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Full text of "Obras completas de Diego Barros Arana .."

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Iel^dStanfordJ» 

UNIVERSITV 




OBRAS COMPLETAS 



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DIEGO BARROS ARANA 



OBRAS COMPLETAS 



DIEGO BARROS ARANA 



OBRAS COMPLETAS 



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DMO BARBOS ÁBÁM 



TOMO I 

HISTORIA DE AMÉRICA 



PARTES I I II 








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SANTIAGO DE CHILE 








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BANDEHA, 50 








10OS 








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1849aí) 




D. DIEGO BARROS ARANA 

(1830- 1907) 



liNTRODUCnON A LA EDICIÓN DE ISC.o. 



I)e algunos anos a esta parte se ha desarrollado en el 
mundo literario un gusto particular por el estudio de la 
historia americana. líscritores distinguidos, prolijos inves- 
tigadores se han ocupado en estudiar concienzudamente di- 
A'ersos pi>ríodos de la historia del nuevo mundo i han dado 
a luz algunas ol)ras llenas de ciencia, verdaderos monu- 
mentos del arte, (¡ue han llamado la atención de los hom- 
bres ilustrados de todos lo."« i)aises. 

Hasta ahora, los historiadores han trazado sólo cua- 
dros preciosos, pero limitados a ciertos períodos i a deter- 
minados pueblos. Como es fácil comprender, se han busca- 
do con preferencia los sucesos mas interesantes o dramáti- 
cos para formar obras de lectura agradable a la vez que 
instructiva. A este jcnero de trabajos pertenecen, entre 
otros, los de Prescott, Irving, Bancroft, Alaman, Restrepo, 
Barait, Amunátegui, Mitre, Varnhagen, etc. 

Ilai otra especie di estudios de menos agrado tal vez, 
pero no de menor importancia. Forman ésta las diserta- 
ciones de erudición histórica, contraidas a discutir i escla- 
recer diversas cuestiones poco conocidas o mal estudiadas. 
Fil barón de Humboldt puede ser considerado el primero 
entre los trabajadores de este jcnero. A su lado, aunque en 
un rango inferior, deben colocárselos coleccionistas i edito- 



2 HISTORIA DB AMÉRICA 



res de documentos que, como Navarrete, Temaux Com- 
pans, Kingsborough i otros, han contribuido a ilustrar la 
historia americana. 

Pero las principales fuentes históricas son todavía los 
historiadores primitivos, testigos i actores muchas veces 
de los sucesos que narran, o instruidos de ellos por la tra- 
dición reciente, cuando el tiempo no los habia adulterado. 
El lector encuentra en ellos ese colorido especial de la épo- 
ca, esa animación casi inimitable i ese interés que forman el 
principal atractivo de la historia. 

Desgraciadamente, no existe todavía una historia jene- 
ral i uniforme de todos los pueblos americanos. Falta una 
obra que abreviar para componer un compendio. La obra 
de Robertson, la mejor sin duda en su jénero, está limitada 
sólo al descubrimiento i conquista de algunos paises. Para 
escribir un testo destinado a la enseñanza de la historia 
americana, es necesario que el autor consulte i estudie gran 
variedad de obras, i que en muchas ocasiones haga por sí 
mismo la investigación que cumple hacer a los trabajado- 
res de primera mano. ^ 

Esta es la principal dificultad que tiene que vencer el que 
trabaja un compendio para la enseñanza. Estractar hechos 
i noticias de varios libros, sin haberlos sometido a un exa- 
men rigoroso, es esponerse al peligro seguro e inevitable de 
copiar errores de toda especie. Se puede asegurar que no 
hai materia alguna sobre la cual se hayan escrito mayores 
desaciertos que sobre la historia americana. Es por lo tan- 
to indispensable que el autor de un testo de enseñanza co- 
mience por apartar a un lado esos libros superficiales e in- 
exactos en que con el título de historias jenerales, o de algu- 
nos paises americanos, se han agrupado errores enormes e 
injustificables. 

Me ha sido forzoso apartarme de este mal camino, i con- 
traerme a hacer un estudio'prolijo de los sucesos que queria 
referir en este compendio. He consultado los mejores his- 
toriadores, i particularmente los primitivos, he examinado 
los documentos que he tenido a la mano, i he escrito todo 



INTRODUCCIÓN 3 



lo que parecía verdad prubada. Esto no quiere decir que 
esté persuadido de que mi libro está exento de errores. 
Lejos de eso, creo que es imposible que no se hayan esca- 
pado algunos, ya por causa de la oscuridad i confusión de 
ciertos puntos de la historia del nuevo mundo, ya por la 
precipitación con que, en medio de variados afanes, he 
redactado este compendio. Esos errores, sin embargo, no se- 
rán de grande importancia, i podrán correjirse en una edi- 
ción subsiguiente, si mi libro alcanza a obtener los honores 
de la reimpresión. 

Réstame sólo advertir el objeto que me he propuesto al 
componer esta obra. 

El estudio de la historia americana no ha adquirido en 
nuestros colejios la importancia que parece reclamar. AI 
paso que se ha dado gran desarrollo a la enseñanza de los 
otros ramos de historia, la de América ha quedado reduci- 
da a nociones mui elementales. 

Este libro tiene por objeto remediar este mal. Aunque su 
redacción se resiente de la precipitación con que ha sido es- 
crito, contiene las noticias que conviene comunicar al estu- 
diante, junto con la indicación de los libros que pueden con- 
sultarse para ensancharlas. He tratado de esponer esas 
nociones con toda sencillez i bajo un plan claro i metódico. 
No sé si habré conseguido mi propósito. 



DiE<;o Barros Arana. 



bibliografía 



Estando destinado este libro a servir de auxiliar a los 
profesores encargados de la enseñanza de la historia de 
América i de Chile en nuestros colejios, nos ha parecido 
conveniente agregar aquí una reducida lista de obras his- 
tóricas en que pueden hallar mas estensas noticias, ya que 
no era posible dar mayor desenvolvimiento a nuestro com- 
pendio. En esta lista, que hemos reducido a un centenar de 
artículos, no se debe buscar nada que se parezca a una bi- 
bliografía medianamente completa de la historia america- 
na, desde que ha llegado éstíi asertanestraordinariamente 
rica, que para darla a conocer regularmente habria sido ne- 
cesario llenar algunos volúmenes. 

A HRKi; K Lima (José Ignacio). Compendio dn historia do 
Brasil, 2 v., Rio de Janeiro, 184»3. 

Resumen ordenado i claro de la historia brasilera hasta 
el año 184?!, acompañada de algunos documentos. Aun- 
que la literatura histórica del Brasil posee numerosas mo- 
nografías, algunas de ellas de un mérito sobresaliente, i 



i Esta reseña bibliográfi:a fue preparada en 1894? para una 
reimpresión de la segunda mitad del tomo segundo de la Historia 
de América. Así se esplica que llevando éste la fecha de 1865, épo- 
ca de la publicación de esta obra, anote en su bibliografía libros 
que han sido impresos mucho después. 



HISTORIA nn AMÉRICA 



varios compendios de historia jeneral (Macedo, Saade Me- 
neses, Americo Brasilense, etc., etc.), en esta reseña biblio- 
gráfíca nos vemos obligados ano anotar mas que algunas 
de esas obras. 

Agosta (Joaquín). Compendio histórico riel descubrimien- 
to i colonización de la Nueva Granada en el siglo dé- 
simo sesto, 1 v., París, 1856. 

Libro que deja ver un buen estudio del asunto, i que está 
bien ordenado i escrito. 

Agosta (P. José de). Historia natural i moral de las Indias, 
1 V., Sevilla, 1590. 

Este libro, varias veces reimpreso, traducido a diversos 
idiomas, i mascpnocido por la sesta edición castellana he- 
cha en Madrid en 1792 en 2 vols., no es una historia narra- 
tiva, pero contiene sobre la naturaleza del nuevo mundo i 
sobre el estado social de estos paises a la época de la con- 
quista, noticias muí interesantes i que revelan un notable 
espíritu de observación. 

Albman (Lúeas). Historia de Méjico desde los primeros 
movimientos que prepararon su independencia en 
1808 hasta la época presente, 5 v., Méjico, 1849- 
1853. 

Obra de grande investigación, metódica i ordenada, i ca- 
pital para el estudio de la revolución de la independencia 
de Méjico. 

Amunátegui (Miguel Luis). La Dictadura de O'Higgins, 1 
V., Santiago, 1853. , 

Libro reimpreso en otras dos ediciones. 

— La Reconquista española {18l4í'18l7), 1 v., San- 
tiago, 1852. 

Libro reimpreso en la colección de memorias históricas 
presentadas a la universidad de Chile, que lleva el títu- 
lo de Historia jeneral, etc. Véase mas adelante el artículo 
de este nombre. 



BIBLIOGRAFÍA 



— Descubrimiento i conquista de Chile, 1 v., Santiago, 
1862. 

Existe ademas una reimpresión de este libro notable, he- 
cha en Leipzig. 

— Los precursores de la independencia de Chile, 3 v., 
Santiago, 18(>1-18Ü9. 

— La crónica de 1810^ 2 v., Santiago, 1875. 

An(;eus (Pedro de). Colección de obras i documentos tela- 
ti vos a la historia antigua i moderna de las provin- 
cias del Rio de Ja Plata, 6 v., Buenos Aires, 1836- 
1837. 

Valiosa compilación de memorias, relaciones i documen- 
tos sobre la historia i la jeografía de esas provincias, del 
Paraguai i del Uruguai. 

Armitage (John). The history o/'J5ra2/7( 1808-1831), 2 v., 
London, 1837. 

Este libro, publicado con la apariencia de continuación 
de la historia inglesa del Brasil de Southey (obra impor- 
tante pero sobrepujada por los trabajos mas modernos) 
refiere con claridad, 'buen método i regular exactitud, la 
historia de la revolución de la independencia de ese país 
desde el establecimiento en él de los soberanos de Portu- 
gal en 1808 hasta la abdicación de su primer emperador 
en 1831. Mas que la obra de un escritor insoles, de quien 
no se tienen noticias biográficas, parece ser la de algún pu« 
blicista liberal brasilero que ha ocultado su nombre, oque 
ha suministrado las noticias. Existe de esta obra una tra- 
ducción portuguesa publicada sin nombre de traductor en 
Rio de Janeiro en 1837. Aunque existe también una esten- 
sa Historia de la fundación del imperio brasilero por Pe- 
reira de Silva, la ({ue lleva el nombre, talvez supuesto, de 
Armitage, conserva su valor i merece consultarse. 

AsENCio (José María). Cristóbal Colon, su vida, sus viajes, 
sus descubrimientos, 2 v., Barcelona, sin año de im- 
presión. 



HISTORIA DE AllÉEICA 



Biografía estensa, bien estudiada i la mejor que existe 
de oríjen español, impresa con lujo, probablemente en 
1889 o 1890. 

Ayon (Tomas). Historia de Nicaragua desde los tiempos 
mas remotos hasta 1852 , 3 v., Granada (Nicara- 
gua), 1882. 

Obra regularmente dispuesta i estudiada, i acompaña- 
da de algunos documentos importantes. Alcanza sólo has- 
ta la declaración de la independencia., 

Bancroft (George). History oftbe United States, from the 
discovery ofthe amcrícan continent to the present 
time, 12 V., Boston, 1834-1874. 

Obra capital, por la prolijidad de la investigación i por 
el arte de la composición, muchas veces reimpresa i trg,du- 
cida al francés. No alcanza mas que hasta el ñn de la gue- 
rra de la independencia. 

Baralt (Rafael María). Resumen de la historia de Vene- 
zuela, 3 v., París, 1841. 

El mejor libro que existe sobre historia jeneral de ese 
pais. Hai ademas una segunda edición hecha en Curazao. 

• 
Barros Arana (Diego). Historia jeneral de Chile, 16 v., 
Santiago, 1884-1902. 

— Vida i viajes de Hernando de Magallanes, 1 v., San- 
tiago, 1864. 

— Proceso de Pedro de Valdivia i otros documentos 
inéditos concernientes a este conquistador, 1 v., 
Santiago, 1873. 

— Un decenio de la historia de Chile (1841-1851), 2 
V., Santiago, 1905 i 1906. 

Benedetti (Carlos). Historia de Colombia, 1 v., Lima, 
1887. 



lUniJOdRAKlA 



Compendio de 9í)0 pajinas de la historia de las tres re- 
públicas colombianas, Nueva Granada, Venezuela i Ecua- 
dor, que alcanza casi hasta la época de la publicación del 
libro. Aunque desproporcionado i desigual entre sus diver- 
sas partes, tiene algunas de ellas útiles. 

Bkrra (F. a.) Bosquejo histórico de ¡a República orieatal 
del Uruffiíai, 1 v., Montevideo, 1881. 

BuLNES (Gonzalo). Historia de la espcdicion libertadora 
del Perú, 2 v., Santiago, (1887-1888). 

Bi^STAMANTE (Cárlos María). Cuadro histórico de la revo- 
lución de la América mejicana, 2 v., Méjico, 1823. 

Esta obra fué escrita en forma de cartas» i sin un verda- 
dero plan histórico. Un literato español de cierto mérito, 
don Pablo de Mendivil, la arregló en un volumen publica- 
do en Londres en 1828 con el título de **Resúmen histórico 
de la revolución de los estados unidos mejicanos.** El mis- 
mo Bustamante, autor de muchas obras concernientes a 
la historia de Méjico, estendió i completó su **Cuadro his- 
tórico** en una segunda edición en O tomos hecha en la ciu- 
dad de ese nombre en 1843-1847. 

Casas (Frai Bartolomé de las). Historia de las Indias, 5 
V., Madrid, 1873 i 1876. 

Crónica mui prolija pero poco ordenada, de los prime- 
ros tiempos del descubrimiento i conquista del Nuevo 
Mundo, escrita por un testigo de aquellos sucesos, conser 
vada inédita mas de tres siglos, aunque utilizada por va- 
rios historiadores, i dada a luz sólo en nuestros dias. 

Chiiai-I-OS (Pedro Fermín). Resumen de la historia del Ecua- 
dor desde su oríjen hasta 1845, G v., Guayaquil, 

188G-1887. 

Esta obra, publicada algunos años ¿íntes en Lima, es, 
como lo dice su título, una historia de la presidencia de 
Quito, i de la república del E'^uador que allí se formó. 
Aunque regularmente escrita, no se recomienda ni por su 
plan ni por la investigación histórica, lo que hace que sea 



10 HISTORIA DB AMÉRICA 



mucho menos noticiosa i útil de lo que debiera esperarse - 
Véase mas adelante González Snárez. 

Charlevoix (P. Fran^ois X.) Historia de Pisle Espagnoler 
ou de S. Domingae, 2 v., París, 1730-1731. 

— Histoire du Paraguay, 3 y., Paris, 1756. 

— Histoire et description de la Nouvelle France, 3 v.^ 
Paris, 1744. 

De todas estas obras del P. Charlevoix existen una se- 
gunda edición, i traducciones a otros idiomas, pero no al 
castellano. 

Clavijero (Francisco J.) Historia antigua de Méjico, sa- 
cada de los mejores historiadores españoles i de los 
manuscritos i pinturas antiguas de los indios, 2 y., 
Londres, 1826. 

Esta obra fué escrita en italiano i publicada en Cesena 
en 1780-1781; i ha sido traducida a varios idiomas. La 
traducción castellana fué hecha por el célebre literato don 
José Joaquín de Mora. Hai de ella otra edición de Méjico, 
1844. El crédito de esta obra ha decaído mucho en nues- 
tro tiempo, a causa de los grandes progresos de los estu- 
dios científicos e históricos. 

Colección de historiadores de Chile i documentos relativos 
a la historia nacional, 11 y., Santiago, 1863-1878. 

Vasta compilación de crónicas i relaciones sobre la his* 
toria de la conquista i colonización de Chile. Aunque al- 
gunas de ellas son de escaso valor, hai otras de grande 
importancia i todas son útiles para el cabal conocimiento 
de aquellos tiempos. 

Cortes (Hernán). Cartas i relaciones al emperador Carlos 
V, colejidas e ilustradas por P. de Gayangos, 1 v., 
Paris, 1866. 

Las cartas de Hernán Cortes forman una historia de la 
conquista de Méjico. En este sentido han sido colecciona* 



bibliografía ] 1 



das en varias ocasiones, i reimpresas entre "los historia- 
dores primitivos de Indias'* de la Biblioteca de autores 
españoles de Rivadeneira. La edición mas completa i es- 
merada de ellas es la que señalamos aquí, dispuesta por 
don Pascual de Gayangos. 

Cortes (José Manuel). Ensayo sobre la historia de Bolivia^ 
1 V., Sucre, 1861. 

Bosquejo histórico de cierto valor literario, que comien- 
za con la revolución de la independencia, i termina con los 
sucesos próximamente inmediatos a la publicación del 
libro. 

Cronau (Rodolfo). América, Historia de su descubrimiento 
desde los tiempos primitivos basta Jos mas modcr- 
nosy 3 V., Barcelona, 1892. 

Obra alemana, traducida al castellano para conmemo- 
rar al cuarto centenario del descubrimiento de América, 
impresa con esmero i con muchas láminas útiles. Sin ser 
precisamente una obra de alta ciencia histórica, contiene 
i populariza muchos de los resultados de la investigación 
moderna sobre la antigua civilización americana, i sobre 
algunos puntos del descubrimiento i conquista. 

Díaz DEL Castillo (Bernal). Historia verdadera de la con- 
quista de Nueva España, 1 v., Madrid, 1632. 

LiJ^ro admirable, escrito por un capitán de la conquista, 
traducido a diversos idiomas, i varias veces reimpreso en 
castellano. Está incluido en el tomo 26 de la Biblioteca 
de autores españoles de Rivadeneira, entre **los historia- 
dores primitivos de Indias." 

Domínguez (Luis L.) Historia arjentina (1492-1820), 1 v., 
Buenos Aires, 1820. 

De este compendio se han hecho a lo menos otras tres 
ediciones; pero en ellas se ha dado mayor desarrollo a la 
historia del descubri mentó, conquista i colonización, al 
paso que se ha suprimido toda la parte relativa a la revo- 
lución de la independencia de las provincias arjentinas, de 
manera que en estas últimas el volumen termina con los 
sucesos de 1807. 



12 HISTORIA DB AMÉRICA 



Ercilla (Alonso). La Araucana, 

Este célebre poema, tantas veces reimpreso como la me- 
jor obra en sa jénero de la literatura española, es la histo- 
ria poética del descubrimiento i conquista de Chile, conta- 
da por uno de loi capitanes que tomaron parte en ella. 
Separando lo que en este poema es puramente obra de la 
imajinacion, se hallan allí abundantes noticias de carác- 
ter histórico. 

Errázuriz (Crescente). Los oríjenes de la Iglesia chilena 
(1540-1603), 1 V., Santiago, 1873. 

— Seis años de la historia de Chile (1598-1605), 2 v., 
Santiago, 1881-1882. 

Estas dos obra? recomendables por la seriedad de hi in- 
vestigación, son de grande utilidad. La primera es la his- 
toria eclesiástica de Chile del tiempo de la conquista i de 
los primeros años de la colonia. La segunda es la historia 
de la gran sublevación de los indíjenas que dio por resul- 
tado la desastrosa despoblación de las ciudades fundadas 
en el territorio araucano. 

García Camba (Andrés). Memorias para la historia de las 
armas españolas en el Perú, 2 v., Madrid, 1846. 

Este libro, escrito por un distinguido jefe español que 
tomó parte en aquellas guerras, contiene un caudal ina- 
gotable de noticias jeneral mente exactas, espuestas con 
claridad, i con menos pasión de lo que debia suponerse en 
un hombre que combatió con ardorosa obstinación por 
la causa del rei, i que ademas estuvo aBliado en uno de 
los bandos que dividieron a los realistas. 

Garcilaso de la Vega. Primara parte de los comentarios 
reales que tratan del oríjen de los incas, reyes que 
fueron del Perú, etc., 1 v., Lisboa, 1609. 

— Historia jeneral del Perú. Trata de! descubrimiento 
de él, i como lo ganaron los españoles, etc., 1 v., Cór- 
doba, 1617. 
Estas dos obras que se completan entre sí, han sido :uu- 



r.ir.T.ionnAi'íA 13 



chas veces reimpresas i traducidas a varios idiomas. El 
hecho de ser su autor, por su madre, descendiente de la fa- 
milia de los incas del Pera, les daba un gran prestijio, i 
hacia creer que todo o una gran parte del contenido de 
esos libros, era el fruto de observación propia. La crítica 
razonada demuestra, por el contrario, que la mayor par- 
te de sus noticias ha sido tomada de otros libros impre- 
sos o manuscritos 

NEAU (F. X.) Histoirc du Cnnnda depuis sa découverte 
jusqu^a nos JotirSy 3 v., Quebec, 1845-1852. 

Esta obra, de un verdadero valor histórico, ha sido 
reimpresa a lo menos dos veces mas con pequeñas modifi- 
caciones o correcciones, i traducida al ingles. 

(Claudio). Historia física i política de Chile, etc. 

La parte relativa a la historia política de esta estensa i 
conocida obra, forma ocho volúmenes, i se estiende desde 
el descubrimiento hasta 1831. Los acompañan dos tomos 
de documentos, muchos de ellos del mas alto interés. 

\RA (Francisco López de). Historia jeneral de las In- 
dias 1 V., Medina del Campo, 1553. 

Conquista de Méjico, 1 v., Madrid, 1553. 

Estas dos obras, muchas veces reimpresas, i traducidas 
a varios idiomas, son interesantes i bajo muchos concep- 
tos, útiles; pero su valor real es inferior a su reputación. 
Se hallan reproducidas en el tomo XXII de la Biblioteca 
de autores españoles, de Rivadeneira, entre "los histo- 
riadores primitivos de Indias.'' 

;oRA Marmolejo (Alonso). Historia de Chile desde su 
descubrimiento hasta el año 1575, 1 v., Madrid, 
1852. 

Esta crónica interesantísima i de un valor inapreciable, 
escrita por uno de los conquistadores, fué publicada por 
primera vez por don Pascual de Gayangos en el tomo IV 
de una colección de documentos titulada Memorial histó- 
rico español. Se halla reproducida en la Colección de bis- 
toríadojcs de Chile citada mas atrás. 



14 HISTORIA DB AMÉRICA 



González SuÁREZ (Federico). Historia jeaeral de la RepiS - 
blica del Ecuador, 7 v., i 2 de Altas arqveolójicc^ ^ 
Quito, 1890-1894. 

Esta obra, que abarca hasta el año 1809, está fnndau— 
da no sólo en el estudio de los antii^uos cronistas, sino d^s 
los documentos de los archivos, i, por estos motivos, sasrm 
como por el arte literario, es inmensamente superior a 1^^ 
de Ceballos, que hemos anotado antes. 

Herrera (Antonio de). Historia jeneral de los hechos cf^s 
los castellanos en las islas i Tierra Firme del m&^m 
océano, 8 v., Madrid, 1601-1615. 

Esta obra, reimpresa dos veces mas, i traducida en pai — - 
te a otros idiomas, es un monumento de laboriosidad, 
la compilación mas rica de noticias acerca de¡ descubr 
miento i conquista del nuevo mundo hasta el año d« 
1552; i aunque en muchos puntos ha adelantado sobr 
manera la investigación moderna, conserva aquella su va^- — 
lor por su conjunto, i constituye un arsena del informa — 
ciones abundantísimas i casi siempre seguras, recojidas ei^*" 
los mejores documentos que el autor reproduce o estracta^.^ 
Es conocida por la esmerada reimpresión hecha en Ma- — 
drid en 1730, acompañada de un copiosísimo índice alfa^ 
hético que facilita considerablemente toda consulta. 

HiLDRETH (Richard). The history of the United States oi 
America, from the discovery oí the continent to the 
organizátion of government under the federal cons- 
titution, 3 V., New York, 1849. 

— The history o f the United States of America, from 
the adoption ofthe federal constitution to the end 
of thesixteenthcongress, 3 v., New York, 1851-1852. 

Estas dos obras forman una interesante i amena histo* 
ria jeneral de Estados Unidos. 

HisrroRiA jeneral de la República de Chile, 5 v., Santiago, 
1866-1882. 

Colección de memorias históricas reunidas i anotadas 
por don Benjamín Vicuña Mackenua. Estas memorias, 



bibltogtiafía 15 



contraidas a asuntos determinados o a períodos aislados, 
se complttan entre si. Algunas de ellas son de grande inte- 
rés, i poseen un mérito duradero. 

UMBOLDT (Alexandre de). Examen critique de Phistoire 
de la géographie du nouveau continent et des pro- 
gres de r astronomie nautiqne, 5 v., París, 1836- 
1839. 

Obra de grande erudición i de un notable poder crítico; 
útilísima para estudiar la historia del descubrimiento de 
América, pero poco ordenada en su plan, falta de índices, 
i por tanto de difícil consulta. En 1892 se publicó en Ma- 
drid, en dos volúmenes, i con el título de **Crist6bal Co- 
lon i el descubrimiento de América" la traducción caste- 
llana de la mayor parte de esta obra de Humboldt; i por 
la distribución que allí se ha hecho de la materia en capí- 
tulos mas cortos, i con títulos especiales, esta traducción 
facilita la consulta de las muchas materias allí tratadas. 

Irying (Washington). The history of the Ufe and voyages 
ofChristophe Colomhus, 4 v., London, 1828. 

Hasta ahora la mejor, la mas completa i la mas intere- 
sante historia de Colon, por mas que en muchos puntos 
haya adelantado estraordinariamente la investigación. 
Existen de ella numerosísimas ediciones i traducciones a 
casi todos los idiomas de Europa. En Chile se han hecho 
dos ediciones de la traducción castellana. El mismo autor 
preparó un compendio de esta obra para el uso de la ju- 
ventud, del cual se hizo en Chile una traducción castella- 
na, publicada en 1893. 

— Voyages and discoveries of tbe companions of Co- 
lonibus, 1 V., London, 1833. 

Complemento de la obra anterior, igualmente reimpresa 
muchas veces i traducida al castellano i a otros idiomas. 

— Life oí George Washington, 5 v., New York, 1855.a 

1859. 

Libro de mui interesante lectura, pero sin novedad par- 
ticular en la investigación, que ha sido muchas veces reim- 



16 inSTOKIA 1)H AMKRICA 



preso, i traducido a varios idiomas, pero no al castellaao, 
ni al francés. 

Larrazábal (Felipe). Vida del Uhertndor Simón Bolívnr, 2 
V., Nueva York, 1865-1875. 

La mejor historia de Bolívar publicada hasta ahora, i 
destinada a servir de introducción a una colección de do- 
cumentos sobre este celebre personaje. Esta compilación 
que quedó en proyecto por muerte del autor en un naufra- 
jio, está ampliamente reemplazada por la voluminosa Co- 
lección de documentos para la vida pública del libertador^ 
dada a luz en Caracas, 1875-1877, en catorce tomos en 
folio, i que es segunda edición mui completada de otra 
compilación de un título análogo. 

LoRENTE (Sebastian). Historia del Perú, 1860-1876. 

Esta obra consta de seis volúmenes publicados los pri- 
meros en Francia i los otros en Lirfia, todos con títulos 
diferentes según el período que tratan; pero en su conjunto 
forman una historia jeneral del Perú desde el tiempo de los 
incas hasta 1827, preparada sin grande investigación, 
pero dispuesta con método i escrita con arte i talento. 

Lozano (P. Pedro). Ilistorin de la compañía de Jesús en la 
provincia del Paraguai, 2 v., Madrid, 1574-1755. 

Aunque contraída especialmente a la historia de los je- 
suítas en esta rejion de la América, esta obra, que deja ver 
que es tn su mayor parte una compilación formada sobre 
trabajos anteriores que han quedado inéditos, contiene 
muchas noticias utilizables para la historia civil de las 
provincias arjentinas i de Chile en la época de intentada 
conquista pacífica por medio del sistema de misiones pro- 
puesto por el padre Luis de Valdivia. Casi es innecesa: io 
decir que el padre Lozano defiende ese sistema que produ- 
jo los mas desastrosos resultados, i que su obra se aparta 
mucho de la verdad histórica; pero contiene noticias i do- 
cumentos utilizables. 

— Historia de la conquista del Paragaai, Rio de la 
Plata i Tucumany 5 v., Buenos Aires, 1874-1875. 
Crónica mediocre de aquellos sucesos, que por mas de un 



BIBLIOGRAFÍA 17 



siglo se conservó inédita, si bien fué conocida i esplotada 
por varios escritores. 

Malo (Charles). Histoire de Tile de Saint Domiague depuis 
sa décou verte jusqu'á cejour, 1 v., Paris, 1819. 

Libro abundante de noticias ordenadamente espuestas- 
Una segunda edición hecha en 1825 lleva la relación histó- 
rica hasta 1824'. 

Makcre (Alejandro). Bosquejo histórico de las revolucio- 
nes de Centro América, desde 1S21 haata 1834, 2 
V., Guatemala, ISS*. 

Esta obra debía constar de tres volúmenes; pero sólo se 
han publicado dos que llevan la historia hasta 1828. 

AIedina (José Toribio). Los aboríjenes de Chile, 1 v., San- 
tiago, 1882. 

— Historia de la literatura colonial de Chile, 3 v., 
Santiago, 1878-1879. 

MiLi-ER (John). Memorias del ¡enera 1 Miller, 2 v., Londres, 
1829. 

Traducción castellana hecha por el célebre jeneral esi)a— 
ñol Torrijos de esta obra escrita i pubHcada en ingles, en 
cuyo idioma hai dos ediciones. Bajo la forma de vida del 
jeneral don Guillermo Miller, se han reunido allí interesan- 
tísimas noticias sobre la revolución hispano-americana, i 
especialmente sobre la del Perú; i esas noticias dispuesta» 
con orden i referidas con una notable sencillez, forman un 
libro de una agradable lectura, i siempre instructivo. 

Mitre (Bartolomé). Historia de Belgrano, 3 v., Buenos 
Aires, 1876-1877. 

— Historia de San Martin, 4 v., Buenos Aires, 1889- 
1890. 

Estas dos obras, de título i de carácter biográfico, cons- 
tituyen, sin embargo, el mejor arsenal de noticias acerca 
TOMO I 2 



l'^ HISTORIA DE AMÉRICA 



de la historia de la revolución de la independencia de la 
Repúhiica Aijentina. La se^nda de ellas, siguiendo a San 
Martin a Chile i al Peiú. trata extensamente de la revolu- 
ción de estos paises. 

Molina 'Juan Ignacio). Compendio de la historia jeográñ- 
ca, natural i civil del reino de Chile, 2 v., Madrid, 
1788 a 1795. 

Esta obra, compuesta de dos partes diferentes, 1* his- 
toria natural i 2^ historia civil, publicadas ambas en ita- 
liano, i traducidas al castellano i a otros idiomas, fué muí 
notable en sií tiempo; i aunque los nuevos estudios sobre 
todas esas cuestiones la hayan hecho mucho menos útil, 
se lee siempre con interés i con agrado. 

Montero Barrantes (Francisco). Elementos de historia de 
Costa Rica, 2 v., San José de Costa Rica, 1892. 

Compendio escrito para la enseñanza de la historia pa- 
tria en ese país. Es una compilación cronolójica de hechos, 
con documentos intercalaJos en el texto, pero sin unidad 
o encadenamiento. 

MoNTÍ'FAR (Lorenzo). Reseña histórica de Centro América^ 
7 V., Guatemala, 1878. 

Compilación un poco irregular, pero abundante en do- 
cumentos históricos referentes a los años de 1826 para 
adelante 

MiNoz (Juan IJautista». Historia del Suevo MundOj 1 v., 
Madrid, 1 793. 

Es el primer tomo de una historia jeneral de .\mérica 
preparada con un vastísimo estudio, concebida con un 
notable espíritu crítico i escrita con arte i elegancia. Com- 
prende sólo la historia del descubrimiento hasta el año 
1500. La muerte impidió al autor aprovechar el caudal 
inmenso de materiales que habia reunido, i terminar una 
obra que habría sido un monumento en su jénero. 

Nadaillac (Marquis de). UAmerique préhistorique, 1 v., 
Paris, 1883. 



BIBLIOGRAFÍA 19 



Nayarrete (Martín Fernández de). Colección de los viajes 
i descubrimientos que hicieron pormnr los españoles 
desde ñnes del siglo X\\ 5 v., Madrid, 1825-1837. 

Valiosa compilación de documentos para la historia del 
descubrimiento de América i de los grandes viajes maríti- 
mos que se le siguieron. Grandes porciones de esta colec- 
ción han sido traducidas a otros idiomas, i los dos prime- 
ros volúmenes han sido reimpresos. 

OvALi.E (P. Alonso de). Histórica relación del reino de Chi- 
le^ 1 V., Roma, IG-t-l-. 

Este libro, publicado al mismo tiempo en italiano, i tra- 
ducido después al ingles, no es precisamente una crónica 
de la conquista, que sin embargo está contada sin gran 
desarrollo i sin mucha exactitud, sino una descripción je- 
neral del paiá i de su estado social un siglo después de la 
conquista, descripción interesante, instructiva i amena, 
que en medio de la naturalidad i sencillez con que ha sido 
trazada, deja ver en el autor un notable talento de escri- 
tor. Ha sido ¡reimpresa en Santiago, sin fecha de impre- 
sión, pero aproximativamente en 1888. 

Oviedo i Baños (José). Historia de la conquista i población 
de la provincia de Venezuela, 1 v., Madrid, 1723. 

Es la primera parte de una crónica de cierto valor his- 
tórico, que ha sido reimpresa en Caracas en 1824?. La se- 
gunda parte no ha sido publicada nunca i parece perdida. 

Oviedo i Valdes (Gonzalo Fernández de). Historia jeneral 
i natural de las Indias, islas i Tierra Firme del mar 
océano, 4 v., Madrid, 1851-1855. 

Única edición completa de la grande obra de este cro- 
nista, hecha por la academia de la historia de Madrid, 
bajo el cuidado de don José Amador de los Rios. Las par- 
tes de esta obra publicada anteriormente i traducidas a 
varios idiomas, le habían dado gran notoriedad que ha 
sido confírmada cuando se ha conocido completa. 

Paz Soldán (Mariano Felipe). Historia del Perú indepen^ 
diente, 3 v.. Lima, 1868-1874. 



20 HISTORIA Dfl AMÉRICA 



Historia prolija de la guerra de la independencia del Perú, 
poco ordenada, i en muchas de sus partes falta de impar- 
cialidad i de espíritu crítico; pero mui noticiosa i apoyada 
jeneralmente en documentos útiles, algunos d^ ellos des- 
conocidos antes. Posteriormente el autor ha publicado un 
IV tomo que cuenta la historia de la República. 

Pela KZ (Francisco [de 'Paula García). Memorias para la 
historia del antiguo reino de Guatemala^ 3 v., Gua- 
temala, 1851-52. 
Obra mui noticiosa, pero sin orden i método histórico. 

PiEDR AHITA (Lúcas Fernández). Historia jeneral de las 
conquistas del Nuevo reino de Granada, 1 v., Ambe- 
res, 1688. 

Obra importante para la historia de la conquista de ese 
pais, por estar fundada en las relaciones de los mismos 
conquistadores, pero desgraciadamente no llega mas que 
hasta el año 1565, siendo que, según parece, el autor ha- 
bia preparado la continuación que no se conoce. En los 
últimos años se ha hecho una reimpresión de esta obra. 

Plaza (José Antonio), Memorias para la historia de la Nue- 
va Granada desde su descubrimiento hasta ISIO, 
1 V., Bogotá, 1850. 

Resumen ordenado de la historia de la conquista i colo- 
nización de ese pais hasta la época de la revolución de la 
independencia. 

Prescott (WilHam H.) History of the reign oí Ferdinand 
and Isabella the catholic, 3 v., Boston, 1838. 

— History ofthe conquest of México, 3 v., New York, 
1843. " 

— History ofthe conquest o f Perú, 2 v., New York, 
1847. 

Estas tres obras, reimpresas muchas veces, traducidas 
a numerosos idiomas (en Chile se han hecho dos ediciones 



\ 



BlBLIOORAFiA 21 



de la Conquista del Perú i una de la Conquista de Méjico) 
i muí aplaudidas por la crítica ilustrada, son el fruto de 
un gran trabajo de investigación; i por el arte de la com- 
posición i las formas literarias, constituyen verdaderos 
modelos del buen jénero histórico. La primera de ellas, si 
bien no está precisamente contraida a la historia de Amé- 
rica, refiere con estudio i con criterio el descubrimiento 
del nuevo mundo i los primeros progresos de la coloni- 
zación. 

QrijANo Otero (I. M.) Compendio de la historia patria, 
1 V., Bogotá. 1883. 

Resumen elemental de la historia de Nueva Granada, 
que alcanza hasta 1863. Las noticias están espuesjas en 
forma sumaria. La parte mas noticiosa es la que se refiere 
a la revolución de la independencia. 

Rengger (L R.) et Longchamp (M.) Essai historique sur 
la révolution du Pnra^ay et la gouvernement dic- 
tatorial du docteur Francia, 1 v., Paris, 1827. 

Este librito, escrito por dos viajeros suizos que vivieron 
en el Paraguai i bajo la dictadura del doctor Francia, es 
sumamente instructivo e interesante. Ha sido reimpreso 
varias veces, i traducido a diversos idiomas. Una de las 
ediciones castellanas tiene notas ilustrativas sobre varios 
puntos. 

Restrepo (José Manuel). Historia de la revohicion^de la 
república de Colombia, 4 v., Besanzon, 1858. 

Segunda edición de una obra publicada en 1827, pero 
tan desarrollada i completada que se puede considerar 
una obra absolutamente nueva. Comprende la historia de 
la revolución de la independencia en Nueva Granada, Ve- 
nezuela i Quito, i la historia de la república dejColombia 
hasta su disolución en 1831. Si se le puede reprochar que 
su plan no es suficientemente apropiado pata formarse 
con una sola lectura una idea clara de aquellos aconteci- 
mientos, no se le puede desconocer su valor como fuentes 
de noticias abundantes, jeneralmente exactas, i espuestas 
con bastante imparcialidad. 



22 HISTORIA DE AMÉRICA 



Rosales (P. Diego de). Historia jeneral del reino de Chilc^ 
3 V., Valparaíso, 1877-1878. 

Crónica estensa, de un valor mui desigual i en todo caso 
inferior al crédito que se ha pretendido darle. Cuenta los 
sucesos relativos a la conquista i a la colonia hasta me- 
diados del siglo XVII. La parte concerniente a la conquis- 
ta i años subsiguientes, no vale casi nada; pero al narrar 
los sucesos de su tiempo, el padre Rosales ha podido dar 
alguna luz sobre ellos, i utilizar los escritos de otros cro- 
nistas, a quienes toma, sin citarlos, largas pajinas. Bl pa- 
dre Rosales, aunque escritor abundante, jeneralmente co- 
rrecto, no sabe dar relieve a los acontecimientos i no tiene 
suficiente criterio para juzgarlos. 

RoBBRTSON (William). The bistory o f America y 2 v., Lon- 
don, 1777. 

Obra completada en las ediciones subsiguientes, tradu- 
cida a muchos idiomas, i acreditada por el aplauso de la 
crítica por centenares de reimpresiones. Aunque circuns- 
crita a dar a conocer el estado social de los antiguos pue- 
blos americanos, el descubrimiento i conquista sólo de 
algunos de estos paises, i el sistema colonial de los euro- 
peos, i aunque sobre muchos de estos puntos la investiga- 
ción moderna haya modificado mucho lo que se sabia en 
tiempo de Robertson, la obra dé éste conserva junto con 
su valor literario, el que le ha impreso un alto i razonado 
espíritu de crítica i el estudie concienzudo de todas las 
fuentes de informaciones que era posible conocer entonces. 
La lectura de esta obra, átil por su fondo histórico, lo es 
igualmente como un modelo del arte de la narración. 

Ruge (Sophus). Historia de la época de los descubrimientos 
jeográñcos, 1 v., Barcelona, 1890. 

Forma parte de la célebre "Historia Universal'* (tomo 
VII) preparada por varios profesores alemanes bajo la di- 
rección del doctor Guillermo Oncken, i con ella ha sido 
traducida al castellano i publicada con las mismas lámi- 
nas de la edición orijinal, que son mui instructivas. 
Cuenta la historia del descubrimiento i conquista de Amé- 
rica, conjuntamente con la de la India Oriental. Por la 
solidez de la preparación del autor, por la seriedad de la 
crítica histórica i por la utilización de los trabajos mas 



BIBLIOGRAFÍA 23 



recientes de la erudición moderna, el libro de Ruge debe 
ser conocido i estudiado; pero no es en manera alguna 
una historia popuHr, es decir, exije que el lector tenga 
algún conocimiento de la materia, para aprovechar las 
útiles nociones que contiene. 

Simón (Frai Pedro). Primera parte de las noticias historia- 
les de las conquistas de Tierra Firme de las Indias 
Occidentales, 1 v., Cuenca, 1627. 

Crónica mui abundante en noticias para la historia de 
la conquista i colonización de la Nueva Granada. Ha sido 
reimpresa en Bogotá en 1882; pero aunque se ha anun- 
ciado la publicación de otras dos partes que el autor dejó 
inéditas, ignoro si se haya hecho. 

SoLis (Antonio de). Historia de lá, conquista, población i 
progresos de la América septentrional conocida con 
el nombre de Nueva España, 1 v., Madrid, 1684. 

Esta obra, mas conocida con el título de "Historia de 
la conquista de Méjico" es un monumento de la literatura 
histórica i de la buena lengua de España, i como tal ha 
sido reimpresa muchas veces i traducida a varios idiomas. 
Si por el arte de la composición i por su valor literario 
merece el aplauso que se le ha tributado, deja mucho que 
desear por la falta de rigorosa verdad, i por el carácter 
jeneral de la crítica histórica a que obedece el autor. 

S0TO.MAYOR Valdes (Ramón). ///síor/a de Chile durante los 
cuarenta años trascurridos desde J831 hasta 1871, 
2 V., Santiago, 1875-1876. 

Estudio histórico tan valioso por su fondo como por su 
forma' literaria. Esos dos volúmenes alcanzan sólo hasta 
1837. 

— Campaña del Ejército chileno contra la confedera^ 
cion Peruboliviana en 1837, 1 v., Santiago, 1896. 

— Estudio histórico de Bolivia bajo la administración 
del jeneral don José María de Achá, 1 v., Santiago, 
1874. 



HISTORIA DB AMáRICA 



Está precedido de una introducción de 125 grandes pa- 
jinas que forma un compendio ordenado i noticioso de la 
historia de Bolivia desde los principios de la revolución de 
la independencia hasta 1861. 

Sparks (Jared). Thelife ofGeorge Washingtoiiy 1 v., Boston, 
1839. 

Escelen te vida de Washington, preparada como intro- 
ducción a una colección de documentos sobre este ilustre 
personaje, varias veces reimpresa i traducida al francés. 
En ella se puede estudiar la historia de la revolución de la 
independencia de los Estados Unidos de América. 

Toledo (Fernando Alvarez de). Paren Indómito^ 1 v., 
Leipzig, 1861. 

Poema, o mas bien, crónica rimada sobre el levanta- 
miento de los indios i destrucción de las ciudades de Chile 
a fines del siglo XVI. 

Torrente (Mariano). Historia de la revolución hispano- 
americana, 3 V., Madrid, 1829-1830. 

Aunque concebida con el mas apasionado espíritu espa- 
ñol, preparada con los informes i escritos de los jefes rea- 
listas, i muí incompleta en ciertos puntos, esta obra es un 
trabajo considerable de perseverancia; contiene noticias 
acerca de la revolución de todos los pueblos hispano-ame- 
ricanos, es de suma utilidad en algunas de sus partes en 
que el autor ha podido recojer datos abundantes, está tra- 
zada en rigoroso orden cronolójico i escrita con perfecta 
claridad i en ocasiones con verdadero interés. Fué mui leí- 
da en años atrás; i aunque las nuevas investigaciones la 
hayan hecho caer en cierto olvido, vale mucho mas de lo 
que podria creerse por la escasa estimación que de ella se 
hace al presente. 

Vallejo (Antonio R.) Compendio de la historia social i po- 
lítica de Honduras, aumentada con los principales 
acontecimientos de la Centro América, 2 v., Teguci- 
galpa, 1882. 

Libro elemental dispuesto en preguntas i respuestas, con 
documentos intercalados en el testo, que alcanza en la na- 



bibliografía 25 



rracion de los hechos hasta el año de la publicación. Bl se- 
gundo volumen está formado por otros documentos. 

Varnhagen (Francisco Adolfo). Historia geral do Brasil, 
2 V., Rio de Janeiro, sin año de impresión. 

El autor de este libro, que al frente de él ha puesto, no 
su nombre, sino su título de Vizconde do Porto Seguro, 
habia hecho la primera edición en Madrid en 1854. La se- 
gunda, llamada de Rio de Janeiro, fué impresa en Yiena en 
1875, i contiene notables modificaciones sobre la primera. 
Esta historia, la mejor que existe sobre el período colonial 
del Brasil, i fruto de un largo estudio en bibliotecas i en 
archivos, se detiene al iniciarse la revolución de la inde- 
pendencia. La primera edición contaba los primeros pasos 
de ésta, hasta setiembre de 1822. El autor dejó escrita 
una continuación o historia déla revolución c independen- 
cia del Brasil que no se ha publicado. 

ViDAi'RRE (Felipe Gómez de). Historia jeográ fien, natural 
i civil del reino de Chile, 2 .v., Santiago, 1889. 

Esta obra, escrita en Italia a fines del siglo anterior por 
un ex— ¡esuita chileno sobre el mismo plan de la de Molina, 
que hemos mencionado antes, pero mui inferior a ella bajo 
todos conceptos, ha merecido el honor de ser publicada un 
siglo mas tarde; pero no puede sacarse grande utilidad de 
su estudio. 

Vici'ÑA Mackenna (Benjamin). 

Este fecundo escritor ha dejado numerosos libros sobre 
historia de Chile, todos ellos animados por una forma li- 
teraria agradable i llena de colorido. A pesar de los descui- 
dos de detalle, hai siempre en esos libros noticias i docu- 
mentos nuevos o desconocidos anteriormente. De entre 
ellos señalaremos sólo los que llevan por título El Ostra- 
cismo de los Carreras, El ostracismo de O^Hi^gins, La gue- 
rra a muerte (historia délas últimas campañas de la inde- 
pendencia, o guerra contra los montoneros que se denomi- 
naban últimos defensores de los derechos del rei de Espa- 
ña) i Don Üie^o Portales, 

ZARATE (Agustín de). Historia del descubrimiento i conquis- 



26 HISTORIA DE AMÉRICA 



ta de la provincia del Perú, i de las guerras i cosas 
señaladas en ella, 1 v., Araberes, 1555. 

Crónica ordenada i bien escrita por un testigo de mu- 
chos de los acontecimientos que refiere, varias veces reim- 
presa i traducida a otros idiomas; pero de un mérito his- 
tórico inferior al que ha solido atribuírsele. Se halla repro- 
ducida en la Biblioteca de autores esipañoles, de Rivade- 
neira, tomo XVI, segundo de "Los historiadores primitivos 
de Indias'\ 



PARTE PRIMERA. 

AMÉRICA INDIJENA. 



CAPÍTULO PRIMERO. 

Primitivon habitantefi de América. 

1. Oscuridad del oríjen de los primitivos habitantes de América. — 
2. Hipótesis mas probable. — 3. Etnografía de los pueblos ame- 
ricanos.— 4. Lenguas.— 5. Naciones civilizadas de América.— 6. 
(Nota). 

1. Oscuridad del oríjen de los primitivos habitan- 
tes de América.— **E1 problema de la primera población 
de la América no es del resorte de la historia, así como 
ias cuestiones sobre el oríjen de las plantas i de los anima- 
les, i sobre la distribución de los jérmenes orgánicos no 
son del resorte de las ciencias naturales. La historia, re- 
montándose a las épocas mas remotas, nos muestra casi 
todas las partes del globo ocupadas por hombres que se 
creen aboríjenes porque ignoran su filiación. En medio de 
una multitud de pueblos que se han sucedido mezclándose 
unos con otros, es imposible reconocer con exactitud la 
primera base de la población, este oríjen primitivo mas allá 



2) HISTORIA DB AMÉRICA 



del cual comienza el dominio de las tradiciones cosmogó- 
nicas*' ^. 

A pesar de la profunda verdad que encierra esta opinión 
de un ilustre sabio, la historia se ha ocupado con frecuen- 
cia de averiguar cómo i cuándo fué poblada la América. 
Consultáronse primeramente las tradiciones de los indíje- 
nas: fueron estudiadas sus costumbres e instituciones, i 
comparándolas con las de los pueblos del antiguo conti- 
nente se crevó hallar la filiación de los primitivos america- 
nos. Este me.Jio de investigación mui poco seguro, en que 
se toman como coincidencias nacidas de un mismo oríjen 
las prácticas, preocupaciones i usos que st)n inherentes a 
cierto estado de civilización, llevó a los historiadores a 
fundar las teorías mas opuestas. Se ha escrito que los ame- 
ricanos dcscendian de los judíos dispersados después de la 
destrucción de Jerusalen; que provenían de los fenicios i 
cartajineses arrojados a las costas de América por una 
temi>cstad, o que traian su oríjen de los tártaros i mon- 
goles, fijando al efecto hasta la época en que debian aque- 
llos haber hecho su emigración. Otros supusieron que el 
continente americano habia estado unido antiguamente al 
Asia, i que violentas convulsiones volcánicas habían roto 
las tierras de comunicación, formando así los innumerables 
archipiélagos de la Oceanía *. 

2. Hipótesis mas probable.— Sólo en los últimos años 
se ha aplicado al estudio de esta cuestión elementos mas 
•seguros de investigación, la filolojía i la antropolojía. Las 
escavacií)nes jeolójicas practicadas en el sur del Brasil i en 
los valles del Ohío, del Mississipí i de la Florida i los restos 
humanos hallados en estado fósil - , dieron al hombre 
americano una antigüedad que no se sospechaba. í*or al- 



1 Hi'MBOLDT, Vaes des coráílJeres et monuments des peuples in- 
digenes de V Amériquc, toni. 1. Introduction. 

* Casi todas estas hipótesis están fundadas en quimeras histó- 
ricas que no pueden resistir a la luz de la verdadera crítica. 

2 Lyell, Uancienneté de Vhomme prourée par la géolosiic. 
traduit par Chapcr, París, 1864, chap. III, páj. 40, ed. s. 



PARTB PRIMERA.— CAPITULO I 29 

^tin tiempo creyeron algunos sabios que el nuevo mundo 

liabia sido la cuna del jénero humano; pero las investiga- 

criones subsiguientes revelaron que en otras rejiones del 

^lobo existían restos humanos de la misma antigüedad. 

Jibara hallar una solución al problema del oríjen de los pri- 

x^ciitivos habitantes de América, se ha apelado al estudio de 

^ mis lenguas i de la fisiolojía. La investigación científica ha 

c:r ^^nducido a los sabios a asentar como verdad probada la 

z:m. miidad del jénero humano, i se ha señalado al Asia como 

s -«.j patria común, de donde han salido las tribus humanas 

jj:> .^ira poblar las soledades mas remotas. 

Pero ¿cómo han podido efectuarse estas emigraciones? 
¿ CZZómo el hombre, desprovisto de los elementos que le ha 
S'»-» ministrado la civilización moderna, ha podido cruzar los 
tr:^ ^res? **Pickering, miembro de una comisión científica 
n <i>rte-americana, se pregunta dónde comienzan i dónde 
a Ciaban el Asia i la América; i en efecto, el navegante que 
c* >steando las islas Aleuciíinas pasa de Kamtchatka a la 
p^:nínsula de Alaska, se encuentra mui embarazado para 
dtiterminar el límite de ambos continentes. La población 
d^ América por el noroeste fué, pues, mui fácil. Al noreste, 
porla Islandia i la Groenlandia, las inmigraciones de Eu- 
ropa en América ni) eran mas difíciles. 

**Pero estos dos puntos no son los únicos por donde ha 
debido efectuarse la población del nuevo mundo. Se conoce 
hoi mejor que antes la marcha, la complicación de los mo- 
vimientos de la atmósfera i de los mares. Donde nuestros 
predecesores no vieron mas que la gran corriente ecuato- 
rial, que iba directamente del este al oeste, sabemos ahora 
que existen contra corrientes dirijidas en sentido contrario. 
• Los marinos modernos han descubierto nuevos rios que c«;- 
rren en el seno de los mares, i en particular han encontrado 
uno que pasando por el sur del Japón se dirije a las costas 
de América. La corriente de Tressan ha arrastrado hasta 
las costas de California algunos juncos, o naves chinescas, 
abandonados, así como el Gulf stream habia arrojado a la 
playa de las Azores los frutos, los maderos labrados, i las 






HO HISTORIA DE AMÉRICA 



canoas destrozadas que llevaron al corazón de Colon la 
convicción de que era posible hallar tierras navegando ha- 
cia el occidente de Europa. Esta corriente, si ha sido cono- 
cida de una nación de navegantes, ha podido i debido con- 
ducir sus naves de Asia a América, así como ha podido 
arrastrar a California las embarcaciones imperfectas de al- 
gunos pueblos menos hábiles para lucharcontra el mar. En 
fin, la gran corriente ecuatorial del Atlántico ha podido 
mui bien llevar a la América meridional i al golfo de Méjico 
cierto número de hombres arrancados a las costas de Áfri- 
ca; pero en todo caso, estos hechos han debido ser mucho 
mas raros, porque la mayor parte de las poblaciones lito- 
rales del África parece haberse dedicado mui poco a la na- 
vegación.'* 3 

De estas observaciones se deduce que la América ha debi- 
do ser poblada por inmigraciones sucesivas, conclusión que 
está hasta cierto punto conforme con las primitivas tradi- 
ciones de los pueblos mas adelantados del nuevo mundo. 
Sin embargo, en este oríjen probable de la población ameri- 
cana parece haber predominado el elemento asiático. '*Las 
naciones de América dice Humboldt, a escepcion de las que 
pueblan las inmediaciones del círculo polar, forman una 
sola raza, caracterizada por la conformación del cráneo, 
por el color del cutis, i por los cabellos lisos i lacios. La raza 
americana tiene relaciones mui sensibles con la de los pue- 
blos mongoles; sin embargo, los pueblos indíjenas del nue- 
vo continente ofrecen en sus facciones, en su color, mas o 
menos subido, i en la altura de su talla, diferencias tan 
marcadas como los que se notan entre muchas naciones de 
la misma raza en el antiguo mundo.'* * 



•* A. De Quatrefagks, Unité de Véspcce humaine, chap. XXII, 

páj. 406 Brasseur de BiíUrbourg, Popo! Vuh, Je íivre sacre de 

V antiquite americainey introduction, § III, consigna algunas noti- 
cias de viajes efectuados de esta manera. 

* Los resultados obtenidos por este camino, por mas injeniosos 
i atrayentes que parezcan, distan mucho de ser definitivos i de so- 
lucionar regularmente las infinitas dificultades que suscita la cues- 
tión. 



PARTB PRIMERA. CAPÍTILO I 31 

3.— Etnografía de los pueblos amerícanos.— Los con- 
quistadores europeos del nuevo mundo encontraron, sin 
embargo, una gran variedad entre sus habitantes. Vivian 
estos individuos en tribus mas o menos numerosas, casi 
siempre aisladas eutre sí, hablando diversas lenguas i ob- 
servando prácticas diferentes. La ciencia moderna ha que- 
rido clasificar en diversas ramas a los primitivos habitan- 
tes de América: i tomando por punto de partida las lenguas 
i las costumbres, ha encontrado una inmensa multitud de 
pueblos a los cuales, si bien ha atribuido un oríjen común, 
no ha podido aun agrupar definitivamente en diferentes fa- 
milias. ** Desde el polo norte hasta la Tierra del Fuego, casi 
no hai un matiz de color humano que no se manifieste en 
América, desde el negro hasta el amarillo. Los indíjenas, 
según su nacionalidad, aparecen de cí)lor moreno aceituna- 
do, moreno subido, bronceado, amarillo pálido, amarillo 
cobrizo, rojos, blancos, morenos, etc. Su estatura no varia 
menos. Entre la talla no diremos jigantesca, pero elevada 
del patagón^ i la pequenez de \oschangos, se encuentra una 
multitud de estaturas intermediarias. Las proporciones'del 
cuerpo presentan las mismas diferencias: algunos pueblos 
tienen el rostro largo, como las tribus délas pampas, otros 
corto i ancho como los habitantes de los Andes peruanos. 
Ix> mismo se observa en la forma i el volumen de la calveza. 
Sin embargo, se nota entre los diferentes pueblos america- 
nos un aire de parentesco, i ciertos rasgos jenerales que los 
distinguen de las razas del antiguo mundo.** ^ 

Estas diferencias han dado lugar a las variadas clasifi- 
caciones etnográficas de los aboríjenes de América. Hasta 
ahora, como hechos dicho, no se ha llegado a hacer una 
distribución definitiva; pero los estudios especiales que se 
han hecho en las dos Américas, han probado la variedad 
de tribus i de familias que.constituian su primitiva pobla- 
ción cobriza. Separando a los habitantes de las rejiones 
circumpolares, los esquimales, como hombres de raza dife- 



* Maüry, La terre etVhomme, chap. 7*^, páj. 368. 



32 HISTORIA DE AMÉRICA 



rente, se ha dividido al resto de los indíjenas americanos en 
ocho grandes ramas que a su vez han sido subdivididas en 
infinitas familias. Son éstas: 1* La roja, que abraza todas 
las tribus estendidas en otro tiempo sobre el territorio de 
Estados Unidos; 2* La califomiana, qu? ocupaba la rejion 
occidental de la América del norte; 3* La nahua en Méjico; 
4* La maya-quiché en la América Central; 5* La caribe, 
que se estendia en las Antillas i en las rejiones septentrio- 
nales de la América del sur; 6* La guaraní, pobladora de 
una gran parte del Brasil; 1^ La peruana de los Andes, que 
formaba el vasto imperio de los incas; 8* La pampa, que 
se dilataba en la rejion oriental de la parte meridional de 
la América del sur; 9*^ La araucana que poblaba los dos 
lados de la cstreniidad meridional de la cordillera de los 
Andes. Esta clasificación» por jeneral que sea, dista mucho 
de ser definitiva. ^^ 

4. — Lenguas.— Estas ramas se dividen i se subilividen 
hasta lo infinito cuando se estudian i clasifican las lenguas 
i dialectos americanos. Losfilólogos han contado en el nue 
vo mundo mas de 500 lenguas diferentes, i mas de 2,000 dia- 
lectos *5. 

**Las lenguas americanas ofrecen sin duda una gran desi- 
gualdad de desarrollo i de riqueza, según el estado mas o 
menos avanzado de los pueblos que las hablan; pero nunca 
aun tomando las formas mas complejas i eng^rosanílo su 
vocabulario, estas lenguas pierden un carácter de aglutina- 
ción. Por elaborado que sea un idioma americano, guarda 



Entre la multitud de trabajos que existen sobre la etnografía 
americana se distinguen: L'hommt amcricain de VAmcriq w me- 
ridionales par Alcide D*Orbigny, 2 vol., i North americain indians 
by Geo. Clatin, 2 vol., notable particularmente por el primor de 
sus grabados. 

6 Véase el At/as ethnographique du globe, par A. Balbi, Paris 
1826.— El mas completo de los catálogos de las lenguas america- 
nas que se haya publicado jamas es el del erudito profesor alemán 
Hermann K. Luüwig, dado a luz con el título de The líterature of 
american aboriginal langvage, London, 1858. 



PARTE PRIMERA.- -CA1'ÍTÜT.0 I 33 



siempre su sello especial, lo que le quita toda +lexib¡Hdad; i 

Hace mui incómodo su uso. Es incapaz de espresar las ideas 

finas, sutiles i delicadas: puede ser rico en espresiones, pero 

carece de flexibilidad i de claridad. La persistencia de este 

carácter tan distintivo en las lenguas americanas es uno fie 

los indicios menos equívocos de que las poblaciones que los 

iiaWan están unidas por un parentesco común. En lugar de 

dtísligar su pensamiento de la concepción confusa bajo !a 

cual se liabia presentado, los indios americanos no han 

hecho mas que insistir sobre la primera tendencia. No sólo 

se lian aglutinado las palabras sino <juc estas han sufrido 

Cíimbios que las handestigurado completamenLC. El empico 

constante déla aglutinación da a las lenguas de la America 

la, apariencia de tener j)alal)ras mui largas, ;iunc|ue los ele- 

inciitos que componen esas palabras sean nionc^sílabos o 

disílabos.'' 7 

A pesar de estas coincidencias, las lenguas americanas 
ofrecen infinitas variedades, no tanto en su construcción 
corno en sus vocabularios. En los primeros tiempos de la 
conquista, los castellanos buscaban un intérprete entre los 
iadíjenas, o alguno de ellos estudiaba ciertas palabras para 
darse a entender en las espediciones subsiguientes; pero 
luego notaban con sorpresa (jue apenas habían andado 
unas cuantas leguas, o se habian trasladado de una isla a 
otra, encontraban pueblos cuyo idioma les era completa- 
mente desconocido. Este fenómeno de la inmensa variedad 
de idiomas, único en el mundo, llamó la atención de los tos- 



' ' MAUH\,La tcrrc et /'/zomríit*. chap. VIII,|)áj. 4-l<). — Para com- 
prender irn-jor este sistema de aglutinación, basta citar un ejemplo. 
Sicakhihuíí significa en mejicano yo construyo mi casa, i se compo- 
ne den/, cal i chthuü, que significa yo, casa, hago. VA nombre del 
emperador Moteuhzoma (vulgarmente Moctezuma) es compuesto 
de un modo análogo de mo-^o/wa, que significa el se enfada i de 
TheuliqvLt significa señor, se enfada como señor. Véase la diserta- 
ción que sobre este punto ha hecho D'Okbignv, L'/ior/inje nnn-r'^ 
ta/fl, tom. I, chap. III. 

TíHIO 1 8 



í31 IIISTOUIA \)K AMKRICA 



eos soldados castellanos, i ha preocupado seriamente a los 
sabios modernos ^, 

5. Naciones civilizadas de América.— En medio de ese 
conjunto de tribus bárbaras que constituian la población 
indíjeníi de América, se habian formado lentamente socie- 
dades i estados que alcanzaron á cierto «^rado de civiliza- 
ción. A pí)ca distancia de los bosques donde se ocultaban 
salvajes desnudos i feroces, se habian levantado imperios 
poderosos en que las artes i la industria eran cultivadas 
con esmero i en que comenzaban a aparecer los primeros 
jérmenes de las ciencias. La civilización naciente estaba re- 
concentrada en tres puntos del inmenso territorio de la 
América; pero en los tres habia tomado caracteres esencial- 
mente orijinales, i mui diferentes de los que distint^ruen la 
civilización europea. 

En el valle de Anahuac se levantaba el imperio mejicano 
poderoso por su organización i sus ricjuezas, i pequeños es 
tados confederados que robustecian su poder. En la Améri 
ca del sur se habia formado el estenso imperio de los incas 
que después de grandiosas conquistas, se estendia rápida 
mente. Estos dos grandes imperios, estaban aislados, ]>oi 
decirlo así, por elevadas montañas i por climas mortíferos 
Ambos habian crecido i desarrollad ose sin tener noticias 
de la nación rival de su grandeza i de su poder (pie se levan 
taba en el mismo continente. En medio de ellos, en las re 
jiones (pie hoi forman la república de Colombia, existia uní 
nación menos poderosa i menos civilizada, la de los chíb 
chas o niuiscas que tenia tam])ien una civilización propia 
pero cpie liabria sido absorbida jjor los poderosas scñoreí 
del Viivú si la existencia del imperio de éstos se hubiera pro 
longado algunos siglos mas. 

Al rededor de estas tres naciones, s(')lo habia tril)us sal 



"^ ICntrc los cstuflios que se han hecho sfíbre las len/jiias aboríje 
nes ílc la América puede consultarse con provecho el artículo titu 
laclo Lniií*tns /tnicricaincs. publicado por M. Aubin en la Encvcla 
¡jcdic (Iii XIX sicclc. 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO I 35 



vajes, mas o menos groseras, que parecían destinadas'a vi- 
^"ir perpetuamente en la ]>arbarie cuando los conquistado- 
ircs europeos pisaron las playas del nuevo mundo. * 



* En la edición del Compendio de Historia de América (de 1894-) 
cl ice el señor Barros Arana lo siguiente acerca de las materias de 
críste capítulo: **La existencia del continente americano eradescono- 
crida a los ejipcios, a los chinos, a los fenicios, a los griegos i a los 
i-o manos. Los historiadores de estas diversas naciones no hacen la 
n^enor mención de esta vasta porción de nuestro globo; i los pri- 
meros conocimientos serios Cjue acerca de ella tuvieron los europeos, 
<i¿3.ta.n de la conquista española comenzada al terminar el siglo XY 
de nuestra era. En ese momento la America estaba habitada desde 
el océano Ártico hasta el cabo de Hornos, desde las riberas del 
At: I ¿Íntico hasta las del Pacífico, por millones de hombres que pre- 
sen tiaban, por su aspecto físico i por su estado social, rasgos carac- 
te-rís ticos en contraste completo con los que habitaban cl antiguo 
con tiinente. Hablaban centenares de dialectos mas o menos seme- 
jar! t: es en su estructura, diferentes en sus vocabularios, ])ero todos 
tJJ^Uí^Imente estraños a las lenguas de Europa i del Asia. Su manera 
de numeración, su sistema astronómico, el modo de contar el tiem- 
po, diferian igualmente de los que usaban los europeos. Todo era 
nuevo para éstos" (Xadaili ac, Les prcmiers hommes, chap. VUI). 
Ignoranrlo la existencia de este continente, los primeros europeos 
<iue arribaron a él en el siglo XV, creían haber llegado a las rejio- 
nes mas apartadas del Asia, i lo llamaron Indiu, i a sus poblado- 
res, indios. Sólo algunos años mas tarde descubrieron que era un 
continente desconocido hasta entonces; i se le designó con los nom- 
^>res de América i de Nuevo Mundo. 

Los trabajos de la lingüística comparada, en que muchos espí- 
1"! tus cultos creyeron hallar el camino para descubrir la verdad 
P^r la filiación de las lengua?, no ha dado frutos mas satisfacto- 
rios. El continente americano ofrccia a este respecto un cuadro 
qne con justicia ha llamado la atención de los sabios. Se hablaban 
^n él mas lenguas diferentes que en cualquiera otro continente. 
Cerca de quinientas de ellas son conocidas por medio de gramáti- 
<^as mas o menos razonadas, o estudios de cierto valor, i proba- 
blemente pasan de otras tantas las lenguas americanas menos co- 
nocidas o del todo desconocidas. La lingüística moderna, sin lle- 
í;íirtodavía a conclusiones definitivas, cree poder asentar que todas 
ellas pueden reducirse a unas veintiséis lenguas matrices, esen- 
cialmente diferentes entre sí; i que las demás, que se habían tomado 
como idiomas diversos, son sólo dialectos derivados de aquéllas. 



36 HISTORIA DE AMÉRICA 



La combinación de estos diferentes estudios, el examen de las 
tradiciones históricas i los monumentos i ruinas que los conquista- 
dores europeos hallaron en América, la observación de los caracte- 
res fisiolójicos de los americanos, la comparación cientifíca de las 
lenguas que éstos hablaban, coordinado con las conquistas de la 
jeolojía i de la paleontolojía, que han hallado los vestijios déla 
presencia del hombre en una época mui remota, han permitido lle- 
gar a conclusiones que en manera alguna resuelven la cuestión de- 
oríjenes de la población americana, o mas bifn que alejan la difi- 
cultad, haciéndonos comprender que, alo menos hasta ahora, ea=? 
imposible llegar a una solución efectiva. Estas conclusiones puc^" 
den formularse de la manera siguiente: 

1* El hombre habita la América desde tiempos tan remotos qufc=:=^ 
no siendo posible encuadrarlos en ningún sistema cronolójico, í^= 
les ha dado la denominación de prehistóricos, i sólo pueden comb ' 
narse con los períodos jeolójicos 

2^ La civilización americana, tan vieja en su oríjen como la -* 
mas antiguas civilizaciones conocidas de los otros continentes, n» 
es exótica. Se ha formado i desarrollado en su suelo, i ha pasada 
por alternativas de adelanto i retroceso que produjeron en un lar — ^ 
go trascurso de siglos, la grandeza, la caida i la reconstrucción d»- 
vastos i poderosos imperios. 

3" Las lenguas americanas parecen igualmente formadas en est^ 
continente; i no sólo no pueden asimilarse o acercarse a las de los 
otros continentes a cuyas poblaciones se le atribuía un oríjen co -^ 
mun, sino que estaban divididas en lenguas enteramente diversa^í 
entre sí, e irreductibles a un centro lingüístico único. 

Las tradiciones históricas de los pueblos americanos, conserva- - 
das muchas de ellas en pinturas o escrituras jeroglíficas casi det 
todo indescifrables, o en instrumentos de mas difícil interpretación,,-- 
i la existencia de ruinas de palacios, fortalezas, templos i ciudades-^== 
enteras, ruinas misteriosas para los hombres que habitaban este ^ 
continente a l<i época de la conquista europea, no bastan para for- 
mar la historia ordenada de las antiguas naciones del Nuevo Mun- - 
do, sino un cuadro vago i jeneral de las trasform aciones por que 
éstas habian pasado. Todo demuestra que los imperios que los 
europeos encontraron en América al terminar el siglo XV, eran 
relativamente modernos, pero que ellos reemplazaban a otros mu- 
cho mas antiguos, i que jirobableniente fueron un tiempo mas po- 
derosos. **La trajedia que en el viejo mundo tuvo por desenlace la 
caida del imperio romano, dice un célebre americanista, se repitió 
en el Nuevo Mundo; i los godos, los hunos i los vándalos de Amé- 
rica consiguieron destruir una civilización que podía rivalizar con 
las de Roma, de Nínive, del Ejipto i de la India*'. Puede añadirse 



PARTE PRIMERA. CAPÍTL-LO I 37 

411c así como los invasores del imperio romano fueron los instru- 
mentos de la formación de las nuevas nacionalidades europeas, la 
<lestruccion de la antigua cultura americana fue seguida, (les[)ues 
tle algunos siglos de perturbación, del nacimiento de las sociedades 
civilizadas que hallaron en este continente los conquistadores 
europeos. 



CAPITULO II. 

El antig^iio Méjico. 

1 - Oríjen de la civilización mejicana. — 2 Los chichimecas.— 3. Nue- 
vas invasiones; los aztecas o mejicanos.- 4?. Gobierno de los 
mejicanos.— 5. Jerarquía social.— 6. Rentas públicas. — 7. Ins- 
tituciones militares — 8. Industria i comercio.— 9. Artes, cien- 
cías i letras.— 10- Relijion. — 11. Costumbres. 

1. Oríjrn de La civilización mkjicaxa. -- "La civiliza- 
ción primitiva de la América septentrional parece haber es- 
tendido sus beneficios, en los primeros tiempos de su exis- 
tencia, a las diversas comarcas conocidas hoi con el nom- 
bfede estados de Tabasco, de Chiapas, de Oajaca i de 
^ ucatan, así como a las repúblicas actuales de Guatemala, 
Salvador i Honduras. La multitud i la variedad de las rui- 
nas que se encuentran en estas diversas comarcas, unidas 
^^ estudio de las tradiciones que se ligan a su pasado, han 
itispirado el pensamiento de buscar allí las primeras huellas 
deesas antiguas naciones que rivalizan, por su cultura i su 
civilización, con los reinos del Asia antigua. Según las tra- 
diriones tzendales, las orillas del rio Tabasco i del Uzuma- 
cínta habrían sido testigos, muchos siglos antes de la era 
cristiana, de las maravillas operadas por Votan, el mas an- 
tiguo de los lejisladores americanos. Votan apareció acom- 
pañado de aquellos a quienes la providencia destinaba 
para ser los fundadores de esa civilización. Votan, dice la 



\ 



40 HISTORIA 1>E AMKllICA 



n 



tradición, es el primer hombre que Dios envió para dividir • 
i distribuir estas tierras. Esta repartición anuncia unaMBiB. 
conquista o una colonización, i de todos modos la divisior= ^ 
del suelo, que es una de las ])rinieras condiciones de la pro '^- 
piedad i por consií^uienio de la civilización. Votan no venia -^, 
pues, a poblar el continente americano, (jue ya se hallabf.:^ 'i 
poblado'* ^. 

La historia de los fundadores de la civilización de aíjuc- -^^^■ 
Has reji(ínes, está envuelta en las mas oscuras tinieblas. El — ^^ 
estudio de las grandiosas ruinas que quedan todavía ei" 
pié, hace creer (|ue la construcción de los templos i monu- 
mentos de Yucatán i las rejiones vecinas, i por tanto la ci- 
vilización de aquellos paises son coetáneas con la del anti- 
<ruo Kjipto. 

La dominación de los sucesores de Votan duró sin dud 
muchos siglos, hasta que llegaron del oriente pueblos d< 
distinta raza, los toltecas, que entraron en el territorio d 
Anahuac, operando en él una transformación completa. 
Los toltecas practicaban la agricultura i las artes útiles, 
trabajaban los metales e inventaron un complicado pero 
curioso sistema cronolójico -. 

2. Los CHiCHiMHCAS.— Los toItccas establecieron su ca- 




1 Brasskur I)p: Boukboitrg, Histoire des nations ctvi/isées áu 
Mexiquc ct de V Amóriquc-Ccntrnlc, toin. I, chap. II. Bste erudito 
viajero e historiador lia escrito cuatro gruesos volúmenes sobre la 
histoiia antigua de Méjico, tres de los cuales están destinados a 
la investigación de la oscura historia de sus primitivos habitantes, 
consultando al efecto los monumentos i pinturas mejicanos que se 
conservan, i las tradiciones de los indíjenas. Sus investigaciones, 
por prolijas i juiciosas que parezcan, no constituyen t:.davía la 
historia definitiva. 

- Como una prueba de la oscuridad de la historia primitiva de 
Méjico, señalaremos la fecha asignada al arribo de los toltecas al 
valle de Anahuac por dos prolijos historiadores. El abate Clavi- 
jero fija el año 684 de la era cristiana; mientras el abate Brasseur 
de Bourbourg indica el año 279 antes de J. C. La comparación de 
estas fechas revela mejor que una disertación, las tinieblas en que 
•stá envuelta aquella parte de la historia americana. 



PARTB PRIMBRA. — CAPÍTrLO II 41 



pital en Tollan, o Tula como escriben los españoles. Her- 
moseáronla con suntuosos monumentos, i llegaron a for- 
mar un estado respetable, rejido teocráticamente. Pero su 
flominacion nofuc durable: pueblos nuevos, los chichimecfis, 
venidos del norte, invadí. mou el valle de Analiuac i se esta- 
blecieron en el. Entre estas naciones había al^^unas cjue 
desde tiempo atrás se encontraban en posesión de todos los 
elementos de la civilización, i que mostra])an haber perte- 
necido a pueblos ajj^rícolas, avanzados en las artes i en las 
ciencias. Otros, auncjue nómades i eazailores, estaban unidos 
entre sí por los lazos déla sociabilidad i de instituciones que 
denotaban un estado anterior mui superior a la vida or- 
dinaria de los salvajes. Por mas (jue los antiguos poblado- 
res los consideraran como bárbaros, ellos se juzgíiron su- 
periores a los conquistados, i por mucho tiempo se negaron 
a mezclar su raza para no alterar la pureza de su sangre 3. 
Siguiéronse largas guerras a la invasión de estos estranje- 
ros, que los historiadores han querido esplicar buscando 
inútilmente la verdad en las tradiciones fabulosas de los 
indíjenas i en las pinturas de jeroglíficos de sus monumen- 
tos. En esta lucha, la causa de la civilización obtuvo al fin 
un triunfo definitivo. 

3.~NiTEVAS invasiones; los aztecas o mejicanos.— Nue- 
vas invasiones de pueblos desconocidos vinieron mas tarde 
a aumentar el níímero de las naciones que poblaban el va- 
lle de Anahuac. Los mas conocidos de los pueblos invaso- 
resfueron los azíecas o mejicanos i los aco/Auaca/j os, llama- 
dos mas jeneralmente tezcucanos. del nombre de su capital 
Tezcuco. Después de largas luchas, llegaron estos a formar 
una monarquía que existia aun a la época de la conquista 
española. 

El oríjen i las primeras espediciones de los aztecas o me- 
jicanos están envueltos en fábulas que no es posible acep- 
tar. Parece, sin embargo, que llegaron a *los confines de 
Anahuac a principios del siglo XIII; i que durante muchos 



» Brasseur dk Boürbourg, tom. I, liv. II, chap. III, páj. 192. 



42 HISTOIUA DE AMÍÍRICA 



años no tuvieron residencia fija, estableciéndose sucesiva- 
mente en diversos puntos de las inmediaciones del lago de 
Méjico. La necesidad los hizo industriosos. Porórden de sus 
jefes, cortaron una gran cantidad de bambúes i otras cañas 
i construyeron balsas espaciosas (pie cubrieron de plantasi 
de yerbas secas. Cada familia construyó sobre su balsa una 
choza que le servia de abrigo. A medida que se acababa el 
trabajo de una canoa, la retiraban de la ribera hacia el in- 
terior del lago para que sus habitantes no tuviesen que te- 
mer ninguna violencia inmediata de parte de sus enemigos. 
En seguida construyeron nuevas balsas, i cubriéndolas con 
una lijera capa de tierra, sembraron legumbres i otras plan- 
tas alimenticias (juecrecieron prontamente. Tal fué el oríjen 
de los chirmnifjíis o jardines flotantes de los mejicanos. Es- 
tas poblííciones no tuvieron, sin embargo, un estableci- 
miento fijo; pero aumentándose considerablemente, los az- 
tecas o mejicanos se vieron obligados a buscar una residencia 
estable; i determinaron asentarse en el terreno mas elevado, 
i por tanto menos espuesto al desborde de las aguas. í^ueblo 
i guerreros rivalizaron en ardor para dar a esta localidad 
la apariencia de una ciudad. Desde luego, tomó el nombre 
de Mejico-Tenochtitlan, palabras que en la lengua azteca 
tenian un significado conmemorativo. La primera era el 
nombre de un ídolo que representaba al dios de la guerra; 
la segunda, que es el nombre mas usado en los anales meji- 
canos, recordaba según unos la multitud de nopales que 
crecian en aquellos pantanos, según otros el nombre del 
jefe azteca, Tenoch, que también significa nopal ^. La ciu- 
dad, tan humilde en sus principios, se acrecentó lentamen- 



^ Según una tradición mejicana, aquel lugar recordaba a los 
aztecas las proezas de uno de sus antiguos jefes; i en él descubrie 
ron un nopal, i al momento de su arribo una águila parada sobn 
esta planta maravillosa oprimiendo con sus garras una serpiente 
que destrozaba con su pico. Brasseur de Bourbourg, liv. VII, chap 
IV, tom. II, páj. 44-5 i siguientes, reúne hábilmente ésta i muchas 
otras tradiciones, consignadas ya en su mayor parte en la obra 
del padre Torquemada que lleva por título Monarquía Indiana, 



PARTE PRIMERA — CAPÍTr'LO II l*^» 



te: construyéronse espaciosos palacios i templos mo- 
numentales, i se estableció un orden admirable en su 
administración. 

El naciente estado no tenia siquiera asegui'ada su inde- 
pendencia cuando los tepanecas, i)ueblos situadcxs al sur, 
después de ocupar el vecino estado de Tezcuco, fueron a si- 
tiar la ciudad de Méjico. El peli<^ro común unió a estas dos 
naciones. La lucha fué tenaz: al ca))o de ella, los tezcucanos 
habian arrojado a los enemigos de su territorio, i los meji- 
canos liabian ensanchado las fronteras de su imperio con 
los estados de los pueblos vencidos. La verdadera grandeza 
de Méjico omenzó con sus victorias. Afortunadamente, 
sus reyes celebrarí)n una alianza ofensiva i defensiva con 
los señores de Tezcuco; i a la sombra de esa alianza que 
siempre fué respetada, los mejicanas dilataron su domina- 
ción de uno a otro mar, i estendieron sus coníjuistas id sur 
h^sta los confines de Guatemala i Nicaragua. Merced a la 
"ohilidad de sus reyes, i al carácter guerrero del pueblo me- 
J^oano. la tribu que dos siglos atrás habia llegado errante 
^1 valle de Anahuac, i habia construido sus primeras caba- 
^^sen medio de los pantanos para sustraerse a la persecu- 
^•<^^n de sus enemigos, formaba a principios del siglo XVI 
^O poderoso imperio. 

4. GoBiKRNO DE LOS MEJICANOS.— La historia del imperio 
íí^ejicano propiamente dicho, es mucho mas segura que la 
4^ las naciones que lo precedieron en la dominación del te- 
rritorio de Anahuac. No está exenta, sin embargo, de fábu- 
l^Xs i de vacíos; pero su organización política i social nos es 
c^si perfectamente conocida. 

El imperio mejicano era una federación de tres reinos, 
c^da uno de los cuales se habia formado por la aglomera- 
ción voluntaria o forzada de muchas tribus de una misma 
familia. Estos reinos eran el de los aztecas, cuya capital es- 
taba en Tenochtitlan (Méjico); el de los tezcucanos, cuyo 
í^i residia en Tezcuco, al lado oriental de) lago; i en fin el 
pequeño reino de Tlacopan, llamado por los españoles Ta- 
ctiba. En su oríjen, estos tres reinos tenían una categoría 



^ HISTORIA 1)B AMÉRICA 



gual; pero al arribo de los conquistadores europeos, el eia. - 
perador mejicano ejercia sobre los príncipes confederados 
una supremacía incontestable. Consultábalos en las cii— - 
cunstancias difíciles, pero se puede decir que ellos no eraK^ 
mas que los primeros de sus vasallos. 

El gobierno de los aztecas era una monarquía electiva^ 
Cuatro de los señores principalcvS, elejidos entre la noblezs^ - 
desde el reinado precedente, desempeñaban las funciones d^fc 
electores en unión de los dos soberanos aliados. El sobera 
no era elcjido entre los hermanos del rei muerto, i a faltí - 
de éstos entre sus sobrinos, de manera que la elección recai^F^ 
siempre en una misma familia, i en un individuo que se hu - 
biera distinguido en la guerra. De este sistema de eleccioi't^ 
resultaba que los candidatos habian recibido una educaciot^ 
que los hacia aparentes para la dignidad real i que la edacfl 
de los elejidos garantizaba al estado de los inconveniente^^ 
de una minoridad, permitiendo, ademas, apreciar de ante — 
mano la capacidad del nuevo reí. El elejido era instalado en 
medio de grandes ceremonias relijiosas; pero para esto se- 
esf)eraba que en una campaña se hubiera cojido suficiente 
número de cautivos para celebrar su entrada triunfal, i 
para ofrecer a los dioses las víctimas que exijian las sangui- 
narias supersticiones de los aztecas. 

Los reyes eran ausi liados en la dirección de los negocios 
por diferentes consejos, el primero de los cuales era com- 
puesto de los cuatro electores. Este consejo privado daba 
su parecer sobre el gobierno de las provincias, la adminis- 
tración de las rentas i los otros asuntos de interés público. 
El poder lejislativo, sin embargo, pertenecia esclusivaniente 
al monarca. 

Este rasgo de despotismo estaba contrapesado en cierto 
modo por la organización de los tribunales. Cada uno de 
los principales distritos estaba sometido a un juez supre- 
mo, nombrado por el rei i que pronunciaba sus sentencias 
en última instancia en las causcis civiles i criminales. De sus 
fallos no se podia apelar ante ningún tribunal i ni aun ante 
el mismo rei. Sus funciones eran vitalicias; i el que usurpa- 



PARTE PRIMERA. — CAPItULO II 45 



ba las insignias de su cargo era castigado con la pena ca- 
pital. Una corte, compuesta de tres miembros i dependien- 
tes de ese juez, estaba establecida en cada provincia. Pro- 
nunciaba sus fallos en las causas civiles; pero en las causas 
criminales se podia apelar de sus decisiones ante el juez su- 
perior. Ademas un cuerpo de majistrados inferiores, eleji- 
do por el pueblo mismo, estaba estendido en todo el pais. 
El juez culpable de haber recibido presentes, o de haberse 
dejado influenciar de alguna manera por las partes, era 
castigado con la pena capital. La misma pena recaia sobre 
el asesino, nun cuando la víctima fuese un esclavo. Los 
adúlteros, como entre los judíos, eran apedreados; i el robo 
según la gravedad, era castigado con la esclavitud o la 
muerte. La sentencia capital se trazaba dibujando una fle- 
cha sobre el retrato del acusado. 

Los mejicanos habian inventado el empleo de los correos 
para mantener sus comunicaciones con las provincias mas 
remotas del imperio i vijilar su administración. En los ca- 
í^inos reales habia caséis de posta; i el correo que conducia 
las noticias bajo la forma de jeroglíficos, corría con ellas 
l^asta la primera posta. Ahí las entregaba a otro correo, 
^luien las llevaba hasta la posta siguiente; i de este modo 
eran trasmitidas a la capital. Los correos, educados desde 
su infancia para este oficio, caminaban con increible veloci- 
dad, de tal modo que en menos de veinte i cuatro horas re- 
cibia el emjíerador las noticias de la costa oriental de sus 
estados. Con el desarrollo de la riqueza i del lujo, el servi- 
cio de los correos fué aplicado en breve a otros objetos. Por 
medio de ellos, el emperador comia en la capital el pescado 
fresco de la costa, i recibia de otras provincias los presen- 
tes que podian halagar el sibaritismo de la familia real. 

5. Jerarquía social. — La fórmula acreditada para de- 
signar la población del imperio mejicano era que el empe- 
rador contaba treinta vasallos, cada uno de los cuales po- 
día, poner sóbrelas armas cien mil hombres. Por hiperbólica 
que sea esta espresion, es preciso reconocer que los estados 



46 HISTORIA I>K AMÉRICA 



de Anahuac tenian una población comparable (juizá a la de 
algunas comarcas del Asia. 

La población estaba dividida en castas o jerarquías per- 
fectamente demarcadas. La nobleza componia un cuerpo 
político investido de importantes prerrogativas. Ocupaban 
el primer ])uesto los treinta grandes vasallos de primera 
cíitegoría que formaban el consejo del monarca. Algunos 
de éstos, contaban en sus dominios mas de cien mil ciuda- 
danos i algunos centenares de nobles de una clase inferior. 
Estos altos i poderosos señores ejercian una completa ju- 
risdicción territorial, levanta1)an impuestos, i no estaban 
sometidos al pago de contribuciones; pero en cambio ayu- 
daban al soberano con sus bienes i los de sus subditos en 
caso de guerra. 

La nobleza era de varias clases, i los reyes habian creado 
diversas gradaciones con insignias particulares i privilejios 
especiales; pero estas distinciones, así como los grados de 
nobleza, eran accesibles a tocios sin diferencia de nacimien- 
to. El (jue se habia distinguido en la guerra obtenía este 
honor después de pruebas que nos hacen recordar la caba- 
llería de la edad media. Los nobles no se creian degradados 
porque se dedicaban a la industria; i antes al contrario, 
juzgaban profesión honorable el cultivo de los campos i 
aun las artes manuales. La política recelosa de los reyes 
exijia la residencia de estos poderosos señores en la capital; 
i cuando se ausentaban, estaban obligados a dejar rehenes*. 
Algunos nobles j)oseian pro])iedades territoriales ganadas 
por sus servicios militares o civiles; otros eran simples feu- 
datarios cuyos bienes eran trasmisibles a sus herederos va- 
rones, a falta de los cuales volvian a la corona. Los propie- 
tarios, sin embargo, no podian vender sus bienes raices a 
los individuos que no pertenecian a la nobleza. 

La propiedad territorrial era inaccesible para los hom- 
bres del estado llano. Se designíd)a bajo el nombre de capa- 
lli la tierra del pueblo o de la comunidad. Los poseedores 
de un capulli eran todos miembros de una misma tribu; i 
las tierras que lo componían formaban la propiedad inalie. 



PARTE PKlMKnA.-CAPÍTrLO II 47 



nable de toda la tribu. El individuo que eultivaba una par- 
te tenia derecho, a ella mientras la trabajaba; pero si la des- 
cuidaba durante dos años consecutivos el jefe del capulli 
disponia de ella en favor de otro. Ln dirección del capulli 
era compuesta por los ancianos de la. tribu, cjuienes ekjian 
por jefe a uno de ellos. 

Los mejicanos tenian una tercera escala en la jerarquía 
social. Formaban ésta los esclavos. Los prisií)neros toma- 
dos en la guerra, cuando no eran destinados a los sacrifi- 
cios, los criminales, los deudores públicos, las personas que 
por su excesiva pobreza renunciaban a la libertad, i los ni- 
iios vendidos por sus padres por idéntica causa, formaban 
la esclavitud mejicana. El esclavo estaba amparado por la 
lei contra la opresión de su amo. Podia tener una familia^ 
poseer l)ienes i hasta tener esclavos; i sólo se le podia obli- 
gar a trabajar en aquello para que se habiíi vendido, o a 
que se le habia destinado. Los hijos de los esclaví)s nacian 
Hbres. 

6. Rentas púhlicas.— Las rentas públicas tenian un orí- 
j^n vario; pero la cobranza de los impuestos se hacia con 
exactitud i rijidez. La corona se habia reservado estensos 
dominios de tierras; i sus productoseran pagados en frutos. 
Los distritos inmediatos a la corte estaban obligados a su- 
ministrar los operarios i los materiales necesarios para la 
Construcción i reparación de los sitios reales. Otros tenian 
a su cargo la provisión del ])alacio real, que era nu:i costo- 
sa. Las provincias estaban distribuidas en distritos, a cada 
uno de los cuales se señalaba una porción de tierra para su 
cultivo, quedando obligados sus pobladores a pagar al es- 
tado una parte de sus productos. Los mismos vasallos de 
los grandes señores no esta])an exentos del pago de las con- 
tribuciones. 

**Ademas de este impuesto sobre la agricultura, habia 
otro sobre las manufacturas. La naturaleza i variedad de 
los tributos se conocen por la enumeración de sus principa- 
les artículos, Estos eran particularmente vCvStidos de algo- 
don i capas de plumas, primorosamente trabajadas; arma- 



48 HISTORIA DE AMÉRICA 



duras de lujo, vasijas de oro, brazaletes, cinturones i polvo 
de oro; cristal, vasos i copas dorados i barnizados, campa- 
nas, armas i utensilios de cobre, resmas de papel, semillas^. 
frutas, copal, ámbar, cochinilla, cacao, animales i pájaros^ 
cal, madera, esteras, etc. Es mui singular que entre esta v^ • 
riedad de objetos de comodidad doméstica i de lujo supéar"- 
fluo, no se haga mención de la plata, la gran mercancía A < 
los tiempos modernos, cuyo uso no era ciertamente deseen^- 
nocido a los aztecas". •* 

La percepción de estos impuestos se hacia con toda regu-ra- 
laridad. lin la capital residia un alto funcionario que teni íi 
a su cargo la administración jeneral de las rentas, i de quie " 
dependían los receptores de contribuciones repartidos e ^^ 
todo el imperio. Esto jefe [>oseia un mapa del estado, enqu — ^ 

estaban escrupulosamente señaladas las tierras pertent ^' 

cientes a la corona, las de la nobleza i las de la comunidac^^í 
i los diferentes impuestos con que debían contribuir cads=^ ^ 
una de ellas. Tenia ademas en la capital espaciosos grane — 
ros para depositar los tributos; i su autoridad estaba apo 
yada por vigorosas disposiciones para evitar los fraudes — 
El que no pagaba puntualmente la parte de impuesto quL-=:^ 
lecorrcs])oi]dia, |)odiaser aprehendidol vendido como escla — ' 
vo. El tanstodelacorteilosgastos de la administración cre-^ 
cientescada (lia aumentaron considerablemente el gravamen 
de los im])uestos. Los sueldos de los empleados, (|ue de or- 
dinario no eran fijos, se juagaban igualmente en especies. 

7. Institucionks militares. — La profesión mas jonside- 
rada entre los aztecas era líide las armas. Su divinidad pro- 
tectora era el dios de la guerra: uno de los grandes objetos 
de sus esjiediciones era reunir cautivos para los sacrificios 
de sus altares. W soldado (jue sucumbia en el campo de ba- 
talla se le había prometido una felicidad eterna en las bri- 
llantes rejiones del sol. Animados por un entusiasmo relijio- 
so, los aztecas no sólo despreciaban el peligro sino que co- 



•'» pRKSCüTT, Historia de la conquistn de Méjico, part. I, cap. IL 



PARTE PUIMEUA.- -TAPÍTULO II 4í> 



rrían tras de él para adquirir la corona inmarcesible del 
martirio. 

Las declaraciones de guerra eran discutidas en un conse- 
jo compuesto por el rei i los principales nobles; pero antes 
se despachaban embajadores para intimar al enemigo a 
que recibiera los dioses mejicanos i a que pagase los tribu- 
tos acostumbrados. Las personas de estos embajadores 
eran sagradas: en todas partes se les recibía con respeto i 
se les hospedaba i mantenia a costa del estado. Sólo en ca- 
so que no fueran aceptadas las propuestas de paz, se daba 
principio a las hostilidades. 

Entonces el soberano pedia nuevos impuestos i llamaba 
a. las armas a los soldados del imperio. El ejército real, for- 
mado por los continjentes de las diversas provincias, era 
de ordinario mandado por el mismo emperador. El traje de 
los principales guerreros era pintoresco i magnífico. Su cuer- 
po estaba cubierto con una cota de algodón que las flechas 
iiopodian penetrar. Los jefes mas ricos usaban una coraza 
íbrmada de láminas delgadas de oro, i se cubrian con una 
^apa de hermosísimas plumas. Sus yelmos eran ordinaria- 
íiiente de madera i repTiresentaban cabezas de fieras, rema- 
tando en penachos de variadas plumas. Las tropas usaban 
escudos de junco flexibles i cubiertos de plumas, mientras 
los jefes. los empleaban de cobre o de oro. Las flechas, las 
picas, la honda, la maza, la espada de madera i el lazo de 
ínallas, que se arrojaba sobre la cabeza del enemigo, cons- 
tittiian sus armas ofensivas. Los guerreros guarnecian sus fle- 
chas de huesos o de piedras aguzadas i las lanzaban con una 
uicomparable destreza. Sus espadas, mui largas i hechas de 
Qoa madera mui sólida, estaban provistas en su filo de ])ie- 
dradura pegada con una goma indestructible: las usaban 
a dos manos; i un soldado de laconquista declara que reem- 
plazaban bien las buenas hojas de Toledo. Sus picas tenían 
hasta dieciseis pies de largo, terminadas en una punta de co- 
bre mui afilada. Sus javelinas de tres puntas eran arrojadas 
con gran fuerza para traspasar a un hombre; i los soldados 
las recojian prontamente por medio de un cordón para dis- 

TOMO I 4 



50 mSTOIilA DE AMÉRICA 



pararlas de nuevo. Los mejicanos ademas habían inventa- 
do algunas máquinas de sitio, para arrojar piedras sobre 
las murallas de la ciudad sitiada o para acercarse a ellas 
sin ser ofendidos. 

Los ejércitos estaban divididos en cuerpos de 8,000 hom- 
bres, i estos en compañía de 300 o 400 con sus jefes respec- 
tivos. Cada cuerpo tenia su estandarte, así como lo tenia 
.también cada compañía. **Los estandartes mejicanos se ase- 
mejaban mas al antiguo signum délos romanos que a núes, 
tras banderas modernas: de ordinario eran picas de ocho a 
diez pies de alto, adornadas de plumas de garza o de otras 
aves, i alguna figura de animal de oro i pedrerías, según el 
estado o ciudad que representaban. El estandarte de los re 
yes mejicanos ofrecia la imájen de un águila arrojándose? 
sobre un tigre*'. '^ 

Los mejicanos no habian alcanzado todavía a ese estado 
de pericia militar en que la guerra llega a ser una ciencia. 
En las batallas avanzaban cantando i prorrumpiendo en 
gritos bélicos; pero el primer choque era de una impetuosi- 
dad inaudita. Después de la primera descarga de piedras i 
de flechas, se empeñaba el combate cuerpo a cuerpo. Casi 
siempre dejaban tropas de reserva, i frecuentemente finjían 
una retirada para atraer al enemigo a emboscadas hábil' 
mente preparadas. La sumisión a las órdenes de los jefcí' 
formaba la base mas sólida de su organización militar. 

Por mortíferas que fuertm las batallas de los mejicanos? 
el fin ])rincipal de sus soldados era hacer prisioneros paríJ- 
sus sacrificios relijiosos. El valor de un guerrero se estima- 
ba por el número de cautivos (jue hacia; i este era el primer 
antecedente (|ue tomaba en cuenta el soberano para la dis- 
tribución de los premios acordados a los í|ue se distinguian 
en el combate. 

Com) los reyes mejicanos estal)an constantemente eii 
guerra, alcanzaron en poc ) tiempo a regularizar la admi- 



•'» B:<Assi i'K i)K H()i'Kn<u'R(;, liv. XII, chíij). IV, toin. III, pajina 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTl'LO II 51 

nis tracion militar aun en medio de ejércitos numerosos en 
que de ordinario se contaban tantos soldados como hom- 
bres habia en cada provincia en estado de cargar las ar- 
mas. Hicieron mas todavía: crearon hospitales militares 
donde los heridos eran curados por cirujanos bastante dies- 
tros, i asilos de inválidos donde vivian a espensas del esta- 
do los militares inutilizados en la guerra. 

8. ÍNDUSTRiA I COMERCIO.— Mas notables todavía eran 
los progresos que los mejicanos habian hecho en las pacífi- 
cas artes de la industria. La primera de todas, la agricul- 
tura, se hallaba floreciente. Por efecto de la elevación gra- 
dual del terreno desde el nivel del mar hasta las cimas co- 
ronadas de nieves eternas, el territorio de Anahuac presen- 
ta bajo la zona tórrida, en un espacio limitado, la sucesión 
(le todos los climas, desde las llanuras ardientes de la costa 
que producen el añil hasta las alturas en que crece el liquen 
i la vejetacion de la Islandia. 

La flora mejicana es por esta razón sumamente rica. 
Junto con el maiz i los plátanos, que les daban un alimen- 
to abundante, los mejicanos cultivaban el algodón que sa- 
• bian tejer con primor i teñir con vistosos colores, i tenian 
el cacao con que hacian el chocolate (cAí^co/z/í/ en el idioma 
délos aztecas). Cultivaban las plantas medicinales. Una de 
las enredaderas de sus selvas producía la vainilla. En sus 
i*actus criaban la cochinilla, que les daba una tinta para 
dar color a sus telas. Pero el cultivo mas curioso era el del 
maguei (agave) que les daba una bebida mui apetecida (el 
pulque); sus hojas reducidas a pasta les suministraba un 
papel blanco que usaban en sus pinturas, talvez antes que 
los europeos hubieran conocido un invento análogo. Las 
fibras de sus hojas servian para fabricar cuerdas: sus pun- 
tas reemplazaban las agujas, i enteras servian para cubrir 
los techos de sus casas: sus raices constituían un alimento 
ag^radable i nutritivo. De la caña del maiz sacaban adem.is 
lina especie de azúcar. Los mejicanos conocían también el 
re.^adío por medio de canales hábilmente dirijidos que pro- 
porcionaban a sus tierras una admirable fertilidad. El uso 



52 HISTORIA I)B AMÉRICA 



de los bosques i el corte de la madera estaba reglamentado. 

Los mejicanos habían hecho progresos admirables en el 
cultivode los jardines. Reuniancon grandes costos las plan- 
tas que crecían en los diversos climas del imperio, ya fuera 
por la belleza i fragancia de sus flores o por el uso medici- 
nal que de ellas hacian; i junto con los arbustos notables 
por su follaje o por áus frutos, i con los árboles de aspecto 
majestuoso o elegante, formaban hermosísimos jardines 
hábilmente distribuidos, i adornados ademas con aves de 
variado plumaje i con animales de sus bosques que man te- ] 
nian encerrados en espaciosas jaulas. Los europeos no co- 
nocían, en la misma época, jardines de esta naturaleza. En 
el lago de Méjico ademas existían los chinampas, jardiners 
flotantes construidos sobre balsas, que hicieron pensar ^ 
los castellanos de la conquista que habían sido trasportín- 
dos a una rejion encantada, semejante a lasque habían vi 2^- 
to descritas en los libros de caballerías. 

Pero sí los antiguos mejicanos poseían tantas i tan vs«-' 
riadas riquezas vejetalcs, eran sumamente pobres de ganr^* 
dos i de aves caseras, puesto que sólo habían domesticad ^ 
el pavo. No poseían anímales de carga, de modo que el Jion'^" 
bre tenia que desempeñar sus funciones, lo que hacía sumr»-' 
mente gravosa la vida de las clases serviles. De ellas salía ^^ 

los tamanes que cargaban las literas de sus jefes, los con 

ductores de las piedras para los edificios, de las maderas * 
los víveres, i los correos que con admirable celeridad man ^ 
tenían las comunicaciones de los puntos mas remotos de t 
imperio. 

Las riquezas del reino mineral no eran desconocidas d^ 
los mejicanos. No sólo recojian el oro que se encontraba en 
las arenas de los ríos, sino que lo buscaban así como la' 
plata, el cobre i el plomo, en las entrañas de la tierra por 
medio de pozos i galerías, siguiendo las vetas, i construían 
los hornos en que purificaban estos metales. Desconocieron, 
sin embargo, la esplotacíon i el uso del fierro, pero suplieron ; 
esta falta con instrumentos de cobre ligado que les servían I 
para labrar los otros metales i aun las piedras mas duras. 



l'AItTK I'HIMEKA. — CAPiTt'LO II 53 



Fabricaban igualmente vasos de oro i plata primorosamen- 
te cincelados; e imitaban los pájaros i animales ligando los 
metales artificiosamente para figurar su colorido. Parece 
también que conocieron el secreto de esmaltar los metales; 
l)ero de todos modos sus trabajos de este jénero aventaja- 
ban en mucho a las obras de los joyeros españoles del tiem- 
po de la conquista. 

usaban también de otros instrumentos hechos de pie- 
dras volcánicas, a los que daban la forma de cuchillos o 
sierras con que pulian las piedras de sus edificios i trabaja- 
ban sus estatuas. Estas últimas, es verdad, eran monstruo- 
sas cuando se trataba de representar el cuerpo humano; 
pero los mejicanos alcanzaron a copiar con gusto los ani- 
males. 

En cambio, la arquitectura habia llegado a ser monu- 
mental. El suelo mejicano suministraba una piedra ])orosa 
i liviana, aunque dura e inalterable, que era mui cómoda 
para la construcción. Los palacios eran espaciosos, aunque 
de un solo piso, artesonados de maderas olorosas, hábil- 
niente esculpidas. Esteriormente estaban cubiertos de un 
estuco blanco, i por dentro adornados de mármoles o de 
tapices de pluma. Los templos eran grandes pirámides de 
ladrillos o de tierra, en cuya cima estaban los santuarios. 
Allíardian constantemente fuegos luminosos que en la os- 
curidad de las largas noches tropicales daban a la ciudad 
«n aspecto misterioso e imponente. Esos fuegos eran pro- 
ducidos por maderas resinosas: los mejicanos no conocie- 
ron el uso dé la cera ni del aceite. 

Fabricaban también utensilios de barro, i vasos de ma- 
dera hábilmente pintada; pero el arte en que mas sobresa- 
lían era en el trabajo de las plumas. Con ellas producían 
los efectos del mas variado mosaico, matizando artística- 
mente sus telas con los ricos colores del plumaje desús aves. 
Ninguno de los productos de la industria azteca, fué mas 
admirado por los conquistadores. 

Para el espendio de estas mercaderías, el comercio se ha- 
bia organizado lentamente de un modo bastante orijina 



54 HISTOIUA DK AMKRICA 



Habíase formado una inmensa corporación de mercaderes 
de los reinos aliados, que tenia su asiento en la ciudad me- 
jicana de Tlatilolco, con prlvilejio esclusivo de negociar 
fuera del valle de Anahuac i de suministrar a sus habitan- 
tes las producciones estranjeras. La profesión de comercian- 
te se habia dividido al fin en tres jerarquías diferentes: lf>s 
capitalistas que residian en aquella ciudad; los mercaderes 
ambulantes que entraban a los países vecinos i enemigos a 
negociar sus productos; i los traficantes de esclavos. La 
corporación tenia un tribunal propio como su templo par- 
ticular: mandaba ejércitos; i con la autorización del sobe- 
rano, hacia la guerra si sus mercaderes encontraban resis- 
tencia armada. Los emperadores mejicanos ennoblecieron 
la profesión del comerciante, de tal manera que muchos 
grandes señores formaban parce de aquella corporación . 

Los mercaderes ambulantes se reunian en número de qui- 
nientos o mil para salir a sus espediciones seguidos de los 
servidores o esclavos que cargaban sus mercaderías. Las 
caravanas seguian reunidas hasta llegar a las fronteras del 
imperio i entonces se disfrazaban, tomaban sus armas i se 
dispersaban cadíi uno por el lado donde lo llamaba sus ne- 
gocios para correr peligrosas aventuras. Los mercaderes se 
reunian de nuevo a su vuelta trayendo los productos que 
habian obtenido en cambio de sus manufacturas. Estos 
mercaderes fueron, puede decirse así la vanguardia de los 
ejércitos Cv>nqu¡stadores del imperio. Ellos daban cuenta de 
las riíjuezas de los paises tjue habian visitado, de sus recur- 
sos i de su estension, i preparaban así las futuras conquis- 
tas de los aztecas. 

En las ciudades del imperio, el comercio se hacia, como 
es natural, de un modo mui diferente. Para esto no habia 
tiendas espe<'iales: his manufacturas i los productos de la 
agricultura eran llevados para su venta a los merc¿idos de 
las ciudades principales. Cada cinco dias habia ferias, a las 
que concurría a comprar i vender una multitud de perso- 
nas de lascercanías. El comercio se hacia pormedio de cam- 
bios o de monedas de diferentes valores. Las principales 



^ 



PAUTE PRIMERA. — CAPÍTrLO II 55 

eran tubos de plumas de aves llenos de polvo de oro, peda- 
zos de estaño en forma de una T, i saquillos de cacao que 
contenían determinado número de granos. 

9. Artes, ciencias i letras Los mejicanos no hicieron 

grandes progresos en la escultura, pero se ejercitaron mu- 
cho mas en la pintura, aunque no con mejor éxito. Pinta- 
ban sobre tela de algodón, sobre cueros de animales i sobre 
papel de maguei. Sus tintas eran variadas i de vivos colo- 
res. Esas hojas diversas se doblaban de ordinario como los 
mapas de nuestros libros, i así eran conservadas. 

Las pinturas mejicanas eran de diferentes especies. Unas 
tenían por objeto la representación propia de los dioses, de 
los reyes, de los hombres notables o simplemente de los ani- 
males o las plantas; otras eran verdaderas cartas topo^ná- 
ficas, en que con una fidehdad casi desconocida de los euro- 
peos, estaban representados los accidentes del terreno de 
una provincia o de una localidad. Estas eran las mas pri- 
morosamente trabajadas; pero las mas numerosas de todas 
estaban destinadas a representar simbólicamente los he- 
chos i las ideas para perpetuar el recuerdo de los aconteci- 
mientos pasados o presentes. Esos dibujos suplían la escri- 
tura con el bosquejo de un incidente histórico o por medio 
de signos convencionales que representaban un hecho, un 
lugar o una tribu. *'La escritura mejicana, dice un distin- 
guido sabio francés muí versado en la interpretación de los 
jeroglíficos ejipcios, es una pintura que muestra a los ojos 
una acción, pero que no trasmite las espresiones de una na- 
rración. Creo que el sentido de los libros históricos no po 
día comprenderse sino con la a\'uda de una interpretación 
trasmitida tradicionalmente. La porcioir mas considerable 
de los manuscritos aztecas ofrece a la vista una indicación 
directa ¡ compendiada de un hecho visible. Cuando Hernán 
Cortes llegó a Méjico, los enviados de Moctezuma dibuja- 
ron los hombres, los caballos i las naves: esta era su mane- 
ra de dar su informe. No sé como Moctezuma lo íuibria 
comprendido sin una esplicacion'\ ^ Los historiadores se 



J. J. Ampare, Promenadc en AmeriquCy tom. II, chap. XVII, pa- 



5f) HISTORIA DE AMÉRICA 



han ocupado de su estudio, i han obtenido a veces resulta- 
dos verdaderamente admirables. 

Las tradiciones estaban ademas consignadas en los can- 
tos populares. Algunos de estos recordaban las leyendas 
niitolójicas e historias de los tiempos heroicos; pero había 
también cantos guerreros e idilios de amor. Se ha dicho 
también que los antiguos mejicanos conocieron las repre- 
sentaciones dramáticas, pero nada de este jéneroha llegado 
hasta nosotros. Los historiadores de la conquista nos han 
conservado algunas poesías i otras producciones de un rei 
de Tezcuco, que respiran una filosofía dulce i melancólica, 
pero llena de confianza en la vida futura. ' 

Sus progresos científicos fueron sin duda inferiores. La 
mecánica estaba en su infancia, a tal punto que no hai no^ 
ticia de que emplearan otro elemento que la fuerza de sus 
brazos para el trasporte de las inmensas moles de piedra 
que usaban en sus monumentos. Su sistema de numeración 
era mui sencillo: su base era el número veinte, representado 
por un estandarte, de modo que era divisible no sólo por 
cinco sino también por cuatro i por dos. La escritura de 
esta numeración no era mas complicada que la que usaron 
los romanos. 

Sus conocimientos astronómicos eran también reducidos: 
no conocían mas instrumento de observación que el cua- 
drante solar; pero en la medida del tiempo habían llegado 
a un grado de perfección de que carecian los calendarios 
europeos anteriores a la reforma gregoriana. Su año civil 
estaba ajustado al año solar, i dividido en dieciocho meses 
de veinte dias cada uno. Habia ademas cinco dias suple- 
mentarios que no perten^cian a ningún mes i que eran re- 
putados aciagos. El mes estaba dividido en cuatro sema- 
nas de a cinco dias, el último de los cuales era de fiesta i 



i¡na 272. l'n ilustrado anticuario mejicano, don Josc F. Ramírez, 
(pie ha hecho un serio estudio de aquella pintura, ha tratado de 
probar que ellas bastan para fundar la historia antigua de Méjico. 
Véanse las notas que sobre esta materia ha puesto al final de la 
edición mejicana de la célebre historia de Prescott. 



PARTE PllIMKUA. -CAPÍTULO 11 57 



de mercado. De esta manera, cada mes tenia un número 
igual de dias i de semanas. Los mejicanos no tenian años 
bisiestos, pero a cada siglo suyo, que constaba de cincuenta 
i dos años, le agregaban doce dias i medio, de tal modo que 
era necesario que pasaran mas de quinientos años para que 
ocurriera un error de un dia entero. *^ **Cuando se conside- 
ra la dificultad de llegar a una determinación tan exacta 
(le la lonjitud dei año, dice un eminente astrónomo moder- 
no, nos sentimos inclinados a creer que no es obra suya, i 
que su conocimiento les liabia llegado del antiguo continen- 
te*'. '* Una inmensa mole circular en que se h^lla cincelado 
el calendario, cuyos meses estaban representados por figu- 
ras simbólicas, prueba ademas que los mejicanos tenian 
procedimientos científicos i)ara conocer la hora del dia, la 
época de los solsticios i de los equinoccios i el momento pre- 
ciso del tránsito del sol por el cénit. 

10. Relijion La relijion de los antiguos mejicanos era 

unaespeciedepoliteismo análogo al de los griegos en cuanto 
al fondo de las creencias, pero que se acercaba a las relijio- 
n es del Asia en cuanto al culto. Creian ellos en un Dios, 
supremo creador i señor del universo. Bajo este ser superior 
es taban colocadas trece grandes divinidades i mas de dos- 
cientas de menor importancia, cada una de las cuáles tenia 
lan di a consagrado. Los aztecas honraban con preferencia 
al dios de la guerra, Huitzilopochtli o Alexitli, cuya imájen 
híi^bian llevado consigo en su larga peregrinación, hasta 
cixae echaron los cimientos de la ciudad deTenochtitlan,que 
vino a ser la capital de su imperio. Otra divinidad por que 
tenian una profunda veneración era Quetzalcoatl, dios del 
aire, de quien creian que habia residido en la tierra para en- 
señar a los hombres el cultivo de los campos, el laboreo de 
^os metales i la ciencia del gobierno. Suponian que este dios 



^ Don Antonio Gama. Descripción de las piedms del calendario 
bolladas en Méjico en 1 790, 

^ Lv Plack, Exposition du svsteme du monde, liv. V., chap. III, 
Pííj 398. 



5 8 HISTORIA DE AMÉKKA 

era completamente pacífico i que se tapaba los oídos ouat 
do se hablaba de guerra. Los mejicanos decían que Que 
zalcoatl era de alta estatura, que tenia cutis blanco, cj 
bellos negros í barba larga; i que al alejarse de la tierr 
había prometido volver. Otra tradición mejicana esplicah 
la confusión de las lenguas por una leyenda semejante a 1 
historia de la torre de Babel de las sagradas escrituras. 

La relijion de los aztecas tenia algunos puntos de co 
acto con el dogma católico. Creían en la caída del prim« 
hombre, en el pecado orijinal i en la rcjeneracion por med 
de abluciones que recuerdan el bautismo. Consideraban qi 
la especie humana había sido arrojada a la tierra por ca 
tigo, i en sus oraciones imploraban la misericordia divín 
Entre los objetos de su culto figurab¿i la cruz, (jue enco: 
traron los castellanos en Yucatán i en otras provincia 
Los mejicanos tenían, ademas, la confesión que los puríf 
caba de los crímenes cometidos anteriormente; i una cer 
monia semejante a la eucaristía, en que los sacerdot( 
distribuían a los fieles prosternados los fragmentos de un 
imájen del dios. 

La moral que enseñaba la relijion mejicana, era jenerfí 
mente pura. Sus oraciones revelaban sentimientos de un 
caridad sincera, el perdón i el olvido de las injurias, i 
propósito de inspirar la benevolencia hacia el prójimo. L 
poligamia no era admitida mas que para los jefes. Las ni 
jeres ocupaban una condición social mui superior a la cp 
les señalaban las costumbres í relijiones del Asia; i partit 
paban de las funciones sacerdotales. Habia sacerdotisa 
pero no tenían intervención alguna en los sacrificios. 

Cuando los misioneros 'españoles se impusieron de U 
dogmas i del culto de la relijion de los mejicanos, quedan 
sorprendidos a la vista de tantas coincidencias con sus pr 
pias creencias. Supusieron entonces que el evanjelio hab 
sido predicado en .América por los apóstoles, i que aquell; 
prácticas nacían de las doctrinas de su predicación confu 
didas con el paganismo. Algunos escritores han pensai 
que ellas habían sido importadas del viejo mundo por h 



PARTE PRIMERA.- « vPITI l.O II 



primititros pobladores de América. Pero si la relijion de los 
mejicanos tenia estos puntos de contacto con la nuestra, 
había en cambio una profunda separación en la esencia del 
dogma i mas que todo en los sacrificios. En los templos se 
inmolaban solemnemente las víctimas humanas sobre los 
altares, i en seguida se devoraban sus cuerpos en los ban* 
quetes con grande aparato *^. Este uso abominable es- 
taba lejitimado por las creencias del pueblo, que miraba 
la mansión del hombre en la tierra como una espiacion i 
una prueba. Los mejicanos estaban persuadidos que la di- 
vinidad se apaciguaba con la sangre. Sin embargo, no to- 
das las tribus mejicanas observaron la práctica de los sa- 
crificios humanos; lejos de eso, los aztecas los usaron sólo 
desde doscientos años antes de la conquista, i durante mu- 
cho tiempo encontraron mucha resistencia para introducir- 
los en las tribus vecinas. Algunos de los reyes de Tezcuco 
trataron de prohibirlos definitivamente en sus estados. 

Los aztecas creían en la inmortalidad del alma. La opi- 
nión jeneralmente admitida era que las almas al salir del 
cuerpo bajaban a un lugar denominado Mitlan, o mansión 
de los muertos. Era ésta una rejion tenebrosa dividida 
como el cielo en diversas categorías, en (jue Uis almas enuí 
sometidas a una especie de juicio, cuyo fallo estaba encar- 
gado a dos dioses. Solo después de haberse purificado en 
aquellos lugares, las almas tomaban el camino de Tlalo- 
can, especie de paraiso, donde se incorporaban entre los 
astros. Para esplicarse la eternidad habian supuesto que 
estaba dividida en cuatro ciclos, i que al terminar cada 
uno de ellos, el jénero humano debia ser arrojado de la 
tierra por medio de una revolución de todos los elementos, 
desapareciendo al efecto el sol para renacer en el ciclo si- 
guiente. Los mejicanos estaban persuadidos (jue la conclu- 
sión del ciclo en que ellos vivian debia coincidir con el tér- 
mino de uno de los siglos de cincuenta i dos años en (jue 



*^ HuMBOLDT en las Vucs des conlillcrvs, etc., p.'ij. 94- i sív^.^'h 
ha esplicado el oríjen de estos sacriticios humanos. 



60 HISTORIA DE AMÉRICA 



habían dividido el tiempo. Al acercarse el fin de ese período, 
se abandonaban a todos los estreñios de la desesperación, 
apagaban el fuego sagrado en los templos, i a nadie permi- 
tian encender lumbre en su casa; destruían los muebles i 
utensilios domésticos, desgarraban las vestiduras, í lo po- 
nían todo en completo desorden, porque creían próxima la 
devastación de la tierra. En la última noche se encamina- 
ban los pobladores de la capital, a unas montanas inme- 
diatas en medio de una procesión presidida por sus sacer- 
dote s. Allí esperaban que las estrellas del cielo les anuncia- 
ran que ya era media noche, para que, cre\'éndose libres 
del peligro que los había amenázalo, sacrificaran una vícti- 
ma escojida i prendieran de nuevo el fuego sagrado, por 
medio de la fricción de dos estacas. Inmediatamente, i en 
medio del alborozo de les multitudes, se despachaban emisa- 
rios a todas las provincias anunciando a sus hermanos que 
el cíelo habia dispuesto la conservación del mundo. Sólo 
entonces volvían los mejicanos a su vida habitual. 

El número de los sacerdotes era muí considerable, pues- 
to que sólo el templo principal de la capital estaba servido 
por cinco mil. Las funciones de cada uno de ellos estaban 
determinadas con rigorosa exactitud. Unos dirijian el canto 
de los templos, otros disponían las fiestas con arreglo al 
calendario; estos cuidaban de la educación de la juventud, 
aquellos de las pinturas jeroglíficas, i de conservar las tra- 
diciones orales. Los ritos del sacrificio estaban reservados 
a las principales dignidades. A la cabeza de todos estaban 
dos sumos sacerdotes electos por el reií los primeros nobles, 
iguales en dignidad i sólo inferiores en autoridad al sobera- 
no mismo. Uno de los principales cargos del sacerdocio era 
la educación de la juventud en escuelas a propósito, en que 
entraban los jóvenes de ambos sexos desde la mas tierna 
edad. Se les enseñaba el culto de los dioses, i tomaban par- 
te en los cánticos i fiestas relijiosas. Los niños de las escue- 
las superiores aprendían ademas l«ns tradiciones históricas i 
relijiosas, la interpretación de los jeroglíficos i los escasos 
rudimentos de la ciencia de los aztecas. A las niñas se les 



PAUTE PRIMERA. — rAPÍTl'LO 11 61 

enseñaba a coser i bardar ornamentos para el servicio de 
los altares i la moral de su relijion. Unos i otros salían de 
la escuela cuando estaban en estado de casarse i de desem- 
peñar las funciones del servicio público. 

Los templos mejicanos, llamados Teocali, (o teucali, de 
teutl, dios, i calí, casa) casas de Dios, eran mui numerosos. 
Estaban construidos sobre bases piramidales de tierra i 
piedra, en cuya cima se levantaba el templo. La mas eleva- 
da de esas pirámides era la de Cholula. **EI aspecto de la 
pirámide de Cholula, dice un ilustre viajero, nos recuerda 
el aspecto de la gran pirámide de Ejipto. Esta es una masa 
de piedra a que se sube por medio de los derrumbamientos 
de sus ángulos. La gran pirámide de Cholula es una colina 
a cuya cima se puede llegar a caballo i aun en carruaje. Se 
creería que no se tiene delante de los ojos la obra de los 
hombres, sino la obra de la naturaleza. Sin embargo, es fá- 
oil ver que esta montaña ha sido construida, a lo menos en 
parte, con adobes. La cuestión es de saber si la albañilería 
forma el cuerpo del monumento o si sólo envuelve, lo que 
e^s mas probable, la montaña cortada en forma piramidal. 
^En jeneral, las pirámides mejicanas están orientadas, es 
<:lccir, que sus faces están vueltas hacia los cuatros puntos 
cardinales** ^^. 

Los templos estaban dispuestos en cuatro o cinco pisos, 
o^da uno de ellos de menores dimensiones que el de abajo. 
Sxi ornamentación era mui rica, i en el centro de ellos se le- 
v^ untaban las estatuas de los dioses cinceladas en piedm. 
En esas formas fantásticas, dice Humboldt, el carácter 
í3e la figura humana desaparecia bajo el peso de los vesti- 
dos, de los cascos en forma de cabezas de animales carnívo- 
ros, i de las serpientes que envuelven el cuerpo." **La inten- 
ción del escultor, dice otro viajero, parece haber sidoexitar 
el terror" ^^. Delante de esos ídolos tenian lugar los sacrifi- 
cios humanos. 



^1. J. J. Amperb, Promenade en Amerique, tom. II, chap. XXVI, 
Páj. 376. 
^2. SiHEPHfcNS, Central America, vol. I, páj. 152. 



r»2 HISTORIA I>B AMÉRICA 



Las víctimas del sacrificio eran de varias esjjecics; pero 
de ordinario se destinaban a él los prisioneros cojidos al 
enemigo en el campo de batalla. El número de ellas varia 
según los historiadores, pero algunos las hacen subir hasta 
dos mil cada año. El pueblo las miraba como mensajeros 
enviados cerca de los dioses, i les encargaba que hicieran 
presente a la divinidad sus necesjdadcs i reclamaciones. En 
jeneral, se las trataba con todo jénero de consideraciones, i 
eran conducidas al sacrificio por los sacerdotes en proce- 
sión, a pasos lentos, al son de música i en medio de los can- 
tos del ritual. La piedra del sacrificio estaba colocada en la 
parte superior, a todo aire, entre los dos altares en que ar- 
dia a toda hora el fuego sagrado. El pueblo, reunido a lo 
lejos, lo contemplaba todo en un silencio profundo. En fin, 
después de haber recitado ciercas oraciones, i de habérsele 
hecho los últimos encargos para la divinidad, la víctima 
era tendida sobre la piedra fatal. El sacrificador cambiaba 
la capa ntgra flotante por otra de color rojo, i se acercaba 
a la víctima armado de un cuchillo de piedra, le abria el 
pecho, arrancaba de él el corazón humeante, rociaba con 
!a sangre las imájenes de los dioses, i la vertia a su alrede- 
dor, o hacia de ella unacspecie de masa con harina de maiz. 
El cadáver era entregado al guerrero que habia cojido a la 
víctima en la batalla, el cual después de guisarlo lo ofrecía 
a sus amigos en un espléndido banquete. Estos sacrificios 
eran mas numerosos cuando se celebraba la coronación de 
un rei o la consagración de un templo. 

Algunos prisioneros, sin embargo, escapaban^ de este sa- 
crificio si tcnian la re|)ntaci()n de valientes i esforzados, 
f)ero entonces les estaba deparada otra suerte. En el centro 
de todas las ])lazas de Méjico habia construcciones cir- 
culares de cal i piedra en cuya cima habia una plataforma 
redonda. L)es])ues de ciertas ceremonias, el prisionero subia 
a esta ]:>lc'itaforma, se le amarraba por un pié a la piedra 
del centro, i se le daba una esprul;) de madera i una rodela 
par¿i que luchara con el guerrero que lo habia capturado. 
Ivl combate era terrible: si el pri.sionero obtenia la victoria 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO II 03 

sobre su adversario i sobre otros seis combatientes que se 
presentaban sucesivamente, era puesto en libertad i se le 
devolvia lo que había perdido en la guerra. Si era vencido, 
su adversario obtenia los honores del triunfo. 

Las ceremonias del culto tenían lugar cada día porque 
cada día también estaba consagrado a alguna divinidad. 
El pueblo asistía a ellas^con recojimento i respeto, i guar- 
daba alta consideración a los vsacerdotes. Estos, por su 
parte, estaban revestidos de grande autoridad i poseían 
rentas considerables que les producían las tierras asigna- 
das por la corona para el servicio del culto, i que eran tra- 
bajadas por una especie de arrendatarios. 

11. Costumbres.— La educación de la juventud estaba 
confiada, como hemos dicho, a los sacerdotes. Los niños, 
de cualquier rango que fueran, adquirían los mismos cono- 
cimientos i se ejercitabíin en las mismas artes, pero de or- 
dinario los hijos seguían la profesión del padre. Se casaban 
en 1^ primera juventud, en medio de una ceremonia domés- 
tica, i entraban a formar una familia separada. 

El sacerdocio tenía poca intervención en los matrimo- 
nios, pero no sucedía así en los funerales. Dos sacerdotes 
de categoría inferior se encargaban de lavar el cadáver, de 
envolverlo en bandas de papel i de vestirlo con un traje es- 
pecial correspondiente al que suponían que llevaba el dios 
protector de la profesión o de la familia del muerto. Colo- 
caban a su lado un jarro lleno de agua i papeles cubiertos 
de pinturas jeroglíficas, que debían servirle de pasaporte en 
la vida futura, i en seguida encendían fuego para quemar- 
lo. De ordinario, esta operación tenía lugar en un hornillo 
especial. Un sacerdote recojia las cenizas en una urna i las 
sepultaba en la tierra en medio del canto de los asistentes. 
Las ceremonias que se seguían a la muerte de un monarca 
eran semejantes, pero mucho mas ostentosas. Su cadáver 
se esponía al público; i cuando llegaba el caso de sepultar 
sus cenizas eran sacrificados algunas de sus mujeres i aque- 
llos de sus servidores (|ue debían formar «u corte en el otro 
mundo. 



64 HISTORIA DE AMÉRICA 



Rl traje de los mejicanos era mui sencillo: el clima tem- 
plado de aquellas rejiones no exijia vestidos de mucho abri- 
go. Los hombres usaban una especie de calzón i una tela 
suelta hacia sus espaldas que les servia de capa: las muje- 
res llevaban una túnica sin mangas recojida en la cintura. 
Los nobles usaban trajes idénticos, pero formados de telas 
preciosas, cubiertas de plumas i de bordados. 

Los antiguos mejicanos tenian fiestas i diversiones de di- 
ferentes especies: (!onocian muchos juegos de ajilidad i de 
industria en que eran diestrísimos; celebraban ostentosos 
banquetes en que se les servian delicados manjares; pero 
una tristeza casi constante formaba el fondo del carácter 
nacional. En medio del brillo de las riquezas, de la gloria 
de sus conquistas, el mejicano vivia aterrorizado por sus 
preocupaciones relijiosas, i abatido no tanto por el despo- 
tismo del gobierno de la tierra cuanto por el temor a sus 
horribles i sanguinarios dioses. No debe estrañarse, pues, 
que, un pueblo semejante, después de vencido por los con- 
quistadores, aceptara una dominación dura i talvez cruel, 
pero que estaba exenta de tan terribles preocupaciones ^^. 



i'^ Las costumbres e instituciones de los mejicanos han sido es- 
tudiadas, así como su historia, por varios escritores i particular- 
mente por Boturini, italiano establecido en Méjico en el siglo pa- 
sado, i por los padres Torquemada i Clavijero, cuyas obras hemos 
consultado para escribir este capítulo. Pero nos han servido par- 
ticularmente la prolija historia del abate Brasseur de Bourbourg, 
casi constantemente estractada i)or el vizconde de Bussierre, en su 
obra titulada Uempire wtxicain, la estensa introducción de la 
historia de la conquista de Méjico de Prescott, i un noticioso ar- 
ticulo que acerca de esta obra ])ublicó M. Michel Chevalier en la 
Revue des dtux Mondes del 1*^ de Marzo de 1845. De estos auto- 
res he recojido infinitas noticias tomándolas muchas veces con sus 
mismas palabras, aunque para evitar la repetición de citaciones 
hava omitido a veces señalarlo al pié de estas pajinas. He consul- 
tado también con provecho la Relatione di algune cose della Nova 
Spagnia fatta per uno gentil uomo de F. Córtese^ publicada en el 
III volumen de las Navigatione et viaggi á^ Ramussio, pñj. 104- i 
sig. Venecia, 1554. 



CAPITULO III. 

Kl Perú anticuo 

- Civilización primitiva del Pera. -2. Los incae.— 3. Gobierno; 
_^rarquía social. — 4». Distribución de las tierras i del trabajo.— 
ó. Organización de la tarailia.— 6. Conquistas militares.— 7. Re- 
lijion.— 8. Ciencias i letras.-— 9. Artes.— 10. Industria --11 Cos- 
tumbres. 

1. Civilización primitiva del Perú.— El oríjen de la 
primitiva civilización peruana, está envuelto en las mas 
oscuras tinieblas. Las tradiciones de los indíjenas al tiem- 
po de la llegada de los españoles recordaban hordas de sal- 
vajes que invadieron a las anteriormente establecidas, per- 
sonajes misteriosos, jigantes a veces, pigmeos otras, que 
sembraban el terror en sus conquistas o que eran destroza- 
das al pisar aquellas rejiones. Esas tribus vivieron, según 
la tradición, sumidas en la mas completa barbarie, hasta 
que apareció en el Cuzco un jenio benéfico que se denomi- 
naba hijo del sol, que civilizó a los bárbaros i fundó un po- 
deroso imperio. 

La razón no puede aceptar esta tradición. No es posible 
que un solo hombre haya podido llevar a cabo una obra tan 
grandiosa; i las investigaciones modernas han revelado que 
los primeros jérmenes de la cultura peruana eran anteriores 
a la época que se les asignaba. Existen en diversos puntos 
del sur del territorio peruano ruinas monumentales que 

TOMO I 5 



66 HISTORIA DB AMÉRICA 



revelan una antigüedad de muchos siglos; i se han obser- 
vado los rastros de una civilización anterior a la época en 
que se supone fundado el imperio de los incas. 

Parece fuera de duda que el Perú fué poblado por inmi- 
graciones sucesivas de diversas tribus, éntrelas cuales habia 
algunas que conocian el cultivo de los campos, que tenían 
nociones de un ser supremo creador del universo i que sa- 
bian construir sus habitaciones i sus templos i gobernarse 
bajo ciertos principios. Las prácticas comunes del culto, 
las reuniones i fiestas, las relaciones comerciales i las repe- 
tidas guerras, tan frecuentes cuando la sociedad no está ci- 
mentada sobre el derecho, pusieron en contacto a las fami- 
lias i a las tribus. De este modo algunas de ellas adquirieron 
un carácter dóc^, bondadoso i dispuesto a aceptar un go- 
bierno regular. Levantáronse grandes poderes, i se jenera- 
lizaron algunas instituciones civiles; pero el antagonismo 
de aquellos centros de civilización impedia que uno de ello^ 
irradiase sobre todas las tribus. 

2. Los INCAS. — En esas circunstancias apareció en el valle 
del Cuzco un jenio benéfico, que se presentó a sus compa- 
triotas con el carácter de hijo del sol, enviado por su divino 
padre para dominar a los pueblos con los beneficios de una 
civilización superior. Su propaganda fué pacífica: encontró- 
sectarios i discípulos entre sus compatriotas mas inmedia- 
tos, predicó doctrinas sabias i aceptables para la mayoría- 
que estaba sumida bajo el despotismo de los curacas o se- 
ñores de las tribus, i echó las bases del imperio que engran^ 
decieron sus sucesores. Ese misionero pacífico se llamaba 
Manco Capac: en sus trabajos fué ayudado por su esposa 
Mama Oello. 

Desde esta época la historia comienza a despejarse de fá- 
bulas groseras, si bien la crítica moderna no se encuentra 
completamente satisfecha. Cinchi Roca, hijo de Manco Ca- 
pac, a quien los historiadores llaman el primer inca, conso- 
lidó la obra de su padre continuando la misma política 
suave i benéfica. Lloque Yupanqui, de carácter belicoso, 
creyó fortalecido el naciente im()er¡o i comenzó a ensan- 



PARTH PRIMERA. -CAPÍTULO III 67 

charlo con conquistas militares. Su sucesor Maita Capac 
dilató sus fronteras con nuevas guerras i con el prestijio de 
grandes obras. Capac Yupanqui ocupó su reinado en some- 
ter a los pueblos conquistados por su padre, que querían 
sacudir el yugo de su dominación. Inca Roca, príncipe de 
conducta viciosa, perdió gran parte déla veneración de 
que gozó su raza, i dejó el imperio en gran peligro porque 
sus conquistas imprudentes armaron a tribus esforzadas i 
celosas de su independencia. Yaguar Huacac. monarca débil 
i cuitado, que no supo gobernar el imperio de sus mayores, 
puso su dinastía al borde de un abismo. Su hijo Viracocha, 
jeneral esperimentado, salvó el imperio de sus numerosos 
enemigos, destituyó a su padre i subió al solio imperial pa- 
ra emprender nuevas i mas importantes conquistas. Pa- 
chacutec es el reformador del imperio: dio nueva forma a la 
monarquía, mejoró la organización política del Perú, i lo 
ensanchó con importantes conquistas en las provincias del 
norte. Inca Yupanqui i Tupac Inca Yupanqui, que algunos 
consideran dos soberanos distintos i otros uno solo, en- 
cuentran el imperio poderoso, i acrecientan sus dominios 
al norte i al sur con las provincias de Quito i Chile. Huaina 
Capac, jenio emprendedor, consuma la sumisión de aquel 
reino, acaba las grandiosas obras comenzadas por sus an- 
tepasados i eleva el imperio a la cumbre de su grandeza i de 
su poder. Al morir cometió un error contrario a los princi- 
pios de su raza: dividió el imperio entre sus dos hijos Huás- 
car i Atahualpa, quienes se empeñaron en una horrorosa 
guerra civil para conquistar el señorío absoluto. La suerte 
de las armas fué favorable al segundo, pero el imperio que- 
dó ajitado por la discordia, cansados sus guerreros i abier- 
to el camino a la conquista estranjera. 

Según los mejores cómputos, la monarquía de los incas 
tuvo tres o cuatro siglos de existencia. Al cabo de este 
tiempo, su dominación se estendia por la costa del Pacífico 
desde el segundo grado de latitud norte hasta el treinta i 
siete de latitud sur. Por el oriente se dilataba al otro lado 
de las cordilleras, hasta los confines de las tribus bárbaras 



68 niRTOKlA I)K AMÉRICA 



cuyos nombres, consignados tn la historia, nos son desco- 
nocidos. Ivl prolijo historiador de h)s incas dice sólo que la 
mayor anchura del imperií^ no pasaba de ciento veinte le- 
guas ^. Su nombre era Tavantisuyo, que significa las cua- 
tro partes del mundo: los altaneros incas, que creian que 
sus subditos formaban la única nación civilizada de la tie- 
rra, pensaron talvez que no era necesario dar un nombre a 
su imperio puesto que no era preciso distinguirlo de ningún 
otro. Su denominación actual fué puesta por los españoles, 
quizá por el nombre de un pequeño rio del norte. 

