudicado en este su primer ensayo. Creemos que debe acer- 
carse más aún a Benot y buscar una aplicación aún más en ar- 
monía con la estructura del lenguaje y la naturaleza infantil. Y 
creemos que ello le será posible. 



224 NOSOTROS 



Los últimos progresos de la enseñanza vocacional en los 
Estados Unidos de N. A. 

EL Boletín de la Unión Panamericana, en su número del mes 
corriente está, casi en su totalidad, dedicado a reseñar los 
progresos alcanzados en estos últimos años por la enseñanza vo- 
cacional en los Estados Unidos de Norte América. 

Luego de algunas consideraciones a propósito de la ense- 
ñanza pública en general y, particularmente, de la educación vo- 
cacional, como función de las democracias, se refiere el prólogo 
a la falta de coordinación y correlación que en este punto tienen 
los actuales sistemas de enseñanza, "el mayor punto débil", asi 
en la democracia estadounidense como, en grado variable, en los 
sistemas educativos del mundo entero. Manifiesta después que, 
no obstante lo dicho, esta fase educativa ha progresado con len- 
titud, pero finalmente, en los E. U. de N. A., "como lo demues- 
tran las concesiones de tierras y la aprobación de la primera ley 
Morrill en 1862 y de la segunda en 1890, así como varias otras 
medidas legislativas que culminaron en la ley Smith - Hughes 
en 1917 y .Smith-Sears en 1918." 

La educación vocacional, dice el A., una vez bajo el domi- 
nio federal, responde a dos grupos bien definidos de estudiantes : 
Los estudiantes de ambos sexos de las escuelas públicas que ya a 
partir de los catorce años se disponen a desempeñar una ocupa- 
ción determinada pueden recibir la instrucción correspondiente 
en escuelas vocacionales diurnas ; en tanto que aquellos que, sin 
preparación especial alguna, han empezado a ganarse la vida 
pueden adquirir la enseñanza vocacional ya en escuelas noctur- 
nas creadas para el efecto, o ya en las de asistencia parcial. 

Aproximadamente, dos millones de niños alcanzan anual- 
mente en E. U. de N. A. una edad determinada. Más o menos 
a la edad de diez y siete años, y aun antes, la mitad de los esco- 
lares abandonan las aulas. A la edad de catorce o quince años, 
el 41.4 por ciento, o sea los dos quintos, han salido a trabajar, 
mientras que el 19.8 por ciento de las niñas, o sea un quinto 
del total, ya están ganando su vida al cumplir la misma edad. 
Se calcula que en el año 1918 cerca de ochocientos mil varones 
y cuatrocientas mil niñas entre las edades de 14 y 15 años, ha- 



EDUCACIÓN 225 

bían encontrado empleo de esta suerte, y puede tenerse por se- 
guro que en los Estados Unidos no ha disminuido, 

"Es evidente que el gran número de niños que se retira de 
las escuelas elementales a edad temprana sin haber gozado la 
oportunidad de elegir una ocupación o siquiera de comprender 
medianamente la necesidad de prepararse para una de ellas, van 
a parar a empleos sin porvenir y desprovistos de alicientes edu- 
cativos". 

Los demás capítulos del volumen que nos ocupa están des- 
tinados a estudiar en particular la educación física en los Esta- 
dos Unidos de N. A., los juegos, los deportes, las escuelas de 
artes y oficios, educación comercial, asistencia de los enfermos, 
vocación ideal para la mujer, economía doméstica, escuelas de 
guarda-bosques, etc. 

Según la ley federal de 1917, pueden organizarse seis tipos 
de escuelas : a) escuelas o clases de unidad de oficio ; b) escue- 
las o clases de industria general; c) escuelas o clases de parte 
de tiempo para ampliación de oficio; d) escuelas o clases de 
parte de tiempo preparatoria de oficio; e) de parte de tiempo 
para continuación general; f) industriales nocturnas. 

Todas estas escuelas, aparte las condiciones particulares 
que derivan de las denominaciones que hemos mencionado y que 
el Boletín de la Unión Panameñcana refiere en detalle, deben 
proporcionar instrucción primaria y tener sus planes aprobados 
en última revisión por la Junta Federal. En todas, salvo las noc- 
turnas, para las cuales rige la de 16, la edad mínima para ingre- 
sar es la de 14 años. 

Numerosas y nítidas fotografías han sido distribuidas en 
este número muy ilustrativo del Boletín de la Unión Paname- 
ricana. 

Aparte todo lo que atañe a la educación vocacional y sus 
relaciones con la enseñanza general y las otras especiales, son 
singularmente valiosas las pocas palabras con que el prologuista 
se refiere a las edades en que el 41.4 y el 50 por ciento de los 
escolares abandonan las escuelas. 

Para nuestro país, cuyos niños en su mayor parte (los que 
asisten) dejan las aulas en los primeros grados de la enseñanza 
primaria, es de algún interés esa referencia. 



S'-ití NOSOTROS 



Exposición de arte calchaquí 

EN un modesto salón de la ciudad de La Plata, situado en la 
calle 47 entre 7 y 8, visitamos hace algunos días la exposi- 
ción de arte del señor Adolfo Travascio y las señoritas Ercilia 
y Emilia Flores Ortega. 

El saloncito estaba atestado de pequeñas obras artísticas 
(urnas, cacharros, platos, muebles, tapices, mantos, cortinas, et- 
cétera), inspirados la mayoría en el arte calchaquí y algunos en 
el peruano y azteca. Sentimos allí, mientras nuestra vista iba de 
cosa en cosa, una impresión de simpatía hacia el esfuerzo inteli- 
gente de estos artistas que van a buscar en el viejo arte de los 
indígenas, viejo por su vida y viejo por su muerte, largamente 
enterrada, largamente olvidada, nuevos elementos para ampliar 
los horizontes de" arte moderno; reanimarlo, diríamos, con el 
resurgimiento de aquel. Reanimarlo: esta es la expresión que 
mas acabadamente conviene, a nuestro juicio, al estado de espí- 
ritu de estos artistas que, posesos por su idea, al par que dueños 
de ella, van desenterrando de los escondrijos de la tierra y los 
museos manifestaciones estéticas de las muertas poblaciones in- 
dígenas, las cuales, en esto del arte, están resultando no ser tan 
salvajes y sandias, ni tan difuntas, como suelen serlo en algunos 
aprendizajes de historia. 

Reanimar el arte moderno con el arte de las tribus autócto- 
nas : creemos haber oído algo así a uno de los artistas autores 
de la exposición que nos ocupa. No sabemos si el verbo podrá 
ser aplicable al resultado final que logre en la realidad objetiva 
esta orientación, ni siquiera si será propio para referirse con él 
a las posibilidades a que puede aspirar en su desenvolvimiento, 
pero, lo cierto es que responde a un nobilísimo deseo estético y 
a un hermoso sentimiento humano : agrandar el arte y agrandar 
la historia con una obra de justicia postuma; acaso, engrandecer 
a la misma personalidad humana del futuro, por ejemplo, para 
cuando un pueblo se encuentre frente a otro desconocido o in- 
comprensible de momento ... 

Pero, estamos divagando. Lo exacto es que en el local de 
la exposición la simpatía se elevaba de punto a medida que íba- 
mos comprobando en los distintos objetos presentados, particu- 



, EDUCACIÓN 227 

larmente en los de cerámica y algunos de tapicería y mueblería, 
así las bondades del arte calchaquí (había también lindas mues- 
tras del incásico y el azteca) como la felicidad con que los ex- 
positores han reproducido en determinados objetos y estilizado 
en otros, bella variedad de guardas y otras composiciones de líneas 
y colores, la mayoría de las cuales son mgnas de ocupar lugar 
honroso en la ornamentación de nuestras ciudades. 

Y para limitarnos al objeto de esta sección, diremos que 
este arte merece ser considerado como elemento digno de entrar 
a formar parte de nuestra arquitectura escolar y decorado co- 
rrespondiente, mucho más, a nuestro parecer, que algunos bajos 
relieves preparados en cierta ocasión para una escuela monu- 
mental. Esto, además, naturalmente, de su derecho a tener par- 
te en los programas de dibujo infantil. 



Dos actos honrosos 

EL primero es el del profesor de derecho romano doctor Car- 
los Ibarguren al presentar su renuncia con motivo de la 
resolución del consejo directivo de la Facultad de Derecho de 
Buenos Aires refundiendo los dos cursos de dicha asignatura, 
no obstante resoluciones anteriores y el dictamen unánime de la 
comisión de enseñanza. 

Es muy posible que se trate de una cuestión en que encua- 
dren las dos opiniones, si se considera el asunto con abstracción 
de las últimas agitaciones universitarias y, con mayor razón, si 
éstas son tenidas en cuenta. De cualquier manera, la renuncia 
del doctor Ibarguren es un hecho que le honra. 

Pero, la actitud del eminente jurisconsulto y publicista ha 
motivado otra, que a nuestro juicio, es la más auspiciosa. Nos 
referimos a la nota enviada por el Centro Estudiantes de De- 
recho al Consejo Directivo de la Facultad solicitando la reconsi- 
deración de la medida por la cual se refunden los dos cursos de 
derecho romano. 

En un momento en que todo parece concurrir para presen- 
tar a los estudiantes de los colegios secundarios y especiales y a 
los universitarios como buscando por cualesquiera medios, sola- 
pados y bruscos, el rebajamiento de sus tareas, la nota del Cen- 



228 NOSOTROS 

tro Estudiantes de Derecho de la capital federal viene a demos- 
trar que existe en la juventud estudiosa la capacidad para las 
nobles espontaneidades del espíritu, en el doble sentido del me- 
joramiento de su cultura y el respeto a sus maestros. 



Edad escolar 

DESPUÉS que entregamos a la imprenta el artículo que apa- 
reció en el número pasado, el doctor Alfredo Calcagno, 
profesor de psicopedagogía en la universidad platense y diplo- 
mado por la Universidad de Bruselas, publicó en El Argentino 
de La Plata un estudio en el cual sostiene, fundado en conside- 
raciones de orden social, especialmente en la precocidad infantil, 
y sus consecuencias, que recién a los diez años están nuestros 
niños en condiciones de incorporarse a la escuela primaria. 

Nos ocuparemos en el número próximo del interesante es- 
tudio de nuestro estimado amigo. La falta de tiempo nos impi- 
de hacerlo ahora. 

Marcos M. BivAnco, 
Monte, Junio 1922. 



CRÓNICA MUSICAL 



El Teatro Colón. 



A PESAR de lo pedantesco y antipático que resulta dárselas de 
profeta, se nos permitirá adoptar esa actitud llena de sufi- 
ciencia, en lo referente a la temporada del Colón. Cierto es que 
hemos acertado en una profecía que estaba al alcance de un 
niño de quinto grado y de un medianísimo observador, dotado 
de orejas para oir, de escasa memoria para recordar lo que pasó 
el año pasado y de un gramo de materia gris para hacer deduc- 
ciones perogrullescas ; facultades muy medianas, como se ve, y 
que es verdaderamente lamentable no posean los miembros del 
Concejo Deliberante, que, con nuestra cristiana benevolencia y 
nuestro incorregible optimismo, consideramos ser los únicos 
que han actuado con cierta libertad y cierto criterio, en el bo- 
chornoso asunto del coliseo municipal. 

En la actual temporada, hay cinco abonos: de moda a mar- 
tes y jueves y a viernes y domingo, vespertinas a domingo y a 
miércoles, popular a sábado por la noche, lo que da siete fun- 
ciones semanales, a las que deben agregarse : popularísimas el 
lunes por la noche, extraordinarias el miércoles por la noche y 
sábado de tarde; en total diez representaciones en siete días, 
siempre que no haya un feriado, en cuyo caso llegan a once o 
doce; "record" que no será batido por ningún teatro lírico del 
mundo civilizado ; bajo ese punto de vista nuestro único coliseo 
fiscal es el primero del universo, lo que nos llenaría de patriotero 
orgullo, sin otro "record", derivado de aquel, el de las funciones 
más detestables que han oido orejas humanas, en escenas líricas 
que pretenden ser de primer orden. 



230 NOSOTROS 

La empresa Da Rosa-Mocchi, que al fin y al cabo es una 
empresa comercial, que se dedica a la ópera, como otras se de- 
dican al negocio de zapatería, tiene derecho a dar tantas fun- 
ciones semanales si se lo toleran el público, y quienes, según 
dicen ellos muy ufanos, están en el deber de velar por los pres- 
tigios del Colón . . . Cierto es, que al hablar de prestigio, no se 
aclara el sentido dado al vocablo ; si, como lo suponemos, se trata 
del comercial — dé acuerdo con el criterio imperante en el alma- 
cén de la esquina, que será tanto más prestigioso, cuanto mayor 
número de latas de atún y kilos de garbanzos expenda por dia- 
rio, no negamos que el resultado es más que discreto, es hala\ 
gador, y lo será más, cuando, siguiendo la evolución progresista 
que impera en toda la creación, en el reino mineral, vegetal y 
animal, sobre todo, se habiliten las tardes, libres ahora, y las 
mañanas, para dar funciones, y no proponemos las madruga- 
das, porque eso tendría un tufillo a "cabaret" y un comerciante, 
aunque sea empresario lírico, no osa elevar un negocio a cier- 
tas alturas ! 

Para nosotros, de ello deriva nuestra divergencia con lo que 
acontece en el Colón, otros factores son los que pueden darle 
prestigio. Si tuviéramos el honroso cargo de velar por él — y 
Dios perdone la osada intención ! — asentaríamos los siguientes 
principios : cuando un gobierno, nacional o comunal, construye 
un teatro, es para contribuir al progreso artístico y a la cultura 
del pueblo, no para que su empresario prostituya el arte, deso- 
riente el gusto del público y excluya a las clases poco adineradas, 
aumentando el precio de las localidades altas, como se ha hecho 
este año; que el prestigio no es cuestión de cantidad, pero sí de 
calidad, de probidad artística y comercial (esta no existe cuando 
se prometen espectáculos de 25 pesos la platea y 5 la galería alta, 
y se dan muchos que con diez y uno, estarían bien pagos) ; ba- 
sándonos en estudios científicos, aplicados con éxito en todas 
partes, asentaríamos que la cantidad de trabajo eficaz, que puede 
desarrollar un hombre, tiene un límite, pasado el cual, el trabajo 
es de más en más deficiente, lo que acontece con la orquesta del 
Colón, abrumada por una labor superior a las fuerzas humanas; 
proclamaríamos que un teatro lírico no es un cinematógrafo y 
que una ópera no es una película que basta colocar en un aparato 



CRÓNICA MUSICAL -^31 

y dar vuelta a la manija; otras cosas más trataríamos de decir, 
por más que, con toda seguridad, imitando a Cyrano, no se nos 
toleraría "decir la cuarta parte de la mitad del principio de una" 
sin que nos colocaran la camisa de fuerza y nos enviaran, con 
severa custodia, de pensionista del doctor Cabred . . . 

¿Quién, sino un loco peligroso, puede asentar cosas tan 
disparatadas? El teatro Colón, en nuestro progreso y en nuestra 
evolución, es el testigo inamovible, es el punto de referencia que 
nos señala lo que media entre lo que éramos y lo que somos; y, 
para que el contraste sea mayor, y, por lo tanto, mayores las 
enseñanzas, los espíritus sutiles que custodian amorosamente esa 
sagrada reliquia del pasado, hacen lo humanamente posible — 
¡y vaya si lo consiguen! — para que ella pierda sus raras cuali- 
dades. En el antiguo y glorioso teatro de la Opera, se daban cua- 
tro funciones por semana, y una vez que otra, una extraordina- 
ria ; en el Colón se dan diez, como mínimum . . . Las carretas de 
bueyes se han transformado en veloces automóviles ; los loda- 
zales, en calles asfaltadas ; el candil, en lámpara eléctrica ; los 
bodegones, en lujosos hoteles ; las antiguas tiendas, en almacenes 
que rivalizan con los de París ; los ruinosos edificios escolares, 
en palacios monumentales ; las salas de audiciones, antes desier- 
tas, llénanse de culta y entusiasta concurrencia; multiplícanse las 
bibliotecas, los museos, las sociedades culturales ; el teatro na- 
cional, del circo, pasó a las más elegantes salas de espectáculos, y 
ha triunfado en América y en Europa; tenemos pintores, escul- 
tores, compositores, novelistas y poetas ; sólo el Teatro Colón, 
ante esa marcha hacia adelante de nuestro pueblo, en la totalidad 
de sus actividades espirituales y materiales, retrocede, va hacia 
atrás, a pesar de que su anti-estética mole de estación ferrovia- 
ria, debería guiarlo hacia el porvenir . . . Hablemos con respeto 
de ese edificio de argamasa y de ladrillo, de mármoles y bronces 
simulados, tan simulados como sus espectáculos, porque es el 
eterno ejemplo de lo que no debemos ser, cada cual en su espe- 
cialidad respectiva, si queremos civilizarnos, adquirir una cultu- 
ra y desarrollarla, educar artística y estéticamente al pueblo, des- 
preciar el espíritu de lucro, la inmoralidad, la concupiscencia, y 
contribuir a que el pueblo argentino ocupe un día un sitio hono- 
rable entre las razas creadoras. 



232 NOSOTROS 

Las bases formuladas para la licitación del coliseo munici- 
pal, menos de un mes después de inaugurada la temporada lírica, 
proclaman a gritos su inconmensurable estupidez y su inutilidad 
para dar prestigio al Colón y para contribuir en algo a la cultura 
musical del pueblo. 

Con un criterio que no queremos considerar malicioso, hase 
dejado la resolución de los más importantes problemas, a la co- 
misión administradora, que los ha resuelto en sentido contrario 
a la lógica y al beneficio estético que debe esperarse de un teatro 
municipal, vale decir, de un instituto de cultura, pero, eso sí, muy 
de acuerdo con los intereses materiales de la empresa. Así, no se 
limitó el número de espectáculos, como se hizo en la anterior 
licitación ; se dan hoy diez funciones semanales como mínimo, la 
que imposibilita preparar las obras; en el Marconi no se llega 
nunca a tantas representaciones por semana. No se impuso la 
obligación de montar dos óperas argentinas (cierto que el año 
pasado, a pesar del famoso concurso, y de su inepto fallo, como 
el empresario Bonetti no quiso dar las obras argentinas, salió 
con la suya), la comisión administradora consiente en que solo 
vaya a escena un acto, Flor de nieve, de Constantino Gaito, que- 
dando para el año próximo Use, de Gilardo Gilardi, con lo que, 
en vez de las seis óperas de autores locales que debieron repre- 
sentarse de 192 1 a 1923, irán dos, en un acto cada una, extraño 
modo de favorecer el arte local, que no está al alcance de nuestro 
modesto intelecto. Con toda razón, no se toleró que el empresa- 
rio Bonetti aumentara el precio de las localidades altas. Este año, 
de acuerdo con la comisión administradora, el paraíso (llamado 
Galería Alta) sufre un aumento de 67 %, pasa de 3 á 5 pesos, lo 
que puede considerarse como prohibitivo para el obrero y pe- 
queño empleado, que pierde así la única localidad accesible, de 
vez en cuando, a su modesto bolsillo; la tertulia alta y la cazuela 
(en la antigua Opera, regía para esta la misma tarifa que para el 
paraíso, pues se la había creado para que las señoras y niñas sin 
fortuna, pudieran gozar cómodamente de los espectáculos; re- 
cordemos de paso, que la Opera, donde se tenía en cuenta la 
educación musical del sexo débil, era un teatro particular . , . ) 
cuestan hoy diez pesos (25 % de aumento) lo que hace de ellas, 
localidades para gente pudiente; dato que pasamos al democrá- 



CRÓNICA MUSICAL 233 

tico Concejo Deliberante, para que contemple su obra... La 
platea, en cambio, muy aristocrática, por cierto, sólo tiene 13 % 
de aumento ; de modo que el dandy que desea lucir su frac, tiene 
que pagar tres pesos más que el año pasado por su platea, y el 
obrero, que anhela oir música — buena, sería irrisorio preten- 
derlo — dos pesos . . . proporción que mucho habla en favor de 
quienes la han tolerado! 

Cierto es que existen las funciones extraordinarias del miér- 
coles por la noche y del sábado por la tarde, y las popularísimas 
del lunes, en teoría a cuatro pesos la platea ; pero además de 
que en aquellas la reducción en los precios de las localidades al- 
tas, no está en proporción con la de las bajas, la reventa organi- 
zada directamente por la empresa, a vista y paciencia de la poli- 
cía, de los inspectores municipales y de la comisión administra- 
dora, ciega como quien no quiere ver, anula las ventajas ofrecidas 
al publico por esas funciones. 

En la calle Cerrito, al quinientos setenta y tantos, un ex- 
empleado de la empresa, en un comedor de casa de familia, tiene 
a vista de todos, la taquilla íntegra del Colón (sólo las localida- 
des desde las que no se ve la escena vende la empresa en bole- 
tería, al precio estipulado) y acepta cualquier encargo de palcos, 
platea, cazuela, tertulia, galería alta, paraíso, para cualquier fun- 
ción, con un recargo que varía según el interés que haya en el 
pedido. Así, para El Oro del Rin, cobróse 6 pesos por la Galería 
Alta y se anunció con sin igual descaro, que para la "primera" 
de JValkiria se elevaría el precio a 7 pesos ; en cuanto a las fun- 
ciones del lunes, a 4 pesos la platea, como lo ha denunciado La 
Razón el 13 de Junio y como lo hemos comprobado personalmen- 
te, las localidades están agotadas antes de ponerse en venta en 
boletería, es decir, el día anterior a la función. . . En la calle 
Cerrito, el interesado puede conseguir el teatro íntegro, pero a 
10 y hasta 12 pesos la platea. . . No nos extraña ya que la em- 
presa Da Rosa-Mocchi haya ofrecido, con tanta generosidad, 
mayor número de funciones popularísimas que las exigidas 
por las bases de arrendamiento, pues más le convienen esas re- 
presentaciones a 10 ó 12 pesos la platea, — en reventa, se en- 
tiende, — que las vespertinas o del sábado por la noche, que, 
no obstante un abono probablemente simulado, en parte, no de- 



234 NOSOTROS 

jan un número tan grande para ese comercio inmoral y único en 
Buenos Aires ; pues debe de saberse, que únicamente en el teatro 
municipal existe reventa, y esto merced a que la empresa la ha 
organizado por su cuenta y provecho. Tanto es así, que en los 
teatros nacionales — Parravicini, Caseaux, Vittone- Pomar, Na- 
cional, etc. — enormemente concurridos, las empresas han supri- 
mido ese comercio ilegal, cuando asi lo han deseado. Si en el 
Colón se movilizaran las fuerzas que acaban de sostener a los 
señores Da Rosa-Mocchi en su inmoralidad, en su falta de cum- 
plimiento a la palabra empeñada, en sus atentados contra el arte 
y la cultura, la reventa desaparecería como por encanto ; pero es 
que esas múltiples fuerzas, de acuerdo con la idiosincrasia del 
ambiente, no se mueven para defender el derecho, para combatir 
un abuso, para oponerse a los pillos. . . Pedid lo pesos a un ami- 
go para dar de comer-^ vuestra familia, os lo negará, pedidle 
100 para una redoblona o para la quiniela y os ofrecerá 200; 
solicitad de una persona influyente, un puesto que os saque de 
la miseria, la cosa irá para largo; rogadle, si habéis cometido 
una fechoría, que os saque de la cárcel, y en el día lo conse- 
guirá. . . 

En 1920, la comisión administradora aseguraba que para 
1921, las cosas irían mejor, pero en ella no se dieron obras ar- 
gentinas y el repertorio fué anticuado y malo; en 1921 anunció 
novedades trascendentales para 1922 y las cosas van de mal en 
peor ; causa pavor el pensar si promete nuevas maravillas para 
1923, lo que será el Colón ese año; la imaginación más calentu- 
rienta y fantástica, no concibe lo que acontecerá . . . 



Hablemos ahora de los espectáculos y de los que en ellos 
intervienen. 

La orquesta no es mala, por más que casi la mitad de sus 
cuerdas sean de no muy buena calidad ; pero es inferior a la de 
años pasados, pese a la empresa y sus amigos, que la proclaman 
la mejor y más completa que se haya oído en Buenos Aires. Para 
ello se basan en que es la primera orquesta formada por concur- 
so, lo que es cierto, pero como a dicho concurso no se presenta- 
ron muchos de los mejores elementos existentes en el país y que 



CRÓNICA MUSICAL 235 

en años anteriores actuaron en el Colón, el argumento carece de 
peso y de verdad. Vaya un ejemplo: hasta 1921, en el primer 
atril de las violas, estaban Bruno Bandini y Edgardo Gambuzzi, 
primera y segunda viola, respectivamente, y en mucho, los más 
notables intrumentistas en el género; este año, Gambuzzi es pri- 
mera viola, pero Bandini no forma parte de la orquesta, reem- 
plazándolo un violista de menores condiciones ; luego, ese pri- 
mer atril no puede igualarse al de antes. Lo dicho para las violas 
puede repetirse para muchos atriles de violines, violoncelos y 
contrabajos; y ya tiene el lector la explicación de la inferioridad 
de las cuerdas, en un país como el nuestro, en que ellas han lla- 
mado siempre la atención de los grandes directores -extranjeros. 

A pesar de esta falla, la actuación de la orquesta podría ser 
más eficaz, si ensayara suficientemente y si se exigiera de ella lo 
máximo que científicamente puede dar ; pero en el loquero del 
Colón, con diez o más funciones semanales y algunos ensayos — 
no muchos — y con la representación 'en tres semanas — desde 
el 21 de Mayo hasta el 9 de Junio — de ocho óperas: Parsifal, 
Oro del Rin, Caballero de la Rosa, Carmen, Rigoletto, Piccolo 
Marat, Isabeau y Tosca, y, además, un acto de Traviata y otro 
de Favorita, el preludio de Loliengrin y la obertura de Tann- 
hauser, los músicos, arrasados, desorientados ante tantas obras 
de distintos estilos, y a las órdenes de tantas batutas, la del aca- 
démico y frío Weingartner, la del fogoso y epiléptico Mascagni, 
la de Bellezza — un genio descubierto en Buenos Aires, para 
uso y provecho de Mocchi — ensayando de mañana, tocando de 
tarde y de noche, los músicos, repetimos, ya ni saben lo que ha- 
cen, leen su parte con la atención requerida en un primer ensa- 
yo, olvidándose de los matices, de las innumerables indicaciones 
que deben dar ' — si tienen tiempo para ello, lo que nos parece 
dudoso — los directores. . . Y así desfilan maravillosas partitu- 
ras, la de Parsifal, la de Oro del Rin. la de Caballero de la Rosa, 
sin pulimento alguno, sin equilibrio de sonoridades, sin afinación, 
con suciedades, desde el primer hasta el último compás ; todo ello 
muy explicable, pero no tolerable en un teatro de 25 pesos la 
platea. 

Félix Weingartner, como aconteció hace dos años, aunque 
en menor grado, resulta un director muy inferior a su fama. El 



86 NOSOTROS 

hecho de que haya reincidido con Walter Mocchi, es sintomático* 
sabido es que el gran Arturo Toscanini, la probidad artística per- 
sonificada, ha declarado que "prefiere barrer las calles de Milán, 
a dirigir la orquesta en un teatro de Mocchi . . . " Otro tanto nos 
han dicho Tullio Serafín y Héctor Panizza, otro tanto declaró 
André Messager, asqueado por la temporada de 1916, que fué 
una maravilla comparada a la de este año. ¿Cómo todo un Wein- 
gartner no concuerda con esos ilustres colegas y acepta actuar 
en condiciones tan desastrosas para el arte — lo primordial en 
un artista — y para su fama?. . . 

Si algo se merece un elogio sin reservas este año, es el cua- 
dro de cantantes alemanes. Albert Lavignac exige del cantante: 
"que haya adquirido el conocimiento completo y la inteligencia 
del personaje, y sepa íntegramente de memoria su parte y su 
papel : música, texto literario, gestos y actitudes ..." Los gran- 
des artistas líricos germanos que nos visitan por primera vez, 
llenan, con creces, esas condiciones: cultos, musicales, compren- 
sivos, actores consumados y cantantes insuperables, dan a los 
papeles wagnerianos, una línea, una majestuosidad natural, se 
desempeñan con una soltura y una compenetración del estilo del 
gran genio, a las cuales no estamos habituados; la soprano Wild- 
brun, maneja maravillosamente la voz y prueba toda la belleza 
y delicadeza del "entubado", es además, una actriz inteligente, 
como lo probó en los papeles de Kundry y de la Maríscala del 
Caballero de la Rosa; el tenor Kirchoff, fué un buen Parsifal y 
im admirable Loge; Schipper, en Amfortas y Wotan, el bajo 
Bandler en Klingsor y Alberico, el bajo Braun en Gurnemanz y 
Fasolt, Bechstein en Mime, y las señoras Alice Mertens, Lotte 
Lehmann y Jaeger-Weigert, en Fricka, Freia y Eida, tuvieron 
una actuación digna del más entusiasta de los elogios, digna de 
las obras inmortales que interpretaban. . . Si la orquesta, los de- 
corados, los juegos escénicos, hubieran estado a la altura de la 
interpretación de estos eximios cantantes-artistas, Parsifal y 
Oro del Rin hubieran resultado representaciones insuperables. 
Por desgracia, la sequedad, la carencia de flexibilidad, de elasti- 
cidad de la batuta de Weingartner (no hablamos de la falta de 
matiz, de equilibrio, de afinación, imputables a los escasos en- 
sayos que el capellmeister alemán no debió tolerar, como no la 



CRÓNICA MUSICAL 237 

toleraron ni Mancinelli para Sigfredo y Maestros Cantores, ni 
Toscanini para Tristón y Ariadne et Barbe Bleue, de intensa e 
imperecedera memoria) no dieron el realce y la variedad reque- 
ridos por esas inmortales partituras; el decorado más bien po- 
bre, inadecuado en el acto de las niñas flores de Parsifal, los pri- 
meros planos descuidados — ¡ qué distintos eran los de la Opera 
Cómica de París, en nuestra Opera en 191 1 y los de los bailes 
rusos de Diaghileff en el Colón, en 1913 y 1916! — en suma lo 
de siempre: decorados inferiores a los de los buenos teatros na- 
cionales ! 

La representación integral de la Tetralogía, no será, pues, 
una nota superior de arte, pues sólo los cantantes alemanes es- 
tarán a la altura de su misión: además, no se trata de una pre- 
sentación del admirable y colosal poema de Wagner, que forma 
tin todo homogéneo en su prólogo y tres jornadas, sino en la 
inclusión, en el repertorio, de Oro del Rin, Walkiria, Sigfredo y 
Ocaso de los Dioses, que se dan con "intermezzos" musicales de 
mucho menor mérito artístico. Así, entre Oro del Rin y Walki- 
ria, han ido Isabeau, Tosca, Barbero y otras obras, lo que equi- 
vale, como ya lo hemos dicho en otra parte, a anunciar La Ores- 
tiada de Esquilo y distribuirla del modo siguiente: Agamenón, 
"Don Juan de Serrallonga", "Raffles", Las Coéforas, "La por- 
tera de la fábrica", "La dame de chez Maxim's", Las euméni- 
des... Semejante distribución, si bien nada quita al mérito en 
sí de cada jornada, que tiene vida propia por sí sola, en cambio 
destruye totalmente el significado artístico, estético, filosófico, 
único en los anales del teatro musical, de esa Tetralogía que se 
anunció con tanto bombo y platillo. Creemos que la "Asociación 
Wagneriana" que con tan huraño celo ha velado siempre por la 
obra del genio de Bayreuth y que desde tantos años viene pidien- 
do la representación de El anillo de los Nibelungos, debería pre- 
sentar una formal protesta a la empresa Da Rosa-Mocchi, en- 
viando, como es hábito en ella, una copia a cada diario de esta 
ciudad, para su publicación. 

Los demás espectáculos fueron más bien de regular para 
abajo. Si en Caballero de la Rosa, estuvo notable la soprano Wild- 
brun, bien el bajo Girino y Gilda della Rizza (a quien no con- 
viene la vecindad de la gran cantante alemana) la orquesta re- 



2^8 NOSOTROS 

sultó incolora, sin matiz, sucia; en Carmen se lució Gabriela Be- 
zansoni, notable cantante, pero el tenor Fleta, el más tenor de 
los tenores, la suficiencia y la amusicalidad hechas hombre, me- 
reció una silbatina; // Piccolo Marat, Tosca, Isabeau, Rigolctto, 
fueron espectáculos desiguales, desajustados, sin las grandes 
figuras vocales que justifican su representación. 

El público, que no se deja embaucar por los elogios hiperbó- 
licos de la crítica, parece darse cuenta del engaño, pues las en- 
tradas máximas son registradas cuando actúan los alemanes, sín- 
toma halagador para Buenos Aires. 

Tal es, hasta ahora, la temporada del Colón, fruto de unas 
bases de arrendamiento confeccionadas para favorecer a la em- 
presa, único fin que parece tener el coliseo municipal. 

Por datos fidedignos, sabemos que los ciento veinte compo- 
nentes de la Filarmónica de Viena, anunciados, se han reducido 
a sesenta, completándose la orquesta con elementos locales. Ello 
significa un nuevo engaño y un nuevo atentado contra el arte, 
pues no es lo mismo una masa orquestal homogénea y que posee 
a fondo el estilo sinfónico, que una semi-improvisada, como será 
la que oiremos este año. Esta nueva violación del contrato, bas- 
taría para su rescisión, en lo que no debemos pensar, desde que 
comisión administrativa, autoridades municipales y Concejo De- 
liberante — no nos engañan ciertas paradas — son incondiciona- 
les aliados de la empresa. 

Si existiera una sección Vida Social en Nosotros^ sería edi- 
ficante publicar una nómina de las familias de periodistas y 
empleados públicos, así como de sus relaciones, que ocupan 
palcos en el Colón, no obstante carecer de recursos para ello. . . 
Esto explica muchas cosas, muchas amabilidades, muchas bene- 
volencias ! 



Conciertos 

Artistas argiéntinos 

DK.TEMOS el aire pestilente del teatro, para respirar aire puro 
en la música de concierto. Cuando un gran virtuoso, un 
conjunto de cámara o un buen discípulo de conservatorio deciden 
dar una serie o una audición, dedícase a estudiar a fondo las 



CRÓNICA MUSICAL "¿39 

obras del programa: según referencias personales, el gran Risler 
está repasando desde principios del año pasado, las 32 sonatas 
de Beethoven que nos hará oir en breve; al genial Ricardo Vi- 
ñes, vímosle repetir diez, veinte, treinta veces un rasgo difícil 
(Mancinelli hizo tocar 28 veces el Murmullo de la selva), el 
Cuarteto de "Diapasón" ensayó veinte o más veces los últimos 
cuartetos de Beethoven y más de un concertista en ciernes, de 
nuestra relación, pásase meses estudiando un programa que dura 
hora y media. Eso es probidad, amor al arte, respeto por las 
obras, por sí mismo y por el público ; eso es hacer patria y cultu- 
ra, es propender al progreso y al enaltecimiento de una carrera, 
es, en una palabra, ser hombre de bien y de provecho para sus 
semejantes ! 

Iniciemos nuestra crónica con un acontecimiento inaudito : 
un concierto sinfónico. "La Asociación sinfónica de Buenos Ai- 
res" se honró confiando la dirección de su primer concierto, a 
un joven artista argentino, el maestro Celestino Piaggio, cuyos 
éxitos como director sinfónico en Rumania, donde se le ofrecie- 
ra, en forma permanente, los conciertos dominicales, conocíamos 
por crónicas firmadas por ilustres críticos. Grato es constatar 
que dichas crónicas no sólo no mentían, sino que eran inferiores 
a la realidad ; Celestino Piaggio es un gran director de orquesta, 
posee condiciones innatas para ello, condiciones que ha sabido 
desarrollar mediante una cultura vasta y profunda, y también 
con las enseñanzas que le diera en Leipzig el célebre y malogrado 
Arturo Nikisch. En un programa que abarcaba casi todas las 
tendencias de la música de orquesta: el más puro clasicismo con 
la London Symphonie de Haydn, el más elevado y severo misti- 
cismo, con Redención, de "César Franck, la intimidad y la delica- 
deza con el Idilio de Sigfredo, de Wagner, y el intenso colorido 
y la nota pintoresca con España, de Chabrier, el joven y talento- 
so maestro argentino, no decayó en ninguna de sus interpreta- 
ciones; su batuta, flexible, expresiva, precisa, arrastra y subyuga 
a la orquesta y la lleva con seguridad, donde quiere. Tenemos 
pues, un gran director ; si algún día Buenos Aires posee una 
orquesta sinfónica permanente, Piaggio la dirigirá, como el me- 
xicano Julián Carrillo dirige la Orquesta Sinfónica Nacional de 
México ; los españoles Arbos y Pérez Casas la Sinfónica y Fi- 



240 NOSOTROS 

larmónica de Madrid, y Lamotte de Grignon, la de Barcelona; 
los franceses Chevillar, Pierné y René-Bathou, los conciertos 
Lamoureux, Colonne y Pasdeloups, de París, y asi sucesivamen- 
te en Italia, Alemania, Polonia, Rusia maximalista, etc., etc., ca- 
da país confia la dirección de sus orquestas a artistas propios. 
El triunfo decisivo y sin reservas de Celestino Piaggio,. al acre- 
ditar la existencia de una gran batuta argentina, nos la señala 
para regir los destinos de nuestra primera sociedad sinfónica, 
que no hay por qué ir a buscar afuera, lo que se tiene en casa. 

Entre los jóvenes argentinos que han sobresalido en el pe- 
ríodo abarcado por esta crónica, mencionaremos : Leónidas Mas- 
trostéfano y Lía Cimaglia,. pianistas, y Remo Bolognini, violinis- 
ta. Mastrostéfano, alejado del arte por razones de salud, cuando 
era un niño prodigio, vuelve más hecho, con un estilo más per- 
sonal y más musical, con una sensibilidad en pleno desarrollo y 
con un dominio más seguro del piano: que siga estudiando, cul- 
tivando el espíritu, que lea mucho, y será un eximio concertista, 
pues quien llega a su edad, a ser lo que es, tiene ante sí un por- 
venir brillante. Lía Cimaglia, también discípula de Alberto Wi- 
lliams, es una niña extraordinariamente dotada, menos hecha que 
Mastrostéfano, pero de porvenir halagüeño, a la que recomenda- 
mos igualmente, cultura musical y general, imprescindible hoy 
para ser buen concertista-intérprete. Remo Bolognini es un vio- 
linista nato : su sonoridad es hermosa, su musicalidad rara, sus 
dotes técnicas estupendas ; ya es un violinista fogueado, que nada 
tiene que aprender, a excepción de profundizar sus estudios de 
la música y sus conocimientos artísticos. ¡ Qué desaliento causa 
oir artistas de esa talla, de quienes todo puede esperarse, y que 
se malograrán acaso, como tantos se han malogrado, por carencia 
de estímulo, por indiferencia de los metecos que pretenden orien- 
tar al país. Se abre en el Colón una academia de canto coral y 
de baile, que tiende a formar el personal subalterno del teatro 
para provecho comercial de empresarios, y todo es elogio y aplau- 
sos a esa iniciativa interesante, sin duda, como colaboradora de 
los artistas, pero que no tiene la trascendencia de una escuela 
pianística y violinística; en cambio, da un concierto de música 
seria un joven argentino bien dotado, que puede llegar a ser una 



CRÓNICA MUSICAL 241 

celebridad para el arte y para su patria, nadie concurre a ese re- 
cital y nadie se ocupa de él. 

Rafael González, concertista consagrado, y Jorge C. Fanelli, 
en vías de consagrarse, han tenido una notable actuación a dos 
pianos en la "Asociación Wagneriana", donde evidenciaron am- 
bos sus sobresalientes cualidades; señalaremos en. la misma So- 
ciedad el recital de canto de la señorita Sara César, que actuó 
en el Coliseo en años anteriores y que necesita estudiar mucho 
aún, para desempeñarse con acierto en el lied. 

Artistas e;xtranjkros 

i^EjANDRO Brailowsky ha triunfado en Buenos Aires, como 
en París y en Madrid. Es un joven artista de medios técni- 
cos poco comunes; digitación a prueba de todas las dificultades, 
variado juego de sonoridades y extremada sencillez, carencia de 
efectismo; musicalmente es interesante y personal; en Chopin, 
sobre todo, es un insuperable intérprete, viril, emotivo, sin esa 
sentimentalidad enfermiza que suele darse a las obras del gran 
genio polaco; en los autores rusos: Mussorgsky, Balakireff, 
Scriabine, etc., también logra maravillosas interpretaciones; pero 
es tan artista, que en los autores románticos y clásicos, raya 
siempre a una altura que quisiera alcanzar más de un pianista 
de fama. 

María Teresa Canettoli y Antonieta Webb-James, son dos 
inteligentes sonatistas de violín y piano, que están desarrollando 
una historia de la sonata, sumamente interesante, por las obras 
y por la inteligencia y musicalidad de las intérpretes. 

Gastó;ví o. Tai^amón. 



BIBLIOGRAFÍA 

LETRAS HISPANO-AMERICANAS 

Discursos, por Mariano Ara.nburo yJ^G^-^^Ü^^'-S^^^^^^ 
no". — Biblioteca. — Publicado por J. «jarcia monje. w. j 

Costa Rica, (A. C). 

r oí- iLSarUSS Tél^n; Trigo, nos dice el reputado critico 

cubano don José Mana Chacón y Calvo- ^^^ ^^j^^^^ 

''En la alta tradición de la oratoria cub^^^^^ q ^^^^^^^ ^^^^.^^^ 

tan fulgurantes como los ^^^^^^^^Li^Z Ar^^^ y Machado, autor 
como los de Enrique José ^^^^^f^'n,^ íeoreseníando otras muchas tenden- 
de los discursos que se ^f^^^"?^" ¿^'^ J^g^f^^o'^a del fervoroso y sabio 
cias, encarna, cual ninguno la del casticismo m ^^^^^ ^^,^^_ 

culto de la lengua nativa. Nació en una de 1^^ ^^^ "p b^^^^, ^^^^^ 

ñas, en Camaguey, "el ^«^-^^f^^" l^^^flf ?„' ^^l^" un^^^ien caracterizada 
hace muy pocos anos un sello P^"f "f ^^Lr alli echó las firmes bases 
fisonomía local Allí ^-° 1°¿ Pyf Sesc nc íse trasSdó a España, fre- 

a uno de sus maestros egregios „^.^u:Y,.\msi serie de discursos que 

"Datan de aquellos tiempos lf"*^*^^'^'';"'geno volumen, los Mono- 
reunió, algún tiempo después, ^".^^^f. en un bel o yo w , 
grafos Oratorios áonát la esencia profunda de J^^ ^U' ^^^,^_ 

trante del historiador y.el'ngen^o ^f ^ ?f forma Años antes la seriedad 

sámente con la "3^^ j^.c^s^l^^t'ít^'n.tentiíado con uña obra fundamental 
de sus estudios jurídicos se había Patentizado con t^na o ^^ 

sobre La Capacidad OvtK mientras sus ¿h.^rfaa.n.. en ^^ 

clIal-aSrcorSmiríbTe írtf^^^lfpatbr^rcomo crítico muy pers- 

''''''l^1^.n había formado d^itivan^^- ^-onaHd^ 

te un tiempo, en el antiguo partido Autonomista '^^ i j^ ^ueva 

de las más 'serias y. fecundas que ha habido en C^^^^^^^^ 

í^rarnociríetT^^^^^^^^ contem%ráneas y de 



bibliografía 243 

su régimen de necesaria e incesante evolución. Fué así, con un insigne 
estadista y tribuno, don Elíseo Giberga, apóstol fuerte y convincente del 
tan-íiispanismo en Cuba, sistema harmonioso de relaciones espirituales, 
en el cual deberán basarse, por forzosa manera, las ideas políticas pan- 
americanas. Sobre este culto de la raza se cimenta y magnifica, en el ora- 
dor, el culto de la patria : por ello, junto a la "Oración de la Raza", pieza 
oratoria de lírica estructura, verá el leyente, en este volumen, el comen- 
tario vivido y luminoso de un texto de José Martí, que el orador quisiera 
que fuese como e7'angelio para todos los cubanos. 

*"L,os que no han aceptado la propaganda doctrinal del orador, se. han 
rendido a la honradez intima de sus ideas y a la sugestión de su viril elo- 
cuencia. Ella es castiza, netamente casieilana, no por el arcaísmo inopor- 
tuno, no por el giro desusado, lleno de afectación (tal es el casticismo 
amanerado) sinp por virtudes substanciales: por la construcción amplia 
y harmoniosa del período, por la frase larga, si bien sujeta a ciertas lineas 
de severa parquedad, que corona musicalmente el adjetivo, de energía con- 
centrada y sintética. La clausula es transparente, luminosa; la idea en- 
garza con tal perfección en el vocablo, que si sustituimos éste por el más 
análogo, sufre aquélla en la integridad del concepto. í\o hay en el orador 
ni siUiUlacrp verbal, ni énfasis ruidoso que pugnen por ocultar la pobreza 
ideológica del discurso. Elocuente es la forma usual de su oración, pero no 
declamatoria ni bombástica, y más mira la elocuencia a los afectos, por 
obra de un ardiente entusiasmo, que a los sentidos : así no es una elocuen- 
cia descriptiva, visual o externa, sino cordialisima elocuencia, que habla 
a los más caros afectos e ideas del espíritu. 

"Todo apostolado — cuando no se cimenta en 'una cultura integral, 
en un completo amor humano — es propenso a limitaciones. El apostolado 
tradicionalista de Aramburo, que en política produce el pan-hispanismo, 
en F'ilosofía el Dogmatismo Católico, en literatura el penetrante sentido 
de lo clásico, no es limitado ni intolerante. Humanista, en la concepción 
vasta del vocablo, nutrió su espíritu en las más diversas disciplinas, por 
ello el jurista, que cree en la virtualidad del Derecho Civil Romano, ha 
podido ser también, en sus estudios sobre la codificación cubana, un gran 
propagandista de las reformas sociales en el Derecho Civil, y el clásico 
que ha hecho como patrimonio propio de la lengua inagotable de los Cer- 
vantes y Granada, ha comprendido también, con profunda visión, las ten- 
dencias modernas del arte, y ha comentado a Ibsen y ha escrito páginas 
elocuentes sobre el modernismo de Santos Chocano, el majestuoso evoca- 
dor de las viejas ciudades coloniales. De esta suerte su obra, tan varia 
y tan rica, es afirmación vigorosa de las virtudes del pasado y de las que 
caracterizan a la realidad contemporánea." 

B. 



LETRAS INGLESAS 

Eugenics and other Evils, por G. K. Chestcrton. — i vol. de i88 pgs. 
Cassell and Company. London, 1922. 

L autor dice haber escrito antes de la guerra, las notas preliminares 
sobre la ciencia de la Eugenia. Esta era entonces el tópico a la moda, 
y la gravedad de las consecuencias que Chesterton cree implicadas en la 
práctica de esa teoría que amenazaba realizarse cada vez más prontamente, 
lo condujo a tomar el asunto "demasiado en serio", le parece ahora. 

Los resultados de la guerra, en la que según Chesterton se habían 
empeñado en lucha el oficialismo y la organización científicos del Estado 



244 NOSOTROS 

. • ^ 1. A^ in PrUtiandad presentaban una alternativa 
con la más vieja cultura de l^^ristmndad P ^^ ^^^^^.^^ 

que en cualquier caso hac a "Sf^"! y si era vencido, por innecesaria, 
desesperada, si elprus.anismo triunfad y si c ^^^^^-¿^.^..¿^ a Pru- 

Pero.^omo las clases ¿«"Sf^íf^^í^Sogo se ve impelido a publicar 
sia como un modelo, el ^f ^"If ^"í^^'^^a de la derrota de Prusia. 
esas notas, después que ^ace tre a„os ya üe i ^^^^^^^^^ prácticos, en 
La Eugenia es una tendencia de propos remediar vicios 

cada uno de los casos ^«^ .J^,^.^^%^°^\^3^„'3'^Ss produce una conformidad 
o males colectivos. La evidencia de esos "^^i^^^ P instituido en sus re- 
tan grande con los Procedimientos de ^osque^ ^ ^^ ^^^^_ 
mediadores titulados, que J^"f^.f ^ ios p opósitos filantrópicos de los 
Símsta's^o pl-r^atu^aí'dSar^isde U, si ejercen una candad no 
-^^iSÍ^ieS í^^:Sf siiS ^^;^al -trari. ^^^ ^unda^en. d 

derecho del Estado f '"I^^^^IF P//" S para^rr.^^ un gran mal". , 
este caso, dice él. el Estado ,;f,^"^"f;^ ¿do práctico que la teoría 

Aunque a los eugenis as les i"!^»^^^^^,";;',^.^^' '1",/algo muv importante 
de la Eugenia, detrás de las tent^^^^^f ^^"/^^^^^^ 

que se debe combatir en el terreno de Ja teo j,,^ ¿^ ^^, ^agos 

de la nueva moral que ^^sulta de la Lugcnia > a ^^^ ^.^^^ ^^ 

argumentos filosóficos en q,f .^^^f ^'^^'Se se 1 ama: "sumario de una 
-Chcsterton. El último capitulo j^^"^J^^''de lo capítulos anteriores, 
falsa teoría". En é «-,/^^"'^^„¿„reria posibnidad'de tener en cuenta 
El primer punto de la Eugenia es la y j^ ^^rdice los casamientos 
al niño futuro a^^°'?^'f'■^^,,l4'P^„^as coas hayan sobrevenido a los 
entre enfermos e -validos^ rnwon^tido. De ma^.era que la Eugenia 
novios después de haberse comproii.cL „ov,a, si esta 

celebrará al buen Eugems a ^"^^^JÍj"^ cS co El^ implica la crí- 
hubiese sufridopor ^^emplo un accide^i^e cicns^ ^^^^ ^ 

tica de las nociones ^.^^ ^asta ahora hab,an proa ^^^^^^.^^j^,^^^ ¿, ,a 

ración por e mantenimiento ff. jj^n "os n" ños no se hallarían peor 
seguridad. Sin duda, agrega ^'^^f^5;^V^J''°i a respuesta de Chcsterton a 
poí el hecho de no ser ^^'^os de cobardes La r^^^^^ ^^^,^^^3 ^^^,, 

ia cuestión de tener en cuenta a «^ ¿'"^ ,^^„^,^Se con nuístros contem- 
por la posteridad como no sea tratar uiguai 

poráneos?" nneden imnedir los casamientos ab- 

"^ Y en cuanto a los resortes que P^^den impea ^^ 

surdos "siempre habrá algo flf , 1"|J"^„"¿^™ ,^o ía carcaiada" . 
dónales: esa |"í f "'^'2^".?pf^J„^tic^v la leyónos hace acordar del no- 
Un capítulo llamado El j^^ff'' 1 el que de la psicología del ma- 
table capítulo segundo de Ortodoxia ^ el que cíe J ^^^ ^^ ^^tu- 

níaco. Chcsterton saca consecuencias que "^>\'f ^^¿"^/"^aravinosa de éste 
dio de las perturbaciones "^^ma^es es ^^^^^^'\^ desafía al mundo,. 
Aladino de los argumentos ^^^^^'^^^ ^„ ^¿^a ^.alterable afirmación - 
lo niega.. Todas las '¿^---|^-Seit"re nosotros y el maníaco no es 
que lo que es no es. La diterencia emi presentarse, sino sobre 

sobre como se presentan las ^°^^a/ ¿.^^°7 iJ^tTco está fuera de la ley 
lo que evidentemente son... P.o'^./5^,fv,Srps sanos podemos conde- 
pública... Y sólo por la ""^"'"^/^^c^f^iee que u" ^rbof es la columna 
narlo como completamente «eP^'-^.<^^°-J^jl''JX ios otros hombres dicen 
de un farol él es í^- '■ F^ ;f ¿ ^ EuJeíSas es que alguien o algo 
que es un árbol . . . El principio de '°.; '„"'¡ i^ridad con que los hom- 
debe criticar a los hombres con .'^ ^^^büiSd es que no pueden definir 
bres critican a los ocos Su P':^'^^^.^^^^^^'¿'f.a? a determ^ si un in- 
al que contraloreará a los demás ^Q";?"4'tas pueden prever la venida 
dividuo puede casarse o no? Los especialistas pueaen y 



bibliografía 245 

de calamidades, pero eso no quiere decir que tengan el derecho de decidir 
qué es una calamidad. ¿Qué enfermedades va a ser consideradas impe- 
dimentos? y ¿quién lo va a decidir? 

Si fueran los hombres comunes, las disputas sobrevinientes, dificul- 
tarían la tarea. El despotismo de unos pocos higienistas tampoco con- 
viene según Chesterton, porque no podemos contar con la aparición de 
muchos filósofos cósmicos, únicos que podrían conocer más que nosotros 
acerca de la sanidad normal y anormal. 

Otra grave deficiencia con que tropieza la Eugenia es lo poco que 
sabemos de la herencia, para poner en manos de unos hombres que pueden 
engañar o engañarse, un poder cuyo ejercicio comportaría tan inmensa 
responsabilidad. 

El último argumento teórico de Chesterton en contra de la Eugenia 
es que los eugenistas quieren establecer su autoridad, no porque sepan 
mucho de la herencia, sino porque precisamente una vez establecida su 
libre experimentación, llegarían a saber algo. Chesterton denomina esta 
situación : "la Iglesia Establecida de la Duda", y dice : "El jugador des- 
cuidado no tiene dinero en el bolsillo; sólo tiene ideas en su cabeza. Estos 
jugadores (los eugenistas) no tienen ideas en la cabeza; sólo tienen di- 
nero en los bolsillos. Pero creen que si con ese dinero pudieran comprar 
una gran sociedad en la cual experimentar, algo semejante a una idea 
llegaría al cabo a su mente. Eso es la Eugenia". Como epigrama la 
fraseas muy extendida ; como resumen es bastante clara y concisa. 

En la segunda parte de La Eugenia y otros males, el autor trata- 
de cosas que realmente existen, de los motivos y propósitos prácticos 
de los eugenistas. 

Páginas impresionantes son aquellas en que Chesterton describe la 
trampa en que se halla el pobre, quien si en el pasado no tenía la igual- 
dad, sí tenía la seguridad, mientras que ahora no ha conseguido la igual- 
dad y se le ha destruido la seguridad ; y lo absurdo de las leyes que 
castigan a los que no se retiran a su hogar porque no lo tienen, o que 
prohiBen la mendicidad, etc. 

La caza del epigrama no es una manía de la que Chesterton tenga 
probabilidades de librarse jamás. Ni nos disgusta. A veces, en medio 
del amaneramiento nos encontramos con simples palabras que nos lle- 
gan más rápidamente al corazón que la rectitud uniforme de un dis- 
curso fácil. Es que es notable el poder emotivo y práctico d^, las palabras 
sencillas en la pluma de los escritores complicados. La repentina ternura 
de Thackeray y la ocasional ingenuidad de Heine tienen más atractivo 
que todas las palideces y jeremiadas sentimentales. 

J. I. 

Books on the table, por Edmund Gosse. — i vol. de 348 págs., W. 
Heinemann, London, 1921. 

Los artículos que integran el volumen fueron publicados en el Sun- 
day Times, y su brevedad, como dice el autor, era inevitable puesto que 
el espacio dedicado a los libros tiene que ser el que sobra entre el dedi- 
cado al Foot-Ball y el dedicado a la Liga de Las Naciones. 

Dos estudios sobre literatura latina, uno sobre Ausonio y otro so- 
bre Frontón, son deliciosos por la gracia y la independencia no profe- 
sorales que muestran. 

Para Edmundo Gosse la lectura de los autores clásicos es de placer. 
Por eso, al juzgar ciertas publicaciones de vulgarización las aprueba 
teniendo en cuenta a los aficionados, sin importársele nada de los pro- 
fesionales. 



246 NOSOTROS 

La maj'oria de los artículos trata de literatura inglesa. En el de- 
dicado a Mr. Lucas, media pagina al principio nos sitúa perfectamente 
donde mejor podemos apreciar histórica y artísticamente esa form.a tan 
inglesa de literatura que fué "inventada por Montaigne en la segunda 
historia de la torre de su castillo en el mes de Marzo de 1571". Lucas 
no es un predicador, no ha cedido a la costumbre muy inglesa de ocu- 
par un pulpito. "Las reflexiones morales, sobre todo si son introducidas 
con cierto pulido aire de solemnidad, son para el público británico lo 
que las zanahorias a una borrica". Mr. Lucas desdeña de despertar el 
apetito de los lectores con esas legumbres. 

Bn el artículo llamado La autobiografía y la señora de Asquith, con 
motivo de ese libro de éxito de escándalo, Gosse recuerda de las viejas 
autobiografías las más conocidas, dividiéndolas en dos clases, según su 
hábito de historiador literario. La clasificación es inocente, y además 
empíricamente tiene su utilidad. La actitud de Gosse frente al libro de 
la» señora de Asquith no es nada cantiana. El cant lo han tenido esta vez 
algunos críticos extranjeros que han condenado el libro conio inmoral. 
Nuestro crítico dice que "lo que sólo cuenta. • al cabo, es el talento, y 
la veracidad de la narración, y la revelación del carácter del escritor". 

Muy lindos son los artículos dedicados a Clongh, el amigo celebrado 
por Arnold en su Thirsys, a Locker, a Zoffany. Una rápida apreciación 
ÚQ. Carlyle contiene un acerado epigrama ("Nada puede hacer que el más 
lindo perro sea querido por aquellos que durante toda la noche son per- 
turbados por sus interminables ladridos a la luna"), y una justiciera exal- 
tación de la cualidad pictórica de Carlyle. 

Estas deliciosas figulinas son tan elegantes como las de Lemaítre, 
y tan libres de sistema, como no sea la manera muy personal del escritor 
para encarar I05 asuntos, 

J. I. 

Some Contemporary Novelists, por R. Brimley Johnson. — i vol. 
r ^^de 221 págs. L. Parsons, London, 1922. 

El autor de este libro ya había publicado una serie de estudios so- 
bre Algunas N^o7'elistas Contemporáneas. Ahora nos da la continuación 
en el presente volumen sobre Algunos Novelistas Contemporáneos. Estu- 
dia en él la personalidad de los novelistas jóvenes más en vista: Walpole, 
George, Mackenzie, Beresford, Swinerton y otros. Estos estudios, como 
los de la serie precedente, están escritos en una forma entusiasta, impe- 
tuosa; rebosan en admiración por la juventud, como lo hacen los nove- 
listas comentados. Johnson com.enta al detalle y atinadamente las obras de 
los autores a medida que va dando algunos de los argumentos de esas 
obras. Con su tema ha hecho un relato animado, a veces muy feliz, con 
com.entarios ; pero carece el libro de orden en la exposición, y de una 
perspectiva cómoda. 

El libro que sobre el mismo asunto escribió hace poco Abel Che- 
valley. Le román anglais de notre tenips, es mucho más ordenado, ele- 
gante y claro. En cambio, el critico francés todavía camina enredado 
en los últimos hilos de la alpargata naturalista. Su criterio artístico es 
el de la imitación de la realidad, de la vida. Y no hay criterio menos 
apropiado para comprender la novela inglesa. En eso Brimley Johnson 
aventaja a Chevalley. Su criterio no se define expresamente, pero aquí 
y allá se, ve que es el de la libre creación artística. 

J. I. 



bibliografía 247 



LIBROS VARIOS 

Código Bolchevique del Matrimonio. — Traducción del francés por 
Julio A. Araujo Müller y Enrique Bares Peralta, con un prólogo del 
Doctor Aicides Calandrelli. — Editorial Tor — Moreno, i 167 — 
Buenos Aires — 1922. 

LA Editorial Tor acaba de editar en un folleto de 80 páginas, este pri- 
mer Código de Leyes de la República Rusa Federativa de los Soviets, 
compuesto de 262 artículos, votados el 16 de Setiembre de 1918 por el 
Comité Central de Soviets y que trata del estado civil, del matrimonio, 
de la familia y de las instituciones tutelares. 

El doctor Aicides Calandrelli, profesor de Derecho Civil Comparado 
de la Facultad de Ciencias Jurídicas de La Plata, nos dice en el prólogo 
que siendo este Código "expresión transaccional de las nuevas aspiracio- 
nes rusas, ofrece diversos aspectos interesantes, que se imponen al aná- 
lisis sereno de políticos, juristas y filósofos, porque es él, al mismo tiem- 
po, producto de un nuevo régimen constitucional y obra legal constructiva 
de principios innovadores conformados en moldes originales recién fun- 
didos". 

Más adelante, refiriéndose a los artículos relativos a la disolución 
del matrimonio, agrega, "que la construcción legislativa del Código Bol- 
chevique, en este particular, no es artificial, y postiza como las similares 
de otros países, a los cuales enorgullecen sus leyes y sus códigos. El 
Código Bolchevique aspira a que se consoliden los matrimonios contraí- 
dos con afecto verdadero y perduren sólo ellos, a virtud de ese vínculo 
espiritual, el único capaz de lograr prácticamente el fin trascendental del 
m.atrimonio. En su ausencia, el matrimonio es una irrealidad. Mante- 
nerlo así es una hipocresía. Complicar y dificultar su disolución, un 
factor de perturbación inútil y pernicioso". 

"Agregúense a esto las previsiones de la ley relativas a la prueba de 
la filiación, concretadas en disposiciones aparentemente inaceptables, pero 
con un fondo moral y filosóficamente respetable, y se apreciará debida- 
mente, el principio fundamental del Derecho Bolchevique, según el cual 
la base de la familia es la filiación efectiva : ninguna diferencia se esta- 
blece entre el parentesco natural y el parentesco legítimo." 

"Otra aspiración socialista ha realizado este Código : la supresión 
del derecho de sucesión ; y la ha realizado con una decisión que no se 
debilita mucho por la transitoria excepción consagrada relativamente a 
las fortunas de diez mil rublos : los hijos no tienen derecho a los bienes 
de los padres y éstos no tienen derecho a los bienes de los hijos." 

Creemos, como el prologuista, que los jóvenes Julio A. Araujo Mü- 
ller y Enrique Bares Peralta, realizando esta traducción han hecho obra 
buena y de innegable utilidad. 

B. 



LA ARGENTINA JUZGADA EN EL EXTRANJERO 



DEi. libro Críticas de Sinceridad y Exactitud que acaba de publicar en 
Caracas D. Laureano ValleniUa Lanz, extraemos el presente capitulo. 
Se titula "La Argentitia que piensa" y está dedicado al señor doctor 
IV. J. Holiand, Director del Museo Carnegie, en Pittsburg. 

Acabo de leer en La Nación, de Buenos Aires, una nota bibliográfica 
sobre la última obra de usted titulada To tlte River Plata and Dack. 
Tratándose de un alto pensador como lo es usted, cuyo nombre es conocido 
ya por algunos de los paises hispano-parlantes, es de todo punto imposible 
dejar pasar en silencio ciertos conceptos absolutamente infundados sobre 
la historia de la Gran República del Plata en comparación con la de los 
otros pueblos de la América llamada latina. 

Para tratar el asunto con la seriedad que debe hacerlo un hombre 
de su reputación, la base primordial la constituye, sin duda alguna, un 
perfecto conocimiento de la evolución histórica de todos estos pueblos, 
los cuales, por multitud de causas, no pueden agruparse en una sola co- 
munidad étnica y social, tanto por las inliuencias mesológicas como por la 
diversidad de grados en que se hizo, en cada una de ellas, la fusión de 
las tres razas que concurrieron a formar su población indo-afro-hispana, 
como por aquí decimos. 

Usted demuestra conocer muy poco la historia de la República Argen- 
tina, que es precisamente uno de los países donde el caudillismo y la 
anarquía asumieron caracteres más bárbaros y sangrientos, a pesar del 
ejemplo de patriotismo que le dejó el General San Martín en su rapidí- 
sima actuación durante la guerra de Independencia. ¿Profesa usted la 
teoría que da a la acción individual una mfluencia decisiva en la evolu- 
ción política de los pueblos ? ¿O cree usted que los instintos políticos 
de éstos dependen, antes que todo, de las influencias ancestrales? Los 
Estados Unidos ¿ son una obra exclusiva de Washington o representan 
una faz de la evolución de la raza anglosajona, cuyos representantes 
echaron las bases de la nacionalidad? No es posible creer, que un hombre 
de la raza de usted esté afiliado exclusivamente a la teoría individualista, 
que sería la negación más completa de la historia misma de su país, donde 
las intituciones políticas y las formas sociales tienen sus orígenes remo- 
tos, según lo demuestra Stevens, (i) en la madre patria, y en donde la 
tradición, hondamente arraigada y firmemente conservada por la ausencia 
del rnestizaje, ahoga casi por completo la acción individual y resiste hasta 
las influencias del medio físico y telúrico. 

Por eso creo que el objeto que usted se ha propuesto en su libro, 
ha sido únicamente el de halagar el orgullo de los argentinos, pagando, 
con un olvido momentáneo de las ideas y sentimientos que deben preva- 

(i) Las fuentes de la Constitución de los Estados Unidos. 



LA ARGENTINA JUZGADA EN EL EXTRANJERO 249 

lecer en un angio-americano, la hospitalidad que le brindara aquel país. 
Esto se comprende ciarauíenie, por la lacuidad con que usted lia caído 
en ..el lugar común de esiauíecer ei oDiigaüo paraielo entre bau iviartuí y 
Bolívar, üepnnuendo a este para levantar ai otro, como lo han hecho 
tantos escritores intonsos y suuvencionaüos, sui detenerse a analizar, como 
esta oUiígado a hacerlo un escritor de la alta mentaiiüad de usieu, el me- 
dio en que actuaron los dos graneles caudillos de la independencia riispauo- 
Americana, y las diversas taces de la revolución en el continente, usted 
alirma que San Martin íiüertó la mitad de la America del dur ; pero 
cana que Bolívar iioertó la otra mitad y completó con las campanas del 
Perú, la oDra que San Martin dejó incompleta, i esto lo ahrmo el mis- 
mo San Martin, en documentos que deDe necesariamente conocer el es- 
critor que se aventure a tratar, siquiera sea inciden talmente, sobre la 
historia de la emancipación liispano-Americana. 

Es sensible que usted, al hacerse lenguas sobre las excelencias del 
republicanismo democrático de la ¿-s^rgemina, aparezca en contradicción 
con ios mas notables pensadores de aquel país, quienes critican consciente- 
inente los grandes tropiezos que aún sufre aüí el íuncionamiento de las 
instituciones libres. Lsted habrá leído seguramente a Ayarragaray, Bun- 
ge, Kivaroia, Ricardo Rojas y tantos otros que, guiados por lui criterio 
esencialmente cientííico, exponen los defectos de aquella democracia alu- 
vional, donde el sentimiento de la nacionalidad se ha ido debilitando por 
la enorme afluencia del elemento extranjero. Ricardo Rojas, que es un 
gran pensador y un grande escritor, con una probidad y un patriotismo 
ejemplarísimos ha escrito un libro: La Restauración i\ acionalista, cuyo 
solo titulo lo dice todo. , 

No hay proporción alguna entre lo que pueden ganar los pueblos con 
esas exageradas alabanzas de los extranjeros y lo que en realidad pierden 
en reputación los escritores que las prodigan. Pero hay algo mas censu- 
rable ai'in : el fundar aquellas alabanzas en la depresión de otros países , 
cuya evolución y cuya historia se ignoran. Todos estos pueblos de Amé- 
rica son muy dignos de estudio. Cada uno de ellos tiene faces distintas 
como son distintos su clima, sti constitución geográfica y geológica, su 
flora y su fauna. 

Usted cree que nosotros, los hispano-americanos, no debemos lla- 
marnos latinos. Usted parte del supuesto negado de la existencia en el 
mundo de una raca latina, en sentido puramente etnológico." Usted sabe 
que el factor raza, y este asunto está admirablemente tratado por 
Ward, (i) se halla hoy relegado por la ciencia a un término muy se- 
cundario, y que la antroposociología es desde hace algún tiempo una 
ciencia en derrota. Cuando los hispano-americanos hablamos de pueblos 
de ra::a latina, tomamos el término raxra por el de mentalidad, psicología, 
alma, espíritu, cultura, porque nadie puede negar la influencia de Roma 
en los pueblos de razas distintas que estuvieron sometidos al Imperio, y 
que heredaron, junto con el espíritu 'de la lengua latina, el espíritu de 
.sus institución' s políticas y sociales. Un grande escritor hispano-ame- 
ricano, don Andrés Bello, el educador de Chile, hijo de Venezuela, con- 
sideró al pueblo español, tanto por el idioma como por la índole institu- 
cional y la forma colonizadora, como el heredero más directo del imperio 
romano. Están en lo cierto quienes tomando el término ra::a en un sen- 
tido puramente sociológico, consideran- a los franceses, italianos, espa- 
ñoles, portugueses e hispano-americanos, como pueblos de raza latina, po- 
seedores todos de una psicología especial, que hasta los inclina fisiológi- 
camente al cruzamiento, en condiciones ventajosísimas para sus productos. 
Todo el mundo sabe la separación, el aislamiento irreductible en que viven 
los italianos en los Estados Unidos, sin mezclarse con el elemento anglo- 



(i) Sociologia pura. 



250 NOSOTROS 

y 

sajón, cuando en Hispano-América y especialmente en Argentina, a donde 
han acudido en mayor número, se funden inmediatamente con la pobla- 
ción ibero-americana, (como quiere usted que se diga), al extremo de 
que "sea el elemento italiano el que ha dado más hijos argentinos." 

En ese tópico de la mentalidad o de la raza latina, se funda todo 
el libro de Ricardo Rojas, preconizando para su país la necesidad de una 
educación apropiada, que restaure el nacionalismo, es decir, que devuelva 
sus fueros a la tradición latina. Entre los medios pedagógicos propues- 
tos por Rojas, está en primer término la enseñanza de la historia : "El 
Profesor de Historia — dice — deberá hacer comprender a sus alumnos, 
que la tradición es la base natural de la Historia, y que siendo nosotros 
latinos de espíritu, españoles de idioma, americanos de territorio, debemos 
estudiar esas tres faces sucesivas de nuestra tradición, antes de estudiar 
la propia nacionalidad." 

La República Argentina es sin duda alguna el país de Hispano- 
América que menos necesidad tiene de subvencionar extranjeros que va- 
yan a estudiar su evolución social. Ella puede envanecerse de haber pro- 
ducido el primer sociólogo de! Nuevo Atundo, en el eminente Sarmiento. 
En facundo y en Conflicto y Armonía de las rocas de América, se ha- 
llan esbozadas todas, absolutamente todas las teorías sociológicas de ra- 
cional aplicación en el desenvolvimiento de estos pueblos. Quien conozca 
a fondo la literatura de la ciencia social, podría fácilmente anotar al 
margen de las obras de Sarmiento, los nombres de los sociólogos que 
más tarde han expuesto las diversas teorías que al presente se disputan 
el dominio de la sociología. ¿ Por qué no habrán emprendido los argen- 
tinos, un trabajo de análisis que llevara por título "Sarmiento y la Cien- 
cia ^foderna"? Ingenieros, encuentra expuestos por el grande hombre 
los hechos que revelan el móvil económico de la revolución de la Inde- 
pendencia, de acuerdo con la teoría preconizada primero por Marx y 
más tarde por Aquiles Loria ; y fácil es ver cómo en la etiología del 
caudillisnlo argentino, que tanta semejanza tiene con el de otros países 
de igual constitución geográfica, se halla comprobada la doctrina de Mat- 
teuzzi fi), sobre la influencia del medio físico y telúrico, y la de Ratzel, 
que mira el medio geográfico como el factor esencial en la formación de 
las sociedades. 

En el sentido intelectual, la poderosa individualidad de Sarmiento sí 
ha jugado, como la de Andrés Bello en Chile, un pnpel importantísimo en 
el desenvolvimiento de la República Argentina. El "método" de Sar- 
miento, que es genial porque está fundado en la observación minuciosa 
y consciente de los hechos, cualidad que aquel hombre poseyó en tan 
alto grado como el Libertador Simón Bolívar, quien tantas cosas pro- 
fundas dejó escritas sobre nuestra América; ese método, que está dentro 
del más iusto criterio de la ciencia moderna, ha tenido en aquel país un 
selecto grupo de continuadores que constituyen una élite, de la cual podría 
envanecerse cualcuiera de 1os pueblos de antigua civilización, y que vale 
más para el estudio de su psicología que todas las cosechas de ganados y 
cereales, que todas esas fortunas fabulosas donde los modernos adora- 
dores del bíblico Becerro han hallado im motivo inagotable de alabanzas 
y una fuente más inagotable aún de proventos, por halagar la vanidad 
de aquellos a quienes Avarragaray llama los enriquecidos, "porque ape- 
nas les basta ver hacia dos generaciones atrás, para encontrarse con unas 
botas de potro o con un par de alpargatas". 

Fn esa élite, está representado lo que Novicow considera como el 
si'nsoriíiv'i . el cerebro nue elabora los pensamientos y los sentimientos 
del agregado social. Fn medio de la afluencia enorme de gentes de 
todas las razas, llegadas allí como los aventureros de todas las épocas 



fi^ Los factores de la evolución de los pueblos. 



