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Full text of "Obras completas de don Andrés Bello"

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(JHRAS COMPLETAS 



DE 



DON ANDRÉS «ELLO 



SaLíiUagOy Setiembre 5 de ISIJ. 

Por cuanto el Congreso Nacional ha discutido i aprobado el si- 
guiente 

PROYECTO DE LEÍ 

Art. i.® Kn recompensa a los servicios prestados al país por el señor 
don Andrés Bello, como escritor, profesor i codificador, el Congreso 
decreta la suma de quince mil pesos, que se inscribirá pur terceras 
partes en los presupuestos correspondientes, para que se haij^a la edi- 
ción completa de sus obras inéditas i publicadas. 

Art. 2.0 La Universidad nombrará a uno o dos comisionados quo 
se entiendan con los de la familia del ilustre autor, para proceder a 
la edición de dichas obras, haciendo las contratas con los impresores, 
obteniendo en virtud de recibos los fondos que se decretaren, invir- 
tiéndolos i respondiendo do su inversión. 

Art. 3.<> La edición no será dc'hiénos de dos piil ejemphircs, i do 
ellos se entregarán quinientos al listado, quien no podrá venderlos a 
menos de dos pesos cada volumen. Kl resto de la edición correspon- 
derá a los herederos respectivos. 

Art. 'i. o Ll texto de esta lei irá impreso en el reverso de la primera 
pajina de cada volumen. 

I por cuanto, oído el Consejo do Estado, lo ho aprobado ¡ san- 
cionado; por tanto, promulgúese i llévese a efecto como lei de la 
república. 

Federico Errázcriz. 

AnnON ClFl'ENTES. 



OBRAS COMPLETAS 



D£ 



DON ANDRÉS BELLO 



.*■-» • •xy '»* «^ fc^x.-*^-^ ^ 



EDicios HEcnt BAJO L4 MREcaos la conuo le isRicaos KlUCt 

EN CL'MPLIMIENTO 

ÜI-: LA leí de S de setiembre de 1872 



voLriEx Tin 

OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

iii 









k i • A 

SANTIAGO DE CHILE 



^'.* ^ > • « ^N./V.' •v'x^^ '• .- 



IMPRESO POR PEDRO O. RAMÍREZ 



1885 



lho951 



: • : - •• 



LXTRODUCGION 



I 

El presente tomo contiene siete producciones inéditas 
de don Andrés Bello, a Kxber: 

Del ritmo i el metro de los antiguos; 

Del ritmo latino bárbaro; 

Del ritmo acentual i de las principales especies de ver- 
so en la poesía inoderna; 

La rima; 

Sobre el orijen de las varias especies de verso en la 
poesía moderna; 

Romances del ciclo carlovinjio; i 

Romances derivados de las tradiciones británicas i ar- 
inoricanas. 

Todas ellas están sacadas do borradores descompaji- 
nados i casi ilejibles. 

llago esta prevención para que los defectos que se 
noten, so imputen, como es razonable, ya a la mala in- 
telijencia del copista, ya a la imperfección inevitable do 
una primera redacción, que el autor habria correjido o 
mejorado oportunamente. 

Cualquiera que recorra esas producciones observará 
que Bell^) ha insertado en otros artículos algunos trozos 



Yl OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



íntegros de los trabajos recien publicados; pero no se ha 
querido hacer en ellos supresión, ni variación de nin- 
gún jénero. 

Por varios motivos fáciles de colejir, se ha considera- 
do preferible que los manuscritos se imprimiesen tales 
como se hallaban. 

Es evidente que la memoria relativa a la rima está 
incompleta. 

Entre los papeles de que se trata, habia dos que me- 
recen también el honor de la estampa. 

El primero de ellos es el fragmento que sigue: 

«Descendiendo del Poema del Cid a las otras compo- 
siciones asonantadas que en nuestra lengua se usaron, 
nos hallamos, después de un largo intervalo, con nues- 
tros romances viejos, cuya versificación ofrece a prime- 
ra vista una novedad; i es que solamente las líneas 
pares asuenan. Pero cualquiera conocerá que esta dife- 
rencia no consiste mas que en el modo de escribir los 
versos; porque, divididos cada uno de los del Cid en dos, 
tendremos versos cortos alternadamente asonantes: 

Apriesa cantan los gallos 
e quieren quebrar albores, 
cuando llegó a San Poro 
el buen Campeador. 
El abad don Sancho, 
cristiano del Criador, 
rezaba los matines 
a vuelta de los albores. 
III estaba doña Jimena 
con cinco dueñas de pro, etc.* 



* Conviene tener presento que don Andrés Bello sostiene que, tse- 
pun la práctica do los poetas en la primera edad de la lengua, no bo 
contaba para la asonancia la e de la úi^ima sílaba de las palabras 



INTnODI.'CCION VII 



I por el contrario, reuniendo cada dos versos de dichos 
romances en uno, resultará una serie de versos largos 
que solo se diferenciarán de los del Cid en la mayor 
regularidad del ritmo: 

No lloredcs vos, condesa; (ie mi partida no lia\aÍB pesar. 
No quedáis en tierra ajena, sino en vuestra a vuestro mandar, 
<iue, antes quo de aquí me parta, todo yo o.s lo quiero dar. 
Podéis vender cua1((uior villa, i empeñar rualí(uier ciudad; 
como principal heredera quo nada os pueblan quitar. 
Quedareis encomendada a Olivóro.-j i a Roldan, 
al emperador i a los doce í|uo a una mesa comen pan, eU:. 

«Nuestros romances viejos puodíMi roparlirso en dí>.s 
clases: los unos narrativ(^■', como la mayor parle de los 
que comprende el Cnnrionero de Ambéres de 1555; i los 
otros líricos, cuales son casi todos los qne se hallan en 
el Cancionero Jennrnl, Acerca de Ion sognndí>s, solo 
observare que solían escribirse en consonan los, i que 
eran de ordinario a)mposiciones cortas, en que se guar- 
daba una sola rima desde el primer verso hasta el úlli- 
mo. Pero los otros deben mirarse como fraírmentos ríe 
composiciones largas, do jostas o poemas históricos í 
caballerescos, cuya mayor parlo ha poreciílo on la jene- 
ral ruina i dilapidación de nuestras antiguas i'iquezas 
poéticas, riroctivameiite, aunque presentados como obras 
inconexas en los romanceros, se buscan i llaman evi- 
dentemente unos a otros, desenvolviendo un mismo hilo 
de historia, de manera que sucede muchas veces acabar 
un romance anunciando que alguno de los personajes 
va a decir algo, i empezar el siguiente, sin mas intro- 
ducción, con las palabras mismas que el tal personaje 



p^raves. sin duda porque se profería de un modo aljijo débil i sordo, 
semejanza de la e muda francesa, t 



VIII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



se supone haber proferido. Estos, pues, que ahora se 
llaman romances distintos, eran estancias de un solo 
romance o jcsla; i de aquí" tomaron el nombre. Por eso, 
cuanto mas antiguos son (juzgando de la edad en que so 
compusieron por el lenguaje), tanto mas se asemeja su 
versificación a la del Cid, ya en lo irregular del ritmo, 
ya en las leyes de la asonancia. í) 

Don Andrés Bello proyectó escribir una obra sobre el 
ritmo antiguo i el ritmo moderno; pero la imposibilidad 
de encontrar un editor que la imprimiese, fué causa de 
que no llevara a completo término ese propósito. 

Cinco de los artículos inéditos insertos en este tomo, 
i otros publicados en el VII, son sin duda capítulos do 
ese libro. 

Con el objeto de que se vean las dificultades que los 
españoles-americanos tenían para encontrar un editor, 
copiamos el párrafo siguiente de una carta dirijida a 
Bello desde Bruselas con fecha 20 de abril de 1826 por 
un señor Cortes. 

«A fuerzA de dilijencia he conseguido, en fin, compo- 
nerme con un librero para que emprenda la edición de 
las Carlas do Carli, traducidas por nuestro amigo Loi- 
naz. Todo lo que yo he podido obtener, es que se me den 
cien ejemplares en papel que yo haré cartonar para en- 
viarlos a Loinaz. También he estipulado que el librero 
no podrá enviar ningún ejemplar de esta obra a la Guai- 
ra, para quo de este modo pueda nuestro amigo vender 
los SUYOS mas fácilmente.» 

Es claro entonces que don Andrés Bello no habría 
descubierto jamas un editor quo hubiese consentido en 
imprimir una obra que solo habría interesado a los li- 
teratos i a loir eruditos. 