3. Gobierno; jerarquía social La grandeza del impe- 
rio de los incas se debió principalmente a un sistema de po- 
lítica tan uniformecomo si durante doce reinados no hubie- 
ra gobernado mas que un solo hombre. Nacia esto de que 
la individualidad de todos habia desaparecido i de que la 
sociedad marchaba por el solo impulso de las instituciones 
i aun contra la inconstancia de sus jefes. 

Los primeros incas hicieron del imperio una sola familia 
por la solidaridad de sus destinos, i un convento por la re- 
gularidad de vida. Ninguno de sus subditos estuvo es- 
puesto a los sufrimientos de la mendicidad, i ninguno a los 
peligros de la holgazanería, porque todos tuvieron asegu- 
rada su subsistencia i a todos se prescribió una tarea social. 
La relijion suavizó las costumbres. Sus artes se perfeccio- 
naron con la paz. Obras colosales de interés público se 
levantaron mediante el trabajo secular de ejércitos de ope- 
rarios. I mientras se hacia sentir la acción previsora del 
gobierno, se propagaba a lo lejos la civilización imperial 
por la razón i la fuerza. 

El inca o emperador habia rodeado su persona de la 
pompa necesaria para fascinar al sencillo pueblo. Pesados 
pendientes de oro alargal)an sus orejas hasta los hombros, 
deformidad que se admiraba como una bella prerrogativa 
de su raza. El rico llauto o diadema que rodeaba su cabeza 
adornada de dos plumas de una ave misteriosa, esparcia en 



1 Gakci. aso dk la V»ga, Comentarios Reales, part. I, cap. YIII. 



PARTB PRIMHRA.^CAPITÜLO III 69 



tora > de su faz una aureola de gloria. Su traje de pieles i 
telas Snísimas, sembradas de oro i pedrería, i preciosas jo- 
yas daban a su persona un aire de verdadera majesta 1. La 
réjia servidumbre se componiade mas de ocho rail hombres. 
Nadie p idia tocar la sagrada persona del inca, nadie osaba 
alzar los ojos al hablarle, i a nadie se permitía acercarse 
sino descalso i llevando una pequeña carga a la espalda en 
señal de acatamiento. 

El poder del inca guardaba relación con el fausto de la 
corte i el respeto de sus goljernados. Soberano i pontífice a 
la voz, absorbía en su persona la plenitud del mando; el po- 
der i la riqueza, el trabajo i los goces, las relaciones domés- 
ticas i hasta el derecho de vivir, todo emanaba de él. La 
historia sin embargo ha recordado mas actos de prudencia 
i de bondad que de abusos de poder. 

Una lejislacion excesivamente dura fijaba el castigo de 
los delincuentes. La pena capital se aplicaba por delitos de 
poca entidad, i la vijilancia del gobierno dejaba pocas veces 
burlada la justicia, i contribuía quizá mas que la severidad 
•de las leyes a evitar los crímenes de los gobernados. En las 
provincias habia empleados superiores que velaban inme- 
diatamente sobre ctxáa. uno de los grupos de la comunidad; 
i el inca, ademas, despachaba periódicamente ciertos visita- 
dores encargados de informarle de la conducta de sus fun- 
cionarios. 

El mismo soberano emprendia cada cierto número de 
años, una ostentosa visita para reconocer su imperio. Algu- 
nos indios recomendados por la igualdad del paso, lleva- 
ban sobre sus hombros la litera imperial mientras el pueblo 
se disputaba el honor de cargar su equi|)ajc, de limpiar el 
camino i de cubrirlo de flores i de ofrecerle sus obsequios. 
Al descorrerse el velo que ocultaba al soberano, las estre- 
pitosas aclamaciones de la muchedumbre podian hacer caer 
aturdidas a las aves del ciclo. La marcha de la gran comi- 
tiva era un triunfo no interrumpido; i el inca, para corres- 
ponder al amor de su pueblo, trataba de remediar sus neccr 
sidades i los males que se le señalaban. 



10 HISTORIA DE AMÉRICA 



El inca, sin embargo, no necesitaba salir del Cuzco para 
estar al corriente de la situación del imperio. Por medio de 
quipos o cordones, en que se hacian ciertos nudos simbóli- 
cos se le enviaba el censo de la población i los demás datos 
estadísticos que podian conducir a regularizar el gobierno, 
i recibia ademas informes detallados de la marcha adminis- 
trativa de todas sus provincias. Cuando ocurria alguna 
novedad importante en cualquier punto del territorio, se 
comunicaba su noticia a la corte ya por signos telegráficos 
hechos por medio de fuegos, ya por el correo de posta o 
cAasqfü/ que marchaba contal velocidad que en veinticua- 
tro horas andaba cincuenta leguas. Las órdenes reales se 
espedian con igual prontitud. 

La sociedad estaba dividida en tres órdenes principales. 
Pertenecian al primero la familia del inca, al segundo la 
nobleza, i al tercero el pueblo. Los miembros de la familia 
real, que era mui numerosa, vivian de ordinario en la cor- 
te, desempeñábanlas altas dignidades del sacerdocio, man- 
daban los ejércitos i las provincias lejanas i estaban fuera 
del alcance de las leyes. Los nobles poseian mas o menos 
poder según la estcnsion de sus patrimonios i el número de 
sus vasallos. Su autoridad se trasmitía jeneralmente de 
padres a hijos. No ocupaban los empleos mas elevados 
del estado, ni los que estaban mas próximos a la persona 
del monarca; i su autoridad, que sólo era local, estaba su- 
bordinada a la jurisdicción de los gobernadores de provin- 
cia, que siempre eran miembros de la familia real. 

Al pueblo no cabia otra suerte que trabajar mientras 
pudiera, i obedecer cuanto se le mandase. Para que no tur- 
bara el orden establecido con aspiraciones mas altas, se 
le dividió en parcialidades que, reunidas para la marcha de 
la sociedad i la defensa del gobierno, estaban tan profun- 
damente separadas que no podian oponer ninguna resis- 
tencia temible. La población del imperio fué dividida en 
grupos de diez mil habitantes, cada uno de estos grupos en 
diez de mil, los de mil en dos de quinientos: estos en cinco 
de ciento, los de ciento en dos de cincuenta, i finalmente és- 



PARTEJ PRIMERA. — CAPITULO III ti 

tos en cinco de diez. Cada uno de los últimos tenia un jefe 
inmediato que daba cuenta de todo a su jefe, i éste a su vez 
al superior hasta llegar así sucesivamer»te hasta el gober- 
nador de la provincia i luego al mismo soberano. 

Del pueblo salían por privilejio los sefvidores del palacio 
i del templo; i por castigo talvez los yanaconas^ encarga- 
do^ de servicios humildes. 

4. Distribución de las tierras i del trabajo.— Los 
bienes i el trabajo debian ante todo servir a las necesida- 
des del estado, i se hallaban organizados conforme a su 
destino social. El único propietario que habia en el Perú 
era el inca, quien dividia la tierra en cuatro porciones, la 
del sol, destinada al culto de la divinidad, la del inca, la de 
los curacaSy señores de parcialidades, i la de la comunidad. 
En esta última parte, cada matrimonio rccibia un topOy 
medida que variaba según los lugares, otro topo por cada 
hijo, i sólo medio por una hija. Simples usufructuarios de 
la tierra, ellos no podian enajenarla i ni aun legarla a sus 
herederos, debiendo todos someterse a las subdivisiones que 
sehacian periódicamente según el rango numérico i las ne- 
cesidades de cada familia. Las posesiones asignadas a los 
curacas, si bien dependientes del inca, constituian por su 
estension cierta espejiede vinculaciones perpetuadas en los 
jefes de las familias. Un reparto análogo se habia hecho 
de los ganados; pero en jcneral los derechos particulares 
no llegaban hasta poder matar los llamas: su uso se limi- 
taba a trasquilarlos para aprovechar la lana. Los anima- 
les monteses fueron también de uso jeneral; los huanacos, 
vicuñas i venados se reservaban para las caserías del inca. 
Las minas pertenecian igualmente al estado, si bien a ve- 
ces se permitia a los curacas la estraccion de algunos me- 
tales i se toleraba que los particulares sacasen oro de los 
lavaderos. Solo eran del dominio de todos las yerbas de los 
campos i los peces del agua. 

El trabajo se hallaba organizado escrupulosamente, no 
sólo como fuente jeneral de la riqueza, sino también como 
un tributo que se pagaba al soberano. Las faenas de los 



72 HISTORIA DB AMÉRICA 



campos se emprendían en medio de fiestas i cantos que ani- 
maban al trabajo. El tiempo que la comunidad quedaba 
libre de sus tareas domésticas, debia emplearlo en trabajar 
en las posesiones del inca, en fabricar vestuarios para el 
ejército, en la construcción de los caminos, en la esplota- 
cion de las minas i en el servicio del soberano. Nadie, ni 
aun el niño o el anciano, estaba escusado de trabajar. 

Este tributo de trabajo era tanto mas oneroso, cuanto 
que sólo pesaba sobre el pueblo. Merced a él, se llevaron a ca- 
bo obras colosales que hoi se creerian irrealizables. Se tras- 
portaron arenas del mar para las plazas del Cuzco, e in- 
mensas moles de piedra para la construcción de edificios en 
apartadas provincias. 

El soberano exijia, ademas, de sus vasallos un tributo 
de sangre, no sólo en el campo de batalla sino también en 
los funerales i en los sacrificios. A la muerte del inca eran 
sacrificados muchos indios para continuar sus servicios 
mas allá del sepulcro, prerrogativa cruel que también exi- 
jian algunos curacas. En los grandes peligros, en las en- 
fermedades de los señores, al advenimiento del soberano, o 
en celebración de una victoria o de otro suceso plausible 
se inmolaban niños tiernos o doncellas escojidas. Era tal el 
espíritu de obediencia i sumisión de los antiguos peruanos 
que las víctimas señaladas para el sacrificio acudian pre« 
surosas i casi contentas para ser inmoladas. 

5. Organización de la familia.— Esta distribución del 
territorio, así como la manera de cultivarlo, grababa en el 
espíritu de cada uno la idea de un interés nacional i la nece- 
sidad de un socorro mutuo. El Estado constituia así una 
gran familia en que todos sus miembros se hallaban estre- 
chamente ligados al mantenimiento del orden social i de las 
instituciones. 

De esta manera la familia fué también enteramente ab- 
sorbida por el Estado. De dieciocho a veinte años las don- 
cellas, i de veinticuatro a veinticinco los mancebos, debian 
casarse por orden i conforme a la elección del Gobierno. El 
dia del matrimonio jeneral, los jóvenes de ambos sexos se 



fARTH PEIMHRA, — CAPITüU) 111 73 

colocaban en dos hileras, los hombres enfrente a las muje- 
res. En la corte, el inca enlazaba la mano de sus parientes, 
i los majistrados superiores desempeñaban sus funciones en 
toda la estension del imperio. La comunidad construía la 
casa de los desposados. Todos debían casarse en su parcia- 
lidad, conservar el vestido de sus mayores i permanecer en 
el mismo dorailio. La autoridad del padre era mui poderosa; 
la mujer era casi su esclava, encargada de llevar la carga 
en el camino; i los hijos, en vez de ser considerados como las 
delicias del matrimonio, eran su principal riqueza. 

Las familias vivian en cierto aislamiento; pero la lei or- 
denaba reuniones periódicas, que estrecharan las relaciones 
délos pueblos i de los individuos mediante los cambios, las 
fiestas, los trabajos i los banquetes que debia presidir siem- 
pre el curaca. Los pobres tenian en esos banquetes el mismo 
lugar que las personas acomodadas. Aun los espósitos eran 
cuidados por el gobierno i formaban parte de la comitiva 
del inca. 

Este espíritu de orden reglamentaba minuciosamente las 
acciones mas indiferentes de la vida i absorbía el jérmen de 
li libertad individual. Bajo una organización semejante, no 
era posible tener iniciativa ni señalarse en ninguna de las 
esferas de la actividad humana. Las tradiciones históricas 
del imperio, estensamente referidas por un historiador des- 
cendiente de los incas ^^, casi no contienen mas nombres pro- 
pios que los de los soberano?. Esta carencia de acción indi- 
vidual, mui aparente para la conservación de aquel orden 
de cosas, impedia el desarrrollo de la cultura con la adqui- 
sición de nuevas invenciones o el perfeccionamiento de las 
que existían. 

6. Conquistas mili tares.— Pero si la civilización perua» 
na estaba condenada a quedar siempre estacionaria, en 
cambio era espansiva, i se dilataba rápidamente por una 



^ Garcilaso de la Vega, hijo de uno de los conquistadores espa- 
ñoles i de una sobrina del inca Huaina Capac, nacido en el Cuzco 
efa 1540, i muerto en España, en la ciudad de Córdoba, en 1616. 



74 HISTORIA DB AMÉRICA 



grande estension de territorio. Una organización social tan 
robusta i tan superior a la cultura de las demás naciones 
vecinas, tenia en sí misma suficientes elementos para esten- 
derse mui lejos. Por eso, desde que los incas pudieron apo- 
yar su misión civilizadora en un ejército respetable, entra- 
ron en una carrera ilimitada de conquistas. La fe no les 
daba tregua en su propaganda guerrera: a ella eran arras- 
trados por el deseo de no faltar a su misión i comprometer 
el prestijio de la dinastía, por la necesidad de conservar la 
estimación de la nobleza, i por la mas imperiosa todavía de 
prevenir el ataque de los señores vecinos, quienes, para sal- 
var su independencia, no dejaban en reposo a los soberanos 
del Cuzco. Lais conquistas fueron, pues, el movimiento que 
variaba la regularidad i la inercia de la vida social de los 
peruanos. 

El heredero del imperio se educaba para la guerra, i a los 
dieciseis años recibía la solemne investidura militar. El i los 
nobles de su raza tenianque soportar un penoso noviciado: 
en el período de una luna dormian en el suelo, comian mal, 
vestían pobremente i sufrían en los últimos seis dias un ri- 
goroso ayuno; pero vigorizados con buenos alimentos ha- 
cían penosos ejercicios militares, atacaban i defendían al- 
ternativamente la fortalezu del Cuzco, luchaban i corrían 
para hacer alarde de pujanza i ajilidad. Para conocer su 
resistencia, se les obligaba a estar de guardia duran te algu" 
ñas noches, i para probar su serenidad, se les e.YÍjia que no 
se estremecieran ni movieran los ojos cuando se les atacara 
de improviso, o se blandían sobre su cabeza i en torno de 
su cuerpo picas i lanzas. Los que habian salido airosos de 
estas pruebas eran armados caballeros con gran solem- 
nidad. 

El pueblo suministraba excelentes soldados, sobrios, 
obedientes, sufridos para las marchas i dotados de ese va- 
lor tranquilo que hace mirar el peligro con indiferencia. 
Frecuentemente tenían lugar ciertos ejercicios militares; i 
la rotación en el servicio jeneralizaba en las diversas pro- 
vincias la destreza en el manejo de las armas. Eran éstas 



PARTBJ PBTMBRA. — CAPITULO III 75 

las flechas, hachas, picas i mazas de madera durísima o de 
cobre, i la honda i el lazo; pero usaban ademas cascos de 
madera, rodelas de cuero i espesas corazas de algodón. 
Como debe suponerse, la táctica era muí imperfecta: los 
movimientos se regularizaban con el toque de trompetas i 
tambores; pero se peleaba en tropel, sin hábiles combina- 
ciones, de modo que sólo el número o el valor decidian la 
victoria. 

**Los incas hacian la guerra para civilizar a los vencidos 
i para estender el conocimiento desús propias instituciones 
i de las artes. Tomaban bajo su protección los pueblos que 
habían sido sometidos, i los hacian partícipes de todas las 
ventajas de que gozaban sus antiguos subditos. Los ídolos 
délos pueblos conquistados eran llevados en triunfo al 
gran templo del Cuzco, i colocados allí como trofeos que 
mostraban el poder superior de la divinidad protectora del 
imperio. El pueblo vencido era tratado con dulzura, e ins- 
truido en la relijion de sus nuevos señores, a fin de que el 
nuevo conquistador tuviese la gloria de haber aumentado 
el número de los adoradores del sol** 3. 

7. Relijion.— El sol era el Dios i el alma del imperio. 
Manco Capac dio principio a su misión llamándose el hijo 
i el instrumento del sol, i echando en el Cuzco los cimientos 
de un templo destinado al culto de su padre, cuyas rique- 
zas le dieron el nombre de Coricancha, casa de oro. Al con- 
quistar cada provincia, sus sucesores tuvieron cuidado de 
erijir un santuario a su celestial projenitor. Para el servi- 
cio de esos templos habia un verdadero ejército de sacerdo- 
tes. El del Cuzco tenia cuatro mil, todos de estirpe réjia, i 
presididos por el villac-uma o sumo sacerdote, hermano o 
tiodel inca, i cuyas funciones eran vitalicias. De la misma 
familia salían los jefes del culto en todos los templos del 
imperio. Los sacerdotes inferiores i la servidumbre pertene- 
cían a la nobleza subalterna o al pueblo. 
Los peruanos tuvieron también sacerdotisas para el cul- 



' RoBERTSON, Historia de América ^ lib. VIL 



76 HISTORIA DE AMÉRICA 



to del sol. En el monasterio del Cuzco sólo entraban niñas 
de sangre imperial o de singular hermosura; i en los de las 
provincias sólo eran admitidas las hijas de loa nobles, o 
vírjenes escojidas por su estraordinaria bi^Heza. Desde que 
ponían el pié en el claustro, rompian sus relaciones con el 
mundo. Sus casas eran especies de pueblos rodeados de al- 
tos muros, donde se encv*rraban a veces mas de rail quinien- 
tas con numerosas criadas i las institutoras que las guar- 
daban. Como las vestales de la antigua Roma, las escojidas 
cuidaban de la conservación del fuego sagrado, i en su cali- 
dad de esposas del sol, espiaban un adulterio sacrilego con 
el horrible suplicio de ser enterradas vivas. Ningún hombre, ' 
fuera del inca, podia penetrar en el sagrado asilo de las sa- 
cerdotizas. En su categoría de hijo del sol, tenia aquel el 
derecho de sacar del claustro las sacerdotisas que le agra- 
daban para aumentar el número considerable de sus espo- 
sas. Las escojidas tejían finísimas telas de vicuña para el 
sol i para el inca i pre()araban la chicha i los panecillos 
(zanco) que se distribuían en las grandes festividades. 

Las fiestas del sol tenían lugar todo el año. En cada lu- 
na se sacrificaban cíen llamas cuyo color variaba, según la 
especie de holocausto. Al principio de las estaciones se cele- 
braban cuatro grandes solemnidades de las cuales la de 
capac raimí, que tenia lugar en el solsticio de diciembre, 
era la mas notable e imponente. Concurrían a ella los no- 
bles de todo el imperio con grandes comitivas, i se reunia 
en el Cuzco la inmensa población de las cercanías. La fiesta 
era precedida de un ayuno rigoroso; i al amanecer el día del 
solsticio esperaban la salida del sol el inca i su familia en 
las plazas de la ciudad. Cada cual se presentaba con sus 
mas ricos trajes, i con los adornos emblemáticos de su tri- 
bu, o vestido con disfraces de leones, cóndores u otros ani- 
males. Cuando el sol doraba las altas cumbres, el estrépito 
de los instrumentos i de las aclamaciones de los hombres 
se confundían en una sola esplosion jeneral de bendiciones. 
El inca presentaba al astro del día dos copas llenas de chi- 
cha, derramaba una en una tinaja de oro que por un canal 



PAUTE PRIMERA. - CAPlTrLO III 



oculto conducía el licor al templo, i con la otra copa daba 
de beber a los grandes personajes, quienes cebándola opor- 
tunamente, la pasaban al resto de la nobleza. La familia 
imperial entraba en el templo con los pies descalzos, mien- 
tras el pueblo, descalzo también, quedaba a una respetuosa 
distancia de aquel santuario venerado. Matábanse cente- 
nares de llamas en cuyas entrañas palpitantes se pretendia 
adivinar el porvenir, i se distribuía su carne entre los con- 
currentes. Igual distribución se hacia del zanco: i en un 
banquete público se prodigaba la chicha prolongándose la 
fivsta semanas enteras en medio del baile i de las bebidas. 
Solemnidades análogas, aunque de variada significación, 
tenían lugar al principio de cada estación. 

El sol recibía en ofrenda toda clase de objetos. Del reino 
mineral se le ofrecían piedrecitas pintadas, un poco de tie- 
rra, cobre, plata o piedras preciosas: del reino vejetal, el 
maiz preparado de diversas maneras, aromas que se que- 
iníiban en los holocaustos i coca, cuyo humo era consíde- 
r¿iJo como el perfume mas grato a la divinidad; del reino 
aaiiLal, llamas i otros animales, i en las ocasiones mas so- 
lemnes una o muchas víctimas humanas. En la corona- 
ción del inca, se inmolaba un niño de seis años para alean - 
z ir la protección del cielo durante su gobierno. 

El culto del sol traía consigo el de la luna, su esposa i 
Irrraana, el de las estrellas que formaban su celeste comi- 
tiva, el del planeta Venus, que se consideraba su paje, el 
«leí terrible Illapa, nombre jenérico de los truenos, rayos y 
relámpagos, i el del arco iris, su mensajero. La política de 
los incas aceptaba a los dioses de las tribus conquistadas 
que encontraban un asilo en el templo del Cuzco i en los 
santuarios de las provincias. Las intelijencias privilejiadas 
concebían un Supremo Hacedor de toda la creación, a que 
daban el nombre de Pachacamac. 

La superstición trajo, como en todas partes, oráculos, 
adivinos i presajios de todo jénero. En algunos templos se 
daban los vaticinios con sorprendente aparato; pero el pue- 
blo creía penetrar el porvenir en los ensueños, en las cir- 



78 HISTORIA DB AMÉRICA 



cunstancias mas vulgares de la vida i en los fenómenos 
fisiolójicos mas comunes. 

Los historiadores españoles déla conquista han cuidado 
de consignar en sus obras ciertas prácticas en que creían 
hallar alguna analojía con la relijion cristiana. Señalan i 
entre otras, la veneración que se profesaba en el Cuzco a j 
una hermosa cruz de piedra, i cierta confesión que podia 
hacerse con cualquier individuo sin especialidad de sexo, i 
a la que se seguian grandes espiaciones. 

8. Ciencias i letras.— Si se hubiera de juzgar de la civi- 
lización peruana por los conocimientos científicos quepo- 
seian los vasallos del inca, seria preciso colocarlos casi al 
nivel de la barbarie. Es verdad que había ciertas escuelas 
que el soberano honraba a veces con su presencia; pero és- 
tas servían sólo para las clases privilejiadas, i ademas sólo 
se enseñaba en ellas las máximas de la guerra, las prácticas 
del gobierno, las ceremonias de la relijion, el uso de los qui- 
pos i la historia de los incas. Si bien conocieron el sistema 
decimal para sus cálculos, sus ideas se confundian pasando 
mas allá de cien mil. La rutina, sin embargo, les había en- 
señado ciertas prácticas mui útiles para la mensura i divi- 
sión de las tierras, la apertura de canales de riego i la cons- 
trucción de mapas o planos jeográficos trabajados de re- 
lieve, en que se ponian de manifiesto todos los detalles im- 
portantes de la localidad; pero los peruanos no tenían co- 
nocimientos de la jeografía del imperio, i esos planos ser- 
vían sólo para el inca. 

En la astronomía parecen haber hecho pocos adelantos. 
Dividian el año en doce meses lunares, cada uno de los cua- 
les tenia su nombre propio. Como este año era menor que 
el tiempo verdadero, rectificaban su calendario por medio 
de observaciones solares hechas con muchas columnas ci- 
lindricas que habian construido en los terrenos elevados 
que rodean el Cuzco, i que le servían para tomar el azimut, 
i midiendo su sombra descubrían el período exacto de los 
solsticios ^. 



4 Pu ESCOTT, Historia de la conquista del Perú, Hb. I, cap. lY. 



PARTE PRIMERA. -CAPITULO III 79 

Por un sistema análogo conocieron los equinoccios i pu- 
dieron dividir las estaciones del año; pero dieron a la me- 
cánica celeste una esplicacion alegórica monstruosamente 
absurda, que se hermanaba con sus creencias relijiosas. En 
medicina, conocieron el uso de las medicina? parciales i el 
empleo de muchas plantas, pero no alcanzaron a formular 
reglas, porque ejercida por viejas i otras personas inhábiles, 
la ciencia fué sólo la ocupación de los que eran infitiles pa- 
ra los demás trabajos. 

Pocos adelantos literarios podian hacer los incas faltos 
de un sistema de escritura verbal. Los quipos, compuestos 
de manojos de cuerdas, no bastaron a suplir esta falta. Los 
nudos hechos en esas cuerdas espresaban unidades si eran 
simples, decenas si eran dobles, i así aumentaban como los 
ceros en la numeración llamada impropiamente arábiga, si 
bien nunca alcanzaron a millones. Con la variedad de colo- 
res se denotaba la diversidad de ideas, ya fuesen abstrac- 
tas o materiales: el blanco significaba la plata i la paz. Hi- 
litos accesorios recordaban circunstancias particulares; i la 
lonjitud de las cuerdas permitia colocar los objetos, según 
su importancia: en el censo, primero los hombres i después 
las mujeres. Comentarios particulares que se confiaban a 
la memoria de los quipocomayos (conservadores de la cien- 
cia de los quipos), aclaraban el sentido de esta escritura; i 
mediante la asociación de ideas podia el quipo facilitar el 
recuerdo de los objetos a cuya espresion directa no se ha- 
bría prestado fácilmente. Los quipos pudieron satisfacer 
todas las necesidades de la estadística, i llegaron a consti- 
tuir, con los comentarios que sujerian, los verdaderos ana- 
les del imperio. La fidelidad de los quipocomayos quedaba 
garantida de algún modo multiplicando en las provincias 
el número de estos empleados. El quipo, con todo, se pres- 
taba mui poco para la trasmisión de nociones científicas; 
i aun para los que no estaban en el secreto del comenta- 
rio verbal, su significación es un misterio. Hai que re- 
nunciar a toda esperanza de que el descubrimiento de 



80 HISTORIA DB AMKRK'A 



algunos quipos disipe las tinieblas de las antigüedades pe- 
ruanas. 

En literatura, los vasallos del inca hicieron mayores pro- 
gresos. La lengua quechua, que era la de los emperadores, 
es talvex la mas rica i una de las mas armoniosas del 
continente americano, sin estar por esto exenta de las agre- 
gaciones de partículas para la formación de las palabras, 
que es lo que forma el carácter distintivo de todas ellas. 
La prosa hablada se perfeccionó en los frecuentes discursos 
a que daban ocasión las fiestas; en la poesía los peruanos 
aventajaron talvez a cualquiera otro pueblo de América. 
Hubo romances en que se referían los sucesos mitolójicos i 
las hazañas de los héroes, odas en que se cantaron las pa- 
siones, i verdaderos dramas, ya sobre grandes infortunios, 
ya sobre acontecimientos vulgares que eran representados 
en las festividades. Se conoce una composición de arte dra 
mático, Ollantai, escrita en lengua peruana o quechua, que 
por su disposición i hasta por la estructura de sus verso* 
tiene gran semqanzacon los dramas españoles. Esto mismo 
ha rebelado a la crítica ilustrada que es una obra de inven- 
ción moderna, talvez de la segunda mitad del siglo XVIII *. 

9. Artes. — Enjeneral, ios antiguos }>eruanos hicieron 
pocos progresos en las bellas artes. La melancolía era el 
carácter dominante de la música peruana, '*pues los indi- 
jenas, como dice un observador, ya se lamenten, ya rían, sea 
que bailen, sea que representen, parece que lloran.'* El mas 
triste de sus instrumentos era la quena, compuesta de varías 
cañ¡tas;pero conocieron una especie de flauta, unos tambor- 
cilios i otros instrumentos. Por lo común no buscaban la 
armonía sino el hacer mucho ruido con la multiplicación 
de los sonidos. El dibujo no estaba mas adelantado que la 
música. Apenas se hallan mas pinturas que las destinadas 



5 El señor Riykro ha analizado detenidamenfe en sus Antigüe- 
dades Peruanas la trajedia de O///? wí a/. — Un viajero alemán Tschu- 
Di ha reproducido esta composición en su obra titulada Díe Kechün 
Sprache^ Viena, 1853. 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO III 81 

a adornar las paredes de ciertos edificios, las grabadas en 
algunos útiles i las diseñadas en los tejidos. Las estatuas 
son por lo común informes, pues dan a la cabeza un volu- 
men monstruoso, i las estremidades están mal bos({uejadas 
i casi en rudimento. 

En la arquitectura, en cambio, aparece im gusto forma- 
do, no por cierto en las casas del pueblo, que en jcneral 
eran pobres chozas, sino en los palacios, los templos, las ca- 
zas de las escojidas, los caminos, los acueductos i las forta- 
lezas. Estos edificios eran bajos, pero cubrian una grande 
estension de terreno: sus paredes estallan construidas con 
grandes trozos de piedras. **En jeneral son menos notables 
estas piedras por su tamaño que por la estrema l)elleza de 
su corte. La mayor parte de éstas están unidas sin ningu- 
na apariencia de cimiento, pero se encuentra esta mezcla 
en algunos edificios** ^. 

No obstante la perfección relativa de la arquitectura, 
choca ver en los edificios mas notables que los techos son 
depaja, las ventanas mui raras, las puertas mui chicas i las 
piezas casi siempre sin comunicación entre sí. Faltan las 
columnas i los arcos; i las maderas en vez de empalmarse, 
están atadas con cuerdas. 

Son notables, también, los caminos construidos por los 
inccts. **Me he sorprendido, dice Humboldt, al encontrar en 
el llano de Pullal, i en alturas que sobrepujan en muiho la 
cima del pico de Tenerife, los restos miigníficos de un cami 
no construido por los incas del Perú. Esta calzada, limita- 
da por grandes piedras de corte, puede ser comparada a las 
mas hermosas vías de los romanos que yo haya visto en 
Italia, en Francia i en España: es perfectamente recta, i 
conserva la misma dirección a seis u ocho mil metros de 
lonjitud. Hemos observado la continuación cerca de Caja- 
marca, a ciento veinte leguas del .\suai, i se cree que este 
camino conducia hasta la ciudad del Cuzco.'* Este mismo 
camino se continuaba todavía desde la capital del imperio 



6 HüMBOLDT, Vues des CordilléreSy t. I, páj. 399. 

TOMO I 



82 HTSTOUIA I)K AMÉRICA 



hasta los primeros valles de Chile al través de las cordille- 
ras i del desierto. En esta obra, así como en la construc- 
ción de los edificios públicos, trabajaban a la vez muchos 
millares de operarios durante cincuenta i mas años. En los 
sitios que en los caminos eran cortados por los ríos, se 
habian construido puentes de cuerdas o mimbres, asegura- 
dos en sus estremi Indes i defendidos por una barandilla, 
que ofrecían un paso seguro al viajero '. Los peruanos, co- 
mo los mejicanos, no tuvieron carros, ni conocieron las rue- 
das para facilitar el trasporte de la carga. 

10. IndüsTkia. — La industria de los antiguos peruanos 
no pudo desarrollarse rápidamente por la falta de instru- 
mentos, de concurrencia, de moneda i de crédito. En la 
agricultura hicieron, es verdad, grandes progresos: cono« 
cieron el abono de las tierras i el regadío; pero no usaron 
otro arado que una estaca puntiaguda <|ue empujada por 
el hombre, rasguñaba lijeramente el suelo destinado a la 
siembra. La feracidad de éste suplia la falta de mejores ins- 
trumentos i rendia abundantes cosechas. La formación 
misma del territorio i su inclinación gradual desrle las al- 
turas de las montañas, permitia una gran variedad de cul- 
tivos. Cosecharon la yuca, el maiz, la coca, el raaguei, la 
quinoa, el plátano i la papa. 

Los peruanos domesticaron algunos animales, como el 
llama, (pie les servia de bestia de carga, i fueron diestrísi- 
mos cazadores i pescadores. Tuvieron pocos conocimien- 
tos en la esplotacion de las minas, pero estrajeron de ellas, 
casi de la superficie de la tierra, grandes cantidades de pla- 
ta, de oro i de cobre, que beneficiaban en hornos colocados 
en las alturas i abiertos por los cuatro costados, para 
aprovechar la fuerza del viento. El hierro no fué trabajado, 
pero su uso era reemplazado por el cobre i el estaño. Los 
artesanos doblegaban los metales a las mas atrevidas con- 
cepciones: los estiraban en hilos para imitar los filamentos 



" HuMBOLDT, Vues des CordiUércs tom. II, plan 33, ha dado 
una vista i una descripción de estos puentes. 



PARTE PRIMERA. — CAPItULO III 83 

del maíz o de las flores, los reducían a láminas tenues que 
reemplazaban al mas perfecto dorado, los soldaban de 
modo que no quedara vestijio de juntura i los embutían 
hábilmente. La falta de sierras impidió el desarrollo de la 
ebanistería; pero en cambio hubo espertos alfareros i dies 
trísimos tejedores en cuyas telas no se sabe qué admirar 
mas, si la delicadeza de los hilos, los primores de la finísima 
labor o el brillo de los colores que parecen indelebles des- 
pués de halxr estado las telas enterradas durante algunos 
siglos. 

Entre otras maravillas de la industria peruana, notába- 
se la manera misteriosa con que a fuerza de destreza i de 
constancia pulían las piedras durísimas. Entre los monu- 
mentos de HatunCañar se veia algunos animales cuyos 
labios estaban atravesados por argollas movibles,^ aunque 
todo, argollas i cabeza, estaba formado por un solo trozo 
de granito. Rsa misma constancia es la que caracteriza 
toda la industria de los peruanos. Si hubieran conocido la 
división del trabajo, i si se les hubiera permitido alguna 
iniciativa, talvez los peruanos habrian aprovechado esas 
dotes i creado una verdadera industria. 

11. Costumbres. — Perdido todo sentimiento de inde- 
pendencia, dejaron los peruanos de ser hombres para con- 
vertirse en máquinas. Instrumentos pasivos del poder, re- 
cibíanlos bienes orno un don gratuito i los males como 
tina fatalidad irresistible. Tan natural creían la obligación 
de servir, que no osaban acercarse a la autoridíid, ni sí- 
quiera para demandar justicia, sin llevar algún obsequio; i 
temian haber caído en su desagrado si por no serles gravo- 
sa, ésta rehusaba sus dádivas. Como la sumisión completa 
traia consigo la inercia jeneral, todo lo había de hacer el 
gobierno, i en el momento en que se suspendía la acción ad- 
ministrativa se interrum|)ia también el movimiento social. 
Una sociedad tan discipliníida debía distinguirse por el 
apego a las formas; i en efecto, los peruanos se pagaban 
como los niños mas de la esterioridad que del fondo. Sus 
fiestas se hacian con gran pompa; el culto mismo, mas que 



84 HISTORIA DE AMÉRICA 



una enseñanza, era un espectáculo. Sus fiestas, acompaña- 
das siempre de borracheras i bailes, eran mui ceremonio- 
sas; i aun en medio de ellas el pueblo conservaba su mora- 
lidad característica. El testimonio de ello lo di6 uno de 
los conquistadores españoles, Mancio Sierra Lejesanna, en 
su testamento estei^dido en setiembre de 1587. **Los incas, 
decia, los tenían gobernados de tal manera que no habia 
un ladrón, ni hombre vicioso, ni holgazán, ni una mujer 
adúltera ni mala; ni se permitía entre ellos jente de mal vi- 
vir en lo moral; los hombres tenian sus ocupaciones hones- 
tas i provechosas." 

Los actos cardinales de la vida tenian su carácter de 
fiesta. El corte del primer cabello del niño, su entrada en la 
pubertad, i el matrimonio, que se celebraba simultánea- 
mente en todo el imperio, daban lugar a fiestas solemnes. 
El duelo i el entierro de los cadáveres era también celebra- 
do en medio de fiestas i borracheras. Es todavía un miste- 
rio la manera cómo los peruanos embalsamaban los cadá- 
veres de los incas, cuyas momias favorecidas por la seque- 
dad del clima, si se ha de creer a los que las vieron, presen- 
taban después de algunos siglos las carnes llenas, las 
facciones sin alteración i el cutis blando i suave. El entierro 
de los subditos, aunque menos ostentoso, era también so- 
lemne. Habia, ademas, una gran conmemoración de difun- 
tos, en la que los vivos se alegraban con opíparos banquc- \ 
tes i se ponían en los huacas manjares para los muertos. 
Era bastante frecuente el recordar, así en este día como en 
el del entierro, con cantares mezclados de risas i llantos, la 
vida de los finados, sus buenas i malas acciones, los servi- 
cios que prestaron i la falta que hacían. 

Tan admirables como los campos que labraron para sos- 
tener su vida, son las huacas que construyeron los indios 
para reposar después de su muerte. Se encuentran siempre 
cerca de las poblaciones, a veces en la campiña inmediata, 
a veces en la misma casa, como si los hijos no hubieran 
querido separarse de las cenizas de sus padres. Están en los 
valles encantados donde reina el deleite, como para dcsva- 



PARTE PRIMERA. — CAPItULO III 85 

necer las májicas ilusiones de los sentidos, i por lo común 
en alguna eminencia. Los cadáveres se hallan sentados con 
las rodillas juntas i echadas sobre el vientre, los brazos 
traidos sobre el pecho, i las manos unidas sobre el rostro 
como la criatura que se desarrolla en el seno materno. Se 
les tomaría por viajeros que descansan algunos instantes 
para proseguir una larga marcha. I no creian ellos que su 
letargo fuese duradero; por eso se descubren junto a las 
momias, vestidos, utensilios, maiz, chicha i objetos de lujo 
que les habrían de servir en su nueva existencia. La histo- 
ria puede sacar mucha luz de éntrelas sombras de estas 
. tumbas; pero hasta hoi el indíjena teme acercarse a ellas 
mas que al aliento del ipestado; i los que se atreven a 
cscavar las huacas, lo que buscan son tesoros, nó rela- 
ciones ^. 



8 Las antigüedades peruanas han sido niuclio menos estudiadas 
que las de Méjico. La obra citada de Garcilaso ha sido a csie res- 
pecto una de las autoridades fundamentales, pero algunos docu- 
mentos contemporáneos de la conquista han venido a dar mas lus; 
ala historia primitiva del P;;rú. Las obras especiales sobre esas 
antigüedades, como la de los señores Rivero i Tschudi, i la del via- 
jero ingles BoUacrt, dejan mucho que desear en su investigación. 
Hemos preferido guiarnos en este capítulo por la Historia de ia 
conquista de! Perú, de Pekscott, lib. I, i la Historia anticua del 
^eródedon Sebastian Lorerente. De ambas obrashe tomado mil 
noticias, de ordinario con sus mismas palabras, i sólo para omitir 
la repetición de citaciones he dejado de ponerlo al pié de estas pa- 
jinas. 



CAPITULO IV. 
liOn otro» indioM de América 

1. Incertirlumbre acerca de la civilización de los americanos a la 
época de la conquista. —2. Sus facultades intelectuales. — 3. Es- 

^ tado social. — 4-. Organización civil.— 5. Sistema de guerra. — 
6. Industria.— 7. Ideas relijiosas _8. Costumbres. 

1. Lncertidu.mbke acerca de la civilización de los 
AMERICANOS A LA ÉPOCA DE LA CONQUISTA . — Al rededor 
de los dos grandes imperios americanos que habian lleo^ado 
a cierto grado de cultura, existían tribus numerosas, dise- 
niinadas en los bos |ues. o agrupadas en caseríos, que o 
no habian alcanzado a un grado ni siquiera aproximativo 
de civilización o vacian en la mas espantosa barbarie. Esas 
tribus, imperfectamente conocidas i mal clasificadas toda. 
vía, tenian entre sí diferencias notables en sus hábitos, en 
sus |)reociipaciont'S i en su carácter; así como en las lenguas 
que hablaban i hasta en su fisonomía. Las primeras noti- 
c¡a> (|ue acerca de ellos rccojieron los conquistadores eran 
vfjo^as j contradictorias. Cad.-i cual se referia a las tribus 
que habia conocido; i tratándose de amalgamar esas noti- 
cias, resultaba una natural confusión que se descubre en los 
primeros libros descriptivos del nuevo continente. 

Los con(|UÍstadores, ademas, no se hallaban en estado 
de estudiar prolijamente la civilización délos americanos. 
Rodeados constantemente de peligros, i luchando contra 



88 HISTORIA DB AMÉRICA 

toda clase de dificultades, no tenían tiempo ni voluntad 
para empeñarse en estudios de ese jénero; ni los conocimien- 
tos que habían adquirido podían ayudarlos en esta tarea. 

Por otra parte, desde los primeros tiempos de la conquis- 
ta surjieron entre los invasores apasionadas discusiones 
que han contribuido a hacer mas confusas i enredadas las 
noticias que nos han dejado sobre los pobladores de Amé- 
rica. Decían unos, que estos eran salvajes feroces, incapa- 
ces de recibir la civilización, a quienes se podía esterminar 
o reducir a la esclavitud, ne^^ando al efecto que fueran de Iíl 
misma naturaleza que la especie humana. Sus adversarios^ 

por el contrario, presentaban a los americanos como hom 

bres dotados de intelijencía i de un carácter suave, suscep 

tibies de civilización i de cultura. De los escritos de esa con 

troversia, no es posible sacar la verdad. 

Sin embargo, interesaba a la historia adquirir el conocí — 
miento del estado i del carácter de estas naciones, no sólc 
para poderlas apreciar en sí mismas, sino para deducir de 

ahí las diversas gradaciones por que la humanidad ha pasa 

do lentamente antes de adquirir la civilización. De este jéne 

ro de estudios especulativos han nacido las apreciaciones^^ 

sistemáticas sobte los primitivos americanos, basadas en: '- 

la observación de los viajeros i de los escritores que estu — • 
diaban una o varias localidades. Estcestudio, con todo, no^^o 

ha dadíí aun sus últimos frutos. Los mismos viajeros en 

contraban entre los pobladores del nuevo mundo costura— — 
bres e ideas adquiridas posteriormente, cuya filiación no* ' 
podían distinguir, i de las cuales no podian deducirse acer- 
tadas consecuencias Las noticias recojídas hasta ahora, 
forman un conjunto informe de datos de que es necesario 
hacer una separación previa antes de bosquejar el estado 
en que los indíjenas americanos se hallaban a la época en 
que fueron cí)nocidos por los europeos. 

2. Srs FAcrLTADHS i.NTKLECTUALES.— En los prímcros 
tiempos de la conquista, como ya hemos dicho, se discutió 
sériíi mente si los indios americanos tenían intelijencía o si 
eran animales de una especie inferior a los hombres; pero 



\ 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO IV 89 

desde que los castellanos encontráronlas prinreras naciones 
civilizadas del nuevo mundo, toda duda desapareció. El 
papa Paulo III declaró, en una bula de 1537, que los indios 
eran capaces de recibir los sacramentos. Uno de los mas 
ilustrados entre los conquistadores, notando gran variedad 
en las dotes intelectuales de los indíjenas, advirtió que en 
Amética los habitantes de las tierras calientes eran mas 
despejados que los que poblaban las tierras templadas i 
frias; si bien entre aquellos eran mas torpes los de las pla- 
nicies i páramos que los que habitaban las montañas ^ Esta 
distinción nació de que los pueblos mas civilizados del nue- 
^o mundo ocupaban las alturas o mesetas de las rejiones 
-tropicales. En cambio, los habitantes de los climas templa" 
¿los eran jeneralmente mas fuertes, mas activos i vigorosos. 
Estas diferencias en las dotes intelectuales i en su desa- 
rrollo eran mui notables. Las tribus guaraníes, que pobla- 
ban cerca de un tercio de la América meridional, así como 
muchas otras, no tenian idea alguna de cálculo, i ni siquiera 
pasaban en sus cuentas mas allá de cinco ^. Los chibchas o 
wnuíscaSy que habitaban los valles inmediatos a Bogotá, 
liabian inventado un minucioso calendario, dividienrlo el 
año en meses lunares; i haciendo en él las intercalaciones 
necesarias para suplir las diferencias, habían distribuido los 
anos en ciclos con una grande exactitud^. Mientras unas 
tribus habian imajinado una cosmogonía injeniosa i hasta 
poética, otras no tenian noción alguna de un ser superior a 
la naturaleza humana. 

Lator(>eza que los viajeros han observado en los indíje- 
nas de América, nacia en gran parte de su indolencia i de 
su inercia. En jeneral, los indios no eonocian una felicidad 



* Vargas Machuca, Milicia i descripción de las Indias, fol. 131. 
- Varnhagen, Historia ^tral do Brazil, tom. 1*^, sec. IX, páj. 
109 

^ DüQUKSNH, Disertación sobre el calendario de los muiscas, pu- 
blicado por el coronel Acosta en el apéndice de su Compendio his- 
tórico de la conquista de la Niwva C'ranar/a.— Humboldt, Vues des 
cordilléres, tom. 2, pl. XLIV. 



90 HISTORIA 1)B AMÉRICA 



mayor que la de verse libres de todo trabajo. En aquellas 
rejiones en que la riqueza de la vejetacion, la abundancia de 
la pesca i de la caza les suministraban el alimento preciso 
para la satisfacción de sus necesidades, el salvaje se diferen- 
ciaba mui poco de los animales. Pero en los climas mas ri- 
gorosos, donde las producciones naturales no bastaban 
para la subsistencia del hombre, los indíjenas tuvieron que 
pensar en el trabajo, hicieron sus plantaciones i estimula- 
ron el desarrollo de su intelijencia aplicándola a la indus— 
tria. 

Los pueblos que no han dado los primeros pasos en eL 
sendero de la civilización, se distinguen particularmente- 
por una imprevisión que parece revelar la falta de pensa — 
miento i de intelijencia. En este estado se hallaban muchas* 
de las tribus americanas cuando los españoles pisanuí su. 
territorio. Aquellos indios que con un trabajo mui limitado 
alcanzaban a satisfacer sus necesidades, vivian en una si- 
tuación de complet(i barbarie, distraidos con el presente i 
olvidados del porvenir. **Cuando al acercársela noche se 
siente un caribe dispuesto a dormir, dice un historiador, 
ninguna reflexión le induce a vender su hamaca, mas luego 
que se levanta por la mañana, cambia esta misma hamaca 
por la bagatela mas despreciable que llegue a herir su imn- 
jinacion. Al fin del invierno, el salvaje de América se ocupa 
con actividad en preparar m^^tcriales para construir una 
choza cómoda cpie lo ponga al abrigo de la inclemencia en 
la estación siguiente, pero así (jue el tiempo se presenta me- 
nos rigoroso, olvida sus sufrimientos i abandona sus tra- 
bajos hasta que la vuelta del frió le obliga a comenzarlos 
de nuevo" K 

3. Estado social. — La organización social de los pue- 
blos que se hallan en este estado de atraso ofrece caractért-s 
mui curiosos. Aun entre las tribus mas bárbaras, la unión 
del hombre i de la mujer estaba sujeta a ciertas reglas, i el 
matrimonio tenia sus derechos reconocidos i permanentes. 



•* R()BKRTSí)N, Hist. (Je América, lib. 4*^. 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO IV 91 

En las rejiones en que escaseaban los medios de alimentar- 
se, i en que las dificultades de criar la familia eran por con- 
siguiente mui grandes, el hombre se limitaba a una sola 
mujer; pero en los climas mas fértiles, cada hombre, según 
su importancia, solia tencír una o muchas mujeres. En al- 
gunos paises el matrimonio duraba toda la vida; en otros 
el capricho o el odio por toda especie de sujeción hacia rorn- 
per el lazo matrimonial. Jeneralmente, sin embargo, la pri- 
mera mujer, aunque desdeñada i vieja, era siempre conside- 
rada como superior a las otras. 

Pero, sea que considerasen el matrimonio como una 
unión pasajera o como un contrato perpetuo, la humilla- 
ción i los trabajos eran la porción de la mujer. Servia a su 
marido como esclava, i lo acompañaba en sus lejanas jor- 
nadas i a veces hasta en las espediciones guerreras. En mu- 
chos pueblos el matrimonio era un contrato de venta, en 
que el hombre compraba a la mujer, ya prestando a sus 
padres los servicios que solicitaban durante cierto tiempo, 
cultivando sus campos o acompañándolos a la caza, ya 
dando en cambio de ellas a(|uellos objetos que eran tenidos 
en estimación. Otras veces la mujer era adquirida en la 
guerra, formaba parte de la presa quitada al enemigo i era 
adjudicada al aprehensor. De este modo, el salvaje ameri- 
cano llegaba a convencerse que la mujer era una propiedad 
deque podia ílisponer libremente. En las marchas, la mu- 
jer, como sucedía también entre los peruanos, servia para 
conducir la carga. En el hogar no le era permitido acercar- 
se a sus amos sino con el mas profundo res|)eto, i miran- 
do a los hombres como seres superiores. Los cuidados do- 
mésticos le estaban también encomendados; i niiéntrns el 
hombre perdia el tiempo en la inacción o la disipación, la 
mujer estaba condenada a un trabajo continuo. 

Los historiadores han atribuido a esta opresión la poca 
fecundidad de las mujeres en las naciones sa'vajes. El exce- 
sivo trabajo agotaba el vigor fie la constitución física, al 
mismo tiempo que la escasez de los alimentos no les permi- 
tia recuperar las fuerzas. De aíjuí provenian, sin duda, las 



92 HISTORIA DB AMÉRICA 



prácticas jeneralizadas en estos pueblos de no criar mas 
que uno o dos hijos, obligando a las madres a abandonar 
aquellos que no podian alimentar. 

Aunque la necesidad redujera a los indios de América a 
limitar el aumento de sus familias, no por esto carecían de 
afecto a sus hijos. Mientras la debilidad de los niños exijia 
sus ausilios, los padres se los prodigaban con particular 
amor; pero desde que el niño pasaba de esa edad débil en 
que podia satisfacer sus propias necesidades, quedaba en 
completa libertad. El hijo vivia con los padres en la misma 
choza, adquiría sus mismos hábitos, los acompañaba a la 
caza, recibia a su lado la única educación de los pueblos 
salvajes; pero desde que habia llegado a la edad viril, due- 
ño de su independencia i de su libertad, se desligaba de la 
familia i pasaba a ser el jefe de una nueva choza. Sólo en 
ciertas tribus, en que los trabajos agrícolas habian adqui- 
rido mpyor desarrollo, se conservaban por mas largo tiem- 
po los vínculos de la familia. 

4. Organización civil. — Muchas tribus americanas no 
tenian una residencia fija. Sus miembros vivian de la caza 
o de la pesca, i establecian sus chozas a orillas de los rios, 
de los lagos o del mar, o en los bosquts donde podian ha- 
llar los animales que servian para la satisfacción de sus 
necesidades. Pertenecian a este rango, entre otros, los sal- 
vajes que poblaban la ma3'or parte del Brasil, el Paraguai, 
las pampas, i la estremidad meridional de la América. En- 
tre esas tribus, el amor de la patria i de la comunidad, ese 
instinto que constituye la primera base de la civilización, 
no existia. La tribu misma carecia de toda organización, 
sólo tenia jefe cuando era necesario emprender una espedi- 
cion o atacar al enemigo. 

Otros pueblos se haPal)an en una situación mas ade- 
lantada. La necesidad los habian hecho agricultores i cul- 
tivaban la tierra para obtener de ella el alimento indisjien- 
sable. Los indios americanos, sin embargo, no conocieron 
la propiedad territorial. Las tribus agricultoras que ha- 
bian llegado a domiciliarse en un punto fijo, cuUivaban la 



PARTE PRIMERA. CAPÍTULO IV 93 

tierra en común, i cada familia gozaba de la posesión acci- 
dental de una parte del terreno i disfrutaba de la propie- 
dad de sus productos. En esas tribus se había establecido 
al fin cierta mancomunidad de intereses i cierta organiza- 
ción social lejana, sin duda, de la verdadera civilización, 
pero que ya suponia sus primeros pasos. Aun entre estas 
hahia grandes variedades, según el desarrollo mora! de sus 
individuos; pero esas diferencias, que eran tan repetidas 
como la numerosa diversidad de tribus, son hasta ahora 
imperfectamente conocidas. 

En la Florida, la autoridad de los caciques era no sólo 
permanente sino hereditaria. Se distinguian de los demás 
por trajes particulares i por prerrogativas de varios jéne- 
ner js. Sus subditos no se les acercaban sino con las demos- 
traciones de respeto i de veneración debidas al jefe. 

Los natcbes, nación que habitaba las orillas del Missi- 
ssippí, conocian las diferencias de las clíises privilejiadas. 
Las familias que se reputaban nobles gozaban de muchas 
dignidades hereditarias, mientras el pueblo estaba destina- 
do a la servidumbre. El primer jefe, en quien residía la au- 
toridad suprema, era mirado como un ser de naturaleza 
superior, como hijo del sol, único objeto de sus adoracio- 
nes. Su voluntad era una lei a que se debia ciega obedien- 
cia; i la vida de sus subditos estaba sometida a su depen- 
dencia. Su autoridad no acababa con su vida, pues debian 
acompañarle en el otro mundo. Muchos de sus criados, sus 
principales oficiales i la mas querida de sus mujeres eran 
sacrificados sobre su tumba: las víctimas acudian gusto- 
sas al sacrificio i lo aceptaban como una distinción hon- 
rosa i como el premio de su fidelidad. 

En las Antillas, los jefes gozaban igualmente de gran po- 
der, que se trasraitia por derecho hereditario de padres a 
hijos. Distinguíanse por sus ornamentos particulares, i 
conservaban I9. veneración de sus vasallos, llamando a la 
sui>ersticion en ausilio de su autoridad. El pueblo creia que 
sus mandatos eran oráculos de los dioses. 

En la altiplanicie central de la república actual de Co- 



94 HISTORIA DE AMÉRICA 



lotnbia que rodea a su capital, existia una nación numero- 
sa de indios semi-civilizados que se denominaban chibchas 
o maiscas. Las tradiciones fabulosas de este pueblo alcan- 
zan a una época mui remota en que la luna no acompaña- 
ba todavía a la tierra ^ , i en (jue, por las inmediaciones, 
de los rios inmediatos, la meseta de Bogotá formaba un 
lago de estension considerable. Un hombre maravilloso, 
conocido con el nombre de Bochica, abrió un paso a las 
aguas de ese lago, reunió en sociedad a los hombres que 
vivian esparcidos, introdujo el culto del sol i se constituyó 
en lejislador de los muiscas. Bstas mismas tradiciones di- 
cen que Bochica, viendo a los jefes de las tribus vecinas 
disputarse la autoridad suprema, les aconsejó que escojie- 
ran por zaque o soberano a uno de ellos llamado Hunca- 
hua, reverenciado a causa de su justicia i de su prudencia. 
El consejo del gran sacerdote fué universalmente seguido; i 
Huncahua,que reinó durante 250 años, llegó a someter to- 
do el pais que se estiende desde las sabanas de San Juan de 
los Llanos hasta las montañas de Opon. El hijo del sol de- 
sapareció misteriosamente de la tierra después de una exis- 
tencia de 2,000 años. Huncahua fundó la populosa ciudad 
de Hunca, llamada Tunca o Tunja por los españoles, i fun- 
dó la dinastía de los zaques que reinaban en aquellas rejio- 
nes a la época de la conquista. El misterioso organizador 
de aquella nación, fué también su lejislador. Esos pueblos 
tenian una forma regular de gobierno, un tribunal estable- 
cido para juzgar i castigar los crímenes, i leves que conser- 
vaba la tradición. El soberano gobernaba con poder abso- 
luto, era mirado con gran veneración, conducido por sus 
subditos en andas por medio de caminos cubiertos de flores 
i respetado como un ser de naturaleza superior. Los jefes 
de algunas tribus vecinas eran sus tributarios; i la civiliza- 



r> Los arcaflio'í fie l;i atni«íii:i Greoia tenían, sjgun Ovidio i Lu- 
ciano, una tradieion mui semejante. Wnse Akacío, Astronomie l\j' 
pulüirCf liv. XXI, chap. XXII, tom 11 1, pñj 455. 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO IV 95 

cion naciente de aquel estado comenzaba a irradiar lenta- 
mente sobre los paises comarcanos ^* . 

Mas al sur se había formado también un poderoso esta- 
do cuyo gobierno era bastante regular. Los historiadores 
hablan de una antiquísima dinastía de reyes, el último de 
los cuales llamado Quitu, dio su nombre al estado. Refie- 
ren una invasión de estranjeros consumada en el octavo si- 
glo de la era cristiana, que acabó de cimentar la organiza- 
ción civil del pais. Formóse una monarquía hereditaria 
sujeta a una junta de señores bajo cuyo gobierno prospera- 
ron las artes, se des ir rolló la industria i se dilatáronlos 
limites del estado 7. Esta monarquía fué incorporada, des- 
pués de muchos siglos de existencia, al poderoso imperio de 
los incas. 

Los naturales de Chile se habian establecido también en 
tribus sujetas a la autoridad de jefes aclamados por su 
valor, i si bien no formaban un estado poderoso, esas di- 
versas tribus se unian entre sí para combatir a los invaso- 
res. Esto fué lo que sucedió a los incas peruanos cuando, 
llevados por su espíritu de conquista, atravesaron los de- 
siertos i las montañas para es tender su dominación. Una 
parte de la familia chilena fué reducida al vasallaje, pero la 
otra habia conservado su independencia i su organización 
en tribus aisladas que se confederaban ante el peligro co- 
mún ^. 

5. SisTLMA DE GUERRA. — Las naciones americanas, cual- 
quiera que fuera el estado de su civilización, vivian en cons- 
tantes guerras. Aunque no tuvieran idea de una propiedad 
especial perteneciente a un solo individuo, los indios ameri- 
canos, aun los mas groseros, conocían el derecho que cada 



6 AcosTA, Compendio histórico de la conquista de la Nueva Gra- 
nada, cap. IX.*— PiBDRAHiTA, Híst. de la cotiq. del Nuevo remo de 
Granada, lib. I i II. 

7 Padre Juan de Vklasco, Historia del reino de Quito^ parte 
2^ Hb. I. 

8 La or<janízacion social atribuida a los primitivos chilenos por 
;] jesuíta Molina i por otros escritores, no pasa de ser una ficción. 



96 HISTORIA DE AMÉRICA 



comunidad tenia sobre sus propios dominios, i se creian au 

torizados para rechazar por la fuerza la usurpación inten 

tada por las tribus vecinas. Pero el interés no era el móviLH~ 
mas común de aquellas luchas Los salvajes combatian no^nz 
para conquistar sino para destruir. Comenzaban las hosti- 
lidades i continuaban la gu*írra con un odio tenaz. ''Pode— - 
mos sentar, dice un historiador del Brasil, que la úniccrr^ 

creencia fuerte i radicada que tenian los indios era la de 1 ^ = 

obligación de vengarse de los estraños que ofendian a cual 
quiera de su tribu. Este espíritu de venganza llevado al ex 
ceso, era su verdadera fe'* ^. El deseo de venganza es el pri 
mero i casi el único principio que un salvaje procura infun. - 
dir en el alma de sus hijos. Este sentimiento crece con elloa^ 
a proporción que adelantan en edad, i en la reducida esferas» 
de sus pensamientos, adquiere una fuerza que no conocec^ 
los otros hombres. Si un salvaje se heria casualmente coi::» 
una piedra, la cojia con ira i trataba de saciar en ella st^ 
resentimiento rompiéndola. Esta cólera se manifestabas, 
igualmente contra todo animal que los molestara aunqu^^ 
sólo fuese una sabandija. Si combatiendo eran heridos d^¿= 
una flecha, la arrancaban, la hacia pedazos con los diente^^ 
i la arrojaban. Respecto a sus enemigos, la rabia no cono — 
cia límites; i las guerras tomaban luego un carácter fero& — 
En los aprestos bélicos los ancianos alentaban á la juven- — 
tud excitándola a la venganza. 

No se necesitaba sin embargo de una agresión armadas, 
para producir la guerra. Entre muchos de estos pueblos s^ 
creinn que la muerte natural de los enfermos era causada 
por hechizos de supuestos enemigos; i de ahí nacia el deseo 
de vengar al muerto En estos casos, la venganza era to- 
mada por uno o varios individuos de su tribu. **He conoci- 
do indios, dice un autor mui versado en sus costumbres, 
que por vengarse han caminado mil leguas éspuestos a la 
intemperie del aire, a la humedad i a la sed" ^^. A veces, al- 



^ Varnhagkn, Historia gcnil do Brazil, tom. I, sec IV, páj. 121. 
10 Adair, History ofamcrican indians, páj. 150. 



r.ARTH PRIMERA. — CAPÍTULO TV 



g^unos guerreros reunían pequeñas masas de jente, i a su 
cabeza marchaban a atacar a una tribu enemiga sin con- 
sultar a los jefes de la horda. 

Cuando se emprendía una guerra nacional, sus delibera- 
ciones tomaban un carácter mas arreglado. Reuníanse los 
ancianos, manifestaban sus opiniones en discursos solem- 
• nes, consultábase a los adivinos i hasta a las mujeres, i una 
vez acordada la guerra, la tribu se ponia en movimiento 
para dar principio a las hostilidades. Aun los pueblos mas 
atrasados nombraban un jefe en estas circunstancias; pero 
no se crea que sus tropas entraban en campaña como un 
ejército regularizado. Cada guerrero llevaba consigo las 
provisiones necesarias para su sustento; i de ordinario 
marchaban todos ellos por distintos caminos, tratando 
siempre de reunirse antes de entrar al territorio enemigo. 
Sólo los pueblos de Chile i algunas tribus de Brasil acos- 
tumbraban presentar batalla campal; los demás trataban 
sólo de sorprender al enemigo i de hacerle los mayores ma- 
les posibles. En la guerra ponían en juego los ardides que 
habían ejercitado en la caza. Para sorprender a sus contra- 
rios se deslizaban en los bosques, arrastrándose muchas 
veces por el suelo i después de pintarse los cuerpos de modo 
que parecían montones de hojas secas. Si encontraban al 
enemigo desprevenido, incendiaban sus chozas i mataban 
atrozmente a sus habitantes, arrancándoles la cabellera; 
pero si estaban seguros de no ser perseguidos, recojian al- 
gunos prisioneros que destinaban a un horrible suplicio. Si 
antes de dar el ataque eran sorprendidos por el enemigo, 
preferían retirarse antes que empeñar un combate que pu- 
diera costar la vida de algunos compañeros. Muchas tri- 
bns consideraban como derrota el triunfo mas brillante si 
en él perdían a algunos de los suyos. 

La suerte de los cautivos era casi siempre trájica. Sus 
familias lloraban su pérdida desde que caían en poder del 
enemigo, i aun antes que fueran sacrificados. Los ancianos 
de la tribu vencedora decidían de su suerte: los mas valien- 
tes eran destinados a reemplazar a los muertos en la guc- 

TOMO 1 7 



98 HISTORIA DB AMÉRICA 



rra i conducidos a la choza del difunto, cuya mujer era li- 
bre de recibirlos o rechazarlos. Si sucedia esto último, los 
guerreros vencidos eran conducidos al sacrificio: en caso 
contrario tomaban el nombre del muerto i eran tratados 
conla ternura debida a un padre, a un hermano, a un ma- 
rido o a un amigo. 

En jeneral, el cautivo destinado al sacrificio, recibía un 
tratamiento benigno hasta que se daba su sentencia. El 
salvaje americano la oia sin la menor emoción, i se prepa- 
raba para recibir la muerte entonando fúnebres canciones. 
Los vencedores se reunian como si se tratara de celebrar 
una fiesta solemne al rededor del prisionero, que permane- 
cia atado a un árbol. Los concurrentes, hombres, mujeres i 
niños, se arrojaban sobre él i ponian en juego todos los tor- 
mentos que puede inventar la venganza. Unos le quemaban 
el cuerpo con piedras enrojecidas al fuego, otros le hacian 
grandes tajos o separaban las carnes de los huesos, arran- 
cándoles los nervios i esforzándose todos en exederse en su 
crueldad. Por temor de abreviarla venganza evitaban el 
hacer heridas mortales, prolongando así, durante algunos 
dias, las angustias de la víctima. El infeliz preso, en medio 
de sus tormentos, cantaba sus hazañas con voz entera pro- 
vocando a sus verdugos con insultos i amenazas. El mas 
hermoso triunfo del guerrero a quien su mala fortuna ha- 
bia deparado tan triste suerte, era desplegar en el tormen- 
to el valor sereno de los héroes. De ordinario recibía inme- 
diatamente la muerte el que, en medio de sus angustias, 
dejaba escapar un quejido. Los tormentos se prolongaban 
sin que la rabia de los sacrificadores fuera apaciguada por 
la constancia heroica de la víctima, hasta que algunos de 
los jefes ponía término a la vida i a los sufrimientos del 
cautivo con un golpe de maza. 

En algunas tribus sucedian a estas bárbaras escenas 
otras muchos mas horribles. El cadáver del prisionero era 
asado al fuego i devorado por sus enemigos en medio de 
una fiesta. Esta costumbre bárbara, que también existia 
en medio déla civilización del antiguo imperio mejicano 



PARTE PRIMERA. — CAPÍTULO IV 99 

no era, sin duda, un efecto de la gula o del deseo de satisfa- 
cer el hambre, sino el fruto de una venganza brutal con que 
lavaban pasadas injurias. Era tan arraigado el pensa- 
miento de desquite i de espiacion que dominaba en estos 
sacrificios, que al cabo de muchos años desenterraban el 
cadáver de un enemigo para tomar venganza en él, que- 
brándole la calavera i juntando otros trofeos. El sacrifica- 
dor de un cautivo, consideraba este acto como un título de 
gloria 1^ 

Como no habia guerrero que no estuviera espuesto a pa- 
sar por un trance semejante, el grande objeto de la educa, 
cion militar era prepararlo a sufrir con firmeza estos tor- 
mentos. Los salvajes americanos no se aplicaban tanto a 
los ejercicios que exijen fuerza i actividad como a sufrir sin 
quejarse los mas agudos dolores i los mayores sufrimientos. 
Era jeneral entre ellos la convicción de que esta inalterable 
fortaleza formaba la mas alta perfección del guerrero. 

Las armas usadas en estas guerras eran las mismas que 
empleaban los salvajes en la caza: flechas i picas, mazas i 
hondas para disparar las piedras. Las primeras eran cons- 
truidas de maderas endurecidas al fuego cuyas puntas agu- 
zadas penetraban fácilmente en el cuerpo humano. Otras 
veces, sus puntas eran formadas con piedras duras, espinas 
de peces o huesos de animales perfectamente ligados con 
cuerdas que formaban de las cortezas de los árboles o de 
los nervios de los animales que cazaban. Algunas tribus 
conocian, ademas, las cualidades de ciertas plantas cuyo 
jugo venenoso les servia para emponzoñar sus dardos. 
Otros los disparaban con materias inflamadas para incen- 
diar las chozas enemigas. Pero las armas como los demás 
espedientes de guerra variaban algo en los diferentes pue- 
blos. Las tribus que poblaban la estremidad de la América 
meridional uSaban una arma que les era peculiarísima i que 
tenia el nombre de laque, Consistia ésta en una correa de 
cuero en cuyas estremidades amarraban piedras gruesas 



íí Varnuagen, Historia geral do Brazil^ tom. I, sec. X, páj. 122. 



100 



iiiSToiuA ri; AMiomcA 



como un puño, i que disparadas al aire iban a herir o a en- 
redar al enemi<2^o. 

G. Industria. — Las tribus americanas se hallaban en un 
grande estado de atraso en todo lo que respecta a la indus- 
tria. Algunas de ellas, como hemos dicho ya, vivian sólo 
de la caza i de la pesca. En ambos ejercicios, es verdad, ha- 
bían hecho progresos admirables: habian inventado los ins- 
trumentos necesarios, i descubierto algunas yerbas que les 
permitían adormecer los peces o envenenar los otros ani- 
males por medio de sus flechas, sin que su carne sufriera el 
mas leve daño. El salvaje permanecía muchos días sin impa- 
cientarse a las orillas de un lago o de un rio esperando com- 
pletar su provisión de pescado; pero era en las cacerías don- 
de desplegaba una actividad i una intelijencia de que ordi- 
nariamente parecía desprovisto. Un cazador animoso i 
audaz era considerado en la misma categoría que un va- 
liente guerrero. La indolencia natural del indíjena desapa- 
recía, sus sentidos adquirían un grado de finura que no co- 
nocían los europeos. Descubría las huellas de los animales 
por las pisadas sobre las yerbas de los campos, i les seguía 
el rastro con toda seguridad. Cuando atacaba su presa, su 
flecha rara vez erraba el blanco; cuando le armaba lazos 
casi nunca escapaba el animal. En algunas tribus no era 
permitido a los jóvenes casarse antes de haber dado prue- 
ba de destreza en la caza, i de haber manifestado así (jue 
eran capaces de proveer a las necesidades de una familia. 

Otras tribus, obligadas ])or la necesidad, habian dado un 
paso mas adclantíulo, i cultivaban la tierra para sacíii de 
ella un alimento mas seguro. La feracidad del terreno, co- 
mo la benignidad del clima, favorecían prodijiosamciite el 
desarrollo de esta industria, i los americanos, con poquísi- 
mo trabajo, recojian un alimento abundcinte. La papa i el 
maiz, (|ue se cultivaban en casi todos los climas, así como 
la yuca i el plátano, (jue solamente crecen en las rejiones 
tropicales, eran sus princip.alcs proiluctos de su industria 
agrícola. 

Sin embargo, la agricultura americana no podia hacer 



PARTE PRIMBKA. — CAPÍTULO IV 101 



muí rápidos progresos. Los indíjenas carecian casi de aní- 
males domésticos; i ni aun las tribus mas avanzadas sabían 
estraer los metales. La fauna americana era jeneralmente 
pobre en animales aplicables a la industria; i los indios en 
vez de pensar en domesticarlos trataban, por el contra- 
rio, de destruirlos para aprovechar sus carnes como ali- 
mento. 

No sucedia otro tanto con el reino mineral: el suelo ame- 
ricano encerraba riquezas inmensas, que únicamente los me- 
jicanos i peruanos habian comenzado a esplotar. Las otras 
tribus recojian sólo el oro que arrastraban los torrentes en 
pequeñas cantidades. Los demás metales les eran completa- 
mente desconocidos. Para cortar las árboles se veian obliga- 
dos a usar hachas de piedra, i en esta operación empleaban 
mesesenteros. Consumían un año en ahuecar un tronco para 
construir una piragua, i con frecuencia llegaba a podrirse 
antes que la obra quedara concluida. Sus labores agrícolas 
eran igualmente lentas e imperfectas. En las comarcas cu- 
biertas de montes eran necesarios los esfuerzos de una tri- 
bu entera i de mucho tiempo para limpiar el campo que se 
destinaba al cultivo. Los hombres creían concluida su ta- 
rea con este trabajen; i entonces las mujeres, encargadas del 
resto del cultivo, cavaban la tierra, o por lo menos la re- 
movían con azadas de madera, i en seguida sembraban o 
plantaban. Este era el término de sus faenas: lo demás de- 
bia hacerlo la fertilidad del suelo. 

Algunas tribus meridionales poseían el arte de hacer va- 
sijas de tierra, que cosidas al sol podían soportar el fuego. 
Los habitan tes de algunas rejiones de la América setentrio- 
nal ahuecaban un pedazo de madera dura en forma de olla, 
i lo llenaban de agua que hacían hervir echando en ella pie- 
dras enrojecidas al fuego, i se servían de estas vasijas para 
preparar una parte de sus alimentos. Otras tribus tejían 
con gran paciencia las telas que usaban para sus vestua- 
rios, i aun conocían el secreto de darles color medíante el 
wpleo de ciertas yerbas. 
La obra maestra del arte entre los salvajes del nuevo 



102*' .'•.'*' HISTORIA DB AMÉRICA 



•' 'ipViíido, era la construcción de sus embarcaciones. Los na- 
*f Urales del Canadá hacían largos viajes en canoas forma- 
das de cortezas de árboles tan lijeras que podían ser carga- 
das por dos hombres. Las piraguas construidas de un sólo 
tronco de árbol que servían a los pobladores de las Antillas 
i de gran parte de las costas del continente, podian llevar 
hastacuarenta o cincuenta personas; y la forma que se les 
daba, las hacia mui aparentes para imprimirles rapidez en 
los movimientos i en las evoluciones. 

7. Ideas relijios as.— Ninguna de las cuestiones relativas 
a la civilización de los indíjenas americanos ha llamado 
tanto la atención de los viajeros i observadores como sus — 
ideas relijiosas. Los misioneros cristianos que penetraron 
en su territorio a predicar el Evanjelio, han tratado de in — 
vestigar las creencias de los salvajes, i han ido hasta inter — 
pretar sus ceremonias i ciertas espresiones que les oian. Es — 
te medio de observación los ha llevado a los mas curiosos 
errores; i no es raro encontrar en sus obras la noticia d^- 
que muchas de sus tribus tenian noción del misterio de la^ 
Trinidad, de la encarnación del hijo de Dios, del pecado ori- 
jinal i de otros dogmas de la relijion cristiana. Talvez, mu- 
chas de las coincidencias que hemos notado entre las creen- 
cias de los mejicanos i las de los conquistadores europeos 
nacian de un error semejante. 

Sin embargo, muchas de las tribus americanas no teniaiL 
noticia alguna de la divinidad. Un misionero que recorrisu 
la Araucanía decia en un informe que la propaganda evan- 
jélica no presentaba allí las dificultades que ofrece entre 
pueblos paganos; que no era preciso arrancar la mala se- 
milla para plantar la buena, porque no existian creencias 
de ningún jénero que se opusieran a la introducción del ver- 
dadero dogma. 1'-^ 



1*^ Frai Melchor Martínez, Memoria sobre las misiones viajeras 

en la Araucanía **Bste es el caso, dice un célebre viajero, que yo 

me burle de aquel que ha sido tan temerario que se gloria de haber 
hecho un libro sobre la relijion que tienen estos salvajes*^ Thbvet, 
Cosmographie du levanta fol. 910, Lyon, ISS-i-, 



PARTE PRIMERA. — CAPItULO IV 103 

Este mismo estado de atraso moral existia en una gran 
parte del continente. ^^ 

A pesar de la frecuencia de las tempestades en la mayor 
parte del continente americano, sus pobladores no se ha- 
bian familiarizado con sus terribles efectos. Los truenos, 
los relámpagos i los rayos, así como las lluvias continuadas 
i las pestes eran considerados por ellos como una manifes- 
tación de ira del firmamento. Sus ideas no pasaban mas 
allá de este innato terror; i en sus diferentes lenguas sólo 
se encuentra una palabra con que era designado el ser mis- 
terioso que producia esos fenómenos. Eran pocas las tribus 
que suponian la existencia de seres buenos que se compla- 
cian en hacer el bien i de otros malignos que se ocupaban 
en hacer el mal; pero aun en ellas, la superstición era fruto 
del temor, i todos sus esfuerzos se dirijian a alejar las des- 
gracias. 

Otras tribus estaban mucho mas avanzadas en ideas re- 
lijiosas. El sol era el principal objeto de culto entre los nat- 
ches: mantenian en sus templos un fuego perpetuo como el 
emblema de su dignidad; i estos templos estaban construi- 
dos con gran magnificencia i adornados conforme al estado 
de su grosera arquitectura. Tenian sacerdotes encargados 
de la conservación del fuego sagrado, i el primer deber del 
jefe de la nación era tributar un acto de homenaje al sol to- 
das las mañanas. Los natcheSy ademas, tenian fiestas esta- 
blecidas que se celebraban en ciertos dias por todo el pue- 
blo, sin los sacrificios humanos que practicaban otras na- 
ciones mas avanzadas. 

Los muiscas adoraban igualmente al sol. Su cosmogo- 
nía era muí complicada, i tenia su oríjen en las doctrinas 
que, según ellos, había predicado Bochica en la tierra. Ra- 
bian construido templos en que vivian sus sacerdotes, i que 
por lo jeneral no eran suntuosos porque preferian hacer sus 



13 Azara i otros muchos viajeros que han recorrido el Brasil, 
las Guayanas i la estreraidad meridional de la América son de esta 
misma opinión. 



104 HISTORIA DE AMÉRICA 



adoraciones al aire libre. En esos templos los sacerdotes 
recibían las ofrendas que el pueblo hacia a su dios. El gran 
sacerdote residía en Iraca; i este lugar llegó a ser una espe — 
cíe de santuario frecuentado por los peregrinos de las tribus 
cercanas aun en medio de las guerras mas horrorosas. LasHi 
fíestas relíjiosas se hacían con gran pompa; i en ellas eran^ 
sacríñcados los prisioneros jóvenes, salpicando con su san — 
gre las piedras que doraban los primeros rayos del sol na- 
ciente. Cada quince años, ademas, tenia lugar otro sacrifi 
cío mucho mas solemne. La víctima era un niño que debi^^ 
ser arrancado de su casa paterna en algún lugar de los Ha - 
nos; i era criado con mucho cuidado en el templo del so!^ 
hasta la edad de diez años. Entonces se le paseaba por loa» 
lugares que había visitado Bochíca i que había hecho cele -= 
bres por sus milagros. Su sacrificio, que tenía lugar coc« 
mucha solemnidad, coincidía con el principio de un ciclo d^ 
ciento ochenta i cinco lunas. Sus ceremonias relíjiosas sólcn 
son inferiores a las que usaban los peruanos i mejicanos i*. 

Pero si los americanos estaban tan atrasados en idea^ 
relíjiosas, tenían, en cambio, la conciencia de una vida futu- 
ra, creían que la muerteera sólo el principio de un viaje are- " 
jiones desconocidas, que la imajinacíon de las diversas tri- 
bus se pintaba de diferentes maneras. De ahí nacían las cos- 
tumbres observadas en todas ellas de enterrar los muerto^ 
con sus flechas, sus armas, sus vestidos i algunos alimentos-^ 
En aquellas naciones en que la autoridad del cacique había 
echado raíces mas profundas, eran sacrificados en el sepul- 
cro del jefe algunos de sus vasallos para que le sirvieran i 
acompañaran en la otra vida. 

Otra creencia igualmente jeneralízada entre los salvajes 
de todas las tribus era la de los agüeros i adivinaciones. El 
canto de algunas aves, la muerte dada en la caza a la hem- 
bra de un animal en estarlo de preñez i otras circunstancias 
enteramente naturales, tenían, según ellos, una significación 

1^ PiKDRAHiTA, CoiKjtiistíi (Jcl Titicvo rciiio flc Gtanafléi, lib. I, 
cap. III i IV. 



PARTE PRIMBRA. — CAPÍTULO IV 105 



l)ara conocer el porvenir. En las tribus mas adelantadas, 
los sacerdotes eran también adivinos, i sus oráculos jene- 
ralmente respetados; pero en aquellas que no conocian culto 
alguno, existian también ciertos hombres que vivían aleja* 
dos de toda sociedad i que creian poseer el don de la adivi- 
nación. Eran éstos los médicos ordinarios de los enfermos, 
a quienes curaban con ceremonias estrañas i ridiculas. De 
ordinario, los indios creian que las enfermedades eran pro- 
ducidas por hechizos de sus enemigos; i la primera obligación 
del médico o adivino era alejar ese hechizo si su poder lle- 
gaba hasta allá, i descubrir al autor del mal. Esta preocu- 
pación, jeneralizada entre los salvajes de todas las rejiones 
del mundo, daba oríjen a terribles venganzas i muchas veces 
a «g^uerras. 

8. CosTUMBRtís. — Casi no es posible reunir en un cua- 
dro jeneral las costumbres de tan diversas tribus; pero ha- 
bía ciertos rasgos comunes a todas que no es difícil dar a 
conocer. 

Los habitantes de las islas i de gran parte del continente 
vivian casi completamente desnudos. Los pobladores délas 
rejiones templadas o frias se abrigaban con cueros de ani- 
males o con toscos tejidos de lana de algunos animales o 
de yerbas de los campos. Casi todos ellos, sin embargo, usa- 
ban adornos de oro, de conchas, de perlas o piedras brillan- 
tes en las orejas i en las narices. Una tribu del Brasil se 
abria el labio inferior con un trozo de madera para prolon- 
garlo dos o tres pulg¿idas. Muchos se pintaban el cuerpo 
con las figuras mas estrañas, no tanto para hermosearse 
cuanto para infundir terror a sus enemigos: algunos se cu- 
brian la cara con la cabeza de los animales muertos en la 
caza, i otros se adornaban la cabera con vistosas plumas. 
Algunos se hacían rasgaduras en el cuerpo con piedras afila- 
das, i en ellas aplicaban vistosos colores para que las pin- 
turas de su cuerpo fuesen durables. Muchas veces esas pin- 
turas estaban cubiertas con grasa de animales, goma de 
ciertos árboles, o aceites de diversas especies, que formaban 
al rededor del cuerpo un espeso barniz. Con este arbitrioi 



106 HISTORIA DB AMÉRICA 



trataban no sólo de defenderse de los rayos del sol, sino 
también de las picaduras de los enjambres de mosquitos i 
otros insectos que abundan en casi todo el continente i par'- 
ticularmente en las rej iones tropicales. 

Las casas de los salvajes eran de diferentes especies, segurx 
el grado de su cultura. Las tribus cazadoras vivían en tol — 
derías que abandonaban frecuentemente. Las que habíamn 
alcanzado mayor grado de civilización poseian chozas ord ig- 
uarias, construidas de madera i barro i cubiertas de paja ^j 
de ramas de árboles. En algunas partes, estas chozas estF=^- 
ban agrupadas como formando un villorrio, aunque lo msm^s 
frecuente era que estuviesen diseminadas en los campos. C n 
casi todas ellas se veian casi siempre altas picas de madcr— a 
en cuyas puntas estaban puestas las cabezas de los eneiim. i- 
gos muertos en la guerra por el jefe de la familia. 

A pesar de la tristeza jeneral, que era el carácter disti^m- 
tivo de esta especie de sociedades, los indios americanos c^^' 
lebraban frecuentes reuniones en que desplegaban una p^^ 
sion singular por el baile i el juego. El baile era para ellcn^' 
una ocupación importante que se ponia en ejercicio en Ic^^* 
principales actos de su vida pública i privada. Tenian bailer- -^ 
especiales para cada una de las circunstancias de la vidíK- -^ 
pero las mujeres rara vez tomaban parte en ellos. Su pasior^ 
por el juego era también desenfrenada. Habian inventada 
juegos de diversas especies, i en ellos comprometian sus ves- 
tidos, sus armas i hasta su misma libertad. Estas fíestas es- 
taban mezcladas con el desorden que se seguia a una es. 
pantosa borrachera. Los indíjenas habian inventado el me- 
dio de fabricar licores fuertes del fruto del maiz o de his 
semillas de diversas plantas i árboles. 

La monotonía consiguiente a la vida de los salvajes sólo 
era interrumpida por la guerra o por estas fiestas. Los pla- 
ceres de la vida de familia les eran casi completamente des- 
conocidos; i desde que el indio, agobiado por los años, se 
encontraba en la imposibilidad de tomar parte en las fiestas 
o en las espediciones guerreras, pedia a los suyos como un 
favor que le quitaran la vida. Esto succdia con frecuencia; 



PARTB PRIMHRA.— CAPITULO IV 107 

í el cadáver del anciano era sepultado en las alturas inme- 
diatas a su choza en medio de las lágrimas de sus mujeres í 
de sus hijos, i^ 



15 Para trazar este bosquejo de las costumbres e instituciones de 
las diversas tribus americanas, he consultado muchas obras espe- 
ciales acerca de algunas de ellas; pero he seguido el plan i casi siem- 
pre las noticias i muchas veces hasta las palabras i frases deRoBKRT- 
SON en el lib, IV de su Historia de América, Esta parte de su obra, 
a pesar de las críticas amargas i muchas veces injustas que se le han 
hecho, es el cuadro mas bien trazado, mas noticioso i filosófico que 
sobre esta materia se haya escrito jamas. 



PARTE SEGUNDA. 

DESCUBRIMIENTO I CONQTJISTA. 



CAPITULO I. 

Eiiploraciones de lo» noriiiando» al norte de la Amé- 
rlea.-^^íavegaclon de los portan^aeses al rededor del 
Afriea. 

(983-1492) 

1. Los normandos; descubrimiento de Islandia — 2. Descubrimien- 
to íle la Groenlandia i de las costas de América.— 3. Comercio 
de los europeos con el oriente en los últimos siglos de la edad 
media. — 4t, Viajes de los portugueses en la costa de África. 

1. Los normandos; descubrimiento de Islandia.— En 
tina época en que las naciones del mediodía de la Europa 
navegaban sólo en el mar Mediterráneo, sin atreverse a se- 
pararse de las costas, los marinos del norte se confiaban a 
la merced de los vientos, recorrían mares desconocidos i es- 
ploraban países ignorados. Los piratas normandos salían 
cada aflo de los puertos de la Noruega, de la Suecía í de la 
Dinamarca, i en tres días sus barcos eran llevados a las 
costas de Inglaterra o a la embocadura del Sena. Cada es- 
cuadrilla obedecía a un konung o reí, que sólo era jefe en el 



lio HISTORIA DB AMÉRICA 

mar o en los combates, pero igual a sus soldados a la hora 
del festín. "Sabía conducir el bajel como un buen jinete ma- 
neja su caballo: corría durante la maniobra sobre los mo- 
vibles remos, lanzaba jugando tres picas a lo alto del palo 
mayor, i alternativamente las recibía en la mano." Iguales 
bajo semejante jefe, sus soldados sufrían sin incomodidad 
su voluntaria sumisión i el peso de sus armaduras de malla 
que se prometían cambiar por un peso igual de oro, i mar- 
chaban alegremente por el camino de los cisnes, como dicen 
sus antiguas poesías. Ya costeaban la tierra, ya acechaban 
a sus enemigos en los estrechos, las bahías i las caletas, ya 
se lanzaban en su persecución al través del océano. Las vio- 
lentas tempestades de los mares del norte dispersaban i 1 
rompían sus débiles embarcaciones; no todos se reunían ala j 
nave de su jefe, cuando daban la señal convenida; pero los J 
que sobrevivían al naufrajio no tenían ni menos confianza 
ni mas pesar. Se reían de los vientos i de las olas que no 
habían podido hacerles daño. **La fuerza de la tempestad, 
decían en sus cantos, ayuda el brazo de nuestros remeros; 
el huracán está a nuestro servicio i nos arroja donde quere- 
mos ir'' 1. 

Arrastrado por la tempestad, un pirata noruego, llama- 
do Naddord, descubrió en las rejiones del norte un país des- 
conocido que llamó Snowland, tierra cubierta de nieve 
(861). Dos años después, otro pirata llamado Gardar, re- 
conoció que aquella tierra era una isla que muchos años an- 
tes habian visitado unos anacoretas irlandeses. Sólo en 
874, se dio principio a la colonización de este país. La tie- 
rra recien descubierta fué llamada Islandia (Iceland, tierra 
del hielo). En ella se establecieron muchos colonos de las 
familias mas distinguidas e ilustres del norte i se fundó un 
estado floreciente. 

2. DESCUnRIMIENTO DE I.A GROENLANDIA I DE LAS COS- 
TAS DE AMÉRICA.— La situacíon de aquella isla í las relacio- 



1. AuG. Thierry, Hístoirv de laconqucte de V Angletcrre par les 
ttormands, Hv. II. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO I 111 

nes que tuvo que mantener durante algunos años con diver- 
sos pueblos, desenvolvieron, sin duda, en ella el arte de la 
navegación, e inspiraron en sus hijos el deseo de descubrir 
otros paises mas allá del océano. En 877, un navegante is- 
landés llamado Gumbiorn, descubrió por primera vez una 
costa montañosa que se estendia al poniente. 

Mas de cien años pasaron sin que se volviera a hablar 
de aquellos paises; pero en 983 un aventurero, llamado Eri- 
co el Rojo, desterrado de Islandia por un asesinato, las vi- 
sitó por primera vez, les dio el nombre de Groenlandia, tie- 
rra verde, para atraer los aventureros, i estableció una co- 
lonia en la costa suroeste del pais, en el golfo a que dio su 
nombre. Mas tarde, en 1124, se creó un obispado que sub- 
sistió mas de trescientos años. 

Los descubrimientos no se detuvieron allí. Biarne, hijo 
de uno de los compañeros de Erico el Rojo, salió de Islán" 
día para unirse a su padre; pero una tempestad lo echó al 
suroeste, i pudo ver que la costa se estendia mucho mas al 
sur de lo que creian sus compatriotas. Un hijo de Erico el 
Rojo, llamado Leif, emprendió entonces un viaje de recono- 
cimiento, i descubrió rejiones inesploradas (1000). Dióles 
el nombre de Helluland, por las piedras chatas que allí ha- 
lló (hoi la isla de Terra- Nova), Markland o tierra de la 
madera (la Nueva Escocia), i una rejion donde crecian las 
vides silvestres i que reiconoció un alemán que iba en la 
cspedicion. Este pais fué denominado Vinland o tierra del 
vino (la Nueva Inglaterra). Dos anos después, otro jefe, 
hermano de Leif, visitó también estas rejiones i dispuso 
jue se hiciera un viaje de esploracion hacia el mediodía 
iguiendo la prolongación de la costa. Este jefe pereció po- 
o mas tarde en un combate contra los indíjenas. 

Pero el mas célebre de los primeros esploradores de Amé- 
ica fué Thorfinn, rico comerciante islandés que visitó la 
rocnlandia i se casó con una hija de Erico el Rojo. A ins- 
mcias de su esposa, Thorfinn preparó tres naves para 
lelantar los reconocimientos. La escuadrilla tenia 160 
^mbres de tripulación: llevaba consigo ganados de toda 



112 HISTORIA DE AMÉRICA 



especie con el objeto de establecerse en el país que iba a 
visitar. Los espedicionarios siguieron el camino reconoci- 
do por sus predecesores, i avanzaron en seguida hasta un 
lugar en que el mar formaba una bahía profunda. Rápidas 
corrientes los arrastraron hacia una isla poblada por infi- 
nitas aves. En aquellos lugares pasaron los espedicionarios 
el invierno ocupados en reconocer las tierras inmediatas. 
Talvez habrían seguido sus reconocimientos hacia el sur, si 
la discordia no los hubiera dividido. Parece, sin embargo, 
que en aquellos lugares se establecieron colonias; i se sabe . 
que el primer obispo de Groenlandia las visitó para predi- \ 
car en ellas el cristianismo. Los colonos negociaban sus \ 
mercaderías con los indíjcnas i obtenian en retorno valio- 
sas pieles; mandaban a las áridas rejiones del norte costo 
sos cargamentos de madera, i mantenian sus comunica- 
ciones con sus compatriotas de Islandia. La última men- 
ción de esas colonias que se haya conservado en los anales 
históricos de los anales escandinavos, se refiere al año de 
1347. Un siglo después, el papa Nicolás V nombró un obis- 
po de Groenlandia; j^ero es de creerse que no se volvieran 
pensar mas en aquellas remotas colonias. Sometida la !«• ■■ 
landia por los reyes de Noruega, ésto.s arruinaron sus liber- 
tades municipales i prohibieron el comercio con los estran- 
jeros. Es probable que esta fuera la causa de su decaden- 
cia i abandono ^. 

3. Comercio de los europeos con el oriente ex los 
ÚLTLMOS SIGLOS DE LA EDAD MEDIA.— Estos descubrimientos 
fueron completamente ignorados por las naciones del me- 
diodía de la Euro|)a. "En el siglo XII, los mares medite- 
rráneos que se estienden desde el estrecho de Jibraltar has- 
ta la desembocadura del Don 1 bañan la costa meridional 
de la Europa i la setjntrional de África con parte de la del 

•^ C. C. Rafn, Mcmoirc :^ur ¡n (Jccouvcrtc de PAmcricjiíc au dixtc 
me siécic. Copenhague, IS^.'^.— Fíl'mholdt, Cosmos, tom. II, liv. 
11, paj. 282 et sui. — Chaklks RdmonM). Voynoe (íans les mers du 
nord, üv. IV, ha hecho una narración llena de ínteres i de anini i- 
ciou de estos viajes. 



PARTEJ SEGUNDA. — CAPÍTULO T llS 

íisia, formaban el principal i podría decirse el único teatro 
3e la navegación. El Mediterráneo, propiamente dicho, el 
Mriático, el Ejeo, el mar de Mármara, el mar Negro i el 
Ílzoí, eran las grandes vias marítimas del comercio euro- 
peo. Los dos grandes caminos del Asia occidental, el mar 
Rojo i el golfo Pérsico, no eran mas que los apéndices i los 
canales. Los mercaderes del oriente i de la India, entrando 
por el estrecho de Ormuz en el Eritreo, remontaban por 
ahí el Eufrates i el Tigris, i volvían por el mercado de Tre- 
bizonda al mar Negro o por el de Alepo al Mediterráneo. 
Otros, pasando por el estrecho de Bab-el-Mandeb, entra- 
ban al mar Rojo, i después de un corto viaje de tierra, lle- 
gaban a Alejandría a buscar las naves europeas. Las ciu» 
dades marítimas de Italia, así como algunas de Francia i 
de España, recibian en sus puertos los productos traspcr» 
tados por aquellas dos vias, i los enviaban a los paises 
continentales. Una gran zona mercantil se estendia entre 
el Ródano i el Pó, los lagos alpinos i el Rhin hasta Colo- 
nia, donde se repartia, mandando una parte a la Inglate- 
n-apor Flándes, i la otra al Báltico por Lübeck, Bremen 
i Hamburgo. De aquí nacieron, casi por necesidad jeográ- 
fica, la prosperidad i grandeza de las ciudades a que afluia 
este comercio i que gozaron de un estraordinarío esplen- 
dor" '\ 

Por medio de este comercio, las naciones europeas se 
proveían de los valiosos productos del Asia, que obtenian 
en cambio de sus mercaderías. El algodón, la azúcar, di- 
versas materias empleadas en el tinte de las telas, las per- 
las, el coral i el ámbar, maderas i gomas odoríficas, el 
6pio, el ruibarbo i diversas medicinas, i sobre todo la cane- 
k, el jenjibre, la pimienta, las nueces moscadas i el clavo 
le olor, dieron lugar a un valioso comercio interior en casi 
odos los paises de Europa ^. 

3 G. Bogar DO, Manuale di storía riel Commercio, lib. II, cap. I, 
áj. 111. 

* G. B. Dhppixg, Hístoire du commercc entre íe levant et FEuro- 
e, tom. I, chap. II, páj. 145 i sigtc 

TOMO I 8 



114 HISTORIA DB AMÉRICA 

Este comercio constituía el único lazo de unión entre los 
europeos i los asiáticos. Sus relaciones no se estendian mas 
allá de los puertos en que cambiaban sus productos, de 
modo que las rejiones centrales i orientales del Asia eran 
tan completamente desconocidas de los europeos, como la 
Francia i la Inglaterra lo eran de los asiáticos. A mediados 
del siglo XII, sin embargo, un judío español, llamado Ben- 
jamin de Tudela, hizo un viaje hasta la Tartaria china, vi- 
sitó la India i volvió a Europa por el Ejipto. Su derrotero 
fué seguido por otros peregrinos; pero sólo a mediados del 
siglo siguiente fueron visitadas las rejiones interiores del 
Asia por un viajero europeo. Era éste, Marco Polo, noble 
veneciano, dedicado al comercio desde su juventud. Recorrió 
el Asia durante veinticuatro años, i fué el primer viajero que 
penetrara en la China, en la India del otro lado del Gánjes, 
í en las islas situadas al sur del Asia, que hasta entonces 
estaban envueltas en oscuras fábulas. Marco Polo hizo , 
escribir la relación de sus viajes. La descripción que en ella 
se hacia de aquellas rejiones, cuyos nombres ignoraba la 
Europa, de su fertilidad, de su abundante población, desús 
variadas manufacturas i mas que todo de sus inmensas 
riquezas, produjo entre los europeos una grande impre- 
sión 5. Desde entonces, varios aventureros emprendieron 
viajes semejantes para visitar i reconocer aquellos maravi- 
llosos paises. 

4. Viaje de los portugueses en la costa de África.— 
A medida que se conocia mejor la situación relativa de las 
diversas partes del globo i que se trataba de abreviar los 
viajes marítimos, el arte de la navegación se perfeccionó 
rápidamente por la aplicación de las matemáticas i de la 
astronomía, i por el uso de la brújula que permitia a los 
navegantes hacer reconocimientos en todas partes i en to- 
das las estaciones, en el norte i en el sur. Gradualmente se 
abandonó el método lento de costear; i los marinos, fiados 
en su nuevo guía, se arrojaron valerosamente mar aden- 



Malte-Brun, Histoire de la geographivy liv. XX. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO T 115 



:írs 



tro, í navegaron en la noche mas oscura con la seguridad 
de que conocían su rumbo. Entonces comenzaron a salir de 
las aguas del Mediterráneo, ¡ los marinos italianos pene- 
traron en el canal de la Mancha con gran sorpresa de sus 
contemporáneos. 

En el siglo XIV, los comerciantes del Mediterráneo, es- 
ploraban lentamente las costas occidentales del África. No 
habian olvidado las nociones que los antiguos habian ad- 
quirido sobre aquellas costas, ni la tradición de la existen- 
cia de un grupo de islas encantadoras que la poesía de los 
escritores o ^la credulidad de los pueblos designaba con el 
nombre de Afortunadas. El Portugal, recien libertado del 
yugo de los moros, estaba justamente orgulloso de su inde- 
pendencia, i comenzaba a aumentar su marina i a tomar 
parte en el comercio marítimo. La situación de sus puertos 
sobre el océano le habian permitido conocerlo mejor que 
los estados del Mediterráneo. Una compañía de Lisboa en- 
vió en 1341 una espedicion al descubrimiento de e^as islas. 
Los esploradores hallaron las Canarias i llamaron la aten- 
' cion de otros aventureros hacia las rejiones desconocidas 
del África. 

En efecto, nuevas espediciones siguieron el camino tra- 
tado por los descubridores de las Canarias; pero sólo a 
prindpios del siglo siguiente recibieron esas empresas la fir- 
me i acertada dirección que supo imprimirles el hijo del rei 
de Portugal, el infante don Enrique. Deseoso de alentar a 
los subditos de su padre para que emprendieran ardua% na- 
vegaciones, fijó su residencia en el pueblo de Sagres sobre 
el cabo de San Vicente, donde la vista del inmenso océano 
alimentaba en él el ardor i la esperanza de conocer sus se- 
cretos. Desde ahí prometia premios i honores a los capita- 
nes que quisieran aventurarse a pasar mas adelante del 
cabo Non, que era el término del mundo esplorado en las 
anteriores espediciones. 

La primera tentativa no se hizo esperar. En 1419 se 
aprestó una sola nave en la cual dos aventureros, Juan 
González Zarco i Tristan Vas, reconocieron una isla deseo- 



llfi TTISTOTíTA DR / M ERICA 



nocida que denominaron Puerto Santo. El año siguiente, 
los dos capitanes asociados a Bartolomé Perestrello, em- 
prendieron con tres naves una nueva espedicion que dio por 
resultado el descubrimiento de la isla de Madera. Después 
de estos primeros triunfos, los navegantes portugueses co- 
braron nuevo arder; i en 1433, Jil Yáñez dobló el cabo Bo- 
jador i visitó la costa que se estiende detras del Cabo Ver- 
de hasta el río Senegal. 

El vulgo creia que la zona tórrida no era habitable; que 
el aire que ahí se respira era mortífero al hombre i que pre- 
tender acercarse a ella era un delito i casi un sacrilejio con • 
tra las disposiciones de Dios. Para imponer silencio a esta^ 
quejas i tranquilizar los espíritus vulgares, el príncipe dor^^^ 

Enrique se dirijió a la mris alta autoridad que hubiese en 

tónces en la tierra, al papa Eujenio IV, Cediendo éste a lo^=^ 
ruegos del jeneroso príncipe, aseguró a los navegantes por — 
tugueses el dominio de todas las tierras descubiertas i po^^ 
descubrir desde el cabo Verde hasta el Senegal. 

Desde aquel dia, el ardor i la sed de conquista, reforza — 
dos ahora por el sentimiento relijioso, se consagraron cor—a 
nuevo vigor a los descubrimientos marítimos. Muchos ma 
rinos venecianos i jenoveses se pusieron al servicio de Por — 
tugal para tomar parte en aquellas gloriosas espedicione^^ 

que revelaban la existencia de paises desconocidos. Dos ita 

lianos descubrieron el archipiélago del cabo Verde, visita — 
ron el Senegal, la Gambia i el rio Grande, i escribieron un?:^^ 

relación de su viaje. Pedro de Escalona pasó la línea equi 

noccial; Fernando Po descubrió tres islas, a una de las cua ^ 
les puso su nombre; Martin Behaim de Nürenberg i Al 
fonso de Aveiro reconocieron la costa de Congo i de Be 
niño. 

Aunque los descubrimientos se hubiesen detenido allí, ha — — 
brian cambiado mucho la dirección del comercio i dado un^' ^^ 
golpe sensible a la supremacía de las ciudades del Medite^ — - ^^ 
rráneo. En efecto, podia sacarse en adelante de las costas 
AA África, el oro, el marhl, las jj^omas i el algodón: las vi- 
ñas que el infante don Enrique habia hecho trasplantar a- 



PARTB RHfUTNDA. — CAPÍTULO I 117 



la ¡sla de Madera producían un vino delicioso; i en esta isla 
ademas se encontraban manieras excelente*. Las Cananas 
producían sustancias para ti a tes, pieles de cabra, cera i 
otros artículos. Se podia trasportar a esto» paises las pro* 
ducjiones vejetales del oriente, i desde entonces no era nece* 
sario irlos a buscar en el Mediterráneo. Pero las luces i los 
seatimientos del siglo no servian para acometer una em- 
presa tan considerable. Los portugueses en sus descubri- 
mientos buscaban sobre todo negros que reducir a la escla- 
vitud i oro que llevar a su patria; i por entonces no pensa- 
ban en los lentos trabajos industriales. 

Su ambición no se satisfizo con aquellos descubrimientos. 
En agosto de 1486 Bartolomé Díaz partió de Lisboa; i na- 
vegando hacia el sur pasó adelante de los paises esplorados 
i dobló la estreniidad meridional del África. La tripulación, 
no viendo el término de este peligroso viaje, pidió la vuelta 
^ gritos. Díaz tuvo que ceder; i a causa de las tempestades 
cjue sufrió en frente de la punta africana, la nombró cabo 
Tormentoso. Cuando el rei de Portugal don Juan II oyó la 
irclacion de su capitán, cambió el nombre siniestro de aquel 
promontorio i le dio el de cabo de Buena Esperanza. El mo- 
narca se habia formado una idea de la verdadera configu- 
ríicion del África i creia en la posibilidad de llegar por esta 
vía a las rejiones de la India i hacerse dueño de su comercio. 
Para mayor seguridad, don Juan II envió por tierra dos 
viajeros a la Arabia, la Etiopía i la India para informarse 
^^ sus producciones, riqueza i comercio, i de la configura- 
^'lon de la tierra. De los informes de éstos apareció en efecto 
9^e dando una vuelta al rededor del África debia encon- 
trarse un camino seguro para las Indias orientales ^. 

Adiéntras el rei don Juan se ocupaba en llevar a cabo sus 
Provectos, i mientras sus marinos se esforzaban por dar 
^'^elta al África i llegar a los mares de hi India, con gran 



** Depping, Histoire du commerce entre le levant et rEurope, 
^^^y.. 11, chap XII —BoccAUDO, Storia del commercio, lib. III, cap, 
^•■"^Lafitau, Histoire des decou\rerts des portugais^ tom. I, 



\ 



118 HISTORIA DB AMÉRIOA 



asombro de sus contemperáneos, un suceso mucho mas im- 
portante vino a llamar la atención de la Europa. Un oscu- 
ro aventurero al servicio de la España habia emprendido 
un viaje con dirección opuesta i encontrado un nuevo 
mundo. 



CAPÍTULO II. 
Cristóbal Colon. ' 

(1436—1492) 

1. Primeros años de Cristóbal Colon. —2. Sus proyectos — 3. Teo- 
rías en que los fundaba 4. Colon espone inútilmente su proyec- 
to al rei de Portugal.— 5. Colon en Bspaña 6. Vuelve Colon a 

Portugal 7. Negociaciones de Colon con la corte de España. — 

8. Salida de la espedicion descubridora. 

1. Primeros años de Cristóbal Colon. — Entre los 
aventureros que el renombre de los descubrimientos de los 
portugueses retenia en Lisboa, se encontraba un jenoves 
llamado Cristóbal Colon. Largo tiempo se ha discutido 
sobre la época i el lugar de su nacimiento. Es evidente, 
sin embargo, que nació en los estados de la república de Jé- 
nova, i talvez en la misma capital; pero no hai nada de se- 
guro sobre la fecha de su nacimiento. La opinión mas pro- 
bable es la que lo fija en 1446. ^ 

El padre de Colon se llamaba Domingo, i ejercía el oficio 
de cardador de lanas. Su madre se nombraba Susana Fon- 



I Bernáldez, cura de los Palacios, Navarrete, Humboldt i Na- 
pione lo fijan en 1436, Los tres últimos han discutido esta fecha 
con grande erudición. — Sin embargo, la mayoría de los historia- 
dores críticos de nuestro tiempo ha fijado el dia del nacimiento de 
Colon entre el 25 de Marzo de 1446 i el 20 de Marzo de 1447, 



120 HISTORIA DE AMÉRICA 

tanarrosa. **Querian algunos, dice su primer historiador, 
que yo me detuviese en decir que descendia de sangre ilus- 
tre i que sus padres, por mala fortuna, habian llegado a la 
última estrechez; pero yo me escusé de estos afanes creyen- 
do que fué elejido por nuestro Señor para una cosa tan 
grande como la que hizo, i porque habia de ser verdadero 
apóstol, quiso que en este caso imitase a los otros, a los 
cuales, para publicar su nombre, elijió en las oriljas i en e' 
mar, i no en los palacios i grandezas" - 

Casi nada se sabe acerca de la infancia de Cristóbal Co- 
lon. El hijo del humilde cardador de lanas, aprendió a leer 
i a escribir, instrucción que en aquella época no recibia la 
mayor parte de los grandes señores, i pasó en seguida a es- 
tudiar en la célebre universidad de Pavía el dibujo, la jeo- 
graffa, la cosmografía, la jeometría i la astronomía, cien- 
cias que tenian para él un grande atractivo i que lo inclina- 
ron a abrazar la carrera de marino. *'Entré a navegar en eL 
mar de mui tierna edad, i lo he continuado hasta hoi, decia 
a los reyes católicos, en una carta de 1501, pues el mismo 
arte inclina a quien lo sigue a desear saber los secretos de 
este mundo; i ya pasan de cuarenta los años que le estoi 
usando en todas las partes que hoi se navegan. Mis tratos 
i conversaciones han sido con jente sabia, latinos, griegos, 
indios, moros i otras diferentes sectas, i siempre he hallado 
a Dios nuestro Señor mui propicio a este deseo mió; i se sir- 
vió darme espíritu de inteiijencia; hízome estender mucho 
de la navegación; dióme a entender lo que bastaba de la as- 
trolojía, jeometría i aritmética; me dio el ánimo injenioso i 
las manos hábiles para pintar la esfera i las ciudades, mon- 
tes, ríos, islas i todos los puertos con los sitios convenientes 
de ella; de manera que Dios nuestro Señor me abrió el en- 
tendimiento con mano palpable paraque yo vaya de aquí a 
las Indias, i me puso gran voluntail en ejecutarlo'*. 

Desgraciadamente, no tenemos muchas mas noticias so- 



2 Don Fernando Colon, Historin del Almirante, cap. I, en Bar- 
cia, Historiadores primitivos de Indias^ toiii. I, 



PAHTH SBíUrNDA. — CAPÍTULO II 121 



bre la historia de la juventud de Colon. (*) Algunos escrito- 
res suponen que formó parte de la espedicion que en 1459 
hizo Juan de Calabria para reconquistar el reino de Ñapó- 
les. Si esta aserción carece de pruebas, no es inverosímil, 
puesto que él mismo declara en una carta escrita en enero 
de 1495 que habia servido en la escuadra del reí Renato de 
Anjou, padre de Juan de Calabria. **A mí me sucedió, dice, 
que el rei Reinel (que ya le llevó Dios) me envió a Tíinez pa- 
ra tomar la galeota Fernandina; i habiendo llegado cerca 
de la isla de San Pedro, en Cerdeña. me dijeron que habia 
dos navios i una carraca con la referida galeaza; por lo cual 
se turbó mi jente i determinó no pasar adelante, sino vol- 
verse atrás a Marsella por otro navio i mas jente. Yo que 
con ningún arte podia forzar su voluntad, convine en loque 
querían; i mudando la punta de la brújula, hice desplegar 
las velas, siendo por la tarde; i al dia siguiente al salir el 
sol, nos hallamos dentro del cabo de Cartajena, estando to- 
dos en concepto firme de que íbamos a Marsella''. En este 
rasgo de audacia se deja entrever al que mas tarde habia 
de hacer los mas admirables viajes marítimos. Cristóbal 
Colon sirvió en seguida en la escuadra de Jénova durante 
la guerra que esta República tuvo que sostener con Vcnecia. 
Se ha dicho también que mandó una escuadrilla de Luis XI, 
reí de Francia, i que con olla atacó a las naves españolas 
en la costa del Rosellon; pero si este hecho no está perfecta- 
mente probado, se sabe a lo meaos que recorrió los mares 
deleA^ante i visitó la isla de Scio. En 1470 servia en una flo- 
tilla de corsarios que mandaba un sobrino del almirante 
jenovés Colon, con quien se le ha confundido algunas veces. 



(*) El señor Barros Arana en el Compendio de Historia de Amé- 
'"^ca.de 1894, espresa que "casi todo lo que se cuenta sobre los años 
dejuventud de Colon, sobre sus primeras navegaciones, i aun so- 
hresus servicios en las guerras marítimas, está lleno de vacióse 
incertidumbres, de tal suerte que la historia seria tiene que dese- 
char muchas de esas noticias. Lo que hai de cierto es que después 
de muchas aventuras, i probablemente después de un naufrajio, se 
lallaba en Lisboa allá por los años de 1470", 



122 HISTORIA DB AMÉRICA 



Teniendo que dar caza a cuatro galeras venecianas que ve- 
nian de Flándes ricamente cargadas, la escuadrilla jenovesa 
empeñó el combate en las costas de Portugal entre Lisboa i 
San Vicente. Los navios se aferraron con ganchos i cadenas 
de fierro, i las jentes de la tripulación se batieron cuerpo a 
cuerpo todo el dia. Dos de esas naves, una jenovesa, en que 
navegaba Colon, i otra veneciana, se incendiaron en el com- 
bate. **No pudo ser socorrida una ni otra por lo mezcladas 
que estaban, i por el asombro del fuego que en poco tiempo 
creció tanto que no hubo mas remedio que echarse al agua 
para morir mas presto; pero siendo Colon grandísimo na- 
dador i viéndose dos leguas distante de tierra, tomando 
un remo i ayudándose de él, quiso Dios darle fuerzas para 
llegar a tierra, aunque tan débil i trabajado del agua que 
tardó muchos dias en repararse". ^ 

En Lisboa residian entonces muchos jenoveses, atraidos 
por la fama de las empresas navales de los portugueses* 
Colon se trasladó a esa ciudad, donde fué bien acojido 
por sus compatriotas. La misma oscuridad que rodea la 
historia de la juventud del célebre marino, envuelve los 
primeros años de su residencia en Portugal. En una me- 
moria que escribió para probar que todas las zonas son 
habitables, habla de algunos viajes emprendidos por él en 
este tiempo. **E1 año 1477, dice, por febrero, navegué mas 
allá de Thule (Islandia) cien leguas, cuya parte austral dis- 
ta de la equinoccial setenta i tres grados. Cuando yo fui 
allá no estaba helado el mar'*. ^ En Lisboa, ademas, Co- 
lon se casó con Felipa Muñiz de Perestrello, que estaba do- 
miciliada en el convento de Todos los Santos, a cuj'a capilla 
asistia Colon para oir la misa. Felipa era hija del caballero 



3 Don Fernando Colon, Historia del Almirante^ cap. V. 

4 Algunos escritores han puesto en duda que Colon hubiera he- 
cho este viaje, i al efecto han negado la autenticidad de la memo- 
ria citada. Lo que es evidente es que ni Colon ni sus contemporá- 
neos tuvieron la mas remota noticia de los viajes de los norman- 
dos a la Groenlandia i a las costas del norte de América, que habían 
sido completamente olvidados. Pero, aunque en la Islandia hubie- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO U 123 

italiano Bartolomé Perestrello, que bajo la protección del 
príncipe don Enrique de Portugal, había fundado una colo- 
nia en Puerto Santo, donde residía con el resto de su fami- 
lia. Durante algunos años, Colon **hÍ2o repetidos viajes a 
los nuevos descubrimientos, i por este medio i el ejercicio de 
hacer cartas de navegar, adquirió muí presto con que vivir 
honradamente, socorrer a sus padres necesitados i ayudar 
ala crianza de sus hermanos menores**. & 

2. Sus PROYECTOS. — El sucgro de Colon murió al poco 
tiempo del matrimonio de éste. El marino jeno vés pasó en- 
tonces a Puerto Santo a reunirse a la familia de su esposa, 
compuesta de su suegra i de una hija de ésta casada con un 
célebre navegante portugués llamado Pedro Correa. Esta 
familia poseía algunos bienes de fortuna, pero tenia ademas 
un tesoro mucho mas valioso para Colon: los papeles, dia- 
rios, cartas e instrumentos de marina que Perestrello ha- 
bia dejado al morir. En la intimidad de la vida doméstica, los 
dos navegantes se contaban sus viajes i se comunicaban sus 
¡deas i sus impresiones. Correa referia que había visto un 
madero labrado arrojado a aquella isla por un viento del 
oeste. Otros pilotos habían visto maderos semejantes como 
también cañas inmensas que llegaban hasta las Canarias i 
aun hasta el cabo de San Vicente. Los pobladores de las 
Azores hablaban de enormes troncos de pino de una especie 
desconocida, arrastrados por los vientos del oeste, i daban 
detalles de los cadáveres dedos hombres arrojados sobre la 
playa de la isla de Flores (una de las Azores) que no se ase- 
mejaban a los de ninguna raza conocida. Aquellos objetos 



9e recibido estas noticias, eso no probaria nada contra la gloría 
de Colon, Su viaje a aquella isla fue en 1477, i tres años antes, en 
1474, ya hablaba de sus proyectos í consultaba la opinión del físi- 
co Toscanelli. 

» Muñoz, Historia del nuevo mando, líb. II, páj, 44. — Oviedo, 
Historia jeneral i natural de las Indias^ islas i Tierra Firme del 
mar océano, líb. II, cap.II, páj, 13. En adelante citaré la edición de 
esta historía hecha por la Real academia de la historia, por ser la 
mas conocida i la mas completa. (Madrid, 1851-55, fol. 4 vols). 



124 mBTORlA DE AMÉRICA 



debían haber sido arrastrados por las corrientes del mar, 
cuya existencia era entonces desconocida. Creian algunos 
que en ciertos dias mui despejados se distinguían en el océa- 
no tres islas misteriosas, que llamaban de San Brandan o 
de las Siete Ciudades, cuya existencia estaba basada en 
tradiciones fabulosas de la edad media. El gobierno de Por- 
tugal no había podido resistir a las exijencias de algunoj 
aventureros para descubrir aquellas islas, i encargó a uno 
de los colonos de las Azores nombrado P'ernando de Ulrao 
que hiciera un viaje de esploracion en busca de ellas. Juan 
Alfonso de Estreito emprendió este viaje en 1486; pero no 
se hallan noticias de su resultado, i tal vez este espío rador 
pereció en un naufrajio. 6 

Por desastroso que fuera el termino de estos viajes, los 
marinos de fines del siglo XV creian en la existencia de esas 
islas; i se apoyaban al efecto en la autoridad de algunos es- 
critores antiguos. Aristóteles i Diadoro de Sicilia habían 
consignado la noticia de una isla grande que habían descu- 
bierto los cartajineses, i Platón refería que en esa isla, a la 
cual dio el nombre de Atlántída, reinaban reyes de grande 
i maravilloso poder. La tradición conservaba estas noti- 
cias revestidas de vagos rumores sobre las predicaciones 
evanjélicas de algunos santos, o la persecución de ciertos 
cristianos por los moros. 

Todos estos antecedentes suponían la existencia de un 
continente o de algunas islas en el mar incógnito de los an- 
tiguos; pero Colon, amalgamando estas noticias, se preo- 
cupaba sobre todo de buscar un camino nuevo para llegar 
a los países que producían la especiería, el oro i el marfil, 
de que se contaban tantas maravilUis después del viaje de 
Marco Polo. ^ Este mismo era el pensamiento que guiaba 



^ Véanse los documentos publicados por clon F. A. de Vakxha- 
GBN en la páj. 106 i siguientes del opúsculo titulado La verdadera 
Guanahani de Colon, 

' El barón de Humboldt ha demostrado, sin embargo, que Co- 
lon no conocia, o a lo menos que estimaba en poco la relación del 
célebre viajero veneciano i de sus imitadores, i que sus nociones so- 



PARTR flEOTTM)A. — CAPÍrrLO II 125 



a los portugueses en sus empresas: trataban sólo de dar la 
vuelta al África para llegar a Ins rejiones de la India i de la 
China. 

Pero la idea que concibió Colon era mucho mas atrevi- 
da. Confiándose en la brújula i en la Providencia, de la que 
él se crcia un simple instrumento, quería atravesar el mar 
incógnito, tenebroso, en que las fábulas de la antigüedad 
colocaban la mansión de los muertos, i llegar» como él mis- 
rao lo decia, al levante por el poniente. Colon creia que en 
un viaje semejante debía encontrar muchas islas; pero no 
era eso lo que le interesaba, sino llegar a las rejiones del 
.\«ia por un camino mas corto que el que conocian sus con- 
temporáneos i que el que buscaban los portugueses. 

3. Tkürías en que Colon fundaba sus proyectos.— 
Los proyectos de Cristóbal Colon estaban fundados en teo- 
rías conocidas por algunos filósofos i jeógrafos de la anti- 
güedad i de la edad media. Aristóteles» en su tratado del 
cielo, habia dicho: *'La tierra no solamentees redonda sino 
í|tíe no es mui grande, i el mar que baña el litoral mas allá 
délas columnas de Hércules (el estrecho de Jibraltar), baña 
también las costas vecinas de la India.** Séneca habia indi- 
cado que **cn mui pocos dias, si el viento era favorable, po- 
diallegar una nave (le España a la India.** En los siglos 
XII i XIII, en los primeros albores de un renacimiento de 
las letras i de las ciencias, se repitieron estas mismas opi- 
niones por algunos sabios cpie gozaban de gran nombradía 
en el tiempo de Colon. Un jeógrafo árabe llamado Edrisi 
espone que al océano se le llamaba **mar tenebroso porque 
liasta el presente no se ha podido procurar ninguna noticia 
ncerca de él, i porque su navegación es difícil por los vien- 
tos que allí reinan. Se sabe, sin embargo, que encierra mu- 
<^-ms islas, habitadas las unas, desiertas las otras. Comuni- 
^'fieste mar con el de Sin, que baña las tierras de Gog i de 



■»^elos países del Asia estuban tomadas de la jeo>jrafTa de aquellas 
''nioncs escrita por yEneas Silvius (el Papa I^io 11), quien sin 
«luda habia recojido sus noticias en los escritos de los viajeros. 



126 mSTORIA DB AMÉRICA 



Magog (las costas orientales de la China).'* Alberto el 
grande, célebre teólogo i filósofo del siglo XIII, sostenía 
que todo el mundo era habitado, i que sólo por la ignoran- 
cia popular se creía que los antípodas no podían sostenerse 
sobre la tierra. Rojerío Bacon i Pedro de Aílly (el Pedro 
Aliaco citado por Cristóbal Colon en su correspondencia), 
sus contemporáneos, defendían doctrinas semejantes: **De 
un polo al otro, decían ^, el marseestíendeentre los últimos 
límites de la Bspaña i el principio de la India: el agua cubre 
los tres cuartos de la tierra porque el oriente está cerca del 
occidente" * 

Cristóbal Colon tenia un conocimiento mas o menos com- 
pleto de todas estas doctrinas. En su estudio, í después de 
haber recojido los datos suministrados por la observación 
de sus contemporáneos i por su propia esperiencía, se for- 
mó una teoría suya en que estaban mezclados la verdad 
con el error. Sentó como principio fundamental que la tie- 
rra era redonda, que cada pais tenia sus antípodas, í que 
era posible dar vuelta el globo navegando de oriente a po- 
niente como de poniente a oriente. Estas eran las verdades 
de su teoría, que revelan la grandeza i la majestad del je. 
nío. En seguida venían los errores. Aristóteles había dichc 



^ HiTMBc>LDT ha consagrado casi dos volúmenes enteros de si 
Examen critique de V historie de la ^éoi*raphie dn noiivcaa conti- 
nente a estudiar con una erudición asombrosa i una sagacidad ad 
raírable la influencia (juc estos i otros escritores ejercieron sobre e 
espíritu de Colon. M. F. IIoefkr, en una excelente biografía de Co 
Ion (París, 1855), que tengo a la vista i de que tomo algunas no 
ticias, ha reunido en pocas pajinas las pruebas del ilustre sabio, 
las ha completado con su propio estudio. Me ha parecido fuera d 
camino el estenderme sobre este punto en un libro como el presen 
te. Basta, a mi juicio, apuntar los hechos principales i señalar la 
fuentes donde puede estudiarse su desarrollo. 

* Esta misma opinión había sido repetida por algunos jeógra 
fos de la edad medía. Un célebre físico i astrónomo llamado Pabl 
Toscantflli, que vivía en Florencia a mediados del siglo XV, esplic« 
a Colon esas doctrinas cosmográficas. Véase Stkffen, Colon 
Toscanclli, (Santiago 1892). 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO II 127 

que el mundo era una esfera mas pequeña délo que se creía. 
Plinio asentó que la India sola ocup.'iba la tercera parte de 
la tierra. De ambas opiniones dedujo Colon que la estremi- 
dad oriental del Asia no podia estar mui distante de las 
costas occidentales de Europa. 

Al lado de las razones en que fundaba su sistema, Colon 
habia agrupado consideraciones especiales. La sabiduría 
del autor de la naturaleza, decia, no ha podido permitir 
que los vastos espacios desconocidos hasta ahora estén cu- 
biertos por las aguas de un estéril océano. Ademas, habia 
reunido ciertos fragpentos de poetas antiguos en que creia 
hallar una profesía de sus futuros descubrimientos. Con 
esos fragmentos compuso un libro que ha llegado incom- 
pleto hasta nosotros. El pronóstico mas terminante se en- 
cuentra en una trajedia latina de Séneca titulada Medea: 
"Siglo vendrá, decia el poeta, en que el océano, rompien- 
do sus lazos, hará ver una vasta rejion: Tétis descubrirá 
nuevas tierras, i Thule no será el fin del mundo ^, 

Por profundo que fuera el convencimiento que Colon 
tenia en su teoría, creyó desde el principio que debía, con- 
sultar la opinión de algunos sabios i de los hombres prácti- 
cos de su siglo. En Florencia residia un célebre físico as- 
trómono nombrado Pablo Toscanelli, a quien el rei de 
Portugal consultaba acerca de los viajes marítimos que en 
aquella época emprendían sus vasallos. Colon se dirijió a 
él descubriéndole sus proyectos i pidiéndole su parecer. 
**Alabo vuestro designio de navegar a occidente, le contes- 
tó aquel sabio; estoi persuadido que el viaje que deseáis 
emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contra- 
rio la derrota es segura por los parajes que he señalado: 



Venient annis 
Soecula seris, quibus Occeanus, 
Vincula rerum laxet, et ingens 
Pateat tellu?, Tethisque novos 
Detegat orbes, neo sit terris 
Ultima Thule. 

(SÉNECA, Mcclea, acto 2^, coro). 



128 mSTORTA f>R AMÉRICA 



quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunica- 
do como yo con muclias personas que han estado en esos 
paises (el Asia;; i estad seguro de ver reinos poderosos, can- 
tidad de ciudades pobladas i ricas provincias que abundan 
de toda suerte de pedrerías" ^^. Pocas noticias se tienen 
de los informes que debió recibir Colon de las otras perso- 
nas a quienes comunicó sus proyectos. 

Cualesquiera que sean los errores que encerraba la teo- 
ría de Colon, i por grande que haya sido la influencia que 
sobre su espíritu ejercieron los escritos de algunos filósofos, 
es preciso reconocer que se necesitaba un gran carácter 
para sustentar i para poner en ejecución ese proyecto. La 
idea de encontrar la tierra navegando directamente hacia 
el occidente, i aun de dar la vuelta al globo, nos es ahora 
tan familiar que apenas podemos comprender la grandeza 
de la primera concepción i la audacia de la primera tenta- 
tiva. En el siglo de Colon no se conocia la circunsferencia 
de la tierra, i aun !a teoría de su redondez no constaba 
mas que de las opiniones de algunos filósofos. Nadie cono- 
cia la estension del océano, ni si era navegable mas allá de 
las islas descubiertas, i nadie sosj)echaba las leyes de la 
gravitación que hace posible la circunnavegación de la tie- 
rra, aun admitiendo, como creian algunos, que era re- 
donda. 

4. Colon espone inútilmente su proyecto al reí de 
Portugal. — Lo que para muchos filósofos habia sido una 
opinión mas o menos fundada, fué para Colon una verdad 
evidente que llevó a su espíritu un profundo convencimien- 
to. Las meditaciones i el estudio le infundieron fe en sus 
proyectos, i lo estimularon a buscar un protector. El ma- 
rino jenovés era pobre; carccia de los recursos necesarios 



i<J Esta carta, así como otra de Toscanelü sobre el misrao 
asunto, fueron insertadas por don Fernando Colon en el cap. 7*^ 
de la histori.'i de su padre.— Véase lo que acerca de Toscanelü dice 
MoNTiTCLA en su /rtstoirc ^/t-.s mnthémutiqucíi^ part. III, lib. 11, 
toni. 1^, p/íj. 583. 



PARTB SEOrXDA. — CAPÍTULO II 129 

para acometer por sí mismo la empresa, i se vio obligado 
a mendigar la protección de los poderosos de la tierra. Se 
ha contado sin fundamento serio que se acordó primero de 
su patria natal, i que pidió a Jénova los medios para hacer 
el viaje, pero que su proposición fué desatendida ^^. En- 
tonces pensó en dirijirse al rei de Portugal. 

Colon se hallaba entonces en aquella edad próxima a la 
vejez en que el cuerpo ha adquirido todo su desarrollo así 
como el espíritu toda su madurez. **Su hijo Fernando, Las 
Casas i otros contemporáneos han dado minuciosas des- 
cripciones de su persona. Según éstas, era alto, bien for- 
mado, muscular i de un continente majestuoso i noble. Te- 
nia el rostro largo, i ni lleno ni enjuto; era blanco, pecoso i 
algo colorado; la nariz aguileña, altos los huesos de las 
mejillas, los ojos grises claros, fácilmente animados, el con- 
junto del semblante lleno de autoridad. Los cabellos ru- 
bios en su juventud; pero los cuidados i desazones, según 
Las Casas, se los hablan vuelto canos prematuramente, 
tanto que a los treinta años ya estaban del todo blanco?. 
Vestia i comia con suma sencillez; era elocuente sin afecta- 
ción, afable con todos i tan cariñoso i suave en la vida do- 
méstica, que lo idolatraban los que vivian a sus órdenes. 
La magnanimidad de su ánimo subyugó su jenio irritable; i 
le hizo adquirir un comportamiento urbano i una plácida 
gravedad, que no le pcrmitian el uso de la menor intem- 
perancia en sus palabras. Se distinguió toda su vida por 
su devoción relijiosa, tan distante del fanatismo como de 
la hipocresía ^2»». 

Gobernaba entonces en Portugal don Juan II, monarca 
notable por su intelijencia i por su carácter, que habia da- 



11 Se ha puesto en duda que Colon hubiera hecho sus prime- 
ros ofrecimientos a Jénova; pero se sabe que de Portugal hizo va- 
rios viajes a su patria natal a ver a su padre. Véase Rosklly db 
IvOROUKS, C hristophe Colonib, liv. I, chap. II, tom I, pág. 
101 et s. 

12 Washington Ir vino, Vida i viajes ác Cristóbal Colon, 
cap. 4^. 

TOMO I 9 



130 HISTORIA DE AMÉRICA 



do grande impulso a los viajes marítimos de esploracion. 
Colon le participó sus proyectos con aquella buena fe i pro- 
fundo convencimiento que lo caracterizaban; i no le fué difí- 
cil comunicarle una parte de su entusiasmo en favor de la 
grandiosa empresa en que pensaba. Pero don Juan no se 
resolvió a hacer estipulación alguna antes de oir la opinión 
de un consejo especial encargado de la dirección de los ne- 
gocios marítimos i compuesto de astrónomos i navegantes. 
Ese consejo rechazó el proyecto de Colon como quimérico i 
estravagante. El rei, sin embargo, no aceptó simplemente 
ese parecer: quiso oir otros informes, i llevó el negocio ante 
su consejo privado que contaba entre sus miembros a los 
obispos mas Ilustrados de Portugal. El proyecto de Colon 
recibió allí un nuevo rechazo: sólo uno de sus miembros, 
Pedro de Noroña, conde de Villarreal,se pronunció en su fa- 
vor. **Lo que propone Colon, dijo en aquella célebre junta, 
es dudoso, peligroso también; pero esto no debe hacernos 
abandonar el designio de llevar hasta el Asia la gloria de 
nuestras armas. Creo que será justo, glorioso i útil el ir al 
descubrimiento de camino desconocido, trabajar en la con- 
versión de tantos pueblos, establecer un sólido comercio 
con ellos i no alarmarnos por todas las dificultades que 
podamos esperimentar en la ejecución de semejante ( m- 
presa.** 

Don Juan II aprobó este parecer que estaba conforme 
con sus propios sentimientos i con su noble ambición de 
ilustrar su reinado con grandes descubrimientos. Se prepa- 
raba, talvez, a disponer la ejecución de la empresa cuando 
el artificio de algunos de sus cortesanos vino a desacreditar 
el proyecto de Colon. Diego Ortiz de Calzadilla, obispo de 
Ceuta i confesor del rei, habia condenado en el consejo las 
teorías del marino jenovcs; i queriendo desacreditarlas 
completamente, habia conseguido que se despachara una 
carabela en busca de las tierras anunciadas por Colon, 
mientras éste estaba distraido en sus negociaciones. La na- 
ve salió de Lisboa a prctesto de llevar víveres a las islas del 
Cabo Verde; pero una vez fuera del puerto, hizo rumbo al 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTrLO II 131 



i:)este. El cielo quiso castigar esta perfidia, en que talvez 
era estraño el caballeroso rei don Juan. Una horrible tem- 
pestad espantó a los pilotos después de muchos dias de na- 
vegación; i faltos de fe en la empresa que se les habia enco- 
mendado, volvieron a Portugal asegurando** que era impo- 
sible hallar tierra alguna en los mares por donde queria 
navegar Colon" i^. Desde entonces quedó rota la iniciada 
negociación. 

Fl célebre marino acababa de perder a su esposa, i tenia 
a su lado un hijo de pocos años llamado Diego, nacido du- 
rante su residencia en Puerto Santo. Nada lo ligaba ya al 
Portugal; antes por el contrario, el último desengaño que 
acababa de sufrir lo alejaba de la corte donde se habia que- 
rido burlarlo en sus esperanzas i en sus proyectos. Temien- 
do que el rei tratara de embarazar su viaje, Colon se em- 
barcó secretamente en Lisboa, a fines de 1484-. 

En la primavera del año siguiente se hallaba en Jénova: 
habia vuelto a su patria a ofrecerle sus servicios i sus pro- 
yectos 1^; pero de nuevo fueron desatendidos por el senado 
de la República. Colon aprovechó esta opoitunidad para 
ver a su anciano padre i a sus hermanos menores que vi- 
vian retirados en Savona. Entonces se acordó de los reyes 
de España i se embarcó con dirección a las costas de Anda- 
lucía. 

5. Colon en España.— A poca distancia del puerto de 
Palos, sobre una colina batida por las brisas del mar, se le- 
vantaba un convento de frailes franciscanos consagrado a 
Santa María de la Rábida. En una tarde de 1485, un ancia- 
no de noble aspecto, encorvado mas por la fatiga i el dolor 
que por los años, llevando de la mano a un niño, se acerca- 
ba a la puerta de ese convento a pedir al portero un poco 
de pan i agua. Cuando recibía este escaso socorro, pasó por 
ahí el prior del convento frai Juan Pérez, i el porte noble i 



13. Don Frrnani o Colon, ///síor/a del Almirante^ cap. X. 

1^. Muñoz, Hist. del nuevo mundo, lib. II. § 21 IIumiioldt, 

Uist. de la gcographte du nouveau continente tom. I, páj. 19. 



182 HISTORIA DB AMÉRIÜA 



digno del mendigo llamó su atención. Notando su presencia 
i por su acento que era un estranjero, el prior entró en con- 
versación con él, i conoció las peripecias de su historia. El 
estranjero era Cristóbal Colon que iba con su hijo a buscar 
en España un hombre poderoso que comprendiera sus pro- 
yectos i le prestara su protección. 

Frai Juan Pérez era un fraile instruido, versado en la 
jeografía i que mostraba un vivo interés por las e&pedicio- 
nes lejanas que entonces acometian los marinos de Palos. 
La conversación que tuvo con Colon le reveló la grandeza 
de su pensamiento, i sintió nacer en su corazón una simpa- 
tía profunda por el desgraciado estranjero. Colon iba a 
liuelva, a buscar a un oscuro vecino apellidado Muliar que 
se habia casado con una hermana de su mujer; pero la bue- 
na acojida que le hizo el prior de la Rábida lo distrajo de 
su propósito. En aquel convento permaneció algunos dias 
en constantes conferencias con el prior i con algunos mari- 
nos de Palos, cuyos informes lo fortificaron en la fe profun- 
da que ya tenia en sus proyectos. La hospitalidad de Pérez 
se convirtió en breve en una amistad viva i sincera por Co- 
lon. Lleno de entusiasmo por la empresa del estranjero, le 
dio una carta para frai Feí-nando de Talavera, confesor de 
la reina, en que le pedia que sirviese a Colon de intermedia- 
rio para entablar sus negociaciones con los reyes. Todavía 
hizo mas aquel noble i bondadoso sacerdote: dejó al niño 
en el convento para encargarse él mismo de su cuidado i de 
su educación mientras su padre seguia su viaje a la corte 
en busca «le la protección que solicitaba. **De este modo, di- 
ce un escritor moderno, en ese pacífico convento de francis- 
canos la mas grandiosa concepción de la humanidad fué 
desarrollada por el jenio i acojida por el entusiasmo'' ^'». 



i'> RüSELiA' i)K Lt)KGLrKS, Cristophc Colomh, lib. I, chnp. IV, 
toni. I, pág. 162.— El convento de la Rábida fué convertido en cuar- 
tel (le inválidos después de la supresión de las órdenes monásticas 
cu llspaña, i estaba casi arruinado cuando los duques de Mont- 
pensier levantaron, en el año de 1854- una suscripción para repa- 
rarlo. Ahora, los destrozos causados por el tiempo, i mas que todo 



PARTE SEGUNDA. — CAPITITLO II 133 



Reinaban entonces en España Fernando e Isabel, los so- 
beranos de Aragón i de Castilla que por su enlace habían 
unido las dos coronas i organizado la monarquía española. 
En el momento en que Colon se presentaba en sus estados, 
los reyes se hallaban en Córdoba i se ocupaban con grande 
actividad en llevar la guerra contra los moros de Granada. 
Colon se presentó en esa ciudad con su carta para el confe- 
sor de \a reina; pero aquí sufrió una nueva decepción: frai 
Fernando de Talavera lo trató de visionario i desatendió 
la recomendación que le presentaba. 

