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Full text of "Novelistas posteriores a Cervantes. Coleccion revisada y precedida de una ..."

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BIBLIOTECA 



AUTORES ESPAÑOLES. 



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BIBLIOTECA 



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AUTORES ESPAÑOLES, 

DESDE LA FORHAOON DEL LENGUAJE HASTA NDESTBOS DÍAS. 



MEUSTAS POSTERIORES A URTAinES. 



COLECCIÓN REVISADA Y PRECEDIDA DE UNA NOTICIA CRÍTICO-BIBLIOGRÁFICA, 

. POB DON CATETANO BOSELL. 




MADRID. 

M. RIYADENEYRA^IMPRESOR— EDITOR, 

CAUI DE IK ■ADKH*, 8. 

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NOTICIA 



OBRAS Y AUTORES QUE SE INCLUYEN EN ESTE TOMO. 



El género de composiciones que contiene el presente volumen» y el tiempo á que se refieren, 
no suministran muchos materiales ni muy importantes tampoco para la historia de nuestra li- 
teratura. Forzoso es sin embargo contemplarla y seguirla en todas sus vicisitudes ; y pues en los 
principios de esta publicación se reimprimieron las obras de Cervantes y las de los novelistas que 
le precedieron (1 ) » tiempo parece ya de proseguir aquella torea » sacando del olvido á sus suceso- 
res, y manifestando quiénes dirigieron sus pasos por las sendas ya trilladas, y quiénes se sepa- 
raron de ellas; hasta qué punto el arte y la lengua mejoraron ó desmerecieron; qué espíritu , en 
suma, crearon las producciones de tan célebres ingenios , y cómo los que vinieron detras se apro- 
vecharon de sus lecciones. A esto pues deben por ahora limitarse nuestras conjeturas, reserván- 
donos investigaciones más amplias sobre la materia para cuando» completada la serie de épocas 
hasta nuestros dias, podamos examinar el cuadro en toda su extensión , penetramos de su con-* 
junto , y analizarlo en todos sus pormenores. 

La novela, que durante el siglo xvi adquirid , como hemos visto, los caracteres que por entónr 
ees bastaban á constituirla» vinculó después en el ingenio de Cervantes no solo los principales 
géneros á la sazón conocidos» sino todas las perfecciones de que estos eran susceptibles; y no 
contento el autor de la Calatea, de las Novelas ejemplares y de PersUes y Sigismunda con haber 
proscrito de nuestra literatura el fruto bastardo y nocivo de los libros caballerescos» abrió en su 
Dan Quijote un campo vastísimo á los que » bien siguiendo su ejemplo » bien aspirando al título de 
innovadores» pretendiesen granjearse el aplauso público y alcanzar el fin que esta dase de es- 
critos se proponen » el de deleiíar aprovechando* • 

Por otra parte» si las obras Uterarias » como primera condicicm de su existencia y perpetuidad» 
han de ser traslado fiel de la sociedad para quien se escriben» ninguna época ofreció á nuestros 
ingenios circunstancias más favorables que esta á que nos referimos. La nofoeia amaíoria con pre- 
tensiones de heroica f por el estilo de PersUes y Sigismunda ^ lejos de ser una invención laboriosa, 
se reducía á tomar por tipo la vida de un cabaUero noble » enamorado, valiente » dotado de cierto 
espíritu aventurero ; y caballeros de estas prendas » de este idealismo de carácter» abundaban en 
k corte de los Felipes. Para modelo de la novela social y do eosíumbres bastaban las de aquel 
tiempo» varias como las ciasen de la sociedad» que en este sentido subsistían aun muy separadas» 
originales» como de una nación que predominaba todavía en Europa» y poéticas, porque ni la fe 
ni el entusiasmo $e habían enteramente desterrado de los corazones. Para la novela satírica ofre- 
cían innumerables argumentos los abusos del poder» los extravíos del fanatismo» la hipocresía» 
la ignorancia ó preocupación» por ejemplo» de un gobierno que expulsaba de su suelo á los in- 
dustriosos moriscos» y tantos otros vicios , así de las personas constituidas en dignidad como de 
los particulares. En la novela picaresca , lo mucho que se hizo muestra bien lo que podía hacerse; 
y eu la histórica , sin necesidad de recurrir á artificiosas invenciones, con solo el relato de la ver- 
dad de ciertos hechos hubiera resultado siempre un tejido maravilloso. De estos elementos su« 

(i) El tomo I de la Bibuoteca comprende las obras do OorYámos í y ol in i los N^TolUtas «Heriore» i su 4poca« 



TI NOTiCIA 

pieron aprovecharse nuestros autores dramáticos ; y nación que contaba !con un teatro tan rico, 
tan original y en que tan fielmente se veian pintadas la sociedad y la época , no debió carecer de 
novelistas hábiles en^ todos I03 géneros mencionados. 

No fueron pocos seguramente los que se dedicaron á esta empresa: la presente colección solo 
comprende los doce años que median desde 1614 á 1626 (I)» y antes y después se advierte la 
misma fecundidad ; pero bien , como algunos creen » porque el rigor d^ la censura amedrentase á 
los más y no dejase tratar á los restantes sino asuntos estériles y vulgares, ó porque la manía 
del culteranismo que tanto habia comenzado á influir en el estilo hiciera desatender la parte 
esencial y estética de las composiciones; bien porque la exagerada aceptación concedida á la 
iiovcla picaresca alucinara á los que podian emplearse en géneros mas útiles y fecundos, ó en fin 
porque la literatura toda se hallaba resumida en el teatro : es lo cierto que el número de las obras 
no guarda .analogía,, generalmente hablando, con su mérito; y que autores que, ó por la fuerza de 
su invención ó por la maestría con que manejaban la lengua , hubieran podido producir composi- 
ciones más acabadas, por cualquiera de las causas indicadas, ó por todas juntas, afearon las su- 
yas con notables imperfecciones. 

Sin embargo, y á pesar de esta opinión^ que tí d6 algo peca, es de severa en demasía, ann 
queda mucho que admirar en ellas, y aun podemos sacar de siU estudio lecciones muy provecho^ 
sas, sobre todo hoy dia que la novela pretende avasallarlo todo, que en el ensanche dado á su 
dominio parece sucesora de la enciclopedia del postrer siglo, y que, asi como forma la única 
erudición de muchos, constituye también el único alimento de ciertas almas privilegiadas. La 
antigua novela española, menos ambiciosa que la modefrna de nuestros vecinos (pues propia en 
la actualidad no merecemos tenerla), era menos social ^ menos filosófica si se quiere, pero más 
literaria en cambio , y no es de despreciar esta dote , tan poco característica de las^bras de nues- 
tros tiempos. Demos pues una breve idea de las contenidas en este tomo. 

Cervantes tuvo un competidor, como anteriormente lo habia tenido Hateo Alemán, que ha- 
ciéndose dueño de su pensamiento creyó usurparle también su gloria; pero tal es el tormento 
de los envidiosos, «o conocerse á sí propios y conocer el mérito de aquellos á quienes odian. La 
falta no consistia tanto en aprovecharse del trabajo ajeno, como en vilipendiar al verdadero au- 
tor de su obra, cob«1 dañado*Bn de retraerle de su propósito : perversidad de índole (2), mas 
bien que audacia; y si de audacia se califica, ya que ne recibió castigo de las leyes, haHcalménos 
reprobación en el juido de la posteridad. 

Para que la ruindad pareciese más manifiesta, ocultó $u verdadero nombre y tomó el supuesto 
de Alonso Fkrnandxz de Avellaneda , fingiéndose también natural de Tordesillas. Hay datos para 
<^eer que fuese aragonés, pues á más de hacerlo sospechar algunos de sus modismos, elmismo 
Cervantes lo declara, indicando con esto que le oonocia, y por temor ó por otros respetos no se 
atrevía á descubrirle: por ciertas conjeturas dedúcese asimismo que era escritor dramático, ó amigo 
^c Lope de Vega , á quien aluda en su prólogo; y aun llegan algunos á determinar su persona, di- 
ciendo ser nada menos que la del famoso padre fray Luis de Aliaga , confesor del rey Felipe ID, y 

'(1) No $on, sin embargo, estas todas las obras publicadas en igual período, pues entre otras pueden citarse por 
Tia de ejemplo las siguientes : Historia tragi-cómica de don Enrique de Castro, por Francisco Louvaissin de Lamarca, 
París, iñíl.'Et curioso y sabio Alejandro, de Salas Barbadfllo, Madrid, 16iS. El CabaUero perfecto, el eatíleordo^ 
bes Pedro de ürdemahu^ y la Casa del Placer Honesto , las tres del mismo Salas Barbadillo, y publicadas en i890. La 
sa¡bia Flora malsabidil la, Ija incasable mal casada, y Don Diego de Noche, del propio autor ; la primera de 1621 , la 
segunda de 1622, y la última de 1623. Novelas morales y ejemplares, de Diego de Agreda y Vargas, 1620. Guia y avisos 
He forasteros, por don Antonio Liñan y Verdugo, 1620. Clavellinas de recreación, por Ambrosio de Salazar, 1622. iVo- 
ffelas de Francisco «le Lugo y Avila , 1622. Novelas amorosas, de José Camerino , 1625. Noches de invierno, por Fran- 
cisco RüizLobo , 1623. Donaires del Parnaso, de don Alonso del Gastttlo Solórzano , 1624. Tardes entreteaUUís, del 
mismo autor, 4623. Jomadas alegret, del mismo, 1626. 

. (2) Para hacer más evidente la mala intención del Avellaneda, hemos copiado en una nota, al pié de la primera pá- 
gina de su Quijote, élXitáXo con que se publicó la primitiva edición. Está hecha en Tarragona por Felipe Rober- 
to , 16U , S.^' Después se reimprímió en Hadríd en 1732 , en i.^* , y en 1S05 en 2 vol. 8.** : esta última vez expurgando 
el texto; pero nosotros hemos seguido la «dicion antigua. 

El Quijote de Avellaneda mereció el honor de que Lesage lo tradujera á su idioma en 1704; m9S con tan poca fideli* 
dad , que á veces lo desfiguró completamente , mejorándolo sila embargo. 



DE LAS OBRAS Y AÜTOBES INCLUIDOS EN ESTE TOMO- vn 

brorito del duque de Lerma; ó el religioso dominico fray Juan Blanco de Paz^ que en Argel se 
eoemistó-con Cervantes (1 ). 

Respecto af mérito de la obra andan divididos y aun encontrados los pareceres, pues mien- 
tras unos sostiénenque sin el Quijote verdadero, el falso hubiera perecido en la oscuridad, otros 

(I) Repetimos en este, como en otros pormenores relativos ala publicación del Quijote de Avellaneda, lo que dice el 
iTDor ArilMia (tomo i de nuestra Biblioteca) y oíros biógrafos de Cervantes; pero animados con las indicaciones que 
nos ha hecbo nuestro erudito amigo el señor don Aureliano Fernandez Guerra y Orbe, y por las que hemos leído en la 
Uutarié éei eawie'^iuque de Olivares; del no menos entendido escritor don Adolfo de Castro , hemos procurado inda- 
gar hasta qué ponto pudieran ser fundadas las coqjetttras de los que creen ser un mismo sugeto el célebre Avellaneda/ 
7 el padre fray Luis de Aliaga ; y el resultado de nuestras investigaciones es el siguiente : 

Si Avellaneda era aragonés, también nació en Aragón el padre Aliaga. Entre los manuscritos de la Biblioteca Nacio- 
nal se conservan varias copias de un memorial dirigido al seSor don Felipe IV á principios de su reinado , en que enu- 
meriadose acosacioDes contra Aliaga , hombre de b^a educación , que de oscuro fraile dominico habia llegado á con- 
fesor del Rey é inquisidor general, y contra su hermano el arzobispo de Valencia, se dice que aquel era natural de una 
aldea de la coauínidad de Teruel. En una colección de certámenes de aquel tiempo hornos hallado el cartel del que se 
celebró en Zaragoza con motivo de la promoción á la presidencia y oGcio de inquisidor general del mismo fray Luis do 
AUaga, y en una composición adjunta é impresa, que sin duda debió ser de las premiadas , se leen los siguientes 
TCfiios, en verdad harto ramplones : 

Zaragotaeseljardia 
DesU Aliaga poderosa, 
Tan fuerte y tan provechosa. 

Con jQstlda Zaragou 
Hace i tan supremo hijo . 
Universal rcsoeijo. 



La parroquia de San Gil 
Couba el siglo de oro , 
Pues nos dio tan gran tesoro-. 

Como esta Alíaga naeié 
Tan vecina de San Pedro, 
La bizo en su ribera cedro. 



Difieren pues anü)0s testimonios en cuanto al pueblo , peroi.n<> en cuanto á la provincia. 

Donjuán Antonio Pellicer, en su Vida de Cervántei, opina que Avellaneda fué fraile dominico, y que por lo infor- 
mado que se maestra délas prácticas de las religiosas en e( episodio de los felices amantes, debió estar en algún con- 
vento demoq|as.Paes bien: el memorial citado refiere por qué causa tuvo el padre Aliaga que emplearse en uno de 
estos eonveolos , yendo por^sompañero del padre maestro Xavíere , que más adelante fué generalisimo de la orden de 
predicadores. ¿Tendría acaso Pellicer algún dato más seguro, y no se atrevería á exponerlo?. Confesamos que en otro 
€aso DOS parece su sospecha demasiado sutil y cavilosa. 

Hay sin embargo etra coincidencia más notable. El mismo seSor Pellicer habla de otro certamen, tenido también en 
Zaragoza, y copia estos versos del viyámen que se dio con Ul motivo : 

A Sancho Paitsa, estudiante» 
Oflelalé paseante, 
Cosa justa A su taiento ,. 
te darájel verdugo ciento, 
Cabaltero en Rocinante. 

Y vuelve ft manifestar su opinión de que en esta quintilla se alude á Avellaiieda. Si esto es cierto , resulta que alul 
se le apellidaba Sancho Btnza; y admirémonos : con el propio apodo se conocía al famoso padre Aliaga. La prueba que 
talemos es irrecusable. En el citado departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional, bajo el núm. M.900, existe 
os tomo en AJ* que contiene varias poesías inéditas del conde de Vijlamediana, y entro varias déchnas á lú eaida de los 
uámstrot y privados del rey Felipe III se encuentra esta : 

Sancho Panza , el confesor 
' Del ya difunto monareo , 
Que de la vena del arca 
Fué de Osuna sangrador. 
El cuchillo de dolor 
Lleva á Huete atravesado, 
Y en tan miserable esudo , 
Que será, según he oido. 
De inquisidor, Inanirido, 
De confesor, confesado. 

Lo de que sangrase la vena del arca de Osuna está evidentemente probado en la causa que se lormó al duque do 
lJceüa,?qoe hemos registrado también en dicho establecimiento. ^^ P^es Aliaga conocido en la corte con el dic- 
tado de Sancho Panza. ¿ Por qué^ Por su figura no> pues nos dice Qucvedo que era de buena este tur a, color turbio, 



fof NOTICIA 

conceptúan que la fama del de Cervantes es lo que únicamente perjudicó al segundo. Entrambas 
opiniones las reputamos exageradas : el supuesto Avellaneda era sin duda escritor notable» y por 
esto, y para que se vea de qué modo trataron dos autores un mismo asunto, hemos incluido en 
nuestra colección al Ingenioso hidalgo de Argamasilla; pero pensar, sospechar siquiera» que el 
émulo de Cervantes pueda disputarle la preeminencia, y que á haberse él anticipado con la pri- 
mera parte de su obra, hubiera dejado atrás al ingenio que admira el mundo , nos parece una in- 
sensatez indigna de refutarse. Ya la concepción del pensamiento entra por mucho en la dificultad 
de una obra , por más que se diga lo contrario ; y aprovecharse no solo de él, sino del plan bos- 
quejado de antemano, como mdudablemente lo hizo Avellaneda, es hallarla dificultad vencida: 
sin embargo, su acción camina con lentitud y carece de desenlace, á pesar de que el autor ter- 
minantemente renuncia á proseguirla, pues en este caso hubiera debido indicar por lo menos có- 
mo pensaba terminar su fábula; y no todos los episodios, haciéndole merced de contar por tales 
los del rico desesperado y de los felices amantes ^ son oportunos ni están muy hábilmente prepa- 
rados. Los caracteres de don Quijote y Sancho, trazados y conducidos por Cen-ántes con tanta 
maestría, degeneran mucho en manos de su imitador; y los inventados por él son generalmente 
débiles y vulgares, como el de Bárbara, convertida en reina de las Amazonas, figura bajo todos 
aspectos repugnante. 

Considerado meramente como escrito , el libro de Avellaneda es algo más apreciable. Adolece, 
si, su estilo con frecuencia de faltas de buen gusto, y de cierta pesadez mal avenida con los do- 
naires que pretende poner en boca de sus interlocutores; pero se encuentra al cabo artificio, y 
no pocas veces habilidad, en las descripciones, asi como en la parte de locución bastante sohura, 
práctica, propiedad de voces y destreza en la manera de construir la frase. Todo pues nos hace 
creer que si en su Ingenioso hidalgo quedó Avellaneda muy inferior á Cervantes , en una com- 
posición ideada por él y acomodada á sus fuerzas, hubiera quizas alcanzado legitima nombradla, 
sin necesidad de mancharse con una infamia, ni de cubrirse con una máscara para poder salir 
á la luz del mundo. No nos detengamos más en el juicio de una obra cuya lectura basta para for- 
marlo completo y desapasionado. 

El año siguiente de i6iK (1) se publicó en Madrid con el titulo de Poema trágico ó discursos 
trágicos (2) la novela de Elespaíwl Gerardo, escrita por don Gonzalo de .Céspedes y Meneses, 
vecino y natm^al de la misma villa, como se dice ^n la portada : única noticia que tenemos de este 
escritor, pues Baena, en sus Hijos de Madrid , se contenta con indicar que pasólo más de su vida 

facciones robustas, esto es , de presencia que no podía merecer (al cali6cacion. M su carácter ni sns circunstancias le 
dieron nnnea semejanza alguna con el escudero de Don Quijote : mediaba otra razón , mas no era para d¡<;ha ; y en se- 
guida se nos viene á la mente el Sancbo Panza flngido, y el nombre supuesto de su autor. 

Por más que examinamos la primera parte del Quijúte de Cervantes » no bailamos alusión ninguna , é ii^juriosa me- 
nos, hacia el tal Avellaneda: de manera que en vista de todos estos antecedentes, hemos llegado á sospechar si el agra- 
rio hecho por Cervantes consistiría en aplicar á su escudero el nombre que por apodo llevaba ya anleriormenle Ave- 
llaneda; mas como este apodo está probado con los versos de Villamediona que recala sobre el padre Aliaga, él y no 
otro debió ser el autor del falso Quijote. 

La última prueba es meramente de analogía. Se sabe de positivo que Aliaga escribió un libro (Véase el Semanario 
erudito de Valladares.) con este titulo : Venganza de ¡a lengua española contra el autor del Gqekto dk cuentos, por don 
Juan Alonso Laureles ^ caballero de hábito y p^on de costumbres, aragonés liso y castellano revuelto. Léase este fo- 
lleto, léase el Quijote de Avellaneda, y se hallará el mismo estilo, las mismas locuciones; en una palabra, la misma 
pluma. 

Mucho pudiéramos alargamos sobre este asunto, pero tememos abusar de la paciencia de nuestros lectores. Con es- 
tos datos quizá se obtengan nuevas aclaraciones , que serán muy interesantes; 4}orque si bien es materia de pura curío- 
sidad , no es de curiosidad mujeril , sino de aquellas en que pueden ocuparse hombres formales , y mucho más tratán- 
dose de un asunto que tiene tanta conexión con nuestra mejor obra literaria. 

(1) Según don Nicolás Antonio, Brunet , Tícknor y otros bibliógrafos, las ediciones de El español Gerardohechu& en 
Madrid son de 1615, i617 y 18, 1G54, iCOO, 1722 y 1788; una de Barcelona, por Sebastian Cormellas , 1618, 2 vol. ».*•; otra 
de Lisboa, de 1625, Á.^; y otra de Valencia, por Miguel Sorolla, 1628, 8.<» Descuido es no haber citado la que hizo en Ma« 
dríd Juan González en 1623, en un tomo en 4.® Titúlase segunda impresión, corregida y enmendada por su autor, y 
acaso por esto la llamarían segunda. Indudablemente es la más correcta , y asi la hemos adoptado por texto, pues las 
demás, y entre ellas la d^Madrid de 1788hecha por don Pedro Marín, están llenas de variantes y supresiones. Quizá la 
última será copia de la primitiva. 

(2) Poema trágico del español Gerardo , y desengaño del amor Icscivo^ tiene por titulo la edición de 1625; pero las 



DE LS& OBRAS Y AUTORES INCLUIDOS EN ESTE TOMO. B 

ea Zaragoza» y que él y su hermano don Sebastian, cuyos son los versos de la epístola que ante-- 
cede á la edición de esta obra, eran poetas alabados por Lope d^ Vega en su Laurel de Apolo. 
£1 padre firay Francisco TéUez de León» en un panegírico latino que puso al frente de la 
Historia de Felipe /F, del mismo Céspedes, dice, para probar sin duda la nobleza de su estirpe, 
estas palabras: Sequete vestigia avarum tuorum, in bello horribües^ in pace amabiles, utroUque 
foriumUi. Nada más sabemos ; que tan en embri(m subsiste aun una gran parte de nuestra historia 
literaria. 

CoUgese , sin embargo, de lo que Céspedes da á entender en el discurso de su obra , y de lo que 

su hermana manifiesta en la epístola mencionada, que padeció persecución por la justicia, que 

los motivos debieron ser algunas aventuras eróticas, y que muchos de los hnces de su novela 

serian escenas de su propia vida , según la minucioádad con que los describe , y las reflexiones y 

lamentos que de vez en cuando se le escapan , como sugeridos por algún recuerdo. Muy cierta 

debe ser esta presunción, ó muy rica la imaginación de un hombre que inventa semejante mul« 

titud de acaecimientos, y todos con circunstancias tan varias y tan originales ; porque , si bien en 

el suceso de don Jaime é Ismenia , por ejemplo , se ve una imitación del rico desesperado ^ de Aveixá^ 

MEDA (algo más decente , sin embargo), ó de otro hecho ú escrito más antiguo, y en la historia da 

don Femando una narración muy conocida de las crónicas de España, hay en cambio muchos 

relatos tan nuevos , tan característicos de aquellos tiempos y de aquellas costumbres, que ó son 

históricos, ó denotan, como hemos dicho , increíble habilidad en el escritor que asi ha sabido 

ataviarlos. • 

Insensiblemente hemos venido á hacer el elogio de Céspedes y Mskeses, suponiéndole dotado 
del primer mérito de un novelista, cual es el de la inventiva : mérito que en verdial nadie podrá 
n^arle, áendo en esta parte de tal modo fecundo, que el exceso de esta cualidad á veces le per* 
jodica. En efecto, el cúmulo de relaciones, de sucesos y de incidentes llega á formar un laberinto 
en que se pierde la memoria , interrumpiéndose la Uacicm de hechos y personajes. La acdon, que 
desde el principio al fin es una , parece con frecuencia ahogada por otras que la entorpecen. No se 
debilita elinterés, sino que crece, y á favor delprotagonista, á medida que este avanza en su camino; 
pero con tan repetidas pausas é interrupciones, que á veces se fatiga el lector, y apetece encon- 
trar algún descanso. Sin embargo , en la época en que el autor vivía, este defecto era recomen- 
dable : la mayor parte de las obras de este géoero adolecían de falta de invención, sobre todo las 
extranjeras; y no era gran pecado esforzar un tanto la fantasía donde , precisameitte por el de- 
fecto opuesto, vegetaba raquítica y oscura la novela pastoril , sostenida con languidez, escasa de* 
recursos, y únicamente tolerada por la pulcritud y galas de su lenguaje. 

¡Ojalá pudiésemos alabar del mismo modo el estilo y las formas de El español Gerardo! Céspe- 
des estaba contagiado con los resabios del culteranismo, como la mayor parte de los autores, y 
en esta obra quiso hacer gala del vano oropel que deslumhraba á puestros ingenios. Frases con- 
ceptuosas, periodos enmarañados, violentas trasposiciones, metáforas altisonantes : todo k) que 
entonces se creía afluencia de imaginación, no siendo más que extravagancias del mal gusto y 
desvarios del atrevimiento, lo hallarán nuestro^ lectores en la producción á que nos referimos. 
Los versos diseminados por ella son del mismo zurcido que la prosa; las cartas con que se anima 
la narración nada tienen de ciceronianas ; pero ¿qué mucho si asi, poco más ó menos, discurría 
y hablaba la sociedad de entonces, y su lenguaje convencional era lo que después se ha llamado 
discreteot Lo singular es que hasta el vulgo debia poseer la clave de aquel enigma, pues todos 
sabemos* que las interminables y pedantescas exposiciones que se oian en el teatro constituían 
la principal delicia de los espectadores. No culpemos pues inconsideradamente á los que se deja-? 
ron llevar de un delirio cuyas verdaderas causas están en la naturaleza : la historia no puede 
prescindir de estos monumentos literarios, tan preciosos para ella como las obras más clásicas 
de la antigüedad, pues aun cuando se contemplen como aberraciones del entendimiento humano, 

apiobacioDes , qne son del año 1614, y la Usa y prtTJlegio, que se refieren al siguiente , dicen unas Veces diicunoi 
ejemplares^ otras diseursoi trágicos ^ y otras trágicas ejemplares, Gomo el titulo áe poema sea ul vez del editor, y la 
obra esté dlTídlda en discursos jhemos concUiado estas diferencias, poniendo el título que Teránnoestros lectores en la 
portada correspondiente. 
£1 aik> 1030 se poblieó ea Veoeda una traducción de esta novela , becba por Bareszo Bareazi* 



X NOTICIA _ . ' 

su utilidad tienen y sus lecciones dejan á la enseñanza. La evidencia de la verdad adquiere ma- 
yor realce con la contraposición de los errores. 

Más feliz» sin contradicción, fué Céspedes en la pintura de los caracteres , comunmente bien 
ideados, expresivos y consecuentes. El de Gerardo tiene toda la verdad que el idealismo del gé- 
nero permitía : es valiente, no pendenciero ; generoso sin altivez, sufrido siii abyección , licen- 
cioso en ocasicmes, más bien por abandono que por perversidad de índole , y enamorado hasta el 
sentimentalismo. La figura de don Fernando, tan vehemente y atropellado en sus celos como 
sensible y berdieoen su arrepentimiento» está pintada con deUeadeza y maestría. Pero en lo que 
CÉSPEDES aparece más diestro y artificioso, es en el colorido que sabe dar á la fisonomía y al carác- 
ter de las mujeres, ya cuando en doña Clara retrata á una egoísta, ya cuando á una frenética de 
pasión en Lf^; en Oori vemos la apoteosis de la honestidad, en Leonora el cas'tigo del amor 
culpable, al lado de la licenciosa Camila resplandece Elisa con su pureza, y el horrible des- 
pecho de Isdaura contrasta {Mrimero con la debilidad, y después con la expiación meritoria de 
Jacinta. ¡Lástima que la bella creación de Nis& quede mancillada con algunas pinceladias que Ih 
desfiguran ! Bien merecía mujer que asi sabe sacrificarse guardar ilesa su honra, y caminar al 
claustro sin vergüenza y sin remordimiento. ¿Cómo se le ocultó á Céspedes lo que su composi- 
ción hubiera ganado coronándola con este hermoso trofeo de la virtud, y labrando la conversión 
die Gerardo por medio de la única mano que no había logrado- profanar, áe la- única que había 
resistido á sus deseos tantas veces vencedores^ El arte exigía este esmera en su concepción más 
interesante , y la moralidad de la obra este postrer desagravio. * 

A continuación , é infringiendo el orden cronológico por conservar el de procedencia, inserta- 
mos El soldado PUidaro ( 1 ) , del mismo Céspedes , cuya segunda parte , á pesar de lo que ofrece 
en el párrafo añadido al final de la primera , ó no llegó á escribirla , ó por lo menos no hay noticia 
de que la imprimiese. El soldado Pindaro es una composición de diferente corte que El Gerardo. 
Agloméranse en ella también las historias, los sucesos, las aventuras; pero hay muchos episodios 
completamente extraños , la conexión de las partes es menos íntima , y el todo más heterogéneo. 
La mezcla del género picaresco con el Aerdíco la juzgamos desacertada , predominando el primero 
de estos, al parecer contra los designios del autor, que apenas consigue caracterizar alguna vez el 
segundo ; y j^ara que la fusión sea más difícil, hállase asimismo alguna que otra muestra del gé- 
nero /iintdslfe^, que hace pierda la obra en regularidad cuanto en el concepto de original pueda 
ganar, seguií el dictamen de otros. Aquellos misterios de la bruja, la tempestad, y la muía en 
que cabalgaba don Francisco de Silva, junta con la hist(MÍa del anciana Quevedo, con el apasio- 
nado cariño de la sensible Hortensia, con los tiránicos amores de la misteriosa dama de Valla- 
dolid, los sucesos del ventero, y la lindísima historia da Anselmo y Estela, que es la parte mejor 
desempeñada del libro, forman ciertamente un cuadro bastante nuevo rpera en cambio dan al 
conjunto un colorido incierto, que á nuestro modo da ver no le añade expresión,, sino que, por 
d contrario, la debilita. 

En lo que £1 soldado Pindaro aventaja evidentemente á El español Gerardo es en la parte de 
locución y estilo. Este es más variado y ameno , aquella más natural y fluida ; por consiguiente 
ni la construcción es tan monótona y amanerada, ni la dicción tan impropia y laboriosa. En la 
confección de los caracteres se deja bien conocer la mano ejercitada en trazarlos, porque aun- 

(i) Fortuna taria áel soldadú Pindarú^ Lisboa, 1726, 4.'' Madrid, Melchor Sánchez, 1661, 8.'' Madrid; 1 733, 4.» 

Ademas de las ediciones citadas , hemos tenido presente la de Zaragoza , de Pascual Bueno , 1606 , 8.® ; y debe haber 
muchas más, porque la dedicatoria que se hace de esta al sargento mayor don Pedro de León dice que después de tan- 
tas veces , sale nuevamente al teatro del mundo. 

En 1845empraidió en Madrid una impresión de esta misma obra, en 4.^, con buenos tipos, excelente papel y multitud 
de grabados, don Vicente Castelló ; pero no llegó á terminarse. 

De los demás escritos de oox Goxzalo de Céspedes t Meneses, ios principales-son : Historia apologética de lot $ucetos 
de Aragón en lot años de i39i y 1303, Relacionet fieles de la verdad; Madrid , 4622, 4.<' , y Zaragoza , i624. 

Hietorias peregrinas : primera parte, en que prometió otras , con el origen y excelencias de algunas ciudades de Es^ 
paña ; Zaragoza , 1638 , 4.® 

Historia del señor don Felipe IV, Lisboa , 1631 , y narcelona , 1631 , folio. 

Francia engañada y Francia respondida , con el nombre de Gerardo hispano , Caller, 1633 ,4.' 



DE LAS OBRAS Y AUTORBS INCLUIDOS EN ESTE TOMO. xt 

que no todos sean igualmente felices, hay algunos inmejorables, como el de Hortensia, el de la 
dama misteriosa, y los de Estela y Anselmo, cuya historia ya hemos recomendado El objetóme-^ 
ral de esta composición no aparece tan manifiesto cíomo en la anterior, y tal vez hubieraresultodo 
más claro en la segunda parte; con todo, puede muy bien deducirse uno indeterminado, tan vario 
como la fortuna del protagonista, á saber: las ventajas ó inccmvenientes que ciertas virtudes y 
vicios tienen en la sociedad y en la vida humanas ; y nos mueve á creerlo asi el aparato de máxi- 
mas y sentencias con que se comentan los relatos de los hechos y las situaciones de los persona-- 
jes, como si el autor previera de antemano que no hay un principio general' aplicable á todas sus 
drcunstancias; y de ftqui también procederá acaso- la incoherencia ó poca unidad que, como de- 
jamos dicho , se,advierte en el pensamiento de esta obra. 

P célebre poeta y músico Vicente Espucsl, cuyo talento armónico le sugirió dos invenciones 
notable» , la de la quinta cuerda de la guitarra , que antes de él solo constaba de ¿ualro, y la de 
bcomposicbn de arte menor, llamada décima ^ ó espinela (1), de su propio nombre, dio á luz 
por primera vez en 1618 (2) las Relaciones de la vida del escudero Múreos de Obregon : libro muy 
iludido en su tiempo, famoso después por las imitaciones y controversias á que dio origen, y 
hoy día muy digno , por más de un concepto , de ser conocido y estudiado. 

Ea et plan es semejante á las composiciones del mismo género de sus predecesores el LaM-* 
rítto de Tármes y el Guzman de Alfarache, á pesar de que su acción es más completa que la del 
primera» y más nutrida y rápida que la del segundo. Marcos de (^egon abandona la casa de su 
padre, y va por el mundo á probar fortuna; se ha<^ estudiante , soldado , viajero; queda cautivo 
en una de sus peregrinaciones; vuelve á España; entra al ^r vicio de varias personas, por cuy6 
medio adquiere el conocimiento de la sociedad, y cuando ya los anos le obligan á descansar, re- 
fiere las aventuras de su vida, y procura ser útil con sus consejos á las personas que le rodean. 

Esta serie de acaecimientos, y la circunstancia de viajar Obregon por los mismos pai^s que se 
dice recorrió Espinel durante su larga vida, induce á muchos á presumir que bajo el nombre de 
su héroe no hizo este autor más que referimos su propia historia; pero no hade entenderse esta 
opinión, ni aun siendo cierta , tan al pié de la letra como se enuncia*: siempre la realidad tiene 
que ir adornada de accidentes que la embellezcan y que el escritor forja en su mente; y si don 
del cielo se necesita para crear una fábula cualquiera, ingenio, y grande» es menester también 
para revestir de atractivos la materialidad prosaica de la vida. 

Lo que respecto á Espiixel parece averiguado, es que fué natural de la ciudad de Ronda , donde 
nació en 1544,* aunque otros, sin que sepamos por qué razón , afirman que en 45S1. Siguió los es- 
tudios en Salamanca, y siendo todavía muy Joven, se cree que abandonó su patria y fué á mi- 
litar, en Italia y Flándes, de donde, no menos maltratado de la fortuna, regresó á España, se 
ordenó de sacerdote con el fav<^ y protección del obispo de Málaga don Francisco Pacheco, y 
llegó á obtener un beneficio o capellania en el hospital de Ronda . muriendo por álthn^ de cape- 
llán de Santa Catalina de los Donados de Madrid, de edail de noventa años, como lo asegura Lope 
de Vega en su Laurel de Apolo. Con este célebre poeta vivió siempre unido Espinel, sirviéndole 
de consejero en su juventud, y dejándose aconsejar por él cuando Lope era ya el fénii^ de los in- 
genios, según confesión del prólogo del Escudero: rasgo que honra mucho el carácter de nuestro 
autor, y que involuntariamente recuerda la enemistad que , por el contrario, se suscitó entre él y 

(1) Propiamente no poede decirse que EsniosL inventó la dédma , sino que reguisriió esta dase de composidon, 
queooosudedosqaiDtillas, las cuales se usaban desde^uyauUguo, prescribiendo la manera de unirlas bajo una 
rorma ingeniosa é inmutable. 

(2) Dos ediciones se hicieron este año : una en Madrid , qae creemos sea la primera , por Juan de la Cuesta , 4.® ; y 
otra en Barcelona, por Sebastian de Gormellas. Diw Nicolás Antonio cHa otra de la misma fechay también de Barcdona, . 
por Jerónimo Margarit ; mas no hemos podido haberla a las manos. 

Repitiéronse las publicaciones del Máreoi de Obregon en Madrid , por Gregorio Rodriguez, i657 , 8.<*; y por RepU' 
néseniaOi, 2T0l.en8.^ No tenemos notida de otras. 

Esu obra se tradujo al inglés por Major Algernon Langton , Londres , Í8i6, 2 vol. en 8.^; y al alemán por Tieck, 
ron on prólogo y varias notas , Breslau , i827, 2 vol. en ÍS.^ 

Espí7(EL tradvgo á Horacio , y escribió on poema con el titulo de Casa de la Memoria, y Diversas rimas, que fgnnan 
no tomo, impreso en Madrid en i501. 



stf NOTiCtA 

Cervantes. Ambos participaban de los beneficios del digno arzobispo de Toledo don Bernardo 
de Sandoval y Rojas, ambos eran desgraciados y babian viWdo antes en buenas relaciones. ¿Pro- 
vendrían de mera emulación sus rencillas, ó de qué otra causa? ¿Cuándo y pk>r quién se efectuó 
el rompimiento? Lo ignoramos, aunque hemos tratado de averiguarlo (1). 

El escudero Marcos de Obregcn es ana obra magislralmente escrita, llena de sabias máximas 
y advertencias morales, que aunque muy repetidas, gracias á su oportunidad y á la manera in- 
geniosa con que están ameniaadas, se reciben y escuchan con agrado. El lenguaje es puro y sen- 
cillo, y en las escenas que se describen no se advierte , como en otros escritores, el empeño de 
apurar ciertas situaciones peligrosas ; lo cual, unido á un plan hábilmente dispuesto y á una acción 
animada, que camina sin entorpecimientos , justifica los elogios que en todos tiempos se han he- 
cho de esta composición . Algunos los han exagerado hasta el punto de afirmar que era el verda- 
dero original del Gil Blas de SmtüUma^ de Lesage , citando en prueba de eUo algunos pasajes que 
el escritor fi-ances tomó de nuestra novela, como el cuento de los estudiantes que se lee en el 
prólogo, la aventura del barbero con la mujer del médico, la de la posada de Peñaflor , la del 
arriero en Cacábalos, la del cautiverio en la Cabrera, la de la señora Camila, y algunas otras. 
Lesage se valió de todos estos materiales , y los refundió á su modo; por lo cual no merece la cali- 
ficación de plagiario, ni siquiera la de traductor; que una cosa es imitar más ó menos estricta- 
mente, y otra despojar á un autor del titulo de propietario, alzándose con su obra (3). 

De la preciosa novela titulada Los tres Maridos burlados y que insertamos á continuación, y que 
es un bello ejemplo de dicción y estilo, asi como un lindísimo cuadro de costumbres y de carác- 
ter, nada podemos añadir á lo que el celebrado escritor Don Juan Eugenio Hartzenbusch dijo el 
año i845 al publicar este escrito en uno de los periódicos de aquel tiempo (3). 

c El PADBB r RAT GiBRiKL Tbllbz, religioso mercenario , conocido generalmente por el seudónimo 
de El maestro Tirso de Molina (4) publicó en el año i621 un volumen titulado Los cigarrales de 

(i) En prueba del baen carácte»de Espittel, imitamos el ejemplo dado por Sedano en su Parna$o Español , copiando 
el sigoiente retrato (Jue aquel bace de si en una de sus Epístolas : 

«T qoien ,Be vo tan raTerenAo y f ordo. 
Piensa qoe es del afi^o y magra loqja, 
que de rico y perexoso engordo ; 
' 0«« annqoe e$te dia me pidió bm «moja 
(Pues le negaba mi presencia y trato), 
Qoe le harta siogalar lisoajt 
'En darle de mi cara algún retrato , 
Oue lo tendría en excesiva estima » 
. ftoreontemplar en al bdleu an rato ; 

Por darle gasto (qve es nn poco prima) 
Le enrié, por memoria de mi rostro , 
Un botijón con on bonete encima. 

Con la gordura tengo un ser de mostró, 
Grande la eara , el cnelto corto y ancho. 
Los pechos gruesos, casi con calostro ; 

Los brazos cortos, muy orondo el pancho» 
El eefiidero de hechura de olla , 

Y i do me siento, bago alli mi rancho ; 
Cada mano parece una centolla , 

Las piernas torpes , el andar de pato» 

Y la carne al tobillo se me arrolla ; 
No traigo ya pantuflos, y el zapato 

Injusto y ancho, por mover la corva ; 
Cortiao i ojo, y tíú medida el kató. 
« Coalquiera cosa para aada»me estorba t 

Redondo el pié, la planta de bayeta , 
Las piernas tiesas, y la espalda corra : 
i Qué gentil proporción para poeu ! • ote. 

(I) La áéPaas de un amigo Imprudente suele peijadictr más que la bostiUdad de im enemigo; y és taay cierto. 
Alos airas leknos en un DUeisnarió biógráfieo^ publicado en Barcelona, que el original del Gil BUu era español, y qve 
existia manuscrito en la biblioteca del Escorial, citándose el armario y tabla donde esuba colocado. Todo fiílso : aquellos 
buenos bibliotecarios aos dijeron que era una invención sin fendamento; porqae jamás babia existido aili semejante 
obra. De manera que por demostrar una impostura, se cometía otra. 

(^ m UbeHfOú, Madrid , fioix ; 2 tomos con grabwios Intercalados en el texto. 

¿i) Véase el tomo y de nuestra Biblioteca. 



DE LAS OBRAS Y ACTORES INaUípOS EN ESTE TOMO. xiü 

TMo (1 ) , en cuya obra supone que , reunido» ciertos caballeros y damas para divertirse , obse-^ 
qoiándose reeiprocamente y por su tumo en las casas de campo ínmediataa á, aquella ciudad^ 
representan c(miedias y refieran anécdotas varias. Menos una, todas aquellas narraciones son 
dd género prave , para el cual no era el ingenié de Táixsz tan acomodado como para lo festivo : 
asi fó que ni la mventiva ni la elocudon de las primeras las hacen recomendables , áí paso que lá 
sola que pertenece al género cómico esti discretamente combinada , y escrita en un lenguaje tan 
lleno de'^amanidad, vive»i y soltura» que puede compararse con el del Qtrijole... Esta novela» 
qoe en Los cigarrales no lleva titulo, no e^ precisamtente original de El uABstao Tuiso ns Molina; 
pero en justicia tampoco puede seiíalársele autor: comprendé tres de esos cuentos nacidos entre 
las tinieblas de la edad media y qi^e han pasado de boca en boca basta que un autor eminente ha 
echado deanes mano de ellos y les ha dado su nombre* Tibso pudo muy bien haber leido en el 
Oecamcron de Bocaccio un lance sustanciahQcnte el misino que le sucede al celoso Santillana ; pero 
pudo también haberlo oido por la tradición , á causa de h^b'ersé difundido tales cuentos por toda 
Europa : de cualquier modo que sea, ello es que si Tmso lo imitó de Bocaccio, mejoró notable- 
mente la idea, quitándole toda la parte indecente é inmoral que tiene en la colección del nove- 
lista italiano , y aventajándole , á mi modo de ver , en el gracejo de la narrativa. » 

Terminanios ésta noticia y también el presente tomo con El Donado hablador (2), del doctor 
inóüixo Bx Alcalá , cuya primera parte se dio á luz en i624 (3). Fué obra bietí recibida, aunque 
eo el fondo ofreciese poca novedad el pensamiento de hacer al protagonista criado de varias per- 
sonas pertenecientes á distintas clases de la sociedad , para por este medio someterlas á la juris-^ 
i^ocioD de la critiea; Lá juzgamos inferior al Escudero Marcos de Obregan^ y con todo no exenta 
de mérito, sobre todo en la dicción, en la parte expositiva de los hechos y en las reflexiones qué 
se deducen de estos. El uso del diálogo, sin embargo, no tanto por la forma en. si cuanto por el 
hiedo de desempeñarlo ^ nos parece idea pooo feliz^ Con él queda desvirtuada la narración, lá 
acción suspendida á menudo, y lá doctrina que debiera suministrarse insensiblemente, se con- 
vierte en una discusión calculada y fria^ en que solamente se reconoce al teólogo ó al hablista. 

El iKxrroR JsRóinMO px Alcalá, hijo de don Femando Yáñez y doña Petronila de Ribera , estu- 
dió medicina en Valencia; y la ejerció muchos años en Segovia, de donde era natural, imitando 
el ejemplo de su padre y abuelos. Nació en 1563, y murió en 1632. De lo que indica en el prólogo 
de su primera parte, sé deduce qué cuando publicó El Donado hablador llevaba veinte y seis años 
de práctica en su carrera; y aunque alii prometía no escribirmás libros si no fueren toaantes á la 
facultad que profesaba^ añadió la segunda parte; En su temor pudo influir el mal éxito que parece, 
tuvo otro escrito suyo anterior y de hiuy diverso género (4 ) ; en el quebrantamiento de su pro- 
pósito, la favorable acogida que halló el AUmso. 

Hemos pues referido á nuestros lectores las circunstancias que cqncurren en las obras de esta 
tolecdon, y los principales datos relativos á la existencia de sus autores. De lo que brevemente 
hemos expuesto se colige : que la novela española no hizo progreso alguno en los géneros cono- 

(i) Debe ser yerro de fmixrénta , en vez de 1631. Se publicó en Barcelona por Jerónimo ífargarit, en 4.^; pero esú 
^ la segunda edidon : la primera , boy dia rarísima , debe ser de 16il, pnes ademas de afirmarlo asi la aprobación de 
fray Tomas Roca, inserta en la impresión de Barcelona, lo asegura Baena en sus Hlioi de Madrid^ rectificando la eqoi- 
tocación en que babia incurrido cuando la atribuyó á fecha anterior. 

El año 1847 la reimprimió en Paris el sefior don Eugenio de Ocfaoa en el primer tomo del Te$orcde NoveUitai u- 
pageles t si bien un tanto alterado el texto. 

, (3) Las primeras ediciones no llevan más titulo que el de Alonso, mozo de muchos amos: el de Donado hablador de- 
bió ser invención de algún editor de las impresiones posteriores ; pero como la obra es ya mis conocida por el segundo 
qieporel verdadero, los beiuos combinado de manera que resulten ambos juntos y puedan separarse sin incon- 
veniente. 

^ (3) Esta es la primera edición dé la primera parte, hecha en Madrid, que se repitió ela&o siguiente de 1825 en 
Barcelona por Esteban Liberos. La segunda parte se publicó en Valladolid en 1026. Entre otras muchas ediciones que 
después se híaeron de las dos partes reunidas , nos contentaremos con citar la de don Benito Cano , Madrid; 1788 , y la 
qtie hizo en el mismo punto don Mateo Repullés el a&o 1803 en dos tomos en 8.% con varias láminas. 

También forma parte del tomo ii del Tesoro de Novelistas espolióles, que dejamos mencionado. 

(4) Los Milagros de Nuestra Señora de la Fuencisla, cuya fecha cierta ignoramos. Soya es t«ablen It obrt tita* 
lada: Yerdadespara la vida cristiana, Valladolid 1633. 



jciv , NOTICIA DE LAS OUUAS V AUTORES INfcLlIDOS tS ESTE T^MO. 

ddos; ni creó ningtmb 6th> nue\So; después de los ejemplos dados por Cervácites', lo cual, entro 
otras causas, pudo provenir déla poca importancia vpié se daba á tcldo lo quo nofuesd ei género 
picaresco , y de la predilebcion con que en la litertitura social ^ pof decirlo asi , se miraban las com- 
posiciones escéhicás; que si la lengua en algunos escritores se conservaba floreciente y pura, 
en otros comenzaba ya á adíiltei^arse, y viciado el instrumento, necesariamonte habia de influir 
mucho en la imperfección de la obra ; que el arte no habiadegenerado visiblemente , pero que 
en el hecho de no abrirse sendas nuevas ni eléfvarse á mayor altura, Ib que ai-presente era para- 
lización sé convertiría no' mucho después en decadencia. . '• 

Quedan , sin embargo, aun frutos muy sazonados de que podemos sacar provecho ; y ántbs de ese 
estéril invierno que se aproxima, nacerán algunas flores que, conservando vida por largo tiempso, 
mantengan nuestra aflcion y sean objeto de nuestro estudio hasta que llegue estadto más agra- 
dable. ' '■'',.' 



. üin 



^itmmiimmitmtm 



EL INGENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



COXPDISTO 



POR EL UCENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AYELUNEDA, 

NATURAL DE TOROESILUS (i). 



QUINTA PARTE. 



AL ALCALDE , REGIDORES Y HIDALGOS 



ét U noble villa del Aigeae»Slle de le Menohe , petríe felts del hidalgo caballero don Qugote, luiire 
de lo0 profesoiet de la oaballeria andantetca. 

AiiTiGUA es la costumbre de dirigirse los libros de las excelencias y hazauas de algún hombre 
famoso ¿ las patrias ilustres aue como madres los criaron y sacaron á luz, y aun competir mil 
ciudades sobre cuál lo habia ae ser de un buen ingenio j grave personaje ; y como lo sea tanto 
el hidalgo caballero don Quijote de laMancha, tan conocido en el mundo por sus inauditas proe-* 
zas, justo eSt paracpie lo sea también esa venturosa villa que vuesas mercedes rigen, patria 
suya y de su hdellsimo escudero Sancho Panza, dirigirles esta Segunda Parte ^ que relata las 
Vitorias del uno y buenos servicios del otro , no menos invidiados que verdaderos. Reciban 

Sues vuesas mercedes bajo de su manchega protección el libro y el celo de quien, contra mil 
etracciones, le ha trabajado, pues lo merece por él y por el peligro á que su autor se ha 
puesto, poniéndole en la plaza del vulgo, que es aecir en los cuernos de un toro indómito, etc. 



PROLOGO. 

Coso casi es comedia toda la Historia de Don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir 
sin prólogo; y asi sale al principio desta Segunda Parte de sus hazauas este, menos caca^ 
reado y agresor de sus letores que el que ¿ su Primera Parte puso Miguel de Cervantes Saave^ 
dra, y más humilde que el que segundó en sus novelas, más satíricas cpxe ejemplares, si bien 
no poco ingeniosas. No le parecerán á él lo son las razones desta historia , que se prosigue con 
la autoridad que él la comenzó, y con la copia de fieles relaciones que á su mano llegaron; y 
digo mano , pues confiesa de si que tiene sola una ; y hablando tanto de todos , hemos de decir 
del que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en brios, tiene más lengua que ma- 
nos; pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su Segunda Parte; pues no po-> 
drá, por lo menos, dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición 
de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa; si bien en los medios 
diferenciamos , pues él tomó por tales el ofender á mí, y particularmente á quien tan justa-* 
mente celebran las naciones más extranjeras, y la nuestra debe tanto, por haber entretenido 

(1) La portada de la primera edfcion dice & la letra : cscgvivdo tomo del nfczmoso hidalgo don qüixotb de u iah- 
CHA, que contiene su tercera salida : y es la quinta parte de sus auenturas. Compuesto por et Licenciado Alonso Fer- 
nandez de Auellaneda, natural de la Villa de Tordesillas, Al alcalde. Regidores y hidalgos de la noble villa del 
Argamesilla* patria feliz del hidalgo Gauallero don Quizóte de la Mancha. Coa Licencia, £n Tarragona, en casa de 
FeDpe Roberto, Afio 1614.» 

La aprobación está dada por el doctor Rafael Ortoneda, i 18 de abril de 1614 ; la licencia lo está, con fecha de 4 de 
Julio del mismo aiío , por el doctor Francisco de Torme y Liori , vicario general del arzobispado de Tarragona. 

Aloüso Fernandez de Avellaneda es nombre supuesto; el verdadero del autor nos es des>conocido. (Véase la Yide 
de Cervantes en ei tomo i de esta Biblioteca.) 

N-i. I 



2 PROLOGO. 

bonestíslma y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas é ¡numerables 
comedias, con el rigor del arte que pide el mundo, y con la seguridad y limpieza que de un 
ministro del Santo Oficio se debe esperar. 

No solo he tomado por medio entremesar la presente comedia con las simplicidades de San- 
cho Panza, huyendo de ofender á nadie ni de nacer ostentación de sinónomos voluntarios , si 
bien supiera hacer lo segundo, y mal lo primero ; solo digo que nadie se espante de que salga 
4e diferente autor es\aSe¿unM P(irte,.pues no es nuevo el proseguir una historia diferentes 
sugetos.' ¿Cuántos han hablado de los amores de Angélica y de sus sucesos? Las Arcadias, di- 
ferentes las han escrita; la Diana Jia es toda de uAa mano. V pues Miguel de Cervantes es ya de 
viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo, que todo y todos 
le entadan , y por ello está tan falto de amigos , que cuando quisiera adornar sus libros con so- 
netos campanudos , habia de ahijarlos , como él dice , al Preste Juan de las Indias ó al empe- 
rador de Trapisonda, por no hallar título quizas en España que no se ofendiera de que tomara 
su nombre en la boca, con permitir tantos vayan los suyos en los principios de los libros del 
autor de quien murmura, y ¡plegué á Dios aun (1) deje, ahora que se ha acogido á la Iglesia y 
sagrado ! Conténtese con su úalatea y comedias en prosa; que ec-o son las más de sus novelas : 
no nos canse . Santo Tomás, en la Secundae secundae, quaestione 56, enseña que la in vidia es tristeza 
del bien y aumento ajeno, dotrina que la tomó de san Juan Damasceno : á este vicio da por hijos 
san Gregorio, en el lib. 51, cap. 51 de la Exposición moral que hizo á la historia del santo Job, al 
odio, susurración y detracción del prójimo, gozo de sus pesares, y pesar de sus buenas dichas; y 
bien se llama este p¡ecado invidia á non videndo, quia invidus non poteat videre bona aliorum : 
efectos todos tan infernales como su causa, tan contrarios á los da la caridad cristiana, de quien 
dijo san Pablo (1, Corint., 13), ChariíaspatietisesU benigna esU non aemulatur^ non agitperperam^ 
non intlatuí\ non esl ambitiosa^ congaudet veritali^ etc. Pero discúlpalos yerros de su Primera 
Parte, en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel ; y así no pudo dejar de salir 
tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y colérica, cual lo están 
los encarcelados. En algo diferencia esta parte, de la primera suya ; porque tengo opuesto humor 
también al suyo ; y en materia de opiniones en cosas de historia, y taki auténtica como esta, 
cada cual puede echar por 4onde le pareciere ; y más dando para ello tan dilatado campo la 
cáfila de los papeles que para componerla he leido, que son tantos como los que he dejado 
de leer. 

No me murmure nadie de que se permitan impresiones de semejantes libros , pues este no 
enseña á ser deshonesto , sino á no ser loco ; y permitiéndose tantas Celestinas , que ya andan 
madre y hija por las plazas, bien se puede permitir por los campos un Don Quijote y un San- 
cho Panza, á quienes jamas se les conoció vicio; antes bien buenos deseos de acsagraviar 
huérfanas y deshacer tuertos, etc. 

DE PERO FERNANDEZ. 

60KBT0. 

Maguer que las más altas fecborfas 
Romes reauieren doctos é sesudos, 
E yo soy el menguado entre los rudos. 
De buen talante escribo á m<^s porfías. 

Puesto que habia una sin fin de días 
Que la fama escondía en libros mudos 
Los fechos más sin tino y cabezudos 
Que se ban visto de Illéscas hasta Olfas ; 

Ya vos endono , nobres leyenderos , 
Las segundas sandeces sin medida 
Del mancbego fidalgo don Quijote, 

Para que escarmentéis en sus aceros ; 
Que el que correr quisiere tan al trote , 
Non puede haber mejor solaz de vida. 

(i) O falta el pronombre le , ó debía decir : y á quien, plegué á Dios , deje ahora. 



rfTí^pft«rff=ff^iFF«FiFrffí«ñnw^^^ 



QUINTA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA 



DE SU ANDANTESCA CABALLERÍA. 



CAPITULO PRIMERO. 

De cómo don QoUote de la Mancba volvió i sas dcsvanerimtenlos 
de caballero andante , y de la veoida i sa lu^ar dd Argamesi^ 
lia tt>elcfioa etballeros gmadinm. 

El sabio Alisofáii , historiador no menos moderno qne 
^eitkdero, dice qne, siendo expelidos los moros aga- 
renos de Aragón, de cuya nación él decendia, entré 
ciertos anales de bistorias halló escrita en ai*ábigo la ter« 
censaUda que hizo del lugar del Aif^amesilla el invicto 
hidali^ don Quijote de la Mancha , para ir á unas ji»9las 
ga« se hacían en la insigne ciadad de Zaragoza, y dice 
desta manera : Después de haber sido llevado don Qiií-* 
jote por el Cura y el Barbero y la hermosa Dorotea (2) á 
sahgar en una jaula, con Sancho Panza, su escudero, 
(oé metido en un aposento con una muy gruesa y pesad» 
cadena al pié ; adonde, no con pequeño regalo de pistos 
y cosas conservativas y sustanciales, le volvieron poco 
á poco á su natural juicio ; y para que no volviese á lo9 
antiguos desvanecimientos de sus fabulosos libros de ca- 
ballerías, pasados algunos días de su encerramiento, em-< 
pezócon mucha instancia á rogará Madalena, so sobrina» 
qoe le buscase algún buen libro en que poder entrete- 
ner aquellos setecientos años que él pensaba estar en 
aquel doro encantamiento ; la cual, por consejo del cura 
PedroPerez y de maese Nicolás , barbero, le dio un Flos 
Sandortim, de Vitlegas, y los Evangelios y Epístolasde 
tadoel año en vulgar, y la Guia de pecadores, de fray 
Loisde Granada ; con la cual lición , olvidándose de las 
qaímerasde los caballeros andantes, fué reducido den- 
tro de seis meses á sn antiguo juicio , y suelto de la pri- 
sioo en que estaba. Comenzó tras esto A ir á misa con su 
«Bario en las manos, con las Horas de nuestra Señora, 
«yendo también con mucha atención los sermones ; de 
tal manera, que ya todos los vecinos del lugar pensaban 
qac totalmente estaba sano de su accidente, y daban 
ronchas gracias á Dios, sin osarle decir ninguno (por 
«onsejo del Cura) cosa de las que por él habian pasado. 
Ya no la llamaban don Quijote , sino el señor Martin 
Qjtijada, que era su propio nombre ; aunque en ausen- 
cia soya tenian algunos ratos de pasatiempo con lo que 
<tó « decia , y de que se acordaban todos , como lo del 
Kscatir ó libertar los galeotes, lo de la. penitencia que 
hizo en Sierre Morena , y todo lo demás que en las pri-^ 
ñeras partea de su historia se refiere. Sucedió pues en 
«te tiempo, que, dándole á sa sobrina, el mes de agos^ 
lo, onacaleDlura de lasque los físicos llaman efíme- 

0) Pveee qoe falta la preposición de. 

^ Dmití ae üeté al paeMo d« don Quijote. 



ras, qne non de veinte y cuatro horas, el accidente fué 
tal, qne dentro dése tiempo la sobrina Madatena murió, 
quedando el buen hidalgo solo (3) y desconsolado; pero 
é\ Cura le dio una harto devota vieja y buena cristiana, 
para que la tuviese en casa, le guisase la comida, le Ih* 
oiese la cama, y acndiese á lo demás del servicie de sn 
persona , y para que , finalmente , lea diese aviso á él ó al 
Barbero de lodo lo que don Quijote hiciese ó dijese den- 
tro ó fuera de casa , para ver si volvía á la necia porfía de 
9X cabatlería andantesca. Sucedió pues en este tiempo 
que un dírde fiesta, después de comer, que liacia un ca- 
lor eioesivo, vino á visitarle Sancho Panza, y liallándole 
en su aposento leyendo el Flos SantíUmm, le dijo : ¿Quó 
hace , seünr Quijada?; Cómo va? ¡ Oh Sancho! dijo don 
Quijote, seas bien venido: siéntate aquí un poco; aue 
á fe que tenia harto deseo de hablar contigo. ¿Qué libro 
esese, dijo Sancho, enquo lee sumercé? ¿Es de algu- 
nas caballerías como aquellas en que nosotros anduvi- 
mos tan neciamente el otro año? Lea un poco por sn 
vida, áver sí hay algan escudero que medrase mejor 
que yo ; que por vida de mi sayo , que me costó la burla 
de la caballería mas de veinte y seis reales, mi buen Ru- 
cio, que me hurtó Gínesítlo, el buena voy a, y yo me 
qoedó tras todo eso sin ser rey ni Roqoe, sí ya estas car^' 
nestoliendas no me hacen los muchachos rey de los ga- 
llos : en fin , todo mi trabajo ha sido Iiasta agora en vano. 
No leo, dijo don Quijote , en libro de cabaUerias ; que 
no tengo alguno ; pero leo en este Píos Sanctorum, quo 
es muy bueno. ¿Y quién fué ese Fias Santorum? re- 
plicó Sancho; ¿fué rey, ó algún gigante de aquellos qne 
ae tomaron molinos ahora un año? Todavía, Sandio, 
dijo don Quijote, eres necio y rudo. Este libro trata de 
las vidas de los santos , como de san Lorenzo , que fué 
asado; de san Bartolomé , que fué desollado; de santa 
GaUlina , que fué pasada por la rueda de las navajas; y 
asimismo de todos los demás santos y mártires de todo 
el año. Siéntate, y leerte l>é la vida del santo q\yt hoy, á 
20 de agosto, celebra la Iglesia, que es san Bernardo. Par 
Dios, dijo Sancho , qne yo no soy amigo de saber vidas 
ajenas, y más de mala gana roe dejaría quitar el pellejo' 
ni asar en parríllas« Poro dígame: ¿á san Bartolomé 
qnitáronle el pellejo, y á san Lorenao pusiéronle á asar 
después de muerto ó acabando de vivir? i Oigan qu^ 
necedad! dijo don Quijote: vivo. desollaron al uno, y 
vivo asaron al otro. ¡Oh , hi de puta, dijo Sancho, y 
cómo les escocería 1 Pardíobre, no valia yo un higo para 
FUu Santorum : rezar de rodillas media docena de cff*« 
' (3) ¿Y el ama ? ¿ se mnrid timMen 



EL UCENdADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



dos. Taya enliorabaena; y aun aynnar, como comiese 
tres veces al dia razonablemente, bien lo podria llevar. 
Todos los trabajos, dijo don Quijote, que ¡uidecieron los 
santos que te he dicho, y los demás de quien trata este li- 
bro, los sufrían ellos valerosamente por amor de Dios, y 
asi ganaron el reino de los cielos. A fe, dyo Sancho, que 
pasamos nosotros, ahora un año, hartos desafortunios 
para ganar el reino Micomicon, y nos quedamos hechos 
micos; pero creo que vuestra merced querrá ahora que 
nos volvamos santos andantes para ganar el paraíso ter* 
renal. Blas dejado esto aparte, lea, y veamos la vida que 
dice, de san Bernardo. Leyóla el buen hidalgo, y á cada 
hoja le decía algunas cosas de buena consideración, mez- 
clando sentencias de fliósofos, por donde se descubría 
ser hombre de buen entendimiento y de juicio claro , si 
no le hubiera perdido por haberse dado sin moderación 
á leer libros de caballerías, que fueron la causa de todo 
su desvanecimiento. Acabando don Quijote de leer la 
vida de san Bernardo, dijo : ¿Qué te parece, Sancho? 
¿Has leido santo que más aficionado fuese á nuestra Se- 
fioraque este? ¿Más devoto en la oración, más tierno en 
las lágrimas y más humilde en obras y palabras ? A fe, 
dy o Sancho , que era santo de chapa : yo le quiero tomar 
por devoto de aquí adelante, por si me viere en algún 
trabajo (como aquel de los batanes de marras ó manta 
de la venta), y roe ayude, ya que vuesa merced no pudo 
saltar las bardas del corral. Pero ¿sabe, señor Quijada, 
que me acuerdo que el domingo pasado llevó el hijo de 
Pedro Alonso, el que anda á la escuela , un libro debajo 
do un árbol, junto al molino, y nos estuvo leyendo más 
de dos horas en él? El libro es lindoálas mil maravillas, 
y mucho mayor que ese Fias SatUorum, tras que tiene 
al principio un hombre armado en su caballo, con una 
espada más ancha que esta mano, desenvainada, y da 
en una peña un golpe tal , que la paite por medio, de un 
terrible porrazo, y por la cortadura sale una serpiente, y 
él le corta la cabeza. | Este si , cuerpo non de Dios , que 
es buen libro ! ¿Cómo se llama? dijo don Quijote ; que 
si yo no me engaño, el muchacho de Pedro Alonso creo 
que me le hurtó ahora un año, y se ha de llamar Don 
Fhrishian de Candaría, un caballero valerosísimo , de 
quien trata, y de otros valerosos, como son Almiral de 
Zuazia, Palmerín del Pomo, Blastrodas de la Torre y el 
gigante Maleorte de Bradanca, con las dos famosas en- 
cantadoras Zuldasa y Dalfadea. A fe que tiene razón, dijo 
Sancho; que esas dos llevaron á un caballero al castillo 
de no sé cómo se llama. De Acefaros, dijo don Quijote. 
Sí , á la fe ; y que si puedo, se le tengo de hurtar, dijo 
Sancho, y traerle acá el domingo para que leamos ; que 
aunque no sé leer, me alegro mucho en oir aquellos ter- 
ribles porrazos y cuchilladas que parten hombre y ca- 
ballo. Pues, Sandio, dijo don Quijote, hazme placer de 
traérmele ; pero ha de ser de manera que no lo sepa el 
Cura ni otra persona. Yo se lo prometo, dijo Sancho, y 
aun esta noche, si puedo> tengo de procurar traérsele 
debajo de la halda de mi sayo ; y con esto quede con 
Dios; que mi mujer me estafa aguardando para cenar. 
Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la 
mollera con el nuevo refresco que Sancho le trajo á la 
memoria, de las desvanecidas caballerías. Cerró el li-« 
bro, y comenzó á pasearse por el aposento , haciendo en 
6U imaginación terribles quimeras , trayendo á hi fanta- 
sía todo artuelio en que solia antes desvanecerse. En esto 



tocaron á vísperas, y él, tomando su capa y rosado^ se 
fué á oirías con el Alcalde, que vivía junto á sn casa ; las 
cuales acabadas, se fueron los alcaldes, el Cura, don 
, Quijote y toda la demás gente de cuenta del lugar á la 
plaza, y puestos en corríllo, comenzaron á tratar de lo 
que más les agradaba. En este punto vieron entrar por 
la calle principal en la plaza cuatro hombres principales 
á caballo, con sus criados y pajes , y doce lacayos que 
traían doce caballos del diestro ricamente enjaezados ; 
lo cual visto por los que en la plaza estaban, aguarda- 
ron un poco á ver qué sería aquello , y entonces dijo el 
Cura, hablando con don Quijote : Por mi santiguada, 
señor Quijada, que si esta gente viniera por aqui hoy 
hace seis meses, que á vuesa merced le pareciera ana de 
las más extrañas y peligrosas aventaras que en sus libros 
de caballerías había jamas oído ni visto; y que imagi- 
nara vuesa merced que estos caballeros llevarían alguna 
princesa de alta guisa forzada ; y que aquellos que ahora 
se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del 
castillo de Bramiforan, el encantador. Ya todo eso, se- 
ñor licenciado, dijo don Quijote, es agua pasada, con 
la cual , como dicen , no puede moler molino ; mas lle- 
guémonos hacia ellos á saber quién son ; que si yo no 
me engaño, deben de ir á U corte á negocios de impor- 
tancia, pues su traje muestra ser gente principal. Lle- 
gáronse todos á ellos, y hecha la debida cortesía , el Cu- 
ra, como más avisado, les dijo desta manera: Porcier- 
to, señores caballeros, que nos pesa en extroroo que 
tanta nobleza haya venido á dar caboen an lugar tan pe- 
queño como este, y tan desapercebido de todo regalo y 
baenacogimiento,comovuesas mercedes merecen; por- 
que en él no hay mesón ni posada capaz de tanta gente y 
caballos como aquí vienen ; mas con todo, estos señores 
y yo, si de algún provecho fuéremos, y vuesas mercedes 
determinaren de quedar aquí esta noche, procararémos 
que se les dé el mejor recado que ser pudiere. El ano de 
ellos, que parecía ser el más principal, le rindió las gra- 
cias, diciendo en nombre de todos : En extremo, se* 
ñores, agradecemos esa buena voluntad que sin cono- 
cemos se nos mnestra,y quedarémosobligadosoon muy 
justa razón á agradecer y tener en memoria tan buen de- 
seo. Nosotros somos caballeros granadinos, y vamos á la 
insigne ciudad de Zaragoza aunas justas que alli se ha- 
cen ; que teniendo noticia que es su mantenedor un va* 
líente caballero, noshabemos dispuesto á tomar este tra- 
bajo, para ganar en ellas alguna honre , la cual sin él es 
imposible alcanzarse. Pensábamos pasar dos leguas más 
adelante ; pero los caballos y gente vienen algo fatigada, 
y así nos pareció quedar aquí esta noche, aunque haya- 
mos de dormir sobre los poyos de la iglesia , si el señor 
Cura diere licencia para ello. Uno de ios alcaldes, que 
sabía más de segar y de uncir las muías y bueyes de su 
labranza, que de razones cortesanas, le dijo : No se les 
dé nada á sus mercedes ; que aqui les haremos merced 
de alojarles esta noche ; que sietecientas veces al ano te- 
nemos capitanías de otros mayores fanfarrones que ellos, 
y no son tan agradecidos y bien hablados como vuesas 
mercedes son ; y á fe que nos cuesta al Concejo más de 
nóvente maravedís por ano. El Cura , por atajarle que 
no pasase adelante con sus necedades, les dijo : Vuesas 
mercedes, misseñores, han de tener paciencia; que yo les 
tengo de alojar por mi mano, y ha de ser desta manera : 
que los dos señores alcaldes se lleven á sus casas estos 



DON QUUOTE 

dos señores caballeros con todos sus criados y caballos, 
y jo¿ Tuesa merced, y el señor Qnijada á esotro seoor; y 
cada ano, conforme sus fuerzas alcanzaren, procure de 
regalar á so huésped ; porque , como dicen , el huésped, 
qnien quiera que sea, merece ser honrado; y siéndolo 
estus señores, tanta mayor obligación tenemos de ser* 
viries, siquiera porque no se diga que llegando á un lu- 
gar de gente tan política, aunque pequeño, se fueron á 
dormir, como este señor dijo lo liarían , á los poyos de 
la iglesia. Don Quijote dijo á aquel que por suerte le cu- 
po, que pareda ser el más principal : Por cierto, señor 
caballero, que yo he sido muy dichoso en que vuesa 
merced se quiera servir de mi casa, que, aunque es po^ 
bre de lo que es necesario para acudir al perfeto seryicio 
de un tan gran caballero, será i lo menos muy rica de 
volunlail, la cual podrá vuesa merced recebir sin más 
ceremonia«. Por cierto, señor hidalgo, respondió el ca* 
baliero, que yo me tengo por bien afortunado en recebir 
merced de quien tan buenas palabras tiene, con las cua- 
les es cierto conformarán las obras. Tras esto, despi- 
diéndose los unos de los otros, cada uno con su huésped, 
se resolvieron, al partir, en que tomasen un poco la ma- 
ñana, por causa de los excesivos calores que en aquel 
tiempo hacian. Don Quijote se fué á su casa con el caba- 
llero que le cupo en suerte ; y poniendo los caballos en 
un pequeño establo, maudó ásu vieja ama que adere- 
zase algunas aves y palominos, de que él tenia en casa 
00 pequeña abundancia , para cenar toda aquella gente 
que consigo traia ; y mandó juntamente á un muchacho 
llamase á Sancho Panza para que ayudase en lo que 
fuese menester en casa; el cual vino al punto de muy 
buena gana. Entre tanto que la cena se aparejaba, co- 
menzaron á pasearse el caballero y don Quijote por el 
patio, que estaba fresco; y entre otras razones le pre- 
guntó don Quijote la cansa que le habla movido á venir 
de tantas leguas á aquellas justas, y cómo se llamaba : á 
locaal respondió el caballero que se llamaba don Alvaro 
Tarfe, y que decendia del antiguo linaje de los moros 
Tarfes de Granada, deudos coreanos de sus reyes, y va- 
lerosos por sus personas, como se lee en las historias de 
tos reyes de aquel reino, de los Abencerrajes, Cegries, 
Gómeles y Mazas, que fueron cristianos después que el 
CatóKoo rey Femando ganó la insigne ciudad de Grana- 
da; j ahora (i) esta jornada por mandado de un serafín 
en hábito de mujer, el cual (2) es reina de mi voluntad, 
objeto de mis deseos, centro de mis suspiros, archivo 
de mis pensamientos, paraíso de mis memorias, y final- 
mente, consumada glorU de la vida que poseo. Esta, 
como digo, me mandó que partiese para estas justas, y 
entrase en ellas en su nombre, y le trújese alguna de las 
ricas joyas y preseas que en premio se les ha de dar á los 
venturosos aventureros vencedores ; y voy cierto y no 
pocosegurodequc nodejaré dellevársela; porque yendo 
ella conmigo, como va dentro de mi coi-azon, será el 
vencimiento infalible, la Vitoria cierta, el premio segu- 
ra, y mis trabajos alcanzarán la gloria que por tan lar- 
gosdias be con tan inflamado afecto deseado. Por cierto, 
señor don Alvaro Tarfe, dijo don Quijote, que aquella 
señora tiene grandísima obligación á corresponder á los 
justos megos de vuesa merced por muchas razones. La 
prímera, por el trabajo que toma vuesa merced en hacer 

ff) Falta el verbo kada ú otro equivalente. 
(S; 0el»e faltar on éijo 6 protiguió, etc. 



DE U MANGttA. 5 

tan lai^o camino en tiempo tan terrible. La segunda, por 
el ir por solo su mandado , pues con él , aunque las cosas 
sucedan al contrario de su deseo , habrá cumplido con la 
obligación de fiel amante, habiendo hecho de su parte 
todo lo posible.Massuplícoá vuesa merced me dé cuenta 
desa hermosa señora y de su edad y nombre, y del de 
sus nobles padres. Menester era, respondió don Alvaro, 
un muy grande calepino para declarar una de las tres 
cosas que vuesa merced me ha preguntado; y pasando 
peralto las dos postreras, por el respeto que debo ásu 
calidad, solo digo de sus años que son diez y seis, y so 
hermosura tanta, que á dicho de todos los que la mirtin 
aun con ojos menos apasionados que.los míos , afirman 
della no haber visto, no solamente en Granada, pero 
ni en toda la Andalucía, más hermosa criatura; porque, 
fuera de las virtudes deiánimo, es sin duda blanca como 
el sol , las mejillas de rosas recien cortadas, los dientes 
de marfil, los labios de coral , el cuello de alabastro, las 
manos de leche, y finalmente, tiene todas las gracias per- 
fetísimas de que puede juzgar la vista ; si bien es verdad 
que es algo pequeña de cuerpo. Paréceme, señor don 
AWaro, replicó don Quijote, que no deja esa de ser al- 
guna pequeña falta ; porque una de las condiciones que 
ponen los curiosos para hacer á una dama hermosa es la 
buena disposición del cuerpo; aunque es verdad que 
esta falta muchas damas la remedian con un palmo de 
chapín valenciano; pero quitado este, que no en todas 
partes ni á todas horas se puede traer, parecen las da- 
mas , quedando en zapatillas, algo feas, porque las bas- 
quinas y ropas de seda y brocados, que están coitadas á 
la medida de la disposición que tienen sobre los chapi- 
nes, les vienen largas de tal modo que arrastran dos 
palmos por el suelo ; y así no dejará esto de ser alguna 
pequeña imperfecion en la dama de vuesa merced. An- 
tes , señor hidalgo, dijo don Alvaro, esa la hallo yo por 
una muy grande perfecion. Verdad es que Aristóteles, 
en el cuarto de sus Eticas , entre las cosas que ha de te- 
ner una mujer hermosa cual él allí la describe, dice 
que ha de ser de una disposición que tire á lo grande; 
mas otros ha habido de contrario parecer, porque la 
naturaleza, como dicen los filósofos, mayores milagros 
hace en las cosas pequeñas que en las grandes ; y cuando 
ella en alguna parte hubiese errado en la formación do 
un cuerpo pequeño, será más dificultoso de conocer el 
yerro, que si fuese hecho en cuerpo grande. No hay pie- 
dra preciosa que no sea pequeña , y los ojos de nuestros 
cuerpos sou las partes más pequeñas que hay en él, y 
son las más bellas y más hermosas : así que mi serafin es 
un milagro de la naturaleza, la cual ha querido darnos 
á conocer por ella cómo en poco espacio puede recoger 
con su maravilloso artificio el ¡numerable número de 
gracias que puede producir; porque la hermosura, como 
dice Cicerón, no consiste en otra cosa que en una con- 
veniente disposición de los miembros, que con deleite 
mueve los ojos de los otros á mirar aquel cuerpo cuyas 
partes entre si mesmas con una cierta graciosidad (3) se 
corresponden. Paréceme, señor don Alvaro, dijo don 
Quijote, que vuesa merced ha satisfecho con nmy sutiles 
razones á la objeción que contra la pequenez del cuerpo 
de su reina propuse ; y porque me parece que ya la cena 
por ser poca estará aparejada, suplicoá vuesa merced nos 
entremos á cenar ; que después sobre cena tengo un ne- 
(S) Ociotldai, se lee co la primera edición. 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



gocío de importancia qae tratar con vnesa merced, como 
cou persona que tan bien sabe bablar en todas materias. 

CAPITULO 11. 

De las ratones qne pasaron entre don Alvaro Tarfe y don Qnüoto 
sobre eena, y cómo le descubre los amores que tiene con Dal- 
clnea del Toboso, comnnicéndole dos cartas rídfcalas : por todo 
lo caal el caballero cae en la oyenta de lo que es don Qaljote. 

De pues de baber dado don Quijote razonablemente 
de cenar á su noble huésped , por postre de la cena, le* 
Yantados ya los manteles, oyó de sus cuerdos labios tas 
^guientes razones : Por cierto, señor Quijada, que es-> 
toy en extremo maravillado de que en el tiempo que nos 
ba durado lacena, be visto á vnesa merced algo dife- 
rente del que le vi cuando entré en su casa; pues en la ma- 
yor parte tlelia le he visto tan absorto y elevado en no sé 
qué imaginación , que apenas me ba respondido jamas á 
propósito, sino tan ad Ephesios, como dicen, que lie veni- 
do á sospechar que algún grave cuidado leaflige y aprieta 
el ánimo ; porque le be visto quedarse 6 ratos con el bo- 
cado en la boca, mirando sin pestailear d los manteles, 
«on tal suspensión que, preguntándole si era casado, me 
respondió : aRocinxinte, seüor, el mejor caballo es que se 
ka criado en Córdoba;» y poresto digo que alguna pasión 
ó iulorno cuidado atormenta á vuesa merced ; porque 
lio es posible nazca de otra causa tal erecto ; y tal puede 
ser que , como otras muchas veces he visto en oíros, 
pueda quitarle la vida, ó á lo menos, si es vehemente, 
apnrarle el juicio ; y asi suplico á vuesa merced se sirva 
comunicarme su sentimiento; porque si fuere tal la cansa 
del qne yo con mi persona pueda remediarla, lo liaré 
con las vuras que la razón y mis obligaciones piden , pues 
asi como con laslógrimas, que son sangre del corazón, 
él mcsmo desfoga y descansa, y queda aliviado de las 
melancolías qne le oprimen , vaporeando por el venero 
de los ojos; así, ni mas ni menos el dolor y aíliccion, 
siendo comunicado, se alivian algún tanto, porque suele 
el que lo oye, como desapasionado , dar el consejo qne 
es más sano y seguro al remedio de la persona afligida. 
Don Quijote entonces le respondió: Agradezco, señor 
don Alvaro > esa buena voluntad, y el deseo que nmestra 
tener vuesa merced de hacérmela ; pero es fuerza que 
los que profesamos el orden de caballería, y nos hemos 
vjslo en tanta multitud de peligros, ya con fieros y des- 
comunales jayanes , ya con malandiúnes sabios ó magos, 
desencantando princesas, matando grifos y serpientes, 
rifiocerontes y endriagos,llevados de alguna imagina- 
ción destas, como son negocios de honra, quedemos sus- 
pensos y elevados y puestos en un honroso éxtasi, como 
el en qne vuesa merced dice haberme visto, aunque yo 
no lie echado de verlo : verdad es que ninguna cosa des- 
tas por ahora me ha suspendido la imaginación ; qne ya 
(odas han pasado por mi. M;»rayillóse mucho don Alvaro 
Tiirfe de oirle decir que había desencantado princesas y 
muerto gigantes, y comenzó á tenerle por hombre qne le 
faltaba algún poco de juicio ; y asi, para enterarse detto 
le dijo : ¿Pues no se podrá saber qué causa por ahora 
aflige á vuesa merced? Son negocios, dijo don Quijote, 
que aunque á los caballeros andantes no todas las veces 
es lícito decirlos, por ser vuesa merced quien es y tin 
noble y discreto, y estar herido con la propia saeta con 
que el hijo de Venus me tiene herido á mí, le quiero dcsr- 
cubrir mi dolor, no para que nnle dé remedio para él, que 
solo me le puede dar aquella bella ingrata y dulcíshna 



Dulcinea, robadora de mi voluntad; sino para qne vuesa 
merced entienda que yo camino y he caminado por el 
camino real de la caballería andantesca , imitando en 
obras y en amores á aquellos valerosos y primitivos ca- 
balleros andantes que fueron luz y espejo de todos aque- 
llos que después dellos han por sus buenas prendas me- 
recido profesar el sacro orden de caballería que ye profe- 
so, como fueron el invicto Amadis de Ganla, don Belianis 
de Grecia y su hijo Esplandian, Palmerin de Oliva, Ta- 
blante de Ricamente, el caballero del Febo y sü hermano 
Rosicler, con otros valentísimos principes aun de nues- 
tros tiempos, á todos los cuales, ya que les he imitado 
en obras y hazañas, los sigo también en los amores : así 
qne, vuesa merced sabrá que yo estoy enamorado. Don 
Alvaro , como era hombre de sutil entendimiento, luego 
cayó en todo lo que su huésped pedia ser, pues decia ha- 
ber imitado á aquellos caballeros fabulosos de los libros 
de caballería; y así, maravillado de su loca enfermedad, 
para enterarse cumplidamente della le dijo : Admiró- 
me no poco , señor Quijada , que un hombre como vuesa 
merced, flaco y seco de cara, y que á mi parecer pasa ya 
de los cuarenta y cinco, ande enamorado; porque el 
amor no se alcanza sino con muchos trabajos, malas no- 
ches, peores días, mil disgustos, celos, zozobras, pen- 
dencias y peligros ; que todos estos y otros semejantes 
son los caminos por donde se camina al amor ; y si vuesa 
merced ha de pasar por ellos, no me parece tiene sugeto 
para sufrir dos noclies malas al sereno, aguas y nieves, 
como yo sé por experiencia que pasan los enamorados. 
Mas dígame vuesa merced, con todo: esamujer que ama, 
¿es de nqui del lugar, ó forastera? que gustaría en extre- 
mo, si fuese posible, verla antes que me fuese ; porque 
un hombre de tan buen gusto como vuesa merced es, no 
es creíble sino que ha de haber puesto los ojos en no me- 
nos que en una Diana cfcsina, Policena troyana, Dido 
cartaginense, Lucrecia romana ó Doralice granadina. 
A todas esas, respondió don Quijote, excedo en hermo- 
sura y gracia ; y solo imita en fiereza y crueldad á la in- 
humana Medea ; pero ya querrá Dios que con el tiempo, 
que todas las cosas muda, trueque su corazón diamanti- 
no, y con las nuevas que de mi y mis invencibles faza- 
ñas terna, se molifique y sujete á mis no menos impórta- 
nos qne justos ruegos. Así que, señor, ella se llama Prin- 
cesa Dulcinea del Toboso (como yo don Quijote de la 
Mancha) , si nunca vuesa merced la ha oido nombrar ; 
que si habrá, siendo tan célebre por sus milagros y ce- 
lestiales prendas. Quiso reírse de muy buena gana don 
Alvaro cuando oyó decir la princesa Dulcinea del Tobo- 
so ; pero disimuló, porque su huésped no lo echase de 
ver y se enojase , y asi le dijo : Por cierto, señor hidalgo, 
ó por mejor decir, scuor caballero, que yo no he oído en 
todos los días de mi vida nombrar tal princesa, ni creo 
la hay en toda la Mancha, si no es que ella se llame por 
sobrenombre Princesa, como otras se llamaix Marque- 
sas. No todos saben todas las cosas, replicó don Quijote; 
pero yo haré antes de mucho tiempo que su nombre sea 
conocido, no solamente en España, pero en los reinos y 
provincias más distantes del mundo. Esta es pues, se- 
ñor, la que me eleva los pensamientos ; esta me enajena 
de mí mismo; por esta he estado desterrado muchos días 
de mi casa y patria, haciendo en su servicio heroicas ha« 
zanas, enviándole gigantes y bravos jayanes y caballe- 
ros rendidos á sus pié • ; y cou todo eso ella se muestra á 



DON QUIJOTE 

mis ruceos una leona de África y ana tigre de Hircania, 
respondiéndome á los|»peles qne leenvio^ltenos de amor 
j dalzura, con el mayor desabrimiento y despego que 
jamas princesa á caballero andante escribió. Yo le es- 
cribo más largas arengas, que las que Gatilina hizo al se- 
nado de Roma ; más heroicas poesías, que las dQ Hon^ro 
ó Miigilio ; con más ternezas, qae el Petrarca escribió á 
sn querida Laura , y con más agradables episodios , que 
Lacano ni Ariosto pudieron escribir en su tiempo, ni en 
el nuestro ha hecho Lope de Vega á su Fítis , Celia , Lu- 
ciada, ni á las dtmas que tan divinamente ha celebrado, 
hedió en aventuras un Amadis, en gravedad un Cévola, 
en sufrimiento un Perineo de Persia, en nobleza un 
Eaéas , en astucia un Ulíses , en constancia un Belisario^ 
y ea derramar sangre humana un bravo Cid Campeador ; 
y porque voesa merced , señor don Alvaro , vea ser ver- 
dad todo lo que digo, quiero sacar dos cartas que tengo 
alii en aquel escritorio : uoa que con mi escudero San* 
cho Panza la escribí en los dias pasados, y otra que olla 
roe envió en respuesta suya. Levantóse para sacarlas^ y 
don Alvaro se quedó haciendo cruces de ver la locara del 
ha^ped, y acabó de caer en la cuenta de que él estaba 
desTuiecido con los vanos libros de caballerías, tenién- 
dolos por muy auténticosy verdaderos. Al ruido que don 
Quijote liizo abriendo el escritorio, entró Sancho Pan- 
za, liarto bien llena la barriga de los relieves que hablan 
soórado de la cena ; y como don Quijote se asentó con las 
descartas en la mapo, él se puso repantigado tras las es- 
paldas desu silla para gustar un poco de la conversación. 
Vesquí , dijo don Quijote, vuesa merced á Sancho Panza 
ft)i escudero, que no medejará mentir á lo que toca al in- 
hvmüo rigor de aquella mi sonora. Si á fe, dijo Sancho 
Panza ; que Aldonza Lorenzo, áüas Nogales (como asi 
se llama'Da la infanta Dulcinea del Toboso por proprio 
DOfflbie, como consta de las primeras partes desta grave 
historia ),esana grandísima.. .Téngaselo por dicho; por- 
qoe ¡cuerpo de un ciruelo! ¿ha de andar mi señor hendo 
untas caballerías de dia y de noche, y hendo cruel peni- 
tencia en Sierra Morena, dándose de calabazadas, y sin 
comer por una?... Mas quiero callar; allá se lo haya, con 
sa pan se lo coma ; que quien yerra y se enmienda, á Dios 
se eacomienda ; que una ánima sola ni canta ni llora; 
y casado la perdiz canta, señal es de agua; y á falta de 
¡í9n, buenas son tortas. Pasara adelante Sancho con sus 
refranes, si don Quijote no le mandara, imperativo modo, 
que callara ; mas con todo replicó diciendo : ¿Quiere sa- 
ber, señor don Tarfe, lo que hizo la muy zurrada cuando 
la llevé esa carta que ahora mi señor quiere leer? Eslá-* 
bas«en la caballeriza la muy puerca, porque llovía, hin- 
chendo un serón de basura con una pala ; y cuando yo le. 
dije qae le traia una carta de mi señor ( ¡ infernal torzón 
le dé Dios por ello ! ), tfpó una gran palada del estiércol 
que estaba mas hondo y mas remojado , y arrójemele de 
Itoleo, sin decir agua va, en estas pecadoras barbas. Yo, 
como por mis pecados las tengo más espesas que escobi- 
lla de barbero, estuve después más de tres dias sin poder 
acabarde agotarla porquería que en ellas me dejó, perfe- 
lamente. Díóse, oyendo esto, una palmada en la frente 
don Alvaro, diciendo : Por cierto, señor Sancho, que 
semejante porte que ese no le merecía la mucha discre- 
ción vuestra. No se espante vuesa merced , replicó San- 
cho ; que á fe que nos ha sucedido á mi y á mi señor, an- 
üjndo por amor della en las aventaras ó desventuras del 



DE LA MANCHA. •? 

año pasado, darnos pasadas de cuatro veces muy genti- 
les garrotazos. Yo os prometo, dijo colérico don Quijo- 
te, que si me levanto, don bellaco desvergonzado, y 
cojo una estaca de aquel carro, que os muela las costi- 
llas y haga que se os acuerde per omnia saecula saecti^ 

i lorum. Amén , respondió Sancho. Levanlárase don Qui- 
jote á castigarte la desvergüenza, ai don Alvaro no le tu- 
viera el brazo y le hiciera volver á sentar en su silla, 
haciendo con el dedo señas á Sancho para que callase, 
conque lo hizo por entonces; y don Quijote, abriendo la 
carta, dijo : Veaquí vuesa merced la carta que este mozo 
llevó los dias pasados á mi señora, y juntamente la res- 
puesta della, para que de ambas colija vuesa merced si 
tengo razón de quejarme de su inaudita ingratitud. 
Sobrescrito de la carU.— i4 ia infanta Dulcinea del Toboso, 
«Si el amorafincado, ¡oh bella ingrata! que asaz bulle 
»por los poros de mis venas, diera lugar á que me ensa- 
Ȗara contra vuestra fermosura, cedo tomara venganza 
»de la sandez con que mis cuitas os dan enojoso repro- 
vche. Cuidcdes, dulce enemiga mía, que non atiendo 
Dcon todas mis fuerzas en al que en desfacer tuertos de 
Dgente menesterosa : maguer que muchas veces ando en- 
vuelto en sangre de jayanes, cedo el pensamiento sin 
7> polilla está además ledo, y tiene remembranza que está 
«presoporuna de las más altas fembras que éntrelas 
vreinas de alta guisa fallar se puede. Empero lo que agora 
Dvus demando es, quesi alguna desmesurauzahetenido, 
nmQ perdonedes ; que los yerros por amare, dignos son 
Tnáe perdonare. Esto pido de finojos ante vuestro imperial 
DHcatamiento. Vuestro hasta el findela vida.— £/ caba- 
liUno de la Triste Figura, don Quijote de la Mancha.yt 

' Por Dios, dijo don Alvaro riéndose, que es la mas do- 
nosa carta que en su tiempo pudo escribir el rey don 
Sancho de León á la noble doña Jimena Gómez, al tiem- 
po que, por estar ausente della el Cid, la consolaba ; pero 
siendo vuesa merced tan cortesano, me espanto que es- 
cribiese esa carta ahora tan á lodel tiempo antiguo ; por- 
que ya no se usan esos vocablos en Castilla sino es cuando 
se hacen comedias de los reyes y condes de aquellos si- 
glos dorados. Escribola desta suerte, dijo don Quijote, 
porque, yaque imito á los antiguos en la fortaleza, como 
son al conde Fernán González, Peranzúles , Bernardo y 
al Cid, los quiero también imitar en las palabras. ¿Pues 
para qué, replicó don Alvaro, puso vuesa merced en la 
firma El caballero de la Triste Figura? Sancho Panza, 
que había estado escuchando la carta, dijo : Yo se lo acon- 
sejé, y á fe en toda ella no va cosa mas verdadera que esa. 
Póseme El de la Triste Figura, añadió dpn Quijote, no 
por lo que este necio dice, sino porque la ausencia de mi 
señora Dulcinea me causaba tanta tristeza, que no me 
podía alegrar : de la suerte que Amadis se llamó Beltené- 
bros, otro el caballero de los Fuegos, otro de las Imáge- 
nes, ó de la Ardiente espada. Don Alvaro le replicó : y el 
llamarse vuesa merced don Quijote , ¿ á imitación de 
quién fué? A imitación de ninguno, dijo don Quijote, 
sino como me llamo Quijada, saqué deste nombre el 
de don Quijote el dia que me dieron el orden de caballe- 
ría (i). Pero oiga vuesa merced , le suplico, la respuesta 
que aquella enemiga de mi libertad me escribe. 

Sobrcscríto.^ii Martin Quijada, el menteeaptq. 

« El portador desta había de ser un hermano mío , 



(1) Antes fué. Véanse los capítulos primero y tercero del Qui- 
jote de Ccrváitcs, parte primera. 



8 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



vpara darle la respuesta en las costillas con un gentil 
vgarrote. ¿No sabe lo que le digo, señor Quijada? Que 
vpor el siglo de mi madre, que si otra vez me escribe de 
«emperatriz ó reina, poniéndome nombres burlescos, 
ycomo es Á la infanta manchega Dulcinea del Toboso y 
)»otros semejantes que me suele escribir, que tengo de 
«hacer que se le acuerde. Mi nombre propio es Aldonza 
«Lorenzo ó Nogales, por mar y por tierra. » 

Vea vuesa merced si habrá en el mundo caballero an- 
dante, por más discreto y sufrido que sea, que pueda sin 
morir tolerar semejantes razones. ¡Oh , hi de puta ! dijo 
Sancho Panza, conmigo las habia de haber la relamida : 
á fe que la había de her peer por ingeuo ; que aunque es 
moza forzuda, yo fío que si la agarro, no se me escape 
de entre las ufias : mi señor don Quijote es muy dema* 
siado de blando. Si él la enviase media docena de coces 
dentro de una carta, para que se la depositasen en la 
barriga, á fe que no fuera tan repostona. Sepa vuesa 
merced que estas mozas (yo las conozco mejor que un 
huevo vule una blanca), si las hablan bien, dan al hombre 
el pescozón y pasagonzalo que le hacen saltar las lágri- 
mas de los ojos : sobre mí, que conmigo no se burlan, 
porque luego les arrojo una coz mas redonda que de muía 
de fraile hierónimo ; y más si me pongo los zapatos nue- 
vos : ¡ mal año para la muía del Preste Juan que mejor las 
endilgue! Levantóse riendo don Alvaro, y dijo : Por Dios 
que si el rey de España supiese que este entretenimiento 
Iiabia en este lugar, que aunque le costase un millón, 
procurara tenerlo consigo en su casa. Señor don Quijote, 
ello hemos de madrugar por lo menos una hora antes 
del dia, por huir del sol ; y asi, con licencia de vuesa 
merced, querría tratar de acostarme. Don Quijote dijo 
que su merced la tenia ; y así comenzó á desnudarse para 
hacerle la cama que en el mesmo aposento estaba, y 
mandó á Sancho Panza que le descalzase las botas. Lie* 
garon en esto á quererlo hacer dos pajes del mesmo don 
Alvaro que habían estado oyendo la conversación desde 
)a puerta ; pero no consintió Sancho Panza que otro que 
él hiciese tal oficio, de que gustó en extremo don Al- 
varo, el cual le dijo, mientras don Quijote salió afuera 
por unas peras en conserva para darle : Tírá, hermano 
Sancho, bien, y tened paciencia. Si tendrán, respondió 
Sancho ; que no son bestias ; y aunque no soy don, mi 
padre lo era. ¿Cómo es eso? dijo don Alvaro : ¡vuestro 
padre tenía don ! Si, señor, dijo Sancho ; pero teníale á 
la postre. ¿Cómo á la postre? replicó don Alvaro. ¿Lla- 
mábase Francisco Don, Juan Don ó Diego Don? No, se- 
ñor, dijo Sancho, sino Pedro el Remendón. Rieron ma- 
cho del dicho los pajes y don Alvaro, que prosiguió pre- 
guntándole si era aun su padre vivo ; y él respondió : No, 
señor ; que mas há de diez años que murió de una de las 
másmalasenfermedadesquese puede imaginar. ¿De qué 
enfermedad murió? replicó don Alvaro. Do sabañones, 
respondió Sancho. ¡Santo Dios 1 dijo don Al varocon gran- 
dísima risa : ¡ de sabañones ! El primer hombre que en los 
días de mi vida oí decir que muriese desa enfermedad 
fué vuestro padre, y así no lo creo. ¿No puede cada uno, 
dijo Sancho, morir la muerte que le da gusto? Pues si 
mi padre quiso morir de sabañones, ¿qué se le da á vuesa 
merced ? En medio de la risa de don Alvaro y sus pajes, 
^ntró don Quijote y su ama la vieja con un plato de pe- 
ras en conserva y una garrafa de buen vino blanco, y 
dijo : Vuesa merced, mi señor don Alvaro, podrácomcr 



on par destas peras, y tras ellas tomar ana vez de vino, 
que le dará mil vidas. Yo beso á vuesa merced las ma- 
nos, respondió don Alvaro, señor don Quijote, por la 
merced que me hace ; pero no podré servirle, porque no 
acostumbro comer cosa alguna sobre cena : que me da- 
ña , y tengo larga experiencia en mi de la verdad del afo- 
rismo de Avicena ó Galeno, que dice que lo crudo sobre 
lo indigesto engendra enfermedad. Pues por vida de la 
que me parió, dijo Sancho, que aunque ese Azucena ó 
Galena que su merced dice, me dijese más latines que 
tiene todo el a, b, c, asi dejase yo de comer, habiéndola 
á mano, como de escupir. ¡ Hiií qué cuerpo de San Be- 
lorge! El no comer para los castraleones, que se sus- 
tentan del aire. Pues por vida de la que adoro, dijo don 
Alvaro, tomando una pera con la punta del cuchillo, qae 
os habéis de comer esta , con licencia del señor don Qui- 
jote. ¡Ah! no, por su vida, señor don Tarfe, respondió 
Sancho; que estas cosas dulces, siendo pocas, me hacen 
mal ; aunque es verdad que cuando son en cantidad, mo 
hacen grandísimo provecho. Con todo, la comió, y tras 
esto se puso don Alvaro en la cama, y á los pajes les hi- 
cieron otra junto á ella do se acostasen, como lo hicie- 
ron. En esto dijo don Quijote á Sancho : Vamos, Sandio 
amigo, al aposento de arriba ; que alU podremos dormir 
lo poco que de la noche queda ; que no hay para qué irte 
ahora á tu casa ; que ya tu mujer estará acostada ; y tam- 
bién que tengo un poco que comunicar contigo esta no- 
che sobre un negocio de importancia. Pardiez, señor, 
dijo Sancho, que estoy yo esta noche para dar buenos 
consejos, porque estoy redondo como una chueca ; solo 
será la falta que me dormiré luego, porque ya los bos- 
tezos menudean mucho. Subiéronse arriba tras esto 
ambos á acostar, y puestos en una misma cama, dijo don 
Quijote : Hijo Sancho, bien sabes ó has Máo que la 
ociosidad es madre y principio de todos los vicios, y que 
el hombre ocioso está dispuesto para pensar cualquier 
mal, y pensándolo, ponerlo por obra, y que el diablo 
de ordinario acomete y vence fácilmente á los ociosoí!, 
porque hace como elcazador, que no tira á las aves mien- 
tras que las ve andar volando, porque entonces sería la 
caza incierta y dlíicultosa, sino que aguarda á que se 
asienten en algún puesto, y viéndolas ociosas, les tira y 
las mata. Digo esto, amigo Sancho, porque veo que há 
algunos meses que estamos ociosos, y no cumplimos, 
yo con el orden de CHiballeria que recebí , y tú con la leal- 
tad de escudero fiel que me prometiste. Querría pues 
(para que no se diga que yo he recebido en vano el ta- 
lento que Dios me dio, y sea reprehendido como aquel 
del Evangelio, que ató el que su amo le fió en el pañi- 
zuelo, y no quiso granjear con él) que volviésemos lo 
más presto que ser pudiese á nuestro militar ejercicio, 
porque en ello haremos dos cos^s: la una, servicio muy 
grande á Dios, y la otra, provecho al mundo, dester- 
rando del los descomunales jayanes y soberbios gigan- 
tes que hacen tuertos de sus fueros, y agravios á caba- 
lleros menesterososy á doncellas afligidas ; y juntamente 
ganaremos honra y fama para nosotros y nuestros suce- 
sores, conservando y aumentando la de nuestros ante- 
pasados ; tras que adquiriremos mil reinos y provincias 
en un quita allá esas pajas, con que seremos ricos, y en- 
riqueceremos nuestra patria. Señor, dijo Sancho, no 
tiene que meterme en el caletre esos guerreamientos, 
pues ya ve lo mucho que me costaron ese otro año^ cou 



DON QUUOTE DE LA MANCHA, 
la pMida de mi Rocio^ qae buen siglo haya; tras qoe 
jasas me cumplió lo que mil veces me tenia prometido, 
lié que nos veríamos dentro de un ano, yo adelantado, ó 
rey por lo menos, mi mujer almirante y mis hijos ín-* 
fantes ; ninguna de las cuales cosas veo cumplidas por mi 
(¿oye Tuesa merced, ó duérmese?), y mi mujer tan 
Mari-Gotierrez se es hpy como agora un ano: asi que, yo 
no quiero perro con cencerro. Y fuera deso, si nuestro 
cora el licenciado Pero Pérez sabe que queremos tornar 
á nuestras caballerías, le tiene de meter á vuesa merced 
con una cadena por unos seis ó siete meses en domus Je- 
tro, que dicen, como la otra vez ; y así, digo que no quiero 
ir oon vuesa merced, y déjeme dormir por vida suya ; que 
n se me van pegando los ojos. Mira, Sancho, dijo don 
Qoqote, que yo no quiero que vayas como la otra vez ; 
iotes quiero comprarte un asno en que vayas como un 
patriarca, mucho mejor que el otro que te hurtó Gíne- 
sillo; y en fin, iremos ambos con mejor orden , y lleva- 
remos dineros y provisiones, y una maleta con nuestra 
TO^; que ya he echado de ver que es muy necesario, 
|»rqtte no nos suceda lo que en aquellos malditos casti- 
llos encantados nos sucedió. Aun desa manera, respon- 
dió Sancho, y pagándome cada mes mi trabajo, yo iré 
de muy buena gana. Ojendo su resolución, alegre don 
Quijote, prosiguió diciendo : Pues Dulcinea se roe ha 
iBostFulo tan inhumana y cruel, y lo que peor es, des* 
agradecida i mis servicios, sorda á mis ruegos, incré- 
dolaá mis palabras, y finalmente, contraría á mis de- 
seos, quiero probar, á imitación del caballero del Febo, 
qoedejóáCUridana,yotro6muchosquebuscaronnuevo 
amor, y ver si en otra hallo mejor fe y mayor correspon- 
dencia i mis fervorosos intentos, y ver juntamente... 
¿Daermes, Sancho? ¡Ah Sancho! En esto Sancho re- 
cordó, diciendo : Digo, señor, que tiene razón ; que esos 
japnazos son grandísimos bellacos, y es muy bien que 
les bagamos tuertos. ¡Por Dios, dijo don Quijote, que es- 
tás muy bien en el cuento ! Estoyme yo quebrando la ca- 
beza diciéndote lo que á ti y á mi más , después de Dios, 
nos hnporta , y tú duermes como un lirón. Lo qoe digo. 
Sandio, es, ¿entiendes?... ¡Oh I reniego de la puta que 
me parió, dijo Sancho : déjeme dormir con Barrabas; 
que JO creo bien y verdaderamente cuanto me dijere y 
piensa decir todos los dias de su vida. Harto trabajo tiene 
cohombre, dijo don Quijote, que trata cosas de peso 
con salvajes como este : quiérele dejar dormir; que yo, 
mientras que no diere fin y cabo á estas honradas justas, 
ganando en ellas el prímero,. segundo y tercero dia las 
' joyas de más importancia que hubiere, no quiero dor- 
mir, sino velar, trazando con la imaginación lo que des- 
pués tengo de poner por efecto, como hace el sabio ar- 
quitecto, que antes que comience la obra, tiene confu- 
samente en su imaginativa todos los aposentos, patios, 
chapiteles y ventanas de la casa, para ^después sacallos 
perfectamente á luz. En fin, al buen hidalgo se le pasó 
loque de la noche quedaba, haciendo grandísimas qui- 
meras en su desvanecida fantasía, ya hablando con los 
caballeros , ya con los jueces de las justas, pidiéndoles el 
premio ; ya , finalmente , saludando con grandísima me- 
nra á ana dama hermosísima y ricamente aderezada , á 
laien presentalm desde el caballo con la punta de la 
Unza una ríca joya. Con estos y otros semejantes desva- 
necimientos se quedó al cabo dormido. 



CAPITULO ni. 



De edmo el Can j don Qaijote se despidieron de Kin^üos caba- 
ñeros , y de lo qae á él le sacedlo con Sancho Panza despnes 
de dios idos. 

Una hora ¿ntes que amaneciese llegaron á la puerta 
de don Quijote el Cura y los alcaldes ó llamar, que ve- 
nían á despertar al señor don Alvaro ; i cuyas voces don 
Quijote llamó á Sancho Panza para que les fuese á abrír, 
el cual despertó con harto dolor de su corazón. Entrados 
que fueron al aposento de don Alvaro, el Cura se asentó 
junto á su cama , y le comenzó á preguntar cómo le ha- 
bía ido con su huésped ; ó lo cual respondió contándole 
brevemente lo que con él y con Sancho Panza le habla 
pasado aquella noche ; y dijo que si no fuera el plazo de 
las justas tan corto, se quedara allí cuatro ó seis dias á 
gustar de la buena conversación de su huésped; pero 
propuso de estarse allí más despacio á la vuelta. El Cura 
le contó todo lo que don Quijote era, y loque con él le 
iiabia acontecido el ano pasado, de lo cual quedó muy 
maravillado ; y mudando plática, fingieron hablaban de 
otro, porque vieron entrar á don Quijote, con cuyos 
buenos dias y apacible visión se levantó don Alvaro, y 
mandó aprestar los caballos y demás recado para irse. 
Entre tanto los alcaldes y el Cura volvieron á dar de al- 
morzar á sus huéspedes , quedando concertados que to- 
dos volverían á casa de don Quijote, para partirse desde 
allí juntos. Idos ellos, y vestido don Alvaro , dijo aparte 
á don Quijote: Seilor mío, vuesa merced me la hado 
hacer de que unas armas grabadas de Milán , que traigo 
aquí en un baúl grande, se me guarden con cuidado en 
su casa hasta la vuelta ; que me parece que en Zaragoza 
no serán menester, pues no faltorán en ella amigos que 
me provean de otras que seau menos sutiles, pues estas 
lo son tanto, que solo pueden servir para la vista, y es 
notable el embarazo que me causa el llevarlas. Rizólas 
sacar luego allí todas en diciendo esto , y eran peto, es- 
paldar, gola, brazaletes, escarcelas y morríon; y don 
Quijote, cuando las vio, se le alegró la pajarilla hifinita- 
mente, y propuso luego en su entendimiento lo que ha- 
bía de hacer deltas, y así le dijo : Por cierto , mi señor 
don Alvaro , que esto es lo menos en que yo pienso ser- 
vir á vuesa merced , pues espero en Dios vendrá tiempo 
en que vuesa merced se holgará más de verme á su la- 
do, que no en el Argamesilla. Y prosiguió preguntán- 
dole, mientras se volvían á poner en el baúl las armas, 
qué divisa pensaba sacaren las justas ^ qué libreas, qué 
letras ó qué motes: á todo lo cual, por complacerle, le 
respondió don Alvaro , no entendiendo qoe le pas«iba 
por la imaginación el irá Zaragoza ni hacer lo que hi- 
zo , que adelante se dirá. En esto entró Sancho muy co- 
lorado, sudándole la cara y diciendo : Bien puede, mi 
señor don Tarfe, sentarse á la mesa ; que ya eslA el al- 
muerzo á punto. A lo cual respondió don Alvaro : ¿Te- 
néis buen apetito de almorzar, Sancho amigo? E<e, dijo 
él, señor mió, gloria Ubi, Domine, nunca me fnltn, y es 
do manera, que (en salud sea mentado, y vaya el diablo 
para ruin) no me acuerdo en todos los días de mi vida 
liaberme levantado harto de la mesa, sino fué ahora un 
año, que, siendo mi tio Diego Alonso mayordomo de| 
Rosario, me Irizo á mí repartidor del pan y queso de la 
caridad que da la confadría, y entóneos allí hube de 
aflojar dos agujeros al cinto. Dios os conserve, dijo do» 
Alvaro, esa disposición; que sofo dulla.y de vuestra 



fO 



m. UCENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



buena condición os tengo envidia. Almorzó don Alvaro, 
y luego llegaron los tres caballeros con su i;ente y con el 
Gura ; porque ya amanecía ; y viéndolos don Alvaro , se 
puso alnnomento las espuelas y subió á caballo; tras lo 
cual sacó don Quijote del establo á Rocinante ensillado 
y enfrenado para acompañarles, y dijo, teniéndole por 
el frenóla don Alvaro : Ve aquí vuesa merced, señor don 
Alvaro, uno de Ios\aejores caballos que á duras penas 
«e podrían iiallar en todo el mondo. No bay Bucéfalo, 
Alfana, Süyano, Babieca ni Pegaso qne se le iguale. Por 
cierto, dijo don Alvaro, miráudole y sonríéndose, que 
ello puede ser como vuesa merced dice ; pero no lo mues- 
tra en el talle , porque es demasiado de alto y sobrado de 
largo , fuera de estar muy delgado ; pero debe ser la causa 
del estar tan ilaco el ser de su naturaleza algo astrólogo 
ó iiiósofo, ó la larga experiencia que tendrá de las cosas 
del mundo; que no deben baber pasado pocas por él, 
según losmucbos años que descubre tener encubiertos 
bajo la silla; pero, como quiera que sea, él es digno de 
ala banza , por lo que muestra ser discreto y pacinco. En 
esto salieron todos á caballo, y el Cura y don Quijote les 
acompafiaron casi tm cuarto de legua del lugar. Iba el 
Cura tratando con don Alvaro de las cosas de don Quijo- 
te ; el cual se maravillaba en extremo de su extraña lo- 
cura. Despidiéronse, forzados de los ruegos de los caba- 
lleros, y vueltos al A rgamesilla , el Cura se fué á su c;isa, 
y llegando á la suya don Quijote, lo primero que hizo en 
apeándose, fué enviar luego á llamar con su ama á San- 
cho Panza, con orden de que le dijese trajese consigo, 
cuando viniese, aquello que le babia dicho le traerla, 
que era Florisbian de Candaría, libro no menos necio 
que impertinente. Vino luego volando Sancho; y cer- 
itindo el aposento por adentro, y quedando en él solos, 
sacó el libro debajo de las haldas del sayo, y diósele ; el 
cual le tomó en las manos con mucha alegría, diciendo: 
Ves aquí , Sancho , uno de los mejores y más verdaderos 
libros del mundo, donde hay caballeros de tan grande 
fama y valor, que ¡mal año para elCid ó Bernardo del Car- 
pió que les lleguen al zapato! Al punto le puso sobre un 
escritorio , y volvió de nuevo á repetir á Sancho muy por 
extenso todo lo que la noche pasada le habia dicho, y no 
babia podido entender por estar tan dormido , conclu- 
yendo la plática con decir quería partir para Zaragoza á 
Ins justas, y que pensaba olvidar á la ingrata infanta 
Dulcinea del Toboso , y buscar otra dama que mejor cor- 
respondiese á sus servicios ; y que de allí pensaba des- 
pués ir á la corte del rey de España para darse á conocer 
por sus fazañas. Y traWé amistad, añadía el buen don 
Quijote, con los grandes, duques, marqueses y condes 
que al servicio dé su real persona asisten ; do veré si al- 
guna de aquellas fermosas damas que esU^n con la Reina, 
euamoradade ini tidlazo, en competencia de otras, mues- 
tra algunas señales de verdadero amor, ya con aparien- 
cias exteriores de la persona y vestido, ya con papeles ó 
recados enviados al cuarto que sin duda el Rey me dará 
en su real palacio, para quedesta manera, siendo envi- 
diado de muchos caballerosde los del tusón, procuren 
todos por varios caminos descomponerme con el Rey ; á 
lus cuulcs, en sabiéndolo, desafio y reto, matando la 
mayor parte dellos : con que vista mi gran valentía por 
el Rey nuestro señor, es fuerza que su majestad Católica 
me alabe por uno de tos nu\jores caballeros de Europa. 
Todo cbto dccia él con tanto brio^ le Yantando las ceja;<. 



con voz sonora, y puesta la mano sobre la gnartiicioTí de 
la espada, que no se había aun quitado desde que liabia 
salido á acompañar á don Alvaro , que parecía que ya pa- 
saba por él todo lo que iba diciendo. Quiero pues , San- 
cho mío, proseguía luego, que veas ahora unas armas 
am el sabio Alquife, mi grande amigo, esta noche me 
lia traído, estando yo trazando la dicha ida de Zaragoza, 
porque quiere que con ellas entre en las aplazadas jus- 
tas, y lleve el mejor precio que dieren los jueces, con 
inaudita fama y gloria de mi nombre y de los andantes 
caballeros antepasados, á quien imito y ann excedo. Y 
abriendo una arca grande , ¿ donde las habia metido, las 
sacó. Cuando Sancho TÍO las armas nuevas y tan buenas, 
llenas de trofeos y grabadoras milanesas, acicaladas y 
limpias, pensó sin duda que eran de plata , y dijo pas- 
mado : Por vida del fundador de la torre de Babilonia, 
que si ellas fueran mías , que las habia de hacer todas de 
reales de á ocho, destos que corren ahora, más redon- 
dos que hostias ; porque solamente la plata , fuera de las 
imágenes que tienen, vale al menorete, á quererlas 
echaren la calle, mas de noventa mil millones. ¡Oh hi 
de puta, traidoras, y cómo relucen ! V tomando el mor- 
rión en las manos, dijo : Pues el sombrero de plata ;es 
bobo! Por las barbas de Pilatos, que si tuviera cuatrode- 
dos masde falda, se le podría poner el raismoRey^y aun 
juro que el día de la procesión del Rosario se le liabero(S 
de poner en la cabeza al señor Cura, pues saldrá con él 
y con la capa de brocado por esas calles hecho un reloj. 
Mas dígame, señor , estas armas ¿quién las hizo? ¿Ilí- 
zolas ese sabio Esquife, ó naciéronse así del vientre de 
su madre? ;0h gran necio! dijo don Quijote: estas se 
hicieron y forjaron junto al rio Leteo, media legua de la 
barca de Acárente, por las manos de Vulcano, herrero 
del inGerno. ¡ Oh, pestilencia en el herrero ! dijo Sancho: 
¡ el diablo podía ir á su fragua á sacar la punta de la reja 
del arado 1 Yo apostaré que, como no me conoce, me 
echase una grande escudilla de aquella pez y trementina 
que tiene ardiendo, sobre estas virginales barbas, tal, 
que fuera harto peor de quitar y aim de sanar que la ba- 
sura que me echó en ellas Aldonza Lorenzo los otros dias. 
Tomó en esto las armas don Quijote, diciendo : Quiero, 
amigo Sancho , que veas cómo me están : ayúdamelas á 
poner. Y diciendo y haciendo, se púsola gola, peto y 
espaldar, y dijo Sancho ; Par diez que aquestas planchas 
parecen un capole > y si no fueran tan pesadas , eran lin- 
dísimas para segar, y más con estos guantes : — lo cual 
dijo tomando las manoplas en la mano. Armóse don Qui- 
jote de todas piezas, y lue^o habló con voz enconada á 
Sancho desta manera: ¿Qué te parece, Sancho? ¿Es- 
tánme bien? ¿No te admiras de mi gallardía y brava 
postura? E:slo decía paseándose por el aposento, ha- 
ciendo piernas y continentes, pisando do carcaño , y le- 
vantando más la voz y luiciéndola más gruesa, grave y 
reposada ; tras 16 cual lo vino luego súbitamente un ac- 
cidente tal en la fantasía, qne, mctiendocon mucha pres- 
teza mauo á la espada, se fué acercando con notable có- 
lera á Sancho, diciendo : Espera, dragón maldito, sierpe 
de Libia, basilisco infernal : verás por experíencia el 
valor de don Quijote, segundo san Jorge en fortaleza ; 
verás, digo, si de un golpe solo puedo partir, no sola- 
mente á tí , sino á los diez más fieros gigantes que la na- 
ción giííántea jamas produjo. Sancho, que le vio venií 
para sí tan desaforado, comenzó á correr por él aposca- 



DON QUUOTE DE LA MANCHA. 



H 



to; 5 iDeü¿iidose detras de la cama , andaba sd derredor 
(leila kuyendo de la furía de su aoM), el cual decía, 
ikado mudias caclálladas á tuertas y derechas por el 
&poi>ento, corlando muchas veces las corünas, maulas 
y alonohadas de la cama : Espera « jayán soberbio; que 
ya ha llegado la hora en que quiere la Majestad divina 
que pagues las malas obras que has hecho eu el mundo. 
Andaba en esto tras del pobre Sancho al derredorde la 
cama, diciéudúle mil palabras injuriosas, y juntamente 
con cada onaarrojándole una eslocada ó cuchillada lar* 
ga; que si la cama uo fuera tan ancha como era, lo pa- 
sara el pobre de Sancho harto mal ; el cual le dijo : Señor 
ikm Quijote, por todas cuantas üag^ tuvieron Job, el 
señor san Lázaro, el señor san Francisco, y lo que u)üs 
es, nuestro .Sefior Jesucristo, y por aquellas benditas 
aeUs que sus padres tiraron al señor san Sebastian, que 
tenga Gompasiou, piedad , lástima y misericordia de lul 
áni:napeeadura. Embravecíase más con esto don Qui-r 
jote, diciendo : ¡Oh soberbio 1 ¿Agora piensas con tus 
bUn<las palabras y ruedos aplacar la justa iraquecontigo 
teogo? Vuelve , vuelve las princesas y caballeros que 
amtraley y razón en este tu castillo tienes; vuelve los 
grandes tesoros que tienes usurpados, las doncellas que 
tíeoes encantadas, y la maga encantadora, causadora de 
todosesLos males. Señor, \ pecador de mi ! decia Sancho 
Paiua, que yo no soy priucesa ni caballero, ni esa se^ 
Dora maga que dice, sino el negro de Sancho Panza, su 
vecino y antiguo escudero, marido de la buena Mari- 
Gotierreí, que ya vuesa merced tiene media viuda. 
'iDesventurada de la madre que me parió, y de quien me 
laetióaquil Sácame aqui luego, anadia con mas cólera 
doD Quijote, sana y salva y sin lisiou ni detrimento al- 
galio la emperatriz que digo; que después quedará tu 
vil y superba persona á mi merced , dándoteme primero 
por vencido. Sí haré con todos los diablos, dijo Sancho ; 
ábrame hi puerta, y meta la espada en la vaina primero ; 
qiieyo le traeré luego, no soiameute todas las princesas 
qae hay en el mundo , sino al mesmo Anas y Caifas, cada 
ycaando su merced los quiera. Envainó don Quijote con 
nucba pausa y gravedad , quedando molido y sudado de 
dar cuchilladas en la pobre cama, cuyas mantas y al- 
mohadas dejó hechas una criba ; y lo mesmo hiciera del 
pobre Sancho si pudiera alcanzarle ; el cual salió de de- 
tnsde la cama descolorido, ronco y lleno de lágrimas 
de miedo, y hincándose de rodillas delante de don Qui- 
jote, le dijo : Yo me doy por vencido, señor caballero 
andante ;stt merced mande perdonarme; que yo seré 
bueno todo lo restante de mi vida. Don Quijote le res- 
pondió con un verso latino que él sabia y repetía rauclias 
veces, diciendo : Parcere ftrasiratis docuit nolis ira 
Uonis; y tras él le dijo : Soberbio jayán, aunque tu ar- 
rogancia no merecía clemencia alguna, á imitación de 
aquellos caballeros y principes antiguos, á quien imito 
y pienso imitar, te perdono, con presupuesto que del 
Ukío dejes las matas obras pasadas, y seas de aqui ader 
bnte amparo de pobres y menesterosos, desfaciendo los 
tuertos y agravios que en el mundo con tanta sinrazón 
se hacen. Yo lo juro y prometo, dijo Sancho, de her todo 
eso que me dice; pero dígame, en lo de deshacer esos 
tuertos, ¿ ha de entrar también el licenciado Pedro Gar- 
cía, beneficiado del Toboso, que es tuerto de tm oju? 
Porque no me quisiera meter eu cosas de nuestra santa 
uadre la Iglesia. Levantó entonces don Quijote ú Suu- 



cho,dici^o : ¿Qué te parece, amtgo Sandio? Qqien 
haceestoenun aposento cerrado con un hombre solo co- 
mo tú, mejor lo hiciera en una campaña con un ejército 
de hombres, por bravos que fuesen. Lo que me parece, 
dijo Sancho, que si estas experiendas quiere her mu^ 
chas veces conmigo, que me echaré con la carga. Don 
Quijote le respondió : ¿No ves, Sancho, que todo era 
fingido, no más de por darte á entender mi grande es- 
fuerzo en el combatir, destreza en el derribar y maña 
en el acometer? ¡Mal haya el puto de mi linaje ! replicó 
Sancho : pues ¿ por qué me arrojaba aquellas descomu- 
nales cuchilladas, que si no fuera porque cuando tiró 
una me encomendé al glorioso san Antón, me llevara 
medias narices, pues el aire da la espada me pasó zor- 
riando por las orejas ? Esos ensayamientos quisiera qué 
vuesa merced hubiera hecho cuando aquellos pastores 
de marras, de aquellos dos ejércitos de ovejas, le tira- 
ron con las hondas aquellas lágrimas de Moisen, con que 
le derribaron la mitad de las muelas, y no conmigo ; pero 
por ser la primera vez, pase, y mire lo que liace de aqui 
adelante ; y perdone , que me voy á comer. Eso no, San* 
cho, dijo don Quijote : desármame, y quédate á comer 
conmigo, para que después de comer tratemos de nues- 
tra partida. Acetó fácilmente el convite Sancho, y des- 
pués de comer le mandó que de casa de un zapatero le 
trújese dos ó tres badanas grandes para hacer una fina 
adarga, la cual él hizo con ciertos papelones y engrudo, 
tan grande como una rueda de hilar cáñamo. Vetidió 
también dos tierras y una harto buena viña, y lo hizo 
todo dineros para la jornada que pensaba hacer. Hizo 
también un buen lanzon con un hierro ancho como la 
mano, y compró un jumento á Sancho Panza, en el cual 
llevara una maleta pequeña con algunas camisas suyas 
y de SauclM), y el dinero, que sería más de trecientos 
ducados : de suerte que Sancho con su jumento, y don 
Quijote con Rocinante, según dice la nueva y fiel histo- 
ria, hicieron su tercera y más famosa salida del Arga« 
mesilla por el fin de agosto del año que Dios sabe , sin 
que el Curü ni el Barbero ni otra persona alguna los 
echase menos hasta el dia siguiente de su saUda. 

CAPITULO IV. 

Cómo don Qnijote da U Mancha y Sancho Panza so escudero sa^ 
lieron tercera vez del ArgamesUla , de noche ; y de lo qae en el 
camino desta tercera y famosa salida les sucedió. 

Tres horas antes que el rojo Apoto esparciese sus ra- 
yos sobre la tierra, salieron de su lugar el buen hidalgo 
dou Quijote y Sancho Panza : el uno sobre su caballo Ro- 
cinante, armado de todas piezas y el morrión puesto eu 
la cabeza con gentil talante y postura, y Sancho con su 
iunicnto enalbardado, con unas muy buenas alforjas en* 
cima y una maleta pequeña, en que llevaban la ropa 
blanca. Salidusdel lugar , dijo don Quijote á Sancho : Ya 
ves, Sancho mió, cómo en nuestra salida todo se nos 
muestra favorable, pues, como ves, la luna resplandece 
y está clara, no hemos topado en lo que hasta aqui ha- 
bernos andado, cosa deque podamos tomar mal agüero, 
tras que nadie nos ha sentido al salir : en fin, hasta aliorii 
todo nos vieua á pedir de boca. Es verdad, dijo Sancho; 
pero temo que en echándonos menos en el lugar, han 
de salir en nuestra busca el Cura y el Barbero con otra 
gL'nle, y topándonos, á pesar nuestro nosliau de vol- 
ver á uueiitras casas, agarrados por los cabezones ú metí- 



12 



EL UGENOADO ALONSO FERNANDEZ DB AVELLANEDA. 



dos en nna jatila , como el ano pasado ; y si tal/uese, par 
diez que seria peor la caida qoe la recaída. ¡Oh barbero 
cobanle ! dijo don Qaijote : juro por el orden de caballe- 
ría que recebí « que solo por eso que bas dicho, y porque 
entiendas que no puede caber temor alguno en mi cora- 
zoo, estoy por volver al lugar y desafiar ¿ singular bata- 
lla, nosolacúBntQ al Cura, sino á cuantos curas, vicarios, 
sacristanes, canónigos, arcedianos, deanes, chantres, 
racioneros y beneficiados tiene toda la Iglesia romana, 
griega y latina, y ¿ todos cuantos barberos, médicos, 
cirujanos y albéitares militan debajo de la irándera de 
Esculapio, Galeno, Hipócrates y Avicena. ¿Es posible, 
Sancho, que en tan poca opinión estoy acerca de ti, y que 
nunca has echado de ver el valor de mi persona , las in- 
vencibles fuerzas de mi brazo, la inaudita ligereza de 
mis pies y el vigor intrínseco de mi ánimo? Osariate 
apostar (y esto es sin duda) que si me abriesen por me- 
dio y sacasen el corazón , que le hallarían como aquel de 
Alejandro Magno , de quien se dice que le tenia lleno de 
vello, señal evidentísima de su gran virtud y fortaleza : 
por tanto, Sancho, de aquí adelante no pienses asom- 
brarme , aunque me pongas delante más tigres que pro- 
duce la Hircania, más leones que sustenta U África, 
inás sierpes que habitan la Libia, y más ejércitos que 
tuvo César, Aníbal ó Jéijes; y quedemos en esto por 
ahora; que la verdad de todo verás en aquellas famosas 
justas de Zaragoza, donde ahora vamos. Alli verás por 
vista de ojos lo que te digo ; pero es menester , Sancho, 
para esto, en esta adarga que llevo ( mejor que aquella 
de Fez que pedia el bravo moro grauadlno cuando á vo^ 
ees mandaba que le ensillasen el potro rucio del alcalde 
de los Vélez), poner alguna letra ó divisa que denote la 
pasión que lleva en el corazón el caballero que la trae en 
su brazo ; y asi quiero que en el prímer lugar que llegá- 
remos, un pintor me pinte en ella dos hermosísimas don- 
cellas que estén enamoradas de mi brío, y el dios Cu- 
pido encima, que me esté asestando nna flecha, hi cual 
yo reciba en el adarga, riendo del y teniéndolas en poco 
á ellas, con una letra que diga al derredor de la adarga. 
El Caballero Desamorado , poniendo encima esta, cu- 
riosa aunque ajeua, de suerte que esté entre mi, entre 
Cupido y las damas: 

Sos flechas ssca Copido 
De las Tenas del Piní, 
A los hombres dando el Cu, 
Y i las damas dando el pido. 

¿ Yqné habernos de her, dijo Sancho, nosotros con esa 
Cu? ¿Es alguna joya de las que habemos de traer de las 
justas? No, replicó don Quijote; que aquel Cu es un plu- 
maje de dos relevadas plumas, que suelen ponerse algu- 
nos sobre la cabeza , á veces de oro , á veces de plata , y 
á veces de la madera (i) que hace diáfano enceraüo á las 
linternas, llegando uuos con dichas plumas hasta el signo 
Aries, otros al de Capricornio, y otros se fortifican en el 
castillo de San Cervántes(2). Par diez, dijo Sancho, que 
yaque yo me hubiese de poner esas plumas, me las habia 
de poner de oro ó de plata. No te convienen á ti, dijo don 
Quijote^ esos dijes; que tienes la mujer buena crístiana 

<1) El hasta 6 cnerno que antes empleaban en las linternas, 
por so transparencia. 

(3) ¿A qué Tendrá esto aqol? Atkllareda, eomo ya se ha visto, 
dice en el prólogo qae Cervantes es ya de viejo como el auiillo de 
SitH Cervñntet; aqoí vuelve i nombrar el castillo, trayéndolo, como 
snele decirse, por los cabellos : ¿seria este un insulto á Cenantes? 