LA ARGENTINA JUZGADA EN EL EXTRANJERO 251 

a explotar el suelo, a solicitar fortuna por cuantos medios lícitos e ilí- 
citos sean posibles, la Argentina continúa y continuará siempre repre- 
sentada por sus hombres de ciencia, por sus poetas, por sus literatos y 
por sus artistas, aunque ellos mismos se quejen de que "la falta de cul- 
tura, la indiferencia con médula mercantil, el poco apego al concepto, 
sean obstáculos que privan al escritor de base para cimentar su fama." (i) 
Sírvales de consuelo la observación del mismo sociólogo ruso de que la 
éli'.e social (intelectual, artística y científica) permanece frecuentemente 
extraña a la plutocracia y al gobierno. "Toda una ciudad, toda una 
nación — ha dichu Anatole BVance — residen en algunas personas que 
piensan con más fuerza y más claridad que las otras..." , 

La Argentina intelectual, la que yo admiro, la que yo aprecio en 
hornbres como Vicente Fidel López, Joaquín V. González, los Ramos 
Mejía, Ernesto Quesada, Ayarragaray, Ricardo Rojas, Carlus Octavio 
Bunge, Rodolfo Rivarola, Lugones, Larreta, Alberini, Justo, para no 
nombrar sino unos pocos de los más representativos en dos generaciones, 
«sa es la que desconocen todos los escritores extranjeros que llegan a 
Buenos Aires a no admirar sino los estupendos progresos materiales y, 
como Gómez Carrillo, a hacer superficiales comparaciones . entre la Ave- 
nida de Mayo y los bulevares de París. 

Usted desconoce también la existencia de esa Argentina intelectual, 
y aunque parece que usted quiso limitarse únicamente al estudio del suelo 
y del desarrollo de la riqueza, su incursión por otros dominios le obliga- 
ba a hablar de la mentalidad del país, por más que usted se detenga 
ante la consideración de que el argentino ha dejado de ser político para 
convertirse, como el compatriota de usted, en "un ardiente perseguidor 
del dóllar". 

Dice usted que "el reinado supremo allí es ahora el del espíritu co- 
mercial e industrial". ¿Le parece a usted que es éste también el único, 
el supremo ideal de un pueblo? Los pueblos millonarios, como los hom- 
bres millonarios, después de haber solicitado en el acaparamiento insa- 
ciable del pro el colmo de la felicidad terrenal, se tornan idealistas y 
llegan a la pretensión, casi nunca realizada, de querer comprar con sus 
millones un poco de la reputación que los otros hombres y los otros pueblos 
conquistan por los únicos esfuerzos' de su espíritu. Y la vida comprueba, 
que no siempre la capacidad intelectual se halla en razón directa de la 
capacidad económica. El fundador de ese Musco de que usted es Direc- 
tor, es un elocuentísimo ejemplo de que el hombre de cierto nivel inte- 
lectual, no puede satisfacerse únicamente con el brillo de sus millones. 
Míster Carnegie es un idealista, un exagerado idealista que ha venido ali- 
mentando una de las mayores utopias que ha podido concebir el cerebro 
humano: la paz universal. Míster Carnegie es casi un poeta, que se 
halla hoy a pique de ver destruido por los cañones alemanes el hermoso 
palacio de La Haya, consagrado como un templo a sus ensueños paci- 
fistas. (2) 

Los pueblos no viven sino por la obra de sus hombres intelectuales. 
La historia no se ha hecho nunca con el solo elemento de la estadística; 
y Grecia fulgurará en los anales del género humano con más vivos res- 
plandores que Cartago. 

La Argentina, representada en xa estatua de Sarmiento, a cuyos pies 
corren indiferentes esas multitudes aluvionales, ardientes perseguidoras del 
dóllar, hablará siempre más alto en el mundo, que esa Argentina cose- 
chera, donde, según usted afirma, ejerce Mercurio el reinado supremo. 
Todavía, afortunadamente para el espíritu humano, existen muchos tontos 



d') AcÉVEDo-DÍAZ. Los Nuestros. 
(2) Este artículo fué escrito en 1915. 



252 NOSOTROS 

en el mundo para quienes Emerson, Poe y William James representan 
más brillantemente a la patria de usted que los reyes del acero o del 
petróleo. 

Cuando Ricardo Rojas se presentó al Ateneo de Madrid en 1908, 
y quiso dar a conocer a su patria, no se le ocurrió deslumhrar al audi- 
torio con el recuerdo de los tabuiosos progresos y de las engañosas pers- 
pectivas que sirvieron al. español Blasco Ibanez, convenido en perseguidor 
ardiente del dóUar, para arrastrar en pus de sus ambiciones pecuniarias 
una multitud de sus compatriotas, resucitando Eidorado legendario, con 
sus brillantes mirajes y sus espantosas realidades; Rojas hizo lo estaba 
en absoluta consonancia con su mentalidad latina y con su corazón de 
patriota : habló "en nombre del idealismo impersonal que constituye la 
norma de su vida civil y del fecundo anhelo que, desde el primer instante 
de su carrera literaria, le movió a servir dentro de su patria a la res- 
tauración de las tradiciones castizas, y fuera de ella al acercamiento de 
los pueblos hispanos". Y en una síntesis admirable, trazó la vida y la 
obra de Olegario Andrade, el gran poeta "que por la sonoridad de sus 
estrofas, por la grandeza de su fantasía, por la espontaneidad de su 
inspiración, por el hálito de sus virtudes civiles y por los épicos alien- 
tos que animan toda su obra, ocupa en las jerarquías literarias del Río 
de la Plata puesto de preeminencia, y ofrece a la vez una inexpresa con- 
cordancia entre los ideales de sus cantos y los ideales que han glorificado 
los más bellos monumentos de la evolución argentina!" 

Imposibde sería negar la importancia de las funciones ejercidas en 
los organismos superiores por cada uno de los órganos que los constituyen, 
pero nadie negara tampoco que en la sociedad como en el hombre, — 
aceptando las analogías establecidas por el biologismo social — el cere- 
bro desempeña más nobles funciones que el. estómago. 

Es por esa razón que considero como un acto de inconsciencia, que 
hiere profundamente nuestros idealismos latino-americanos, el aplauso con 
que la prensa de Buenos Aires recibe esos libros en que se desconoce la 
ol)ra de la hitelectualidad argentina, para presentar a la patria de Al- 
berdi como una California de proporciones colosales, donde el reinado 
supremo, como usted afirma, corresponde exclusivamente al espíritu co- 
mercial. Esa será la Argentina que usted ha querido ver, pero no el 
pueblo latino que, a pesar de su portentosa transformación económica, 
ha conservado sus tradiciones intelectuales, de Sarmiento a Ricardo Ro- 
jas" de Olegario Andrade a Leopoldo Lugones. Es triste ver cómo los 
escritores extranjeros silencian por completo esa faz de la evolución de 
aquel pueblo, ciue en nuestro concepto, puramente latino, es sin duda 
alguna la más elevada y la más noble. 

Laureano Vai.i,í;nii,I/A I<anz. 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS JUZGADOS EN EL 
EXTRANJERO 



Ensayo histórico sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno, 

por Ricardo Levene. 

EN ¡a Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay (To- 
mo II, N° i; 1921) se ha publicado con las iniciales del historiador 
don Gustavo Gallinal, el juicio siguiente : 

Forma parte de la serie que publica la Facultad de Derecho y Cien- 
cias Sociales de Buenos Aires, este libro que el doctor Ricardo Levene 
consagra a estudiar algunos aspectos de la revolución de Mayo, singu- 
larmente el aspecto económico, institucional y jurídico. 

Acaso el estudio económico, con ser los otros indicados muy nutri- 
dos, es el que está expuesto con mayor acopio de datos, más rico en 
antecedentes ignorados o esclarecidos más profundamente por una crí- 
tica nueva. Rastrea el autor las transformaciones profundas que mo- 
difican la estructura económica de la sociedad colonial durante el siglo 
XVIII. Las vastas reformas impulsadas por los grandes estadistas que 
ilustran los reinados diversos de la dinastía borbónica, son el preludio 
y la preparación de la que trae consigo el movimiento emancipador de 
1810. Este movimiento es su culminación y coronamiento. El reglamento 
de comercio libre, el comercio negrero y con colonias extranjeras, estas 
y otras innovaciones que la iniciativa de gobernantes esclarecidos o im- 
periosas necesidades económicas fueron estableciendo, forman y robus- 
tecen en el naciente espíritu público, la conciencia de la artificiosidad 
antinatural y opresora del régimen antiguo. La lucha económica se agu- 
diza al aproximarse la época revolucionaria, . pronunciándose la banca- 
rrota económica y fin'anciera del régimen. En 1806 y 1808 el Cabildo 
de Buenos Aires vota por sí nuevos impuestos, infringiendo por la fa- 
talidad de las cosas una de las más preciosas regalías de la corona. A 
raíz de la ocupación inglesa, los comerciantes de Montevideo, que han 
beneficiado del comercio con los mercaderes que acompañaron a los in- 
vasores, protestan cuando la autoridad intenta reprimirlo. La célebre 
medida del virrey Cisneros es inspirada en motivos políticos principal- 
mente : aquella trascendental resolución tendía a arrebatar hábilmente la 
bandera de la reforma económica de manos de los descontentos. Moreno 
combatió en vano, sin ser oído, las restricciones con que "el virrey con- 
temporizador" desvirtuó en mucha parte el alcance práctico de aquella 
innovación. En 1808, la Corte portuguesa refugiada en el Brasil, bajo 
la inspiración de un economista preclaro, José da Silva Lisboa, había 
abierto al comercio los puertos de aquella colonia, en forma mucho más 
amplia y liberal que el virrey español en el Río de la Plata. En los 
últimos años los trabajos y contribuciones documentales de los escritores 



254 NOSOTROS 

argentinos han aportado un enorme caudal de datos y antecedentes para 
renovar la historia económica de la revolución; ellos permiten poner bajo 
una luz nueva y juzgar en forma diversa de los historiadores clásicos 
estos antecedentes. El doctor Ricardo Levene, que ha sido uno de los 
más laboriosos y fecundos obreros de esa tarea, realiza en este libro un 
ensayo de síntesis y coordinación muy valioso. 

La lucha por el derecho nuevo, la formación de la nueva conciencia 
jurídica, es otro de los tópicos del libro. Cuando Moreno se educa en 
la Universidad de Chuquisaca, se debaten en el escenario del Alto Perú 
dos figuras representativas y contrarias, manteniendo una lucha tenaz. 
Victoriande Villava, fiscal de la Audiencia de Charcas, el austero juez 
residenciador del virrey marqués de Loreto, escribe el discurso sobre la 
Mita de Potosí, rebosante de ideas humanitarias y defiende contra Fran- 
cisco de Paula Sanz, erigido en corrompido defensor de los intereses 
creados y los perjuicios económicos, los derechos vitales de los aboríge- 
nes explotados. Villava es autor de los Apuniamienfos para la reforma 
del reino, en los que bullen novedosas ideas de cambios políticos y so- 
ciales. Mariano Moreno conoce, acaso, personalmente a Villava y sufre, 
sin duda, su influencia. 

Su Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios, com- 
prueba que ha fructificado en él aquella simiente espiritual de amor a 
los humildes y a los indios americanos, cuya condición le inspira nobles 
páginas. Producida la revolución, desde la Caseta Moreno saludó a Vi- 
llava, ya muerto, como uno de los precursores de la emancipación. 

Anotamos también, como un 4ema sugerente de meditación y de estu- 
dio, que el autor señala la influencia de los grandes maestros del derecho 
indiano " — particularmente de Solórzano Pereyra — sobre la ideología 
de los hombres de la revolución. En Moreno, afirma, "acaso, han tenido 
tanta significación política las lecturas y comentarios del Contrato So- 
cial de Rousseau, como las de la Política Indiana de Solórzano". 

Los intentos de independencia en el Río de la Plata son materia 
narrada en varios capítulos. A partir de 1781, reseña o estudia los si- 
guientes movimientos de rebeldía : la pesquisa del oidor Bazo y Berry 
en 1805, las causas seguidas contra Rodríguez Peña y Paroissien, contra 
Martín Alzaga y Sentenach, los sucesos relacionados con los ingleses 
invasores, los diversos planes relativos a la infanta Carlota Joaquina, 
la actuación de Pueyrredón, como representante en España, el movimiento 
de Chuquisaca, la revolución de La Paz, y, finalmente, la agitación de 
los núcleos patriotas en Buenos Aires, en los sucesos de 1809 y 1810... 
Estos estudios, que hemos reseñado en forma muy sumaria e incompleta, 
llenan el volumen primero. 

El segundo se abre estudiando el órgano y fórmula jurídica de la 
Revolución. El Cabildo abierto representa más bien para el autor, du- 
rante mucho tiempo, "a modo de un acuerdo general de la administra- 
ción", de vecinos conspicuos. Al descomponerse el régimen colonial, 
caducan las viejas jerarquías y el pueblo se acerca a golpear las cerradas 
puertas de las salas dé acuerdos. I,a fórmula de la revolución, la Junta, 
es proclamada de Montevideo y Buenos Aires por Pérez Castellano, Puey- 
rredón, Moldes, Castelli, Moreno... 

El Congreso General de 22 de mayo es, estudiado íntimamente, para 
el doctor Levene, una institución nueva "engendrada _ e impuesta por los 
acontecimientos", apartada del tipo clásico del Cabildo abierto, aunque 
sea en la forma lo mismo. En él interviene la entidad "pueblo". Estudia 
largamente el desarrollo de esta asamblea y las fórmulas en torno de las 
cuales giró la pugna de los partidos, si de partidos puede hablarse. "Esta- 
ba ausente el enérgico director espiritual" de aquel Congreso. El pueblo 
anónimo, capitaneado por French y Berutti, salvó a la revolución. 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS 256 

El doctor Levene distingtie en esta hora primera tres partidos : el 
extremo núcleo que encarna el derecho histórico y defiende su conser- 
vación ; el extremo opuesto que tiende hacia la revolución por la inde- 
pendencia y es en su mayoría monarquista, y el moderado, que aspira 
a la realización de reformas generales. 

La acción de las instituciones del régimen antiguo, el Cabildo, la 
Audiencia, los gobernadores intendentes, es estudiada sucesivamente. Y 
la formación de los diversos núcleos de reacción en el Aito Perú, Cór- 
doba, Montevideo . . . Aqui se encuentra el escritor con el famoso plan 
terrorista que, atribuido a Moreno, ha provocado tan fuertes y apasio- 
nadas contradicciones. El análisis del doctor Levene agrega presunciones 
nuevas fuertes para la tesis negativa, la que, en una polémica que nos 
resulta en la forma por demás áspera, defendió Groussac con crítica 
admirable por su penetración y su vigor dialéctico. 

El doctor Levene ha identificado, por confrontación de letras, al au- 
tor de la copia del Plan que conserva el Archivo de Indias: se trata 
(el descubrimiento es muy sugerente para quien recuerde las deducciones 
de Groussac), del teniente de artillería montevideano Andrés Alvarez de 
Toledo. El estudio del doctor Levene no es absolutamente concluyente, 
pero hace mucha fuerza a la convicción. Se desprende, salvo prueba en 
contrario, que el Plan es apócrifo. 

Menos convincentes nos resuiian las consideraciones sobre el "cas- 
tigo ejemplar", llevado a cabo con respecto a los vencidos, y rendidos, 
conspiradores de Córdoba y Alto Perú, Moreno no es el único autor, sin 
duda, pero es "la cabeza pesante y el brazo enérgico" y puesto que re- 
coge con justicia de aquella Junta de que fué nervio la mayor gloria, 
justo es también que recoja las máximas responsai)ilidadc:s históricas. El 
castigo ejemplar no queda justificado — o expiicado, porque el autor 
parece establecer ese matiz — mostrando los peligros reales que amena- 
zaban a la revolución y los propósitos condenables de los conspiradores. 
La revolución no necesitaba derramar sangre de Liniers para salvarse. 
Lord Stranford interpretó bien un sentimiento desfavorable que causó 
aquella política terrorista. Y luego, si la represión sangrienta ejercida 
por los patriotas es explicable, también debe serlo la que ejecuten los 
defensores del régimen antiguo, creyendo igualmente salvar la causa de 
la justicia. El señor Paul Groussac, ya que recientemente nos hemos re- 
ferido a él séanos lícito aceptar ahora su opinión, ha escrito un relato 
admirable, lleno de color y henchido de fuerte emoción sobre la tragedia 
en que terminó la vida del héroe de la Reconquista. Nosotros creemos 
que está esa página tan llena de verdad como de hermosura. Siempre 
la sangre de las víctimas clama al cielo. Siempre la política terrorista, 
al crear mártiies, suscita vengadores. Jamás ha hecho caer las armas 
de manos de ningún soldado. 

El comienzo de la obra orgánica de la Revolución, el estudio minu- 
cioso de los aspectos diplomático, económico y político de la labor de 
la primera Junta, es el tema de los capítulos finales del libro. Detiénese 
el escritor a analizar las ideas constitucionales de Moreno. A la luz, 
en parte, de nuevos documentos que exhuma, estudia la actividad extra- 
ordinaria de Moreno, su acción fulminante en aquel breve e intenso mt)- 
mento de su vida pública, fugaz y fulgurante como una estrella que 
cruza dejando un rastro fosforescente en la sombra. 

La diplomacia inicial de la Junta Gubernativa, su política interna y 
su acción administrativa, ocupan nutridos capítulos. La investigación de 
las ideas de Moreno hecha sobre los escritos conocidos y sobre otros 
numerosos que el autor ha descubierto y publica, es parte principalísima 
del trabajo. Con respecto al pensamiento de Moreno en materia de fe- 
deralismo, el criterio del autor establece un distingo entre la teoría y la 



256 NOSOTROS 

práctica. En la práctica, la Junta de que fué inspirador, siguió una 
püUtica centralizadora, determinada por razones de necesidad inmediata 
de la causa revolucionaria; en teoría "'Ja docirina abrazada por los hom- 
bres die Buenos Aires en 1810 — y Moreno a su frente — para organizar 
el país en cuya obra querian ponerse de ininediato, es federal". Las 
fórmulas en que encuentra afirmada esa convicción federal de Moreno, 
nos resultan vagas fórmulas, promesas sin contornos precisos y nítidos 
de notas oficiales, en las que no alienta el espíritu del federalismo his- 
tórico. 

En definitiva : el doctor Ricardo Eevene trae una contribución do- 
cumental y crítica considerable para el estudio del período que su obra 
.abraza. Aporta nuevos elementos de juicio, documentos numerosos y de 
verdadero interés, escritos inéditos que permiten estudiarlo y estudiar tam- 
bién la personalidad de Moreno, su formación espiritual, su actuación 
atiíes de la Revolución de Aiayo y en el seno de la Junta de 1810. Abun- 
dan también en la obra los puntos de vista nuevos y originales, las su- 
gestiones para poner bajo una nueva luz, sucesos, instituciones y perso- 
nalidades hisióncas. Esa obra ha absorbido años de labor inteligente, 
íiemos -señalado al pasar algún tema de disidencia con las opiniones y 
juicios que en ella vierte su autor; podríamos señalar otros, si tal tarea 
fuera para una breve nota de información. Dicho queda que hay en ella 
mucho que aprender. Digamos ahora que la forma en que está escrita 
es sobria y eficaz : es una obra de investigación y de estudio, en la que 
no falta tampoco aquel género de hermosura severa que resulta del mé- 
todo excelente a que se ajustan sus partes todas, del principio de orden, 
de claridad y de armonía que la preside. 

El Himno de mi Trabajo, poesías, por Bmesto Mario Barreda. 

A PARTE del título de este libro, que no me gusta, pues se me antoja como 
•* forzado, como de escaso relieve poético, creo cumplir un deber do 
rudimentaria justicia declarando que el contenido de este tomo es digno 
en un todo del merecido renombre de que disfruta su celebrado autor en 
las letras Jiispanoamericanas. Ernesto Mario Barreda es ya un poeta 
consagrado por la crítica serena y reflexiva. En su frente resplandece 
con singular brillo la diadema apolínea. Ha publicado ya varios libros 
de versos y en todos ellos se ve un espíritu en personal proceso de evo- 
lución que, sin abdicar en lo más mínimo nada de lo que constituye su 
fondo imaginativo y sensible, sabe y puede espaciarse a sus anchas por 
esferas muy luminosas de sanos y redentores aspectos de la realidad 
circunstante. 

En la poesía con que se abre este libro. La ciudad, nos da una muy 
armoniosa sensación de vida urbana, un verdadero cuadro pleno de pin- 
torescos atisbos, en que nada sobra o desentona... 

Pero donde su facultad descriptiva se complace más, es más sentida, 
más intensa, es cuando refleja en sus creaciones poéticas, con vigorosas 
pinceladas, la vida del campo, los mik sugerentes aspectos de^ la natu- 
raleza virgen. Entre su espíritu y el campo hay no sé qué afinidad 
íntima y estrecha, que él sabe reflejar de inconfundible y muy atrayentc 
rnanera en sus sonoras y expresivas estrofas. Por eso exclama con ver- 
dadera vibración íntima : 

Yo soy el que siembra, yo soy el que canta. 
De pájaro tengo,- de germen palpito: 
" Y al himno profundo que el mundo levanta, 

Responde mi vida con todo su grito! 

En estos versos hay ideas y sentimientos y no escasa intensidad 
emotiva. En las imágenes, siempre pintorescas y acertadas, se advierte 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS 257 

cierta frescura de imaginación creadora, muy digna de tenerse en cuenta 
al hablar de este notable poeta argentino. 

No es un innovador rítmico, aunque tampoco es monótono o cansado 
en sus moldes de expresión poética. Con metrificación diversa, sin ce- 
ñirse a una constante medida silábica, forma una variedad de combina- 
ciones estróficas de cierta musicalidad, en que vibra de continuo un ritmo 
muy peculiar y atrayente, de positiva vibración lírica, donde aparece en 
todos los instantes una personalidad de poeta, de genuino poeta. 

Fed. García Godoy. 

Santo Domingo. 



LAS REVISTAS 



Don Ramón María del Valle Inclán 

P N Hermes {marzo), la notable revista de Bilbao, se ha publicado el si- 
^ guíente artículo de Sahador de Madaríaga: 

Hay -al Norte de la Península española una región en la que el Piri- 
neo7 después de haber vencido al mar en varios centenares de leguas, ceda 
al fin a los asaltos del agua y se resquebraja. En esta región, tierra y mar 
se entrelazan íntimamente formando senos marinos que los habitantes de- 
signan característicamente feminizando la palabra castellana río. — Son las 
tranquilas y poéticas rías de Galicia. Aquí, el espíritu roqueño y duro de la 
España del Norte se ablanda a los vientos que soplan del mar, templados 
por la Corriente del Golfo y cargados de una humedad que reviste valles 
y colinas de un rico manto de verdor. El roble añoso y el frondoso casta- 
ño pueblan los flancos y cimas de las ondulantes alturas y largas hileras 
de temblorosos abedules acompañan a los abundantes y rumorosos ríos. 
Los valles son amplios ; las alturas no con exceso imponentes y la luz se 
filtra a través de los delicados velos que las hadas del agua tejen en el aire 
— ya una invisible humedad, ya grises nieblas, ya lanosa bruma, ya el 
cendal de seda de la lluvia que pende en el «spacio silencioso. Ni demasia- 
do estrecho, como en Vasconia, ni demasiado ancho, como en las llanuras 
de Castilla, el paisaje tiene la capacidad más propicia a la vida comunal. 
Es animado y pacífico, tranquilo y rumoroso con los rumores del agua y 
de los animales y de los seres humanos y de ilimitados y ondulantes fo- 
llajes. 

El nombre de esta tierra — Galicia — guarda estrecha relación filo- 
lógica con todo un grupo de nombres — Portugal, Galia, Gaélico, Gales, 
Walon — que parecen indicar cierto parentesco de raza o lengua entre va- 
rios pueblos de la Europa occidental . Es pues país favorito para las lu- 
cubraciones del celtomaniaco, y aun a los creyentes en la "Bestia Rubia" 
no deja de ofrecer el dato sugestivo dfe una antigua dominación por la 
tribu germánica de los Suevos que parece haber dejado trazas en ciertos 
tipos de gran belleza, pelirrojos y de azuladas pupilas. 

Sea esto como fuere, el caso es que el tipo gallego difiere notable- 
mente del castellano. La lengua de Galicia puede definirse someramente 
como un portugués libre de la evolución nasal que el portugués propia- 
mente dicho ha sufrido, quizá bajo la influencia francesa. El gallego es 
pues más blando y melodioso que el castellano y tan superior a él en cua- 
lidad lírica como inferior en poder dramático. En lo literario, existe aná- 
loga relación entre el genio castellano y el de Galicia. Es hoy opinión 
general que la poesía castellana nació en forma épica y dramática y que 
recibió de Galicia su vena lírica, a tal punto que los poetas castellanos, de 
cualquier región de Castilla que fuesen, en gallego cantaron sus primeros 



LAS REVISTAS 259 

ensayos líricos aun cuando se expresasen en castellano para los fines más 
utilitarios de la narración y de ia moraleja. 

Se ha querido explicar a veces la admirable floración de la poesía 
gallega que tuvo lugar en los siglos xni y xiv por la influencia provenzal 
que penetró hasta Galicia por el Camino de Santiago. La hipóicsis no 
me parece ni suficiente ni necesaria, puesto que ni explica por qué tal in- 
fluencia no hizo brotar similares floraciones líricas en el largo trecho del 
Camino que queda fuera de Galicia, ni tiene cuenta de que, en sus formas 
más sentidas y originales, la poesía gallega fué püpu:ar, es decir, jiacida 
en las capas menos accesibles a la influencia de un arte expresado en len- 
gua extranjera. Hay además entre una y otra poesía una diferencia nota- 
ble, a saber, que mientras en el arte de Provenza la forma resulta de la 
aplicación de diseños intelectuales, en la poesía gallega es natural expre- 
sión de un sentimiento musical tan en armonía con el carácter del país que 
ha conservado hasta la fecha sus rasgos típicos. La conclusión natural es 
que la poesía gallega, más o menos estimulada por influencias extrañas, 
debe su origen a tendencias innatas en la raza y tierra en que floreció. 

Por su sentido de la melodía, por su gracia meiga y su don emotivo, la 
poesía gallega se distingue netamente de la castellana. Hasta hoy perduran 
dos rasgos que se han observado en sus formas medioevales : es hoy co- 
mo antaño una poesía en la que predomina el tema del amor ; y está conce- 
bida las más de las veces desde el punto de vista de la mujer, y aun a ve- 
ces creada por mujeres. Así pues, la poesía gallega es tres veces femeni- 
na: por su punto de vista (sino por su origen mismo), por el predominio 
del amor entre sus temas, y por su ternura. Añadamos un cuarto rasgo 
femenino, un sentido de la forma que no es externo o intelectual, sino mu- 
sical e interno y debido directamente a la emoción. 

En el siglo XIX, Galicia ha probado la persistencia de todos estos ca- 
racteres de su poesía dando a las letras españolas una poetisa genial : Ro- 
salía Castro, cuyos poemas son las m's ricos en emoción sincera y los más 
originales en forma y melodía que España ha producido en los tiempos 
modernos hasta el advenimiento de la escuela contemporánea con Rubén 
Darío. El espíritu gallego se halla hoy en día admirable si menos fiel- 
mente representado en las letras españolas por un poeta y novelista de gran 
talento, imaginación y aptitud artística : Don Ramón María del Valle 
Inclán. 

Un buen nombre es tan necesario al poeta como un buen marco a un 
cuadro . ¡ Mera fachada ! Puede ser . Pero no olvidemos que la fachada es 
parte, y no la menos importante, del edificio. Shakespeare no sería el mis- 
mo si se llamase Bacon (i), argumento que debiera bastar para rebatir 
la herejía baconiana. El nombre de Milton es una rotundidad digna de la 
poesía del Paraíso Perdido. Hay poetas que no han tenido suerte con sus 
nombres — así Corneille, aunque a decir verdad el adjetivo cornélien no 
deja de tener cierta grandeza intrínseca e independiente de la obra que de- 
signa; otros, que corrigieron en esto al destino con seguro instinto de 
como debían llamarse — así, Arouet que admirablemente se confirmó 
Voltaire. Hubo un instante en que, a causa de graves desaveniencias, lin- 
dantes con el divorcio, entre el General y Madame Hugo, Víctor Hugo 
estuvo a punto de llevar por nombre Víctor Trébuchet, hecho que habría 
influido de seguro en su poesía. Pero en general los poetas franceses reci- 
ben de la naturaleza nombres de feliz propiedad. Los de Villon. M?rot, 
Baudelaire, Leconte de Lisie, son verdaderos retratos de los poetas que 
los llevaron. Y no se eche de lado como frivola esta disquisición. Por ab- 
surdo que parezca, no cabe duda de que Nietzsche, apóstol del vigor v de 
la acción, tiene en el vulgo seudo-leído fama de lo contrarío a causa de 
las asociaciones subconscientes que se forman entre su nombre y conceptos 

(i) Que quiere decir tocino. 



260 NOSOTROS 

negativos o que pasan por tales, como nirvana, nihilismo, nilchevo. En 
nuestros días, Stravinsky lucha no sólo contra arraigados hábitos auditi- 
vos sino también contra la idea de extravagancia que sugiere su propio 
nombre. Y en la ascensión de Goethe al pináculo de la gloria europea no 
cabe negar que actuó sobre su alma como sobre el sentir público la suges- 
tión de un nombre tan majestuoso, en alemán semidivino. (Gott: Dios). 

Don Ramón María del Valle Inclán es un poeta de excelente oído 
para los sones y ritmos del lenguaje. Propio es pues que su nombre cante 
naturalmente un endecasílabo heroico si bien de moderno andar. Es un 
verso tan perfecto y de cualidades tan equilibradas que el arte no podría 
ii más allá. La naturaleza, en este caso representada por sus padrinos, re- 
veló tan sutil sentido de la prosodia castellana como el propio Valle Inclán, 
al insertar ese admirable María, cuya grácil y femenina cadencia alarga 
el verso hasta el número heroico suavizando a la vez la acusada sucesión 
de acentos masculinos que contiene. Rubén Darío, que sabía de estas co- 
sas, sintió de tal modo la fascinación de este verso patronímico que hizo de 
él el refrán de su famosa balada en honor del poeta cuyo nombre canta. 
Pero, aparte su cualidad musical, este nombre es representativo de nuestro 
poeta por otros rasgos no menos típicos — así, el sentido de la forma que 
revela, forma bien dibujada y neta, si bien quizá demasiado exclusiva- 
mente auditiva ; así, su caballeresca sonoridad, que sugiere el elemento no- 
biliario, más que aristocrático, del arte de Valle Inclán, ; así el simbólico 
María, que recuerda la importancia que la mujer ocupa en la obra del poe- 
ta ; así la osadía de un nombre tan altisonante frente a la ramplona sen- 
cillez del mundo moderno, que indica que don Ramón María del Valle In- 
clán no teme pasar por singular y demodado, ni aun por sospechoso de 
complacerse en "épater le bourgeois". 

Don Ramón María del Valle Inclán es entre los poetas españoles qui- 
zá el más rico en sentido musical y en forma. El encanto especial de su 
poesía se debe en buena parte al juego de acuerdo y oposición entre dos 
tendencias ya observadas en la poesía gallega antigua y que se dan en él 
— una vena popular, rica en emoción y ritmo, y una afición consciente 
por los refinamientos formales del genio exquisito de Francia. Nuestro 
poeta no ignora la existencia de esta doble corriente en su obra, como lo 
prueba el siguiente dístico, por él aplicado a su deliciosa Marquesa Rosa- 
linda, pero que puede generalizarse a toda su poesía: 

Olor de rosa y de manzana 
Tendrán mis versos a la vez. 

El fresco y campesino de la manzana es el que predomina en sus Aro- 
mas de Leyenda (1906). Este libro de versos canta a Galicia, una Galicia 
quizá algo demodada y embellecida, con sus calladas colinas, sus errantes 
ganados y pastores, sus ermitaños y peregrinos, su atmósfera gris que cu- 
bre con su manto protector leyendas siempre vivas y nunca muertas creen- 
cias. En este humor, que es en él el más genuinamente poético, Valle 
Inclán busca inspiración en el pueblo. Cada uno de los poemas de este 
libro surge de la contemplación de ima copla popular gallega que va in- 
serta al final. Admirable ejemplo de este estado de espíritu, lleno de sabi- 
duría y de experiencia y de emoción contenida, que nuestro poeta ha sa- 
bido sentir en el pueblo, es la siguiente joya popular, tema de una de sus 
poesías : 

Fuxe, meu menino, 
Que vou a chorar. 
Séntate n'a porta 
A ver choviscar. 

Junto con esta emoción humana que encuentra en la tierra de su país 
natal, A^'alle Inclán revela en estos poemas su delicada sensibilidad para la 
percepción de los aspectos más fugaces de la naturaleza y una facultad 



LAS REVISTAS 261 

excepcional paar expresarlos sin esfuerzo aparente, como si el procedi- 
miento fuese de lo más sencillo. Y en efecto, lo es, puesto que consiste 
en dar a cada palabra su pleno valor poético : 

Húmeda de la aurora, despierta la campana... 

sólo que este sencillo procedimiento no puede aplicarse más que por aque- 
llos a quienes han revelado las cosas mismas que las palabras representan 
todo el valor poético que poseen. Y en esta cualidad precisamente es en la 
que nuestro poeta gallego aventaja a todos los que han cantado en caste- 
llano desde Garcilaso. En él el Genio del Agua, que reina en su tierra 
natal, ha suavizado, sin domeñarle del todo, al Genio del Fuego que con el 
Genio del Aire es el inspirador de la verdadera poesía casieiiana, y así 
Valle Inclán es el poeta español que mejor sabe expresar la naturaleza 
con esa manera casi acariciadora quedes el mayor encanto de Garcilaso. 

También recuerda Valle Inclán a Garcilaso en su aptitud para asimi- 
larse el refinamiento extranjero. En nuestros días, no es ya iialia sino 
Francia quien dirige la evolución de las formas poéticas. Valle Inclán co- 
noce todos los secretos profesionales de Gauticr y de Banville, de Baude- 
laire y de Verlaine, de Regnier y de Viellé-Griffin. Y sin embargo, es 
dudoso que los haya estudiado. Las gracias del arte francés parecen flo- 
recer espontáneamente en este poeta dotado por su raza de la dosis justa 
de sensibilidad para emocionar a su musa sin hacerle perder el equilibrado 
ritmo de su andar. Esta medida en la emoción, que nos recuerda que 
Galia y Galicia tienen la misma raíz, hace de nuestro poeta, español por 
temperamento y visión, un francés en cuanto al gusto y la forma. Su emo- 
ción, aun cuando real, se deja dominar fácilmente y, por decirlo así, re- 
flejar hacia el mundo externo de donde procede. El poeta sabe escoger 
la distancia exacta para que su impresión tome forma y se haga arte. 
Valle Inclán es en suma, rara avis de las letras españolas, tm artista. 

La obra maestra de su arte cortesano y "francés" es su Marquesa 
Rosalinda. Esta comedia poética es una joya única en la ppesia castella- 
na, y prueba de modo brillante que el lenguaje varonil que sólo parece 
apto para el épico romance, el intenso lirismo de los místicos, la grandi- 
locuencia de la oda convencional y el metálico trompeteo de los cantos de 
guerra, puede hacerse tan grácil y esbelto como una marquesa versallesca, 
tan sutil como un abate del diez y ocho, tan nonchalant como un deca- 
dente verlainiano, tan exquisitamente humorisia como una ópera de iviozart. 
La intriga se halla concebida y desarrollada en ese humor, medio broma 
medio serio, que es el verdadero humor de la comedia, tan fácil en sí y sin 
embargo tan difícil de alcanzar. Es el tono de aquella frase exquisita que 
la Marquesa Rosalinda exhala dejándose caer sobre un banco en un seto 
de su jardín: 

Para llorar penas, ¡qué lindo retiro! 
¡Lo menos tres ecos tiene aquí un suspiro 1 

Este tono de chanza, casi, pero no del todo frivolo, delicadamente in- 
telectual, pero no sin sentimiento, es más complejo, rnás preciosista de lo 
corriente en la literatura española. Tanto su seriedad innata como cierta 
estolidez que le es peculiar suelen impedir en el genio español la eclosión 
de estas finas flores que Valle Inclán llama "rosas de Galia". 

A decir verdad, la inspiración francesa de La Marquesa Rosalinda se 
manifiesta en más de un aspecto. Nótanse de cuando en vez toques que re- 
cuerdan a Rostand. Así, los espadachines parecen reminiscencia de aquel 
delicioso Straforel de Les Romanesques cuya cuenta por una derrota simu- 
lada por contrata reza en un solo verso : 

Habit froissé: vingt francs; amour prope: quarente. 



262 NOSOTROS 

Pero esta influencia de Rostaiid no pasa de ser mero estimulo a la 
tendencia humorística de nuestro poeta, cuyo temperamento es demasiado 
español para permitir que su poesía degenere en un tejido de retruécanos 
rimados. El elemento pupular, nunca ausente en V'alie Inclan, aunque a ve- 
ces pase a segundo piano, da cuerpo y consistencia a sus obras en aparien- 
cia más artificiales. Y asi se noia en esta comedia cierta esencia española 
que las gracias francesas^ dejan intacta y aun realzan por contraste en lo 
que tiene de antagonista al genio francés. En ciertos elementos fundamen- 
taics de la obra — el carácter de la marquesa, por ejemplo, — así como 
en algunos detalles del diálogo — como las punas al complacíence mar- 
qués — la obra es casi agresivamente española. En cuanto a gracia rítmi- 
ca, La Marquesa Rosalinda no tiene rival en castellano. I\o hay en ella 
escena que no esté cantada en su melodía propia, verso que no esté entona- 
do, palabra que no case sentido y son con la más feliz armonía. Valga 
como ejemplo una cuarteta del prólogo — todas son perfectas — que 
canta y baila lo que dice con encantadora espontaneidad : 

Como en la gaita del galaico 
Pastor de la orilla del Miño, 
Salta la gracia del trocaico 
Vil so, ligero como un niño. 

Y sin embargo, todo no es gallego — ya de corte, ya de aldea — en 
don Ramón María del Valle Inclán. Este mismo nombre, tan en tono ma- 
yor, bastaría para recordar la vena heroica de la poesía que lo hace ilustre. 
El poeta que cantó una rapsodia pastoral en su Aromas de Leyenda y un 
cuento ingenioso y cortesano en su Marquesa Rosalinda, ha probado qtie su 
voz sabe elevarse al tono épico con un poema dramático de gran belleza. 
Voces de Gesta (1912) es un poema moderno por su forma y pulimento, 
por lo impecable de su lenguaje y estilo, por el juego deliberado de sus efec- 
tos dramáticos y los hábiles recursos de su orqtiestación ; pero antiguo por 
su visión primitiva del alma humana, con sus virtudes todavía virginales a 
la luz matinal del ser, y sus pasiones errabtmdas y libres como lobos en los 
tenebrosos bosques de tierras inexploradas. Este contraste entre una na- 
turaleza humana primitiva y tempestuosa y el arte refinado que la refleja 
como un espejo límpido e impasible, habría dado a Voces de Gesla la fría 
perfección de una obra parnasiana si, otra vez, el elemento popular no 
le hubiera aportado la humildad, el movimiento y el calor de la vida. 

Ahora bien, el genio épico-dramático no es típicamente gallego, sino 
castellano. Valle Inclán es pues un gallego asimilado por Castilla. A la 
poesía castellana aporta el don lírico que distingue a su país, pero el fuer- 
te poder dramático de Castilla halla en él pronta respuesta. Porque no es 
posible considerar a Voces de Gesta como mera incursión en un arte que 
le es ajeno. Antes por el contrario, lo dramático es elemento tan impor- 
tante de su arte que bien pudiera ser la mejor avenida para comprender su 
verdadera personalidad. 

Los tres elementos de la poesía de Valle Inclán, el lírico-popular, el 
lírico-refinado y el épico-dramático, constituyen también sus novelas. No 
es fácil marcar la frontera entre ambos géneros, tratándose de un artista 
tan imaginativo en lo poético, tan poético en la narración. Valle Inclán, 
en efecto, rehusa toda atención a la vida rutinaria que todos vivimos — o 
al menos parecemos vivir. De igual modo que por las calles aburguesadas 
de nuestras poblaciones modernas pasea su altiva y anticuada figura, la 
manga vacía de su brazo manco, las largas barbas frailunas, los anteojos 
de concha y la fugitiva, ascética frente, así opone a las muchedumbres ata- 
readas y ruidosas, que piden justicia y verdad, un arte indiferente a los 
ideales modernos y dedicado por entero a la glorificación de las pasiones : 



LAS REVISTAS 263 

Había sonado para mí la hora en que se apagan los ardores de la 
sangre, y en que las pasiones del amor, del orgullo y de la cólera, las 
pasiones nobles y sagradas que animaron a los dioses antiguos, se hacen 
esclavas de la razón. 

Así habla en su invierno el héroe valleinclanesco, el Marqués de 
Bradomín. Este melancólico don Juan, como el poeta que lo creó, con- 
templa la vida en actitud puramente estética y admira las pasiones por 
su belleza intrínseca como fuerzas naturales que manifiestan su prístino 
vigor en la más noble de las criaturas : el hombre. Así, pues, su punto 
de vista no es el del tratante de caballos, que naturalmente los prefiere 
domados y útiles, sino el del escultor que los goza más cuando indómitos 
y bellos. Valle ínclán, por lo tanto, se retrae instintivamente de la ciu- 
dad, con su sistema de leyes que impone a cada cual un mínimo de 
virtud y doblega las pasiones bajo el peso de las ordenanzas munici- 
pales. Su inspiración se enciende en aquellos rincones de España en que 
todavía remansa — o remansaba, pues lo que llaman la corriente 4^1 
progreso todo lo invade — una vida regida por las tradiciones primi- 
tivas del señorío: abajo, una humildad hacia los señores que va de la 
fidelidad heroica al más abyecto servilismo; arriba, un hábito de mando, 
una autoridad fundada en el valor y en las grandes tradiciones, un 
egotismo que a veces degenera en licencia y tiranía ; y por sobre todo, 
las arraigadas creencias de una religión que nubes de superstición oscu- 
recen pero que es capaz de dar a la vida más miserable la luz de un 
sentido y el calor de una esperanza. 

Este mundo primitivo en el que las pasiones crecen más puras y 
ricas que en nuestras civilizaciones urbanas es el que Valle Inclan des- 
cribe en sus novelas. Cada uno de los tres elementos de su arte pre- 
domina en cada uno de los tres grupos que con sus novelas pueden 
formarse. El primero, cuyo modelo es Flor de Santidad, está inspirado 
en el lirismo campesino y religioso de Aromas de Leyenda. El se- 
gundo, representado por las Sonatas, es el paralelo en prosa de la poe- 
sía cortesana y fina de La Marquesa Rosalinda. La vena épico-dramá- 
tica de Voces de Gesta aparece más vigorosa que nunca en sus dos co- 
medias bárbaras. Águila de Blasón yRomance de Lobos. 

flor de Santidad en un cuadro de vida campesina gallega, de tono 
eminentemente poético. Las pasiones que en él aparecen son las que 
animan al hombre primitivo : avaricia y caridad ; bondad y venganza ; 
abnegación y concupiscencia — moviéndose en un ambiente de sombras 
bajo nubes de superstición. La figura central es una pastora huérfana 
que se entrega a un peregrino creyéndole encarnación de Jesucristo. Es 
un relato rico en esa emoción musical que es el secreto de nuestro poeta 
novelista; tan sencillo y humilde en su asunto como un cuento de aldea, 
pero escrito en diapasón algo más alto que el de la mera narración, 
Obsérvanse en esta obra los rasgos típicos del genio gallego — el sen- 
tido musical, el predominio de lo femenino y esa atmósfera especial de 
comunidad en mansión, cocina y camino que hace a Galicia tan social y 
rumorosa. Pero esa obra que deja una impresión desagradable; algo 
así como resentimiento contra el autor por la actitud equívoca con la 
que nos hace exhibición de las pobres gentes que describe : ni fuera de 
ellas, como artista objetivo que ve sin participar, ni dentro de ellas 
como creyente en sus modos de pensar y sentir. Valle ínclán nos habla 
en esta novela con voz que suena a insinceridad. 

Análoga impresión tras las cuatro exquisitas sonatas. En ellas, el 
sentido musical y formal triunfa hasta el punto de dictar a la obra 
su plan y su título. Son cuatro sonatas, una para cada estación, y co- 
rrespondientes a cuatro momentos de la vida de Xavier de Bradomín, es- 
pecie de Don Juan decadente y melancólico que escribe sus memorias 
en la ancianidad para que el mundo sepa de sus triunfos antes de que 



264 NOSOTROS 

llegue la hora del arrepentimiento. El tipo de Don Juan ejerce sobre 
Valle Inclán curiosa fascinación, hasta el punto de que es quizá el único 
masculino que haya desarrollado plenamente en su obra. La explica- 
ción es sencilla y la hallamos en un rasgo ya citado de la poesía gallega 
— a saber, la atención preeminente que concede a la mujer. Don Juan 
es el tipo masculino mas en armonía con esia actitud gallega, puesto 
que vive obseso por la mujer. Y aun hay inás. Don Juan presenta 
la tendencia central del ser femenino, la que hace del amor, no un 
mero episodio de la vida, como en el hombre, sino el eje mismo de la 
existencia. Don Juan es pues en cierto modo un ser esencialmente 
femenino y el Don Juan de las sonatas lo es en grado especial. Lo 
cual, claro está, no quiere decir que sea afeminado. Colócalo el autor 
en cierta zona de añeja aristocracia española que en la stgunda mitad 
del siglo diez y nueve se dejaba deslizar lentamente por la pendiente de 
la decadencia en sus agrestes mansiones, con una tranquilidad apenas 
turbada de cuando en vez por aventuras sin gran empeño en pro de la 
causa carlista. Con su infalible instinto verbal, nuestro poeta novelista 
rehuye para su Don Juan el nombre consagrado. Xavier de Bradomín 
es admirable: un nombre que delicadamenle sugiere un catolicismo in- 
telectual, decadente y estético; un apellido gallego en su cadencia pero 
que es como un eco lejano del nomlire del galante Brantóme. En cuanto 
al retrato de su héroe, tres palabras le bastan : "Era feo, católico y 
sentimental". 

Muy sentimental. Lo que significa que, más que sentir, habla de 
sentimiento. Pero concedamos que habla admirablemente, contando como 
cuenta con todos los recursos del arte de su creador. Estas cuatro so- 
natas son impecables ejercicios de estilo — y no de ese estilo bruñido 
e implacablemente exacto de Flaubert al que tantas jaquecas d< origen 
puramente estético se deben, sino de esa forma de perfecta soltura que 
fluye en ritmo con la emoción y fielmente la refleja. Son cuatro can- 
ciones de amor. Pero no es Xavier, el bien amado, quien les da su ri- 
queza emotiva, sino las mujeres que fascinara en su vida aventurera. 
Todas ellas aparecen admirables si ligera y delicadamente delineadas por 
un observador que pudo adentrarse hasta los más íntimos retiros de sus 
corazones permaneciendo bastante frío para anotar en ellas los movi- 
mientos del amor. En las Sonatas, todas las mujeres están en serio. 
Sólo el amado no lo está. Xavier no sale de ese humor semiserio, 
semifrívolo que inspiró La Marquesa Rosalinda, sólo que aquí lo frivolo 
se oculta más en lo hondo, bajo una aguamuerta de sentimiento, y pierde 
por tanto en gracia y atractivo por faltarle el aire libre de la since- 
ridad. Hay en el carácter de Xavier una subcorriente de escepticismo 
que da a sus melancólicas melodías un tono falso y engañador. Un 
franco cinismo nos parecería más honorable y ameno que todo este 
canf sentimental. Porque este Don Juan que va por el mundo fascinando 
mujeres no es sólo incapaz de corresponder a su amor con amor, por 
efímero que sea, sino que vive lo bastante bajo para no saber respetar 
las almas que se abren a él. Miente a sus amantes en cuanto a los 
hechos — pero esto puede perdonársele, puesto que tal mentir es indis- 
pensable a todo Don Juan, — y he aquí confirmado el carácter femenino 
del tipo. Pero, lo que es más grave, miente a sus amantes en espíritu. 
Juega con ellas de manera siempre desagradable y a veces repulsiva. 
Este rasgo se va acentuando en la impresión del lector hasta dar al 
traste con la nobleza inplícita del personaje. No le faltan a Bradomín 
las cualidades varoniles y animales de la nobleza : valor, orguollo } 
cierta autoridad natural. Pero su generosidad no pasa de ser externa 
y ostentosa ; su lealtad hacia el rey mero capricho de dilettanle; su 
sensibilidad, nunca más que curiosidad estimulada por el deseo carnal ; 
de la religión, sólo conoce el lado pintoresco; y así, el personaje que el 
autor quiso hacer noble, carece de la nobleza del corazón. 



LAS REVISTAS 265 

Más rudo y tosco, pero más grande, es el tipo de noble español 
que Valle Inclán ha creado en su don Juan Manuel Montenegro, el hé- 
roe de sus dos "Comedias Bárbaras". Hállanse escritas estas dos nove- 
las dramáticas en esa forma dialogada a que tienden los novelistas es- 
pañoles desde el autor de La Celestina hasta Galdós. La primera de 
ellas, Águila de Blasón, puede considerarse como el esbozo de lo que 
el autor lleva a cabo en la segunda. Esta, Romance de Lobos, es una 
obra maestra de vigor dramático, con toda la calidad violenta de una 
aguafuerte de Goya. Don Juan Manuel es una espléndida bestia huma- 
na, especie de Centauro de las pasiones — las nobles como las bajas — , 
tirano amado y temido de toda la aldeanía, que deja poco a poco des- 
leírse su fortuna en dones a padres y maridos avaros y complacientes. 
La fuerza bárbara del drama surge de la oposición entre la imperiosa 
voluntad de don Juan Manuel y la conducta brutal de sus cinco hijos, 
herederos de sus indómitas pasiones pero no de su tradicional nobleza. 
El hecho central es la muerte de Dama Maria, la paciente esposa de 
don Juan Manuel, la madre desolada de los cinco lobeznos. La visión 
que alcanza a don Juan Manuel en la noche cuando, borracho, vuelve 
de la feria,- y le derriba del caballo; la travesía nocturna a que, sin 
arredrarse por la tormenta, obliga a los marineros con sus insultantes 
sarcasmos ; su encuentro en la cueva donde, náufrago, se refugia, con 
un grupo de vagabundos y mendigos a quienes guía a su casa para dis- 
tribuirles limosnas en descargo de sus pecados ; el saqueo de la mansión 
por los cinco desalmados bandidos, mientras su madre yace sobre el 
lecho de muerte ; el combate entre don Juan Manuel y su hijo mayor, 
cortado por un gigantesco lazarado, cuya impávida y religiosa majestad 
obliga al mal hijo a detener su brazo alzado; la desesperación de don 
Juan Manuel a la vista de su mujer muerta; su confesión pública; y 
aquella admirable escena final, cuando el anciano señor, a la cabeza de 
sus mendigos, llama a las puertas del palacio, ya en poder de los cinco; 
la puerta que se abre ; don Juan Manuel que se adelanta ; los mendigos que 
vacilan, luego, con el lazarado a la cabeza, le siguen; y la lucha: el mal 
hijo que golpea a un mendigo; don Juan Manuel que lo abofetea; el 
mal hifo que hunde el puño en el rostro venerable de su padre; y el 
lazarado que avanza y hace morder el polvo al desalmado truhán entre 
los clamores de la turba de pordioseros . . . todas estas escenas viven con 
tan generosa inspiración que el mismo lenguaje canta como harpa a! 
viento de la tempestad, y que, sin esfuerzo alguno, el tono dramático 
se hace lírico. 

La escena final sobre todo, da al drama una gravedad que lo eleva 
por encima de lo meramente pintoresco. Porque, en general, la figura 
de don Juan Manuel como la de sus cinco hijos, padece los defectos 
de sus cualidades. Es demasiado elemental en su romántico desenfreno. 
Le falta sutileza. Esta falta de sutileza es precisamente la causa de 
que Águila de Blasón, pese a su indudable vigor y a la excelencia dra- 
mática de su intriga, resulte obra poco satisfactoria. Romance de Lnbns 
se salva por el elemento popular, que tantas veces acude al socorro de 
nuestro poeta cuando su fantasía amenaza arrebatarle el sentido común ; 
y también porque en esta, obra la religión, que en Valle Incl-'m suele no ser 
sino pretexto para descripciones y condimentación psicológica para pa- 
ladares estragados, se eleva a la seriedad y al propósito, de m.odo que 
don Juan Manuel es al fin sincero, y es al fin hombre. 

Y sin embargo, aun en Romance de Lobos, no deja de sonar de 
cuándo en vez la nota discordante de la insinceridad. Es ya una metá- 
fora rebuscada, ya una frase ampulosa, ya un sentimiento forzado, que 
aparecen en cuanto amaina la furia de la acción, y el autor puede oírse 



266 NOSOTROS 

a sí mismo y tiene tiempo para pensar en lo que hace. De modo que, 
aun en esta su obra maestra, Valle Inclán no nos permite olvidar que 
el meíal de su arte no es tan puro como por su esplendor podríamos 
imaginar. 

¿ A qué se debe, pues, que este arte, vigoroso y exquisito como es, 
nos resulLe insuficiente? ¿Cómo es que no vive en nosotros, como Ham- 
let o Dün Quijote, sino que permanece exterior, sobre la chimenea o 
solire la mesa, como una tabaquera cincelada? Ya hemos apuntado que 
alcanza rara vez a la seriedad. En un caso — La Marquesa Rosalinda 
■ — la magia primorosa del arte troca esta falta de seriedad en pura 
delicia. Mas La Marquesa Rosalinda es una comedia y la seriedad de 
cierto tipo de comedia consiste precisamente en no ser seria. En otro 
caso — Romance de Lobos — este arte se eleva a un alto nivel lírico- 
dramático y crea en particular una escena que merece la posteridad. 
Pero en general, aun reconociendo que el artista canta bien y pinta 
admirablemente, nos queda la impresión de que el arte de Valle Inclán 
suena a hueco. ¿Por qué? 

Siempre que la labor de un artista parece adolecer de un defecto 
dominante, conviene buscar las raíces de este defecto en la misma re- 
gión en que se ocultan las raíces de su principal virtud. Ahora bien, 
la principal virtud literaria de Valle Inclán, la cualidad a la que debe 
su obra la excelencia de su forma y su musicalidad emotiva, es la pu- 
reza de su actitud estética. Valle ínclán presenta su alma a la natu- 
raleza como un espejo de limpidez no empañada por preocupación al- 
guna, moral o filosófica. Ve, siente y refleja en pura paz. No otra 
cosa cabe exigir del artista. Debe — o mejor, sólo puede — concebirse 
la obra de arte en una actitud estética pura, que no turben ni el deseo 
de enseñar ni el de aprender. Pero si la actitud del artista ha de per- 
manecer libre de toda influencia ética o filosófica, no así el artista mismo. 
He aquí la misma médula de la manoseada cuestión del "arte por el 
arte". Sí. Desde luego. El arte por el arte. Pero a condición de que 
el artista tenga una mente pensante y una conciencia responsable. Sea 
su actitud, al crear, puramente estética, mas no el alma que tal actitud 
adi^pta. La ética y Ta filosofía no son ciertamente la música del arte, 
pero sí la caja sonora que le da su profundidad y armonía. Mire el 
artista a la vida con ojos puramente estéticos, pero como su mente no 
respire las cumbres del pensamiento y su alma no sea fi«l a su divino 
origen, su arte no se elevará nunca por encima del arte del bordador — 
y nunca crecerá. 

He aquí, en mi opinión, el flaco del arte de Valle Inclán. La pu- 
reza de su actitud estética no se debe sólo a la tendencia natural de 
un artista creador, sino también a cierta indiferencia intrínseca hacia 
los grandes problemas filosóficos y morales. Meramente estética, su 
emoción no evoca resonancia alguna en las cámaras de su alnia. El 
vacío en el que vibran las cuerdas de su sensibilidad refleja su inanidad 
sobre la nota oue rinden. La misma emoción, falta de resonancias 
mentales y morales, pierde cuerpo y realidad. De aquí la nota insincera 
que se observa en su obra. Aparece al desnudo la preocupación literaria 
y se percibe el olor del taller. De cuando en cuando, expresiones li- 
brescas, tales como "piedras célticas" o la palabra "clásico" en la frase 
siguiente, de Romance de Lobos, aplicada a la tez de una vieia: "'...con 
ese color oscuro y cl'^sico que tienen las nueces de los nogales centena- 
rios..."' Así se explica la indiferencia con la que Valle Inclán maneja 
las pasiones más sagradas del hombre sin que le quede en las manos el 
menor temblor — circunstancia que le lleva a cometer curiosas faltas 



LAS REVISTAS 287 

de gusto (i) ; así también, el prurito de buscar lo meramente extraño 
y pintoresco, lo horrible y lo mórbido — manifestaciones todas de una 
sensibilidad estética muy desarrollada pero sin guía filosófica ni lastre 
moral. 

Y no se entienda que Valle Inclán carece de vigor y curiosidad 
mentales. Lejos de ello. Abundan en sus libros los más ingeniosos sím- 
bolos, ideas e imágenes, que revelan un intelecto penetrante. No adolece 
su obra de falta de ideas ni se pretende aquí tampoco que padezca por 
estar inspirada en una filosofía amoral. Esta filosofía, la que sostiene 
la libertad de las pasiones en frente de la disciplina y la represión, es 
perfectamente defendible y el haberla escogido deliberadamente por suya 
implica en Valle Inclán discernimiento y capacidad ideológica que nadie 
piensa en negarle. Falla Valle Inclán, no en carecer de filosofía, ni 
en tenerla mala, sino en que, una vez adoptada, no consigue convencernos 
de que cree en su verdad intrínseca. Antes al contrario, nos deja con 
la impresión de que ha elegido esta ideología porque le convenía más que 
otra alguna para sus fines estéticos — .es decir, al fin y al cabo, arbi- 
trariamente. Y esta impresión misma basta para minar la vitalidad de 
su misma emoción estética. 

La frivolidad es pues la avispa estéril que devora el corazón de la 
bella "rosa de Galia", plantada en tierra gallega por don Ramón María 
del Valle Inclán. Y este es el secreto que exi^Hca por qué la rosa no 
crece, antes bien, cada vez más pálida, deja de cuando en cuando caer 
tm pétalo, siempre exquisito, siempre perfumado, siempre delicado y fino, 
y siempre el mismo. 



Alfonso Reyes. 

jp N Cuba Contemporánea (febrero 1922) se ha publicado este estudio 
*•- sobre la obra de Alfonso Reyes. Lo firma Manuel F. Cestero. 

I 

UNA GRAN PATRIA 

La América Latina no cuenta con una patria mejor, ni con un cen- 
tro de mayor cultura. 

Desgraciadamente se ha querido juzgar a México a través de la po- 
lítica de Don Porfirio Díaz, de los acontecimientos desarrollados a raíz 
de su caída, y de los últimos sucesos que dieron en tierra con aquel otro 
equivocado que tuvo, en determinado momento, la visión de un hombre 
justo. 

Periodistas y publicistas de aquí y de allá se han aprovechado de estos 
sucesos para formular torcidas opiniones sobre México. Y a México no 
se le puede juzgar en armonía con esos hechos y esos hombres, a menos 
que se quiera ex profeso incurrir en injusticias. 

Para juzgarlo conscientemente se requiere preparación y cultura. Co- 
nocer la historia mexicana, sus intelectuales, sus museos y planteles de 



(i) Vot ejemplo, el episodio con Isabel en la Sonata de Otoño. Concha, una 
de sus amantes, ha llamado a su casa a Bradomín, porque se muere. Tras breves 
días de gozo, empeora y espira de madrugada en los brazos de él, en la alcoba de él. 
Xavier vaga por el palacio en busca de Isabel, su prima, a fin de que le ayude, a 
llevar el cadáver a la alcoba de la muerta para evitar el escándalo. Llama a la puerta 
de Isabel, que duerme. Entra, y_ toca el brazo desnudo. Despierta ella y como, na- 
turalmente, está enamorada de él, interpreta la situación a la luz de sus propias 
ilusiones. Xavier olvida al instante su amante muerta y saca todo el partido posible 
de las circunstancias. 



2b8 NOSOTROS 

educación, sus costumbres y lo que es matriz fecunda de acciones gene- 
rosas : la noble y virtuosa familia mexicana. 

Porque Aiexico es, por encima de todo, una gran patria donde se 
fimden como en un crisol maravilloso, ideas de progreso y civilización. 

No es patria de charlatanes la que produce filósofos tan intijiigentes 
como Antonio Caso y José \ asconcclos, poetas tan altos como Diaz 
Alirón, L'rbina, González Martínez, Tablada, Alanuel de la Parra, Rafael 
López y María Enriqueta (cito gente viva) ; historiadores tan cultos como 
Carlos Pereyra; escritores cosiumbristas como Isidoro Fabela; arqui- 
tectos como Federico Mistral; educadores como Ezequiel Chávez; soció- 
logos como Emilio Rabasa ; humoristas como Arturo Torre ; latinistas 
como Aíariano Silva; compositur^s como Manuel Ponce; artistas como 
Julián Carrillo ; novelistas como Carlos González Peña ; y crítico tan 
sabio como Alfonso Reies, cuentista y poeta, que me ofrece feliz ocasió'i 
para hilvanar estas líneas en justa loa del México que queremos y esti- 
mamos, como a una segunda patria, todos los intelectuales hispanoame- 
ricanos . 

II 

EX HOMBRE 

Yo no tengo la satisfacción de conocer personalmente a Alfonso Re- 
yes. He leído algunos libros suyos y oigo hablar de él a Pedro Henrí- 
quez Ureña y a muchos mexicanos dignos de ser escuchados. 

Pero si por sus obras puede juzgarse a un autor — cosa no siempre 
fácil—, Alfonso Reyes resulta un hombre de bien, un idealista "apto y 
enérgico en todo ejercicio del alma". Ya lo dijo el Maestro antillano: 
"bien vive quien bien piensa y dice". 

Es hombre de paciencia, orfebre que talla con amor sus libros, los 
pule y los entrega al público, silenciosamente, con la dignidad con que 
se cumple un deber. 

Motivos ajenos a su deseo lo alejaron de México, yéndose a Madrid 
a plantar su tienda. Hace de esto algunos años, y desde entonces ha 
seguido con cívico interés el curso de los acontecimientos que llenan la 
vida de México en los dos últimos lustros. 

En Madrid ha escrito sobre política mexicana, sin incurrir en la vul- 
garidad en que incurren los escritores políticos al mezclar con la más 
sublime de las ciencias sociales, los errores y las debilidades de los 
hombres . 

Cuando sobre México habla o escribe, lo hace como cumple a un 
ciudadano, salvando siempre la lagiuia de los personalismos, puesta la mi- 
rada en más amplios horizontes . 

En medio de las penalidades padecidas, Alfonso Reyes no ha lanzado 
jamás una queja contra nadie. Mientras dentro de la patria y fuera de 
ella sus compatriotas libraban rudas campañas, con la espada los prime- 
ros, con la pluma los segimdos, campañas en las cuales era siempre Mé- 
xico el perdidoso, Alfonso Reyes devanaba discretamente la niadeja de 
su saber para decir la verdad de la hora, la verdad del trabajo, de las 
reformas, de la justicia social que comienza en todas partes donde se 
persigue la felicidad de los pueblos, por darle a cada uno lo suyo. 

Sus trabajos en Madrid bastan para consagrarle hombre de saber, 
"pleno de la cultura española y de una educación de verdadero aristarco 
literario". 

Ha trabajado mucho y con buen éxito. Trabajo asiduo, sin vagar 
para emplearlo en otros menesteres que no sean los muy austeros que 
aconsejan seguir todos los buenos que en el mundo son. 



LAS REVISTAS 269 

III 

EL PORTA 

Cada uno de los países de América Latina tiene su poesía propia. 
La tiene Chile, la Argentina, Colombia, Perú, Venezuela... 

No hay, como se dice, una poesía hispanoamericana, sino tantas como 
naciones forman nuestra América ( i ) . 

Si yo tuviera la cultura de Pedro o del mismo Alfonso, dedicaría 
tres o cuatro años de mi vida para escribir un libro en el que se demos- 
trara la diferencia que existe entre una y otra poesía. 

Servirían de base a mi trabajo, estos factores: el factor geográfico, 
el factor étnico, el histórico, el religioso... 

La posición geográfica de Chile, que da la impresión de una línea 
angosta que zigzaguea a lo largo del Océano Pacífico, tiene, a mi ver, 
capital importancia en la poesía chilena. 

La Pampa argentina, que se pierde sin cuidado hasta donde nuestra 
vista no alcanza, desempeña papel principal en la poesía argentina. 

La presencia del sacerdote católico en Colombia, su influencia en las 
cuestiones políticas y sociales, tiene que ver con la poesía colombiana. 

El genio "áel Libertador, sus campañas heroicas, su personalidad, tie- 
nen máxima importancia en la poesía venezolana. 

La civilización azteca, la colonización española, los palacios, las igle- 
sias, las estatuas, se reflejan, se acentúan en la poesía mexicana. 

Libro interesante sería éste que la falta de saber me impide escribir; 
libro que no se ha escrito, a pesar de que hay entre nosotros gente capaz 
de realizarlo. 

Yo pienso : ¿ Por qué no tiene Chile, como la Argentina, un Alma- 
fuerte, cuya poesía suena como un trueno que rueda por los espacios? 
¿ Por qué la poesía chilena es recta, seca, sin que participe del encanto 
de la curva? i Por qué la poesía colombiana es mística? ¿Por qué la 
venezolana es casi toda lírica? ¿Por qué la mexicana es simbólico-román- 
tica con ventanas abiertas al campo de las especulaciones filosóficas? 

De estas cosas hablaba una mañana con el poeta mexicano José Juan 
Tablada mientras comíamos regocijados en un restaurante italiano. El 
poeta me escuchaba sin agregar ni quitar una coma a mis observaciones. 



De todas estas poesías siento predilección por la mexicana. La chi- 
lena no me satisface; la argentina suena a fanfarria; la colombiana, ¡o 
mismo que la peruana, huele a empolvado breviario; la venezolana se 
mesa aún los cabellos como en 1830 y da la imipresión del toque de un 
tambor guerrero. No hay que citar en contra de estas afirmaciones los 
nombres de Gabriela Mistral, Leopoldo Lugones, Santos Chocano, Gui- 
llermo Valencia, Rufino Blanco-Fombona, etc., etc., que son casos de 
excepción . 

y me satisface la poesía mexicana por la dignidad que la reviste, 
por su discreción, por su sobriedad, cualidades muy aztecas. La coloni- 
zación española dejó muchas cosas buenas en México, pero las virtudes 
capitales del mexicano no son de cuño ibero, la discreción entre ellas. 



(i) Ya Pedro Henríquez Ureña en su notable conferencia sobre Don Juan 
Ruiz de Alarcón, página 7, al referirse a la literatura hispanoamericana, dice: "Pero 
así como existen características regionales en la literatura de las provincias de 
España — Andalucía por ejemplo, o Valencia, — han de existir, y existen, las caracte- 
Tsticas nacionales de la producción literaria, todavia informe, en cada uno de los 
¡países de América española." 



270 NOSOTROS 

Puede que el virreinato dejara entre sus virtudes la cortesía que distin- 
gue al mexicano, pero la sobriedad que informa la labor de sus intelec- 
tuales no es fruto de la colonización. El español no es sobrio. Azorin 
es una excepción. Tampoco es digna la poesía castellana, no obstante 
Don Ramón del Valle Inclán. Tampoco es sensible. El mismo gran poeta 
Juan Ramón Jiménez carece, en la mayoría de sus versos, de esa sensi- 
bilidad que toca a las puertas del alma y la pone a vibrar dulcemente. 

España ha dado muy pocos poetas. Generalmente se confunde allí 
al vate con el poeta. 

Alfonso Reyes es ejemplo de poeta digno, discreto y sobrio. Digni- 
dad artística en el sentido en que lo explicaba Rubén Darío. 

Un soplo ateniense mueve las alas de los versos de Reyes. Versos 
que no fueron hechos para ser recitados en nuestras veladas tropicales ; 
ni para ser aprendidos de memoria por nuestras niñas románticas, ni para 
ser impresos en nuestras cursis revistas literarias. Fueron escritos para 
ser leídos en los cenáculos. 

Copio al azar dos poesías : 

La Elegía de Itaca 

Ni forma de la vida, ni pensamiento pasa, 
ni luz, ni voz, ni tengo calor ni compañía, 
cuando súbitamente, rompiendo el alma mía, 
penetran, como pájaros, los ruidos de la casa. 

1 Claro rumor del agua bajo los platanares, 
y cantos de las aves en el amanecer! 
Y ;oh, visión de las nobles figuras familiares, 
que ya no he de miraros donde estabais ayer! 

Dispersos los hermanos ¿qué harás, antigua casa, 
adonde cada objeto me saluda ya? 
I Si hasta la misma tierra, después que el agua pasa, 
ansiosa 'me pregunta si ya no pasará! 

Camina con tu cruz: llévate peregrino, 
lo poco que Euardábamos He paz y de virtud. 
Yo voy también abriendo con los pies el camino, 
soltando a cada trecho mi gota de salud. 

Los remos temblorosos esperan la partida: 
Itaca y mis recuerdos — ¡ay, amigos!, — adiós; 
somos dos en la barca: el agua está dormida. 
I Ya diremos los cantos del mar entre los dos! 

A este poema parece que lo anima el espíritu de Platón. 
La Mandolina de Otoño que transcribo en seguida, me parece digna 
de la pluma de Rubén o del delicioso Don Ramón : 

Ya rompes mandolina, de lamentos, 
gotas de trino salpicando al prado 
y revuelcan las faldas de los vientos 
el oro fatigado . 

En el crepúsculo del año canta, 
ceñida de violetas la garganta. 

— ¡Venturosa de ti! — clama la rosa 
que, falleciente, al rodrigón se aprieta; 
y al eco del suspiro "venturosa", 
se abre azul de celos, la violeta. 

El listado melón desaparece 
bajo racimos como de corales, 
y es una mandolina que florece, 
perezosa entre sueños vegetales. 



LAS REVISTAS 271 

IJn éxtasis de son la araña huelga; 
salta la abeja como chispa fatua, 
y el heno de los árboles descuelga 
su blanco airón a coronar, la estatua. 

En el crepúsculo del año emita, 
ceñida de violetas la garganta. 

(Pero — memorias que el otoño dora, 
ácidamente, con punzante júbilo!- — 
si a nuevas fiestas amanezco ahora, 
otras recuerdo con un llanto súbito) . 

De mis delicias joya cortesana, 
de mis virtudes rosa campesina, 
óyeme, tú: que para ti se ufana, 
temblando, el alma de mi mandolina. 

y en el crepúsculo del año canta, 
ceñida de violetas la garganta. 

IV 

EL CRÍTICO 

Como ensayista Alfonso Reyes conserva la misma actitud helénica 
de sus versos, la misma gracia. 

Algimas veces su crítica se ladea a lo irónico, otras veces a lo hu- 
morístico, que no gusta a Vasconcelos. Pero este humorismo no es de 
marca inglesa : apenas se insinúa con una sonrisa que jamás se convierte 
en carcajada. 

Sin duda Alfon.so Reyes es en la hora presente el crítico más no- 
table de México. Forma vanguardia de honor en nuestra América con 
estos nombres ya consagrados : Pedro Henríquez Ureíía, Enrique José 
Varona, Sanín Cano, Rufino Blanco-Fombona, Federico García Godoy, 
los hermanos García Calderón, Eugenio Petit y otros pocos que apenas 
pueden contarse con los dedos. 

Gabriel Alomar en unas notas críticas que publicó en Los Lunes de 
El Imparcial, de Madrid, sobre el láltimo de los libros de Alfonso, clasi- 
fica de heiniano el humorismo de Reyes, en lo cual ha tenido acierto el crí- 
tico espafíol. Este humorismo se advierte no sólo en el libro que juzga 
Alomar, FJ Plano Oblicuo, sino también en El Suicida. 

Don Federico de Onis, catedrático de la Universidad de Colurnbia, 
al terminar la lectura de El Suicida, dijo que este libro era uno de los 
más notables que se habían publicado en castellano en estos últimos años. 
Realmente, es un libro notable. Le encuentro un defecto, no obstante: 
en algunas de sus páginas hay exuberancia de erudición. Pero al lado 
de esto, que a mi entender es un defecto mínimo iqué belleza, qué pul- 
critud en la dicción, en el estilo de suyo sostenido siempre en un plano 
horizontal de contornos elegantes y amables perspectivas ! 

La crítica que se hace en este libro enseña sin aburrir; deleita sin 
empalagar . 

Hay algo más que un crítico en las páginas jugosas de El Suicida'. 
hay un filósofo. Quiero citar algunas de las ideas que he anotado. 