INTRODUCCIOiV IX 



El segando de los papeles a que he aludido os el si- 
guiente: 

«La palabra hada es la latina /aía, plural do fatum. 

«Aunque esta etimolojía no es nuestra, como algunos 
han dudado de ella, la comprobaremos con algunas ob- 
senaciones: 

1. Fala es el nombre italiano de hada. 

2. Fata se convirtió en hada por una conmutación do 
letras familiarísima al castellano. 

3. Fata se convirtió en fée, que es el nombre francés 
de hada, por el mismo proceder que nata en ?iee, amata 
en aiméo, probata en j)rouvce^ i así otro número infinito 
de voces. 

4. Los plurales neutros latinos pasaron muchas veces 
a singulares femeninos en las lenguas romances, por la 
semejanza de terminación i do artículo. lió aquí algunos 
ejemplos: 

■ 

Plural neutro latino. Singular fom. castellano. Italiano. FrancoM. 



Aninialia Animalia, alimaña 

CastcUa Cantiolla, Castilla 

Cornua Cuerna Corno. 

Folia Hoja Fouillo. 

Gesta Jesta (lositü. 

Grana Grana (l^raino. 

Insií^nia Insip^nia Inscjj^na. . . lOnMoiíjfno. 

Labia Labia ..... 

Ligna Leña 

Luminaria Luminaria, lumbrera. . Lumiera. . Luniii'^re. 

Mirabilia Marabilla Maravij^lia. Morvcillo. 

Nomina Nómina Nómina. . . 

Ova Hueva 

Pira Pera Pera 

Poma Poma. . . , Poninio. 

Seminalia KemcÜh». 

Signa Seña 

Témpora (tiempos). Témpora 

Témpora (slcaes) Tompia. . . 'IVmpo. 

Valla Valla 

Vela Vela. . . . : Vela Voilo. 

V-olatilia Volaillü. 



OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



5. Las hadas son los hados mismos representados en 
el lenguaje poético como unos entes misteriosos. que go- 
bernaban el universo i señalaban a cada cual su destino 
futuro. En el lenguaje popular, se verificaba otro tanto; 
i a esto me parece aludir Cicerón cuando dice (De divi- 
natione 11.19): Añile sane et plenuin suporstitionis fati 
nomen ipsum. Sabido es que las expresiones metafóricas 
de ideas íilosóficas han dado oríjen a una gran parte de 
la mitolojía de todos los pueblos. 

fi. Finalmente, fiídas en el castellano antiguo signifi- 
caba unas veces los lindos, i otras las hadas: 

Asaz qiicaicra Darío on el campo fincar, 
mas non ^c lo 4ii¡bierün las fadas otorgar. 

[Ah'jandro, 1260.) 

Sonora duna líama, \o por mi mal vos vi, 
que las mis fadas negras non se parlen de mi. 

(Arciprostc de Hita, 798.) 
Focieron la cami.'ía duas fadas en la mar. 

íA/ejandro, 89.) 

O vienno ennas nubes, o lo adujo el viento, 
o lo adujo la fada por su encantamiento. 

[Alejandro, loO.)!) 

En este tomo, se publica también por primera vez el 
discurso que el rector de la universidad debió leer ante 
esta corporación el año de 1>*59; pero que el mal estado 
de su salud le impidió presentar. 

lia costado mucha fatiga descifrarlo. 

II 

Don Andrés Bello procuró el fomento de la instruc- 
ción pública en Chile con sus textos, con sus escritos, 
con su enseñanza oral. 



INTRODICCION XI 



Animado de un celo ardiente por la difusión de las 
luces, promo\ió la acción del gobierno i de la sociedad 
para el logro de tan santa empresa. 

Apenas llegó a Chile, sostuvo de palabra i por la pren- 
sa la itecesidad de estudiar las ciencias naturales, i la 
ventaja de ensanchar o reformar las demás asignaturas, 
especialmente la de la gramática, que ^e hallaba en un 
atraso deplorable. 

A su juicio, la enseñanza cientílica debia marchar 
conjuntamente con la enseñanz:\ literaria, si se deseaban 
un progreso sólido i una gloria cierta. 

Una buena parte de este volumen es un testimonio 
irrecusable do los asertos anteriores. 

El ilustre sabio comenzó) su propaganda en favor de 
las ciencias naturales, indicando en el niimero 3 de El 
Araucancf, correspondiente al 3 de octubre de 1830, las 
inmensas ventajas que su conocimiento podia proporcio- 
nar al país. 

«Chile, dotado de los mas proficuos dones de la na- 
turaleza, colocado en la extremidad austral del mundo 
de Colon, a las puertas del grande occhno, i habitadi) 
por una población deseosa de mejoras i exenta do añe- 
jas preocupaciones, solo necesita que una mano hábil i 
laboriosa descorra el velo que encubre tantos veneros de 
riqueza. La espedicion cicntíflca contratada con el profe- 
sor Gay, realizará, tan importante objeto: ella hará que la 
agricultura i mineralojía sacudan el yugo rutinero que 
las agobia desde los tiempos do la conquista, que so 
apoderen de los descubrimientos modernos; que, conoci- 
da la jeolojía del país, se proporcione a la naturaleza do 
los terrenos la cultura de las plantas, i se aclimaten 
otras extrañas, pues casi todas prosperan en un suelo 



'iPihUTJ'n- unx&ijcif : ajnsof 



jjvivikjiado. q-'jí? hnvj la zjna lemp^.a-da partíápa de va- 
riar tí-jjajxm'jü-rDtos para dar vida a] cÍLÍriinc»yo i al na- 
ra;j¡o» al lad-j del marizano i del ciñaino, i alimeíata los 
g^na'i'j^ ^rrjC'j-na d*? !>? mas p^rdci ■:»>.: ts metales. 

i-L',»^ Irribaj'.'S que ?>e emprendan s-jbre la botánica i 
cjujj/jjca erjrijue'X-rán a lamtyJirina í a las arles, descu- 
Lrieiido nuevas sustancias, o dando a conc^.er las va des- 
c-iL;e:'ta*5 en (.'"iras parte-, i criandct talvez pingues artícu- 
hjb de cajnljio. Las predicciones q-uinjícas en un país que 
abunda de U>d'.H; los metales, que p:>see vastas minas de 
alumbre, de fcu]fatos, de hierro i cobre, de cristales de 
r.ca. de plantas marinas i de bosques inmens-:*s para la 
C'xtjtjiccíon de álcajís fij ' s, p«roveerán fácilmente al comer- 
cío de nuevos artículos en el srran mercado americano, 
en que ninguna otra nación p«xirá sostener la concu- 
rrencia. 

«Mucho mas fecundos i prodijiosos deben ser los resul- 
tados que ge obtengan de la jeografía i estadística; ellos 
manifestarán a nuestros antiguos opresores el país que 
perdieron, i la absoluta imposibilidad de recuperarlo: 
mofi>trarán a nuestros lejisladores la inmensidad de re- 
cursos que poseemos para ser una nación rica e inex- 
pugnable. 

<fSi la zoolojía i la ornitolojía no presentan en Chile los 
variados primores de las rejiones equinocciales, al menos 
se verá que tiene todos aquellos animales que acompa- 
ñan al hombre en sus trabajos, que lo alimentan i vis- 
ten, i que sus razas, lejos de dejenerar, se mejoran. 

ííFiSta capital se adornará con un gabinete de historia 
natural a cuya vista nacerá en nuestros jóvenes la afi- 
ción a una ciencia que recrea con utilidad del jénero hu- 
iM' no i que produce ideas sublimes. Los extranjeros que 



INTRODUCCIÓN XJII 



lo \isiten tendrán que admirar, los sabios que aprender, 
i los manufactureros en donde encontrar muestras de 
las materias de sus establecimientos, clasificadas i ex- 
presadas con la nomenclatura técnica i su corresponden- 
cia vulgar. 

«Sería en extremo sensible que la expedición no llenase 
todas las esperanzas que prometen el celo i talentos del 
digno profesor que la dirijo, por la pequenez de los re- 
cursos que se le franquean, i por la excesiva delicadeza 
del gobierno; pero es de esperarse que las autoridades 
provinciales i los ciudadanos todos cooperen activamente 
i segunden las benéficas intenciones de Su Excelencia 
para que no se malogre esta ocasión de corroborar el 
crédito que disfruta el país en otras partes del mundo, 
de atraer la industria extranjera i reanimar la nuestra.» 

Cuando don Andrés Bello vino a Chile, solo habia tres 
carreras en auje: la de abogado, la de agrimensor i la de 
eclesiástico. 