Su alma superior no se desalentó por esta decepción. Se 
quedó en Córdoba pintando globos i cartasjeográficas para 
ganar la vida, i cultivando relaciones con todos los hom- 
bres que podia interesar en favor de sus proyectos. Se con- 
taban entre estos, Alonso de Quintanilla, contador de la 
corona de Castilla, Antonio Geraldini, nuncio del papa, i 
su hermano Alejandro preceptor de los hijos de los reyes. 
Estos amigos lo presentaron a don Pedro González de Men- 
doza, arzobispo de Toledo i gran cardenal de España, que 
gozaba toda la confianza de Fernando e Isabel. La primera 



por el descuido de los hombres, han desaparecido: el edificio ha si- 
do techado casi de nuevo, reparada la iglesia i adornada con cua- 
dros de limitado mérito artístico, es verdad, pero que recuerdan 
los principales sucesos de la vida de Colon. Antes i después de la 
reparación, el convento de la Rál)ida era visitado por muchos via- 
jeros. Ahora hai un álbum en que escriben sus nombres algunos 
de ellos: antes lo dejaban trazado en la pared con algunas pala- 
bras de censura al pueblo español por el abandono en que dejaba 
un edificio que simboliza tantos recuerdos i tanta gloria. De esas 
inscripciones tomamos nosotros las dos siguientes: 

^'Ruinas del tiempo son: 

Mas que del tiempo del hombre." 

**De aquí un mundo nació: ¡santa memoria! 
¿I es posible que ocupe pobre espacio 
Del augusto Colon la excelsa gloria? 
En templo de zafir, de oro i topacio 
Guardara otra nación tan alta gloria." 



134 BISTO&IA DB AMÉRICA 



vez que este prelado oyó las teorías del marino jenovés, cre- 
yó encontrar opiniones impías, incompatibles con las sagra- 
das escrituras; pero después de algunas esplicaciones, cuan- 
do reconoció que una empresa cuyo fin era dilatar los lími- 
tes de los conocimientos humanos i descubrir las maravillas 
ocultas todavía de la creación, sus escrúpulos se desvane- 
cieron, i el gran cardenal lo presentó al fin a los reyes. 

Colon compareció delante de Fernando e Isabel con un 
aire modesto, pero sin embarazo. Habló con la confianza 
que enjendra en los espíritus superiores una convicción pro- 
funda, i supo interesar al monarca. Fernando comprendió 
que aquellos proyectos descansaban sobre una base cien tí- 
fica, i que podrian dar por resultado descubrimientos mas 
importantes que los que habian granjeado tanta gloria al 
Portugal; pero circunspecto i desconfiado por carácter, no 
aventuró una sola promesa hasta no oir el parecer de una 
junta de astrónomos i de jeógrafos. Frai Fernando de Ta- 
lavera fué encargado de reunir ese consejo de sabios en que 
se iban a poner en tela de juicio las opiniones i proyectos de 
Colon. 

El consejo se instaló en Salamanca (otros sostienen que 
fué en Córdoba) en un convento de dominicanos, donde Co- 
lon recibió una benévola hospitalidad. Muchos frailes i erudi- 
tos i altos dignatarios de la iglesia se habian reunido en aque- 
llaciudad. Los doctores no quisieron aceptar la discusión en 
un terreno científico. A los planes de Colon, contestaban 
con citaciones truncas de la Biblia i de los santos padres. 
Se le negó que hul)iera antípodas que marcharan con la ca- 
beza para abajo sin caer en los espacios sin límites; que la 
tierra fuese redonda; i en caso de serlo, que fuese posible 
navegar mas allá de las rejiones conocidas por ser inhabi- 
table la zona tórrida, i porque la circunsferencia del globo 
debia ser tan grande (|ue su navegación no podría hacerse 
en menos de tres años, debiendo perecer de hambre los que 
trataban de emprender tan largo viaje. Los sabios de Sala- 
manca fueron mas lejos todavía: dando por sentado que 
Colon pudiera llegar a la India, ellos pensaban que no vol- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO II 135 

Vv.T¡a a Europa porque la convexidad del globo opondría a 
sus naves una especie de montaña que no podria remontar 
ni aun con el viento mas favorable. Pero la desconfianza 
principal de aquella junta de doctores nacia de la duda que 
ellos abrigaban de que la ciencia de los siglos precedentes 
hubiera dejado por resolver el problema que ahora preten- 
día esplicar un oscuro navegante. Colon tuvo que contestar 
a estos argumentos con la autoridad délos filósofos en que 
habia encontrado la corroboración de su pensamiento i que 
apelar a la esperiencia que habia recojido en sus propias 
navegaciones. Su argumentación sirvió de muí poca cosa: 
solo uno que otro de los doctores que lo oian tomaron ín- 
teres por sus proyectos í le dispensaron su protección. De 
este número fué frai Diego de Deza, profesor de teolojía en 
Salamanca, í mas tarde arzobispo de Toledo. 

6. VuBLVB Colon a Portugal.— A pesar de estas con- 
trariedades, la situación de Colon habia cambiado conside- 
rablemente. Habiendo vuelto a Córdoba a principios de 
l+ST, se reunió a los reyes i los siguió en la campaña que 
preparaban contra Málaga, gozando de consideraciones í 
favores a que no estaba acostumbrado el pobre marino. 
Sin embargo, se demoraba mucho todavía la resolución del 
negocio que lo había llevado a España, cuando a fines de 
marzo de 1488 recibió una carta del rei don Juan de Portu- 
gal en que lo llamaba a Lisboa, "Si por ventura, decia el 
rei, tenéis algún recelo de nuestra justicia por razón de al- 
gunas cosas a que estéis obligado, Nos por ésta nuestra 
carta os damos seguridad por la venida, estadía i vuelta 
que no ¿eréis preso, retenido, acusado, citado ni demanda- 
do por ninguna causa, ya sea civil, criminal, o de cualquie- 
ra calidad'*. 

Ix)s términos afectuosos en que estaba concebida esta 
carta hicieron creer a Colon de que su viaje a Portugal iba 
a dar cima a la realización de sus proyectos. El rei le decía 
en ella que necesitaba de su industria i de su injenio, lo que 
casi significaba un llamamiento para confiarle una flotilla 
en que emprendiera su deseado viaje. Colon, en efecto, se 



13G HISTORIA DB AHÉRICA 



puso en marcha para Lisboa. Se hallaba en esta ciudad en 
diciembre de 1488 cuando llegó Bartolomé Díaz de vuelta 
de su célebre esploracion hasta la estremidad meridional 
del África; **el cual viaje, dice Colon, delineó i describió de 
legua en legua en una carta de navegación que con mis ojos 
se la vi mostrar al serenísimo rei de Portugal" ^^. Después 
de esta feliz tentativa, don Juan II no pensó mas que en 
adelantar los descubrimientos prosiguiendo la circunnave- 
gación de aquel continente. 

Colon vio de nuevo desvanecidas sus esperanzas en Por- 
tugal. Las atenciones que le dispensaba el rei don Juan no 
bastaron a detenerlo mucho tiempo mas, 

7. Negociaciones de Colon con la corte de España. — 
Las negociaciones del célebre marino con los monarcas es- 
pañoles estaban pendientes todavía, i talvez la guerra con 
los moros de Granada era la única causa que retardaba la 
realización de sus proyectos. Colon volvió a Córdoba a 
principios del año siguiente. En esta ciudad habia fijado su 
residencia, i en ella mantenía relaciones con una dama prin- 
cipal llamada Beatriz Enríquez, de que habia nacido un hijo 
que estaba destinado a ser su historiador i^. Allí aguardó 
el arribo de los reyes, que cada primavera pasaban por Cór- 
doba para activar las operaciones militares contra los de- 
fensores de Granada. Se ha creido que Colon pasó en las an- 
tesalas de palacio los años que empleó en sus fatigosas pre- 
tensiones; pero al contrario se o:upó en aventuras milita- 



i<i Este viaje ha sido desconocido a todos los historiadores de 
Cristóf)al Colon; pero en una nota marjinal escrita en latin de su 
puño i letra en el ejemplar del Ima^omundi de Pedro de Ailly de su 
propiedad, que se conserva en la biblioteca colombina de Sevilla, 
dice él mismo que se hallaba en Lisboa cuando llegó Bartolomé 
Díaz i que lo vio presentar al rei la carta de su viaje. Véase Yarn- 
HAGES, La verdadera Guanahani, páj. 109. 

n RosRLLY DE LoRGUKS, Christophe Colomby introduc. se ha 
empeñado inútilmente en probar que el marino jenovés se casó en 
segundas nupcias con Beatriz Enríquez, i que por lo tanto don Fer- 
nando Colon, que escribió la historia de su padre, era su hijo lejí- 
timo. 



PARTE SKXllNDA. — CAPÍTULO 11 137 

res i se halló en las mas importantes situaciones de aquella 
áspera guerra de montañas. En este tiempo, es verdad, es- 
perimentó las motas de los ignorantes que lo llamaban loco 
i aventurero indijente. 

Cuando la campaña contra los moros daba algún inter- 
valo de descanso, Colon reanimaba las interrumpidas ne- 
gociaciones con los reyes; pero luego volvia la ajitacion i 
la tempestad a distraer su espíritu i a interrumpir las confe- 
rencias. En febrero de 1490, Fernando e Isabel hicieron 
su entrada en Sevilla, a fín de disponer desde allí los últi- 
mos aprestos para poner sitio a la ciudad de Granada; i 
cuando estaban próximos a marcharse para dirijir en per- 
sona las operaciones, llegó a sus manos la resolución del 
consejo de Salamanca. Los doctores habian discutido lar- 
gamente las teorías de Colon, i después de muchas confe- 
rencias celebradas en un espacio de mas de dos años, habian 
resuelto que el proyecto era quimérico e irrealizable i que 
no convenia comprometerse en una empresa de este jénero 
con tan débiles fundamentos como los que se habian pre- 
sentado. Frai Fernando de Talavera fué encargado de ce 
municar a Colon esta decisión. 

El marino jenovés se hallaba entonces en Córdoba. Su 
constancia estuvo a punto de doblegarse ante tan dura 
prueba; pero halló todavía fuerzas en su corazón i se enca- 
minó a Sevilla para hablar personalmente con los reyes. De 
su boca recojió sólo la misma negativa, endulzada con la 
promesa de que tal vez mas tarde se volveria a pensaren 
sus proyectos. Cuando Colon salió del alcázar de Sevilla, 
en que habitaban los reyes, atravesó un pasadizo en cuyas 
paredes habia un busto de la vírjen. La tradición refiere 
que el futuro descubridor del nuevo mundo se dejó caer de 
rodillas ante la imájen de la santa madre de Dios para pe- 
dirle con las lágrimas en los ojos que iluminara laintelijen- 
cia de los hombres para que pudieran comprender sus pro- 
yectos. 

Desde ese dia Colon sé dirijió a algunos señores castella- 
nos para obtener de ellos la protección que le negaban los 



13*) HISTORIA DB AMÉRIOA 



reyes. Entre los grandes había algunos que por la estension 
desús posesiones i sus prerrogativas feudales eran mas bien 
pequeños soberanos que simples vasallos. Dos de éstos, el 
duquedeMedina-Celi iel de Medina-Sidonia oyeron sus pro- 
posiciones, i aun el primero estuvo a punto de prestarle la 
protección que pedia; pero sea que no tuviera fe en las teo- 
rías de Colon o que temiera desagradar a los reyes, rehusó 
favorecer su empresa i se contentó con ofrecerle el apoyo 
de su influjo. 

Pero Colon no se hallaba con ánimo para recomenzar sus 
afanes y solicitudes. Se sentia viejo, i sus planes sin embar- 
go no habian adelantado nada desde que dieciocho años 
antes los habia concebido. Desde tiempo atrás, uno de sus 
hermanos, Bartolomé Colon, habia marchado a Inglaterra 
a ofrecer a Enrique VII, los servicios de Cristóbal para em- 
prender un viaje de esp! oración en el occidente. El mismo, 
desesperado de alcanzar la protección que pedia, se puso en 
marcha para el convento de la Rábida con el propósito de 
sacar a su hijo mayor para dejarlo en Córdoba, i en segui- 
da pasar a Francia a hacer sus proposiciones a Carlos 
VIH, rei joven i entusiasta, que poco antes le habia escrito 
una carta alentándolo para proseguiren la iniciada empre- 
sa. Cuando frai Juan Pérez vio llegar a su protejido en la 
misma situación que seis años atrás, i cuando supo que 
desesperado por el mal éxito de sus esfuerzos quería aban- 
donar la España, se sintió dominado por un profundo 
pesar. Deseando impedir su viaje, pidió a Colon que demo- 
rara su partida i que le permitiera hacer una nueva tentati- 
va. Inmediatamente escribió una carta a la reina interpo- 
niendo para con ella el valimiento que le daba el haber sido 
antes su confesor. Colon no pudo negarse a la solicitud del 
mas noble de sus amigos i del mas jeneroso de sus protec- 
tores. 

Esta vez parocia que el empeño del prior de la Rábida no 
iba a ser infructuoso. La reina contestó su carta, dicién- 
dole que pasara inmediatamente a la corte. El prior se pre- 
sentó en el campamento de Santa Fe, donde los reyes esta- 



PARTE 8B6UNOA. — CAPÍTULO II 139 

ban ocupados en activar el sitio de Granada. En presencia 
de la reina defendió el proyecto de su amigo con tanta elo- 
cuencia i con tanto entusiasmo, que Isabel, cuyo carácter 
era ardiente i decidido, se sintió penetrada de la mismacon- 
viccion que su antiguo confesor e impresionada en favor de 
la empresa de Colon. En el momento le pidió que llamara 
a éste a la corte; i recordando la pobreza de sus vestidos i 
la miseria que habia sufrido, dispuso que se le enviaran 
veinte mil maravedises. Colon cambió su modesto vestido 
por un traje mas decente, compró una muía i marchó para 
el campo de los reyes católicos situado en frente de Gra- 
nada. 

Cuando se presentó en la corte, fué hospedado en casa 
del contador Alonso de Quintanilla. Llegó a tiempo de 
presenciar la rendición de Granada (2 de enero de 1492) i 
pudo tomar parte en las fiestas con que se celebraba este 
grande triunfo. Esas celebraciones tenian para Colon un 
doble motivo de regocijo, puesto que junto con la ruina del 
poder musulmán en la península ibérica veia que era llega- 
do el momento propicio para que los reyes le cumplieran su 
promesa. En efecto, antes de muchos dias fueron nombra- 
dos los comisarios para entrar en negociaciones, i en el nú- 
mero de ellos se encontraba frai Fernando de Talayera, 
que acababa de ser nombrado arzobispo de Granada. En- 
tonces no se trató de las teorías científicas de Colon sino 
sólo de las bases de un tratado en que se estipulaban los 
títulos i privilejios que debian concedérsele si realizaba sus 
proyectos. Los comisarios creyeron que las pretensiones 
de Colon eran cxajeradas cuando pedia los títulos de almi- 
rante i virrei de los paises que descubriese i la décima parte 
de sus beneficios. De ahí surjieron irritantes altercados de 
que resultó la ruptura de la negociación. 

Entonces perdió Colon todas sus esperanzas i no pensó 
mas que en pasar a Francia. Parecía que- un poder miste- 
rioso contrariaba su suerte en los momentos en que se creía 
próximo a recojer el fruto de tantas fatigas, afanes i con- 
tradicciones. A principios de febrero de 1492, Coloii partió 



140 HISTORIA OB AMÉRICA 



de Santa Fe: pero al saber esta noticia, las pocas personas 
que se habian interesado por él i por sus proyectos, resol- 
vieron impedir su marcha. Luis de Santánjel, receptor de 
las rentas eclesiásticas de Aragón, i Alonso de Quintanilla 
se presentaron a la reina. El peligro que corria la grande 
empresa del marino jenovés les dio audacia i elocuencia. 
No se limitaron a súplicas, sino que llegaron a reconvenir 
a la reina por la terquedad con que sus comisarios se ha- 
bian negado a conceder a Colon lo que pedia. La grande 
alma de Isabel se sintió conmovida; i como el rei vacilara 
ante la idea de los gastos que la empresa iba a orijinar, su 
esposa esclamó: **Yo la acepto por la corona de Castilla, 
aun cuando fuese necesario empeñar mis joyas para sufra- 
gar sus gastos." Inmediatamente partió un correo en bus- 
ca de Colon, que se hallaba ya a diez leguas de Granada. 
La reina lo recibió con una jenerosa bondad, capaz de ha- 
cerle olvidar sus pasados dolores, i ordenó que su secreta- 
rio Juan de Coloma estendiese las capitulaciones. 

Según ellas. Colon debía tener para sí i sus sucesores el 
título de almirante de todas las islas i tierras que descu- 
briese, así como su gobierno con el cargo de virrei, i la dé- 
cima parte de sus productos. Estipuló, ademas, que él sería 
el único juez de todos los asuntos contenciosos que pudie* 
ran nacer sobre materias comerciales entre la España i los 
paises que descubriese. Los reyes aceptaron el tratado i lo 
firmaron en Granada el 17 de abril de 1492. Por una carta 
de privilejio concedieron ademas a Colon el título de don, 
reservado esclusivamente a los personajes de alta cate- 
goría. 

Tan profunda era la fe que Colon tenia en su proyecto, 
i era tanta su piedad cristiana que en sus negociaciones con 
los reyes hablaba de las riquezas que iban a producirle sus 
descubrimientos i las destinaba a la conquista de Jerusalen 
i rescate del Santo Sepulcro. Hasta los últimos años de su 
vida estuvo Colon halagado con este pensamiento. 

Salida de la espedicion descuhridoka.— Al fin, Colon 
veia acercarse el término de sus angustias. En esos momeu- 



PAUTE SROrXDA. — CAPItT^LO II 141 



tos desplegó una grande actividad para organizar los 
aprestos de la espedicion, i la reina ayudó a la obra con las 
medidas mas prontas i enérjicas. Mandó que se permitiese 
estraer de Sevilla i su provincia, libres de derechos, las vi- 
tuallas, armas i demás pertrechos necesarios. El puerto de 
Palos estaba obligado a suministrar cada año dos naves a 
la corona de Castilla. La reina dispuso que se entregaran a 
Colon esas dos naves: i mandó ademas que se le suminis* 
trase los recursos pecuniarios para facilitar el equipo de 
otra. El 12 de mayo se despidió Colon de la corte contento 
i reconocido. La reina acababa de disponer que sus dos hi- 
jos quedasen en Córdoba, atendiendo ella a su subsistencia 
i educación. 

Colon se presentó en Pillos con los despachos reales. Hi- 
zo publicarlos en el puerto para reclutar lajéate. La reina 
ofrecia pagar a los marineros el mismo sueldo que se les 
daba en los navios de guerra, i adelantarles el salario de 
cuatro meses. Pero por lisonjeras que fuesen estas prome- 
í^as, los marinos del puerto se resistían a enrolarse para 
una espedicion que todos creian sembrada de peligros, i de 
la cual pocos esperaban un próspero resultado. Fué nece* 
sario que la reina dictase nuevos decretos en que autoriza- 
ba a los majistrados de las costas de Andalucía para que 
reunieran marineros aun cuando fuese preciso arrancarlos 
por la fuerza de cualquiera nave que llevase la bandera es- 
pañola. Un oficial de la casa real llamado Juan de Peñaloza 
fué encargado de hacer cumplir estas órdenes. 

Bl entusiasta i bondadoso prior del convento de la Rá- 
bida tomaba parte en todos estos aprestos. Comunicaba a 
unos su convicción en favor de los proyectos del marino je- 
novés, exhortaba a otros en nombre de la relijion i de la 
reina para que apoyasen una empresa que iba a dilatar los 
dominios de España i del cristianismo, i alentaba a todos 
con su ardor i entusiasmo. Dos ricos armadores de Palos» 
Martin Alonso Pinzón i su hermano Vicente Yáñez Pinzón, 
con quienes el prior mantenía relaciones de amistad, die- 
ron el ejemplo. Suplieron una parte de los gastos, atraje- 



142 HISTORIA DB AMÉRICA 



ron a muchos de sus parientes i amigos, i aceleraron el ar- 
mamento de las naves. A fines de julio, las tres carabelas 
estaban listas. Colon arboló su pabellón en la Santa Ala- 
ría, que era la mayor de ellas i la única que tenia cubierta. 
Martin Alonso Pinzón se embarcó en la segunda llamada 
la Pinta, i su hermano Vicente fué reconocido por capitán 
de la tercera nombrada la Niña. Esta frájil escuadrilla te- 
nia sólo noventa marineros para su servicio, i algunos em- 
pleados de la corona. Rodrigo Sánchez de Segovia era su 
inspector jeneral, Diego de Arana su aguacil mayor, i Ro- 
drigo de Escobar su escribano, encargado de estender los 
tratados que se hiciesen con los reyes de las rejiones que 
Colon iba a esplorar, i para los cuales llevaba cartas espe- 
ciales de los monarcas españoles. El total de la jente em- 
barcada en las tres carabelas se elevaba a ciento veinte 
hombres. 

Todo quedó dispuesto para la partida de la escuadrilla. 
Colon se confesó i comulgó antes de embarcarse, i a su 
ejemplo hicieron lo mismo los demás marinos. Al amanecer 
del viernes 3 de agosto de 1492, Colon se dirijió a la ribera 
acompañado por frai Juan Pérez i otros relijiosos de su 
convento. Se despidió de ellos i de su hijo, recibió la bendi- 
ción de su amigo i protector, i se embarcó. El pueblo veía 
desde la playa con un profundo sentimiento en el coraion i 
con las lágrimas en los ojos, la partida de una espedicion 
de que sólo esperaba desgracias para los que tomaban par- 
te en ella. *'Era ésta, dice Lamartine, una comitiva de due- 
lo mas que una salutación de feliz viaje, en que habia mas 
tristeza que esperanza, mas lágrimas que aclamaciones''^^. 

i« La historia de Colon ha sido objeto de los mas cuidados es- 
tudios i de la mas prolija investigación. Para formar este capítu- 
lo hemos consultado las mejores obras que se han escrito sobre el 
particular, que hemos citado al pié de estas pajinas, i en las cuales 
se encontrarán los pormenores que no hemos podido hacer entrar 
en un libro de la naturaleza del presente. 



CAPÍTULO III 



Descubrimiento del Naevo-.nando: primeros viajes 

de Colon 



(1492-14.96) 

1. Primer viaje de Cristóbal Colon.— 2. Descubrimiento del Nue- 
vo Mundo.— 3. Vuelta de Colon.— 4. El Papá deslinda las po- 
sesiones ultramarinas de los españoles i de los portugueses 

5. Segundo viaje de Colon.— 6. Fundación de la primera ciu- 
dad; esploracion de la Española.— 7. Nuevos descubrimientos; 

Jamaica 8. Primera guerra con los indíjenas.— 9. Vuelta de 

Colon a España. 

1. Primer yiajk de Cristóhal Colon.— Al emprender 
8u viaje, Cristóbal Colon no llevaba mas guia que su pro- 
pio jenio. Habíase provisto de todos los instrumentos náu- 
ticos conocidos hasta entonces i de una carta del océano 
levantada según las indicaciones del físico i astrónomo 
Toscanelli. Esos instrumentos eran una brújula para fijar 
su rumbo i un astrolabio para observar la altura del polo 
i de los astros. La carta no indicaba mas que un vasto 
océano en cuya estreniidad aparecían las costas orientales 
del Asia dibujadas por las vagas noticias de los viajeros. 

Colon, sin embargo, se habia embarcado contento con 
un guia tan incierto. Temía sólo que los marineros, dudan- 
do del éxito del viaje, rehusasen acompañarlo mas adelan- 



144 HISTORIA DB AMÉRICA 



te. El tercer dia de r.avegacion, el timón de la Pinta se 
rompió. Mientras Colon atribuía este accidente a la mala 
voluntad de alguno de los marinos, las tripulaciones vie- 
ron ert él un pronóstico del mal resultado de la espedicion. 
Sus naves que no estaban preparadas para largos viajes, 
sufrieron algunos quebrantos, i fué necesario tocar en las 
islas Canarias para reparar el daño. La escuadrilla se de- 
tuvo allí mas de tres semanas. Durante este tiempo, los 
marineros creyeron notar otro signo de mal agüero en los 
torrentes de llamas que vomitaba el volcan de Tenerife. 
Fué necesario que Colon disipara su miedo espHcándoles 
las causas naturales de este jénero de fenómenos, tales 
como se comprendian en su época. 

La escuadrilla salió al fin de la isla Gomera el 9 de se- 
tiembre, después de hal>er refrescado sus provisiones. Co- 
lon dirijió entonces su rumbo al oeste i se arrojY) en el mar 
desconocido. Desde que se perdió de vista la tierra, los ma- 
rineros empezaron a manifestar su arrepentimiento. Con el 
objeto de ocultarles una parte del camino que andaban, 
Colon hacia dos apuntes de la navegación, uno exacto que 
guardaba para sí, i otro intencionalmente equivocado en 
que señalaba una distancia menor que la que habian reco- 
rrido cada dia. Este era el único que podian consultar los 
marineros. 

El temor de las tripulaciones no se calmó con esto. El 
11 de setiembre se vio flotar sobre las olas un mástil des- 
trozado, resto de algún naufrajio. Los navegantes creyeron 
que aquel era un aviso del cielo que les indicaba que debian 
volver atrás. Dos dias después, Colon mismo se sintió asal- 
tado por el temor. La brújula habia cambiado de dirección. 
En lugar de permanecer invariablemente dirijida hacíala 
estrella polar, la aguja se inclinó de repente hacia el nor- 
oeste; i esta variación aumentó en los dias siguientes. Una 
profunda consternación se apoderó de las tripulaciones 
cuando percibieron este fenómeno. Para calmarlos. Colon 
les dijo que la aguja iumantada no se dirijía a la estrella 
polar sino a un punto fijo e invisible, i que por consiguiente 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO III 145 



la variación no pro venia de defecto de la brújula sino del 
movimento de la misma estrella polar que, como todos los 
astros, describia cada dia un círculo. Talvez Colon creia 
en esta esplicacion de un fenómeno cuya causa no ha podi- 
do ser conocida hasta ahora. Los marineros, dominados 
por el prestijio de la ciencia de su jefe, aceptaron esta es 
plicacion. 

Las naves proseguían el viaje con la proa hacia el ponien- 
te. En breve encontraron los vientos que soplan constante- 
mente de este a oeste entre los trópicos i bajo algunos gra- 
dos de latitud fuera de ellos. Estos vientos siempre fijos, las 
impclian con una rapidez tan sostenida que mui rara vez 
fue necesario mudar alguna vela. De repente, el mar se cu- 
brió de tal cantidad de yerbas que parecia una vasta pra- 
dera, i aun en algunos puntos era tal su abundancia que 
embarazaba la marcha de la escuadrilla. Este fenómeno, 
perfectamente conocido ahora con el nombre Aíar de Sarga- 
so i cuyas causas esplica la jeografía física, era nuevo para 
los navegantes de esa época. A su vista renacieron las al.-ir- 
raas e inquietudes en las tripulaciones. Los marineros creian 
quehabian llegado a los límites del océano navegable, i que 
esas yerbas ocultaban escollos peligrosos o una grande es- 
tension de tierras sumerjidas. Colon, por el contrario, les 
demostró que la abundancia de vejetacion sólo significaba 
la inmediación de alguna tierra. Una fuerte brisa vino a 
deshacer esos enjambres de yerbas; i al mismo tiempo se 
vieron manadas de aves que revoleteaban al rededor de los 
baques i que se dirijian en seguida hacia el oeste. Los mas 
tímidos cobraron aliento i concibieron alguna esperanza. 

Sin embargo, la navegación se prolongaba, i el descon . 
tentó de los'marineros se aumentaba cada dia. Creian que 
después de haber avanzado tanto por un camino cuyo tér- 
mino les era desconocido, habian cumplido ya con su del:)er 
idebian pensar en la vuelta antes que el mal estado de las 
naves la hiciera imposible. En su desesperación creyeron 
que estaban autorizados para obligar a Colon a darla 
vuelta a España, o para arrojarlo al mar en caso que se 

TOMO I 10 



14f) HI8TOBIA DB AMÉRICA 



obstinase en su negativa. Los marineros pensaban que la 
muerte de un oscuro aventurero no exitaría ni interés ni 
curiosidad. 

Colon coboció el peligro de su situación. Conservó, sin 
embargo, toda su presencia de ánimo, i fínjió ignorar el 
complot. En medio de la natural inquietud de su espíritu, 
manifestó siempre un semblante alegre i aparentó la satis* 
facción de un hombre que ha conseguido el resultado que 
deseaba. Calmó la irritación de los ánimos con promesas! 
amenazas e hizo renacer en el corazón de sus subalternos 
las esperanzas ya casi desvanecidas. 

A medida que avanzaban, las apariencias de la proximi- 
dad de tierra parecian mas seguras. Cada dia eran mas nu- 
merosas las bandadas de aves que se veian dirijir su vuelo 
hacia el suroeste. Martin Alonso Pinzón no tuvo confianza 
en el rumbo seguido hasta entonces; i pidió a Colon que di- 
rijiese sus naves hacia el punto a donde parecian ir las nu- 
bes de pájaros, haciéndole presente que los portugueses ha- , 
bian seguido esos guias en sus descubrimientos. '*E1 vuelo 
de esas aves, decia el Capitán, es una inspiración que me 
alumbra i me muestra el camino que debemos seguir." Colon 
adoptó este consejo; i en su virtud inclinó la escuadrilla un 
poco al sur. **Jamas, dice Humboldt, el vuelo de las aves 
tuvo ma^'^ores consecuencias'* ^ Sin esta desviación, loses- 
pañoles habrian llegado a la Florida i habrían fundado sus 
primeras colonias en aquella parte del continente. 

2. Descubrimiento del Nuevo Mundo.— Al terminarel 
primer mes de navegación, todos los signos do tierra pró- 
xima se hicieron mas frecuentes. Los marinos encontraban 
bandadas de gaviotas i de unas avecillas pequeñas que se 
alejan poco de las costa. Se veian flotar sobre las aguas 
algunas yerbas de tierra, i la sonda tocaba fondo. 

Sin embargo, las tripulaciones miraban esos signos con 
una muda indiferencia, cuando no con rabia i desesperación. 
El 11 de octubre se vio un junco verde cerca de la carabela 



1 Cosmos, tom. II, páy 319 



PARTB SBOUNDil. CAPÍTULO lU 147 

Santa María; los marineros de \a Pinta divisaron una caña, 
una tabla i un madero labrado: la tripulación de la Niña- 
sacó una rama de árbol con frutitas rojas perfectamente 
frescas. Las nubes que rodeaban el sol tomaban un distinto 
aspecto» i el aire mismo era mas suave i caliente. Bstas se- 
ñales hicieron renacer la alegría. Colon cambió el rumbo al 
oeste, i en la tarde reunió en su nave a todos los pilotos 
para cantar la Salve. Recomendóles que arrollaran el vela- 
men después de la media noche porque era probable que 
antes de amanecer divisaran la tierra, i les mandó que per- 
manecieran en vela. Un grande entusiasmo habia sucedido 
al abatimiento jeneral. Colon se plantó en el castillo de 
proa pata observar el sombrío horizonte. 

A las diez de la noche creyó distinguir a lo lejos un punto 
luminoso. Temiendo que lo engañase el ardor de sus deseos, 
llamó a dos marinos, i les preguntó si veian una luz en la 
dirección que les indicaba. Su contestación fué afirmativa: 
ellos veian con ciertos intervalos pasar i repasar por el ho- 
rizonte una especie de antorcha que al parecer alumbraba 
una chalupa de pescadores. Pocas horas mas tarde se oyó 
gritar ¡tierra! ¡tierra! a la jente de la Pinta, que como mas 
relera abría la marcha. El primero que la habia percibido 
era un marinero llamado Rodrigo Berguemo, natural de 
Triana, arrabal de la ciudad de Sevilla. 

Martin Alonso Pinzón mandó disparar un cañonazo 
para anunciar a la escuadrilla tan feliz noticia. Al lado del 
aorte, i como a una distancia de dos leguas, se distinguían 
m medio de la oscuridad de la noche las ondulaciones de 
una costa vecina. Al amanecer del viernes 12 de octubre de 
1492 se vio claramente una isla llana, cubierta de bosques 
regada por muchos arroyos. Los marineros de la Pinta 
ntonaron un Te Deum para dar gracias a Dios, i las tripu-. 
iciones de las otras naves unieron sus cánticos. Colon 
landó adelantar su escuadrilla e hizo echar el unclri a una 
gaa de tierra. Inmediatamente se vio la ribera cubrirse 
: hombres desn;adosque querían presenciar un espectáculo 
n ntiévo para ellos. Colon, vestido con sa mas rico traje 



148 HISTORIA DB AMÉRICA 



i llevando en la mano el estandarte real, bajó a tierra en 
tina chalupa acompañado de los otros dos capitanes i se- 
guido de una numerosa comitiva. Todos besaron la tierra 
al desembarcar. Alzaron un crucifijo, i doblando la rodilla 
delante de él, dieron gracias a Dios por el feliz éxito de su 
viaje. En seguida, tomaron posesión del pais a nombre de 
la corona de Castilla i con todas las formalidades que ob- 
servaban los portugueses en sus descubrimientos. 

Los naturales, entre tanto, se mantenian a una distancia 
respetuosa; pero pronto se familiarizaron con los españoles, 
i se acercaron a tocarles sus vestidos, sus barbas i sus ar- 
mas, que eran para ellos objetos de la mas viva curiosidad. 
Colon les distribuyó bonetes de color, cuentas de vidrio i 
otras bagatelas porque manifestaban mucha estimación; i 
ellos correspondieron a sus obsequios con algunas frutas i 
algodón hilado, que era lo único que podian ofrecer. 

Los naturales llamaban Guanahani la isla en que acaba- 
ban de desembarcar los europeos. Colon le dio el nombre 
de San Salvador. Hoi no se puede fijar con seguridad cuál 
sea esta isla, pero sí se sabe que es una de las que forman el 
archipiélago de las Lucayas '^. 

El dia siguiente desembarcaron de nuevo los españoles i 
recorrieron la isla en todas direcciones. Quedaron admira- 



- Una de las opiniones mas probables es laque concede este ha* 
ñor a la Mayaguana. Los jeógrafos e historiadores del nuevo mun- 
do han discutido largamente sobre cuál de las islas de los archipic* 
lagos de las Antillas fué la primera que visitó Colon. Existen a cst^ 
respecto cuatro opiniones principales basadas todas ellas sobre laá 
noticias contenidas en el diario de Colon que ha llegado hasta no- 
sotros por un estracto que de él hizo el obispo Las-Casas. No eS 
éste el lugar de discutir estas opiniones; pero después de haberlas 
estudiado con alguna detención, damos la preferencia a la emitida 
por don F. A. de Varnhagen en un interesante opúsculo denomina 
do La Guanahani de Colon^ i ajustamos nuestra relación al derro 
tero trazado por este autor. Según el señor Varnhagen, los fuego 
vistos por Colon la noche anterior al descubrimiento eran de la 
islas de los Caicos, que están situadas un poco al oriente de Mays 
guana. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO 111 140 

dos de la fertilidad de su suelo, pero noencontraron señales 
de cultivo, ni las riquezas que Colon se prometia hallar. 
Pensando siempre que habia llegado a las rejiones orienta- 
es del Asia, el jefe de la espedicion creyó que adelantando 
ms reconocimientos hacia el occidente descubriria pueblos 
ñas civilizados i mas ricos. 

Desde el 14 hasta el 24 de octubre descubrió diversas 
islas al occidente de aquella isla. Visitó la de Acklin, que 
denominó Concepción, la Crocked, que llamó Isabela, i en 
seguida una angosta i larga faja de tierra denominada aho- 
ra Long-Island, que circunnavegó para reconocer si era la 
estremidad de un continente, i le dio el nombre de Fernan- 
dina. En todas partes los cnstellanos encontraron habitan- 
tes mas o menos bárbaros que los recibiancon igual sorpre- 
sa, pero que al fin se mostraban afables i afectuosos. En 
esasisias vieron que los naturales usaban en sus adornos 
algún: s planchitas de oro; i como les preguntaran de dónde 
sacaban ese metal, todos ellos señalaban el sur. Colon re- 
solvió dirijir su rumbo hacia esa parte; i en efecto el 28 de 
octubre tocó en la isla de Cuba, que denominó Juana en ho- 
nor del príncipe heredero de la corona española. La tierra 
aquehabia abordado (sin duda el puerto de Jibara), era 
desigual, cubierta de colinas i de montañas, de rios, bosques 
¡llanuras, todo lo que hizo creer a Colon que habia llegado 
al continente, i que ese territorio formaba parte del Asia. 
Las primeras esploraciones que mandó hacer en el interior, 
lo confirmaron en esta convicción. Sus enviados encontra- 
ron pueblos mas civilizados c|ue en las otras islas que vivían 
en unas especies de aldeas hasta de mil almas i que cultiva- 
ban la tierra para procurarse algunos alimentos. Entonces, 
por primera vez, conocieron los europeos el maiz,cuyo gra- 
no suplia en el nuevo mundo la falta del trigo. En cambio, 
los españoles encontraron poquísimo oro; pero por las señas 
délos naturales, supieron c^ue en una isla grande que ha- 
bia al occidente de Cuba se hallaba en mayor abundancia. 
2olon siguió su viaje sin alejarse mucho de la costa, i aun 
ocando en algunos de sus puertos para reconocer el pais. 



150 HISTORIA DB AMRRIGA 

Martín Alonso Pinzón, que mandaba la PintHj queriend 
tomar posesión antes que nadie de los tesoron de la isla ii 
dicada se separó de la escuadrilla despreciando las señaU 
que Colon le hacia para que se reuniese a las otras nave 

Esta deserción cambió los planes del jefe espedicionaric 
Queriendo dar tiempo a que la Pinta pudiera reunirse!» 
Colon avanzó lentamente por aquella costa, i sólo el 5 d 
Diciembre avistó la isla de Haití, a que dio el nombre d 
Española. Reconoció una parte de la costa setentrional d 
esta isla, i entróen tratoscon los naturales. Tenian, en efe< 
to, mas oro que los pobladores de las otras islas, i se apn 
suraban a cambiarlo por cascabeles, avalónos i alfileres 
Por ellos supo Colon que el oro que tenian los isleños s 
hallaba en abundancia en un pais montañoso llamado Ci 
bao i situado un poco mas al este. Inmediatamente qu¡S( 
adelantar los reconocimientos por esa parte de la isla, i fu 
en efecto a fondear a una ensenada a que dio el nombre d 
Santo Tomas. 

Pistaba esta rejion de la isla sujeta a la autoridad de ui 
poderoso jefe llamado Guacanagari, a quien sus vasallo 
daban el título de cacique ^. Los primeros españoles qu 



3 El nombre de cacique sólo lo usaban los señores de alguna 
de las islas. Colon supo en Haití que al reí llamaban cacique (La 
Casas, Hist,, t. I, p. 382) Los españoles lo estendieron mas tard 
en toda la América para designar a los jefes de las tril)us indíje 
ñas. Igual cosa ha sucedido con la palabra ma/z, con que era ce 
nocido en las Antillas el grano designado ahora con este nombn 
Los españoles estendieron en toda la América el uso de esta pah 
bra, como el de otra ( i^uazabara), que significa combate; i la ve 
hurtcan con que esos isleños designaban las grandes tempestad* 
i que luego se jeneralizó en nuestra lengua como en otras de E\ 
ropa. 

Debemos agregar que "desde el primer viaje de Colon se con< 
cieron en España voces del Nuevo Mundo, como canoa, que puec 
decirse la primojénita de ellas, pues que Nebrija le dio cabida < 
su diccionario castellano, que se impriniióen 1493'* (^ukkvo, Apu, 
tacioncs críticas sobre el lem^uaíe bo^otano^ 5.* ed. París, 190 
páj. G37. 



PARTB 8BGUNDA. -CAPÍTULO HI 151 

desembarcaron en aquella isla hicieron a Colon una pintu- 
ra taa lisonjera del paia i de sus habitantes que iiimedia- 
-tamente se puso en viaje para otro punto de la costa en que 
podia celebrar una entrevista con el cacique. En la noche 
del 24 de diciembre, la Santa María, arrastrada por una 
corriente, chocó contra un escollo, se abrió cerca de la qui- 
lla i fué inundada por el agua con tanta rapidez que su 
pérdida se hizo inevitable. En esos momentos de jeneral 
conflicto, Colon conservó su sangre fria i aun dictó las me- 
dilas que parecían necesarias para salvar la nave. Todo fué 
inútil. Felizmente la calma del mar i el socorro de las cha- 
lupas de la Niña que llegaron oportunamente, impidieron 
que alguien pereciese. Tan luego como los isleños advirtie- 
ron esta desgracia, corrieron en tropel a la ribera con Gua- 
canagari a su cabeza; i en lugar de aprovecharse de la si- 
tuación de los españoles para deshacerse de ellos, se em- 
barcaron en gran número de canoas i les ayudaron a salvar 
todo lo que pudo sacarse de la embarcación. Al dia siguien- 
te, el mismo cacique pasó a bordo de la Niña para consolar 
a Colon de su pérdida i para ofrecerle los auxilios que pu- 
diera suministrarle. 

La situación de Colon habia llegado a hacerse muí difícil. 
Su escuadrilla se hallaba reducida a una sola nave. Era de 
temerse que Pinzón se hubiese adelantado para llevar a 
España la noticia de sus descubrimientos i reclamar para 
él los premios acordados por la corona. El almirante pensó 
en dejar en aquella isla una parte de sus compañeros, i dar 
la vuelta a Europa con el resto, aunque la tiave que le que- 
daba era la peor i la mas estropeada de su escuadrilla. Este 
plan fué aceptado por sus subalternos, esperanzados tai- 
vez en recojer las grandes riquezas que encerraba aquella 
isla. Guacanagari mismo aplaudió este pensamiento cre- 
yendo hallar en los españoles poderosos ausiliares contra 
los caribes, naturales de las islas vecinas, que hácian fre- 
cuentes ¡nvasií)nes en sus dominios, sembrando en ellos la 
consternación i el espanto. Colon construyó un fortin, hizo 
abrir un foso profundo i levantar parapetos guarnecidos 



152 HISTORIA Dü AMÉRICA 



de palizadas en que fueron colocados los cañones salvados 
del naufrajio. En diez dias la obra quedó terminada pacías 
al ardor que en los trabajos desplegaron los indíjenas. 
Aquella fortaleza recibió el nombre de Navidad: cuarenta 
españoles a las órdenes de Diego de Arana, formaban su 
guarnición. 

En estas esploraciones, Colon observaba atentamente 
cuanto veia. **Entre los rasgos característicos del célebre 
navegante, merecen sobre todo señalarse la penetración i 
seguridad con que abraza i combina los fenómenos del 
mundo esterior. Observa prolijamente la configuración de 
los paises, la fisonomía de las formas vejetales, las costum- 
bres de los animales, la distribución del calor i las varia- 
ciones del magnetismo terrestre. Obstinándose en descubrir 
las producciones de la India, observaba con un cuidado 
escrupuloso las raices, los frutos i las hojas de las plantas. 
En el diario marítimo de Colon i en sus relaciones de viaje 
se encuentran establecidas todas las cuestiones hacia las 
cuales se dirijió la actividad científica en la última mitad 
del siglo XV i en toda la duración del siguiente" **. 

Antes de partir de la isla de Haití, Colon se empeñó en 
fortificar la opinión que los isleños se habian formado del 
poder i de la benevolencia de los europeos. Con este objeto, 
repitió sus obsequios i dispuso su jente en orden de batalla, 
para mostrar su organización militar i las ventajas de sus 
armas. Tomadas estas precauciones, embarcó muchos ha- 
bitantes de las islas que habian recorrido i las muestras de 
los productos naturales que podian ser objeto del comer- 
cio o exitar la curiosidad de los europeos, i se dio a la vela 
el 4 de enero de 1493. Dirijióse primero al este a fin de com- 
pletar la esploracion de aíjuella costa. En su camino encon- 
tró a la Pinta. Elc¿ipitnn Pinzón hal)ia reconocido algunas 
islas sin rumbo ni concierto, i se hallaba perdido en íicjue- 
llos mares sin sal)er a dónde dirijirse. El jefe lo recibió con 



4. Hi'MBOLT, Cosmos, toni. 11, páj. 320. 



PARTE SEGUNDA. — CAPITULO III 153 

bondad i finjió creer las escusas que el desertor daba para 
disculpar su perfidia. 

3. Vuelta de Colon.— Reunidas las dos naves, se pu- 
sieron en camino para España el 16 de enero. Colon volvia 
a Europa con la convicción profunda de que acababa de 
descubrir la estremidad oriental del Asia. Cibao, según él, 
era el Cipango (Japón) de los jeógrafos de la edad media, i 
Cuba, o Cubagan, formaba parte del continente i era el 
Catai (China), Halagado con la idea de sus descubrimien- 
tos, i favorecido por los vientos, habia hecho mas de dos 
tercios de la navegación cuando se levantó una formidable 
tempestad que separó a la Pintay i puso a la Niña en el ma- 
yor peligro. Todos los recursos que pudo inventar la espe- 
riencia de Colon, se pusieron en práctica para libertar la 
nave; pero nada podia resistir a la violencia de la tempes- 
tad; i como se hallaban todavía mui distantes de Europa, 
creyó que su pérdida era inevitable. En tan angustiosos 
momentos, i cuan Jo todo hacia creer que la noticia de sus 
descubrimientos no Ucgaria a Europa, Colon escribió en 
dos pergaminos ¡a relación abreviada de su viaje, los en- 
volvió cuidadosamente en encerados i los puso en dos to- 
neles; uno fué arrojado al mar con la esperanza de que 
algún feliz accidente salvase un depósito tan precioso. El 
otro quedó en la nave pata ser arrojado al agua en el mo- 
mento del naufrajio. 

Pero i a providencia velaba por la salvación de aquel 
puñado de aventureros que volvia a Europa a anunciar 
tan portentoso descubrimiento. El viento calmó, las olas 
se aplacaron, i el 15 de febrero se divisó tierra. Era la isla 
de Santa María, una de las que componen el archipiélago 
de las Azores. Colon sufrió allí un nuevo contratiempo: el 
gobernador portugués de la isla, creyendo servir a los inte- 
reses de su gobierno, apresó á los marineros españoles que 
habian desembarcado a cumplir un voto relijioso que hi- 
cieron en el momento del peligro; i sólo después de mu- 
chas dilijencias obtuvieron su libertad. Al partir de las 
Azores, los marinos españ /..s sufrieron una nueva tempes- 



154 HISTORIA DB AMÉRICA 



tad que destrozó las velrs de la nave i la puso a punto de 
perderse. El viento los arrojó mucho mas lejos de lo que 
pensaban; i el 3 de marzo se encontraron enfrente de las 
costas de Europa, pero no cerca de los puertos de España, 
como hubieran querido, sino a inmediaciones de la embo- 
cadura del Tajo, a donde pudieron arribar con gran difi- 
cultad. 

Colon se apresuró a escribir una carta anunciando su 
arribo a los monarcas de España, i a pedir al rei de Por- 
tugal permiso para desembarcar en Lisboa. Don Juan II lo 
recibió con particular ajorado, i supo de su boca las inci- 
dencias del viaje maravilloso que habia llevado a cabo el 
hábil marino a quien sus consejeros, pocos Antes, acusaron 
de loco. Algunos señores de la corte, con todo, no pudieron 
mirar sin envidia los descubrimientos que acababa de hacer 
Colon para la corona de Castilla, i trataron de la conve- 
niencia que resultaria al Portugal del asesinato de aquel 
glorioso huésped. El noble i caballeroso rei don Juan re- 
chazó esta proposición, i aunque pesaroso de que ese viaje 
no se hubiere hecho por cuenta de sa patria, facilitó la 
vuelta de Colon a España. 

El viernes 15 de marzo de 1493, a eso de medio dia, la 
nave de Colon entró al puerto de Palos. Sus habitantes 
creian que la escuadrilla espedicionariahabriá desaparecido 
en el océano, i habian perdido la esperanza de ver la vuelta 
de sus deudos i amigos. El arribo de la Niñít fué saludado 
por el pueblo con las mas espléndidas manifestaciones de 
entusiasmo. Se echaron a vuelo todas las campanas; i los 
raajistrados seguidos de casi todos los habitantes, fueron a 
recibir a Colon a la ribera. Su admiración subió de punto 
cuando supieron que habia descubierto dilatadas rejiones i 
cuando vieron los habitantes de acjuellos paises i las mues- 
tras de sus producciones. El regocijo del pueblo sólo era tur- 
bado por la incertidumbre en que estaba sobre la suerte de 
la Pinta; pero en la tarde de e-e mismo dia entró al puerto. 
El capitán Pinzón, que se habia separado de su jefe en me- 
dio de una tempestad, para llegar antes que él a España i 



PARTK 8BOCNOA. — CAP1TUI-0 HI 155 

comunicar la noticia del descubrimiento, se había visto obli- 
gado a recalar a un puerto de Galicia, i llegaba turbado i 
confundido al encontrar a Colon en Palos, aplaudido por 
el pueblo i aclamado por sus descubrimientos. Bn su despe- 
cho, Pinzón no quiso bajar a tierra; pero pocos dias des- 
pués desembarcó i murió, víctima de la envidia i de los re- 
mordimientos ^ . 

Los reyes de España se hallaban entonces en Barcelona. 
Al saber el arribo de Colon, le escribieron una afectuosa 
carta pidiéndole que fuera a darles cuenta de su espedicion. 
El almirante, porque este era el título con que desde enton- 
ces se le conoció, recojió en el camino los mas brillantes tes- 
timonios de la admiración pública, e hizo en Barcelona una 
entrada triunfal. Toda la ciudad salió a recibirlo. Colon 
marchaba en medio de los isleños que traia de los paises re- 
cien descubiertos, i que conservaban sus trajes nacionales. 
El oro i los demás productos de aquellas rejiones eran lle- 
vados delante de él en canastos i jarros descubiertos. Acom- 
pañado de un inmenso pueblo, llegó hasta el palacio donde 
lo esperaban Fernando e Isabel. El almirante quiso arrodi- 
llarse a sus pies, pero ellos le mandaron que se sentara en 
su presencia. Después de manifestarles su gratitud por los 
favores que habia recibido, Colon les hizo una relación de 
su viaje i de sus descubrimientos, i les presentó los indios 
que los acompañaban i los objetos preciosos que habia lle- 
vado. En seguida toda la comitiva se puso de rodillas en la 
misma sala del trono, i entonó el Te Deum. Fernando con- 
firmó a Colon todos sus privilejios; i la reina le i)ermítió 
que usara en su escudo las armas de Castilla i de León, con 
otros emblemas de sus títulos i alusivos a sus descubri- 
mientos. 

4. El papa deslinda las posbsiones ultramarinas de 
LOS españoles i de los portugueses.— La noticia de la 
vuelta de Colon se estendió rápidamente en Europa, i produjo 
en todas partes sorpresa i entusiasmo. Pedro Martyr de 



^ Muñoz, Hist. del nuevo mundo, lib. IV; páj. 150. 



lf>tí HISTORIA DE AMÉRICA 

Anglería, célebre erudito italiano que entonces residía en 
España, decia en una carta: *'Yo no dejíiria este pais por- 
que estoi a la espera de las noticias que nos llegan de las re- 
jiones recien descubiertas, i porque puedo aguardar que ha- 
ciéndome el historiador de tan grandes sucesos, podré legar 
mi nombre a la posteridad.** Los sabios se preguntaron si 
los países descubiertos por Colon eran un nuevo mundo o 
si pertenecían a algunas de las divisiones ya conocidas de 
la tierra. El almirante sostenía su primera idea, esto es que 
las tierras esploradas eran las rejiones orientales del Asia, 
denominadas Indias. Comparáronse las producciones, los 
animales i los hombres traídos por Colon con aquellos que 
los viajeros habían hallado en Asia; i la semejanza que se 
notaba entre ambos di6 lugar a que la Europa entera cre- 
yera que lo? países esplorados por Colon eran los mismos 
que algunos siglos antes habia descrito Marco Polo. Las 
rejiones recien visitadas recibieron el nombre de Indias. 
Cuando mas adelante se descubrió el error, estos países 
fueron llamados Indias occidentales^ i sus habitantes coa- 
servan hasta ahora el nombre de indios. 

De aquí surjió una nueva dificultad. En años atrás, el 
Papa habia concedido a los portugueses la propiedad í po- 
sesión de los países que descubrieran; i yendo los navegan- 
tes de cada nación en busca de las Indias, podían encon- 
trarse en sus conquistas, de donde habían de nacer infini- 
tas dificultades. Los reyes españoles recurrieron al papa 
para obtener la soberanía de sus futuras conquistas. 

Ocupaba entonces la sede pontificia Alejandro VI, espa- 
ñol de nacimiento, i ligado al reí Fernando por relaciones 
políticas. Este publicó una bula (3 de mayo de 1493) ")orla 
que concedia a los monarcas españoles '*los mismos dere- 
chos, privilejios e induljencias respecto de las rejiones nue- 
vamente halladas, que los que hablan sido concedidos a los 
portugueses para sus descubrimientos en África, bajo la 
misma condición de propagar la fe católica.*' A fin de evitar 
toda disputa entre los dos estados, el papa trazó por otra 
bula (4 de mayo de 1498) una línea de demarcación de un 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTCLO III 157 

polo a otro i a cien leguas al oeste de las islas Azores. Los 
españoles eran reconocidos como dueños de todas las tie- 
rras de infieles que conquistasen al occidente deesa línea: 
los portugueses conservaban igual derecho al oriente de 
ella. 

Se puede creer que el almirante fué consultado en estas 
negociaciones, i que según las impresiones que habia reci- 
bido en su primer viaje, Colon deseaba que la demarcación 
física se convirtiese en demarcación política. Esa línea pa- 
saba por la lonjitud en que Colon habia visto el mar cu- 
bierto de yerbas, i en que habia notado las variaciones de 
la brújula, i que según él, dividia naturalmente al globo en 
dos climas diferentes ^. 

El rei de Portugal no aceptó la división hecha por el so- 
berano pontífice, i aun pareció dispuesto a entorpecer los 
descubrimientos de los españoles. Don Juan II hubiera que- 
rido que la línea divisoria se trazara de oriente a poniente 
por el paralelo de las Canarias, i que los descubrimientos 
hechos al sur fuesen para su corona, dejando el norte libre 
a los españoles. Mientras entablaba negociaciones diplo- 
máticas con este objeto, los soberanos de Castilla i Aragón 
activaron los aprestos de una nueva espedicion descubrido- 
ra que zarpó de Cádiz en aquel mismo año. Don Juan II se 
conformó mas tarde con que se tirase la línea divisoria a 
370 leguas al occidente de las Azores. Esto fué lo que se es- 
tipuló por el tratado de Tordesillas, con fecha 7 de junio de 
1494. Ni en la bula de donación, ni en este tratado, los so- 
beranos previeron una grave dificultad: navegando con di- 
recciones opuestas al rededor del globo, los españoles i los 
portugueses debian encontrarse mas tarde en los mares de 
la India i envolverse en nuevos embarazos. 

5. Segundo viaje de Colon.— A pesar de todo el empeño 
que pusieron los reyes para disponer la segunda espedicion 
del almirante, los preparativos duraron mas de cinco me- 



6 HüMBOLDT. Htstoire de la géographtc de notiveau Continent 
tom. III, páj. 64 i s.— Id. Tableau de la naturc^ tom. I, páj. 84. 



158 HISTORIA DB AMÉRICA 



ses. En este tiempo aprestaron diecisiete naves, tres de las 
caales eran de alto bordo, i se habian reunido mil quinien- 
tas personas, entre las que se contaban algunos jentiles 
hombres que habian obtenido el permiso de establecerse en 
los paises recien descubiertos. Colon habia embarcado mu- 
chos artesanos, algunos caballos, vacas, ovejas, cabras, 
cerdos i aves, herramientas de todo jénero, semillas de 
varías especies, víveres en abundancia i los demás ob- 
jetos que se creian útiles para la fundación de una colo- 
nia. Los monarcas pusieron a su lado a frai Bernardo Boil, 
monje benedictino, con el cargo de vicario apostólico, i otros 
relijiosos encargados de propagar el cristianismo en las re- 
jiones occidentales. Parece también que frai Juan Pérez, el 
prior de la Rábida que habia protejido a Colon en su des- 
gracia, fué nombrado astrónomo de la espedicion, i que en 
este rango acompañó al almirante en su segando viaje '*. 
Iba también con él su hermano menor don Diego Colon. 

No sólo estos aprestos retardaron la salida de la espedi- 
cion. Los reyes crearon un consejo especial para entender 
en los negocios de las Indias, i comenzaron a reglamentar 
el comercio con esos paises. La presidencia de ese consejo 
fué dada a don Juan Rodríguez de Fonseca, arcedean de la 
catedral de Sevilla, el cual por su posición debia comuni- 
carse frecuentemente con Colon. Estas relaciones, sin em- 
bargo, no fueron nunca cordiales: desde el primer tiempo de 
la fundación del Consejo de Indias, Fonscca i sus subal- 
ternos pusieron dificultades i dilaciones a los proyectos del 
almirante, aun contra las instrucciones de los soberanos 
que querían que en todo se consultasen los deseos de éste. 

Por fin, los aprestos quedaron terminados, i Colon pudo 
salir de Cádiz el 25 de setiembre de 1498. En los primeros 
dias de octubre tocó en las Canarias, donde aumentó su 
provisión de víveres i de agua. En lugar de seguir el para- 
lelo de estas islas, como en su primer viaje, se inclinó un 



7 Muñoz, Historia del Nuevo Mundo, Hb. IV, páj. 167 — Rosb- 
Li Y DK LüKGUES, Christophe Coíomb, liv I, cap. XIL 



PASTB SBOrNDA. CAPÍTULO UI 159 

poco al sur, i luego diríjió su rumbo al oeste para buscar 
los vientos tropicales. En efecto, su navegación fué com- 
pletamente feliz; i después de veintiséis dias de viaje 
descubrió, el 3 de noviembre, la isla de la Dominica, situada 
enel archipiélago de las Antillas. En seguida diríjió su rum- 
bo al norte i reconoció la Guadalupe, la Antigua i la de 
San Cristóbal, a las cuales denominó islas del Viento. En 
todas ellas encontró los pueblos feroces de que le habia ha- 
blado el cacique Guacanagarí, que comian carne humana 
i que adornaban sus habitaciones con ios restos de sus ho- 
rribles banquetes. 

Impaciente por conocer el estado de la colonia de Navi- 
dad, el almirante descuidó la esploracion de aquellas islas; 
i navegando al sur de la de Puerto-Rico, llegó a la estremi- 
dad oriental de la Española. El fuerte que habia hecho 
construir estaba demolido: de la guarnición que habia de- 
jado sólo quedaban algunos huesos esparcidos i diversos 
restos de vestuarios. Los mismos naturales refirieron á 
Colon lo que habia pasado. Los españoles por sus violen- 
cias i por sus querellas entre ellos mismos, habian perdido 
el respeto de los isleños i provocado su rabia con los malos 
tratamientos para quitarles el oro i las mujeres. El coman- 
dante Arana habia sido impotente para contener a sus 
subalternos. El cacique de Cibao encabezó la resistencia, 
mató a algunos españoles que habian llegado hasta su te- 
rritorio, i fué en seguida a destruir el fuerte de Navidad i a 
esterminar el resto de su guarnición. Los que escaparon de 
las manos de sus enemigos se arrojaron al mar para po- 
nerse en salvo i perecieron ahogados. El cacique Guacana- 
garí i sus vasallos, tan afectuosos antes con los europeos, 
losrecibieron ahora con frialdad, o mas bien con un enco- 
no mal encubierto ®. 



^ BsRNÁLDRZ. cura de los Palacios. Cr'mica de los reyes cató- 
¡¡eos, cap. CXX. tom. I, pá¡. 293 i siguientes. Este autor ha con- 
signado en su crónica las prolijas noticias acerca del seguado via- 
je de Colon, recojtdas de boca de los testigos i actores de aquellos 
SQcesop. 



160 HISTORIA DB AMÉRICA 



6. Fundación de la primera ciudad: esploracion de 
LA Española— Los castellanos habrían querído vengar 
la muerte de sus compatríotas; pero el almirante se opuso 
a ello no sólo porque creía que las represalias eran injus- 
tas sino porque esperaba ganarse a los isleños por medio 
de halagos i cariños. Sin embargo, no pudo vencer su des- 
confianza, i llegó a prever el odio profundo en que se iba ^^ 

a convertir la anterior benevolencia de aquellos salvajes 

Después de adelantar sus reconocimientos. Colon hallóle 
en aquella costa un lugar que le pareció a propósito par^^ 
fundar una colonia. **Tenia junto un rio principal, dice e?^ 
cronista Bemáldez. Allí comenzó a edificar una ciudad, ^^ 
la cual puso nombre Isal^ela; comenzóse a edificar una ^^ ; 
lia sobre la la ribera del mar en mui lindo lugar. Es ta^^ 
verde que en ningún tiempo fuego le podia quemar; comer^^ 
zaron a sembrar hortalizas e muchas cosas de las de ac^^. 
crecían mas allá en ocho días que acá en Castilla e^^ 
veinte." 

La colonia, sin embargo, fué fundada bajo los peor^í" s 
auspici )s. Cuando los compañeros de Colon, que creía '^^ 
recojer sin trabajo alguno grandes cantidades de oro, v¡«=rr- 
ron que se alejaba esta brillante perspectiva, no sólo po*^^' 
que el país era menos rico de lo que se les había anunciad ^ 
sino también por la malquerencia de los indios, se dejaro '^^ 
dominar por la desesperación i el descontento. El almirar* ' 
te ademas quería que la nueva ciudad fuese rodeada d ^^ 
trincheras para ponerlas a salvo contra los ataques de lo ^ 
índijenas. i oblisjó a todos los colonos a trabajar en est^^ 
obra; ])ero muchos de ellos, que se creían mui elevado^^ 
para tomar parte en esos trabajos, se irritaron contra sv^ 
jefe. Antes de mucho tiempo, se hicieron sentir diversa^ 
enfermedades en la colonia causadas por el cambio de cli^ 
ma i por el desarreglo de sus pobladores. Colon reconoció 
con el mas profundo pesar que los n-í veres embarcados en 
Cádiz eran de mala calidad i mas escasos de lo que él mis- 
mo había creído. Los comisarios de la corona lo habían 
engañado. 



PARTB fiEOüNDA. — CAPÍTULO III ICl 



Colon trataba de mandar. a España una parte de su es- 
cuadra para comunicar noticias de sus descubrimientos i 
pGciW nuevos víveres i algunas medicinas. Quería, sin em- 
b^i^Tgo, comunicar a la corte noticias menos tristes que la 
de'Struccion de la primera colonia i el deplorable estado en 
q-cic se hallaban los habitantes de Isabela, i deseaba remitir 
algunas muestras de la riqueza de aquellas rejiones. Con el 
objeto de procurárselas, despachó a dos caballeros jóvenes 
e intrépidos para que por diversos caminos fueran a exa- 
minar el interior de la isla. 

Ambos emisarios hicieron penosas marchas para descu- 
brir los ricos minerales de que liabian oido hablar. Alonso 
de Ojeda, que era uno de ellos, descubrió no sólo los arro- 
yos que arrastraban en sus corrientes pedacitos de oro sino 
también las montañas que encerraban piedras jaspeadas con 
venas de rico metal. Entonces el almirante reunió algunas 
muestras de aquellas producciones, i comunicó a los reyes 
sus descubrimientos haciéndoles una lijera pintura del pais 
en que habia fundado la colonia. Embarcó en la escua- 
dra a los indios aprehendidos en las islas que visitó antes 
de llejrar a la Española i los remitió a Castilla para que 
fueran instruidos en la rclijion cristiana i en el idioma de 
los descubridores, a fin de convertirlos mas tarde en ins- 
trumento de propaganda civilizadora i en intérpretes de 
los españoles. El 2 de febrero de 1494 zarparon de Isabela 
doce naves, que llevaban a España noticias de Colon. 

El constante trabajo, las repetidas fatigas, i masque to- 
do, la insalubridad del clima postraron a Colon durante 
algunos días. En este tiempo, el contador de la espedicion 
Bernal Díaz de Pisa formó una facción entre los desconten- 
tos y propuso que se aprovechasen de la enfermedad del 
Jefe para apoderarse de uno o de los cinco buques que que- 
daban en el puerto, i marchar a España. Por fortuna, el 
motin, antes de ponerse en ejecución, fué descubierto, como 
también un memorial, escrito por el contador, que contenia 
Jas mas graves e injustas acusaciones contra el almirante. 
Colon se condujo con ejemplar moderación: por respeto al 

TOMO I 11 



1G2 IIIRTOTIIA DE AMÉRICA 



rango de Bernal Díaz, lo puso a bordo de un buque para 
que se le procesase en España, i castigó a los demíis conju- 
rados según el grado de su culpabilidad. Trasbordó en se- - 
guida a la nave capitana las armas i municiones de los ^ 
otros buques, i dejándolas a cargo de personas de su con — 
fianza, creyó remediado el daño i evitados nuevos movi — 
mientos ^. 

El almirante pensó entonces en hacer una esploracion etmr^. 
el interior de la isla para examinar prolijamente sus rique— ^ 
zas i alentar las desfallecientes esperanzas de los colonos .^ 

Dejó en la Isabela a su hermanó menor don Diego encarga i 

do del gobierno; i él partió para Cibao el 12 de marzo coh^ 
cerca de 400 hombres armados, los caballos i algún numf— r 
ro de indios. El almirante conoció que la descripción que 1 
habian hecho los isleños era verdadera. El interior de 1= 

isla, aunque poco cultivado, era hermosísimo; i las mina 

de la provincia de Cibao, aunque no esplotadas todavía^^ 

anunciaban una gran riqueza. Para asegurar la posesio -■ 

de estos paises, Colon determinó construir una fortalez — 
en un sitio ventajoso cerca de un rio que casi le servia d 



9 Todos los historiadores refieren la conspiración de Berní==5^ 
Díaz de Pisa como ocurrida después de la partida de las naves q« ^ 
salieron de Isabela el 2 de febrero de 1494, i así lo he asentado e ^^ 
el texto por no separarme de autoridades tan respetables com '^^ 
don Fernando Colon, Herrera i Muñoz; pero creo que tuvo luga^ '^ 
¿íntes de la salida de dichas naves. Lo infiero así porque en cart-^^ 
de los re\'es a Colon de 13 de abril de 1494, en que le acusan rcc:^^ 
ho de la relación de su segunda espedicion, le dicen: **En el prime- ^ 
viaje que para acá se ficiere enviad a Bernal de Pisa, al cual No ^ 
enviamos mandar que ponga en obra su venida" (Navarkktk, C(^ 
lección, etc., tom. II, pAj. 115). Desgraciadamente, faltan losdocic 
mentos referentes al segundo viaje de Colon, i no seria estraño qu^^ 
los autores indicados hubiesen caido en un error que puede consi — 
derarsc de poca importancia. Herrera, que sin duda conoció \a,$^ 
cartas de los reyes al almirante en que pedían el envió de fterna^- 
de Pisa, dice que esta carta fue traida a las Indias por don l^arto^ 
lome Colon; pero, ¿quién pudo llevar a l'^spaña con tanta pronti- 
tud la noticia de la conspiración? 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO III 163 



cercado. **Llam6se la fortaleza de Santo Tomas, porque la 
jente no creía que hubiese oro en aquella isla hasta que lo 
vio*' ^^. Allí dejó ^cincuenta i seis hombres a las órdenes de 
Pedro Marguerite, para la defensa de los trabajos de esplo- 
tacion. 

El almirante volvió entonces a la colonia. La falta de 
provisiones i la insalubridad del clima habian aumentado 
las enfermedades i producido un jeneral descontento, que 
fomentaba el padre Boil.el cual por su rango desempeñaba 
funciones superiores. A estos males se agregaron en breve 
muchos otros. Los isleños del interior, a quienes Margante 
quería forzar al trabajo de las minas, abandonaban sus 
hogares, i aun se preparaban para la resistencia. Colon, te- 
miendo que de ahí nac¡e.«e una insurrección jeneral, despa- 
chó setenta hombres armados, i luego hizo salir al esfor- 
zado capitán Alonso de Ojeda con un destacamento de mas 
de cuatrocientos soldados. La vista de los caballos produ- 
jo entre los indios una impresión singular de terror: pensa- 
ron que el jinete i el animal formaban un solo cuerpo, i que 
era un ser dotado de razón, puesto que lo veian maniobrar 
con tanta destreza i oportunidad. Los españoles se apro- 
vecharon de este temor para hacerse respetar i establecer 
la paz en sus posesiones. 

7. Nuevos descubrimientos; Jamaica.— El almirante qui- 
so aprovecharse de la paz paraíidelantar los descubrimien- 
tos. Dejó el mando de líi Isabela a su hermano don Diego, 
auxiliado de un consejo de los funcionarios mas caracteri- 
zados de la colonia; i el 24- de abril zarpó del puerto con 
una nave i dos carabeáis. Visitó de nuevo la costa se ten - 
trional de la isla, i pasando por el canal que separa a ésta 
de la de Cuba, comenzó la esploracion de la costa meridio- 
nal de esta última. Determinó en seguida dar una vuelta 
hacia el sur, i el 14 de mayo descubrió la isla de Jamaica, 
que le pareció la mas hermosa de cuantas habia visto. Cos- 



ío Herrera, Hist. fie Ins Indias occidentales^ dcc. I, libro TI, 
cap XII. 



101 II161ÓUIA DM AMÉRICA 



teando después el sur de Cuba, se encontró en un laberinto de 
islotes cubiertos de vejetacion,que denominó Jardines de la 
reina. **Esta navegación por entre tantos bancos o islas, 
causaba gran trabajo al almirante porque algunas veces se 
veia precisado a volver a oriente, otras al norte, otras al 
mediodía según la disposición de los canales, porque sin 
embargo de toda la dilijencia i aviso que empleaba en ha- 
cer sondar el fondo i que se pusiesen hombres en la gabia 
para descubrir el mar, tocaba en tierra la nave muchas ve- 
C39 porque por todas partes habia innumerables bancos de 
arena'' n. 

Desembarazado de estos obstáculos, el almirante siguió 
reconociendo la costa meridional de Cuba. Durante esta 
esploracion esperimentó gran falta de víveres i tuvo que 
sufrir todo jénero de padecimientos; pero Colon los sopor- 
taba con paciencia porque creía reconocer los mares de la 
India i esplorar las costas de la China. Sospechó de que 
Cuba era una isla; pero pensando que andando un poco 
hacia el poniente, llegaría a la Quersoneso Áurea de los 
antiguos (Malaca) i podria volver a España por el Oriente 
llegando al Ganjes, i de allí al golfo Arábigo, Etiopía i Jc- 
rusalem i entrar en Cádiz por el Mediterráneo i*-. Sólo la 
escasez de bastimentos i el mal estado de sus buques pudie- 
ron determinarlo volver a la Española. El almirante entró 
al puerto de Isabela el 29 de setiembre. Las fatigas de esta 
penosa espedicionja constante vijilia i los malos alimentos 
habian estenuado sus fuerzas, de tal modo que al llegar a 
la colonia aloleciadc un profundo letargo i se hallaba en 
un estado de completa insensibilidad. 

8. Primera oukrra con los indíjrn'as. — Durante su 
ausencia, la colonia habia sido el teatro de lamentables 
escenas. El comandante Mar;jjarite, dcsprc'ciando las ins- 
trucciones que le dejó el almirante, hal)ia descuidado los 



11 Don Fernando Colon, líistorin del Alminwtc, cap. LVI. 

12 BüKNÁLDKZ, Cróütcíi (Ic los tcycs cfitúlicos, cap. C'XXIII, 
tom. I, páj. 307. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO 111 165 



trabajos i dejado a su tropa vivir a discreción en la isla i 
maltratar a los naturales. La lucha entre éstos i los con- 
quistadores habia comenzado; i ni el comandante de la fuer- 
za militar, ni el padre Boil que era el consejero dejado por 
Colon pcara ayudar a su hermano don Diego, habian hecho 
cosa alguna para evitar estos males, i aun por el contrario 
parecían haberlos estimulado. 

En este tiempo llegaron a la Isabela tres navios carga- 
dos de víveres que los reyes remitian al almirante. Man- 
daba estas naves don Bartolomé Colon, marino esperimen- 
tado que después de haber hecho algunas navegaciones con 
los portugueses, fué comisionado por el almirante para so- 
licitar del rei de Inglaterra los recursos con que hacer su 
célebre espedicion. Don Bartolomé Colon se hallaba en Pa- 
rís cuando supo que su hermano habia realizado su empre- 
sa i estaba de vuelta en Esjjaña. Se puso en marcha para 
reunírsele, pero llegó cuando el almirante acababa de salir 
de Cádiz en su segundo viaje. Los reyes le recibieron con 
particular cariño; i teniendo que mandar algunos auxilios 
a la Española le confiaron el mando de esas tres naves. El 
hermano del almiriiute era un hombre hábil, valiente i do- 
tado de un carácter firme i enérjico. 

El arribo de estas tres naves proporcionó a los descon- 
tentos una oportunidad de volver a España. El padre Boil, 
el comandante Margarite i algunas otras personas de su 
bando, se embarcaron en ellas i fueron a publicar en la 
corte las mas duras e injustas acusaciones contra el almi- 
rante 1-^ Los soldados, hallándose sin jefe, se abandona- 
ron a todo jénero de excesos. Los isleños, por su parte, d(i- 
ban muerte a todos los castellanos que encontraban fuera 
de las fortificaciones. 

En este estado encontró el almirante la colonia cuando 



1^ Presumo que entonces partió para España Bernal Díaz de 
Pisa, que se hallaba en Andalucía en abril de 1495, i que fué lla- 
mado por los reyes para pedirle cuenta de su conducta. 



TAUTB SKGUNDA. — CAPÍTULO III 167 



regularizarla para sacar de ahí una renta segura con que 
atender al mantenimiento de la colonia ^^. 

El almirante ademas impuso a los isleños un tributo de 
>r'o i algodón que debian pagar cada tres meses. Talvez 
l^cDlon hubiera querido tratar a los vencidos con mayor in- 
Itjljencia: pero la necesidad en que se veia de remitir oro a 
España para acallar las acusaciones que comenzaban a ha- 
cerle sus enemigos, lo obligó a aceptar un arbitrio que re- 
cliíizaba su conciencia. Esta medida ademas produjo desde 
luego funestos resultados. Los isleños, acostumbrados a la 
ociosidad, o a un trabajo mui lijero, no podian avenirse a 
la esplotacion de las minas o de los lavaderos, i ofrecieron 
pajear su tributo en producciones de su agricultura; pero 
como no se les aceptaran sus proposiciones, resolvieron 
suspender sus siembras con la esperanza de que los españo- 
les sucumbieran agobiados por el hambre o abandonaran 
la isla. El resultado de esta hostilidad fué mas desfavora- 
ble a los indíjenas que a los mismos españoles. Tuvieron 
que vagar por los bosques; i como eran perseguidos sin dar- 
les lugar ])ara cazar, pescar o buscar otros alimentos, el 
hambre i las enfermedades hicieron en ellos horribles estra- 
gos, *'de tal manera, dice el cronista Herrera, que por esto 
i por las guerras hasta el año de 149G faltó la tercera par- 
te de la jente de la isla.'' 



^^ PRKSCOTT, Historia de los reyes católicos^ parte II, cap. 
VlII. Los primeros indios que llegaron a España para ser vendi- 
dos como esclavos arribaron en 1495, en las naves que conducian 
al padre Boil i al comandante Margarite. En carta de 12 de abril 
de 14-95, los reyes decían al presidente del consejo de Indias Rodrí- 
guez de Fonseca, lo que sigue: *'Cerca de lo que nos escribiste de 
los indios que vienen en las carabelas, ])aréceuos que se podrán 
vender allá mejor en esa Andalucía que en otra parte, debeilos fa- 
cer vender como mejor os pareciere." El cronista Bernáldcz, con- 
temporáneo de este infame tráfico, refiere que lo? cautivos envia- 
dos a España i vendidos en Sevilla no pudieron soportar el cam- 
bio de clima i murieron al poco tiempo. En 1501 la reina prohibió 
la venta de los indios como esclavos. 



168 HISTORIA I>E AMÉRICA 



9. Vuelta de Colon a España.— Mientras Colon traba- 
jaba con tanto anhelo por engrandecer esta coíonia, sus 
enemigos minaban su crédito en España. El padre Boil i el 
comandante Margante se habían constituido en sus mas 
ardientes detractores, i lo acusaban no sólo de falsario por 
haber dado noticias de las Indias que no correspondiau a 
la realidad, sino de imprudente i ambicioso que desatendia 
los intereses de la colonia por ir a hacer nuevos descubri- 
mientos, i de cruel por haber castigado a los que trataron 
de sublevarse. Por grande que fuese el afecto que los reyes 
profesaran a Colon, estas acusaciones que eran apoyadas 
por altos personajes de la corte, despertaron su descon- 
fianza i los indujeron a despachar un emisario encargado 
de inquirir la verdad de lo ocurrido. Recayó el nombra- 
miento en Juan de Aguado, camarero de los reyes, hombre 
lijero i vanidoso que habia de empeorar la situación. 

Juan de Aguado llegó a la Isabela en el mes de octubre 
1495. El almirante, que se hallaba en campaña, volvió lue- 
go a la colonia para saludar al comisario. Mientras tanto. 
Aguado se habia apresurado a levantar un sumario contra 
Colon, i a recojer las declaraciones de todos, así españoles 
como indios, que quisieran acusarlo de alguna falta. Fo- 
mentaba, al efecto, el espíritu de seilicion, anunciando a to- 
dos que sus poderes eran iliniitalos. Resultó de aquí (jue 
aquel sumario no era mas que el eco de las calumnias forja- 
das contra el almirante. 

Colon tenia demasiado juicio para no conocer su situa- 
ción. Supuso que toda defensa (jue intentara ante el petu- 
lante comisario seria completamente inútil, i confiado cu la 
rectitud de sus actos, resolvió volver a España i presen- 
tarse a la corte para justificar su conducta. Tomó algunas 
medidas militares, guarneció la fortaleza que habia comen- 
zado a construir, i dio a su hermano don Bartolomé el car- 
go de gobernador de la colonia durante su ausencia. A mío 
de los alcaldes de la Isabela, nombradv> Francisco Roldan, 
confió el cargo de alcalde de toda la isla para ijue adminis- 
trase justicia en su reemplazo. 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO III IGD 



Poco antes de embarcarse, sobrevino en el puerto una de 
esas terribles tormentas conocidas en los trópicos con el 
nombre de huracanes. Las cuatro naves que habia llevado 
.'\guado se perdieron, i sólo quedó una carabelaque el almi- 
rante tenia para su servicio, i los restos de las demás que 
sirvieron para construir otra. Colon cedió una al comisario 
i él se embarcó en la otra con algunos enfermos de la colo- 
nia que querían volver a España. El 10 de marzo de 1496 
salieron ambos del puerto; i después de haber tocado en las 
islas de Marigalante i Guadalupe para proveerse de algu- 
nos víveres, se dirijieron a Europa. Como los marinos no 
conocían todavía la navegación del océano, Colon navegó 
sin separarse de los trópicos, i tuvo que sufrir casi constan- 
temente vientos contrarios. El viaje fué por esto mui peno- 
so i largo; el hambre llegó a tal estremo que los españoles 
trataron de dar muerte a los indios que iban a bordo i ali- 
mentarse con sus carnes, o a lo menos pensaron en arrojar: 
los al mar para minorar el consumo de los otros alimentos; 
pero Colon se opuso resueltamente a ambas cosas repre- 
sentando a sus compañeros que aquellos salvajes eran sus 
iguales a quienes debian miramientos i consideraciones. 

Después de tres meses de navegación, el 11 de junio, llegó 
al puerto de Cádiz, A los pocos dias se puso en marcha para 
Burgos, donde se hallaba reunida la Corte. El almirante 
iha a desvanecer con sni presencia las acusaciones que ha- 
bian forjado sus enemigos. 



CAPITULO IV. 
Tercer viaje de Colon: %'iajefii menores. 

(149G-1502) 

1. Aprestos para una nueva esperlicion — 2. Tercer viaje de Colon. 
— 3. Desórdenes en la colonia.- 4. Colon es conducido preso a 

España.— 5. Amcrico Vespucio— G. Los Cabot 7. Viaje de 

( )jeda i de Vespucio 8. Viajes de Niño i de Pinzón 9. Viajes 

de Lepe i de Bastidas; segundo viaje de Ojeda. 

1. Aprestos PARA una nueva espedicion.— Al llegar a 
España, Colon se habia dejado crecer la barba, i vestía el 
hábito de fraile franciscano, talvezpara cumplir algún voto 
hecho en el momento del peligro o simplemente por humil- 
dad i por desengaño de las cosas del mundo i. En este es- 
tado se, presentó en la corte que se hallaba reunida en Bur- 
gos, celebrando el enlace del príncipe don Juan. 

El almirante fué recibido favorablemente por los reyes. 
Isabel sobre todo lo trató con particular distinción, i oyó 



1 Oviedo, Hhtoría jeneraí i natural de las Indias^ lib. II, cap. 
XIII, tom. I, páj. 54.— BiíRNALDEZ, Crónica de los reyes católicos^ 
cap. CXXXI, tom. I, páj. 331. Este cronista refiere que tuvo hos- 
pedado en su casa al almirante cuando pasaba a la corte. De su 
boca supo las noticias referentes al segundo viaje que ha consig 
nsuáo en su obra. 



172 I1I8T01UA DR AMÉRICA 



con agrado la relación de sus viajes que formaban la mas 
completa justificación de su conducta. Como Colon lo ha- 
hia prev^isto al partir de la Española, su presencia era su 
mejor defensa. Sin embargo, el almirante notó con profun- 
do pesar que se había operado en la opinión una reacción 
violenta contra las empresas lejanas i los descubrimientos 
marítimos. Se habia creído jeneralmente que lasrejiones re- 
cien esploradas producirían el oro por cargamentos, i las 
muestras llevadas a España no satisfacían tan lisonjeras 
esperanzas. Los primeros colonos del nuevo mundoque vol- 
vieron a la madre patria, contribuyeron con sus relaciones 
a efectuar este cambio en la opinión. El cronista Bernáldez 
dice que se creia jeneralmente que habia muí poco o ningún 
oro en aquellos países. 

La reina no participaba de estas desconfianzas. Su alma 
noble e impresionable habia comprendido a Colon, i estaba 
dispuesta a ayudarlo en sus futuras empresas, a pesar de 
que los recursos de la corona eran entonces mui limitados. 
Acordó darle ocho naves, dos de ellas para trasportar pro- 
visiones a la colonia, i las otras seis para adelantarlos des- 
cubrimientos. Dispuso que hubiese siempre en la Española 
trescientos treinta hombres a sueldo, i dio licencia para pa- 
sar a las Indias a todos los que quisiesen hacerlo, como 
también a las mujeres que desearan establecerse en la nueva 
colonia. Pero el descrédito en que ésta había caído era ya 
tan grande que para buscarle pobladores fué necesario au- 
torizar la traslación de malhechores condenados a galeras 
o a muerte, con tal de que sus delitos no fuesen de una na- 
turaleza atroz. Esta medida, dictada por la necesidad de 
las circunstancias i con el acuerdo de Colon, fué un error 
político de (jue se orijinaron males de la mayor trascen- 
dencia. 

Los reyes autorizaron al almirante para repartir entre 
los colonos las tierras descubiertas, reservando siempre 
j)ara la corona el oro, la plata, cualquiera metal i la ma- 
dera de tinte dominada brasil. Hiciéronle, ademas, las mas 
honrosas concesiones, confirmándole sus privilejios i per- 



PARTE SEOrNI>A. -CAPÍTrLO IV I?.*» 

mitíéndole establecer un mnyorazgo que pasase a sus here- 
deros con sus títulos de nobleza, el primero de los cuales 
era de almirante que debian usar siempre Antes de su nom- 
bre, rx su hermano don Bartolomé se le dio el título real de 
adelantado, que Colon le habia conferido accidentalmente. 
A pesar de estas concesiones, los aprestos para el nuevo 
viaje no se hicieron con la actividad que Colon hubiera 
(leseado. El presidente del consejo de Indias, Juan Rodríguez 
de Fonseca, habia sido elevado al rango de obispo de Ba- 
dajoz, i ponia en ejercicio su influencia para demorar estos 
preparativos, ya que no le era posible embarazarlos -. Solo 
en febrero de 1498 salieron de España las dos naves que 
llevaban provisiones a la colonia; i el equipo de las restan- 
tes demoró todavía algún tiempo mas. Ocurrieron, por 
otra parte, algunos cambios en el personal de los emplea- 
dos que entendian en los negocios de las Indias, lo que re- 
tardó la ejecución de los proyectos de la reina. A fines de 
mayo de ese mismo año se hallaron listas para partir seis 
naves de mediano porte i escasamente provistas para un 
\iaje tan largo i peligroso. 

2. Tercer viaje dk Colon. — El 30 de mayo zarpó el 
almirante del puerto de San LúcardeBarrameda, i después 
de veinte dias de navegación llegó a la Gomera. Desde allí 
despachó tres de sus naves conduciendo víveres para la 
I^spañola; i él siguió navegando hacia el sur con las restan- 
tes para acercarse a la línea e(|uinoccial. Un hábil lapidario 
de Burgos, llamado Jaime Ferrer, que habia viajado en el 
oriente, le habia asegurado que los objetos valiosos de co- 
mercio tales como el oro, piedras preciosas i la especiería, 
se encontraban bajo el Ecuador o en sus inmediaciones; i 
Colon siguiendo sus consejos, llevaba el propósito de des- 
cubrir tierras por esa parte. En efecto, tocó en las islas del 
Cabo Verde, i de allí siguió su viaje hacia el sur oeste. 

La navegación fué completamente feliz en los primeros 
dias; pero desde que los españoles se hallaron a cinco gra- 



2 Don Femando Colon, Historia riel Almirante ^ cap, LXIV. 



174 HISTORIA DH AMÉRICA 



dos al norte de la línea equinoccional, principiaron a sufrir 
las calmas i los fuertes calores (|ue reinan en aquellas lati- 
tudes. Los víveres comenzaron a corromperse, las pipas de 
vino i de agua se abrían por sus costados i los españoles, 
recordando una antigua preocupación, creian que era una 
imprudencia acercarse a la zona tórrida donde el hombre 
no podia subsistir. El almirante se sintió aquejado de dolo- 
res de gota; i aunque superior a sus sufrimientos, tuvo (|ue 
ceder a las exijencias de sus compañeros que pedían que se 
cambiase el rumbo. Felizmente, sobrevinieron abundantes 
lluvias que refrescaron algo la atmósfera i permitieron a los 
navegantes renovar la provisión de agua. 

Estos padecimientos, aumentados por el terror, se acer- 
caron a su término el 1.° de agosto de 14-98. Los castella- 
nos descubrieron ese dia una isla grande a la cual dieron el 
nombre de Trinidad, i siguieron navegando hacia el sur en 
busca de una tierra baja que se descubría a lo lejos. La es- 
cuadrilla se encontró entonces en la embocadura de un rio 
tan ancho i tan impetuoso que arrastraba sus aguas tres 
leguas adentro del océano sin mezclarla con él. La corrien- 
te puso en peligro las naves de Colon; pero este siguió avan- 
zando en la seguridad de que una masa de agua tan gran- 
de no podia provenir de una isla sino de un vasto continente. 
El almirante no se engañaba: el rio que acababa de descu- 
brir era el Orinoco, que baña una estensa porción del con- 
tinente americano. 

La ilusión en (|ue estaba Colon de que habia esplorado 
las costas orientales del Asia, se confirmó mas ahora a la 
vista del continente, con cuyos pobladores entró en rela- 
ciones cambiando algunos obsequios. La abundancia de 
oro i de perlas que obtuvo en estos cambios, la belleza i la 
fertilidad del pais, la riqueza de la vejetacion i la abundan- 
cia i variedad de aves de hermosísimo plumaje, lo confir- 
maron en su antigua opinión. Pero la imajinacion del almi- 
rante no se detuvo allí: habia leido en las obras de algunos 
santos p«idres de la edad media que en el oriente estuvo 
situado el paraiso terrenal, primera residencia del hombre 



PARTH SEfUTNDA. — CAPÍTULO IV 175 

ípoes de su creación, i llegó a persuadirse fácilmente que 
aba colocado en las inmediaciones de las hermosas rejio- 
<qiie acababa de descubrir, en una prominencia que, se- 
ü él, debia tener el globo en esa parte como "la figura 
pezón de la pera, 1 que poco a poco andando hacia allí 

.de muí lejos se va subiendo a él Grandes indicios 

i estos del paraiso terrenal, agrega, porque el sitio es 
iforme a la opinión de estos santos i sanos teólogos, i 
mismo las señales son mui conformes'* ^. 
^olon continuó sus esploraciones en el golfo de Paria. A 
angostura que separa la isla de Trinidad del continente 
H6 el nombre de Boca del Dragón, por el peligro que allí 
bian corrido sus naves; i lleno de entusiasmo por sus 
evos descubrimientos, reconoció la costa de Cunianá ha- 
ado en ellas frecuentes desembarcos, para negociar con 
j naturales algún oro i las finísimas perlas que ostenta- 
nen sus adornos. Habría querido adelantar sus recono- 
nientos hacia el occidente, pero el mal estado de sus na- 
Bf la escasez de víveres, la impaciencia de sus compañeros 
lasta sus mismas enfermedades, reagravadas ahora con 
la flucción a los ojos, lo obligaban a dejar para mas tar- 
d pensamiento de continuar su viaje. Habiendo cambia- 
)cl rumbo para dirijirse a la Española, Colon descubrió 
irias islas cuyos habitantes recojian las perlas en grande 
landancia. Por este motivo, dio a la mayor de ellas el 
wnbre de Margarita; pero no se detuvo mucho tiempo 
K. En los tíltimos dias de agosto sus naves se hallaban 
(rteando el sur de la isla Española, i a pesar de la contra- 
ídad de vientos i corrientes, entraron el 30 de ese mes al 
«rto de Santo Domingo. 

3. Desórdenes en la colonia.— El almirante se encon- 
) allí con su hermano, i supo de su boca las desgracias 



^ Carta relación del tercer viaje de Colon en el tomo I de la 
cccion de Navarkktk. — Puede verse en l»i Revue des deiix mon- 
del año 1834, un curioso artículo sobre las ideas cosmogr/í • 
3 de la edad media, por M. Letronne. 



170 inSTORTA DE AMÉRICA 

que habían ocurrido en la colonia- durante su ausencia, 
consecuencia de las instrucciones que desde España hab 
dirijido al adelantado don Bartolomé Colon, éste recorr 
diversos puntos de la isla, i particularmente la costa me 
dional, i estableció una fortificación i algunas habitación 
cerca de un puerto mui seguro. en *'unacolina, a la cual ci 
dadela, dice el historiador Pedro Mártyr, llamó Santo D 
mingo, porque en dia domingo llegó a aquel lugar. Al f 
de dicha colina corre i desemboca en el puerto un rio ancl 
i hermosísimo de claras aguas, abundante de diversas es[ 
cies de peces, con riberas amenísimas por la diversidad • 
yerbas i de árboles frutales" **. La colonia Isabela hab 
perdido cerca de doscientos hombres a causa de las enfi 
medades. Por disposición del adelantado, quedó casi enl 
ramente abandonada: sus pobladores se trasladaron 
Santo Domingo cuyo clima parecia mas sano (l'iGG). 

El adelantado emprendió algunas espediciones a aquell 
partes de la isla que su hermano no habia visitado, con 
propósito de dar ocupación a los colonos i evitar así ni 
vos disturbios. Los indíjenas, imposibilitados para opon 
una resistencia seria, se sometieron fácilmente al pago 
los tributos. Pero mientras .don Bartolomé se hallaba ol 
pado en estos trabajos, se hizo sentir una insurrección 
mui distinto carácter. El alcalde mayor, F'rancisco Koldí 
hombre turbulento y ambicioso, a quien el almirante lud 
colocado en una alta posición, fomentó la desobedienc 
forjnndo terribles acusaciones contra el adelantado i 
hermano don Diego. Acusábalos' de querer formar un esl 
do independiente de líspaña i de tratar a los castellan 
con insolencia i arrogancia, obligándolos a trabajar coi 
esclavos en sus casas i fortalezas. Para no dar la cara 
esta sublevación, hizo (jue sus adictos cstendieran en 
Isabela una acta sediciosa [)idioado el pronto envío a 1 
paña de una carabela en (jue debian embarcarse algunos 



** Pctri MÁKTYK, De rc})us nccnnicis, dec. I, lih. I Y. páj. 57, 
de Colonia, 1574-. 



PAKTE SBOINDA. — CAPÍTrLO IV 177 



ellos para anunciar las desgracias de su situación i pedir 
ausilio de víveres. Don Diego Colon, que gobernaba allí, 
supo hacerse respetar á pesar de la insolencia de los amo- 
tinados; pero creyendo poner término a estas inquietudes, 
cometió la imprudencia de confiar a Roldan una compañía 
de cuarenta soldados para apaciguar algunos disturbios 
de los indígenas. Vuelto a Isabela, Roldan pensó en suble- 
varse abiertamente i en asesinar al adelantado; i no pudien- 
do dar este golpe, se retiró a la provincia de Jaragua, al 
oeste de la isla, para reunir bajo las banderas de la rebe- 
lión los destacamentos de españoles distribuidos en varios 
puntos del territorio e incitar a los indios a la desobe- 
diencia. 

Sus tro|)as se engrosaron poco mas tarde. Las naves 
que Cristóbal Colon habia despachado desde las islas Ca- 
narias para llevar víveres a la Española, recalaron en la 
costa de Jaragua, por impericia de los pilotos. Roldan con- 
siguió que desembarcara una parte considerable de la jente; 
i como su mayor número era compuesto de malhechores 
sacados de las cárceles e indultados por los reyes, encontró 
entre ellos decididos ausiliares de su empresa. 

Tal era el estado de la colonia cuando llegó el almirante. 
A pesar de la irritación que estos sucesos debieron produ- 
cir en su ánimo, triitó de llegar a un avenimiento con los 
sublevados, deseando evitar así la guerra civil que iba a 
debilitar a los dos partidos i a alentar a los indíjenas auna 
sublevación jeneral Colon, por otra parte, habia sufrido 
tantas decepciones que ya no tenia confianza alguna en sus 
propios servidores. Comenzó por publicar una amnistía je- 
neral para todos los que quisieran deponer las armas, i 
ofreció enviar a España a los que quisiesen volverse. El 
mismo Roldan, al observar que estas medidas de prudencia 
coinenzaban a alejarle algunos partidarios, se avino al fin 
a presentarse en Santo Domingo a condición de que se le 
repusiera en el cargo que desempeñaba (noviembre de 14-98). 
De esta manera, el almirante desarmóla insurrección sin 
derramar una gota de sangre; pero, mientras él i su herma- 

TOMO I 12 



178 HISTORIA DM AMÉRICA 



no, superiores a los odios i a las pasiones que jerminaban 
en la colonia, trataban de calmar la irritación de los espí- 
ritus con noble olvido de los disturbios pasados, Roldan i 
sus compañeros se mostraban insolentes i desconfiados. Co- 
lon cumplió fielmente lo prometido, i permitió a los rebeldes 
volver a España en las primeras naves que despachó. Ellos 
iban a forjarle en la corte nuevas acusaciones. El almirante 
se contentó con mandar a los reyes una relación sumaria 
de la rebelión de Roldan, i a pedirles que resolvieran lo que 
juzgaran conveniente. 

En seguida, haciendo uso de los poderes que los sobera- 
nos le habian conferido, repartió las tierras entre los colo- 
nos, imponiendo a los indíjenas pobladores de cada porción, 
el deber de cultivar el terreno en beneficio de su poseedor. 
Este fué el oríjen del sistema de repartimientos de la tierra 
i sus habitantes, introducido por los conquistadores espa- 
ñoles en el nuevo mundo. Los indíjenas, reducidos de esta 
manera a una especie de esclavitud, quedaron libres del an- 
tiguo tributo que sólo debian pagar los que no habian sido 
adjudicados a un amo; pero su situación personal empeoró 
tal vez mucho con este nuevo arreglo. 

4. Colon es conducido preso a España.— Mientras el 
almirante se afanaba en cicatrizar las llagas causadas por ' 
aquellos disturbios, i se preparaba para hacer adelantar 
los reconocimientos de la costa que habia visitado en su 
tercer viaje, sus enemigos trabajaban en España por arrui- 
nar su crédito. Los reyes se veian asediados a toda hora de 
memoriales i representaciones contra Colon, Algunos aven- 
túrelos que habian creído hartarse de oro en sus primeros 
viajes, i que habian visto burladas sus espectativas, acusa- 
ban al almirante de haberles engañado con pomposas pro- 
mesas; mientras (fue otros se quejaban de los trastornos de 
la colonia, de la ambición de su jefe i de la crueldad que con 
tanta injusticia le atribuían. Reclamaron, ademas, el pago 
de las pensiones ofrecidas: **Tantaera su desvergüenza, dice 
don Fernando Colon, que cuando el rei salia le rodeaban 
todos, diciendo: ¡paga! ¡paga! i si acaso yo i mi hermano 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO IV 179 

pasábamos por donde estaban, levantaban el grito hasta 
los cielos diciendo: — Mirad los hijos del almirante que ha 
hallado tierra de vanidad i engaño para sepulcro i miseria 
de los hidalgos castellanos ^. 

La reina, que había sido protectora constante de Colon, 
se dejó impresionar por estas acusaciones. Su alma noble i 
jenerosa no había podido aceptar con gusto la venta que se 
ha:ia en los mercados españoles de los indios que llegaban 
de las nuevas colonias, i aun habia manifestado su indigna- 
ción preguntando a sus cortesanos: **¿Cómo se atreve Co- 
lon a disponer así de mis subditos?'* Algunos personajes de 
elevada posición fomentaban este descrédito del almirante 
porque los últimos descubrimientos, i sobre todo el hallaz- 
go de las perlas en la costa de Paria, hacían que el gobierno 
de esos países fuera una joya que tentaba la codicia de los 
mas poderosos señores. 

No fué difícil al fin su resistencia para tomar medidas 
contra Colon. Los reyes dispusieron el envío de un comisio- 
nado que investigase el estado de las cosas en la colonia, 
revistiéronlo de suprema jurisdicción en lo civil i en lo cri- 
minal para procesar a cuantos hubiesen conspirado i lo au- 
torizaron para que ocupara la fortaleza, dispusiera de todos 
los empleos i remitiera a Bspaña a las personas cuyo aleja- 
miento se creyere necesario para la tranquilidad de la isla. 
El comisionado elejido fué don Francisco de Bobadilla, ca- 
ballero de laórdendcCalatrava, i hombre torpe i orgulloso 
que estaba destinado a echar un baldón a la memoria de 
los reyes que lo ocupaban. 

Después de hecho el nombramiento, los monarcas demo- 
raron todavía un año entero antes de disponer la partida 
del comisionado, esperando sin duda nuevos informes de la 
colonia que hicieran innecesario su envío. Afines dejunio de 
1500, salió Bobadilla de Cádiz acompañado de una escolta 
que los reyes habían puesto a su lado para su seguridad. 

lil almirante se hallaba ocupado en sofocar los últimos 



•'> Don Fernando Colon, Historia del Almirante^ cap. LXXXVI. 



180 HISTORIA DE AMÉRICA 



jérnienes de rebelión cuando llegó Bobadilla al puerto de 
Santo Domingo (23 de agosto). Sus primeros actos revela- 
ron la violencia de su carácter i el propósito que traia de 
ajar a Colon. Hizo publicar ostentosamente su? credencia- 
les, tomó posesión de la casa del almirante, se apoderó vio- 
lentamente de los fuertes i almacenes reales, i puso en liber- 
tad a los individuos que se hallaban presos, i que en su nía 
yor parte eran malhechores que se habian aprovechado de 
las pasadas disensiones para dar libre curso a sus malos 
instintos. En seguida citó a Colon para responder de su 
conducta, enviándole una carta de los reyes. **Nos habemos 
mandado al comendador Francisco de Bobadilla, decia esta 
carta, que vos hable de nuestra parte cosas que él dirá: ro- 
gamos que le deis fe i creencia i aquello pongáis en obra". 

El arribo del comisario habia producido desde los prime- 
ros momentos una profunda impresión en la colonia. Se 
creia jeneralmente que Bobadilla iba a castigar a Roldan i 
a sus compañeros; pero en breve se vio que sus propósitos 
eran diversos. Recojia los rumores i denuncios contra el al- 
mirante, repartia dádivas i favores a todos los que se los 
pedian, i ostentaba su poder para granjearse crédito i po- 
pularidad. 

Al recibir la intimación de Bobadilla, Colon se puso en 
marcha para Santo Domingo. Su hermano don Diego, (jue 
habia quedado de gobernador de esta ciudad, fué apresada 
i sumido en el fondo de una de las carabelas con una barra 
de grillos. Igual suerte cupo al almirante, al presentarse 
al comisario pesquisador. por todo recibimiento mandó 
éste que se le pusieran grillos i lo encerraran en una fortale- 
za bajo la mas estricta incomunicación, sin dignarse verle i 
sin querer oir sus descargos. La grandeza de alma de Colon 
no lo abandonó en este terrible momento. Descansando en 
la tranquilidad de su conciencia, i mas aun en el recuerdo 
de las grandes empresas que habia consumado, el descubri. 
dor del nuevo mundo sufrió este ultraje con dignidad, sin 
quejarse de su suerte ni de sus perseguidores. Temiendo (jue 
sus parcicdes trataran de hacer alguna resistencia, desde su 



i 



PARTE SEGrXOA. — CAPÍTri.O IV 181 

\bozo les ordenó que cumplieran las órdenes del comi-. 
¡o. 

i^obadilla comenzó entonces a instruir un proceso contra 
on. El adelantado don Bartolomé Colon fue también 
esado, i los tres hermanos fueron trasladados a bordo 
as carabelas, encargando que se les mantuviera incomu- 
idos. Bobadilla entregó al capitán Alonso de Vallejos 
rocoso que habia levantado, i le mandó que lo presen- 
a junto con los tres hermanos, a Rodríguez de Fonseca, 
residente del consejo de Indias que habia preparado la 
«ecucion del almirante. Las naves salieron de Santo Do. 
go a principios de octubre de 1500. 

Estando en el mar i conocida la malignidad de Bobadi- 
dice don Fernando Colon el hijo del célebre descubridor» 
^o el capitán (|uitar los grillos al almirante; pero él ja- 
s lo consintió, diciendo que pues los reyes mandaban lo 
en su nombre le mandase Bobadilla i que por su auto- 
id i comisión se los habia puesto, no queria que otras 
sonas se los quitasen, pues tenia determinado guardar- 
para memoria del premio de sus muchos servicios. Así 
lizo, ])()r(iue yo los vi siempre en su retrete, i quiso que 
íen enterrados con éV ^. 

';Miseria de las cosas humanas! ¡memorable ejemplo de 
mudanzas! esclama un historiador. El, que poco antes 
tba en la cumbre de los honores cerca de un rei podero- 
despues de haber hallado por su propio valor i sn excelso 
niu nuevas i ricas rejiones; él, a quien si hubiese vivido 
¡empo de los antiguos griegos i romanos o entre jentes 
Tosas i liberales, se le habrian levantado estatuas iqui- 
emplos i se le habrian tributado honores divinos; él, re- 
), era conducido ahora humillado i encadenado por la 
ignidad i la'envidia de los hombres'' ^. 
'clizmente, el viaje fué corto; las carabelas entraron a 
liz el 25 de novieml)re; i Colon escribió inmediatamente 



Don Fcriiariílo Colon, Historia del Almirante, ca]>. LXXXVI. 
Bknzoxi, Xovne novi orhis historix, lib. I, cap. XII, páj. 50. 



182 HIST<)KIA DE AXÉRICA 

al re¡ dándole cuenta de su prisión i de sa viaje. La noticia 
de que Colon volvia cautivo i encadenado délas rejioncs 
que habia descubierto, se estendió en toda la España c»n 
gran rapidez i despertó en todas partes la mas viva indig- 
nación. Nadie se detuvo en investigarla causa de su pri- 
sión, pero en el momento se operó en el espíritu público una 
reacción violenta (|ue sólo puede esplicarse por lo estrema- 
do de la persecución. Los mismos que poco antes lanzaban 
contra el almirante los gritos mas frenéticos se pronuncia- 
ron ahora con igual vehemencia contra el indigno trata- 
miento de que habia sido víctima. 

Los reyes fueron justos intérpretes del sentimiento pú- 
blico. Xo sólo dieron la orden de ponerlo en libertad, sino 
que lo llamaron a Granada, donde se hallaba la corte, i le 
enviaron dinero para que se presentara ante ellos con la 
decencia que convenia a su rango i a sus servicios. La en- 
trevista tuvo lugar el 17 de diciembre. Colon se arrojó a 
los pies de los reyes; i dejándose arrastrar de los sentimien- 
tos que lo dominaban, no pudo contener el llanto ni espre- 
sar una palabra. Femando lo recibió con cortesía, la reina 
con ternura, pero ambos le manifestaron el pesar que Ic^ 
causaban sus infortunios i le prometieron su afecto i pi"í>' 
teccion. La defensa del almirante fué corta i sencilla, per*^ 
su justificación fué completa. Para reparar la injustici^^ 
cometida, los reyes destituyeron inmediatamente al tofl'^ 
comisario, i prometieron a Colon la devolución de los deí*^' 
chos i privilejios que le habian conferido. 

A pesar de estas promesas, los reyes juzgaron queco^ 
venia demorar la reposición del almirante enelgobien^^ 
de la colonia hasta que desapareciesen los disturbios. K-* 
solvieron entre tanto despachar un comisionado real pr^ 
visto de amplios poderes i encargado de restablecer sólid-^ 
mente la tranquilidad. Al efecto, fué elejido don Nicolás (% 
Ovando, comendador de Alcántara. Diéronsele treinta 
dos naves con dos mil quinientos hombres; i se le confió ^ 
encargo de remitir a España a Bobadilla, de restituir a Co 
Ion i a sus hermanos los bienes de que hubiesen sido de^^" 



PARTE SBCilTNDA, — CAPÍTULO IV 183 

pojados i de impedir la venta de indíjenas en calidad de es- 
clavos. Los aprestos de esta escuadra, que fueron mui con- 
siderables, retardaron su partida hasta el 15 de febrero de 
1502. 

5. Américo VkspüCIO. — En esa época, muchos navegan- 
tes, así españoles como estranjeros, habian adelantado 
considerablemente los descubrimientos marítimos siguiendo 
las huellas trazadas por Colon. El mas notable de todos 
éstos, sino por la grandeza de sus empresa a los menos 
por haber legado su nombre al nuevo mundo, fué un co- 
merciante florentino establecido en S>e villa, llamado Amé- 
rico Vespucio. Aparece por primera vez en la historia entre 
los mercaderes encargados por los reyes de preparar la flo- 
ta con que Colon hizo su segundo viaje. 

Por real provisión de 10 de abril de 1495, los monarcas 
dieron licencia jeneral para pasar a las Indias, i aun para 
equipar escuadrillas a fin de adelantar los descubrimientos 
i de comerciar en las nuevas rejiones. Vespucio se aprove- 
chó de este permiso. Armó cuatro naves, i con ellas salió 
de Cádiz el 20 de mayo de 1497 ® . Después de haber 
tocado en las Canarias, que era la escala obligada de los 
que navegaban a las Indias, Vespucio dirijió su rumbo al 
^ste, i a los treinta í siete días de viaje encontró una tierra 



^ Este primer viaje de Vespucio consta sólo de una relación 
^^ sus cuatro navegaciones escrita por el mismo. El célebre cro- 
'^•sta Antonio de Herrera negó su autenticidad, i trató de aplicar 
*os detalles de su relación a un viaje posterior hecho por Vespasio 
^Oii Alonso de Ojeda. Homboldt {Hisiotre de la gé'ographie du nou- 
^^^n continente tom. IV), declara problemático este viaje, i Was- 
'^íngton Irving lo considera pura invención. De este áltimo pare- 
ar son Muñoz, Navarrete i el vizconde de Santarem, erudito 
Portugués que ha hecho prolijos estudios sobre Vespucio. Los 
autores que han creído en este viaje señalan la costa de Paria 
i^uayana), reconocida por Colon en 1498, como el teatro de los 
^«acnhriraiento^ de Vespucio; i al efecto han correjido su testo pa- 
^H darle esta esplicacion. El historiador brasilero don F. A de 
^ ASNHAGBN ha consagrado un intesante folleto ( Vespuce et son 
premier voyage^ París, 1858) a sostener el viaje del navegante flo- 



184 HISTORIA DE AMÉKKíA 



situada en los IG grados -^ de latitud norte, i a los 75 de 
lonjitud de las Canarias. Los buques anclaron en estos 
parajes. Vespucio encontró indios desnudos con quienes 
quiso entrar en comunicación, pero (|ue huyeron a la vista 
de las naves. Los navegantes continuaron su viaje hacia 
el noreste sin apartarse mucho de la costa. Tres dias des- 
pués fondeó en un lugar seguro, desembarcó 40 hombres, 
hizo algunos cambios con los indíjenas i tuvo ocasión de 
estudiar sus costumbres. Los espedicionarios siguieron na- 
vegando durante muchos dias i haciendo frecuentes desem- 
barcos. Al fin llegaron a un puerto en medio del cual en- 
contraron una especie de pueblo cuyas casas estaban cons- 
truidas sobre el agua i con puentes levadizos. Vespucio fijó 
la latitud de este pueblo a 80 leguas al sur del trópico de 
Cáncer ^^\ Los esploradores se interiorizaron algo en a(|uel 
territorio, entraron en relaciones con sus habitantes i ob- 
servaron sus costumbres. De allí dirijieron su rumbo hacia 
el norte i llegaron a otro puerto regado por muchos rios, 
abundante en peces i aves i situado bajo el trópico. Allí 
supieron que aquella tierra se denominaban Lariab ^K 



rentino i a probar con su testo intacto que este recorrió mui di- 
versas latitudes en su primera esploracion. Sc^un él demuestra, 
Vespucio es el primer descubridor del golfo de Mcjico. Sin querer 
nos pronunciar en esta cuestión, nosotros asentamos solamente 
los hechos. 

•♦ Para ajustar la relación de Vespucio a un viaje en la costa de 
Paria o Guayana, Navarrete cree ver un error en la designación 
de esta latitud, i fija () grados en lugar de ICV 

I" Los editores de las relaciones de los viajes de Vespucio han 
creido (pie se hahia e(juivocado al fijar la situación de aíjuel pue- 
blo, i han sostenido que se referia a Coquibacoa, que los es[)ario- 
les llamaron Venezuela por su semejíinza con V'enecia. Varnha- 
gcn acepta la noticia jeo'^ráfica del diario de Vespucio, i dice 
que aquel puerto no era ctro que el de Veracruz, en el golfo 
mejicano. Sin embariijo, la descripción que hace Vespucio de la 
localidad i de las costumbres de sus pobladores, no corresponde 
perfectamente con estos países 

>> Algunos editores escriben Paria, aunque en la edición oriji- 
nal se halla publicado Lariab. Varnhagen presume que debe ser 



PARTE SEÍirNDA.-rAlMTrLO IV \Sl) 



Vespucio prosiguió su camino hacia el norte recorriendo 
una estension que calculó en mas de 800 leji^uas. Después 
de una navegación de tres meses, en junio de 1498. se en- 
contró cerca de un puerto que juzgaba el mejor del mundo. 
Allí recalaron sus naves para hacerles algunas reparacio- 
nes, i entró en trato con los indíjenas que lo tecibieion fa- 
vorablemente. Queriendo volver a líuropa, tocó en una 
isla llamada Ití ^■- donde hizo algunos prisioneros, i llegó 
a. Cádiz en el mes de octubre de 14-98. 

Esta navegación que, como ya hemos dicho, algunos po- 
non en duda i otros niegan absolutamente, fue el tínico que 
ser emprendió en virtud de la autorización de los reyes de 
Hspaña. Estando Colon de vuelta de su segundo viaje, re 
clamó contra ese permiso que atacaba sus privilejios, i ob- 
tvivo su revocación -2 de junio de 1497). Pero su poder no 
se cstcndia a otras naciones de Europa (juc en esa misma 
época prepíiraban lejanas espediciones. 

6. Los Cabot.— Residiacnel puerto de Brístol en Inglate- 
rra, un mercader veneciano llamado Juan Cabot, que alen- 
tado por los descubrimientos de Colon, solicitó de Enri- 
^|ue VII permiso para hacer esploraciones marítimas en las 
"uevas rejiones. Cabot poseía sólidos conocimientos de cos- 
^^ografía, i pensaba que partiendo de Inglaterra habia de 
"^gar mas pronto a las tierras del occidente a causa de la 
configuración del globo, que debia ser m<^*nos ancho enacjue- 
'1^ liarte que bajo las latitudes esploradas por Colon. 

^''^n'ah, en la parte de la costa He Méjico en que est«4 situado 
^^nipico poco mas o menos. Sin embargo, hi provincia de Caria, 

^^^otiocida por Colon en su cuarto viaje, está mucho mas al 

sur. 

^'- Algunos confunden esta isla con la de Haití. Varnhagen, i 
^"esta parte se apoya en la opinión de Ilumboldt, sostiene que 
^s Hila isla muí diferente i que ta!vez es alguna de las que están 
iniriediatas a la de Terra Nova, i aun presume que el puerto don- 
"^ ^'^cspucio reparó sus naves estaba en la desembocadura del rio 
^1^ ^an Lorenzo Las pruebas en que este autor se apoya para 
sost^íner este viaje tienen gran fuerza; pero creemos que todavía 
no puede considerarse definitivamente resuelta esta cuestión. 



186 HISTORIA I>B AMÉBK'A 



En 1496 ^5 de marzo;, el reidíó a Cabot i a sastres hijos 
Luis, Sebastian i Sancho autorización para osar el estan- 
darte real, ocupar i tomar posesión en nombre del rei délas 
tierras que descubriese i de utilizar la quinta parte de sus 
productos. Una escuadrilla compuesta de una nave man- 
dada por Sebastian Cabot i tres o cuatro boques pequeños 
partió de Brístol a principios de mayo de 1497, i a fines de 
junio descubrió la costa del Labrador, i una parte de la isla 
de New Fouland (Terra-Nova». Tomó posesión de estas re- 
jiones a nombre del rei de Inglaterra; i después de haber es- 
plorado un poco hacia el norte buscando un paso para la 
China, bajó con dirección al ecuador i llegó hasta el cabo 
Florida, en la península de este nombre. La falta de víveres 
lo obligó a volver a Inglaterra donde se hallaba de vuelta 
en agosto del mismo año. 

El año siguiente se organizó una nueva espedicion. El 
rei autorizó a Juan Cabot o a sus ajen tes para hacer una 
nueva esploracion con seis buques escojidos a sú agrado • 3 
de febrero). Poco tiempo después murió Juan Cabot, pero 
su hijo Sebastian acometió la empresa i salió de Brístol en 
la primavera de 1498. El resultado de esta espedicion ha 
quedado en la mayor oscuridad. Se ha dicho que visitó las 
rejiones circumpolares, i que el mal resultado de esta esplo- 
racion desalentó a los ingleses i los alejó por entonces de 
todo pro\'ecto de lejanas conquistas. Otros han insinuado 
que Cabot bajó en su segundo viaje hasta las costas de la 
América meridional, i que allí se encontró con los navegan- 
tes españoles. ^^ Investigaciones recientes comienzan a dar 
luz sobre estas esploraciones. 



1-* Son tan poco conccidas estas espedíciones, que frecaen te- 
mente se confunde al veneciano Juan Cabot con su hijo Sebastian, 
que era natural de Brístol. No es seguro que el primero hiciera la 
primera de estas navegaciones, pero se sabe que su hijo mandaba 
¡a nave principal de la escuadrilla. Las mejores noticias acerca de 
estos viajes, aunque mui escuras c incompletas por la escasez de 
documentos, se encuentran en la primera parte de un libro anóni- 
mo titulado, Memoir oí Sebastain Cabot, Londres, 1831. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO IV 187 

7. Viaje de Ojeda i de Vespucio.-— Estos viajes de los ingle • 
ses contribuyeron sin duda a alentar a la corte de España 
en sus proyectos de descubrimientos i conquistas. En efecto, 
a fines de 1498, cuando se tuvo noticia del resultado del 
tercer viaje de Colon, los reyes renovaron el permiso jene- 
ral que antes habian concedido para hacer esploracionesen 
lasrejiones occidentales. Fueron los primeros en aprestarse 
el capitán Alonso de Ojeda i el piloto Juan de la Cosa, que 
habian acompañado al almirante en su segundo viaje. Agre- 
gáronseles también Américo Vespucio i otros marinos i 
aventureros. Su escuadrilla se componia de cuatro naves, i 
con ellas zarparon del puerto de Santa María, el 18 de ma- 
yo de 1499. 

Después de tocar en las Canarias para proveerle de al- 
gunos víveres, Ojeda dirijió el rumbo hacia el occidente; 
pero arrastrados talvez por los vientos, pasó la línea equi- 
noccial i se encontró sin esperarlo con una tierra cubierta 
<íe lagos a los cinco grados de latitud sur ^^. Deseaba se- 
guir costeando hacia el sur, pero no pudiendo vencer la 
^ucrza de las corrientes, se vio obligado a tomar el rumbo 
apuesto i a pasar otra vez la línea con dirección al norte. 
La primera tierra poblada que hallaron fué la isla de la 
T^rinidad donde desembarcaron; i después de haber recono- 
cidos el golfo de Paria, adelantaron su esploracion sin ale- 
jarse mucho de la costa, desembarcaado frecuentemente i 
Sosteniendo con los naturales^ terribles refriegas. 

Los navegantes llegaron a la isla de Curazao, que Ves- 
pucio suponia habitada por una razade jigantes: pero ade- 
lantando sus descubrimientos a lo largo de la costa, arri- 
baron a un golfo que parecia un tranquilo lago. Entraron 
en él i quedaron serprendidos al ver una población, com- 
puesta de casas grandes construidas sobre estacas clava- 
das en el fondo, i comunicadas por puentes levadizos i ca- 



14 Así aparece de las relaciones de Vespucio, aunque la jenera- 
lídad de los historiadores supone que los espedicionarios no ^pasa- 
ron la línea eqninaccíal. 



188 IIISTOUIA VK AMÉRICA 



noas. Ojeda le d¡6 el nombre de golfo de Venecía, por su se- 
mejanza con esta ciudad, de donde nació el de Venezuela 
con que ahora es conocida toda la comarca. Los indios la 
llamaban Coquibacoa. Los pobladores de aquellaciudad se 
ocultaron en los bosques o levantaron los puentes levadi- 
zos de sus casas al acercarse los castellanos. Repuesto.s de 
la sorpresa, dispusieron un ataque contra las naves; pero 
antes trataron de engañarlos con finjidos halagos de amis- 
tad. Ojeda, sin embargo, rechazó el ataque con ventaja, es- 
parció el terror entre sus enemigos i pudo reconocer su po- 
blación. Los esploradores no se limitaron a esto sólo: inte- 
riorizándose en aquel golfo entraron hasta un puerto al 
cual dieron el nombre de San Bartolomé, i (jue sin duda es 
el que ahora se denomina Maracaibo. Los indios los reci- 
bieron aquí amistosamente; les permitieron reconocer el in- 
terior del pais i les obsequiaron aves i animales de varias 
clases, plumas de muchos colores i algunas armas. Ojéela a 
pesar de tan favorable acojida, resolvió adelantar el reco- 
nocimiento de la costa occidental, i llegó en efecto hasta un 
cabo que denominó de la Vela ^-^ El mal estado de sus bu- 
ques, el pobre resultado de la espedicion i el consancio na- 
tural después de tan largo viaje, obligaron a Ojeda a vol- 
ver atrás en busca de la isla Española que había visitado 
anteriormente. 

Gobernaba en ésta todavía Cristóbal Colon. Al saber 
que luibicín desembarcado en Yaquimo.en la costa occiden- 
tal de la isla, algunos avcnturerosespañolcs, despachó con- 
tra ellos al alcalde Roldan, con quien acababa de capitular 
una transacción para poner término a las pasadas desave- 
nencias. Ojeda manifestó sus buenas intenciones en favor 
de Colon i se reembarcó en sus naves; pero poco nías ade- 



1'» Ojeda informó al reí de haber encontrado algunos viajeros 
ingleses en aquellos mares. ¿Eran éstos Cabot i sus compañeros, 
que en esa misma época se hallaban empeñados en una segunda 
espedicion cuyos pormenores se desconocen? ¿Eran otros viajeros 
que habían seguido sus huellas? Faltan los documentos para resol- 
ver esta cuestión. 



PARTH SKOUNlíA.— í'APÍTÜI/) IV 189 

lante bajó de nuevo a tierra en la costa de Jaragua, i trató 
allí de reunir jen te i encabezar una rebelión contra la auto- 
ridad del almirante. Necesario fué que Roldan saliera de 
nuevo en su alcance con intención de atacarlo en caso nece- 
sario. Ojeda no tenia fuerzas para resistir a Roldan, i se 
contentó con capitular i con darse de nuevo a la vela. 

Los viajeros se dirijieron entonces hacia el norte. Descu- 
brieron muchas islas en el archipiélago de las Lucayas, en 
que tomaron mas de doscientos indios para vender como 
esclavos en España; i cambiando el rumbo hacia el este, 
llegaron a Cádiz a mediados de junio de 1500 **'. 

8. Viajes dk Niño i de Pinzón.— Pocos dias después de 
haber salido del puerto de Santa María la espedicion de 
Ojeda, zarpó de Palos una carabela con el mismo rumbo. 
Dirijíala Pedro Alonso Niño, piloto atrevido que habia 
acompañado a Colon en sus primeros A'iajes. Un comer- 
ciante de Sevilla llamado Luis Guerra, le habia suministra- 
do la nave a condición de (|ue el mando de ésta estuviera a 
eargo de su hermano Cristóbal. Reunieron treinta i tres 
hombres; i provistos de los datos que arrojaba la carta del 
último viaje de Colon, se dieron a la vela a mediados de 
junio de 1499. 

Este puñado de valientes aventureros se engolfó en el 
océano siguiendo el rumbo que habia llevado Colon, i lle- 
gó al continente al sur del golfo de Paria, pocos dias des- 
pués de haber recorrido Ojeda esas mismas costas. Como 
éste, continuaron navegando hacia el norte, i desembarca- 
ron en aquel golfo para cortar madera de tinte con con sen- 
timiento de los naturales. Saliendo de él, por la angostura 
que Colon habia llamado Boca del Dragón, encontraron 



í»' Navarrete, Introducción a los documentos reunidos en el 
JIÍ tomo de su célebre Colección. Hsta introducción, que contiene 
Ja noticia mas completa de los viajes que se siguieron a los descu- 
brimientos de Colon, está formada en gran parte sobre el libro 
Vil de la Historia del Nuevo Mundo de don J. B. Muñoz que que- 
dó inédito por muerte del autor. Véanse también los Viajes i des- 
cuhrjmientos de los compañeros de Colon ^ por W. Irving. 



190 HISTORIA DE AMÉRICA 



dieciocho canoas de caribes que sin asustarse por la vist 
de la nave, trataban de asaltarla con una lluvia de fl' 
chas. Los castellanos los aterrorizaron con algunas deí 
cargas de artillería, i apresaron una canoa con un caril 
i un indio maniatado, que estaba destinado a un horrib 
banquete de sus apresadores. 

Niño siguió reconociendo la costa i desembarcó en la isl 
Margarita, donde sus compañeros negociaron gran cant 
dad de perlas. Se dirijieron en seguida hacia Cumaná, 
navegaron por esa costa negociando con los naturales ce 
gran cautela, i desembarcando sólo cuando no había pe. 
gro. El reducido número de los castellanos los obligaba 
tomar estas precauciones. Tres meses se detuvieron c 
aquellos lugares. Durante este tiempo observaron aqu 
lias hermosas rejiones i cambiaron sus mercancías obt 
niendo de los indios abundantes víveres, poco oro i basta 
tes perlas. 

Navegando hacia el oeste, Niño i sus compañeros lleg' 
ron a un país llamado Cauchito el 1*^ de noviembre c 
1499. Los naturales los recibieron sin desconfianza, ofr 
ciéndoles el oro i las perlas que con tanta avidez buscabas 
los castellanos. Niño habría adelantado mucho mas si 
esploraciones; pero en un puerto situado un poco mas i 
oeste, en que encontraron una especie de fortaleza que pr< 
tejia las chozas i los sembradíos de los indios, se le presen 
taron cerca de mil de éstos armados de arcos, flechas i m¿i 
zas, resueltos al parecer a impedir todo desembarco. Lo¡ 
esploradores no se atrevieron a entrar en combate; i des 
haciendo el camino que habían andado, visitaron de nueve 
aquellas costas para rescatar oro i perlas, i dieron la vuel 
ta a España. A mediados de abril de 1500 arribaron a 
puerto de Bayona en Galicia, cargados de perlas, como s 
fueran paja ^•. 

En esa época acababa de salir del puerto de Palos ( prir 



17 Accedunt tándem nautae union¡l)us, uti paleís, onusti. I 
M\RTVR, De rchus oceanicis dec. I, lib. VIII, p. 94. 



PARTE SECUNDA. — CAPÍTULO IV llU 

cipios de diciembre de 1499) una escuadrila espedicionaria 
compuesta de cuatro carabelas, que estaban destinadas a 
tlilatar el reconocimiento del continente americano. La 
mandaba Vicente Yáñez Pinzón, el capitán de una de las 
naves con que hizo Colon su primer viaje, i lo acompaña- 
ban muchos marinos que habian seguido al almirante en 
las esploraciones subsiguientes. 

Pinzón dirijió su rumbo hacia el suroeste, i pasó la lí- 
nea equinoccial en medio de una tempestad deshecha. El 20 
de enero de 1500 descubrió tierra a los ocho grados de la- 
titud sur, en un cabo que denominó de Santa María de la 
Consolación. Allí desembarcó con escribano i testigos 
para tomar posesión solemne de aquellas rejiones a nom- 
bre de la corona de Castilla. Queriendo, sin embargo, ha- 
cer un reconocimiento en el p^is, sus soldados encontra- 
ron los guerreros indios dispuestos al combate, pero los 
castellanos evitaron la lucha, i el siguiente dia comenza- 
ron la esploracion de la costa dirijiéndose hacia el nor- 
oeste. 

No tardó Pinzón en hallar la desembocadura de un rio 
Cjiíe le ofrccia c«)modo i seguro fondeadero. Desembarcaron 
í^llí algunos de los suyos, pero luego se vieron acosados 
por un inmenso número de indios desnudos que los persi- 
guió hasta las chalupas. Trabóse entonces una cruel re- 
friega: los salvajes rodeaban los botes nadando o con el 
agua hasta la cintura, sin que las armas ni el coraje de los 
castellanos les causaran el mas lijero pavor. AI fin logra- 
ron llevarse una chalupa, dar muerte a ocho o diez caste- 
llanos i herir a casi todos los que se atrevieron a desem- 
barcar. 

Este combate importaba una derrota para los descubri- 
dores. Pinzón no creyó prudente permanecer en aquel lu- 
gar, i siguió su navegación hasta encontrar, en las cerca- 
nías de la línea equinoccial, dulces i frescas las aguas del 
mar, fenómeno que no podia esplicarse sino por la inme- 
diíicion de un gran rio. Se dirijió hacia tierra, i reconoció 
en efecto el caudaloso Marañon, llamado mas tarde Ama- 



192 HISTORIA DE AMÉRICA 



zonas o de Orellana. En su embocadura, encontró un gri 
po de islas verdes i pintorescas, pobladas por indios pac 
fieos que lo recibieron amistosamente; pero sin deteners 
mucho tiempo allí, navegó hasta el golfo de Paria sin atn 
verse a desembarcar. Los indios de aquellas tierras, ta 
pacíficos con los primeros españoles que las abordaror 
estaban ahora embravecidos, i desde la playa desafiaba 
resueltamente a los esploradores. Pinzón continuó al fií 
su viaje por la Boca del Dragón, e hizo rumbo a la Espc\ 
ñola, a donde llegó el 23 de junio de 1500. 

El resto de su navegación fué una serie no interrumpid.' 
de desgracias superiores a las que hasta entonces habiíii 
sufrido los castellanos en aquellos mares. Queriendo rece 
hocer las islas del archipiélago de Bahama, perdió dos na 
ves con sus tripulaciones completas, i después de haber su 
frido muchas averías en las otras dos, volvió al puerto d» 
Palos el 30 de setiembre de 1500. A pesar de estas des 
gracias i de la poca utilidad comercial de esta esploracion 
Pinzón volvia a España satisfecho de su viaje, i convencí 
do de que las tierras que acababa de visitar formaban paa 
te de un vasto continente. Hasta entonces ningún viajer 
habia adelantado tanto como él los reconocimientos hT 
cia el sur. 

9. Viaje de Lepe i de Bastídas; secundo viaje de Oji 
DA. — Diego de Lepe, vecino de Palos, emprendió un virij 
de reconocimiento casi inmediatamente después de haber* 
partido Pinzón para el nuevo mundo. Siguiendo las luit 
lias de su predecesor, Lepe arribó como el al cabo de Sm 
Agustin, en la parte mas sobresaliente de la costa orientri 
de la América del Sur. Su viaje no ofrece de notable maí 
que una sola circunstancia: Lej)c dobló el cabo al sur, i no 
tó que la costa se dirijia violentamente hacia el sur oeste, 
lo que era el primer anuncio de que este continente j)odic 
tener una forma piramidal, como el África. Se tienen ])o 
cas noticias acerca de este viaje; pero se sabe que antes (1< 
mediados de lóOO estaba de vuelta en España, i cpie ])re 
sentó al obispo Fonscca un mapa de aquella costa (}ue du 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO lY 198 

rante muchos años fué considerado como un importante 
documento jeográfico. 

ün escribano de Sevilla llamado Rodrigo de Bastidas, 
emprendió en octubre de 1500 un nuevo viaje de esplora- 
cion en busca del oro i de las perlas que habian enriquecido 
a algunos de sus predecesores. Llevaba en su compañía al 
célebre piloto vizcaíno Juan de la Cosa, que después de al- 
gunos viajes anteriores acababa de construir una magní- 
fica carta de las rejiones esploradas del nuevo mundo ^^. Al 
revés de Lepe, Bastidas estendió los descubrimientos en 
la parte norte del continente, desde el cabo de la Vela, a 
donde habia llegado Ojeda, hasta el puerto de Nombre de 
Dios, reconociendo al efecto las costas de Santa Marta, 
desembocadura del rio Magdalena, golfo de Darien i la 
rejion oriental del istmo, hasta mas adelante del cabo de 
San Blas. Bastidas negociaba lealmente con los natura- 
les; i recojió una abundante cosecha de oro i perlas; pero 
tuvo que sufrir contrariedades de los elementos ¡ de los 
hombres. Sus buques fueron agujereados por el broma, gu- 
sano de mar que destruye fácilmente la tablazón de las 
embarcaciones; i al llegar a la Española para reparar sus 
buques, Bobadilia, que gobernaba allí, lo sometió a juicio 
i lo mandó preso a España. Las tempestades destru^^eron 
algunas de las naves que volvían a Europa en esta oca- 
sión; pero una vez llegado a Eíspaña (setiembre de 1502), 
los reyes decretaron su libertad i aun le asignaron una 
pensión vitalicia por sus descubrimientos. 

El capitán Alonso de Ojeda no habia olvidado el prove- 
cho que obtuvo en su viaje anterior; i animado no sólo por 
su espíritu aventurero sino también por el deseo de recojer 
oro i perlas, solicitó permiso para proseguir los descubri- 
os Esta carta orijinal era de propiedad de un sabio francés, 
el barón de Walckenaer. Después de su muerte fué comprada por 
el gobierno español, i forma hoi una de las mayores precipsida- 
des del Museo Naval de Madrid. ÍIitmbolüt la ha reproducido 
en el tomo Y de su Ilistoirc fie la q6o<j^rnphíe dii nouvenu cotJ' 
tínent. 

TOMO I 13 



194 HISTORIA DB AMÉRICA 



mientos í para establecer una población en la provincia de 
Coquibacoa. Los reyes le concedieron lo que pedia, i aun 
el gobierno de aquella rejion; pero Ojeda no pudo apres- 
tar mas que cuatro naves con que salió de Cádiz en enero 
de 1502. 

Su espedicion fué una serie no interrumpida de aventu- 
ras señaladas por las violencias cometidas contra los na- 
turales. Ojeda costeó una parte del norte del continente 
rescatando de los indíjenas perlas i telas de algodón, i lle- 
gó a una tierra que los indios llamaban Curiana, mas al 
occidente de otra que con el mismo nombre estaba situa- 
da al frente de la isla Margarita. Allí resolvió proveerse 
de víveres acuchillando a los indios por sorpresa. Después 
de consumada esta maldad, se encontró en el mismo esta- 
do de escasez de provisiones, i siguió su viaje hacia el oeste 
hasta un puerto que denominó de Santa Cruz, en las in- 
mediaciones del cabo de La Vela, donde trató de estable- 
cer una colonia. Sin embargo, escasearon tanto los víve- 
res que sus subalternos, exasperados por las privaciones 
i por el despotismo i la codicia de Ojeda, se sublevaron con- 
tra él, lo prendieron y lo llevaron cargado de cadenas a la 
Española (setiembre de 1502), para seguirle un proceso 
de que sólo se vio libre un año después, i esto sólo por el 
favor de que gozaba en la corte su protector el obispo Fon- 
seca. Como se ve, este viaje de Ojeda no adelantó en nada 
los descubrimientos. 

De este modo, los españoles después de diez años de via- 
jes i esploraciones habian reconocido casi todas las islas de 
las Antillas i una grande estension de la costa de la Améri- 
ca del Sur. La empresa que en 1492 parecia el sueño absur- 
do de un loco jeno vés, habla revelado en 1 502 rejiones abun- 
dantes de oro, perlas i otras valiosas producciones; i se 
anunciaban todavía nuevos i mas importantes descubri- 
mientos. 



CAPITULO V. 



DeffcnbrimieiitOH de Ion portufi^neiieii.— mtimo viaje 
de Colon. -SSn muerte. 



(1497-1506) 



1. Vasco de Gama: descubrímíentoálel camino marítimo a la In- 
dia. — 2. Pedro Alvarez Cabral; descubrimiento del Brasil.— 3. 
Viajes de Vespucio al servicio del Portugal.— 4'. Cuarto viaje 

de Colon 5. Padecimientos de Colon en [iimaica.— 6. Vuelta 

de Colon a España. — 7. Su muerte 8. ¿Quién dio a la Amé- 
rica su nombre actual? 