Cuando Reyes habla del neurasténico y sus actos, avanza la idea de 
que "su lucidez, su exceso de intenciones y sensibilidades lo ha enfer- 
mado" ; se refiere a las obras de carácter realista de baja calidad y afir- 
rna que "están llenas de esos seres bajamente pasivos a quienes la vida 
contenta por la sensación". Luego agrega: "No se les confunda con los 
viciosos". Estos últimos "pertenecen a la categoría de los protestantes, 
de los que transforman la materia". Más adelante dice: "La aceptación 



272 NOSOTROS 

materialista de la vida tampoco se habrá de confundir con la materia 
misma". Alfonso cree "que una gran parte de la educación consiste en 
aplicar los métodos del vicio : como cuando se trata de hacer bueno un 
niño naturalmente malo". 

Al referirse a la primera opinión del hombre sobre la materia dice 
que tal opinión es "el espíritu mismo". Y de la opinión a la crítica "sólo 
hay una diferencia de celeridad, pero no de sentido. El espíritu es la 
critica misma ; para aceptar hay que haber criticado mal . Y aquí está 
lo negro de la cuestión". 

Sólo leyendo y meditando sobre las páginas de Hegel se pueden 
concebir y madurar tan altos pensamientos. 

La sonrisa — escribe Alfonso — no es inmediatamente iitil para el mantenimiento 
corpóreo. Antes del pensamiento filosófico o de la verdadera creación estética, la 
sonriFa es la primera desviación de la estricta gravedad vital. Desviación levísima, 
declinación casi imperceptible y que acaso es la misma flor de la plenitud orgánica, 
del bienestar fisiológico; pero que, desarrollada, llegará a las mayores alturas del 
idealismo: a juzgar el mundo como fantasía o capricho del pensamiento. La sonrisa 
es la primera opinión del espíritu sobre el pensamiento. 

Son muy bellas y muy intensas las ¡deas que tesora este libro de ama- 
bles filosofías que no punzan ni siembran en el espíritu gérmenes de ese 
amargor doloroso que inquieta la conciencia. 

Quiero copiar de El Suicida algunos pensamientos que sin duda al- 
guna sabrá agradecer el lector. Aíe permitiré ponerles sendos títulos que 
yo espero merezcan la aprobación del autor. 

Escritores precoces y tardíos 

Los escritores precoces suelen pasar por la vida desplegando sus tornasoles técni- 
cos, sin que ellos ni nadie sepan, al fin, lo que tenían que contarnos. 

A veces, en cambio, esos escritores tardíos son como el viajero de la Grecia 
clásica, para quien la pluma sustituye al bordón de los peregrinos; y — utensilio pro- 
pio de la vejez— sólo la usan para recordar, cuando ya no pueden viajar más. En- 
tonces, los tardíos tienen siempre algo que decirnos... 

Un instinto santo 

Cuando otro escritor, valenciano por de contado, compara a la mujer desnuda 
con la fruta mondada, apela a un instinto santo, a un apetito tan generoso y salu- 
dable que no se le podría tachar. 

Larra se mató por amor 

Si yo, fundándome en datos biográficos, asegurase ahora que Larra se suicidó 
por amor, toda España nueva se alzaría contra mí para reivindicar a su mártir, al 
■nártir de la protesta nacional. 

El hombre que a Todos justifica 

Y en cada hombre hay varios: uno que afirma, otro que niega, otro que a ambos 
admira, el que de todos juntos se ríe, y otro — jel último? — que a todos los justifica 
y se hecha a dormir tranquilamente. 

La libertad no existe 

Si el hombre quiere la renovación, es porque no le satisface lo actual: es, por- 
^^■uv, en el fondo, protesta, sonríe. Su alma de renovación es la libertad. Y la 
libertad es lo que no existe, es el otro mundo, de donde el hombre quisiera atraer 
virtudes a la tierra. 

El Héroe de Gracián 

Nd es la sumisión, la aceptación pasiva, sino la colaboración con el mundo 
— secre\o de la victoria. — Se logra (si cabe en esto la educación) poi nna voluntad 
de astucia perennemente renovada, por una actitud ágil y eléctrica, oue acecha la 
idea y, vn cuanto brota, la trasmuta en nervio y en chispazo. Es un paralelismo 
profundo del yo con la historia. Es la estrella, la fortuna positiva del Héroe de 
Oracian. ivl varón de la libertad, que ella crea, se llama el fuerte. 



LAS REVISTAS 273 

Se sabe al fin que nada sabe 

Cuando s,- está en el secreto de todos los sistemas, se vive en una perpetua 
crisis, se es cr.tico, se es huésped de todas las ciudades sin ser ciudadano de ningu- 
na, grave ofens.i para el sentido político de la vida. Se ha revisado ya la historia 
humana y se sabe que las cosas se transforman en sus contrarios. En rigor, e intensa 
si no extensamente, se han leído ya todos los libros. Se sabe; es decir, se sabe que 
nada sabe. 

La conciencia es dolor 

Pero el espíritu crítico, supone, un estado de padecimiento. Todo lo reduce a 
conciencia, y la conciencia, en su definición misma, no es más que dolor. 

Lo cerebral español 

La médula ha rezado, entre españoles; ella ha sido elocuente; ella ha escrito el 
Teatro; ella fué lírica; ella pintora — en ausencia del encéaflo. Lo cerebral no es lo 
español, liste pueblo de medulares no ha tenido nunca necesidad de pensamiento. 
O rarísimas veces por excepción. 

V 

tL CUSKTISTA 

Confieso que el último Ubro de Reyes, Bl Plano Oblicuo, llegó a 
inquietarme. Yo soy de los que atribuyen importancia máxima al titu- 
lado de las obras. Ya he hablado de esto en mi Ensayo sobre José Sixto 
<le Sola. Me inquietó de este libro su título, de tal modo que, aun de? 
pues de releerlo, no daba con su justificación. Cosa tremenda es la su 
gestión. Decimos dos y dos son cinco, volvemos a sumar y repetimos 
cinco hasta que viene una mano serena y justa y nos saca del error- 
Basta una sola lectura de El Plano Oblicuo para ver claro y justo su 
título. Las cosas que narra Alfonso no suceden ni se desarrollan de una 
manera normal. De ahí el título. Pero como cosas oblicuas engendran 
cosas oblicuas, yo llegué, después de paciente examen, a justificar a mi 
modo el título de esta interesante colección de cuentos y diálogos. Y 
como a mí mismo llegó a entretenerme el trabajo hecho, no vacilo en 
explicarlo. 

Basta elegir un solo cuento, La Ciaiio, verbigracia, para demostrar 
lo que me propongo. "''■'' 

Se empieza a leer y al punto se nos conduce a la Capilla de la Emo- 
ción. Junto con Alfonso nos deslizamos por un plano oblicuo cubierto 
de flores penetrantes y raras ; pero de pronto, cuando más embebidos es- 
tamos en la lectura, ya dentro de la capilla. Reyes nos suelta de la mano 
y descendemos como si patináramos serenamente. 

i Aquí está lo que tanto he buscado 1 Sigo leyendo y en todo lo de- 
más veo comprobada mi observación. Y esta observación me hace caer 
en otra : a pesar de las fechas distintas de los cuentos y los diálogos, 
todos parecen escritos en 1919. El estilo es igual, uniforme, pulido, co- 
rrecto. En 1910 Alfonso Reyes no se cuidaba de que sus párrafos fueran 
cortos o largos. Cotéjese el párrafo que se copia más adelante con cual- 
quiera de los párrafos de El Plano Oblicuo y se notará la diferencia. 

A la muerte de Othon — escribe Reyes en igio — respondieron, por toda la patria, 
el llanto de los poetas y las oraciones fúnebres de ritual, pero, en lo profundo de 
los' ánimos, para quienes teníamos ya el hábito de su presencia y su trato y que 
le asociábamos, tal vez, al coro de nuestros recuerdos familiares, una sublevación 
infinita, un anhelo de afirmar, sobre toda ley, la perennidad del amigo, la inmor- 
talidad del poeta; por donde formamos la intención de alzar sobre su tumba reciente, 
un monumento, al menos para la fantasía, aplicando las mejores fuerzas a la con- 
sagración de nuestro poeta, y recordando, a quienes nos concediesen su acatamiento, 
que nos falta todavía dedicarle un vividero tributo y propagar, uniendo nuestras 
voces, los cantos sublimes brotados de su corazón incomparable y a los que una 
humildad sobrehumana, obrando todavía desde la muerte, quiere hoy replegar a los 
labios del cantor y sumirlos en su sepulcro. 



27i NOSOTROS 

Este párrafo es de factura española: largo, cansado... 

Acttialmente Alfonso Reyes escribe párrafos ágiles, cortos, sobrios. 
Y en cuentos y diálogos del libro en que me ocupo no se nota diferencia 
de estilo. No niego que conforme a fechas que figuran al pie de cada 
trabajo éstos hayan sido realmente escritos entonces, pero afirmo que 
todos han sido corregidos, retocados, adaptados a la manera actual de 
Reyes . ! 

Y continúo con mi primera observación, que al fin sólo servirá para 
hacer sonreír a Reyes y distraer al que leyere : 

Leo en La Cena: 

% Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha pa- 
recía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes 
públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante 
de mis ojos. A cada instante surgían glorietas, sembrados arriates cuya verdura 
a la luz artificial de la noche, cobraban una elegancia irreal. Creo haber visto 
multitudes de torres — no sé si en las casas, si en las glorietas — , que ostentaban a 
los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj. 

La emoción se alarga hasta el párrafo siguiente que remata con esta 
oración : 

No sé cuanto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el marco de mi 
respiración agitada. 

Véase ahora cómo se corta la emoción en el párrafo que sigue : 

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia motivos de mi presencia en 
aquel lugar. Por la mañana, el correo rae había llevado una esquela breve y suges- 
tiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. 

El autor sigue discurriendo tranquilamente hasta detenerse en esta 
reflexión : 

Cuando a veces, en mis pesadillas, evoco aquella -noche fantástica (cuya fanta- 
sía está hecha de cosas cotidianas y «siyo equívoco misterioso crece sobre la humilde 
raíz de lo posible), paréceme iadeari ¿^ través de avenidas de reloies y torreones, 
solemnes como esfinges en la calzadt " de algún templo egipcio. 

Pero de pronto nos levanta el ánimo, nos mueve los nervios con el 
párrafo siguiente: 

La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el 
suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto con mi sombra, la sombra de una mujer 
desconocida. 

Párrafo seguido se rompe o se suspende la emoción : 

Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumhrados aquella mu- 
jer no era para mí más que una silueta... 

Alguien que hubiera seguido atentamente mis ejemplos para demos- 
trar o justificar el título del libro que tan buenos ratos me ha hecho 
pasar, me argumentaría : "Eso tiene que ser así, puesto que en toda obra 
de carácter narrativo no se puede mantener tendida siempre la cuerda 
lírica". Pero a esta observación se me ocurría contestar: "Eso está bien 
en cuanto al estilo grandilocuente, pero no en cuanto al fondo de la cosa 
misma que se cuenta. Fíjese mi crítico que no busco la emoción por el 
lado en que la ha visto mi impugnador, sino en el fondo de la cosa que 
se cuenta, no en las palabras, no en el estilo". 

El hilo de la emoción se corta hasta la línea 14 de la página 10. 
De ahí en lo adelante se regresa de nuevo a la capilla: 



LAS REVISTAS '^75 

Su silueta habíase colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insig- 
nificante a no ser por una expresión marcada de piedad...; sus cabellos castaaos, 
algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi 
mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un 
nombre. . . . 

Y estas observaciones que he hecho en el primer cuento del libro con- 
vienen a los demás trabajos que lo informan. Basta leer la obra dete- 
nidamente para verlo asi. 

Para muchos, quizás no haya la emoción que yo he encontrado en 
los párrafos anotados. ¡Es tan difícil determinar, fijar el grado de sen- 
sibilidad o mejor dicho los matices múltiples de las sensaciones I 

Muchas veces lo que emociona a un filósofo no logra hacer huella 
en el sensorio de un poeta ; y lo que emociona a un poeta pasa inadver- 
tido a los ojos de un filósofo. 

Yo he visto conmovido a Vasconcelos en Carnegie Hall, escuchando 
uno de los tantos motivos de la Novena Sinfonía, que a mi no me ha 
causado impresión alguna ; no la Sinfonía en su totalidad, sino el motivo 
a que aludo. Yo he visto a Pedro Henríquez Ureña extasiado en un 
cuadrito de Cezanne que cientos de personas han pasado por delanie de 
él indiferentes. Yo he visto llorar a mucha gente oyendo óperas italianas 
que a mí me hacen dormir. He visto a Jacinto B. Peynado enjugarse 
las lágrimas escuchando Bohemia, que me resulta música de organillo. 
En cambio, yo siento profunda sensación cuando escucho los Nocturnos 
de Chopin, cuando contemplo la Copa de Benvenutto, cuando oigo recitar 
a Santos Chocano o contemplo los cuadros del Greco. 

Este libro de Alfonso Reyes lo leyó Rene Borgia, que es alma de 
poeta, y cuando lo hubo terminado me dijo: "Es un libro bien escrito, 
pero no me ha entusiasmado". El mismo libro lo leyó una amiguita igno- 
rante en cuestiones literarias y me confesó que la habían emocionado al- 
gunos diálogos, y que La Cena no la dejó dormir bien. 

Recuerdo, siendo un niño, haber visto al Señor Hostos explicando o 
dictando conmovido unos capítulos de la Moral Social mientras sus dis- 
cípulos permanecían impasibles. 

Es cosa sumamente difícil determinar o clasificar las sensaciones que 
una obra puede causar a lectores diferentes. 

El Plano Oblicuo es libro bien escrito, hecho con paciencia de orfebre. 
No es libro para todos, sino para una parte selecta de lectores. 

Gabriel Alomar, -en unas notas citadas arriba, escribe: 

■f 
La divina ironía sonríe (no sé si tristemente) bajo esas narraciones de gracioso 
funambulisnio. Un ave ha pasado sobre nuestra lectura. ; El cuervo de Poe? ¿El 
buho de Atenas? Yo creo que es el azor invisible de nuestras cetrerías, siempre a 
la caza de la emoción eternamente nueva. Hay en esas páginas, singularmente, un 
diálogo entre Aquiles y Helena que parece continuación mental de las escenas del 
segundo Fausto, cuando Mefistófeles, disfrazado de Forkya, prorrumpe en burlas 
sardónicas, en pleno retorno a la herencia trágica, cuando Helena traspone de nuevo 
el umbral de Menelao en Micenas. Rectifico: He dicho ironía y debí decir Humor. 
Esa página y las del otro diálogo burlesco-ervidito entre Eneas y Ulises, son cepas 
de la vid heiniana. Reyes es un bulbul mexicano que anidó en los parques de Dus- 
eeldorf... Pero que aprendió también a cantar en el jardín paterno de Hardenberg, 
"a quien los libros llaman Novalis..." 



D 



Portugal y su lirismo 

E Hermes (Abril) tomamos este interesantísimo artículo de Ra- 
miro de Maeztii : 



"La influencia del lirismo portugués sobre la literatura castellana 
ha sido tan grande que no seria exageración decir que los mejores tiem- 
pos literarios de Castilla han sido aquellos en que más se ha dejado in- 
fluir por el espíritu galaico lusitano. En los siglos XHI y XIV la lengua 



276 NOSOTROS 

luso-galaica era hablada corrientemente por las clases cultas y cortesanas 
de España. Era el idioma de la literatura, en tanto que el castellano no 
era sino la lengtia popular. Puede decirse que la literatura castellana es 
de raíces portuguesas, aunque no tarda en emanciparse y para el fin del 
siglo XV y comienzos del XVI es el castellano el que adquiere la pri- 
macía, en la -prosa de la Celestina y en los versos de Jorge Manrique, 
al punto de que el ilustre doctor Ricardo Jorge cuenta que : "El orgu- 
lloso portugués don Juan II dijo una vez que todo hombre de bien que 
se preciase debía saber las Coplas de memoria, e incontinente su co- 
rrector de estilo, el ilustrado García de Rezende, recitó el Recuerde el 
alma dormida hasta el fin del rosario magnífico de estrofas". 

Adviértase que cuando los castellanos hubieron pagado a los portu- 
gueses su deuda literaria habían ya transformado la pura lírica que de 
los portugueses recibieron en lírica dramática, como la de los versos de 
Manrique, o en puro drama, "tragi-comedia", dice su autor, como es 
la Cclcslina. Lo extraordinario es que, al cabo de los siglos, el espíritu 
portugués sigue caracterizándose, en su culminación suprema, por la pura 
sentimentalidad de su poesía lírica y por el culto de la verdad en la 
historia, mientras que el genio castellano se caracteriza siempre, en sus 
mejores obras, por su gran invención en la novela y en el drama y por 
el gusto de las realidades, con su sal y saínete y sus miserias. Hoy como 
ayer, los portugueses son los primeros como líricos y como historiado- 
res. Superan a los demás hispanos en sentimiento y en ternura. No es 
que sea su patetismo más profundo, sino que surge envuelto en melan- 
colía y en "saudad". El alma portuguesa supera siempre a la castellana 
en la capacidad para vivir fuera de sí misma, porque vive en el objeto 
amado, aunque se lo hayan llevado el tiempo o el espacio, y mejor si 
está ausente que presente, lo que no evita que el alma se entristezca al 
sentirse fuera de sí misma y esta melancolía musical es uno de los gran- 
des encantos de la lírica lusitana. 

Pero aún en los tiempos en que era ya predominante la lengua cas- 
tellana el' genio portugués fecunda nuestro espíritu con dos grandes no- 
velas de caballerías: el Aruadís de Caula, de Lobeira, y el Palmerín de 
Inglaterra, de Francisco de Moráis, y con la primera de las novelas 
pastoriles, la Diana, de Jorge de Montemor, Montemayor, como le lla- 
mamos en el idioma en que escribió su novela. Claro está que a la 
fecundación portuguesa no tarda en responder la creación castellana y 
así puede decirse que el Quijote es la respuesta realista que da Castilla 
tanto a los libros de caballería como a la novela pastoril. El portugués 
es romántico, y por eso produce la novela pastoril en que puede dar 
rienda suelta a su subjetivismo, a su erotismo, a su vaguedad — y tam, 
bien a su afectación y a su plañido, porque las cualidades raramente de- 
jan de ir acompañadas de defectos — , pero es el castellano el que se afron- 
ta con la vida y la recorta en caracteres inmortales, como los de la 
Celestina, el Lasarjllo, Al f orache, Obregón, y Bl Gran Tacaño. 

También aparece la influencia lusitana en el uso constante que ha- 
cen nuestros escritores máximos de los temas portugueses. En Tirso, en 
Cervantes, en Calderón y en Lope abundan los temas portugueses y ahora 
todavía, si preguntáis a Ricardo Calvo cuáles son los dramas de corte 
romántico que más impresión causan en los públicos de las provincias 
españolas, oiréis que son Reinar Después de Morir, y Traidor, Inconfeso 
y Mártir, en que se tratan por el espíritu castellano dos temas portu- 
gueses: el de los amores del Infante Don Pedro con Doña Inés de 
Castro y el de la leyenda del Encubierto: el Rey Don Sebastián. Y 
cuando preguntéis por los espíritus que tuvieron mayor influencia en la 
formación de Don Miguel de Cervantes 'tendréis que responderos que, 
además de los portugueses que escribieron los libros de caballerías más 



\LAS REVISTAS , 277 

queridos por Don Quijote, uno de ellos fué Camoes y otro, León He- 
breo, el autor de los Diálogos de Amor, ambos portugueses. 

Esa influencia no habría podido ser tan grande de no haber sen- 
tido los castellanos que los portugueses eran distintos de ellos. Esta 
diferencia origina reproches mutuos. Lope se burla, en un magnífico 
epigrama, de ""Un portugués que lloraba". Son numerosos los epigramas 
de nuestros siglos XVI y XVII sobre los portugueses que se mantienen 
de amor y se mueren de amor, y los epitafios epigramáticos, como el 
de aquel f idalgo que hizo poner en su sepulcro : "No murió a manos 
de ningún castellano, pero sí a manos del amor". Los castellanos de en- 
tonces llamaban a los portugueses "derretidos, azucarados, llorones, miel 
y manteca, fantásticos que aman de oídas y sin saber a quién". Todavía 
es esto mismo lo que reprochan los castellanos inteligentes de ahora a 
los portugueses contemporáneos. Y hoy, como antaño, los portugueses 
reconocen, en el fondo, la justeza del reproche y declaran paladina y 
orguUosamente haber nacido para ser siervos del amor. El exquisito poe- 
ta Lopes Vieira habla del "Beso portugués" como si los portugueses 
supieran apretar los labios contra la piel de otra persona por algún pro- 
cedimiento patentado e inasequible para los extranjeros. En cambio, los 
portugueses nos reprochaban, y nos reprochan, que en toda la vida no 
llegamos a pronunciar exactamente sus vocales, en lo que tienen muchí- 
sima razón, y de que ellos nos entienden y nosotros no les entendemos, 
en lo que ya no tienen sino considerable parte de razón. 

La verdad es que todos somos hispanos y que nos completamos 
mutuamente. Cuando un gran portugués, como Andrés de Resende, dice: 
"Hispani omnes sumus" (la cita es de la benemérita señora Michaelis 
de Vasconcellos), cuando Almeida Garrett explica: *' Somos hispanos, e 
aevemos chamar Hispanos a qtiantos habitarnos a pcninsula hispánica", 
siento que se me humedecen los ojos, pero ahora, después^ de haber vi- 
vido unas semanas en la "tierra del cantar saudoso" y de haberme estado 
saturando de sus poetas líricos, veo más claro que la causa de que me ' 
emocione cuando un portugués me dice que todos somos hispanos no es 
que yo me sienta halagado en cierto secreto imperialismo, porque no ten- 
go el menor deseo de que nuestro Ministro de Hacienda cobre tributos 
en Lisboa, sino que me emociona la conciencia de lo incompleto que so- 
mos los hombres y de lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros, 
porque el alma portuguesa se derrite sin un poco del realismo castellano 
y la castellana se fosiliza como no sienta fluir dentro de sí otro poco 
del jugo lírico que sobra en Portugal. 

Solo que no sería justo con los portugueses, ni con la verdad histó- 
rica, si dejase entender que la influencia del lirismo portugués no había 
trascendido de la península; porque así como la influencia de la dramá- 
tica y del realismo castellanos de nuestro buen tiempo se puede percibir 
a todo lo ancho de la literatura universal en los últimos siglos, así tam- 
bién ha aportado el lirismo portugués al numdo la revelación de un 
aspecto del alma humana que los demás pueblos descuidaban. La influen- 
cia de la Diana, de Montemayor y de la novela pastoril es incontestable 
en el origen del romanticismo, que no es otra cosa que la bucólica ver- 
sallesca y el culto de la Naturaleza y del sentimiento de Rousseau. Las 
Cartas Portuguesas, que la monja lusitana Mariana Aleo forado escribió, 
en un francés lleno de portuguesismo : — Mendes moy que vous voules 
que je tneure d'atnour pour vous! — , a un caballero francés en el siglo 
XVII, provocaron el advenimiento de todo un género : el de la novela 
epistolar apasionada, que comienza en La Nouvelle Helo'ise y en las Liai- 
sons Danger cuses. Un espíritu que sepa pensar al mismo tiempo, en lo 
posible, de prisa y con firmeza no necesita de otros documentos para adi- 
vinar que el romanticismo todo proviene históricamente, en su raíz sen- 
timental, del país de la "Saudad", de los "luares" y de las "magoas". 



278 NOSOTROS 



* * 

Pero antes de mostrar el modo como la dulzura del clima portugués 
y la aspereza del castellano condicionan las literaturas de ambos pueblos 
he de llamar la atención sobre la influencia que en la pintura de ambos 
paises ejercen, porque siendo la pintura el arte que más entra por los 
ojos, su luz nos servirá después para esclarecer, en lo posible, diferencias 
cuyo último secreto se pierde en el misterio. 

Portugal ha tenido la fortuna de descubrir en la generación última 
a uno de los clásicos de su arte pictórico que es, al mismo tiempo, uno 
de los mejores retratistas de todos los tiempos. Me refiero al pintor 
Nuno Gon calves, cuyos dos trípticos, que versan ambos sobre la "Ado- 
ración de San Vicente", figuran ahora en el puesto de honor del Museo 
Nacional de Arte Antiguo, de Lisboa. Al mismo tiempo han encontrado 
los soberbios trípticos en la persona de don José de Figueiredo, Director 
del Museo, el más perspicaz de los intérpretes y el más enamorado de 
los apologistas. En ambas obras la figura eje es San Vicente. En el 
painel central de uno de ellos la figura principal, después de la del santo, 
es un arzobispo a quien rodean sus acompañantes de adoración al santo. 
Las figuras del painel de la derecha son caballeros, las del painel de la 
izquierda, pescadores. En el painel central del otro tríptico, la figura 
principal, siempre después de la del S^nto, es el Infante Don Enrique, 
(queda dicho con ello que el cuadro es del siglo XV), seguido de sus 
hombres y precedido del Rey Don Alfonso V y el del Infante Don Juan. 
En el painel de la izquierda hay frailes ; en el de la derecha, ge nos 
muestra una reliquia, mientras un rabino abre su Talmud. En junto hay, 
si no me engaño, 59 figuras diferentes. Todas ellas, retratos de firmeza 
inolvidable. 

¿En qué se caracteriza el arte de Nuno Goncalves? "Ve con los ojos 
del alma", dice justamente el señor Figueiredo, "pero mira también 
atentamente la realidad con los del rostro, no olvidándose de un trazo, 
de un plano, de un detalle". Lo que para nosotros significa ver con los 
ojos del rostro es cosa clara: ver el objeto que se nos pone por delante 
como un obstáculo que se . interpone en nuestro campo visual y anali- 
zarlo en sus colores y en sus líneas. Lo que sea ver con los ojos del 
alma no es ya tan claro y para hacerlo ver me serviré de un ejemplo. 
Los japoneses caricaturizan nuestro arte occidental diciendo que nosotros 
cogemos una modelo, la vestimos de una armadura, la trasportamos al 
lienzo y llamamos al cuadro Juana de Arco. Los iaponesos, en cambio, 
antes de ponerse a pintar un tipo de la fuerza y delicadeza de Juana de 
Arco se disciplinarían durante varias semanas por njedio de ayunos y de 
ejercicios de concentración espiritual hasta juzgarse capaces de sentir a 
Juana de Arco y de identificarse con ella y con su causa, y solo entonces 
se pondrían a pintarla. Esto es pintar con los ojos del alma 

Pintar con los ojos del alma es infundirse con la imaginación en el 
ser pintado, moverse con sus movimientos y sentir sus formas como lími- 
tes. Esta es la pintura de los japoneses y los chinos. Se la reprocha su 
carácter abstracto. No pinta, por ejemplo,' a un guerrero determinado 
sino al guerrero en general. Pero esto no es sino el resultado inevitable 
de su punto de vista. Cuando se empieza por romper el "Principium indt- 
vidustionis" no hay derecho después a quejarse de que haya desaparecido 
el individuo. 

Pintar con los ojos del rostro es sentir el objeto pintado como materia 
imnenetrable a nuestra mirada, como no-yo, como otra cosa. Esta es 
toda la pintura occidental, a la que también pertenece la portuguesa, solo 



LAS REVISTAS 279 

que en el alma portuguesa es demasiado fuerte el espíritu lírico para que 
no se salga un poco de los moldes de la civilización en que se produce. 

El Infante Don Enrique, en el tríptico de Gonqalvez, es bien el com- 
batiente de Ceuta y de Alcacer, el que sacrificó al Infante Don Fernando 
y dejó asesinar al Infante Don Pedro, pero también el que medita y di- 
rige en Sagres el descubrimiento del mar. Su cara está llena de una fuer- 
za y de un misticismo sobrehumanos. Todas las figuras están bañadas de 
emoción religiosa con la sola excepción de la del pintor mismo, que se 
encuentra en uno de los lienzas. Nuno Gonqalves es el único que no está 
adorando al Santo, sino mirando fijamente hacia afuera, hacia la realidad. 
La razón es que el pintor tenía que mirarse en algún espejo para verse y 
no le era posible estarse mirando y dar a su cara la expresión de quien 
está mirando a un santo. 

Si de la obra de Gontjalves pasamos a la pintura portuguesa, en ge- 
neral, no hay más remedio que aceptar el juici odel señor Figueiredo 
cuando dice que el arte portugués carece de la estilización de la pintura 
italiana y del realismo de la holandesa. "El arte portugués es un arte 
tranquilo, dulcemente contempíativo, que ve simultáneamente con los ojus 
del alma y con los del cuerpo, sin los grandes vuelos del arte italiano, pero 
también sin las crudezas en que a veces cae el arte holandés". Los Cal- 
varios italianos se distinguen por la .^mposición cuidadosa, teatral ; los 
holandeses, por el realismo individual y fuerte de las figuras ; los portu- 
gueses, por la emoción. Todos sus personajes viven el 'drama en que in- 
tervienen, pero lo viven y lo expresan con dulzura, porque las figuras es- 
tán observadas al mismo tiempo con justeza y amor, y hasta el diablo 
mismo es tratado por los portugueses con respeto. 

Este arte plácido huye de las violentas contorsiones que tan a menu- 
do se encuentran en las telas españolas, y tambiétí de nuestras estridencias 
de color. Mientras los artistas castellanos prefieren las escenas de marti- 
rologio en la vida de un santo, los portugueses pintan más gustosos sus 
virtudes o sus milagros. La mayor violencia de color de la pintura cas- 
tellana procede, según el señor Figueiredo, de que la mayor fuerza del 
sol castellano ahoga los medios tonos, y esta es la causa de que sea más 
difícil a los artistas castellanos y meditcrránicos la verdadera armonía 
del color, que nace de la gradación. La violencia de la naturaleza hace 
difícil el lirismo al pintor de Castilla. En cambio induce a sus ^rtistas 
plásticos, pintores y escultores, a poner en juego los músculos todos de 
las figuras de sus santos, en tanto que los portugueses se contentan con 
representar a los suyos en actitudes de beatitud o de videncia estática, 
que no muestran su expresión sino en el rostro, mientras que de tal suerte 
exageran la suya las figuras de las obras castellanas que frecuentemente 
parece están bailando. 

* 
* * 

Ya hemos acumulado la casi totalidad de los elementos de los cuales 
vamos a derivar la idea justificadora de este escrito. De una parte, el 
hecho histórico de que la literatura portuguesa ha sido predominantemente 
lírica, en' tanto que la castellana ha sido principalmente dramática y rea- 
lista ; de otra parte, el contraste entre el clima suave de Portugal, ni 
demasiado seco, ni demasiado húmedo, ni demasiado cálido, ni demasiado 
frío, ni demasiado claro, ni demasiado oscuro, y el clima hecho de exce- 
sos, pero árido, en total, de Castilla y de la costa del Mediterráneo ; y 
de otra parte, la influencia de este clima en el arte pictórico de ambos 
pueblos. Cuando contrastábamos la beatitud de las figuras portuguesas 



280 NOSOTROS 

con la violencia casi coreográfica de las castellanas estábamos a punto 
de dejar escapar prematuramente nuestro secreto del tintero. 

Pero el dualismo entre lirismo y dramatismo no es cosa, sin embargo, 
que se produzca en la superficie del espíritu. Viene de muy dentro, quizás 
de más adentro que la división que Schopenhauer hace del mundo en Va-" 
luntad y Representación, de más adentro que la división que Nietzsche 
hace del arte en apolíneo y dionisiaco. Voluntad y Representación entran 
lo mismo en la lírica que en la dramática; la plástica no es necesaria- 
mente apolínea, como Nietzsche la concibe ; bastará visualizar la escul- 
tura española o la pintura de Ribera, Zurbarán. el Greco o Goya para 
que se os haga evidente la presencia de un fuerte elemento dionisiaco en 
las artes plásticas. Ni toda la poesía lírica — ^_ nuestro Rubén, por ejem- 
plo, es, generalmente, un lírico dramático, y esta es una de las muchas 
cosas que todavía no se han dicho acerca de Rubén — , ni sería posible la 
dramática de Shakespeare ni la epopeya de Camoes sin el lirismo pode- 
roso de ambos poetas. 

Que el drama es acción y lucha ya es sabido. Pero, ¿qué es lirismo? 
¿Es el amor? No andaríamos muy lejos de definirlo si dijéramos que 
lirismo es la vida vista por el amor, si no fuera porque también el con- 
flicto dramático puede ser percibido por el amor, y porque el amor mis- 
mo puede ser dividido en lírico y dramático, con lo que ya os indico que 
estos conceptos últimos mezclan y entretejen sus raíces en un nudo gor- 
diano, en el que no es fácil empresa la investigación de las identidades. 
Quizás consigamos -mejor nuestro objeto si volvemos sobre el contraste 
que apuntábamos atrás entre ver con los ojos del alma 3' ver con los ojos 
de la cara. 

Supongamos que nos sentimos bien, que una brisa agradable nos orea 
la cara, que un paisaje armonioso nos acaricia la mirada. Estamos bien, 
no tenemos prisa, gozamos del presente, ningún deseo violento nos hosti- 
ga. En esta situación de bienaventuranza surge un objeto nuevo, cosa es 
persona, a la contemplación de nuestros ojos. No hay razón para que 
nos sintamos temerosos de ese objeto. No es una piedra que se nos echa 
encima, no es un enemigo que nos amenaza. Estamos saturados de amo- 
rosidad, puesto que nos sentimos bien. ¿ Qué hace entonces la curiosidad 
estimulada por la presencia de ese objeto nuevo? Lo sigue con los ojos, 
la imaginación nuestra se objetiva, nos infundimos con la imaginación 
en el objeto, nos hacemos objeto, sentimos su peso, sus movimientos y 
sus límites como propios. Esta es la visión lírica del mundo. 

Pero supongamos que no estamos en la actitud de abandono y de 
confianza del que se encuentra bien. Supongamos que nos sentimos, por 
una u otra causa , de centinela alerta frente al mundo y que es entonces 
cuando se nos parece un nuevo objeto. ¿Qué haremos sino echarle el 
alto? Es, desde luego, otra cosa que nosotros, una amenaza, desde luego 
un no-yo. Hemos de analizarlo como realidad, hemos de considerarlo 
como posible antagonista. Es posible , que, además de antagonista, sea 
nuestro ideaf amoroso. Es posible que se convierta desde el primer mo- 
mento en ladrón de nuestra alma, que se imponga a nuestra voluntad. 
También es posible que, por el contrario, sea nuestra voluntad la que 
sienta el empeño de apropiarse del nuevo objeto. De todos modos surge 
una lucha, aún en el seno del amor, para ver cual de los dos se impone 
al otro. Aquí va a haber un vencedor y un vencido : 

Cazador que a raza vas 
de nni'er o de Ifón, 
¡ay de ti si no le das 
en mitad del corazón! 

decía nuestro Dicenta que no fué tampoco un lírico lírico, sino un lírico 
dramático. Rubén, en cambio, sentiría desatársele su teoría de sátiros. 



LAS REVISTAS 281 

los coretes o los coribantes que bailan sobre un pellejo de vino en honor 
de Dionisio o de Cibeles. Es que se ha roto la unidad de cuerpo y alma 
que constituye el hombre. El alma va por un lado ; el cuerpo, simbolizado 
por los sátiros, marcha por otro lado. Se ama, sin querer o contra el 
querer. Este es el amor dramático, esencialmente español ; de una parte 
se pierde la libertad, o se trata de hacérsela perder a nuestra víctima ; de 
otra parte, se escinde nuestro ser en cuerpo y alma; el resultado es siem- 
pre lucha y tormento y drama. 

Ni contigo, ni sin tí, ' 
tienen mis males remedio; 
contigo, poique me matas 
y sin tí, porque me muero. 

El amor lírico, el amor que el pueblo portugués canta preferente- 
mente en sus cantares, es ajeno a toda lucha. Se caracteriza por su aban- 
dono total, de cuerpo y alma. Perdonadme si os traduzco mal un par de 
cantares : 

Aquí está mi corazón, 
si quieres, matarlo puedes; 
mira que estás dentro de él 
y si me matas, te mueres. 

O este otro, que tiene fama de ser el más hermoso del país : 

Me llamaste vida tuya 
y yo tu alma a ser aspiro, 
la vida acaba en la muerte 
y el alma sigue camino. 

Acaso prefiriera yo estos otros : 

Hijo soy de las estrellas, 
junto al cielo fui criado, 
perdíme en la noche oscura 
y en tu pecho fui encontrado. 

Mi corazón es un río, 
lleno de aguas, mete miedo, 
sécase mi corazón 
y se riega tu arboledo. 

Portugal posee en Joao de Dcus uno de los poetas más grandes del 
amor lírico que ha producido el mundo, incluyerido los poetas de la India 
y del Extremo Oriente. El siglo XIX, quizás tan grande en la literatura 
portuguesa como el XVI, produjo un poeta en que el alma del pueblo por- 
tugués volvió a encarnar en un genio místico y naturalista, como también 
lo fuera Camoes. Faltóle a Joao de Deus el estro épico de Camoes. Qui- 
zás superó en delicadeza al mismo autor de As Lusiadas. No me atrevo 
a traducir sus versos porque esta es empresa reservada a la mano de un 
gran lírico. Pero aquí está el amor que nada teme y nada pide, y lo da 
todo. La Mujer deja aquí de ser el tercer enemigo del alma. Es la más 
bella representación de Dios. El poeta necesita decir expresamente que 
"Ama también a Dios" para que no creamos que la divinidad tiene a sus 
ojos forma de mujer. Este hombre confunde la curva del pecho de su 
amada con la del cielo de los justos sin que lleguemos a escandalizarnos. 
La voliTptuosidad misma se hace casta en su pluma y es que el poeta, en 
su éxtasis lirico, se olvida de sí mismo y nos hace olvidarnos de nosotros 
mismos para sumirnos en un sueño de nieve y de coral. 

Que este sueño es infinitamente peligroso no necesito decirlo. En el 
amor dramático, cuando menos, nos estamos defendiendo todo el tiempo. 
En el amor lírico, en cambio, nos entregamos sin defensa. Pero lo que 
quiero decir, y con ello habré cumplido el objeto que me proponía en este 



282 NOSOTROS 

escrito, es que en Portugal se da un lirismo puro, que es una entrega en- 
tera del espíritu, que esta lírica es la ruptura del "principium individua- 
tionis", que Nietzsche creía equivocadamente que se da en la tragedia, y 
que este lirismo se ha dado en Portugal, en parte por razones que siempre 
se perderán en el misterio, pero también, en parte, porque el ser humano 
se siente envuelto en aquella tierra por un ambiente que es una caricia, 
y por la misma razón de que los conflictos del amor se dan con más fre- 
cuencia entre las clases de la sociedad que tienen satisfechas sus necesida- 
des materiales. 

Portugal posee a la hora actual los mejores poetas líricos de Europa. 
Si no fuera porque escribir verso en portugués es, mundialmente hablan- 
do, escribir en secreto, hace ya muchos años que el Premio Nobel habría 
coronado las sienes de Guerra Junqueiro, el más alto lírico latino. Esto 
que digo de Guerra Junqueiro podrá decirse también de don Eugenio de 
Castro y quizás tenga que decirse de cualquiera otro de los grandes poetas 
vivos que Portugal tiene, como Teixeira de Pascoaes, Correa d'Oliveira, 
Vieira d'Almeida. Lopes Vieira, Jaime Cortecan, y no pretendo agotar la 
lista, porque me hallo todavía en el período de descubrimiento y entusias- 
mo y no me siento con saber bastante para pretender orientar a nadie en 
el océano de la literatura portuguesa, que no es a este respecto, país pe- 
queño. 

La riqueza lírica del país vecino me ha emocionado tanto que no re- 
cuerdo haber sentido antes impresión tan profnnda al visitar pueblo al- 
guno extranjero, ni Francia, ni Italia, ni Suiza, ni Alemania, ni Bélgica, 
ni Holanda, ni Inglaterra. Solo los países del Extremo Oriente, que nun- 
ca visité., han dejado en mi ánimo una visión de ensueño como la que de 
Portugal me he traído. Salvando las distancias personales, mi viaie a 
Portugal ha sido para mí lo que fué para Goethe el viaje a Italia. Estoy 
seguro que de haberlo hecho más joven habría sido otra la dirección de 
mi vida espiritual. 

La menor de las consecuencias que he sacado es la necesidad de que 
nos conozcamos españoles y portugueses más íntimamente, pero que des- 
aparezcan, por parte de los portugueses, los prejuicios históricos y por 
parte de los españoles, la indiferencia y la apatía. Nos necesitamos mu- 
tuamente. Vuelvo a decir que los castellanos corren serio peligro de mo- 
rirse de aridez en sus estepas como no vuelva a regar su alma, como la 
regó en el Siglo de Oro, el jugo de la lírica portuguesa y que también el 
alma portuguesa corre peligro de deshacerse como no se le endurezca la 
espina dorsal al contacto, y en amistosa rivalidad, con el alma española. 
Por eso no pido siquiera que los portugueses se curen del recelo que les 
inspiramos, aunque sí pido al cielo que ese recelo no tenga nunca el me- 
nor motivo de justificación. Pero si no padeciéramos en todo el mundo 
de tin exceso de nacionalismo y de seleccionismo, que ha escindido la uni- 
versalidad de Dios y nos hace adorar a dioses nacionales o a dioses pro- 
letarios o de la gente "bien" — porque a esto ha venido a reducirse la 
religiosidad de los modernos — , si continuásemos crevendo, como creímos 
antaño, en un Dios universal y si la creencia en un Dios universal uniera 
a las distintas culturas nacionales en una ciudad cultural superior, como 
lo fué la Cristiandad en la Edad Media, no sería posible que la humanidad 
culta desconociera, como desconoce, la existencia en Portugal de los más 
ricos manantiales de lirismo, esa suprema flor del alma, porque si sunieran 
los escritores y poetas^ del mundo que esos manantiales están en Portugal, 
todas las plumas distinguidas del mundo trocaríanse en lanzas para de- 
fender la integridad de im suelo, que ningún gigante, ni emperador avieso 
se atrevería a violar, porque todos los poetas de la tierra lo considerarían 
como su Benares y su Aíeca, su Atenas y su Jerusalén". 



NOTAS Y COMENTARIOS 

Fundación del Instituto de la 
Universidad de París en Buenos 
Aires. 

CON la fundación del Instituto de la Universidad de París en 
Buenos Aires, realizada oficialmente el 17 de Junio en el 
paraninfo de la Universidad, agrégase a nuestros centros de alta 
cultura uno de valor sumo, que no será únicamente — como el 
doctor Ibarguren dijo en su discurso — "un factor más de ense- 
ñanza, sino también un eficacísimo vehículo de intercabio espiri- 
tual con Francia". 

Antes que a nadie, ha brindado su alta tribuna al profesor 
M. Ernest Martinenche, el eminente hispanista que en París man- 
tiene vivo, en la cátedra que profesa y én las revistas que dirige, 
el culto por la literatura española. M. Martinenche es un gran 
maestro : erudito sin pesadez, claro, elocuente. Sus lecciones so- 
bre Moliere han de ser dignas, sin duda alguna, del grande hom- 
bre. Ningún tema pudo ser mejor que el que su teatro ofrece. 
Si Moliere no es lo esencial del genio literario de Francia, es, por 
lo menos, lo más puro y eterno. Bien está, pues, que se trate de él 
en las lecciones inaugurales de un Instituto francés. 

Discurso dei, Dr. Caritos Ibargurein 

Señores : 

El Instituto de la Universidad de París en Buenos Aires, que 
tengo la honra de presidir y que inauguramos en este acto, desem- 
peñará una función trascendental en el desenvolvimiento de la 
cultura argentina. No es únicamente un factor más de enseñanza 
el que se incorpora hoy a nuestra vida universitaria, sino también 
un eficacísimo vehículo de intercambio espiritual con Francia. 

Francia no ha necesitado de organismos especiales para ejer- 
cer entre nosotros la profunda influencia que universalmente 
irradia con su pensamiento y con su arte; pero ahora ella quiere 
/ 



284 NOSOTROS 

mantener con los argentinos un vínculo intelectual más vivo que 
el del libro y el de la revista científica o literaria, cual es el de 
la enseñanza personal de sus más eminentes profesores. El pen- 
samiento frg,ncés será traído de esta suerte por la voz de sus 
más elevados exponentes en la cátedra, y la juventud estudiosa 
lo recibirá en la forma sistematizada de cursos universitarios. 
La semilla no vendrá, pues, dispersa y enfriada, como hasta hoy 
en las hojas de millares y milares de libros, sino que caerá en 
nuestro surco elemental derramada amorosamente por el propio 
labrador que la cosechó en su pródiga tierra. 

Y los maestros, después de habernos enseñado, retornarán 
a su patria con algo ajeno a las disciplinas, a las bibliotecas y a 
las especulaciones ideológicas, algo nuevo para ellos que les in- 
fundirá una sugestión extraña y múltiple: la visión de un pue- 
blo naciente que, sin haber definido aún su perfil, pugna impe- 
tuoso en este momento de unánime pesimismo por romper su 
larva y por hallar sus alas. Esos obreros de cultura milenaria 
llevarán de aquí una impresión de fuerza adolescente, informe 
y rica como materia prima, y al volver al seno ilustre de sus 
academias revelarán a sus colegas todas las posibilidades que 
guarda para el mundo esta América llamada, con acierto, latina. 

Es verdad que en América del Sud se confunden las razas 
y que los vastagos sienten en su sangre y en su alma latidos de 
la carne y del espíritu de todos los pueblos ; pero hay una línea 
étnica directriz que da a estos países su carácter peculiar: el hijo 
de la humanidad, que se está elaborando en este continente con 
la fusión de los hombres venidos de las más diversas comarcas 
del globo, lleva dentro de sí, en medio de las heterogéneas co- 
rrientes espirituales que agitan su formación, el germen lumi- 
noso de la latinidad. 

Francia nos dirige hoy con preferencia su mirada maternal. 
Nosotros habíamosla contemplado filialmente desde muy largo 
tiempo porque nuestra afinidad con ella proviene de lazos que 
nos hermanan con un mismo modo de sentir. 

La unión espiritual entre los pueblos no es nunca el exclu- 
sivo resutado de una obra de diplomacia o de política si no hay 
en ellos una sensibilidad semejante que vibre, por igual, al mismo 
diapasón. En esa identidad finca la ignota fuerza que estrecha 



NOTAS Y COMENTARIOS 285 

las almas y las abre de la misma manera para recibir la onda 
misteriosa del universo. 

Por ello nosotros queremos y comprendemos el alma fran- 
cesa, que representa en la civilización contemporánea lo que la 
griega significó en los tiempos clásicos: lleva la claridad a la 
hondura y la gracia a la meditación, parece liviana por ser alada, 
y ligera porque es sutil, difunde armoniosamente por el mundo 
la cultura propia y ajena y refleja sus imágenes dando a las for- 
mas la voluptuosidad inquieta y la belleza serena. 

Bien venido sea en Buenos Aires este Instituto qixe nos trae 
de Francia, con sus grandes maestros, las vibraciones de su pen- 
sar y de su sentir. 

Nuestra sección "Letras Argentinas" 

ANÍBAL Norberto Ponce que desde hace dos años atendía con 
gran competencia y éxito la crítica de los libros argentinos 
en prosa, nos ha pedido relevo. Sus ocupaciones profesionales 
y sus particulares estudios le fuerzan por ahora a apartarse del 
comentario de la literatura argentina actual, cada día más abun- 
dóte y compleja. 

Siete son con Ponce los que en los quince años que Nosotros 
Teva de vida han atendido esta sección : Giusti, Melián Laf inur, 
Coronado, Laferrére, Trazusta, Noé, han ejercido con mayor o 
menor constancia esas funciones, que si fueran más gratas, no 
hubieran sido ejercidas por tantos. 

Ponce las abandona cuando su prestigio de critico agudo y 
austero comenzaba a afianzarse. Muy joven y muy argentino, 
la inquietud le lleva a tantear otros caminos, a explorar otras 
rutas. Como esas rutas y esos caminos son de la inteligencia, 
"Ponce ha de llegar a término, sin duda alguna, si así lo quiere. 
Reemplazará a Ponce, nuestro director Julio Noé. Rafael 
de Diego seguirá ocupándose de los libros de versos. 

El Teatro de Jacinto Benavente 

MUY complacidos publicamos en este número la excelente 
conferencia que sobre Bl teatro de Jacinto Benavente, leyó el 
escritor español Rafael Marquina, hermano del poeta, en la fies- 
ta que el Ateneo Universitario realizó en honor de Benavente, 



286 NOSOTROS 

en el salón de actos de la Facultad de Ciencias Económicas, el 
día de Mayo próximo pasado. 

En dicha fiesta — que tuvo un gran éxito — el ilustre 
dramaturgo expuso a la juventud un magnífico credo idealista 
y a continuación la admirable artista Berta Singermann recitó 
diversas composiciones de nuestros poetas jóvenes 

Las publicaciones universita- 
rias. — Boletín de la Facultad de 
« Ciencias Económicas, Comerciales 

y Políticas del Rosario. 

Alas revistas que aparecen en el país, especialmente dedica- 
das a estudios de índole universitaria y a la divulgación de 
los problemas de carácter científico y cultural, debe agregarse el 
Boletín bimensual que publica el Seminario de la Facultad de 
Ciencias Economices, Comerciales y Políticas que forma parte 
de la Universidad Nacional del Litoral. 

Los trabajos que contiene la entrega primera del Boletín 
son realmente de mérito, debiendo mencionarse de un modo es- 
pecial una conferencia pronunciada por el Dr. Ardoino Martini 
al inaugurar en dicha Facultad el Curso de Tecnología Indus- 
trial y Rural, una interesante monografía del estudiante señor 
Luis J. Castelli sobre "Clasificación de los gastos de la provin- 
cia de Santa Fe", "La deuda pública nacional al 31 de Diciem- 
bre de 19 19", por el estudiante Amadeo V. Re, del curso de 
contadores. 

No desmerece en lo más mínimo el número segundo del 
Boletín de la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y 
Políticas instalada en el Rosario en el edificio de la Escuela de 
Comercio. Forman parte del sumario de la segunda entrega, "El 
Censo Argentino de 1914", por el Dr. Franz Kuhn; Variaciones 
de precio de los artículos de primera necesidad en la ciudad de 
Rosario, monografía presentada por el estudiante Nicolás J. 
Bressan, con gráficos demostrativos, y varias notas de interés 
para el profesorado y estudiantes de la Universidad Nacional del 
Litoral. 



NOTAS Y COMENTARIOS "'ift' 

Un verdadero niño prodigio: 
Víctor Hormaechea 

El, sábado 17 del corriente se realizó en el Salón Teatro el 
recital anunciado por el joven violinista argentino Víctor 
Hormaechea, primer premio y medalla de oro del Conservatorio 
"Buenos Aires", que dirige el maestro Alberto VVixliams. 

Hormaechea, discípulo del gran violinista Andrés Gaos, de- 
mostró, desde la primer pieza, un absoluto dominio del instru- 
mento y una serenidad rara en un muchacho de 15 años que por 
primera vez se presentaba en público con un programa de tanto 
compromiso. Una gran técnica y una profunda compenetración 
del sentido de cada obra, puso en evidencia el concertista, que 
triunfó plenamente. Si Hormaechea continúa estudiando seria- 
mente, podemos afirmar que tendremos en él, en breve, un gran 
artista de fama mundial. 

Su programa se componía de la Sonata opus 2 de Veracini, 
la Leyenda opus. 17 y Obertass de Wieniaswsky, Moto Perpetuo 
de Ríes, la Rapsodia Húngara opus. 43 de Hauser, dos páginas 
de Williams-Gaos, que tuvo que repetir, y el Scherzo-Tarantella, 
opus. 16 de Wieniaswsky.- 

Es de lamentar que, como de costumbre, no concurriera nin- 
guno de los críticos de los grandes diarios. Se trataba de la 
presentación de un artista argentino. Nuestro crítico Gastón O. 
Talamón ha hecho notar hace poco este antiargentinismo artís- 
tico, con motivo de un concierto anterior de Leónidas Mastrosté- 
fano y Lia Cimagha. 

Sólo vimos al señor Salustiano Frías, crítico de El Telé- 
grafo, quien dedicó al recital de Hormaechea, un entusiasta co- 
mentario. 

Asociación Cultural de Bahía 
Blanca. 

ESTA importante Asociación Cultural acaba de publicar, en 
un elegante y lujoso fascículo, la Memoria y Balance del 
2.° período: 1921. 

De la lectura de dicha Memoria nos enteramos, muy com- 
placidos, del éxito, cada día creciente, de la Asociación, que 



288 NOSOTROS 

cuenta ya con mil seiscientos socios, divididos en dos turnos, 
a fin de que todos ellos puedan asistir a las conferencias y audi- 
ciones musicales. Desde su iniciación, el 29 de Noviembre de 
1919 hasta el último, realizado el 13 de Noviembre del año ppdo. 
lleva dados la Asociación treinta y un festivales. Al igual de 
sus congéneres y antecesoras — la Asociación IVagneriana de Bue- 
nos Aires y Bl Círculo de Rosario — por el local de sus audiciones 
han desfilado una serie de notables conferencistas, músicos y 
cantantes. Así, en el último año, los socios de la Asociación Cul- 
tural de Bahía Blanca, han podido oir a Alfonsina Storni y 
Augusto Sebastiani, a Carlos Galef fi, a Backhaus, a Segovia, al 
Cuarteto Wendling, a Rosario Pino, a Friedmann, a Ninon Va- 
llin y Armand Crabbé y finalmente al Dr. Joaquín V. González, 
quien dio dos interesantes conferencias sobre Poesía Regional 
Argentina : Juan Carlos Dávalos, Carlos B. Quiroga y Luis L. 
Franco, una, y sobre Literatura Mística Argentina y el Padre 
Bsqiiiú, la otra. 

Nos congratulamos del éxito de esta seria institución de cul- 
tura y deseamos que en todas las principales ciudades de la Re- 
jjública sea imitado el ejemplo dado hasta ahora por Rosario, 
Bahía Blanca, Pergamino y Tres Arroyos. 

Una buena revista oficial: 
"Riel y Fomento". 

No es frecuente que las administraciones públicas editen revis- 
tas, y menos frecuente aun que editen buenas revistas. La 
que ha comenzado a publicar la Administración de Ferrocarriles 
de Estado debe ser especialmente señalada a los lectores. Es in- 
teligentemente nacionalista, llena de sabor argentino. Está, ade- 
más, bien escrita, bien ilustrada y bien impresa. 

Los autores presentados al Con- 
curso literario de la Municipalidad 
han designado su representante en 
el Jurado. 

CON la designación de Julio Noé ha quedado integrado — 
un poco tarde, por cierto . — el jurado que discernirá los 
premios a las obras literarias publicadas en 192 1. 

"Nosotros''. 



AÑO XVI Julio de 1922 Núm. 158 

——y 

NOSOTROS 



BUENOS AIRES CREPUSCULAR 



COMO en un cuento de Coppée, un paseante bohemio se de- 
tiene a contemplar una puesta de sol otoñal, admirado de 
su magnificencia, mientras a su alrededor pasan las gentes afa- 
nadas, que se codean, se tropiezan sin mirarse siquiera — mucho 
menos al cielo, tan pegadas van a la tierra — y al ocultafte el 
Sol por completo y apagarse las luces de su ocaso, el bohemio, 
orgulloso, exclama: "Esta tarde se ha puesto el Sol para mí 
solamente", así quiero yo brindaros una puesta de Sol en Buenos 
Aires. 

Desde mi balcón la contemplé muchas veces. Es la hora 
admirable. No puede aprovecharse su riqueza; pero el Sol al 
esconderse en Buenos Aires, es pródigo de esplendores. Desde 
mi balcón, a buena altura, se descubre gran parte de la ciudad. 
De día cuenta su verdadera historia : crecer, progresar, agran- 
darse, enriquecerse. . . Sobre las casas sencillas, de vida fami- 
liar, de modesto comercio, con sus terrazas espaciosas, llanas, se 
yerguen insolentes los edificios modernos, masas pujantes, torres 
de Babel que pretenden escalar el cielo, y como en la Torre de 
Babel, confusión de lenguas, que discuten, debaten de negocios 
y tráficos. Ostentan abigarrada arquitectura. No hay nación, 
no hay estilo que no haya pasado por ellas. Destacándose arro- 
gante, se alza la cúpula del palacio legislativo. Hay imperio y 
severidad en su arrogancia. Todo ello es la cosmópolis activa, 
industriosa, comercial, rica en trabajos y placeres que han de ser 
la recompensa del trabajo. 



290 NOSOTROS 

A la puesta del Sol vá acallándose todo aquello, que es 
como griterío de pujanza. Va suavizándose y afinándose entre 
una bruma acuosa. Es como una acuarela sin colores chillones, 
diluidos todos sobre un fondo argentado: amarillos de rosa té 
con rosados visos de nácar, verdes de mar en lontananza y algún 
desgarrón sangriento, como llamarada de un incendio lejano... 
Y poco a poco, es por fin el azul de la noche. Y ya en la noche, 
Buenos Aires parece ima ciudad oriental, morisca. Los rasca- 
cielos espiritualizan su mole y parecen como alminares de mez- 
quita. Bajo ellos, las mil terrazas se tienden misteriosas, y nadie 
extrañaría ver aparecer en ellas blancos alquiceles morunos o de 
ellas percibirse rasgueos de guzlas, preludio del lamento de una 
canción. De la tierra sube una niebla de oro, que es como el 
resplandor de una fiesta de antorchas y luminarias nupciales . . . 
Es otra ciudad . . . Santos Vega venció al diablo con su cantar 
criollo : el diablo le había vencido antes con su endiablada alga- 
rabía: ruidos de Jazz-band infernal. 

El día es del diablo; la noche es del poeta. Comprenderéis 
que yo me acoja a los poetas y con ellos sueñe, como a la pues- 
ta del Sol, como en la noche, que encanta la perspectiva de la 
gran ciudad, desde mi alto balcón, donde yo quisiera, como el 
almuédano, llamar a los poetas a la oración de las almas creyen- 
tes en nuestra verdad : la belleza ! . . . 

Jacinto Benaventeí. 



CADA día... 



A Vicente A. Salaverri. 

/^ ADA día acreciéntase la dicha 

^-^ Que ofréceme el dolor; 

Cada día acreciéntase el dolor 

Que ofréceme Id dicha; 

Cada día que voy dejando atrás 

Me fuerza a vivir más; 

Por esto muero más : soy más amor . . . 

Cuanto más vivo más de mí deserto . . . 

Cuando viva del todo, estaré muerto. 

Fernando Maristany. 
Barcelona, Noviembre 1921. 



ESCRITORES URUGUAYOS 

CARLOS REYLES, novelista 

LA compleja personalidad de Carlos Rey les, la más vigorosa 
acaso de toda la América latina, sólo comparable en inten- 
sidad y riqueza a la de Leopoldo Lugones, se destaca en la lite- 
ratura con dos relieves magistrales: como filósofo y como no- 
velista. 

La doctrina filosófica de nuestro autor, esbozada, o mejor 
dicho, comenzada en La Muerte del Cisne — libro impetuoso, 
un poco agresivo y polemizador, pero hondo, implacable, vigo- 
roso como una espada justiciera, y armonioso al mismo tiempo, 
de una armonía de estilo que adquiere plasticidades mórbidas, — 
se completa y redondea como una maravillosa cúpula en los 
Diálogos Olímpicos, en donde la serenidad de la madurez inte- 
lectual pone una hondura, una esperanza grave, un idealismo re- 
flexivo, como la melancólica serenidad de una tarde de otoño. 

La Muerte del Cisne es la desolada borrasca, la embriaguez 
dolorosa de los primeros, hondos^ desengaños, frente a la inani- 
dad de los grandes ideales, en una época en que el refinamiento 
de la civilización, colmando todos los deseos y halagando todos 
los apetitos, dejó en el alma la sequedad estéril, el amargo sabor 
de una fiesta continua. 

Pero viene la guerra, la sacudida brutal, la catástrofe im- 
prevista que pasa como una ráfaga de tormenta sobre la dulzura 
y la molicie del principio del siglo, e invierte todos los valores ; 
y el espíritu adormecido en su escepticismo, en medio del refina- 
miento de una sociedad que produjera el A rebours de Huys- 
mans, se siente extremecido por un impulso nuevo, y despierta 



ESCRITORES URUGUAYOS 298 

vigoroso, con un vigor insospechado, al latigazo cruel de las pri- 
vaciones y de los horrores de la guerra. 

Y hete aquí que la flor de la esperanza y del idealismo, bro- 
ta tímidamente primero, y florece después maravillosamente, de 
la misma desencantada doctrina de La Muerte del Cisne. Los 
Diálogos Olímpicos, proclaman la necesidad y la eficacia de un 
ideal humano; pero en la imposibilidad de encontrarlo más allá 
de la vida, fuera de la conciencia propia, descubre como por en- 
canto, dentro del mismo ser, la ignorada facultad de crear sus 
propias ilusiones, de forjarse dentro de sí la razón misma de 
vivir, y proclama así el triunfo definitivo de Irene, la vida, y 
de Pandora, la esperanza. * 

Pero dejemos para otro artículo la grata tarea de desarrollar 
detalladamente como lo merece, la original doctrina filosófica de 
nuestro autor, para concretarnos a la otra faz, tan interesante 
aunque no tan profunda, del insigne escritor uruguayo. Beba, 
La Raza de Caín, El Terruño, y ahora El Embrujo de Sevilla, 
constituyen, cronológicamente, la obra novelesca de Carlos 
Reyles. 

Su vigoroso talento, presenta en cada uno de estos libros, 
una faceta diferente, nunca repetida. Podríamos decir, sin te- 
mor de equivocarnos mucho, que es la primera, la novela de 
ambiente nacional ; pintura exacta de nuestro medio rural. No- 
vela de análisis psicológico, La Raza de Caín; de tesis, El Te- 
rruño; El Embrujo de Sevilla, la última novela, recientemente 
publicada, reúne, en maravilloso conjunto, las características de 
todas las demás novelas juntas, y es al mismo tiempo, novela 
de ambiente, de análisis, y en menor grado, novela también de 
tesis. 

Al tratar de cada una de estas novelas en particular, iremos 
desarrollando estos puntos de vista especiales. 

I 
"Beba" 

ES la primera novela definitiva de Reyles, y la que le dá 
nombre consagratorio. Y al asegurar esto, no desconoce- 
mos una tentativa juvenil, escrita a los diez y ocho años y titu- 



294 NOSOTROS 

lada Por la Vida, pues aun cuando en ella aparezcan ya las me- 
jores cualidades del escritor, en forma embrionaria todavía, el 
análisis psicológico, un don de observación poco común, y esa 
sensación de lo vivido que dan todas las obras de nuestro ilustre 
compatriota, no queremos ser más realistas que el rey, ya que 
su autor la ha descalificado. No tienen derecho los críticos de 
considerar forzosamente una obra de juventud, que por ser de 
juventud, pudo ser dada a la publicidad, por inexperiencia del 
autor. 

Empecemos, pues, por Beba, que consideraremos como pri- 
mera obra y brillante éxito de crítica y de librería. Reyles se 
presenta en esta novela, escrita a los veinte y seis años, con un 
dominio completo del idioma y de la técnica. Nada falta en 
ella: ni los magistrales cuadros de nuestra campaña, ni el aná- 
lisis psicológico de los personajes, que ha de culminar en La 
Rasa de Caín, para no ser ya sobrepasado, ni por El Terruño, 
ni aún por El Embrujo de Sevilla, que casi todos los críticos 
consideran su obra maestra. 

Beba, no es, sin embargo, una novela psicológica. Y aun 
cuando su autor no demuestre mayor afición a las largas des- 
cripciones, podemos asegurar que es una novela de ambiente, 
nuestra novela, en la que las faenas y la vida del campo, en una 
estancia modelo, viven a nuestros ojos con una realidad sor- 
prendente. En El Terruíw volverá Reyles más adelante a re- 
coger el mismo cuadro y el mismo ambiente, y a hacerlos pal- 
pitar magistralmente ante nuestros ojos. Pero El Embrión con 
sus potreros, sus caballerizas, y sus pesebres, con la huerta y los 
tres caminos que a él conducen, con sus reproductores de raza 
y sus sementales finos: Comet y Germinal, tiene una vida más 
honda, más espontánea que El Ombú. Porque en el primero 
puso su autor, todo el entusiasmo juvenil que las tareas gana- 
deras practicadas como una obra de arte y de inteligencia, des- 
pertaban en este gcntleman-farmer, en el que el estanciero em- 
prendedor y progresista, comparte con el literato una vida ad- 
mirable de labor y de éxito. 

En Beba, como en El Terruño, el literato y el ganadero se 
funden en una sola personalidad, para dar a la ganadería, con- 
cebida como una tarea intelectual, el apoyo y el brillo de la lite- 



ESCRITORES URUGUAYOS 295 

ratura, embelleciéndola y ennobleciéndola con una idea de per- 
feccionamiento que hace del ganadero, al decir de Gustavo Ri- 
bero, casi un dios, puesto que es capaz de modelar sus criaturas 
con arreglo a una norma propuesta; y da en cambio a la novela, 
el fundamento grave y la nobleza de una idea que sostiene y de- 
fiende. 

En este sentido es Beba, al mismo tiempo que el admirable 
cuadro de nuestra campaña, un estudio interesantisimo de las 
faenas ganaderas, en donde no falta siquiera, el apoyo . de las 
citas científicas que, acaso desde el punto de vista del interés 
puramente novelesco de la obra, haga un tanto pesado y lento 
el desenvolvimiento de la acción. 

Gustavo Ribero, el protagonista de la obra, es un carácter 
entero de hombre: enérgico, trabajador, inteligente, al que una 
vida interior muy honda e intensa, ha hecho encontrar frivola y 
sin atractivos la sociedad de Montevideo, que abandona definiti- 
vamente para dedicarse por completo a la persecución del objeto 
de sus afanes : una raza caballar, que por cruzamiento entre 
consanguíneos, sea el compendio de las mejores cualidades de 
sus padres. Pacientemente, luchando contra la inercia, la des- 
confianza, la rutina de los hombres, prosigue Ribero su empeño 
con el entusiasmo, de un creador y la voluntad tesonera de un 
convencido. A este objeto ha dedicado su vida, solitaria y sin 
afectos desde el matrimonio de su sobrina Beba con un joven 
elegante e inútil de la sociedad montevideana. Este matrimonio 
ha sido un gran dolor en la vida de Ribero, ya que un amor es- 
condido, y la alegría inconsciente con que ella se separó de su 
tío labraron en éste un profundo desconsuelo. En vano al verse 
solo, joven aún y en posesión de cuantiosa fortuna, quiso bus- 
car compañera en la capital, entre las jóvenes de su clase. 

Desilusionado de todas, llevando siempre fresca en el alma 
la imagen querida, y quemante el escozor de su indiferencia, 
vuelve a Bl Embrión para dedicar por entero a su proyecto las 
ricas energías de su vida. Y allí lo encuentra de nuevo su so- 
brina, que, en compañía de su esposo y la familia de éste va a 
pasar unos meses de campo en la estancia de Ribero. 

El alma fina, romántica y apasionada de Beba no ha podido 
encontrar la felicidad en el carácter, bueno sí, pero insigñifi- 



296 NOSOTROS 

cante e inútil de Rafael Benavente. Y el divorcio de las almas 
se ha producido, inevitable. 

Todo, la educación ''sincera y abierta de Beba, su tempera- 
mento, el ejemplo de trabajo y energía de Tito, su amor al 
campo y a la naturaleza, que en sus imaginaciones de niña con- 
sideraba como "una matrona hermosota y sensible", su mismo 
nacimiento de una aventura de amor estaban en abierto des- 
acuerdo con la educación frivola y un tanto disimulada, con el 
ideal de elegancia, moderación y buen tono de los Benavente, 
a quienes chocaba como ima falta, el entusiasmo creador de tío 
y sobrina. 

He aquí ya esbozado el conflicto entre la ciudad y el campo, 
que ha de ser más adelante el tema fundamental de Bl Terruño. 
Como Ega de Queiroz, aunque en otro sentido, nuestro autor 
tan refinado, tan artista, tan civilizado, como el célebre escritor 
portugués, dará también el triunfo a la campaña productora, fe- 
cunda y sana, sobre la ciudad frivola, soñadora y hueca. 

El hondo amor de Reyles por el campo se manifiesta plena- 
mente en estas dos novelas, de las Cuales hay en Beba — libre 
de la tesis y de la propaganda que determinan el objeto de Bl 
Terruño, y a pesar de la madurez intelectual, de un mayor ve- 
rismo, de un -dominio máximo de lenguaje y de técnica que 
distinguen a esta última novela — mayor frescura, espontaneidad 
e interés en las descripciones. 

A pesar de ser Beba, más que otra cosa, una novela de am- 
biente, en la que las amplias perspectivas de los campos ocupan 
preferente atención y en que el verdadero protagonista de la 
novela, más que Ribero, más que Beba, es el trabajo del campo, 
los caracteres llevan ya la marca definitiva de su autor. 

Ribero y Beba ante todo, son dos faces, masculina y feme- 
nina, del mismo tipo, en los que muchos rasgos aparecen, de su 
mismo creador. El amor de Ribero a las tareas de la ganadería, 
su espíritu amplio y refinado, su carácter enérgico y reservado, 
sus mismas ideas, pertenecen por entero a Reyles, que dio tam- 
bién a Beba algunos de sus entusiasmos, sus aspiraciones, sus 
ensueños y su amor apasionado por la naturaleza; y por encima 
de esto su intensa vida interior y el gusto por los análisis psico- 



ESCRITORES URUGUAYOS 297 

lógicos, que han de ser también más adelante, rasgo caracterís- 
tico de Julio Guzmán y de Jacinto B. Cacio, en Bl Extraño y 
La Rasa de Caín. Pero junto al tío y a la sobrina, que son los 
ejes centrales de la obra, aparecen diseñados, y aún más que 
diseñados, vivos y enteros, otros caracteres: Benavente, hin- 
chado de vanidad social, imponente y vacío, con algo de aquel 
Pacheco que el fino humorista portugués creó definitivamente; 
Ramoncito, cuyo solo seudónimo de Tulipán en las crónicas so- 
ciales, lo pinta de cuerpo entero; y bueno, sin embargo, con ex- 
celentes cualidades, que malogró para siempre un matrimonio de 
interés. 

Con mano segura e implacable pinta nuestro autor la si- 
tuación miserable y ridicula de tantos jóvenes inútiles, que capa- 
ces sólo de llevar elegantemente un traje impecable, y de asistir 
a las reuniones de nuestro primer centro social, creen realizar 
un productivo negocio con la conquista de una rica heredera, y 
venden así su libertad y su personalidad como Esaú por un plato 
de lentejas, que en este caso es un palco en la ópera, automóvil 
hoy, carruaje cuando Reyles escribía su novela. La misma si- 
tuación aunque en caracteres completamente diversos, aparece 
también en La Rasa de Caín, con el casamiento interesado de 
Julio Guzmán. Crueles, pero finas y sutiles, las observaciones 
que Ramoncito hace desde el palco, sobre la brillante concurren- 
cia que llena el teatro y en la cual el príncipe consorte se com- 
place en estudiar a sus colegas y futuros colegas, advirtiendo en 
ellos los progresos ineludibles de su propio mal. Falta de ca- 
rácter, ausencia de ideales y de energías que hacen vender por 
un precio irrisorio, — ya que toda la riqueza y toda la conside- 
ración social son moneda falsa para tan valioso tesoro — "la 
sana alegría que perdió, nobles aspiraciones que huyeron al pri- 
mer encuentro con el sanchismo de don Pascual, espíritu brioso, 
sano y libre, no empequeñecido aún con el comercio humano y 
prosa de la vida, que tuvo que enchalecar". 

Aunque secundaria la figura de Ramoncito, noble y gene- 
roso, pero malogrado por los Benavente y por su propia inutili- 
dad, se destaca con relieves propios. Más borrosa la de Rafael, 
es sin embargo, bastante significativa; y algo caricaturesca la 
de Benavente. Pepa y Mariquita, se pierden en la insignificancia 



298 NOSOTROS 

y la frivolidad que les son propias. Hay, en cambio, en el cau- 
dillo Pedro Quiñones rasgos que parecen esculpidos en una me- 
dalla antigua, con el mismo vigor y la misma realidad, que ha 
de aparecer en Bl Terruño, otro caudillo diferente, épico, rudo, 
primitivo, de una fuerza y un vigor sorprendentes. Rey les ha 
conocido bien a estos caudillos, últimas figuras de una epopeya, 
de la cual no queda ya sino el recuerdo en nuestra campaña que, 
ella también, va perdiendo al contacto de la civilización que 
avanza, sus caracteres típicos. Quiñones carece de la salvaje 
grandeza de don Pantaleón. Es el comandante equívoco, el hom- 
bre de los servicios turbios al gobierno, al que se recompensa 
con una jefaturía política sin poderse precisar por cuál hazaña. 
Reyles lo retrata en menos de dos páginas ; pero en estas breves 
líneas, tiene el retrato del caudillo una vida intensa y un hondo 
verismo, por que está tomado de la realidad viviente. 