El resultado de tal situación era que solo so estudia- 
ban con detenimiento la jurisprudencia, la matemática i 
la teolojía. 

La medicina no tenia cátedras, ni adeptos. 

Don Andrés Bello levantó su preslijiosa voz para 
estimular a la juventud a que abandonara ese retrai- 
miento injustificable que provenia de rancias ideas aris- 
•tocráticas. 

Decia a este respecto en el número 124 de El Arauca- 
no, fecha 25 de enero de 1833: 

«¿Por qué, siendo tan excesivo el número de los jó- 
venes que se dedican a las profesiones legales, se ve 
casi enteramente abandonada una carrera que en el es- 
tado actual del país conduciría con mucha mas facilidad 



XIV OPÚSCULOS LÍTEBARIOS I CRÍTICOS 



i seguridad a la reputación i a la fortuna? ¿Por qué se 
mira con tanto desden la nobilísima profesión de la me- 
dicina, tan importante a la humanidad, i cultivada con 
tanto ardor i esmero en todos los países civilizados? De- 
searíamos ver combatida esta dañosa preocupación por 
los padres de familia ilustrados, i por todas las personas 
que tengan algún influjo sobre la juventud; i desearía- 
mos sobre todo que ésta se convenciese de la necesidad 
en que se halla por su propio interés de dedicarse a otra 
carrera que la ya excesivamente sobrecargada de la ju- 
risprudencia. Sabemos con placer que, gracias a la soli- 
citud del gobierno, está ya organizado en el Instituto 
Nacional el nuevo ramo de ciencias médicas para cuya 
enseñanza se abrirán en el próximo ano escolar cátedras 
de anatomía, medicina i farmacia, servidas por profeso- 
res hábiles. Lo único que falta, es un número compe- 
tente de alumnos.» 

I en EL Araucano número 283, fecha 5 de febrero de 
1836, Bello agregaba: 

«A principios del año escolar, se abrirá en el Instituto 
Nacional una clase de anatomía; i aprovechamos esta 
ocasión para llamar la atención do los jóvenes a este ra- 
mo importante del saber. Por una antigua preocupa- 
ción, se ha mirado con desprecio la profesión médica, 
i ciertamente sin ningún fundamento. El estudio de 
las ciencias solo puede avergonzar a los necios; i la 
medicina, ademas de ocupar entre ellas un lugar distin- 
guido, es quizá la mas útil. Por esta razón le han culti- 
vado todas las naciones del mundo. Sin ocurrir a los 
griegos i romanos, ni a los árabes que hicieron de ella 
un estudio detenido, repararemos que en Europa es tan 
estimada como las matemáticas, la jurisprudencia, etc., 



ixnoDzcziO^ XT 



según lo acreditan las machas obras que salen a luz. i 
las memorias presentadas a las academias i cti\>s cuer- 
pos litei^arios. Estas razones bastarían para que en Chile 
se la mirase con menos indiferencia: pero hal otra mas 
poderosa i es la falta de carrera para los j 'venes. Por 
ahora solo contamos con la de la iglesia, a que ¿e dedican 
pocos, i la del foro, que se considera mas ap»eíecible. Sien- 
do tantos los alumnos de los estaI»IecimienKs públicos 
de educación, el resultado será que a la vuelta de diez 
años tendremos un ejército de ab'Cgad.^s que nj sabrán 
en que emplearse i que maldecirán de su suerte viendo 
perdido el trabajo de tantos afi. s. La profesión de la me- 
dicina suplirá este vacío i lo suplirá con ventaja, pues a 
todos consta que es una de las mas lucrativas. 5i el moti- 
vo de este desprecio ha sido ver consagrados a ella hom- 
bres oscuros, este inconveniente ha desaparecido en el 
dia; i en íin, abriendo la carrera jóvenes de las primei-as 
familias, les imitarán otros de la misma clase i se nota- 
rá al cabo una igualdad que a nadie humille. >» 



III 



El Araucano fué para su principal redactor una espe- 
cie de cátedra desde la cual promovió el cultivo do la^ 
ciencias i do las letras por medio de artículos propios o 
traducidos del ingles o francés, a que, de cuando en cuan- 
do, solia agregar algunas notas. 

Para que el lector pueda contemplar por sí mismo 
esa enseñanza continua, voi a Iraacribir un artículo tra- 
ducido por Bello, e inserto en El AraacanOy número 541, 
fecha 8 de enero de 1841. 



XVI OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



REFUTACIÓN DEL ECLECTISMO, POR PEDRO LEUOÍX 

parís, 1839 

Todos los jóvenes, que, como nosotros, terminaron 
sus estudios hacia el fin de la restauración, recordarán 
el brillo verdaderamente extraordinario con que lució 
por dos años, en la facultad de las letras, la enseñanza 
filosófica de M. Cousin. Mientras que M. Guizot ilustraba 
con sus doctas lecciones la historia de la civilización 
moderna, i rastreaba la jenealojía de aquella clase me- 
dia, cuyo reinado estaba ya cerca; mientras que M. Vi- 
llemain, empleando en la crítica literaria una vasta eru- 
dición, i un gusto delicado i seguro, tomaba hábilmente 
su rumbo entre dos escuelas rivales, cuya lucha, tan 
ruidosa entonces, está casi olvidada en nuestros dias; 
M. Cousin, a su regreso de Alemania, reunia, como sus 
dos colegas, una numerosa juventud al rededor de su 
cátedra. Una elocución brillante, una pantomima expre- 
siva, que parecia revelar el trabajo interior del pensa- 
miento, miras históricas que llevaban la estampa de una 
elocuencia real i de una aparente osadía, i acaso mas 
que todo cierta tendencia a sacar la filosofía de las arduas 
rejioncs de la metafísica para hacerla intervenir en los 
acontecimientos contemporáneos, era tnas de lo necesa- 
rio para deslumhrar a una juventud que la universidad 
de la restauración habia mantenido en un santo retiro 
sin conumicar con los filósofos del siglo XVIII, i a quien 
se leían devotamente todos los jueves las conferencias 
del señor abale Frayssinous. El elocuente profesor anun- 
ciaba una filosofía nueva; habia encontrado la solución 
del enigma; se colocaba como un mediador i un arbitro 



INTHOütCCJuN XVII 



entre las doctrinas extremas; materialistas i espiritua- 
listas iban a deponer sus antiguos rencores i a darse el 
ósculo de paz sobre el altar del eclectif^mo. No pudimos 
resistir a tantos alicientes; el entusiasmo fue grande. 
Desgraciadamente sobrevino la revolución de julio; i la 
nueva filosofía, que no habia previsto semejante g<>lpe, 
i habia saludado algo prematuramente la carta de 1814 
como el tratado de eterna alianza entre los partidos, 
sorprendida i desconcertada por esta tempestad, aban- 
donó luego la dirección espiritual de las intelijenciaspara 
tomar la cuestión política de los intereses naciente^. Los 
apósl )les del eclectismo vinieron a ser, el uno i)ar de 
Francia, el otro miembro de la cámara de diputados: i 
de entonces acá el eclectismo ha ido a parar a donde va 
a parar todo, a donde fueron la carta de 1814 i la con- 
tienda entre los clásicos i los románticos; ha sido con- 
signado al ohido, i ni aun se habla de él. Mas el eclec- 
tismo, aunque desamparado por la opinión, no habia 
sido todavía el blanco de ningún aíaque especial i dog- 
mático: aun reina de hecho en la eiisoriaiiza universUa- 
ria, donde tiene patronos poderosos; i si otras doctrinas 
mas sustanciales i fuertes salieron a luz posteriormente, 
no se habían presentado con los arreos de la filosofía, i 
el eclectismo por falta de competidores quedaba luiicí) 
heredero de la metafísica materialista de Condillac. Bajo 
este solo punto de vista, el libro que acaba de publicarse 
por M. Pedro Leroux mereceria ya fijar la atención de 
todos los espíritus filosóficos, como punto de partida de 
una filosofía nueva, i como primer combate regular de 
esta filosofía con la ecléctica; pero la atención será toda- 
vía mayor en aquéllos que, como nosotros, han podido, 
por los trabajos de M. Leroux que han apare* ido en la 



XVIII ÜPLSCL'LUS LITIáKAhlUS I CltlTICU* 

Lnciclüpediri A't/et*a, apreciar au alcance iiiental, K» ^ó- 
lidü de sus cünücimienlos, i aquella viva claridad c^ni 
que ua corazón jeueroso ilumina hasta la^ i^jiones mas 
misteriosas de la inlelijencia. 