T fea. No importa eso, dijo Sancho ; qne de noclte todos 
los gatos son pardos , y á falta de colcha no es mala man- 
ta. Dejemos eso , replicó don Quijote ; porqne delante de 
nosotros tenemte ya uno de los mejores castillos qneá 
duras penas se podrán hallar en todos los países altos y 
bajos, y estados de Hilan y Lombardia. Esto dijo por una 
venta que un cuarto de legua lejos se divisaba. Respon- 
dió Sancho : En buena fe que me haelgo , porque aque- 
llo que vuesa merced llama castillo es ana venta, para 
la cual, pues ya el sol se va poniendo, será bueno qtie 
enderecemos el camino para pasar en ella la noche muy 
á nuestro placer; que mañana prosegnirémos nuestro 
viaje; Porfiaba don Quijote en que era castillo, y Sancho 
en que era venta. Acertaron en esto á pasar dos caminan- 
tes a pié, los cuales, maravillados de ver la figura de don 
Quijote, armado de todas piezas, y con morrión, ha- 
ciendo el calor qne hacia, qoe no era poco, se detuvié* 
ron mirándole, á los cuales se llegó don Quijote dicien- 
do : Valerosos caballeros, á quien algún soberbio jayán, 
contra todo orden de caballería, haciendo batalla con 
vosotros, ha quitado los caballos y alguna fermosa don- 
celia que en vuestra compañía tralades, hija de algún 
príncipe ó seiior destos reinos, la cual habia de ser casa- 
da con un hijo de un conde, que aunque mozo, es vale- 
roso caballero por su persona : fablad , y decidme punto 
por punto vuestra cuita; que aquf está en vuestra pre- 
sencia el Caballero Desamorado, si nunca le oistes nom- 
brar (que si habréis, pues tan conocido es por sus fa- 
zanas) , el cual os jura por las ingratitudes de la infanta 
Dulcinea del Toboso, causa total de mi desamor, de vos 
facer tan bien vengados y tan á vuestro sabor, que di- 
gáis que en buen dia la fortuna os ha ofrecido en este ca- 
mino quien vos desfaga el tuerto que se os ha fecho. Los 
dos caminantes no supieron qué le responder, sino, mi- 
rándose el uno al, otro le dijeron : Señor cabal lero , nos- 
otros con ningún soberbio jayán hemos peleado, ni te- 
nemos caballos ni doncellas que se nos hayan quitado ; 
pero ú su merced habla de una batalla que habemos te- 
nido alli debajo de aquellos árboles con cierto número 
de gentes que nos daba harto fastidio en el cuello del ju- 
l)on y pliegues de los calzones , ya hemos habido cum- 
plida vitoría de semejante gente ; y si no es que alguno 
se nos haya escapado por entre los bosques de los remien • 
dos, todos los demás han sido muertos por el conde de 
Uilate. Antesque respondiese don Quijote, salió Sancho 
diciendo : Dígannos, señores caminantes : aquella casa 
que alli se ve, ¿es venta ó castillo? Replicó don Quijote : 
Majadero, insensato, ¿no ves desde aqui los altos cha- 
piteles, la famosa puente levndiza, y los dos muy fieros 
grifos que deQeaden su entrada á aquellos que contra la 
voluntad del castellano pretenden entrar dentro? Los 
caminantes dijeron : Si vuesa merced es servido, señor 
caballero armado, aquella es la venta que llaman del 
Ahorcado desde que junto á ella ahorcaron ahora un 
año al ventero, porque mató á un huésped y le robó \o 
qne tenia. Ahora pues andad en hora mala, dijo don Qui- 
jote ; que ello será lo que yo digo, á pesar de todo el mun- 
do. Los caminantes se fueron muy maravillados de la 
locura del caballero ; y don Quijote, ya que llegaban á 
tirodearcabuzdela venta, dijo á Sancho : Conviene ma- 
cho, Sancho, para que en todo cumplamos con el orden 
de caballería, y vamos por el camino qne la verdadera 
milicia enseña, que tú vayas delante, y le llegues á aquel 



DONQUUOTE 

oaliBo como si faeses verdadera espía» y adviertas en 
étoon iQoclio cuidado la andiura, altura y profundidad 
del fosDy b dispoeúcion de las puertas y puentes levadi- 
zas, los torreones, plataformas, estradas encubiertas, 
diques, contradiques, Iríncheas, rastrillos, garitas, pía* 
as y cuerpos de guardia que hay en él ; la artillería que 
tienen los de dentro; qué bastimentos y para cuántos 
años; qué municiones ; si tienen agua en las cisternas; y 
finalmente, cuántos y qué tales son los que tan gran for- 
taleza defienden. ¡ Cuerpo de quien me parió I dijo San- 
cho : esto es lo que me agota la paciencia en estas aven- 
turas ó desventuras que andamos buscando por nuestros 
pecados. Tenemos la venta aqui al ojo, donde podemos 
estrarsÍQ embarazo ninguno y cenar con nuestros di- 
aeras muy á nuestro placer, sin tener batalla ni penden* 
cíaam nadie; y quiere vuesa merced que yo vaya á re- 
conocer puentes y fosos y extrañas cubiertas, ó cómo 
diablos llama esa letanía que ha nombrado, adonde salga 
el ventero, viéndotneandaralrededordela casa midiendo 
las paredes, con algún garrote, y me muela lascostillas, 
pensando que le voy ¿ hurtar por los trascorrales las ga- 
iiiaas ó otra cosa. Vamos, por vida suya; que yo salgo 
por fiador á todo aquello que nos puede suceder, si no es 
que nosotros mismos nos tomemos las pendencias con 
ks manos. Bien parece, Sancho, dijo don Quijote , que 
00 sabes lo que á la buena espía toca de hacer : pues por- 
que lo sepas, entiende que lo primero ha de ser fiel ; que 
si es espía doble , dando aviso á una parte y ¿ otra de lo 
que pasa, esmny perjudicial al ejército y digna de cual- 
quiera castigo. Lo segundo, ha de ser diligente, avisando 
€00 presteza de todo lo que ha oido y visto en los contra- 
rios, pues por venir tarde el aviso se suele ¿ veces per- 
der toido QUieampo. Lo tercero, lia de ser secreta , de tal 
manera, que á persona nacida , aunque sea grande ami- 
go ó camarada , no ha de decir el secreto que trae en su 
pecho, sino es al propio general en persona. Por tanto, 
Sancho, vé al momento y haz lo que te digo, sin réplica 
algona; que bien sabes y has leido que una de las co- 
sas por donde los españoles son la nación más temida y 
estioiada en el mundo, fuera de su valor y fortaleza, es 
por la prompta obediencia que tienen á sus superiores 
eo la milicia : esta los hace irictoriosos casi en todas las 
ocasiones ; esta desmaya al enemigo; esta da ánimo á los 
cobardes y temerosos ; y finalmente, por esta los reyes 
de España han alcanzado el venir ¿ ser señores de todo 
dorbe; porque, siendo obedientes los inferiores á los su- 
periores, con buen orden y concierto se hacen firmes y 
estables, y dificultosamente son rompidos y desbarata- 
dos, como vemos lo son con facilidad muchas naciones, 
por faltarles esta obediencia, que es la llave de todo su- 
ceso próspero en la guerra y en la paz. Ahora bien, dijo 
Sancho, noquiero más replicar, pues nunca acabaríamos. 
Taesa merosd se venga tras mi poco á poco ; que yo voy 
con mi jumento á her lo que me manda ; y si no hay nada 
de lo que vuesa merced me dice , podremos quedar allí; 
porque á fe que me zorrian ya las tripas de pora hambre. 
Dios te dé ventura en lides, dijo don Quijote, para que 
«I esta empresa que ahora vas salgas con mucha hon- 
ra, y alcances por los maeses de campo ó generales de 
tlguaejército,algona ventaja honrosa para todos los dhis 
do tn vida ; y mi bendición y la de Dios te alcance ; y mira 
qaeoo te olvides de lo que te he dicho, de hacer la buena 
esp&u Comenzó Sancho á arrear su asno de tal manera^ 



DE LA mancha; 



Í3 



que llegó brevemente á la venta ; y como vio que no ha- 
bla fosos, pnentes ni chapiteles, como su amo decia# 
lióse mucho entre si, diciendo : Sin duda que todos los 
torreones y fosos que mi amo decia que habia en esta 
venta, los debe él tener metidos en la cabeza ; porqueyo 
no veo aquí sino solo una casa con un corralazo, y es sin 
duda venta como yo dije. Acercóse á la puerta della y pre- 
guntó al ventero si habia posada. Díjole que si , con que 
bajó luego de su asno, y dio al ventero la maleta para que 
le diese cuenta della cuando se la pidiese, tras lo cual le 
preguntó si habia qué cenar; y respondiéndole el ventero 
que habia una muy buena olla de vaca, camero y tocino, 
con muy lindas berzas, y un conejo asado, diódossaltos 
decontento en oir nombrar aquella devota olla el buen 
Sancho. Pidió al punto cebada y paja para su jumento, y 
llevóle con esta provisión á la caballeriza , y miénlraís es- 
taba ocupado en ella en dársela , llegó don Quijote cerca 
de lávente sobre su rocin , con la figura ya dicha. El ven- 
tero y otros cuatro ó cinco que estaban con él á la puer- 
ta, se nuiravillaron infinito de versemejante estantigua, 
y esperaron á ver lo que haría ó diría. Llegó él, sin hd)lar 
palabra, á dos picas de la puerta, y mirando de medio 
lado y con gravo continente á la gente que en ella esta- 
ba, pasó sinhablarpa1abra,y dio una vuelta alrededor da 
toda la venta, mirándola por arriba y por abajo, y á veces 
midiendo con el lanzon la tierra desde la pared por defue- 
ra ; y habiendo dado la vuelta, se puso otra vez delante la 
puerta, y con una voz arrogante , puesto de pies sobre los 
estríbos, comenzó á decir ¡Castellano desta fortaleza, y 
vosotros, caballeros , que para defenderla con todos ¡os 
soldados que dentro están, atalayáis, puestos en perpetua 
centinela dias y noches, invierno y verano, con intolera- 
bles fríos y fastidiosos calores , los enemigos que os vie- 
nen á dar asaltos y hacer salir en campaña á probar ven- 
tura, dadme luego aquí sin réplica alguna un escudero 
mío que , como falsos y alevosos, contra todo orden de ca- 
ballería habéis prendido, sin hacer batalla prímero con 
él ; que yo sé por experiencia que él es tal por su |>ersona, 
que á hacerlo, no tenia para empezar en diez de vosotros; 
ypues estoy certificado de que le prendisteis como alevo- 
sos, con la fuerza del encantamiento de la vieja ma^a 
que dentro tenéis, ó por traición, demasiado comedi- 
miento os hago en pedíroslo con el término que os le pi- 
do. Volvédmele, digo otra vez, al punto, si queréis que- 
dar con las vidas y excusar de que no os pase á todos 
con los filos de mi espada, y deshaga este castillo sin de- 
jar en él piedra sobre piedra. Ea, entregádmelo luego, 
decia levantando la voz con más cólera, aquí, sano, salvo 
y sin lesión alguna, juntamente con todos los caballero», 
doncellas y escuderos que en vuestras escuras mazmor- 
ras con crueldad inhumana tenéis presos ; y si no, salid to- 
dos juntos , no desarmados como ahora os veo, sino con 
vuestros preciados caballos, puestas vuestras corazas 
fuertes y vuestras blandeadoras lanzas de recio fresno; 
que ¿ todos os espero aquí: Y con esto tiraba á cada pa ^ 
¿Rocinante de las riendas hacia atrás, porque se fatigaba 
mucho por entrar en la venta ; que también tenia picado 
el molino como Sandio Panza. El ventero y los demás, 
maravillados de las razones de don Quijote, y viendo que^ 
la lanzabaja, les desafiaba á batalla , llamándoles gallinas 
y cobardes, haciendo piernas en su caballo, llegáronse á 
él, y díjole el ventero : Señor caballero, aqui no hay cas- 
tillo ni fortaleza; y si alguna hay es la del vino, que es tan 



i4 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



bravo y fuerte, qtic basfa no solamente para derribar, 
sino para hacer decir mucho más de lo que vucsa merced 
nos ha dicho , y asi decimos y respondemos todos en mí, 
y yo por todos, que aquí nó bu venido escudero algimo 
de vuesa merced : si quiere posada, entre ; que le dare- 
mos buena cenay mejor cama, y aun, si fuere menester, 
no le faltará una moza gallega que le quite los zapatos ; 
que aunque tiene lastetasgrandes,esya cerrada de anos; 
y como vuesa merced no cierre la bolsa, no haya miedo 
que cierre los brazos ni deje de recebirle en ellos. Por 
el orden de caballería que profeso , replicó don Quijote, 
que si, como digo, no me dais el escudero y aquesa 
princesa gallega que decis, que habéis de morir la mñs 
abatida muerte que venteros andantes hayan muerto en 
el mundo. Al ruido salió Sancho diciendo : Señor don 
Quijote, bien puede entrar; que al punto que yo llegué 
se dieron todos por vencidos : baje, baje ; que todos son 
amigos, y habernos echado pelillos á la mar, y nos están 
aguardando con una muy gentil olla de vaca, tocino, car- 
nero, nabos y berzas, que esLi diciendo : cómeme, có- 
meme. Como don Quijote vio á Sancho tan alegre, le 
dijo : Dime por Dios, Sancho amigo , si esta gente te ha 
hecho algún tuerto ó desaguisado; que aquí estoy, co- 
mo ves, á punto de pelear. Señor, dijo Sancho, ninguno 
desta casa me ha hecho tuerto; que, como vuesa mer- 
ced ve, los dos ojos me tengo sanos y buenos, que saqué 
del vientre de mi madre; ni tampoco me han hecho des- 
aguisado; antes tienen guisada una olla y un conejo, tal^ 
que el mismo Juan de Espera en Dios la puede comer. 
Pues toipa, Sancho, dijo don Quijote, esta adarga, y 
tenme del estribo mientras me apeo ; que me parece esta 
gente de buena condición, aunque pagana. ¡Ycómo si es 
pagana ! respondió Sancho, pues en pagando tres reales 
, y medio, seremos señores disolutos de aquella grasísima 
olla. Bajó en esto del caballo , y Sancho le llevó á la ca- 
balleriza con su jumento. El ventero dijo á don Quijote 
que se desarmase; que en parte segura estaba, donde, 
pagando la cena y cama, no habría pendencia alguna; 
pero él no lo quiso hacer, diciendo que entre gente pa- 
gana no era menester fiarse de todos. Llegó en esto San- 
cho, y pudo acabar con él á puros ruegos se quitase el 
morríon: tras lo cual le puso delante una mesa pequeña 
con sus manteles, y dijo al ventero que tnijese luego la 
olla y el conejo asado, lo cual fué traído en un punto ; de 
todo lo cual cenó harto poco don Quijote, pues lo más de 
la cena se le fué en hacer discursos y visajes ; pero San- 
cho sacó de vergüenza á su amo, pues á dos carrillos se 
comió todo ló que quedaba de la olla y conejo, con la 
ayuda de un gentil azumbre de lo de Yépes , de suerte 
que ^e pnso hecho una trompa. Alzada la mesa, llevó el 
ventero á don Quijote y á Sancho á un razonable aposento 
para acostarse ; y después que Sancfio le hubo desarma- 
do, se fué á echar el segundo pienso á Rocinante y á su 
jumento , y á llevarles á la agua. Mientras pues que San- 
cho andaba en estos bestiales ejercicios, llegó una moza 
gallega, que por ser muy cortés era fácil en el prometer 
y mucho más en el cumplir, y dijo á don Quijote : Buenas 
noches tenga' vuesa merced, señor caballero : ¿manda 
algo en sn servicio ? qu^ aunque negras, no tiznamos : 
¿gusta vuesa merced le quite las botas, ó le limpie ios za-* 
patos, ó qne me quede aqui esta noche por si algO se le 
ofreciere? que por el siglo de mi madre , que me parece 
haberle visto aqui otra vez, y aunque en su cara y frgura 



me parece á otro que yo quise harto ; pero agua pasada no 
muele molino*, dejóme y déjele libre corao el cuclillo : 
no soy yo mujer de lodos , como otras disolutas. Donce- 
lla, pero recogida; mujer de bien, y criada de un ventero 
honrado, engañóme un traidor de un capitán que me 
sacó de mi casa, dándome palabra de casamiento : fuese 
á Italia, y dejóme perdida, como vuesa merced ve : lle- 
vóme todas mis ropas y joyas que de casa de mi padre 
habia sacado. Comenzó la moza á llorar tras esto, y de- 
cir : ;Ay de mí! Ay de mi, huérfana y áola, y sin reme- 
dio alguno sino del cielol ¡Avdemil Y si Di os deparase 
quien á aquel bellaco diese de puñaladas, vengándome 
de tantos agravios como me ha hecho ! Don Quijote, que 
oyó llorar aquella moza, como era compasivo de suyo, le 
dijo : Cierto, fermosa doncella, que vuestras dolorosos 
cuitas de tal manera han ferido mi corazón , que, con sor 
para las lides de acero, vos me le habedcs tornado de 
cera;yasí, porel orden de caballeríaqne juroy prometo, 
como verdadero caballero andante cuyo oficio es des- 
fi\cer semejantes tuertos, de no comer pan en manteles, 
nin con la Reina folgare, nin peinarme barba ó cabello, 
nin cortarme las uñas de tos pies ni de las manú^ , y aun 
de non entrar en poblado, pasadas las justas donde agora 
voy á Zoragoza, fasta faceros bien vengada de aqucsc 
desleal caballero ó capitán tan á vuestro sabor, que di- 
gáis que Dios vos ha topado con un verdadero desface- 
dor de agravios. Dadme, doncella mia, esa mano; que 
yo vos la doy de caballero de cumplir cnanto digo; y ma- 
ñana en ese día subid sobre vuestro preciado palafrén, 
puesto vuestro velo delante de vuestros oj"os, sola ó con 
vuestro enano que yo vos seguiré , y aun podría ser; en 
lasjustas reales donde agora voy defender con los filos de 
mi espada contra todo el mutido vuestra fUrmosura, y 
después faceros reina de algún extraño reino ó isla, adon- 
de seáis casada con algún príncipe poderoso : por tanto, 
idos agora á acostar, y reposad en vuestro blando lecho, 
y fiad de mi palabra, que no puede faltar. La d isolu ta nio- 
zuela , que se vio despedir de aquella manera, contra la 
esperanza que ella tenia de dormir con don Quijote y 
que le daría tres ó cuatro reales, se puso muy triste con 
tan resoluta respuesta tras tan prolija arenga, y así le 
dijo : Yo por agora , señor, no puedo salir de mi casa por 
cierto inconveniente : lo que á vuesa merced suplico, si 
alguna me piensa hacer, es se sirva de prestarme hasta 
mañana dos reales, que los he mucho menester; porqrie 
fregando ayer quebré dos platos de Talavera , y si no tos 
pago, me daré rol amo dos docenas de palos muy bien 
dados. Quien á vos os tocare, dijo don Quijote, me to- 
cará á mí en las niñas de los ojos, y yo solo seré bastante 
para desafiar á singular batalla, no solamente á ese vues- 
tro amo que decís, sino á cuantos amos hoy gobiernan 
castillos y fortalezas. Andad y acostadvos sin temor; que 
aqui está mi brazo, que faltarvos non puede. Así lo tengo 
yo creído, dijo la moza ; y mire si me hace merced de 
esos dos reales agora, que aquí estoy para lo que vuesa 
merced mandare. Don Quijote no entendía la música de 
la gallega, y asi le dijo : Señora infanta, no digo yo los 
dos realesquemepedis, sino docientos ducados osquiero 
dar luego á la hora. La moza, que sabía que quien ma- 
cho abraza peco aprieta, y que más vale pájaro en mano 
qne buitre volando , se llegó á él para abrazarle , por ver 
si por allí le podía sacar los dos reales que le habia pedí* 
do; pero don Quijote solevantó diciendo : Muy pocos ca- 



■/" 



% 



4 

y»- 



DON QUUOTE 

baHeros andantes be TÍsto ni leido que, puestoseo seine- 
jiotes trances cual este en que yo me veo, hayan caido 
en de^onestidad algnna ; y así , ni yo tampoco , imitan*- 
doles á estos, pienso caer en ella. Comenzó tras esto á 
Utnoar ¿ Sancho, diciendo : Sancho, Sancho, sube y 
tráeme esa maleta. Subió Sancho (que había estado hasta 
entonces ocupado en una grande plática con el ventero 
y bs huéspedes, alabándoles la singular fortaleía de su 
señor, echando de la gloriosa, como estaba tan relleno 
con la olla podrida que había cenado), subiendo junta- 
mente la maleta, y díjoledon Quijote : Sancho, abre esa 
maleta , y 6a1e á esta señora infanta á buena cuenta do- 
dffltos dacados desos que ahi traemos; que en hacién- 
dola vengada de cierto agravio que contra su voluntad 
le han fecho, ella te dará, no solamente eso, pero mu- 
chas y muy ricas joyas que un descortés caballero á pe- 
sar suyo la ha robado. Sancho, que oyó el mandato, le 
respondió colérico : \ Cómo docientos ducados ! Por los 
haesosde mis padres, y aun de mis agüelos, los puedo 
yo dar como dar una testarada en el cielo. Mírese la muy 
lorrada, hija de otra: ¿no es ella la qne donantes me dijo 
eah caballeriza que si quería dormir con ella, que co- 
mo ledieseocho cuartos, estabaallí paralierme todamer- 
oedl Pues á fe que si la agarro por los cabellos, que ha 
desaliar de un brinco las escaleras. Como la pobre ga- 
llega vio tan enojado á Sancho , le dijo : Hermano, vues- 
tro señor ha mandado que me deis dos reales ; que ni pi- 
do ni quiero los docientos ducados; que bien veo que 
este señor lo dice por hacer burla de mi. Estaba en esto 
don Quijote maravillado de ver lo que Sancho decía, y 
así le dijo : Haz, Sancho, luego lo que te digo : dale luego 
ios docientos ducados , y si más te pidiere, dale más; que 
mañana iremos con ella hasta su tierra , donde seremos 
camplidamente pagados. Ahora sus, dijo Sancho, baje 
acá abajo, señora : ¡ así señora seáis de la mala perra que 
os parió! Y agarrando de la maleta, bajó la moza delante 
del, y díóle cuatro cuartos, diciendo : Por las armas 
del gigante Golias, que si decís á mi amo que no os he 
dado los docientos ducados, que os tengo de hacer mus 
tandas que hay puntos en la albarda de mí asno. Señor, 
dijola gallega, déme esos cnatrocuartos (i ); quecon ellos 
qoedo contentísima. Sancho se los dio diciendo : Y bien 
p^da queda la muy zurradade lo que no ha trabajado. 
Y el ventero en esto llamó á Sancho para que se acostase 
en una cama que de dos jalmas le había hecho, y San- 
cho lo hizo , echando sa maleta por cabecera , con que 
durmió aquella noche muy de repapo. 

CAPITULO V. 

Be U repentina pendencia qae i nuestro don QnUote se le ofredd 
con el huésped al salir de la Tenta. 

Llegada la mañana, Sancho echó de comerá Roci- 
nante y á sa jumento, y hito poner á asar un razonable 
pedazo de camero, sino es que fuese de su madre (que 
de la virtud del ventero todo se podía presumir), y tras 
esto se fué á despertará don Quijote, el cual en toda la 
noche no había podido pegar los ojos, sino al amanecer 
un poco, desvelado con las trazas de sus negras justas, 
que le sacaban de juipio; y más aquella noche, que ha- 
bía iaiaginado defender la hermosura de la gallega con- 
tra todos los caballeros extranjeros y naturales, y llevarla 
al reino ó provincia de donde imaginaba que era reina ó 

(i) Ta se los faabia dado ; más arriba se lee : dióle cnatro euarios. 



DE LA MANCHA. 15 

señora. Despertó don Quijote despavorido* á las voces 
que díó Sancho, díaiendo : Date por vencido, ;oh valiente 
caballero ! y confiesa la hermosura de la princesa galle- 
ga, la cual es tan grande , que ni PoUcena, Porcia, Al- 
bana ni Dido fueran dignas , sí vivieran, de descalzarle 
su muy justo y pequeño zapato. Señor, dijo Sancho, la 
gallega está muy contenta y bien pagada ; que ya yo le 
he dado los docientos ducados que vuesa merced mo 
mandó; y dice que besa á vuesa mercisd las manos, y 
que la mande ; que allí está píntipintada para helle todu 
merced. Pues dile, Sancho, dijo don Quijote, que apa- 
reje su preciado palafrén mientras yo me visto y armo, 
para qne partamos. Bajó Sancho, y lo que primero Ihzo 
fué irá ver si estaba aderezado el almuerzo. Ensilló á 
Rocinante y enalbardó á su jumento , poniendo á punto 
el adarga y lanzan de don Quijote, el cual bajó muy de 
espacio con sus armas en la mano, y dijo á Suncho que 
le armase, porque quería partir luego. Sancho le dijo 
que almorzase; que después se podría armar ; 1q cual él 
no quiso hacer en ninguna manera, ni quiso tampoco 
sentarse á la mesa, porque dijo que no podía comer en 
manteles hasta acabar cierta aventura que había prome^ 
tído ; y asi comió en pié cuatro bocados de pan y un poco 
de carnero asado, y luego subió en su caballo con gentil 
continente, y dijo al ventero yá los demás huéspedes 
que allí estaban : Castellano y caballeros, mirad sí do 
preséntese os ofrece alguna cosa en que ya os sea de 
provecho ; que aquí estoy pronto y aparejado para ser* 
viros. El ventero respondió : Señor caballero, aquí no 
habemos menester cosa alguna, salvo que vuesa mer- 
ced ó este labrador que consigo trae me paguen la cena , 
cama, paja y cebada, y vayanse tras esto muy en hora 
buena. Amigo, dijo don Quijote, yo no he visto en libro 
alguno que haya leído, que cuando algún castellano ó se- 
ñor de fortaleza merece por su buena dicha hospedar en 
su casa á algún caballero andante, le pida dinero por la 
posada; pero pues vos, dejando el honroso nombre da 
castellano, os hacéis ventero, yo soy contento que os 
paguen : mirad cuántoes lo que os debemos. Dijo el ven- 
tero que se le debian catorce reales y cuatro cuartos. Do 
vos hiciera yo esos por la desvergüenza de la cuenta, re- 
plicó don Quijote, si me estuviera bien ; pero no quiero 
emplear tan mal mi valor :— y volviéndose á Sancho, lo 
mandó se los pagase. A la que volvió la cabeza para de- 
círselo, vio junto al ventero á la moza gallega, que es- 
taba con la escoba en la mano para barrer el patio, y di- 
jola con mucha cortesía : Soberana señora , yo estoy 
dispuesto para cumplir todo aquello que la noche pa- 
sada vos he prometido, y seréis sin duda alguna muy 
presto colocada en vuestro precioso reino; que no es 
justo que una infanta como vos ande asi desá suerte, y 
tan mal vestida como estáis, y barriendo las ventas do 
gente tan infame como esta es : portante, subid luego 
en vuestro vistoso palafrén ; y si acaso, por la vuelta quo 
ha dado h, enemiga fortuna, no le tenéis, subid en este 
jumento de Sancho Panza, mi fiel escudero : venios 
conmigo á la ciudad de Zaragoza ; que allí, después de 
lasjustas, defenderé contra todo el mundo vuestra ex- 
tremada fermosura ; poniendo una rica tienda en medio 
de la plaza, y junto á ella un cartel, junto ai cartel un 
pequeño aunque bien rico tablado con un precioso si- 
tial, adonde vos estéis vestida de riquísimas vestiduras, 
mientras yo peleare contra muchos caballeros, que por 



iñ 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



ganaf las voluntades de sns amantes damas vendrán allí 
con infinitas cifras y motes , que deolararán bien la pa- 
sión que traerán en sus Togosos corazones y el deseo de 
vencerme; aunque les será dificultosa empresa ( por no 
decir imposible) emprender ganar la prez y honra que 
yo les ganaré con facilidad, amparado de vuestra bel- 
dad ; y asi digo, señora, que dejando todas las cosas, os 
vengáis luego conmigo. El ventero y los demás huéspe- 
des, que semejantes razones oyeron á don Quijote, le 
tuvieron totalmente por loco , y se rieron de oir llamar 
á su gallega, princesa y infanta : con todo, el ventero se 
volvió á su moza colérico, diciéndola : Yo os voto á tal, 
doña puta desvergonzada , que os tengo de hacer que se 
os acuerde el concierto que con este loco habéis hecho ; 
que yayo os entiendo. ¿Así me agradecéis el haberos 
sacado de la puteriade Alcalá y haberos traido aquí á mi 
casa, donde estáis honrada, y haberos comprado esa 
sayuela, que me costó diez y seis reales, y los zapatos 
tres y medio, tras que estaba de hoy para mañana para 
compraros una camisa, viendo no tenéis andrajo della? 
Pero no me la haga yo en bacin de barbero si no me lo 
pagáredes todo j unto ; y después os tengo de enviar como 
vos merecéis, con un espigón (como dicen ) en el rabo, 
á ver si hallaréis que nadie os haga el bien que yo en esta 
venta os he hecho : andad ahora en hora mala, bellaca, 
á fregar los platos; que después nos veremos. Y diciendo 
esto, alzó la mano y dióla una bofetada, con tres ó cuatro 
coces en las costillas , de suerte que la hizo ir tropezando 
y medio cayendo. ¡Oh santo Dios, y quién pudiera en 
esta hora notar la infiamada ira y encendida cólera que 
en el corazón de nuestro caballero entró ! No hay áspid 
pisado, con mayor rabia que la con que él puso mano á su 
espada, levantándose bien sobre tos estribos, de los cua- . 
les, con voz soberbia y arrogante dijo : ¡ Oh sandio y vil 
caballero! ¡asi has ferido en el rostro á una de las más 
fermosas fembras que á duras penas en todo el mundo 
se podrá fallar! Pero no querrá el cielo que tan grande 
follonía y sandez quede sin castigo. Arrojó en esto una 
terrible cuchillada al ventero, y dióle con toda su fuerza 
sobre la cabeza , de suerte que á no torcer un poco la 
mano don Quijote, lo pasara sin duda mal; pero con 
todo eso le descalabró muy bien. Alborotáronse todos 
los de la venta, y cada uno tomó las armas que más 
cerca de si halló. El ventero entró en la cocina y sacó un 
asador de tres ganchos bien grande, y su mujer un me- 
dio chuzo de viñadero. Don Quijote volvió las riendas á 
Rocinante , diciendo á grandes voces : ¡ Guerra, guerra ! 
La venta estaba en una cuestecilla , y luego á tiro de pie- 
dra habia un prado bien grande , en medio del cual se 
puso don Quijote haciendo gambetas con su caballo, la 
espada desnuda en la mano, porque Sancho tenia la 
adarga y lanzon ; al cual, luego que vio todo el caldo re- 
vuelto, se le representó que habia de ser segunda vez 
manteado, y así peleaba cuanto podía por sosegar la 
gente y aplacar aquella pendencia; pero el ventero, co- 
mo se sintió descalabrado, estaba hecho un león , y pe- 
dia muy aprisa su escopeta, y sin duda fuera y matara 
con ella á don Quijote , si el cielo no le tuviera guardado 
para mayores trances. Estorbólo la mujer y los huéspe- 
des con Sancho, diciendo queaquel hombre era falto de 
juicio; y pues la herida era^poca, que le dejase ir con 
todos los diablos. Con esto se sosegó, y Sancho, excu- 
sándose que no tenia culpa de lo sucedido , se despidió 



dellos muy cortesmente, y se fué para su amo, lle- 
vando al jumento del cabestro, y la adarga y lanzon. Lie* 
gando á don Quijote, le dijo : ¿Es posible, señor, qua 
por una moza de soldada, peor que la de Piíatos, Anas y 
Caifas, que está hecha una picara, quiera vnesa merced 
que nos veamos en tanta revuelta , que casi nos costara 
el pellejo, pues quería venir el ventero con su escopeta 
á tirarle? Y á hacerlo, sobre mi, que no le defendieran sus 
armas de plata, aunque estuvieran aforradas en tercio- 
pelo. ¡Oh Sancho! dijo don Quijote, ¿cuánta gente es 
la que viene? ¿Viene un escuadrón volante, ó viene por 
tercios? ¿Cuánta es la artillería, corazas y morriones 
que traen, y cuántas compañías de flecheros? Los sol- 
dados ¿son viejos ó bisónos? ¿Están bien pagados? ¿Hay 
hambre ó peste en el ejército? ¿Cuántos son los alema- 
nes, tudescos, franceses, esfiañoles, italianos y esgúí- 
zaros? ¿Cómo se llaman los generales, maeses de cam- 
po, preboste^ y capitanes de campaña? Presto, Sancho, 
presto, dilo; que importa para que, conforme á la gente, 
llagamos en este grande prado trincheas, fosos, contra- 
fosos, rebellines, plataformas, bastiones, estacadas, 
mantas y reparos, para que dentro les echemos naran- 
jas y bombas de fuego, disparando todos á un tiempo 
nuestra artillería, y primero las piezas que están llenas 
de clavos y medias balas, porque estas hacen grande 
efeto al primero ímpetu y asalto. Respondió Sancho: 
Señor, aquí no hay peto ni salto, ¡ pecador de mi I ni hay 
ejércitos de turquescos, ni animales, ni borricadas ni 
bestiones; bestias si que lo seremos nosotros si no nos 
vamos al punto. Tome su adarga y lanza ; que quiero su- 
bir en mi asno; ypuesnuestra Señora de los Dolores nos 
ha librado de los que nos podían causar los palos que 
tan bien merecidos teníamos en esta venta , huyamos de 
ella como de la ballena de Joñas; que no le faltarán á 
vüdSi merced por esos mundos otras aventuras más fá- 
ciles de vencer que esta. Calla, Sancho, dijo don Qui- 
jote; que si me ven huir, dirán que soy un gallina co- 
barde. Pues par diez, replicó Sancho, que aunque digan 
que somos gallinas, capones ó faisanes, que por esta vez 
que nos tenemos de ir : arre acá , señor jumento. Don 
Quijote, que vio resuelto á Sancho, no quiso contrade- 
cirle más; antes comenzó á caminar tras él diciendo: 
Por cierto, Sancho, que lo hemos errado mucho en no 
volver á la venta y retar á todos aquellos por traidores y 
alevosos, pues lo son verdaderamente, dándoles des* 
puesdesto á todos la muerte; porque tan vil canalla y 
tan soez no es bien viva sobre la haz de la tierra; pues 
quedando, como ves quedan, vivos, mañana dirán que no 
tuvimos ánimo para acometcllos, cosa que sentiré á par 
de muerte se diga de mí. En fin , Sancho, nosotros ha- 
bernos sido, en volvernos, grandísimos borrachos. ¿Bor- 
rachos, señor? respondió Sancho : borrachos seamos 
delante de Dios; que para lo deste mundo, ello hemos 
hecho lo que toca á nuestras fuerzas : por tanto, cami- 
nemos antes que entre más el sol ; que deja vuesa mer- 
ced bien castigados todos los de la venta. 

CAPITULO VI. 

De la no menos axtrafia que peligrosa batalla qne nacstro caba- 
ñero tavo con una guarda de un melonar, que él pensaba ser 
Roldan el Furioso. 

Caminaron la via de Zaragoza el buen hidalgo don 
Quijote y Sancho Panza su escudero, y anduvieron seis 



DON QUUOTE DE LA MANCHA. 



17 



diissin que les sacediese en ellos cosa de notable con* 
siJéracion, solo que por todos los lugares que pasaban 
enin en extremo notados y y en cualquiera parte daban 
harto que reír las simplicidades de Sancho Panza y las 
quimeras de don Quijote; porque se ofreció en Ariza 
hacer él proprio un cartel y Gjarle en un poste de la plaza, 
diciendo que cualquier caballero natural ó andante que 
dijese que las mujeres merecían ser amadas de los caba* 
lleros, meutia, como él solo se lo haría confesar uno á 
uno ó diez á diez; bien que merecían ser defendidas y 
amparadas en sus cuitas « como lo manda el orden de ca- 
bullería ; pero que en lo demás, que se sirviesen los bom- 
bri'sdcllas para la generación con el vinculo del santo 
matrifnonio, sin nías arrequives de festeos; pues desen- 
phhzn bien de cuan gran locura era lo cuutrario las 
iiigralitudes de la infanta Dulcinea del Toboso; y luego 
firmalia al pié del cartel : £1 Caballero Desamorado. Tras 
e>te pa<;aron otros tan apacibles y más extraños cuentos 
ea los demás lugares del camino, hasta que sucedió que 
llegando él y Sancho cerca de Calatayud, en*un lugar 
que llaman Ateca, á tiro de mosquete de la tierra, yendo 
plBlidodo los dos sobre lo que pensaba hacer en las jus« 
(ib de Zaragoza, y cómo desde allí pensaba dar la vuelta 
ala corle del Rey, y dar en ella á conocer el valor de su 
persona, volvió la cabeza y vio enmedio de un melonar 
una cabana, y juntoáella un hombre quele estaba guar- 
dando con un lanzon en la mano. Detúvose un poco mi- 
rindolede hito á Lito ; y después de haber hecho en su 
fanUsia un desvariado discurso, dijo : Detente, Sancho, 
detente ; que si yo no me engaño, esta es una de las más 
extrañas y nunca vistas aventuras que en los dias de tu 
vida hayas visto Di oído decir ; porque aquel que alli ves 
con la lanza ó venablo en la mano, es sin duda el señor de 
Anglante, Orlando el Furioso, que, como se dice en el 
auténtico y verdadero libro que llaman Espejo de caba^ 
llenas, fué encantado por un moro, y llevado á que guar- 
dase y defendiese la entrada de cierto castillo , por ser él 
el caballero de mayores fuerzas del universo ; encantán- 
dole el moro de suerte, que por ninguna parte puede 
serferido ni muerto, si no es por la planta del pié. £ste 
es aquel furioso Roldan que, de rabia y enojo porque un 
Aoro de Agramante llamado Medoro, le robóá Angélica 
b bella, setOmó loco , arrancando los árboles de raiz ; y 
aDQsedice por muy cierto (cosa que yo la creo rebien 
desús fuerzas) que asió de una pierna á una yegua so«> 
bre quien iba un desdichado pastor, y volteándola sobre 
el brazo derecho, la arrojó de si dos leguas, con otras 
cosas extrañas, semejantes á esta, que allí se cuentan por 
muy extenso, donde las podrás tú leer. Asi que, Sancho 
mió, yo estoy resuelto de no pasar adelante hasta probar 
con él la ventura ; y si fuere tal la mia ( que si será, se* 
giio el esfuerzo de mi persona y ligereza de mi caballo), 
que yo le venciere y matare f todas las glorias, victorias 
y baenos sucesos que tuvo, serán sin duda niios, y á mi 
solóse atribuirán todas las fazañas, vencimientos, muer- 
tes de gigantes, desquijaramiculos de Icones y rompl*- 
mientosde ejéi'citos que por sola.su persona hizo ; y si él 
echó , como se cuenta por verdad, lu yegua con el pastor 
dos leguas, dirá todo el mundo que quien venció á este 
que tal hacia, bien podrá arrojar á otro pastor como 
aquel á cuatro legnas: con esto seré nombrado por el 
mundo y será temido mi nombre;y GnaUneiite, sabién- 
üulo el rey de España, me enviará á llamar y me pre* 

K-i. 



gontará punto por punto cómo fué la batalla, qué golpes 
le df , con qué ardides le derribé y conque estratagemas 
le falseé las tretas para que diesen en vacío ; y Gnalmen- 
te, cómo le di la muerte por la planta del pié con un aU 
filer de á blanca. Informado su majestad de todo, y dan* 
dote á tí por testigo ocular , seré sin duda creído ; y lle- 
vando, como llevaremos, la cabeza en esasalfoijas, el Rey 
la mirará , y dirá : ¡ Ah Roldan , Roldan , y cómo siendo 
Yos la cabeza de los Doce Pares de Francia habéis hallado 
Tuestro par I No os valió ¡oh fuerte caballero! vuestro 
encantamiento ni el haber rompido de sola una cuchi- 
llada una grandísima peña. ¡Oh Roldan, Roldan, y cómo 
de hoy más se lleva la gala y fama el invicto manchego 
y gran español don Quijote! Así que, Sancho, no te mue- 
vas de aquí basta que yo haya dado cabo y cima á esta 
dudosa aventura, matando al señor de Anglante y cor- 
tándole la cabeza. Sancho, que había estado muy atenta 
alo que su amo decía, le respondió diciendo : Señor 
Caballero Desamorado, lo que á mí me parece es que no 
hay aquí, á lo que yo entiendo, ningún señor de Argan- 
te ; porque lo que yo alli veo no es sino un hombre quo 
está con un lanzon guardando su melonar ; que como va 
por aquí mucha gente á Zaragoza á las fiestas, se le de* 
ben de festear por los melones ; y asi digo que mi pare- 
cer es , no obstante el de vuesa merced, que no alboro* 
temos á quien guarda su hacienda, y guárdela muy en- 
horabuena; que asi hago yo con la mia. ¿Quién le mete 
vuesa merced con Giraldo el Furioso, ni en cortar la Cft* 
beza á un pobre melonero? ¿Quiere que después se se- 
pa, y que luego salga tras nosotros laSanta Hermandad, 
y nos ahorque y asaetee, y después eche á galeras por 
sietecientos años, de donde primero que salgamos tor- 
nemos canas en las pantorrillas ? Señor don Quijote , ¿no 
sabe lo que dice el refrán, que quien ama el peligro, 
mal que le pese ha de caer en él? Délo al diablo, y va- 
mos al lugar, que está cerca : cenaremos muy á nuestro 
placer, y comerán las cabalgaduras; que á fe que si á 
Rocinante, que ya un poco cabizbajo, le preguntase dón- 
de querría más ir, al mesón ó guerrear con el melonero» 
quedijesequemás querría medio celemín de cebada, que 
cien hanegas de meloneros. Pues si esta bestia, siendo 
insensitiva*, lo dice y se lo ruega, y yo también en nom- 
bre della y de mi jumento , se lo suplicamos mal y cara- 
mente , razón es nos crea ; y mire vuesa merced que por 
no haber querido muchas veces tomar mi consejo noe 
han sucedido algunas desgracias. Lo que podemos her» 
es : yo llegaré y le compraré un par de melones para oe» 
nar ; y si él dice que es Gaiteros ó Bradamonte ó esotra 
demonio que dice , yo soy muy contento que le despan- 
zonemos; si no, dejémosle para quien es, y vamos nos- 
otros á nuestras justas reates. ¡Oh Sancho, Sancho, dijo 
don Quijote, y qué poco sabes de achaque de aventuras ! 
Yo no salí de mi casa suio para ganar honra y lama, para 
lo cual tenemos ahora ocasión en U mano ; y bien sabes, 
que la pintaban los antiguos con copete en la frente y 
calva de lodo el celebro, dándonos con eso á entender 
que pasada ella, no hay de dónde asirla. Yo i Sancho, ñor 
todo lo que tú y todo el mundo me dijere, no he de oe<« 
jar de probar esta empresa , ni de llevar el dia que en- 
trare en Zaragoza, la cabezada este Roldan en una lanza, 
con una letra debajo della que diga : « Vend al vence* 
dor.» Mira puos tu, Sancho, ¡cuánta gloria se me seguirá 
de esto! pues será ocasión de que en las justas todos: 



fS 



EL LICENCIADO ALOÍ^SO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



me rindan vasalkija y se roe den por vencidos; con lo 
cual todos los precios deltas serán sin duda roios. Y asi , 
Sancho, encomiéndame á Dios; que voy á noeCerme en 
uno de los mayores peligros que en todos los dias de mi 
vida me he visto; y si acaso, por ser varios los peligros 
de la guerra, mnriese en esta batalla, llevarme has á San 
Pedro de Cárdena; que muerto, estando con mi espada 
en ia mano,.como el Cid, sentado en una silla, yo fio que 
si, como á él, algún judio, acaso por hacer burla do mi, 
quisiere llegarme á las barbas, que mi brazo yerto sepa 
meter mano y tratarle peor que el católico Campeador 
tratóalqueconét hizo lo proprio. ¡Oh señor! respon- 
dió Sancho, por el arca de Noé le suplico que no me diga 
eso de morír ; que me hace saltar de los ojos las lágrimas 
como el puño, y se me hace ehcorazon añicos de oírselo, 
de puro tierno (|ue soy de mió. ¡Desdichada de la madre 
queme parió! ¿Qué haría después el triste Sancho Panza 
solo, en tierra ajena, cargado de dos bestias, si vuesa 
merced moriese en esta batalla? Comenzó Sancho tras 
estoú llorar muy de veras, y decir : ¡Ay de mi,senor don 
Quijote! ¡nunca yole hubiera conocido portan poco! 
¿Qué liarán las doncellas desaguisadas? ¿Quién hará y 
desliará tuertos? Perdida queda de hoy más todaia na* 
«ion manchega; no habrá fruto de caballeros andantes, 
pues hoy acabó la flor tiellos en vuesa merced ; más va* 
Ueraque nos hubieran muerto ahora un año aquellos 
desalmados yangüeses, cuando nos molieron las costi-- 
Uas á garrotazoF. ¡ Ay señor don Quijote 1 ¡Pobre de mil 
^y qué tengo deber solo y sin vuesa merced I ¡ Ay de mi! 
iJon Quijote lo consoló diciendo : Sancho, no llores; que 
aun no soy miierlo ; antes he oido y leído de infínitos ca- 
balleros, y principnlmenle de Amadis de Caula, que ha- 
biendo estado muchas veces á pique de ser muertos, vi- 
itian después muchos anos, y venían á morir en sos tier- 
ras, en casa de sus pad res, rodeados de hijos y mujeres. 
Con todo eso, estése dicho, hagas, si muriere, lo que te 
digo. Yo lo prometo, señor, dijo Sancho, si Diosle lleva 
para si, de llevar á enterrar su cuerpo, no solamente á 
Sen Pedro de Cerdeña que dice» ano que aunque me 
cueste el valor del jumento, le tengo de llevar á entef* 
mr á Constantinopln; y pues va determinado de matar 
ese roelonero., arrójéiúe acá, antes que parta, su bendi» 
eion, y déme 4a mano para que se la bese-; que la mía y 
h del señor fían €ristóbal le caiga. Diósela don Quijote 
con mucho amor^ y luego comenzó á espolear á Roci- 
nante, quede cansado ya no se pedia mover. Entrando 
por el melonar y picando derecho hacia la cabana donde 
estaba la guarda^ iba dando á cada paso á la maldición á 
Rocinante, por ver quecada mata, como era verde, lo 
^ba apetito, aunque tenia freno^ de probar algunas do 
«US hojas ó melones, fatigado de la hambre. Cuando el 
ftielonero vio que se iba allegando más á ^l aquella fan- 
tasma, sin qnoreparase en el daño que hacia en las matas 
j melones., comenzóle á decir á voces que se tuviese 
«fuera ; si no» que le luirla salir con todos les diablos, del 
melonar. No curándose don Quijote de las palabras que 
el hombre lo decía, iba prosiguiendo stt camino; y 
ya quo estuvo dos ó tres picas del, comenzó á decirle, 
puesta la lanza en tierra : Valeroso conde Orlando, cuya 
fama y cuyos hechos tiene celebrados el famoso y lau- 
reado Ariosto, y cuya fígurá tienen esculpida sus divi- 
nos f heroicos versos ; hoy es el dia, invencible cabaltc- 
«ik, en qué tengo de probar con tlgo la ftierza de mis armas 



y los agudos filos de mi cortadora e«:pada ; hoy os el dia, 
valiente Roldan , en que no te han de valer tus encanta- 
mientos ni el ser cabeza de aquellos Doce Pares de cuya 
nobleza y esfuerzo ia gran Francia se gloria ; que por mi 
has de ser, si quiere la fortuna, vencido y muerto, y lle- 
vada tu soberbia cabeza, ¡oh fuerte francés! en esta laiiza 
á Zaragoza. Hoy es el dia en que yo gozaré de todas tus 
fiizañas y Vitorias, sin que te pueda valer el fuerte ejér- 
cito de Carlo-Magno, ni la valentía de Reinaldos de Mon- 
t'dvan , tu primo; ni Montesinos, ni Oliveros, ni el he- 
chicero Malgisicon todos sus encantamientos: vento, 
vente para mi , que un solo español soy : no vengo, como 
Bernardo del Carpió y el reyfilarsiiio de Aragón, con 
poderoso cjéit;ito contra tu persona ; solo vengo (fon mis 
«rmas y caballo contra tt, que te tuviste algún tiempo 
por afrentado de entrar en batalla con diez caballeros 
solos. Responde, no estés mudo, sube sobre tn caballo, 
ó vente para mi de la manera que quisieres; mas porque 
entiendo ^segun he leido,que el encantador que aquí 
te puso no te dio caballo, yo quiero bajar del mió; que 
no quiero hacer batalla contigo con ventaja alguna. Y 
bajó en esto del caballo, y viéndolo Sancho, comenzó á 
dar voces diciendo: Arremeta, nuesamo, arremeta; que 
yo estoy aqui rezmdo por su ayuda, y he prometido una 
misa á las benditas ánimas, y otra al señor san Antón, 
que guarde á vuesa merced y á Rocinante. El melouero^ 
que vio venir para sí á don Quijote con la lanza eti la 
mano y cubierto con el adarga, comenzóle á decir que 
se tuviese afuera ; si no, que le mataría á pedradas. Como 
don Quijote prosiguiese adelante, el melonero arrojó su 
lanzon y puso una piedra poco mayor que un huevo cit 
una honda, y dando media vuelta al brazo, la despidió 
como de un trabuco contra don Quijote , el cual la reci- 
bió en el adarga ; mas lalseóla fácilmente , como era do 
solo badana y papelones, y dio á nuestro caballero tan 
terrible golpe en el brazo izquierdo, qtie á no cogello 
armado con el brazalete, no fuera mucho quebrársete ; 
aunque sintió el golpe bravisimamente. Como el melo- 
nero vio que todavía porfiaba para acercársele , puso 
otra piedra mayor en la honda, y tiróla tan derecha y 
con tanta fuerza, que dio con ella á don Quijote en me- 
dio de los pechos, de suerte que á no tener puesto el 
pelo grabado, sin duda se la escondiera en el estómago : 
con todo, como iba tirada por buen brnzo, dio con el 
buen hidalgo de espaldas en tierra, recibiendo una mala 
y peligrosa caida , y' tal , que con el peso de las armas y 
fuerza del golpe, quedó en el suelo medio aturdido. Ef 
melonero, pensando que le había muerto ó malparado, 
se fué Imyendo al lugar. Sancho, que viócaidoá su amo, 
entendiendo que de aquella pedrada habla acabado don 
Quijote con todas las aventuras, se fué para él, llevando 
al jumento del cabestro , lamentándose y diciendo : ¡Oh 
pobre de mi señor desamorado! ¿No se lo decía yo, que 
nos fuéramos muy en hora mala al lugar, y no hiciéra- 
mos batalla con este melonero, que es más luterano que 
el gigante Golias? Pues ¿cómo se atrevió á llegarse á él 
sin caballo, pues sabia en Dios y en su conciencia que 
no le podiá matar sino metiéndole una aguja ó alfiler de 
á blanca por la planta del pié? Llegóse en esto á su señor, 
y preguntóle si estaba mal herido : él respondió que no; 
pero que aquel soberbio Roldan le había tirado una gran 
pena y le había derribado con ella en tierra ; añadiendo ; 
Dame, Saaclto, la RMmo, pues ya >«« salido con mu]f 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



i» 



conplida citoria; que ptra akanuria» béstame que mi 
coDüarío haya huido de mi y no ba osado aguardarme : 
il enemigo que hoye, liacerle la puente de plata > como 
dicen. Dejémosle pues ir; que ya vendrá tiempo en que 
yo le busque, y á pesar suyo acabe la batalla comenza- 
da : solo me siento en este brazo izquierdo mal herido ; 
que aquel fañoso Criando me debió tirar una terrible 
maza que tenia en ia mano; y si no me defendieran mis 
finas armas » entiendo que me hubiera quebrado el bra- 
zo. Maza, dijo Sancho, bien sé yo que no la tenia ; pero 
le tiró dos guijarros con la honda» que si con cualquiera 
deilos le diera sobre la cabeza, sobre mi» qne por más 
qnetOTieni puesto en ella ese chapitel de plata 6 como 
U Itoma, hubiéramos acabado con el trabajo que habe« 
iBos de pasar en tos justas de Zaragoza ; pero agradezca 
la vida que tiene á un romance que yo le recé del conde 
Peraazúles, qne es cosa muy probada para el dolor de 
hijada. Dame la mano, Sancho, dijo don Quijote» y en-^ 
tréoionos un ratoá descansaren aquella cabana, y luego 
nos iremos, puesel lugare^^tá cerca. Levantóse don Qui- 
jote tras esto, y quitó el freno á Rocinante, y Sancho 
guiíó la maleta de encima de su jumento, juntamente 
con la albarda; metiólo todo en la cabana» quedando 
Rodnante y el jumento señores absolutos del melonar, 
del cual cogió Sancho dos melones harto buenos» y con 
un mal eudhillo que traia los partió y puso encima de la 
albarda para que comiese don Quijote; si bien él» tras 
s(^ cuatro bocados qué tomó dellos» mandó á Sancho 
qne losguardase para cenaren el mesón á la noche. Pero 
apenas habta Sancho comido media docena de rebana- 
das, cuando el melonero vino con otros tres harto bien 
dispuestos mozos, trayendo cada uno una gentil estaca 
en la mano; y como vieron el rocin y jumento sueltos, 
liisando las matas y comiendo los melones » encendidos 
en cólera, entraron en la cabana, llamándolos ladrones 
y robadores de la hacienda ajena, acompañando estos 
requiebros con media docena de palos que les dieron 
muy bien dados , ¿ntes que se pudiesen levantar; y á 
don Quijote, qne por su desgracia se habla quitado el 
morrión, le dienm tres ó cuatro en la cabeza , con que 
k dejaroii medio aturdido, y aun jnuy bien descalabra- 
^ do; pero Sancho lo pasó peor ; que como no tenia reparo 
' de coselete , no se le perdió garrotazo en costillas » bra- 
108 y cabeza , quedando también aturdido como lo que-t 
daba sn amo. Los hombres, sin curar dellos, se lie va- 
nrn al lugar en prendas el rocin y jumento por el daño 
que habían hecho. Dealli á un buen rato» vuelto Sancho 
en sí, y viendo el estado en que sus cosas estaban, y que 
le dolían las costillas y brazos de suerte que casi no se 
podía levantar, comenzó é llamar i don Quijote, dicien* 
do : ¡ Ah señor caballero andante ( andacjo se vea él con 
todos coanlos diablos hay en los infiernos)! ¿parécele 
que quedamos buenos? ¿ Es este el triunfo con que ha-* 
hemos de entraren las justas de Zaragoza? ¿Qué es de la 
cabeza de Roldan el encantado» que hemps de llevar es* 
pelada en lanza? Los diablos le espeten en un asador» 
Tplegoeá santa Apolonia ! Estojfle diciendo sietecientas 
veces qoe no nos nielamos en estas batallas impertinen- 
-tesysaoque vamos nuestro camino sin hacer mal á na-» 
die» y no hay remedio. Pues tóqnese esos peruétanos que 
le Inn venido, y aun plegué A Dios» si aquí estamos mu- 
dio» no vengan otra media docena dellos á acabar to 
4NilaUa qne los primeros comenzaron. Álcele, ppsiai 



las herraduras del caballo de san Mnriin» y mire que 
tiene la cabeza llena de chichones , y le corre la sangro, 
por la cara abajo» siendo ahora de veras el de la Triste 
Figura, por sus bien merecidos disparates. Don Quijote» 
volviendo en sfysosegándose un poco» comenzó á decir: 

Rey don Sancho , rey don Sancha, 
No dirfts que no te aTlso 
Que del cerco de Zamora 
Un traidor babia salido. 

iMal haya el ánima del Anticristo ! dijo Sancho : estamos 
eon las nuestras en los dientes » ¡y ahora se pone muy de 
espacio al romance del rey don Sancho! Vamonos do 
aqui, por las entrañas de todo nuestro linaje » y curémo- 
nos; que estos Barrábales do Gaiteros, ó quien son» nos 
han molido masque sal» y á mi me lian dejado los brazos 
de-suerte» que no los puedo levantar á la cabeza. ] Oh 
buen escudero y amigo ! respondió don Quijote» has de 
saberque el traidor que desta suerte me ha puesto esBe-* 
llido de Olfos» hijo de Olfos Bellido.^ ¡Olí» reniego de 
ese Bellido ó bellaco de Olfos» y ann de quien nos meti^ 
en ^te melonarí-^Este traidor» dijo don Quijote» salien- 
do conmigo mano á mano» camino de Zamora» mientras 
que yo me bajé de mi caballo para proveerme detras da 
unas matas ; este alevoso, digo » de Bellido» me tiró un 
venablo ¿ traición, y me ha puesto de la suerte qoe ves : 
por tanto ¡ oh iiel vasallo ! conviene mucho que tú subas 
en un poderoso caballo, llamándote don Diego Ordoñez 
de Lara , y que vayas á Zamora » y en llegando junto á la 
muralla, verás entre dos almenas el buen viejo Arias 
Gonzalo» ante quien retarás á toda la ciudad» torres , ci- 
mientos, almenas» hombres» niños y mujeres» el pan que 
comeii y el agua que beben » eon todos los demás retos 
eon que el hijo de don Bermndo retó á dicha ciudad , y 
matarás á los hijos de Arias Gonzalo, Pedro Arias y los 
demás. \ Cuerpo de san Quintin ! dijo Sandio : si vuesa 
merced ve cuáles nos Imn puesto cuatro racioneros, 
¿para qué diablos quiere que vamos á Zamora á desaliar 
toda una ciudad tan principal como aqueHa? ¿Quiere 
()iie salgan dclla cinco ó seis millones de hombres & 
i;aballo y acaben con nuestras vidas, sin que gocemos 
. de los premios de las reales justas de Zaragoza ? Déme la 
mano y levántese, y iremos al lugar que estácerca , paní 
que nos curen y á vuesa merced le tomen esa sangre. 
Levantóse don Quijote» aunque con harto trabajo» y sa»^ 
Uaron los' dos fuera de la cabana ; pero cuando no vieron 
el Rocinante niel jumento, fué grandísimo el senti* 
miento que don Quijote hizo por él; y Sancho» dando 
vueltas alrededor de la cabana buscando su asno» decia 
llorando : | Ay asno de mi ánima ! ¿y qué pecados Iws he- 
cho para que te hayan llevado de delante de mis ojos? 
Tú eres la lumbre dellos , asno de mis entrañas » espejo 
en que yo me miraba ; ¿quién te me ha llevado? |Ay ju- 
mento mió» que por ti solo y por tu pico pedias ser rey 
de todos los asnos del mundo i ¿adonde hallaré yo otro 
tan hombre de bien como tú? Alivio de mj^ trabajo:^, 
consuelo de mis tribulaciones» tú solo me entendías los 
pensamientos» y yo á ti» como si fuera tu propio hermaim 
de leche. ¡Ay» asno mió » y cómo tengo en la memoria 
que cuando te iba á echar de comer á la caballeriza» en 
viendo cerner la cebada, rebuznabas y reias con una 
gracia como si fueras persona^ y cuando respirabas ha- 
cia dentro» dabas un gracioso silbo, respondiendo por 
el órgano trasero con un • gamaul«> que ; mal año para 1% 



20 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



guitarra del barbero de mi lugar que roejor música haga 
«uando canta el pasacalle de nochel Don Quijote le con* 
soló diciendo : Sancho, no te aflijas tanto por tu jumen- 
to; que yo he perdido el mejor caballo del mundo ; pero 
sufro y disimulo hasta que le halle, porque le pienso 
buscar por toda la redondez del universo. ¡Oh señor! 
dijoSancho : ¿no quiere que me lamente, ¡pecador de mí! 
8i me dijeron en nuestro lugar que este mi asno era pa- 
riente muy cercano do aquel gran retórico asno de Ba- 
lan , que bueu stglo haya? V bien se ha echado de ver en 
el valor que ha mostrado en esta reñida batalla que con 
los más soberbios roeloneros del mundo habemos teni- 
do. Sancho, dijo don Quijote, fiara lo pasado no Iiay po- 
der alguno, según dice Aristóteles; y asi lo que por 
ahora puedes hacer, es tomar esta maleta debajo del 
brazo, y llevar esta albarda á cuestas hasta el 4ugar, y 
allí nos informaremos de todo lo que nos fuere necesa- 
rio para hallar nuestras bestias. Sea como vuesa merced 
mandare, dijo Sancho tomando la maleta y diciendo á 
don Qtiijote que le echase la albarda encima. Mira, San- 
dio, replicó él, si la podrás llevar; si no, lleva primero 
la maleta, y luego volverás por ella. Sí podré, dijo San- 
cho; que no es esta la primera albarda que he llevado á 
cuestas en esta vida. Púsosela encima ; y como el ata* 
harre le viniese juntu ¿ la boca, dijoá don Quijote que se 
•la ediuse irusdo la cabeza, porque le oliaápajanial mas> 
xada. 

CAPITULO VIL 

•'Cono don Qaijote y Smcbo Panza llegaron i Aleea, y. c4mo n 
caritativo clérigo llamado Blo5en ValeuUa los recogid eosu easa, 
^ haciéndoles todo buen acogimiento. 

• Comenzaron á caminar don Qtiijote -con su adarga y 
Sandio con su albarda, que le venia como anillo en de^ 
do^ y j^n^entrando por la primera calle del l^gar, se les 
comenzó á juntar una grande multitud de muchachos 
hasta que llegaron á la plaza, dondb-^n viendo llegar 
aquellas extrañas Figuras, se empezaron á reir los que en 
ella estaban , y llegáronseles los jurados y seis ó siete clé- 
rigos, y otra gente honrada quecon-ellos estaban. Como 
se vio don Quijote en la plaza cercada <le tanta gente, 
iriendo que todos se reían, comenzó á decir : Senado ilufr- 
tro y pueblo romano invicto, cuya ciudad es y ha sido 
cabeza del universo, mirad si es licito que de vuestra fo- 
mosa ciudad hayan salido salteadores, los cuales vosotros 
fainas conscntistes en vuestra clara república enlo^an- 
tiguos siglos, y rae hayan rol)ado á mi mi preciada ca- 
ballo y á mi fiel escudero su jumento, sobre quien trae 
las joyas y precios que en diferentes justas y torneos he 
ganado ó podido ganara portante, si aqiieU'alor antiguo 
lia quedado^n vuestros corazones de piadosos romanos, 
dadnos aquí luego lo que se nos ha robado, juntamente 
con los traidores que, estando nosotros á pié y descuida* 
dos, nos han ferido de la suerte que veis; si no, yo os reto 
á todos por alevosos y hijos de otros tiles; y asi os aplazo 
ft^que saláis conmigo á singular batalla uno á uno,^ to« 
dos para mi solo. Dieron todos, en oyendo estos dispara- 
tes, una grandísima risada, y llegándoseles un clérigo que 
más discreto parecia, les rogó callasen ; que él, poco más 
6 menos, conocía la enfermedad de aquel hombre, y le 
haría dar de sí con entretenimiento de todos ; y tras esto 
y el universal silencio que los circunstantes le dieroi^ 
ae llegó á don Quijote diciendo : Vuesa merced, señor 
«aballero^ sabrános dacir Us señas de ios que le han des- 



calabrado y hurtado ese caballo qne diee ; porque dando 
aquí á los iluslrescónsutes los maUíecliores, no solamente 
serán por ellos castigados, sino que juntamente se le vol- 
verá á vuesa merced todo lo que se hallare aer suyo. Don 
Quijote le respondió : Al que hizo batalla conmigo, difi- 
cultosa cosa será hallarlo, porque á mi parecer dijo que 
era el valerosoOrlando el Furioso, ó por lo menos el trai* 
dor de Bellido de Olfos. Riéronse todos ; pero Sancho, 
gue estaba cargado con su albardaácuestas, dijo : ¿Para 
qué es menester andar por zorrinloquiost El quederríbó 
á mi amo con una pedrada, es un hombre que guardaba 
un melonar; mozo lampiño, de barba larga, con nnos 
mostachos rehondidos, á quien Dios colionda : estele 
bu rtó á mi señor el rocín, y á mt roe ba llevado el jumen- 
to; que más quisiera me hubiera llevado las orejas que 
veo. Mosen Valentín, que asi se llamaba el clérigo, acabó 
de conocer de qué pié cojeaban don Quijote y au escude- 
ro ; y asi , como era hombre caritativo, dijo á don Qui- 
jote : Vuesa merced , señor caballero , se venga conmi- 
go, y este su mozo; que todo se hará á su gusto. Llevó- 
les luego á su casa, y hizo acostar á don Quijote en una 
harto buena cama, y llamó al barbero del lugar, que lo 
curase los chinchones qne tenia en la cabeza, aunque no 
eran heridas de mucho peligro; mas como vio don Qqí- 
jote al barbero, que ya le quería curar, le dijo : Huelgo 
muclioen extremo ¡oh maestro Elicebad I en liaber caído 
hoy en vuestras venturosas manos; qne yo sé y he leido 
que vos las tenéis tales, juntamente con las medicinas y 
yerbas que ¿ las heridas aplicáis, qne Avicena , Arer- 
róos y Galeno pudieran venir á aprender de vos. Así que, 
¡oh sabio maestro ! decidme si estas penetrantes ferídas 
son mortales; porqueaquel furiosoOrUindo me hiríócon 
un terrible tronco de encina, y así es imposible no lo 
sean ; y siéndolo, os juro por el orden de caballería que 
profeso , de no consentir ser curado hasta que tome en- 
tera satisfacción y venganza de quien tan á su salyo roe 
hirió á traición, sin aguardar como caballero á que yo 
metiese mano á la espada. EA Clérigo y el Barbero, que 
semejantes razones oyeron decir á don Quijote, acaba- 
ron de entender que estaba loco; y sin responderle, dijo 
el clórígo al barbero que le corase y no le respondiese 
palabra, por no darle nueva materia de hablar. Después 
que fué curado, mandó Mosen Valentín qne le dejasen 
reposar; lo cual se hizo asi. Sanche, que había tenido la 
candela para curar á su amo^ estaba reventando por ha* 
blar; y así , en viéndose fuera del aposento» dijo i Mo- 
sen Valentín : Vuesa merced ha de saber qne aquel Gir- 
naldo el furioso me dio, no sé si era con ki mesma encina 
que dio á mi amo, ó con alguna barra de oro ; y sí haría, 
pues dicen del está encantado, y según me duelen las 
costillas^ sin duda me debió de dejar alguna endiablada 
calentura en ellas; y es de suerte mi mal, que en todo 
mt cuerpo» que Dios haya, ninguna cosa me ha dejado 
en pié, sino es» cuando mucho, alguna poquillaganade 
comer; que si esta me quitara , al diablo hdbiera yo dada 
á todos los Roldanas» Ordoiíos y Claras del mundo. Mo« 
sen Vatentin, que entendió el apetito de Sancho, le biso 
dar de cenar muy bien , mientras él iba á informarse de 
quién sería el que llevó á don Quijote el caballo y á San* 
choan jumento; y averiguado quién lea hizo el asaltOi 
dio orden en cobrar y volver á su casa á Rocinante coa 
el jumento, al cual, como vio Sancho, qneestabasentada 
al zaguán, scievaotd de lamosa, y abozándolo le dijo^ 



DON QUIIOTE 

ikj asno de mi ahna! tú seai tan bieu venido como las 
boenas pascuas, y dételas Dios á U y á todas las cosas en 
foe pusieres mano, tan buenas como roe las lias dado á 
mí con tu vuelta ; mas dime, ¿cómo te ha ido á tí en el 
ceroo de Zamora con aquel Rodamonte, á quien rodado 
vea yo por el monte abajo, en que Satanás tentó á nues- 
tro Seoor Jesucristo? Mosen Vaientin , que vio á Sancha 
tan alegre por haber hallado su asno, le dijo : No^se os 
«lé nada,. Sancho; que cuando vuestro asno no pareció- 
n, yo,. por lo mucho que os quiérelos diera una buiTa 
tan buena eomo tf i , y aua mejor. E^^o no podia ser, dijo 
Sancho, porque este mi jumento roe sabe ya la condi- 
cion y yo sé la suya , de suerte que apenas ba comenzado 
á rebuznar* cuando le entiendo, y sé si pide cebada ó pa* 
ja, ó si quiere beber 6 que le desalbarde para echarse 
en la caballeriza ; y en fín, le conozco mejor que si le 
pariera. Pues ¿cómo, dijo el clérigo, seuor Sancho, en-» 
tendéis vos cuando el jumento quiere reposar? Yo, se- 
fior Valentín , respondió Sancho, entiendo la lengua as- 
nnna moy lindamente. Riyó el clérigo mucho de su res* 
puesta, y mandó que le diesen muy buen recado así á él 
como á so Jumento y á Rocinante , pues ya don Quijote 
reposaba; lo cual fué hecho con mucha puntualidad. 
Después de cena llegaron otros dos clérigos, amigos de 
Blosen Vaientin, á su casa , á saber cómo le iba con los 
lioéspedes; el cual les dijo : Por Dios, señores, que te- 
nemos con ellos el mas liúdo pasatiempo agora en esta 
osa, qae se puede imaginar; porque el principal, que es 
el que está en la cama, se fíuge en su fantasía caballero 
andante como aquellos antiguos Amadis ó.Fcbo> que 
los mentirosos libros de caballerías llaman andantes; y 
asi, según me parece, él piensa con>esla locura irá las 
justas de Zaragoza y ganar «aellas muchas joyas y pre- 
mios de importancia ; pero gozaremos de su conversa- 
ción los días que aquí en.nii casa se estuviere curando,. 
y aumentará nueslio enlreteniniientola intrínseca sim- 
plicidad deste labiador,.á quien el otro llama su fiel 
escadero^ Tras esto coinenzaion á platic¿ir con Sancho, 
y preguntáronle punto por punto de todas las cosáis do 
don Quijote ;^ el cual les coutó todo lo que con él habla 
pasado el otro ano, y los amores de Dulcinea del Tobo- 
so, y cómo se llamaba don Quijote de la Mancha, y agora 
el Caballero Desamorado para ir á las justas de Zarago- 
za; y á este compás desbuchó Sancho todo lo que de don 
Quijote sabia ; pero rieron mucho con lo de tos galeotes 
y penitencia de Sierra Morena y encerramiento de la 
jaula, con lo cual acabaron de entender lo que don Qui- 
jote era, y la Simplicidad con que Sancho le seguía,. ala- 
bando sns cosas. De suerte que estuvieron en casa de 
Mosen Valentín casi odio días Sancho y don Quijote ,.al 
cabo de los «suales ,.pareciéndole á él que estaba ya bue- 
no, y que era tiempo de ir á Zaragoza á mostrar el valor 
de su persona en las justas, dijo un dia, después de co- 
mer, á Mosen Vaientin : A mí me parece, ;oh buen sabio 
lirgando ! pues- por vuestro gran saber he sido traído y 
cundo en este vuestro insigne castillo sin tenerlo servi- 
do, que ya es tiempo de que con vuestra buena licencia 
De parta luego para Zaragoza, pues vos sabéis lo mucho 
^ae importa á mi honra y reputación ;.que si la fortuna 
ne fuere faTorabtc ( y sí serisicndo vos de mi paite), yo 
pienso presenUiros alguna de las mejores joyas que en 
tllashobiere, y la habeisdereccbirpor me hacer merced: 
solo os soplico que no me olvidéis en lus mayores ncce- 



DE LA HANCHÁ. ti 

sidades, porque muclios días Ká que d sabio Alquife , i 
cuya cuenta está el escribir mis fazanas, no lo he visto, 
y creo que de industria hace el dejarme solo en algunos 
trabajos, para que asi aprenda dallos ¿ comer el pan con 
corteza, y me valga por mi pico, como dicen : por tanto, 
yo me quiero partir luego á la hora ; y si sois servido do 
enviar conmigo algún recado en mi recomendación á la 
sabia Urganda la desconocida, para que si fuere herido- 
en las justas, ella me cure, me haréis muy grande mer- 
ced en ello. Mosen Vaientin, después de haberle escu- 
chado con mucha atención , le dijo : Vuesa merced, se- 
ñor Quijada, se podrá ir cuando fuere servido ; pero ad- 
vierta que yo no soy Lirgando, ese mentiroso sabio que 
dice, sino un sacerdote honrado que, movido de com- 
pasión de ver la locura en que vuesa merced anda con 
sus quimeras y caballerías, le he recebidocon fin de de- 
cirle y aconsejarle lo que le hace al caso, y advertirle á 
solas, de las puertas adentro de mi casa , cómo anda en 
pecado mortal, dejando la suya y su hacienda, con aquel 
sobrinito que tiene (i ),andando porosos caminoscomo lo- 
co, dando nota de su persona, y haciendo tantos desati-* 
nos ; y advierta que alguna vez podrá hacer alguno por 
el pual le prenda la justicia, y no conociendo su humor^ 
le castigue con castigo públicoy públicadesbonradesu 
linaje ; ó no habiendo quien le favorezcay conozca, quizá 
por haber muerto alguno en la campana, tomado de su- 
locura,, le cogerá tal vez la Hermandad, qijfb no consiente 
burlas, y le ahorcará , perdiendo la vida delcnerpo, y lo 
que peor es,.la del alma : tras que anda escandalizando^ 
no solamente á los de^u lugar, sino á todos los que te ven 
ir desa snerle armadoi)or los caminos ; si no, vuesa mer- 
ced lo vea. poro! día ea que entró en este pueblo, có- 
mo le seguían los mucluichos por las calles como si íuera 
loco, diciendo á voces: ¡Al hombre anuado,.muchachos» 
al hombre armado! Bien sé quevucsa> merced ha hecho 
h> qne hace,^por imitar, como^lice, á aquellos caballeros 
antiguos Amadis y Esplendían , con otros que los no mé« 
nos fabulosos que perjudiciales libros de caballerías fin- 
gen, á los cuales vuesa merced tiene por auténticos y 
verdaderos, sabiendo, como es verdad , que nunca hubo 
en el mundo semejantes caballeros, ni hay historia espa- 
ñola, francesa ni italiana, á lo menos auténtica, que 
haga dcllos mención ; porque no son sino una compo-* 
sicion ficticia , sacada á luz por gente de capricho, á fia 
de dar entretenimiento á personas ociosas y amigas de 
semejantes mentiras ; de cuya lición se engendran secre^ 
lamente en. los ánimos malas costumbres, como de los 
buenos buenas; y de aquí nace que hay tanta gente ig* 
, noranle en el mundo, que viendo aquellos libros tan 
grandes impresos, les parece, como á vuesa merced lo 
ha parecido, que son verdaderos, siendo, como tenga 
dicho, composición mentirosa : por tanto, señor Quija- 
da , por la pasión que Dios pasó , le ruego que vuelva so-* 
bre sí y deje esa locura en que anda, volviéndole á su 
tierra ; y pues me dice Sancho que vuesa merced tiene 
razouablcmcnle hacienda, gástela en servicio de Dios y 
eu hacer bien á los pobres, confesando y comulgando á 
menudo , oyendo cada dia su misa, visitando enfermos, 
leyendo libros devotos y conversando con gente lionra- 
da, y sobre todo con los clérigos de su lugar, que no I9 
dírón otra cosa de lo que yo le digo ; y verá con esto có- 
mo será querido y honrado, y no juzgado por hembra 
U) De esU sobñniío ooaabia becbo mención Ccnyntef» 



EL UGENCIAiK) ALONSO FERNANDEZ DE AVELUNEOA. 



falto de ju¡€¡6, tomo todos los de su lugar y loa que le 
ven andar desa manera le tienen ; y más, que le juro 
por las órdenes que tengo^ que iré con vuesa merced, si 
dello gusta^ hasta dejarle en su propriacasa» aunque 
liaya de aquí á ella cuarenta leguas, y aun le luiré todo 
el gasto por el camino, porque irea vuesa merced como 
deseo yo más su honra y el bien de su alma, que voesa 
merced proprio ; y deje esas vanidades de aventuras, ó 
iK>r mejordecir, desventuras; que ya es hombre mayor: 
lio diganque se vuelve á la edad de los niños, echándose 
á perder á si y á este buen labrador que le sigue , que 
tiñ poco ha cerrado la mollera como vuesa merced. San* 
cbo, que á todo lo que Mosen Valentín había dicho ha* 
bia estado mny atento, sentado f»bre laalbarda desu caro 
jumento, dijo : Por cierto, señor licenciado , gue su re* 
verencia tiene grandísima razón , y lo proprio que vuesa 
merced ledice á mi señor, le digo yo y le ha dicho el cura 
úh mi tierra ; y no hay remedio con él , sino que habe* 
mos de ir buscando tuertos por ese mundo. El año pa- 
gado y «ste jamas habernos hallado sino quien nos sacuda 
el polvo de las costillas, viéndonos cada día en peligro 
de perder el pellejo por los grandes desaforismos que mi 
señor hace por esos caminos, llamando á las ventas cas- 
tillos, y á los hombres, á unos Gaiteros, á otros Guirnal- 
dos, á otros Bermudos, á otros .Rodamontes, y á otros 
diablos que se los lleven ; y es lo bueno que son ó meló* 
ñeros ó arrierbs ó gente pasajera, tanto que el otro día 
á una moza gallega de una venta, hecha una picarona, 
que me brindaba por cuatro cuartos con los que sacó Ce\ - 
vientre de su madre, llamaba á boca llena la infanta ga- 
liciana, y por ella aporreó al ventero, y nos peilsámos ver 
en un inflicto de la maldición ; y créame vuesa merced, 
y plegué á santa Bárbara, abogada de los truenos y re- 
lámpagos, que si miento en cuanto digo, esta albarda 
me falte á la hora de mi muerte ; y tengo quebrada la ca- 
beza de predicarle sobre estos avisos ; pero no hay reme- 
dio con él, sino qne quiere que aunque me pese le 
siga , y para ello me ha comprado este mi buen j umento, 
y me da cada mes por mí trabajo nueve reales y de co- 
mer; y mí mujer que se lo busque, que así hago yo, pues 
tiene tan buenos cuartos. Don Quijote habia estado ca- 
bizbajo á todo lo que Mosen Valentín y Sancho Panza ha. 
bian diclio; y como quien despierta, comenzó á decir desta 
manera: Afuera pereza. Muciio, señor arzobispo Turpin, 
roe espanto de que siendo vueseñoría de aquella .ílus* 
tre casa del emperador Carlos , llamado el Magno por ex- 
celencia, y pariente de los Doce Pares de la noble Fmn- 
cia, sea tanta su pusilanimidad y cobardía, que huya de 
las cosas arduas y dificultosas, apartándose de los peli- 
gros, sin los cuales es imposible poderse alcanzar la ver- 
dadera honra> Nunca cosas grandes se adquirieron sin 
grandes dificultades y riesgos ; y si yo me pongo á los 
presentes y venideros, solo lo hagocomo magnánimo, por 
alcanzar honra para mí y cuantos me sucedieren ; y esto 
es lícito, pues quien no mira por su honra, mal mirará 
por la de Dios ; y asi , Sancho, dame luego á la hora mis 
armas y caballo, y partamos para Zaragoza ; qne si yo su- 
piera la cobardía y pusilanimidad que habia en esta casa, 
nunca jamas la ocupara ; pero salgamos della al punto, 
porque no se nos apegue tan mala polilla. Sancho fué 
iuef^o á ensillar á Rocinante y albardar juntamente su 
rucio ; pero el buen clérigo, que vió tan resuello y em- 
pedenúdo á don Quijo^e, no le quiso replicar más ; untes 



estaba escuchando todo cuanto decía á cada pieza qa^ 
Sancho le ponía del ames, que eran cosas graciosísimas* 
ensartando mil principios de romances viejos sin ningún 
orden ni concierto ; y al subir en el caballo dijo con gra- 
vedad : Va cabalga, Calaínos, Calaínos , el Infante : -*y 
h]ego,volviéndoseáMosenValentin, con so lanzay adarga 
en la mano , le dijo con voz arrogante : Caballero ilustre, 
yo estoy muy agradecido de la merced que en este vues* 
tro imperial alcázar se me ha hecho á nil 7 á mi escude- 
ro : por tanto mirad si yo os soy de algún proveclio para 
haceros vengadodealgnnagravíoquealgan fiero gigante 
oshayaiiecbo; que aquí está Muelo Gévola, aquel que 
sin pavor ni miedo, pensando matar al Porsena que te- 
nia cercada á Roma, puso intrépido sn desnudo brazo 
sobre el brasero de fuego, dando muestras en el hecho, 
de tan grande esfuerzo y valentía , cuanto las dio de cor- 
rimientoen la causa del ; y estad cierto que os haré ven- 
gado de vuestros enemigos tan á vuestro sabor, que di- 
gaisqueen buena lioramerecebisteis en vuestra casa.— 
Ydiciéndole tras esto se quedase con Dios, sin aguar- 
dar respuesta, dio de espuelas á Rocinante; y llegando á 
la plaza , en viéndole los muchachos comenzaron á gri- 
tar: ¡Alhombrearmado,alhombrearmado I — Y seguido 
dellos, pasó adelante á medio galope, basta que salió del 
lagar, dejando maravillados á todos los que le miraban. 
El bueno de Sancho enalbardó sn jumento , y subiendo 
en él, dijo : Scngr Valentín, yo no le ofrezco á vuesa mer- 
ced peleas como mi amo ha hecho , porquo'más sé de ser 
apaleadoque de pelear;pero yo le agradezco mucho el ser- 
vicio que nos ha hecho : por muchos anos lo pueda conti- 
nuar. Mi lugar se llama el Argamesilla : cuando yo esté 
allá , estaré aparejado para helle toda merced , y mi mu- 
jer Mari-Gulierrez sé de cierto qne le Besa á vuesa mer- 
ced las manos en este punto. Sancho hermano, dijo Mo- 
sen Valentín, Dios os guarde; y mirad que os ruego 
que cuando vuestrosefior vuelva á su tierra, vengáis por 
aquí; que seréis vos y él bien recebidos, y no haya falta. 
Respondió Sancho : Yo se lo prometo á vuesa merced ; y 
quédese con Dios ; y plegué á la señora Santa Águeda, 
abogada de las trtas, que viva vuesa merced tan largos 
anos como vivió nuestro padre Abmliam. Comenzó tras 
esto con toda priesa á arrear su asno, y pasando por la 
plaza, le cercaron los jurados y todos los que en ella esta- 
ban, por reir un poco con él; el cual, como los vió juntos, 
les dijo : Señores, mi amo va á Zaragoza á hacer unas 
justas y torneos reales : si matamos alguna gruesa do 
aquellos gigantones ó Fierablases, que 4ícen hay allá 
muchos, yo los prometo, pues nos han hecho servicio 
de volvernos á Rocinante y al rucio, dé traelles una de 
aquellas ricas joyas que ganáremos y una medía docena 
de gigantones en escabeche ; y si mi amo llegare á ser 
(que sí hará, según es de valiente) rey, ó por lo menos em- 
perador, y yo tras él me viere papa ó monarca de alguna 
iglesia, les prometemos de bellos á todos los deste lugar, 
cuando menos canónigos do Toledo. Dieron todos con 
el dicho de Sancho una grandísima risada , y los mucha- 
chos que estaban deiras de todos, como vieron que los 
jurados y clérigos hacían burla de Sancho, el cual estaba 
caballero en su asno, comenzaron á silbarle, y junta- 
mente á lirarie con pepinos y berenjenas, de suerte que 
no bastaron todos tos que alli estaban á detener sn furia ; 
y así á Sancho le fué forzoso bajar del asno y darle con 
el palo muy aprisa, hasta que salió del lugar y topó á don 



hm QUUOTE DE U MANCHA, 



» 



Qvitic, que U eslaba esperando^, el ooal le dijo: ¿Qué 
es,Saiiclio? Qué lias becho? Cn qué te lias entretenido? 
ftéifiondió Sancho s^li» reniego de los xaucajos de la 
«ajerde Job 1 ¿Cómo se vino vuesa^ merced y me dejd' 
fo las manos de ios caldereros da-Sodoma ? Que le pro- 
meto, asi yo me TeaarxobispoMÍeaquell»cÍDdad queme 
profneUó el afio pasado, que mragarraron» en yéudose 
vuesa men:ed, entre seis ó siete de aquellos escribas y 
fjnseos, 7 me llevaron en casa del boticario, y me ecba- 
ruQ una melecina de plorao'derrelido, tai,.qi»e roe hace 
venir despidiendo perdigones calientes por la puerta fal^ 
fA, sin que pueda reposar un punto. No se tedó nado^ 
dijo don Quijote ; que ya* vendrá tiempo en que no» lle- 
gamos bieu vengados de todos loe agravios que ei» este 
lagar por no conocemos nos bah hecho ; pero abora 
caminemos para Zaragoza, que es lo que importa ;.que 
aili oirás y ¥ecás manmllas». 

CAPITULO VIH. 

It cda» el baea hidalgo 4o& Quijote Uegtf i la ciodad de Ztra- 
fon, y de la extraAa aveotin que á la OAtnda deUa le sacedid 
omva hmabre que Uevaban uoUndo, 

XaOibaenamañase dieron ácaminar el bncn donQdi* 
jóle y Saociio ,,qtte ¿ otro dia á las once se hallaron una 
mitlade-Zaragoia. Toparon por el camm» mucha gente . 
depié-y de á caballo,.!» eual venia de las justas que en 
ella se-habian hecho; que como don Quijote se detuvo 
cn Aleca ocho dias corándose do sus palos ,. se* hicieron 
sin qve-él Us honrase con su presencia , como deseaba : 
üe lo cual infordoado en.el camino, de los pasajeras, e«t* 
tabaoomodeaespenido;y así iba maldiciendo su for* 
luna por ello, y echaba la culpa al sabio<encantador sn 
coiilfario,.diciendo qne él Imbia heclio por donde las 
justas se hubteseír beefao-cott' tsmta^ presteza para qui^ 
tarle la honra» y gloria que en ellos era forzoso ganar, 
«lando f« Vitoria, á éldebida,.á quien ¿I maliciosamente 
fiivorecía.Coa<esto«ibatan mohino-y melancólico, que 
á oadie quería hablar por el camino, basta tanto que- 
llegó oeflca de l»AljafeiSak, adonde, cora»se le llegasen 
|Mr verle de cerca algunas personas con deseo de saber 
quién era y i qué Gn entraba armado de todas piezas en 
ti dudad ,. les dijo en. voz.alta : Decidme,, caballeros, 
¿cuántos dias liá que se acabaron las justas qne en esta 
ciudad ae han hecho, encías cuales no he merecido po- 
derme hallar? Cosa de que estoy tan desespenido^cuantó^ 
tlcacubre mi rostro ;. pero la causa lia sido el estar yo 
ucupado en cierta aventura y encuentro que corf el fu- 
ño6oRoldan:hetenidt) r(¡nuncayoconéllopara!)Perono 
seré yo Bernardo del Carpió, si ya qne no ttive ventura 
«le hallarme en ellas, no hiciere un público desafío á to* 
dosloscaballeros^que en ma ciudad se* hallaren ena- 
morados, de suerte que veuga por él á cobrar la honra 
qne no he podido ganar por no haberme bailado cn tan 
célebres Gestas; y será mañana el dia del ; y ¡desdichado 
^nel que yo encontrare con. «i lanza ó arrebataren los 
filosde mi espada! qne cn-él,.por ellos, pienso'quebrar la» 
cólera y enojo con que á esta ciudad vengo. Y si liay aqui 
ftlgono de vosotros, ó están algunos en este vuestro Cviorte 
castillo,qaeseenenaroorados,yo los desafíoy reto luego 
á la hora por cobardes y fementidos , y se lo haré confe^ 
srá voces en este llano; y salga el Justicia que dicen 
bay 60 esta ciudad, con todos los jurados y caballeros de 
eil^;queJodos 9on-Coltonesy pata poco^, pueB un solo 



caballero los reta, y tío salen comobuenos caballeros á 
hacer batalla conmigo solo ; y porque *sé que son talei, 
que no tendrán atrevimiento de aguardarme en el cam- 
po,, me entro luego en la ciudad , donde fijaré mis eai^ 
teles por todas sus plazas y cantones , pues de miedo do 
mi persona y de envidia de que no llevase el premio y 
lionras dé las justas, Jas ban-hechocon tanta brcK^edad. 
Salid, salid, malandrínes saragozanos^queyo vosfaré 
confesar vuestra sandez y descortesía» Decia-esto vol- 
viendo y revolviendo acá y acullá su oaball(y, de suerte* 
que todos los que le estaban- mirando, siendo mas do 
.cincuenta los que se babian juntado á bacello, estaban 
maravillados y no sabían á qué atríbnirlo. Unos decian ; 
|Voto á ta1,queeste bombre se ha vuelto loco y que es lu- 
nático! Otros: No,8Íno que es algún grandísimo bellaco; 
y á fe que si le coge la justicia, que se le ha de acordar 
para todos los dias de su vida. Mientras §1 andaba ha-, 
cíendo dar saltos á Rocinante , que quisiera más medio 
celemín de cebada , dijo Sancho á todos los que estaban 
hablando de su amo : Señores, no tienen que decir de 
mi señor ; porque es uno de los mejores caballeros que 
se hallan en todo mi lugar; y le he visto con estos ojos 
hacer tantas guerreaciones en laMancha y Sierra More^ 
na, que si las hubiese decentar, sería menester.la plu-- 
ma deKgigante Gblías relio es verdad que no to<las ve- 
ces nos salláoslas aventuras como nosotros quisiéramos; 
porque^euatro-ó cinco veces nos santiguaron las costi- 
llas con nnas rajas; mas con su pan se lo coman ;■ que a 
fe que tiene jurado mi señor qne cn topándolos otra vez, 
como los cojamos solos y dormidos, atados de pies y ma^ 
nos, que les hemos de quilar los pellejos y hacer dellos 
uoaadarga muy linda para mi amo% Comenzaron todos 
con esloá reir, y uno dellos le preguntó que de dónde 
era, á lo cual respondió Sancho : Yo, señores, hablando 
con debido acatamiento de (as barbas honradas, soy na* 
tiiral de mi lugar,, que con perdón se llama la Argame- 
silta de la> Mancha. Por Dios, dijo otro, que entendía 
qne vuestro lugar se llamaba otra cosa, según bablastes 
decortesmente al nombralte; pero ¿qué tugar es la Ar- 
gamesilta, que yo nunca lelie oido decir? ;0h cuerpo 
dequien.me comadreé al nacer! dijo Sancho : un lugar 
es liartomejor que esta Zaragoza : cHo es verdad que no 
tiene tantas torres como esla; que no liay en mi lugar 
más de una sola; ni tiene esta tapia grande de tierra que 
la cerca al derredor ; pero tiene las casas , ya que no son 
muchas, con lindísimos corrales, que caben en cada 
uno dos mil cabezas de ganado : tenemos un lindísimo 
l>errero que aguza las rejas, qne es para dar mil gracias 
á Dios. Ahora cuando salimos del , tratal)an los alcaldes 
de enviar al Toboso (1) que no lo hay en mi lugar : te- 
nemos también una iglesia, qne aunque es chica , ticno 
muy lindo allarmayor, y otro de nuestra señora del Ro- 
sario» con una Madrero Dios que tiene dos varas en al- 
to, con un gran rosario alrededor, con los padres nues- 
tros de oro, tan gordos como este puño : ello es verdad 
que no tenemos reloj ; pero á fe que ha jurado el Cura 
que el primer año santo que venga, tenemos de hcr unos 
riquísimos órganos. Con esto el buen Sancho quería írso 
adonde estaba su amo cercado de otra tanta gente; mas 
asiéndole uno del brazo, le dijo : Amigo, deciduos có- 

(1) Faltan algunas palabras en las eaales se diría prubablemeifte 
quü era lo que los alcaldes de Argamasilla» trataban de traer del 
Toboso. 



u 



EL LICENCIADO ALONSO f'ERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



mo 86 llama aqnel caballero, para que sepamos sa nom* 
bre. Señores, para deciiles la verdad , dijo Sancho, él 
se llama don Quijote de la Mancha, y agora un año se 
Mamaba el de la Triste Figura , cuando hizo penitencia 
en la Sierra Morena, como ya deben de saber por acá,; 
y ahora se llama el Caballero Desamorado : yo me llamo 
Sancho Panza, su fiel escudero, hombre de bien, según 
dicen los de mi pueblo, y mi mujer se llama Mart-Gu- 
tierrez, tan buena y honrada, que puede con su persona 
dar satisfacion á toda una comunidad. Con esto bajó 
del asno, dejando riendo á todos los que presentes esta- 
ban, y caminó para donde estaba su amo cercado de* 
más de cien personas, y los más detlos caballeros que 
habían salido á tomar el fresco; y como habían visto 
tanta gente junta en corrillo, y un hombre armado en 
medio , llegaron con los caballos á ver lo qne era : á los 
cuales, como viese don Quijote, les comenzó á decir, 
puesto el cuento de la lanza en tierra : Valerosos prín- 
cipes y caballeros griegos, cuyo nombre y cuya fama 
del uno hasta el otro polo, del Ártico al Antartico, del 
oriente al poniente, del sctentrion al mediodía, del 
blanco alemán hasta el adusto scita, está esparcida, flo- 
reciendo en vuestro grande imperio de Grecia no sota- 
roente«aquel grande emperador Trebacio y don Betianis 
de Grecia, pero los dos valerosos y nunca vencidos her- 
manos el caballero del Febo y Rosicler ; ya veis el por- 
fiado cerco que sobre esta ciudad famosa de Troya por 
tantos años habemos tenido, y (I) cuántas escaramu- 
zas habemos trabado con estos troyanos y Héctor, mi 
contrario, á quien, siendo yo como soy Aqníles, vuestro 
capitán general, nunca he podido coger solo para pelear 
con él cuerpo á cuerpo y hacerle dar, á pesar de toda su 
fuerte ciudad, á Elena, con la cual se nos han alzado 
por fuerza. Conviene pues ¡oh valerosos héroes! que to- 
méis agora mi consejo (si es que deseáis salgamos con 
cumplida Vitoria deslos troyanos, acabándolos todos á 
fuego y á sangre, sin que dellos se escape sino el piadoso 
Euéas, que por disposición de los cielos, sacando del ¡n* 
cendio ú su padre Anqiiises en los hombros, ha de ir con 
cierta gente y naves á Cartago, y de allí á Italia á poblar 
aquella fértil provincia con toda aquella noble gente que 
Uevará en sucompauía), el cual es que hagamos un pa- 
ladión ó un caballo grande de bronce, y que metamos 
en él todos los hombres armados que pudiéremos, y le 
lU'jcmos en este campo con soloSinon, á quien los más 
conocéis, atado de pies y manos, y que nosotros finja- 
mos retimrnos del cerco, para que ellos, saliendo de la 
ciudad, informados de Si non y engañados por él con sus 
fingidas lágrimas, á persuasión snya metan dentro de- 
Ha nuestro gran caballo á fin de sacriíicarle á sus dio- 
ses; que lo harán sin duda rompiendo para su entrada 
un lienzo de la muralla; y después que todos se sosie- 
guen, seguros saldrán á la media noche de su preñado 
vientre los caballeros armados qne estarán en él, y pcv 
garán fuego á su salvo á toda la ciudad , acudiendo des- 
pués nosotros de improviso, como acudiremos, áaumen- 
tir su fiero incendio, levantando los gritos al cielo al 
compás délas llamas, que se cebarán en torres, chapite- 
les, almenas y balcones, dicieudo : «Fuego suena, fuego 

(1) En la primera edición to lee: 9 fue en euantM eteñramu- 
ga$ habernos trabado, etr. Asi qaeda pendiente el sentido de la 
oración y sin el debido enlace con la qae signe , por lo cualso han 
suprimido las palabras qne en, las cuales en efecto están demás. 



suena ; que se nos alza Troya con Elena.» Y con esto di4 

de espuelas á Rocinante, dejándolos á todos maravilla* 
dos de su extraña locura. siancbAambien comenzó á 
arrear su asno, y fuese tras su amo, el cual, en entrando 
por la puerta del Portillo, comenzó á detener sn rocín é 
ir la calle adelante muy poco á poco , mirando las calles 
y ventanas con mucha pausa. Iba Sancho detras del con 
el asno del cabestro , aguardando ver en qué mesón pa- 
raba su amo, porque Rocinante á cada tablilla de mesón 
que veía, se paraba y no quería pasar ; pero don Quijote 
lo espoleaba hasta qne á pesar suyo lo hacia ir adelante, 
lo cual sentía Sancho á par de muerte, porque rabiaba 
de cansancio y hambre. Sucedió pues, que yendo don 
Quijote la calle adelante, dando liarto qne dedr á toda 
la gente que le vela ir de aquella manera , traía la justU 
cía por ella á un hombre caballero en un asno, desnudo 
de la cintura arriba, con una soga a( cuello, dándole 
docientos azotes por ladrón, al cual acompañaban tres 
ó cuatro alguaciles y escribanos, con más de docientos 
mochadlos detras. Visto este espectáculo por nuestro 
caballero, deteniendo á Rocinante y puesto en mitad de 
la calle con gentil continente, la lanza baja, comenzó á 
decir en altavoz desta manera : ¡Oh vosotros. Infames 
y atrevidos caballeros, indignos deste pombre! dejad 
luego al punto libre , sano y salvo á este caballero que 
injustamente con traición habéis prendido , usando, co- 
mo villanos. Inauditos estratagemas y enredos para co- 
gerle descuidado ; porque él estaba durmiendo cerca de 
una clara fuente, á la sombra de unos frondosos alisos, 
por el dolor que le debía de cansar el ausenciaó el rigor 
de su dama ; y vosotros, follones y malandrines , le quí- 
tastes sin hacer rumor su caballo, espada y lanza y las 
demás armas, y le habéis desnudado sus preciosas ves- 
tiduras, llevándole atado de pies y manos á vuestro 
fuerte castillo, para melelle con los demás caballeros y 
princesas que allí sin razón tenéis en vuestras tan oscu- 
ras cuanto húmedas mazmorras : por tanto, dadle luego 
•aquísusannas,y8ubaen su poderpso caballo; que él 
es tal por su persona , que en breve espacio dará cnenta 
de vuestra vil canalla gigantea : soltadle , soltaüle pres- 
to, bellacos, ó venios todos juntos, como es vuestra 
costumbre, para mi solo; que yo os daréá entenderá 
vosotros y á quien con él os envía, que todos sois infa- 
mes y vil canalla. Los que llevaban el azotado, que se- 
mejantes razones oyeron decir á un hombre armado con 
es|)ada y lanza , no supieron qué le responder ; pero un 
escribano de lo» que iban á caballo , viendo que estaban 
detenidos en medio de la calle, y que aquel hombre no 
dejaba pasar adelante la ejecución de la justicia , dando 
de espuelas al rocín en que iba , se llegó á don Quijote, 
y asiendo de la rienda á Hitciuante, le dijo : ¿Qué dia- 
blos decís, hombre de Satanás? Tíraos afuera : ¿estáis 
loco? \ Gil santo Dios, y quién pudiera pintar la encen- 
dida cólera que del corazón de nuestro caballero se apo- 
deró en este punto! El cual, haciéndose un poco atrás, 
arrémtjlió con>.su lanzon para el pobre del escribano , de 
suerte que si^ó sé dejara caer por las ancas del rocín , 
sin duda le escondiera' don Quijote en el estómago el 
hierro mohoso del lanzon ; mas esto fué causa de que 
nuestro caballero erraseel golpe. Los alguaciles y demás 
ministros de justicia que allí venían , viendo un caso km 
no pensado , sospecliandoque aquel hombre era pariente 
del que iban azotando , y que se le quería quitar por 



DON QUUOTE DB U MANCHA. 

fiiei»,eoiiieiisanm<griUHr: ¡Fator á lajosada, faTor ¿ 
hjaslkkl La gente qoe allí 86 halló» que no era poca, 
^aiguios de á caballo que al rumor llagaron, procura- 
ban eoü toda instancia de ayudar á la justicia y prender 
á doB Qníjoto , el cual , irieodo toda aquella gente sobre 
ü coQ ha espadas desnudas, comenzó á decir ¿ grandes 
looes : ¡Guerra» guerra, á ellos, Santiago, san Dionis, 
derra , derra , mueran I Y arrcjó tras las voces la lann 
i on nlgnaeil con tal fuerza, que si no le acertara á pa- 
sar por debajo del brazo izquierdo , lo pasara harto mal : 
soltó Inego la adarga en tierra , y metiendo mano á la 
espada» de tal manera la revolvia entre todos con tanta 
bfávexa y cólera , que si el caballo le syodara , que á du* 
las penas seqiieriamoTer,segunestabacansadoymQerto 
de hambre, pudiera ser no pasarle tan mal como lo pasó. 
Pero como la gente era muclia , y la grita qite todos da- 
baa siempre de ¡favorála justicial allegase siempre mis, 
las espadas que sobre don Quijote caían eran infinitas : 
ooo lo cual y con la pereza de Rocinante, junto con el 
cansancio con que nuestro caballero andaba, pudieron 
ledos en breve rato ganarle la espada , y quitándosela de 
la mano , le bajaron de Rocinante , y á pesar suyo se las 
ataron ambas airas, y agarrándole cinco ó seis corche- 
tes, le llevaron á empellones á la cárcel : el cual, viéo* 
doce llevar de aquella manera, daba voces , diciendo : 
¡Oh sabio Alquifel Oh mi Urganda astuta! ahora es tiem- 
poqoemostreiscontraeste falso hechicero si sois verda- 
deros amigos. Y con esto hacia toda (i) resistencia que 
podía para soltarse ; pero era en vano. El azotado prosi- 
guió adelante sa procesión ; y á nuestro caballero, por 
las mismas calles que él la había empezado, le llevaren 
á la cárcel y le metieron los pies en un cepo, con unas 
esposas en las manos, habiéndole primero quitado todas 
sus armas. En esto, llegando un hijo del carcelero cerca 
del para decir á un corchete que le echase una cadena 
al cuerpo, oyéndolo, alzó en alto las manos con las es- 
posas, y le dio con ellas al pobre mozo tan terrible golpe 
sobre Ja cabeza , que no valiéndole el sombrero, que era 
nuevo, le biso una muy buena herida; y segundara con 
otra. Si el padre del mozo, que estaba presente , no le- 
, vanlara el puño y le diera media docena de mojicones 
en hi cara , haciéndole saltar la sangre por las narices y 
boca, dejando con esto al pobre caballero, que aun no 
se podía limpiar, hecho un retablo de duelos. Las cosas 
qne deóa y liacia en el cepo, no habrá historiador , por 
diligente qne sea» qne basteé centarhis. El bueno de 
SaMbo , que se había bailado presente á todo lo pasado, 
con su asno del cabestro, como vio Jlevar á su amo de 
aquella manera , comenzó á llorar amargamente , prosi- 
guiendo el camino por donde le llevaban , sin decir que 
era sa criado : maldecía sn fortuna y la hora en que á 
donOoijote habla conocido, diciendo : ¡Oh, reniego de 
qeien mal me quiere y de quien nose duele de mí en tan 
triste trance ! i Quién demonios me mandó á mi volver 
coa este hombre, habiendo pasado la otra vez tantos 
ilesafortnnios, siendo ya apaleado, ya amanteado, y 
puesto otras veces á peligro de qtie si me cogiera la Sauta 
Reraiaodad me pusiera en cuatro caminos para que dos- 
* (Kies 00 pudiera ser rey ni Roque ? ¿ Qué haré , { pobre 

(1) Falta el artículo femenino /« antes de resistencia. Por esta 
OflisloB ú oltas aní logis dlrta Cervantes ( parte ii , cap. 59.) qne el 
\mme de AvELtJiüsi^A ert arasonm, porque M tez escripia $íh 

trtlaln* 



18 



de mil que estoy por irttte desesterado por em mundos 
y porosas Indias, y meterme por esos mares, entre mon- 
tes y valles, comiendo aves del cielo y alimañas de k 
tierra, haciendo grandísima penitencia y tornándome 
otro fray Juan Guarismas, andando á gachas como un 
oso selvático hasta tanto queonníñodesesentaailosme 
diga : Levántate, Sancho; que ya den Quijote está fuera 
de la cárceit Ck)n estas endeclias y mesándose las espe* 
sas barbas, llegó á hi puerta de la cárcel, en que vio mo- 
ler á su amo, y él se quedó arrimado á una pared con 
au asno del cabestro hasta ver en qué paraba el negocio. 
Lloraba de rato en rato» particularmente cuando oía de* 
cían los que bajaban de la cárcel i cuantos pasaban por 
delante deila, cómo ya querían sacar á azotar al hom* 
bro armado ; de quídn unos decían que merecía la horca 
porsu atrevimiento, otros le condenaban solo, movi« 
dos de más piedad, á docientos y galeras por el breve 
rato que con su buena plática detuvo la ejecución de la 
justicia. Otros decían : No quisiera yo estar en su pelle- 
jo^aunque ponga poreicusa de su insolencia que estaba 
borracho ó loco. Todo esto sentía Sancho á par de muer* 
te; pero callaba como un santo. Sucedió pu^ que los 
dos alguaciles, el carcelero y su hijo se fueron jirntos á 
Ui justicia, ante quien acriminaron de suerte el caso, 
que el Justicia mandó que luego en fiagante , sin más 
información , le sacasen á hi vergüenza por las calles , y 
* le volviesen después otra veza la cárcel hasta saber ju* 
rídicamente la verdad del deltcto. Cuando los alguaciles 
venían de vuelta á ejecutarla dicha repentina sentencia, 
acababa de volver el azotado en su asno á la puerta de la 
cárcel, con el acompañamiento de muchachos que los 
tales suelen; y al punto que levióuno de los alguaciles, 
dijo, avista de Sancho, al verdugo : Ea, bajad ese hom- 
bre, y no volváis el asno ; porque en él habéis de subir 
luego á pasear perlas mismas calles aquel meüoloco 
que ha pretendido estorbar la justicia ; qne esto manda 
la mayor de la ciudad se le dé luego como por principio 
de las galeras y azotes qne se le esperan. Infinita fué la 
tristeza que en el corazón del pobre Sancho entrócuando 
oyó semejantes palabras al alguacil, y más cuando vio 
que tolo se aparejaba para sacará la vergüenza á su amo, 
y que toda aquella gente estaba á la puerta de la cárcel 
diciendo : Bien se merece el pobre caballero armado los 
azotes que le esperan , pues fué tan necio que metió 
mano sin para qué contra la justicia; y sin eso^en la 
misma cárcel ha descalabrado al hijo del carcelero* Es-^ 
tas y otras semejantes razones tenían á Sancho hedió 
loco y sin saber qué hacer ni decir ; y asi no hada otra 
cosa sino escuchar aquí y preguntar allí ; pero en tedas 
partes oía malas nuevas de las cosas ile su amo , al cual 
comenzaban ya de hecho á desherrar del cepo para sa- 
carlo á la vergüenza. 

CAPITULO IX. 

De eómo don Quijote , por ona extraña aventara , fné libre de la 
cárcel y de la vergüenza á qne estaba cundenado. 

£stando el pobre de Sancho llorando lágrimas vivas, 
y esperando, h^cho ojos, cuándo Iiahia de ver á su señor 
desnudo de medio arriha y caballero en su asno paní 
darlo los docientos azotes que había oído le hablan do 
dar de presente, pasaron siole ó ocho caballeros de los 
principales do la ciudad por allí ác¡d>allo; y como vie* 
ron taulH gente ú tu puerta de li^cárcel ú hora tan extraor* 



26 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE liVELLANEDA. 



dinafia, paes eran más da laa cuatro, pragmi taroil la oca- 
sión de la junta « y un mancebo les conté lo que aquel 
liombre armado que decían liabian de bajar para azo-> 
tarle por las calles, iiabia becbo y diclio dentro y fueiu 
de la ciudad y en la cárcel , y cómo babia querido quitar 
un azotado á la justicia en medio de la calle; de lo cual te 
maravillaron , y mucbo más cuando supieron que no ba^ 
l>ia liombre ni mujer en toda la ciudad que le conociese» 
Tras este llegó otro y les dijo todo lo que antes de entrar 
en la ciudad babia dicbo á una tropa de caballeros, le» 
cuales alii nombró» con lo cual rieron mucho; pero m»- 
ravilláronse de que no hubiese persona que les dijese i 
qué propósito iba armado con adarga y lanza. Estando 
en esto, quiso la suerte que Sancho se llegase áescn«* 
charlo que alii se decía de su aroO; y mirando hiena 
los caballeros, conoció entre ellos á don Alvaro Tacíe, el 
cual, aunque había seis diasque las justas se hablan he- 
cho, él no se había ido, por aguardar una sortija que unos 
caballeros de la ciudad de los más principales y él te- 
nían ordenada para ol domingo siguiente. Soltó Sancho 
el asno del cabestro en viéndole , y puesto de rodillas en 
mitad de la calle, delante de los caballeros, con su cape- 
ruza en la mano, llorando amargamente, comenaóá de- 
cir : ¡Ah souor don Alvaro Tarfe ! Por los evangelios del 
seíior san Lúeas, que vuesa merced tenga eompasíonde 
mi y de mí señor don Quijote, el cual está en esta cár- 
cel y le quieren sacar á azotar cuando menos, sí el se-' 
ñor san Antón y vuesa merced no lo remedian ; porque 
dicen que ha hecho aquí á la justicia no sé qué sin justi- 
cia y desaguisado, y por ello le quieren ecliar á galeras 
por treinta ó cuarenta años. Don Alvaro Tarfe luego co- 
noció á Sancho Panza, y sospechó todo lo que podía ser; 
y asi , maravillado de verle , le dijo : ¡ Oh Sancho I ¿ qué 
es esto? ¿Que vuestro señor es para quien se apareja 
toifo este carruaje ? Pero de su locura y vana fantasía y dé 
vuestra necedad todo se puede presumir ; pero no to aca- 
bo do creer, aunque me lo afirmáis con los extremos con 
queme lo habéis representado. El es, señor, ¡pecador de 
mi ! dijo Sancho : entre vuesa merced aíló, y hágale una 
visita de mi parte, diciendo que le beso las manos, y que 
le advierte que si le han de sacar en aquel asnillo que 
metieron ahora, que de ninguna manera suba en él; 
porque yo le tengo aparejado aquí el rucio, en que podra 
ir como un patriarca; el cual, como ya sabe, anda llano, 
de tal manera que el que va encima puede llevar una 
taza de vino en la mano, vacia, sin que se le derrame 
gota. Don Alvaro Tarfe, riéndose de lo que el simple 
de Sancho le había dicho,, le mandó que.no se fuese de 
allí liasta que él volviese á salir ; y hablando con dos ca* 
bailaros de aquellos, se entró con ellos en la cárcel, don- 
de hallaroH- al buen hidalgo don Quijote, que le estaban 
desherrando paní sacarle á la vergüenza ; al cual co* 
mo vio don Alvaro tan mal parado, llena de sangre la 
cara y roanos, y con unas esposas en ellas, le dijo : ¿Qué 
es esto, señor Quijada? ¿Y qué aventura ó desventura 
ha sido la presente? ¿Parécele á vuesa merced que es 
ahora bueno tener amigos en la corte? Pues yo lo seré 
esta vez tal de vuesa merced, como verá^mr la experien- 
cia. Pero dígame, ¿qué desgracia ha sido esta? Don Qui- 
jote le miró en la cara^y luego le conoció ; y con nna risa 
grávele dijo : ¡Oh mi señor don Alvaro Tarfe! Vuesa 
merced sea bien venido. Maravílleme en extremo de la 
extraña aventura que vuc^ merced ha acjbado : dígame 



luego por Dios de qué sñerts ba entrado en oata fee^-» 
pugnaUe castillo, adonde yo por arte de encantamiento 
•be BídD preso con todos estos príncípe8,.eaball(ero8, don- 
cellas y escuderos qoe en estas duras prisiones hemos 
estado tan largo tiempo ; de qué manera ha muerto los 
dos fieros gigantes qoe á kt pnertfr están , levantados los 
brazos , con dos mazas de fino aeero, para estorbar la en- 
trada á los que á pesar^uyo^qoisieren entrar dentro ; cd-* 
mo ó de qué suerte mató aquel ferocísimo grifo qoe en 
el primer patio del castillo está, el cual con soa rapantes 
garras coge un hombre armado de Dodas pieza»,.y le sabe 
álosviento8,yallíledespedaza»Envidia(tengOiSÍndoda^ 
¿ tan soberana hazaña , pUes por manes de voesa merced 
todos seremos libre^. Ese sabio encantador mi contra- 
río será cruelislmameate' muerto, y la ntaga^sn mojer^ 
que tantos males ha causado en el mundo,, lía de ser 
luego sin misericordia azoUda con pubKca vergúemá. 
Sacáranle á ella á vuesa merced,, dijo don Alvaro , sin 
duda, si su buena fortmia, épor mejor decir. Dios qae 
dispone todas las cosas con suavidad, no^hubiera orde- 
nado mi venida ; pero,comoqaieraque8ea,yobe muerto 
todos esos gigantes que dice, y dado- hi libertad deseada 
á esos caballeros que le acompañan; pero conviene por 
agora, pues yo he sido su libertador, que vnesa merced, 
obedeciéndome» como lo pide et agradecimiento que roe 
debe, se esté solo aquí en esta sa¿ «on esas esposas en 
las manos hasta que yo orden» lo contrario; qne asi 
importa para el buen remate de mi feliz aventara. Mi se- 
ñor don Alvaro, dijo don Quijote,, será vuesa merced 
obedecido en eso puntualmente ; y quiero, por hacer al- 
gún nuevo servicio á vnesa merced, permitirle que de 
aquí adelante -ee acompañe conmigo, cesa que jamas 
pensé hacer con caballero del mundo ; pero quien Im 
dado cabo y cima á una tan peligrosa hazaña como esta,, 
justamente merece mi amistad y compañia, porque vaya 
viendo en mi , como en ouespejo,lo que por lodos los rei- 
nos del mundo, insolas y penínsulas he hecho y pienso 
hacer hasta ganar el grandisimo imperio de Trapisonda, 
y ser casado alii con una hermosa reina de Ingalaterra , 
y tener en ella dos hi^s , habidos por muchas lágrimas,, 
promesas y oraciones : el primero de los cuales, porque 
nacerá con una señal de una espada de fuego en los pe- 
chos, se llamará el de la Ardiente Espada ; el otro, por- 
que en el lado derecho tendrá otra señal parda de color 
deacerp, significadora de las terribles mazadasque hade 
dar en este mundo,. se llamará Mazimbrono de Trapi- 
sonda. Dieron todos una gran risada; mas don Atvaro 
Tarfe, disimulando, los mondó salir á todos fuera, y rogó 
á uno de los dos caballeros que con él habían entrado, se 
quedase allí para qoe ninguno biotese mal á don Quijo- 
te, mientras él con el otro, que era deudo muy cercano 
del Justicia mayor, iban á negociar su libertad, pues se- 
ría cosa fácil el alcanzársela, constando tan púMícamente 
á todos de su locura. En salir de la cárcel subieron en 
sus caballos, y dijo don Alvaro á un paje suyo que llevase 
á Sancho Panza , pues ya le conocia , á su casa , y le diese 
luego en ella muy bien de comer, sin permitirle saliesa 
della un punto hasta su vuelta. Replicó Sancho á vo- 
ces : Mi señor don Alvaro , advierta vuesa merced que 
mi rucio está Um melancólico por no ver á Rocinante, 
su buen amigo y fiel companero, como yo por no ver ya 
por esas culles á mi señor don QuiJMtc ; y asi voesa mer- 
ced pilla cuenta á los fariseos qim prcudicroii á mi amo. 



DON QUUOTE DE U UMCnk. 



'Í7 



de&bo DoUe Roctoaiile; porqiM ellos fe lo llevaron, 
sin que el pobre en la peudencia hubiesedichoá mnguno 
nagniia mala palabra ; y sepa Toesa merced tarobíea 
lluevas , que elfos se laa darán » de la insigne lanza y pre* 
cíasa adarga de mi seuor; qne á fe que nos cof^ló troce 
reales de hacerla pinlar toda al olio á un pintor tiejo que 
teoia ona gran barriga en las espaldas, y vivía en no sé 
qné calle & las de Aríza ; que mi amo me daría á la kin^ 
üre si no le diese cuenta dello. Andad» Sancho, dijo 
(loo Alvaro : comed y reposad, f descuidad de lo demás; 
que todo tendrá buen focado. Fuese Sancho con el paje, 
tirando del cabestro á su jumento poco á poco; y lle¿i«- 
dos i casa, le pusieron en la caballeriaacou bastante co«> 
mida, y á Sancho se la dieron tan buena en cantidad 
cuanto él la dio graciosa con mil simplicidades á los pa- 
jes j gente de casa, á todos \os cuales contó cuanto por 
d camino les habla sucedido á él y á su amo, asi con el 
Teotero como con el roelonero , y en Ateca : lo cual todo 
refirieron ellos después i don Alvaro, que á estas horas 
^ba con el otro caballero, informando al Justicia ma- 
yor de lo que era don Quijote, y de cuanto le había su- 
cedido, asi con el azotado, como con el carcetero y con 
elldseo la cárcel. £1 Justicia mandó luego con mucho 
gosto á un portero fuese ¿ la cárcel y mandase de su par- 
le, asi al carcelero como á los alguaciles, entregasen 
aqoel preso libre y sin costas, con el caballo y todo lo 
demás que le habían quitado, al seüor don Alvaro Tar-* 
f€;lecaal todo fué bechoásí* Llegó don Alvaro áfai car* 
ce!, á la que volvian á armar á don Quijote , ya libre de 
las prisiones; y á la que le entregaron la adaiiga, rieron 
muclio cuando ln vieron con la letra del Caballero Dea^ 
morado y figuras do Cupido y damas; y aguardando que 
aijocbeciese para que no fuese visto, le hizo llevar á so 
]K]saüa con un paje , á caballo en Rocinante. Cenaron en 
ella con él los caballeros amigos de don Alvaro con mu« 
clio gusto, haciendo decir á Sancho Pansa sobre cent 
todo lo que por el camino les habia sucedido ; yxuando 
Sancliodíjoqae había burlado á su amo en no haber que» 
rulo dar á la gallega los docienlos ducados, sino solo cna« 
tro coartos, se metió don Quijote en chilera diciendo : 
\0h iofaine vil y de vil casta 1 Bien parece que no eres 
caballero noble, pues á una princesa como aquella, á 
qoieo tan iojustannente haces moza de venta , diste cua- 
irp coartos : yo juro por el orden de caballeria que reco'^ 
bi, que la primera provincia , ínsula ó península que 
(Sioe, ha de ser suya á pesar tuyo y de cuantos villanos 
como tú hay en el mundo» Maravilláronse todos aquellos 
caballeros de hi cólera de don Quijote ; y Sancho , viendo 
enojado á su amo» le respondió : ¡Oh pesia á los viejos 
de Santa Susana 1 ¿ Y no conocía voesa merced, en la fi- 
loniía y andrajos de aquella moza , que no era infanta ni 
olnúranta? Y más, que le juro á vuosa merced que si no 
liicrt por roí, se la llevara un mereadante de trapos víe- 
i<« para her della i)apel de esb'aza, y la muy suda no me 
lo agradece agora ; pues á fe que si no fuera porque le 
tove miedo, que la hubiera hecho á mojicones que se 
acordara de Saticlio Panza, flor de cuantos escnderos 
andantes ha habido en el mundo; penf vaya en hora 
buena; que si una vez me dio una bofetada y dos coces 
en estas espaldas , buen pedazo de queso le comf que te« 
nía escondido en el vasar. liovantóse don Alvaro riendo 
do lo que Sancho Panza habia dicho, y con él los demás; 
2; <lió órdcu que llevasen ú üou Quijote aun buen aposen- 



to, donde le hid^Nm una honrada cama , en la cnal es^ 
tuvo reposando y rehaciéndose dos ó tres dias , y á San- 
cho ae le llevaron tos pajes á su cuarto ; conet cual tuvie- 
ron donosísima conversación* 

CAPITULO X. 

Cómo dos Aharo Tirfe convidó ciortoi amigos soyos i comer pan 
dar con eUos orden qtd Ubreaa babian de sacar en la sortija. 
Venida la mañana, entró don Alvaro Tarfe en el apo- 
sento de don Quijote, y sentándose junto á su cama en 
mía silla, le dijo : ¿Cómo le ira á vnesa merced, mi señor 
don Quijote, £k>r de la caballeria manchega, en esta 
tierra? ;Hay alguna aventura de nuevo en que ios ami-* 
008 podamos ayudar á vuesa merced? Porque en este 
reino de Aragón se ofrecen muchas y muy peligrosas 
cada día á los caballeros andantes ; y en los dias pasados, 
en las justas que aqui se hicieron, vinieron de diversas 
provincias muchos y muy membrudos gigantes y des-* 
comunales jayanes, y hubo aquí algunos caballeros á 
quien dieron bien en que entender; y solo faltó que vuesa 
merced se hallase aqui para que-diera á semejante gente 
el castigo que por sus malas obras merecen ; pero ya po- 
drá ser que voesa merced los tope por el mimdo', y les 
haga pagarlo de antaño y lo de hogaño. Mi señor don Air 
varo, respondió don Quijote, yo estoy y he estado con 
grandísima pena por no haberme hallado en esas reales 
justas; pues si en ellas me hallara, creo qne ni esos gt- 
gantazos so fueran riendo, ni algunos de los caballeros 
llevaran laspredosas joyas qoeá falta mia llevaron ; pero 
yo sospecho que nondum mtni completa peccata Aínor^ 
rhaemun i quiero decir, que no debe de ser cumplido 
aun el número de sos pecados, y qne Dios querrá que 
cuando lo sea, yo los castigue. Pues, señor don Quijote, 
dijo don Alvaro, vnesa merced ha de saber qne para 
después de tnañana, que es domingo, tenemos concer- 
tada una famosa sortija entre los caballeros desta ciu* 
dad y yo, en la cual la de haber muy ricas joyas y pre*- 
mies de importancia. Han de setr jueces della los mismos 
qne lo fueron de las justas, que son tres caballeros de los 
más principales deste reino, un titular y dos de enco- 
mienda. Asistirán también á ellas mucliasy muy her-« 
mosas intiintas, princesas y camareras de peregrina be- 
lleza, volviendo en cielo las ventanas y balcones de fai 
lamosa calle del Coso, adonde podrá voesa merced ha- 
Ibr á manos llenas dos mil aventuras. Todos babemos de 
salir en ella de librea, echandojil entrar de la calle sus 
motes volantes ó escritos en las tarjetas de los escudos, 
que contengan dichos de risa y de pasatiempo : si vuesa 
merced se dispone y esfuerza para entrar en ella , yo me 
ofrezco de acompañarle y darle librea, para que quede 
con su lado participante de su buena fortuna ,.y para que 
entienda esta ciudad y reino que tengo un atíiigo tal y 
tan buen caballero, qne basta por sí solo á ganar todos 
los precios de la sortija. Yo soy deHo muy contento, dijo 
don Quijote sentándose en la cama, solo porque vuosa 
merced vea por vista de ojos las cosas que ha oido de mi 
esfuerzo ; que aunque es verdad , como dice el rafran la- 
tino, que laalabaráa pierde, dicha por la boca del sugeto 
á quien se encamina , con lodo , puedo y quiero decir do 
mi lo que digo, por ser tan público. Yo lo creo así , dijo 
don Alvaro ; pero vuesa merced seeslé quedo en la ca- 
ma y repose, para qne lo haga con más comodidad. Aqui 
delante della pondremos la mesa , y comeremos yo y al- 



EL LICENCIADO ALÍMSO FERNANDEZ DE Á\^LANEDA. 



gunofi caballeros de mi cuodrilb, y uibn mesa tratare- 
mos de lo que se lia de hacer, guiándonos todos en todo 
por el discreto voto de quien tanta experiencia tiene de 
semejantes juegos, como vuesa merced. Fuese don Al- 
varo, y quedé el buen hidalgo con la fantasía llena de qui. 
meras ; y sin poder reposar, se levantó y comenzó ¿ ves- 
tirse, imaginando ahincadamente en su negra sortija ; y 
con la vehemente imaginación se quedó mirando al suelo 
sin pestañear, con Ias bragas á medio poner ; y de aVli ¿ 
un buen rato arremetió con el brazo muy derecho hacia 
la pared, dando una carrera y diciendo : De la primera 
vez he llevado el anillo metido en la lanza ; y asi, voe- 
sas excelencias, rectísimos jueces, me manden dar el 
mejor premio, pues de justicia se me debe, á pesar de la 
invidia de los circunstantes aventureros y miradores. A 
la voz grande que dio, subieron un paje y Sancho Panza; 
y entrando dentro del aposento, hallaron á don Quijote» 
las bragas caidas, hablando con los jueces, mirando al 
techo ; y como la camisa era an poco corta por delante, 
no dejaba de descubrir alguna fealdad : lo cual visto por 
Sancho Panza, le dijo : Cubra, señor Desamorado, ¡pe- 
cador de mi ! el etcétera ; que aquí no hay jueces que le 
pretendan ecliar otra vez preso , ni dar docientos azotea, 
ni sacar á la vergüenza , aunque harto saca vuesa mer-* 
ced á ella las suyas sin para qué; que bien puede estar 
seguro. Volvió la cabeza don Quijote , y alzando Us bra- 
gas de espaldas paro ponérselas, bajóse un poco y des- 
cubrió de la trasera lo que de la delantera habla descu- 
bierto, y algo más asqueroso. Sancho, que lo vio, le dijo: 
¡ Pesia ¿ mi sayo ! Señor, ¿qué hace? que peor está que 
estaba : eso es querer saludarnos con todas las inmundi- 
cias que Dios le ha dado. Rióse mucho el paje ; y don 
Quijote, componiéndose lo mejor que pudo, se volvióá 
él diciendo : Digo que soy muy contento, señor caballe- 
ro, que la vuestra batalla se haga dc^ la suerte que á vos 
os parece, sea á pié ó sea á caballo, con armas ó sin ellas; 
que á todo me hallaréis dispuesto ; que aunque estoy se- 
guro de hi victoria , con todo , me huelgo en extremo de 
liacer batalUcon un tan nombrado caballero y delante 
de tanta gente, que verán por vista de ojos el valor de 
persona tan desamorada como yo soy. Señor caballero^ 
respondió el paje, aqui no hay alguno que pretenda ha-* 
cer batalla con vuesa merced ; y si alguna habernos de 
hacer, ha de ser de aqui á dos horas con un gentil pavo 
que está agoardándonos para ser nuestro convidado á la 
mesa. Ese caballero, replicó don Quijote, que llamáis 
pavo, ¿es natural deste reino, <ó extranjero? Porque no 
q uerria por todas las cosas del mundo que fuese pariente 
ni paniaguado del aerior don Alvaro. Oyendo esto^ salió 
de troves Sancho, diciendo : Por vida del soguero que 
hizo el lazo.con que se ahoi'có Judas, que no loeniieude 
vuesamercedoon todos sus librosqoe ha leído y latines 
ó ledanias que ha estudiado : baje acá abajo, y verá la co* 
ciña llena de asadas , con dos ó tres ollas como medias 
tinajillasdelasque usamos en el Toboso, tanto pasici 
en bote , pelota de carne y empanadas , que parece toda ! 
ella un paraíso terrenal ; y aun á fe que si me pidiese u.n i 
poco de saliva en ayunas , que no se la podría dar; que 
tengo en el cuerpo tres de malvasía, que llaman en esta 
tierra , y á fe con razón, porque está mal la taza cuando 
está vacia della ; y es mejor que el de Yépes , que vuesa 
merced también conoce ; y este seuor, porque el beber 
no roo hiciese mal, medió un panecillo blanco de casi 



dos libras y medía; y dos pescuezos el codnero cojo, qna 
no sé si eran de avestruces ; y si serian , porque yo me 
comía las manos tras ellos: con todo lo cual eD un ins« 
tanto hice la cama á la bebida y refocilé el estómago. 
Estas me parecen á mi , señor, que soa las verdaderas 
aventuras, pnes las topo yo en la cocina, dispensa y bo- 
ticaria, ó come U llaman, muy á mi gusto ; y le perdo« 
naria á vuesa merced el salario queme éa eada mes, st 
nos quedásemos aquí sin andar buscando mcloneros que 
nos santigdeoel espínalo ; y créame vuesa merced que 
esto es lomas acertado; que allí está el cocí ñero cojo que 
me adora, y todas las vecesque entroi velle, qne no son 
pocas, me hinche un gran plato de carne friática, que 
an lier así, me hi espeto como quien se sorbe un huevo; 
y él no hace sino reír de ver la gracia y liberalidad con 
quecómo>quees pare dar mil gracias á Dios. Ellees 
verdad que anoche uno destos señores pajes ó pájaros, ó 
qué son, me dijo que sorbiese una escudilla de caldo que 
traía en la mano, porque me daria la vida, después da 
Dios ; y yo, nocayendo en la bellaquería, la agarré coa 
ambas manos, y por helio servicio , di tres ó cuatro sor- 
biscones,. que no debiera, porque el grandísimo... (y 
téngaselo por dicho) del paje, había puesto-la escudilla 
sobrólas brasas, de manera que me iba zorriandó por el 
tstómagoabajo, y me hizo saltar de los ojos otro tanto 
caldo como el que sorbí ; y el cocinero y él y este seño- 
rete se reían que se desquijaraban ;mas ¿ fe que no me 
burlen otra vez de aquella manera ; porque, como quedé 
escarmentado, donantes me dio el cocinero una gentil 
rebanada de melón , y la tenté poco á poco por ver si es- 
taba abrasando. ¡Oh gran bestia ! dijo don Quijote^ ¿y ía^ 
rebanada había de abrasar? Por ahí se echa de ver que 
eres goloso, y que no es tu principal intento buscar la 
verdadera honra de los eabslleros andantes ; sino, como 
Epíciiro, henchir la panza. Hago en eso como quien soy,. 
dijo Sancho» Estando en esto , sintieron que venía á co* 
ner don Alvaro con cinco ó seis caballeros principales, 
de los que hablan de salir á la sortija , á los cuales había 
convidado para dar orden en las libreas qne cada uno ba- 
hía de sacar en ella, y para que gustasen de don Quijote 
como de única pieza ; y así se subieron derechos á su 
aposento, y hallándole medio vestido y con la figura que 
queda dicho, tíeron mnclio; pero riñóle don Alvaro por- 
que se había levantado contra su orden, y mandóle se 
volviese á acostar luego, porque no comeiian de otra 
suerte. Hízolo á puras porfías, tras lo cikiI se pu^o la 
mesa y trajo la comida, llamúndole siempre todos ellos 
aofteranapnncfjpeá don Quijote. Pasaron en el discurso 
della graciosos cuentos, haciéndole todos extrañas pre- 
guntasdesusaventuras, 6 las cuales respondía él con 
mucha gravedad y reposo, olvidándose muclms veces 
de comer por contar loque pensaba hacer en Constanti- 
aopla y Trapisonda, ya con tal infanta, y ya con tal gi- 
gante, diciendo unos nombres tan extraordhiaríos, qut^ 
con cada uno de ellos daban mil arqueadas de risa los 
convidados; y si no fuera por don Alvaro, que volvía 
siempre por don Quijote, abonando sus cosas con dis- 
creto artíGcio y disimulación, algnnas veces se enojxni 
muy de veras. Con todo, les decía que no era de valientes 
caballeros reirae sin propósito de las cosas que cada día 
suceden á los caballeros andantes, cual él era ; y don Al- 
vara les dijo : Bien parece, señores, que vucsas merce- 
des son noveles y que noxonocen el valor del señor doa 



MN QÜUCWIS DE LA MANCHA. 



M 



Qaijote da la Ifanclia tomo yo ; poea ai no saben quién 
C5, pregúntenselo á aquellos caballeros que llevaban 
notando por las caites el otro dia á aquel soldado ; que 
ellbsdirin k> qae btzo y dijo en su presencia y en de- 
fieosa del axotado , á fin de deshacer el tuerto que le 
hadan, como verdadero caballero andante. Acabóse en 
estas pláticas la comida , y alzáronse las mesas» y coroen- 
nronitratar de las libreas que cada uno tenia para la 
sortija, y las cirras y motes que babian de Itevar. Des- 
paes dijo el uno : Y el señor don Quijote ¿qué librea ha 
de sacar? No dejemos al mejor jugador sin cartas ; por- 
que á mí me parece que la saque de verde , de color de 
ateacel, que es esperanza» pues él la tiene de alcanzar y 
g3oar todos los premios de la sortija. Otro dijo que no» 
ánoi paes se llamaba el Caballero Desamorado» saliese 
demorado» con algún mote con que picase ¿ las damas. 
Antes por ser desamorado, dijo otro caballero» ha de lle- 
w la librea blanca en señal de su gran castidad ; que no 
es poco un caballero de tantas prendas estar sin amor» 
s TI DO es que deje de amar por no haber en el mundo 
qqieo le merezca. El último caballero replicó diciendo : 
Poesmi YOto» señores, es que» pues el señor don Qui- 
jote es hombre que hamuerto y mata tantos gigantes y 
jayanes» haciendo viudas á sus mujeres» que salga con 
librea negra ; que así dará á entender á todos los que con 
^1 pretendieron entrar en batalla» que han de tener negra 
la ventara. Ahora sus, dijo don Alvaro, que con licen- 
cia de Tiesas mercedes tengo de dar mi parecer» y Im de 
ser singular» como lo es el señor don Quijote ; y así me 
parece que su iperced no saque librea alguna ; antes» co- 
mo verdadero caballeroandante, es bien salga en la plaza 
armado de todas piezas y armas ; y porque sean proprias 
lasqoe sacare» le bago donación do las que trae» que son 
las famosas de Milán que en el Argamesilla le dejé eo 
parda, pues solo están honradas en su poder» como en 
el mío ociosas ; y porque están algo deslustradas del 
polvo del camino y de la sangre que ha derramadode di- 
versos gigantes en diferentes batallas, daré orden se le 
limpien y acicalen para que salga más lucido. Por^em- 
piesa bástale la que trae en el campo de su adarga; que 
pues nadie la ha visto en Zaragoza » y desde Aríza» donde 
kpiotó» liasta aqai la ha traído cubierta de un cendal 
lodoe) camino porque no se le deslustrase» nueva será y 
bien mirada , sirviéndole de arma el lanzon proprio» que^ 
llevará; siendoella» ^u gallardo talle y la ligereza del fa- 
moso Rocinante señas bastantes para que por ellas en- 
tiendan todos que su merced es el ilustre caballero an- 
dante queel otro dia volvió públicamente por la honra de 
aqnel honrado azotado» y quien ha hecho las aventuraa 
del melonero» con las demás que muclios ignoran^ Dije- 
ron lodasque era muyacertado loque el señordonAWaro 
liabia peittado ; y á don Quijote le pareció de perlas ; y asi 
¿ijo : Lo que el señor don Alvaro ha dicho es verdadera- 
mente lo que importa; porque suele suceder en seme* 
pies Gestas venir algún famoso gigante ó descomunal 
i^yan, rey de alguna isla extranjera» y hacer algunos 
descomedidos desafíos contra la honre del rey ó princi- 
pes de la ciudad ; y para abatir semejante aoherbia» es 
bien qne yo esté armado de todas piezas y armas ; y beso 
al señor dea-Alvaro mil veces las manos por la liberali<» 
dad con qne me hace merced de las que venia á resti- 
tuHle en esta ocasión y tierra ; pero yo aseguro qne con 
«lias hag» qne el ir^Oi alevoso de cierto gigantazo qne 



va haciendo grandes desagnisados por el mnndo» no ae 
alabe que en este famoso reino de Aragón no hay quien 
se atreva á hacer singular batalla con él. Y saltando en 
un brinco de la cama con una repentina y no pensada fu- 
ria » se salió del aposento y cama á la sala » con su camisa 
corta como estaba» y metió mano á la espada » que tenia 
en el mismo aposento» y comenzó á decir á voces» sin que 
los circunstantes tuviesen tiempo de reconocerse ni dete- 
nerle : Pero aquí estoy yo» ¡ oh soberbio gigante ! contra 
quien no valen arrogantes palabras ni valerosas obras ; 
— y dando seis ó siete cuchilladas en los tapices que esta- 
ban colgados por las paredes» decía : ¡Oh pobre rey» si lo 
eres! llegado es el tiempo en que Dios est¿ya cansado de 
tus malas obras. Los caballeros y don Alvar(9qoe seme» 
jante accidente vieron» se levantaron y retiraron todos á 
nna parte» pensando que don Quijote daría también tras 
ellos» y los tendría por jayanes de allá de allende la ín- 
sula Maleandrítica. Con todo» don Alvaro le asió del bra- 
zo» con notable pasión de reir él y los demás , de ver la 
infernal visión del manchego» diciendo : Ea» flor de la 
caballería de la Mancha » meta vuesa merced la espada 
en la vaina, y vuélvase á acostar; que el gigante ha huido 
por la escalera abajo» y no ha osado aguardar los filos de 
su cortadora espada. Así lo creo yo» dijo don Quijote ; 
que estos y otros semejantes más temen de voces y paUt^ 
bras á veces » que de obras : yo por amor de vuesa mer- 
ced no le he querído seguir ; pero viva; que para ma- 
yor mal suyo será. Pero yo fio que él se guarde de en*- 
centrar otra vez conmigo. Quedó con esto» como estaba 
tan flaco y.debilitado, hijadeando de suerte» que no le al^ 
canzaba una respiración á otra ; y dejándole puesto en la 
cama» con orden de qne no se moviese della hasta el dia 
de la sortija» mandó don Alvaro subir á Sancho para que 
le hiciese compañía ; y él con los demás caballeros se 
despidieron del» diciendo iban á ver á los otros susami- 
gos granadinos en la posada de cierto caballero princi- 
pal, donde posaban « para saber dellos cómo pensaban 
salir á la sortija ; á lo cual fueron de hecho» y á dar parte 
á mucha gente principal y de humor del exlraordinarío 
que gastaba don Quiote» y de lo qne con él pensaban 
holgarse y dar que reir á toda la plaza el dia de la sortija. 

CAPITULO XI. 

Oe cómo don Alvaro Tarfe y otros eabaUeros laragoianos y gra- 
nad inos jugaron la sortija en b ealle del Coso, y de lo qae en 
ella sucedió i don Quijote. 

Tres días estuvo violentado en la cama» á puros megos 
y guardas, don Quijote » pues tenia siempre como tales á 
Sancho Panza y algunos pajes de don Alvaro y dos caba- 
lleros amigos suyos» así granadinos como de los natura* 
les de Zaragoza» con los cuales pasaron historias dono- 
sísimas; porque por momentos se le representaba salía 
á la sortija » disputaba con los jueces » reiría con gigantea 
forasteros» y otros cien mil dislates ; porque estaba re- 
matadamente loco» y Sancho ayudaba más á todo con 
sus simplicidades y boberías. Solo tenia de bueno don 
Quijote el recado y regalo ; porque se le daba bonísimo 
en presencia de don Alvaro» que siempre comía y ee- 
naba con él» acompañado de diferentes caballeros cada 
vez. Llegó pues el domingo, en que los que habían de 
jugar la sortija para universal pasatiempo» se apresta*' 
ron y aderezaron lo mejor que pudieron de sus rícas li- 
breas» llevando todos solamente ft la entrada del Cose 



39 



EL LICENCIADO ALONSO FElDfARilE^Dfr AVELLANEDA; 



unoB«9ciidos 6 tarjetas blancas, y en eUas escrita cada 
uno la letra que más á propósito venia ¿ su pensamiento 
y al fin de alegrar la fiesta. Perp no quiero pasar en si* 
lencio lo quo habia en dos arcos triunfales que estaban 
costosa y cariosamente heclios á las dos bocas de la ca- 
lle. El primero de la primera entrada , como venimos de 
la plaza « era todo de damasco aaiil , de color de cíelo , y 
estaba en el medio del, por lo alto, el inTíctísimo em- 
pera^r Carlos V, abnelo gloriofiísimo de nuestro cató^ 
lioo y gran monarca el tercero Filipo Hermenegildo» ar* 
mado á la romana, con una guirnalda de laurel sobre la 
. cabeza y un bastón de general sobre la mano derecha, 
ocupando lo más alto del arco dos versos latinos que 
decían desit manera : 

ÁMtiría , «0» kominii , rswsm ejnUt ^vt. 
El pié derecho tenia puesto sobre un mundo de oro, y 
al dencilor dól una letra que decía : 

Mandé sa medio Alejaidro ; 

Ms« Boestro César de veras 

Sos tres partes mando enteras. 

£1 pié izquierdo tenia sobretres ó cuatro tarcos rendí- 
dos, cou una letra latina que decia : 

(hij tes MM/, m Atf»M tatffiL 
Al pié del arco de la mano derecha, arrimado á la mes- 
raa colana del arco, estaba sobre una pequeña peana el 
famoso duque de Alba , don Femando Alvarez de Tole* 
do, armado, con su bastón de general en la mano dere- 
oha, y al pié del la fama, como la pintan, con una ti*ompa, 
y en ella escrito: 

A toUf tffte uiqne mú oecntm. 
Al pié de la otra coluna del arco , qitc era la izquierda^ 
soiMTe otra pequeña peana, estaba don Antonio de Leiva, 
armado y con bastón de general, como el Duque, y te- 
nia esta letra sobre la cabeza : 

Sibienimirey senrf, 

Bien también premfd mi anor» 

A mi don dando nn sefior. 

El segimdo arco era todo de damasco blanco bordado , y 
flobre lo alto del estaba el prudentísimo rey don FeU* 
pe II , riqu tsimaraente vestido , y á sus pies este famoso 
epigrama del excelente poeta Lope de Vega Carpió » fa- 
miliar del santo ofició : 

Pkiüpp0 ñepi, Cteuri inpietiuimo, 
Ommum tMXimo Beffum tiiumpkatnri^ 
Orkii utñutque et morís felicutimo , 
Ctíktfiiei ConU neeeuóri , 
Totiúi HitpMiae priMcipi ditniuimó « 
EceUsiae CkrisH eífiiei áefentorí , 
FgtMf prúeciitgeHS tempor* alma , laHro, 
Hoc aimultcnm ieáieat ex &»o. 

A la mano derecha estaba su crislíanisimo y único fénix, 
4on Felipe lll, nuestro rey y señor , vestido todo de una 
tela riquísima de oro , coa dos versos juntos así « que en 
len^'ua latina decían : 

Mí//« at wlriaíia apetíet fSM , m§x'mi PrUictpi » 
hvn eofttt iMgatkm aakUtialc taum, 

A la siniestra mano estaba el invictfsimo principe don 
Juan do Austria , armado de todas piezas, con el bastón 
de general en la mano , y puesto el pié derecho sobre la 
raeda de la fortuna, y la mesnia fortuna, que con un clavo 
y martillo clavaba la rueda, haciéndola inmoble, y esta 
letra: 



Bt meKcfiiltBto lislgiis 
Qbo telenntd en mi metfn» 
Cnal clavo la tteno qaedn. 

Otras muchas curiosidades de enigmas y cifras habia en 
los arcos, qne por evitar prolijidad y no hacer á nuestro 
propósito se dejan. Solo digo qne el día que la sortija 
se habia de jugar, estuvo, en comiendo, la calle del Coso 
riqnisimamente aderezada, y compuestos todos sus bal- 
cones y ventanas con brocados y tapices muy bien bor- 
dados, ocupándolos infinitos serafines, con esperanzas 
cada uno de recebir de la mano de su amante, de la de 
alguno de aquellos caballeros aventureros, la joya que 
ganase. Vino á la fiesta la nobleza dol reino y ciudad, 
Visorey, Justicia mayor, diputados, jurados y los deroas 
titiilos y caballeros, poniéndose cada uno en el puesto 
que le tocaba. Vinieron también los jueces de la sortija, 
muy acempauados y galanes, que, como liemos dicho, 
eran un titular y dos caballeros de hábito, y pusiéronse 
en un tablado no muy alto, curiosamente compuesto; 
á cuyo recibimiento comenzaron asonar los meneslri- 
les y trompetas, y al mismo son comencaron á entrar 
por la ancha calle, de dos en dos, los caballeros que ha- 
blan de correr. Los primeros fueron dos gallardos man- 
cebos con una mesma librea , sin diferenciar en caballos 
ni vestidos : eran de raso blanco y verde, con plumas en 
los bonetes, de loaltode loscnales sacó el uno una mano 
con un rico salero, cuya sal iba derramando sobre las 
mismas plumas, que daban al viento esta letra : 

En mi alma elsoldirino 

Los rayos eon qoe me inSami , 

Cual sol de fmeias , derrama. 

El Otro, qne era recién casado con una dama mtty her-* 
mosa,vcnia pintado en el escudo trayéndola él mismo 
de la mano, como que la escudereaba; cou una letra 
cual la siguiente : 

Della goto , y me ha quedado. 
Por ser tan dniea y bella , 
• Solo ti temor de tordella. 

Tras estos salieron otros dos , entrando vestidos de da- 
masco azul ricamente bordado : traían esta librea por- 
que ambos eran mozos enamorados y celosos : el uno 
traía en el escudo pintada una lerocisíma leona vestida 
de piel de oveja, y él mismo venia pintado y puesto de 
rodillas delante della , y con esta letra : 

Solo eon piel de cordero 
De palabras me corona ; 
Que en las obrw es leona. 

El Otro llevaba en campo negro el retrato de sn dama, á 
qnlen él , quitada la gorra, pedia la mano, negándosela 
ella con desden ; causa por la cual habia venido á la sor- 
tija; y siendo mancebo desbarbado, salió eon barba 
blanca postiza, disfraz que dio harta suspensión á toda 
la gente que le conocía ; pero quttábaseta esta sigaíente 
kstra que traía en el escudo : 

AmsiSdo tan desamado , 
Cadacando jnsgo estoy, 
Y asi deUo moesUas doy. 

Tiras estos dos entraron otros dos, también galJirdof 
mozos, totalmente diferentes en las libreas; fiorqneel 
uno tenia vestido de tela de plata, ricameme bordado, 
sobre nn cabalh) blanco no menos ligero que el viento, 
trayendo en el escudo, en campo también blanco, el re« 
trate de s^dima, la ciial «bfijéiMioae, daba 1« mioo á un 



DON QUIIOTE DE LA MANCHA. 



81 



nwrte que estaba jn con la mortaja puesta y tenia por 
cniz en los pecbos esta letra : 

H atóme sa vista sola ; 
Mas por ss divina mano 
Nven vida y gloría gano. 

Ej secundo era un mancebo recién casado, rico de pa« 
CríiDonio, pero gnndkimo gastador^y tan pródigo, que 
siempre andaba lleno de deudas, sin haber mercader ni 
oficiala quien no debiese; porque aquí pedia, acullá 
engañaba, aquí hacia nna mohatra, alli empeñaba ya la 
nás rica cadena de oro que tenia, ya sn mejor colgadu- 
fa: de suerte que después que el padre le faltó, andaba 
tan empellado, que la necesidad le obligaba á no vestir 
sino bayeta, atribuyéndolo al luto y sentimiento de la 
muerte de sn padre ; y para satisfacer á la murmuración 
del Talgo; traia pintada en el catnpo negro de la adarga 
«na beata v cubierta también de negro, más oscura que 
ti del campo de la adarga, con e^a letra : 

pQM beata es la pobreza , 
Cdbrame la mía bien : 
Bayeta y vaya me ddn. 

Trasestm entraron veinte ó treinta caballeros, de dos en 
dos, con libreas también muy ricas y costosas, y con le- 
tras , cifras y motes graciosísimos y de agudo ingenio, 
que deje de referir por no itacer libro de versos el que 
8(^0 es coróniea de los quiméricos hechos de don Quijo- 
te; y a^¿ de sola su entrada haremos mención, la Cual 
fué en la retaguardia de todos los aventureros, al lado 
del señor don Alvaro Tarfe; que esta traza habían dado 
para sn entrada los jueces. Venía don Alvaro en un buen 
caballo cordobés, rucio , rodado, enjaezado ricamente, 
el vestid» de tela de oro, bordado de azucenas y rosas 
enlazadas , y en el campo blanco de su escudo traia pin- 
tado á don Quijote con la aventura del acolado, muy al 
vivo, y esta letra en él : 

Aquí traigo a) qne ha de ser, 

Segnn son sus disparates , 

Prioetpe de los orates. ' 

€oB la tetra rieron todos cuantos sabían las cosas de don 
Qnliote, etcual venía armado de todas piezas, trayendo 
luistasQ morrión en la cabeza. Entró con gentil conti- 
nente sobre Rocinante, y en la punta del lanzon traia 
con un cordel atado un pergamino grande tendido, es- 
crita en él con letras góticas el Ave María, y sobre los 
motes y pintaras que trata en su adarga había añadido á 
ellas este cuartete, en explicación del pergamino que 
traia pendiente de la lanza : 

Soy moy taás que Garcilaso , 
Paes quité de un tureo rrael 
BIAfe4ael«bonraá¿l. 