Menos interesante para nosotros que los caracteres diseña- 
dos y que la pintura del ambiente es el argumento mismo de la 
novela. Mientras Ribero ocultó con energía y reserva su amor 
por Beba, nos fué hondamente simpático, y simpática también 
la figura de su sobrina. Pero nos resulta algo violenta la situa- 
ción, forzosa por otra parte, de que se vale el autor para que 
Ribero confiese sus sentimientos. Esa larga odisea en una canoa 
frágil a lo largo del Río Negro desbordado, se nos antoja un 
poco exagerada. Reyles hace pasar un día y una noche a Beba 
y a su tío, a merced del río crecido, que ha llegado a cubrir los 
árboles de las orillas; y durante tan largo tiempo, la canoa no 
se ha estrellado contra ningún tronco de árbol, ni siquiera se ha 
dado vuelta a impulsos de la corriente. Pero este detalle que 
apenas empaña la perfección de la novela, es insignificante junto 
a las bellas cualidades que ostenta el libro; y era por otra parte 
necesario al desenlace de la novela. Dado el carácter de Ribero 
sólo una circunstancia excepcional podía determinarlo a confe- 
sar su amor. Y esta circunstancia romántica en grado sumo 
puede ser verosímil ; aunque no lo sea tanto, el haber dejado 
embarcar a Beba sola en una canoa atada por una simple cuerda 
a la embarcación, dado el estado peligrosísimo del río. 

Natural, hasta cierto punto, el sentimiento de Beba al en- 
tregarse a su tío, ya que la convivencia de su esposo y de Ri- 



ESCRITORES URUGUAYOS 299 

bero, al colocar a ambos frente a frente, permitió a la sobrina 
una comparación toda en favor de Tito, agravada de antemano 
por la desilusión matrimonial de Beba. Esta, separada luego de 
su esposo, es más firme, más noble, más desinteresada en sus 
sentimientos que Ribero, a quien trabajan hasta hacerlo desgra- 
ciado, ideas y supersticiones que no están a la altura de su ca- 
rácter. El mal cariz que toman los negocios de Ribero, casi al 
mismo tiempo de su unión con Beba, la deserción de sus colabo- 
radores y la reprobación que adivina en cuantos lo rodean, no 
son, a nuestro juicio, motivos que justifiquen el abandono de 
Beba, el cual la lleva al suicidio, único camino que le quedaba 
a la infeliz mujer. Hay en el carácter de Ribero una claudica- 
ción que nos duele como una falla en una obra casi perfecta. 
Ribero noble, desinteresado, enérgico; acostumbrado a contar 
sólo consigo mismo y con su elevada conciencia, nos desconcier- 
ta en sus arrebatos y en sus descorazonamientos." Cierto es que 
el fracaso de sus más grandes esperanzas, la enfermedad here- 
ditaria de sus potrillos, que el cruzamiento entre consanguíneos 
agravó hasta determinar su inservibilidad en el momento en que 
la venta debía salvar a la estancia de las pérdidas causadas por 
el ganado vacuno, son motivos harto suficientes para agriar un 
carácter. 

Nos sorprende, sin embargo, en Ribero — de quien la mis- 
ma Beba dice a Ramoncito: "Su vida no es vida, siempre agitado 
por alguna nueva duda o preocupación, ni come, ni descansa: 
todo el día anda de aquí para allá, en continuo trajín, como si 
quisiera infundirle su aliento a todo lo que lo rodea, y hacer 
andar las cosas tan aprisa como sus deseos. Monta a caballo a 
las cuatro de la mañana y ya no se apea hasta las siete de la 
noche. Yo estoy con el alma en un hilo, siempre, esperando que 
caiga enfermo de un momento a otro ..." — esa ignorancia res- 
pecto al estado real de sus potros, conociendo, como conocía, la 
lucha sorda, la envidia, la mala voluntad de sus colaboradores. 
Pero es en cambio impresionante la escena en que, desesperado 
ante el fracaso de todas sus aspiraciones, dá muerte a Germinal, 
exclamando en un arrebato de pasajera locura: "Tú también 
contra mí, tú también me engañas. Verás como yo te arreglo". 
Y lívido de ira, sin que Ramoncito ni Beba pudieran evitarlo. 



300 NOSOTROS 

sacó la filosa daga, hundiéndola hasta el mango, de un golpe, en 
el pecho de Germinal". 

Son significativas del estado anímico de Ribero, las pala- 
bras que dirige luego a Beba, después de haber tenido por un 
momento la intención de suprimirse él mismo: "Te lo he dicho, 
todo lo nuestro está maldito" . . . 

Termina la novela con un episodio que hace más impresio- 
nante el drama de Ribero: Beba da a luz, en Montevideo, mien- 
tras su tío y amante se dirige a Europa a vender personalmente 
un lote de ganado fino, una criatura monstruosa que nace muer- 
ta. Es la última y definitiva confirmación del fracaso total de las 
teorías de Ribero, sobre la cruza entre consanguíneos. Este lo 
ignora, puesto que Reyles ha tenido el buen gusto de no agobiar 
a su protagonista con tantas derrotas ; pero Beba, que cifraba 
sus más ardientes esperanzas en el hijo por venir, para recon- 
quistar el alma de su amante, no resiste al dolor de su desen- 
gaño terrible, y decide morir antes que verse abandonada del 
todo por Ribero. 

Hay, en el carácter de Beba, tratado por su autor con visi- 
ble complacencia y hasta con cariño, mayor entereza, más eleva- 
ción y más lógica consecuencia que en el de su tío. Esta vez 
ha puesto Reyles, como más adelante lo hará con Mamagela en 
El Terruño, todo el interés de su novela en la figura de una 
mujer. Y nos es grato consignar aquí las ideas de noble femi- 
nismo que, en un autor como el que nos ocupa, son más dignas 
de tomarse en cuenta. 

Dice Reyles en el diario de Beba : "... Es mentira y men- 
tira eso que Dios te dé con una mano facultades preciosas y con 
la otra te obhgue a sofocarlas, a aniquilarlas ; no hay ninguna 
razón humana, ni divina que te obligue a ser víctima silenciosa 
del egoísmo de los hombres, a aceptar sin decir oste ni moste, 
el reducido hueco que te dejan en el mundo. Y cuidado que 
está mal hecho el mundo! Como cosa de los hombres, parece 
que todo ha sido dispuesto en contra nuestra. Para ser mujeres, 
verdaderamente mujeres, y lograr, si no la felicidad, al menos 
el casamiento, tenemos que anularnos, que matar todo pujo de 
individualidad, y no ver ni oír, sino por los ojos y los oídos de 
los hombres. ¡Ah, perros! nos idiotizan para dominarnos a su 



ESCRITORES URUGUAYOS 301 

antojo; de otra manera no nos quieren, y como no tenemos más 
misión que serles agradables, porque el matrimonio es el único 
porvenir que nos han dejado en la vida, dicho se está que nos 
dejamos idiotizar : ¡ qué remedio ! Este trabajo de desorganiza- 
ción empieza muy temprano, desde la cuna. Debemos ser boni- 
tas y frivolas, y toda nuestra educación tiende a esto: a con- 
vertirnos en un primoroso juguete dotado de una sensibilidad 
exquisita y de mil monerías intelectuales, que la exprofesa divi- 
sión de nuestra inteligencia da como fruto, contribuyendo a em- 
bellecernos y a anularnos. ¡Pobres mujeres! Las que por natu- 
raleza repugnan tan bárbaro sacrificio, es casi seguro que no 
encontrarán quien les diga "por ahí te pudras"; y las que lo- 
gran anularse no obtienen muchas veces, así y todo, la felicidad, 
pues por no tener hijos u otras causas que aridecen la vida del 
matrimonio, y también por no casarse — caso muy frecuente — 
se encuentran sin objeto en la vida, preguntándose todas per- 
plejas para qué diablos han venido al mundo?... ¿Pero dónde 
tienen los ojos estos sabihondos legisladores? ¿dónde esas águi- 
las de la economía política, que se devanan los sesos para hacer 
mezquinos ahorros, y no ven las riquezas, el tesoro que en for- 
ma de actividades despreciadas se les escapa por entre los dedos ? 
¿En qué pensarán esos señores, cuando a toda costa procuran 
atraer inmigrantes y no aprovechan lo que sin costo alguno tie- 
nen al alcance de la mano, el contingente de la mitad de la po- 
blación que permanece quieto, como petrificado? vSerá que no 
servimos para nada absolutamente? Verdad es que la dignifi- 
cación de la mujer no se ha hecho en París, y como no se ha 
hecho en París, claro ..." 

He transcrito tan larga página por que es curioso hacer no- 
tar cómo el problema de la mujer ha sido expuesto desde el do- 
ble punto de vista de la propia mujer, y de la economía social, 
por un autor de ideas en general conservadoras y enemigo de- 
clarado del socialismo que se precia de ser el defensor de la 
mujer. Estas líneas fueron escritas el año 1894. Casi treinta 
años después, la guerra mundial ha resuelto, o casi resuelto, el 
problema en el mismo sentido. Es necesario hacer resaltar, al 
mismo tiempo, que en ninguna de las obras posteriores de núes- 



302 NOSOTROS 

tro ilustre compatriota, vuelve a aparecer la menor alusión a 
dicho problema. 

II 

Las Academias 

SIGUUN en orden cronológico a Beba, las Academias. Como su 
nombre lo indica, son ellas estudios semejantes a los que los 
pintores y escultores realizan en el taller, para adquirir la maes- 
tría necesaria a la realización de la obra de arte. Y, en efecto, 
cada una de las novelas de Reyles, menos solamente Beba, y Por 
la Vida, han sido precedidas por un estudio de carácter, que 
reaparece luego, más o menos modificado, en la novela. Son las 
Academias: Primitivo, fechado en 1896; Bl Extraño, 1897, y 
El Sueño de Rapiña en 1898. No incluye en ellas el autor, un 
original y hermoso cuento, asaz diverso al resto de su obra, apa- 
recido en La Revista Nacional, que dirigía Rodó, el rual publicó 
en ella, a propósito de estas mismas Academias, su célebre ar- 
tículo La novela nueva, que con El que vendrá, dieron justa 
nombradía al inmortal autor de Ariel y de Motivos de Proteo. 

Tampoco se incluye en las Academias, un artículo, que bajo 
el epígrafe de La Vida, publicó nuestro autor en la Revista de 
América, allá por el año 1912, ni tampoco el Capricho de Goya, 
aparecido en El Cuento Ilustrado de Buenos Aires, el año 1918, 
y que constituye el esbozo de su última novela El Embrujo de 
Sevilla. 

Del cuento aquel no tenemos conocimiento que haya hecho 
Reyles novela alguna. Primitivo se funde casi íntegro en El 
Terruño. El E.vtraño es uno de los caracteres más interesantes 
de La Rasa de Caín, convertido en su protagonista ; y tr\ El 
Sueno de Rapiña están en germen las ideas fundamentales de la 
Metafísica del Oro, segunda parte de La Muerte del Cisne. 

Estas repetidas observaciones, revelan algo más que simples 
coincidencias; y sí, el procedimiento deliberadamente seguido por 
nuestro primer novelista, y que da a sus libros la autoridad de 
las obras largo tiempo maduradas ; al mismo tiempo que revelan 
su afición decidida por el estudio de los caracteres, más que por 



ESCRITORES URUGUAYOS 303 

la acción o la pintura del ambiente. Aparte el programa litera- 
rio que lucen a su frente Primitivo y Bl Extraño, aparte la reali- 
zación misma de ese programa que sorprendió y aún escandalizó 
a nuestro ambiente por la novedad que introducía y por el refi- 
namiento de una cultura excepcional en ese tiempo, que supo- 
nían las Academias, — absorbidas en la obra posterior del literato, 
a donde puede ir a buscarlas el crítico para hacer su análisis 
definitivo, — nos interesan principalmente, por lo que nos descu- 
bren del procedimiento seguido en su tarea por nuestro autor. 
Ellas significan para nosotros, un rasgo peculiar del escritor, 
que sorprende en la realidad un caso interesante, y lo recrea 
vivo y entero en una de sus Academias. Tales, Primitivo, cuyo 
mismo nombre es ya un símbolo, puesto que revela la natura- 
leza primitiva, ingenua, ruda y buena, ante el contacto brutal 
de la vida; y El. Extraño, que con su mismo nombre de Julio 
Guzmán, y apenas alterado, aparecerá luego en La Raza de 
Caín. 

De El Sueño de Rapiña no ha tomado su autor el carácter, 
que no existe, ni la form.a simbólica y fantástica, únicas en 
esta Academia, de toda la obra de Carlos Rey les ; pero ese 
mismo himno al oro, poseído y disfrutado en sueños, con todas 
sus excelencias calumniadas y todos sus valores negados por 
una hipocresía sin carácter, las recoge luego, y profundizadas 
en honda filosofía y concepto económico y social van constituir 
la segunda parte de ese libro fuerte y recio, profundo y armo- 
nioso que se llama La Muerte del Cisne. 

Se nos antoja que nuestro escritor recoge de inmediato la 
riqueza psicológica que encuentra a mano, y en lugar de con- 
servarla en notas, disecadas y sin vida, crea con ella, en se- 
guida, caracteres vivos, y los deja de pie, completos y defini- 
tivos, para utilizarlos cuando el tiempo lo requiera. 

De Primitivo poco ha sido modificado al incorporarlo, ín- 
tegro, en El Terruño. Apenas el nombre de la mujer, Adelina, 
que se convierte en Celedonia en la novela, y de la cual se nos 
da ahora, como antecedente valiosísimo para comprender su 
conducta, un temperamento excesivo que obligó a su madre, la 
prudente y cauta Mamagela, a casarla joven con uno de sus 
peones de mayor confianza, Primitivo, que es además su ahí- 



30A NOSOTROS 

jado, y cuyas condiciones de laboriosidad y honradez eran ga- 
rantía suficiente de felicidad para su hija. Con mayor acierto 
aún suprime Reyles en El Terruño el episodio de la moneda, 
que revelaba un refinamiento de crueldad tal vez poco en ar- 
monía con el alma ruda, primitiva, toda instinto, del gaucho 
bueno y trabajador. Nada pierde por eso la dramaticidad de la 
escena, cuya mayor hondura está en la lenta y progresiva dege- 
neración del alma sencilla de Primitivo, en su envilecimiento 
incurable, en la pérdida absoluta de su voluntad de bien y de 
trabajo, una vez perdido el objeto de ella, y en la notable psi- 
cología de Celedonia, en la cual el dolor- del mal producido, y 
la piedad que él despierta, encienden en su conciencia oscura 
el primer destello del remordimiento, y un extraño e incons- 
ciente orgullo de haber producido por su sola influencia tanto 
cariño y una tan radical transformación en el alma de su es- 
poso. "Al ver a su esposo silencioso y huraño junto al fogón 
o debajo del ombú, preguntábase: "¿Qué pasará por su alma 
ahora ? ¿ Me estará maldiciendo ? . . . " y se sentía morir de an- 
gustia. "¿Y todo viene de aquello f" interrogábase a continua- 
ción, y empezaba a percatarse de que allá, en las reconditeces 
de su alma, nacía violento odio contra el amante, y juntamente, 
un sentimiento indefinible, extraña mezcla de admiración, lás- 
tima y respeto hacia el marido burlado que la martirizaba, es 
verdad, pero por vengarse, sin duda, de la afrenta que ella le 
había inferido. Reconocía su culpa, cometida sin pasión ni sen- 
sualismo, por debilidad tan sólo; pero más que la falta misma 
la atormentaban las consecuencias de ella : la vida miserable 
que vino luego ; y, sobre todo, la abyección del esposo, cuyo 
relajamiento físico y moral seguía espantada paso a paso. 

"i Qué malo debe ser lo que hice !" pensaba vagamente al 
verlo regresar de la pulpería vacilando sobre las piernas, las 
ropas desaliñadas y el rostro embrutecido por la embriaguez. 
Y se asustaba de su delito y disponíase a aceptar, sin protesta, 
las mayores torturas para purgarlo ..." 

"La relajación de aquel hombre, antes tan bueno y sano y 
ahora abyecto, era obra suya, y este hondo, aunque confuso 
sentimiento, daba margen en el alma femenina y nada dura de 
Celedonia, a ternezas inauditas e inclinación amorosa, explicable 



ESCRITORES URUGUAYOS 305 

tan sólo considerando que las Evas suelen sentir perversa pre- 
dilección por el hombre que, a causa de ellas, sufre y se envi- 
lece..." 

Reyles acierta maravillosamente en estos casos de descom- 
posición moral. Para su duro y cruel escalpelo no tiene secreto 
alguno el alma humana, y ya se llame Menchaca en La Raza de 
Caín y sea un honrado pulpero con visos de periodista y con- 
<iuctor de pueblos, ya sea el alma rudimentaria del gaucho bue- 
no, la influencia desmoralizadora de la mujer labran en ambos, 
la terrible e impresionante degradación, que termina épicamen- 
te en el último, con el incendio de la estancia, y más oscura- 
mente, más dolorosamente en el primero, con la total abyec- 
ción del alcohólico. Hay una grandeza sombría, una desespe- 
rada belleza en estos cuadros morales en los que vive la dra- 
mática pintura de los novelistas rusos. Estos dos casos, sobre 
todo, estudiados en dos individualidades y en dos medios dife- 
rentes, revelan en el autor una hondura de observación y de 
perspicacia, un don psicológico, sólo comparable a los de los 
grandes novelistas y dramaturgos del Norte: Ibsen, Dostoiews- 
ky, Andreieff, Hamsum, Bjoerson, etc. 

Nada tiene que envidiarles nuestro insigne novelista, en 
cuanto a poder creador de caracteres. En el caso de Prirnitivo, 
sobre todo, uno de los más reales y trágicos de toda la obra 
del escritor, esta degradación brusca, como si del alma ruda 
hubiera caído de pronto la delgada capa de civilización que cu- 
briera el fondo salvaje e instintivo, sorprende por lo brutal y 
definitivo. Parece como que una mano invisible se hubiera en- 
tretenido en romper los hilos ocultos, los internos resortes de 
ese organismo moral, y lo hubiera entregado, como un inservi- 
ble pelele, a las fuerzas indisciplinadas y hereditarias de sus 
salvajes antecesores. 

Bl Extraño, no ha sido, como Primitivo en Bl Terruño, 
insertado íntegro en La Rasa de Caín. Es más bien un antece- 
dente, un estudio previo de carácter, una verdadera Academia, 
en una palabra. Julio Guzmán vive, en Bl Extraño, con su fa- 
milia materna, de la cual se encuentra ya divorciado por su 
educación y por sus gustos, como lo estará también, más ade- 
lante, con la familia de su esposa. 



306 NOSOTROS 

) 

La Rasa de Caín ahondará el estudio del carácter, lo con- 
vertirá de academia en obra completa y definitiva; pero en Bl 
Extraño, se encuentran ya las observaciones primordiales que 
dan consistencia y personalidad propias a la figura de Guzmán. 
En La Rasa de Caín, la vida, con sus golpes repetidos, y la 
propia madurez del carácter, han trabajado los sentimientos 
frivolos y la despreocupación de El Extraño; lo han amargado, 
con el análisis implacable y roedor; y el dolor de su único amor 
perdido, y de su vida destrozada por las peligrosas experien- 
cias sentimentales, — amarga consecuencia de su aventura con 
Sara y Cora, — han abierto una herida difícil de cerrar en esa 
alma atormentada. 

Falta en El Extraño el elemento de simpatía humana, de 
piedad, que el dolor de la vida ha de poner en el Julio Guzmán 
de La Rasa de Caín; algo de suavidad, de lástima, por esa 
criatura poco simpática, y en exceso egoísta de la academia. 

A pesar de sus culpas y de sus errores ; a pesar de su 
egoísmo estéril, que lo hacen incapaz de darse a los otros, y de 
conquistarlos así, definitivamente, el Julio Guzmán de La Rasa 
de Caín, inspira compasión. No así el de El Extraño, que no 
ha sufrido, y que no se ha humanizado, por lo tanto, todavía. 

Nada tiene de raro, pues, que el eminente crítico español 
don Juan Valera no haya encontrado en él, ese elemento de sim- 
patía que no había puesto tampoco en su protagonista, el au- 
tor. Los que quisieron identificar con Carlos Reyles, por que 
éste le prestara su refinamiento artístico y su cultura intelec- 
tual, al Julio Guzmán de la Academia, hallaron naturalmente, 
que la parte moral del personaje no coincidía con la de su pa- 
dre espiritual. Y se detuvieron, sorprendidos, en las últimas 
páginas, porque reconocieron en ellas y sólo en ellas, que no 
había sido el intento del novelista entregar semejante carácter 
a nuestra admiración. 

Sin embargo, bien claro lo decía su autor en el prólogo; 
en ese prólogo tan comentado y tan audas para ciertos críticos 
de la época, y que se nos antoja hoy, natural movimiento artís- 
tico de una juventud briosa y rebosante de energías, cuya con- 
fianza en sí mismo no podía menos que chocar a los eternos 
fiilesteos de todos los tiempos: 



ESCRITORES URUGUAYOS 307 

"A pesar de Portimata y Jacinta, La Fe, Su Único Hijo, 
y otras obras de indagación psicológica, la novela española, nu- 
triéndose sin cesar del vigoroso realismo con que la robustecie- 
ron los Cota, Cervantes, Hurtado de Mendoza, Alemanes, Espine- 
les y Quevedos, es actualmente, en su esencia y en sus cualida- 
des castizas — que no consisten en el estudio de caracteres y 
pasiones, sino en la pintura de costumbres y en la gracia, fres- 
cura y amenidad del relato — lo que fué en el gran siglo XVI 
y principios del XVII : costumbrista y picaresca, cuadros de 
género de exacta observación, magníficos paisajes, escenas re- 
gocijadas, mucha luz y mucha travesura ; un procedimiento 
grande y simple que ha engendrado obras verdaderamente her- 
mosas, pero locales y epidérmicas, demasiado epidérmicas para 
sorprender los estados de alma de la nerviosa generación actual 
y satisfacer su curiosidad del misterio de la vida..." 

"... Para conseguirlo tomaré colores de todas las paletas, 
estudiando preferentemente al hombre sacudido por los males 
y pesares, por que éstos son la mejor piedra de toque para des- 
cubrir el verdadero metal del alma ..." ( i ) . 

Estos párrafos del prólogo manifiestan bien claramente la 
posición de espíritu del autor, que no se equivocaba en su apre- 
ciación sobre la novela española, que fué siempre ajena a las 
sutilezas y refinamientos del espíritu, a las complejidades y 
exotismos, característicos de los analistas franceses con Bour- 
get, Prévost, y Huysmans a la cabeza, y de los cuales fué 
maestro hoy indiscutido, Enrique Beyle; a las perversiones in- 
telectuales a lo D'Annunzio o a la trágica grandeza de Tour- 
gueneff, Gorki o Dostoieswky. 

Y cuando el autor de un ensayo como Bl Extraño se toma 
la molestia de indicar su propósito con frases de una claridad 
que no deja lugar alguno a la duda o a falsas interpretaciones ; 
cuando el Des Bsseintes, de Huysmans, indica bien a las cla- 
ras la ascendencia espiritual de Julio Guzmán, cuyo modelo de 
carne y hueso bien pudo ser para éste como lo fué para aquél, 
ese conde de Montesquieu Fézénsac que acaba de morir en 
Francia, complicado y sutil, de un complicado refinamiento, 
elegante hasta la exageración, enamorado de toda manifesta- 



(i) Subrayado por el autor del artículo. 



808 NOSOTROS 

ción de arte difícil que no esté, por lo tanto, al alcance del vul- 
go; que rimaba versos sabios y daba conferencias sobre ele- 
gancia en Nueva York, ¿por qué ocurrírsele a nadie que deba 
ser su modelo el propio Reyles, cuya vida de enérgico trabajo 
y de voluntad indomable, es un viviente desmentido a tal inter- 
pretación? Tanto daría, entonces, atribuir al mismo, las men- 
guadas condiciones del Tóeles de El Terruño, sólo porque mu- 
chas veces ponga su autor, en tal boca, ideas y expresiones que 
le son caras. Con semejante criterio, cada novelista aparecería 
retratado en sus propias obras, lo que los obligaría a no pintar 
sino caracteres elevados y nobles, para que no les fueran acha- 
cadas las pasiones y defectos de sus protagonistas. 

La fuerte y avasalladora personalidad de Carlos Reyles, 
el cuño profundo de sus ideas se imprimen, en general, con 
tanta fuerza, y con tanta vehemencia son expuestas, que acaso 
esta sola circunstancia haya podido inducir en tal error a lec- 
tores poco atentos y menos avisados. 

Se pregunta algún crítico si después de realizadas estas 
Academias, el lector ha visto cumplido el programa que a su 
frente figura. Contesto sin vacilar, que si aquel ha comprendido 
bien ese programa, no puede verse defraudado en sus esperan- 
zas. Tanto Primitivo como El Extraño, son, en efecto, vigoro- 
sas y perdurables tentativas de un arte moderno, como lo pro- 
metía su autor; arte que luego se ha visto realizado por com- 
pleto, en la novela psicológica La Raza de Caín y en la novela 
de tesis El Terruño, a las cuales completa, en un magnífico ex- 
ponente de arte puro, este Embrujo de Sevilla, que ha venido 
a coronar con su éxito clamoroso, la ya robusta gloria de su 
autor. 

III 
"La Raza de Caín" 

ViKNE luego La Rasa de Caín, para mí la más perfecta de 
todas sus novelas, no sólo por la fuerza del análisis, sino 
por la composición misma, la consistencia de su factura, y el 
vigor y la eficacia del lenguaje. 

Nada falta, como nada sobra en ella; todas sus escenas, 



ESCRITORES URUGUAYOS 809 

todos los detalles aparecen no solamente como justos, sino tam- 
bién como imprescindibles. 

La modalidad artistica de Reyles ya aparecida en las Aca- 
demias, y entre ellas particularmente en Bl Extraño, cobra to- 
do su vigor en esta novela. El análisis psicológico adquiere aquí 
finura y minuciosidad sólo comparables a las de un Paul Bour- 
get. El paisaje queda relegado a segundo plano. Las figuras se 
destacan vigorosamente sobre el amplio telón de fondo de la 
estancia, o en los estrechos limites de un salón de Montevideo. 
Pero el ambiente poco influye en la novela. Montevideo, Buenos 
Aires, Madrid o San Petersburgo, cualquier ciudad sería igual- 
mente buena para albergar a nuestros personajes. El drama, 
hondo, vigoroso, cruelmente sutil, se desarrolla todo entero en 
el alma y en la conciencia de Guzmán y de Cacio, en primer 
término, en la de Menchaca después. 

No necesitaba Carlos Reyles agregar a la terrible tragedia 
interna de estos personajes, los dos homicidios que son como 
la materialización de aquélla, para dar mayor realidad al drama 
psicológico. Un soplo de fatalidad, semejante al que dio gran- 
deza al teatro griego, unido a un sentido ruso de morbosidad 
anímica, pasa violentamente sobre estas páginas dolorosas, sa- 
cudidas de veracidad y realismo, como si algo del alma san- 
grante de su autor palpitara en ellas. 

El refinamiento psicológico de Dostoiewsky parece en al- 
gunas ocasiones disecar el alma atormentada de Cacio, la figura 
oscura del hijo de Caín. Y sin embargo, a pesar de las tinieblas 
en que refulge a veces con destellos azufrados, esa alma no nos 
merece del todo condenación y odio. Algo de piedad nos inunda 
a veces, a pesar de su mismo creador, que fuera más de una 
vez implacable con él; y que, sin embargo y aún a despecho de 
sí mismo abre una puerta de redención a su infortunio, y deja 
vislumbrar un poco de lástima, un poco de dolor por esa ator- 
mentada conciencia. 

Cacio no es un malvado. Lo hicieron malo los prejuicios 
aristocráticos de sus bienhechores, que no quisieron ver nunca 
en él sino al hijo del gringo; sus ambiciones desmedidas, su 
falta de voluntad y de energía para sobreponerse a las condi- 
ciones deprimentes de su medio, y la falta de aptitudes, que 



810 NOSOTROS 

como al Tóeles de Bl Terruño, lo precipita en los tormentos y 
las amarguras del fracaso. 

Y sin embargo, hay en el esfuerzo de Cacio por levantarse 
de su medio, más dignidad y hasta algo de grandeza, que lo 
hacen, en cierto modo, superior a Guzmán. Reyles parece re- 
procharle el querer salir de su medio; el aspirar a un escalón 
superior de la arbitraria escala de valores sociales, construida, 
sin embargo, más que con el mérito propio, con los prejuicios 
de las castas y de las fortunas. 

El mal de Cacio no está en esa aspiración, aún sea ella su- 
perior a sus facultades, sino más bien en la sensibilidad exacer- 
bada de su alma, incapaz de soportar los golpes inevitables en 
la áspera lucha por la vida; en el desconocimiento de sus pro- 
pias limitaciones, que no le permite elegir, para llegar al éxito, 
el camino conforme a sus aptitudes y a sus debilidades, y, di- 
gámoslo de una vez, — ya que este es el .móvil fundamental 
del libro y la lección bien clara, por cierto, que encierra, — en 
su falta absoluta de voluntad y de energía para cumplir los de- 
signios ambiciosos de su espíritu. 

Algunos críticos han querido ver solamente la parte ab- 
yecta del carácter de Cacio. "Odio y desprecio, dice uno de 
ellos, ha puesto Reyles en ese retrato." Nosotros miramos esta 
figura con ojos más piadosos. Por veces sus insanias se nos 
antojan fútiles vanidades de criatura, como cuando pone toda 
su alegría en el ' lucimiento de un bastón de ballena con puño 
de oro, o en el estreno de un traje nuevo. Y sin embargo, estas 
mismas niñerías pueden tener un significado más profundo 
que el de la simple vanidad. 

En el exterior cuidado y compuesto, fundamenta la ma- 
yoría el grado de estimación y respeto que le merece una per- 
sona, y no olvidemos que Cacio tiene hambre y sed de conside- 
ración social. Claro está que un espíritu elevado no ha de poner 
toda su ambición en el vestir; pero en Cacio el rasgo apuntado, 
que intensifica más aún la satisfacción infantil que demuestra, 
es un acierto más del notable novelista. 

Pero lo que hace de Cacio un ser interesante, a pesar de 
sus defectos vulgarísimos : la vanidad, la ambición excesiva, la 
debilidad de su carácter y más que todo su servilismo repug- 



ESCRITORES URUGUAYOS 311 

nante, — consecuencia natural de su falta de carácter — son 
las buenas cualidades que hubieran nacido de esos mismos de- 
fectos, a ser éstos bien encaminados. La diferencia de cultura 
entre el individuo y su familia primero, y luego entre el mismo 
y el medio donde le toca actuar, produce, fatalmente estos ca- 
sos de inadaptación y sufrimiento que, en las naturalezas finas 
y cultivadas, determinan un Julio Guzmán, amargado y destruí- 
do por el fracaso final, y que busca en el cultivo estéril de su 
yo, refugio contra las amarguras de la vida ; y en naturalezas 
más groseras, el tipo de Cacio, a quien acaba de malograr la 
falta de simpatía y de calor de sentimiento. Porque lo más cu- 
rioso de estas naturalezas sin refinamiento, es que, por poco 
que gusten la miel de las satisfacciones de amor propio, pueden 
convertirse, si no en destacadas personalidades, por lo menos 
en discretos individuos útiles a la sociedad en la medida de sus 
fuerzas. Los tipos como Julio Guzmán, por lo mismo que su 
cultura los refina excesivamente, no se contentan, ni pueden con- 
tentarse ya con tales satisfacciones. A los primeros, como el 
mismo Cacio lo dice, un elogio basta para darles calor y feli- 
cidad por todo un día, y en este estado de espíritu son servi- 
ciales y hasta generosos; lo que no puede ocurrir ya con los 
otros, viciados demasiado, para poder reaccionar tan fácilmente. 

Esa misma sed de revancha social de que sufren los Cacio, 
puede ser levadura fecunda para impelirlos a realizar algunos 
de sus sueños, cuando, de acuerdo con otra voluntad que los 
sostenga, y disciplinada en la experiencia, encuenj^j-e su lugar 
y sus circunstancias propicias. De Cacios más afortunados que 
el de La Raza de Caín está plagado el universo, y son ellos los 
que aportan el mayor contingente a la triunfante raza de las 
mediocridades. Son menos peligrosos para la sociedad, que los 
Julio Guzmán, por eso mismo que son menos cultos y menos 
refinados, y por lo tanto menos conscientes del mal que hacen. 
Y menos responsables también. Lo que determina el fracaso 
definitivo de Cacio, no son tanto sus menguadas condiciones 
morales, cuánto el no haber sabido buscar el medio que le fuera 
propicio. 

La vecindad de los Crooker, en primer término, le es fu- 
nesta. Ya su primera falta, cometida en un momento de incons- 



312 NOSOTROS 

ciencia, y que aquellos tienen la nobleza de perdonar, lo coloca 
en una posición de inferioridad, fatal para el carácter vanidoso 
de Cacio. Otro hombre habría buscado rehabilitarse lejos de 
esa familia y volver a ella con su conciencia limpia de aquella 
culpa. Pero para hacerlo, necesitara de la voluntad, que es la 
falla primordial del carácter estudiado . 

Todo el drama de Cacio está en no haberlo reconocido así. 
Y toda su nobleza, el destello de nobleza que ilumina a veces 
el sombrío panorama de su alma, en el sufrimiento que le roe 
el corazón y lo redime, en cierto modo, de su abyección. Por- 
que tal sufrimiento no es tan solo envidia y amor propio, — 
que estos sentimientos no son capaces de inspirar un vislumbre 
siquiera de simpatía, — sino en algo más doloroso y más pro- 
fundo : el dolor del solitario, del paria, que no encuentra una 
alma piadosa que lo comprenda y se apiade de sus penas. Tienen 
sed de amor, sed de virtud, sed de perfección y son en esto 
superiores, aunque no los consigan, a los que nacen buenos o 
bellos, y el serlos no les produce esfuerzo alguno. Desde el 
punto de vista del mérito y del esfuerzo, tiene razón la doctri- 
na cristiana, que otorga mayor premio al pecador endurecido 
que se arrepiente de sus culpas, que al justo que lo es sin es- 
fuerzo y sin violencia. Y luego, tiene razón Cacio al asegurar 
que sólo en la prueba del dolor se reconoce a las almas. Poco 
cuesta, en efecto, ser generosos y buenos, cuando la vida nos 
sonríe y nos colma de dones ; lo difícil es serlo cuando del 
propio sufrimiento hemos de sacar fuerzas para los otros, 
cuando ellas apenas alcanzan para soportarnos a nosotros mis- 
mos. Y sin embargo, es en las grandes crisis de dolor cuando 
las almas muestran el verdadero metal de que están hechas. 
Pero es preciso que este dolor sea puro. Y el de Cacio, no lo 
es. Por eso en lugar de elevar, corrompe. A pesar de todo, Ca- 
cio lleva en sí, los gérmenes de muchas virtudes : "... En la 
niñez, nos dice, atesoraba mi alma todos los sentimientos nobles 
y generosos, hasta era un poco romántico, y hubiera sido capaz 
de cualquier afección desinteresada o de cualquier sacrificio. 
Como me creía bien dotado, acariciaba todas las esperanzas, 
delicadas florecitas que la vida, como un sol canicular, fué 
agostando implacablemente, implacablemente, hasta no dejar 



ESCRITORES URUGUAYOS 31S 

una. . . Y mi alma quedó seca y aridecida. Me convertí en una 
criatura rencorosa, y cuanto más vivía, es decir, cuanto más 
completamente frustrados eran mis sueños de ventura, de amor, 
de poder, más rencor acumulaba. De esta manera me volví hos- 
til para los otros. Y de todos mis sufrimientos tenía la culpa 
Arturo..." 

Arturo es, en efecto, la mala sombra de Cacio. Hermoso, 
rico, simpático, obtiene sin esfuerzo, por el solo concurso de 
su nacimiento y de su riqueza, lo que todos los esfuerzos y tra- 
bajos de Cacio no han podido conseguir. Es la suerte misma 
quien lo muestra a Cacio como una ironía amarga; y es al mis- 
mo tiempo, uno de aquellos a quienes llama Barres "les bar- 
bares", la sombra negra y fatídica, a cuyo contacto "se convier- 
ten en odio y en rencor, los mejoies impulsos del alma. Más 
aún que Amelia para Guzmán, Arturo es para Cacio la causa 
de todas sus desventuras. 

Todos hemos encontrado alguna vez en la existencia, una 
de esas personas cuya sola presencia es suficiente a paralizar 
todos los movimientos espontáneos del espíritu. Un abismo de 
hielo nos separa de ellos. Sentimos que jamás, a pesar de los 
esfuerzos, a pesar de toda la nobleza de nuestros actos, y de 
sus prístinas intenciones, les arrancaremos un solo movimiento 
de simpatía, un solo latido de comprensión y de afecto. Una 
sonrisa burlona, una mirada" de indiferencia o de desprecio, a 
veces ni eso siquiera, bastan a transformar en desconfianza las 
mejores intenciones. Como la funesta aruera, extienden sobre 
nuestra alma la sombra maléfica de su alma. Son les barbares, 
los enemigos espirituales, los extranjeros irreductibles, de nues- 
tra patria espiritual. Pueden ellos ser para sus semejantes, bue- 
nos, afectuosos, comprensivos. Pero les falta para nosotros, esa 
íntima y misteriosa armonía, que nos hace vibrar al unísono 
con nuestros semejantes. 

Les falta, tal vez, un pasado de experiencias comunes, a 
que puedan referirse, aún antes de hablar, las miradas, los ges- 
tos, hasta el sonido de la voz o el corte de los ojos. Misteriosas 
afinidades de las almas que, a la manera de los cuerpos quími- 
cos, determinan reacciones diferentes, de composición y de des- 
composición. Tal Arturo para Cacio, agravado con la concien- 



su NOSOTROS 

da de la influencia nefasta de aquél y con la superioridad de la 
riqueza y de la fuerza. Tal Amelia, en su acción paralizante 
sobre Guzmán. 

Cacio es, sin embargo, o mejor dicho, hubiera sido, un ser 
afectuoso y sensible. Como en toda criatura educada sin amor 
ni simpatía, el alma de Cacio es seca y aridecida. Le ha faltado 
el riego fecundante y amoroso de un afecto inclinado solícito 
sobre su infancia; la mano de tma mujer en esa vida; la cálida 
simpatía de una hermana o de una novia, para templar sus frial- 
dades y limar sus asperezas. El mismo lo dice, con una frase 
admirable: "El cariño que no puede brotar, se convierte en 
odio." Y de esta manera nos explica su autor, en una sola línea 
toda la complicada psicología de su personaje. Nadie ha dicho 
aún, en efecto, todo el drama oscuro y silencioso, todas las te- 
rribles y ulteriores consecuencias que para él mismo y para los 
demás, incuba el alma tan frágil y tan misteriosa de los niños ; 
todo el dolor escondido por ese extraño pudor de las criaturas, 
por su sensibilidad, que una sola palabra basta para replegar 
sobre ellas mismas y hacerlas impenetrables a los que a ellas no 
se dirigen con el poderoso talismán del cariño. Este carácter 
malogrado, esta vida fracasada, esta terrible lección que el autor 
dedica a la juventud de su patria, en las breves y expresivas 
líneas que encabezan el libro, debería también ser aprovechada 
por todo educador y aún por todos los padres, ya que no basta 
muchas veces la sola guía del cariño, para penetrar en las re- 
conditeces todavía inexploradas de la psicología infantil. Hon- 
da y dolorosa y amarga lección la de este libro, hermoso por su 
realización y por su intento; por el sufrimiento que destilan sus 
páginas y por el talento asombroso de su autor, que así ha pe- 
netrado hasta los últimos secretos del corazón humano. 



La figura de Guzmán es la misma de Cacio, pero en un 
plano superior del espíritu. La misma abulia, la misma sensibi- 
lidad exacerbada, el mismo análisis demoledor de sí mismo, en 
un espíritu refinado y artista que centuplica, con la visión cons- 
ciente del propio rebajamiento, las torturas morales del otro. 



ESCRITORES URUGUAYOS 315 

Pero Guzmán es más culpable que Cacio, por lo mismo que 
tiene una educación superior, un espíritu más refinado, y un 
amor abnegado y constante que lo conforta y lo acompaña. El 
amor desinteresado de la "Taciturna" debió hacer otro hombre 
de Guzmán, como el entrevisto amor de Laura estaba a punto 
de realizar el milagro en el alma oscura y caótica de Cacio. 

Encontramos en La Rasa de Caín un Guzmán mucho más 
desgraciado, pero también, por eso mismo, mucho más huma- 
nizado que en Bl Extraño. La equivocación de su vida, que 
quiso rehacer por su matrimonio con Amelia Croocker, después 
de su imperdonable aventura con Sara y Cora, en Bl Extraño 
ha concluido su obra de desmoralización. El carácter de Ame- 
lia, sencillo, prudente, reservado, un poco alicorto para los vue- 
los de la inteligencia, de que tanto gustaba Guzmán, no podía, 
■en forma alguna, convenir al analista y complicado de su espo- 
so. Y luego, el matrimonio efectuado sin amor, sin estimación 
siquiera, el interés pecuniario que la esposa acaba por compren- 
der como único móvil de su marido, no puede sino ahondar la 
separación entre ambos. Sólo una abnegación absoluta, un amor 
que no pide sino el sacrificio, y que lo cumple luego, definitivo 
y total ; sólo el alma desinteresada y noble de Sara, podía com- 
prender y soportar a Guzmán. 

Y aún este carácter, ha de caer también aniquilado por el 
egoísmo sin grandeza de su amante. Para las almas como Guz- 
mán y como Cacio, a pesar de toda la humana piedad que nos 
inspiren, no puede haber excusa para el mal que a su paso de- 
rraman. Y para ellos mismos, sólo un fuerte, un avasallador 
entusiasmo puede arrastrarlos a la consecución de un objeto 
noble en la vida ; pero estos mismos entusiasmos, si es que ellos 
llegan alguna vez a florecer en sus almas, no tienen la conti- 
nuidad, ni la intensidad suficientes para vencer cada día y to- 
dos los días, los pequeños obstáculos, 'la lentitud natural del 
tiempo ; y caen con la misma rapidez con que se manifestaron, 
ante la primera dificultad que se les presenta. Guzmán es más 
abúlico aún que Cacio y más analista también; y por esto mis- 
mo más desgraciado que éste. Su refinada cultura, mostrándo- 
le, en un momento dado, todas las razones que en un sentido 
y otro militan para resolverse o no a la acción, determinan su 



316 NOSOTROS 

inercia, como en el sobado ejemplo del asno de Buridán. Por- 
que falta en Guzmán, sobre todo, cosa que no acontece en Ca- 
cio, un interés profundo, una ilusión vital que dirija su exis- 
tencia. Ella ha perdido para él todos sus atractivos, desde que 
aquilató una vez por todas la inanidad de la humana obra. "El 
afán de perfección y el idealismo intransigente de los solitarios 
contribuyeron también a cortarle los brazos para toda tarea, 
porque la más noble le parecía imperfecta, insignificante, poco 
trascendental, comparada a los vuelos de su espíritu y a las 
aspiraciones de su alma enamorada de lo absoluto. Las antino- 
mias fatales del pensamiento y de la acción se levantaban entre 
él y la realidad de la vida, como «n espeso muro. Quería obrar 
tan perfectamente, que no obraba de ninguna manera..." 

"... Peinar frases, agrega más adelante, escribir por va- 
nidad, vivir cultivando puerilmente la propia reputación en pe- 
riódicos y revistas más o menos insignificantes, para no dejar 
sino el renombre de especialista, deleznable y perecedero, ¡ ri- 
dículo destino ! . . . " Falta además a Guzmán el concepto vital 
del esfuerzo. Parecen a primera vista, — tan sutiles son las 
paradojas que sabe presentarnos, — de positivo valer las razo- 
nes que aduce en defensa de su inacción. La vida puramente 
contemplativa tiene también sus defensores y sus partidarios; 
pero es preciso que ella vaya acompañada de un renunciamiento 
total a todos los goces materiales, que es lo que constituye su 
precio y su grandeza. La voluntad que desplegaron en ello los 
monjes y eremitas de los siglos pasados, aunque equivocada en 
su finalidad, tiene sin embargo, su imponente grandeza. Para 
un alma sin fé, y a quien no seducen los vulgares atractivos de 
la gloria o de la riqueza, solamente la realización del esfuerzo 
diariamente cumplido, y del trabajo aceptado libremente, con 
dignidad y contento, pueden llenar las horas, de otro modo in- 
terminables de la existencia. Pero también esta humilde satis- 
facción le fué negada, ya que si aquellos no responden a la 
propia vocación, son tormento en lugar de alegría, y no existían 
para Guzmán los que debieran ser su norma y guía. 

Su cultura demasiado refinada, para un país que necesita 
todavía más energías vírgenes y primitiva^ que frutos tardíos 
de civilizaciones decadentes; su posición desahogada, que no le 



ESCRITORES URUGUAYOS 317 

exigía con el apremio de las necesidades no satisfechas, el tra- 
bajo constante y remunerador, exacerbaron esa su predisposi- 
ción innata al análisis y a la inercia, que llevan forzosamente al 
fracaso primero, y a la neurastenia después. Porque Guzmán, 
es, sin duda, un poco neurasténico, con la neurastenia de los 
desocupados. Para caracteres así fueron imaginados, sin duda, 
esos refugios monásticos, en donde la regla religiosa, previendo 
de antemano el empleo de cada hora y de cada minuto del día, 
no deja a la iniciativa de sus miembros la mínima ocasión <le 
manifestarse. El reglamento sustituye a la personalidad humana 
y la transforma en una máquina completamente pasiva. Pero el 
ser que carece de la voluntad de resolverse halla una honda sa- 
tisfacción en que otros piensen y obren por él. Reyles nos mues- 
tra uno de estos casos, pero librado a sus propias fuerzas, y el 
resultado nefasto de una vida semejante. 

No es en Guzmán, como en Cacio, la dolorosa consecuencia 
de una niñez sin afectos lo que produce la amargura y el rencor 
de su alma; de naturaleza más elevada, con más nobles y supe- 
riores condiciones de nacimiento y de educación, llega, sin em- 
bargo, a la misma pendiente, y por ella rueda al mismo abismo. 
Guzmán no gusta oir a Cacio reconocerlo como su hermano espi- 
ritual, y tiene razón, en lo que se refiere a elevación de senti- 
mientos. Pero hay en Cacio un elemento superior al primero, y 
es el deseo, embrionario siquiera de superarse, y el esfuerzo, y 
la voluntad que pone en hacerlo. Si cae vencido, no es sin algo 
de lucha que no existe en Guzmán. Y por esto, solamente por 
esto, Cacio nos inspira mayor piedad que aquél. 

Hay también en Cacio una circunstancia que explica algo 
de su vileza: durante su niñez, la influencia nefasta de Arturo, 
el niño rico y adulado de la escuela, solamente porque es rico, y 
no por sus prendas personales, fué acaso la determinante defi- 
nitiva de la corrupción de su alma. Y otra vez encontramos en 
este libro admirable una eficaz lección para los educadores. 

No es posible calcular las consecuencias, a veces aterradoras 
que produce en el alma de los niños, de una sensibilidad extra- 
ordinaria, los actos de injusticia o de arbitraria preferencia, de 
aquellos que, por su carácter de maestros, son los encargados de 
distribuir las recompensas morales del esfuerzo. Como en el caso 



318 NOSOTROS 

de Cacio, basta a veces un episodio, en apariencia insignificante^ 
de la niñez, para determinar el fracaso completo de una vida. 
Nunca serán bastante suaves y delicadas las manos encargadas 
de manejar esa cosa tan frágil y tan misteriosa que es el alma 
de un niño. 

Y aunque en el caso de que hablamos no parece haber inter- 
venido el maestro, juzgúese de su influencia, si la de un simple 
compañero fué suficiente a causar tales estragos. Por no haberle 
reconocido superioridad desde el primer día que Arturo se pre- 
sentó a la escuela, se propuso éste hacerle pagar caro su conato 
de rebelión. "Una vez Cacio lo obsequió con guindas; comióselas 
Arturo sin darle las gracias, y luego le arrojó los carozos a la 
cabeza, y le dijo, como si hubiera adivinado la oculta intención 
del presente : "Yo no me llamo guindas." Lo curioso del caso era 
que con los demás niños mostrábase afable, francote, juguetón 
y nada camorrista; las asperezas las reservaba para Cacio, con 
el fin, sin duda, de hacerle purgar debidamente el conato de re- 
belión del primer día. Su instinto de señor feudal lo impulsaba 
a ser duro e inhumano con los que intentaban escapar a su do- 
minio. 

Transcurrió el tiempo, y la mano férrea de Arturo, que 
oprimía sin saberlo, envileció a su condiscípulo al sugerirle de 
mil modos la certeza de su propia inferioridad, a cuya alquimia 
poderosa no resiste sin descomponerse el oro del alma . . . 

"... Un día, dice Cacio, como me negara a comer un pedazo 
de torta que él había tirado, me amenazó para la salida, dicién- 
dome : "Yo te voy a enseñar a comer torta." Al salir de la es- 
cuela y delante de nuestros condiscípulos nos trabamos en lucha; 
me arrojó al suelo, y cogiendo un excremento de vaca, me lo 
refregó sin piedad por los hocicos, repitiendo, entre las risas de 
nuestros compañeros: "Come torta, come torta..." 

"Sí... fuiste generoso, contesta más adelante al mismo Ar- 
turo, cuando éste le recuerda una intervención generosa de su 
parte; pero para serlo, confiesa que necesitaste verme vencido y 
pidiendo misericordia; y luego, con melancolía sincera, como 
quien habla de males que ya no tienen remedio, pero que nos 
afligen todavía, añadió, bajando los ojos: — Me enseñaste la ac- 
titud de los domesticados y a dudar de mis fuerzas, y nunca he 



ESCRITORES URUGUAYOS 31» 

vuelto a tener confianza en mí. Tú no lo creerás, pero te debo 
grandes dolores." 



Junto a estos dos fracasados por distintas razones, y con 
diferente grado de responsabilidad, la figura de Menchaca, es la 
descomposición de un carácter, llegado ya a su completa madu- 
rez, como un organismo que disasocia la, gangrena no detenida 
a tiempo por la penosa pero imprescindible operación quirúrgica. 
Para Menchaca es Ana, su esposa, el miembro gangrenado que 
la pusilanimidad del primero no se atrevió a separar de su exis- 
tencia, antes de que ésta se contaminara del todo. Por no haber 
sabido querer, en un momento dado, por tolerar luego, como na- 
tural consecuencia de esta falta primera de energía, los caprichos 
y las fantasías culpables de Ana, esa vida fué lentamente envile- 
ciéndose, arruinándose, rodando poco a poco, por la funesta 
pendiente de las complacencias innobles, hasta despeñarse al fin 
definitivamente, en el abismo de la embriaguez y de la miseria. 
Es realmente admirable la observación del detalle, desde el 
abandono del pueblo, donde tenía su negocio próspero, para acce- 
der a un capricho injustificado de la esposa, ya enamorada de 
otro hombre, a quien sigue en su marcha a la capital ; la toleran- 
cia de su culpable coquetería, y por fin el conocimiento y la acep- 
tación de su afrentosa postura, hasta la ruina total de su fortuna 
conseguida a costa de tantos y tan largos sacrificios. La última 
escena, sobre todo, de cruel vesanía, en donde el marido ultraja- 
do ruega a su esposa de rodillas que no le confiese la verdad, 
grotesca y terrible como una escena de L'Eternel mari, de Dos- 
toiewsky, hasta la comida que el amante de Ana le ofrece y a la 
cual asiste también el infeliz Menchaca, repugna y apiada al 
mismo tiempo, como el cuerpo del enfermo que despide ya el 
olor de la espantosa podredumbre. Cuando Guzmán lo encuentra 
por la calle, ebrio, sucio, abandonado, miserable, pero acarician- 
do aún la absurda esperanza de reconquistar a su esposa, siente 
el profundo disgusto, la dolorosa impresión que produce el es- 
pectáculo de una personalidad, que se ha conocido sana, en plena 
descomposición. Del mismo modo que el profesor presenta a sus 
discípulos una llaga gangrenada que extiende su infección por 



820 NOSOTROS 

todo el organismo, nos muestra Reyles, implacablemente, todas 
las fases de la descomposición moral de un individuo, producida 
por ía falta absoluta de energía moral. Y es otra lección más, 
terrible, amarga; pero eficaz por lo terrible y por lo amarga. 

Dejemos a Ana, que no es como los otros personajes de la 
novela, ejemplo y lección dolorosa. La ambición, la vanidad, 
ninguna cualidad buena, ningún impulso elevado, ni siquiera el 
deseo de ser mejor, ni una aspiración tan sólo de mejoramiento, 
la redimen de su abyección. No es el amor que puede hacerlo, 
puesto que al verse abandonada por Arturo, a quien pareció 
amar un momento, busca en otro hombre cualquiera, el lujo y el 
placer que ambiciona. Hermana de Cacio, no tiene de éste la 
honda capacidad de sufrimiento y de amor, que lo conducen al 
crimen, pero no lo prostituyen. 

Sólo Crocker, silencioso y reservado, cumpliendo sin desfa- 
llecimiento ni vacilaciones el deber obscuro de cada día, sacrifi- 
cando sencillamente a los suyos su placer y su descanso, y Sara, 
la amante desgraciada y noble de Guzmán, ponen tm toque de 
luz en este sombrío cuadro psicológico. Carola y Laura, — víc- 
tima infeliz de las aberraciones de Cacio, — juveniles y conten- 
tas, no tienen personalidad definida aún, por más que ya se per- 
filan en la última los rasgos dominadores y altaneros de los 
Crocker. 

La dedicatoria que ostenta la página primera del libro ex- 
plica sin necesidad de mayores comentarios, la finalidad perse- 
guida por su autor con la publicación de esta novela y que he- 
mos intentado exponer desde nuestro punto de vista, lo más cla- 
ramente posible. Dice así: "Respetuosa y humildemente dedico 
a la juventud de mi país, este libro doloroso, pero acaso salu- 
dable." 

Las lecciones amargas no son en general las que más agra- 
dan. El autor pudo comprobarlo directamente, gracias a los du- 
los e injustos ataques que por tal ocasión le fueron dirigidos. 
Ningún crítico imparcial desconoce hoy la eficacia del intento, 
como no desconoció antes la suma de arte y de talento que reúne 
La Rasa de Caín. 

Luisa Luisi. 

Montevideo, 1922. 

{Concluirá). 



EN EL CAÑAVERAL 



MISTERIOSAMENTE llegó al retiro, 
Bn el misterio del cañaveral. 
— "¡Ay!" El suspiro 
Se ahogó en mi beso. {Los follajes 
Parloteaban frescos como agua manantial) . 
Sus bellos ojos salvajes 

De halcón, me miraron como pidiendo albricias. 
Me embriagué y la embriagué con mis caricias. . . 
Y, corona del Amor que eterno siembra, 
Fué un triunfo de macho y un triunfo de hembra. 

Se ha ido, mas dejando mis sentidos llenos 

De ella: su rumor, su suavidad, su fragancia. 

Sil ansia 

Temerosa y loca, 

La humedad de su boca en mi boca 

Y en mis manos el temblor de sus senos... 

Miro en la hierba la huella 
Amorosa del cuerpo de ella; 

Y pienso, estremeciéndome, en el regalo ardiente 
De mi cuerpo a su cuerpo, profundamente ; 

En su vientre, pálido como mi frente. 

Que en sagrada y secreta 

Labor de madre 

Puede darme la gloria de ser padre, 

Grande como la de ser poeta. 

lyUís L. Franco. 



UNA INICIACIÓN EN LA ETERNIDAD 



EN los primeros instantes que siguieron a su muerte, el señor 
Pardón hallóse trabado sobremanera. La situación era nue- 
va para él, y apenas sabía lo que en tal circunstancia es conve- 
niente que haga un hombre bien educado. Conocía las prácticas 
del mundo, pero no las del otro mundo. Empero, cediendo a un 
instinto ancestral, salió de su propio cuerpo e instalóse sobre su 
pecho. En tal posición, hizo esfuerzos por reflexionar, pero no 
se dio prisa: tenía la eternidad ante sí. 

Harto engañosos son los primeros minutos de una eternidad. 
Cuando siempre se ha existido y siempre se ha existir, uno se 
adapta a su estado y ya no se piensa más, pero cuando se dan 
los primeros pasos en un camino que no tiene fin, no es posible 
dejar de hallarlo extenso y de sentirse angustiado. El señor Par- 
dón miró el reloj. 

— ¡ Dios mío, — suspiró, — qué lentas marchan sus agujas ! 

Luego, sin que se hubiera dado cuenta del origen de esta 
noción, supo que en el momento de su muerte, su viuda, sin sa- 
berse bien por qué, había detenido la marcha del reloj. Com- 
prendió entonces que esa era la imagen de la eternidad : un reloj 
cuyas agujas no se mueven; y despreocupóse de ello. 

En torno suyo, las gentes andaban, hablaban, lloraban y se 
movían de insoportable manera. El percibía a la vez sus palabras 
y sus pensamientos más íntimos ; si aún le hubiera sido posible 
sentir, hubiera reido de buen grado, j'a que el contraste era ver- 
daderamente cómico, pero estaba muerto, y todo eso le era por 
completo indiferente. 

Tampoco le molestaba que sus viejos amigos rociaran su 
cuerpo con agua bendita, como si hubieran querido ahogarlo; ni- 



UNA INICIACIÓN EN LA ETERNIDAD 323 

le divertían el fastidio que ellos sentían al visitar un cadáver, ni 
las mentiras que cambiaban con la esposa ya libre. 

Eranles más extrañas esas personas que acababa de aban- 
donar, que las que están muertas desde hace diez mil años; no 
le interesaban ya ni sus pensamientos ni sus actos; ya no sentía 
ni tristeza, ni placer, ni sorpresa. 

En i,s^ual estado de espíritu asistió a la colocación de su 
cuerpo en el ataúd; vio sin pena encerrar su despojo en un cajón 
de mediocre apariencia, cuyo precio desmayó a su viuda, que 
lo juzgaba exagerado. 

Luego pensó en viajar; era éste un deseo suyo de la infan- 
cia, que no había podido realizar en la edad madura. Pero ya no 
le atraía eso ; a la vez que el tiempo, el espacio había dejado de 
existir para él; poco le importaba ahora estar aquí o en otra 
parte. 

Sin embargo siguió su entierro. 

Sobre su tumba rozó el alma de su padre, que se hizo re- 
conocer. 

— ¡Pardiez! — dijo, — no me fastidia encontraros; el es- 
pacio me parece terriblemente vacío y no se encuentra alma vi- 
viente. 

— Desengañaos, hijo mío, todos estamos en él; pero tene- 
mos la facultad de ponernos de manifiesto cuando sólo nos place, 
y en el tiempo restante formamos la nada. 

— Pero os ponéis de manifiesto los unos a los otros, a fin 
de tratar de las cosas eternas. 

Nunca, hijo mío. A tal punto todo nos es igual, que de eso 
no sentimos deseo alguno, aparte de que carecemos de deseo y 
de curiosidad, pero si los tuviéramos, sería lo mismo, pues con 
la eternidad ante nosotros nos sobraría tiempo para satisfacerlos. 
Fuera del tiempo y del espacio, es corno si no existiérañios. 

— Sin embargo, ahora os ponéis de manifiesto, puesto que 
os escucho. 

— Es que vos sois mi hijo, y es conveniente de que alguien 
conteste vuestras preguntas, si algunas tenéis que hacer. 

— ¿Cómo es, padre mío, que estáis aún en este mismo lugar 
donde os dejamos hace treinta años, cuando habéis muerto? 

— ¿Y por qué estaría en otro? ¿No os he dicho que todo 



324 NOSOTROS 

nos es igual? Además, ¿qué significan treinta años? Un día vi 
a Cleopatra, que desde muchos siglos estaba en el mismo lugar. 

— Luego os habéis molestado en ir a verla. . . 

— i Pero qué idea tenéis del esi^acio ? Nosotros podemos re- 
velarnos de uno a otro polo, como en la misma tumba. Esto es 
fácilmente explicable. 

— Por lo menos, Cleopatra os habrá dicho muchas cosas 
interesantes. 

— Nada nos interesa ya, os lo he dicho. Podemos saberlo 
todo, per ¿qué queréis que hagamos del conocimiento?, nos hemos 
muerto, hijo mío, ¿lo habéis olvidado? 

— Y a Dios, ¿cuándo se le ve? 

— Vive muy retirado. Es como nosotros, no se revela; algu- 
nos pretenden que antaño él los vio. Pero: ¡antaño! Esto signi- 
fica poco en la eternidad. Algunos llegan a sostener que él no 
existe, otros dudan; ¡ni siquiera esto nos interesa! Por lo de- 
más, exista o no, ello es detalle que apenas afecta a su natu- 
raleza. 

— Luego vos sabéis cuál es su naturaleza. . . 

— Así lo creo, hijo mío. 

— Pues entonces, ¿qué es Dios? 

— Dios, hijo mío, es la Indiferencia! 

— ¿La Indiferencia? ¿Pero qué hacéis, padre mío, de la 
justicia divina, del paraíso y del infierno? 

— Tonterías, puras tonterías. Estáis apenas muerto y ya os 
parecen remotas, inútiles y sin consecuencias las acciones de los 
hombres. ¿Porqué quisierais que Dios, que es eterno como vos 
mismo, que Dios que es semejante a los muertos y que es la 
esencia misma de la muerte puesto que nunca ha vivido, por qué 
quisierais que se preocupara? 

La viuda del señor Pardón, sus primos y sus amigos habían 
abandonado el cementerio, y contentos de poder conversar a su 
antojo, echáronse a andar por las calles soleadas hacia sus pla- 
ceres, hacia sus ocupaciones o, simplemente, hacia la mesa donde 
les esperaba la comida. Los sepultureros, que habían almorzado 
de antemano, cerraban la tumba y removían las flores. Uno de 
ellos tomó algunas rosas para ofrecérselas a su novia. Luego se 
marcharon. 



UNA INICIACIÓN EN LA ETERNIDAD 325 

El señor Pardón no prestó atención a estas cosas, y después 
de un silencio que duró dos segundos o dos siglos, terminó: 

— Según lo que me habéis dicho, padre mío, creo que lo más 
sensato en nuestro estado es hacerse el muerto. 

— Yo también creo, hijo mío, que es igualmente vano saber 
como ignorar, vano pensar en cosas vanas, vano cambiar de sitio, 
vano existir cuando se es inmaterial, y cuando ya nada son ni 
el tiempo ni el espacio. Sin embargo, si algún esclarecimiento 
necesitarais en el curso de la Eternidad, no temáis evocarme ; 
estaré junto a tí; pero, por lo demás, pronto sabréis tanto como 
yo. Por eso os digo adiós, hijo mío. 

Y las almas de los Pardón, padre e hijo, sumiéronse en un 
sueño sin ensueños, semejante en todo a la eterna nada. 

Max Daireaux. 



Max Daireaux, escritor francés nacido en la Argentina de una fa- 
milia de escritores y legistas que en nuestro país alcatifaron justo renom- 
bre, es autor de novelas que la crítica parisiense ha juzgado con gran 
elogio. Su último libro "Timón le magnifique", pone de relieve en grado 
sumo el humorismo un tanto amargo que a Daireaux caracteriza. Aun- 
que las letras argentinas han perdido en él a uno de los escritores que 
más las hubiera honrado, Daireaux sigue con sumo interés nuestro actual 
movimiento literario. Varias veces ha traducido al francés con gran- 
acierto, páginas de nuestros mejores escritores, y acaso algún día comen- 
te ante su piiblico la obra de sus compatriotas. Max Daireaux será 
nuestro colaborador asiduo. 



ESCRITORES VENEZOLANOS 



Introducción 

UNA labor continua, fervorosa y consciente, no tardará en 
hacer madurar el ideal del hispanoanlericanismo, en la fu- 
sión espiritual de todos los pueblos de habla castellana ; y, sin 
embargo, después de visitar algunas repúblicas de la América 
esi)añola, se comprende la necesidad de una labor aún más ele- 
mental : la del Sudamericanismo, incluyendo en esta acepción a 
Centro-América, para colocar un solo término en contraposición 
al de Norte América, y oponer, frente al Panamericanismo (ab- 
sorción yanki) el Sudamericanismo, como un baluarte para la 
defensa de los intereses de la América española. 

Sud América está todavía dividida por una vieja discusión 
inútil, en la que están ausentes los propios interesados: San 
Martin y Bolívar. Y aparte de esta rencilla continental, las rela- 
ciones entre vecinos no son tampoco nada cordiales: Chile y el 
Perú andan malquistados, pues el problema de Tacna y Ari- 
ca no ofrece por ahora una solución que satisfaga a los perua- 
nos, y en las ruedas de este carro de guerra va enganchada 
también Bolivia. Venezuela y Colombia están siempre a la gre- 
ña y no pasa mucho tiempo sin que el odio latente en los dos 
pueblos se manifieste en un choque diplomático o en una agria 
campaña periodística. 

Esto es grave. Pero es un síntoma aún más grave, el aleja- 
miento en que Se hallan todas las repúblicas hispano-americanas ; 
la falta de curiosidad que existe por el conocimiento mutuo de 
los pueblos, de su política, de su arte, de su literatura, de sus 
costumbres ... Y es forzoso que esta falta de conocimiento se 
traduzca en una falta de amor. 



ESCRITORES VENEZOLANOS 327 

Para Venezuela, la Argentina es tan desconocida como el 
Egipto, y vice-versa. E igual pasa con las demás repúblicas. (Es 
claro que hablo de la gran masa, del pueblo en general, pues la 
minoría intelectual está obligada a conocer tanto la Argentina 
como el Egipto.) 

Sólo un gran conocimiento mutuo, puede crear una aprecia- 
ción justa, y sólo por ese conocimiento y por esa justicia se pue- 
de llegar al amor. Es cierto que la dificultad de comunicaciones 
es un gran obstáculo para ese conocimiento, pero no es menos 
cierto también que las repúblicas de Hispano- América no han he- 
cho nada por suplir esa dificultad de comunicaciones con un gran 
interés y una honrada interpretación de los hechos. 

Lo que más distanciados tiene a los pueblos de nuestra Amé- 
rica, son sus apreciaciones históricas. En cada república se en- 
seña una historia diferente, cada una tiene sus héroes particula- 
res y ocurre con frecuencia que, para exaltar a los propios se 
deprime y oscurece a los del vecino. Y, como en la educación 
de nuestros pueblos, figura todavía en primer término la exalta- 
ción heroica de la Independencia, porque está muy cerca de nos- 
otros y porque es nuestra única tradición, resulta que el estudio 
parcial de la historia ha sido lo que más nos ha perjudicado en 
nuestra vida de relación. 

La América española necesita de historiadores conscientes 
e imparciales, y se impone la reunión de un Congreso de histo- 
riadores sudamericanos, que se entreguen a la tarea de la crea- 
ción de una historia del continente, simple y clara, que sirva de 
texto en todas las escuelas de la América española, desde la Ar- 
gentina a Méjico. 

Este sería el primer gran paso hacia el Sudamericanismo. Y 
el más eficaz. Porque abriría a la mirada del niño un horizonte 
más amplio y se le iniciaría en la costumbre de mirar como suyos 
los problemas de toda su raza, de toda la América española. Se 
prepararía así una generación capacitada para realizar una am- 
plia política continental y actuar com.o le corresponde en la his- 
toria del planeta. 

Esbozada esta idea, nosotros contribuiremos a su realiza- 
ción en lo que a nuestro medio de acción corresponde: el cono- 
cimiento literario. Un azar trajo a estas playas venezolanas, 



828 NOSOTROS 

nuestra barca — la de nuestro espíritu — cargada de ilusión y 
ensueño. Y nuestra curiosidad intelectual ha buscado todas 
aquellas manifestaciones del arte y la literatura que pudieran en- 
sanchar el área de su conocimiento, ofrecer una visión espiritual 
nueva de las cosas y las gentes; completar nuestra impresión 
estética del país que visitábamos. 

En la literatura venezolana hay hombres que han elevado 
su talla por encima de la frontera, y que sería pueril tratar de 
descubrir : tales, como en lo antiguo, un Andrés Bello y entre los 
modernos Manuel Díaz Rodríguez, pero también es cierto que 
sólo se puede conseguir su cabal interpretación dentro del pai- 
saje que les vio nacer. Otros valores literarios hay, menos co- 
nocidos, pero no por eso menos considerables ; y todos cuantos 
hayan logrado interesarme de algún modo, tendrán en mis pá- 
ginas un comentario. 

La literatura de Hispano-América es apenas conocida; sólo 
aquellos autores que han pasado por España y cuyos libros son 
administrados por las grandes casas editoras de la Península, 
son conocidos y leídos en todo el continente, por eso creemos 
de urgente necesidad una obra de divulgación en este sentido ; 
sacar del anónimo aquellos nombres literarios que tengan algún 
valor, como la primera medida para facilitar la labor de un gran 
crítico que sitúe a los escritores de Hispano-América en el lugar 
que les corresponda en la historia de la literatura española, a 
la cual tienen que ir forzosamente unidos por la voluntad de ese 
Destino superior que nos dio un mismo y maravilloso idioma. 



Juan Vicente González 

COMO consecuencia de la normalización de la vida política 
y social de Venezuela, un sereno espíritu de crítica está 
resucitando aquellos valores intelectuales que tuvieron un gran 
relieve en la vida pasada, y que debido al desorden y la turbu- 
lencia de las guerras civiles permanecieron largo tiempo olvi- 
dados . 

Y entre esos escritores, cuya obra se está exhumando para 
beneficio de las letras hispano-americanas, se destaca el nombre 



ESCRITORES VENEZOLANOS 329 

de Juan Vicente González, un gran prosista, gloria del roman- 
ticismo. Dos libros suyos se han publicado recientemente: la 
Biografía del General José Félix Ribas, . por la editorial Amé- 
rica, de Madrid; y las Páginas Escogidas (Selección y notas de 
Mariano Picón Salas), por la editorial Victoria, de Caracas. 

Juan Vicente González es uno de los primeros escritores 
de la América-española y sus obras, además de encerrar una 
gran belleza literaria, son un espejo maravilloso de la vida y 
las costumbres de su tiempo, un reflejo exacto del estado político 
y social de su patria, en los años caóticos de su vida. Con fre- 
cuencia hemos oído en Venezuela establecer un paralelo entre 
Juan Vicente González y nuestro gran Sarmiento, pero existe 
entre los dos una diferencia fundamental : Sarmiento era un 
hombre de acción y Juan Vicente González carece en absoluto de 
esta condición de carácter. Hay, sí, un punto de contacto en estos 
dos grandes espíritus : su fina sensibilidad para percibir los ma- 
les de la Patria y su romántica exaltación al poner el dedo en 
la llaga . Pero mientras el escritor venezolano se recogía en el 
aislamiento y la meditación, el argentino se lanzaba al combate, 
haciendo fulgurar su pluma como una espada en la victoria. 
Sarmiento tenía una personalidad múltiple, tumultuosa y genial, 
capaz de crear una nacionalidad ; Juan Vicente González es sólo 
un definidor, un crítico y sobre todo un formidable tempera- 
mento literario, que se agiganta en la polémica. 

A Juan Vicente González lo mató, como hombre de acción, 
el querer armonizar el credo democrático de los Enciclopedistas 
y las teorías de la Revolución francesa, con un riguroso catoli- 
cismo. El dinamismo de sus ideas se nos aparece paralizado por 
la estática religiosa, y es que en él predominaba el artista. 

A través de su prosa admirable, vemos desarrollarse el pro- 
ceso de la descomposición política de la colonia, la influencia 
de todas las ideas, la creación de los partidos, el relieve de los 
hombres que se destacaban en su actuación ; y sobre todo, vemos 
el asombro, el espanto de un hombre superior, que atesoraba 
toda la cultura de su época y que veía cómo se quebrantaban 
sus normas más puras y claras de 'civilización. En estos casos, 
triunfa el hombre que sabe transformar sus normas en armas ; 
cosa para la cual Juan Vicente González no estaba capacitado 



^30 NOSOTROS 

por la naturaleza. Esto hace que en su obra esté ausente el 
grito de combate y que se refugie en la polémica, la crítica o el 
lamento, donde su espíritu literario se hizo agresivo y alcanzó 
las notas más patéticas del dolor y la protesta. 

* * 

Un escritor como Juan Vicente González, en su época y en 
Venezuela, no podía gozar de la serenidad necesaria, del largo 
ocio indispensable a una obra de arte de consideración, al libro ; 
su campo de acción debía estar forzosamente en el periódico. 
Por eso, Juan Vicente González fué sobre todo, un maravilloso 
periodista; y cuantos quieren reconstruir total o parcialmente su 
obra, tienen que realizar una minuciosa pesquisa entre los diarios 
y revistas de su época. Su palabra se desparramó, como una si- 
miente magnífica, en las columnas de El Venezolano, Bl Diario 
de la Tarde, Bl Heraldo, fundado por él, la Revista Literaria. . . 