Antes de instruir directamente el proceso del eclec- 
tismo, M. Leroux fija desde hxogo de un modc» rápido 
los principios con que va a juzgarle. Toda la priineixi 
parte de su libro se emplea en desenvolver i^le pensa- 
miento: «que el eclectismo sistemático Cb contrario a la 
idea misma de la filosofía. »> N'amos a reproducir aquí la 
trama de sus raciocinios. 

Se llaman eclécticos, según el diccionario de la AcaiIe- 
mia, los filósofos que, sin adoptar un sistema, esC'»jen las 
opiniones mas verosímiles. Quitando a la definición la 
condición de no adoptar un sistema, el eclectismo es lo 
que Diderot llamaba la filosofía de todos los bombines 
sensatos desde el principio del mundo, porque claro es 
que, como todos los sistemas tienen un fin i un sujeto 
común, no han podido menos de tocarse en multitud de 
puntos. Acostumbrados, como lo hemos estado hasta 
ahora, a estudiar separadamente a lo» Hlóí>ofos, sin in- 
vestigar el lazo que lob une, no haconii s mas qi!e co- 
lumbrar esta verdad: «que todos los espíritus forman en 
el tiempo i el espacio una cadena indefinida, de que cada 
jeneracion i cada hombre en particular es un eslabón.» 
Si el eclectismo fuese la investigaci n de este vínculo 
misterioso que liga unas con otras todas las jeneracio- 
nes pensadoras, no se podria menos de aplaudir alta- 
mente una empresa tan bella. Pero lo que es impo- 
nible admitir es que alguien pueda sor filósofo sin tener 
un sistema, n que se puedan conciliar sistemas opuestos 
si no o ab&orbiéndnlijs en un sistema mas vasto, i some* 



INTKÜDLCCIU.X XIX 



tiéndolos al imperio de una verdad mas comprensiva. 
Todos los filósofos que han merecido este noml)re, han 
tenido un sistema; p(»rque el filósofo no es solo el secre- 
tario de los progresos, el anotadoi de las operaciones 
ajenas, sino principalmente, i sobre todo, el hombre ins- 
pirado, que, encarnando en sí mismo, bajóla forma mas 
jeneral i mas elevada, las necesidades de la humanidad, 
según él las concibe en cada tiempo, busca el sentido de 
este eterno enigma, cuya solución progresiva se crea i 
se fija de siglo en siglo por el trabajo de la humanidad; 
pues aunque la verdad es desnuda, absoluta, i siempre 
idéntica consigo misma, el espíritu limitado del hombre 
no puede percibirla sino de un modo iniperfecto i relati- 
vo, que varía según las épocas, i según el desarrollo do 
la vida colectiva de nuestra especie. Por entre el desor- 
den aparente de los sistemas, como por entre las peripe- 
cias ccmfusas de la historia, el jéncro humano camina 
sin cesar bacía una intelijcncia mas clara i una práctica 
mas completa de su verdadero destino. El sentimiento 
que tiene de su vida propia, enjcndra en caíla ói)oca 
fórmulas nuevas, Címiio enjendra formas políticas, que 
rompe i renueva en cada escala de su vasta jornada. 
Así no sería mayor insensatez el dejarse llevar al escep- 
ticismo, a vista de todos esos sistemas, de cuyos iVag- 
menlos está sembrada la ruta de la humanidad, (|ue el 
creer que la humanidad puede vivir sin un sistema, sin 
creencias relativas a ella misma, sin una solución cual- 
quiera del problema, o que esta solución so haya dado 
ya definitivamente, o se halle esparcida en los libros, i 
no reste otra cosa que irla a buscar i recojer en cIImí?. 

Así en todas las épocas, los filósofob (que no dolmen se- 
pararse de los hombres relijiosos) no se han c<m'iiíIo a ctj- 



XV opi:si:l'los literarios i críticos 



mentar lu pasado; antes bien han manifestado lo pre- 
sente. Ya preparan i fundan relijiones; ya, como los 
padres de la iglesia, las comentan i desenvuelven; ya, 
como los Descartes i Leibniz, exploran, bajo la éjida del 
dogma, un campo que ha quedado libre i neutral. El 
escéptico mismo duda en nombre de una creencia vir- 
tual; duda sobre algo i contra algo; su duda tiene un 
sentido, una dirección, una base; i es en cierto modo 
una afirmaciun. Los lilósofos que ^^c pudieran designar 
bajo el nombre de pensadores libres, aunque no tengan 
siempre la conciencia de la dirección de sus pensamien- 
tos, tienen a lo menos sobro algunos puntos aií^lados 
doctrinas propias, por las cuales se han hecho dignos 
del honroso título de filósofos, i pertenecen a una fami- 
lia cualquiera de pensadores. Todos ellos, ademas, han 
pretendido traer al mundo algo nuevo; i hasta ahora, a 
nadie habia ocurrido pensar que la filosofía fuese ya una 
obra finalizada, i que no restase mas que el Irabajo de re- 
cojer a derecha e izquierda sus pedazos dispersos. Pero, 
dado caso que la obra de la filosofía estuviese concluida, 
¿bajo que caracteres reconoceremos lo cjue hai dfi verda- 
dero i do falso en los varius sistemas que en todos tiempos 
han repartido entre sí el dominio de los espíritus? ¿Cómo 
distinguiremos el trigo de la cizaña? ¿A qué medida co- 
mún reduciremos las doctrinas contradictorias? Para 
escojer, es necesaria siempre una razón, un motivo de 
preferencia; para conciliar dos términos opuestos, es 
preciso un tercer término que comprenda a los dos en 
lo que tengan de esencial, es decir, que cuando fuese tan 
cierto, como en realidad es absurdo, que la filosofía está 
hecha, i que solo so trata de recojer i reunir sus orácu- 
los esparcidos en los libros de las varias escuelas, sicm- 



INTHODUCCION XXI 



pre sería necesario un sislema para elejir i conciliar. Ha- 
bia, pues, bastante razón para decir que el eclccli.'smo 
sirilemático era contrario a la idea misma de la filosofía. 

No seguiremos a ^í. Leroux en el examen do las 
numerosas contradicciones que señala en las obras de 
M. Cousin, i que explica bastante bien por Iq sucesiva in- 
fluencia que han ejercido sobre M. Cousin los diferentes 
maestros cuyas banderas ha seguido, como Laromiguié- 
re, Hoyer-Collard, Fichte, Kant, Schelling, Hegel; con- 
tradicciones por otra parte nada extrañas en un espíritu 
que, no apoyándose en ningún sentimiento propio, solo 
puede reflejar i no combinar las soluciones diversas de 
los problemas filosóficos. Solo nos detendremos un mo- 
mento en la refutación que hace M. Leroux del método 
psicolójico de Cousin, llevado aun mas adelante por 
M. Jouffroy. 

M. Cousin, en el acto mismo de declarar que la filo- 
sofía estaba concluida, i el eclcctismo era el único méto- 
do razonable, incurrió en una inconsecuencia bastante 
natural en un espíritu tan activo como el suyo, i quiso 
innovar a su vez. El método psicolójico fué el fruto de 
esta noble ambición. Fijémonos, pues, en este método, 
que M. Cousin considera como su título mas sólido a 
los ojos de la posteridad. 

Hasta aquí todos los filósofos, comenzando por Bacon, 
padre de la filosofía experimental, habían creído que la 
observación directa no era aplicable a los fenómenos de 
la intelijencia,* i que el espíritu humano no podía cono- 



* El método psicolójico ha sido si^mpro conocido en la filosofía, ni 
puode haber filosofía sin él. Locke, Rcrkcley, Reid, Ducrald ?íte\vnrt. 
miraron las percepciones do la conciencia como fnentc de todos los 
conocimientos que el alma puedo (onordg sí laisin.i. iXnfn do Bello.) 