1. Vasco de Gama: descubrimiento del camino marí- 
Ti Mo A la India.— Al mismc tiempo que Colon i sus compa- 
ne r-os adelantaban sus descubrimientos, los portugueses 
Pt"oseguian sus navegaciones al oriente por el mismo cami- 
nc> que buscaban desde tanto tiempo atrás. Después del 
^í^inbo de Bartolomé Díaz en 1488 trayendo la noticia de 
"^ber doblado la estremídad del África, el rei don Juan II 
^o había cesado de estimular los viajes de reconocimientos 
Pc>r mar i por tierra. Los descubrimientos de los españoles, 
^^jos de disminuir su entusiasmo, lo indujeron a redoblar 
^^s esfuerzos. Seguro de que bastaba circunnavegar aquel 
^^ntinente para llegar a la India, preparó un gran viaje de 
^sploracion que no pudo llevar a término. La muerte lo 
^^^i^prendió en 1495 antes de haber dado cima a aquella 



ion HISTORIA DE AMÉRICA 



grande empresa. Su sucesor don Manuel, heredero de sus 
estados i de su entusiasmo i)or los descubrimientos marí- 
timos, preparó la escuadrilla que habia de consumar esta 
obra. 

Vasco de Gama, hidalgo portugués que se habia distin- 
guido en los reconocimientos en las costas de África, fué 
destinado para hacer este viaje. Su escuadrilla se compo- 
nía sólo de cuatro naves, i con ella salió de Lisboa el 8 de 
julio de 1407. Gama dirijió su rumbo al sur sin apartarse 
mucho de la costa de África, tocando en las islas de Cabo 
Verde para refrescar sus víveres i sufriendo frecuentes con- 
trariedades por los vientos i las tempestades. El 4? de no- 
viembre entró a la bahía de Santa Elena, situada en las 
inmediaciones del cabo de Buena Esperanza, para repo- 
nerse de las fatigas del viaje. Los navegantes doblaron el 
cabo con buen tiempo i prosiguieron éu navegación por la 
costad oriental del África, desembarcando con frecuencia 
en algunos puertos i observando en ellos una civilización 
que no esperaban hallar, i que era mas refinada así que 
adelantaban al norte. De Melinde dirijieron el rumbo al 
través del océano asiático, i el 22 de mayo de 1498 fondea- 
ron en la bahía de Calicut, en la costa occidental del In- 
dostan. 

La ricjueza de estepais, su civilización i su industria aven- 
tajaban en mucho a la idea que los portugueses se habian 
formado de la India. Gama habria querido establecerse en 
aquella costa en nombre del rei de Portugal; pero le faltaba 
jente para sostener una colonia, i mercancías para nego- 
ciar con los indíjenas. Apresuróse por tanto a volver a 
Portugal a anunciar el resultado de su viaje i a pedir recur- 
sos con (|uc acometer otra espedicion i asentar el dominio 
de los i)ortugueses en los mares de la India. El 14 de setiem- 
bre de 1499, los esploradores entraron en Lisboa. El anun- 
cio de susdcscubrimieiitosfiu's'ilu la lo coa solemics fiestas. 

2. Pkdi^í) Alvvkrz Carral; DFscrnRiMiE.NTO dkl Bra- 
sil.— La crirte de Portugal recibió con grande entusiasmo 
la noticia de los descubrimientos de Gama- El rei mandó 



PA&TB SEGUNDA. — CAPÍTULO V 19? 

preparar con la mayor actividad una escuadra que fuera a 
establecer factorías a las costas de la India. Algunos nego- 
ciantes se asociaron a esta empresa; i se alcanzaron a equi- 
par por todo once naves. El mando de todas ellas fué con- 
fiado a Pedro AlvarezCabral, caballero de noble cuna, pero 
que no se había ilustrado aun por hechos anteriores. La 
escuadrilla salió de Lisboa el 9 de marzo de 1500. 

Por consejo de Vasco de Gama, el rei encargó a Cabral 
que en la altura de Guinea se apartase cuanto pudiese de 
las costas de África para evitar las calmas constantes que 
allí reinan. Obedeciendo esas instrucciones ^ i arrastrado 
talvez por los vientos, a los cuarenta i tres dias de viaje, el 
22 de abril, Cabral avistó al oeste, en una tierra descono- 
cida, un monte «nlto al cual llamó Pascual, en atención a la 
fiesta de pascua que acababa de celebrar a bordo. La es- 
cuadrilla se acercó a la costa el dia siguiente; i bajaron a 
tierra los intérpretes de lenguas africanas i asiáticas que 
llevaba Cabral, para comunicarse en sus viajes. Sus esfuer- 
zos fueron completamente inútiles: los portugueses acaba- 
ban de descubrir la costa del Brasil a 17 grados de latitud 
austral, i encontraron en ella indios que los recibieron hos- 
pitalariamente, pero que perteiiecian a una familia mui di- 
ferente de las que habia hallado Gama en sus espediciones. 
Cabral se encaminó hacia el norte, i fondeó con sus naves 
en una bahía que denominó Porto Seguro. Allí desembarcó 
para reconocer las tierras inmediatas i tomar posesión de 
ellas en nombre del rei de Portugal, levantando al efecto 
una cruz de madera con las armas del monarca. Cabral 
cfeia haber descubierto una isla, i las señas de los indíjenas 
lo confirmaron en este error. Dióle el nombre de isla de Ve- 
ra-Cruz, con que fué conocida durante mucho tiempo aque- 
lla costa 2. 



1 Don Francisco A. de Vannhagkn ha publicado al fin del pri- 
mer tomo de su Historia ffencrnl do Bnizií el facsímile de una 
parte del informe que Gama habia dado para fijar las instrijccio- 
ntrs de Alyarez de Cabral. 

2 El Brasil fué llamado durante mucho tiempo tierra de la San- 



198 mSTOEIA DB AMÉRICA 



De acuerdo con los otros capitanes, Cabral despachó 
para el Portugal una carabela con la feliz noticia; i para 
comprobarla remitía vestuarios, armas i utensilios deaque 
líos indios, Ordenó en seguida que dos criminales que lleva 
ba en su escuadra fuesen dejados en tierra para que se im 
pusiesen de la lengua de aquel pais i pudieran mas tarde 
. servir de intérpretes. Hecho esto, se dio a la vela para e! 
oriente el 2 de mayo de 1500. 

3. Viajes de Vlspucio al servicio del Portugal.— La 
noticia de este descubrimiento no causó gran satisfaccior 
al re¡ del Portugal, que se hallaba preocupado con el grar 
proyecto de asentar su dominación en la India. Por otrs 
parte, los informes suministrados por los descubridores nc 
eran mui lisonjeros para los que tenian la espectativa de 
conquistar las ricas rejiones del Asia. '*Hasta ahora, decis 
Yaz de Caminha en su célebre carta, no podemos saber s 
hai oro, plata, o alguna cosa de metal i ni aun de fierro 
pero la tierra en sí es de buenos aires así frios i templados 

como los de Entre Duero i Miño Pero el mejor frute 

que en ella se puede recojer me parece que será salvar est£ 
jente; i esta debe ser la principal semilla que V. A. deb( 
plantar en ella.'* Todo esto no era, pues, mui halagüeño 
para los que soñaban con ser señores de la especiería, de 
oro i de las piedras preciosas del oriente. 

Sin embargo, hallábase entonces en Lisboa Amcrico Ves 
pucio, aquel piloto florentino que habia acompañado f 
Ojeda en su viaje a la costa de Paria. El rei de Portugal le 



ta Cruz Cambiósele este nombre por la abundancia de una iiia 
dera tíntoria semejante a otra que los europeos recibían desde Ií 
edad media de la India oriental, i que denominaban palo brasil 
La relación del viaje de Cabral consta de una carta estensa i pro 
lija del escribano de la escuadra Pedro Vaz de Caminha, publica 
da por Ayrrs dk Cazal en la introducción de su Corof^rnjthii 
DrasíUca i de otros documentos dados a \m en el tomo II de h 
Cohcqao de noticias para a historia e geo^raphia das n¿i(^'os ultra 
marinas, impresa en Lisboa. Bn el tomo IV de esta misma colee 
cion ha sido publicada la célebre carta de Vaz de Caminha. 



PARTE SEGUNDA.— KJ A PÍTULO V 199 

había llamado a la corte con la idea, sin duda, de utilizar 
sos vastos conocimientos cosmográficos. Embarcóse en 
una escuadrilla de tres carabelas que zarpó de Lisboa el 10 
de mayo de 1501; i habiendo tocado en la costa de África 
para renovar sus provisiones, encontró las naves con que 
Pedro Alvarez de Cabral volvia de la India. En su viaje por 
el Atlántico sufrieron los portugueses horribles tempesta- 
des; pero calmadas éstas, descubrieron el 7 de agosto el 
cabo de San Roque, situado a los 5^ de latitud sur, i por 
lo tanto en la costa que habian visitado los castellanos. 
De allí, dirijieron su rumbo al sur. A esta escuadrilla se de- 
ben atribuir los nombres puestos no sólo al mencionado 
cabo sino también a los parajes situados mas al sur a que 
iban llegando los navegantes, i que corresponden con las 
fiestas del calendario romano, a saber cabo de San Agus- 
tín, rio de San Francisco, cabo de Santo Tomas, Rio de Ja- 
neiro (enero), caleta de los Reyes, isla de San Sebastian, 
puerto de San Vicente i de la Cananea i cabo de Santa Ma- 
ría. En este viaje, los esploradores recorrieron una consi- 
derable estension de costa talvez hasta inmediaciones del 
estuario del Plata; i después de haberse provisto de leña, 
agua i algunos víveres, dieron vuelta a Europa el 13 de fe- 
brero de 1502. En su viaje tocaron de nuevo en la costa de 
África para repararse, i llegaron a Portugal en agosto del 
mismo año. 

A principios de 1503, partió de Lisboa con el mismo 
rumbo otra escuadrilla de seis naves, a la cual acompaña- 
ba de nuevt> el mismo Américo Vespucio. Se cree que el ver- 
dadero fin de esta espedicion era buscar por el occidente un 
paso para los mares del oriente, como pensaba Cristóbal 
Colon. A las naves de esta escuadrilla, cuyo éxito fué ma- 
logrado en virtud de la pérdida o dispersión de una parte 
de ella, se debió el descubrimiento de la Bahía de todos los 
Santos i la fundación de la primera factoría portuguesa en 
el Brasil, la cual tuvo lugar no lejos de Porto Seguro que 
habia visitado Cabral. Dejaron ahí veinticuatro portugue- 
ses i doce piezas de artillería con otras muchas armas i pro- 



2Ó0 HISTORIA DE AMÉRICA 



visiones para seis meses. Entonces dieron la vuelta a Euro- 
pa; i el 28 de junio de 1504? entraron por fin a Lisboa ^. 

4. Cuarto viaje de Colok.— Los descubrimientos de los 
portugueses produjeron en España nuevo entusiasmo por 
los viajes marítimos. Los reyes de Castilla i de Aragón esta- 
ban persuadidos de que era menester entender los reconoci- 
mientos antes que una nación estraña se enseñoreara de las 
ricas rejiones del nuevo mundo. Para esta obra tenian en 
España a Cristóbal Colon, que en cada uno de sus viajes ha- 
bía hecho descubrimientos importantes i los habia adelan- 
tado de una manera tan rápida i admirable. El almirante 
también, recordando los paisesque habia visitado en su ter- 
cer viaje, creia que con mui poco trabajo podia hallar un ca- 
mino mas corto a la India i llegar a tiempo de disputar a 
los portugueses el comercio i las riquezas de aquellas ma- 
ravillosas comarcas. 

Los reyes desplegaron mucho ardor para la ejecu<?ion de 
este pensamiento: pero sólo pusieron a disposición del al- 
mirante dos naves i dos carabelas. En ellas se embarcaron 
poco mas de cien hombres, el hermano de Colon don Bar- 
tolomé i su hijo Fernando, niño entonces de 14 años, pero 
que manifestaba ya la intelijeacia clara i el corazón eleva- 
do con que mas tarde habia de trazar la historia de su ilus- 
tre padre. Los reyes, tomando por protesto la necesidad de 
no perder tiempo, le previnieron que en su viaje no tocase 
en la isla Española que suponían ajilada todavía por las 



-i Varnhagen, Historiíi gcral do Brazil, toin. I, sec. II.— Vcspu- 
ció, Quator navii^ationcs, publicadas en 130 !• en italiano, 1503 en 
latin, 1506 en alemán i 1507 en italiano, i traducidas al castella- 
no en el III vohiinen de la Colección de NavarkRTK. Este libro del 
célebre navegante ílorentino, impreso i reimpreso con muchos erro- 
res en los nombres i en las cifras, ha dado lugar a estudios j)roU- 
jos de erudición histórica que no es del caso analizar aquí. En 
nuestra narración aceptamos la apreciación que de él hace Varn- 
hagen, el cual se aparta mui [)oco de las que ha emitido el barón 
de Humboldt. Faltan los datos para fijar los nombres de los jefes 
de las espediciones en que Vcspucio tomó parte i que contó en su 
libro. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO V 201 



convulsiones anteriores, pudiendo hacerlo a la vuelta en 
caso necesario ^. **No habéis de traer esclavos, agregaban 
en su instrucción; pero si buenamente quiere venir alguno 
por lengua con propósito de volver, traedle/' 

Colon no vaciló en tomar el mando de una escuadrilla 
tan débil para consumar la grandiosa empresa que proyec- 
taba. El 9 de mayo de 1502, salió del puerto de Cádiz; i 
después de tocar en las Canarias, dirijió su rumbo hacia las 
tierras que liabia esplorado en su tercer viaje. Desgracia- 
damente, la nave mayor de su flota tenia tan mal andar i 
se hallaba en tan mal estado que se vio en la necesidad de 
acercarse a la Española para cambiarla por otra. Gober- 
naba allí todavía don Nicolás de Ovando, aquel alto fun- 
cionario que los reyes enviaron para tranquilizar la colo- 
nia después de la prisión del almirante, i reparar los agra- 
vios inferidos a éste. Ovando habia hallado el gobierno de- 
la isla en el mas espantoso desorden por las debilidades i 
torpezas de Bobadilla, i habia embarcado a éste para remi- 
tirlo a España en una flota de dieciocho naves que estaba 
apunto de hacerse a la vela el 19 de junio de 1500, cuando 
Colon, desde la entrada del puerto, mandó a tierra un men- 
sajero. Pedia a Ovando permiso para resguardarse de un 
furioso temporal que creia próximo, i le suplicaba que le 



* Lafuünte, (Hist. jcneral de España^ tom. X, páj. 153, en la 
nota) crítica a Prescott, mang i Lamartine por cuanto escribie- 
ron que los reyes no habian permitido a Colon que se acercara a 
la isla Española en su cuarto viaje, i cita en su apoyo las instruc- 
cionesdadas al almirante en que no se encuentra tal negativa. Has- 
taaquí, el historiador español parece tener razón; pero se olvidó de 
consultar la carta con que los reyes remitieron a Colon sus ins- 
trucciones, en la cual se encuentran las palabras que siguen: **I a 
Jo que decis para este viaje a que vais querriades pasar por la Es- 
pañola, ya os dijimos que porque no es razón que para este viaje a 
que agora vais se pierda tiempo alguno, en todo caso vais por 
este otro camino, que a la vuelta, placiendo a Dios, si os pareciere 
que será necesario, podréis volver por allí de pasada para detene- 
ros poco." Carta de Valencia de 14 de marzo de 1502, en Nava- 
naETi?, tom. I, páj. 277. 



202 HISTORIA DB AMArICA 



permitiese cambiar sn nave por otra en mejor estado para 
proseguir sus descubrimientos. 

Su rápida elevación habia ensoberbecido a Ovando. En 
lugar de atender la súplica del almirante, le dio por única 
contestación la orden de alejarse del puerto. Así lo hizo Co- 
lon; pero antes de retirarse, envió a Ovando un nuevo men. 
saje en que le suplicaba que no {permitiese s¿ilir los buques 
del puerto porque habia indicios indudables de una terrible 
tempestad. El gobernador despreció este aviso; e instado 
por los enemigos de Colon, mandó salir las naves cargadas 
déjente i de oro que enviaba a los reyes como muestras de 
su administración. Ix>s pronósticos del almirante se reali- 
zaron. Dos días después estalló una de esas violentas tem- 
pestades con que se anuncia en el mar de la Antillas el paso 
de una estación a otra. La mayor parte de las naves que 
que componían la escuadra fué sumerjida por las olas; i con 
ellas perecieron Bobadilla, Roldan i muchos otros enemi- 
gos de CoUíU, con los tesoros que habían aglomerado. 
"Aquí es del caso advertir, esclama un historiador, cuanto 
poder tiene la justicia de Dios en el castigo de los crímenes 
de los hombres i reflexionar seriamente que todos nuestros 
tesoros i riquezas en que con tanto afán fijamos nuestra 
esperanza i nuestra fe son sombras i sueños" ^. Las naves 
que salvaron del naufrajio volvieron muí averiadas a San- 
to Domingo, i sólo una, la mas frájil de todas, según don 
Fernando Colon, siguió sin interrupción su viaje a España. 
Era ésta la que conducía los tesoros del almirante, confis- 
cados por Bobadilla i devueltos a su dueño por una orden 
de los reyes. 

Colon, entretanto, pasó la tormenta resguardado en una 
caleta de la costa, espuesto es verdad al peligro, pero sin 
sufrir jx'rdida alguna en su escuadrilla. Calmado el tiempo, 
se dirijió con sus naves hacia el continente (14- de julio); 
i después de una navegación de sesenta días, en que vientos 
contrarios i nuevas tempestades lo arrastraron a la isla de 



¿ Be^zoni, Xovie novi orbis htstoriac, lib. I. cap. XII, páj. 52. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO V 203 

Jamaica i al grupo de islas situadas al sur de Cuba i que 
habia llamado Jardines de la Reina, descubrió la isla de 
Guanaja, que está próxima a la costa de Honduras. De allí 
pasó al continente, i desembarcó en un puerto que llamó de 
Cajinas, i que ahora es conocido con el nombre de Trujillo. 
En esta parte, Colon encontró indios mas civilizados que le 
dieron a entender que al oeste existia una nación rica i po* 
derosa en que abundaba el oro i en que habiagrandes cons- 
trucciones. En vez de aprovecharse de esta indicación que 
lo habria llevado á las costas de Yucatán i de Méjico, don" 
de existia en efecto un grande i poderoso imperio, el almi' 
rante, persuadido siempre de que visitaba las costas del 
Asia i de que a poca distancia de aquellos sitios habria de 
encontrar el rio Gánjes, dio la vuelta al oeste i comenzó la 
esploracion de la costa de Honduras hasta el cabo de Gracias 
a Dios (15 de setiembre). Durante esta navegación tuvo que 
luchar con los vientos i las corrientes; pero en ese cabo el 
tiempo i el mar parecian favorables. A pesar de que sus na- 
ves se hallaban en mal estado, i de que sus tripulaciones se 
manifestaban enfermas i cansadas con tan largo viaje, Co. 
Ion siguió su rumbo al sur para adelantar sus reconoci- 
mientos. 

En esta esploracion, el almirante alcanzó hasta el puerto 
de Escribanos, cerca de la punta de San Blas, a donde ha- 
bia llegado Bastidas en 1501. En su viaje esploró prolija- 
mente toda la costa i aun desembarcó en algunos puntos. 
Buscaba un estrecho que lo llevara al occidente, i con este 
objeto reconocia los golfos i los rios. El 9 de enero de 1503 
fondeó en la desembocadura de un rio que llamó Belén, i 
desde ahí mandó a su hermano don Bartolomé que recono- 
ciera con alguna jente el interior del pais. El adelantado 
talló ricos lavaderos en que recojió sin gran trabajo una 
considerable cantidad de oro. Colon concibió la idea de 
fundar allí una colonia. **Yo tenia mucho aparejo para edi- 
ficar i muchos bastimentos, dice el almirante. Asenté pue- 
blo i di muchas dádivas al Quibian, que así llaman al señor 
de la tierra; i bien sabia que no habiade durar la concordia: 



201 HISTORIA DK AMÉRICA 



los indios eran muí rústicos i nuestra jent:e mui importu- 
na'* ^ . Sucedió en efecto lo que habia previsto: las violencias 
de los españoles produjeron una jeneral sublevación de los 
indíjenas. El mayor número de éstos triunfó al fin sobre 
sus enemigos. Muchos de los castellanos fueron asesinados 
por los indios; i Colon mismo, atacado de una fuerte fiebre 
que le habian producido los desvelos i la insalubribad del 
clima, se vio forzado a abandonar una colonia que no podia 
sostener. 

Kefiere Colon que rendido de fiebre i de fatiga, i casi sin 
esperanzas de escaparse de una muerte inevitable, subió a 
una altura para ver si divisaba algún socorro. *'Cansado, 
dice, me dcrmecí jimiendorunavoz mui piadosa oí diciendo: 
¡O estulto i tardo a creer i a servir a tu Dios, Dios de todos! 
¿Qué hizo él mas por Moisés i por David su siervo? Desque 
naciste, siempre él tuvo de ti mui grande cargo. Cuando te 
vido en edad de que él fué contento, maravillosamente hizo 
sonar tu nombre en la tierra. Las Indias, i|uc son parte del 
mundo, tan ricas, te las dio por tuyas: tú las repartiste á 
donde te plugo i te dio poder para ello. De los atamientos 
de la mar océana, que estaban cerrados con cadenas tan 
fuertes, te dio las llaves, i fuiste obedecido en tantas tierras, 
i de los cristianos cobraste tan honrada fama, ¿Qné hizo él 
mas por el alto pueblo de Israel cuando le sacó de líjipto? 
Ni por David, que de pastor hizo rei en Judca? Tórnate a él, 
i conoce ya tu yerro; su misericordia es infinita: tu vejez no 
impedirá a toda cosa grande: muchas heredades tiene él 
grandísimas. Abraham pasabii de cien años cuando enjen- 
dró a Isaac, ¿ni Sara era moza? Tú llamas por socorro in- 
cierto, i responde ¿(juién te ha aflijido tanto i tantas veces, 
Dios o el mundo? Los privilejios i promesas que da Dios, no 
las quebrantíi, ni da después de hciber recibido el servicio, 
que su intención no era ésta, i que se entiende de otra ma- 
nera, ni del martirios ])or dar color a la fuerza: él va al pié 



G Carta (le Colon a los reyes, escrita en Jamaica el 7 de julio 
de 1503. 



PAUTE SBOITNDA. -CAPITULO V 205 



déla letra: todo lo que él promete cumple con acrecenta- 
miento ¿esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fe- 
cho por ti i hace con todos. Ahora medio muestra el galar- 
dón de estos afanes i peligros que has pasado sirviendo a 
otros** * . 

Le barra del rio se habia cerrado, i con grandes dificul- 
tades pudo Colon sacar de él tres de sus naves, dejando 
abandonada la cuarta. En Portobelo, donde recaló en 
seguida (abril de 1503), abandonó otra que por estar mui 
agujereada por el broma, apenas podia mantenerse a flote. 
Desde este puerto siguió su viaje hacia el sureste con di- 
rección al golfo de Darien; pero el mal estado de sus naves i 
el espanto i aflicción de sus tripulaciones, lo obligaron a 
cambiar el rumbo hacia el norte i fué a recalar al sur de 
Cuba, que el almirante persistia en llamar Catai, estoes, la 
China de los viajeros de ía edad-media. De allí se encaminó 
ala Española, donde él i sujente esperaban hallar algún 
reparo. Los peligros de este viaje son superiores a toda 
descripción. "Fué maravilla, dice Colon, como no nos aca- 
bamos de hacer rajas Perdido del todo el aparejo i con 

los navios horadados de gusanos mas que un panal de abe- 
jas, i la jente tan acorbadada i perdida, pasé algo adelan- 
te de donde yo habia llegado antes. ..Llegué a Jamaica en 
fin de junio (23 de junio de 1503) siempre con vientos ma- 
los i los navios en peor estado: con tres bombas, tinas i 
calderas no podia con toda la jente vencer el agua que en- 
traba en el navio, ni para este mal de broma hai otra cura." 
El lugar a que arribó fué llamado Puerto Bueno: hoi es co- 
nocido con el nombre de Dry Harbour. 
5. Padecimiento de Colon en Jamaica.— La situación 



7 El sueño de Colon, que copiamos testualmcnte de su carta de 
7jaKo de 1503, es admirado por Humboldt como un hermoso ras- 
go de inspiración. Véase a Villhmain Tahlcau de la littérature au 
moyen ñge, XXIII Ic^on, donde el celebre crítico hace un juicio de 
este fragmento de la correspondencia del gran descubridor. 



206 HISTORIA r>i9 AMÉRICA 



del almirante en aquella isla llegó a ser mui angustiada. 
Al principio, sus compañeros celebraron como un fortuna 
el haber podido arribar a ella para salvar de un eminente 
naufrajio. Atracaron a tierra las naves que estaban casi 
completamente destruidas para guarecerse de la intenif>erie. 
Pero luego comenzaron a sufrir los efectos del hambre, i 
tuvieron que entrar en relaciones con los indijenas para 
proveerse de algunos víveres. Los castellanos estaban aba- 
tidos ante la idea de quedar abandonados en aquella isla, 
i perecer ahí de hambre o a manos de los indijenas. 

En estas circunstancias se le ocurrió a Colon el único 
espediente que podia salvarlo á él i a los suyos. Pidió a los 
indios dos embarcaciones construidas de un solo tronco de 
madera, i dispuso el enviar en ellas un mensaje a la Espa- 
ñola para obtener el envío de una nave en que volver a 
Europa. Dos de sus compañeros, el jenovés Bartolomé 
Fieschi i el castellano Diego Méndez, aceptaron el encargo 
de acompañar a los indios en aquella difícil travesía. Los 
emisarios llevaban también una carta de Colon a los reyes 
en que les daba cuenta de sus esploraciones i de sus des- 
gracias. 

La situación de los que quedaban en la isla no mejoró 
mucho con esto solo. Antes de mucho tiempo, los indijenas 
se cansaron de suministrar víveres a Colon i a sus compa- 
ñeros. Determinados a deshacerse de tan incómodos hués- 
pedes, los indios resolvieron negarles las provisiones que 
hasta entonces les habian obsequiado. En esos momentos 
de jeneral conflicto, el almirante discurrió un arbitrio que 
puso luego en ejecución. Dos dias después debia tener lu- 
gar un eclipse de luna. Colon reunió los indios principales, 
i les dijo que los europeos eran servidores del espíritu que 
presidí al universo desde los cielos, i que ellos por su in- 
constancia i por la conspiración en que tomaron parte se 
habian atraido la cólera celeste. En seguida les anunció 
que en breve la luna pcrderia su luz, que tomaría un color 
de sangre, i que esa seria la señal de las desgracias que 
iban a caer sobre ellos. Los indios recibieron esta noticia 



PARTB 8BOUNDA. — CAPÍTirLO V 207 

con incrédula indiferencia; pero llegó el dia anunciado ^, i 
la luna; como lo habia predicho el almirante, comenzó a 
oscurecerse hasta ponerse completamente roja (6 de setiem- 
bre de 1503). Entonces corrieron a buscar a Colon, carga- 
dos de víveres, para pedirle humildemente que intercediera 
con el espíritu celeste para que se calmara su saña i los li- 
brase del castigo a que se habian hecho acreedores. Colon 
se los prometió; el eclipse comenzó a disiparse, la luna re- 
cobró al fin su resplandor natural; pero los indíjenas no 
volvieron a negar las provisiones a los castellanos. 

Pero si la situación de los españoles mejoró algo mei ced 
a esta estratajema, no tardaron en asomar nuevos conflic- 
tos. Aunque la desgracia era cómun, habia algunos de los 
detenidos en Jamaica que acusaban a Colon de aquel con- 
tratiempo i que tramaban una conspiración. Francisco 
de Porras, capitán de una de las naves, i su hermano 
Diego, escribano de la escuadrilla, fueron los instigado- 
res de este infame complot. El 2 de enero de 1504 se ha- 
llaba Colon enfermo en cama cuando estalló el movi- 
miento. Porras se apersonó al almirante para acusarlo 
de no permitir que sus compatriotas volvieran a España; i 
sordo a la razón, se dirijió a las tripulaciones preguntando 
quiénes querían dar la vuelta a Castilla. En medio de la 
confusión, los sublevados ganaron prosélitos con tan hala- 
güeña esperanza; i tomaron algunas canoas de los indios 
para emprender su viaje a la Española. Sin embargo, no 
les fué posible conseguir este resultado; i después de inútiles 
trabajos que agotaron sus fuerzas, se vieron obligados a 
asilarse en la estremidad oriental de la isla. Colon i su her- 
mano quedaron en el mismo puerto con los marinos que les 
eran fíeles i con los enfermos que no podian moverse de las 



^ PiNGRÉ en su Chronolgie des eclipses, señala uno que tuvo 
hgarelGde setiembre de 1503. Esta fecha corresponde a la de- 
tención de Colon en Jamaica, i debe fijar el dia en «que su situación 
cambió en parte, merced a su estratajema. Bsta fecha no se en- 
enentra señalada en los historiadores. 



208 HISTORIA I)K AMÉRICA 



naves. Los cuidados (juccn estas circunstancias les prodigó, 
aumentaron la estimación que aquellos abrigaban por el 
almirante. 

Sin embargo, esta situación se prolongaba mas de loque 
habia esperado Colon. Habian trascurrido once meses des- 
de la salida de Méndez i Fieschi sin que se tuviera noticia 
alguna. El descontento cundia por instantes, i los desafec- 
tos al almirante hacian circular rumores siniestros, conioel 
de haberse visto un buque náufrago que talvez se habia 
acercado a la isla para socorrerlos. Preparábase ya un rao- 
vimiento contra la autoridad de Colon, cuando una tarde 
al oscurecerse se vio en el mar una vela lejana, infundiendo 
esperanzas hasta en el corazón de los mas desalentados. 
Era un bajel pequeño que mandaba Ovando no para soco- 
rrer a los náufragos sino para espiarlos. Sh capitán era 
Diego de Escobar, enemigo inveterado de Colon que habia 
tomado parte en la rebelión de Roldan i estuvo a punto de 
ser ahorcado por el almirante. Escobar se acercó a la costa, 
i después de observar la situación de los españoles entregó 
a Colon una carta de Ovando llena de vanos cumplimien- 
tos; i tan luego como hubo recibido la respuesta, se dio de 
nuevo a la vela. 

La deses])cracion de los náufragos después de este sucoso 
llegó a su colmo. Se veían burlados en sus espectativa^^ 
cuando crcian (jue iban a embarcarse para salir de aíjiie-** 
espantoso destierro i volver a la Española. Sólo Colon coix" 
servó su calma: temiendo tanto de la exasperación de lo^ 
suyos como de la perfidia de Ovando, creyó (pie convenif»- 
disimular su descontento ante sus compañeros de desgra^ 
cia. Les dijo que la nave de líscobar era pequeña para tras- 
portarlos a todos, i que él mismo no habia querido embar- 
carse esperando (pie volviera pronto con un navio niavora 
llevarlos a todos a la Española. Las esperanzas <le acpic- 
llos desgraciados revivieron (lcs¡)nes de aquella esposicion. 

La verdad de lo ocurrido, como ya Sc'ii)emos, era nuii di- 
ferente. Ovando parecia interesado en ha ruina del íilniiran- 
te, i habi.i (lesaLendido la solicitud de los emisarios cpiepar- 



PARTE SI3f;rNI>A. — CAPÍTULO V 200 



tieron de Jamaica. Oigamos al fiel Méndez referir sus dili- 
¡encías i sus avecturas. **Encomendéme a Dios i a nuestra 
Señora del Antigua, dice, i navegué cinco dias i cuatro no- 
:hes que jamás perdí el remo de la mano gobernando la ca- 
noa, i los compañeros remando. Plugo a Dios nuestro señor 
que en cabo de cinco dias yo arribé a la isla Española, ha- 
biendo dos dias que no comíamos ni bebíamos por no tene- 
llo, i entré con mi canoa en una ribera mui hermosa i estuve 
allí dos dias descansando. Tomé seis indios i comencé a na- 
vegar por la costa hasta la ciudad de Santo Domingo; i ha- 
biendo andado ochenta leguas, no sin grandes peligros i 
trabajos, supe como el gobernador era partido a la provin- 
cia de Jaragua. Esto sabido, dejémicanoa i toméel camino 
por tierra, donde hallé al gobernador, el cual rae detuvo 
allí siete meses hasta que hizo quemar i ahorcar ochenta i 
cuatro caciques. I esto acabado, vine de pié a Santo Do- 
mingo i estuve esperando que viniesen naos de Castilla, que 
habia mas de un año que no habian venido. I en este come- 
dio plugo a Dios que vinieron tres naos, de las cuales yo 
compré la una i la cargué de vituallas, de pan i vino i carne 
i puercos i carneros i frutas, i la envié donde estaba el almi- 
rante para en que viniese él i toda la jente. E yo me vine a 
Castilla delante en las otras dos naos a hacer relación al 
rei i a la reina de todo lo sucedido ^. 

La tardanza de este socorro produjo nuevas ajitaciones 
{disturbios entre los mismos castellanos. Francisco de Po- 
rras i sus parciales se mantenian en otra parte de la isla, i 
en vez de aceptar el mensaje que les mandó Colon para 
anunciarles que sus compatriotas de la Española sabian 
su desgracia i se preparaban a socorrerlos, se armaron i se 
pusieron en marcha para atacar a los castellanos que que- 
daban fieles al almirante. Colon se hallaba en cama, aque- 
jado de la gota, cuando supo esta nueva desgracia. Encar- 



•J Testamento de Diego Méndez hecho en Valladolid a 6 de junio 
de 1536, publicado por Xavarkkte en el tom. I, páj. 314 i siguien- 
tes de su Coicccioa, 

TOMO I 11 



210 HISTORIA DE AMÉRICA 



gó a SU hermano don Bartolomé que marchara al encuen- 
tro de los insurrectos para capitularcon ellos, o para com- 
batirlos en caso que no fuera posible ningún avenimiento. 
El adelantado salió en efecto a campaña; pero no pudiendo 
pacificar a los sublevados, tuvo que empeñar un combate- 
Muchos de ellos sucumbieron en la lucha. El mismo Porras 
cayó herido por don Bartolomé, i el resto se dispersó o se 
rindió al vencedor (19 de mayo de 1504). 

6. Vhelta de Colon a España.— Después de este com 
bate, se pasó todavía un mes sin que los náufragos recibie 
ran los deseados ausilios. Colon empleó este tiempo en res 
tablecer la tranquilidad, acabar de someter a los facciosos 
i curar a los heridos. Fn los últimos dias de junio, por fin 
se avistó una nave. Era la que habia comprado el fiel Mén 
dez en la isla Española, que venia a libertar a los castella 
nos de aquel penoso destierro. Poco después llegó otra que 
mandaba Ovando, cediendo a la fuerza de la opinión con 
que los colonos de Santo Domingo reprobaban su injustifi* 
cable conducta. En ellas se embarcaron los náufragos el 28 
de junio, i se dieron a la vela para Santo Domingo. 

Los resentimiento? que en aquel puerto habían existido 
contra Colon, estaban acallados con la noticia de sus últi- 
mas desgracias. La consideración que se habia negado a 
su mérito se concedió a su infortunio; i el 13 de agosto, al 
desembarcar en el puerto, el gobernador i sus principales 
pobladores salieron a recibirlo con las mas señaladas mues- 
tras de estimación. El almirante aceptó con cortesía estas 
atenciones, pero no creyó en la sinceridad de Ovando que 
lo habia dejado abandonado por mas de un año en la isla 
de Jamaica. En efecto, luego se pudo conocer que el gober- 
nador tenia interés en el descrédito de Colon. Ovando puso 
en libertad a los facciosos que aquel habia apresado, i con 
mucha urbanidad combatió las pretensiones de Colon al 
gobierno de aquellos países. 

El almirante no tenia tampoco muchos deseos de perma- 
necer mas tiempo en la colonia. La administración de Ovan, 
do habia cambiado/le tal modo el estado de la isla,(|ue Co- 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO V • 211 

Ion no la reconocía. El nuevo gobernador había hecho una 
guerra de esterminío a los infelices indios, i los que no ha- 
bían muerto en la resistencia sucumbieron agobiados por 
las fatigas causadas por penosos trabajos a que no estaba 
acostumbrada su débil constitución. La colonia, ademas, 
estaba poblada por españoles desafectos a su persona o 
a lo menos indiferentes a su gloría i a su prestijio. El al- 
mirante resolvió al fin volver a España para obtener de 
los reyes la protección a que lo hacían merecedor sus 
servicios i la reparación de las injusticias de que había sí- 
do víctima. El 12 de setiembre de 1504, enfermo i abatido 
se ausentó por última vez de las playas del Nuevo Mundo, 
Frecuentes tempestades estropearon sus naves durante el 
viaje; pero al fin el 7 de noviembre fondeó en el puerto de 
San Lúcar. Colon esperaba hallar el término de tantas pe- 
nalidades, el fin de tan grandes infortunios, i pasarlos últi- 
mos (lias de su vida en la paz i en el descanso. 

7. Muerte DE Colon.— El almirante se hizo trasportar 
a Sevilla para recobrar su salud i atender sus intereses que 
durante tanto tiempo habian estado en el mas completo 
abandono. Colon tenia familia por cuyo porvenir debia ve- 
lar, i poseía una alta representación en el mundo que era 
necesario conservar. El almirante que siempre había maní- 
festado'gran desapego a las riquezas, i que habría llevado 
gustoso una vida modesta, tuvo que pensar en sus intere- 
ses privados i que reclamar en la corte la posesión de sus 
títulos i honores, i las rentas que le correspondían. 

En Sevilla esperaba encontrar el descanso que tanto ne- 
cesitaba su salud debilitada i su espíritu abatido. Creía ob- 
tener de la reina, que siempre habia sido su ardiente pro- 
tectora, la restitución de sus títulos i de sus rentas. Des- 
graciadamente, cuando llegó a Sevilla supo que la reina se 
hallaba gravemente enferma í casi a punto de espirar, i po- 
cos días después recibió la noticia de su muerte (26 de no- 
viembre de 1504). El sentimiento del almirante al saber es- 
ta desgracia está consignado en un memorial que dirijió a 
su hijo don Diego recomendándole lo que debia hacer para 



212 HISTOniA T»H AMÉRICA 

llevar adelante sus reclamaciones. "Lo principal, dice, es 
de encomendar arectuosamcnie con muclia devoción el áni- 
ma de la reina nuestra señora a Dios. Su vida siempre fué 
católica i santa i pronta a todas las cosas de sus santos 
servicios; i por esto se debe creer que está en su santa «rio- 
ria, fuera del deseo de este áspero i fatigoso mundo" ^^ **E1 
almirante, dice su hijo, sintió estíi infelicidad con grandes 
demostraciones, porque era la reina quien lo mantenía i fa- 
vorecia, habiendo hallado siempre al rei poco apacible i 
aun contrario a sus negocios.*' '^ 

Sus enfcrmcílades lo retuvieron en Sevilla hasta m^yo 
de 1505. Durante este tiempo, el almirante habia entabla- 
do sus jestiones ante el rei por medio de su hijo don Diego, 
sin resultado alguno; i al presentarse él mismo en la Corte, 
f|ue se hallaba en Segovia, Fernando lo recibió con cortesía 
i lo entretuvo con buenas ])alabras; pero ni aun siquiera le 
ofreció la reparación de sus j>erjuicios. El rei que nunca tu- 
vo gran fe en los proyectos de Colon, lo consideraba tai- 
vez, aun des|)ues de haber realízalo sus descubrimientos, 
como un visionario feliz í|ue habia acertado en su empresa, 
])ero (pie era incapaz de gobernar a los hombres. Lo ocurri- 
do en jamaica confirmaba al rei en esta creencia. 

Colon ac()m])añó a la corte de Valladolid, con la esperan- 
za do obtener la justit.*ia (pie reclamaba. La ingratitud ríe 
que era víctima doblegaba ¿íu es[)íritu, así como sus sufri- 
mientos físicos ([uebrantaban su vigorosa naturaleza. Hl 
arribo de los reyes de Castilla, don Felipe i doña juana, 
hizo revivir su esperanza; pero entonces sus enfermedades i 
sus desgracias lo tenían a las puertas del sej)ulcro. Colon 
otorgó un codicil'), en (pie confirmaba sus diáposiciones 
testamentarias i la institución ele un mayorazgo en favor 
de su hijo mayor, í de don I-Vrnando si aquél muriese sin 



1" Nícmorial del nlmirante de 1 :í diciembre de 1504., pnMi- 
C.1 lo ju)r Navakri.tk en ti toiiií) I, p.-lj '?4-l de su C')Icccif>n. 
11 I))n I'ernaiido Colon, Ilistnriu rívl íilmirantc, axp C\'IIÍ. 



t^AllTM SEGl NDA.- CA1»ÍT|;L0 V 'Í213 

descendencia masculina, i recomendaba a doña Beatriz En- 
ríquez, la madre de este ultimo, al cuidado de su heredero. 
Entre las personas (|ue lo acompañaron hasta sus últimos 
momentos se hallaban Bartolomé Fieschi, aquel jenovés 
que tan buena prueba de fidelidad le había dado en la isla 
de Jamaica. **Despues de haber atendido escrupulosamente 
a cuanto pedían el afecto, la lealtad i la justicia sobre la 
tierra, volvió Colon sus pensamientos al ^cielo; í habiendo 
recibido los santos sacramentos, i cumplido con todos los 
piadosos ejercicios de un devoto cristiano, espiró con mu- 
cha resignación el día de la Ascensión, a 20 de mayo de 
1506, cerca de los setenta de su edad. Sus últimas palabras 
fueron: In manus tuns. Domine, cometido spiritum meum; 
en tus manos, señor, encomiendo mí espíritu" ^*^, 

El reí tributó al cadáver del almirante los honores que 
le habia negado en vida. Fué sepultado en el convento de 
San Francisco de Valladolid con gran pompa, í trasladado 
Seis años después a la Cartuja de Sevilla, donde Fernando 
ie hizo erijir un magnífico mausoleo con el siguiente epi- 
tafio: 

A Castilla i a León 
Nuevo mundo dio Colon. 

'Talabras verdaderamente dignas de gran considera- 
ción de agradecimiento, esclama su hijo; porque ni en antí- 
hWos ni modernos se lee deningunoque haya hecho tantc.** 
Was tarde, en 1536, sus cenizas fueron trasladadas de nue- 
^^ a Santo Domingo; i cuando el gobierno español cedió 
^sta isla a los franceses en 1795, fueron llevadas a Culm en 
wna caja de plata, en cuya iglesia catedral reposan hoi 
^^"anquilamente. 

^- ¿QuiKX DIO A LA. América su nombre actual?— **La 
'^^nr^anidad, dice Lamartine, no presenta nada mas com- 
pleto que Colon. '^ Su jenio no estaba empañado por ningu- 
^^ ^clos defectos que suelen oscurecer la gloria de otros 



i-i 



iRYí.NG, Vida de Colon, lib. XVIII, cap. IV. 



214 HISTORIA DB AMÉRICA 

grandes hombres. Su corazón era puro i noble como fué va 
ta su intelijencia e incontrastable su carácter. La postei 
dad ha sido mas justiciera que sus contemporáneos; i 1 
historia ha ceñido sobre sus sienes la corona inmarcesib 
que sólo concede a las grandes acciones, al jenio i a la vi 
tud 13. 

Por mucho tiempo, algunos escritores españoles i portí 
gueses se empeñaron en oscurecer su gloria. Referian qi 
Colon tenia noticia de la tierra que descubrió por un pi]< 
to español que habia sido arrojado a las plaj^as de Amér 
ca por una tempestad. Otros dijeron que un jeógrafo al 
man, Martin Behaim, lo habia precedido en sus descubr 
mientos i le habia mostrado el rumbo para llegar al nuev 
mundo. La crítica histórica ha venido al fin a desterra 
esas patrañas i a dar a Colon el puesto del mas grande d 
los descubridores antiguos i modernos. 

Sin embargo, no parece que Colon haya sido el prime 
descubridor del continente americano. A Cabot i a Yespu 
cío, si es cierto el viaje de éste en 1497, corresponde este lio 
ñor. **Pero aunque sea verdad que Vespucio haya hecho e 
descubrimiento de la parte continental, dice Voltaire, I; 
gloria no seria suya; pertenece incontestablemente a aque 
que tuvo el jenio i el valor de emprender el primer viaje, ; 
Colon. La gloria no pertenece mas que al descubridor; lo 
que vienen después sólo son sus discípulos'' ^^. *'EI descu 
brimiento de la América estaba asegurado, dice Huniboldi 
el viernes 12 de octubre de 1492, cuando Cristóbal Coló 
desembarcó en Guanahani. El descubrimiento de un islot 
rodeado de una playa de arena, debia necesariamente coi: 
ducir al descubrimiento de todo el nuevo continente" ^- 
**Cuando Colon tocó por primera vez la tierra del hemisív; 



!•* La vida de Colon ha dado materia para la composición il 
muchos poemas épicos; pero ninguno de ellos es digno de su jenio 
de sus grandes empresas. 

1-1 VoLTAiRK, Essat sur le meceurs, chap. CXLV. 

1^ HrMBOLDT, llistuirc (Je líi í;éu¿^raphic (h iiouveau cotiiincni 
tora. IV, páj. 37. 



PARTE SEGUNDA.— CAPITULO V 215 

rio occidental, dice Irving, acabó su empresa i cumplió 
cuanto necesitaba su fama; el gran problema estaba resuel- 
to i descubierto el nuevo mundo/' 

La posteridad, con todo, ha cometido una grande injus- 
ticia dando al nuevo continente el nombre nó de su descu- 
bridor sino de uno de sus sucesores. La América debia lla- 
marse Colombia. Pero ¿quién ha cometido esta injusticia? 
"Cuando la denominación de un gran continente, adopta- 
da i consagrada jeneralmen te por el uso de muchos siglos, 
se presenta como un monumento de la injusticia de los 
hombres, es natural atribuir la causa de esta injusticia a 
aquel que parecia mas interesado en cometerla'' ^^, 

Por un sentimiento tan natural, la posteridad ha creido 
que Américo Vespucio, que sobrevivió seis años a Colon, i 
que desempeñó en España el cargo de piloto mayor, esto es 
director de un gran depósito de cartas i noticias hidrográ- 
ficas, cometió el fraude indisculpable de llamarse descubri- 
dor del continente, i dar su nombre al nuevo mundo. Esta 
opinión, emitida en el siglo XVI, ha sido repetida hasta 
nuestros dias por grandes escritores, i ha pasado como 
verdad probada e incuestionable. Sin embargo, Vespucio 
es completamente inocente de la usurpación de que se le 
acusa. El navegante florentino fué nombrado piloto mayor 
el 2 de marzo de 1508; i un año antes, en 1507, el nombre 
de tierra de Américo {Americi Terra) fué aplicado al nuevo 
continente por un hombre desconocido de Vespucio, el car- 
tógrafo Waldseemüller (Martinus Hylacomylus)de Fribur- 
go, que habia establecido una imprenta en Saint Dié (Fran- 
cia)! que publicó una pequeña descripción del mundo, titu- ' 
lada Introducción de la cosmografía (Cosmographia) Intro- 
ductio). La carta del nuevo continente trazada por Hyla- 
comylus i agregada a esta edición, publicó por primera vez 
el nombre de América. En ninguno de los escritos de Vespu- 
cio consta que el se diera los aires de descubridor, ni mucho 



^^ HuMBOLDr, nistoirc de la gco raphic do uouvcnu continente 
^om.V, páj. 217. 



216 HISTORIA Dfl AMÉRICA 



menos que pretendiera usurpar la gloria del gran Colon, de 
quien fué fiel amigo en los últimos años de su vida ^'', 

Sin embargo, a Américo Vespucio le cabe una gloria es- 
pecial i que esplica talvez el motivo que se tuvo para dar su 
nombre al nuevo continente. Colon murió en la persuasión 
de que sólo habia descubierto las rejiones occidentales del 
Asía. Vespucio, después de su viaje de 1501 i 1502, anunció 
en una célebre carta que aquellas tierras formaban un nue- 
vo mundo de que no tuvieron conocimiento los antiguos. 
1^. **No sin razón, dice, hemos llamado esas rejiones Mun- 
do Nuevo, porque todos los -antiguos no tuvieron conoci- 
miento alguno de él, i las cosas que nosotros hemos encon- 
trado nuevamente pasan mas allá de sus opiniones." 

17 La defensa de Vespucio ha sido intentada por algunos escri- 
tores florentinos siguiendo las sujestiones de un falso espíritu de 
nacionalidad i adoptando el arbitrio de llamar a Vespucio descu- 
bridor, lo que equivalía a empeorar su causa. Véase el liljro de 
Bartolozzi titulado Ricerchc istorice critiche circa cP Amcrico Ves- 
pucci, 1 vol.f Firenzi 1789. Irving. en un apéndice de su célebre 
Vida de Colon f ha hecho mejor defensa; pero el barón de HcM- 
BOLDT ha estudiado esta cuestión con una erudición prodijiosa en 
los tomos IV i V de su Histoire de la geographte da nouvcau con- 
tinenta i ha desterrado todas las dudas. 

A mediados del siglo XVI, el nombre de América estaba ya muí 
jeneralizado; i la gloria de su descubrimiento era discernido a Ves- — 
pucio por algunos grandes escritores. A este número pertenecía e ^ 
astrónomo Copcrnico que en sus Revoluciones de los orbes cele =r=^ 
tes habla de América denominada así por su descubridor (Amcri^-' - 
ab invcntore denonilnntn). Los españoles resistieron muclio tier^»- '^' 
po antes de dar este nombre al continente, pero no porque quisi ^ 
ran honrar la i^loria de Colon: persistían sólo en llamarlo Indi-^r' 
occidentales. 

^^ Banpini, VItíi e letcere di Anierico Vespueci, páj. 101. Alg- "^ 
nos eruditos niegan con razón la autenticidad de otra carta c^ ^ 
Vespucio publicada por primera vez por Bandiní en la pnjina G-|r^ 
siguientes de esta obra, se<íun la cual el viajero florentino habrí* 
creído que la América era sólo una parte del continente asiátic^^ 
Los escritos de Vespucio lian sido tan maltratados por sus edit4^^ 
res que los errores tipográficos han dado lugar a algunas de ln5 
acusaciones de (pie lia sido víctima. lí^s de esperarse q\ie una revisión 
de sus viajes i de sus cartas venga a esclarecer algunos puntos de 
la historia de la jcografía t^mcricaiui. 



CAPITULO VI. 



ConqniMta do las principales lütlaf^.— Primera pobla- 
ción en el continente. 



(1502-1511) 

1. Administración deOvando; sumisión de la Española.— 2 Don Die- 
go Colon toma el gobierno de la Española.— 3 Conquista de 

Puerto Rico i de Cuba 4? Nuevos descubrimientos; fundación de 

una colonia en el continente 5 Ultimas aventuras de Ojeda 6 

Desastrosa espedicion de Nicuesa —7 Enciso; fundación de Santa 
María la Antijjua. 

1. Administración de Ovando; sumisión de la Españo- 
la Cuando Colon solicitaba en España la devolución de 

sus títulos i honores, el reí, como ya hemos dicho, se desen- 
tendió de sus reclamaciones. La razón de esta injusticia era 
mui clara: el sucesor del almirante, don Nicolás de Ovando, 
gobernaba en paz en la colonia, dilataba los límites de hi 
dominación española i enviaba a Castilla cantidades de oro 
que excedían las esperanzas del codicioso Fernando. Pero 
estas ventajas eran el resultado de la tiranía ejercida por 
Ovando, i produjeron al fin la destrucción casi completa de 
la población indíjena. 

Ovando habia salido de España con una turba de aven- 
tureros, que llegaron a la isla ardiendo en deseos de hacer 
fortuna en pocos meses. Si la riqueza del pais correspondía 



218 HISTORIA DB AMÉRICA 



a las descripciones que habían oído hacer, les faltaron en 
cambio brazos para el trabajo de las minas, porque la rei- 
na Isabel habia decretado la libertad de los indíjenas; i és- 
tos, acostumbrados a vivir en la mas completa ociosidad, 
se negaban a asistir a las labores, a pesar de las ofertas 
que se le hacian de pagarles sus servicios. Los colonos es- 
tuvieron desesperados; pero Ovando los tranquilizó ofre- 
ciéndoles intervenir en su favor ante la corte. 

En efecto, representó a los soberanos en 1503 las ruino- 
sas consecuencias que iba a producir en la colonia la liber- 
tad completa de los indios. Espúsoles que no podia recojer 
los tributos debidos a la corona, i para interesar a la reina 
i vencer su resistencia, añadió que la indolencia natural re- 
traía a los indíjenas del trabajo i de los centros de ppbla- 
cion cristiana, alejándolos así de toda instrucción relijiosa. 
Los reyes volvieron atrás de su primer acuerdo, i quedó 
decretado de nuevo el sistema de repartimientos, sujetán- 
dolo sólo a ciertas reglas de moderación i templanza. Pero 
Ovando no respetó estas limitaciones: mandó a los caci- 
ques que entregaran cierto número de indios para el traba- 
jo, a fin de distruibuirlo entre los castellanos coa el cargo 
de hacerlos trabajar sólo ocho meses al año, procurar su 
conversión al cristianismo i pagarles sus servicios. Enton- 
ces se establecieron verdaderéis faenas; pero los pobres in- 
dios recibieron un tratamiento peor que cuanto habian co- 
nocido. Se les bautizaba por mera fórmula, se les pagaba 
un salario miserable i se les obligaba a un trabajo constíin- 
te, lejos de sus familias, espuestos al hambre i a la muerte, 
i sujetos a la terrible pena de azotes por las mas lijeras fal- 
tas. Como (lebia su|>onerse, los indios no |)udieron soportar 
este trabajo. Murieron por millares; i los que sobrevivían 
se lamentaban de su suerte i parecian dispuestos a suble- 
varse. 

Para impedir esto, Ovando no reparó en medios. Seguro 
de la fidelidad de los españoles, que se habia ganado obte- 
niendo de los reyes una rebaja de los impuestos que se paga- 
ban a la corona, el gobernador dispuso una campaña a la 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VI * 219 

provincia (le Jaragua, cuyos habitantes manifestaban ma- 
yor enerjía que los del resto de la isla. Llevaba consigo 
trescientos infantes bien armados i setenta jinete?. Por 
muerte del cacique de aquella provincia, mandaba en ella 
una hermana suya llamada Anacaona, la cual recibió a los 
castellanos con amistosa benevolencia. Ovando, cqn todo, 
creyó notar cierto disimulo en esta favorable acojida, i dis- 
puso la ejecución de un pérfido golpe de mano. Anunció un 
gran torneo en (|ue los jinetes iban a mostrar su habilidad 
simulando un combate. Los indíjenas acudieron en gran 
número al lugar designado para asistir a un espectáculo 
desconocido. A una señal dada por el mismo Ovando, so- 
naron las trompetas, los soldados desenvainaron sus espa- 
das, i en vez de dar principio al simulacro de combate, car- 
garon sobre los indios inermes i desarmados. La matanza 
fué atroz: los agresores no reparaban en sexos ni edades 
para herir. Los señores principales que estaban cerca de 
-Anacaona, fueron salvados de la carnicería para sufrir una 
suerte peor: encerróseles en una choza, i ^marrados a los 
postes, les aplicaron los tormentos mas horribles para 
arrancarles sus declaraciones. Los sufrimientos los hicieron 
proferir algunas palabras contra la infeliz india, i entonces 
los españoles prendieron fuego a la choza para que los pri- 
sioneros perecieran quemados. Anacaona fué conducida a 
Santo Domingo cargada de cadenas, i ahorcada en la plaza 
pública. El castigo de los indios que escaparon de la ma- 
ganza, o que no habían concurrido a la citación, se conti- 
nuó durante seis meses. 

Menos pérfida que ésta, pero no menos cruel, fué la con- 
ducta que emplearon los españoles contra los naturales de 
la provincia de Higuey. Cansados éstos de las exacciones 
<iue sufrían, dieron muerte a ocho castellanos que tripula- 
ban una chalupa, i se atrajeron una guerra atroz en que el 
valor producido por la desesperación, no pudo nada contra 
la táctica i las armas de los europeos. Las castigos i ven- 
ganzas fueron terribles; i Ovando no dio por terminadas las 



220 MIHTOKIA DE AMIUUr.i 



operaciones militares sino cuando supo que los indios ate- 
rrorizados no intentarían sublevarse en adelante. 

Tan violenta represión aseguró al fin la dominación de 
los españoles en toda la isla. El gobernador fundó varias 
poblaciones, repartió los indios entre los conquistadores, i 
estimuló el desarrollo de la industria con medidas bien me- 
ditadas. Al trabajo de las minas se añadió en breve otro 
cultivo que estaba destinado a ser mucho mas fructuoso. 
Los castellanos plantaron la caña de azúcar, producción 
oriental que antes habian introducido en las Canarias, que 
dio tan buenos resultados en la Española que pronto se hi- 
zo jeneral. El incremento de la riqueza de los colonos au- 
mentó, como era de esperarlo, las rentas de la corona, de 
modo que Fernando cuyo tesoro se hallaba siembre escaso a 
causa de las costosas guerras en que estaba envuelto, acx!e- 
dia fácilmente a las instancias de Ovando para reglamentar 
los repartimientos de indios i sancionar sus providencias. 

Pero este réjimen debia traer funestas consecuencias. Los 
indíjenas, diezmados por la guerra, i agobiados por un tra- 
bajo para el cual no estaban dispuestos, sucumbían a mi- 
llares. Se cree que la isla tendría un millón de habitantes a 
la época de su descubrimiento: quince años después, su po- 
blación no pasaba de sesenta mil. Por otra parte, el núme- 
ro de españoles aumentaba cada dia con la noticia de la 
prosperidad de la colonia, mientras la destrucción de la 
raza indíjena dejaba los campos i las minas sin trabajada- 
res 1 . Ovando imajinó un remedio para este mal: en 1508 



1 Hkkkkka, íDeo. I, lil>. VI, cap. XVII , escritor casi sicin[)re 
bien inforinado, dice que Ijajo el gobierno de Ovando hubo 12,00O 
castellanos en la Kspañola, cifra ípie parecerá niui considerable a 
los que conocen ^Uc'in re<Íuci<las fueron las poblaciones cristianas 
de las primeras colonias del nuevo mundo. Bl mismo historiador 
refiere que algunos magnates de Castilla que no podían obtenor 
del rei otro premio de sus servicios, pediaii repartimientos de in- 
dios en la Hspañ'íla, i los usufructuaban alquilándolos a los colo- 
nos. Los indíjenas americanos eran considerados como bestias de 
carga i de trabajo. 



PAllTK SEGUNDA. ~-CAI»fTULO VI 221 



pidió permiso al rei para trasportar a la Española los in- 
dios de las islas Lucavas, a pretesto de civilizarlos i redu- 
cirlos al cristianismo; i una vez acordada la autorización, 
equipó algunas naves con este objeto. Entonces habrá ya 
algunos castellanos que entcndian varias lenguas indíjenas. 
Estos dijeron a los naturales de las Lucavas que iban de 
una hermosa rejion en que vivian en eterna felicidad sus 
padres i amigos que habian muerto, i que estaban dispues- 
tos a trasladarlos a aquellos paises de bienaventuranza. 
Los sencillos isleños creyeron sus promesas, i se emba*ca- 
ron con los españoles para ser sometidos en la colonia al 
réjimen de los repartimientos, lín cuatro o cinco años fue- 
ron trasportados de esta manera mas de cuarenta mil 
hombres. 

Aparte de estas atrocidades, Ovando gol)ernó la isla con 
prudencia i enerjía. Impidió la introducción de presidarios^ 
que habia comenzado a hacerse en tiempo de Colon, fundó 
varias poblaciones, fomentó la riqueza pública incremen- 
tando a la vez las rentas de la corona, reprimió con mano 
firme los crímenes de sus gobernados, i dispuso algunas es- 
pediciones de reconocimiento en las rejiones vecinas. La 
prosperidad de la isla habia estinguido casi completamente 
el espíritu de descubrimientos: los españoles encontraban 
en díalos tesorosque buscaban, i no querian aventurarse en 
empresas lejanas casi siempre desgraciadas. Ovando encar- 
gó al capitán Juan Ponce de León (1508) que esplorase la 
isla vecina de Boriquen, que los castellanos llamaban de 
San Juan (Puerto Rico), de cuyas riquezas se tenían las mas 
lisonjeras noticias, lo que se consiguió sin dificultad alguna. 
Otro capitán, llamado Sebastian de Ocampo, partió en el 
mismo año a reconojcr a Cuba, i después de haber circun- 
navegado sus costas, trajo la noticia de que aquella era 
tina isla fértil i hermosa, i nó una parte del continente como 
se creía aun. 

2. Don Diego Colon toma el (íobierno de la Españo- 
la. — El gobierno de las Indias corres{)ondia de derecho a 
los herederos del almirante en virtud de las capitulaciones 



222 HISTORIA 1)B amé:rica 



que había celebrado con la corona antes de sus descubri- 
mientos. Después de la muerte de su padre, don Diego Co- 
lon lo reclamó para sí; pero el rei Fermindo, sea que temie- 
ra dar a un vasallo la alta suma de poderes que aquella 
capitulación le concedia, o que no quisiese quitar a Ovan- 
do un gobienii^ que habia llegado a ser tan provechoso 
])arael real tesoro, demoró mas de dos años sin resolver 
cosa alguna, alegando que no era posible hacer concesio- 
nes a perpetuidad cuando no podía saberse si sus herede- 
ros poseerían las dotes requeridas |)ara el gobierno. El hijo 
del almirante solicitó entonces permiso para ventilar sus 
derechos ante el consejo de Indias; i autorizado para ello 
por el rei, comenzó el lítijio mas importante en que jamas 
haya podido entender tribunal alguno (1508). 

Los compañeros de Colon fueron llamados a prestar sus 
declaraciones. Se trataba de sal>er qué país habia descu- 
bierto el almirante, quién vio primero la tierra en cada uno 
de sus viajes, qué utilidades habia reportado de sus esplo- 
racíones, i todo cuanto podia ilustrar- la justicia de sus de- 
rechos. Declararon amigos i enemigos, i formaron un volu- 
minoso cuerpo de autos en (|ue la verdad quedó al fin ma- 
nifiesta, i que constituye hasta ahora un precioso arsenal 
de noticias históricas -. Bl consejo de Indias, j)or un rasgo 
de independencia Cjue h:ibia comenzado a ser raro en líspa- 
ña después del establecimiento del réjimen absoluto, hizo 
justicia a don Diego Colon, i declaró que tenia derecho al 
gobierno i virreinato de la Española i de las otras islas cjue 
habia descubierto su j)a(lre (1509). El rei eludió el cumj)li- 
miento de esta sentencia, pero el hijo del almirante iba a 
contríier matrimonio con doña María de Toledo, sobrina 
del du(|ue de Alba, grande de España (|ue gozaba en la cor- 
te de un inmenso influjo, i que se enorgullecia con el traía* 



- Xavakxk fr*. ha publicado en su celebre Colección una gran par- 
te, i tal vez la mas útil para la historia, de este proceso; pero he- 
mos polido ()])sjrvar por nosotros mismos fjue eii la parte f|ue to- 
davía se halla iné lit.i hai noticias curiosas (|iie el hi^^tííriador pue- 
de esploiar con provecho. 



PARTB SEGUNDA.— CAPItULO VI 223 

miento de primo de los reyes. Lo que Fernando habia ne- 
gado al mérito d< Colon lo concedió al valimiento de uno 
desús favoritos. Don Diego fué nombrado gobernador de 
la Española en reemplazo de Ovando, pero no se le dio el' 
título de virrei a que tenia derecho. 

El nuevo gobernador partió de San Lúcar el 9 de junio 
de 1509 con su esposa, su hermano don Fernando, hombre 
ahora de estensos conocimientos i de un carácter notable, 
sus tíos don Bartolomé i don Diego i una numerosa comi- 
tiva de caballeros con sus mujeres i algunas damas de alta 
jerarquía que luego se casaron en el nuevo mundo con los 
mas ricos colonos. A su arribo a la Española, en agosto, 
los castellanos recibieron al hijo de Colon con el miramien- 
to que no habian guardado al padre. A pesar de su título 
de simple gobernador, lo llamaban virrei como a su esposa 
virreina. Talvez el prestijio aristocrático de que ahora se 
veia rodeado impuso mas a los españoles que el gran méri- 
to i las inmensas virtudes que adornaban al almirante. 
Don Diego Colon, que tenia resistencias que vencer, conti- 
nuó la política de su antecesor, respetó los repartimientos 
i di6 otros nuevos; pero revistió su autoridad de mayor 
prestijio mediante cierto fausto que no se conocia en la co- 
lonia. 

Uno de sus primeros afanes fué el establecimiento de una 
pequeña población en la isla de Cubagua, desprovista de 
vejetacion i de oro, pero cuyas costas abundaban en perlas. 
Inmensas fueron las riquezas que esta esplotacion produjo 
al gobernador i a la corona por su derecho del quinto sobre 
d valor de la pesca: pero los indios empleados en ella tu- 
vieron que sufrir las penalidades de un trabajo mortífero 
1 de la dureza con que era administrado. 

3. Conquistas de Puerto Rico i de Cuba.— Bajo el go- 
bierno de Ovando, como ya hemos dicho, el capitán Juan 
Ponce de León habia esplorado la isla de Boriquen o Puer- 
to Rico, i dejado en ella algunos de sus compañeros. Don 
Di^go Colon encomendó su conquista a otro castellano 
*lamado Juan Cerón, pero el rei, invadiendo las atribucio- 



224 HISTORIA I>B AMÉRICA 



nes que correspondían al hijo del almirante, la encargó al 
mismo Ponce de León. En 1509 volvió ^éste a la isla, se 
estableció en un pueblo de indios inmediato a la costa del 
norte i comenzó a repartir las tierras i los indios como lo 
hacían los castellanos en la Española. Los isleños, que ha- 
bían acojido favorablemente a los estranjeros creyéndolos 
seres sobrenaturales, no pudieron someterse a los malos 
tratamientos de que eran víctimas, i pensaron en sublevar- 
se. Pero antes quisieron sa1)er si los españoles eran in- 
mortales; i en efecto ahogaron a un joven apellidado Sal- 
cedo en el paso de un rio. Seguros entonces de que podían 
esterminar a los invasores, prepararon una vasta conspi- 
ración a fin de atacar a la vez los diversos establecimien- 
tos, i dejaron para mas tarde el concluir con las fuerzas 
que mandaba Ponce de León. 

Este plan surtió al principio el efecto deseado. Los indios 
asesinaron a los españoles repartidos en la isla, i fueron en 
seguida a atacar al gobernador con un cuerpo numeroso de 
tropas. Ponce de León, soldado envejecido en la guerra 
contra los moros de Granada i contra los indios en la Es- 
pañola, desplegó en estas circunstancias gran valor i una 
prudencia estraordinaria. Pidió ausilios a Santo Domingo, 
i se mantuvo mientras tanto a la defensiva detrasVle unas 
palizadas, sin permitir (jue sus soldados hicieran salida al- 
guna, si no podían efectuarlo con ventaja. Cuando llegaron 
las tropas que iiabia pedido, atacó al enemigo con gran 
violencia i lo destrozó completamente. Cuéntase que los 
isleños, sin saber de donde venia este refuerzo a los sitiados, 
creyeron que los españoles que habían muerto en los ata- 
(|ues anteriores, resucitaban, i que habían llegado en ausi- 
lio de sus compatriotas próximos a sucumbir. 

La guerra se continuó, sin embargo, algunos meses mas; 
pero el hábil i valiente capitán aterrorizó a los indios, i 
consiguió establecer definitivamente su dominación en la 
isla. Entonces se vio privado de su gobierno. El reí cedien- 
do a las representaciones de don Diego Colon, repuso en su 
puesto a Juan Cerón i le confió el cargo de gobernador de 



PARTB BEGITNDA. CAPÍTITLO VI 225 

aquella isla. Ponce de León tuvo que abandonar la tierra 
que acababa de conquistar para pensaren nuevas empresas. 
Don Diego Colon se ocupó en seguida de la conquista de 
Cuba en cuyo territorio no habian penetrado todavía los 
castellanos. Confió este encargo al capitán Diego de Veláz- 
quez, militar esperimentado i prudente,! puso bajo su man- 
do un cuerpo de trescientos hombres i cuatro naves, con 
que Velázquez hizo una invasión en aquella isla en 1511. 
Velázquez no encontró oposición alguna en esta empresa: 
los indios se sometían fácilmente; i sea porque se siguiesen 
Jas instrucciones de Colon, o cediendo a las instancias de 
un clérigo llamado Bartolomé de las Casas, que acompa- 
ñaba al ejército, la sumisión de la isla se hizo sin efusión 
de sangre i sin las crueldades que señalaban las otras espe- 
dicriones. Un solo jefe llamado Hatueyi, que habia consegui- 
do escaparse de la Española para establecerse en Cuba, 
hizo una desesperada resistencia. ** Este cacique, dice las 
•C^xsas, anduvo siempre huyendo de los cristianos desde que 
llagaron a aquella isla de Cuba, como quien los conocia: i 
defendíase cuando los topaba i al fin lo prendieron; i sólo 
pc> rque huia déjente tan inicua i cruel i sedefendia de quien 
Jc> queria matar i oprimir hasta la muerte a sí i a toda su 
J^i^te i jeneracion, lo hubieron vivo de quemar. Atado al 
P^^ lo, decíale un relijioso de San Francisco algunas cosas de 
I^ios i de nuestra fe, el cual nunca las habia oido, i que si 
quería creer aquello que le decian que iria al cielo donde 
í^^^bia gloria i eterno descanso, si no que habia de ir al in- 
fierno a padecer perpetuos tormentos i penas. El, pensando 
^^^ poco, preguntó al relijioso si iban cristianos al cielo. El 
reí ijioso le respondió que sí, pero que iban los que eran 
lineaos. Dijo luego el cacique sin mas pensar que no queria 
^* ir allá sino al infierno por no estar donde estuviesen i por 
no ver tan cruel jente. Esta es la fama i honra que Dios e 
^^^cstra fe han ganado con los cristianos que han ido a las 
lí^ciias" 3. 



3 Bartoiomé db l\s Casas, Brevissima relación de la destruy- 
«»oji délas Indias, Sevilla, 1552, fol. b. III, vto. 

TOMO I 15 



226 HISTORIA DE AMÉRICA 



En el año siguiente (1512) quedó consumada la conquis- 
ta de Cuba. Velázquez recibió un refuerzo que mandaba 
Panfilo de Narváez, i con éste terminó la pacificación de la 
isla. Fundó las poblaciones de Santiago en que fijó el asien- 
to del gobierno, la Habana, Puerto Príncipe, Trinidad, 
San Salvador i Matanzas, repartió las tierras i los indios,, 
introdujo el cultivo de la caña de azúcar i estableció el tra- 
bajo de las minas. La prosperidad de esta colonia comen- 
zó casi al mismo tiempo que su conquista. Los españoles 
habían hallado en ella el cultivo i el uso del tabaco, que 
vino a ser mas tarde una gran fuente de riqueza i de co- 
mercio. 

4. Nuevos descubrimientos; fundación de una colo- 
nia EN EL continente.— Después del cuarto viaje de Colon 
se suspendieron por algún tiempo las esploraciones de los 
castellanos en las Indias; pero en 1506, Fernando autorizó 
a Vicente Yáñez Pinzón i a otro célebre piloto llamado 
Juan Díaz de Solis para que pudiesen adelantar los descu- 
brimientos del almirante. Estos esploradores llegaron, en 
efecto, a la isla de Guanajo, i navegando hacia el oeste, 
reconocieron el golfo de Honduras i una parte de la costa 
de Yucatán. Pocas noticias se tienen de este viaje; f)ero 
parece que Solis i Pinzón volvieron descontentos de su re- 
sultado i no pensaron en continuar el reconocimiento de 
a(|uellas costas. 

El rei liabia emprendido un viaje a Italia (setiembre de 
1506 a julio de 1507;. A su vuelta pensó de nuevo en los 
descubrimientos marítimos; i llamó al efecto a al^^runos 
pilotos distinguidos a quienes encomendó diferentes em- 
presas. Solis i Pinzón recibieron el encargo de adelantar 
los descubrimientos en el continente, destle el cabo de San 
Agustin, (|ue Ix^pe habia doblado en 1500, liáciíi el sur. El 
27 (le junio de 1508, salieron de San Lncar los dos es[)]o- 
radores; i después de tocar en el insinuado cabo, siguieron 
su viaje al sur sin apartarse mucho de la costa i haciendo 
frecuen US desembarcos para tomar posesión de acjuellas 



PARTE SEGUNDA. — CAPItüLO VI 227 

tierras •*. La falta de buena armonía entre ambos nave- 
gantes, coartó sus progresos i los obligó a volver a Es- 
paña en octubre del año siguiente. Como sucedia casi siem- 
pre después de estas esploraciones, Solis i Pinzón se que- 
rellaron ante los tribunales, de que resultó la prisión del 
^ primero durante cerca de cuatro años que tardó el litijio. 
Por esa misma época se presentaron en la Corte dos so- 
licitantes para obtener el privilejio de descubrir i fundar 
poblaciones en el continente americano. Eran éstos el cé- 
lebre piloto Juan de la Cosa en representación de Alonso 
de Ojeda, aquel osado capitán que habia hecho dos viajes 
de esploracion a la costa de Cumaná i Venezuela, i el otro 
Diego de Nicuesa, valiente caballero que tenia en la Corte 
bastante valimiento. El rei no quiso preferir a ninguno de 
los dos. Dio a ambos títulos i despachos, i repartió las 
tiorras continentales trazando una línea en el golfo de Da- 
rían. La parte oriental fué asignada a Ojeda con el nombre 
d^ Nueva Andalucía. La rejion del norte i del oeste fué con- 
ce^dida a Nicuesa. 

Xros dos pretendientes equiparon sus escuadras por su 
propia cuenta. Juan de la Cosa alcanzó a reunir doscientos 
hombres que embarcó en tres naves.* Nicuesa, que contaba 
con mas recursos, alistó mayor número de jente con que 

^. Faltan los documentos para saber fijamente hasta que pun- 
to de la costa reconocieron Solis i Pinzón en este viaje. López db 
GOMARA {Historia de las Indias, cap. LXXXVIII), hablando de las 
navegaciones de Vespucio dice que pretendía haber navegado has- 
ta, los 40 grados de latitud sur, pero que muchos tachaban sus 
atajes. **Yo creo que naveoró mucho, agrega; pero tíimbien sé que 
navegaron mas Vicente Yáñez Pinzón i fuan Díaz de Solis 3'endo 
a- descubrir las Indias". Antonio de Herrera, muí poco escrupulo- 
so cuando se trata de fijar los grados, tomó talvezde Gomara esta 
noticia vaga, i estampó en su obra (dec. I, I ib. VII, cap. XI) la 
noticia de que Solis i Pinzón licitaron hasta el grado 40, que han 
<^piado casi todos los historiadores. No parece posible que los 
viajeros alcanzaran a esas latitudes sin alejarse de la costa i que 
no hubieran observado el caudaloso Rio de la Plata ()uemas tarde 
descubrió el mismo Solis i tomó por un braz > de mar. 



i. 



228 msTouA ds axémica 

eqaipó seis embarcaciones. Las dos escuadrillas llegaron 
casi a un mismo tiempo al puerto de Santo Domingo. Allí 
se embarcó Ojeda para dar cima a su empresa; pero antes 
de hacerse a la Tela trabó pendencia con su rival por el go- 
bierno de la isla de Jamaica que el rei habia concedido a 
los dos. Don Diego Colon transijió estas diferencias des- 
atendiendo las preten:^iones de ambos, i conBando la con- 
quista de aquella isla aun oficial de su dependencia llamado 
Juan de Esquivel. Ojeda no se sometió a este despojo sino 
jurando Tengarse mas adelante. 

Como era de esperarse, los dos rivales engrosaron sus 
fuerzas en la Española. Ojeda, que gozaba de la reputación 
de un héroe, consiguió reunir allí cien hombres mas. Fran- 
cisco Pizarro, el futuro conquistador del Pera, fué de este 
numero. Hernán Cortes, el futuro conquistador de Méjico, 
se alistó también; pero una enfermedad casual 4e impidió 
embarcarse. En noviembre de 1509 salió Ojeda con sus 
tropas. 

El osado aventurero desembarcó en breve en el puerto 
de Cartajena. Los juristas i teólogos españoles habian re- 
dactado un célebre requerimiento para los jefes de esta es- 
pedicion, i que siguió sirviendo en las conquistas posterio - 
res. ''La historia del jénero humano, dice un sabio histo- 
riador, no ofrece cosa mas singular ni mas estravagante 
que la fórmula que ellos imajinaron para llenar este obje- 
to' V. Comenzaba este documento por hacer saber a los 
indíjenas que Dios, creador del cielo i la tierra, habia creado 
también a los primeros hombres de doaJe había nacido el 
jénero humano, que habia sometido a la autoridad de uno, 
que era el Sumo Pontífice de la cristiandad; iqueuno desús 
sucesores, usando de su derecho de dominio sobre todas las 
rejiones de la tierra i sobre todos sus habitantes, habia 
dado al rei de España la propiedad de las islas i tierra 



5 R 'BtRrsox. Hi-itoria de América, lib. III.— Este requerí micn - 
to ha sido publicado por H-.RRrRA, dec. I. lib. Vil. cap. XIY, i 

reimpreso después en muchas historias. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO VI 229 

ürme del mar Océano con encargo de reducir a sus habitan- 
-tes al cristianismo o de someterlos a la esclavitud en caso 
Cjue se resistieran a abrazar esta relijion. Ojeda, al desem- 
barcar, se adelantó hacia los grupos de salvajes que esta- 
llan en la costa, i mandó que los misioneros les leyesen taa 
^straño requerimiento. En seguida les hizo señales de paz i 
amistad para reducirlos a entrar en negociaciones. 

Los indios, que ya estaban escarmentados de sus tratos 
con los castellanos, i que no entendian una palabra de 
aquella esposicion con que se queria cohonestar la injusti- 
cia de la conquista, rechazaron las proposiciones amistosas 
i se apercibieron para combatir. Ojeda mismo, desaten- 
diendo los prudentes consejos de Juan de la Cosa, atacó a 
los indios con grande ímpetu, i destrozó a sus pelotones 
arrebatando setenta cautivos, i quemando a ocho que re- 
sistieron con un valor masque humano detras délas paliza- 
das de una choza. 

No parecia natural que los castellanos se internaran en 
una tierra en que hallaban tan vigorosa resistencia. Ojeda^ 
sin embar/^o, continuó la persecución por el medio de los 
bosques hasta un pueblo llamado Jubarco, i allí permitió 
que sus soldados se diseminaran en busca de botin. Los 
salvajes cargaron de nuevo sobre ellos con tanto empuje i 
€n un momento tan oportuno que la resistencia de los in- 
vasores fué casi completamente infructuosa. Ojeda peleó 
como un león; pero muertos a su alrededor los soldados 
que lo acompañaban, aprovechó las sombras de la noche 
para ocultarse en el bosque vecino. Menos feliz que él, el 
hábil cuanto valiente Juan de la Cosa sucumbió cubierto 
de heridas. **Hermano, dijo a un español que estaba vivo 
a su lado; salvaos, i si veis a Alonso de Ojeda, contadle mi 
muerte". 

Los castellanos que habian quedado en los buques igno- 
raban entretanto la suerte de sus compañeros. Algunas 
partidas esploradoras que desembarcaron recorrieron inú- 
t límente los bosques vecinos; i cuando ya se retiraban, per- 
cibieron a Alonso de Ojeda agobiado por el hambre, el can- 



230 HISTORIA DK AMÉRICA 

sancio i la fatiga i próximo a perecer. Lo trasportaron a 
la playa para socorrerlo. Los marinos pensaban sin duda 
en alejarse de aquella tierra inhospitalaria cuando divisa- 
1 on en el lejano horizonte unas naves que se acercaban a la 
costa. Era la escuadrilla de Nicuesa que se dirijia a los 
paises cuyo gobierno le había concedido el reí. Al saber la 
catástrofe que hábia ocurrido a sus compatriotas, el ca- 
balleroso Nicuesa olvidó sus antiguos agravios, abrazó 
cordialmente a Ojeda, i le ofreció marchar al interior para 
vengar el desastre. Al efecto, desembarcaron 400 soldados, 
i con ellos se pusieron en marcha los dos jefes al mismo 
pueblo que habia si lo teatro de la derrota. Llegaron a Jn- 
barco de noche, prendieron fuego a las chozas de los indios, 
i rodearon el pueblo para impedir la fuga. La carnicería 
fué espantosa: los soldados no perdonaban sexo ni edad; 
i los indios que no perecieron en las llamas fueron pasados 
a cuchillo. 

Después de esta jomada, de que los castellanos retiraron 
un rico botin, dieron la vuelta a Cartajena. Allí se separó 
Nicuesa de su antiguo rival para ir en busca de las tierras 
de su gobernación. Ojeda mismo supo aprovecharse de 
aquella desgracia para ser mas precavido en otra ocasión. 
Reunió sus soldados i se embarcó con ellos dirijiendo el 
rumbo hacia el occidente en busca de un lugar aparente 
para fundar la primera población. Llegado al golfo de 
Urabá. o de Darien, elijió un sitio elevado en la costa orien- 
tal para construir una fortaleza i echar los cimientos de 
una colonia que debia ser el asiento de su gobierno. La 
naciente ciudad recibió el nombre de San Sebastian. 

5. Ultimas aventuras de Ojeda.— Esta era la segunda 
tentativa para fundar una colonia española en el continen- 
te americano. En su último viaje, Colon habia fundado un 
pueblo en las orillas del rio Belén, que tuvo que abandonai 
a causa de las hostilidades de los indíjenas. La colonis 
de Ojeda no tuvo mejor suerte. El atrevido aventurerc 
habia construido una especie de fortaleza de madera parí 
defenderse de los indios; pero falto de provisiones para sub 



PARTE SEGUNDA, — CAPItULO VI 231 

«istir mncho tiempo, sin paciencia i sin costumbre de cul- 
tivar la tierra, no podia sostenerse sino a fuerza de corre- 
rías. Como sus soldados estaban reducidos a un pequeño 
número, Ojeda despachó una de sus naves a la isla Espa- 
ñola para pedir refuerzos de hombres, armas i municiones; 
i para conseguir estos socorros, remitió los prisioneros que 
habia tomado i el oro que habia recojido en la costa de 
Cartajena. 

Sus primeras escursiones al interior fueron desastrosas. 
Ojeda habia creído que presentándose pacíficamente se 
ganaria la voluntad de los indíjenas; pero fué recibido con 
Tana lluvia de flechas envenenadas que lo obligó a volver a 
San Sebastian para guarecerse, i a sostener ahí un terrible 
sitio que le pusieron los indios. Los defensores de la plaza 
se vieron obligados a batirse dia a dia contra los indíjenas. 
Ojeda, que se creia invulnerable por la virtud de una imájen 
de la vírjen que llevaba siempre en su pecho, era el mas 
audaz de los castellanos. En uno de estos combates una 
flecha envenenada le atravesó una pierna, de modo que tu- 
vo gran dificultad para volver al fuerte. Los efectos del 
veneno se hicieron sentir en breve; pero Ojeda se hizo que- 
ínar las heridas con hierros candentes, i soportó la opera- 
ción con una rara serenidad. 

Al partir de la Española, Ojeda se habia concertado con 
d bachiller Martin Fernández de Enciso, que poseia una 
regular fortuna adquirida en el ejercicio de la abogacía. 
Enciso debia ser el primer alcalde de la colonia que Ojeda 
fundase en el continente; i le habia prometido marchar 
luego en su socorro con una partida déjente. Pero Enciso 
lio llegaba a aquellas costas, i la miseria de los españoles 
tocaba los últimos estremos. Ojeda se preparó para ir a 
buscarlo, a fin de adquirir nuevos recursos, i sostener su 
<íolonia.* Confió el mando de ésta a Francisco Pizarro, sol- 
dado oscuro todavía, pero que comenzaba a señalarse por 
«u arrojo ante el enemigo i por su firmeza para soportar 
las penalidades del sitio. Dio a sus compañeros la palabra 
ót volver en cincuenta dias, autorizándolos para despoblar 



232 mrroRiA db améuca 

la colonia i marcharse donde quisiesen si no Tolria antes 
de este tiempo. 

El TÍaje de Ojeda fué desastroso. La fortuna principiaba 
a abandonar al osado aventurero. El buque en que se habia 
embarcado no formaba parte de su escuadrilla: pertenecia 
a un traficante de Santo Domingo, llamado Bemardino de 
Talavera, que andaba (ugado de la Española, i que por 
tanto no quena Tolver a esa isla. Desde el primer dia, se 
suscitaron violentas disputas entre Ojeda i Talavera. La 
embarcación fué batida por la tempestad, i los viajeros se 
consideraron felices con poder llegar a uno de los puertos 
del sur de la isla de Cuba. Allí Ojeda fué apresado por los 
m arineros de la nave; i se le obligó a marchar amarrado 
por entre las marismas i pantanos de la plava. En esas 
aventuras iué necesario batirse frecuentemente con los in- 
dios; pero Ojeda consiguió al fin mandar un mensaje a |uan 
de Esquí vel, gobernador de Jamaica, describiéndole su si- 
tu ación i pidiéndole su ausilio. Esquivel, antiguo enemigo 
de Ojeda, tuvo la jenerosidad de despachar una carabela 
en su socorro; i a ella debió su salvación el desgraciado 
g obemador de la Nueva Andalucía. 

Esta fué la última campaña del valeroso Ojeda. Llegado 
a Jamaica, Esquivel lo recibió favorablemente, i le facilitó 
los medios de volver a Santo Domingo. Pero en esta isla 
tuvo que llevar una vida oscura, cuando no rodeada de 
procesos i miserias, i murió al fin de resultas de la herida 
que habia recibido en San Sebastian (1515). El brillante 
caudillo que habia poseído grandes tesoros i que había 
mandado tantas espedicíones, no dejó dinero para ente- 
rrar su cadáver, í en espiacion de su pasado orgullo, dispu- 
so que se le sepultara en la puerta de la iglesia de San 
Francisco para que lo pisaran todos los que entraseo *\ 

6. Desastrosa espedicion de Nicuesa.— Después de se- 
pararse í!c Ojeda en Cartajena, Diego de Xicuesa se dirijió 



•> \V. Ir VINO, Compañeros de Co/o/i.— Nayarrete, Biografía de 

Ojedíi, en el tomo III á< su Colección. 



PARTB 8B6UNDA. — CAPfTULO VI 233 

a la costa de Veragua. Llegó a ella en medio de tin temblé 
temporal; i no encontrando un puerto en qué guarecerse, 
prefirió hacerse al mar. En medio de la borrasca, las naves 
se dispersaron; i Nicuesa se halló alejado de sus compañe- 
ros a la vista de la tierra que debia gobernar. La corriente 
de un río inmediato volcó su nave con tal violencia que 
apenas pudieron los marineros llegar a tierra casi desnu^ 
dos, sin armas i sin víveres. Antes que perecer de hambre 
en aquella playa desierta, los castellanos quisieron empren- 
der una penosa marcha por la costa i con rumbo hacia el 
occidente creyendo hallar al fin las otras naves de su es- 
cuadrilla. Un bote salvado del naufrajio debia acompa- 
ñarlos por el mar para facilitarles el paso de los ríos. In- 
describibles fueron las penalidades de esta marcha. Por 
fin una noche se desapareció el bote i los marineros que 
lo tripulaban. Nicuesa i su jente se creyeron perdidos; i 
en su desgracia comenzaban a resignarse a sufrir una muer- 
te segura. 

Sin embargo, los marineros que habían desertado con 
el bote recorrieron la costa hacia el sur hasta Hégar al rio 
Belén. Allí encontraron a Lope de Olano, lugar teniente de 
Nicuesa, que tratando de formar un gobierno propio, se 
habia olvidado de su jefe. Sus compañeros habían sufrido- 
todo jénero de males: sus naves estaban destruidas; el cli- 
ma i los indíjenas habían reducido su número, i la proyec- 
tada colonia estaba a punto de sucumbir. Olano no pudo 
ya desentenderse de socorrer a Nicuesa. Armó un buque 
con los restos de los otros, i marchó a buscarlo al lugar 
que les designaban los marineros. 

Las desgracias de esta espedícíon no terminaron aquí. 
Nicuesa habia sido infeliz, pero poseía un carácter firme i 
resuelto para no abandonar la empresa que se le habia con- 
fiado. Pasó el río Belén; i reuniendo su jente, visitó a Por- 
tobello con intención de fundar una colonia. Los indíjenas 
lo recazaron de este lugar; i entonces se dírijió de nueva 
hacia el este hasta un hermoso puerto rodeado de fértiles 
terrenos. "Detengámonos aquí en nombre de Dios,** dija 



234 HISTORIA DE AMÉRICA 



<^1 desventurado Nicuesa al llegar a aquel sitio. Los caste- 
llanos comenzaron, en efecto, a construir un fortin i algu- 
nas habitaciones, denominando la colonia Nombre de Dios. 
Pero nuevas desgracias los esperaban allí: la falta de ali- 
mentos, las hostilidades de los naturales i las enfermeda- 
des tan frecuentes en aquel clima redujeron estraordina- 
riamente sus tropas. Un dia que les pasó revista contó 
sólo cien hombres, último resto de la brillante espedicion 
con que habia partido de la Española algunos meses 
antes. 

7. Enciso; fundación de Santa María la Antigua. 
—^1 socio de Ojeda, Martin Fernández de Enciso, habia 
quedado en la Española, mientras su colega corría en la 
costa del Darien los peligros i aventuras que dejamos re- 
feridos. Tres meses después de la partida de Ojeda salió 
Enciso de Santo Domingo en dos buques, con ciento cin- 
cuenta hombres, algunos caballos i muchas armas (febrero 
<le 1510). Las autoridades del puerto rejistraron su nave 
para evitar que en ella se fugasen algunos deudores alza- 
dos que trataban de ir en busca de aventuras a la Costa 
Firme; pero cuando se hallaba en alta mar, descubrió Enci- 
so un hombre que él no habia enrolado. Era éste un pobre 
hidalgo de Jerez, de unos treinta i cinco años de edad, lla- 
mado Vasco Núñez de Balboa. Para abandonar aquella 
isla se habia metido en un barril que hizo trasportar a 
bordo, burlando así la vijilancia de las autoridades del 
puerto. En su irritación, Enciso lo amenazó con que lo 
abandonaria en la primera isla desierta que encontrase, 
pero las humildes súplicas de Balboa lo desarmaron al 
al fin. 

Los espedicionarios llegaron a Cartajena, teatro recien- 
te de las primeras desgracias de Ojeda. Allí se le juntó en 
breve una nave que venia del occidente. Mandábala Fran- 
cisco Pizarro; i (ronducia las tropas salvadas de la colonia 
de San Sebastian. Después de esperar a Ojeda mas de los 
•cincuenta días señalados, Pizarro, cansado de sufrir los 
-estragos del hambre i de la guerra, i después de haber per- 



/ 



PARTE 8BGUNDA. — CAPÍTULO VI 235 

dido a muchos de sus soldados, se había resuelto a aban- 
donar aquellas rejiones i a volver a la Española. Sus fuer- 
zas estaban reducidas sólo a sesenta hombres. Con ellas 
«e embarcó en dos naves, pero una de ellas acababa de 
naufragar con toda su jente. Atemorizado por esta desgra- 
•cia, Pizarro iba a guarecerse en Cartajena cuando encon* 
. tro a Enciso. 

El bachiller no queria abandonar sus proyectos de con- 
quista. Las desgracias que habian sufrido los castellanos, 
-en vez de atemorizarlo, lo estimulaban a correr idénticas 
aventuras. Con halagos i amenazas consiguió que Piza- 
rro i sus compañeros volviesen al Darien a proseguir la 
<:olonizacion. Balboa, el oscuro aventurero que no quería 
volver a la Española, recordó que años atrás habia reco- 
rrido esas costas con Rodrigo de Bastidas i que habia vis- 
to ün puerto excelente, -cuyos habitantes no envenenaban 
^us flechas i donde se podía fundar una colonia. Estas no- 
ticias dieron ánimo a los castellanos para proseguir su 
viaje. 

•Antes de muchos dias llegaron felizmente al golfo de Da- 
ñen; i siguiendo las indicaciones de Balboa desembarcaron 
-en un hermoso puerto de la costa occidental. Los indios, 
sin embargo, los hostilizaron desde luego; pero los espa- 
ñoles desplegaron tal arrojo enel primer combate que los 
ahuyentaron escarmentados i los persiguieron algunas le- 
guas, recojiendo un valioso botín. En cumplimiento de un 
V'oto que habian hecho antes de la batalla, i en recuerdo 
c3e una imájen de la vírjen mui venerada en Sevilla, acor- 
c3aron fundar allí un pueblo con el nombre de Santa María 
la Antigua. Los espedicionarios trabajaron en esta obra 
^on el mismo ardor con que habian combatido a los indi-, 
jenas. 

Enciso habia despertado un vivo descontento entre sus 

jentes con sus providencias para prohibirles el rescate del 

^Dro. Aprovechándose de este estado de exasperación de 

los ánimos, Balboa exitó a sus compañeros a la rebelión. 

amotináronse, en efecto, destituyeron a su jefe i elijieron 



ror-L :2tf j:* í'- rcrrjL-j. ± i-rs* alcaldes, uno delo^cuales 
:"3é ¿1 =_*=:■: 5o-':«:4i E¿i; irr^^Io, con todo, era conside- 
ri¿: j:— : -:.r:':--3?i:r-':. A\r=:* cncian que pisaban el tc- 
rr:i:rr c^j - ¿::ii;r-T.: j^::a ccsíerido el rei a Nicuesa.i 
e5ríírj.>^v= ¿::o. rtr-ir ± z:^zt Tvira reconocerlo como jefe, 
m:5Í::rr-,v5 :ir-> « =j.r-Í5i-iras satisfechos de tener a 
5a w..i*ri¿i.i A ~r .:;rr*rrí: ie !a sagacidad i del arrojo de 

Ljl ^':\ :~:.i ¿s-..". o. yrí-.x-=riÍA coa estas diferencias cuan- 
do "e^Ar;r. a. c- ' * -< lurner: dos navios cargados de 
artr.is: VTVíres _; .^í S -cr-c." ie Colmenares llevaba déla 
Esy.if.;lA Vvir-i .i-<:.:ar .i T-'^'^o d* X¡*.-uesa. El arribo de 
estas TAYe? cair.:.* y:r ¿" rr. r-.^cio las disensiones. Colme- 
na^x^s s«í .irra;.^ !as vj!u:::ai<< ce todos por la jenerosidad 
con ctie nfvartra su< v:v¿re< a los colonos, i ambos parti- 
dos con Y:r:í re*. sTi: V-scar a Niv-tiesa para que los gober- 
nase. 

CoI:t:er:anrs sisT-^ió c?y*.^rar.oo la costa del norte hasta el 
puerto vie No:r.-'r^* i.:¿ I':.?. El desgraciado Xicuesa se ha- 
llaba al! i red ::v ido a !a ::l:::::a mirria. Su jente formaba 
solo un .puñavio c.e ::on:': res desencajados por el hambre i 
las e:::'eri::cL:a.:c<; IvS .ú-ras ::ab:an jjucumbido a los rigo- 
res del k:l:n:a o a l.is *:. :s:a:::ts hostilidades de los natura- 
les. Al s:i'^cr o'.:c ::a' :a *.::: c>:. i Mee: miento en el Darien i que 
sus poMailv res !c ' :;<v.-'\-:: para que los gobernase, Xi- 
cuesa ci'bró á:;:i::os i se ^'.-.st^/.so a marcharse inmediata- 
mente. 

El titulado iroberiMi'.or era un hombre de carácter ca- 
balleroso i no' !e; j^ ero ^a recia lie ¡a discreción que requena 
el ear^t^ ijue iba a iiestn:| efiar. Comenzó a hablar de sus 
proyectos de i;olMenK\ i despertó los recelos de algunos de 
sus compañeros. IV>s Cklonos ilel Oarien. que habian ido eu 
su busca con Coiníenaies. se adelantaron ala vuelta para 
anunciar el pensamiento que ¡levaba Xicuesa de hacer cum- 
(>Iir su voluntad. "Lüx^rtántlont^sdelinciso, dijeron, hemos 
saliílo de ¡os dientes dellol)o; pero vamos a caer en las 
garras de un tigre". Esta noticia produjo una violenta 



PARTE SEGUNDA. CAPItULO VI 237 

Teaccion en la colonia. Balboa juntó su jente para esperar a 
líicuesa, no con la intención de aclamarlo gobernador, sino 
para advertirle que se alejara de aquella costa. Su resisten- 
•cia fué infructuosa: el pueblo lo insultó desapiadamente, a 
pesar de la protección que Balboa quiso dispensarle, i lo 
obligó a salir del puerto (1^ de marzo de 1511). Nunca se 
lia sabido la suerte que corrió 7. El infeliz Nicuesa pereció 
«n duda en un naufrajio. 

7 Quintana, Vida dd Vasco Náñez de Balboa Ikving, Com- 

/laneros de Colon, Nicuesa i Ojeda. 



CAPÍTULO VII. 
NáAez de Balboa. — Díase de Ifi^olin.— Ulas^allftncs. 

(1511-1521) 

- Balboa declarado gobernador del Darien. 2. Descubrimiento 
del Mar del sur —3 Pedrarias Dávila. -4. Trájico fin deNúñez 
de Balboa. 5. Solis; descubrimiento del Rio de la Plata. — 
6. Magallanes; sus proyectos de descubrimientos. — 7. Descu- 
brimiento del estrecho — 8. Primer viaje al rededor del mundo. 

1. Balhoa declarado gobernador del Darien.— Los 
^mpañcros i sucesores de Colon habian adelantado mui 
oco los descubrimientos del célebre navegante. Durante 
• xicho tiempo no hicieron otra cosa que esplorar los mis- 
íos lugares que él habia visitado, o seguir la prolongación 
^ las costas que el almirante habia descubierto. La funda- 
on de la primera colonia en el continente fué el principio 
^ un nuevo período de atrevidas espediciones i de grandio- 
^s descubrimientos. 

Después de la partida de Nicuesa, se suscitó entre los 
alónos del Darien la cuestión de saber quién debia gober- 
^rlos. El bachiller Enciso solicitó el puesto para sí; pero 
^sco Nuñez de Balboa, que habia sabido ganarse una me- 
^cida popularidad, combatió sus pretensiones. Desempe- 
^ndo el cargo de alcalde de la colonia, Balboa desplegó 
^^rtas dotes de gobierno de que carecian de ordinario los 
^scos soldados de la conquista. Al saber que Enciso se 



?40 HISTORIA DE AMÉRICA 



preparaba para jestionar sobre sus derechos, Balboa s 
adelantó acusándolo ante el cabildo de Santa María d 
haber usurpado en el principio el poder de alcalde mayo 
sin mas título que el nombramiento de Ojeda, siendo que « 
territorio de la colonia no estaba comprendido en los lím 
tes de la gobernación de la Nueva Andalucía. Esta maner 
hábil de combatir las pretensiones de su adversario, le as< 
guró el triunfo. El cabildo desconoció los derechos de Ei 
ciso; i Vasco Núñez de Balboa, aprovechándose en el act 
de aquella declaración para alejara su competidor, dispus 
que se le embarcara para España a fin de que pudiera ei 
tablar apelación ante los tribunales competentes. Par 
quedar de jefe único de la colonia, redujo al otro alcalde 
marchar con Enciso a la Corte para sostener el fallo del cí 
bildo de Santa María. 

Una vez dueño del gobierno, Balboa desplegó gran tí 
lento para el mando. Para ganarse la voluntad de laCort 
como también para ensanchar los límites de su gob¡ern< 
dispuso varias correrías al interior con el propósito de re 
catar oro i someter algunas tribus de indíjenas. En estí 
campañas, él i Pizarro manifestaron tanto tino como aud¡ 
cia. Para resistir a la guerra de emboscadas que les hacia 
los indios i hacerles pagar caro el uso de las flechas enven 
nadas, Balboa empleó los j)erros como ausiliaresde sus se 
dados. El mismo tenia uno (|ue se distinguía partícula 
mente por su instinto, i que era hijo de otro famoso peri 
<|ue acompañaba a Juan Ponce de León en sus campaña 
El de Balboa se llamaba Leoncico. **Este perro, dice el hi 
toriador Oviedo, ganó a Vasco Núñez mas de dos mil pes( 
de oro, ponjue se le daba tanta parte como a un comp; 
ñero en el oro i en los esclavos cuando se partian. Era ( 
un instinto maravilloso, i así coiiocia al indio bravo i ; 
manso como le conocieran yo e otros que en esta guerraa; 
duvieran e tuvieran razón. Por maravilla se le escapal 
ningún indio que se le fuese a los cristianos. I como lo a 
canzaba si el indio estaba quedo, asíale por la muñeca 
la mano, i traíale tan ceñidamente sin le morder ni apretí 



PARTE SBGITNDA. — CAPItULO Vil 241 

como le pudiera traer un hombre; pero si se ponía en defen- 
sa, hacíale pedazos'* K 

En estas diferentes espediciones, los castellanos recojie- 
ron una abundante cosecha de oro; pero recibieron dos no- 
ticias que valían mas que todas esas riquezas. Ün dia en 
que los esploradores se hallaban hospedados en casa de un 
cacique amigo llamado Comagre, tuvieron un altercado 
sobre el reparto del oro recojido. El hijo mayor del cacique 
se levantó, i golpeando con el puño las balanzas en que pe- 
saban el rico metal, les dijo: **¿A qué disputáis por tal ba- 
gatela? Sí el deseo de poseer el oro os ha traído a nuestro 
pais, yo os enseñaré una rejion donde ])odreis saciar vues- 
tros deseos. Mirad esas altas montañas que se levantan al 
sur; al otro lado se estiende un gran mar que navega una 
nación poderosa provista de bajeles tan grandes como los 
vuestros. Para llegar allí necesitáis de fuerzas mayores que 
las que componen vuestro ejército, porque en el camino en- 
contrareis poderosos jefes que pueden poner sobre lasarmas 
muchos soldados.'' Esta fué la primera noticia que tuvieron 
los españoles acerca del grande océano i del poderoso im- 
perio de los incas. Balboa, que creía como Colon que pisa- 
ba las estremidades orientales del Asia, se imajinó estar a 
las puertas de los mares de la India i del rico imperio de 
Cipango. Vuelto a la colonia escribió inmediatamente a 
don Diego Colon, que gobernaba todavía en Santo Domin- 
go, para participarle sus esperanzas de consumar grandes 
descubrimientos i para pedirle su protección i ausilío. 

El activo descubridor se veía embarazado en sus proyec- 
tos no solo por la falta de recursos sino también por las 
inquietudes constantes de la colonia. Los indios no habían 
cesado de hostilizarlo, i aun tramaron un vasto complot 
para matar a los castellanos, que fué descubierto i castiga- 
do oportunamente. Los mismos colonos, abatidos por el 
abandono en que se les dejaba i por las miserias que sufrían, 
conspiraron contra la autoridad del gobernador. Balboa 



1 Oviedo, Historia feneral de las Indias, lib XXTX, cap líL 
TOMO I 16 



24:? HI^TOKIA DK AMtmiCA 

venció hábilmente esta resistencia con el pensamiento fij' 
de marchar en busca del océano i del imperio de que le h? 
biaban los indios. Felizmente, en los primeros meses de 151 
recibió de la Española un refuerzo de 150 hombres i de v 
veres en abundancia que le mandaba Andrés de Pasaniur 
te, funcionario de alta importancia que el rei habia raai 
dado a aquella isla para equilibrar el gran poder de qo 
estaluí investido don Die^o Colon. Pasamonte, adema; 
mandaba a Balboa un despacho de capitán jeneral de 1 
colonia del Darien para reforzar su autoridad, i sanciona 
su eleceion. 

Poco tiempo después, recibió Balboa desagradables nc 
ticias de la corte. El bachiller Enciso se habia querellad 
al rei del despojo de autoridad de que habia sido Hctima. 
habia obtenido una reparación completa -. El ájente d 
Balboa que le comunicaba esto, le advertia, ademas, qu 
en breve tiempo recibiría la orden de volver a España 
dar cuenta de su conducta. En tan triste situación, el in 
trépido aventurero creyó que no tenia mas que un partid 
que tomar, i éste era el de ponerse inmediatamente en mrii 
cha para dar cima a su proyectada empresa. Esperaba (ju 
el resultado de ésta fuera su mas completa justificación. 

2. I>i:>crnR:MiKNTo i>el mar del sir. — Vasco Súm 

~ Hall»".'! hal>¡a escrito al rei para anunciarle sus fiescul»r 
niientos i la riijueza de la tierra, i pedirle ausiiios con que con: 
nuar sus con»]uistas. Kn esa carra no le hablaba nada de sus kI 
savcnercias con Hnciso; j^hto en una de sus peticiones se encuen:r 
una alusión nuii directa al alcalde destituido Dice así: 'Tna nu- 
ceil (juiero suplicar a V. A me ha^a, porque cumple mucho a s 
servicio, i es que V. A mande que ningún bachiller en leyes ni otr 
nin«j:uiu\ sino hiere de medicina, pase a estas partes de la tierr 
tirme so una ijran pena que V. A para ello mande proveer, porqi 
nin«:un bacliiller acá pasa ipie no sea diablo i tienen vida de di; 
blof*, e no solamente ellos son malos, mas aun lacen i tienen tbrm 
por donde haya pleitos i inahlades: ésto cumple mucho al servici 
de \'. A. p(^r(pie la tierra es nueva". Carta de Balboa de 20 de eni 
ro de lólo, publicaila por Navakkktk en el tomo III de su Cola 
cioii, páj. o 74- 



PARTA SEGUNDA. — CAPITULO VII 243 

<3e Balboa escojió 190 hombres de los mas resueltos i vigo- 
x-c^sos que tenia bajo su mando, i los armó de arcabuces, es- 
paldas, rodelas í ballestas. Les habló de los peligros de la 
empresa que iba a acometer a fin de preparar sus ánimos 
piíra las contrariedades de la marcha. Reunió como 1,000 
• indios ausiliares, i algunos perros; i el 1.^ de setiembre se 
embarcó con esta jente en un bergantin i diez canoas. He* 
víindo una abundante provisión de víveres. Su proyecto era 
hacer por mar una parte del camino hasta llegar al puerto 
de Careta, con cuyo cacique tenia estrechas relaciones de 
alianza desde tiempo atrás. Desde este punto, pensaba in- 
ternarse en la sierra, atravesar las altas montañas i llegar 
por fin a las playas del otro mar. El 6 de setiembre, di- 
vidió sus tropas en dos cuerpos: dejó uno de ellos al cui- 
dado de la nave i de las canoas, i con el otro emprendió su 
marcha. 

La rejion en que acababa de internarse Balboa era forma- 
da por esa angosta faja de tierra que separa los dos océa- 
o^>s i une las dos grandes secciones del continente america- 
no. Aunque el ancho de ese país sea sólo de unas pocas le- 
guas, su trayecto ofrecia dificultades inmensas. La cadena 
de montañas que lo atraviesa en toda su estension como 
^na barrera opuesta a la comunicación de ambos mares, 
^orma a uno i otro lado escarpados precipicios, rápidos to- 
^*"<íntes i variadas ondulaciones del terreno. La rica vejeta- 
^'on de aquellas rejiones forma por todas partes bosques 
*^ipenetrables de elevadísimos árboles que ocultan bajo su 
^*>mbra marismas i pantanc^s insalubres i de difícil tránsito. 
L'^s ardores del soldé los trópicos unidos a las pútridas 
^^anaciones de aquellas marismas, al paso que dan vida a 
^^la multitud de insectos venenosos, enervan las fuerzas del 
^'>mbre i producen fiebres mortíferas. Este pais, «demás, 
^^taba poblado por indios salvajes, casi nómades, que ha- 
^'íin de hostilizar^ en su marcha a los soldados de Balboa. 
fin efecto, un jefe indio llamado Ponca, huyó al acercarse 
•<^^s españoles; pero sabedor de la rectitud con que Balboa 
^^ataba a los indíjenas, volvió sobre sus pasos i le pres- 



244 HISTORIA DE AMÉRICA 



tó excelentes guias para dirijir su marcha. Mas adelan- 
te encontró otras tribus de indios que le disputíiban el ca- 
mino; i entonces le fué indispensable presentarles batalla 
para escarmentarlas. Este combate, las dificultades de un 
camino tortuoso, los nos que era necesario pasar en débi- 
les balsas, los pantanos en que se hundian los hombres, los 
violentos precipicios de aquellas montañas, esplican cómo 
un viaje de unas pocas leguas ocupó a los castellanos dieci- 
nueve dias. Por fin, el 25 de setiembre los guias avisaron 
que desde una altura* inmediata se divisaría el próximo 
mar. Balboa se adelantó a sus compañeros para gozar an- 
tes que nadie de un espectáculo deseado por tanto tiempo. 
Al estender la vista desde aquella altura, un mar sin límites 
se presentó a sus ojos; i sobrecojido de admiración, cayó 
de rodillas, levantando las manos al cielo para manifestar 
a Dios su profunda gratitud por haberlo destinado a tan 
gran descubrimiento. Sus compañeros, observando sus 
trasportes, treparon la montaña para gozar también del 
magnífico espectáculo que se desarrollaba en el horizonte. 
Como su jefe, ellos también se prosternaron de rodillas ele- 
vando al cielo sus oraciones de agradecimiento al ser su- 
premo que les permitia consumar aquella prodijiosa em- 
presa. En seguida cortaron en el bosque un árbol grande, i 
despojándolo de sus ramas, construyeron una cruz que 
plantaron en el lugar desde donde Balboa habia descubier- 
to el océano. Allí mismo cantaron el Te Deum con que los 
castellanos acostumbraban celebrar sus descubrimientos. 
Serian las diez de la mañana, dice Oviedo, cuando los cas- 
tellanos divisaron el mar. Pocas horas después comenza- 
ron a bajar la montaña para llegar a la playa. Un cacique 
llamado Cheápes, salió a la cabeza de su jente, i mirando 
con desprecio aquel pequeño número de aventureros, les 
prohibió poner el pié en sus dominios. Algunas descargas 
de mosquetería i los ladridos de los perros, bastaron para 
poner en fuga los pelotones de salvajes. Desde aquel lugar 
el jefe de la espedicion envió tres pequeñas partidas al man- 
do de Alonso Martin, Francisco Pizarro i Juan de Escarai 



PARTB SEGUNDA. CAPÍTULO VII 245 

en busca del camino mas corto para llegar al mar. El pri- 
mero de éstos fué el mas feliz: después de dos días de mar- 
cha, llegó a la playa, i precipitándose en una canoa de in- 
dios, llamó a sus compañeros para que fuesen testigos de 
que él era el primer español que hubiese navegado en el 
mar recien descubierto. 

El 29 de setiembre de 1513, Balboa, seguido de veintiséis 
de sus compañeros, llegó a una espaciosa bahía situada ca- 
si a espaldas de la colonia que habia fundado en el otro 
mar. En conmemoración de la fiesta que ese dia celebraba 
la iglesia roínana, Balboa le dio el nombre de golfo de San 
Miguel; i deseando tomar posesión del nuevo océano en 
nombre de su rei, esperó que subiera la marea, i entonces 
penetró al mar con la bandera de Castilla en una mano i 
ana espada en la otra, declarándose sostenedor de los de- 
rechos reales sobre aquel océano, las tierras que bañaba i 
las islas que^contenia. En seguida, él i sus soldados, traza- 
ron en los árboles vecinos la señal de la cruz para atesti- 
guar su conquista i la posesión (|ue habian tomado a nom- 
bre de los reyes de España ^, El mismo dia levantaron una 
acta que recordara este suceso. 

Balboa esploró las rejiones vecinas, sometió nuevas tri- 
bus i aun visitó las islas inmediatas, donde los indios pes- 
<ífiban hermosísimas perlas. Terminadas estas operaciones, 
dio su vuelta al Darien. El 19 de enero de 1514, después de 
cuatro meses de ausencia, se halló reunido a sus compañe- 
ros. Su entrada a la ciudad fué un verdadero triunfo: todo 
^1 pueblo salió a recibirlo en medio de los aplausos i de las 
^as entusiastas demostraciones de admiración i gratitud. 
Lo seguian mas de ochocientos esclavos quitados a las tri- 
bus enemigas; i aparte de un botin inmenso de telas de al- 
godón, traia mas de cuarenta mil pesos de oro. La equidad 
^on que repartió estas riquezas entre los que habian toma- 
do parte en la espedicion i los que se quedaron en Santa 
ufaría de la .\ntigua,i los cuidados con que antes i después 



*^ OviKDO, Historia Jencral de las Indias^ lib. 29, cap. III i IV. 



246 HISTORIA DB AMÉRICA 



de la campaña atendía al bienestar de sus gobernados au — 

mentaron singularmente la popularidad del intrépido es 

plorador i aseguraron en el ánimo de los colonos la estabi — 
lidad de su gobierno. Ningún capitán de las Indias, seguiSM 
Oviedo, habia sabido jamas captarse mejor que Vasco Nú — 
ñez de Balboa el amor de sus soldados. 

3. Pedrarias Dayila.— Pero la prosperidad de los con 

quistadores de América no podia durar largo tiempo. Bal • 

boa tenia en España un enemigo formidable. El bachille r 

Enciso estaba en la corte empeñado en arruinarlo, i se ha^^- 
bia ganado la voluntad de poderosos personajes que p *^ u 
dian ayudarlo en su venganza. Rodríguez de Fonseca, < » > 
enemigo implacable de Colon, se habia interesado por Etnzn- 
ciso. Para ganarse al rei, Fonseca i Enciso no sólo pondi 
raban el despotismo con ((ue gobernaba Balboa, despue 
de haber usurpado el mando, sino que esplotaban en ^^mn 
provecho la desgracia del desventurado Nicuesa. 

El rei se dejó influenciar por estas acusaciones. Halag^^n- 
do con la noticia de las riquezas de aquellos paises, que ss^se 
comenzaba a llamar Castilla del oro, Fernando dispuso el 
envío de fuerzas considerables i de un empleado especia^ al 
que procesase a Balboa i estableciese en la colonia un g- o- 
bierno regular. La elección recayó en Pedro Arias de A vil- a. 
llamado comunmente Pedrarias Dávila, caballero noble c J^^ 
Segovia, distinguido por su carácter galán i por su mae ^^' 
tría en los ejercici'^s de justas i torneos. Muchos hidalgcrr^^s 
castellanos que se preparaban para partir a Italia, se p — ^' 
sieron bajo sus órdenes, i formaron un cuerpo de dos n^cr^» 
hombres; i habría subido a mas su número si el rei hubierr:^'''^ 
permitido embarcarse a todos los (jue solicitaban permis?^^^ 
para ello. Para su traspórtese aprontaron en Sevilla vci^^'^^* 
tidos naves i una considereible provisión de víveres i ni^^^^' 
Iliciones. 

Aquella escuadra era la mas considerable que jamas hi^^^" 
bicse salido de líspaña para las Indias. Era también notr^^*' 
ble por la calidad i rango de las i)ersonas que la conipí ^' 
nian. Se distinguían en ella muchos nobles castellanos; p^=-^' 



PARTB 8BOUNDA. CAPÍTULO Vil 247 

ro iban también tres personajes que estaban destinados a 
tener mas tarde una alta nonibradia. Eran éstos: Gonzalo 
Fernández de Oviedo, autor de una prolija Historía Jenerai 
de las IndiaSy qnt llevaba el nombramiento de veedor o ins- 
pector de las fundiciones de oro en la colonia; el bachiller 
Fernández de Enciso, que volvía allDarien con el título de 
alguacil mayor, i que mas tarde ilustró su nombre con la 
publicación de xin tratado de jeografía que en sujéneroes 
una de las obras notables de aquella época ^; i Bernal Díaz 
del Castillo, el soldado historiador de la conquista de Mé- 
jico. Entre los otros funcionarios que iban en la escuadra, 
figuraba un fraile franciscano llamado Juan de Quevedo, 
que llevaba el título de obispo de Castilla del Oro. El equi- 
po de la espedicion costó al rei mas de cincuenta i cuatro 
mil ducados, suma enoime para el empobrecido tesoro es- 
pañol, i que representaba una cantidad inmensa en aquella 
época en que el dinero tenia un valor a lo menos cuádruple 
del de nuestros dias. 

La escuadra salió de San Lúcar el 11 de abril de 1514. 
Después de cuarenta i ocho dias de viaje, Pedrarias Dávila 
llegó al Darien. Habíase imajinado que iba á encontrar a 
Balboa sentado en un trono, dando leyes a sus esclavos: 
sus emisarios hallaron al gobernador con un vestido ordi- 
nario de algodón, calzado con alpargatas, i dirijiendo a 
sus indios que le techaban la casa con paja. El hábil descu- 
bridor finjió gran calma al saber el arribo de su sucesor, i 
dispuso que los colonos lo recibieran solemnemente, pero 
sin armas para no despertar sus sospechas. 

Pedrarias no era el hombre adecuado para reemplazar a 
Balboa. Aparentó tratarlo con toda urbanidad, pidiéndo- 



4 La obra de Enciso fué publicada en 1519 cou el título siguien- 
te: Suma de jeografía que trata de todas Jas partidas e provincias 
del mundo f en especial de Jas Indias. Este libro que es surnamente 
T aro. coiitlcnc preciosísimos datos para la historia de la jeografía 
americana, i para conocer el estado en que se hallaban las ciencias 
i los descubrimientos a la época en que escribió el autor. 



248 HISTORIA DB AM¿UCA 



le noticias de sus descubrimientos i manifestándole las bue- 
nas disposiciones del rei en su favor; pero comenzó a for- 
marle un juicio de residencia en que se descubrían ya su 
ojeriza i su envidia. Balboa, por su parte, desplegó mucha 
mas sagacidad: finjió desconocer estas hostilidades, i se 
ganó la voluntad del obispo Quevedo i aun de doña Isabel 
de Bobadílla, esposa de Pedrarias. 

Los negocios de la colonia se empeoraron desde luego. 
Pedrarias no supo contener la codicia de sus vasallos; i las 
violencias de éstos provocaron una sublevación casi ¡enera I 
de parte de los indijenas. El mismo Balboa, que había sa- 
bido someterlos alternando la prudencia i la enerjía, fue 
impotente para dominarlos. Antes de esa época, habia de- 
rrotado a los indios casi sin perder un soldado; ahora tuvo 
que salir a campaña, i volvió a la colonia herido i derrota- 
do. Comenzaron a escasear los víveres; i los castellanos, 
que bajo el gobierno del descubridor soportaban contentos 
las privaciones, se quejaban de sus padecimientos i |>ensa- 
ban en volver a España. 

4r. Trajico fix de XCxez de Balboa. — La noticia de los 
descubrimientos de Balboa habia llegado, entre tanto, a 
España, comunicada por los emisarios despachados a la 
corte después de consumado el descubrimiento del mar del 
sur. El rei i sus consejeros quedaron sorprendidos al sal)er 
las maravillosas empresas ejecutadas pjr el oscuro aventu- 
rero a quien poco antes hahian tratado de malhechor i de 
bandido. Quisieron entonces hacer justicia a acjuel hombre 
que con tan |>equeños recursos habia realizado tan grandes 
cosas, i le espidieron el título de adelantado del mar del 
sur i de capitán jeneral de las provincias de su costa; pero 
lo flejaron todavía bajo las órdenes del pérfido Pedrarias. 

En 1513 llegaron al Darien los despachos de Balboa. Pe- 
drarias, (jue no habia podido humillar completamente a su 
ilustre rival, sintió reanimarse la envidia en su corazón, i 
se atrevió a desobedecer al rei reteniendo los despachos. FA 
obispo intervino entonces. Tratando de poner término a 
a(|uellas rivalidades, redujo a ambos a aceptar un conve- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VII 249 

nio. Pedrarias entregó a Balboa el título de adelantado, 
comprometiéndose éste a someterse a su dependencia. Se 
estipuló ademas el enlace de Balboa con una hija de Pedra- 
rias, que se hallaba en España. Creyendo que todo queda- 
ba definitivamente arreglado, el obispo se volvió a Castilla. 
Después de esta reconciliación, Bíilboa no pensó mas que 
en llevar adelante sus descubrimientos. En las playas del 
mar del sur había oido hablar de un poderoso imperio que 
se levantaba en el mediodía; i su espíritu ambicioso i em- 
prendedor estaba preocupado con la idea de marchar a su 
conquista. Los mas audaces aventureros de la colonia qui- 
sieron ponerse bajo sus órdenes. En el puerto de Careta 
preparó los materiales para la construcción de cuatro na- 
ves, cortó l:i madera, reunió las anclas, las jarcias i la cla- 
vazón; i cuando hubo terminado estos aprestos, los hizo 
cargar a hombros para trasportarlos hasta el otro mar. 
Jamas hombre alguno desplegó mayor actividad que el in- 
trépido Balboa, cuando realizaba tan jigantescos trabajos. 
No habia mas camino que estrechas veredas en medio de 
bosques casi intransitables i de escarpados precipicios. Mu- 
chos indios perecieron en la travesía; pero los españoles i 
algunos negros salvaron los montes i llegaron con grandes 
tmbajos a las orillas de un rio que denominaron de las Bal- 
sas, en donde comenzaron a construir sus naves. Nuevas 
fatigas los esperaban allí: las lluvias periódicas de los tró- 
picos i la escasez de víveres los pusieron en graves conflic- 
tos; pero Balboa, superior a tantas contrariedades, no se 
dio un momento de descanso hasta echar al rio dos ber- 
gantines. Embarcóse en ellos con todos los españoles que 
podian contener, i dio principio a la esploracion del mar 
descubierto, i por el cual pensaba llegar hasta ese imperio 
poderoso de que se le habia hablado. A su vuelta de estos 
primeros reconocimientos, Balboa se contrajo con nuevo 
ardor a activar la construcción de otras embarcaciones. 

Pero los celos i desconfianzas de Pedrarias no habian de- 
saparecido con la capitulación. El odio que profesaba a su 
rival lo mantenia inquieto i ajitado temiendo que el intré- 



260 HISTORIA DB AMÉRICA 



pido Balboa consumase nuevos descubrimientos i descono- 
ciese su autoridad. Con fútiles pretestos habia embarazado 
los trabajos del adelantado; i cuando vio que éste habia 
construido cuatro naves i reunido 300 hombres, le comuni- 
có la orden de comparecer a su presencia para darle órde- 
nes e instrucciones de importancia relativas a su espcdi- 
cion. 

Entre los aventureros que acompañaban a Balboa haliia 
un veneciano llamado Miser Codro, quepresumia de astró- 
logo. Habia anunciado éste a su jefe que cuando se pusiese 
una estrella en cierta parte del firmamento, su vida se ha- 
llaría en gran peligro; pero que si sobrevivía aquel año, lle- 
garia a ser el mas rico i el mas famoso capitán de las In- 
dias. Una noche, cuando ya tenia terminados sus aprestos, 
divisó la estrella fatal en el punto indicado por el astrólogo; 
pero bn vez de alarmarse por este funesto presajio que ha- 
bría perturbado el ánimo de casi todos los hombres de su 
siglo, Balboa refirió a sus compañeros su conversación con 
Miser Codro, burlándose de tales f)ronósticos. Al recibir la 
orden de Pedrarias, se puso en marcha para el Darien sin 
sospechar el lazo infame que se le tendia. 

Antes de llegar a la colonia encontró a Francisco Piza- 
rro con una partida de tropa que lo esperaba para pren- 
derlo. *'¿Qué es esto, Pizarro? le dijo: antes no salíais a re- 
cibirme de esta manera.'* Pizarro no contestó una palabra, 
sino que lo hizo trasportar al pequeño pueblo de Acia, que 
acababa de fundarse en la costa oriental del istmo. Allí 
supo la inicua trama que se habia fraguado contra el. Va- 
rios de sus amigos estaban presos: los denuncios de algu- 
nos indios habían dado prctesto a su persecución; i se le 
procesaba por conatos de sublevación contra la autoriilad 
del gobernador. Pedrarias lo visitó en la prisión para 
echarle en cara su crimen. **Si eso que me imputan fuera 
cierto, contestó el preso, teniendo a mis órdenes cuatro 
navios i 300 hombres que todos me amaban, me hubiera 
ido la mar adelante sin estorbármelo nadie. No dudé como 
inocente de venir a vuestro mandado, i nunca pude imaji* 



PART» SEGUNDA. CAPÍTULO VH 251 

narme que fuese para verme trat^ido con tal rigor i tan 
enorme injusticia/' 

Esta sencilla, pero noble i satisfactoria defensa no sirvió 
fie nada. Pedrarias mandó adelantar el proceso haciendo 
recojer las declaraciones de los enemigos de Balboa e ins- 
truyéndose él mismo de todas sus incidencias. El alcalde 
mayor del Darien, Gaspar de Espinosa, cediendo mas bien 
a sujestiones estrañas que a sus propios instintos, adelan- 
tó la causa hasta ponerla en estado de sentencia. Enton- 
ces preguntó al gobernador si convendria perdonar la vida 
al reo en atención a sus importantes servicios. **N6, dijo 
Pedrarias; si pecó, muera por ello.'' 

La muerte de Vasco Núñez de Balboa era inevitable. 
El obispo Quevedo, su protector, habia vuelto a España, i 
no habia en la colonia un hombre poderoso que se intere- 
sase por él. AI fin se dio la sentencia. Inútil fué que el ade- 
lantado apelase de eila para ante el rei i el consejo de 
Indias. Pedrarias desechó la apelación. El dia de la ejecu- 
ción, al oir que el pregonero lo proclamaba traidor al rei i 
usurpador de sus dominios, esclamó: — **Traidor nó! Jamas 
tuve otro pensamiento que dilatar los estados del rei mi 
señor!" **E así fué ejecutada por pregón público la senten- 
cia e descabezado el adelantado, e Fernando de Arguello, e 
Luis Botello, e Hernán Muñoz, e Andrés de Balderrábano 
en la plaza de Acia, e fué absuelto el capitán Andrés Gara- 
vito por descubridor de la traición. I fué hincado en un 
palo en que estuvo la cabeza del adelantado muchos dias 
puesta; e desde una casa, que estaba a diez o doce pasos de 
donde los degollaban (como carneros, uno a par de otro) 
estaba Pedrarias, mirándolos por entre las cañas de la pa- 
red de la casa" (1517) •'i . 



^ O viKDo. Historia jeneral de la'^ 7/? í^/as, lib. XXIX, cap. XII, 
tom. III, páj. 60. — Pueden consultarse con provecho las vidas de 
Balboa escrita por Ikving. en sus Compañeros de colon^ i por 
Quintana, en sus Vidas de espafioles célebres. No se conserva en 
tas relaciones de aquella época la fecha del dia de la ejecución de 
Bilboa. 



252 HISTORIA DB AMÉRICA 



La corte pareció sentir esta grande injusticia. Por céda- 
las posteriores mandó restituir una parte de los bienes He 
Balboa a sus hermanos que residian en España, recomen- 
dándolos para la provisión de empleos; pero el pérfido e 
inhumano Pedrarias quedó todavía gol>ernando en la pro- 
vincia de Castilla del Oro, donde lo veremos mas tarde 
cometer nuevos atentados. Esta era la justicia del rei pa- 
ra con los osados conquistadores de las valiosas rejioncs 
del nuevo mundo. 

5. SOLIS; DKSCUBRIMIBXTO DEL RIO DE LA PlaTA.— lil 

descubrimiento del mar del sur abre un nuevo período en 
la historia de los progresos de la jeograña. El error de 
Colon, que creía haber llegado en sus esploraciones a las 
costas orientales del Asia, quedó esperimentalmente de- 
mostrado; i la suposición de algunos de los esploradores 
que sostenían que las tierras recien descubiertas formaban 
un continente antes desconocido, fué desde entonces un ht- 
cho incuestionable. En los libros i en los mapas, ese conti- 
nente fué denominado Nuevo Mundo. El rei se habia prc 
ocupado \'a con el pensamiento de hallar un paso a las 
Indias orientales, pero al saber los descubrimientos de Bal- 
boa, tuvo otra idea, poco diferente en verdad de aquella, 
que consistía en hacer navegar el mar del sur para dilatar 
sus conquistas. 

Por muerte de Américo Vespucio, ocurrida en 1512, el 
rei Fernando confió a Juan Díaz de Solis el inii)ortante car- 
go de piloto mayor de España, i dispuso que emprendiera 
una nueva esploracion en busca de los mares de la India. 
Antes que estuviesen terminados los aprestos de esta es|)e- 
dicíon, el descubrimiento del mar del sur vino a señalarle 
nuevo rumbo. El reí encargó a Solis que fuese a descubrir 
a espaldas de la provincia de Castilla del Oro, segu;i espre- 
san las instrucciones reales, lo (|ue equi valia a decir que n - 
vegara hasta encontrar un piiso al mar del sur para llegar 
a las costas de Panamá que habia esplorado Balboa. 

Solis salió del puerto de Lepe el 8 de octubre de 151 5 con 
tres naves de pe(iueñopí)rte. Proponíase reconocer la costa 



PARTB SEGUNDA. — CAPItULO Vil 253 

oriental del nuevo continente hasta encontrar un paso que 
lo llevase al otro mar. Recorrió, en efecto, la costa del Bra- 
sil, i siguió su prolongación hasta los 35° de latitud sur. 
Allí notó que la tierra cambiaba de dirección, i mudando el 
rumbo de sus naves, siguió esplorando hacia el occidente. 
Solis habia entrado en el espacioso canal formado por la 
confluencia de los rios Uriíguai i Paraná, i que mas tarde 
fué llamado Rio de la Plata. Los españoles quedaron asom 
brados al encontrar un caudal tan considerable de agua 
dulce: i halagados con la idea de lo maravilloso, que tanto 
preocupaba a los navegantes i descubridores de aquel siglo, 
lo denominaron mar Dulce. Solis se adelantó con una nave, 
i siguió sus reconocimientos hasta una isla, que encontró 
poblada de salvajes que salian de sus chozas llenos de curio- 
sidad i se retiraban de prisa al divisar a los españoles. Solis 
era tan inesperto en negocios de guerra como diestro nave- 
gante. Acompañado de algunos de los su^^os bajó a tierra; 
pero así que se hubieron alejado de la playa, fueron ataca- 
dos i muertos por los indios antes que pudieran ser soco- 
rridos por sus marineros (1516). Un cuñado de Solis, el pi- 
loto Francisco de Torres, tomó entonces el mando de la es- 
cuadrilla, i dio la vuelta a España para referir la desgracia 
que habia puesto fin a la cspedicion. Según él, los cuerpos 
de Solis i de sus compañeros habian sido destrozados por 
los salvajes, i sus miembros asados i comidos con horrenda 
ferocidad ^. 



^TDon Félix de Azara {Descripción e historia del Paraguai i 
del Rio de la Plata, cap. XVIII, tomo II, páj. 4?, ed. de Madrid de 
184-7) cree que los indios que poblaban las orillas del Rio de la 
Plata no eran antropófagos, i que sólo el terror que se habia apo- 
derado de los compañeros de Solis pudo dar orjen a esta falsa no- 
ticia. Sin embargo, en los documentos relativos a la conquista pos- 
terior de aquel pais, encontramos la misma noticia. Diego García, 
que visitó el rio de la Plata en 1526, dice que los guaraníes que 
poblaban las riberas del norte, comian carne humana. Véase su 
carta publicada en el tomo XV de la Revista de Instituto históri- 
co do BraziL 



254 HISTORIA DE AMÉRICA 



El triste fin de este viaje retardó por algún tiempo la es- 
ploracion de aquellas * rejioqes. Los jeógrafos señalaban 
cuatro años después el rio en que habia perecido Sol is como 
término de ¡a tierra conocida.^ 

6. Magalláxes; sus proyectos de descubrimientos. 
— La gloria de hallar el paso que buscaba Solis, estaba re- 
servada a otro navegante mucho mas célebre. En octubre 
de 1507 llegó a Sevilla i a mediados de manco siguiente se 
presentó en Valladolid un aventurero portugués llamado 
Hernando de Magallanes, que iba a ofrecer sus servicios a 
la corte para hacer nuevos descubrimientos. En su juventud 
habia navegado en los mares de la India i distinguídose 
por un arrojo sobrehumano peleando contra los asiáticos : 
africanos en Malaca i en Marruecos. Magallanes gozaba 
en su patria de la reputación de un valiente militar; perc 
sus servicios fueron desatendidos por el rei de Portugal, 
él se determinó a espatriarse renunciando al efecto su ciu 
dadanía ante escribano público, i ofrecerlos al monarca es 
pañol. Carlos de Austria, joven de diecisiete años que acá 
baba de ser proclamado rei por las cortes de Castills 
(1517), parecia ansioso por ilustrar su reinado con nuevo 
descubrimientos. 

Magallanes se ofrecía al rei para llevar a cabo un viaj 
capaz de despertar su c(,d¡cia. Los portugueses habían te= 
nido noticia en la India de unas islas que producían la es 
peciería en grande abundancia, i que denominaban las Mo» 
lúeas. Algunos de sus esploradores se habían adelantada 
hasta ellas i recojido valiosos cargamentos de canela, pi 
mienta, nueces moscadas i clavos de olor, mercaderías que 



^ Fernández de Enciso en su Suma de ^eographia, publicada 
en 1311), fol. 51, fijaba como fin de la costa que esploraba **el cabo 
de Santa María en 35 grados. Pasado este cabo, agrega, entra un 
rio de mas de veinte leguas de ancho, a do haijentes que comen 
carne humana." Por estas líneas se comprueba lo que dijimos en 
el capítulo anterior respecto al viaje de Pinzón i Solis en 1508, es- 
to es que no alcanzaron a reconocer la costa hasta los cuarenta 
grados, como dicen Herrera i otros historiadores. 



PARTA SEQUNIíA. — CAPÍTULO VII 255 

en aquella épocfi tenian gran precio i estimación. Magalla- 
nes sostenía que aquellas islas estaban comprendidas en la 
demarcación que el Papa habia fijado a las posesiones del 
rei de España. Para probar esto, señalaba en un globo la 
línea divisoria de las posesiones españolas i portuguesas; i 
la prolongaba hasta el otro hemisferio, describiendo así un 
meridiano completo al rededor de la tierra que la dividia 
en dos partes iguales. Según esta división, con que se pre- 
tendia completar la demarcación de límites establecida por 
la bula del Papa i por el tratado de Tordesíllas, los españo- 
les tenian derecho a una parte del Asia i de sus archipiéla- 
gos inmediatos; i Magallanes sostenia que las Molúcas es 
taban dentro de esos límites. 

Pero ¿cómo llegar a aquellos paises sin tocar en las po- 
sesiones de los portugueses? La prolongación de la costa 
del continente americano habia hecho creer que se dilataba 
sin interrupción del uno al otro polo, como una barrera 
puesta por la naturaleza para separar los mares occidenta- 
les de los orientales, **de forma, dice un escritor de aquella 
época, que en ninguna manera se pudiese pasar ni navegar 
por allí para ir hacia el oriente'' ^. Magallanes, sin embar- 
go, creia que continuando la esploracion de ese continente 
encontraria por fin el paso para los mares orientales. 

Este proyecto, que ahora parece tan sencillo, encontró 
entonces grandes resistencias a causa de las erradas preo- 
cupaciones sobre la forma del globo i de los continentes. 
Felizmente, el obispo Rodríguez de Fonseca se puso de par- 
te de Magallanes, i consiguió que el rei Carlos dispensara a 
éste i a su empresa su decidida protección. Entonces surjió 
otra dificultad; el rei de Portugal representó al monarca 
español sus derechos a las islas situadas en los mares de la 
India, i trató de disuadir a Magallanes de su proyecto, 
porque era contrario a los intereses de su patria natal. Los 
halagos i las amenazas no pudieron cambiar la resolución 

8 Maximiliano Transilvano, Relación del (1e,<cubrim tentó de 
las MolúcaSt en Navarrete, Coleccon, etc., tom. IV. 



256 HISTORIA DE AMÉRICA 



del intrépido portugués, así como las reclamaciones diplo 
máticas no bastaron para que el monarca español desistie- 
ra de su empresa. Se llegó a pensar en hacer asesinar a Ma- 
gallanes, i se le suscitaron dificultades de toda especie; pero 
con una firmeza incontrastable se hizo superior a todo, i 
logró equipar una escuadrilla de cinco nave? tripuladas por 
265 hombres, que estuvo lista en Sevilla después de diecio- 
cho meses de afanes i fati<2:as. 