Por eso toda su obra es fragmentaria, salvo su Biografía 
de Ribas y su Historia Universal, que son apenas esbozos de li- 
bros, pero ... i qué esbozos ! Lo demás son artículos sueltos, ca- 
pítulos de libros comenzados, que los azares y necesidades de 
su vida le impidieron dar término, para desdicha de las letras 
hispano-americanas. Todo esto en aras de un nefasto exceso de 
política, o mejor dicho, politiquería picaresca y sangrienta, que 
ha impedido hasta ahora el libre desarrollo de las actividades del 
espíritu en algunas repúblicas de nuestra América. 

Entre las páginas de Juan Vicente González nos es fácil 
encontrar las expresiones exactas de su temperamento, por donde 
asoma el artista, arrebatado al arte por la política. Escuchemos 
su propia voz: — "¿Por qué he de luchar yo con las tempesta- 
des políticas, contra el movimiento continuo de las pasiones, con 
la ambición, las venganzas y crímenes de los hombres? A mí no 
me tienta el esplendor de honores ni riquezas ; más que lanzar 
mi nave al proceloso mar, amado de Aquilón, me es grato, cerca 
de la orilla, en tímida barca, cruzar sonriendo las tranquilas aguas 
del lago. La política es vma Diosa austera y sangrienta: su 
templo ahuyenta por el crúor de la sangre que lo ennegrece; 



ESCRITORES VENEZOLANOS 331 

-esos ambiciosos que corona la fortuna, son víctimas destinadas 
a sus cruentas aras". 

Y, sin embargo, muy pocas veces pudo realizar este ideal 
de artista contemplativo, pues casi siempre agitó su prosa la vio- 
lencia de las furias. En el fondo, era un conservador, porque 
el arte necesita de la serena armonía de lo establecido para crear 
sus obras. Y si llega a ser enemigo de un orden de cosas, es 
porque aspira a un orden más perfecto. Por eso le horrorizaba 
a Juan Vicente González el sedimento de anarquía existente en 
la guerra de la Independencia; así, al finalizar uno de sus ad- 
mirables capítulos de la Biografía del General José Félix Ribas, 
dice: "El poder de las tempestades flotaba en las manos de Mi- 
randa ... 

"D. Andrés Moreno, que con D. Rafael Jugo y D. Vicente 
Tejera, fueron enviados a Coro y Maracaibo para extender la 
revolución, acababa de abrir un teatro más democrático a sus 
violencias. Llegaba de Puerto Rico, donde había arrastrado pri- 
siones, y llevada al cuello la cadena con que le había honrado el 
Congreso, hecha de eslabones, en que se leía: "La sufrí por la 
Patria" ; y aunque de carácter apacible y de costumbres dulces, 
ofreció los amplios salones de su casa a un club más demagó- 
gico que la Sociedad Patriótica, el Club de los Sincamisa, donde 
se bailaba, extrafia y grotescamente, al son de está canción, com- 
puesta por los Landaetas : 

"Aunque pobre y sin camisa, 
un baile tengo que dar, 
y en lugar de la guitarra, 
cañones resonarán. 
Que bailen los Sincamisa, 
¡ y viva el son del cañón ! 

"¡ Caracas se precipitaba por los abismos de Francia ! Era el 
%a ira de sus revolucionarios". 

Sus temores no eran infundados. Hombre de una cultura 
extraordinaria y de inteligencia excepcional, sufrió la amargura 
de ver hollados sus más caros ideales, y de ver cómo primero 
la guerra de independencia y luego la guerra civil, aniquilaba a 
los hombres mejores, en los que se podía fiar el porvenir de la 
Patria, y que fué el origen del largo estancamiento del progreso 
en Venezuela. 



332 NOSOTROS 

Como desgarraduras de su propia carne sintió los dolores 
de su patria ; fué el poeta de su desdicha y su dolor . Ved, si no, 
cómo nos retrata su dolorosa imagen: — "¿Esa que miro sobre 
la dura tierra, maniatada, medio oculto el rostro en descompues- 
to velo, desatada al aire la cabellera nudosa, esclava que pre- 
gona el pregonero, esa es la patria mía ? j Cuántas heridas ! ¡ qué 
palidez! ¡qué sangre! Díme, díme, madre amada, ¿quién ultrajó 
tu beldad y mancilló tu decoro? No habrá quien te vea y no 
diga suspirando: — Ella fué grande y tuvo nobles y valientes 
hijos; ya no es la misma. Cómo has caído de la excelsa altura? 
¿Todos te traicionaron? ¿Nadie luchó por tí? ¿Ninguno de los 
tuyos te defendió? ¡Ah! Baja avergonzados los ojos y llora, sí, 
llora, que bien tienes de qué, Patria querida"^ 

Y al hablar de la muerte de Andrés Bello, en Chile, tiene 
acentos de infinita amargura al comentar el destierro voluntario 
del gran ]5oeta, que exaló su último aliento lejos de su patria 
que, perturbada por las guerras civiles, no podía dedicar a las 
artes y a la poesía la atención y el espacio que ellas requieren. 
"¡Ah! — exclama Juan Vicente González — ¿por qué no di- 
rigió sus pasos a la amada patria, hacia los sitios encantados 
que amó de niño, donde la anciana madre le esperó hasta ayer, 
donde lloran hoy sus hermanos y deudos? Hace tiempo que ha- 
bría descansado de la vida el Gran Poeta; señalado con dedo 
mofador y objeto de sacrilega risa, el generoso anciano habría 
mendigado como Homero, habría sido proscrito como Dante ; 
como Tasso, hubiera sido preso por loco ; como Camoens, habría 
perecido de hambre en hospital oscuro. Salvóse el Néstor de las 
letras de la gloria del martirio!" 

La lectura de estas líneas nos informan bien del sentido 
heroico de la vida del escritpr en la época y en el medio en que 
actuó Juan Vicente González, que murió pobre, en Caracas, en 
t866, a los 58 años, viendo cómo el tesoro de sus ideas, que ha- 
bía esparcido pródigamente, se perdía en el mar turbulento que 
lo rodeaba. 

Juan Vicente González era un espíritu selecto, producido 
por la civilización colonial española, en el cual floreció, en toda 
su pureza el ideal de Independencia, pero no como un estado de 
anarquía, si no como un deseo de orden superior, como una 



ESCRITORES VENEZOLANOS 333 

aspiración a un estado de justicia y progreso más perfecto. Era 
un espíritu absolutamente europeo, inflamado por la llama po- 
derosa del Romanticismo que ardía en el' propio corazón de la 
civilización occidental: Francia. Y América, contaba con otras 
fuerzas nuevas, desconocidas, avasalladoras. El equilibrio polí- 
tico y social tendría forzosamente que tardar en restablecerse 
mucho más que en Europa, y esto hace que, mientras los acon- 
tecimientos históricos se suceden y desenvuelven de acuerdo con 
las leyes de la naturaleza, estas altas figuras intelectuales, se 
levanten en un plano aparte, solitarias y dolorosas, como en el 
caso representativo de Juan Vicente González, que con Andrés 
Bello y Rafael M*. Baralt, forman en Venezuela la excelsa tri- 
nidad de escritores notabilísimos, detenidos en la puerta de un 
pasado espléndido, del templo de una civilización, que invadió 
un día el potro salvaje de los campos de América, dejando un 
gesto de asombro y de espanto en sus marmóreos rostros de 
Dioses del Olimpo; el potro montado por el hombre de los pam- 
pas, que no conocía el lenguaje de aquellos sabios representantes 
de la ciudad, los que, como premio a la guerra de Independencia 
le ofrecían unas normas ajenas a su comprensión, más débiles 
que sus armas . . . 

VaIvEntín dé Pedro. 

Caracas, marzo 1922. 



EL FRANCÉS, EL CASTELLANO Y EL PROFESOR 
MARTINENCHE 



p L lector me concederá fácilmente que los mozos japoneses 
^-- de café abundan hoy en Buenos Aires. Cuando yo entro 
en un café y acude uno de esos mozos y me pregunta: "¿Qué 
toma, señor?", me conmuevo todo, y voy a decir por qué. Pien- 
se en que ese hombre, de otra raza, de un poderoso país com- 
pletamente extraño al nuestro, no sólo se ha dignado venir hasta 
nosotros, sino que hasta se ha tomado la pena de aprender la 
combinación que nosotros, gente española, hemos hecho con los 
sonidos vocales para entendernos; pienso en eso y me digo: "Es 
una distinción que este hombre nos hace, indudablemente; es 
un honor", y así me conmuevo. 

Lo mismo llego a enternecerme cuando sé de un francés, de 
un inglés, de un alemán, de un italiano, de un hombre de otra 
lengua que estudia con ahinco nuestra literatura. A tales hom- 
bres se los acostumbra a llamar hispanistas. Confesaré que nin- 
guno de los habidos ni existentes me parece genial, ni mucho me- 
nos, a no ser que alguno, como Schopenhauer, lo sea por otra 
razón que por su hispanismo. Son todos ellos, en mi modo de 
ver, desde Schack hasta Ernesto Merimée o Farinelli, excelentes 
eruditos nada más, con prolijos conocimientos literarios, pero 
sin que de boca de alguno haya salido todavía una observación 
profunda en la materia y sin que uno solo (y aquí se incluyen 
también los mismos españoles, empezando por Menéndez y Pe- 
layo), haya sido capaz de organizar espiritualmente toda esa lite- 
ratura española que materialmente han ordenado en su mayor 
parte. Con todo, ellos son hombres que, a lo mejor, han dedi- 
cado su vida a estudiar las obras de nuestro idioma, y este solo' 



EL FRANCÉS, EL CASTELLANO 3BS 

hecho me llena de grata confusión, por la parte de honra que 
con él me alcanza como miembro de la sociedad de nuestro 
idioma. 

Creo así dejar claramente establecido que el profesor Er- 
nesto Martinenche, señalado hispanista francés, ahora en función 
de cátedra en Buenos Aires, tiene para mí, por adelantado, un» 
fuerte motivo de simpatía personal mezclada con sincera grati- 
tud, aparte del derecho a la consideración debida a su talento y 
a sus estudios de toda índole. Tal advertencia atenuará, al me- 
nos, mi atrevimiento al manifestar mi discrepancia con él en un 
punto, como lo voy a hacer. 

Es, pues, el caso que, al inaugurarse el otro día, en nuestra 
Universidad, el curso de literatura del Instituto de la Universi- 
dad de París, que estará a cargo del profesor Martinenche, el 
profesor dijo: que el idioma castellano está atrasado en dos si- 
glos con relación al francés, porque permanece aún en el período 
de la oratoria y la grandilocuencia, que en Francia corresponde 
a Bossuet ; y que así como Voltaire sacó de ese período al fran- 
cés, flexibilizándolo y haciéndolo más apto para la expresión de 
todas las ideas y todos los sentimientos, el castellano necesita un 
Voltaire también que lo torne más dúctil. 

Pues bien: replico con mi mejor modo, que eso es una pue- 
rilidad del profesor Martinenche. Puerilidad, según todas mis- 
presunciones, no es término ofensivo. 

Siempre he tenido entre ojo a los juicios colectivos. Contra 
todo lo que se suele pensar comúnmente, varias veces -he soste- 
nido que la primera tendencia del hombre es la generalización; 
avanzando un poco, me atrevería a decir que es una de las pa- 
siones primarias. El hombre inculto, viendo a un italiano atra- 
vesado dice fácilmente: "Todos los italianos son asesinos"; 
viendo a un español zote: "Todos los gallegos son brutos"; vien- 
do a un ruso {iuerco: "Los rusos son todos sucios", y así suce- 
sivamente. Es un movimiento natural, sobre todo en cuanto toca 
a los defectos humanos: sentimos repulsión por un individuo 
cualquiera y nuestro pasionismo no se satisface con menos que 
con extender a toda una clase, a todo un pueblo, a toda una 
raza el defecto que en ése individuo nos ha repugnado. "¡ Estos 
gringos, estos gallegos, estos moscovitas, estos franchutes!" En 



336 NOSOTROS 

los ilustres conventillos de Buenos Aires, todos los pueblos del 
orbe están clasificados sobre la base de media docena de indivi- 
duos. Sí, es un acto de pura pasión, vale decir, un acto de pri- 
mitivismo e incultura. Por eso tengo mis reservas para los jui- 
cios colectivos. El hombre culto y de razón ejercitada, siente, 
tal vez, el deseo de lanzarlos ; pero su espíritu precavido le con- 
tiene oportunamente, como le contiene de proferir una blasfemia 
en un instante de ira. 

En calidad de juicio colectivo, pues, ya ve el lector qué pre- 
vención desfavorable abrigo para el del profesor Martinenche. Me 
parece una habladuría de conventillo llevada audazmente a una 
cátedra universitaria, así como si a mí se me ocurriese decir 
ahora, basado en su ejemplo, que todos los franceses son "chau- 
vinistas". 

Pero prescindamos del carácter genérico de tal juicio y exa- 
minémoslo en su condición específica. Dos afirmaciones distin- 
tas entraña bajo esta condición: i.", que el idioma castellano per- 
manece aún en el período de la oratoria; 2.*, que, por tal causa, 
es menos apto que el francés para expresar todas las ideas y to- 
dos los sentimientos. 

Deseo que este artículo sea una refutación terminante del 
destacado hispanista. Para serlo, debo ofrecer en él dos cuali- 
dades principales: una teoría sana y concluyente y una demos- 
tración práctica de mi teoría. De consiguiente, el lector me ex- 
cusará si procedo con cierta parsimonia en mi demostración, lo 
que no tiene otro objeto que satisfacer esas dos necesidades. 

Digo, pues, con respecto a la afirmación primera, que el 
profesor parisiense no demuestra tener presente toda la litera- 
tura española al hablar así. Por lo general, al referirse a nues- 
tra literatura se piensa nada más que en Cervantes, y de Cer- 
vantes, nada más que en el Quijote. Entre los profanos o entre 
los que no tienen deberes de especialistas, es legítima en cierto 
modo esta restricción, porque Cervantes representa hasta hoy 
mismo el producto máximo de nuestra literatura, y de Cervantes 
es el Quijote lo máximo también y característico. Ahora bien, 
liaciendo a un lado no pocas páginas del libro inmortal en que 
el autor se sale de las particularidades de su estilo, Cervantes 
tiene, en efecto, como distintivo de escritor, la grandilocuencia 



EL FRANCÉS. EL CASTELLANO 837 

tocada de oratoria y el afán de la rotundidez del período. Pero, 
si un neófito puede extender a todo el lenguaje escrito español 
esa particularidad del de Don Quijote, a un erudito y profesor 
no le está permitido hacer lo propio, so pena de tener que acha- 
carle ligereza u olvido. 

Antes del Quijote, en España se habían escrito muchas y 
muy celebradas obras literarias que no tenían nada de grandi- 
locuente en el estilo. No mencionaré las poéticas, porque tendría 
que hacer valer previamente la argumentación del verso en cues- 
tiones de estilo. Las obras dramáticas, ya sean en verso o en 
prosa, también las relegaré, porque podría observárseme que en 
ellas no consta propiamente el "lenguaje escrito", sino el "len- 
guaje hablado", al cual no alude el señor Martinenche. Nos que- 
dan las novelescas y las doctrinarias en prosa. De ellas, basta 
recordar las más difundidas: la famosa carta del Marqués de 
Santillana al Condestable de Portugal ; Bl Conde Lucanor de 
Juan Manuel ; El viaje de Turquía, atribuido a Cristóbal de Vi- 
Ualón; La Lozana Andaluza de Francisco Delicado; la traduc- 
ción del Cortegiano de Castiglione por Boscán ; El Lazarillo de 
Tormes. ¿En cuál de estas producciones priva el empaque ese 
de que nos habla el profesor? Ya antes que en todas ellas, en 
las del padre de la prosa castellana, en Alfonso el Sabio, suma- 
mente elocuentes para el caso por tratarse de obras escritas por 
una porción de gente, podía verse al lado de la oratoria la más 
llana conversación ; pero pensemos sobre todo en El Conde Lu- 
canor, en ese su lenguaje tan sencillo, tan sin aparato, tan flexi- 
ble que es la conversación misma, la charla casera de un hombre 
copiada inteligentemente y con toda su gracia y frescura, y con- 
vengamos en que no hay cómo traer a cuento el énfasis de 
Bossuet. 

Contemporáneamente a Cervantes, ya no hay necesidad de 
mencionar más que un nombre para ofrecer un ejemplo signifi- 
cativo de. lenguaje igualmente ajeno a la oratoria. El señor 
Martinenche se ha dedicado con especialidad a Lope de Vega. 
¿Cómo podría demostrarnos que La Dorotea (que tomo en cali- 
dad de novela dialogada) es una obra de estilo grandilocuente, 
enfático, rotundo, cuando, al revés, casi parece pecar por estre- 
ñimiento? Sólo con deplorable ligereza se puede afirmar que un 



338 NOSOTROS 

idioma en que se expresó el autor de La mosa de Cántaro perma- 
nece aún en el período inflado de Bossuet. Y Cervantes mismo, 
fuera del Quijote, de sus versos y de sus comedias, bien que 
maneja el lenguaje llano en algunas novelas ejemplares, como 
en Rinronete y Cortadillo, en El celoso extremeño y en Bl casa- 
miento engañoso, y estaría por decir que en el Coloquio de los 
perros, que casi no parece de la misma pluma que el Quijote. 

Pues posteriormente a Cervantes, ¿no ha existido Queve- 
do? Es preciso dominarse con un penoso esfuerzo para no dar 
suelta a la indignación cuando se oye hablar de la rigidez del 
castellano después de haber leído a Quevedo. Nos cita el señor 
Maríinenche a Voltaire. Sostengo que, en cuanto a soltura y fle- 
xibilidad de lenguaje, Voltaire no ha hecho en Francia ni la mi- 
tad de lo que Quevedo hizo en Espafia, sin que esto sea com- 
pararlos ni anteponer uno a otro en otros puntos de mira. Vol- 
taire no tiene más que una cuerda, una cuerda admirablemente 
pulsada, pero una sola : la elegante frivolidad : es frivolo cuando 
pinta a Cándido, frivolo cuando se ríe de Leibnitz o combate se- 
riamente a Shakespeare o zahiere con ensañamiento a Federico 
el grande ; frivolo cuando toca los mil y un temas tan diversos del 
diccionario filosófico; frivolo, en fin, cuando construye tragedias 
históricas. En cambio Quevedo, ¿qué otro ejemplo hay en la 
historia literaria de ningún país que le sobrepuje en variación y 
adaptabilidad ? Si el Parnaso español no fuera, una obra poética, 
podríamos comparar uno de los sonetos de Clío o Melpómene 
con una de las letrillas de Terpsícore y veríamos con qué docili- 
dad obedece el autor a musas tan distintas, adoptando ante cada 
una la tesitura espiritual que corresponde, y no como Vojtaire, 
que, para bien o para mal del arte o de la filosofía, pero para 
evidente circunscripción del idioma, todas las musas las ve bajo 
un solo prisma. Reflexionemos, aunque solo sea de pasada, ya 
que hemos resuelto no apelar a la poesía, en la riqueza de ex- 
presividad que representa este hecho de que en un idioma ha- 
yan podido florecer, como en el español, tantas especies y tantas 
formas poéticas, al contrario de lo que sucede en Francia, donde 
el alejandrino necesariamente pomposo viene imperando constan- 
temente. Pero fijémonos en la obra prosaica de Quevedo, en la 
Vida de Marco Bruto o en la Introducción a la vida devota, por 



EL FRANCÉS, EL CASTELLANO 339 

una parte, tan graves, tan hondas, tan recogidas, tan serenas, y, 
por otra, en la Vida del Buscón o en Los sueños, tan regocija- 
dos, tan chistosos, tal volterianos, vaya. De autor que ha dado 
forma casi perfecta a ideas y a sentimientos tan varios ; de au- 
tor que en una misma nota ha obtenido variaciones de matiz que 
constituyen una nota nueva, como los ha obtenido él en la sá- 
tira escribiendo la Epístola al conde-duque de Olivares y Pode- 
roso caballero; de este autor, ¿hay derecho a decir que no tuvo 
a su disposición un idioma flexible, dúctil, adaptable? ¿Qué es- 
critor ha realizado nunca los malabarismos, el hipérbaton, la dis- 
locación que Quevedo con el castellano? 

Una disculpa tiene el profesor Martinenche al desconocer así 
a Quevedo, y es que si él no lo ha sabido leer, tampoco han sa- 
bido leerlo los eruditos españoles. El primero que inteligente- 
mente lo ha leído, es un diletante en la materia: Eugenio D'Ors 
— un diletante, pero un hombre de genio. Aconsejo humilde- 
mente al profesor francés que lea El valle de Josafat y adqui- 
rirá una guía insospechada para conocer al creador de don 
Pablos. 

Quevedo formó escuela: el conceptismo, que se- extendió 
locamente y llegó a ser una plaga nacional, como el culteranismo 
de Góngora. No la formó Cervantes; sólo un franco imitador 
suyo en todos sus modos (menos en el decoro sexual) se halla 
cincuenta años después: María de Zayas, esa picara mujer que 
tan bien había leído El curioso impertinente y las Novelas ejem- 
plares. Con todo, convengo en que durante los siglos XVII, 
XVIII y XIX, aun bajo la influencia francesa, más imperio 
tuvo entre los escritores castellanos el lenguaje de Cervantes 
que el de los demás clásicos españoles ; pero, aparte de que el idio- 
ma ya había dado pruebas definitivas de su variedad, por ahí 
aparecen de pronto Moratín hijo y Larra que no están tocados 
de la oratoria cervantesca, y hácense en España traducciones de 
todos los idiomas del mundo, sin que se sepa que el traductor, 
frecuentemente traidor por otros motivos, se hubiera visto impo- 
sibilitado de verter al castellano las ideas extrañas por indocili- 
dad del idioma. 

Vengamos, por fin, a los contemporáneos nuestros. Si el 
señor Martinenche se detiene en Ricardo León, es probable que 



840 NOSOTROS 

pueda abonar su aserto, y, desgraciadamente, todos estos hispa- 
nistas acostumbran a ignorar de la literatura española de los úl- 
timos treinta años todo lo que no sea Ricardo León y demás 
colegas de enquistamiento espiritual. Pero yo afirmo : Ricardo 
León, con todos los peninsulares de su tono literario, está al 
margen de la literatura española contemporánea. Para juzgar 
con conocimiento de causa esa literatura, debe tomarse a escri- 
tores como Azorín o Benavente; y dígame el lector si existen 
literatos más extraños que estos a la grandilocuencia y a la ora- 
toria. Me quedo absorto al pensar que no me había hecho cargo 
de que Benavente y Azorín escribían en el estilo de Bossuet. ¿ En 
cuál escribirán, entonces. Ortega y Gasset, Baroja, Valle Inclán, 
García Morente, Araquistain, Diez Cañedo, Martínez Sierra, 
Rivas Cherif, Gómez de la Serna? Dios mío, ¿en cuál escribía 
Galdós? Por lo menos, por lo menos, en el de la Chanson de 
Roland. 

Bueno, ahora olvidemos la argumentación histórica para 
discurrir lógicamente. En esta nueva posición, podríamos con- 
cederle al señor Martinenche que nuestro idioma observa aún 
formas grandilocuentes, esas formas en que se cuida la perora- 
ción, el énfasis y la rotundidez del período. Muy bien; pero 
¿por qué esto había de ser un defecto? ¿Por qué el español, su- 
poniendo que prefiriese el período extenso, había de ser inferior 
al francés, que preferiría la frase como período? Tal caracterís- 
tica, en caso de existir, sería una simple modalidad, que, como 
todas las modalidades, presenta sus defectos, naturalmente, pero 
también sus ventajas. Entre los defectos, el principal es tener 
que echar mano a menudo de miembros accesorios y hasta, a 
veces, superfluos en el discurso; pero, en cambio, con ello se 
obtiene la solidez y la arquitectura que no da el estilo justa- 
mente llamado telegráfico, y esta es una de sus ventajas princi- 
pales, harto compensadora. 

Voy más allá: opino que el período extenso significa una 
perfección sobre el período trunco (dentro de una discreta me- 
dida, se entiende), de la misma manera que el lenguaje orgánico 
del adulto significa un progreso sobre el balbuceo infantil. Leyen- 
do el francés típico, leyendo ese francés del período trunco y ex- 
tremadamente elíptico, que, sin ser todo el francés, es el que el 



EL FRANCÉS, EL CASTELLANO 341 

profesor Martinenche opone victoriosamente al español, más des- 
arrollado, más exuberante, más lato, no puedo deshacerme de 
la idea de que leo un idioma pueril, un idioma que no es más 
que un bosquejo, un idioma que, al contrario de lo que se sos- 
tiene, quizá expresa las ideas esenciales, pero permanece mudo 
para los matices, o bien, a la inversa, toca el matiz, pero no pue- 
de seguir la línea conceptual, ofreciendo la misma incompatibili- 
dad para la plenitud de expresión que en el terreno del pensa- 
miento ofrece un pensador fragmentario, como La Rochefou- 
cauld, frente a un pensador orgánico, como Descartes. 

Además, observemos que el francés de que venimos ha- 
blando no ha aprovechado realmente las ventajas del período 
breve en cuanto a evitar la superfluidad. Sr nosotros, con nues- 
tras "parrafadas", prodigamos los relativos, los auxiliares, los ge- 
rundios, el pleonasmo y demás florescencias, los franceses... 
¿quién ignora el estupendo derroche de pronombres que hacen?; 
lo cual contribuye por otro lado a dar a su idioma ese carácter 
de balbuceo que le asigno (siquiera sea aparente), pues con tan 
reiterados recuerdos y advertencias como representa el pronom- 
bre insistente, se tiene la sensación de que se camina con nodriza 
o andadores. 

Además aun, hay que desechar la opinión romántica de que 
el idioma es mero instrumento — opinión que tácitamente acepta 
en sus afirmaciones el profesor francés. Es instrumento, sí ; es- 
tov dispuesto a admitir que es instrumento ante todo ; pero no 
instrumento únicamente. El idioma, encima de servirnos como 
vehículo de expresión, tiene un objeto en sí mismo (no existiría 
la obra puramente literaria si no lo tuviera), y desde el mo- 
mento en que se le puede considerar objetivamente, debe cui- 
darse su estructura como se cuida su comunicatividad. Preci- 
samente eso es lo que entraña ese afán español del período ex- 
tenso y redondo: preocupación estructural o arquitectónica, aun- 
que muchas veces haya llevado a viciosos extremos. El Emir 
Emín Arslan, que, al parecer, escribe en francés, me decía hace 
tiempo que al ponerse a leer en nuestro idioma le había asom- 
brado encontrar párrafos hasta de una página. No había adver- 
tido que estaba leyendo arquitectura. 

Si, pues, históricamente no se justifica la afirmación pri- 



842 NOSOTROS 

mera de nuestro hispanista, lógicamente menos aún, ya que se- 
ñala como defecto y atraso lo que, supuesto que exista, ni es 
atraso ni defecto. Pero el profesor Martinenche dice más: dice 
que el estado ese en que considera nuestra lengua literaria no 
se presta a una amplitud y multiplicidad de expresión, y aquí 
viene la segunda de las dos afirmaciones en que partí su juicio. 
Debo advertir que hace años leí una opinión semejante en 
otro excelente hispanista francés, el señor Paul Groussac. Cuan- 
do la leí (creo que en el Viaje intelectual) me entregué a hon- 
das reflexiones por respeto a la autoridad de quien la emitía y, 
sobre todo, por el deseo de reconocer una posible verdad. El 
francés — pensaba para mí — expresa mejor que el castellano 
las ideas y los sentimientos : quiere decirse, entonces — concluía, 
— que nosotros, gente hispana, nos morimos sin expresar mu- 
chos sentimientos y muchas ideas, o muchos matices de las que 
al fin expresamos, por la fatalidad de poseer un idioma imper- 
fecto e indócil. ¿ Será exacto ? — me preguntaba después, con 
una consternación explicable. — Por vía de prueba, examiné la 
literatura del señor Groussac. 

Cuando este buen hispanista escribe en francés ( Un cnignie 
littéraire, por ejemplo), es ágil, llano, claro, completo, casi ar- 
monioso; su pensamiento se desarrolla sin trabas, su gozo es co- 
municativo, su indignación vibra. Dícese que la prueba conclu- 
yente de que se ha logrado dominar un idioma extraño, es saber 
indignarse en él ; por eso, quizá, entre nosotros, pocas veces ve- 
mos a un extranjero indignarse en español. Si esto es así y la 
supertición popular no miente, el señor Groussac ha llegado a 
dominar el castellano, porque, en efecto, se indigna en castellano 
tan bien como en francés : véase por ejemplo el mismo Viaje in- 
telectual en su edición última, donde la cólera, no ya la indigna- 
ción nada más, por cierto atolondramiento que al autor le des- 
cubrió Menéndez y Pelayo, está expresada con maestría. Pero, 
desdichadamente, el señor Groussac no se comporta con igual 
felicidad en otros sentimientos ni en ninguna idea: fuera de la 
irritación, en castellano es duro, penoso, incierto, como si los 
vocablos y las oraciones, en vez de servirle de viaducto, le resul- 
tasen una valla insalvable. 

Atento a este examen, pues, no tuve más remedio que reco- 



EL FRANCÉS, EL CASTELLANO 343 

nocer que nuestro idioma es más torpe que el de los franceses. 
Por escribir en español, el señor Groussac se morirá sin expresar 
la mitad de sus ideas y de sus sentimientos. 

Pero una cosa se me ocurre en este instante. El idioma ¿es 
algo que se nos da hecho, para satisfacer una necesidad deter- 
minada, como para trasladarnos rápidamente de un lado a otro 
se nos da una bicicleta, un automóvil, un tren? No. Tal vez la 
facultad de hablar nos la ha dado Díqs así, de pronto ; pero el 
idioma, es decir, una variación particular de la facultad de ha- 
blar, es objeto que nos hemos creado nosotros mismos, respon- 
diendo a particulares exigencias de nuestro espíritu. Dedúcese, 
entonces, que nuestros idiomas son producto de nuestros modos 
de pensar y de sentir. Ahora bien : el señor Groussac es francés, 
siente y piensa como francés, siente y piensa en íntima comuni- 
dad con esa entidad geográfica, étnica, histórica, etc., que se de- 
nomina Francia : ¿ cómo, pues, ha de poder expresarse libre- 
mente, sin embarazo, en español, esto es, en un idioma producto 
de otros modos de sentir y de pensar? 

Vuelvo, en consecuencia, sobre mis pasos. Nuestro idioma 
no es más torpe ni más nada que el francés. Si el señor Grous- 
sac halla tropiezo en él para expresarse, es porque no piensa en 
él, y no le asiste honestamente el derecho de atribuir al objeto 
lo que es defecto suyo. 

Pienso que algo parecido ha de ocurrirle al señor Martinen- 
che. Es francés, y no dudo de que el castellano ha de resultarle 
para él menos apto que su lengua. Pero ¿cabe razonablemente 
que, de lo que es embarazo exclusivo suyo, deduzca un engorro 
universal? Cualquiera de nosotros que empieza a estudiar fran- 
cés, lo primero que piensa es que "estos franceses no dan a las 
letras su sonido propio". ¡ Miren que pronunciar ua donde dice oi, 
o donde dice eau, y donde dice /.' Pues si por desdicha a alguno 
se nos ocurriera llevar esta observación infantil a una cátedra 
universitaria, no haríamos ni más ni menos que lo que hace el 
señor Martinenche al llevar la suya a una tribuna de nuestra Uni- 
versidad. ¿Recordará el profesor a aquel buen portugués de la 
redondilla que se asombraba de que en Francia hasta los niños 
"parlasen gabacho", cuando él, adulto, no lo podía hablar? En 
un sentido inverso, él es también el portugués que no comprende 



344 NOSOTROS 

cómo nosotros podemos hablar una lengua que a él le es penoso 
manejar, porque le es extraña. 

He concluido mi argumentación. Falta, para completar la 
réplica, la demostración práctica prometida. Pero el lector dirá 
si necesito dar otra que este mismo artículo, en el que. no obs- 
tante estar escrito en español, he dicho todo lo que tenía que 
decir. 

José Gabriei,. 

Junio de 1922. 



ES MEJOR IGNORAR 



QUISE desde muy niño saber, saber, saber... 
Claro que yo jugaba... con Kant y Baudelaire. 
Y cuanto más bebía, más quería beber. . . 



Nunca anhelé, como otros, caballos de cartón. . . 
(Bn verdad, los juguetes no fueron mi atracción) . 
Mis golosinas eran la Biblia y Juan- Ramón. 



Recuerdo que los reyes, los tres reyes de Oriente, 
mis votos complacían, trayéndome un presente 
de las "prosas profanas" del gran dios imponente. 



O bien los singulares 

y bellos colmenares 

de Ñervo y de Machado, númenes tutelares. 



Quise desde muy niño saber, saber, saber. . . 
Claro que yo jugaba... con Kant y Baudelaire, 
Y cuanto más bebía, más quería beber . . . 



Bste es, pues, el motivo de mi complejidad . 
La verdad, que buscaba con tal celeridad, 
me absorbió todo el jugo de la infantilidad . 



346 NOSOTROS 

Decepcionadamente, hoy llego a deducir, 
que la verdad es reir, reir, sólo reír, 
y es mejor ignorar, para mejor vivir. . . 
(Todos los hombres tristes se debieran morir). 

F. Bermúdkz Franco. 



COLÓN Y EL CASTELLANO 

(Respuesífl al Dr. Calzada) 



Non incendas carbones . . ., ne in- 
cenderis in igne flainmae illius. 
(Sapientia Sirach, cap. IX, vers. 13) 



El. doctor Rafael Calzada ha dado a luz. Trátase de cinco 
gemelas venidas al mundo después de un largo periodo de 
gravidez y aparecidas, en forma de páginas, en el número de 
Nosotros correspondiente a Junio de 1922, once meses cum- 
plidos después de publicado, en la misma revista, un juicio mío 
sobre su libro La patria de Colón. He apuntado que las ge- 
melas alcanzan a cinco y no puedo excusarme de advertir que 
suman, precisamente, el número cabal de heridas de todo cru- 
cificado. Ellas, que son la consecuencia de los tres clavos y un 
lanzazo que en mi anterior artículo se llamaron: a) ingenuida- 
des; b) contradicciones; c) inexactitudes; y d) falta de ver- 
sación histórica (i), han resultado, necesariamente, sanguino- 
lentas y desgarradas, como las de todos los Cristos en cuya 
formidable tortura, y con derroche de horror, quisieron los pin- 
tores primitivos sintetizar la expresión cumplida de los agravios 
del pecado. Para justificar el retardo patológico de su alumbra- 
miento, el doctor Calzada alude a un reciente viaje por el ex- 
tranjero, que le impidió tener noticia oportuna de mi crítica. 
Y es curiosa la coincidencia: Fué también en el extranjero, 
según nos los asevera en las páginas 28 y 29 de su libro, donde 



(i) Nosotros, Julio de 1921, N.° 146, págs. 354 y siguientes. 



34 8 NOSOTROS 

se enteró de la tesis de García de la Riega ( i ) . Por lo visto, 
todo autoriza a pensar que en materia de informaciones básicas 
sobre asuntos colombinos, el doctor Calzada anda siempre por 
el extranjero. . . 

Pero, analicemos el parto. Las cinco páginas que lo cons- 
tituyen, ni siquiera son originales, es decir hechas a medida. 
Se antojan algo así como una misma ropa amoldada a un nuevo^ 
propietario, o lo que es lo mismo : un simple arreglo de ropa- 
vejero. Porque el doctor Calzada es hasta autoplagtario . A 
falta de nuevas razones, mejores datos y prosa más eficaz, ét 
distinguido abogado reedita las viejas páginas, sin indicar, con 
las necesarias comillas, que se trata de algo que ya fué, ni más 
ni menos como su diputación a Cortes, la cual, sin embargo^ 
va precedida, en la enunciación de sus siete títulos y dos etcé- 
teras, por un significativo ex, equivalente, para el caso, al signo 
ortográfico cuya ausencia le señalo. En definitiva, el doctor 
Calzada se ha concretado a copiarse a sí mismo. De sus cinco 
gemelas, dos y media, por lo menos, son una reproducción tex- 
tual de otras tantas de su libro. Cotéjense, sino, las páginas 
194 y siguientes del último número de Nosotros, con las 210 
y siguientes del volumen: La patria de Colón, y se verificará 
el aserto. Como quiera que sea, empero, y a pesar de descono- 
cerle al doctor Calzada, en forma absoluta, autoridad para ocu- 
parse de esta clase de menesteres científicos, voy a puntualizar, 
con nuevos elementos de prueba, la seriedad de las afirmacio- 
nes que he apimtado en mi trabajo: Origen y patria de Cristó- 
bal Colón, acerca del desconocimiento que el almirante tuvo del 
idioma de Castilla. En esas aseveraciones, como en todas las 
formuladas en mi vida de estudioso, he procedido con absoluta 
honestidad y con muchísimo celo del oficio. Por eso, pues, el 
análisis que sobre la documentación colombina tengo realizado,, 
es la más absoluta negación de cuanto se parezca a un alega- 



(i) La patria de Colón. Dice textualmente: Debo confesar que al en- 
contrarme, allá por el año 1900 viajando por los países del Oriente, en una 
revista madrileña, con un articulo intitulado : "Cristóbal Colón ¿de Pon- 
tevedra?, no pude por menos de sonreír. Aquello no podía ser sino la 
obra de un desocupado de buen humor, Y en nota nos aclara que el 
hallazgo tuvo lugar en tránsito a Palestina, aquella misma tierra que en 
su libro, graciosamente, confunde con las regiones del Gran Kan. es 
decir, con la China (pág. 39 del alegato). 



COLON Y EL CASTELLANO »49 

to (i). Resulta, a lo sumo, el fallo de un juez, que, seguramente, 
no está a la altura de Salomón, pero sí en un plano suficiente 
como para pronunciarse, sin embarazo alguno, sobre el pinto- 
resco libro del doctor Calzada. La conciencia de ello, después 
de todo, me resuelve a no detenerme en una respuesta meticu- 
losa a las expresiones de desahogo que el doctor Calzada gasta 
conmigo, particularmente porque su origen bastardo está a la 
vista. Dice, en una de ellas, por ejemplo, que jamás ha pen- 
sado en incluirme entre los que tienen la misión de velar por 
la pureza de la historia (2), y ello a pesar, dedica cinco páginas 
de su libro a mi trabajo, considerándome entre los más caracte- 
risados impugnadores de la patria española de Colón (3), aun- 
que lamentándose de que un hombre de la ilustración y del buen 
sentido míos (4), haya podido establecer las conclusiones que 
aparecen en la monografía. Sí, a la postre, fuéramos a ba- 
lancear antecedentes y obra realizada en materia de asuntos ame- 
ricanos, es seguro que no habría de ser yo el que saliera con el 
peor de los lotes. Porque — ello está en evidencia — el doctor 
Calzada sólo podría documentar su autoridad con su diploma 
de abogado, sus despachos de miembro correspondiente de una 
academia de legislación y de otra de artistas, y sus títulos de 
propiedad — caducados ya — sobre los enseres de El Diario 
Español y de la Revista de los tribunales (5). No puedo cerrar 



Ci) Así lo ha entendido la serena crítica italiana, qite palrióticamente 
puede serme adversa, desde que en mi trabajo he establecido que la 
Raccolta no suministra la prueba cumplida de la itaüanidad del almi- 
rante. El doctor José Imbelloni, sin embargo, que con sobrado prestigio 
representa entre nosotros a la más alta mentalidad italiana, ha escrito 
textualmente : 

Un luogo de preferensa merita l'erudito e ntedifato lavoro di un ar- 
gentino — Rómulo D. Carbia — : "Origen }' patria de Colón", etc.. 
che costifuisce la piú accurata e diligente discussione critica di tutfa la 
documentasione colombiana. Anche non accettandone per completo le 
scettiche conclusioni, qiiesta monografía puó essere consultafa con pro- 
fitto degli stiidiosi d' Italia. ("Pensiero Italiano d'oltre Océano", anno L 
fac. in, pag. 28.) 

(2) Nosotros. N." 157, pág. 193. 

(3) La patria de Colón, pág. 18 y págs. 209 y siguientes. • 

(4) ídem, pág. 209, líneas 18 y 19. 

(5) Esto es lo que reza la portada de su libro. Tengo la duda, 
sin embargo, de que alguno de los dos etcéteras que siguen a la nómina 
de los títulos, sea un encubierto enunciado de su autoridad en materia de 
historia americana. 



350 NOSOTROS 

esta parte de mi réplica, empero, sin advertir que no se ajusta 
mucho a la verdad el distinguido defensor de de la Riega, cuando, 
en su respuesta a mi critica, pretende desvirtuar mis afirmacio- 
nes acerca de la intención con que preparó su libro. Dije, en 
su oportunidad, que el doctor Calzada había aspirado a pre- 
sentar un trabajo final, aplastad or, pulverizante. El, arrepentido 
ahora del exceso, quiere ^egar que haya tenido semejante anhelo, 
y glosa ciertos párrafos innocuos del prólogo de su libro donde 
se alude a la posibilidad de las objeciones y de las enmiendas 
a la obra. Para reafirmar mi calificación anterior y desauto- 
zar sus novísimas aseveraciones, me basta remitir al lector ho- 
nesto a la página 112 de La patria de Colón, donde se lee: 

. . . pienso que no ha sido pequeña mi suerte al haber en- 
contrado entre los autógrafos existentes en la Biblioteca Colom- 
bina, de Sevilla, la prueba plena, incontestable, de que Cristóbal 
Colón, no era italiano... 

Si las palabras transcriptas no denuncian la aspiración de 
que el libro en el que figuran aspira a ser lo que he aseverado, 
tendremos que convenir en que la expresión: prueba incontes- 
table, no expresa la idea de cosa sin impugnación posible, como 
ensera el diccionario de la lengua. Y cosa inexpugnable — esto 
no admite duda — es equivalente a final, aplastadora, pulveri- 
;:ante : ¿Lo ha entendido ahora el doctor Calzada ? Ya se vé, 
pues, que no he procedido deshonestamente al hacer la califi- 
cación que he hecho del hilarante alegato en favor de de la 
Riega (i). 

II 

Todas las molestias que mi trabajo Origen y patria de Cris- 
tóbal Colón ha producido al doctor Calzada, giran alrededor de 
las demostraciones que he formulado sobre el desconocimiento 
que el almirante tenía del idioma de España. Para el doctor 



(i) El doctor Calzada dice que mi trabajo está plagado de errores 
garrafales (Nosotros. N.° 157, pág. 193), pero ni por asomo se atreve 
a indicarlos. Bien sabe que yo no he confundido la Palestina con la 
China, que estoy enterado de que los genoveses del siglo XV no eran 
compatriotas de los florentinos, y que conozco muchas otras cosas que 
para él presentan aspecto de enigmas nigrománticos. 



COLON Y EL CASTELLANO 351 

Calzada (pág. 112 de su libro), la prueba incontestable de que 
Colón no era italiano se halla en un autógrafo suyo que dice: 

Del ambra es cierto nascere in india soto tierra he yo ne 
ho fato cavare in molti monti in la isola de feyti bel de ofir bel 
de cipango, a la quale habió posto nome spagnola y ne o trovato 
piega grande como el capo, ma no tota chiara, salvo de chiaro y 
parda y otra negra, y vene asay (i). 

Salta a la vista, aún de los menos entendidos, que esta nota 
fué escrita por alguien que, sin dominar el idioma castellano, 
pretendía expresarse en él. Así lo ha reconocido la crítica se- 
ria. El doctor Calzada, en cambio, se empeña en querernos con- 
vencer de que aquello que Colón se propuso, en esta nota, fué 
nada menos que fingirse genovés. Sus pruebas, en lo que hace 
a este particular, son a cual más peregrina (2). Y, natural- 



(i) Raccolta, parte I, vol. IH, serie E, tav. CI y de la Rosa y 
López : Libros y autógrafos de Colón, apéndice. 

(2) Véanse los capítulos V y VI de La patria de Colón, que son 
una verdadera ostra perlera. Bastará para certificarlo la denuncia de 
que el doctor Calzada se empeña en demostrar, con el análisis particular 
de cada vocablo de la nota al libro de Plinio, que he copiado más arriba, 
que Colón la quiso escribir en italiano, seguramente para hacer creer lo 
que afirmaba acerca de su origen. Y lo curioso resulta que es la única 
tentativa grafológica de semejante propósito. Mas lógico habría sido 
escribir largas epístolas en el idioma del Dante, — o en el dialecto de 
Genova — y no una brevísima nota marginal que, por estar puesta en 
un libro de uso privado, debía, necesariamente, pasar inadvertida para 
aquellos a quienes el almirante quería engallar. En mi trabajo he afir- 
mado que dicha nota fué escrita por Colón con intención de hacerlo en 
castellano. Mi aserto está a la vista. El giro de toda la nota corres- 
ponde a ese idioma, aunque el léxico dista bastante de ser el adecuado. 
Y se explica. En el trato diario con españoles durante más de quince 
años — la nota fué escrita en 1500 o 1501 — tuvo el almirante que 
contagiarse del giro del idioma. Ello está patente en la nota, la que, 
por otra parte, no denuncia la intención de expresar cuanto dice el doc- 
tor Calzada. Para que se vea cómo hasta cuando se arriesga a filólogo, 
dá lamentables tropezones, dejaré constancia de que la frase: isola de 
feiti. . . a la qiiale habió posto nome spagnola, ,no puede interpretarse 
como lo ha hecho el doctor Calzada en su afán ¿^rialesco, es decir, por 
la equivalente : a la cual había puesto, etc., sino por la de : a la cual tengo 
puesto, etc. "Habió" posto es una expresión que está revelando una mar- 
cada influencia latina, puesto que en latín el verbo es habere (tener) y 
su primera persona : habió. En consecuencia, nunca pudo decirse, como 
lo ha hecho el doctor Calzada, que Colón, desconociendo el italiano, 
escribió habió donde debió escribir aveva (pág. loi). Para cualquiera 
que lea la célebre nota al libro de Plinio, lo que ella evidencia es que 
quien desea escribir en castellano y no lo logra, se deja influenciar antes 
que por nada, por el bajo latín de fines del siglo XV. El doctor Calzada 
que en materia idiomática es innegablemente patizambo, ignora todo 
esto, y no es el caso que me empeñe en latinizarlo a esta altura de su vida. 



853 NOSOTROS 

mente, en trance ya de desbarrancamiento sin remedio, llega a 
otros extremos increíbles. Porque es el caso que no sólo pre- 
tende probar que Colón, para despistar, se permitió un día la 
humorada de chapurrar la lengua de Alighieri, sino que hasta 
llegó al exceso de componer versos castellanos. Verdaderamente 
— dice — seria cosa de sorprenderse de que después de esa su 
su vida marítima "tan italiana", y de sus "catorce años" de Lis- 
boa, hubiese podido defender la pureza de su idioma al extremo 
de escribir con toda corrección versos como los de la glosa del 
"Memorare novissima tua" del Libro de las Profecías. . . (i). 
Pues bien: ni el Libro de las Profecías es original de Colón, 
puesto que se trata de trozos de diversos autores copiados, por 
lo menos, por cuatro amanuenses distintos, ni el almirante escri- 
bió jamás en verso. La aseveración que el doctor Calzada hace, 
no sólo denuncia su completa falta de conocimientos en materia 
histórica americana, sino, también — cosa grave en quien es 
miembro correspondiente de la Sociedad de Escritores, de Ma- 
drid — una inocencia inexplicable en el propio idioma de su 
país de origen. Y esto digo porque los versos que el doctor 
Calzada tan generosamente le adjudica al almirante, ni son su- 
yos ni son correctos. A este respecto ha escrito de la Rosa y 
López, ocupándose de las Profecías : 

Otros apuntes heterogéneos aparecen en el libro, entre ellos 
algunos versos místicos, ensayos deplorables de algún aficionado 
al metro castellano. En esto debió fundarse el historiador Ir- 
ving para atribuir pretensiones poéticas al almirante; pero se 
engañó completamente, porque los versos pertenecen a uno dg 
los copistas (2). 

Pero hay más, y es lo que he llamado grave por el des- 
conocimiento idiomático que denuncia: La noticia de que Colón 
escribió versos, la ha tomado mi distinguido contradictor de una 



(i) La patria de Colón, pág. iii. En la página 94 inserta la 
primera estrofa del Memorare. El párrafo que más arriba he transcrito 
es bastante embrollado, pero de los que le anteceden y de los que le si- 
guen, se desprende que entraña la aseveración de que Colón era poeta. 
Por otra parte, en la pág. 95, aludiendo a Colón, el doctor Calzada habla 
de sus versos y en la siguiente dice que el almirante aprendió el castellano 
en España, y no ya viejo, porque en edad madura no se aprende ningún 
idioma con perfección, y menos con la necesaria para poder versificar 
en él. . . 

(2) Libros y autógrafos, pág. 25. 



COLON Y EL CASTELLANO 353 

carta del almirante que va como introito en el Libro de las Pro- 
fecías, y en la que se lee: 

Cuando vine aquí comencé a sacar las abtoridades que me 
parecía que hadan al caso de Jerusalem. . . para después toríiar- 
las a rever y las poner en rima ... (i). 

Los compiladores de la Raccolta, que en materia de caste- 
llano no debían pisar muy fuerte, tradujeron la expresión poner 
en rima, por ridurli in forma poética (2), y el doctor Calzada 
cayó en el enredo. Porque — es bueno se vaya tomando nota 
de quién es ^ que comete errores garrafales — la expresión 
poner en rima, significó antes y significa ahora, colocar las co- 
sas en orden, unas sobre otras (3). Colón quiso indicar que 
su intención era esa, y su secretario, para dar una idea de ello, 
utilizó la voz rima en la acepción que acabo de apuntar (4) . 
El desliz del doctor Calzada, como se vé, tiene todas las carac- 
terísticas de lo lapidario y me autoriza a declarar, nuevamente, 
que carece de competencia aun en las cosas más elementales del 
oficio de historiador. Pero como el ilustre ex-diputado a Cortes, 
no se corta en el despeñadero, su desliz va como si dijéramos 
con estrambote. Pretendiendo desautorizar, con datos documen- 
tados, mi afirmación de que eran los amanuenses de Colón los 
que pulían y ponían en limpio sus epístolas, declara que el des- 
cubridor no estuvo siempre, ni mucho menos, en condiciones de 
llevar consigo secretarios, y cita, en corroboración de su aserto, 
la Lettera rarissima de 1503, en la que el almirante se queja de 
su pobreza (5). Si el doctor Calzada no hiciera alegatos, que 
se caracterizan por la visión unilateral de todo, habría advertido 
que en el mismo testamento de 1506 que menta, Colón aparece - 
teniendo a su servicio nada menos que cinco criados (6). Por 



(i) Documentos inéditos para la historia de América, i* serie, 
tomo 38, pág. 517. 

(2) Raccolta. parte 1, vol. H, pág. LVIL 

(3) Diccionario de la lengua, (autoridades). Madrid, 1737, tomo V, 
pág. 622, columna segunda. 

(4) El original reza: y las poner en rima en su (lugar a 

donde ficies) en al caso... (Lo que va entre corchetes es lo que falta, 
por rotura, y que la versión paleográfica ha agregado). 

(5) La patria de Colón, pág. 212. Según todos los indicios, el 
doctor Calzada parece ignorar cuanto ha aclarado Harrisse acerca de la 
supuesta pobreza de Colón (Cristophe Colomb, 11, pág. 136.) 

(6) Raccolta, parte I, vol. H, pág. 260. 



854 NOSOTROS 

otra parte, Diego Méndez, servidor del almirante, como es sa- 
bido, deja constancia en su codicilo de que trabajó de noche y 
de día en los negocios del descubridor (i) y todos cuantos se 
han ocupado de reunir papeles autógrafos de Colón, han conve- 
nido en que muchísimos de ellos son obra de sus secretarios. 

Y voy a terminar, este apartado, precisamente con la con- 
sideración de lo que el doctor Calzada conceptúa más fulminante 
en mi contra. Quiero referirme a las expresiones que figuran 
en algimas epístolas de Colón donde éste alude a sus trabajos 
pendolísticos y a las declaraciones que hace el escribano ante 
quien testó en 1506, y según las cuales el original del documento 
habría sido visto por el nombrado funcionario, escrito de letra 
e mano del dicho almirante y, en tal concepto, insertado, pun- 
tualmente, en el cuerpo de la importante pieza que, como se sos- 
pechará, está escrita en correcto castellano. En cuanto a lo pri- 
mero, es decir, a las alusiones que Colón apunta en sus cartas, 
he establecido ya (páginas 35 y 36 de mi trabajo) que nada re- 
velan en favor de la tesis opuesta a la mía, en razón de que ellas 
figuran en epístolas cuya grafía difiere, totalmente, de aquella 
que se acepta como propia del almirante, y porque, además, esas 
mismas cartas denuncian en diversos detalles, que son copias y 
no originales de quien las subscribe. La simple visión, de las 
fotografías de esas epístolas que publica la Raccolta, lleva al 
convencimiento de la exactitud de mis aseveraciones. Además, 
¿cómo podrá explicarse que aquella misma persona, que, ya en- 
trada en años, escribía en 1500 o 1501, con la incorrección que 
denuncia la nota que he copiado más arriba, fuera la misma 
que dos años más tarde redactaba cartas tan relativamente li- 
terarias como aquellas dirigidas a Diego que publica Navarrete? 
Si esto no basta, apunto esta otra prueba de carácter material: 
Entre los rasgos, la carga de tinta, y hasta el pulso del que fir- 
ma las epístolas y los similares del texto de las piezas, hay tan- 
tas y tan visibles diferencias que sólo una profunda obstinación 
puede hacer que se diga lo que dice el doctor Calzada en contra 
de mis afirmaciones en este asunto. 

Y ahora bien: si es tan falaz la objeción que a ese respecto 



(i) Navarrete: Colección de los viajes, etc. Tomo I, pág. 473, 
inserta la pieza a que aludo. 



COLON Y EL CASTELLANO 355 

me hace el doctor Calzada, más lo es aquella otra que se refiere 
al testamento de 1506. En este documento, según se sabe, el 
escribano autorizante declara que inserta en el cuerpo de la es- 
critura un original que estaba escrito de letra e mano del dicho 
almirante e firmada de stt nombre, y que ese original de verbo 
ad_ vcrbum es este que sigue. . . Y transcribe un documento de 
corriente redacción española. 

El doctor Calzada que imperfectamente copia esta parte del 
famoso documento (i), no cae en cuenta de que el escribano 
no dice que trasla.da el original, que tiene delante, ad pedem 
litterae o ad litteram, que son las dos formas latinas de expre- 
sar la idea de copia ejecutada con sujeción absoluta al texto, 
hasta en su grafía (2). La expresión que usa el notario, en 
cambio, es la de verbo ad verbiim, que corresponde, en diplomá- 
tica española, a las copias o transcripciones llamadas propia- 
mente literales, es decir, hechas de acuerdo con el sentido exacto 
y propio de las palabras, y no con su grafía ni con su construc- 
ción gramatical absoluta (3). No debiera empeñarme en una 
disertación de este carácter si el doctor Calzada supiera latín — 
y si lo sabe que vaya paladeando el versículo de la Sapientia de 
Sirach, que he puesto como mote a esta nota de réplica — ; o si 
conociera la historia política y literaria de su país : pero es el 
caso que nada de ello está en evidencia en su labor conocida. 
Esto me obliga, pues, a dedicar unas líneas al significado exacto 
de la expresión latina que figura en el testamento colombino de 
1 506. y que el distinguido abogado de la Riega, ha pretendido 
echarme encima, algo así como para pulverizarme. \ 

De verbo ad verbum, que no es una expresión clásica, quedó 
en uso en España, entre la gente curialesca, como una de las 
tantas reliquias filológicas que el bajo latín que precedió y que 



(i) Nosotros, N.° 157, prig. 194. El doctor Calzada es infiel a 
la verdad documental cuando transcribe piezas paleográficas. Cotéjese, 
sino, su transcripción con el texto que inserta la Raccolta, parte 1, vol. 
n, pág. 260. 

(2) El doctor Calzada ignora lo que Forcellini establece con 
toda claridad, es decir, que la expresión castellana palabra por palabra, 
en el sentido textual tiene su equivalente en la latina: ad litteram (Véase: 
Totius lattnitatis lexicón, lll, pág. 782). 

(3) FrEund: Grand diclicnnaire de la langue latine, IH, colum. 
IT, trae ejemplos que comprueban que la expresión ad verbum equivale 
a nuestro término: literal, que no es sinónimo de textual. 



356 NOSOTROS 

intervino en la formación del castellano, fué dejando, dijéramos 
que extraviadas, a su paso. Procediendo, como procedía, del 
purista y simple ad verhum — que usara Cicerón, según Freund, 
— conservó en su nueva forma el sentido de la pristina, y fué 
empleada por los notarios cuando al trasladar de los protocolos 
escrituras arcaicas, trataban de darles textos más inteligibles y 
menos dados a confusión. En los casos en que el traslado o 
copia era ad littcram, es decir, con absoluta exactitud grafoló- 
gica, la expresión empleada era ésta: treslado de una escritura, 
su tenor de la cual es en esta guisa. 

Y ello, naturalmente, en el siglo XV y principios del inme- 
diato, pues más tarde el modo de significar que el traslado era 
ad lilteram, consistió en emplear la frase: escripto, el tenor del 
cual es el siguiente, u otra parecida (i). En los documentos 
relativos a la dignidad del almirantazgo de Castilla que agregó 
Navarrete como apéndice al tomo I de su Colección de los via- 
jes, etc., — todos ellos del siglo XV — , las expresiones que 
figuran al frente de los traslados rezan así : 

a) ... escritura. . . su tenor de la cual dice en esta guisa 

(pág- 503)- 

b) ... carta. . . su tenor de la cual es este que sigue... 

(pág. 504). 

c) ... carta. . . fecha en esta guisa. . . (pág. 505) . 

En un solo caso de este revelador manejo documental, el 
notario emplea la frase: de verbo ad verhum (2), y es, preci- 
samente, cuando después de realizar el traslado de una escritura 
de privilegio, datada en 1405, en época del rey don Enrique III 
de Castilla, quiere dejar constancia de que ha acomodado su 
texto al modo literario imperante en el momento de efectuarse 
la copia (3), Esta tiene efecto — previa larga tramitación y 
gran comparendo de testigos — en el reinado de don Juan II 



(i) Véanse, entre muchos, los documentos que inserta Medina en 
el tomo II de su Gaboto, págs. 257 y siguientes. 

(2) Navarrete: Colección de los viajes, etc., tomo I, pág. 515, 
línea 28. 

(3) Los actuarios, que eran dos, dicen textualmente, al pie del 
documento, que hacen la copia concertándola de verbo ad verbuin. Esta 
declaración y el cotejo de la pieza con otras similares de su misma época, 
que difieren profundamente en su forma literaria, lleva al convenci- 
miento de cuanto he establecido más arriba. 



COLON Y EL CASTELLANO 357 

de Castilla que, como es sabido, es uno de los períodos más 
brillantes de las primeras épocas de la historia literaria españo- 
la (i). El afán de cultura que tenía el joven rey — hecho 
mayor de edad a los trece años — se extendió a toda la corte 
y lógico resultó que alcanzara hasta el empeño de poner en ro- 
mance corriente lo que antes de entonces había sido compuesto 
en prosa incorrecta o bárbara (2). Los traslados, por lo tanto, 
no se hacían ad litteram sino de verbo ad verbunt, expresión 
barbarizada entonces con la anteposición de la preposición de y 
del sustantivo verbo, para denotar que las copias eran literales, 
es decir, con sujeción al sentido exacto de las palabras. Y si 
se duda de ello, descompóngase la expresión: Verbo significa 
en este caso, por ser substituto de verbum, exactamente, pala- 
bra, y, en consecuencia, de verbo debe traducirse: de palabra; 
y como ad verbum equivale a literal, la expresión de verbo ad 
verbum reemplazó a la castellana: de palabra a palabra y se usó 
para significar que las copias se hacían sustituyendo las voces 
bárbaras o arcaicas por sus equivalentes del romance en boga, 
pero en todo de acuerdo con el sentido exacto de las contenidas 
en el texto original. El notario que dio fe en el testamento de 
Colón de 1506, por lo tanto, al estampar la expresión que el 
doctor Calzada cree reveladora de que lo que sigue es la copia 
ad litteram de un original redactado en castellano por el almi- 
rante, no hizo otra cosa que dejar constancia de que ponía en 
correcto romance lo que el descubridor había escrito, seguramen- 
te, en su característica gerigonza, de la que es spécimen la nota 
con que exornara los márgenes del libro de Plinio. 



(i) Véase PuymaigrE: La Cour littéraire de Don Juan II de 
CastUle, Paris 1873, 2 vols. Si se quiere tener noticia documentada de 
la preocupación que el célebre monarca tuvo por todo lo atañedero al 
oficio notarial, bastará recorrer las Ordenanzas reales de Castilla, hechas 
por Díaz de Montalvo por mandato de los Reyes Católicos, y en las que 
fueron incorporadas muchas disposiciones datadas en fecha correspon- 
diente al reinado de don Juan IL Todas revelan que la condición primor- 
dial exigida a los escribanos era la de una suficiencia particular y cul- 
tural no corrientes. 

(2) Para formarse un concepto del asunto, cotéjense ios docu- 
mentos que inserta Navarrete, en el lugar que he citado, con los que 
trae Aíuñoz y Rivero en su Manual de paleografía diplomática, págs. 419, 
422, 425, etc. En la colección de Muñoz se advierte, todavía, en los 
documentos, un dejo del bajo latín y del romance bárbaro, cosas ambas 
que no despuntan en la prosa del traslado de verbum ad verbum que 
publica Navarrete. 



358 NOSOTROS 



III 



El doctor Calzada dice en su libro (pág. 209), y repite en 
su respuesta a mi crítica, que mi aseveración de que Colón no 
conocía el castellano /es completamente infundada. Pues bien: 
voy a finalizar esta réplica, que será la iiltima que dirija al 
doctor Calzada en forma polemística — sintetizando las pruebas 
de mis conclusiones sobre el particular, que divido en dos dis- 
tintas categorías: a) testimoniales, y b) documentales. Hedías 
aquí : 

a) testimoniales: 

I.* Declaración del P. Las Casas, que según se sabe 
fué amigo personal de Colón el cual en su Historia 
(II, 324), manifiesta que el almirante ;ío sabia bien 
la lengua castellana. 

2* Aseveración del físico García Ferrando, quien en 
15 1 5 declara, en ima actuación judicial, que el des- 
cubridor, al llegar a la Rábida, tenia en su lengua 
— es decir, en su manera de hablar — despusyción 
de otra tyerra o Reyno ageno (Colee, de doc. inéd. 
reí. al descubrimiento, etc., segunda serie, tomo 
, VIII, 191, pregunta 13). 

b) documentales: 

I." Notas marginales al libro de Plinio. existente en la 
Biblioteca Colombina, de Sevilla, que fueron es- 
critas personalmente por el almirante, en 1500 o 
1 50 1, es decir, después del descubrimiento, y cuya 
redacción revela la absoluta falta de dominio en 
el idioma. 

2." Conclusiones críticas acerca de que la mayoría de 
las piezas que se conservan del descubridor no son 
autógrafas, y demostraciones paleográficas mías 
que evidencian que ninguna de las cartas que se 
consideran como del almirante son, en su forma 
actual, manuscritos originales suyos. (Ver la prue- 
ba de las numerosas láminas que se insertan en 
mi trabajo) . 



COLON Y EL CASTELLANO 359 

Todos estos elementos de juicio, que el doctor Calzada no 
se ha animado a rebatir yendo como he ido yo hasta a la pa- 
leografía armado de un microscopio, suministran base suficien- 
te a todas y a cada una de mis conclusiones adversas a la hi- 
pótesis de que Colón dominaba el castellano. 

Pero, ¿debo continuar? Entiendo que no, puesto que ni 
es prudente polemizar con un lego en estos asuntos, ni resulta 
tolerable que me empeñe en hacer ciencia para contener loa des- 
manes de un abogado en trance de defensa. Porque, a la postre: 
mientras yo cumplo con mi oficio de historiógrafo, el doctor 
Calzada litiga, que es lo mismo que decir que vé parcialmente 
las cosas, porque así cuadra a la defensa del cliente que le ha 
confiado la querella. Y en eso, después de todo, es en lo que 
consiste la falla fundamental de cuanto ha escrito el doctor Cal- 
zada, a quien Dios guarde de las llamas a que alude el hijo de 
Sirach . . , 

RÓMuivO D. Carbia. 
Temperley, Julio de 1922. 



EL GRAN SACRIFICIO 



EN la tarde infinita de asombro y de tristeza, 
La sangre de los montes el ciclo está cubriendo. 
Y el sol es el llagado corazón de la tierra 
Que la mano de dios de pronto ha descubierto. . . 



La muda espectativa del árbol, agua y piedra, 
La presencia denuncia de un sustancial misterio. 
Y el mundo es una roja y astral palingenesia 
Bajo la enorme herida del divino escalpelo. 



Desbordantes de sangre los ríos son arterias; 

Y las nubes son glándulas que muestran su secreto; 

Y hay un espanto eterno y una alegría eterna, 
Que fluyen ccni la sangre colmando el universo. 



Tensionado hasta el límite, en un instante vuela 
Sobre seres y cosas lo infinito del tiempo; 
Mientras el gran demiurgo la herida abierta cierra 
Sin zozobra, aplicando su cauterio de fuego. 



Y una ceniza gris, cubre la llaga eterna; 

Y un sopor adormece todo el sangrado cuerpo. 
Mientras llenas de angustia sobre el cadáver velan 
Las cosas implorando por su renacimiento. 



EL GRAN SACRIFICIO 361 

Y en la noche callada cual la noche postrera 
Como salpicaduras del sangriento misterio, 
Palpitan las estrellas sobre la vía láctea 
Cicatriz absoluta que la llaga ha cubierto... 

A. Brandan Caraffa. 



NOTAS DE ACTUALIDAD 



La conferencia del Pacífico 

LK ultima gran guerra llevó a la bancarrota el principio, que 
quiso tomar cuerpo de derecho, de las hegemonías raciales. 
La "necesidad" de expansión no pudo llegar a ser justificativo 
legal de ninguna conquista. Vencida la teoría, que la constancia 
interesada señaló como consecuencia de la fatal lucha por la vida, 
erigida en norma y sistema, los juristas y los políticos buscaron, 
con afán, otra doctrina más acorde con el despertar de sus con- 
ciencias. Del espíritu de conquista pasaron al de transigencia; 
de és-te al de concordia. Era im lenitivo, una nota de arrepenti- 
miento. Pero eran palabras; eran, acaso, sentimientos sin orden 
y sin arraigo. Tanteos, conjeturas sobre los nuevos tiempos. Se 
tropezó, entonces, con la panacea de la auto-determinación, se 
intentó dividir, aún más, a los hombres, de acuerdo con sus ca- 
racterísticas de pueblo. Candidamente se creyó que satisfaciendo 
reivindicaciones regionales o nacionales se eliminaba la posibili- 
dad de las guerras. 

Las reivindicaciones son graves motivos de trastornos inter- 
nacionales, más peligrosos que los de independencia porque ab- 
sorben la atención del país exclusivamente por cuestión de inte- 
reses. Si durante cuarenta y cuatro años Francia clamó por Al- 
sacia y Lorena ; si Italia aguardó, pacientemente, la hora de aco- 
ger en su seno las provincias irredentas ; si el Perú ha levantado 
su voz de protesta en América por la devolución de Tacna y 
Arica: no ha sido obedeciendo a un exaltado amor por las her- 
manas arrancadas al hogar nacional, sino porque ellas satisfacen 
reconocidas conveniencias nacionales. ¿Qué hubiera sido de ellas 
si ninguna riqueza o seguridad hubiese hecho popular y sentida 
la causa de la reivindicación?... Fácil es predecirlo. Caerían 



NOTAS DE ACTUALIDAD 868 

bajo el exclusivo dominio de la pequeña política o la literatura 
(esta última todavía» sensible a juzgar sobre lo que no entraña 
una lucrativa o gloriosa empresa). Y un día, las pobres irreden- 
tas podrían hallarse en condición de redimirse, automáticamente, 
por transformaciones que no provocaron. Puede ser que, enton- 
ces, se las condenase a la libertad, desnudas 'en una plaza pú- 
blica. 

La reivindicación desempeña la parte dramática del proble- 
ma del Pacífico. Pero éste es anterior a la guerra de 1879. Na- 
ció con el espíritu de expansión chileno, su conveniencia de ex- 
tender sus límites: más allá de Atacama; más allá de los Andes, 
si hubiese podido. El aislamiento interamericano, la desorgani- 
zación reinante en Perú y Bolivia y su fuerza bélica favorecen 
sus planes. Manda avanzadas de salitreros a Bolivia ; negocia, 
conquista; pacta con Melgarejo, el funesto y cómico Melgarejo, 
y utiliza el conflicto de la compañía salitrera para provocar la 
guerra acariciada. 

El 20 de Octubre, de 1883 se celebra el Tratado de Ancón. 
Chile, victoriosa, obtiene Tarapacá y, temporalmente, Tacna y 
Arica. Bolivia, desposeída de su litoral, firma, posteriorfnente. 
un tratado. 

No son ninguno de los dos, virtualmente, tratados de paz; 
puesto que dos naciones vencidas se someten a la voluntad de la 
vencedora. Lógicamente, el conflicto debe reanudarse. Se esta- 
blece un plebiscito — cuyas condiciones deben convenirse ulte- 
riormente — para determinar la soberanía de Tacna y Arica, 
que no se realiza. Hay una secuela de conflictos suplementarios, 
Fírmanse protocolos, realízanse conferencias; pero durante trein- 
ta y ocho años América se siente amenazada en su tranquilidad. 
Chile, en virtud de su propio desarrollo, va chilenizando las re- 
giones sujetas a plebiscito. Aún sin expulsar un solo peruano, 
lo hubiese conseguido. Hay en ella un afán de expansión que 
sobrepuja. Su política absorbente determina, en el hecho, la ca- 
ducidad del tratado. La ejecución del plebiscito, que Perú ya no 
desea, se posterga indefiriidamente. 

Pero llega el día en que toma cuerpo en América la idea 
de la solidaridad. Para ello es preciso conocer las semejanzas y 
las diferencias. Establecer el juicio popular. Chile, como ven- 



364 NOSOTROS 

cedor, tiene la responsabilidad de un tratado. Llega el día en 
que Estados Unidos de Norte América abandona su política in- 
tervencionista y su imperialismo industrial. Quiere rehabilitarse 
ante la conciencia americana y aprovecha la oportunidad, ya pre- 
vista, de un nuevo desacuerdo entre Perú y Chile, para invitar- 
los a resolver, amistosamente, el viejo conflicto. 

Van los plenipotenciarios a Washington : Chile dispuesto a 
defender el Tratado de Ancón; Perú a dirigir las negociaciones 
hacia el arbitraje amplio, que comprenda toda la cuestión del 
Pacífico. Hay un intento de considerar las aspiraciones de Bo- 
livia, pero no se quiere comprometer las negociaciones, ni pro- 
longarlas. En realidad, una reconsideración o nulidad del Tra- 
tado de Ancón afectaría, de igual modo, al Chileno-Boliviano. 

La idea del arbitraje va implícita con la intervención de Es- 
tados Unidos. Esa es la base de las negociaciones. En adelante 
se trata de darle una aplicación que no hiera susceptibilidades 
nacionales. Cuando el buen sentido aconseja ceder, siempre hay 
una mirada de recelo hacia el pasado. Se consulta, entonces, al 
gobierno; más que para rehuir responsabilidades, para conocer 
el estado de ánimo del pueblo, al que se ha envilecido con men- 
tiras que hoy desaparecen con un par de plumadas. 

Y tócale a Estados Unidos intervenir como amigable com- 
ponedor. Perú exije el arbitraje para determinar la soberanía 
de Tacna y Arica. Chile quiere limitarlo con respecto al ar- 
tículo 3.° del Tratado de Ancón, que trata del plebiscito. Pero 
han transcurrido 29 años desde que éste debió realizarse. ¿En 
qué condiciones podría efectuarse ahora?.. . He aquí la dificul- 
tad. ¿Debe decidirse la soberanía de Tacna y Arica de 1922 con 
la voluntad de los hombres de 1883? ¿Es honesto representar la 
farsa de un plebiscito cuando se conocen los resultados, de an- 
temano ? 

Y al fin se conviene, con toda suerte de lances y escaramu- 
zas, en el siguiente protocolo y acta complementaria: 

PROTOCOLO 

" Reunidos en Washington, de conformidad con la invitación del Go- 
" bierno de Estados Unidos, para procurar la solución de la larga contro- 
" versia relacionada con las disposiciones no cumplidas del Tratado de Paz^ 
"de 20 de Octubre de 1883, los infrascriptos han acordado: 



NOTAS DE ACTUALIDAD 



365 



" Artículo i.° — Queda constancia de que las únicas dificultades deri- 
vadas del Tratado de Paz, sobre las cuales los dos países no se han puesto 
'de acuerdo, son las cuestiones que etuanan de las estipulaciones no cuni- 
' plidas del articulo 3.° de dicho Tratado. 