X\II OfrSClILOS MTEB ARIOS I CFÚTICOS 



cerse a sí mismo, sino volviendo sobro sus operaciones 
anteriores.* Aunque tocios los filósofos han reconocido 
esta verdad, Cousin afirma que la filosofía no se distin- 
gue de la física sino por la naturaleza de los fenómenos 
que una i otra observan. De aquí dedujo M. Leroux, 
que Cousin no ba])ia comprendido jamas qué cosa era la 
filosofía; porque, como el alma humana es una fuerza 
animada, activa, dotada de sentimiento, no se trata solo 
de observarla como un fenómeno bruto, sino de desen- 
volverla en todas sus direcciones.** Para observar el 
numdo exterior, el no-yo, tenemos órganos especiales: 
ojos para ver, manos para palpar, etc.. Pero el alma, el 
foro interno, ¿porqué medio puede observarse? Cousin 
i Jouffroy responden: por la conciencia. Esto merece 
atención. Tenemos sin duda conciencia de nuestra vida 
propia; pero como la vida en nosotros no es mas que la 
comunitjn perpetua del yo i el no-yo, no podemos tener 
conciencia de nosotros mismos, sino en los fenómenos 
que resultan de esta comunión. Si un objeto cualquiera 
nos mueve a ira, tenemos conciencia del sentimiento de 
ira que experimentamos; pero con el sentimiento expira 
la conciencia. ¿Qué haremos pues? Si estamos verdade- 
i:amente irritados, casi no podemos pensar en lo que 



* No parece que el alma pueda volver sobre sus operaciones ante- 
riores, sino recordándolas, reproduciéndolas hasta cierto punto en la 
memoria. ¿I qué hace entonces sino observarlas con el instrumento 
que Cousin i Jouffroy llaman conciencia, como lo habían llamado 
muchos de sus predecesores? Todo lo que podria deducirse de la aser- 
ción de los señores Leroux i Guéroult sería que la conciencia no pue- 
de observar las operaciones orijinales del alma, sino solamente los 
recuerdos de ellas, despertados por la memoria. Pero aun esto nos 
pxrece inexacto. (Nota de Bello.) 

** I esto es cabalmente lo que no puede hacerse sino por medio 
de la conciencia. \Nota d^ Relio.) 



INTHODUCCION XXIII 



e<Uá pasando en nosotros;* i si dejamos do estarlo, ya no 
podemos obsei*var en ncTsotros el fenómeno.** 

¿No es verdad, dice Jouffroy, que veis el mundo ex- 
terior con vuestros ojos, con vuestros sentidos? Pues 
del míAmo modo percibís con vuestra conciencia lo que 
pasa en vosotros. Hai psicolójicamente dos naturalezas: 
la del físico i la del psicólogo. El físico observa con sus 
ojos i sus instrumentos; el psicólogo tiene una especie 
de ojo i de microscopio que se llama coiicieyícia, i que él 
dirije. 

— ¿A qué objeto? preguntaremos a M. Jouffroy. 

— A su propio ser. 

— ¿Con que el yo por medio de la conciencia conoce 
el vo? 

— Seguramente. 

— Pero donde no hai mas que el yo observador, i el 
yo observado, no hai mas que el yo, ¿Qué será, pues, la 
conciencia? Seguramente no puede ser otra cosa que el 
mismo yo. 

— Sin duda. 

— Con que lo que viene a decirnos M. Jouffroy es que 
el yo, por medio del yo, conoce al yo;*** o variando los 
términos, que la conciencia, por medio de la conciencia, 
conoce a la conciencia.**** El método psicolójico nos 

• ¿Por qué nó? ¿Cómo habrían descrito los poetas i los moralistas 
los efectos do la ira, i de las otras pasiones en el alma, si no los hu- 
biesen observado en sí mismos? (Nota de Helio.) 

** ¿Por qué nó? ¿No sobreviven a las afecciones orijinales del alma 
suá recuerdos, i no puede el alma observarlas en ellos? (Nota de 
Bello.) 

*** T nada puede ser mas cierto qtie esta proposición de Jouffroy; 
qie. por otra parte, no ea una verdad nueva, sino antiquísiraa en la 
tUoMofia. (Nota dr Uello.^ 

Solisma. La conciencia os <;1 alma ol»r;iiido de cierto modo par- 



•♦** s2..i:, 



l^'l^ OPI'SCIJLOS MTERAniOS I CRÍTICOS 

fiuTAi a rcmivlar la historia do aquel hombre que se 
ponia a la ventana para verse pasar por la calle.* 

f'ii niño (le diez años, añade M. Leroux, echaría por 
Horra el sistema de M. Jouffroy haciendo esta simple 
oliHorvíicion: es imposible pensar sin pensar en algo, i si 
se piensa en alj^un objeto, se piensa en este objeto, i no 
80 puedo observar el pensamiento.** 

liopctíinos que no es posible analizar una obra como 
la de M. I^croux. Nos basta que nuestro rápido bosquejo 
dé a conocer la importancia de esta polémica. En cuanto 
a las i(h;as propias, emitidas por este escritor, sobre la 
conv(jrj(Mic¡í> (Iíí los trabajos de la filosofía desde Des- 
(•arl(»s, sobre la identidad de la rolijion i de la filosofía, 
H')I)re la doctrina del progreso combinada con la de lo 
id(íal, i sobre la confirmación que de todos los trabajos 
modernos han recibido la teolojía cristiana i el dogma 
do la Trinidad, estos asuntos nos han parecido demasia- 
do graves para tratarlos a la lijera. Nos contentaremos 
con i*ccomendarlas a los espíritus meditativos, aficiona- 
dos a las contemplaciones relijiosas i filosóficas; i desde 



ticular. Poro por oso mismo no podemos considerar el alma i la con- 
cioiK'ia romo términos sinónimos. {Sota de Bollo.) 

• Xo ha i la menor analojí.i entro las percepciones de la concien- 
cia i las do lo^ sentidos. Siempre nos ha parecido impropia, i poco 
rilo^íólioa. la denominación de aontido intimo que solia darse a la 
facultad con que el alma so percibe a si misma. (Nota de Bello.) 

•• Años há quo el doctor Brown habia hecho este arirumonto para 
ne«jrar l:i existencia de la conciencia, como facultad distinta de las 
otras do' alma. Poro el raciocinio rueda sobro un supuesto falso: 
tquo el alma no puedo pensar en dos cosas a un tiempo.» Si el alma 
no pu(lie<;o pensar on u:ioo mas objetos simultáneamente, ¿cómo por- 
ribiria semejanzas i diferencias? ¿Cómo percibiría relación alsruna? 
¿(\Smo jn/iraria? ;Cómo raciocinaría? ¿(Juó ideas complejas lo seria 
posible formar? f.Yoía de Bello,) 



INTHODUCCION XXV 



ahora les anunciamos que hallarán en el libro de M. 
Leroux, no solo doctrinas jeuerosas i consoladoras, sino 
un vigor de estilo, una fuerza de discusión, una vida i 
un movimiento, que la filosofia parecía haber olvidado 
desde la edad de Rousseau. 

Adolfo Guéroult, 

Las notas cortas, pero sustanciosas, que acompañaban 
el articulo copiado, despertaban la curiosidad sobre la 
cuestión propuesta, i hacian meditar, hablar i discutir 
acerca de ella. 

Don Andrés Bello ha refutado victoriosamente en su 
Filosofía del Entendimiento las objeciones de Tomas 
Brown contra la existencia de la percepción intuitiva. 

Sería ocioso repetir sus argumentos. 

Juan Stuart Mili ha sostenido la misma doctrina de 
T<jmas Brown, pero, en mi humilde concepto, carece de 
razón en este panto. 

El hecho es que hai fuerzas que experimentan diver- 
sas modificaciones sin tener conocimiento de ellas, mien- 
tras que ol alma posee la facultad de percibir los fenó- 
menos de (jue es teatro. 

La cuestión esta reducida a observar lo que sucede, i 
a consií^'nar fielmente lo que se observa. 

La conciencia (ilosóíica no es una vana tautolojía. 



IV 



La intelijencia vigorosa de don Andrés Bello se aplico 
al estudio de todo lo existente desde lo infinitamente 
pequeño hasta lo infinitamente grande. 



XXVI OPÚSCULOS MTKíl ARIOS I CRÍTICOS 



Cuando joven, se puso a examinar las costumbres de 
las hormigas, i consignó sus observaciones en una pro- 
lija memoria, que destruyó después de haber leído otra 
relativa al mismo asunto, redactada por el naturalista 
suizo Huber, la cual quitaba toda novedad a la suya. 

El hombre que se tendia en la tierra para escudriñar 
un hormiguero, sabía levantar la vista al cielo, o jirarla 
en torno suyo, para penetrar los innumerables arcanos 
del universo. 

Recordaré que ha escrilo sobre la realidad del mundo 
externo, i sobre la existencia de Dios. 