7. Descubrimiento del estrecho.-— Magallanes salió 
de San Lúcar el 20 de setiembre de 1519; i sin apartarse 
mucho de las costas de África, llegó a ponerse en frente de 
Guinea. Desde allí cambió el rumbo hacia el occidente i co- 
menzó á costear la América, por el mismo camino que cua- 
tro años antes habid llevado Solis. Se le hahia dicho que el 
rei de Portugal trataba de poner embarazos a su navega- 
ción; pero si nada de esto sucedió, tuvo en cambio que so- 
portar otras contrariedades de mui distinta especie. Los 
castellanos que mandaban las naves i hasta las misraaí 
tripulaciones, no podian perdonar a Magallanes su naci^J 
nalidad; i comenzaron en breve a hacer sentir los primero 
jérmenes de insurrección. El rei habia cometido la impri: 
dencia de dar a uno de los capitanes llamado Juan de Ca i 
tajcna, el título de conjunta persona de Magallanes; i po 
este título, Cartajena se creia igual al jefe de la espediciori 
Un dia que ese capitán trató de hacer valer sus prerrogati 
vas, trabando al efecto una irritante discusión con Maga 
llánes, éste lo apresó por su pro¡)ia mano, i dominó así [)()r 
el momento la tempestad que se levantaba. 

Los castellanos siguieron esplorando la costa meridio- 
nal de la América, reconocieron el rio de la Plata, conocido 
entonces con el nombre de rio de Solis, en memoria de su 
descubridor, i ¡)asando mucho mas adelante, fondearon el 
31 de marzo de 1520, en el puerto de San Julián. La proxi- 
midad del invierno, las lluvias i las tem[)estades frecuentes 
en aquellas latitudes, determinaron a Magallanes a espe- 
rar allí la vuelta de la primavera. Sus subalternos venian 
cansados con tan largo viaje; i considerando una locura el 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO Vil 



provecto de Magallanes, pensaban sólo en volver a Espa- 
ña. La aridez de aquellas rejiones, la falta de recursos que 
«n ellas hallaban i el rigor de la próxima estación los te- 
nían desalentados. Convencidos de que no podrían doblegar 
la voluntad férrea de su jefe, tramaron una conspiración. 
En la noche del 1^ de abril se apoderaron de tres de las na- 
ves i apresaron a los oficiales que no tomaban parte en el 
complot. 

En esta difícil situación, Magallanes desplegó una acti- 
vidad i una audacia dignas de la grande empresa que habia 
acometido. Envió un mensajero a la nave que mandaba 
Luis de Mendoza, jefe de los insurrectos, con encargo de 
apuñalearlo durante unas conferencias; i dueño de esta em- 
barcación, dominó las otras. Hizo entonces decapitar en 
tierra a Gaspar de Quesada, otro de los jefes de la insurrec- 
ción. Juan de Cartajena i un capellán de la escuadrilla que 
habia tomado parte en aquel movimiento, fueron abando- 
nados mas tarde eñ aquella costa inhospitalaria. Magalla- 
nes logro así imponer por el terror i mantener la disc;iplina 
^ntre los espedicionarios. 

Los castellanos perdieron en aquella costa una de sus 
llaves que se habia adelantado al sur para hacer un reco- 
íiocimiento. Allí también encontraron por primera vez sal- 
vajes de grande estatura, que su propensión a ver en todo 
algo de maravilloso les hizo creer que eran jigan tes. Lla- 
^'dvonlos patagones, por el enorme tamaño de sus pies; i 
después de tener algunas relaciones con ellos, apresaron a 
(losen las naves para presentarlos en España como una 
curiosidad de aquella tierra. Los salvajes murieron a bordo 
pocos dias después. 

Pasado el invierno, Magallanes prosiguió con sus naves 
liácia el sur. Sus marineros, estaban sobresaltados al en- 
contrarse en aquellos mares desconocidos i en latitudes 
hasta donde no habia llegado navegante alguno. Sólo el 
jefe de la espedicion tenia confianza en la empresa i estaba 
resuelto a llevarla a término. El 21 de octubre de lv520 di- 
A'isó un cabo que llamó de las Once Mil Vírjenes, i detras del 

TOMO I 17 



cnal !a esta cambiaba de dineccion inclioándose violenta- 
menre hacia el «jeste. Aqoella era la entrada del estrecho 
que cTtn tasto arhelo bascaba Magallanes. El primer reco- 
nocimiento lo cornrmó en esta convicción; pero al penetrar 
en é!. suscitáronse entre los sayos coevas dificultades. Un 
püoto lianiado Esteban Gómez se oponía a pasar adelante: 
i mientras la escizadnlla se hallaba ocupada en In esplora- 
cion de ¡os canales. snb¡evó la tripulación de su nave i dio 
la vuelta a España para quejarse del despotismo de Magar 
ilánes i anunciar el próximo desastre de su temeraria era- 
presa. 

El osado navegante depíoró la pérdida de uno de sus ba- 
ques, pero no vi»lvió atrás. Reconoció todo el estrecho: i 
cuando ya estaba pnSximo a salir de él, consultó aislada- 
mente a todos sus capitanes sobre lo que deberia hacerse. 
Los marineros espusieron que puesto que ya se sabia que 
aquel era un canal de ci^municacion entre los dos océanos, 
estaba cumplido el objeto de la espedicion i podian voherse 
a España. Magallanes, por el contrario, crcia que el paso 
estrecho no era m^s que el principio del viaje que ha- 
bía proyectado, i resolvió llegar hasta el otro mar. Eles- 
trec!u> t\ic denominado de Todos los Santos, en conme- 
nsuración lie ¡a tiesta ijue celebra la iglesia al conienztr el 
mes de nvnieinbre. La p.^steridad le ha dado el nombre d^ 
su ihistro descubridor. 

S. rKMMKK VIAJí: AL KKPKDOK DKL MIANDO. — El 27 <lc nO* 

viemiíre de lólíiK los castellanos, saliendo de acjuel estre- 
cho, divisaron un mar l^onancible cjuc se estendia sin lítni' 
tes en el horizonte. Era a(juel el mismo mar del suríjU^ 
Hallx^a hahia ilescuhierto desde las rejiones del istmo eti 
ir>L'>. IVspues de las tempestades que habia sufrido en lo^ 
últimos dias de <u nave^acii^n en el Atlántico, ^L'lgállane5 
(juedó admirado de la tranquilidad de las olas del océano 
en (pie acababa ile penetrar i lo denominó mar Pacífico, 
(|ue conserva todavía. I>eseando llegar cuanto antes a los 
mares »lc la India, se abstuvo de hacer esploraciones en la 
costa i dirijl«'> su rumbo hacia el noroeste. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO VII 259 

Increíbles fueron los sufrimientos de esta navegación. La 
escasez de provisiones era estremada. La galleta era un 
polvo mezclado de gusanos, e insoportable por estar im- 
pregnado de orines de ratas; el agua era pútrida i hedion- 
da. Agotados los víveres, los castellanos comieron los cue- 
ros en que estaban envueltos los cables; el aserrin de 
madera, i las ratas mismas habían llegado a ser un ali- 
mento codiciado. El escorbuto se pronunció en la tripula- 
ción: mas de veinte hombres murieron en medio de dolores 
, horribles i muchos otros estaban próximos a perecer cuan- 
do el 6 de marzo de 1521 avistó Magallanes unas islas a 
los 13 grados al norte de la línea equinoccial. Formaban 
éstas parte de un archipiélago que denominó de los Ladro- 
nes, mas conocidos ahora con el nombre de Marianas, 
donde se detuvo sólo tres dias para renovar algunas pro- 
visiones. 

Magallanes comenzaba a navegar entonces en medio de 
los innumerables archipiélagos de que están sembrados los 
mares orientales del Asia. El 16 de marzo descubrió otra 
isla i en seguida muchas mas que formaban parte de un 
grupo al cual dio el nombre de San Lázaro i que ahora son 
llamadas Filipinas. En ellas trabó relaciones de amistad 
con varios reyezuelos, cambió presentes i recojió las noti- 
cias que creia indispensables para hacer mas tarde su con- 
quista. Un esclavo de Malaca que Magallanes había lleva- 
do en la escuadrilla, servia de intérprete en estas negocia- 
dones. 

El señor mas poderoso con quien trataron los castella- 
nos era el rei de la estensa isla de Zebú. Para complacer- 
los, recibió el bautismo i se declaró vasallo del rei de Espa- 
ña. Pero los habitantes de un islote inmediato llamado 
Mactan, lejos de reconocer la autoridad de los castellanos, 
provocaron su saña i la del rei de Zebú. El espíritu mar- 
cial de Magallanes no pudo soportar este ultraje. A la ca- 
beza de cerca de sesenta hombres, desembarcó el coman- 
dante en aquel islote al amanecer del 27 de abril de ir)21; 
pero apenas sus soldados penetraron en el territorio ene» 



?60 HISTORIA DE AMÉRICA 



migo cuando los rodeó una inmensa multitud de indios 
descargando sobre ellos piedras i otros proyectiles. Los es 
pañoles, animados por el ejemplo de su jefe, hicieron prodi- 
jios de valor; pero después de una hora de combate, se sin- 
tieron desfallecer ante el mayor número, i pensaron en reti- 
rarse. Ya fué imposible hacerlo: los salvajes acosaban a 
los castellanos, i aprovechándose de su cansancio, los ulti- 
maban atrozmente. Magallanes i ocho de los suyos sucum- 
bieron de esta suerte: los demás pudieron volver a embar- 
carse aprovechándose del desorden con que los isleños cele- 
braban la muerte del jefe enemigo. 

Todavía tuvieron que sufrir los castellanos otras des- 
gracias antes de dejar aquellas islas. El rei de Zebú hizo 
asesinar a muchos de ellos tendiéndoles al efecto un infame 
lazo, convidándolos a que desembarcaran para asistir a 
un banquete. Los que salvaron de esta matanza, se diri- 
jieron por fin a las Molúcas que hasta entonces eran el 
término de su viaje. Faltándoles la jente para tripularlas 
tres naves que les quedaban, los castellanos quemaron la 
mas destruida de ellas; i en las dos restantes prosiguieron 
la esploracion de aquellas islas. 

A fines de diciembre de 1521, las dos naves estaban lis- 
tas para volver a Europa ricamente cargadas con la vali'^" 
sa especiería que |)roducen las Molúcas. J'or desgracia, una 
(le ellas no se hallaba en estadía ríe emprender ese viaje a 
causa (le las averías (jue había recibido; i fué necesario de- 
jarla allí para atender a su reparación. La otra llamada 
Victoria, pudo salir bajo el mando del piloto vizcíiíno Juan 
Sebastian del Cano, con 4-7 marineros españoles i algunos 
isleños prácticos en la nave*i:acion de aquellos peligrosos 
mares. Su pensamiento er£i volver a Huropa como habií 
])ensa(lo Magallanes, por el mismo camino (juc seguian loi 
portugueses para llegar a la Itulia. 

A (U^l Cano cupo la gloria de terminar aquel memorahl 
viaje; pero para ello tuvo (jue pasar por nuevos sulVimiei 
tos i miserias. La navegación tué peligrosa, no s(')lo p( 
las tempestades ([ue lo asaltarían en las costas occidciitaU 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VII 261 

del África, sino por la falta de víveres que paHecíeron. El 6 
de setiembre de 1522, la Victoria fondeó en San Lúcar, de 
donde habia zarpado tres años antes con las otras cuatro 
naves que componían la escuadrilla de Magallanes. En vez 
délos 265 hombres que salieron de aquel puerto, del Cano 
traia solo diecisiete compañeros, i aun éstos volvian fla- 
cos, enfermos, quebrantados por los sufrimientos de tan 
penoso viaje. Los demás que habia sacado de las Molíjcas 
habian perecido de hambre en la navegación, o desertado 
en las islas de la Oceanía; i las autoridades portuguesas de 
las islas de Cabo Verde habian retenido a trece hombres 
que desembarcaron allí en liusca de provisiones. '-^ 

Tantos padecimientos estaban indemnizados de sobra 
con la gloria de aquel viaje maravilloso. Los castellanos 
habian consumado la mayor de las navegacione*» dando 
una vuelta al rededor del globo, i descubriendo rejioncs i 
mares completamente desconocidos. El rei premió los tra- 
bajos de los pocos compañeros de Magallanes que volvie- 
ron de tan gloriosa espedicion. A Juan Sebastian del Cano 
se le dio una pensión vitalicia, i un escudo de armas cuvos 
cuartales aludian a varias circunstancias del viaje i cuya 
cimera era un globo con esta inscripción: Primas circunde- 
diste me. 



^ De los sobrevivientes que quedaron en las Molúcas, sólo cua- 
tro volvieron mas tarde a Europa. Los demás fueron retenidos 
por los portugueses en la« Indias, i pasaron larga prisión e infini- 
tos sufrimientos. La famosa Colección de Navarrktk contiene 
nn tomo entero de documentos (el IV) relativos a este célebre via- 
je; i existe ademas un volumen escrito por el caballero italiano 
Antonio de Pigafetta que hizo el viaje con Magallanes, i que 
tiene por título Primo via^gio in torno al ^loho, Milán, 1800.— 
Para conocer mas detalles acerca de este viaje memorable, puede 
consultarse nuestra Vida i viajes de Hernando de Magal¡¿ínes^ 
1864. 



CAPITULO VIII 

I^a c^^iela vitad de lo» indioM. - IíSm CaMas.^DeMcnbri- 
mientos en el ffolfo de Héjieo. 

(1511-1521) 

1- J^ X- imeras quejas contra los repartimientos —2. Las Casas.— 
•^ - Introducción de esclavos africanos en América.— 4. Las 
^ ^sas proyecta fundar una colonia según sus principios. — 
^'^ . Descubrimiento de la Florida. — 6. Descubrimientos de 
^ T-ancisco Hernández de Córdova.- 7. Espedicion de Juan de 
^-^rijalva. 



1- Primeras quejas contra i.os repartimientos.— 
Auacjue los castellanos se ocupaban con tanto empeño en 
dilatar sus descubrimientos, i en fundar nuevas colonias 
en el continente americano, la isla Española era considera- 
da siempre como el asiento del gobierno, i el centro princi- 
pal fie colonización. Esta isla era el teatro de acaloradas 
discusiones sobre la esclavitud de los indios. Gobernaba en 
ella el hijo del almirante don Diego Colon; pero su autori- 
dad era menoscabada cada «lia por la influencia del rei que 
temia ver levantarse en las Indias un poder mui considera- 
ble. Fernando mandó crear un tribunal superior (1510) 
con el nombre de real audiencia, ante el cual se podia ape- 
/ar de las sentencias dictadas por el gobernador. Comisio- 
nó también a un aragonés llamado Miguel de Pasamonte 



264 II18TOUIA DE AMÉRICA 



(1508) para que desempeñara el cargo de tesorero real eth 
la Española. Este funcionario insolente i codicioso mantu- 
vo en jaque la autoridad del gobernador, i produjo en la 
colonia un descontento casi jeneral. 

L')s infelices indíjenas, entre tanto, continuaban someti- 
dos al sistema de repartimientos, i eran víctimas del mas 
crudo despotismo. Los misioneros que habian llegado a 
las Indias para predicar el cristianismo, no pudieron mirar 
impasibles este triste espectáculo. En 1511, un fraile domi- 
nicano, frai Antonio Monteemos, tuvo la audacia de predi- 
car en público contra los opresores de los indios. Reconve- 
nido por sus palabras, el predicador se mantuvo firme, i 
anunció que cada vez que predicara lo haria en el mismo 
sentido. 

Pasamonte escribió a la Corte quejándose de los padres 
dominicanos, i envió un fraile franciscano, frai Alonso de 
Espinal, para que sostuviera la acusación. Aquéllos comi- 
sionaron al rnismo Montecínos para que defendiese su doc- 
trina. De aq?jí se orijinaron las ruidosas discusiones entre 
franciscanos i dominicanos sobre la esclavitud de los in- 
dios. El rei los remitió a una junta de teólogos i juristas, 
para resolver sobre el particular después de oir el parecer 
de los sabios. 

Como esta junta tardara mucho en dar su dictamen, el 
rei, de acuerdo con su consejo, declaró que los repartiniien- 
tos estaban fundados en la autoridad dada a los reyes por 
la Santa Sede, autorizados, i ademas, por las leyes divinas 
i humanas, puesto que si los indios no estaban sometidos 
a la autoridad de los espnñoles i obligados a vivir bajo su 
inspección, seria imposible instruirlos en los principios de 
la relijion cristiana. Censuró, también, el celo que habian 
desplegado los frailes dominicanos; i creyó (jue los rigores 
de que se quejaban encontrarian un término con recomen- 
dar en una ordenanza que los castellanos trataran a los 
indios con suavidad, i con prescribir ciertas reglas para 
sus trabajos, su alimentación i su enseñanza (1513). Estas 
medidas fueron arrancadas al rei por algunos de sus con- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VIH 265 

sejeros que, como el obispo Fonseca, se aseguraron gran-^ 
des repartimientos de indios de su propiedad, que esplota- 
3a.n dándolos en arrendamiento a los otros colonos ^ 

Todavía consiguieron mas los consejeros del rei. En 
.514 fué encargado de todo lo relativo al repartimiento de 
os indios un empleado especial, privando así de este dere- 
h o al gobernador de la Española. Para el desempeño de 
ste cargo fué nombrado Rodrigo de Alburquerque, hom- 
>re codicioso i sin vergüenza, que hizo un nuevo reparti- 
niento en proporción a los regalos i dádivas que recibia. 
-^os indios que en 1508 ascendian a 60,000, seis años des- 
pués no pasaban de 14,000: ¡a tanto los habian reducido el 
^rnbajo i los padecimientos! La nueva distribución hirió los 
ntereses de muchos, i produjo ardientes reclamaciones; 
>ero la Corte, añadiendo escándalo sobre escándalo, apro- 
> ó la nueva repartición. 

Tantas injusticias, i sobre todo el despojo de autoridad 
le que era víctima, irritaron a don Diego Colon, i lo deci- 
lieron a volver a España a sostener sus prerrogativas i 
^ quejarse de los desmanes cometidos por Alburquerque; 
il 9 de abril de 1515, partió de la colonia dejando enco- 
"í^endada su dirección a su esposa i a su tío don Bartolomé. 
l^bci dispuesto a reclamar ante el rei sus derechos al go- 
t>ierno de la tierra firme que su ilustre padre había descu- 
bierto. 

2. Las Casas.— Las injusticias de los repartimientos i 
'3.S maldades de Aiburquer(|ue habian irritado profunda- 
3a.mente el ánimo de un clérigo, oscuro entonces, pero (jue 
-staba destinado a llenar por sí solo una de las mas her- 
bosas pajinas de la historia de la conquista. Era éste Bar- 
^P lomé de Las Casas, hombre de carácter ardiente i apa- 
^'^>iiado, a quien los sufrimentos de los indios habian con- 
movido. Las Casas tenia entonces poco mas de cincuenta 
^^os de edad, habia pasado a las Indias con Ovanrlo, i 
^^bia asistido a la conquista de la isla de Cuba. Su cora- 



^ Herrera, dec. I, lib. IX, cap XIV. 



266 HISTORIA 1)B AMÉRICA 



2on noble i bondadoso le hacia ver un hermano en car^V 
indio; i habia llegado a convencerse que por medio de ^- 
predicación evanjélica se podia conseguir la conquista p ^eí 
cífica del nuevo mundo. 

Las Casas llegó a España a fines de 1515. Inmediat ci- 
mente se puso en camino en busca del rei. que débil i enfer- 
mo era trasportado a Seviliá. Fernando lo recibió en Pla- 
cencia; i al oir las acusaciones que con tanto ardor como 
justicia hacia a los poseedores de indios, manifestó interés 
por el proyecto del elocuente sacerdote. Pero, la muerte 
sorprendió al rei pocos dias después (enero de 1516); i co- 
mo su nieto i heredero Carlos de Austria se hallaba enton- 
ces en Flándes, Las Casas no pensó mas que en Ikgar has- 
ta los pies del joven soberano para pedirle su protección i 
amparo. 

P^or muerte del rei, tomó las riendas del gobierno en ca- 
lidad de rejente el cardenal Jiménez deCisneros, hombre hu- 
mano i jeneroso como Las Casas, a la vez que gran políti- 
co. Cisneros quiso oir sus reclamaciones i se dejó impresio- 
nar en favor del proyecto de Las Casas. Encargóle al efecto 
f|ue en unión con uno de sus consejeros, el Dr. Palacios Ru- 
bios -, presentase un plan para el gobierno de los indios en 
t|ue se conciliase su libertad con el trabajo necesario jiara 
el mantenimiento de la colonia. En vista del informe de 
ánihos comisionados, el cardenal resolvió prontamente la 
cuestión. Para evitar las dificultades (jue podian nacer del 
empico (le hombres que tuviesen al«j:un interés en los re- 
])ariiniientos, confió la comisión de entender en todo lo re- 
lativo a este asunto a tres frailes de la orden de San Jeró- 
nimo, fr. Luis de Figueroa, fr. Rernardino de Manzanéelo i 
fr. Alonso de Santa María, C|ne se traslada rian a América. 
Dcbia acompañarlos el licenciado Alonso de Zuazo, juris- 



- Palacios Kul)i(is. linhia redactado cu años atrás el famoso re- 
qiieriiniciUo de Alonso de Ojeda, de que ya dimos cuenta mas 
atrás. Sus Cíjnferencias con Las Casas debieron sin duda mocliti- 
car sus opiniones. 



PARTK SEOINDA, — CAPÍTULO VIH 2fi7 

consulto de gran probidad, encargado de arreglar la admi- 
nistración de justicia en las colonias. Las Casas recibió 
t.ambien el honroso título de protector de los indios, con el 
encargo de ayudar a los comisionados en sus trabajos. Cis- 
nerus les entregó una prolija instrucción para reglamentar 
el gobierno de los indios bajo las bases de justicia i mo<le- 
racion (1516). 

Los ministros del último rei no esperaban grandes bene- 
ficios de aquel arreglo. Suponían ellos que tres frailes oscu- 
ros?, ajenos a los negocios del mundo iban a hallarle enre- 
dados en reclamaciones de toda especie de que no podrian 
salir airosos. En la colonia misma, la noticia de su arribo 
produjo una alarma jeneral. Pero los comisarios eclesiásti- 
cos se condujeron desde el primer momento con gran pre- 
caución i prudencia. **lil nuevo mundo, dice un historia- 
dor, no se vio nunca entregado amaños mas puras, ni 
tratado con mayor equidad, ni gobernado con mas ente- 
reza i sabiduría'* ^. Oyeron las quejas de todos; i después 
de haber recojido los mejores informes, comenzaron por 
poner en libertad a todos los indios que habian sido adju- 
dicados a los cortesanos españoles i a otras personas que 
no residian en América. Al mismo tiempo, informaron a 
Cisneros que los españoles establecidos en las colonias no 
bastaban para el beneficio de las minas, ni para el cultivo 
de la tierra, que por lo tanto era necesario obligar a los 
indios al trabajo o a abandonar las conquistas, i que con- 
venia tolerar los repartimientos no sólo para el fomento 
de la industria, sino también para reducir aquéllos al cris- 
tianismo. Ademas, los comisionados desplegaron un gran 
celo para hacer cumplir los reglamentos dictados hasta 
entonces, añadieron otros nuevos, i emplearon su autori- 
dad i sus consejos para sujerir a sus com])atriotas senti- 
mientos de benevolencia i dulzura en favor de los indíjena^. 



•^ Quintana, Vidas de esp¿iñ(*Ies célebres y Fr Bartolomé de Las 

^¿ISHS, 



268 HISTORIA DB AMÉRICA 



Los colonos se manifestaron contentos de este resultado, i 
aplaudían cordialmente la elección del cardenal. 

Las Casas, sin embargo, no se conformó con esto. Creia 
que los americanos debian quedar completamente libres, i 
que sólo una consideración por los intereses mundanos po- 
dia retardar su emancipación. En este sentido hizo a los 
comisionados las mas duras acusaciones, hasta el punto de 
ver amenazada su vida por los colonos cuyos intereses 
iban a ser sacrificados por sus proyectos. Convencido de 
que sus afanes i predicaciones en la Española no produci- 
rian resultado alguno, el venerable protector de los indios 
se embarcó nuevamente para Europa (mayo de 1517). 

3. Il;Troouccion üb esclavos africanos en América. — 
Cisneros estaba gravemente enfermo i próximo a morir 
cuando se presentó Las Casas a reclamar de nuevo contra 
la esclavitud de los indios i a pedir la adopción del sistema 
de conquista pacífica que lo preocupaba. I-^e fué necesario 
aguardar el arribo del rei Carlos para volver a tratar de 
sus negocios. Los consejeros flamencos que rodeaban al jo- 
ven monarca 03'eron con interés sus reclamaciones, i aun 
dispusieron que se estudiara nuevamente la cuestión con 
mayor prolijidad todavía antes de dar su resolución. Don 
Diego Colon, que se veía atropellado en sus prerrogativas 
hereditarias de almirante i virrei de las Indias, acompaña- 
ba a Las Casas en estas jestionts, i al fin ambos consiguie- 
ron (¡ue se suspendiera la comisión dada por el finado car- 
denal a los frailes Jerónimos i al jurisconsulto Zuazo. 

La principal rbjecion (|uc se liacia al proyecto de Las 
Casas era el abandono en (pie iban a quedar las minas i las 
plantaciones de loscolonos si se decretábala libertad de los 
indíjenas. Para vencer este inconveniente. Las Casas pro- 
])us(> comprar en los establecimientos (pie los portugueses 
teniaii en las costas de África, un número considerable de 
negros i trasportarlos í\ América, en donde serian empica- 
dos como esclavos, llabia, es verdad, en este proyecto una 
especie de contradicción con el ])lan jcneroso i humanitario 
del ilustre protector de los americanos. Pero Las Casas no 



PARTB SECUNDA. — CAPÍTULO VIII 209 



creifi que ¡ba a imponer a los africanos un yugo tan pesado 
C'íino el que agobiaba a los indios. Los negros habian sido 
introducidos en la Española años atrás en pequeño núme- 
ro; i mientras los indios sucumbían al peso de sus tareas, 
pereciendo a mill«nres, ellos, por el contrario, progresaban 
maravillosamente ejecutando cada uno por sí sólo mas 
trabajo que cuatro americanos. Jiménez de Cisneros se ha- 
bia opuesto poco antes a la esclavitud de los africanos, 
pero no por los motivos de humanidad que le atribuian al- 
gunos historiadores, sino por un pensamiento político. El 
célebre cardenal no podia adelantarse tanto a las ideas de 
su siglo, en que la esclavitud de los negros era considerada 
como la cosa mas natural; pero creia que era peligroso lle- 
var a las colonias hombres de otra raza, robustos i enérji- 
c()y\ (jue podrian mas tarde sublevarse, o a lo menos co- 
rromi)er^a los naturales. 

lí\ plan de Las Casas fué bien acojido por los cortesanos 
rtaniencos que rodeaban al rei. Uno de ellos olituvo del so- 
berano el privilejio eschisivo de llevar a América cuatro mil 
negros; pero una vez dueño de la concesión, vendió su pri- 
vilejio en veinticinco mil dncadí^s a unos mercaderes jeno- 
veses. Sin embargo, el tráfico de esclavos no obtuvo desde 
luego mucha importancia: el excesivo precio a que se les 
vcndia en las colonias en los j)rimeros tiempos hacia mui 
difícil su adquisición. 

La venta de negros no produjo, pues, el resultado que 
Las Casas buscaba p ira aliviar a los indios. Entonces pen- 
só tocar otro recurso diferente. Hasta entonces, la pobla- 
ción española de América era compuesta de soldadcis, de 
marineros o de hidalgos aventúrenos í|ue iban al nuevo 
niiuido en busca del oro de sus minas. Las Casas pensó que 
convenia fomentar la emigración de agricultores i artesa- 
nos, hombres industriosos que llevaran a las colonias otros 
hábitos, i que desempeñaran con mejor éxito el trabajo que 
estaba encomendado a los indios. Los ministros del rei 
apoyaron este proyecto; pero sea por la influencia del obis- 
po Fonseca, que estaba en contra de los planes de Las Ca- 



270 HISTORIA DE AMÉRICA 



sas, O porque faltasen trabajadores que qnisicran pasar ^^\^ 
las colonias, el pensamiento del jeneroso prolector de lo^^ 
indios quedó frustrarlo. 

4-. Las Casas proyecta fcxdak una colonia seglx sus 
PRINCIPIOS.— El infatigable Las Casas desesperó entonces 
de poder plantear su sistema de «gobierno en los países que 
habian ocupado los españoles. Convencido de que los 
europeos podian íiprovechar el prestijio que les daba su in- 
telijencia i su civilización para ganarse la voluntad de los 
americanos, i conducirlos gradualmente a la vida de socie 
dad i a los trabaj<»s industriales, pidió al rei el permiso de 
fundar una colgnia de cultivadores, artesanos i eclesiásti- 
cos en las costas del continente comprometiéndose a civili. 
zar en dos años diez mil indíjenas, instruirlos en las artes 
útiles i asegurar por su industria a la corona una renta de 
quince mil ducados por de pronto, pero con la esperanza 
<le cuanruplicar esta al cabo de pocos años. Para conseguir 
e^te resultndo pcíliíi sólo (jiu- se le concediesen doce relijio- 
sos dominicanos, i que se devolvieran al continente los in- 
dios í|ue los españoles hubiesen hecho |>risioneros. 

Este príívecto encontró muchas resistencias. El obispo 
Fonseca i el consejo de InHias creyeron (|ue era una locura 
es|)oner a los colonos a ser destrozados por los salvajes 
íimerieaiios, sólo por dar «^iisto a un visionario. Los minis- 
tros del rei. sin enil)ar;jo, manifestaron interés en el pro- 
3'ecto i coíuinieron en hacer mi ensayo en la costa de Cu - 
maná con arreglo a las bases ])ropuestas por Las Casas. El 
rei niism(; (juiso entender en la resolución de este negocio; 
i haÜár.dose en Piarcelona en Jimio de 1519, hizo compare- 
cer a sil presencia a Dím Diego Col(>ii, al obispo del Darieu, 
frai íiian de (hievedo, i a alunnos iuriscínisultos i teólotros 
cnva ()|»iinon (¡neiia oír. Las Casas espuso allí su sistema 
con el entusiasmo i la rleeision que lo distinguian en su 
trabajos. C(d(>n se contrajo só'oa recordar el mal gobierno 
de los indios i los perjuicios (pie de allí resultaban para 
ellos i para la eoroiia j)()r líi diMiiimicion de la población. 
El obispo del L^irlen repitió esto mism<^; ])ero sostuvo que 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VIII 271 

círeia que era imposible dominar a los americanos por me- 
dio de la predicación evanjélica, puesto que eran, según su 
opinión, hombres destinados a la servidumbre por la infe- 
rioridad de stt intelijencia. 

E* reí se dejó impresionar al fin por la elocuencia de 
Las Casas; i creyendo que convenia acceder a su solicitud 
como un ensayo poco costoso para la corona, i que podia 
ser mui útil, firmó la concesión solicitada el 9 de mayo de 
1520. Una vez autorizado para establecer la colonia sobre 
las bases propuestas, Las Casas activó los preparativos con 
su ardor acostumbrado. Se le habian concedido doscientas 
setenta leguas de costa comprendidas entre el golfo de Pa- 
ria i Santa Marta, pero podia ocupar cuanto quisiese ha- 
cia el interior del pais. Para poblar tan vasta estension de 
territorio, reunió doscientos labradores que debia llevar 
consigo, en tres navios equipados por cuenta del rei i pro- 
vistos de víveres en abundancia. Las Casas consideraba un 
medio importante para conseguir sus propósitos, el presen- 
tar a sus colonos como jente diversa de los codiciosos espa- 
ñoles que en las Indias se habian hecho famosos por sus 
atrocidades. Al efecto, habia dispuesto que aquellos se vis- 
tiesen de pnño blanco, con una cruz roja en el pecho. 

Con esta pequeña compañía, partió Las Casas de Espa- 
ña. Al llegar a la isla de Puerto Rico, comenzó a conocer 
los obstáculos que debia encontrar en la ejecución de su 
plan. Desde tiempo atrás, los colonos de la Española, no- 
tando la gran falta de trabajadores que esperimentaban 
por la disminución de los indios, i no pudiendo proveerse 
de esclavos negros por el alto precio que les habian puesto 
losjenoveses que gozaban de este monopolio, habian re- 
suelto llevar naturales de la Costa Firme, negociándolos 
por medio de artificiosos cambios i de engaños o arrancán- 
dolos por la fuerza. Este tráfico infame iba acompañado de 
las mayores atrocidades, de modo cpie los españoles llega- 
ron a ser profumlamente detestados en toda aquel Ui costa. 
En la violencia de su resentimiento, los indios dieron muer- 



HISTORIA DB AMÉRICA 



te a los misioneros dominicanos que se liabian establecido 
en Cumaná para convertirlos al cristianismo. 

Los colonos de la Española, irritados con los salvajes 
por estos últimos sucesos, habían preparado cinco naves i 
trescientos hombres bajo las órdenes de Gonzalo de Ocara- 
po para castigar severamente aquellos indios i tomar como 
esclavos el mayor número posible. Ocampo se hallaba en 
Puerto Rico cuando Las Casas llegó a aquella isla. Los es- 
fuerzos de éste para impedir esta espedicion fueron comple- 
tamente inútiles. Las Casas, sin embargo, dejó sus colonos 
acantonados en Puerto Rico, i él se embarcó para Santo 
Domingo deseando evitar las funesta-í consecuencias que 
{.reveia del viaje de Ocampo. Desgraciadamente, allí no en- 
contró mas que enemigos de su empresa. En el interés de 
los colonos estaba el conservar el sistema de repartimien- 
tos; i ademas era opinión fija entre ellos de que los salvajes 
eran seres de naturaleza inferior i que por lo tanto estaban 
destinados a vivir sometidos al vasallaje de hombres mas 
intelijentes. En la Española, por otra parte, el licenciado 
Rodrigo de Figueroa, por encargo de la corte, habia for- 
mado dos colonias de indíjenás para ensayar si eran sus- 
ce])tibles de vivir en una sociedad regularizada; i el resulta- 
do de este espcrimento habia sido fatal, porque los indios 
puestos en libertad para seg^iir sus instintos habian vuel- 
to, como era natural esperarlo, a la vida salvaje. Las Ca- 
sas encontró, pues, todos los ánimos predispuestos en con- 
tra (le su empresa, i nada pudo hacer para impedir la espe- 
dicion de Ocampo. 

Su constancia no se disminuyó con esto. El venerable sa- 
cerdote volvió a Puerto Rico para juntarse con los suyos i 
pasar a Cumaná. Entonces vio que de los doscientos hom- 
bres que habia sacado de Es]jaña sólo le quedaban cincuen- 
ta. Los demás habian sucumbido a los rigores del clima o 
encontrado ocupación en la isla. Sin embargo, con la poca 
jentc (|ue le quedaba se embarcó para Cumaná en julio de 
1521; pero allí sólo halló enemigos por todas partes. Las 
atrocidades cometidas por Ocampo habian embravecido 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VIII 273 

de tal manera a los indios, que se retiraron a los montes a 
fin de prepararse para destruir a sus agresores. Las Casas 
no halló, pues, indios que atraer a la civilización por los 
medios pacíficos; i así que Ocampo abandonó la costa con 
gran parte de sus fuerzas, los indíjenas se reunieron i ata- 
«caron a los que quedaban, obligándolos a retirarse a la pe- 
queña isla de Cubagua, donde se habia establecido una 
reducida colonia para la pesca de las perlas. El terror se 
<!omunicó a los castellanos que se ocupaban en esta esplo- 
tacion, obligándolos a abandonar la isla i a retirarse a 
Santo Domingo. De este modo, los indíjenas habian limpia- 
do de españoles toda aquella costa i aun las islas inme- 
diatas. 

Tantas desgracias abatieron por fin la fortaleza de áni- 
mo del protector de los indios. Se vio acusado no sólo del 
nial éxito de sus proyectos, sino también de la despoblación 
de Cubagua; i abrumado por tantos contratiempos, aun- 
que convencido de que circunstancias estrañas a sus pro- 
vectos eran la causa del mal, se asiló en el convento de do- 
minicanos, tomó el hábito de esta ói'den i se abstuvo por 
algunos años de dirijir empresas de este jénero ^. 

5. Descubrimiento de la Florida.— En el mismo tiem- 
po en que se discutian en España i en las colonias las cues- 
tiones relativas a la esclavitud de los indios, los castellanos 
del nuevo mundo ensancharon prodijiosamente sus descu- 
brimientos i sus conquistas. En los primeros tiempos se 
habian limitado a hacer esploraciones al sur de las Anti- 
llas, siguiendo las huellas trazadas por Colon, de modo que 
-el golfo de Méjico, propiamente dicho, quedó por mucho 
tiempo desconocido para ellos. Desde el año lol2 comen- 



4 En esta parte de la historia de la conquista de América, la 
obra de Herrera constituye el mejor arsenal de noticias impresas, 
porque ha vaciado completamente la historia que dejó inédita Las 
-Casas. Ademas, puede consultarse con provecho la vida de Las 
Casas escrita por Quintana i la que ha puesto donjuán Antonio 
Llórente al frente de la edición. francesa de las obras de Las Casas, 
publicada en París en 1822. 

TOMO I 18 



274 HISTORIA DE AMÉRICA 



zaron a visitar la rej ion del norte i a preparar el terreno 
para conquistas mas asombrosas todavía. 

El primero de estos descubridores fué Juan Ponce de 
León, el célebre conquistador de Puerto Rico. A pesar de 
su avanzada edad, este atrevido aventurero pensaba sólo 
en grandes proyectos de descubrimientos, i aun liabia lle- 
gado a imajinarse que a mas del continente hallado por 
Colon quedaba todavía otro mundo que él podía descubrir. 
Revolviendo en su mente estas ideas, halló unos indios vie- 
jos que le aseguraban que en una tierra remota situada al 
norte existia un pais delicioso en que abundaba el oro, i en 
que habia un rio cuyas aguas poseian la singular virtud 
de rejuvenecer a todo el que se bañaba en ellas. Estaban 
tan acostumbrados los castellanos a ver tantas maravillas 
ch los países recien descubiertos, i tenían tanta propensión 
a encontrar en todo algo de prodijioso, que Ponce de León 
no vaciló en creer estas noticias i en ponerse en marcha en 
busca de la fuente de la juventud. 

El 3 de marzo de 1513 salió de Puerto Rico con direc- 
ción al norte. Arrastrado por un viento favorable, visitó 
unas tras otras las islas del archipiélago de Bahamas bus- 
cando una que debia llamarse Bininí, i en que según sus 
noticias, debia hallarse la deseada fuente. Reconoció infruc- 
tuosamente los manantiales, ríos, lagos i aun los pantanos 
de aquellas islas; i sin desanimarse por el mal éxito de su 
emi)resa, navegó siempre al norte hasta que el domingo 27 
de marzo descubrió una tierra cubierta de árboles i flores 
que costeó durante algimos días sin hallarle término. Era 
aquella la península de la Florida que cierra el golfo meji- 
cano, i alí'ftual dio su descubridor el nombre que conserva, 
por haberln hallado el dia de Pascua de Resurrección, lla- 
mada Pascua Florida, en España. 

Ponce de León se entretuvo mucho tiempo en aquellos 
mires reconociendo la costa de la Florida i las islas vecinas; 
i a su vuelta se detuvo todavía en las Baíiamas buscando 
siv-*mpre en ellas la fuente de la juventud. Desesperando de 
hallarla, volvió a Puerto Rico con el espíritu abatido no 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VIII 275 



tanto por la inutilidad de sus sacrificios, cuanto por los 
compromisos pecuniarios que liabia contraído para llevar 
a cabo esta empresa. 

La ilusión que habla sufrido el célebre conquistador, fué 
oríjen de muchas burlas de parte de sus compañeros; pero 
convencido de la importancia de sus servicios i de sus últi- 
mos descubrimientos, pasó a España, donde recibió del rei 
el título de gobernador de Puerto Rico, con intervención en 
el repartimiento de los indios, lo que constituía una prove- 
chosa prerrogativa. Durante su gobierno, pareció olvidar 
sus proyectos de conquistas; pero en 1524? emprendió una 
nueva espedicion a la Florida con ánimo de asentar en ella 
la dominación española. Ponce de I^on recibió una herida 
a flecha i volvió a Cuba donde murió pocos dias después ^. 

6. Descubkimie.ntos de Francisco Hernández de Cór- 
doba.— La isla de Cuba que habia conquistado en 1511 
Diego de Velázquez, fué el centro de nuevas esploraciones. 
En 1517, un hidalgo llamado Francisco Hernández, natu- 
ral de la ciudad de Córdoba, eíjuipó tres embarcaciones 
con que salió de la Habana el 8 de febrero de ese año. Pa- 
rece que el objeto de su espedicion era buscar indios que 
tíimar como esclavos en las islas Lucayas *>; pero arrastra- 
do por vientos contrarios, después de tres semanas de na- 
vegación; Hernández de Córdoba, llegó a un cabo descono- 
cido, situado al oeste. Era este el cabo Catoche, que forma 
la punta oriental de la península de Yucatán. 

Fácil es suponer la admiración de los castellanos al en- 
contrar en aquella costa grandes i sólidos edificios de cal i 
piedra; pero su sorpresa fué mayor cuando algunas canoas 
ríe indios vestidos decentemente con ropa de algodón, se 
acercaron a sus naves para convidarlos a bajar a tierra. 
Tan sorprendido se hallaba Hernández de Córdoba a la vis- 



•^ W. Ikving, Compañeros de Colon, vida de Ponce de León. 

** Bernal Diaz del Castillo sostiene en su^Historla de Méjico que 
n) fué éste el objeto de la espedicion de Hernández, de la cuál él 
nismo formó parte; pero las otras relaciones están conformes en 
rilo. 



276 HISTORIA DB AVÉRICA 



ta de aquellas apariencias de cultuia, que no trepidó en 
desembarcíir con algunos de los suyos. Xotardóen conven- 
cerse que había descubierto una tierra que poblaba jente 
civilizada. El gran cultivo del suelo, el delicado tejido de 
las telas i la construcción de los edificios, no dejaban lugar 
a duda. Pronto pudieron convencerse también de que aque- 
llos indios estaban mas adelantados que los pobladores de 
las islas en el arte de la guerra. Habíanse ocultado en las 
inmediaciones, i cayeron sobre los castellanos de sorpresa, 
con mucho orden i con grande impetuosidad, descargando 
sus flechas e hiriendo a quince en el primer momento; pero 
la descarga de las armas de fuego, i losdañoscausados pr»r 
las balas, espantaron tanto a los indios que huyeron preci- 
pitadamente. 

Hernández de Córdoba abandonó aquel pais llevando 
consigo dos prisioneros, i continuó su navegación al oeste 
desembarcando con frecuencia i encontrando por todas 
partes evidentes señales de una avanzada civilización. En 
Potonchan " dispuso el desembarco de toda su jente para 
renovar la provisión de agua, pero los indios lo atacaron 
con tal furor i en tan gran número que cuarenta i siete es- 
pañoles quedaron muertos; i todos los demás, con escep- 
cion (le uno solo, fueron heridos. Hernández de Córdoba re- 
cibió doce heridas; pero dispuso con gran serenidad la reti- 
rada (le su jente a las naves i la vuelta de la escuadrilla a 
la isla (le Cuba. Los castellanos volvian maravillados de 
las tierras que habian descubierto: pero no habian podido 
adelantar su reconocimiento por la bravura i la tenacidad 
de a(iuell()s indios. Muchos de ellos murieron en la nave<»^n- 
cion; i el mismo Hernández de Córdoba, capitán digno pt^r 
su intelijencia i su valor de dirijir empresas mayores, sn- 
cumbic') (le resultas de sus heridas pocos dias después de su 
arribo a aquella isla. 

7. Hsi»Ki)ici()N i)H Ji'AN DE Grijalva.— Los informes su- 



' lün las cartas modernas se llama Champoton. No formaba 
parte do los estados dependientes del emperador de .Méjico. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO VIII 277 

TTiínistrados por Hernández i sus companeros, determina- 
ron a Diego Yelásquez, gobernador de Cuba, a preparar 
una nueva espedicion a las costas recien descubiertas. Equi- 
pó una escuadrilla de cuatro embarcaciones i la confió al 
mando de Juan de Grijalva, capitán que se habia distingui- 
do singularmente en la conquista de nquella isla. Grijalva 
salió del puerto de Santiago el 1"^ de maj'o de 1518, ^ diri- 
jiendo su rumbo hacia el occidente. Arrojado un poco al 
sur, descubrió la isla de Cozumel i tomó posesión de ella 
para la corona de Castilla. Continuó en seguida su viaje 
por la costa del continente, reconociendo los mismos luga- 
res que habia visitado Hernández de Córdoba. En todas 
partes encontraba la misma acojida inhospitalaria; pero 
mejor preparado que su antecesor para rechazar a los indí- 
jcnas, Grijalva sufrió muchos menos daño. En el rio de Ta- 
bascG, o de Grijalva, como lo llamaron los castellanos, 
tuvo una conferencia amistosa con el jefe mejicano de aque- 
lla provincia. Uno de los capitanes españoles llamado Pe- 
dro de Al varado, se adelantó para hacer el reconocimiento 
de la desembocadura de un rio, sin ser molestado por los 
naturales. 

La noticia de la aparición dé los españoles en las costas 
vecinas al imperio mejicano habia sido comunicada a Moc- 
tezuma n, que reinaba entonces en aquel pais, i habia dado 
oríjen a una estraña ajitacion en la corte. El emperador 
presintió males sin cuento de la llegada de tan estraños es- 
tranjeros; i habia encargado a sus subalternos que manda- 
ban en las provincias de la costa, que agasajaran a los 
esploradores i trataron de averiguar de dónde iban i cuál 



^ Esta es la fecha que fija el itinerario del capellán de la espedi- 
cion. Este itinerario ha sido publicado en francés por M. Tkknaux 
CoMPANS en el primer volumen de sus Pt'eccíi sar le Mexiqae, pero, 
por un error tipográfico, se ha puesto I*' de marzo en lugar de 1*^ 
íle mayo. El abate Brasskuk dk Boumghoüko ha seguido la tradi- 
ción francesa hasta en este error tipográfico, de modo que alarga 
la. navegación de Grijalva dos meses mas. Véase su Ilistoirc áu 
Alexiqae, tom. IV, páj. 40. 



278 HISTORIA I)B AMÉKICA 



era el objeto de sus cspediciones. Esta fué la causa porque 
Grijalva encontró favorable acojida en las costas del impe- 
rio mejicano, i porque pudo hacer tratos con sus naturales 
i cambiar presentes. Sus compañeros le pidieron que, se es- 
tableciese en aquel país i que fundase una colonia; pero él, 
con mas prudencia, se opuso a este proyecto, i si^^uió ade- 
lantando sus reconocimientos hacia el norte. Desembarcó 
en una isla pequeña que denominó de los Sacrificios, a cau- 
sa de los sangrientos restos de víctimas humanas que en- 
contró en uno de los templos; i poco después en la isla que 
llamó de San Juan de Ulúa. Desde allí. Grijalva despachó 
al capitán Alvarado para que fuese a llevar a Cuba la noti- 
cia de sus descubrimientos. 

El resto de la escuadrilla siguió navegando hacia el norte 
hasta Panuco, reconociendo la costa, i encontrando en todas 
partes poblaciones mas ó menos numerosas i terrenos culti- 
vados con esmero. Grijalva se penetró de que aquellas pobla- 
ciones formaban parte de un imperio poderoso i civilizado 
que no era posible invadir con los escasos recursos que te- 
nia a su disposición. Resolvió, pues, volver a Cuba des- 
pués de seis meses de ausencia con esperanza sin duda de 
reunir fuerzas superiores para acometer la conquista de 
los paises que acababa de visitar. 

Velázquez habia recibido con gran contento las noticias 
i las muestras de oro que le presentó Alvarado a su vuelta 
de las costas de Méjico. Anunció prontamente estos descu- 
brimientos a la Corte i preparó una nueva espcdicion, pa- 
ra llevar a cabo la conquista de las rejiones nuevamente 
descubiertas. Para alejar a Grijalva de toda pretensión, lo 
recibió friamentc i aun lo acusó de haber despreciado la 
oportunidad favorable que le habian presentado los indí- 
jenas para fundar una colonia en aquel país. **Hombre de 
terrible condición para los que le servian i ayudaban, i que 
fácilmente se indignaba contra aquéllos*', como dice el cro- 
nista Herrera, Velázquez desatendia los servicios de Gri- 
jalva porque así con venia a sus intereses i a su ambición ^. 



i* Aunque Bernal Díaz del Castillo hizo el viaje con Grijalva, su 



PARTB SBOl^DA. CAPÍTULO VIII 279 

Los viajes de Hernández de Córdoba i de Grijalva habían 
consumado el descubrimiento de un grande i poderoso im- 
perio, cuyas riquezas atrajeron prontamente la atención de 
los españoles; pero su conquista ofrecia mayores dificulta- 
des que la de aquellas islas pobladas de salvajes de que se 
habian posesionado. Para llevarla a cabo, se necesitaba 
de un ejército mas considerable que el que se podia reunir 
en el nuevo mundo o de un jénio superior al de todos los 
aventureros que se habian ocupado en aquellas empresas. 
Conseguir lo primero era imposible; pero entonces apareció 
Hernán Cortés para realizar con sus talentos militares i su 
sagacidad política la empresa mas maravillosa de la con- 
quista. 



Historia no con tiene noticias tan minuciosas como las que se en- 
cuentran en el diario citado del capellán de la espedicion, i que se 
halla publicado, como hemos dicho, en la colección de Ternaux 
Compans. 



CAPITULO IX 
Hernán Corté» —Campaña de lléjieo 

(1519-1520) 

1. Hernán Cortés toma el mando de las fuerzas destinadas a la 
conquista de Méjico.— 2. Partida de Cortés. — 3. Desembarco 
de Cortés en el Continente; primeros combates. — 4. Cortés en 
el imperio Mejicano; asegura la alianza de los totonecas.— 
5. Destruye sus naves. - 6. Cortés gana la alianza de la repú- 
blica de Tlascala.— 7. Marcha sobre Méjico; matanza de Clio— 
lula.— 8, Los españoles en Méjico. — 9. Prisión de Moctezuma. 
— 10. .Moctezuma se reconoce vasallo del rei de España. 

1. Hernán Cortés toma el mando de las fuerzas des- 
tinadas A LA conquista DE MÉJICO.— Hernán Cortés nació 
en Medellin, en la provincia de Estremadura, el año de 
1485. Sus padres, aunque nobles, eran pobres; i deseando 
dar a su hijo una carrera lucrativa, lo mandaron a la uni- 
versidad de Salamanca a estudiar leyes. Cortés se digust6 
luego de unjénero de estudios que se avenia mal con su 
carácter impetuoso i ardiente, i abrazó la carrera militar. 
Una grave enfermedad le impidió embarcarse para Ñapó- 
les, donde deseaba servir a las órdenes de Gonzalo de Cór- 
doba. En 1502, estaba a punto de embarcarse para Améri- 
ca en la escuadra de don Nicolás de Ovando, cuando un 
nuevo accidente vino a trast )rnar sus planes. Escalnndo 



282 HISTORIA DB AM^ICA 

una noche una pared con motivo de una intriga amorosa 
se derrumbaron algunas piedras, i Cortés cayó al sueRd 
mui estropeado i cubierto con los escombros. Sólo dos añczn 
después, en 1504, pudo emprender su viaje. 

En la Española recibió el joven aventurero una porción 
de tierras i un repartimiento de indios; pero las parífica.s 
ocupaciones de la labranza no alejaron de su espíritu la pa- 
sión por las aventuras militares. Tomó parte en diversas 
espediciones contra los indios sublevados; i en 1509, como 
hemos dicho ya, estuvo a punto de embarcarse con Alonso 
de Ojeda i de acompañarlo en su desastrosa campaña a Ist 
Costa Firme. Una nueva enfermedad le impidió realizarse 
proyecto. La providencia parecía reservarlo para mayores 
i mas ilustres empresas. Por fin, en 1511, cuando Dieg^o 
Velázquez emprendió la conquista de Cuba, Cortés aban- 
donó gustoso la vida de colono i se enroló en la espediciomi. 
En ella se distinguió por su singular actividad, a tal punto 
que se ganó la amistad i confianza de Velázquez a pesar de 
haber tenido con él violentos altercados. Cortés obtuvo 
en aquella isla un valioso repartimiento de tierras i de 
indios. 

A pesar del papel secundario que hasta entonces había 
desempeñado, Cortés se anunciaba ya como un hombre \ 
capaz di mayores cosas. La prudencia habia calmado la \ 
impetuosidad de su jenio, o mejor dicho la habia converti- 
do en una actividad infatigable. Cuando Velázquez prepa- 
raba la espedicion destínala a la conquista de Méjico, bus- 
có un jefe de su confianza a (|uien encomendar la empresa; 
pero el gobernador necesitaba un hombre que a sus talen- 
tos militares uniese un carácter complaciente, i a propósito 
para mantenerlo sometido a su dependencia. Algunos de 
sus consejeros le recomendaron que emplease a Cortés, co- 
mo dotado del valor i del talento necesarios para llevar a 
cabo esa grande obra, i bastante humilde para no aspirar 
n hacerse independiente de su autoridad. Velázquez aceptó 
por fin esta indicación, confiando en que la protección que 
habia dispensado a Cortés le asegurada su sujeción. 



PARTE SBaUN DA.— CAPÍTULO IX 283 

Cortés aceptó el cargo en el momento. Enarboló en la 
puerta de su casa la bandera de enganche, como se acos- 
tumbraba hacer en las colonias para organizar una espe- 
KÜcion, i empleó toda su actividad en comunicar a sus 
amigos el entusiasmo de que él mismo se hallaba domi- 
do. Destinó al apresto de la escuadra todo el dinero que 
poseia, hipotecó en seguida sus tierras i sus indios para 
procurarse fondos, i cuando no le quedaba nada que empe- 
ñar, acudió al crédito de sus compañeros. Con esos fondos 
atendia no sólo al equipo de sus naves sino también al so- 
■corro de algunos de sus oficiales. Velázquez, satisfecho de 
«ta actividad, entregó al futuro conquistador un pliego de 
prolijas instrucciones, con fecha de 23 de octubre de 1518. 
En ellas se le, recomendaba particularmente que reconocie- 
ra el pais i las costumbres de sus habitantes, que rescatara 
unos cristianos que habian quedado en la costa, i que for- 
maban parte de la desastrosa espedicion de Nicuesa, que 
buscara a Grijalva, que aun no habia llegado a Cuba, pa- 
ra hacer la campaña de concierto con él, i que tratara 
siempre a los indios con afabilidad para hacer simpático el 
oombre español en aquellas tierras. 

2. Partida, de Cortés. — La actividad incansable de 
Cortés suplió la escasez de recursos. A mediados de noviem- 
bre tenia reunidas seis naves en el puerto de Santiago de Cu- 
ba. La vuelta de Grijalva, i las noticias comunicadas por 
éste, que ratificaban las que habia trasmitido el capitán 
Alvarado, sirvieron perfectamente a sus designios. Cortés 
aumentó su escuadrilla con cuatro naves de las que volvían 
de la esploracion anterior; i algunos aventureros que ha- 
bian acompañado a Grijalva, pasaron a engrosar sus 
fuerzas. 

Pero esta misma actividad despertó la desconfianza en 
-el espíritu receloso de Velázquez. Algunos de sus deudos i 
amigos no cesaban de representarle el peligro en quese veia 
su autoridad con la elevación del soldado infatigable que 
iba a dirijir aquella conquista. Temian ellos que Cortés se 
elevara demasiado i aprovechase su situación para formar 



284 HISTOUIA DB AMÉRICA 



un gobierno independíente del capitán jeneral de Cuba. V ~¡ 
lázquez se dejó impresionar por estos temores, i aun tra%r<? 
de dar a otra persona el mando de la espedicion; pero sü 
secretario Andrés de Duero, amigo i protector de Cortés, le 
dio aviso del peligro que corría su empresa i lo estimuló a 
activar su partida. Cortés se apresuró a seguir este conse- 
jo: embarcóse una noche con todos sus oficiales i soldados. 
i al amanecer del siguiente día, cuando las naves estaban a 
punto de hacerse a la vela, se despidió de Velázquez, qne 
habia llegado a la playa lleno de sobresalto por la noticia 
de tan precipitado embarque. **¿Así os despedí de mí?", le 
dijo el capitán jeneral. **Perdonadme. constestó Hernán 
Cortés desde una chalupa: hai cosas que es preciso hacer 
antes de pensarlas. ¿Tenéis algo que encargarme?" 1 salu- 
dándolo afectuosamente, se embarcó en una de las naves, i 
salió del puerto con toda la escuadrilla (18 de noviembre 
de 1518). 

Las naves no llevaban un número suficiente de soldados 
para acometer la grande empresa que prospectaba Cortés, 
ni había podido embarcar en ella lo indispensable para un 
largo viaje. Le fué forzoso acercarse n otros puntos de la 
costa en busca de víveres i de aventureros que quisieran en- 
gancharse bajo sus banderas. En el puerto de Trinidad se 
le reunieron algunos castellanos que habian hecho pocoán- 
tes el vifije de las costas de Méjico con Grijalva. Figural)an 
entre éstos, Berna 1 Díaz del Castillo, el futuro historiador 
de la conquista. Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid i 
otros militares (|ue mas tarde adquirieron gran nombra- 
día. En ese puerto, ademas, se apoderó de un buque carga- 
do de víveres pagando su inip-irte en vales, que por llevar 
sólo su firma, no tcnian valor alguno. 

Pero mientras se hallaba ocupado en estos aprestos, el 
comandante del puerto recibió órdenes de aprehender a 
Cortés por haber sido destituido del mando de la espedi- 
cion. El conKmdante consultó a los oficiales de Cortés para 
saber si se halla rian dis|)uestos a ayudarlo a apresar a su 
jefe: éstos le aconsejaron que se guardase de cumplir las órde- 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO IX 285 



1C5 si no quería suscitar una sublevación de la soldadesca, 
{ue podía ser de funestas consecuencias. 

Los esfuerzos de Velásquez para impedir el viaje de Cor- 
tés no se limitaron a esto sólo. Cuando la escuadrilla se 
hallaba en el puerto de la Habana, el comandante de la 
plaza recibió también cartas de Velás(|uez en que le orde- 
naba que apresase a Cortés; i aun escribió a este mismo 
para prevenirle que demorase su viaje i lo esperase a fin de 
tener una conferencia en aquel puerto. Cortés, que sabia 
mui bien cuáles eran los propósitos de Velázquez, estaba 
resuelto a desobedecer sus órdenes; pero con^^ultó a sus sol- 
dados sobre lo que debería hacer; i oyó de éstos los jura- 
mentos mas decidirlos de adhesión i fidelidad. No quiso, con 
todo, demorarse mucho tiempo en aquel puerto; le pareció 
mejor hacerse a la vela para reunir todas sus fuerzas en la 
estremidad occidental de la isla. El 18 de febrero de 1519 
se alejó por fin de aquellas costas. 

La escuadrilla de Cortés se componía de once embarca- 
ciones de pequeño porte, siete de las cuales eran sólo gran- 
des lanchones desprovistos de cubierta. Esas naves estaban 
tripuladas por 110 marineros, i mandadas por Antón Ala- 
minos, piloto que habia hecho algunos viajes con Colon, i 
que había acompañado a Hernández de Córdoba i a Gri- 
jalva en sus espediciones en el golfo de Méjico. El ejército 
^ra compuesto de 553 hombres armados de picas i de espa- 
das: sólo 45 de ellos llevaban armas de fuego. La artillería 
contaba sólo catorce piezas de poco alcance, pero bien pro- 
vistas de municiones. Acompañaban a Cortés 200 indios 
délas islas, mas que como ausiliares, en calidad de sirvien- 
tes de los castellanos. Llevaba, ademas, dieciseis caballos 
<iae pertenecían a diversos oficiales de su ejército. Eran 
tan escasos todavía estos animales en las islas por la difi- 
cultad de trasportarlos de Europa, que a pesar de la im- 
portancia que Cortés daba a la caballería, no le habia sido 
josíble reunirlos en mayor número. 

Con tan limitados recursos acometió Cortés la jigantes- 
a empresa de conquistar el poderoso imperio mejicano. 



286 HISTORIA DB AMÉRICA 



La espedicion se emprendía no sólo en nombre del rei cuyos 
dominios quería ensanchar, sino también de Dios, cuyo 
nombre invocaba como una esperanza de victoria. Cortés 
llevaba un estandarte de terciopelo negro bordado de oro, 
en cuyo centro habia una cruz roja con este epígrafe: "Si- 
gamos la cruz porque con esta señal venceremos". Al des- 
plegar las velas, Cortés i sus compañeros soñaban con el 
mismo ardor en los tesoros que iban a recojer i en la con- 
versión al cristianismo de inmensas poblaciones de infieles. 

3. Desembarco de Cortés en el continente; prime- 
ros COMBATES. — Cortés siguió el mismo camino que Gri- 
jalva, i desembaicó en la isla de Cozumel. Su primer cui- 
dado fué in(|uirir noticias acerca de los españoles que de- 
bian hallarse en la costa del continente; i supo en efecto 
<iue de los seis compañeros de Nicuesa que habian naufra- 
gado en aquellos mares, sólo quedaban vivos dos. Sólouna 
de ellos, un clérigo llamado Jerónimo de Aguilar i, se le 
reutiió; i le fué mas tíirdc mui útil por su conocimiento de 
la lengua c]ue se hablaba en el Yucatán. 

De Cozumel, los castellanos se dirijieron a la costa de 
Tabasco, i fondearon en el rio de este nombre con el pro- 
pósito (le esplorar su ribera. Cortés trató de tomar pose- 
sión (le a(|nellas tierras, pero fué recibido como enemigo i 
se vi(') precisado a sostener dos terribles co.'^^bates en que 
al iin vencieron el arrojo i 1h disciplina de los castellanos. 
Para espliearse su victoria, los invasores supusieron que 
habian sido ausiliados por e! apóstol Santiago, el patrón 
de los ejéreilos de Hspafia. Puede ser que así sea, i qu<í 
**vo como pecador no fuese digno de verlo, dice Beriial 
Díaz del Castillo; lo (jue yo ent(')nces vi i conocí fué a Fran* | 
cisco (le Moría en un caballo castaño que venia juntamen- 
te con Cortés" *-. I>es|)ues de esta refriega, los indios se re- 

i Lis aventuras de A^iiilar lian sido prolijamente referidas 
por \V. IwviNr, en sus C()mf);¡ñcrns de Colon con el título de .4ve/i' 
ttirn (le Viildivin i sus Cfnnpnfwros. 

•í Hkknal \H\y., IUstorin vcrclnrlcrn He la conquista^ capítulo 
XXXI v. 



, PARTH SEGUNDA.— CAPÍTULO IX 287 

^nocieron vasallos de la corona de España i se sometie. 
on a abrazarla relijion cristiana. El nombre de la ciudad 
le Tabasco fué reemplazado por el nombre de Santa Ma- 
ría de la Victoria; i en señal de sumisión i de amistad, los 
tabasqueños ofrecieron a Cortés víveres en abundancia, 
vestidos de algodón, una pequeña cantidad de oro i veinte 
mujeres notables por su juventud i su belleza, para servir 
a los estranjeros en los menesteres domésticos. Todas ellas 
fueron bautizadas; i una que recibió el nombre de doña 
Marina, quedó adherida a Cortés por los vínculos del amor 
i de la admiración, adquirió mas tarde una grande influen- 
cia entre los conquistadores i desempeñó un papel impor- 
tante en la historia. 

La escuadra española continuó su navegación sin perder 
de vista la tierra, hasta el puerto que Grijalva habia lla- 
mado de San Juan de Ulúa. Sus pobladores los recibieron 
amistosamente Una piragua llena de indios se acercó a 
las naves con muestras de paz i de amistad. Cortés los 
invitó a subir a bordo; i entonces 03- ó de su boca un esten- 
so discurso que .\guilarno pudo comprender. Los caste" 
llanos, en efecto, visitaban entonces los estados del empe- 
rador de Méjico, i la lengua que allí se hablaba era mui 
diferente de la yucateca (del Yucatán), que conocia Agui- 
lar. Felizmente, la india doña Marina era mejicana de na- 
cimiento, i reducida a la esclavitud en una guerra i llevada 
a Yucatán, entendía el idioma de esta rejion. Doña Marina 
Psplicóa Aguilar aquel discurso, i éste a su vez lo tradujo en 
wastellíino a Cortés. Entonces supo que entre aquellos indí- 
jenas habian dos altos personajes que venian manda- 
Ios por el gobernador político i por el je e militar de aque- 
la provincia, para informarse del objeto con que los es- 
ranjeros visitaban aquellas costas i para ofrecerles los 
Dcorros que necesitasen en la continuación de su viaje. Los 
ivasores quedaron sorprendidos al saber que tocaban las 
layas de un imperio regularmente organizado, i cuya 
v'anzada civilización se descubria hasta en los adornos de 
is habitantes. Entonces por primera vez, oyeron hablar 



288 HISTORIA DB AMÉRICA 

del poder de Moctezuma, de sus elementos de gobierno i 
sus numerosos ejércitos; pero todo esto, que habría ar 
drado a otro capitán, produjo sólo en Cortés el efecto 
íilentar su ambición para llevar a cabo la magnífica ce 
quista en que soñaba. Así fue que contestó a los enviad 
del gobernador que llegaba a su país con propósitos pa 
fieos i que quería tener una entrevista con las autoridad 
de tierra. 

El siguiente dia, 21 de abril, que era viernes santo, d 
embarcó sin esperar respuesta, con sus tropas, sus cal 
líos i su artillería, i estableció su campo bajo unas enrarr 
das para guarecerse del sol, teniendo cuidado de ponerlo 
abrigo de una sorpresa. En ese lugar entró dos dias d< 
pues en comunicaciones con el gobernador azteca, llama- 
TeuhtHle, que pasó a visitarlo. Cortés comenzó la entrev 
ta haciendo celebrar una misa solemne; i en seguida espu 
al gobernador que iba a aquellas rej iones mandado por Cí 
los de Austría, el soberano mas poderoso del oriente, i q 
deseaba hablar con el emperador mejicano. Esta prett 
sion causó gran sorpresa a TeuhtHle i a su comitiva, q 
estaban acostumbrados a ver a su monarca rodeado 
una gran pompa i casi sustraído al trato de los liombn 
Ofrecieron, sin embargo, comunicar al emperador la soli 
tud (le Cortes; i le entregaron los presentes de telas de ¡ 
godon de oro i de plata labrados i de plumas de vari 
colores. Durante la entrevista, notó el jefe español que 
gunos indios de la comitiva de Teuhtiile se ocupaban 
dibujar en unas hojas de papel los objetos que llamab 
su atención. Cortés supuso (jue aquellas pinturas estab 
destinadas para comunicar al emperador la noticia de 
arribo; i a fin de mostrar el poder de sus elementos milii 
res, mandó que sus tropas hicieran un aparato béiico c 
ejercicios de artillería. La admiración de los mejicanc 
que liabian concurrido a presenciar este espectáculo, 
convirtió en terror cuando sintieron el estampido del 
cañones i cuando vieron la asomi)rosa ajilidad de los k 
ballos i de los jinetes. Cortés, (lesj)ues de estas ccrcnioni; 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO IX 289 



•se despidió afablemente del jefe azteca, i se conservó en su 
<;aiiipo hasta esperar la contestación de Moctezuma. 

4. Cortés en el imperio mejicano; asegura la alianza 
DE LOS totonecas.— Los aztccas creian que Quetzalcoatl, 
uno de sus dioses, dotado de hermosa figura i de barba 
larga, se había separado de la tierra anunciando que a la 
vuelta de algunos siglos volvería a reinar entre ellos. La 
aparición de los castellanos en la costa hizo revivir esta 
tradición; i Moctezuma mismo creyó que se acercaba el 
término de su reinado. Su carácter naturalmente melancó- 
lico se habia cubierto ahora con un velo de profunda tris- 
teza que no podia disimular. Al saber que el jefe de los in- 
Tasores quería llegar hasta Méjico, reunió a sus consejeros, 
i discutió con ellos sobre lo que debia hacer. Algunos opi- 
naron por la guerra pronta i decisiva; otros porque se les 
permitiese llegar hasta la capital, puesto que si los estran- 
jeros formaban la comitiva de la divinidad, toda resis- 
tencia seria inútil. Moctezuma adoptó un término medio 
entre tan opuestos pareceres, i dispuso que se remitieran 
al jefe invasor valiosos regalos, eludiendo, o mas bien, 
negando el permiso que solicitaba para avanzar hasta 
Méjico. 

Los embajadores llegaron al campamento de Cortés 
una semana después -^ de su primera entrevista con Teuht- 
We. Es tendieron en el suelo algunas esteras o petates pri- 
morosamente trabajados, i sobre ellos colocaron finísimas 
^Jas de algodón, cuadros que representaban animales i di- 
^^rsos objetos formados con plumas de vistosos colores, 
aos grandes planchas de oro i de plata que representaban 
^' Sol i Ifi luna, brazaletes, collares i otras joyas de metales 



'^ Esta gran rapidez con que llegaron al campamento español 
los emisarios i los obsequios de Moctezuma teniendo que recorrer 
"P^ distancia tan grande, ha causado una natural sorpresa a los 
"**toriadores de la conquista. Para esplicarse esta actividad, Ló- 
^^^ DE GOMARA dice al hablar de este obsequio: **E1 cual presente 
lenian para daraGrijalva si no se fuera." Historia de Méjico^ etc.; 
^ol. 42, ed. de Ambéres, 1554. 

TOMO 1 19 



290 HISTORIA DE AMÉRICA 



preciosos. Los castellanos avaluaron aquel obsequio en 
20,000 ducados o poco mas, como dice Gomara, i manifes- 
taron gran satisfacción a la vista de tantas riquezas que 
avivaban sus esperanzas de encontrar tesoros mayores to- 
davía. Pero cuando los embajadores les comunicaron la 
negativa del emperador a sus pretensiones de llegar hasta 
Méjico, sintieron avivarse la codicia que los presentes ha- 
bian hecho nacer en sus corazones. 

Cortés recibió los presentes i la negativa de Mocteztpiía 
con las apariencias de un profundo respeto; pero pidió a los 
embajadores que solicitasen de nuevo el permiso de pasar 
a la capital, prometiendo entretanto no salir de su campa- 
mento hasta la vuelta de los mensajeros. Al cabo de diez 
dias, volvieron los embajadores con nuevos presentes para 
el capitán español, pero también con la prohibición formal 
de pasar adelante. Cortés oyó esta orden con una finjida 
sumisión; pero volviéndose a sus capitan-^s les dijo: **No 
cabe duda que éste es un poderoso príncipe; pero aunque 
sea difícil, es menester que le hagamos una visita.'* Desde 
entonces se preparó a tomar por la fuerza lo que se les ne- 
gaba por favor. 

Sin embargo, en la mañana siguiente los castellanos pu- 
dieron notar los primeros síntomas de una guerra próxima.- 
Los indios que habían afluido los dias anteriores en núme- 
ro inmenso para llevar víveres a Cortés i a sus compañeros, 
desaparecieron de las inmediaciones del campamento, lo 
que hacia creer que abrigaban el propósito de asediar a los^^ 
estranjf ros por hambre. Pero este peligro era remoto et 
comparación de otro que en ese momento amenazaba a h 
espedicion de Cortés. La larga permanencia en las tierras^32 
pantanosas de la costa, la escasez de provisiones que em — J 
pezaban a esperimentar o talvez los peligros futuros de la^^ 
espedicion, produjeron entre los españoles una repentina^s. 
consternación de que se aprovecharon los pocos partida- -# 
rios de Velázquez que habia en el ejército para tratar df^ J 
volver a Cuba. Un pariente del gobernador de aquella isla. -* 
llamado Diego de Ordaz, que desempeñaba uno de los pri- i 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO IX 291 

Ti3cros puestosen las tropas de Cortés, fué encargado de ma- 
nifestarle que antes de penetrar en el interior del imperio 
era indispensable regresar a esa isla para abastecer la es- 
c tmadra i buscar nuevos soldados. Cortés, que estaba seguro 
de que podia contar con la voluntad de sus soldados i de 
la. mayor parte de sus oficiales, aparentó aceptar las ra- 
zones de Ordaz, i dispuso el embarco inmediato de su 
ejército. 

Sucedió lo que Cortés habia previsto Sus soldados, que 
no pensaban mas que en los tesoros que les iba a propor- 
cional la conquista del imperio mejicano, estuvieron a pun- 
to de amotinarse, i comenzaron a reclamar a gritos la pre- 
sencia del jeneral. Cortés aparentó una gran sorpresa; i 
presentándose a sus tropas les dijo que aquella orden habia 
emanado de las representaciones de algunos oficiales, los 
cuales le habian pedido á nombre del ejército la vuelta a 
Cuba; pero que él estaba dispuesto a seguir adelante en la 
comenzada empresa, si sus soldados querian acompañarlo. 
Esta declaración fué recibida con jeneral aplauso. Los mis- 
ólos partidarios de Veláz(|uez, encontrándose en mui pe- 
queña minoría, tuvieron que ace])tar esta resolución. 

Reconocida su autoridad, el jeneral se dispuso a abrir la 
^Umpaña. Pocos dias antes habia recibido una embajada 
d^l jefe de los totonecas que habitaban al rededor de Cem- 
Poalla, en la rejion del norte. Los embajadores le habian 
comunicado que los aztecas o mejicanos habian conquista- 
do poco antes aquel territorio, i que ejercían sobre ellos un 
^«spotismo que los man tenia violentos por sacudir el yugo. 
Esta revelación abrió a Cortés una risueña perspectiva. El 
Sí'a.nde imperio no era unido i compacto, i encerraba en 
^^ seno los jérmenes de la división. El jeneral comprendió 
^^e una política hábil podia convertir en ausiliares a los 
^^scontentos. En efecto. Cortés se puso en marcha con una 
Í^Cjueña división para Cempoalla, donde fué recibido en 
^^dio de las aclamaciones de los indíjenas. En sus prime- 
^^is conferencias, comprometió hábilmente al jefe totoneca 
^ negarse al pago de los impuestos debidos al emperador; i 



I 



292 HISTORIA DE AMÉRICA 



lo reconcilió en seguida con una tribu vecina, prometiéndc^ 
le la protección de sus soldados. El cacique (así llamaba..^ 
los españoles a todos los jefes indios recordando el nombr-^r 
que se les daba en las islas) obsequió a los castellanos; p^^ 
ro Corees reclamó que los indíjenas abandonasen el cult^:^ 
de sus execrables divinidades que exijian sacridcios hum^iK 
nos, i al efecto, mandó que cincuenta españoles subieran - 
la cima de la pirámide en que estaba el templo, que arrac» 
casen los ídolos i que los arrojasen al suelo para hacer uis ^ 
hoguera. I^s indíjenas, que habian creido que la cólera d^ 
los dioses iba a desplegarse contra los profanadores, qu ^ 
daron asombrados al ver que el cielo no castigaba tamaa ^ 
osadía, i concibieron una triste opinión del poder de su^-S 
divinidades comparado con el de los misteriosos estranj^^- 
ros. El santuario fué purificado: en el lugar que ocupaba^ ^ 
los ídolos se levantó un altar donde fué colocada la imáje- ^ 
de la vírjen; i allí el padre Olmedo, el célebre capellán d^s 
ejército de Cortés, celebró con toda pompa una misa i dir^ i 
jió a su auditorio una relijiosa planea para recomendarl^^í 
el culto de un Dios de bondad, para el cual todos los.hoiMn 
bres son hermanos i que prescribe el ejercicio de la caK'^ 
dad. Estas palabras, esplicadas por los intérpretes, cons '«J 
marón el desprestijio de los dioses mejicanos i facihtarc^ n 
la propagación del cristianismo. 

Cortés hahia decidido la fundación de una colonia. &li- 
jió para ello un puerto de aquella costa, [)oco mas al nor- 
te de Cenipoalla. i le dio el noml)re de Yillarrica de la Ver^- 
cruz. Por mcílií) de una organización basada en la 
indejK'ndencia (jue entonces tenían las municipalidades es- 
pañolas, Cortés rompió los lazos de aparente subordina- 
ción íjue lo li<i^aban al gobernador de Cuba. Nombró alcal- 
des i rejidorcs de la nueva colonia; i una vez organizado el 
cabildo, hizo renuncia del mando que ejercia. Como debe 
suponerse. Cortes fué nombrado capitán jeneral del ejérci- 
to i justicia mayor de la ciudad. Los que se atrevieron a 
murmurar de esta elección fueron apresados i puestos a 
bordo. 



PARTE SEOrXDA. — CAPÍTULO IX 293 



5. Cortés destruye sus naves.— Seguro de la alianza 
cielos totonecas, Cortés dio la vuelta a Veracruz para ade- 
I«.Titar el desarrollo de la colonia. Allí encontró una nave 
es^pañola mandada por un aventurero llamado Saucedo, 
C| xie habia salido de Cuba con doce hombres i dos caballos 
K^^ira reunirse con Cortés. Por él supo que Velázquez habia 
f ecibido autorización real para fundar colonias en aquella 
F^s^irte del continente. Cortés divisó en todo esto un gran 
Peligro: temió que el gobernadorde Cuba pretendiese dispu- 
t:^rle la posesión de los paises que quería conquistar, i que 
^luisiera, ademas, presentarlo ante el reicomo un soldado re- 
V>elde. Para ponerse a salvo, empeñó a los majistrados de Ve- 
facruz a que enviasen al rei una memoria justificativa de su 
conducta para suplicarle que ratificara todo lo que hasta 
entonces habia hecho. El mismo jeneral dirijió al monarca 
una relación de su campaña, que desgraciada mente ha des- 
conocido la posteridad ^ . Para dar mas peso a la esposi- 
cion del cabildo, Cortés dispuso que se agregaran al envío 
los magníficos presentes que habia recibido; i era tal su 
ascendiente sobre sus soldados, que éstos renunciaron gus- 
tosos su parte de botin para hacer al rei un valioso obse- 
quio. Los alcaldes del cabildo se encargaron de presentar 
al soberano aquel valioso presente, el mas rico, dicen los 
historiadores, que hasta entonces hubiese salido del nuevo 
mundo. El 26 de julio de 1519 se embarcaron los comisio- 



^ La primera carta relación de Hernán Cortés parece definitiva- 
mente perdida. Carlos V la recibió en Tordesíllas, estando en 
viaje para Alemania, i se ha supuesto de aquí que debía exis- 
tir en los archivos de Viena. Todas las dilijencias que hasta 
ahora se han hecho para encontrarla han sido inii tiles. Felizmen- 
te, si esa carta debe tener grande interés para apreciar el carácter 
i los propósitos de Cortés al principiar su conquista, su importan- 
cia histórica no es tan grande puesto que existen otros documen- 
tos, i particularmente la carta del cabildo de Veracruz publicada 
por primera vez en 1842, en la páj. 417 i sig. del tomo I de la Co- 
lección de documentos para la historia de España, Esta carta 
fué hallada en Viena por las dilijencias del historiador Kobertson. 



294 HISTORIA DE AMÉRICA 



nados, después de recibir la orden de no acercarse a Cub 
durante su viaje. 

Mientras Cortés tomaba estas precauciones contra u 
peligro remoto, algunos marineros i soldados diríjidos po 
uno de los capellanes de la espedicion, frai Juan Díaz, tn 
maban una conspiración para apoderarse de una de la 
naves i volverse a Cuba. Uno de los conjurados descubrí 
a Cortés el plan poco antes de su ejecución. El jeneral asi 
mió entonces la eneijía que reclamaba la inminencia del p: 
ligro: hizo ahorcar a dos de los principales instigadore 
de la rebelión, i mandó a azotar a los otros. El carácte 
sacerdotal que investia salvó al capellán de una pen 
igual. 

Este complot indujo a Cortés a tomar una resolución su 
preraa. Convencido de que mientras fuese posible la vueltí 
a Cuba, se vería espuesto a rebeliones semejantes, resolvió 
cerrar para siempre este refujio. Bajo pretesto de que su 
naves, averiadas por las tempestades i carcomidas por lo 
gusanos del mar, se hallaban inservibles para la navega 
cion e incapaces de mantenerse a flote mucho tiempo mas 
ordenó que se le quitasen las jarcias, el velamen, el fierro 
todo lo que fuese aprovechable, i que en seguida se las echa 
se a pique. Una sola nave se salvó de esta destrucción. 

La destrucción de las naves es sin duda el incidente ma 
notable i el acto mas audaz de la vida de este hombre es 
traordinarií). E\ buen éxito ha hecho de eUa una acción he 
roica: si se hubiera malogrado la empresa se considerar!; 
como un rasgo de locura. La destrucción, sin embargn 
aparte del fin poh'tico que Cortés tenia en vista, le ofreci» 
la ventaja inmediata de dejar disponibles las tripulacione 
de las naves. 

Cortés se halLaba en Cempoalla cuando recibió la notici; 
de quedar cumplidas sus órdenes respecto a la destruccioi 
de la escuadra. Inmediatamente se apoderó de todos lo 
es[)añoles una gran consternación: los mismos amigi)s dt 
jeneral lo acusaron de haber resuelto su pérdida. Corté 
conservó su sangre fria, i aplacó la tempestad manifestar 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTUT^O IX 295 

do a sus compañeros que como dueño de las naves podia 
h^cer con ellas lo que quisiera, que su destrucción aumen- 
taba el número de sus soldados i que ya se hallaba en si- 
t:iaacion de emprender la conquista. ** Yo me quedo, escla- 
m ó; pero si alguno de vosotros por falta de valor quiere 
volver a Cuba a contar que ha abandonado a su jefe, pron- 
t,SL está la última de mis naves para trasportarlo. Los que 
se marchen, se arrepentirán en breve de haber abandonado 
tina empresa que habia de darles fama i riquezas*'. El as- 
cendiente irresistible de Cortés calmó la cólera de todos: 
sus compañeros juraron en seguida que estaban prontos a 
«.oompañarlo al fin del mundo. 

6. Cortés gana la alianza de la República de Tlas- 
CA.LA.— El jeneral castellano iba al fin a emprender la cam- 
paña. Moctezuma le habia hecho notificar por tercera vez 
<liae no le permitia avanzar a Méjico; pero Cortés estaba 
resuelto a todo; i creyéndose suficientemente reforzado con 
lc3s ausiliares totonecas, resolvió su marcha al interior. 
E>ejó en Veracruz una respetable guarnición a las órdenes 
de Juan de Escalante; i el 16 de agosto de 1519 rompió la 
^íi5^rcha. Su ejército se componia de poco mas de 400 infan- 
tes, de 15 jinetes i siete cañones. El cacique de Cempoalla 
Puso a sus órdenes 1,300 indios guerreros i 1,000 tamanes 
^ cargadores para arrastrar la artillería i trasportar los 
^>^ajes. 

Después de quince dias de marcha por un pais cubierto 
de la mas rica vejetacion, los castellanos llegaron al terri- 
torio de la pequeña i heroica república de Tlascala, que 
Conservaba su independencia del imperio mejicano a pesar 
^e largos años de terribles guerras. Su primer pensamiento 
*^é pedir a la república su alianza; pero los tlascaltecas, 
^^merosos de verse sometidos al vasallaje por los misterio- 
^c^s estranjeros, no pensaron mas que en rechazarlos, atra- 
5"^ndolos por engaño para tomarlos de sorpresa. 

Cortés tuvo noticia de la disposición hostil de los tlas- 
caltecas, pero no se intimidó. Pasó resueltamente la fron- 
tera de la república, i el 1"^ de setiembre de 1519, sostuvo 



296 HISTORIA DE AMÉÜIIC4 




el primer ataque en que quedó vencedor con la pérdida de^^ae 
dos caballos i de uno de sus soldados que pereció poco^s^ s 
días después de resultas de sus heridas. El dia siguiente (*- "^ 2 
de setiembre) los castellanos se encontraron en frente dt^^ e 
un ejército mucho mas considerable, mandado por un gue r^- 
rrero joven i animoso llamado Xicotencatl •"' . El combata ^le 
fué terrible: los ejércitos se batieron todo el dia. Los ca. 
ñones, los caballos i las lanzas de los castellanos hicie 
ron prodijios en las masas compactas del enemigo. E~ ^1 
valiente Xicotencatl se vio obligado a abandonar el campe 
de batalla retirándose en buen orden. Cortés no pudo per 
seguirlo: estableció sus cuarteles en una colina vecina i des 
pacho nuevos embajadores a proponer la paz. Xicotencatl^M, 
a la cabeza de sus tropas, respondió que el camino de Tlaj— juT- 
cala no se abriría a los españoles sino para ser conducidos s 

a la piedra de los sacrificios, i que si preferían quedarse ei ^ 

su campo, él iría a verlos el dia siguiente. 

Los castellanos estaban rendidos de cansancio con e 1 

combate del dia anterior cuando recibieron esta noticia 

''Cuando aquello vimos, dice Bernal Díaz, como somo ^=s 
hombres i temíamos la muerte, muchos de nosotros no -^ 
confesamos con los padres que toda la noche estuvieron ckt-^ 
oir penitencia, i encomendándonos a Dios que nos librase i 
no fuésemos vencidos; i de esta manera pasamos hasta ti^' 
otro día" ••. 

Al amanecer del 5 de setiembre de 1517, el jeneral esp^»- • 
ñol pasó revista a sus tropas; i después de dirijirles un -^ 
breve arenca i de comunicarles algunas instrucciones par -¡^^ 
el ataque, dio la orden de marchar al encuentro del enemigí ^• 



•'> El níímero de tlascal tecas que asistieron a esta bat<i11a es (1 
ferente en los diversos documentos i relaciones. Cortés, en su se 
gunda carta al emperador, avalúa el ejército enemigo en l(>0,Oi 
homl)res: Gomara en 80,000; Bernal Díaz en 40,000; Herrera 
Torquen::ula en sólo .'50,000. Las incidencias de éste i de otros co 
bates de est.'i guerra varían mucho en las diferentes historias. 

■> Hhknal Díaz dkl Castillo, Historia verdadera de la Cn. 
(¡aístíif caf). LXIV. 




PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO IX 297 

Al poco rato lo divisaron estendido en una llanura, ocu- 
pando una dilatada estension de terreno ^ . Los dos ejér- 
citos empeñaron la batalla con gran furor; pero las balas 
de los cañones abrían brechas profundas en los agrupados 
pelotones de enemigos i luego los afilados aceros de Toledo 
hicieron sobre los cuerpos desnudos de los indios una atroz 
carnicería. El choque fué terrible i encarnizado: la victoria 
estaba indecisa cuando uno de los jefes indios abandonó 
el campo agraviado con Xicotencatl, que lo habia acusado 
poco antes de haberse conducido cobardemente en la última 
batalla. Tras de esc jefe se retiraron mas de 10,000 gue- 
rreros, persuadiendo a otros capitanes a imitar su ejemplo. 
El esforzado jeneral tlascalteca resistió todavía algún tiem- 
po mas; pero disminuidas sus tropas a menos de la mitad 
de su número, se vio precisado a retirarse con buen orden 
para salvar el resto de su ejército. 

Después de esta nueva victoria, Cortés volvió a renovar 
sus proposiciones de paz. Los tlascaltecas, lejos de aceptar- 
as, prepararon con mucha astucia una sorpresa nocturna. 
Hernán Cortés habia acostumbrado a los suyos a estar 
siempre prestos para el combate. Dormian en orden de ba- 
talla, i los centinelas guardaban el campo. La noche desig- 
nada para el ataque estaba alumbrada por una hermosa 
luna. Al descubrir las avanzadas la sorpresa que se prepa- 
raba, los castellanos se dispusieron en silencio para recha- 
2 arla. Cortés se lanzó al encuentro de los asaltantes con su 
caballería i los aterrorizó, obligándolos a huir precipitada- 
mente. 

A pesar de tan repetid os- triunfos, los españoles se encon- 
traban rendidos de cansancio i de fatiga; i el desaliento co- 
menzaba a cundir en sus filas. Cortés, sin embargo, aunque 
enfermo i disgustado por el número de heridos que tenia en 
su ejército, permanecia siempre en la resolución de llevar 



< Cortés avalúa, en la carta citada, este segundo ejército en 150- 
mil hombres, cifra que han seguido muchos historiadores; Bemal 
Díaz lo estima sólo en 50,000. 



293 HISTORIA I)p: América 



adelante la comenzada empresa. De nuevo volvió a ofrece-^^ ei 
la paz a los tlascaltecas; i el senado de la república, finjiei":^ :n 
do aceptarla, mandó una embajada solemne al campo 
los castellanos con una abundante provisión de víveres. 

La alegría renació en el campamento; pero doña Marín 
habia observado que aquella misión de los tlascaltecas er — ^ n 
una estratajema i que sus embajadores eran espías. Cort^^ -éi 
adquirió la prueba, i devolvió los emisarios después de h^^ a 
berles hecho cortar las manos. **Decid a vuestro je neral, le^^ eí 
dijo al despedirlos, que puede venir de noche i de dia poi^ ••r- 
que siempre estamos prontos para recibirlo." Xicotencat^' -ti 
cre\'6 que los misteriosos estranjeros sabian penetrar c^-a^ el 
pensamiento de los demás hombres: desesperó de poderlos ^s 
vencer por la fuerza o por la astucia i convino en acepta -^r 
la paz El ejército castellano hizo su entrada solemne ei^ "n 
Tlascala, sometiéndose sus habitantes a la corona de Caj — - '- 
tilla i obligándose a ayudar a Cortés en sus futuras euiM " i- 
presas. 

Los castellanos permanecieron muchos dias en aquellu i 
ciudad para reponerse de los quebrantos i fatigas ocasioK=:=5- 
nados por tan penosa campaña. Durante este tiempo, Coi — :^=^" 
tés tuvo el ])ensamiento de destruir los ídolos de Tlascala > 
de escablecer el culto cristiano en la república. Irritado po" ^ 

la resistencia de sus habitantes, el jeneral español se prepa * 

raba para purificar los templos a fuerza armada; |3ero la^^ ^ 
representaciones de algunos de sus oficiales i del padre 01 
inedo. primer ca])ellan de la es|jedicií)n, templaron el ardo- ^ 
de su celo relijioso. Al fin convino solamente en levanta — ^ 
una cruz i un altar doi.tle los castellanos pudiesen practi^^" ^' 
c:ir públicamente su relijion. 

7. ALvKCHA soHRK Mkjico; matanza de Choiatla.— Av^^ ^" 
tos de la entrada en Tlascala, Cortés habia recibido un^^- ^ 
einbajada compuesta de cinco altos personajes del imperic:^ ^ 
mejicano i de una «i^ran comitiva de esclavos. Llegabaí^^ " 

cargados de presentes enviados por Moctezuma. Las soi ^' 

prendentes victorias de este piulad j de estranjeros, la des-=^^' 
niemhracion del imperio que comenzaba a operarse, i el pe ""^" 



/ 



PARTE SECrUXDA. — CAPÍTULO IX 299 



jro jeneral que lo amenazaba, habían aumentado las 
igustias del infortunado monarca; i sus enviados tenían 
icargo de hacer a su nombre el ofrecimiento de reconocerse 
ibutarío del reí de España sí consentía en alejarse de su 
iperio. Cortés repitió fríamente la misma respuesta que 
i antes había dado, esto es, que tenia orden de su sobe- 
.no para llegar hasta la capital. 

Los embajadores aztecas fueron testigos de los últimos 
nnbates entre las tropas de Cortés i los guerreros de Tlas- 
.la, i quedaron muí descontentos al saber la celebración 
í la paz con aquella república. Cuando comunicaron estos 
ontecímientos al emperador, i cuando éste supo que los 
tranjeros, lejos de ser los descendientes de un dios mejica- 
), ultrajaban a todas las divinidades del imperio arro- 
ndolas de sus templos como lo habian hecho en Cempoa- 
L, Moctezuma se preparó para tenderles un lazo. Resolvió 
viar una nueva embajada a Cortés para invitarlo a lie- 
ir hasta la capital, suplicándole al mismo tiempo que no 
lebrase tratado alguno con los tlascaltecas. 
Tan luego como las tropas castellanas estuvieron en es- 
do de seguir la marcha, Cortés se puso en viaje para Mé- 
o. Los tlascaltecas le advirtieron el peligro que corría sí, 
.do en la palabra del emperador se atrevía a pisar su 
rritorío. El jeneral español no trepidó, sin embargo; i 
isílíado por un cuerpo de seis mil tlascaltecas, avanzó 
.sta Cholula, que era considerada como la ciudad santa 
1 imperio, i en donde, según le aseguraron los embajado- 
3, Moctezuma había mandado disponer grandes prepara- 
ros para recibirlo. Los castellanos, en efecto, fueron reci- 
ios con suma benevolencia; pero el emperador, habiendo 
bido por los oráculos que Cholula debía ser la tumba de 
5 estranjeros, envió secretamente la orden de hacerlos 
recer. 

Los aliados tlascaltecas no habian sido admitidos en la 
idad santa, i quedaron acampados a poca distancia de 
población, Dos de ellos entraron disfrazados i dieron a 
3rtés la noticia de que cada noche salían de la ciudad mu- 



300 HISTORIA DE AMÉRICA 



chas mujeres i niños de las familias mas distinguidas, i quo»^ -Me 
en el templo principal habian sido sacrificados seis man ^«-n- 
cebos, lo que se practicaba cuando se iba a cometer alguna msl 
empresa militar. Doña Marina, ademas, descubrió que cercs. -^ra 
de la ciudad estaba acuartelado un cuerpo de tropas meji- pi- 
canas, que se abrian fosos profundos cubriéndolos lijera^r:^!- 
mente para que cayesen en ellos los caballos, i que en la -^^^s 
azoteas se reunian armas i piedras para dispararlas sobr — ^rre 
los españoles cuando llegara d momento de dar el golpe^^ e- 
Cortés comprendió la gravedad del peligro i se decidió s- a 
adelantarse a sus enemigos para aterrorizarlos. Para cer ^^- 
ciorarse de la conspiración, reunió algunos sacerdotes i lo ^c3s 
obligó por medio de halagos a descubrir el complot. Le — ===?s 
recomendó el secreto, i les anunció que al dia siguiente de -^s- 
jaria la ciudad. Entre tanto habla reunido sus tropas, a^s==sí 
españolas como ausiliares, i hecho avanzar secretamente ^=- ^ 
a los tlascaltecas a fin de que se hallaran prontos par^^s- ^ 
ayudarlo. 

El ejército español pasó la noche sobre las armas, esp 
rando un asalto de sorpresa. Al amanecer del siguiente du 
llegaron a su cuartel los principales señores de Cholula — ^« 
seguidos de una grande escolta de indios que debian servi' ^ 
para el carguío de los bagajes de los españoles. Cortés lo^- ^ 

hizo entrar a un patio, puso centinelas en todas las puei '' 

tas; montado en su caballo de batalla, les recordó que él ^ 

sus compañeros habian entrado a Cholula como amigos ^=^==' 
i les declaró (jue conocia sus pérfidos proyectos. Los seño '^' 
res de la cuidad, sobrecojidos de estupor, no se atrevíeroi ^^^^ 
a negar su traición. Creían cjiíe los blancos eran seres sobre ""í^^** 
naturales cjue adivinaban el pensamiento de los demas^ -^ 
hombres. Trataron sólo de disculparse acusando al efectc-^^^^ 
a los embajadores de Moctezuma; pero Cortés finjió nd--^^*^ 
creer en la culpabilidad de éstos, i dio la señal convenida ^^' 
que era un disparo de arcabuz. Las tropas se pusieron er^^" 
movimiento, i cayeron de impnjviso sobre los indios agru ^^' 
piídos en el patio. Los habitantes de Cholula, al saber e 
ataque de ((ue eran víctimas sus compatriotas, acudieroir^r^^ 



PARTB SEGUNDA. CAPÍTULO IX 301 

le golpe a las puertas del cuartel; pero el jeneral español 
labia distribuido la artillería hábilmente, i las balas de ca- 
lón destrozaban los grupos de jen te inerme. Los tlascal te- 
as habian acudido también a la señal convenida, i ataca- 
)an por la espalda a las masas del pueblo que parecia querer 
lusiliar a los que sucumbían en el patio del cuartel. La car- 
licería fué espantosa: las calles quedaron sembradas de ca- 
la veres i cubiertas de charcos de sangre. Los castellanos 
cusieron fuego a los templos, en donde perecieron bajo sus 
uinas muchos sacerdotes i algunos jefes. El saqueo se 
;iguió a la matanza durante dos dias consecutivos. Se com- 
puta en seis mil el número de indios muertos en aquella te- 
rrible jornada. 

Después de la carnicería, Cortés puso en libertad a los 
majistrados de la ciudad, les vituperó su perfidia i les de- 
claró que les perdonaba a condición de que restableciesen 
el orden público i de que llamasen a Cholula a los habitan- 
tes que habian huido. Con esto dio por terminado el casti- 
go de la ciudad, i se preparó para seguir su marcha a Mé- 
jico. En el camino, los castellanos, rodeados del prestijio 
de invencibles, eran recibidos como libertadores que llega- 
ban a destruir la opresión del imperio. Cortés, que habia 
concebido lisonjeras esperanzas al notar el descontento de 
algunas provincias lejanas, creyó entonces que la conquis- 
ta del imperio era mas fácil de lo que se pensaba, puesto 
que en todas partes la autoridad real era detestada. 

8. Los ESPAÑOLES OCUPAN A MÉJICO.— El ejército de Cor- 
tés siguió su marcha triunfal hasta la hermosa campiña 
que rodeaba los lagos mejicanos. A poca distancia de ellos 
se levantaban selvas verdes de árboles jigantescos, i mas 
lejos se veian los campos cultivados de maiz i de aloes, i 
los jardines cubiertos de flores. Las orillas de los lagos es- 
taban bordadas de ciudades i de aldeas, i en el centro del 
mayor, el de Tezcuco, se levantaba la soberbia Méjico con 
sus templos de forma piramidal i sus ostentosas construc- 
<:iones. Los castellanos contemplaban llenos de entusias- 
mo ese espléndido panorama. Creian haber llegado a la 



302 HISTORIA DE AMÉRICA 



tierra prometida, i marchaban llenos de confianza como si 
no hubiera peligro alguno que temer. 

Cortés, a la cabeza de sus jinetes, formaba la vanguar- 
dia. En seguida marchaba la infantería española con sus 
banderas desplegadas. Los bagajes i los cañones ocupaban 
el centro; i tras de ellos la espesa columna de guerreros 
tlascaltecas i totonecas cerraba la marcha. 

Ningún enemigo se habia opuesto al paso de los caste- 
llanos. En las ciudades a que llegaban eran recibidos os- 
tentosamente, i en todas partes encontraban emisarios i 
parientes del emperador que les tenían preparada una be- 
névola acojida. Ix)s españoles penetraron en el istmo que 
separaba los lagos de Tezcaco i de Ghalco, i entraron en 
una espaciosa i larga calzada que servia de comunicación 
con la capital del imperio, hasta hallarse a media legua de 
la ciudad (8 de noviembre de 1519). "Aquí me salieron a 
ver, dice Cortés, hasta mil hombres principales, todos ves- 
tidos de una manera i hábitos bien ricos, cada uno hacia 
en llegando a mí una ceremonia, que ponia cada uno la 
mano en la tierra i la besaba; i así estuve esperando casi 
una hora. Junto a la ciudad está una puente de madera de 
diez pasos de anchura: pasada esta puente, nos salió a re- 
cibir aquel señor Moctezuma, con hasta doscientos seño- 
res todos descalzos i vestidos de otra librea bien rica. Ve- 
nian en dos procesiones mui arrimados a las paredes de la 
calle, que es mui ancha, mui hermosa i derecha; i el dicho 
Moctezuma venia por medio con dos señores, el uno a la 
mano derecha i el otro a la izquierda; el uno era su herma- 
no. Moctezuma iba calzado i los otros dos señores descal- 
zos. Como nos juntamos, yo me apeé i le fui a abrazar solo; 
e aquellos dos señores me detuvieron para que no le toca- 
se; i ellos i él hicieron así mismo ceremonias de besar la 
tierra. Al tiempo que yo lleg^ué a hablar a Moctezuma, me 
quité un collar que llevaba de margaritas i diamantes de 
vidrios i se lo eché al cuello; i vino un servidor su\-o con 
dos collares, i Moctezuma se volvió a mí i me los echó al 
cuello, i tornó a seguir por la calle hasta llegar a una mui 



TARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO IX 303 



grande i hermosa casa, que él tenia para nos aposentar 
bien aderezada. E allí me tomo por la mano i me llevó a 
una gran sala i me hizo sentar en un estrado mui rico'' ^. 
Después de esta ceremonia, el emperador se alejó con sus 
sirvientes, prometiendo volver en breve a visitarlo. 

En efecto, antes de mucho rato se presentó de nuevo 
Moctezuma acompañado de unos pocos señores, i entabló 
su primera conferencia con el jeneral español. El empera- 
dor queria saber de dónde venian i cuál era el objeto del 
viaje de estos misteriosos estranjeros. Cortés satisfizo sus 
preguntas diciéndole que el deseo de conocer a tan alto em- 
perador i de difundir la relijion cristiana lo habia llevado 
hasta Méjico; i como Moctezuma hubiera hablado de las 
antiguas tradiciones que recordaban la existencia de un 
Dios que al alejarse de la tierra habia prometido mandar 
mas tarde a sus descendientes. Cortés, sin apoyar esta 
creencia, procuró mantenerla como un elemento de poder. 

Los primeros dias se pasaron en obsequios i visitas. El 
emperador hizo a Cortés valiosísimos presentes. Los es- 
tranjeros pudieron visitar libremente la ciudad, admirar 
sus monumentos i estudiar las costumbres i la civilización 
de sus habitantes. Su sorpresa casi excede a toda descrip- 
ción. Estaban persuadidos de que los indios del nuevo 
mundo eran seres de una naturaleza inferior al resto de los 
hombres: la vista de la cultura i de la grandeza de los meji- 
canos los colmó de admiración i de asombro. Cortés visitó 
el templo de la capital; i no pudiendo persuadir a Moctezu- 
ma a que renunciara al culto de sus abominables divinida- 
des, pudo al menos construir en el palacio en que estaban 
sus tropas, una capilla para el ejercicio de los ritos del cris- 
tianismo. 

9. Prisión de Moctezuma.— La inspección de la ciudad 
hizo conocer a Cortés la enormidad del peligro de que se 
hallaba rodeado. Méjico tenia una población de 300,000 



» Carta segunda de Cortés, páj. 79 i 80 de la Colección de Lo— 
RK.NZA.NA, Méjico, 1770. 



304 HISTORIA I)B AMÉRICA 




almas; i no era difícil presumir que el dia en que el descoi 
tentó de los mejicanos se hiciera sentir, el ejército españocr^^ol 
seria sofocado por las espesas masas de indios. La situa^^s-a- 
cion de la ciudad favorecia cualquier proyecto de resistencia, üa 
contra los invasores. Colocada en el centro de un espacióse^ ^so 
lago, la capital estaba comunicada por la tierra por medica *o 
de calzadas que los indios podian cortar fácilmente par^^ a 
impedir la retirada a Cortés i sus compañeros. Los caste- - ^i^ - 
llanos ademas conocian de sobra que no era el arrojo loqu^^ *e 
faltaba a aquellos indios; i habian visto por sus propio^s *s 
ojos los almacenes de armas que el emperador tenia en \h — éUi 
capital. 

Cortés comprendió perfectamente que sólo la audacia 
podia salvarlo de tan azarosa posición. Algunos de sus 
compañeros opinaron que con venia salir secretamente de h 
ciudad i situarse a las orillas del lago para tener espedit 
la retirada. Cortés propuso, sin embargo, un arbitrio mu 
clio mas atrevido. **Me pareció, dice él mismo, queconve 
nia al real servicio i a nuestra seguridad que aquel señoi^^ 
(Moctezuma) estuviese en mi poder, i no en toda su liber- 
tad, porque no mudase el propósito i voluntad quemostra-— -" 
ba, mayormente que los españoles somos algo inconi[)or 
t.'ibles e imi)ortunos, c ¡)or(|ue enojándose nos podría hace^^ ^ 
mucho daño, i tanto Cjiíe no ovicse memoria de nosotros 
según su gran poder" •'. Los mas resueltos de sus capitanes 
apovíiron esta determinación. 

Antes (le su entrada a Méjico, Cortés había sabido que 
Qualpopoca, jeneral azteca que niandíiba en las provincias 
inmediatas a la cosía liabia dado muerte a dos españoles^ -^• 
El capitán fuau de liscalantc, (jue mandaba la guarnicioirr^ ^^ 
de Veracruz. liahia nuuvhado a vengar este ultraje i en uii^^ ^^ 
combate (|ue tuvo con los mejicanos los destrozó completa-^ -' 
mente, aunque con la ¡jcrdida de siete sokUidos. Qual[)opo — - " 
ca, ademas, dio muerte a un prisionero castellano (jue ha- — ' — 



'♦ (,'arta se<íuiula de Corles, páj. S4- de la Colección de Lorenza — ' 
NA, Méjieo. 1 770. 



PARTE 8RGÜNDA.— CAPITULO IX 305 



n'a cojido, e hizo pasear su cabeza para probar que los 
lístenosos estranjeros no eran inmortales. El bizarro Es- 
alante habia muerto de resultas de sus heridas, a la vuel- 
Fi de esta campaña. 

Este suceso que recordaba a Cortés los peligros de su si- 
uacion, le dio pretesto para ejecutar el gol[)e de mano que 
enia proyectado. Una mañana (15 de noviembre de 1519), 

la hora que acostumbraba visitar a Moctezuma, se diri- 
ó al palacio de éste acompañado por cinco de sus mas 
istinguidos oficiales, dejando dada la orden de que sus 
oldados estuvieran distribuidos convenientemente par*» 
•currir al primer llamamiento. El emperador lo recibió con 
a, atención habitual; pero Cortés, tomando un tono dis- 
into del que hasta entonces habia empleado, le reprochó 
1 atentado cometido contra los españoles, pidiéndole una 
eparacion pública. Np le bastó que Moctezuma diera la 
»rden de hacer venir a la capital al jefe que habia ofendido 
L los castellanos; porque Cortés llevaba sus pretensiones 
lucho mas adelante. Pidióle en seguida que abandonara 
u palacio i fuese a vivir en medio de los españoles, como 
3 único que pudiera calmar la irritación que entre éstos 
abia producido la noticia del asesinato de sus compa" 
riotas. 

M octezuma se qtiedó frió al oir tt\T\ temeraria exijencia: 
u rostro tomó la palidez de la muerte, i sólo después de 
m instante de silencio pudo hablar con la indignación que 
* producia el ver ultrajada su dignidad. — **¿Dónde se ha 
ido decir jamas, esclamó, que un rei tan grande como yo 
laya abandonado voluntariamente su palacio para cons- 
ituirse prisionero en mano de los estranjeros? Aun que 
'o consintiese en pasar por tal vergüenza, mis subditos no 
o soportarían jamas'*. ^^ Su negativa, sin embargo, no 
ué tan firme como parecía anunciarlo su irritación. Cortés 
le. espuso que no pretendía retenerlo como prisionero, i que 



10 Fernando cíe A Iva Ixtlilxochilt Histoire des Chicheméques, 
traducido por H Ternaux-Conipans, tom. II, chap. LXXXV. 
TOMO I 20 



306 mirroKiA db AvteiCA 



sn permanencia en el cuartel español importaría sólo tt. "■ 
cambio de habitación, puesto que desde allí seguiría de^^ 
pachando los negocios del imperío. Moctezuma comenz-^i^ 
a ceder: ofreció primero entregar a sus hijos por rehene^^. 
pero la discusión se alargaba demasiado, sin que los ca^s 
tellanos lograran reducirlo. Xo era posible, sin embargos , 
Tolver atrás: los oficiales de Cortés llevaron la mano a 1^^ 
empuñadura de sus espadas, i uno de ellos, el capitán Juar^ 
Velázquez de León, diríjiéndose a Cortés, esclamó: — **¿Qu^F 
hace vuesa merced con tantas palabras? O le llevamos 
preso o le daremos de estocadas." '* Moctezuma no com. — 
prendió estas palabras; pero el aire amenazador con qu^ 
fueron acom|l!añadas, lo llenó de terror. Se dispuso seguid" 
a los castellanos; pero como creia contrarío a sn dignidad 
atravesar a pié las calles de la capital, ^* pidió su literal, 
para trasladarse al cuartel de los españoles. Los nobles 
que le servian de guardia quedaron estupefactos. En la ca— 
lie, la multitud lo vio pasar como aterrorízada a la vista, 
de un sacrílejio abominable. Sin embargo, nadie se movid 
porque Moctezuma contuvo la cólera de sus subditos que 
querísm correr a las armas. 

Los españoles conservaron al emperador las insignias 
de la soberanía, el poder absoluto para el gobierno de sos 
vasallos i el ostentoso lujo de la corte; pero desde ese mo- 
mento, Moctezuma no fué mas que el instrumento de sus 
carceleros. Autorizó a los españoles para hacer diversas 
correrías de esploracion en el interior de su imperio, i se 
prestó dócilmente a todas sus exijencias para proveerlos de 
escoltas en estas espediciones. Tal vez Cortés pensaba ya en 
adelantar los reconocimientos jeográficos i llegar hasta el 
mar que habia descubierto Balboa. 

A pesar de que trataba al emperador con todas las ma- 



11 Brrn'al Díaz del Castillo, flistoria verdadera de Ai con' 
quistíi 

12 "Jamas puso sus pies en el suelo, sino siempre llevadlo en 
hombro de señores." Acosta, Historia natural i moral de las /n- 
J/as, lib. Vil, cap. XX 11. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTTíTíO IX 307 

nifestaciones esteriores de respeto, Cortés no le ahorró 
ninguna humillación. Qualpopoca fué juzgado por los cas- 
1 l^uios en un consejo de guerra i condenado a ser quemado 
\rivo. Ps>cos momentos Antes del suplicio, entró el jeneral 
es^pañol en la habitación de Moctezuma, i después de anun- 
cíi^rle que los culpables lo acusaban a él de haber recibido 
^rden de asesinar a los castellanos, mandó a un soldado 
C| uele pusiera unos grillos que llevaba preparados. El dolor 
í 1 a desesperación que este crudo vejamen produjo en el alma 
^^"1 infortunado monarca, no se calmaron hasta que Cor- 
tas, después de la ejecución de Qualpopoca i de sus compa- 
í^ Ciras, mandó que se le quitasen las cadenas. Moctezuma, 
^vxc habría podido levantar muchos millares de hombres 
<^<^iitra ese puñado de insolentes estranjcros, dio humilde- 
í^^ ente las gracias a Cortes porque lo dejaba de nuevo en 
^ria aparente libertad. 

19. Moctezuma se reconoce vasallo del reí de Es- 
^A.NA. — La prisión de Moctezuma produjo gran sorpresa 
^»i todo el imperio. Un sobrino suyo llamado Cacamaca, 
Tue reinaba en Tezcuco no pudo reprimir su indignación 
1 Comenzó a organizar la resistencia, a pesar de las órde- 
nes del emperador con que desde su cautiverio trataba de 
evitar toda revuelta; pero traicionado por uno de sus her- 
manos, el infeliz príncipe fué retenido prisionero en el mis- 
^o cuartel en que se hallaba Moctezuma. 

Libre de todo embarazo por esta parte. Cortés llegó a 
^xijir del desgraciado emperador un último sacrificio, el 
reconocimiento espreso i formal de la soberanía de Carlos 
de Austria sobre el imperio mejicano. Moctezuma estaba 
tan abatido que no opuso resistencia alguna ^-í Todos los 
grandes del imperio fueron convocados para una especie de 



^^ box Antonio dr Solis en el cap. III del lih IV de su Historia 
^^ hi conquista (le Méjico, refiere que Moctezuma ofreció espontá- 
*^eamente este reconocimiento; pero en este punto, comoen muchos 
^trcjs, el ampuloso i retórico historiador está exi abierta contra- 
^i^^cion con los documentos i con las relaciones mas autorizadas. 



i 

808 niRTORIA DE AMÉRICA 



parlamento que tuvo lu«íar en una espaciosa sala del cii ^lt- 
tel español. Desde lo alto de su trono, Moctezuma les r'^- 
cordó las tradiciones relíjiosas que liabian atormen tríelo 
su espíritu desde el arribo de los estranjeros. '*0s ae^3 «"• 
dais, les dijo, que el dios Qiietzalcoat!, al alejarse de la t i<^' 
rra, anunció que volvería a recobrar su autoridad en merl i <^ 
de nosotros. Ha llegado el tiempo predicho: estos Hot'kt 
bres blancos vienen de los paises situados mas allá de Ict>8 
mares, i revindican para su rei el poder supremo de nue^** 
tro pais. Espero de vosotros que me deis la illtima pruet> ^ 
de sumisión. Obedeced al gran príncipe que reina en lí^»-S 
rejiones donde nace el sol, i en su ausencia al capitán qi^»^ 
él ha enviado: pagadle los tributos que me dabais i preno- 
tadles los servicios que acostumbrabais ofrecer a vuestx^^ 
soberano". 

Al terminar estas palabras, la emoción i los soll*-^* 
Z08 ahogaron su voz. A la vista de aquel espectáculo, lc:>s 
nobles no pudieron contenerlas lágrimas, i le respondieron 
que puesto que tales eran sus órdenes, ellos estaban di^" 
puestos a obecerlas. En seguida prestaron el reconocimicr ii' 
to de vasallaje con todas las solemnidades acostumbrad^^?- 
i el escribano de la espedicion levantó el acta que debia ^^* 
raitirse al rci de España. Los mismos castellanos no pud ^^' 
ron mirar serenos la triste escena de aípiel injustifical ^'^ 
despojo. "Oueríanioslo tanto a Moctezimia, (jue a no^<^^' 
tros de verle llorar se nos enternecieron los ojos, i sóida «-'^^ 
hubo que lloraba tnnto como Moctezuma; tanto era ^^ 
amor que le teníamos" ^^. 

Al reconocimiento del vasallaje se siguió la recolección ^^^ 
presentes i)ara remitir al rei de España. Los mejicanos rr^'^* 
se(|UÍaron no sólo enorm^^s cantidades de oro i plata si '•^^' 
también muchos objetos (jiie ellos consideraban sin duda '^^' 
mas valor. Cortés apartó las alhajas i adornos ([ue se cX ^^* 
tinguian ])or la belleza clcl tral)ajo, i con el resto de losi:^ '^^' 
tales ])reciosos, reunió la suma de G0(),()00 pesos de < » ''' 



1^ HEK.NAr. DÍAZ, cap. CI. 



PARTE SBGÜNDA. — CAPÍTULO IX 309 



(mas de dos millones de nuestra moneda). De ella se apar- 
taron el quinto del reí i el ^e Cortés, i la cantidad necesa- 
ria para el pago de las anticipaciones hechas en Cuba para 
el apresto de la espedicion: el resto fué repartido entre los 
oficiales i soldados. 

Cortés, entre tanto, no habia descuidado su situación mi* 
litar. Temiendo que en caso de una sublevación jeneral los 
indios cortasen las calzadas o retirasen los puentes levadi- 
zos, habia comenzado desde tiempo atrás la construcción 
de dos naves que podían facilitarle la retirada. Para no 
inspirar recelos a los mejicanos, habia referido a Moctezu- 
ma las maravillas del arte de la navegación i le habia pro- 
metido construir dos palacios que surcasen las aguas sin 
el ausilio de los remos. Hizo traer de Veracruz una parte 
de los aparejos de su escuadra, i con las maderas que abun* 
daban en las orillas del lago de Tezcuco, contruyó dos ber- 
gantines en que el mismo Moctezuma visitó, siempre acom- 
pañado de una fuerte escolta, los pueblos situados en lad 
riberas del lago. 

Hasta entonces Moctezuma se habia prestado dócilmen- 
te a todas las exijcncias de Cortés; pero cuando se trató de 
reducirlo a abandonar el culto de sus dioses, el despojado 
emperador manifestó la entereza con que habia gobernado 
a sus subditos en mejores tiempos ^^. Las representacio- 
nes de Cortés i del padre Olmedo fueron completamente 
ineficaces: Moctezuma contestaba a todo que los dioses de 
sus templos habian hecho la grandeza del imperio. Pero el 
jeneral español no pudo dominar por mas tiempo su celo 
relijioso. Seguido de sus principales oficiales. Cortés le pi- 
dió que hiciera entregar a los españoles para el ejercicio de 



lá El abate Bras3Eür dk Bourbourg en su Histoire ancicnne 
du Mtxiqutj tom. lY, páj 248, dice que Moctezuma, a petición 
de Cortés, consintió en suprimir, a lo menos temporalmente, los 
sacrificios humanos. Esta misma especie ha sido repetida por otros 
escritores, pero no he encontrado una autoridad ert los documetí- 
tos o relaciones contemporáneos de la conquista en que pueda apo- 
yarse este aserto. 



dio HISTORIA DB AMÉRICA 



de SU culto el vasto recinto del gran templo a fin de que Jpu- 
diese participar a todo el pueblo los beneficios de la relij i on 
cristiana. Moctezuma le manifestó sus temores de que el 
pueblo no tolerase la profanación de su templo con el ef <'r- 
cicio de un culto estraño; pero no pudiendo resistir por m'm. as 
tiempo a tan reiteradas exijencias, convino en que los cx^is- 
tianos erijieran un altar i colocaran la cruz en uno de I os 
dos santuarios del templo de Méjico. Los castellanos ce la- 
braron por fin una ostentosa fiesta relijiosa en el lugar (| míe 
poco antes ocupaban los ídolos mejicanos i a poca disti^ n- 
cía dfe la piedra de los sacrificios « marzo de 1520). 

Desde ese dia todo cambió de aspecto en Méjico, Moc te- 
zuma, afable hasta entonces con los castellanos, comentó 
a sustraerse a su trato, conversando sólo con los princi|j^«íi- 
les guerreros i sacerdotes del imperio. El pueblo de la ca f ji" 
tal no trató de ocultar su animosidad, exitada por el faim ^' 
tismo relijioso. El emperador llamó entonces a Cortés i ^^ 
declaró que los dioses habian hecho conocer su irritación '^ 
los sacerdote, i que pedian que los cstranjeros fueran sacm'^* 
ficados en sus altares. — **SóIo retirándoos podréis halk»-^ 
salvación, le dijo: abandonad la ciudad si en algo estima ^ ^ 
vuestras vidas**. El jcneral español conocióla gravedad d «-^*^ 
peligro; pero con una aparente sangre fria le contestó í[\m *^ 
no se negaba a dejar el pais; pero que le faltaban naves p; ^' ' 
ra hacer el viaje. En el momento, mandó avisos a la cost-^'* 
para (|uc se diera principio a la construcción de una escuíi^- 
drilla; pero Cortés no apuraba mucho este trabajo desean 
do sólo ganar tiempo para que llegasen de España los rc^ 
cursos (jue esperéiba desde julio del año anterior. 

Mientras tanto, la capital tomaba cada dia un aire nia=2S==* 
lúgubre i amenazador. Los mejicanos se preparaban ])arr 
atíicar a los invasores al mismo tiempo que éstos se dispo -"^ 
nian para la defensa. Los verdaderos peligros de la espe 
dicion de Cortés comenzaban desde entonces. T^as Síingricn 
tas batallas que habla sosteuido en Tabasco i en Tlascah 



PABTB SEGUNDA.— CAPÍTULO IX 311 

da ante los azares que le aguardaban en el resto de 
difícilísima campaña ^^. 

ique para la relación de la conquista de Méjico haya con- 
.constantemente los escritos de los contemporáneo», las 
i Cortés i las historias de Bernal Díaz i de Gomara como 
las obras de Herrera, de Torqucmada i de otros historía- 
menos nota, he tenido siempre a la vista la excelente His- 
la coni¡uista de Méjico de Pkkscott i aun el análisis que 
zo M. Michel Chkvaliek en la Revue des deux mondes del 
¡o de 1845 El lector que desee ampliar las noticias que 
éste i el siguiente capítulo puede consultar dicha obra, 
también el )¡b. V de la Historia de América ócRobert^os, 
te grande historíador ha trazado con mano maestra el 
onciso, pero lleno de animación, de verdad i de colorido de 
ista de Méjico. 



> 



CAPITULO X. 
CouquUta de HléJIco. 

(1520—1535) 

L. Espedicion de Panfilo de Narváez.— 2. Derrota de Narváez; 
vuelta de Cortés a Méjico. — 3. Combates en la ciudad; muerte 
de Moctezuma. - 4. Retirada de Méjico; noche triste.— -5. Ba- 
talla de O tumba 6. Reorganización del ejército español 

7. Nueva campaña de Hernán Cortés— 8. Sitio de Méjico.— 

O. Toma de Méjico. —10. Conquista definitiva del imperio 

11. Organización del virreinato. 12. Últimos años de Her- 
nán Cortés. ^ 

1. Espedicion de Panfilo de Narváez.— Cerca de seis 
meses habia pasado Cortés en la capital del imperio meji- 
cano cuando a fines de abril de 1520 le presentó Moctezu- 
ma unos dibujos que habia recibido de la costa por medio 
de los cuales se le anunciaba el arribo de dieciocho naves 
europeas. Al principio creyó Cortés que aquellos eran los 
refuerzos que había pedido a España en julio del año ante- 
rior, i que con ellos podria consumar la conquista; pero 
luego recibió despachos del capitán Gonzalo de Sandoval, 
sucesor de Escalante en el mando de Veracruz. Entonces 
supo el jeneral que la escuadra que los indios hablan visto 
en la costa era enviada por el gobernador de Cuba, Diego 
deVelázquez, i que en vez de llevarle socorros, iba destinada 
contra él. 



314 HISTORIA DB AMÍBRICA 

Yelázquez había sabido que Cortés, después de burlar si^ 
autoridad al partir de Cuba, habia fundado en el coutinen." 
te una colonia, i aun, pedido al rei que la constituyese ej:^ 
gobierno independiente de Yelázquez. El gobernador, qu^ 
acababa de recibir del rei la autorización para conquistad 
aquella parte de la tierra firme, no f)ensó en otra cosa qa^ 
en castigar al atrevido subalterno que después de desobe — ' 
decersus órdenes, pretendia constituirse en gobernador^ 
Velázquex formó un cuerpo de ejército, el mas formidable 
que hasta entonces se habi<i organizado en el nuevo mundo, 
compuesto de 800 infantes, 80 hombres de caballería, doce 
cañones i 1,000 indios ausiliares. Puso estas fuerzas alas 
órdenes de Panfilo de Narváez, capitán valeroso, pero pe- 
tulante i casi siempre desgraciado en sus operaciones mili- 
tares. Sus instrucciones se reducian a apoderarse de la per- 
sona de Cortés i de sus principales oficiales, remitirlos pre- 
sos a Cuba, i acabar en nombre de Yelázquez el descubri- 
miento i conquista del imperio mejicano. El gobernador, 
estimando en mas su venganza personal que los intereses 
de la corona, no quiso oir los consejas de los (|ue le reco- 
mendaban que se pusiera de acuerdo con Cortés, i lo ausi- 
liase en la atrevida empresa que habia acometido, 

Xarváez partió de Cuba en marzo de 1520. Recorrió la 
península de Yucatán, i el 23 de abril desembarcó en el 
puerto de San Juan de Uliía, en el mismo lugar adonde al* 
gunos años después fué trasladada la ciudad de Veracru^- 
Xarváez supo inmediatamente por un español (jue halló «^^ 
las inmediaciones, las hazañas de Cortés, la prisión del eCí^^ 
perador, las ri([uezas de aquel pais i la manera hábil i r^^ 
suelta como con tan escasos recursos habia logrado don^^' 
narlo. Un hombre prudente i desinteresado habría creiJ^ 
que lo ([ue convenia en a(|uellas circunstancias era transij^^ 
todas las dificultades con el atrevido conquistador. Pero ^^ 
arrogante Narváez no pensó mas ([ue en vencer a su rival ^ 
en terminar la empresa comenzada. Su primer paso fu^' 
mandar un emisario a Veracruz para pedir a Gonzalo SaH' 
doval la rendición de las fuerzas de su mando; pero este va- 



PARTE 8DGUNDA. — CAPÍTULO X 315 



nte capitán, fiel ante todo a la causa de Cortés, apresó a 
s emisarios de Narváez i los hizo marchar apresurada- 
mente a Méjico. 

Jamas se habia hallado Cortés en una situación mas em- 
,t-azosa. Parecía (|ue su buena estrella comenzaba a aban- 
• i:iarlo. Ya no eran los indios los únicos enemigos que te- 
i que combatir sino sus mismos compatriotas, mas nu- 
-rosos i mejor e(juipados que él. Narváez, por una perfi- 
X incomprensible, abrió negociaciones con Moctezuma i 
n las autoridades mejicanas, para hacerles entender que 
nia a Hbertar el pais de la dominación de Cortés. El je-- 
rol castellano, sin embargo, se condujo en esos momen- 
s con toda la enerjía i prudencia que aquel conflicto re- 
ainaba. Puso en lil^ertad a los emisarios de Narváez que 
andoval le habia remitido, i encargó al padre Olmedo 
[uií se presentase al comandante de la nueva espedicion 
para tratar de un avenimiento pacífico, i de ganarse por 
medio de obsequios i promesas a algunos de los oficiales 
recien llegados. 

La arrogancia de Narváez era demasiado grande para 
íue aceptara las proposiciones pacíficas. Por un acto pú- 
blico, hizo proclamar rebeldes i traidores a su patria a 
-ortés i a sus compañeros. Pero el sagaz capellán manejó 
on tanta finura i acierto sus relaciones con los subalter- 
'^ Narváez, que antes de separarse del campamento, ya se 
^bia ganado la voluntad i confianza de muchos oficiales. 

Cortés se decidió al fin a salir en persona a la cabeza de 
O hombres, a mediados de mayo de 1520. Dejó al capitán 
^^dro de Alvarado al mando de las tropas que quedaban 
í^ Méjico con encargo de mantener el orden en la ciudad i 
^evitarlos motivos de queja de parte de los indíjenas. 
^Ti el camino se reunió con el capitán Velázquez de León, 
.Ve mandaba un destacamento de 150 hombres, i mas ade- 
^nte se le incorporó Sandoval con las tropas que guarne- 
í an a Veracruz. A pesar de estos refuerzos, su división no 
pasaba de 250 españoles; pero tenia ademas una regular 



31 G HISTORIA DB AMJÉCRICA 



columna de indios armados de buenas lanzas, que estaban 
destinados a obrar contra la caballería enemiga. 

2. Derrota de Xarváez; vuelta de Cortés a Méjico. 
—Cortés avanzó hasta Cempoalla, donde se encontraba 
Xarváez. Durante su marcha, reiteró las proposiciones de 
paz; pero si su altivo rival se negó tenazmente a aceptar- 
las, sus oficiales en cambio se manifestaron inclinados a un 
avenimiento. Al fin, Cortés llegó hasta las orillas de un rio 
que los castellanos llamaban de las Canoas, i pudo divisíif 
en la orilla opuesta a Narváez i su ejército, i saber que h^i- 
bia puesto precio a su cabeza. Pero las lluvias de la |)rimii- 
vera, tan frecuentes en esos lugares, obligaron al arrogan- 
te Narváez a abandonar el campo i retirarse al pueblo de 
Cempoalla. 

Los soldados de Cortés estaban acostumbrados a ma- 
yores sufrimientos. Después de convenir en el plan de ata- 
que, pasaron de noche el rio con el agua hasta el cuello i 
encontraron dos centinelas de avanzada. Uno de éstos fué 
muerto a puñaladas, pero el otro consiguió escapar i co- 
rrió a difundir la alarma entre los suyos. Antes de que es- 
tos se repusieran de la sorpresa, las tro|)as de Cortés, di- 
vididas en tres cuerpos, habían caido sobre ellos. Sandoval 
se ajxxlcró de la artillería, mientras Cortés, derribando 
cuanto se le oponía a su paso, lle^ó hastíi las puertas de 
una torre o tenijjlo, donde Narváez estaba aposentado. 
Defendióse éste, sin enibarí^o, con denodado valc)r, pero he- 
rido en un ojo de una lanzíula, cayó al suelo i fue puesto 
en prisión con grillos. La batalla no se prolongó nimdio 
tiemiío mas: los soldados de Narváez, viendo preso a su 
jefe, hicieron sólo una dél)íl resistencia i pensaron en capí* 
tular Antes de amanecer todos habian depuesto las armas 
(2() (le mayo (le 1520). Tan completa victoria sólo costa- 
ba a Cortés la |)ér(li(la de dos hombres. El enemigo tuvo 
diecisiete muertos. 1^1 vencedor trató a los soldados de 
Narváez como a amigos i les permitió (pie elijieran entre 
volver a Cuba o seguir en su servicio. Kl renombre (pie Cor- 
tés se habia ganado en esta canii)aña, su conducta jeiieru- 



PARTE SBOITNDA. — CAPÍTt^LO X i\Vi 



a después de la victoria i la esperanza de hacer fortuna en 
rjuel país maravilloso, los inclinaron a alistarse bajo sus 
mderas. De este modo, Cortés se vio sin pensarlo a la ca- 
?za de un ejército de mas de mil españoles. 

Este refuerzo venia mui oportunamente. Después de su 
ctoria recibió una comunicación de Pedro de Al varado en 
ic le avisaba el peligro constante de que se hallaba rodea- 
> en Méjico. Menos prudente que el jeneral en jefe, pero 
n valeroso como él, ese capitán no habia podido tolerar 
s amagos de insurrección del pueblo de la capital i habia 
ido un golpe que debia ser de funestas consecuencias. Pa- 
L aterrorizar a la población, se aprovechó de un dia de 
-^sta solemne en el templo (mayo de 1520). rodeó todas 
:is avenidas para evitar la fuga,icargó con espada en ma- 

sobre los indios desarmados. Se computa en 600 el mi- 
nero de los señores mejicanos asesinados aquel dia ^ . El 
lerramamiento de sangre fué tal, según la pintoresca es 
)resion de un historiador, que corria por el suelo como 
^ua cuando llueve mucho. *A la matanza se siguió el sa- 
úco i la profanación del templo. 

Esta matanza enardeció el furor de los mejicanos en la 
ipital i en todo el imperio. Por todas partes se prepara- 
^n para vengarse i atacaron vigorosamente el cuartel de 
>s castellanos. 

Al recibir esta noticia. Cortés reunió apresuradamente 
is tropas i se puso en marcha precipitada para la capital, 
n Tlascala se le reunieron 2,000 guerreros ausiliares; pero 

1 pisar el territorio mejicano conoció cuanto habia cundi- 



1 OviKDO. en el cap. LÍV, lib. XXXIII de su Historia jeneral de 
s Indias, intercala un diálogo que él mismo tuvo con un caba- 
lo fie Méjico llamado Juan Cano, el cual le refirió esta matan- 
i i le fijó en 600 el número de los muertos. Véase el tom. III, 
áj. 550. Otros historiadores aumentan mucho mas el número, i 
AS Casas en su ñrevissima relación de la destruycion délas In- 
lat refiere el hecho i fija en 2,000 el número de los muertos, páj. 
II, Sevilla 1552. Las Casas refiere que muchos años después de 
. conquista los indios recordaban todavía esta horrible matanza. 



318 HISTORIA I>K AMÉRICA 



do el odio a los estranjcros. Las ciudades estaban casi de- 
siertas, la provisiones no so hallaban reunidas como en su 
viaje anterior, i si bien nadie se oponía a su marcha, s(Mo 
encontraba pí)r todas partes la soledad i el silencio. Sin 
embargo, los mejicanos, que pudieron haber cortado las 
calzadas que daban comunicación a la capital eim¡>edir 
así que el jefe español se reuniese con Alvarado, lo dejaron 
pasar tranquilamente. Cortés entró a Méjico el 24 de junio 
de 1520, a la cabeza de cerca de 1,200 españoles i de .S,000 
indios. 

8. Combates kn la cicdad; muerte de Moctezuma — 
línvanecido con el n Cimero de sus soldados, Cortés se creyó 
en situación de trabajar a cara descubierta en la realiza- 
ción de sus ambiciosos proyectos. Cuando Moctezuma sa- 
lió a recibirlo. le manifestó el jeneral español tanta frial- 
dad, que el desgraciado soberano se retiró a su aposento 
triste i abatido i cuando sus capitanes trataron de miti- 
gar su enojo. Cortés prorrumpió en imprecaciones i en 
amenazas. Algunos señores mejicanos, que entendian un 
poco la lengua española, descubrieron al pueblo los pro- 
yectos del jeneral castellano, i animaron a sus compatrio- 
tas para continuar el atacjue del cuartel. 

Kn efecto, el pueblo acudió a las armas i cayó en espo. 
sos pelotones sobre el palacio en (|ue estaban acuarteladas 
Icis tropas de Cortés. Comenzaron (jor dis|)arar nutridas 
lluvias de dardos i de piedras, i aun trataron de |)ren(lcr 
fuego al edificio desple;(an(l() en todo estd un grande arro- 
jo. La artillería, dirijida con bastante acierto, barria un 
considerable número de indios a cada descarga, pero nue- 
vos ausiliares, alentados con mayor ardor, corrian a ocu- 
par el puesto de los muertos. A ()esar del valor i de la 
habilidad (jne desplegaron los castellanos, tuvieron mu" 
clio trai)ajo para impedir que los enemigos |)eiietrasen en el 
cuartel. 

La noche ])nsc) término al combate. Al amaTiccer del si- 
guiente (lia, cuando los indios se pre|)arahan |)ara dar un 
nuevo asídto, Cortés dispuso una salidíi de sus jinetes so- 



PARTH 8BOTTNDA. — OAPÍTTTLO X 319 

^re las masas compactas de enemigos. La carnicería fué 
spantosa: los caballos arrollaban bajo sus patas los gru- 
mos de indios, mientras los jinetes disparaban formidables 
^os i reveses con sus cortantes espadas de Toledo; pero 
?^s azoteas délas casas estaban ocupadas por enemigos 
5^ualmente resueltos, que arrojaban sobre los castellanos 
►iedras i maderos. La artillería de Cortés comunicó el fuc- 
-o a algunos edificios. Los indios dejaban quemarse sus 
¿isas para atacar con nuevo furor a los españoles. Cor- 
^s, a la calDeza de los suyos, hizo prcdijios de valor. Des- 
íxies de un dia de combate, los indios se renovaban a 
SLÓa momento: i al retirarse los españoles a su cuartel, 
nuchos de ellos estaban heridos o estropeados. Cortés 
nismo habia recibido una grave herida en una mano. 

Cortés comenzaba a comprender los peligros de su situa- 
ción, i creyó que no le c|uedaba mas recurso que calmar el 
furor de los mejicanos por la mediación de Moctezuma, i 
obtener una tregua que le permitiera retirarse de la ciudad. 
El siguiente dia antes de renovarse el combate, Moctezu- 
naa, vestido con sus trajes imperiales, apareció sobre las 
murallas del cuartel. A su vista, la multitud, acostumbra- 
da a obedecerle, dejó caer las armas de las manos i dobló 
la cabeza en señal de sumisión. — **¿Venis a libertarme? les 
preguntó con el aire tranquilo de un hombre acostumbra- 
do al mando. Pero yo no soi prisionero, i si lo quiero, pue- 
do volver a mi palacio. ¿Habéis venido para arrojar a los 
españoles de la ciudad? Ellos saldrán espontáneamente 
siempre que les dejéis libre un camino. Volveos a vues- 
tros hogares, deponed las armas, mostradme que me obe- 
decéis''. 