Uaravillábase mucho el vulgo de ver aquel hombre ar- 
viade para jugarla sortija, sfn saber á qué propósito 
traía aquel pergamino atado eii la lanza ; si bien de solo 
^r sil fignre, flaqueza de Rocinante y grande adarga 
ttena de pinturas y figuras de beilaqníshna mano , $e 
reían toflosy le silbaban. No causaba esta admiración su 
vista á la gente principal, pues ya todos los que entra- 
ban en ate número sabían de don Alvaro Tarf3 y demás 
caballeros amigos suyos, quiéti era don O^iíjote, su ex- 
traña locura y el fin para que satia á la plaza , pues era 
pan regoctjarfa con alguna disparatada aventura ; y no 
es cosí naeva en semejantes regocijos sacar los cabaile- 
mil» flaza , locos vestidos y > aderezados y con humos 



en to cabeza de que han de hacer suerte , tornear, justai 
y llevarse premios, como se ha visto algunas veces er 
ciudades principales y en la misma Zaragoza. Con pro- 
supuesto pues de regocijarla phza , pasaron todos aque- 
llos calialieros delante de sus damas, haciéndoles la de 
bida cortesía t cuál hacia hincar al enseñado caballo do 
rodillas delante de aquella qne era seiíora de su liber- 
tad ; cuál le hacia dar saltos y corcovos con mucha lige- 
reza ; cuál le hacia hacer caracoles; y Analmente, todos 
hacían todo lo que con ellos podían para parecer bien. 
Solo el de don Quijote iba pacífico y manso , el cual lle- 
gando con don Alvaro á emparejar con el balcón donde 
estaban los jueces, haciendo una cumplida cortesía los 
dos al titulo y á los demás, uno dellos, que era el de me- 
jor humor, se echó sobre el antepecho del tablado y ha^- 
bl6 á don Quijote desta manera en voz alta, con risa de 
los circunstantes ; Famoso príncipe, espejo y flor de la 
caballería andantesca , yo y toda esta ciudad estamos en 
extremo agradecidos de que vuesa merced haya tenido 
por bien el habérnosla querído honrar con su valerosa 
persona : ello es verdad que algunos destos señores ca* 
balleros están tristes porque tienen por cosa cierta qno 
vuesa merced les ha de ganar en esta sortija las más pre- 
ciosas joyas; pero yo he determfhado, aunque vuesa 
merced las merezca y gane todas, no darle sino sola- 
mente una de las más preciosas para mejor poder asi sa- 
tisfacerá todos estos príncipes y caballeros. Don Quijote 
con mucho sosiego y gravedad le respondió, diciendo: 
Por cierto, ilustrisimo juez , más recto que Redamonte, 
espejo de losjueces, que estoy tan pesaroso en no ha- 
berme hallado en las justas pasadas, qne estoy para re- 
ventar; mas la causa fué el estar ocupado en no sé qué 
aventuras de no pequeña importancia ; pero ya qne en 
ellas no pude por mi ausencia mostrar el valor que hay 
en mi persona, quiero que en esta sortija, aunque ello 
es cosa de juguete para mis exorí)itantes bríos, vuesa 
merced vea con sus ojos si todo lo que ha oído decir de 
mí y de mis cosas son tan firmes y verdaderas como las 
de Amadis y las de los demás caballeros antiguos que 
tanta honra ganaron por el mundo^; aunque bien se 
echará de ver mi valor, pues ya esta'mañana al asomar 
por los balcones de nuestro horizonte el ardiente enamo- 
rado de la esquiva Dafnes, me coroné con el Ave de la 
fortaleza de Dios, qne es decir de laque trajo á Ja Virgen 
el ángel san Gabriel, habiéndola quitado, como muestra 
la letrado mi adarga, á un desaforado turco que la traia 
colgando de la cola de un soberbio frisen , con quien pasó 
delante de mi balcón , irritando mi cristiana pacieitcia. 
Pero topó en raí otro manchego Garcilaso , con más bríos 
y años que el primero, que vengó tal insolencia. Con 
esto tomó el juez que hablaba con don Quijote su perga 
mino y adarga, y enseíiándolo todo á los otros dos j no- 
ces y demás caballeros que los acompañaban , después 
de haberlo mirado y bien reído, se lo volvió todo. Pasó 
adelantedonQuijoté, tomadas sus prendas , pomponeán- 
dose y mirando muy hueco á todas partes ; y llegando al 
cabo de la calle donde los demás que habían de jugar la 
sortija estaban parados, comenzaron á sonar las cldrí- 
mias y trompetas en señal de que los primeros caballe- 
ros querían ya empezar á correría. Habían ordenado ios 
jueces que después de haber corrido todos la sortija, se 
darían cada vez cuatro joyas á los cuatro caballeros que 
m^or lo httbt^ien hecho : asi | desta vez sé las dieron á 



n 



tL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA; 



cuatro, aunque solo el uno dcllos se llevó el anillo en la 
lanza, que fué don Alvaro Tarfe, que quiso correr coa 
los primeros ; el cual, por orden de los jueces» dijo á don 
Quijote que no corriese hasta la postre , porque así con- 
venia. Llevaron aqneMos caballeros los precios que lia* 
bian ganado» cada uno á so dama ; y do» Alvaro» que te- 
uia el sugeto de sus pasiones en Granada, dio el suyo, 
que era unos guantes de ámbar ricamente bordados , á 
una doncella liarto hermosa, hermana de un titular de 
aquel reino, la cual le recibió con muestras de gran cor- 
tesía y agradecimiento. Corrieron segunda vez , y f uéles 
dado el premio á otros cuatro, de los cuales los dos se 
llevaron el anillo, y estos , como los primeros, les pre- 
sentaron ¿ sus damas: de suerte que muy pocos ó nin- 
gún caballero hubo que no presentase joyas á la dama 
que mejor le parecía. Pues como ya se hiciese tarde, y 
don Quijote diese prisa á don Alvaro que le dejase cor- 
rer su lanza , si no , que á pesar de cuantos jueces liabia 
en la Europa correrla; advertida su locura de los jueces, 
hicieron senas á don Alvaro para que le dejase correr 
dos carreras; y así, tomándole él por la mano, le puso 
en medio de la calle , frontero del anillo , aguardando la 
eeña de las trompetas; al son de tas cuales partió nues- 
tro caballero solo con su adarga en el brazo izquierdo, 
espoleando muy aprisa á Rocinante , que con toda la que 
él le daba» corría poco más de á medio galope ; pero fué 
tan desgraciado, que llegando á la sortija, echó el lan- 
zon cosa de dos palmos más aniba della por encima d^ 
la cuerda» y acabando la carrera» büjó muy aprisa la 
Unza» mirando con muclia atención si llevaba en ella el 
anillo ; lo cual causó notable risa en toda la gente» y más 
viendo que» como él no la halló en ella, comenzó coa 
gran cólera á volver el caballo al principio de la carrera» 
adonde estaba don Alvaro, que le dijo con disimulación : 
Yuesa merced, señor don Quijote» dé luego al punto 
segunda carrera, porque el caballo no se le resfrie ; que 
aunque vuesa merced no llevó la sortija, él golpe ha 
sido extremado » pues fué por arriba no más de media 
yara. Don Quijote» sin responderle palabra» volvió k 
rienda á Rocinante » y comenzó á correr» no con poca 
risa de los que le miraban» yendo don Alvaro á medio 
galope tras él : llegó pues don Quijote á la sortija segunda 
vez, y con la cólera y turbación que llevaba» erróla por 
parte de abajo ptra media vara ; pero el discreto don Al- 
varo » viendo cuan desgraciadamente lo habia hecho su 
compañero» puesto de pies sobre los estribos» alargó 
cnanto pudo la mano desde el caballo , y asiendo la sor- 
tija y llegándose á don Quijote con mucha sutileza, so la 
paso en el hierro de la lanza ; que lo pudo hacer sin que 
^l lo echase de ver , por llevarla puesta sobre el hombro 
desqne hizo el golpe en señal de gala, y dijole : ¡ Ah mi 
señor don Quijote , lustre de la Mancha ! ¡ victoria, vic- 
toria! que la sortija lleva vuesa merced en la lanza, si 
no me engaño. Miró arriba don Quijote, el cual no pen- 
saba haber topado en ella, como era la verdad» y dijo : 
Ya yo me maravillaba, señor don Alvaro, de que dos 
veces )a hubiese errado ; pero la Quipa de.la primer car- 
rera la tuToRoc¡nant6,que mala pascua le déDios, pues 
que no pasó con la velocidad que yo quisiera. Todo se ha 
hecho muy bien » d^ don Alvaro , y así vamos á los jue- 
ces, y pídales vuesa merced la justicia quetiene. Iba el 
buen hidalgo tan ancho y vanaglorioso, que no cabiaen 
toda la calle ; y puesto deUnte de los juece^i dijo, levan- 



tando la lanza con la sortija paesta en ella : Miren mo^ 
ÉSA señorías lo que pide esta lanza y el anillo que della 
cnelga, y adviertan qne ella mesma por sí demanda el 
premio que justamente se me debe. El juez qne al en- 
trar de la plaza habla hablado con él , habia hecho traer 
aun paje dos docenas de agujetas grandes de cuero, qae 
valdrían hasta medio real, y tomándolas en la mano, 
llamando prímero á todos los caballeros para que oyeseu 
lo qne decía á don Quijote » se las ató en el lanzon , di« 
ciéndole en vozalta : Yo, segundo rey Fernando, os doy 
con mi propia mano» á vos el invicto caballero andante, 
flor de la andantesca caballería , esta insigne joya, que 
son unos cintas traídas de la India , hechas de pellejo del 
ave fénix» para que las deis, pues sois caballero des- 
amorado» á la dama que os pareciere que tiene menos 
amor de cuantas ocupan esos balcones; y fuera deso os 
mando» so pena de mi desgracia , que vos y don Alvaro 
Tarfeceneisconmigo en mi propría casa esta noche, jun- 
tamente con un escudero vuestro, de quien sé que es fi- 
delísimo y digno dé servir á persona de vuestras pren- 
das. Tocaron luego las chirímías, y don Quijote, al son 
dellas» fué mirando á todos los balcones y ventanas» ▼ 
vio en una que estaba algo baja á una honrada vieja, qne 
debía saber más de la propriedad de la ruda y verbena, 
quede recibir joyas; la cual esUiba con dos doncellas 
afeitadas de las que se usan en Zaragoza : á esta pues 
llegó nuestro caballero» y poniendo las agujetas en ol 
poyo de la ventana con el lanzon» la dijo en voz que lo- 
dos lo pudieron oir : Sapientísima Urganda la descono- 
cida , este vuestro caballero » á quien tanto siempre vos 
habéis favorecido en todas las ocasiones, os suplica le 
perdonéis el atrevimiento» y recibáis estas peregrinas 
cintas» hechas» según estoy infurinado, del mismo ave 
féuiz, y tenedlas en muclio» porque valen una ciudad. 
Las dos mujeres, que semejantes razones oyeron decir 
á aquel hombre armado» y velan que todo el mundo se 
estaba riendo dé verle presentar las agujetas de enero i 
una vieja tal cual la que las acompañaba, que pasaba 
de lo^tesenta » corridas y medio riéndose , le dieron con 
la ventana en los ojos» cerrándola y entrándose dentro 
sin hablarle palabra. Quedó algo corrido don Quijote del 
suceso; pero Sancho Panza, quedesde el principio de las 
justas habia estado con dos mozos de cocina á ver la sor- 
tija y los premios que ^u amo habia de ganar, como vio 
que daba las agujetas á aquella vieja, y no his habla 
querido recibir, antes le habiacerrado la ventana, le- 
vantó la voz , diciendo : ¡ Cuerpo de quien la parió á la 
muy puta vieja del tiempo de Mari-Castaua, mujer del 
gran judío y más puto viejo de los dos de santa Susana ! 
¿ Así ha de cerrar la ventana á unode los mejores cabal lo- 
ros de.todo mi lugar , y no ha de querer recibir las agu- 
jetas que le dan, y mal provecho le hagan si buena no 
ha de ser? Pero ¿qué ha de ser quien » como mi señor 
dice, se llama Urganda? Y siéndolo» mal puede merecer 
tales agujetas» que según son ellas de grandes y buenas, 
^in duda deben de ser de perro. Pues á fe que si agarro 
un medio ladrillo, que yo las haga á todas que abran, 
aunque les pese. Y volviéndose á don Qu¡jpte»*le dijo : 
Échelas acá vuesa merced » pues no las quieren ni me<-. 
recen; que yo las guardaré» y eso nos ahorraremos; y 
más, que yo lié menester una como el pan de la boca para 
mis zaragüelles; que ya tengo esta de delante llena de 
nudos : muese aci digo, ¡ cuerpo non de Dios 1 pues ser- 



DON QUÚmE DE LA MANCHA; 



33 



viíjainfa esta mejor ocasión* Don Quijote abajó, la lan* 
zi, diciendo : Toma, Sancho, guarda estas preciosas 
cintas, y mételas en nueslra maleta hasta su tiempo. 
Saocbo las tomó> diciendo: | Miren, cuerpo de Barralüsj 
loqae no quiso la muy hechicera ! Pues eu buena fe que 
no roe las saquen de las unas ahora por menos de veinte 
mariTedís, aunque no los valgan ; que por el menorete, 
soa de liebre ó truchaó no sé de qué diablos. Llegáronse 
diez ó doce personas á ver las joyas de las agujetas que 
aquel labrador tenu en la mano ; y fué el caso que entre 
aquella gente que se juntó , llegó uu mozo de harta poca 
rofia, no menos ligero de piésquesutil de manos, el cual 
consuma presteza asió de dichas agítelas, y tomando 
ii$ araufi del conejo, en cuatro brincos se puso fuera de 
la calle del Coso. Esto no lo vio don Quijote; que á ver- 
lo, la a»yor tajada del mozo fuera la oreja. Peroel bueno 
de Sandio Panza, que estaba seguro, á su parecer, de 
caso tan repentino, comenzó á dar voces, diciendo : 
Ténganle, señores,. ténganle, pecador de mi; que me 
lleva hurtada la mejor joya del torneo. Mas cuando el 
pobre vio las esperanzas perdidas de poderle alcanzar, 
conMBi6& llorar amargamente, mesándose las espesas 
¿erbas, jnntando una mano con otra y diciendo : (Oh 
desreabirada de la madre que me parió I Oh dia aciago 
para mi, pues en él lie perdido unas agujetas tan precio- 
sas j I» mejores de toda laLombardia 1 ¡ Ay de mi 1 ¿Qué 
Juné, y qué cuenta daré á mi seuor de la joya que me 
encomendó? Qué excosa tendrá para huir de su andan- 
tesca cólera, para que no me sacuda con ella his costi- 
llas con algún ñudoso roble? SI le digo que las he per* 
dido , tendióme por escudero desmazalado ; y si le digo 
queme las hurtó un picaro, tomari tanto enojo, que 
desafiará iaego á batalla campal , no solamente al que las 
bortó, sino á coanlos picaros se puedan hallar en toda 
la picanlia. ¡No vendría ya la muerte á llevarme para si 
antes que pasar tan gran dolor! Yo digo que de muy 
buena gana me materia , si no fuera porque temo hacer* 
me mal : alto, manos á la labor; yo quiero ir luego al 
eocinerocojododon Alvaro, y pedirle dos cuartos pres- 
tados pan comprar una soga y ahorcarme con ella ; que * 
después se lostomaré doblados; y si acaso hallo algún 
irbo) , como sea tal que desde él pueda llegarlos pies al 
suelo, echaré el cordel en la primera rama , y aguanlaré 
i que pase algrní hombre caritativo, á quien rogaró con 
anchas lágrimas me boga la limosna y carídad de ayu- 
danneáaliorcar por amor de Dios; que soy un pobro 
hombre, huérfano de pariré y madre. Y asi , alto , qaó- 
dalecon Cristo, don Quijote de la Mancha, el mus va- 
heateeaballero de cuantos andantes cria elcierzo y la 
tramontana ; quédate en paz también, Hocinante de mi 
alma, y acuérdate de roí , pues yo me acordaba de tí to- 
das los veces que te ibaáeclmr de comer; y acuérdate 
lambien de aquel día en que pasando descuidado por 
jaotolQ postigo trasero, diciendo: ¿Amigo bocinante, 
cómo va? Y tú, que no sabías aun hablar romance, roe 
nspoodiste con dos peres de castañetas, disparando por 
el puerto muladar flb arcabuzazo con tanta gracia , que 
á Bo le recibiera entre hocicos y narices, no sé qué fuera 
de mí. Qaédate pues, rocin de mis ojos, con la bendi-* 
óon de lodos los rocines de Roncesvalles; que si sóple- 
les ia üibulacion en que estoy puesto, yo fio me envia- 
nsalgUD consuelo para alivio de mi gran dolor. Ahora 
sus, yo voy á contar mi desgracia, copio digo, á mi 

N-i. 



amigo el cocinero, de quien espero algún remedio, pues 
más vale que lo que se ha de hacer temprano se haga 
tarde; que al que Dios madruga, mucho se ayuda: en 
fin, allá darás, sayo, en casa el rayo, pues más vale buitre 
volando que pájaro en mano : -*y á este compás se fué' 
ensartando más de cuarenta refranes á despropósito. 

CAPITULO XII. 

Cómo don Qaijote y don Alvaro Tarfe foéron conTídados á cenar 
eoa el jQex que en la sortija lesconvidd, y de la extraña y jamas 
pensada sTeatnra que en la sala se ofrecid aquella noebe a nocs- 
tro valeroso hidalgo. 

Acabada de jugar la sortija y de haber corrido en ella 
los caballeros de dos en dos delante de toda la ciudad, 
desocuparon todos sos puestos, volviéndose á sus casas , 
por venir la noche. Para liacer pues lo mesmo, don Al- 
varo asió de hi mano á don Quijote, diciéndole : Vamos, 
mi señor don Quijote, á dar un par de vueltas por esas 
calles mientras se hace hora de acudir á cenar con el 
señor que vuesa merced sabe que como juez liberalísi* 
mp nos ha convidado esta noche. Vamos, dijo don Qui- 
jote, donde vuesa merced mandare. Y sin que hubiese 
remedio con él do que diera la adarga y lanzon á un pa- 
je, para que, como don Alvaro queria, lo llevase á sti 
casa, se fué con todo este carruaje acompañándole. Lle- 
garon á muy buena hora á hi noble casa dej huésped que 
los habia convidado á cenar ; y tomando en el zaguán un 
paje suyo la lanza y adarga de don Quijote, se apearon y 
subieron al punto al aposento de don Carlos, que asi so 
llamaba el juez , el cual se levantó, con otros caballeros 
amigos que tenia tambten convidados, para ir á abrazar 
á don Quijote, como lo hizo, diciéndole : Bien sea ve- 
nido el señor caballero andante , y con la salud que to» 
dos deseamos , como lo hacemos también , que para ma- 
yor alivio del trabajo pasado, se quite vuesa merced las 
armas, pues está en parte segura y entre amigos qué 
desean servir á vuesa merced y aprender de su valor todo ' 
buen orden de milicia ; que creo lo habemos bien me- 
nester, según lo mal que los caballeros lo han hecho en 
hi sortija ; que si vuesa merced no remediara sus fültas^ 
quedaran las fíeslas harto frias. Don Quijote le respondió: 
Señor don Garlos, yo no tengo por costumbre, en nin- 
guna parte que vaya , sea de amigos ó enemigos , quitar- 
me las armas, por dos razones. La primera , porque tra- 
yéndolaJB siempre puestas, se hace el hombre á ellas ; que 
como dicen los filósofos , ab assuetis nmi fit passio ; pues 
la costumbre, como vuesa merced sabe, convierte las 
cosas en naturaleza, con que ningún tt*abajo hay que dé 
pesadumbre. La segunda, porque no sabe el hombre de 
quién se hade fiar ni lo que ha de acontecer, por ser 
varios los succsosde la guerra ; y me acuerdo haber leído 
en el auténtico libro do las hazañas de don Delianis de 
Grecia, quo yendo él y otro cabjilltiro armados do todas 
piezas, perdidos por un bosque, llegaron á cierto prado 
donde hallaron diez ó doce salvajes que estaban asando 
un venado, los cuates por senas le convidaron á comer 
del. Los caballeros, que llevaban no poca necesidad y 
hambre, viendo ta humanidad que mostraban aquellos 
bárbaros, bajaron de los caballos quitándoles los frehos 
para que paciesen ; pero ellos no se quisieron quitar las 
celadas, sino, levantadas un poco las viseras, sentados 
en las yerbas, comieron de una pierna del venado que 
los salvajes les pusieron delante; y apenas hubieron co* 
mido m^dta docena de bocados, cuando, concertadosen^ 



34 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



tre si, en lenguaje qae no entendieron los forasteros, lle- 
gando pasito por detras dos da ellos con dos maiaa, i un 
tiempo lesdteron tan fueitemente sobre tas cabezaSi quo 
á no llevar puestas' las celadas , fueran sin duda fatal sos* 
tentó de aquellos bárbaros : con todo, cayeron en tierra 
aturdidos, y ellos con grande algazara comenzaron á des- 
armarlos; pero como no sabían de aquel menester, no 
bacian sino revolverlos por aquel prado acá y acullá : de 
suerte que dándoles un poco el viento, y viendo el triste 
estado en que sus cosas estaban, se levantaron muy lige- 
ramente, y metiendo mano en sus ricas espadas, comen- 
zaron á dar tras los salvajes como en real de enemigos, 
sin dar revés con que no hiciesen de un salvajeces, por 
estar desnudos. Decia esto don Quijote con tanta cólera, 
que metiendo él también roano en su espada , prosiguió 
diciendo : Dando aqu! tajos, acullá cuchilladas, aqut 
partian uno hasta los pedios, allí dejaban otro en un pié 
como grulla, hasta que mataron la mayor parte dellos. 
Don Carlos le hizo envainar, riendo con aquellos caba* 
Heros de la cólera que faabia tomado contra los salvajes, 
pues parecía que los tenia delante; y asiéndole por la 
mano y entrándole en otra sala , hallaron puestas las 
mesas para cenar ; donde volviendo la cabeza don Car- 
\os, dijo á un paje suyo de los que alii estaban : Id volando 
á la posada del señor don Alvaro , pues ya sabéis, y lla- 
mad al escudero del señor don Quijote, Sancho Panza, 
diciéndole que su amo le manda se venga luego con vos, 
que también está convidado; y no vengáis sin él de nin- 
guna suerte. Tomó el paje la capa, fué por él al rooroen- 
lo, y hallándole en la cocina con el cocinero, á quien 
con mucha melancolía estaba contando la desgracia del 
hurto de las preciosas agujetas, le dijo : Seuor Sancho, 
vucsa merced se venga conmigo al instante, porque el 
MHOr don Quijote le llama , viendo que mi señordon Car- 
los no se quiere asentar á la mesa con los convidados basta 
verle á vuesa merced en la sala. Señor paje, respondió 
con mucha flema Sancho, vuesa merced podrá decir á 
«sos señores que les beso las manos, y que no estoy en 
casa, y que por esto no voy, y porque ando por la plaza 
buscando un cierto negocio de importancia que se me 
ha perdido ; pero que si Dios me alumbra con bien para 
que lo halle, les doy palabra do ir luego. Eso no, dijo el 
paje : vuesa merced ha de venir conmigo ; que asi me lo 
han mandado, porque es también convidado á la cena* 
Hablara yo para mañana, respondió Sancho; que siendo 
asi , claro está que iré de muy rebuena gana al punto ; y 
á fe que me coge en tiempo que no tengo muy mala dis- 
posición , porque há más de tres horas que no ha entrado 
en mi cuerpo cosa alguna, sino es un platillo de carne 
fiambre y un panecillo que me dio aqui el señor cocine- 
ro, que Dios guarde, con que me tomó el alma al cuer- 
¡K). Pero vamos ; que no quiero hacer falta ni que me 
tengan por descuidado, t'uéronse ambos en diciendo es- 
to, despidiéndose primero del cocinero. Llegaron á la 
sala donde estaban ya cenando , don Carlos á la cabecera 
de la mesa con don Quijote á su lado, y los demás caba- 
lleros porsu orden, que serían mas de veinte* Llegó Sai^ 
cho junto á su amo, y quitándose la caperuza con entram- 
bas manos, haciendo una gran reverancia, dijo: Buenas 
noches dé Dios á vuesas mercedes y los tenga en su 
santa gloria. ¡Oh Sancho ! dijo don Carlos, seáis bien ve- 
nido. Pero ¿cómo decis que Dios nos tenga en su santa 
gloria, pues aun no somos muertos, si no es que estos 



caballeros lo estén de hambre, según es la cena poca t 
annqne si esas!, su falta supliera mi voluntad, qne es mo- 
cha. Mi serlor, dijo Sancho, como para m! no hay otra 
gloria sino cuando está la mesa puesta, téngola grande 
^iendosobre esta tantos platos llenos de avestruces y car- 
ne y de pastel en botes , que no puedo tragar la salira 
do contento. Tomó don Alvaro Tarfe en esto nn melón 
que estaba en la mesa , y le dio á Sancho diciendo : Pro- 
bad , Sancho, este melón , y sí sale bueno, yo o^aré sa 
peso de carne de la deste plato. Dábale con él un caclii- 
lio para que le hiciese la cala ; y él dijo que no le habia 
ido bien en el melonar de Ateca en partir con cuchillo 
los melones, y que así le partiría, con su licencia, como 
lospart¡aensutierra;ydiclendoestoledejócaerdegolpo 
en el suelo, y luego le levantó heclio cuatro piezas di- 
ciendo : Hele aqui partido de una vez á vuesa merced, 
sin andar liendo rebanadicas con el cuchillo. A fe , San- 
cho, dijo don Céríos, que sois cnríoso, y me huelgo de 
Tuestra discreción , pues hacéis de una vez lo qne otros 
no hicieran de ocho. Tomad; que por mi os habéis do 
comer este capón (esto dijo dándole uno famoso qne ha- 
bia en nn plato), queme dicen qne para hacello os ha 
dado Dios particular gracia. La santa Trinidad se lo pa- 
gue á vuesa merced, replicó Sancho, cuando desto 
mundo vaya. Tomó el capen, el cual estaba ya partido por 
sus junturas, y espétesele casi invisiblemente. Viendo 
la sutileza de sus dientes, los pajesdieronen vaciarle en 
la caperuza cuantos platos alcanzaban de la mesa,con lo 
cual se puso en brove rato Sancho hecho una trompa de 
París ; pero don Cáríos, tomando un gran plato de albon- 
diguillas, dijo : ¿Atreveros heis, Sancho, á comer dos 
docenas de albondiguillas si estuviesen bien guisadas? 
No sé, respondió Sancho, qué cosas son albondiguillas; 
albóndigas sf , que las hay en mi pueblo ; pero no son 
esas de comer, sino el trigo qne está dentro, después de 
amasado. No son sino estas pelotillas de carne, dijo don 
Garios dándole el plato, el cual tomó Sancho, y ona á 
una , como quien come un racimo de «vas, se las metió 
entre pecho y espalda, con harta maravilla de los qne su 
buena disposición velan ; y en acabando de comerías di- 
jo : ¡Oh hi de puta, traidores, y qué bien me han sabi- 
do! Pardiezque pueden ser pelotillas con qne jueguen 
los niños del limbo : á fe que si tomo á mi lugar, que en 
un huerto que tengo junto á mi casa he de sembrar por 
lo menos uu celemín dellas, porque sé que no se siem- 
bran en todo el Argamesilla ; y aun podrá ser, si el' ano 
se acierta, que los regidores me las pongan á ocho ma- 
ravedís la libra ; y si es asi , no serán oidas ni vistas. De- 
cia esto Sancho tan sencillamente, como si en realidad 
de verdad fuera cosa que se pudiera sembrar ; y viendo 
que todos se reian , dijo : Solo un desconveniente hallo 
yo en sembrar estas, y es, que como soy de mi natan- 
íeza aficionado á ell¿, me las comería antes que llega- 
sen á madurar, si no es que mi mujer me pusiese algún 
espantajo para que no llegase á ellas , y aun Dios y ayuda 
que bastase. ¿Casado sois, Sancho, dijo don Carlos, se- 
gún eso? Para servir á vuesa merced, con mi mujer lo 
soy, replicó Sancho, la cual le besa muchas veces las ma* 
nos por la merced que me hace. Rieron todos de la res- 
puesta , y preguntóle de nuevo don Cáríos si era hermo- 
sa ; á lo cual respondió : ¡Y cómo, cuerpo de san Cirue- 
lo, si es hermosa! Ello es verdad que, si bien roe acuerdo, 
hará por estas yerbas que vienen cincuenta y tres aiíos. 



DON QUIJOTE 

jestánn poco la cara prieta de andar al sol , con tres dien- 
tes qae le faltan arriba y dos muelas abajo ; mas con todo 
eso no hay Aristóteles que le llegue al zapato ; solo tiene 
qQ< en llegando á su poder los dos 6 tres cuartos^ luego 
las deposita en casa de Juan Pérez, tabernero de mi lu- 
gnr, para llevallos después de agua de cepas en un jarro 
grande que tenemos, desbocado de puro boquearle ella 
con la boca. Yuestra mujer buena bebedora, dijo don 
Carlos, y TOS siempre con buena disposición de comer, 
liaréis muy buenos casados. V alargando la mano tras 
esioá un plato grande que tenia seis pellas de manjar 
blanco, le dijo : ¿Habéis dejado, Saticbo, algún rincón 
desembarazado para comer éstas seis pellas? que según 
liabels comido , no tendréis apetito deltas. Beso á vuesa 
merced las roanos , dijoSoncho alargando las suyas y to- 
mándolas, por la que me hace; y fíe de mf que roe las 
comeré, siendo Dios servido y su bendita Madre. Y apar- 
tándose á un lado, se comió las cuatro con tantaprisa y 
gusto, como dieron señales dello las barbas , que queda- 
\m no poco enjalbegadas del manjar blanco : las otras 
(kis que (lél fe quedaban se las metió en el seno con in- 
(eoiion de guardarlas para la mañana. Acabada la cena, 
M! sentaron todos, quitadas las mesas, por su orden al- 
rededor de la sala, y don Alvaro Tarfe y don Quijote á la 
roano izquierda de don Carlos, que hizo sentar á sus pies 
á Sandio Panza. A la que platicaban don Alvaro con don 
Quijote (haciéndole decir mil dislates, por lo que en la 
cena habia estado mudo, paite por dar lugar á que gus- 
tasen de Sancho los convidados, y parte por las quime- 
ras que revolvía en su entendimiento sobre la venganza 
que seria bien tomase de la sabia Urgatida, que tan en 
pdblico le habia desfavorecido, cerrándole la ventana 
sin aceptar las preciosas agujetas que le presentaba), y 
don Carlos con Sancho Panza, y los demás caballeros en- 
tre sí, entraron por la sala dos extremados músicos con 
susiuslrunientos, y un mozo que traíanlos representan- 
tes, gallardo zapateador. Cantaron muchas muy buenas 
letras y tonos los músicos, y después zapateó y volteó el 
mozo por extremo ; y mientras lo iba haciendo, bajó don 
Carlos la cabeza y preguntó á Sancho de manera que to- 
dos lo pudieron oír, sise atrevería á dar algunas vueltas 
(lelas que aquel mozo daba; el cual respondió boste- 
zaodo y haciéndose la cruz con el dedo pulgar cu la bo- 
ca , porque le cargaba el sueño con la mucha cena : Par- 
üiabre, señor, que voltearía yo lindisimainente, recos- 
tado ahora sobre dos ó tres jalmas : este diablo de hombre 
no debe de tener tripas ni asadura, pues tan ligero salta; 
ysicstá hueco ^r de dentro, no hay más que meterle 
uoa candela encendida por el órgano trasero y servirá de 
linterna. En esto llamó don Carlos á un paje, jr le habló 
al oído, diciendo : Andad y decid al secretario que ya es 
bora. Hase de advertir que entre don Alvaro Tarfe, don 
Carlos j el mismo secretario habia concierto hecho de 
traer aquella noche á la sala uno de los gigantes que sa- 
caren Zaragoza el dia del Corpus en la procesión, que 
»n de más de tres varas en alto ; y con serlo tanto, con 
cierta invención los trae un hombre solo sobre los hom- 
bros. Paes estando la gente, como he dicho, en la sala, 
en recibiendo el recado de don Cários el secretarlo, en- 
tró con el gímanle por un cabo della, que de propósito 
«talw ya sin luz, y encima de la puerta por donde cn- 
Uó csiaba en lo alto, junto al techo, una ventana pe- 
queúa á modo de claraboya, que venia á dar en la ca- 



DE LA MANCHA. 35 

beza del mismo gigante , por ser de su misma altura, y 
por la cual, animado á ella, habia, sin ser visto, de hablar 
el secretario, que en sacando y poniendo en dicho puesto 
al que traía sobre sus hombros dicho gigante , se volvió 
á entrar para ponerse en dicha ventanilla. A la vista pri- 
kneraque todos tuvieron del gigante , hicieron de indus- 
tria como que se alborotaban , poniendo las manos sobre 
las guarniciones de las espadas ; mas don Quijote se le- 
vantó diciendo : Las vuesas mercedes se sosieguen ; que 
ésto no es nada, y yo solo sé qué cosa puede ser; que des- 
tas aventuras cada dia sucedían en casa de los empera- 
dores antiguos : siéntense todos, digo, y veremos lo que 
este gigante quiere, y conforme á ello se le dará la res- 
puesta. Todos se asentaron ; y el secretario, que era un 
hombre muy discreto y estaba bien ensenado de lo que 
habia do hacer, cuando vio toda la gente sosegada, co- 
menzó á decir en voz alta : ¿Quién de vosotros aquí es 
el Caballero Desamorado? Todos callaron, y don Quijote 
con una voz muy reposada le respondió, diciendo : So- 
berbio y descomunal gigante, yo soy ese por quien pre- 
guntas. Gracias doy, dijo el secretario , hablando desdo 
lo alto , metida la cabeza dentro lo hueco de la del gigan- 
te, á los dioses inmortales, y principalmente al gran 
Marte, que lo es de las batallas, pues al cabo de tan largo 
camino y de tantos trabajos he venido á hallar en esta 
ciudad lo que con tanta solicitud mil dias liá que ando 
buscando, que es el Caballero Desamorado. Sabed, prin- 
cipes y caballeros que en este vuestro real palacio os ha- 
béis juntado, que soy yo, si nunca le oistes decir, Bra- 
midan de Tajayunque , rey de Chipre, el cual reino gané 
por sola mi persona, quitándosele á su legitimo señor 
y aplicándomele á mf, como quien mejor que él le mere- 
cía; y llegando en dicho mi reino á mis oídos las nue- 
vas de las inauditas fazañas y extrañas aventuras del 
principe don Quijote de la Mancha, llamado por otro 
nombre el de la Triste Figura ó Desamorado; sintiendo 
por gran mengua mia que haya en toda la redondez do 
la tierra quien á mi valor y fortaleza iguale, he dejado 
mi reino, pasando por otros muchos extraños á pesar 
de los que los gobernaban, buscando, inquiriendo y 
preguntando , con asombro y miedo de cuantos me vian, 
adonde ó en qué reino ó provincia estaría dicho caba- 
llero, que tanta fama tenia por todo el mundo; porque» 
como es verdad y no lo puedo negar, por do quiera que 
he pasado no se trata ni se habla otra cosa en las plazas» 
templos, calles, hornos, tabernas y caballerizas, hoy, sino 
de don Quijote do ki Mancha. Yo pues , como digo, esti- 
mulado de la envidia de tantas fazañas tuyas, ¡oh gran 
don Quijote! he venido á buscarte solamente para dos 
cosas : la primera, para hacer batalla contigo, y quitarte 
la cabeza y llevarla á Chipre para ponerla en la puerta 
de mi real palacio, haciéndome con esto señor de todas 
las victorias que has habido con tantos gigantes y jaya- 
nes, para que acabe el muncfo de entender que yo solo 
soy sin segundo y solo quien merece ser alabado, esli- 
mado, honrado y nombrado en todos los reinos del uni- 
verso por más bravo, más valiente y de mayor fama que 
tú y cuantos antes de ü fueron y después de tí serán. Por 
tanto, si te quieres excusar del trabajo de entrar conmigo 
en batalla, manda luego á la hora, sin excusa ninguna, 
darme tu cabeza para que la lleve en mi lanza, y quédate 
á la buena ventura. La segunda cosa á que vengo os, que 
también he oído decir como tiene don Carlos^ du^o desté 



^6 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



. fuerte alcüzar, una ht'rmanadd quince años, de peregrina 
hermosura y gracia, la cual quiero y es mi voluntad que 
juntamente con tu cabeza se me dóa).punto, para que roe 
'la lleve á Chipre y la tenga por mi amiga todo el tiempo 
que me pareciere, pues dello le resultará sobrada hon-r 
ra ; y si no lo quisiere hacer, le desafio y reto á él y á todo 
el reino de Aragón junto, y á cuantos aragoneses, cala- 
'lanes y valencianos hay en su corona , que salgan contra 
mi á pié ó á caballo; que á ia puerLi deste gran palacio 
tengo mis fortisimas y encantadas armas, las cuales ti* 
ran de un carro seis pares deTobuslisimos bueyes de Pa- 
lestina; porque nifi lanza es una eiUena de uo navio, mt 
celada iguala en grandeza al chapitel del campanario del 
gran templo de Santa Sofía de Constantinopla., y mi es- 
cudo á una rueda de molinOrllesponde pues luego á todo, 
tú, él Desamorado Caballera; porque ^estoy de^trisa y 
tengo mucho queiíacer, y hago fulla en mi reino. Calló 
en esto el gigante, y todos los que la maraña sabian di- 
simularon cuanto pudieron,-aguardando averio que don 
Quijote respondería al gigante. El cual , levantándose de 
su asiento, hincó las rodillas en tierra delante de don Car- 
los, dicléndole : Soberano emperador Trebacio deGre- 
cia, la vuestra majestad sea servida, pues me habéis ace- 
tado en este vuestro imperio por hijo, de me dar licencia 
de hablar y responder por todos á esta endiablada bestia, 
particularmente por vos y por todo este nobilísimo rei- 
no, para que así pueda mejor después darle el castigo 
que sus blasfemias y sacrilegas palabras merecen. Don 
Carlos, mordiéndose los labios de risa y. disimulando 
•coante pudo, le echó los bnizos al cuello y le levantó di- 
ciendo r Soberano principe de la Mancha, esta causa no 
solamente es-roia, sino ianíbien vuestra ; pero yo he co- 
brado tan gran temor á1 gigante Bi-amidaa de Tajayun- 
que , que el corazón se me quiere saltar del cuerpo ; y 
así digo que, si á vos os parece, será bueRO,|)a«i libcarnos 
de la universal perdición que nos amenaza^ concederle - 
las dos cosas que nos pide ; y es que vos le deis vuestra 
cabeza ; que ya yo de mi parte estoy dispuesto, más por 
fuerza que por grado, de dalle también á mi bella her- 
mana Lucrecia ; y que se vaya con todos los diablos an- 
tes que haga mayores males ; y aunque este es mi voto, 
con lodo dejo al vuestro la resolución del caso ; y así, con- 
forme á él dadle, amado principe, la respuesta que os 
pareciere, pues será ía más acertada. Sancho, que ha- 
bla cobrado grandísimo temor al gigante, como oyó lo 
que don Carlos habia dicho á su amo, le dijo hecho ojos : 
£a, mi señor don Quijote, por los quince auxiliadores, 
de quienes Miguel Agui leído, sacristán de la Argaroe- 
silla, es muy devoto, le suplico haga lo que el señor don 
•Carlos le dice. ¿Para qué quiere hacer batalla con es- 
te gigante? que dicen del que parte for medio una y un- 
•^ue mayor que la del herrero de nuestro lugar; que por 
«so refieren graves autores se llama Tajayuuque ; y más, 
que, i^egun él dice, y lo cneo (porque tan gran hombro 
de bien no dirá una cosa por otra), trae una rueda de mo- 
lino por escudo : délo^ pues esto es asi, á los satanases, 
y despachémosle con lo que pide de una vez, y no per- 
damos más tiempo con él ni demos que reir al diablo. 
Don Quijote le dio un puntillón terrible en las nalgas, di- 
ciendo : ¡ Oh villano, sandio y soea^ harto de ajos desde 
la cuna! ¿y quién te mete á ti en lo que no le va ni le 
viene? Y poniéndose en medio de la sala frontero del 
gigante, le dijo coa yo^ grave desta manera : Soberbio 



gigante Bramídan de Tajayunqoe^ con fitencion he es- . 
cuchado tus arrogantes palabras, de las cuales entiendo 
tus locos y desvariados deseos ; y ya bubíeras llevado el 
*pago dellas y dellos ¿ntes que desta real sala salieras, si 
no fuera porque guardo el debido respeto al emperador 
y príncipes que presentes están, y porque quiero darte 
el castigo merecido en pública plaza delante de todo el 
mundo, y porque sirva de escarmiento para que oirás 
tales como tú uo se atrevan deaqui adelante á seniejan- 
tes disparates y locuras : con que respondiendo ahora á 
tus demandas, diga qne aceto U batalla que pides, se- 
ñalando por puesto della, para mañana despnes de co- 
mer, la ancha plaza que en esta ciudad llaman del Pilar, 
por estar enella el sacro templo y dichoso santuario quo 
es felicísimo depósito del pilar divino sobre quien la 
Virgen benditísima 4iabló y consoló en vida á su sobrino 
y gran patrón de nuestra España el apóstol Santiago. En 
esta pli^za pues podrás salircon las armas que quisieres 
seguro de que si tú tienes por escudo una rueda de mo- 
lino, y^e tengo una adarga de Fez que ne le hace ven- 
tájala mesma rueda de la fortuna ; y en cambio de la ca« 
beza que me pides, juro y prometo de no comer pan en 
manteles ni holgarme con la reina (y en suma juro to- 
dos los demás jurameritosqneensemejantes trancessne- 
len jurar los Verdaderos caballeros andantes, cuya Hsla 
hallarás en la historia que refiere el amargo llanto que 
se hizo sobre el malogrado Baldovinos) basta cortarte la 
tuya y ponerla sobre la puerta deste gran palacio del Em- 
perador mi señor y padre. ¡Oh dioses inmortales! dijo 
el secretario con voz gruesa y tremenda, ¿ j cómo con- 
senlis que semejantes afrentas me diga un hombre solo, 
sin que le haga y convierta luego mi cólera en albondi- 
guillas? Yo juro por el orden de secretario que recebí, 
de no comer pan en el suelo ni folgar con la reina de es- 
padas, copas, bastos ni oros, ni dormir sobre la punta 
de mi espada, hasta tomar tan sanguinolenta venganza 
del príncipe don Quijote de la Mancha , que los brazos lo 
queden colgados de ios hombros, y las piernas y muid- 
los asidos á las caderas, y la cabe^ se le ande á todas 
partes, y la boca, á pesar de cuantos ni han nacido ni haa 
de nacer, le ha de quedar debajo de las narices. Atur- 
dido Sancho del tropel de tan graves amenazas y execra- 
ciones, se levantó del suelo donde estaba asentado, y 
poniéndose entre don Quijote y el gigante, quitándose 
primero la caperuza con ambas manos, le dijo con mu- 
cha cortesía : ¡ Ah señor Bramidan de Partey unques ! no, 
por la pasión que Dios pasó, no le haga tanto mal á mi 
amo , que es hombre de bien y no quiere her batalla coa 
vuesa merced, porque no está hecho á hacerla con se- 
mejantes Comeyunques : tráigale vuesa merced media 
docena de meloneros ; q ue á fe que con ellos se entienda 
él lindísimamente ; y aun con todo es menester el favor 
del señor san Roque, abogado de la pestilencia. El gi- 
gante, sin hacer caso de lo que Sancho decia, sacó un 
guante de dos pellejos de cabrito, que traia ya hecho 
para aquel efeto, y dijo arrojándole á don Quijote : Levan- 
ta, caballero cobarde, ese mi estrecho y peq ueuo guante 
en senul y gaje de que mañana te espero en la plaza qne 
dijiste, después de comer. Y con esto volvió las espaldas 
por la puerta que habia entrado. Don Quijote alzó el 
guante, que era sin duda de tres palmos, y diósele á San- 
cho, diciendo : Toma, Sancho, guarda ese guante de 
Bramídan hasta mañana después de comer; que verás 



DON QUIJOTE 
iárüTiíltts. Tomóle Sandio, y sanltgiiándose dijo : ¡Yál- 
IRíeel díabio por Balandrán de Tragayunqnes, ó como 
mía gracia, y qué terribles manos que tienes! ¡Olí hi 
de pilla, traidor, el bellaco qne le esperase nn bofetón! 
A r«*, señor, que tenemos bien en qué entender con este 
deutenlo, según es de grande y despavorido; y acuérdese 
lleva jurado le ha de liacer como aquellas albondiguillas 
qne comimos esta noche. PoroTnesa merced , antes que 
ile^i'e ese tiempo, hágale á él pellas de manjar blanco ; 
qne también las tiernos cenado, y me saben bien , y aun 
yo tengo dus ddU» en el seoofara un menester. En esto 



DE LA MANCHA. -37 

se levantó don Garlos de la silla, manJafido encender 
hachas para acompañar con ellas aquellos caballeros á 
sus casas, y por ser tarde, ^ despidió dellos y de don 
Quijote y de don Alvaro, que asiéndole de la mano, se le 
llevó , juntamente con Sancho Panza , á su casa > adonde 
el buen hidalgo pasó una de las peores noches que jamas 
había pasado, pensando en la peligrosa batalla en que 
otro día habla de entrar con aquel desproporcionado gi- 
gante, que él imaginaba ser verdadero rey de Chipre^, 
como él mismo liabia dicho. 



AQLl DA FUI LA QUINTA ÍART& DEL INfiEHIOSO BIDALGO DOS< QUUOTC DE LA MAIVCUA.. 



SBXTA PARTE DEL ¡«GENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



CAPITULO Xllf. 
GiBo IM Quijote salid tfe Zanfoza pan Ir i la eorte del rer Ca- 
tólico de EspaAa * lincee ^ bataUa con el rey de Chipre. ' 
Atormentaron tanto las trazas de la desvanecida fan- 
teía del desamorado mancfaego su triste juicio y des- 
TcUdo sosiego, que cuando empezaban sus ojos á tomar 
algoDoá la madrugada, tocaron al arma de tal suerte las 
(autasmas de los dislates quimereados en el sentido co- 
mon, qoe siéndolo en todos sus miembros la alteración 
queporestacausa,y la qne dio con olla on snenoqíie 
tuvo de que babia entrado por traición e& aquel caetillo 
el soberbio Bramidan para matarle- oon ella más^á su 
salvo, cogiéndolo descuidado ,. se leTanté^furtOülsimoen 
SQ basca, eomo>si realmente sopier» que estaba en oasfl , 
} con la vehemente aprensión y cólera desto iba dicien- 
do: Espera, traidor ; que no te valdrán trezas, estralage- 
iias,embii8le8'DÍ encantamientos para librarte de mis 
naoos. En esto se paso la celada, peto y espaldar, y to- 
Bando la adarga y lanzon, iba mirando por todas partes. 
Saliólnego ft la sala, en U cual vio claridad que salia por 
la paerta de nn apoeentillo ; qne por amanecer ya y es- 
tar la ventanilla del entreabierta, entraba la primera luz 
de la clara aurora por ella. Entróse ciego de rabia en el 
dicha aposento, y quiso la desgracia que era el en que 
donnia el triste Sancho ; y como se habia acostado can- 
sólo y tarde, liabíaae dormido medio cubierta la cabeza, 
jantoálacualae habia dejado el grande guante que le 
bibiaél mesoM encomendado, y era el gaje del desaCio 
^eel rey de Cliipre Jajayunque habia hecho con él la 
Mdie antes. Antojósele á don Quijoto, en viendo el 
goaote, qne era el coropafiero del que él babia dado en 
goarda á Sancho, y que el qne dormía era el mismo gi* 
gante, qne, de cansado de escahir el castillo por la ven» 
tana, se habla ecliado á reposar liasta hallar ocasión de 
poder ejecutar lo qoe pensaba, á su salvo, con muerte 
del mismo den Quijote. Con esta quimera , pues, le dio 
loegoconellaDzon un terrible porrazo en las costillas. 



diciendo : Asi pagan los tm tdbres y alevosos las traicio- 
nes que urden. Muere , vil Tajayunque, pues lo merece 
hacer quien, teniendo talesenemlgoscomotúen ná tie- 
nes, duerme descuidado. Despertó Sancho á las voces y 
golpe, medio aturdido, y apenas se sentó en la cama para 
levantarse y ver quién le daba tan buenos diás, cuando 
ya don Quijote ,.que habia arrojado el lanzon , le dio una 
grande puñada en los hocicos, diciendo: No hay que le- 
vantarte, traidor ; que aqui morirás. Empezó Sancho 6 
vocear, saltando de la cama lo mejor que pudo ; y salien- 
do á la sala , decia : ¿Qué hace, señor ? que ni yo he esca- 
lado el castillo ni soysino so escudero Sancho. No eres 
smoBramidan, traidor, dijo don Quijote; que bien se 
echa de ver en el guante con qne te he hallado, compa- 
ñero del que ayer me arrojaste cuando aplazaste el desa- 
fío. Estaban los dos en camisa ; porqne don Quijote , con 
la imaginación vehemente con que se levantó, no so 
puso niés de celada, peto y espaldar, como queda dicho, 
olvidándose de las partes qué por mil rozones piden 
mayor cuidado de guardarse. Sancho también salió en 
camisa, y no tan entera como lo era sn madre^l dia qno 
nació : la sala estaba algo escura; y comecon esto y con 
la cólera no acabase don Quijote do conocer á Sancho, 
más porGaba en qne le habia^de matar; y estaba tan 
terco en esto, cnanto Sancho le estaba en invocar santos 
en sn ayuda, en vocear y pedir socorro. Alborotóse la 
casa á las voces de ambos, que eran tantas, que bien se 
podialiamarcasa de locos-, pues lo eran los principales 
que ki regocijaban ; y saliendo- de sus aposentos en oa- 
misa alguno» criados para apaciguar la cuestión y ver 
quiétt^hi movía, fué su salida echar leña al fuego ; por- 
que en viéndolos don Quijote á todos de una librea , an- 
tojósele qoe eran gigantes' dé nuevo venidos allí por 
arte de encantamiento para ayudar al encantado Bra- 
midan; y con esta quimera empezó á jugar del lanzon 
por todas partes con tanto desatino, que aqui derribaUí- 
al uno, acullá descalabraba al otro, y todo tan á su salvo». 



M 



EL UCENOADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



por haber mlidosin ningonas armas, que era un juicio 
oic los gritos y maldiciones de los heridos ; 7 lo peor fuá 
que pan^ asegurarse de ellos cerró tras si el aposento 
de Sandio , y se puso con un lanzon en la puerta de los 
criado^ diciendo : Veamos sí todos juntos ¡ oh viles ma* 
hmdrtnes ! me ganaréis la famosa puente deste inex* 
pugnable baluarte. Levantaba Sancho las voces al cielo, 
llamando á don Alvaro, el cual , sospechando todo lo que 
podia sjor, abriendo las ventanas de su aposento y to- 
mando la espada en la mano j vestido de una ropa l^arga 
de damasco, salió con chinelas á la sala ; y pasmado de 
las Gguras que vio, y del miedo y llanto de tres ó cuatro 

tajes suyos, y de ver que don Quijote estaba echando 
ravatas con el guante en la mano, se puse para apaci- 
guar aquella tragedia al lado de Sancho, diciendo : Ea, 
s^ñor don Quijote, muerao los bellacos; que aquí cala- 
mos Sancho y yo prestos para dar la vida en servicio de 
vuesa merced y en defensa de su honra y en venganza de 
sus agravios ; pero para que lo podamos hacer todo como 
deseamos, refiéranos vuesamerced luego losque harece- 
bido y de qué gente ; que por vida de cuanto puedo jurar, 
JQrodetomarvenganzaqjemplardesuscontrarios al pun- 
to. ¿Quiénes han de sei:Íos mios, dijo don Quijote, sino los 
descomunales jayanes, insolentes gigantes, qué tienen 
por oficio ir por el mundo haciendo tuertos, fbqando. 
desaguisados, agraviando princesas, ofendiendo dueñas 
de honor, y finalmente traiando otras traicionesiguales 
á( la que contra mi persona y valor habia trazado esta 
noche el insolente Bramidan deTajayunque, que por 
arte de encantamiento, acompañado desos malandrines 
que vuesa merced ahí ve , habia escalado este fuerte cas- 
tillo para, darme muerte á traición, medroso de la que 
tenia por cierto le daría yoesia tarde en la plaiadel Pilar 
8i conmigosália en laaplazada batalla? Pero no se le han 
logrado sus. intentos; que por secreto aviso del sabio 
Lirgando, en cuyo castillo estuve en Ateca, y por cuyas 
manos recebi la salud y fuerzas que las del furioso Or- 
lando con mü desaforadas feridas me habianquitado, he 
sabido queh^ia escalado esta fortaleza, para cogerme 
¿su salvp y descuidado; pero estándoio él, mi buena 
diligencia le ha qo^do con el hurto en las manos y con 
este guante, adorno de las suyas y compañero del que 
tiene Si^ncbo ; y por ello.las ipias so bandado la debida 
Qríesa y diligenciaren acabac con él; y hiciéralo presto 
si vuesa merced DQ;saliera á enfrenar mi furia en compa- 
ñía de Sancho; perodeboal.uno por mercedes recibidas, 
y al otro por fidelísimos servicios, todabuena correspon- 
denc¡aypaga.¡Afequemela)dió,dijoSaoclio,bonisimal 
Tal se la dé Dios ávuesamerced y á sus huesos. ¿Qué le 
deben los mios, señor, para molérmelos á palos al ama- 
necer? que ni.yosoy Bramidan ni Parteyuuques; bra- 
midos sí que .los dan todos mis miembros al cielo, can- 
sados de verse molidos , ya en castillos, ya por caminos y 
ya en melonares. Esa es mi queja, dijo don Quijote, hijo 
Sancho: ¿queesposiblequeétltehaaliora aporreado el 
desaforado Bramidan ? ¡ Oh perro, vil , soez^y de ruin ra- 
1^ , que eu mi fidelísimo escudero has puesto las ma- 
nos! Por todos los doce signos del zodiaco te juro qu^. 
me lo has de pagar, al momento. Iba en esto á segundar 
los palos en los pajes con unaíuria infernal; pero baján- 
dose por la escalera ellos, ydeteniéndoledon AJyaroá 
él, hubo de dar los golpes en vacio ; y asi, con esto y con 
k inipacicnciu dv Sasicho, que se daba á Ircinla mil dia- 



blos de ver que su amo, después de haberle muy bien 
aporreado, echaba la culpa á Bramidan, vino á decir ¿ 
don Alvaro con mncha humildad don Quijote : En tran- 
ce tan preciso, negocio tan arduo, peligro tan grave y 
suceso tan extraño,déme vuesamerced elconsejoque le 
pareciere será bien siga ; que no saldré del un punto. Más 
deespaciOy dijo don Al varo, se ha de hacer ki consulta de 
tan inaudito caso ; y así , hasta el debido tiempo, y hasta 
saber con resolución deste mal gigante, y la que ha to- 
mado acerca de sí saldrá ó no á la plaza, me parece debe 
vuesamerced recogerse en su aposento, sin mostrarse en 
público, para más asegurarle; que en lo demás yo haré los 
oficios que debo en buscarle y espiarle, y lo mismo hará 
Sancho porsuparte; quehartoporcontentosedebe vuesa 
merced tener por ahora dehaberleahuyentadoy obligado 
á que se dejase en su. poder ese guante, que será perpe- 
tuo testigo así de su cobardía como del valor dése 
brazo. Parecióle bien ádon Quijote el consejo; y sin 
más replicar se entró en au aposento, adonde volvién- 
dose á desarmar, se acostó muy satisfecho de la vitoña 
alcanzada. Cerrólo la puerta don Alvaro para más asegu- 
nrle; y estándoio da que no ppdia salir, llapió átlos pa- 
jes, que estaban no poco desfitioados d^la pesad| burla ; 
y consolándolos lo mejor que pudo, con representación 
degnenohahiaque hacer caso ni que quejarse de cosas 
de un loco, sino guardarse del y dellas, les mandó se vis- 
tiesen para acompañarle foera de casa los que estaban 
menos descalabrados para poderlo hacer. Entróse, hecho 
esto, en un aposento á vestirse, y mandó á Sancho trújese 
en él su ropa, de aquel en que habia dormido, porque 
quena le hiciese compañía y le entretuviese en él mien- 
tras se vestía, pues podría hacer él allí lo proprio ; pero 
estaba Sancho tan medroso, que le dijo : Vuesa merced 
perdone;queporIasenc¡a8,barbasy huesos demi rucio 
le juro de no entrar más en ese aposento ni tomar la ropa, 
que tengo en él «n todos los dias de mi vida, aunque sepa, 
andarme en cueros ; que más valia nuestro padre Adán, 
y lo andaba. ¡ Cuerpo de mi sayo ! Habiéndome jsucedido 
dentro loque me ha sucedido, ¿quiere vuesa merced que 
en entrando vuelva otra vez miamo hecho un Roldan, y 
me acabe de moler por el lado derecho, como ha l«echo 
por eliaqui^rdo, para igualar la sangre, plisando que 
otra vez ha vueltaá revestirse en mi Partey onques? Bo- 
nita basido la burla : ye se la daré á vuesa merced de cua- 
tro la una,'que se ponga en mi lugar en mi cama» y sufra 
de mi amo lo que yo he sufrído : harto hago en no salirme 
luego de casa y dejarle ; pero no quiero perder lo que 
tengo ganado por mi buena lanza (ó perla mala de mi 
amo, que mala se la dé Dios), que es el gobierno de la 
primera península que conquistará, que tantos dias há 
me ha ofrecido. Rióse don Alvaro infinito de su simpli- 
cidad y miedo ; y entrando él mismo en el aposento, le 
arrojó afuera la ropa, la cual tomándola Sancho, bajo el 
sobaco, se entrócon don Alvaro en su aposento,.siguién- 
dole y vistiéndose dentro con la misma sOrna^que lo iba 
haciendo don Alvaro; pero iba dioiendo.tantas simpli- 
cidades todo el dicho tiempo, que aunque duró ^ás de 
liora y media el detenerse ambos denUo, sek .hizo un 
instante ádon Alvaro* Apenas se habia acab^do^de ves- 
tir, y salir del aposento para tratav de. haceiia.de casa, 
con fin de ir á la de don Carlos á darle cuenta de la suce- 
dida aventura y á reir della coo él, tomando ocasión 
para nuevos entretenimientos del desvAuecimiento de 



DON QUMOTE 

ioDQaíjole, en materia de tener ojeriza con Bramidan, 
coaodo vio subir por la escalera de 8a casa al secretario 
dedon Carlos, aotor de la burla príroera, que venia de 
|Ktrt6 de su amo, bien ajeno desta , á tratar con él de una 
ida que á la corte se le ofrecía de repente , para concluir 
el casamiento de su hermana con un titular de la Gáma- 
fi, deodo sayo, por cartas que para emprenderla aoa- 
héi de recebir con un proprío. Holgóse don Alvaro con 
la nueva por ser de tanto gusto para su amigo , y tam- 
bién porque se le ofrecía la mejor compafita que podía 
desear para su vuelta hasta la corte, que pensaba hacer 
ioego; y después de haber hablado en este negocio y 
de casas concernientes á él, le dijo : £1 mayor inconve* 
niente que hallo para efectuar mi partida, es el no saber 
cómo desembarazarme de don Quijote; porque es im* 
posible yendo con él ir con h diligencia necesaria, pues 
icadapasosele ofrecerán aventuras y historias que ha- 
brán menester machos días para reirías y apaciguarlas, 
como la qoe ahora se le acaba de ofrecer, la más donosa 
del mundo, con queme hadado tanto que reirá micoroo 
á otros que llorar : — y contándosela muy por extenso, se 
hizocruces el secretario del disparate, y eso mismo le 
didpié para decirle : Antes es de importancia que demos 
óitlen , si á vuesa merced le parece, que pieza tan singular 
y que es tan de rey, éo tie por nuestra industria en la corte 
para regocijarla; y eso habemosde procurar todos. No 
holgaría yo poco, dijo don Alvaro, de que él allá llegase, 
como fuese yendo por diferente camino, y no con noso- 
tros, sino de suerte que hiciese el viaje á su modo con 
Smicho, de manera que cuando llegásemos allá, ó den- 
tro de breves dias , topásemos con él para darle á cono- 
cer. Traza se me ofrece á mi luego, dijo el secretario, 
pdrabacersehaga todo muy á nuestro gusto, y más aho- 
ra que él está con la quimera de que Bramidan se le ha 
escapado de miedo por los pies; y para efetuarla, déjeme 
Toesa merced disfrazar y peñeren traje de negro ; que con 
é! entraré delante de tiidos los de casa á darle un recado, 
como criado del mismo Bramidan, desanánduleconél 
de tu parle, para que dentro de cuarenta días, so pena 
de cobarde, se presente en la corte á ejecutar en ella la 
tetilla y desafío aplazado, atento que no tiene para él 
por«guroeste lugar, donde tiene tmtos amigos, pa- 
tinóos y aficionados. Parecid tan aguda la invención á 
dooAlvaro, qoe alabando por ella al secretario, le rogó 
le entrase luego en su aposento para hacer el disfraz de 
la suerte que mejor le pareciese^ Hizolo asi en un ins- 
ígate, porque halló muy á mano en él cuanto podia de- 
sear para el efeto. Disfrazado pues y salido á la sala, 
llamó don ANaro á todos sus criados , con uno de los 
cnales envió á sacar de la cocina también á Sancho, que 
ya estaba en ella dando buenos dias á sus tripas con lo 
que le liabia ofrecido el cocinero cojo, compadecido en 
parte de la lástima con que le había contado los palos 
qae sii amo le había dado porque por ilusión del demo- 
nio le había topado en su cama en figura de Bramidan ; y 
subido él y puesto al lado dellos, que no sabiendo el 
raislerío, estaban pasmados de ver aquel hombre ves- 
Üdo con una ropa de terciopelo negro , y debajo della 
una calza de color de obra , con bonete muy aderezado 
¿c camafeos y plumas, cargado el cuello de cadenas y 
joyas, con dorados tiros y espada, grande cuello, y el 
rostro ü¿nado todo, y lo mesmo las manos, llenos sus 
ue^los de sortijas y anillos, y estala en fíu tal , que parc- 



DG LA MANCHA. 



39 



cia un rey negro de los que pintan en los retablos de la 
Adoración, dijo don Alvaro : Ahora que hay testigos, y 
tan abonados, podréis, noble mensajero, decir quién 
sois y lo que queréis. Al invicto pnncípe manchego don 
Quijote, repUcóel secretario, busco, á quien traigo una 
importante embajada, y sé que posa en este gran pala- 
cio. Sí posa , añadió don Alvaro , y en este cuarto le po* 
dréis hablar. Y abriendo luego la puerta del aposento 
de don Quijote, le entró en él con todos los demás, di- 
ciendo : Aquí tiene vuesa merced, señor don Quijote, ua 
embajadorde no sé qué principe : — y dichoesto, levantó 
don Qiiijoto la cabeza, y visto el negro, le preguntó qué 
embajada tenía y de parte de quién, diciendo todo esto 
con voz desentonada. El secretario respondió ; 4 Eres tu 
por ventura el Caballero Desamorado? Ese soy yo, replicó 
don Quijote : ¿qué es lo que quieres? Caballero Desa- 
morado, dijo luego con grande boato el secretario , Bra- 
midan de Tajayunque , rey potentísimo de Chipre y 
señor mío, me envía á tí, príncipe, para que te haga sa- 
ber como se le ha ofrecido cierta aventura de ayer acá 
en la corte del rey de España, á la cual no puede dejar 
de acudir luego; y en parte huelga dello, por sacarta 
para el desafío en la plaza mayor do Europa, y dond(» 
tengas menos padrinos que tendrías en la desta ciudad : 
para aquella pues te desafía y reta, con plazo de que 
hayas de comparecer en ella armado de todas armas 
dentro de cuarenta dias ; que allí quiere probar si todas 
las cosas que el mundo publica y dice de ti son verdade- 
ras, pues confirmará tu opinión el ánimo que mostrares 
en no faltar á tan precisa obligación y justo reto : donde 
no, irá por todos los reinos y provincias del orbe publi- 
cando tu cobardía y la poca opinión que mereces ¡xtr 
eso : ocasión se le ofrece de aumentarla, lo que no creo 
que hagas, peleando con un príncipe de las fueraas que 
tiene mi rey, y en puesto en que, saliendo con viloria, 
serán la nobleza de España testigos do cómo quedas por 
legítimo rey y señor por la fuerza de tu invencible espa- 
da, del ilustre y ameno reino de Chipre, en el cual podrás 
l^acer gobernador de Famagusta ó Belgrado, que son las. 
dos principales ciudades suyas, á un fiel escudero quo 
roe dicen tienes, llamado Sancho Panza, proprío por su 
buen natural y escuderil vigilancia, para regirlas, pues 
en ellas se crían los fértiles árboles que producen las sa- 
brosas albondiguillas y dulces pellas de manjar blanco. 
Sancho, que había estado escuchando al mensajero, ha- 
ciéndosele la boca agua de oír nombrar albondiguillas 
y manjar blanco, le dijo : Dígame, seuor negro (¡asi tales 
pascuas le dé Dios como él tiene la cara ! ), esas dos ben- 
ditas ciudades de Buen grado y Fambre ajusta ¿están 
pasado más allá de Sevilla y Barcelona, ó desta otra 
parte hacia Roma y Constantinopla? quedaría un ojo do 
la cara porque nos partiésemos luego para ellas. ¿ Por 
ventura , dijo el secretario, sois vos el escudero del Ca- 
ballero Desamorado ? £1 entonces , poniéndose muy de- 
recho, haciendo piernas y aderezándose los bigotes, la 
dijo con voz arrogante, sonándose yapor gobernador de 
Chipre : Soberbio y descomunal escudero, yo soy ese 
I por quien preguntas , como se echa de ver en mi filoso- 
mococía. Aquí se le agotó á don Alvaro todo el sufrí- 
frimicnto de disimulación que había tenido , y hubo de 
volver el rostro diciendo : ¡Oh mi don Carlos, y quó 
paso te pierdes! Disimuló cuanto pudo con todo eso la 
risa, y prosiguió el secretario diciendo : Respóndeme 



40 



EL LICENCIADO ALONSO FfitlNANDEZ DE AVELLANEDA. 



con brevedad , CabaQero Desamorado^ porque tengo de 
alcanzar al gigante mi señor, que va ya camino de Ma- 
drid con mucha prisa. Tal se la han dado mis roanos, 
dijo don Quijote, para no ir por la posta; pero decidle 
que vaya segaro de que acudiré dentro det aplazado 
tiempo; que las mismas roanos y bríos me terne allique 
he tenido aquf esta madrugada; pero bien hace de dila- 
tar la batalla cuarenta dias, para tener siquiera esos de 
vida quien la ha tenido tan jugada poco há. Id con esto 
on paz, y agradeced sois mensajero, y por serlo tenéis 
salvoconducto, según buenas leyes, en todas las nacio- 
nes, por más contrarias que sean ; que si no, sobre mf 
que pagárades la traición de vuestro amo y el mal tra- 
tamiento que ha hecho á mi fiel escudero cogiéndole 
durmiendo. El secretario se despidió medio riendo , y á 
la que llegaba á la puerta del aposento, le llamó Sancho, 
diciendo : ¡ Ah señor negro 1 por los palos que dice mi 
amo que el suyo me dio, lo cual no creo, que me diga 
si el gobernador de esas ciudades , que tengo de ser yo, 
es señor disoluto de todas esas alhondiguillas que dice. 
Si, hermano, respondió el secretario. Pues andad con 
Dios, dijo Sancho ; que presto iremos allá mi señor y yo 
con Mari-Gulierrez, que es mi mujer, como saben Dios 
y todo el mundo. Bien podéis, dijo el secretario; que 
también ha de gobernar con el que rige la tierra, la miK 
jersüya á las mujeres de Chipre. Par diez, dijo Sancho, 
mi mujer no sabrá gobernar más que mi rucio ; y más, 
que si yo me empiezo á entretener entre aquellas albon- 
diguillas, no se meacordará másde la gobernadurín, que 
8i no naciera para ello. Fuese el secretario, y volvién- 
dose al aposento de don Alvaro, se desnudó y lavó, y 
volvió á vestir sus vestidos sin que los criados lo echa- 
sen de ver ; porque de industria su aroo los habla entre- 
tenido con Sancho y don Quijote, nablando de la em- 
bajada y haciendo mil disparatados discursos y trazas 
sobré ella , hasta que le pareció habria tenido tiempo él 
secretario do hacer lo que habemosdichohizo,ydo 
volverse á su casa á dar cuenta de todo á don Carlos, 
como realmente lo había ya hecho. Desde este dia 
siempre daba Sancho prisa á su amo que fuesen á Chi- 
pre, y cada mañana se levantaba con esta oración, hasta 
que le dijo don Quijote que no podía ir allá sin matar 
primero en pública batalla , en la plaza de Madrid , al 
gran Tajayunqne, rey de aquel reino. Don Alvaro se Tnó 
á ver con don Carlos, y á tratar asi de la partida como 
de los dislates de don Quijote, y de la determinación 
con que quedaba por la embajada del negro , escudero 
de Tajayunque ; y concertados de que se partirían am* 
hosconlos demás caballeros granadinos amigos suyos 
dentro de dos días, se volvió á casa á dar calor á la par- 
tida de don Quijote, para desembarazarse del. Llegó de 
vuelta á casa y habló en ella á don Quijote , y aprestaron 
su viajecon tanta diligencia, que poca necesidad tuvo de 
valerse de la suya don Alvaro para despedirle; porque en 
viéndole, le dijo don Quijote : No permite mi reputación, 
señordon Alvaro, que me detenga más de un dia en esta 
ciudad; sino que me es forzoso salir luego della, yira 
los alcances de mi soberbio contrario : vuesa merced 
me tenga por excusado, si con tan pocos cumplimientos 
agradezco las mercedes rccebidas; pero viva seguro de 
que por ellas tendrá en mi un alquitrán de sus enemí* 
gos, un rayo de sns émulos, y mil Hércules, Héctores y 
Aqulles en este brazo iavencible, para castigar las inju- 



rias que solo con el pensamiento le hicieren los que mal 
le procuraren , aunque sean los mesmos gigantes que 
fundaron la torre de Babilonia, si.de nu«vo volviesen á 
resucitar solo para ello. Y volviéndose á Sancho, le dijo : 
Ea, Sancho, ensilla presto á Rocinante, pues te va tanto 
á ti én la brevedad del negocio como á mí , por la feliz 
gobernación que esperas. SI espero, dijo Sancho; pero 
también nos espera abajo una muy buena comida, y no 
es razón perderla, ni hacer agravio de no comerla al co- 
cinero cojo , mi grande amigo, que por mi respeto me 
dijo donantes la ha aderezado con la mayor elegancia y 
pdicia que pueden imaginar cuantas imágenes hay ea 
las boticas y tiendas de todos los pintores del nuevo 
mundo; y á f e que por ello le he ya ofrecido llevará 
Chipre, y helleallá rey de los cocineros y adelantado 
de las cazuelas, pues es más sabio en cosas de platos, que 
lo fué Platón ó Pluton, ó cómo diablos le llaman los bo- 
ticarios. Alabó mucho don Alvaro el parecer de Sancho, 
y así , mandó poner las mesas por su voto ; que si aguar- 
daran el de don Quijote en esta parte, jamas se tratara 
de comer. Hiciéronlo todos juntos con gusto luego, dán- 
doles una muy buena comida el cocinero, que estaba 
prevenido de que lo hiciese, porque aguárdala don Al- 
varo nuevos convidados y de consideración, si bien 
después se le quedó con ellos don Carlos cuando fué á 
visitarle, porque ^^a los halló con él tratando de su par- 
tida, cuya nueva se iba publicando. Acabado de comer, 
ensilló Sancho á Rocinante y armó á su amo, el cual su- 
biendo con lanza y adarga luego á caballo, se salió de 
casa con una presteza increíble, despedido de don Al- 
varo con esperanzas de verle en la corte , adonde le ha- 
bía ofrecido acudir para apadrinarle sin falta en el desa- 
fío. Enalbardó también Sancho ásn jumento, y echando 
en sus alforjas, por mandado de don Alvaro, los relieves 
de pan y carne que de la mesa hablan sobrado, que no 
eran pocos, envueltos en una toalla, se despidió con mil 
aleluyas, disparates y promesas de su gobernación de 
Chipre , do amo y criados, y tras esto cargó al rucio de 
las alforjas y maleta y de sus repolludos cuartos, arreán- 
dole á prísa para ir, como él decía, en bnsoa de su seuor 
don Quijote y en alcance del soberbio Bramídan. 

CAPITULO XIV. 

De la repentina pendencia qoe lavo Sancho Panza coi ao soldado 
que , de Tueiu de FlAndes, Iba destrozado á Castilla en compa- 
fifa de ID pobre crmitafio. 

' No pudo Sancho alcanzar á su amo, por mucha dili- 
gencia que se dio para hacello, hasta á la salida déla 
ciudad , donde le halló parado frontero á la Aljafería, 
I que, de corrido de la grita de los muchachos que llevaba 
- tras sf, no se atrevió irle aguardando; pero hízoloen 
I dicho puesto, seguro dellos , con la compafiía de un po- 
I bre soldado y venerable ermitaño, que iban á Castilla 
y Dios le deparó, con qtiienes le halló hablando. Iban 
I ambos á pié, y empezaron á caminar viendo lo hacia 
I don Quijote luego que llegó Sancho, el cual se maravi- 
lló de verle platicar con mucha atención con el soldado, 
I preguntándole de dónde venía , coligiéndolo de que oyó 
. decir al soldado venia de servir á su majestad en los es- 
tados de Flándes, donde le habla sucedido cierta des- 
gracia, la cual le forzó á salir del campo sin licencia, y 
que en los confines de los estados y del reino de Francia 
le habían desbalijado ciertos fragutes, y quitado los pa- 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA: 



4! 



pelesf üineroA quejlraia. ¿Caántos eran ellosT dijo don 
{jQíjole. Cnatro» respondió él « y con bocas de fuego. Sa- 
lió Saoclio» oyendo la respuesta , diciendo: ¡Oh hi de 
pata, traidores ! ¿y bocas de faego traían? Yo apostaré 
qoeeran fantasmas del otro mando, si ya no eran úni- 
masdel purgatorio, pues que decís que echaban fuego 
por las bocas. Volvió el soldado á mirar á Sancho , y co^ 
(DO le vio con las barbas espesas, cara de bobo, y rella- 
nado en su jumento, pensando que era algún labrador 
aík) de las aldeas vecinas , y no criado de don Quijote, 
le dijo : ; Quién le roete al muy villano en echar sU cu- 
durada donde no le va ni le viene T Yo le voto á tal quo 
1« dé, si meto mano, más espaldarazos que cerdas de 
paeroo espin tíene en la barba; que no debe de saber 
tengo yomás Tutanos como él apaleados, que he be- 
bido tragos de agua desde que nací. Sancho, que oyó lo 
qaeel soldado había dicho, dando muchos palos á su 
tsoo, arremetió pan él con intento de atropetlarle, di* 
cieado : Vos sois el puerco espín y medio celemín, y el 
tngador de puercos espines y medios celemines. El sol- 
dado, que no sabia de burlas, metió mano, y sin que 
elenDílaTionidon Quijote lo pudiesen estorbar, le dio 
ffl^dia docena de espaldarazos, y asiéndole de un pié, le 
echó del asno abajo ; y prosiguiera en darle de coces si 
doQ Quijote no se pusiera en medio ; el cual, dando con 
el cueoto del laozon al soldado en los pechos, le dijo : 
Teoéos, mucho enhoramala para vos, y tened respeto si- 
quiera á que estoy yo presente, y que este mezo es mi 
criado. El soldado, reportándose, dijo : Perdone vnesa 
merced, señor calKiUero ; que no entendí que este labra- 
dor era cosa suya. Ya se habla Sancho levantado en esto, 
y €00 tto gentil guijarro que había cogido del suelo co- 
meozd á decir á grandes voces : Quítese, mi señor don 
Quijote, de delante y apártese, dejándome solo con él ; 
qoe JO le haré, de la primer pedrada , que se acuerde de 
la graadisiina pu la que le parió. El ermitaño se asió del, 
5 no podía detenerle, segim estaba de colérico, lilasya 
qoe reportó su furia un poco, dijo : |Cuerpo de mi sayo, 
ieñor don Quijote 1 yo ¿ no le dejo á vuesa merced en sus 
iveuturas, stu hacerle ningún estorbo? Pues ¿por qué, 
$ieiM)oast, no roe deja á mi también con las que Dios 
Biedepara? ¿Cómo quiere que aprenda yo á vencer los 
gigantes? Y aunque este picaro no lo es, bien sabe vuesa 
merced que en la barba del ruin se enseña el barbero. 
£i ermitaño dijo : Hermano, no haya más, por caridad ; 
soltad la piedra. Sancho respondió que no quería si 
primero aquel jayán no se daba por vencido. Llegó al 
soldado el ermitaño, diciendo : Señor soldado, este la- 
brador es medio tonto, como ha podido colegir de sus 
nzones : no haya más, por amor de Dios. Digo, soñor, 
dijo el soldado, que yo quiero ser su amigo, por man- 
darlo su reverencia y este señor caballero. Llegáronse 
todos á Sancho, y dijo el ermitaño : Ya este soldado se 
da por vencido, como vuesa merced quiere; solo falta 
seiQ amigos, y que le dé la mano. Quiero pues antes, y 
es mi voluntad, respondió Sancho, ¡oh soberbio y des- 
comunal gigante, ó soldado, ó lo que diablos fueres! ya 
que le me lias dado por vencido, que vayas á mi lugar y 
Ui presentes delante de mi noble mujer y fermosa seño- 
ra , Mari-Gntierrez, gobernadora que ha de ser de Ghi* 
pre y de todas sus alhondiguillas, á quien ya sin duda 
debes de conocer por su fama; y puesto de rodillas de- 
late della, le digas de mi parte cómo yo te vencí en-ba- 



talla campal; y si tienes por ahí á mano ó en la faltri- 
quera alguna gruesa cadena de hierro , póntela al cuello 
para que parezcas á Ginesillo de Pasamonte y á losde^ 
mas galeotes que envió mi señor Desamorado, coando 
Dios quiso que fuese el de la Triste Figura, á Dulcinea 
del Toboso, llamada por su propio nombre Aldonza Lo- 
renzo, fija de Aldonza Nogales y de Lorenzo Gorchuelo :— 
y volvióse, dicho esto, á don Quijote, diciendo : ¿Qué le 
parece , señor don Quijote , á vuesa merced ? ¿Hanse de 
her desta manera las aventuras? ¿Parécele que les voy 
dando en el hito? Paréceme, Sancho, dijo don Quijote, 
que el que se llega á los buenos ha de ser urio dellos, y 
quien anda entre leones á bramar se enseña. Eso sí , dijo 
Sancho ; pero no á rebuznar quien va entre asnos; quo 
de otra suerte, días há que podria ser yo roaese de capi- 
lla de semejantes monacillos, según há tiempo que ando 
con ellos ; pero lié aquí la mano con el diablo : tómela 
con mucha alegría y vanagloria , señor soldado, y sea^ 
mos amigos usqw ad mortuorum ; y en lo de la ida al 
Toboso á verse con mí mujer, yo le doy licencia para 
que lo deje por ahora. Y abrazándole, sacó de las alfor- 
jas un pedazo de carnero fiambre de los relieves que tmía 
en ellas, y se le dio ; y el soldado, con un zoquete de pan 
que tenia guardado en la faltriquera , refociló su debiii-* 
tado estómago. Subió luego Sancho en su rucio, y co- 
menzaron á caminar todos pocoá poco; y don Quijote 
dijo á Sancho : Reflexión he estado haciendo, hijo San- 
cho, de lo que acabo de ver has hecho agora ; y dello co- 
lijo que con pocas aventuras destas te podrás graduar 
merítísimamente de caballero andante. ¡Oh cuerpo de 
Arlstóles! dijo Sancho, júrele por el orden de escudero 
andante que recebf el día que mantearon mis güesos á 
vista de todo el cielo y de la honestísima Maritornes, 
que si vuesa merced me diese cada día dos ó tres docenas 
de liciones en ayunas, que está el ingenio más quillo- 
trado, de lo que tengo de her, que me oblígase dentro de 
veinte años á salir tan buen caballero andanto como le 
haya de Zocodover al Alcana de la imperial ciudad de 
Toledo. El soldado y ermitaño comenzaron á ir cono- 
ciendo el humor de los compañeros con quien iban. 
Pero al Gn don Quijote los convidó á cenar aquella no- 
die y otras dos que anduvieron juntos y poco á poco, 
hasta tanto que cerca de. Ateca les dijo á boca de noche : 
Señores, yo y Sancho, mi M escudero, tenemos de ir 
fbraosamenteesta noche á alojar en casa de un amigo clé- 
rigo : vnesas mercedes se vengan con nosotros; que él 
es hombre de tan buenas entrañas y tan cumplido, que 
á todos nos hará merced de recobir y dar posada. Como 
iban los dos tan flacos de bolsa, acetaron fácilmente el 
envite ; y asi se fueron juntos para el lugar ; y don Qui- 
jote preguntó, antes de llegar, á él al ermitaño cómo se 
llamaba ; el cual le respondió que su nombre era fray 
Esteban , y que era natural de la ciudad de Cuenca, y 
por habérsele ofrecido cierto negocio, había ido forzo- 
samente á Roma ; que ya se volvía á su tierra, donde se- 
ría bien recebido, y podría ser ocasión en que le pagase 
en ella la merced que le hacia en este camino. El solda- 
do le dijo luego, preguntado también de su nombre, 
que se llamaba Antonio de Bracamente, natural de la' 
ciudad de Avila y de gente ilustre della. Tras lo cual 
llegaron juntos al lugar, y fuéronse derechamente en 
casa de mosen Valentín ; y llegando á su puerta, se aped 
Sancho de su asno, y entrando en el zaguán, comenzó á 



4S 



BL LICENCIADO ALC»<SO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



dar voces , diciendo : ¡ Ali señor mosen como se llazna ! 
aquí están sus antiguos huéspedes , que vuelven á berle 
toda merced y honra, como se lo rogó hiciesen cuando 
Íbamos á ¡as justas reales de Zaragoza. Salió la ama á las 
vocesconun candil enlamano^y comoconocióáSancho» 
entró corriendo á su amo, diciéndole : Salgo, señor; que 
aquí está nuestro amigo Sancho Panza. Salió el clérigo 
con una vela en la mano; y como vio á don Quijote y 4 
Sancho , que ya estaban apeados , dióla á la ama, y fuese 
para don Quijote, y abrazándole , le dijo : Bien sea ve* 
nido el espejo de la caballería andantesca con el bueno 
y fiel escudero suyo Sancho Panza. Don Quijote le abrar 
zó también , diciendo : A mi me pareció, señor licenciar 
do, que fuera cometer un grave delito, si pasando por 
este lugar, no viniera á posar y recebir merced en su 
casa con estos reverendo y señor soldado, que conmigo 
Tienen haciéndome bonísima compañía. A lo. cual res* 
pendió mosen Valentín, diciendo : Aunque yo ñoco* 
Dozca á estos señores sino para servirles» basta venir 
con vuesa merced para que les baga el servicio que pu- 
diere. Y volviéndose á Sancho, le dijo : Pues, Sancho, 
¿cómo va? Biená su servicio, respondió Sancho. Pero 
la muía castaña de su merced ¿ está buena? que me di- 
jeron personas de mucho crédito en Zaragoza, que ha- 
bía estado malísima de ciática y pasacólica, de una gran 
cólera que había tomado con el macho del médico, y 
que á causa deso no podía atravesar bocado de pan. Mo- 
sen Valentín se rió mucho y 1^ respondió : Ya le pasó 
esa indisposición y enojo, y está ahora bonísima y á 
vuestro servicio, besándoos las manos por el cuidado. Y 
tras esto dijo á los huéspedes : Entren todos vuesas 
mercedes en mi aposento, y aderezarse ha, mientras, 
reposan en él, de cenar. Entraron todos; y el buea mo-^ 
sen. Valentín hizo aderezar una muy buena cena «rega- 
lando á don Quijote y á los huéspedes con mucho amor. 
y voluntad. Servia Sancho á la mesa, sin desembarazar 
jamas el pajar, porque siempre traía la boca llena ; al 
cual dijo mosen Valentín : ^Qué es deaquella joya, her-: 
mano Sancho, que me prometistes traer de las justas de 
Zaragoza? ¡Asi cumplen su palabra los hombres de bien!, 
Se lo prometoá vuesa merced, dijo Sancho, que si hu- 
biéramos muerto aquel gigantazo del rey de Chipre,, 
Brauíidan , que yo se la hubiera traído tal y tan buena! 
como la hayan tenido gigantes en este mundo;, pero yot 
creo que antes de muchos diasltegarémosáChipre,quo: 
ya no puede estar muy lejos; y en matándole, déjeme ái 
rol el cargo. ¿Qué gi^^ante os ese, preguntó mosen Var-. 
lentiñ , ó qué Cbipre? ¿Es por desgracia como la aven^. 
tura del morisco meloncro, que los dias pasados llama— 
bades Vellido de Olfos? V tomando la n^uodon Quijote, 
para responderle, contó punto por pvnto lo que en Za- 
ragoza les habla sucedido con el gigante en casa de don 
Garlos , juez de la sortija en que él ganó en pública plaza 
unas agujetas del cuero del ave fénix^ y. lo que después 
á la mudrugada le habla sucedido con el mismo gigante 
Bramldan en la posada dá su amigo don Alvaro Tarfe»; 
la cual liabia escalado por encantamiento para matar- 
los á todos dentro della á traición, y excusar así el haber, 
do salir al desafío que con él tenU aplazado para la tardo 
del mismo día en la plaza del Pilar, de donde temia 
habla de salir vencido (1) ; pero saliólo, si no de la plaza 

(1) Don Qsijote pasa A hablar en primera person», sin qne se 
exprese en la narración. 



dicha, á lo menos de la posada de don Alvaro, en la cual 
le di mil hnsidas y palos. A mis costillas las dio ¡ caerpo 
non de mis aaragaelles! dijo Sancho^ y miiy buenos. 
Ese fué, Sancho, el gigante, replicó don Quijote, que 
DO pudiéndose volver ai asno , se volvió á la albarda. Es 
verdad que al asno no podo llegar, porque estaba en la 
caballeriza, anadió Sancho; pero ¡pluguiera á Dios hu- 
biera yo tenido encimadla albarda cnando me d«4 los pa- 
los el g^Bte> vuesa merced, ó la puta qae los parió á 
ambos, como la tuve cuando venimos desde el melonar, 
bien aporreados ,.hasta esta misma casa santa y sacerdo- 
tal, huérfanos, yod^mí rucio, y vuesa merced de Ro- 
cinante! Celebraron todos las verdaderas simplicidades 
de Sancho; y moeea Valentín,, como ya conocía el humor 
de don Quijote , cayó en cuanto pedia ser, y dijo al er- 
mitaño y soldado ; Que me maten si algunos caballeros 
de buen gusto no han hecho alguna invencioD de gigante 
para reír con don Qoijote. Oyólo Sancho, que estaba 
tras su silla, y dijo : No, seiíor, no crea tal ; que yo roes- 
mo le vi , por estos ojos que saqué del vientre de mi ma- 
dre, entrar por la sala de don Carlos ; y más, que le traen 
las armas cinco.ó seis docenas de bueyes en carros, y la 
adarga es una gnmdisima rueda de molino, según él 
mismo dijo ; y es imposible mienta ;un tan gran persona- 
je, de quien solee en las mapamundis se come cada 
dia seis ó siete hanegas de cebada. Acabaron de conocer 
en esto el soldado y ermitaño que don Quijote era falto 
de juicio, y Sancho simple de su naturaleza ; y viendo* 
los mosen Valentín mirar con mucba atención á don 
Quijote, dijo al soldado lo hiciese merced de decirle su 
patria y nombre, todo á fin de divertir las locuras y qui- 
meras que temia dodonQu¡jote> si continuaban en darla 
pié. El soldado^ que tenia tanto do discreto y noble, 
cuanto de plática militar, conoció luego el blanco á que 
tiraba con la pregunta su cortés huésped , y asi dijo : Yo 
soy, señor mió, de la ciudad de Avila , conocida y fa- 
mosa en Esputa por los graves sugetos con que la lia 
honrado y honra en* letras, virtud, nobleza y armas, 
pues en todo ha tenido iluslses hijoá. Vengo ahora de 
Flándes, adonde me llevaron los honrados deseos que 
de mis padres Iteredé, con fin de no degenerar dello:;, 
sino aumentar por mi lo que de volor y inclinación i 
la guerra me comunicaron con la primera leche ; y aun- 
que vuesa .merced me ve desta manera roto, soy de los 
Bracamontes , liniye ten conocido en Avila, que no hay 
alguno en ella que ignore haber emparentado con los 
mejores que la ilustran. ¿Hallóse, dijo mosen Valentín, 
vuesa merced acaso en Flándes cuando el sitio de Os- 
tende? Desde el dia en que se comenzó, dijo el soldado, 
hasta el en ^ese entregó et fuerte, me hallé, señor, 
allí ; y auo tengo más de dos balazos, que podría mos- 
trar, en los muslos, y este hombro medio tostado de una 
bombado fuego que arrojó el enemigo, sobre cuatro ó 
seis animosos soldados españoles que intentábamos dar 
el primer asalto al muro, y no fué poca ventura no acá* 
barnos. Mandó , aca|)ad3 U cena , mosmi Valentín alzar 
lamosa; y tras esto, él y don Quijote, que comenzó á 
gustar de ki nñel de la batalla y asalto , cosas todas mny 
confórmese su humor, rogaron al soldado les contase 
algo de aquel tan porfiado sitio ; el cual lo hizo así cor? 
mucha gracia; porque la tenia en el hablar, asi latín 
como romance. Mandó antes de empezar tender sobre 
la mesa im ferreruelo negro, .y que le trajesen un peda- 



Da\ QUIJOTE DE LA IíAKCDA; 



dto d« y^ ; y traído, les dibujó con él sobre la capa el 
Bliodel foerte de Ostende, distinguiendo con harta 
propriedad los puestos de sus torreones, plataformas^ es- 
tradas encubiertas » diques y todo lo demás que le for* 
¿ficaba, de suerte que fué el verlo de mucho gusto para 
inosea Valentín, que era curioso : díjoles tras esto de 
loeaoria los nombres de los generales, maestres de 
campo y capitanes que sobre el sitio se bailaron, y el 
BÚmero y calidad de las personas que, asi de parte del 
enemigo como de la nuestra, allí murieron, que por no 
hacer á nuestro propósito, no se dicen aquí : solo referi- 
remos lo que de Sancho Panza cuenta la historia en esta 
parte, y es que, como hubiese escuchado con mucha 
ateDcion lo que el soldado decia de Ostende, y como era 
tanfuerte, y que nos había muerto tantos maestres de 
campo y un número infinito de soldados, y que costó el 
gmk tanto derramamiento de sangre, salió tan á des- 
propósito como solia, diciendo : ¡Cuerpo de quien me 
Itizo! ¿Y es imposible que no hubiese en todo Flándes 
a\gttD caballero andante que á ese bellaconazo de Osten- 
de le diera una lanzada por los íjares y le pasara de 
lurte á parte, para que otra Tez no se atreviera & hacer 
(ao grande carnicería de los nuestros? Dieron todos una 
gran risada, y don Quijote le dijo : ¿Pues no ves, aní- 
mala»), que Ostende es una gran ciudad de Flándes 
paesüila marina? Hablara yo para mafiana, dijo San- 
dio: par diez, que pensé que era otro gigantazo como 
eirey deChipre que vamos á buscar á la corte, donde 
k toparemos, si ya no es que de miedo nos huya poc 
arte de encantamiento; que ya todas nuestras cosas há 
días que van tan encantadas, que temo que no se nos 
encante alguna vez el pan en las manos, la bebida en los 
labios, y todas las bascosidades, cada una en el baúl en 
qoe la depositó naturaleza. Mosen Valentín, interrum- 
piéndola plática, se levantó de 1^ mesa, por parecerle 
se Iiacia tarde, yqiiesise daba lugar alas preguntas y 
respuestas de amo y escudero, habria para mil noches ; 
j asi les dijo : Seuorcs , vuesas mercedes vienen cansa- 
dos, y paréceme será hora de.reposar : el seoor don Qui- 
jote p de la otra vez sabe el aposento en que lo ha de 
hacer; este señor y el reverendo, pues son compañeros 
de camino, no se les hará mal de serlo esta noche de ca- 
ma, paes la falta dellas me obliga ó suplicárselo; Sancho 
con esta candela vaya y desarme á su amo, y después 
sóbase á su camaranchón ; y finalmente vamonos todos 
adormir. Fnéseí Sancho alumbrando á su amo, y el sol- 
dado 7 ermitaño siguieron á moscn Valeutin, que asién- 
doles por la mano , les paseó un breve rato por la sala, 
contándoles todo lo que la otra vez le habla pasado con 
don Quijote, de que quedaron maravillados; pero lio 
tanto cnanto lo quedaran á no haberle visto hacer de 
Zaragoza hasta allí, por los caminos y en todas las posa- 
das, cosas que un insensato no las hiciera, poniéndoles 
con ellas y con sus desaforadas palabras en mil contingen*. 
áas ¿ cada paso. Con todo, quedaron de común acuerdo 
de procurar probar con todas sus fuerzas por la mañana 
a le podrían reducirá que dejase aquella vanidad y lo-, 
cara en que andaba, persuadiéndole con razones efica- 
ces y cristianas lo que le convenia y dejarse de caminos 
! aventuras, y volverse á su tierra y casa, sin querer mo-s 
rírcomo bestia en algún barranco, valle ó campo, desea-, 
labrado ó aporreado. Reposaron lanoche con harta como- 
didad todos, y venida la mañana, apretaron el negocio 



43 

déla reducción de don Quijote; pero todo fué trabajaren 
vano ; antes le dieron motivo sus amonestaciones á que 
se levantase más temprano (que en la cama le cogieron 
para conmá&quietud poderle hablar), y mitndase, como 
mandó, con mucho ahinco ¿ Sancho ensillase á Roci- 
nante, queriéndose partir sin desayunarse ; y viendo 
mosen Valentín qoe era perder tiempo el darle consejo, 
hubo de callar ; y dándoles de almorzar á todos, dio 4 
don Quijote ocasión de hacer lo que deseaba, que era 
salir de su casa, como lo hizo, con los demás, despedi- 
dos todos primero con mucho comedimiento del hon- 
pido clérigo y de su ama. Pusiéronse camino deMadrid; 
pero apenas hubieron andado tres leguas» cuando co- 
menzó á herir el sol, que entonces estaba en toda su, 
fuerza , de manera, que íes dijo el ermitaño^ como más; 
cansado y más anciapo : Señores, pues el calor, como 
vuesas mercedes ven , es excesivo , y no nos faltan pianí 
hacerla concertada jomada más de dos pequeñas leguas, 
paréceme que lo que podríamos, y aun deberíamos ha- 
cer, es irnos á sestear hasta las tres ó cuatro de la tarda 
alli donde se ven apartados del camino aquellos fresco» 
sauces, que hay una hermosa fuente al pié dallos, si 
bien me acuerdo; que después, caldo el soU proseguí^ 
remos nuestro camino. A todos agradó el consejo ; y asi 
guiaron hacia allá los pasos, y cuando llegaron cerca de. 
dichos árboles, vieron sentados á su sombra, dos canó- 
nigos del sepulcro de Galatayud , y un jurado de la mis- 
ma ciudad , los cuales ,por esperar como ellos á que pa- 
sase el calor del sol, se acababan de asentiir alU. Llega- 
ron todos ; y el ermitaño, saludándoles muy cortésmen- 
te, les dijo : Con licencia de vuesas mercedes , mis se- 
ñores, yoy estos caballeros nos asentaremos en esta fres- 
cura á pasar en ella un rato la siesta mientras la hicle- 
mencia del calor se modera : — á lo cual respondieron 
ellos con muestras de gusto, que le tendrían grandisi- 
mq eq gozar de tan buena compañía las cuatn).ó cinco 
hpias qoe alli pensaban estar ; y uno dellos, mara- 
villada de ver aquel hombre armado de todas piezas, 
preguntó al ermitañoal oído qué cosa fuese, á lo unal 
respondió que no sabia otra cosa más que ceroa de Za- 
ragoza habla topado con él y aquel labrador su cría- 
do, hombre simpUclsimo, y que, áloqueiioaginaba, 
se íiabia vuelto loco leyendo libros decaballería^, y con 
aquella locura, según estaba informado,. habla un año 
que andaba de aquella suerte por el mundo, tenién- 
dose por uno de los caballeros andantes antiguos que en 
tales libros se leen ; y que si quería gustar un poco del, 
que le diese materia en asentándoSQ pIlí, y'oiria mara- 
villas. En esto llegaron á ellos don Quijote y Sancho,, 
que habían estado quitando el freno á Rocinante y la al-^ 
barda al rucioi y después de haberse saludado todos, le 
dijo uno de aquellos canónigos que se quitase las armas, 
porque venia muy caluroso , y allí estaba «n parte segu- 
ra, donde todos eran amigos. A lo cual respondió don 
Quijote le perdonase ; que no se las podía quitar jamas,, 
sino era para acostarse ; que á eso le obligaban Jas leyes 
de^u profesión» En esto se asentó con gravedad; y oUos^ 
q4|ie vieron su resolucloni no quisieron porfiarte tnás ; y 
asi, después de haber tratado de lo que más le agradaba 
un rato, dijo don Quijote : Paréceme , señores, ya que 
habemos de estar aqui cuatro ó seis Jioras, que pasemos 
el ticmpodelasiestacon el entretenimiento dealgujibuen 
cuento sobre la matcría que mejor les pareciere á.vue- 



44 



EL LICENOADO ALONSO FERNANDEZ DÉ AVELLANEDAS 



fas mercedes. Sentóse en esto Sancho, diciendo : Si no 
esmás desto,yo les contaré riquísimos cuentos; queáfe 
que lo» s¿ iindos i pedir de boca. Escuchen pues ; que 
ya comienzo. Érase que se era, en liora buena sea, el mal 
que se vaya, el bien que se Tenga, á pesar de Menga. 
Erase un hongo y una lionga que iban á buscar mar 
abajo reyes... Quítate allá, bestia, dijo don Quijote; que 
aquí el señor Bracamonte nos hará merced de dar prin* 
eipio á los cuentos con alguno digno de su ingenio , de 
Flándes ó de la parte que mejor le pareciere. El solda- 
do respondió que no quería replicar ni excusarse ; por- 
que deseaba servirles y dar juntamente materia para 
que algiiQO de aquellos señores contase algo curioso, 
supliendo la falta que de serlo ternia el siguiente trági- 
co suceso. 

CAPITULO XV. 

EOf|ne el sollado Antonio de Bneamoifte da principio A su evento 

del Rieo desesperado. 

En el ducado de Brabante , en Flándes, en una ciudad 
libada Lováina, principal universidad de aquellas pro- 
vincias, habia un caballero mancebo liomado' monsinr 
de Japelin , de edad de veinte y cinco años , buen estu- 
diante en ambos dereclios, civil y canónico, y dotado 
tan copiosamente de los bienes que llaman de rorlima, 
que pocos habia en la ciudad que se le pudiesen igualar 
en riqueza. Quedó el mancebo, por muerte de padre y 
madre, señor absoluto de toda ella ; y as!, con la libertad 
y regalo (alas que sacan á volar y precipitarse moceda- 
des pródigas, con peligrosos pronóstico$de infelices (!• 
nes) comenzó á aflojar en el estudio y & andar en^nelto 
en mil géneros de vicios, con otros de m edad y partes, 
sin peiSer ocasión dé convites y borracheras, que en 
aquella tierra se usan mucho. Sucedió pues, andando 
en estos pasos, que un domingo de cuaresma dirigió 
acaso los suyos á oir un sermón en un templo de padres 
do santo Domingo, por predicarle un religioso eminente 
eu doctrina y espíritu, donde tocándole Dios al libre y 
descuidado oyente en el corazón con la fuerza y virtud 
de las palabras del predicador, saltó de la iglesia trocado 
de suerte^ que comenzó á tratar consigo propríode de* 
jar el mundo con toda sn vanidad y pompa, y entrarse 
en la insigne y grave religión de los Predicadores. En- 
cargó en este presupuesto toda su casa y hacienda á un 
pariente suyo, para qne se la administrase algunos dias 
en que pensaba hacer una precisa ausencia, con cargo 
de que le diese fiel cuenta della cuando se la pidiese. 
Tras esto se fué á Santo Domingo, y hablando con el re« 
ligioso predicador, le descubtíó su pecho. En resolu- 
ción , como era hombre de prendas singulares y cono- 
cido por ellas de todos, fué fácil darle luego el hábito, 
como en resolución se le dio en dicho convento. Vivió 
en él con muclio gusto y muestras de ejemplar religioso 
por espacio de diez meses ; pero nuestro general adver- 
sario (que anda dando vueltas como león rabioso bus- 
cando á quien tragarse , como dice en no sé qué parte la 
Escritura), para daño de su conciencia, trajo á aquella 
universidad dos amigos suyos que liabian estado au- 
sentes de Lovaifia algunos meses, no poco viciosos y aun 
sospccliosos de la fe, plaga que ha cundido no poco, por 
nuestros pecados, en aquellos estados y en los circunve- 
cinos suyos. Sabido por ellos como Japelin , su amigo, 
se habia entrado religioso dominicano, lo sintieit)nen 
el alma, y propusieron de ir al convento y persuadirle 



con las mayores veras qne les fuese posible, dejase c! 
camino que habta comenzado á seguir, y volviese á sus 
estudios. Efectuáronlo de suerte que lo determinaron, y 
la mesma tarde del concierto fueron á verle ; y obtenida 
ucencia para ello del Prior (que por allá no se observa el 
rigor que en nuestra España en hacer guardar el debida 
recogimiento á los novicios el año de su noviciado) , le 
abrazaron con mucho amor; y después de haber hablado 
mil cosas diferentes y de girsto, el qiTc íebia de ser más 
libre comenzó á decirle ías siguientes razones : Mara- 
villado estoy, monsiur de Japelin, de ver que, siendo vos 
tan prudente y discreto, y un caballero en qníen toda 
esta ciudad tiene puestos los ojos, hayáis dejado Toes- 
tros estudios, contra la esperanza que todos teníamos 
de veros antes de muchos anos catedrático de prinna , y 
celebrado por vtiestra rara habilidad, no solo en Lovái- 
na, sino en todas las universidades de Flándes, y aun en 
las de todo el mundo; porque vuestro divino entendi- 
miento y feliz tnemoria claros presagios daban de qoe 
habíades de alcanzároste y todo lo demás á que aspira- 
sedes ; y Te que aumenta el espanto es ver hayáis queri- 
do, contra el gusto de toda esta ciudad, y aun contra 
vuestra reputación y la de vuestros deudos, tomar el liá^ 
bito de religioso, como si fuérades liombre á quien fal- 
tasen bienes de forlima, ó fuérades persona simple y 
desemparentada, y por eso obligado á tomar semejante 
profesión de pobreza. ¿No sabéis, seiior, que la cosa 
más preciosa que el hombre posee es la libertad, y que 
vale más« como dice el poeta, que todo el oro que la 
Arabia cria? ¿Pues por qué la queréis perder tan fácil- 
mente, y quedar sujeto y hecho esclavo de qu¡en,.siendo 
menos docto y principal que vos, os mandará maííana,. 
como dicen , á zapatazos, y por cuyas manos habrán de 
llegar á las vuestras hasta las cartas y papeles que para 
consuelo vuestro os escribiremos los amigos? Miradlo,, 
sefior, bien,, y acordaos que vuestro padre, que buen 
siglo haya, no podía ver pintados los religiosos; y así, 
amigo del alma » 08 suplico por la ley del amistad qoe 
os debo, qtie volváis sobre vos, y desistáis desta nece- 
dad , ó por mejor decir ceguera , y volváis á vuestra lia- 
cienda , que anda toda como Dios sabe, por faltarle vos. 
Volved á vuestros estudios, pues si os pareciere, siendo 
vos, como sois, tan principal y rico, os podéis casar con 
una de fas damas hermosas y dehacienda desta tierra , 
en el cual estado os podéis muy bien salvar,.y alegrará 
vuestros parientes, los cuales están muy tristes por lo 
que habéis hecho, teniéndoos ya por muerto en vida. 
No os quiero, señor, decir más de qne metáis la mano 
en vuestro pecho; que sé que con esto echaréis de ver 
que os digo la verdad y como amigo que desea en todo 
vuestro hien; y pues agora tenéis tiempo, que no há 
mas de diez meses que entrnstes aquí, para enmendar 
el yerro empezado y dar contento á los que os atnamos^ 
dádnosle cumplido con vuestra salida ; que os prometo,, 
á fe de quien soy , qne no os arrepintáis de haber tomado 
mi consejo, como dirá el tiempo. Estuvo el religioso 
mancebo callando á lodo lo que el ministro del demonio 
le decia, y mirando al suelo con suma turbación y me- 
lancolía ; y en fin , como era flaco f estaba poco fundado 
en las cosas tocantes á la perfección y mortificación de 
sus apetitos , convenciéronle las razones frivolas y pes* 
tilencíales avisos que aquel falso amigó y verdadero ene- 
migo de su bien le habia dado; y asi lo respondió, di- 



DON QUUOTE DE LA MANCHA. 



45 



tiendo : Bien echo de ver , señor mío, que todo lo qoe 
me babeis dicho es mocha verdad ; y estoy yo .ya tan ar- 
futido de lo hecho más há de ocho dias, que si no 
fiten por el qué dirán y por mi propria reputación , me 
hobiera ya salido deste convento; pero con todo eso» 
estoy determinado de seguir el consejo y parecer de 
qnieo tan sin pasión y con tan buenas entrañas me dice 
loqoemeestá bien. Yo, en suma, me resuelvo de pedir 
boy por todo el día mis vestidos y volver 4 mi casa y 
bacieoda ; qne ya tengo echado de ver 16 que me impor- 
ta; y con esto no hay sino que os vais y me aguardéis i 
cenar esta noclie en vuestra posada , seguros de que no 
bllaréá la cena ; perotenedme secreta, os suplico, esta 
ni resolución. Con notable alegría abrazándole, se des- 
pidieroa todos del, por la buena nueva; y el engañado 
mancebo se fué derecho á Ui celda del Prior, y le dijo le 
naodase volver laego sus vestidos de secular, porque 
le importaba á su reputación volver á su casa y hacien- 
da, tras qne no podía llevar los trabajos de la orden, de 
ftttirlaaa, no comer carne , levantarse todas las noches 
i naitiaes, y los deroas que on ella se profesaban : de- 
OMsdesto, le dijo, mintiendo, como había dado pala- 
bra de casamiento á una dama , y que forzosamente se la 
fflbia de cumplir casándose con ella, á que le obligaba 
liooncíencia y las recebidas prendas de so honra. Mara- 
nilóse DO poco el Prior de oír lo qoe el novicio le decía, 
y lieao de suspensión, le respondió, diciendo : Empun- 
tóme, monsiur de Japelin, de vuestra indiscreción, y 
<iae tan poco os hayan aprovechado los ejercicios espiri- 
tuales en qoe en diez meses de religioso habéis trata- 
do, y los buenos consejos míos que como padre os he 
iiempi« dado. ¿No os acordáis, hijo, haberme oído de- 
círmuchas veces qne mirásedes por vos, príncipalmente 
este ano de noviciado, porque el demonio os había de 
bicercrudelisinia guerra en él, procurando con todas 
os astacias y foerzas persuadiros , como ahora lo ha he- 
cho, áqoe dejéis la religión, volviendo á las ollas de 
Egipto; que eso es volver á la confusión del siglo, en 
qaeélsabequecon mejor facilidad os podrá engañar y ha- 
cer caer en graves pecados , á manos de los cuales per- 
dais,!» solo la vida del cuerpo , sino , lo que peor es, la 
del alma? Acordaos también , hijo , que me habéis oído 
dcdrcómo basta hoy ninguno dejó el hábito qne una vez 
tomó de religioso, que haya tenido buen íln ; qne justo 
juicio es de Dios qne quien siendo llamado por su di- 
viaa Tocación i sa servicio , si después le deja de su vo- 
lontad ea vida, que el miarao Dios le deje á él en muer- 
te; siendo esto lo que él dijo á los tales por su Profeta : 
Vocavi, et rmuistis, ego quoque in interitu vestro rí- 
^bo. Verdad es qoe he visto por mis ojos mil experien- 
cias» y plegué á Dios,4»mo se lo mego, no la haga su 
divina jasticía en vuestra ingratitud y precipitada de- 
terminación; que lo temo por veros tan engañado del 
demoBío; qoe bis razones que vos medecis, claramente 
^bren no ser forjadas en otra fragua sino en la in- 
|enal que él habita. Advertid que si al principio halláis 
h diGcultad que decis en la religión , no hay que mara- 
^Harae dalla, pues, como dice el filósofo, todos los 
pnocipios son diGcullosos , y más los qne lo son de co- 
^^rdoas. Los hijos de Israel después de haber pasado 
i pié enjuto el mar Bermejo enviaron ciertas espías á 
reconocer la tierra de promisión, para la cual camina- 
^d; y volviendo ellas con un grandísimo racimo de 



uvas, tan grande, qoe menos que en un palo traído en 
hombros de dos valerosos soldados, no le podían tnier, 
dijeron : Amigos, esta^fruta lleva hi tierra que vamos á 
conquistar ; pero sabed que los horobresque la defienden 
son Lin grandes como unos pinos: ^conque dijeroo 
que el principio de la conquista de aquella fértilísima 
tieira era dificultoso, siendo sus habitadores gigantes. 
Desa manera, hijo mío, os ha acontecido á vos, me pa« 
rece, al principio de vuestra conversión , en la cual ba 
permitido Dios sintáis his presentes dificultades, con 
que pretende probar vuestra perseverancia, á fin de 
obligaros á que acudáis á él solo á pedirle favor para sa-* 
h'r con Vitoria ; si bien veo os habéis dado por vencido de 
vuestros enemigóse los primeros encuentros, dejándoos 
alar por ellos las manos, sin haber acudido á quien his 
tiene liberelisimas y prontas para remediaros, de lo 
cual nace el venirme á pedir con tan ciega resolución 
vuestros vestidos. Por la pasión que Cristo padeció por 
vos, os ruego, amado Japelin, que hagáis una cosa por 
mi, y es, que os reportéis por tres ó cuatro días, y en 
ellos bagáis oración á Dios ; que yo de mi parte es pro- 
meto de hacer lo mesmo con todos los religiosos desta 
casa , y veréis cómo usa su Majestad con vos de miseri- 
cordia, haciéndoos salir vitorioso desta infernal tenta- 
ción. Todas estas razones que el santo Prior dijo al in- 
quieto novicio no fueron bastantes para apartarle de sa' 
propósito; antes al cabo dellas le dijo: No liay padre 
mío , que dar ni tomar más sobre este negocio ; qoe es- 
toy resuelto en lo que tengo dicho, y lo tengo muy bien 
mirado y tanteado todo. £1, en efeto, se salió aquella 
noche del convento, y se fué derecho» como lo tenia 
concertado, á la posada de sus dos amigos, donde le es» 
peraban á cenar : diéronle un bravo convite, y brindá- 
ronse en él con mucho contento y abundancia los onos 
á los otros. Volvió tras esto Japelin á tomar posesión de 
su hacienda , y comenzó á seguir de nuevo el humor de 
sus compañeros, andando de día y de noche con ellos, 
sin hacerse convite ó fiesta en toda la ciudad donde los 
tres disolutos mancebos no se hallasen. Sucedió pues 
que un d'ui se fué á hablar muy de pensado con un caba- 
llero algo pariente suyo, el cual tenia una sobrina en 
extremo hermosa , discreta y rica ; y pidiósela por mu- 
jer, atento que ya antes que entrase á ser religioso le 
había hecho muchos dias del galán con demostracioqes 
de afición, en un monasterio de religiosas donde había 
estado encomendada. Viendo el caballero cuan bien le 
venía el casamiento á su sobrina, por ser Japelin en todo 
su igual , se la prometió con gusto suyo y della , á Ui cual 
su mismo tío aun no había un mes entero qne también 
la había sacado del convento de religiosas, en que, como 
queda dicho, había estado encomendada á una prima 
suya , perlada, sin haberle consentido que fuese monja 
en él, como sus padres habían deseado y procurado en 
vida : fin para el cual desde niña la habían hecho criar 
bajo de su clausura. Casáronse, en efeto, los dos recién 
salidos de sendos conventos, con grandes fiestas y uni- 
versales regocijos, y estuvieron casados tres anos,. al 
cabo de los cuales concibió la dama ; y viéndola su ma- 
rido preñada, perdía el juicio de contento, sin haber 
regalo en el mundo que no fuese para su mujer, acari- 
ciándola y poniéndola sobre su cabeza, con increíble 
' desvelo y mil amorosas ternuras ; pero sucedió que á l^s 
! seis meses de su preñez, un lio deste caballero, que era 



4« 



EL UCCNCIADO ALONSO FERNANDEZ DÉ AVELLANEDA. 



gobernador de un logaren loseonOnes de Flándcüs, que 
se llama Gambray, nrañó ; y sabido por e\ sobrino, par- 
tió para Bruselas, donde está la corte, y negoció sin 
mucha dificultad ( representadas sus prendas y los bue- 
no^ servicios desatio) le diesen aquel gobierno, del 
cual fué luego á tomar posesión, con intento de volver 
después por toda su casa y hacienda. Antes do la parti- 
da se despidió de su mujer con harto sentimiento de 
entrambas partes, diciendo : Señora mia, yo voy á dar 
asiento á las cosas de mi difunto tío el gobernador, y á 
poner en cobro la hacienda que por su muerte heredo : 
cosa que, como sabéis, no la puedo excusar; de álli 
pienso llegarme á Bruselas á pretender sucederle en el 
eargo , y á que me hagan sus altezas merced del » por los 
buenos servicios de mi tio : cosa que creo me será fácil 
de alcanzar. Lo que os suplico es miréis por vos en esta 
ausencia, y qne al punto que pariéredes, me aviséis 
para que me halle en el bautismo ; que lo haré sin falta; 
y creo será de igual regocijo para mt vuestra vista que 
ki del hijo ó hija que pariéredes. Prometióseloella, de 
quien despidiéndose con mil abrazos y amorosas lágri- 
mas, se partió para Gambray, donde y en Bruselas 
negoció muy á su gusto lo que pretendía, como queda 
dicho; tardando en los negocios y en volver á su casa 
casi tres meses. Antes qne lo hiciese, le dieron á la sen- 
iora los dolores del parto, la cual luego qiie se le sintió 
despachó un correo á su marido, rogándole partiese, 
irista la presente, pues ya lo estaba el dia de su parto. 
No tardó lapelin á ponerse á caballo y dar la vuelta para 
su casa más de lo que tardó en leer la deseada carta. A la 
que llegaba cerca de la ciudad de Lovaina enconti-ó por 
elcamhio un soldado espuriol,á quien preguntó, en em- 
parejando con él, adonde caminaba; y respondiéndole el 
soldado que iba á Ambares á holgarse con ciertos ami- 
gosque le habían enviado á llamar , y que estaba de guar- 
nición en el castillo de Gambray, le fué preguntando por 
el camino muchas cosas acerca de cómo lo pasaban ios 
soldados en el^ castillo , á todo lo cual respondía el espa- 
ñol con mucha discreción , porque era no poco prático, 
aunque mozo. Ya que llegaban á las puertas de la ciu- 
dad, le dijo Japelin: Seiíor soldado, si vuesa merced 
esta noche no ha de pasar adelante , podrá , si gustare, 
venirse conmigo á mi casa, adonde se le dará alojamien- 
to; y aunque no será conforme su valor merece, reci- 
birá á lo menos el buen deseo deste so servidor, dueíio 
de una razonable casa y del caudal que para sustentarla 
con el aderezo y fausto que vuesa merced verá en ella, es 
necesario; porque sepa soy muy aficionado á h nación 
española, y el serdella vuesa merced, y sus prendas, me 
obligan á usar desta llaneza : reposará, y por la mañana 
poda emprender la jornada con más comodidad, ha- 
biendo precedido el descanso de una acomodada noche. 
El soldado le respondió que le agradecía la merced que 
le ofrecía , no poco , y que por ella y la voluntad con que 
iba envuelta, le besaba las manos mil veces, y que le 
parecería pasarlos limites de la cortesía que su nación 
profesaba el dejar de aóeptar el ofrecimiento: con qué 
se resolvió quedar esa noche en Lovaina, aunque por 
ello perdiera la comodidad de su jornada. Llegaron am- 
bos, yendo en estas pláticas, á la deseada puerta de la 
casa de Japelin, de la cual salia acaso una criada, que 
'Viéndole, volvió corriendo, sin hablarle palabra, la es- 
calera arriba, dando una mano con otra con muestras 



de regocijo, y diciendo turbada : \ Monsiur de Japelin, 
monsiur de Japelin ! — Y tras esto volvió á bajar ásu amo 
con las mismas muestras de contento, diciéndole : Al^ 
bridas, señor, albricias; que mi señora ha parido esUk 
Aeche un niño como mil llores. Apeóse del caballo, coa 
la nueva, él como un viento , y subió en dos saltos la e>» 
calera, sin que el gozo le diese lugar de hacer comedi- 
mientos con el soldado ; y puesto en la sala , vio á su mu* 
jer que estaba en la cama ; y saludándola y abrazándola , 
llegado á ella, muchas veces, le dijo : Dad , mi bien, 
un millón de gracias al cielo por la merced que nos lia 
hecho agora en darnos hijo, que, siendo heredero de 
nuestra hacienda, pueda ser báculo de nuestra senec- 
tud,. consuelo de nuestros trabajos y alegría de todas 
nuestras aflicciones. Sentóse en esto en una silla que 
estaba en b cabecera de la cama, teniéndola siempre 
asida de la mano, platicando los dos, ya del camino y 
buen suceso de sus negocios, ya del venturoso parto y 
cosas de su casa. A la que se hizo de noche mandó qne 
le pusiesen allí junto á la cama la mesa, poix|ue gustaba 
de cenar con su mujer : hizo llamar al soldado luego, 
para qne se asentase á cenar también con ambos, lo cnal 
él hizo con mucha cortesía, y no con el recato que de- 
biera tener en los ojos en orden á mirar á la dama ; por- 
que le pareció, desde el punto que la vio, hi más bella 
Criatura que hubiese visto en todo Flándes. (Y éralo sin 
duda, según me refirieron los que me dieivn noticia del 
cuento, que eran personas que la conocieron.) Trajeron 
abundanlísimamenle de cenar; pero el español, que 
habia hecho pasto de sus ojos á la hermosura de la par- 
tera ( 1 ) y la gracia con qne estaba asentada sobre la cama, 
algo descubiertos los pechos (que usan más llaneza las 
flamencas en este particular que nuestras españolas), 
comió poquísimo, y eso con notable suspensión. Aca- 
bada lacena y quitados los manteles, mandó Japelin á 
ún paje que le trajese un clavicordio, que él tocaba por 
extremo ; que en aquellos países se usa entre caballeros 
y damas el tocar este instrumento, como en España b 
arpa ó vihuela. Traído y templado, comenzó á tener y 
á cantar en él con extremada melodía his siguientes le- 
tras, de las cuales él mismo era autor; porque, como 
queda dicho, tenia gallardo ingenio y era univei^sal en 
todo género de sciencias : 

Celebrad, Instramento , 
El ver qae do podrá el üempo variable 
Alterar mi contento 

Ni hacerme con sus faenas miserttle , 
Pies hoy eoD regocUo 
Ite ha dado un ángel bello , un bello hijo. 

Alzóme la fortuna 
Sobre lo más coBstaate de sv meda ; 

Y aunque «lia es como itsa , 
Le manda mi ventara qae esté qaedt 

Y qae la tenga firme , 

Y sn poder en mi fator eonfihne. 
Y»f, sefionmia, 

No temáis qae elta naestro bien altere 

Jamas ; porqae este día . 

El mismo ¿ielo naestro áaménfo qaiero; 

Qae eso dice el jantaraos 

En iBo á ambos para más amaños. 

Sin duda fal dichoso 
Cuando me aconsejaron dos amigos 
No fuese religioso , 
Pues los gastos qoe goso sos testigos 
De qoe su triste saerte 
En vida les iguala coo la muerte. 
(1) Parida. 



DON QUUOTE 

tlaim 99 , poeii sof r1fo« 
(hie Tiva alegre, eoma j ne r«|a)« , 
Y qvc el avaro tnico 

Me tema siempre , y attnra ese ne Iguale , 
Pses puedo en p» y ea guerra 
Honrar i los nás nobles desta tierra. 

Que viva sin zozobras 
También mil afios, libre de cuidados. 
Es justo, pues mis sobras 
InTidinn muchos de los más honrados , 
Viendo cómo de renta 
Más de diez mil al año , á buena cuenta. 

Y sobre todo aquesto , 
Mi brazo , mi fortuna y buena estrella 
Ecbaran boy su resto 
En darme un bijo de una diosa bella , 
Por quienes , noble y mozo , 
Mil parabienes y contentos gozo. 

Acabóse la másica con la letra , y comenzó la suspen- 
mn del espilol á subir de punto» por liaber oido los 
snaTÚiinosde garganta del rico flamenco» dichoso dueño 
delseraGn por quien ya se abrasaba. Llegó un paje » por 
mandado de su amo, en dando fin al canto, á quitarle 
d« delante el clavicordio ; que ya era tarde y tiempo de 
dar lagar al soldado á que descansase ; y para que (o bi* 
ciese mandó luego tras esto ¿ otro criado tomase uno 
de los candeleras de la mesa, y le fuese alumbrando con 
i\ al aposento primero del cuarto en que solia dormir su 
paje de cámara, que era vecino de la cuadra en que la 
(lama estaba acostada ; con orden de que le diese al ma- 
\(xámo ó dispensero, para que tuviese en amane- 
cieado aderezado un buen almuerzo para aquel señor 
soldado, con deseo de que pudiese salir de madrugada 
de Lovaina y hacer de un tirón la jornada, llevando 
hecha la alforja y saliendo desayunado, despidióse 
aj^^lecidísimo deste cuidado , y de la merced y regalo 
recibido del caballero y de su esposa, el soldado, con 
mil corteses ofrecimientos; y puesto en su aposento y 
acostado en él, fué tal la baleiia que le dieron las me- 
morias del bello ángel que adoraba , que totalmente es- 
tiba Tuera de sí. Reprendia su teroeiídad, represen- 
tándosele la imposibilidad del negocio áque aspiraba, y 
procuraba desechar de su ánimo una imaginación taL 
cual la que daba garrote á su sosiego. El caballero, ai 
abo de breve rato que se hubo ido áreposar el soldado, 
hi2o lo proprio, despidiéndose de su esposa con las 
maestras de amor que del suyo , tras tan larga ausencia^ 
ae puede creer, guardando el debido decoro al parto re- 
cien sucedido; que para no ponerse en ocasión de lo 
cootrario, se entró en otro aposento más adentro del en 
que la partera (1) estaba. Tuvo el paje que llevó á acostar 
al soldado consideración á que venia causado, y por no 
haberse ^e obligar á darle mala noche , le dijo se irla ¿ 
dormlrenotroaposentoconotroscrlados, y así, que siu 
cuidado de sti vuelta reposase , pues lo haría mejor es- 
tando solo; que para el mismo efecto su sefior también 
había apartado cama, y se babia acostado en una que 
habiaeuotra pieza másadentro. Fuese conesto, dejaudo 
sos últimas razones con más confusión al amartelado es- 
pañol ; porque del entender dormía la dama sola y tan 
^irádél,y del Terse (contra el orden de Japelin) sin 
coopauia en el aposento, nació la resolución diabólica 
que tomó en ofensa de Dios , infidelidad de su nación, y 
en agravio del honrado hospedaje que le habia hecho su 
noble huésped; que á todo le precipitó el vehemente 

tt)Paiidi. 



DE LA ÚANCHA. 4^ 

fuego y rabiosa cottcupisceneia en que se «brasaba. Re- 
solvióse pues en levantarse de su cama, y en ir á la de la 
dama sin ser sentido, persuadido de que ella por su 
honra y por no dar pestidumbre á su marido ni alborotar 
la casa, callaría, y aun podría ser que se le aflcfonaseí 
de manera, que yéndose su marído, le diese libre en-> 
trada y le regalase ; y si bien consideraba el peligro de 
la vida que corría si acaso ella (como era justo) daba 
voces , pues á ellas era fuerza saliese el marido y se ma- 
tasen el uno al otro, de lo cual sucederían notables es- 
ci'iiiüalos y graves incoifveníentes ; todavía su gran ce- 
guera rompió con todas estas dificultades. Levantóse 
pues á media noche en camisa, y entró en la sala de la 
dama; y llegándose áella sin zapatos por no ser sen- 
tido, estuvo tin rato en pié sin acabarse de resolver; 
pero hízolo de volver á su aposento, y de tomar la es- 
pada que tenia en él ; y sacándola desenvainada, volvió 
muy pasito á la cama de la flahienca, y poniendo la es- 
pada en tierra , alaiigó la tnano, y metiéndola debajo dé 
las sábanas muy quedito, la puso sobre los pechos de la 
señora, que despertó al punto alborotada ; y asiéndose- 
la, pensando que fuese su marido (que no imaginaba 
ella que otro que él en el mundo pudiese atreverse á tal), 
le dijo: ¿Es posible, señor mío, que un hombre tan pru- 
dente como vos haya salido á estas horas de su aposento 
y canoa para venirse á la mía, sabiendo estoy parida de 
ayer noche , y por ello imposibilitada de poder por ahora 
acudir á lo que podéis pretender? Tened , por mi vida, 
señor, un poco de sufrímiento ; y pnes soy tan vuestra, 
y vos mi marído y señor, lugar habrá, en estando como 
es razón, para acudir á todo aquello que fuere de vues- 
tro gusto, como lo debo por las leyes de esposa. No ha- 
bia acabado ella de decir estas honestas razones, cuando 
el soldado la besó en el rostro sin hablar palabra ; y pen- 
sando ella siempre fuese su marído, le replicó : Bien sé. 
Señor, que de lo que intentáis hacer tenéis harta ver- 
gQenza , pues por tenería no me osáis responder palabra; 
y echo de ver también que el intentar tal proceda del 
grandísimo amor que me tenéis, y de la represa de tan 
larga ausencia, pues ano ser eso, nosaliérades de vues- 
tra cama para venir á la mía, sabiendo me habíais de 
hallar en ella de la suerte que me halláis. Oyendo el sol- 
dado estas razones , y coligiendo deltas el engaño en que 
la dama estaba, alzó la ropa callando, y metióse en la 
cama, do puso en ejecución su desordenado apetito; 

Í)orque viendo ella su resolución , no quiso contradecir- 
e, por no enojarle, como le tenia itor su marído ; si bien 
quedó maravillada no poco de ver que no le hubiese ha- 
blado palabra; porque sin decirle cosa se levantó , he- 
cha su obra , y tomando con todo el silencio que pudo su 
desnuda espada , se volvió á su aposento y cama , harto 
apesarado de lo que había hecho; que en fin, como sé 
consigue á la culpa el arrepentimiento, y al pecado la 
vergüenza y pesar, túvole tan grande luego de su mal- 
dad, que maldecía por ello su poco discurso y sufrí- 
miento y su maldita determinación , imaginando el de- 
lito que habia cometido, y el peligro en que estaba si 
acaso el ofendido marído se levantase antes que él.Tam* 
bien á la dama asaltaron sus pensamientos, poniéndola 
en cuidado el no haberle hablado palabra quien con ella 
habia estado, si sería su marído ó no. Pero resolvióse 
en que sería él , y que la vergüenza de haber hecho cosa 
tan indecente en tiempo que lo estaba elh para seme^ 



48 



EL UGENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



[antes burlas, le habría cerrado la boca. Con todo, pro- 
paso (que no debiera) en su corazón darle por lo hecho 
á la mañana una reprehensión amorosa, afeándole su poca 
conllnenoia. Llegada la madrugada, y apenas vistas sus 
primeras luces, se leyantó el soldado , que no habia po- 
dido pegar las de sus ojos con la rabia que tenia de lo 
Lecho; y estando aun la dama durmiendo, pidió á los 
primeros criados que topó le abriesen la puerta y le ex- 
cusasen con su señor de no aceptar el preparado almuerzo 
y provisión, pues la prisa de la jornada no le daba lugar 
para detenerse, ni sus obligaciones permitían aumentase 
las muchas con que quedaba á toda aquella casa ; y aun- 
que los criados porfiaron con él, queriendo ponerle en la 
alforja lo que para almorzarle tenían aparejado, no hubo 
teroedio consintiese lo hiciesen, diciendo no era de su 
humor el ir cargado , y que así le tuviesen por excusado; 
¿ más de que una legua de allí , en el camino habia una 
famosa hojstería, y en ella pensaba detenerse á almorzar; 
con lo cual se despidió.dellos y salió del lugar. 

CAPITULO XVL 

En qne Bncamonte da fin al eoento del Rico desesperado. 

Estuvieron con atención los canónigos y jurados al 
cuento, y don Quijote, aunque lo estuvo, daba de cuando 
en cuando asomos de querer salir con algo en contrapu- 
sicion de los malos consejos que los estudiantes dieron á 
Japelin cuando era novicio, ya en abono de su buena 
elección en haberse casado con mujer hermosa, y parti- 
cularmente en loa de su valor por haber pretendido se- 
guir la milicia en prosecución de la gobernación de su 
tio; pero ibale á la mano á todo el venerable ermitaño 
que le tenia al lado. Pero como no lo estaba al suyo San- 
cho, no pudo obviar á que no saliese de través cuando 
oyó la bellaoueriadel soldado, y particularmente su 
poco estócnago en no querer llevar el matalotaje que le 
daban los criados para acudir á las necesidades venide* 
ras; y asi dijo con una cólera donosa : Juro á Dios y á 
esta cruz, que merecía el muy grandísimo' bellaco más 
palos que tiene pelos mi rucio , y que si le tuviera aquí 
me le comiera á bocados. ¿Dónde aprendió el muy gran* 
dísimo hi de pu ta á no tomar lo que le daban , siendo ver- 
dad que no está eso prohibido, no djgo yo á los soldados 
y reyes, pero ni á los mismos señores caballeros andan- 
tes, que son lo mejor del mundo? En mi ánima, que 
creo que ha de arder la suya en el iníierno, más por ese 
pecado que por cuantas cuchilladas ha dado á lutera- 
nos y moríscos ; pero no me espanto fuese el muy follón 
lan mal inirado y tan poco quillotrado, si como vuesa 
merced dice venía de Cambray ; que juro á los años del 
gigante Golías que debe de ser esa la más mala tierra 
del mundo, pues según dicen por lascalleá y plazas chi- 
cos y grandes, hombres y mujeres , no se coge en ella 
pan ni vino ni cosa que lo parezca, sino estopilla, de lo 
cual se quejan con un perpetuo ay, ay, que es señal que 
debe de ser malísima y que debe de causar torzón á 
cuantos la comen. Rieron destas boberíaslos canónigos y 
Bracamonte, pero no don Quijote, que con una melan* 
eolia y sentimiento digno de su honrado celo dijo : Dé* 
jate, Sancho hijo, de llorar el descuido y poca proden-^ 
cía del soldado, y de si el ay, ay, ay que dices se dice 
por la estopilla maldita que en Cambray se coge ó no ; 
llora lágrimas de sangre por el agravio y tuerto fecho á 
aqjiella noble princesa, y por la ofensa y mancha que en 



la honra del famoso Japelin cayó pQr indostria ó incon* 
sideración, ó por la maldad, que es lo más cierto, de 
aquel soldado, infamia de nuestra España , y deshoma 
delodo él arte militar, cuyo aumento procuran tantos 
nobles, y yo entre ellos, á costa de la hidalga sangre de 
mis venas; pero yo sacaré la alevosa de las suyas antes 
de muchos dias, si le topo, como deseo. Oeste cuidado 
queda ya libre vuesa merced (dijo Bracamonte) , como 
verá si me la hace de oir con pacienciajo que queda de 
la historia. Rogaron todos á don Quijote reprimiese su 
justa cólera , y á Sancho le pidieron callase, sin meterse 
en dibujos de averiguar loque oiría ; y prometiéndolo 
ambos con mucha segurídad y algunos juramentos, pro- 
siguió Bracamonte la tela de su cuento, diciendo : Ido 
el soldadocon la cortedad referida , y cargado de miedo 
y vergüenza, salió de su aposento el noble y descuidado 
Japelin , á la hora en que el bullicio de la gente de casa 
dio muestras de que era ya la de levantarse; y llegán- 
dose á la cama de so esposa á darle los buenos dias, y 
cuidadoso de saber cómo habia pasado la noche, ase- 
gurándola de que con el contento de verse él en su cama 
y con heredero della no habia podido apenas sosegar. 
Rióse su mujer de la disimulación que mostraba en sus 
razones y en tomarle la blanca mano, y mostrando un 
Qngido enojo con su risa, le dijo, retirando hacia aden- 
tro el brazo : Por cierto, señor mió, qne sabéis disimu- 
lar lindamente , y que anda ahora bien ligera esa lengua, 
que anoche tan muda tu vistes conmigo: idos de ahí con 
Dios, y no me habléis por lo menos hoy en todo el.dia ; 
que bien lo habré menester todo para desenojarme del 
enojo que tengo con vos tan justamente ; y aun después 
de pasado , os será menester me pidáis perdón, y no será 
poco si os lo concedo. Rióse Japelin del desvió, y ca- 
yéndole en gracia, á i^esar suyo la besó en el rostro, 
diciendo : Por mi vida, señora que me digáis el enojo 
que 06 he hecho ; que gustaré iníinito de sabello, si bien 
ya, poco más ó menos, sospecho yo será porque habréis 
imaginado que he dormido dentro con compañía, en 
ofensa vuestra ; y muera yo en la de Dios si jamas os la 
he hecho ni con el pensamiento; y así, quíteseos del 
vuestro, os suplico, ese temerarío juicio; que con él me 
ofendéis no poco. Por cierto (dijo ella de nuevo) qne 
sabéis encubrir bien y negar mejor ahora lo que fuera 
justo negarais á vuestro apetito antes de ejecutalle tan 
sin consideración ; que si la tuvierais , no efectuara un 
hombre tan prudente y discreto como vos lo qne tan 
contra toda razón os pedia vuestro desordenado deseo. 
Corrida estoy no poco de ver no lo estéis más de lo que 
lo estáis de haber tenido atrevimiento de llegar á mi 
cama esta noche á tratar conmigo, sabiendo de la suerte 
que estoy; y siento muchisimo ver hayan podido t3it 
poco con vos mis justos ruegos, que no bastasen á obli- 
garosa que, volviéndoos á vuestra cama, dejaseis de en- 
trar en la mía con los excesos de afición que la primef 
not4ie de nuestras bodas. Y añadiendo agravio á agravio, 
habéisme dejado sin hablar palabra ; si bien doy perdis- 
culpa de vuestro silencio el justo empacho que oscaus,'» 
el atrevimiento. No ignoro, señor, diréis nació 61 del 
sobrado amor que nie tenéis ; y aunque esa parezca bas- 
tante disculpa , no la admito por tal, pues habíais do 
considerar el tiempo y indisposición mia, teniendo al- 
gún respeto y sufrimiento á tan justo obstáculo ; que no 
se perdía el mundo en ser continente siete ó ocho dias 



DON QUIJOTE DE 

mis, cuando mncho ; pero pase esta, que os la perdona 
ni grande amor, coa esperanzas de enmienda en lo 
porrenir. No se puede pintar la suspensión que cayó en 
el ánimo de lapelin cuando oyó á so esposa tales razo- 
nes, y dichas con tantas veras y circunstancias ; y como. 
era de agudo ingeuio, sospechó luego todo lo que podia 
ser, imaginando (como era la verdad) que el soldado 
espauol habría dormido solo, por inconsideración del 
psje de guarda, el cual pensaba él le haría compañía en 
el aposento, sin dejarle á solas, y que asi, con la ocasión, 
que es madre de graves maldades, habría cometido aquel 
delito con artificioso silencio ; y disimulando cuanto pu* 
do, le dijo á la dama : No haya más, mis ojos, por vida 
de los vuestros; que del amor excesivo que os tengo liá 
nacido el desorden de que os quejáis ; pero yo os pro- 
meto á ley de quien soy , corregirme, y aun vengaros 
cabalmente de todo. Y volviéndose á otro lado, decía 
entre dientes, bramando de cólera : {Oh vil y alevoso sol- 
dado! por el cielo santo juro de no volver á mi casa 
»D bascarte por todo el inundo y hacerte pedazos do 
qoiera que te encontrare: — tras lo cual , disimulando 
consQ mujer con notable artificio, se despidió della fín- 
giendo cierta necesidad precisa. Llamó luego aparte un 
mozo, díciéndole : Ensiliame al punto, sin decir cosa, 
el alazán español ; que me importa ir fuera en él con bre- 
vedad. Miéutras el caballo se ensillaba se acabó de ves- 
tir, j entrando en un aposento do tenia diferentes ar- 
mas, sacó del on famoso venablo. Violo la dama, y re- 
celosa le preguntó qué pensaba hacer de aquel venablo. 
Quiérole (dijo él ) iuviar ú un vecino nuestro que ayer 
Qie le pidió prestado. ¿Qué vecino puede ser nuestro 
(replicó ella) que no tenga armas en su casa, y nece- 
sita de venir por ellas á la nuestra? En verdad , mi bien, 
qoe si no lo recebis por enojo, que me habéis de decir 
para qué es. El la respondió que no le importaba nada 
á ella el saberlo; pero que con todo lo sabría dentro de 
breves horas. Salióse tras esto fuera de la sala, demu- 
dado el rostro; y despuliendo un sospiro tras otro, se 
bajó la escalera abajo, y se puso á pasear delante la ca- 
balleriza, agnaixlando le sacasen el caballo; y mientras 
el criado tardaba á hacello, decia con rabioso despecho 
entre sí : ¡ Oh perverso y vil español, qué mal me has 
pagado la buena obra que te hice en darte alojamiento, 
qne DO debiera! Aguarda, traidor adúltero á costa de 
la inocencia de mi eugaunda esposa ; que te juro por las 
vidas della, de mi hijo y uiia, que te cueste la tuya la 
alevosía: vuela, infame, y mueve los p;és<; que yo iiaié 
qaelosde mi caballo igualen al pensamiento con qne 
voy en to busca, con determinación de no volver á nú 
patrio snelo hasta hallarle, aunque te cscotulas en las 
entrañas del mismo siciliano Etna. No liubia bien diclrc 
estas razones, cuando el criado, que las habla oido to- 
das estando en la caballeriza, sacó dolía el caballo, en 
el cual subió Japelin como un viento, dicíéndole á él 
qoe se quedasen todos, sin acompañarle ninguno, pues 
no necesitaba de compañía en la breve jornada que iba 
i liacer; y tomando el venablo, salió de casa, dando de 
espuelas al caballo, hecho un frenético, guiúndole asi 
á la parte y caminoque entendía llevaba el soldado, de- 
jando maravillados i los criados de su casa la fu ría y re- 
pentina jomada con que la dejaba ; si bien de las pala* 
bras que decia haberíeoido el que le ensilló el caballo, 
colegian iba tras el soldado por haberle hurtado algode 

N-i. 