" Artículo 2° — Las dificultades a que se refiere el artículo anterior 
' serán sometidas al arbitraje del Presidente de Estados Unidos, quien las 
' resolverá sin ulterior recurso, con audiencia de las partes y en vista de 
las alegaciones y probanzas que éstas presenten. Los plazos y procedi- 
ríiientos serán determinados por el arbitro. 

"Artículo 3.° — El presente protocolo será sometido a la aprobación 
de los respectivos Gobiernos y las ratificaciones serán canjeadas en 
Washington por intermedio de los representantes diplomáticos de Chile 
y del Perú, dentro del plazo máximo de tres meses ". 



ACTA COMPLEMENTARIA 

" A fin de precisar el alcance del arbitraje estipulado en el artículo 2." 
del protocolo, suscripto en esta fecha, los infrascriptos acuerdan dejar 
establecido los siguientes puntos : 

" Primero : Está comprendida en el arbitraje la siguiente cuestión pro- 
movida por el Perú en la reunión celebrada por la Conferencia el 2y de 
Mayo último : "Con el objeto de determinar la manera en que debe ciarse 
cumplimiento a lo estipulado en el artículo 3.° del Tratado de Ancón, se 
somete a arbitraje si procede o nó, en las circunstancias actuales, la rea- 
lización del plebiscito. El Gobierno de Chile puede oponer por su parte 
ante el arbitro todas las alegaciones que crea conveniente a su deíensa. 

" Segundo : En caso de que se declare la procedencia, el arbitro queda 
facultado para determinar sus condiciones. 

" Tercero : Si el arbitro decidiera la improcedencia del plebiscito, am- 
bas partes, a requerimiento de cualquiera de ellas, discutirán acerca de 
la situación creada por este fallo. Es entendido, en el interés de la paz 
y del buen orden, que, en este caso, y mientras esté pendiente un acuerdo 
acerca de la disposición del territorio, no se perturbará la organización 
administrativa de las provincias. 

" Cuarto : En caso de que no se pusieran de acuerdo, los dos Gobier- 
nos solicitarán, para este efecto, los buenos oficios del Gobierno de 
Estados Unidos. 

" Quinto ; Están igualmente comprendidos en el arbitraje las reclama- 
ciones pendientes sobre Tarata y Chilcaya, según lo determine la suerte 
definitiva del territorio a que se refiere el artículo 3.° de dicho Tratado. 

" Esta acta forma parte integrante del protocolo de su referencia." 



T^a solución de este litigio, que América ansia con justifica- 
ble impaciencia, está en manos de Estados Unidos. Un Tratado 
que trató de legalizar una anexión es repudiable. El pueblo chi- 
leno tiene que sentirse molesto y atado en sus relaciones para el 
porvenir, ante la mirada acusadora de América. Ya no se trata 
de discutir quién tuvo la culpa de la no realización del plebiscito. 
Los documentos oficiales nada prueban cuando la conciencia se 
siente herida por la injusticia. 



366 . NOSOTROS 

Esperamos que Mr, Harding se pronuncie en contra (kl ple- 
biscito. Su elección es acertada por parte de los litigantes. Hu- 
biera sido un lamentable error dar intervención a una Corte de 
Justicia. Lo que se necesita no es la interpretación de un Trata- 
do, sino la reafirmación de un derecho político de soberanía. 

Rechazado el plebiscito tomará cuerpo la idea del arbitraje, 
si las partes no transan o convienen. El artículo cuarto del acta 
complementaria prevé la continuación de los buenos oficios de 
Estados Unidos. Y han de tener éxito. Esto será en vísperas 
de la Conferencia Panamericana de 1923. 

¿Quién quiere ir a ella sin las manos limpias y sin la con- 
ciencia tranquila? 

El hambre en Rusia 

FRiTjOD Nansen persevera, con acierto, en su obra. Ha sal- 
vado millares de niños, faltos de abrigo y alimento. No les 
ha interrogado, sin duda, sobre sus convicciones políticas. Les 
ha dado el pan sin averiguar su nombre. Valientemente, sin 
propaganda recreativa, ha coadyuvado a solucionar la crisis de 
hambre que afecta a una parte de Rusia. Es un noble corazón 
y una voluntad recia. Pero para despertar de su modorra sen- 
sualista al mundo ha tenido que mostrar, por medio del cinema- 
tógrafo, cuadros horrorosos de miseria. Recién, entonces, mu- 
chas manos, sobrecogidas, ayudaron, j Es una vergüenza im- 
perdonable ! 

Entre nosotros, donde hay hasta sociedades que premian la 
virtud todos los años, la acción de socorro es limitada, no es 
popular. Debe y puede conseguirse. ¿Qué dicen, qué piensan 
los que en esta República, los que en América forman la clase, 
a veces mal constituida, de intelectuales? ¿Dónde está la obra 
que corresponda a su prédica, tan orgullosamente expuesta en 
sus libros de amor, de justicia, acaso de verdad? 

La Nación, en un gesto que la honra, ha iniciado una colecta 
j ha comunicado detalles precisos sobre la misión Nansen y la 
rápida manera de ayudarla. No hay más que girar al "Banco 
de Londres y Río de la Plata" o depositar en él, en la cuenta 
corriente "Save the Children Fund" cualquier suma de dinero,^ 



NOTAS DE ACTUALIDAD 367 

por insignificante que parezca; comunicándolo luego al Señor 
E. Stanley Cutts, Florida 183, encargado de remitir los fondos. 

Pienso si todos los que dan algo de su espíritu a la pluma 
responderán a este nuevo llamado de Nansen. j Si así fuera. . . ! 
}Tay múltiples maneras de colaborar. , Solamente séame permi- 
tido aconsejar que no se ponga en práctica una, productiva y 
cómoda : dar fiestas. 

Sería una forma de perpetuar el egoísmo enmascarado en 
los hombres. 

,Louí;s Rkissig. 
Julio 24 de 1922. 



UNA EXPOSICIÓN DE DON MIGUEL VILADRICH 



" ¿ Qué dirá mi grande amigo Alcántara al 
" sorprenderme en su huerto robando su f ru- 
" ta ? Verdaderamente que cuando nos pone- 
" mos a hablar de lo que no entendemos, bien 
" sentimos esa inquietud que muerde a quién 
"entra sin permiso en la heredad ajena: la 
" ley de propiedad que hollamos nos hiere las 
" plantas de los pies y nuestras miradas bus- 
" can, tras de las bardas, al vigilante encar- 
" gado de echarnos fuera." (José Ortega y 
Gasset, Personas, obras, cosas... 2* edición. 
Renacimiento, p. I2g). 

Porque; sabido es que don Francisco Alcántara es crítico de 
cosas de pintura y escultura para el diario Bl Sol que se 
publica en Madrid, y sabido es también que nada hay que indigne 
más a los hombres de una profesión cualquiera que los profanos 
nos pongamos a opinar en ella. Por eso he copiado las palabras 
de Ortega y Gasset que más arriba quedan transcriptas para 
ofrecer mis disculpas al señor Navarro Monzó que ejerce la 
profesión de crítico en nuestro diario La Nación. Y nada más 
que esas palabras y no las que inmediatamente les siguen en la 
mencionada obra del escritor español, porque ellas nada o muy 
poco tienen que ver con nuestro crítico. 

Aunque, bien mirado, una exposición de Viladrich es dis- 
culpa suficiente para que escribamos sobre arte. Hay cosas, 
palabras, que al verlas u oírlas parece como que nos ensanchan 
el espíritu y nos hacen rebasarnos; que es como verternos en las 
cosas que nos rodean. Y todo eso nada más que por efecto de 
la plenitud que produce en nosotros la contemplación de una 
obra admirable; porque el oír es también una manera de contem- 
plar, contemplar con los oídos en vez de los ojos. Recuerdo que 
cuando recorrí por primera vez, y todas las veces, las magníficas 
salas del Museo del Prado, en Madrid, o aquellas destinadas al 
gran Berruguete en el Museo de Valladolid, salí de aquellos sitios 



UNA EXPOSICIÓN DE DON MIGUEL VILADRICH 369 

cx)n la sensación de que algo se me iba a reventar adentro del 
cuerpo y era que necesitaba comunicar a alguien mis impresio- 
nes. 

Y una cosa parecida nos pasa con esta exposición de Vila- 
drich, que es la segunda que este artista realiza entre nosotros. 
Y no por una antojadiza asociación de ideas evocamos aquellas 
magníficas residencias de arte, sino porque realmente las telas 
de Viladrich están un poco fuera de lugar en este salón de 
Witcomb, entre un escaparate y un taller de fotografías. Para 
ellas habríamos menester de un Museo, y no como el nuestro 
que más parece por su forma y contenido un barracón de fei-ia, 
mal administrado además, sino un Museo que contuviese nada 
más que obras de valía para que se acordasen con ellas las telas 
de Viladrich. Porque eso de que una obra buena vale donde- 
quiera se coloque es una pura tontería. . . 

Pero dejemos esto para más adelante, que lo que nos impor- 
ta por ahora es ocuparnos de este pintor que tanta rencilla mue- 
ve donde se presenta. Porque no solo aquí se le discute ; en 
España, su patria, la crítica baladí, oficial, esa misma que ha 
encumbrado ese grosero arte que se llama de la regencia repre- 
sentado por los Benlliure, los Moreno Carbonero, y que en rea- 
lidad no es arte — ha desconocido a Viladrich hasta el derecho 
de que sus obras se exhiban en las exposiciones oficiales. Claro 
está que no todos piensan como esa crítica que no hace, en fin 
de cuentas, otra cosa que servir los gustos de la burguesía que 
les paga. Espíritus cultos de dentro y de fuera de España se 
agruparon alrededor de Viladrich, los mismos que acompañaron 
a Julio Antonio, ese otro gran español, que solo fué reconocido 
en el momento mismo de su muerte y aun por los mismos que lo 
negaron un día antes. Los cuales esperan talvez que también se 
muera Viladrich para descolgar de su armería los elogios que 
hoy le niegan; pero Viladrich parece que no tiene ningún deseo 
de darles gusto por ahora. Con lo que hace muy bien. A Vila- 
drich le basta con el aplauso de unos cuantos espíritus selectos 
y una media docena de compradores inteligentes que le ayudan 
a vivir. "En poco tiempo hace Viladrich ventas por unos cuantos 
miles de duros. La colección del conde de Pradere y el Museo 
(le la Hispanic Society de Nueva York poseen algunas obras de 



370 NOSOTROS 

Viladrich que los jurados españoles no supieron comprender". 
Esto lo escribe el inteligente crítico Juan de la Encina en el nú- 
mero correspondiente al 22 de Noviembre de 191 7 de la revista 
España. También nuestro Museo cuenta con una de sus obras, 
"Seis hereus". la que le fué donada por la colectividad catalana 
residente en el país por pedido de Pi Suñer. 

He citado junto al de Viladrich el nombre de Julio Antonio, 
del que fué inseparable compañero en vida desde el día en que 
>vSe conocieron y con el que, juntos, recorrieron gran parte de los 
pueblos de España en busca de motivos de arte: ¡admirables an- 
danzas en que nunca faltó el escándalo con la burguesía pueble- 
rina! Y es curioso como estos dos renovadores del arte español 
— Zuloaga no se cuenta porque es, en el tiempo, un predecesor 
de ese movimiento — han ido a buscar inspiración en el pasado. 
I^ero este fenómeno no es solo de España, el mismo puede ob- 
servarse en todas partes, Francia inclusive. El último decenio 
del siglo XIX marca una notable reacción idealista en todos los 
aspectos de la vida. En filosofía, por ejemplo, cae de muerte el 
positivismo de teneduría de libros de Spencer, como lo ha lla- 
mado Papini, para dar cabida a tendencias neo-idealistas, prin- 
cipalmente al intuicionismo de Bergson, al mismo tiempo c[ue el 
valor de la ciencia se restringe a más justos límites; en el arte 
y muy especialmente en la pintura (la escultura nunca se ha 
apartado tanto de sus fuentes), esa reacción se produce contra 
la preocupación puramente técnica que caracteriza al impresio- 
nismo: éste, al proponerse nada más que problemas de ejecución, 
luz, color, volumen, movimiento (ninguno de esos problemas es 
exclusivo del impresionismo, recuérdese al Greco, a Velázquez, 
a Rembrandt, a Goya; solamente que en los impresionistas esos 
problemas se convierten en el problema único), tenía necesaria- 
mente que producir obras de valor anecdótico, útiles, desde luego, 
como esfuerzo para crear nuevos medios de expresión; pero el 
arte es algo más que los medios de expresión que emplea. El 
arte requiere un contenido que vaya más allá de esos simples 
medios de expresión. "Pintar algo en un cuadro, dice Ortega y 
Gasset, es dotarlo de condiciones de vida eterna" y más adelante 
insiste: "Esto ha de pintar el pintor: las condiciones perpetuas 
de vitalidad. Esto han hecho todos los pinceles heroicos." 



UNA EXPOSICIÓN DE DON, MIGUEL VILADRICH 371 

¿Y qué cosa más natural y también más revolucionaria al 
mismo tiempo (porque nada es más natural que el revoluciona- 
rismo) que volver a las obras que han sobrevivido a los siglos 
para descubrir en ellas el secreto de su eternidad y continuar la 
obra en el punto mismo en que aquellos la han dejado? En eso, 
ni más ni menos — escribe a propósito de Viladrich don Ramón 
Pérez de Ayala — , consiste toda revolución : "en volver a un 
punto determinado, y volver otra vez, o sea, revolver, hasta que 
se aprende a andar el camino recto." Mientras Julio Antonio 
aprende en las esculturas románicas y de los iberos el secreto de 
su arte, Viladrich se vuelve a los primitivos catalanes y descu- 
bre en Vergós, en Dalmau, maravillas de expresividad que no 
se encuentran en ninguna otra pintura y que estos artistas toma- 
-roñ de los flamencos. Sabido es que Van Eyck, Juan, visitó 
las costas de Levante en el primer cuarto del siglo XV y que se 
conquistó muchos adeptos en Valencia y Cataluña; el arte cata- 
lán de aquella época se deja ganar por esa influencia, aunque en 
los artistas catalanes adquiere una cierta aspereza que ha de ser 
en lo sucesivo su característica. Natural es que Viladrich se 
dejara ganar por ese arte, todo sinceridad. No es en él sola- 
mente un sentimiento instintivo de raza. Viladrich ve la vida un 
poco con ojos y el espíritu de los artistas de su tierra del siglo 
XV. Y esto talvez porque hay en Viladrich en el fondo un cam- 
pesino. Por eso se fué a Fraga. Para los fragatinos Viladrich 
es un campesino que se ha puesto a pintar. Como Tolstoi era 
un mujik que escribía. Y allí, en Fraga, en un castillo que se 
dice fué de Urganda y que el Ayuntamiento le ha concedido por 
cien años, pinta sus telas que han de sobrevivirle en el tiempo. 

Eternidad, sentido de eternidad, eso es lo que hay en todas 
las telas que pinta Viladrich. Cuando apenas tenía 21 años rea- 
liza el tríptico "Mis funerales" — una obra valedera; y desde 
entonces ya no se desvía. Como técnico, Viladrich es un maes- 
tro desde que comienza a pintar. En adelante, solo variará una 
que otra característica de su arte. Cuando su primera exposi- 
ción en el salón Müller, di j irnos de Viladrich que era un pintor 
fundamentalmente trágico; en esta nueva exposición que realiza 
en el salón Witcomb, a tres años apenas de distancia de la pri- 
mera, Viladrich se nos presenta más optimista, pintura y tipos 



372 NOSOTROS 

respiran jovialidad : es la campiña de Fraga que nos sonríe desde 
las telas de Viladrich. Y en eso, talvez algo tenga que ver su 
matrimonio con doña Ana Morera; que así influye en la obra 
del artista todo cambio en su vida íntima. 

Y luego, qué unidad fundamental en toda su obra! En pre- 
sencia de sus telas, sin querer, las vamos relacionando unas con 
otras, agrupándolas entre sí. Es que las obras de Viladrich se 
completan una en otra, son como fragmentos de España que se 
van dando cita para instalarse en las silenciosas naves del cas- 
tillo de Fraga. Y he aquí, como sin querer, hemos venido a 
resolver un problema de ubicación que nos había salido al paso 
al comienzo de este artículo. Coincidencia extraña! ¿No habrá 
ya Viladrich pintado su primera tela, adivinando su ulterior des- 
tino? Y qué en su ambiente estará allí la obra de Viladrich, 
en aquel castillo levantado en medio de la campiña fragatina tra- 
bajada por hombres ingenuos, y al que de tarde en tarde llega- 
rán religiosamente unos pocos espíritus curiosos y amadores de 
belleza a buscar momentos de arte y de meditación, como a un 
refugio ! 

envío : 

para el Sr. Julio Navarro Monsó 
Cuenta Julio Camba en uno de los sabrosos artículos conte- 
nidos en su libro titulado La rana viajera, de un jugador que 
jugaba a la ruleta nada más que para demostrar a quien quisiera 
escucharle que a este juego siempre se pierde. Y lo cierto es 
que siempre, o casi siempre, se salía con la suya, es decir que 
perdía. Como el jugador de Camba, Sr. Navarro Monzó, usted 
nunca acierta, por lo menos cuando sobre cosas de arte escribe; 
rara habilidad esta suya de no acertar! Ni con los de casa ni 
con los de afuera. Nombres? Vayan a cuenta: Fader, Gramajo 
Gutiérrez, los hermanos Zubiaurre, Viladrich. En cambio ¿qué 
hay de mediocre que usted no haya elogiado? Mejor dicho ¿qué 
ha elogiado usted que no sea mediocre o malo? Entretanto y 
mientras siga Vd. haciendo crítica — Vd. debe retirarse cuanto 
antes — yo seguiré leyéndolo religiosamente ; vaya a saber, tal- 
vez acierte Vd. alguna vez : es cuestión de tropezar con la flauta. 

Simón Scheimberg. 

i8 de Julio de 1922. 



LA ORQUESTA DE LA ASOCIACIÓN DEL PROFESORADO 

ORQUESTAL 



Eiv primer concierto de la orquesta de la Asociación del Pro- 
fesorado Orquestal fué una afirmación rotunda de sus 
méritos. Y tanto compartió el público este sentimiento, que la 
ovación tributada al director y a sus músicos puede considerarse 
como una de las más expresivas y conmovedoras que hemos 
oído. Hasta aquella parte de la concurrencia más exigente y 
más reacia, hasta la más prevenida, que no faltaba, por cierto, 
hubo de rendirse a una evidencia que era proclamada en cada 
obra y en cada acorde. ¿Qué decir, entonces, del efecto reco- 
gido por el público imparcial, ingenuamente abierto a la suges- 
tión del espectáculo? Ya en el comienzo, al estallar el angustioso 
atranque de la "Quinta vSinfonía", la orquesta se había pose- 
sionado del auditorio. Desde ese momento, se estableció entre 
los ejecutantes y el público esa corriente de simpatía, esa identi- 
ficación absoluta que rara vez se producen en estos difíciles ca- 
sos, por cuanto revelan que la expresión es perfectamente lo- 
grada por parte de los que interpretan, y adecuada la compren- 
sión por parte de los que escuchan. La atención del público 
era tan grande, que podemos decir que estaba en acecho de los 
menores detalles y de los más sutiles matices. Esas impresiones 
completas rara vez se experimentan, y es conmovedor el cariño 
con que las suelen evocar los músicos o los escritores de sen- 
sibilidad aguzada cuando hurgan en el precioso archivo de sus 
recuerdos artísticos. Casi siempre se tropieza, en esas manifes- 
ta(;íones, con alguna minucia fastidiosa, con algún inconveniente 
que, por más insignificante que sea, echa a perder la armonía 
del conjunto. Por eso es raro encontrar un artista de verdad, 



374 NOSOTROS 

o tan sólo un entendido saga;?: e inteligente, qvie exprese admi- 
ración incondicional por una de las expresiones de arte más 
complejas que existen, por el carácter y la multiplicidad de los 
elementos que en ella intervienen, cuál es una orquesta. Pero 
el concierto de la Asociación del Profesorado Orquestal ha lle- 
nado todas esas condiciones: no faltaba allí ni habilidad técnica 
en los músicos, ni empaste de las diversas sonoridades, ni em- 
peño en la dirección. Más aún: había un elemento precioso, 
insustituible, impagable: el entusiasmo y el calor. Hemos visto 
temblar los arcos en las manos de los músicos, y concentrar su 
atención sobre las dificultades como si el honor estuviera com- 
plicado en ello. Una orquesta pundonorosa y viril como ésa, 
no jniede ser cotizada sino al precio que la mantiene: uu pro- 
pósito desinteresado y noble. 

Las dos pruebas decisivas del concierto las constituían la 
"Quinta Sinfonía en do menor", de Beethoven, y el "Capricho 
Español", de Rimsky Korssakow : el espíritu clasico-romántico 
se daba la mano con la sensibilidad y el virtuosismo moderno 
del compositor ruso, en un hermanazgo muy propio para satis- 
facer los gustos eclécticos del público. Si la primera obra esta- 
ba destinada a destacar la disciplina y la fusión de la orquesta 
como unidad compleja, la segunda debía señalar los méritos de 
sus elementos individuales, y ambas poner de manifiesto la com- 
prensión del director de esas dos expresiones musicales tan di- 
versas, y hasta opuestas en cierto sentido. 

Desde el primer instante, como hemos dicho, nos llamaron 
singularmente la atención las cualidades de la orquesta. Esto 
debe señalarse, y alguien lo ha calificado así desde un periódico, 
como un verdadero acontecimiento, porque la formación de un 
Jiomogéneo y descollante conjunto sinfónico era el anhelo más 
ferviente de los músicos argentinos, y en verdad podemos decir, 
recién ahora, que Buenos Aires cuenta con él merced al esfuerzo 
y la perseverancia de la Asociación del Profesorado Orquestal. 
Aquellas cualidades, pudimos apreciarlas sucesivamente en todo 
el curso de la "Quinta Sinfonía". 

Después del arranque inicial, que acreditó el vigor de los 
arcos, y después que el cuarteto de cuerdas repitiera el dúctil 
motivo como un eco persistente, la afirmación de la trompa en 



LA ORQUESTA DEL PROFESORADO ORQUESTAL 375 

medio del repentino silencio nos mostró que ¡al fin! podíamos 
oir en Buenos Aires un perfecto instrumentista de este género. 
El desarrollo de este tiempo no fué sino una creciente exal- 
tación, y el vigor cada vez más grande con que fué ejecutado 
infundió al motivo musical el matiz que corresponde a su sen- 
tido poético y simbólico. La mayor fuerza y decisión que a cada 
instante cobraba, gracias al entusiasmo de los intérpretes, nos 
demostró fielmente que estábamos en presencia de una fatali-, 
dad obstinada. Este cuadro sombrío no fué iluminado sino por 
la breve frase del oboe, en cuyos sonidos, debemos decirlo en. 
honor del instrumentista, excepcionalmente dulces y matizados, 
se reflejó la resignada melancolía que trasuntan. 

La serenidad con que ejecutaron los violoncelos y las vio- 
las el motivo fluido del andante, nos mostró otras virtudes en 
la cuerda, cuáles eran, por ejemplo, la flexibilidad y el armo- 
nioso equilibrio. Después de la solerrine reiteración de las ma- 
deras y metales, subrayada por el ritmo enérgico de las cuerdas, 
toda esa agitación indefiniblemente dolorosa pareció esfumarse 
en las notas lentas de los violines, que, perdiéndose en la más 
velada lejanía, expresaron una especie de lánguido renuncia- 
miento. Pero este matiz poético logró su mayor efecto cuando 
el fagot, con desfalleciente expresión, llevó la melodía hasta el 
bajo de las violas y violoncelos, en donde fué extinguiéndose 
con preciso pero moribundo acento, como un dolor que se re- 
pliega sobre sí mismo . . . Aquí, como en otros momentos de la 
obra, hemos adivinado la labor delicada y discreta del director, 
que con tanto arte ha sabido arrancar a la partitura efectos 
hasta entonces insospechados. 

La ejecución del scherso sorprendió por la chispeante li- 
gereza y agilidad de los arcos. Sobre todo impresionó vivamente 
al público la viril energía que infundieron al arranque de la se- 
gunda parte. No es posible aquí pasar en silencio la magnífica 
fila de contrabajos, cuyo rumor, durante todo el scherzo, se oyó 
brotar con extraordinaria nitidez del fondo más remoto de la 
orquesta , Y el relieve con que las violas repitieron el motivo 
en medio del oportuno silenciamiento de los celos y contrabajos, 
prestó un interesante matiz al fragmento, que fué preparado con 
lujo de detalles por el director. También los celos, a cuya ca- 



376 NOSOTROS 

beza forman Castro, Vilaclara y Pratesi, se distinguieron aquí 
por su singular energía. 

Cerrando los ojos, y sólo oyendo la avasalladora explosión 
del canto de amor y libertad que es el final, se colegía que de- 
bían ser muy juveniles las manos que empuñaban los arcos. 
Después de la angustia del primer tiempo, del dolor meditativo 
y a veces rebelde del andante, después del dramático episodio 
del scherco, el allegro último, especie de canto triunfal en que 
se disgrega y aniquila el concentrado tormento de las partes pre- 
cedentes, nos produjo una verdadera sensación de alivio. A todo 
ello, se añadió la aparición de los trombones, hasta entonces si- 
lenciosos en todo el curso de la sinfonía, y que son tres notables 
ejemplares en cuanto al empaste, la afinación y la sonoridad. 
Al decirnos, días pasados, Mascagni, que se trataba de una or- 
questa sana y joven, según sus propias palabras, recordamos la 
ejecución del final de la Quinta Sinfonía, y comprendimos el 
verdadero alcance de lo que el maestro nos expresaba. La ley 
de la eterna renovación se cumple aquí como en todas partes, y 
siempre serán bienvenidas las causas que, dolorosas o no, pro- 
mueven la actividad de los jóvenes. Muchos somos los que he- 
mos dado al concierto inaugural del primero de Julio ese signi- 
ficado, y al estallar los acordes liberadores que inician el Final 
de la Sinfonía, hemos saludado en medio de la emoción unánime 
del público, el advenimiento de una nueva, pura y desinteresada 
generación de músicos. 

La hermosísima Overtura del maestro Williams gustó mu- 
cho al público, así como la forma en que fué vertida, tanto que 
a las últimas notas se unieron los primeros aplausos que señala- 
ron el éxito de esa inolvidable jornada. 

Como dijéramos más arriba, el exuberante y meridional 
"Capricho Español" acreditó los valores individuales encerrados 
en esa orquesta, no menos que la singular pericia con que di- 
rige Zaslawsky las obras de sus compatriotas. Remo Bolognini 
es el admirable violinista de siempre. Ejecutó con luminosa ni- 
tidez los difíciles arpegios y los agudos armónicos de su parte 
de solista. José María Castro se distinguió por la corrección 
y la exquisita musicalidad que son sus rasgos sobresalientes. No 
menos elogios merece la señorita Herminia Baldassari. Ángel 



LA ORQUESTA DEL PROFESORADO ORQUESTAL 377 

Martucci fué en todo momento un flautista impecable. La Or- 
questa de la Asociación del Profesorado Orquestal cuenta, pues, 
con un grupo de solistas verdaderamente selecto. 

"Doubinouskha" se ejecutaba por primera vez en Buenos 
Aires. Rimsky Korssakow recogió en el seno del pueblo la me- 
lodía substancial de esa pieza sinfónica, y añadió a su elemental 
encanto todo el sabio artificio del orquestador moderno. Ha- 
biendo pasado por los labios de los mujiks que pueblan la 
estepa, ese tema tiene cierto carácter combativo que revela su 
origen proletario; pero la influencia étnica ha estampado allí 
también su inconfundible sello de contemplativa melancolía. Ese 
canto tiene hoy un significado que a ningún espíritu puede es- 
capar: a su través se adivina al obrero libertario, pero nó a 
otro sino al eslavo, con sus siglos de esclavitud y de esperanza 
mística, en cuya carne el látigo, y en cuyo espíritu la prédica del 
pope han hundido la milenaria e histórica resignación. "Dou- 
binouskha'' fué acogido con tales muestras de aprobación, que 
hubo de repetirse. 

Ya hemos hablado, al pasar, de los indiscutibles méritos que 
adornan la personalidad de Georges Zaslawsky. Hay que reco- 
nocer que la impresión que la Quinta Sinfonía ha causado se 
debe en grandísima parte a su labor. La minuciosidad con que 
fueron vertidos los más insignificantes detalles en el ritmo y los 
matices, nos demuestra que su actividad en el ensayo debió ser 
intehgente, empeñosa y vigilante. Si nunca hemos oído desgra- 
narse las notas de los violines con tanta nitidez en ciertos pasajes 
difíciles, como, por ejemplo, en algunos de los dos Allegros de 
la sinfonía, no hay que desconocer en ello el resultado de la 
perseverancia de Zaslawsky. Sin embargo, hubieron quienes 
manifestaron algún descontento con respecto a este director. 
Esas actitudes parecían inspiradas en un patriotismo que, en úl- 
timo caso, es reducible a un "démodé chauvinisme" . Hoy se 
olvida aún con demasiada frecuencia que el arte es tierra de 
nadie, y que defender en él las banderías resulta una simple 
ingenuidad provincial... A cualquier espíritu sereno admira el 
ver especular sobre el arte como algunos teorizantes especulan 
sobre temas de economía política, y defender el proteccionismo 
en la música con el mismo afán con que suelen defenderlo los 



378 NOSOTROS 

mercantilistas en el terreno de la política comercial. Ruskin, 
desde lo alto de su "Muñera Pulveris", contemplarla con una 
sonrisa de irónico desprecio a esos que asimilan en tal forma 
el intercambio estético a la cuestión de las industrias naciona- 
les. . . ¡Qué pobre concepto tienen ellos del peculiar "poder dona 
vida" del arte! Ya que las fronteras permanecen aún en la 
geografía política, ¿porqué no suprimirlas siquiera en el inter- 
cambio estético? La infiltración amplia, aunque penosa y épica, 
del wagnerismo en los países latinos; la polémica que sin duda 
será histórica sostenida por Painlevé y Einstein en la Sorbona, 
son síntomas de que este siglo verá la muerte de los prejuicios 
que separan a las escuelas científicas, artísticas y literarias de 
los diversos países. Pero no quería referirme sino a un intento 
de hostilidad contra el maestro Zaslawsky iniciado por algunos 
críticos, inspirada aparentemente en un nacionalismo que aún 
siendo sincero como ellos dicen, no serviría en ningún caso ni 
siquiera como pretexto. Por otra parte, el arte nacional ocupa 
en esos conciertos un puesto digno y merecido. 

I./as audiciones de la Orquesta Filarmónica están demostran- 
do que la Asociación del Profesorado Orquestal, tiene invalora- 
bles elementos a su disposición para desarrollar la encomiable 
obra cultural a que se ha entregado. Sus conciertos populares 
demuestran, además, que podrá divulgar en la masa del pueblo 
un goce que hasta ahora era poco más o menos patrimonio ex- 
clusivo de privilegiados. Le corresponde, pues, a los poderes 
oficiales apoyarla moral y materialmente en el logro de sus aspi- 
raciones, ya que el público lo ha hecho en una forma tan elo- 
cuente como justiciera. 

Homi;ro M. GuGi.rEi:vMiNi. 



NOTAS DE ARTE 



Alfredo Guido 

Desde; aquella época en que Alfredo Guido deseoso de. comen- 
zar la lucha, presentábase a las direcciones de revistas con 
la sola recomendación de sus dibujos sorprendentes, han pasado 
poco más de diez años. Eran los comienzos de su obra, y en 
ellos evidenciaba ya esas dotes que no le abandonarían más, por- 
que eran instintivas: distinción absoluta en el arabesco, pro- 
fundo el trazo hasta llegar al fondo de la obra ilustrada; afán 
de caracterizar sus interpretaciones, volviéndolas inconfundi- 
bles. 

En el Magazine, donde se inició, en Caras y Caretas, Plus 
Ultra, Revista del Circulo, Apolo, Revista de Música y otras, ha 
dejado su marca de dibujante exquisito y comprensivo. 

Ejercitándose siempre, llegó a manejar el punzón con envi- 
diable habilidad para darnos sus aguafuertes excelentes, ya con 
el fin de lograr efectos decorativos estilizados; o, también al 
modo de los antiguos con sus cartones y sus "sanguinas", para 
anotar, sintéticamente, con constancia envidiable, movimientos 
y sensaciones fugitivas. 

Ávido de saber, a ciencia cierta, nuestros orígenes autócto- 
nos ; poseído del sentimiento piadoso que inspira el desmembra- 
miento y destrucción de Tahuantinsuyu, fuese desde los contra- 
fuertes calchaquíes hasta el Cuzco imperial para traernos los úl- 
timos resplandores de la gualda diadema de Inti el Sol. . . Y 
si es cierto que, a veces, confundía en sus cacharros los estilos 
calchaquí con los inca-aymará, hay que decir que obtuvo efectos 
admirables al variarlos, enriqueciéndolos con su sensibilidad , . . 
Otro tanto se puede decir de los muebles típicos que admiramos 



380 NOSOTROS 

en el Salón de Arte Decorativo de 1921. En ellos mostró su fér- 
til fantasía y su ingénita distinción, dibujando cofres, mampa- 
ras, marcos, candelabros, máscaras, y etc. que el exquisito buril 
del escultor Luis C. Rovatti — un tallista de excepción — lle- 
vara a término con el fervor de un florentino del mil seiscientos. 
Por tanto, un artista tan completo como Alfredo Guido es 
caso de señalarse en un país donde rige la unilateralidad super- 
ficial. 

* 

* * 

Alfredo Guido no obtuvo el primer premio del Salón 
Anual ; ni ninguno de los premios municipales . 

Alfredo Guido sin ayudas oficiales se impuso en la Bienal 
de Venecia con su admirable Retrato de hombre (no premiado 
en el Salón de 1920) llamando justamente la atención de la crí- 
tica independiente. 

Alfredo Guido, sin descorazonarse con las injusticias, afi- 
nando su instrumento visual y profundizando sus experiencias; 
trabajando tesoneramente con fe, llegó a una posición prominen- 
te por su propio esfuerzo; y, precisamente por su ansia de po- 
seer un mayor dominio de su arte. 

Alejado de Buenos Aires, desde la voluntaria reclusión flo- 
rida de su taller de Rosario, nos envía, periódicamente, su cose- 
cha. Y la de este año es excepcional. 

* 

* * 

Entrando al Salón Müller, sobre sus paredes neutras, las 
telas daban cierta impresión de normalidad algo monocorde. 
Unas y otras parecen atraernos por igual. 

Observando mejor esa primera impresión se desvanece. Ad- 
vertimos el fermento del arte y las batallas del artista: compren- 
demos su afán de huir de lo fotográfico y su ansia de no caer en 
trivialidad alguna. Avaloramos la lucha contra sus fantasmas 
internos — prejuicios de escuelas, inclinación a las normas acep- 
tadas — que procuran desviarle de las formas puras de la natu- 
raleza, quien parece rebelarse castamente a la tiranía de la vo- 
luntad creadora. 



NOTAS DE ARTE 381 

Porque no basta trazar los rasgos característicos eternos, 
esenciales para dar esa imponente nobleza, sólida y persuasiva 
que es el estilo. El artista deberá dar su emoción para resolver 
el dualismo de sus concepciones más íntimas y las apariencias 
externas; y sentirá que existen discrepancias entre unas y otras, 
como si ellas quisieran sobrepujarse, alternativamente, en una 
disputa desesperada. De donde que, solo con un acendrado amor 
el artista logra fusionarlas, fundiéndolas maravillosamente con 
el calor de su creación omnipotente. 



Como se sabe, la palabra no podría dar idea acabada de un 
cuadro, y menos aún de una tela como el Cristo. Todo es suave. 
Dulzura de tintas, matización acertadísima en las figuras acce- 
sorias, que ofrecen partidos de sombras que contrastan con la 
luminosidad que envuelve al desnudo marfilino y a esa ternura 
resplandeciente del semblante. Concepción de apasionada idea- 
lidad y de absoluto espiritualismo ; solo comparable al magistral 
Retrato de ítalo Botti. 

Los que conocemos la fineza natural y la sensibilidad dul- 
císima del modelo, avaloramos la realización de esa tela. Sobre 
un fondo azulado nocturnal, destácase la figura del paisajista; 
tiene en sus manos, como varita mágica, su pincel; y en los ojos 
dulces 

... Si rispecchia ampio e quieto 
II divino del pian silenzio verde... 

una especie de bata, de burdo tejido, contribuye a darle aparien- 
cias de profeso . . . 

El Desnudo es, otra de las obras que colocan a tan elevado 
nivel esta muestra del versado artista. Y hemos de recordar a 
los galantes y excelsos maestros franceses del mil setecientos 
para apreciar debidamente la armonía de esta tela. Envueltas en 
la caricia del color, las líneas adquieren docilidad y, como tremo- 
lantes, se entregan a la emoción del artista, que con sus pincela- 
das acariciadoras da el calor sensual que alienta su tipo fe- 
menino . 



382 NOSOTROS 

Las demás figuras, sin exceptuar una siquiera, ofrecen al- 
gún interés. Sea por la habilidad con que están dispuestas las 
graduaciones cromáticas, como en el Retrato de Niña (N.° 8), 
o bien por las sabias esfumaduras de los grises del otro Retrato 
de Niña o por la distinción de líneas y fineza de colorido del 
bellísimo Retrato del Sr. B. Castagnino ; o por la solidez de fac- 
tura de la Mujer sentada o por la singular obtención de volú- 
menes de La Estudiante. 

La Niña de la rosa es, acaso, la obra que más cumplida- 
mente responde a la finalidad estética de Guido. 

Es de admirar su trabajo concienzudo y tenaz para resol- 
ver el fondo de tonos fríos, y donde los violados de la sedosa 
basquina resaltan ondulosos sobre los senos pequeñitos. Según 
nuestro sentir podría llamarse la niña de los ojos singulares, tan 
atrayente es su tristeza y tan conturbador su hondp mirar, 

Bl hombre del yugo que parecería expuesto para demos- 
trarnos que el artista también sabe sentir la vida rústica y que 
puede pintar con rapidez efectista, no es la más recomendable 
de sus obras. El brazo izquierdo de esa tela es chato, y su con- 
junto no persuade. 

Sin duda alguna, mejor ha hecho esa serie de manos y bra- 
zos que ennoblecen sus obras y donde tantas dificultades ha 
resuelto. 

* 
* * 

Pese a la opinión de cierto crítico, es indudable que los 
Paisajes son inferiores a las figuras. El mismo artista lo ha de 
reconocer así. Su intención es evidente, limitada al "estudio" 
de cielos, nubes y efectos de luz... Así y todo, ya se los qui- 
sieran para sí tantos especialistas del paisaje. . . 



Defectos desgraciadamente no faltan, y cumple señalarlos. 

Aimque pueda parecer odiosa la indicación, nuestro artista 
deberá preocuparse aún más de los volúmenes. A veces, tal vez 
encantado por el tejido orgánico de los colores, parece desen- 



NOTAS DE ARTE 383 

tenderse de la solidez de la plástica. Así nos hace ver un brazo 
deficiente como el izquierdo de la niña de la rosa. La boca de la 
niña del moño es fofa y sus piernas no tienen cmlidad de mate- 
ria. Uno de los desnudos es completamente chato y, cosa rara 
en un dibujante tan excelente como Guido, está mal dibujado. . . 

Resumiendo : mucha honestidad artística, voluntad creado- 
ra ejemplar, suma distinción, y sobre todo plena conciencia de 
las dificultades a superar. 

Estamos seguros que nuestro artista, como pocos entre nos- 
otros, sabe que es menester aunar la fuerza expresiva de los más 
modernos con la solidez y sobriedad del estilo antiguo ... Y no 
dudamos que será suya "l'armonica proporzionalitá, la quale é 
composta di divine proporzioni" mentada ejemplarmente por 
Leonardo en su Trattato della Pittura. 

Arturo Lagorio. 



EDUCACIÓN 



Edad escolar 

EN el artículo a que nos referimos en el número anterior, el 
Dr. Alfredo D. Calcagno manifiesta su desacuerdo con los 
que han sostenido la conveniencia de ampliar el ciclo escolar de 
la provincia de Buenos Aires, en el sentido de que éste comience 
a los siete años de edad en lugar de a los ocho, según lo pres- 
cribe la ley vigente. 

El doctor Calcagno afirma que "el niño que entre a la es- 
cuela a los diez años hace en dos lo mismo que a los demás les 
ha costado cuatro, con menor esfuerzo, con menos fatiga, con 
menos deformación", y asevera, además, que tanto nuestros ma- 
les universitarios como los de la segunda enseñanza y afines, en 
lo que respecta a los estudiantes — tela que aún está por cortar — 
tienen como causa fundamental su extremada juventud". De 
todo lo cual concluye que se debe retardar todo lo posible la ini- 
ciación del proceso educativo. 

Para concluir pronto, nos bastaría decir a nuestro estimado 
amigo que si el niño que entra a los diez años de edad "hace en 
dos años, con menor esfuerzo, con menos fatiga, etc., lo mismo 
que a los demás les ha costado cuatro, los jóvenes estudiantes 
(que según la ley de la provincia comienzan su enseñanza pri- 
maria a los ocho años de edad) llegarían al ciclo secundario, y 
después al universitario, exactamente como ahora, en cuanto a 
edad. De donde resulta que si la causa fundamental de los ma- 
les universitarios, etc., en cuanto a los estudiantes, es la extre- 
mada juventud de éstos, no habríamos curado el mal. 

Pero, el doctor Calcagno, con toda la autoridad que le da su 
título de doctor en paidología, diplomado en Bruselas, y profe- 



EDUCACIÓN 385 

sor de psicopedagogía en la universidad nacional de La Plata, 
dice también que los que aconsejan sobre la amplitud del ciclo 
escolar primario o secundario, o sobre el mínimum de edad 
exigible para el ingreso, etc., están en la obligación ineludible de 
experimentar seriamente, de investigar cientificamente, de pre- 
parar estadísticas fidedignas, siguiendo a los alumnos a través 
del ciclo escolar, etc., etc. 

El doctor Calcagno repite, por otra parte, el viejo concepto 
de que la precocidad infantil es un problema esencialmente latino 
y agrega que si el problema es serio para los latinos de Europa, 
lo es más aún para nosotros, porque nuestros niños son aún más 
precoces en el desarrollo físico y psíquico. 

Antes de esto se ocupa del significado y el concepto de pre- 
cocidad, al que determina transcribiendo una clasificación según 
la cual "hay, por lo menos, seis tijfos fundamentales": i, la pre- 
cocidad natural étnica ; 2, la precocidad normal femenina ; 3. la 
precocidad anormal atávica; 4, la precocidad anormal profética; 
5, la precocidad teratológica o monstruosa; 6. la precocidad pa- 
tológica o morbosa. Después, siguiendo la misma tesis, enumera 
las posibles causas de esas varias clases de precocidad y agrega: 
"De todos estos tipos de precocidad, surge únicamente con valor 
positivo, el que corresponde a la precocidad profética del in- 
genio dentro de cada pueblo, que e§, justamente, el tipo más 
raro". "Todos los tipos restantes señalan un carácter de infe- 
rioridad según el caso, del individuo respecto a los demás indi- 
viduos de su pueblo ; del pueblo, respecto a los demás pueblos 
de su misma raza; de la raza, respecto a otros grupos étnicos". 

"De donde resulta que si se la encara con criterio biológico, 
lejos de ser halagadora como se pretende, la precocidad en el 
desarrollo y en el crecimiento físico y psíquico de nuestros niños 
con respecto a los niños franceses, italianos, alemanes, ingleses, 
etc., demostrada por los estudios estadísticos del laboratorio de 
psicopedagogía de la universidad de La Plata, adquiere un sig- 
nificado negativo de consecuencias alarmantes, desde todo punto 
de vista, ya sea el individual, el social, el económico, el político, 
o cualquier otro". 

Dejando de lado los estudios estadísticos del laboratorio de 
psicopedagogía de la universidad de La Plata, que son muy re- 



386 NOSOTROS 

clucidos y muy discutibles, no entendemos que se remedien los 
inconvenientes de tal precocidad, de un modo general, conside- 
rando el aspecto de la instrucción pública de nuestro país en su 
complejidad, con retardar el ingreso de los niños a la enseñanza 
primaria. Otra cosa es la conveniencia de modificar a esta, en 
los primeros años o en todo el ciclo, si se quiere. 

Desde luego, el fenómeno de la precocidad en los distintos 
pueblos, dentro de la escuela que comentamos, no guarda una re- 
lación directa ni mucho menos con la asistencia de los niños a 
las escuelas. Así, en Alemania e Inglaterra la cantidad relativa 
de escolares de seis años en adelante es mayor que en Francia, 
y en ésta que en Italia, y en Italia que en la Argentina. 

Desde otro punto de vista, habría que demostrar que los 
peligrosos efectos de la precocidad son mayores, tomando solo 
lugares de poblaciones afines, donde se inicia en edad más tem- 
prana el ciclo primario escolar. Por ejemplo, podría la investi- 
gación reducirse a nuestro país y probar que en las provincias, 
donde la enseñanza primaria se comienza a recibir a los seis años 
de edad, hay resultados más alarmantes, en lo que toca a los 
efectos de la precocidad, que en la provincia de Buenos Aires, 
donde el ciclo primario empieza a los ocho años. Podrían tomar- 
se sólo las ciudades o las ciudades y la campaña. Descuento a la 
capital federal porque tal vez se notara allí una mayor comple- 
jidad del problema. Emprendida la investigación, habría que ais- 
lar los factores ajenos a la escuela misma y sacar con cuidado 
las conclusiones. En fin, podría ser este un trabajo honroso para 
los estudios estadísticos de laboratorios. 

Por otra parte, si el fenómeno de la precocidad tuviera al- 
guna fatal relación con la iniciación escolar seria muy intere- 
sante explicar cómo países aun dentro de la latinidad, que cui- 
dan mucho de aquella y que ocupan lugar destacado en la civili- 
zación, tienen leyes, y leyes que se cumplen, según las cuales la 
obligación de asistir a las aulas primarias comienza a los 5 o a 
los 6 años. Y sería difícil explicar, por ejemplo, cómo la revo- 
lucionaria escuela de Bierges y sus similares (i) tiene niños 
desde la edad de siete años y cómo uno de sus paladines, Faria 



(i) Una escuela nueva en Bélgica. En el número 137 de Nosotros 
(Octubre de 1920), nos ocupamos de este libro. 



EDUCACIÓN 887 

de Vasconcellos, escribe: ""Inútil es decir que el criterio de la 
edad es enteramente relativo ; que el limite varía con cada indi- 
viduo, y que el cuadro de nuestras secciones posee la flexibilidad 
necesaria para tener en cuenta este hecho. De siete a catorce 
años la enseñanza general es la misma para todos. Hay ramas 
que son obligatorias para todos los niños — ciencias naturales, 
matemáticas, lengua materna y extranjeras, historia y geografía. 
— Este es el programa de nuestras secciones preparatoria y ge- 
neral". Sería también arduo armonizarlo con esta manifestación 
de la revolucionaria Montessbri: "Así, el niño de cuatro o cinco 
años se convierte en una persona que se basta a sí misma, que 
sabe observar inteligentemente las cosas, que sabe leer y escri- 
bir, etc." fi). Hasta vamos a transcribir unas líneas de EUen 
Key que nos parecen exageradas: "El mayor absurdo de la edu- 
cación moderna es la continua busca de libros "propios" para las 
diversas edades, cuando se trata de una cosa tan individual que 
casi podría ser decidida por los mismos niños. Haced una hogue- 
ra con los "libros para niños" y abrid a la infancia las puertas de 
las grandes literaturas ; ellos mismos comprenderán lo que aún 
es prematuro. Si un muchacho lee el Fausto a los diez años — - y 
conozco algunos casos — sacará de su lectura una impresión 
duradera que no será obstáculo para que reciba otras diversas 
a los veinte años, a los treinta, y así sucesivamente. En cuanto 
a los "peligros", en los libros de verdadero valor son insignifi- 
cantes ; pasan por encima de aquello que más tarde podría exci- 
tarles" (2). Ya se ve que estos autores discuten los procedi- 
mientos, los métodos, los programas, pero, no creen necesario 
retardar el ingreso infantil a la enseñanza primaria. 

He hecho estas citas tomadas de la legislación y la práctica 
de los países que marchan a la cabeza de la civilización latina y 
sajona y de los didactas modernos más avanzados en el sentido 
del respeto y el amor hacia la naturaleza y el desarrollo físico 
y psíquico de los niños, para no aparecer como demasiado creído 
en mi propia capacidad de observación, a la cual me referí en 
parte, implícitamente, en mi artículo Bl ciclo escolar en la pro- 



(i) Artículo de la Dra. Montessori, Revista de Pedagogía, Madrid, Ju- 
nio 1922. 

(2) El siglo de los niños 



388 NOSOTROS 

vincia de Buenos Aires, publicado en el N." 156 de Nosotros. 
Demás está decir que, ante el reto de mi estimado amigo a los 
que se muestran partidarios de que dicho ciclo se amplíe en lo 
que se refiere a la edad mínima (i), reto acompañado de una 
incitación a la "experimentación seria", la "investigación cientí- 
fica", etc., etc., me ratifico en mis observaciones y conclusiones. 
Desde luego, estas no se fundan en experimentos y estadísticas 
de laboratorio, que también las he hecho alguna vez, sino en la 
vida misma de las escuelas de la provincia de Buenos Aires, en 
relación con la capacidad infantil, con el ambiente social, con las 
escuelas del resto del país, y con los deberes y aspiraciones cul- 
turales de la República. En este sentido, hemos apoyado la idea 
expresada por el nuevo gobernador de la provincia en su mensaje 
inaugural y hemos manifestado nuestra concordancia con la 
conclusión final del doctor Cometto, director del cuerpo médico 
escolar respectivo, no obstante cierta contradicción entre los dis- 
tintos datos que se encuentran en su artículo (2) y que hemos 
señalado. 

El doctor Calcagno se ha percatado, indudablemente, de que 
hay cosas que andan mal en las enseñanzas secundaria, normal, 
especial, universitaria, etc., pero, también indudablemente, se ha 
precipitado al atribuir la causa primera (no empleamos el tér- 
mino en sentido teológico) de los males observados, en lo que se 
refiere a los estudiantes, a la edad en que han sido estos intro- 
ducidos al ciclo primario, en especial enlace con la precocidad 
latina. 

Si el doctor Calcagno hubiera censurado los procedimientos, 
los planes, la extensión de los ciclos, los programas, etc., tal vez 
hubiera conseguido que los educandos permanecieran más tiem- 
po en la escuela primaria y así llegarían más crecidos a la secun- 
daria, y a la especial y, alargando algo a éstas, dilataríase todavía 
el arribo al período universitario. Por este camino se habría 
acercado más, acaso, al remedio que parece buscar. 

Seguramente tiene, en el fondo de su pensamiento, un tanto 
de razón en lo que incumbe a la edad. Hasta coincidimos con él 



(i) Opino que debe ampliarse en la mínima y en la máxima. 

(2) Boletín de Higiene Escolar, La Plata, enero 1922, aparecido, con 
algún atraso, a mediados de mayo. Por lo demás, el Dr. Cometto y otros 
habían manifestado la misma opinión mucho antes. 



EDUCACIÓN 389 

de alguna manera cuando escribíamos: "Por mi parte, creo que 
el ciclo obligatorio debe tener cierta elasticidad, pues opinó que 
las uniformidades si bien son convenientes y necesarias, no deben 
ni pueden ser nunca absolutas. Así se podría establecer como 
ciclo escolar el comprendido entre los 7 y los 14 años de edad, 
y como obligación u obligatoriedad, según se ha dado en decir 
ahora, cuatro o cinco años dentro de éstos, que loS padres o en- 
cargados podrían elegir, siempre con sujeción a un límite, por 
ejemplo, el de que ningún niño pudiera pasar de los 8 años sin 
ser inscripto en alguna escuela, ya sea para cursar estudios en 
sus aulas o para dar en ella solamente el examen, como lo per- 
mite la ley nuestra y sus similares extranjeras, al autorizar la 
enseñanza de los niños en sus propios domicilios. Conceptúo que 
en esta forma ocuparíamos, racional y científicamente — me re- 
fiero tampién al orden nacional — un lugar más destacado en la 
legislación universal que rige la materia. Con tal elasticidad 
se consultaría más la diferencia individual de los niños, pues, 
como es harto sabido, no todos florecen al mismo tiempo en su 
capacidad físico-mental. Bien se dice que una es la edad cro- 
nológica y otra la anátomo-f isiológica" ( i ) . 

El doctor Calcagno ha partido quizás de un principio ver- 
dadero, pero ha prescindido de otros concomitantes y de algunos 
interferentes. Le ha pasado algo de un fenómeno muy conocido 
en psicología y que el doctor Vaz Ferreyra explicaba así : "Con- 
cibiendo ideas verdaderas, pero violentándolas, llevándolas mu- 
cho más allá del punto preciso, u olvidando otras ideas verdade- 
ras y fecundas que pudieran contrabalancear y corregir a aque- 
llas, nos equivocamos a menudo de una manera excepcionalmente 
peligrosa, porque el punto de partida nos ha dado una "convic- 
ción" que nos conduce insensiblemente al error" (2). 

Por lo demás, la cuestión de la precocidad de los latinos 
con respecto a los sajones (tan vinculada a la pubertad) que 
algunos, singularmente en la segunda mitad del siglo XIX, han 
relacionado con la supuesta superioridad de la "raza rubia", es 
ima cuestión ya vieja, cuyos efectos no concebimos que deban 
atenuarse demorando el ingreso de los niños a las escuelas. Al 



(i) Nosotros, mayo 1922. 
(2) Ideas y observaciones. 



390 NOSOTROS 

contrario, podría sostenerse que el paliativo o el contrapeso de la 
decantada precocidad psico-física debe darlo la escuela con una 
educación equilibrada. 

La pesadilla de la superioridad de las ramas sajonas con 
respecto a la latina y con ella la superioridad de los pueblos de 
pubertad más tardía, étnicamente considerados, fué una de esas 
rachas de la ciencia antropológica que, como tantas otras, ha pa- 
sado ya al archivo de las curiosidades históricas. De otro modo, 
no sería posible comprender la civilización egipcia, ni la griega, 
ni la romana, ni la del renacimiento italiano. No sería tampoco 
explicable la superioridad literaria y pictórica española de los 
siglos XVI y XVII, ni la Francia del XVII y el XVIII : Luis 
de León, Lope, Cervantes, Murillo, Quevedo, Pascal, Moliere, 
Voltaire, para citar sólo a muy pocos de los de estos últimos 
pueblos, no son sino flores, entre las más lozanas, de unos cuan- 
tos rosales que estaban llenos, y llenaron la tierra con sus perfu- 
mes, y la embellecerán todavía mientras la tierra exista. 

La situación privilegiada en que se encuentran hoy, dentro 
de la civilización universal, algunos de los más grandes países 
sajones, es resultante de muchos factores, sobre todo sociales; 
acciones y reacciones múltiples y variadas, que no es posible re- 
ducirlas a la fórmula simplista de la pubertad tardía. El tejido 
de los fenómenos psíquicos y sociales es muy complicado y no 
se da así no más con las puntas de los hilos. Porque aquí el hilo 
es plural y las puntas muy delgadas, más seguramente que las del 
cabello de marras. 

Pero, en fin, el propósito del doctor Calcagno, es bueno. 
Hasta podríamos decir que hemos coincidido en intenciones, en 
lo que se refiere a la necesidad nacional de no abusar de la inte- 
ligencia de nuestros niños. Así, en nuestro artículo del número 
de mayo decíamos: "Desde dicho punto de vista, juzgo que la 
ampliación del ciclo escolar de la provincia en un año más, traería 
de inmediato una mayor graduación y eficacia en la enseñanza 
con el desdoblamiento del actual primer grado en dos," etc., etc. 
"Puédese, asimismo, abrigar la esperanza de que la instrucción, 
al hacerse más gradual, se haga también más completa, más in- 
tegral. Al descargar a los programas de las excesivas nociones 
intelectuales", etc., etc. 



EDUCACIÓN 191 

Sólo que nosotros hemos tratado el "caso" como un asunto 
muy complejo, por cierto, donde además de considerar y utilizar 
las explicaciones teóricas respetables, hemos dado una gran im- 
portancia a las fuerzas sociales que, al fin y al cabo, son fuerzas 
naturales y, por tanto, con toda la inercia y la potencialidad de 
éstas. Hemos considerado a nuestra colectividad como a un gran 
río cuyo curso hay que rectificar, pero, de cuyas corrientes no 
se puede prescindir ; como a una gran casa que hay que rehacer 
pero, a la cual no se puede voltear mientras la nueva construc- 
ción no esté en condiciones de contener mejorado o, por lo menos, 
igual, todo lo que la vieja contiene. 

Para modificar a las sociedades hay que aprovechar, por lo 
general, si no siempre, sus propias fuerzas, sus virtudes y hasta 
sus defectos, — hay que apoyarse en ellas, por decirlo así, como 
para podar a los montes hay que apoyarse en sus árboles. 

Censo Escolar 

La administración escolar de la provincia de Córdoba a 
cuyo frente se hallan don Augusto Schmiedecke, como director 
general, y don Juan Aymerich, como inspector general, ha pu- 
blicado en un volumen de 536 páginas el censo escolar levantado 
en octubre de 1921. Las numerosas cifras de la operación están 
distribuidas cuidadosamente por departamentos, secciones y pe- 
danías, clases de escuelas, sexos, edades y nacionalidades de 
alumnos y maestros, etc., etc. El volumen contiene, además, va- 
rios cuadros gráficos y 4 mapas en colores. 

De acuerdo con esos datos, la población escolar cordobesa 
alcanzaba el i.° de octubre ppdo. a 180.500 niños de 5 a 14 
años de edad, lo que, comparado con la cantidad correspondiente 
del censo de 1909, acusa un aumento de 77.864 escolares entre 
ambos sexos. Cabe anotar aquí que la obligación escolar comien- 
za a los 7 años y que si en este censo se considera como pobla- 
ción escolar la de 5 y 6 años de edad, es para facilitar la com- 
paración con el censo nacional de 1909. De esto resulta, empero, 
que el porcentaje de analfabetos parece mayor de lo que lo es 
en realidad, según lo expresa su mismo redactor, del cual trans- 
cribimos los párrafos siguientes : 



S92 NOSOTROS 

"De la comparación de los dos cuadros (1909 y 1921) re- 
salta el franco avance del alfabetismo, pues mientras en 1909 
representaba el 40.45 por ciento de la población escolar, en 1921 
asciende al 49.73 %. 

"Los semialf abetos, que son el 10.19 por ciento, el año 1909, 
ahora tan sólo alcanzan al 1.72 %, cifra ésta que en verdad 
sorprende, precisamente por la circunstancia antes mencionada." 

"Lo que ciertamente no dejaría de alarmar es el elevado 
porcentaje que acusa el analfabetismo, si no se tuviera en cuenta 
el grande aislamiento de los núcleos de población, la vasta ex- 
tensión del territorio, el difícil acceso a la escuela, como lo de- 
muestra el hecho de que más de treinta y ocho millares de niños 
no asisten a ella por la distancia. 

"También si tenemos presente que en el gran número de 
analfabetos van incluidos los niños de cinco y seis años, para 
los cuales no rige la obligación escolar, y que suman 41.083, 
desaparece el pesimismo, dando paso a la más halagüeña espe- 
ranza sobre el porvenir de las nuevas generaciones." 

En 1909 los alfabetos eran 41.522; los semialfabetos 10.461 
y los analfabetos 50.653, y en 1921, los alfabetos 89.764, los 
semialfabetos 3.103, y los analfabetos 87.633. 

Conferencias didácticas 

Con motivo de las vacaciones de invierno, se realizó en el 
salón mayor de la universidad nacional de La Plata, por inicia- 
tiva del decano de la F'acultad de Humanidades y Ciencias de la 
Educación, doctor Ricardo Levene, una serie de conferencias 
públicas, del 10 al 14 del mes corriente, a cargo de conocidos 
educacionistas de la Capital Federal y la provincia de Buenos 
Aires, y destinadas principalmente a ilustrar el criterio y orien- 
tar la obra de los maestros primarios que quisieiin libremente 
concurrir. 

La Dirección General de Escuelas de la provincia de Bue- 
nos Aires contribuyó a ese plan cultural concediendo pasajes 
gratuitos a los maestros que viven en los pueblos cercanos a La 
Plata y Buenos Aires. Se dieron las clases siguientes: Pablo H. 
Pizzurno, "El trabajo manual educativo" y "La lectura y las 



EDUCACIÓN -39.? 

bibliotecas infantiles"; Enrique Romero Brest, "Concepto esco- 
lar de la educación física" y "El sistema argentino de educación 
física"; Juan C. Vignati, "La educación de nuestra escuela pú- 
blica ante las soluciones propuestas por los nuevos sistemas de 
enseñanza. — Las reformas de la educación primaria actual" y 
"Carácter técnico de las organizaciones directivas de la escuela 
primaria." "Nuevas posiciones del maestro y del alumno; nue- 
vos principios de organización del trabajo escolar"; León Glau- 
zer, "Enseñanza del dibujo en las escuelas primarias"; "Juan 
Francisco Jáuregui, "Las manualidades en la provincia de Bue- 
nos Aires"; Alfredo D, Calcagno, "Necesidad de plantear el 
problema del estudio previo del educando como tarea inicial de 
toda labor docente." Debido a que no hubo tiempo suficiente, el 
doctor Eduardo J. Bullrich no pudo desarrollar íntegramente su 
tema sobre escuelas de continuación. El doctor José Rezzano no 
pudo concurrir por razones de salud. 

Salvo los que trataron los asuntos particulares determinados 
en los títulos del anuncio respectivo, los conferencistas hablaron 
sobre necesidades y orientaciones generales de la educación en el 
momento presente. 

Torios estuvieron de acuerdo en dos puntos: i.°, los graves 
males que aquejan al armazón y al contenido de la enseñanza 
primaria y normal ; 2.°, la necesidad de buscar a ello remedio 
pronto y eficaz. En todo esto estuvieron, además, de acuerdo con 
lo que viene repitiendo la crítica pedagógica desde hace varios 
lustros. Pero en cuanto entraron a señalar las reformas necesa- 
rias, algunas de las cuales tienen ya principio de ejecución, no 
hubo, desgraciadamente, tanta semejanza en los pareceres y has- 
ta fué fácil notar en algunos la displicencia o la sorna con que 
contemplan las ideas y las obras diferentes de las propias. 

Acaso estas conferencias hayan servido para que se produzca 
una mayor compenetración, o siquiera buena voluntad, entre 
hombres que, indudablemente, ejercen por el ascendiente de su 
larga actuación docente, o por sus cargos técnicos y administra- 
tivos, considerable influencia en el desarrollo de la enseñanza 
primaria argentina. Porque es posible, a nuestro juicio, que si 
se acercaran más unos a otros, si se prestaran más atención re- 
cíproca, encontraríanse con que hay en el fondo de todos ellos- 



S94 NOSOTROS 

el común buen deseo de hacer progresar a la instrucción pública, 
y muchas ideas comunes, y otras que son conciliables para la 
mejor realización de su propósito. Se percatarían también de 
que mostrando esa posibilidad de conciliación, ilustrarían mejor 
el criterio y asegurarían más la orientación futura de los maes- 
tros primarios. 

Por lo demás, en lo que atañe a la iniciativa de organizar 
estas clases, que corresponde al doctor Levene, la creemos muy 
bien inspirada y hasta pensamos que su repetición puede contri- 
buir en gran manera a la finalidad que hemos enunciado. 

Desde luego, la enorme cantidad de maestros de Buenos 
Aires, La Plata y pueblos cercanos que concurrieron, hasta no 
dejar ni una silla libre en el amplísimo salón del colegio secun- 
dario de la Universidad, ni un claro en los pasillos laterales, don- 
de muchos estuvieron de pie más de dos horas continuas, prueba 
evidentemente el gran interés de los docentes por ilustrar su cri- 
terio y ampliar sus puntos de vista. 



El método Montessori y la educación moderna 

En la Revista de Pedagogía, de Madrid (año I, núm. 6), 
correspondiente a junio ppdo., la doctora Montessori publica, 
bajo el mismo epígrafe que encabeza estas líneas, un artículo 
muy interesante del cual extractamos los párrafos siguientes : 

"Lo que diferencia el Método Montessori de los moderna- 
mente surgidos en las llamadas "escuelas nuevas" es la interpre- 
tación de las necesidades profundas del alma humana. Las lla- 
madas "repúblicas infantiles" consideran las acciones externas 
como las que dirigen y perfeccionan al hombre. Estas han puesto 
sobre la responsabilidad de la colectividad infantil la sanción a 
los propios actos, colocando en manos de los niños principios 
sociales que rigen la vida- del adulto y creando una especie de 
"democracia" en la escuela." 

"Nada de todo esto se encuentra en el Método Montessori. 
Es un punto de vista puramente naturalista o más bien espiritual, 
aquel que únicamente informa al Método Montessori. La busca 
de la "salud psíquica" y por ello la posibilidad de satisfacer las 
necesidades espirituales del alma humana, es el único fin de la 



EDUCACIÓN 395 

escuela Montessori. No debemos dar a los niños no maduros 
nuestros principios sociales, no debemos hacer de jueces, ni de 
directores en la colectividad de los niños, sino sólo dar los me- 
dios necesarios a fin de que los niños alcancen la plenitud en la 
conquista de la salud interior. Un compañero que sanciona a sus 
condiscípulos va contra la ley de justicia que dice: "No juzgar", 
y, además, descarga sobre los hombros de las generaciones futu- 
ras los errores y las injusticias sociales que quizás son un impe- 
dimento a nuestra felicidad y a nuestra bondad. Dejemos que 
las vidas nuevas se manifiesten en sus naturales expresiones y 
quizá nosotros, los adultos, aprendamos de los niños más altas 
formas de justicia y de moralidad. 



"Hasta en las escuelas llamadas modernas, donde se cree 
dar la educación individual, existe una marcada diferencia con 
las escuelas Montessori. Allí existe un maestro que enseña a 
cada alumno en lugar de enseñar uniformemente a la colectivi- 
dad. Concepto profundamente diferente del Montessori, que 
consiste en librar al niño del maestro que enseña y en sustituir 
al maestro por un ambiente donde el niño pueda escoger lo que 
es apropiado a su propio esfuerzo y a las necesidades íntimas de 
su personalidad. 

"En fin, hasta el otro criterio moderno de tener que conocer 
al educando antes de educarlo, sobre el cual se funda la antedi- 
cha "educación individual", es también distinto del principio 
científico del Método Montessori. vSegún éste, no se puede cono- 
cer el "educando" a priori, porque las actividades psíquicas pro- 
fundas son latentes y sólo la concentración y la actividad pueden 
revelarlos. Y por ello, la educación misma es la que hace mani- 
fiestos los. caracteres psíquicos infantiles: es la "pedagogía la 
que revela a la psicología y no viceversa. Para conocer al niño es 
necesario ofrecerle los medios necesarios a su vida interior y 
dejarle en libertad de manifestarse". 

Marcos M. Blanco. 

Las Flores, julio 1922. 



LA VIDA POLÍTICA DE LA AMÉRICA LATINA 



En exta sección transcribiremos cuanto articith.- 
de interés se f'ubiique en el extranjero sobre la vida 
política de nuestra América. Muchas son ¡as páginas 
que podríamos hacer conocer, porque no son escasas 
las que sobre el tema se escriben en nuestras inquie- 
tas repúblicas. Pero prescindiremos de todas las que 
se refieran a la lucha diaria, a la política militante, 
a las banderías partidistas. Reproduciremos sola- 
mente las piesas que encaren la vida política de la 
América latina desde un punto de vista doctrinaria 
o teórico, y aquellas que consideren especialmente la 
política general de estos pueblos en sus mutuas re- 
laciones y en sus vínculos con los extraños. 

Nueva ley de los tres estados 

\7 ARIAS veces se ha formulado en los últimos tiempos la teoría, segu- 
" ramente exacta, de que las nacionalidades son una forma de or- 
ganización social que pronto será reemplazada por federaciones de pueblos 
i'nidos entre sí, ya no únicamente por un pacto político, ni tampoco por 
ti solo efecto de los intereses comerciales, sino por los lazos más estre- 
chos de la tradición, el idioma y la sangre. Dentro de esta teoría • — 
esbozada antes de la guerra por los alemanes y contradicha en cierto 
sentido por los vencedores — las nacionalidades constituyen una forma 
transitoria que se inicia al terminar la Edad Media y llega a esplendor 
cabal a fines del siglo XIX. Época que ve dividirse los hombres de 
una misma raza y de una misma lengua en fracciones y subfracciones 
independientes, que combaten unas contra otras o se mantienen aparta- 
das aun cuando a veces procedan de un mismo tronco. 

Pueblos de habla y de raza distintas se juntan más o menos forza- 
damente para constituir naciones jamás confundidas, como Austria Hun- 
gría, o grandes reinos que han llegado a ser casi homogéneos como 
Inglaterra y España. Otras veces, como en el caso de los países de 
América, una misma sangre, a causa de la naturaleza del terreno, se 
ha visto disgregada y subdividida hasta hacer veinte naciones débiles 
de una antigua dominación fuerte y poderosa. Y estos absurdos, debidos 
a circunstancias territoriales, económicas, políticas, a circunstancias, des- 
de el punto de vista del espíritu, mezquinas y fortuitas, llegan, sin em- 
bargo, a enraizar en el corazón de los pueblos, dando lugar a los mil 
prejuicios y aberraciones del patriotismo nacional. 

Patriotismo corresponde a nacionalismo y se resuelve en el culta 
de la bandera, y la adhesión al territorio de una antigua provincia, de 
un gran imperio. ¿De dónde procede este modo de sentir, extraño para 
una reflexión despejada? 



LA VIDA POLÍTICA DE LA AMÉRICA LATINA 397 

Anteriormente a la fundación de las nacionalidades había tribus y 
grandes imperios. El gran imperio militar era una expresión de la tribu, 
y el uno y la otra procedían de la conquista que junta ciegamente a 
los pueblos. Cierto que en Grecia y Roma aparte del yugo militar y 
de la situación geográfica existía cierta comunidad de sangre y un idio- 
ma común ; a pesar de eso, ambos imperios constituyeron conglomera- 
dos de pueblos y de razas, unidos por la necesidad y prestos a desinte- 
grarse tan pronto como cesara la amenaza de las espadas. En ellos el 
conquistador no asimila: sojuzga; no impone su lengua ni sus dioses, 
su conquista no es espiritual y por lo mismo ni perdura ni transforma 
a los vencidos, y ni siquiera intenta crear con ellos humanidad nueva. 

El ideal nacional representa un progreso sobre tal forma primitiva 
de organización porque tiende a fundar organismos más homogéneos. 
Algunas veces no lo logra, como en el caso de Austria Hungría, porcjue 
la sola obra de la fuerza no es perdurable : pero cuando la nacionalidad 
se constituye sobre la base de un ideal generoso, se obtienen éxitos como 
Francia, que es venerable por su devoción a la libertad, o como España 
que es grande porque supo crear un nuevo mundo en América. Sin 
embargo, no es la nacionalidad el tipo acabado de la organización social, 
porque a semejanza de la tribu guerrera y del imperio antiguo, la na- 
cionalidad se funda en las necesidades de la geografía, en las ventajas 
del comercio y en los dictados de la fuerza, causas todas ajenas a la 
voluntad humana. Y la civilización desde sus comienzos es una lucha 
entre las fuerzas naturales que siguen determinada trayectoria repetida 
y fija, y las fuerzas del espíritu que se empeñan en crear un orden 
nuevo por encima de la necesidad y del girar siempre en circulo. Lucha 
del movimiento en espiral que es el del espíritu y el círculo que repre- 
senta la necesidad constreñida a repetirse. El poderío del espíritu, im- 
poniendo leyes a las cosas, se manifiesta en el orden social en un anhelo 
como de patria más libre y grande. De allí que cada día se nos hagan 
más intolerables las divisiones arbitrarias que entre nosotros ha impues- 
to el medio, y circunstancias como, por ejemplo, que sea uno el patrio- 
tismo chileno y otro el patriotismo argentino, y así sucesivamente; de 
igual manera, nuestra conciencia exige que la política no la gobiernen 
ya las conveniencias locales ni la limiten los obstáculos del territorio, 
sino que obedezca los dictados del espíritu cuya misión es reformar el 
ambiente para imponerle nueva .ley y sentido. Esta ansia contemporá- 
nea de rebasar el patriotismo, de dilatar las fronteras, de celebrar pactos 
y alianzas según nuestro gusto y no de acuerdo con nuestras conve- 
niencias materiales ; este poderío del espíritu que en todos los órdenes 
se afirma avasallador, nos permite formular una ley de desarrollo, una 
especie de "ley de los tres estados" — tomando de Comte sólo el nom- 
bre — una ley de tres períodos de la organización de los pueblos. 