Al oir las primeras palabras del emperador, el pueblo 
guardó un profundo silencio; pero cuando Moctezuma se 
declaró amigo de los estranjeros, se dejaron oir primero un 
Jíurmullo i después furiosas imprecaciones, que fueron se- 
guidas de demostraciones mas hostiles. Un sobrino de Moc- 
tezuma llamado Guatimocin, fué el primero, según la tra- 



820 HISTORIA DE AMlfemCA 

dicion mejicana -, que disparó una flecha sobre el int 
monarca. Tras de ésta, salió una lluvia de dardos i dc] 
dras; i Moctezuma cayó en tierra privado de sentido i ( 
tres heridas. El pueblo, aterrorizado por el sacrilejio • 
acababa de cometer, arrojó un grito de espanto i ech 
correr en todas direcciones (30 de junio de 1520). 

Los españoles llevaron a Moctezuma a su habitacic 
Cortes se apresuró a consolarlo en su aflixion.'El Emp 
dor sintió entonces todo el peso de su infortunio, i no cji 
sobrevivir a esta última afrenta. A las atenciones qn 
prodigaban los españoles, Moctezuma no rcspondia i 
palabra. Su» heridas no eran mortales, pero se arranc; 
los vendajes que le ponian i se negó obstinadamente a 
mar alimento alguno. Hasta sus últimos instantes, se 
sistió con entereza a abrazar la relijion de 1í)s castellai 
i al momento de espirar parecia recordar su pasada gi 
deza i su humillación presente. 

4. Retirada de Méjico; noche triste.— La suspens 
de armas producida por la muerte de Moctezuma fué de i 
corta duración. Las hostilidades .se renovaron en bn 
i esta vez sin esperanza íilguna de avenimiento pacíf 
El tem|)lo mayor de Méji<-*<>i situado en frente al cuarto 
los castellanos, se habia convertido en fortaleza desde d 
(le los indios lanzaban sin cesar nubes de piedras o de í 
dos. Ccirlés crevó (jue no era ])<)sil)le permanecer por r 
tieni|)() en la ciudad sin arrojar al enemigo de la ventaj 
posición (|ue ocupaba. 

Al efecto, confió cien hombres escojidns al ca|)itítn Ji 
de Escobar, i le encargó íjiie a tíjdo trance se posesión; 
(le la pirámide (|ue servia de templo a los mejicanos i ( 
truvera los adoratorios (pie oeii|)aban la plataforma su 
rior. Hsc(.bar empefií') el combate con valor, pero tres ve 

- I*. ]()si' AcosiA, íl'stifn.'i n/iturní i mornl tic I/is lnf/{íi>, 
\'II, cap X XVI.- ( )tr(»s hi^tori/uiorcs dicen (juc este sobriiu 
Mocíc/iinia, (jue hic <lcsj)iics el úliinif) eiii[)era(i(>r de Méjico, 
el jn ¡iicij)al inslÍLíador de la rei)cli<ni. 



PARTE SEGUNDA.— CAPtTUT.O X 3*21 



filé rechazado. Entonces Cortés, conociendo que la conser- 
vación de su ejército dependia del resultado de este asalto, 
se liizo atar el escudo al brazo izquierdo, cuya mano con- 
servaba herida, i se arrojó con toda audacia en medio del 
cámbate. Seguíanlo Al varado, Sandoval, Ordaz i otros es- 
fox-zados caballeros; i mientras una fila de arcabuceros 
detenia a los indios al pie de la pirámide, ellos comenzaron 
a "trepar sus escalones, arrollando a cuantos enemigos se 
les ponian delante. Una vez llegados a la plataforma, em- 
peñ aron ahí un nuevo i mas terrible combate con los sol- 
da dos que defendian los adoratorios. Dos jóvents mejica- 
nas, reconociendo a Cortés, se acercaron a él fn actitud de 
rendir las armas; pero asiéndole con gran vigor, lo lleva- 
ron hasta el borde de la elevada pirámide con intención de 
precipitarse al suelo arrastrándolo en su caida. Cortés, 
tan ájil i esforzado como valiente, luchó con ellos algunos 
instiantes, logró desasirse de sus brazos i arrojó a uno al 
precipicio hacia el cual habian querido arrastrarlo 3. Los 
españoles perdieron en este ataque 45 hombres, pero al fin 
quedaron dueños de la plataforma del templo, pusieron fue- 
gí> a los adoratorios, i arrojaron desde las alturas los ído- 
los mejicanos. 

l^a situación de los castellanos no cambió mucho después 
<Je esta costosa victoria. El combate se repitió al dia si- 
guiente con nuevo ardor, pero siempre con el mismo resul- 
tado. Cortés habia construido unas torres de madera que 
P^dian marchar por las calles cargadas de guerreros para 
haocr frente a los valerosos mejicanos que dominaban las 
^c>teas de los edificios; pero estas máquinas no alcanzaron 



^* El abate Clavijrro, Historia antigua de Méjico, tom. II, páj. 
^^X, de la traducción castellana, pone en duda este hecho, cuja 
'"^encion parece atribuir a Solis, i se burla de los historiadores 
^^Vnal i Robertsonque le han dado crédito. Sin embargo, la lucha 
^^ C2ortés con los mejicanos se encuentra consignada en Herrera, 

^'^toria ¡enera!, dec. II, lib. X, cap. ÍX i en Torqüemada, Alonar- 

f|»*^ Indiana, lib. IV, cap. LXIX. 

TOMO I 21 



L 



fi2'2 • HISTORIA DR AMtelCA 

a producir el efecto que deseaba ei jeneral español. Los in- 
dios continuaron batiéndose heroicamente, sin asustarse 
por las pérdidas que sufrían. Nuevos soldados llegaban 
cada dia de los pueblos inmediatos a reemplazar a los que 
sucumbian en las calles. 

Por fin, creyó Cortés que era necesario pensar en la 
retirada como el único arbitrio que pudiera sal var los res- 
tos de su ejército. Pero ¿cómo realizarla? Las naves, poco 
antes construidas, habian sido incendiadas; i los indios lo 
mantenian tan estrechamente sitiado que parecia mui di- 
fícil abrirse paso para llegar hasta las calzadas que comu- 
nicaban la ciudad con la tierra firme. Cortés se decidió a 
arriesgarlo todo, i preparó su salida para la noche del 1' 
de julio de 1520. Una superstición de los mejicanos les prohi- 
bia empeñar combate durante la noche. 

La ciudad de Méjico estaba situada, como ya hemos di- 
cho, en el lago de Tezcuco, pero no mui distante de la ril)e- 
ra occidental. Tres magníficas calzadas le servian de comu- 
nicación con las tierras inmediatas. Estas calzadas eran 
formadas de varios cuerpos comunicados entre sí por puen- 
tes levadizos para dar paso a las aguas. La del sur, por 
donde había entrado Cortés, i la del norte, eran demasiado 
largas para que sirvieran en una retirada. Cortés elijió la 
tercera ([ue conducia al occidente hasta la ciudad de Tlaco- 
pan, o Tacuba, como dicen los españoles, para efectuar su 
salida *. Aunque ésta era la ([ue estaba mas apartada del 
camino de Tlascala i del mar. Cortés la prefería también 



^ En 1524 se imprimió en Xürenberg nna traducción latina de 
la segunda i tercera carta de Cortés con una lámina que represen- 
ta el plano de la antigua ciudad de Méjico toscamente dibujado, 
pero que da una idea mui exacta de su topografía. Esa misma 
lámina ha sido reproducida f)orun historiador moderno. Mr. Help?. 
en el secundo tomo de su obra titulada, The Spanish cnjjquc'it nt 
Amcricn. Otro nia|)a mas imperfecto ha sido publicado por Raiuii- 
sio en el tomo I II de sin^ Saviníitioni, páj. 308, Venecia 1556. Kn 
la traducción castellana de Clavijero (Londres 1826) hai al«íunaí5 
láminas (pie dan una idea a[iro.\imativa de la ciudad. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO X 323 

porque por esta misma razón los mejicanos se habian des- 
ciüdado de hacerdestrozosen ella. Cortés dividió sus tropas 
eu tres cuerpos. Sandoval mandaba la vanguardia; él iba 
en el centro con los misioneros, la artillería i un puente vo- 
lante de madera para salvar las cortaduras; i Alvarado i 
Veláz(]uez de León cerraban la marcha. Los castellanos 
avanzaron tranquilamente hasta la primera cortadura de 
la calzada. 

Creyendo que el enemigo no había percibido su retirada, 
Cortés mandó tender el puente sobre la primera cortadura 
i dispuso el paso délos caballos i de los cañones. De repente, 
t\ lago se cubrió de canoas: de todas partes caian piedras 
i flechas, i los indio<i se precipitaban sobre sus enemigos con 
un furioso arrojo. El puente de madera se sumió de tal mo- 
do con el peso de la artillería, que no fué posible arrancarlo 
del barro; i aunque los españoles continuaron retirándose 
:on su habitual valor, la oscuridad de la noche, la estrechez 
ie la calzada, así como la audacia i el número délos indios, 
ntrodujeron la confusión. Los tres cuerpos españoles se 
Tallaron casi cortados i sin poder ausiliarse. Los soldados 
comenzaron a ceder; i en medio del desorden que se hizo je- 
leral, los amigos i los enemigos se encontraron confundidos, 
5!n poder distinguirse unos a otros i recibiendo golpes de 
todas partes. 

La vanguardia logró pasar las últimas cortaduras, i tras 
de ella, la división de Cortés. Perdiendo en los fosos los 
cañones i bagajes atravesando sobre montones de cadáveres, 
alcanzó a llegar hasta la ribera opuesta, dejando en el ca- 
mino a muchos de los suyos. El jeneral formó en la orilla a 
os soldados que habian llegado salvos, i volvió de nuevo a 
a calzada para protejer la marcha de su tercera división. 
De este modo, rescató a algunos soldados; pero el resto 
labia sido oprimido por la multitud o pereció ahogado en 
ú lago. Los jefes de la retaguardia se hallaron cortados: 
V^elázquez de León sucumbió nlentando a las suyos, i el in- 
trépido Alvarado, perseguido por todas partes, pasó de un 
salto la última cortadura i llegó sano i salvo a reunirse con 



324 HISTORIA DB AMÉRICA 

Cortés. En medio dtr la confusión, loscastelianos oían desde 
la ribera las im|)recaciones i lamentos de sus compatriotas 
que haljian caido prisioneros, i que eran destinados a la 
piedra de los sacrificios. 

La luz del dia alumbró los itltimos incidentes de este 
terrible combíite. Los castellanos, rendidos de cansancio i 
de fatiga i cubiertos de heridas, continuaron su retirada. 
Cortés, al verlos desfilar en un estado tan desascroso i al 
notar la falta de tantos compañeros, secubrió el rostro con 
las manos i prorrumpió en llanto. Aquella noche de angus- 
tias i de dolor, que la historia ha conservado con el poético 
nombre de noche triste, costaba a los españoles la pérdida 
de la mitad de sus tropas i de mas de 2,000 ausiliares tlas- 
caltecas •'*. Perdieron ademas muchos caballos, casi toda su 
artillería, las municiones i los bagajes; pero por fortuna, 
muchos de los mas esforzados capitanes i los intérpretes de 
la espedicion, doña Marina i Aguilar, se habian salvado, 
así como muchos otros hombres que eran de grande utilidad 
para la reorganización del ejército. 

5. Batalla de Otümba.— Los mejicanos quedaron en 
la ciudad después de su triunfo ocupados en sepultar los 
cadáveres, entre los cuales hallaron los de un hijo i dos 
hijas del infeliz Moctezuma. El restablecimiento del orden, 
el sacrificio de los ])risi()ncr()s i las otras atenciones de i\^^ 
se veiaii rodeados, les impidieron perseguir n foscastellan^^ 
en los dos primeros (lias (juc se siguieron a su triunfo. 

Cortés, mientras tanto, atendía al cuidado de sus hei'^' 
dos, i se prei)arabíi para seguir su retirada hasta Tlascal^' 
donde esperaba rehacer su ejército. Emprendió la marcl"»*^ 
de noche, dando vuelta al lago de Tezcuco por el lado c3*^ 
norte, que era mucho menos ])ol)lado. Los castellanos i st^- 
aliad(js marchaban casi sin detenerse, constantemente hc^^ 



'» Los historiadores varían nuicho en el cómputo de los mnert<^^- 
en esta fatal jornada. Cortés liaMa solo de 130 españoles í 2,U<^*^ 
indios: j)ero Oviedo, aj)oyándose en la autoridad de Juan Can^^ 
cl«/va el eáUulo a 770 esj)añoles i .S,00() indios. La opinión niSi^ 
aee|)tal)le es la íjue tija en 4-00 d niiniero de castellanos muertos. 



PARTB 8KGUNDA. — ^CAPÍTÜLO X 325 

ilizados por los indio?. Desde las alturas de los cerros 
isparahan sobre los españoles, piedras i saetas i muchas 
eces se atrevieron a atacarlos por los flancos i aun de 
rente profiriendo las mas insolentes amenazas. **Andad de 
)risa, decian, que pronto nos encontraremos donde no po- 
lais huir de nosotros". Los pueblos por donde tenian que 
itravesar se hallaban desiertos. Les faltaron los víveres 
lasta el punto que la carne de los caballos que morian 
legó a ser un bocado* mui apetecido. Los españoles, ren- 
lidos de cansancio i de fatiga, parecian mirar la vida con 
grande indiferencia. Sólo Cortes conservaba su natural 
nerjía en esos dias de desesperación i de desaliento. Mién- 
ras sus compañeros se sentian desfallecer, él tomaba sus 
lisposiciones con gran resolución, cuidaba a los heridos i 
nantenia la esperanza de sus quebrantadas tropas. 

El sétimo día de marcha, los españoles llegaron a unas 
ilturas que dominaban las vastas llanuras de Otompan, u 
)tumba, como escriben los castellanos, por donde Cortés 
lebia pasar necesariamente. En cuanto abarcaba la vista 
lo se divisaba otra cosa que espesos pelotones de soldados 
nejicanos dispuestos a disputar el paso. Los historiadores 
omputan en 200,000 el número de indios que aguardaban 
lili a los últimos restos del ejército de Cortés, agobiados 
)or el hambre i la fatiga de tan penosa marcha, i despro- 
istos ahora de las armas de fuego que constituian su prin- 
'pal ventaja sobre los mejicanos. Al comparar sus tropas 
>n las que tenia en frente, el jeneral español creyó que ha- 
a. llegado su última hora. 

Su corazón, sin embargo, no decayó. Reunió a los suyos; 
idvirtiéndoles la necesidad en que se hallaban de vencer 
cié sucumbir, se precipitó en medio de las masas enemigas, 
iiique los mejicanos lo aguardaban con firme resolución, 

superioridad de la disciplina i el empuje irresistible de 
3 españoles, rompieron la primera línea enemiga. Mién- 
£Xs el primer cuerpo mejicano se dispersaba, se presentó 
-ro, i fué necesario empeñar nueva batalla. Esto mismo se 
'pitió durante medio dia: i los castellanos que veian reno- 



326 HISTOEIA DB AMáRICA 



varse los cuerpos, cada vez que los creían derrotados, se 
sentían próximos a desfallecer, cuando el jeneral distinguió 
a lo lejos un grupo de guerreros ricamente vestidos que 
rodeaban una anda en que era llevado Cihuacaltzin, el je- 
neral en jefe de los mejicanos, con el estandarte del ejército 6. 
Recordando la idea supersticiosa que los indios tenian de 
este signo, reunió algunos de sus oficiales, i aunque herido 
en la cabeza i en un brazo, se lanzó en su caballo al ataque, 
echando por tierra cuanto se le presentaba hasta llegar 
delante del jeneral enemigo. De una lanzada, lo derribó al 
sudo, i uno de sus compañeros, Juan de Salamanca, sal- 
tando de su caballo cortó a éste la cabeza i se apoderó del 
estandarte. El terror se estendió en el ejército enemigo al 
notar la falta de su jefe i la pérdida del símbolo sagrado 
que guiaba a los mejicanos al combate. Los grupos de in- 
dios comenzaron a desbandarse por las alturas inmediatas, 
mientras los soldados de Cortés, así indios como españo- 
les, mui fatigados para poderlos perseguir por largo tiem- 
po, recojian en el campo de batalla el rico botin que dejaban 
abandonado los fujitivos (8 de julio de 1520). El dia si- 
guiente los españoles entraron al territorio de la repúbli* 
ca aliada de TI aséala. 

6. Reorganización del ejército español.— Los espa- 
ñoles necesitaban de algún tiempo de descanso para curar 
sus heridos i reponerse de tantos sufrimientos. Felizmente los 
tlascaltecas, animados por su odio a los mejicanos i ¡)or el 
deseo de vengar a sus compatriotas muertos en la capital 
del imperio, recibieron a Cortés i a pus compañeros con 
gran cordialidad. Allí supieron que algunos destacamentos 
castellanos habian sido destrozados; pero esta noticia no 
los desalentó. Cortés contaba todavía con los soldados de 
guarnición en Veracruz i con la alianza de Cempoalla i de 
los otros pueblos de la costa, i no desesperaba de ponerse 



t> Véase lo que acerca de los estandartes mejicanos hemos dicho 
en la parte primera, cap. II, § 7. El estandíirte tomado en Otum- 
ba era el de la ciudad de Méjico. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO X 327 

en estado de tomar de nuevo la ofensiva. Su primer cui- 
dado fué asegurarse la conservación de la alianza de los 
tlascaltecas, estrechand<^ hábilmente sus amistosas reía 
ciones. Hizo trasportar en seguida algunas piezas de arti- 
llería i muchas municiones dejadas por él en Veracruz, i 
despachó cuatro naves de la escuadra de Narváez para 
atraer algunos aventureros de las islas Española i Jamai- 
ca i para comprar caballos i municionesL de guerra. Con- 
venciílade que no podria tomar a Méjico si no se posesio- 
naba del lago, dio la orden de preparar en las montañas 
vecinas la madera necesaria para la construcción de doce 
buques que pudiesen ser trasportados en trozos a las ori- 
llas del lago. 

Los anteriores descalabros, con todo, produjeron entre 
sus soldados los primeros jérmenes del descontento. Los 
compañeros de Narváez estaban convencidos que la ei^ipre- 
sa que había acometido Cortés ofrecíalos mayores peligros; 
i al verlo disponerse para niarchar de nuevo sobre Méjico, 
comenzaron a murmurar i a pedir su vuelta a Cuba donde 
disfrutaban de una segura paz. Cortés supo acallar estas 
quejas; i para poner término a la ociosidad, que siempre 
era el oríjen de esos disturbios, organizó una espediciou 
contra los pueblos de Tepeaca, que poco^ntes habían des- 
truido un destacamento español. El jeneral dirijió las ope 
raciones por sí mismo, vengó el agravio inferido a sus sol- 
dados, i después de fundar un pueblo con el nombre de Se- 
gura de la Frontera, volvió a Tlascala cargado de despo- 
jos que repartió jenerosamente con sus fieles aliados. 

La fortuna, tanto tiempo esquiva con Cortés, comenza 
ba a dispensarle de nuevo sus favores. Velásquez, el gober- 
nador de Cuba, considerando -seguro el triunfo de la espe- 
diciou de Narváez, envió dos pequeñas embarcaciones con 
un refuerzo de hombres i de municiones de guerra. El ofi- 
cial a quien Cortés había encargado que guarneciera la 
costa, permitió deseml)arcar a los recién llegados, i apode- 
rándose de las naves, redujo a atjucUos a marchar a Tlas- 
cala a juntarse con el ejército de Cortés. 



328 ilISTOKIA DB AMÉRICA 

Por ese mismo tiempo, Francisco de Garia, gobernador 
de Jamaica, había equipado tres naves para fundar una 
colonia en la costa do Panuco, al norte de Veracruz; pero 
atacadas éstas por los indios con singular furor, se vieron 
obligadas a buscar un amparo en la colonia de Cortés. La 
tempestad habia destruido a una de ellas; pero las otras 
dos llegaron felizmente a Veracruz; i sus tripulaciones, aun- 
que disminuidas por el combate contra los indios en Panu- 
co, tomaron servicio en el ejército de Cortés. Poco después 
llegó a aquellas costas otra nave cargada de municiones 
de guerrgí^ que venia mandada por algunos comerciantes de 
España para vender a los aventureros del Nuevo Mundo. 
El jeneral español hizo comprar el cargamento i el buque, 
i su tripulación, arrastrada sin duda por las maravillosas 
hazañas de Cortés i la riqueza de aquel pais, de que oian 
hablar en la costa, resolvió seguir la suerte de sus compa- 
triotas. 

Antes de emprender una nueva campaña, Cortés escribió 
en Segura de la Frontera la segunda carta de relación que 
dirijió al rei, i la firmó con fecha 30 de octubre de 1520. En 
esa carta le daba cuenta de todos los sucesos notables de la 
espedicion, i le trazaba el halagüeño cuadro de un imperio 
poderoso, cuajado de riquezas de todo jénero que estaba a 
punto de conquistar con tan escasos recursos i con tan 
grandes sacrificios. La primera carta de Cortés, escrita en 
Veracruz en Julio de 1519, no liabia llamado la atención de 
nadie en España: el rei Carlos de Austria recibió los presen- 
tes de que iba acompañada, pero se descuidó de prestarle los 
ausilios que reclamaba Cortés ])ara consumar tan grandio- 
sa empresa. El obispo de IJúrgos, Juan Rodríguez de Fon- 
seca, el enemigo constante de Colon i de Balboa, se pronun- 
ció también contra el Gran Cortés, i puso obstáculos a los 
trabajos de los comisionados de éste para enganchar jente 
con que marchar en su socorro. La segunda carta de Cor- 
tés iba a cambiar en admiración la indiferencia con (jueal 
princi[)io se miraron sus hazañas. Los sabios iban a co- 
n(K-cr que entre los salvajes americanos se habia levan- 



PARTM SEGUNDA. — CAPItULO X 329 



tado un grande imperio, centro de una civilización mui 
orijinal, pero también mui adelantada; i la España entera 
debia saber que en las remotas rejiones de occidente se alza- 
ba un jeneral rival digno de los mas grandes capitanes de 
la Europa. La carta de Cortés, escrita en los campamentos 
i firmada talvez sobre un tambor, revelaba no sólo un mili- 
tar valiente i esperimentado i un hábil político sino un 
grande escritor, lleno de sagacidad, que trazaba con conci- 
sión i elegancia el cuadro animado de las campañas milita- 
res, i del carácter i situación de los pueblos esplorados. 

A mediados de diciembre ele 1520, Cortés tenia su ejér' 
cito dispuesto para entrar en campaña. Habia permitido 
que volvieran a la costa los soldados de Narváez que no 
quisieran acompañarlo. Separados éstos, el ejército secom- 
ponia de 550 infantes de los cuales sólo 80 tenian armas de 
fuego, 40 jinetes i nueve cañones. Este reducido ejército es- 
taba reforzado con un cuerpo de 10,000 tlascaltecas i otros 
indios, i un considerable número de tamanes o cargadores 
para el trasporte de los bagajes. El 28 de diciembre de 
1520, Cortés se puso en marcha para Méjico. Los prime- 
ros dias de su viaje fueron completamente felices: sus victo- 
rias en la última campaña de Tepeaca i el famoso triunfo 
Je Otumba habian restablecido su crédito de gran capitán. 
En los pueblos por donde pasaba era recibido casi en triun- 
fo, i obsequiado con los donativos i presentes de sus habi- 
tantes. 

7. Nueva campaña de Hernán Cortés.— Después de la 
muerte de Moctezuma, los principales señores mejicanos, a 
[juienes correspondía hacer la elección del emperador, ele- 
i'aron al trono a un hermano suyo llamado Cuitlahuatzin, 
jue desplegó en el gobierno una grande enerjía para recha- 
zar de la capital a los estranjeros i para perseguirlos en su 
jcnosa retirada. El nuevo emperador hizo mas todavía 
íontra los españoles: entabló negociaciones con los tlascal- 
:ecas para inducirlos a romper la alianza que los ligaba 
:on Cortés; i fué necesaria toda la habilidad de éste para 
mpcdir tan funesto resultado. 



830 HISTORIA DE AMÉRICA 



Mientras tanto, las viruelas, epidemia desconocida en 
América, hahian sido llevadas a Méjico por un negro de la 
espedicion de Narváez. MilUires de indios morian todos los 
dias; i el emperador Cuitlahuatzin, atacado por la peste, 
sucumbió después de un reinado de cuarenta i siete dias El 
rei o señor de Tacuba fué arrastrado también por la misma 
peste ' 

Los mejicanos elevaron entonces al imperio a Quaulite- 
moc, mas conocido con el nombre de Guatimocin que le dan 
los historiadores españoles, valiente guerrero de veinticua- 
tro años que se habia distinguido mucho en los combates 
que tuvieron lugar en la capital. 

Al entrar en el territorio enemigo, Cortés encontró por 
todas partes disposiciones hostiles; pero sus tropas se bur- 
laron de todos los obstáculos; i el 31 de diciembre de 1520 
se apoderaron de la importante ciudad deTezciico, situada 
en la ribera oriental del lago en que se levantaba la capital 
del imperio mejicano. Allí, Cortés dio principio a las opera- 
ciones, ocupándose particularmente en ganarse la voluntad 
de algunas poblaciones vecinas, en someter por la fuerza a 
otras i en fomentar hábilmente los jérmcnes de división que 
existian en el imperio. 

Durante este tiempo, taml^ien, la suerte de líi espedicion 
estuvo en un gran peligro. Hal)ian quedado en el ejército 
castellano algunos soldados de Narváez que profesaban a 
Cortés un odio profundo, i (jue sólo ])ensaban en volverse 
a Cuba. Como no era ])osiblc conseguir un cambio en las 
determinaciones del jeneral, los descontentos tramaron una 
conspiración para asesinarlo i nombrar en su reemplazo 
un jefe de su amaño. Cortés descubrió el |)royecto la víspe- 
ra de ponerse en ejecución, i apresó personalmente al princi- 
pal instigadíír, Antonio Villcfaña, soldado oscuro, i lo 
mandó procesar. Las pruebas de su crimen existian en un 



^ FKRN».Nn() i)K Ai.VA Iti.ixochilt, Histnirc dc^ Chicltimcijucs, 
parte II, cap. IX, toni. II, páj. 263, traducción de Tcrnaux-Coni- 
pans. 



PAKTB SEGUNDA- — CAPÍTULO X 331 

acta firmada por los principales conjurados. El jeneral, sin 
embargo, se desentendió del crimen de todos los demás: só- 
lo Villeraña fué sentenciado a la penia de horca i ejecutado 
en la puerta de su casa. 

En ese mismo tiempo, Cortés trabajaba principalmente 
ocupado en la construcción de sus naves. Un destacamento 
de 200 españoles i de muchos indios ausiliares, bajo el 
rnando del intrépido Sandoval, fué encargado de dirijir la 
<^onduccion de la madera cortada i preparada en Tlascala, 
i del velamen, jarcia i ferretería trasportados de Veracruz. 
Ocho mil tamanes fueron ocupados en el carguío de esos 
itnateriales; i los tlascaltecas los hicieron acompañar por 
15,000 guerreros para ausiliar a Sandoval en la marcha, i 
poner el convoi a cubierto de cualquier ataque. En Tezcuco, 
en las orillas de un riachuelo que va a perderse en el lago, 
los carpinteros de Cortés, ayudados de un gran número de 
indios, que se ocupaban sobre todo de profundizar el cauce 
del riachuelo, armaron las naves; i el 28 de abril de 1521, 
las arrojaron al agua en medio de una gran fiesta militar i 
de las ceremonias relijiosas con que se celebraba su bendi- 
ción. Era aquel un espectáculo nuevo para los indios, que 
llenos de admiración veian la escuadrilla española surcar 
sobre las tersas aguas del lago. Los castellanos mismos es- 
taban maravillados al contemplar cuánto podia el injenio 
i la voluntad de su ilustre capitán; i los historiadores, al 
referir esta portentosa hazaña, no han podido dispensarse 
de tributar a Cortés las mayores alabanzas. El cronista 
Oviedo, mui parco en elojios, advierte que la proeza de Cor- 
tés al construir i trasportar sus naves de una gran distan- 
cia i por caminos casi intransitables, oscurece las famosas 
hazañas de Sesóstris. La historia, en efecto, no recuerda 
mas que un hecho que pueda competir con la gloriosa ac- 
ción de Cortés, i ese tuvo lugar también en el Nuevo Mun- 
do cuando el hábil e infatigable Balboa trasportó de las 
orillas del Océano Atlántico, las naves con que se proponia 
reconocer el Mar del Sur. 
Cuando Cortés se preparaba para estrechar el sitio de la 



332 HISTORIA DB AMRRICA 



capital del imperio, recibió un ausilio inesperado. LlegaroJ 
a Veracruz tres naves con 200 soldados, 80 caballos, do 
cañones i gran cantidad de armas i municiones ^ . Corté 
los incorporó a su ejército. 

8. Sitio de Méjico. — Cortés contaba, merced a estos di 
versos ausilios, con un ejército compuesto de 86 jinetes i d* 
918 infantes, de los cuales 120 tenian armas de fuego, 
con numerosas tropas ausiliares que alcanzaron mas ade 
lante a la enorme cifra de 150,000 hombres. Su artillería 
consistía en tres cañones de sitio i quince piezas de campa 
ña. Dividió su ejército en tres grandes cuerpos, a las órde 
nes de sus mejores capitanes para atacar la ciudad por lai 
tres grandes calzadas que le servian de comunicación cor 
la tierra firme, Sandoval mandaba el ataque por la calza 
da del norte; Pedro de Alvarado por la de Tacuba, la mis 
ma por donde se habian retirado los españoles en la nocln 
triste; i Cristóbal de Olid por la del sur. Estos dos últimoí 
comenzaron las operaciones por destruir el acueducto qu( 
suministraba agua a la ciudad, pues la de aquel lago en 
salobre. Hernán Cortés se reservó para sí la dirección d< 
las operaciones i el mando inmediato de la escuadra. Loi 
pueblos de los alrededores del lago, que no habian caido cr 
poder de los españoles, estaban desiertos: sus habitantes 
se habian refujiado en la capital, donde Guatimocin habií 
reunido las principales fuerzas de su imperio. 

Guatimocin dirijió su primer ;:^olpe contra las naves d< 
Cortés. Reunió al efecto un número inmenso de canoas cor 
que casi cubrió la superficie del lago, i dispuso el atacjue (1( 
las embarcaciones. Difícil parecia resistir al abordaje tl< 
tan numerosos enemigos; pero Cortés mandó desplegar la* 
velas (le sus naves; i em|)uja(las éstas por una suave hri 



^ No se sabe con fijeza de dónde venia este S'^^orro. Cortés ei 
su carta tercera de relación (pnj 21<) de la Colección citada de Lo 
KKNZ NA 1 da cuenta de él, pero no dice de dónde habia ido. Hkr- 
NAL DÍAZ (cap. CVIIL) dice que híihia ido de Castilla. Creemos 
mas bien (jue serian los ausilios que en 1520 piílió Cortés a la isla 
española. 



PARTE SEGUNDA.— CAPITULO X 333 

sa, echaron a pique cuantas canoas se presentaban delan- 
te, i entonces los castellanos dispersaron las demás a ca- 
ñonazos con gran pérdida de los indios. Este primer ensa- 
yo de las naves aseguró a Cortés el dominio del lago. 

El sitio comenzó el 30 de mayo de 1521, i se continuó du- 
rante un mes sin grandes resultados. En el dia los españo- 
les penetraban hasta el recinto de la ciudad: después de en- 
carnizados combates, se apoderaban de los puentes, relle- 
naban los fosóse incendiaban los edificios. Los mejicanos, 
que manifestaron en la defensa tanto arrojo corao los es- 
pañoles en el ataque, construian en la noche nuevas trin- 
cheras i abrian nuevos fosos. Los combates se sucedían a 
los combates: los sitiados parecian resueltos a sufrirlo to- 
do, mientras los castellanos, que habian esperimentado al- 
gunas pérdidas de muertos i heridos, parecian cansarse de 
la prolongación del sitio. 

Disgustado de tantos i tan inútiles esfuerzos, Cortés se 
resolvió a dar un ataque decisivo. Se puso él mismo a la 
cabeza de la división que operaba por el sur, i mandó a los 
jefes de las otras que emprendieran un ataque jeneral. En 
el primer momento, nada pudo resistir al empuje de los 
castellanos; i las tres divisiones avanzaron al interior de 
I<'^ ciudad sin grandes dificultades. Desgraciadamente, los 
oficiales encargados de cubrir los fosos a la retaguardia 
del ejército para facilitar su retirada, descuidaron este en- 
^'irgo, i dieron lugar a que el enemigo les preparase un gol- 
P^ terrible. Guatimocin mandó que sus soldados cedieran 
Wcilmente el terreno que ocupaban, i dispuso que nuevas 
^'"opas atacaran de improviso a los castellanos por la es- 
palda. A una señal dada por los sacerdotes desde la cima 
^^1 templo mayor, desde donde dominaban el combate, los 
^*^dios acudieron de tropel por las callejuelas atravesadas i 
^^rgaron con furor estraordinaiio sobre los asaltantes. El 
^^mbate fué entonces mas terrible i encarnizado que nunca. 
^^*^^s españoles tuvieron que hacer esfuerzos sobrehumanos 
P'^ra retirarse. Cortés mismo estuvo a punto de sucumbir; 
P^ro reconocido por los indios, el empeño de éstos se redu- 



334 HISTORIA DE AMÉRICA 



]'(» a tomarlo prisionero para sacrificarlo en el templo. A 
íjunos de sus compañeros pudieron rescatarlo con ^randt 
dificultades. Al llegar a sus cuarteles, notaron que le fa 
taban mas de 60 españoles i muchos indios, i reconociera 
con el mas profunda dolor (pie cerca de 40 de aquellos lu 
bian quedado vivos entre los enemigos. 

Mientras los castellanos lamentaban las desgracias i 
aquella triste jornada, los mejicanos, orgullosos con s 
triunfo, se entregaban a la alegría i preparaban la horr 
ble fiesta con que celebraban sus victorias. En medio de 1 
noche i a la luz de los fuegos que ardian en el temph> m; 
yor, los españoles vieron distintamente que una larga pn 
cesión iba subiendo la escalera de la pirámide en (¡ue est; 
ban los adoratorios. Entre los indios (jue formaban lac( 
mitiva, distinguieron los castellanos a algunos hombn 
desnudos, i que por el color de la piel, reconocieron queeríi 
sus compatriotas. Los sacerdotes los obligaban a danzí 
delante de los ídolos en cuyo honor iban a ser inmolado 
Los soldados que ocupal>an los cuarteles inmediatos a T; 
cuba, i que por tanto eran los que estaban mas próximos 
la capital, oian los gritos de las víctimas i creiaii recon<>c< 
en la voz a cada uno de sus compañeros. Fácil es conipreí 
dcr la amargura cpie acjuel espectáculo debia producirle 
Bernal Díaz, testigo de ri(piclla horrible escena, dice C(»n s 
natural injenuidad, que desde esa noche nunca se acercó 
los indios en los combates sin un soni])río terror. 

Al (lia siguiente se renovó la lucha. Los mejicanos oste 
taban como trofeos las cabezas de los españoles muertí 
en el Sc'icrificio, i se |)resen taban orgullosos i ( ontentos ii 
sólo con su triunfo sino también con un vaticinio de si 
sacerdotes por el cual sabian (pie sus enemigos serian de 
trozados antes de ocho (lias. Este anuncio lleg(') en l)reve, 
campo (le los sitiadores, i produjo entre los indios auxili; 
res la mayor consternación. Anuípie císLos hubieran abr; 
zado en apariencia la relijion cristiana, c(jnservaban toil. 
vía las preocupaciones de los mejicano-; i creian en U 
pron(')sticos (pie hacian sus saccniotes después de un soleii 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO X 335 

ne sacrificio. Los soldados indios se desbandaban del cam- 
pü mentó durante la noche para sustraerse a las desgracias 
de que creían amenazado al ejército español. Su situación 
comenzaba a ser mui angustiada. 

Sólo Cortés no se espantó con esta deserción. No pu- 
diendo renovar los ataques a la plaza sitiada, redobló la 
vijilancia por medio de sus naves i estrechó el bloqueo de 
modo que el hambre comenzó a hacerse sentir en Méjico. 
A.sf pasaron los ocho días que habían dado de plazo los 
SR.oerdotes para la destrucción de los españoles; i como el 
Víi^ticinio no se cumplia, los aliados de Cortés comenzaron 
a ^volver a sus cuarteles. La confianza de éstos en el jeneral 
C5^ stellano fué mucho mayor desde ese dia. 

S. Toma de Méjico. — Cortés se convenció de que no 
podría tomar la ciudad por asalto. Empezó entonces a qui- 
tsLT al enemigo casa por casa, arrasando a los edificios a 
iriodida que avanzaba en su empresa, i rellenando los cana- 
les con los escombros. "Tomé, dice él mismo, un medio para 
nxa^stra seguridad i para poder mas estrechar a nuestros 
enemigos, i fué que cómo fuésemos ganando por las calles 
do la ciudad, fuesen derrocando todas las casas de ellas de 
tiri lado i del otro; por manera que no fuésemos un paso 
a^< leíante sin dejar todo asolado, i lo que era agua hacerlo 
tiorra firme, aunque hubiera toda la dilación que se pudiera 
seguir'' 9. 

Este sistema de guerra importaba la destrucción com- 
pleta de la capital. Cortés hubiera querido impedir esto, i 
axin hizo proposiciones al emperador para obtener su 
rendición; pero Guatímocin, que veía a los españoles ade- 
l^intar poco a poco en el recinto de la capital, al mismo 
tiempo que formaban un terreno sólido i llano para hacer 
evolucionar sus tropas, i que sufría en el recinto de la pla- 
^' A los horribles estragos del hambre i de las enfermedades 
^^e ella producía, se negó a todo trance a entrar en capí- 



^ Carta tercera <le Cortés, páj. 279 de la Colección de Lo- 

*HK2aNA. 



i 



336 HISTORIA DE AMÉRICA 



tulaciones. Inútil era que ei jeneral castellano pidiese sol 
el reconocimiento de la soberanía del rei de España, pro 
metiendo en cambio respetar las personas, las pro|)iedade 
i los derechos políticos de los mejicanos, porque Guatimc 
cin parecia resuelto a soportarlo todo i rechazaba con de* 
den las proposiciones de paz. Cortés dio la orden de que s 
tratara con la mayor humanidad a los desgraciados indio 
a quienes el hambre obligase a salir de la capital; pero mu 
pocos llegaron al campo castellano: preferian morir ante 
que implorar piedad del enemigo. 

El cerco de la ciudad se estrechaba cada dia. Los espa 
ñoles sólo habian dejado al enemigo la posesión de uno d' 
los barrios de Méjico; i la falta de víveres i de agua así co 
mo las enfermedades reducian considerablemente el mimen 
de sus habitantes. **Xo podíamos andar, dice imo de lo 
soldados españoles, sino entre cuerpos i cabezas de indio 
muertos" *^. En efecto, los defensores de la ciudad no for 
maban ya un ejército sino un grupo de indios hambriento! 
i enfermos acampados sobre montones de cadáveres en pu 
trefaccion. Pero en medio de tamaños sufrimientos, los nie 
jicanos se negaban todavía a tratar. Cortes intentó varia 
veces entrar en negociaciones, pero siempre fueron ésta 
desechadas. En una ocasión maiuló cerca de (iiiatimoci 
un indio principal (¡ue habia tomado prisionero; '*i C(^nio I 
llevaron delante de su señor i él le comenzó a hablar sohr 
\ci paz, diz que luego le mandó matar i sacrificar" ^K 

Tan inútil i tenaz resistencia deterniinó, por fin, a Cortu 
a disponer el asalto de los últimos atrincheramientos de K^ 
mejicanos. Sin embargo, el combate duró dos dias ¡12 i 1 
de agosto de 1521). Los españoles se precipitaron sobre e 
último asilo de los sitiados. Envueltos por todas partes 
atacados con un furor estraordinario i debilitados por c 
hambre i his fatigas, los mejicanos apenas podian rcsistii 



i<> Hkkv.ví. Díxz Iíist(tri/i vcrdiulcni, ctc , ca[). CLVI. 

n Carta tercera de Cortés, páj. 21K5 en la Colección de Lokk>¿ 

ZANA. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO X 387 

El combate fué mas bien una matanza: Cortés había encar- 
rilado a sus soldados que perdonasen a los rendidos i que 
evitasen la inútil efusión de sangre; pero los feroces tlas- 
cal tecas, despreciando esta orden, asesinaban inhumana- 
inente a cuantos enemigos se les presentaban delante, hom- 
bres, mujeres, niños i ancianos. *'La cual crueldad, dice 
Cortés, nunca en jeneracion tan recia se vio, ni tan fuera de 
tocia orden de naturaleza como en los naturales de estas 
p«.rtes.*' — **Era tanta la grita i lloro de los niños i mujeres, 
agr^^ga, que no habia persona a quien no quebrantase el 
ce razón*' i^. Se computa en mas de 40,000 el número de 
¡aciios muertos o prisioneros en el primer dia del asalto. 
Esperando la rendición del enemigo. Cortés dispuso la sus- 
lik nsion del ataque en ese dia para evitar mayor efusión de 
S£^ Tigre. 

Pero los defensores de Méjico estaban resueltos a sucum- 
bir-. Antes de renovar el combate. Cortés ofreció la paz a 
Guatimocin. Los enviados de éste llegaron al campamento 
es|3añol, i en nombre del emperador dijeron al jeneral. — 
**f^oned en ejercicio todos los recursos de que disponéis i 
acribad de ejecutar vuestros designios.'' Cortés esperó to- 
davía algunas horas; pero sus tropas, temiendo que Guati- 
^ocin se escapase con sus tesoros, pidieron al jeneral la ór- 
d^n de acometer, i renovaron el asalto. Los mejicanos, es- 
^^Ouados de fatiga, encontraron en su desesperación i en su 
P^'triotismo la fuerza para combatir con heroicidad por la 
ultima vez. La carnicería del dia anterior se renovó con 
^i^evos horrores. Los españoles, por orden de Cortés, sal- 
^'^ban a las mujeres, a los niños i aun a los hombres que se 
'^^n.dian: sus aliados no perdonaban a nadie. 

Ivos mejicanos apenas podían poner una débil rcsisten- 
^^, calculada sólo para facilitar la fuga de su emperador, 
^^n la esperanza de que en otra parte del territorio pudiera 
^ste organizar una nueva i mas eficaz resistencia. Guati- 



^- Carta tercera de Cortés, páj. 296 en la Colección de Lorbn- 

TOMO I 22 



3^ HISTORIA DB AMARICA 

mocin, en efecto, se embarcó en una pequeña canoa para es- 
caparse; pero una nave de la escuadrilla lo persiguió i lo 
condujo a la presencia de Cortés. **Yo he hecho, dijo Gua- 
timocin, todo lo que he podido para salvar mi corona i mi 
pueblo. Haced ahora de mí lo que queráis." Cortés lo trató 
por el momento con las consideraciones debidas a su rango 
i a su desg^cia. Después de la captura deGuatimocin,toda 
resistencia pareció inútil a los indios; i la ocupación de la 
capital del imperio mejicano se consumó pocos momentos 
mas tarde (13 de agosto de 1521). El sitio habia durado se- 
tenta i cinco dias: durante este tiempo, sucumbieron mas 
de 130,000 indios. 

Cortés permitió que los mejicanos salvados de la matan, 
za pudieran salir de la ciudad, i dio principio a los trabajos 
necesarios para desembarazarla de escombros i preparar su 
reconstrucción. El templo mayor de Méjico, manchado con 
la sangre de tantas víctimas humanas, fué demolido hasta 
sus cimientos para levantar en su lugar una iglesia monu- 
mental destinada al culto cristiano. Con gran sorpresa 
suva, notaron los castellanos que la opulenta capital del 
imperio no encerraba los tesoros que habían creído encon- 
trar en ella. La repartición del escaso botín dio lugar a re- 
ñidas cuestiones entre los mismos conquistadores; i Cortés, 
para satisfacer la codicia de sus soldados, cometió la falta 
de dar tormento al infeliz Guatimocin i al señor de Tacuba. 
para arrancarles declaraciones i descubrir el paradero de 
los tesoros. Sólo supieron entonces que los mejicanos ha- 
bían arrojado al lago sus riquezas en los últimos dias del 
sitio. 

10. CoN(2ri5>T.\ DEFINITIVA DEL IMPERIO Con la caida 

de Méjico sucumbió el poderoso imperio de los aztecas. L^s 
provincias se sometieron unas en pos de otras casi sin com- 
batir. Algunos destacamentos castellanos recorrieron fácil- 
mente todo el país i llegaron hasta las playas del mar dt\ 
sur, donde Cortés, adelantando el pensamiento de Colon, 
proyectó equipar una escuadra para esplorar los mares de 
la India. El concjuistador de Méjico no sabía que un ilustre 



PARTBI SEGUNDA. — CAPÍTULO X 339 

marino, Hernando de Magallanes, consumaba esta gran- 
diosa empresa en el mismo tiempo en que él sometia el im- 
perio de los aztecas. Fundó, ademas, algunas ciudades en 
diversas partes del territorio i preparó sú colonización con 
la misma actividad i enerjía con que habia llevado a cabo 
su conquista. 

Pero Cortés era demasiado grande para que no contara 
con poderosos enemigos. Como Colon i como Balboa, se vi6 
hostilizado por el poderoso obispo de Burgos, Juan Rodrí- 
guez de Fonseca, el cual, en vez de pedir que se le manda- 
ran refuerzos para consumar la conquista, solicitó i obtuvo 
el envío de un ájente encargado de destituir a Cortés del 
mando que le habían conferido sus compañeros de armas, 
de ponerlo preso, de confiscar sus bienes i de someterlo a 
residencia. El comisionado fué Cristóbal de Tapia, tino de 
esos cortesanos petulantes i oscuros, que se creia capaz de 
llamar a cuentas a un capitán de tanto mérito, de tanto 
valor i de tan alta intelijencia como Hernán Cortés. Tapia 
llegó a Méjico en diciembre de 1521. Cortés aparentó guar- 
darle todo jénero de miramientos; pero por medio de artifi- 
ciosas dilaciones burló su autoridad, agotó su paciencia i 
lo obligó a reembarcarse para España donde fué a engrosar 
el número de los acusadores de Cortés. Pero antes de su 
arribo a España, habia llegado la noticia de las brillantes 
conquistas de aquel osado capitán que llenaron de admira- 
ción a la Europa entera. Carlos V se desentendió por fin 
de las intrigas del obispo Fonseca, i con fecha.de 15 de octu- 
bre de 1522, nombró a Cortés gobernador, capitán jeneral 
i justicia mayor de la Nueva España, denominación que los 
castellanos daban al territorio de Méjico desde la espedicion 
de Grijalva. En el ejercicio de este cargo, desplegó Cortés 
grandes dotes de gobernante. Fomentó el desarrollo de las 
poblaciones que habia fundado por medio de distribuciones 
de tierras i de concesiones de privilejios municipales. Adoptó 
el sistema de repartimientos, practicado ya en las Antillas, 
i distribuyó los indios entre los colonos españoles; pero 
conservó su libertad a los tlascaltecas en premio de los ser- 



340 HISTORIA DB AMÉRICA 



vicios que le habian prestado en su penosa campana. Llamó 
ademas misioneros franciscanos, encargados de estirpar la 
idolatría i de cimentar el culto cristiano. 

El recuerdo del antiguo esplendor de la monarquía meji- 
cana, i mas que todo el despotismo con que fueron tratados 
los indíjenas, produjeron diversas sublevaciones, que fueron 
reprimidas con mano firme. Cortés dilató los límites de sus 
conquistas por medio de espediciones confiadas a sus ca- 
pitanes, i él mismo hizo una penosa campaña a Honduras 
en que ocupó cerca de dos años (octubre de 1524-, junio 
de 1526), 

Durante su ausencia, su autoridad se halló gravemente 
comprometida. Los empleados a quienes la corte habia con- 
fiado algunos ramos de la administración, llevaron a la 
Nueva España las semillas de la discordia que jerminaban 
con tanto facilidad en las colonias del nuevo mundo. El 
conquistador de Méjico fué acusado ante la corte de su- 
puestos crímenes, i de abrigar el pensamiento de hacerse 
independiente de la corona. El rei, prestando oidos a la ca- 
lumnia, comisionó al licenciado Luis Ponce de León con el 
encargo de residenciarlo. Este llegó a Méjico en julio de 
1526, i murió poco tiempo después sin haber alcanzado a 
desempeñar las funciones de su cargo. 

Convencido de que su mejor defensa seria presentarse a la 
corte, como lo habia hecho Colon en idénticas circunstan- 
cias, Cortés se puso en viaje para España. Llegó a Palos en 
mayo de 1528; i poco tiempo después, se presentó al rei en 
Toledo, con el fausto i brillo que correspondia a su nombre 
i a sus hazañas. Sucedió, en efecto, lo que habia previsto. 
La opinión piiblica lo habia justificado de antemano: i su 
presencia en España fué la causa del espléndido recibimien- 
to (jue se le hizo en todos los pueblos de su tránsito. Carlos 
V también lo colmó de honores, lo confirmó en su rango 
de capitán jeneral de la Nueva España, i le dio el título de 
marques del valle de Oajaca. 

11. Organización del virreinato.— Sin embargo, Cortés 
no fué repuesto en el mando político con las atribuciones 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO X 841 



que le correspondían. En 1528, el rei había organizado una 
real audencíaque contrabalanceaba la autoridad de Cortés, 
i que fué motivo de grandes dificultades. El conquistador, 
sin embargo, se ocupó principalmente efi adelantar las es- 
ploraciones jeográficas buscando una comunicación entre 
los dos océanos, i haciendo reconocer el Pacifico para llegar 
a los mares de la India. El mismo hizo un penoso viaje a 
las rejiones occidentales, que dio por resultado el descubrí" 
miento de California, i en que Cortés consumió una gran 
pnrtede sus riquezas.* 

Pero su fortuna comenzaba a eclipsarse. El descubri- 
ini^nto i conquista del Perú oscurecía en parte el brillo de 
SMS hazañas, al mismo tiempo que las acusaciones de sus 
^tíemigos se repetían en la corte sin hallar contradicción- 
Kn 1534, Carlos V cambió resueltamente la organización 
^1^ aquella rica colonia, creó un dilatado virreinato, i dio 
^st:e cargo a don Antonio de Mendoza, líoble español, do- 
^íAclü de la prudencia necesaria para su desempeño. Mendo- 
^^^ se recibió del gobierno a principios de 1535. La conquis- 
^«í. de la Nueva España estaba terminada: con Mendoza 
^c>xníenza la historia de la colonia. 

12. Últimos .vños de Hernán Cortés.— -Cortés quedó 
^tx Méjico hasta 1540. Resolvióse entonces pasar a Espa- 
^^. a entablar sus reclamaciones para el pago de los gas- 
tos que habia hecho en las espediciones marítimas, i para 
^'taerellarse por los perjuicios que le habia irrogado la real 
^"^-^idiencía de Méjico. Al saber que Carlos V se hallaba en 
^f^rica ocupado en el sitio de Arjel, fué a reunírsele, i tomó 
P^rte en las operaciones militares, si bien fueron desaten- 
didos sus ofrecimientos de atacar la plaza según sus indi- 
^^^cíones. 

Desde esa época el conquistador de Méjico llevó una 
^^t:la oscura, ocupado constantemente en hacer valer sus 
^aclamaciones, i en estériles afanes para solicitar justicia. 
^^ refiere una anécdota evidentemente falsa, pero que sim- 
boliza la ingratitud con que los soberanos españoles olvi- 
^^ban los servicios de los mas esclarecidos capitanes del 



342 sumRiA 3K AXBSxc^ 

nuevo rntrntio. Cacacaáe lue :in üa. no pmStají-: tsacr 
ana audienca iei emperatior. : teaeamio "laccr cir «n* rr" 
clamacionea. Cortés 3e acsmó a la portezueia fe*! i-:cii«± ie 
CártOí» V ioe ^ia a paseo. — "¿»_¿TiTéa *$ ese '-Od^-pí"' tri- 
gnntv) ei r~. — *Sinor. *>i an *uiiado. coatssr.!- Czrtís. q^e 
ha iaiío a V. .L aias ríMos :;ue ¿nfiacSes Je letzar:- 5t:s 
majo res"--'. 

Cortés, cansaiio ie -«is indtües r^jiainacioncs. se r**-:!- 
YÍ6 al nn a Toirer a Nueva España, para pasar sí:s üti- 
miDs días reriratio en sus iommios. La tnncrte lo s*:rtní::* 
dio en Cascüleja ie la Caesca. ea las inmediaciones ie ¿e 
villa, el 2 «ie üciembre ie 1.3-^7. a los sesenta : tres años 
de etiad. **Sa vinerpo, «iice 'Jrtiz de Záñi-za, fné paesto por 
depósit:, en ei oonventij <ie San Isidn^ «iei Canip»> en el 
entierrí? de I«-^s ianaes ie Medina Sido nía" **. 

El cadáver de Cortés fhé trasladado a üéjicc': per*» en 
lS2o La piebe de la capital *? dispooia a abrir sa tumba i 
arrojar a: vient-i sus cenizas, cnand'.'» taeron misteriosamen- 
te sustmida» para librarías de esta protanacioa. Parece 
que actualmente descansan en Sicilia, donde residen los ¿í- 
timt>s rest':)s de su tamilia. 



lie <^ri: i -..réiui .-: r-t'.zz' : :. : :e ij. 5Í i : jreiii -: or j.!í::-3> :?Sv:r::> 

t ?r:: III . -•*■ Jr'tJ-? I.r- ' ir "::; t le-ititio :e >u zr.i "jl c "^n 
■lofLi '-A*, i :>» r.:". ,:.i : •-.ir' ^-^ ".::■ :•< nj.t.irales. ur. ? ie ! ">< cuales 
:.:v^ er. i ^ñ i \I-in:j.. La :-:ej. rZwisc'-'.ina iei co:I'::u:sia : >r ie 
Mé-:c.^ >^ e'i:-:ji- " ;.: . i j- irtA •e::erAJÍ3n: i por entroncar:::en:o 
-ie [x .: :;j. :"-:::e li-.i ;..i<.i.r:r. sis zízi'.:!< a 1a casa ie TerrAr.ovA, 
•iesKirr. :.;::: c icr ^y^-MJ.'.? i-t 7:ri?7A, i iespues. :"» >r la ru'snia 
ca.:si, A A ie !:s :u:.:e> :e N[ ?-:e'.e:na. croles r.apoI::arc<. 

E! !ts::'.r er.j^nrrAri :i:as n rtij-la-* >'~:re :0'ios Io> sucesi-scon- 
:er.: : -í er. este cay::-! ■ cr. ! i ex:e'e-:e obra -ie Fresco:: : en ios 
ozr '< '.yr :s »:::a.í :s a1 terrri'.nar el A'ierv.ir. 



CAPÍTULO XI. 

Conquista de la América Central. 

(1518-1542) 

^« Primeras esploraciones en la América Central.— 2. Francisco 
Hernández de Córdoba; primeras poblaciones en Nicaragua. — 
3. Cristóbal de Olid en Honduras.— 4. Pedro de Alvarado en 
Guatemala. — 5. Espedicion de Cortés a Honduras; trájica 

muerte de Guatemocin 6. Muerte de Hernández de Córdoba. 

—7. Gobierno de Pedro de Alvarado 8. Bartolomé de Las 

Casas en Guatemala 9. Muerte de Alvarado; organización 

de la capitanía jeneral de Guatemala. 

1. Primeras esploraciones en la América Central. 
^Después de la ejecución de Vasco Núñez de Balboa, Pe- 
dradas Dávila liabia quedado gobernando pacíficamente 
en el Darien. Un juicio de residencia, intentado por la corte 
para esclarecer aquel suceso, se redujo a una mera fórmu- 
la. Deseando sustraerse a la vijilancia de las autoridades 
de la Española que, como hemos dicho en otra parte, for- 
maba el. centro del gobierno de las colonias, Pedrarias 
dispuso en 1518 la fundación de una ciudad al otro lado 
del istmo, empresa para la cual fué autorizado por la corte 
el siguiente año. Este fué el oríjen de la ciudad de Panamá 
que llegó a ser con el tiempo una de las mas importantes en 
las colonias españolas. 



344 HISTORIA DB AMÉRICA 




Desde allí, el ambicioso Pedrarias pensó en adelanta-Ti 
los descubrimientf s i conquistas de su dei>endenc¡a. El 1 
cenciado Gaspar de Espinosa, el alcalde que liabia juzgad 
a Ball)oa, recibió el mando de la escuadrilla que el célebcr 
dcscubridor liabia construido en el mar del sur, con encara 
go de hacer nuevas esploraciones: salió de Panamá e- 
1519, i navegando hacia el norte llegó hasta un golfo qt 
llamó de San Lucar, conocido después con la denomins 
cion de Xícoya, por el nombre de un cacique de la cost^^: 
Espinosa volvió por tierra a Panamá adelantando así 
reconocimiento de aquella rejion. 

En esa época, se hallaba en Panamá un caballero llamr 
do Jil ÍTonzález Dávila, que estaba autorizado por el r« 
para navegar en el océano descubierto por Balboa, i par 
llegar hasta las islas de la especiería. Jil González traia J 
España carpinteros i ferretería para la construcción de su 
naves, i se empeñó en el mismo trabajo del ilustre descu^^ " 
bridor, esto es en el corte de la madera en las orillas dfc=^ * 
Atlántico para trasladarlas al Pacífico fl519). Menos felr -^ 
i también menos hábil (jue Balboa, Jil González vio perece^ '^ 
mas de la mitad de su jente en este penoso trabajo; i cuai^ 
(lo logró armar sus naves, apenas ])udo llegar hasta el goí " 
fo de San Lúcar (enero de 1522'. Allí desembarcó con lOf ^ 
hombres, i marchando por terrenos pantanosos i vencieit ' 
(lo grandes dificultades, llegó liasta encontrarse con ur "^^ 
jefe indio nombrado Xicoya, por el cual se dio este nombra — ' 
al golfo. Ese jefe, no sólo recibió favorablemente a los es -^ 
])añoles sino (jue ace])tó la relijion cristiana i obsequió c^^^ 
los esploradores una considerable cantidad de oro. 

jil González Dávila pasó todavía mas adelante, i entrc^^^ 
en los dominios de un señor o cacique nombrado Xicarao**-— 
de donde vino a aciuella rejion la designación de Xicaragua— — 
Los españoles comenzaron a notar allí las señales de una^^ — 
civilización nuii adelantada. Fueron recibidos favorable — ' 
mente en las tierras de acjuel caci(jue, con quien cambiaron 
algunas l)agatclas de poco precio por considerables canti- 
dades de oro. liaste incentivo los alentó a adelantar sus es- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XI H45 

píoraciones en el interior del pais. Reconocieron los lagos 
de Nicaragua i de Managua; pero, estando acampados cer- 
ca, del volcan de Masa\' a, fueron vigorosamente atacados 
pci^r- los indios. Aunque derrotaron a éstos i los obligaron 
a pedir la paz, Jil González conoció que sus fuerzas no bas- 
t^i,l>an para establecer una colonia i dio la vuelta^a Pana- 
má» con la esperanza de engrosar sus tropas en la isla Es- 
pa.flola i emprender la conquista de aquellos paises por el 
otro mar. Su piloto Andrés Niño, entre tanto, habia ade- 
l3.i-|-t:ado el reconocimiento At la costa, de modo que el re- 
sia^tado de la espedicion fue no sólo importante por el pro- 
veo Wo pecunario que produjo, sino también por el recono- 
cí rn i eiito jeo^ráfico de rejiones ricas i desconocidas. A fines 
de X522, Jil González salió de Panamá para Santo Domin- 
go, con el propósito de acometer la conquista de los paises 
q^e acababa de descubrir. 

^. Francisco Hernández de Córdoba: primeras po- 
^'-A.ciONES DE Nicaragua. — La noticia de estos descubri- 
"^^entos despertó la codicia de í^edrarias. Equipó en efecto 
^*giínas naves; i proveyéndolas de armas i soldados, las 
puso bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, 
^^ pitan de su guardia, con cargo de fundar colonias en 
^^Uellas rejiones a que se creia con derecho en virtud de los 
descubrimientos de Espinosa. 

Hernández de Córdoba salió de Panamá a fines de 1523. 
^^biendo desembarcado en el golfo de Nicoya, fundó a 
P^ca. distancia de la costa, en un pueblo indio, una ciudad 
con el nombre de Bruselas. Mas adelante, en otro pueblo 
^^^io, fundó la ciudad de Granada, que resguardó con una 
^^*t:aleza sólidamente construida. La resistencia de los in- 
"\J^nas a los proyectos de Hernández de Córdoba fué com- 
pactamente infructuosa: el capitán español los derrotó en 
^^as partes, i echó las bases de una colonia estable. En 
^^nada construyó una suntuosa iglesia que dejó confiada 
^ ^^rgo de algunos padres franciscanos que acompañaban 
^ los espedicionarios, mientras él proseguia sus esploracio- 
^^^ i conquistas. 



i 



S46 HISTORIA DB AMÉaUCA 

Después de haber recorrido una grande estension de te- 
rritorio, Hernández de Córdoba llegó a las orillas orienta- 
les del lago de Managua, i fundó allí la ciudad de Leen, • 
que convirtió en capital de las nuevas posesiones. Hizo 
mas todavía: construyó una pequeña embarcación, i con 
ella esploró el lago de Nicaragua, i descubrió el rio de San 
Juan, cuya navegación emprendió hasta asegurarse de que 
desembocaba en el océano Atlántico «1524/. Pocos conquis- 
tadores del nuevo mundo habian sido mas felices que Her- 
nández de Córdoba en el primer año de sus campañas. 

Mientras tanto, Jil González Dávila habia organizado 
en la isla Española una espedicion para buscar en la Amé- 
rica central una comunicación entre los dos mares i talvez 
establecer allí una colonia. Habiendo desembarcado en el 
territorio de Honduras, supo con gran sorpresa que anda- 
ban españoles en Nicaragua; i creyendo que eso era un 
ataque a sus derechos de descubridor, se dirijió a aquellas 
rejiones. Jil González empeñó un combatj contra algunas 
tropas de Hernández de Córdoba; i aunque logró batirlas, 
temió por la suerte de la campaña i se retiró precipitada- 
mente a Honduras i. 

3. Cristóbal de Olid en Honduras.- En esa época otro 
conquistador español trataba de establecerse en Honduras^ 
Cristóbal de Olid uno de los mas valientes capitanes de la^ 
conquista de Méjico, recibió de Hernán Cortés el mando d^^ 
seis naves i de cuatrocientos hombres con encargo de bus^ — 
car en la costa de Honduras un paso de comunicación en^ — 
trc los dos océanos, i de establecer allí una colonia. En si^w 
viaje, Olid desembarcó en Cuba donde reanudó sus relacio — 



1 Estos hechos, ([ue hemos compendiado mucho, por creerlos d^^" 
escaso interés en este libro, constan principalmente de la historia^^- 
de Herrera, donde están mui repartidos, de la Historia del reinc^^ 
(le Guntenmlíi, por el presbítero don Domingo Juarros, i de la Re- '^■ 

líicion (le los siieesos de Pedrarias Dávila, por el ad.*Iantado Pas 

cual de Andagoya, publicada por Xavakrkte en el tomo III de sin—* 

Colección. Notando algunos errores de fecha en estos dos lílti 

mos autores, he seguido la cronolojía de Herrera. 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO XI 347 

nes con el gobernador Velázquez, el enemigo implacable de 
Cortés. Seducido por sus instancias, Olid siguió su viaje a 
Honduras resuelto a establecer un gobierno propio e inde- 
pendiente de toda autoridad que no fuese el rei dé España. 
En efecto, el 3 de mayo de 1534?, a poco tiempo después de 
haber desembarcado en aquella costa, fu«idó un pueblo con 
el nombre de Triunfo de la Cruz, que dotó de un cabildo se- 
gún las instrucciones que le habia dado Cortés. Sin embar- 
go, en el acta de toma de posesión del pais, i en el nombra- 
miento de los rejidores, Olid omitió cuidadosamente el nom- 
bre de Cortés, hablando en esos documentos como simple 
delegado del rei. 

Con esta condu.:ta, Olid no hacia mas que imitar lo que 
el mismo Cortés habia hecho con el gobernador de Cuba. 
Pero el conquistador de Méjico no se dejó burlar por su su- 
balterno: organizó un cuerpo de tropas que puso bajo el 
mando de un oficial de su confianza, nombrado Francisco 
de Las Casas, i lo mandó a Hondura^ con dos naves para 
castigar a Olid por su rebelión. 

Las Casas fué desgraciado en el desempeño de esta mi- 
sión. Al llegar a la costa de Honduras tuvo un lijero en- 
cuentro con las naves de Olid: pero una tempestad destru- 
yó una de las suyas, i obligó a los que salvaron del naufra- 
jio a desembarcarse a nado i a rendirse al capitán a quien 
querían apresar. Olid fué jeneroso con sus enemigos: ha- 
biéndole jurado fidelidad, los trató amistosamente i los 
dejó casi enteramente libres. 

}il González Dávila, que en esa misma época habia aco- 
actido la conquista de aquella parte de la América central, 
[uiso también disputar a Olid, la posesión de los paises 
ime ocupaba. Sin embargo, una noche sus soldados fueron 
n vueltos por las tropas de Olidjijil González se vio pri- 
ionero i reducido a jurar fidelidad a su rival, del mismo 
=i^odo que lo habia hecho el capitán Las Casas: Olid lo re- 
^bió igualmente con jenerosidad. 

En poco tiempo los dos prisioneros se pusieron de acuer- 
*^^ para dar un golpe de mano. Dispuestos ambos a rendir 



348 HISTORIA DS AMÉRICA 



homenaje á la autoridad de Hernán Cortés, asesinaron un ^ 
noche al capitán Cristóbal de Olid, i al dia siguiente marm. • 
daron instruirle un proceso acusándolo de traidor i de r^:^- 
beldé a la autoridad del jeneral que le habia encargad o 
aquel descubrimiento. Las Casas tomó el mando de h-«^s 
fuerzas; i adelantando los descubrimientos, fundó la ciudíL <1 
de Trujillo, que vino a ser la capital de aquella provinci^"~a. 

4r. Pedro de Alvarado ex Guatemala. — Al mismo tiei»:^^- 
po que Cortés encomendaba a Cristóbal de Olid la conqui ^^* 
ta de la provincia de Honduras, organizaba un cuerpo ^M. e 
300 infantes, 130 caballos i numerosos ausiliares mejicanc-:^s 
i tlascaltecas para dilatar los dominios españoles en la ric" «a 
rejion de Guatemala, cuyos monumentos en ruina atesta ^" 
guaban la pasada grandeza de una nación civilizada, i lls^^" 
maban la atención de los mas entendidos entre los con(jui^=^" 
tadores. Cortés confió el mando de esta espedicion a un <^ 
de sus mejores capitanes, al valiente Pedro de Alvarado. 

Este capitán salió de Méjico el 13 de noviembre de 152c5'- 
Después de una corta detención empleada en someter a lo ^ 
naturales de Tehuantepec, completó la conquista de Socc:^ 
ñusco, i en febrero de 1524-, penetró en el territorio de le» ^ 
Quiche, donde halló una formal resistencia de parte de Icj^ ^ 
naturales. Al vara lo de*5jjk\L¡:ó en esa campaña grandes dc"**' 
tes militares para rechazar las tropas enemigas inmeusr^»-* 
mente superiores en nií:nero i casi iguales en osadía. E "^^ 
muchas partes los indíjenas Tuanifestíiron un valor dese5==^' 
]X-ra(lo, pero el arrojo i la disciplina de los españoles fuen)^^=^^ 
su|)er¡ores a todos los obstáculos i dificultades. Alvara'l( ^^' 
sin embargo, empañó sus triunfos con actos de |)erfidia i d — ^ 
b¿irbarie, ai^n entre los puel)los (jue lo recibieron amistosí ^' 
mente. "En ninguna ¡jarte, cjuizá, dice un historiador nií ^' 
derno, se verificó la c(Mi(|uista con mayor brutalidad, c ''^ 
ninguna parte los reyezuelos i sus vasallos fueron maltn •' 
tados mas i nú til mente, en ninguna parte en fin los concjui:^^:^* 
tadores se hicieron mas culpables de ingratitud, ni el ge— ^* 
bierno colonial fué establecido con menos prudencia. El c£^»-' 
rácter violento, el ínijjctu irreflexivo de Pedro de .\lvaradc:^' 



PARTH SKGUNDA. — CAPÍTITLO XI 349 

codicia sin freno i sus pasiones desordenadas fueron la 
usa de todo el mar\ - 

En uno de los pueblos de aquella comarca fundó Alvara- 
), el 25 de julio de 1524, una ciudad con la denominación 

Santiago de los Caballeros. El año siguiente fundó otro 
leblo a que dio el nombre de San Salvador; pero no por 
to se hizo mas pacífica su denominación. Le fué necesario 
mbatir constantemente con las tribus indíjenas que a 
usa del despotismo de los conquistadores se mantenian 

constante rebelión. 

5. EspEDicioM DE Cortés a Honduras; trájica muerte 

; GuA TiMOCiN. — La conquista de los paises que forman la 

nérica Central había ocupado a la vez, como se ha visto, 

liversos capitanes. Hernán Cortés hizo también una es- 

dicion. 

Sabedor de la rebelión de Olid i del naufrajio de Las Ca- 

s, el conquistador de Méjico reunió un reducido cuerpo 

tropas, i el 12 de octubre de 1524, se puso en marcha 
xa Honduras Emprendió su viaje por tierra, por cami- 
>s desconocidos, con el objeto de reunir varios cuerpos de 
opa que estaban a las órdenes de algunos de sus capita- 
s. Este penoso viaje por medio de terrenos pantanosos 
de espesísimos bosques, teniendo que atravesar grandes 
Ds i una dilatada estension de territorio, formaría la glo- 
^ de cualciuier otro aventurero que no tuviese como Cor- 
s un alto renombre conquistado en mayores empresas, 
jrante este viaje, en que Cortés se hacia acompañar por 
aatimocin, hubo un denuncio de que el destronado empe- 

dor de Méjico meditaba una conspiración. El jeneral lo 



- Brasseur de Bourbourg, Histoire de Mexique, tom. IV, páj. 
1. Este historiador ha tenido particular empeño en referir con 
dos sus pormenores la campaña de Al varado en Guatemala; pero 
mo estos sucesos tienen un escaso ínteres, he tenido que com- 
ediarlos reduciéndolos a unas pocas líneas. La historia de Ai- 
rado en Guatemala se ha aclarado mucho desde la publicación 
le hizo hace pocos años, un erudito mejicano, don José F. Ramí- 
•z del Proceso de residencia de A I varado. 



350 HISTORIA DB AMÉRICA 

hizo ahorcar en uno de los árboles del camino a pesar de 
las protestas de ese guerrero tan ilustre como desgraciado. 

Cortés, venciendo todo jénero de dificultades, llegaba a 
Honduras, i pensaba caer de sorpresa sobre el pueblo de 
Naco, que suponia ocupado por Olid, cuando sus espías k 
presentaron algunos españoles apresados en las inmediacio- 
nes. Supo por ellos cómo Las Casas habia puesto fin a la 
rebelión de Olid. Cortés fué recibido solemnemente enXaco; 
i después de un corto descanso, se volvió a Méjico por 
mar. 

6. Muerte de Hernández de Córdoba.— Esta espedi- 
cion de Hernán Cortés, aunque interesante, si se consideran 
los sacrificios i penalidades del viaje, tuvo mui escasa im- 
portancia en el progreso de las conquistas que se hacían 
en su nombre. No sucedió lo mismo respecto de las qne se 
llevaron a cabo en nombre de Pedrarías Dávila. El capitán 
Francisco Hernández de Córdoba, que habia ocupado la 
provincia de Nicaragua por encargo del gobernador de Pa- 
namá, habia dejado entrever el propósito de constituir nn 
gobierno independiente de toda sujeción de los otros con- 
quistadores, i despertado ya los recelos i desconfianzas de 
aquel jefe. Temiendo por su suerte, Hernández de Córdoba 
quiso aprovechar de la presencia de Cortes en Honduras 
para ponerse bajo su dependencia, i quedar así libre de toda 
sujeción a Pedrarias. 

Cortés se hallaba en Naco cuando recibió el mensaje de 
Hernández de Córdoba 1 1525 . Decíale éste que la distan- 
cia a que se hallaba de Pedrarias Dávila le impedia recibir 
ausilios oportunos, i lo embarazaba en la administración 
de las nuevas colonias, i concluia por pedirle que lo acojiese 
bajo su protección. Cortés, que estaba disponiéndose para 
volver a Méjico, no quiso enredarse en cuestiones con el go- 
bernador de Panamá, i le contestó que obedeciese a Pedra- 
rias, i (jue el dejaría mandado en todos aquellos pueblos 
que se diesen los ausilios necesarios; i al efecto, él mismo le 
mandó desde luego herraduras para sus caballos i algunas 
herramientas para el trabajo de las minas. 



PARTID 8BGUNDA. — CAPITULO XI 351 

Sucedió, en efecto, lo que había previsto el desgraciado 
lernández de Córdoba. Pedrarias Dávila tuvo noticias de 
US relaciones con Cortés, i reuniendo algunos soldados, se 
mso en marcha para Nicaragua, i apresó a Hernández en 
a ciudad de León. El proceso no fué largo: el gobernador 
le Panamá lo apresuró como solia hacerse en las colonias 
leí Nuevo Mundo, i una vez terminado mandó decapitar a 
Fernández de Córdoba por rebelde i traidor (1526) ^. Pe- 
Irarias Dávila comunicó estas noticias a la corte, acompa- 
laudo los antecedentes de la rebelión para justifican su 
:onducta; i el rei aprobó lo hecho i confió a Pedrarias el go- 
bierno de aquellas rejiones. 

Entonces se repitieron en Nicaragua los horrores de que 
babian sido víctimas los naturales de Guatemala. Los 
constantes altercados i diferencias entre los diversos capi- 
tanes españoles, que obraban casi independientemente unos 
ie otros, dieron lugar a las frecuentes rebeliones de los in- 
dios. Pedrarias puso algunas tropas bajo el mando de un 
teniente suyo llamado Martin de Estete, i lo mandó a des- 
cubrir por la parte del desaguadero del lago de Nicaragua 
para someter los indios i dilatar su dominación. Estete sa- 
ió a campaña armado de un hierro para marcar a los in- 
iíjenas i de cadenas para sujetarlos, i llegó hasta la ribera 
leí Atlántico, cometiendo las mayores atrocidades. 

7. Gobierno de Pedro de Alvarado. —Pedro de Alva- 
ro estuvo a punto de romper las hostilidades con Pedra- 
rias Dávila; pero eran tantas las acusaciones que se le 
bacian i tan precarios los títulos que tenia para su gobier- 
no, que en 1527 se puso en viaje para España, dejando a 
su hermano Jorje de Alvarado la administración de la co- 
lonia. En la corte pudo suministrar importantes noticias 
acerca de las ricas rejiones que Cortés habia conquistado; 
: aunque a consecuencia de las acusaciones que se le hacian. 



3 Herrera dec. III, lib. VIH, cap. VII, i lib. IX, cap. 1. 



3f>2 HISTORIA DK AMÉRICA 



fué sometido a un juicio de residencia, el rei le confirió, con 
fecha de 27 de diciembre de 1527, los títulos de adelantado 
i capitán jencral de Guatemala. 

Al despedirse de la corte, Alvarado ofreció al rei descu- 
brir un camino marítimo para las islas de la especiería, i 
volvió a Guatemala resuelto a adelantar la con(|uista. 
Acompañábanlo su esposa doña Beatriz de la Cueva i mu- 
chos caballeros españoles que iban a buscar fortuna al 
nuevo mundo. La naciente colonia adquirió con esto ina- 
yov lustre; i su jefe, rodeado ahora del brillo de gobernador, 
pudo pensar en empresas mas importantes (1530 ). Su her- 
mano hizo una invasión hasta los paisas denominados 
ahora Costa-Rica, sometiendo algunas poblaciones de indi- 
jenas. 

El espíritu inquieto de Alvarado no le permitió quedar 
mucho tiempo tranquilo en su gobierno. Al saber que sus 
compatriotas habian penetrado en el rico territorio de los 
incas, i que esta conquista ofrecia tesoros i aventuras, le- 
vantó un cuerpo de tropas, i con el marchó al Perú. La na- 
rración de esta penosa espedicion, que forma uno de los 
episíxlios mas característicos de la conquista, pertenece ?- 
la historia de este último pais. 

Cuando IIoíj^ó a España la noticia de esta em¡)resa, el reí 
reprobó sn conducta i dispuso cjue fuera sometido a juicio 
por la aufliencia de Méjico. Este tribunal, en efecto, dio eí- 
ta comisión al licenciado Alfonso de Maldonado; ])ero el 
coníjuistador de Guatemala, a pretesto de socorrer a los 
pobladores de Honduras, se fugó de las provincias de ^^ 
gobierno, i después de fundar allí nuevas colonias, se em- 
barcó precipil.'idamente para España. 

8. IVvRToLoMÉ DE Las Casas L\ GuATKMALA. — Duraute 
su ausencia, Maldonado, encargado accidentalmente del 
gobierno, (lesenqjeñó su misión con celo i desinterés. *'V¡ii'^ 
para suavizar los males de la ración, dice un cronista indi' 
jena: los lavaderos de oro cesaron inmediatamente, detuvo 
los tributos de jóvenes i niñas, puso un término a la liOLíue* 



PARTE SBfüíNÓA.— CAPÍTULO Xí 35.'5 



ra i a la horca, i a las violencias de toda especie que come- 
tían los castellanos*' ^. 

Pero el gobierno interino de Maldonado es todavía mu- 
2ho mas célebre j)or el ensayo que se hizo de un nuevo 
sistema de pacificación de los indíjenas. Bartolomé de Las 
Casas, el célebre protector de los indios, habia llegado^ 
Nicaragua con algunos relijiosos dominicanos, i pasado de 
allí a Guatemala a continuar la propaganda de su sistema 
de conquista pacífica. Sus doctrinas estaban reunidas en 
un tratado latino que habia compuesto con el título de 
Único modo de convertir. En Guatemala, Las Casas no 
pensó mas (pie en ensayar su sistema para reducir a los in- 
díjenas. AI varado habia pacificado a los indios por medio 
del terror; i sólo en las tierras vecinas al golfo de Hondu- 
ras, quedaban algunas tribus sin someter. Los españoles 
habian intentado penetrar en ese territorio, pero fueron re- 
chazados ])or sus belicosos habitantes. Desde entonces 
aquella rejion fué dominada Tierra de Guerra. 

Asombrados quedaron los colonos de Guatemala cuan- 
rio supieron que Bartolomé de Las Casas trataba de paci- 
ficar a aquellos indios por medio de la predicación. Sin em- 
bargo, el celo del piadoso misionero no se enfrió por esos 
temores. Pidiendo sólo que los indíjenas que sometiera no 
fuesen dado en repartimiento. Las Casas hizo componer 
en lengua?quiché sencillas canciones en que estaban espues- 
tas las doctrinas fundamentales de la relijion cristiana i 
dispuso que aprendiesen a cantarlas algunos indios some- 
tidos. Debian presentarse como mercaderes para desp ertar 
a curiosidad de lus poblaciones que iban* a visitar. La va- 
riedad de objetos que vendian, la novedad del canto i de la 
música, atrajeron prontamente mucha jente. Los indios pre- 
guntaron a los mercaderes por el oríjen de aquella müsica, 
i entonces éstos les hablaron de unos hombres que miraban 
en menos las riquezas i los placeres, i que pensaban sólo en 
predicar su relijion i en consolar a los desgraciados. De este 



* Crónica indíjena citada por Brasskuk de BoirunorRí;, tomo 
IV páj. 792. 

TOMO 1 2íi 



354 HISTORIA DE AMÉRICA 

modo, Las Casas i sus colegas puflieron penetrar en el terri- 
torio enemigo, i ensayar la propaganda pacífica, tanto en 
Guatemala como en la vecina provincia de Honduras. El re- 
sultado de sus trabajos fué satisfactorio: los indios acepta- 
ron la relijion cristiana, abandonaron las prácticas de los 
^crificios humanos, i acojieron amistosamente a los espa- 
ñoles que se presentaban entre elloscon intenciones humani- 
tarias. La rejion que habia sido denominada Tierra de Gue- 
rra, fué llamada por el rei provincia de Vera-Paz, a conse- 
cuencia de la tranquilidad que reinó en ella después de su 
pacífica reducción •'». 

9. Muerte i>k Alvarado; organización de la capi- 
tanía JENEKAL 1)8 Ghatemala. — Cuando los misionen^s 
estaban mas ocupados en estos pacíficos trabajos, se supo 
que Pedro de Alvarado acababa de desembarcar en Hondu- 
ras, de vuelta de España. Esta noticia esparció el terror en 
toda la América central: Alvarado habia justificado su con- 
ducta en la corte i venia a desempeñar de nuevo el cargo 
(le gobernador. El sustituto Maldonado se retiró a Méjico 
para verse libre de cualquier ultraje; i el arrogante coiKpns- 
tador tomó de nuevo las riendas del gobierno. 

Desde luego, cesó el estado de paz. Alvarado no ])f)(lia 
vivir sin guerra i sin perseguir a los indíjenas. Habiendo 
agregado a su dominio la provincia de Honduras, ordenó 
la ejecución de algunos señores indios a pretesto j)e que tra- 
taban de sublevarse, i renovó los horrores con que haliia 
sido señalada su administración. Al saber (jue los naturales 
de la provincia <le ÍTuadalajara, en ^Xueva España, se ha- 
bian rebelado, no trepidó en ir a combatirlos, abandonandi) 
para esto el pensamiento de dirijir una es|)e<licion esplora- 
dora en el mar del sur. Reunió gran parte de la jen te que 
tenia lista para aquella em])resa, i con ella entró cu campa- 
ña. Repechando en una ocasión una áspera sierra, (jue era 
forzoso subir a pié tirando los caballos \)or la brida, uno 



Veánr>c l¿»s vidas de Las Casas por Oiiintatia i Llórente. 



PARTE SBOUNDA. — CAPÍTULO XI Vfbo 



le éstos rodó i **topó con el adelantado, que como iba ar- 
nado, i ya era hombre pesado, no pudo huir el encuentro 
leí caballo, que le tomó i dio tan gran golpe en los pechos 
|ue dentro de tres dias murió'' <' (junio de 154-1;. Poco 
iempo después falleció de un modo igualmente trájico su 
sposa doña Beatriz de la Cueva, que se habia hecho tam- 
bién odiar de los indijenas. El 11 de setiembre del mismo 
iño, después de algunos dias de lluvia torrencial, se rompió 
iolentamente la cima de una montaña vecina a la ciudad 
le Guatemala que contenia un espacio solago, desprendién. 

010 en torrentes de agua i de barro que cubrieron todos 
os alrededores. Doña Beatriz pereció en aí|uella imprevis- 
a inundación. 

Después de la muerte de Alvarado, se hicieron sentir en 
iuatemala las convulsiones consiguientes a la ausencia de 
n gobernador. El virrei de Nueva España confió entonces 
I gobierno de esas provincias al licenciado Maldonado,que 
brió una nueva era de paz i de útiles trabajos (1542). En 
se mismo año, la corte creó una audencia que debia residir 

11 Guatemala, i a la cual quedaron sometidas todas las 
rovincias inmediatas. 

Nicaragua, sin embargo, quedó dependiente de la audien. 
la de Panamá, como también el territorio de Costa-Rica, 
ue fué sometido en gran parte con el ausilio de los misio- 
cros. En 1573 cesó esta división; i estas dos provincias 
asaron a formar parte de la audiencia i capitanía jeneral 
e Guatemala, dependiente a su vez del virreinato de Nueva 
;spaña "*. 



•» Hkrreka, dec. VII, lib. II, cap. lY. 

' la historia de ía conquista de Guatemala es jeneralniente 
oco conocida i tiene ademas escaso interés. Las obras que sobre 
la existen, aun la mui noticiosa, aunque mui desordenada, de 
larros, dejan mucho que desear. La mejor, sin duda, es laque lleva 
or título: AJemorins pnrn hi historia del antif^uu reino de Gu¿t' 
cinaln, redactadas por el limo, señor don Francisco García Pt- 
ÁRZ, arzobispo de Guatemalíi, 3 volúmenes en 8*^, LSr)2. 



CAPITULO XII 
Conqnií»ta do Xnova Iwrauada. 

(1525—154.8) 

1. Segunda espedicion de Rodrigo de Bastidas: fundación de San- 
ta Marta.— 2. García de Iverma.— 3. Fernández de Lugo.— 4 
Pedro de Heredia; fundación de Cartajena.- 5. Espedicion de 
Jiménez de Quesada.— 6. Conquista de Bogotá, Tunja e Iraca. 
7 — Fin de la conquista; organización de la capitanía jeneral de 
Nueva Granada. 

1. Segunda espedicion dk Rodrigo de Bastidas; fun- 
dación DE Santa Marta. — Desde que Francisco Pizarro 
despobló en 1510 la colonia de San Sebastian, que había 
fundado Ojeda, ningún otro descubridor había intentado 
fundar un establecimiento en aquella costa. En 1521 Ro- 
drigo de Bastidas, aquel escribano aventurero que veinte 
años antes había reconocido aquellos lugares, hizo una ca- 
pitulación con el reí para proseguir los descubrimientos i 
fundar una ciudad. 

Sin embargo, sólo cuatro años después, en 1525, pudo 
Bastidas completar el equipo de su espedicion. Habiendo 
partido de Santo Domingo con cuatro embarcaciones, llegó 
«1 29 de julio a un punto de la costa firme, a que dio el 
nombre de Santa Marta, i fundó el primer establecimiento 
castellano con la misma denominación. Bastidas, hombre 
de buenos sentimientos, pensaba asentar la dominación 



HISTORIA 1»B AMÉRICA 



española ])or medio de tratos pacíficos con los indíje- 
ñas, i evitar así las atrocidades de la conc|utsta. En efecto, 
contrajo buenas relaciones con algunos cacicjues de Ir^^ 
inmediaciones, i obtuvo de ellos considerables cantidad<L:^s 
(le (»ro. 

Sus compañeros, como era natural, reclamaron la repa »■ 
ticion de estos despojos; pero Bastidas, deseando ante tod. o 
cunijílir los compromisos que habia contraido para el eqís. i- 
])o desús naves, aplicó a esos gastos las ganancias de ft- íi 
es]>e<licion. Los aventureros castellanos no estaban di -s- 
puestos a tolerar este jcnero de contrariedades: capitane^^- 
dos por Juan de Villafuerte, el teniente del mismo Bastida ^, 
atacaron a éste con el propósito de asesinarlo, i le d¡erc:^^n 
de puñaladas. No alcanzaron a consumar su crimen por -^«.*I 
oportuno socorro c^ue le prestó Rodrigo de Palomino, d -<• ^ 
rendicndolo de los conjurados, i aprehendiéndolos desputzirrrs 
para remitirlos a Santo Domingo. Allí fueron sentenciadc ^^ 
al último suplicio. 

Bastidas no pudo quedar mucho tiempo mas en Santr=^^ 
Marta. Dejando el mando de la colonia a Palomino, se e ii^ ■^' 
l)arcó |)ara Cuba, i allí murió de resultas de sus herida^^^* 
Para reemplazarlo, la audiencia de Santo Domingo non ^" 
l)ró gobcM-nador de ac|iiollíi colonia a Pedro Badillo. 

lil nuevo gobernador tuvo (jue dividir el mando con Pct ''^' 
lomino, jíoríjue le faltaban recursos militares ])ara liacers-í==^^^^* 
reconocer j)oi linicojerc. Merced a la prudencia de PalomSr ^' 
no, la empresa de dilatar la conquista marchó ))astant»' ^^ 
bien; pero en una correría ese jefe pereció aliogadoen el pasi^ "'* 
de un rio loüT), i Badillo, desembarazado de su rival, ditJ^- *^ 
libre curso a su codieia i a su crueldad. Devastó alguno:^ '^^ 
pueblos de indios, i recojió ])astante oro i muchos esclavos ^^ 
para negociarlos en las islas. 

2. (Vakcia I)K Lkkma.— Al saber Carlos V la muerte áa^' ^' 
Bastídíis, nombró gobernador de Santa Marta a i^arcí^ ^^ 
(le Lernia (ir)2S . Comenzó este a ejercer sus fimciones pro 
cesando i remitiendo a Ivspaña al rapaz Badillo, pero e^^^ 
buípie (pie lo eonducia naufragó con pérdida de toda la tri^^ 



PARTE SKÍM-NDA. — CAPÍTULO XII S5Í> 



fuilacion. El nuevo «i^obernador dispuso algunas espedicio- 
nes a diversos puntos del interior, hasta donde no habían 
llegado los castellanos, i creyendo poder asentar su do- 
minación, (lió principio a los repartimientos de indios i de 
tierras. 

Sin embargo, la fortuna no lo favoreció en estas empre- 
sas. Si algunas de sus correrías le dieron provechos Qonsi- 
flerables de oro, otras fueron funestas para los castellanos. 
Kl mismo gobernador, vigorosamente^atacado por una 
tribu de indios denominados taironas, perdió vergonzosa- 
mente su armamento i el botín que había cojido, i volvió en 
completa derrota a la colonia de Santa Marta. Para col- 
mo de su desgracia, pocos días después la ciudad misma 
sufrió un incendio que la arruinó en su mayor parte. 

Hn ese mismo tiempo, i en medio de los afanes consi- 
guientes a una guerra constante, los castellanos acometie- 
ran una empresa sembrada de peligros. Fué ésta el reco- 
nocimiento del rio Magdalena bajo la dirección de un 
])ortugues nombrado Jerónimo de Meló, que lo navegó en 
una estension de treinta i cinco leguas (1532 (, Este des- 
cubrimiento al)ria un nuevo camino a los conquistadores 
españoles; pero en esa época se comenzaba a hablar en 
todas las colonias de las inmensas riquezas que había en 
el Perú, i los pobladores de Santa Marta i sus inmediacio- 
nes abandonaban gustosos aquel país para tomar parte 
en la conípiista de las doradas rejiones que bañaba el mar 
de! sur. 

De este modo, después de cuatro años de trabajos i de fá- 
ti<ías, el «gobernador García de I^erma no había hecho mas 
(|ue adelantar algo los reconocimientos jeográficos, pero 
no había podido proseguir la conquista i la colonización 
del territorio. La muerte lo sorprendió en 1532, pensando 
siempre en nuevas espediciones al interior de aquel terri- 
torio». 

3 Fernández de Lugo.— García de Lerma tuvo por sucesor 
al doctor Infante, oidor de la audiencia de Santo Domingo; 
})ero fatigado éste por las molestias que le ocasionaba el 









7rr -v.r* 



-:a Ir . c: 



PARTE SEí;rNUA. — CAPÍTULO XII íUU 



otar a los indios, los españoles sufrieron los efectos de 
poderosa resistencia i de la falta de víveres mas abso- 
. Uno de esos cuerpos espedicionarios, mandado por un 
del gobernador, perdió veinte hombres que perecieron 
ambre. Después de estos primeros ensayos, Lugo resol- 
lar otro rumbo a sus operaciones i en trar resuelta men- 
1 las aguas del caudaloso Magdalena para descubrir ei 
rior de aquellas ricas rej iones. 

Pedro de Heredia; fundación db Cartajena.— En las 
ñeras espediciones militares á Santa Marta se distin- 
> un capitán castellano llamado Pedro de Heredia, no- 
e por su valor i por su destreza en el manejo de las ar- 
. Descontento con la sujeción a que estaba sometido, 
edia se fué a la corte llevando un caudal no desprecia- 
i pidió al reí autorización para acometer la conquista 
onizaciondel paisque se estiende desde lasmárjenesocci- 
ales del Magdalena hasta el Dáricn. Carlos V accedió 
Tecto a su solicitud, i lo autorizó para organizar su es- 
cion. 

credia reunió en Sevilla 150 hombres; i como militar es- 
mentado en las guerras de América, se limitó a embar- 
en sus naves armas en abundancia, víveres, cascabe- 
es¡)ejitos i todas esas bagatelas que llamaban la aten- 
de los salvajes. Hizo, ademéis, construir una embarca- 
lijera i pequeña para el reconocimiento de los rios. A 
; de 1532 salió la escuadrilla de Cádiz; i después de au- 
tar el número de sus soldados en Puerto-Rico i la Es- 
ola con algunos aventureros aclimatados en el suelo 
luevo mundo i esperimentados en sus guerras, se dio a 
ela para la costa firme. El 14 de enero del siguiente año 
\3) los espedicionarios penetraron en una espaciosa ba- 
que, por la semejanza que ofrecia con un puerto de 
Fina, habia sido <lenominada Cartajena - . 



PicdrahitH //istorifi dcVa conquistn del nve\o reino de Gra- 
i, lib. III, cap. III. páj. 81, atribu^'e a Heredia^el nombre dado 
uel puerto. Sin embargo, el l>avh¡ller Enciso en la segunda edi- 




iiiHtido de una colonia en cjueera preciíiio vivir con las armas 
en !a mano i sufrir todo jénero de prívacianes, lo dejó a su 
teniente AntoJiio Bezos, i se volvió a la Española. Uíi admi- 
nistren cien de Bezos no fué mas fcli^: después de algunas co- 
rreruLs potros friictutjsasj se vio oblt^írulo a encerrarse en 
Santa Marta, donde tocaba ya las últimas estremidadet 
del hambre i del desamparo, cuando lle*^ó su sucesor (1535 1. 

Era éste Pedro Fernándezde I^ug^o»g<il>errindorde!as Ca- 
narias, t[ue, aluetnitdo con las lisonjeras descrijKnones que 
se hacían de las rit[uexas de la rejion de Santa Marta, so- 
Jicitó del rei el nombramiento de gobernador i ca|ijtim je^ 
neral de esa provincia. Carlos V le concedió fácilmente esta 
j^racia, a*? lañándole una grande autoridad i cuantiosas 
gratificaciones, i ayudánd4)lo en el costo de su espedicion. 
Se hace subir a 1,500 el número de los inrantes, 5 a 700 e! 
de los jinetes (|ue Lugo alcakó a reunir para esta empresa» 
Los últimos aprestos para la partida se hicieron en las \n 
las Canarias. El 3 de noviembre de 1535, zarpó la espetli- 
cion de Tenerife; i amediadosdel mes siguiente entró en San- 
ta Marta. Formaba parte de ellas con el título de justicia 
mavf>r de la colonia, un al>oi^qiflo Msrurn TmnibríHÍo Gonxa* 
lo Jiménez de Quesada, que estaba destinado a ilustrar stt 
nombre con grandes proezas, i a ser el verdadero conquis^ 
tador de aquellas rejiones. 

Los historiadores se entretienen en describir el contrast"^^ 
que formaban los lujosos soldados de Lugo con los defen-' 
sores de Santa Marta, que se hallaban reducidos a la ú\t%^ 
tima miseria ^ . El nuevo gobernador, con6ado en el númerc^^ 
de sus soldados, i en la abundancia de sus recursos milita — 
res, comenzó las operaciones con gran vigor. Dispuso a '^ 
efecto, el envío de dos espediciones en persecución de los in — 
díjenas de las tribus vecinas; i aunque en ambas lograr^»- 



í luanCASTHLLANO?, Elcjías de varones ilustres de Indtas^psirte II ^ 
elj. IV, cant. I, páj. 290en la edición de Rivadeneira estas elejíasnc^ 
son otra cosa que la historia rimada de la conquista de Ticrrei- 
Firme. 



PARTE SEíaNDA. — CAPÍTULO XII íltil 



)tar a los indios, los españoles sufrieron los efectos de 
poderosa resistencia i de la falta de víveres mas abso- 
Uno de esos cuerpos espedicion arios, mandado por un 
leí gobernador, perdió veinte hombres que perecieron 
mbre. Después de estos primeros ensayos, Lugo resol- 
ar otro rumbo a sus operaciones i entrarresueltamen- 
las aguas del caudaloso Magdalena para descubrir e¡ 
lor de aquellas ricas rejiones. 

^EDKO DE HeREDIA; FUNDACIÓN DE CaRT AJENA. —En laS 

eras espediciones militares á Santa Marta se distin- 

un capitán castellano llamado Pedro de Heredia, no- 

por su valor i por su destreza en el manejo de las ar- 

Descontento con la sujeción a que estaba sometido, 

dia se fué a la corte llevando un caudal no desprecia- 

pidió al rei autorización para acometer la conquista 

)nizaciondelpaisque se estiende desde lasmárjenesocci- 

lies del Magdalena hasta el Dárien. Carlos V accedió 

'cto a su solicitud, i lo autorizó para organizar su es- 

ion. 

redia reunió en Sevilla 150 hombres; i como militar es- 
iientado en las guerras de América, se limitó a embar- 
n sus naves armas en abundancia, víveres, cascabe- 
spejitos i todas esas bagatelas que llamaban la aten- 
rle los salvajes. Hizo, ademas, construir una embarca- 
lijera i pequeña para el reconocimiento de los rios. A 
de 1532 salió la escuadrilla de Cádiz; i después de au- 
ar el número de sus soldados en Puerto-Rico i la Es- 
la con algunos aventureros aclimatados en el suelo 
uevo mundo i esperimentados en sus guerras, se dio a 
la ]jara la costa firme. El 14 de enero del siguiente año 
B) los espedicionarios penetraron en una espaciosa ba- 
jue, por la semejanza que ofrecia con un puerto de 
ña. habia sido denominada Cartajena - . 



*icdrnhitH fíistoria dcVa conquista del nucso reino de Gra- 

lib. III, cap. III. páj. 81, atribuye a Heredia, el nombre dado 

el puerto Sin embargo, el bachiller Enciso en la segunda edi- 



0»d£ el pñmer día de 9a anihrt a aqoella costa, to^ 
Heiifdta qi»c sonener rrnidas ci>r!ihate» coa sas natsml^ 
pero en todos ellas obturo consvlerable» reataj^i^^ A U^ 
fiocrv» días despucs. el 21 de mero de 1533. edid los ciiñk^^ 
toa de la ciiMlad que sinriA ^utémoe» de centro de «ns o ^s 
racsoiie» militufir^ i q^e fmé maa tai Je tioa de tas laaif rk^^ 
i cuioerciales del nuero muado. Go «ic^tiida^ el impetnc^^ 
capttaa revsfió sus tropa$« i d^ando ^uarDcrida la ; 
coloina« mUñ n campaan a ta refkm del mirle dr S 
Mafta. Sometió mtaa tribcis por la fuersa, i irtaándoie- 
otran por oiecfio de tratos pa c i ft eoa » debute* de ana e»^ 
dkfon de coa tro niefess. irolríó a ta coloaia airado de ti 
eot d^poj»n i «atbiedio con iíys de»ashrtmíeQta«, 

I*ero, Ileredia hatita oído haUar frecaeoteiiienle de hkt 
riqt>c2a^ qoe coc^rrrahaa ínB reiioiie* del sor, K principíi^ 
fie enero del año ííi*;airn te 15,14». «alió m sn ba^^a* Jiapf- 
raudo al eieeto las grandes dilicaltade» qcic le opoota la rv- 
«stencta de los indios. Los caaitellancts reeorríeToo «^tmi 
parte del ralle fonaailo por cl río Zeas, i engoIGliidn^ re 
las oofitañas del eottedo oríental^ ñirieroa loa tiof rililn 
cstrngrm c^u^ados por los furío^oü temponüeí de lo^ trdr 
picoa* ^ Batos padecuníeoto^ faeron iademaí^dofi ea paiti 

- ^ > - iionjs qo* n?c<ijíe" "^ -'^ ' -" ^- - ^ ^^ '»af 
t'cularmente con e! oro arrancado de las sepultaras qt 
hallaron en un campo dilatado que servia de enterrator 
a los indios. Los castellanos volvieron a Carta jena can 
dos de riquezas. j)ero reducidos en número, i tan enterr 
i macilentos que, sejjun la pintoresca espresion de un n 



cion de su Suma ffe jcn^raíin impresa en 1330, esto es. dos 
antes de la espedicion de Hereiiia, h ibla ya del paerto de Cf 
na. (jue descrilíc con bastante prolijidad \*. el t r»3 Taiv 
primeros esploradores de arpiella costa le dieron ese nombre 
• Bl que desee conocer lo< porm?nt>r-"s de estas espe'V 
puede consultar la carta histórivo ¡eo^^ráñca puhlio.iJa pi 
ronel Acosta en su C'»mfpendic h^atónc» riel de>cahrim'znz 
nizíiCíon tic In Xuevn f^rrnnnc/a, I'aris 1*^4-*^. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XII 36H 

uo historiador, parecían que los habían sacado de los se- 
ulcros de que no cesaban de hablar. 

Este descubrimiento abrió un ancho campo a la codicia 
al espíritu aventurero de los soldados españoles. Organi- 
íronse nuevas espediciones en busca de los tesoros del 
enú; pero el intrépido Heredía se vio atajado en sus afa- 
?s i en sus esperanzas. El reí habia organizado un obispa- 
o; i frai Tomas Toro, el primer ol)ispo, comunicó a la cor- 
? los excesos de la conquista de Cartajena, i pidió el envío 
í? un comisionado especial que residenciase a Heredía i a 
is compañeros. El licenciado Juan de Badillo, miembro 
.' la audiencia de Santo-Domingo, recibió este encargo/i lo 
Lscmpeñó con un celo tan indiscreto como interesado 
I3«t7). El gobernador Heredía i un hermano suyo que lo 
ahía acompañado en aquella conquista, fueron sometidos 

un odioso juicio, encerrados en húmedos i estrechos cala- 
)ozos, confiscados sus bienes, i perseguidos con una injus- 
Ificable tenacidad. Badillo,que habia procesado a Heredía 
)or haber maltratado i esclavizado a ios indios, defrau- 
líindo a la vez al erario real en el repartimiento de los te- 
soros, después de apoderarse de los bienes del gobernador, 
nandó apresar a centenares de indios para negociarlos en 
n Española vendiéndolos como esclavos. 

3. Esi*p:üícion i)K Jiménez i>k Quesada.— Casi al mismo 
díipo en que Heredía hacia desde Cartajena su importan- 
^J'sploracion en las rejiones del Zenú, el gol)ernador de 
^^ta-Marta, Fernández de Lugo, disponía otra espedicion 
interior, cuyos resultados fueron todavía mas impor- 
'"> tes. Formó |)ara esto una columna de 700 hombfes, i 
^^truyó algunas naves para remontar las corrientes del 
^í^clalena. El mando de estas fuerzas fué confiado al li- 
^^iíido Gonzalo Jiménez de Quesada. , 

^-1 6 de abril de 1536 salióla espedicion de Santa-Marta. 

infantería se diríjió por tierra casi en línea recta hacia 

5^ur hasta Tamalameque, a las orillas del Magdalena, 
'^^c\e Quesada esperaba reunirse con su escuadrilla; pero 
^^^do que después de algunos días de espectativa. no lie- 



Mi MJSTOUIA DE AMÉRICA 



gabán sus naves, envió una partida de españoles rio aba- 
jo, a apresurar la marcha de sus buques. Supo entonces 
que tres de ellos habian naufragado en las bocas del Mag- 
dalena; pero el gobernador Fernández de Lugo reforzó ac- 
tivamente las nayes que habian salvado del naufrajio; i 
al f:n pudieron éstas reunirse a Quesada para proseguir la 
campaña. 

El capitán español distribu v ó entonces sus fuerzas de 
otra manera. Colocó los enfermos en las embarcaciones, i 
él mismo se dispuso a seguir su marchri por las orillas del 
rio, precedido de una partida de monteros encargados de 
abrir el paso entre las espesuras de aquellos impenetrable^ 
l)osques. Los sufrimientos de los castellanos en aquella pe- 
nosa marcha son casi indescribibles. Los calores tropicales, 
las fiebres causadas por el sol i por las emanaciones pútri- 
das de los pantanos vecinos, la multitud de insectos que 
molestaban a los castellanos durante el dia, los caimanes i 
los tigres que los asaltaban, no hacian mas que aumentar 
los padecimientosvcausados por el hambre i por la tormen- 
tosa incertidumbre sobre el término de la espedicion. La 
tropa se sentia desmayar, i comenzó a manifestar las se- 
ñales de su descontento degollando en secreto sus caballos 
para proporcionarse íilgun alimento. Sólo Quesada con- 
servó su ardor i su entusiasmo en medio del jeneral abati- 
miento. Sobrevinieron las lluvias, tan constantes i terri- 
bles en las rejiones tropicales: las aguas del rio se dilata- 
ron en una grande estension de territorio, inundando los 
bosques vecinos, i haciendo, por lo tanto, imposible la mar- 
cha de la espedicion. Quesada resolvió asentar su campa- 
mento en un lugar llamado Tora, mientras Ins naves se- 
guian remontando el rio en busca de alguna población. 

Los sufrimientos de los espedicionarios no llegaron a su 
término con esto solo. Hn el campamento de Tora se des- 
arrollaron enfermedades terribles; i eran tantos los caste- 
llanos que morian que ya no se daba sepultura a los cada 
veres sino c|ue se les arrojaba al rio. Esto mismo produjo 
un grave daño: los caimanes se cebaron con la carne hu- 



PARTE SEGUNDA. — CAPItITLO XII 365 

inana. i de comerse los muertos pasaron a atacar a los vi- 
vos que se acercaban al rio. La columna espedicionaria se 
disminuía considerablemente; i hasta los mas animosos 
pensaban sólo en volver atrás. 

Quesada, sin embargo, entretuvo a sus soldados, i man- 
dó hacer una esploracion apartándose de las márjenes del 
Mc'igdalena. Doce hombres escojidos remontaron las aguas 
del rio Opon, i a poca distancia encontraron senderos en 
la montaña i señales de población, descubrieron algunos 
caseríos i divisaron campos cultivados. Convencidos de 
que éste era el rumbo (|ue les convenia seguir, Quesada mo- 
vió sus tropas en aquella dirección, apartando primero a sus 
enfermos para hacerlos volver a Santa Marta en las naves. 
Después de esto su columna quedó reducida a poco mas de 
200 hombres, de los cuales sólo 62 eran de caballería. Con 
este j)equeño número de valientes, Quesada prosiguió re- 
sueltamente su marcha. Habia trascurrido ya cerca de ixn 
año de padecimientos de toda especie, pero parecia al fin 
acercarse su término. 

(j. Conquista de BoítOTÁ, Trxj a e Iraca.— Los españo- 
les se hallaban en las inmediaciones de las mesetas centra- 
les de la república actual de Colombia, donde existian tri- 
bus numerosas de indios semi-jivilizados i rejidos por go- 
Itiernos mas o menos regulares. A la vista de los campos 
cultivados i de los primeros vestijios de riqueza, el hábil 
Quesada reunió a sus oficiales, e hizo ante ellos dimisión 
del mando, manifestándoles que estaba dispuesto a obe- 
decer al capitán que los otros elijiesen. Los soldados, que 
poco antes se lamentaban de su suerte i pensaban sólo en 
volver a Santa Marta, aclamaron jeneral a Quesada, des- 
ligándolo de toda sujeción al gobernador. 

Al descender de las montañas de Opon, fueron asaltados 
por los indios; pero la táctica de los castellanos, sus armas 
i mas que todo la presencia de los caballos decidió de su 
triunfo, i los revistió del prestijio de hijos del sol ante las 
tribus vecinas. Los indíjenas los recibieron casi en todas 
partes f>enignamente, ofreciéndoles víveres en abundancia 



3<»<; HISTORIA DE AMÉRICA 



i festejándolos con sahumerio, como a hijos del sol. Al ])e- 
netrar en la planicie de Bogotá, los españoles hallaron, en 
todo cuanto alcanzaba la vista, campos cultivados, cubier- 
tos de sementeras i de pueblos en que sobresalian las ca- 
sas de los caciques, que dominaban por su elevación aquel 
hermoso valle, i caminos trazados con arte, que condu- 
cían a los lejanos adoratorios. (juesada contemplaba lle- 
no de admiración aquel hermoso panorama i anhelaba en- 
contrar al zipa, o rei de los muiscas, (¡ue suponia rodeado 
de inmensas riquezas. El z//>«, sin embargo, le hacia va- 
liosos obsequios de víveres, pero es<|uivaba mañosamente 
su presencia. Los castellanos llegaron así al pueblo de Mu- 
queta, capital del territorio de los muiscas. que encontra- 
ron desierta, i donde supieron (pie el zipít habia mandado 
ocultar sus tesoros. 

Quesada convirtió ese lugar en centro de las subsiguien- 
tes operaciones. De allí despachó al capitán Céspedes con 
encargo de reconocer las ticrríis de los paucheSy indios Ix?- 
licosos, que suponia mui ricos; pero después de un rudo 
combate en (jue los castellanos alcanzaron la victoria con 
gran dificultad, dieron la vuelta a reunirse con su jefe í|ue 
preparaba una nueva espcdicion. Oucsada, en efecto, se 
disponia a marchar sobre Tunja, cuyo rei o zaque, era tan 
poderoso i respetado por sus vasallos como lo era el zipa 
de Bogotá en sus dominios. La fama de las riquezas de 
este estado, c(ununicada por los iiulíjenas, habia despertíi- 
(lo la codicia de los españoles. 

Desíle sus primeros pasos, los esj)l(;radores hallaron las 
señales del poder del zncpic/x las muestrasdel oro que abun- 
daba en aquella rejion. Kl des|)otisnio del sobenino sumi- 
nistró a los españoles decididos ausiliares entre los mismc^s 
i:i(lios; pero el zacjut\ (jue sóN) (jueria ganar tiempo, les 
dispuso un ostentoso recibimiento i les envió valiosos ])rc- 
scntes de telas de algodón i de víveres ])ara retardar su 
marcha i poder ocultar sus tesoros. Los castellanos, sin 
embargo, estaban escarmentados con lo ijue les habia ocu- 
rrido con el zip¿i de Bogotá, i en vez de dejarse engañar con 



PARTE SEíirNDA. — CAPÍTULO XII Bf»? 

SOS halagos, marcharon precipitadamente a Tunja i ca- 
eron sobre la ciudad el 20 de agosto de 1537, en los mo- 
lentos en que la servidumbre del zaque se ocupaba en tras- 
Drtar el oro. No se necesitó mucho para que los castella- 
os desenvainaran sus espadas i empeñaran una reñida 
icha con los indios que duró cerca de dos horas. La noche 
uso término al combate: después de él, el zaque quedó pri- 
onero, i sus tesoros pasaron al poder de los castellanos. 
Se hizo un montón de oro tan crecido, dice Quesada en 
na relación histórica de su campaña, que puestos los in- 
tntes en torno de él, no se veian los que estaban de frente, 
los de a caballo apenas se divisaban''. 

Quesada habia oido hablar de las riquezas de Iraca, cuyo 
icique era a la vez jefe i supremo pontífice. Una división 
t españoles se puso en marcha para aquel lugar; pero al 
proximarse al santuario, el cacique les opuso alguna resis- 
íncia para darse tiempo de ocultar sus riquezas. Los cas- 
íllanos, sin embargo, ocuparon el palacio del cacique i pe- 
ítraron en el templo para recojer el oro que encerraba. El 
lego consumió aquel adoratoiio, que era el mas venerado 
Dr los muiscas. 

Los castellanos se ocuparon en algunas otras empresas, 
se empeñaron particularmente en apresar al ztpaáe Bogo- 
í, que hasta entonces se les habia escapado. Desgraciada- 
lente, éste pereció en el asalto de un caserío; i su muerte 
redujo una profunda irritación entre sus vasallos, prolon- 
ando así la guerra, con motivo de la elección de otro zipa. 
ero la actividad de Quesada era superior a tantas dificul- 
ades; no sólo persiguió i derrotó al nuevo zipa sino que 
izo perecer a éste aplicándole en vano el tormento parn 
acerle confesar el lugar donde se hallaban los tesoros. 

En estos afanes los castellanos ocuparon mas d3 un año. 
uesada queria establecer una colonia en aquellas hermo- 
is rejiones; i el 6 de agosto de 1538, echó los cimientos de 
na población, construyendo al electo las primeras habita- 
ones. Quesada era natural de la provincia de Granada, en 
spaña: a los paises conquistados los llamó Nuevo reino 





4e GranadA; í a stt capital, en cofimemoraci'OD de la erodad 
fcmdada pnr los reres católicos en fnente de Granada^ i dtr^ 
rante su ntttmo sitio, di6 el nombre de S^nta Féde Bogotá. 

7- Fiíí HE LA CflUgnífTA; ORr.A?iI2.%CIO?i DE LAC%l»m?ítA 

JR9EJIAL fiE NuETA G»A?¿A£i4. — Hi pats qtie acallaba de des- 
cubrir i conij oís tare! to trépido ^oesada, foé el abjetoik 
fftras dos esplaracioDes diferentes, qne llegnrun a reuRinc 
a la me5»eta de Bogotá de mat díslíntos pütitos. Scbastiiia 
fie Beitíilcrázar, noldado i lastre de la conquc^a de! Perfil re* 
cibió ta ófden de Fraocuico Pbarro de nrducir la proríncii 
de QaÍto:i de aTií haliía paitado adelante hasta encontmn^ 
con (juesada en las orillas del Magdalena. Por et orítmte, 
Xicolas Fedcrmafi, ájente de nna compaftia alemana qoe 
haljia entrado en la especulación de conqntstar a Xrntzm* 
ia, se internó también ha^ta tas ínmediaeiones de Bugot^ i 
áe encontró con (jiiesada despees de un %'iaje de tres ñhm. 
De este modo, el continente americano era reconocido con 
tanta andaeia como rapidez, por osíid'ts e«pU»ríidop»qflc 
«e internaban resueltamente en las selvas víiienes de! ont- 
V0 mundo^ tre]iaban por áiperns montañas i pasabín nn^ 
inmenson t peligrónos. 

Quesada, seguro de Imber echado la planta de una f)f^^ 
vincia mas rica e importante que muchas de las que se bu* 
Inan forma do en el nncvo mundo, resolvió ira España a 
solicitar del reí el título deg>ibernador de tos parses qn^ 
ncababa de descubrir i conquistar. Fernández de Lugo ha- 
bía fallecido en Santa Marta en enero de 1536; i el gobier- 
no de aquella colonia estaba confiado a un sostituto elej^* 
do por la audiencia de Santo Domingo. Nadie, sin duda. 
podía alegar mejores títulos a aquel gobierno que Jiménez 
de Quesada, pero la corte prefirió confiar el cargo a un luj^ 
del primer gol^ernador, nombrado Alonso Luis de Lug^^ 
(1542;. 

La conquista de la Nueva Granada estaba casi comp'^' 
tamente concluida después de las espediciones de Quesada- 
Sin embargo, bajo el gobierno de su sucesor se emprendii^ 
ron nuevas espediciones a las rejiones inmediatas para dt 



PAUTE SEÍUINDA. — CAÍ'ÍTrLO Xlf HílO 



latar las conquistas i establecer nuevas poblaciones. Un 
portugués apellidado Cesar, que habla sido segundo de He- 
redia en el gobierno de Cartajena, adelantó los descubri- 
mientos en las rejiones situadas al occidente del Magdale- 
na, i dilató los límites de esa estensa provincia que por cerca 
de tres siglos fué denominada Nuevo reino de Granada. 
Carlos V, para atender a la administración de a(|uellas ricas 
colonias, creó en 154S una nueva audiencia, que debia re- 
sidir en Santa F'e de Bogotá i c|ue circunscribió la acccion 
de la audiencia de Panamá, fundada algunos años antes ^. 



^ La historia fie la conquista del Nuevo reino de Granada, que 
hemos compendiado mucho para ajustaría a la estension de este 
compendio, ha sido narrada prolijamente por el padre franciscano 
írai Pedro Simón en sus Noticias historinlcs de Iüs conquistas de 
Tierra Firme; pero desgraciadamente, las partes 2^ i 3* de esta 
obra, que contienen la historia de la Nueva Granada, permanecen 
inéditas en Madrid: la 2^ en la biblioteca de la real academia de la 
historia, i la 3^ en la biblioteca nacional. Sólo la primera, que 
contiene la historia de la conquista de Venezuela, fué publicada en 
1627, 1 vol. en fol. El Iltmo. obispo de Santa María, don Lúeas 
Fernández de Piki>rahita, compuso una Historia feneraJ de Jas 
conquistas del nuevo reino de Granada, Amberes, 1688, 1 vol. en 
fol., que he tenido a la vista al escribir este capítulo, así como Las 
eíejias de Juan de Castell.wos, ya citadas, i otras dos obras que 
el lector puede consultar con provecho, el Compendio histórico del 
descubrimiento, etc., por el coronel Acosta, I^aris 1848, i las Me- 
morias para la historia de la Sueva Granada desde su descubri- 
miento hasta 1810, por José Antonio Plaza, Bogotá, 1850. 



TOMO I 24 



CAPITULO XIII. 
Conqnifita de Tenexuela. 

(1527-1560) 

1. Juan íle Ampues; fundación de Coro. — 2. Los Welser; espedi- 
cioii de Alfinger.- -3. Jorje Spira i Nicolás Federman.— 4 Fe- 
lipe de ürre; espedicion al Dorado.— 5. Suspensión del privile- 
jio de los Welser. - G. Colonización de Venezuela por los espa- 
ñoles. — 7. Fundación de Caracas; organización del gobierno 
de Venezuela. 

1. Juan de Ampues; fUíNDacion de Coro.— Después del 
tercer viaje de Colon, las costas del territorio que hoi for- 
ma la república de Venezuela fueron visitadas por muchos 
viajeros i esploradores, i aun uno de ellos, Alonso de Ojeda, 
liabia intentado fundar una colonia. Aquel país ademas 
liahia sido el campo del desgraciado ensayo que hizo el ve- 
nerable protector de los indios, Bartolomé de Las Casas, 
para poner en ejercicio su sistema de conquista pacífica, 
así como también habia sido teatro de las inhumanas es- 
pediciones de algunos castellanos que recorrían la costa 
haciendo en ella frecuentes desembarcos para apresar in- 
dios, que eran vendidos en la Española i en Cuba. Estas 
infames especulaciones iban marcadas con todojénerode 
horrores, que dieron por resultado la profunda irritación 
-de los indíjenas, i el asesinato de los primeros misioneros. 
En otra parte hemos dado una sucinta noticia de la espedi- 



cioo de Gottxalo de Oinampo a las costas de Ctiitiaiiá, serla- 
íbúb con ta&tas atfoeidadcs ^ 

En 1523, ki awficacMi de Santo Dofotngo había manda- 
do a CmsanA a tm capitán nombrado Jácome Castdlcm 
cna (werxBS su&dentr^ páfu castigar los ateotadus <k los 
gadiots» i c^talilecer isna cukmi^ i la prad^iüia de éste tiabm 
c oaMEgii ido este obyetii, cstahlowtidfi la pesqoería de per- 
las í ftmciaiKki caá poblackm. Sto ciabargo, los españoles 
permanaderoñ alU sia dilatar sos conqaistas en at|tte]la 
parte del eotrctaeiite. 

Pero los atentados de los lni6caates dn esclavos «e repe- 
tían sin ce^^r, sin que tas antcrrifladcs de la Española pu* 
dieran poner atajo a tantas aimciilaiies. Carlos V hnbki 
dlspoesto qne fueran reducidos a ceda vi tnd los indios r|ue 
pusieran resi^tendas a la coaqDatji; i esta autorización 
dnba pfetesto a bis maldades de los especuladone^;. I^i au- 
dicncia se resol r¡^ al 6ti a tornar ana tttcdt^a decisiva, i en- 
eais6 a! capitán |aan de Amptics. qoc desempeñaba en 
Santo Dotutngo el cargo de factor de la real hacienda, que 
pasara a la costa de Cora con 60 hombres para poner tér- 

fTTiifíiiÉ 51 rií^'^'t*' iiniKim.f* ^r.Í!*i»'ii "«im»! ía^ orí % t;*.''^^- » 'i^ ít^ t*"TíÍíin 

noticia de que en aquel pais no había oro, se preocupaban 
poco con la ¡dea de conquistarlo, i querían sólo impedir las 
atrocidades que cometian los negociantes de esclavos. 

Ampues, sin embargo, abrigaba proyectos mas víistos- 
Al llegar a la costa de Coro, tuvo noticia de la existencia 
de un poderoso cacique nombrado Manaure, cuyos vasa- 
llos lo reverenciaban como a un dios, i el cual tenia por 
tributarios a muchos otros caciques, i no se presentaba en 
publico sino llevado en hombros por los principales seño- 
res de sus dominios. Ampucs desplegó gran prudencia para 
ganarse la voluntad de Manaure, i atraerlo a la paz me- 
diante las amistosas i sinceras manifestaciones de cordiali- 
dad. Ün tratado solemne, concluido en medio de ostento- 
sas ceremonias, consagró la alianza: el cacique prestó el 



i Véase el cap. VIII de la segunda parte de esta historia. 



PAKTH SEGUNDA. — CAPÍTULO XUI 3*73 



juramento de fidelidad i vasallaje a Carlos V i sus suceso- 
res. **Fueron tan de corazón estos tratos, dice un distin- 
guido historiador, i sin falta por parte de los indios, que 
habiendo los españoles en diversas ocasiones robádoles sus 
haciendas haciéndoles malos tratos, nunca los indios, lo 
tuvieron ni han tenido jamas con los nuestros** 2. 

Estas paces permitieron a Ampues tomar pacífica pose- 
sión del territorio del cacique Manaure i elejir el lugar apa- 
rente para la fundación de una ciudad. El 26 de julio de 
1527, fundó el pueblo de Coro, i dio principio a laconstruc- 
cion de algunos ranchos con el ausilio de los indios. Am- 
pues esperaba someter poco a poco las tribus vecinas lie 
vando adelante su sistema de conquista pacífica; pero 
cuando menos lo esperaba se vio embarazado en sus traba- 
jos por una nueva disposición de la corte. 

2. Los Wei^bk; espedicion de Alfinger.— Carlos V, en 
efecto, había concedido la conquista de aquel pais a una 
compañía alemana de comercio. Ambrosio Alfinger i Jorje 
Seyler, que eran en Madrid los ajentes de unos negociantes 
de Ausburgo apellidados Welser, i que formaban quizá la 
casa de comercio mas rica del mundo, solicitaron del reí la 
concesión de esta provincia, para hacer su conquista a su 
propia costa i como una especulación mercantil. Carlos V 
que habia recibido préstamos considerables de los Welser, i 
que esperaba obtener de ellos nuevos fondos, les hizo la 
concesión bajo las condiciones siguientes: la compañía se 
obligaba a equipar cuatro navios para conducir 300 espa- 
ñoles i 50 marineros alemanes, i a fundar en el término de 
dos años, dos ciudades i tres fortalezas. El rei les concedía 
todo el territorio que se cstiende desde Maracapana hasta 
el cabo de la Vela, con la facultad de interiorizarse cuanto 
quisieran en el continente, i les concedia ademas una parte 
de los derechos que cobraba la corona sobre la esplotacion 



- F. Simón Lus conquistas de Tierra Firme, not. II, cap. I, 
páj. 35. 



374 uurroRiA db amArica 



de las minas así como la facultad de reducir a la esclavitud 
a los indios que no quisieran someterse al vasallaje. 

La formación de este contrato coincidió con la capitula- 
ción que el rei habia hecho con García de Lerraa autorizán- 
dolo para tomar el gobierno de Santa Marta i dilatar la 
conquista en aquella provincia. Lerma i los Welser se pu- 
sieron de acuerdo para abrir la campaña i socorrerse mu- 
tuamente. 

L^s Welser nombraron por goljernador i por teniente 
suyo a Ambrosio Alfinger i Jorje Seyler. Llegaron éstos a 
Coro en 1528, i presentaron a Ampues la orden de entre- 
garles el mando. El capitán español no puso la menor re- 
sistencia: entregó el gobierno i se retiró a Santo Domingo. 
Los alemanes, que veian sólo en la espedicion una empresa 
puramente mercantil, codiciaban masque los castellanos el 
oro de las minas del Nuevo Mundo. Su primer afán al pi- 
sar la tierra, fué recojer noticias acerca de las riquezas de 
aquella rejion con la esperanza de'descubrir un imperio po- 
deroso que encerrara tesoros semejantes a los de Méjico, 
que habian asombrado a la Europa entera. Cuando Alfin- 
ger supo que aquel pais era pobre en minas, (|ue sus habi- 
tantes estaban muí lejos del «Jurado de civilización en que 
esperaba hallarlos i que la empresa no ofrecía tan risueñas 
espectativas. cambió de propósito pensando Cjue el verda- 
dero lucro de la negociación consistía en reducir a los in- 
dios a laesjlavitud ¡)ara vendcrUjs en Cuba i en la Españo- 
la. La con(|uista i la colonización de aquella parte del 
continente, fué convertida así en una vergonzosa especula- 
ción mercantil (jue no reparaba en medios vedados para 
asegurar su negocio. 

Alfinger dejó a su segundo en el gobierno de Coro; i a la 
cabeza de un destacamento considerable, emprendió su pri" 
mera cam|)aña dirijiéndose hacia el occidente sin alejarse 
mucho del mar, mientras las emi)aroacionl\s que habia he- 
cho construir a la lijera, lo seguian |)or la costa para la es- 
ploracion de los rios i bahías. En esas naves atravesó el 
lago de Maracaibo; i después de construir una ranchería en 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO XIII 375 

el lugar que hoi ocupa la ciudad de aquel nombre, dejó allí 
las mujeres i los niños que acompañaban a sus soldados 
con una escolta regular, i se internó resueltamente en el 
pais con 180 soldados (1530). Alfinger desplegó las dotes 
de un hábil i laborioso esplorador: reconoció las ensenadas 
del lago i los ríos de las inmediaciones; i en su marcha hiio 
un estudio prolijo de las localidades; pero en cambio mani- 
festó un carácter feroz con los naturales. **Apoderado de 
su alma un furor insensato que dejeneraba en frenesí, dice 
un historiador moderno, señaló por todas partes su pasaje 
con el robo, el homicidio i el incendio. Debia morir quien 
no podia ser esclavo, debia quemarse la casa que le habia 
servido: detras de él nada debia quedar con vida i en pié*' ^. 

En ésta espedicion, el atrevido esplorador recorrió una 
estensa porción de territorio, entró al valle de Upar, fuera 
de los límites de su dominación, i llegó bástalas orillas del 
rio Magdalena. Casi en todas partes encontró una tenaz 
resistencia de parte de los naturales; pero siempre, también 
hacia un número considerable de prisioneros i recojia las 
muestras de oro que poseian los indios. Para descargar a 
su jente del cuidado del botin, despachó a Coro 25 hombres 
de su confianza con el oro cojido i los prisioneros captura- 
dos. Las penalidades que sufrió este destacamento forman 
uno de los mas tristes episodios de la conquista. Faltos de 
víveres, los españoles se vieron en la triste necesidad de ali- 
mentarse con la carne de sus prisioneros que degollaban 
desapiadadamente; i cuando se les acabó aquel horroroso 
alimento enterraron el oro i se dispersaron por los bosques 
en busca de un amparo contra tanto sufrimiento. Uno sólo 
de aquellos desgraciados llegó a la ciudad de Coro: los de- 
más perecieron de hambre en medio de las soledades. 

Durante cerca de tres años, Alfinger fué el terror de los 
infelices indios; pero al cabo de este tiempo vino a ser su 
víctima. Después do reconocer los límites de las hermosas 



3 Baraj.t, Resumen de la Historia de Venezuela^ tomo I, cap. 
VÍII, páj. 151. 



376 HISTORIA DE AXÉBICA 



rejiones que pocos años después conquistó el esiorzad o Ji- 
ménez de Qnesada, Alfinger dispuso la vuelta a Coro; pero 
la fama de sus crueldades armó a los indios del valle de 
Chinacota, por donde debía pasar a su vuelta, con la reso- 
lución de atacarlo de sorpresa. Alfinger se habia separado 
un poco de su tropa con un castellano amigo suyo llamado 
Esteban Martin, ''cuando saliendo de laemboscada les em- 
bistieron los indios con tal ímpetu i presteza que cuando 
pusieron mano a las espadas para defenderse, ya estaba 
Alfinger mui mal herido**. Tres dias después murió (1531), 
"dejando, dice un historiador, perpetuada la memoria de 
sus atrocidades** ^. El lugar donde murió, situado a pocas 
leguas de la actual ciudad de Pamplona Colombia), con- 
servó su nombre i fué llamado valle de Miser Ambrosio ^. 

3. JoRjB Spira i Nicoi.as Fedkrman.— Por muerte de 
Alfinger tomó el gobierno de la colonia un oficial que los 
historiadores españoles denominan Juan Alemán. A dife- 
recia de su predecesor, era éste un hombre tranquilo quesea 
por evitiir los horrores de aquella guerra cruel, o por indo- 
lencia, o por cobardía, se mantuvo en Coro sin acometer 
empresa alguna. Sus subalternos, sin embargo, continua- 
ron las operaciones de un modo semejante al adoptado por 
Alfinger, esto es apresaban indios para venderlos por escla- 
vos a los colonos de las islas. 

La negociación no producía a los Welser el provecho que 
esperaban de ella. En ir>[)r>. dicroncl ;T^()l)iern<) de la colonia 
ajorje Spira, osado aventurero (juc habia de emprender 
riesgosas espedieiones. Spira organizó en España i en laS 
isla Canarias un cuerjio de 40() liombres. Otro alemán noni' 
brado Nicolás Feclerinan. <jue |k)co antes habia hecho nn¿^ 



J Oviedo I Baños, lli^tonn <ic l:i provincia de Venezuela, part^" 
I. lib. I, cap. VIH. 

•'» Los españoles (hibnii a lo> osi^aiiiLTOs el tratamiento de M i" 
ser, ef|uiva]ente al \I-)ns¡t'iir «le !•>< tVaiuvses. Hl astrólogo veneciía.- 
no que predijo su dcs^j^K-uia a X'aSvO Núñez ilc Balboa es llaniaJ*^ 
Miscr Codro por los liist(»riadorcs. 



PAUTE SBUUNDA. — CAPÍTULO Xlll oil 



^spedicion a Venezuela ^, i a quien los Welser quisieron nom- 
l^rar gobernador de la colonia, recibió el título de teniente 
j^neral de las tropas de Spira. Llegó éste a Coro, a princi- 
-pios de febrero de 1534-, e inmediatamente dispuso una es- 
;pedicion para esplorar el interior de aquel pais. 

El viaje de Spira no fué menos penoso que la campaña 
de Alfing;er. Internándose hacia el suroeste, el osado aven- 
i:urero se vio obligado a batirse frecuentemente con las tri- 
bus indíjenas, i tuvo que sufrir las mayores penalidades en 
medio de los impenetrables bosques i de los pantanos cau- 
sados por los desbordamientos periódicos de los rios. Las 
enfermedades producidas por la insalubridad del clima, dis- 
minuyeron notablemente sus tropas; i el hambre se hizo 
sentir con todos sus horrores en aquellas soledades, cuan- 
do los indios huian de la presencia de los castellanos consi- 
deránJose impotentes para resistirlos. Spira estuvo a pun- 
to de penetrar en el territorio de los muiscas que poblaban 
'os alrededores de Bogotá. Por fin, después de un viaje de 
cinco años, sin provecho alguno para la conquista i con 
^ui escasa utilidad para la csploracion del pais, Spira vol- 
^'*ó a Coro en febrero de 1589, con sólo noventa hombres 
^^ los cuatrocientos que habian salido. Poco tiempo des- 
pees, de vuelta de un viaje a la isla Española, murió en 
^oro (1540). 

Durante la ausencia de Spira, su segundo Nicolás Feder- 
^^^n, que habia debido seguirlo con un refuerzo de tropas, 
^'^Unió alguna jen te i emprendió por su propia cuenta una 
^^^rnpaña al interior de Venezuela. Los viajes de éste, sem- 
•Crudos de peripecias i sufrimientos, fueron de la mayor 
^*^^portancia para el reconocimiento jeográfico de aquellas 
^^J iones. Federman trataba ante todo de evitar cualquier 

*^ El primer viaje de Federman fué escrito por él, o a lo menos 
J^^jo su nombre, i publicado en alemán en Hagenau en 1557. Este 

**^í*o lleno de ínteres novelesco era completamente desconocido 
^^^tido M. Ternaux Compans lo dio a luz en francés en 1837 con 
^* titulo de Marra t ton áu premier voyat^e de N. Federman de Ulm^ 

^^s^rtándolo en su colección de Voyages, relationset memoireSj ctc. 



378 HISTORL4 DB AMÉRICA 

encuentro con los soldados de Spira, de quien andaba rebe- 
lado; i con este objeto se alejó de las huellas de éste, e indi- 
nándose hacia el oriente, llegó en 1538, después de un viaje 
de .tres años al territorio de los muiscas que acababa dí 
conquistar i someter el licenciado Quesada. Poco antes 
Sebastian Benalcázar, conquistador de la provincia de Qui 
to, habia penetrado en el pais de Bogotá, de modo que lo: 
tres aventureros, salidos de tan diversos puntos se encon 
traron inesperadamente en aquel centro de la civilizacioi 
de todas aquellas tribus. Federman, temeroso de volver i 
la dependencia de Spira, e incapaz de proseguir por sí mis 
mo una campaña, celebró un convenio cí)n Quesada. Me 
diante una remuneración de 10,000 pesos de oro, el caudi 
lio alemán ponia sus tropas bajo las órdenes del conquista 
dor del nuevo reino de Granada, i él mismo se comprometió 
a abandonar el pais i a pasar a España donde espcrabí 
hallar una remuneración de sus servicios. Allí murió pocoí 
años después "*. 

4. Felipe de Urre; espediciox al Dorado. — Desdi 
1532, el rei habia establecido un obispado en Coro; perc 
sólo cuatro años después, en looG llegó allí el primer obis 
po llamado Rodrigo de Bastí las, orno el célebre csplora 
dor que fundó la ciudad de Santa Marta. Este obispo iu< 
nombrado gobernador de la Cv)lonia por la audicruia (b 
Santo Domin^^o cuando sj supo en esta ciudad la niiicrt* 
de Spira. \^n alemán nombrado Fedijic de Urre recibió c 
mando de las tropas de la colonia. 

El obispo Bcistídas no (juiso (pie sus tropas perinanccic 
ran ociosas en Coro, i disj)uso algunas espediciones con c 
mismo propósito (jue sus antecesores. 'Felipa- de Crrc si\\\^ 



^ 1-31 viaje (lo Federman, iii'-ii inLere-^ante para la jeo^ralí.i. ii«- 
iie {«oca iinporlancia para la liisLcjria. \os ha si lo nece-iario alir»- 
viar niuchí^iino su relación para a-li^ptarla alas dimensiones ^I 
este compendio. El lector encontrará toilos los detalles histór ^ 
eos en las obras citadas de Oviedo i Baños, del P. Simón. «1«-' 
oh¡<po Fiedrahita, i en la historia escrita por el coronel Acosta. 