LA MANCHA. 4^ 

casa, ó por haber dicho al salir della algunas palabras 
deshonestas á su esposa , y que como tan celoso y noble, 
pretendía tomar venganza de quien con solo el pensa- 
miento le agraviaba. El caballero, en fin, se dio tan 
buena mana en caminar tras el soldado, que denli^o de 
una hora le alcanzó, y calándose el sombrero antes do 
emparejar con él, porque no le conociese, en medio de 
un valle, sin que se recelase el soldado ni tener testigos 
á quienes poder remitir la disposición de su violenta 
muerte , con la mayor presteza que pudo, sin hablar pa- 
labra, le escondió el robusto y agraviado Japelin la an- 
cha cuchilla ó penetrante hierro del milanes venablo por 
las espaldas, sacándosele más de dos palmos por delan- 
te , á vista de los lascivos ojos que en su honestísima es- 
posa puso, sin darle lugar de meter mano ni defenderse 
de tan repentino asalto. Cayó luego en tierra el mísero 
español... — ¡Oh, buena pascua le dé Dios y buen San 
Juan, dijo don Quijote! Ese si que fué buen caballero : en 
verdad que puede agradecer á su buena diligencia el ha- 
berme ganado' por la mano la toma de la venganza desa 
delito; que, si no, juro por la vitoría que espero presto 
alcanzar del rey de Chipre , que la tomara yo del tan inau* 
dita, que pusiera terror hasta á lus narices de los intse<- 
ros y nefandos sodomitas, á quien abrasó Dios. Pues á 
fe que si vuesa merced , mi señor, no lo hiciera, que yo 
acudiera á mi obligación (dijo Sancho) , y que cuando 
eso de Sodoma y Gorroma , que vuesa merced dice , fal- 
tara, le ahogara yo con un diluvio de gargajos como 
aquel del tiempo de Noé. Pues no para en esto, señores^ 
la tragedia, dijo Bracamente, ni la venganza que Japelin 
tomó del soldado ; porque luego, tras lo dicho, se apeó 
del caballo, y sacando el vQuablo del cuerpo del cadá-^ 
ver, le volvió á herir con él cinco ó seis veces, hacién- 
dole pedazos la cabeza , y hechos con una crueldad in- 
explicable, pagando bien con muerte de las dos vidas (a 
loque se puede presumir) y con fín tan aciago el pe- 
qudio gusto de su desenrrenado apetito, quedando allí 
revolcado en su propría sangre para ejemplo de temera- 
rias deliberaciones y comida de aves y bestias : el caba- 
ñero, algo aconsolado con la referida venganza que de su 
ofensor habta tomado , se volvió poco á poco hacia su 
casa. En el tiempo que él tardó della , quiso la desgracia 
que su mujer, viendo eran más de las diez y no le veia 
ni sabía adonde estaba , preguntó ¿ un paje por él , y res- 
pondiéndole el indiscreto críado luego, le dijo : Señora, 
mi señor lia ido fuera á caballo, con un venablo en la ma* 
no, más liá de dos horas, Fin criado alguno, y no pode-* 
nios imaginar adonde ni adonde no; solo seque iba de- 
mudadisimodecolorydando algunos pequeñossuspiros, 
nürando al cielo. Llegaron, estando en estas razones, el 
mozo de caballos una críada y la ama que criaba el niño, 
y la dijeron : Vuesa merced, mi señora, ha de saber que 
hay algún grande mal , porque mi señor ha estado pasean- 
doseá la puerta de la caballeriza todo el ratoque yo tardé 
(dijo el mozo ) á ensillaríc el caballo, suspirando y que- 
jándose de aquel soldado español que esta noche durmió 
en la cama y aposento del paje de cámara, llamándole 
(aunque pensó que nadie le oia) perverso y vil ttnldor 
y adúltero á costa de la inocencia de su engañada espo- 
sa; tras lo cual juró por su vida, la de vuesa merced y 
de su hijo de hacerle pedazos , siguiendo hasta alcanzar- 
le; pero no le oí jamas quejar de vuesa merced ; ánteft 
me parece que en sus razooes la iba disculpando; trai 

4 



so 



EL LICENCIADO ALONSO FfillNANDEZ DE AVELLANEDA. 



lo tual, en sacándole el caballo, subió en él, y salió do 
«A como rayo, en busca suya. Guando la noble flamen- 
«leyólos últimos acentos desta sospechosa nueva, cayó 
sobra la almohada, de losbi-aios de la criada que la lia- 
bia IflFvantado y sentado en la cama, con un mortal des* 
mayip; y volviendo en si al cabo de breve rato, comenzó 
á llorar amargamente, sospechando (como era asi) que 
aquel que la noche antes había llegado á su cama sin 
duda habia sido el soldado español, con quien, como 
ella misma tenia confesado á su marido , habla cometido 
adulterio teniéndole por su esposo. Comenzó pues con 
esta imaginación á maldecir su fortuna, diciendo : ¡ Oh 
traidora, perversa y adulterado mi 1 ¿Con qué ojos osaré 
mirar á mi noble y querido esposo, habiéndole quitado 
en un instante la honra que en tantos anos do proprio 
valor y natural nobleza heredado tenia? ¡Oh ciega y 
desatinada hembra ! ¿Cómo es posible no echases de ver 
que el que con tanto silencio se metía en tu honesto le- 
cho no era(l) tu marido, sino algún aleve tal cual el falso 
español ? ¡ Desdichada de mi ! ¿Y con qué cara osaré pare- 
cer delante de mi querido Japciin, pues no hay duda sino 
que no seré creída del por más que con mil juramentos 
le asegure de mi inoccncii , habiendo dado lugar á que 
otros pies violasen su honrado tálamo? Con razón, dulce 
esposo mió, podrás quejarte de mí de aquí adelante, y 
negarme los amorosos favores que me solías hacer en 
correspondencia de la fe grande que siempre he profe- 
sado guardarte ; pero ya justamente (pues he desdicho 
de mi fidelidad, aunque tan sin culpa cnanto sabe el cie- 
lo) seré aborrecible á tus ojos, pesada á tus oídos , de- 
sabrida á tu gusto, enojosa á tu voluntad, é inútil final- 
mente á todas las cosas de tu provecho. Vuelve presto, 
señor mío, si acaso has ido á matar al adúltero español : 
con el mismo venablo con que le castigares traspasa este 
desconocido y desleal pecho; que pues fui cómplice en 
él adulterio, justa cosa es iguale también con él en la 
muerte : ven, digo, y toma entera venganza de mi des- 
concierto, con la seguridad que puedes tener de quien, 
por mujer y culpada, no sabrá hacerte resistencia. Pero 
no es bien aguarde que tú vengas á vengarte ni á casti- 
gar con el hierro del venablo el mío, sino que es justo 
que yo te vengue de suerte que digas lo estás al igual 
de mi alevosía y de la ofensa hecha. Y diciendo esto la 
desesperada señora (que lo estaba de pasión , cólera y 
corrimiento) , saltó de la cama, mesándose las rubias y 
compuestas trenzas, y esmaltando sus honestas mejillas 
con un diluvio de menudo y espeso aljófar que de sus 
nublados ojos salia; y poniéndose un faldellín, se co- 
menzó á pasear por la sala con tan descompuestos pasos, 
acompañados de sospiros, sollozos y quejas por lo he- 
cho, que no bastaban á consolarla todos los de casa; an- 
tes su pena les tenia á todos necesitados de consuelo, 
por lo mucho que les enternecía. Estando pues de la 
suerte que digo, turbados ellos, el marido ausente, el 
adúltero muerto, y ella fuera de- sí, se salió al patio á 
vista de todos ; y después de haber hecho una nueva re- 
petición de las quejas dichas, se arrojó de cabeza en un 
hondo pozo que en medio del patio habia, sin poder ser 
socorrida de los que presentes estaban, haciéndosela 
dos mil pedazos: de suerte que cuando llegó al suelo el 
cuerpo, habia ya llegado su alma libre del en bien dife- 
rente lugar del en que yo querría llegase la mia á la hora 
(1) Str^ se Ut en U primen edición. 



de mi muerte. Aumentáronse las voces y gritos de los 
de casa con el nuevo y funesto espectáculo ; y con la tur* 
bacion , unos acudían á mirar «I pozo , otros á dar gritoi 
á la calle, con los cuales se alborotó toJa : de suerte que 
en un instante se vio la casa llena degenteafligida toda, 
y toda ocupada ó en consolar á los de ella ó en echar so- 
gas y cnerdas, aunque en vano, pensando podría w 
socorrida quien ya no estaba en estado de poderlo ser. 
Entre esta universal turbación sucedió llegar asa ca» 
el dpsdichado Japelin, ígnorautode la desgracia que 
acababa de suceder en ella ; y maravillado de ver lanías 
personas juntas en su palio , unas de pies sobre el brocal 
del pozo , otras al dei redor dél , y todas llorando , entró 
ton su caballo y el venablo ensangrentado en la mano; 
y preguntando qué había de nuevo, llegaron los criador 
de la casa, dando una mano con otra y arañándose la 
cara, diciendo : ¡Ay, mi señor, que acaba de suceder la 
mayor desgracia que los nacidos hayan visto! puesAii 
señora, sin que sepamos por qué, quejándose de agaol 
maldito español que esta noche dunnió en casa, llamán- 
dose engañada y adúltera, y diciendo palabras que mo- 
viera á compasión á una peña, arrancándose á puños los 
cabellos, se echó, sin que la pudiésemos remediar, de 
cabeza en este hondo pozo , donde se hizo pedazos ántei 
de llegar al suelo. El caballero , en oyendo tal , se quedó 
atónito sin hablar palabra por grande ralo ; y de allí i 
poco, vuelto en sí, se arrojó del caballo, y teniéndose 
en el suelo, empezó á lamentai'se amargamente, suspi- 
rando y arrancándose con dolor increíble las barbas, di- 
ciendo en presencia de todos : i Ay mujer de mi alma! 
¿Qué es esto? ¿Cómo te apartaste de mí? ¿Cómo me de- 
jaste, serafin mió, solo y sin llevarme contigo? ¡ Ay es- 
posa mia y bien mío ! ¿Qué culpa tenias, si aquel ene- 
migo español te engañó fingiendo ser tu amado marido? 
El solo tenía la culpa ; t)ero ya pagó la pena. \ Ay prenda 
de mis ojas ! ¿Cómo será posible que yo viva un día en- 
tero sin verle? [¿Adonde lo fuiste , señora de mis ojos? 
Aguardaras siquiera á que yo vol vierade vengarte, como 
agora vengo, y matáraste después; qne yo le acomivi- 
ñara en la muerte, como lo he hecho en vida. \ Ay de mí! 
¿Qué haré? ¡Triste de mi ! ¿A dónde iré ó qué consejo 
tomaré? Pero ya le tengo tomado conmigo. Y diciendo 
esto, se levantó muy furioso, y metiendo mano á la es- 
pada , decia : Juro por Dios verdadero que el que lle- 
ga rea estorbarme lo que voy á ejecutar ha de probar ios 
filos de mi cortadora espada , sea quien se fuere. Lle- 
góse tras esto al brocal del pozo, haciendo una grandí- 
sima lamentación, diciendo : Si tú ¡oh mujer mial ta 
desesperaste sin razón ninguna , y tu ánimaestá en parte 
adonde no puedo acompañarla si no te imito en la moer- 
te, razón será y justicia , pues tanto te amé y quise en 
vida, que no procure estar eternamente sino en la parte 
en que estuvieres ; y asi, no temas, dulcísima prenda mi9/ 
que tarde en acompañarte. Como la gente que presente 
estaba, qne no era poca y entre quien habia rooclioi 
caballeros y nobles de la ciudad, oyeron lo que decia, 
porque no sucediese algima desgracia se llegaron á élá 
darle algún consuelo , el cual estuvo escuchando ecludo 
de pechos sobre el brocal del pozo ; y volviendo la cabeza 
de alli á un rato, vio cerca de si á la ama que criaba su 
hijo, llorando amargamente con el niño en los brazos; 
y llegándose á ella con una furia iiabólica, se le arreba- 
tó, y asiéndole por la faja, dio con él cuatro ó m ff^' 



DON QUIJOTB DB LA MANCHA. 



ti 



pes »bre la piedra del pozo , de suerte que le bizo la ca- 
ben y brazos dos mil pedazos, cansando en todos esta 
desesperada determinación increíble lástima y espanto ; 
sí bien con lodo, ninguno osaba llegársele, temiendo su 
diabólica furia. Con lo cual comenzó tras esto á darse 
de bofetadas , diciendo : No tí va bijo de un tan desven- 
torado padre y de madre tan infeliz, ni haya tampoco 
memoria de un bombre cual yo en el mundo. Y diciendo 
esto, comenzó á llamar á su mujer y á decir : Señora y 
bien mió , d tú no estás en el cielo , ni yo quiero cielo ni 
paraíso, pnes donde tú estuvieres estaré yo consolad!* 
simo, siendo imposible que la pena del infierno me la 
dé estando contigo ; porque donde tú estás no puede es- 
tar sino toda mi gloría. Ya voy, seiíora mía, aguarda, 
•guarda. Y con esto, sin poder ser detenido de nadie, se 
arrojó también de cabeza en el mismo pozo, haciéndo- 
sela mil pedazos, y cayendo su desventurado cuerpo so- 
bre el de su triste mujer. Aquí fué el renovar los llantos 
coantos presentes estaban ; aquí el levantar las voces al 
cielo , y el liincbirse la casa y calle de gente , maravilla* 
dos cuantos llegaban á ella desemejante caso. A las nue- 
vas del , vino luego el gobernador do la ciudad , y infor- 
oudodel desdichado suceso, hizo sacar los cuerpos del 
pozo, y con parecer del obispo, los llevaron á un bosque 
vecino á la ciudad , donde fueron quemados, y echadas 
sos cenizas en un arroyo que cerca del pasaba. En ver- 
dad que merece, dijo Sancho, el señor Bracamente re- 
mojar el gaznate, según se le ha enjugado en contar la 
vida y muerte, osequías y cabo de año de toda la familia 
flamenca de aquel malogrado caballero : yo reniego de 
su venganza, y mi ánima con la de san Pedro. No dice 
mal Sancho, dijo uno de los canónigos; porque muy 
de temer es el fin triste de todos los interlocutores desa 
tragedia; pero no podrán tenerle mejor (moratmente 
bablando) los principales personajes della, habiendo de- 
iadoel estado de religiosos que hablan empezado á tomar, 
pues, como dijo bien el sabio prior al galán cuando quiso 
salirse de fai religión , por maravt Ha acaban bien los que 
la dejan. Én vetead, dijp don Quijote, que si el señor 
lapelin acabara tan bien su vida cuanto honrosamente 
acabó la del adúltero soldado, que diera i)or ser él la 
aitad del reino de Chipre, que tengo de ganar; pues 
como muriera , no desesperado como murió, sino en al- 
cona batalla, «quedara gloriosísimo; que en fin un bM 
morir tutta la vitaonara. Quiso Sancho salir acontar 
otro cuento, y impidiéronselo los canónigos y su amo, 
diciendo que después le contaría ; que ahora era bien, 
guardando el decoro á los hábitos religiosos de aquel 
venerable señor ermitaño, darle la primer tanda. Y asi 
le suplicaron la aceptase, contándoles algo que fuese 
méuos melancólico que el cuento pasad?), y que no pu* 
siese como él las almas de todas las figuras en el infier- 
no; porque era cosa que los había dejado trístísimos ; si 
bien todos alabaron al curioso soldado de lá buena dis- 
posición de la historia, y de la propriedad y honestidad 
coQ qne habla tratado cosas que de al eran algo luíanles. 
Excusóse el ermitaño cuanto pudo, y viendo era eo va- 
no, con protesto de que nadie interrompcría el hilo de 
su historia, empezó la siguiente, diferente en todo de 
bi pasada , y mós en el fin. 



CAPITULO XVIf. 

Ea qoe el enaltaflo <« priaelplo A sn coento de los Felleof 

Amantes. 

Cerca (1) los muros de una ciudad de lasbuMias deEs- 
paña hay un monasterio de religiosas de cierta orden, 
en el cual habla una , entre otras , que lo era tanto , qne 
no era menos conocida por sn honestidad y virtudües, 
que por 60 rara belleza : llamábase doña Luisa , la cual, 
yendo cada dia creciendo de virtud en virtud, llegó á 
ser tan famosa en ella , que por su oración , penitencia y 
recogimiento mereció qne siendo de solos veinte y cinco 
años, la eligiesen por su perlada las religiosas del con- 
vento, de común acuerdo, en el cual cargo procedió 
con tanto ejemplo y discreción , que cuantos la conocían 
y trataban la tenían por un ángel del cielo. Sucedió pue^ 
qne cierta tarde, estando en el locutorio del convento 
un caballero llamado don Gregorio, mozo rico, galán 
y discreto, hablando con una deuda suya, llegó la Prío- 
ra, á quien él conocía bien por haberse críado juntos 
cuando niño, y aun querido algo con sencillo amor, por 
la vecindad do las casas de sus padres ; y viéndola él , se 
levantó con el sombrero en la mano, y pidiéndola de su 
salud, y supUcándula emplease la cumplida de que go- 
zaba en cosas de su servicio, le dijo ella : Esté vuesa 
merced , mi señor don Gregorio , muy en hora buena, y 
sepamos de su boca lo que hay de nuevo , ya que sabe* 
mes de su valor con la merced que nos hace. Ninguna, 
respondió él , puede hacer quien nació para servir hasta 
los perros desta dichosa casa : ni sé nuevas de que avi- 
sar á vnesa merced , pues no lo serán de que de las obli- 
gaciones qoe tengo á mi príma nacen mis frecuentes 
visitas, y la que hoy hago es á cuenta de un deudo que 
le suplica en un papel le regale con no sé qué alcorzas, 
en cambio de ocho varas de un picotillo famoso ó per- . 
petuan vareteado que le envía. Bien me parece , dijo la 
Priora; pero con todo, vuesa merced me la ha de hacer 
á mi de que, en acabando con doña Catalina, se sirva de 
llevar de mi parte este papel á mi hermana ; que basta 
decir esto para que sepaen qué convento, pues no tengo 
más que la religiosa, de la cual aguardo ciertas floraras 
para una fiesta de la Virgen qué tengo de hacer, con 
obligación de que ha de dar orden vuesa merced en que 
60 me traigan esta tarde con U respuesta; qne por ser 
el recado de cosa tan justificada , y vuesa merced tan se- 
ñor mió casi desde la cuna, me atrevo á usar esta llane- 
za. Puede vuesa merced, respondió el caballero , man- 
darme, mi señora , cosas de mayor consideración ; que 
pues no me falta para conocer mis obligaciones, tam- 
poco me faltará, mientras viva, el gustode acudir á ellas; 
que más en la memoria tengo los pueríles juguetes y los 
asomos que entre ellos di de muy aficionado servidor 
dése singular valor, de lo que vuesa merced puede re- 
presentarme. Rióse la Priora, y medio coniose do la 
preñez de dichas razones, con qne se despidió luego, 
diciendo lo hacia por no impedir la buena conversación, 
y porque le quedase lugar de hacerle la merced snplí- 
eada,cuya respuesta quedaba aguardando. Apenas se 
hubo despedido ella , cuando don Gregorio hizo lo mis- 
mo de sn príma, deseosísimo de mostrar sn voluntad en 
la brevedad con que acudia á lo que se le habla manda- 
do. Fué al monasterío do estaba la hermana de la Prio- 
ra, cuyas memorías fueron repreffontandode suertoi la 

Ct) Cerca i$ los varot. . 



m 



EL LICENCIADO ALONSO FEaXAXOCZ DE AVELLANEDA. 



suya su singiilnr perreecion , hermosura , cortesía de pa- 
labras, discreción, y la gravedad y decoro de su persona, 
. junlamenle con la prudencia con que le liabia dado pié 
.para que, sirviéndola en aquella niñería, la visitase, que 
con la batería deste pensamiento se 4e fué aíicionando 
en tanto extremo, que propuso descubrille muy de pro- 
,pósilo el iufiuito deseo que tenia de servilla, luego que 
solviese á traelle la respuesta. Llegó con esta resolución 
al torno del couvento de la hermana ; llamóla,4lióle el 
papel y prisa |H>r«u respuesta, y ofreciósele cnanto pu- 
do ; y agradeciendo su término dona Inés ( que este era 
el nombro de la hermana de la Priora), dióle la deseada 
respuesta á él, y á un paje suyo las curiosas [lores de 
seda que pedia, compuestas en un azafate grande de 
vistosos mimbres. Volvió luego, contentísimo con todo, 
don Gregorio á los ojos de la discreta Priora, y lle- 
gando al torno de su convento y llamándola, pasó al 
mismo locutorio en que la habia hablado, por órdea 
ilelia, no poco loco del gozo que sintió su ánimo, por 
4a ocasión que se le ofrecía de explicarle su deseo en 
la plática, que de propósito pensaba alargar para este 
efecto, como quién totalmente estaba ya enamorado 
<]eila. Apenas entró en la grada el recien amartelado 
mancebo, cuando acudió ú ella la Priora, diciéndole : 
A Je, mi señor don Gregorio, que hace fielmente vuesa 
merced el oficie de necaudero, pues dentro de ana hora 
me veo con las deseadas flores, respuesta de mi her* 
mana, y en presencia de vnesa merced , ú quien vengo 
á agradecer como debo tan extraordinaria diligencia. 
Señora mía, respondió él, por eso dice el refrán : Ai 
mozo malo ponedle la mesa *y envtadle al recaudo. 
Está bien dicho, replicó ella; pero ese proverbio no 
|iace<á mi juicio) al propósito ; porque ni á vuesa mer* 
,ced tengo por malo ni en esta grada hay mesa puesta, 
ni es hora de comer ; si no es que vuesa merced lo diga 
(que á oso obligan esas razones) porque le sirva con al- 
gunas pastillas do boca ó otra niñería de dulce; y si ¿ 
ese fin se dirige el icfrau, acudiré presto á mi obliga- 
ción coD grande gusto. No ha dado vuesa merced en el 
blanco, respondió don Gregorio ; que sin que hable de 
pastillas ni conservas, sustentaré fácilmente se halla y 
▼eriGca en este locutorio cuanto el refrán dice. ¿Cómo, 
respondió doña Luisa, me probará vuesa merced que es 
mal mozo? Lo más fáoil de probar, dijo él, es eso, pues 
malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco; 
y valiéndolo yó para cosas del servicio de vuesa merced, 
que es lo que más deseo, y á quien tengo puesta la mi- 
ra, hien claro se sigue mi poco valor;' y no teniéndole, 
¿qué puedo tener de bondad, si ya no es que la de vuesa 
merced mo la comunique, como quien está riquísima 
della y de perfecciones? Gran retórico, dijo la Priora, 
viene vuesa merced^ y más de lo que por acá lo somos 
para responderle; que., en fin, somos mujeres que no 
vamos por el camino carretero, hablando á lo sano de 
Castilla la Vieja ; aunque, con todo, nodejaré de obligarle 
á que me pruebe cómo se salva lo que dijo, que dejó la 
mesa puesta cuando fué con el papel que le supliqué lie» 
Tase á mi hermana , ya que aparentemente me ha pro- 
bado que es mal mozo. Eso, señora mía, respondió 41, 
también me será cosa poco diQcultosa de probar; porque 
donde se ve el alegría de los convidados y el contento y 
regocijo de los mozos perezosos, juntamente con el con- 
curso de pobres que se llegan ¿ la puerta, se dioe que 



está ya la mesa puesta y que hay convite; lo mismo cn« 
legi yo del gozo que sentí cuando merecí ver esa geno- 
rosa presencia de vuesa merced , que se me ofrecía con 
ella, pues vi en ese bello aspecto, digno de todo respe- 
to, una esplendidísima mesa de regalados manjares para 
el gusto, pues le tuve y tengo el mayor que jamas he te- 
nido, en ver la virtud que resplandece en vuesa merced, 
pan confortativo de mis desmayados alientos, acompa- 
ñada de la sal de sus gracias, y vino de so risiiena afa- 
bilidad ; si bien me acobarda el cuchillo del rigor con 
que espero ha de tratar su honestidad mi atrevimiento, 
si ya esa singular herjnosura, despertador concertado 
del , no le disculpa* Quédesela mirando sin pestañear, 
dichas estas razones, saltándosele iras ellas algunas lá- 
grimas de los amorosos ojos, harto bien vistas y mejor 
notadas de doña Luisa, á cuyo corazón dieron no pe- 
queña batería; aunque disimulándola, y encubriendo 
cuanto pudo la turbación que le causaron , le respondió 
con alegre rostro, diciendo: Jamas pensara de la mu- 
cha prudencia y discreción de vuesa merced , señor don 
Gregorio, que, conociéndome tantos años há, pudiese 
juzgarme por Uin bozal , que i>o llegue á conocer la do- 
blez de sus palabras, el Gngimiente de sus razones y la 
falsedad de les argumentos con que ha querido probar 
la sttíiciencia de mi corto caudal ; roas pase iM>r agora el 
donaire (que portal tengo cuanto vuesa merced lia di- 
cho); y pues tiene en esla casa prima de las prendas do 
doña Catalina, que le desea servir en extremo, no tiene 
que pretender más, pues cuando lo haga no sacará do 
sus desvelos sino un olquitran de deseos -difíciles do 
apagar si una vez cobran fuerza, pues la mesma impo- 
sibilidad les sirve á los tales de ordinario incentivo, en 
quien se ceban , pues de contino el objeto presente, quo 
mueve con más eficacia que el ausente á la potencia, 
muestra la suya cuando lucha con los imposibles qoo 
tenemos las religiosas. Con este ( pnes vi«e6« merced mo 
entenderá como discreto) pienso he bastantísimameuto 
satisfecho á las palabras y muestras de voluntad de vuesn 
merced ; y con ello se despide la mía ; pen>4io 9e que ino 
mande cosas de sn servicio, más confórmese razón y 
de menos imposibilidad.; que haciéndolo, podrá vuesa 
merced acudir una y mil veces á probar las veras de mi 
agradecimiento; y cuando las ocupacionef de mi oficio 
me tuvieren ocupada, no faltarán religiosas de buen 
gusto que no lo estén para acudir en mi lugar á servir y 
entretener á vuesa merced. Había estado don Gregorio 
oyendo esta despedida equívoca con extraña suspensión, 
mirando siempre de hito en luto á quien se la daba ; y 
desocupado de oír, respondió agradecía mucho la roei^ 
ced que se le hacia, pues cualquiera, por pequeña quo 
fuese , le sobraba ; pero que entendía quedaba de suerte 
con la llaga que la vista desús blancas tecas y bellísimo 
rostro ( manteles ricos de la mesa que de sus gracias ha* 
bia puesto á su voluntad) le habia causado, que tenia 
su vhla por muy corta si su mano, en quien ella estaba, 
no le concedía algún remedio para sustentarla. Despi- 
dióse la Priora tras esto del, diciéndole se reportase, y 
fiase lo demás del tiempo y de la frecuencia de las visi- 
tas, para las cuales de nuevo le daba licencia. Volvióse 
don Gregorio á su c<isa tan enamorado de doña Luisa, 
que de ninguna manera podía hallar sosiego : acostóse 
sin cenar, lamentándose lo más de la nocJie de su for* 
tuna y de la triste hora en que había visto el bello ángel 



DON QUUOTB DE LA MANCHA. 



t:^ 



ikU Priora, h cual luego Umbiea qne se apartó del se 
tahtíi con el qiismo cuidado á su celda, do comenzó á 
refoÍFer en su corazón las cuerdas razones que don Gre- 
gorio ie babia dicbo, las lágrimas que en su presencia y 
(üirsu auior había derramado, la afición grande que le 
mostraba tener, y el peligro de la vida con que á su pare- 
nriba si no le hacia algún favor; y el ser ól tan princi<^ 
{•al y gentil hombre, y conocido suyo desde niño, ayudó 
ii que el demonio (que lo que á las mujeres se dice una 
Ycz, se lo dice á solas ól diez ) tuviese bastante lena con 
e;iú para encender» como eucendió, ellascivo fuego con 
qrte comenzó á abrasarse el casto corazón de la dcscui- 
i}.da Priora; y fué tan cruel el incendio, que pasó con 
éi la oochecon la misma inquietud que la pasó don Gre- 
^mo, tmagiunndo siempre en la traza que tendría para 
I vcUrarle su amoroso intento. Venida la mañana, bujó 
begacou este cuidado al torno, y llamando una confi- 
tieute mandadera, le dijo : Id luego á casa del señor don 
Gregorio, primo de dofia CuluUna , y decllde de mi parte 
uue le beso las manos , y que le suplico me baga merced 
ilcliegaracacá c:^la tarde; que tengo que tratar con él 
iiaitfgúcíade hii|iorlanci.i. Fué al punto la recaudera, 
lüfo recado recibió don Gregorio con el gusto que ima- 
^'inarse puede, asentado en la cama , de la cual no pen- 
Kk\ levantarse tan presto, y dijo ú la mujer : Decid á la 
i'tí'íara Priora que beso ú su merced las uiaiios, y que me 
lubeis hallado en la cama, en la cual estaba de suerte, 
tjue,ánomand¿írniclosu nierced, do me levantara dcUa 
vn mudios dias, parque el mal con que salí de su pre- 
lacia ayer tardti me ba apretado esta noche con increi< 
ble fuerza; pero ya con el recado cobro la necesaria para 
|)oder acudir, como acudiré ú las dos en puutp , á ver lo 
que manda su merced. Fuese la^nandadera, y quedó el 
aioaute caballero totalmente maravillado de aquella no* 
Tedad, y no sabía á qué atribuirla : por una parto cousi'v 
lieraba el rigor con que el dia pasado le habla despedido; 
y por otra, el «aviarle 4 llamar tan de prisa para comuni- 
carle (como la mandadera le habia dicho) un uegpciQ 
de importancia, le aseguraba ó promedia alguu pia^doiQ 
remedio. Agiuardal)a con sumo deseo el^n de la.vlsilsa, 
yHegadalaiioi-ade hacella, fiié puntualisimamente al 
conTento; y avisando en el tomo , y cobrada respuesta 
eu él de que pasas^ á la grada /fué á ella , do estuvo es^ 
peraodoá que la Pripra saliese, liaciéndoscle cada ins7 
taate de su tarüaiiza un siglo ; pero salió dentro de breve 
1^0, risueña j con muestras de mucha afabilidad, di- 
ciéadole, oo^ii) turliacion interior ;.No quijero tan mal 
ahuesa merciMl como piensa, mi seuor don Gregorio,, 
quien le ba enviado á llamar en amaneciendo co» tanto 
cuidado ; pero hánmele causado tan grande las muestras 
de indisposicioq con que vuesa merced se fué anocbe> 
que temiendo no naciese ella del cansancio tomado en 
ir y venir del convento de mi hermana á este ú mi cnen^ 
U, me ha parecido quedaba también á ella el saber, lo 
UBo de so sAwá , y lo otro el di>verlille esta tarde de la 
{lasada melaiicolia, causada do mi inadvertencia ; que 
sia duda de !& que debí tener en el liablar tomó vuesa 
merced ocasioa para decirme aquellas tan amorosas 
cuaoLo estudiadas razones- con que pretendió darme á 
riilender, 4 vueltas de aquellas fingidas lágrimas, le 
desvelaban mis memorias y enamoraban mis cortas 
iHCiulüs; pero no le lia salido mal el intento, si le tuvo 
du übll^iarme con eso á que le enviase á llamar, pues cu 



efecto ha salido con él ; y si ese ha sido el artlUcio mo* 
Irizde aquel fingimiento, dígame vuesa merced agora 
sin él , pues me tiene presente, su pretensión ; que para 
ello le da cumplidísima licencia mi natural vergüenza^ 
pues (como dicen ) el oír no puede ofender ; y hago esto 
porque, como me dijo vuesa merced al despedirse, habia 
yo de ser causa de su temprana muerte, no me ha pare-- 
cido debia dar Ingar á que el mondo me tuviese por ho** 
micida de quien tantas paites tiene , y es por ellas digno 
de vivir los años que mi bueír deseo suplica á Dios le dé 
de vida , confíada en que no perderemos nada los. desta 
casa en qiie la tenf^a* larguísima ^uien tan bienhechor 
es delta. Respondióle don Gregorio, cobrando un nuevo 
y cortés atrevimiento, diciendo .rHa sido tan^grande^ 
señora mia, la merced que hoy se ine ha hecho y va ha^ 
eicndo agora, y hálleme tan incapaz de merecerla , qno 
me parece que aunque los años de mi vida llegasen á ser 
tdntos enantes prometen los nobles y religiosos deseos 
de vuesa merced , no podía pagar en ellosj por más que 
los empleaso en servicio desta casa , lá mínima parte 
della ; pero ya que no la puedo pagar con caudarequiva-' 
lente, pogarélayá ló menos, con el qne egoracorre entro 
discretos, que es con notable agradecimiento y confe- 
sión de perpetuo reconocimiento; aunque quiero-quo 
vuesa merced entienda (y esto sabe el ciclo cuánta ver- 
dad es) que si no acndiera con la brevedad qne acndió 
con el recaudo y esperanzas dé su vista ^ ya no la ttiviora 
yo , ni vida con ella , á la hora presente , según me apr e& 
taba la pasión amorosa qne las gracias de vuesa meroed 
me cansan; pero p de aquí adelante pretendo núrar 
por mi vida, para tener siquiera que emplear eo servi-i- 
cío de quien tan bien sabe dármela cuando menos la 
confío; y porque acabe de conocer prosei^nirá v(i<»a 
merced el hacérmela , quiero atrevulameiite pedir otin 
de aoevo, confiado en lo qne acabq de decir, de que 
gusta de mi vida. Veamos , dijo la Priora, qué cosa-es ; 
y conforme 4 la petición , :se podrá fácilmenteitiegar si 
será justo concederla ó wxi diga vuesa mer<^; Yo-, se*«- 
uora, no pido na^a, replicó éi ; que no querría me su-^ 
cediese lo de anoche, de dar posndmnbre á vucsn mer* 
ced. Sin duda, dijo ella, que debe de ser, según se lo 
hace de mal el decirlo^, algún pié de monte de oro. No 
es, respondió don Gregorio, sino nnaniano do plata 
(que tales sen las blanquísimas de vuesa* merced ) para 
besarla por entre esta reja. Aunqne hay» ^ido atreví*- 
miento, señor don Gregorio, replicó la f^iora, node<^ 
jaré de usar desa llaneza y libertad, por haberlo prome- 
tido ;r-y sacando de un curioso guante Ui mano, la metió 
por la rt^, y don Gregorio , loco de contento /b besó; 
haciendo y diciendo con ella mil amorosas agndezas , y 
ella le dijo : Agora ¿estará vuesa merced contento^És'- 
toylo tanto , replicó el nuevo amante , qne salgo de jai«- 
cio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento; 
nuevo gozo, y sobre todo, nuevas esperanzas de que so 
lograi'án más de cada dia las mias ; y así podrédecir está 
todo mi ser en la manode vuesa merced, en la cual, co- 
mo pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis 
deseos y memorias. Pu&s>señor don Gregorio, dijo doña 
Luisa, ya oo es,t&empo de disimulación pi deque vnesa 
merced ignore que si roe ama con lai \'éras que finge, 
no hace cosa que lui me la deba; y si he disimulado 
hasta agora , ha sido no con poca violencia de mi volun- 
tad ; pero forzábanla el ser mujer y religiosa y cabeza de 



SI 



EL LICENCIAÜO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



euantas lo ion en «sla grave casa» y Umbten que de- 
seaba enterarme y ver si la perseverancia confirmaba 
ios asomos del amor que con palabras y lágrimas me co* 
menzó á mostrar; pero ya que mi ceguera me obliga á 
que crea lo que tan difícil es de averiguar, digo que 
soy contentísima de que todos los dias me visite , y au n 
le suplico lo haga, variando las horas para mayor disi* 
roulacion ; y advierta vuesa merced hago más en confe* 
sarme ciega y amante,que en cuanto tras eso diere lugar 
á vuesa merced , pues el mayor imposible qne sentimos 
las mpjeres es el haber de otorgar amamos ¿ quien con 
sola esa confesión suele tomar ánimo para condenamos 
á perpetuo desprecio y desesperados celos : \ plegué á 
Dios no me suceda á mi así 1 Libertad terna vuesa mer- 
ced de hablarme sin impedimento ; que el ser priora me 
da aquella y me quita estos; y crea vuesa merced que 
perseverando, pienso serle autora de mayores servicios; 
y baste por agora, y vuesa merced se vaya; que quedd 
confusísima de mi determinación y de la poca fuerza 
que en mi siento para resistir á mayores baterías; y lo 
demás quede para otro dia. Despidiéronse con esto, que* 
dando los dos tan enamorados como* dirá el suceso del 
verdadero cuento. Luego comenzaron á andar los reca- 
dos, los billetes» y á frecuentarse las visitas, enviándose 
regalos y presentes do una parte y otra con tanta fre^ 
euencia , que ya daban de si uo poca nota ; si bien, como 
todos veían la autoridad de la Priora, no reparaban tanto 
en ello como fuera razón. Duróles este trato por más de 
seis meses, hasta que, estando los dos un dia hablando 
en el locutorio, comenzó don Gregorio ¿ maldecir las 
rejas , que eran estorbo de que él gozase del mejor bien 
que gozar pedia y deseaba; y lo mesmo decía ella ; que 
era de suerte su amor, y estaba tan perdida por el mozo# 
y tan otra de lo que solia » y era tan frecuentadora de bi- 
lletes y ternuras, que hasta el mismo don Gregorio se 
espantaba de verla tal ; y fué de manera, que ella fuá 
quien dio principio á so misma perdición , pues le dijo 
esa mesma tarde : ¿Es posible, serior,que mostrándome 
el amor que' me mostráis» seáis tan pusilánime y tan 
para poco, que no deis traza de entrar do noche por al^ 
guna secreta parte adonde podamos gozar ambos sin 
zozobras el dulce fruto de nuestros amoi^s? ¿No adver- 
tís que soy priora y que tengo libertad para poderlo ha-« 
cer con el debido secreto? Yo, á lo menos, de mi parte, 
si vos os disponéis para ello , harto bien trazado lo tengo 
con mi deseo y facilitado con vuestra cobardía; y aun 
si no fuera ella tanta» podríais sacarme de aquí y lle- 
varme adonde os diese gusto » pues vivo y estoy en todo 
dispuesta de seguir el vuestro. Maravillatlo don Grego- 
rio desta determinación , k respondió : Ya» prenda mia» 
os he dicho muchas veces que estoy aparejado para todo 
aquello que fuere de vuestro entretenimiento y regalo; 
y asi, pues me enseñáis lo que debo hacer, será el ne- 
gocio desta manera. Yo tomaré dos caballos de casa de 
mi padre, recogiendo juntamente della todo el más di- 
nero que pudiere, y vendré á la media noche por la 
parte del convento qne mejor y más secreto os parecie- 
re; y saliendo del » subiréis en el uno» yo en el otro» y 
así nos iremos juntos á media posta á algún reino extra- 
ño, donde» sin ser conocidos» podremos vivir todo el 
tiempo que nos diere gusto ; y vos» pues tenéis las lla- 
ves del dinero, plata y depósitos deste convento» po- 
dréis también recogerla mayor suma de cosas de viilor 



que podáis» para qne vamos asi seguros de no vemoi 
jamasen necesidad. Así me parece bien» replicó elli, 
qne se debe hacer. Quedaron desde luego de concierto 
de que sn ida fuese á la nna de la noche del siguiente 
domingo» después de dichos los maitines, hora en qne 
el galán sin falta estaría aguardando á la puerta de la 
iglesia con los caballos ; que pues ella se quedaba las 
noches con las llaves de casa » fácilmente podría abrir l« 
sacristía, y salir por ella al dicho puesto por h puerta 
principal de la iglesia, con presnpuesto de caminar la 
misma noche diez ó doce leguas á toda diligencia , i»» 
qne cuando los echasen menos fuese más dificultoso el 
hallarlos. Con este concierto y con el de que don Grego- 
rio le enviaria bien envueltos, como si fuese colgadura, 
nnos curiosos vestidos de dama con que saliese» se de^ 
pidieron ; y en haciéndolo, comenzó la Priora á dar or- 
den en 80 partida» cosiendo en un honesto faldellín qoa 
babia de llevar debajo» las doblas que pudo recoger, quo 
no fueron pocas» poniendo en una bolsa otra gran can- 
tidad de moneda de plata» para llevaría más á mano ; de 
suerte que sacó del convento entre moneda y joyas más 
de mil ducados. La mesma prevención hizo don Grego- 
rio , el cual , contrahaciendo las llaves de ciertos cof<-cs 
de su padre» sacó dellos más de otros mil ducados» sin 
•Ira gran cantidad de dineros que pidió prestados á ami- 
0$ ; qne con la confianza de q ne era hijo único y mayo- 
razgo de caballeros de más de tres mil de renta, fué fácil 
hallar algnnos que se los prestasen. Llegado el concer- 
tado domingo» á las doce de media noche^ hora de uni- 
versal silencio por la seguridad que dan los primeros 
sueños , que, por serlo, son más profundos» se bajó don 
Gregorio con la aprestada maleta de lo qne babia de lle- 
var, á la caballeriza » y ensillando en ella dos de los me- 
jores caballos » sin ser de nadie sentido se salió de casa, 
y fué al monasterio , do estuvo aguardando en la poerfa 
de la iglesia á que su querida doña Luisa saliese, la coa), 
acabados los maitines» se volvió á su celda, y quitán- 
dose en ella los hábitos, se vistió las ropas de secolar 
que don Gregorio le había enviado, y tenia en nn are», 
como queda dicho ; y poniendo las de religiosa sobre 
nna mesa» y dejando allí nna bien larga carU escrita Aa 
la cansa que sus ameres le dieron para irse {como se 
lba> con don Gregorio, dejó» ni más ni menos» allí nna 
vela encendida, con el breviario y rosario» de quien 
Mempre babia sido devotísima » y por él to babia sido en 
sumo grado de la Virgen » señora nuestra , toda su vida; 
y tomando tras esto un gran manojo de llaves» las coales 
eran de toda la casa y de la iglesia » se salió de la celda lo 
más pasito que le fué posible» y se fué por el claustro, y 
bajó á la sacristía ; y abriéndola sin ser sentida» salió 
al cuerpo de la iglesia con las llaves en hi mano; y ha- 
biendo de pasar al salir della por delante de nn altar de 
la Virgen benditísima, de cuya imagen era particular 
devota, y le celebraba todas las fiestas suyas con la ma- 
yor soleñidad y devoción que podía» ala que llegó de- 
lante della , so hincó de rodillas, diciendo con particu- 
lar ternura interior y notable cariño de despedirse della, 
privándose del vería , porque era la cosa que más quena 
en esta vida : Madre de Oiosy Virgen purísima» sabe el 
cielo y sabéis vos cuánto siento el ausentarme de vues- 
tros ojos ; pero están Un ciegos los míos por d mozo que 
me lleva , sin hallar fuerzas en mí con que resistir á la 
pasión amorosa que me lleva tras si. Voy tras ella sm 



DON QUUOTB UB 

n^tfireolMioconTeiiientes y dafiosqueins están ame- 
otaado; pero no quiero emprender ¡a jornada sin en* 
comeodaros. Señora, como os encomiendo con las ma- 
yores Téras que puedo, estas religiosas que hasta ahora 
Jym estado ¿ mi cargo : tenedle pues dellas. Madre de 
piedad, pues son Yuestras hijas, á las cuales vo, como 
mala madrastra, dejo y desamparo : amparadlas, digo. 
Virgen santísima, por vuestra angélica puridad , como 
verdadero manantial de todas las misericordias, siendo 
como sois la madre de la fuente deltas ; de Cristo, digo, 
Duesüx) Dios y Seilor. Volved y mirad , os suplico otra 
vez, en mi lugar, por estas siervas vuestras que aquí 
qaedan, mns cuidadosas de su limpieza y salvación que 
JO, que voy despenándome tras lo que me ha de hacer 
perder lo uno y lo otro, si vos. Señora, uo os apiadáis 
(le roí; pero confío que lo haréis, obligada de vuestra 
inexplicable y natui-al piedad y de la devoción con que 
nempre he rezado vuestro santísimo rosario. Y dicha 
estabreveoracion,y hecha tras ella una profunda re- 
verencia á la Imagen, abrió el postigo de la iglesia, y 
ftblerto, se volvió á dejar las llaves delante del dicho aí- 
tár (le la Virgen , tras lo cual se salió á la calle, eotor- 
modo Irassi la puerta. Apenas estuvo fuera della, cuando 
k salió al encuentro don Gregorio , que la estaba aguar* 
ÚÁüáú hecho ojos, y tom¿indola en brn/os ( tras haberla 
tenido an breve rato entro los suyos amorosos haciendo 
de^ea volturas que el recelo de no ser vistos le consin- 
tió;, la subió en el caballo que le pareció más manso, 
coa qae comenzaron luego á caminar de suerte que los 
>iaoá tomar el dia seis ó siete leguas lejos do adonde ha- 
bían salido ; y en el primer lugar ae proveyeron de todo 
lo necesario tocante á la comida , con Gn de no entrar en 
poblado, si no fuese de noche , parahurt¿ir asi el cuerpo 
i la mucha gente que tenían por sin duda iría en su 
bosca. En efeto, scilores, aquella que ( 1 ) había profesado 
y prometido castidad á Dios, y la había guardado hasta 
entonces con notalites muestras de virtud, permitién- 
dolo asi su divina Blajestad por su secreto juicio y por 
dar maestras de su omnipotencia (la cual manifiesto, 
como cauta la Iglesia, en perdonar á grandes pecadores 
gravísimos pecados) , y por mostrar también lo que con 
él Tale la intercesión de 1» Virgen gloriosísima, madre 
tup^y con cuántas veras la interpone ella en favor do 
los devotos de su santísimo rosario, la perdió por ur 
deleite sensual y momentáneo, yendo á rienda suelta 
por el camino fragoso de sus torpezas , olvidada de Dios, 
de su profesión y de todos los buenos respetos que d 
qoien era debia. Mas no hay que maravillarse hiciese 
esto, dejada de la mano de Dios, pues , como dice san 
Agustín, más liay que espantarse de los pecados que 
deja de hacer el alma á quien desampara su divina mi- 
seríconha, que de los que comete ; que eso, dice David, 
vocean los demonios, enemigos de nuestra salvación, 
al hombre que llega á tal miseria, tomando ánimo por 
ello de perseguirle, y prometiéndose vencerle en todo 
género de vicios: Deus dereliquil eum : persequimini et 
cmprehendite eum, quia n(m est qui eripiat. Continua- 
ron so camino los ciegos amantes, con los justos miedos 
y sobresaltos que imaginar se pueden de quien anda en 
desgracia do Dios, algunos días, sin parar jamas hasta 
que llegaron ¿ la gran ciudad de l/isboa, cabeza del ilus 

(t^ La primen edicioi dice : En tltto, ííHoU9, fue aqutüc k»» 



LA MANCHA. * 15 

tre reino de Portugal. Allí puaa hizo don^ Gregorio una 
carta falsa de matrimonio, y alquilando una buena casa, 
compró sillas, tapices, bufetes, camas y estrado con al- 
mohadas para su dama , con el demás ajuar necesarie 
para moblar una honrada casa, comprando juntamente 
para el servicio della un negro y una negra : cargó tras 
esto de galas y joyas para adorno suyo y de su bella doña 
Luisa. Pasaron la vida muchos dias, acudiendo en aque- 
lla ciudad á todo cuanto apetecían sus ciegos sentidos, 
como fuese de entretenimiento, disolución y fausto^ 
•ín perder fiesta ni comedia la gallarda forastera (que 
así la llamaban los portugueses ) de cuantas en Lisboa 
fe hacían. Paseaba también sus calles don Gregorio do 
día, ya con una gala y caballo, y ya con otro, gozando 
sin escrúpulo ninguno de conciencia de aquella pobre 
apóstata perlada, olvidado totalmente de Dios y sin 
rastro de temor de su divina justicia ; porqu^^ como dice 
el Espíritu Santo por boca de Salomón, lo que menos 
teme el malo cuando llega á lo último de su maldad, es & 
Dios. Dos años estuvieron eo Lisboa los ciegos amantes, 
^stándolos en la vida más libre y deleitosa que imagi* 
narse puede, pues todo fué galas, convites, fiestas, y so- 
bre todo juegos, á que don Gregorio se dio sin modera^ 
cion alguua. 

CAPITULO xvni. 

Ea que el ermUafio enenta labají qne dieron los Feliees Amantas 
en Lisboa por la poca moderación qae tovieron en sn trato. 

Es infalible que se llegue al cabo de adonde se saca 
algo (como dice el refrán) y no se echa. Dígolo, seño- 
res, porque, como dieron tanta prisa las libertades do 
don Gregoríoy sus juegos, y las galas de su doña Luisa y 
sus saraos , á desembolsar los dineros que habían traid9 
de su tierra, sin que de ninguna parte ni de ningún 
modo les viniese ganancia, comenzaron al cabo de los 
dos anos dichos á echar de ver ambos se iban empobre- 
ciendo ; y hiciéronlo tan por la posta , que en breve los 
fué forzoso vender las colgaduras y aun muchas ó todas 
las joyas de casa, tras lo cual vendió él tres ó cuatro ca* 
ballos que tenía; pero remedióse poco con su venta, 
porque con el dinero que sacó dolía, codicioso de ganar 
ó picado de lo perdido, se fué i una casa do juego, do 
tras perderle todo, vino á perder hasta un famoso ferre- 
ruelo que traia, siéndole necesario detenerse hasta la 
noche sin volver á su casa, porque no le viesen los qu» 
le conocían , ir (como de hecho fué) en cuerpo por las 
calles; y llegando apesarado, corrido, pobre y sin capa 
á los ojos de su doña Luisa , que le aguardaba con harta 
necesidad , no tuvo ánimo la triste dama de reprenderle 
su inconsideración , temerosa de no darle materia para 
que la dejase ó hiciese alguna bajeza; antes consolán- 
dole, dio orden de que vendiesen los negros, como lo 
hicieron ; pero acabáronse presto los dineros que saca- 
ron dallos, parte con el gasto ordinario , y parte con los 
excesos del juego de don Gregorio, que eran grandes 
(quizá por permisión divina , para reducirlos á su cono- 
cimiento, medíante la necesidad), y llegaron al cabo á 
verse tales, que ni prenda que empeñar, ni pieza quu 
vender tuvieron : con que el dueño de la casa, cono- 
ciendo el peligro que corría la cobranza de sus alquile- 
res, dio orden de ejecutarlos por ellos si no le daban por 
seguro algún abonado fiador : fuéles imposible hallarle ; 
y asi, hubo el galán de rematar con los vestidos de su dou:« 
Luisa , á la cual viendo llorosa , desnuda, corrida y mo- 



M 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



dio desesperada , dijo el pródigo mozo un día : Ya veb, 
mi bien , lo que pasa y cuan imposible nos es vivir en 
esta ciudad sin notable nota della y vergüenza nuestra, 
por ser tan conocidos de la gente principal , de quien no 
tengo cara para ampararme. Muy sin consideración he^ 
mos andado en gastar tan sin tino lo que de nuestras 
tierras sacamos, y sin mirar en lo que adelante nos po-* 
dia suceder; pero pues para lo hecho no hay remedio, 
paréceme que lo que agora debemos hacer, previniendo 
mayores danos, es, que pues nos vemos tales, nos sal- 
gamos una noche , sin ser vistos , de Lisboa , y vamos á 
dar cabo á la primer ciudad de Castilla , que es Badajoz, 
do, por no conocemos ni habernos visto con la pompa y 
fausto que los de Lisboa , podremos pasarlo mojor y con 
jinénos gasto; que pues vos tenéis tan buenas manos para 
cosas de labor, fácil será el ganar con ellas con que mo- 
deradamente vivamos, ya enseñando á labrar á algimas 
ninas, y ya labrando para otros. Respondióle con no po- 
cas lágrimas y sentimiento la triste dama que hiciese 
della cuanto fuese de su gusto, pues estaba ya dispuesta 
á seguirle en todo sin coutradicion alguna. Saliéronse, 
cual pueden pensar vuesas mercedes, de la gran Lisboa, 
haciendo su viaje á pié y sin más provisión ni ropa que 
la que llevaban á cuestas, yendo sin espada y en cuerpo 
don Gregorio, por la pérdida que liabia lieciio de su capa 
en el juego; pero lo que él más sentía era verse imposi* 
bilitadode poder llevaYá caballo á su dona Luisa, que 
por la aspereza de ios caminos y delgadeza de sus pies, 
ios llevaba abiertos y cribillados, por ir, como iba, con 
pobrísímo calzado, y necesitada, en íin, de pedir limosna 
por las puertas de las casas de los pueblos por donde pa- 
saba, como también lo iba haciendo él, llenas sus plan- 
tas de vejigas. Llegaron al cabo de algunos dias á Bada- 
joz despeados , do llegando, les fué forzoso irse á alojar 
por su gran pobreza al hospital; que era tanta, que si 
algunos compasivos pobres del nolesdieran de los men- 
drugos que perlas casas habian recogido de limosna, 
quedaran la noche que llegaron, sin cenar. Aquí fué eí 
llorar, hecha otro hijo pródigo; de la afligida doña Lui- 
sa, y el considerar la abundancia que tenia en el mo- 
nasterio de donde era priora; aqui el arrepentirse de 
haber salido tan inconsideradamente dé! con don Gre- 
gorio, con tan grave ofensa de Dios y tan en deshonra 
de los linajes de entrambos ; aqui, finalmente, el sollo- 
zar por la pérdida de la iiTccuperable joya de la virgini- 
dad. Pasó la noche, en efeto , la aburrida señora lamcn- 
fandocon extraño sentimiento su desventura, tanto, que 
el afligido don Gregorio no le osaba hablar; antes, cor- 
ridísimo y melancólico, se estaba escuchándola en un 
rincón del mismo aposento ; y si algo decía , eran tam- 
bién endechas y pesares por los que padecía y esperaba 
padecer, sin esperanzas de poder volver en toda su vida 
á su tierra, en la cual era rico y regalado mayorazgo: 
con cuya consideración y con la que tenia del senti- 
miento de sus padres, deudos y amigos, arrancaba de 
rato en rato un doloroso suspiro del centro de ^ afligida 
alma, con que enterneciera las piedras, maldiciendo su 
desconcierto, ciega determinación , locos amores y á los 
infernales gustos, y Gnalmeute la primer vista de quien 
babia sido causa total de tan fatales principios y del fín 
peligroso que ellos las vidas de su cuerpo y alma ame7 
nazaban. Pasada la noche en estas ocupaciones y senli- 
uiicnlos, y venida la mañana, entró en el hospital uD 



caballero mancebo, á quien tocaba reconocer aquélla' 
semana qué gente habia entrado y dormido en él; que 
para no dar lugar á que se poblase de vagamundos tenia 
esta cuerda providencia aquella ciudad, de tener admi- 
nistradores que por semanas visitasen los peregrinos y 
se informasen de sus necesidades; y llegándose á doña 
Luisa, luego que la vio moza y hermosa, aunque mal 
vestida, le preguntó que de dónde era; y respondiendo 
ella con muestras de vergüenza que de Toledo, replicií 
él si conocía á tales y tales personas bien señaladas eu 
dicha ciudad : respondió la dama luego que no, porqnc 
habia mucho tiempo que habia salido de allá. Estando 
en esta plática, se les juntó don Gregorio, diciendo : 
Esta mujer, señor mío, es natural de ValladoUd, y es 
mi esposa. ¿Pues para qué, dijo el caballero, es menes- 
ter mentir aquí? Muéstrenme acá la carta del casamien- 
to; porque, si no son marido y mujer, serán muy bien 
castigados. Sacó luego su caria fulsa don Gregorio, y 
enséñesela, de la cual el caballero quedó satisfecho, y 
tes preguntó que adonde caminaban ; porque allí no 
podían estar más de solo un dia. Respondió don Grego- 
rio que venían á aquella ciudad de asiento para vivir en 
ella. ¿Pues qué oficio tenéis? replicó el administrador. 
Respondióle que no tenia oGcio ; pero que so mujer era 
labrandera, y quería allí, habiendo comodidad, cnse^ 
nar á labrar algunas niñas. De suerte, dijo el caballero, 
que ella os ha de sustentar á vos: harto trabajo tendréis 
ambos : con todo, por amor de Dios os llevaré hoy á 
mi casa , y os daré en ella de comer hasta buscaros al- 
guna comodidad con que vos y vuestra mujer, que pa- 
rece honrada, podáis vivir en esta tierra. Mandó tras 
esto á un paje que lusllovaseá su casa : agradeciéronselo 
mucho ellos; y por el camino, preguntando perlas pren- 
das de quien tanta merced les hacía, respondió el paje 
que era un mancebo rico y tan caritativo, que hacia los 
más de los dias nnicbas limosnas; y así, que conflascn 
que él sin duda les buscaría adonde pudiesen vivir, y 
aun si fuese menester les pagaría el alquiler de la casa : 
nueva fué esta que les dio á ambos notable contento. El 
caballero les buscó, en saliendo del hospital, una razo- 
nable posada en que vivían unas costureras, y les hizo 
dar alquiladas una buena cama y algunas alhajas de ca- 
sa, saliendo él á pagar el alquiler de lodo cuanto los 
huéspedes para quien habia de servir, no le pagasen. 
Hecha esta diligencia, se fué á mediodía á su posadi., 
en la cual les hizo dar bien de comer, y en comiendo, 
les llevó él proprio ú la que les habia buscado, donde le 
besaron las manos por ello y por un real de á ocho que 
tes dio de limosna, con que pasaron aquella noche ra- 
zonablemente. A la mañana comenzó dona Luisa á pre- 
guntará aquellas vecinas que quién le daría que labrar; 
porque ella no conocía á nadie en aquella ciudad ; hs 
cuales la respondieron ; Nosotras, con ser naturales de 
aquí y hacer, como dicen, pajaritos de nuestras mano.s, 
morimos de hambre: mirad que haréis, señora, vos 
venida de ayer ac:i. A la fe, hermana mía, que habéis 
llegado á muy ruin puesto para ganar de comer, como 
os enseñará la experiencia. Con todo eso, para dos ó tres 
dias, dijo la una, yo os daré con que ganéis siquiera para 
pan. Agradecíóselo ella, y comenzó á labrar en cierta 
obra que le puso en las manos, quedándose don Grego- 
rio en la cama , pensando pasar mejor la hambre en ella 
que paseando. Esa mcsma mañana se Ileso el caballero. 



DON QUIJOTE 

después de haber visitado «1 hospital , á saber de los dos 
íonsteros; y hallando acostado á don Gregorio , le dijo : 
¿Ooé es, geutil hombre? ¿Cómo va? ¿Adonde está vuestra 
mujer? Bien hasta agora me va j respondió él^ y ahi con 
hvedna está nii ranjer, por quien pregunta vuesa mer- 
ced, á quien suplico no se espante de no hallarme le- 
TaoUdo; qne el no tener andrajo de zapatos me obliga á 
ello. No será Unto esa la causa, dijo el administrador, 
cuanto poltronería. Y volviendo las espaldas , se salió á 
TerádoñaLaisa, y sentándose en un taburete junto á 
elta, se la poso á mirar de propósito á las manos y ros- 
tro; y reparando en sus facciones y en la modestia con 
que estaba, le pareció la más hermosa mujerymásdigna 
de ser amada qae en su vida hubiese visto. Aficionósele 
iBego; que es imposible deje la voluntad de amar á 
aquello que se le representa vestido de bondad, hermo- 
tura ó gusto ; y rendido ya á sus partes , le preguntó con 
maestras de aGcion por su nombre y la causa por que 
babia dejado su patria. Respondió ella sin levantar el 
rostro, con algana turbación , que se llamaba doña Lui- 
sa,; qae por haber sucedido cierta desgraciad su ma- 
litio ea Valladolid, habian salido ambos huyendo á uiía 
de caballo (cosa que le pesaba confesar, y que por no 
hacerlo, babia díelio al principio que eran de Toledo), 
y habieodo dado cabo en Lisboa, hablan vivido allí dos 
anos, en el cual tiempo babian gastado rto poca suma de 
dírenoque consigo habían traido. Por cierto, señora 
doóaLoisa, que siento en el alma (dijo el caballero) 
Teros empleada en quien tan poco os merece , como este 
picaronazo de vuestro marido, pues por una parte os 
Teo hermosa y discreta, y considero por otra que él os 
lia de consumir y gastar lo poco qne aquí ganáredes : con 
lodo, si queréis hacer por mi lo que os suplicare, os 
juro á fe de caballeix) de remediaros y favoreceros á am- 
bos en cuanto pudiere , pues no puedo negar sino que os 
be mirado con buenos ojos, y de suerte están los míos 
enamorados de los vuestros, que ya vivo con deseo in- 
tenso de serviros y agradaros en cuanto pudiere ; y así , 
desde lupgo os snplico me mandéis todo lo que fuere de 
\aeslro gusto; que á todo acudirá el mió, sin querer 
m fíeles deseos más premio que verse admitidos de 
VBcslra memoria, pues con solo esa gloria juzgaré ver- 
me en la mayor que puedo desear. No perdáis, bellísima 
forastera, la ocasión qne á vuestras desdichas ofrece en 
mis dichosos cuidados la fortuna, y advertid no es cosa 
queospaeda estar mal el hacerme merced. Agradezco 
cuanto puedo, señor, respondió ella, laque ese valor 
me ofrece, sin haberle yo servido ni merecido; pero 
siendo mujer casada y estando mi marida presen te, en 
gravísimo yerro y peligro caería si le ofendiese ; y así por 
esto, y, lo más principal , por lo que debo á Dios y á mi 
nisma, suplico á vuesa merced desista de tal preten- 
áon;yen cuanto no tocare á ella, mándenle; qne en 
lodo Yerá mi debido agradecimiento. Miraldo, señora, 
bien, dijo el mancebo ; que yo me encargo en dar orden 
cómo vuestro marído no lo sepa ni entienda ; y veis aquí 
porigora ese doblón para que cenéis esta noche; que 
dobles os los daré las que vinieren, como gustéis em- 
plearlas en darme gusto , y no le tendré hasta qne ma- 
liana roe deis la respuesta que deseo ; y me le puede solo 
causar el ser ella cual mi fe merece y esa beldad asegu- 
ra. Constreñida dona Luisa de la necesidad , que es po- 
deroso tiro para derribar las flacas almenas de la mujc- 



DE LA MANCHAw (7 

ríl vergüenza, tomó el doblón, dándole por él no pocai»^ 
gracias ni pocas espyanzas con recebiríe , pues siempre 
quien lo hace se obliga á mucho. Levantóse tras esto el 
administrador, y llamó aparte á la vecina más vieja do 
la casa y le dijo : Si acabáis con dona Luisa que corres^ 
ponda á mis ruegos y acete mis ofertas, os prometo, á ley 
de quien soy, de daros una saya de famosa paño, sin otras 
cosas de consideración ; pero eso rogádselo y persuadíd- 
selo con las mayores veras que pndiéredes ; y si salís con 
la empresa, venid volando con la nueva á mi casa ; que 
della llevaréis al punto las ofrecidas albricias. Asegu- 
róle la astuta tercera serío con las veras que dirían las 
obras; y llegándose el caballero, oída esta respuesta, á 
la descuidada dama, le asió la mano y se la besó, sin que 
lo pudiese ella impedir, partiéndose luego. Comenzó, 
tras su ida, la solicita vieja á persuadir eíicazmente á ía' 
perpleja señora, por súber ella más de estos ensalmos 
que de los salmos de David; y fué de suertQ la batería 
que le dio, que convencida dclla doña Luisa, le vino á 
responder que, como el negocio fuese secreto, procu- 
raría servir cuanto pudiese ó aquel caballero, con tal 
que él hiciese también por ella lo que le habla ofrecido: 
encargóse la vieja , agradecida á la respuesta, de tratar 
el negocio con igualdad y satisfaciou de ambas partes, 
como el efcto mostraría. Entróse doña Luisa en su cuar- 
to, por ser hora de comer, do contó punto por punto á 
don Gregorio cuanto con el caballero le habia pasado ; el 
cual le respondió que , atento que padecían extrema ne- 
cesidad y que era imposible remediaría por otro cami- 
no, que condescendiese con su gusto; que para todo 
daba su consentimiento y daría el higar necesarío, con 
tal que le sacase cuanto pudiese, asi en dineros como en 
joyas , fingiendo siempre temor y recelo, y encargándole 
el secreto. Ya en esto habia ido corriendo la vieja á gánai* 
las albricias del enamorado caballero; y teniéndolas, y 
concertado con ella tratase con doña Luisa se viesen la 
siguiente noche donde y como ella mandase, se efetuó 
todo así; porque, fingiendo don Gregorio salirse de la 
ciudad , dio ella entrada en su propria casa al caballero, 
el cual durmió con ella aquella y otras noches, dándole 
dineros y todo lo necesario para su sustento y reparo, 
con que pudieron ambos vestirse razonablemente. Pu- 
blicóse el negocio, con escándalo del pueblo; que de 
ver el toldo de la dama, la bizarría de don Gregorio y la 
familiaridad con que trataba con el caballero, frccuen-^ 
tandolasenlradasdecasael uno del otro (que todo lo 
allanóel gusto del natural y necesidad del forastero), na- 
ció el echar de ver todos tenia tienda la forastera de en- 
tretenimientos, la cual aumentó la ocasión de la mur- 
muración con el engalanarse, ponerse á la ventana y 
gnstarde ser vista y visitada, totlo con consentimiento 
de don Gregorio; que ya no se le daba nada del medrar 
á costa de la votada honestidad ( pero profanada escan- 
dalosamente) de la ciega religiosa, de quien de nuevo 
comenzaron á picarse otros tres mancebos ricos de la 
ciudad, admitiendo sus presentes, billetes y recados la 
dama, sin reparar en coniprnríos á costa de su honra. 
Llegó el negocio á término que una noche, encontrán- 
dose todos en sn calle, trabaron celosos una tan cruel 
pendencia, qne della salió muerto un hijo de vecino 
principal : prendió luego la justicia por indicio á todos 
los de la riña, depositando á dofy» Luisa en casa do un 
letrado ; y al cabo de un mes que corrió la causa, no pu- 



hñ 



EL UCENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



díéndose averiguar quién fuese el homicida , los sacaron 
á todos en liado, dándoles la ciudad por cárcel. Don 
Gregorio fué quien peor libros pues' salió el postrero de- 
lia, con sentencia de destierro perpetuo de Badajoz y su 
tierra ; y hubiera de salir á la vergüenza por las calles^ 
si la buena diligencia del administrador , su amigo> no 
lo remediara con dinero : dióle^ en viéndole libre, todo 
loque fué necesario para salirse de la ciudad y irse á la de 
Herida, do le aconsejó se entretuviese regalando (1) un 
par de meses, mientras él en ellos negociaba se le al- 
zase el destierro, ofreciéndole se encargaba de mirar en 
ellos perdona Luisa como si fuera su propria hermana. 
Acetó de muy buena gana don Gregorio el partido, por* 
que vio en él la puerta abierta para hacer lo que preten- 
día, que era dejar á doiía Luisa, de quien ya estaba can* 
aado, y arrepentido de la locura que había hecho de 
•encargarse de tari impertinente carga; temiendo, si, 
perseverabii en tal vida, no lo viniese á ser él de algún 
burro por las callespúblicasde algún pueblo, óde alguna 
horca si se descabria su delito : con todo, disimuló con 
ella, de quien se despidió encargándole el recato y ho- 
nestidad , y. la diligencia en procurar se le alzase el des- 
tierro, ó se fuese tras él ¿ Mérida, do la esperarla, si no se 
podia negoji^iar. Toda esta plática pasó delante del admi- 
nistrador, que gustaba ya de verle ausente, no menos 
que la dama , que deseaba lo mismo por tener más liber- 
tad para sus disoluciones : todos, en efoto, deseaban 
una misma cosa, aunque por diferentes Gnes. Tomó don 
Gregorio de mano de su amigo más de quinientos rea- 
les, y con ellos y muy bien vestido se salió de Badajoz 
á pié para Mérida, ciudad que dista poco della. Par 
Dios , dijo Sancho, que eso de badajos y esotro que por 
tu mal olor no lo oso nombrar , declaran bien cuan gran 
puerco y badajo era ese don Gregorio, que dejó la monja 
entre tantos cuervos ó demonios ; el tuerto desa pobre 
señora, mi señor den Quijote^ será bien deshacer, pues 
ganaríamos en ello las catorce obras de misericordia ; y 
más le digo, que si quiere ir luego allá, le acompañaré 
de muy buena gana, aunque sepa perder ó dilator la 
posesión del gobierno de la gran ínsula y reino de Clil- 
pre, que me toca por línea recta eu virtud de la pala- 
bra do vuesa merced y de la muerte que ha de dar al so- 
berbio Tajayunque, su rey, cuyo guante traigo bien 
guardado en esa maleta. No se lo encajaba mal á doa 
Quijote el consejo de Sancho , y ya con él se le comen- 
taba á levantar la mollera, de suerte, que si los circuns- 
tantes, que gustaban infíalto de saber el fin del cuento, 
no le apaciguaran con buenas razones, echara el bode- 
gón por la ventana, y se fuera luego de allí, dejándoles 
en porreta; pero diciéndole el soldado Bracamente que 
en acabando de oír dónde y cómo quedaba aquella se« 
ñora, le daba palabra de irle á acompañar en tan santa 
empresa ( pues no teniendo noticia más clara de sus co- 
sas y sucesos, no le parecía acorLido hacer la jornada, 
porque podría ser . que cuando ellos llegasen á Badajoz 
ya ella estuviese en otra parte ) , se sosegó don Quijote, 
y ofreció grata atención á todo, obligándose á hacer la 
tuviese también su escudero. Con esto, y con agrade- 
cérselo todos, y rogar tras ello al discreto ermitaño pro- 
siguiese tan suspensa historia, seguro de que, auuque 
larga, no les cansaba, la prosiguió diciendo. 

(i) ProbiblcmriUe el ai^or escribirla : m eüurUte recitando, 6 
t€ entntuticse regaléniott. 



CAPITULO XIX. 
Del suceso «at tivieroa ios FéUce» Amtotefl basli Uegy 
A tu inada patria. 

No se fué don Gregorio á Mérida, como babia prome- 
tido al caballero y á doña Luisa, sino á Madrid, donde 
por la babilonia de la corte fácilmente se encubre y di- 
simula cualquier desdichado ; y como 61 lo era tanto, 
vino á parar con toda su nobleza en servir á un caballero 
de hábito, mudado el nombre , sin acordarse más de su 
dama que si jamas la hubiera visto, la cual te pagó co» 
la mesma moneda á los primeros días de su ausencia, em- 
pleándolos todos en nuevos gustos y en tratar de esta- 
far á cuantos podia, tenieudo por blanco solo el intere<; 
pero conociendo todos el suyo, comenzaron á hacer al- 
to, divulgando!^ entre ellos la baja ley y Uberbid de 
la forastera ; por lo cual , viéndose sin muñidores, y so- 
bre todo, viendo que le hacia algunos malos tratamien- 
tos el administrador, enfadado de su ingratitud y diso- 
lución , cayó en la cuenta del peligro en que estaba su 
alma y cuerpo. Advirtió también luego cómo, habiendo 
tantos días que don Gregorio faltaba , jamas lo había es- 
crito, siéndole fácil el hacerlo estando en Herida, por 
la vecindad, y forzoso el procurarlo por las obligaciones 
que le tenia, si como hombre , en íln ^ no hubiera mu- 
dado de intento y dejádola , como lo tenia por sin duda 
lo había hecho. Comenzó á cavar en la consideración do 
su mal estado tras esto, y Dios á obrar secretamente en 
su conocimiento, como aquel que la quería dejar por 
ejemplo de penitentes y de lo que con su divina mise- 
ricordia puede la intercesión de su elecUsima Madre, y 
finalmente, de lo que á ella la obligan los devotos de su 
santísimo rosario con la frecuentación de tan eficaz y 
fácil devoción (2) ; que se encendió de suerte su espíritu 
en amor y temor de Dios, queompezó ádesiiacerse en lá- 
grimas, apesarada de las ofensas cometidas contra su 
Mnjeslad , confusa por no saber cómo ni en quién hallar 
remedio ni consejo ; que tan cargada estaba de desati- 
nos. Advirtieron su llanto algunos de sus galanes , y de- 
seando enjugársele, le preguntaban la causa con graa 
cuidado y deseo de saberla; pero era en vano, porque 
ya aspiraba la reconocida señora á superior consuelo; y 
así, despidiéndoles lo mejor que pudo (que no le fué fá- 
cil, por ser las arremetidas de los amartelados más fo^ 
gosas en prosecución de lo que después de amado hm 
procurado dejar, y más si ven desvío en el sugcto), pro- 
puso, alumbrada de Dios, volverse á su ciudad y pre- 
sentarse en ella secretamente á un caballero deudo suyo, 
y descubrirle todo el suceso de su vida, con fin de qno 
él la ay udase á ir , sin ser conocida , á Roma , á procurar 
allí , echada á los pies de su santidad , algún modo para 
volver ú su monasterio ó á otro cualquiera de su misáis 
orden, con fin de tener donde cnmcudar, como desea- 
ba, la infernal vida que hasta entonces habia tenido. 
Con este pensamiento, y encomendándose de corazón á 
María sacratísima , madre de piedad y fuente de miseri* 
ondia, recogiendo cuanto dinero tenia, y haciendo de 
sus vestidos y alhajas todo lo que pjudo, se vistió de pe* 
rcgriua con sombrero, esclavina, bordón y un grueso 
rosario al cuello y alpargatas á los plés ; y cubierta dcslo 
penitente traje, arrebozado el rostro , se salió una noche 
obscurísima de Badajoz, tomando la derrota hacia su (icr- 

(9} Parece qie debiera decir y, eo lagar de «v?. 



DON QUUOTfi DB LA MANCHA. 



bj» 



n,ieoDpiu«da solo de suspiros^ lágrimas y deseos de 
airarsa, desviándose cuanto le era posible de los cami- 
ods reales, j procarando caminar casi siempre las no- 
ches, en las coales entraba en las posadas de menos bu- 
llicio á tomar dellas lo más necesario para su sustento, 
saliéndose luego al campo. No le faltaron algunos traba* 
jos y desasosiegos de gente libre en el camino ; pero 
Teucióles á todos su modestia y sacudimiento, y sobre 
todo la santa resolución que la eíicaí gracia le habla he- 
cho üacer de no ofender más á su Dios en toda su vida, 
aaoque la supiera perder mil veces á manos de un mi- 
llón de tormentos» Padeció también hambre, sed y fiio, 
por ser tiempo en que le hacia grande el en que cami- 
naba, y por la misma causa la molestaron las aguas y 
arroyos (1) ; pero acompañábase en ellos de la gente más 
pobre que bailaba, hasta pasarlos, á quien después daba 
baenas limosnas, ilacia las jornadas cortas, por el can- 
UDcio y tiempo, siendo esto la causa de que fuese tan 
largo el que gastó en el camino, pues tardó en llegar á 
la tierra más de cuatro meses, visitando en ellos algu- 
nos píos santuarios que le venían á cuento. Quiso ya el 
délo apiadarse della y dar fin á su prolija jornada ; y así 
lle^odo á la última , antes de entrar en su ciudad , á la 
qae descubrió, y reconoció el campanario de su monas- 
terio, fué tal el sentimiento que hizo postrada en tierra, 
qoe no iiay lengna í oh discretos señores I que lo acierte 
i piotar. Resolvióse en lágrimas, y resolvió juntamente 
de quedarse allí en el campo hasta el anochecer, por en- 
trar á media noche, para mayor seguridad. Hízolo así, 
y llegado el plazo , comenzó á enderezar los turbados 
pasos hacia la casa del deudo de quien pensaba valerse ; 
pero llegando á pasar por delante (2) su monasterio (que 
DO sé sí la obligó tanto á ello la necesidad cuanto el ca- 
riño y deseo de ver sns paredes ; pero no debió de ser lo 
uno ui lo otro, sino inspiración de Dios para que tuviese 
su viaje el (eliz fin que se sigue) al punto que daban las 
once, y emparejando con el mismo postigo de la puerta 
üelaigl&ia, la vio abierta ; y asombrada de semejante 
caso, comenzó á decir entre si : iVálgame Dios! ^qué des- 
caído ha sido este de las monjasó del sacristán que tiene 
cargsde cerrar la iglesia? ¿Es posible que se hs^yan de- 
jado abiertoel postigo de su puerta? Mas ¿si acaso lian 
robado algunos ladrones los frontales y manteles de los 
litares ó la corona de la Virgen , que ha de ser de plata 
sino me engaño? Por mi vida, que tengo de llegar pa- 
sito (aunque aventure en ello la vida, pues en dichosa 
parte la perderé cuando aquí la pierda), y mirar si hay 
alguna persona dentro, y avisar, por si ha sido descuido 
de qoieu tiene cargo de cerrarle. Metió en esto la cabeza 
bacía dentro con gran tiento, y estuvo un rato escu- 
chando; pero no sintiendo ruido , ni viendo más que dos 
Uníparas encendidas, una delante del Santisimo Sacra- 
ia«nto, y otra delante del altar de la Virgen benditlsi- 
sn, estuvo suspensa una gran pieza, sin que osase de- 
lenainarseáentrar, temiendo no estuviese alguna monja 
reíando acaso en el coro, y viéndola alti, hiciese algún 
rtuDor por do se viese en peligro de ser conocida, y por 
consiguiente rigurosamente castigada; pero no obstante 

(t) No se comprende eómo dofia Lilaa padeeié sed, habiéndola 
■oiestado las a§uát y arroyos ; probablemesle la palabra »e4 e»- 
^fb tachada en el original, y el Impresor no lo cebó de ver. 

{% DelMtén wtonatterio, en Ingar de deUmtédetu monasterio» 
^ tiabicD se lee, al prisclpio del tapitolo ivn , cerca lo9 mura 
t^mieunéde. 



este miedo, se resolvió á seguir la primera deliberación, 
aunque fuese con el riesgo de la vida. Entró tras esto 
osadamente , y pasando por delante del akar de la Vir- 
gen, tropezó en un gi*an manojo de llaves que delante 
del estaban en el suelo, del cual suceso maravillada, se 
abajó para verlas y levantarlas con notable turbación ; y 
apenas lo hubo comenzado á poner por obra, cuando la 
devotísima imagen de la Virgen la nombró por su nom- 
bre con una voz como de reprehensión , de la cual quedó 
tan atemorizada doña Luisa , que cayó medio muerta en 
tierra; y prosiguiendo la Virgen sacratísima, le dijo : 
¡Oh perversa y una de las más malas mujeres que han 
nacido en este mundo I ¿cómo has tenido atrevimiento 
para osar parecer delante de mi limpieza , habiendo tá 
perdido desenfrenadamente la tuya á vueltas de, tantos 
y de tan sacrilegos pecados como son los que has come- 
tido? ¿De qué suerte, di, ingrata, soldarás la irrepara- 
ble quiebra de tan preciosa joya ? ¿ Y con qué peniten- 
cia, insolentísima profesa, satisfarás á mi ainado Hijo, 
á quien tan ofendido tienes? ¿Qué enmienda piensas 
emprender ¡oh atrevida apóstata I para volver por me* 
dio della á recuperar algo de lo mucho que tenias mere 
cido, y has perdido tan sin consideración , volviendo las 
espaldasá las infinitasmisericordiasque habías recebido 
de mi divinísimo Hijo? Estaba en esto la afligidísima re- 
ligiosa acobardada de suerte , que ni osaba ni podía le« 
vantar el rostro , ni hacía otra cosa sino llorar acerbísl- 
mámente ; pero la piadosa Virgen, consolándola despueii 
de la reprehensión , no ignorando la amargura y el dolor 
de su ánimo, incitándola á verdadera penitencia, le di- 
jo : Con todo, para que eches de ver que es infinitamente 
mi Hijo más misericordioso que tú mala , y que sabe más 
perdonar que ofenderle todo el mundo , y que no quiero 
la muerte de los pecadores, sino que se conviertan y vi- 
van , le he yo rogado por tu reparo (obligada de las fies- 
tas, solemnidades y rosarios que en honra mía celebras* 
te, festejaste y me rezaste cuando eras la que debías), sin 
que tú lo merezcas ; y él, como piadosísimo que es, ha 
puesto tu causa en mis manos; y yo, por imitarle en 
cuanto es hacer misericordias, deseando verificaren ti 
el título que de madre de ellas me da la Iglesia, como á 
él se la da de padre de tan grande atributo, he hecho 
por ti lo que no piensas ni podrás pagarme aunque vivas 
dos mil años y los emplees todos en hacerme los servi- 
cios que me solías hacer en los primeros años de tn pro* 
fesion. Acuérdate que cuando desta cala saliste, agora 
hace cuatro años, pasando delante desle mi altar, me 
dyiste que te ibas ciega del amor de aquel don Gregorio 
con quien te fuiste , y que me encomendabas las religio- 
saS'desta casa, tus hijas, para que mírase por ellas como 
yerdadera ipadre, cuando tú les eras madrastra ; y que 
las rigiese y gobernase, pues eran mías ; tras lo cual ar- 
rojaste on mí presencia esas mismas llaves del convento 
que en la mano tienes. Entiende pues que yo, como pia- 
dosa madre, he querido hacer para confusión tuya lo 
que me encomendaste ; y así has de saber que desde en- 
tonces hasta aliora he sido yo la priora deste monasterio 
en tu lugar, tomando tu propria figura , envejeciéndome 
al parecer al compás que tú lo has ido haciendo, to- 
mando juntamente tu liabla , nombre y vestido ; con que 
he estado entre ellas todo este tiempo , asi de día como 
de noche , en el claustro , coro , iglesia y refitorio , tra- 
tando con todas como si fuera tú propría : por tanto, lo 



60 



EL LICENCIADO ALONSO FEnr^ANDEZ DE AVELLANEDA. 



que alora lias ile IiAcer» es que louies esas Uavss, y cer* 
rando la puerta de la iglesia con ellas , te vayas por la sa- 
crislia y demás pasos por donde te salisle, á tu celda, la 
cual hallarás de la propria forma y manera que la dejas* 
te, liallaudo liasla tus hábitos doblados sobre el bufete; 
póntelos en llegando, y guarda esos do peregrina en la 
arca; y advierte que hallarás también sobre la propria 
mesa el breviario y la caria que dejaste escrita, sin que 
nadie la huya abierto ni leído, y la vela eneendida junto 
A ella. En efeto, hallarás todas las cosas, por mi piadosa 
diligencia, en el estado en que las dojasle, sin hallar 
novedad en alguna, y sin que se haya echado de ver tu 
falta ni la del dinero que has desperdiciado : vete, por 
tanto, á recoger antes que despierten á maitines, y en* 
miendatu vida como debes, y lava tus culpas con las 
lágrimas que ellas piden; que lo mismo lian hecho cuan- 
tas tras tan graves pecados han merecido el ilustre nom- 
bre de penitentes que les da la Iglesia. Quedó la en que 
estaba dona Luisa, acabando estas razones la celestial 
Princesa de todas las hierarquias, llena de mi olor sua- 
vísimo; y ella contrita y tan consolada en su espirita, 
cuanto corrida de babor obligado á la Madre del misino 
Dios á serlo de sus subditas ; pero obedeciendo á su ce- 
lestial mandato, recelosa de que no se llegase la horade 
los maitines, se levantó del suelo, cubierta do sudor y 
lágrimas, y haciendo una profunda inclinación á la pre- 
ciosísima imagen, y otra al Santísimo Sacramento, y 
tomando las llaves, cerró la puerta do la iglesia , y se 
fué á su celda por los mismos pasos que había salido de» 
lia, en la cual lo halló todo del modo que io había de- 
jado y la Virgen le Jiabia dicho. Púsose, en entrando 
dentro, sus hábitos, guardando en el arca los de pere- 
grina, y apenas lo habla acabado de hacer, cuando to- 
caron á muitiues; y enjugándose el rostro, tomó el bre- 
viario y estuvo aguardando hasta que vino la monja 
que solia llamarla, la cual , tomando el candelcro de la 
mesa, como cada noche tenia de costumbre, se fué de- 
lante alumbrando hasta el coro, donde estuvo aguar- 
dando de rodillas.(con no pequeña turbación, por pare- 
ccríe sueno cnanto veía ) á que se juntasen las religiosas; 
y en habiéndolo hecho, hizo la señal acostumbrada, tras* 
que comenzaron los maitines; y acabados ellos y la ora- 
don que de ordinario suelen decir, se volvieron á salir 
todas, y se fueron á sus celdas al postrer señal de lá 
Priora, la eual también hizo lo proprio, acompañándola 
con luz á la su|ft la mesnia religiosa que la había sacado 
delta. Cuando se vio sola comeuzó de nuevo á derramar 
lágrimas, parte de dolor por sus culpas, y parte de agra- 
decimiento por la nunca oida merced que la miscricor- 
diosisima María le había hecho ; y haciéndole una breve 
oración llena de fervorosos deseos y celestiales conatos; 
descolgó de la cabecera de su cama unas gruesas disci- 
|)ltiias qué solia tener en ella , y tomándolas , se dio con 
ellas por espacio de media hora una cruelísima dicH 
pliuasin ninguna piedad, por principio de la rigorosa 
penitencia que pensaba hacer todos los dias de su vidai 
de aquel sacrilego y deshonesto cuerpo, de cuya roja 
sangre quedó el suelo esmaltado en testimonio del ver- 
dadero dolor de sus pecados. Acabado este penitente 
acto, abrió una arca, de adonde sacó un áspero cilicio 
que solia ponerse en las cuaresmas cuando era la qué 
debía , hecho do cerdas y esparto machacado, el cual le 
tomaba dc::dc el cuello ú las rodillas, con sus mangas 



justas hasta la muñeca; púsose juntamente debajo d^ 
una cadenilla que en la mesma arca tenia, que le daba 
tres vueltas, y apretándosela con todo riger al delicadt 
cuerpo, decía : Agora, traidor, me pagará» los agravioc 
que al espíritu has hecho : no esperes, lo poca que la viüi 
me durare, otro regalo más que este, y agradece á la roa- 
dre de afligidos y fuente de consuelos , Maria , y á su cie- 
menlísirao Hijo que no te hayan enviado á los inGerno» 
á hacer esta penitencia, donde fuera sin fruto, forzosa y 
tan eterna, que durara lo que el mismo Dios, sin la es- 
peranza del perdón y remedio que agora tienes en la 
mano, teniéndole tin poco merecido. Y saliéndose luego 
de su celda, se volvió otra vez al coro, donde estuvo 
pasando el santísimo rosario delante de la misma ima- 
gen que la habla hablado, hasta la hora de prima, la 
cual acabada, hizo al instante llamar al confesor del 
convento, con quien hizo una general confesión con no 
vistas muestras de dolor y arrepentimiento, contándola 
todo el suceso de su vida y las abominaciones y pecados 
qne contra su divina y inmensa Majestad Irabia come- 
tido los cuatro años que había estado fuera del conven- 
to : reGrióle juntamente el milagro y merced que por la 
devoción del rosario, la Reina de los cielos, su patrona, 
le había hecho, supliendo su falta y acudiendo á todas 
sus obligaciones , movida de sn virgínea piedad , salvár^ 
dolé la honra en que no $e echase do ver su falta. El se- 
creto del milagro encargó tras esto cuanto fué posible, 
para mientras le durase la vida al confesor, el cual quedó 
sumamente maravillado de su grandeza, y lleno de ter- 
nura y devoción en el espíritu , cosa que le aseguraba do 
lá verdad del caso ; y pasmábase cuando consideraba ba- 
hía merecido su indignidad confesar y comulgar por su 
mano, no una, sino muchísimas veces, á la puridad,ante 
quien y en cuya comparación no la tienen los más puros 
ángeles del cielo. Con todo, quiso ver el rostro de la pe- 
nitente preladay cerliílcarsede queera eUamísma,yDo 
demonio (como temía) que en figura suya le quería en- 
gañar ; y vistas sus lágrimas y enterado de la verdad , la 
consoló cuanto pudo, y animó para la continuación de la 
empezada penitencia y devoción del santísimo rosario; 
y perseveró ella en todo , haciéndose mil ventajas cada 
día asi misma, detsuerte que las que la veían con tan 
repenliria mudariza, en el retiro de gradas, asistencia 
continua á la oración, y morrificacion y ordinario curso 
de lágrimas, estaban pasmadas, por no saber la causa, 
como la sabían ella y su confesor, con qule se confesaba 
los más de los dias , reéibiendo el Santísimo Sacramento 
muy á menudo. Perseveró en estos ejercicios toda la vi- 
da ; y al cabo de meses que lo» coirtinuaba , quiso Dios 
apiadarse de su perdido galán, como lo había heclio de- 
lta , tomando por medio un sermón queacaso oyóá un 
religioso dominico ele soberano espíritu, en una parro- 
quia do la corte , que moviendo el cielo la lengua en él, 
se engolfó á deshora en las alabanzas de la Virgen y en 
las misericordias que había hecho y hacia cada dia con 
infernados pecadores, por la suave devoción de su ben- 
ditísimo rosario, trayendo en consecuencia desto el sa- 
bido milagro del desesperado hombre que, habiendo he- 
cho donación de su alma al demonio con cédula escrita 
y firmada de su mano y sangre, por la dicha devoción 
fué libre de todo, y acabó su vida, perseverando en ella, 
santísimamente, tras uoa bien premeditada y llorosa 
confesión general de lodos los cometidos desaliiw^. 



DON QUIJOTE 

Caro en la cii«n(a de los suyos el ciego de don Gregorio 
loego que oyó el docto sermón ; y aconlánüose también 
óelo mucho que acerca del celestial poder del rosario 
Je había dicho dirersas veces su doña Luisa ; promedia 
(ando las razones del predicador^ y con fí riéndolas con 
lis que de sn dama en esta parte le tnijo Dios á la memo- 
ria , le pareció que arrimándose á la frecuentación de tan 
loberaiio rezo, iialtaria en él brazo que le sacase del 
cieno de sus torpezas, y otra escala, cual la de Jacob, con 
qoe pudiese llegar al cielo, por más entumecido que es- 
tavi«!se en la fragosa y mal cultivada tierra de sus bes- 
Ualeá apetitos : propuso tras esto irse al religioso con- 
vento de la Virgen de Atocha y confesarse luego con el 
sanio predicador, cuyo nombre ya sabia, por haberlo 
preguntüdoá s» compañero al bajar del pulpito. Eíec- 
(notoeAi-azmente; que no es perezosa la divina gracia 
ni admite tardanzas: fué al convento, entróse en la igle- 
sia, postróse delante la imagen mikigrosa de la Virgen, 
derrilióse, puesto allí, en lágrimas : pedia perdón á Dios, 
piedad á su Madre , y ayuda á ambos para enmendar los 
yerros de la pasada y hacer dellos una general confe- 
«ioQ. A!zóse luego, entróse en el claustro , pidió por el 
predicador, y puesto en su presencia, eni(>ezaron sus 
f^á decirle lo qoe su lengua no acertaba : con todo, 
cuando las lágrimas le dieron lugar; Je dijo: f Remedio, 
padre! ¡ Socorro, varón de Dios , para esta alma y que es 
li mk mala de cuantas la misericordia y caridad in-l 
mensa de Jesucristo ha salvado! Entróse al instante el 
predicador á su celda, y apenas estuvo dentro, cuando, 
postrado i sos pies, empezó á hacer con acerbo llanto 
una confesión general de sus excesos,. tal , que estaba el 
confesor igualmente compungido, confuso y consolado 
derertal trueco en un muzo de los años y prendas de 
an'icl: consolóle cuanto pudo, animándolo ál la conti- 
nuación de sus propósitos y del rezo del santo rosario, 
coya era tan feliz mudanza. Y asegurándole del perdón 
de sos culpas y de la largueza de las perpetuas miscri*- 
conliosque Dios, con celestial regocijo de todos los cie« 
los rstis ángeles, lia usado y usa de cada dia con los pe* 
Oidores recien convertidos de verdadero corazón , Iq 
eoñóabsuello, consolado y lleno de mil santos propó- 
sito^ y fervores; y no fué el menor el coloque propuso 
de irá Roma á visitar los santos lugares, besar el pié á 
^n santidad, y obt47tior, para mayor bien suyo, su plení- 
sima akolucion. Volvió, al salirse del convento, á hacer 
oración á la Virgen, y hecha con las demostraciones del 
^sndecimiento que tan gran merced como la que aca- 
yiadcrccebir(l),se volvió á la villa, y en ella trocó lue- 
p ^iis vestidos por unos de peregrino , hechos de sayal 
inslo; y sin despedii'se de su amo ni de persona , em- 
pezó á caminar hacia Roma , do llegó cansado , pero no 
menoscabado el fervor con que emprendió tan santa pe- 
resrinacion. Cumplió en aquella grandiosa ciudad con 
cuanto los deseos que le habian llevado á ella pedian, y 
obtenido el Gn dellos, dio la vuelta hacia su tieiTa, de- 
Maih]o6aber,con aqueldisf raz y sin sor conocido , de sus 
r3dres;qac bien seguro iba de no poderlo ser, según iba 
de Oaco, macilento, triste y desfigurado, asi de los tra- 
bajosdel camino, como do las penitencias que iba hn* 
tiendo en él; y no fué la menor el sufrimiento con que 
llevó las vejaciones que ciertos salteadores lehioleron 
«1 Fjlu ttB tvrfco : por ejemplo, wfrceia ó pedia. Lerendo de 
^trum<rtié,Jtn lo|ardof«r itn ^vw mrrccd, bai»rUKatíao. 



DB LA MANCUA. 



«I 



en un peligroso paso. Entró al cabo de días, cubierto da 
confusión, lágrimas y sobresalto, en su amautísima pa- 
tria, y lo primero que hizo, Uegadoáella, fué irse á pedir 
limosna al torno del convento do do sacó la Priora, que- 
riendo fuese teatro del primer acto de su penitencia en 
su patrio suelo el mismo que lo había sido del que dio 
principio ú su trágica perdición y ciego desatino. Dié- 
ronle fáciluieute honrada limosna las caritativas torne- 
ras, y en recibiéndola, se llegó á la misma mandadera 
que le habla llevado el prhnor recado de dona Luisa la 
mañana en que se principiaron sus locos Hmores, y pre- 
guntóle quién era priora de aquella casa ; y diciéndole 
ella que doña Luisa lo era anos habia , porque continua- 
ban las religiosas en reelegirla siempre, no sin gusto do 
sus superiores, por su gran virtud,— ¡Doña Luisa, re- 
plicó él atónito , decís que es priora ! ¿Cómo es posiblet 
Ella es, digo, añadió la mujer, sin duda. Que os bur-* 
lais de mí, porfió él, he de pensar, pues queréis per- 
suadirme es priora desta casa doña Luisa, de quien ho 
oido decir estaba muy lejos de poderlo ser. Doña Luisa, 
respondió ella, es, ha sido y será priora muchos años, 
á pesar de cuantos invidian su virtud y aumento, pues 
uo faltan muchos que lo hacen. Bajó la cabeza donGre- 
gorio con la confusión y perplejidad que pensar se pne- 
de , sin osar replicar más con la mujer, quo ya conoaia 
se iba encolerizando en defensa de su señora, temiendo 
por una parle no le conociese en la voz, y por oti-a, qud 
descuidándose, no descubriese algo de lo mucho que 
con la Priora le habia pasado; y así, saliéudose de ulli, 
se fué por diferentes parlesde laciudad, fuera de si y pi- 
diendo igualmente limosna y el nombro de la priora 
de tal convento ; y dándole unos y otros la misma res- 
puesta que le habia dado la mandadera, por salir del 
todo de la confusipii en que se veía, determinó inse de 
redondón á casa de sus padres, para echarse alli con la 
car^, como dicen, y descubriéndoseles, Gar, como 
era justo hacerlo, dellos el paso de tan grave suceso. 
Entró por sus puertas, y al primer criado que vio m 
ellas preguntó si le darían limosna los dueños do la casa» 
y respondiéndole que sí harían « que eran muy carítati- 
vos marido y mujer, le replicé^ sirviese decirle sus 
nombres y si tenían hijos ; y sabido del, por la respuesta» 
vivian sus padres, annque afligidísimos por la auseocin 
de un solo hijo que tenían , y se les luibia ido sin saber 
dónde, con quién ni por qué, por el mundo, y que lo 
que más les entristecía era joo saber si vivia ni en quó 
parte habia dado cabo, para poderle remediar ; saltá-< 
ronsele las lágrimas de tos ojos á don Gregorio con la 
respuesta, y volviendo el rostro á la otra parte, y enju- 
gándolas y disimulándolas cuanto pudo, dijo de nuevo 
al criado : ¿Llamábase por dicha el hijo destos senorev. 
don Gregorio? Porque si tenia ese nombre, es sin duda 
un soldado que he conocido en Ñápeles en el cuartel de 
los españoles; y si sería ; que por las señas que éi me 
daba de sus calidades, y de que era único mayorazgo e^ 
este lugar, y de la disposición de las casas de sus padrea 
( que lodo me lo comunicaba, por ser muy mi camara-t 
da), estas han ser las dellos, y el de quien hablo, su 
hijo ; y sabráse presto si es él , si hay quien me diga si 
se fué deste lugar con alguna mujer do calidad. No esr 
taba yo aun en servicio desta casa cuando él faltó de- 
lta, ni le conoci ; pero sé que su nombre era, como de- 
ci$i don Gregorio ; y que uo hizo otra bajeza m seiieui^ 



6Í 



EL LICENCIAOO ALONSO FERNÁNDEZ DE AVELLANEDA. 



del otra qaeja qne haberse llevado algún dinero pres- 
tado de amigos, aunque ya todo lo lian pagado sus pa* 
dres; que de dos caballos que á ellos les lleyó y otra gran 
cantidad de moneda , nunca lian hecho caso , porque en 
fin todo había de yenir á ser suyo. — Pues> amigo^ por las 
entrañas de Dios os ruego qne digáis á esos señores si 
gustan de hacerme limosna , siquiera por lo que pienso 
haber conocido á su hijo. \ Y cómo si os la harán de bo- 
nísima gana! dijo el criado: yo fio qne no solo eso ha- 
gan por \QS, sino qtic os regalarán muy mucho y ten- 
drán á mcrceJ de que les déís nuevas de prenda que 
tanto quieren; y asi, aguardadme, os ruego, mientras 
subo volando. á darles el aviso y recado. Subióse , dicho 
esto, el criado arriba, sin curarse , con el contento , de 
mirar en el rostro al peregrino ; que si lo hiciera, fuera 
imposible no leyera en su turbación y lú^'rímas que él 
mismo era su señor y el mayorazgo de la casa. 

CAPITULO XX. 
Ea qae se da fta al eoenlo de los Felieet Anantee. 
No habla bien subido á dar el aviso el criado á sus 
amos, cuando se arropintió don Gregorio dello ; por- 
que, como venia con Intención de saber de solo de la vida 
dellos, y sin dárseles á conocer irse luego á meter re- 
ligioso en la mesma religión en que lo era la Priora, para 
hacer allí una condigna penitencia con que en parte sa- 
tisfaciese sus graves culpas, parocióle que todo se lo 
impidiria lo que hahia empezado á intentar. Con la me- 
kincolía que esto le causó, y deseando obviar los incon- 
venientes que do ver á sus padros se le podían seguir, 
Tolvió tas espaldas para retirarse de la puerta ; pero ape- 
nas lo habla comenzado á hacer, cuando ya el criado 
estuvo en ella i buscarle , y los padres salieron á la ven- 
tana á llamarle. No se pudo excusar de entrar el turbado 
peregrino en su casa ; y haciéndolo , y subido arriba en 
una cuadra , le rogaron los venerables viejos se sentase 
en una silla , y poniéndosele cada uno á su lado , le hi- 
cieron mil preguntas del don Gregorio que había dicho 
al criado habia conocido y tratado en Ñapóles, hacién- 
dole tras cada ana un millón de ofrocimientos. Decíanle 
con no pocas lágrimas: \ Ay, hermano mió, y qué diéra- 
mos por liober visto como vos ese único y amanlísimo 
hijo nuestro, absoluto señor de nuestra hacienda y to- 
tal causa del llanto con que pasamos la vida ! ¿Está bue- 
no ? ¿Tiene qué comer? ¿Sirve ó es soldado? ¿Hase ca- 
sado ó qué vida tiene quien tan sin piedad es verdugo 
de las nuestras? Estaba don Gregorio cuando oia estas 
razones más muerto que vivo de ternura y sentimiento; 
pero, disimulando cuanto pudo, les dijo: Lo que del 
¡oh ilustres señores ! os puedo decir, es qne, según me 
comunicó, ha padecido infinitos trabajos desde que sa- 
lió de vuestra casa y obediencia ; pero ¿ cuándo los dejó 
de dar el cielo al hijo que , saliendo de la qt\e debe á sus 
padres, ofende su valor, lastima sus canas, menosca- 
bando su propria salud, fuerzas y reputación? Dígolo 
porque en todo sé que ha padecido don Gregorio mu- 
cho, y creo que volviera de buena gana á vuestros ojos 
si lo permitiera la vergüenza que se lo impide. ¿De qué 
la hade tener Gregorio, replicó la madre, pues en su 
vida ha hecho bajeza ni hayen la ciudad quien se pueda 
quejar del? No significaban sus razones (añadió el pere- 
grino) cuando roe hablaba, eso ; antes siempre colegí 
deUaa ib bebía ausentado por alguna afición que tenia á 



no sé qué religiosa , á quien él llamaba doña Luisa; y 
temí algunas veces no hubiese escalado por ella el con- 
vento ó sacádola del , según andaba de receloso de cuan- 
tos le podían conocer. La mejor seña que nospodiaisdar, 
dijo el padre, de que el que habéis conocido es nuestro 
hijo, es decimos nombraba él á doña Luisa ; porque n 
una religiosa gravísima deste lugar, y priora há años de 
tal convento ; á quien él visitaba á menudo ; pero lia- 
béisle hecho agravio á ella y á su valor en pensar cosa de 
su persona que desdiga della y de la víitnd singular 
que profesa. Cuando don Gregorio oyó el abono que sus 
padres daban de la Priora , en confirmación de lo que 
toda la ciudad habia dado della, y reparó por otra parte 
en la ternura y sentimiento con que hablaban dé! , se 
demudó de suerte, que, dándole un parasismo mortal, 
quedó como muerto reclinado á la silüi. Acufweron de 
improviso los padresádarle algo confortativo, pensando 
era desmayo de hambre el que le habia tomado ; y qai- 
tándole el sombrero que tenia calado, y desabrochán- 
dole con piedad cristiana ; reparando en el rostro la rna- 
dre, que hacia este oficio y le enjugaba el sudor del, le 
conoció, y levantó los gritos al cielo, diciendo : { Ay, bijo 
de mis ojos, y qué disfraz es el con que has querido en- 
trar en esta tu propia casa! El padre, que oyendo los 
gritos de la madre, pereibió llamaba de hijo al peregrí< 
no, se llegó, tan desmayado como él lo estaba , á mirar- 
le, y conociéndole , ayudó también á las endechas de la 
madre, diciendo: ¿Qué peregrina invención lia sido 
esta, Gregorio mío, de querer disimulártenos, dá^dot^ 
nos á conocer tan por rodeos? ¿ Pensarías hacer con tus 
padres, sin duda , lo que con los suyos hizo san Alejo? 
Mas no creo tal , pues tan lejos está de parecerse á aquel 
santo quien tan sin ocasión ni violencia decasaroienlos 
ha usado tan peregrino rigor. Alborotóse luego la casa, 
corriendo las nuevas de la vuelta de don Gregorio por el 
barrio, y antes que él volviese del desmayo en sí, es- 
taba rodeado de criados y vecinos ; y corrido , cuando 
volvió i cobrar sus sentidos, de ver la publicidad de sa 
vuella, abrazó á sus padres , postrándoseles luego á sus 
píes y pidiéndolesle dejasen reposará solas , despidiendo 
loscireunstanles, pues bastaba hubiesen sido testigos 
de su corrimiento y del perdón que les pedia por los 
enojos causados. Fuéronso cuantos esto le oyeron, con- 
tentos de ver lo quedaban los padres, los cuales luego 
dieron también orden en que se acostase y reposase. Hi* 
zolo , y preguntando á su madre en la cama cuánto Ita- 
bia que no se habia visto con la Priora, supo della que 
tres días, y cómo, habiéndole en la conversación dé!, y 
representándole el sentimiento con que vivían todos en 
su casa por su ausencia y no saber si era muerto ni vi- 
vo, había en ella vertido no pocas lágrimas y despedido 
del pecho algunos lastimosos suspiros, üidicio claro del 
sincero amor que le tenia, y de lo que sentía su perdi- 
ción. Más le crecía el asombro á don Grogorio cuando 
estas cosas oia ; porquo, como no sabía el milagro, y es- 
taba cierto por otra parte de su maldad y de lo que con 
la Priora le habia acontecido, parecíale todo sueño,? 
que era ilusión del demonio el pensar verse en casa de 
sus padres y vuelto tan á su salvo en su patria; y así A 
ratos con la vehemencia desta imaginación se suspendía 
de suerte que no acertaba á responder. Con todo, n^ 
ásu madre, después de haber reposado algunos días Ja 
hideaie merced de lle|ar al convento y vene ton la Pf^^ 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



63 



nadándola aviso de su vnelta y de como liabta sido con 
liábíto penitente de peregrino, después de haber estado 
en Roma á pedir absolución á su santidad de las moce- 
dades que habia cometido en lósanos que liabia faltado 
desa casa> en cuyo conocimiento liabia venido por sus 
oraciones, á lo que creía, y por baber oído nu senooo 
de las alabanzas del santísimo rosario y de las ná^Msrí* 
cordiasque por su devoción hacía la Virgen büudíliüima 
n graudlsimos pecadores. Rogóla juntamente instase 
coD ella le diese licencia en todo caso para ir á besarle 
las mano:s y darle cuenta de los sucesos de su persona, 
»M)ia aquella vez, pues en hacello ó dejarlo do hacer es* 
taba su consuelo y quietud. Fué la madre luego ú hacer 
liTl^iita, encargadísima de sacar la Ucencia que desealia 
sttliijo^cuyo alivio procuraban ella y todos los domas 
deudos, por ver cuánto necesitaba dello la melaucolíü 
conque le veían. Habló, en llegando al convento, á la 
Priora; y cuando te hubo dado las referidas njievas y 
recado, vio en las lágrimas que de contento deri-aiuó 
tras él (que á eso atribuía la madre de don Gregorio las 
que dofia Luisa derramaba de confusión y vergüenza), 
elgDZoque mostraba de su vuelta y mudanza; y alegre 
de rerqne ya por su instancia permilia le hablase (en- 
terada primero della de cuan otro venta de la fuente de 
indulgencias y perdones que da Dios á los pecadores por 
nuiKisde su supremo vicario, cosas todas que se las 
aseguraba ser así el enviarle á decir el mismo don Gre- 
gorio Tenía de Roma ; lo cual y el entender juntamente 
qoe habia alcanzado tan grande misericordia por el mis* 
mo medio que ella « del santísimo rosario, fueron bas- 
tantes causas para obligarhi á concederle sin escrúpulo 
la licencia que ie pedía para llegar á hablarla el día si- 
guiente; porque siempre el corazón le dijo liabia de ser 
tan feliz el Gn desla segunda visita, cuanto le habia sido 
nocivo el de la primera), volvióse la madre con estares- 
poesla contentísima á su casa , y con razón , pues en ella 
lievaba, aunque sin entenderlo asi, la medicina que 
inis convenía al consuelo de su hijo y á su salvación ; el 
coal , deseándola con las veras que lo suele íiacer aquel 
i quien Dios abre los ojos del alma, pasó la noche toda 
en oración, suplicando á su divina Majestad, por la pu- 
ridad de su santísima Madre, cuyo rosario nunca se le 
cajó de las manos, se sirviese de darle en la esperada 
visita el espíritu , para cosas de edificación de su alma, 
que convenía tuviese quien en aquel puesto en que se 
liabia de ver, tan desatinado habia andado. La misma 
oración liizo en su coro la santa Priora, y preparándose, 
venida la mañana , ambos con recebir los divinos sacra- 
mentos de la confesión y Eucaristía, se pusieron, lle- 
gando el plazo, en el locutorio, do se habían de ver con 
iguales deseos de saber el uno el suceso del otro. No 
tiene, señores, mi ruda lengua palabras con que expli- 
^r bastantemente la turbación de las con que se salu- 
<Urou al primer encuentro los dos felices amantes ; por- 
i|ue,en viéndose el uno al otro (si es que las lágrimas 
l«s dejaron mirarse ) , se turbó él y encalmó ella de 
suerte que por muy gran rato no supieron ni de si ni 
de adonde estaban. Las galas con que don Gregorio en- 
tró á verla, con (1) un vesttdode pailo Uso, sin gorbion al- 
^no, el sombrero puesto en los ojos , sin espada ni más 
compañía que bouísimos deseos y unas planchas gran- 
des de hoja de lata, hechas rallu, en pecho y espaldas, y 
(tj Etta piepoiicioB iferi oo» crraU es lagar del y^li^ínérañf 



una cruz entre la ropílUí y jubón , con rosario y horas en 
la faltriquera ; sacando la i^riorn el adorno que queda 
dicho se puso la primera noche que llegó al convento, 
y con que en eíla dio principio á so rigurosa penitencia. 
Puestos pues de la suerte dicha , cuando la suspensión 
y llanto les dio lugar, empezó él á decirle : Pur la cruz 
en que remedió mi eterno Dios pecadores tales cual yo 
soy, y por las lágrimas, ifren tus y angustias con que eK 
ella espiró, y por las que al pié de tan sulnlifero árbol 
sintió su purísima Madre, que por serlo tanto, pudo ser 
solo su hechura de su omnipotencia, os pido me digáis 
¡oh religiosa señora! si sois vos la priora dona Luisa 
que cuatro años bá con vuestra vista me cegastes , per- 
distes y enamorattes de suerte que , loco, desatinado y 
sin temor de Dios, me resolví en sacaros de aquí y lle- 
varos á Lisboa y á Badajoz, cometiendo las ofensas y 
sacrilegios contra el cíelo, que solo un merecido in- 
fierno puedo (2); y si acaso sois la que pienso, decidme 
también cómo yéndoos conmigo os quedastes acá, y 
quedándoos acá os fuistcs conmigo; que cierto estoy (¡y 
ojalá no lo estuviera tanto !) que os vi , hablé , amé y so- 
iicilé y saqué deste convento, sin temor de iiacer á vues- 
tro estado y profesión la ofensa qne se siguió por postre 
de tan infernales principios; porque veo me aseguran 
cuantos de vos pregunto por otra parte (cosa qne vuelvo 
loco) (3), que jamas habeisfaltado destacase ;ántcsd¡cen 
que siempre la habéis regido con notables ejemplos y 
mil virtuosas medras. Yo soy don Gregorio ei malo, el 
sacrilego, el aleve, el traidor, y finalmente el peor de los 
hombres y el igiml á Lucifer en los pensamientos, pues 
los puse en quien era esposa de mi mismo Dios, cielo 
suyo y ninas de sus ojos. Ala Virgen bendita del Rosario 
debo el conocimiento de mis culpas , pues dejándoos ( si 
sois la que pienso, y no fantasma) en Badajoz, y dando 
cabo en la corte , descuidado de mi bien , merecí un dia 
oír acaso un sermón de uno de los apóstolesque(4) la pre- 
dicación de su santo rosario tiene María en el mundo; 
en que pintando las misencordias que por tal devoción 
hace su clemencia, pintó mi ceguera y dibujó mi per- 
versa vida, dando juntamente remedio á todos mis ma- 
les; que todo lo hizo predicando un milagro y la eficacia 
de la dicha devoción. Sentí tras sus palabras la de la di- 
vina gracia , pues supe confesarme luego y dejar la corte 
del rey de España, y buscar la de quien es vicario de 
aquel por quien los reyes reman y en cuyo servicio 
consiste solo el verdadero reinar : alcancé absolución 
de aquella santa silla; y volviendo peregrino á saber, 
disfrazado, de mis padres, y á saber la nota y escándalo 
que de vuestra persona y de la mia había en esta ciudad, 
he hallado en ella que en boca de todos sois vos la santa, 
h recogida y ejemplar, sin habérseos notado falta ni 
ausencia; siendo yo solo el que os he pintado y saben 
los cielos y vos (si sois la que pienso) y mi misma con- 
ciencia, que es el más riguroso fiscal y quien me trae 
á sombras de tejado de temor de la divina justicia , de 
quien solo pienso escapar recogido en el templo de la 
divina misericordia, medíante la intercesión de quien 
es madre deltas. Acabó en esto hi lengua de don Greg6-> 

(ti nebe estar aqaf viefado «1 tuto, ó Mta alfio. Tal vei el autor 

escribiria puteen, reflriéDdose al verbo í/^«r, qut oatA más «r« 
riba. Puf dfn prometerme f baria sentido. 

<3) Deberá decir que vuetpe loe9 6 que me vuehe toco, 

i/^ ntba (Uur la prt posicioa á 6 ptn. 



e4 



EL L :CNCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



río las razónos» y comenzaron üe nuevo sus ojos á con- . 
iesar sus yerros y á mostrar el senlimiento que tenia 
dellos. Consoladísima quédala Priora cuando hubo oido 
del autor de sus desventuras el conocimiento que tenia 
dellas, y más cuando supo que le había venido tan 
grande bien por las manos clementísimas de quien ha- 
bía vuelto por su honra y suplido su falta en el gobierno 
los anos que , dejada de Dios , liabía seguido desenfrena* 
damente sus apetitos y las sendas de su condenación. Y 
consolándole y dándole cuenta de sus sucesos y de lo 
que debía á Maria benditísima > y cómo pensaba pagarle 
en parte tan grande deuda con una verdadera y perpe- 
tua penitencia de sus culpas y un privarse de verle ja-* 
mas á él Je rogó fuese el que debía , mirase por su alma 
y huyese del mundo cuanto le fuese posible y devanas 
conversaciones y pláticas; que le daba (lalabra ella de 
hacerlo mismo, como también se la daba de callar el 
t»uceso mientras viviese ; pero no muerta , pues antes de 
morir le pensaba dejar escrito en manos de su confesor, 
con orden de que le divulgase el mesmo día para gloría 
de Dios y recomendación de la celestial autora de tal 
misericordia. Ofrecióle don Gregorio hacer las mismas 
diligencias, y de no quedar en el mundo, sino entrarse 
en un retirado convento de su propría orden , do pagase 
su sensualidad el debido escote de los excesos pasados, á 
fuerza de ayunos y dicipUnas ; y tras celebrar él con mil 
alabanzas de la Virgen y un millón de asombros y ad* 
miraciones la merced milagrosa y favor inaudito que su 
inGnita clemencia había usado por la devoción del santo 
rosario con la Priora y con él mesmo, se despidió del 
convento para nunca más llegar á él , y della para jamas 
verla; y lo proprio hizo ella, pidiéndose' ambos con lá- 
grimas perdgn reciproco, y las oraciones el uno del otro. 
€oatíni|ó siempre, como queda dicho, la Priora sus 
mortificaciones, consoladísima de la conversión de don 
Gregorio, dando por ella iguales gracias á la Virgen que 
por la suya propría , á quien le encomendó toda su vida. 
Volvióse de allí él á su casa, do estuvo algunos días 
asentando cosas ; y comunicada al cabo dellos á sus pa* 
dres su devoción, y representándoles las obligaciones 
que tenían de cousolarse con haberle visto vuelto vivo, 
les pidió su bendición y licencia para ser religioso, pues 
k> debía á Dios y á su Madre , rogándoles ahiiicadamento 
se la diesen, y tuviesen á bien tomase Uní divino esta- 
do ; tras lo cual también los rogó dejasen sus bienes des- 
pués de sus días á pobres, que son los verdaderos depó- 
sitos y en quien mejor se guardan , pues en su poder 
jamas se menoscaban las haciendas. Alcanzáronlo todo 
dellos sus lágrimas y raro espíritu ; con que se fué con- 
tentísimo á ser religioso en la misma ciudad , profesando 
en la religión que tomó, con notables demostraciones 
de virtud ; y llegando por ellas á ser prelado de su con- 
veuto, quiso Oíos acabase sus días, ordenando junta- 
mente el cielo fuese el de su muerte en el mesmo en 
qoelué la de la Priora y á la misma hora ; y haciendocada 
uno antes de espirar una devotísima plática á su comu- 
nidad, murieron con notables señales de su salvación, 
recebídos todos los divinos sacramentos. Halhironseen 
poder de los confesores de ambos, luego que espiraron , 
las relaciones de los amores, sucesos, conversiones mi- 
lagros, y de los favores que la Virgen les había hecho ; y 
publicándose el caso y verificándose, acudió toda la ciu- 
dad á ver sus santos cuerpos, que estaban íierinofiilsimos 



en los féretros. Htzoseles sumptuosísimo entierro , inví- 
diando todos la buena suerte de los padres de fray Gre- 
gorio, los cuales tuvieron honradísima y consolada vejez 
con su feliz (in. Llegado el de su vida dellos, repartie- 
ron su hacienda en los conventos de la Priora y de su 
hijo, con ejemplo de todos, muriendo cargados de años 
y de buenas obras. De los de la santa Priora no digo na- 
da, porque así ellos como la otra hermana que teuia re- 
ligiosa murieron mucho antes que ella. 

CAPITULO XXI. 

Do cómo los eanénff os y jurados se despidieron de don Qaijote y 
sn compa&la , y de lo qne A él y á Stncho les ptsó con eUa. 

Apenas hubo el ermitaño dado fin á las razones del 
cuento, cuando dio principio á las de su alabanza y en- 
carecimiento uno de los canónigos, diciendo : Uaraví- 
liado y suspenso en igual grado me deja , padre , el sri- 
ceso de la historia referida y el concierto guardado 
en su narración , pues él la hace tan apacible cuanto ella 
de si prodigiosa; si bien otra igual á ella en la sustancia 
tengo leida en el milagro veinte y cinco de los novenUí y 
nueve que de la Virgen sacratísima recogió en sn ton^o 
de sermones el grave autor y maestro que por humil- 
dad quiso llamarse el discípulo : libro bien conocido , y 
aprobado, por cuyo testimonio anadie parecerá apócnfo 
el referido milagro; por el cual, y por los infinitos que 
andan escritos, recogidos de diversos, graves y piado- 
sos autores, en confirmación del santo uso y devoción 
del rosario , protesto ser toda mi vida de aquí adelante 
muy devoto de su santa cofradía ; y en llegando á Cala- 
tayud, tengo sin duda de asentarme en ella y procurar 
ser admitido en el número de los ciento y cincuenta que 
se emplean en servirla y administrarla, trayendo visi- 
blemente el rosario, por el interés de las muchas indul- 
gencias que he oido predicar se ganan en ella. No dejó 
Sancho con sus dislates ordinarios proseguir al canónigo 
los devotos encomios que iba diciendo de la santa coft^- 
diadel Rosario y de la Virgen Santísima, su singular 
patraña; porque, saliendo de través, dijo : Lindamente, 
señor ermitafio, ha departido y devisado la vida y muer- 
te desa bendita monja y penitente fraile: juro, non de 
Dios, que diera cuanto tengo en las faltriqueras, que 
son cinco ó seis cuartos, por saberla contar de la suerte 
que la ha contado, á las mozas del horno de mi lugar; y 
desde aquí protesto que si Dios me diere algún hijo en 
Mari-Gutierrez , que le tengo de inviar á fistudiar á Sa- 
lamanca, do, como este buen padre, aprenda teología, 
y poco á poco llegue por sus puntos contados á decorar 
toda la gramática y medecina del mundo ; porque no 
quiérase quede tan grande asno como yo. Pero no piense 
el grandísimo bellaco gastaren el estudio la hacienda 
de su padre , yéndose á jugar con otros tales comoél^ 
que por las barbas que cu la cara tengo, juro que le ten- 
go de dar, si tal hace , con este cinto más azotes que ca- 
ben higos en un serón de arroba. Decía esto él quitán- 
dose el cinto y dando con él con una cólera desatinada 
en el suelo , repitiendo : Ser bueno, ser bueno; estudiar, 
estudiar mucho ; en hora mala para él y para cuantos )e 
valieren y me le quitaren de las manos. Bieron mucho 
los circunstantes de su bobería, y no obstante su necia 
maldición , le tuvieron del brazo, diciendo : Baste p, 
hermanoSancho;nomá8, poramor deDios; que aun uo 
está engeudrado él rapaz que Im de llevar Jos azotes. 



DON QUIJOTE 

Cnesto ká^ó, diciendo : A fe que lo puede agradecer 
ivtsts mercedes; pero otra vez lo pagará todo junto : 
|ase esta por primilla. Don Quijote le dijo : ¿Qué ton- 
tera es esa. Sandio? Aun no tienes el hijo, ni aun espe* 
noza de lenelle, ¿y ya le azotas porque no va á la escue- 
la ? ¿No fe vuesa merced , replicó él , que estos muclia* 
cbos, si desde chiquitos no se castigan, y se amoldan 
áotode tener ser» se vuelven haraganes y respostonest 
& menester pues» para evitar serenantes inconvenien- 
tes, qoe sepan desde el vientre de su madre que la letra 
ccn sangre entra; que asi me crió mi padre á mf ; y si 
sigan buen entendimiento tengo, me lo embebió él en 
eiciietre á puros acotes, tanto que el cura viejo de mi 
logar (santa ánima haya su gloria), cuando me topaba 
for li calle , poniéndome la mano sobre la cabeza , decía 
i li» circunstantes : Si este niño no miMra de los azotes 
Moqne leerían, ha de crecer por puntos. Eso, Sancho, 
lespondió el ermitaño, también me lo dijera yo. Pues 
Kpa Tuesa merced , replicó él , que aquel cure era 
gnnde hombre, porque había estudiado en el Alcana 
toda la latrioería del pe á pa. Alcaládírás, dijo don Qui- 
jote; qae en el Alcana de Toledo no se aprenden letras, 
siso cómo se lian de hacer compras y ventas de sedas y 
otras mereancras. Esoóesotro, replicó Sandio; loquesé 
esqueera medio adevino, pues conocía una mujer de 
humeara entre veinte feas; y era tan docto, que pa- 
ssDdonna vez por ini lugar un estudiante, argumenta- 
FDu braiainente ambos de las epístolas y evangelios del 
misal, y le vino nuestro cura á coliondir, porque le pre- 
notó, tratando de no sé qué latín de la Iglesia, que ya 
no se me acuerda, no sé qué honduras, y le dejó patas 
arriba hecho un cesto , confesando del que era hombre 
preeminente. Por cierto, dijo un canónigo , señor San- 
cho, qne vaesa merced tiene bravo ingenio, y que gus- 
taré no poco, y lo mismo creo harán todos estos señores, 
decirle contar algún cuento igual á losque nos han refe- 
rido el señor soldado y reverendo ermitaño, pues siendo 
tanta so memoria y habilidad , no dejará de ser el que 
Ms contare muy curioso. Yo les prometo á vuesas mer- 
cedes, dijo Sancho, qne tocan tecla á la cual respon- 
derán más de dos docenas de flautas ; porque sé los más 
liadi» cuentos que se pueden imaginar; y si gustan , les 
ceoiaré nno diez veces mejor que los referidos , aunque 
fflujmáscortoy verdadero. Quítate allá, animalazo, 
dijo don Quijote ; ¿qué has de contar qne sea de consi- 
deración? Saldrásnos á moler con una frialdad á m! y á 
estos señores, como me moliste en el bosque en que 
encontré con aquellos seis valerosos gigantes en flgura 
de batanes, con la necia liistoria de Lope Ruiz, cabre- 
rizo extremeño, y de sn pastora Torralba, vagamunda 
perdida por sus pedazos, hasta seguirle enamorada da- 
llos, después de reconocida y llorosa por los melindro- 
sosdesdenescon que le trató (ordinario efecto del amor 
cnlasmojeres, que buscadas huyen, y huidas buscan), 
desde Portugal hasta las orillas de Guadiana, en las cua- 
les atollaron sus cabras tu cuento , y mis narices con el 
nal olor con que atrevido las sahumaste. \ Malillo, pues, 
«n el cuento i dijo Sancho ; y á fe qne me huelgo que á 
▼oesa merced se le acuerden tan bien sus circunstan- 
0», para que por ellas y las del que agora referiré, si 
me dan grato silencio todos, conozca la diferencia que 
^y del uno al otro. Rogaron todos á don Quijote le de- 
KseconUrsn cuento; y dándole él licencia para ello, y 
N-i. * 1 



DE LA MANCHA. 



65 



entonando Panza su voz, comenzó á decir : Érase que 
se era, que en hora buena sea, el bien que viniere para 
todos sea , y el mal para la manceba del abad, frío y ca- 
lentura para la amiga del cura, dolor de costado para la 
ama del vicario, y gota de coral para el rufo sacristán, 
hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia. 
¿No lo digo yo» dijo don Quijote, qne este animal ck 
afrenta-buenos, y no ha de decir sino dislates? ¡ Miren la 
arenga do los diablos que ha tomado para'su cuento, tan 
larga como la cuaresma ! ¿ Pnes son malos los arenques 
para ella, cuerpo de mi sayo? dijo Sancho. No me vaya 
vuesa merced á la mano , y verá si digo bien : ya me iba 
engolfando en lo mejor de la historia, y agora mo la ha 
hecho desgarrar de la mollera : escuchen, si quieren, con 
Barrabas, pues yo les he escuchado á ellos. Érase, como 
digo, volviendo á mi cuento, señores de mi alma, un 
Rey y nna Reina , y este Rey y esta Reina-estaban en sn 
reino, y todos al que ere macho llamaban el Rey, y á la 
qae era hembra la Reina. Este Rey y esta Reina tenían un 
aposento tan grande como aquel que en mi lugar tiene 
mi señor don Quijote para Rocinante ; en el cual tenian 
el Rey y la Reina muchos reales amarillos y blancos, y 
tantos, que llegaban hasta el techo. Yendo días y vi- 
niendo días, dijo el Rey á la Reina : Ya veis. Reina doste 
Rey, los muchos dineros que tenemos : ¿ en qué pues 
os parece serhi bueno emplearlos , para que dentro de 
poco tiempo ganásemos muchos más y mercásemos 
nuevos reinos? Dijo luego la Reina al Rey : Rey y señor, 
paréceme que sería bueno que loa comprásemos de car- 
neros. Dijo el Rey : No, Reina , mejor seria que los com- 
prásemos de bueyes. No, Rey, dijo la Reina, mejor será, 
si bien lo miras, emplearlos en paños, y llevarlos á la fe- 
ria del Toboso. Anduvieron en esto haciendo varios ar- 
bitrios , diciendo la Reina no á cuanto el Rey decia si ; y 
el Rey si á cnanto laReina decia no. A la postre, postre, 
vinieron ambos en que seria bueno ir con los dineros á 
Castilla la Vieja ó tierra de Campos, do por haber mu- 
chos gansos, los podrian emplear en ellos, mercándolos 
á dos reales ; y anadia la Reina , que dio este consejo : Y 
luego mercados, los llevaremos á vender á Toledo, do 
se venden á cuatro reales, y á pocos caminos multipli- 
caremos asi iuGnitamente el dinero en breve tiempo. Al 
fin el Rey y la Reina llevaron todos sus dineros á Castilla 
en carros , coches , carrozas , literas , caballos , acémilas, 
machos , muías, jumentos y otras personas deste com- 
pás. Tales como la tuya serían todos , dijo don Quijote : 
¡maldígate Dios á tí y á quien tiene paciencia para oírte! 
Ya es la segunda vez que me desbarata, replicó Sancho, 
y creo que es de invidia de ver la gravedad de la historia 
y la elegancia con que la refiero ; y si eso es , déla por aca- 
bada. Que no permitiese tal rogaron todos á don Quijo- 
te, y á Sancho pidieron con instancia la prosiguiese. Ri- 
zólo, diciendo, porque estaba de buen humor : Consi- 
deren , señores , con tanto real qué tantos gansos com- 
prarían el Rey y la Reina ; que yo sé de cierto que eran 
tantos , qne tomaban más de veinte leguas : en fin , es«* 
taba España tal de gansos, cual estuvo el mundo de agua 
en tiempo deNoé. Y si fuera cuales estuvieron de fuego 
Sodoma y Gomorra y las demás ciudades , dijo Braca- 
monte, ¿cuáles quedaran los gansos, señor Panza?— Para 
la mi^ buenos y bien asados , señor Bracamente ; pero 
ni eso fué , ni se me da nada , pues no me hallé en ello : 
lo qne sé es que el Rey y la Reina iban con ellos por los 

8 



j 



EL LICENCIADO kWSM rERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



r»6 

caminos/liasU qu» llegüron á lui grandísimo río... Que 
sin duda^dijo el Jurado, sería Manzanares, pues su gran- 
diosa puente segoviana muestra que antiguamente sería 
caudalosísimo. Solo sé, replicó Sancho, que por no ha-* 
ber en él pasadizo, llegados el Rey y la Reina á su orilla» 
dijo el uno al otro : ¿ Cómo habernos de pasar agora es- 
tos gansos? porque si los soltamos, se irán nadando por 
el río abajo, y no los podrá después coger el diablo de 
Palermo; por otra parte, si los queremos pasar en bar- 
cas, no los podremos recoger en un ano. Lo que me pa- 
rece, dijo el Rey, es que hagamos liacer luego en este 
rio una puente de palo, tan angosta que solo pueda pa- 
sar por ella un ganso ; y así , yendo uno tras otro, ni se 
nos descarriarán , ni tendremos trabajo de pasarlos todos 
juntos. Alabó la Reina la traza ; y efectuada, comenzaron 
uno á uno á pasar los gansos. Calló Sancho en esto; vdon 
Quijote le dlja : Pasa tú con ellos, con todos los diaoloe, 
y acabemos ya con su pasaje y con el cuento. ¿ Para qoó 
te paras? ¿Básele olvidado? No respondió palabra San-» 
cho á su amo, lo cual visto por el ennita&o, le dijo: Pase 
▼uesa merced, señor Sancho, adelante con el cuento; 
que en Tordad que es lindísimo. A esto respondió él, di- 
ciendo : Aguárdense ; ¡ cuerpo non de Dios, y qué súpi- 
tos que son I Dejen pasar los gansos, y pasará el cuento 
adelante. Dadlos por pasados, replicó uno de los canó- 
nigos. No,senor, dijo Sancho : gansos que ocupan veinte 
leguas de ÜQrra no pasan tan presto ; y así resuélvase 
en que no .pasaré adelante con mi cuento, ni lo puedo 
hacer con buena conciencia, hasta que los gansos no 
estén de uno en uno desoirá parte del río, en que no 
tardarán masque un par de años cuando mucho. Con 
esto se levantaron del suelo, riendo todos como unos 
locos, sino don Quijote, que le quiso dar á todos los 
diablos ; pero apaciguáronle los de la compauíaA después 
de lo cual se despidieron del, diciéndole : Sírvase vuesa 
merced » señor caballero andante, de darnos licencia; 
que pues el sol , ya negándonos su luz por comunicarla 
á los antípodas , deja la tierra sin la molestia que su ri- 
guroso calor le causaba, razón será le mostremos en el 
caminar, por tenerla jornada algo más larga que vuesa 
merced y su compañía, á la cual suplicamos nos mande 
y emplee en su servicio; queá todo acudiremos como 
pide hi obligación en que nos ha puesto la merced re- 
cebida y la buena compañía que se nos ha hecho. Ese 
agradecimiento noble estimo yo en nombre destos se- 
ñores en lo que es razón, replicó don Quijote ; y por él 
y en nombre dellos rindo las debidas gracias, ofrecien- 
do en servicio de voesas mercedes cuanto nuestras fuer- 
zas valieren; y acompañáramoslos todos con la prisa, 
aunque voy á la corte por un forzoso desafio, si me igua- 
laran los pies deste señor soldado, y reverendo eri^itaño, 
con cuyo cansancio me acomodo, obligado de su buen 
término y mi natural piedad. Despidiéronse en esto con 
mucha cortesía los unos de los otros, y don Quijote puso 
el freno á Rocinante, en que subido, comenzó ácaminar 
con el ermitaño y soldado por diferente parle poco á 
poco, hacia unlugarejo donde tenían determinado que- 
darse aquella noche , yendo aguardando á Sancho, que 
se quedo enalbardando su rucio. Entre tanto que llega- 
ban al pueblo, platicaron el ermitaño y el soldado sobre 
los referidos cuentos; y como eran agudos y estudian- 
tes, pudieron fácilmente meterse en puntos de teolbgía, 
y uno dellos fué admirándose del siniestro íin que tuvo 



iapelin , y el folia don Gregorio y la Priora. En esto vot 
Yieron todos las cabezas, y más don Quijote, que con 
mnolia atención les iba escuchando, y Tíeron á Sanclic 
Panza, que venía muy repantigado sobre so asno. Lle- 
gándoseles cerca, dijo : Por la vida de Matusalén jan 
que aunque murió muy buena muerte aqoel don Gre- 
gorio, cou todo, por el camino he venido pensando en 
cuan mal Jo hizo en dejar á la pobre doiía Luisa en Ba- 
dajoz sola , y en las roanos de aquellos fariseos que un 
enamorados andaban della, con que le dio ocasión de 
ser peor de lo que era ya. ¿No veis, Sancho, respondió 
el ermitaño, que todo fué permisión de Dios, el cual de 
muy grandes males suele sacar mayores bienes, y no 
permitiera aquelk», si no fuera por ocasionaraeconelloi 
para mostrar su omnipotencia y misericordia en estos 
otros? que en fin« de lo mesmo que el demonio tnn 
para perdemos, toma nuestro buen Dios ocasión de ga- 
narnos; que son el demonio y Dios como la arafiay 
abeja, que de una. misma flor saca la uua ponzoña que 
mata, y la otra miel suave y dulce que regik y da vida. 

CAPITULO xxn. 

Cono, prosisniendo sn eamiao don Oaüoto ees tola n comfttít, 
. toparon ana extrafta j peligrosa atentara en un l»otqoe, la lail 
Sancbo qnlso ir á probar eomo bneo escodero. 