El primero de estos estados es el período materialista en que el 
trato de tribu a tribu se sujeta a las necesidades y azares de las emi- 
graciones y el trueque de los productos. La ley de este primer estado 
es la guerra. El segundo período lo llamaremos intelectualista, porque 
durante él las relaciones internacionales se fundan en la conveniencia 
y el cálculo ; comienza a triunfar la inteligencia sobre la fuerza bruta 
y se establecen fronteras estratégicas después de que la guerra ha de- 
finido el poder de cada nación. Los grandes imperios de la antigüedad 
participaron de los caracteres del primero y segundo períodos, y las 
nacionalidades modernas viven todavía en el segundo. El tercer período 
está por venir y lo llamamos estético, porque en él las relaciones de los 
pueblos se regirán libremente por la simpatía y el gusto. El gusto, que 
es ley suprema de la vida interior y que hacia fuera se manifiesta como 



198 NOSOTROS 

simpatía y belleza, llegará a ser entonces la norma indiscutible del orden 
público y de las relaciones entre los Estados. 

Y el advenimiento del período del gusto y de la simpatía será bas- 
tante para suprimir la discordia entre los hombres, porque las antipa- 
tías y las opiniones del juicio estético suelen ser profundas, pero se 
resuelven en júbilo y no en rencor, y los otros conflictos, los conflictos 
verdaderos, dependen de causas materiales, que sólo la igualdad econó- 
mica relativa puede suprimir. En efecto, la discordia y la guerra depen- 
den de que los hombres se reproducen con exceso en un planeta cuya 
superficie tiene un límite, pero la educación, reduciendo el número y 
perfeccionando la calidad, convertirá al hombre en cosa preciosa que 
sea orgullo y regocijo de cada uno de sus semejantes. De esta suerte 
los conflictos materiales se irán resolviendo y la vida sólo conservará 
los dolores que sirven de estímulo al espíritu y le impiden caer en la 
conformidad que es causa de todo lo mediocre y terrestre. 

i Caminamos hacia el período que está regido por la ley del gusto I 
Operan entonces los apetitos más francos e intensos, pero se sacian o 
quedan abolidos, porque la conciencia clarividente los desdeña para 
anegarse en el poder infinito. 

KL TERCER PERÍODO EN HISPANOAMÉRICA 

Concretándonos a nuestro mundo hispano-americano, ¿qué es me- 
nester que hagamos para apresurar el advenimiento del período estético 
de la humanidad? 

Se han aconsejado medidas políticas, medidas económicas y me- 
didas morales. La unión política la previo Simón Bolívar — el genio 
más preclaro de nuestra raza — . Sus planes luminosos aún hoy parecen 
perfectos. Desgraciadamente la tesis de la nacionalidad, los prejuicios 
de campanarios y las barreras físicas lan hecho que subsista sólo como 
sueño lo que debiera ser una resplandeciente realidad. El medio físico 
en este caso ha colaborado para que nosotros adoptemos las teorías du- 
dosas que en nombre de pequeñas glorias mtiltiplican los patriotismos 
con mengua de los grandes ideales humanitarios y étnicos. Esta des- 
orientación de los sentimientos ha traído todo este siglo caótico de nues- 
tra historia continental en que hemos visto acuchillarse a hermanos y en 
que hemos contemplado con disgusto y asombro que alguna vez nues- 
tros países tuvieron que aceptar auxilios extraños para deíender suá 
intereses contra la agresión de una potencia de la misma estirpe. Afor- 
tunadamente México no ha emprendido una guerra de agresión, pero 
si mañana gobiernos criminales pretendiesen crear un conflicto, nuestro 
deber será oponernos a sus resoluciones y negarnos a batir la bandera 
de Guatemala o cualquiera de las banderas que ondean hacia el Sur. 
Pues en el instante mismo en que se mira hacia el Sur, concluye el 
patriotism.o y nace en nuestros corazones el amor mucho más grande 
de la raza en el continente. 

Las almas están ahora muy cerca pero las manos siguen distantes. 
Ya no son los días sombríos del porfirismo en que los pensadores de 
la época hacían creer al obtuso déspota que con un buen embajador en 
Washington basta, y que además había que mandar a Francia algún se- 
ñor rico para convencer a los franceses que no todos usábamos plumas ; 
pasaron para nosotros esos días tristes y ha pasado también para toda 
la América Latina el período simiesco del afrancesamiento y del extran- 
jerismo, en que copiábamos como simios los gestos de la cultura sin 
compenetrarnos de su sentido. Ha pasado todo eso; pero ahora es me- 
nester que tome impulso una nueva era activa ; una gran época de cons- 



LA YIDA POLÍTICA DE LA AMÉRICA LATINA 3^9 

trucciones y de creaciones, de puentes y de vías férreas, de barcos y 
transportes ; la gran época en que el espíritu, aprovechando la fuerza 
misma de las cosas, las haga a su manera, y una para siempre lo que 
la naturaleza dividió con el provisionalismo augusto de sus cordilleras, 
y sus bosques, y sus mares. 

Emprendamos obras materiales, pero obras cuya mira no sea el 
lucro sino el servicio de los más altos intereses, y el lucro vendrá por 
añadidura ; hagamos política ya no simplemente nacionalista sino conti- 
nental y humana, poniendo por encima de todas nuestras acciones po- 
líticas, y después de que la justicia interior esté satisfecha, el criterio 
hispanoamericano, como norma invariable de todas nuestras acciones pa- 
trióticas. 

LA BARRERA ECONÓMICA 

Una de las calamidades inherentes al nacionalismo es la aduana 
que marca la frontera con el sello de la expoliación y la desunión. Lo 
primero que deberíamos suprimir es la aduana. El zollverein, la liga 
aduanera: ese es el primer paso de nuestra salvación como raza. Du- 
rante la guerra europea debimos celebrar un pacto general, pero ya 
que no se hizo así, suprimamos prontamente, por lo menos, las aduanas 
que existen entre México y Guatemala, entre el Uruguay y la Argen- 
tina, entre Chile y el Perú. Un simple tratado de comercio libre entre 
México y Guatemala hubiera significado más para la unidad latino- 
americana que todos los alardes y proyectos descabellados con que dis- 
trajo la atención de los ingenuos el gobierno espurio que no supo apro- 
vechar para nosotros el, magno conflicto europeo. Todas las perogru- 
lladas que entonces repetían los aduladores con el pomposo título de 
doctrina Carranza, fueron vanos como es criminal o es vano todo lo 
que toca la mano del déspota. 

PROPAGANDA EXENTA DE RENCORES 

Un buen número de los propagandistas de la unión latinoamericana 
funda su credo eu ataques más o menos legítimos contra los Estados 
Unidos del Norte. Particularmente en los últimos años y a consecuencia 
de actos inexcusables, los liberales hispano-americanos, que a principios 
del siglo se mostraban entusiastas de casi todo lo anglosajón, ven ahora 
con justo recelo la transformación de la noble República de Lincoln en 
un vasto imperio amenazante. Legítimos son estos temores, pero es me- 
nester hacer constar que la unión latino-americana no es sólo un acto 
de defensa, sino un ideal mucho más antiguo que la situación contem- 
poránea y mucho más alto que cualquier interés del momento ; un mo- 
vimiento fundado en el derecho que nos asiste de unirnos libremente a 
nuesuas simpatías e intereses y de acuerdo con la ley espiritual que en 
estos instantes transforma las organizaciones sociales del planeta. La 
hora de las rivalidades, si acaso ella es inevitable, debiera estar muy 
distante, pues todavía hay en el continente mucho espacio libre para la 
acción de las dos razas que lo pueblan, y ambas necesitan de los benefi- 
cios que resultan de un trato leal, sin sombra de odio, aunque resguardado 
por la más celosa autonomía. Al mismo tiempo, es menester convencerse 
de que nuestra fuerza no se afirma lanzando improperios, sino corrigien- 
do los males internos que son la causa determinante de nuestras cala- 
midades. Para tener el derecho de censurar la idiosincrasia extranjerd 
se necesita ser superior moralmente al extranjero, y un pueblo sometido 
al despotismo no puede acusar los vicios de otro, ni tiene derecho de 



400 NOSOTROS 

opinar sobre él . Lo único que tiene es un deber, el deber exigente, el 
deber primordial, de derrocar, de matar, de aniquilar al déspota. Lo3 
Estados Unidos se reirán con razón de nuestros ataques mientras vean 
que interiormente nuestra vida social es corrompida ; por eso no debemos 
conceder el derecho de exhibirse como campeones del hispano-america- 
nismo o del patriotismo, a los Cipriano Castro, ni a los Victoriano Huerta, 
y tantos otros falsos héroes que la estupidez y la maldad forjan. Quienes 
oprimen y envilecen a sus hermanos, no tienen y no tendrán lugar en 
las páginas de gloria del Continente. 

DESPOTISMO Y PATRIOTISMO 

Los países que no soportan dictaduras prolongadas, rara vez tienen 
que sufrir la agresión extranjera. Chile y la Argentina, por ejemplo, 
han sido respetados porque difícilmente se ataca a un pueblo cuya vida 
interior es decorosa. En cambio, la Venezuela de Cipriano Castro fué 
combatida porque se fundaba en la injusticia y tenía de enemigo a los 
mejores hijos de Venezuela. Una Colombia clerical tenía que perder a 
Panamá. El México de Santa Anna, enfermo de vanagloria y de mentira, 
hubo de provocar las agresiones que tan caro costaron a nuestra patria. 
Los déspotas hacen concesiones ilegítimas al extranjero o persiguen a 
los nacionales a tal punto, que llega a gozar de mayores privilegios un 
extranjero; pero así que llega la hora de la justicia, así que los pueblos 
se disponen a la venganza, los Victoriano Huerta y los Cipriano Castro 
del Continente, injurian a los Estados Unidos del Norte para calumniar 
a los revolucionarios que los combaten, acusándolos de complicidad con 
el poderoso. Entonces la patriotería engañada grita por las calles en 
defensa del déspota, contra quien debiera combatir. De esta manera el 
despotismo y la patriotería trabajan en contra de los intereses de nuestra 
civilización y hacen que no podamos juntarnos. Pues no podemos jun- 
tarnos mientras no seamos libres todos, mientras no acabemos de com- 
prender que el propósito primero del hispanoamericano debe ser el ani- 
quilamiento de las tirarías, de todas las tiranías del Continente. 

EL PROBLEMA DEL BRASIL 

La fuerza de los impulsos espirituales es capaz de reformar la geo- 
grafía y de borrar en un instante todos los prejuicios del nacionalismo; 
pero el Brasil ¿acaso no tiene otro idioma, tradiciones y origen distintos 
de los nuestros; y sus intereses no llegarán a estar en conflicto con los 
de la América Española? 

El Brasil realizó su independencia pacíficamente, de suerte que no 
se verificaron allí las transformaciones radicales que la guerra de in- 
dependencia produjo desde el Bravo hasta el Plata. Social y política- 
mente, el Brasil ha continuado unido a su patria de origen, de una manera 
mucho más íntima que nosotros con España. De esta suerte y a causa 
de la evolución normal, el Brasil se ha conservado criollo; no ha roto 
su tradición, no se ha hecho cosa nueva en el mismo grado en que lo 
somos nosotros. 

Por otra parte, los grandes recursos que el país posee; su territorio 
inmenso y feracísimo, su creciente población, todo lo lleva a convertirse 
en una gran potencia; una de las primeras del mundo, así que la ciencia 
aprenda a vencer los inconvenientes' que el excesivo calor opone a la vida 
humana, pero sin prescindir de su riqueza germinadora, ni de la magní- 
fica potencialidad que da al ambiente. 



LA VIDA POLÍTICA DE LA AMÉRICA LATINA 401 

Quizás antes de un siglo, el Brasil, henchido de población, comen- 
zará a abrirse nuevos caminos ; se sentirá tal vez ahogado por el abrazo 
hispánico desde el Plata, a través de Bolivia y Perú, hasta Colombia y 
Venezuela ; y así como los Estados Unidos de América codiciaron y ob- 
tuvieron la California, el Brasil quizás llegue a codiciar el Perú y lo 
obtendrá, si antes el Perú no puebla con su noble raza laboriosa, toda 
la región amazónica que le pertenece — una región donde ya el Brasil 
ha realizado avances considerables, gracias al estancamiento de la po- 
blación peruana — . Y al caso del Brasil hay que agregar otros muchos 
síntomas adversos : por más que el sentimiento de los pueblos afirme los 
deseos de la unión, ¿para qué son esas escuadras en que se malgasta un 
dinero que tanta falta hace para el desarrollo interno? Junto con muchos 
beneficios, heredamos de Europa una infinidad de prejuicios y de vi- 
cios : la ambición de territorio, aunque no lo necesitemos ; el nacionalismo 
que derrocha esfuerzos colectivos en alimentar rivalidades necias, pero 
se desentiende de los grandes proyectos generosos y prácticamente fecun- 
dos. Basta mirar el mapa de la América del Sur para comprender la 
obra del nacionalismo estrecho y ambicioso que nos ha dominado durante 
un siglo. Países divididos; países dispersos, disputas de fronteras, cor- 
dilleras que separan a los pueblos, desiertos que prolongan esas distancias, 
envidias que las ahondan y por encima de todo esto, un sueño qué parece 
vano ; un sueño formulado hace un siglo por la boca prof ética del liber- 
tador y que nosotros, hombres pequeños, no hemos podido cumplir. 

Los hechos, se nos dice, poseen una fuerza incontrastable; la dura 
realidad de los hechos, en efecto, nos parece a , veces más fuerte que el 
valor de las palabras, y al fin y al cabo sólo de palabras dispone el que 
piensa y pretende reformar con el pensamiento ; pero al mismo tiempo, 
frente a esta doctrina inglesa, hay que poner la otra, que corresponde al 
tercer período de las relaciones sociales, la doctrina de que el espíritu no 
es más que un esfuerzo victorioso sobre la ley ciega de los hechos, y 
de que si este esfuerzo no fuera capaz de reformar el medio ambiente, 
la humanidad jamás se habría levantado del nivel del bruto. Una con- 
templación inteligente de la historia demuestra que las acciones, las vo- 
luntades, las aspiraciones de los hombres, forman una corriente suprema 
que pasa pot encima del medio y de todos los lugares comimes del ma- 
terialismo. El alma de los pueblos vigorosos e iluminados constituye un 
factor mucho más importante que todas las fatalidades ambientes. La 
historia de nuestro continente comenzó con un cambio de la geografía 
del mundo ; nada de extraño tendrá, pues, que andando los años veamos 
operarse un cambio espiritual que transforme las relaciones humanas 
haciéndolas depender, ya no del comercio, ni del medio físico, ni de la 
necesidad estratégica, sino del albcdrío y del goce. 

Todo esto que se intenta expresar en forma obscura y difusa, se 
me apareció muy claro una vez, y no fué por obra de la razón raciorfal, 
de por sí tan vacía de sentido, sino por aquel otro supremo juicio que 
Kant llamó "juicio estético", del cual es fácil deducir una ley de afini- 
dades y fusiones no alógicas, ni lógicas, sino estéticas y sintéticas. El 
caso ocurrió en un teatro limeño ; el anuncio de bailes y canciones del 
Brasil había llenado la sala; el lujo de aquellas mujeres finas y vivaces, 
de dulces ojos sentimentales, entretenía la espera. 

Salió por fin la pareja brasileña y comenzaron las machichas y los 
fados, alternando con canciones en portugués ; era ella mórbida y deli- 
cada, de ojos negros inmensos y una suavidad fascinadora. Con voz 
clara y un dejo de gracia inolvidable cantaba y repetía una copla: "No 
hay lugar como el Sertao", y se movía con la soltura melodiosa de la 
bailarina ibérica. Mirándola nos parecía estar en presencia de una de 



402 NOSOTROS 

las hermosas de Eqa de Queiróz y aún hacía pensar en las caricias in- 
citantes de que él nos habla en su picaresco y magnífico estilo. 

Pero aparte de asociaciones literarias, el arte intenso y espontáneo de 
la bailarina nos producía goce como de quien vuelve a algo suyo igno- 
rado o muy distante, o como si del fondo de nuestra conciencia étnica 
naciesen emociones de dicha profunda jamás gustada. Aquello era ex- 
traño pero no discorde. No era el son, tantas veces escuchado, pero nunca 
afín, del "rag-time" sajón que parece desarrollar una esfera de sensibili- 
dad a donde no podemos ni queremos entrar ; era mi canto oído por 
primera vez, y sin embargo, sonaba amable y familiar como la voz de 
una amante conocida en sueños y cuya queja descubría los bosques lo- 
zanos, los <onfines ilimitados del pródigo Brasil, donde una raza her- 
mana nos acoge y nos invita a quedarnos. Por eso el estribillo de la 
canción despertaba músicas interiores : "No hay lugar como el Sertao", 
y el enigmático Sertao subía en la imaginación como un símbolo de toda 
la dulce América del Sur. 

Muchas gentes dirán que esta es una manera trivial de discutir pro- 
blemas graves. Pero a mí la lección de la bailarina me parece más pro- 
funda que m.uchas sociologías; ella enseña que así que se junten, por el 
crecimiento y la proximidad, las dos razas afines, la brasileña y la nues- 
tra, no van a quedar como estamos con otras, pegados, pero no confim- 
didos ; sino que allí sí la simpatía unirá las conciencias, y la pasión 
amorosa romperá las barreras políticas. Allí la común sensibilidad esté- 
tica desarrollará una cultura homogénea, el ideal colectivo prevalecerá 
sobre las rivalidades del interés, y siendo como uno en el alma, seremos 
uno en historia y en bienes — los hispanos y los lusitanos — hasta el 
día en que pueda decirse igual cosa de todos los pueblos de la tierra, 
en esta civilización indo-española que ya hace tiempo adoptó la divisa 
de: América para la Humanidad. 

Y si es cierto que pretendemos crear una civilización benéfica para 
toda la humanidad, ¿no resultará nuestro culto de la raza un retroceso 
respecto de los ideales socialistas que ya predican el sacrificio del patrio- 
tismo para servir mejor el interés general de todos los hombres? 

No es un retroceso, porque la era estética supone que no sólo las 
naciones, sino también los individuos, regirán sus actos, ya no por el 
móvil de la codicia y el odio, sino por la ley de belleza y de amor, que 
es innata en los corazones. 

Una vez que los conflictos económicos sean resueltos equitativamente, 
y así que ya no haya explotadores ni esclavos, no existirán tampoco odioi 
internacionales, ni antipatías de raza, y entonces cada pueblo cultivará 
sus características propias sin ánimo de rivalidad, sino más bien con el 
afán de enriquecer el acervo de la civilización. Las diferencias indivi- 
duales serán motivo de estímulo y de goce, y se resolverán sin choques 
en ti anhelo común que a todos nos impele hacia arriba. 

I^a riqueza dentro de la unidad, esto es, el individuo, y cada estirpe 
es como un género en la multiplicidad de los aspectos de la belleza. Y 
en el orden moral una estirpe se constituye, más bien que por la sangre, 
por las ideas y la especial manera de concebir lo hermoso. Este modo 
de considerar el proceso de la historia, no se funda en una clasificación 
arbitraria, sino que corresponde al mismo proceso del espíritu humano 
en su desarrollo terrestre. Primero es la individualidad dominada por 
el apetito, gobernada por la necesidad ; después la inteligencia amplía la 
acción del yo y se adapta a sí misma una parte del mundo; y finalmente 
aparece el sentido estético, el juicio estético distinto y superior al inte- 
lectual y al ético, explorando el universo para construir un mundo desin- 
teresado y mejor que los otros : lejos de que el individuo sea un producto 
y consecuencia de su medio, el milagro de la conciencia es lo que cons- 



. LA VIDA POLÍTICA DE LA AMÉRICA LATINA 408 

truye y transfigura el medio, no siendo el universo más que una ilusión 
nuestra, una especie de nebulosa que rodea el alma, y que acaso es tra- 
sunto de realidad divina, pero no la realidad misma. 

José Vasconcelos. 

Ministro de Educación Pública 
de Méjico. 

iBl Maestro, de Méjico) . 



Panamericanismo y compañía 

r^E Méjico se nos pide la inserción de este artículo de nuestro colaborador 
'-^ P. García Godoy, aparecido en el periódico dominicano Nacional-Moca 
(Setiembre 17 de 1921). 

Con este título aparece en la edición de Junio de la muy prestigiosa 
revista Nosotros, de Buenos Aires, un extenso artículo del distinguido 
escritor argentino Alfredo Colmo en que estudia principalmente el caso 
dominicano "a la luz de los datos más imparciales que me ha sido 
posible encontrar", según dice textualmente. Los tales datos son por 
entero erróneos. El artículo de Colmo resulta en realidad de verdad 
un colmo de inexactitudes y de apreciaciones enteramente equivocadas. 
Creeríase, al leerlo con atención, que el objetivo primordial del notable 
intelectual bonaerense ha sido sino justificarla por todos conceptos injus- 
tificable ocupación militar que hoy pesa sobre nosotros, por \o menos 
atenuarla en un sentido \m si es no es favorable al procaz imperialis- 
mo yanqui. Tal cosa resulta por todo extremo dolorosa tratándose de 
un latino-americano de subidos quilates intelectuales a cuya considera- 
ción reflexiva no puede escapársele que el violento atropello del pueblo 
dominicano es pura y simplemente un caso de fuerza brutal y agresiva 
cometido a mansalva por un gobierno inmensamente poderoso con un 
pueblo más inmensamente débil e inerme... 

Ese "sentimiento de fulminación contra los Estados Unidos", de que 
habla Colmo, se justifica y explica por razones a cual más concluyente. 
Veamos parte por parte los graves errores en que incurre el distinguido 
intelectual argentino. Dice, lo que no es ni remotamente verdad, que 
"con el consentimiento del Presidente Jiménez los Estados Unidos des- 
embarcaron 1.800 marinos en distintos puertos", y agrega más adelante, 
refiriéndose al Presidente interino Dr. Henríquez y Carvajal, que "co- 
mo este pretendiera ser Presidente contra lo convenido, los Estados 
L^nidos ocuparon militarmente el país"... Todo eso es falso por com- 
pleto. Justamente por no querer el Presidente Henríquez convenir en 
las imposiciones abusivas de los Estados Unidos, fué que abandonó hon- 
rosamente el poder en que estuvo cerca de cuatro meses sin sueldo ni 
él ni ningún empleado nacional, pues dueños los yanquis de las Adua- 
nas, principal renta nacional, suspendieron el servicio del presupuesto 
para así, por hambre, constreñir, lo que no lograron, a que el gobierno 
del Dr. Henríquez diera su aprobación a las condiciones lesionadoras 
de la soberanía nacional que se le querían imponer coercitivamente. 

El pretexto para la Ocupación invocado en la proclama a que hace 
alusión el escritor porteño, no puede ser más pueril e inconsciente. Así 
lo han puesto en evidencia en los mismos Estados Unidos distinguidos 
escritores norteamericanos. Las cláusulas de la Convención, de carácter 
puramente económico, celebrada con los Estados Unidos, se cumplieron 
siempre religiosamente por parte de los dominicanos aun en momentos 
de turbulencias y luchas de nuestro doloroso y vitando personalismo po- 



40á NOSOTROS 

litico... Y refiriéndose a la honorable comisión de propaganda domini- 
cana que hace poco recorrió los países del Plata, dice Colroo, con equi- 
vocación estupenda, que esa misión por representar "menos un pueblo 
que una familia dominante, abre margen al pensamiento de que esa mi- 
sión va ventilando intereses demasiado propios antes que públicos"... 

Falso por completo. Esa misión representaba el querer y la voluntad 
unánimes del pueblo dominicano. Y, persistiendo en su gravísimo error 
de apreciación, dice Colmo que "la población dominicana no sólo no ha 
hecho sentir su resistencia, sino que en algunos casos ha llegado a elo- 
giarla y a pedir que continúe. Eso así de parte de periodistas, que han 
gozado de libertad, que antes no tenían, para expresar sus opiniones. 
Eso así de parte de los comerciantes e industriales que han podido des- 
envolverse dentro de la confianza y seguridad que inspira una situación 
no turbada por revueltas, antes demasiado frecuentes"... ¿A qué copiar 
más? ¿De dónde tomaría Colmo datos tan falsos?... Por circunstan- 
cias que saltan a la vista sólo pudo oponerse una brevísima resistencia 
?rmada al invasor extranjero, pero la resistencia pacífica a aceptar su 
dominio ha sido tenaz, firme- e irreducible. Ahora mismo, el presidente 
Harding ofrece devolver su usurpada independencia al pueblo domini- 
cano, subordinando su ofrecimiento a condiciones previas que reducirían 
a poco más de cero nuestra soberanía nacional... El pueblo dominica- 
no, con ima unanimidad pocas veces vista en la historia, se ha erguido 
como un solo hombre para rechazarla altivamente. Y en esa noble y 
patriótica actitud permanece. 

He refutado en parte (hay más digno de refutación) el artículo 
de Colmo, no sólo por haberse publicado en Nosotros, revista que goza 
merecidamente de alta autoridad intelectual y moral en la América la- 
lina y de la que me honro en ser colaborador, sino, principalmente, porque 
las falsas apreciaciones contenidas en el artículo de referencia no sólo 
prueban desconocimiento del caso dominicano, sino que tienden a des- 
\irtuar la opinión en un sentido desfavorable a nuestras invariables 
aspiraciones de restauración nacional... En meses pasados visitó el puer- 
to de Santo Domingo el acorazado argentino 9 de Julio, siendo recibido 
con grandes muestras de fraternidad latino-americana por el pueblo do- 
minicano. Argentinos y dominicanos se confundieron en estrecho y pro- 
longado abrazo. Y es que no obstante la inmensidad de los mares, sen- 
timos que en el fondo somos uno mismo, que procedemos del mismo 
tronco, que origen, lengua, tradiciones, civilización, nos enlazan gloriosa 
y perdurablemente. 

Federico García Godoy. 



BIBLIOGRAFÍA 



LETRAS FRANCESAS 

Batouala, vcritahle román négre, por Rene Maran. — Albin Michel, París. 

p N Francia ha sido siempre abundantísima la llamada literatura colo- 
*-' nial. Partiendo de Les Civilisés, del admirable Farrére, y La divine 
chanson — Myriam Harry — sin remontarse hasta más allá de "Bug- 
Jargal". — citamos al azar — el bibliófilo encuentra un henchido catá- 
logo para todos los gustos. Desde la lejana Indo-China hasta el cercano 
Túnez, desde la isla Mauricio — Alejandro Dumas también llevó su 
exhuberante fantasía al océano Indico hasta el mar de las Antillas en 
que Hugo fué a buscar teatro para su primer novela, los autores fran- 
ceses han explotado todos los paisajes coloniales con varia maestría y 
fortuna. L'Atlantide fué el íiltimo paseo de gran éxito por entre los 
espejismos del Sahara. Y apenas comenzaba a extinguirse el clamor 
de la caravana admiradora de Antinéa, aparece ante la atención pública 
Batouala, traída igualmente a la fama por los "Diez". 

En medio de tan profusa producción consagrada a tan separados y 
diferentes países, los indígenas propiamente dicho no habían encontrado 
hasta hoy su novelista; el blanco, europeo o criollo, siempre prevalecía 
en las ficciones, ofreciendo solo en sus relaciones con el medio y los 
autóctonos, el tema básico de toda esa literatura. Muy secundariamente, 
aquí y allá, algún cuadro de colores violentos o de índole sentimental, 
para ofrecer una ligera idea del elemento nativo en su propio ambiente. 

Algún recalcitrante, estamos seguros, nos preguntará si hemos leído 
Fierre Loti ... Le contestamos : sí señor y, a veces, leyéndole, también 
nos ha ganado el aburrimiento. Por otra parte el contraalmirante Viaud, 
pinta los países exóticos, un Japón o una Turquía, como han sido vistos 
y sentidos por él. Y nosotros estamos buscando, y pedimos, un Japón 
o un Congo o una Argelia, vistos y sentidos por un japonés, un congolés 
o un argelino, o por un europeo que los viera y sintiera como éstos y 
cuyas visiones y sensaciones enfocaran y reflejaran japoneses, congo- 
leses o argelinos, con alma propia, no prestada y actuando en sus propios 
medios. 

Rene Maran, negro africano, del África ecuatorial francesa, ha llena- 
do el vacío con Batouala, donde el hombre blanco, el europeo coloniza- 
dor, no desempeña otro papel que el de la fatalidad. En Batouala el blan- 
co pasa por la obra como la Arlesiana en el poema dramático de Daudet 
que lleva ese nombre. 

Y Batouala, premio Goncourt de 1921, más que una novela, es tam- 
bién un verdadero poema en prosa. El mismo autor, olvidándose del 



406 NOSOTROS 

subtítulo, dice de su libro en el prólogo : "II n'est á vrai diré, qu'une 
succession d'eaux fortes", y realmente no podemos encontrar definición 
más acertada. * 

Pasamos por alto el valor de documento político que Marán quiere 
dar a su obra y que indudablemente tuvo en cuenta la Academia Gon- 
court. La "cuestión negra" no es de hoy en los países donde se agita la 
prolíf ica raza y sobre todo en su continente de origen ; pero está fuera 
de nuestro alcance. Limitémonos, a realzar el mérito de Baiouala, que 
es mucho, como obra literaria. 

Manocl Gahisto, a quien Marán le dedica su libro, a raíz del otor- 
gamiento del premio Goncourt, publicó, en la edición parisién del Diario 
de A'otícias, de Lisboa, un artículo en el cual revelaba interioridades de la 
carrera literaria del nuevo laureado. Por él se descubren los escrúpulos 
que cambiaron en más de una ocasión las páginas inéditas de Batánala, 
persiguiendo un incesante perfeccionamiento. Según propia confesión, 
el autor durante seis años trabajó en ella, con una conciencia cada vez 
más exigente, para hacerla a cada nueva corrección más objetiva, ocul- 
tándose hasta la perfección detrás de sus documentos, por temor de 
que habiendo recibido él una educación europea y vivido largos períodos 
de tiempo en Francia, involuntariamente se filtraran sus ideas, sus ex- 
presiones, sus sentimientos, entre las páginas de sus manuscritos, for- 
mados con todo lo que su espíritu observador recogió en largos paseos 
por la selva congolesa. 

Fuerza es confesar el logro de ese propósito; el lector medianamente 
agudo, el viajero avisado, todos aquellos que están acostumbrados a ver, 
han tenido que percibir la animada fidelidad con que Rene Maran trans- 
mite la vida angustiosa, primitiva y selvática, de las tribus negras del 
África occidental francesa. 

Acción apenas si la hay en Baiouala; ella es simple como sus perso- 
najes. Uno, el epónimo, nos dice : "Travailler peu, ct pour soi, man- 
ger, boire. et dormir...", mientras otro añade: "Le lit, les victualles, le 
gateau de inanioc, l'homme, la dance et le tabac, il n'y a que ga de vrai". 
Siendo estos sus ideales, idénticos a aquellos que en todo tiempo agitaron 
la tribu en los cuatros vientos del planeta — no pueden originar otros 
movimientos que los limitadísimos de orden animal : lucha por la liber- 
tad. — asegurando con ella la satisfacción de los apetitos — por el 
sustento y por la hembra. Y, a lo sumo, como concesión al orden espi- 
ritual, y en virtud de sus relaciones inmediatas con el animal, la preocu- 
pación del múltiple misterio ofrecido por la naturaleza a sus mentalidades 
infantiles cristalizada en algunas leyendas. 

Poco, en verdad, todo ello, para construir un libro interesante. De 
ahí el mérito de Rene Marán. 

Sagaz observador, espíritu imparcial ansioso de objetividad, y ser- 
vido por finísima sensibilidad, con estilo original, rico, vigoroso, remo- 
zado por la savia silvestre de su país, presenta una sucesión de aguas 
fuertes a cual más inimitable. Todas son de brillante colorido, henchi- 
das de sentimiento pánico, de verismo ; y de novedad maguer lo primi- 
tivo del medio. Sorteando la pobreza del asunto, por que como ya lo 
hemos dicho es inevitable si se quiere guardar fidelidad en la copia, 
Marán se aplica mientras pinta los episodios elementales de la vida de 
un jefe negro venido a menos por causa de la dominación extranjera, a 
ir descubriendo los pensamientos que ocupan ese cerebro rudimentario. 
De esta manera es fiel a la escena, al personaje y a su propósito político; 
de una y otros su pluma logra darnos exacta idea. Sus descripciones de 
la manigua tropical expanden un vaho de bestia y de flora exótica que 
fustiga nuestro civilizado olfato como un latigazo de aire libre. Cuando 



bibliografía 407 

sus negros hablan, las ideas, la terminología y los símiles son perfecta- 
mente propios ; el autor no necesita decir quien habla 2P''1U6 nadie 
fuera de un negro salvaje puede expresarse así. 

Y no se diga que este verismo le resta belleza a Batouala; Marán ha 
sabido armonizar humanamente la realidad con el arte llegando en ello 
a la perfección. 

Hay cuadros como el que sirve de pórtico: el despertar de la selva 
y sus pobladores, animales, hombres, mujeres; el del llamamiento a las 
fiestas de la circuncisión, y la misma "ga'nza"; el del tornado en la 
naturaleza y la tempestad de los celos en las mujeres ; el de la lluvia, 
divinidad de los bosques ; el del deseo y el adulterio ; el de la caza por 
el fuego; el de muerte de Batouala y de su padre, — he citado casi 
todo el libro — que, bien unidos por el nexo novelesco o ya solos, como 
piezas de antología, revisten la belleza suficiente para que cualquiera de 
ellos consagre a quien los hizo. 

Una vez más la Academia Goncourt, conservando su pura tradi- 
ción, ha ungido justicieramente a un autor del que se pueden esperar 
muchas cosas. ¡ Qué Maran no f ruste nuestras predicciones y nuestro 
juicio de hoy ! 

E. SuÁREZ Caumano. 



Les Taupes, por Francis de Miomandre. — Emile Paul, fréres, 1922. 

"H ^^ gentes a quienes hace mal la felicidad ajena", oímos decir todos 
' * los días. Y muchos sabemos de algún caso de intoxicación seme- 
jante, a poco que hayamos vivido y por junto a nosotros haya pasado, es- 
ijuiva y casquivana, la tan adorada Diosa. 

A esas gentes "felicífobas" Ha querido pintar en su novela "Les Taupes" 
nuestro colaborador Francis de Miomandre, eligiendo para sus personajes 
el ambiente provinciano, ese ambiente tan admirablemente observado y des- 
cripto por los grandes novelistas franceses del siglo pasado en tantas obras 
maestras de la literatura universal. 

Es indudable que Miomandre ha elegido deliberadamente la provincia 
como teatro de su obra, porque tal vez sólo en ese medio retardado y con- 
servador pueda ser realidad su ficción. La provincia, en Francia y un poco 
también en todas partes, ha conservado sus características a través de todlas 
las evoluciones. Así como en medio de los océanos hay zonas hasta donde no 
llega el inquieto trabajo de los vientos y de las aguas, en medio de las 
naciones — entendiendo las capitales, las grandes ciudades, por periferia 
espiritual — se encuentran esos "mares de los sargasos". A su alrededor 
pueden realizarse los más complicados cultivos de ideas y germinar las 
más exóticas simientes que en ellos sólo arraigará el grano indígena. 

Este hecho únicamente es celebrable cuando del grano así arraigado 
fabrícase la saludable levadura depuradora ; cuando la provincia es la re- 
serva enérgica que las naciones echan en la balanza en los momentos deci- 
sivos de sus crisis. Pero no así cuando el hermetismo obstinado a toda 
mezcla trae consigo el debilitamiento, la esterilización. Hay dos zonas bien 
definidas dentro de toda provincia. — ¿ Necesitaremos repetir que damos al 
vocablo la acepción de espiritual? — La provincia levadura y la provin- 
cia polilla : una que es fuerza activa, la otra que es fuerza negativa, la 
provincia que se abre lenta pero concienzudamente a la evolución y la que 
ni siquiera se niega a ella porque negarse significaría acción. 

En esta provincia estática en la cual las gentes viven entregadas a sus 
pequeñas pasiones, incapaces de abrir las puertas de su curiosidad y de su 
comprensión — al fin seres humanos, alguna tendrán — más allá de sus 



408 NOSOTROS 

mezquinos intereses, en esta provincia ya tan conocida a través de los gran- 
des escritores que la inmortalizaron, viven los personajes de Miomandre, 
algunos de los cuales son retratos vigorosos, de pinceladas definidas. 

A las señoritas Eulalie y Lucienne Louvicourt, los topos de la novela, 
molesta la felicidad de quienes las rodean y a destruirla concienzudamente 
van sus esfuerzos, imas veces por puro espíritu de malignidad, otras ven- 
gando lo que ellas creen un atentado a sus derechos. Sus propósitos siem- 
pre se logran, no tanto por la eficacia de la acción que desenvuelven las 
señoritas Louvicourt como por la fuerza de las circunstancias acumuladas 
providencialmente en favor de ellas. Las dos solteronas son tipos en los 
que Miomandre ha puesto todo el amor del novelista y por eso, entre los 
de su novela, son los que tienen más humano realce. Eulalie y Lucienne 
viven para su labor de topos, socavando a cada ocasión propicia 
el terreno en que operan aquellos a quienes van dirigidos sus tiros ;. las 
alimenta esa envidia de las mujeres insignificantes que llegaron a los veinti- 
cinco sin despertar a su paso ni la mirada codiciosa de los hombres ni la 
inquisitiva de las mujeres. Por eso les molesta el amor, la alegría, la salud, 
el bienestar material de los demás. Y en vez de aplicarse a buscar para 
sí todos esos dones que la vida a veces niega un poco y al final acuerda, 
encarnízanse en arrebatarlos a quienes los poseen, no para gozarlos ellas, 
lo cual siempre sería una niíuiera de obtenerlos — manera algo reñida, 
es cierto, con las buenas costumbres, pero al fin y al cabo manera — sino 
por el placer de que nadie ostente lo que ellas no pueden ostentar. 

Sin afianzárseles si pueden lograr lo que hacen perder a los demás, es 
decir, sin que su acción haya tenido conciencia del fin, la casualidad bien 
aprovechada — llamémosla la suerte — quiere otorgarles un bien de cuya 
propiedad contribuyeron a desposeer a sus dueños legítimos. Y ahí culmina 
la labor que se impusieron, después de haberse debatido largo tiempo en la 
sordidez de sus almas huérfanas de afecciones, 3e luz, de horizontes, aunque 
sea la suya una victoria de Pirro. 

Es muy amarga la tesis del señor de Miomandre. Ante las maquina- 
ciones de sus topos contra los personajes que encarnan todo lo contrario 
que las señoritas Louvicourt, éstos apenas resisten o defienden sus inte- 
reses, su amor, lo que constituye la razón de ser de sus vidas. Los mismos 
topos también ie hunden en la esterilidad y la ruina, cuando el que para 
ollo§ es un triunfo podía haberles dado aplomo en su marcha por la nueva 
senda. Sobre toda la acción planea una nube de pesimismo, de desencanto, 
de anulación. Allí nadie alcanza a coronar un esfuerzo porque nadie lo 
(juiere con firmeza. Los únicos que así lo aparentan, terminan claudicando 
por egoísmo, por ceguera. 

Sombríos los colores del cuadro. Miomandre ha puesto todos los gri- 
ses de su paleta en acabarlo. Sólo al amor legitimado — que legítimos lo 
son todos — parece concederle un claro en el horizonte, después de la de- 
rrota, cuando uno de los personajes dice: 

— "Eux du mojns, il ont l'espoir..." 

El mismo que a renglón seguido comenta, por sí mismo, melancólica y 
amargamente : 

— "Tout le monde n'a pas l'espoir". 

, E. SuAREz Cai,imano. 



bibliografía 409 



ARTE 

Quelques Peintres du Temps Présent, por Georges Turpin. — Editions 
de la Revue Littéraire'et Artistique, París, 1922. 

p N el reducido albergue de 59 páginas nos presenta Turpin a Georges 
*^ Barat Levraux, Maurice Barbey, Elisée Cavaillon, Roland Chavenon, 
Margueritte Crissay, Paul C. Delaroche, André Favory, Antoine Fierre Gal- 
lien, Gilardoni, Máxime Juan, André lyhote, Jean Peské, Henry Ramey y 
P. ísern y Alié, en total catorce pintores. Y todavía queda espacio para 
unas cuantas ilustraciones. 

Todo esto quiere decir que son a la manera de notas de catálogo, jui- 
cios relámpagos, impresiones de exposición, las páginas consagradas a cada 
pintor de los citados. Sin embargo, el señor Turpin consigue darnos, a 
veces, una sumaria idea de la orientación pictórica y del acierto con que a 
su juicio la persiguen los artistas a quienes juzga. Y esas veces son cuan- 
do logra apartarse de la nota literaria," hecha a base de palabras más o 
menos bellamente engarzadas, y entra en el campo de la verdadera especu- 
lación estética, confronta escuelas, habla de arte, ejecución, colores, combi- 
naciones, sin empeñat-se mucho, a su vez, en querer, él también, hacer 
cuadros con la pluma. 

Claro está que en 59 páginas sobre 14 pintores, es cuantitativamente im- 
posible lograr este ideal de la crítica artística, a menos de poseer un don 
sobrenatural concisión. 

Por eso hemos dicho "una sumaria idea". Si el señor Turpin hubiera 
suprimido nombres de una parte y de otra ampliado detenidamente el es- 
pacio que consagra a otros, los lectores se lo hubieran agradecido mucho 
más, con el consiguiente beneficio para su obra. 

Esperemos que para la próxima ocasión así sea. 

E. S. C. 



Las sonatas para piano de Beethoven. Su historia y análisis, por 
Ernesto de la Guardia. — Asociación Wagneriana de Buenos Aires, 
1922. 

UN filósofo español ha dicho últimamente de Beethoven algunas he- 
rejías, pero fuerza es confesar que ellas tienen, un poco, carácter 
de reacción contra el dilettantismo novelero que en todas partes exclama: 
¡ Ah, Beethoven, el claro de Luna, la patética, la novena ! . . . poniendo los 
ojos en blanco, porque ha oído decir que es de buen gusto alabar al for- 
midable sordo. 

En esta chidad, llamada "Conservatrópolis" justicieramente, el dilet- 
tantismo musical alcanza proporciones inusitadas, que cuidan de desarro- 
llar en provecho propio un sinnúmero de comerciantes en arte. A los 
ojos del extranjero Buenos Aires ha de parecer la ciudad más musicófila 
del mundo, tanto por la cantidad de gente que concurre a los lugares 
donde algún instrumento hace ruido, cuanto por el bullicio con que esas 
multitudes exteriorizan su entusiasmo. La mayoría son mujeres — hoy 
es ardua la caza del marido — lo que hace más extraño tales apasiona- 
mientos febriles... 

Alguien preguntará : ¿ de qué manera sería posible remediar el mal ? 
Y nosotros contestaríamos : aprovechándolo. Si toda esa energía fuera 
encaminada hacia el estudio metódico y razonado de la música, a la edu- 



410 NOSOTROS 

cación de la sensibilidad, en vez de niñas cursis y pollos almibarados 
que van en gran mayoría a lucirse en las salas de conciertos, veríamos 
seres humanos emocionados en cuyos ojos se encendería esa llama que 
brilla más tranquilamente cuanto más intenso es el fuego. 

Pero quienes oficialmente tienen el deber de cumplir tareas seme- 
jantes las han abandonado en manos mercenarias y quienes por hacer 
oficio de críticos han podido cooperar a tan necesaria obra escasos andan 
de medios con que realizarla. No es un secreto para nadie que la crítica 
musical y la artística, son hechas en Buenos Aires a base de retórica, 
por personajes campanudos, salvo excepciones contadísimas y honrosí- 
simas. 

Lo que en medio de todo, casi es disculpable : también la música y 
los cuadros y las esculturas hace buen rato que a base de literatura se 
están haciendo, j Oh los poemas de sonidos, los sonetos de luces ! . . . 

De las excepciones honrosísimas a que acabamos de aludir una es 
Ernesto de la Guardia. En 1916 la Sociedad Wagneriana hizo eje- 
cutar para sus socios las treinta y dos sonatas de Beethoven, que fueron 
comentadas y explicadas al público — haciendo obra de profilaxis tan 
indispensable en el montón de los dilettantis — por Ernesto de la Guar- 
dia. Los apuntes utilizados entonces para tal fin, le han servido de base 
a su libro Las Sonatas para piano de Beethoven, llegado en estos días 
a nuestra mesa. 

Como "una obra de carácter especialmente pedagógico" la presenta 
su autor. Si la crítica debe ser positiva su más alto fin es el pedagó- 
gico. ¿Cúmplese el propósito de este libro? Por entero. Las sonatas 
TARA PIANO DE Bkethovkn cs uua obra orgánica, constructiva, llena de 
sólida erudición y de buen gusto, condiciones ambas tan difíciles de reunir. 
Cumple la misión pedagógica que le señalara de la Guardia, por su ten- 
dencia histórica, de análisis técnico y de crítica a la vez, que le da valor 
de obra consultiva. La bibliografía — ya tan nutrida, acerca de Beethoven, 
cuenta desde ahora con una obra más fundamental. 

La parte puramente histórica puede ser leída por un profano en 
técnica musical y la encontrará interesantísima; las páginas destinadas, 
a la vez, al análisis técnico y la crítica interpretativa, están más directa- 
mente dirigidas a quienes ya posean los conocimientos necesarios para 
comprender al maestro y a su comentarista. 

Este libro, aparecido en el momento en que Risler ejecuta con su 
reconocida maestría las treinta y dos sonatas en el teatro Avenida, pro- 
porciona a los estudiosos de Buenos Aires, que también los hay y en can- 
tidad, la ocasión única de seguir un verdadero curso teórico-práctico de 
la sonata, guiados por dos maestros. 

E. S. C. 



LAS REVISTAS 



¿Lengua castellana o lengua española? 

CJabriKl Alomar ha publicado en "Vida Nueva" el articulo que repro- 
^ ducimos. 

La Real Academia Española ha decidido cambiar la designación tra- 
dicional de "lengua castellana" por la de "lengua española". No se crea 
que esta determinación es cosa baladí. Considero inexcusable una expli- 
cación de los motivos que hayan originado, porque, seguramente han in- 
fluido en ella las intenciones políticas, mucho más que las precisiones cien- 
tíficas. Por lo demás, ya los periódicos revelaron que no se ha llegado a 
esa innovación sin un previo debate acalorado entre los académicos. 

He de comenzar pidiendo excusa a este periódico por las disparidades 
que pueda haber entre su criterio y el mío. Creo que mi ya abundante 
producción castellana rne autoriza a hablar de estas materias con la in- 
dispensable libertad de espíritu. Aseguro a mis lectores que ningún rastro 
de pasión catalanista moverá mi pluma. 

Si el cambio de la expresión "lengua castellana" por "lengua espa- 
ñola" no indica más que el prevalecimiento de la forma dialectal caste- 
llana sobre sus derivadas, sobre las formas léxicas, fraternales o filiales, 
como lenguaje de cultura ("sermo nobilis") o selección simpática de sus 
dialectos específicos, el neologismo "lengua española" me parecería acep- 
table. Por un uso análogo, en Italia, el triunfo del toscano sobre sus dia- 
lectos congéneres lo transformó en lengua italiana, como idioma de cultura 
nacional, por encima de sus múltiples formas populares y vivas. Así tam- 
bién quedó como lengua griega de cultura la forma dialectal ática, preva- 
leciendo sobre las otras formas homogéneas del pueblo heleno. El caso 
de la lengua francesa es diverso, porque ella recibió su nombre de la isla 
de Francia; como la isla de Francia extendió el suyo, generalizándolo a 
todo el Estado que se formó sobre la mayor parte de la antigua Galia. A 
nadie se le ocurriría, en cambio, llamar lengua británica al inglés, exclu- 
yendo Jos grupos célticos del archipiélago. 

Pero admitiendo la expresión "lengua española", nos encontraremos 
con una generalización incompleta, porque no abarca toda la amplitud geo- 
gráfica de la lengua castellana en la riqueza gloriosa de su prole ameri- 
cana. vSi hay una aparente desproporción entre el calificativo de "castella- 
na" y la extensión "española" de la lengua, mucho más la habrá entre 
su calificativo de española y su radio internacional que abarca dos conti- 
nentes. Por una visión menguada, por una confusión infantil e indocta 
entre la extensión material y la grandeza ideológica, ha querido conver- 
tirse la designación regional de castellana en designación nacional de es- 



412 NOSOTROS 

pañola; pero siguiendo el mismo criterio, debería buscarse ahora otro cali- 
ficativo más alto, más genérico, a fin de dar categoría internacional o de 
raza a la nueva designación geográfica. Y si se dice que el nombre de 
lengua española es una designación honorífica para expresar el origen pa- 
trio, con mayor motivo debe conservarse la misma honorífica designación 
en favor de Castilla, mucho más teniendo en cuenta que asi se observa 
mayor fidelidad histórica y filosófica. 

Pero examinemos ahora la cuestión desde un punto de vista muy di- 
verso. Si decimos "lengua española" ¿hablaremos con propiedad? De nin- 
gima manera ; y ahí está precisamente el alcance político y extracicntífico 
de la cuestión. ¿Es el castellano la única lengua española? El resto 
de las formas léxicas que hablan los españoles ¿ son "dialectos", esto es, 
variedades del castellano, modos concretos de un idioma que los comprende 
a todos en implícita luiidad? Esta es una cuestión científica y técnica; no 
una cuestión que pueda resolverse por un úkase oficial. Todo el que tenga 
nociones de geografía filológica sabe que existen en España tres idiomas 
vivos : el central, el oriental y el occidental. El primero, que es el mayor 
de extensión, es el castellanp, el segundo es el catalán con sus variedades 
locales ; el tercero es el galaico portugués. Dejo aparte el idioma vasco, 
que no pertenece al sistema común de las lenguas europeas. 

Estas tres lenguas son expresión respectiva de grupos nacionales ét- 
nicas diversos que no corresponden exactamente a las fronteras actuales 
del Estado. De modo que el calificativo de nacionalidad o nación no tiene 
el valor histórico gue le dan los que la confunden con el Estado, como si 
el ser o no nación dependiera de las disposiciones oficiales ; ni la categoría 
de idioma equivale a la oficialidad de un léxico. Muy al contrario : la cua- 
lidad de "oficial", atribuida a im idioma en vez de añadirle importancia 
esencial le comunica el peligro de los envaramientos y rigideces académicas 
de los prosaísmos vagos, inexpresivos y burocráticos ; le pone en trance de 
petrificación y estatismo quitándole aquella virtud dinámica, aquella viva 
agilidad productora de futuras e infinitas transformaciones. 

Una de esas intrusiones de oficialismo, de academicismo glacial, es la 
que acaba de sufrir la lengua castellana. Ello se debe a la desvirtuación 
lenta que ha sufrido también la Academia, en la cual predominan los pro- 
fanos, los curanderos venidos del mundo político, sobre los técnicos y los 
artistas. De aquí que haya podido producirse ese rescripto imperial tan 
claramente tendencioso. 

Tendencioso ¿de qué? Voy a decirlo en una palabra duramente propia: 
de separatismo. No reconociendo como lengua española más que el caste- 
llano, es evidente que quedan excluidos (aparte del vasco) el galaico y el 
catalán. Y conviene ahora advertir que con el catalán ha pasado un fenó- 
meno parecido al de esa intrusión política en terreno técnico. En las re- 
giones cuyo lenguaje es derivación dialectal del idioma catalán, como las 
Baleares y Valencia, un indocto prurito de diversificación o personalismo ha 
querido que aqtiellas variedades léxicas apareciesen como entidades con vida 
independiente y propia; y así se ha querido hablar de lengua mallorquína, 
y, sobre todo, de lengua valenciana. ¡ Absurda pretensión I Otras veces, re- 
curriendo a un sistema inverso con el mismo fin disimulador, se ha querido 
presentar a esos dialectos de catalán como productos de ima imaginaria 
unidad "lemosina", para evitar así la primacía histórica y metropolitana de 
Cataluña. Todo eso son debilidades e, infantilismo provincianos. 

Lo positivo es que ahora ha querido excluirse de la integridad cultural 
(entiéndase bien, "cultural") española, a Vasconia, a Galicia, y a Cataluña 
en toda la amplitud de' sus dominios léxicos. Y como yo me precio de ser 
un fuerte admirador de la lengua castellana, pero también un filial adepto 
de mi lengTia nativa, de mi lengua familiar y poética, que es el catalán. 



-LAS REVISTAS 413 

no puedo dejar pasar sin mi protesta la indirecta expulsión que contra 
nosotros se dicta. 

Y voy a terminar citando un texto venerable que en esta cuestión de- 
bería ser definitiva. Dice así, refiriéndose a la expresión de "lengua espa- 
ñola" : "Frase mal sonante y rara vez oída de nuestros clásicos que se pre- 
- ciaron siempre de escribir el castellano. Tan española es la lengua catalana, 
como la castellana o la portuguesa". ¿ Sabéis quien es_ el autor de esas 
palabras contundentes? Don Marcelino Menéndez y Pelayo, en "La ciencia 
española". 

Las canciones japonesas de Strawinsky. 

p N Cosmópolis (.Junio) se ha publicado el siguiente artículo de Adolfo 
'-' Solazar : 

No voy a insistir ahora en una cosa de todos conocida : en la influen- 
cia que el arte oriental y extremo oriental ha ejercido sobre tantos artistas 
europeos, sobre los modernos muy especialmente y en un grado particula- 
rísimo en Igor Strawinsky. He aquí, ahora, un ejemplo temprano de su 
producción y que cuenta ya diez años de fecha, y comparársele si se quie- 
ren hacer finas deducciones con sus últimas obras, serán estas las canciones 
acompañadas por instrumentos diversos, las pequeñas piezas de curiosas 
orquestaciones, o las simples "piezas para clarinete sólo" las cuales pueden 
servir como testimonio sintomático en la busca del "perfil actual". Me 
refiero al hablar de esa obra temprana de Strawinsky a sus deliciosas Tres 
poesías de la lírica japonesa, en las que la voz de soprano, está envuelta 
por una sutil red musical tejida por dos flautas, dos clarinetes, piano, dos 
violines. viola y violonchelo. 

En los casos más inteligentes la influencia oriental que se ejerce sobre 
nuestro mundo más occidental, es menos cuestión de temperamento, de 
raza, ni de gusto de coleccionista de cosas exóticas, que cuestión de fino 
sentido de línea, por la claridad sintética y la concisión tan sabrosamente 
expresiva de ese arte lejano que incitan al occidental a buscar una manera 
de expresión análoga — pero no semejante, esto es, no reproducción de ella — 
y cuyo efecto instantáneo en el artista que le siente es un indefinible sabor 
de ironía que queda en el fondo de su concepto. 

Por temperamento, Strawinsky es un oriental. Por su cultura, es un 
occidental ; dándose en él entonces reunidas, su doble influencia que el 
orientalismo ejerce en los artistas. Un orientalismo "próximo" a su raza 
y otro orientalismo "extremo", a causa de su condición de occidental. Por 
ambos motivos, una mezcla exquisita, rara, única. Y puede encontrarse uu 
ejemplo de ello — cardenalicio bocado — en las Tres canciones japonesas. 

Por nada del mundo hay en ellas un intento de reproducción del am- 
biente, de descripciones de paisaje. Y sin embargo existen claras intencio- 
nes alusivas al sentido de los breves poemitas. ¡Pero de qué manera esti- 
lizadas ! ¡ Con qué fino sentido irónico están manejadas y con qué aguda 
sonrisa están cantadas sus frases ! 

Pero apenas podría comprenderse bien la intención de Strawinsky al 
poner en música esas breves gotas poéticas — deliciosamente irisadas y lle- 
nas de perfume, sin tener previamente un concepto definido de lo que la 
poesía japonesa supone y de sus principales características. El señor W. G. 
Astón, autor de un manual muy conocido nos informa ya de que la poeáía 
japonesa, tan eminentemente distinta de la europea, restringida tanto en su 
alcance como en sus recursos, es notable particularmente por sus limita- 
ciones ; por lo que no tiene, más que por lo que posee realmente. No Iiay 
en japonés largas poesías ni huellas de poemas épicos. Auno los poemas 



414 NOSOTílOS 

narrativos son muy cortos, y solamente hasta el siglo xiv no aparece la 
poesía dramática. La poesía japonesa, reducida al corto poema lírico, pue- 
de, a íalta de otro término mejor, ser considerada como lo que se llama 
en literatura epigramas. Es esencialmente la expresión de una emoción, 
añade exactamente su escritor. Y en el cambiante panorama de la natura- 
leza, reducido a unos términos exquisitos lo que constituye preferentemente 
para el japonés fuente de sus emociones poéticas. Jamás se encuentra en 
esa poesía una representación del amor, por discreta o velada que estu- 
viese. En su lugar, la lluvia, las primeras nieves, el monte Fusi-Jama, el 
cerezo en flor, las ramas floridas del ciruelo, los patos silvestres, las 
rosadas neblinas primaverales... Son temas exquisitos y constantes, a los 
que dan una música especial la triste queja del Hototoghisu, el cú-cú ja- 
ponés, o la larga melodía del Ugüisu ruiseñor de aquellas latitudes. 

A su significación espiritual, añádase la forma particular de esas pe- 
queñas obras y su prosodia particular, donde a la simplicidad extremada 
del ritmo se una la falta total de la rima. En el refinamiento, en la elec- 
ción de los vocablos, en su enlace esencialmente musical en la delicadeza 
suma de la expresión y en la delicadeza de los conceptos, en lo que se fun- 
damenta esa poesía, Strawinsky, además de todas esas cualidades, ha tenido 
en cuenta muy especialmente que en la poesía japonesa no existe la suce- 
sión regular de silabas acentuadas y no acentuadas, peculiar a la poesía 
europea, y que, teniendo en japonés todas las vocales la misma longitud, 
no existe, en consecuencia, la cantidad. Esa uniformidad en la acentuación 
ha sido considerada como un paralelo a la falta de perspectiva de la pintu- 
ra japonesa, cuya influencia en el arte europeo actual ha sido, como se 
sabe, muy importante. 

Cuando Strawinsky puso en música esas cancioncillas, no estaba aún 
de moda entre los poetas franceses — y españoles — el ílai-Kai de cuyas bre- 
ves delicias hay multitud de ejemplos en el ya famoso librito de Paul- 
Lonís Conchoud Sages et Poetes d'Asie, con sus tres versos de cinco, siete 
y cinco sílabas (¡un poema de diecisiete sílabas!) ¡Qué imponderable 
confetti poético! Pudo verse el efecto producido por esa fresca lluvia de 
poesía en los poetas de la Nouvelle Revtie Frangaise cuando intentaron re- 
producirla en su jardín ; o bien en La Pluma madrileña, que publicó alguna 
proposición para occidentalizarla. Naturalmente, los músicos de hoy no 
podían permanecer mudos ante esas incitaciones, sobre todo después del 
ejemplo de Strawinsky. 

No fueron Hai-Kais los poemillas que este músico transportó a un 
arte todo luz y brillo de cristal, sino otro género de poernitas enanos, los 
tankas, otra forma que, aunque menos popular que el Hai-Kai es tan co- 
rriente como él y tiene un cierto prestigio grave de cosa remota y erudita. 
Parece ser en efecto que el Hai-Kai data del siglo xvii, acaso de algunos 
lustros antes, pero el lankas proviene nada menos que del siglo vii ú viii 
y está exento de toda influencia china o de ciertas familiaridades propias 
al Hai-Kai que. según se (fice, le restan alguna consideración entre las 
gentes del país. Un poco más extenso que corto, pues cuenta hasta cinco 
versos de cinco y siete sílabas, alternativamente, ¡no menos de treinta y 
una sílabas!, es algo menos oscuro que aquél, el cual propende para nos- 
otros, a lo menos un poco a su sibilinismo que es, precisamente, una de 
sus cosas más atractivas para el refinado occidental. 

Es probable que Strawinsky leyese esos tankas en la traducción fa- 
mosa de Tihgerald, o acaso en alguna retraducción de ésta. Todos los mo- 
delos de que se ha servido y que pertenecen a épocas lejanas entre sí, se 
incluyen en una cierta recopilación titulada Kokinciú que formó, hacia el 
año 905, un buen nipón llamado Kiu-To, y que contenía más de mil tan- 
kas. tan famosas, que el saberlas de memoria era artículo de necesidad en 



LAS REVISTAS 415 

una muchachita bien educada de aquellos siglos, juntamente con la escri- 
tura y la música, antes de adorno. 

La gestación musical de esas obrillas no parece haber sido nada fácil, 
pues están compuestas en un intervalo de más de un año. Las traduccio- 
nes de que se ha servido Strawinsky, fueron selectas por Maurice Delage, 
y por las que nos permitimos reproducir. Veamos la primera. 

Descehdons au jardín; 
je voulais te monter les fleurs blanches. 
L,a neige torabe. . . 
Tout est-il fleurs ici, 
ou neige blanche? 

La curiosa inflexión de la voz proviene a la vez de su valor silábico 
siempre igual y de la repetición del giro que termina cada miembro de 
frase, agudo y penetrante como una flor de nieve que se filtrase entre la 
nostalgia de la monótona melodía melancólica que, soportada por armonías 
de impalpables matices, repite su arabesco en cada uno de los trece com- 
pases de que se compone la música del tanka. La poesía es de Akahito, uno 
de los más famosos poetas del período Naza (siglo viii), especie de siglo 
de oro de la poesía japonesa. 

El segundo es de Mazatsumi, y es uno de los tankas más antiguos, 
casi un siglo anterior al de Akahito. Un chorro de música cristalina inunda 
la voz extasiada en su sorpresa. 

Avril parait. 
Brissaut la glace de leur écorce 

bondisseut joyeux dans le ruisselet des flots écumeux. 
lis veulent étre les premieres fleurs blanches. 
du joyeirx Printemps. 

Las notas de la melodía tienen en este tanka dos valores (corcheas y 
negras), pero Strawinsky ha procurado la misma falta de acentuación que 
en la obrita anterior, según se indicó como cosa característica de la proso- 
dia japonesa. Igual persistencia y disimulada repetición en el diseño. 

i Pero qué maravillosa claridad y qué transparencia sonora la de ese 
verdadero arroyo cristalino que serpentea entre trinos, pissicatos y vivos 
rasgos por entre los nueve instrum.entos de la admirable orquesta en mi- 
niatura ! 

I Y qué suave misterio hondo, el del comienzo del tercer poema con sus 
saltos de séptima y sus juegos semitonales ! Procedimientos melódicos, 
análogos a los anteriores, cantan la duda de los primeros versos, en los 
que la mirada escudriña en una lejanía blanca ; 

Qu'apercoit-on si blanc au loin? 
On dirait partout des nuages 
entre les collines. 

Pero un éxtasis cuya expresión nos recuerda la del primer tanka nos 
explica la deliciosa sorpresa: 

. . . des cersiers épanouis 

fétent enfins I'arrivé du Printemps 

en sonoridades tan finas y exquisitamente matizadas como esa paleta poé- 
tica en cuyo fondo blanco se bordan los tonos leves de las flores del 
cerezo. 

Una gama de nácar — el cromatismo más rico y más fino envuelto 
en un atonalidad fertina... Su poeta es el más moderno de los tres que se 
se encuentran en esta serie. Tsaraiuki o Tsuraj'uqui perteneció al siglo x, 
cuyos comienzos señalan un renacimiento de la poesía japonesa, después de 



416 NOSOTROS 

haber sufrido ésta una grave crisis en cuyo largo período absorbieran todo 
el interés de los japoneses las letras y la cultura china. La aparición re- 
dentora de Tsaraiuki fué acogida desdeñosamente por sus contemporá- 
neos, pero su resurrección del viejo ianka fué tan eficaz que continuó has- 
ta nuestros días, despuéj de ser compilados en la ya citada colección Ko- 
kinciú y simultáneamente con su reducción popular, el Kai-Kai. 

Strawinsky encontró una antología de esas obritas en un puesto de li- 
bros viejos de Petrogrado, y las cualidades de tan curiosa y delicada poe- 
sía le incitaron a hacer algo que le reprodujere musicalmente; pero aun- 
que su cultura es vasta y refinada, nada parece hacer sospechar que haya 
seguido otro camino para componer estas canciones que el de la pura in- 
tuición. Nada de erudiciones, ni conato alguno de imitación de músicas 
autóctonas. I^ lectura de esos poemas produce en el compositor una im- 
presión puramente estética que él reproduce en forma musical, y sólo a la 
originalidad y agudeza de su sensación y a la perspicacia de su genio es a 
lo que se debe que el resultado sea de un sorprendente efecto evocador. 
Únicamente es la fantasía lo que entra en juego, pero como facultad alta- 
mente cultivada y de precisa exactitud en sus imágenes. 

Las tres canciones están dedicadas, la primera al traductor, Delage; 
la segunda a Maurice Ravel, y la última a Florent Schmidt. He aquí en 
estas dedicatorias la mejor prueba de la estima en que tiene su autor a 
estas tres joyitas del arte contemporáneo. 

Opiniones de un crítico bolchevique 

GUsTiNOv ha publicado en el Boletín Ruso de los Obreros del Arte 
• una serie de artículos sobre la literatura rusa y la revolución. Usti- 
nov es revolucionario extremista, bolchevique, partidario de la lucha de 
clases, y. como es natural, juzga las cosas de la literatura con un criterio 
que muchos consideran inaceptable, pero que da a sus juicios, precisa- 
mente por esa circunstancia, un interés particular. En su primer artículo, 
Ustinov recuerda que a principios de 1918 una sociedad literaria de Mos- 
cou, en la cual figuraban Bunin, Smelev, A. Tolsty y otros escritores 
y poetas, expulsó de su seno a A. Serafimovich, por estimar que había 
traicionado la causa del arte al mezclarse en política y aceptar el puesto 
de redactor literario de un diario bolchevique de Moscou. "La expulsión 
de Serafimovich de esa sociedad literaria — escribe el crítico bolchevi- 
que — fué el primer disparo hecho contra la revolución de obreros y 
campesinos desde el campo de la burguesía intelectual", y opina que los 
intelectuales burgueses, con su teoría del arte por el arte, fueron los 
primeros en no mirar con imparcialidad la guerra de clases. 

"El fenómeno era de esperar porque — dice Ustinov en su segundo 
artículo — ; la literatura rusa del oscuro período que siguió a la abortada 
revolución de 1905 estaba condenada a esta vida, porque su espíritu era 
esencialmente antisocial y anárquico. Ninguna escuela firmemente arrai- 
gada se abrió camino, y, en cambio, florecieron centenares de movimien- 
tos, que se hundieron todos en la fútil exploración de experimentos mís- 
ticos y eróticos". 

Ustinov analiza brevemente después las obras de los escritores rusos 
más notables de ese período, y opina que, desde el punto de vista psici- 
lógico, lo más notable es que, en todas las obras rusas de espíritu anar- 
quista que ponen en primer término la personalidad, ésta ha ido, invaria- 
blemente, al desastre : y agrega : "Aquellos que, en palabras, extremaron 
sus esfuerzos para afirmar su personalidad, tuvieron de hecho el mismo 
inevitable e invariable fin: la personalidad individualista, cualquiera que 



LAS REVISTAS 417 

sea el camino que tome, está condenada al desastre. La Historia lo con- 
firma plenamente" . 

No tuvieron mejor suerte los "idealistas" que miraron la revolución 
■bolchevique como un "hermoso sueño" y nada sabían, en realidad, ni del 
pueblo ni de su vida. Alejandro Blok — muerto no hace mucho — per- 
terteció al número de esos idealistas y se manifestó en su poema Los 
Doce un simbolista de primera fila. "Blok — continúa Ustinov — , como 
muchos otros poetas después de él, dio a la revolución de noviembre 
(bolchevique), una interpretación idealista. La vio como un "bandole- 
rismo sagrado", como la continuación de la rebelión de Stenka Razin, 
como el Calvario de Rusia, redentora de las "suciedades de la vida" ; 
pero Blok se equivocó en su concepto místico y metafísico de la revolu- 
ción. Rusia ha ido más allá del Calvario, no en nombre de la cultura 
occidental, sino en nombre de la cultura del mundo, y en primer lugar 
de la propia. El error de Blok fué respetado por todos los escritores 
rusos, aun por los que simpatizaban con la revolución. Uno de los más 
originales poetas rusos, Nicolás Kluiev, vio también como un bandolerismo 
sagrado, y así la vieron Pedro Orieshin, V. Kamensky y otros. Mientras 
la revolución pasaba por su período romántico, el error no tuvo mucha 
importancia ; pero se tornó grave en el último período, el período prác- 
tico, el período de prueba de la guerra civil y de la lucha para reconstruir 
la vida económica de Rusia. Los burgueses románticos e idealistas, así 
en política como en literatura, se alejaron de la revolución y algunos de 
ellos se pasaron a sus enemigos. Políticos románticos como los socia- 
listas revolucionarios de la izquierda, abandonaron el escenario de la re- 
volución. Poetas "populares" como Blok, Kluiev y sus discípulos, se 
retiraron de la revolución y se abandonaron a un pesimismo desolado, 
al viejo modo idealista". 

A continuación, el crítico bolchevique agrega : "Un destino parecido 
tuvieron los novelistas. Idealismo, populismo, y las viejas, tradicionales, 
formas de vida, tan fáciles de combatir, habían desaparecido. Los días 
de las palabras sentimentales pasaron y fueron reemplazados por duros 
días de trabajo, de acción práctica. Los escritores resultaron totalmente 
inaptos para la acción y la nueva época no tenía empleo para su soñadora 
inactividad. Se alejaron, y muchos de ellos, considerándose candidamente 
como revolucionarios rechazados, se fueron con amargura en el corazón, • 
creyéndose víctimas". 

Uslinov habla después del futurismo y se detiene largamente en la 
personalidad de su apóstol en Rusia, Vladimiro Maiakovsky, que empezó 
por usar un chaqué amarillo para distinguirse de los demás. "Maiakov- 
sky, dice Stinov, no es poeta; es uno del público. Ese inteligente lector 
se cansó del lánguido, monótono, canturreo de los poetas, de sus inaca- 
bables repeticiones y de su aguda rivalidad por gustar al público. Las 
palabras azucaradas profesionalmente poéticas, los viejos, gastados y vul- 
gares metros, rimas e imágenes, los temas invariables — todo eso debía 
ser destruido para crear algo nuevo, y resueltamente, con estupendas 
energías y perseverancia, Maiakovsky se dio a la tarea de destrucción". 
La revolución bolchevique favoreció, naturalmente, esa tarea, y el Ma- 
rinetti ruso la ha continuado infatigable, en todos los campos de la li- 
teratura, especialmente el teatro. Ha suprimido el telón; todo se prepara 
en el escenario a la vista de los espectadores, que pueden hasta interrum- 
pir a los artistas cuando les parece conveniente; de los viejos procedi- 
mientos del arte dramático no ha dejado casi nada. "No puede dudarse, 
concluye Ustinov, de la eficacia del golpe dado por Maiakovsky a la 
rutina, a los métodos y a las ideas del antiguo teatro. Poco importa 
que el teatro del porvenir conserve mucho, poco o nada de sus reformas, 
y es probable también que muy poco de él quede en la futura poesía; 



418 NOSOTROS 

pero Maiakovsky no ha venido a crear, sino a destruir. Con las fuertes 
barridas de su gigantesca escoba, ha limpiado el camino para el arte que 
todavía está por venir". 



Otra literatura rusa 

pr N España se ha publicado esta nota de Enrique Dies - Cañedo. 

No hablaremos aquí de esa literatura que va formándose en la Ru- 
sia roja, y de la cual sólo noticias fragmentarias nos llegan. Habla- 
remos de una literatura de emigrad. )S y de la nueva luz que por ella se 
derrama sobre un panorama que podíamos creer conocido. 

Cualquier historia literaria nos cuenta la importante contribución que 
a las letras rusas dieron siempre los emigrados. En el libro de Kropotkine 
hay p'iginas interesantísimas acerca de esto. Cuanto tenia viso de pensa- 
miento político a la moderna, sobraba en la Rusia de los zares. Mu- 
chos libros del propio León Tolstoy tenían que imprimirse fuera. 

Hoy, al contrario, emigran los escritores que no hubieran padecido 
persecución bajo el régimen derribado, junto a otros igualmente mal- 
quistos antes que ahora. Es natural que. así como los emigrados anti- 
guos presentaron a Europa una literatura revolucionaria, con el culto 
del pueblo, exaltando siempre tipos de escritores que, si no forzados a 
emigrar, veíanse siempre vejados por las autoridades del imperio, así 
los emigrados de ahora nos hagan ver un arte, refinado, aristocrático, 
que florería junto al otro y que no acertábamos a ver sino como ex- 
cepción brillante. 