PAKTB SEGUNDA. — CAPÍTULO XIII 379 



a campaña con 130 hombres, nó con el simple objeto de 
apresar indios para venderlos en las colonias de las islas, 
sino para buscar una rejion nuiravillosa de que hablaban 
mucho los conquistadores, soguii las noticias trasmitidas 
por Pedro de Limpias, soldado valeroso que habia acom- 
paíiado a Federman en su célebre espedicion a Bogotá. Los 
españoles la llamaban pais del Dorado, **tierra riquísima 
que ios indíjenas señalaban ora en una dirección, ora en 
otra, siempre con la mira de alejar i confundir a sus tiranos. 
En esa tierra habia un hombre, ya rei, ya sacerdote, que 
se hacia cubrir el cuerpo todas las mañanas con polvos de 
oro, por .^edio de una resina odorífera. I como semejante 
veitido le incomodase para dormir, se lavaba todas las no- 
ches, haciéndose dorar de nuevo al otro día. Donde tal cosa, 
como por cierto lo teniaii, podian hacerse, necesariamente 
debian existir minas abundantes o rios i lagos cuyas are- 
nas fuesen de oro, o tejos del mismo ixietal. De aquí el re- 
presentar ese pais fabuloso de mil maneras. Situábanlo ya 
en la parte oriental de la Guayana con el nombre de Dora- 
do o de la Parima, ya doscientas sesenta leguas hacia el 
poniente cerja de la falda oriental de los Andes; ya en un 
pais fjue llamaban de los Omaguas, donde habia lagunas 
con el fondo de oro i espacios inmensos de este metal pre- 
cioso" ^. Esta ilusión que, según la espresion de Humboldt, 
"era un fantasma que parecia huir de los españoles, i que 
sin embargo los llamaba a todas horas'', fué la causa de 
penosísimas espediciones que se repitieron sin cesar duran- 
^^ casi todo el siglo XVI, tan arraigada era la afición que 
'^s castellanos manifestaban por todo lo maravilloso. Urre 
^ulió de Coro en junio de 1541. Su peregrinación duró cua- 
^^oaños. Recorrió paises hasta entonces inesplorados; en- 
•^Ontró tribus de indios desconocidos i supo que Hernán 
^^rez de Quesada, hermano del famoso conquistador de 
^ueva Granada, habia emprendido una espedicion idéntica 



8 Bar ALT, Resumen de la historia de Venezuela, tom. I, cap. 
^III,páj. 161. 



380 HISTORIA DB AHÉRICA 



con el mismo objeto. En estos viajes, Urre tuvo que sopor- 
tar los mayores padecimientos; f>ero en medio de ellos, des 
plegó grande enerjía i sentimientos de humanidad descono- 
cidos hasta entonces en el trato de los indios de aquello 
paises. Después de tan inútiles esploracionse, Urre dio 1í 
vuelta a Coro; pero antes de llegar, fué asesinado pors 
teniente Limpias, i por Juan de Carbajal, enviado de la ai 
diencia de Santo Domingo, que por medio de una suplanta 
cion de sus despachos (1545) se presentaba allí con el títul 
de gobernador. Tal fué el fin de ese valeroso caudillo, ta 
distinguido por su constancia como por su corazón nobl 
i jeneros:). **Ningun capitán de cuantos militaron en la 
Indias, dice el historiador Oviedo i Baños, ensangrcnt 
menos la espada, pues habiendo atravesado mas provir 
cias que otro alguno en su dilatado viaje de cuatro años 
sólo movió su moderación la guerra cuando no halló otr 
medio de conseguir la paz". 

5. Suspensión del privilejio de los Welser . — Lo 
Welser habian disfrutado durante diecisiete años del privi 
lejio de conquistar i colonizar la provincia de Venezuela sii 
que el rei pudiera percibir los provechos i ventajas d< 
aquella empresa. De todos los artículos del contrato cele 
brado entre Carlos V^ i los comerciantes alemanes sólo iiiK 
habia recibido cumplimiento, i era el (jue habia autorizndc 
a estos últimos para negociar los indios vendiéndolos poi 
esclavos. Los Welser no habian fundado una sola ciudad 
puesto ([ue la de Coro lo habia sido por Am[)ues, antes de 
arribo de los alemanes. Algunos jefes de éstos se hablar 
contentado con cambiar el nombre de los villorrios de indi 
jenas. Sólo Carbajal, el asesino de Urre, deseando sustraer 
se a las persecuciones de la justicia, estableció la ciudad d' 
Tocuyo. 

Este mal estado de los negocios de la conquista, deiuiU 
ciado al rei por algunos misioneros, así como el ningún pre:? 
veclio ([uc la corona reportaba de las crueldades con ([ue lo 
ajentes de los Welser se proveian de esclavos, determinarof 
a Carlos V a suspender el privilejio ( 154G). "Los dieeiochc 



TARTR SEOTÍNDA. - í\\PÍTULO XIII 381 

años que Venezuela estuvo bajo su dominación, dice un 
historiador, causaron en su territorio una despoblación tan 
grande que por do quiera se elev6 contra el gobierno de 
aquellos estranjeros un grito jeneral de indignación. Yer- 
mos estaban los campos. Coro convertida en mercado de 
esclavos, los indios que escapaban de la servidumbre, hui- 
dos en los montes: ningún asiento de oríjen alemán se habia 
hecho en parte alguna: los españoles se veian entre sí divi- 
didos, i el odio contra la compañía era causa de infinitos 
desórdenes'* ^. 

6. Colonización de Venezuela por los españole^.— 
Por defectuoso i cruel que parezca el sistema adoptado por 
los españoles en sus conquistas en el Nuevo Mundo, es pre- 
ciso reconocer que era mui preferible al plan seguido por los 
Welser. Si los castellanos anhelaban principalmente el oro 
délas minas, buscaban también un lugar donde establecer- 
secón mayores comodidades que las que poseian en Espa- 
ña. De aquí se orijinaban las repetidas fundaciones de ciu- 
dades i los constantes repartimientos de tierras entre los 
conquistadores. Elloscuidaban de la propagación de los ani- 
males titiles, del cultivo de las semillas i plantas europeas, 
i aun en medio de las atrocidades con que iba señalada la 
conquista, se les veia prestar particular cuidado a la orga- 
nización i gobierno de la colonia. Los alemanes procedie- 
ron de mui distinta manera en Venezuela. Ajentes de una 
compañía de comercio que trataba sólo de sacar grandes 
provechos en el menor tiempo posible, ellos no pensaron en 
colonizar ni en organizarse sino solo en negociar vendiendo 
Jndios. 

Al suspender el privílejio de los Welser, Carlos V envió 
por gobernador i capitán jeneral de la provincia (1546) al 
"cenciado Juan Pérez de Tolosa, hombre prudente, desinte- 
^sado e instruido. Comenzó éste su gobierno haciendo 



'♦ Baralt, Resumen de la Historial de Venezuela, tomo I, cap. 
•^Ill, páj. 169. 



^^^ '^^' 



msTOHrA ns au^bica 






prender en la ciudad de Tocuyo a Carbajal; i después de 
sonieterlo ajuicio, le hizo pagar en la horca el asesinato dt 
ürre. En seguida, el nuevo gobernador estableció en aqtst- 
!Ias colonias el mismo orden que existia en las otras pose* 
si o n es españolas del Nuevo Mundo, Repartió las tierras i 
los indioB nD para que éstos fuesen vendidos por esclavo* 
sino para que ayudaran a sus señores en el cultivo de los 
campos i bajo el rcjimen establecido por varias ordenanzas 
reales. 

- El gobernador Percas de Tolosa dispuso la partida de di^ 
versas espedtciones para someter a algunas triints i funíi.if 
polilaciones. La muerte lo sorprendió en el segundíJ nño 
de su gobierno; pero el impulso estalja dado^ i su sucesor 
Juan de Villegas pobló la ciudad de Borburata (1549/ tn la 
costa del mar de las Antilias, (jue poccís años después fó 
abandonada a causa de los ataques de los filÜíustcroseuro- 
peos que asolaban eí^as costas. Nuevas fundaciones se ^i* 
guíeron a ésto: en 1552, Villegas echó los cimientos de Bar* 
quisimeto con el nombre fie Xueva Si*goviaj en recuerdo de 
iti patria. Su sucesor en el Gobierno, el licenciado Villado* 
da, dispuso, en 1555, la fundación de otra ciudad deiiomi* 
nada Valencia del Reí; i el año siguiente (l^^^ji Di^g*^ ííí^^" 
cía de Pa redes j hijo natural del esforzado guerrero dá 
mismo nombre que tanto se distinguió en Italia, i hereflero 
de so valor, fundó la ciudad de Trujillo, 

Este sistema de conquista, peculiar casi sólo a la provin- 
cia de Venezuela, iba poljlando [loco a poco su territorio de 
ciudades espnñolas. Partidas sueltas de soldados recorriafl 
una vasta estén si on de territorio, sometian una tribu des* 
pues de una obstinada resistencia, i el jefe castellano esco* 
jia el sitio aparente para la fundación de una ciudad. Citn 
españoles, i muchas veces menos, servían de base a su \yo- 
blacion. Se nombraba un cabildo, se dividía el cerco de la 
ciudad en solares que eríin distribuidos entre los con quintil- 
dores según su rango, 1 se repartían las tierras i los indios* 
De este modo, la conquista de Venezuela fué consumada 
parcialmente; i su historia no ofrece el interés dramático 






PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XIII 383 

e presenta la ocupación de otras rejiones del Nuevo 
indo. 

7. Fundación de Caracas; organización del gobierno 
Venezuela.— Aquellas colonias eran rejidas por un go- 
•nador dependiente de la audiencia de Santo Domingo, el 
i\ dirijia las operaciones de los aventureros esplorado- 
1. Sin embargo, el valle donde se encuentra ahora la ciu- 
d de Caracas no habia sido objeto de ninguna espedi- 
n; i quedó ocupado por mucho tiempo por los indíjenas, 
líos llenos de audacia i de amor a su independencia. Se- 
n los historiadores españoles, en una circunsferencia de 
íz a doce leguas, mui codiciada por los castellanos por su 
tilidad i por su abundante población, existian 150,000 
líos sometidos a mas de treinta caciques. 
Un criollo nombrado Francisco Fajardo, nacido en la 
a de la Margarita del enlace de un noble español con una 
lia cristiana de la familia de uno de esos caciques, fué el 
imero que intentó la conquista de aquel pais. Halagado 
r las noticias que le suministraba su madre acerca de 
uella rejion. Fajardo determinó emprender su conquista; 
ro falto de elementos para llevar a cabo una espedicion 
•mal, se unió con otros tres criollos i veinte indios; i em- 
rcados en dos piraguas partieron para la costa de tierra 
me, i saltaron a tierra a poca distancia del puerto de La 
laira. Fajardo, que hablaba la lengua de aquellos indios, 
po ganarse su voluntad i preparar el terreno para vol- 
r con once españoles i un número considerable de indios 
siliares que acompañaban a su madre. Desde que este 
e manifestó sus intenciones de fundar una ciudad, los 
iios, que al principio lo habian recibido como aliado 
dispusieron a la guerra i lo obligaron a abandonar su 
rritorio. 

De este modo, la conquista de aquel pais comenzada pa- 
icaraente, dio oríjen a nuevas guerras. Fajardo no se ate- 
orizó por esto: hizo otras incursiones en él i aun fundó 
tersas poblaciones, una de las cuales fué San Francisco 



384 IIISTOBIA I>K AMÉRICA 



(1560), establecida en el mismo lugar donde hoi existe 
Caracas. 

La fundación definitiva de esta ciudad, sin embarco, no 
tuvo lugar sino siete años después, bajo el gobierno de doii 
Pedro Ponce de Loon, el cual confió al capitán Diego L<->- 
sada el mando de un cuerpo de tropas para consumar 1 ^i- 
conquista de aquel pais. Después de reñidos combates com^ 
los naturales, Losada echó los cimientos de una poblacior^ 
que denominó Santiago de Lcon de Caracas (1567;, i que 
vino a ser mas tarde la capital de la provincia. Después de 
este suceso, los españoles pasaron todavía mas de diez años 
en guerra con los indios de los alrededores de Caracas. Los 
ataques fueron frecuentes, i mas de una vez los castellanos 
estuvieron a punto de evacuar la ciudad; pero su constan- 
cia, superior a toda prueba, se sobrepuso a tantas dificul- 
tades. Convertida en centro de gobierno de la provincia^ 
de la ciudad de Caracas partieron nuevas espediciones para 
aumentar los límites de las posesiones españolas; pero la 
conquista propiamente dicha de la provincia de Venezuela, 
habia terminado mucho tiempo antes desde que el reí orga- 
nizó el gobierno de Caracas, dependiente, como hemos di- 
cho ya, de la audiencia de Santo Domingo i^. 



í^ La historia de la conquista de Venezuela, i aun la de los pri- 
meros años del gobierno colonial, ha sido referida con es(juÍ5itíi 
prolijidaíl por frai Pedro Simón en el volumen que publicó ile sus 
Noticias historl¿tIcs fíe In con(¡uistn de tierrn firme, Madrid Hi27, i 
por don José de (Jvikdo i Baños en su líistorin de In conqui^uidc 
¡a provincia de Venezuela^ Mndrid 1723. Bakalt casi no ha hecho 
mas que tomar noticias de este libro para componer la primera 
píirie i]c su Resumen de la historia de Venezuela. El lector encon- 
trará en esas obras las noticias que nosotros hemos cstractado 
para adaptarlas a la estension de este compendio. 



CAPITULO XIV. 
Coiiquifüta del Peni. 

(1522-153v3) 

1. Primeras esploraciones en el Pacífico 2. Pizarro, Almagro i 

Luquc— 3. Primera espeflícion de Pizarro i Almagro.— 4. Cé- 
lebre contrato de Pizarro, Almagro i Luque. — 5. Descubri- 
miento del Perú. — 6. Viaje de Pizarro a España —7. Campaña 

de Pizarro en el interior del Perú 8. Plan de defensa de los 

periianos.~9. Captura de Atahualpa —10. Rescate de Ata- 
hualpa; repartición del botin. — 11. Suplicio de Atahu-»lpa. 

1. Primeras esploraciones ex el Pacífico.— La muer- 
te de Núñez de Balboa habia retardado los descubrimientos 
en las costas del mar Pacífico. Los indios de la rejion del 
istmo hablaban de un imperio poderoso que se dilataba al 
sur, i describían las naves de sus navegantes i los llamas 
que habitan las cerranías del Perú, i que se presentaban a 
la imajinacion de los conquistadores con las apariencias de 
los camellos del Asia. Los sucesores de Balboa habían em- 
prendido algunos viajes de esploraciones, pero sus descu- 
brimientos no pasaron mas adelante de lo que aquél habia 
reconocido. ^ 

En 1519, el gobernador de la colonia del Darien, Pedra- 
rias Dávila, deseando alejarse de las autoridades españolas 
de Santo Domingo, trasladó la capital de su gobernación 
a la nueva ciudad de Panamá, situada en la ribera del Pa- 

TOM.i I 2í} 



"i 

"1 



386 HIBTOKIA DB AXÉSmiL 

cffico. Desde este ponto di6 un impulso mas T^oroso a Ic^^b 
viajes de esploracion. Un distinguido caballero de la cok^^ 
nia llamado Pascual de Andagoya, que desempeñaba c^ 
cargo de visitador jeneral de mdios, orgánico unaespcdi 
cion mas considerable, i en 1522 se hixo a la vela bácia i 
sor sin alejarse mucho de ta costa. Aiif1agoya,sinenibargO|j 
llegó bástalas orillas de un río grande (el ríe San Jaan( 
mocbo mas al sor de los lugares qoe había esplorado Bal-! 
boa, donde recojió i m portan tes noticias aceixa del iniperic 
de los incas. ''Hallé mtichos señores i ptieblos, dice, t en la. 
frontera ona fortaleza a la junta de dos ríos« mui fuerte i 
jente goardándola de guarnición i puestas las mujeres i ha- 
cienda en salvo, la d efe n d i a o b ra v amen te / * An á ag o j a f »a- 
s6 allf algonos días negociando con los ¡ndi}enas, despue:» 
de haberlos desbaratado en la primera jontada, Habiendf* 

hecho algonos reccmocimtentos en la costa, di 6 la vuelta ^ 

Panamá a cansa del ma! e<«tado de su salud ^ ^ 

61 resultado de e^te viaje, aunque poco lisonjeara por su^ 
provechos inmediatos^ contribuyó sin duda a confírmür a^ 
los colonos de Panamá, en la convicción de la existencia d^" 
un imperio en las rejiones del son Sin embargo^ las espío — 
raciones en el nuevo mundo habían producido tantos de — 
sengañoSy i eran tantos los sufrimientos de que iba acom- 
pañada cada una de estas espediciones» que las noticbp- 
comunicadas por Andagoya no produjeron el entusiasmo 
que era de esperarse. Lejos de eso, cuando algún tiempo 
después se presentaron tres aventureros dispuestos a ade- 
lantar los descubrimientos, se les tachó de locos, i casi no 
hallaron quien los acompañase. Se hablaba sólo de climas 
malsanos, de indios guerreros i feroces i de paises despro- 
vistos de alimentos para los europeos. 

1 Relación de los secesos de Pedradas Dávila, escrita por el ade- 
lantado Pascual de Andagoya» i publicada por Navarretk en el 
tomo III de su Colección. Prescott, en su Historia de ¡a conquista 
del Perú, lib. II, cap. I, dice equivocadamente que Andagoya llegó 
sólo hasta el puerto de Pifias, esplor^do ya por Balboa. La rela- 
ción del descubridor revela su equivocación. 



PAUTE SRGrNDA.- CAPÍTrLO xiy 387 



2. PizARRo, Almagro i Luí^ur.— Habia en Panamá tres 
hombres que no se desalentaron con tan tristes presajios. 
líran estos Francisco Pizarro, I)ic<j^o de Almagro i Hernan- 
do de Luquc. El primero, hijo natural de una mujer de baja 
cstraccion i del coronel (lonzalo P*izarro que se habia dis- 
tinguido en las guerras de Italia, nació en Trujillo, ciudad 
de la provincia de Estremadura, en España, por los años 
de 14-71. En su niñez fué cuidador de puercos, pero un dia 
que se le estravió uno^de estos animales, Pizarro no se 
atrevió a volver a la casa paterna, se hizo soldado i se 
enroló en un cuerpo de tropas que partia para Italia. Mas 
tarde (1510) se hallaba en el nuevo mundo, i acompañó a 
Alonso de Ojeda en su espedicion al Daricn, haciéndose no- 
tar por su audacia en los coml)atcs con los indíjenas i por 
su constancia para sobrellevar con paciencia los mayores 
sufrimientos. En otra parte hemos referido algunas inci- 
dencias de su historia hasta la época de la muerte de Vasco 
Niiñez de Balboa. Después de este suceso, Pizarro obtuvo 
un repartimiento de tierras i de indios en Panamá, i tomó 
parte en diversas operaciones militares contra los indios 
de la rejion del istmo, pero asechaba la oportunidad de 
acometer mayores empresas. 

Almagro era un soldado no menos valiente; i poseia 
ademas un corazón noble i un jeneroso desprendimiento 
que rara vez poseian los castellanos de la conquista. De 
oríjen oscuro -, i con servicios poco brillantes, habia adc|ui- 
rido, sin embargo, buen nombre i las simpatías de cuantos 
lo trataban. Al revés de IMznrro, cpie era naturalmente re- 
servado i calculador, Almagro poseia una singular fran- 
queza, i obraba siempre por el primer impulso de su cora- 
zón. Estos dos soldados, igualmente rudos e ignorantes, 



- Casi todos los historiadores están de acuerdo en decir que 
Alniaíjro era espósito, i que habla tomado este .apellido por el pue- 
blo del mismo nombre, en la Mancha, en Rspaña, donde habla na- 
cido. Gonzalo Fernández de Oviedo, sin embargo, que lo trató con 
mucha intimidad, dice que era hijo de un pobre labrador. 



^^ IIISTORI \ I»E AMimfCA 



puesto que ninsruno de ellos saina leer, aunque de carácter 
diverso i talvcz opuesto, estaban ligados de tiempo atrás 
por la mas estrecha amistad. "Parecian un mismí) hombre 
en dos cuerpos,'* dice Oviedo, escritor con te mjx^ raneo i 
amigo de ambos. 

El tercer socio era Hernando de Luque,ciérigo que habia 
sido canónigo maestre escuela ^ de la catedral de la Anti- 
gua del Daríen, i que desempeñaba en Panamá el car;;f)<1e 
vicario de la iglesia parroquial, ^sociado a Almaiíro i a 
Pizarro en las pacíficas negociaciones de la colonia. Liiijae 
habia visto desarrollarse su fortuna: pero ni él ni sus schmos 
dejaron de |>ensar en los proyectos de grandes conquistas 
que jeneralmente preocupaban a los aventureros t-spañoles, 
i que ofrecian mayores atractivos después del descubri. 
miento del imperio mejicano. 

Luque gozaba de gran valimiento cerca del golierna lor 
Pedrarias Dávila. Xo le fué difícil obtener la licencia 
para disponer una espedicion a las tierras de que se ha- 
blaba tanto en la colonia * i entonces los tres socios dieron 
principio a sus aprestos con una actividad casi incompren- 
sible en hombres de e lad madura, puesto que el menor le 
ellos, Pizarro, pasaba ya de los cincuenta años. And^Lr»»}"!. 
imposibilitado por sus etifernicdaíles para llevar a.KlaiUc!^ 
comenzada c<)ní|uis:a, líi abandonó jenerosamentc i ! ^ 
nuevos emj)rcsar¡os: j)cn> era tanto el descrédito cu (| ..^i- 
])ian caido los viajes a las rcjiones del sur, (jue con i^r.iiuKs 



• Casi toflos los hisioriaílorc-s esiranjeros fjue liane>cnt<iii 
confiuista del IVrú. dicen eíjiiivocadameiite «jue L'.njuc era niacv 
tro de escuela. Hste error nace de taha de conocimii-nto cal>ai 
del idioma castellano. 

í I)esdc ántcs (juc 1o>í españolo^ tivieran n ui.ia cxactajlc H 
existencia del imperio de los incas, lo denominaban I^irú i» í'i'i'' 
de donile nació el nomhre de Perú, a causa del rio Hirú íj:íc «Icsi-m- 
hoca en el puerto de I*¡ñas, nn j)í.co al sur del _i;olfo de San Aiiu'ieJ- 
V. la relación citada de Andni^oya, en la ' o/erc/or; de Navarrctc*. 
tom. lil, pái- 1-20._ZÁK.\TH, Cfnifiiiistn del /Vn;. lih. I, caj). 1. - 
IIkkukrv. (\i\\ ni, lih Vi. ca| . XIH. 



l'ARTE SBOüNDA. -CAPÍTULO XIV »^80 



rabajos pudieron reunir un cuerpo como de cien hombres, 
mbarcáronse éstos con Pizarro en una pequeña embarca- 
on, i zarparon de Panamá a principios de 1525. 

3. Primera espedicion de Pizarro i Almagro.— Los 
ifrimientos de este viaje fueron horrorosos. La estación en 
ue Pizarro lo habia emprendido era la peor del aflo: co- 
lenzaban las lluvias periódicas de los trópicos, seguidas 
iempre por el desbordamiento de los ríos i por la inunda- 
ion de las comarcas vecinas. Con grandes dificultades, Pi- 
airo llegó al puerto de Pinas i aun penetró en el rio Biró; 
e.oel terreno inmediato formaba sólo un inmenso pantano 
n ijiie se veia sobresalir el verde follaje de jos árboles. El 
iaje se continuó en medio de grandes padecimientos, que 
)s primitivos historiadores refieren con una prolija minu* 
osidad. Sufrieron los esploradores las tempestades i el 
ambre; i cuando intentaron penetrar al interior del país, 
1 el lugar que denominaron Pueblo Quemado, para reco- 
ocerlo, se vieron vigorosamente atacados por los indíje- 
as, i tuvieron que retirarse. Pizarro volyió atrás; pero no 
ucriendo entrar a Panamá para comunicar la noticia de 
i desastroso viaje se quedó en Chicama, lugar situado 
is leguas al sur de aquella ciudad, i desde allí mandó a 
edrarias la relación de sus aventuras. 

Almagro, entre tanto, habia salido de Panamá con 60 
>inbres embarcados en una pequeña carabela, para reu* 
rse a su compañero. Habia convenido con Pizarro un 
ati de señales indicada en la corteza de los árboles; i por 
te medio, siguiendo la prolongación de la costa, pudo re- 
nocer los mismos lugares que habia visitado su socio. En 
4eblo Quemado, los indíjenas orgullosos con hab¿r obli- 
ido a los castellanos a abandonar aquella costa, ataca- 
n con gran furia a las fuerzas de Almagro i las obligaron 
reembarcarse. El valiente capitán perdió un ojo en esta 
imera jornada de resultas de un flechaz.^; pero esta des- 
acia no lo desalentó. Lejos de eso, continuó su viaje al 
r hasta las orillas del rio San Juan, cerca de setenta 
[uas mas adelante de los lugares que habia reconocido 



390 HISTORIA DB AMÉRICA 

Pizarro. Por la falta de cortes en los árboles, conoció Al- 
magro que los primeros espedicionarios no habían llegado 
hasta aquellos lugares; i supuso que habían regresado a 
Panamá o perecido en la esploracion. Hallándose sin los 
recursos necesarios para continuar su viaje, el valeroso ca- 
pitán dio su vuelta al norte i se encontró con Pizarro en el 
puerto de Chicama. Allí convinieron en que éste último se 
quedaría con la tropa mientras Almagro pasaba a Pana- 
má a reunir los elementos para emprender una nueva es[)e- 
dicion. 

•i. CÉLKBRE CONTRATO I>E PlZARRO, AlMAGRO I LUQüE. 

— Catorce meses había durado aquella penosa esploracion. 
Después de ellos volvió Almagrocon un ojo menos, trayendo 
la noticia de los sufrimientos de sus compañeros, de la 
muerte de muchos de ellos i del descontento de los otros! 
presentando por únicas muestras de los países recién visi- 
tados algunas planchítas de oro recocidas de manos de los 
salvajes de la costa. Almagro, sin embargo, llevaba infor- 
maciones mas seguras acerca del imperio de los incas obte- 
nidas en su esploracion al sur. 

En Panamá, estas noticias encontraron mala acojiíla. 
El gobernador Pedrarias estaba muí ocupado con los ne- 
gocios de Nicaragua cuva c<)n(jiiista ofrecía provechos mas 
inmediatos. Su primer impulso fue negar el permiso para 
llevar adelante la proyectada em|)resa, puro las instancias 
(le Lu(|ue, i el valimiento de (|ue gozaba cerca del goberna- 
dor, allanaron esta diticnltad. Los socios, ademas, se en- 
contraron faltos de fondos para terminar sus aprestos, i 
lo (|ue era peor tpie todo, completamente desprcstijiados 
ante la opinión. El vulg<j consideraba una insensatez h 
obstinación de los asociados en a(|uella empresa; i el cura 
l'ernando de Lu(|ue, (pie había gozado siempre del presti- 
jio de un hombre cuerda), fut: (len(jmina(lo, por un juego de 
palabras, l'\*rnando el Loco. 

\ ])esar de todo. Ahnagr(. i Liupie desplegaron tan 
grande actividad (pie consiguieron al fin hacer los aprestos 
para Ui nueva espedieion. El último, sobre todo, obtuvo 



PAUTE SEGUNDA. — C A TÍTULO XIV 301 

un préstamo de dinero del liceneiado Espinosa, el juez que 
habia sentenciado a muerte a Vasco Niíñez de Balboa, i 
con éste pudo hacer frente a los «^^astos de la empresa. Pa- 
rece que Pizarro pasó a Panamá ])ara estipular con sus 
socios las bases de la compañía. En aquella ciudad esten- 
dieron el 10 de marzo de 1526 un célebre contrato por el 
cual se comprometian al descubrimiento) i conquista del 
Perú, debiendo Pizarro i Almagro tomar a su cargo la 
parte militar, mientras el clérigo Luque suministraba los 
fondos necesarios para el apresto de la espedicion. Los so- 
cios debian repartirse los productos de la conquista por 
terceras partes. Después de prestar el juramento de estilo 
sobre los santos Evanjelios, Luque firmó el contrato. 
Como sus socios eran soldados rudos e ignorantes, que no 
sabían escribir, se valieron de los testigos para que firma- 
ran por ellos. **E1 tono relijioso de este documento es uno 
de sus rasgos mas singulares, especialmente si lo ponemos 
en contniste con la política cruel que siguieron en la con- 
quista del pais los mismos hombres que lo firmaron.'' — 
**Para dar mas fuerza al contrato, el cura Luque adminis- 
tró el sacramento de la Eucaristía a los contratantes, di- 
vidiendo la hostia en tres partes, una para cada uno, mien- 
tras que los espectadores se enternecian al ver la solemne 
ceremonia con que se consagraban estos hombres volunta- 
riamente a un sacrificio que pa recia poco menos que lo- 
cura''. ^ 

5. Descubrimie.mto del Perú.— Los asociados alcan- 
zaron a alistar 160 hombres. Habian comprado dos bu- 
ques mayores, algunos caballos, armas, pertrechos i muni- 
ciones. Con estos recursos salieron de Panamá; i siguiendo 
la prolongación de la costa, llegaron hasta el rio San Juan 
que habia esplorado Almagro. El piloto Bartolomé Ruiz, 



5 Pkkscoti', Historia de hi conquista del l*crú, lih. II, cap. 
III. De un contrato posterior celebrado entre Luque i el licenciado 
Espinosa, se desprende que este nltimo era el verdadero interesa- 
do en la empresa, i c[ue Luque sólo prestaba su nombre. 



que dirijia el rumba de las naves, pasó adelante con una 

de el i as es plorando la costa, mientras Almagro volvía a 
Panamá en la otra embarcación para reunir jen te con cjiíe 
proseguir la campana. Los españoles habían obf^tervádo 
Vil los primeros indicios de civilización, habían visto hom* 
bres vestidos de telas de lana i algodón i rccojido algún 
oro, i no dudaban de que se encontraban en las ininedia- 
cienes de tin imperio poiieroso, 

Pizarro quedó a las orillas del rio San Juan con el grue- 
so de sus tropas. D^sde allí intentó una exploración al in* 
tenor del pai.s, pero sufrió tantas contrariedades en la 
marcha por la resistencia de lo« indiienas í por In nattira- 
leza de aquellas rciiones, C|ue se vio oblijíado a volver 
atrás. Felizmente, casi a un mismo tiempo se le reunieron 
el piloto Ruiz i el capitán Ahnagro. El pri mero había lle- 
gado hasta colocarse bajo la línea equÍnacciabluici."ndofrc* 
cuentes desembarcos i recojientlo por todas partes noti* 
cias de la existencia de uíi poderoso imperio en que ahuü- 
daba el oro, i cuyos habitantes nave^^ahan en embarcado 
nes espaciosas provistas de velíis. Almagro habta encoa- 
trndrí eti Panniii-'i nn nuevo ¡l' ^liernador llnm-^dn PerTro rfc 
los Ríos, que dispensó a la empresa una decidida protec- 
ción; i pudo reunir un refuerzo de 80 hombres que marcha- 
ran a las rejiones del sur alentados por la muestra de oro 
que Almagro les habia presentado. 

Pizarro dispuso la marcha de la espedicion; pero, como en 
su primer viaje, las tempestades lo retardadaron considera- 
blemente. Los castellanos se encontraron al fin en el puer- 
to de Tacamez en la costa de Quito, en frente de una pobla- 
ción compuesta de mas de mil casas arregladas en calles, i 
que parccian habitadas por jen te superior a la que habian 
encontrado hasta entonces; pero percibian también los bé- 
licos aprestosde aquellos pobladores. Reconociéndose inca- 
paces para invadir el pais, se retiraron a la pequeña isla 
del Gallo, donde Pizarro debia permanecer con parte de sus 
tropas, mientras Almagro volvía a Panamá en busca de 
nuevos refuerzos. 



PARTB SBG INDA. -—CAPÍTULO XlV 393 

Pero si los nuevos descubrimientos alentaban el entusias- 
mo de los jefes de la espedicion, los soldados se sentian des- 
fallecer. A pretesto de mandar a Panamá una muestra de 
las producciones de aquella tierra, algunos de los caste- 
llanos enviaron a la esposa del gobernador, doña Cata- 
lina de Saavedra, un ovillo de algodón dentro del cuaí 
iba un memorial en que se quejaban de la ambición de Al- 
magro i de Pizarro, que los habia arrastrado a aquellas 
mortíferas rejiones en que los elementos i los hombres pare- 
. cian aunados para rechaz ir a los europeos ^. 

A consecuencia de estas noticias, el gobernador Pedro 
de los Ríos recibió a Almagro con la manifiesta espresion 
de su desagrado. En vez de prestarle los ausilios que S9IÍCÍ- 
taha, dispuso la partida de dos buques para que recojiesen 
sin tardanza a Pizarro i sus compañeros i los trasportaran 
a Panamá. Almagro i Luque se contentaron con escribir 
secretamente a su socio para recomendarle que no abando- 
nase una empresa en que habían fundado tantas esperanzas, 

Pizarro no necesitaba de esta recomendación. Sus sóida, 
dos habían sufrido el hambre i las enfermedades de aquel 
clima mortífero; pero si estos últimos se sentian desatenta* 
dos, el jefe manifestaba su vigor habitual. En efecto, cuan- 
do llegaron a la isla las naves mandadas por el gobernador 
de Panamá, Pizarro se negó a obedecer sus órdenes; i como 
sujente manifestase vehementes deseos de salir de aquella 



♦• El memorial terminab¿i con una cuartet/i escrita por un sol- 
dado llamado Saravia, que han conservado los historiadores. Dice 
así: 

Pues, señor Gobernador, 
Mírelo bien por entero, 
Que allá va el recojedor (Almagro) 
I acá queda el carnicero (Pizarro). 

La cronolojía de estos sucesos está envuelta en la mayor incer- 
ticUunbre. Se sabe sólo que Pizarro salió de Panamá en su segando 
viaje en 1526, i que volvió a fines de 1527. 



isla, trazó con su espadín una iínea de este a oesle en laarc^ 
oa de ia playa, i voK*¡éiidose al sur, dijo a sus soliladosi 
'*Poraquf se va al Perú a ser ricos*^; i en seguida señalatido 
el narte agregó; "Por acá se va a Panatná a ser pobres*'- 
Trece de sus compañeros pasíiron la mva para acompañar 
a Pixarro: los demás quisieron v€i| verse a Panamá con 1í>s 
emisarios del gobernador. 

A pescar de ser tan reducido el n omero de Jos sfiidirdo^ 
i|uc quedahati fieles a Pizar ro, el atrevido capitán no deses — 
¡jetó del resultado de su empresa* Pidió s61o que se le deja — 
ran víveres, i que se ]>ermi tiera mandar a Panamá al pilote» 
Bartolomé Kui^ con el encargo de reunir algunos volunta — 
ríos que quisieran proseguir la canipaüa. Las naves deM 
golíernador volvieron al norte dejando abandonados a Pi — 
larro i sus com paneros. 

La isla del Gallo está si tu a>la a mui corta distancia d^ 
la costa que habitaban indios guerreros acostumbrados hm 
rechazar a los esploradores. Piz^rr^i temió %'ersc atacadoi^ 
en aquel lugar, i resolvió c^itabiecerse en otra isla situadas 
veinticinco leguas mas al norte, i mticlio mas distante de la-i 
costa; i al efecto, construya una espaciosa balsa en que se ^ 
embarcaron él i sus compañeros. El sitio a que abordaron j 
era una isla desierta a que dieron el nombre de Gorgond. 
que suministraba alguna caza i agua fresca en abundancia. 
Allí pasaron Pizarro i sus compañeros siete meses de terri- 
ble espectativa, aguardando por momento los deseados so- 
corros, i casi desesperando de llegar a recibirlos. 

Al fin una nave apareció en el horizonte. Era Bartolomé 
Ruiz que volvia en un débil barquichuelo, no para proseguir 
los descubrimientos sino para trasportar a Panamá a los 
desamparados castellanos. Almagro i Lu({ue no habian 
podido conseguir otra cosa del gobernador Pedro de los 
Ríos, que se manifestaba irritado con la temeraria persis- 
tencia de Pizarro. 

El resuelto descubridor no dejó ver mayor sumisión al re- 
cibir esta orden. No le fué difícil decidir a Ruiz a llevar 
adelante su esploracion. Hicieron rumbo al sur; i después 



PARTE SEGirNDA.— capítulo XIV 395 

de un viaje lleno de interés en que fueron reconociendo di- 
versos puertos poblados de ciudades mas o menos conside- 
rables, los castellanos penetraron en la bahía de Támbez, i 
se hallaron enfrente de una hermosa ciudad situada a se- 
senta leguas al sur del Ecuador. Sus habitantes, asombra- 
dos a la vista de una nave que parecía un castillo flotante, 
i de los hombres blancos i barbones, tomaron a los caste- 
llanos por seres de una naturaleza superior i le obsequiaron 
víveres de toda especie. No era menor la sorpresa de los 
compañeros de Pizarro: dos de ellos fueron enviados a tie- 
rra para entrar en negociaciones con las autoridades de la 
ciudad i recojer noticias acerca de sus habitantes, i volvie- 
ron a bordo haciendo maravillosas relaciones de las rique- 
zas i de la cultura de aquella población. Pizarro no tuvo 
duda ya de que habia descubierto las costas de un imperio 
rico ¡ poderoso. Adelantó, sin embargo, las esploraciones 
hasta cerca de los nueve grados de latitud sur i entóneos 
dio la vuelta a Panamá a fines de 1527.. 

G. Viaje dePiZarro a España.-Los padecimientos porque 
habia tenido que pasar el intrépido descubridor fueron mal 
recompensados en la colonia. Pizarro llevaba ricas i abun- 
dantes muestras de oro i plata, tejidos de lana i algodón i 
llamas domesticados por los peruanos; i referia, ademas, 
los prodijios de opulencia i civilización de aquel imperio. 
JPero el gobernador Rios se negó a prestarle los socorros 
<iue necesitaba, alegando que Panamá no poseia los recur 
sos para in /adir un estado poderoso. Entonces, él i sus 
socios creyeron que no les quedaba mas arbitrio que recu- 
rrir a la corte, puesto que sus recursos estaban agotados 
i que no podian contar con la protección del gobernador. 

Los tres asociados buscaban una persona suficientemen- 
i:e autorizada que pudiera presentarse ante el rei i solicitar 
recursos para emprender la conquista. Almagro propuso a 
Pizarro como el único hombre capaz de suministrar a Car- 
los V todas las noticias apetecibles acerca de los paises 
recien descubiertos. Los tres convinieron en que Pizarro 
solicitara para sí el título de gobernador, el de adelantado 



para Alroagro id carjin fie obispo de loít nuctitst rrjioiirs 
p«ara el cléHgci Lm|tie. En nbnl de 1523 partió Pixarro para 
Bepaña, Itrirajiilo coo^tgu al^yoa^' marstrafi de las ríqorxiis 
de los pattrs qae ncabalia de hnllar. ai^ comu indiiMi i llri< 
rna^ »jtic finrieicii ik compriibaiilcíi de »us mitra vi Uosas re- 

Ptsarro se presentó ante d rei con nn dcsrmbarazu que 
aoern djidoexijtni tin 9r>ld^ulo rano e if^minititr, r|iic bn- 
bia riridu ^enipre att*ja»Iti dr l;i t^irte- Fance qttc aJií se 
eaicaiitré con Cortés, el brillaaic eonquistador dr Méjicii, 
[|Qc gozaba en Bspiida de un prestijio iltTiitliida^ i c jtte le 
di^pentó ntt apoyo i protección» Sin embarj'-in pasN^cerr^ de 
tiQ año árst^ <|Uc d negocio de t^í^arro íueru detiníiivamen- 
te arreglado. Sólo d 26 de julio de 1529 firmó !a reina, p<jr 
aiiseiiciu de sii e«p4iio^ tu memoridile ca|»tiul«ciui] qne ase- 
guró la confjuísta del Ptrú, i ct porveair de Franctseo Ptza- 
rro. ObtUTo éste los tftulof de addaotado, golicmadar i 
capifcanjenend« con tina autorídnd casi abssolnta, i conci^m- 
pleta tnrlefiendcocia de los golieraadoreii de Fanamá, íiohre 
todos los países que pudiera descubrir i someter en tas pro- 

" ■ " «J> " ■ ■ ■■ . . . ; . 

pertenecería a él i a sus sucesores: i en su calidad de alguadl 
mayor, quedaba autorizado para hacer justicia sin otra 
apelación que la del Consejo de Indias. Pizarro manifestó 
menos emf>eño por los mtereses de sus asociados. Obtuvo 
para Luque el título de obispo de Túmbez i de protector 
de los indios del Pera; i para .\lraagro, que tantas prudms 
le habia dado de su noble i desinteresada amistad, pidió 
sólo el empleo de gobernador de las fortalezas que debian 
construirse en Túmbez. 

En cambio de estas concesiones, Pizarro secomprometió 
a levantar en el término de seis meses un cuerpo de doscien- 
tos cincuenta soldados i a i)roveerse de las naves i de las 
municiones necesarias. Sin embargo de este compromiso, i 
a pesar de que Cortés le suministró algunos ausilios pecu- 
niarios, Pizarro no poJia reunir la jente que necesitaba 
para consumar la conquista. Trasladóse a Trujillo, su ciu- 



PARTE REnTTNT>A. — CAPÍTrLO XIV 307 

dad natal, en busca de aventureros que quisieran acompa- 
ñarlo, i allí encontró amigos dispuestos a seguirlo. Cuatro 
hermanos suyos fueron de este número. Eran estos, Her- 
nando. Gonzalo i Juan Pizarro, i un hermano de madre lla- 
mado Francisco Martin de Alcántara. De todos éstos, sólo 
Hernando era hijo lejítimo, i todavía **mas lejitimadoen la 
soberbia'' según la espresion dt Oviedo; pero todos eran 
tan orgullosos como pobres, **e tan sin hacienda como de- 
seosos de alcanzarla", añade el mismo historiador. 

En estos afanes se cumplió el plazo estipulado, i Pizarro 
no habia reunido los 250 hombres. Temiendo que por esta 
causa quedara anulado su contrato, se embarcó inmediata- 
mente en Sevilla con los aventureros que querian seguirlo i 
se dio a la vela en enero de 1530. X su arribo a Panamá, 
cuando Almagro supo la manera egoista como su compa- 
íiero habia manejado en la corte el contrato para la con- 
quista, hubo un momento en que las relaciones de ambos 
socios estuvieron rotas. Cada uno por su parte buscó nue- 
vos compañeros para acometer la empresa por su propia 
cuenta. Sin embargo, Luque intervino, i logró al fin tran- 
sijir las dificultades. Pizarro cedió a su socio dándole el 
título de adelantado, i se comprometió a recabar de la cor- 
te que aprobara esta concesión. Con esto sólo, se restable- 
ció la armonía, a lo menos en apariencias, entre aquellos 
dos viejos amigos. 

7. Campana dk Pizarko en kl interior del Perú.— Los 
tres compañeros renovaron el convenio celebrado en 1526; 
i se contrajeron con grande ardor a hacer los aprestos nece- 
sarios para emprender la conquista. Sin embargo, después 
de nueve meses de incesantes trabajos, sólo habian equipado 
tres pequeñas embarcaciones, i reunido 180 hombres i 27 
caballos. Los admirables triunfos alcanzados por los cas- 
tellanos en las Indias con miii escasos recursos, alentaron a 
Pizarro ri emprender con ese puñado de hombres la conquis- 
tíi del Perú. En los primeros dias de enero de 1531, se dio 
a la vela con dirección a Tíímbcz. Almagro qucdóen Panamá 



398 HISTORIA I»E AMÉRICA 

para reunir un refuerzo fie tro|)as am que marchar en aiisi- 
lio de su compañero. 

Antes (le llegar a su destino, Pizarro tuvo que soportar 
grandes sufrimientos. Las corrientes del mar lo obligaron 
a desembarcaren el puerto de San Mateo, situado al norte 
de la línea equinoccial, i desde allí continuó su viaje por tie- 
rra, acompañado de sus naves que no se alejaban de la 
costa para ausiliarlo en el paso de los rios. Esta marcha 
fué excesivamente fatigosa. Los españoles caminaban por 
un pais desierto, cortado de rios i de pantanos; jiero peiie- 
traron al finen la provincia de Coaque, i en una ciudad que 
tomaron casi sin resistencia, encontraron gran cantidad de 
vasos de oro i de plata que revelaban la ri(|ueza del imperio. 
Pizarro despachó uno de sus buques a Panamá i otro a Ni- 
caragua, esperando que la vista de aquellos tesoros atrae- 
ría a muchos aventureros. 

Los castellanos continuaron su marcha, causando entre 
los naturales la sorjiresa i ei terror que su vista habia pro- 
ducido siempre entre los habita.ites del nuevo mundo. Ma5^ 
adelante, al pisar la isla de la Puna, en la embocadura áts^ 
rio (le Guayaquil, encontró una resistencia mucho mas scri^^ 
de j)arte de los indíjeníis, pero nada pudo detener el ím¡)ct ^•■ 
de los cs[)añoIes: i después de reñidos combates, (jucdaro^ — ^ 
éstos vencedores. 

Durante este viaje, Pizarro rec¡í)ió algunos refuerzos v( 

nidos de Panamá en tres distintas partidas. .Xlcanzíban c.^^^ 
tos a poco mas de l'M) hoin})rcs, entre los cuales hablan llc=^ 

garlo Sel)astian Henalcázar i Hernando de Soto, (ine ij^oz.i. - 

ban cillas Indias de la rejMitaciod de grandes capitancs== 
Las tropas de Pizarro, engrosadas con estos ausiliaress^ 
siguieron su marcha por la costa, llegaron a Tinnl)ez, i dess-- 
pues de una re-^idencia de cerca de tres meses que sirvió ])arr ^ 
re])oner las fuerzas i el moral de sus soldados, avanzaror í 
hasta la orillas del rio de Piura. Allí Pizarro disjíuso la liin - 
dación de una ciudad con el nombre deSan APiguel (junio d*-' 
ir>''2). La ])enosa marcha de los castellanos por a(|nc!la 



PARTR 8BOITXDA. — CAPÍTITLO XIV 399 

:osta i las resistencias que hallaron en la isla de la Puna, 
los habia demorado cerca de dieciocho meses. 

Pizarro i sus compañeros notaban por todas partes las 
Tianifiestas señales de la riqueza i del poder del imperio de 
os incas; i al paso que se sentian estimulados para hacer 
rente a todos los peligros i emprender desde luego la con- 
]uista, abrigaban serios temores sobre el resultado de una 
impresa tan atrevida. Pixarro, sin embargo, estaba resuel- 
lo a marchar adelante; i el 24 de setiembre de 1532, des- 
nies de dejar una guarnición regular en la naciente colonia 
le San Miguel, salió de ella a la cabeza de 170 hombres, de 
os cuales solo 60 eran de a caballo, i se puso en viaje para 
íl sur en busca del poderoso señor de aquel dilatado impe- 
rio. La marcha délos castellanos al través délas montañas 
ha sido escrita por los historiadores de la conquista con 
?ran colorido i animación. Ofrecia a cada paso varios es- 
3ectácLilos producidos por la magnífica grandiosidad de 
iquellas localidades. La naturaleza oponía a su marcha 
esiertos, barrancos i cordilleras. A cada jornada, los cas- 
íllanoscreian encontrar una vigorosa resistencia en los 
*sfiladeros dé las montañas o en el vado de los rios; pero 
I todas partes hallaban sólo campos desiertos o poblacio- 
-55 pacíficas que los recibian hospitalariamente. 

8. Plan de defensa de los peruanos. —¿En qué pensa- 
in los vasallos del inca cuando dejaban pasar libremente 
>r- su territorio a los arrogantes estranjeros? Los caste- 
^ nos no sabian qué pensar cuando se hacian esta pregun- 
^; i tal vez llegaron a creer que ante los ojosdelosindíjenas, 
I os estaban revestidos con el prestijio de seres de una na- 
*í*aleza superior a la de los hombres que poblaban aquel 
^perio. Los peruanos, sin embargo, obedecian a un plan 
editado. 

Kl imperio de los incas acababa de pasar por violentas 
^avulsiones. El inca Huaina Capac, muerto hacia pocos 
•ftos, habia adelantado las conquistas de sus mayores in- 
corporando a sus estados el rico reino de Quito, Antes de 
Q^orir, tuvo noticias de los primeros viajes de esploracion 



400 llISTOniA PR AMKRU'A 



de los castellanos en las costas del Pacífico; pero espiró por 
los años de 1525, dejando la monarquía amenazada de una 
invasión estranjera. Contra las tradiciones políticas de su 
raza, i contra los intereses de su imperio, Huaina Capac 
dividió sus estados. El hijo de su mujer lejítima, que tam- 
bién era su hermana, llamado Huáscar, heredó el reino del 
Cuzco; el mas querido de los hijos del inca, Atahualpa, na- 
cido de una unión ilejítima con la hija del último soberano 
de Quito, recibió de su padre la soberanía de este último 
reino. Durante cinco años, los dos hermanos reinaron 
pacíficamente en sus estados respectivos; pero la altivez de 
los señores del Cuzco i la ambición de Atahualpa, era un 
obstáculo poderoso que se oponia a la conservación de la 
paz. Empeñóse en efecto una guerra terrible en que después 
de sangrientos combates, la victoria quedó por Atahualpíi, 
A sus triunfos se siguió la matanza de muchos nobles cuyos 
derechos de lejitimidad infundian recelos en el ániíno del 
vencedor. Sólo Huáscar, sm embargo, fué retenido en una 
prisión. Desde entonces, el nombre de Atahualpa fué res|)e- 
tado i temido en todo el imperio. 

Estos sucesos coincidían con la invasión de los españo- 
les en el Perú. Cuando Pizarro partió de San Migutl de 
Piura en busca del incci, se liallaba éste en Cajauíarca <lis- 
frutando de los recientes triunfos de sus jenerales sí)hrc los 
ejércitos de Huáscar. Su poder i su or<^ullo no rccotiocian 
límites. Bl omnipotente señor del Perú no acertaba a coni 
prender (jue hubiese solare la tierra nación al<>una capaz de 
oponer resistenciíi a su poder. La noticia del arribo do los 
misteriosos estranjeros a las costas de su imperio hí) le 
infundió ^^ran temor. Sus emisarios i rsj)ías le liabian co- 
municado (jue los invasores no alcanzaban a 200 hombres 
que eran mortales como sus propios soldados, i (jue eran 
menos sufridos (jue los j)eruanos puesto cpie para sus mar- 
chas montal)an unos animales poco mas grandes (jue los 
llamas (le! Perú, los caballos. Bl inca, adems, liabia consul- 
tado los oráculos de sus templos; i el de Pachamac, (pie era 
el mas venerado, liíibia respondido (jue los estranjv*rc>s su- 



PAUTE 8KrírNI>A. rAI'ÍTVLO XIV 401 

cumbinan. Atahtmipa, movido sin duda por la curiosidad, 
concibió el pensamiento de atraerlos al interior para cono- 
cer á esos hombres de fi<xura i de costumbres tan raras, 
bien seguro de que bastaba una señal suya para que fueran 
destrozados por los millares de soldados que tenia bajo su 
mando. Sus órdenes se limitaron a recomendar a sus vasa- 
llos que dieran libre paso a los estranjeros i aun que los au- 
siliasen con víveres en su marcha. 

9. Captura DE Ataiiualpa.— -Los castellanos continua- 
ron avanzando por entre las escarpadas crestas de la sierra 
sin hallar resistencia alguna. Fatigados de su marcha por 
aquellas solitarias alturas, divisaron al fin el hermoso va- 
lle de Cajamarca (15 de noviembre de 1532). Allí se levan- 
taba la ciudad de este nombre; i como a una legua de dis- 
tancia, en las colinas orientales del valle, se hallaba Ata- 
hualpa en una casa de recreo rodeada por las tiendas en 
que estaba acampado su ejército. Los castellanos ocuparon 
la ciudad que se encontraba abandonada, i establecieron 
sus cuarteles en los edificios que rodeaban la plaza. Algu- 
nas mujeres que habian cjuedado en el pueblo, parecían 
mirarlos con cierto aire de compasión como si conocieran 
la suerte que les reservaba el inca. 

Pizarro conocia demasiado bien los peligros de su situa- 
ción; pero, lleno de enérjica resolución, concibió el proyecto 
atrevidísimo de apoderarse de la persona del inca como un 
medio de llevar a cabo en el Perú la misma empresa que 
Cortés habia consumado en Méjico. Inmediatamente des- 
pués de su entrada a Cajamarca, despachó al capitán Her- 
nando de Soto i a su ])ropio hermano Hernando Pizarro 
con treinta i cinco hombres de caballería, para que se pre- 
sentaran en el campainento imperial a saludar al inca i a 
repetirle lo que antes habia dicho a sus emisarios, esto es 
que venia del otro lado de los mares mandado por un rei 
mui poderoso para conocer i estrechar relaciones de amis- 
tad con el emperador del Perú. En esta entrevista, Atahual. 
pa supo conservar la gravedad cpie correspondía a su ran. 
go. En vano los emisarios hicieron corbetear i revolver sus 

TOMO 1 2() 




ala 



ararlos ée 

Ja 
de retwaiiir b» 
la cnidaif; t al aaiaaecrr» cttaado los soldados ; 
misa qme cdebr^roo los cafiefiaflcs dd gérciio, i 
los «almos de la ¡¿.liirii aiiiffoa a sa másmaam. fímura 
iDismo proi3iiii8o a sbs soloaDús an ilii ui^o uaio de icsc^ 
iociofi i de fraoqacza, en qoe al paso qtie trataba de tafitiL 
dtrks ralor. ks recordaba la Tcrdad del peligro de qor se 
haüalms] rndtíidos. ''Debet$ hacer fbreaikias de ywestim 
cornionri, }m fffio: pties en cltos i en el ^^nromi de Otos cstit 
toda nuestra defensa. Ataquemos con serenidad i con ímpe- 
tu i nuestro trínnfo será completo'*. 

En seguida, combinó las ventajas que ofrecia la localidad 
para una sorpresa. Los caballos ataviados de collares cof^ 
cascabeles, fueron distribuidos en tres porciones. Los do ^^ 
cañones que tenia el ejército fueron colocados dentro d^ 
los edi6cios, mientras el resto de las tropas se distrihuví^ 
en las entradas de la plaza. Pizarro quedó con veinte hora^' 
bres para dar la señal, i comenzar el ataque. Sólo el sentí — 
miento relijioso que animaba a los conquistadores español 
les persuadiéndolos de que su muerte los igualaba a los^ 
mártires cuya memoria venera la iglesia, podia infundir — 
les ánimo para acometer una empresa que parecia desespc — 
rada. 

Atahualpa preparó también su jente para entrar a la ^ 
ciudad. Los historiadores vanan en el número délos sóida — 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XIV 403 

dos que componían su ejercito, pero ninguno asigna menos 
de treinta mil hombres. Poco después de medio dia del sá- 
bado 16 de noviembre de 1532, se puso en movimiento su 
campo, i principiaron a marchar sus escuadrones con todo 
orden i concierto. Iban adelante los honderos, seguían los 
hacheros, i mas atrás venia el grueso del ejército armado 
de lanzas i de picas. Mientras los primeros estaban cerca 
de Cajamarca, aun no acababan de salir del campamento 
los últimos escuadrones. Las tropas se habían formado en 
ambos lados del camino para dar paso a la servidumbre del 
inca i a los grandes de la corte. En medio de éstos se alzaba 
majestuosamente Atahualpa en una riquísima litera lleva- 
da en hombros por sus mas distinguidos vasallos. Duran- 
te su marcha, Atahualpa tuvo algunos momentos de vaci- 
lación, i aun quiso hacer alto tomando por pretesto el que 
ya era tarde para hacer su entrada en la ciudad. Tal vez 
queria sorprender a los estranjeros por la noche; pero un 
emisario de Pizarro, que le rogaba que pasara adelante, lo 
determinó a penetrar en la ciudad, no sin tomar algunas 
medidas, según refieren algunos historiadores, para impe- 
dir la fuga de los españoles. 

Los últimos rayos del sol doraban las alturas inmedia- 
tas cuando la comitiva entró en la plaza de Cajamarca. 
Los indios desfilaban delante del templo del sol limpiando 
el lugar en que debía colocarse la litera del emperador, 
cuando se dejó ver Atahualpa dirijiendo inquietas miradas 
para descubrir el paradero de los españoles, que no se deja- 
ban divisar. 

En ese momento, el capellán de la espedicíon, fraí Vicen- 
te Valverde, salió con su breviario en una mano í un cruci- 
fijo en la otra, i acercándose al inca le dijo que iba por or- 
den de su jefe a esplícarle las doctrinas de la verdadera fe, 
para cuya propagación habian salido los españoles de su 
patria. La esposicion del padre Valverde estaba arreglada 
a la fórmula que usaban los conquistadores del nuevo 
mundo al tomar posesión de algún país. Después de espH- 



404 HIBTOniA DE AMÉÍRICA 



car los principales místenos de la relijion cristiana, la cai- 
da del hombre i su redención por Jcsu cristo, se hablaba en 
ella de la autoridad divina del sumo pontífice, en virtud de 
la cual éste i sus sucesores debian ser pbedecidos por todos 
los hombres. De acpií Yalverde pasó a referiral asombrado 
indio que uno de sus pontífices habia dado al rei de España 
el dominio del nuevo mundo; i le reclamó en seguida un 
acto de sumisión a Carlos V. Este discurso que debia ser 
incomprensible para Atahualpa, o cuando mas debia pare- 
cerle un desvarío de locos, fué torpemente esplicado por 
medio de un indio intérprete (jue Pizarro habia llevado de 
Tómbez en su primer viaje. El inca en medio de esos argu- 
mentos que debieron parecerle muí singulares, descubrió 
que habia un sacerdote de nn pais remoto en cuyo nombre 
se pretendía arrebatarle su imperio para un rei estraño, 
"No quiero ser tributario de ningún rei, esclamó Atahualpa; 
yo soi mas poderoso que todos los príncipes de la tierra**, 
i arrojó al suelo el breviario que el padre Valverde le pre- 
sentaba para manifestarle que aquel libro contenia los fun- 
damentos de las doctrinas que acababa de esplicarle. 

El relijioso escandalizado por este desacato, se dirijió en 
busca de Pizarro gritando a los españoles: ''¡LosKvanjelios 
en tierra! ¡Venganza, cristianos! salid, que yo os al)suelvo'\ 
Pizarro alzó una bandera blanca, c inmediatamente se hizo 
oir un tiro de cañón en el cuartel de los castellanos. Al gri- 
to de ^'¡Santiago i a ellos!" cargan éstos saliendo impetuo- 
samente de los salones en que estaban ocultos i penetrando 
en la plaza en columna cerrada. Las descargas de artillería, 
el fuego de los arcabuces, el sonido de las trompetas, el hu- 
mo i hasta el olor de la pólvora aturden a los indios. La 
caballería aumenta el espantoso estruendo con las h-írra' 
duras i los cascabeles i difunde el terror i la muerte con la 
lanza de los jinetes i con el impetuoso empuje de los caba- 
llos. Las espadas, blandidas con tanto esfuerzo como des- 
treza, llenan de espanto a los indios i siembran la muerte 
por todos lados. Nadie tuvo valor jiara pensar en resistir: 



PAUTE 8tt(ÍI NDA. CAPÍTULO XIV 405 



los peruanos trataban sólo de huir de aquella matansa; 
pero las salidas de la plaza eran demasiado estrechas para 
(pie los infeliees pudieran escaparse con la rapidez que que- 
rian. En medio de su desesperación, los indios abrieron 
un ancho portillo en un muro de piedra i barro, i se preci» 
citaron por ahí al campo abierto, perseguidos por la caba« 
Hería que los atropellnba sin piedad. Los nobles que rodea- 
ban al inca cstíiban también aterrorizados; pero la lealtad 
les cí>municó el valor de los mártir s, i lodos estaban pres- 
tos a dejarse sacrificar al rededor de su señor. Sólo después 
de dar muerte a muchos de ellos, pudieron los castellanos 
llegar hasta el inca. **Nadie hiera al indio so pena de la 
vida** esclamó Pizarro; i temiendo que no bastase esta 
orden, se precipitó sobre Atahualpa, i lo tomó por el vesti- 
do recibiendo en la mano una cuchillada dirijida contra el 
inca en el furor del combate. 

La matanza duró solo media hora. La oscuridad de la 
noche impidió a los castellanos prolongarla; i la captura 
del inca acabó de dispersar a los indios. La caballería que 
habia salido en persecución de los fujitivos. no tuvo otro 
cuidado que conducir rebaños de prisioneros. Los solda- 
dos ¡)eruanos acampados en las inmediaciones, dominados 
también por el terror, abandonaron sus puestos i se entre- 
garon a la fuga. Los historiadores discrepan mucho en el 
número de los muertos: al paso que uno de ellos, Francisco 
Jerez, secretario de Pizarro, dice que murieron 2,000 indios, 
de algunos documentos aparece que el número de los muer- 
tos alcanzó a 10,000. Entre los castellanos no hubo nin* 
gun muerto; i el único herido fué el mismo Pizarro. 

En la noche, i después de. haber tomado las medidas ne-. 
cesarias para asegurar la tranquilidad, el vencedor trató 
a su prisionero con consideración, i lo obsequió con una 
cena. Atahualpa manifestó una aparente serenidad, muí' 
superior a la que podia esperarse de su infortunio. '*Son 
usos de la guerra vencer i ser vencidos'* dijo a Pizarro, por 
medio del intérprete, cuando se trató de su derrota. Eq esa 
primera conferencia, según refiere uno de los cronistas, el. 



inca manifestó adminuñoi] por la destreza cnn que tos es- 
pañoles lo habiao aprcsailQ en fueflin de sos tropas '. 

10* Rescate db ATAurAtFA; RErAirTi€io?<; del botlv* 
— A pesar de esta apainente tranqtrtltdad, AtahrtiaJpa «c lia* 
liaba ft>deado de sobresaltos. Temía oo solo a tos ca^^teüfi' 
nos en cuyas manos se hallaba pristo ñero, sino tamtjien a 
sa hermano Htiáscar, a qaien Pizarro fKxlta elcrar ai im* 
perio como un arbitrio para esta btecersti dominación. Pa- 
sando en tos medios de reco tirar su titiertad, perribió qtte 
la codicia que denominaba a los TcncedoTcs pcMiía ascrgti- 
rarie su rescate. — '*Si me soltáis, dijo un día a Pizarra, ja 
cubriré de oro todo este aposento*'; i como notara cierta 
iocredulidad en el semblante del capitán español^ añadió:^ 
**No solo culiriré de oro el sucio sino que llenaré el a [>o sen- 
tó hasta donde llega mi mano lia alzé puesto de puntillas) 
i también llenaré de plata tos dos cuartos inmediatos". Pi- 
zarro aceptó el con%*cnío propuesto. EJ suJon tenia veinti- 
dós pies dr largc] i dietñ siete de ancho. A la altara de nueve 
pies, a que habia alcanzado ta mano del inca, se tiró una 
raya colorada. El contrato se ajustó ante escribano, cun 
las formalidades legales usadas entre los euroj>eos. 

El inca euTió mensajeros por todo el imperio para comu* 
nicar la orden de conducir a Cajamarca el oro necesario 
para pagar su rescate. Atahualpa hizo mas todavía: im* 
partió órdenes terminantes para que los españoles fuesen 
respetados en todas partes. Era tal el espíritu de obedien- 
cia de los peruanos, que los mandatos del inca prisionero 
fueron obedecidos en todo el ¡mj>erio. Pocos dias después 
de celebrado el convenio, comenzaron a llegar a Cajamarca 
los indios cargados de oro. Al mismo tiempo, algunos dcs- 



« La sorpresa Je Cajamarca i la captura del inca han sido referi- 
das por machos escritores con gran Hiverjencia en sus incidentes. 
Para nuestra narración hemos tenido a la vista ios historiadores 
primitivos del Perú, el libro antes citado de Prescott i la Historia 
de ¡a conquista, \iOT don Sebastian Lorente, obra notable no sólo 
por el estudio prolijo de los hechos, sino también por la animación 
i el colorido. 



PARTE SEGUNDA. CAPÍTULO XIV 407 

Lcamentos de las tropas de Pizarro hicieron diversas es- 
irsiones en el territorio del imperio, i en vez de encontrar 

menor resistencia fueron recibidos con respeto i sumi- 
on. Los castellanos eran llevados en hamacas, cargados 
3r los indios, i mui bien servidos durante su camino ^. 

Pizarro podia despren lerse de algunos soldados porque 
fines de diciembre de 1532 llegó a San Miguel de Piura 
I compañero Diego de Almagro con un refuerzo de 150 
)inbres. Traia éste la noticia de que Hernando de Luque 
ibia fallecido poco antes en Panamá, de modo que los dos 
ipitanes estaban hasta cierto punto desligados de todo 
)mpr()miso estraño a ambos. Los dos compañeros se ha- 
iron al fin reunidos en Cajamarca a mediados de febrero 
? 1533. Mientras tanto, algunos destacamentos habian 
)ntinuado la csploracion del pais, visitando el Cuzco, la 
ipital del imperio, Jauja, Pachacamac i otros lugares im- 
Drtantes. En estas cspediciones, los españoles adquirie- 
>n noticias mas cabales sobre la situación del imperio, i 
in se refiere que algunos entraron en relación con Huás- 
ir, el inca destronado, quien les habló de la usurpación de 
i hermano, ofreciéndoles mayor cantidad de oro que la 
ometida por Atahualpa si le ayudaban a reconquistar el 
ono. Parece que estos proyectos llegaron a oidos del inca 
luc lo determinaron a sacrificar la vida de su hermano 
ira salvar la suya propia. Desde su prisión de Cajamar- 
., Atahualpa, mandó dar muerte al infeliz Huáscar. En 
ícto, fue ahogado en un rio por sus guardianes jénero de 
uerte cruelísima, dice un historiador moderno, por que 
i la opinión de los indios, todos los ahogados que no re- 
bian sepultura, estaban condenados a sufrimientos eter- 
)s" í' . 

En junio de 1533 se hallaba reunida eii Cajamarca una 
mensa cantidad de oro, que aunque no completaba el 

^ Relacione de un capitana spagnolo della conquista del Perú, 
Rainusio, vol. III, fol. 375. 

í> LoKENTE, Historia de la conquista del Perú ^ Hb. IIÍ, cap. II, 
ij. 163. 



rescate del inca, ofrecía un xnotívo de constante inquietad 
a la codicia de los castellanos. Cada cual quería saber qué 
parte le correspondia en aquel rico botín; i la impaciencia 
era tan grande que no fué posible demorar mas tiempo su 
repartición. Apartáronse solo algunasr piezas de oro nota- 
bles por su ejecución artística, i todo lo demás fué conver- 
tido en barras después de un mes de trabajo en las fundi- 
ciones. Se calculó en 51,610 marcosel peso de la plata; i en 
1.326,539 pesos de oro el valor de las alhajas de este me- 
tal ^0. Después de deducir los quintos del rei i«^aa gruesa 
cantidad para distribuir a los soldados de Almagro i a los 
vecinos de San Miguel de Piuraipara la construcción de 
una iglesia, quedó todavía oro en abundancia para repar- 
tir entre los castellanos según su rango i sus servicios. 
Baste decir que cada soldado de caballería recibió 8,800 
pesos de oro i 362 marcos de plata; i a cada soldado de in- 
fantería le tocó cerca de la mitad de esta suma. Las porcio* 
nes de Francisco i de Hernando Pizarfo, de Hernando de 
Soto i de otros capitanes fueron verdaderamente maravi* 
llosas. 'Xa historia no ofrece otro ejemplo de unafortun^^ 
tan repentina, adquirida en el servicio militar, ni jamas u«^ 
botín tan considerable fué repartido entre tan corto núm«L^^ 
ro de soldados'* ^^ 

Algunos de los soldados de Pizarro, hallándose ricos A ^ 
una manera tan inesperada, pensaron sólo en volver a E^^ 
paña para disfrutar de su fortuna. El jeneral no puso ^rr 
menor obstáculo a esta pretensión, porque sabia mui bie^E^ 



10 El peso de oro, de que se habla en las historias de la conqui^^ 
ta de América, equivalía a poco mas de tres pesos de nuestra xt\(W^ 
neda, Je manera que la cantidad reunida para el rescate de Ata- ^ 
hualpa pasaba de 4-.000,000 de pesos de 48d; i como el valo ^^ 
comercial del cinero era entonces niui superior al de ahora, seri^»- 
necesario cuadruplicar o (juintu[)licar esta suma para formarse 
una idea de la importancia de acpiel rico tesoro. 

11 RoBER'i SON, lib. VI.— Hl acta del repartimiento del rescate de 
Atahualpa, se halla publicada en los apéndices de la Vida de P/za- 
rrOf por Quintana. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XIV 409 



í la vista de esas riquezas habia de despertar la codicia 
todas partes i llevar al Perú una numerosa inmigración, 
eriendo, ademas, alejar todo motivo de discordia entre 
su compañero Almagro, Pizarro aceptó gustoso el pen- 
niento de mandar a Pvspañaa su hermano Hernando que 
3Ía tratado siempre de enturbiar las buenas relaciones 
los dos viejos amigos. Encomendáronle al efecto que hi- 
'íi a Carlos V una relación minuciosa del descubrimiento 
)nquista del Perú, le presentase los tesoros que corres- 
idian a la corona i pidiese gracias i mercedes para los 
iquistadores. Los dos compañeros convinieron en dar a 
mando una suma de dinero mayor de la que correspon- 
L por su parte de botin. '^Trabajaron de le enviar rico» 
c Oviedo, por quitarle de entre ellos, i porque yendo mui 
o como fué, no tuviese voluntad de tornar a aquellas 
rtes". 

Ll. Suplicio de Atahoalpa.— -La codicia de loscaste- 
los los habia estimulado a repartirse el rescate de Ata- 
ilpa antes que todo el oro prometido hubiese llegado a 
amarca. Sin embargo, parecia natural que después de 
►cr entregado el inca la mayor p«.rte del precio de su res- 
:í, sus vencedores le cumplieran lo que habian prometido, 
sucedió así sin embargo: Pizarro tenia interés de con- 
tar prisionero al inca como un medio para asegurar la 
lision del imperio. Queria imitar la conducta de Cortés 
el desdichado Moctezuma, pero le faltaban el tino i la 
Acidad del hábil conquistador de Méjico, 
il desgraciado monarca seguia gobernando el imperio 
le su prisión. Sus órdenes se cumplian con la rigorosa 
etitud con que eran obedecidas en mejores tiempos; i su 
sona estaba rodeada del boato i del respeto que distin- 
Ein a los poderosos señores del Cuzco. Este prestijio i 
í poder infundian serios recelos en el ánimo de sus guar* 
nos; i talvez con propósito deliberado, i aparentando 
xrdarle todo jénero de miramientos, no perdonaron hu- 
lacion por que no lo hicieron pasar. El infeliz Atahualpa 
) a los soldados castellanos repartirse sus mujeres, i lo 



que para él era mas vergonzoso todavÍEi, a un indio oscuro, 
qye los castellanos llamai)an FeJi pillo i que les liabia servi- 
do de intérprete durante todíi la campaña, -fispirar a !a 
mano de una de ellas. Los españoles temían que el monarca 
cautivo ]5 reparase desde su prisión una vigorosa resisten- 
cia a la dominación estranjera. i no cesaban de espiarlo en 
sus conferencias con algunos de sus vasallos. El pérfido Fr 
lipillo aprovechó esta oportunidad para calumniar al inca. 
Dijo a Pííarro que fraguaba una vasta conspiración en 
todo el imperio, lo que produjo grande alarma entre bs 
castellanf*s* 

Tal vez Pizarro no creía e^tos denuncios; pero hizo mYir 
un destacamento íi la^ órdenes de Hernando de Soto a re- 
correr los campos inmediatos a fin descubrir si trr a cierta 
la noticia del acuartelamiento de guerreros peruanos para 
caer sobre los españoles. Los soldados en cambio, i pnrti^ 
cul armen te los compañeros de Almagro, nn cesabím de jje 
dir la muerte del inca- Pizarro mismo, sea rjne creyera coü- 
venicTite a los intereses de ia coníjuista el dar este paso 
atrevido, sea que no tuviera enerjía para resistir a las cxí* 
jencias de los suyos, aceptó, al fin este ari)itriü, i ílispusod 
juicio de Atahualpa, Inútiles fueron las protestas del inll'Üi 
cautivo para manifestar su inocencia i la completa traocíut* 
'quílidad que por orden suya existía en toflo el ¡nij^eriü; 
porque a pesar de ellas tuvo que comparecer íoite el trüju* 
nal organizado para juzgarlo i-. Estaba compuesto éste 



12 Algunos historiadores posteriores a la conquista i particular- 
mente Garcilaso de la Vega, refieren una anécdota que no parece 
creibie. Dicen que Atahualpa admiraba mucho el arte de escribir, 
i que en una ocasión se hizo trazar en una uña la palabra Dios, i 
se entretenía pidiendo que los soldados castellanos leyeran esa pa* 
labra; pero notando que Pizarro no sabia leerla, comenzó a mirar- 
lo con cierto desden. El jeneral español, herido en su amor propio 
de esta manera, resolvió vengarse del suspicaz cautivo. Según los 
cronistas mas autorizados, i entre ellos el sagaz Oviedo, se deja 
ver que Pizarro procedió en el supliciíi de Atahualpa, engañado i 
casi contra su voluntad. 



PARTE SBOUNDA. — CAPÍTULO XIV 411 

or Pizarro i Almagro con dos consejeros, i provisto de un 
oder absoluto para absolver o condenar. Un fiscal debía 
cusar al cautivo en nombre del rei de España. Se nombró 
n defensor al acusado, i se hicieron todos los arreglos ne- 
esarios para seguir el juicio conforme a los procedimientos 
spañoles. 

Ante este tribunal se dirijieron las acusaciones mas es- 
ravagantes, i se redactó un interrogatorio según el cual 
lebian declarar los testigos así cristianos como indios, 
acusábase a Atahualpa de que siendo hijo bastardo hubie- 
le usurpado el trono de los incas i condenado a muerte a 
lu hermano; de ser idólatra; de tener muchas cuncubinas; 
le haber gastado los tesoros del imperio, que por derecho 
le conquista pertenecían al rei de España, i de haber le- 
vantado jente contra los castellanos. Siete de éstos, que 
üeron llamados a declarar, sirvieron, como es muí fácil su- 
)üner, para acumular cargos contra el acusado. Los indios 
|ue prestaron sus declaraciones lo hicieron por medio del 
ntérprete Felipillo que estaba interesado en la condenación 
leí inca; i aunque algunos de ellos se negaron resueltamente 
L responder, i otros dijeron nó a todas las preguntas, bastó 
|ue la mayoría declarara en sentido afirmativo para que el 
ribunal condenase a Atahualpa a ser quemado vivo. 

No faltaron algunos soldados castellanos que protesta- 
an contra tanta iniquidad. Algunos de ellos propusieron 
ue se apelara de la sentencia ante Carlos V, ofreciéndose 

responder por el prisionero mientras llegaba la real reso- 
rción; pero la mayoría los acusó de traidores. Como solia 
üceder entre los españoles del siglo XVI en casos semejan- 
^s, se consultó la opinión de los teólogos para tranquilizar 
is conciencias; i el voto de Val verde fué concebido en estos 
-rminos: **Hai causa para matar a Atahualpa; i si lo creen 
Resano, yo firmaré la sentencia". En aquel simulacro de 
licio, todo fué inicuo: la historia no recuerda un crimen 
^as injustificable que el proceso i muerte de Atahualpa. 

El desgraciado inca no pudo recibir con firmeza, tamaño 
olpe. Suplicó a Pizarro con las lágrimas en los ojos que le 



41S lilbTüEIA DB AKÉHICA 

perdonara la vida» comprometiérulose al efecto a pa^arun 
doble rescate; pero aunque el jeneral no pudo contetier su 
emocioo, no se atrevió a volver atrás del camitio en (pte 
había entrado. Atahualpa, dts[)ues (|ue perdió todacsp^ 
ranga» recobró alguna tranquili^lad i se rüspusnpiíninumr. 
En la noclie del sAIkmÍo 29 da agosto de ITííi'i, salí 6 al pa- 
tíbulo rodeado de una fuerte escolta i cargado de grillos. 
Cerca de la hoguera, el padre Valvcrde trató de convertir 
l0| prometiéndole ¡suavizar el rigor de su suplicio coala 
aplicación de la pena del garrote. El temor de una muerte 
cruel le hizo aceptar esta gracia i reclinó el bautismo con el 
nombre de Juan. Rogó en seguida que su cadáver fuese llc^ 
vadíí a Quito para ser sepultado en la tumba de sus .abue- 
los i pidió a Pizarro que tomara a sus hijos bajo su protec* 
cion. Entonces fué amarrado al palo fatal: i mientras los 
españoles en trinaban el Credo, el verdugo estrangulo al úl- 
timo soberano de aquel dilatado imperio. 

El día siguiente, Pizarro mandó celebrar eu la nueva 
iglesia los funerales del inca. Como sino tuviera conciencia 
del erímen cometido, él mismo asistía a la ceremonia en 
traje de duelo; i pudo ver las ínanifestaciones de dolor de 
¡as hermanas i esposas de Ataliualpa. Según la costumbre 
del imperio, querían a li orearse sobre su cadáver; i toda la j 
actividad de los cristianos no bastó para impedir el volun- 
tario sacrificio de algunas de ellas. 

Pocos días después regresó Hernando de Soto de su es- 
pedición. Traia la noticia de que eran infundadas las acu- 
saciones que se hacían a Atahualpa; i al saber la condena- 
ción de éste, manifestó el mas profundo pesar por tan gran 
desgracia i por tan inhumana maldad. **Muí mal lo ha he- 
cho su señoría, i fuera justo aguardarnos'* dijo el honrado 
caballero. Pizarro no pudo contestar aquel reproche sino 
disculpándose con algunos de los suyos. El crimen comen- 
zaba a avergonzar a sus mismos autores ^'^. 



í3 El suplicio del inca ha sido referido por un testigo de vista, 
ej secretario de Pizarro, Francisco J^r z en,?u Conquista del Perú 



PARTE SEGL'NIM. -UArÍTULO XIV 4lí^ 



5e la pñj. 234 en el tom. III de la Colección de historiadores 
ti vos de Barcia). Otros escritores contemporáneos de la 
Liista lo refieren de la misma manera; pero un historiador 
rior, Fernando de Montecinos, cuya obra conozco sólo por 
iduccion francesa de M. Ternaux-Compans, cuenta que Ata- 
)a fué decapitado en su prisión. Parece que se conservó en 
) esta última tradición. **Se muestra todavía en Cajamarca, 
orror a las jen tes crédulas, una piedra que conserva manchas 
íbies de sangre, dice el barón de Humboldt. Es una plancha 
lelgada de doce pies de largo i colocada delante del altar. No 
•mitido arrancar de ella algunos fragmentos para examinar- 
is de cerca. Las famosas manchas de sangre, en numero de 
» cuatro, son formadas por vetas de piroxena en la masa de 
ra" ( Tablcaux de la nature, traducción de Hoefer, tomo II). 
» estraño hallar tradiciones conservadas tan escrupulosa- 
? como ésta, i también tan desprovistas como ella de todo 
mentó 



CAPÍTULO XV. 

Mnmacion déla la conqnicita del Perú — Dii^cordla 
entre Pixarro i Almasfo 

(1533-1538) 

üeccion del nuevo inca; disolución del imperio 2. — Marcha al 

!uzco 3.— Espedicion de Benalcázar a Quito 4 Bspedicion de 

*edro de Alvarado 5 Fundación de Limti 6. — Desavenencia 

ntre Pizarro i Almagro 7.— Viaje de Almagro a Chile 8. — Si- 
lo del Cuzco 9. — Almagro se apodera del Cuzco; principios de 

n guerra civil 10 Batalla de las Salinas 11.— Juicio i muerte 

le Almagro 12. - Castigo de Hernando Pizarro. 

- Elección del nuevo inca; disolución del imperio. 
I suplicio del inca produjo una profunda impresión en 
> el imperio. Tan habituados estaban lo» peruanos a 
?n el emperador un ser superior a los demás hombres, 
el juicio i la ejecución de Atahualpa, aun después del 
inato del inca Huáscar, parecian incomprensibles a los 
mes de vasallos que lo veneraban casi como un Dios, 
indios no hallaban una esplicacion mas lójica de este 
so que la de la intervención divina; i creyeron que los 
ellanos eran emisarios enviados por el sol para vengar 
inerte de Huáscar. 

a organización del imperio no podía subsistir después 
an horrorosa catástrofe. **Faltando la autoridad aca- 
a, que daba impulso i dirijia aquella complicada má- 



quma de aTÍIizaciao, dke un historiador moáen^ porw- 
ccsidad habfá de sufrir el eitado las tnrtbles oosTnisiQaü 
dr ta anarquía- 1 el desárdea debía mcr tetfto mmm pnsfitQ- 
do, coacita que el ^diTidao. la fiíMlia, hi coffitmidad, k 
aoeieflad entera se cooftindian con el gd b itiu o. De todii 
portes brotaron los abundantes mimafttíales de discofdyi 
qoc de orfíeii aotigtto o de aparición iracaíe cstaboi 
i^almcitte contenidos por la hábil poiftica de los tocas.** ^ 

La nación peruana, a confccuencia de la orj^anisacit^ 
espeda] qne ie había dado, oo habia apnmdtdo a gobei^ : 
narse por M misma; i había obedecido eiegamefite tos maiK 
dato« deJ inca prísior^ra^ detaJ ni ^ tt la adfntfittbip 1 
don había seguido su mardia ordinaria; pero después de 
la muerte de Atahualpa comenzaron los desórdenes i la. 
anarquía en el imperio. Pizarro, creador, puede decirse» 
de aqudla profunda revoludon, no tenia la intelijeiic«- 
para comprender todo su ,:::- ... t^ _^:...;^. . la^ 
que todo la esperienda que había adquirido en la escuda. 
de Balboa, khideron percibir que podía aproirecharícd^ 
aqud desorden para ascj — ' ' . ^' \ m^. 

Reunió al efecto a los señores de Quito, que formaban Is 
corte de Atahualpa, i les propuso que nombraran un nue- 
vo inca. La elección recayó en el joven Tupac Inca, herma- 
no de padre i madre de Atahualpa, que fué proclamado 
emperador en medio de las ceremonias con que los perua- 
nos acostumbraban celebrar la elevación de un nuevo so- 
berano. El primer acto de este pretendido monarca fué re- 
conocerse solemnemente vasallo del rei de £spaña. 

Inmediatamente, Pizarro despachó al norte al capitán 
Sebastian de Benalcázar con un destacamento de tropas 
para que defendiera la importante colonia de San Miguel 
i estableciera ahí el centro de las ulteriores operaciones 
militares. 

2. Marcha al Cczco. — Pero la muerte de Atahualpa 



1 LoREXPE, Histonn de ¡a conquistn rftl Perv, lib. IV, crip. í> 
p. 200. 



PAHTB SIXílNHA. CAl'ÍTL'LO \V I 17 



ibia reanimado en el imperio las antiguas divisiones entre 
litcfios i cuzqucños. Estos últimos habian reconocido por 
berano a Manco, hermano carnal de Huesear, con el 
opósito de reconstruir el imperio bajo un príncipe del 
izco. Pizarro vio en estas divisiones un elemento seguro 

triunfo. La repartición de las tesoros de Cajamarca 
ibia atraido al Perrt un número considerable de aventu- 
res llegados de las colonias de la América Central. Jíl 
leral español pudo contar con un ejército de 500 hombres, 
a su cabeza se puso en marcha para el Cuzco (setiembre 
í 1533). El inca Tupac i el jeneral peruano Chalcuchima 
t acompañaban en lujosas literas, para recordar la pompa 
)n que los hijos del sol acostumbraban visitar sus domi- 
¡os. 

Sin embargo, los dos bandos estaban dispuestos a atacar a 
s españoles. Los quiteños no podian perdonarles el sil- 
icio de Atahualpa; i los del Cuzco no podian aceptar la 
sccion que Pizarro habia hecho en un príncipe quiteño 
ara gobernar el imperio. Con todo, en los primeros días de 
archa no tuvo nada que sufrir. Los castellanos llegaron 

valle de Jauja, notando, es verdad, algunos síntomas cj^ 
sistencia, pero los indijs huian despavoridos ante el 
npuje i resolución de sus enemigos. En aquel sitio, Piza- 
oechó los cimientos de una ciudad conocida hasta ^hora 
>ii el nombre de Jauja. 

Mas adelante, los españoles encontraron los ejércitos 
íruanos posesionados de sitios ventajosos para rechazara 
«invasores. Una tarde, la vanguardia mandada por el 
i pitan Hernando de Soto, sostuvo un reñido combate en 
Lie estuvo a punto de ser destrozada. En Ií^ mañana si- 
miente, cuando los indios querian renovar lapele^, aban- 
>naron el campo llenos de pavor porque los enemigos, en 
gar de debilitarse con el combate, habian engrosado con 
lerablemente sus tropas. En efecto, Almagro había ace-, 
fado la marcha i reuní lose a la vanguardia. Esta fué la 
^erte de los diversos combates que los indios presentaron 
los ca.<?tcllanos en aquella cs|)edicion. 

JOMO j "Jl 



Durante esta marclia» falleció inesperadamente el inca 
Túpate, Los esparinles atribuyeron este acci(It?nte aenveDe- 
namiento, Í acusaron tic este crimen al jcneral Clialcucliimn. 
Talve^ esta acusación fue solo un pretexto para pnjfcfier 
contra el infelk indio. Los españoles sabedores de que el 
jeneral peruano poseía distínguiíios talentos militare*it lí"»^ 
celosos de que mantuviera comunicaciones con los jefes 
enemigos, i de que se escapara de sus manos para organi* 
zar una resistencia mas vigorosa, lo hicieron juzgar, i 1ü 
condenaron a ser quemado vivo. ** Así terminó la triste 
serie de injusticias cometidas con este guerrero, ípie |>ffr 
bablemeute debió su deplorable fin a su misma reputa^ 
cion.*' - Fué aqiiehm nuevo crimen de los conquistadores* 

Los historiadores de la conquista no se han disimulado 
esta grande injusticia. **Los que siguen las razones de es- 
tado, a todo cierran losojos/' dice amargamente el cronista I 
Herrera. 

La muerte del inca Tupac sirvió admirablemente a los 
planes de Pizarro. En el sur del Perú, el príncipe quiteño 
no arrastraba prestijio alguno, i por el contrario hahria 
despertado en el Cuzco la mas violenta resistencia si tes i 
castellanos hubieran intentado hacerlo reconocer por sobe- i 
rano, Pizarro pudo entonces cambiar de plan i aceptar bajo 
su protección a Manco, el inca prf>claraado en el Cuzco, que 
había salido a su encuentro en el valle de Xaquixaguana. Kl 
conquistador declaró entonces a los indios que su viaje al 
Perú no había tenido mas objeto que sostener los derechos 
de Huáscar. **La marcha a Cajamarca había sido, según él, 
para desarmar a sus enemigos, la muerte de Atahualpa para 
vengarle i la venida al Cuzco para reponer en el trono al le- 
jítimo heredero** ? Los sencillos indios aceptaron estas 
esplicaciones dictadas por la perfidia de los castellanos. 

Desde que Manco se hubo reunido con Pizarro, cesaron 
las hostilidades entre españoles i cuzqueños; i juntos mar- 



*¿ Quintana, Vida de Pizarro en sus Vidas de Españoles célebres. 
3 LoRniiT Kjlistorin déla conquista del Perú.Wh, IV., cap 1 1, p. 223. 



PARTE SEGUNDA.- CAPÍTULO XV 419 



charon a la capital. Las tropas de los quiteños trataron en 
vano de impedirles el paso; i el 15 de noviembre de 1533, 
aniversario de la entrada de los castellanos en Cajamarca, 
Pizarro i los suyos penetraron en la opulenta ciudad. Los 
indios los recibieron con grande alborozo, saludándolos co- 
mo los salvadores del imperio; i en medio de fiestas que 
recordaban los mejores tiempos de la monarquía peruana, 
el inca Manco fué coronado con la borla imperial. Los pri- 
meros dias fueron ocupados con fiestas i diversiones. Los 
castellanos admirados déla riqueza de aquella capital, de 
la abundancia de su población, (|ue según computaron al- 
gunos alcanzaba a 200,000 almas, i mas que todo de la 
suavidad e intelijencia de los indios cuzqueños, pensaron en 
establecerse sólidamente allí. Fundaron cabildo, convirtie- 
ron en iglesia cristiana el templo del sol i comenzaron la 
predicación evanjélica. Sin embargo, la codicia i la insolen- 
cia de los soldados españoles despertaron en breve una 
profunda irritación entre los indíjenas. Las casas de las 
sacerdotizas fueron violadas, saqueados los tesoros de los 
templos i estropeados los infelices indios que con tanta be- 
nevolencia los habian acojido ^. Los espíritus previsores 
pudieron anunciar el principio de nuevas resistencias de 
parte de los indíjenas. 

3. EsPEDiciON DE Benalcazaií A QuiTO.— Los indios qui- 
teños, como ya hemos dicho, no podian perdonar a los con- 
quistadores el suplicio de Atahualpa. En balde Pizarro 
habia proclamado emperador al inca Tupac de la familia 
imperial quiteña, porque Rumiñahui, jeneral ambicioso que 
se habia distinguido bajo los reinados de los últimos incas, 



4 Se refiere que la gran imájen del sol que adornaba el templo 
ttycó en el reparto a un soldado; pero como el oro habia caído en 
mucha depreciación por la alza jeneral de todas las mercaderías 
europeas, el soldado lo jugó i lo f)eríl¡ó en una noche, de donde 
quedó un proverbio niui popular en el sur del Perú. "Juega el sol 
/íntes que amanezca.'' • 



mrromt un AniiRirA 



i cjtítr asjMrabfi al imperii* cu nicdin de la jc»erfi! confositin, 
esparció el terror en las rcjiutirs Je Quito, hiici asesinar ft 
lyitirfiní; mienibro? de In fntnH* t rm} \ ven rió !a reststeneía 
qw halló en el catritoQ de su elevación. 

Sebastian Benalcá^^^r liabia quedada en San Miguel de 
Pinra d^ppe» de 1^ partidla de Phnrvo para el Cuzco, Aun- 
cjlieatlll instriiccione» lo íuituriitnhan ^^^^o para mantenerse 
^ \^ ^sp^tfttiira, el 03ad^* capitán liabia oído hablar de la» 
rjqties^ de Quito, i ardía ea dej^tfos de emprender »ii con- 
qoista, Antes de mwho tiempo llegaron a San Miguel al- 
gtin^a partidas de aventureros castellanos que pasaban al 
P#r6 s^ bnscQr fortuna..En la misma época recibió Benaki» 
2gr piertQS mensajeros de los tviflam, indios del n/irte qtie 
le pedi^n atisilio contra el furor dt* Kumínahui. Itenalcáisar 
nq pudo y» contenerse: reunió un ejército de 200 infantes i 
80 jinetes i se puso en marcli-i para Quito* 

Pn e) pfiíner tiempo de la campaña, el ardor de los cas» 
tállanos, la superioridad de bus arma!^ i la prcíiencia de los 
caballos decidieron la victoria en su favor. Pero la resis- 
tencia se hacia mas formidable cada dia, i Ben alcázar prin- 
cipió una lucha de ardides en que los enemigos desplegaron 
a su vez grande habilidad. Esperábanlos éstos en los desfi- 
laderos i abrian agujeros cubiertos para hacer caer la caba- 
llería, pero BenaL-ázar evitaba con gran tino los sitios 
donde pudiera caer en un lazo. En Tiocajas se dio una gran 
batalla en que la victoria quedó indecisa; pero en la noche 
se hizo sentir la erupción del volcan Cotopaxi, que los 
oráculos habian anunciado como fatal al reino de Quito, i los 
guerreros indios se dispersaron. 

La guerra no se terminó con esto. Rumiñahui continuó 
batiéndose con los invasores; i no pudiendo defender a Qui- 
to le puso fuego c|ueriendo destruir completamente la ciu- 
dad. Benalcázar penetró en ella, i después de dispersar a los 
indios que habian quedado en las inmediaciones, se estable- 
ció allí dándole el nombre de San Francisco de Quito, en 
honor del conquistador don Francisco Pizarro (fines de di- 
ciembre de 1583 ). Los castellanos no encontraron, sin em- 



i'AUrifl sE(.»LrNDA. — capItclo XV 421 



bart^o, en aquella ciudad los tesoros de que tanto se les ha- 
bía hablado •'». 

4. EsPEDiciOiN DE PííDRo DE Alyarado.— Las fiqueeas 
del Perú habían adquirido gran fama en todo el nuevo 
mundo, i despertado la codicia de los pobladores de las* 
otras colonias. Pedro de Alvarado, el capitán infatigable 
de Méjico í conquistador i gobt*rnador de Guatem<tla, qui- 
so también tener participación en esos tesoros. Carlos V, al 
conferirle el gobierno de Guatemala, le había encargado 
que dispusiese en el mar del sur una escuadrilla para despa- 
char una espedicion en busca de las islas de la especiería. Al va- 
rado tomó este encargo por pretesto para marchar al 
Perú. Reunió al efecto 500 soldados españoles, muchos in- 
dios ausiliares i 230 caballos, i se embarcó en el puefto 
de la Posesión en Nicaragua con rumbo al sur (enero de 
1534). .\1 emprendersu viaje, se apoderó de las naves i de 
la tropa que se alistaba para ausiliar a Pizarro. Dos me* 
ses después, en marzo de 1534, desembarcó con sus tropas 
en la bahía de Caraques *^ cerca de Puerto Viejo, en las cofc* 
tas de Quito. 

Alvarado finjió ignorar que aquel territorio pertenecia a 
la concesión que el rei habia hecho a Francisco Piíarro, i 
determinó emprender su viaje a Quito, de cuyas riquezas 
habia oido contar tantos prodijios. Los espedicionarios se 
creyeron indemnizados de sus primeras fatigas con un bo- 
tín de esmeraldas i de oro; pero así que comenzaron a in- 
ternarse en la tierra, cayeron sobre ellos calamidades de 
todojénero. Los veteranos de Cortés, acostumbrados a 
soportar con paciencia padecimientos sobrehumanos, su* 
cunibian en este viaje entre los horrores del hambre, la» 
fiebres malignas i el frió de las alturas a que no estaban 



i'» Vblazco, Historia del reino de Quito, part. Tí, lib. IV. 

" En la excelente traducción castellana de la obra de Pfescott 
hni uti error que puede hacer creer que el rumbo que llevó Alva-* 
T^(\o en este viaje fué mui diferente. El traductor ha puesto Cara- 
cus, donde Proseo tt habia escrito Caraques. 




niSTOlCIA DS aiftelCA 

accistninbrados. Jamas las esploradores del nuevo inundo 
habían encontrado tantas i tan fornitdabie^ diticultades. 
Al varado, aunque acometido de viokntns ealetitura^, con- 
servó su Animo inflexible. Pero el cielo i la tierra pareeian 
haberse conjurado contra los c;isteIlanoi» El aire se cu linó 
de cenij^^ lmme*mtes; tiyéronse ruidos siilitcrránetis^: in- 
mensa<i moles de uicve, derretidas como |ior encitnto, se 
desprendían de las; montañas arrastntndo grandes peñas^ 
COS. Tan sorprendentes i'enótnenos provenían de la crujj- 
cson del volcan Cotopaxͫ cjue en ese mismo tiem|H> habiii 
aterroria^ido a los guerreros ijuiteños de Rumiñabui. Las 
]K*nalidade^ de esta marcha n<i terminaron allí: h1 atrave- 
sar nuevos cordones de moniañas, /mtes de I lej^ar a Rio- 
bamba, el frió inteníiü de tas alturas cansó la muerte de 
gran numero de indios ansiliares t de algunos castell.'incHi. 
**Fné tanta la nieve ijue cay A sobre nosotros, escribía Al- 
varado al reí, (juc estuve en tiempo de perderme, i no libré 
tan bien que no perdí mas de 600 ánimas de crístiammi 
¡ente de servicio, aunque los españoles no íuerou mu* 
chos" ^ 

Cuaudo Al varado llegó a la llanura, notó, lleno de ad- 
miración, las huellas frescas de algunos caballos. No cabía 
duda que por ahí habian andado tropas españolas, que se 
le habian adelantado en laesploracion i conquista de aque- 
llos paises. En efecto, andaba allí Diego de Almagro a la 
cabeza de un cuerpo de tropas. Pizarro habia sabido en el 
Cuzco los aprestos de Al varado, e inmediatamente comisio- 
nó a su teniente Almagro para que marchara en el momen- 
to a San Miguel de Piura, i reuniéndose con las fuerzas de 
Benalcázar se opusiera a la invasión de los soldados caste- 



^ Carta de Al varado, fechada ea San Miguel de Piura a 15 
de enero de 1535. —La mejor relación de los sufrimientos del go- 
Ijernador de Guatemala en esta terrible jornada, se encuentra en 
la obra de Herrera. Prescott i Lorente han aprovechado con ha- 
bilidad de esas noticias en sus obras citadas. El lector puede con- 
sultar el colorido cuadro que de este viaje ha trazado Quintana 
en su Vid¿i de Pizarro. 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO XV 423 

llanos que iban a hacer conquistas en sus dominios. Alma- 
gro quedó sorprendido al saber que Benalcázar no se ha- 
llaba en San Miguel; sin embargo, después de despachar 
órdenes perentorias para que se le juntara aquel capitán, 
Almagro se puso en marcha para el norte, i reunió sus 
tropas con las de Benalcázar en Riobamba, i aunque con- 
taba con menos tropas que Alvarado, lo esperó resuelta- 
mente. 

Con todo, no llegó el caso de empeñar un combate. 
Después de las primeras escaramuzas, Alvarado notó que 
su jente no queria pelear, i que muchos de los suyo.s, atrai- 
dos por las noticias de las riquezas i maravillas del Perú, 
se pasaban resueltamente a las banderas de Almagro. El 
mismo Alvarado se persuadió de que Quito no encerraba 
las riquezas de que se hablaba, i se dispuso a tratar. No 
fué difícil arribar a un arreglo: el gobernador de Guatema- 
la cedió su escuadra, sus tropas i sus municiones a Piza- 
rro, comprometiéndose Almagro a nombre de éste, a pa- 
learle 100.000 pesos de oro (mas de 300,000 pesos de 
48 peniques). El convenio fué firnfado el 26 de agosto 
de 1534. Después de esto, ambos capitanes se pusieron en 
inarclia para el sur a fin de tener una entrevista con Pi- 
zarro. ^ En este viaje Almagro dispuso la formación de 
una nueva ciudad a que dio el nombre de Trujillo en honor 
de U» patria del esforzado conquistador del Perú. 

"* Bl erudito I^KKSCDTT no ha |)odido trazar esta parte de su 
Historia de Ui conquisUi del Perú, con el conocimiento cabal de 
todos los documentoH, como lo hace de ordinario en sus obras. 
Así es que se limita a apoyarse en las autoridades de los cronis- 
tas i de una carta de Almagro i otra de Alvarado escritas al rei 
después de celebrado el convenio, i en que no se fija la fecha de 
dicho pacto. Prescott no ha conocido otra carta de Almagro es- 
crita en San .Miguel a 8 de mayo de 1534-, antes de partir para 
Riobamba, ni tampo las dos escrituras que forman las capitula- 
ciones. I'or la primera, Alvarado vende a Pizarro i a Almagro su 
escuadra compuesta del galeón San i^ristóbal^ las naos Santa 
CÍB.ra, Buenaventura i Concepción, i los navios San Pedro i San- 
tiuí^Ot ^^^ toda su artillería, armas, velas i jarcias por 100,000 



5. Fundación de Lima,— Pizurru se liabía alarmarlo fiiu- 
cho con la noticia de la es^iH'ílicifJtJ del conijuistador de 
Guatemala. No contento con haber despachado a A (magro, 
él mismo salió del Cueco con un cuerpo de tropas, dejando 
la guarnición de €Stn ciudad a cargo de 90 clistel I unos 
mandadas por su hermano jtian Piaiarru Hallábase eti el 
valle del Rímac, a dos leguas fie la coüta, cuando se le reu* 
nicron Almagro i A I varado, que volvían (k Riobamba des- 
pués de celebrado el coiiveñin. Ptstarro ratificó el tratad o, 
entregando al efecto al gubcrnador de Guatemala, el I'' de 
enero de 1535, los 100,000 pesos de oro ofrecidos por Al- 
magro ^, 

En aquel sit^o quiso el gobernador I^izarro fundar una 
nueva colonia que destinaba para capital de todo el terri- 
torio conquistado. La suavidad de! cHma^ la situacton ven* 
tejosa a dos leguas del mar, i casi a igual distancia del 
Cuy.co i de (juitu, i la proximidad de hermofifíiímos valles 
lo determinaron a ekjír las orillan del Rímac para hacer 
eata fundación. El G de enero de 1535, echó los ctmietitos 
de una ciudad a ía cual di6 el nombre de los Reyes, en ho^ 
ñor de la íicáta de la Epifanfti f|ue en est: di a celebra la igíe^ 
sia. Este nombre, sin embargo, quedó consignado sólo en 
los documentos públicos: la ciudad fué llamada Lima, nom- 
bre corrompido del de Rímac que los naturales daban a 



pesos de oro. Por la segunda, Al varado cede a Pizarro i a Alma- 
gro la merced que el reí le habla hecho para descubrir en el mar 
del sur. Ambas capitulaciones tienen fecha de 26 de agosto de 
ISS^, en la ciudad de Santiago de Quito, nombre que los castella- 
nos daban al p;ieblo de Riohamba. En un compendio como el pre- 
sente, no es posible entrar en muchos pormenores para completar 
la relación del ilustre historiador norte americano. 

9 Prescott ha desconocido también la escritura por la cual Al- 
varado declara haber recibido los 100,000 pesos de oro estipula- 
dos en el convenio, i una carta de Almagro al reí, de la misma fe- 
cha. Bstos documentos, así como los otrjs citados en la nota an- 
terior, que son desconoc¡«los a casi todos los historiadores, se en- 
cuentran en los archivos de Kspaña de donde saqué las copias que 
conservo en mi poder. 



PAUTl^J SfiOÜNDA.— capítulo XV 426 



aquel valle. Con la actividad que distinguía a Pizarro, dio 
principio a las primeras construcciones, resuelto a estable- 
cer ahí su residencia. 

6. Desavenencias ENTKK Pizarro i Almagro.— Hernan- 
do Pizarro enviado a España después de la repartición del 
rescate de Atahualpa, habia ajitado en la corte las jestio» 
nes que le encomendaron los conquistadores del Perú. Des- 
pués de presentar al rei los valiosos obsequios de que era 
portador, i de referirle la historia maravillosa de la prime- 
ra campaña al interior del Perú, la captura del inca i los 
tesoros que habia entregado para obtener su libertad, le 
pidió las gracias i mercedes que solicitaban Pizarro i Al- 
magro. Talvez Hernando habría olvidado los encargos de 
este último a causa de la mala voluntad que le profesaba; 
pero Almagro habia enviado a España dos ajentes encar- 
gados de hacer a su nombre sus peticiones particulares. 

Carlos V quedó admirado al oir las portentosas hazañas 
de sus vasallos en el nuevo mundo i al saber las riquezas 
que encerraban los paises recien conquistados ^^, Sin tar- 
danza, confirmó a Pizarro los títulos que antes le habia 
conferido; pero dividió las tierras recien conquistadas en 
dos secciones: la del norte con el nombre de Nueva Castilla 
fué conferida a Pizarro, i la del sur, denominada Nueva 
Toledo, a su compañero Almagro. Ambos debían usar el 
título i las prerrogativas de gobernador. Hernando Piza- 
rro. recompensado por sus servicios con el título de caba* 
llero de la orden de Santiago, no quiso quedarse en España 



10 Increíble fué la admiración que causó en España la noticia de 
]a espedicíon de Pizarro, de la captura del inca i de la distribuciod 
de sus tesoros, comunicada de un golpe por Hernando Pizarro i 
sus compañeros. En Sevilla se publicó en 1534 una relación su- 
maría en cuatro hojas, a manera de las gacetas de nuestros días 
en que estaban referidos tantos prodijios. Los curiosos i coleccio- 
nistas buscan ahora con una avidez inesplicable esas imperfectas 
relaciones que no tienen valor histórico sino sólo el interés de ía 
curiosidad. Creo que de esta noticia de la conquista del Perú no 
existen en el mundo mas que dos ejemplares. 




sino que obtuvo permiso para equipar una escuadra i reu- 
nir jente qtie trasportar al r*cru en .sDcorrn de su hermano, 

A principios de 1585 se ncilíio en el Perú ta noticia de 
estas concesiones i del arribo tle Hernando Pizarro a Pa- 
naniá, Almíi^ro había marehaílu al Cuzco, |>cro en el ca- 
mino supoqneclrei le habia conferido d título de «gober- 
nad or de la Nueva To!edí>, i sus amijfos se enifjeñariin en 
probarle que el Cuzco entra lía en los !í ni i tes de fíu goher» 
nación. Almagro, naturalmente franco i jencroso^ creyó 
que entre él i su compañero I^ixarro no [jodrian suscitarse 
jemas difieultadcíí por v\ gobierno de mía ciudad. Llenrí de 
sinceridad i de f>uena fe, se íulclautó haíita el Cusíco para 
hacerse reconocer *^obernador» Juan i Gonsíalo Pizarn», que 
mandaban la guarnición de la capital, ».' opusieran a sus 
pretensiones, dispuestos a rechazarlo por la fucrxn. Como 
era natural» los ánimos, intiispuestos por difcrcncixis ante- 
riores, se agriaron mas i niaií. Los es jía fióles» pobladores 
de la ciüdadp se dividieron en bandos; i estaban íi punto de 
% etdr a las manos» cuando ?íc prei^entó en cita Francisco 
Pizarra. 

En efecto^ ai saber lo que ocurria en el Cuxco, PjíEarr0 
salió apresuradamente de Liina. Los dos compañeros se 
saludaron afectuosamente. Almagro era tan franco i abier- 
to como su socio disimulado i astuto. En nombre de su 
antigua amistad, estrecharon nuevamente sus relaciones, i 
celebraron un convenio (12 de junio de 1535) con la misma 
ceremonia con que hicieron el célebre contrato de Panamá, 
esto es, en la iglesia, durante la misa i jurando por el sacra- 
mento de la eucaristía. Almagro se comprometía a partir 
para Chile, de que hablaban los indios como de una rejion 
en que abundaba el oro, prometiendo ambos respetar los 
fueros de la amistad i no comunicarse con el rei sin el con- 
sentimiento mutuo, para evitar las acusaciones recíprocas; 
i ademas repartirse entre ambos las utilidades de las espe- 
diciones subsiguientes. 

Terminado este arreglo, Pizarro se volvió a Lima. Aun- 
que su educación no era la mas aparente para la dirección 



PARTE SBGUNDA. — CAPÍTULO XV 427 

política de la colonia, manifestó gran sagacidad natural i 
notables dotes de gobierno. Dividió los paises conquista- 
dos en distritos administrativos, i estableció majistrados 
en todos ellos. Dictó ordenanzas para la percepción de los 
impuestos el trabajo de las minas, el trato de los indios i 
la administración de justicia. 

7. Viaje de Almagro a Chile.— Almagro anunció su 
espedicion a Chile con grande aparato, como solían hacerlo 
los conquistadores españoles al salir a campaña. Levantó 
bandera de enganche i mandó pregonarla empresa en toda 
la ciudad al son de trompetas i tambores. Los indios del 
Cuzco, deseosos de libertarse de sus opresores, no cesaban 
de ponderarlas ricjuezas de Chile para alejarlos de su suelo. 
Almagro, ademas, tenia la reputación de ser el capitán mas 
jeneroso de las Indias; i en efecto repartía sus tesoros pró- 
digamente para retmir jente i equiparla de armas i muni- 
ciones. Por estos medios consiguió juntar mas de 500 hom- 
bres. Dos indios principales, PauUo Tupac (o Paulo Topa, 
como escriben los cronistas españoles), hermano del inca 
Manco, i el gran sacerdote o pontífice del templo del sol 
villac umu mas propiamente huillac umu, se prestaron a 
acompañarlo junto con un considerable cuerpo de indios 
ausiliares. Felipillo, el indio intérprete de las conferencias 
de Cajamarca, formaba también parte de la espedicion. 

Almagro salió del Cuzco el 3 de julio de 1535. Siguió su 
marcha hacia el sur por la altiplanicie conocida en lajeo- 
grafía moderna con el nombre de meseta de Bolivia, con el 
propósito de atravesar la cordillera délos Andes enfrente de 
Copiapó, (|ue conocian mui bien los indios peruanos por 
haber estendido su dominación hasta mucho mas al sur. La 
primera parte de su viaje fué comparativamente feliz. Los 
castellanos atravesaron fértiles comarcas i tristes desiertos 
sin grandes penalidades, i llegaron al pié de los Andes en los 
primeros dias de otoño de 1536. La vista de las montañas 
cubiertas de nieve no arredró a los intrépidos espediciona- 
rios; pero desde que penetraron en ellas comenzaron a su- 
frir todo jénero de penurias. Los padecimientos de este 



viaje al través áe la cordillera fiieron stij>er¡onrs a cuanto 
Be puede rmajioar: el frío i el hambre mataban a los tfidioá 
por decenas; i los casteUanos, soperiores a tantas fatigas, 
Tciati, »in embargo, desprendérsele los dedos délas manos t 
íle loa pies helados por e! frió, o ienian i ¡ue alimentarse coo 
la carne de los caballos que tnartati en la nieve. 

AI llegar a los primeros valles de Chile, su situación cam- 
bia completamente. Hallaron %'tvere» en abandancta i pe- 
dieron penetrar en el paifi sin grandes diftcultades. El ío 
térpnete FelÍ pillo que acompañaba a lo^ es|iedicionar¡cíS 
trató de sublevar a los naturales: |jero descubierto en seis 
manejos, fut descuartizado por 6rden de Almag^ro, A pesar 
de estas intrigas, los españoles no tuvieron qtie vencer serías 
resistencias. Los indias chilenos vivían reducidos eo estre* 
ches valles formados por los ríos que se desprenden de las 
cordilleras, í separados unos de otros por estensos despo- 
blados. Por esta causa^ aquellas tribus eran mui débiles 
para hacer frente a los espedicionarios; ]ierode«deqtte éstos 
llegaron a las rejiones centrales, pudieron ver una pohb* 
cíon mas numerosa i mavores elementos de riquexa. Sin 
embarga, e! pais no ofrecía la abundancia de ort> de qiní 
habían Iiatilado los peruanos, i ademan sus habitantes 
estaban dispuestos a defender su territorio. 

Almagro vacilaba tal vez entre volver al Perú o establc- 
eeruna colonia, cuando recibió cartas de dos capitanes 
suyos, Rodrigo de Orgoñez i Juan de Rada, que habían 
llegado a Copiapó con un refuerzo de 100 hombres i con los 
despachos que habia traído de España Hernando Pizarro, 
por los cuales el reí conferia a Almagro el título de gober- 
nador de la Nueva Toledo. Carlos V habia deslindado los 
límites de los dos gobiernos que mandaba crear en el Perú 
sin mas conocimientos acerca de este país que los que po- 
dían suministrar los toscos soldados de la conquista. Su 
demarcación fué peor entendida todavía por los capitanes 
españoles. El roí señalaba los límites fijando los grados 
jeográficos, i como en el ejercito no habia quién entendiese 
de esas materias, sucedió que los dos gobernadores se ere- 



•AKTK SeCUiNDA. CAPÍTULO XV 129 



yeron con derecho al Cuzco. Almagro se dejó arrastrar por 
sus oficiales; i abandonando la concjuistade Chile, ro pensó 
roas (jue en ir a tomar posesión de su gobierno. Para verse 
libre de los padecimientos de un nuevo viaje por la cordille- 
ra, emprendió su marcha por el desierto de Atacama; i a 
rnediados de octubre de 1536 se hallaba de vuelta en el 
Perú 1». 

8. Sitio DKiv Cuzco. — La situación del Perú habia cam- 
biado sobre manera durante la ausencia de Almagro. Las 
vejaciones de que eran víctimas los indios del Cuzco habian 
producido los resultados que eran de esperarse. El inca 
Manco habia observado con placer que los españoles dise- 
minaban sus fuerzas imprudentemente, i habia espiado la 
oportunidad de preparar una jcneral sublevación. Sin em- 
bargo, se hallaba retenido en el Cuzco i estrechamente viji- 
lado; i todos sus esfuerzos para salir de esta ciudad i poner- 
se a la cabeza de sus vasallos fueron completamente infruc- 
tuosos. 

Mandaban en el Cuzco Juan i Gonzalo Pizarro, hermanos 
del gobernador. Poco tiempo después, tomó el mando dé 
la plaza Hernando Pizarro, recien llegado de España. La 
codicia ilimitada de éste permitió la evasión del inca. Man- 
co ofreció al capitán español traerle grandes tesoros; i Her- 
nando le permitió salir de la ciudad para disponer su tras- 
porte 1'-. Una vez fuera del Cuzco, el inca levantó el estan- 
darte de la insurrección, i al momento se pusieron sobre las 
armas todos* los guerreros del imperio. Los españoles que 
residian en los campos que les habian sido concedidos en re- 
partimiento, fueron atrozmente asesinados; i un ejército 



11 Laeppedicion de Almagro a Chile se halla admirablemente 
referida en el Descubrimiento i conquista de Chilcy por M. L. Amü-» 
.v.\TEGUi, part I, cap. IV i V. Kn un compendio como éste no nos 
ha sido posible entríir en mas pormenores. 

í2 Este hecho, referido por el historiador Agu >tin de Zarate, 
CíMiFta de la relación de dos testigos presenciales, don Alonso En- 
H'fuez de Giizman, que lo ha consignado en una estensa autobio- 
grafía que permanece inédita, i Pedro Pizarro. 



tiusToiJA nm MMÉmoJk 



peruano cotiipuesto de 200,000 homlines, flespites fie vnrios 
encuentros partíale!?, marcha a fíitiar al Cuzco. **Era tnnta 
lujen te f|iic aquí vino, dice uno ele los í*itiatlos, que cubriatí 
los campos: de <lia parecía un paüo nc*^To cjue lo tenin la* 
pado todo media legua ríe esta ciudad del Cuzco* De not-he 
eran tantos los fne^ofs (pie no parecía sino un cielo mui ví* 
Vtiz lleno de esitrellas. Era tanta la gritería í la vocería f|iK 
había f|ue todos estábamos atónitos" *\ Bf sitio comen?/* 
a principios de febrero de 1Í13G- Los españoles tenia n ménós 
de 200 lionibres entre infantes ¡jinetes» i cerca de 1 ,000 in- 
d i os a u si ! í a re s . Lo s pe r u íi n o ;; des | > 1 ega ro n c o es t a oca si o n 
un valor de que no se les crcia capaces^, i grande habilidad 
militar no snJo para emplear los elementos de *^€rra que 
po petan sino taml>¡en para uí^ar las armas i la táctica tic 
los europeos. Formábanse en escuadrones compactos, usa- 
lian las espadas, picas i adargas quitadas a los españoles i 
construyeron sólidas lanzas guarnecidas de puntas de co* 
h re , A t gu n os a \ >re n rl i e ro n a m a n ej a r las a rm as d e fu egr * , i 
otríís, entre Icjs cuales estaba el misimo inca, montaban los 
caballos quitados a ios castellanos i cargaban resuelta- 
mente. 

Pero estos ensayos no habrian valido gran cosa sin la 
gran su}»erioridad numérica de los peruanos i sin el empleo 
de otras armas a que estaban mas acostumbrados. *'Un dia 
de mañana, agrega Pedro Pizarro, empezaron a poner fuego 
por todas partes al Cuzco, i con este fuego fueron ganando 
mucha parte del pueblo haciendo palizadas en las calles 
para que los españoles no pudieran salir contra ellos. Nos 
recojimos a la plaza i a las casas que junto a ella estaban, 
i aquí estuvimos todos recojidos i en la plaza en toldos, 
porque todos lo demás del pueblo tenían los indios tomado 
i quemado; i para quemar estos aposentos donde estába- 



la Rvíncion riel descubrimiento i conquista del Perú, escrita por 
Pkdro PiZAUkí). p.iricntc del gobernador i publicada en la CoA»c- 
cion de dftcumentos inéditos para la historia de España, tomo V, 
páj. 289. 



FARTM SKOrNDA. — CAPÍTULO XV 431 

inos, hacían im ardid que era tomar varias piedras redon- 
das i echallas en el fiieo^o i hacellas ascuas; envolvíanlas en 
unos algodones i poniéndolas en hondas, las tiraban a las 
casas donde no alcanzaban a poner fuego con las manos, 
i ansi nos quemaban las casas sin entendello; otras veces 
con flechas encendidas tirándolas a las casas que como eran 
de paja luego se encendian.'' 

Los españoles desplegaron en este conflicto su acostum- 
brado valor. Como los indios se hubieran apoderado de 
una fortaleza situada en una altura desde la cual hacían mu- 
cho mal a los defensores del Cuzco, resolvió Hernando Pí- 
zarro arrojar al enemigo de aquella ventajosa posición. Al 
efecto, dispuso que su hermano Juan hiciera una salida 
por aquella parte; pero, apesar del val :»r que en este ataque 
desplegaron los castellanos, fueron rechazados por los in- 
dios. Juan Pizarro, herido en el asalto de una pedrada en la 
cabeza, sucumbió pocos días después. 

El sitio se prolongó algún tiempo mas con ataques fre- 
cuentes i terribles en que se distinguieron algunos capita- 
nes, i particularmente Gonzalo Pizarro, hermano del go- 
bernador. Los cronistas castellanos atribuyen la salvación 
de los sitiados a la protección del cielo. ^^ Después de 
cinco meses de sitio, en agosto de 1536, la plaza resistia 
aun; pero los sitiadores comenzaron a lemer que prolon- 
gándose las operaciones militares no podrian hacer sus 
siembras, i se verian atacados por el hambre, enemigo mas 
formidable todavía que los mismos españoles. El inca se 
resolvió a levantar el sitio temporalmente, dejando, sin 
embargo, una fuerte columna para el resguardo de su per- 
sona. Con esta fué a colocarse a una fortaleza denominada 
Tambo, donde se vio en breve atacado por los castellanos. 
Sin embargo, las ventajas de la posición elevada en que 
esta fortaleza estaba construida i el vigor de sus defenso- 
res, obligaron a los castellanos a volver al Cuzco. 



14 De esta misma opinión participa Pedro Pizarro, testigo i ac- 
tor en las operaciones de este memorable sitio, que lo ha descrito 
con prolijidad i animación en la relación antes citada. 



4RÍ mwmiu\ im wxkmv.A 



La insurrcccitjti penmiia hal)ia sido Jeneral. El goberna- 
dor Fizarro se liabia halladucn Linunncnmunicadoconsus 
ca|iitane£, i Iiabia petlitlo rel'aiM 150^ a las eoloaiai? del norte 
i aan a Pedro de Al varado que gobernaba todavía en Gua- 
temala; pero miétitras llegaban estos auslHos, los indius ^e 
mostraban cada día nins insolentes, i la rubia deloscs|>añO' 
les parcela mas próxima. 

9. Almagro se apddsha nin. Cubico; fíiixcipio ue ua 
GUERRA CIVIL. — Tal era el jstado en que se hallaba el 
Perú cuando llegó Almíigru de vuelta de su cspedieion a 
Chile* Las primeras notieinü que recibió a eerea de la in- 
ísureceJQU de Manco eran todavía itias tristes qu^ la fe«li> 
tlad, Se le anuncio la destnicéion de todas las colonias es* 
pan o las dei Perúi que los indios habían rlado muerte a 
Francisco Pizarro i a muchos otros castellaa oís, i tjue s61o 
un puñado de valientes defendía todavía hipUuade] Cuzco, 

Ahnagro deploró estos sucesos, 1 lloró a mar flamen te la 
muerte dcsastnisa de su compaficro Pi^arro. Kn mar^^o de 
1537 se hallaba *en Arequipa^ a 70 leguas de la ciudad si- 
tiada; i al acercarse al Culeco, en awsilio de sus compa* 
triotas, despachó emi'ín ríos ni Íhím Mínief^ pnra avisirle 
que llegaba con un considerable refuerzo de tropas i para 
pedirle que suspendiera las hostilidades ¡ diera buen trata- 
miento a los prisioneros hasta que él llegase a poner arreglo 
en todo i a reparar los agravios que se le hubieran inferido. 
Hernando Pizarro, que ni aun en medio de su apurada situa- 
ción deponia sus odios i sus desconfianzas, temió que Al magro 
se pusiera de acuerdo con el inca para hacer valer sus pre- 
tensiones, i trató de embarazar la negociación que con tan- 
ta buena fe habia iniciado aquel. Manco, por su parte, crc- 
vó que eran tan enemigos de su imperio los soldados que 
llegaban de Chile como los defensores del Cuzco, i prepa- 
ró un ataque de sorpresa al campamento de Almagro. Pero 
el valiente capitán no se descuidaba jamas; i después de 
rechazar a! ejército del inca causándole gran pérdida, se 
adelantó sin dificcltad hasta las puertas del Cuzco. 

Almagro creia de buena fe rpie la capital del imperio es- 



PARTE SEGUNDA.— CAPÍTULO XV 433 

taba dentro de los límites fijados por el reí a su goberna- 
ción. Eran tan confusos los conocimientos que los castella- 
nos tenían de la jeografía del Perú, i era tan difícil que los 
soldados incultos de la conquista pudiesen fijar esos límites 
según los grados de latitud de que hablaba la real provi- 
sión; que ni los partidarios de Almagro ni los de Pizarro 
podian decir con certidumbre plena a cual de los dos co- 
rrespondía aquella ciudad. Almagro, sin embargo, la re- 
clamaba para sí; pero Hernando Pizarro se negó a entre- 
garla. Los dos jefes estuvieron a punto de dirimir la cues- 
tión con las armas, cuando por interposición de algunos 
amigos de ambos, aplazaron la resolución de este asunto 
hasta oir el parecer de algunos pilotos instruidos en cosmo 
grafía. Hernando Pizarro debia quedar en el Cuzco, pero 
se com{:rometi6 formalmente a no tomar ninguna medida 
militar. A pesar de esto, pocos dias después comenzó a re- 
parar las fortificaciones i a cortar algunos puentes. 

Los compañeros de Almagro no pudieron tolerar esta 
infracción del convenio. Sabían que entre los defensores de 
la plaza tenian algunos amigos, i resueltos a no pasar la 
estación de las lluvias a v!ampo raso, mientras sus adver- 
sarios estaban recojidos en los buenos cuarteles de la ciu- 
dad, resolvieron penetrar en ella a viva fuerza. En efecto, 
el 8 de abril de 1537, durante una noche tempestuosa, Al- 
rxiagro sorprendió los centinelas enemigos i se apoderó del 
Cuzco. Hernando Pizarro estaba encerrado dentro de una 
casa donde fué vigorosamente defendido; pero el capitán 
Orgóñez prendió fuego \l edificio i obligó a Pizarro i a sus 
compañeros a rendirse a discreción. Al dia siguiente, Al- 
magro fué reconocido por el cabildo como gol^ernador de 
la ciudad. Hernando í Gonzalo Pizarro quedaron encerra- 
dos en una estrecha prisión. 

La guerra civil había comenzado. El primer golpe de 
mano coscó la vida a dos o tres españoles: pero todo anun- 
ciaba escenas mas sangrientas aun para lo futuro. Fran- 
cisco Pizarro había recibido los refuerzos que esperaba, i 
organizado una columna de 500 hombres bajo el mando 

TOMO I 28 



de Alonso de Al varado, cíi pitan de mucha reputación, con 
encargo de socorrer el Cuzco. Cuando este jefe creía mar. 
char sólo contra los indios sublevados, recibió los mensa- 
jes de Almagro que le anunciaban la ocupación de la ca- 
pital, manifestándole sus deseos de atraerlo a su parti- 
do. ^^ Alvarado se mantuvo fiel: apresó a los emisarios de 
Almagro i marchó resueltamente al sur dispuesto a pene- 
trar en el Cuzco a viva fuerza* En las orillas del rio A ban- 
cal encontró a los soldados de Aiinagro resueltos a impe- 
dirle el paso. Las tropas de Alma^^ro eran fnenores en 
número, pero estaban mandadas por capitanes de grande 
habilidad. Entretuvieron al ejército de Alvarado con va- 
rios movimientos; i haciendo pasar el rio a un fuerte desta- 
camento durante la noche, lograron dispersar las fuer- 
zas de Alvarado i tomarlo prisionero con algunos de sus 
principales oficiales (12 de julio de 1537). 

10, Batalla de las Salinas, — El gobernador Pizarro 
BQ tuvo noticia de la vuelta de Almagro de su campaña de . 
Chile sino cuando llegaron a Lima los fuj i ti vos de Aban- ' 
cai. Supo entonces que su antiguo compañero se había 
apoderado del Cuzco, que mantenía prisioneros a sus her- 
manos i que habia dispersado el ejército que con tantos 
trabajos habia logrado poner sobre las armas. En tan an 
gustiada situación, i temiendo sobre todo por la suerte de 
Hernando Pizarro, que era odiado por Almagro i los su- 
yos, determinó finjir que buscaba un avenimiento pacífico. 
Pizarro sabia demasiado bien ganar tiempo en inútiles ne- 
gociaciones cuando no contaba con los elementos necesa- 
rios para hacer la guerra. 

Almagro, por el contrario, estaba satisfecho con su 
triunfo, i creia que nada tenia ya que temer. Sus oficiales, 
i sobre todo Rodrigo Orgóñez, capitán de gran talento i 

L'i Prescütt refiere que Alvarado, cuando recibió los emisarios 
de Almagro, se hallaba en Jauja, a trece leguas, agrega, de la ciu- 
dad del Cuzco. Basta mirar una carta jeográfíca del Perú para 
comoccr el error en la indicación de esta distancia, error tipográ- 
£co tal vez. 



PARTE 8BGUNDA. — CAPÍTULO XV 435 

de mucha resolución, no cesaban de aconsejarle que toma- 
ra medidas decisivas i enérjicas. Representábanle que sólo 
la audacia podia sacarlo bien de la situación en que se 
hallaba metido, i le pedian que quitara la vida a los dos 
Pizarros, a Alonso de Alvarado i a todos los prisioneros 
que no pudiera ganarse i que marchara inmediatamente 
sobre Lima sin dar tiempo a que el gobernador pudiera 
aprestarse para la defensa. Almagro, tan valiente en el 
campo de batalla, no tuvo resolución para adoptar este 
consejo, que sin duda alguna lo habría sacado de embara- 
zos. Su corazón noble i jeneroso no aceptaba que se derra- 
mase la sangre de los Pizarros, los hermanos de su anti- 
guo amigo i compañero. 

Esta irresolución fué la causa de su ruina. Mientras Al- 
magro hacia una esploracion en los valles de la costa, 
Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado i otros presos sobor- 
naron a sus guardias i se fugaron del Cuzco tomando el ca- 
mino de Lima. Almagro conservaba aun en su poder a 
Hernando Pizarro; pero lejos de atentar contra su vida, 
llevó adelante la iniciada negociación con el gobernador. 
En aquella lucha, estaban de una parte el artificio i la per- 
fidia, i de la otra la franqueza i la buena fe. 

De este modo, mientras Almagro trataba con los emisa- 
rios de Pizarro, éste levantaba diversos procesos para re- 
mitir a la corte en justificación de su conducta, i para acu- 
sar a su rival. En ellos, el gobernador se empeñaba en pro- 
bar por medio de numerosas declaraciones, que a él se le 
debia principalmente la conquista del Perú, que Almagro 
habia llegado cuando ésta estaba casi terminada i que 
desde su arribo habia 3Ído la causa de discordias civiles. 
Pizarro reunia así pacientemente las pruebas con que pre- 
paraba el desprestijio de su antiguo socio i camarada ante 
el rei, que en el último resultado debia dirimir la cuestión 
1^. Carlos V, en efecto, se dejó impresionar por esas prue- 



16 Rn los archivos de Indias depositados en Sevilla existen dos 
voluminosos cuerpos que autos de Pizarro mandó a España para 
acusar a su ríval. 



HISTORIA DB AXflUCA 









bas; i por cédula dada en Barcelona en 14 de marzo de 
1538, mandó a Almagro que reíítituyera a Pizarro la du- 
dad del Cuzco, **0s mandamos, decía, que sin poner esrii- 
sa ni dilación alguna dejéis, tornéis i restituyáis al dicho 
gobernador don Francisco Pixarro la dicha ciudad tle! 
Cuzco i soltéis luego a Vas personas que tuviéredes presas/* 
Cuando esta real orden llegó al Perú, Uks negocios de este 
pais se habían desarrollado con admirable rapidez i en un 
sentido que el rei no podía prever. Habíase presentado en 
el campamento de Almagro íVai Francisco de Bobadílla, 
provincial de la orden de mercenarios; i recordándoles an- 
tiguas relaciones de amistad le redujo a celebrar una confe- 
rencia con Pizarro. Tuvo esta lugar el 13 de noviembre de 
1537, en un punto de la costa Ihimado Mala; pero ambos 
jefes se separaron mas descontentáis que antes i sin arribar 
a resultado alguno. Se refiere que, en esta entrevista, Fiza- 
rro tuvo el proyecto de apoderarse de su rival, i que éste 
fué advertido oportunamente de la traición. Sin embargo, 
este denuncio no bastó para determinar a Almagro a cam- 
biar de conducta; lejos de eso, i a pesar de las instancias de 
sus consejeros, persistió en tratar con Pizarro. Frai Fran- 
cisco de Bobadilla había ofrecido su mediación para resol- 
ver la diferencias pendientes, i para poner término a la 
guerra civil. El confiado capitán creyó en las amistosas 
promesas, i convino en que el mismo padre Bobadilla fuese 
el juez arbitro que decidiera en sus pretensiones. Pizarro se 
avino también a someterse a su decisión. Bobadilla, a 
quien los partidarios de Almagro comparaban con Judas i 
aun con el demonio, reclamó i obtuvo la libertad de Her- 
nando Pizarro, i dio en seguida su sentencia. Según ésta, 
Almagro debia abandonar el Cuzco a su rival hasta que 
un diestro piloto determinara fijamente la línea de demar- 
cación de las dos gobernaciones. Esta resolución enfureció 
a Almagro i a sus compañeros; i creyéndose traicionado, 
declaró que estaba resuelto a no darle cumplimiento ^'. 



17 Estos sucesos han sido prolijamente referidos por dos testi- 
gos i actores que pertenecían a los bandos opuestos. Son éstos 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XV 437 

El gobernador no había desperdiciado el tiempo que Air 
magro había perdido en estas negociaciones. Había reuní- 
do un cuerpo de tropas que pasaba de 700 hombres; i libre 
va de los temores que le causaba la prisión de su hermano, 
se dispuso para comenzar la guerra. Hernando Pizarro 
que habia salido en libertad bajo palabra de honor i bajo 
juramento de partir para España, tomó el mando de las 
tropas, i a su cabeza se puso en marcha para el sur. 

Almagro conoció entonces el error que había cometido 
al tratar con los Fizarros. Su salud quebrantada por los 
años i mas que todo por las enfermedades producidas por 
los desarreglos de su primera juventud, le impedia mandar 
personalmente sus soldados, i lo obligó a ponerlos bajo las 
órdenes del valiente i leal Orgóñez. La primera medida de 
éste, fué apoderarse de los desfiladeros de una cadena de 
montañas denominada Guitara que circunda el valle en 
que Almagro tenia sus tropas; pero los enemigos habían 
atravesado los desfiladeros i seguían su marcha hacia el 
sur. Almagro, cuyas tropas montaban sólo a 500 hombres, 
se vio precisado a retirarse precipitadamente hacia el 
Cuzco. 

Hernando Pizarro siguió su camino por la costa hasta 
el puerto de Nasca; i cambiando allí de dirección, se enca- 
minó por en medio de las cordilleras que se levantan al 
oriente hacia la capital del imperio. Los dos ejércitos se 
avistaron en la tarde del 5 de abril en una llanura situada 
a una legua del Cuzco, i denominada de las Salinas por los 
españoles. Sólo un riachuelo los separaba. Los contendien- 
tes pudieron comparar sus fuerzas: las tropas de Pizarro 
eran superiores en número i contaban ademas con mejores 



Pedro Pizarko, pariente i pardal del gobernador, en su Relación, 
publicada en ti tomo V de la Colección de documentos inéditos 
para la historia de Bspaña/\ don Alonso Enrique de Guzman, par- 
tidario decidido de Almagro, en su Vida antes citada, que han des- 
conocido todos les historiadores. — Fs curioso comparar la na- 
rración de los mismos sucesos comunicadas por órganos tan 
diversos. 



433 mSTORIA DB A.1IÉRICA 



armas que las de sus adversarios: Almagro poseía 200 
hombres menos, pero tenia mejor caballería. Lasntttiras 
inmediatfis estaban cubiertas por tina inmensa multitud 
de indios, que liabian acudido desde tejos deseosos de ver el 
combate. Ambos ejércitos pasaron la noche a la vista sin 
que en ninguno de los dos campos se hiciera oir una pala- 
bra de paz. 

Ai^amanecer del siguiente rlia ñ de abril de 1538 ^^, el 
toque de ías trompetas puso sobre las armas a los solda- 
dos. Pocos momentos después, Pizarro movió sus tropas 
para atacar a los contrarios;i por un momento experimen- 
taron éstas cierto desorden en el pa?o del riachuelo a causa 
de los estragos que en sus filas hacia la artillería de Or^ó- 
ñcí; pero repuestos de su sorpresa, gracias a un oportuno 
mov^imiento de los arcabuceros, los soldados de Pizarro 
empeñaron el combate resueltamente. La acción no alcan- 
zó a tlurar dos horas. La superioridad délas armas i del 
número decidieron la victoria sobre el valor heroico de Or- 
góñez i sus com pane ros. Los contemporáneos calculan en 
mas de 200 el número de los muertos; pero muchos de és- 
tos sucumbieron nó en el combate, sino después de pronun- 
ciada la derrota. Los soldados de Pizarro persiguieron a 
los enemigos con un furor estraordinario, acuchillándolos 
inhumanamente i ejerciendo en ellos atroces venganzas. El 
bizarro Orgóñez fué asesinado después de la batalla, e igual 
suerte corrieron muchos otros capitanes i soldados. 

11. Juicio I MUERTE DE Almagro Almagro habia pre- 
senciado la batallaenunaalturainmed¡ata,cargadoporlos 
indios en unas parihuelas. BI mal estado de su salud no le 
habia permitido tomar parte en la pelea. Pronunciada la 



19 Algunos historiadores fijan la fecha de esta batalla en 26 
de abril, pero Alonso Henríquez de Guzman testigo i actor en tstos 
sucesos señala la fecha de 6 de abril. — Oviedo i Garcilaso clan esta 
misma fecha. En una carta del obispo de Panamá, frai Tomas 
de Berlanga, al reí dice que la batalla fué como el 8 de abril. Pres- 
cott. que no conoció estos documentos, dice 26 de abril. 



PARTE SEGUNDA. CAPÍTULO XV 439 

derrota, su amigo don Alonso Henríquez de Guzman le 
aconsej'ó que se retirara para librarse de la matanza; i en 
efecto, se encerró en la fortaleza del Cuzco. Allí se rindió al 
capitán Gonzalo Pizarro, i fué trasportado a una prisión. 