Yendo nuestro buen hidalgo caminando con todasn 
compañía y platicando de lo dicho, ya que llegaban i 
un cuarto de legua del pueblo do hablan de hacer no- 
che, oyeron en un pinar, á la mano derecha, una tu 
como de mujer afligida ; y parándose todos, volvieron á 
escuchar lo que sería, y sintieron la misma voz lamen- 
table , que decia : ( Ay de mí , la más desdichada mujer 
de cuantas hasta agora han nacido! ¿Y no habrá quien 
me socorra en esta tribulación ,f en que la fortuna por 
mis grandes pecados me ha puesto? ¡ Ay de mí, que sin 
duda habré de perecer aquí esta noche, entre dieules, 
garras y colmillos de alguna de las muchas fieras que 
semejantes soledades suelen poblar! ¡OIi traidor per- 
verso ! ¿ Y por qué me dejaste con vida , pues me fuera 
harto mejor que con los filos de tu cruel espada noe cor- 
taras el cuello, que no haberme dejado desta suerte con 
tanta inhumanidad? ¡Ay de mí! Don Quijote, quese- 
mojantes razones oyó sin ver quién las decia , dijo á loi 
compañeros : Seuores, esta es una de las más extrafias 
y peligrosas aventuras que jamas he visto ni probado 
desde que recebf el orden de caballería ; porque esU 
pinar es un bosque encantado, donde no se puede en- 
trar sin gi-andlsima dificultad, en medio del cualliene 
el sabio Freston, mi contrario antiguo, una cueva, y 
en ella muchos y muy nobilísimos caballeros y donce- 
llas encantadas, entre los cuales, por saber que en ello 
me hace singular agravio y sinsabor, ha traUlo presa i 
mi íntima amiga la sabia Urganda la desconocida, y la 
tiene llena de cadenas, atada á una rueda de molino de 
aceite, la cual voltean dos ferocísunos demonios; y 
cada vez que la pobre sabia llega abajo» y la coge la pie- 
dra por el cuerpo, da aquellas terribles voces : por (aolo 
¡ oh clementísimos héroes ! atended ; que solo á mi per: 
sona atañe y de juro pertenece probar esta insólita aven- 
tura » y libertar á la afligida sabia ó morir en la deman- 
da/Cuando el ermitaño y Bracamente oyeron semejan- 
tes dislates á don Quijote , y ponderaron los visajes y 
afectos con que lo decia, l^ tuvieron totalmente por loco; 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



C7 



pao con todo, dulmulando este conoeto qiie dól te- 
vm, le dijeron : Mire Yuesa merced , señor don Quijo- 
te, que por esta tierra no se usan encantamientos, ni 
este pinar está encantado, ni puede haber cosa de ias 
qae voesa aaeroed dice ; y solo se puede buenamente co- 
l^ir de las voces que se oyen, que algunos salteadores 
Iiabrán robado alguna mujer y dádoia de puualadas, 
la habrán dejado en medio deste pinar, y desto se debe 
de lamentar. A pesar de cuantos lo contradicen , replicó 
doD Quijote , son las voces de la persona y por las causas 
que dicho tengo. Viendo Sancho Pansa lo que altercaban 
&obre deceroir quíéu y por qué razón pronunciaba los 
confosos lamentos que oian, se llegó á to amo, muy re- 
polludo en el mcio» y quitándose la caperuza, puesto en 
sa presencia, le dijo : Ya los- días pasados vio vuesa 
merced, mi seSordon Quijote, saliendo de Znragoza, 
cómo me las tuve tiesas con el señor Bracamonte, que 
está presente; y que si no fuera por vuesa merced y 
por el respeto que tuve á la venerable presencia deste 
señor ermitauo, no dejara de dar cima, tronco, ó cómo 
diiblos lo llaman los caballeros andantes, á la aventura ó 
balaUa que con él tuve, pero batalla en que se me dio por 
Teocido; y «sí para que merezca venir á ser por mis pul- 
gares, andando los tiempos, tenido por esos mundos, 
insolas y penínsulas por caballero audunte, como vuesa 
merced loes, y haga á cuantos topara tuertos y cojos, 
le pido dcsencarecidamente se esté aqui con estos seño- 
res; queyoiréquedito, subido en mi rucio, sin per- 
mitirle dig^ en el camino palabra buena ni mala, á ver 
si es la que ahí dentro se queja la sabia Urganda, ó cómo 
se llama; y si cojo descuidado al bellaconazo del sabio 
que vuesa merced dice, verá cómo, después de haberle 
dado media docena de gentiles mojicones, se le traigo 
aqaí agarrado de los cabezones ; pero si acaso muriére- 
mos en la demanda yo y mi Gdelisimo jumento, suplico 
á Tuesa merced por amor del señor san Julián , abogado 
de los cazadores, que nos haga enterrar juntos en una 
sepultura; qae pues en vida nos quisimos como si fué- 
ramos hennaiios de leche, bien es que en la muerte 
también lo seamos ; y mándeme enterrar en ios montes 
de Oca ; 7 sí por mi ventura fuere camino para llevarnos 
á ellos la Argiamesilla de la Mancha, nuestro lugar, de- 
téaganos en ella siete dias con sus noches, en honra y 
gloria de las siete cabrillas y de los siete sabios de Gre- 
cia; lo cual hecho, iremos alegres nuestro camino, ha- 
Ueiido empero almorzado primero lindamente, üiose 
don Quijote , diciendo : \ Oh Sancho, y qué grande necio 
quereres 1 Pnes si te he de llevar muerto con tu rucio, 
¿cómo quieres descansar siete dias con sus noches en la 
Argaraesilla, y después almorzar para ir adelante? Par 
diez, replicó Sancho, que tiene razón : vuesa merced per- 
done ; que do había caldo en que iba muerto. Pues, San- 
cho, dijo entonces don Quijote , porque veas que deseo 
ta aprovechamiento en las aventuras, te doy plenaria 
licencia para que vayas y pruebes esu, y ganes la honra 
deilaque se me debía; y me la quito para. dártela, con 
fio de que comiences á ser caballero novel , prometién- 
dote que si ledas, cuatconGodetu brazo, á esta peligrosa 
Itazaua que emprendes, en llegando á la española corte, 
tengo de liacer con su católico monarca que por fuerza 
ó por grado te dé el orden de caballería, para que, dejan- 
do el sayo y la caperuza, subas armado de todas piezas 
eu uu andaluz caballo, y vayas ajustas y torneos, matan- 



do fieros gigantes y desagraviando opresos caballeros y 
tiranizadas princesas con los filos de tu espada, sin tre- 
pidar los soberbios gigantes y fieros grifos que te hicie* 
ren resistencia. Señor don Quijote, dijo Sancho, déje- 
me á mí; que á cachetes haré yo más en un día que otros 
en una hora; y si puedo poner un poco de tierra en me- 
dio, como haya abundancia de guijarros, quedará la Vi- 
toria por roía, y muertos todos los gigantes aunque 
tope un cahíz de ellos; y con esto, adiós; que voy á ver 
en qué para esta aventura; mas déme primero su ben- 
dición. Don Quijote le santiguó, diciendo : Déte Dios 
en este trance y semejantes lides la ventura y acierto 
que tuvieron Josué , Gedeon, Sansón , David y el santo 
Úacabeo contra sus contrarios, por serlo de Dios y de sa 
pueblo. Comenzó luego Sancho á caminar; y andados 
cuatro pasos, volvió á su amo, diciendo : Mire vuesa 
mercad « señor, que si acaso diere voces, viéndome en 
algún peligro, que acuda luego, y no demos que reír al 
mal ladrón, pues podría vuesa merced llegar tan tarde, 
que ya Sancho hubiese llevado, cuando llegase, media 
docena de mazadas de gigantes. Anda, Sancho, dijo 
don Quijote, y no tengas miedo; que yo acudiré á tiem- 
po. Gou esto se fué; y apenas hubo andado otros seis 
pasos, cuando volvió diciendo : Y mire vuesa merced, 
tome esto por seña de que me va mal con este sabio, que 
encomendado sea á las furias infeniales : que cuando yo 
diga dos veces (ay, ay! venga como un pensamiento; 
porque será señal infalible de que ya me tiene en tierra 
atado de pies y manos para quitarme el pellejo como un 
san Bartolomé. No harás cosa buena, dijo don Quijote, 
pues tanto temor tienes. Pues, { pesia á la madre que me 
parió! dijo Sancho, estáse vuestra merced arrellenado 
en sa caballo, y esotros dos señores riéndose, como si 
fuese cosa de burla el irme yo triste á meter solo entre 
millonea de gigantes más grandes que la torre de Ba- 
bilonia, ¡y no quiere que tema! Yo le aseguro que si 
alguno de sus mercedes viniera, hiciera peor : \ cuerpo 
non de Dios con ellos, y aun con la puta perra que me 
hizo pedir tal licencia, ni traUír de meterme en estos 
ruidos, y buscar perro con cencerro! Tras esto se entró 
el pinar adentro; y habiendo andado medrosisimo cosa 
de veinte pasos, comenzó ú dar gritos en seco, diciendo: 
¡ Ay, ay, que me matan ! Apretó las espuelas don Quijo- 
te á Rocinante en oyendo las voces, y tras él el ermitaño 
y soldado ; y llegando todos á Sancho, que estaba caba- 
llero en su asno, le dijo su amo. ¿Qué es ó qiié has ha- 
bido, mi fiel escudero? que aqui estoy. ¡Eso si! dijo 
Sancho : no he visto aun nada, y solo he gritado por ver 
si acudiría al primer repiquete de broquel. Volvieron, 
atrás todos riendo, y Sancho se emboscó ; pero á poco 
trecho oyó cómo no muy lejos del se quejaban y decían ; 
¡AyMadra de Dios! ¿Y es posible que no haya en el 
mundo quien me socorra? Sancho, que iba con más 
miedo que vergüenza , alargando el cuello acá y acullá, 
oyó de nuevo cerca de si la mesma voz, que entre 
unos árboles le decía : ¡Ah, hermano labrador! por 
amor de Dios, quitadme de aqui. Volviendo eu esto, 
turbado, la cabeza Sancho, vio una mujer en camisa, 
atada de pies y manos á uu pino; y apenas la hubo visto, 
cuando dando una gran voz se arrojó del asno abajo, y 
vol viéndose á pié, corriendo y tropezando, por dundo 
liabia venido, iba diciendo á voces : ¡Socorro, socorro, 
señor don Quijote ; que malaná Sancho Panza ! Don Qui- 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



68 

jole y los demás qne oyeron á Sandio entraron el pinar 
adentro, donde toparon con él, que se volvía turbadisi* 
mo, mirando hacia atrás de cuando en cuando, y trope- 
zando en una mata y dando de ojos en otra; al cual, 
asiéndole del brazo el soldado, y no pudiéndole detener, 
según se daba prisa por salir del pinar, le dijo : ¿Qué es 
esto, señor caballero novel? ¿Cuántos gigantes ha muer- 
to á mocliicones? Repórtese, pues queda con vida y nos 
]ia excusado el trabajo de llevarle á euterrar á los montes 
de Oca. \ Ay señor! respondió Sancho, no vaya allá, por 
las llagas de Jesús Nazareno, Rex JudoBorum ; porque le 
asiguro he visto por estos ojos pecatrices, los cuales no 
noy digno de jurar, una ánima del purgatorio vestida 
de blanco como ellas, según decia el cura de mi lugar; y 
á fe que no esté sola ; que siempre estas andan á hauda- 
das como palomas : lo que sé decir es que la que yo aca- 
bo de ver está aluda aun pino ; y si no me encomendara 
aprisa á san Longínos benditísimo, y apretara los pies, 
me tragara sin duda , como se ha tragado ya al triste ru- 
cio y á mi caperuza, que no la hallo. Comenzó don Qui- 
jote á caminar poco u poco, y los demás tras él ; y Sancho, 
que apenas se podia mover, según iba de cortado^ dijo : 
jAh señor don Quijote! mire por amor de Dios loquo 
Hace, no tengamos que llorar para toda nuestra vida. £u 
et^lo, como la mujer que estaba alada siulló rumor de 
gente, comenzó á levantar la toz y á decir : ¡ Ay seño- 
res! por reverencia del que murió por todos, que me 
ijuilendeste tormento en que estoy puesta, y si son 
cristianos hayan misericordia de mi. Don Quijote y los 
demás, que vieron aquella mujer atada de pies y manos 
a) .pino, llorosa y desnuda, tuvieron gran compasión de 
ella; pero Sancho, asido del hábito del ermitaño y pues- 
to tras él , medio acechando , con el miedo que tenia le 
ci¡]o : Dofia ánima del purgatorio (¡purgada os vea yo 
con todos los diablos del infierno á vos y ¿ quien acá os 
trujo, supuesto^ue no puedo creer sea cosabuena!),dad 
apa el rucio que os habéis comido ; si no, por vida de 
cuantos verdugos hay en el Fias Sanctorum, que mi 
s^ñor don Quijote os le saque del.bnche á puras lanza- 
da. El soldado le respondió : Callad, Sancho; que alU 
anda vuestro asno paciendo^ y la caperuza que se os 
cayó está junto á éU ¡ Oh bendito sea Dios, dijo Sancho, 
y oómo me huelgo! Yasiendo del asno, le abrazó y dijo: 
Qien seas venido de los oíros mundos, asno de mi alma; 
roas diroe cómo te ha ¡do en ellos : —y llegándose tras 
esto á su amo, le dijo : Mire vuesa merced, señor, lo 
qjue hace, y no la desate, porque esta ánima me parece 
pintiparada á la ánima de una tía mia que murió habrá 
dps años, de sarna y mal de ojos, en mi lugar; y nos im* 
porta á todos los de mi linaje no verla más que á la lan* 
dre, porque era la más maldita vieja que hayan tenido 
tpdas las Asturias de Oviedo que hay en todo el mundo.; 
Nocuródon Quijote de las boberias de su escudero ; y así,- 
' volviéndose al ermitaño y á Bracamente, les dijo : Ha- 
béis de saber, señores, que esta dama que veis aqui ata- 
da con tanto rigor y crueldad, es sin duda la gran Ce- 
nobia, reina de las Amazonas, si nunca la oistes decir ; 
la cual , habiendo salido á caza con la muchedumbre de. 
sus más diestros cazadores, vestida de verde, en un her- 
moso caballo rucio rodado, con su arco en la mano y 
una rica aljaba al hombro, llena de doradas y herbola- 
das flechas, habiéndose apartado de so gente por ha- 
ber seguido un ferocísimo jabalí, se perdió, cu estos obs- 



curos bosques; y siendo hallada por algano 6 algunos 
jayanes de los que van por el mando haciendo dos mil 
alevosías, le robaron su preciado cabal K), quitándole 
sus líeos y bordados vestidos y todas las joyas, perlas, 
ajorcas y anillos que en su cuello, brazos y blancas ma- 
nos traia ; y la dejaron, como veis, desnuda en camisa 
y atada á ese pino : por tanto, señor soldado, vuesa mer- 
ced la desate luego, y sabremos de su boca elegantíshoa 
toda la historia. La mujer era tal, que pasaba de los cin- 
cuenta, y tras de tener bellaquísima cara, tenia un ras- 
guño de ájeme en el carrillo derecho, qiic le debieron 
de dar siendo moza, por su virtuosa lengua y santa vida. 
El soldado hi fué á desatar, diciendo : Yo le jaro á vuesa 
merced, señor caballero, que la dueña que «;stá aquí 
no tiene cara de reina Cenobia , si bien tiene el talle de 
amazona ; y si no me engaño, me parece Imberla visto 
en Alcalá de Henares, en la calle de los Bodegones, y se 
ha de llamar Bárbara la de la cuchillada. Y llegándola á 
desatar, dijo ella que era la verdad y que aquel era su 
nombre. Eu estose quitó el manto que traia el ermita- 
ño, y se le puso á la pobre mujer para qae asi con él 
llegase hasta el lugar con más decencia; la cual, en 
viéndose cubierta , se llegó adonde estaba don Quijote, 
y viéndole armado de todas piezas, le dijo : Infinitas 
gracias, señor caballero , rindo á vuesa merced por la 
que me acaba de hacer, pnes con ella y por sns manos 
quedo libre de las de la muerte, en las cuales sin dada 
me viera esta noche, si por piedad de los cielos no fao- 
biera vuesa merced pasado por aquí con esta noble com- 
pañía. Don Quijote con mucho reposo y gravedad le 
respondió, diciendo : Soberana señora y famosa reina 
Cenobia, cuyas fazañas están ya tan sabidas por el mon- 
do, y cuyo nombre y valor conocieron tan bien los fa- 
mosos griegos á costa de su sangre generosa , pues vos 
con vuestras fermosas cuanto intrépidas amazonas fnis- 
tes poderosa para dar la victoria á la parte qne favore- 
clades de los dos lucidos ejércitos del emperador de Ba- 
bilonia y Gonstantinopla , yo me tengo por muy felice y 
dichoso en haberos hecho hoy este pequeño servicio, 
principio de los que i vuestra real persona de aqui ade- 
lante pienso hacer en la grandiosa corte del católico 
monarca de las Españas, en la cual tengo aplazada ona 
peligrosa y dudqsa batalla con el gigante Bramidan de 
Tajayunque, rey de Chipre. Yo os juro y prometo desde 
aqui coronaros por reina y señora de aquella amenísima 
isla y regalado reino, d^pties de haber por cuarenta 
dias defendido contra todos los caballeros del mundo 
vuestra rara y peregrina fermosora. El ermitaño y Bra- 
camonte, que semejantes disparates oyeron decir á don 
Quijote , no se podian valer de risa ; pero oonsiderando 
la coligación en qne le estaban por lo qne cuidaba de su 
regalo , y cuánto por no perderle les importaba sobre- 
llevarle, disimulaban cuanto podian, siguiéndole el ha- 
mor como discretos; aunqne, cuando se hallaban arabos 
áselas, lo reitn todo por junto. La buena mujer, que 
se vio tratar de reina, no sopo qué responder, sino de- 
cir : Yo, señor mió, si bien soy mozona, no soy la reina 
Cenobia , como vuesa merced me llama ; si es qae no lo 
dice fisgando por verme tan fea. Pues á fe que en mi 
tiempo no lo fui; que vivido he en Alcalá do Henares 
toda mi vida, donde, cuando era muchacha, era biea 
regalada y querida de los más galanos estudiantes qae 
ilustraban entonces aquella célebre universidad, sin h^ 



DON QUUOTB DE LA MANCHA. 



berrotnlada por todossuspatíosycasaotraque Bárbara ; 
y basu en todas las puertas de los conventos y colegios 
estiba mi nombre escrito con letras coloradas y Terdes, 
cnbierto de coronas y ladeado de palmas « diciendo: 
Bárbara victor ; pero ya por mis pecados, despnes que 
un escolástico capigorrón me hizo esta señal en el ros- 
tro (que mala se la dé Dios en el ánima), no hay qaien 
loga caso de mf. Pues á Te que, aunque Tea, no espan-* 
to. A esto respondió Sancho : Por vida de mi madre, 
que esté en el otro mundo por muchos años y buenos, 
señora reina Cenobta, que aunque le parece á vuesa 
nurced que no espanta^ que me espantó deuántes cuando 
b vi con tan mala catadura; que había de la cera que 
destilaba la colmena trasera que naturaleza me dio, 
para hacer bien hechas media docena da hachas de á 
cuatro pábilos. Don Quijote, que ya en la fantasía ldola< 
traba en Bárbara, teniéndola por la reina Cenobia , le di- 
jo, dando un empujón á Sancho, con que le hizo callar: 
Vamos, serenísima señora, al lugar, que ya está cerca, y 
decirnos heis por el camino cómo os sucedió la desgracia 
de ser robada, y atada de pies y manos en aquel pino. Y 
TolnéndoseáSiaiicho, le dijo : ¿Oís, escudero? Traed 
mestro jumento • y subiréis en él luego ¿ la señora reina 
Cenoiiiade aqui al lugar. Trájole Sancho, y poniéndose 
á gacbas á cuatro pies para que subiese, volviendo la ca- 
bm, le dijo : Suba, señora reina, y ponga los pies sobre 
Olí. Hizolo ella con mucha desenvoltura y sin hacerse de 
rogar; y puesta á caballo, comenzaron á caminar para el 
pueblo. A pocos pasos que habla andado, le dijo Braca- 
monte: Díganos» seilora Bárbara, por vida desa suya 
que tantas ha pensado costar en la mocedad, ¿quién fué 
aquel bellaco que la dojó de tal suerte, y quién el que la 
sacó de la calle de los Bodegones de Alcalá, donde estaba 
como uua princesa y tan visitada de estudiantes nova- 
tos qnc le henchían las medidas y bolsas? ¡Ay señor 
soldado! respondió ella. ¿Conocióme á mi allí en mi 
prosperidad ? ¿Entró alguna vez en mi casa ? ¿O acaso 
comió jamas del mondongo que yo guisaba? que le so- 
lia algunas veces hacer tan bueno, que se comian los 
estudiantes las manos tras ello. Yo, señora, respondió 
¿I, jamas comí en casa de vuesa merced , porque estaba 
en el colegio trilingüe, donde dan de comer á los cole- 
giales; pero acuerdóme bien de que alababan mucho las 
agtijas de vuesa merced y su limpieza, la cual, según 
medecian, era tanta, que con solo un caldero de agua 
lavaba por el pensamiento dos y tres vientres : de mane- 
ra que sallan de sus mauos unas morcillas verdinegras, 
qae era gloría mirallas; que como la calle es angosta y 
obscura, no se podia echar de ver la superabundancia 
del mugre con que convidaban al más hambriento ma- 
chucado Alcalá. ¡Ay! ¡mal haya él, replicó Bárbara, 
y qué gran bellaco y socarrón me parece! Pues á fe 
que si no me engaño, que ha él comido de mis monos 
mis de cuatro veces; porque su talle y vestido no es 
fsra hacerme creer que ha estado en el colegio trílin- 
gúe, como dice. Dígame la verdad, acabe. Bracamente 
lesatisfizo, diciendo : Antes que yo entrase en el cole- 
gio, agora cuatro años, estaba con otros seis estudian-, 
tes amigos en la calle de Santa Úrsula, en las casas que 
w alquilan allí junto á la iglesia mayor del mercado; 
7 me acuerdo que vuesa merced subió á ellas con una 
olla no muy pequeña llena de mondongo; y un cstu- 
dianlCí que se llamabaLopez, la cogió en sus brazos 



69 

sin derramarla» y la metió en sn aposento, donde él 
con todos los amigos comimos de la olla que vuesa mer- 
ced so traía bajo sus mugrientas sayas, sin tocar á la del 
mondongo. Por el siglo de mi madre , respondió Bár- 
bara, que me acuerdo deso como de lo que he hecho 
hoy. Pues á fe que toda era gente honrada ; que aunque 
no tuvieron razón de hacer lo que hicieron, siendo yo 
mujer de mis prendas, todavía tuvieron respeto de no 
tocarme á la olla. ¡Jesús, Jesús! ¿que estaba allf ? Pues 
sepa que López es ya licenciado y un grandísimo be- 
llaco enamoradizo ; mas con todo eso, á fe que las veces 
que yo subia á su aposento, que no me escupía. Pues, 
señora reina mia, dijo Sancho, si tan buena oGciala es 
de hacer mondongos, sepa que si mi amo la lleva, como 
dice, al reino do Chipre, allí tendrá bastantísima oca- 
sión de mostrar su habilidad , porque liabi-á tripas infi- 
nitas de loa enemigos que mataremos; de los cuales po- 
drá hacer pasteles, pelotas de carne y ollas podridas, y 
ecliarles toda la caparrosa que quisiere, pues es lo que 
da mejor gusto i los guisados. ¡ Ay amarga de mi ! res- 
pondió Bárbara : si la caparrosa es para hacer tinta , ¿có- 
mo decís vos, hermano, que la eche en los guisados ? No 
sé, en mi conciencia, replicó Sancho, lo que me echaron 
encima de las atliondíguillas que me dieron en casa de 
don Carlos en Zaragoza ; lo que sé es que ellas me supie- 
ron riq«iísimamente. Albondiguillas diréis, dijo Bár- 
bara; que asi se llaman en todo el mundo. Poco monta, 
replicó Sancho, que se llamen de una suerte ó de otra; 
lo que hemos de procurar es sembrar muchas en estan- 
do en Chipre. 

CAPITULO XXIII. 
En que Birbara da eaenta de su vida i don Quijote j sos compa. 

fieros hasta el lugar, j de lo que les sucedió desde que entraron 

iiista qoe salieron del. 

Salieron del pinar á la que Sancho acababa de decir 
las referidas simplicidades. Júnteseles don Quijote en el 
camino real, donde los esperaba haciendo mil discur- 
sos acerca del modo que tendría en llevar á la corte á la 
que él tenia por reina Cenobia ; y luego que vio que ella 
llegaba al puesto en que la espePfiba, la dijo con grande 
respeto y mesura : Suplico á vuesa majestad se sirva, 
poderosísima reina, de darnos cuenta, de aqui á que 
con la fresca lleguemos al vecino lugar, de quiénes fue- 
ron los follones que la robaron sus ricas joyas y la des- 
nudaron de sus reales galas, dejándola alada con tanta 
crueldad en aquel árbol. A lo cual respondió ella al 
punto : Vuesa mereed, seilor mió, ha de saber que vi- 
viendo yo en Alcalá de Henares, en la calle que llaman 
de los Bodegones, con mi honrado y ordinario trato,* 
quiso la fortuna, que siempre es contraria á los buenos, 
que viniese allí un mancebo de muy bonita cara y liailo 
discreto, el cual entró dos ó tres veces á comer en mi 
casa. Como le vi al principio tan cortés, prudente y bien 
hablado, alicionemele (que no debiera) de tal suerte, 
que no podía de noche ni de dia sosegar sin verlo, ha- 
blarle y tenerle á mi lado. Dábale de comer y cenar todos 
los días como á un príncipe, comprábale medias , zapa- 
tos> cuellos y aun los libros que me pedia, mirándome 
en él cual en un espejo : en fm , él estuvo en mi casa con 
esta vida más de un año y medio, sin gastar blanca su- 
ya, y (I) muchas mías. En este t¡em|)o sucedió que es- 

(1 ) Parece que falta el gerundio gastando u otra pabl>ra equi- 
valente. 



70 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



tanUo ttoa noche conmigo en la cama, me dijo como 
estaba determinado de ir ¿ Zaragoza, adonde tenia [mh 
rientes muy ricos ; y que me prometíate si queria ir con 
él, que en llegando allá se casaría conmigo, por lo 
mucho que me amaba ; y yo, que soy una bestia , ere* 
yendo sus engañosas palabras y falsas promesas, le dije 
que era contentísima de seguirle; y luego comencé á 
Tender mis alhajas « que eran dos camas de buena ropa, 
dos pares de vestidos roios, una grande arca de cosas de 
lienzo, y Analmente todo lo demás que en mi casa tenia; 
de lo cual hice más de ochenta ducados » todo en reales 
de á ocho. Con ellos y notable gusto nos salimos juntos 
u ua tarde de Alcalá ; y llegados al segundo dia á la entrada 
(}el bosque de quien aliora acabamos de salir, me dijo nos 
entrásemos á sestear en él ; que se quería holgar con- 
migo : ¡ así mala holgura le dé Dios en el alma y en el 
cuerpo ! Pero no le quiero maldecir ; porque quizá alguu 
dia nos toparemos, y me pedirá perdón de lo liecho; y 
como le quiero tanto, fácilmente le perdonaré. S^guile, 
creyendo en sus razones (quo no debiera); y en vién- 
dome sola y en lugar tal y tan secreto, metió mano á una 
daga, diciéndouie que si no sacaba allí todo el dinero 
que traia conmigo, que él me sacaría el alma del cuerpo 
con aquel puñal. Yo, que vi una furia tan repentina en 
la prenda que más quería en el mundo, no supe qué le 
responder, sino, llorando, suplicarle que úo hiciese tal 
alevosía; pero comenzóme á apretar tanto, sin hacer 
casodemis justas razonesy llorosas palabras, que, viendo 
tardaba en darle los ochenta ducados más de lo que su 
codicia permitía, empezó á decirme á voces colérico : 
Acabe de darme presto el dinero la muy pnta, vieja, 
bruja, hechicera. Sancho, que oslaba escuchando con 
mucha atención á Bii bara, cuando le oyó referir tantos 
y tan honrados epítetos, le dijo : Y dígame, señora reina, 
¿era acaso verdadero todo ese calendario quo le dijo el 
estudiante? porque de sus hechos colijo que era tan 
hombre de bien , que por todo el mundo no diría una 
cosa por otra, sino la verdad pura. ¡Cómo verdad! re- 
plicó ella : á lo menos en lo que dijo de bruja, mintió 
como belhico ; que si una vez me pusieron á la puerta 
mayor de la iglesia de San Yuste en una escalera, fué 
por testimonio que unas vecinas mías envidiosas, por 
uo más que sospechas, me levantaron : ¡así levantadas 
tengan las alas del corazón, pues por ello me hicieron 
echar en la trena, donde gasté lo que Dios sabe ! Pero 
vaya en hora buena, con su pan se lo coman ; que á fe 
que me vengué, á lo menos de la una dellas, muy á 
mi salvo, pues á un perro que ella tenia en casa y con 
quien se entretenía, le di zarazas en venganza del dicho 
ajffravio. Riéronse todos del dicho de Bárbara, y Sancho 
la replicó, diciendo: Pues ¡cuerpo dePoncioPilátos, 
señora reina ! ¿qué culpa tenia el pobre perro? ¿Fuese 
él acaso á quejar de vuesa merced á la justicia , ó levan- 
tóla el falso testimonio que dice? Que el perro sería muy 
bueno y no haría mal á nadie, y por lo menos sabría 
cazar alguna olla, por podrida que fuese. ¡Tríste perro! 
si no me quiebra el corazón dedolorsu homicidio... Don 
Quijote le dijo : Oyete, pécora : ¿ por ventura conociste 
ni viste aquel perro? ¿Qué se te da á tí del? ¿Pues no 
quiere que se me dé, replicó Sancho, si no sé si el hon- 
rado y mal logrado y yo éramos primos hermanos ? Que 
el diablo es sutil , y don Je no se piensa se caza la liebre ; 
y como dicen, do quiera que vayas, de los tuyos hayas. 



Y de aquí comenzó á ensartar refranes, de tuerte que 
no le poduin acallar ; mas don Quijote suplicó á la reina 
Cenobia pasase adelante, y no hiciese caso de Sancho, 
que era un animal. Pues como digo , prosiguió ella, mi 
bueno de Martin (que así se llamaba la lumbre de mis 
ojos), nombre para mí bien aciago, pues lauta parte tiene 
Martin de martes, comenzó á darme prisa por el dinero, 
acompañando cada paUbra injuriosa que me decía con 
un piquete en estas pecadoras nalgas, tal que me liacia 
poner el grito en el cielo ; y as¡,viéndome tan apretada, y 
considerando que si no liacia lo que me pedia, podría ser 
darme algún golpe peor que el que otro tal cual él me 
había dado en la cara por menos que eso, saqué todo mi 
dinero y díselo; mas , no contouto con él , oie quitó una 
saya y corpino y un ftildellin harto bueno que traía ves- 
tido ; y atándome á un pino , me dejó de la manera que 
vuesas mercedes me han hallado, á quien pague Dios 
la merced que me lian hecho. Pues en buena fe, dijo 
Sancho, que si la desnudara un dedo más adentro, que 
la dejara hecha un Adán y Eva. ¡ Oh hi de puta, socarrón, 
bellaco ! ¿ No será bueno, señor don Quijote, que yo vaya 
por esos mundos en mi rucio buscando i ese descomu- 
nal estudiante, y que ledesaGe á batalla campal, y en 
cortándole la cabeza, la traiga espetada en el hierro de 
algún lanzon , y con ella entre en las justas y torneos 
con aplauso de cuantos me vieren? Pues es cierto quo 
admirados han de decir : ¿Quién es este caballero au- 
dante? Y con orgullo creo les sabré responder : Yo soy 
Sancho Panza, escudero andante del invicto don Qaí¡(Ae 
de la Mancha, flor, nata y espuma de la andantesca esca* 
dería. Pero no quiero meterme con estudiantes ; doylos 
á Bercebú ; quo el otro dia cuando fuimos á las justas 
*< de Zaragoza, yo y el cocinero cojo llegamos á hablará 
uno dallos al colegio, y me dio un demonio de otro un 
'tan inremal pescozón en esto del gaznate, que casi me 
hizo dar de ojos ; y como me abajé por la caperuza, acu- 
dió otro á las asentaderas con una coz tal , que toda la 
ventosidad que había de salir por allí, me la hizo salir 
por arriba, envuelta en un regüeldo que, según dijo él 
mismo , olla á rábano serenado ; y no hube bien levan- 
tado la cabeza, cuando comenzó á llover sobre mí tanta 
multitud de gargajos, que si no fuera porque sé de nadar 

como Leandro y Ñero Pero un cararelamido, que 

parece que aun agora me le veo delante, me arrojó tan 
diestramente un moco verde, que lo debia tener repre- 
sado de tres días, según estaba de cuajado, quo me tapó 
de suerte este ojo derecho, que me hube de salir cor- 
ríendo y grítando : ¡ Aii de la justicia ! que han muerto 
el escudero del mejor caballero andante que han cono- 
cido cuantos visten cueras de ante. Llegaron en esto al 
lugarcillo, lo cual atajó las razones de Sancho ; y llega- 
dos á su mesón, se apearon en él todos por mandado do 
don Quijote, el cual se quedó en la puerta hablando con 
la gente que se había juntado á ver su figura. Entre lus 
que allí á esto habían acudido, no habían sido de lus 
l)ostreros los dos alcaldes del lugar, el uno de los cuales, 
que parecía más despierto , con la autoridad que la vara 
y el concepto que él de sí tenia le daban, le pregiintó 
mirándole : Díganos vuesa merced, señor armado, para 
dónde es su camino y cómo va por este con ese sayo do 
hierro y adarga tan grande ; que le juro en mi conciencia 
que há anos quo no he visto á otro hombre con tal librcii 
cual la que vuestra merced trac : solo en el retablo del 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 

Boarío Iiay «n tablón dt la Resurrección , donde hay 
■nos judiazos despavoridos^ enjaezados al talle de vueaa 
merced ; si bien no están pintados con esas roedas de 
enero que vuesa merced trae , ni con tan largas Isnzas. 
üon Qoijote, volviendo las riendas á Rocinante hacia la 
gente que le tenia cercado en corrillo, dijo á todos con 
Ttu reposada y grave, sin reparar en lo que el alcalde le 
iiabia dicho : Valerosos leoneses, reliquias de aquella 
ihistre sangre de los godos, que por entrar Muza por 
España, perdida por la alevosía del conde Julián , en 
veugaiua de Rodrigo y de su incontinencia, y en desa* 
gnTio de su hija Flormda , llamada la Cava , os fué for- 
loso haberos de retirar á la inculta Vizcaya , Asturias y 
Gilicia para que se conservase en las inaccesibles quie- 
bras de sus montes y bosques la nobilísima y generosa 
angre que había de ser, como ha sido, azote de los 
DOfos africanos ; pues alentados del invencible y glo« 
rásbímo Pela yo y del esclarecido Sandoval , su suegro, 
i&paro y fidelísima defensa á cuyo celo debe España la 
soeesioQ de los católicos reyes de que goza , pues del 
ludó el valor con que los filos 'de vuestras cortadoras 
espadas tomaron cumplidamente á recobrar todo lo per- 
dúioyá conquistar nuevos reinosy mundos, con envidia 
del oismo sol , que solo hasta que vosotros les asaltastea 
sabiaddios y los conocía : ya veis, ínclitos Gnzmanes, 
Ooiflones, Lorenzunas y los domas que me oís, cómo 
mí lio el rey don Alonso el Casto, siendo yo hijo de su 
bemnaa, y ton nombrado cuanto temido por Bernardo, 
me tiene á mi padre el de Saldaila preso, sin querérmelo 
dv; dcinasde lo cual, tiene prometido al emperador 
Carb-üagno darle los reinos de Castilla y León después 
de sus días ; agravio por el cual no tengo de pasar de 
Qiaguua manera , pues no teniendo él otro heredero 
anoá mi, á quien toca por ley y derecho, como á sobrino 
sQjo legilimo, y más propincuo á la casa real , no tengo 
de penoiür que extranjeros entren en posesión do cosa 
tan fflia : por tanto, señores, partamos luego para Ron* 
cesvalles, y llevaremos en nuestra compañía al rey Mar- 
filio de Aragón , con Bravonel de Zaragoza ; que , ayu- 
dáadoaos Galaica con sus astucias y con el favor que 
nosproinete, fácilmente mataremos á Roldan y á todos 
ios doce Pares ; y quedando en aquellos valles mal feríüo 
Danadarte, se saldrá de la batalla ; y por el rastro de la 
ttsgre que dejará, irá caminando Montesinos poruña 
^spóa montaña, aconteciéndole mil varios sucesos, 
justa qne topando con él, le saque por sus manos, á 
ÚBtanda soya, el corazón, y se le lleve á Belerma, la 
csal ea vida fué hi mira de sus cuidados. Advertid pues, 
famoios leoneses y asturianos, que para el acierto de 
^ guerra os prevengo en que no tengáis disensiones 
sobre el partir de las tierras y señaUr de mojones. Y vol* 
^ieadoenesto las riendas á Rocinante y apretándole las 
^H>»«lss, se entró furioso en el mesón , gritando : ¡ Al 
>n>a,aUnna;qae 

Con los mejores de Asturias 
Sale 4e León Bernardo , 
Todot a poBlo de gaerra, 
A impedir 4 Francia el paso I 

Toda la gente se quedó posnoada de oír lo que elarmado 
Ittbia dicho, y no sabían á qué se lo atribuir. Unos 
Man que era loco, y otros no, sino algún caballero 
Pfiadpal; que su traje eso mostraba; tras lo cual qno* 
ñaa todos entrarse dentro á tratar con él ; pero el ormi- 



71 

taño se puso á la puerta en resistencia diciéndoles : 
Vayanse, señores, con Dios ; qne este hidalgo está loco, 
y le llevamos á curar á la casa de los orates de Toledo : 
no nos le alteren más de lo qne él se está. Oídas estas 
razones al venerable ermitaño, se fueron al punto 
cuantos allí estaban ; y llevando Sancho á Rocinante á la 
caballeriza , se entraron don Quijote y los demás de su 
compañía en un aposento, donde le ayudaron á desarmar 
Bracamente y el ermitaño, con cuyo manto buriel estaba 
cubierta la buena Bárbara, sentada en su prasencia en 
el suelo , á la cual viendo don Quijote dijo : Soberana 
señora, tened un poco de paciencia ; que muy en breve 
seréis llevada á vuestro famoso imperio de las Amazonas, 
siendo primero coronada por reina del vicioso reino de 
Chipre, en cuya pacífica posesión os porné en matando 
su tirano dueño, el valiente Bramidan de Tajayunque, 
en la corte española ; que para eso con toda diligencia 
entraremos mañana en la fuerte y bien murada ciudad 
de Sigüenza, en la cual os compraré unos ricos vestidos, 
en cambio de los que aquel alevoso príncipe don Martin 
os quitó contra toda ley de razón y cortesía. Señor caba- 
llero, respondió ella, beso á vuesa merced las manos por 
la buena obra que sin haberle servido me hace ; yo qui- 
siera ser de quince años y más hermosa que Lncrecia, 
para servir con todos mis bienes habidos y por haber á 
vuesa merced ; pero puede creer que si llegamos á Al- 
calá, le tengo de servir allí, como lo verá por la obra , 
con un par de truchas que no pasen de los catorce, 
lindas á mil maravillas y no de mucha costa. Don Qui- 
jote, que no entendía la música de Bárbara, le respondió : 
Señora mía, no soy hombre qne se me dé demasiado por 
el comer y beber : con eso á mi escudero Sancho Panza ; 
con torio, si esas truchas fueren empanadas, las pagaré, 
y las llevaremos en las alforjas para el camino; aunque 
es verdad que mi escudero Sancho, en picándosele el 
molino, no dejará trucha á vida. La buena señora, como 
vio que don Quijote no le había entendido, se volvió al 
soldado, que se estaba riemJo, y le dijo : ¡ Ay amarga 
de mí , y qué moscatel es este caballero ! Mucho quizá 
ha comido : menester habrá, si va á Alcalá, acepillar un 
poco el entendimiento, que le tiene muy gordo. ¿Qué 
dice vuesa alteza de gordo, dijo don Quijote? Que no lo 
está vuesa merced mucho, respondió ella, decía, señor; 
cosa que me maravilla de quien tiene tan buena condi- 
ción. Señora, replicó don Quijete, de tres géneros de 
gente murmuraba mucho un Glósofo moderno que yo 
conocí : del médico sarnoso, del letrado engañado, y del' 
que emprendo largos caminos y pleitos siendo gordo ; y 
pues yo emprondo por mi profesión de caballero andante 
las dos últimas cosas dichas, po será bien que esté gordo ; 
porque el estarlo es de hombres ociosos y que viven sin- 
ctiidados; y así no es posible engordar más de loque 
estoy, teniendo tantos como tengo. Tratando desto, en- 
tró Sandio corriendo, dando una mano con otra y di- 
ciendo : ¡ Albricias, señor don Quijote, albríctas ! ¡ Buena 
nueva, buena nuevo ! Yo te las prometo, dijo don Qni- 
jote, hijo Sancho; ymns si son las nuevas de que ha 
parecido aquel estudiante que robó á la gran reina Ce- 
nobia. Mejor, respondió Sandio, es la nueva. ¿Es por 
ventura, añadió don Quijote, que el gigante Brumidan 
de Tajayunque está en el lugar, y me busca para acabar 
la batalla que entre los dos tenemos aplazada? Mejor sin 
comparación es, replicó Sancho. Dínosla, pues, presto,. 



72 



£L LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



dijo don Quijote ; que si es de tanta importancia como 
dices, no te faltarán buenas albricias. Han de saber 
Tuesas mercedes, respondió Sancho, que dice el meso* 
ñero (y no burla, porque yo lo he visto por mis ojos) que 
tiene para que cenemos una riquísima olla con cuatro 
manecillas de vaca y una libra de tocino, con bofes y 
livianos do carnero y con sus nabos ; y es tal , en fín, 
que en dándole cinco reales de contado y á letra vista, 
se verná ella misma á cenar por sus pies con nosotros* 
Don Quijote le dio una coz diciendo : ¡ Miren el tonto 
goloso, las nuevas de importancia que nos traía! Las al- 
bricias dellas le diera yo de muy buena gana con un 
garrote, si por aquí le hubiera á mano. Eutró, cuando 
esto decía don Quijote con cólera, muy sin ella el me- 
sonero diciendo : ¿Qué es lo que vuesas mercedes quie* 
ren cenar, señores? que se les dará luego al punto. Don 
Quijote le dijo que para él le trajese dos pares de huevos 
asados, blandos, y para aquellos sefiores loquea ellos 
les pareciese; pero que aderezase algún faisán, si le 
tenia á mano, para la reina Cenobia, porque era persona 
delicada y regalada, y le haría daño otra cosa. Miró el 
mesonero á la que don Quijote llamaba reina, y dijo: 
¿No es vuesa merced la que cenó anoche con un estu- 
dúmte , y nos dijo que iba á casarse con él á Zaragoza ? 
Pues ¿cómo ayer, como este caballero dice, no era Ce- 
nobia (aunque si novia de tan falto de barbas cuanto de 
vergüenza)^ y agora lo es ! A fe que anoche no cenó de 
faisán , si no de un plato de mondongo que consigo trajo 
de Sigúenza, envuelto en una servilleta no muy limpia, 
ni tampoco se nos hizo reina. Hermano, respondió ella^ 
yo no os pido nada : traed de cenar ; que lo que todos 
estos señores cenaren, cenaré yo también , pues este ca- 
ballero nos hace á todos merced. Fué el mesonero y 
púsoles U mesa, y cenaron todos, con mucho contento 
de Sancho, que servia, yéndosele los ojos y el alma tras 
cada bocado de sus amos. Levantados los manteles, 
mientras él se fué á cenar, quedando todos sobre mesa, 
dijo el ermitaño á don Quijote : Vuesa merced , señor, 
nos la ha hecho grandísima á mi y al señor Bracamente 
en este camino, y por ella quedamos ambos obligadísi- 
mos ; pero porque ya nos es forzoso irnos por otra parte, 
él de aqui á Avila , de donde es natural , y yo á Cuenca , 
habrá vuesa merced de servirse damos licencia, y man- 
damos en dichas ciudades en cuanto se le ofreciere y 
-viere le podemos servir, pues lo haremos como lo de- 
l)emos y con las veras posibles ; y lo mismo ofrecemos 
asa diligente escudero Sancho. Don Quijote le respondió 
que le pesaba mucho perder tan buena compañía ; pero 
que si no se podia hacer otra cosa, que fuesen sus mer- 
cedes con la bendición de Dios, mandando á Sancho que 
les diese un ducado á cada uno para el camino, el cual 
ellos recibieron con mucho agradecimiento; y don Qui- 
jote les dijo : Por cierto, señores, que entiendo verda- 
deramente que á duras penas se podrán hallar tres suje- 
tos tales como los tres que habemos caminado desde 
Zaragoza hasta aquí, pues cada uno de nosotros merece 
por sí grande honra y fama ; porque, como sabemos, por 
una de tres cosas se alcanzan en el mundo las dos dichas: 
ó por la sangre, ó por las armas, ó por las letras, inclu- 
yendo en sí cada una dellas la virtud , para que sea per- 
fecto merecimiento. Por la sangre el señor Bracamente 
es famoso, pues la suya es tan conocida en toda Castilla ; 
por las armas yo, pues por ellas he adauirido tanto valor 



en el mundo, que ya mi nombre es conocido en toda sa 
redondez ; y por las letras el padre, de quien lie colegido 
quees tan grande teólogo, qneentieudo sabrá dar cueuta 
de sí en cualesquier universidades, aunque sean las Sal- 
mantina , Parisiense y Alcaladina. Sandio, que en aca- 
bando de cenar se habla puesto en pié detras de don 
Quijote á escuchar la conversación , salió diciendo : 
Y yo ¿de qué tengo fama? ¿No soy también persona 
como los demás? Tú, rBS|H)ndió don Quijote, tienes 
fama del mayor tragón goloso que se haya visto. Pnes 
sepan (replicó Sancho), burlas aparte, que no solamente 
me toca á mí uno de los nombres que cada uno de voesas 
mercedes tiene y con que se hacen famosos, sino que lo 
soy por todos tres juntos , por sangre, por armas y por le- 
tras. Rióse don Quijote, diciendo: ¡Oh simple! ¿y cómo 
ócuándo mereciste tú tener algunode los renombresqne 
nosotros por excelencia tenemos, para que vuele tu fama 
como la nuestra por el orbe? Yo se lo diré á vuesas merce- 
des, dijo Sancho, y no se roe rían , ¡ cuerpo de mi sayo ! Lo 
primero, yo soy famoso por sangre, porque , como sabe 
mi señor duu Quijote, mi padre fué caraiceroen mi 
logar, y cual tal , siempre andaba lleno de la sangre de 
las vacas, terneras, corderos, ovejas, cabritos y cameros 
que mataba, y siempre traia llenos della los brazos, 
manos y delantal. Por las armas también soy famoso, 
porque mi tío mió, hermano de mi padre, es en mí 
tierra espadero, y agora está en Valencia , ó donde él se 
sabe, y siempre él anda limpiando espadas, montantes, 
dagas, puñales, estoques, cuchillos, cuchillas, lanzas, 
alabardas, chuzos, partesanas, petos y morriones y todo 
género armarum. Por las letras, también un cuñado 
mió es encuadernador de libros en Toledo, y siempre 
anda con pergaminos escritos, y envuelto entre librazos 
tan grandes como la albarda de mi racio, llenos de 
letras góticas. Levantáronse todos riendo de las nece- 
dades de Sancho, y fuéronse á acostar cada uno donde 
el huésped los llevó. 

CAPITULO XXIV. 

Deeómo don QnUote, Rárbira y Sanebo llegaron á Sigümaf r 
de los sBcesos que allí todos tavieron, parUcnlameate Saacbo, 
qae se Yid apreUdo en la corcel. 

En amaneciendo Dios se despertó don Quijote; qoeel 
caos que tenia en su entendimiento, y confusión de es- 
pecies de que traia embutida la imaginativa, le senían 
de tan desconcertado despertador, que apenas le dejaban 
dormir media hora seguida. Púsose, en despertando, en 
pié, dandogritosá Sancho, que apenas podia despegarlos 
ojos ; pero fuéle forzoso hacerlo, por la prisa que su amo 
le daba. Con ella pnes ensilló á Rocinante y jumento, 
mientras don Quijote pagaba la cama y cena de todos. 
Hecha esta diligencia y salidos juntos de la posada, se 
despidieron de don Quijote el ermitaño y Bracaroootei 
y lo mismo hicieron también de Sancho Panza, el cual 
andaba ocupado en subir á Bárbara en una borrica vi^a 
del huésped, que se la alquiló don Quijote basta Si- 
gúenza, juntamente con una ropa, asimismo vieja, de 
su mujer, que lo era harto ; y habiendo caminado los 
cuatro désta suerte lo más del día, llegaron á la ciudad, 
y se fueron á un mesón, al cual les encaminó su )iu¿^ 
l)ed, que les guiaba, entrando en él bien acompañados 
de muchachos, que iban detras diciendo á gritos : i Al 
hombre armado, muchachos, al hombre aimado! £n 



DON QUUOTE DE LA MANCHA; 



73 



v^áaáose dan Quijote, pidió al mesonero tinte y papel, 
f encarándose con ello en un aposento, escribió media 
joeeia de carteles para poner en ios cantones, que de- 
dattdesta manera* 

CARTEL. 

ftElCabaüem Desamorado, flor y espejo de la nación 
•maociiega, desafía á singular batalla aquel ó aquellos 
vque no confesaren que la gran Genobia, reina de las 
feAiiiazonas,qae conmigo viene, es lamasaltay fermosa 
ifeoibra qne en la redondez del univerao se halla : que 
iseri defendida con los Glos de mi espada su rara y sin- 
«galir belleza en la real plaza deste ciudad desde ma- 
«óaoa i mediodk hasta la noche ; y el qne intenUre sa- 
vlíren batalla con dicho Caballero Desamorado, ponga 
«91 nombre en el pié deste cartel.» 

HechiB las copiasdél, llamóá Sanebo,dÍG¡endo : Toma, 
Sancho, estos papeles, y busca nn poco de engrudo ó 
co\a,y pontos eu las esquinas de la ciudad de manera 
qwpaedan ser kshlos de todos; y advierte con toda di* 
li^eocia en cnanto los caballeros que llegaren á leerlos 
(iijeren, y en si se meten en cólera, volviendo por sos 
amantes damas, y en si dicen algnn improperio ( porque 
k wtnd siempre es envidiada), ó en si se alegran por la 
ltoan(|ae ganan de solo entrar conmigo en batella, y 
finalmente, eo si le preguntan dónde estoy ó dónde está 
la Reina mi seüora. Vé volando, Sancho mío, y por tus 
ojos qne lo adviertas y notes todo, para que me sepas 
üar, cuando vuelvas, cumplida cuenta y razón dello; 
qa« yo, si fuere necesario, no haciendo caso de la cena, 
iré luego á la hora á castigar su sandez y atrevimiento, 
f<an que de aquí adelante no le tengan otros tales como 
eiios para decir semejantes desvarios contra quien tan 
Lien sabe castigarlos. Sancho estuvo nn rato con los pa- 
peles en la mano pensativo, porque hacia él esto del Ojar 
cartelesdedesafioderony mala gana, yqoisiora masque 
donQnijole le inviara poruña pierna de camero, por*> 
que traía razonable apetito de cenar ; y asi con la cabeza 
beja le dijo : ¡Válganme las parrilla» del señor san Lo- 
TCBzo, mi señor don Quijote! ¿Es imposible que pu- 
diendo nosotros vivir en haz y en paz de la santa madre 
Iglesia caiólica romana, gustemos do meternos de núes** 
tro propio caletre en pendencias y gaerreaciones necias 
que no nos va ni nos viene, y sin para qué? ¿Quiere vuesa 
merced que salga algún Barrabas de caballero que, 
liabiendo estado muy descansado y regalado en esta ciu- 
dad ély su caballo, y queriendo hcr batalla con nosotros, 
qne venimos cansados, y con Rocinante, qne de puro 
molido no puede comer bocado, permiUi la misericordia 
de bios que nos venza, y demos con toda nuestra caba- 
llería en casa de Judas? ¿No será mejor, ya que tal in- 
tente, pedir licencia al alcalde deste lugar para poner 
estos papeles, puesto me veo ya desta hecha en cuatro 
R|il peligros, desastres y desventuras? Don Quijote le 
dijo: ¡Oh necio, oh pusilánime, oh cobarde! ¿Y eres tú 
^ qae piensas recehir el orden de caballería en Madrid 
con póliUco honor, en presencia de la sacra , cesárea y 
real majesiad del Rey nuestro señor? Pues sábele que 
iH>cs la miel para la boca del asno, ni el orden de caba- 
y^m se suele ni puede dar sino á liombres de brio, ani» 
íWí»*, Talicntes y esforzados, y no á golosos ni pereío- 
^conm tú. \c luBiso, y haz lo q^ie te digo sin más 
réplica. Sancho^ que vio lau enojado á su amo^ calló y 



fuese, maldiciendo mil vecesiquienconélla habia jon« 
tado ; y compró en casa de un zapatero un cnario de en* 
gnido, y llevándolo puesto sobre la suela de un zapato 
viejo, se fué á la plaza, en la cual, como era sobre tarde, 
estaban algunos caballeros y hidalgos y otra mucha 
gente tomando el fresco con el Corregidor. Llegóí» San-* 
eho sin decir palabra á nadie á la Audiencüi, y comenzó 
á pegar en sus mismas puertas un papelón de aquellos; 
pero unalguacilqueestabadetrasdel Corregidor, viendo 
Gjar á aquel labrador en la Audiencia nn cartel de letras 
gordas, pensando que fuesen papeles de comediantes, 
se le llegó diciendo : ¿Qué es lo que aquí ponéis, her- 
mano? ¿Sds criado dealgunos comediantes? Respondió 
Sancho : ¿Qué comediantes ó qué nonada? Esto quo 
aqui se pone, majadero, no es para vos; que más alto 
pica el negocio; para aquellos de las capas prietas se 
hace, y mañana lo veréis. Leyó el cartel el alguacil con- 
fuso, y volviéndose luego á Sancho, que estaba allí junto 
poniendo otro en un poste, le dijo : Vén acá, hombre del 
diablo, ¿quién os ha mandado poner aquí estos pópelo* 
nes? Respondió Sancho : Llegaos vos acá, hombre do 
Satanás; que no os lo quiero decir. A las porfías y voces 
que Sancho y el alguacil daban se volvieron el Corregi- 
dor y \os que con él estaban, y preguntando qué era . 
aquello, llegó el alguacil diciendo : Señor, aquel labra- 
dor andia fijando por la plaza unos carteles en que de- 
safia no sé quién á batalla á todos los caballeros desta 
ciudad. ¡Desafíos pone I dijo el Corregidor. Pues ¿esta- 
mos ahora en carnestolendas? Andad y traadnos un pa- 
pel de aquellos : veremos qué cosa es; no sea algún dis- 
late que llegue á oidos del Obispo antes que tengamos 
acá noticia del . Llegó el alguacil, y quitó el primero que 
halló Gjado en un poste, para llevarle al Corregidor ; lo 
cual visto por SanchOi se encendió en tanta cólera, que 
se fué para él con un guijarro en la mano, diciendo : ¡Oh 
sandio y descomunal alguacil ! por el orden de caballe- 
ria que mi amo ha recebiüo, quesi no fuera porque tengo 
miedo do tí y dése rey que traes en el cuerpo, te hiciera 
que pagaras con la primer pedrada todas las alguacííe- 
rías que hasta aqui has hecho, para que otros tales como 
tú y la puta que te parió, no se atrevieran de aquí ade- 
lante á semejantes locuras. Como vio el Corregidor aquel 
labrador con la piedra en la mano para tirar al alguacil, 
mandó que le prendiesen y llevasen allí en su presencia. 
Llegaron media docena de corchetes á hacello, y él coa 
su guijarro en la mano no se dejaba asir de ninguno; 
pero cuando vio que el negocio iba de veras y. que ya 
desenvainaban las espadas contra él, soltó la piedra, y 
puesta la caperuza sobre las dos manos, comenzó á decir : 
¡ Ah señores 1 por reverencia de Dios, que me dejen ir á 
decir á mi amo como unos follones y malandrínes no me 
dejan poner los papelones del desafío; que verán cómo 
viene hecho un cisne encantado y no deja ningún pa- 
gano dellos á vida. Los corchetes, que no entendian 
aquel lenguaje, tenian á Sancho agarrado delante del 
Corregidor mientras acababa de leer el papel ; y cuando 
lo hubo leido, le comunicó con todos los circunstantes» 
que le celebraron inGnito; y vuelto á Sancho, le pre- > 
guntó : Vení acá, buen hombre; ¿quién os ha mandado 
ponéroslos papelones en la Audiencia? porque á fe do 
hidalgo, que os ha de costar á vos y á qui(Mi os ha en- 
vúido á fijarlos, más caro que pcnsnis. ¡ Ali desventurada 
de la madre que me parió y del ama que me dio leche ! 



7# 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



dijo Sandio. Se&or, mi amo, que mal siglo baya, mo 
loa lia mandado poner; y bien se lo deeia yo, que no Cu- 
Tiéfiemea guerreaciones en esta tierra hasta que pri- 
mero bubiésemoa muerto aquel gigantonaao del rey de 
Chipre, adonde habernos de lleTar á la señora reina Ge- 
nobia : suélteiune; que les juro, á fe de Sancho Panza, 
que iré á decirle corriendo lo que pasa, y verán cómese 
Tiene él aquí por sus pies 6 por tos de Rocinante , á ba-> 
eer una carnicería tal, que jamas otra como ella se haya 
eido nlTisto. Preguntóle el Corregidor : ¿Cómese llama 
tu amoTSancho le respondióque su propríonombre era 
Martin Quijada, y que el año pasado se llamaba don Qoi- 
Jote de la Mancha, y por sobrenombre el Caballero de la 
Triste Figura ; pero que hogaño, porque ya liabia dejado 
ú Dulcinea del Toboso ( ingrata causa de la excesiva pe- 
nitencia que habla licclio en Sierra-Morena, si bien des- 
pués mereció en premio della la conquista del precioso 
yelmo de Mambrino), se llamaba el Caballero Desamo- 
rado. ( Bueno por Dios ! dijo el Corregidor : y vos ¿ cómo 
os llamáis? Yo, señor, respondió él, hablando con per- 
don de las barbas honradas que me oyen, me llamo San- 
cho Panza, que no debiera, escudero infeliz del referido 
caballero andante, natural del Arganiesilla de la Man* 
cha, engendrado y nacido de mis padre y madre, y bau- 
tizado por el cura. ¿Cómo lo fuerais si dijérades queeraia 
hijo de asno y bestia? respondió lleno de risa el Corre- 
gidor, mandando juntamente al alguacil y corchetes que 
le llevasen á la cárcel, y echasen dos pares de grillos 
hasta que se inforuiase de todo el caso ; y lieclm esto, 
fuesen luego por todas las posadas del lugar, y buscasen 
el amo de aquel labrador y se le trojesen alli. Llevaron al 
desgraciado S<mc1io al punto á la cárcel ; y las cosas que 
hizo y dijo por el camino y cnando se vio en ella y que 
le echaban dos pares de grillos, no hay historiador, por 
diligente que sea, que las baste á escribir; pero entre 
otras muchas simplicidades que se cuentan del, es que, 
cnando se los hubieron echado, dijo : Tórnenme, señores, 
á quitar estos demonios de trabas de hierro ; que no 
pnedo andar con ellas, y no tenían para qué ponérmelas, 
porque yo las diera por muy bien recebidas sin que to- 
maran eso trabajo. En dejándole en la cárcel, se le llega- 
ron tresócuatro picaros que allí habla presos, con ciertos 
cañutillos de piojos en las manos; y como le vieron sim- 
ple, pareciénüoles sano de Castilla la Vieja, y viendo por 
otra parle que ú cada paso daba de ojos con los grillos, y 
que de ninguna manera sabia andar con ellos, le echa- 
ron por lo descubierto del pescuezo más de cuatrocien- 
tos piojos, con que le dieron bien de rascar y sacar todo 
el tiempo que en la cárcel estuvo ; y como ellos y los gri- 
llos le daban tanta pesadumbre, no hacia sino lamen- 
tarse de su fortuna y de la hora en que iiabia conocido 
á don Quijote. Mesábase las barbas, despidiéndose ya de 
su mujer, ya del rucio, ya de Rocinante; y obligado de 
la grande pesadumbre que los grillos le daban, dijo á 
uno de aquellos mozos : ¡Ah señor picaro! Asi Diosle dé 
la salud cual el contento que muestra de mi trabajo, que 
me quite eslas cormas, que no me dejan remecer; y si 
esta noche la» tengo en los pies, no podré de ninguna 
manera pegar los ojos. Llegó un mozo del carcelero que 
le oyó, y dijo : Hermano, como vos deis un real á mi 
amo, os los quitará por esta noche, por haceros placer y 
buena obm. Eu oyendo esto, sacó Sancho de la faltri- 
quera una bübilla de cuero^ cu la cual tenia seia ó siete 



iiealea para el gasto que aquella noche aa habia de ha- 
cer en el mesón ; de la cual sacó un real de plata, y se la 
dló al mozo, con que al punto le quitó los grillos. Cuatro 
ó cinco de aquellos presos, que eran águilas en liallarsa 
las cosas antes que las perdiesen los dueños, mirando 
bien adonde habían visto poner la bolsa á Sancho, sej 
concertaron , y llegándose uno dallos á él , le abrazó di* 
deudo : ¡ Ay, buen hombre, y cómo nos holgamos qoe | 
es hayan quitado aquellos malditos gríl loe 1 Por mucboi 
anos y buenos. Y con esto guió la mano con tanta suti- 
leza camino de la faltriquera, que sin errar el golpe ni 
ser sentid» le sacó della la bolsa; pero procedió, lieclio 
el lance, como liberal y honrado, pues lo convidó asa 
misma costa á dos barquillos, fruta y vino, en que gastó 
el dinero. Mas volviendo ó don Quijote, como viese quo 
Sancho tardaba tanto en poner loa papeles por los can- 
tones, sospechando loque podía ser, se entró en la ca- 
balleriza, y con toda presteza ensilló á Rocinante, y su- 
biendo en él con su adarga y lanaon, caminó para la 
plaza; y como entrase en ella muy paso á paso, acom- 
pañado de muchachos f y fuese vii>to por el Corregidor, 
y todos los que con él estaban se admirasen de ver aque- 
lla fantasma armada y circuida de gente , llegándose to- 
dos para ver su pretensión ó lo que hacia, oyeron qnt 
don Quijote, concibiendo que estaba rodeado de princi- 
pes, sin hacer cortesfia á naidie, Ojando el cueuto del lan- 
zan en tierra , les comenzó á decir con gravedad : ¡Oti 
vosotros, infanzones, que tincasteis de las lides, que uo 
tincárades ende ! ¿Non sabedes por ventura que Muza y 
don Julián , maguer que el uno moro y el otro á mi real 
corona aleve, las tierras talan por mi luengo tiempo po- 
seídas, y que fincar ademas piensan eu ellas? Tan cue- 
llierguidos están con las viloiias que asaz contra razón 
han ganado, f ugiendo nosotros de sus airadas laces, ix» 
faciendo la resistencia que á tales infanzones y bornes 
buenos atañen, non considerando las cuitas de nuestru 
fembraa, ni los muchos desaguisados y fuerzas qae 
aquestos mal andantes, con infinitos tuertos, cuidan fa- 
cer en pro de Mahoma y en reproche de nuestra fe, fa- 
blando cosas non decideras, llenas de mil sandeces. 
¡ Erguid , erguid pues vuestras derrumbadas cuchillas! 
salga Galludo, salga Garcilaso, salga el buen Maestre y 
Machuca, salga Roidrigo de Narvaez. ¡ Muera Muza, Ce- 
gri, Gomel, Almoradi, Abencerraje, Tarfe, Abenamar, 
Zaide, mejor para cazar liebres que para andar eu las li- 
des ! Fernando soy de Aragón, doña Isabel es mi aman- 
lísima esposa y reina, desde este caballo quiero ver sí 
hay entre vosotros alguien tan valiente, 

Qae me traiga la cabeza 
De aqael moro renegado 
Qoe deleite de mis ojos 
Ha mlicito cuatro cri&tiauos. 

Pablad, fablad ; non estedes mudos; que quiero ver 
si en esta plaza se topa entre vosotros hoine que, te- 
niendo sangre en el (jo, sepa volver por su dama, contra 
la grande fermosura de la roina Cenobia que conmigo 
traigo, la cual por si soki es bastante, como yo sé por 
luenga experiencia, á daros bien que hacer á todos jun- 
tos y á cada uno por si : por tanto dadme luego la res- 
puesta; que uno solo soy y manchcgo, que para cuan- 
tos sois basta. El Gon^gidor y cuantos con él estaban, 
que semejantes razones oyeron decir á don Quijote, no 
subían á qué las atribuir ni qué respondet*le á ellas. Mas 



DON QUIJOTE DE LA MANGDA. 



7S 



quiso Dios que, estando (n esU confusión, llegasen á la 
pialados hidalgos mancebos de la ciudad, y Tiendo el 
^tiáo y corrillo que hacían al hombre armado toda 
sqiieHa gente y el Corregidor, llegándose á ellos, el uno 
tedijo.Han de saber vuesas mercedes que el armado 
que miran há dias que me causó la misma admiración 
qoe á todos les causa ; porque habrá como un mes, poco 
más ó menos, que pasó por aquí con el mismo traje que 
teTen, j posó en el mesón del Sol, do viéndole yo, y aquí 
el señor don Alonso, á la puerta, llegamos & hablarle, y 
de sos palabras colegimos que es loco ó falto de juicio; 
porque él nos dijo tantos dislates, y con tales afectos y 
visajes ys del hnperio de Trapisonda, ya de la infanta 
fomicona, ya de las inmensas heridas que en difereo- 
tfe batallas habia rccebido, y de quien liabia salido ca- 
ndo por el milagroso bálsamo de Fierabrás, que jamas 
le poilimos acabar de entender; pero informándonos de 
nn labrador harto simple que traía consigo y él le lla- 
maba «i &%»dero, nos dijo como su amo era de un lu- 
cir üe la Mancha, hidalgo muy honrado y rico y muy 
amífo de leer libros de caballerías, y por imitar los an- 
tiguos caballeros andantes habia dos años que andaba 
desqqellamanera; y con esto nos contó muchas cosas 
que k habían sucedido á él y á su amo en la Mancha y 
Si«m-Morena; de lo cual quedamos maravillados sin 
saber á qné poderlo atribuir, sino solo á que el triste se 
Ijabría desvanecido leyendo libros de caballerías, tenién- 
dolos por auténticos y verdaderos : así que, de cuanto 
aquí dijere no hagan vuesas mercedes caso; antes, si 
quiera gustar del, preguntémosle algo, y verán cómo 
habla con tal reposo, que parece algún gran príncipe de 
Ids antiguos; y lea vucsa merced, señor Corregidor, las 
ietrasquc trac en la adarga, que son tan ridiculas, que 
«DoGraian bastantemente cuanto he dicho. Oyendo esto 
el Corregidor, volvió la cabeza, y llamando á un algua- 
cil, le mandó fuese volando á la cárcel, y que, sacando 
deila y de las prisiones en que estaba aquel labrador 
qoe poco liá habia llevado á ella por su orden, se lo tra- 
jese suelto á su presencia ; y volviéndose á don Quijote, 
qoe estaba aguardando la respuesta lleno de coraje, le 
<liÍo: Señor caballero, yo el emperador y todos estos 
duqneü, condes y marqueses que conmigo están, agra- 
decemos mucho á vuesa merced su buena venida á 
e<b corte, pues merecemos tener en ella hoy la flor de 
h caballería manchega y el desfacedor de los agravios 
del ronndo : por tanto, respondiendo á la su demanda, 
decimos que ninguno se atreve á entrar en batalla con 
viiesa merced, porque su valor es conocido y su nom- 
bre es raanifícsto en este imperio, como lo es en todos 
los del universo; y asi nos damos por vencidos y confe- 
samos la hermosura desa señora reina que dice. Solo 
pedimos á b su merced sea servido de nos la hacer que- 
dándose en esta corte quince ó veinte dias, en los cua- 
les toda ella le servini y regalan/, no conforme vuesa 
inerceil merece, sino según nuestra posibilidad permi- 
tiere; y tenga vuesa merced por bien que yo y todos 
estos príncipes vamos á ver á s^u casa á esa señora reina, 
jura que, mereciendu besarle las manos, le ofrezcamos 
nuestras vidas y haciendas. Don Quijote le respondió ; 
Seuor empci-ador, de hombres sabios y discretos es ar- 
rimarse siempre al mejor y más sano consejo ; y asi vue- 
sas mcrcctks, ciuno tales, reconocicnüo el valor de mi 
l^crsona, la fuciza de mi brazo y la razón que llevo cu 



defender la gnndísinuí fermosara d« la reina Cenobia, 
han dado en la cuenta y caido en el punto de la verdad ; 
no como otros fieros jayanes, qoe, fiándose del furor da 
sus indómitos corazones y de las fuerzas de sus brazos y 
de los filos de sus cortadoras espadas, han presumido 
como locos entrar en batalla conmigo; pero ellos han 
llevado, y llevarán cuantos los imitaren, el justo pago 
que merecieron sus sandeces y locas arrogancias : por 
tanto, respondiendo á lo qoe vuesa serenidad y esos po* 
tentados me piden, de que les honre con mi persona 
esta corte por quince dias, digo qoe no lo puedo hacer 
por agora de ninguna manera, porque tengo aplazada 
una fiera batalla para la corte del rey Católico, contra el 
arrogante y membrudo gigante Bramidan de Tsyayun- 
que, rey de Chipre, y se acerca el plazo della; pero ea 
acabándola, doy palabra á todas vuesas altezas que, na 
estorbándolo otra alguna importante y nueva aventura, 
como suele suceder muchas veces, volveré á visitarles y 
á ennoblecer este grandioso imperio con mi persona. 
Estando en estas pláticas, llegó el alguacil con el bueno 
de Sancho, el cual , como viese á don Quijote en medio 
de tanta gente, se llegó á él diciendo : ¡ Ah señor don 
Quijote ! ¿ no sabe ¡ cuerpo non de Dios ! como vengo do 
pasar una de las más terribilisimas aventuras que el 
Preste Juan de las ludias, ni el rey Cuco de Antiopia, ni 
cuantos caballeros andantes se crian en toda la andan- 
tesca provincia pueden haber pasado? Ello es verdad 
que unos estantiguos ó plcaranzones que estaban alli 
presos me han hurtado la bolsa por arte de encanta- 
miento, y echado por el pescuezo abajo invisiblemente 
mas de setecientos mil millones de piojos ; pero á fe que 
quedan buenos, pues los dejo acomodados como ellos 
merecen, para que otros tales no se atrevan ¿ tal de aquí 
adelante con escuderos tan andantes y de estofa como 
yo, sino que tomen ejemplo, y viendo la barba de su 
amigo remojar, echen la suya á quemar. ¡Oh miSanchoI 
dijo don Quijote : ¿qué has habido y qué te ha sucedido 
con esos malandrinesy ladrones que dices? Cuéntamelo, 
con el castigo que les has dado. ¿Distóles acaso ú todos 
de palos? Peor, dijo Símclio.¿Cortástoles^Uis cabezas? 
Peor, respondió él. ¿Partístelos por medio? Peor hice» 
respondió. ¿Hiciste sus carnes tajadas muy pequeñas, 
para echarlas á las aves del cielo? Peor, replicó Sanche^. 
¿Pues qué castigo, dijo don Quijote, les diste? El cas- 
tigo, añadió Sancho, que les di (;ah pobres dellos,y 
cuáles quedan!), que comenzamos á jugar al qué es 
cosa y cosa, y cuando hubieron dicho todos, les pre- 
gunté yo : ¿Qué es cosa y cosa que parece burro en pe- 
lo, cabeza, orejas, dientes, cola, manos y pies, y lo que 
más es, basta en la voz, y realmente no lo es? Y no me 
supieron jamas decir que érala ban*a. ¡Mire vuestra 
merced si les paré buenos, pues do corridos quedan he- 
chos unas monas, sin saber qué les ha sucedido ! Y aun 
si no me llamara tan por la posta aquí el señor alguacil, 
yo les dejara como nuevos con otra pescuda que tenia 
ya en el pico de la lengua. Riéronse todos los que la 
simpleza de Sancho oyeron ; pero don Quijotq, sin hacer 
caso della, haciéndoles señas con las manos, les dijo 
que cuantos quisiesen ver y besar las hermosísimas ma- 
nos de la rcinaCenobia,se fuesen tras él. Hiciéronlo 
todos así, yendo siempre por el camino el Corregidor ha- 
blando con Suncho, y riendo mucho de las hoburíasque 
dcciu. Lloga'rou pues di lucson del Sol, y cnliaudo de- 



1 



76 



EL LICEXaAüO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



laiile don Quijote» Irájó de Rocinante, y llamando á Bár- 
bara por su nombre de inticUstma reina Genobia, salió 
luego ella de la cocina, donde estaba, con una capa vieja 
del bnésped por saya; porque, como arriba queda di- 
cho, habia quedado la pobre en el bosqtie en camisa , y 
faltábale el reparo que le habia hecho el manto del er- 
mitaño, y después el de la ropa vieja de la mujer del 
mesonero, que hasta alli la habia tniido. Apenas la vio 
donQoijote, cuando con grande mesura le dijo : Estos 
príncipes, soberana señora, quieren besar las manos á 
vuesa alteza. Y entrándose tras esto con Sancho en la 
caballeriza para hacer desensillar y dar de comer á Ro* 
cíñante, salió ella á la puerta del mesón con la Ogura si- 
guiente : descabellada, con la madeja medio castaña y 
medio cana, llena de liendres y algo corta ; por detras la 
capa del huésped, que dijimos, traía atada por la cintura 
en lugar del faldellin : era viejísima y llena de agu- 
jeros, y sobre todo tan corta, que descubría media pier- 
na y vara y media de pies llenos dé polvo, metidos en 
nnas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban razona- 
ble pedazo de uñas sus dedos ; las tetas, que descubria 
entre la sucia camisa y faldellín dicho, eran negras y ar- 
rugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos 
palmos; la cara trasudada y no poco sucia del polvo 
del camino y tizne de la cocina , de do salía ; y hermo- 
seaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchi- 
llada que se le atravesaba : en Dn , estaba tal , que solo 
podía agradar á un galeote de cuarenta años de buena 
boya. A|iénas hubo salido de la puerta, obligada de las 
voces de su bienhechor don Quijote, cuando, viendo en 
ella al Corregidor, caballeros y atguaciles que le acom- 
pañaban, quedó tan corrida, que se quiso volver á en- 
trar; mas detúvola el Corregidor diciéndole, disimu- 
lando cuanto podo la rísa que le causó el verla : ¿Sois 
vos acaso la íiermosa reina Cenobia , cuya singular her- 
mosura defíende el señor don Quijote el manchego? 
Porque si sois vos, él anda muy necio en esta demanda, 
pues con sola vuestra figura podéis defenderos, no digo 
dé todo el mundo, pero aun del infierno; que esa cara 
de réquiem y talle luciferino, con ese rasguño que le am- 
)difíca, y esa boca tan poco ocupada de dientes cuanto 
bastante para servir de postigo de muladar á cualquier 
honrada ciudad, y esas tetas carilargas, adornadas de 
las pocas y pobres galas que os cubren, descubren que 
más parecéis criada de Proserpina, reina del estigio la- 
go, que persona humana, cuanto monos reina. Turbada 
la triste Bárbara de oírle, y sospechando que la querría 
llevar á la cárcel , porque acaso había sabido el mal trato 
de heohiceni que, como abajo diremos, había usado en 
Alcalá, le respondió llorando : Yo, mi señor Corregidor, 
no soy reina ni princesa, como este loco de don Quijote 
me llama, sino una pobre mujer natural de Alcalá de 
Henares, llamada Bárbara, que siendo engañada por un 
esludíante, me sacó do mi casa, y á seis ó siete leguas 
de Sigúenza me dejó desnuda y desbalíjada como estoy, 
atada de pies y manos á un árbol, y me llevó cuanto te- 
nia. Quiso Dios que estando en tal conflicto, pasaron por 
junto de aquel pinar este don Quijote y el labrador que 
le sirve de escudero, y me desata ron, trayéndome consigo 
y prometiéndome volver á mi tierra. Como el Corregi- 
dor le oyó decir que era de Alcalá , llamó á un pajecillo 
suyo que detras del estaba, y dijo á Bárbara : ¿Veis aquí 
este muchacho que ha venido de allá no bá uu mes? El 



paje, mirándola bien, la conoció, y dijo : ¡Válate el dia- 
blo, Bárbara de la cuchillada 1 ¿y quién te ha traído á Si- 
gúenza ? Su amo le preguntó si la conocía, y él respon- 
dió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bo- 
degones de Alcalá, cou fama de harto espesa, y que habia 
dos meses que la habían puesto á la puerta de la iglesU 
de San Yuste en una escalera, con una coroza, por alca- 
hueta y hechicera; y que se decía por Alcalá sabia bra- 
vamente de revender doncellas destrozadas por enteras, 
mejor que Celestina. Como ella oyó lo que el paje decía, 
y vio que se reían todos, le respondió con ninclia cólera, 
diciendo : Por el siglo de mi madre, que miente el pi- 
caro desvergonzado ; que si me pusieron en la escalera, 
como dice, fué por envidia de unas bellacas vecinas qoe 
yo tenia; cuanto y más, que por hacer bien á ciertos 
amigos que me lo rogaron me vino todo ese mal. Ptiroá 
fe que no podrán decir de mí otra cosa , pues no esluvealli 
por ladrona, como otras que sacan á azotar cada dia por 
esas calles : por hacer bien, sea Dios alabado. Y com^im 
á llorar tras esto, al compás que los demás á reír. Salió 
luego don Quijote; y como la vio llorando deaquella rna-j 
ñera , la asió de la mano, dlciéndola : Non vos cuiledes, 
fermosisímaé poderosa reina Cenobia ; que asaz seria yo 
mal andante caballero sí non vos Qcicse tan bien ven- 
gada de las sandeces de aquel estudiante y de las alevo- 
sías que vos han fecho, que podáis decir sin reprock 
que si sois fermosa fembra,que también el caballero 
que desfizo tal tuerto es uno de los mejores del inundo. | 
Y volviéndose al Corregidor y á los que con él venían, 
les dijo : Soberanos príncipes, yo me parto mañana para 
la corte ; si por algún tiempo, como suele suceder, al- 
gún caballero tártaro ó rey tirano viniere á quereros 
perturbar la paz, cercando con su fuerte ejército esla 
vuestra imperial ciudad^ y llegare á teneros tan apreta- 
dos y puestos en tal extremo, que os víéredes compelí- 
dos, por la grandísima hambre y falla de bastioienlosea 
duro cerco, á comer los hombres, tos caballos, jumemos, 
perros y ratones, y las mujeres sus amados hijos, en- 
víadme á llamar do quiera que estuviere ; que os jiiroy 
prometo por el orden de caballería que recebí, de venir 
solo y armado como veis, y entrar por el campo del pa- 
gano, de noche, haciendo, en dos ó tres dellas,enél una 
espantosísima riza, pasando en la última deltas, á fuerza 
de mi brazo, por medio de todo el ejército del contrarío, 
y entrando, á pesar de sus centinelas, escaramuzas y ar- 
mas, en la ciudad, de la cual luego saldréis totlos coa 
mucha alegría, al sóu de una suave música, árecebinne, 
acompañados de muchas hachas, y estando las veiifan.ii 
llenas de luminarias y do asombrados serafines de mi 
valor, más hermosos todos que lastres bellas damas gus 
vio desnudas el venturoso París en el monte Ida, siendo 
imposible contener sus regaladas voces y dejar de de- 
cirme : ¡ Bien venga al valentísimo caballero I Y porqno 
no sé si será entonces mi apellido del Sol, ó de los Fue- 
gos, ó de la Ardiente Espada, ó del Escudo Encantado, oo 
aseguro el que me liarán; pero sin duda sé que al que me 
dieren añadirán : Bien venga el deseado de las damas, 
el Febo de la discreción, el norte de los galanes, el awlo 
de nuestros enemigos, el libertador de nuestra patríHi y 
finalmente, la fortaleza do nuestros muros. Tras locnal 
me llevará el Rey á su real casa, do regalándome él y sir- 
viéndome sus grandes, y sobre lodo, retneslándonie ii«- 
porlunamculc su hija, única eu sucesión y más en bel- 



DON QUUOTE DB LA MANCHA. 



77 



jjdypnKleiicia; dando ejemplo al mundo « y ¿ los 
caballeros andantes qne en él me sucedieren» de conti- 
iKincia, cortesía y fuerzas» emplearé las mías en atnn 
pcibrios nupciales deleites que toda la corte y la misma 
IfifoflU me ofrecerán, obligado de algún benévolo pla*- 
oeu qne para mayores y más grandiosas empresas me 
hmá, en gloria de tos dichosos coronistas» y más de 
mi grande amiga Alquífe, uno de los mayores sabios del 
nmixlo,que con ellos merecerá ep los siglos dorados 
qae están [H>r venir» historiar mis invencibles hechos. 
Salió en esto muy aprisa de la cocina Sancho diciendo : 
Veoga Yucsa merced» señor» pesia á cuantos historia* 
dores lian tenido todos los caballeros andantes desde 
Adán hasta el Antecristo (que mal siglo le dé Diosal muy 
hijo de pu(a);qneestarde»y dice el mesonero que tiene» 
para vnesa merced y la reina Cenobia» asada á las mil 
icaravillas con ajos y canela una hermosísima pierna 
(!e carnero; y si se tarda» temo no se vuelva en pierna 
de cabrón, según se va poniendo ya dura» de cansada de 
agoardamos. Fuéronse» en oyendo el recado» el €orre^ 
gidor y los que con él veuian , llenos de risa y asom- 
bro, dhós de oir los dislates del amo y simplicidades del 



escudero» y otros de ver el extraño género de locura 
del triste mancbego» efeto maldito de los nocivos y per- 
judiciales libros de fabulosas caballerías y aventuras» 
dignos ellos» sns autores, y aun sus letores, de que las 
repúblicas bien regidas igualmente los desterrasen do 
sus confines; pero de lo que más se fueron admirados» 
era de ver la facilidad que tenia don Quijote en hablar 
el lenguaje que antiguamente se hablaba en Castilla en 
loscéndidos siglos del conde Fernán González, Peranzú- 
les» GidRttiz-Diaz» y de los demás antiguos. Cenaron don 
Quijote» la reina Cenobia y Sancho con grande gusto» 
los dos por la buena cena y hambre con que llegaron á 
ella» y don Quijote por la vanagloria con que quedó do 
ver el aplauso con que á su parecer le luibian recebido 
los principes de aquella cindad ; y después de cena, lla- 
mando al mesonero» dijo le trajese allí un ropavejero» 
porque quería comprar luego un curioso vestido para la 
reina Cenobia ; y diciéndole el mesonero que era impo- 
sible hacerlo entonces» por ser ya muy tarde» pero qno 
en amaneciendo se levantaría y' le iría á buscar» se fue- 
ron á acostar cada ano en so aposento. 



AOÜI DA Pin LA SEXTA PARTB DEL IUGERIOSO UIDALGO DON QUIJOTE DE LA MAKCHA. 



SÉPTIMA PARTE DEL IKfiENIOSO HIDALGO 

DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



CAPITULO XXV. 

Df c¿ao al ttUr nuestro eaballero de Sigfleou eaeoiitré eoB dos 

«todiiDies, 7 de las graciosas cosas qae coo eUos pasaron basta 

Akalá. 

LccGo que hnbo amanecido, se fué el mesonero á 11a- 
loar, como don Quijote le babia mandado» un ropavejero^^ 
y trajo consigo el más bacendado del lugar» que vino 
cargado de dos ó tres vestidos de mujer» para que quien 
le mandaba llamar escogiese el que más le contentase. 
Llegados á casa» hallaron á don Quijote y á Sandio» que 
se acababan de levantar ; «y dando aviso el mesonero á 
so lioésped de como estaba alli quien traia las ropas de 
mojerqaele babia mandado buscar» salló á v^las; y 
salodándole cortésmeute, mandó salir4 la reina Cenobia 
para qué escogiese la que fuese más de su gusto ; y mi- 
Tindolas todas» á la postre» por mejor y de más gala» qne. 
éneo lo que don Quijote tenia más puesta la mira» esco- 
gieron una saya» jubón y ropa colorada , con gorbioncs 
grillos y verdes» y vivos de raso azul ; y dándole al 
daeoo por todo doce ducados, se lo mandó vestir allí en, 
SQ propria presencia á la señora Bárbara» ú la cual» como, 
^ Saacbo vestida toda de rojo» dijo» lleno de risa : Por 
^ademi amantisima mujer Mari-Gutierrez » que es 
sola mi consorte» por no permitir otra cosa nuestra ma* 
dre la Iglesia» señora reina Cenobia» que cuando la miro 
con tan bellaca cara, y en ella con ese rasguño mal igual, 



vestida por otra parte toda de colorado» me parece qne^ 
veo pintiparada una yegua vieja cuando la acaban de 
desollar para hacer de sn doro pellejo harneros y cribas. 
Fuese el ropavejero contento de la venta; y quedán- 
dolo el huésped también de laque hizo á don Quijote 
de una muía raaónable.que tenia de alquiler» en vemte 
yfeis ducados» en que determinó llevar con el mayor 
toldo que le fuese posible á la reina Cenobia hasta la 
corte» donde pensaba hacer maravillas defendiendo su 
rara belleza y hecmosnra en público palenque» almor- 
zaron esa mañanatodos con mucho contento» hechas las 
dichas compras; y habiéndose armado don Quijote» so 
salió de la posada» dejándola pagada» diciendo á Sancho 
Panza que se.viniese poco ápoeo con la Reina» culdanda 
solodesuxegaloy comodidad ;queél loslriaogoardando 
sin adelantarse demasiado. Albardó Sancho su meto 
y acomodó sobre él la maleta del dinero y hi demás ropa; 
y Uanuindo luego ¿ Bárbara » le dijo : Venga acá » seAora 
reina; que por vida de imestra madre Bvi» que puede 
ser vuesa majestad » aegun está de colorada » reina de 
cuantas amapolas hay» no solo en los trigos de mi logar^ 
pero aun en lo$de toda la Mancha. Y pNoniéndose íth 
¿s\o á gatas» eeiuosoUa» volvióla cabeza diciendo: Soba : 
¡subida la vea yo en la horca á ella» y á qoten acá nos 
trajo tan gentil carga de abadejo 1 Bárbara subió dicien- 
do : \ Oh SfUHÍ>o, qué gran beiteco orea ! Pqes calla; que 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELUNEDA. 



sí la fortuna nos llora con bien á Alcalá, yo te regalaré 
mejor que piensas. ¿Con qué me ha de regalar? replicó 
Sancho; porque sepa que si no hade ser con cosas do 
comer, y desas con abundancia^ no le darla un higo de 
oro tamaño como el puño por todo lo demás que me 
puede dar. Mal gusto tenéis, dijo Bárbara, Sancho mió, 
pues ponéis el vuestro en cosas más de brutos que de 
hombres. Lo con que yo, amigo, os regalaré, si llegamos 
á Alcalá con la salud que deseo, y paramos alli algunos 
dias, será con una mocita como un pino de oro, con que 
os divertais más de dos siestas ; que las tengo alli mu- 
chas y bouisimus, muy de manga ; y aun si vuestro amo 
quisiera otra y otras, se las daré á escoger como en bo- 
tica. Pues á fe, señora reiua Cenobia, dijo Sancho, que 
me holgaría mucho de que me endilgase alguna buena 
zagala ; pero ha de ser, si lo hace, hermosa y de linda 
pesuña, y amostachada, para que nadie me la aoje ni 
desencamine, dando que reír al diablo, que sadar á 
alguna partera, y que iiacerá algún vicario ó cura en 
cristianar algún fructns vetUris. Necio sois, dijo Bár- 
bara, en quererla amostacliada, pues no hay Barrabas 
que se llegue á mujer que lo sea : dejadme á mi la elec- 
ción ; que yo la buscaré de tan buena carne , que no sea 
más comer della que comer de una perdiz. ¡ Oxte, puto ! 
dijo Sancho ; eso no. Allá darás, sayo ; que no en mí rayo, 
como dicen los sabios ; que no soy yo de los negros de las 
Indias ni de los luteranos de Constantinopla, de quienes 
se dice que comen carne humana. No m^ faltaba otro 
para que, sabiéndolo la justicia, me castigara ; pues sin 
duda me echaran , áprobáfseme tal (Mito, tan á galeras 
como á las trescientas de Joan de Mena. A la que ambos 
iban en esto, emparejaron con don Quijote, que yendo 
aguardando, había encontrado con dos malicebitos estu* 
diantes que iban á Alcalá, con quienes había trabado 
plática, liablándoles en un latín macarrónico y lleno de 
solecismos, olvidado, con las negras leturas de stis libros 
de caballerías, del bueno y congruo que siendo mucha- 
dio había estudiado. Y si bien los compañeros estaban 
para reventar de risa, por ver los disparates qne decía , 
todavía no le osaban contradecir, temerosos del humor 
colérico que las armas con qae le veían armado pro- 
nosticaban debía gastar. Cuando llega Sancho á ellos y 
les vio hablar de aquella manera, dijo i su amo : Guár- 
dese vuesa merced , mi señor, deslos vestidos como tor- 
dos, porque son del linaie de aquellos del colegio de 
Zaragoza , que me odiaron más de seteciettios gargajos 
encima ; pero con su pan se lo coman ; que á fe que les 
coetó poco menos caro que kt vida; porque, como dicen, 
haz mal y no cates á quién, haz bien y goárdate. Al 
revea lo habías, necio, de decir, dijo don Quijote ; pero 
Veamos qué venganza tomaste dellos, y si será mejor 
que la que tomasto en la cárcel de SigAensa de losqne 
tan mal te pararon en ella. Moclio mejor es, replicó 
Sandio, aunque ¿ fe que aquella no foé mala; pero 
dgan esta otra ; que gust^ffén de mi ánimo. Érase que 
se era , que ñora buena sea..... Cuando don Quijote le 
comenzó á oir, te dijo riendo : Por Dios que eres simple 
de marca mayor, pues comienzas á fuer de conseja la 
narración de tu venganza. Razón tiene, por vida mío, 
dijo Sandio; y corrigiéndome, digo qoe^ como aquellos 
hideputas do estudiantes, progenitores sin dada deslos 
dos señores barbiponientes, me comenzaron á gargajear 
y á darme dé pescozones^ recebido aqael^roel gargajo 



con qne, como dije, un grandísimo bellaeo me tapó cs| 
pobre ojo, comencé á enhilar hacia la puerta ; |icro luqj 
otro demonio de aquellos, como me vio ir corriendo cd 
solo on 0)0, me puso el pié atraresado delante, con qa 
<lt un tan terrible tropezón, que vine á dar con é\ i 
manos fuera de la puerta ; aunque de todo cuanto teu^ 
dicho, me vengué muya mi gusto, poes alcanzandol 
caperuza que se roe había caído, latiré á otro que ^ 
estaba cerca de mí, con la cnal le di tin porrazo tald 
sn capa negra, que lo fuera no poco su ventura si i 
golpe que le di con eHa so lo diera con una cnlebría^ 
Diablo sois, señor Sancho, dijo uno de ios estudiantes! 
y si asi tratáis á los de mí hábito, aunque no fnéro 
aquellos cosa mía, como decís, no quiero con vos giterri 
sino mocha paz y serviros lo que nos durare este cai 
mino por mi y por mi compañero, que sé del ajiistiri 
sn gusto al mío en cosa tan justa. Seráto , dijo don QniJ 
jote, q«o vnesas mercedes nos hagan merced de contal 
y referir las curiosas enigmas de que* me venían dandi 
notida ; que lo serán siendo parto desos fecundos \n^ 
nios; que los que profesamos el orden de la caballería 
andantesca, movidos de fervorosos deseos, espoleados 
ellos de las prendas de alguna hermosísima dama, tam^ 
bien gustamos de cosas de poesía, y aun tenemos rolo 
en ellas, y nuestra punta nos cabe del furor divino; que 
dijo Horacio, est Deas in nobis. Tales cuales fueron los 
bonmiesauestroa, repUoód estudiante, serviréimBii 
vaesas mercedes con referirlas. Y será, dijo don Quijote, 
con no poca calíGcacion de sus prendas de vuesas mer- 
cedes el hacerlo on presencia de la gran reina Cenobia, 
que aquí asiste, pues su raro discurso bastará á ázr 
eterno valor á cuanto ella alabare, y harálo como dis- 
cretísima en las éosas de vnesas mercedes. Miraron en 
ésto á Bárbara los estudiantes con no poca risa suya y 
corrimiento della, que conoció el humor de los mosca* 
teles en his lisonjas y aplauso con que de fisga se le ofit. 
ciaron ambos ; tras lo cual dijo el uno : Con condición 
que declare Sancho con su eminente ingenio los síguieo- 
ies versos, Ta de enigma : 



MeUda en dura «adeaa 
Me tienen sin cnlpa alguna, 
Sujeta acaso y foitona , 
Colgada aln colpa y pena. 

La forma teago del viento , 
Annqae del soy maltratada : 
Muerta no soy estimada , 
Vivo y maero en na momento. 

Con asa* estoy de eontioo, 
Aas(¡Qe ea cansa de mi mnerte : 



Si caigo en Uem por suerte » 
Pierdo la fonna y me fino. 
Estoy baja y estoy alte « 
€ereana á Dios verdadero, 

Y ea comiendo lo postrero, 
Luego la vida me üilta. 

Soy resplandeciente y ebn, 
Alegro la viatt al hombre, 

Y el So de mi proprio WMbrü 
Se viene á acabar en for». 



Don Quijote se la hizo repetir otras dos veces, y la 
última le dijo : Por cierto, sefior estudiante, que U 
enigma es bonísima , y aun el serlo tanto debe do ser la 
cansa de que no d¿ alcance á su signf fícacion ; y &sí 
sopllco ¿ vuesa merced me la declare, porque en lle- 
gando 6 la noche en la posada, la pienso escribir ¡an 
encomendarla i la memoria. Sancho; que siempre habla. 
estedo callando y oyéndola con mucha atención , puesto 
el dedo en la frente mientras el estudiante la repetia, 
salid mny alegre diciendo : Ea , mi seilor don Quijote, 
fktoria , victoria ; que ya yo la s6. El estudiante le cííi«» 
luego : Bien lo sospechaba yo, señor Sancho, y hvüxi por 
imposible desde el principio que ella y su inleligenci* 
pudiese escaparse por los pies á un lan agudo juicio 



DON QUIJOTE DE U MANCHA. 



?• 



CMDO el do tneM merced ; y asi suplicóle se siria de 
Aedraos lo qoe sobre ella ha discorrído. Estovo Sancho 
pensativo an rato» y luego dijo : Ella es una de dos cossas, 
• es la inootaña ó el cerrojo. Dieron todos una grandísi- 
ma risada con el disparate de Sancho, el cual viendo 
eóflDo se reían de lo que acababa de decir, replicó : Pues 
li DO es niogona cosa de las que he dicho, díganos vuesa 
neiced lo que es, por su vida ; que mi señor y yo nos 
damos por vencidos. El estudiante respondió diciendo : 
Poes sepan, mis señores, que el sogeto de la enigma pro- 
puesta es la lámpara , la cual está molida entro cadenas 
sin colpa algona, de las cuales cuelga. Dicese deHa que 
\iene la forma del viento, porqne, como os verdad y se 
ve por experiencia* el vidriero la forja ¿ soplos. Tiene 
3^, la cual es cansa de so muerte, porqne en las lámpa- 
ras, si bien se echa fai mitad de agua, ella los apaga luego 
qne no está aoompañada de aceite. De que en cayendo 
to tierra se quiebra no liay que probaiio con más tes- 
tigos que hi experiencia. En lo que dije que ya está baja, 
va alta, es llano, pues mientras se dicen los oflcios dlvi* 
1M6 suele estar arriba , estando de noche abajo. También 
es verdad que está cercana á Dios verdadero, poes de 
erdiaario se pone delante del Santísimo Sacramento. 
También es llano que en comiendo lo postrero le falta 
Uvida, pues en acabándose el aceite, se muere, como 
>t be didio. Al mismo compás se ve en ella que es clara 
7 alegra al hombro, y que finalmente acaba so nombre 
en;isrs, que eso es lámpara. Por vida do quien me pa- 
rió, dijo Sancho, que lo ha desplanado riqufsimamente. 
lOb bi de pota, bellaco I el diablo lo podía acertar. Don 
Qoijoce le dijo que estaba bonísima, y rogó al otro man- 
cebo que dijese U suya, porque sospodiaba que no debía 
sérmenos aguda que lado su comtKulero, el cual sin 
hacerse de rogar comenzó á decir desta manera : 



KSICMA. 



To ten^ ée andar forina, 
Por ter, como loy, ligero : 
DteTfjanacl primero; 
Solo d toreo «o me estima. 

BeaiU formas y seftales. 
RHoBilo estoy sin cantones, 
CikroBisilftdiexmUlonps, 
1^ cutre eUoi animales. 

AiofBoal pobre y al rico, 
^ saardar costambre ú ley ; 



Sobre emperador y rey 

Me asíento.y soy grande y chico. 

Si liay eanienla excesiva , 
Me snele andar en las manos , 
Y me traen los cortesanos 
Con la merced noca arriba. 

Laego tomo i entronizarme, 
MSs haeeo qne vna bada , 
Annqne viento y eortesfa 
Bastan para derribarme. 



No la li abo bien acabado el cuerdo estudiante, cuando 
slió moy a^do Sancho diciendo : Señores, esa esgrima, 
ócomo la llaman, es muy chira, y desde la primera copla 
^ qne no podia ser otra cosa sino el tocino, porque dice : 
«solo el turco no me estima;» y el turco, es claro que ni 
locóme ni liacecasodello, porque asi se lo mandó el 
laocarron de Mahoma. Don Quijote rogó al estudiante 
qoe sin hacer caso de los dislates de su escudero, se la 
Mansa al punto; qne deseaba infinito entendella; y 
ui dijo : Voesas mercedes han de saber qne la propuesta 
c&igina es del 9ombrero ; y asi empieza diciendo que 
*ndi encima : verdad llana, poes se pone en las cabezas. 
^ <Q principio de oveja, por k> que de ordinario se 
^ de lana delh» : no le precia el turco , porque entre 
«líos no se asan sombreros, sino turbantes : dlcese tam* 
bien que es de muchas forinas y señales y sin cantones , 
?OTq«e, si bien ya se usan altos, ya bajos^ ya voleados, ya 
w«08, todos vienen á tener las alas redondas y sin es- 
qaiaas: cubre muchos millares, lo cual se verifica do 



los cabellos , entre los cuales se crian los piojos « como 
en bosque proprio de tales animales : siéntase sobre el 
rey y emperador, y á veces es de dos palmos de alto» 
como losde Francia, y otras chicos, como los de Saboya: 
tráenle los hombres en las manos cuando hace calor, y 
los cortesanos boca arriba cuando saludan con bcsama* 
nos; tras lo cual le vuelven á entronizar sobre sus cabo* 
zas, de do basta á derribarle el viento si viene recio, y 
la cortesía cuando se pasa por delante de quien se dcl)^ 
hacer. Agora digo, respondió Sancho, que es más bellaca 
de entenderse esta que la pasada ; pero apostemos, con 
todo, lo que quisieren, que si las tornan á decir las 
acierto de la primera vez. ¡ Miren el ignorante ! dijo 
don Quijote : desa manera cualquier hombre del mun- 
do, si se lo dicen untes, lo acertará. Pues ¿cuándo dijo 
Sancho cosa qne no se la dijesen antes? replicó Bárbara ; 
pero eso no es maravilla , pues nunca nadie acertó á 
decir lo que primero no lo haya aprendido y estudiado; 
y si no, díganme ¿quién hay que sepa nombrar cosa por 
so nombre, aunque sean las más comunes, ni aun el 
Pater nosier, qne es la cartilla de nuestra fe, si primero 
no se le dicen y repiten? Holgó infinito Sancho con el 
cuenlo abono que de su respuesta habla dado Bárbara ; 
y celebrándole todos por agudo , y él por soberano, con 
mil agradecimientos , dijo don Quijote : No se admiren 
vuesas mercedes de la agudeza de su majestad ; porque 
si los filos de mi espada fueran tan agudos como loa 
concaptos de en divino entendimiento , no estuviera su 
real persona sin la pacífica posesión de su reino y ama-' 
zonas, ni yo tuviera por conquistar el reino de Chipre, 
ni aun que ensuciar mis manos en el soberbio Bramidan 
de Tajayonque. Pero dejemos esto para hasta que me 
vea en la corte, poes son memorias que me provocan 
de suerte á cólera, que temo della no me haga hacer por 
las tierras que voy, más muertes que hizo Dios en el 
mundo con el dtlovio universal; y volviendo á nuestra 
apacible plática , suplico á vuesas mercedes se sirvan do 
darme por escrito las enigmas, si tienen sus copias. Y 
diciendo el uno que en la posada se la escribiría, por no 
traer en papel la soya, metió el otro mano á la faltri-- 
quera, y sacó della la de la lámpara , diciendo : Tomo 
vuesa merced hi mia ; que ya la tengo á ponto. Tomóla 
don Quijote con mudío conoedimiento ; y al dársela, so 
le cayó al estudiante otro papel de la mano ; y pregón^ 
táodole don Quijote qué era aquello, lo respondió que* 
unascoplillas qne acababa de hacer en su logará una 
doncella pariente suya , á quien quería mucho, la cual 
se llamaba Ana , por cuya causa las habla bocho con tal 
artificio, que todas ellas comenzaban en Ana. Don Qui^ 
jote le rogó con notable instancia se las leyese , segnro 
de que , siendo soyas , no podían dejar de ser curiosísi- 
mas; y el estudiante, con no pequeña vanagloria, pro^ 
príedad inseparable de los poetas, y rara atención do 
los circunstantes, las fué leyendo; y declan desta ma- 
nera, segon fl0lmente las lie sacado de la historía do 
nuestro ingenioso hidalgo, la cual traduzco, y en que 
80 refieren. 

eorus i SHA mvs puat^A aus. 



Ana, tmorme eantitd 
Con vos, enyo nombre tltne 
Oosaenonueuione» 
Qne es dos almas entre on no. 

A nadie dice In ene 
Qne améis, sino solo i af. 



AdTlrtiendo os oflrerf 
Lo mejor qne mi atma tiene. 
Aniiinite fné entra anbtot 
IlnsU-e por homicida , 
Cnal lo sois vos de mi vida , 
Ana, eoB monr los laMos. 



«0^ 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DB AVELLANEDA. 



Anadeas na aTecUla 
Qne nada con gran primor ; 
Yo, Ana, en el mar de amor 
Tras V06 nado, bella orilla. 

Anatevia es eo la Iglesia 
Quien de la fe está apartado; 
No yo, que con fe he amado 
En fos otra Diana Efesla. 
. AnasUsia faé la esposa 
De nn rey qne en el cielo reina, 

Y desta alma, Ana , sois reina 
Vos, qne en todo sois hermosa. 

Ananfa y ans consortes 
Cantaron dentro de vn homo ; 

Y vos, Ana, cnal bochorno. 
He abrasáis con esos nortes. 

Analogía se llama 
Lo qne dice proporción, 



Como «uestra perflcion , 
Qne la tiene con sn fama. 

Anabatistas profesan 
Ser dos veces bautjxados; 

Y yo doplicar evldados 
Profeso, Ana, ain que cesen. 

Anacoretas imito 
En lo que es llanto y silencio. 
Con qne, Ana, reverendo 
Ese valor infinito. 

Anales, cualquiera historia 
Son, qne algnn carioso escribe, 

Y cnal en anales vive, 

Ana , en mí vnestra memoria» 

A Ñamar dicen ser villa 
Rica, fuerte y de beldad; 
Has vos, Ana, sois ciudad 
Que enalquiera ha de servilla. 



Por cierto , dijo don Qutjoto cuando acabó de leer el 
estudiante las copias, que ellas son curiosas, y únicas á 
mi ver en su género : tras lo cual salió Sancho, como 
solia, diciendo : Señor estudiante, en mi conciencia le 
juro que son Tindisimas^ si bien me parece les fáltala 
Yída y muerte de Anas y Caifas, personas de quienes 
hacen copiosa memoria todos los cuatro santos etange* 
lios; y no fuera malo la hiciera vnesa merced también 
dellos, siquiera para lisonjear los muchos y honrados 
decendientes que aun tienen hoy en el mundo. Pero 
dejando esto aparte, ¿ no me haria placer de hacer otras 
que, como esas comienzan por Ana, comenzasen por 
Mari-Gutierrez,lacual, con perdón de Yuesas merce- 
des y á pesar mió, es mi mujer y lo seii mientras Dios 
quisiere? Pero advierta, si determina hacerlas, en que 
de ninguna manera la Uame reina, sino almiranta, por- 
que mi señor don Quijote no me parece que lleva talle de 
hacerme rey en su vida ; y asi de fuerza habré de parar, 
nal que me pese , en almirante ó adelantado cuando sn 
merced gane alguna ínsula ó península délas queme ha 
prometido ; y á fe q ue si como él y yo henos dado por lo 
secular, diéramos por lo eclesiástico, que quedáramos 
bien medrados desde que andamos en busca de aven- 
turas, pues nos han hecho á los dos más cardenales y 
más colorados que hay en Roma ni en Santiago de Gali* 
cia ; mas en fin , bien dicen que quien más no deja, mo- 
rir se puede. Coa este buen entretenimiento llegaron á 
b noche á la posada, yendo siempre con ellos los dos 
estudiantes, por lo poco que don Quijote caminaba, 
qoe no era más que cuatro ó cinco leguas cada dia ; ni 
aun Rocinante podia hacer mayor jomada; que no le 
daban lugar para ello la flaqueza y anos que tenia á cues- 
tes. De suerte que caminaron tres dias. sin sucederles 
cosa de consideración ; aunque en todos los lugares eran 
bien notados y reidos, particularmente en Hita, por las 
cosas que don Quijote hacia con la reina Cenobia, la 
cnal no era poco conocida de toda aquella tierra, ni 
menos de los estudiantes, que cada dia decían á don 
Quijote sus virtudes ; si bien era imposible persuadirle 
cosa en contrario de lo que della tenia aprcÁiendidosU' 
quimérica, y lopa fantasía. 

CAPITULO XXVI. 
De las gneíosas cosas qne pasaron entre dea Quijote y onteom- 

paftia de representantes, con quien se encontré en sai venta 

e^r» de Aiealá. 

Caminando don Quijote y su compafifa (I) con los 

(1) En la primera edición se lee : CmiUnmáo da» Quijote en n 
€cmp$ñí9 J 00» 4o9 t9MiM$e9 que atriH di/étm» 



dos estudiantes qne arriba dijimos, sncedlóqne llegando 
á poco más de dos leguas de Alcalá, se les hizo á Sancho 
y ¿ su amo terde para poder entrar en ella de dia , como 
deseaban ; y con la pesadumbre que esto le daba, dijo 
don Quijote á los estudiantes si habia algnn lugar antes 
de Alcalá, donde pudiesen hacer noche; y respondiendo 
ellos que no, quizá deseosos de qne se quedasen en el 
campo ó desacomodados, añadieron que solo á un cuar- 
to de legua de allí liabia una venta, donde podrían pasar 
razonablemente la noche. Apenas oyó Sancho el nom- 
bre de vente, cuando se dio á todos los diablos, y dijo : 
Por las entrañas de la ballena de lonas, roí señor don 
Quijote, le suplico que no vamos allá por ningún caso, 
pues las qne estos señores llaman ventas, son ios casti- 
llos encantados que vnesa merced dice, y adonde nos 
han aporreado invisiblemente los fugantes, duendes, 
fiíntesmas, jayanes, estentignas ó folletos, ó cómelos 
llaman á los que nos han dado millares de veces tanto 
qne llorar y curar, cuanto saben mis escúdenles hue- 
sos ; que los de vuesa merced han siempre mejor librado 
con el remedio de aquel precioso bálsamo, coya eflca- 
cia solo ha faltedo para mí, que no soy armado caballe- 
ro. No hizo caso don Quijote de los miedos y conjuros 
de sn escudero, sino que animoso dijo : Venga lo que 
viniere ; que para todo estemos dispuestos los caballeros 
andantes; y así vamos allá en nombre de Dios. Afiénas 
hubieron andado treinte pasos , cuando descubrieron la 
vente; y á la que llegaban ¿ tiro de aroabux delki , ha- 
biendo hecho don Quijote baste allí reflexión de lo que 
Sancho le habia dicho, le dijo : Agora me acabo de 
acordar, Sancho mió, de los grandes trabajos, infortu- 
nios, desasosiegos, trances, peligros y desastres qoe 
agora un año pasamos en los castillos semejantes á 
este que vemos, do nos alejamos, á cansa de esteren 
ellos secretemente escondido aquel sabio encantedor 
mi contrario, el cual siempre ha procurado y procura 
hacerme todo el mal que ha podido y puede con sus 
malas y perversas artes; y lo peor es que tengo agora 
por sin duda que ha venido de nuevo á este castillo pa- 
ra hacerme en él algún grave daño, como acostu inbra ; 
aunque al cabo no han de poder más sus artes que el 
valor de mi persona. Lo qne se puede y debe pues liacer 
para obviar este gran peligro, es que tú y mi señon la 
reina y estos dos señores estudiantes os vengáis en pos 
de mí como en retaguardia, poco á poco ; que yo quiero 
ir adelante, si es verdad, para ver todo lo que he sos- 
pechado. Siaucho le replicó, diciendo ; Si vuesa merced 
mecreyera al principio, no nos meteríamos en estas 
trabacuentes, y ¡plegué á Dios no lo lloremos todos! 
Pero vaya delante, como dipe vuesa merced, en hora 
buena ; que acá nos iremos tan detras del como podre- 
mos, si bien no tentó como qnerriamos. Adelantóse 
luego don Quijote nn poco; y como viese cerca déla 
vente siete ó oclio personas vestidas de diferente mez- 
cla, volvió luego turbado las riendas ¿ Rocinante, y lle- 
gándose á los de su compañía, les dijo : Todo el mundo, 
señores, calle, y ojo á la puer.te del castillo y á los vesti- 
glos que en ella hay. Miraron todos liácia allá; y como 
los que en la vente esteban vieron venir un hombre 
armado de aquella soerte, y con grande adarga, cosa 
por allí poco usada, y que ya se adelanteba , y ya volvía 
atrás á hablar con una mujer vestida de colorado, salie- 
ron i ver maravillados la novedad fuera de la vente, no 



DO^ QUUOTE DB LA HANCHA* 

¿tndo pocos los miradores, pues eran los de una com- 
ptok grave de comediantes, de los nombrados en Casti- 
lla, los cuales con sa autor se habían determinado que- 
fir allí aquella tarde á hacer algunos ensayos de come- 
dias, para entrar con ellas esotro día con buen pié en 
Ablá, teatro de consideración y cuenta , por los agu- 
dos y extremados ingenios que á toda España le dan 
lastre. Pues como don Quijote los viese puestos en hile- 
ra y en su mira, y entre ellos su autor, liouibre moreno 
j alto de cuerpo, que estaba delante de todos , teniendo 
en la mano una varilla y en la otra una comedia, que 
iba leyendo, comenzó á decir : Agora echo de ver, ami- 
go Sancho, las grandísimas mercedes que cada dia re- 
di» de la sabia Urganda , mi benévola y Gdelisima pro- 
tectora, pues hoy me lo ha dado claramente á entender; 
que en esta fortaleza está aquel perverso encantador 
Frston, mi contrario, aguardándome con alguna es- 
tratagema ó engaiío, con soberbio talante (1), entre du- 
ras cadenas, en su obscura mazmorra; pero ya que voy 
del caso bien advertido, me determino á acabar de una 
Teiconé!, si puedo, para que de aquí adelante pueda 
andarinas seguro y libre por todas las partes del mundo 
qaeciminare. Y porque creas, Sancho, y vos, poderosi- 
sima reina, y vosotros, virtuosisimos mancebos, quedigo 
\«n\ad, ;no veis entre aquellos soldados que en la 
puerta del castillo están haciendo centinela, un hombre 
alloy moreno de cara, con una varilla en la mano dere- 
clia y en la izquierda un libro? Pues aquel es mi mortal 
enemigo, el cual ha venido á estorbarme la batalla que 
con el rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, tenia 
apMa, con Gu de irse luego por el mundo baldonán- 
dome, y publicando de mi que no me atreví de puro 
cobarde á llegar á la corte á verme con él , donde me 
aguardaba para la pelea ; y si tal me estorbase con sus 
encantamientos, lo sentina á par de muerte : por tanto, 
yo roe determino de ir y ver si de alguna manera puedo 
quitar del mundo á quien tantos males y danos ha causa- 
do y causa en él. Los estudiantes, maravillados de los 
disparates de don Quijote, se le llegaron, quitados los 
»)mbreros, y el uno le dijo ; Mire vuesa merced , señor 
donQuijole, si es servido, en lo que dice y piensa ha- 
cer, que nosotros sabemos muy bien que esto es venta, 
joofortileza ni castillo, ni hay la guarda en ella de sol- 
dados que vuesa merced piensa; y la gente que está en 
sn puerta es bien conocida en Espaiía, que son come- 
diantes; y el que vuesa merced llama encantador, es su 
aotiir Fulano, y el otro del ferreruelo caido sobre el 
bofobro, Zutano : — y así fué nombrando casi todos por 
sos nombres, por conocerlos bien. De lo cual enojado 
don Quijote, replicó : Eso es lo que yo digo, á pesar de 
lodos los qae contradecirme quisieren; yotravezafir- 
0)0 que aquel grande es el dicho encantador mi contra- 
dique con aquella vara que tiene en la una mano, 
We los cercos, Oguras y caracteres en invocación de 
iosdenionios, y con aquel libro que tiene en la otra los 
^tijura, oprime y atrae á cuanto quiere, mal que les 
Pfs^'.ypara que veáis claramente ser verdad lo que 
ííípo, andad vosotros delante, y decidle cómo sois pajes 
íicl Caballero Desamorado que aquí viene, y veréis lo 



8t 



tl^ f^ru ftlgo pan el senUdo, porqoe el tal Freston se haUaba, 
M ntre cadenas, sino Ubre á la pneru del castillo ó venta. Qaiiá 

« Bianusf rilo diría co* fue sepultarme 6 con fin de sujetarme , con 
«»« <íe rtcerronw, ó cosa parecida , en logar de con ioberbio 
ktau. 



qne pasa. Ofreciéronse ellos á ir allá de muy buena ga* 
na; y llegados que fueron, contaron al autor y á su com- 
paiiía todo lo que don Quijote era, y lo que había hecho 
y dicho por el camino y en Sigüenza, y cómo llamaba 
reina Cenobia á Bárbara, la bodegonera de la cuchillada 
de Alcalá, bien conocida de todos, con quien se había 
encontrado en el viaje : de lo cual rieron el autor y stis 
compañeros bravamente, holgándose infinito de queso 
les ofreciese ocasión en que pasar el tiempo aquella no- 
che. A la que estaban en esto, fué don Quijote acercán- 
dose poco á poco á la venta, y viéndolo Sancho, bajó lue- 
go de su rucio para ver en qué paraba aquello que su 
amo iba á emprender: también Bárbara le rogó la bajas» 
de la muía, pues estaba tan cerca de la venta ; el cual lo 
hizo tomándola en brazos; y como para hacello fuese 
forzoso juntar él su cara con la de Bárbara , ella le dijo : 
I Ay, Sancho, y qué duras y ásperas tienes las barbas! 
Mal haya yo si no parecen cerdas de zapatero. | Jesús 
mío, y qué trabajos tendrá la mujer qne durmiere con- 
tigo, todas las veces que la besares 1 ¿ Pues para qué dia- 
blos, dijo Sancho, la tengo de besar? Béselas la madre 
que las hizo, ó Barrabas, que no tiene mocos; que para 
lo deste mundo yo no beso á nadie, si no es á la hogaza 
cnando la cojo por la mañana, ó á la bota cualquiera 
hora del dia. £a, replicó Bárbara , no se nos haga bobo, 
hermano; que á fe no le saben mal las mujeres; y si 
me cogiese esta noche en la cama en que tengo de dor- 
mir sola, viniéndose á ella quedito, y se me metiese en- 
tre las sábanas sin que persona lo sintiese, ¡mal año y 
qué tal me pararía ! De una sola cosa me pesaría en tal 
caso, y es que no osarla dar voces por temor de don 
Quijote y los huéspedes; que más vale mal pasar que . 
gritar; y cuando algo hiciésemos, en fin estaríamos á 
escuras y nadie lo había de saber; que en fin , claro está 
que yo por mi vergüenza, y vos por ser hombre honrado, 
lo habíamos de callar. Sancho, que no entendió la mú- 
sica de Bárbara, dijo : A fe que tiene razón ; que cuando 
no dan voces y estamos á escuras, duermo yo muy me- 
jor y más á pierna tendida, y de suerte que no me recor- 
darán con un millón de campanas destempladas. ¡Ay, 
amarga de mi, respondió Bárbara, y qué lerdo que 
eresl Menester es llevarte por el camino de los carros : 
dame la mano, ladrón mío, que estoy entumecida y no 
me puedo tener en pies. Diósela Sancho, diciéndole: 
Tómela con todos los diablos, y vayase poco á poco en 
eso de ladrón ; que sepa que no sufro burlas ; y podríalo 
oír tal vez algún escriba ó fariseo de los muchos y mali- 
ciosos que hay en el mundo, y acnsándome dello á la 
justicia, hacerme dar docientos azotes. Volvieron en 
esto la cabeza, porque vieron hablar en alta voz á don 
Quijote, el cual llegándose bien cerca de la venta, pues- 
to el cuento del lanzon en tierra, comenzó á decir á los 
que estaban en su puerta desta manera : ¡ Oh sabio en- 
cantador, tú, quienquiera que seas, que desde el dia do 
mi nacimiento hasta la hora en que estoy siempre has 
sido mí contrario, favoreciendo, como pagano que eres, 
á aquel ó aquellos caballeros que sabes que yo traigo 
acosados con mi fuerte brazo, quitándoles la opinión 
qne por el mundo tienen, alzándome con la fama dellos, 
siendo pregoneros de mis hechos y de su cobardía la 
misma que lo fué de los Alejandros, Césares, Aníbales 
y Scipíones antiguos 1 dimc, perverso y luciferíno ni- 
grpoiániico; ¿por qué haces tantos y tan grandes males 



81 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



en el orbe « contra toda ley natural y divina « saliendo 
por los anchos caminos y sus forzosas encracijadás^ 
acompañado de los descomunales jayanes que en esta tu 
fortaleza se fortifican , prendiendo^ robando y maltra- 
tando á los amantes caballeros que poco pueden, y for- 
zando á las fembras de alta guisa y dueñas de honor, 
que acompañadas de astutos enanos y diligentes escu- 
deros, van por los caminos reales con algunas cartas de 
confidencia y joyas y preseas de estima , buscando á los 
caballeros á quien sus señoras tiernamente aman ; y no 
solo no te avergüenzas de hacer lo que digo, pero como 
inhumano y tirano cruel las roetes en este castillo, y no 
para regalarlas y, darles buen acogimiento, sino para 
inetellas en crueles y obscuras mazmorrasconotrasmu- 
chas princesas, caballeros, pajes, escuderos, carrozas y 
caballos que en él tienes? Por tanto ¡oh sangriento, fie- 
ro é indómito gigante! sácame luego aquí sin réplica nin- 
guna toda la gente que digo, volviéndoles á cada nno 
la oprimida libertad y cuantos tesoros con ella les has 
robado, y jura prostrado en tierra, en manos de la fer- 
mosa y sin par gran reina Cenobia, que conmigo viene, 
de enmendar la mala vida pasada, y de favorecer de aquí 
adelante á dueñas y doncellas, y de desfacer juntamente 
los tuertos de la gente menesterosa; que con estoy con 
ciarte á merced, te dejaré por agora con la vida que tan 
justamente muchos afios há te habla de haber quita- 
do ; y si no lo quieres hacer, salgan luego á batalla con- 
migo todos los que en esa tu fortaleza tienes, á piéó 
á caballa y con el género do armas que quisieren, to- 
dos junios, como es costumbre de la gente pagana y 
bárbara, tal cual vosotros sois. Y no pienses que porque 
estás con ese libro y vara en las manos, cual encantador 
y supersticioso mago, que por más que lo seas, han de 
valer tus hechizos contra los filos de mi espada ; porque 
conmigo traigo invisiblemente al sabio Alquife, mi co- 
ronista y defensor en todos mis trabajos, y á la sabia Ur- 
ganda la desconocida, con cuya sciencia comparada la 
tuya, es ignorancia. Salid, salid presto, presto. Ycon esto 
comenzó á revolver el caballo por acá y acullá, haciendo 
gambetas, de lo cual reían mucho ios comediantes, á los 
cuales, como Sancho viese reir de tan buena gana, tras 
haberles dicho su amo las razones, á su parecer, tan 
dignas de amedrentarlos, les dijo en alta voz : Ea, sober- 
bios y descomunales representantes , oprímidores de 
las vergonzosas infantas que están alii detras de voso- 
tros haciendo humildes oraciones á tos cielos para que 
las libren do vuestra tiránica representante vida, aca- 
bemos ya ; y si os habéis de dar por vencidos á mi señor 
don Quijote de la Mancha, sea luego ; porque queremos 
entrar en la venta yo y la señora reina de Segovia ; que 
á fe que tenemos muy bien picados los molinos ; y si no, 
aparejaos para enviarnos aquí algunos cuartales de pan, 
en cuya destroza nos ocupemos su majestad y yo, mien- 
tras mi señor la hace en vosotros en esta vecina guer- 
reacion : ¡ asi guerreado le vea yo en casa de todos los 
griegos de Galicia ! Los representantes estaban tan ma- 
ravillados, que no sabían qué responder á los disparates 
del uno y simplicidades del otro; mas el autor, con cua- 
tro ó cinco de los compañeros, se salió de la venta, y lle- 
gándose donde estaba don Quijote, le dijo : Señor caba- 
llero andante, estos señores estudiantes nos han infor- 
mado del gran valor, virtud y fuerzas de vuesa merced, 
las cuales son tales, que bastan á sujetar, no solamente 



esta fortaleza ó castillo, donde há más de sietecíento^ 
años que yo hago mí habitación, sino al más fiero y bravci 
gigante que en toda la gigantea nación se halla : po^ 
tanto, yo y todos estos príncipes y caballeros que con^ 
migo están, nos damos por vencidos, y rendimos vasa^ 
lliije á vuesa merced, suplicándole se apee de ese berj 
moso caballo y deje la adarga y lanza, quitándose e^i 
ricas armas para que sin su embarazo pueda vues^ 
merced recibir el debido servicio que estos sus criador 
le desean hacer; y viva seguro de que, aunque soy p.H 
gano, como mi morena cara y membrudo talle muestraj 
todavía solo tengo librados mis encantamientos para liai 
cer mal á quien yo me sé. Venga vuesa merced , entre j 
y cenará con nosotros, y verá cómo se huelga de haber^ 
nos conocido; y entre segura también la señora rem 
Cenobia, alias Bárbara; que gustaremos todos saber de- 
Ha cuál de las yerbas le da más fastidio de nociie, ia 
ruda ó la verbena que se coge la mañana de san Juan. 
¡Oh falso hechicero! respondió don Quijote. ¿Af^m 
piensas con tus falaces y halagüeñas palabras engañar- 
me, para que, entrando dentro de tu castillo fiado delfós, 
caiga en la trampa que á la entrada de su puerta me tie- 
nes armada, deseoso de hacer luego de tní á tu sabor? 
No me engañarás; que ya te conozco desde que enZii- 
ragoza me encerraste con esposas en las manos y lui 
grande tronco en los pies, en aquel duro cnlabo/aqtiü 
tú sabes, del cual me sacó el valeroso granadino don Al- 
varo Tarfe. Sancho, que había estado escuchándolo que 
pasaba, se puso al lado de don Quijote diciendo, mirando 
de hito á hito al autor : ¡Oh hi de puta, paganazo! 
¿piensa que aquí no le entendemos? A otro hueso con 
ese perro; que aquí todos somos cristianos, por la gra- 
cia de Dios, de pies á cabeza, y sabemos que tres y cua- 
tro son nueve; que no somos bobos porque nos habe- 
rnos criado en el Argamesilla , junto al Toboso ; y si no 
quiere creernos, métanos el puño en la boca, y verá sí 
le mamamos. Dése por vencido, digo, él y todos esos 
luteranos que le rodean, si no quiere que se nos suba el 
humo á las narices : echemos pelillos en la mar, y con 
esto tan amigos oomo de antes. Don Quijote le dijo co- 
lérico, dando de espuelas á Rocinante : Quítate, Sancho, 
no hagas paces con gente infiel y pagana ; porque los 
que somos cristianos no podemos hacer con estos nris 
que treguas, cuando mucho. Pues, señor, dijo Sandio 
poniéndose delante de Rocinante, si ello es verdad que 
vuesa merced es tan cristiano como yo (que eso Dios 
lo sabe), que sé que lo soy desde el vientre de mi madre, 
pues desde él creo bien y verdaderamente en Jesucni- 
Co y en cuanto él manda, y en las santas iglesias de \\o- 
ma, y en I odas sus calles, plazas, campanarios y corra- 
les, á pié juntillas, hagamos esas treguas que dice; que 
parece que es un poco tarde, y las tripas me andan ya 
espoleando el vientre de hambre. Quítate de delante do 
mis ojos, pécora, dijo don Quijote ; quítate digo. Y en 
esto, bajando la lanza, dio un apretón á Rocinante hki^ 
el autor, el cual le dejó venir, y hurtándole el cuerpo, I0 
asió de la ñeoda del racin, que al punto estuvo quedo 
como si fuera de piedra : acudieron al pnnto los demás 
compañeros, y uno le quitó la lanza, otro la adarga, y 
otro asiéndole del pié , le volcó por U otra parte ; tras lo 
cual acudieron también tres ó cuatro mozos de los que 
llaman metemuertos y sacasillas, que, agarnlndole t(^ 
unos por los pies y los otros por los brazos, le llevaron á 



DON QUIOTE DE LA MANCHA. 



&3 



kMta mal de so grado, donde le ta vieron buen rato 
edodo 6D el saelo, sin que se padtese levtnttr. Las co- 
sas qoe el triste Caballero Desamorado hizo y dijo vién- 
dose de aquella saerte, colijanlas loe curiosos, de sa 
condición y braveza, pues ya la terniD penetnida de las 
primeras partes de su historia; que no se atreve el his- 
toriadordesta, por ser tan extraordinarias y dignas de 
ekgaDÜsíroas exageraciones, á referirlas. Lo qoe sé de* 
dresqoe el autor mandó arlos mozos le tuvieiien de ia 
suerte que estaba , sin soltarle de ninguna manera basta 
qoe él volviese ; y tras esto salió con algunos compañe- 
ros eo busca de Sancho, á quien iialló abrasado con Bar- 
bin, mesándose las espesas barbas, llorando amarga- 
De&te por ver lo qoe su amo padecía; al cual dijo: 
AJMfi, don bellaco, roe pagaréis lo de antaño y lo de 
bogtDO : levantaos; que no hay para mí lágrimas ni rue- 
gos; porque pienso luego á la hora, en llegando con vos 
al castillo, desollaros muy bien, y cenarme en esta noche 
nuestros higadillos, y mañana asar todo lo deroas de 
vuestro cuerpo y comérmelo ; que no me sustento yo de 
oua oosa que de carnes de hombres. Sancho, que oyó 
aqoella cruelísima sentencia, luego se hincó de rodillas, 
T cruzando bis manos debajo de la caperuza, comenzó á 
deciT\e.'|Oh señor pagano, el más honrado que hay en 
lodasUspaganerias ! por las llagasdelseñorsan Lázaro, 
qoe santa gloria haya, le ruego que tenga misericordia 
de mi; y si es servido, antes que me coma, mande vuesa 
merced dejarme ir á despedirme de Mari-Gutierrez, 
mi mujer, que es colérica, y si sabe que vuesa merced 
me ha comido sin que yo me haya despedido della, me 
tema por an grandísimo descuidado, y no podré después 
Teríe una buena cara : basta, que le prometo bien y ver- 
dadeíamcnte de volver aquí para el dia en que vuesa 
merced mandare; y plegué á Dios, si faltare^queesta car- 
peniia roe fake á la hora de mi muerte, que es cuando 
másU habré menester. Amigo, respondió el autor, no 
bay remedio de ese negocio;*-y levantando la voz dijo : 
¡Hola! 4a quién digo? Criados, traadme luego aquí 
aqael asador de tres púas en que suelo espetar tos hom- 
W enteros, y asadme al punto á este labrador. El pobre 
Swbo, que tal oyó decir, volvió la cabeza y vio á Bar- 
ban que estaba hablando con uno de los repi^esentantes, 
Ueoade risa, y díjola con increíble dolor de su ánima : 
íAj,seuora reina Segovhi! ¡Compasión del pobre de 
Sanclio, su leal lacayo y servidor, y mire la tribulación 
en que está puesto! Y pues es tan impotente, niegue á 
ese señor moro qoe me eche á aquellas partes en que 
mis de mí se sirva; solo no me mate. Entonces llegó 
BiHara diciendo : Suplico á vuesa merced, poderosa 
simo seuor alcaide y noble castellano deste alcázar, re- 
nila por amor de mi esta vez á Sancho vida y miem- 
bros; que ledebo buenos servicios, ysalgo por Qadora de 
su enmienda, obligando, si no lo hiciere, todos sus bie- 
nes moeblesy raices , habidos y por haber, al castigo que 
<vdeQare vuesa merced darle. Respondióle el autor con 
gran boato y Cogida cóten : Vuesa merced, señora reina 
de ía calle de los Bodegones de Alcalá, me perdone ; que 
de ninguna manera puedo dejar de acabar con este vi- 
llano, á ya no es que, volviéndose moro, siguiese el al* 
mn de nuestro Mahoma. Digo> respondió Sancho, se- 
iior torco, que creo en cuantos Mahomas hay de levante 
i pomeate, y en su alcoran, de la suerte y como vuesa 
fli^rced lo manda^y como lo permite y consiente nuestra 



madre la Iglesia , por quien daré la viday ám'maycuanto 
puedo decir Fueses menester, dijo el autor, que con un 
cuchillo muy agudo os cortemos un poco del pluscuam- 
perfecto. Respondió Sancho : ¿Qué plúscuam, señor, es 
ese que dice ? que yo no entiendo esas algarabías. Digo, 
replicó el autor, que para que seáis buen turco, es me* 
nester primero, con un cuchillo bien adiado, retajnros. 
¡ Ah señor! Por las tenazas de Mcomémos, dijo Sancho, 
que vuesa merced no roe corte nada de ahí, porque lo 
tiene tan bien contado y medido mi mujer Mari-Gutier- 
fez, que por momentos lo reconoce y pide cuenta de- 
lio, y por poco que le faltase, lo echarla luego menos , y 
ser» tocarle en las niñas de los ojos, y me diria que soy 
un perdulario y desperdiciador de los bienes de natura- 
leza ; y si á vuesa merced le parece, eso que me ha de 
cortar, no sea de ahí ; porque , como digo, bien eciía de 
ver que es menester todo encasa, y algunas veces aim 
falta; sino córtenmenlo de esta caperuza ; que, aunque 
es verdad que hará falta en ella, todavía mejor se podrá 
remediar que esotro. Volvió en esto (i) la cabeza hacia 
atrás por no poder disimular la risa que le causó la sim- 
pltcidad de Sancho; y disimulando cuanto pudo, te dijo 
al cabo de rato : Levantaos, señor moro nuevo, dad acá 
la mano, y mirad qne de aquí adekmte habéis de hablar 
algarabía como yo; qne presto subiréis á [arráez, alfa- 
qul y á gran bajan. Par diez, señor, dijo Sancho, que 
aunque me hagan rebadan, querría más llegar primero 
á mi lugar á dar cuenta de mi á dos bueyes que tengo eu 
casa, seisovejas, dos cabras, ocho gallinas y un porquete, 
y á despedirme de Mari-Gotierrez en lengua moruna, y 
á decirle como me he vuelto ya turco ; que quizás ella 
también se querrá tomar turca ; pero hallo un inoonve* 
niente en si lo quisiere hacer, y es que no sé de adonde 
la podremos retajar, porque no tiene debajo del cielo de 
adonde. Respondió el autor diciendo : Eso no importa 
nada, porque ya la cortaremos el dedo pulgar de la mano 
derecha, y esto bastará. A fe, dijo Sancho, qne lia dicho 
muy bien, porque ese dedo no le hará á ella la falta que 
roe hará á mí lo que me quiere cortar; que en efeto es 
muy mala hilandera ; mascón todo he pensado de do será 
mejor circuncidarla , porque no le quite el dedo que 
dice; que todavía es bueno tenga cincodedosen la mano, 
como Dios manda en las obras de misericordia. ¿De 
dónde pues, preguntó elantor> la circuncidaremos? De 
la lengua , respondió Sancho, porque la tiene más larga 
que la del gif;anteGolías, y es la mayor parlera y re- 
postona que hay en todas las parlerías y tierras de pa- 
pagayos. Con esto se volvieron á la puerta dé la venta, 
adonde tenian al buen hidalgo don Quijote los mozos del 
hato, sentado en una silla, desarmado y asido de suerte, 
que no le dejaban menear; y viéndote el autor, dijoú 
Sancho : Hermano, ya veis cómo está vuestro amo; es 
menester que le digáis como ya sois moro, y le persua- 
dáis á que también él lo sea si quiere librarse de la tri- 
bulación en que está puesto, porque, si no, dentro de 
dos horas nos le comeremos asado en el asador en qnh 
pensábamos asaros á vos.— Déjeme vuesa merced á mí, 
dijo; que yo le haré tornar moro por la posta. Púsose 
delante de don Quijote el autor diciéndole : ¿Qué es, ca- 
ballero? ¿CótAo va? Al fin habéis venido á parar en mis 
manos, de donde primero que salgáis, habéis de tener 
las barbas tan largas, que os arrastren por el suelo, y las 
(l)Elaaior. 



84 



EL LICENCIADO ALONSO FQINANDBZ DE AVELLANEDA. 



uoas de pies y manos tan grandes como unos colmillos 
de elefante ; tras que os veréis comido de ratones^ la- 
gartos, chinches, piojos, pulgas» moscas, mosquitos, tá- 
banos y otras asquerosas sabandijas; y maniatado con 
una gruesísima cadena en una lóbrega cárcel , con otros 
de vuestro jaes, que allí están con grillos á los pies y 
esposasen las manos hasta que acaben sus tristes y des- 
venturadas vidas. Don Quijote le respondió diciendo : 
; No pienses ¡ oh sabio contrarío miol que tus locas y va* 
' ñas palabras y perjudiciales obras han de ser bastantes ¿ 
hacerme quebrar un punto lo que debo guardar como 
verdadero caballero andante, ni amedrentarme en el de- 
bido sufrímiento á los vecinos trabajos y tribulaciones 
que roe amenazan, pues estoy cierto que por discurso 
de tiempo, y al cabo, cuando mucho, de síetecientos 
9ñQS he de quedar libre deste tu cruel encantamiento, 
en que contra toda ley y razón , por solo tu gusto, me 
tienes puesto; y no desespero ¡ oh inimmano encanta* 
dor! de que antes del dicho plazo algún príncipe griego 
novel me saque de aquí , pues uno habii que saldrá de 
Constantinopla de noche, sin despedirse de nadie de la 
corte y sin que lo sepan sus padres, espoleado de su ho- 
nor, y alentado con el consejo de un grande y sapientí- 
simo mago, amigo suyo; y después de haber pasado 
grandísimos trabajos y peligros, y haber ganado mucha 
bonra por todos los reinos y provincias del universo, 
llegará aquí á este fortísimo castillo, y matando los fie- 
ros gigantes que por prevención tuya su entrada defien* 
dan como guardas della y de la puente levadiza que le 
fortifica, matará también á los dos rapantes grifos, in- 
humanos porteros de su primera puerta; y entrando en 
d primer palio, y no sintiendo rumor ni viendo persona 
que se le oponga, se sentará, de cansado, en el suelo un 
rato, y luego oirá una furiosa voz que, sin saber quién 
la pronuncia, le dirá : Levántate, príncipe griego; que 
en aciaga hora y para tu daño entraste en este castillo;— 
y apenas habrá acabado de deciilo, cuando saldrá un fe- 
rocísimo dragón echando fuego por la boca y ponzoña 
por los ojos, con las uñas crecidas más que dagas vizcaí- 
nas, y con una cola tan aguda y larga como un acicalado 
montante, con la cual todo cuanto encontrare echará 
por el suelo; pero matándole el dicho príncipe, ayudado 
de su favorable y benévolo sabio con invenciblessocorros, 
se deshará á la postre todo este encantamiento; y en- 
trando vitorioso otra puerta más adentro, se hallará en 
un apacible jardín lleno de varias flores, poblado de 
amenísimos, fructíferos y aromáticos árboles, cuyas co- 
pas poblarán cisnes, calandrias, ruiseñores y mil otras 
4Uferenctasdejucundisimasaves,fertilizándolemil arro- 
yos, diQcuItosas de discernir sus aguas si son de cristal 
ó leche ; en medio del cual se le aparecerá una hermosí- 
sima ninfa vestida de una rozagante ropa sembrada de 
carbunclos, diamantes , esmeraldas , rubíes, topacios y 
amatistes; la cual, dándole con rostro benévolo con la 
una mano^in manojo de llaves de oro, y poniéndole con 
la otra en la cabeza una guirnalda de aguo casto y ama- 
ranto, desaparecerá tras una celestial música; y luego 
dicho príncipe con las llaves de oro llegará á abrir las 
mazmorras, dando libertad jucundísima á todos los pre- 
sos y presas delUs, y á mi el postrero, pidiéndome por 
merced le arme por mis manos caballero andante y le 
admita por inseparable compañero : lo cual, concedién- 
doselo yo todo, obligado de su hermosura, discreción y 



esfuerzo, iremos por el mundo después innamerable^ 
años juntos, dando fin y cima á cuantas aventuras se w 
ofrecieren. 

CAPITULO XXVIL 

Donde M prosigoen los sneeMs de don Qn^oto con los I 
represenuites. 