I,a escena nos ha dado las, primeras revelaciones. Los bailes ru- 
sos que recorrieron en triunfo la Europa entera nos dijeron que el 
astroso mujik o el exhombre no eran únicos héroes de aquel mundo ar- 
tístico. En traduciones recientisimas, escritores como Ivan Bunin, so- 
noramente elogiado por el mismo Gorki, nos hacen ver al campesino 
ruso muy distinto de como le vislumbrábamos en Tolstoy, en Korolenko, 
en Gorki, aun en Chéjof a ratos. Ivan Bunin "de la Academia Rusa" 
dicen las portadas de sus libros. Dmitri Mcjejkowski, autor de vastas 
novelas históricas traducidas al español desde hace años, delata el "ad- 
venimiento del Cam", dando el nombre del hijo maldito de Noé a lo 
vil y a lo feo que hoy se erige en el trono del mundo y acoge a los 
escritores que antes fueron exaltados por la turba cuando ésta los aban- 
dona, escarneciéndolos: "Chéjof y Gorki — dice — son en verdad pro- 
fetas, pero no en el sentido que pudiera creerse o que pudieron creer 
ellos mismos. Son profetas, porque bendicen lo que quisieron maldecir 
y maldicen lo que quisieron bendecir. Quisieron probar que, sin Dios, el 
hombre es Dios ; y probaron que es un animal ; peor todavía, una res ; 
peor que una res, un cadáver ; peor que un cadáver : nada"'. . . En 
cuanto a Andréycf, no es lógico si, después de haber visto tan profunda- 
mente la revolución no reniega de ella. 

Hay que sentir en esta crítica contrarrevolucionaria, la parte del 
dolor. Los que la han hecho, además de ser gente "de orden", han 
¿tenido que sufrir cruelmente; quizá han salvado su vida tras duras pena- 
lidades. No se percataron, tal vez, de la opresión en que los más vi- 
vían y ahora se duelen de ver oprimidos a los menos, culpables o no... 
La realidad es muy dura : más vale olvidar. 

Para olvidar, he aquí el espectáculo de una Rusia luiosa y fan- 
tástica, hoy al parecer abolida, o desterrada por lo menos. Ahí va. 
Sergio Diaghilef con sus bailarines; ahí va Nikita Balief con sus có- 



LAS REVISTAS 419 

micos; las arlequinadas de Evréinof triunfan en Londres {Lo más im- 
portante, se llama la última, aún no traducida, "comedia para unos y 
drama para otros") ; en París, El Amor, Libro de Oro, de Alejo Tols- 
toy, resucita el tiempo galante de Catalina IL Arte refinado, cultivador de 
la sensación exquisita. Vedlo concentrarse en las páginas del Jar-Ptitsa 
(El Pájaro de Fuego), publicada espléndidamente en Berlín. 

¿En esto quda es vasto soplo humanitario del siglo XIX? ¿En 
esto y en el espresionismo, futurista, cubismo, imaginismo que privan 
en la Rusia Roja? 

Un escritor americano en París 

ir i, distinguido poeta francés León Bocquel, co-dircctor de la revista 
'-' de Bruselas "la Rcnaissance d'Occident", publica en el número de 
marzo una interesante "Lettre de París", en la cual habla extensamente 
de la vida y la obra de Francisco Contreras. 

En casa de Francisco Contreras se reúnen con agrado, cada quince 
días, algunos de los representanes menos discutidos de las letras de hoy. 
La reunión es escogida. Allí se encuentra comunmente, alrededor de Paut 
Fort, el Príncipe, un grupo de nobles poetas o prosistas : Víctor Emile 
Afichelet tan feviente amigo de la juventud, Saint Georges de Bohelier 
que evoca los tiempos heroicos del Naturismo, Ernest Raynaud, el his- 
toriador del .Simbolismo, gracias a la cual Baudelaire entra j^a entre 
los grandes clásicos franceses; Louis Mandin, el tierno poeta de "Ariel" 
y de "Notre Passion" ; Fernand Divoire, presidente de los "Courrie- 
ristes" literarios de París; el parado jal y elocuente Jean Royere, Georges 
Polti que conoce "las treinta y seis situaciones dramáticas", el cabelludo 
Charles de Saint-Cyr, inventor del "intensismo" poético ; Nicolás Bau- 
duin. en constante evolución ; A. Shneeberger que es ún crítico de arte 
sirppatizante con las innovaciones técnicas, otros aún. Allí' se hallan 
también el docto Henri Mazel a quien escuchamos siempre con provecho 
y cf^n placer; Louis Dumur, cuvas novelas sobre la guerra. Mach París f 
y el Bnucher de Verdún, le han puesto en primer plano; Louis Richard 
Mouchct. un cerebro bien organizado ; Jean de Gourmont, hermano de 
Pemy ; Gastón Picard, el cuentista de La Confession du Chat y de La 
B'^uaie Blm; algunas veces, también. Van Beyer, el discreto Gahisto; 
directores de revis^^as como Maurice Landeau, escritores de pasaje, como 
Jean Francis-Boouf, de vuelta del Cotonou. 

No se recitan poemas en casa de Francisco Contreras, pero ciertos 
días se hace buena música v, entonces, compiten el compositor Carol 
Berar y el escritor músico W. Bertheval. El elemento artista aparece 
representado por Robert IMortier, el pintor español Fermín Arango, el 
es^^atunrio rntpl^n José Clara, madame Suzanne de Gourmont, escul- 
tora de calidad ; madame Van Bever de la Quintinie, pintora y minia- 
turis^^a, sin omitir a la dueña de casa, madame Contreras, quien con su 
nombre de soltera, A. Alphonse, expone en los diversos Salones de 
París, figuras y naturalezas muertas de un bello colorido. Fste año 
se han hecho notar en los "Independientes", donde su manera detona 
felizmente entre las extravagancias y el mal gusto común, sus tres 
envíos : "Feí-nme á la Cape", "Coin de cuisine" y "Coin de bureau", que 
afirman sólidas cualidades. 

Fn el círculo de las señoras que tienen a la rué Le Verrier, sería 
imp'»'-dnn?ble omitir a madame Claude T,emaitre, conocida por algunas 
bupnas novólas y a madame vSourioux-Picard para nuien ha sido es- 
crito Le Coeur se donne. Y luego, los poetas, cuando no son célibes 



420 NOSOTROS 

endurecidos, llevan a sus esposas que componen, un poco aparte, un 
amable decamerón. 

Francisco Ccntreras, que sabe agrupar así las simpatías, es, él 
mismo, un poeta, aunque le conoscamos sobre todo como crítico, desde 
que redacta en el Mercure de France la 'sección "Lettres Hispano-ame- 
ricaines". Como tal, por lo demás, ha colaborado, de manera inter- 
mitente, en París- Journal, L'Eclair. Le Gaulois, La France, La Répu- 
blique Frangaise, y en algunos grandes diarios de provincia, según la 
caprichosa actualidad. Además, envía continuamente artículos sugestivos 
que reflejan bien el movimiento literario, a varias revistas de la Amé- 
rica Latina, como Nosotros de Buenos Aires, Zig-Zag de Santiago de 
Chile. Rezñsta de Revistas de México, Cuba Confcniporánca de La 
Habana, y sobre todo, a Caras y Caretas, el bello magazin argentino. 
Lo cual no le impide colaborar aun en la suntuosa revista Mermes, de 
Bilbao... 

Francisco Contreras nació en Chile en 1878. Entró en las letras 
en 1898 con un volumen de versos: Esmaltines. "Se siente en él, ha 
observado justamente M. Jean Royere, la influencia de Stephane Ma- 
llarmé. Este libro fué muy combatido por los críticos que represen- 
taban en la América del Sur el viejo espíritu académico, pero fué muy 
bien acogido por los jóvenes". Le siguieron después Toisón (1906), 
Romances de hoy (1907), La Piedad Sentimental (1911) que prologó 
Rubén Darío. En estos últimos libros se nota aun la influencia francesa, 
pero menos directa, más fundida. Es la influencia de Baudelaire y^ 
de Verlaine, del Verlaine íntimo, acariciador, dulce y triste sin razón, 
y que escucha en los días de melancolía y de pena "el canto monótono 
de la lluvia, sobre el suelo y sobre los techos". Muchos de los poemas 
de Contreras aun a través de la traducción, guardan un acento ver- 
laineano. Asi su "Esmeralda". Luna de la Patria y Otros Poemas, 
que él publicó- en 1913, es un canto de vuelta a la tierra, un lamento algo 
ossiánico y romántico, todo impregnado de la misma dulzura fluida... 

Desde 1905 Francisco Contreras reside en París Ha publicado aquí 
diversos estudios críticos sobre personalidades contemporáneas de muy 
opuestas direcciones : Huysmans, Barres, Rodin, Carricre, en Los Mo- 
dernos (1909). Ha seguido publicando ensayos y narraciones de viajes, 
que son, además, bellas páginas de crítica de arte. Así, sucesivamente, 
ha evocado y precisado, como hombre prendado de saber y de pinto- 
resco, la Italia en Alma y Panoramas (1910), la España, a la cual 
le atraían atavismo imperiosos, en Tierras de Reliquias (1902) ; Flandes, 
la Holanda, Inglaterra, en Los Países Grises (1916), que tomaron de la 
época en que este libro apareció, un carácter de palpitante actualidad, 
al menos en lo que a Bélgica se refiere. Concurrentemente a esta obra 
en su lengua natal, Contreras ha publicado en francés dos libros que 
tocan de cerca los acontecimientos que conmovieron la vieja Europa, 
sin dejar indiferentes a las jóvenes naciones de América. En Le Chili et 
la France ha deplorado y explicado muy lúcidamente la especie de mala 
inteligencia que, en el terreno económico separa a sus compatriotas de 
los franceses, siendo que, intelectualmente, ex'ste entre sus países tan- 
tos vínculos de parentesco. Asimismo, en sus Bcrivains Contemporains 
de l'Amérique ^spagnole, reconoce en la mayoría de los prosistas y 
poetas de su continente, la influencia de nuetro genio nacional. El rinde 
así un doble y bello homenaje al pensamiento y a la cultura de la Fran- 
cia, haciendo paralelamente, en dos lenguas, una encuesta minuciosa e 
imparcial sobre las tendencias, acciones y reacciones que se producen 
a los dos lados del océano. , 



LAS REVISTAS 421 

Contreras se prepara a publicar simultáneamente, en español y en 
francés, un ciclo de novelas, en parte autobiográficas, con el título ge- 
neral de "La Novela del Nuevo Mundo". La primera. La Ville Mar- 
veUleuse, recuerdos de la infancia recreados a través de una brillante ima- 
ginación y de una emoción que sabe ser irónica, aparecerá próximamente. 
Lo cual no le distrae de preparar a sus horas, sus poemas de la Tierra 
y del Ciclo, de vasto título que recuerda los "laudes" ambiciosos de ese 
otro latino y admirable lírico que es Gabriel D'Annunzio. 
. . Así, Francisco Contreras aparece bajo el triple aspecto de poeta, 
crítico y novelista. Estas tres fases de su talento se encuentran, por lo 
demás, más estrechamente unidas que lo que pondría, a primera vista, 
creerse. Pues el novelista, al crítico y el poeta obedecen fielmente a las 
reglas intuitivas de una diciplina y de una tradición. El esteta está en la 
base del prosista y del poeta que se amoldan a las leyes precisas, que 
su crítica le ha permitido examinar y comprobar. 



Bernardo G. Barros 

I— I A muerto recientemente en Cuba uno de los escritores y críticos más 
■ ' interesantes de aquel país : Bernardo G. Barros, el autor del no- 
table libro L.a caricatura contemporánea, y uno de los redactores de la 
revista Cuba contemporánea. En el último número que nos ha llegado 
de esta publicación, dice Mario Guiral Moreno, su actual director. 

"Bernardo G. Barros, quien al morir el 20 de mayo último sólo con- 
taba treinta y dos años — había nacido el 25 de enero de 1890 — , cul- 
tivó diversos géneros literarios : la crónica, el fuento, la oratoria acadé- 
mica, la crítica y el periodismo, hallándose fragmentada y dispersa c^si 
toda su producción literaria en diarios y revistas de Cuba y extranjeros. 
Algunos de sus cuentos v crónicas publicados en los periódicos haba- 
neros La Discusión. El Mundo y Diario de la Marina y en las revistas 
tituladas Letras, Hl Mundo Ilustrado, El Fígaro y otras publicaciones 
cubanas, fueron reproducidos por El Universal y El Tiempo Ilustrado, 
de 'México, El Universal, de Caracas. Variedades, de Lima, y otros pe- 
riódicos importantes de la América latina. 

En iQoq pronunció en el Ateneo de La Habana una conferencia so- 
bre La cultura japonesa, cuya lectura fué recomendada por la Revista 
de la EacuUad de Letras y Ciencias a los alumnos de la Escuela de 
Letras y Filosofía de la Universidad Nacional. 

En 1910 pronunció, en el mismo Ateneo, otra conferencia, sobre el 
pintor Fontuny, llenando con ella un turno de la primera serie orga- 
nizada por la "Sociedad de Conferencias", que él contribuyó a formar 
secundando con entusiasmo la iniciativa de sus fundadores : Jesús Cas- 
tellanos y Max Henríquez Ureña. 

Al siguiente año (ioti), con ocasión de la exposición de caricatu- 
ras del señor Conrado W. Massaguer, efectuada también en los salones 
del Ateneo, pronunció una conferencia acerca de La Caricatura Mo- 
derna, que fué la primera manifestación de su tendencia a especializarse, 
preferentemente, pn el conocimiento y crítica de la caricatura, según 
reveló en años subsiguientes. 

Su novela La senda nueva, edición de "La Novela Cubana", que 
publicó en 191?. dio a conocer sus aptitudes en este difícil género, oue 
no volvió a cultivar hasta estos últimos tiempos, en los cuales escribió 
una nueva novela, La Red que deió sin conclnir. y uno de cuyos más 
salientes canítulos — el que intituló El Candidato — , lo publicó Cuba 
Contemporánea en su número correspondiente al mes de junio del pró- 
ximo pasado año. 



422 NOSOTROS 

Colaboró en la Revista de América, de París, a la cual dio su mag- 
nífico estudio sobre la literatura cubana, que reprodujo íntegramente el 
diario habanero La Discusión. Pero de todas las publicaciones cubanas, 
la que guarda en sus páginas la mayor y más valiosa producción litera- 
ria de Barros, es la revista £1 Fígaro, a la que consagró todos sus entu- 
siasmos y de la cual era, desde hace algunos años. Secretario de Re- 
dacción. En ella unas veces con su firma y otras con el seudónimo 
Ariel, publicó crónicas, cuentos, críticas literarias y de artes y nume- 
rosas bibliografías. Su labor de crítico fué intensa y continua, estu- 
diando diversos aspectos y manifestaciones de la vida artística en Cuba 
y en el extranjero. Rodó, d'Annu'nzio, Brieux, Rostand, García Calde- 
rón, Urbina y algunos otros escritores y poetas fueron estudiados por 
Barros desde las páginas de El Fígaro; a otros, como Alfredo Capus, 
Tules Claretic, Mistral, Lemaitre y la Avellaneda, los hizo desfilar ante 
el público por las páginas del Heraldo de Cuba, diario habanero a cuya 
redacción perteneció, desde 1914 hasta 1917, nuestro compañero extinto, 
teniendo a su cargo una secdón fija titulada La Vida Literaria, y tam- 
bién los editoriales sobre política internacional, en los cuales libró una 
brillante campaña en favor de las naciones aliadas y de una estrecha 
solidaridad entre todas las Repúblicas latinoamericanas. 

Como traductor competente y escrupuloso, merecen citarse su ver- 
sión castellana del libro Silhouettes Allrinandes, de Paul Louis Hervier, 
y la de la novela L'Adjudant Bancit, de Maree! Prevost, ambas publi- 
cadas en el citado diario. 

Fué Barros, además, colaborador de la Revista de Bellas Artes, que 
editaba la Secretaría de Instrucción Pública, en la cual dio a conocer 
juicios críticos sobre los varios Salones o Exposiciones de cuadros de 
pinturas efectuados en Cuba durante los años anteriores, así como tam- 
bién, estudios acerca de Las orientaciones del Arte Moderno, y un ex- 
tenso trabajo biográfico y crítico sobre el notable pintor cubano Leo- 
poldo Romañach. 

Pero de todas las actividades de Barros, la que le valió maj'ores 
éxitos y le sirvió para destacar con caracteres vigorosos su personalidad, 
fué su asidua y fructuosa dedicación al estudio del arte humorístico, 
cuyo desenvolvimiento siguió con insuperable constancia en estos últimos 
años, habiendo publicado, además de immerosos artículos, entre los cua- 
les merecen cita especial los que vieron la luz en la excelente revista 
Social, de La Habana, acerca de los principales dibujantes contemporá- 
neos, su notable obra La Caricatura Contemporánea, en dos volúmenes, 
de 268 y 292 páginas, que forman parte de la "Biblioteca Andrés Bello" 
y fueron publicados por la Editorial América, de Madrid, en 1918. Esta 
excelente obra, en la cual hizo Barros un completo estudio del arte 
humorístico en todos los países, mereció los más cálidos elogios de la 
crítica, . en Europa y en América. 

Aun cuando el teatro fué uno de los pocos géneros literarios que 
dejó de cultivar nuestro malogrado compañero, fué él uno de los fun- 
dadores de la Sociedad Teatro Cubano, constituida con el propósito de 
estimular la producción teatral en Cuba y de hacer representar las bue- 
nas obras de los escritores cubanos. 

Fué Barros, finalmente, desde el año 1918. Director del Diario de 
Sesiones del Senado, cargo que desempeñó hasta el momento de su 
fallecimiento. 

Cuba Contemporánea tuvo en Barros, durante los primeros años de 
publicación, un valioso colaborador, que en distintas ocasiones honró sus 
páginas con diversos trabajos, entre l-^s cuales son dir^nos de recordarse, 
por su mérito su artículo sobre La Caricatura en Cuba y el ensayo que 



LAS REVISTAS 423 

hizo sobre el poeta argentino Alberto Ghiraído, que reprodujo íntegro la 
revista Cervantes, de Madrid. Años después, desde el i.° de enero de 
1919, figuró en el número de los redactores de Cuba Contemporánea. 

Barros había sido electo individuo de número de la Academia Na- 
cional de Artes y Letras, para ocupar el sillón que dejara vacante en 
su Sección de Literatura la insigne poetisa Aurelia Castillo de Gonzá- 
lez. Fl discurso de ingreso en dicha Corporación, que Barros terminó 
padeciendo ya la cruel dolencia que lo llevó a la tumba, no pudo ser 
contestado, porque cuando se disponía a llenar su cometido el acadé- 
mico designado para hacerlo, don Mariano Aramburo y Machado, la 
muerte se interpuso entre ambos, brusca e impía, segando la vida de 
Barros, después de entenebrecer con densas sombras aquel cerebro vigo- 
roso y lúcido. . ." 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS JUZGADOS EN EL 
EXTRANJERO 



La Argentina (Estado social de un pueblo), por Alberto Gliiraldo. 

VVy ÁSHINGTON dijo : "Es preferible que las llanuras estén cubiertas de 
** sangre antes que habitadas por esclavos." Recuerda Alberto Ghiral- 
do este pensamiento en su libro, que es, más que un estudio crítico de la 
época de un pueblo un grito de dolor ante una tragedia injustificada. Y 
coincide con Washington en que su país debe librarse de la esclavitud de 
una vez mediante un sacrificio profundo, pero único. 

Es lamentable que Alberto Ghiraldo no pueda decir estas cosas en su 
patria. Las dice en la nuestra, que puede tenerla por suya ; pero no es igual. 
Lo que pasa en la Argentina es, sencillamente, algo de lo que pasa en el 
mundo. La lucha entre los dos grandes elementos en pugna; capital y tra- 
bajo. Miedo arriba, producido, naturalmente, por un estremecimiento de 
la conciencia ; aprovechamiento de un ente que existe en todos los países ; 
el vago, el que va para asesino, que se vende por ser autoridad unos días ; 
es decir, por librarse de la pesadilla de la autoridad... 

Todo esto, dicho por Alberto Ghiraldo en su patria, produciría un gran 
bien : liquidaría un período de terror, que no se ha liquidado, y daría toda 
la pu'anza al acuerdo último de abolir la pena de muerte. 

Un hombre que^'tiene una idea ha de poder expresarla sin limitación. 
Si es un absurdo, peor para el hombre; si es un acierto, mejor para la hu- 
manidad. T^as ideas, pues, deben ser intangibles. Perseguir a los hombres 
por las ideas es como pretender levantar un muro de arcilla en el océano ; 
las ideas son tan_sutiles. que se escapan a toda vigilancia. Y es tanto mayor 
su pujanza cuanto más se las excita. 

Por ejemplo, este libro no lo hubiera escrito Alberto Ghiraldo fuera 
de su patria si las cosas que dice las hubiera podido decir allí, buscando una 
rectificación de conducta. Nada sabía Europa de aleunas cosns que nos 
cuenta el novelista un poco desesperadamente. ¿Por qué se le obliíró a ello? 

Alberto Ghiraldo, ni siendo comunista, ni anarquista merecería un tan 
profundo rigor. Comunistas anarquistas y sindicalistas hay en todos los 
países que actúan en la defensa de sus ideales. Y nadie se espanta por ello. 
Alberto Ghiraldo, que recuerda con veneración a Sarmiento, que limita su 
acción a que se den normas de justicia, de paz v de amor a su pueblo, a ane 
se declaren abolidas algunas leyes de excepción, más que un hombre peli- 
groso es un vidente a quien se debe retener y emplear en la captación de 
voluntades, en abonar la tierra para que dé mejor fruto la cosecha humana. 

¿Lo que refiere en su libro? A través de una gran huelga en cualquier 
país, se puede tener una idea de lo que examina el escritor argentino en su 
obra. Luchas entre la policía y el pueblo, choques sangrientos, bárbaras es- 



LOS ESCRITORES ARGENTINOS 425 

cenas. Muertos por centenares, heridos por millares... La batalla constan- 
te entre dos poderes que se discuten la hegemonía. 

La narración es vibrante, como salida de los puntos de su pluma bravia 
y de luchador. 

(El Sol, de Madrid). 



Valle Negro, por Hugo Wast. 

El, país argentino va adquiriendo, o mejor : va consolidando su fisono- 
mía. Es una nación con todos sus atributos, y en pleno desarrollo pa- 
cifico irá paulatinamente avanzando en la América hasta ocupar su papel 
de directora de los destinos continentales. Con el viaje de la notable actriz 
Camila Quiroga se ha hecho saber a los demás pueblos hermanos y a algu- 
nos de Europa lo que ya sabían las personas cultas : que la Argentina tiene 
un teatro pujante, en formación según Juan Pablo Echagüe, pero lleno de 
vigor, nuevo. Con el envío de obras como las de Hugo Wast se prueba que 
tiene la Argentina un novelista nacional. 

Frt//^ Negro es una novela de líneas clásicas escrita sobre diversos epi- 
sodios ocurridos en las tierras argentinas de Córdoba. Esta obra es una de 
las que más han circulado en el extranjero, y sin embargo no es de las que 
han sido reproducidas en mayor número de ejemplares. Ya Hugo Wast ha 
logrado llegar en algunas de sus novelas a los ochenta y noventa mil ejem- 
plares. Valle Negro ha llegado a los cuarenta mil. 

Sólo esas notas estadísticas darán idea del favor que ha alcanzado el 
autor de Valle Negro. Y es justo decir que no ha forjado el éxito con re- 
cursos reprochables, con pornografías o concesiones a la vulgaridad o a la 
ignorancia de las turbas. Hugo Wast — Alartínez Zuviría en la vida públi- 
ca — , ha escrito novelas de ambiente nacional en las que ha reflejado las 
pasiones de su pueblo, los dramas rurales o ciudadanos de la Argentina, los 
sucesos del país, sin servilismos ni componendas. Ha tenido por norma el 
arte en sus inmutables reglas, y la verdad, siempre relativa, de las ficciones 
novelescas. 

En Valle Negro se muestra ya novelista experimentado en el desen- 
volvimiento de la acción y en el manejo de los personajes. El dolor es el 
protagonista de la novela ; el dolor, que agosta la vida de Flavia de Vis- 
carra y que tiene en la existencia de Mirra una dirección persistente hacia 
el bien ; el dolor que vuelve taciturnos a los eternos enemigos de don Jesús 
de Viscarra y don Pablo Camargo, representantes de los odios seculares de 
sus familias. Bajo la influencia de ese impalpable protagonista, presente en 
todos los instantes, se llega al doloroso final en que se despiden los enamo- 
rados Gracián y Mirra. Aquél va a casarse con otra mujer, que no quiere, 
para continuar su senda de dolor. 

Enriquh Gay Calbó. 

(Cuba Contemporánea, junio, 1922). 



NOTAS Y COMENTARIOS 



Nuestra demostración a Jacin- 
to Benavente. 

El, 1 8 del actual fué servido en el "restaurant" del Pasaje 
Güemes el banquete organizado por Nosotros en honor de 
D. Jacinto Benavente. 

Más de cuarenta escritores reuniéronse en torno del maes- 
tro, tantas veces aplaudido y siempre muy admirado. 

A los postres, Benavente leyó las admirables páginas que 
en este número publicamos en primer lugar, y que le valieron 
una ovación calurosísima. 

Asistieron al banquete: 

Enrique González Martínez, José Ingenieros, Clemente One- 
iH, Pedro Miguel Obligado, J. Málaga Grenet, Joaquín de Vedia, 
Roberto Gaché, Arturo Cancela, Arturo Giménez Pastor, Diego 
lyuis MoHnari, Roberto F. Giusti, Carlos Obligado, Jorge Max 
Rohde, Rodolfo Franco, Francisco Chelía, Enrique M. Amorim, 
J. Roigt, Arturo Lagorio, M. Ferraría, Osear Alberto Ibar, Al- 
berto Nin Frías, Juan Burghi, Foleo Testena, Elias Karothy, 
Emilio Alonso Criado, F, Icasate Laríos, Julio Rinaldini, Ale- 
jandro Castiñeiras, Luis Pascarella, G. Fingermann, Antonio 
Mediz Bolio, Julio Irazusta, A. Gutiérrez Diez, J. Frumkin, J. 
Lozano Casanova, Pedro González Gastellú, Loues Reissig, César 
Corbellini, Aloisés Kantor, Alberto Palcos, Alfredo A. Bianchi y 
Julio Noé. 

Excusaron su asistencia: 

Ricardo Rojas, Manuel Gálvez, José María Monner Sans y 
Bartolomé Galíndez. 



NOTAS Y COMENTARIOS 427 

Instituto de la Universidad de 
París en Buenos Aires. 

Eh 3 del actual quedó aprobada la carta orgánica del Instituto 
de la Universidad de París y Buenos Aires, y fueron ele- 
gidas sus autoridades. 

El Instituto de la Universidad de París en Buenos Aires se proponte 
promover el intercambio intelectual entre la República Argentina y Fran- 
cia, favoreciendo la recíproca investigación científica, literaria y artística, 
por parte de los universitarios e intelectuales argentinos y franceses res- 
pectivamente. 

En consecuencia, se creará también el Instituto de la Universidad de 
Buenos Aires en París. 

El Instituto de la Universidad de París en Buenos Aires tendrá su 
sede en esta ciudad y estará dirigido por un Comité compuesto por el mi- 
nistro de Francia y los señores Paúl Groussac, Ramón Arana, Maximiliano 
Aberastury, Carlos Alberto Acevedo, Toribio Ayerza, Gregorio Aráoz 
Alfaro, Marco Aurelio Avellaneda, Eduardo Araujo, José Arce. Ricardo 
Aldao, Coriolano Alberini, Jorge A. Mitre, Ernesto Bosch, Adolfo Bioy, 
N. Besio Moreno, Elíseo Cantón, Miguel Ángel Cárcano, Ramón J. Cár- 
■cano, Aliguel F. Casares. Tomns R. Cullen, Ernesto de la Cárcova, José 
luis Cantilo, Manuel Caries, Domingo Cabred, Mariano Castex, Luis B. 
Estrada. José A. Estévez, Manuel B. Gonnet, Joaquín V. González, Luis 
Mitre, Juan Carlos Garay, Ángel Gallardo, Vicente C. Gallo. Alejandro 
Grunning Rosas. Carlos Ibarguren, Emilio Giménez Zapiola, Norberto 
Pinero. Enrique Larreta, Eleodoro Lobos, Lucio López, Leopoldo Lugo- 
nes. Mariuel L'^inez, Alfredo Lanari. Norberto Láinez. Jorge Lavalle 
Cobo, Julio López Mañán Leopoldo Meló, Julio A. Roca, Carlos Mada- 
riasra. Rr-dolfo Moreno Diego I.uis Molinari, Alvaro Newton, Julio Noé, 
Martín Noel, Adolfo Orma. Alberto Palomeque. Ezeouiel Ramos Meiía, 
Ricardo Rojas, Ángel Sánchez Elía, Nerio Rojas, Raúl Sánchez Elía, 
Emilio Ravignani, Alberto J. Rodríguez, Carlos Rosetí^ Carlos Saavedra 
Lamas. Fernando Sapuier. Matías G. Sánchez Sorondo, Luis María To- 
rres. Alberto J. Vignes, Carlos Alberto Lcumann. Juan José Vitón, José 
A. Víale, Alfredo Vivot, Guillermo Watson, Clodomiro Zavalía, y por 
toda otra persona nombrada por mayoría de votos en asamblea general 
ordinaria del Comité. 

El Comité eleo-irn de Su seno, por mavoría de votos y por el término 
de tres años un pre'íiden'^e, un secretario general y un tesorero que com- 
pondr-^n la Junta Eiecutiva. Elegirá igualmente un Consejo compuesto 
de diez y seis miembros. Además es miem.bro nato de este Consejo el 
ministro de Francia. 

T a Tunta Fiecufiva tet^dr-í a su cargo la administración del Instituto 
en Buenos Aires, su dirección, sus relaciones con las Universidades y 
otras entVlades de cu^+ura de la República Argentina y todos los dem^s 
actos relativos a su funcionamiento v plena realización, estando especial- 
mente facultada para nombrar de entre los miembros del Comité, uno o 
m^s de1p"-p(lrs r>ntp íps Universidades y otros Centros de cultura argentinos 
que le estén vinculados 

Fl Conseio sesionará convocado por la Junta y serñn sus funciones 
las de aprobar e1 nresunupsto anual, dictar toda rcírlamentación y orde- 
nanza nup se requiera v deliberar sobre los asuntos ciue le sean sometidos. 

El Consejo sesionará con un quorum de seis miembros, incluidos los 



428 .NOSOTROS 

que componen la Junta, siempre que ésta los convoque para someter algún 
asunto a su consideración. 

h.n caso de renuncia u otro impedimento definitivo de cualquiera de 
los miembros de la Junta, éste sera substituido hasta el término de su 
períoro por una persona nombrada por el Consejo, convocado al objeto por 
los miembros restantes de aquélla. 

El Comité sera convocado por la Junta una vez por año, en el mes 
de noviembre, para reunirse en asamblea ordinaria y podra sesionar con 
quince de sus miembros presentes. . 

Con igual número de miemlpros formará quorum para sesionar en 
asamblea extraordüiaria, siempre que a tal efecto sea convocado por la 
Junta. 

¿,n sus relaciones con la Universidad Nacional de Buenos Aires el 
Instituto se entenderá con lá Comisión creada por la ordenanza de 17 de 
mayo de 1922, compuesta por los decanos de las seis Facultades y presi- 
dida por el rector. Con esa Comisión del Instituto se pondrá de acuerdo 
en el mes de diciembre de cada ano, sobre la organización de los cursos 
para el siguiente año, como también para proponer los profesores cuya 
enseñanza se desearía en ese ciclo, a ia Univeisiüad de i^ans o ai "Uroupc- 
ment des Universités et Grandes Kcoles de hrance pour íes relations de 
l'Amérique Latine" del que es corresponsal en Buenos Aires. 

Los cursos y las conferencias estarán a cargo de profesores propuestos 
por el Comité de la Universidad de Paris y designados por ésta. 

Los cursos y las conferencias se dictaran en los lugares que el Comité 
indique o proporcione y podrán ser, según resuelva este mismo, públicas o 
privadas para inscriptos. 

Existirá en el Instituto de una manera permanente, un profesor agre- 
gado nombrado por dos años por la Instrucción Pública de Francia. Sus 
funciones serán las que le señale la Junta Ejecutiva, de acuerdo con la. 
Universidad, ademas de las docentes en la dirección de seminarios e inves- 
tigaciones con los estudiantes, a quienes podrá otorgar certificados de los 
cursos seguidos en el Instituto, previo examen de acuerdo con la regla- 
mentación que ai efecto se dictará. 

Tanto los profesores como el delegado a que se refiere el presente ar- 
tículo, recibirán sus emolumentos del Comité, quien decidirá cada año el 
monto de los mismos para el siguiente. 

El tesoro del Instituto se compondrá : i.° De una subvención del Go- 
bierno francés, dada en nombre de la Universidad de París ; 2.° una sub- 
vención de la Universidad Nacional de Buenos Aires (ordenanza del 17 de 
mayo de 1922) ; 3.°, de las subvenciones o subsidios que le acuerden los Go- 
biernos nacional, provinciales o municipales ; 4.°, de toda otra subvención o 
subsidio que le acuerden otras Universidades, centros de cultura, institucio- 
nes sociales o particulares y de donaciones o productos de subscripciones. 

Todos los fondos del Instituto se depositarán a su nombre y a la orden 
conjunta del presidente y del tesorero del Comité en el Banco de la Nación 
Argentina. 

Los fondos del Instituto se destinarán a costear sus gastos y en primer 
término a los que se refiere el artículo IX. 

Con sus reservas se procurará cumplir ampliamente los fines de su 
creación. 

Las autoridades definitivas se constituyeron en esta forma: 

Presidente, D. Carlos Ibarguren; secretario general, don 

Adolfo Bioy; tesorero, D. Raiíl Sánchez Elía; consejeros, Gre- 



NOTAS Y COMENTARIOS 429 

gorio Aráoz Alfaro, Coriolano Alberini, Nicolás Besio Moreno, 
Miguel Ángel Cárcano, Tomás R. Cullen, Mariano R. Castex, 
Paul Groussac, Enrique Larreta, Leopoldo Lugones, Jorge La- 
valle Cobo, Carlos Madariaga, Diego Luis Molinari, Martín Noel, 
Julio Noé, Carlos Saavedra Lamas y Clodomiro Zavalía. 



Un manifiesto interesante 

Los jóvenes Héctor Ripa Alberdi, Arnaldo Orfila Reynal, 
Pablo Vrillaud y Enrique Dreyzin, ex-delegados al Con- 
greso Internacional de Estudiantes, que se celebró en México en 
€l mes de Setiembre del año próximo pasado, acaban de dirigir 
a los estudiantes universitarios de la República, un manifiesto 
que creemos útil reproducir. Dice así: 

ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS DE LA REPÚBLICA 

La Federación Argentina nos designó para que la representáramos 
en el Congreso que debía reunirse en Setiembre del año próximo pasado 
en la ciudad de México. Sabíamos la responsabilidad que ello involucra- 
ba, por cuanto la inquieta hora universitaria que estaba viviendo el país 
nos irrponía el deber de reflejarla, llevando una palabra nueva a la ju- 
ventud del mundo, palabra encendida en la lucha revolucionaria, y que 
tuviera en su seno una afirmación para lo porvenir. Con el anhelo fer- 
viente de llevar esa voz de una juventud que creíamos había despertado 
a una vida superior, afrontamos las incomodidades de un largo viaje. 
Llegamos a México; y en el seno del Congreso hicimos vivir por un 
instante el ideal colectivo de nuestras masas estudiantiles : sus luchas vio- 
lentas contra el espíritu estático de la Universidad, su esfuerzo titánico 
por la propia emancipación, el dolor de los maestros que nos traicionaron, 
el placer de las multitudes que nos aplaudieron, la gloria de \er triunfar 
una fé, un concepto idealista, una fuerza renovadora. Les referimos 
nuestra agitada historia de tm instante, haciendo resaltar lo que repre- 
sentaría, especialmente para los pueblos de América, un ideal colectivo, 
generoso, creador, encendiendo las grandes masas universitarias y lle- 
vándolas a ejecutar con el brazo aquello que vislumbraron con el pensa- 
miento. Y así fué que hallamos en aquella juventud allí reunida un solo 
torazón para nuestro afecto y una sola voluntad para nuestros deseos. 
Planteados los problemas fundamentales se esbozó un amplio plan de 
acción a desarrollar. La Internacional estudiantil debía ser el tronco de 
una vasta solidaridad, la base de una fuerte comunidad de voluntades 
que recogiendo las esperanzas de la hora actual, llevara todo el vigor de 
las fuerzas nuevas al campo de los que luchan en la gran guerra cristiana 
de redimir al hombre de los terrenos yugos a que le unciera el hombre. 
NaHic con mrs derechos que la conciencia limpia de la juventud para 
sa'ir en demanda de crs?s nobles; nadie con m?s deberes que la juven- 
tud para exigir y esperar la palabra de la justicia social. 

Así lo entendimos todos y así lo afirmamos en una profesión de fé 



430 NOSOTROS 

para lo porvenir. Claro, que, lógicamente, debía preceder al desarrolla 
de estos propósitos unajtotal revisión de los métodos de enseñanza, para 
que las nuevas corrientes de la cuiiura nos dieran universidades que no se 
colocaran al margen de la vida; para que dichos institutos dejaran de 
ser esa cosa artificial y vacía donde con cuatro inmuiabies conocimientos 
se fabrica el profesional, y se turnaran en algo m..s saDío y mas humano 
a la vez, es decir, en una fuente de sabiduría en donde el hombre pudiera 
sentirse hombre en la totalidad de su' fuerza creadora dentro del mundo. 
En esos nuevos crisoles de la vida y del saber se purificaría la nueva 
conciencia de los hombres, y saldrían las multitudes redimidas de su 
caparazón de siglos muertos, dispuestas a hacer vivir en la acción la 
ideología de los mas altos pensadores. Pero todas estas cosas, en aque- 
lla hora optimista de México no fueron más que entrevistas nubes de 
esperanza. Aquel conjunto de voluntades fuertes y solidarias no eran 
mas que un gran bloque virgen ; era menester sacar de su entraña la 
nueva estatua. Y se eligió a la ciudad de Buenos Aires como taller para 
realizar esa labor. 

El segundo Congreso Internacional debía dar forma definitiva a 
aquellos ideales hondamente sentidos y confusamente expresados. Y se 
puso el pensamiento en esta tierra porque en una hora de exa.tación lírica 
tuvimos la ingenuidad de creer en la emancipación intelectual de nuestra^» 
masas universitarias. 

Pero he aquí, compañeros estudiantes de la República, que todo esíe 
optimismo se derrumba frente al espectáculo desolador que ofrecen en la 
actualidad las instituciones estudiantiles del país. La más absoiuta miseria 
intelectual corroe la autoridad que en algún instante tuvieron dichas ins- 
tituciones. 

Al volver la pesada ola de la reacción, con su carga de oportunistas 
y politiqueros, ha barrido tcdo el prestigio que se. conquistara cuando los 
valores éticos fueron la causa de toda acción, al par que la pauta orien- 
tadora en la apreciación de los hombres. ISo hay una idea noble, no hay 
una aspiración elevada que encauce y mueva la labor de los centros. 
Todo ha quedado reducido a una miserable lucha electoral con las mismas 
bajas pasie-nes y los turbios procedimientos que caracterizan a los que 
hacen de la política el mercado de sus apetitos. 

Si alguna vez se creyó que la misión educadora de las instituciones 
estudiantiles era la razón misma de su existencia, hoy ese concepto no 
existe sino en los que con el más hondo dolor asistimos al fracaso de 
nuestros sueños cuando apenas habían nacido nuestras esperanzas. 

Ante el espectáculo inmoral que ofrece la F. U. A., culpable de la 
desmoralización nacional, ¿qué pedemos hacer los que tuvimos fe en un 
porvenir donde gobernaran los hombres esclarecidos por la inteligencia y 
la aristocracia de la conducta? Nq queda otro camino que el de lanz.ir 
a la faz de la República una palabra vibrante, que sea a la vez denuncia, 
y azote para los que traicionaron los ideales de una juventud que lus 
supo hacer triunfar sacrificando muchos sentimientos y afrontando largas 
horas de lucha. 

Después de haber derrumbado organizaciones universitarias, después 
de haber arrojado de sus posiciones a los maestros de una generación 
para afirmar la base de una ética en la conducta de los hombres, venimos 
a demostrar que somos incapaces de implantar esos mismos principios en 
nuestras propias instituciones. 



NOTAS Y COMENTARIOS 431, 

Los premios nacionales de 1920 
y 1921. 

Los Jurados designados por la Universidad para adjudicar los 
premios nacionales de ciencias y letras, correspondientes a 
1920 y 192 1, han elevado en el curso de este mes sus respectivos 
dictámenes. 

Prescindamos de las obras científicas premiadas, y refirá- 
mosnos solamente a las de letras. De las obras publicadas en 
1920 obtuvo el primer premio de 30.000 pesos el libro Las Obli- 
gaciones en general, del Dr. Alfredo Colmo. El segundo premio 
de 20.000 pesos correspondió, dividido en partes iguales, a Lan- 
guidez:, de Alfonsina Storni y a Las vírgenes del sol, de Ataliva 
Herrera, y el tercero, de 10.000 pesos, fué dividido entre Carlos 
Alberto I^eumann por su novela Adriana Zumarán, H. Caillet 
Bois por sus Poemas, y Hernán Félix Gómez, por su obra La 
vida pública del doctor Juan Pujol. 

De las obras aparecidas en 192 1, obtuvo el primer premio 
el Ensayo sobre la Revolución de Mayo y Mariano Moreno, de! 
Dr. Ricardo Levene ; el segundo, el libro La guerra del Paraguay, 
del coronel Juan Beverina, y fué dividido ej tercero entre los 
doctores Fernando Cermesoni y Rafael Bielsa, por sus libros 
Contratos comerciales y Derecho administrativo, respectivamente. 

Folco Testena 

FoLCo Testena parte en estos días hacia Italia. Después de 
más de una década de intensa e ininterrumpida labor en los 
diarios y revistas italianos del Río de la Plata, y de haber dado 
a las publicaciones nacionales del Uruguay y de la Argentina lo 
mejor de su ingenio vivísimo y de su apasionado temperamento, 
Folco Testena, joven aún y todavía con todas sus energías de 
luchador, reintegraráse a la vida de su país, agitada en estos 
días de mundial desorientación. 

Testena es un gran amigo de la literatura rioplatense. Tra- 
ductor admirable de nuestros poetas, mucho hizo en los años que 
aquí vivió por llevar al conocimiento de sus compatriotas lo me- 
jor de nuestra lírica. Como lo hizo por sincera y desinteresada 
devoción, ganóse con la amistad , la admiración de todos. Mu- 



432 NOSOTROS 

cho hará aún, sin duda alguna, por la difusión de nuestras letras 
el vigoroso traductor del Martín Fierro. Por lo menos quiere 
dejar tendido con estos países que tiene por patria adoptiva, un 
estrecho lazo de vinculación artística. 

Desde Europa nos enviará periódicas correspondencias so- 
bre el arte, la literatura y la política de aquellas agitadas y fati- 
gadas sociedades. Nosotros, que siempre le tuvo por uno de sus 
buenos amigos, al desearle un buen viaje, le dice "hasta luego". 

La Cooperativa Editorial "Bue- 
nos Aires" renovó su directorio. 

EN la asamblea ordinaria de la Editorial "Buenos Aires", rea- 
lizada el 24 del corriente, fueron elegidos miembros del di- 
rectorio para el período 1922-23, los señores Manuel Calvez, Ro- 
berto F. Giusti, Arturo Capdevila, Carlos Muzio Sáenz-Peña y 
Alejandro Castiñeiras. Reeligióse síndico a Julio Noé. 

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y Primaria. — Incorporado al Colegio Nacional. — Se preparan a 
Alumnos durante las vacaciones 



Este Colegio, considerado uno de los más perfecfos infernados 
de 5ud América, esfá admirablemente ubicado sobre las barrancas de 
Olivos, en una exíensión de cuatro manzanas, con vista al río. Amplios 
jardines, campo de FOOTBALL, canchas de pelota, etc. Dormitorios, 
comedores y clases construidas según las más modernas y mejores dis- 
posiciones al respecto. Gabinetes de física, química e historia natural. 

A dos cuadras de las Estaciones de OLIVOS (F.C.C.A.) 
y BORGES (F. C. B. A. y R.) 

Número del teléfono: 90, OLIVOS 



COOPERATIVA EDITORIAL «BUENOS AIRES» 

DIRECTORIO: Manuel Gálvez, presidente; Roberto F, Giusti, secreta- 
rio; Alejandro Castiñejrras, Arturo Capdevila, Carlos Muzio Sáenz 
Peña, vocales; Julio Noé, síndico. 

Fundada en 1917, en cinco años ha editado 58 libros y más de 100.000 
volúmenes. 

EN LA PRIMERA QUINCENA DE SETIEMBRE, PUBLICARÁ: 

JESÚS EN BUENOS AIRES 

Notable colección de cuentos y novelas cortas del brillante humorista 
ENRIQUE MÉNDEZ CALZADA 



Durante el corriente año ha publicado 

HISTORIAS SIN IMPORTANCIA 

de VÍCTOR JUAN GUILLOT 
Colección de narraciones trágicas y cómicas, que coloca al autor entre 
los mejores cuentistas argentinos. 

POEMAS PE PROVINCIA 

de ALFREDO R. BÚFANO 

Delicados poemas, henchidos de ternura, del autor de"Canciones de mi 
casa". 

EL VIENTO BLANCO 

de JUAN CARLOS DAVALOS 

El descriptor vigoroso de la montaña salteña y el narrador admirable 
de sus ásperas tragedias. 

SOBRE NUESTRA INCULTURA 

de JUAN AGUSTÍN GARCÍA 

Valiente libro de crítica social del ilustre sociólogo de "La Ciudad In- 
diana" y satírico de "Chiche y su tiempo". 

EL HIJO DEL LEÓN 

de VICENTE A. SALAVERRI 

Una de las más bellas y robustas novelas campesinas escritas en el Plata. 



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RIVADAVIA 1573 



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b 



Año XVI Agosto du 1922 Núm. 159 



NOSOTROS 



ROGELIO YRURTIA 



UNA silenciosa labor de dos décadas — densa de estudio y 
proba hasta la exasperación — ha hecho de Rogelio Yrurtia 
no solamente el primer escultor argentino sino, también, uno de 
los más resaltantes artistas contemporáneos. Afirmación tan ca- 
tegórica no ha de tildarse, empero, de excesiva si se recuerda 
que, ya en 1903, críticos mundialmente reputados como Camille 
Mauclair, Arxene Alexandre, Charles Morice y Gabriel Maurai, 
al señalar a la atención europea su revelador grupo Las Pecado- 
ras — expuesto en aquel Salón des Artistes Franjáis — acudían a 
los más altos elogios, que uno de ellos subrrayaba con estas pala- 
bras, por cierto singulares, en páginas tan severas y mesuradas 
como las del Mercure de Prancc : "El señor Rogelio Yrurtia debe 
contarse entre los muy pocos estatuarios, de nuestro tiempo"... 
Más tarde, Rubén Darío, Eduardo Schiaffino, Martín A. Malha- 
rro, Carlos E. Zuberbühler, Leopoldo Lugones y Ernesto de la 
Cárcova — desde las columnas de respeto o las posiciones de con- 
sejo — exaltaron, aquí, tal prístina jerarquía que, poco después, 
(191 i) refrendara yo en La Nación y en Pallas; y que, ahora, 
ratifica sin discrepancia la crítica ponderada del país. 

Parecería, entonces, ocioso — al considerar su actual obra 
máxima — detenerse previamente sobre filiación tan genuina. Sin 
embargo, esto, que en centros de cultura acendrada resultaría 
redundante, requiérese aún en Buenos Aires. Debido, en efecto, 
al sobresalto de un medio heteróclito, espiritualmente improvisa- 
do, donde el exitismo genérico posterga, en la más rasa displicen- 



434 NOSOTROS 

cía, el esfuerzo único, intenso y recóndito, para proclamar, en 
cambio, lo ostensible : "el rendimiento de lo múltiple, de la mate- 
ria numérica, cuantitativa. . ." — conforme al decir, muy estricto, 
también para nosotros, de Luis Araquistain — ; concíbese que la 
personalidad artística de Rogelio Yrurtia sea todavía un valor 
solamente aquilatado por nuestra exigua élite intelectual. Poco 
importa que, desde 1905, — en las diversas muestras de Florida 
y en los Salones oficiales del Retiro — expusiera primero, aquel 
su consagrado grupo Las Pecadoras, y, luego, la magnífica su- 
cesión de torsos y cabezas que, aún dentro de la restricción frag- 
mentaria, son piezas que honrarían, como honran el nuestro, 
cualquier museo de arte moderno del mundo; de nada le vale, 
tampoco, aquel profundo bronce que perpetúa, en los jardines del 
Hospital de Clínicas, el ejemplo sabio y altruista de un Alejandro 
Castro, ni el admirable boceto en piedra de El Puéhlo de Mayo 
en marcha, que se conserva en el Pabellón Argentino como peren- 
ne protesta contra aquel malhadado fallo del Jurado que dicta- 
minó en el concurso internacional del Monumento a la Indepen- 
cia. . . Como no se rebajase a improvisar, en unos cuantos meses, 
siquiera un par de esos deslavados simulacros "ad-hoc" con que, 
doce años atrás, cierto repentino afán conmemorativo ofendiera 
la digna parquedad estatuaria de la capital, Rogelio Yrurtia, para 
la mayoría de sus compatriotas, no cuenta como entidad artística 
de primera magnitud. Y no se crea que me refiero únicamente al 
"gran público"... El asunto del monumento Rivadavia es de 
ayer, no más; y entre tanta incidencia lamentable, hemos visto 
con asombro a personas de la clase letrada del país calificar 
de "piezas de salón" obras como Serenidad y la magistral 
cabeza de Dorrego que enaltecen las salas argentinas de nuestro 
Museo. Y, aún en cierto ambiente de cultura artística, no fueron 
pocos los sufragios condicionales. Reconocíasele, sin duda, haber 
modelado soberbios trozos y algunos penetrantes retratos; pero, 
para acordarle el valor primordial a que aludiéramos al comienzo, 
requerían un monumento... Ah! la pueril obsesión del monu- 
mento! Ya verá quien me siga en el transcurso de estos apun- 
tes, la decena de monumentos que ha plasmado, destruido y vuel- 
to a levantar, Rogelio Yrurtia, durante veinte años de tesonero 
trabajo, en su increíble empeño de sinceridad y de ulterior per- 



ROGELIO YRURTIA 435 

fección; pero, con todo, da pena pensar que, no el vulgo, sino 
hombres con pretensión de conocedores, e indiscutiblemente ins- 
truidos, para aquilatar un talento de estatuario necesitaban el 
factor numérico, cuantitativo . . . Verdaderamente, es gran suerte 
que exista tan copiosa exégesis arqueológica, pues de otra manera, 
por ser el Antinoo del Belvedere la pieza única de un artista des- 
conocido, casi no merecía el honor de un recuerdo . . . 

Rogelio Yrurtia — salvados los lústrales desgarramientos que 
apareja siempre la vocación incomprendida — a poco de estudiíir 
con Lucio Correa Morales partió a Europa, triunfante en el con- 
curso de becas de 1898, Eran tiempos promisorios de primera 
juventud, pero que ya permitían a Rubén Darío presentarlo así : 
"Rogelio Yrurtia es joven, pero su talento es de una fuerza só- 
lida y madura. Comenzó sus estudios en Buenos Aires, ha hecho 
el viaje a Italia indispensable para todo artista, y luego ha venido 
a París pensionado por el gobierno. De un carácter reconcentrado, 
retraído, tímido como todos los vigorosos, ha vivido siempre de- 
dicado a su arte, en esta maravillosa metrópoli de metrópolis; y 
ninguno de los halagos y tentaciones de este ambiente de placeres 
lo ha arrancado a su meditación y a su ensueño, defendido por 
una labor continua y una soledad discreta. En las almas de los 
artistas existen las vírgenes cuerdas y las vírgenes locas. La de 
Yrurtia es de las cuerdas. Su cultura no es extensa, pero es 
firme. No quiere hacer literatura de mármol o de bronce. Ha 
encarnado, simplemente y humanamente, el problema de la vida. 
Ha puesto los ojos de su espíritu y de su cuerpo en el espectáculo 
del sufrimiento humano. Como Constantin Meunier, se ha senti- 
do conmovido por el Trabajo; y, como Rodin, a quien admira, 
por la dominación del Amor omnipotente que arde en la tierra. 
Y ha visto discretamente, sin lentes de preocupación ni anteojos 
académicos. Con esto ya está significado que no existe en él la 
tendencia a lo retórico y, menos, a lo bonito, ni la sujeción a los 
fríos cánones de los dirigentes diplomados. Es un talento leal 
consigo mismo. Aunque tenga sus admiraciones, no juzga que 
deba sujetarse al yugo de los maestros". 



436 NOSOTROS 

Me he extendido deliberadamente en la transcripción, no solo 
porque, en pocas líneas, el maestro da una síntesis profunda del 
carácter de este artista, sino también, y particularmente, porque 
aun no siendo la crítica de artes plásticas un ejercicio predilecto 
y especializado del Poeta de América, contiene frases que, salvo 
comprensibles transmutaciones al avanzar en su carrera, entran 
muy hondo en la obra de nuestro escultor. Así cuando dice : "No 
quiere hacer literatura de mármol o de bronce'' ; "ha encarnado 
simplemente y humanamente el problema de la vida" ; "ha visto sin 
lentes de preocupación" ; "no existe en él la tendencia de lo retó- 
rico"; lo excluye, definitivamente, de esa tendencia filosofástrica 
y pontificante que entonces amagaba convertir la escultura en un 
balbuceo de intenciones, más o menos propias, y que, ahora, a 
fuerza de malgastada, se arrastra en las puerilidades técnicas de 
los vieux jcux. Pero nótese bien, no quiero con esto decir que la 
ofcra de Yrurtia sea simplemente formal ; plástica y, por lo mis- 
mo, ázima del influjo recóndito — emocional o intelectual — el 
único que torna imperecedera la obra de arte moderna. Quiero 
significar con ello, que, así como para el logro del hondo con- 
cepto, no subordina ni prescinde nunca de la observación directa 
— como ocurre a veces, en ciertas síntesis simbólicas de Rodin — ; 
al sentirse conmovido por los quebrantos de la pasión o la armo- 
nía de la línea, su composición no caerá por eso en la verba melo- 
dramática de un Bistolfi o en los primores decorativos de un 
Dalou. 

Y, así, habiéndole sido muy fácil impresionar a su público 
con actitudes extrañas o postulados abstrusos — despreciando el 
Renacimiento, y lo gótico y lo románico, para presentarse como 
un renovador providencial de lo egineto, de lo egipcio o de lo 
Khmer — ha preferido, en su honrado orgullo, la notoriedad tar- 
día antes que descender a las complacencias que impone el sno- 
bismo o de violentar sus convicciones estéticas. Su propósito in- 
quebrantable fué mantenerse él mismo, sin la menor concesión ni 
al intelectualismo agudo, ni a las preferencias decorativas de la 
masa. Y del mismo modo que en la expresión del símbolo nunca 
sacrifica la justeza plástica, cuando se preocupa del arabesco lo 
alcanza siempre magistralmente, sin desmedro del concepto y sin 
trastornar la interpretación de la naturaleza. De ahí la íntima 



G^ 



\y^ 




\. \ 




Rogelio Yrurtia 



ROGELIO YRURTIA 437 

y profunda concordancia entre lo ideológico y lo sensorial que 
vertebraliza toda su obra; y que el modelado trasunta luego en 
ese perfecto equilibrio de valores escultóricos, es decir: de líneas, 
de planos y de volúmenes. 

Bien pudo decir, entonces, Darío : "Es un talento leal con- 
sigo mismo". 

* * 

Sin embargo, aquel admirable grupo de Las Pecadoras — 
cuya ordenación horizontal iba a perdurar en sus siguientes con- 
juntos monumentales (El Pueblo de Mayo en Marcha, Canto al 
Trabajo) — al mismo tiempo que lo colocaba, a los treinta años, en 
el primer plano de la escultura moderna, aparejóle la mortifica- 
ción de verse, en el acto, filiado en la imaginaria escuela rodiniana. 
El fácil recuerdo de la línea de composición de Les Bourgeois de 
Calais, así como la ausencia del elemento arquitectónico, se im- 
puso a los cronistas ; y, sin mayor examen, aventuróse la especie. 
Sin tener en cuenta que Rodín — como bien se ve ahora — no 
podía ser jefe de una escuela en mérito a la misma estructura 
excepcional y, por tanto, intransfundible de su arte, no se reparó 
en que Yrurtia no se le parecía siquiera en lo que cualquier alum- 
no de academia puede apropiarse del autor de Le Beiser, es 
decir: del sesgo fonnal, accesible como toda técnica. 

Con todo, aquella arbitraria filiación hizo camino ; y recuer- 
do que en noviembre de 191 1, a raíz de la presentación mía en 
La Nación de cierta vista fragmentaria de Bl Triunfo del Tra- 
bajo (i), hube de verme envuelto en tal mal entendido. Por 
fortuna, la casi inmediata exposición en lo de Witcomb de un 
torso y dos cabezas de Yrurtia, permitióme aclarar, en las mismas 
columnas, el alcance de la malhadada cita que lo provocara. 

El autor de Bl Pueblo de Mayo en Marcha — había escrito 
yo — ha demostrado en anteriores obras hasta qué punto domina 
la ciencia del modelado y de qué manera sorprende la imagen 
fugaz de las actitudes. La arcilla, bajo sus manos, cobra morbi- 
dez, color y hasta tibieza; de tal modo el cuerpo que simula se 



Museo. 



(i) Título originario del actual Canto al Trabajo expuesto en el 
eo. 



438 NOSOTROS 

encarna en realidad. Y la acción, para él, no es solamente "la 
transición de una actitud a otra", "el desarrollo de un acto a tra- 
vés de un personaje", sino la actitud misma sensibilizada. Como 
el sutil protagonista de La - Bas, comprende Yrurtia "que la cu- 
riosidad en el arte comienza allí donde los sentidos dejan de ser- 
vir" ; pero que no ignora, por cierto, el apotegma de Rodin para 
los que quieren practicar esa religión :' "el primer mandamiento 
es : saber modelar bien un brazo, un torso, un muslo" . . . Esta 
cita de un libro no muy divulgado, entonces, entre nosotros, dio 
posiblemente margen para que críticos ocasionales, y por lo tanto 
demasiado perspicaces, descubrieran un propósito de hacer deri- 
var nuestro escultor del gran estatuario francés. La rectificación 
detenida no cabía en una simple nota periodística. Para eso están 
las monografías de arte y las publicaciones especiales (este es el 
caso) en las que es posible analizar las filiaciones. Entre tanto, 
la cita de Les Bntretiens d'Art, de Auguste Rodín, reunidos por 
Paul Gssel, quería expresar esto: el escultor moderno de más 
universal renombre, a quien se le hace aparecer, acaso demasiado 
genéricamente, como el paladín del desgaire de la forma con tal 
de obtener intensas síntesis de expresión, aconseja lo que de ante- 
mano ha realizado nuestro compatriota. Nada más. Es así que 
añadía: Pero hay algo más recóndito en el arte de Yrurtia. No 
es de los estatuarios que se contentan con reproducir la realidad 
tangible de los cuerpos, ni es tampoco de los que se obstinan en 
infundir ideas, anhelos, y emociones, desdeñando la forma que 
los contienen. Espiritualista y sensitivo, a la vez, anima sus 
creaciones aunando a la llama interior la verdad de la carne que 
plasma. Para él todo el cuerpo tiene expresión; todo "el cuerpo 
piensa, así como siente, de pies a cabeza. La idea, lo mismo que 
la sensación, se le aparecen como presencias, al punto de que de 
él también pueda afirmarse que ha logrado sensibilizar los ensue- 
ños y espiritualizar las sensaciones. Y, así, gracias a esa doble 
percepción del ser, le es dado a Yrurtia vivificar las síntesis más 
abstractas y dar carácter preciso a un cuerpo mutilado. Es el caso 
del torso aludido, el que, por sí solo, bastaría para confirmar la 
personalidad original y desbordante de Yrurtia. En él hay dos 
cosas : la perfección asombrosa del modelado — de una interpreta- 
ción anatómica tan estricta que se puede sentir hasta en las pal- 



I 



ROGELIO YRURTIA ^ 43i) 

mas de las manos — y la estructura interior, la presencia invisi- 
ble de la persona con sus ritmos y sus actitudes futuras, cuando 
el grado de realización llegue a ser total. Sin necesidad de preve- 
nirlo, cualquier ojo avisor adivina, en los músculos hinchados — 
pero no deformes — en todas las lineas heroicas de la postura, 
que tal fragmento pertenece tanto por la potencia patética como 
por su calidad prástica, a un cuerpo de triunfador ( i ) . 

Comprobado esto ¿para qué investigar posibles accidentales 
puntos de contacto, dentro o fuera de la fisonomía artística de la 
época, entre tal y cual artista de talento ? ¿ No se ha dicho que los 
aspectos inesperados de "abocetamiento" en las síntesis de Rodín 
no eran sino imitaciones de las obras que dejó sin terminar Mi- 
guel Ángel y que se conservan en el Museo Nacional de Flo- 
rencia? Por de pronto Yrurtia, aun admitiendo esa conjetural 
influencia rodiniana, no trasluce en sus obras las características, 
"la marca", del maestro; circunstancia que, unida a la absoluta 
divergencia ética, ló substrae de toda presunción de disciplina. 
Extremando la policía de sus orígenes artísticos — todos los 
tienen menos los genios — habría que ir a la Grecia clásica, aca- 
so a través de la obra de Rodín, pero siempre en un púgil esfuer- 
zo de liberación, a la que ha llegado en tal plenitud de persona- 
lidad que hace olvidar todos los trayectos. 

Por lo demás, en cualquier arte y en cualquier época, podría 
señalarse el substractum originario del artista desconcertante. 
Cuando Ugo Ojetti dijo de Joseph Israéls que era "un pintor que 
ha cumplido el milagro de imitar a Rembrandt", ya subrayé, por 
lo que a la pintura se refiere (2), la inanidad del resabido paren- 
tesco. Limitándome a los modernos, recordaba como todos los 
comentadores, al considerar los paisajistas franceses de 183Q, de- 
ducen de los cuadros pequeños y de los aspectos ingenuos — "sin- 
ceramente agrestes" — la influencia de fórmulas holandesas. Y 
el concretarlas en Rousseau, directamente de Ruysdaél ¿ha dado 
fundamento a alguien para disminuir el mérito del primero? No 
puede hablarse de John Constable sin recordar a Hobbema y a 
Ruysdaél. Investigando la orientación de Millet, llégase al re- 



(i) En efecto, tratábase del torso de una de las principales figuras 
de Bl Triunfo del Trabajo. 

(2) La Belleza Invisible, pág. 85. 



440 NOSOTROS 

cuerdo de \'an Ostade y Fierre Breughel, así como se descul)re, 
en las sorpresas de su técnica, los medios del Mantegna ... Y 
Puvis de Chavannes, ¿no sur je acaso, esporádicamente, de los 
cuatrocentistas ? . . , " 

Ahora bien, tratándose de un argentino contemporáneo, po- 
dria citarse varios ejemplos, entre muchos, que demuestran, al par 
de la excesiva facilidad de ese juego inocuo, la absoluta falta de 
importancia de la filiación. ¿Quién ignora que el Fader de cali- 
dad — el Fader animalista — hay que investigarlo en Zügel, y 
que las expresiones emocionales y pasionales de Zonza Briano 
tentaron antes, genialmente, a Medardo Rosso? ¿Fader y Zonza 
líriano dejan, por eso, de ser dos grandes artistas argentinos ? . . . 

Tal preocupación es secundaria y solo en afán especioso pue- 
de removerse. Yrurtia, sin su enorme talento, sin su sobresaltada 
sensibilidad y sin su peculiar maestría, hubiese sido uno de tan- 
tos, más o menos beneficiado por las "comandes" oficiales, a 
pesar de las más directas sugestiones de los maestros modernos o 
antiguos. Si hoy está al frente de los escultores contemporá- 
neos ; si su renombre ha traspuesto las fronteras y los mares, es 
por que él vale por sí solo — por la unidad de su conciencia y su 
fervor de belleza — ; y porque su vocación, después de cruentas 
luchas, se realiza conforme al destino, que dio a sus manos el 
privilegio de haber sido hechas para lo que hacen tan admira- 
blemente. 

Después de aquel triunfo en París, con Las Pecadoras, la 
obra de Yrurtia creció infatigablemente, en el mismo impetuoso e 
inalterable silencio. Durante cuatro años (1903 -1907) y sin 
otra solución de continuidad que la de un rápido viaje a Buenos 
Aires (1905), para exponer en el antiguo Salón Costa aquella 
composición y una serie de profundos estudios de torsos, cabezas 
y miembros, este empecinado de la verdad y de la perfección rea- 
lizara un trabajo tal que, discretamente aprovechado por cual- 
quier exitista, le hubiera valido en su patria, con el aplauso de los 
técnicos y de los conocedores de condición, la admiración sonante 
de las multitudes. Pero como él, sin desdeñar su público, solo 



ROGELIO YRURTIA 441 

aspiraba a presentársele con una obra digna de lo que le imponía 
su conciencia estricta — haciéndose temerarias ilusiones respecto 
a la progresiva cultura artística de su país — mantenía rigurosa- 
mente, impetuosamente oculta su producción atribulada y armo- 
niosa. De ahí que, no obstante los artículos encomiásticos, a que 
nos hemos referido al principio, la impresión general fuese la 
de una obra inconclusa; y, como no podía hablarse de displi- 
cencia frente a un trabajador "de sol a sol"; y como no podía 
negársele, tampoco, entusiasmo activo y arduo amor por su arte, 
las almas caritativas — al ver que era más fácil y más rápido 
(y sobre todo más provechoso) fundar un banco o un frigorífico, 
pronunciaron la palabra, en nuestro medio tremenda pero que 
habría hecho sonreír en Europa: impotencia! 

Por fortuna los que, entonces, habían tenido la suerte de se- 
guirlo de cerca — cuatro o cinco hombres realmente de calidad : he 
nombrado a Don Guillermo Udaondo, Rubén Darío, Carlos E. 
Zuberbühler, Martín A. Malharro, Eduardo Schiaffino y Carlos 
Delcasse — cada cual en su rango y en su dedicación especial, 
salieron en su defensa. Al cargo de lentitud — el único consis- 
tente — que enarbolaban los demasiados entusiastas y sospecho- 
sos proclamadores de esta impotencia de un gran artista argenti- 
no, pudieron ellos, sin duda, oponer resabidos ejemplos — anti- 
guos y modernos — de perdurables artistas del pensamiento y de 
la forma que, precisamente, gracias a ella (que significa respeto 
por su arte, autocrítica, afán de perfección) legaran sus nombres 
al respeto y la admiración universales. Pero como hubiera sido 
lo mismo que predicar en el desierto — en el peor de los desier- 
tos: un desierto habitado por hombres ignaros y pretenciosos — 
evitaron la polémica inútil y lo defendieron como lo exigía el 
momento. Prescindieron de los habitantes del Desierto y obtu- 
vieron para el alto artista reconcentrado, el encargo de los monu- 
mentos: Bl Triunfo del Trabajo y el de Dorrego. Tuvieron 
la suerte de que al frente del municipio de la Capital estuviese 
entonces (1907) un hombre de calidad patricia y de espíritu avi- 
zor, don Carlos Torcuato de Alvear y de que en la Comisión del 
Monumento a Dorrego formaran personas que no desdeñaban 
aunar al prestigio social el desvelo de las lecturas y la capacidad 



412 NOSOTROS 

<Je comprender. I'uéronle, pues, encomendados a Yrurtia los dos 
grandes monumentos. 

Pero si tan honroso encargo levanta el espíritu del artista, 
no cree éste que, por ello, ha de malbaratar sus creaciones en 
términos perentorios. Pasan dos, tres, cuatro años, y el público 
y las comisiones no ven surgir, como por arte de encantamiento, 
los simulacros simbólicos o conmemorativos que ya tenían desti- 
nado sitio. . , Vuelven a renacer las desconfianzas y las sospe- 
chas . . . No importa que los que tuvieron la suerte de visitar su 
taller en Boulogne-sur-Seine, demuestren que esa lentitud signi- 
fica todo lo contrario a impotencia ; que recuerden al público im- 
paciente que la obra de arte no puede realizarse a plazo fijo, como 
una operación de Bolsa o como la edificación de un rascacielo. 
No importa que señalen sus numerosas obras fragmentarias ya 
terminadas, de las cuales bastaría una sola para dar fama a lui 
escultor — tal el torso aquel en que insisto — y que pueblan el 
ampHo y recogido recinto de su taller y serán, en todo tiempo, 
irrefutables testimonios de su capacidad inmediata de realización. 
No importa. Esa lentitud será una de las causas de que, dos 
años después, no obstante su boceto admirable, no se le acuerde 
la ejecución del Monumento a la Independencia. Me refiero al 
Pueblo de Mayo en Marcha que conservamos en el Museo y que 
merece acápite especial. 

*. 
* * 

Esa maquette del Monumento a la Independencia, es decir, 
un fragmento de ella: El Pueblo de Mayo en Marcha — pues 
la obra se integraba con un gran Arco de Triunfo, de las pro- 
porciones del de L'Etoile y de estilo greco-romano — constituye 
la parte substantiva del proyecto. Todos recuerdan cómo ter- 
minó aquel zarandeado concurso internacional al que concurrie- 
ron sesenta y tres escultores tentados por el monto fastuoso de 
las recompensas. Después del examen eliminatorio, quedaron 
para la elección definitiva solamente seis proyectos firmados por 
Eberlein, Blay, Gasq, Lagae, Moretti-Brizzolara e Yrurtia. Las 
cinco maquettes extranjeras eran evidentemente inferiores como 
obras de estatuaria vwnumenta}, a la de Yrurtia. .AlgAn sesgo ar- 



ROGELIO YRURTIA 443 

quitectónico, como el aportado por Moretti en el de los italianos ; 
o esta línea decorativa, graciosa y esbelta, como la ondulada por 
el belga Lagae, prestaban algún interés al conjunto extranjero; 
pero en cuanto a originalidad de la concepción y al valor escul- 
tórico, todos, insisto, fueron inferiores al de nuestro compa- 
triota . 

La ideación concretábase, en ellos, en la consabida masa ar- 
quitectónica que fundamenta análogos simulacros, espiritualmen- 
te alemanes o italianos, coronados por los eternos "chiches" alegó- 
ricos de la República, la Libertad, la Acción, la Justicia, etc.,^ 
etc. ; defendidas por grupos de soldados de calcomanías, al man- 
do de generales interamericanos, en aparatosos entreveros de fo- 
lletín . 

En lo que respecta a la ejecución, para adivinar lo que 
resultaría, basta dar un vistazo al histriónico pedestal con que 
Eberlein ha ofendido la antigua y honrada estatua ecuestre de 
San Martín, en el Retiro. Después de ese arquetipo de ramplo- 
na escultura guerrera de encomienda, todo puede imaginarse . . . 

Entre tanto, he aquí como describe el proyecto de Yrurtia, 
Charles Morice, cuyas palabras reproduzco textualmente para 
alejar la menor sospecha de chauvinismo en una reseña que, ne- 
cesariamente, debería resultarme altamente admirativa. 

"El señor Yrurtia, hijo del país que él celebra, debía encon- 
trar lo que ni aún pudieron sospechar sus competidores extranje- 
ros, quiero decir el verdadero carácter de una obra patriótica: 
el amor orgulloso, expansivo, alegre. 

Ha imaginado un arco de triunfo, cuyo estilo greco-romano 
recuerda los lazos latinos de su patria; y, a esta parte arquitec- 
tónica de su composición, ha prodigado todos los atributos de 
la magnitud de la fiesta, Pero, en torno de esta visión de Apo- 
teosis, no ha evocado las imágenes de la violencia, ni del homi- 
cidio. A la Independencia de su pueblo ha dado, por único de- 
fensor, su mismo pueblo : una multitud desnuda, pacífica, dichosa, 
que se prepara para desfilar bajo la bóveda heroica en un ritmo 
de danza. 

He ahí, clara, deslumbrante, evidente, la verdadera, la bue- 
na, la bella y noble Idea. Es en su corazón, que el artista pa- 
triota debía descubrirla; v la absoluta sinceridad del sentimiento 



444 NOSOTROS 

ha determinado el perfecto ajuste de la invención. No era por 
señales de desconfianza o de amenazas frente el porvenir, que de- 
bía celebrarse una fecha gloriosa del pasado nacional, sino por 
la gratitud extasiada del presente, por la alegría profunda de 
los vivos. Y todas esas actitudes flexibles, que esbozan enlaza- 
mientos, — todas esas bocas sonrientes que desean besarse ; toda 
esa expansión de juventud fuerte, amorosa, libre y que procla- 
ma, con irrefutable elocuencia, que el esfuerzo de los antepasa- 
dos no fué vano, demuest