Una feliz casualidad me ha hecho descubrir, i una lar- 
ga paciencia ha permitido poner en limpio, tres artículos 
inétiitos de don Andrés Bello referentes a la Filosofía 
Fundamental compuesta por don Jaime Bálmes, los cuat- 
íes vienen a completar los tres publicados en el tomo VII. 

líelos aquí- 



FILOSOFÍA FUNDAMENTAL POll DON JAIME BALMES 



Si en algún punto el sabio i profundo autor de la Fi- 
losofía Fundamental ha quedado inferior a sí mismo, es, 
a nuestro juicio, en el de la relación del mundo interno 
de las sensaciones con un mundo externo. Culpa será 
de nuestra escasa intelijencia; pero, hablando franca- 
mente, nos parecen destituidos de toda fuerza los argu- 
mentos de Bálmes contra el sistema idealista que no ad- 
mite, o por lo menos pone en duda, la existencia sustancial 
(le la materia. El modo en que propone la cuestión, 



iN'rnofirr.ciON xxvii 



pudiera hacor creer que no la lia considerado bajo su 
verdadero punto de vista. 

«¿De la existencia de este mundo interno, que re- 
sulta del conjunto de las escenas ofrecidas por las sen- 
saciones, podemos inferir la existencia de un mundo 
externo?» 

«Para la inmensa mayoría de los hombres, la exis- 
tencia de uñ mundo real, distinto de nosotros, i en co- 
municación continua con nosotros, está al abrigo de 
toda duda.x) 

Bálmes tiene razón hasta cierto punto; pero es preci- 
so aclarar qué es lo que se entiende jeneralmcnte por 
realidnd del mundo externo o de la naturaleza corpórea. 

Lo que se llama reaí en esto asunto, es la regulari- 
dad i la consecuencia de los fenómenos. Creemos que 
un árbol existe realmente: 1." porque vemos que todos 
los hombres lo perciben como nosotros; 2.' porque lo 
sometemos al examen de varios sentidos a un tiempo, 
principalmente al del tacto, i el testimonio de cada uno 
de ellos apoya i confirma el de los piros; 3.** porque, re- 
petido esle examen, nos da constantemente un mismo 
resultado; i si no nos lo da, si, por ejemplo, notamos que 
le faltan a este árbol algunas ramas, o que ha desapare- 
cido del lugar que ocupaba, podemos explica.rnos estas 
diferencias por medio de ciertos accidentes que conoce- 
mos, o conjeturamos, por cuanto guardan una perfecta 
consonancia con las leyes de la naturaleza, leyes inde- 
pendientes de nosotros, i a cuyo dominio están sujetas 
nuestras sensaciones i las de todos los hombres. En una 
palabra, suponemos que nuestras sensaciones son pro- 
ducidas por causas que no están en nosotros, que exis- 
ten fuera de nosotros. Ahora bion, la realidad del mundo 



XXVIII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRITICOÍ^ 



corpóreo así entendida solo puede ser rechazada por el 
extravagante escepticismo que duda de todo: lo que nie- 
gan lüs idealistas a la materia, es cosa diversa. El ver- 
dadero punto de la cuestión no está en la existencia de 
causas externas, extrínsecas al yo, independientes del yo, 
sino en el de la naturaleza de esas causas. Los idealistas 
reconocen que hai causas externas: el mundo corpóreo 
es para ellos el conjunto de estas causas; lo que se trata 
de saber es qué sean. ¿Son seres concretos, sustancias 
verdaderas, como lo es nuestro espíritu, aunque desti- 
tuidas de intelijencia i de sensibilidad? ¿O son leyes 
jenerales que determinan el encadenamiento de las sen- 
saciones i las hacen suceder unas a otras en el alma, 
según reglas constantes, conocidas en gran parte, sujetas 
a la experiencia i al cálculo; leyes que el supremo autor 
de la naturaleza ha establecido i conserva; leyes que no 
existen, sino en su voluntad soberana, i que obran sobre 
los espíritus creados inmediatamente, i no por el inter- 
medio de otras sustancias creadas que carecen de vida i 
sentimiento? 

Dos imájenes groseras pueden servirnos para concebir 
la cuestión . 

Supongamos una vasta máquina, compuesta de dife- 
rentes órdenes de teclas, a las cuales corresponden, 
según ciertas condiciones, diferentes órdenes de soni- 
dos; que estas teclas se mueven por sí mismas, i com- 
binan i armonizan sus movimientos con sujeción a 
leyes constantes, procediendo de este juego de las te- 
clas las respectivas series i combinaciones de sonidos; 
i que ciertos ajentes extraños a la máquina pueden 
mover algunas de las teclas, las cuales a su voz mue- 
ven otras en conformidad a las mismas leyes i pro- 



INTRODUCCIÓN XXIX 



ducen dentro de ciertos límites alteraciones en el juego 
natural de la máquina, de las que resultan series i com- 
binaciones parciales de sonidos. Esta máquina es una 
imájen del mundo corpóreo, según lo conciben los ma- 
terialistas (comprendiendo bajo este título a todos los 
que reconocen la existencia sustancial de los cuerpos, 
sea que reduzcan a ellos cuanto existe, o que admitan 
otras clases de cosas); las teclas son los cuerpos; los so- 
nidos son las sensaciones; los ajentes extraños son las 
almas a cuyas voliciones es dado imprimir movimientos 
parciales al mundo material, i por medio de ellos hacer 
servir la materia a sus necesidades i comunicar entre sí. 
Las leyós de la naturaleza corpórea están encarnadas en 
seres reales, sustanciales, a que damos el nombre de 
cuerpos o de materia. 

Para los idealistas, que pudieran llamarse con mas 
propiedad espiritualistas, no existe la máquina de que 
hemos hablado. Esas leyes que los partidarios de la 
materia sustancial han colocado en las teclas, las colo- 
can ellos directamente en los sonidos. El universo cor- 
póreo no existe para ellos, sino en las leyes primitiva- 
mente impuestas por el criador a las sensaciones, leyes 
que producen directamente los encadenamientos i con- 
junto de sensaciones que nos atestigua la conciencia, 
leyes cuya actividad puede ser hasta cierto punto modi- 
ficada por las voliciones de los espíritus sin intermedio 
alguno. 

La razón sin la revelación nada tiene que la decida a 
preferir el sistema materialista al idealista o vice-versa. 
Ambos son igualmente posibles; i ambos explican igual- 
mente bien las apariencias fenomenales. Pero el sistema 
idealista es ol mas sencillo de lo6 dos; la materia suslan- 



XXX OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



cial es una suposición ociosa; el ser supremo no necesi- 
taba de su instrunicntalidad para que sintiésemos lo que 
sentimos, para que se desarrollase la vida animal con 
todas las modificaciones i vicisitudes de que es suscep- 
tible, para que existiese la sociedad civil con sus cien- 
cias i artes, i para, que el destino del hombre, la ver- 
dad, la virtud, fuesen exactamente lo que son. Decimos 
la razón sin la revelación, pues el dogma católico de la 
transubstanciacion. contradice abiertamente al idealismo. 
Así el protestante Berkeley, que, no contento con la 
posibilidad de su sistema, se aventuró a sostener su 
existencia actual, lo miraba como un poderoso argu- 
mento contra las doctrinas de la iglesia romana.' 

Premitidas estas consideraciouss, continuemos nues- 
tro examen. 

«Salta a los ojos, dice Bálmes, que debe de ser 
errónea una ciencia que se oponga a una necesidad i 
contradiga un hecho palpable; no merece el nombre de 
filosofía la que se pone en lucha con una lei que somete 
a su indeclinable imperio la humanidad entera, incluso 
el filósofo que contra esta lei se atreve a protestar. Todo 
lo que ella puede decir contra esa lei será tan especioso 
como se quiera; pero no será mas que una vana cavila- 
ción, cavilación que, si la flaqueza del entendimiento no 
bastare a deshacer, se encargarla de resistirla la natu- 
raleza.» 

Todo eso está mui bien dicho contra los que negaren 
o dudaren que nuestras sensaciones deben precisa- 
mente tener causas i que esas causas no dependen de 
nosotros, que no podemoR sustraernos a ellas, sino 
dentro de una esfera limitadísima i valiéndonos de ellas 
mismas. Pero nada vale contra el sistema idealisla ra- 



INTROÜl'CCION XXXI 



donal, que no se opone a ninguna necesidad, ni contra- 
dice a ningún hecho palpable. ¿Qué necesidad sentimos de 
suponer que las sensaciones son producidas por seres a 
parte, i no por leyes jenerales que bajo ciertas condicio- 
nes las eterminan? Los materialistas suponen, digá- 
moslo así, dos dramas, de los cuales el que pasa en los 
sentidos es una traducción de otro que pasa fuera del 
alcance de éstos, i de que nada sabríamos, si no se nos 
revelase por el primero. Pero, si basta el primero para 
la satisfacción de todas nuestras necesidades, ¿en qué 
acepción es necesario el segundo? ¿Ilai algún instinto 
irresistible que nos haga figurarnos bajo cada sensación 
nn no-yo que existe como el yo, i que destituido de sen- 
sibilidad i de entendimiento, apenas puede definirse i 
concebirse? La naturaleza no nos ha dado instintos su- 
perfluos; i ninguno lo sería mas que el que indicase al 
hombre una verdad metafísica que no puede servirle de 
nada. 