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes 
de ver el extraño género de locura de don Quijote, y loa 
disparates qneensartaba ; pero Sancho, que había estado 
escndiando detras del autor todo lo que su amo liabía di- 
cho, le dijo : Pues, señor Desamorado, ¿cómo va ? Aá 
estamos todos por la gracia de Dios. \ Oh Sancho ! dijo 
don Quijote, ¿qué haces? ¿Hate hecho algaa mal este 
nuestro enemigo? Ninguno, respondió Sancho; si btea 
es verdad que me he visto ya casi con on asador en el ra- 1 
bo, en que quería esteseñor moro asarme para comerme; ¡ 
pero bame perdonado por ver me he tornado moro. ¿ Qoé 
dices, Sancho ? dijo don Quijote : ¡ moro te has tomado ! 
¿Es posible que tan gran necedad has hecho? Pues pesie 
á las barbas del sacristán del ArgamesilU, respondió 
Sancho, ¿no fuera peor queme comiera, y que después 
no pudiera ser moro ni cristiano? Galle ; que yo roe en- 
tiendo : escapemos una vez de aquí ; que luego después 
verá lo que pasa. Entonces el autor, apiadándose de las 
congojas y trasudores en que vela á don Quijote, causa- 
dos ya de reir los estudiantes, Bárbara y toda la compa- 
ñía, dijo : Ahora sus, señor caballerot no es ya tiempo 
de más disimular ni de traer encubierto lo que es razoo 
que se descubra; y así habéis de saber, señor don Qoi- , 
joto, que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna 
manera; antes soy nn grande y fiel amigo vuestro, y 
cual tal siempre y en todas partes he mirado y miro por 
vuestros negocios mejor que vos propio, y agora por 
probar vuestra prudencia y sufrimiento he hecho todo 
lo que habéis visto : por tanto, déjenle todos luego, y 
huelgue y repose en este mi castillo todo el tiempo qoe 
le pareciere ; que para tales principes y caballeros como 
él le tengo yo aparejado; y dadme | oh famosísimo ca- 
ballero andante ! un abrazo ; que aquí estoy para serri* 
ros, y para no haceros daño alguno , como pensastes;7 
advertid que el venir aqui vos y la gran reina Genobia 
ha sido todo guiado por mi gran saber, porque os im- 
porta infinito á vos y á vuestros servidores Uegneis á la 
gran corte del rey Católico, en la cual os aguardan por 
momentos un millón de príncipes, y de do habéis de sa- 
lir con grande aplauso y Vitoria. Soltáronte en eso los 
mozos, y el autor le abrazó, y con él los compañeros hi- 
cieron lo mismo. Guando dou Quijote se vio suelto, 
asombrado de cómo él le tenia por nigromántico, j lo 
que le habia dicho, teniéndolo todo por verdad , se le- 
vantó, y abiertos los brazos, se fué para él diciendo : Ya 
yo me maravillaba ¡oh sabio amigo! que en ten grande 
trabajo y tribulación como en la que agora me habia 
puesto, dejásedes de favorecerme con vuestra prudentí- 
sima persona y eficaces ardides ; dadme esos brazos, y 
tomad los mios, desmembradores de robustos gigantes, 
y verdugos expertos de enemigos vuestros y mios. Con 
esto todos le volvieron á abrazar con nuevas muestras 
de alegría, y llegándose la mujer del autor á ver el ros- 
tro de aquel loco, á quien todos abrazaban, le dijo, con- 
siderada su ridicula figura : Señor caballero, yo soy hija 
de aqueste grande sabio su amigo : mire vuesa merced 
que si en algún tiempo hubiere menester sq íavoo é sí 



DON QUIJOTE DE LA MANCIfA. 



al^BD ^gaole ó aMgo me llevire encaoteda, que nodeje 
debroreoenne en todocuo; que aqui mi padra se le 
pigará :— y aun (dijo otra de las representantes, que es- 
ifbt aparte riendo) le dejará entrar da balde en la co- 
media, con solo medio real que le ponga en la mano. 
Respondió don Qoijote : No es menester, soberana se* 
Dora, encaiigarme á mi loque áf oestro servicio toca, te- 
niendo yo tantas obligaciones ¿ vuestro sabio padre; 
pero creadme, qoe annqoe todo el onivarso se conjurase 
contra Tuestni beldad, y todos cuantos sabios y magos 
naoeo en Egipto viniesen á España para tocaros en un 
nlo pelo de la cabesa, que yo solo, dejado aparte el gran 
fiderde vuestro padre, bastaría, no solo para defende- 
RB j sacaros á pesar suyo de sus manos, sino para poner 
«B Us vuestras sns alevosas y falsas cabeaas. En esto le 
llamó el autor diciendo : Señor caballero, ya la cena está 
apircjada y las naesas puestas; y así voesa merced se 
sirva de venírnosla á boorar en compañía mía y destos 
xnores, porque después tenemos que bacer un negocio 
de ioporuncia. Esto dijo porque pensaban ensayar en 
cmodo una comedia que babian estudiado para Alcalá 
y heoAe. Estaba Sancbo maravillado de ver á su amo 
iilmde aqoeiia prisión» y tan alegre, que llegándose al 
aator le dijo : ¡ Ah señor sabio 1 esto de tomarme yo 
iBovo, yaque so merced nos ha dadoá conocersu valor, 
¿ia de pasar adelante? porque en Dios y en mi conden- 
en oieptrece que no lo puedo ser de ninguna manera. 
Hefoodióle el autor diciendo : ¿ Pues por qué no lo po- 
Heisser? Porque qaiebrantaré; dijo é\, cada día la ley de 
Naiioina, que manda no comer tocino ni beber vino; y 
sfff tao bellaco goardadordeso, que en viéndolo á mano, 
no dejaré de comer y beber dello si me aspan. A esto 
TspoDdió un clérigo qoe acaso se bailó en la venta : Si 
voesa merced,, señor Sancbo, ha prometido á este sabio 
mago volverse movo, no se le dé nada de la promesa, 
fttes^o» en virtud de la bula de composición, le absuel- 
vo así detla como de lo hecho; y lo puedo hacer en su 
virtoé, coa solodarie de penitencia qoe no coma ni beba 
entres dias enteros ; y advierta que con solo cumplir 
(^uieve penitencia se quedará tan cristiano como antes 
»«slaba. Eso, señor licenciado, no me lo mande, res- 
Mió Sancho, pues no, digo tres dias, pero aun tres 
iwrasBo me atreverla á cumplir esa penitencia, aunque 
sifiiese qoe me hablan de quemar, no haciéndolo : lo qoe 
Tnesa merced me puede recetar, si le parece, es que no 
duerma con los ojos abiertos, ni beba con los dientes 
<^«rndos,m traiga el sayo bajo la camisa, ni haga mis 
^«<^ades atacado. Estas cosas, aunque tienen su di- 
iicaitad, yole doy palabra de cumpUllas, en Dios y mi 
»)Dciene'ui. Llegaron tn» estas rasónos á sentarse á ce*- 
luri la mesa;yántes de hacel lo, estando todos alrededor 
(Mía en piéyquitadoslos sombreros, comenzó elclérigo 
'd<thar la bendición en latin, y comenzaron á cenar; y 
<Í4^aQtor: Sepan vuesas mercedes, señores, que la can* 
^l^qne Sancho no séquito lacaperozaá la bendición, 
«poqoeaan le han quedado lasreliquias de cuando era 
'^lábien es verdad que aun está por retajar y cir- 
cooddv; pero he dilatado el hacello, porque lleno de 
iágrímas me rogó donantes que le retajase, si era forzoso 
loeeUo, déla caperuza, y no de la parte en que de ordi- 
nario se ejecuta la circuncisión, por ser esa la de qoe su 
may^r «taba más celosa, y de quien le pedia más cuen- 
ta. Y tras «sto fué contando todo lo que con él le habia 



auoedido; y acabando de hacelTo con Ta cena, revantailps 
ya los manteles, prosiguió volviéndose á don Quijote, y 
diciéndole cómo para hacerle fiesta en aqnel su casti- 
llo habia mandado hacer una comedia, enfa cual en- 
traba también él, y la que le dijo que era su hija. Dou 
Quijote se lo agradeció con mucho comedhniento; y 
sentándose en el patio de la venta en compañía de Bár- 
bara, del clérigo, de los dos estudiantes, y de Sandio y 
de los de la posada, comenzaron á ensayar la grave co- 
media de El Ugtimonio vengado, del insigne Lope de 
Vega Carpió, en la cual un hijo levanta un testimonio á 
la Reina su madre en ausencia del Rey, do que comete 
adulterio con cierto criado, Instigado del demonio, y 
agraviado de que le negase un caballo cordobés en cierta 
ocasión de su gusto, guardando en negarle el orden ex- 
preso que el Rey su esposo le habia dado. Llegando pues 
la comedía á este paso, cuando don Quijote vio á la mu- 
jer del antor, á quien él tenia por su hija, tan atligida, 
por hacer el personaje de la Reina, á quien se levantaba 
el testimonio, y por otra parte advirtió que no habia 
qnien defendiese su causa, se levantó con una repentina 
cólera, diciendo : Esto es una grandísima maldad, trai- 
ción y alevosia , que contra Dios y toda ley se hace á la 
inocentísima y castísima seilora reina ; y aquel caballero 
que tai testimonio le levanta, es traidor, fementido y 
alevoso, y por tal le desafio y reto luego aquí á singular 
batalla, sin otras armas más de las con que ahora me ha- 
llo, que son sola espada. Y diciendo esto, metió mano 
con increíble furia, y comenzó á llamar al que levantaba 
el testimonio, que era un buen representante, el cual 
riéndose con todos los deroas de la necia cólera de don 
Quijote, se puso en medio con su espada desnuda, di- 
ciéndole que aceptaba la batalla para la corte delante de 
su majestad, con solos veinte dias de plazo ; y mirando si 
hallaba alguna cosa por alli que dalle en gaje, vio arri- 
mada á un poste de la venta una albarda, y sobre ella un 
ataharre, y tomándole medio riendo, se le arrojó dicien- 
do : Alzad, caballero cobarde, esa mi rica y preiciada H-' 
ga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla deTante de 
su majestad para el tiempo que tengo dicho. D. Quijote 
se abajó y la tomó en la mano ; y como vio que del ha- 
cello se reian todos, dijo : No es de valientes caballeros 
ni de sabios y discretos principes reirse de que un trai-^ 
dor y alevoso como este tenga ánimo para hacer batalla 
conmigo ; antes habían de llorar, viendo á la señora reina 
tan afligida, aunque su ventura ha sido no poca en ha- 
berme hallado yo presente en tal trance, para que seme- 
jante traición no pase adelante. Y volviendo la cnbeza, 
dijo á Sancho : ¡ Oh mi Gel escudero ! toma esta preciada 
liga del hijo del Rey, y métela en nuestra maleta hasta 
de hoy en veinte dias ; qoe tengo de matar á este alevoso 
principe que tal testimonio ha levantado á mi señora la 
Reina. Sancho la tomó y dijo á su amo : ¿ Para qué quiere 
vuesa merced que metamos este ataharre en la maleta 
entre la ropa blanca, estando tan sucio? Déle al diablo; 
que yo le ataré en la cincha del rucio, y alli irá hasta 
que topemos cuyo es. ¡Oh necio! dijo don Quijote, ¡y 
esto llamas ataharre! Pues ¿qué diablos, dijo Sancho, 
es, sino ataharre? ¿No ves, animalazo, replicó don Qui- 
jote, que es una riquísima liga del hijo del Rey, como lo 
dicen estos rapacejos de oro, de cada nno de los cuales 
cuelga una esmeralda ó un rubí ó* un diamante? liO que 
yo veo aqui| respondió Sancho, si no estoy borracho, es. 



^ 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



una empleita de esparto coi» doe cordeles á los cabos, 
liarlo sucios, y sirve de alaharre de algún jámenlo. ¿ Hay 
tal locura semejante, dijo don Qníjote, como la de este 
escudero, que una Uga de tafetán doble, encamado, digs 
que eá ataliarre? Digo, respondió Sancho, miay docimi- 
tas veces que es tan ataharre como mi agüelo : no tiene 
que porfíar. Maravilláronse todos de la porfía del amo y 
del criado sobre el ataharre ; y llegando el autor, le to* 
mó en la roano diciendo : Señor Sancho, mire voesa 
merced bien lo que drce y abra los ojos ; que este ata- 
liarre, para lo deste mundo es liga, y de grandísimo va- 
lor; para lo del otro, no digo nada, filio será lo que yo 
digo, respondió Sancho ; que no soy ciego, y tengo gas- 
tados más ataharresdestos, que liayestrellas en el limbo. 
En esto salió un labrador de la caballeriza, cuya era la 
albarda y ataharre, y llegándose á Sancho lo dijo : Her- 
mano, dad acá mi ataharre; que no está alii para que 
ves os alcéis con él. Uolg(!^ Sancho inGnito de oir esto ; y 
volviéndose lleno de risa á los circunstantes, les dijo : 
¡Bendito sea Dios, señores, qtie estarán contentos ! A fe 
que ahora, aunque les pese, han de confesar mi buen * 
juicio, pues ven que acertó de ki primera vez que este 
era ataharre, cosa en que jamas supieron caer tantos y 
tan buenos entendimientos. Y diciendo esto, dio el ata- 
harre al Ubrador, lo cual viéndolo don Qnijote, se llegó 
á él, y tirando reciamente, se le quitó diciendo : ¡ Ah vi* 
llano soez ! ¿y decuándo acá fuiste tú digno de traer una 
tan preciada liga como esta, ni todo tu zaOo linaje? Tras 
lo cual se le iba á meter en la faltriquera ; pero impe- 
dióseio el labrador, que no sabía de bnrlas, asiéndolo 
del brazo, y porfiando don Quijote que se lo contrade* 
cia. El hibrador,enfinrOomo era hombre membrudo y 
de fuerza, y esas le faltaban á don Quijote, por estar tan 
llaco, pudo darle un empellón tal en los pechos, que 
le hizo caer con él de espaldas , y saltándole encima, le 
quitó por fuerza el ataharre de la mano. Llegó Sancho 
en esto á ayudar á su amo, dando dos ó tres crueles mo- 
jicones en la cabeza al labrador, el cual revolviendo 
hecho un león contra Sancho, le cinchó dos ó tres veces 
el ataharre por la cara. La risa de los comediantes era 
notable, grande hi prisa de los estudiantes en desparti- 
lles, notable la diligencia de Bárbara en ayudar á levan- 
tar á don Quijote, cuya cólera era ínQnita, y mayor el 
sufrimiento del pobre Sancho, el cual puesta la mano 
sobre las narices, de las cuales le salia muclia sangre, 
por haberle alcanzado el labrador con el ataharre en 
ellas, comenzó áir furioso tras él hacia la caballeriza 
diciendo: Aguarda, aguarda, descomunal arriero, y ve- 
rás si te hago confesar, mal que te pese, que eres mejor 
que yo, con ser un grandísimo bellaco, puto y hijo de 
otro tal. Don Qtiijole le dio voces diciendo : Vuélvete, 
hijo Sancho, y déjale ir; que harto trabajo lleva consigo, 
pues como iufame ha huido de la batalla siu osar aten- 
dernos ; pero ¿qué ha de osar atender un sandio tal cual 
I él es? Y ya te be dicho mochas veces que al enemigo que 
I huye, la puente de plata ; y si nos lleva la preciada liga, 
no hay que espantar dello ; porque muchos ladrones, yo 
he leido en UIm'os, que han robado á caballeros andantes 
no solo sus preciados caballos, sino también sus ricas 
armas, ropa y joyas. No me espanto del hurto, dijo San- 
cho; que avezado está vuesa merced á que ladrones se 
le atrevan á hurlar joyas preciosas ; qn^ ya en Zaragoza 
otro me hurló de las manos, con las una^ de las suyas. 



las reales agujetas del ave fétris, 6 eomo se llama, qui 
vuesa merced ganó por sn baena luisa en hi sortija 
Enooleriióse donQníjotedesta nueva, diciendo : Poesj 
¿cómo, villano, si tal pasó, no me lo dijiste Inepoall^ 
pata que hiciera añicos al ladrón atrevtdb? Por aboni^ 
de pesadumbre á vuesa merced, respondió Sancho, 1{ 
he callado, y por temor de que no le causase alguol 
pasaeólera el enojo; pero bastecí que be tenido porell» 
y las lágrimas qne me lian costado las negras agnjeUi 
Y diciendo este oomenzó á llorar, repitiendo : ¡ Ay igJ 
jetas de mi ánhna 1 ¡ desdichada de la madre que J 
parió, pues tal desgrada ha visto pasar por vosotras ! m 
os olvidéis, os mego, por las entrañas de Cristo, desl^ 
vuestro fiel y leal servidor, pues yo mientras vivieres^ 
me olvidaré de vosotras ni de vuestra bonísima caodií 
cion* i Asi mal provecho le hagan al ladrón vuestra áü\\ 
aura y sabor I Acallóle don Quijote , dándose por pagMkj 
de sos lágrimas y del perdón que tras ellas le pidió po^ 
la pérdida ; y saliendo de su asiento el autor, lleno d^ 
risa, le tomó por la mano y le dijo : Vuesa merced, 
señor caballero, lo ha hecho muy bien en esta batalla,} 
asi tras ella será razón nos vamos á acostar, por ser y^ 
tarde y estar vuesa merced cansado; y qu^lese ia co- 
media en este ponto« Y llevándole coa Sandio i na m¡ 
aposento que les habia prevenido, no se quiso saUi del 
hasta que los dejó á ambos acostados y cerrados, te- 
miendo no echasen sus mozos al pobre de Sancho m 
melecina de agua fría, como sabia lo tenían pensada 
Llegada hi mañana, se salió sin dedrles nada, por omhi 
sejo de los estudiantes, el autor con todasu compañiii 
de la venta, y se fué para Alcalá. Levantóse algo tarde, 
por el cansancio de las pendencias pasadas, don QuijoU, ; 
abriéndole la puerta el ventero; y la primer cosa qae 
hizo en(i) despertar fué preguntará Sancho por lareioa 
Cenobia, y si la hablan dado cama y todo recado la docIm i 
pasada, con la decencia que su real persona mereda. 
Yo, señor, respondió Sandio , como estuve tan ocopMio 
en la sangrienta batalla que tuvimos con aquel queoos 
hurtó el ataharre ó liga, ó comees su gracia, wm 
acordé delhi más que si no fuera reina ; pero á loqw 
entendí , dos mnzos de aquellos de los represenuaies )a 
hicieron merced de llevalla consigo, coa no pecognsb) 
della, por no dar que decir á mahis lenguas. Estando eo 
esto, subió Bárbara con los estudiantes adonde esial» 
don Quijotey Sancho, diciendo : Muy buenos días tengí 
la flor de los caballeros : ¿cómo le ha idoá vuesa mercfii 
esta noche? {Oh señora reina! respondió don Quijote, 
la vuesa merced penione el descuido que con su reül 
persona esta noche se ha tenido, porque la culpa lieaeel 
negligente Sandio, que, teniéndole mandado que ande 
siempre delante de vuesa meroed para ver lo qae se le 
antoja , mirándola á la cara , se ha descuidado, de pon) 
molido de las batallas pasadas, según agora roe acahabí 
de decir. A esto respondió Sancho : Yo, señor, bario » 
miro á la cara ; pero como la tiene tan bdUica , lodas las 
veces que la miro y la veo con aquel sepan cuantos en 
ella, me provoca á dedrle, «cócale, marta,v canción qoc 
decian los niños á nnamona vieja que estos años abas 
tenia en la puerta de su casa el cora de nuestro lugíf- 
(Malos dias vivas, respondió Bárbara, y no llegues, Wl^ 
conazo, á los mips, plegué á Cristo ! pero calla ; que a i<| 
no lo vayas á ponar al otro mundo ; que hartas posa- 
U) Parece qu« debiera dccic al úa^erUr, ó si w enittftftt»»' 



DON QUUOTE DE 

diuDlires sé yo dtf de nocbe á otros más abados que tú ; 
¥ eo amnos está d pandero que le sabrán bien tafier. Los 
kutliautes dijerou á Saocbo : Seiíor Sancbo, no moleste 
voes merced á la señora Reina , que sabe liacer lo que 
úux, luejor de obras que de palabras. ¿Para qué, diga, 
quiere verse al|;uoa nocbe volando por las cbimeneas 
entre vasares, platos y asadores, donde se vea y se desee, 
jiiore el no liaber querido obedecerla? Pues si ella, 
fcspondió Sandio, me bace volar por los vasares, yo me 
qoejaréáqQioa por toda su vida le liaga bogaren las 
(¿dieras. ¿Pues no ve vuesa merced, replicó el upQdo 
Vtí estudiantes, que las mujeres no reman? ¿Y qué se 
lueda á mí que no remen? respondió Sandio; basta 
qiiesi ella no remiire, á lo menos servirá de <lar refresco 
i tadmsma ; que para eso yo sé que no le faltará gracia ; 
y estando allí con más comodidad, podrá parecerse de 
\¿ras en todo á las nubes, ya que por mujer eo algo les 
Laya de parecer. ¿ Pues en qué, dijo el estudiantei les 
badefiarecer, ó cómo les parece eu todo? Respondió 
^aelio ; En que cargará en la mar, como liacen las nu-: 
bes, lo que después á pura fuerza de truenos y relám- 
|iagos, descargará en lluvia sobre la tierra ; que eso bará 
sise empreñare en el agua, pues á fuerza de gritos y 
susviros, babrá después de vaciar su cargazón ; que en 
lo denos, llano es que to4«is las mujeres se parecen á las 
niibes,de las coales por experiencia sabemos dónde y 
lúmodescai-ganylo mismo que ignoramos dónde y cómo 
seeutróenellas. Rieron los estudiantes y la misma Bár- 
Wra de la astróloga aplicación de Saucbo ; pero don 
Quijole, que no tenia de risible más que la raíz y poten- 
cu remóla, dijo con despego y zuao á Bárbara : La vuesa 
mrtxú no baga caso ya más de lo que dijere este necio, 
pues lo es tanto, que jamas dirá sino badajadas : lo que 
por agora importa es que tratemos de partir de aquí; 
{•orque hoy preteudo entrar en la corte , si no es que se 
me ofrezca en contrario alguiui forzosa ocupación y peli- 
grosa aventura que me detenga en Alcalá. Y llamando 
al huésped, remató con él las cuentas con solo agrade- 
cerle el hospedaje, y fucle fácil salir de su venta él y sus 
compañeros con tan ligera paga , por haberla ya bcclio 
camplida por todos el autor de la diclia con^pania, apia- 
dado de la locura de don Quijote y simplicidad de su 
eicudero, y dándose por pagado con los mulos ratos que 
les kbia dado, y buenos y entretenidos que él y su 
compaúia hablan recebido. Subió don Quijote en Roci- 
DiQle, armado como solía. Sandio en su rucio, y Bar- 
loara en su muía, quedándose los estudiantes atrás, por 
estar ya tan cerca de Alcalá, do por su honra no quisieron 
entrar acompañados de compañía tan ocasionada para 
um s Gsgas y matracas, como la de don Quijote, ú 
quien dijo Bárbara en comenzando á caminar : Señor 
(aballero, vuesa merced me la ha hecho muy grande en 
biberine traidodesde Sigüenza liasta aquí, y eu haberme 
metido, dado de comer y cabalgadura, como si fuera 
ttMbermana suva ; pero si vuesa merced no me manda 
•>tracQsa, yo determiuo quedarme aquí en Alcalá, que 
^flü patria, do si en alguna cosa le pudiere servir, lo 
ÍMré,inaodándome con la voluntad que dirán las obras. 
Señora reina Cenobia, respondió don Quijote, mucho 
iBe maravillo de oír tal resolución á persona tan discreta, 
y que ha hecho tantos. Un grandes y peligrosos caminos 
P<tr reíaos incóguitos solo por hallarme, obligada de la 
íuuade mi valor y persona, i Cómo es posible (jue agora 



LA BiANCHA. 67 

que tiene mi compañía, que tanto ha deseado y procur 
radoj que la quiera así dejar, no reparando en lo mucho 
que he bocho y pienso hacer en su servicio, ni en las 
desgracias que se le pueden ofrecer, atreviéndosele sus 
enemigos y rebeldes vasallos , sin el respeto debido al 
gran valor de su persona, viéndola fuera de mi amparo y 
lado 1 Por evitar pues estos y otros mayores incou venien- 
tes que se le pueden ofrecer, suplico á la vuesa merced 
cuan encarecidamente puedo, se venga conmigo hasta 
la corte ; que no pasaremos della en muchos días, atento 
que sabiendo los grandes mi llegada, es fuerza me de- 
tengan, regalándomaá porfía por honrarse de mi lado 
y aprender cosas mllilares ; y allí verá vuesa merced lo 
que en su servicio hago; y después que hubiere muerto 
al rey de Chipre, Bramidandc Tnjayunque, con quien 
tengo aplazada la batalla , y al otro hijo del rey de Cor* 
doba, que ayer levantó aquel grave falso testimonio á su 
madre, quedará á la elección de vuesa merced el irse á 
Chipre ó quedarse en la corte de España ; y así por amor 
de mí se ha de hacer lo que agora suplico. Sancho, que 
oyó lo que don Quijote habia dicho á Bárbara, se llegó i 
él con mucha cólera diciendo : Par diez, señora que yo 
no sé para qué quiere que llovemos con nosotros á la 
señora Reina ; mucho mejor será que se quede aquí en 
su lugar ; que tanto nos ahorraremos. ¿ Para qué que- 
remos llevar con ella costa sin ningún provecho? ¡ Gentil 
carga de basura para entrar cargados de ella on la corte I 
Déla á Lucifer y no la ruega más; que el ruin, cuando 
le ruegan luego se ensanclm ; y no nos faltará sin ella 
la misericordia de Dios. ¡ Mirad qué cuerpo, non de iúda» 
Escarióte , con ella y con quien le parió y nos la dio ú 
conocer! Pues á fe que si se me suben las narieesá \sk 
mostaza y comienzo á desbotricar, quo no. sea- mucho, 
estándose en su tierra, que la haga echar por la boca y 
narices más mocos y gargajos que echa un ahorcado en 
el rollo. Estáole aquí haciendo á la muy cotorra mil re- 
galos y servicios, llamándola reina y princesa, siendo lo 
que ella se sabe, como aquellos estudiantes han dicho, 
¡y agora se nos hace de pencas! Pagúenos la saya y 
sayuelo colorado y la muía y loque nos ha hecho de 
costa, y adiós, que me mudo; 6como dice Aristóteles, 
alón, que pinta la uva; y áfe que si yo fuera que mi 
señor, que se lo habia de quitar todo á mojicones, pues 
no me conoce bien. ¡Oh villano! dijo don Quijote, y 
¿quién te mete á tí con la señora Reina? ¿Mereces tú, por 
ventura, descalzarle su pequeño zapato? ¡Pequeño! res- 
pondió Sancho : en Sigüenza me dijo suplicase á vuesa 
merced la comprase un par de zapatos, y preguntándolo 
yo cuántos puntos calzaba, me respondió que entre 
quince y diez y nueve, poco más. — ¿Pues no ves, insen* 
sato , que las amazonas son gente varonil, y como andan 
siempre en las lides, no son tan delicadas y hermosas de 
pies como las damas de la corte, que se están en sus 
estrados regaladas y ociosas, con quo son más tiernas y 
femeniles que las valerosas amazonas? Con no poca 
resolución replicó Bárbara á las malicias de Sancho, de 
que estaba ofendida, diciendo : No pensaba, señor don 
Quijote, pasar de aquí ; pero por saber que doy á vuesa 
merced contento y hago rabiará este bellaco de Sancho, 
quiero llegar basta Madrid , y allí servir á vuesa merced 
en cuanto me mandare, á pesar deste villano harto de 
ajos. ¿Villano? respondió Sancho ; villano sea yo delante 
de Dios ; que para lo deste mundo importa poco serlo ó« 



M 



EL UCENaADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA* 



dejarlo de ser; pero es grandísima mentira decir eso 
otro» de que estoy harto de ajos» pues no comí esta 
mañana en la venta sino cinco cabezas dellos que el 
ladrón del ventero me dio por un coarto : ¡miren si me 
babta de hartar con ellas ! Mas dejando esto aparte, dí- 
game por su vida , señora reina, ¿cuál es peor? ¿liaber 
estado ella esta noche con aquellos dos mozos de los 
comediantes, y almorzar con ellos esta mañana una gen- 
til asadura frita, bd)iéndose con ella dos azumbres de 
vino, como dijo el ventero que ha liechosu merced, ó 
comer yo cinco cabezas de ajos crudos? Hermano, res- 
pondió Bárbara, si estuve con ellos no fué por hacer 
mal á nadie ; que libre soy como el cuclillo, y no tengo 
marido á quien dar cuenta , gracias á Domino Dio : et 
vivit Domine; que más lo hice porque hacia un poco de 
fresco que uo por bellaquería, como vos sospecháis, que 
sois un grandísimo malicioso. ¿Malicioso me llamáis? 
replicó Sandio : á fe que no me lo osárades vos decir 
detras como me lo decis delante; |>ero vaya; que más 
longanizas hay que dias, y bien sabemos aquí mamamos 
el dedo, aunque bobos. 

CAPITULO XXVUl. 

De edmt don Qnijote y sn eompafifa llegaron i Álcali, do faé libre 
de la maerte por ao extraño caso , y del peligro en qne aUl se vié 
|K>r qaerer probar una peligrosa aventara. 

Todo su cuidado ponia don Quijote en qne la reina 
Dárbara le honrase en la entrada que pensaba hacer en 
la corte , y en que no hiciese caso de los atrevimientos 
de su escudero; y así le dijo : Suplico á vuesa merced, 
altísima señora, uo repare en cosu que le diga este ani- 
mal , sino que disimule con él , como yo hago, dejándole 
|Kira quien es, siquiera porque lo habemos menester 
por estos caminos ; y pues ya estamos en Alcalá, paré- 
cerne marchemos por aquí poco á poco detras destas 
murallas, sin pasar por medio del lugar, que es grande 
y poblado de gente de cuenta ; y paréceme será acertado 
también que vuesa merced se cubra el rostro con ese 
precioso volante hasta que pasemos de la otra parte, 
por lo que es conocida de todos ; que puestos en ella, nos 
podremos quedar, si nos pareciere, en algún mesón se- 
cretamente esta noche, y á la mañana entramos con la 
fresca en Madrid. Hlzose asi, y á la que comenzaron á 
rodear el muro, volviendo la cabeza Bárbara á Sancho, 
le dijo : Ea , señor galán , seamos amigos, y no haya más 
enojos conmigo por su vida ; que yo le perdono todo lo 
pasado. ¿Amigos? respondió Sancho; áutes seré amigo 
de un diablo del inGenio que della , aunque todo se es 
uno. Pues por el siglo de mi madre , dijo Bárbara, que 
liemos de hacer las amistades áutes que lleguemos á 
Madrid. Pues por el siglo de mi rucio, replicó Sancho, 
que primero me vuelva Poncio Pílalos que sea su amigo. 
B:'irbara le dijo : ¡ Ea ya, león ! y Sancho le respondió : 
] Ea ya , sierpe ! Pero don Quijote, que vio la enemistad 
que Sancho y Bárbara tenían y los remoquetes que se 
iban echando por el camino, dijo : Ahora sus, Sancho, 
tú ¿ no eres mi escudero, y no te tengo yo de pagar tu 
malario, como tenemos entre los dos concertado, sirvién- 
dome en todo bien y puntualmente ? Pues en virtud de 
dicho concierto quiero y es mi voluntad que agora, 
sin réplica ninguna , seas amigo de mi señora la reina 
Cenobia ; que yo tomo á mi cargo hacer esta noche un 
fumoso convite á su merced y á ti , en señal y Ormeza de 



las futuras y perpetuas amistades , paes no es bien qo^ 
8eamo8*tres y mal avenidos. Por cierto, mi señor, replica 
Sancho, que cuando no sea por otra cosa más de pores^ 
convite que vuesa merced dice, lo habré de hacer ; auo] 
que fuera razón qne, guardando mi punto, aguardara 
se pusieran de por medio personas de cuenta á rogir^ 
meló, cual son media docena de canónigos de Toledo, d 
á lo menos unos cuantos cardenales ; pero vaya , pod 
vuesa merced lo manda. Ea, señora reina , arrójeme id 
esas manos, si bien las quisiera más de vaca bien cocida^ 
y con SQ perejil ; qne sobre mi qne me hicieran hari 
más provecho. Dióle Bárbara la mano riendo, y al dárJ 
sela le dijo : Tomad , amores, esta mano de reina ; q\¡¿ 
yo Go que más de dos príncipes escolásticos de los de la 
corte alcaladina, en que esta noche habernos de dorrairj 
preciaran harto recebir este favor. Gomo don Quijotei 
les vio dadas las manos, se fué nn poco adelante, imagí. 
nandoen su fantasía lo qne había de hacer en la corte I 
con la reina Cenobia, y batallas del gigante y del hijo I 
alevoso del rey de Córdoba, y cómo se habia de dará> 
conocer á los reyes ygrandea: lo cual le bacía ir tan I 
absorto y fuera de sí , que no advertía en que á Sancho 
venia diciendo Bárbara : De aquí adelante , amigo San- 
cho, nos hemos de querer con el extremo que dos baeaos 
casados se aman , pues ha sido el padrino de nneslns 
paces el señor don Quijote; y en conGrraacion dallas, 
quiero que durmamos esta noche dambos en el mesón 
donde llegáremos ; que el corazón me dice no dejará de 
correr fresco qne me obligue á procurar cubrirme coa 
gusto con alguna manta, como la del pelo de vuesa mer- 
ced , mi señor Sancho : verdad es que imagino será m^ 
nester rogárselo poco, pues tiene más de bellaco quede 
bobo. No entendió Sancho á Bárbara de ninguna manera, 
y así le respondió : Lleguemos una vez con salud al me- 
són, y cenemos en señal de nuestras amistades, con el 
cumplimiento que mi amo nos tiene prometido ; que en 
eso de la manta no faltarán dos y aun tres ; que yo se las 
pediré al huésped para que las eche vuesa merced eu so 
cama, cuanto y más, que no hace agora tanto frío qne 
obligue á procurallas. Como Bárbara vio qne no le liabia 
entendido, le dijo hablando más claro : Pues, Sanclio, 
si vuestro amo ha de alquilar dos camas, una para mi y 
otra para vos, ¿no será mejor que nos ahorremos el real 
de la una cama, para comprar con él un gentil plato de 
mondongo y un cuartal de pan, con qne os pongáis 
hecho un trompo, y vaya el diablo para ruin ? A fe que 
tiene razón, respondió Sancho : ahorremos sin que mi 
amo lo sepa ese real de la una cama ; que yo dormiré 
sobre un poyo del mesón ; que para mí , tan bien me 
dormiré allí como acullá, á trueque de que nos demos, 
como dice , una buena panzada con ese real. Viendo 
Bárbara la rudeza de Sancho, no quiso tratarle más de 
aquella materia ; y así alargaron el paso tras don Quijote 
hasta que le alcanzaron, el cual, en viéndolos junto á si , 
les dijo : Paréceme que es tarde para poder hoy llegará 
Madrid , y que uo será malo nos quedemos esta noclie 
aquí en Alcalá, y mañana prosegnirémos nuestro cami- 
no ; que bien podrá vuesa merced, señora reina, estar 
encubierta, cerrada en un aposento, tapado el rostro 
(guando le sirvan á la mesa , por no ser conocida. Cda '<! 
dijo que hiciese lo qne fuese servido ; que en todo acii- 
diria á lo que fuese de su gusto ; y llegaron en esto á nn 
mesón fuera de la puerta que li^tnaa de Madrid, y en- 



DON QUUOTB DB LA MANCHA. 



89 



U»dD todos eo él, dijo donQoijote á Sancho qae lle- 
vase ias cabalgadaras á la caballeriza y las diese recado, 
jal huésped pidió un aposento secreto y bien aderezado, 
éomoáó acompañase loego á la reina €enobia ; y qae- 
lodosa él paseando por el patío sin desarmarse, oyó 
0car i deshora con mocho concierto cuatro trompetas, 
f después dellas un ronco son de atabales ; lo cual oído 
lor miestro buen caballero, le causó notable suspensión, 
SQ la cual estuYO atentlsimamente escuchando, sin 
aber qoé cosa fuese; y al cabo de rato, después de 
ither liecbo en su fantasía un desvariado discurso, lia- 
DéiSauchoy ledijo: ¡Oh mi buen escudero Sancho! 
;Qfes porventura aquella acordada música de trompetas 
yiubales? Pues fias de saber que es señal de que hay 
úa dada en esta nniversidad algunas célebres justas ó 
torneos para alegrar el festívo casamiento de alguna 
(ifflosa infimta que se habrá casado aquí ; á las cuales 
labra acudido un caballero extranjero, cuyo nombre 
DO es aun conocido, por ser mancebo novel; pero no 
ob^te so poca edad, en el principio de sus famosas 
íaianas baya vencido á todos los caballeros desta elu- 
did y á los que de la corte han acudido ¿ ella y á sus 
ííestis, á ya DO ha venido á celebrarlas ; y esto es lo más 
deito; ó algún bravo jayán que, habiendo vencido y 
denibadoá todos los mantenedores y aventureros, se ha 
quedado por absoluto señor de todas las joyas de dichas 
jüstis, y no hay caballero ahora, por valiente que sea, 
qoeseatreva á entrar segunda vez con él en el palenque, 
delocoal están los príncipes tan pesarosos, que darían 
cunto dar se puede porque Dios les deparase un tal y 
tan baen caballero que bajase la soberbia deste cruel 
pagano, con que dejase alegro toda la tierra, y las fiestas 
fuesen consumadamente perfetas. Por tanto, Sancho 
mió, ensíllame luego á Rocinante ; que quiero ir allá y 
eatrarcon gallardia y gracia por la plaza, pues maravi- 
llados de mi presencia los que ocupan sus dorados bal- 
cones, altos miradores y entoldados andamios, levanta- 
rán entre si un alegre murmullo, diciendo : Ea, que Dios 
m duda lia deparado venga este gallardo caballero 
cxinnjero á volver por la honra de los naturales, 
>íeodoqae ninguno dellos ha podido resisUr á los in- 
comparables brios deste fiero jayán. Tocarán en esto 
todas las trompetas, chirimías, sacabuches y atabales, 
a) son de los cuales se comenzará mi bueno y esforzado 
caballo á engreír y relinchar, deseoso de entrar en la 
batalla; con que callarán todos, y yo poco á poco me iré 
llegando al cadahalso adonde están los jueces y caballe- 
ros; y haciendo hincar dos ó tres veces de rodillas de- 
lantedellosá mi enseñado caballo, les haré una cumplida 
cortesía, haciéndole dar después terribles saltos y ga- 
llardos corvetes por la ancha plaza : llegándome lue^o 
ala parte donde estará el fiero jayán , el cual reconocido 
\^^iü\, me acercaré adonde estarán tas astas de duro 
fresno, y tomando dellas la que mejor me pareciere, y 
llegándome cerca del dicho jayán, sin hacerle cortesía 
*'gonale diré : Caballero, si te parece, yo querría 
entrar contigo en batalla ; pero con condición que fuese 
eíiaálodo trance , que es decir que uno de los dos haya 
de quedar por general vencedor de las justas, quitando 
al otro la cabeza , y presentándola á la dama que mejor 
le pareciere : es cierto que, como él es soberbio, ha de 
wsponder que sea as!. Tras lo cual, volviendo yo luego 
UsrieodasáRottS'^ute para tomarla parle del sol que 



más me tocare, comenzarán á sonarlas trompetas, al 
son de las cuales arrancaremos cómo el vicnlo los dos 
valerosos guerreros; y él no errará el golpe; porque, 
dándome en medio de la adarga sin poderla pasar, me 
hará con la fuerza del torcer un poco el cuerpo, volando 
las piezas de ki lanza por el aire; pero yo, como más 
diestro, le daré por medio de la visera con tal fuerza, 
que, siéndole sacada de la cabeza, caerá del atroz golpe 
en tierra por las ancas del caballo; si bien, como es I igero, 
se pondrá luego otra vez en pié, y se vendrá para mí con 
la espada en la mano ; y yo, por no hacer la batalla con 
ventaja, abajaré de mi caballo en el aire, no obstante 
que muchos lo juzgarán á locura ; y metiendo mano á 
mi cortadora espada, comenzaremos entre los dos el 
porfiado combate; mas él, no podiendo atender á mis 
golpes, me rogará que descansemos un poco, por verse 
algo fatigado; aunque yo, sin atender á sus ruegos, 
tomaré la espada á dos manos , y levantándola con un 
heroico despecho, la dejaré caer con tal furia sobre su 
desarmada cabeza, que acertándole de lleno, se la abríré 
hasta los pechos, dando del cruel golpe tan horrenda 
calda en tierra, que hará estremecer toda la ancha plaza, 
y aun venir al suelo más de cuatro barreras y tablados. 
Los gritos de la gente serán muchos , la alegría de los 
jueces grande, el contento de todos los vencidos caba- 
lleros extremado, el aplauso del vulgo singular, é inau- 
dita la música que sonará en exaltación de mi buen su- 
ceso; y desdé entonces pasarán cosas por mí, que dé 
bien que hacer á los historiadores venideros el escri- 
birlas y exagerarlas. Por tanto, Sancho, presto sácame 
á Rocinante. Sancho, con harto dolor de su corazón, por 
ver se iba dilatando la deseada cena, fué á ensillarle, y 
entre tanto que lo hacia, se llegó el mesonero á don Qui- 
jote, al cual babia estado oyendo todo aquel largo y des- 
variado discurso, y le dijo : Señor caballero, vuesa mer- 
ced se podra desarmar; que viene cansado ; y dígame lo 
que quiere cenar; que este muchacho está aquí, que 
traerá buen recado. (Por Dios, dijo don Quijote, que 
estáis bien en el caso ! Veis lo que pasa en la plaza, la 
deshonra de vuestra patria y la afrenta de vuestros ca- 
balleros, y que yo voy á remediaríos, ¡y ahora me salís 
con cena ! Digo que no quiero cenar, ni comer bocado 
hasta honrar con mi persona esta universidad, y matar 
todos aquellos que lo contradijeren ; que es vergüenza, 
y muy grande , que un jayán solo rinda y sujete á una 
ciudad como esta : por tanto, andad con Dios, y mirad 
si viene mi escudero con el caballo. El mesonero le dijo : 
Perdone vuesa merced ; que yo pensé que lo que contó 
denántes á su criado era algún cuento de Mari-Castaña 
ó de los libros de caballerías de Amadis de Gaula ; pero 
si vuesa merced quiere ir armado así como está á honrar 
al catedrático, se lo agradecerán mucho todos. ¡Qué 
catedrático ó que nonada! respondió don Quijote. Tres 
ó cuatro que á la puerta se habían detenido , viendo 
aquel hombre armado, le dijeron : Si vuesa merced ha 
de ir al paseo, bien puede ; que ya es hora, pues llegará 
en esta el catedrático al mercado ; que aquí no hay jus- 
tas ni jayanes de los que vuesa merced ha dicho, sino 
un paseo que hace la universidad á un dotor médico 
que ha llevado la cátedra de medicina con más de cin- 
cuenta votos de exceso, y llevan delante del , por más 
fiesta, un carro triunfal con las siete virtudes y una 
celestial música dentro, ytal^que si no fué la que so 



00 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DB AVELLANEDA. 



llevó el ano pasado en el paseo del catedrático que llevó 
la cátedra do prima de teología ^ jamas se lia visto otra 
igual ; y las trompetas y atabales que vuesa merced oye, 
es que van ya pasando por todas las calles principales, 
con más de dos mil estudiantes que con ramos en las 
manos van gritando : Fulano victor. A pesar de todo el 
mundo, á pesar vuestro y .de cuantos contradecir lo 
quisieren , replicó don Quijote, es lo que tengo dicho. 
Sacó Sancho en esto el caballo , y subiendo don Quijote 
en él, estaba tal y tan cansado, que aun hiriéndole con 
el duro acicate, apenas se podía menear, y no dejaba casa 
en la cual no procurase entrarse. Sancho quedó con 
Bárbara en un aposento, la cual , como arriba dijimos, 
procuraba no ser conocida de persona alguna en Alcalá. 
Caminó nuestro caballero por aquellascalles pocoá poco, 
yendo siempre hacia la parte que sentía el sonido de las 
trompetas, hasta tanto que encontró la bulla de la gente 
en medio de la calle Mayor; la cual, cuando vieron aquel 
hombre armado y con la Ggura dicha , pensaban que era 
algún estudiante que por alegrar la fiesta venia con 
aquella invención ; y poniéndose él frontero del carro 
triunfal que delante del catedrático iba, viendo su gran 
máquina y que caminaba sin que le tirasen muías, ca- 
ballos ni otros animales, se maravilló mucho, y se puso 
á escuchar despacio ta dulce música que dentro sonaba. 
Iban delante de los músicos en el mismo carro dos estu- 
diantes con máscaras, con vestidos y adorno de mujeres, 
representando el uno la Sabiduría, ricamente vestida, 
con una guirnalda do laurel sobre la cabeza , trayendo 
en la mano siniestra un libro, y en la derecha un alcázar 
ü castillo pequeño, pero muy curioso, hecho de pape- 
lunes, y uuas letras góticas que decían : 
Sapicntia aediQeavít sibí domam. 
A los píes dcUa estaba la ignorancia, toda desnuda y 
llena de artiliciosas cadenas hechas de hoja de lata, la 
cual tenia debajo de los pies dos ó tres libros, con esta 
letra: 

Qai ignorat, igoorabitar. 

Al otro lado de la Sabiduría venía la Prudencia, ves- 
tida de un azul claro, con una sierpe en la mano, y esta 
letra: 

Pradens sieat serpens. 

Venía con la otra mano, como ahogando á una vieja 
ciega, de quien venía asido otro ciego, y entre los dos 
esta letra : 

Ambo ín fovcam cadant. 

Púsose don Quijote delante de dicho carro, y haciendo 
en su fantasía .uno de los más desvariados discursos que 
jamas habia hecho, dijo en alta voz : ;0h tú, mago en- 
cantador, quien quiera que seas, que con tus malas y 
perversas artes guias aqueste encantado caiTo, llevando 
en él presas estas damas y las dos dueñas, la una con 
cadenas desnuda, y la otra sin ojos y con violencia de 
sa esposo, que procura no dejarla de la mano, siendo sin 
duda ellas, como su beldad demuestra, hijas herederas 
de algunos grandes principes ó señores de algunas islas, 
para meterlas en tus crueles prisiones! déjalas luego 
aquí libres, sanas y salvan, restituyéndoles todas las jo- 
yas que les lias robado; si no,suelta luego contrami toda 
el poder del inGerno; qucá todos se las quitaré por fuer- 
zas de armas, pues que se sabe que los demonios, con 
quien los de tu profesión comunican, no pueden contra 
loscabalierosgriegos cristianos, cualyosoy. Pasara ade- 



lante don Quijote con su razonamiento ; pero la gente de 
la cátedra, viendoque aquel hombre armado hacia dete- 
ner el carro y estorbaba qaeno pagase adelante, hizo sa 
llegasenáélcuatroócincodel acompañamiento, pensaa- 
do fuese estudiante que venía con aquella invención ; los 
cuales le dijeron : ¡ Ah señor licenciado 1 hágase vuesi 
merced, por hacérnosla , á ana parte, y deje pasar la gen- 
te; que es muy tarde. Pere respondióí» don Quijote di« 
ciendo : Sin duda seréis vosotros ¡ oh vil canalla ! cria- 
dos deste perverso encantador que lleva presas aquess 
hermosas infantas ; y pues asi es, aguardad ; que de loi 
enemigos los menos. Y metiendo en esto mano i sn espi- 
da, arrojó auno deaquellosestndiantesqiieveníaenoBa 
muía, una tan terrible cuchillada, que si sa cuerda pre- 
vención en hurtarle el cuerpo, y la Ugevezt de la moh 
no le ayudaran, lo pasarahartonuil : revolvía luego sobre 
otroqjiie detrásdól venía ; y de revesacertóeoatautafoer- 
za en la cabeza de su muía , que la abrió una cocliülada 
de un geme. Comenzaron al instante todos d gritar y al- 
borotarse : cesó la música ; y corriendo, unos á pié, otros á 
caballo, hacia donde don Quijote estaba con la espada ea 
la roano, viéndole tan furioso, apenas nadie se le osaba 
llegar, porque arrojaba tajos y reveses á diestro y ¿si- 
niestro oon tanto Ímpetu , que si el caballo le ayadara 
algo más, no le sucediera la siguiente desgracia. Fué 
pues el caso que, como vieron todos que en realidad de 
verdad no se burlaba, como al principio pensaban, ce- 
menzaron á cercarle, unos á pié, otros á caballo más de 
cerca, tirándole uuos piedras, otros palos, otros los fi- 
mos que llevaban en las manos, y aun desde las ventaois 
le dieron con dos ó tres ladrillos sobre el morrión, do 
suerte que á no llevarle puesto, no saliera vivo de la callo 
Alayor ; y aunque la gente era mucha, la grita excesiva, 
y las piedras menudeaban, con todo se le llegaren din 
ó doce de tropel, y asiéndole uno por los pies, otro por 
el freno de Rocinanlc, le echaron del caballo alMJo,qai- 
tándole la adarga y espada de la mano ; tras lo cual le 
cargaron de gentiles mojicones, y le ahogaran allí en 
efeto, si la fortuna no le tuviera guardado para mayores 
trances ; pero debió su vida al autor de la compañía do 
comediantes con quien se encontró la noche pasadien 
la venta , el cual á las voces y grita que tenia el pueblo, 
se llegó á él, yéndose acaso paseando por debajo los 
soportales do la calle Mayor; y viendo llevar aquel hom- 
bre armado entre seis ó siete arrastrando, sospechó que 
era don Quijote, como realmente lo era, que á la sazón le 
habian metido en una grande casa, donde hacia toda la 
resistencia que podia, aunque todo era en vano ; y vién- 
dúle tal el autor, y algunos de su compañía que con ^l 
iban, se apiadaron del ; y haciendo salir á puros ruegos 
fuera de la casa á todos los estudiantes que le maltrata^ 
ron, se quedaron sotos con él, y pasado el catedrático 
con su triunfante paseo adelante, y desocupada la callo 
de la gente que le seguía, se llegó el autor á don Quijote 
diciendo : ¿Qué es esto, seiíor Caballero Desamorado! 
¿Qué aventura tan desgraciada ha sido esta, y qué ni- 
gromántico le ha puesto en tal aprieto? ; Es posible so 
hayan hallado encantos contra su valor! Pero paciea- 
cía y buen ánimo, pues aquí está otro más sabio magOi 
su f;rande amigo, el cual, á no hacerle lado, hiciera coo- 
tra la ley de buena amistad , pero hésela hecho tan gran* 
de, que á no acudir con mi mágico poder, sin dudaaca^ 
bara vuesa iqercad desta vez con las caballa ias andante^ 



DON QUIIOTE DB LA IIANCRA. 



W 



Álcese» ¡pecador de mil qne tiene los dientes bañados en ; 
saugre^ y eslá sin adarga, sin espada y sin caballo ; que ¡ 
tddo se lo lian llevado los estudiantes. Levantóse don 1 
O'iijote, y cuando reconoció al autor» le dijo alegre ; Ya j 
iiie maravillaba yo ¡olí sabio Alquile, mi buen histo- 
riador y amigo 1 que dejásedes de favorecerme eaesta 
gmiule tribulación y trabajo en que me he visto por la 
^u (tertíza de mi caballo, que mala pascua le dé Dios : 
|)ür Unlo, ¡ oh sabio Qel ! hacédmele tornar» 6 dadme 
otro, para que vaya tras aquellos alevosas y los rete á 
lodos por traidores é hijos de otros tales, y tome dellos 
la ven-iauza que so soberbia y viciosa vida merece, £o 
lívéodüle el autor, rogó á )ino.de sus compañeros que 
cu todo caso fuese y trajese el caballo, adarga y espada 
(ie (loa Quijote, rescatájidolo todo por cualquier dinero 
k donde quiera que estuviese. Fué el representante 
preguuUndo por ello ; y sacando el caballo de un mesen, 
la adarga y espada de una pastelería, donde ya todo esr 
Uba erapetiado, lo volvió al autor, y él á don Quijote, 
(juese lo agradeció infinito, atribuyéndolo todo al poder 
désu mágica sabiduría ; y preguntándole el mismo aur 
t&radóude oslaban su escudero SauchoPaozayBárbit- 
n, le respondió que fuera del lugar, en un mesón quo 
está jdnto á la puerta de Madrid, los habla dejado. Pues 
\^mos alU luego, dijo el autor ; que yo por agora mando, 
y Toesa merced debe obedecerme ; qne importa mucho. 
Don Quijote respondió que por lodo lo del mundo no le 
dejarla de obedecer como á persona tan sabia y en cuyoe 
manos tenia ya puestas hablados dias todas sus cosas. 
Hizo llevar el autor delante con un mozo el caballo, 
lanza y adarga de don Quijote, y á él le mandó queso 
fuese á pié en su compafiía mano á mano hasta la p(H 
sada, adonde le dejó encargado al mesonero, con orden 
que de ninguna manera le dejase salir ó pié ni á caballo 
aquella tarde, y cumpliólo el huésped puntualísima- 
mente. Cuando Sancho vio á su amo los dientes ensan^- 
grentados, le dijo : ¡ Cuerpo de san Quintín, señor Desa- 
inonidol ¿No le he dicho yo cuatrocientas mil docenas 
de millones de veces que no nos metamos en lo que no 
iKis va ni nos viene, y más con estos demonios de estu- 
tees? Apostemos que le han hinchido de gargajos, 
comoá ini en Zaragoza : lávese,, pecador soy á Dios, que 
tione las narices llenas de sangre. ¡Oh Suncho, Sancho, 
re^ndió don Quijote, y cómo aquellos follones que aJ 
me han parado se lo pueden agradecer al sabio Alquife, 
mi amigo! Que si por él no fuera, yo hiciera tal carnice- 
ría dellos, que sus viejos padres tuvieran bien que en- 
terrar, y sus mujeres que llorar todos los dias de su viüa; 
pero ya vendrá tiempo en que paguen por junto lo de 
anlauoylode hogaño. Respondió el mesonero oyéndole : 
Por su vida, señor caballero, que no se meta con estu- 
diantes; porque hay en esta universidad pasados de cua- 
tro mil, y tales, que cuando se mancomunan y ajuntan, 
^w temblar á todos los do la tierra ; y dé gracias á 
l)i<K, ()ues le han dejadocou la vida, que no ha sido poco. 
¡Ohcübarde gallina, dijo ilou Quijote, y uno de los más 
hueseaba llcrus que ciucn espada! ¿Y piensas tu que el 
valor de mi persona y las fuerzas de mi brazo y la lige- 
reza de mis pies, y sobre todo, el vigor de mi corazón, as 
tan pusilánime como el tuyo? Juro por vida de la reina 
Ceuubia, que es la que hoy más precio, que solo por lo 
que has dicho, estoy por tornar á subir en» mi caballo y 
f'Qtrar otra vez en la ciudad, y no dejar en ella per- 



somi ma, acabando basta perros y gatos, hombres y 
mujeres, y cuantos irivienles racionales é iiTacionales 
la luÜNtan, y después asolalla toda con fuego hasta qne 
quede, coom otra Troya, escarmiento á todas las nacio^ 
Bes, del griego furor. Sancho, tráeme presto á Reciñan^ 
te; qne quiero que vea este caballero ó mesonero, ó lo 
qne es, qne sé poner por obra lo que digo, mejor que de- 
. cilio de palabra. Eso del caballo, respondió el mesonero, 
aeSor caballero armado, no llevará vuesa merced esta 
vez, porque el autor de la compania de comediantes que 
está aqtii me ha dejado encargado infinitamente que no 
ae le diesa por nmgon caso, y por eso tengo cerrada con 
llave la caballeriza. ¡Qué comediantes ó qné nonada ! 
replicó don Quijote: ¿ puede haber en el mundo persona 
que vaya contra mi gusto ? Yo os prometo que lo podéis 
agradecer á aqnel sabio mi amigo que aquí me trajo, 
cuyo mandamiento no es razón que yo quebrante por 
ningún caso; qiiedeotra suerte, hoy hiciera un hecho 
tal, que hnbiera memoria del para muchos siglos. SI hi- 
ciera, dijo el mesonero; pero por agora vuesa merced 
se entre á cenar ; que haee reir mnebo á la gente que 
está en la puerta, y se nos va hinchendo k casa de mu- 
chachos, de suerte qne ya no cabemos en ella. Y con 
esto le asió de la mano y le subid adonde Bárbara esta- 
ba, con la cual pasó graciosísimos coloqoios, y no poco 
entremesados con las simplicidades de Sancho. Cenaron 
juntos bien y coa gusto, y tras ello se fueron todos á re- 
posar, y más don Quijote, que lo habia menester por h» 
molimientos pasados en la venta y calle Mayor : soh) hu- 
bo que al acostarse estuvo poríiadísirao en querer vol- 
ver á hacer el brebaje, ó precioso bálsamo qne él decía 
de Fierabrás, para curar las mortales heridas que sentía 
en los dientes; pero fuélo imposible hacerlo, porque 
dio el mesonero, conociendo sn locura, en deór no se 
ballaria en el pueblo cosa de cuantas pedia« 

CAPITULO XXIX. 

Gamo el valeroso don Qaijote Uegó á Madrid con Sancho y Bá^ 
bara , y de lo que á la entrada le sucedió con un Ütolar. 

Levantóse el valeroso don Quijote de la Manclia la 
mañana siguiente bien reposado, por liaberlo hecho la 
noche; y llamando á Sancho, mandó aderezase á Roci- 
nante y palafrén de la Reina con su rucio, echándoles 
de comer y ensillándoles mientras el huésped apresta- 
ba el ahnuerzo que hi noche antes habían concertado 
les aprestase. Hizose todo así; y almorzando bien de 
unos pasteles y pollos, rematadas las cuantas y pagadas^ 
subió don Quijote en Rocinante como tenia de costum- * 
bre, y la reina Bárbara, tapada (con harto cuidado de 
los de la posada, que procuraban verle la cara, si bien 
les fué imposible), en su muía, ayudada para ello de 
Sancho, el cual, repantigándose en el rucio, salió tras 
su amo y U Reina de la posada y lugar con liárta prisa; 
y fué tanta la que se dieron en el camino, que á las tres 
y media de la tarde llegaron junto á Madrid , ü los caños 
que llaman de Alcalá^ habiendo salido della á más de 
las nueve. Viendo don Quijote el calor que hacia, por 
consejo de Bárbara se determinó apear eu el prado de 
san Hierónimo á reposar y gozar de la frescura desús 
álamos,junto al cauoDorado» queUaman, do estuvieron 
todos hasta más de las seis, con descanso dellos y de las 
cabalgaduras, paciendo ellas, y durmiendo sus amos á 
ratos^ y á ratos platicando ; pero llegada» las seis , como 



•2 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



siñtíesen la gente qae iba laliendo al onlkiarío [aseo del 
Prado, determinaron sabir á caballo y entrarse en la 
corte ; y á la qne iban cruzando la calle, viendo don Qoí- 
jote tanta gente, caballos y carrozas, caballeros y damas 
como allí suelen acudir, se paró un poco, y Tolviendo 
la rienda á Rocinante, dio en pasear el Prado sin decir 
nada á nadie, apesarados Bárbara y Sancbo de su bu- 
mor, y siguiéndole por ver si le podrían poner en razón, 
y dándose al diablo viendo que llevaban ya tras si de 
la primer vuelta más de cincuenta personas, y que se 
les iban allegando muchos caballeros de los que por allí 
paseaban , admirados y llenos de risa de ver aquel hom- 
bre armado con lanza y adarga , y á leer las letras y ver 
las figuras que en ella traía, por no saber á qué pro- 
pósito traía aquello. Iba don Quijote tanto más ufano 
cuantos más se le llegaban , é íbase parando adrede para 
que pudiesen leer los motes que traía en la empresa, sin 
hablar palabra : otros le daban la vaya cuando le veian 
con aquella fignra y acompañado de la simple presen- 
cia de Sancho y de aquella mujer atapada , vestida de 
colorado , atribuyéndolo todo á disfraz y á que venían de 
máscara. Sucedió pues que yendo adelante don Quijote 
con este paseo y acompañamiento, sin que bastasen a po- 
nerle en razón sus consortes, vio venir una rica carroza 
tirada de cuatro famosos caballos blancos, á la cual 
acompañaban más de treinta caballeros á caballo y mu- 
chos lacayos y pajes á -pié : detúvose don Quijote luego 
que la vio, en mitad del camino por donde había de pa- 
i$ar, puesto el cuento de la lanza en tierra, esperando 
con gentil continente. Los qne venían con ella , cuando 
vieron tanta gente junta que tomaba media calle, y vie- 
ron juntameute aquel hombre armado de todas piezas 
y con su grande adarga , se llegaron al que dentro venia, 
que era un titular grave, que había salido á tomar el 
fresco, y le dijeron : Señor, allí abajo se ve una grande 
tropa de gente, y en medio della está un hombre arma- 
do, con una adarga tan grande como una rueda de mo- 
lino, y no sabemos, ni nadie sabe quién es ó á qué pro- 
pósito viene de aquella suerte. Cuando esto oyó el caba- 
llero, sacó U cab¿a fuera de la carroza, y como le vio 
llegar ya cerca, dijo á un alguacil de corte que iba ha- 
blando con él, le hiciese placer de ir á saber qué era 
aquello : fué á verlo, y apenas se apartó de la carroza, 
cuando llegó á ella un lacayo del mismo señor y le dijo : 
Ha de saber vuesa señoría que aquel hombre armado 
que allí viene, le vi yo en Zaragoza habrá un mes , cuan- 
do fui á llevar el recado del casamiento de vuesa seño- 
ría á mi señor don Cáríos, en cuya casa comí con su es- 
cudero un día, después de una famosa sortija que allí 
liubo^ en la cual fué convidado este armado, que es me- 
dio loco, ó no sé cómeme lo diga ; si bien decían que es 
rico y honrado hidalgo de no sequé lugar de la Mancha; 
pero por haberse dado demasiado á leer los fabulosos 
libros de caballerías que andan impresos, teniéndolos 
por verdaderos, ha quedado desvanecido de manera, 
qne saliendo de su tierra, se le ha antojado que es caba^ 
Uero andante y que anda por tierras ajenas, de la suer- 
te que se ve; y trae por escudero un pobre labrador do 
su mismo lugar, que es el que viene á su lado en un 
jumento, única pieza, y muy gracioso, y grandísimo co- 
medor. Y tras esto le fué contando todo lo que don Qui- 
jote había iieclto en Zaragoza con el azotado, y lo de la 
sortija, y cómo el «ecretario de don Garlos se había he* 



cho el gigante Bramidan de Tajaynnque, y que sin duda 
vernia ahora á buscarte á la corte para hacer batalla con 
él; porque de todo tenia bastantísima noticia el lacayo, 
por lo que los criados de don Cáríos le habían referido. 
Maravillóse mucho el caballero de lo que se le decía de 
aquel hombre, y propuso luego llevársele á su caá i 
aquella noclie con la compañía que traía, para diver- ; 
tirse con ellos. Estando en esto, volvió el alguacil á la ' 
carroza y dijo : Es, señor, aquel hombre una délas 
más raras figuras que vuesa señoría ha visto : llámase, 
según dice. Caballero Desamorado, y trae en la adaqp 
ciertas letras y pinturas ridiculas; y juntamente víen 
con él una mujer vestida toda de colorado, la cual diee 
que es la gran Cenobia, reina de las Amazonas. Poes 
guíen hacia allá la carroza, dijo el señor, y veremos qué 
es lo que dice. Ya que llegaban cerca del, tiró don Qqí- 
jote de hi rienda de Rocinante, y llegóse á un lado de b 
carroza, y puesto en presencia del caballero, dijo coa 
voz grave y arrogante, que lo oyesen los circunstan- 
tes : ínclito y soberano principe Períaneo de Persia, 
cuyo valor y esfuerzo tuvo á costa suya bien experímeo- 
tado el nunca vencido don Belianís de Grecia, vuestro 
mortal enemigo y competidor sobre los amores de la 
sin par Florisbella , hija del emperador de Babilonia, á 
quien en muchos y varios lugares distes bien qne en- 
tender, haciendo con él singular batalla, sin liallane 
entre los dos jamas ventaja alguna , asistiendo de vues- 
tra parte el prudentísimo sabio Friston , mi contrario: 
yo, como caballero andante, amigo de buscar las aven- 
turas del rnnndo y probar las fuerzas de los bravos y 
valerosos jayanes y caballeros, he venido hoy á esta co^ 
te del rey Católico, do habiendo llegado á mis oídos el 
gran valor de vuestra persona, y siendo tal cual yo lie 
muchas veces leído en aquel auténtico libro, me I» pa- 
recido me sería mal contado si dejase de probar mí 
ventura con vuestro invencible esfuerzo hoy aquí ea 
aqueste Prado, delante de todos estos vuestros caballe- 
ros y déla demás gente que nos está mirando; y esto 
hago porque soy único y singular amigo y aficionadoal 
príncipe don Belianís de Grecia por muchas razones: 
la prímera, por ser él crístiano y hijo también de empe- 
rador crístiano, y vos pagano, de las casas y casta del 
emperador Otón, gran turco y soldán de Persia; y la 
segunda, por quitar de delante á aquel grande amigo 
mío un estorbo tan grande como vos sois, para que asi 
con mayor facilidad pueda gozar de los sabrosos amores 
que con la infanta Florisbella tiene, pues se ve y sabe 
clarísimamente que la merece mucho mejor que vos, á 
quien no faltarán otras turcas hermosas con quien po- 
dáis casar ; que no es posible deje de haber muchas en 
vuestra tierra; y dejar á Florísbella para don Belianís de 
Grecia, mi amigo ; y si no salís luego de vuestra carro- 
za, y subís luego en vuestro preciado caballo, en po- 
niéndoos vuestras encantadas armas, para pelear con- 
migo, mañana publicaré delante de toda esta corte y de 
su rey vuestra cobardía y poco ánimo, después de haber 
muerto al gigante Bramidan de Tajaynnque, rey de Chi- 
pre, y al hijo alevoso del rey de Córdoba : por tanto res- 
pondedme luegocon brevedad, y si no, daos por vencido, 
y yo me iré á buscar otras aventuras. Maravilláronse 
todos de los disparates qne habían oído decir á don Qni- 
jote , y comenzaron á hablar sobre ellos unos con otros 
riendo del y de su figura; pero Sancho, que había estado 



DONQiniOTE 

mvyaleDto i to qoe sn tmo había dicha, se llegó, caba* 
iiencasa asno, junto ¿ la camna, diciendo: Señor Peri- 
neo Toesa iperrád ne conoce bien á mi amo como yo le 
Mozco ; pues sepa que es hombre qne ha hecho goer- 
«idon con otros mejores que Toesa merced , pues la ha 
lediocon vizcaínos, yangúeses, cabreros, meloneros, 
itodiantes, y ha conquistado el yelmo de Hembríllo, y 
10 le conocen la reina Mieomicona , Ginesilto de Pasa- 
vote, y lo quemases, laseñora reina Segovia, que aqni 
áste; y aun es hombre qne en Zaragoza acometió á 
las de doscientos que llevaban on azotado, como ya 
úásL por acá : por tanto mire qne tenemos rancho que 
dcer, y las cabalgaduras vienen cansadas ; yo y la se-» 
áon Reina vamos con alguna poqnilla de hambre : dése 
ines por las entrañas de Dios por vencido, como mi amo 
esaplica, y tan amigo como de antes, y no busque tres 
imi\ galo, pnes si los desta tierra son como los de la 
Bía, DO tienen menos qne cuatro : déjenos ir con Bar- 
nbBsáoaestro moeon , y vuesa merced y estos herejes 
de Persia, su patria ,- quédense mucho de noramala. El 
caballero dijo al alguacil que con él iba, le respondiese 
de so parte, y se le llevase aquella noche ¿ su casa. El 
Id hizo, diciendo á don Quijote : Señor Caballero Des^ 
amondo, en extremo liolgamos todos los circunstantes 
de haber visto y conocido hoy en vuesa merced á uno de 
loii mejores caballeros andantes que en el ieltce tiempo 
deAjiiadis y en el de Febo hallarse pudieron en Grecia; 
y doy gnciasá los dioses, pnes siendo paganos nosotros, 
con» deo¿oles dijo , habernos merecido ver en esta 
eorteal qoe tanta fama y nombre tiene en el mondo, y 
enedeá todos cuantos liasta hoy hayamos oido visten 
donsarmasysoben en poderosos caballos : por tanto, 
«uelsopriactpe, aquí el señor Períaneo aceta de muy 
baena gana la batalla con vuesa merced ; no porque de- 
Va pretenda salir con Vitoria, sino para poderse alabar 
deiide quiera que se lialbre (dejándole empero vuesa 
merced con la vida) de haber entrado en batalla con el 
mqor caballero del mundo, y de quien el ser vencido 
Ksaltari infinita gloria suya y lustre de su linaje ; pero 
UiataUa, si ¿ vuesa merced le parece, será el día que 
«staoocbe concertáremos en su casa, en la cual él y yo 
lieoos de recebir merced que vuesa 'alteza y toda su 
compañía se vayan á alojar, donde los regalará y servirá 
<^ mocho cuidado, en particular á la señora reina Ce- 
Bobia, ¿quien desea en extremo conocer ; y asi la rue- 
S><IQe, para qae todos demos gracias á los dioses en 
^sa peregrina hermosura, sea servida de descubrir el 
^royqQiuirlannbeqne(i)doaqnesos sus dos bellos 
^ está paesta, pan que su resplandor alumbre la 
«Moodeide la tierra, y haga detener al dorado Apolo en 
«iIamiD<eaesren, admirado de ver Ul belleza, bastante 
«^Hrienaemluzá él, pues es cierto vencerá ladean 
^^aj^oe. Don Quijote se llegó á ella, diciendo que 
«Q lodo caso descubriese el rostro delante del príncipe 
^«nancodePersia; que importaba mucho. Rehusábalo 
f"J.' ^'^ discreta, cuanto pedia ; pero Sancho, que 
/Ottesíado repantigado en el asno, sin quitarse jamas 
^Peroza, se llegó al estribo de la carroza y dijo : Señor 
^¡^0 y mi señor don Quijote de la Mancha, Caba- 
^Desamorado por mar y tierra, decimos que besa- 
^«▼uesas mercedes las manos por el servicio que 
m^ en convidamos á cenar á so casa, como lo hizo 
^^*"«^P^^e«« ve falte. 



DB LA MANCHA. 



93 



en fragosa don Carlos, que buen siglo haya; y digo 
que iremos de muy buena gana todos tres en cuerpo y 
en alma , asi como estamos ; pero la señora reina Sego- 
via desde alli donde está me hace del ojo, diciendo 
qne no puede por agora descubrir la cara , hasta que se 
ponga la otra de las fiestas, que es muy mejor que la 
que agora tiene: por tanto vuesa merced perdone. En 
esto se llegó más cerca por el otro lado á la carroza don 
Quijote, tirando de la rienda á la muía de Bárbara, á la 
cual, mal de su grado, traia ya descubierta la cara, más 
propria para hacer acallar niños por su malacatadu* 
ra (2), que para ser vista de gentes ; á la cual como vie- 
sen todos los circunstantes tan fea y arrugada, y por 
otra parte con el chincharron mal zurcido y peor apun- 
tado, no pudieron detener la risa ; y viendo Sandio que 
el caballero de la carroza se la estaba mirando de espa« 
cío, y se santiguaba viendo su fealdad y la locura de 
don Quijote, dijo : Bien hace vuesa merced de persi- 
narse, porque no hay cosa en el mundo mejor, según 
dice el cura de mi lugar, para hacer huir á los demo- ' 
nios ; que aunque la señoraReina no loes por agora, po*> 
dria ser, si Dios le diese diez años de vida sobre los qne 
tiene, faltarie poco para serio. El caballero, disimulan- 
do cnanto pudo, dijo á Bárbara : Por cierto, señora 
reina Genobia, que ahora digo muy de veras que todo 
lo que el señor Caballero Desamorado nos ha dicho de 
vuesa merced es mucha verdad, y que él se puede tener 
por dichoso en llevar consigo tanta nobleza por el mon- 
do, para afrentar y correr á todas las damas que hay en 
él, especialmente en esta corte : por tanto vuesa merced 
nos diga de dónde es, y adonde va con este valiente ca- 
ballero, si es servida ; porque esta noche vuesa merced 
y él y este buen hombre, que dice las verdades desnu-^ 
das, han de ser mis huéspedes y convidados. Bárbara lo 
respondió : Señor, si vuesa merced es servido, yo no 
soy la reina Cenobio, como este caballero dice, sino una 
pobre mujer de Alcalá, qne vivo del trabajo de mi hon- 
rado oficio de mondonguera ; y por mi desgracia un be- 
llaco de un estudiante me sacó, ó por mejor decir, me 
sonsacó de mi casa; y llevándome á la de sus padres^ 
con nombre de qne se queria casar conmigo, me robó 
cuanto tenia en un pinar, dejándome atada á un pino en 
camisa; y pasando este caballero con cierta gente, roe 
desataron y llevaron á Sigüenza ; y el señor don Qui- 
jote, que es el que viene armado (andaba en esto don 
Quijote enseñando á unos y á otros las pintoras de su 
adarga , ufano de que tantos le mirasen ) , á quien falta 
tanto de juicio cuanto le sobra de piedad , me hizo este 
vestido y me compró esta muía en qne llegase á Alcalá, 
llamándome por todos los lugares, caminos y ventas la 
reina Cenobia, y sacándome algunas veces á las plazas 
para defender, como él dice, mi hermosora, siendo tal 
por mis pecados como vuesa señoría ve ; y agora , que- 
riéndome quedar en mi tierra, me ha persuadido á que 
venga á la corte, donde dice que ha de matar á un hijo 
del rey de Córdoba , y á un gigante, qne es rey de Chi- 
pre,y queá mí me ha de hacer reina deaquel reino ;y yo» 
por no ser desagradecida á las mercedes que me lia he- 
cho, he venido con él, con intento de volver lo más 
presto que pudiere á mi tierra. Y mire vuesa señoría 
si manda otra cosa ; que me quiero ir ; que parece que 
estos señores que están presentes se ríen mucho, y po- 
(S) C«r«i 8c lee en la primera edición; enhtercert, cutttdnra. 



94 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANOBZ DE AVELLANEDA. 



drian dar ocasión á doo Quijote con sa risa ^oe, como 
loco, hiciese alguna neoedad.Vol vio en esto la rienda á la 
muía, y fuese para donde don Quijote estaba ; y Sandio 
dijo al titular ; Ya ve vucsa merced « señor mió, cómo ia 
señora Reina es una buena persona, á quien Dios eche 
en aquellas partes en que más della se sirva ; y perdó- 
nenos si ella no tiene tan buen hocico como mi amo ha 
dicho y vuesa merced merece ; pues suya es la culpa, 
suya es la gran culpa, porque yo le he dicho muchas 
veces gue por qué no procuraba que aquel persignum 
crueis que tiene en la cara , se le dieran en otra parte, 
pues fuera mejor donde no se echara tanto de ver; y 
ella dice que á quien dan no escoge : por tanto, vuesa 
merced se venga luego; que ya se acerca la noche para 
cenar, y á fe que por la gracia de Dios no he menester 
yo agora más mostaza ni perejil para hacello famosa* 
mente, que el apetito que traigo. Con esto, sin más cor- 
tesía, comenzó á arrear su asno , y fuese para donde es- 
taba Bárbara y don Quijote con toda aquella gente, á la 
cual tenia suspensa con un largo razonamiento de Rasu- 
ra y LaiQ Calvo, diciendo que les había conocido, y que 
ora gente muy honrada y para mucho; pero que nin- 
guno dellos llegaba á su persona, porque él era Rodrigo 
de Vivar, llamado por otro nombre el bravo Cid Cam- 
peador. Oyóle Sancho estas últimas razones, y dijo : \ Oh 
reniego de cuantos Cides hay en toda la cídería! ¡Venga, 
señor! Pecador soy yo á Dios ; que estas pobres cabalga* 
duras están de suerte que do pueden ediar la palabia 
del cuerpo, según están de cansadas y muertas de ham- 
bre. \ Qué mal, oh Sancho, respondió don Quijote, co- 
noces tú á este caballo 1 Yo te juro que si le preguntases, 
y él te supiese responder, cuál quiere más , estar escu- 
ciíando lo que yo digo de guerras, Imtallas y noblezas 
de caballeros, ó media hanega de cebada , que él diría 
que gusta sin comparación más de que hable de aquí al 
día del juicio, que no de comer ni beber; y es cierto se 
estaría días y noclies escuchándome con mucha aten- 
ción. Estando en esto, U^ó un criado del titular dicien- 
do á don Quijote : Señor Caballero Desamorado, mi se- 
ñor le suplica se venga conmigo á su casa, porque quiere 
que vuesa merced, la reina Cenobia y su Gel escudero 
sean sus huéspedes y convidados' esta noche y en todos 
los demás días que á vuesa merced le pluguiere, hasta 
que se remate el desafío ¿ que le tiene aplazado. Señor 
caballero, respondió don Quijote, con notable gusto ire- 
mos i servir al príncipe Perianeo : por tanto no hay sino 
guiar hacia allá ; que todos iremos siguiendo. 

CAPITULO XXX. 

De la pelifTOM y «hidosa bauUa qae naestro eateUero lavo 
coa un p^e del titular y un alguacil. 

El criado, don Quijote , Sancho y Bárbara comenza- 
ron i caminar hacia casa del titular que les había con- 
vidado, con no pocaadmiracion de cuantos los topaban 
por las calles, ni menor trabajo del criado en decir á 
unos y á otros el humor y nombre del armado, y calidad 
de la dama , y adonde y para qué fin los llevaba. Con esta 
molestia los entró en casado su señor, y mandando dar 
recado á las cabalgadoras, los subió hiego á los tres á un 
rico aposento^ diciendo á don Quijote : Aquí, señor ca- 
l)allero, puede vuesamerced reposar, quitarse las armas 
y asentarse én esta silla li^sta que mi señor venga ; que 
no puede tardar mucho. A lo cual respondió don Qui- 



jote que no estaba acostumbrado á desarmarse jan» 
por ningún caso , y menos en tierra de paganos , doide 
no sabe el hombre de quién se ha de Gar ni lo que pae- 
de fácilmente suceder ¿ los caballerosandantes, en do- 
honor del valor de sus personas. Señor, replicó el crínlo, 
aquí todossomos amigos,y deseamos servir á los cabille* 
ros de la calidad de vuesa merced, y así bien puede esUr 
en esta casa sin cuidado ni recelo de contraria fortona. 
Pero viendo que todavía porfiaba en no quererse desar- 
mar, se fué diciendo hiciese so gusto y aguardase á que 
su señor viniese, dejándolos con un paje de guarda pan 
mayor seguridad de que no saliesen de casa. ComenzóBe 
don Quyote á pasear por la sala , y viéndose Bárbara can 
buena ocasión y áselas para hablaríe, lo hixo diciéndo- 
le: Yo, señor don Quijote, he cumplido mi palabra ea 
venir con vuesa merced hasta la corte ; y pues ya enanos 
en ella, le suplico me despache lo mas presto qoe pudie- 
re, porque tengo de volverme á mi tierra á negocios qne 
roe importan ; tras que temo, lo que Dios no quiera, qoe 
aquel alguacil que iba conelseñor de la carroza, á quien 
vuesa merced llamaba principe de Persia, nos lia hecfae 
traeráesta casa para saberquiénes vuesa mercedyqoién 
soy yo ; y es cierto que viendo como ando en compañía 
de vuesa merced, ha de pensar que estamos aroancebi- 
dos, y nos harán llevar á la cárcel pública, donde temo 
seremos rígurosamente castigados y afrentados ; y vuesa 
merced créame , y guárdese no le pongan en ocasión de 
gastar en ella ese poco dinero que le queda ; y de^es, 
cuando quiera, volviendo sobre sí, meterse en sn tiena, 
no se vea forzadoá haber de mendigar: por eso mire loqae 
en este negocio debemos hacer, pues en todo seguiré de 
bonísima gaoasu parecer. Señora reina Cenobia, dijodon 
Quijote, yo sé claramente que el caballero qoe iba en la 
carroza es el príncipe Perianeo de Persia, y el que lla- 
ma alguacil es un escudero honrado suyo : por cante 
pierda vuesa merced el miedo: estése conmigo, por na 
hacer placer, siquiera seis días en esta corte ; que des- 
pués yo proprío la volveré á su tierra con más honra qoe 
piensa. Par Dios, señor don Quijote, d ijo Sancho eslaiiiio 
en estas razones , que aquel que iba en la carroza , qQ< 
nosotros llamamos pagano, oí decir á no sé cuántos que 
era nn no sé quien, sí sé quien, hombre bonísimo y eriü- 
tiano ; y á fe que me lo parece, lo uno por su caridad, 
pues noshaconvúhidoá cenar y ácomercon tnntahbeni' 
lidad ; k) otro porque si él fuera pagano , claro está qw 
estuviera vestidocomo moro, decolorado, verde ó alll^ 
ríllo, con su al&DJe y turbante; peroél está , cnal Dios le 
hizo y su madre le parió y vuesa merced ha visto, todo 
vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban 
de la misma suerte ; y más, que ninguno hablaba en 
lengua paganuna, sino en romance, como nosotros. Por- 
fió á esto don Quijotecon cólera, diciendo: Pnes aonque 
tú y la Reina digáis lo que quisiéredes, él es fin falta nin- 
guna el que ya tengo dicho. Entonces Bárbara llamó al 
paje que estaba á la puerta, y le dijo : Diganos, smt 
mancebo, aquel señor que iba en la carroza por el Pra- 
do, acompañado de tanta gente, á quien este caballero 
y yo hablamos, ¿quién es? El paje le respondió quién 
era y su calidad , y cómo los había mandado expresa- 
mente traer á su casa. ¿Y qué nos quiere hacer? replicó 
Sancho ; no nos veamos en otra tabulación como en la 
que yo me vi en la cáricel de Sigúenza , tan cargado do 
piojos^ que^ aun de los que me quedan dtsde eotónccf, 



DORODOOTe 

lodfk hioeliír toedií docena de almohadas. Ninguna 
!ffa pretende mi stoor, respondió el paje» sino lenercon 
roests mercedes algnn buen rato de entretenimiento» y 
egaiarles. Veni acá» paje» dijo don Quijote : ¿vaestroamo 
i se llama Períaneo de Persia » hijo del gran soldán de 
nsia y hermano de la infanta Imperia» competidor 
d oonca Tencido don Belianis de Grecia ? Rióse mny 
^propósito el paje cuando oyó tantos disparates» y re&- 
Midióle : Ni mi aefior es príncipe de Persia ni turco» 
en su vida estuvo allá ni vio á don Belianis de G^- 
I» cuyo libro mentiroso tengo yo en mi aposento. ¡Oh 
ije Til y de inrame ralea 1 dijo don Quijote : ¡ y menti- 
3» llamas á ono de los mejores libros que los famosos 
^ttgosescñbieronl Td y el bárbaro torco de tu amo sois 
KQiealirosos» y mañana se lo haré yo confesar ¿ él» mal 
oe le pese^ delantedel Rey» con los filos desto espada. Di- 
o^respondio el paje» que mi señor es mny bnen cristia- 
o,caballen>de to bueno, y conocido en ^aña; y quien 
I eoatnirio dijere» miente y es on bellaco. Don Qui- 
ote, qoetal oyó» metió manoá su espada y se fué» hecho 
10 nyo, para el poje. El , en viéndolo» se bajó por la ancha 
escakraála calle» y saliendo á sn puerta» deda á voces : 
^Ipael bellaco que pone lengua en mi señor ; qne yo 
Mitquelecueste caro. Y diciendo y haciendo tomó una 
{Hcdradelacalle contra don Quijote» el cnal salió tam- 
bién áeiij armado como estaba; y con la espada en la 
mano j cubierto con su adarga » se fué contra el paje» 
elciui anticipándose en la ofensa» le tiró la fiiedra qne 
teoia, con tal furia , que le dio con ella tal y tan desati- 
Bikio golpe» qne á no hallarle el pedio armado le pu- 
siera kiVida en contingencia. Al ruido y voces que todos 
iJaliao se llegó mucba gente ; y como vieron aquel hom- 
bre armado con la espada y adarga » amenazando y aun 
arremetiendo al paje del conocido titular» no sabían qué 
» decir. Llegaron dos alguaciles con sus corchetes lue- 
go al corrillo» y viendo lo que pnsaba, se le acercó el 
iino, é iotcutaudo quitarle la espada» le dijo : ¿ Qué ha- 
céis, hombre deBarrabas? ¿Estáis loco? \ En tal puesto 
?copira paje de persona de prendas tales, cual es el 
¿«íiodél y de esta casa» metéis mano! Venga la cs- 
I^dalaego, y venios á la cárcel ; que á fe que os acor* 
daiéisde la burla más de cuatro pares de días. No res- 
powiíú palabra don Quijote» sino que echando nn pié 
itm y levantando la espada » dio al bueno del alguacil 
^oa gentil cachillada en la cabeza » de la cual le comen^ 
z'^ásalir mucha sangre. Viendo esto el herido alguacil, 
comenzó á dar voces diciendo : ¡ Favor á la justicia ; que 
'whamocrto este hombre! Llegáronse al ruido mil 
«rckies y algnaciles y otras personas» metiendo lodos 
^>tioá sus espadas contra don Quijote» el cual con mu- 
flía alegría decia : Salga Períaneo de Persia con todos 
s^is aliados ; que yo les daré á entender que él y cuantos 
<« eia caía viven son perros enemigos de la ley de Je- 
siícrisio. Y con esto arrojaba á dos manos cuchilladas á 
i^^pattes. El pobre Sancho estaba á la puerta miran- 
^oloqoesQ amo hacia» y dijo en voz alta : Eso si» se- 
'lordooQoijote» no se dé por vencido á esos bellacos de 
tirites, que le llevarán al Alcorán» y le circuncidarán 
"íílqoe le pese» y después le pondrán á los pies unas 
^Ms de hierro, como á mí en Sigüenza. En esto cargó 
^^ gente sobre nuestro buen hidalgo» que á pesar 
«Jijóle quitaron la espada» y agarrándole media docena 
^ccorclietes, le ataron las manos atrás. Acertó á pasar 



DB LA mancha: 9S 

por allí» cuando andaba en esta refriega» que era al atio- 
cfaecer» un alcalde de corte en su caballo» el cual viendo 
tanta gente junta» preguntó qué era la causa de aquello, 
y uno de los circunstantes le dijo : Señor» una grandísima 
desvergüenza ; qne un hombre armado de todas piezas 
ha entrado en esta casa» do vive» como vuesa merced 
sabe» tal titular» y ha querido matar en ella un paje suyo» 
y queriéndole prender ciertos alguaciles por ello y la 
resistencia que les hacia» temerariamente ha dado á uno 
de ellos una muy buena cuchillada. \ Mal caso! respon- 
dió el alcalde de corte ; y llegando donde los corchetes 
tenían á don Quijote sin poderle llevar» según se resis- 
tía» mandó qne le dejasen ; y así le levantaron de tierra» 
y puesto en pié, atadas las manos atrás» le dijo el alcal- 
de» maravillado de vcrié de aquella suerte y con tanta 
cólera : Vení acá» hombre del diablo : ¿de dónde sois 
y cómo os llamáis » que tanto atrevimiento habéis teni- 
do en casa de dueño de tan ilustres calidades? Don Qui- 
jote le respondió : Y vos» hombre de Lucifer» que eso 
preguntáis, ¿quién sois? Lo que habéis de hacer es ir 
vuestro camino adelante mucho do noramala » y no me- 
terosen lo que no os va ni os viene ; que yo» quien quiera 
que fuere» soy cien veces mejor que vos y la vil puta que 
os parió» y os lo haré confesar aquí á voces» si subo en 
mi preciado caballo y tomo 1a^ lanza y adarga que 
aquesta soez y vil canalla me ha quitado; pero yo les 
daré ci castigo que su loco atrevimiento merece» en ma- 
tando al rey de Chipre Bramidan de Tajayunque» con 
quien tengo aplazada batalla delante del rey Católico ; y 
juntamente tomaré venganza del príncipe Perianeci de 
Persia» cuyas son estas casas» si no castiga la descorte- 
sía que los de su real palacio me han hecho» siendo yo 
Fernán González» primer conde de Castilla. Maravillóse 
el alcalde de corte deoirlosdisparates de aquel hombre ; 
pero uno de los corchetes dijo: Vuesa merced» señor» crea 
que este hombre es más bellaco que bobo» y ahora qne 
ha liecho el disparate y lo conoce, se hace loco para qne 
no le llevemos á la cárcel. Ahora sus» dijo el alcalde de 
corte» llévenle áelb» y pónganle á buen recado hasta 
mañaRa que salga á la audiencia y se vea sn pleito. Con 
esto le comenzaron á asir los corchetes» resistiéndose él 
cnanto podía. Sucedió pues que á esta hora» que ya eran 
cerca de las nueve» llegó el titular á la puerta de su casa 
con mucho acompañamiento» y como vio tanta gente 
jtinta en sn calle» preguntó la causa» y llegándose á él 
el alcalde de corte» le contó cnanto aquel hombre ar- 
mado habia hecho y dicho. En oyéndolo» se rió mucho 
el titular dello» y refiriendo al alcalde lo qne don Qui- 
jote era » y cómo por su orden le habian traido á su casa» 
' le suplicó le soltase» dándoselo como en Gado ; que él 
se obligaba á entregársele siempre que le requiriese ó 
constase que no era lo qne le contaba» obligándose jun- 
tamente á todos los daños y costas de la cura del algua- 
cil y á satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron 
todos tos circunstantes qne le acompañaban» descocos 
de pasar la noche con el entretenimiento que les pro- 
metía el humor del preso yde los que venían en su 
compañía. Vióse obligado ef alcalde» viendo los ruegos 
y seguridades que le daban gente tan principal » á con- 
descender con su deseo ; y así mandó á los corchetes le 
soltasen y entregasen al dicho titular» el cual viéndolo 
libre, le d ijo : ¿ Qué es esto» señor Caballero Desamorado? 
Qué aventura es esta que le ha sucedido? Respondió 



96 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



don Qtiijúte :.¡0h mi señor Perianeo de Persial No es 
nada; que como toda esta gente es gente bahana^ no he 
querido hacer batalla con ella^ aunque creo que alguno 
ha llevado ya el pago de su locura. En esto llegó Sancho, 
el cual estaba de lejos mirando todo lo que su amo había 
padecido; y quitándose la caperuza, dijo: ¡Oh señor 
principe! Su merced sea bien venido para que libre i 
mi señor destos grandísimos bellacos de alcaldes, peo- 
res que el de mi tierra, pues se han atrevido á quererle 
llevar agarrado i la cárcel, cual si no fuera tan bueno 
como el rey y papa y el que no tiene capa ; que he visto 
el negocio de suerte , que si no fuera por vuesa merced, 
creo que sin duda lo efectuaran, y aun yo, i no temerles, 
les diera dos mil mojicones. Bien podéis creer, amigo, 
dijo el caballero, que si no lofuerayo tanto del alcalde de 
corte como lo soy, y el respeto que él, como tal, me tiene, 
que lo pasara mal el señor don Quijote :^á quien asien- 
do de la mano tras esto, d ¡jo : Venga vuesa merced, señor 
principe de Grecia, y entre en mi casa; que en ella todo 
se hará bien, y los bellacos de sus contrarios serán cas- 
tigados como merecen. Y despidiéndose con mucho co- 
medimiento de algunos de los que le acompañaban, 
como lo liabia hecho ya del alcalde, se subió arriba con 
don Quijote y con Sancho. Quedáronse los corchetes he- 
chos unos matachines en la calle sin la presa, y pasma- 
dos de ver que el titular llevase aquel hombre á su kdo 
llamándole principe. 

CAPITULO XXXI. 

De lo qoe sDcedid i noestro invencible caballero encasa del tito- 
lar, y de la llegada que hizo en ella aa cufiado don Carlos en 
eompafiia de don Alvaro Tarfe. 

En subiendo arriba, dio orden el señor á su mayor- 
domo llevase á cierto cuarto á don Quijote, Bárbara y á 
Sancho, y les diese bien y abundantemente de cenar; y 
habiéndolo ellos hecho, y lo mismo él, mandó al mismo 
mayordomo le sacase en su presencia á Bárbara, para 
dar principio al entretenimiento que pensaban tener él 
y los que hablan cenado en su compañía, que eran al- 
gunos caballeros, con los dislates de don Quijote, con- 
fiando les daría cuenta de su principio y causa la dicha 
Bárbara. Bajó pues ella, no poco turbada y medrosa do 
verse llamar á solas ; y puesta en presencia úe los caba- 
lleros, la dijo el que la habia hospedado : Díganos la ver- 
dad desnuda, señora reina Cenobia, de sa vida y de la 
deste galán y valeroso caballero andantequetanto la cela 
y deGende. La mía, señores ilustríúmos, es la que tengo 
dicha en el Prado, breve y llena de altos y bajos, como 
tierra de Galicia. Bárbara de Villalobos me llamo, nom- 
bre heredado de una agüela que me crió, buen siglo ha- 
ya, en Guadalajara : vieja soy, moza me vi, y siéndolo, 
tuve los encuentros que otras, no faltándome quien me 
rogase y alabase, ni á ipi me faltaron los ordinarios des- 
vanecimientos de las demás mujeres, creyendo aun más 
de lo qiíe me decía de mi talle y gracia el poeta que me la 
celebraba, pues lo era el bellacon que á cargo tiene mi 
pudicicia : entregúesela, y entregúemele amándole, 
y mintiendo á las personas que me pedían de derecho 
cuenla^de mis pasos. Supiéronse presto en Guadalajara 
los en que andaba ; que no hay cosa más parlera que una 
mujer, perdido el recato, pues en lengua, manos, pies, 
ojos, meneos, tr^je y galas trae escrita su propia des- 
honra : sintió mi agüela la miaá par de muerte, y murió 



presto del sentimiento : túvole yo grande por ello, y m 
porque mi Eacarraman me habia ya dejado. Habe i 
heredarla : vendi los muebles y hice todo el dinero qi 
pude dellos, con qae me bajé ¿ Alcalá, do be tívu 
más de veinte y seis años, ocupada eq servir i todo 
mundo, y más á gente de capa negra y hábito largo ; qi 
en efecto soy naturalmente inclinada á cosa de letras ; 
bien las mias no se extienden á más qoe á liaoer y ú& 
hacer bien una cama, á aderezar bien un meDodo, pa 
grande que sea, y sobre todo, á dar sn punto á una al 
podrida, y abahar de pópulo bárbaro una escadillaÉ 
repollo, sopas y caldo. Lo demás de la desgracia úlcifli 
que me sacó de aquella vita bona, ya se lo tengo didí 
á vuesa señoría en el Prado, y le he dado cuenta de cóm 
creí al socarrón del aragonés, qne me dio á entender s 
casaría conmigo si, vendidos mis ninebles, le segni 
hasta su tierra ; mejor le siga la desgracia, qoe él cum- 
plió lo prometido : yo si que fui tonta, y asi es bieo qm 
quien tal hace que tal pague. Metióme en un pinar,; 
hurtóme cuanto llevaba, dejándome aporreada y m» 
niatada en camisa : pasó por allí este locazo mentecata 
de manchego con el tonto de Sancho Panza y oírot 
que iban con ellos, y sintiendo mis lamentos, me de- 
sataron y ampararon, trayéndome consigo hasta Si^ 
güenza, do me vistió don Quijote de ki ropa que traíH 
go, con que me veo obligada á acompañarle hasta qs^ 
se canse de llamarme reina Cenobia, y de sufrír él y sa | 
escudero los porrazos é injurias que loa he visto su&? ! 
en Sigüenza y en la venta vecina de Alcalá, do el aolMi 
de tal compañía de comediantes les apuró de snertej 
que por poco acabaran con sus desventuradas aventa- 
ras. Refirió tras esto cuanto en la venta y en Alcalá les 
habia sucedido, hasta llegar al Prado, con un desenfado 
y donaire que á todos les admiró y provocó á risa. Uao-j 
daron para cumplimiento de la farsa bajar á don Qui-j 
jote y á Sancho; y puestos ambos en su presencia, el 
imo armado y el criado encaperuzado, dijo el titulará 
don Quijote : Bien sea venido el nunca vencido Cañ- 
ilero Desamorado, defensor de gente menesterosa, des- 
facedor de tuertos y endilgador de justicias. Y asealán- 
dolé junto á si, y á Bárbara á su lado, que no se qul<o 
asentar de otra suerte, prosiguió, estando la sala llena 
de la gente de casa» que perecía de risa : ¿Cómo \e\ki 
vuesa merced en esta corte desde que está en ella ? Dé- 
nos razón de lo que siente de sn grandeza, y penlóneiB¿ 
el atrevimiento que he tenido en querer alojar en ni 
casa personas de tan singular valor, cual son vuesa mer- 
ced y la señora reina de las Amazonas, recibiendo la vo- 
luntad con que le sirvo, pues ella suple la falta délas 
obras. Esa recibo, respondió don Quijote, invicto prín- 
cipe Perianeo, y lo mismo hace la poderosa reina Ceoo- 
bia, que aqui asiste honrando esta sala ; y tiempo ven- 
drá en que yo pague tan buenos servicios con ventaja, 
y será cuando yendo con el duque AlGron persiano á la 
gran ciudad de Persépolis, le haga casar á vuesa merced 
á pesar de todo el mundo con su bella hermana, Ilaroin- 
dome entonces yo, por la imagen que traeré en el escu- 
do, el Caballero de la rica Figura, pues será la que lle- 
varé pintada al vivo en él, de la infanta Florisbella de 
Babilonia. Suplico á vuesa merced, dijo el .titular, qite 
era hombre de gallardo humor, no toque esa tecla de la 
infanta Florisbella, pues sabe que yo ando muerto por 
sus pedazos ; y hágame merced de que se quede este ne* 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



pcioaquí; qoe presto se iveriguará la jasücia de mi 
)fetension eo e&la porte, eutrando con Tuesa merced en 
iietalla campal que tengo aplazada. Su ejecución ins- 
0, replicó don Quijote, y barras dereclias. Salió Sancho 
^oza en oyendo esto, y dijo : Par diez, señor pagano. 
De mesa merced es tan hombre de bien como yo haya 
isto en toda la Paganía otro, dejando aparte que es mal 
nstíano, por ser, como todo el mundo sabe, turco ; y asi 
o querría pusiese la vida al tablero, entrando en ha- 
ilia con mi señor ; que seria mal caso viniese á morir á 
is manos quien en su casa nos ha hecho servicio de 
amos de cenar como á unos papagayos, tantos y tales 
;ol«ados, que bastaban á tornar el cuerpo al alma de 
na piedra. ¿Sabe con quién querria yo que don Qui- 
ete mi señor hiciese pelea? Con estos demonios de al- 
{Qiciies y porteros que nos hacen ¿ cada paso terribles 
íesaguisados, y tales cual es el en que nos acabamos de 
rer ahora, pues nos han puesto á amo y criado en el ma- 
f3r aprieto que nos habemos visto desde que andamos 
por esos mnndos á caza de aventuras ; y si no fuera por- 
que Tino á buen tiempo vuesa merced, mi señor se 
Meracomo en Zaragoza, á medio azotar ; pero yo le juro 
por vida de los tres reyes de Oriente y de cuantos hay 
eiielPouiente, que si cojo alguno dellos en descam* 
patio y de suerte que pueda hacer del á mi salvo, que 
m tengo de hartar de darle de mojicones, dándole mo- 
jiooD por aquí y mojicón por allí , este por arriba y este 
otro por abajo. Decía esto Sancho con tal cólera, dando 
tnojlcoaes por el aire, como si verdaderamente se apor- 
reara con el alguacil, dando mil vueltas al derredor, 
ita^ta que cayéndosele la caperuza en el suelo, la levantó 
diciendo : A fe que lo puede agradecer á que se me cayó 
la caperuza; que á no ser esto, llevara su merecido el 
ms gaiton, para que otra vez no se atreviera, ú otro tal 
ctial él, á tomai-se con un escudero andante tan hon- 
ndocomo yo, y de tan valeroso dueño como mi señor 
don Quijote. Rieron cuantos en la sala estaban de ver la 
necia cólera de Sancho, al cual dijo el titular : Yo, se- 
iior Sancho, no puedo dejar de salir en batalla con el se- 
ñor Caballero Desamorado, de la cual saldré sin duda 
tw Vitoria, porque mi valor es conocido, y singular es 
elfavorqne cierto mago que tengo de mi parte me da 
siempre. Eso se verá, replicó don Quijote, á las obras á 
(jueme remito. Parecióles en esto á todos que era bien 
dar lugar ¿ la noche, y levantándose de la silla el titu- 
lar, dijo i don Quijote : Mire vuesa merced , señor Des- 
aiDomdo, lo que emprende en emprender á pelear con- 
loo, y duerma sobre ello. Sobre una muy buena cama 
dormirá mejor mi señor, respondió Sancho, y yo y la 
señora reina, otro que tal. No faltarán esas, dijo el titu- 
lar. Y mandando llevarlos á ellas, se fueron ¿ acostar to- 
cios. Dos ó tres dias tuvieron los del palacio semejantes 
mores ratos de entretenimiento á todas horas con los 
trts huéspedes, que jamas los dejaron salir de casa, co- 
QQciéiidoles el humor y cuan ocasionados eran para al- 
borotar la corte. Al cabo dellos quiso Dios que llega- 
sen á ella don Carlos con su amigo don Alvaro, á quien 
por 3¿:iiardar que convaleciese de una mala gana que lo 
wí»ia sobrevenido en Zaragoza, no quiso dejar don Cár- 
^y e&tafué la causa de no haber llegado nmcho antes. 
Alborotóse y regocijóse toda la casa con su venida ; que 
la deseaban para celebrar y concluir el casamiento del 
dueño dclla todos; y al cabo de ralo que esluban los 



97 

huéspedes en ella, acaso les dijo el titular cómo les daría 
muy buenos ratos de entretenimiento con tres interlo- 
cutores que tenia de lindo humor para hacer rediculos 
entremeses de repente; y diciéndoles quién eran, y del 
modo que los habia hallado y llevado á su casa, y lo qiid 
en ella con ellos les habia sucedido, holgaron infínito 
don Carlos y don Alvaro de la nueva ^ porque veníuu 
igualmentedeseososycuidadososdedonQuijote,á quien 
después de cena mandaron salir, comosolian, á la sala con 
Sancho y Bárbara, de cuya vida ya habia dado el título 
también noticia á don Carlos y á don Alvaro, como ellos 
se la hablan dado á él de cuanto les habia pasado en Za- 
ragoza con él y su escudero Sancho , y en particninr don 
Alvaro, que se la dio de los sucesos del Argamesilla. De- 
terminaron los dos no dárseles á conocer al principio ; y 
calándose los sombreros, sentadosal ladodel titular, á l:i 
que se entraron por la sala los tres, reina, amo y criudo. 
empezó á hablar del tenor siguiente el nngidoPerinnoo : 
Presto, valeroso manchego, mediré mi espada con la 
vuestra si perseveráis en vuestros trece de no rendír- 
meos, dejando de favorecer á don Belianis de Grecia ; y 
as cierto quedaréis en la batalla infamemente voncido, 
pues tengo de mi parte aquí á mi lado el sabio Friston, 
mi diligentísimo historiador y gran agente de mis par- 
tes. T diciendo esto, señaló á don Alvaro, el cual cu- 
briéndose lo mejor que pudo, se puso luego en pié entre 
don Quijote y Sancho (que Bárbara ya ocupaba su or- 
dinario asiento), y dijo con voz hueca y arrogante : Ca- 
ballero Desamorado de la infanta Dulcinea del Toboso, 
á quien tanto un tiempo adoraste, serviste, escribiste y 
res|)etaste, y por cuyos desdenes hiciste tan áspera pe- 
nitencia en Sierra Morena, como se cuenta en no sé qué 
anales que andan porahi en humilde idioma escritos 
de mano por no sé qué Alquife : ¿eres tií por ventura don 
Quijpto de la Mancha, cuya fama anda esparcida por las 
cuatro partes del mundo? Y si lo eres, ¿cómo estás aquí 
tan cobarde cuanto ocioso? Don Quijote, oyendo esto, 
volvió la cabeza diciéndole : Responde tú, Sancho, á este 
sabio Friston, porque no merece el oir la respuesta que 
pretende de mi boca, pues no me tiro ni pongo con gente 
que no tiene más de palabras, cual estos encantadores y 
nigrománticos. Quedó Sancho muy alegre de oir lo que 
su amo le mandaba, y poniéndose frente á frente de don 
Alvaro, cruzados los brazos, le dijo con voz furiosa desta 
manera : Soberbio y descomimal sabio, nosotros somos 
esos de las cuatro partes del mundo por quien presun- 
tas, como tú eres hijo de tu madre y nieto de tus abue- 
los. Pues esta noche, replicó don Alvaro, tengo de ha- 
cer un tan fuerte encantamiento en daño vuestro, que 
llevando por los aires á la reina Cenobia, la porné en un 
punto en los montes Pirineos, para comerla allí frita, en 
tortilla, volviendo luego por ti y tu escudero SímicIio 
Panza para hacer lo mesmcMle ambos. Por nosotros de- 
cimos, respondió Sancho, que no queremos ir allá ni nos 
pasa por la imaginación : si quiere llevar á la reina Se* 
govia, hágalo muy en hora buena ; que nos hará mucho 
placer en ello, y el diablo lleve á quien lo contradijere , 
pues no nos sirve de otra cosa por esos caminos más 
que de echarnos en costa, que ya habemos gastado con 
«ella en muía y vestidos más de cuarenta ducados, sin 
lo que ha comido; y lo bueno es que quien después se 
lleva la mejor parte, son los mozos de los comedian* 
tes : solo le advierto, como amigo, que si ha de llevárse- 

7 



98 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



la , mire bien cómo la come ; porque es un poco vieja y 
estará dura como todos los diablos; y asilo que podrá 
haccr^ será cchalla cti una olla grande (si la tiene) con 
sus berzas, nabos, njos, cebollas y tocino, y dejándola 
cocer tres ó cuatro días, estará comedera algún tanto, y 
será lo mesmo comer della que comer de un pedazo de 
vaca, si bien no le tengo envidia á la comida. No pudo 
don Alvaro,oyendoesto, disimular más,viendo que totlos 
se rcian, y así se fué para don Quijote los brazos abiertos 
dicicndole: ¡Oh mi señor Caballero Desamorado! déme 
esos brazos, y míreme bien á la cara, que ella le dirá có- 
mo el que le habla y tiene delante es don Alvaro Taríe, 
6u huésped y gran amigo. Don Quijote le conoció luego, 
y abrazándole le dijo : ;0h mi señor don Alvaro ITuesa 
merced sea bien venido : ya me espantaba yo que el sa- 
bio Friston se desvergonzara tanto conmigo; pero no ha 
estado mala la burla que vuesa merced nos ha hecho á 
mi y á Sancho mi criado. Sancho, que oyó lo que su amo 
dccia á don Alvaro, luego le conoció, hincándose de ro- 
dillas á sus pies, y puesta la caperuza en las manos, le di- 
jo : ¡ Oh mi señor don Tarfe ! Vuesa merced sea tan bien 
venido como lo fuera agora por esa sala una olla cual 
la que yo acabo de guisar de la reina Segovia, y perdó- 
neme la cólera ; que como dijo que era aquel maldito su* 
bio que nos quería llevar á los montes Pirineos, mil ve- 
ces he estado tentado con estos aunque pecadores puños 
cerrados, para cargallede mojicones antes que saliera 
de la sala, confiado de que al primer repiquete de bro- 
quel me liabia de ayudar mi señor don Quijote. Don 
Alvaro le respondió : Yo le agradezco mucho, señor 
Sancho^ la buena obra que me quería hacer; pues á fe 
que no se las he hecho yo tan malas en Zaragoza en mi 
casa y en la del señor don Carlos, do les dábamos aq uellos 
regalados platos que vuesa merced sabe. ¿Dónde, re- 
plicó Sancho, está el señor don Carlos? Aqni está para 
serviros, respondió el mismo, levantándose de su asiento 
á abrazar á don Quijote, como realmente lo hizo, con 
igual retorno dól y de su criado; y luego le dijo : No lle- 
gara á esta corte, señor don Quijote, si no fuem por apa« 
drinarle en la batalla que ha de hacer con el rey de Chi- 
pre Bramidan, sacándole del mundo, pues me dicen del 
está en medio de la plaza Mayor desafiando c^da dia á 
cuantascaballeros la pasean, y venciéndolos á iodos, sin 
haber quien le resista : cosa que tiene al Rey y grandes 
del reino no poco corridos, y están por momentos aguar- 
dando á que Dios les depare un tal y tan buen caballero, 
que sea bastante á vencer y cortar la cabeza á tan infer- 
nal monstruo. Don Quijote le respondió : Ya me parece, 
señor don Carlos, que los pecados y maldades del rey de 
Chipre, los cuales dan voces delante de Dios, han lle- 
gado á su último punto; y asi esta tarde sin falta se le 
dará el castigo que sus malas obras piden. Haga cuenta 
vuesa merced, dijo Sancho, señor don Carlos, que hoy 
acabamos con ese demonio de gigante que tan cansados 
nos tiene; pero porque entienda mi señor don Quijote 
que no he recibido en vano el orden de escuderería, dijo^ 
que yo también quiero hacer batalla delante de todo el 
mundo con aquel escudero negro que dicho gigante trae 
consigo, á quien yo vi en Zaragoza en casa del señor don 
Alvaro, porque me parece que no tiene esftada ni otras 
armas ningunas, y que esUi de la manera que yo estoy; 
y asi digo que se las quiero tener tiesas, y hacer con él 
una sanguinolenta peleado coces, mojicones, pellizcos y 



bocados ; que si es escudero él de dn gigante pagnno, t 
lo soy de uu caballero andante cristiano y manchego; 
escudero por escudero, Valladolid en Castilla, y amo p] 
amo, Lisboa en Portugal. \ Mifadqué cuerpo non de Di 
con él y con la negra de su madre ! Pues guárdese ¡ 
mí como del diablo; que si antes de entrar en la ¡>eli 
me como media docena de cabezas de ajos crudos, y J 
espeto otras tintas veces del tinto de Villarobledo, urd 
jaré el mojicón que derribe una peña. ¡ Oh pobre a<^J 
dero negro, y qué bellaca tarde se te apareja ! Más | 
valiera haber quedado en Monicongo con los otros lie 
manos fanchicos que allá están, que no Teñir á morir 
mojicones en las manos de Panza : vncsas mercedes i 
queden con Dios; que voy á efetaarlo. Detúvule m 
Carlos diciendo: Aguardad, amigo, que aun no es I J 
de pelear; y descuidad, y dejad el negocio en mis mi 
nos. Eso haré de bonísima gana, replicó Sancho, yam\¡ 
las beso por la merced que me hace ; que manos'bef^a « 
hombre que las querría ver cortadas. ¡ Oh Sancho! dij 
don Carlos ¡ tanto mal os he hecho yo, que querríade 
verme cortadas las manos ! No lo digo por eso, respondii 
él, sino que me vino á la boca ese refrán, como se n¡\ 
vienen otros ; y antes plegué á Dios vea yo manos Uii\ 
honradas envueltas entre aquellos benditos platos de al- 
bondiguillas y pieles de manjar blanco, que estaban eu 
Zaragoza, pues conGoque (1) me iria mal en ello. Vu\i 
vióse don Quijote, acabadas estas razones, al titular, di- 
ciendo : Aquí tengo, príncipe Perianeo, la flor de m 
amigos, y quien daní noticia bastante de mi valor jlu- 
zañas á vuesa merced, y le desengañarán de cuan teme- 
rario es en no rendírseme, desistiendo de la preteu>ioQ 
de la infanta Florisbella, en 6ien de don Bclranis, miÍQ- 
timo familiar. ¿Pues pretende, respondió don Alvaro, 
este principe entrar con vuesa merced, señor don Qui/o- 
jote, en batalla? Es tan grande su atrevimiento replicó 
él j que se quiere poner en cuentas conmigo : cosa que 
siento en el ánima, porque no querría verme obligadoá 
ser verdugo de quien tan honrada y cumplidamente me 
ha hospedado; pero lo que podré hacer por él, serJ,}»^! 
que tenga más largo el plazo para deliberar lo que mi^ 
le conviniere, entrar prímero en batalla con el rejBn- 
midan de Tajayunque, y luego con el alevoso hijo del 
rey de Córdoba, en defensa de la inocencia de su aMna 
madre. No es poca merced la que se nos hace á todos, le 
dijo don Carlos, en diferír esta batalla; que en eíeto á 
todos nos importa se ahorren pesadumbres eutre dm 
príncipes tan poderosos como es Perianto y vuesa mer- 
ced, y con las largas confío componer sus pretensiones 
sin agravio do ninguua de las partes. Las del señor prin- 
cipe pagano, respondió Sancho, son tales, que me obli;:an 
á desearle servir aun en la misma pelea ; y hacíéndulo 
desde aquí, le doy por consejo que no salga á ella sino es 
bien comido; que en fin la tarde es larga; yauo sea 
acertado llevarse alguna cosa fiambre para roiéiilnts 
descansaren, por si acaso le diere gana de comer el can- 
sancio : yo desde aquí le ofrezco llevarlo todo, si qui- 
siere, sobre mi rucio, en unas alforjas grandes que ten- 
go ; y más, me qf rezco á mandar á mi amo cuando le ¡nj^ 
vencido á su merced y le tenga derribado en tierra y 
esté para corüi^le la cabeza, se la corte poco á poco, por- 
que le haga menos mal. Agradecióle el príncipe Peria- 
neo los buenos servicios que deseaba hacerle^ y á su amo 
<1) Debe decir i.nome iria maL 



DON QUUOTE DE LA MANCHA. 

eaeeló la dilación de la batalla, mostrando deseaU mu- 
Jieso amistad » y que temía el liaber de salir en cam- 
BÚaconél, supuesto el abono que de su valor daban 
w Carlos y don Alvaro, el cual dijo á todos : Paréceme, 
Híores, que estos negocios quedan en buen punto; y 
i mxm será irnos i reposar ; que harto tendremos que 
Ker (Diíiana en dar aviso á toda la corte de la venida del 
loor don Quijote, y del fin que le trae á ella, que es el 
seo grande que tiene de libertalla de las molestias del 
Bolente rey Bramidan. Parecióles á todos bien la aguda 
nade atajar la prolija conversación ; y encaminándose 
Mii ano para su cuarto, salieron todos de fósala. Apenas 
stOToTueradella el pobre Sancho, cuando le cogieron 
Kcríadosde don Alvaro y de don Garlos, á quienes co- 
loeúét bien, y preguntando del cocinero cojo, y dándose 
I bienvenida entre sí, le dijo uno de ellos: A fe, señor 
aocHque vavuesa merced medrando bravamente; no 
»e desagrada que al cabo do susdias dé en rufián : por 
Qivviaque no es mala la moza; rolliza la lia escogido, 
m\ de btien gusto ; peraguárdela délos gavilanes desta 
corte, T vuesa merced vaya sobre el aviso, no le coja al- 
gún alcalde de corle con el hurto eu las manos ; que á fe 
]w no le faltarán docientos y galeras: que lihenilisinin- 
tuenUsedan esas prebendas en la coite. No es mia la 
(non, respondió Sancho, sino del diablo que nos la en- 
dilgó en camisa en medio de un bosque ; y de esa suerte 
yportl taato la podrán tomar voesas mercedes siempre 
que quisieren ; que la ropa que trae nuestro dinero nos 
cuenta; y joro non de Dios que si por ella me diesen, no 
digo docientos azotes y galeras, sino cuatro mil obispa- 
dos, que la diera á Barrabas á ella y á todo su linaje, y 
qoeliiciera que se acordara de mí mientras viviera. Eu 
eslo se le sdbieron á dormir á sus aposentos, haciéndote 
dfcir dos mil dislates á barato de ios relieves que de la 
cena les habían quedado. 

CAPITULO XXXII. 

El que » prosifiien las gracinsas demostraciones que nuestro 
hidalgo don Qaijote y so fidelisimo escudero Sancho hicieron 
Júnior en la corte. 

Pvecióles al titular y á don Carlos que la primera 
^qne habían de hacer, salidos de casa y oída misa, 
en bear las manos á su majestad y á algunos señores 
de calidad y del consejo, dándoles parte del estado del ca- 
^^iento. Efectuáronlo pues asi , saliendo acompañados 
dcdoa Alvaro y de otros amigos que hablan venido á 
visitará don Carlos. Ya estaban levantados sus hués- 
Nesdoo Quijote, Bárbara y Sancho á la que salían de 
<3»;qQeQo tuvieron poco en qué entender con ellos 
en baceríes quedar en ella; que no había remedio con 
<ion Qaijote, sino que les había de honrar con su com- 
P^riia, subido en Rocinante ; y á puras promesas de que 

enviarían luego por él, dada razón de su venida á los 

Mes, le hicieron quedar, aunque no sin guardas, 

I^fs que de ninguna suerte le dejasen á él ni á los de su 

^f^'ia salir de casa. A la que los señores salían della, 

se asonó de prisa Sancho á una ventana, diciendo á vo* 

^^Seiior don Carlos, si acaso topare por alii aquel 

^'cüdero negro, mi contrarío, dígale que le beso las ma- 

^» y que se apareje para esta tarde ó mañana para 

acabar aquella batalla que sabe con nno de los mejores 

anderos que tiene barbas en cinta ; y más, que le de- 

'*fiO para después de la pelea , á quien segará mpjor y 

9ÚS apriesa, y aun le daré dos ó li-es gabillas de ventaja, 



99 

con tal condición quecomamos primero un gentil gazapo 
con su ajo ; que yo lo sé hacer á las mil maravillas, tiróle 
en esto don Quijote del sayo con cólera, diciendo : ¿Es 
posible, Sancho, que no ha de haber para ti guerra, con- 
versación ni pasatiempo que no sea de cosas de comer? 
Deja estar al escudero negro; que sobre mi que el te 
venga sobrado á las manos ; y aun á fe que entiendo que 
habrás bien menester las tuyas para él. No habré, repli- 
có Sancho, porque pienso ir prevenido ala pelea, lle- 
vando en la mano zurda una gran bola de pez blanda de 
zapatero, para cuando el negro me vaya á dar algún gran 
mojicón en las narices, reparar el golpe en dicha bola, 
pues es cierto que dando él el golpe en ella con la furía 
que le dará, se le quedará la mano pegada de manera 
que no la pueda desasir; y asi, viéndole yo con la mano 
derecha menos, y que no se puede aprovechar della, le 
daré á mi salvo tantos y tan fieros mojicones en las iiuri- 
ees, que de negras se las volveré coloradas á pura san* 
gre. Hicieron sus visitas el titular, don Carlos y don Al- 
varo, teniendo ventura en poder besar las mauos de es- 
pacio á su majestad, y de poder tratar de sus negocios 
con él y con los demás señores á quienes tenían obliga- 
ción de dar los primeros avisos del casamiento ; y en la 
últimavisitaque hicieron aun personaje de su calidad 
y muy familiar y amigo, casado con una dama de buen 
gusto, dieron cuenta; de ios huéspedes que tenían en 
casa y de los buenos ratos que pasaban con ellos, pues 
eran los mejores que señor podía pasar en el mundo. 
Encarecieron tanto los humores de ellos, que el marido 
y mujer les rogaron con notables veras se los llevasen á 
su casa aquella tarde para pasarla buena. Ofreciéronlo de 
hacer, con condición de que se había de (ingir él gran 
archipámpano de Sevilla, y su mujer archipampanesa, 
diciendo que don Quijote era hombre que solo se paga- 
ba de príncipes de nombres campanudos , porque el te- 
ína de su locura eia ser caballero andante, desfacedor 
de agravios, y defensor de reinos, reyes y reinas ; y que 
asi se le había puesto en la cabeza que una feísima mon- 
donguera de Alcalá que traía por fuerza en su compa- 
ñía, era la reina Ccnobia, que no la había dejado menos 
perenal la vana y ordinaría lectura de libros de fabulo- 
sas caballerías, á la cual se había dado por el crédito 
quedaba á todas las quimeras que en ellos se cuentan, 
teniéndolas por verdaderas. Con este concierto se vol- 
vieron á su casa á comer, dando de parte del grande Ar- 
chipámpano un recado á don Quijote sobremesa, y di- 
ciéndole juntamente como todos habían de ir, caído el 
sol, á besarle las manos él y Sancho, metidos en co- 
ches, por ser muy de principes pasear la corte aquellos 
meses en carrozas, y no en caballos. Aceptó la ida don 
Quijote, y lo mismo hizo Sancho. En paieciéndoles á 
los señores hora, mandaron aprestar los coches, y me- 
tiéndose todos dentro con don Quijote, armado y em- 
broquelado con su adarga, y con Sancho, caminaron 
hacia la casa del Gngido Archipámpano, á qnien dieron 
los pajes luego aviso de las visitas que llegaban. En sa- 
biéndolo, se puso bajo un dosel en una gran sah áre- 
cebilles ; y entrando el titular, don Carlos y don Alvaro 
en ella, le saludaron con notable cortesía y disimula* 
cion , y asentándose por su mandado junto á él , llena la 
sala de la gente que los acompañaba y de la decasa , y 
estando en otro cabo della, en un buen estrado, la mujer 
con algunas dueñas y criadas, se levantó don Alvaro, y 



iOO 



EL LICIiXCIADO ALONSO FERNANDEZ DE A\ELLANEDA. 



tomando de la mnno á don Quijote, le presenló con no- 
table cortesía delante del Archipámpano , diciendo : 
Aqiit tiene vuesn alteza , señor de los flojos y reilnjos del 
mar, y poderosísimo archipámpano de las Indias océa- 
nas y mediterráneas, del Helesponto y gran Arcadia, la 
nata y la flor de toda la caballería manchega , amigo 
de vuesa alteza y gran defensor de todos sus reinos, 
Snsnlasy penínsulas. Dicho esto, se volvió ú asentar, y 
quedando don Quijote puesto en mitad de la sala, mi- 
rando á todas partes con mucha gravedad , puesto el 
cuento de la lanza , que nn criado le trajo, en tierra, 
estuvo callando hasta que vio que todos habían visto y 
leído las Ggnras y letras de su adarga ; y cuando vio que 
callaban y estaban aguardando á qne él hablase, con 
Toz serena y grave comenzó á decir : Magnánimo, po- 
deroso y siempre augusto archipámpano de las Indias, 
decendiente de los Hcliogábalos, Sardana palos y demás 
emperadores antiguos : hoy ha venido á vuestra real 
presencia el Caballero Desamorado, si nunca le oistes 
decir, el cual, después de haber andado la mayor parte 
de nuestro hemisferio, y haber muerto y vencido en él 
un número infínito de jayanes y descomunales gigan- 
tes, desencautando castillos, libertando doncellas, tras 
haber deshecho tuertos, vengado reyes, vencido rei- 
nos, sujetado provincias, libertado imperios, y traído la 
deseada paz á las más remotas ínsulas, mirando con los 
ojos de la consideración á todo lo restante del mundo, 
he visto que no hay cu toda la redondez del rey ni em- 
perador que más digno sea y mejor merezca mi amis- 
tad , conversación y trato que vuesa alteza, por el valor 
de su persona, lustre de sus progenitores, grandeza de 
su imperio y patrimonio, y principalmente por el es- 
fuerzo que muestra su bella y robusta presencia : por 
tanto yo he venido, magnánimo monarca, noá hon- 
rarme con vos, que asaz tengo de honra adquirida ; ni á 
procurar vuestras riquezas ni reinos, que ahí tengo yo 
el imperio de Grecia, Babilonia y Trapisonda para cada 
y cuando que los quisiere; ni á deprender cortesías ni 
otras cualesquier gracias ni virtudes de vuestros caba- 
lleros, que mal puede aprender quien es conocido pur 
todos los príncipes de buen gusto, por espejo y dechado 
de virtud, crianza y de todo prudencial y buen orden 
militar; sino ¿ que desde este dia me tengáis por verda- 
dero amigo; pues dello os resultará no solamente honra 
y provecho, sino juntamente sumo contento y alegría ; 
que llano es que todos los emperadores del mundo, en 
viéndome de vuestra parte, os han de rendir, mal que 
les pese, vasallaje, enviar parias, multiplicar embaja- 
dores, á fin solo de hacer con vos inviolables y perpe- 
tuas treguas mientras yo en vuestra casa estuviere, 
competidos del temor que con el trueno de mi nombre 
y con la gloria de mis fazañas les entrará por los oídos 
hasta lo intimo del corazón ; y porque veáis que la fama 
. que de mis obras habéis oido, no es solamente voz que 
se la lleva ei viento, sino valentías heroicas y conquistas 
célebres, acabadas con suma felicidad, y felicidad en 
gloria de orden de la caballería andantesca, quiero que 
luego en vuestra presencia venga conmigo á las manos 
aquel soberbio gigante Bramidan de Tajayunque, rey 
de Chipre, coa quien há más de un mes tengo aplazada 
batalla para delante de vos y de todos vuestros grandes, 
en cuya presencia le he de cortar la monstruosa cabeza, y 
ofrecerla ú la grauCenobia^ reina hermosísima de las 



Amazonas, con cuyo lado me honro, y á quien pie^ 
dar el dicho reino de Chipre entre tanto que este brq 
la restituye en el suyo, que el Gran Turco le tiene usoj 
pado, quedándome atrás esta victoria ; la que tambin 
espero alcanzar de cierto hijo del rey de Córdoba, u 
alevoso, que en mi presencia Icvauló un falso issús^ 
nio á una reina, de quien es aliado ; y por remate hac^ 
desistir de la vida ó de su pretensión al príncipe Peri^ 
neo de Persia en los amores de la infanta Florísbeii^ 
pues los solicita mi grande amigo Belianis de Gred^ 
y no cumpliría con lo que á quien soy debo si mi 
dejase sin pretendiente tan importante en tan ^n^ 
pretensión. Vuesa alteza, pues, mande luego á lostr^ 
venir por orden á esta real sala ; que de nuevo les reii 
desafío y aplazo. Dicho esto, quedaron él callando, 
todos los demás de la sala tan suspensos de oír los con 
certados disparates de aquel hombre, y la gravedad y \\ 
sajes con que los decia, que no sabían quién ni cóiuj 
saliese á responderle. Pero al cabo de rato el mm 
Archipámpano le dijo : InGnito huelgo, invicto y gallar 
domanchego, deque hayáis querido hacer elección di 
mi corte y de los servicios que en ella os pienso tei 
para bien suyo, gloria vuestra y aumento de luís esia* 
dos, y más de que haya sido vuestra venida á ellos en 
tiempo que tan oprimidos me los tiene ese bárbaro {ffiu- 
cipe de Tajayunque que decis ; pero porque es ardua Id 
empresa del duelo que con él tenéis aplazado, quiera. 
para deliberar sobre ello con más acuerdo, que se dil£t 
hasta que lo consulte con mis grandes ; qne esotros de- 
safíos de los príncipes Perianeo y de (Córdoba son «le 
menos consideración, y fácilmente se compondrán ó 
rendirán ellos después, cuando vean triunfáis del rey 
de Chipre. La dilación pues de su batalla os pido con- 
sintáis en primer lugar, y en segundo os ruego os reti- 
réis cuanto pudiéredes de las damas de mi casa y corle, 
pues estando vos en ella, y siendo el Caballero Ikstm- 
rado, y tan galán, dispuesto, bien hablado y valieole; 
de fuerza han de estar todas ellas con gfandlsima vigi- 
lancia, y aun competencia, sobre Quál lia de ser latín 
dichosa y bien afortunada que os merezca ; y no es ini 
intención caséis con ninguna dellas, porque preteooo 
casaros con la infanta mi hija, que allí veis, luego qu^^ 
os vea coronado emperador de Grecia, Babilonia y Tra- 
pisonda, y de aquí adelante recebiré á merced de que 
como yerno mió en espera, tengáis esta casa por proprii, 
sirviéndoos della y de mis proprios caballeros y criad». 
Don Carlos llamó en esto por un lado de la silla á Saoclio 
y le dijo : Ahora es tiempo, amigo Sancho, de qae fl 
poderoso Archipámpano os conozca y vea vuestro boen 
entendimiento ; y así no perdáis la ocasión que tenéis; 
antes decidle con mucha y buena retórica, se sirva de 
mandaros dar á vos también licencia para hacer la bata- 
lla con aquel escudero negro que sabéis, pues venciéfl- 
dolé, es cierto os dará el orden de caballería, quedando 
tan caballero y famoso para toda vuestra vida, como w 
es don Quijote. Apenas hubo oido Sancho tal consejo, 
cuando se puso en medio de la sala, delante desn amo, 
de rodillas, teniendo la caperuza en las manos, y diciéo; 
dolé en voz alta : Mi seüor don Quijote de la Mancha, a 
alguna merced le he hecho en este mundo, le sup)i^<^ P^ 
los buenos servicios de Rocinante, qne es la persona que 
más puede con vuesa merced, me dé, enpagodelwy 
dellos, licencia para hablar á este scuor Arcadepámp*' 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



m 



1MH medía docena de palabras de grandbiiiia inipat' 
biKÚ, pues visto poréi mi ingenio, sin duda verné, 
iBJamiodiasy viniendo dias, ¿ darme el orden de caba- 
M con los haces y enveses que voesa merced le tie- 
oe. DoD Quijote le dijo : Sancho, yo te la doy ; pero con 
cofldicion que no hagas ni digas necedad alguna de las 
|oe sueles. Para eso, dijo Sancho, buen remedio ; pt^n- 
^ voesa merced tras mi, y en viendo que se me suelta 
liguna, que no podrá ser menos, tíreme de la halda del 
üyo, y Teráoómo me desdigo de cnanto hubiere dicho. 
Uégóse inmediatamente don Quijote al caballero que 
Icnia por archipámpano, y díjole : Para que vuesa álte- 
la, seúor mío, vea que como verdadero andante traigo 
nomigo escudero de calidad, y Gdelisimo para llevar y 
tner recados á las princesas y caballeros con quien se 
meofrece comunicar, suplicóle oiga este que aquí le 
presento, llamado Sancho Panza, natural del Argame- 
silla de la Mancha, hombre de bonísimas partes y res- 
peto; porque tiene que hablar con vuesa alteza un ne* 
^0 de importancia, si para ello se le diere licencia. 
EIJlTchipámpano le respondió que se la daba muy cnm- 
piida, pues habia echado de ver en su talle , traje y liso- 
nomía, qoe no pedia ser menos di^reto que su amo. 
PúsoseSancbo luego en medio , y volviendo la cabeza; 
dijo i dw Quijote : Déme vuesa merced esa lanza, para 
qup me ponga como vuesa merced estaba cuando ha- 
¿Í3¿aalAn:ap¿mpanos. DonQuijote le respondió: ¿Para 
qrié diablos la quieres? ¿No ves que no estás armado co- 
mo yo? Ya comienzas á hacer necedades. Pues vaya vue- 
sa merced contando» replicó Sancho, que ya tengo nna: 
y poniendo las manos en arco , sin quitarse la caperuza, 
coono poca risa de los que le miraban , estuvo un buen 
ntosin hablar, hasta que viéndolos callar, comenzó ú 
decir, procurando empezar como su amo don Quijote, 
acojas razones habia estado no poco atento : Magnáni- 
mo, poderoso y siempre agosto harto de pámpanos...! 
Don Quijote le tiró del sayo, diciendo: Di aogustoarchi- 
pioipano, y habla con tiento ; y él , volviendo la Cube- 
ta, dijo : iQné más tiene augusto que agosto, y esotro 
«iepáin|iaiios? ¿Todo no se va allá? Y prosiguió dicien- 
do: Habrá vuesa merced de saber, señor decendien- 
tadel emperador Eliogallos y Sarganápalos, que yo 
ine llamo Sancho Punza el escudero, marido de Mari- 
Gotierrez por delante y por detras, si nunca le oistes 
decir, el cual por la gracia de Dios y de la santa sede 
apostólica soy cristiano, y no pagano como el príncipe 
Períaneo y aquel bellaco de escudero negro, y há días 
qneandoen mi rucio con mi sefíor por la mayor parte 

de eUe nuestro Y volviendo la cabeza á su amo le 

dijo : ¿Cómo diablus se llama aquel ? ¡ Oh maldito seas! 
replicó don Quijote : hemisferio, simple. ¿Pues qué 
qmereagora? replicó Sancho : haga cuenta que tengo 
dos necedades á un lado : ¿piensa que el hombre lia de 
lener tanta memoria como el misal? Dígame cómese 
llatni, y tenga paciencia ; que ya se me ha tornado á 
(jarrar del caletre. Ya te he dicho , respondió don 
Ooijote, qne se liorna hemisferio. Digo pues, prosiguió 
Saoci», que tomando á mi cuento, señor rey de Hemis- 
(cno, vo no he hasta agora muerto ni dispilfarrado ñque- 
llos{!;i(sintones que mi amo dice ; antes huyo dellos co- 
*nodela mjfldicion, porque el que vi en Zaragoza en 
ja» del señor don Carlos, era tal , que ¡ mal año para 
H turre de Babilonia que se le igualase ! Y asi no quiero 



nada con él; allá se las fiaya con- mi seílor : con quien 
quiero probar mis uñas es con el escudero negro qiio 
trae, que negra pascua le dé Dios; que en fin es mi 
mortal enemigo, y no tengo de parar hasta que me 
lave las manos en su negra sangre en esta sala, en pre- , 
sencia de todos vuesas mercedes; que haciéndulo, con- 
fío que vuesa altura me hará caballero; si bien es ver- 
dad que puesto .en mi rucio, tanto me lo soy como 
cualquiera : solo advierto que en la pelea no me liau de 
faltar del lado mi amo, el señor don Carlos y don Alvaro, 
por lo que pudiere ofrecerse ; tras que no hemos de re- 
ñir con palos ni espadas, pues con ellas nos podríamos 
hacer algún daño sin querer, teniendo que curar des- 
pués; sino que ha de será finos mojicones ó cachetes, 
y el que se pudiere aprovechar de alguna coz ó bocado, 
san Pedro se lo bendiga : bien es verdad que aun cu 
esto tendrá no poca ventaja el bellaco del negro, porque 
llamas de dos años y medio que no he andado á moji- 
cones con nadie, y esto, si no lo usan, se olvida fácil- 
mente como el Ave Marta; pero el remedio está en la 
mano del señor don Alvaro. ¿A quien digo? Llegúese 
acá, pesia á mi sayo. Diga, señor Sancho, respondió 
don Alvaro ; que bien le oigo, y haré todo loque fuere de 
su gusto. Pues lo que ha de hacer, prosiguió Sancho, es 
echármele unos antojos de caballo cuando salga á la pe- 
lea; porque no viéndome con ellos, errará los golpes, y 
llegando yo pasito, ya por este lado, ya por esotro, le 
daré mil porrazos, hasta que le haga ir á presentarse do 
rodillas delante de Mari-Gulierrez mi mujer, pidién- 
dole me ruegue le perdone. Hé aquí, señor rey agosto, 
ya vencida la batalla y rendido el escudero negro ; y asi 
no hay sino armarme caballero ; que no sufro burlas, y 
á perro viejo no hay cuz cuz. Por cierto que merecéis, 
Sancho, dijo el Archipámpano, el orden que pedís de ca- 
ballería; yo os le daré el diaque se conclnyere la ba- 
talla con el rey de Chipre, haciéndoos otras mercedes; 
pero contadme, por darme gusto, las hazañas del señor 
den Quijote y las aventuras con que se ha topado por 
esos hemisferios; que yo y la Archipampanesa mi mujer, 
mi hija la infanta, y todos estos caballeros holgaremos 
mucho de oiros. Apenas le dieron pié para hablar á San- 
cho, cuando tomó tan de veras la mano á su amo en 
referir cuanto les habia sucedido, que jamas le dejó 
hacer baza, por más que con cólera le porfiaba, contra- 
decía y desmentía; y así fué contando lo de Ateca, de 
ida y de vuelta , y cuanto les habia pasado en Zaragoza, 
y con la reina Segovia en el bosque, Sigúenza, venta, 
Alcalá , y hasta la misma corte. Tratóle mal su amo de 
palabras cuando acabó de decir, y pasaron lindos cuen- 
tos sobre la averiguación del de la ataharre, de que rie— 
ron de suerte los circunstantes, que se vio obligado don 
Quijote á decirles : Por cierto, señores, que me mara- 
villo mucho de que gente tan grave se rlatan ligera- 
mente de las cosas que cada dia acontecen ó pueden 
acontecer á caballeros andantes : pues tan honrado era 
como yo el fuerte Amadis de Gaula, y con todo me 
acuerdo haber leído que habiéndolo echado preso por 
engaño un encantador, y teniéndole metido en una os- 
cura mazmorra, le echó invisiblemente unamelecina 
de arena y agua fría, tal, que por poco muñera della. 
Levantóse, acabadas estas razones, el Archipámpano de 
su asiento, temeroso de que tras ellas no descargase don 
Quijote algún diluvio de cuchilladas sobre todos (que 



102 



EL LICENCIADO ALWSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA, 



se podía temer dé), según se iba poniendo en cólera); 
y llegándose á sa mujer, le preguntó qué le parecía del 
Talor de amo y criado; y celebrándolos ella por piezas 
de rey, le dijo don Carlos : Pues lo mejor falla por ver á 
yuesa alteza, que es la reina ;Cenob'm; y sino, digalo 
Sancho : el cual replicó, mirando á las damas circuns- 
tantes: Par diez, señoras, que pueden Yuesas mercedes 
ner lo que mandaren ; pero en Dios y en mi conciencia 
le juro que las excede á todas en mil cosas la reina Se- 
govia; porque, primeramente, tiene los cabellos blancos 
como un copo de nie?e , y sus mercedes los tienen tan 
prietos como el escudero negro mi contrario : pues en 
la cara, ¡ no se las deja atrás ! Juro non de Dios que la 
tiene más grande que uua rodela, más llena de arrugas 
que gregúescos de soldado, y más colorada que sangre 
de vaca ; salvo que tiene medio jeme mayor la boca que 
Tuesas mercedes, y más desembarazada, pues no tiene 
dentro de ella tantos huesos ni tropiezos para lo que pu* 
siere«n sus escondrijos ; y puede ser conocida dentro de 
Dabilonla, por la línea equinoccial que tiene en ella : las 
manos tieneanchas, corlas y llenas deberrugas; las tetas 
largas, como calabazas tiernas de verano. Pero^paraquó 
roe canso en pintar su hermosura, pues basta decir 
della, que tiene más en un pié que todas vuesas merce- 
des juirtas en cuantos tienen 7 Y parece, enfín, ámi 
señor don Quijote pintipintada, y aun dice della él, 
que es más hermosa que la estrella de Venus al tiempo 
que el sol se pone; si bien á mi no me parece tanto; 
I como media noche era por hilo, los gallos querían can- 
/ tar. Celebraron mucho todos el dibujo que Sancho ha- 
bía hecho de la reina Cenobia, y rogaron á don Carlos 
la trajese alli el día siguiente á la misma hora ; y pro- 
metiéndolo .él « y llamando al titular su cuñado, que 
estaba apartado á un lado apaciguando á don Quijote, 
les suplicaron á ambos les dejasen aquella noche en 
casa á Sancho. Condescendieron con los ruegos del Ar- 
chipámpano, y en particular don Quijote, á quien el ti- 
tular, don Alvaro y don Carlos dijeron no podía contra- 
decir : tras lo cual, despidiéndose todos de sus altezas, 
se volvieron á su casa con el acompañamiento que ha- 
bían venido, y con no poco consuelo de don Quijote, por 
¥er empezaban ya á conocerle y temerle los de hi corle. 

CAPITULO XXXIII. 

En qve se eontinúan las hazafias de nnestro don Quijote, y la ba- 
laHa qae sa animoso Sancho tavo con el csendero negro del rej 
de Chipre, y jontamente la visita qae Odirbara biso al Aicbipán- 
paño. 