En el primer tiempo, Hernando Pizarro prodigó al pri- 
sionero todo jénero de atenciones, haciéndole entender que 
en breve lo despacharia al campo de su hermano Francisco, 
si éste no llegaba antes al Cuzco. Almagro tenia un hijo 
natural, nacido en Panamá, llamado también Diego. Her- 
nando Pizarro atendió particularmente a ese joven, i lo 
mandó cerca del gobernador, el cual lo recibió como si fuera 
su propio hijo. De este modo, a pesar de verse reducido a 
una estrecha prisión, Almagro, franco i crédulo en la des- 
gracia como lo habia sido en la prosperidad, creia que su 
antiguo compañero conservaba por él la estimación de otra 
época. 

Sin embargo, Hernando Pizarro habia mandado ins- 
truir un proceso contra el infeliz Almagro. Acusábasele de 
haberse apoderado del Cuzco a viva fuerza, de haber he- 
cho armas contra el gobernador i comunicádose con los 
in lios. Hernando abreviaba las fórmulas del procedimien- 
to, que debian ser mui engorrosas en aquella época, pues- 
to que se necesitaron tres meses para verlo terminado. 
En contra del vencido declararon oficiales i soldados, i el 
espediente **se hizo tan alto como hasta la cintura de un 
hombre," dice un testigo de vista i^. 

Pero si el odio i el temor hicieron aparecer muchos ene- 
migos a Almagro, no faltaron partidarios suyos que qui- 
sieran libertarlo. Parece que los padres mercenarios que 
acababan de establecerse en el Cuzco, trataron de abrir un 
forado subterráneo para arrancar a Almagro de la prisión. 
Algunos capitanes pensaban en libertarlo a viva fuerza. 
Hernando Pizarro, que tenia conocimiento de todo esto, 
aprovechó los rumores de sublevación para redoblar la 
víjilancia i acelerar la terminación del juicio. El 8 de julio 



19 Vida de don Alonso Hearíquez de Guzman. 



p 



de 1538 fué firmada la sentencia de Alma^rOp e ¡nmediata* 
mente pasó a su prisión Hernando Pizarro para notificar- 
Hela. Según ella, debía sufrir la prna de garrote pcKras horas 
después por el crimen íle traición. 

El valiente capitán no podía comprender lo que pasal>a. 
Su ánimo lo abandonó eo aquel trance; i al oir de boca de 
Hernando Pizarro que se le negaba el derecho de apelación, 
cayó de rodillas, i con los ojos bañados en lágrimas, le pi* 
d¡6 que se le perdonase la vida recordando la jenerosidad 
con que lo había tratado poco meses antes cuando lo tuvn 
prisionero. **Señor, contesto Pizarro, na h ajeáis esas baje- 
zas, morid tan valerosamente como hahcis vivido, que no 
es de caballeros el humillai^e.'* El desventurado anciano 
contestó que tcmia a la muerte como hombre, pero no tan- 
to por sí como por los amigos que dejaba i cuya pérdida 
creía segura; pero Hernando, sin moverse a piedad, se reti- 
ró del calabozo dando las órrlenes para la ejecución del 
prisionero. Almagro se preparó a nnírir como cristia- 
no i dictó su testamento dejando ni reí por heredero de casi 
todos sus bienes. Pocas horas después, la sentencia fué eje* 
ciitada en el calabozo. En seguida el cadáver fué sacado a 
la plaza pfiblica para ser decapitado, mientras el pregone- 
ro anunciaba la sentencia que Hernando Pizarro mandaba 
ejecutar en nombre del rei 20. 

12. Castigo de Hernando Pizarro.— Cualesquiera que 
fuesen las faltas cometidas por Almagro, la noticia de su 
prisión i de su proceso produjo una jeneral indignación. 
Francisco Pizarro se habia mantenido lejos del Cuzco, co- 
mo si no supiera lo que pasaba en aquella ciudad i el peli- 
gro que corría su antiguo compañero. Dispuso desde luego 
que se suspendiera la salida de todo buque de los puertos 
del Perú para evitar así que la noticia de la guerra civil i 



20 Alonso Henríquez de Guzman es el escritor que ha dado mejo- 
res noticias acerca de la muerte de Almagro. La fecha de esta 
ejecución ignorada por la mayor parte de los historiadores, está 
consignada en su curioso libro que hasta ahora permanece iné- 
. Henríquez de Guzman, ademas, inserta en sus memorias dos 



PARTB SEGUNDA. CAPÍTULO XV 441 

del proceso de Almagro llegase a las otras colonias. Sin 
embargo, aunque todo hace creer que Hernando procedia 
según sus órdenes, la historia no puede decir terminante- 
mente que el gobernador Pizarro ordenó la muerte de su 
compañero Almagro. "^^ 

El gobernador, cuando supo que Almagro habia sido eje- 
cutado, se puso en marcha para el Cuzco, haciendo osten- 
tación de un profundo sentimiento. Sin embargo, entró a 
la capital como vencedor, con grande aparato militar, i en 
todas sus providencias manifestó un altanero desprecio por 
la jente de Chile, nombre que se daba a los partida^rios del 
distinguido capitán que hizo la primera espedicion a este 
pais. Hernando Pizarro entregó a su hermano el mando de 
la ciudad; i después de haberle aconsejado que desconfiara 
siempre de los almagristas, i de haber reunido sus tesoros, 
se puso en marcha para España a principios de 1539, con 
el objeto de informar al rei acerca de los últimos sucesos del 
Perú. 



piezas poéticas de algún mérito, compuestas en el Cuzco i desti- 
nadas a referir el proceso i muerte del desventurado Almagro. 
Como una muestra de una de esas piezas copiamos los versos 
siguientes con que el poeta pinta el dolor de los indios por la eje- 
cución del capitán que en muchas ocasiones habia sido su pro- 
tector: 

Los indios hacen endechas. 
Comienzan a lamentar: 
Dicen: muerto es nuestro padre 
¿Quién nos ha de reparar? 
Sepa estas cosas el rei 
Váyanselas a informar. 
Otras palabras decían 
Mostrando mui gran pesar. 
Tales cuales que entendidas 
Provocaban a llorar. 

-1 RoB£RTSON, jeneralmente mui bien informado en los sucesos 
que refiere en su excelente Historia de América, parece creer (libro 
VI) que Francisco Pizarro estaba en el Cuzco a la época de la 



A pesar de las precauciones que Pizarro había tomado 
para que no se divulgase en las otras colonias la noticia de 
la prisión i proceso de Almagro, en Panamá las autortdadis 
conocían el suceso i estaban restieí tas a proceder contra los 
autores. Hernando Pia^arro, sospechando esto, se dirijió a 
la costa de Méjico, ere vendo que este rodeo lo salvaría 
de toda persecución. Fué, sin embargo, apresado i condu- 
cido a la capital; pero el vireí don Antonio de Mendoza ere* 
yéndose sin facultades para proceder contra él, le permitió 
continuar su viaje. Sus amigos de España, prevenidos de 
antemano, Ic habian preparado el terreno para acercarse 
al rei; pero con todo, en Val lado lid fué recibida fríamente, i 
luego perseguido con estraordinaría severidad. 

Casi a! mismo tiempo que él, llegaron a España dos acu- 
sadores, Diego de Al varado i don Alonso Henríquez de Gnz 
man, que habían servido en el Peni bajo las órdenes de Alma* 
gro. El primero emplazó a Hernando Pizarro para un com- 
bate singular, **pero todo lo atajó la repentina muerte de 
Alvarado, dice el cronista Herrera, que sucedió luego en 
cinco dias^ no sin so*? pecha de veneno/' Henríquez de Giíz* 
man, como alhacea de Almagro, prosiguió en la corte sus 
reclamaciones; i aunque el Consejo de Indias no se atreviera 
a resolver nada en definitiva sobre los últimos sucesos, en 
vista de las noticias oscuras i contradictorias que se presen- 
taban, decretó, sin embargo, la prisión de Hernando Piza- 
rro (1540). Retenido primero en el alcázar de Madrid, i 
trasladado en seguida a un castillo de Medina del Campo, 
el vencedor de las Salinas pasó mas de veinte años sepulta- 
do en un calabozo i olvidado de los hombres. Hernando 
Pizarro llegó a ser un objeto de compasión masque de odio; 
i en 1560, Felipe n mandó ponerlo en libertad. Todavía so- 
brevivió mucho tiempo mas: falleció a la edad de cien años, 
cuando habian desaparecido sus enemigos i rivales i cuan- 



ejecución de Almagro, i que con él cerebro éste la entrevista que 
tuvo con Hernando antes de morir. No sé cómo ha podido caer 
en este error. 



PARTE 8BQUKDA. CAPÍTULO XV 443 

do el recuerdo de las guerras civiles del Perú se habia bo- 
rrado casi completamente. ^^ 

La acción del rei para castigar la muerte de Almagro no 
pasó mas allá de la prisión de Hernando Pizarro. Sea por 
deferencia hacia el conquistador del Perú, sea por temor de 
que Pizarro se alzara en aquellas apartadas rejiones, Carlos 
V lo conservó en el gobierno que le habiaconfiado. Limitóse 
sólo a mandar un comisionado especial con encargo de 
hacer investigaciones referentes a aquellos sucesos, al trato 
de los indios i a todo lo concerniente a la administración 
de la .colonia. Cristóbal Vaca de Castro, majistrado de la 
audiencia de ValladoHd, notable por su rectitud i por su 
intelijencia, fué encargado de esta misión. Aunque su título 
era sólo de comisionado real, llevaba consigo el nombra- 
miento de gobernador del Perú, que sólo debia manifestar 
en caso que hubiese muerto Pizarro. Los acontecimientos 
revelaron en breve el tino con que se habia previsto esta 
última continjencia. 



22 Francisco Caro ve Torres en su Historia de las órdenes de 
c£íbaUeríaj escrita bajo los auspicios de don Fernando Pizarro i 
Orellana, nieto del célebre Hernando Pizarro, ha publicado va- 
rios documentos de algún ínteres sóbrelas relaciones que éste man- 
tuvo con el rei durante su prisión. Garcilaso, que también habla de 
ella, dice que fué puesto en libertad en 1562, contra lo que aparece 
en otros documentos. 

Hernando Pizarro se casó con doña Francisca, hija natural de 
su hermano el gobernador. Su nieto obtuvo el título de marques 
de la Conquista. 



CAPITULO XVI. 
«nerras «rivlles de Ioh conqalstadores del Perú. 

(1540-1548) 



I 



Espedicion de Gonzalo Pizarro a las rejiones orientales.— 2. 
Muerte de Francisco Pizarro. — 3. Gobierno de Vaca de Castro; 
segunda guerra civil.— 4. El virrei Blasco Núñez Vela; nuevas 
ordenanzas sobre los indios. — 5. Sublevación de Gonzalo Piza- 
rro; tercera guerra civil.— 6. Batalla de Añaquito. — 7. Misión 
de Pedro de la Gasea. — 8. Trabajos de La Gasea en el Perú. — 9. 
Batalla de Xaquixáguana; castigo de los rebelde.s — 10. Pacifi- 
cación del Perú. 



. EsPEDiciON DE Gonzalo Pizarro a las rejiones orien- 
tes.— Desde que Francisco Pizarro quedó constituido en 
:o gobernador del Perú, se contrajo especialmente a 
ninar la conquista i a reglamentar la administración de 
olonia. El inca Manco se mantenía aun en las montañas 
lediatas al Cuzco haciendo una guerra de emboscadas, i 
necesario destinar fuerzas considerables para impedir 
correrías. Mientras tanto, el gobernador fomentaba los 
abrimientos mineros,'daba facilidades al comercio i fuñ- 
ía nuevas ciudades. De esa época datan Guamanga, 
ircas i Arequipa. 

va afluencia de aventureros que acudian de todas partes 
aidos por la noticia de las riquezas del Perú, permitió a 



HIBTORIA DE 



Pizarro disponer mas remotas es pediciones. Pedro de Val- 
divia, hábil capitán que se habia distinguido en la organi- 
zación del ejército vencedor en las Salinas, fué autorizado 
para emprender la conquista de Chile. Gonzalo Pizarro 
recibió de su hermano el territorio ^e Quito con encargo de 
esplorar las rej iones del oriente, donde» según se decía, se 
criaba el árbol de la canela, producción asiática que los 
españoles buscaban casi con tanto interés como los metales 
preciosos. 

Como hemos dicho mas atrás, Sebastian Benalcázar 
habia consunmdo la conquista de aquel país i estableciéodose 
en la ciudad de Quito. De allí habia adelantado sus espedi- 
ciones al norte; pero la suspicacia de Pizarro le hizo creer 
que aquel capitán trataba de establecer un gobierno propio, 
i lo relevó del mando que le habia confiado. Benalcázar 
habia continuado sus espío raciones por Pasto i Popavan, 
i llegó a Bogotá a tiempo que Jiménez de Quesada i Feder- 
man, partidos de puntos opuestos, se encontraban reuni* 
dos en un mismo lugar. 

La espedicion de Gonzalo Pizarro es una de las mas me- 
morables que emprendieron los castellanos en la conquista 
del nuevo mundo, no sólo por los descubrimientos geográ- 
ficos que entonces llevaron a cabo sino por los padecimien- 
tos casi indescribibles que tuvieron que soportar. A la cabe- 
za de 350 españoles i 4,000 indios ausiliares salió de Quito 
en los primeros dias de 1540. Le fué preciso atravesar mon 
tañas inaccesibles, bosques inmensos i pantanos pestíferos i 
soportar el frió de las alturas i el calor de la zona tórrida 
La perseverancia de Pizarro fué superior a tantos sufrimien 
tos. Siguiendo la corriente del rio Coca, los castellanos tu 
vieron que luchar con nuevas dificultades, con el hambre, 
las enfermedades i las hostilidades dé los salvajes. Pizarro 
mandó construir un buque para trasportar los enfermos i 
i el bagaje. Los bosques vecinos poseían madera en abundan- 
cia, la resina de los árboles reemplazó al alquitrán, los res- 
tos de sus vestidos sirvieron en lugar de estopa, i las herra- 
duras de los caballos fueron convertidas en clavos. Después 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVI 447 

de dos meses de trabajo, la nave estuvo presta. Embarcóse 
en ella un capitán llamado Francisco de Orellana con en- 
cargo de marchar adelante hasta el punto de reunión de 
ese rio con otro mas grande que los salvajes llamaban Ñapo. 
Gonzalo Pizarro debia seguir su viaje por la ribera del 
rio hasta juntarse con Orellana en el lugar indicado. 

La marcha de los espedicionarios se continuó con idénti- 
cos o mayores sufrimientos. Al llegar al punto de reunión 
de los dos ríos, Pizarro notó con sorpresa que la nave de 
Orellana no estaba allí; i encontró, ademas, a un castellano 
llamado Sánchez de Vargas a quien los navegantes liabian 
dejado en medio de los desiertos bosques. Por éste supo 
que Orellana lo habia abandonado. La ambición de ilustrar 
su nombre con una esploracion maravillosa, el recuerdo 
de los sufrimientos pasados i el deseo de hallar un campo 
desconocido para nuevas conquistas, sedujeron al intrépido 
Orellana, haciéndole olvidar a su jefe i a sus compañeros 
para engolfarse sin brújula ni guia en las corrientes sem- 
bradas de peligros de aquellos majestuosos rios. Los esplo- 
radores hallaron en su navegación diferentes tribus salva- 
jes, belicosas unas, pacíficas i hospitalarias otras; i desem 
barcando con frecuencia para proporcionarse víveres, pe- 
netraron en el Marañon. Arrastrados por la corriente, el 
26 de agosto de 1541, después de una navegación de 1.400 
leguas, se encontraron en la entrada del océano. Orellana, 
sin pensar en los compañeros que dejaba abandonados en 
las soledades de los bosques, no trató mas que de volver a 
Buropa. Siguiendo la prolongación de la costa hacia el 
noroeste, llegó a la isla de Cubagua, donde los castellanos 
habian planteado un establecimiento importante para la 
pesca de perlas. De allí se dirijió a España. ^ 

Orellana se presentó en la corte para dar cuenta de su 
prodijiosa espedicion. Pretendia haber descubierto rejiones 



1 Para apreciar debidamente los padecí mieetos de esta espedi- 
cion es necesario consultar la relación de uno de los espedicionarios 
firai Tomas de Carbajal, que permanece todavía inédita. El acá- 



UÍBTQMÍA DE AMÉHICA 



I 




donde se levan taba o suntuosos edificios í donde abundaba 
cl oro, i haber visto un estado que poblaban mujeres gue 
rreras, dotadas de una singular belleza. Esta última inven- 
ción dio oríjen al nombre de Amazonas, con que fué denu- 
minado aquel rio* Cáríos V concedió a Of^llana el gobier- I 
no de las tierras que acababa de descubrir; i al efecto equf 
pó éste una escuadrilla con 400 hombres con que partió 4c 
San Lúcar en mayo de 1544- pero la fortuna había aban- 
donado al intrépido esplorador, i después de fatijEías sin 
cuento, pereció oscuramente en las rejíones qtie preténdin 
tron quista r/" 

Mtéatras tanto, Gonzalo Pizarra, burlado en sus planes, 
resolvió dar la vuelta a Quito* *'E! rumbo para volver era 
incierto; pero la vista tle la lejana cordillera fijó la direc* 
cion* Algunos de los espedieionarios iban tan débiles que 
no pudieudo seguir a sus compañeros, se quedaron a morir 
de hambre o entre las garras de las fieras, Al fin, después 
de agotados los perros, los caballos i cuanto pudiera enga- 
ñar el hambre, subieron a la tierra descubierta i provista. 
De la brillante espedicion no volvían sino menos de la mi- 
tad de los indios i unos ochenta casteÜanosr éstos a pié^ 
descalzos, cubiertos con pieles de fieras, apoyándose en pa- 
los, la cabellera cayendo en desorden por la cara i espaldas, 
quemado el rostro, cubierto el cuerpo de cicatrices i convcr- 
tidos en espectros con dos años i medio de desventuras 
continuas. Los españoles de Quito les enviaron al camino 
doce caballos i alguna ropa; pero no pudiendo montar, ni 
vestirse todos prefirieron seguir como venían i al entrar a 
la ciudad se fueron derechos al templo" ^ (fines de junio 
de 1542). 



démico francés La Condamine, que hizo el mismo viaje a mediados 
del siglo XVIII, ha escrito una descripción llena de interés de loj 
países que recorrió i de los padecimientos de su esploracion. 

- Véase los documentos reunidos por Muñoz i publicados por 
don F. A. de \\\knhagen en el apéndice de Historia ¡era J do Brazil, 
tom. I, páj. 455. 

íi LoKKNTE, Historia de la conquista del Perú, lib. VIII, cap. II, 
páj. 423 i siguientes: 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVI 449 
i 

2. Muerte i>E Francisco Pizarro.— Al llegar a Quito, 
Gonzalo Pizarro recibió la noticia de una revolución acae- 
cida en el Pero, que liabia cambiado completamente la faz 
de los negocios públicos i la situación de su famdia. 

La conquista del imperio de los incas podia considerarse 
terminada en 1539. Manco quedaba todavía en pié en las 
inmediaciones del Cuzco; pero la autoridad imperial habia 
perdido todo su prestijio, i la nación habia aceptado resig- 
nadamentf la nueva dominación. Sin embargo, la tranqui- 
lidad no estaba asentada sobre bases mui sólidas: la guerra 
civil no habia concluido en el campo de las Salinas ni en el 
patíbulo de Almagro. Los vencidos no podian resignarse 
a su desgracia. 

Pizarro no poseia las dotes necesarias para desarmar la 
tempestad que se formaba sobre su cabeza. Demasiado al- 
tivo para temer a los vencidos, mirábalos con un profundo 
desprecio, sin tomar medida alguna para alejarlos de su 
lado. Demasiado rencoroso para perdonarles su participa- 
ción en la guerra civil, los man tenia arruinados sin tratar 
de ganárselos con sus favores. Los almagristas, o los de 
Chile, como se les llamaba, confiaron mucho tiempo en que 
el comisionado rejio don Cristóbal Vaca de Castro, cuyo 
arribo se esperaba en el Perú por momentos, llegaria a ha- 
cerles justicia; pero luego se supo que la nave en que salió 
de Panamá, habia naufragado en la costa de Popayan. 
Desde entonces se prepararon para dar el golpe de mano. 

Lima, la residencia favorita del gobernador, fué el punto 
de reunión de los conspiradores. El hijo de Almagro vivia 
en esta ciudad pobre i arruinado; i su casa era frecuentada 
por todos los parciales de su padre. Juan de Rada, capitán 
prudente i resuelto, envejecido en el servicio militar i seña- 
lado por su fidelidad hacia Almagro, vino a ser el jefe del 
complot. Pizarro tuvo noticia de los planes que tramaban 
los almagritas, pero le inspiraban tan poco temor que no 
tomó precaución alguna. El domingo 16 de junio de 154rl, 
después de medio dia, Juan de Rada i dieciocho de los con- 
jurados salieron de la casa de Almagro armados de pies a 

TÍKMO I 29 



eabeaa i se ílirijieron a la casa del gobernador gritando: 
**¡Víva el reü ¡muera el tirana!**. 

Algunofí de sus amibos, ad vertidos por una handcra 
blanca que servia de señal, se habían agrupado en lass ca* 
lies f(ue daban entrada a la plaza para impedir que T'izíirro 
íuern sueorrido. Rada i los suyos penetraron cii la casa del 
gobernador antes que se pudiera oponerle alguna resisten* 
ciftí Pizarra acababa de córner^ i estaba ocompafiado |K)f 1 
5u heraiano Francisco Martin de Alcántara, el capitán 
Francisco de Cha vez, el juez Velázquez i algunos criadoSp 
Chávez, ai oiré! ruido, corrió a la escalera a descubrir la I 
causa que lo motivaba, pero» herido por los asaltantes^ pu» I 
dieron éstos llegar hasta la puerta del sak)n en que se ha* 
Haba Pizarro. El gobernador se habla puesto precipita- 
mente una coraza, i comando una capa en su brazo izquierdo I 
para barajar los gol^itíf, i una espada en la otra mano, se 
precipitó sobre ¡os eonJuradf>s luchando con una destreza i 
un esfuerzo dignos de sus mejore» dias, i alentando a los 
suyos para seguir en la defensa. La lucha, aunque desigual» 1 
se mantuvo sin ventaja de una ni de otra parte; pero al ñti 
Juan fie Rntln, dando un einpcMnti n «n c^nnp:nivr'^ X "- 
váez, lo echó encima de Pizarro para distraerlo. Algunos 
de los compañeros del gobernador se arrojaron por las 
ventanas para ponerse en salvo mientras los conjurados 
penetraban en el aposento. El combate no se pudo soste- 
ner ya por largo tiempo. Alcántara i dos pajes fueron 
muertos. Pizarro, atacado por todos lados, resistió algu- 
nos momentos mas; pero herido en la garganta, cayó al 
suelo, i pedia confesión cuando uno de los conjurados le 
descargó un golpe en la cabeza que acabó de arrancarle la 
vida. 

Los sublevados hubieran querido arrastrar el cadáver a 
la plaza pública para afrentarlo en el patíbulo; pero preo- 
cupados con el pensamiento de establecer un nuevo gobier- 
no, salieron a la plaza anunciando que Pizarro estaba 
muerto i que la revolución quedaba consumada. Un anti- 
guo criado del gobernador, llamado Juan Barbazan, reco- 



PARTE SEGUNDA. — CAPItITLO XVI 451 

jió SU cadáver i le dio una modesta sepultura. Posterior- 
mente fué trasladado a la catedral de Lima ^. 

3. Gobierno de Vaca de Castro; segunda guerra ci- 
vil. — Eljóven Almagro fué colocado a la cabeza del gobier- 
no después de los primeros desórdenes que se siguieron a 
la muerte de Pizarro. Pero aunque el nuevo gobernador 
poseía algunas de las dotes de su padre, su autoridad no 
alcanzó a adquirir el respeto necesario para dar consisten- 
cia a su administración. Sus subalternos tuvieron que ape- 
lar a la violencia para hacerse temer; i aun así no tardó 
mucho en hacerse sentir la discordia entre los mismos ca- 
pitanes de su bando. Por último, los principales de entre 
ellos creyeron necesario retirnrse al Cuzco para reorgani- 
zar sus fuerzas. En esta marcha, Almagro perdió al mas 
intelijente i caracterizado de sus consejeros, Juan de Rada. 

Mientras tanto. Vaca de Castro se acercaba a reclamar 
el gobierno del Perú. Como hemos dicho antes, en su viaje 
de Panamá a Lima habia naufragado en el puerto de Bue- 
naventura en la costa de Popayan. Allí fué reconocida su 
autoridad por Benalcázar; i al saber la muerte de Pizarro, 
mostró sus títulos de gobernador del Perú, i marchó hasta 
Quito, donde fué también reconocido por Pedro de Puelles, 
que mandaba allí en nombre de Gonzalo Pizarro. Vaca de 
Castro desplegó desde luego grande habilidad i un carác- 
ter t^n firme como recto. Despachó emisarios a diversos 
puntos a avisar su próximo arribo i a dar cuenta de sus 
poderes, i avanzó con gran tinoganándo?;e la buena volun- 
tad de todos los españoles que salian a su encuentro i de 
las primeras poblaciones a que arribó. Antes de mucho 
tiempo se le juntaron dos capitanes distinguidos, trayendo 
un refuerzo considerable de tropa. Eran éstos Alonso de 
Alvarado i Pedro Alvarez Olguin. Este último habia salido 
del Cuzco, i por medio de un ardid, engañó a Almagro i 



4 Don Sebastian Lorente en el cap. I, lib. IX de su Historia de 
Ja conquista áel Perú es el historiador que ha dado mejores noti- 
cias de esta conjuración i de la muerte de Pizarro. 



siguió su marcha libremente hacia el norte íi juntarse contl 

nuevo gobernaílor. Para evitar Íüs celos que podía dcsper 
tar el mando délas tropasií, Vaca de Castro^ aunque letrado 
ajeno al ejercicio de las armas^ se ciñó la armadura i se 
dispuso a mandar en persona a sus soldadoí^i, A principios 
de 1542, entró a Lima para terminar la organización de 
sus tropas i seguir su marcha al sur. 

El joven Almagro supo con sorpresa los progresas áé 
gobernador, mientras su ejército estaba dividido por las ri- 
validades de algunos de sus jefes, fin esos momentos, dcís- 
plegó una enerjía su|.K5rif>r a sus años para dar prcstijio 
a su autoridad; i eonoeiendo el peligro que había en hacer 
armas contra el comisionado del reí, quiso antes tentar un I 
avenimiento pacifico. Envió, en efecto, emisarios al nuevo 
gobernador para prevenirle ipie no pretendía disputar suí^ 
derechos al gobierno del Perú, i que sólo había tomado las 
armas para asegurarse la posesión del territorio de la j 
Nueva Toledo, que Pizaro había nrrebatado a su padre. Vaca \ 
de Castro contestó a esta embajada de un modo perentoríu: 
insistió en riue Almagro disolviese su ejército i le entregase 
los asesinos de Pizfxrro como el íinico medio íle asegurar 
su propio perdón. Almagro no se hallaba en estado de 
aceptar estas proposiciones. 

No siendo posible arribar n un a veni miento p los dos 
ejércitos se pusieron en marcha para decidir la cuestión en 
una batalla. Almagro tenia 500 soldados valientes i resuel- 
tos, mientras Vaca de Castro contaba cení cerca de 700 
hombres aunque no tan bien disciplinados i armados como 
los de Almagro, Los ejércitos se encontraron en la tarde 
del 16 de setiembre de 1542 en la llanura de las Chupas, 
cerca de Gnamanga, La batalla fué reñida, i por mucho 
tiempo se mantuvo indecisa, pero al fin una carga dada por 
Vaca de Castro en persona, decidió la victoiia en su favoral 
acercarse la ngche. El campo de batalla quedó sembrado 
con cerca de 500 cadáveres, numero considerable atendido 
el de los combatientes. 

Vaca de Castro manifestó, después de la victoria, la mis- 



i 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO XVI 45S 



ma sagacidad i la misma enerjía que había desplegado du- 
rante toda la campaña. Avanzó resueltamente hacia el 
Cuzco en persecución de los fujitivos, i al entrar en la ca- 
pital sometió a juicio a los principales de ellos. Cuarenta 
de los mas caracterizados fueron condenados a la pena capi- 
tal, i treinta a destierro fuera del Perú. Almagro, fujitivo 
del campo de batalla, i apresado por los mismos majistra- 
dos que antes de su partida dejó en el gobierno del Cuzco, 
fué del número de los primeros. En sus últimos instantes 
manifestó la mayor serenidad; i pocos momentos antes de 
ser decapitado en la plaza del Cuzco, en el mismo sitio en 
que cuatro años atrás *el verdugo habia cortado la cabeza 
al cadáver de don Diego Almagro, el joven no pidió mas 
que un frvor: que se le sepultara al lado de su padre. 

Los fujitivos del combate de las Chupas que no fueron 
aprehendidos, se dispersaron por los montes inmediatos i 
se asilaron entre los cuerpos del ejército peruano que aun 
man tenia en pié el inca Manco. Todos ellos fueron muertos 
por los indios; pero el inca fué también asesinado por algu- 
nos de los fujitivos. La historia de la conquista del Perú 
no tiene quizá un punto mas oscuro que la muerte del úl- 
timo de sus emperadores. ^ 

4. El virrei Blasco Núñez Vela; nuevas ordenanzas 
SOBRE los indios. — Vaca de Castro gobernó la colonia con 
habilidad i prudencia. "Hizo entrar en el deber a los soldados 
que se hablan acostumbrado a tener su espada por toda lei, 
dio reglamentos a las ciudades, fomentó la industria, refrenó 
los excesos del juego, los desórdenes del comercio i la venta 
de las encomiendas; prohibió la traslación de los indios a 
lugares insalubres i otros abusos destructores que habia 
autorizado la costumbre.*'^ La conquista quedó consumada 
Jefinitivamente bajo la atinada administración de Vaca de 
[Rastro; i la paz i la tranquilidad, turbadas por las anteriores 
rontiendas civiles, quedaron perfectamente cimentadas, 



5 Garcilaso, Comentarios reales, part. II, lib. IV, cap. Vil. 
« LoRENTK, Hist de la conquista del Perú, lib. X, cap. I, páj. 186. 



454 BlSTOtElA DE ÍMkRlCA 



Gonzalo Pizarro, que creía tal vez que el gobierno del 
Fen'i era propiedad de su familia, se vio tratado cnn cortif- 
sía 1 urbanidad por el gobernador, pero éste lo alejó hábil- 
mente de toda intervención en los negocios pñblicos, de tal 
modo (|ue Gonzalo se retiró pacíficamente al territorio de 
CliarcaSj donde tenia inmensas propiedades territoriales i 
donde comentaba a beneficiar riquísimas minas* 

Al mismo tiempo^ se ventilaba en España» en los canse- 
jos de gobierno, la mas delicada de todas lascnesti*>tiesicon- 
cernientes ni gobierno de las colonias, T^ns noticias de los 
malos tratamientos de que eran víctimas los indios, i de la 
despoblación creciente del nuevo mundo, habían alarmado 
a la corte. ** Medio sií^lo liacia cpie se habia descubierto la 
América, i puede decirse que dt*sde entonces no hubo pro* 
TÍsion ni despacho alguno del gobierno en que no se en- 
cargriíse el buen trato de los indios, i no se declarnse que su 
converHion a la fe i su adelantamiento civil eran el objeto 
primero i principal del gobierno. Mas la repetición continua 
de estos encargos probaba su ineficacia o 3u contrndiccion^ 
1 la desplobacion del pais denunciaba al cielo i a la tierra i 
la incptituí! ^> *') íJ>fHi'l^ ^tto dr <iis tmev*»*^ tutor^^ *' ' rri 
los primeros momentos de descanso que le dejaban libre los 
negocios de Europa, Carlos V contrajo toda su atención a 
mejorar el gobierno de las colonias del nuevo mundo. Ca- 
balmente, se hallaba entonces en España frai Bartolomé 
de Las Casas, que habia pasado de Guatemala en busca de 
misioneros para adelantar la propaganda evanjélica en 
aquel pais; i éste informó detenidamente a la corte de los ho- 
rrores de la dominación colonial, i de las atrocidades deque 
eran víctimas los infelices indios. Compuso con este motivo 
un célebre tratado que lleva por título: Brevissima relación 
de la dcstruycion de /as /nrf/as, en que trazaba compendiosa- 
mente el cuadró de las iniquidades de la conquista i de la 
despoblación de América. Ese tratado, en que seguramente 
hai mucha exajeracion, produjo un sentimiento universal de 



7 Quintana, Vida de frai Bartolomé de Las Casas. 



PARTE SEGUNDA.— CAPITULO XVI 455 

reprobación. El rei se resolvió a poner remedio a los males 
que se le denunciaban, así como también a limitar las pre- 
ro^ativas que los conquistadores se habían usurpado par- 
ticularmente en las considerables reparticiones de tierras i 
de indios. 

El rei resolvió al fin estas cuestiones dictando un cuerpo 
de ordenanzas o leyes. Según éstas, los repartimientos de 
indios i de tierras hechos a los conquistadores, debian durar 
sólo mientras viviese el agraciado, pasando después de sus 
dias a la corona, con cargo de dar a su familia una parte 
de sus frutos. Los indios quedaban exentos del trabajo for- 
zado en las minas i en las pesquerías de perlas, debiendo sus 
amos pagarles un salario proporcionado. Se suprimían los 
repartimientos hechos en favor de los obispos, de los mo- 
nasterios, de los hospitales i de los individuos que hubiesen 
sido gobernadores o funcionarios de alto rango. Fueron des- 
pojados, ademas, de sus repartimientos todos los habitan- 
tes del Pera que hubieran tenido culpa en las alteraciones 
entre Pizarro i Almagro. Para el cumplimiento de estas le- 
yes, el rei trasladó a Guatemala la audiencia de Panamá i 
mandó fundar una nueva en el Perú ^ (20 de noviembre 
de 1542). 

La ejecución de estas ordenanzas, iba a herir de muerte 
los intereses de los conquistadores españoles. El monarca lo 
comprendió así; i para evitar el que fueran desobedecidas, 
encargó su cumplimiento a empleados especiales. Francisco 
Tello de Sandoval fué despachado a Méjico; pero este fun- 
cionario desplegó gran sagacidad en el ejercicio de su des- 
tino; se puso de acuerdo con el virei Mendoza, i planteó en 
gran parte la reforma con mucho tino, obteniendo del rei 
notables concesiones que importaban la derogación de aque- 
llas partes de las ordenanzas que mas resistencias habían 
producido. 

El rei habría debido confiar igual encargo en el Perú al 
licenciado Vaca de Castro, que gobernaba con tanta habi- 



8 Diego Fernández, Historia del Perú^ part. I., lib L. cap. I. 



I 



lidarl en aquella ricii colonia; pero Carlos V había resuelto 
organizar allí ttn virreiiuitn, i queriendo ponerlo bu jo tfi ili- 
reccion de un hombre estrafio a todas las ocurrencias i dis- 
turbios pasadi)9, nombró para el importante destino devi- 
rrei a un cabalk^ro llamado Blasco Núoez de Vela, Era éste uo 
hombre bien intencioiiadíj, que deseaba tanto Cf mi o el reí 
hacer ejecutar con la mayor puntualidad las nue%'as orde* 
uans^as; pero a quien faltaba la prudencia necesaria par 
cumplir tan delicada comisión, Níiñez de Vela ca recia ele 
firmeza que caracterizaba a Vaca de Castro; pero supli 
esta falta con una altiva petulancia que habia de despertar- 
le enemigos en todas partes. |H 

El vtrrei salió de R^¡>afta el 10 de novlcmljrc de 15+3» i 
llegó a Tíimbez el 4- de mar^o del año sij^^uiente. Al pnsar 
por Panamá manifestó so celo imprudente para hacer cum- 
plir las ordenanzas. 016 libertad a los indios (|ue allí tenían 
algunos encomenderos del Perú» i embargó algunris cau* 
dales, considerándolos fruto del trabajo forjado de los in- 
dios. En su mnrcha a Lima repitió éstos mismos actos; i 
aunque en todas partes fué recihidocon suntuosa pompa, la 
resolución en íjuc se ha 11 íi fía de dar fiel i escrupuloso cum 
plimiento a las nuevas leyes sembraron éntrelos colonos la 
consternación i el espanto. No era difícil distinguir una próxi- 
ma conflagración producida por las ordenanzas con que tan 
rigorosamente había quitado el rei a los conquistadores lo 
que éstos consideraban el fruto lejítimo de sus trabajos. 

5. Sublevación de Gonzalo Pizarro, tercera guerra 
CIVIL.— -En medio de la natural alarma de los colonos, 
todos los ojos se volvieron hacia Gonzalo Pizarro, el único 
de los hermanos del célebre conquistador que entonces re- » 
sidiera en el Perú. Hallábase éste en su encomienda de 
Charcas, digustado con la corte por haber quitado a su 
familia el gobierno de una colonia fundada por el brazo de 
su hermano Gonzalo, sin embargo, vivió en paz bajo el go- 
bierno de Vaca de Castro; pero el arribo del virrei, la pro- 
mulgación de las nuevas ordenanzas que iban a arrebatarle 
el fruto recojido en la conquista, i mas que todo las instan- 



PARTB SEGUNDA. CAPÍTrLO XVI 407 

cías de sus compañeros, que de todas partes les escribiaii 
para pedirle que encabezara la resistencia, lo determinaron 
al fin a presentarse en el Cuzco. En esta ciudad fué reci- 
bido como el salvador de la colonia. El pueblo lo aclamó 
procurador jeneral del Perú; i él mismo se hizo nombrar 
justicia mayor i capitán jeneral. En virtud de las atribu- 
ciones conferidas por el pueblo i el cabildo, Gonzalo Piza- 
rro levantó tropas, se apoderó de la artillería i de los te- 
soros reales, i se dispuso a marchar resueltamente sobre 
Lima. Su causa era tan popular, que en breve se reunió 
a su lado una poderosa hueste. Un viejo militar que pa- 
saba ya de ochenta años de edad, i que se habia distin- 
guido sobre manera en la batalla de las Chupas al servi- 
cio de Vaca de Castro, fué nombrado segundo jefe de los 
sublevados. Francisco de Carbajal, este era su nombre, se 
resolvió con dificultad a tomar parte en la rebelión; pero 
una vez comprometido, desplegó en ella las terribles dotes 
de un jenio estraordinario. 

La rebelión, vacilante todavía, encontró su mas decidi- 
do apoyo en la arrogancia i en el atolondramiento del virrei- 
Blasco Núñez de Vela, viéndose amenazado por la insurrec- 
ción, apresó a Vaca de Castro, atribuyéndole connivencias 
con Pizarro; i asesinó por su propia mano i en el mismo 
palacio, a un alto empleado, el factor Ulan Suárez de Car- 
bajal, después de una acalorada disputa en que lo acusaba 
de traicicm (13 de setiembre de 1544). La audiencia, que 
desde los primeros dias de su instalación habia marchado 
en desacuerdo con el virrei, ponia obstáculos a todas sus 
providencias, daba libertad a los presos, i por medio de una 
guerra tan hábil como tenaz, desprestijiaba la autoridad 
del primer mandatario. Después del asesinato de Carbaial, 
la resistencia se hizo mas temible todavía. Los oidores no 
se creian seguros contra los arrebatos del colérico gober- 
nador, i pensaron que era llegado el caso de tomar una re- 
solución decisiva. 

Pizarro continuaba su marcha a Lima, engrosando cons- 
tantemente el número de sus soldados. El virrei, consideran- 



dase impotente para resistir en la ciudad, resolvió abando- 
narla i retirarse al norte hasta Trujillo cun la audiencia, 
las tropas i todos los vecinos. Los oidores del supremo 
tribunal se resistieron al cu mp! i miento de esta orden, lla- 
maron al pueblo en su ausÜio, i una mañana apresaron a 
Núñez de Vela en su propio palacio declarándolo depuesto 
de su alto cargo. Al día siguiente fué trasladado a la isla 
fie San Lorenzo, en la misma bahía del Callao, para ser re- 
mitido a Eí^paña en primera oportunidad. 

La prisión del virrei no ponia término a las nacientes 
desavenencias. El RU]M'enu> trilninal mandó suspender la 
(Jecueion de las ordenanssas; ¡>ero Gonzalo Pixarro mar* 
chabo resueltamente sobre Lima a la cabeza de cerca de 
1,200 españoles con el propósito de reclamar para sí el go* 
bicrno de la colonia. La audiencia hubiera querido resistir 
a Ihs instancias de Pizarro,que en consideracinn al nfiniero 
desoldados que lo acompañaban, tenían el aire de verda- 
deros mandatos. Carbajal» conociendo perfectamente los 
peligros de la situación, i resuelto a hacerles frente co: 
toda valentía se adelantó a su jefe, entró de noche a Litn. 
apresó a varios oficiales c hizo ahorcar a algunos de ellüS^ 
en las ramas de un árbol. La audiencia no se atrevió a re- 
sistir por mas largo tiempo. Gonzalo Pizarro fué procla- 
mado gobernador del Perú en nombre del rei de España; i 
el 28 de octubre de 1544 entró a Lima con grande aparato 
guerrero, i asumió el mando de la colonia. 

6. Batalla de Añaqüito La fortuna habia favorecido 

hasta entonces a Gonzalo Pizarro; pero pocos dias después 
de su entrada a Lima, comenzó a esperimentar los prime- 
ros reveses. Vaca de Castro, que estaba retenido preso en 
uu buque surto en la bahía del Callao, se fugó con direc- 
ción a Panamá para no caer en manos de los sublevados ^. 



os 

D9V 



9 Vaca (le Castro fué apresado en España i sometido a un jui- 
cio que duró doce años, al cabo del cual se pronunció una sen- 
tencia absolutoria de su conducta i de la acusaciones que se le 
hacían. Este era el premio que ordinariamente recibían los mas 
honrados i leales servidores del rei en las colonias del nuevo mun- 



PARTH 8KOUNDA. — CAPITULO XVI 459 



Poco después, recibió Pizarro una noticia mas desfavo- 
rable todavía. La real audiencia había embarcado al virrei 
i remitídolo a Píspaña bajo la custodia de uno de los miem- 
bros del mismo tribunal llamado Juan Alvarez. Apenas se 
habia alejado de la costa, cuando Alvarez, movido por te- 
mor o por remordimiento, puso la nave a las órdenes de 
Blasco Náñez de Vela, disculpándose por su participación 
en los últimos sucesos. El virrei dio la orden de dirijirse a 
Túmbez; i apenas hubo desembarcado, levantó el estandar- 
te real i tomó las disposiciones conducentes a la organiza- 
ción de un ejército (octubre de 1544), Los pueblos de! nor- 
te acudieron a su llamado, reconociendo su autoridad i 
preparándose para sostener sus derechos. 

Casi al mismo tiempo tuvo lugar en el sur un contra- 
tiempo semejante para Gonzalo Pizarro. Diego Centeno, 
oficial de distincio'n que habia quedado en Charcas, desco- 
noció la autoridad del jefe rebelde i se declaró defensor del 
virrei. De este modo, Gonzalo Pizarro se encontró amena- 
zado en las d()s estremidades del territorio de su gobierno; 
i debiendo hacer frente a uno u a otro de sus enemigos, 
prefirió marchar contra el virrei. El 4 de marzo de 1545 se 
puso en marcha para el norte a la cabeza de 600 soldados 
españoles. 

El virrei, entre tanto, habia reunido cerca de 500 hom- 
bres, i estaba resuelto a salir al encuentro de los rebeldes. 
Sus soldados?, sin embargo, no se creian en estado de ba- 
tirse con las tropas de Pizarro; i Núñez de Vela se vio en la 
necesidad de retirarse hacia Popayan, tenazmente perse- 
g^uido por la vanguardia enemiga que mandaba el intrépi- 
do Carbajal. Después de penosísima marchas, en que los 
dos ejércitos soportaron fatigas de que la historia ofrece 
raros ejemplos, Pizarro asentó su campamento en Quito, i 
desde allí despachó al sur a su teniente Carbajal en perse- 
cución de Centeno. 



do El cronista Antonio Herrera escribió un interesante elojio 
biográfico de Vaca de Castro, que permanece todavía inédito i 
desconocido de todos los historiadores de la conquista del Perú. 



Pero Nüñez de Vela era iin enemigo muí teca 35 para que 
permaneciera mucho tiempo en la iníiceion. La desagracia 
le babia dado la prudencia cpie le faltaba. En Popayan se 
le había reunido el valiente Beoalcáxar con un refuerzo de 
tropas bastante consideral)le para reparar las pérdidas que 
hubia sufrido eu su retirada. Su ejército se componía de 
4Á)Ú hombres cuaudo salió en busca de los rebeldes. 

Gonzalo Pizarro ansiaba por poner término a aquella 
guerra. Finjíó retirarse del territorio de Quito para atraer 
al virrei a un combate decisivo. En efecto, la batalla tuvu 
lugar el 18 de enero de 1546 a poca distancia^-tle aquel hi 
ciudad, en unas llanuras denominadas de Añaqulto. El 
choque fué terrible los dos ejércitos pelearon con *;^rande 
arrojo. Núñez de Vela desplegó his dotes de uo jen eral i de 
un soldado; pero traspasado de heridas, cavó en tierra, i 
pudo ver la victoria de sus enemigos. Pixarro le hizo cor- 
tar la cabeza en el mismo campo de batalla i mandó que 
fuera colocada en la pía xa de Quito, 

Después de la victoria, se siguieron los castigos de los 
mas decididos partid<arios del virrei. Pizarro fué entonces 
reco nocido c o m o n n i c f > se n o r d e 1 Pe r ú . C a r ba j ¿i\ h a b i ¿t de- 
rrotado en el sur las tropas de Diego Centeno; i las naves 
que Pizarro había reunido en la costa recorrían libremente 
el mar hasta Panamá. La rebelión había triunfado comple- 
tamente en el Perú. 

7. Misión db Pedro de La Gasca.— Pero la situación 
de Gonzalo Pizarro después de esta victoria era demasiado 
precaria. Era seguro que el reí había de condenar su con- 
ducta i que el castigo de los sublevados no se haría esperar 
largo tiempo. Pizarro í sus principales consejeros conocían 
muí bien que después de la rebelión i de las ejecuciones ca- 
pitales que la habían acompañado, no había transacción 
posible entre los rebeldes i la corona. Carbajal, que no 
quería quedarse en la mitad del camino, aconsejó a Gonza- 
lo que asumiera una actitud mas resuelta i atrevida. ** Ha- 
béis tomado, le dijo, las armas contra el virrei, el lejítimo 
representante del soberano, le habéis arrojado del pais, le 



PARTB 8B0UNDA. — CAPÍTULO XVI 461 



habéis derrotado i muerto en una batalla; no esperéis ob 
tener jamas el perdón de la corona por tales atentados 
Habéis ido demasiado lejos para deteneros o para retroce 
der. Ahora debéis apoderaros del gobierno de un pais que 
ha conquistado vuestra familia. Proseguid adelante i pro 
clamaos rei: el pueblo i el ejército os apoyarán. Haciendo 
concesiones de tierras i de títulos de nobleza os ganareis el 
afecto de los españoles, i casándoos con una covfi, princesa 
de la familia de los incas, podréis lejitimar a los ojos de los 
indios vuestra dominación. De este modo las dos razas po- 
drán vivir tranquilas l)ajo un cetro común.'' 

Gonzalo Pizarro oyó sin duda con agrado tales consejos; 
pero no poseia la resolución necesaria para acometer una 
empresa de tanta magnitud. En los momentos en que 
necesitaba mas proceder con toda enerjía, Pizarro se redu- 
jo a enviar al rei un prolijo informe de su conducta para 
justificarse i para solicitar la confirmación de la autoridad 
de que gozaba. 

Entre tanto, en España la corte estaba muí preocupada 
con los sucesos de las Indias. Carlos V se hallaba en Ale- 
mania; i su hijo, que reinó después con el nombre de Felipe 
II, tenia a su cargo la administración de los negocios de 
Castilla. Cediendo a las instancias de los colonos i de los 
gobernantes americanos, el príncipe anuló la mayor parte 
de las ordenanzas dictadas por su padre. Al saber las tur- 
})ulencias del Perú i la rebelión de Gonzalo Pizarro, el rei 
i sus consejeros pensaron en despachar al Perú fuerzas bas- 
tante considerables para someter a los rebeldes. Sin embar- 
go, las ventajan escepcionales de la situación de Pizarro ha- 
cian peligroso todo proyecto de guerra. Era dueño del mar 
Pacífico, i sus soldados dominaban en Panamá, de modo 
que no era posible que sus enemigos pudieran llegar hasta 
el Perú por aquella parte. Mas difícil todavía era condu- 
cir tropas por el estrecho de Magallanes, porque este cami- 
no era mui largo i ademas apenas era conocido en aquella 
época. Los consejeros del príncipe cieyeron al finque Its 
convenia mas sostener a los rebeldes por los medios de sua- 



viciad i templanza, para la cual parecía que Pizarro no se 
halla ha nial dispuesto decide que ¡siempre se había empeña* 
do cu justificar su conducta, manifestando así gran res[3cto 
por la autoridad retU. 

Para itna empresa de esta especie, se nect'sitaba nn llora- 
brc de una rara habilidad. La t: lección del príncijíe i de sus 
consejeros recayó en Pedro de La Gasea, eclesiástico que 
había desetnpefiado varias comisiones del servicio publico, 
desplegando en todas ella una singular habilidad, gran fir- 
meza i una hí>nradez a tfida prueba» Carlos V aprobó esta 
elección, i aun se manifestó dispuesto a conceder a La Gas- 
ea títulos i honores de toda especie para revestir su autori- 
dad de un alto prestí ¡i o. La Gasea, sin embargo, renunció 
todo esto: aceptó solo el título de preísidente de la real iiw 
diencia de Lima sin sueldo alguno, i se limitó a pedir al reí 
que su familia fuese mantenida de cticnta del estado. En 
cambio de esto, í en atención a la distancia de la corte a 
que iba a hallarse, pidió que se le concediese una autoridad 
¡limitada para castigar o para premiar según las circutis- 
taucias, para perdonar a los culpables si lo hallaba por 
con vetiiente. o fiaríi emplenr 1m í'nerzn i sacar tn)]ias de to- 
das las colonias del nuevo mundo. El consejo del rei no se 
atrevió a conceder a un solo hombre tantas i tan impor- 
tantes facultades, que eran solo privativas del soberano. 
Carlos V, sin embargo, accedió a todo, seguro de que los 
negocios confiados a La Gasea habían de tener un feliz re- 
sultado. 

La Gasea era anciano, pero poseía la actividad i la reso- 
lución de la juventud. Activó apresuradamente su viaje, i 
el 26 de mayo de 1546 zarpó del puerto de San Locar. En 
Santa Marta tuvo noticia de la batalla de Añaquito i de la 
muerte del virrei. Pizarro quedaba entonces mandando en el 
Perú como señor absoluto, i no parecia probable que des- 
pués de haberse comprometido tanto quisiese entrar en 
avenimiento. La Gasea, sin embargo, no vaciló un momen- 
to; i sólo, sin armas ni soldados, se dírijió al puerto de 
Nombre de Dios, en la costa oriental del itsmo, donde man- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVI 403 

daba Hernando de Mejía capitán de Gonzalo Pizarro a la 
cabeza de un numeroso cuerpo de tropas. 

La presencia del comisionado real no inspiró temor algu- 
no a Mejía ni a su tropa. La Gasea, ademas se manifestó 
tan prudente i tan modesto, que no tardó mucho en ganar- 
se la voluntad del oficial de Pizarro. En seguida, pasó a 
Panamá, donde se hallaba Pedro de Hinojosa, comandante 
de las naves del gobernador del Peni. Allí tawmbien declaró 
La Gasea que su misión era de paz, que el rei le habia en- 
cargado que remediara los males pasados, revocara las le- 
yes que habían producido la rebelión, perdonase los estra- 
víos de sus subditos i restableciese el orden i la justicia en 
el Perú. La injenuidad i la templanza con que hablaba La 
Gasea le ganaron también la voluntad de Hinojosa, quien 
se apresuró a comunicar a Gonzalo Pizarro el arribo del 
comisionado real i las pacíficas intenciones de que venia 
animado. 

8. Trabajos de La Gasca es el Perú.— Pocos temores 
podia infundir a los vencedores de Añaquitoel arribo de 
un comisionado real que no traia ni armas ni ejército, i que 
se presentaba como mensajero de paz i ofrecia el perdón en 
nombre del rei. El Perú contaba entonces cerca de seis mil 
pobladores españoles que habian reconocido la autoridad 
de Gonzalo Pizarro, i que podian poner sobre las armas 
un cuerpo respetable de tropas. El gobernador, convencido 
de que los delitos perpetrados por él no alcanzarian jamas 
un sincero perdón, desaprobó la benévola acojida que Me- 
jía e Hinojosa habian hecho á La Gasca i se manifestó re- 
suelto a rechazarlo. Al efecto, Pizarro despachó nueva- 
mente a España dos comisionados con encargo de justifi- 
car su conducta ante el rei i de pedirle que le confiriese el 
gobierno supremo del Perú durante su vida como el único 
medio deponer término a las ajitaciones. Esos emisarios, 
ademas, llevaban instrucciones secretas para Hinojosa, por 
las cuales Pizarro le recomendaba que alejara a La Gasca 
de Panamá mediante un obsequio de 50,000 pesos de oro, 



tr»! uiBTORXA nm auéhrwa 



qiitr se deshiciera de él sin repararen medios, yn futra 
por las a mi as o por el veneno. 

Esta resolución alarmó a Hinojosa, Demasiado catja- 
Ikroso para aceptar la idea de un asesinato, i demasiado 
leal para oponerse abiertamente a las órdenes del rei, el 
comandante vaciló idgun tiempo sobre lo que debía hacer* 
pero al fin se decidió por ponerse bajo las órdenes del real 
comiiiionado^De este modo, La Gasea, sin disparar un tiro 
i sin estimular la desscrcion de su3 enemigos por medios in- 
dignos, se halló en posesiun de In escuadra que Pixurro te* 
nía en Panamá. £n seguida, haciendo uso de las atribti 
cioneíi (|ue le liabia conferido Carlos V. hiaso reunir en Nica- 

1 agua i en las otras c<ilonÍas inmediata^ algunos cuerpos 
de tro [jas, con que formó la luij^e de un ejercito regular. En 
abril de 1547, una parte de üu escuadra recorrió la costa 
del Perú comunicando la noticia de cjue el comisionado real 
había revocado las (irdcnanxas que dieron orfjen a Ja r*.H'<i- 
lucion i concedido una amnistía jcneral a todos loseompro- 
metidos en ella. 

Esto sólo bastó para cjue eomenxara a operarse en cl 
Perú una violenta reaccirm contra el Lrnbicrno ilc Gon/:aio 
Pizarro. Carbajal, tan resuelto como cnael, habia esparci- 
do el terror en todas partes para asegurar la dominación 
de los rebeldes. Los historiadores vanan en el número de 
los hombres a quienes hizo decapitar como enemigos de la 
rebelión, pero ninguno lo hace bajar de 300. Gonzalo Piza- 
rro, para asegurar su poder, habia hecho juzgar en Lima 
a La Gasea con todas las formalidades de estilo, como si 
el comisionado se hallase presente en aquella ciudad. El 
tribunal, funcionando bajo su dependencia, lo habia conde- 
nado a muerte por el delito de alta traición. 

Sin embargo, esta farsa de proceso no engañó anadie. 
El perdón concedido por La Gasea i la revocación de las or- 
denanzas, habían esplicado mui claro quiénes eran los pea- 
les a la autoridad del reí i cuáles los traidores. Diego 
Centeno, que permanecia oculto en las provincias del sur. 



PARTE «EGUNDA. — CAPITULO XVI 405 



salió de su escondite, i cavendo de sorpresa sobre la ciu- 
dad del Cuzco, hizo bnmbolearel poder de Pizarro en el 
interior del Perú. 

La situcion comenzaba a ser embarazosa para los ven- 
cedores de Añaquito. Dominadores absolutos del F'erú 
poco antes, i posesionados de puntos que hacian inaccesi- 
ble aquel territorio a los enemigos, se veian ahora amena- 
zados al norte por la escuadra que La Gasea habia toma- 
do i por el ejército que comenzaba a organizar, i al sur por 
las fuerzas que mandaba en el Cuzco Diego Centeno i que 
montaban a cerca de mil hombres. Entre estos dos peli- 
gros, Pizarro no vaciló en hacer frente al último de ellos, 
como mas inmediato; i en efecto, marchó al sur con un 
considerable cuerpo de tropas. El intrépido Carbajal iba 
con ellas; i a pesar de la notable deserción que se percibía 
cada mañana, caminó con tanta hal)ilidad como acierto 
hasta llegar a Huarinas, cerca del lago de Titicaca, donde 
avistó las fuerzas enemigas. Las tropas de Pizarro monta- 
ban sólo cuatrocientos hombres, pero Carbajal conducia 
cuidadosamente los arcabuces de los desertores, de modo 
que contaba con un considerable número de armas de fue- 
go de repuesto. En la batalla, ({ue tuvo lugar el 20 de oc- 
tubre de 1547, esta ventaja decidió la victoria. Carbajal 
destrozó a sus enemigos con las d;íscargas de arcabucería, 
causando en sus filas los mayores estragos. *'Fué, dice el 
historiador de las guerras civiles del Perú, la mas sangrien 
ta batalla que hubo en el Perú. Murieron de la parte de 
Centeno trescientos cincuenta i mas de otros tantos heri- 
dos. De la parte de Pizarro murieron mas de ciento i hubo 
inuchos heridos ^^, Centeno salvó casi milagrosamente de 
aquella gran derrota. El botin cojido por los vencedores 
fué mui importante: el historiador Fernández lo hace subir 
a mas de 1.400,000 pesos. 

La Gasea, entre tanto, se hciUaba en Jauja. El 13 de ju- 
nio de 1547 habia desembarcado en Túmbez, i avanzó há- 



10 Fernández, Historia del Perú, part. í, cap. 79, fol. 120. 
TOMO I 30 



iW mgroRiA nñ av^rra 



cía el s^ur eü ona espede de fniiRrha trítinfal. Los pueblos 
de SD tráiisko lo recibieron citrdialioeme, reccjiiocÍ€ii*Ío su 
antoridad, aasíliando sus tropas i declarando rotos Im 
luzos de sumisión al gobierno de Gonzalo Pizarra. Et ejér- 
cim real se aumentaba en Jauja de dia en dia; i toda antiii* 
ciaba un fin tan próximo como feliz a la eampaña que con 
laiila habilidad había abierto La Gasea. Sin embargo, la 
noticia de la derrota de Centeno en Huarinas sembré cu 
el campamento una consternación proporcionada a la coo- 
ñan%a que aoimaba a sus soldados. La desaparición de tío 
cuerpo de tropas que se bada subir hasta mil hombres, filé 
para muchos uo anundo seguro de los desastres que ks 
aguardaban mas adelante. 

La serenidad OD abandimó a La Gasea en esos momen- 
tos. Deseando evitar una nueva efusión desangre, se cmpe- 
fió todavía en reducirá Pizarro a aceptar un avenimiento 
pacifico bajo las bases de que el [efe reljelde reconociera sii 
autoridad^ asegurándole en cambio el perdón de las faltas 
pasadas. Pizarro» ^in embargo, estxiba muí orgulloso con 
su iiltuno triunfo para tratar con el enemigo. Algunos de 
sus amigos le representaron las ventajas de un arreglo pa- 
cífico, pero él se negó a todo confiado en que la suerte 
de las anuas le seria tan favorable como le hahia sido en 
Huarinas. 

9. Batalla de Xaqdixaguana; castigo de los rebel- 
des.— El 29 de diciembre de 1547 levantó La Gasea su cam- 
pamento i se puso en marcha hacia el Cuzco. Ningún obs- 
táculo embarazaba su camino; lejos de eso, constantemente 
recibía refuerzos de importancia. Benalcázar, el conquista- 
dor de Quito, llegó del norte a reunirse a su ejército. Pedro 
de Valdivia, el conquistador de Chile, se le reunió también 
i marchaba a su lado tomando una parte principal en la 
dirección de la campaña. El ejército de La Gasea llegó a 
contar cerca de 200 hombres. Al lado de los jefes militares 
habia una comitiva de empleados civiles i eclesiásticos que 
daban al campamento la apariencia de un gobierno orga- 
nizado. 



PARTE SEGUNDA. CAPÍTULO XVI 46 7 

Para impedir la marcha de ese ejército, Pizarro habria 
debido colocar sus tropas en los desfiladeros de las cordi- 
lleras que conducen al Cuzco i embarazar la marcha del 
enemigo. Nada de esto se hizo, sin embargo; satisfecho con 
haber mandado cortar los puentes de algunos rios, se que- 
dó en el Cuzco llevando la vida del vencedor que no tiene 
peligros que temer. Merced a este inesplizable descuido, La 
Gasea salió de Andaguailas en marzo de 1548 i^; i vencien- 
do las asperezas de la sierra i haciendo construir los puen- 
tes que Pizarro habia mandado cortar sé adelantó resuel- 
taniente hasta las inmediaciones del Cuzco. 

Los rebeldes habían determinado abandonar la capital, 
i fueron a esperar al enemigo en el valle de Xaquixaguana, 
situado a cinco leguas de distancia. Su ejército era com- 
puesto de novecientos hombres aguerridos i bien armados, 
pero cuya fidelidad no podia ser mui segura. El 8 de abril 
se avistaron los dos ejércitos; i en la mañana del siguiente 
dia dieron principio a las primeras evoluciones del combate, 
que, según todas las apariencias, debía ser mas encarniza- 
do i sangriento que el de Huarinas. Sin embargo, nada de 
esto sucedió. Cuando se iba a comenzar el ataque, Garci- 
lazo de la Vega, padre del historiador de este nombre, salió 
del campo de Pizarro i se pasó al de los realistas. Cepeda, 
consejero del jefe rebelde, encargado del mando superior de 
la batalla por renuncia de Carbajal, hizo otro tanto; i el 
ejemplo de ambos fué seguido en breve por un. gran núme- 
ro de oficiales i soldados. Pocos momentos mas tarde, la 
deserción se hizo jeneral: compañías enteras se pasaban al 
campamento de La Gasea. Pizarro, convencido de que se 
realizaba su completa ruina, preguntó a uno de los suyos 



11 Es curioso un error que se nota en esta parte de la obra de 
Prescott en que están referidos estos sucesos. Dice que *'los rigo- 
res del invierno comenzaban a c^der ante la suave influencia de la 
primavera", cuando La Gasea levantó su campamento de Anda- 
guailas, en marzo de 1548. El historiador se olvidó de que estos 
sucesos pasaban en el hemisferio del sur,- i tomó por invierno las 
lluvias tropicales del verano. 



4G8 mwmmiA T>m amémica 



4 



qué íleliia Imeer en ac[uellas círcunstaciais: — **Aconieternl 
enemigo, i morir como romano, contestó éste.^Vale nías, 
dijo Pizarro, morir como cristiano''; i se adelantó ai eye 
migo para rendir su espada. Carbajal, que habia podido 
fugar, fue a lea tizado i hecho pri «lionero por Valdivia. 

El castigo <lc los relielfles no se hixo ej^peran j>era La 
Gaíica empleó sus poderes con modelación i con prudencia. 
Piírarro fui decapitado el día siguiente, i sufrió la muene 
con noble dignidad. Carbajal. odiado cu todo el Ferij por 
los crímenes cometidos durante la rebelión, i mas que toda 
por las burlas crueles con que acompañaba cada ano de 
ellos, fué condeaadu a la pena de horca, i sufrió el últiinafl 
suplicio con sinj^ular entereza, sin maniícstar arrepentirse^ 
]jor lo pasado, i lo que era mas raro todavía en un español 
de la conquista, sin dejar ver que moría como cristiano, 

10. PacificaciuX nía. PERfr.—La Gasea desplegó h 
dotes de un hábil administradgr i de un hombre Heno de-*' 
Ttrtud i hanradeí!! en la pacificacioQ del Pcnu Ajeno a ttída^ 
las pasiones que habiau dividido a la colonia, animadCH 
sólo por el sentimiento ¡irofundo de la justicia, La Gaíica, 
no Sí^ilrv i'i^'itíibliM'iA i/l lili inri" t tfr In Iri mn^* íin*' cnlu^' líi 
irritación de los espíritus. Considerando las dificultades a 
que habia dado oríjen la abolición de las encomiendas, La 
Gasea se vio precisado a dejarlas subsistentes, regularizan- 
do sólo las relaciones entre los indios i los encomenderos. 
' La conquista del Perú quedó de esta manera sólidamente 
establecida. 

Después de dos años de trabajos, el pacificador dio la 
vuelta a España, en enero de 1550. La Gasea fué a Flándes 
a informar a Carlos V del resultado de su misión; i en pre- 
mio de su conducta obtuvo el cargo de obispo de Falencia 
i mas tarde el de Sigücnza. Por último falleció en Yalla- 
dolid a fines de noviembre de 1567 después de una larga 
vida empleada en el bien, i de haber prestado a su patria 
servicios de la mas alta importancia ^-. 



1- Un célebre niajistrado fi-ances, Michel L*Hopital, dotado 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVI 46í) 

A La Gasea sucedió la audiencia en el gobierno del Perú; 
pero luego tomó el mando del virreinato don Antonio de 
Mendoza, que tanta prudencia liabia desplegado en el go- 
bierno de Méjico, reanudando asila serie de los virreyes ini- 
^•iada por Núñez de Vela e interrumpida por la muerte de 
éste en la jornada de Añaquito. Nuevas turbulencias tuvie- 
ron lugar mas adelante en el Perú. Algunos españoles i los 
mismos indios se sublevaron en diversas ocasiones; pero 
estos sucesos pertenecen a la historia de la colonia La con- 
quista del Perú i el establecimiento i organización de los 
europeos en su territorio quedaron consumados con el go- 
bierno de La Gasea ^-^ 



como La Gasea de las mas elevadas virtudes, ha consagrado un 
fragmento notable por su sencillez i por su moralidad para referir 
la pacificación del l*erú. En ese fragmento, no hai hechos nuevos, 
ni apreciaciones sorprendentes sino sólo un cuadro verdadero i 
patético de la virtud. 

J'i Las guerras civiles de los conquistadores del Perú tienen por 
principales historiadores a dos contemporáneos, Agustin de Zara- 
te i Diego Fernández, de donde han sacado abundantísimas noti- 
cias los escritores posteriores. El lector puede consultar has obras 
de Prescott i de Lorente, donde están referidas con grande acopio 
<lc pormenores i con mucho ínteres. 



CAPITULO XVII. 
Conqnista de las provincias arjentlna». 

(1520-1580) 

1 Fspedicioii de García í de Cabot. 2. — Don Pedro de Mendoza. 

3. —Alvar Núñez Cabeza de Vaca. 4.— Gobierno de Irala. 5 

Descubrimiento i conquista del interior. 6.— Progresos de la co- 
lonia; disensiones de los conquistadores. 7.— Gobiernos de Ortiz 
de Zarate i (^arai. 8.— Fun lacion de Buenos Aires. 

1. EsPEDiciONES DE García I DE Cabot.— Despues del 
desventurado viaje de Juan Díaz de Solis en 1516, el rio de 
la Plata quedó conocido para losjeógrafos i navegantes. 
Magallanes lo visitó en 1520; pero el coiiocimiento que te- 
nían los españoles estaba reducido a su desembocadura. 
^ Sólo en 1525 hubo un aventurero que intentara adelantar 
los descubrimientos por aquella parte del nuevo mundo. 
Diego García, piloto natural de Moguer, obtuvo el man- 
do de una escuadrilla equipada por la casa de contrata- 
ción de la especiería, que Carlos V habia ors:anizado en el 
puerto de la Coruña para el comercio con las islas del Asia 
que habia descubierto Magallanes. 

García salió del cabo de Finisterre el 15 de enero de 1526. 
Después de un largo viaje lleno de peripecias mui poco inte- 
resantes i de prolongados retardos en las islas de la costa 
de África, i en la costa del Brasil, llegó a un rio que deno- 



mmó de los PaUní, a Ioik 27 gniiltis ele latitud s^r, 'J^jnile 
fué httfo r^cibfflcí por los oataraia^. '*Hai, *Íkx ti misfocí 
García, ana hariia}eni;racinn (pulilurton) rjtie haom moi 
bt»ciia obrs a km ciisiünno^ c námaiiüe lo^ CurrÍoc«s, qttc 
allí nof dieron miichas rituallas qoc se llattta ütiZ/o c harí- 
rni ríe fn^tnclioc'ii e mtK^ha^ calahaxas» r mtichos pato» e 
oir<H& tatieiiti» bastitnento^ p^initie eran tiueads fn«lif.^*' ^ . 
Se Uallaha Garifa mi aquel poertii eti&a:do lleg¿ a él Se- 
hnfítían Caín:»!, nqucl naTC^naie ingl^ qoe bajo rl reioada J 
fie Efirii|itt? Vil Itabta deácabterto en 1496 las coaitas úc la ™ 
AfEténcA del norte. Cabot había entrado a Y ^erriirto del reí 
de Eipaña» í despaes de la muerte de Solts taé hecho pílotu 
majifr di? Castilla. Cárhis \\ a coitseraeticia ilel deiiciibri 
miento de las islas de la es{»cecKa^ ctinli/i aCalnit rl mando 
de ana esctiadrílla que debía llevar el mísaio nimÍMj 
Mágallánr«. En efecto, el 3 <le abril de \ó2ñ amrpd de 
Lácar« i dus meses desputrs reeottoeiW y.i lai^ costas de! 
iil. Mas adelante, encontró a1|^nos castrllanos dejad 
|íor laüí* na re de la expedición de! comendador Joñné de 
Lomsa, qtie había ido a las Molacas^ i uno que hnbia for* 

gado con la esperanza de hallar las riquezas de que le ha- 
blaban aquellos, o talvez por falta de víveres, Cabot pensó 
en proseguir los descubrimientos por aquella parte, i al 
efecto dejó abandonados en una isla desierta a tres capita- 
lies que se oponian a sus proyectos, i penetró resueltamen- 
te en el Rio de la Plata. 

El marino ingles adelantó en poco tiempo el reconoci- 
miento de aquellas rejiones. Uno de sus subalternos sc 
internó en el rio üruguai i remontó sus corrientes hasta 
el rio de San Salvador; i Cabot mismo, esplorando las ri- 
beras del sur del Plata, penetró en el Paraná, en cuvas 




1 Carta de la navegación de Diego García, publicada en el to- 
mo XV de la Revista do instituto histórico e geographico do Bra- 
zily documento citado por Xavarrete, pero desconocido a los que 
han tratado de los primeros tiempos de la historia arjentina. 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO XVII 473 



xnárjenes fundó un fuerte con el nombre de Sancti Spiritus. 
Desde allí prosiguió sus reconocimientos hacia el norte, 
Hcivegó el rio Paraguai, i después de una refriega con los 
salvajes en las orillas del Bermejo, dio la vuelta a la forta 
lez'i. En este viaje empleó cerca de tres años, al cabo de los 
cuales resolvió volver a P^spaña a dar cuenta de sus des- 
cubrimientos. Dejó al efecto una guarnición en Sancti 
Spiritus, a las órdenes de un castellano llamado Ñuño de 
Lara, i volvió a Europa en 1530. A consecuencia de las 
ricas muestras de metal que habia recojido en su viaje, dio 
el nombre de la Plata al rio que hasta entonces habia sido 
denominado Mar Dulce. 

Diego García habia segu do las huellas de Cabot, i com 
pletado en pnrte el reconocimiento de aquellos paises; pero 
volvió tambicn a España sin asentar establecimiento. El 
que habia fundado Cabot fué destruido por los indios í/m- 
búes, que asesinaron a todos los hombres que formaban su 
guarnición. Unos pocos soldados que estaban fuera del 
fuerte a la época del ataque, abandonaron aquella costa 
inhospitalaria i se trasladaron a la colonia portuguesa de 
San Vicente. De esta manera terminó el primer ensayo de 
colonización en las márjenes del Rio déla Plata. - 

2. Dox Peoro de Mendoza.— -La conquista i coloniza- 
ción de los paises esplorados por Cabot, se demoraron 
todavía algún tiempo mas. Sin embargo, cuando en Espa- 
iiase tuvo noticias de las riquezas del Perú, icuandose 
supo que las naciones civilizadas porlos incas se dilataban 
hacia el sur, se ocurrió naturalmente la idea de que remon- 
tando los rios navegados por Cabot seria no sólo posible 

2 Carta de Luis Ramírez, compañero de Cabot, escrita en el 
rio de la Plata el 10 de julio de 1528, publicada igualmente en el 
toTio XV de la Re\ ista do instituto histórico e geographico do Bra- 
ít//. Esta primera pajina de la historia arjentina está todavía muí 
poco estudiada; i los dos documentos citados, que constituyen la 
única autoridad auténtica, son mui poco conocidos, si bien es 
evidente que Herrera los tuvo a la vista. —El autor anónimo de la 
obra inglesa titulada A Afemoit oí Sebastian Cabos, es el que ha 
tratado mejor este asunto. 



sino fácil encontrar un camino mas corto para las ricas 
n*jioncs «leí Pero. El tesoro, con todo, no estal>a co astado 
de híiccr frente a los gastos qne había de demandar esta 
empresa; pero un caballero de Cádiz, jentil-homhre de eá- 
mAra de Carlos V, llamado don Pedro de Mendoíta^ que 
acababa de ilustrarse en las ^nerras de Italia, se i^ifreeió a 
hacer los glastos de la espedicion, mediante el título de ade- 
lantado í j^oljernador de los países que poblara» Mendoza 
se comprometió a penetrar en el interior de aqnelhi tierra 
hasta llegar al mar del sur. Su gobierno debia estenderse 
200 leg^uas, desde los límites de las posesiones portugruesas 
hacia el estrecho de Magallanes. 

La escuadra de Mendi>za salió de San Lácar el 1.^ de 
setiembre de 1534. Las fuerzas espedtcionariascotnponian 
nn total de mas de 1.000 hombres, entre les en a les figura b;in 
aignnos personajes de distinción. Mendosa penetró fácil* 
mente en el rio de la Plata; i después de algunas esplora* 
Clones en las primeras islas que encontró, dispuso un de- 
sembarco en la costa meridional, Bo el momento de pisar 
la tierra, el capitán Sancho García esctamó; — **iQué bue- 
no*^ 11 rp^ fi^- r*.í:f»l*-;^>T7 ^n t^>ífri ticrrrí*'* Pí^r^l* ffin^ i7<'^í:^(^TTi-'«^ 

el 2 de febrero de 1535, echó los cimientos de una pobla- 
ción, a que dio el nombre de Santa María de Buenos Aires. 
Antes de mucho tiempo, los indios querandícs, salvajes 
guerreros i feroces, comenzaron a hostilizar a los nuevos 
pobladores negándoles los víveres, incendiando sus aloja- 
mientos i atacándolos con gran resolución. 

Los castellanos se proveyeron de víveres en las colonias 
portuguesas del Brasil i en las orillas del Paraná; i sin inti- 
midarse por las hostilidades de los salvaje?, pensaron en 
esplorar nuevamente los rios i en fundar otras poblaciones. 
Mendoza se adelantó hasta el lugar en que Cabot ha- 
bia construido la primera fortaleza; i desde allí despachó al 
capitán Juan de Ayólas con encargo de continuar la esplo- 
racion hacia el norte. Este valiente aventurero remontó 
las aguas de los rios Paraná i Paraguai; sostuvo varios 
combates con los indios, i a la orilla derecha de este últi- 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVII 475 

mo. fundó (agosto de 1536) una fortaleza que fué el orí- 
jen de la ciudad de la Asunción. Ajólas no se detuvo allí; 
dejando el mando de sus naves a un oficial llamado Do- 
mingo Martínez de Irala, se internó resueltamente en los 
bosques del Chaco seguido de doscientos soldados, en 
busca de un camino que lo llevara hasta el Perú. El re- 
sultado de esta espedicion fué tan desastroso como era 
de presumirlo. Ayólas reunió algunas muestras de plata, i 
llegó hasta las fronteras del Pero; pero a su vuelta, en las 
mismas orillas del rio Paraguai, fué sorprendido por los 
salvajes, i degollado con todos los suyos. 

Mendoza, entre tanto, se habia puesto en camino para 
España. Cansado de la lucha con los indíjenas, fastidiado 
por el hambre que las hostilidades de éstos producian en 
la colonia, i mas qne todo por la escasez de riquezas mine- 
rales, resolvió abandonar la nueva población i volverá 
España a gozar en paz de Ids bienes de fortuna que poseía. 
El desengañado gobernador pereció en la navegación 3. 

3. Ai.vAr Nuñez Cabeza de Vaca.— -Por ausencia del go- 
bernador don Pedro de Mendoza, i por muerte del capitán 
Ayólas, fué elejido gobernador de la colonia el capitán 
Martínez de Irala; pero no tardó en llegar de España un 
comisionado real, Alonso de Cabrera, con socorros para 
los colonos i con el nombramiento de gobernador para el 
caso en que faltase el propietario. Este comisionado, no- 
tando la postración i el estado miserable a que se hallaba 
reducido el pueblo de Buenos Aires por causa de la guerra, 
determinó despoblarlo, i trasladar sus habitantes a las 
orillas del rio Paraguai, cuyos naturales eran menos beli- 
cosos. En el sitio mismo en que Ayólas habia fundado la 
primera fortaleza, echaron los cimientos de una nueva po- 



3 Sobre la espedicion de don Pedro de Mendoza puede consul- 
tarse la Historia i descubrimiento del rio de la Plata i Paraguai y 
C54crita en alemán por Ulderico Schmidel, que formaba parte de la 
espedicion, i publicada en castellano por Barcia en el primer 
tomo de sus Historiadores primitivos de Indias, i en francés por 
Tcrnaux Corapans en su Colección citada. 



476 1 ligio U LA D» A&LÉIltUA 



4 



blaciüii constniveDclo a! efectf> una itjlfsia í organizan rio el 
cabildo* 

Mientras tanto, el re i redoblaba sus órdenes para adc- 
lauLar la conquista i colunízacion de aquellos países, de 
cuyas riquezas se hablaba tanto, i cu Iü5 cuales se esperaba 
encontrar un camino mas cortf> paro el Perú. Al saber las 
desgracias rjuc liabinn ocurrido en i a colunia, dio el título 
de adelantado a un caballero andaUíE nombrado Alvar Nú- 
üez Cabeza de Vaca, que se había hecho uf^Lable eíi una en* 
pedición a la Florida tanto por su valor como por su« 
ílesgracias i naufrajios. Carlos V le confió trcí» naves i^cua- 
t rocíen tos hombres, con orden de contifitiaf los dcsctibri* 
mientos comenzados por Avalas i de consumar laconquiísta A 
por los medios pacificóos cu cuanto fuese positile* " 

Alvar Núñez salió de Sun Lácar el 2 de noviembre de 
1540, Habiéndose demorado muclto tiempo en la costa del 
sur del Brasil para tomar poWsifín de clin a nonilire del 
reí de España, emprendió su viaje por tierra; i sig^uieiido 
la corriente del rio IguaKÚ, llegó hasta las orillas del i'ara- 
oá, i en seguida a la Asunción (11 Ae mareo de 1542). Bn 
este pevHiííísimo viaie, Alvnir Nimez desplegó las dotc^ <lt 
un militar esperimentado, de tal modo que después de se- 
tenta jornadas, i de haber andado 400 leguas de cami- 
nos ásperos i fragosos, llegó a la colonia sin perder un solo 
hombre. 

Los colonos se hallaban en grandes apuros por las hos- 
tilidades constantes de los salvajes, cuando recibieron al 
nuevo gobernador. Alvar Núñez nombró maestre de campo 
al capitán Irala, i le encargó que prosiguiera los descubri- 
mientos para ponerse en comunicación con el Perú. En se- 
guida, se ocupó en someter a los indios rebeldes; 5 por últi- 
mo salió en persona (setiembre de 1543) a la cabeza de un 
cuerpo de 400 españoles con dirección hacia el norte, en 
busca no sólo de un camino para el Perú sino también 
de las minas que, según se suponía, ofreeian abundantes 
tesoros. Esta espedicion dio por resultado el reconoci- 
miento del alto Paraguai; pero la constante resistencia 



rAKTB SEGUNDA.- OAl'ÍTÜLO XVTI 4"/ 7 



de los naturales, la escasez de víveres, i las fiebres rei- 
nantes en aquellos lugares lo obligaron a volver a la Asun- 
ción. ^ 

La colonia comenzaba a progresar, gracias al celo que 
desplegaba el nuevo gobernador. Alvar Núñez habia pues- 
to coto a los desmanes de los conquistadores, e impedido 
los malos tratamientos que éstos daban a los indíjenas, 
regularizando í\^ efecto la administración de las encomien- 
das. De este modo, habíase granjeado el afecto de los in- 
dios, i obtenido los socorros (|ue ellos podian facilitarle; 
pero los conquistadores, a quienes perjudicaba en sus in- 
tereses, se aprovecharon de una enfermedad del gobern.i- 
dor i de la ausencia de una parte de sus tropas para poner 
en obra una sublevación insti«:ada por el contador Felipe 
Cáceres. El 25 de abril de 1544, los conjurados se dirijie- 
ron a la casa en que estaba establecido Alvar Núñez, dán- 
dole apenas tiempo para tomar sus armas. El valiente 
capitán habria querido resistir a tamaña traición, mas, ro- 
deado por muchos adversarios, rindió por fin su espada a 
don Francisco de Mendoza, hermano del gobernador ante- 
rior, i fué reducido a estrecha prisión. 

Los sublevados se ocuparon en seguida del nombramien- 
to de una persona que lo reemplazara en el mando de la 
colonia. Fué elejido üomingo Martínez Irala, el cual se vio 
obligado, tal vez a pesar, suyo, a aceptar e| gobierno que 
se le ofrecia. Alvar Nííñez fué remitido a España, donde, 
después de un juicio de residencia, de que fué absuelto, se 
estableció en Sevilla. Allí murió habiendo gozado hasta sus 
últimos dias de las consideraciones a que lo hacian acree- 
dor sus virtudes i sus servicios ^. 



• •* La historia de la espedicion i del gobierno de Alvar Núñez está 
referida mui prolijamente por el escribano Pedro Fkrxándi z en 
uija obra titulada Comentarios de Alvar Núñez Cabeza ríe T/íca, 
publicada en vida de éste, traducida al francés por Ternaux Com- 
pans, i reproducida en las colecciones de Barcia i Rivadeneira jun- 
to con otra relación de su espedicion a la Florida, que lleva por 
título: Naufrajios de Alvar Núñez. 



GoRiERNo DE Irala,— Desde los primeros tiempos de su 
administración, I ral a tuvo que sostener una lucha tenax 
contra los indios salvajes; pero en 1548, creyendo defini- 
tiva mente afrentada su autoridad, emprendió una espedí- J 
cion en busca de un camino cjue lo llevara al Perñ. Irala ' 
llegó a los confines de arpiel imperio; pero sabedor de que 
la guerra civil teniíi dividido a los conquistadorea^se liioitó 
a despacliar un emisario cerca del Presidente La Gasea ymrm, 
petlirle la confirmación del cargo que desempeñaba; i te 
mieufln por la seguridad de su gobierna, difi la vuelta al 
Paragitííi* Bn efecto, durante su ausencia hal)¡a eRtiiilado 
una revolución en la colonia: el gobernador ^us^tituto liahia 
sido dcgollíido, i un gobicrncí contra revoluctoriaric*, com* 
puesto de los partidarios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca^ 
lo hnbia reemplazado. Irala tuvo que empeñar la fuerra 
¡>ara hacer resfietar su autoridad fie gobernador» 

E) resto de su gobierno fué mas importante todavía que 
aquella estéril espedicion. Ensanchó las conquistas de los 
españolasen el territorio del Paraguai, fundó nuevas pohia- 
ciones i dicto prudentes ordenanzas para la administración 
de los países í:[ue gobernaba. La corte, queriendo poner tér- 
mino a las disensiones de loa cont[uistacIores del Paragfuai 
o mas bien deseando evitar guerras como las que habían 
asolado al Perú, ccmfirmó a Irala en el gobierno del Para- 
guai,i elevó esta provincia al rango de obispado, nombran- 
do al efecto el primer obispo (1555). Robustecida así su 
autoridad, el gobernador ocupó los últimos dias de su 
gobierno en reglamentar los derechos i obligaciones de 
los encomenderos respecto de los indios i en despertar en 
aquéllos el espíritu de empresas particulares para pro- 
seguir el descubrimiento i conquista del territorio. La 
muerte lo sorprendió en 1557 cuando la colonia comen- 
zaba a prosperar i a desarrollarse bajo su activa i hábil 
administración. 

5. Descubrimiento i conquista del interior. — Al mis- 
mo tiempo que los españoles se empeñaban en descubrir i 
conquistar por el lado del oriente los fértiles paises que rie- 



PARTH SEGUNDA. — CAPÍTULO XVII 479 

gan el Plata i sus afluentes, los conquistadores del Pe- 
rú i de Chile acometian una empresa idéntica por el norte 
i por el occidente. En diversas ocasiones, algunos capita- 
nes distinguidos del Perú, pasando los límites del antiguo 
imperio de los incas, penetraron en las rejiones del sur sin 
dejar muchas huellas de sus escursiones. 

El conquistador de Chile, Pedro de Valdivia, quiso tam- 
bién dilatar lo« límites de las provincias cuyo gobierno se 
le habia confiado. Comisionó con este objeto al capitán 
Francisco de Aguirre, el cual recorrió a la cabeza de un pu- 
ñado de hombres, el dilatado territorio que se estiende 
al oriente de la cordillera de los Andes, i fundó la ciudad de 
Santiago del Estero (1553), que por algún tiempo fué la 
población mas apartada de los rios que habian esplorado 
los primeros descubridores. Mas tarde, siendo gober»iador 
de Chile don García Hurtado de Mendoza, salió otra espe- 
dicion para someter a los indios que poblaban el territorio 
vecino a la cordillera; i entonces fueron fundadas las ciu- 
dades de San Juan i Mendoza, ct^nstituidas en centros de 
una dilatada provincia que por cerca dedos siglos formó 
parte de la capitanía jeneral de Chile. 

6. Progresos de la colonia; disensiones de los con- 
quistadores. — La provincia del Paraguai habia lle«;ado a 
cierto grado de prosperidad e importancia a la época déla 
muerte del gobernador Irala. Los indios estaban en derto 
modo sometidos, prestando sus servicios a los conquistado- 
res. Los ganados europeos, introducidos del Perú i de la 
costa del Brasil, se incrementaban rápidamente i anuncia- 
ban una fuente inagotable de riqueza. La población euro- 
pea aumentaba también i se dilataba en aquellas fértiles re- 
jiones. 

Al morir, Irala habia dejado el gobierno de la colonia a 
uno de sus yernos, el capitán Gonzalo de Mendoza; pero ha- 
biendo fallecido éste el año siguiente (1558), se reunieron 
los vecinos de la Asunción i elijieron gobernador de la pro- 
vincia a otro yerno de Irala, el capitán Francisco Ortiz de 
Vergara. 



480 . HISTOKIA l>tt AMéUK'A 



El nuevo mandatario conservó el «gobierno durante siete 
años consecutivos, sin mas accidente que algunas guerras 
para someter a los belicosos indios guaraníes. Deseando la 
confirmación de su título de gobernador, en ISG-i- empren- 
dió un viaje al Perú con mas de trescientos soldados espa- 
ñoles para dar cuenta de su gobierno i solicitar del virrei su 
nombramiento en propiedad. Sinembargo, Yergara fué trai- 
cionado por Felipe Cáceres, célebre ya por la sublevación 
contra Alvar Xiiñez Cabeza de Vaca. Cáceres se adelan- 
tó a sus compañeros, i se presentó a la audiencia de Lima 
que gobernaba interinamente en el Períí. para acusar al go- 
bernador de haber abandonado la provincia'de su mando. i 
empeñándose en una infructuosa espedicion sólo para con- 
seguir, la propiedad de su destino. La audiencia oyó estas 
f|ue)as; i separando a Vergara del gobierno del Paraguíii, 
confió este cargo a un acaudalado caballero llamado Juan 
Ortiz de Zarate. 

Al recibir éste su nombramiento, habiase comprometido 
a introducir en aquella provincia una cantidad considerable 
de ganados i a transportar de Kspaña doscientas familias 
i un considerable cuerpo de soldados a fin de consuniíir la 
coníjuist.'i i fiiiidar dos niu'vas j)oblaci()ncs. Para ciiniplir 
esto cor.ij)r()inis<), Ortiz ílc Znrntc (lió el caru^o de teiiic-iiLC 
^ohern.'i'l')!- a Cnreres con carden de reuniren el sunjel IV:':*i 
el í^.'iiiado (|iu.' (lel)ia transportar al I^arairnai, i el Jiiismo 
^ohernailoT se enibareó j)ara Panamá eon el objeto de <iii'i- 
jirse a l'ispaña, de alc^anzar allí la j)i"oteeeion de la corte i de 
volver al Parai;uai eon los soldados i loseolonos (jue lianii 
])ronietid< ) ll'.-v.ar. 

Ivn 1 r)í')*J, Cáeeres se hallaba de vuelta en el ParaLTna?. 
Hombre de jenio niijuieto i turbulento, dcbJa su clevaeion 
a (]n< e )n<jnraei<)iies, la una eontra Alvar Xúñez i la oira 
eonti'a Xei'i^ara. \ín el íj"o1 nenio mostró (pie no ])oseia li< 
(l()tr> ¡ire( >iii.i< ji.ira manícnvr la tran(juilidad de la *.*<»!.>- 
nía. !■ Mip; eridi'') ali:nnas espedeíones de esploraeion ; jiei») 
pas<') ecrea «U* I rrs años en\'url t o en discordias i desohedieii- 
elas (j'ie no ^up'» reprnuir. Al tin, fué depuesto por los eoh'- 



PARTE 8MGUNDA. — CAPÍTULO XVII 4©1 

nos, sometido a una dura prisión i remitido a España. Lo 
reemplazó interinamente en el Gobierno Martin Suárez de 
Toledo. Durante la administración de éste, un caballero 
vizcaíno, Juan de Garai, que después alcanzó una alta nom- 
bradla en el gobierno de las colonias del rio de la Plata, hi- 
zo algunas esploraciones en el Paraná, i fundó a sus orillas 
la ciudad de Santa Fé (1573). 

7! Gobiernos de Ortiz de Zarate i de Garai.— Ortiz de 
Zarate, entre tanto, habia obtenido en España laconfirma- 
cion de su título de gobernador, i con una escuadrilla de 
cinco naves zarpó de San Lucar a fines de 1572, Después de 
un penoso viaje i de fatigosas aventuras, penetró en el rio 
de la Plata, remontó el Uruguai i llegó al fin a la Asunción 
en 1574. Su gobierno no fué largo ni glorioso. No supo 
conquistarse las simpatías de sus gobernados, ni cimentar 
la administración de la colonia; de modo que después de con- 
sumir su fortuna en los aprestos déjente, armas i municio- 
nes para establecer su gobierno i darle mayor ensanche, el 
odio de sus subalternos embarazaba su acción. Un año des- 
pués de recibirse del mando, falleció (1575) sin haber hecho 
nada de notable para ilustrar su nombre. 

La espedicion de Ortiz de Zarate habia sido emprendida 
a sus espensas, mediante .un contrato con la corte. El reilo 
habia autorizado para nombrar sucesor; i en esta virtud, 
el finado Gobernador habia dispuesto que lo reemplazara el 
capitán que se casase con una hija que dejaba en el Perú, a 
fin de que el gobierno no saliese de su familia. Juan de Ga- 
rai, a quien Ortiz de Zarate habia encargado de la ejecución 
de su testamento, celebró ese enlace, i asumió el mando de 
la colonia en 1576. Con una actividad estraordinaria se 
ocupó en fundar diversos pueblos, en sojuzgar las tribus 
salvajes, i en someterlas al réjimen de repartimiento^ bajo 
condiciones de moderación i de equidad. Los paises con- 
quistados por los castellanos, se dilataron rápidamente, i' 
el gobierno de Juan de Garai formó desde luego una estensa 
provincia poco rica en producciones minerales, que era lo 

TOMO I 81 



482 HISTORIA DB AMÉRICA 



que principalmente buscaban los castellanos, pero fértili 
bien preparada para alcanzar en breve un gran desarrollo. 

8. Fundación de Buenos Aires.— Pero Garai tenia un 
pensamiento mas vasto respecto de la colonia que estaba 
bajo su mando. Los castellanos habian esplorado los rios 
Paraná i Uruguai así como casi todos sus afluentes, i sa- 
bian que todos ellos iban a desembocar en el caudaloso ca- 
nal que llamaban rio de la Plata. Garai comprendió que a 
las orillas de éste debia fundarse una población que fuese la 
llave de aquellas provincias, a la vez que el centro de co- 
mercio interior. En 1435, don Pedro de Mendoza, recien lle- 
gado a aquellos paises, habia fundado la ciudad de Santa 
María de Buenos Aires, que fué despoblada bajo el gobierno 
de su sucesor. Garai pensó que allí mismo debia echar los 
cimientos de la metrópoli de los dominios confiados a su 
gobierno. 

En 1580 salió de la Asunción a la cabeza de 60 soldados 
i algunos oficiales; i bajíindo los rios Paraguai i Paraná, 
llegó al sitio designado. El 11 de junio de ese año fijó los lí- 
mites de la nueva población, repartió solares a sus compa- 
ñeros, señaló localizara la iglesia i nombró el ca])i](lo,como 
solían hacerlo los coiuinistadores cíistellanos. Los indios 
qucrnndics, (|ue |)oi)lal>an los campos de las inmediaciones, 
atacaron resueltamente a los nuevos jjohladt^res; jzero, Ija. 
rai, mas hábil i ])ru(lente (jue los militares (jue h) habian 
precedido, derrotó a los salvajes i los mantuvo £i raya. IV 
este modo, la naciente ciudad, favorecida por su excelente 
situación, comenzó a desarrollarse desde los ])rimcr<)S (lias 
de su existencia, i vino a ser mui importante por su prosjze- 
ridad comercial. 

Juan (le (larai gohern(') todavía la colonia cuíitro años 
mas. Habiendo cmfn'endido un viaje por el rio Paraná i de. 
semharcado en la costa del norte, fué sorprendido por los 
indios niiniianes, i asesinado con una gran parte de las per- 
sonas (jue lo aconi])añal)an ( lóSl). 

Con el gobierno de Juan de (jarai i la fundación de Bue- 
nos Aires se puede dar por terminada la historia de la con- 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO XVII 483 

quista de las provincias arjentinas. Habíase organizado en 
ellas una capitanía jeneral, que fué dotada mas tarde de 
una real audiencia. Las provincias que las formaban no 
quedaron, sin embargo, reunidas mucho tiempo: en 1G20, 
el rei las dividió en dos formando el gobierno de Buenos Ai- 
res i el del Paraguai. El año siguiente (1621), Buenos Aires 
tuvo un obispo especial ^. 

5 La historia arjentina, objeto de muchos trabajos especiales, 
ha sido ilustrada con la publicación de seis volúmenes de documen- 
tos i relaciones, recopilados por don Pedro de Angelis. —Don Ma- 
nuel Ricardo Trbllks, erudito arjentino encargado de la dirección 
del archivo jeneral de Buenos-Aires i de la oficina de estadística, ha 
publicado en el Rejistro estadístico de Buenos A ires^ documentos de 
sumo ínteres para la primitiva historia arjentina, i algunas memo- 
rias debidas a su laboriosidad ^con que ha llenado muchos vacíos. 
De ambas obras se puede sacar casi la base completa para una his- 
toria definitiva. Ademas de estas obras, i de la relación histórica 
que acompaña al viaje de Azara, he tenido constantemente a la vis- 
ta la Historia Arjentina por don Luis L. Domínguez, compendio 
histórico publicado en Buenos-Aires, i que cuenta ya dos edi- 
ciones. 



CAPÍTULO XVIII. 
Conqnliita de Chile 

(1540-1561) 

1. Bspedicion de Pedro de Valdivia.— 2. Valdivia es nombrado 
gobernador de Chile; primeras guerras con los naturales.— 3. 
Trabajos de colonización; esploracion del territorio del sur.— 4. 
Viaje de Valdivia al Perú.— 5. Progresos de Valdivia en la ocu- 
pación de Chile.— 6. Sublevación de los araucanos; muerte de 
Valdivia.— 7. Gobierno interino de Francisco de Villagra; disen- 
siones entre los conquistadores sobre el mando del ejército i de la 
colonia.— 8. Ultima campaña de Lautaro; su muerte.— 9. Don 
García Hurtado de Mendoza; su campaña contra los araucanos. — 
10. Espedicion de don García al sur de Chile; muerte de Caupo- 
lican. — 11. Últimos triunfos de don García Hurtado de Mendoza; 
ñn de su gobierno. 

1.— Espedicion de Pedro de Valdivia.— Desde la vuel- 
ta de Diego de Almago de su campaña a Chile en 1536, el 
pensamiento de conquistar este país habia perdido todo su 
prestijio. Se creia jeneralmente en el Perú que el territorio 
chileno era pobre en minas, i los castellanos sólo daban im- 
portancia a las rejiones que producían oro. Por otra parte, 
estaba fresco todavía el recuerdo de los padecimientos de 
Almagro i de sus compañeros. 

Sin embargo, casi a un mismo tiempo hubo tres preten- 
dientes a la dominación de este país, tanta era la afición de 
los castellanos del siglo XVI por este jénero de empresas. 



El reí había adinrlicado a un caballero namado Francisoí 
Ca margo el derecho de conquistar las rejionesqtte se entien- 
den al norte del estrecho de Magallanes i la gobernación 
concedida interinamente a Simón de Alcazaba a orillas del 
mar Pacífico. A otro caballero llamado Pedro Sancho de 
Ho35 que habia s'iádt secretario de Pizarrojo autorizaba pa- 
ra descubrir al sur del estrecho i los territorios que no estu- 
viesen comprendidos en las otras gobernaciones. Francisco 
Pizarro, por su parte, creyéndose autorizado por el rei» con- 
fió la conquista de Chile a Pedro de Valdivia, capitán de 
gran intelijencia que le habia prestado muí interesantes ser- 
vicios en la guerra civil contra Alma¿fro. ■ 

En vez de Camargo tomó aquella empresa otro caballero 
llamado Francisco de la Rivera, que salió de España diiec- 
tamcnte con tres naves i penetró en el estrecho de Magalla- 
nes. Una de ellas se perdió alh': otra dio la vuelta a Espa- 
ña, i la tercera f|ue montaba un pariente de Camarico, re- 
caló a la costa del Perú después de infinitas aventures 
(1540K Los proyectos de este descubridor quedaron frus- 
trados desde entonces, 

Pedro Rancho de }íoz habia Uegado a! Pent en busca de 
aventureros que quisieran acompañarlo en esta empresa, a 
tiempo que Pedro de Valdivia se preparaba para la con- 
quista de Chile en virtud de la autorización concedida por 
Pizarro. Parecia que de esta coincidencia iban a nacer di- 
ficultades i complicaciones, cuando intervino Pizarro invi- 
tando a los dos competidores a celebrar un arreglo para 
llevar a cabo la empresa. El 28 de diciembre de 1539 cele- 
braron un convenio por el cual se comprometían ambos a 
hacer la conquista en compañía, debiendo al efecto contri 
buir con una parte de los elementos de guerra necesarios 
para la empresa. 

Esta compañía no debia durar mucho tiempo. Pedro 
Sancho de Hoz, aventurero vulgar, sin talento ni prestijio, 
sólo pudo reunir algunos caballos, mientras que Valdivia 
cumpHó fielmente su compromiso, organizando una colum- 
na de ciento cincuenta españoles bien armados, i de muchos 



PARTE SEGUNDA. — CAPItULO XVIIl 487 

indios ansiliares. Su reputación militar, adquirida en Ita- 
lia i en Flándes combatiendo contra los franceses, i en Ve- 
nezuela i el Perú peleando contra los indios, se habia au- 
mentado particularmente en la campaña de Hernando Pi- 
zarro contra Almagro el viejo, en que le tocó desempeñar 
un papel mui importante, i granjeaba a Valdivia amigos 
i parciales casi en todas partes. Levantó empréstitos, com- 
pró armas, enganchó soldados, i en los primeros Vneses de 
1540 se puso en marcha para Chile. 

Estaba convenido que los dos jefes se reunirían en el mes 
de agosto a la entrada del desierto de Atacama. Allí llegó 
Valdivia rodeado de su jente, i encontró a Hoz con algunos 
caballos. No era posible que ambos conservaran la direc- 
ción de la campaña, siendo tan diferente la parte que tenia 
cada uno en los gastos de la empresa. En efecto, el conve- 
nio anterior fué anulado por un nuevo contrato que cele- 
braron el 12 de dicho mes. Valdivia se comprometió a pa- 
gar a su socio el valor de los caballos i enseres que habia 
reunido; i Hoz se avino a renunciar el cargo de jefe i a ser- 
vir a las órdenes de Valdivia a condición de que éste le diera 
un repartimiento proporcionado a su rango. 

Aleccionado por la esperiencia que recojieron los compa- 
ñeros de Almagro, Valdivia habia elejido el camino del de- 
sierto, largo i penoso, es verdad, pero mas seguro que el de 
las cordilleras. Después de un viaje de cinco meses al tra- 
vés de los arenales del desierto t de un pais jeneralmente 
pobre, los castellanos llegaron a un valle espacioso i mui 
poblado que los naturales llamaban Mapocho. Valdivia 
que no habia querido fundar antes una población temiendo 
que sus soldados intentaran volver al Perú, elijió aquel si- 
tio para echar los cimientos de una ciudad (12 de febrero 
de 1541). Llamóla Santiago, en honor del apóstol patrón 
de las Españas i a la provincia de que tomaba posesión 
por este medio, dio el nombre de Nueva Estremadura, en 
lionor de la provincia de España en que Valdivia habia 
nacido. 

2. Valdivia es nombrado gobernador de Chile; pri- 



488 HISTORIA DE AMÉRICA 



MERAS GUERRAS CON LOS NATURALES.— El título COn C|Ue 

Valdivia habia emprendido esta conquista era sólo el de 
teniente de Francisco Pizarro. Pero una vez fundada la 
capital de la colonia, sus compañeros pensaron en que con- 
venia revestir al jefe de mas amplios poderes. Pero el arro- 
gante capitán aspiraba a tener un gobierno propio. Al fun- 
dar la ciudad de Santiago, creó un cabildo con las faculta- 
des que las antiguas leyes españolas daban a estas corpo- 
raciones. Pasando adelante en sus aspiraciones, hizo circu- 
lar, como trasmitida por los indios, la noticia de que Piza 
rro habia sido asesinado en Lima. Esta noticia era falsa» 
pero tenia todos los visos de verosimilitud, como se com- 
probó por el asesinato del conquistador del Perú ocurrido 
poco mas tarde; por lo tanto fué creida fácilmente por los 
compañeros de Valdivia. Queriendo éstos proveer a su pro- 
pia seguridad, resolvieron investir de mas amplias faculta- 
des al caudillo que los mandaba. El cabildo de Ja naciente 
ciudad reunió al vecindario; i a pesar de su resistencia sin- 
cera o aparente, Valdivia fué aclamado gobernador el 11 
de junio de IS^l. * 



1 Los documentos (le que eonsta el n o mi) ra miento de goberna- 
dor hecho en Pedro de Valdivia, existentes en el cabildo de San- 
tiago i publicados en diversas ocasiones, es()resan que fué nombra- 
do gobernador p:)r haber llegado a Chile la noticia del asesinato 
de I-'ranclsco Pizarro, trasmiti<la por los indios. Sin endíargo, la 
muerte del conquistador del Perú tuvo higar el 2G de junio de 
1041, i el esjK'diente j)ara el nombramiento de gobernador de Chi- 
le se inició en 30 de mayo de ese año, i ya en ese dia se habla de la 
muerte de Pizarro. Este anacronismo, en (pie no se han fijado los 
historiadores de Chile, tiene a mi juicio una esplicaeion muí senci- 
lla. Habicrulose destruido el archivo del cabildo de Santiago, el 
mismo año de la fundación de esta ciudad, en 134'4' se recibieron 
los (h)cunicntos refeientes a los }>rimeros acuerdos de la corpora- 
ción, i se estampó en el nombramiento de Valdivia el lieeho falso 
de ípie entonces se su[)iera ya el asesinato de Pizarro. Tal vez con 
esto se fpieria justificar ante el lei la conducta de los conquistado- 
res. ( Juizá al escribir de nuevo los documentos en 104-4', se equivo- 
canMi las fechas i se puso ir)4'l en lugar de 1342, época en que ha 
debliU) saberse en Santiago la muerte de Pizarro. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVlíl 489 



Conociendo cuanto le importaba aumentar el número 
de los soldados españoles para asegurar su conquista, Val- 
divia se trasladó a un punto de la costa inmediato a la 
embocadura del rio Aconcagua para hacer construir una 
nave por medio de la cual pudiera comunicarse con el Perú 
con menos dificultades que las que presentaba el camino de 
tierra. Allí recibió la noticia de que en Santiago se trama- 
ba una conspiración contra su vida. El puñado de aventu- 
reros que acompañaba a Valdivia llevaba consigo los mis- 
mos jérmenes de desunión i de discordia que se hacian no- 
tar en todas las espcdiciones de los castellanos en el nuevo 
mundo. Martin de Solier, militar a quien Valdivia habia 
honrado coa el nombramiento de rejidor del cabildo de 
Santiago, era el jefe de la conspiración, i habia estimulado 
a otros españoles a entrar en sus planes. Su propósito era 
deshacerse de Valdivia i abandonar a Chile, donde no ha- 
bian hallado las riquezas minerales que formaban el princi- 
pal aliciente de los conquistadores. 

El gobernador se presentó en Santiago cuando menos se 
esp)eraba. Su presencia desconcertó a los conspiradores, i 
bastó para descubrir todos los pormenores del complot. 
Valdivia mandó ahorcar a Solier i a cuatro de sus compa- 
ñeros para escarmiento de los que en adelante trataran 
de conspirar. **Quedó Valdivia con este castigo que hizo, 
dice un escrito? coetáneo, tan temido i reputado por hom- 
bre de guerra, que todos en jeneral i en particular tenian 
cuenta en dalle contento i serville de todo lo que quería i 
así por esta orden tuvieron de allí adelante.*' *^ 

Apenas vencido este primer peligro, el gobernador se 
halló envuelto en mayores dificultades. Los indíjenas, tan 
obedientes i sumisos hasta entonces, se sublevaron de co- 
mún acuerdo en diversos puntos del territorio. En Acon- 
cagua habían destruido el bergantín que construia Valdi- 
via i muerto a los trabajadores. En el sur aparecía un for- 
midable cuerpo de indios que estaba acampado a las már- 



- GÓNG09A Marmolkjo, Historia de Chile cap. III. 




SK áwtafoa 



jeors del CaelmpoaL Vulilíria no quiso qaedar^e n H 
dctensiva, Rcimió una partida de 90 jiiieti:^, i a so cnl-— 
le ptisn en mAfcha parm d «an dejando el fnando de la ' 
dad al capitaii Alonso de Monrot con el resto de sti^ r 
pas. Los tndfjenas se apro Tediaron de esta d tristón H 
ftierzas españolas. Michiinalanco, cacique de Aconca^.. 
cajó miétitras taitto iobfe Santiago con una espesa 
lomna de giierreros eí domingo 11 de setiembre de 1541. 
ataque* emprendido de sorpresa, antes del amn^tiecer, 
terrible i obstícadOt i ditr6 el día en tero. Lop españoles í 
delendieroQ heroicameitte, distintiéndose entre eUos^ 
mttjer llamada Inés Suárez que había Tenido del Perfi 
¥aldi%na. Las coitstmccioncs de los conquistad ores, ^7t 
no pasaban de ser modestas chozas cubiertas de poja, i- 
ron en sa mayor parte incendiada $ por los indios; pi:Ti>ái 
caer la tarde, éstos fueron arrollados por la ciiballería; f f* 
vuelta de Valdtv^ta el dia siguíes be« r^^bfeoó la traup^ 
Udad. ' ^ '?^B 

Desde entonces los indios no se attwieron a enipri-ndcf 
un nuevo ataque contra la ciudad; pero los castellanos u 
vieron que luchar con un enemigo no menos terrible. B 
incendio había producido la destrucción de la mayor paite 
de sus vi reres; i se cnciíntraban sufriendo los terribles cfee^ 
tos del hambre, i sin esperanzas de ser socorridos. Valdivia 
i sus compañeros, sin embargo, fueron superiores a esto* 
sufrimientos, Í en vez de pensar en abandonar el territorio 
que habían ocupado, trataron ante todo de sembrar los 
pocos granos que habian salvado del incendio & ño de pro- 
curarse un alimento seguro para mas tarde. Fueron increí- 
bles los sufrimientos que con ánimo incontrastable sopor- 
taron entonces los castellanos. 

En esta situación se pasó el primer año de la conquista. 
Los colonos de Santiago no divisaban término a su aisla* 
miento ni recibian socorro alguno de sus compatriotas 
del Perú, Si recibieron la noticia del asesinato de Fraü- 
cisco Pizarro, fué sin duda trasmitida por los indios; pero 
al fin Valdivia se cansó de tan infructuosa espectativa i se 



PARTE SEGUNDA, — CAPÍTULO XVIII 491 

determinó a despachar algunos emisarios al Perú no sólo 
para inquirir noticias de lo que habia ocurrido, sino para 
pedir socorros. Alonso de Monroi, Pedro de Miranda i 
cuatro soldados mas recibieron este encargo. Para dar 
una idea halagüeña de la riqueza de Chile, Valdivia juntó 
el poco oro que habian reunido sus compañeros i los con- 
virtió en estriberas, guarniciones de espadas i otros uten- 
silios que distribuyó a sus emisarios. Al fin, salieron éstos 
para el Perú por el mismo camino que habia traido Valdi- 
via (enero de 1542). 

3. Trabados de colonización; esploracion del terri- 
torio DEL SUR. — Después de la partida de Monroi, los 
colonos de Santiago permanecieron todavía año i medio en 
constante lucha con los indíjenas para defender sus siem- 
bras, i reducidos a las mayores estremidades de la miseria. 
Faltábanle vestidos i víveres, i se veian obligados a dispu- 
tar cada dia al enemigo las legumbres silvestres que les 
servían de alimento. Su desgracia no se limitaba a esto 
sólo: la tardanza de Monroi i de los socorros que aguarda- 
ban habia agotado ia pacienciai la esperanza de los colonos. 

Al fin, en setiembre de 1543, fondeó en Valparaiso un 
buque enviado por Monroi con socorros i noticias; i pocos 
meses después llegó por el camino de tierra el mismo ca- 
pitán con un ausilio de 70 jinetes. Después de innumera- 
bles contrariedades, Monroi habia encontrado en el Perú 
al licenciado Vaca de Castro que gobernaba hábilmente la 
colonia. Manifestó éste algún interés por la empresa de 
Valdivia, pero no pudo prestarle la protección que re- 
clamaba. Monroi i Miranda, sin embargo, levantaron la 
bandera de enganche para socorrer al gobernador de Chile, 
i lograron reunir algunos voluntarios i aun cargar la nave 
que habia llegado a Valparaiso. 

Estos ausilios permitieron a Valdivia dar nuevo impulso 
a la conquista i a la colonización. No sólo reedificó a San- 
tiago, sino que mandó al capitán Juan Bohon a fundar una 
ciudad en el valle de Coquimbo, que recibió el nombre 
de Serena, (principios de 1544), en recuerdo de un estenso 



%*aHe de la provincia fie Bstremadura ca España en que c^tá 
stttiada la ciudad nata! <k Va Id i ría. Despachó, también, 
das es pediciones al sur m andad as por lo» capitanías Fran* 
€m!o de Yillagra í Fraaeísco de AgtJirre, que somrtíefDn 
todo el país liasia el otro lado del Matile. 

Pero los pro3'ectos de Valdivia no se Itmitahan a esto 
sélo. A mediados de 1644- arríb6 a las costas de Cbíle u» 
htique denominado San Pedro, que el goÍ>ernador Vaca éc 
Castro remitía en socorro de este pats. Mandaba este tith 
qyejuan Bautista Pastene^ marino jénovés tan estimEibk* 
l>or su habilidad como por su honradez. Valdivia concibió 
el proyecto de híicer reconocer la costa del mar del sur haí* 
ta el estrecho de Magallanes, por donde pensaba eslabi^^ 
cer una comunicación directíi con la misma Españn. Pus* 
tene debía mandar la escuadrilla; i ano de los capitaíKS 
mas dídtingaidos de Valdivia, Jerónimo de Alderete, rcci* 
bíó el encargo de tomar posesión del territorio que recoao-j 
ciera i de ios habitantes que lo pofilabati. Esta espedidonj 
queda una idea de las miras elevadas de Pedro de Va Mi-I 
via^ no produjo, sio embargo, todas las ventajas que ^ 
esperaba de ella. Después de esplorar hasta el grado 4l 
de latitud sur dieron su vuelta a Valparaíso haciendo írt- 
cuentes desembarcos en la costa para declararse poseedores 
del territorio, como solían hacerlo los españoles, 

4, ViAjE »H Valdivia al Perú, — Pero para llevar ade- 
lante sus proyectos de conquista i de colonización. VaMiria 
necesitaba poseer mas recursos que arjuelios con que podia 
contar hasta entonces. Resolvióse al fin a despachar nue- 
vos emisarios al Perú para obtener del presidente Vaca de 
Castro la protección de que tanto necesitaba en esos mo- 
mentos. Comisionó con ese objeto a los capitanes Monroii 
Pastene i a un caballero llamado Antonio de Ulloa, en 
quien Valdivia tenia plena confianza, con encargo de llegar 
hasta España a informar al rei de la ocupación de Chile, i 
de pedirle gracias i mercedes para sus conquistadores. Los 
comisionados partieron de Valparaiso en setiembre de 
1545. 



PAUTE SEGUNDA. — CAPItULO XYTII 403 

Las espectativas de Valdivia quedaron burladas en esta 
ocasión. Monroi falleció en el Perú al descímbarcar; iUlloa, 
en vez de desempeñar la comisión que el gobernador le ha- 
bía confiado, invirtió su dinero en organizar una espedi- 
cion para volver a Chile a arrebatarle el gobierno de la co- 
lonia. Sólo Pastene pudo cumplir una parte de los encar- 
gos de Valdivia. Equipó una nave con grandes dificultades, 
i a mediados de 1547 llegó a Santiago tra3'endo a sus po- 
bladores las mas alarmantes noticias. Valdivia supo que 
Vaca de Castro habia sida reemplazado por el virrei Blasco 
Núñez de Vela, que Gonzalo Pizarro se habia sublevado 
contra la autoridad del virrei i lo habia batido i muerto en 
batalla campal. Valdivia, además, recibió una carta de 
Gonzalo Pizarro en que éste le referia las últimas ocurren- 
cias del Perú, i le pedia su cooperación en la empresa que 
capitaneaba. 

El gobernador de Chile estaba ligado por la gratitud a 
la familia de los Pizarros. A ellos debia su posición i 
la dirección de la conquista de Chile. Sin embargo, no 
quiso comprometerse en la rebelión. Lejos de eso, habiendo 
sabido que acababa de llegar al Perú un comisionado re- 
jio con el encargo de poner término a las disensiones ci- 
viles, Valdivia no pensó mas que en trasladarse a aquel 
virreinato para ponerse a las órdenes del comisionado del 
rei. Dejó el gobierno de la colonia a Francisco de Villagra, 
i el 10 de diciembre de 1547, se embarcó de improviso para 
el Perú llevándose violenta i casi podría decirse furtiva- 
mente, todo el oro que habian reunido algunos vecinos para 
trasladarse a aquel pais, i dejándolos burlados en sus es- 
pectativas. Este acto de vituperable violencia no puede 
justificarse ni aun con el objeto a que Valdivia destinaba 
esos tesoros, que era cooperar al triunfo de la autoridad 
real en el Perú i reunir elementos con que proseguir la con- 
quista i colonización de Chile. Valdivia permaneció en el 
Perú hasta principios de 1549. En este tiempo prestó im- 
portantísimos servicios en el ejército de La Gasea; porque 
si bien éste tenia soldados i capitanes mui esperimentados, 



494 HISTOUIA DB AMÉRICA 



**ninguno, dice un historiador coetáneo, habia en la tierra 
que fuese tan práctico i diestro en las cosas de la guerra 
como Valdivia, ni que así se pudiese igualar con la destreza 
i ardides del capitán Francisco Carbajal, por cuy o gobierno 
e industria se habían vencido tantas batallas por Gonzalo 
Pizarro.*' ^ 

5. Progresos de Valdivia en la ocupación de Chile. 
—Durante la ausencra de Valdivia, Villagra habia tenido que 
reprimir rebeliones de los españoles i de los indios. Pedro 
Sancho de Hoz, el antiguo compañero de Valdivia, habia 
tramado una conspiración para asesinar a Villagra i para 
apoderarse del gobierno; pero descubiertos sus proyectos, él 
i otro español llamado Juan Romero fueron castigados con 
la pena capital, para escarmiento de los que en adelante 
trataran de sublevarse (8 de diciembre de 1547). El gober- 
nador interino consiguió así hacer respetar su autoridad; 
pero no se vio libre de atenciones. Los indios del norte ha- 
bían arrasado la Serena, i fué necesario que Villagra salie- 
ra a campaña para castigarlos. Valdivia entre tanto so- 
portaba en el Perú grandes contrariedades. A pesar de los 
señalados servicios que habia prestado allí al restableci- 
miento de la autoridad real, se vio envuelto en un proceso 
que le promovieron algunos de sus enemigos que habían 
ido de Chile. La Gasea, sin absolverlo de toda culpa, lo 
confirmó en el cargo de gobernador, i le permitió engan- 
char jente para continuar la conquista. 

De regreso del Perú, reasumió el gobierno de Chile el 20 
de junio de 154-9. 

Llegaba muí oportunamente para dar nuevo impulso a 
la conquista i a la colonización de Chile. Mandó que el ca- 
pitán Francisco de Aguirre repoblara la ciudad de la Sere- 
na (agosto de 1549), i despachó en seguida al capitán Vi- 
llagra a dilatar los límites de su gobierno al otro lado de 
los Andes. En Santiago mismo dictó gran número de orde- 
nanzas para el arreglo interior de la colonia; i cuando cre- 



3 ZÁKATH, Historia del Perúy lib. 7, cap. 5. 



PARTE SEGUNDA. — CAPÍTULO XVIII 495 

yó que la administración pública descansaba sobre sólidas 
bases, se puso a la cabeza de 200 soldados españoles, i en 
1549 rompió la marcha a las provincias del sur que hasta 
entonces habia esplorado mui lijeramente. 

Aquella parte del territorio era la mas poblada í la que 
ofrecía mayores apariencias de fertilidad i de riqueza. Sus 
habitantes, en cambio, eran mas aguerridos que los indios 
del norte i sostenían su independencia con mayor valentía 
i resolución. Valdivia tuvo que empeñar con ellos repetidos 
combates en que la disciplina i las armas de los europeos 
obtuvieron siempre la ventaja. Llegó al fin a las orillas 
del caudaloso Biobío, i después de esplorar los campos de 
las inmediaciones, fundó a orillas del mar, en la espaciosa 
bahía de Talcahuano, la ciudad de Concepción, hoí Penco, 
(5 de marzo de 1550). 

A los nueve días de comenzada la construcción de esta 
ciudad, los castellanos fueron asaltados con mayor ímpetu 
por los indios del otro lado del Biobío, tan famosos en la 
historia con el nombre de araucanos. ^ Los soldados de 
Valdivia no sólo rechazaron el ataque con vigor i resolu- 
ción sino que hicieron una gran carnicería en los enemigos 
i les tomaron un numero considerable de prisioneros. El 
gobernador mandó cortar a éstos las narices i las orejas 
para infundir terror entre los salvajes. Después de este úl- 
timo escarmiento, los indios se manifestaron obedientes i 
sumisos, a tal punto que Valdivia pudo recorrer el territo- 



* La denominación de araucnnos con que esos indios se han 
hecho tan famosos en la historia i en la poesía, no es de oríjen chi- 
leno ni tampoco español. Los indios peruanos llamaban aucas a 
los enemigos o rebeldes que no se sometían al dominio de los incas 
i puranaucas a los enemigos vecinos a la frontera. Los conquista- 
dores, que traían muchos indios peruanos para su servicio, adop- 
taron esas denominaciones, llamaron purun aucas o promaucaea 
a los indios de guerra vecinos a los territorios conquistados, i 
aucas a los que estaban mas lejos. De esta última palabra se oriji- 
nó la denominación de araucanos, popularizada en el célebre poe- 
ma de Ercilla i consagrada por el uso. 



IK HlBTOniA nW ATiÉRl€A 



rio al otro lado del Biobío sin encontrar resistencia formíil. 
Fundó entonces las ciudades de la ImperinI, Valdhua» Vi* 
llanca i Angol, así cora o diversas fortalezíis. 

A'aldivía pa recia haber 1 legad o a la cumbre de su poder. 
Sus tropas se lialiian posesionado de una inmensit es ten- 
sión de territorio; sus capitanes habían cruzado los Andes 
i dilatado los límites de »u gobierno; diversas ciudades co- 
menzaban a prosperaren Chíle, i la persona dci gobema- 
dor era querida o a lo menos respetada exi todij éL Enton- 
ces pensó Valdivia eii mandar a España un emisíirio que 
informara al reí de sus trabajas^ le pidiera la confirmiicion 
de su títiilu de gobernador, i que ensanchara sus atrdiu- 
ciones en premio de sus servicios. El emisario designado 
fué el capitán Jerónimo de Aldcrete* Llevaba el encarg*» de 
presentar al rei una relación manuscritn de los trabajos de 
Valdivia, porque el goteroador ríe Chile no sólo era tin ea* 
pitan ilustre ¡ un hábil coloniJiador sino que también ma- 
nejaba la phima como Hernán Cortés, i trazaba en carias 
admirables, el cuadro animado de sus campanas i cotiC|UÍs* 
tas. 9us cartas de relación a Carlos V son documentos no* 
tablea, no sólo por su ínteres histórico sino también por el 
vigor i fluidez de la narración. 

6. Sublevación de los araucanos; muerte de Valdi- 
via.- La estrella de Valdivia iba a eclipsarse en breve. La 
confianza que sus triunfos le habian infundido debian pre- 
cipitarlo a su ruina i poner término a su gloriosa carrera 
militar. 

Los salvajes pobladores del otro lado del Biobío, cono- 
cidos en la historia con el nombre de araucanos , como ya 
hemos dicho, no habian podido resignarse al yugo de los 
europeos, í se preparaban para volver de nuevo a tomar 
las armas. Esos salvajes no formaban una nación unida i 
compacta, sometida a un réjimen uniforme de gobierno, 
sino que eran miembros de diversas tribus mas o menos 
belicosas cjue solian aliarse en circunstancias supremas. Se- 
gún la tradición consignada por el insigne poeta español 
don Alonso de Ercilla, en el poema en que ha cantado las 



4 



PARTE SEGUNDA. CAPItULO XVIH 497 

:guerras de la conquista de Chile, un cacique llamado Co- 
locólo, anciano guerrero muí respetado por su prudencia, 
propuso a los jefes de diversas parcialidades el proyecto 
de coligarse contra los invasores estranjeros i de nombrar 
un jefe común o toqui, como ellos decian en su lengua. La 
elección cayó en un guerrero indio llamado Caupolican, cé- 
lebre entonces por su valentía i su sagacidad, i mas célebre 
todavía por haber sido inmortalizado en aquel famoso 
poema. 

Caupolican abrió la campaña cayendo de improviso so- 
lare la fortaleza de Tucapel; i a pesar de la heroica resisten- 
cia de sus defensores, los obligó a evacuar la plaza i arrasó 
las fortificaciones que habian levantado. 

Valdivia se hallaba en Concepción a fines de diciembre 
de 1553 cuando tuvo noticias de esta rebelión. Sin dar 
TQucha importancia al alzamiento de los indios, creyó que 
le bastaba una corta campaña para sofocarlo, i salió de 
la ciudad acompañado sólo de 50 jinetes. Los campos que 
atravesó en su camino estaban desiertos; i al llegar a Tu- 
capel sólo halló los escombros del fuerte, humeantes to- 
davía. 

¿Qué se habian hecho los indios rebeldes? En esos mo- 
mentos obedecian a un plan de defensa hábilmente combi- 
nado por Caupolican, a instancias de un joven araucano 
que habia servido en el campo de los españoles. Era éste 
Lautaro, el mas ilustre de los héroes de la epopeya de Er- 
cilla. Lautaro, indio de dieciseis a dieciocho años, habia 
servido a Valdivia de caballerizo i recibido el bautismo 
con el nombre de Felipe; pero el amor a la patria lo indujo 
a abandonar el servicio de sus amos i a ofrecer su brazo a 
sus compatriotas. Presentóse, en efecto, en una asamblea 
de los araucanos, i propuso ahí su plan de campaña. Consis- 
tía éste en reconcentrar el ejército indio i en presentar al 
enemigo diversos cuerpos de tropas, unos en pos de otros, 
de manera que aunque los primeros fuesen destrozados, al 
fin los españoles se verían rendidos de cansancio cuando 
todavía quedaban nuevas divisiones sin entrar al combate, 

TOMO I 32 



Un plan semejaiite estuvo a punto de armitiar si Cortés en 
la batalla de O tumba. Lautaro, cuyas hazañas lian exal- 
tado la poesía i la tradición, iba a simbolizar la r^sístemna 
heroica de una raza al yugo estranjero. 

En efecto, el 1** de enero de 1554, i en el campo mismo 
que había dominado la destruida fortaleza de Tuca peí, los 
soldados de Valdivia se vieron vigorosamente acfjmetidos 
por esjieííos pelotones de indios. Los españoles hicieron pro 
dijios de valor, i arrollaron i destrozaron las primeras di* 
vísionesi del ejército araucano; pero nuevos ei»erpos de tro- 
pas venían a reemplazar a los derrotados, i el combate re- 
comenzaba con nuevo ardor. Por acostumbrados que tfs- 
tu viesen los europeos a pelear con los indios i a vencerlos, 
aquella terrible batalla loa tenia desconcertados. Renova- 
ron, sin embargo, las impetuosas cargas de caballería; pem 
rendidos de cansancio, i seguros de que todo sn lieroísmo 
era inútil, dispusieron la retirada. Los indios habían pre- 
vjisto este caso; i cerrando tas avenidas, impidieron ia fug^ 
de los castellanos i los tomaron prisioneros o íes diero«^ 
muerte en el primer momento. Valdivia mismo cayó e^^ 
manos de los enemigos; i después de snfrír tormentos h<^^ 
rri bles que le aplicaban los indios cuidando de prolonga::^ 
!?tí ^ "Ir. sucumí*!^ 1^^ ^v en medio de doíor'^^Bs ^nern^^^^^as^s 
Su cadáver fué destrozado i comido por los salvajes, segurr:^ 
refiere un antiguo historiador. El ilustre conquistador su 
cumbia desastrosamente a la edad de 50 años, cuando ha- 
bía satisfecho las aspiraciones de su vida i comenzaba a^ 
gozar tranquilamente el gobierno del pais; pero había fun^ — - 
dado una colonia bien modesta por entonces, pero desti — 
nada a ser el oríjen de una nación que lo recuerda con res- ^ 
peto i con amor. 

7. Gobierno iNTE«?iNo de Francisco de Villagra; di- 
sensiones ENTRE LOS CONQUISTADORES SOBRE EL MANDO 
DEL EJÉRCITO I DE LA COLONIA.— La uoticia de la derrota 
de Tucaf>el esparció el terror entre los españoles. Hallá- 
banse sm su jefe reconocido en los momentos en que era 
mas necesaria la unidad de acción para resistir al poder de 



PARTB SEGUNDA. — CAPÍTULO XVIII 499 

un enemigo vigoroso i ensoberbecido con su reciente triun- 
fo. Valdivia habia dejado un testamento cerrado en San. 
tiago; i el cabildo de Concepción poseia una copia de ese 
documento. Los rejidores de esta ciudad procedieron a 
abrirlo, i encontraron en él que el difunto gobernador seña- 
laba, para que lo reemplazara en el mando, en primer lu 
gar a Jerónimo de Alderete, que entonces se hallaba en Es- 
paña desempeñando una comisión de Valdivia, en segundo 
lugar a Francisco de Aguirre, que por mandato del gober- 
nador habia pasado al otro lado de los Andes a consumar 
la conquista del Tucuman, i en tercer lugar a Francisco de 
Villagra que se hallaba en el sur. La reputación militar de 
este capitán, indujo también a los habitantes i defensores 
de las ciudades meridionales a confiarle el mando en jefe 
de las tropas para operar contra los indios, a lo menos 
hasta que las autoridades de Lima dispusieran otra cosa. 

Villagra comenzó su gobierno mandando despoblar la 
ciudad de Angol por falta de tropas con que defenderla; i 
reconcentrando sus fuerzas en la Imperial i Concepción, se 
dispuso para abrir la campaña. El 20 de febrero de 1554» 
salió de esta última ciudad a la cabeza de ciento ochenta 
hombres; i atravesando el Biobío, se internó en el territo- 
rio araucano por el lado de la costa, para castigar a los 
indios rebeldes. El tercer dia de marcha, después de haber 
trasmontado las ásperas serranías de Marigüeñu, que se 
alzan al sur del actual pueblo de Lota, i que desde enton- 
ces son conocidas con el nombre de Villagra, los castella- 
nos se hallaban en el estrecho valle de Chivilingo. Allí fup- 
ron asaltados repentinamente por un inmenso número de 
indios que los atacaban por todos lados con un ímpetu 
irresistible. Se defendieron, sin embargo, con gran valor, i 
en el principio obtuvieron alguna ventaja. Pero los indios 
parecian multiplicarse, redoblaban su empuje i obligaron a 
los invasores a pensar en la retirada. 

Esta se convirtió en un espantoso desastre. Cortados en 
su marcha por los cuerpos de indios i.por los troncos de 
árboles que éstos habian puestos en los senderos, los cas- 



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PARTE SBUUNÜA. — CAPItULO XVIII 501 



Aprovechándose de las disensiones de los españoles que los 
habían obligado a dejar abandonadas las provincias del 
sur, Lautaro habia hecho una escursíon al norte del Bio- 
bío, pero se vió obligado a volver atrás después de una 
violenta tempestad, según dicen los historiadores de aquel 
tiempo. Sin embargo, al saber que los españoles habían re- 
construido la ciudad de Concepción, atacó a sus defensores 
con tal vigor que los obligó a evacuarla í a embarcarse 
precipitadamente en una nave (12 de diciembre de 1555). 
Entonces concibió, un proyecto mas osado todavía que 
cuantos se habia atrevido a poner en planta. Convino con 
Caupolican en dividir su ejército en dos grandes cuerpos, i 
mientras éste atacaba las ciudades de la Imperial i Valdi- 
via, las únicas que quedaban en pié en las rejiones del sur, 
él marcharía hacia el norte con el otro cuerpo de tropas 
para limpiar de estranjeros todo el territorio chileno. Am- 
bos caudillos creían que la ejecuciop de este plan no reque 
rían mas que audacia, i se ímajinaban que podrian llevarlo 
a cabo en mu i poco tiempo. Lautaro, en efecto, se puso en 
marcha para el norte mientras Caupolican se dirijia al sur 
contra las dos ciudades que resistían aun. 

Antes que los araucanos pusieran en ejecución este pro- 
yecto, el gobierno de Chile habia sufrido una importante 
modificación. En mayo de 1556 llegó a Santiago una pro- 
visión de la audiencia de Lima por la cual se nombraba a 
Víllagra correjidor i justicia mayor de todo el reino, como 
entonces se llamaba la provincia de Chile. Con esta provi- 
dencia, la acción gubernativa estaba reconcentrada en una 
sola mano, i pudo recibir un vigoroso impulso. Al saberse 
en la capital la noticia de la marcha de Lautaro, salió un 
cuerpo de tropas a impedirle el paso (noviembre de 1556). 
Después de un combate que tuvo lugar en el valle de Pete- 
roa, en que ninguno de los dos ejércitos pudo cantar vic- 
toria, los españoles i los indios se retiraron. Las tropas de 
Lautaro, sin embargo, se replegaron al sur en algún desor- 
den, facilitando así que el gobernador Víllagra, que había 
salido de Santiago con nuevas fuerzas, pudiera avanzar 



502 HISTORIA DE AMÉRICA 



tranquilamente hacía el sur para ausilíar las ciudades que 
asediaba Caupolican. 

Lautaro, entre tanto, habia reorganizado su ejército i 
marchado de nuevo al norte hasta asentar su campamento 
a orillas del rio Mataquito. El camino de la capital estaba 
abierto, i lo que era peor, en Santiago no habia quien pu- 
diese defenderla contra la irrupción de los araucanos. Pero 
Villagra, felizmente, abandonó con sus tropas la rejion del 
sur i se puso en marcha en persecución del caudillo enemigo. 
Entre los indios ausiliares, hubo uno que le señaló un ca- 
mino desconocido para llegar hasta el campo de Lautaro; 
i los castellanos ejecutaron este movimiento con tanta ha- 
bilidad que ca\^eron de improviso sobre el ejército indio i lo 
destrozaron completamente. Lautaro, el mas terrible de los 
enemigos que los españoles habian encontrado en el terri- 
torio chileno, cayó muerto uno de los primeros en aquel 
combate (29 de abril de 1557). 

9. Don García Hurtado de Mendoza; su campaña con- 
tra los araucanos La noticia de los desastres de Chile 

habia llegado hasta el rei de España, el cual nombró para 
suceder a V^aldivia en el gobierno de la c(.»lonia al capitán 
Jerónimo de Alderete. Desfjraciadamentc, éste falleció en el 
viaje, de modo íjue ia administración de Chile quedaba en 
el mismo estado de acefalía, o mas bien dicho de interinato, 
i espucsta j)or tanto a las ajitaciones que ya habian comen- 
zado a es])eri mentarse. 

G )h-*raaba entonces en el Períí el virrei don Andrés Hur" 
tado (le Mendoza, marques de Cañete, hombre dotado de 
grande actividad i de mucha restjiucion para vencer todas 
las dificultades. Oueriendf) poner orden en los negocios de 
Chile, dio el gobierno de esta colonia a su hijo don García, 
joven de veintidós años, pero d-^tado de la prudencia i 
de la enerjía de edad mas madura. "Aunque mozo, decia el 
virrei a Felipe 11, al darle cuenta de este nombramiento, mi 
hijo ])osee la esperiencia necesaria para el gobierno, si no 
me ciega el amor de padre". 

No se engañaba el virrei en esta apreciación de las apti- 



PARTE SEGUNDA. — CAPItüLO XVIII 503 

tudes de su propio hijo. Don García Hurtuado de Mendoza 
se habia distinguido en Europa como militar cuanto era 
posible distinguirse a su edad; pero en Chile iba a ilustrar 
su nombre c(m grandes victorias i con una administración 
tcín hábil como enérjica. El virrei lo habia provisto de ar- 
mas, de pertrechos i de tropa. En ésta venia, con el rango de 
capitán, don Alonso de Ercilla i Ziiñiga, el insigne cantor 
de Lr Araucana, El 23 de abril de 1557 llegó al puerto de 
Coquimbo i se recibió del mando. Comenzó en seguida a 
ejercerlo principiando por remitir a Lima a los dos capita- 
nes rivales que se habian disputado el gobierno de Chile, 
Villagra i Aguirre, con el propósito de apartar del pais 
todo oríjen de turbulencias i discordias. Convencido de que 
lo que en las circunstancias del pais se necesitaba era poner 
término a la guerra araucana, se abstuvo de pasar por 
Santiago, i se embarcó con su infantería