El idealismo, repetimos, no contradice a ningún he- 
cho palpable. Palpamos ciertamente causas externas, 
esto es, experimentamos sensaciones de tactilidad que 
tienen causas distintas del alma que siente; sobre esto, 
no cabe duda; lo que la admite es la naturaleza de estas 
causas; i la razón humana no tiene medio de explorarla. 
Decir que el idealismo se opone a un hecho palpable, es 
hablar el lenguaje del vulgo. La tactilidad es en el con- 
cepto vulgar la esencia de la materia. Decir a un hom- 
bre que la materia no existe realmente, sería como de- 
cirle que no experimentamos sensaciones táctiles; sería 
negarle un hecho de que le es imposible dudar. Pero 
este es un hecho que los idealistas no niegan; lo que 
niegan está mas allá. Así el fondo de la cuestión entre 



XXXII OPIL^CULOS LITEIUniOS I CRÍTICOS 

materialistas e idealistas es una quisquilla metafísica, 
que, no solo carece de todo valor en la vida, sino que 
tampoco sirve para nada en la ciencia. Lo que importa 
en este asunto, es fijar la idea de lo que se disputa. He- 
cho esto, se percibirá fácilmente que las dos escuelas 
contienden sobre una cuestión incomprensible, cuya 
existencia o no existencia a nada conduce, ni teórica, ni 
prácticamente. 

El grande argumento de Bálmes es la diferencia en- 
tre las sensaciones recordadas por la memoria i las sen- 
saciones actuales. Sobre las unas, tiene imperio la vo- 
luntad; sobre las otras, no lo tiene. 

aEstoi experimentando, dice, que se me representa 
un cuadro, o en lenguaje común, veo un cuadro que 
tengo delante. Supongamos que este sea un fenómeno 
puramente interno, i observemos las condiciones de su 
existencia, prescindiendo de toda realidad externa, in- 
clusa la de mi cuerpo, i de los órganos por los cuales 
se me trasmite, o parece trasmitirse la sensación. Ahora 
experimento la sensación; ahora no: ¿qué ha mediado? 
la sensación de un movimiento que ha producido otra 
sensación de ver, i que ha destruido la visión primera; o 
pasando del lenguaje ideal al real, he interpuesto la ma- 
no entre los ojos i el objeto. ¿Cómo es que, mientras hai 
la sensación última, no puedo reproducir la primera? 
Si existen objetos exteriores, si mis sensaciones son 
producidas por ellos, se ve claro que oslarán sujetas a 
las condiciones que los mismos les impongan; pero, si 
mis sensaciones no son mas que fenómenos internos, 
entonces no hai medio de explicarlo.» 

La explicación es obvia. Ha mediado una volición: la 
volición ha pr. ducido una alteración con cierto encade- 



INTROOrCClOM XXXIII 



namiento de sensaciones. ¿Xo reconocen los idealistas 
que las voliciones de los espíritus modifican a las leyes 
naturales, alterando las condiciones de su actividad^ i 
subordinándolas dentro de ciertos límites (esti^echísímos 
sin duda) al imperio del hombre? 

De este argumento, elegantemente amplificado, con- 
cluye Balmes «que los fenómoa()s independioutes de 
nuestra voluntad, i que están sujetos en su existencia i 
en sus accidentes a leyes que nosotros no podemos al- 
terar, son efecto de seres distintos do nosotros mismos.» 
Si seises significa sustancias materiales, negado: las pro- 
misas de Bálmes no encierran semejante consecuencia, 
porque todos esos fenómenos en su existencia i sus ac- 
cidentes pueden ser efecto do leyes jcncralos dictadas 
por el Ser Supremo, que, dadas ciertas condiciones, 
produzcan en cada punto del espacio los fenómenos in- 
ternos de que las almas tienen conciencia. 

cSi el sistema de los idealistas ha de subsistir, dice 
el autor de la Filosofía Fundamentnl, es preciso supo- 
ner que ese enlace i dependencia de los fenómenos que 
nosotros referimos a los objetos externos, solo exis^to en 
nuestro interior, i que la causalidad que atribuimos a 
los objetos externos, solo pertenece a nuestros propios 
actos. 

«Tirando de un cordón que está en el despacho, hace 
largos años que suena una campanilla, o eu lenguaje 
idealista, el fenómeno interno formado de ose conjunto 
de sensaciones en que entra eso que llamamos cordón i 
tirar de ¿i, produce o trae consigo oso otro que apelli- 
damos sonido de la campanilla. Por el hábito, o una loi 
oculta cualquiera, existirá esa relación de dos fenómenos 

cuya sucesión nunca interrumpida nos causa la ilusión 
opúsc. 5 * 



ixxnr 'iecs^xu^» uts».^íus c camca» 



por la cual traslaájamoe al orden real lo que es para* 
mente fantástico. E^ta es la explicación ménoe irradoDal 
de qoe pueden echar mano; pero coa pocas observa* 
eíones se puede hacer sentir todo lo fiítil de semejante 
respuesta.:» 

Antes de discutir las obeerracíoaes de Bálmes, haga* 
mos alto en lo que precede. Los idealistas no llaman 
ilusorias o fantásticas^ sino las mismas cosas a que la 
jeneralidad de los hombres da este título. E3 cordón i la 
campanilla son para ellos objetos reales, tomando esta 
palabra en el significado que antes expusimos. La fi* 
gura de un hombre que los ojos ven, i las manos no pueden 
palpar, sería para ellos, como para los demás, un espec* 
tro, una fantasma. No creen ellos que las sensaciones 
actuales estén encadenadas por hábitos anteriores, ni 
por leyes ocultas, sino por leyes jenerales establecidas 
por el Criador, de las cuales conocemos no pocas. Elste 
CB a lo menos el idealismo de Berkeley, filósofo que no 
Holo rca>noció la certeza de las leyes naturales, testifi* 
cadas por los sentidos, sino que él mismo contribuyó a 
iluHlrar algunas, las relativas a la vista, por ejemplo. 
El idealismo que confunde la vijilia con el sueño i niega 
toda fe a los sentidos, es mas bien un escepticismo ab- 
surdo, que no vale la pena de refutarse. Volvamos a la 
Filosofía Fundamental, 

«Iloi tiramos del cordón, dice Bal mes, i cosa extraña^ 
la campanilla no suena... ¿cuál será la causa? El fenó- 
meno causante existe; porque sin duda pasa dentro de 
nosotros el acto que llamamos tirar del cordón; i sin em- 
harfío tiramos, i volvemos a tirar, i la campanilla no 
Huona. ¿Qiiión ha alterado la sucesión fenomenal? ¿Por 
qni^ pfHV) Autos un fenómeno producía el otro, i ahora 



INTRODUCCIÓN 



nó? Eq mi interior no ha ocurrido novedad: el primer 
fenómeno lo experimento o)n la misma claridad i viveza 
que antes; ¿cómo es que no se pre:>enta el segundo? 
¿cómo es que este úUimo lo experimentaba siempre que 
quena con solo excitar el primero, i ahora no? El acto 
de mi voluntad lo ejerzo con la misma eGcacia que antes; 
¿quién ha hecho que mi voluntad sea impotente?^ 

Este es un raciocinio que cae sin fuerza ante el idea- 
lismo de Berkeley, que mira el encadenamiento de las 
sensaciones como independiente de la voluntad de las 
almas. Para que las sensaciones que llamamos tirar el 
cordón produzcan las que llamamos sonar la campanilla, 
son necesarias ciertas conexiones; i llegando a faltar una 
de ellas, el primer fenómeno deja de acarrear el segundo. 

cEs de notar, continúa Bálmes, que, cuando quiero 
explicarme la falta de la sucesión de estas sensaciones 
que antes iban siempre unidas, puedo recurrir a muchas 
que son mui diferentes como fenómenos internos, que, 
como tales, no tienen ninguna relación ni semejanza, i 
que solo pueden tener algún enlace en cuanto correspon- 
den a objetos externos. AI buscar por qué no suena la 
campanilla, para explicarme la razón de que se haya 
alterado el orden regular en mis apariencias, puedo 
pensar en varias causas, que por ahora consideraremos 
también como meras apariencias, o fenómenos internos. 
Puedo recibir las sensaciones siguientes: el cordón roto, 
el cordón enzarzado, la campanilla rota, la campanilla 
quitada, la campanilla sin badajuelo. A todas estas 
sensaciones puedo yo referir la falta del sonido; i el 
referirlo a ellas será lo mas irracional del mundo si las 
considero Ci)mo simples hechos internos, pues, como sen- 
saciones, en nada se parecen; i solo discurro i^cional- 



ZXZVI OPÚSCULOS LITBRARfOS 1 CRÍTICOS 

mente si a cada una de estas sensaciones le hago corres- 
ponder un objeto externo, bastante por sí solo a 
interrumpir la conexión del acto de tirar del cordón, 
con la vibración del aire productora del sonido.» 