] Quedaron con Sancho contentísimos aquella noche el 
i Archipámpano y su mujer, porque dijo donosas simpli- 
cidades ; y no fué la menor decir, cuando vio subir la 
cena, y que le mandaban asentar en una mesilla peque- 
ña, junto ¿ la de los señores , en la cual estaba una niña 
muy hermosa, hija dellos : Pues, ¡cuerpo non de Dios! 
¿porqué han de sentar ¿ esa rapaza, tamaña como el 
puño, en esa mesa tan grande, y la ponen delante esos 
platos, mayores que la artesa de Hari-Gutierrez, deján- 
dome á mi en esta mesilla menor que un harnero, siendo 
yo tamaño como tarasca de Toledo, y teniendo tantas 
barbas como Adán y Eva? Pues si lo hacen por la paga, 
tan buenos son los dos reales y medio que tengo en la 
ü:a(riquera para pagar lo que cenare, como cuantos tenga 
el rey, y los que dieron por Jesucristo los judios á Judas; 



y si no, mírenlos. Y diciendo e8to,se lemnCé y sacóbasí 
tres reales de cuartos sucios y antadoB, y echólos sobi 
hi servilleta de la señora ; pero apenas lo liobo becbc 
cuando viendo que ella los iba á dar con la mano, peí 
sando él que los quería tomar, los volvió á coger cu 
furia diciendo : Por Dios, no les dará golpe su merced 
que no haya yo muy bien cenado : á fe que le liabiaa j 
hinchido el ojo, comoá la otra gordoiia moza gail« 
de U venta, á qnien mi señor llamaba prhioesa ; y sia 
fuera porque no trata ella tan buenos vestidos cxm 
vuesa merced, ni esa rueda de molino qne trae al ga 
nate, jurara á Dios y á esta cruz qne era vnesa mem 
ella propría. Solemnizaron mncho la letanía de simpK 
cidades que babia ensartado ; y diciéodole el ma( 
sala ; Calla, Sancho, que para que cenéis más á vn< 
placer os hemos puesto esa mesa aparte ;«— cnanto ma; 
fuere la que me tocare desos avecbuclios , replicó Süi 
ebo, más á mi placer cenaré. Pues empezad por 
plato dellos, le dijo luego, dándole nn buen plaioái 
palominos con sopa dorada : comió ese j los demás qm 
k dieron , tan sin escrúpulo de conciencia, qve en beth 
dicion de Dios y entretenimiento de los circunsiüntes ; 
y viendo acabada la cena , y qne la señora aflojaba Ja 
gorgnera ó arandela, le dijo : ¿No me dirá porTídade 
quien hi malparió, á qué fin trae esas carlancas al coeWo, 
que no parecen sino lasque traen los mastines de U$\ 
pastores de mi tierra ? Pero tal deben de roolestarit 
todos estos podencos de casa , para qne no sea menester 
eso y más para defenderse dellos. Dicbo esto sacó otn 
vez el dinero diciendo: Tome vuesa merced ahora, 7 
pagúese lo que fuere la cena; que no quiero irme i 
acostar sin rematar cuentas; que asi lo liaciamos siem- 
pre por el camino mi señor don Quijote y yo ; queesio, 
me decía el Cura , mandan los roandamientes de la l|;le- 
sia, cuando mandan pagar diezmos y príinicias. Tomóles 
el señor diciendo : Yo me doy por satisfecho con /oqiM 
hay aquí , de lo que debéis de cena y cama , y aun ma- 
fiana os daré también de comer á medio día por ello Un 
más paga. Yo le beso las manos por la merced , respon- 
dió Sancho; que para esas cosas con hilo de arambro 
me harán estar más quedo que una veleta de tejado: y 
mire que le tomo la palabra; que aunque soque lugo 
harta falta á mi señor, yo me disculptt^ con él, diciendo 
que no acerté la casa : cuanto y más qne cuando el hom- 
bre lleve media docena de palos por una buena comida, 
no es tanta la costa que no le salga demasiado de barato, 
y otras veces nos los han dado á mi y á él de balde y sin 
comida alguna» Dieron orden en que le llevasen á acos- 
tar, haciendo tomismo ellos, como también lo hicicrooi 
después de bien cenados en su casa , el titular, don Car- 
los, don Alvaro , don Quijote y Bárbara ; si bien sobre- 
mesa tuvieron su pedazo de pendencia, porque diciéa- 
dolé á ella el titular se aprestase para ir á visitare! dia 
siguiente al Archipámpano y Archlpampanesa, qne la 
aguardaban, respondió ella excusándose, no la mandasen 
salir en público delante de personas; que era correrla 
demasiado y darla mucha prisa ; que bien se conocía y 
sabia era , como les había dicho, una triste mondon- 
guera, Bárbara en nombre y en cosas de policía; y q"^ 
les suplicaba se diesen por satisfechos de la pacieacú 
con que hasta alli había pasado con las pesadas borlas y 
fisgas que el sefior don Quijote hacia, y quería liicia*^» 
todos^clla. No hubo oído esto él, cuando iedijo:Por 



DON QUIJOTE DE LA MANCHA. 



fOJ 



¡Basto pueda suceder en el mondo « no niegue vuesa 
m^\ii, le suplico, sefioni reina Cenobia, su grandeza, 
i ia encubra diciendo una blasfemia tan grande como 
I qae agura lia dicho ; que ya estoy cansado de oírsela 
f^tir oirás veces, y no tomemos en la boca eso de 
loniiuiiguera ; que aunque para mi sé yo claramente 
iiiéa es y su valor, con todo , es necesario la conozca 
do el mundo : vaya vuesa alteza á hablar con quien el 
íior prÜK-ipe Períaueo y estos caballeros la ruegan ; 
w entre damas tales cual ia Archipampanesa y la lu- 
DUsa bija, ha de campear su beldad, pnes yo salgo 
idor que en viéndola, la estimen y respeten en lo que 
lerece y todos deseamos. No se hizo , como cuerda , de 
opr más, conociendo lo que debía á don Qnljote, y qne 
ftüA enlóoces no le había ido sino bien en condescender | 
M sus locuras, deque se llevaba por lo menos el pasar 
Hiena vida, y así ofreció el ir. Venida la mañana, el 
Lrcbipámpano salió á miso, llevando consigo á Sancho, 
Aml preguntó por el camino si sabia ayudar á misa , 
! respondió diciendo : Sf, señor, aunque es verdnd que 
^e irnos diasá esta parte, como andamos metidos tanto 
eo este demonio de aventuras, se me ha volado de la 
teiü la confesión y todo lo demás, y solo me ha quedado 
de memoria el encender las candelas y el escurrir las 
aiDiiollas; y aun á fo que solía yo tañer invisiblemente 
los urgaoos por detras en mi pueblo divinamente, y en 
Boe^idQ yo en ellos, todo el pueblo me echaba menos. 
HKÍronlode gana, y acabada la misa, volvieron á casa á 
^^^^ii^» y después de haberlo hecho, no sin muy buenos 
rjtosque pasaron con Sancho, ledijoel Archipámpano : 
Vo, en resolución , quiero, señor Sancho , que de aquí 
adelánteos quedéis en mi casa y me sirváis, ofrecién- 
^OQUiádaros más salario del que os da el Caballero Des- 
wBondo; que también yo soy caballero andante como él , 
ybe menester servirme de un escudero tal cual vos, en 
las aventuras que se me ofrecieren ; y así, para obli- 
pros desde luego, os mando un buen vestido por prin- 
cipio de paga ; pero decidme : ¿cuánto es lo qne os da 
^aiio el señor don Quijote? A esto respondió Sancho : 
^wr, mi amo me da nueve reales cada mes, y de co- 
'Wf/vunos zapatos cada auo, y fuera deso me tiene 
Pfoiaetido todos los despojos de las guerras y batillas 
^»e venciéremos; aunque hasta agora, por bien sea, los 
««pojos que habernos llevado no han sido otros que 
Bittyewüle» garrotazos, cómodos los dieron los mclo- 
»eros de Ateca ; mascón todo eso, aunque vuesa mer- 
cóme añadiese un real más por mes, no dejarla al Ca- 
ñilero Desamorado, porque á fe que es muy valiente, á 
» menos según le oigo decir cada dia ; y lo mejor quo 
wue es ser esforzado sin perjuicio ni daño de nadie, 
P««ltt8ta agora no le he visto matar una mosca. Replicó 
*'Wipímpano diciendo: ¿Es posible, Sancho, que 
**!ow regalase más que vuestro amo, y os diese cada 
"^ün vestido y un par de zapatos, y juntamente un 
\^ de salario, no me serviríades ? Respondióle él : 
!í**^ ™»ío; pero con todo no le serviría sino con 
condición que me comprase un gentil rucio para ir por 
f« camimc ; que sepa que soy muy mal caminante de 
*PM roas, que babiamosde llevar muy buena maleta 
^n omeros porque no nos viésemos en los deíaiforlu- 
"•wque agora un año nos vimos por aquellas ventas de 
3 Sancha; tras qne juntamente vuesa merced me liabia 
i« jurar y prometer hacerme por sus tiempos rey ó al- 



mirante de alguna insola ó península , como mi señor [ 
don Quijote me tiene prometido desde el primer dia que | 
le sirvo ; que aunque no tenga muy buen expediento 
para gobernar, todavía sabríamos Mari*Gutierrez y yo 
juntos deslindar los desaforismos que en aquellas islus 
se hiciesen: verdad es que ella también es un poco mda ; 
pero creo que desde que ando por acá, no dejará de saber 
algo más. Pues, Sancho, dijo el fingido Archipám¡)ano, 
yo me obligo á cumpliros todas esas condiciones con 
que quedéis en mi casa, y traigáis á ella juntamente 
vuestra mujer para que sirva á la gran Archipampa- 
nesa , que me dicen sabe lindamente ensartar aljófar. 
Ensartar azumbres, dijera vuesa merced mejor ; que á 
fe que los enhila tan bien como la reina Segovia, que no 
lo puedo más encarecer. Pusieron en esto los señores 
fin á la plática por sestear un rato, habiendo dado aviso 
á algunos señores amigos para que acudiesen aquella 
tirde á gozar del entretenimiento que se les esperaba , 
con el caballero andante , su dama y su escudero. La 
misma prevención hicieron don Carlos , el titular, su 
cuñado y don Alvaro. Llegada pues la hora y apresta-* 
dos los coches, se metieron en ellos con Bárbara, ala 
cual quiso llevar don Quijote á su lado ; y con este en- 
tremés y no poca risa de los que los vían en el coche, 
llegaron á casa del Archipámpano; y subidos á ella y 
ocupando los ordinarios asientos los caballeros y las da- 
mas, entró por la sala don Quijote, armado de todas 
piezas, trayendo con gentil continente á la reina Ceno- 
bia de la mano. En viéndolos entrar, don Alvaro Tarfe 
se levantó, y postradodelante del Archipámpano, le dijo : 
El Caballero Desamorado, poderoso señor, y la sin par 
reina Cenobia vienen á visitar á vuesa alteza. Apenas 
oyó Sancho el nombre de su amo, cuando se levantó del 
suelo, en que estaba asentado, y corriendo para su amo, 
arrodillándose delante del, le dijo : Sea mi señor muy 
bien venido, y gracias á Dios que acá estamos todos ; 
mas dígame vuesa merced, ¿ acordóse de echar de comer | 
al rucio ia noche pasada? que estará el pobre del asno 1 
con gran pena por no haberme visto de ayer acá ; y así, 
le suplico le diga de mi parte cuando le vea, que les beso 
las manos muchas veces á él yá mi buen amigo Roci- 
nante, y que por haber sido esta noche convidado á ce- 
nar y dormir, y hoy á comer, por solos dos reales y me- 
dio, ¡ahorcado sea tal barato, plegué á la madre de Dios! 
del señor Arcapámpnnos, no ios he ido á ver ; pero que 
aquí en el seno les tengo guardadas para cuando vaya 
un par de piernas de ciertos mochuelos reales. No hizo 
caso don Quijote destos disparates, sino que fué cami- 
nando con gravedad , de la suerte que habia entrado, 
con la reina Cenobia , hasta ponerse en presencia del . 
Archipámpano, do presentado, dijo : Poderoso señor y 
temido monarca : aqui en vuestra presencia está el Ca- 
ballero Desamorado, con la escelentisiraa reina Cenobia» 
cuyas virtudes, gracias y hermosura, con vuestra buena 
licencia., tengo de defender desde mañana á la tarde en 
pública plaza contra todos los caballeros, por rara y sin 
par. Con esto la soltó de la mano, y mientras los circuns- 
tantes, admirados entre si, celebraban unos con otros 
la locura del y fealdad della, se volvió el amo al escu- 
dero á preguntarle cómo le habia ido aquella noche con 
el Archipámpano, y qué le habia dicho de su buen brío, 
fortaleza y postura. En esto llegó Barbara, llamada adon- 
de los caballeros y damas estaban ^ do puesta de rodillas,. 



i04 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



callaba vergonzosísima, aguardando á ver lo que )e di- 
rían ; los cuales tenían tanto que hacer en admirarse de 
la fealdad que en ella miraban» y más viéndola vestida 
de colorddo, que no acertaban á hablarla palabra de 
pura risa : con todo, mortificándola cuanto pudo, le dijo 
el Archipámpano : Levantaos, señora reina Cenobia; 
que agora echo de ver el buen gusto del Caballero Des- 
amorado que os trae, porque siendo él desamorado, y 
aborreciendo tanto á lus mujeres, como me dicen que 
]as aborrece, con razón os trae á vos consigo, para que 
mirándoos á la cara, con mayor facilidad consiga su pre- 
tensión , si bien se podría decir por él el refrán de que 
qui amat ranam , credit se amare Dianam ; pero con 
todo, estoy en opinión de que si fueran cual vos todas 
las mujeres del mundo, todos los caballeros del aborre- 
cerían su amor en sumo grado. El que estaba más cerca 
de su esposa le preguntó qué le parecía de la señora 
reina Cenobia, que el Caballero Desamorado traía con- 
sigo por dechado de hermosura. Yo aseguro, respondió 
eha, que le den pocas ocasiones de pendencias los com- 
petidores de su beldad. En esto prosiguió el Archipám- 
pano la conversación con la Reina, preguntándole de 
su vida ; y enterado de su boca de como se llamaba Bár- 
bara, y de lo demás tocante á su estado y su oficio, y de 
la ocasión por que seguía al loco de don Quijote, le dijo 
él si se atrevería á quedar por camarera de su mujer, 
que necesitaba de quien le acallase una nina que le cria- 
ban, oficio que le parecía que ninguno le haría mejor 
que ella ; la cual excusándose con su poca capacidad y 
experiencia en cosas de palacio, tuvo luego al lado por 
abogado á Sancho, el cual salió á la causa diciendo : No 
tiene, señor, vucsa merced que pescudarla; que no 
saldrá el diablo de la Reina del camino carretero de ade- 
rezar un vientre de carnero y cocer unas manecillas de 
vaca, pues no sabe otra cosa. Y llegándose á ella, y ti- 
rándola de la saya colorada, que le venía más de palmo 
y medio corta, dijo : Abaje, señora Segovía, esa saya con 
todos los Satanases , que se le parecen las piernas hasta 
cerca de las rodillas : ¿cómo, dígame, quiere que la 
tengan por reina tan hermosa si descubre esas piernas 
y zancajos, con las calzas coloradas llenas de lodo? Y 
volviéndose al Archipámpano, le dijo : ¿Por qué piensa 
vuesa merced que mí amo ha mandado á la reina Sego- 
vía que traiga las sayas altas y descubra los pies ? Ha de 
saber que lo hace porque, como ve que tiene tan mala 
catadura, y por otra parte aquel borrón en el rostro, 
qne la toma todo el mostacho derecho, quiere con esa 
invención hacer un noverint universi que declare á 
cuantos le miraren á la cara como no es diablo , pues 
no tiene pies de gallo, sino de pei^sona, de que se podrán 
dcseugannr mirándola los pies, pues por la bondad de 
Dios los trae harto á la vergüenza, y aun con todo. Dios 
y ayuda. Don Quijote le dijo : Yo apostaré, Sancho, que 
tienes bien llena la barríga y cargado el estómago, seguu 
hablas : guarda no se me suba la mostaza á las narices y 
te cargue otro tanto á las espaldas, por igualar la sangre. 
Respondió Sancho : Si tengo lleno el estómago, buenos 
dos reales y medio me cuesta. Llegó á la que estaban en 
estos dares y tomares, don Alvaro, y haciendo apartar á 
Sancho y á don Quijote á un lado, dijo al Archipámpano, 
haciéndole uu gran acatamiento á la puerta de la real 
«lia : Aquí está, excelso monarca, un escudero negro, 
criado del rey deCliipre Bramidande Tajayunque; el 



cnal trae una embajada á vnesa alteza , y viene á hac^ 
no sé qué desafio con el escudero del Caballero Des; 
morado. En oyéndolo, respondió aprisa Sancho, perdij 
el color : Pues dígale luego, por las entrañas de Jesn 
cristo, que no estoy aquí y que no roe bailo agora pai 

hacer pelea Pero, { cuerpo del ánima de Antecrisu 

vayan y díganle que entre ; que aquí estoy agnanláj 
dolé, y que venga mucho de noramala él y la puta negr 
de BU madre ; que yo , si roe ayudan mi amo y el señi^ 
don Gáríos, que me quiere del alma, me atrevo á liaceil 
que se acuerde de mi y del día en que el negro de d 
padre le engendró, mientras viva. Hase de advertir m 
que don Alvaro y don Carlos habían dado orden á i 
secretarío se tiznase el rostro, como lo hizo en Zaragoa 
y entrase en la sala á presentarse á Sancho de la suen 
que allá se le presentó á él y á su amo, coutinuaDdofl 
embuste del desafío. Entró pues dicho secretario, m 
nada la cara y las manos, y vestido una larga ropa di 
terciopelo negro, con una grande cadena de oro eoe| 
cuello, trayendo juntamente muchos anillos en los de^ 
dos y gruesos zarcillos atados á las orejas. En viéndola 
Sancho, como ya le conocía de Zaragoza , le dijo : Seáis 
muy bien venido, monte de humo : ¿qué es lo qne qoe^ 
reis? que aquí estamos mi señor y yo ; y guardaos del 
diablo, y mirad cómo habláis ; que por vida de mi rucio, 
que no parecéis sino uno de los montes de pez qnelia^ 
en el Toboso para empegar las tinajas. El secretarío» 
puso en medio de la sala, y sin hacer cortesía á nadie, 
volviéndose á don Quijote, después de haber estado aa 
rato callando, dijo desta manera : Caballero Desamorado, 
el gigante Braniidan de Tajayunque, rey de Chipre f 
señor mío, me manda venir á tí para que le digas cuándo 
quieres acabar la batalla qne con él tienes aplazada en 
esta corte; porque él acaba de llegar ahora de Valladolid, 
de dar cima á una peligrosa aventura, en que ha muerto 
él solo más de docientos caballeros sin más armas qut 
una maza que trae de acero colado : por tanto mandad- 
me dar luego la respuesta, para que vuelva con ella al gi- 
gante mi señor. Antes que don Quijote respondiese, se 
llegó don Cariosa su negro y disfrazado secretario diciéii- 
dolé; Seuor escudero, con licenciadei señor don Quijule, 
os quiero responder como persona á qnien también toca 
ser vengado de las soberbias palabras de vuestro amo; y 
así, digo por ambos, que la batalla se haga erdomiogoeii 
la tarde en el puestoquosusaltezas señalen, en cuya piv- 
scncia se ha de hacer, y sea de la suerte y con las ^nm 
(|ue vinieren á él más á propósito ; y con esto os podéis ir 
con Dios, si otra cosa no se os ofrece. El secretarío respon- 
dió diciendo ' Pues antes que me vaya quiero tomar lue- 
go en esta sala venganza de un soberbio y d^scomuoai es- 
cudero del Caballero Desamorado, llamado Sancho Pan- 
za, el cual se ha dejado decir que es mejor y más vállenle 
que yo : por tanto, si está entre vosotros salga aquí, para 
que, haciéndole con los dientes menudísimas tajadas, le 
eche á las aves de rapiña para que se lo coman. Toátís 
callaron ; y viendo Sancho tan general silencio, dijo: 
¿ No hay un diab lo que, ahora que es menester, hable por 
mí , en agradecimiento y pago de lo mucho que yo otraá 
veces hablo por todos? Y llegándoseal secretario, ledijo: 
Señor escudero negro, Sancho Panza, que soy yo, 'W 
critá aquí por agora ; pero hallarle hcis á la puerla del 
Sol, encasa de un pastelero, do está dando caboy ciii» 
á una grande y peligrosa aventura de una hornada d« 



DON QUIJOTE DE 

liasteles : id por tanto á dectlle de mi parte que digo yo 
que reuga luego á la bora á h:icet batalla con vos. ¿ Pues 
eúrno, replicó el secretarío , siendo vos Sancho Panza mi 
contrario, decís qae no está aqni? Vos sois nna gran 
gallina. Y vos nn gran gallo, respondió Sancho, porque 
qoereis que yo esté aquí á pesar mío, no queriendo es- 
br, por más que sea Sandio Panza, escudero del Caba* 
llero Desamorado y marido de Mart-Gutierrez ; y si 
nie^o lo que soy, más honrado era san Pedro y negó i 
lesucristo, que era mejor que vos y la puta que os parió, 
Dialque os pese ; y si no, decid al contrario. No pudieron 
¿etener la risa los circunstantes del disparate ; y co- 
bnndo nuevo ánimo, prosiguió : Y sabed, sino lo sabéis, 
qoe estoy aguardando poco á poco á que me venga la 
Cutera para reñir con vos ; y creed bien y cnraniente 
qae si deseáis con esa cara de cocinero del infierno ha* 
cerme menudísimas tajadas con los dientes para echarme 
á los gorriones, que yo con lamia de pascua, deseo hace- 
ros eotre estas unas rebanadas de melón, para daros á 
los puercos á que os coman : por tanto, manos á la labor; 
pen)4deqaé manera queréis que se haga la pelea? ¿De 
qnéoanerase hade hacer, replicó el secretario, sino 
connaestras corladaras espadas? ¡ Oxte, puto I dijo San- 
cho; eso no, porqne el diablo es sutil , y donde no se 
piensa, puede suceder fácilmente una desgracia , y po- 
(fría ser damos con la punta de alguna espada en el ojo 
sifl quererlo hacer, y tener qué curar para muchos dias. 
bqoe se podrá hacer, si os parece, será hacer nuestra 
pelea á puros caperuzazos, vos con ese colorado bonete 
qae traéis en la cabeza , y yo con mi capeniza, que al fin 
son cosas blandas, y cuando un hombre la tire y dé al 
otro no le puede hacer mucho daño ; y si no, hagamos la 
ktallaá mojicones ; y si no, aguardemos al invierno que 
liara nieve, y á puras pelladas nos podemos combatir 
hasta tente bonete, desde tiro de mosquete. Soy con- 
tento, dijo el secretario, de que se haga la batalla en esta 
salaá mojicones, como medecis.Pues aguardaos nn 
poco, respondió Sancho, que sois demasiado de súpito, 
nan no estoy del todo determinado de reñir con vos. 
Hidóse don Quijote, y díjole : Por cieilo, Sancho, que 
ne parece tienes sobrado temor á ese negro, y así en- 
lieoílo es imposible salgas bien desta hecha. ¡Oh mal 
lujaqnien me parió, replicó Sancho, y aun quibn me 
roete en gnerreaciones con nadie ! ¿Vuesa merced no 
sabe que yo no vengo en su compañía para hacer batallas ^ 
coD hombres ni mujeres, sino solo para servirle y echar 
de comer á Rocinante y á mi asno, por lo cual me da el 
salario que tenemos concertado? Tanto me hará, que dé 
á Jallas las peleas, y aun á quien acá me trajo. \ Mirad 
qné cuerpo non de tal con yuesa merced ! Eslúse ahí el 
»nor Arwipámpanos y su mujer con todo su abolorio, 
!e\príDcipePerianeo,yel señor doñearlos y don Alvaro 
cw los demás, desquijarándose de rísa,y vuesa merced, 
vmado como un san Jorge, contemplándose á su reina 
^^Na; y no quiere que tenga temor estando delante 
<}í mi enemigo, con la candela en la mano, como dicen. 
Igtial fuera que se pusieran de por medio todos y nos 
(impusieran , pues saben fuera hacer las siete obras 
<l<i misericordia. Bien dices, Sancho, dijo don Alvaro; 
T^» por mi respeto, señor escudero, habéis de hacer 
l^ces con él y desistir de vuestra pretensión y desa- 
fío, pues basta el que tiene hecho vuestro amo con el 
^»!o, para que en virtud del quede por vencido el escu- 



LA MANCHA. I05 

dero del señor que lo fuere de su contrario. A mi se 
me hace , respondió el secretario, muy grande merced 
en eso ; porque si va á decir verdad , ya mu bamboleaba 
el ánima dentro las carnes, de miedo del valeroso San- 
cho ; y ( replicó el secretarío) no terne las treguas por 
firmes si juntamente no nos damos los pies : Los pies, 
dijo Sancho, y cuanto tengo os daré á trueque de no 
veros de mis ojos. Y diciendo esto, levantó el pié para 
dársele; pero apenas lo hubo hecho, cuando lo tuvo 
asido el secretario del , de suerte que le hizo dar una 
grancaida. Rieron todos, y salióse corriendo el secre- 
tario, tras lo cual se llegó don Quijote á levantar á San- 
cho, diciéndole : Mucho siento tu desgracia. Suncho; 
pero puédeste alabar de que quedas vencedor, y de que 
á traición y sobre treguas, y lo que peores, huyendo, 
ha hecho tu contrario esta alevosía ; pero si quieres te 
le traiga aqni para que te vengues, dilo ; que iré por él, 
hecho un rayo. No, ¡cuerpo de -^al! dijo Sancho, pues 
peor librara si peleáramos mano á mano; y como vuesa 
merced dice, al enemigo que huye, la puente de plata. 
Avisaron tras esto que ya era hora de la cena, porque se 
les había pasado el tiempo sin sentir en oir y ver estos y 
otra infinidad de disparates ; y obligando el Archipám- 
pano á todos que se quedasen á cenar con él , lo lucieron 
con mucho gusto, pasando graciosísimos chistes en la 
cena : tras la cual se fueron todos á reposar, unos á sos 
cuartos y otros á sus casas, solo Sancho, que se hubo de 
quedar en la del Archipámpano, medio mal de su grado. 

CAPITULO XXXIV. 

Del fin que tuvo la bataUa aplazada entre don Qaijote y Bramidan 
de T^aynnqae, rey de Cbipre , y de cómo Bárbara fué rocofida 
en las ArrepeDÜdaa. 

Muchos y buenos dias tnvieron , no solo aquellos se- 
ñores, con don Quijote, Sancho y Bárbara, sino otros 
muchos á quien dieron parte de sus buenos humores y 
de los dislates del uno y simplicidades del otro; y llegó 
el negocio á término que ya eran universal entreteni- 
miento de la corte. El Archipámpano, para mayor re- 
creación , hizo hacer un gracioso vestido á Sancho, con 
unas calzas atacadas, que él llamaba zaragüelles de las 
ludias, con que parecía extremadamente de bien, y 
más, puesto con espada al lado y caperuza nueva ; sien- 
do menester, para persuadirle se la ciñese, decirle le ar- 
maban caballero andante una larde, por la Vitoria que 
habla alcanzado del escudero negro, dándole el orden 
de caballería con mucho regocijo y fiesta ; pero iba em- 
peorando tan por la posta don Quijote con el aplauso quo 
via celebrar sus hazañas agente noble, y más desque 
vio armado caballero á m escudero, que, movidos de 
escrúpulo, se vieron obligados el Archipámpano y prín- 
cipe Períaneo á cesar de daríe prísa, y á dar órücn en 
que se curase de propósito, apartándole de la compañía 
de Biirbara y de conversaciones públicas; que Sancho, 
aunque simple, no peligraba en el juicio. Comunicaron 
esta determinación con don Alvaro, y parecléndole bien 
su resolución, les dijo que él se encargaba, con indus- 
tria del secretarío de don Cáríos , cuando dentro de ocho 
dias se volviese á Córdoba, donde ya sus compañeros 
estarían, por haberse Ido allá por Valencia, de llevár- 
sele en su compañía hasta Toledo, y dejar muy encar- 
gada y pagada allí en casa dul Nuncio su cura, pues no 
le faltaban amigos en aquella ciudad ú quien cncomcn- 



106 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



darle. Añadió que se obligaba á ello por lo que tenia 
escrúpulo de liabcr sido causa de que saliese del Arga* 
mesilla para Zaragoza, por haberle dado parte de las 
justas que allí se hacían, y haberle dejado sus armas y 
alabado su valentía; pero que era de parecer no se le 
tratase nada sin dejarle salir á la batalla de Tajayunque, 
porque, según la tenia en la cabeza, lo parecía imposi-* 
ble persuadirle nueva aventura, no rematada aquella 
que tan desvanecido le traía ; y que lo que se podía ba* 
cer era dar orden en que se aplazase y fuese el dia si- 
guiente, y para más aplauso, en la casa del Campo, don- 
de se podría cenar para más recreación, convidando 
muchos amigos, pues tenía por cierto sería graciosísimo 
el remate déla aventura, que no esperaba menos del 
ingenio del secretario. Agradóles á todos el voto de don 
Alvaro, y más al Archipámpano, el cual tomó á su cargo 
el proveer la cena y prevenir el puesto : solo rogó á don 
Carlos le hiciese placer de procurar persuadir á Sancho 
se quedase en su casa y de traer juntamente á Mari- 
Gutiérrez ; que él se encargaba de ampararles y valorías 
iniéntras viviesen, porque gustaba mucho él y su mu- 
jer del natural de Sancho , y estaban certiücados que no 
era de menos gusto el de Mart-Gutierrez; y porque nin- 
guno de los valedores de don Quijote y su coropauía 
quedase siu cargo en orden á procurar su bien, le dio 
al principe Pfíñaneo de que procurase con Bárbara acep- 
tase el recogimiento que le quería procurar en una ca:$a 
de mujeres recogidas, pues él tnmbíen se obligaba i 
darle la dote y renta necesiiria para vivir honradamente 
en ella. Encargados pues todos y cada uno de por si de 
liacer cuanto pudiese en el personaje quese leencomen- 
daba, llegado el plazo señalado para la batalla de Dra- 
midan, se fueron los dichos señores con otros muchos 
de su propia calidad á la casa del Campo , do estaban ya 
otros haciendo estrado á las damas que con la mujer 
del Archipámpano habían ido á tomar puesto. Llevá- 
ronse los señores consigo á don Quijote, armado de to- 
das piezas, y más de coraje, y con él á la reina Cenobia 
y á Sancho, llevando un lacayo del diestro á Rocinante, 
que con el ocio y béen recado estaba más lucio, y un 
paje 4le vaha ki lanza. Estaba ya prevenido el secretario 
de don Carlos de uno de ios gigantes que el dia del Sa- 
cramento se sacan en la procesión en la corte, para con- 
tinuar la quimera de Bramidan. Llegados al teatro de la 
burla, y ocupados los asientos (tras un buen rato decon- 
versacion y paseo por la huerta) que dentro la casa es- 
taban prevenidos, y puesto don Quijote en el suyo, se le 
llegó Sancho diciendo : ¿Qué es, señor Caballero Des- 
amorado? ¿Cómo va? ¿Están buenos el honrado Roci- 
nante y mi discreto rucio? ¿No lo han dicho nada que 
me dijese? Yo aseguro que no les ha dado mis recados; 
que no dejaran de responderme ; pero yo sé el remedio, 
yes desocuparme de los negocios de palacio, y buscar 
tinta y papel, y escribilles media docena de renglones; 
que no faltará un paje ó pájaro, ó como los llaman, que 
Helos lleve. Don Quijote le respondió: Rocinante está 
bueno, y ahí le verás presto hacer maravillas, luego 
que enfronte con el caballo indómito que trajere Brami- 
dan : del rucio no te digo, hijo, sino que gusta mucho 
de la corte por lo poco que en ella trabaja y por lo bien 
que le va. A eso replicó Sancho : Por ahí echo de ver 
que somos medio parientes, pues tenemos una misma 
cottdiciou ; poique le juro, mi seiíor, que eu mi vida he 



comido mejor ni tenido mejor tiempo qne desde que esl 
toycon el Arcapámpanos ; porque á él no se le da roásdi 
gastar ocho y nueve reales cada dia en comer, qne á m 
de comérmelos ; y hame dado una cama en qne duermo 
que juro non de Dios no la tienen mejor las ánimas de 
limbo, por más qne sean hijas de reyes : solo hay malí 
que con tanto regalo se meolvídan los negocios deaven 
turas y peleas. Pero ¿qué me dice destos zaragüelles d( 
las Indias? La más mala cosa son que se| puede pensai 
porque por una parte, si no les ponéis treinta agujei 
se os caen por los lados ; y por otra , si les ponéis l 
las que ellos piden, no se comedirán á caerse en una 
cesidad si no las desatáis de una en una, annque se 
supliquéis con el bonete en la mano , por más que 
vean con el alma eu los dientes traseros , tras que no 
puede un hombre con ellos rebullir, ni abajar ácoj 
del suelo las narices, por más que se le caigan de mo- 
cos. ¡ Oh hi de puta, y qué bellaca cosa son para segar! 
No me atrevería yo á segar con ellos doce hazas al dia 
por todo el mundo : yo no sé cómo pueden los indios s^ 
gar con ellos ni remecerse sin dar de ojos á cada ps<o; 
yo creo que los pajes del Arcapámpanos deben de mcet 
allá en las Indias de Sevilla con estos diablos de pedor- 
reras, según saltan y brincan con ellas ; yo no sé ios ca- 
balleros andantes si las traían en aquellos tiempos: lo 
que sé decir de mí es qtie todas las veces que he de rnear, 
he menester quitar una agujeta de delante, y aun de- 
pues, con todo eso, por más que haga, se me cae lo me- 
dio adentro : linda cosa son zaragüelles de mi tierri, 
puessiosda, trayéndolos, alguna correnza, apenas habéis 
desatado una lazada cuando ya están abajo. Mil veces 
le he rogado al Arcapámpanos se haga unos para él, co- 
mo los míos, tan abiertos abajo como arriba, de haen 
paño de Uoii, pues cuando mucho, no le costarán más 
de veinte reales, y con ellos andará hecho persona; y 
diciéndome que lo hará, nunca %eo qne lo efetúa. Es- 
tando en estas razones, sintieron un grande rumor de 
los pajes que estaban á la puerta ; y sosegándolos á iodos 
don Alvaro, mandó asenUr á Sancho en el sneloálos 
piésdelAr€hipám|)ano;tras lo cual entró por la sata el 
secretario de don Carlos, metido dentro del gigante, el 
cual (rata una espada de palo entintada, de tres varasde 
largo y un palmo de ancho. Apenas le vio Sancho aso- 
mar, cuando dijo á voces: Ven aquí, señores, una de 
las mas desatoradas bestias que en toda la bestieriase 
puede hallar : este es el demonio de Tajayunque, que 
solo para perseguir á mi amo há más de cuatro meses 
que ha venido del cabo del mundo; y son tan endiabla- 
das sus armas, qne solo para que se las traigan lia me- 
nester diez pares de bueyes ; y si no, mírenle la espada, 
con que dicen que suele cortar un ayunque de herrero 
por medio. Miren pues ¡qué hará del pobre mi seilor 
don Quijote ! Por las llagas de Dios mande á todos me 
hagan placer de echarle de aquí con Barrabas, á qne 
vaya á tener guerreacíbu allá con la muy pu erca de su 
madre ; y no piensen nos va poco en ello, pues asi par- 
tira de un revés á diez ó doce de nosotros, como yo (^(^'J 
un papirote partiría el ánima de Judas si delante de mí 
viniese. Mandóle don Quijote callar hasta ver qué era lo 
que quería, pues conforme á ello se le daría la respues- 
ta. Puesteen medio el crecido gigante, dijo con miiclia 
pausa, d&spues de haber obligado á todosá qneledieseii 
silencio cou volver bueu rato la cabe^ á todas parl<^ • 



DON QUIiOTE 

ttea kabrü ecbado de ver^ Caballero Desamorado 
(kto (juijote de la llancba, ea mi presencia, cómo he 
caioplido la palabra que te di en Zaragoza, de venir i la 
cúík del rey Católico á acabar delante de sus grandes la 
iingular batalla que de tu persona á la mia tenemoe 
iplazaüa. Hoy pues es el dia en que los de tu vida lian de 
icabar i los filos desta mi temida espada « porque boy 
eogo de triunfar de tí y hacerme señor de todas tus vi- 
(rías, cortándote la cabeza y llevándola conmigo á mi 
dno de Chipre, do la pienso fijaren la puerta do mi 
asa con nn letrero que difca : « La flor mauchega murió 
imaiiosdc Bramidan.sUoyesel dia en que, qniUín- 
lote á tí del mundo» me coronaré pacificamente {tor rey 
ktodo él, pues no habrá fuerzas que me lo impidan ; y 
bo)', finalmente, es el dia en que me llevaré todas las 
lanus qne en esta sala y corte están , á Chipre, para que 
ingadcllasá mi gusto en mi rico y grande reino, pues 
MT comenzará Bramidan, y acabam don Quijote de la 
Uánda : por tanto, si eres caballero, y tan valeroso co- 
mo todo el orbe dice, vente luego para mi ; que no traigo 
(ovinas ofensivas ni defensivas más que esta sola 
es}Bda liedla en la fragua de Vulcano, herrero del in- 
km,iqaien yo adoro y reverencio por dios, junta«- 
incQlecoaNeptuno, Marte, Júpiter, Mercurio, Palas y 
l'raserpina. Dicho e»to , calló ; pero no Sancho, que se 
baotó diciendo : Pues á fe , don Gigantazo, que si os 
¿(iríais en llamar dioses á todos esos bonraclios que de- 
cís, y lo sabe la santa Inquisición, que en hora mala ve* 
Disteis i España. Mas don Quijote, lleno de saña y purn 
te, se puso de pies en su presencia, y empuñada la 
espada, con mucha pausa y gravedad comenzó á decir- 
la : No pienses \ oh soberbio gigante ! que las arrogantes 
palabras con que sueles espantar á los caballeros de 
pN» vigor y esfuerzo han de ser bastantes á poner un 
pelo de temor en mi indómito corazón , siendo yo el qne 
lo^oel mundo sabe y tú has oido decir por todos los 
reinos y provincias que has ]iasado ; y ecliaráslo de ver 
^ que he venido á esta corte solamente á buscarte, con 
¿itde darte en ella el castigo que há tantos anos que tus 
"Blas obras tienen tan merecido ; pero ya roe parece no 
<^lieopode palabras, sino de manos, pnes elhMsue- 
^0 ser testigo y praeba de la fineza de los corazones y 
del valor de los caballeros. Mas, porque no te alabes de 
qoe entré contigo on batalla con ventaja, estando ar- 
^^ de todas piezas, y tú do sola tu espada , quiero, 
pramavor demostración de cuan poco le estimo, de- 
flnnar¡De,y pelear contigo en cuerpo y solo también 
wn espada; que aunque la tuya, como se ve, es más 
grande y ancha que la mia , |K)r eso es esta regida y go- 
rmada de mejor y más valerosa mano que la tuya. Vol- 
vióse á Sancho tras esto, dicléndolc : Levántale, mi fiel 
^Qdero, y ayúdame á desarmar ; que presto verás la 
prnicion qae deste gigante, tu enemigo y mío, hago, 
i^nntóje Sancho, respondiéndole : ¿No sería, señor, 
Q^^jor qne todos los que en esta sala estamos, qne somos 
'Dasdedoscientos, le arremetiésemos juntos, y unos le 
asiesen de los arrapiezos, otros de las piernas, otros de 
bcabea y otros de los brazos, basta hacelle dar en el 
l'ielouna gran gigantada, y después le metiésemos por 
l^lrípastodascuanlas espadas tenemos, cortándole la 
^^^ I después los brazos, y tras esto las piernas ? Qne 
'^^roqne si después me dejan d mí con él , le daré 
^ coces que podrán coger eu sus faltrlqucriis, y me 



DE LA MANCHA. 



107 



lavaré las manos en su alevosa sangre. Hailo que te di- 
go,Sancbo, replicó don Quijote; que no hade ser el 
negociocomo tú piensas. En finSancho le desarmó, que- 
dando el buen hidalgo eu cuerpo y feísimo, porque co- 
mo era alto y seco y estaba tan flaco, el traer de Iasar<« 
mas todos los dias, y aun algunas noches, lo tenían con- 
sumido y arruinado de suerte, que no parecía sino una 
muerte hecluí de la armazón do huesos que suelen po- 
ner en los cimenterios que están en las entradas de loa 
hospitales. Tenia sobre el sayo negro señalados el peto« 
espaldar y gola , y la demás ropa, como jubón y camisa« 
medio podrida de sudor; que no era posible menos dn 
quien tan tarde se desnudaba. Guando Sancho vio á su 
ainodeaquolbi suerte, y que todos se maravillaban da 
ver su figura y flaqueza, le dijo : Por mi ánima le juro» 
seíior Caballero Desamorado, que me parece cuando la 
miro, según está de flaco y largo, pintiparado unroci- 
nazo viejo de los que echan á morir al prado. Con esto 
don Quijote se volvió para el gigante, diciendo : Ea, ti- 
rano y arrogante rey deChipro, celia mano á tu espada, 
y prueba á qué saben los agudos filos de hi mia. Hizose, 
dichas estas razones, dos pasos atras, y sacando la es- 
pada medio mohosa, se fué poco á poco acercando al gi- 
gante, el cual , viéndole venir, fué prontísimo en sacu- 
dir desús hombros ki aparente máquina de papelón quo 
sobre si traia, eu medio de la sala, y quedó el secreta- 
río que la sustentaba vestido riquisimamentede mu- 
jer; porque era mancebo y de buen rostro, y en fin, 
tal, que cualquiera que no le conociera so podia enga- 
ñar fácilmente. Espantároase todos los que el caso no 
sabían; pero donQu¡jote,sin hacer movimiento alguno, 
se estuvo quedo, puesta la punta de la espada en tierra, 
aguardando lo que aquella doncella, quo él pensaba ser 
gigante, decía; la cual, reconocidos los circunstantes, 
dijo á don Quijote sin moverse : Valeroso Caballero De- 
samorado , honra y prez de la nación manchega, mara- 
villado estarás sin dudado ver vuelto Imy á un tan terri- 
ble gigante en una tan tierna y hermosa doncella cual yo 
soy ; pero no tienesque asombrarte ; q ue has de entender 
que yo soy la infanta Burlerina , si minea la oíste decir» 
hijadel desdichado rey de Toledo, el cual , siendo per- 
seguido y cercado del alevoso príncipe de Córdoba, le- 
vantador de falsos testimonios á su propia madrastra, le 
ha enviado á decir muchas veces estos dias, que solo al- 
zaría el cerco y lo restituiíia todas las tierras que su 
padre dolía babia ganado, cuyo cam|H) dicho principo 
como general regia, si le envuba luego á-su hija Burle- 
riña, que soy yo , para servirse de mi en lo que fuese de 
su gusto, con condición de que habla de ir acompañada 
de doce doncellas, las más hermosas del reino, y junta- 
mente de doce millones de oro fino, el más fino que la 
Arabia cria, para ayuda de los gastos que en la guerra y 
cerco habla hecho t jurando, si no lo cumplía, por los 
dioses inmortales, de no dejireu Toledo poi*sonaviva 
ni piedra sobre piedra. Yicudose reducido el afligido do 
mi padre á tanta necesidad, y que no podían sus fuerzas 
resistir á las del contrario , sino que le era forzoso morir 
él y todos sus vasallos en las crueles manos de tan pode- 
roso enemigo , é condecender con su iiiica condición, lo 
envió á decir le diese cuarenta dias de plazo para buscar 
en eltos las doce doncellas que pedía y aquella gran su- 
ma de dinero, y que si irisado dicho término no acu- 
día con dicha canttüad» vjecutíDse eu su reino el rigor 



•«os 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELUNEDA. 



^n que 16 amenazaba. ConstAndole pues ;oh invicto 
tnanchego! á un tio mío, grande encantador y nigro* 
inántico, notable aficionado tuyo, llamado el sabio Al- 
^uife, el gran peligro en que mi padre, su liennano, y 
yo su sobrina, estábamos, hizo un forlísimo encanta* 
miento, metiéndome en este aparente gigante que aqui 
está tendido, y enviándome encubierta en él, por ase* 
gorarasí mi honestidad,á buscarteá ti por todo el mun- 
do, sin dejar reino, Snsula ó proTtncia en que no te haya 
buscado; y fué tanta mi ventura , que hallándote en Za« 
ragoza, no hallé mejor medio para sacarte de alli y 
traerte á esta corte, que solo dista doce leguas de Tole* 
do, que fingir el aplazado desafío : por tanto, oh mag- 
nánimo principe, si hay en tí algún rastro de piedad y 
sombra de! infinito amor que á la ingrata infanta Dulci- 
nea del Toboso tuviste , aunque ya eres el Caballero De- 
samorado, por las leyes de amistad que á mi tio Alquife 
debes, y por lo que las esperanzas que en ti he puesto 
merecen , te suplico que , dejadas aparte todas las aven- 
turas que en esta corte se te pueden ofrecer, y todas las 
honras que en ella sus príncipes te hacen, aciulas luego 
conmigo á la defensa y amparo de aqtiel afligido reino, 
para que entrando en singular batalla con el maldito 
principe de Córdoba , le venzas , y dejes libre de su tira- 
nta á mi venerable padre , pues te juro y prometo por el 
dios Marte, de ser yo mesma el premio de tus trabajos. 
Galló, dichas estas razones, aguardando las que don Qui- 
jote le daría de respuesta ; pero Sandio, que estaba to- 
talmente maravillado, antes que su amo respondiese, 
dijo : Señora reina de Toledo, no tiene vuesa merced 
que jurar por el dios Martes ni Miércoles; que mi amo 
M sin falta á matar á ese bellaconazodel príncipe de 
Córdoba , y yo sin falta iré con él : por el tanto vayase un 
poco delante , y dígale al señor su padre como ya vamos, 
que nos tenga bien de cenar, y que á ese principillo nos 
le tenga para cuando lleguemos, muy bien atado á un 
poste, en cueros; que yo le aseguro, si lo hace, de lia- 
ceríe con esta pretina que se acuerde mientras viva del 
nombre suyo, y aun de los de su padre y madre. Dio á 
todos notable gusto la disparatada respuesta de Sancho; 
pero suplid su simplicidad el peso de la que dio don 
Quijote, diciendo á la dama : Por cierto, sefiora infanta 
Burlerina,que no os ama ni estima quien asi os Itace an- 
dar, en loque yo, por más que sea mi grande amigo el 
sabio Alquife vuestro tio, pues con menos prevencio- 
nes las hiciera yo para defender el reino de su hermano 
vuestro padre, rey de Toledo, obligado de lo que le 
debo; pero ya que se interpone el peligro de la libertad 
de vuestra noble y hennosísima persona, mayores se- 
rán las obligaciones que me moverán á acudir con gusto 
al remedio de la referída necesidad : por tanto respondo 
que iré en persona á dar favor v socorro á vuestro pa- 
dre. Lo que queda que hacer es, que veáis cuándo y có- 
mo queréis que partamos ; que pronto y dispuesto estoy 
yo de mi parte para ir luego con vos, para haceros ven- 
gada de ese tirano príncipe que decís; que ya nos cono- 
cemos los dos, y aun deseo esta ocasión para que vea á 
qué saben mis manos ; que desafiado le tengo ; pero cual 
cuburde ha huido dolías. El príncipe Períaneo, viendo 
la nueva aventura que se le habia ofrecido á don Quijo- 
te, y lo presto y bien que don Alvaro había entablado 
i'iMi el secretario de don Cirios el modo con que se po- 
día facilitar el llevar á la casa del Nuncio de Tuledo á 



: don Quijoto, le dijo : Desda tqní desisto, señor Caba 
llero Desamorado, de la pretensión de la infanta Fio 
rísbella deGrecia, sin querer entrar en batalla con quiei 
puede dar seguridad de vitoria á reinos enteros, estaii<l< 
aun ausente ; y asi , en público me doy por vencido deai 
valor, con no poca gloría de vuesa merced, corrimienb 
mío y contento del príncipe don Beliani» de Grecii 
Holgó mucho don Quijote destas razones, y agradecía 
selas, dándosele por amigo, y lo mismo Sanclio , q« 
deseaba se oTCusaseesta pendencia ; el cual por mandi< 
do del Archipámpano se levantó y fué con mucho r» 
peto por ia infanta Buríerína,trayéadosela por la luaii^ 
de cuya vista nerón los caballeros y damas ea extremo, 
conociendo era el secretario de don Carlos, y no mujer, 
como pensaban don Quijuto y su escudero, que vieuüo 
\9L risa de todos, no pudiendo sufrirla, dijo : ¿De qn« 
se ríen ellos y ellas, cuerpo non de. quie» las parió! 
¡Nunca han visto á una hija de un rey puesta en tmbajo! 
Pues sepan que cada dia nos topamos yo y mi amo coo 
ellas por esos caminos, y si no, dígalo la gran reina 
Segovia. Lo que vuesas mercedes, señoras, lian áe ha- 
cer, es tenerse por dicho que ha de dormir esta infjiuta 
con una de vuesas mercedes esla noche ; si no, ahí esú 
mi cama á su servicio, que le beso las manos. Lenntá- 
ronse todos tras estas razones á cenar, desapareciendo 
el Secretario. Hubo gran cena, y m'iclia couiinuacioa 
eu ella de los disparates de don Quijote ydeSancbo; 
pero alabaron todos el parecer del Archipámpano ciua- 
do supieron trataba de euviar á Toledo á curar en la a^ 
del Nuncio á don Quijote ; y volviéndose á snscasasenlos 
coches, como habían venido, se quedó en la del Archi- 
pámpano Sancho, como solía, y Bárbara y don Quijote 
se fueron con don Garlos y don Alvaro á la del príncipe 
Períaneo, el cual apenas estuvo en ella, cuando loiiió 
tan á peclios el persuadirá Bárbara se recogiese en ona 
casa de mujeres da su calidad, supuesto le estaba tao 
bien y era gusto del Archipámpano, que salía á pagar 
la entrada y á daríe suficiente renta con que pasar It 
vida todo lo que le durase, que ella, convencida de sos 
buenas razones, y conociendo cuan mal le estaba vol- 
ver á Alcalá , do ya todos sabían su trato , tras verse sia 
tener que comer ni partes para ganarlo con ellas, dio 
con no |»oca alegría el si de hacer lo que se le pedia y 
perseverar donde quiera que la pusiesen, con qnese 
ofetuó su recogimiento dentro de dos días , sin que á» 
Quijote pudiese entendello; y cuando la liaílaron méooi 
sus diligencias, le persuadieron que las de sus vasal!» 
habían podido sacarla encubierta secretamente de U 
corte y volverla á su reino. I 

CAPITULO XXXV. 

De las raioaes qve eatre don Carlos y Saaeho Paoia eoirimi 
aceica de qae él se quería volver A su Üerra ó e«crU)ir una crtí I 
át su nmjor. I 

Estaba ya don Carlos en vigilia de celebrar las bodas 
de su hermana con el UtuUir, y quería por gu^to del 
Archipámpano y mayor solemnidad dellas, tener de I 
asiento en Madrid á Sancho; y así , para obligarle á que, I 
trayendo alli su mujer, no pensase más en su tierra, lo 
dijo un dia que se halló con él en casa del Archipám* 
paño : Ya sabéis, raí buen Sancho, el deseo que de 
vuestro bien he tenido desde que os vi eu Zaragoza,; 
el cuidado con que os regalé de mi mano en la uiesa ia 



DON QUIJOTE DE LA M ANCBA. 



109 



iríner noclie qne entrastes en mi easa» y cuánta merced 
tsiua hecho siempre en ella mis criados, particular- 
D^ute el cocinero cojo : pues habéis de saber que lo 
me me ha movido siempre á esto, ha sido el veros tan 
wBbn de bien y de buenas entrañas, teniendo lástima 
B que una persoua de vuestra edad y buenas partes 
adeciese , y más en compañía de nn loco tal cual es 
90 Quijote, en la cual, por serlo tanto, no podiades 
pjar de dar en mil desgracias, porque sus locuras, 
esatinos y arroja mientes no pueden prometer buen 
Kffio á él ni á quien le acompañare ; y no digo cosa 
I que ya no tengáis experiencia vos desde el año pa* 
ado ; y si no , decidme : ¿ qué sacastes de las antiguas 
imitQcas, sino muchos palos, garrotazos, malas noclies 
fieores días, tras mucha hambre, sed y cansancio, 
ns Teros manteado de cuatro villanos, con tantas bar^ 
)»como tenéis? ¡Pues monta, que es menos lo qne 
kabeis padecido en esta última salida 1 en la cual las 
Insolas, penínsulas, provincias y gobernaciones que 
babeis conquistado vos y vuestro amo, son haber sido 
tcmrode desgracias en Ateca, blanco de desdichas en 
Zaragota, recreación de pícarosen la cárcel de Sigüenz», 
irrisión de Alcalá « y últimamente mofa y escarnio de 
<5U corte. Pero pues ha querido Dios que entraseis en 
c\la al b de vncstra peregrinación , agradecédselo ; que 
sin duda lo ha permitido para que se rematasen aquí 
neUns trabajos , como lo han hecho los de Bárbara , 
que recogida en una casa de virtuosas y arrepentidas 
mujeres, está ya apartada de don Quijote, y pasa la vida 
coo descanso y sin necesidad, con la limosna que le ha 
liecbde piedad el Archipámpano, la cual es tan grande, 
que DO contentándose de ampararla á ella, trata de bacer 
iú mesmo con vuestro amo; y asi le perderéis presto, 
nal que os pese, porque dentro de cuatro días lo envía 
iTokáo con urden deque le curen con cuidado en la 
casadel Nuncio, hospital consignado para los que en- 
ferman del juicio, cual él ; y no contenta su grandeza en 
amparar á los dichos, trata con más veras y mayor amor 
deampararos á tos más de cerca, y de las puertas aden-^ 
tnidasucasa, en la cuales tiene con el regalo, abun- 
iliDcía y comodidad que experimentáis tantos dias há : 
ioqae queda que hacer es, que vos de vuestra parle 
procDreis conservaros en la privanza que estáis, que es 
fioiabio, como lo es lo que éU au mujer y casa os aman, 
delacual no saldréis vos y vuestra mujer llarí-Gutier- 
rez mientras viváis, á quien de mi consejo iiabeis de 
tnerá ella, enviándola i buscar ; que yo daré mensajero 
ttgoro y pagaré los gastos, pues gustará dello y de 
teoeros en este palacio el Archipámpano , dándoos en él 
iimbosnn cuarto y salario y muy honrada ración todos 
^ dias de vuestra vida , con que la pasaréis alegre y 
Posadamente en uno do los mejores lugares del 
ttQodo: por tanto, lo que habéis de hacer es condecen* 
<^rGooloque os pido, y darme en breve la respuesta 
^inerece el celo que de vuestro bien tengo. Calló 
^Cirios dichas estas razonet, y después de haber 
«stidoSancho suspenso un buen rato de oillas, le res- 
pondida ellas : Muy grande es por eierto, señor don Gar- 
los» el servicio qne vuesa merced y el Arcadepámpanos 
(■^babeclio estos dias, si bien les pido perdón 'dello, 
1^ si acaso no ba sido tanto como yo merezco ; qne eso 
Jíroelo veo, y no me lo podrán pagar con cuanta mo- 
"waiienea lodos los ropavejeros desta tierra, pero con 



todo se lo agradezco, y ahí están para bacelles merced 
en la Argamesilla veinte y seis cabezas de ganado que 
tengo, dos bueyes, y un puerco tan grande como los der 
por acá, el cual hnbemos de matar, si Dios quiere, para 
eldia de San Martin , para el cual estará hecho una vaca : 
así que digo que para respondelle me dé, si le parece^ 
algunos meses de término ; que no son cosas estas de 
mudar de tierra qne se hayan de hacer de repente : lo 
que yo haré será irá comunicallo con mi Mari-Gotierrez, 
ó cuando mocho, le escribiré cuanto vuesa merced me 
dice; y si ella dice con una mano que sí, yo diré lo 
mesmo con ambas de bonísima gana : busque pues vuesa 
merced tinta y papel, si le parece, y escribámosla luego al 
punto una carta, en que se le diga como el Ave María 
todo eso ; y digo escribamos, porque harto hace quien 
luice hacer; que yo por. mis pecados no sé escribir más 
que un muerto, aunque tuve un tío que escribía linda- 
mente ; pero yo salí tan grandísimo bellaco, que cuando 
siendo muchacho me enviaban á la escuela, me iba á las 
higueras y viñas á hartarme de uvas y higos , y así sali 
mejor comedor dellos quo no escribanador. Quedó con- 
tento de la respuesta don Garlos, y difirieron el escribir i 
la carta hasta después de comer ; y habiéndolo hecho i 
con el Archipámpano, le dijo sobre mesa don Cárhis \ 
como ya tenia el si de Sancho en lo que era traerá la 
corte su mujer, si á ella le parecía , y qne solo faltaba el 
escribírselo, y que así, trajesen tinta y papel para que 
allí fuese secretario de hi carta que le liahia de dictar 
Sancho. Trajese todo al punto, y apenas había empezado 
don Garlos á doblar el pliego, cuando le dijo Sancho : 
¿Saben , señores, lo que me parece? Que á fe mía que 
seria harto mejor y más acertado volverme yo á mi casa 
y quitarme de aquestos cuentos, pues baque sali della 
cerca de seis meses, andándome hecho un haragán tras 
de mi señor don Quijote por unos tristes nueve reales i 
de salario cada mes ; si bien hasta agora no me ha dado \ 
blanca, lo nno porque dice dará el rucio en cnenta, y 
lo otro porque harto me pagará , pues me ha de dar U 
gobernación de la primera ínsula ó península , reino ó 
provincia que ganare ; pero puesá él le llevan vuesas 
mercedes, como ha dicho don Garlos, á ser nnncio de 
Toledo, y yo no puedo ser de iglesia, desde agora renun- 
cio todos los derechos y peúinencias que en cnanto 
conqnistare me pueden pertenecer por herencia ó tema 
de juicio, y me determino volver á mi tierra agora qne 
I viene la sementera, en que puedo ganar en mí lugar 
j cada día dos reales y medio y comida, sin andarme á 
caza de gangas : por tanto, burlas aparte. Vuesa merced, 
señor Arcapámpanos, rae mande volver luego mis zara* 
gúelles pardos, y tome allá estos suyos de las Indiwi 
I ( ¡ quemados ellos sean 1 ), y denme juntamente mi sayo ^ 
I y la otra caperuza, y adiós, que roe mudo ; que yo sé ' 
que mi Ifari-Gutierrez y todos los de mi logarme esta- 
rán aguardando; queme quieren como la lumbre de 
sus ojos. (Quién me mete á mí con pajes, qne no me 
dejan en todo el dia , sin otros demonios de caballeros , 
que no hacen sino molerme con Sancho acá , Sancho 
acnllá? Y aunque aquí se come lindamente, si no siem- 
pre con la boca, á lo menos siempre con los ojos, todavía 
loque son salarios se paga muy mal, y muchas veces 
veo que se fingen culpas en los criados pare negárselos 
ó quitarles la ración ó despedillos mal pagados ; y 
cuando no suceda en salud ^ es cierto que en enferme* 



liO 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELUNEDA. 



1 



dad no hay señor que mande ni mayordomo que ejecute 
obra de caridad con los pobres criados : en (in , bien 
I dicen los picaros de la cocina que la vida de palacio es 
vida bestial» do se vive de esperanzas y se muere en 
algún hospital : ello es hecho, señor don Carlos ; no hay 
quio replicar; que mañana, en resolución, pienso tomar 
ks de Villadiego: verdad es que si el señor Arcapám- 
panos me asegurase un ducado cada mes y dos ó tres 
pares de zapatos por un año, con cédula de que no me lo 
liabia de poner después en pleito» y vuesa merced saliese 
por fianza de ello, sin duda temia mozo en mi para 
muchos días : por eso, sí lo determina hacer, no hay 
sino efetuarlo, y encomeudarme su par de muías , y de- 
cirme cada noclie lo que tengo de hacer á la mañana , y 
adonde tengo de ir á arar ó á dar tal vuelta á tal ó tal 
rastrojo, y de lo demás déjeme el cargo á mi, que no 
' se descontentará de mi labor : verdad es que tengo dos 
') faltas ; la una es que soy un poco comedor, y la otra que 
para despertarme á las mañanas, algunas veces es mo- 
. nester que el amo se llegue á la cama y me dé con algún 
1 zapato ; que con eso despierto luego como un gamo, y 
echado de comer ¿ rol vientre y ¿ las muías, voy á la 
frtiguaásacarlareja,alzolosfueIle8miéntrasel hondero la 
machaca, vuélveme á casa una hora ántesque amanezca, 
cantando por el camino siete ó ocho siguidillas que sé 
^lindísimas, do por refrigerar el aliento pongo á asar 
cuatro cabezas de ajos , tomándolas con dos ó tres veces 
do la bota que tengo de llevar ú la labranza ; y á la que al- 
borea , subo, heclia esta prevención , en la muía caslaña 
que está más gorda..... Y de allí iba á proseguir ; pero 
atajóle don Carlos, maravillado de su simple discurso, 
y díjole : Ellose lia de hacer puntualmente loqueos tengo 
aconsejado, pues so os cumplirán todas las condiciones 

I que pedis. A fe que lo dudo, replicó Sancho, de quien 
no tuvo vergüenza de tomar de un escudero como yo 
dos reales y medio por la primer cena que me dio, y asi 
no quiero nada con él, sino que Dios le eche á aquellas 
liartes en que más de él se sirva. Díjole el Archipám- 
pano, viendo'que decia las dichas razones por él : Estad 
cierto, Sancho, que cumpliré cuanto en mi nombre os 
lia prometido el señor don Carlos, mejor de lo que vos 
lo sabréis desear, y estad cierto de que no.os (altará en 
mi casa la gracia de Dios. La gracia de Dios, dijo San- 
« cho , es en mi tierra una gentil tortilla de huevos y tor- 
reznos, que la sé yo hacera las mil maravillas, y aun de 
> los primeros dineros que Dios me depare , he do hacer 
^ una para mi y el señor don Carlos, que nos comamos las 
" manos tras ella. Mucho gustaré de comella, respondió 
don Carlos; pero ha de ser con condición de qne por 
amor de míos pongáis sombrero , como lo usamos en ia 
corte, y dejéis la caperuza. En todos los dias de mi vida , 
replicó Sancho, no lie gustado de sombreros, ni sé á qué 
saben , porque se me asienta la caperuza en la cabeza 
que es bendición de Dios, pooque en fin es bonísimo 
potaje, pues si liace frió, se la mete el hombre hasta 
ks orejas, y si aire, se cubre con su vuelta el rostro, 
cual si llevara un papahígo , yendo tan seguro de que se 
le caiga, como lo está la rucdarde un moUnade moverse, 
y no se bambalea á todas partes, como lo hacen los som- 
breros , que si les da un torbellino ruedan por esos 
campos cual si les tomara la maldición ; y más que 
cuestan doblado una docena dellos que media de cape- 
ruzas > pues no pasa cadd una dellas de dos real¿ y 



medio con hechura y todo. Bien parece, Sancho^ le díjJ 
el Archipámpano, que conocéis la necesidad que tenp^ 
de vos, y que no tengo de reparar en cosa á trueqoe «1^ 
qne quedéis en mi casa, pues pedis tantas gullerías 
pero para que conozcáis mi liberalidad , nianaDa o: 
mandaré pagar dos años de salario adelantado» á vos ; 
á vuestra mujer, y en llegando ella os vestiré á ambo 
muy de pascua. Beso á vuesa merced las manos, le res- 
pondió Sancho, por ese buen servicio. Agora solo resi; 
saber si las tierras de vuesa merced que tengo de se«- 
brar este otoño están lejos ; tras que, como no las sé, sen 
menester ir á ellas el domingo que viene , y también ca- 
necer las muías y saber qué resabios tienen, y si lienm 
buenas coyundas y todo el demás aparejo; porqoe ne 
quiero diga después de mí vuesa merced qtie soy de^ 
cuidado. Todo está, Sancho, le replicó don Garlos, de h 
manera que deseáis : lo que se ha de haceros que escri- 
bamos la carta á vuestra mujer. Escribamos por cierto, 
respondió él , con la bendición de Dios ; pero vuesa mer- 
ced advierta que ella es un poco sorda, y será menester 
que la escribamos un poco recio para que la oiga. Haga 
lacruzydiga: «Carta para Mari-Gutierrez mi mujer, en 
i>e\ Argamesilla de la Mancha, junto al Toboso.» Ahora ' 
bien, dígale que con esto ceso, y no de rogar por su 
ánima. ¡Qué es loque decís. Sandio! le dijo don Cár-j 
los, ann no le habernos dicho cosa, ¡y ya decís : Ceo | 
esto ceso! Calle, respondió él; que no lo entiende; í 
¿quiere saber mejor que yo loque tengo de decir?Ei 
diablo me lleve si no me lia hecho quebrar el hito qoe 
llevaba, con la más linda astrologta que se podía pensar; 
pero diga , que ya me acuerdo. «Habéis de saber qi^ 
ndesdeque yo salí del Argamesilla hasta agora , no nos 
nliemos visto : mi salud dicen todos que es muy buen^i; 
vsolo me duelen los ojos de puro Ver cosas del otro mun* 
ndo, plegué á Dios que tal sea de los vuestros. Avisadi»c 
nde cómo os va del beber, y ú hay harto vino en la Uan- 
vclia para remediaros la sed qoe mi presencia os cansa , 
ny mirad por vida vuestra escardéis bien el huerteciilo, 
Dde las malas hierbas que le suelen afligir. Enviadme los 
nzaragúetles viejos de paño pardo que están sobre el p- 
nlliuero, porque acame ha dado el Arcapámpaaos uoos 
nzaragüelles de Uis Indias, que no me puedo remecer coa 
iK)llos : guardarlos he para vos, queqoizásse os asentarso 
«mejor, y más que sin mucho trabajo traeréis guardada 
»el bomUlode vidrio, pues tienen pordelaate una puerto 
«que se cierra y abre con una si^. agujeta. Si queréis 
«venir, ya os tengo dicho lo qoe nos dará el Arcapám- 
«panoscada mes de salario ;y así, os mando que antes qü$ 
«esta carta salga de aquí , os vengáis á servir á la Arca- 
«pampanosa, trayendo todos los bienes muebles y raices 
«con vos, que ahí eltáu, sin dejar un palmo de tierra ni 
«una sola hoja del huerto ; y no me seáis repostona, que ¡ 
«me canso ya de vuestras impertinencias, y tanto sen! lo 
«de más como lo de menos ; y no os haya do decir, como 
«acostumbro, con el pato en la mano: io, que te estriego, 
«barra de mi suegro.» Volvióse, escritas estas razones, á 
don Carlos, diciéiidole : Sepa vuesa merced , señor, que 
las mujeres de hogaño son diablos, y en no dándoles en 
el caletre, no harán cosa buena si las queman. Pues & fe 
que laha de hacer, ó sobre eso ozte, morena. Esto úijo 
quitándose el cinto, y tomándole en la mano con roucbi 
cólera, añadiendo que él sabia de la suerte que seiiabix 
de tratar Mari-Gutierrez, mejor que el papa.Maraviliado 



DON QUUOrE DE LA MANCHA. 



ill 



slaba el Archipámpano y cuantos en la sala osistian , 
e ver tan tiatural simpleza, y aun aguardaban á cuando 
flbia de dar con el ciuto á don Garlos ; pero sin hacerlo 
n)i$ígiiiódiciendo:Escriba.«Yaosdigo,Blarí«GuUerrez, 
jue estaremos aquí lindamente ; que aunque vos seáis 
Hiduiga de estar en casa de estos liidalgotes» todavía el 
ircapámpauos está tan hombre de bien, que me ha 
arado que en estando vos aqut , nos vestirá & ambos y 
IOS dará el salario dedos aiíos adelantado, que es un 
locado por bestia cada mes, el uno á mi y el otro á vos : 
nirad pues, si por lo menos vivimos mil meses,si ter- 
léoios harto dinero. Del seiíor don Quijote solo os digo 
que está más valiente que nunca, y le han hecho nuncio 
de Toledo : si le habéis menester, en dichas casas le 
tallaréis, y no poco acompañado, cuando paséis por 
•lli : la Arcaparopanesa, vuestra ama, con quien habéis 
wle estar, os besa las manos y tiene más deseo de escri- 
tbiros que de veros : es mujer muy honrada, según dice 
m marido, sí bien á mi no me lo parece , por lo que la 
>Teo holgazana, pues desde que estoy aquí jamas le he 
>^ la rueca en hi cinta. Rocinante me dicen está bue- 
m y que se ha vuelto muy persona y cortesano : no creo 
>ioseatautoel rucio, ó á lo menos no lo muestmn sus 
«pocas razones, si ya no es que calla, enfadado de estar 
iiUuk) tiempo en la corte.» 

Varéceoe que no liay más que escribir, pues aquí se 
ledíceciunto le Importa, tan bien como se lo podría 
decir el mejor boticario del mundo, y yo trasudo de 
pnro sacar letras del caletre. Ved vos , Sancho , dijo don 
Carlos, si queréis decllle otra cosa ; que aquí estoy yo 
para escribillo, pues hay harto papel, gloria á Dios. 
Ciérrela, respondió Sancho, y horro Malioma. Mal se 
{Kiede cerrar, replicó don Garlos, carta sin tirma, y asi 
ikiü deque suerte soléis firmar. ( Buen recado se tiene 1 
r&pondÍQ Sancho : sepa que no es Mari-Gutierrez amiga 
de tantas retóricas : no hay que firmar para ella , que 
cree bien firme y verdaderamente todo lo que tiene y 
cree la santa madre Iglesia de Roma ; y asi, no necesita 
ella de firma ni firmo. Leyóse la carta, hecho esto, en 
analta, con increíble risa de los circunstantes y aten* 
cu» del mismo Sancho, á quien dijo el Archipámpano 
ioego : ¿Cómo llevará don Quijote el quedaros, Sancho, 
TOS efl mi casa? que no querría se enojase , y viniese 
después á ella desafiándome á singular batalla, con quo 
ttal (le m grado me obligase á haceros volver con éL 
Ko tenga vuesa merced miedo, respondió Sancho ; que 
!o le hablaré claro antes que vaya á Toledo, y le volveré 
larucio, la maleta y juntamente el desaforado guante 
; <iel gigante Bramidun , que puse guardado en ella la 
fticbe que él se le arrojó desaüándole en casa del señor 
^Carlos, para que le vuelva á la infanta Burlerina, ó 
Ifcdéen presente al arzobispo cuando entro por nuncio 
uToyo; que yo no quiero nada de nadie ; y más que 
^^Résevayacon Dios, pues desde aquí al día del juicio 
^i^ de las peleas , sin querer más cosa con ellas ; 
pues tao pelado y apaleado salgo de sus ufias, cual saben 
mis poim espaldas; y libré tan mal habrá dos meses en 
toa Yeota, que por poco me hicieran volver moro unos 
Boniediantes, y aun me circuncidaran, si no les rogara 
BOA Tivas lágrimas no tocasen en aquellos arrabales, 
1^ seria tocar á lasniñas de los ojosde Mari-Gutierrez ; 
!l<ies\>nes me costó muy gentiles golpes la defensa de 
>n aialiarre que mi amo llamaba preciosa liga ; 7 aun* 



que él me quiere tanto, que entiendo me dará lo que 
me tiene prometido, que es la gobernación de algún 
reino, provincia, ínsula ó península, todavía diré ma- 
ñana cómo no puedo ir allá con él , por estar ya con- 
certado con vuesa merced , y que lo que podrá hacer 
será enviármela, que tan hombre seré para gobemalla 
acá como allá. ¿Pero sabe vuesa merced qué me parece f 
Que pues para de aquí al Argamesilla no se halhrá men- 
sajero cierto, será acertado que yo, que sé el camino, 
lleve la carta, pues le aseguro que no haré más de darle 
fielmente «n manos de mi mujer, y volverme luego. 
Pues para eso, Sancho, dijo el Archipámpano, ;qué era 
menester escribirla, si vos babiaí { de ir allá en |)ersona ? 
No cuidéis della ; que yo buscaré quien la lleve con bre- 
vedad, y traiga luego respuesta, aunqne dudo sea ella 
tan elegante como vuestra carta , en que mostráis haber 
estudiado en Salamanca toda la sciencia escríbal que 
alli se profesa, según la habéis enriquecido de sentencias. 
No he estudiado, respondió Sancho, en Samalanca ; pero 
tengo un tío en el Toboso, que hogaño es ya segunda vez 
mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como 
el barbero, como dice el cura ; y como yo he ido muchas 
veces á su casa, todavía me he aprovechado algo de su 
buena habilidad ; porque, como dicen, ¿quién es ta 
enemigo? el de tu oficio; en la arca abierta siempre el 
malo peca; y finalmente, quien hurta al ladrón harto 
digno es de perdón ; y así del sé escribir cartas ; y si le 
he hurtado algo de lo que él sabe desto, como se ve en 
ese papel, no importa ; que bien me lo debía , pues día 
y medio anduve á segar con él, y lleve el diablo otra 
blancamediósino un real de á cuatro ; y á mi mujer, que 
fué á escardar doce días en su heredad el mes de marzo, 
no le dio sino un real amarillo que no sabemos cuánto 
vale : poroso estoy yo mejor con los cuartos y ochavos , 
que son moneda que corre, y los han de tomar hasta el 
mismo rey y papa , aunqne les pese. Levantáronse en 
esto de la mesa para salir á pasearse, dejando el Archi- 
pámpano orden al secretario, de que enviasen él y el 
mayordomo luego dos criados con aquella carta al Ar- 
gamesilla, con mandato de que no viniesen sin la mujer 
de Sancho en ningún caso, procurando traerla regalada 
y con brevedad. Hízose as!. Llegó Marí-Gutierrez á la 
corte con ellos dentro de quince días, do la recibió San- 
cho con donosos favores, y el Archipámpano fué el scuor 
más bien entretenidoque había en la corle aquellosdias ; 
y no solo él, sino muchos della, con toda su casa, tuvieron 
alegrisimos ratos de conversación y pasatiempo muchos 
meses con Sancho y so Mari-Gutierrez, que no era menos 
simple que él. Los sucesos de estos buenos y candidos 
casados remito á la historia que dellos se hará andando 
el tiempo, pues son tales que piden de por si un copioso 
libro. 

CAPITLXO XXXVI Y ULTIMO. 

De cómo noestro bnén eabaUero <on Qaijote 4e la Maneba fué 
Uendo á Toledo por Aon Alraro Tarfe, y paeslo alli en prisio- 
nes en la eass del Moncio, para que se proeoñse su eura. 

Cuando tuvo aprestada sn vuelta para Córdoba don 
Alvaro, y estuvo despedido de todos los señores de quie- 
nes tenia obligación hacello en la corte, trazó la noche 
antes de la partida, quo para arrancar della á don Qui- 
jote, entrase uucriadodel Archipámpano en casacuaiido 



ilt 



EL LICENaADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



acabasen de cenar» Testido de camino y con galas , como 
que venia de Toledo en nombre de la infanta Burlerina 
á buscarle, para que fuese en su compañía luego con 
toda diligencia á dccercar la ciudad, y libraila de las 
molestias que le liucia el alevoso príncipe de Córdoba. 
Túvole tan bien instruido, asi de lo que liabia de bacer 
y decir á don Quijote coando le diese el recado, como 
por el camino, y en Toledo (donde por orden del Ai-clii- 
pámpanole habia de acompañar, para mayor encubrir el 
engaño, y traerle nuevas del y del modo que quedaba ), 
que llegando la señalada noche y hora, á la queacababan 
Je cenar en casa del príncipe Perianeo con él en su me- 
sa don Garlos, don Quijote y don Alvaro, apenas él hubo 
dado aviso á don Quijote de como se partía el dia si* 
guíente para Córdoba, diciéndole si mandaba algo para 
Toledo, donde habia de pasar, cuando entró por la sala 
el dicho paje del Archipámpano, gallardamenteadereza- 
do,el cual, después de haber saludado cortesmenteá 
todos los circunstantes, se volvió á don Quijote y le di- 
jo : Caballero Desamorado, la infanta Burlerina de To- 
ledo, cuyo paje soy, te bésalas manos humildemente y 
suplica cuan encarecidamente puede, que te sirvas de 
partir mañana sin falta conmigo, á la lijera y^in ruido, á la 
gran ciudad de Toledo, donde ella y su afligido padre 
y lo mejor y más lucido del reino te está por momentos 
aguardando, pues no faltan más de tres diaá para cum- 
plirse los cuarenta que el enemigo príncipe de Córdoba 
les tiene dado de plazo para deliberar ó la entrega de 
la ciudad, ó el rendimiento de las inhumanas parias que 
les tiene pedido ; y si tú con tu valeroso brazo no los so- 
corres, sin duda serán miserablemente todos muertos, 
la ciudad saqueada, quemados los templos, y los cimien- 
tos de torres y las almenas ocuparán las alegres calles, 
sirviéndoles sus piedras de calzada y empedrado. La In- 
fanta mi señora, y el Rey, por cierto postigo que el ene- 
migo no sabe, te están esperando con todos los mejores 
caballeros de su corte, para que otro dia antes que ama- 
nezca, tocando de repente al arma, con la voz y favor de 
Santiago les demos, cogiéndolos descuidados, un asalto 
tal que quede el enemigo, como sin duda lo quedará, 
cencido, y tú vencedor; tras lo cual serás, si te parecie- 
re, aunque sea corto premio de tus inauditas grandezas^ 
casado con la hermosísima infanta Burlerina, la cual ha 
desechado á otros muchos hijos de reyes y príncipes, 
solo por casar contigo : por tanto, valeroso caballero, 
Tete luego á reposar para que, tomando la mañana, lle- 
guemos á buena hora á la imperial ciudad de Toledo, 
que espera tu favor por momentos. Don Quijote con mu- 
cha pausa le respondió, diciendo : A muy buen tiempo 
habéis llegado, venturoso paje, pues podré ir en esta 
ocasión acompañando al señor don Alvaro, que me aca- 
ta de decir que también por la mañana ha de partir 
para Toledo : por tanto no hay sino que aderecéis todo 
jo necesario para que en amaneciendo partamos juntos, 
y pueda yo llegar con tan honrada compañía á socorrer 
al Rey vuestro señor y ¿ ki infanta Burierina, sobrina 
del sabio Alquife, mi buen amigo. Verdad es que no soy 
de parecer de que se me trate de eso que decis , de ca- 
carme con dicha infanta después de vencido y muerto 
el alevoso príncipe de Córdoba, su contrario, y saqueado 
su campo; que en efecto, siendo conocido en el mundo 
por Caballero Desamorado, no será razón que ande en 
amores hasta pasar primero algunas docenas de años. 



pues podría suceder, como ha sucedido muclias v^ce; 
otros caballeros andantes, que andando yo por tanü 
tan varia multitud de reinos y provincias, uic encoi 
trase y aun enamorase de alguna infanta de Babilooi 
Transilvania, Trapisonda, Tolomatda, Grecia ó ConsU 
tlnopla; y si esto me sucede, cual confío, desde aqi; 
dia me tengo de llamar el Caballero del Amor, poes p 
saré potables trabajos, peligros y dlGcultades por elqi 
á dicha infanta tendré, hasta que después de haber 1 
brado su reino ó imperio del fortisimo enemigo que 
tendrá cercado, le descubriré mi anoor á dicha inín 
en su mismo aposento, do entraré bien armado con ale 
tados pasos por un jardín, guiado por una sstbia caro: 
rera suya, una noche obscura; y si bien al príacipi 
por ser pagana, se azorará de oírme soy cristiano, todí 
vía, prendada de mis partes y obligada de las mm 
conque le peraaadiré la verdad de nnestrasanUreli 
gion, se casará conmigo con públicas fiestas, baulizat 
ella y todo su reino ; pero sncederme han tales y tan d( 
tables guerras por ciertos motines de envidiosos vai^ 
líos, que darán bien que contar á los historiadores vcoi 
deros. Viendo don Alvaro que ya comenzaba á dispare 
tar, se levantó diciendo : Vamonos á reposar, seuor doi 
Quijote, porque hemos de madrugar mocho pan IJegai 
con tiempo á Toledo, por lo que hay de peligro en V 
tardanza. Y dicho esto, se volvió al paje diciéndole .^ 
vos, discreto embajador de la noble infanta BurleríE^ 
idos luego á cenar, y después i acostar en la cama^se 
el mayordomo os señalare. Salióse el paje de la sala,y 
con él los demás, yéndose todos ó sus camas sin reparar 
don Quijote más en Sancho que si nunca le hnbien 
visto, que fué particular permisión de Dios : verdad (M 
que la mañana, en levantándose, á la que ensillaban loj 
crUdos de don Alvaro y paje del Archipámpano, pn- 
guntó por el escudero ; mas divirtióle el hnmor don KV 
varo diciéndole que no cuidase del, porque ya se apre^ 
taba pera seguirles, y que poco á poco se vemia detra^j 
como otras veces solia. Tras esto y tras almenar bien; 
despedirse del príncipe Perianeo y de don Cáríos, se sa- 
lieron de la corte y caminaron para Toledo, ofreciéndo- 
seles por el camino graciosísimas ocasiones de reir, par^ 
ticttlarmente en Jétafe y llléscas. Llegados á la vista de 
Toledo, dijo don Quijote al paje de la infanta Borleiin : 
Paréceme, amigo, que seria bien antes de entraren b 
ciudad, dar una gentil rociada al campo del enemi^; 
pues vengo yo bien armado, y él muestra estar deseé- 
dado del azote que tan cerca tienen sobre si sus arrogan- 
cias en mi esfuerzo, pues seria empezar á hacerle \»p 
la cresta, que tan engreída tiene. El paje le respomiio* 
El orden, señor, que del Rey é Infanta traigo es qneaÉ 
rumor alguno vamos adonde nos están esperando, l^ 
cretisimo es ese orden, añadió don Alvaro, pues no li^ 
duda sino que seria poner en contingencia la vilorii,* 
les diese vuesa merced la menor ocasión del m undo pafl 
prevenirse, y tendrian la grande de hacello con el iv 
mor que haríamos , pues es cierto que en sinttéodon^ 
darian aviso las despiertas centinelas de que Imy ^^ 
migos. Digo, dijo don Quijote, que quiero segair ese JM^ 
recer como más acertado, pues por lo menos me asego» 
de que los cogeré de repente ; y asi, vos, paje de la ^ 
fanla Burlerina, guiad por donde habemos de entrar ai 
ser sentidos; pero id prevenido de qnesi solos soo)0%| 
tengo de hacer antes que entre en la ciudad una sa0¿^ 



DON QÜIIOTE DE LA MANCHA. 



113 



iqMi liza dvslesáhdaliices paganos qne se lian atre- 
idoi llegar i los steros muros de Toleda. El peje fná 
anillando en poco adelante, guiando derecho liácw kf 
«eru qae llaman del Cambrón, dejando á la mano h-^ 
Bierda la de Vi:»gra. Maa como don Quijote no viese 
mor de genle de guerra al rededor dé lo eitrdad , y 
ieae por otra part^ entrar y salir libremente por kr 
aerla de Vlsagra todos cuantos querían , dijo maraYÍ- 
MJoal paje : Decidme, armgo, el principé de Córdobaf 
iónde tiene asentado su campo, que no veo por aquí 
loguH aparatode guerra? Señor, re^spondió él, es astuto 
I enemige, y asi s<f ha alojado á la otra parte del rio, 
ifonde nuestra artillería no le puede hacer mal ni ofen- 
tor. Por cierto, dijo don Quijote, que él sabe poco áéí 
rte militar, pues no echa de ver el necio que dejando 
Mas dos puertas libres y desembarazadas, pueden los 
kidentro meter fácilmente los socorros y providones 
[He tes pareciere, como en efeto lo meten todo hoy con 
nb mi entrada ; pero en fin, no todos saben todas las 
ttm. Entraron por la puerta del Cambrón, como digo, 
y don Quijote iba por las caTtes mirando á todas partes 
coánüo y por d^nde le saldrían á recibir el Rey, Infanta 
y mndes de la corte. Don Alvaro Gngió á la entrada del 
lo^rqoe se quería quedar á aguardará Sancho, por po- 
üer% entrar libremente y sin el acompaiíamicnto de 
iDQcbaelH» que don Quijote llevaba, en la posada do ha^ 
i)iadeaposentarse,comoenefeto lo hizo, enviando dos 
<i tres criados suyos en compañía del paje del Arclii- 
^mpaooy de don Quijote, con los cuales, y con una 
naltitad increible de niños que le segnianj viéndole ar* 
nado, llegó el triste sin pensar á las puertas de la casa 
^1 Nuncio, y quedándose en ellas para su guarda los 
criados de don Alvaro, se enM soío con él y nn mozo 
¿emulas qae le tuvo Ú Rocinanie^El paje del ArchK* 
P^pano, en apeándose, dijo á don Quijote : Vuesa mer- 
ced, señor caballero, se esté aqui mientras subo arriba 
^dar cuenta á la señora Infanta de su secreta y deseada 
venida. Y sabiéndose una escalera arriba, se quedó solo 
tfi medio del patio don Quijote, y mirando á una parte y 
i otra, Tió cuatro ó seis aposentos con rejas de hierro, y 
dentro deUosraiielios hombres, de los cuales unos te- 
Diaocadenas, otros grillos, y otros esposas, y delk» can- 
taleo unos, lloraban otros, reian mncbos y predicaban 
no pocos, 7 estaba en fin allí cada loco con su tema. Ua* 
nvillado don Quijote de verios, preguntó al mozo de 
tnnlas '.Amigo, ¿qué casa asesta? O dtme ¿por qué están 
aqoi estos honHires presos, y algunos con tanta alegría ? 
El mozo de molas, á quien ya habian instruido don Al- 
^^7 el paje del Archipámpano de cómo se habia de 
Ww cottél, le respondió : Señor cabattoro, vuesa mer- 
ced ha de saber que todos estos que están aqai son es- 
^dei enemigo, á los cuates habernos cogido de noche 
*^ de la cindad, y los tenemos presos para caetigar- 
'^sevando nos diere gusto. Prosiguió d^n Quijote pre- 
Petándole: ¿Pues cómoestán tanategres? Respondióle 
^ moa): Estánio tanto porque les han dicho que de 
*?<'á tres días se entrega la ciudad al enemigo, y asi la 
esperada vHoría y libertad les hace no sentir los trabaíoe 
Pf^scntes. Estando en esto, salió de un espósente con un 
eidero en la mano un mozo, el cual era de los loqps que 
ta ya cobrando un poco de juicio, y cuando oyó lo que 
«mozo de muías habia dicho á don Q^jole, dio una 
S^disima risada, diciendo : Señor armado^ este mozo 



leengsriflf, y sep» que esta casa es fa de los locos, que 
llaman del Nuncio, y todos los que están en ella están 
tan faltos de jjncíocoiDo vtfesa merced; y si no, aguár- 
dese un poco, y verá como bien presto le meten con 
étío^l qu« s«» figura y tatte y él venir armado no prome- 
ten otra cosa sino que le ftuen engañado estos ladrones 
de guardiimes, para echaile «na muy buena cadena y 
dalle muy gentiles tundas Inista que tenga seso, aunque 
lépese, pueblo mismo lian heelio conmigo. El mozo le 
dijo que callase, que era un borracho y que mentia. En 
bnena fe, replicó el loco, que si vos no creéis qne yo digo 
la verdad) también apostaré que venis á lo niesmo que 
este pobre armado. Con esto don Quijote se apartó del 
riendo, y se llegó bien á una de aquellas rejas, y mirando 
con atención quién estaba dentro, vio á un hombre 
puesto eii tierra en cuclillas, vestido .de tícgro, con un 
bonete lleno de mugre en la cabeza, el cual tenia una 
gruesa cadena al pié , y en las dos manos unos sutiles 
grillos que le servían de esposas : estaba mirando de hito 
en hito al suelo, tan sin pestañear, que parecía estaba 
en una profundísima imaginación, al cual como viese 
donQuijote,'dijo:;Ahbnen hombre! ¿qué hacéis aquí? 
Y levantando el encarcelado con gran pausa la cabeza, y 
viendo á don Quijote armado de todas piezas, se fné poco 
á poco llegando á la reja, y arrimado á efla se estaba sin 
hablar palabra mirándole atentísiroamente, de lo cual el 
buen caballero estaba maravillado, y más viendo que á 
más de veinte preguntas que le hizo, á ninguna respon- 
día, ni hacia otra cosa más que miralle de arriba abajo ; 
pero al cabo de un gran rato se puso eú seco á reir con 
muestras-de grande gusto, y luego comenzó á llorar 
amarguísimamenté, diciendo-: ¡ Ah señor caballero, y si 
supieseis quién soy! ^n duda os movería á grandísima 
lástima, porque trabéis de saber qne en profesión soy teó- 
logo, en órdenes sacerdote , en filosofra Aristóteles , en 
aaedidna Galeno; en cánones Ezpileueta, en astrologia 
Ptolomeo, en leyes Cardo, en retórica Tulio, en poesía 
Romero, en másica Enfion ; finalmente, en sangre noble, 
en valor áníeo, em amores raro, en armas sin segundo» 
y en todo el primero ; soy principio de desdichados y fin 
de venturosos. Los médicos me peiViguen porque les 
digo con Mantuano: 

Bi9 etti-teneiraf pttfpntt tst data potestas 
EscruHmdé áegrot komSiiisfue impsue néctmii. 

Los poderosos me atormentan porque con Casaneo les 
digo: 

Omnia tunt komtntm, tenui ptnieHtia filo, 
Et tubfto catu quae vluere naaní. 

Los temerosos, odiosos y avaros me qnerriaú ver abrasa- 
do porque siempre traigo en la boca : 

QfiAÍ^or i$ía, timor, odhun, iUectio, »auui^ 
Saepe ioleni homimm rectot pervertiri sensus. 

Los detractores no me dejan vivir porque les digo' 
ha de restituir la fama cualquier que dice cosa que la 
tianai: 

fitú ne0at aut mnuity tacuit^ laudetve remisse. 

Los poetas me tienen por hereje porque les digo del 
afecto con que leen sus versos> \o de Horacio : 

Indoclum, doctumque fugat recitator acerhus, 
Qnem vero ampuU tenett occiditque iegftido, 
Hon mistura eulm nÍ9i plena cruorit himdo. 



EL LICENCIADO ALONSO FERNANDEZ DE AVELLANEDA. 



il4 

Y con ellos me aborrecen los historiadores porque les 
(ligo; 

Exit i» Umtentum feemtda iieentU vaAmi» 

Obligot hittortea nee tiM 9erka flds. 

JUs soldados no pueden llevar que les anteponga las 
letras y les diga lo de Alciato ; 

Caedani ama togae^ etquam»i$ iaristima corda, 

Eioquio poUent ad sua tata trahiL 

Los letrados no pueden tolerar les dé en rostro» rién- 
dolos hablaren cosas de leyes tan sin guardar ladeDto:^ 
con el recato de sus predecesores sabios, que dedan; 
Erubeseimiu dum iine lege laquiMur^ 

Las damas me arman mil zancadillas porque publico 

delias : 

Sidfra non tot Kabet eoehm, nee flnmina piseei 
Quot ícekraía gerit faemina mente dotoe. 

Las casadas reniegan de que haya quien diga de ellas t 
Petiima res nxor, poterit tomen ntiltt ene 
Sipropere moriene det tibi pUdqnid hakek 

Las ninas no toleran oir : 

Verba puellarum foliii leviora eadncit 
Irríioque nt vitum ett fontus, etanra fenmi; 

y también : 

üt corpa» tenerit, tic mena infirma puelUt, 
Las hermosas fisgan de oir que 

Formoiit leoitae semper amiea fnit; 
con ser verdad que de todas se puede decir : 

Quid einet Maií#iMi faeminae praeeepe furor f 

Los ociosos amantes querrían se desterrase del mundo 
mi lengua, que les repite : 

Otio ai loUaa periere cupidinia artea^ 

ContempUteiiue Jttcett et aine lace faces. 

Los sacerdotes se avergüenzan de que les repita lo que 
dijo Judit á losde su viejaley : Etnunc^ fiatres, qwmiam 
vos eHi8 presbiteri in populo Dei, ét ex vobis pendet 
anima iUorum ad doquium vestrutn, carda eorum eri-» 
gite. La real potenciaque, como el amor^noadmitecom- 
pafíia, 

Ifon heno cum soctís regna neansgae manct , 

es UA, que se verifica bien de ella lo que dijo Ovidio en 
cierta epístola, respondió una reina recuestada á su ga- 
lán; 

Sic meas Une vir abestnl me cnatodiatabsens, 

Án neatia longaa regibna esse manas? 

Esas pues ¡ oh valerosísimo príncipe ! son las que me 
tienen aqu!, porque reprendo la razón de Estado, fun- 
dada en conservación de bienes de fortuna, á los cuales 
llama el Apóstol estiércol con quebrantamiento déla ley 
de Dios, como si guardándola, de humildes principios 
no hubiera subido á ser David poderoso rey, y capitán 
invicto el gran Macabeo Judas, ó como si no supiéramos 
que todos los reinos, naciones y provincias que con pru- 
^ .dencia de carne y de hijos deste siglo han tratado de 
ensanchar los estados, los han destruido miserablemen- 
te. Proseguía el loco su tema con tan grande asombro 
de don Quijote, que viendo no le dejaba hablar, .e dijo 
á gritos : Amigo sabio, yo no os conozco ni he visto en 
mi vida; pero hame dado tanta pena la prisión de per- 
sona tan docta, que no pienso salir de aquí hasta daros 
la preciosa libertad aunque sea contra ki voluntad del 



Rey y de la infanta Burlerina su hijn , que esle real pa* 
Jacio ocupan ; por tanto traedme vos, que estáis con es» 
caldero en la mano, las llaves luego aqui deste aposento, 
y dejad salir libre, sano y salvo del á este gran sabio, 
porque así es mi voluntad. Luego que esto oyó el loc9 
del caldero, comenzó á decir riendo : Ea, que cieitM 
son los toros : á fe que habéis venido á purgar vnestr» 
pecados en buena parte : en mala hora acá entrasteis. T 
dichas estas razones, se subió la escalera arriba, y el loco 
clérigo dijo á don Quijote : No crea, señor, á persoaa 
desta casa ; porque no hay más verdad en ninguno ddli ¡ 
que 00 impresión de Ginebra ; pervsi quiere que le á)$ ' 
la buena ventura en pago de la buena obra que me k 
de hacer con darme la libertad que me ofrece , déme h 
mano por esta reja ; que le diré cuanto le ha sucedido y 
le ha de suceder, porque sé mucho de quiromaDcii. 
Quitóse don Quijote la manopla, creyéndole sencllii- 
mente, y metió la mano por entro la reja; pero apéms 
lo hubo hecho, cuando sobreviniéndole al loco una re- 
pentina furia , le dio tres 6 cuatro bocados crueles ea 
ella, asiéudole á la postre el dedo pulgar con los dientes, 
de suerte que Cfiltó harto poco para cortársele á cercen. 
Comenzó con el dolor á dar voces, á [las cuales acodie- 
ron el mozo de muías y otros tres ó cuatro de la casa, y 
tiraron del tan recio, que hicieron que el loco le soltase, 
quedándose riendo muy á su placer en la gavia. Dod 
Quijote en sentirse herido y suelto se hizo un pooí 
afuera, y metiendo mano á su espada dijo : Yo te jst 
I oh falso encantador ! que si no fuera porque es manga 
mía poner manos en semejante gente cual vosotros so¡<, 
que tomara bien presto venganza de tamaño atreii- 
uúento y locura. A esta sazón bajaron con el paje del 
Archipámpano cinco ó seis de los que tenian cuenta de 
la casa ; y como vieron á don Quijote con la espada en ii 
mano, y que le corría mucha sangre della, sospechando 
lo que podía ser, se llegaron á él diciéndole : No muera 
más gente, señor caballero armado. Tras lo cual nnok 
asió de la espada, y otros de los brazos, y los deroas co- 
menzaron á desarmarle, haciendo él toda la [resistenm 
que podía; pero aprovechóle poco: con que en breve 
rato le metieron en uno de aquellos aposentos mny bien 
atado, do había una limpia cama con su servicio; y es- 
tando algo sosegado, después de haberle encomendado 
el paje del Archipámpano á los mayordomos de la caá 
con notables veras, y dícholes su especie de locura, y t» 
calidades de su persona, y de dónde y quién era, liabiéo- 
deles dado para más obligarles alguna cantidad de rea- 
les, le dijo á don Quijote : Señor Martin Quijada, en 
parte está vuesa merced adonde mirarán por su salad y 
persona con el cuidado y caridad posible ; y advierta 
que á esta casa llegan otros tan buenos como vuesa mer- 
ced, y tan enfermos de su proprío mal, y quiere Dios 
que en breves dias salgan curados y con el juicio entero 
que al entrar les faltaba : lo mismo confio será de vnesa 
merced, como vuelva sobre si y olvide las letoras y qaí* 
meras de los vanos libros de caballerías que á tal extre- 
mo le han reducido ; mire por su alma, y reconozca b 
merced que Dios le ha hecho en no permitir ronríesc 
por esos caminos á manos de las desastradas ocasiones 
en que sus locuras íe han puesto tantas veces. Dicboesto, 
se salió, y fué con los criados de don Alvaro á la posada 
en que estaba, á quien dio cuenta de todo, como bizo al 
Arrliípámpano^ vuelto ala corte. Detúvose don AJraro 



DON QUUOTE DE LA MANCHA. 



ilS 



úgma dias en Toledo^ y ann visitó y regaló á don Qni- 
¡ote, 7 le procuró sosegar cuanto le fué posible, y obligó 
coa DO pocas dádivas á que hiciesen lo mesmo ¿ los so- 
brestantes de la casa^ y encomendó cuanto le fué posible 
i los amigos graves que tenia en Toledo el mirar por 
iquel enfermo^ pues en ello harian grandísimo servicio 
1 Dios, y á él particularísima merced ; tras lo cual dio la 
lelta felizmente á su patria y casa. 
Estas relaciones se han podido solo recoger, con no 
lOco trabajo, de los archivos mancbegos, acerca de la 
ercera salida de don Quijote; tan verdades ellas, como 
16 que recogió el autor de las primeras partes que an- 
\ui impresas. Lo que toca al fin de esta prisión y de su 
ida, y de los trabajos que hasta que llegó á él tuvo, no 
aai>e de cierto; pero barruntos hay, y tradiciones de 
ftpjisimos manchegos, de que sanó y salió d^icha casa 
leí Nuncio; y pasando por la corte, vio á Sancho, el 
^1, como estaba en prosperidad, le dio algunos diñe- 
"OS para que se volviese á su tierra, viéndole ya al pare- 
cer asentado; y lo mismo hicieron el Archipámpano y el 
ptíocipe Perianeo, para que mercase alguna cabalga- 



dura, con fin de que se fuese con más comodidad ; por- 
que Rocinante dejólo don Alvaro en la casa del Nuncio^ 
en servicio de la cual acabó sus honrados dias> por más 
que otros digan lo contrario. Pero como tarde la locura 
se cura, dicen que en saliendo de la corte, volvió á su 
tema, y que comprando otro mejor caballo, se fué la 
vuelta de Castilla la Vieja, en la cual le sucedieron estu- 
pendas y jamas oidas aventuras, llevando por escudero 
á una moza de soldada que halló junto á Torre de Lodo- 
nes, vestida de hombre, la cual iba huyendo de su amo 
porque en su casa se hizo ó la hicieron preñada sin pen- 
sarlo ella, si Dien no sin dar cumplida cansa para ello ; y 
con el temor se iba por el mundo. Llevóla el buen ca- 
ballero sin saber que fuese mujer, hasta que vino á parir 
en medio de un camino, en presencia suya, dejándole 
sumamente maravillado el parto, y haciendo grandísi- 
mas quimeras sobre él : la encomendó, hasta que vol- 
viese , á un mesonero de Valdestiüas ; y él sin escudero 
pasó por Salamanca, Avila y Yailadolid, llamándose el Ca- 
ballero de los Trabajos^ los cuales no faltará mejor plu- 
ma que los celebre» 



riH DEL IKGEHIOSO HIDALGO DON QUUOTB DB U «AIICBA^ POR AVBLUXIEDA. 



Fwrryyyyyp rfryyyi'^^ 



EL ESPAÑOL GERARDO, 

Y BESENCiUÍO KL MHB UICIVO. 



DISOJRSOS TRÁGICOS EJEMPLARES 



POK 



DON GONZALO DE CÉSPED^ T MENESES, VECINO Y. NATURAL DE HADRIIt 



A DON GÓMEZ SUAREZ DE nOUEROA Y CÓRDOBA , 

duqae ét Feria, oMirqaet de VUlalba, tenor 4e le» oams de Selvatierra, comeiMiedor de Segn^ dfi le 
Sierra, virey j eepílep general del reino de Valenoia» prinoipe amalile y nobilisimo. 

Si la natural inclinación con que todos son y desean parecer aficionadísimos de vuecelencia 
(movidos tanto por secreta felicidad de su estrella » como reconocidos á las heroicas virtudes 
de su gallardo y generoso, espíritu) pudo, sin mayores respetos, obligarme ¿ esta deuda tan 
j^artícular V tan comua; yo ^ que más que otro alguno quema hacer extremos tales, que signi- 
bcasen la fuerza de nuestra verdad, consagra al nomb;*e de vuecelencia estos mis discursos trá- 
gicos, para que, favorecidos de Unta autoridad, se ajusten y conformen con todos los estados 
y gustos de los hombres; pues, como dueño* de sus voluntades, podrá más con suavidad que 
urania, reducHlos á su consejo y inclinarlos ásu poderoso patrocinio. Guarde Dios la persona 
de \iiccelencia> como puedo y yo deseo, 

Don GoNZAto-M Gsspkdks y Hiñeses. 



BE DON SEBASTUII DE qtoCDBS T HBK¿SES AL DUQOE PI FBMA. 



De ahurnio ingenio infantes rudimentos 
Consagra homilde , si amorosa mano , 
Trágica juventud que dio al tirano 
Uscivo dios sus vaffos pensamientos. 

A ti , sefior , á U tos avarientos 
Triunfes de amor, mi agradecido hermano , 
\ entre las glorías que i>romete ufano , 



Lágrimas , desengaños, escarmientos; 

A tí , señor docUsimo y dioboso , 
Rudezas y desdichas ofrecemos , 
No impropio ddo , aunque pequefio y nuestro. 

¿Quién no será á tusoiaora venturoso? 
¿Quién docto y culto no, si en U tenemos 
Padre , Mecénas^, principe y maestro f 



AL LECTOR. 

Si acaso, lector critico ó como tú escogieres el renombre , el plectro de mi musa, 6 ya pot 
"^^6, ó ya por áspero y inculto, disonare á tus oídos, ruégote, si su buena intención no lá 
^^cusare, que siquiera la discul()e coutigo el bárbaro instrumento de una cadena, á cuyos des- 
agradecidos acentos fuera imposible ciintar menos que endeclias y fúnebres elegías, i si su-^ 



iiS 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



pliendo la disposición de su inventiva , tocares solo en la calidad de su doctrina, no condenes 
á su dueño ; culpa á las injurias de los tiempos , y más que á ellos, á la soledad de una torre, 
i la vejación y molestia de mis severos jueces , pues muchas veces me privaron aun de los li- 
bros que tenia para mi diversión, y algunas de pluma y tinta para escribir; que á semejantes 
términos suele extenderse su jurisdicion, y á mayores si la emulación de los enemigos los di- 
vierten ó inclinan. No es mi intento jugar máf desta pieza, pues no habiendo sido más que la 
de una dama el principal origen de tan larcos trabajos, me tuvo, como dicen, al canto del ta- 
blero; y asi pasa, advertido de que si todavía tantas salvas parecieren impropias y fuera de 
propósito los discursos, aunquQ capitales y trágicos, por lo monos han de servirte de sonda 
cierta y segura, si por tu desdicha quisieres algún dia engolfarte en el tempestuoso mar destas 
engañosas sirenas, aunque no sé quién de su amorosa pasión se verá tan ciego, que, conside- 
rando estos en parte verdaderos y en parte fingidos desenga&os, no los abrace para ejemplo de 
su vida, escarmentando en la fortuna de Gerardo. Vale. 



DCt MAESTRO nCEZ^TI BSFllfBL i DON GOSOALO DB CéSPBDBS T METCESBS. 



Si puede haber males justos , 
Estos . Gonzalo , son tales , 
Pues de tus trágicos males 
Sacas generales gustos : 
Sepan los pechos robustos t 
Si en desdichas te embarazas, 
Que con celestiales trazas , 



Entre agravios y querellas, 
Las desdichas atropellas , 
Y las virtudes abrazas. 
En los profundos abismos 
De tu desdicha corriente , 
¿Quién te hizo ser prudente 
Sino tus trabajos mismos? 



Cesaron los parasismos. 
Haciendo los males cursos; 
Mas tus trágicos discursos 
Publicarán tus concetos 
En locutorios secretos 
T en generales concursos 



DE DON nURCISCO dXvaLOS T OROZCO, VBIKTtCUATRO 
PERPETUO DE tBEDA. 

Si aquel sabio'famoso con espanto 
Las desdichas del mundo refería , 
1 con tan tierno pecho las sentía , 
Que aun duran hoy sus lágrimas y llanta; 

¡ Oh TOS , que con sonoro y triste cauto 
Nos enseñáis de la verdad el dia , 
Y én las desdichas de Gerardo gula , 
Para huir, como Ulisea, del encanto I 

SI Heraclio solo con su llanto quisa 
Bepresentar del mundo los engaños , 
^emplo mudo fué, bien que prudente : 

Has TOS con Tiva toz y nucTo aviso 
Nos descubrís sus nobles desengafíos , 
Ganando mayor lauro á Tuestra frente. 



DE LUIS TÍLEZ DE GUETARA. 

Amante Tenturoso , si gallardo 
Gozas del bien de amar gloriosamenta. 
En sosegada paz , sin accidente , 
Hijo de amor legitimo ó bastardo; 

Mueve á más alta parte el paso tarda » 
Y en el cristal te sirvan desta fuente , 
De espejo y desengaño juntamente ^ 
Los trágicos sucesos de Gerardo. 

Verás á dulce ritmo reducidos 
Los efetos de amor , y publicando 
Que es capitán de locos y perdidos. 

¡Triste yo , que , en mi propio escarmentando , 
De la guerra del alma los sentidos 
Rotos los Le sacado peleando ! 



DE GOÜZALO DE ÁTALA. 

Ya llegáis á la cumbre , nuevo Ascreo* 
De las tragedias , por inculta via , 
Despertando la triste fantasía 
En el encanto que causó Morfeo. 

De Pandora cantáis el vil empleo, 
Los engaños de Flora y su porfía. 
De Lice la belleza y tiranía, 
Del ciego dios el funeral trofeo. 

Vuele de Manzanares hasta el Nilo , 
Céspedes , y en su altar vuestra memoria 
La lama ponga con igual decoro. 

Y aunque muerda Teoa el dulce estilo , 



El dios de Délo, para mayor gloria , 
Os ciña de su Dafne un ramo de oro. 



DE DOIIa RBATRIt DB Zl)5[lCA T ALARCOV. 

Para tal laberinto tal Teseo 
Espera el mundo. Céspedes gallardo. 
Pues le ofrecéis la vida de Gerardo, 
Libre del fiero hermano de Andfogeo. 

Pisad, ióven ftimoso, el rostro feo 
Del envidioso monstruo y vil bastardo , 

Sue de tan alto ingenio ver aguardo 
ejores triunfos y mayor trofeo. 
Ciña de verdes hojas vuestra frente 
El amante de Dafne fugitiva , 
Agora lauro, un tíempo trenzas de oro ; 

Y en urnas de diamante eternamente, 
Vuestra memoria y vuestro nombre viva. 
Trágico cordobés, griego Heliodoro. 

EPÍSTOLA 

k LOS LECTORES , DE DON SEBASTIAN DE C&PEDES 
T MENESES. 

Agora seas culto, ó lego seas, 
Si acérrimo lector, no te convido 
A que tragedias y desdichas leas ; 

Ni por la patria y religión te pido 
Que con templada libertad moderes 
La bárbara lección de un afligido. 

Muerde, tenaz en tu opinión, si vieres 
Donde cebar el ávido deseo. 
Adulador de propios pareceres ; 

Bien que yo de su autor , mi hermano , crea 
Que al caballero trágico vistiera 
Al corte de tu gusto , hermoso ó feo. 

Pero si no alcanzó lo que quisiera , 
Ni excuses ni perdones tantos yerros, 
Y en tu malicia su inocencia muera. 

No le espantan al lobo los cencerros ; 

8ue si t(i le acometes por idiota , 
rejas tíene para muchos perros. 
Salga un poeta hinchado como bota, 
De rigido veneno , y en postema 
Convertida la musa que es pelota ; 

Y el hidrópico fuego en que se quema , 
Que no furor divino , cuyo aliento 
Inspira en este trágico poema , 

Escupa Unto , que su humor sediento. 



EL ESPAÑOL GERARDO. 



no 



Bastando á corromper la honesta fama. 
Pase á poner castigo y escarmiento : 

Qoe ei aalor no se na de ¡r de rama en rama , 
Hpro solitario por los riscos. 
Trocando por las breñas nuestra cama. 

Vense ya pocos Pablos y Franciscos; 
Pan estos dioses son las soledades, 
Qoe hicieron de sus chozas obeliscos. 

Ni hermano estimará tas libertades» 
Filósofo versista , seas quien fueres. 
Como tú sus mentiras 6 verdades. 

Echa b linea por do más quisieres ; 
Nivela y justifica tus censuras , 
Porque no ha de llorar lo que gruñeres. 

Todo es adivinar por conjeturas : 
;0h qué gentil autor para Gerardo! 
Para un poema heroico ¡qué locuras ! 

Por cierto, si , en uu poeta pardo. 
De ingenio zote y baladi conceto, 
Reparará tu espíritu gallardo. 

Si fuera otro famoso , tan discreto 
Como desvanecido y arrogante , 
Hipócrita quizá de lo perfeto, 

Qoe pudiera medir con el ¿iganle 
Apolo portugués, honor de España» 
Sq balbuciente musa v lira infante; 

Aquí fnera mayor st torpe hazaña , 
Picando por lo agudo y maldiciente , 
Quebrar de paso alguna leve caña ; 

Pero cuando el ingenio no es valiente 
Ki un singular capricho le divide 
Del vulgacho común de la otra genle ; 

Cuando ni da consejo ni le pide, 

T el hombre es tan austero y retirado , 

Qoe con su gasto y parecer se mide , 

iQüé le quieres , lector afistolado , 
Legislador de cinicos corrillos , 
Chlico no, si mal intencionado? 

¿Qué pudiera cantar entre los grillos 
De ttoa larga prisión el trncio Orfeo , 
Caosado de vivir y de sufrillos? 

Allí donde engañando su deseo , 

Y al mísero cuchillo la garganta , 
Esperaba aquel trágico trofeo ; 

Alli su error en tres discursos canta , 
Víto ejemplar de su infeliz delito ; 
Qnp amor excusa tanto como espanta. 

Bien está , me dirás, lector conscrito, 
Qnejárase eu la cueva ó calabozo , 
O do cernió el bocado alzara el grito. 

Sepultara sus culpas en un pozo 
(Abaso de Haboma) y no escribiera 
Las liberudes de un lascivo mozo. 

En la estampa eterniza su quimera » 

Y i los heroicos actos introduce 
To ?niano pastor y una ramera ; 

Y al tropel de las cárceles reduce 
Us acciones de un ánimo quieto, 
Qne la tranquila y dulce paz produce. 

i Oh si mi hermano fuera tan perfeto 
Como tú , lector mió , te imaginas , 
Paro, inculpable , Cándido y discreto! 

¿Cuándo formó el dolor voces divinas? 
«Qné entonarán los tristes si gemidos , 
Árida tierra , al fin , que brota espinas? 

Permite que diviertan los sentidos 
Por el campo del vulgo ameno y vario 
Los hombres de conceptos afligidos. 

Ni juzgues que es á la razón contrario 
Publicar el delito , si al castigo 
S«ede el escarmiento necesario. 

Y si el poema heroico, sabio amigo, 
MiDite á caballero algún villano , 

Todo lo sufre el tiempo que yo sigo. 
Basta que tenga un poco de cristiano , 

Y de ganado mal ganado un poco, 
n ^^ ^tieda ser héroe romano. 

Pero dejo esta pieza , aunque la toco : 
^0 es para este lucar la disciplina ; 
Qoe dirás tiro piedras como loco. 

US concede á la dama concubina , 
l^oT &er mujer 9 que llegue á ser señora , 



Desde el torpe burdel ó la cocina. 

Pues el siglo llanísimo de agora 
Igual honor permite á las mujeres, 
no dando más á Porcia que á Pandora. 

Ya posible será que si leyeres 
Los trágicos fragmentos, satisfecho. 
Su dulce estilo «tlahes y exageres, 

Y que llegando á juicio tan estrecho. 
Autorice la acción tu propio voto , 
Por adquirido amor ó por derecho. 

Si ya no te parece tan ignoto 
Su verdadero uulor, qucle negares. 
Arbitrando á tu gusto otro más doto. 

Busca por montes y remotos mares 
Un fraile garamanta , un sastre griego , 
Más poeUi ladrón que sus pulgares; 

Un rezador salmista , sordo y ciego , 
Un lacayo trotón que canta v rasca 
La sarua de un traidor macno gallego; 

O el otro epigramista que nos casca 
Con libros y librillos cada dta , 
Caperuzas de coplas en tarasca. 

Finja un autor tu grave fantasía , 
Como asi me le quiero , largo ó curto , 
Que caste su almacén ó tro|)elia. 

Aplica á su ingeuiazo el vil aborto 
Que se atribuye á si mi rudo hermano. 
Sin que te deje su mentira absorto. 

No serás tú el primero que , tirano 
De cuidados ajenos, escurezca 
La fama noble con villana mano. * 

Ni faltará un perjuro que se ofrezca 
A desmentir nuestra verdad y el duer.o. 
Aunque en su vil protestación perezca. 

No son mis quejas fábulas , ni sueño 
Segundas intenciones; que mi daño 

Y la experiencia dicta lo que enseño. 

Yo he visto mis papeles ¡caso extraño ! 
Prohijados de muchos invidiosos. 
Padres de su maldad y de su engaño. 

¡Oh versos, si infelices, uuinerosus! 
¿Quién os juzgó pupilos miserables? 
Quién huérfanos, si fuistes Uin famosos? 

Entre paredes pobres , aunque afables , 
Os engendró la dulce musa mía , 
Sin mendigar las ricas y admirables. 

Pero estas quejas son á sangre fría ; 
! Ojalá que Gerardo padeciese 
La misma emulación y tiranía ! 

¡ Ojalá á mi desgracia pareciese 
Su mejor y más próspera fortuna , 
Si con gusto, aunque invidia se leyese ! 

No mató las serpientes en la cuna. 
Ni es semidiós el que es semipoeta , 
Con poca vena y sin deidad al^^una. 

Pero ya que i este oficio se entremeta. 
Con título mejor que otro dichoso 
Seguirá su destino ó su planeta. 

Ya ha parido poetas el Toboso ; 
La margen de Torete es ya Parnaso ; 
Convirtióse en zumaque el lauro honroso : 

Un rocín matalote es ya Pegaso ; 
Un alquimista loco tiene vena ; 
Distila un boticario á Garcilaso ; 

Véndese en real y medio Juan de Hen», 

Y mezcla un sastre liras y girones. 
Sin que por tal delito tenga pena. 

No es beber de lo caro hacer canciones ; 
Es ya vinagre el néctar, zupia el vino , 

Y los cisnes de Apolo son capones. 
Llaman la poesía desatino , 

Porque ya se reputa esta excelencia 
En sugetos de nombre vil y indino. 

Mas entre alquimia y oro hay diferencia : 
A dos ó tres informan las deidades , 
Que merecen respeto y reverencia. 

No hablan con aquestos mis verdades; 

8ue adoro sus ingenios , y quisiera 
astar en sus honores mil edades. 

Y en tanto pues, lector, que la priuie» 
De tu florida juventud volare 

Hasta llegar logrado á la postrera, 



120 DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



Escarmienta en Gerardo, aunque amargare 
La pena , la verdad y el desengaño, 
Y el apetito sensual bramare. 

No esperes ¿ mañana, si el engaño 
Es poderoso á dar con nuestra vida 



En una confusión de eterno daño. 

Al saludable antidoto convida 
El trágico Gerardo : si apeteces 
Sencillo, si curioso , esta comida , 
Dios te dé lo que puede y tu mereces. 



EL POEMA AL LECTOR. 

Aunque lloroso y trágico me veas , 
No profanes, lector, las quejas mias : 
No es mi sagrada mesa para arpias 
Con rostros bellos, si con garras feas. 

Ligrimas son de amor (asi me leas 
Exento de su imperio y tirantas). 
Que las recojan tus orejas pias; 
Seré yo Anqufses cuando tu mi Eneas. 

No me escribió Belardo; que no implora 
Mi autor laureles á su patria ingrata, 
Premio por bien llorado merecido. 

Rompo el encanto con que aduerme Flora; 
Descubro el monstruo que escondido mata ; 
Juaga si puedo bablar y ser oido. 



r;¿::ffjf3fjp¡rij^2p5fvpjn|S»eijajf)fi^^ 



DISCURSOS TRÁGICOS EJEMPLARES 

DEL ESPAÑOL GERARDO. 



DISCURSO PRIMERO. 

Bramaba el aire > y con nublados negros á trechos 
atizaba el celestial color ; y entre espesos relámpagos 
temerosos truenos, muriendo en los ardientes cuer- 
dos del dorado Toro , las Riadas anunciaban las futu- 
as aguas ; y saliendo la nocturna Proserpina de su 
íscura y tenebrosa cueva , embozada con su triste 
Danto, apenas del hurtado resplandor hacia alarde, 
criando entre el sordo retumbar de las hojosas ramas 
y (jjadas peñas de una montana espesa , hirió en las 
orejas de tres pastores rústicos que á la sazón unas 
ligeras cabras en ella apacentaban, una lastimosa y 
penetrable ?oz, de que quedaron tan confusos como 
lenierosos, pareciéndoles hubiese salido de las entra- 
m y cavernosas partes de la tierra. Suspendiéronse 
al^on tanto , por entender si acaso hubiese sidoan- 
tqo de la soledad , ó fantasía del miedo que les ocu- 
paba, üas volviendo á oir los lamentables y profundos 
ecos, saliendo desta duda, se persuadieron á que si 
ja DO fuese temerosa sombra, alguna afligida y hu-^ 
mana criatura se quejaba. 

Por puntos se iba acrecentando la espantable voz, y 
£& los pastores el conocimiento de lo que ser podia ; 
jasi, uno que por más animoso y fuerte se estimaba, 
sacando esfuerzo de flaqueza , y del zurrón cuarteado 
yesca, eslabón y pedernal, con pequeño trabajo encen- 
dió lumbre, y en ella unas leves aunque mojadas ato« 
cks por la lluvia que ya despedían de si las preñadas 
fiuks; y diciendo á los compañeros le siguiesen, aper* 
cibiendo sus hondas y ñudosos cayados, descendieroa 
una ladera abajo, guiándose al tino del horrible son 
j encendidos hachos que de linternas en las manos les 
serrian; y en breve espacto llegaron adonde de entre 
nnas malezas y intrincada espesura süitieron salir en* 
vuelta y en medio de congojosos suspiros la voz que 
con tanto temor les traia ; el cual , aun estando tan ve» 
cínos á ella, suspendía su determinación ; hasta que 
ttendieado con mayor silencio á las tristes quejas, cla^ 
finiente en ellas conocieron ser de algún BÚseraUe 
hombre ; y más se aseguraron oyendo entre el amargo 
tianlo pedir al que le hacia , favor á los justos y pía- 
d|*«5 cielos; con que pospuesta la cobarde presun- 
|^«^,se arrojaron por las mentas matas y copados ár* 
»^) á cuyos robustos troncos, ayudados de las en- 
cendidas atochas, vieron reclinado en las gíiarchít^ 
yerbas un casi difunto y desmayado joven, pálida la 
color del rostro, traspillados los dientes, eclipsados 
uK ojos^, y que de rato en rato sus mortales ansias 
acompañaba con aquellos dolorosos gemidos, que na- 
ciendo de tan lastimosa causa y en tan oportuna no- 



che, no es grave de creer luciesen el espantoso efeto 
que he contado. 

A gran compasión y llanto les movió el mísero y 
desdichado espectáculo, y con piadosas lágrimas lo ce- 
lebraron. Tenia el herido mancebo con su sangriento 
humor teñidas las menudas y cercanas yerbas , entre 
las cuales, con las rabiosas ansias que sentía, daba 
furiosos vuelcos ; y era tan grave su congoja, que tras 
cada suspiro, los que con tierno llanto le miraban se 
persuadían á que era el último y final de su vida. Y 
habiendo con muchas razones y palabras procurado 
saber su desastrada suerte, no les fué posible, porque 
la mucha sangre que había vertido causaba en él un 
mortal y notable desacuerdo ; y asi , reconociendo el 
poco efeto que por entonces podia conseguirse á su 
deseo, trataron de remediar, si fuese posible, sus he- 
ridas ; y con este piadoso parecer comenzaron blan- 
damente á desnudarle ; y habiéndole desabrochado un 
jubón que de fina tela traia vestido, le hallaron eu 
los pechos dos heridas que , aunque penetrantes y 
erueles, no les pareció guiaban por peligrosa parte, y 
am estas, en lo restante del cuerpo otras tres, aun- 
que de JBénos malicia y consideración ; pero en todas 
bien conocieron que los maestros de tal obra no ha- 
l)ian lemdo pequeña determinación ni propósito de de- 
jarla por acabar. El que entonces les pareció de con- 
íormidad y sano acuerdo poner en ejecución, fué des- 
gajar de aquellos altos chopos tmas ramas, y uniendo 
y aderezando unas con otras lo mejor que les fué po- 
sible y la brevedad dio lugar , forjaron un estalaje á 
manera de andas , en quien queriendo poner el des- 
mayado cuerpo para poder llevarle ü una cercana al- 
dea dmide ios c<Hnpasivos pastores tenían su albergue, 
les detuvo un tropel y relinchos do caballo que muy 
apriesa se les veu'a acercando ; que como del pasado 
temor aun no estuviesen Ubres, poca causa fué bas- 
tante á alterarlos , imaginando que sin duda volvían á 
rematar la vida del sangriento mozo ; y sin esperar á 
más certificarse de lo que ser podia, oividando la obra 
comenzada, dieron la vuelta con turbados aunque li- 
geros pasos. Mas el mismo efeto que hizo en ellos el 
estruendo que del caballo habéis oído , fué causa de 
que se espantase el que á su conocido dueño no había 
hasta aquel punto querido desamparar ; porque salien- 
do de la espesura ios que huyendo venían, y con las lu- 
ces que aun no habían dejado, de tal suerte alborota- 
ron el ligero y suelto animal, que cual el mismo viento, 
atrepellando cuanto por •delante se le ponía, en un ins- 
tante le perdieron de vista, dejándoles con premisas 
bastantes de que era hombre de valor el que entre los 
árboles quedaba, y dueño de aquel caballo : con que 



122 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



les nació mayor deseo de poner en ejecución su inten- 
to; y así, volviendo al puesto, sin aguardar á que de 
8U profundo parasismo recordase, tomándole en las 
compuestas ramas y en sus fornidos liombros, sin de- 
tenerse se pusieron en el camino de su aldea. 

Desta suerte que digo fueron caminando por la em- 
breñada oelva hasta que, habiendo salido como prá* 
ticos della , queriendo tomar una vereda angosta que 
de atajo servia al casi ya vecino lugarcillo, que algún 
tanto del camino real y pasajero se apartaba, oyeron 
grandes voces, zumbidos de hondas, confusos alari- 
dos, ladridos de perros y estruendo tal, que venUde- 
ramenle se les antojó bajaba en armas toda aquella 
^ rústica serranía y moradores delta. Mas quiero que an- 
tes sepáis la causa de tan notable alboroto ; que aun- 
que no fué tan congruente como era justo, todavía 
para gentes tan bárbaras y groseras como son las que 
habitan aquellos Carpentanos montes, fué bastante. 

Ya dije arriba de la forma que los ires pastores con 
su medrosa fuga habían al ligero caballo alborotado, 
que por la adversa fortuna de su dueño andaba suelto, 
y que cual otro hipogrífo , aunque sin alas , volaba 
por entre las malezas del desierto y cerrado monte. 
Quiso pues la contraria suerte destos piadosos liom- 
brcs que recordase con su acelerado movimiento el 
veloz animal á ciertas guardas que en custodia te- 
nían todos aquellos cotos y cerrados bosques ; los cua- 
les cuidadosos de la caza y recreos que á su cargo es- 
taban, no dejaron de ponerse en centinela, pensando 
otra fuese la ocasión de su desvelo ; y aun no se ha- 
bían del suelo levantado , cuando volviendo las cabe- 
zas á la parte por donde traían el desangrado cuerpo, 
viendo venir tantas luces, y que sin duda el miedo ha- 
ría que entonces pareciesen á sus ojos volcanes encen- 
didos ; no reconociendo lo que ser podía , ni monos 
quién en tal forma y á semejantes horas caminaba ; 
atónitos y como fuera de sí , no sintiéndose con áni- 
mo para aguardarlos, sin esperarse el uno al otro, an- 
rancaron con súbita corrida para la primera aldea, pi- 
diendo socorro y ayuda ; y esto fué con tan excesivas 
voces y alaridos , que escandalizaron y pusieron en 
arma todo el lugarcillo y aun las vecinas y cercanas 
P'anjas y caserías; y mayor fué cuando entre el favor 
que reclamaban oyeron apellidar el temido nombre 
del Rey y su justicia ; que con tales interpuestos no 
quedó hombre ni mujer que ya con chuzos, lanzas ó 
espadas, á campana tañida no saliese hacia la parte 
donde las guardas afirmaban ponian fuego inmensas 
f;entes á los reales bosques y vedados montes ; y lle- 
vándoles por espías, en un momento llegaron bien cer- 
ca de donde los descuidados pastores poco á poco en 
prosecución de su piadoso oficio caminaban , ya á ve- 
ces trocando su fatiga, ya descansando en las peladas 
y desnudas peñas ; con que dieron lugar á que antes 
que llegasen al aldea, estas indómitas y feroces gentes 
se hubiesen apercebido y salídolcs al encuentro ; que 
€Stos alaridos y algazaras fueron las que he contado 
oyeron los seguros pastores al salir del monte y cer- 
rada espesura. Mas apenas del villanaje y tropa fueron 
vistas las mal formadas luces, cuando como á punte- 
ría comenzaron á desembrazar una espesa lluvia de 
terribles y peligrosas piedras , haciendo retumbar con 
sus tt-ijidas hondas el hondo valle y el fragoso risco ; 



con que viéndose tan cruelmente salteados los trisi 
hombres, y que aunque daban grartdes voces pidió 
doles se detuviesen, era excusado el poder ser oidí 
les convino dejar la carga y ponerse en defensa , á 
hora que ya á las partes del dorado oriente se di^ 
saba el horizonte de la tierra en el regazo y crisl 
nos brazos de la purpúrea esposa de Titon. 

De la humedad de la noche y frescor de la veci 
mañana se le habían al lastimado mancebo euc< 
sus heridas , cuyo agudísimo dolor le tenia con 
vivo y eficaz sentimiento y con algún acuerdo; 
aunque se quejaba y pedia ayuda, era con flaca y dt> 
bil voz , que no pudo en ninguna manera ser oído de 
los que en la trabada refriega andaban envaeltos coi 
los pobres pastores, sin culpa dellos maltratados ; m 
cuales viéndose solos, y de tantos, sin armas y defiQ- 
sa, perseguidos, mal de su grado hubieron de to^ 
veries las espaldas, emboscándose en la firagosa y ve* 
ciña montaña ; yendo en su alcance toda aq«ella ca- 
nalla y junta de rabiosos villanos con tantas ganas ¿c 
matarlos ó prenderlos como si los tristes fuerau órne- 
les bandoleros ó caribes piratas. Llámame el solo y 
desgraciado caballero que sin remedio dejamos en la 
encrucijada y camino trillado del aldea , que era el 
verdadero y real de la antigua Segovia, que á dos le- 
guas de allí era distante; y así, habré de suspender 
hasta su tiempo el suceso de los que huyendo pretea- 
dian apartarse de aquellos contomos. Quiso pues é 
justo cíelo dar socorro á aquel que con tantas vórs 
y necesidad se le pedia ; y así, no permitió dilatarle fsie 
favor, enviándosele por medio de un noble cabaiicru 
que á esta misma hora atravesaba desde San Lorenzu 
el Real , octava maravilla del mundo, á la famosa cíih 
dad de Segovia, acompañado de algunos criados; j 
siéndole forzoso el pasar por el sitio adonde lamen- 
tando estaba su desdicha el afligido y casi difunto man- 
cebo, no pudo menos, viendo tan lastimoso encuoutm, 
de enternecerse, y sin gustar de saber ó inquirir b 
causa , por parecerle obra de salteadores, lo más aco- 
modadamente que pudo le hizo subir en una muia, t 
juntamente á las ancas uno de sus criados que pudiese 
irle sustentando ; y conociendo por su mortal aspecto 
la cercana muerte que le amenazaba , temeroso uo se 
le muriese entre manos sin poderlo remediar, aprcsun) 
su viaje, y cpn tanto cuidado, que dentro de un bou 
todos juutos, llegando á la cumbre del nevado puerto» 
descubrieron la insigne ciudad adornada de sobcrbk6 
muros, suntuosos chapiteles, espesos bosques y Hon- 
das selvas; y no queriendo detenerse á contemplar el 
hermoso y pintado país que agradable á la vista se 
mostraba, en breve espacio entraron dentro della, y 
luego en la primer posada que abierta hallaron, al 
tiempo que el amante dios de Dafne con sus lúcidas 
hebras bordaba los altos y encumbrados edificios. No 
dilató, en apeándose el noble caballero, el tratar de la 
salud del que debajo de su amparo venía ; y así, con no- 
table diligencia despachó por médicos para la del alma 
y cuerpo; y en el entre tanto, habiendo mandado ade- 
rezar un lecho, él mismo desnudó al herido mozo; y 
habiéndole quitado una almilla de raso que por última 
ropa vestía, le halló pendiente de una esmaltada ca- 
dena de oro, un precioso joyel ó relicario de admirable 
traza ó hechura, demás do un rico y inestimable día- 



EL ESPAÑOL GERARDO. 



i 23 



Diste que engastado en un labrado anillo tniia en la 
nano derecha : con que quedó el buen caballero dema- 
fta(bmen'e confuso, conociendo ser muy ajeno de su 
restiacíon lo que entre manos tenia y con los ojos via, 
orqoe sí , como liabia imaginado , hubieran sido sal- 
sadores los reos de tan crueles heridas , no se com- 
adecia de semejantes hombres le dejasen con joyas 
e tanto ralor y estima ; y así , se persuadió á que al 
aeüo DO le faltaban estas partes, y á que asimismo 
o habían sido ladrones los que á tan mortal estado lo 
abian u^do ; y estando con estas imaginaciones casi 
rvestigando la ▼erdadera causa, entró uno de los cría- 
os que habían ido á llamar los cirujanos, con uno 
Eperto y excelente en su arte ; el cual habiéndole to- 
udo el pulso y visto las herídas, conoció del y dellas 
o ser de muerte, porque de su desfallecimiento el 
nyor daño y ocasión era la mucha sangre que le faK- 
aba, y esta fóciknente con la juventud y ardiente edad 
leí no conocido mancebo podia restaurarse, que con 
IOS confortativos remedios y medicamentos saludables 
que el cirujano le aplicó , quedó algo más aliviado, 
anoque por el conocido detrimento, con orden de que 
oadie le hablase basta que del todo recobrase su en- 
tero joicio, sin el cual estuvo casi por todo el siguiente 
dia; que cuando volvió en si y se consideró en taa 
diferente lugar de aquel donde fué herido, no pudo 
menos de recebir notable admiración, y aun, recor- 
riéndola memoria de sus desdichas, enternecerse; y 
con lastimosas palabras, volviéndose al noble caballe- 
ro, que nunca de la cuadra salia ni de su cabecera 
se apartaba, )e rogó le dijese en qué parte ó lugar se 
¿aliaba, ó por qué orden y camino hubiese sido traído 
áéi. A que el noble Leriano (que así se llamaba el pia- 
doso caballero) le satisflzo con amorosas razones, pro- 
corando con ellas divertirle en su mayor aflicción, y 
acusarle, en la prosecución de su salud, de otro nuevo 
cuidado : con que algo más animado el pobre mance- 
bo, suspendió su deseo, y dándole primero, como mejor 
pado, las debidas gracias, puso treguas en el dolor de 
ias recientes herídas, creciendo su consuelo el ver tan 
loejoradas en ju vida las casi ya difuntas esperanzas. 

Fué en efeto servido Dios de dársela , guardándole 
para otros inumerables trabajos y desventuras; y así, 
dentro de breves días supo de Leriano la forma en que 
dí'l lubía sido hallado , y asimismo cómo era rama 
ilustre del antiguo y nobilísimo tronco de los caballe- 
ros Perafaues de Ribera, y natural de la real Sevilla, 
Babilonia do nuestra España, de adonde había salido 
i ciertas pretensiones para la ciudad de Valladolid, 
corte en aquellos tiempos de Felipe lU , cuya prose- 
cución y TÍDJe solo dilataba por acudir á su cura y sa- 
lud, más que á algunos deudos que allí le festejaban: 
^ que el incógnito mancebo se hallaba tan agradecido 
! (obligado, cuanto alegre y contento ; y considerando 
^ tan verdadera y Gel amistad , daba todos sus tra- 
«'JW) miserias, herídas y calamidades por bien em- 
pleadas, pues por su triste ocasión en tan confusos 
iQales le habían dado á conocer tan leal amigo. 

Aunque después del tiempo que he dicho se levan* 
^t no era con tanta seguridad que se atreviese á 
l^l^f desu aposento, adonde entretenimientos no le 
^l*bftn para poder desechar la melancolía y tristeza 
^ que gravemente era algunas horas atormentado ', 



y en una que la soledad de Leriano , que á la sazón 
andaba por la ciudad , dio motivo al ailjgido pensa- 
miento, viéndose despeñar en su profundo abismo, 
queriendo divertir la triste fantasía, pidió un insU^- 
mento, y habiéndole templado diestramente, por en- 
gañar sus males liizo alarde de sus pasados bienes, 
y con sonora y acordada voz cantando, dio principio 
á los siguientes versos : 



Alma , desde boy entregad 
Al olvido mi memoria ; 
Qae esperando la Yítoria, 
Dilatáis la libertad. 
Negad vnestra volontad 
Al deseo mis qnerido. 
Tantas veces prometido 
A mi leal pensamiento , 

Y por sa gran sefrímiento, 
Deseado y no compiido. 

Alma, no bagáis experiencia 
En las fnerzas del amor; 
Qae dais atas al dolor, 
Qae las cortó a la paciencia. 
No bagáis culpa mi inocencia, 

Y A la verdad confosion , 
Pnes libre desta prisión 
Podréis decir qne soy mió. 
Respetando el albedrto 

La imigen de la razón. 

Alma , yo sé qae merece 
La cansa de mi caidado 
Qae vos la bayais olvidado, 
Poes decís qae os aborrece. 

Y aunqae otra cosa apetece 
Mi propia naturaleza , 
Tenéis vos, alma, ana alteza 
Mayor que vuestro apetito, 
Como carácter escrito 
Debajo dcsta corteu. 



Alma , comenzá á llorar 
Si acabáis el padecer ; 
Porqnc babcis de aborrecer 
Lo que queréis desear. 
Determinaos á olvidar 
Con indastria y artiacio ; 
Que á las veces vence al viciu 
El arte, y no la razón; 
Porque la misma pasión 
No la deja bacer su otlcio. 

Alma, refrena el rigor 
De mi estrella y nacimiento. 
Si no ba sido encantamento. 
Tirano daefto, ta amor. 
Vos, qae sois mi bien mayor 
Y tenéis eternos años. 
Pan males tan extraños 
No deis licencia a mi gusto; 
Qae la que dais al disgusto 
La quitáis de mis engaños. 

Alma, Clarinda y tormentos. 
Que todos estáis mezclados, 
Ya de escncbarme cansados. 
Ya de matarme contentos : 
Ya be dlcbo mis sentimiento^^ 
Ya be prometido olvidar; 
Lo mis está en comenzar : 
Decid, alma, ¿olvidaré? 
SI ; que perdida la fe , 
También se olvida el amar. 



En tanto que cantaba esta canción llegó Leriano, y 
no queriendo interrumpirle , se detuvo hasta que en 
los ardientes suspiros con que dio íui á su canto, co- 
noció había hecho en él la música su efeto acostum^ 
brado, entristeciéndole ; y así, entró adonde, encima 
de su lecho recostado , le halló que estaba destilando 
de sus ojos dos abundantes fuentes de tiernas lágri- 
mas ; y fuéle ezcusado, aunque lo pretendió, aicubri-- 
Has viendo entrar á su caro amigo , que con los bra- 
zos abiertos se vino para él , diciéndole : No es justo, 
señor caballero, que á quien sin conoceros, como 
yo, ha mostrado tanta voluntad de serviros, queráis 
encubrir la causa de vuestro sentimiento; que de las 
demostraciones que así ahora como en otras ocasiones 
os he visto hacer, colijo es grande la que os obliga ; 
.y si hasta la ocasión presente no os he pedido con en-, 
carecimiento la razón desto , no ha sido otra que te- 
mer, trayéndoos á la memoria casos tan lastimosos, 
dañar con algún accidente vuestra salud ; y pues eu 
ella estáis hoy tan adelante, no podréis excusaros de 
sacarme desta duda, díciéndome asimismo quién y do 
qué tierra sois; que os prometo de arriesgar, siendo 
necesario, por vos y vuestra venganza , honra, vida, 
hacienda , patria y reputación. Bien satisfecho vivo, 
replicó el encubierto mozo , ¡ oh buen amigo Leriano ! 
del amor y verdadera afición con que me tratáis y 
ofrecéis vuestras fuerzas y noble pecho , el cual sola 
os ha movido á amparar mi vida, restaurándola y dán- 
dome el ser que tengo , pues con justa causa, después 
de Dios, á vos Ia«debo ; y aunque la de mis desdichas 
sea tan penosa, y más el acordarme dcUas^. todavía por 



424 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



lo que os debo y porque entendáis lo mucho que deseo \ 
hacer vuestro gusto , aunque vuelva á renovar llagas 
viejas y antiguas heridas, satisfaré á vuestra voluntad, 
dándoos aun muy estrecha cuenta de mis encubiertos 
pensamientos, juveniles dias y primeros empleos, como 
manantiales de los presentes naufragios y tormentas. 

No sabré encarecer lo mucho que Leríano agrade- 
ció la determinación de su amigo, como cosa que tan 
deseada tenia ; y asi, no viendo la Jiora de que comen- 
zase su prometida historia , mandó á los criados les 
dejasen solos ; y dándole atención , con alegre rostro 
oyóqueasidecia: 

Mi nombre, ilustre amigo, es Gerardo ; la insigne y 
famosa villa de Madrid, dignísimo aposento y morada 
de nuestros católicos monarcas, es mi amada patria, 
común y general madre de diversas gentes y remotas 
naciones. Entre sus más levantadas murallas, y adonde 
con más verdaderas seuales se ven los de «i antigua 
fortaleza, están las casas de mis padres, adornadas 
tanto de su nobleza dellos, cuanto de su antiguo so- 
lar. Aquí nací, y un martes, cuyo proverbio desgra- 
ciado puedo decir no ha salido á ninguno más verda- 
dero que á mS , pues hasta en el ser segundo fué con- ' 
traría la infeliz estrella de mi nacimiento. 

Aunque no salia fuera de mi propósito, no quiero 
alargarme en contaros los tiernos ejercicios de mi in- 
fancia hasta los quince años, que cumplidos, me fué 
forzoso seguir la voluntad de mis padres, saliendo en 
su compañía para uno de los mejores gobiernos de 
CastHla , de que su majestad le iiabia hecho merced. 
Iba juntamente con nosotros Leoncio, mi mayor hcp- 
roano, mancebo de notable valor y mayores esperan- 
zas, y todos con general contento, pw Uerarie nues- 
tros padres. Fué d viaje breve ; y así , en pocos dias 
llegamos al fm dé), adonde fuimos recebidos como en 
semejantes ocasiones se suele acostumbrar. Tomó mi 
padre la posesión de su gobierno, y con grande y par- 
ticular satisfacion fué prosiguiendo en él. 

Es esta ilustre ciudad la antigua Talbora (1) , una 
de las más nobles , insignes y populosas del reino de 
Toledo, cuyo asiento bañando, fertilizan las cristalinas 
aguas del célebre y dorado Tajo, causa para ser de las 
más amenas, alegres, abundantes y deleitosas de su 
famosa margen y ribera : la gente della apacíMe, agra- 
dable y cortesana , y en particular la noble, que es 
mucha , lucidísima y de las más califlcadas casas de 
nuestra España : partes todas dignísimas de una tan 
juitigua y grandiosa población. Hálleme aquí tan bien 
como en mi propio natural , y con amigos de mi edad 
y condición , siendo nuestro particular entretenimien- 
to caballos, teros, máscaras, sortijas y torneos y 
otros pasatiempos, con quien alegrando la gente, nos- 
otros nos hacíamos práticos y diestros. Otros dias gas- 
tábamos en la caza, campo y montería; que de cual- 
quier género en esta materia es bien abundante aquel 
terreno Estos y otros semejantes ejercicios eran mis 
gustos, mis mayores contentos y deleites, sin que á 
los de amor y á sus ardientes y nocivas llamas hubiese 
entregado en ningún tiempo mi corazón ; de lo cual 
me hallaba tan alegre como libre , y tan satisfecho 
como envidiado de mis amigos ; mas duró poco el po- 
der jactarme desta eofei'^Ja , y ménoe del alegría y li- 

(1) TaUrerau 



b^tadque hasta entonces gozaba. ¿Cómo me faltó, 
cómo de libre me hice sujeto , cómo de alegre meláis 
cólico, y cómo de dichoso desgraciado? Más presto 
] oh buen Leriano ! sabréis esta no pensada mudaioa, 
de lo que mi alma quisiera. Entre e^las fiestas y re- 
gocijos llegaron las principales y de obligación, por 
particular voto de aquel Ayuntamiento, en honor di 
las dichosas bodas de la Virgen y su excelente espos* 
loeef : son celebradas en toda Castilla , y por su anth 
gúedad famosas , y más por la advocación roílagroa 
que tienen : á estas acuden inumerables gentes y gru 
concurso de caballeros y damas , asi de la corte y ciu- 
dad de Avila , como de la imperial Toledo y otras di- 
versas partes de su reino. Amaneció pues el desfidi 
dia, siendo de abril los veinte y seis, pardo y cubierto 
de espesas nubes, natural tiempo de aquella tiem ;á 
ya no fué conocer el rubio Apolo la poca falla qoe so 
rayos harían en semejante ocasión, adonde tantos 5 
tan hermosos soles se mostraron. Salieron de bbna 
treinta y dos caballeros, y siendo yo ano dellos, fui 
texcero á mi padre y hermano Leoncio. Dióse príoci- 
plo á las (¡estas de toros, y con un muy bien ordenado 
juego de cañas se concluyeron , con general aplauso, 
eontento y regocijo de todos los que las miraban, por 
Bo haber en ellas sucedido desgracia alguna, sm^s 
la mia, que, según el estado á que me ka reducido, foé 
ia mayor que pudo venirme. 

HaÚan reparado á la primera entrada de la plm 
tnis descuidados ojos en un balcón de damas foni$t^ 
ras, tanto por la novedad del serlo, cuanto por el iier- 
moso teatro que representaban á la vista ; y así , qui» 
después con otros caballeros amigos volver á gozar (ie 
su belleza, y poéo á poco nos fuimos acercando adeade 
estaban, dándoles más vueltas y paseos que á veca 
suele dar la imaginación de un preso en tristes sole- 
dades y cavernas. Y me parece que hasta hoy nos<s- 
tuviéranios en el mismo propósito, si ellas, viendocon- 
cluida la fiesta, no se fueran levantando para decemitf 
á un coche que ya las aguardaba. Aqu^ fué el dardi 
el suelo mi edificio , y en este instante comenzó ei in- 
cendio y total ruina de mi abrasada Tq^ya. 

Había estado encubierta hasta la presente ocasíoa 
entre las damas de su compañía una de tan rara y pe* 
regruaa belleza, adornada de un tierno y juvenil ro- 
jeto, que casi de improviso nos dejó á todos suspensos 
7 admirados. Parecióme, como poco acostumbrado á 
semejantes golpes , me habia con el de su liensosa 
vista rasgado y hecho partes mi tierno corazón ; qw 
bien entiendo, si se advirtiera en su efeto, cualquiera 
echara de ver el mal de que estaba herido : tan pode- 
rosa y penetrante fué la soberana fuerza de sus ojos. 
Llegóse, al levantar, tan cerca de la reja, que me bube 
de aventurar, viendo sus blancas manos puestas ene! 
antepecho del balcón , á decir al tema hermoso que 
me ofreció su vista en tan peregrino asiento , ya ^^ 
porte ponderando la firmeza del bronce duro á quien 
estaba asida , y ya á la nieve y marfil que en él estaba 
incorporado, muchas de las amorosas razones que m 
nuevos deseos y voluntad supieron entonces formar y 
prevenir ; si bien la respuesta que tuve fué remitirme 
con agradable silencio á una graciosa risa y cortesía á 
la que todos le habíamos hecho, con que siguió sus 
compañía. Al entrar del coche, á pesar suyo y deró 



.EL ESPAROL GERARDO. 



onpaneros me apeé y k tQve el estribo , aunque no 
)co&sínUó ella ni otra dama , que después supe era 
(1 tía : apórteme y entráronse : láceles un breve ofre* 
uníeato que ne fué poeo agradecido. Pregúnteles de 
iáode eran : dijéronme que de Avila ; y aun si no te- 
lera el ser notado no dejara enU^nces de saber su 
isada y el limite y fin de su viaje. No acortaba á 
ispcdinne, según aquel ángel me tenia suspenso; 
aro en efeto^ viendo que no podía ser menos, lo luce, 
léronse, dejándome tan desacordado, que aun no 
^e memoria del caballo, ni aun de que mis amigoé 
e agaardabaiL Subí, y jtmtamente mandé á un criado 
ese adonde paraba aquel coche, y procurase infoi^ 
SFse con certeza de quién era IH gente que en él iba. 
habiendo faeeho esto, mientras la noche se acerca» 
I DOS fuimos á dar on paseo por la alegre y regoci-' 
ria ciudad , aunque el desasosiego con que el nuero 
oidado me trataba, no dio lugar á que seguir pudiese 
ugradable compañía de mis amigos , de quien (di- 
áeodo me sentia indispuesto} me despedi. Guando 
tegoé á mi posada era ya de noche ; y asi , desnudán- 
^ 7 tomando hábito conveniente, etcusando ma- 
rarcs dilaciones , me salí á ht calle , y conmigo Sana*- 
bria (que así se llamaba el criado á quien hice lengua 
de nú deseo), al cual le pregunté me dijese la casa de 
mi querida forasitera y lo que de sos partes se habia 
ÍDÍonnado ; y sope del posaban en casa de un caba- 
llero de los más poderosos de la ciudad ; y asimismo 
qoe el dueño que para mi tima habia escogido, era 
sobrina suya , como también lo era de aquella dama 
que en el coche la acompc£aba ; y que iban á Gua-* 
dalnpe á hacer una novena en aquella divina y mila- 
grosa casa, cuyo viaje seria dentro de dos dias. Y con 
estO) paredéndome bastante relación para lo que yo 
pr^endia, quise ir á dar una vuelta por su calle, pa- 
redéndomó recibhíen mis ojos algún consuelo viendo 
ias paredes que ocultaban el sol de adonde procedía 
$Q luz ; roas atajóme uno de mis mayores amigos, que 
emdadoso de roí indisposición , venía á verme. Cono- 
daioQos,y como ú en largos tiempos hubiéramos ca- 
bido de tal vista, nos abrazamos , porque el singular 
^or y amistad que nos teniamos pedia aun mayores 
otremos : tan poderosa suele á veces ser esta eGcass 
«flipatia de estreflas, que oitm llaman confrontación 
de sangres. Admh^e de verme tan ajeno de su pensa- 
^m\A', y €61110 aun no solia recatadle las menos ad~ 
^dss imagfnaeioiies, tampoco quise encubrirle la 
ádifip««icion qtie déi me habia apartado. En el alma se 
boigó don Feítiando (que asi se llama este amigo leal 
! Terdadero ) de que mi achaque no fuese otro del que 
le había contado ; aunque procuró con raaones que ha- 
<^ fiel demonstradon de su vohmtad^ divertir mi 
^ y pretensión, entendicado por lo qne le habia 
^icaán de camino estaban estas damas, yel poco 
ranedio que por esta razón pedia consegidrse en mi 
^. Mas con todo eso, hallándome tm arraigado en 
BijVDpésito, le convinoseguirle ; y así, nos fuimos solos 
^ it calle y casa donde Sanahria me habia mformado ; 
y Ilegindo debajo de las ventanas della, conocí en una 
^hs más bi^áa al norte de mi guia, dando más luz 
^ ojos que los rayos de la hermosa GhiUa , qoe ya 
^tónces se iba mostrando en el silencio do la noche 
<^CQnu Estaban hablando ella y otra dama de gentil 



123 

y bizarro talle y no mayor edad^ la cual luego fué co- 
nocida por don Femando ; y así , me dijo se llamaba 
doña Francisca, única hija de Segundo Otavio, dueño 
de aquellas casas, cuya calidad ya os tengo referida. 
Bien qtdsiera yo al punto llegarme á las ventanas y ha- 
blailas ; mas á don Femando le pareció no espantar 
con nuestra impensada venida la hermosa caza ; y con 
este pensamiento nos fuimos acercando poco á poco 
adonde más claramente podían ser de nosotros vistas 
por la claridad de la luna ; aunque cuando reconocie- 
ron habíamos hecho alto , dejando su conversación , 
quisieron retirarse y , como dicen , damos un venta- 
nazo , si don Femando , como más Ubre , llegándose á 
las rejas, no las suspendiera , diciendo : No ha de ser 
parte nuestro atrevimiento, teniendo tan conocida dis- 
culpa como es la vista de vuestra hermosura , para 
que interrampais la agradable plática; que si ya no se 
admite tal excusa , podéis como en criados de vuestra 
casa disponer el castigo. No poco turbada respondió en 
baja voz doña Francisca, diciendo : Guando nos fuera 
lícito hacer aquí mayor asistencia, nunca de vuestro 
atrevimiento formáramos grandes quejas ; y más ha- 
biendo con tan humilde cortesía satisféchonos ; mas 
sdo el hacerse tarde nos fuerza á mudar de sitio; Gon 
todo eso, repliqué yo, haciendo en tal ocasión ausencia 
deste puesto, es fuerza que nos dejéis dudosos en vuo^ 
tra indignación ; cosa que estimaré por mayor desdi- 
cha que la muerte. A todo esto callaba mi divina y 
hermosa forastera; y vohriéndome á ella, proseguí di- 
ciendo: Suplicóos, dueño mío, no seáis del riguroso 
parecer de aquesta dama, pues con tanta brevedad nos 
ha de dejar vuestra hermosura , haciendo larga au- 
sencia desta tierra. ¿Acaso , respondió mi dama con 
un graciosísimo desden, conocéisme? ¿ó cómo sabéis 
que ha de ser mi partida tan breve? Estaba doña Fran- 
cisca preguntando á don Femando (que ya le habia 
conocido) quién yo era ; y así, tuve ocasión de hablar 
aun con mayor claridad , diciéndola : Si como está es- 
culpida la efigie peregrina dése rostro en mi alma, es- 
tuviera su dueño en vuestra memoria , faien creo que 
no con tanta facilidad hubiérades olvidado á quien esta 
tarde, besándoos las manos, rindió en ellas su corazón 
y KbCTtad. No os entiendo, me volvió á replicar, ni me- 
nos á las razones que me habéis dicho sabré dar verda- 
dero sentido ; aunque si va á dedr verdad , desde que 
aquí llegasteis he querido reconocer vuestra preseiH 
cia ; nm es el hábito de ahora tan diferente de la li- 
brea desta tarde, que no pienso se me puede atribuir 
por esta causa nombre de desconocida. No quise alar- 
gar »n sustancia nuestra plática ; y así , en lo que más 
hacia á mi propósito la dije : ¿Guando ha de ser vues- 
tra triste partida, ó por mejor decir, mi temprana 
muerte? Y esto con tanta cpogoja y desmayada voz de 
pensarlo, que conociendo mi dama el sentimiento con 
que habia hablado , me respondió con algún género 
de cuidado, aunque riéndose : Casi estoy por decir 
que os pesa de qoe me vaya de vuestra ciudad , si no 
es que lisonjeramente queréis darme á entender vues« 
tro disgusto^ No estoy en parte, dulce señora mia, 
repliqué , ni la brevedad del tiempo da higar á enca- 
receros el sentimiento justo de nri dolor, que es de tal 
calidad el que me aílige, pensando en vuestra ausen- 
cia^ que entiendo, si no sigo contra la voluntad de mis 



w 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y HENESES. 



padres vuestras ptsadad, el ser de mí propio desespe* 
rado liomicida Tendrá á ser el último remedio, to- 
mando del veneno que me abrasa y consume, por an- 
tídoto la voluntaría muerte. Mucho encarecéis vuestra 
enfermedad, dijo mi dama (casi dándome á entender la 
lisonjeaba) ; porque si es tal como vuestro sentimiento 
signiíica, mi ciencia es corta y mis fuerzas menores 
para la aplicación de un breve remedio ; aunque yo 
sospecho que como enfermasteis breve, sanaréis con 
más facilidad ; porque es condición de los hombres di- 
ficultar con nosotras lo muy posible, y íacilitar para 
su gusto montañas de mayores inconvenientes. Apead 
el punto del discante si queréis que me concierte con 
vuestro parecer; si bien, porque entendáis que no en 
todo pretendo contradecirle , ni que se me atribuya 
nombre de ingrata á la voluntad que me mostráis, sa- 
bed que después de mañana me parto á Guadalupe ; y 
entiendo que la vuelta será por aquí ; y ahora y enr 
tónces, si en alguna cosa os pudiere servir, creedme 
y mandadme, veréis si soy agradecida, ó si echo en 
olvido vuestras razones, aunque sean lisonjas. Aquí lle- 
gaba nuestra conversación , y yo el más alegre de los 
mortales, cuando habiéndolas avisado de adentro, les 
convino partirse ; y llamándome en esta sazón doña 
Francisca, después de algunas breves cortesías, me 
dijo : Don Femando me ha informado tenéis en vues- 
tro servicio un excelente músico : hele encarecido á 
mi señora doña Clara las divinas voces de nuestra pa- 
tria : así, os suplico que á ella satisfagáis el deseo que 
tiene de oirías, y á mí me saquéis verdadera ; que á 
esta hora y en este mismo puesto aguardaremos el 
efeto de mi demanda. Quisiera , oyendo esto con el 
mayor agradecimiento de mi alma , besarla las manos 
por el favor que me hacia ; mas no me fué posible, 
por la mucha brevedad de su despedida ; y así , que- 
dando sin luz , como en tinieblas , hube de dar la vuel- 
ta , dejando don Fernando y yo la calle ; de quien ha- 
biendo aplazado para la futura mañana nuestra vista, 
me despedí alegre y contento por haber hablado á quien 
mi corazón y alma tanto deseaba. Todo lo restante de 
la noche se me pasó con mil diversas trazas, acuerdos 
é imaginaciones , todas procedidas de la dificultosa 
empresa que acometía, hasta que, poniendo treguas 
la clara aurora en mis confusos pensamientos, pude 
salir de su laberinto y de mi posada ; y habiéndome in- 
formado de la iglesia adonde mi dama habia de ir á 
los divinos oficios, me halló presente á ellos con mi 
amigo don Femando, recibiendo de mi dueño, en 
cuanto pudo dar lugar su recatada y amorosa vista, 
ricos y inestimables favores. En esto entretuve la ma- 
ñana , y la tarde en pasear su calle hasta la siguiente 
noche, que siendo hora acomodada, con mi caro amigo, 
y en nuestra compañía el músico, nos fuimos acer- 
cando á ia calle de doña Clara; y habiéndola haUado 
en profundo silencio, puestos en el sitio de la noche 
pasada , al son de una bien concertada y sonora vi- 
huela, comenzó á cantar estas coplas castellanas, de 
que yo le habia prevenido : 



Si como el sol en cl mar 
Deseansan tos ojos bellos. 
Cansada de ver pur ellos 
Un hombre muerto penar, 

Fnena me será, srúora , 
Para volrer i vivir. 



Esperar qoe ea su dormir 
Ponga tregoas el aarora. 

Seré , paes te satisface , 
De tus soles flor del sol. 
Que al deshacer so arrebol 
Muere, y al nacer renace. 



Annque esta verdad eavl 
Ayer la pudiste ver. 
Pues viéndote tuve ser, 
Y al partirte le perdí. 

Be suerte que ya en tu mano 
Está mi muerte 6 mi vida ; 
Mas ¿cdmo será homicida 
Quien es ángel soberano? 

Porane si por Justa ley 
La vida se le asegura 
Al preso que por ventura 
Vió la cara de su rey. 

Con más razón tu bellesa 
La vida asegura enmt. 
Pues que mirar merecí 
Su majestad y grandeza ; 



Que cono il sol sus despojn 
Prueba el águih , mi amor 
En tu claro resplandor 
Me ha acrisolado los ojos; 

Tanto, que á seguir me iac&n 
Amor tu dichosa estrella. 
Sin temores de perdella 
Por soberana y divina. 

Asi que, aunque agora twún 
Tu norte su luz hermosa, 
Mi piedra imán amorosa 
Podrá ser que la descabra ; 

Que beHeza y calidad 
Nunca pagan con rigor; 
T al fin pagarás mi amor 
Coa otra igual voluntad. 



Desde que el diestro músico dio principio á su cao- 
to se abrieron las ventanas adonde la pasada nocbe 
estuvimos ; pero mnguna persona se puso á ellas, cosa 
que nos tuvo bien confusos por ignorar quién de adeo- 
tro dificultaba la salida de mi dama y su prima ; nus 
sm desatar esta duda , fué prosiguiéndose nuestro k* 
tentó en el soneto siguiente: 

Agora estéis, 6 Cjas» ora errantes, 
O en la tabla de cielo eomo nudos» 
Sirviendo de clarísimos escudos 
A los planetas dioses rozagantes. 

Las que inclináis, amigas y constantes 
A enamorar los pensamientos rudos » 
Cid conceptos simples y desnudos 
Del ejemplo mayor de los amantes. 

T td, más que templada, noche fria» 
Que , ausente de su luz , al sol esperas* 
Con que serena duermes hasta el dia , 

Si eomo yo ¡ oh triste noche ! fueraa, 
T tu dolor como el ausencia mía. 
Más lágrimas que suefio repartieraa. 

Acabóse con tan dulces cadencias este soneto ^ qne 
su armonía y música nos tuvo un breve espacio sus* 
pendidos, en el cual asomándose dona Francisca y sa 
prima á la ventana , nos mandaron llegar, didendo 
doña Francisca : Desde el punto que parastes eoel 
puesto , hemos estado dona Chira y yo oyendo la dh 
vina voz dése chado, y temiendo con nuestra salida 
interrumpirla, la hemos dilatado. Respondióla don Fer- 
nando ; y habiéndola besado las manos, me volví á mi 
dama, preguntándole lo que la suave armenia del mú- 
sico le habia parecido, á que con gracioso semblante 
me respondió : Muy bien, aunque en declarar la pa- 
sión de su dueño ha alargádose más de lo que por acá 
se pretende. ¿Y acaso, dulce amor (repliqi¿ yo), hs¡h 
08 disgustado los ardientes y amorosos efetos de mi 
corazón? Porque si esto es como imagino, de aquí 
adelante reventará en vuestro fuego, como volcan, mi 
pecho ; y en mis penas y sentimiento la lengua al de* 
clarallos será un peñasco mudo. No digo yo, Gerardo 
(respondió más alegre doña Gara), que habéis ádo 
vos el demasiado ; mas ya que tanto os habéis sentido, 
creedme, que quisiera que ni mi prima, ni aun vues- 
tro caro amigo, sospecharan por ninguna vía lavo* 
luntad con que me favorecéis ; que en lo que toca al 
pagarse de mi parte, no sé qué decirme, sino que al 
cíelo plugiera que nunca de Avila hubiera yo salido. 
Y quedándose aqui, puesto el brazo derecho en el bas^ 
tidor de la reja, y aGrmándose en la bhinca mano la 
mejilla con un pequeño suspüt>, sentí que anrasán- 
dosele los ojos de agua, enjugaba , ó por acertar, co- 
gía su cristalino aljófar en un Uanco lenzuelo. Bíec 



EL ESPAÑOL GERARDO 
iospecbé que semejante accidente no podía ser menos 



qiif en mi fafor ; y con este pensamiento , le pedí me 
li^Ia causa de su DLevo sentimiento , liaciendo del 
r^r^o á su dichosa jomada ; y juntamente la signifiqué 
Das por extenso mi amor y voluntad , prometiéndola 
^síar en su serricio la vida , si por él mil veces la 
TfDturaba , aunque en la prosecución de mi gusto tu- 
jese por opuesto lo restante del mundo. A lo cual, 
on el mismo pesar que habia mostrado , me respon- 
ió : ¿ No os parece , Gerardo , que es justo sienta el 
pnne ajena de mi voluntad , y cuando tan á rienda 
oelu me voy arrojando ¿ la vuestra , conocer de mi 
esdiciía que aun no soy señora de mi libre albedrío, 
que por esta causa me ha de ser fuerza el partirme, 
nnquese parta el corazón y el alma, sin que la señora 
ni prima y sus padres hayan podido con infinitos rué* 
IOS alcanzar me deje en su compañía mi tia , quizá 
tfjrque conoce mi deseo? Tened por cierto que no en- 
nrecen los ojos la pena de mi alma , y que es la ma- 
vor que la aflige imposibilitarse , estando ausente, de 
pasaros el amor que me tenéis. V dando fin á su razón 
m machas lágrimas y suspiros, volviéndose á su pri- 
ma , la dijo , sin darme lugar á que pudiese respon- 
derte : Paréceme, señora , que ya se hace hora de re- 
cosem», si no es que queramos ser sentidas. Re* 
plicaría quería dona Francisca , cuando atravesando 
(ríuo/b don Fernando, la atigó, diciendo á doña Clara : 
Ao podrá tener vuestro deseo efeto por ahora , her- 
BHisa dama ; que si os sentis necesitada de sueño, mi 
señora diuia Francisca ha de mantenerme el campo 
eo tanto que no determináremos cierta proposición, en 
quien ha de haber vencedor declarado, ó no se ha de 
dejar. Es la más graciosa del mundo, respondió doña 
Francisca ; pero tan larga y reñida de diversas gentes, 
que pretender nosotros apurarla será darla nuevo prin- 
cipio. Pues no habernos de quedar dudosos de vuestro 
argumento, repliqué yo : entendamos entrambos pa- 
receres ; que mi señora doña Clara será con su dis- 
creción el juez arbitro de la determinación más cierta 
de vuestras opiniones. Pues la que yo sustento, dijo 
^Femando, nadie la podrá negar por verdodera, 
po^no es justo se reciba á parangón nuestra firmeza 
yeslabtlidad con la de las mujeres presentes y pasa- 
días; que esta porfía, tan fuvorecida y allegada á razón, 
vivirá en mí hasta morir. Y yo ( repliqué ) la esforzaré 
h%\i remie en el mismo trance. Pues desa suerte, 
dij(^ düTm Francisca , no hay sino partimos el campo. 
i^ qué más de lo que está , respondí , pues por valla 
leñemos esta fuerte reja ? Pero dejado esto aparte, 
círtno cosa tan asentada en nuestro favor, ayudado del 
vuestro y dándome Ucencia , pondrá con alguna cosa 
i propósito el instrumento paces entre nosotros. 
Con tnucho gusto mostraron las dos prímas el agra- 
decimiento de mis razones, y mayor fué cuando vieron 
iw tomando á mi criado la vihuela, ayudado del di- 
vino aliento de mi musa, di principio, cantando, á los 
«'ginentes versos: 

Y salid con vuestro tema 
Aunque muramos los dos ; 

Que si el pagar mí afleion 
Solo cu mi silencio toca , 
Yo liaré que calle la boca 
Cuanto siente el corason. 

Aquí cesó mi voz, cuando con las suyas comenza- 



Airwidoi>ensamleBlo, 
[JllarcoDviene y sufrir, 
»'n|Bee» muy cierto el morir 
>' no calíais fl tormento. 

UwniBjd dentro de tos 
«J'MSodeimorque os quema, 



iS7 

ron las hermosas damas á celebrar la letra, y con tantas 
exageraciones de su dueño, que á no ir á esta sazón 
perdiendo ya su casta Lucina su prestada luz , entien- 
do fácilmente en las colores de mi rostro ecíiaran de 
ver la vergüenza que me ocupaba ; y queriendo encu- 
brirla, con las razones más á propósito que supe, de 
nuevo me volví á ofrecer á su servicio y gusto , y á mi 
dona Clara (que en baja voz me agradeció la emienda), 
y de suerte que todos me pudieron entender , le dije: 
Muy solos habemos de quedar, siendo vuestra partida 
tan breve como anoche dijistes; porque al fin no es 
esta tierra merecedora de tener más en sí tan gran 
tesoro : ínera de que el natural vuestro es bizarro lu- 
gar , y os habrá de tirar tanto como vuestros padres 
y deudos. No sé lo que será, respondió doña Clara; 
mi voluntad por agora, que estoy en su poder, es la 
de mis tíos ; aunque os sé decir que por la señora mi 
prima, á quien más que á mí quiero, no solo dejara la 
patria , mas pusiera en olvido más graves y mayores 
pérdidas. Y acabó volviéndome á mirar con tan dulce 
y amorosa vista , que claramente conocí el sentido de 
sus razones, con que del todo me enredé en su gra- 
cioso laberinto; y de tal suerte, que primero que del 
me libre pasarán por mí largos tiempos y mayores 
desdichas. Con esto , viendo que el dia á más andar se 
venia acercando, nos despedimos, y yo públicamente 
de doña Clara, y como si más no la hubiera de ver; 
y al fin , harto á pesar de entrambos di la vuelta, mas 
tan pensativo y melancólico, que reparando en ello 
don Femando, no pudo excusar el decirme estas ra- 
zones : Mucho siento , amigo Gerardo, que en seme- 
jantes ocasiones no deis muestra del valor que os 
acompaña. ¿Qué os falta ó qué no os sobra? Ayer aun 
no conociades, y hoy podréis decir lo que el famoso 
Julio César : Vine, vi y vencí. Doña Clara os favorece, 
y tanto como vos sabéis y yo conozco; y que se vaya 
á Avila, no es tan larga la jomada, ni vuestra hacien- 
da ni la mia tan corta, que no sea suficiente á tener- 
nos huéspedes en cualquiera tierra , como dueños en 
nuestros naturales y patrias. Y pues entendéis esta 
verdad y estáis satisfecho de mi amistad y amor j no 
hay sino animaros, y atrepellar, como hombre val<v« 
roso, las dificultades que el tiempo y la ocasiones 
ofreciere. ¡Ay, querido amigo, respondí echándole 
al cuello los brazos, y cómo vuestro generoso pecho 
no pudo en nmgun tiempo faltarme! Creedme, que 
es tanto lo que á mi afligido corazón han alegrado 
vuestras razones, que por lo menos habéis con ellas 
resucitado mis muertas esperanzas, que ya casi del 
alma eran desafuciadas , y así, estoy del todo dispuesto 
á ver el fin de mi ventura en la ocasión presente, aun« 
que entienda pasar por el áh la muerte, rompiendo 
por cualquier peligro, riesgo ó trabajo que se ofrezca; 
y siendo vos servido, mañana, en sabiendo que ha sa- 
lido doña Clara de la ciudad, lo más ocultamente que 
pudiéremos, por el camino irájo del río, pues es dis« 
tante del real , hemos de ir á su famosa puente ; que 
sin duda no tendrán tiempo para pasar de allí , y aquel 
lugar ha de ser forzosamente su primera jomada. 
Bien me parece, replicó don Femando; quizá volvo« 
remos mas alegres : solo resta que de vuestra parte y 
de la mia se guarde gran secreto en todo, por lo que 
resultare. Eso es, dije yo, lo que en tales cosas más 



i23 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



coinriene; y así, soy de acaerdo que salgamos solos y 
disfrazados. Y quedando deste parecer, nos despe^ 
diiDGS hasta el siguiente dia , que liabiendo entendido 
se partían después de comer mi dama y sus parien- 
tas , y que juntamente iba en su compañía doña Fran^ 
dsca, me fui á la posada de don Femando , de quien 
siendo de nuevo con sus discretas razones animado, 
mostró las de su noble deseo en el breve discurso deste 
soneto que para más alentar mi empresa tenia hechoi 
y gustaré mucho le oigáis aun más atento, porque en 
¿1 conoceréis algunas de las prudentes partes de mi 
amigo. 

DON FERNANDO A GERARDO. 

De branee el pecho, el alma de diamante 
Tnvo sin duda aqnel eayo desrelo 
Casas moflbics did al instable socio, 
Y stts qaieios al aire y agua errante. 

Frenétieo faror, celo arrogante 
Tqyo el que aizd su temerario vuelo, 
T mucho mis el jdven que del cielo 
Precipitd su coche rutilante. 

Gentil osar y célebre ardimiento 
Fué descender al Erebo, y domalle 
So trifaoce custodia , en lazos presa ; 
. Pero atreverse á on bello rostro y talle 
Sin prendas de mayor merecimiento , 
Es locura mayor, mayor empresa. 

La buena voluntad de don Femando era ya tan re- 
conocida de mi, que para su recompensa cualquiera 
exageración fuera muy corta , y así quise excusarlas 
por entonces^ dando á nuestra jomada el primer paso. 
Y habiéndonos vestido de la forma que más conve- 
niente nos pareció, salimos por una puerta falsa de su 
dasa, por más secreta, y tomando el camino concer- 
tado, gozando de la amenidad y frescura del crista- 
lino rio, en agradable plática, al ponerse el sol lle.- 
gámos á unas caserías que están media legua de la 
puente; y apeándonos en la verde yerba, entre unas 
derribadas tapias recostados, nos pareció aguardar la 
futura venida de mi dama , que no tardó mucho ; y ha- 
biendo reconocido el coche que la traia , dejándole 
pasar adelante algún trecho , poco á poco en su se- 
guimiento volvimos á nuestro camino, sin perder en 
los oídos el ruido que llevaba.; que verlo era imposi- 
ble , por haber cerrado la noche muy escura , con unos 
nublados negros que muy apriesa se iban conden- 
sando. Llegamos al lugar, y habiendo visto la posada 
donde entraban, tomamos el paraje de otra, adonde 
apeándome, entregué al huésped mi caballo, y vol- 
viéndose don Femando eli el suyo , nos salimos á la 
calle, en quien me puse una montera y un capotillo 
de dos haldas, de que venia apercibido ; y descalzán- 
dome las espuelas, quedé con mi espada debajo del 
brazo, represestando al vivo un muy gentil mozo de 
muías. Díjele á don Fernando me siguiese, que de risa 
no podía mover el caballo ; j con este disfraz nos en- 
tramos en la posada de mi dama , á la cual en entran- 
do vi y aunque con notable tristeza, sentada con su 
prima en unas sillas. Pedí un aposento para mi nuevo 
dueño , y habiéndonosle dado en un anchuroso patio^ 
di orden de curar el caballo; y teniéndolo todo puesto 
á punto, y pedido de cenar, en el entre tanto que nos 
lo aderezaban, confiado en mi librea , me fui adonde 
estaba mi dulce prenda, y ya atravesando de la calle 
al'patio, y ya del patio á la calle, ya acercándome á 
su presencia, y ya al resplandor de una vela que.alunn 



bniba todo el antepuesto de la casa, procuré hacenni 
conocer de sus hermosos ojos; atinque todas mis di- 
ligencias salieran vanas , si dona Francisca , ([ue k 
acompañaba , no la dejara sola , entrándose eu uu 
cuadra, donde las demás damas y señoras estaban ile» 
cansando ; y así , reconociendo la merced que el cié 
me hacia, y la venturosa ocasión que á las roanos 9 
me babia ofrecido, no quise soltarla de la melena;] 
llegándome á mi querido dueño, le dije : ¿ Es postbie 
sol de mis tinieblas , que ha sido este vuestro esclati 
tan desconocido de aquesos claros ojos? Y queríendi 
turbada levantarse, la detuve asiendo con lamia si 
blanca mano; y destocándome la montera y rebozo 
di lugar á que me conociese; que cuando se habo s» 
tisfecho , de admirada no cesó en gran espacio de k> 
cerse cruces, y con la alteración que el no pensada 
caso la causaba, me dijo : ¿Sois por ventora Geranifl^ 
que pienso que, aun mirándoos, estoy ciega. ¿Qm 
puede ser, Men mió, respondí , sino ese quenomiraf , 
que trasformado en ^vuestro dulce amor, nunca tu 
punto de vos se aparta? ¿ Pues cómo, señor m¡o(repiic( 
doña Clara), ha sido vuestra venida? ¿Qué traje pro- 
sero es este que vuestro noble ser me tenia encobó- 
te? ¿Adonde es vuestro viaje? ¿Acaso eatmáesú 
imagináis que he de perderme ? ¿ O teméis que n un 
á poco recaudo mi persona, que han de pooerhá 
riesgo los salteadores homicidas que habitan e$as 
ásperas y fragosas montañas? No entiendo, dije, irt^ 
de mis deseos, que viendo vuestros divinos ojos, b* 
brá tan cruel cosario ó bandolero que deje de readir 
á vuestros pies de nieve sus armas y ferocidad; yoo 
lo que decis de mi venida , don Femando y yo, anib> 
digno de mayores confianzas , os hemos heclK) e$coi:a 
en sendos caballos ; y si os parece pagar en algeiri 
pequeño trabajo, aunque el ser de vuestro senicioí^ 
muy gran premio, servios de que yo pneda hablaw 
esta noche, pues no faltará ocasión queriendo vi)*. 
¿Queriendo yo? respondió mi dama. Pues si tan cierto 
estáis de que no habrá otra dificultad más de mi gustt^, 
no os vais de mi presencia. No conviene así, mi »• 
ñora , repliqué; que saldrá vuestra prima; y aüfwpí 
mi traje excusa su conocimiento , todavía no qui-^ro 
poi^rlo en contingencia. Pues idqg norabuena, dijs 
doña Clara, y aguardadme en parte que no os descn- 
bran. Con esto di la vuelta adonde mi amigo espe- 
raba; y habiéndole contado mi suceso y el ténníiw 
en que mi disfraz puso á mi dama , con notable g^isto, 
tanto por engañar el tiempo concertado con eh, 
cuanto por disculpar mi humilde trasformacion.dijfl 
al cambio del valiente Hércules, rendido al desenfre- 
nado amor de Yole, por aludir su semejanza tanto al 
sugeto presente , estos versos : 

Héreoles tiern», aquella clara fien 
Que doce empresas i sos plantas paso. 
La piel que el sol de resplaidor compaso. 
Defensa 4 los panules de la estera , 

Cambia con Yole, que riendo espera 
Ver cefiir y torcer la rueca y huso 
Al semidiós tendido, que al vil uso 
Aplica cinta y mano Usonjera. 

Ella do Marte al fiero aspecto excede, 
T él de Venus lascita está poniendo 
AI desengaño nuestro un fiel retrato. 

Pero yo no me admiro , porqne entienda 
Cuánto el amor en los mortales puede 
Con sangre, estrella, iacUsacion y tnto. 



EL ESPAflOL GERARDO. 



m 



En tanto que nosotros tratábamos estas y otras so- 
ajantes cosas^ cenaban doña Clara y su compañía; 
toles que de las mesas se levantasen, fingiendo al* 
B achaque y dejando en ella sus deudas , con una 
ida de ia mano se tino hacia el último patio de 
miáí, y mandándola tolver, apercebida que en 
laudóla menos la llamase, se detuvo todo el tiempo 
i fué necesario para que yo , considerando su traza , 
Küese adcmde estaba ; y aunque mis pies tuvieron 
s, ya doña Clara se quería volver; y habiéndonos 
entrado, quien primero rompió el silencio de núes- 
turbación fué ella , diciéndome : No tendréis agora 
ton , Gerardo , de culpar mi voluntad , pues con tan- 
veras hago la Tuestra. ¿Cuándo, respondí, dueño 
I alma, podrá el cuerpo formar quejas de vos que 
sean injustas , pues solo con el presente favor queda 
gado, aunque por vos hubiese recibido más traba- 
s qae Ulises en su prolijo navegar? No hay para qué 
agerar la merced que os hago , replicó doña Clara, 
no decidme agora : ¿Pensáis verme en Avila si por 
ndes?entara no muda de parecer mi tia? aunque 
in iluda entiendo me ha de ser en este particular pro- 
picio el cielo. A esto le dije : Desde el punto y hora 
(ue Hús ojos 06 vieron, y el abna hizo elección de 
mestra persona para archivo de sus pensamientos, 
Qn y liante de su voluntad , me dispuse y determiné á 
seguiros, no á Avila , que es un tan corto y breve ca- 
niao, masal distante ocaso y remotp hemisferio; y 
Aesta verdad os ruego, amada prenda, viváis segura y 
sBtisfecba. Bien está , respondió mi dama : estoy sola, 
preconozco, como mujer, la ventaja de vuestras fuer- 
zas; y así, k> será pera mí el creeros, confiada en que al 
ítn el tiempo descubrirá vuestra fe y mi amor. Y de- 
ddme, ¿pensáis acompañarme al presente hasta Gua- 
dalupe ? No, mi señora, repliqué ; porque aunque otra 
nayor gloria no se me podia conseguir, temo el sen- 
tirse en Talbora mi ausencia , de que podría ser re- 
dimdasen algunas curiosas sospechas; y así, por eicu- 
sarlas en caso que arriesgáis la reputación , quiero 
^tes atropeüar mi gusto. Muy grande me le da á mí, 
á'^jo doña Clara, vuestro recato : proseguilde en todo, 
l^r lo que á entrambos toca, y la noche que supiére- 
des hemos sido de vuelta no seáis perezoso en acudir 
i) puesto acostumbrado; y hasta entonces quedaos 
c<» Dios; que me he detenido más de lo justo. Pues 
U) será razón , descanso mió , respondí , que me dejéis 
efi tal ausencia sin prenda y favor de vuestra mano, 
^ We á engañar el deseo de vuestra amorosa y 
^da vista. Y diciendo esto, con el mayor de mis 
atrevimientos la ceñí mis brazos por su gracioso cue- 
llo, juntando mi rostro con el cartnin nevado del suyo 
Hermoso y bello, y á su pesar y con gran gloría mia 
coglks dulces y suaves flores de su p^regrína boca; 
<K que DO os sabré encarecer la demasiada alteración 
y aojo que recibió , y aun dio de mi licencioso favor 
^Q duna muestras. Mas es fácil la paz en semejan- 
^ ^rras; y así, el amor, que á entrambos nos tenia 
^J<itos. hizo que mí dama perdonase con facilidad 
^atreTiroiento, conlirmando su amistad con echarme 
MtueUo m rico joyel que pendiente de una sutil ca- 
Jeoa de oro liabia sido ornato de su pecho, dicién- 
^oae: Aunque me habéis tenido algo enojada, saCs- 
'«cl« de vuestro arrepentimiento ^ recebid esta prenda 



para memoria de que ia que de vos se parte á Guada- 
lupe, 08 lleva engastado en el secreto relicarío de su 
oorazoh. Aunque la quisiera responder, no me dié lu- 
gar una de sus criada; conque, encubriéndome algún 
tanto doña Clara, pasó adekmte, y yo después á mi 
aposento, adonde descansamos don Femando y yo con, 
igual contento de verme tan mejorado en mi preten- 
sión, y con tan dichosos principios , que por ser el 
origen de los fines presentes ha sido necesario el ser 
en contároslos prolijo. 

No aguardamos á que llegase el futuro dia; antes 
tomando yo mi caballo á largo paso, dentro de breves 
horas ya estaba don Femando en su posada y yo en 
la de mis padres. Quince dias fueron los que en el 
naufragio de la ausencia de mi dama estuvo padecien- 
do crueles tormentos mi abrasado corazón ; y aquella 
alegre noche de su venida, aun ^oras antes de la que 
solía, como vigilantísimo amante aguardaba la salida 
hermosa del sol de mi doña Clara, que más bello y 
lúcido que el que nos alumbra se mostró á mis ojos 
en la acostumbrada reja, estando asimismo en mi com- 
pañía don Femando. El contento cuando es excesivo 
dicen que mata ; y aimque en mí no hizo, por particu- 
lar merced del cielo, este triste efeto, todavía me dc^ó 
tan turbado, que casi no acertaba á pronunciar las 
eficaces razones que el deseo y amor me ofrecían» 
Hemitl á las acciones de la vista y manos lo que la 
muda lengua había dificultado; y así, tomando en las 
mias aquellos ricos y blancos copos de cuajada nieve» 
imprimiendo su cristal puro en mis tiernos labios, los 
ojos exteriores declaraban los impulsos secretos de mi. 
alma. No estaba inénos suspendida mi querida pren* 
da; que entiendo nos pagábamos con una conforme y 
recíproca voluntad. Al fin don Fernando con su acos- 
tumbrado despejo quebrantó los nudos amorosos de 
nuestro igual silencio , besándole á doña Clara las ma- 
nos, y dándome á mí ánimo para que pudiese hacer 
lo TEÓsmo y darla la bienvenida, oyendo de roí dama 
otras semejantes y amorosas respuestas; después de. 
las cuales me dijo cómo su asistencia en Talbora es- 
taba yaefetuada con su tia, por los importunos rué-, 
gos de su prima doña Francisca ; posa que cuando la, 
entendí estuve á pique de perder el juicio de con- 
tento , pues no podia en la ocasión presente suceder, 
en mis negocios caso más á propósito ni de mejor 
suerte ; y este amoroso sentimiento reconozca y échele 
de ver el que hubiere sido desta dulce y sabrosa en- 
fermedad herido. Pregúntele por su prima, y dijome 
que el cansancio la tenia rendida á un sabroso sueño: 
fuera (fe que su pensamiento era no darle cuenta da 
la prosecución de nuestra amistad , de que no rccebf , 
poco gusto , tanto por el secreto del)a , cuanto por el 
poder hablar con mi dama más libre y menos recata- 
do. En conclusión, por esta misma parte nos comu- 
nicamos muchos dias, y con tanta industria en el re-< 
cato, que si no era don Fernando, otra persona no 
fué sabidora de nuestra voluntad. Dos años se nos 
pasaron en estos amorosos trances y porfías , sin que 
las mias pudiesen llegar al fin tan deseado de sus 
trabajos y servicios. Afligíase el corazón con las dila- 
ciones y dificultades que doña Clara me ponía , aun-, 
que la esperanza con que mezclaba estos disgustos 
hacia permanecer finne y estable mi voluntad. 

9 



I30f 



DON GONZALO Iffi CtlSPBDES Y MENESES. 



Acercábase en este tiempo cbidie gtoríoso de núes-, 
tro patrón Sanlútgo, para el cú&l se ordenab» en lo 
ciudad de Avila unas grandes fiestus : cosa ^e á dona* 
Clara tenia en liarto temor, y á mfi con no ménosp»- 
na , por sospechar que sus Üm trataban de ir á verlas* 
ilevándofa en su compania , con que véní» á edtamoa 
dudosa SQ vuelta ; y aunqne m \tog6 á* ejecución ieste 
pensamiento i todavía sirrid de espuela* en mis vivos 
y amoroos deseos; y así, con mus crecidas ansias, 
mogos y importunaciones procuró entrar en el apo- 
senio de mfi querido dueño , pard' 10 cual era la* mayor 
dílicnltad qtie podia moverse dormir enéf deFiaTraiH' 
cisca; aunque esta, la experiencia de su profundosue*» 
no la facilitaba; y para' llegar 6. efete punto, comodi* 
dad no me faltaba, mediante una ventana que sin reja, 
aunque algo mus arta , caía á otrt cuadra qut se 
dindia de la de doíia Clara con unapeqiíéfta puerta. 
De estu pedí yo á mi dama , ihformado por sti propia 
boca, me diese en una larjeta ^e btenda cem, im- 
presa Ta cerradura y concavidad dte su Itove', pare- 
ciéndome que con esta traía podift yo maiidbr que se 
me blcicsc otra de provecho ; y al- fin , atmque fué mi . 
deseo bien neiiido y dilatado , mis coútinuos roetgos, 
lágrimas^ y suspiros vencieron sir empedernida vo* 
lunlad, forídndofa á que hiciese la mía, con que tuv^ 
efpto el contrahacer lá Have ; la cuál a) punto que es^ 
ttivo en yul poder, yendo ú ver á doña Clara ¿ se la 
entregué para que eHa experimentase su seguridad, 
que quiso mi bueña suerte fuese tan cierta como mi 
ujnor lo deseaba ; aunqüepara volvérmela casi estuve 
necesitado de más eficaces lógrimas y ruegos : tonta 
era su rebeldía , 6 por mejor decir, temor honesto. 
Pero reconociendo con mayor clárfdad mi firmeza y 
ló.miicho que á mi Voluntad debía justáí satisfation, no 
pudo ekcusar éV'dármela : con que, viéndola en mis 
manos , si no dije al tema de la llave mil- subidísimos 
disparates, fué porho dilatar mi gloria ; y así, hacien- 
do alas los pies, como otro Icaro, subí a la ventana 
con pequeña ayuda de don Femando; y habiendo acer- 
tado á la puerta , lo más paso que pude abri , y entré 
donde hallé el sol de mi alegría, turbados y no tan res-' 
plandecieñtes sud divinos reflejos: díh mil abrajtos; 
y ^or no íicr vistos acaso de su prima , nos encubrí- 
jnos con las cortinas del pabcHon y leoho de mi dama, 
con la cual , sin más palabras ó condiciones que sus' 
honestos y vergonzosos desvíos, ánlesque dtí la cua- 
dra me saliese pude contarme con los más dichosos, 
teniendo mis trabajos, ansias y fatigas por bien em- 
pleadas, y mis disgustos y dilaciones porsatisjeclias.' 
Ya era cu mí otro tiempo, otro mundo , otros gustos 
y otros contentos. Tenia ya la posesión de la inexpug- 
nable fortaleza de mi dama , y parecíame , y aun tenia 
por cierto que no babia que temer ningún contraste, 
habiendo llegado mi¿ deseos al fm que se esperaban,' 
ignorante de las mudanzas de Ja inconstante rueda. 
De mi dueño puedo con razón decir que no menos que 
yo quedó contenta, y al despedirme, con infinitas lágri- 
mas me pidió no la olvidase^ cosa de que yo estaba 
bien ajeno. 

Desde la hora y punto que mis ojos vieron los ce- 
lestiales de hji dama, y desde que la elegí por única 
señora de mi voluntad , íne atrevo sin exageración á 
decir que nunca sospechas inciertas ni seguras me 



deavelajpon, ni celos me pusieron cuidado. Tanta ft 
siempre su honestidad , que aunque atractible y mi 
rosa, á nadie dÍ4j atrevimiento para que.presumie: 
dedicar á su liermosura el pensamiento altivo , liasi 
este punto que ya predomiiúiba yo en lo mejor de < 
voluiíkid, y con tan aventajado señorío en ella, qi 
no babia otra que la mia » ni más querer ó no quen 
quo el de mi gnsto. Vivia con esto tan alegre y oa 
Otdo, que ningunos paseos,- cartas, billetes, \mi 
res, máscaras, sortijasr ó torneos que en su senid 
se hiciesen, me parecía suficiente ocasión para con 
trastar el volver de sua ojos en ofensa mia. 

Paseaba en este tiempo su calle muy conlinuameol 
un caballero de la misma ^iudad» mancebo, galai 
rico , mayorazgo y de alguna más edad que yo , v ma 
especial amigo mió, á. quien asimismo, aunque si 
género de sospecha de mi parte , viá ser en la Igl&i 
adonde doña Clara acudía , de los' primeros ) mi 
ciertos , y con lodos estos motivos recelosos que mi 
daba , nunca el menor esUmulO; de malicia llegú á m 
corazón, de que fuesen por nii dama sus düigeocias 
Diversas veces asimismo me advirtió don FenuoÉ 
desta sospecha que yotignorabá, casi adivisandok 
mucho que don Rodrigo (que así es su nonüm destd 
caballero) nos había de dar en que entender. )Ib$ 
como me liallaba en la suma alteza do mi gloria r 
absehito señof de la de d«oa Ciara, nadadestok 
bastante a poiierpQe en cuidado, ni.ménds hacia osa 
do tos de mi oontendor. 

Entre otras noches que pasaba alegre y. contetttA 
en los brazos xle nj dama .. una , qoerpara mí fué h{ 
primera en la auA «npecé á sentir la venenosa pna-l 
zona de los cotos, estaiAio el mái regocijado délos' 
mot*laleK , habiendo ! primero mj ^ueuo conjurádoa». 
y con grandes onearociroiéntos facaitado ,d disgusto 
que podía retiundanno , y yo asegurándote de nor^- 
cebJIte, deseosísimo de. ver el parto que pnunetia 
aquel monto de pre&adas razones; dio. {ñrilicipio asa 
plática desta m&npra í 

. El temor que tengo* de enojaros én ningún tiempo, 
amado y querido Gerardo . y el phetender que por díih 
gtín modo ó cammo vengsis á cáei en alguna enis- 
nosa sospccitu de mi verdades y constante fe, por 
ocasión por mí no merecida, me fuerza é qoecoo 
tiempo os dé riotirio de la políiada! pretensión de uno 
de vuestros grandes amigos. Sobe' Dios si coastlo 
doña Clard Uegó á este ponió mi eórasón estuvo es 
el de reventar 'dentro del peclió.* Y prosiguió dicienda: 
Este es don Rodrigo {^,mí que acabó rol ci'ilera de 
ponerse en su punto), cayoé necios penkmiSeatos em- 
plea, contra todo miígnstoj en mi serneio'. bmeváo 
alarde del, como olaríi(raente podiéradek haber cono- 
oido en diversas ocasieiies, de las cuales si antes de 
agora no os he dado* muy larga cuenta, ha sidopof 
pareccrme que mis desdenes y poco caso le hutócraa 
mudado de su loco parecer; mas visto que áolesdí 
mfs desvíos toma su fntélitó mayéreé flierzas, no I» 
querido pasarte>n i?ilcncio, ni menos' esté papel ^ 
hoy ha venido á ml!r manos por las ée tina doncei* 
de mi tía ; h. cual disfrazando su libertad ton dcfjr 
enm cartas de mi padre, me le hizo tomar y leer, pi- 
diéndome después la respuesta , que luvo confornie 
su atrevido proceder merecía. Esta es la verdad áe^ 



EL ESPAROL GERARDO. 



131 



[oe pasa , y este es , bien mío , el biUelc , y yo la que 
incchié sin pensamiento de que os pude ofender, ni 
' iffldrc en tanto que él cielo roe tuviere en vuestra 
ncia. Con esto, dándome el papel, cesó , y yo co- 
n«Dcéá desengafjanne en mi confiado parecer, dis- 
SBíéndome para andar de allí adelante en mis amores 
ás recatado , como quien ya liabia de contender con 
i fan poderoso opositor. 

No dejé de culpar á doña Clara la dilación de aques-- 
ítíso , por el daíio que de sentirme podia haberse 
«seguido, pues es imposible y casi irrí»cusable dejar 
! ser conocida la voluntad de dos amantes, habiendo 
iPTo pretendiente que en su cuidado se desvele; 
as con todo eso la tuve por excusada en mi enojo $ 
algo sosegado , la roguc me dijese qué salida hnbia 
atio á líi respuesta de la tercera. Y ella me respondió 
ne habiendo priracpo sacado de la manga otro papel, 
í había rompido , amenazándola con que habia de 
flrer castigasen sus tios semejante infidelidad y des- 
rtTcficnza; y otras semejantes razones, con que de- 
¡iiílr.me alíum tanto satisfecho, me despedí dclla, y 
>2'i( ndo á la callo , tomé el camino de la posadla de 
i!.-« Femando , el cuál, aunque es verdad que siempre 
icf acompañaba , en dejándome dentro , á ruego rolo 
woHia, conociendo la seguridad con que misne- 
fforiossetmtaban; que de otra suerte, era tanto lo 
fft? «timaba mi vida, que si tíntiera «^nella el menor 
rii^o, primero aventurara la suya que dejarme. Lle- 
2i5é pues á los tímbrales de sus puertas y casa al 
nhmo tiempo que é! se venía á descansar ; y con no' 
jwpwia admiración de verme tan á deshora en busca 
sim , aunque en mi triste semblante concibió haber 
yL'ima novedad en mis cosas , y habiéndonos saluda- 
do, sin decirle yo ía ocasión qiTe ás! me traia, nos 
pntr.jmos en su aposetato, y sacando el papel de dofli 
Rodn*ro, á la luz de una blanca bujía le leí de suertef 
qne mi querido amigo lo pudiese entender, quedando 
s«s eficaces' razones eü mi aJma y memoria tan im- 
presas, que eternamente se borrarán della en tanto 
T* la vida rae durare , y así ,' expresamente, señor Le- 
^^^f en el progresa siguiente oiréis' lo que decía. 

PAPEL De noH RonMOtí A doSíA cLaiu. 

«Temiendo, como es raíon , el justó castigo de su 

"stretiroiento, y confiando, <íomo debe, en la cle- 

ímencia de vuestro noble pecho, queda mi alma aguar^ 

"dando la difimtiva sentencia de su muerte dejándola 

"perecer en el profundo abismo de sos males, ó siendo 

»prÍDcipio á su eterna gloria levantándola vuestra ge- 

onerosa mano del pantanoso piélago donde la tormenta 

»í1p vuestros desdenes y desvíos la tienen casi á pique, 

»5ir?ifndo de arrecife y peñasco dufo á los embates 

*\«la8 ftjriosas olas de latfgraves desdichas; de quien 

'•^wmildemenle os suf lico Icnjgais compasión , sirvién- 

«dw» de mandar se amainen ya los velas do vuesimj 

•fnietóady rigor, que ha sitio tanto cuanto en misí 

"tnstes efetos habréis cónotido, y en les lastimosas 

"razones deste papel , nacidas de lo íntimo de fni co-' 

"raioo, el cuál ós ofrc^ce mi vo!untad con una cons^ 

"tanle y firme fe i rccebildé, hcrmóko dueño mío, y 

"initóldc mejor que á su afiigido poseedor, cuya vida 

*y mwrte queda al arbitrio de vuestra alegre ó infeliz 

•nspuesta.» 



P?o entiendo, noble amigo, que venenosa víbora 
pisada , ó ponzoñosa serpiente de la arenosa y ardiente 
Libia, más enojada y colérica se mostrara , que lo es- 
taba mi encendido y abrasado pecho cuando acabé 
de leer el amoroso y tierno papel de mi contrario; 
que pienso, si don Femando no me detiene, teme- 
roso de algún desastre , á aquella hora le saliera á 
buscar y en él vengara la celosa rabia que me afligía. 
Mas procuró nú amigo asegurarme con grandes veras 
y con razones dignas de su discreción y prudencia, 
mitigando mi irritado pecho. Acabó de entender punto 
por punto la causa de mi disgusto , y el autor y dueño 
de aquel papel : A todo lo cual habiendo estado aten- 
to, con alegre y risueño semblante me dijo las si- 
guientes palabras : Por Dios, Gerardo, que segup os 
he visto y veo furioso, era de parecer, y aun sin duda 
imaginaba que este billete habíades hallado á doña 
Clara, siendo contra su gusto y voluntad sabidor del , 
ó que por su parte á otro mayor mal se hubiese abierto 
puerta y camino. Reparaos ; no os arrojéis ; que por 
agora la fortaleza , aun más pertrechada y defendida 
está de lo que vos podéis desear : ella misma se cela, 
ella misma se guarda, ¿qué pretendéis? ¿de qué os 
quejáis? que á doña Clara no hay razón para ponerla 
culpa, ni menos don Rodrigo merece pena; que buscar 
cada cual para su proveclio la mejor suerte adonde 
no entiende corre detrimento ó perjuicio de partes y 
más amigos, no pienso que es andar desacertado. El 
ni otra persona , si no es la niia , sabe vuestro pensa- 
miento, y así está disculpado : solo lo que al presente 
importa es andar cuidadoso, pues tenemos sus ojos 
más que se desvelen en nuestro cuidado , excusando 
el encuentro todo lo posible; que en esto ha de con- 
sistir el secreto vuestro y el gozaros con doña Clara 
acompañado de lá quietud y tranquilidad que deseáis. 

Ifstas y otn^s razones me supo don Femando ton 
bien significar, que fuérou bastante^ á reducirme en 
mi primer contento y á su sano parecer; y asi ,. de- 
terminado á seguirle , me despedí , yéndomé á des- 
cansar á talhílrfi, que Va en los más altos y ebcum- 
bradcs chapitelbs se señalaban los tayos de, oro del 
mísera Faetonte. 

Con el apercebímiento que requerja ocasión tan-gra- 
vecoipola que traia entre maños, íinduve Siempre;* 
aunqu^ viéndome con nuevos enemigos, no me des- 
cuidé en la mayor seguridííd y defensa de mi persfina, 
procurando anticiparme en cualquier trance á ser ánlcs| 
el ofensor que el ofendido. Encontrábamos don Fer- 
nando y yo, íist de dia como de noche, en la cftlíc do 
mi dama, con su amorosa porfía, diversas veces á don 
Rodrigp ; y así , las más noches mudábamos , por no 
ser déi conocidoíí, más formas que Proteo. Y una 
destai, que sin pensar fué el origen y principio de los 
presentes males , siendo algo tarde , estábamos don 
Fernando y yo bien cerca de las ventanas y puesto" 
acostumbrado , aguardando hora suflciente para en- 
trarme , y vimos que por la misnáa parte se nos ve- 
nían' ac!^rcando dos hoipbres embozados, que en lle- 
gando más cerca fueron conocidos de mi compañero, 
que volviéndose á mí, me dijo : Estos que pasan son 
vuestro opositor y un su criado , y han de volver sin 
duda á damos treinta vueltas; como en cfeto lo hl- 
¿ícron. Y pareciéndomeerú partido irnos y excusar 



i32 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y lilENESES. 



el disgusto que ya adivinaba , se lo advertí á mi ami- 
go f que aunque le pareció intento acertado , no estii- 
To bien en que dejásemos el puesto , temeroso de que 
don Rodrigo al punto liubia de ocuparle , y no siendo 
dona Clara advertida, forzosamente, como cuando 
salía abriese, para llamarme, la ventana, viendo allí 
dos hombres , sin distinción liaría la misma seua, 
con que quizá don Rodrigo daría en alguna verdadera 
sospecha : causa muy bastante para que no desocupá- 
semos el primer lugar. Gran rato había que mientras 
nosotros estábamos en estos discursos , don Rodrígo 
no parecía ; con que seguros de su ausencia , cuando 
menos pensábamos , le vimos que, habiendo hecho un 
gran rodeo, se venía acercando por la misma calle que 
nosotros teníamos tomada ; de que recebí harto dis- 
gusto, y no menos don Fernando, por hallamos em- 
peñados y sin poder volver atrás ; aunque con nuestro 
disfraz , sin temor de ser conocidos lo podíamos ha- 
cer , sino que la forzosa ocasión nos detuvo. Llegábase 
la hora del salir mi dama, y don Rodrigo no acordaba 
ni aun tenia pensamiento de dejamos ; de que yo es- 
taba tan temeroso como impaciente ; y reconociendo 
en don Femando el mismo disgusto , viendo el peli- 
gro de encenderse mi pensamiento , y lo mal que po- 
díamos excusado sin alguna violencia , nos determi- 
namos á rebatir con los aceros su descortés proceder; 
y con esta determinación, sin hablarnos palabra, des- 
embarazándonos y poniendo mano á nuestras espadas, 
nos fuimos hacia ellos; los cuales, viendo nuestro in- 
tento , no con menor voluntad salieron al encuentro. 
Quería yo de muerte á don Rodrigo , y habiéndome 
cabido en suerte, sin reparar en la punta de su es- 
pada, me fui arrojando y metiendo en él de suerte, 
que ayudándome la fortuna , no flaqueza de mi coih 
trario (porque, hablando sin pasión, es determinado^ 
caballero), él me fué sacando píes, y en buen romance, 
retirándose muy apriesa la calle abajo, hasta que, ha- 
biéndole dado algunas heridas, cayó pidiendo confe- 
sión; que apenas semejante demanda llegó á mis oídos, 
cuando reconociendo el buen recaudo que dejaba , di 
la vuelta adonde había quedado don Femando con el 
criado, y á entrambos los hallé bien fuera de la calle, 
que j)or ^lir de la de mi dama y de entre sus venta- 
nas, don Fernando de industria se había ido reti- 
rando hasta una placeta que allí cerca se hacia, 
adonde habiéndose con él afirmado, á pocos golpes le 
dejó atravesado el brazo de la espada, y con otro al- 
tibajo en la cabeza, pidiendo á voces lo que su amante 
dueño. No fué con tan poco estruendo nuestra pen- 
dencia, que al ruido della no saliesen muchas perso- 
nas , así á las ventanas de Segundo Utavio , como á 
I98 demás circunvecinas ; de cuyas casas viendo acu- 
dia mucha gente, atravesando ciertas secretas calles 
y desmintiendo las espías que nos seguían, sin ser de 
nadie conocidos nos fuimos á nuestras posadas. 

Era, como tengo dicho, don Rodrigo un caballero 
tan rico cpmo emparentado en la ciudad, y fuera desto, 
de muy gran calidad y nobleza : con cuyos requisitos, 
el siguiente dia no se hablaba de otra cosa con gene- 
ral sentimiento y alboroto , echando unos y otros jui- 
cios á montón , sin que ninguno diese ni aun imaginase 
en la causa verdader^ porque aun del no se había po« 
didoy con el desacuerdo de las heridas, entender; las 



cuales eran muchas y peligrosas , según cuerdameoli 
nos informamos; porque tenia una estocada encimada 
lado dijBStro y por el pecho le aU^vesaba el cuerpo, ¡ 
otra no menos cmel en la garganta, acompanadúco^ 
un tajo terrible por el rostro. 

Muy grandes y exquisitas fueron las diUgencias J 
mi padre hizo por averiguar un caso tan san^'ríento 
de consideración ; aunque por liaber declarado el criil 
do de don Rodrigo la parte y lugar , disfraz y disjyj 
sicion de los actores , hubo de ir con notable tieolo I 
prudencia, por parecerle que no había sido mésfll 
que un caso muy pensado, y eíeto del honor disfamaili 
de persona de iguales méritos. 
. Al fin , tratando deste caso y adivinando los m 
gos , se nos pasaron algunos dias, en quien, por pare- 
cer de dun Fernando , lo que era de noche no atrctt 
sábamos la calle de dona Clara; y si de día, por o 
alivio, era como unos capuchinos, los ojos en elsueioj 
aunque algunas veces el amor vencía mi temerd 
recato ; y violentándole, levantaba la vista porsiaca<J 
en las ventanas de su oriente descubría los rayos d^ 
su luz. 

Ya habria veinte <lias ó más que don Rodrígo al^ 
aliviado daba lugar que sus amigos le visítaseojo') 
fuimos don Femando y yo, por justa providencia, doi 
los últimos ni de los que en esta ocasión menos soli- 
citamos su posada ; y en uno que le hallamos solo.s* 
carecidamente le supliqué nos dijese la causa y om 
de aquel tan dudoso caso, tanto por entender si (ki« 
Clara me había tratado verdad , cuanto por el aconia- 
do disimulo. Y habiendo en algnna forma reliusádé 
don Rodrigo, visto mi afeto, y el deseo con que asi- 
mismo don Femando se lo pedia, nos comenzó á decir 
de aquesta suerte : Aunque es verdad que siento en b 
intimo de mi alma traer á la memoria el motivo y 
ocasión de mis emoles heridas, satisfecho de queDoj 
salen estas verdades de mi pecho , os lo diré. SabMj 
que habrá seis meses que con notables veras pa»o| 
la calle ^e Segundo Otavio , y en su casa ¿ umso-i 
brína suya llamada doña Clara, Guy« peregrina y id-l 
mirable belleza ya habrá venido ¿ vuestra noticia. En 
este tiempo he procurado mil modos y camiaos pan 
darla á entender mi cuidado; que aunque ella le Ib 
podido conocer en mis ojos, que claras y diversas ll^ 
ees se lo han dicho, sin la sortija y torneo queeDso 
plaza y calle , y en fe de su amante , há pocos cuas ipe 
mantuve, fueron por demás, y han sido aquellas y 
otras diligencias, para que siquiera sus hermosos qj^i 
mirándome apacibles, hubieran sido paga de mis tra- 
bajos. Mas ¿quién ignorará estas vivas y ardientes de- 
mostraciones , sino este monstruo d^ belleza, sordas 
encante de tan abrasados suspiros y continuas lágn- 
mas como he derramado por so crueldad y espar* 
cido al viento? Al fin, al fin, todas mis es^&m» 
han salido con el fruto amargo que en mi veis; poi?^ 
habiendo intentado por varios medios el valermedeb 
solicitud de una criada de su casa , animándome i^ 
cribilla , por su maño la envié un papel , que entie»», 
si le leyeran vuestros ojos , le estimaran por fácil^ 
trumento para ablandar el márnu)! duro y em^' 
nido de su corazón. Decía esto don Rodrigo c(Sil*^ 
extraordinario sentimiento , tiernas lágrimas y m»* 
gojas, que moviera á compasión á otro qucleiuí" 



EL ESPAftOL GERAimO. 



m 



oéDosqne d mi en el juego; y así, movido de otro 
intcoto, le intemimpi , diciendo : ¿Acaso, don Rodri- 
go, tovi^teis respuesta? Que ya si ]a merecéis, no me 
ptrece está vuestra pretensión tan desvalida. Sí tuve, 
toe replicó , y tal cual mis servicios merecian. Cuando 
esto rae respondió , perdí pié , y aun el juicio estuvo 
;n el mismo término , pareciéndome que doña Clara 
labia respondido y oiganádome; mas sacóme desta 
»iosa duda don Rodrigo , diciendo : Estas lierídas y 
:icatríc» que tienen ulcerado y rompido mi cuerpo, 
>s la respuesta que tuve y la que yo siempre espera^ 
!M ; porque habiéndome dicho la t^cera de mis amo- 
res que acudiese dentro de pocos días por la resolu- 
áon de lo que hubiese , que estaba concertado me 
baVia de dar por cierta ventana de su casa de Segundo 
Otavio , qubo mi desgraciada estrella que , yendo al 
concierto , bailase ¿ una de sus esqqinas dos hombres 
eocubiertos, que por ninguna humana diligencia tuve 
remedio de hacerles dejar el puesto, hasta que ha- 
biéndoles cogido la vuelta de la calle , me vine á po- 
ner tan cerca , que sin duda di lugar á que me cono- 
ciesen; porque al mismo punto comenzaron á acuchi- 
llinDe de la suerte y forma que veis ; y entiendo que 
tt antes hubieran enterádose en nuestras personas, 
intes lo hubieran ejecutado , porque sin duda ellos 
sobre el caso pensado me aguardaban. No me pare- 
cieron en los vestidos y trajes gente de estofa ; aunque 
dTaiorque mostraron me desengañó en su disfraz, 
haciéndome creer eran personas do más calidad que 
SIS hábitos. Después acá he sabido el rum despidiente 
de mi papel , y asimismo cómo doña Clara habla ame- 
nazado á la que se le dio , diciendo había de dar cuenta 
á sus tios de su libertad y atrevimiento, con que he v&« 
nido á caer en mayores sospechas de las que me tenia ; 
y así, pienso que sin falta, sabiendo Segundo Otavio lo 
qne pasaba, haría que algunos de sus criados, ó de 
sos parientes y deudos , que andan entre nosotros , se 
apercibiesen y me matasen. Pero quiso Dios no salier 
sen con su dañado intento , y él será servido de levaiH 
tarme desta cama ; qne no me hizo tan desnudo de fa- 
Dúüares amigos y parientes, que no sea poderoso 4 
ííwí los suyos y á él muy gran cuidado. 

^rad , señor ( dijo don Femando ), que no es bna^ 
tante indicio el que nos habéis declarado , para poder 
afirmaros en pensamiento tan temerario; porque Se- 
e^o Otavio, demás de su pacífica nobleza, es tan 
pnidente como todos sabemos ; y cuando , pongo caso 
qne doña Qara le informase y él se creyese tan de lir 
gero, no es hombre que por tan liviana causa se había 
de mover á la ejecución de semejante rigor; fuera de 
^ vos, él ni otra persona presumiera que le hahiades 
de pretender sus. prendas menos que para hacer con 
w un lícito y generoso empleo; así que, pues esto 
« lo cierto , 08 suplico no os dispongáis á creer vues- 
wí(agarioso pensamiento y tan mal fundada sospe- 

Kií!?"*® tal, respondió el doliente y enamorado 
aMlIero, que aunque he hecho esas y otras conside- 
íaciones, nadie puede culparme en que piense ó diga 
w que habéis oido ; y en resolución, para no cansarme; 
«lo dicho no es tan cierto como he iroagmado , esta 
Mina ó su prima tienen pretendientes , á quien im- 
porto ficharme de la calle; y no será (Uficultoso dar 
^'gundia con cUos si el cielo me favorece. Por eso, 



dije yo entre mi, era tan acertado el parecer de aquel 
sabio que decía que al enemigo honrado era mejor 
matarte que injuriarle; y si, como pude hacerlo, lo 
pusiera por obra , yo os prometo, amigo Leriano, que 
nunca hubiera llegado al mísero estado en que me 
halló vuestra piadosa presencia Y antes que de la de 
don Rodrigo nos apañásemos, pareciéndole que de 
su desabrimiento nuestros ánimos se faabrian alterado, 
y más de lo que se permite á una apacible visita, 
quiso damos más suave despidiente , rogándonos le 
detuviésemos en el asunto de un soneto que al de sus 
amores y en los ratos de la peligrosa vigilia de so en- 
fermedad había hecho ; y significa en él mi enemigo 
tan discretamente el rigor de su pena , que no he que- 
rido excusaros laque en su corta digresión podéis ro- 
cebir oyéndole : 

Si es la mayor desgracia el no haber sido, 
De eoantos tiene el mando por mayores, 
Tanto qne el condenado, en sus ardores» 
No quisiera dejar de haber nacido; 

Luego el martirio lento del olTido, 

Y del aaseieia ansiosa los temores , 
Del cielo inexorable los rigores 

No se comparan con no ser qaerido. 

Estuvo en posesión el olvidado, 
£1 ausente podrft volver i ella , 

Y á la quietud el mísero celoso ; 
Pero no ver la sombra ni la huella 

De la esperanza , es el peor estado , 
Porque es no ser ni haber sido dichoso. 

En efeto , entre aquestos discursos se nos pasó gran 
parte de la tarde; con que, despedidos de don Rodrigo, 
nos fuimos mi caro amigo y yo á la calle de mi dama, 
tratando por el camino el mucho daño que había de ha-i 
cemps don Rodrigo en la curiosidad de su venganza, si 
por ventura no le hacia el tiempo mudar de parecer. 
Por esa misma razón, respondió don Femando, impor- 
taría mucho procurásedes hablar con dona Clara y tra- 
tar con ella de alguna mejor orden para el secreto de 
vuestras entradas amorosas. Eso que me decís, repli- 
qué, y el ignorar si en casa de Segundo Otavio hancaut 
sado estos alborotos alguna novedad ^ me trae melan^ 
cólico y sobremanera disgustado, y pienso salir, sin 
dilatarlo más, del esta noche. Bien me parece, dijo 
don Femando, si vuestro acuerdo pudiese tener en al- 
guna forma efeto; mas el salir doña Clara, sinestafad- 
vertida, ala ventana, lo hallo por dificultoso. Acudamos 
al puesto , respondí , que ya podría ser que mi mismo 
deseóla trújese ; y si no sucediere así, no por eso para 
otro día perderé la esperanza de mejor suceso. 

Sin sentir nuestro camino, ocupados en la conver- 
sación que os he contado , nos haUámos en la propia 
calle, y alzando sin pensar los ojos á unas alias rejas, 
vi á mi dulce y hermoso dueño, tan triste y pensativo 
como yo venía : hízome con la mano señal que me aguar- 
dase ; y así , con notable alegría obedeciéndola, con al- 
gún di^únulo estuvimos don Femando y yo un breve 
espacio entretenidos ; después del cual, habiendo vuelto 
doña Clora á la ventana, sacó en la mano un papel , y 
mirando primero si había seguridad en la calle , visto 
que nadie parecía, lo dejó caer; y tomándole con unu 
breve cortesía, dimos la vuelta dos ó trescallc^ adonde 
habiéndole abierto, leí las razones que se siguen : 



134 



DON GONZALO DE CfiSP£DES Y MUÑESES. 



D65ÍA CURA Á «faiAROO. 



No sé, amado y querido s^rior, qué disculpa podréis 
ndar ú un tan largo olvido , ni menos alcanzar ó onteiH 
Dder quó causa os haya dado esta vuestra Grmisíma y 
«verdadera esclava , digna do rigor y crueldad seme^ 
7>janle. Hoy hace veinte días que mis ojos no os han 
Mvisto, dos mil años que el alma os desea : merezca 
»yo , Gerardo , veros ésta noche , y saber dó vuestra 
Dbdca el mortal disgusto que así me tiene. » 

El poco lugar que doña Clara tuvolé escri^ros, dijo 
don Femando, fué causa de que viniesen tantos blan- 
cos en ese popel ; á lo cual le respondí : ¿Pareceos, fiel 
amigo,' que paro el fuego que me abraso es necesaria 
mayor materia que las presentes razones 7 que puedo 
decir son bastantes á causarme , en tonto que no esté 
desengañada de nuestra remisión, una infernal tristeza. 
Mucho me espanto, replicó don Femando, que doña 
Clara ignore la importancia dcsta breve ausencia , aun- 
que por eso pintan ciego y uifio al poderoso amor, que 
como tal no piensa ni repara en ningún grande ó pe- 
queño inconveniente : todos los atrepella y deshace, 
hasta vencer sus dificultades ó despeñar i los que le 
siguen. Ya habia largo espacio que el mayor de los pla- 
netas en las sagradas ondas del Atlántico bañaba sus 
furiosos y veloces cabellos, cuando vióndo salir á la lú- 
cida hermana, nos despedímos 4on Femando y yo, ci- 
tados para la hora acostumbrada, en quien habiendo 
acudido á la calle de mi dama , y hallddola que me 
«guardaba, mirando primero con particular cuidado así 
lás vecinas casas, rejas^y ventanas, como todos aquellos 
contornos, reconociendo toda segmridad, con ayuda de 
don Femando y como solia, entré adonde, tomando en 
los brazos á mi afligido y quejoso dueño, cofi brevedad 
h satisfice de sus injustas quejas, y juntamente la dije 
cuan imposible nos habia sido el excusar el pasado en- 
cuentro. A lo cual me respondió lo mucho que él caso 
tenia escandalizados é sus tíos, y con cuánto sentimiento 
toleraban la eficaz sospecha y presunción del entender 
Tivia en su casa quien era origen y motivo de las he- 
ridas crueles de don Rodrigo, y otras cosas desle mis- 
mo intento, que no me causaron poca pena ; aunque el 
perdido amor, que me tenia arrobado- el sentido y po- 
tencias, me hacia facilitar con poca estima ^cm^jantes 
acoidentos ; y asi, con este presupuesto, determinado á 
pasar adelafnte , me despedí de doña Clara, advirtiéu- 
dolq que para excusar otro semejante disgusto, aunque 
viese en sus ventanas gente, no hiciese seña alguna ni 
Ntmase mientras no me viese sacar un lenzuelo. Y con 
esto, hallando á don Fernando, que me esperaba, nos 
fuimos á nuestras posadas. 

Desta suerte, y con la misma compañía, recato y 
prevención acudí otras muchas noches al amoroso abri- 
go de mi dama ; mas la mudable fortuna j que yá em-» 
pezaba á usar de su acostumbrada condición , pare- 
ciéndoleern tiempo de arrojarme del trono adonde con 
tanta gloria me habia levantado, no quiso que pasasen 
mis gustos y deleites adelanto con la estabilidad y quie- 
tud que hasta este punto. Debió de quedar la imagina- 
ción de #lgun curioso ciudadano y vecino alterada con 
las heridas y pasada refriega dle mi contrario , sospe- 
chando el verdadero principio desta ; y así, su dema- 
siada solicitud hizo patentes á la vista mis amorosos 



paseos y entradas , que no tardaron mucho co salir i 
pública plaza, fuera de toda presunción en mi secreto] 
7 así , un dia que de semejante nueva estaba más úís\ 
cuidado, asiéndome mi amigo cbn Femando (K»r I^ 
mano, me dijo lo mucho que convenia procurar coa lo 
das veras que la prosecución de nueetros amores y li 
sitas fuese por otra más oculta parte , ó que , ú desli 
no habia lugar, tratase con el valor y sufrimiento den 
pecho de ir suspendiendo, ó, del todo retirando mi per 
acoa de ia amistad de dona Clara ; porque de no k 
eerio, adivinaba ya ó temia.un lastimoso fin. 

Blaravilláronme sumamente , y aun me dieron eoofi 
las razones qpe habéis oído ^ y asi , le rogué que m 
dijese desmida y claramente la causa que le haUa m 
^do á aconsejarme un ion extrsbo disparate corao en 
poner en >olvido una persona sin quien mi vida íuen 
ímposibio sustentarse un minuto solo. Y habiéndoieé 
eho con pasdoa estas y otROs palabras, viéndome M 
Femando pesaroso y con tanta alleracioú, consuaciis- 
tQipbradá prudencia mé respondió desiamanora : Ami- 
go Gerardo, si la sati^facion que tengo de serlo viiti- 
tró, y d verdadero amor con que os txato y vo$ pudié- 
n4e% haber conocido , no asegurara nú crédUa y la- 
tención, no me tengáis por hombre tal que {tfcteadhta 
sucintamente obviar vuestra derrota y el progresa pe- 
ligroso que segnis, sin dacosmuy particular cueaUíie 
las causas y motivos quo tuve , {lUes si no fuera» fá; 
tan mala condición, como e& Ja publicidadde mo^ 
amores, entradas y salidas, partes , horas, üenipo») 
lugares, no me akTojaní ¿ aconsejároslo quecsjusloj 
yo debo á nuestra amistad. La vuestra y de doña Clara, 
ó á io menos que entráis y salis en su aposento, es no- 
torio en la ciudad ; á mi me lo han advnrlido. y }o be¡ 
fingido no saberlo : avisados somos, y cuerdo sois; re- 
conoced semejante suerte por muy buena, y entcmieJ 
sobre todo, Gerardo, que solo vuestro riesgo es elqw 
me da cuidado , y que por mi porte , no siendo esia 
vuestra voluntad, no os he de faltar hasta morir. Y i^esú, 
dejándome con la suspensión que podéis considerar; 
que duda no la puse, por la confianza segura de rsi 
amigo, alcual no supe qué responderte* Vi la raaon 
que tenia y lo mucho que me importaba ei no salir 
della; y por otra parte viu tan arraigado mi coraioa 
en la afición de dona Clara , quesoiq pensar la bato 
el tiempo de cónstimir y acabar como mortal y pere- 
cedera, me causaba un <temo y profondo dolor, y pa- 
recíame imposible dejarla , ni el^ mendr de sus pensa- 
miento» ; y osí, con nñ tíemo suspiro nacido de io dús 
secreto de mi alma , le nespondi desta suerte : No ^ 
sentido, amigo amado, mi corazón golpe de inásiflt(|- 
lerable pena, que el que con las raines que me iinbeií 
dicho al presente lloro ; y verme con la llaga de mi p»- 
úm cancerada y incurable , y juntamente tan descon- 
fiado de remedio, me tiene puesto en tan.afligido es- 
tado, que no oslo sabré encarecer. Reconozco que ame- 
naza á mis cosasjina rumaiadversa y miserable, y «^ 
hallo andamies suficientes ni coluwas bastantes a eicii- 
sar su caída ; y véome ir despeñando, y mis peiisamiett- 
tos y discursos deshechos, y sin la fuen» superior qn^^ 
en otros tiempos conformaba á la razón mi libre ftj 
ceder; y aunque conozco esta verdad, ni sé ni ^^ 
determinarme á lo que tan bien me está y vos me af on- 
sejais. Esta noche veré si doña Clara puede ó acierta 



EL ESPAÑOL 

i dir en miostros negocios mcior saliila, y conforme á 
lo que dü su respuesta resultare, ii«réinos lo que más 
cuurtiíjga. Con esta resoJucipn^ y liahiéiidose posado el 
[iá, se despidió do nú don Fernando liast(^ la hora apiar 
uda, que mejor apercebidos que otras veces, nos juor 
ánió« la la calle de mi dama. 
lUcia la D^iie más serena y apacible que vieron los 
aúnanos, y con taa sordo y general silencio , que él 
olo parece que causaba en^mi alterado .pecho ai}n mus 
egura conlianza. Todo me parocia que á medida del 
leseo se nos iba trazando, y nunca menos estofbos> 
Bcouveuientes y diücultades hallamos ; que cuando la 
íesdicba ha de venir, hasta llegar todo ^ c^mpo franco 
I camino deleitoso. TiU'dó dona Clara aun mucho aás 
le lo acoslumbradoi y tanto, que tuve pera irme vueV- 
AS las espaldas ; pero estaba echado el dado, y hab^a 
b salir azar. £u efeto, llegó la liara del verla, y bar 
^eado becho la seña y juntamente habládola, subí y 
latré como solia » y sin el menor recelo me arrojé en 
sus brazos, cuyas .caricias y regalos me traían loco : 
pu«:ióme que la bailaba con poco sosiego y dema^ian 
«iiineale confusa : muchas veces iiablúndome se q^or 
(bha al mediadel camino , y si acaso yo la preg^u>- 
tabaó decía algmia razón, me respondía coa otra 
apa del propósito ; mas como mi amor verdadero me 
cegaba, no conocí sus engañosas caricias, ni menos 
adierü en aquello» íaisos y engañosos accidentes. Bo- 
góQic al principio que me desnudase, y esto con más 
aliioco que otiias Teces, y con tantos ruegos é impor- 
tuoaciones, que otro quedan sin juicio como yo no es- 
tuviera, conociera sin duda su dañado intento •; pero 
viéodome ajeno de sa parecer, cesó de imporuúiarroe 
m breve espacio, .deanes del cuai volvió á pedirme 
que á lo noiénos gustase de quitamot pw su desenfado, 
m fuerte y seguro jaco qne-^empr^ trnia vestido; y 
aufique satisfice, eo ^sto como en lo demás .á 9u 4e3eQ, 
00 fueron bastantes tannuexas demandas ^mn que. en 
mi coraion eupiesa género de sospeetaa doifve oi^anen 
mi daño. Cuando Hego. á penser en la intencuon iiifome 
^u mujer, en el mismo pqnto piejr4o el sentido, y 
<^o loco furioao á voces clamo al cíela pidiendo ¿ 
castigo de amor tan ma( pagado, de vol^M tau des- 
conocida, de servicios tan mal empieados, de trobo^ 
tan dc^gradecidas, y de suspiros*, lágrimas y dolores 
tan al viento esparcidos, y en el. mismo vi,enlo deslier 
cliosimasbieaoierlonvo, pimigoLeíiano^queno-le CaJh 
tará el josto y debklo castigo que amenaza & sa ingralb 
yaleToso pecho, Y volvfcddo á mi discurso, no Ihibriíi 
Diedia Lora que estaba Qok la que entendí sqr mi fiel 
s<^guridad y mayor riqueza, cuandn sentí con aceleeado 
y espantoso estruendo liaban echado por el suele tí& 
l'uertas del aposento ; y queriendo á tan repentino caso 
í««nne ea pié , üdivinanqo ya lo /que ser podía , caai 
*>i>^ becba un mal lance, porque iMbiéndose abra«- 
ladodooa Clara^conmigo liuy apretadamente, acirban- 
dü de conocer su maldad , primero que de sus brazos 
f^ vi ubre, ya estaba eenmigo su tío y les «más de sus 
criados con más armas y atruendo que el quo se rcr . 
quería liara poner á un miicbacho de diez y odio años 
«n aprieto; y reconociendo el notable peligró, qnet 
fwndo echar roano á un piáolete que^ lacinrta iraili^ 
bailé que doña Clara le tenia en sus manos: con qiie, 
^^ mi pwdicion, y que las voces de su tío enw de 



GERARDO. m 

« j muera, muera !»; habiendb arrancado de mi espadni 
f cobrado juntamente la puerta pof donde era mi sa- 
lida, á pesar do todos( los que oíe lo impedían, me ar^ 
rojo á la calle por la ventana, oyiidilndome un bote do 
4Üabarda , qué me hizo previmir con más brevedad el 
;sue}o, dejándome por despeios cdpa, sombrero y pis» 
4olete. Apenas puso los píes en tierra, cuando diciendo 
já don FemalKio me siguiese, quo ya había o»do lo que 
pasaba, en una imaginación, como alcotanes nos des- 
aparecimos de sus ojos. 

No salí tan bien parado de la f«ria, qne no llevase, 
como dicen, que contar y que curar deHa más de diez 
pares de días, con una gran cuchillada en la ctbeza y 
una estocada por el ijar iatquierdo ; la cual habiéndo- 
seme resfriado, fué forzoso qne tomándome don Fer- 
nando en sus hombroít, como á olró Anqtiíses, me tra- 
jese á un monasterio de frailes dominicos, adonde fui 
con notable c&ndad recebido y curado. Don Femando, 
á ruegos y importunaciones mías , temiendo hacerse 
cómplice, se hubo do ir á su posada: Cuando esta des- 
■dicha me sucedió, y^ m padre había llegado a| límite 
de sa gobernación, y estaba á la sazón en medio de 
la acostumbradaí residencja que tomaba un seTcro y rir 
-guvoso juez do los señalados por oí Supremo Consejo. 
Eattí pues'fu^ el 4{Uo habiendo, q^ en mi posada como 
en otros secretos lugares, hecho en mi bnsca grandes 
dlUgenoias, no baHando de mí rastro alguno, n(^ foltó 
quién le dijo lá verdad : con que, sin lanbar^o de la 
inmunidad quebrantada y de'Jos muchos requeripoien- 
tos que los frailes le hicieron, se determinó á sacarme, 
'5 en una silla cerrada me ti-ujo basta upa fuerlo torre, 
en quien :liabiendo puesto bastante guarda, ^medeijó 
.preso. No excusó mi padne con el sentímiei)tade este 
disgusto, aiimiujB con valor dii^imulado, el hacer que 
agravando censuras y excomuniones , me restituyesen 
4 la Iglosra» áquieniio les faltaba alegaciones en contra, 
. cea 1«5 cuales, y en probanzas y términos, sofué hartos 
.dia3 d^talido mi, prisión. Yo estaba con estossu^csos 
tal cual edharéis de ver, aunque no del todo desen- 
gañado on la causa distinta qne lo babia movido á doña 
íClara,. de quien, para más contusión mía, me enseñó 
•mi Iiermano l«eoncio una declaración íirmada de su 
4)onií)re^ en que no tan solamente, con clara y evidente 
razoA me culpaba, sino qye preteqdía asimismo haber 
ádo gozada de mí con fuerza, y que violentamente le 
hal>i» puesto, porque se defendía, un puñal á los pe- 
dios; dn cuyo tem«r^ habí«ad<^iprecedido primero pa- 
labras de.casamieiUo, condescendió con mi gpsto ; cosa 
tmi i^eiia do la verdad que baldéis oido y sabe el justo 
cieii»< Ai esto se juntaba el quebrantarhíento de una 
-casa de tanta ealidwi , y oüras circunstancias que ve- 
nían i poner mi negocio en terribles términos, y á no 
estar de por medio el sagrado refugio» mí vida en coup 
^g^cía de perderse. 

No em menos odiosa y cruel la declaración de aquc- 
•lla serpiente venenosa, enderezada solo á verse harta 
y satisfecha de mi sangre. Tenia, el papel en mis ma- 
nos» y aunque conocía su firma, no acababa de enten- 
der ni.ilar crédito á lo que via; antes sospechaba qup 
^carecían mis ojos de la virtud visible que los sustcnl<% 
jQltt^dé atónito y suspenso y casi del todo perdido el 
juído; y viéndome tal, rogip jdo á los que me acompor 
ñaban me d^asen solo, arrojándome encima de mi le- 



m 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



cho, dando profandos y lastimosos suspiros, estorc la 
mayor parte del dia, y tan apretado de mi nuevo do- 
lor, que entiendo, á no temer el castigo eterno, diera 
infame cuenta de mi persona. Al fln, considerando las 
obligaciones que tenia, y la grate ceguedad de mis an* 
tojos por causa tan indigna de semejante sentimiento, 
me determiné á olvidarla y con tantas veras aborre- 
cerla, como del intento destos versos lo echaréis de ver. 

Babilonia y sirena en lengaa y canto » 
Qoimera en el compaesto indirerenlc , 
Esfinge en las pregvntas» inclemente 
Hiena y crocodilo en vos y en llanto ; 

Coeva de Circe» yerba de su encanto» 
Huésped Diomédes, plácida serpiente 
No vista entre las flores, dnlce fuente 
Qae lo convierte tocio en dnro canto : 

Yi te conosco « ya penetro y veo 
Por el viril del desengaño noble , 
Dentro en tu pecho el alma que le rige. 

Ya se acabó conmigo el trato doble » 
Pnea yji fuerzo al Ulises del deseo 
A que en el árbol de razón se llie. 

Ya habría dos meses que estaba preso, cuando c<h 
nociendo mi padre la mudanza de mi voluntad y lo 
poco que della se podia temer, dejando mi negocio en 
buen punto, y á mi hermano en mi compañía con al- 
gunos criados, él y lo restante de nuestra casa dieron 
la vuelta á Madrid. 

No pararon aquí mis naufhígios y tormentos, antes 
puedo decir que desde aquella hora tuvieron principio; 
porque dentro de pocos dias como mi padre llegó á 
Madrid, fué Dios servido de llevársele, quitándomela 
joya de más valor que me habia dado. Luego como lo 
supimos, se partió por la posta mi hermano ; y aunque 
es verdad que en Talbora teníamos infinitos amigos, 
á quien asi mis padres como Leoncio y yo habíamos 
granjeado, todavía senti mucho su ausencia, porque 
en saliendo de la ciudad, se declaró á banderas desple- 
gadas por mi enemigo don Rodrigo, confiriéndonos á 
mi hermano y á mí por los autores de sus heridas. No 
faltó qtiien de mis amigos se le opuso, y el que más se 
mostró de mi parte fué el buen don Femando , con 
cuya prudente conversación hallaba consuelo en medio 
de tan grandes desventuras; y no Tuéron las de menor 
sentimiento para mí alma volver doña Clara á acor- 
darse de mí, escribiéndome un papel lleno de disculpas 
engañosas, fingidas lágrimas, conceptos y razones sin 
ningún fundamento.. Quería excusar en él mi ingrata 
dama el término de mis heridas, y aun el estilo de su 
confesión : á lo primero, con haber sido engañada.de 
sus deudos, que pretendían darla á entender que solo 
aquel camino había para soldar su pública afrenta y 
ganarme por esposo, del cual yo le habia dado fe y pa* 
labra, como tenia declarado, aunque contra toda ver^ 
dad ; pero forzada del temor del perder la vida ^ con 
semejante disculpa no excusaba para con sus parientes 
el cometido yerro. Pero á las circunstancias que tuvie- 
ron mis herídas, y el disponer este intento desarmán<- 
dome por una parte, y por otra asegurándome con tan 
nuevos extremos, para mejor entregarme en las manos 
de los suyos, ni las salvó, ni pudo con toda su falsa re^ 
tóríca probarme argumento que haciéndola en el caso 
inocente, la dejase sin menos que una vehemente sos- 
pecha de que sin duda ella, ó atemorizada ó conven* 
cida de las persuasiones de sus deudos, vino con ellos 



en el concierto de mi muerte y ven^nza dé sá amo- 
rosa injuria; la cual no habiendo dectuado, acomo- 
dándose con el tiempo , les fué fuerza gtiiarla por el j 
-camino de mi prisión. Y esta sospecha mía, aunque al 
presente os parezca incierta , muy presto con lo que 
oiréis seréis desengañado , pues en lo que después hizo 
doña Clara, no solamente la confirmó, mas díó nueves 
indicios de su inconstante amor, pnes es llano que á 
ser aqueste en ella verdadero, ninguna causa la pu- 
diera obligar al deseo de mi perdición; y \u que esto 
quisiésemos disinralar por venganza, su incontinencia, 
su nuevo amor y liviandad, ¿de qué suerte dejará d€ 
haceria muy culpada? No quiero, noble amigo, anii- 
cipar mf pena con las causas que presto habéis de oír 
con lástima en mi cuento; y asi , habréis de sofrins 
hasta que llegue en él su propio lugar; que en esie 
solo os puedo decir que su papel causó en miofendiib 
ánimo tanto enojo, que llevado de arrebatada cólen.l 
en las espaldas de lo que venta escrito respondí casi! 
precipitadas algunas de mis justas quejas. I 

' Pasar quisiera adelante el afligido Gerardo , dejando i 
en blanco su respuesta, si la curiosidad de Leríanoi»! 
le inteirumpiera , pidiéndole no se excusase decirle el 
despidiente que le habia dado, si acaso, como lo de- 
mas , estaba en su memoria , pues no era posible, ts^ i 
tando los negocios en tal término, dejar de haber áik i 
muy riguroso. A que Gerardo, con un entrañable e^ | 
mido, le respondió de aquesta suerte. Están, aníe» | 
amado, vertiendo aun todavia sangriento humor de lá 
lastimado corazón los más mfnimos golpes de aque- 
llos insufribles trabajos , y las cenizas guardan en sn 
macilento color parte del encendido fuego con qne en- 
tonces se abrasaba el alma ; y siendo esto así, mal po- 
drá haber olvido en su más ligera imaginación , obn é 
palabra, sino que fueron de tan excesivo rigor las qne 
en aquel punto salieron de mi pecho, que aun siendo 
ofendido, como al fin quise con tan fuerte amor yio- 
luntad, si va á decir verdades, me ha pesado de lo quj 
entonces escríbf y agora rehusaba traerá la memoró; i 
mas pues gustáis, pase plaza este como los demás po-! 
samientos. Escuchalde sucinto en estos versos : 



?aadortvU,ta rigor 
Vo ts attiTO ni es iagnto, 
M doy i t« U^BSto tnto 
Títalo de disfavor : 
Con prendas de mis valor 
Era lenguaje discreto , 
Como necio y impefíeto 
Contigo y numeres taies ; 
Qae solo á las principales 
Se les debe este respeto. 

Si dejo tu «leve cama, . 
Loba voraz y sangrienta , 
De to lado y de mi afrenta 
Salgo i despertar la fama ; 
Qae si me tord la llama 
DetB lascivia cmel. 
No íni^stopa ni papel, 
Paes de mis pasados bienes 
Aun reverdece en las sienes 
Ei ya tostado laárel. 

Fui A(lónis de ta apeUto , 
Venas amante lasciva , 
Y agora Dafnes esquiva 
Del Apolo i qnien imito : 
Ser Adonis fué delito ; 



Ser Apolo es premio f^rsal : 
¡Ob eointas veees el mal 
Hace bien » «unqae maltnUJ 
Sé td inl Difues ingrata ; 
Seré yo Apolo inmortal. 

Viédel malogrado moio 
La diosa de los amores 
Tintas en sangre las flores, 
Y al tierno y dorado boio 
8iR esperanzas ni gozo. 
Como tú las piedras lleaas 
Del rojo humor de mis %eias; 
Qae nunca en mujeres niüni 
Se ven tos dichosos fin» 
Qae das las qae fnéron bacaa^ 

Ya no me enredan las ftta 
De ta dulce laberinto : 
Vive tú, Lamia, en Conoto; 
Que yo me estaré en \\¿n» ; 
Que si Imitas hs sirenas 
Que cantan para encantar. 
Desde boy pienso el alna aur 
Al árbol del dcsengafio, 
Potqoo pase sin lo daBo, 
Como otro tuses, el siar. 



Bien claramente dais á entender, dijo Lcríeno, m 
estas espinelas (que asi podríamos llamar este gésen) 



EL ESPAÑOL GERAUDO. 



137 



de poesSa, jmes su prímer ínTentor fué el maestro Vi- 

ooiie Espine!, insigne músico y elegantisimo poeta cas^ 

lálaiio y latino) el seatimiento de vuestro justo enojos, 

solo me parece demasiado en desear más venganza de 

h one TOS mismo habéis tomado dejándola , pues si se 

■ira sin pasión, la que es más sangrienta y la que en 

ma mujer liace niavor destrozo, es verse tratada con 

ohido y desprecio de quien antes fué querida y ado- 

nda. No puedo ne^r, respondió Gerardo, razón tan 

evidente ; pero si advertís que el ímpetu colérico de un 

braibre y apasionado es irremediable, también echa- 

rtis de ver tengo disculpa, cuanto y más donde sobra 

nam, y paciencia falta. Yo sé que fué esta enemiga mia 

mereceidora aun de más ásperos y desabridos despi- 

ientes; y por lo menos este fué bastante á poner tro- 

gms en la prosecoeioo de sus enojosos billetes. 

No pasaron muchos dias, después de los cuales, ro- 
fODOciendo mi liminano Leoncio cuan á la larga iban 
Displeitos y negocios, se determinó á hacerlo que mu- 
cho antes, si no fuera por el desasosiego de mi madre, 
Miera puesto porobra; yasf, habiéndome apercebido, 
rispen de los Reyes en la noche llegó con sendos ca^- 
biUos á la puerta de la torre con un criado de satis- 
fadon, á quien dejando en guarda dellos, subió adonde 
yii estaba en su espera , que viéndole no ñií perezoso 
á entru'.en mi cuadra , y tomando una espada que en 
J^fliás secreto della tenia, salí á ayudar á mi hermano, 
que ya andaba con la suya en la mano envuelto entre 
ks hombres que me guardaban, de los cuales con br€- 
«riad nos vimos libres ; porque no queriendo arríesgrT 
Ib vidas donde tan poco aventuraban, dando voces y 
apellidando al Rey, tomaron más que de paso la calle, 
y los que quedaron, rotas las cabezas y mal heridos, 
tei convino damos lugar y franca salida; y habiendo 
tomado ligeramente las sillas de los caballos, cual el 
veloc viento salimos de la ciudad, llevando yoel criado 
atas ancas, ¿ tal tiempo, que ya iban acudiendo mu- 
sí» gentes en socorro y ayuda de las guardas. Aque- 
ih noche, tomando el viaje de la imperial Toledo, nos 
iBttneció de aquella parte de la ciudad, apocas leguas 
de la villa de Ocea, adonde mi hermano tenia la mayor 
parte de su mayorazgo y hacienda. Allí con más segu- 
ridad, y sin las dilaciones que acarrean y traen consigo 
los largos pleitos, habiendo intervenido personas de 
Dérito y calidad de por medio, se comenzó á dar la 
BNÍor orden y salida que mis negocios podian tener ; y 
jMose tratando con buenas esperanzas de concierto, 
li muerte acelerada del capitán Escobar, padre de dona 
Clara , lo estorbó y deshizo , cesando por entonces to- 
dos nuestros tratos y conveniencias. Treinta dias ha- 
kia que á mi dama le había sobrevenido esta desgra- 
cia, cuando por cartas de ipi leal amigo don Fernando 
ape cómo faltó una noche de casa de su tio, con grande 
alboroto y sentimiento del noble y anciano caballero, y 
genera] escándalo y murmuración de toda la ciudad, y 
mayor mientras menos rastro se pudo hallar de doña 
Qara, aunque para saberlo se hacían notables diligen- 
cias y grandes prometidos al que della diese noticia. 
Sobre este increíble caso me escribió mi amigo otras 
aucbas advertencias, que causaron en mí no pequeña 

i «ofiísion y cuidado, ignorante del arrebatado pensa- 
nuento con que doiía Clara se hubiese movido á sem^ 
juite locura y liviandad ; y aun os prometo que no las 



tuve todas conmigo, pareciéndome que sfai duda cuando 
menos pensase la habia de ver entrar por mi posada ; 
y temeroso de semejante acaecimiento , dentro de dos 
días apercebí mi viaje para la corte y ciudad de Valla- 
dolíd, que pocos auos antes á ella se habia mudado de 
mi antigua y querida patria. La novedad desta no pen- 
sada mudanza, y lo que de la soledad y apretura de en- 
trambas se decía , puso en mi deseo más vivos acica- 
tes para que abreviase en la partida , como en efeto lo 
hice , saliendo de Ocea después de haber atropellado * 
mil dificultades y estorbos, y en mi compaüía Sanabría, 
criado muy querido de mi hermano, y á quien yo tenía 
particulai amor. De^'o de decir algunos agüeros que tuve 
aquel día, porque nunca de semejantes cosas luce me- 
lindre; aunque os prometo que si en ellos reparara, y 
cuando mi caballo al salir de la villa en medio de un 
-florido prado tropezó, dando consigo y con mis ojos en 
el suelo , me volviera , como tuve propósito, nunca yo 
hubiera dado en las crueles y alevosas manos de mis 
enemigos Mas volviendo á mi viaje , al ponerse el sol 
llegamos á pisar los encendidos pedernales de la anti- 
gua Mantua, habiendo atrás d<^ado algunas leguas en 
las fértilísimas riberas del dorado Tajo y escondido Ja- 
rama, al nuevo y celestial paraíso Araqjuez', oonside- 
nindo en las famosas riberas y en las cristalinas fuen- 
tes, lacias y marchitas flores, que así unas como otras 
acompañaban en el debido sentimiento al divino y ce- 
lebrado Manzanares, que verdaderamente mostraba en 
sus humildes y plateadas márgenes secas y agostadas 
murtas, trébol, juncia y verbena, las lágrimas que por 
su ausente dueuo distílaba, desgajándose de los ncva^ 
dos riscos y erizados montes de Guadarrama ; que hasta 
las mismas penas y insensibles plantas daban á enten- 
der con sus amargas quejas el triste pesar y dolor do 
tan no merecido trueco. Y á fe mia que entiendo acom- 
pañaron, sin ser descuido , á sus tnstes corrientes las 
lágnmas de mis ojos : tal efeto causó en mí ver las do* 
siertas calles, despejadas plazas, tapiadas puertas, in- 
4iabítadas casas, clavadas rejas y cerrados balcones : 
al ün, no hallé cosa con cosa, y como dicen , todo me 
pareció un caos de espantosa confusión, llantos, de^ 
pedidas, tiernos gemidos y dolorosas voces; con que 
no vi la hora de salirme fuera de mi arruinada Troya ; 
y así, habiendo visitado á mi madre y casa, al nacer del 
sol el siguiente día la volví las espaldas, enderezando 
á la favorecida mi viaje , aoompañado de inuroerables 
gentes que la iban dejando ; que á un cadio y desgra- 
ciado , aun sus mismos hijos, partos de sus entrañas, 
le olvidan y desamparan. 

Apenas habia salido de entre las tejidas y enmara- 
ñadas arboledas de la real Gasa del Campo, cuando me 
alcanzó un hombre de razonable talle , que asimismo 
canunaba en un caballo tordillo de gentil paso ; el cual 
después de habernos saludado, me preguntó si camina- 
ba á Valladolid ; y habiéndole respondido la verdad, ha- 
ciendo demostraciones de que se alegraba, me replicó 
que él iba el nnsmo viiye, y que si yo era contento, me 
acompañaría hasta el ím del; y yo, que no deseaba otra 
cosa, por haberme parecido en tr^e y conversación 
hombre entretenido, con no menor cumplimiento se lo 
agradecí, condesoendiendo con su gusto. Llegámost 
aquel día á hacer siesta á un pequeño lugar, y ha« 
hiendo en él hallado muy gran carestía de regalo, bas- 



138 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MRNESES 



límenlos y posadas, miénlras descansúUamos mi com- 
|)auero y yo, temeroso de otro semejante albergue la 
venidera noche, le mandé á Sanabria se adelantase á 
-tomar en el Puerto la mejor comodidad que ser pu- 
íliese ; y el companero, que era quien me lo habla aoonr 
«ejado, apretando en mi propósito, tuvo efeto, quedan- 
^nos los dos solos iiasta que fué refregando la tarde, 
•que habiéndonos puesto ú caballo, volvimos á nuestro 
camino ; y entre otras cosas que el que conmigo llevaba 
me preguntó, fué al descuido decirme si liabk otra vea: 
jdo aquel camino. A lo. cual respondí qué nuaca, as^ 
guradode la traición que me iba aparejando, coa que, 
como dicen, debió de caérsele la miel «n la boca ; y á 
-raí el agraz en los ojos. Ya se arrojaba Febo en las pro- 
fundas ondas del Océano, cuando .tomando mi guía 
una mal usada senda en lo mano, paréciéndoocie nos 
apartábamos doi camino real , se lo advertí; ma^ res- 
pondióme que era un breve atajo para el vecino Puerto, 
sabido del por la larga experiencia y curso del viaje. 
01 que detras de mí venían pasos de caballos ; y asi, e»- 
-iondí seria cierto lo qne él afirmaba y yo con sano fie- 
olio creiá. Esta necia confianza me lüzo oiTÍdar total- 
mente el buen discurso que debía tener un hombre 
Ttideado de tan recientes y arduas ocasiones , pues en 
•lugar del recato que tanto siempre había prevenido, sin 
consideracien de la que pudieran con mayor vigilancia 
-traer sobre mi mis eneraigcs, me embreñé sgIo con 
qnien no conocía, y por tierra quo tan ignorada era de 
mi. Mas estaba ya de superior providencia dispuesta nú 
desgracia, y era impasible el excusarla. Digo puesj se- 
fior Leríanó, qne no habíamos caminado mi compañía 
y yo por la angosta senda una pequeña legiia, cuando 
•llegaron á nosotros tres hombres de á cqbollo , que ft 
loque prosoml fyéton lofa que grande espacio habia que 
en nuestro scguin^to venían. Iba el que me acomi- 
pouaba delante de mf, de suerte que vino á quedar en 
medio de los cuufro, y cercado do una parte y otra del 
«errado y escuro monte ; y en esta forma fuimos cami- 
nando siii liablarnos palabra , hasta que h(r!)icndó cer^ 
rado la boche muy escura, cuando menos cuidado traía 
^1 futuro suceso me oí llamar por mi propio iKWnbrc; 
y os prometo que sí no pareciera aun' el pensarlo dis- 
J)arat€b, dijera y afirmara ser la voz de doíia Clara la 
misma que habla oído ; y cofl la alteración que me 
vausó oste pensamiento, querídmlo revolvtíf á aquella 
parte el caballo; mi aleve campanero lo hizo con el 
suyo níüsí fücilmento, y casi sin podetlo ver me tiró una 
cachillada; :y f^ic tan venturosa, que <>.sta entiendo me 
dio la vida, porque cortándomo las ricnrttis, cuando 
acordé no tuve con que gobcfñafrhíe ; y mientras en un 
instante pasó esto, tuvieron los tres lugar de darme al- 
gunas'faeridas ; y habiéndome puesto on mi defensa y 
como mejor pude con la espada en la mano , el «no de 
tos tres, quo por haberse caido el rebozó conocí ser 
don Hodrigo, me disparó una pistola, de la cual el pia- 
doso cíele» quiso librarme, aunque á lo que sospecho 
hirió mi caballo ; porque al punto, sin poder por la folta 
de freno remediarle, y morff aguardando, como liueno, 
arrancó cual ú fuera un torbellino por entre aquéllas 
fraguras y malezas; de siierte que aunque me siguie- 
ron, mi caballo iba tan desapoderado, que fue por de-- 
roas el darle alcalice; ó que qúizú entendieron iba su 
dueño herido de muerte, como asmiísino y bien atiesa 



lo iba reconociendo en mi debilitado espíritu y prori 
ilo desfallecimiento; con el cual me acuerdo di dd 
bailo abajo fuera de todo nú seatido, sin volverme 
teramente 4 recobrar hasta tanto que me hallé cotí 
ira compaina ; y lo que asimismo machas veces me po 
en confusión, e^ haberme encontrado vos tan fuem 
oculto moQte y en medio del camino dosta ciudad, 
bre semejaiHes andas, como me bafafeis contado 
donde colijo que otras penónos entes que la vuc^ 
hablan comenzado á' hacerme aígnq beneíicip; aunqn 
4a causa del dejarme en tal estado ai la puedo rastre: 
ni menos entender; solo estoy cierto y aseguradudí 
amor y voluntad con qpe de vue$t^ais manos fui y 
sido amparado, á ios cuales debí) «6ta 4esdkhada 
^e, mientras me durare > empíeacé en vuestro sei 
cío, como agradecida hechuía y siervo vuestro 

Aquí dio íln Gerardo á su lastimoso cuento; al ci 
volviendo de mievo á abrazar Leriavo^ eondolido de 
-triste suceso, ios qjos lleaos de.af^, dijo las sigui 
tes razones : No másoíreciimtentos, sefior Gerardo ; 
.me tienen vuestras desventuras taír enternecido cuai 
-doseoso de salir á su Venganza , como ánles os kü^j 
prometido, y agora con más justa razón vuelvo á atirj 
manne en mi primer propósito, pues só la justicia qu^ 
tenéis dévtiestra parte. Bkn cierto estoy, respomüáj 
Gerardo, que de cualquier venganza que tome deltni-| 
dor de don Hodrígo, nadie en ningtoi tien^ podrá esf- 
perme : él nos dirá lo ^ue hacer debemos ; que afr. 
^stoy de parecer de que mi injuria se disimoie. 
. £1 largo discurro de 1^ trágica bistoria de iim:^ 
liizo softcienlbe. hora para cenar él y su buen ami^; ; 
liabíéndolo puesto per obra , y reposado lo que de b 
noche les quedaba, apenas babia llegado la siguii«te| 
mañana, cuando eotnuido por la oámará adonde dor- 
mían el huésped de la pesada, lostecardo diciéndose 
levantasen si ver gustaban la justieia que de tres bonn 
-bres se hacia aquel día en la ciudad : lo cual habiendo 
-entendido Leríano , le preguntó su causa , 6 el delito 
por que así habían sido á muerte condoiados : iqQ^ 
nunca le fué dada por el huésped evidente respoesla, 
como quien ignoraba el verdadero origen deste mo- 
cío; solamente lo'satis&co cóq la eomun y general vo¿ 
del pueblo , qoe docia eran ajusticiados por un famcsiv 
salteamientp e con qu^^ pidiendo los dos amigos de tfs- 
tir á sus criados, y viendo el liuéspéd que lo li8n<inc9D 
algún demasiado cuidado, les sosegó ad virtiéndoles de 
que pasaban siempre por ísu puerta ^ calle ; y así, desale 
las ventatiRS y rejas que A ella ^üatí, dentro de breves 
iioras pudieron ver pasar entre Jnttmerables gentes y 
•devotos religioso^ Uk nilscríos y afligidos hombre?, i 
Tuyas espaldas venia , envuelto m el concurso de te 
¥[enfc9 y acompañamienio, un mancebo de razonable 
talle y hábito, haciendo con notable y lastimoso eitr?- 
foo ddorosísimo llanto; ^^ habiendo en éf reparado al- 
gún tanto los dos cabalíerds y amigos, fué sin pcnsaral 
punto de Gerardo conocido ; porque Quiero que sepáis 
que eslíe mismo era su fiel y querido cnado Sanabm 
(al cual, si se os acuerd{í,'Ia tarfló de su desdicha héi^ 
enviado ú prevenir pora lá siguíenle noche bospp^í']^' 
regalado), que teniéndolo todo apcrcebído, yyicmifl 
que sü dueño no venía, ni menos pudicndb imngitiaHa 
causa de fon notable tardanra, adivinando alsnin (^^^"^ 
Irado áucesó, antes que amaneciese dio la vudla i>or « 



E^ ESPAfiOL 

nismo camine, preguntando á cuantos encontraba ppr 
su pcnlído seüor. Quiso pues ^u fortuna que á este 
[ifopid tiempo atravesase por el camino que Sanabri^ 
Tríu¿ un rústico pastor que apacentaba una pobre ma* 
oadijla de blancas y pintadas ovejas; que liabicndo oido 
so cuidadosa pregunta y razonamiento, no con paqueiía 
admiración le dijo cómo pocas boras antes babia visto 
sacar de aquellas convecinas y fragosas montañas unos 
ganaderos y campesinos bombres, que entre un grap 
tropel de guardas y villanos llevaban presos y maniatar 
dos é una cercana aldea que de aquel puesto estaría 
dos leguas; y que , á lo que babia podido entender, el 
Iterarlas de aqudla suerte era porque babian muerto 09 
aquella espesura á un noble caballerp por robarle lo 
que llevaba y un gentil caballo, en que perdido acaso 
caminaba la pasada nocbe. Que como esto fue^ enten- 
Mb del lastimado mozo, dando alaridos como un loco 
arioso, creyendo fuese el, muerto su querido (lerardOi 
¿D quererse informar más largamepte^d^l pa^torciDo, 
por la parle bácia donde con la mano le ^^nalaba , a¡ 
píso mus ligero de su caballo se motló en^ demanda 
k montaña adentro. 

Nú babia el hombre que á Sanabri^ informó do esta 
manera andado muy descaminado, si tcapisá la memor 
ría aquellos tres pi^ jfsos pastores que end}reiíáudos6 
píí el espeso monte dejamos al priucipio deste diseur-r 
so, ven su seguimiento aquella tropa y cáfila de guar» 
(iasy ccrraQDS ; pues bábeis de saber que no pudieron 
rail ligeramente escaparse y huir de tantos como Jes se- 
guiaa, que antes de 1. venidero dia,. sic^o muy acosados^ 
mal de su grado hubieron de venir á las manos y poder 
(kquieo c<m tan ardiente rabia eran pcnseguidos; y 
cmo otros mucbo^ do a^ellps bárbaro3 anduviesen 
ilcrraiuados en $u busca, algunos deJlos dieron con d 
caballo que la noche antes babia alborotado á los po^ 
bres presos, y otros, liabiendo llegado ü\ 8it¡6 y lugar 
domle el bcrido Gerardo cayó y fué hallado , viendo la 
liirra y verdes yerbas matizadas de su reciente sangra, 
no pudieron menos de alterarse en semejante acaeci- 
D.ienio, y procurando saber quién tan sangriento ras- 
tro había dejado , escudrinajado los espesos y cercanos 
¿riwles, á poco espacio de allí bailaron una guarnecida 
capj, y asi,nismo lin bordado y iMcido sombrero , con 
uoa dorada y desnuda espada de acerados y finísimos 
temples; con qu^ más admirados y confusos de lo que. 
¿ntes estaban, sin aguardar ú entender ó rastrear la 
verdadera causa deste secreto, con veloces pa$os die- 
ron Id vuelta adonde habían dejado la restante eompa« 
nía, á la cual bailaron, y que ya asimismo tenian el ca- 
ballo ea su poder; porque aunque es verdad no fué el, 
cobrarle sin gran trabajo, por estar suelto y en su bbre 
voluntad, al fin como eran tantos, y al pobre animal se 
le hubiese resfriado una peligrosa herida que encima de 
iospcclios tcuia, en breve espacio le hicieron desmayar, 
conque fué de aquellos vi llanosr ligeramente asido; y 110 
Pí>co admirados viendo las prendas que los corapaue- 
rosünian, lodos de acuerdo fueron en que sin duda bu- 
'»i»'scn njuerto por robarle á su dueño los que ya teuijan 
I'njsos y maniatados; y*auuque los desdicliados, como 
íHiHrenlcs, procuraban, coulaudo loque verdaderameulo 
F'^üba, descargarle, no liubo remedio de que disculpa 
«í Icsaíhiiiiiesc, ni menos enlrc aquel tropel de hom- 
ares, aunque muchos eran sus deudos y aliados, hubo 



GERAÜDO^ ÜK 

quien se atreviera , por nñ^dQ de las guardas y atin>c^ 
dad del suceso, á.soltaripa : con que, olvidando toéo 
piadoso pensamiento, con voces y algazara arrancarop 
con ellos á tal hora, que habiendo caminado el afligidío 
Sanabría con la priesa y aceleramiento que su congeis 
requería, oyendo el estruendo y vqceria que llevaba el 
villanige , guiado de ^us voces y confusos ecos , acertp 
tan bien, que al salir de la espesura dio con eHos; y ha- 
itténdolos con^p pudo saludado, y preguntado á los que 
atrás veman por la ocasión de «u cuidado, reconoció el 
ligero caballo, que entre dos hombres bien aferrado c^ 
minaba ; y dando iin dolorqso gríto, desapoderado y ^n 
juicio , se dcgó caer en el suelo, y acudiendo al socorro 
algunos de los más cercanos, se detuvieron viéndolo 
que con la espada en la mano, con amargas voces arrer 
jsietia para ellos , diciendo le enseñasen los traidores 
qqp á su querido señor habian muerto; de que no se 
vieron en poca fatiga de quietarle las guardas y lof» 
más plátÍGos de aquellos rústicos y selva ticos hombres; 
de los cuales habiendo entendido lo que pasaba, sinder 
tienerse un plinto, con cuatro villanos á quien prometh( 
s^tisfacioa de su trabajo., dio vuelta é la vecina $elva en 
busca del que ya c<Hitaba ea la otra vida. Mas como no 
fuese posible hallar del algún rastro , tonió el 4:amino 
de la antigua Seleuca , adonde habiendo llegado aquel 
dia, y dado cuenta de lo que en su distrito pasaba á u^ 
principal varón que ia^obemaba, y juntamente de quién 
araol difuiito caballero ; sin querer descansar ni tomac 
reposo caminó toda la noche, y el siguiente dia entra 
por Jas puertas de su amada señora y madre de G^rar-i 
do, que, como ya he contado, viría en la famosa Mantua. 
Aqui fueron los justos sentimientos, el verdadero Hauta 
y terrible dolor, los espantosos alaridos de la triste % 
lastimada señora , cuyos ojos, en vez de las liquida» 
cerrieutes de su humor, vertieron pura sangre , efeto» 
verdaderos del interior tormento de su abna , la cual 
fué gran maravilla no despedir el desmayado cuerpo ; 
y£ué tal su lastimoso afligimiento, que aun participa 
del la mia al repetirle. Mas deseo tanto abreviar y salir* 
destas fatigas, que por no atormentar con ellas los que 
leyeren estos fúnebres renglones, me ha parecido pasar 
en silencio las particularidades, do tan justos scnt¿*v 
mientos. 

- Luego sin dilación despachó la afligida madre por el. 
valeroso Leoncio , hijo suyo y bermano de Gerardo , 
que á la sazón asistía en la noble y leal villa de Ocea , 
adonde no fueron del y de todo el concurso del lugsur. 
menos sentidas y celebradas las tristesydolorosas nue- 
vas. Pero reconociendo el enternecido hermano lo mal 
que de aquella suerte á su venganza se acudía, con 'wr 
finita brevedad, sin querer aun reposar en Mantua, tro- 
cando por momentos caballos y ligeras postas, allegó á 
la gran Seleuca acompañado de algunos dendos y crin- 
dos, adonde luego fué informado más en particular del 
trágico suceso por don Manuel , señor de Ojaiilo y go- 
bernador de aquella ciudad, á quien ya babia becho 
traer los tristes y, sin serlo, homicidas; y con la prc-, 
séncia de Leoncio, en breves dios y cortos términos, ha-; 
hiendo, por los grandes y vehementes indicios que conr-. 
tra ellos babia, dádolos cruelísimos tormentos, faltán- 
doles con la fuerza el ánimo para sufrirlos, lodos tres 
confesaron de plano cuanto se les pedia y imputaba ; 
con que reclisimamcnle fueron contlenados á rigurosa 



140 

muerte; y llevándolos por las calles acostumbradas al 
lagar del suplicio , acompañados de inumerabíes gen- 
tes que así de la ciudad como de todos aqueDos luga- 
res cercanos babian acudido por rer el espantoso es- 
pectáculo, quiso su buena suerte, ó por mejor decir, su 
inocencia , que siendo , como arriba dije , conocido del 
herido Gerardo su querido siervo Sanabria, espantado 
de verle bac^ tan increíble llanto , mandó á un criado 
que saliese á Uamarle con la brevedad que su deseo pe- 
dia ; que como semejante razón oyese el afligido mozo^, 
y asimismo conociendo la voz de Gerardo levantase la 
cabeza, reconociéndole en la reja adonde estaba, abier- 
tos los ojos, sin mover pié ni mano , cual arrobado en 
éitasi , sé quedó admirado y suspenso. Mas volviendo 
en sí de aquel i^pentino espanto, dando voces y dejando 
en medio de la calle el sombrero y la capa, sin acuerde 
bumano se abalanzó á los pies de Geranio, que ya bar 
Ua bajado á la puerta de la posada, adonde en un mo^ 
mentó fueron rodeados de infinitas personas, que for^ 
zadas de la novedad y extremos que Sanabría bacia, se 
llegaban á ellos por ver en lo que semejante ocasión 
paraba. Decia el fiel criado : ¿Cómo es posible, señor, 
que vos seáis mi querido Gerardo ? ¿ Es cierto que os 
ven mis ojos, que os tocan mis manos y que á vuestra 
deseada voz oyen mis oídos? j Oh amado dueño mió) 
I Posible es que sois vos mi difunto señor, y aquel mismo 
que tan llorado sois y habéis sido de vuestros deudos, 
criados y íntimos amigos? Mas ¿qué dudo, pues verda- 
deramente mis manos propias son las que vivo os to- 
can , y mis ojos los que sin estar ciegos al presente os 
miran? Los cielos santos, que de vuestra desdicha se 
ban compadecido , también han sido poderosos para 
descubrir, como justos y sapientísimos jueces , los ale-, 
vosos y traidores que en tal estado os pusieron , tra- 
yéndoles al merecido castigo que habéis yisto. Estas 
razones y otras decía el buen Sanabría aun más des- 
compuestas y amorosas , forzado de la eficacísima ale- 
gría y contento que recibía con la no pensada vista de 
Gerardo ; el cual espantado de lo que le oía decir acerca 
de los autores de sus herídas, pensando estuviesen pre- 
sos, habiendo retirádose dentro de su posada con el 
amigo y noble caballero andaluz, le preguntó más en 
particular lo que de aquel caso sabía ; que siendo del 
entendido lo que os he contado , conociendo la lasti- 
mosa tragedia de aquellos hombres que sin culpa iban 
inocentes á padecer, con las lágrimas en los ojos, lleno 
de tierna compasión , habiendo por su flaqueza subido 
en un caballo y Leriano en otro , salieron ó muy largo 
paso y con veloz corrida de la posada ; que esta breve- 
dad fué la que salvó la vida á los pobres pastores, que 
ya estaban al pié del espantoso sacrificio. Mas como de 
los ministros de justicia fuese visto el tropel con que 
aquellos caballeros venían acompañados de criados y 
de otra infim'ta gente que los seguía, entendiendo qué 
qucrian impedir la ejecución y muerte de aquellos hom- 
bres, apellidando favor, rey y justicia, se les opusieron 
al encuentro , con que no fué pequeño el escándalo y 
alboroto que en la plaza y ciudad se causó ; y habiendo 
llegado á noticia del gobernador, con otros muclios ca- 
balleros, y entre ellos el noble Leoncio, salió á la plaza, 
que ya , habiendo sido entendida la justa demanda de 
los dos amigos, ertaba más sosegada, y acabiS de quie- 
tarse cuiíndo, habiendo conocido Leoncio á su hcrmunu 



DON GONZALO DE CÉSPEDES Y MENESES. 



Gerardo, con los brazos abiertos, bañando el rostro co 
apacibles lágrimas , no con menor espanto que Sana 
bria, así á caballo como estaba, corrió á abrazaría, ye 
su seguimiento el prudente don Manuel y los demás ca 
balleros, entre los cuates pasaron inumerabíes cumpE 
mientes , que ezcuso por no ser prolijo en escribiri<g 
y habiendo entendídose la declaración verdadera de Ge 
rardo , en cuanto liasta no descubrir á don Rodrigo, 
asimismo lo que los tres pastores decían, y de la suert 
que le babian hallado , y juntamente la razón porqu 
convino desampararíc; conocida claramente su inocea 
cía , con notable alegría asi de los dos hermanos eos 
del prudente gobernador, amigos y ciudad , fueron k 
pobres rústicos desnudados de aquellas fúnebres y moi 
tales vestiduras, y en medio de todos llevados á lasca 
sas de don Manuel, que asimismo era posada de Leoa 
cío; adonde con ezcesivo regalo, por orden de Genrúo 
Alerón curados , y con el cuidado suficiente que cea 
ellos se tuvo, en breves días qi^daron sanos de sus Uf 
montos, y haciéndoles alegres promesas y agasajo, fué 
ron asimismo de Gerardo restaurados sus trabajos ) 
pérdidas con agradecida y larga mano. En este üea- 
po, habiendo consultado los dos hermanos leqoeensa 
venganza más les convenia, se resolvieron á suspeode&i 
por algunos dias, dejando asegurar al enemigo. Yltf- 
bíéndose despedido Leoncio y Gerardo del gobenod*? 
y caballeros de aquella ciudad , tomaron el camii» é 
Madrid , adonde ya se babia extendido la ventóte 
nueva , y juntamente en su compañía el buen Leriaü. 
que importunado de sus amigos, no le convino hvx 
otra cosa. • 

El fragoso y nombrado puerto de la Fuenfirida a(m 
nabia dejado, en prosecución de su camino, toda üqw-l 
lia lucida y regocijada compañía, con tan general gis- 
te, alegría y contento, que casi no sentían el exceslTo 
trabajo del viaje , que por ser en aquellas partes as{^ 
rísimo, tierra quebrada , montuosa y de encumbrados 
riscos, no les podía ser muy sabroso y apacible; cuaih 
do habiéndose Leoncio y Leriano adelantado solos, 
pagados de su conversación y entretenidos en sus dé- 
cretas pláticas y discursos, ya tratando de Jas grand^ 
zas de sus patrias, y ya del notable y venturoso suceso 
de Gerardo, no pudieron prevenir, como quisieran, el 
alargarse de la compañía de sus deudos, amigos y eró- 
dos. Serían las nueve horas de la mañana, y el soIcqü 
sus ardientes rayos comenzaba á hacerse temer de los 
dos aficionados caballeros ; y así , por esta causa apre- 
suraban con mayor voluntad su jornada, roropiendft 
las inaccesibles montañas de aquella erizada cordillera 
que parte y divide en distintos reinos y provincias las 
dos Castillas. Iban á esta sazón bajando poco á poco 
por una angosta senda los desgajados riscos Carpetí- 
nos^MCon no menos dificultad que tiento de los caba- 
llos, por los peligrosos barrancos y derrumbaderos qoe 
á cada paso se ofrecían ; cuando al valeroso Leoncio, 
que iba el primero , al doblar de una empinada roa, 
de repente se le puso delante de los ojos un fiero, abo* 
minable y espantoso monstruo cubierto cual salvaje, 
desde ¡a negm cresta hasta la adusta plañía ; de cer- 
dosas y euiimrañadas trenzas, de tan Cera ycxlrajia 
caladura, que asombrado el ligero caballo de Leoncio, 
queriendo contra la violencia del freno cscabuilu^'» 
hubo de dar con las ancas en el suelo; qtio rccono- 



EL ESPAÑOL 

iodo el peligro su dueño , en un instante desemba- 
ló la süJa , al misino ponto que á Leríano casi le 
ocedíó otro tanto y de que se liailaron con notable 
¡ImirBCton; y mayor Alé cuando vieron que de la 
mi suerte, amedrentado con su Tista dellós aquel 
stígk), volTÍa huyendo como un ligero corzo, sal' 
ndo entre las pefias y barrancos con tanta velocidad, 
Hoo si fuera por un ameno y florido prado. No áe^ 
rou de quedar entre si el uno y el otro avergonzados 
!J suceso ; y queriendo emendarlo , de un mismo 
oerdo y conformidad se determinaron á seguirle y 
ber qué cosa fuese ó adonde se encaminaba ; y sin 
spcmler más su intento , con el deseo que ya les in- 
taba, dejando los caballos, el uno en pos de otro , y 
) ron pequeño riesgo de despeñarse, á la mayor priesa 
le íps fué posible se dieron á correr por entre aque^ 
is roturas y peñascos, y con tanta voluntad de al- 
inzar la presa , que al llegar á la cumbre de unos rí&* 
»s bien adelante del camino que dejaban , la vieron 
(ozar por entre dos sombrías y tajadas peñas, puerta 
«tira y tenebrosa de su pobre y miserable albergue ; 
1 cual, bien fatigados de la calor del sol y su deseo, 
legaron los dos amigos. No era la cueva muy prolun- 
la, ni menos estrecha y lóbrega la entrada; antes con 
osíogosos y cristalinos rayos de Febo , que entonces 
lierian en derecho della , se dejaba determinar la ma- 
nor/iarte; y así, con las espadas en las manos los dos 
jnigos se abalanzaron dentro, y no anduvieron veinte 
«sos, cuando sin reparar Leriano embistió, trope- 
ando en un madero que en medio de lá cueva y 
«rcado el pié de grandes piedras, estaba levantado ; 
D el cual habiendo con cuidado reparado Leoncio, 
cliaron de ver que era una cruz formada de dos pe- 
ueñas ramas de algún roble : cosa que no les causó 
lénos espanto y confusión del que se traían , pare- 
iéndoles premisas y señales muy contrarías de su pen- 
imiento las que vian ; y estando en esta considera- 
bn, dolieron á un lado pasos lentos; y aguardando 
iinlento del que los traia, vieron al mismo monstruo 
íairaje, que por la parte de la cueva más distante de 
ios personas, entendiendo que con el embebecimiento 
ie la cruz que habían encontrado no le sentirían, se iba 
oco apoco acercando á la puerta para escabullase, 
oído en efeto lo hiciera, si Leoncio de dos ligeros 
iltos no se ie pusiera delante , y con tan grande ace- 
.Tamiento, que como lo viese el salvaje ir con la e&- 
«da desnuda en la mano, entendiendo que lo quería 
Mtar ó herir , se dejó caer en el suelo , diciendo con 
ornada toz, cUra y de persona Immana , como lo 
'^M^T de mí ,. nobles caminantes I ¿En qué os he 
»Mido, que asi me perseguís y matáis? A ésta te- 
Derosa toz, no menos despavorido que Leoncio, acu- 
^Leríano; y juntos, acercándose á aquel maravi- 
iteo monstruo , le preguntaron quién era , porque aun 
DO estaban del todo satisfechos ni creían fuese per« 
soDa humana. A lo cual con un ronco y profundo ge-^ 
mdo les respondió que una mujer. Pues, mujer, re- 
m Leoncio, vertiendo piadosas lágrimas, ¿qué nár 
emble 6 caduca suerte te pudo reduchr á tan brutal 
f desesperada vida? Bien dices brutal vida, repitíé la 
ísptntosa mujer con mayores sollozos, pues pw serlo 
^mia, cometió torpeza que del siglo me hizo saKi^^ 
«yendo á aquestas rocas, en laa cuales os meg^ m 



GERAnDO. Ui 

dejéis, volvictido á vuestro camino sin interrumpir el 
discurso solítárío del mío. De las concertadas razones 
y de su plática quedaron los dos caballeros más dudo- 
sos y con mayor voluntad de no parth^e sin saber la 
ocasión que á tan afligido estado había traído aquella 
mujer, á quien Leríano respondiéndcfla, dijo : Si la no- 
vedad do semejante acaecimiento, y el trabajo con 
que te hemos seguido no estuviera presente, aun pu- 
diera ser que te obedeciéramos sm importunarte ; ma^ 
mi compañero y yo dejamos nuestro viaje con deter- 
minado parecer de no proseguille hasta ver el fin de 
nuestro intento , el cual está en tus manos; y así, te 
ruego no pretendas excusarte, ni menos entiendas que 
de nuestra parte faltará, requeríéndolo el caso, todo 
secreto ; y siendo necesarío, ánimo y fuerzas para re- 
duchóte á más descansada suerte, queriendo tú valerte 
de nosotros. Como en semejante particular no me tra- 
téis , dijo la mujer, seré contenta y satisfaré á vues- 
tra voluntad con mí triste historia. Fuerza será , res- 
pondió Leoncio , cumplirte la palabra : levántate, y á 
la puerta desta escura cueva tomaremos mejor asien- 
to. Eáto último rehusaba la pobre y mísera mujer 
con tunta fuerza como lo primero; y así, entendiendo! 
Leríano que el verse desnuda la avergonzaba, arroján- 
dole su capa encima de los hombros, y ella cubríendo 
lo mejor que pudo sus lacios y marchitos miembros, 
se levantó y salió con ellos á la puerta y rotura de su 
cueva, dejando su tíero rostro, manos y pies, que era 
lo que ni el largo y erízado cabello ni la capa cubría , 
asombrados y suspensos á los que la miraban ; y to- 
mando entre aquellas peñas asientos , conociendo ella 
la causa que entonces les tem*a confusos, formó de su 
motivo y admiración el triste principio de su historia, 
diciendo : 

Esta arrugada, negra y tostada piel que causa hoi^ 
ror y espanto á vuestros ojos y cubre mis quebran- 
tados huesos, no há diez años, piadosos pasajeros^ 
que fué delgada tez, blanca y tersa, mostrándose con- 
migo en tales atríbutos naturaleza pródiga y humana, 
de suerte que pude parecer ríca de sus ríqueiá» Mntre 
las más hermosas y gentiles damas de mi Jlorada pa- 
tría, cuyo nombre no es justo que se entienda : el rnio 
es Leonora ; mis padres no sé si hoy son ; y as», digo 
que fueron tan notables en hacienda como en calidad, 
alcalizándoles de todo una mediana suerte : tuvieron 
otros hijos, y yo nací á las postrímerías de sus años; 
y así, entiendo habré sido fin dellos y principio de su 
inuerte. Vina muy cerca de les solares de mi cabana 
noble y neo ciudadano, con quien mi padre tenia tra-* 
bada especial amistad , y por el consiguiente las dos 
familias, así críados y hijos, como miqeres propias. 
Era la deste chidadano moza , hermosa y por extremo 
honesta y recatada , en quien no tuvo más de un hiío, 
único heredero de su hacienda, casi ñh mi misma edad 
y tiempo ; y así , en nuestrois tiernos años nos criamos 
siempre juntos y con estrecho amor, que decían sus 
padres y los míos que para en mío habíamos nScidói 
y por eotreteniraieBto nos flaíoaban los despttMidos. 
Tra& de ique^ pueriles pasatiempos llegó la adolé»- 
eenoia y juventud de entrambos, con que ya me teci^ 
ttbah más de sus ojos, y él sentía de veras el auseo-' 
cía de los mios. Tendría yo diez y siete años cuando 
en vas padres crecían los nuevos cuidados del darme 



142 



DON GONZALO DE CKSPEDES Y MENESES. 



estado; deloscunlés la no pensada viudci^e su aniif^o 
les sacó muy en breve, porque apenas enterró á su di- 
funta esposa y cuando por tal me pidió á ellos. Era tan 
estrecba y verdadera su amistad como os be contado ; 
y así , sin reparar en mis tiernos años y en que los su-, 
yos frisaban en cuarenta , ni en el lujo de mi edad y 
de la difunta ipujer , forzoso émulo de los que en mi 
podía tener, condescendieron con su gusto, tenién- 
dole tan notable con mi compañía mi nuevo esposo, 
que desde el mismo punto me colocó en su abna por 
ídolo della y de sus gustos con tan perdido amor y 
voluntad r que solo la mia era límite, centro y fin de 
sus deseos. El sentimiento de su bijo y mi entenado, 
aunque disimulado c^n discreción, todavía algunas 
veces descubría á mis ojos las llamas de aquel su pa- 
sado fuego ; con que me pareció cuerdo propósito el 
sacalle de i^ casa; y asi, con acliaque de sus estudios, 
le bice á su padre y mi esposo que le enviase á aca- 
barlos á la ciudad y escuelas insignes de Salamanca, 
donde estuvo cuatro anos , después de los cuales vol- 
vió, á mi parecer, tan trocado como permitía afinidad 
tan .coqjunta como de padres y bijos; por cuya caus^ 
en lo interior y exterior era mi casa un paraíso de de- 
leites, una continua primavera de alegría y un eterno 
y inmortal contento-, en regocijos, fiestas, banquetes, 
músicas y festines : efetos que trae siempre consigo 
la paz de que gozábamos ; en medio de la cual , que 
como tranquilidad bumana había de tener fin perece- 
dero, volvió á resuscitarel bijo de mi esposo sus di- 
funtas- memorias, y iQon tan desenfrenada voluntad, 
que tuvo atrevüniento para dármela á entender por al- 
gunos papeles que él me ponía al forzoso encuentro, 
ó ya con sutiles metiéndomebs en ]as mangas de 
mis propias ropas, ó ya en mis escritorios y csyas, lu- 
gares ciertos adonde mis manos solas allegaban. De 
los primer(>s hice dpnaifie , que no debiera aun mira- 
llos^ pues abria puertas á los segundos y terceros, que 
me bicieron caer cu la cuenta , aunque tarde > cono^ 
ciendo cop cometer estos yerros los míos en baberlos 
leido , y los suyos en pretender tan atroz pecado con- 
tra Dios, contra sí > contra |ui y contra su podre ver- 
dadero, y )e*gítimo ; que. con ser caso tan feo y abomi^ 
pat)le j(. Ja, ternaza y poca experiencia de mis anos no 
sabían, aun, hacer la distincioa de sus montos, coDrr 
forme á ios principios debiera y el intento de mi edir 
tenado reqneria; del cual no pudiende librarme, .ni 
menos atreviéndome á darle cuenta de maldad $()nicr 
Í«nte ¿3u padre, me jptareció tomar el consejo de mí 
confesor ; á quieu b^bi^ndole desde el principia y or^ 
gen destc fuego dado perticular cuenta con todos sdá 
crepimjento^y intercadenciaS) admirado, como ei^nn 
zon , .de^poes de otros: acuerdos, se resoWió tomar á 
su carg^ remedio Xm importante ; y así, coa mi volunr^ 
tad» alca^ de cuatro, dias envjó á llamar á mi ente^ 
Bado, j en suelda y con el silencio y recinto que el 
caso reqqeriii reprendió su feo y ndeteslnbie pensad 
miei^tpi poi»i^hdo)e„ flor si quisiese ;aegarl0,, lospar» 
peles que me-hptlHd emento, dekuitedeaQs^.cJos; ips^ 
cuales yo a&imi^mo le bab^ dad9 á mi coiil<í^or) qaé 
habiéndote traído ^propósito grandes y ejemplares ca»-> 
tigos que Dio% habja llecboa^n contra meaos her- 
baras desobediencias , y roesclando <;omimenaK«s sai^ 
ffieatas de su mal ái^o esta reprensión, y deque 



so daría cuenta, á más no poder, dcUo u so padm 
para que del recibiese, en un venenoso bocado el justa 
castigo que merecía , le despidió tan confuso y trísie, 
que en llogando á casa y á suaposento, rendido de ki 
aflicción mortal y congoja que tniia , se dejó caer es* 
cima de su cama, en la cual , habiéndole sobrevenido 
un terríble y melancólico accidente do calentura , es- 
tuvo muchos días casi á peligro de ver el último de su 
vida, con no poca pena de su padre y familia. Masqisa 
la divina Providencia , por sus secretos y maravillosa 
juicios , libra ríe de aquel riesgo y de otros tan gran- 
des, para que después, vista su obstinación, ilegm 
el mortal y irremediable golpe de su ira, de quien m 
alcanzó á mí la parte que ya veis ; y así, para abreviar 
y salir del tormento con que á mi memoria aflige este 
tríste discurso , sabréis que por la nueva salud y me- 
joría de mi amante, su padre y mi esposo cnnoertí 
una fiesta y regociijo para toda su familia ; y así, de»* 
pues de su convalecencia , teniendo todo el aparato 
prevenido , nos fuimos á una hermosa quinta que á 
una legua de la ciudad teníamos, rodeada de amen- 
^mos bosques , fructíferas huertas y olorosos y Inea 
trazados jardines , adonde con la apacible y liccncíon 
libertad de sus soledades estuvimos tres 6 cuatro 
días con mil agradables regocijos y juegos ingtíii»- 
sosque, por alegrivé nuestro convaleciente hijo,^ 
cían ios criados , pastores y gañanes de la hacíeodi 
Habían de correrse el siguiente día en la ciudad algih 
nos toros, y por gozar también de aquellas fiestas nos 
pareció la tarde antes dar la vuelta, y estándolo po- 
niendo por obra , y ocupados ú la puerta de la quürta 
los más de los criados en aderezar el viaje, sin poderlo 
excusar fuimos salteados de un furioso y uguit^ádo 
toro > que de otros muchos; que andaban oncemuníoen 
la ciudad, aposadoy mal herído, se habia escapado. 
Ya consideraréis qué tal sería el alboroto y niicdode 
aquella sobresaltada gente, pues no quedó hombro cao 
bpmbre que no se pusiese en una iinagtnacioó en lo» 
gar: seguro, como asimismo lo hizo mi esposo, qtie 
desde mi regazo , adonde recostado estaba , no pari 
hasta Ip más alto y escondido de la casa, dejándoen 
casi en Ip&.^igudas cuernos del bravo animal ; el cinl 
no viendo otra presamás á mano en quien enipkarsa 
rabiosa furía,>a¿rremetló para mi al mismo punto qne^ 
viendo á I0SOJ09 m notprío peligro, posponiendo ú te* 
mor de SM muerte ai amor que me tenia, so dejó caeif 
mi enteqado desde mía ventana adonde estaba, y atn- 
vesándose, al ejecutar el^lpe^ en medio de mfydél 
con la espada en id mano, le recibió metiéndosela poe 
entre los dos brazos basta la «ruz ,1 y quedando; ei^ 
su^ ^ga/ígs cuernos »n peligro ninguno, aunque afar*^ 
zado muy fuertemente dellos^y reeifaiendo muy terri^ 
bies golpes y vaivenes, hasta que habiéndose ya pre- 
yenidp^ salíerontoidosimis oríados y le acabaron de 
miatar, levantando de la tíerviz indónúta^ casi desalen- 
tado del tes