Nada mas débil que semejantes argumentos. En lo 
mismo que se parecen los hechos externos, se parecen las 
sensaciones correspondientes. Todas ellas suponen inte- 
rrumpida una conexión necesaria entre lo que llamo íirar 
el cordón i lo que llamo el aire vibrante en los oídos. 

Los raciocinios de Bal mes prueban bien que nuestras 
sensaciones tienen causas distintas del yo, independientes 
en gran manera del yo. No prueban, como él pretende, 
que existe fuera de nosotros un conjunto de sustancias 
materiales sometidas a leyes necesarias, i que sean esas 
sustancias lo que produce sensaciones, sino que hai 
leyes necesarias, o mas bien constantes, a las cuales, 
mediata o inmediatamente, nuestras sensaciones están 
sometidas. 

Nosotros miramos el sistema idealista como una hi- 
pótesis falsa, porque se opone al dogma católico, pero 
cuya falsedad no puede la razón demostrar por sí sola. 



u 



La extensión i el espacio es la materia en que mas 
discordes están las opiniones de los filósofos. En la Fi- 
losofía Fundamental j no hallamos nada que conduzca a 
conciliarios. 

Bálmes hace consistir la extensión en la multiplicidad 
i la continuidad, i la juzga absolutamente inseparable 
de la idea de cuerpo: proposiciones admitidas, según 
creemos, por todas las escuelas de fílosofía. Observa con 



IXTRODUCCION XXXTR 



igual fundamento que la extensión tiene la particulari- 
dad de ser percibida por diferentes sentidos, siendo ella 
misma en sí i separada de toda otra calidad, como él 
color o la tactilidad, incapaz de percibirse :>ensiti\'amen- 
te. En particular, dice, ninguna calidad es necesaria a 
la perceptibilidad de la extensión, pero disyuntivamente 
sí; una u otra de estas calidades le es indispensable; 
si alguna de ellas no la acompaña, es imposible perci- 
birla. 

La extensión considerada en nosotros (continúa Bál- 
mes) no es una sensación^ sino una idea. Esto merece 
aclararse. 

La semejanza, considerada en nosotros, no es una 
sensación^ sino una relación particular entre dos o mas 
afecciones del alma; entre dos o mas sensaciones^ si se 
trata de cuerpos. Si idea quiere decir relación, la seme- 
janza corpórea, considerada en nosotros, no es una sen- 
sación sino una idea; no pertenece a lo meramente sen- 
sitivo, sino a lo intelijente. Con la extensión, sucede lo 
mismo. 

La extensión es una relación o conjunto de relaciones 
de una especie particular, que consiste en considerar 
dos o mas cosas materiales como extrapuestas entre sí, 
como fuera unas de otras, de manera que no podemos 
sentirlas, sino separadamente; i reducido el órgano a un 
punto, es necesario que medie entre cada dos sensaciones 
una sensación del escuerzo que se requiere para pasar el 
órgano sobre las cosas extrapuestas. La relación de ex- 
traposicion es, pues, el elemento de la extensión, como 
la relación de sucesión es el elemento do la duración. 
Concebimos la primera concibiendo un conjunto do 
puntos tanjibles o visibles como extrapuestos uno a olro; 



XXXTIII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



concebimos la segunda como una serie de afecciones 
espirituales que so suceden una a otra. 

La relación llamada de sucesión es simple; es imposi- 
ble descomponerla en elementos diferentes de olla. AI 
contrario, analizando la relación de extraposicion se 
echa de ver que no es simple, sino compuesta. Supon- 
gamos, por ejemplo, dos puntos tanjibles o visibles A, B. 
La extraposicion entre A i B consiste en que a la sen- 
sación táctil o visual de A sucede una sensación de 
esfuerzo, i a la sensación de esfuerzo la sensación táctil 
o visual de B, Toda extensión es un conjunto de extra- 
posiciones percibidas de esta manera, actual o potencial- 
mente. 

Concebida la extensión de este modo, no suscribimos 
a que sea, como pretende Bálmes, un hecho primario 
de nuestro espíritu. Todas las otras relaciones tendrian 
igual derecho para ser consideradas como hechos pri- 
marios. No la produce ninguna sensación, ninguna afec- 
ción del alma por sí sola; sino que nace de un conjunto 
de sensaciones o de otras afecciones que el alma compa- 
ra i juzga. 

Pasemos ahora al capítulo VII del libro III, que es 
uno do los consagrados al espacio. 

«El espacio (dice Bálmes): hé aquí uno de los profun- 
dos misterios que en el orden natural se ofrecen al flaco 
entendimiento del hombre. Cuanto mas se ahonda en 
él, mas oscuro se le encuentra. El espíritu se halla como 
sumerjido en las mismas tinieblas que nos figuramos 
allá en los inmensos abismos de los espacios imajinarios. 
Ignora si lo que se le presenta son ilusiones o realida- 
des. Por un momento, le parece haber alcanzado la 
verdad, i luego descubre que ha estrechado en sus bra- 



ismoDLccjo^r xznz 



IOS una vana sombra. Forma discursos que en otras 
materias teadria por ooncluyentes. i que no lo son en ésta, 
porque se hallan en oposídon con otros qne par&cen 
oonduyentes también. Diríase qne se encuentra C3n el 
límite que a sus investigaciones le ha puesto el Criador; 
i que, al empeñarse en traspasarle, se des\'aneoe, siente 
que sus fuerzas flaquean, que su vida se extingue, 
como la de todo viviente al salir del elemento que le es 
propio... 

cEl profundizar este abismo insondable no es perder 
él tiempo en una discusión inútil. Aun cuando no se 
llegue a encontrar lo que se busca, se obtiene un resul- 
tado mui provechoso, pues se tocan los límites señalados 
a nuestro espíritu... 

c¿Qué es, pues, el espacio? ¿Es algo en la realidad? 
¿Es solo una idea? Si es una idea, ¿le corresponde un 
objeto en el mundo ertemo? ¿Es una pura ilusión? La 
palabra espacio, ¿está vacía de sentido? 

cSi no sabemos lo que es el espacio, fijemos al menos 
el sentido de la palabra, que con esto fijarem js también 
en algún modo el estado de la cuestión. Por espacio, 
entendemos la extensión en que imajinamos colocados 
los cuerpos, esa capacidad de contenerlos, a la que no 
atribuimos ninguna calidad de ellos, excepto la exten- 
sión misma. 

«¿Será el espacio un puro nada?... 

«Yo creo que esta opinión enderra contradicdones 
que difidlmente se pueden condiiar. Quien dice exten- 
sion^nada, se contradice en los términos; i sin embargo 
a esto se reduce la opinión de que estamos hablando.» 

Xo vemos que el espacio considerado como un puro 
nada, olaextension-nada, envueh-a con tradicdon alguna- 



XL OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



El grande argumento de Bálmes para pensar así es aquel 
axioma escolástico: nihili nullae sunt propietates; axio- 
ma que debe ceñirse a las propiedades positivas, que en 
lo material se reducen todas a verdaderas acciones de 
los objetos entre sí o en el alma. 

Ahora bien, ¿qué es la extensión del espacio? ¿Es 
acaso la extraposicion de puntos reales, tanjibles o visi- 
bles? Nó. Es la extraposicion de puntos imajinarios; ex- 
traposicion tan imajinaria, como los puntos entre los 
cuales la concebimos. Puntos imajinarios, porque no 
ejercen, ni podemos concebir en ellos, ninguna acción 
entre sí, ni sobi^ el alma; i entre los cuales concebimos 
realmente relaciones, como las concebimos entre canti- 
da 'es i figuras, que no existen, sin que demos por eso 
realidad alguna objetiva ni a ellos, ni a las relaciones 
que concebimos entre ellos. 

La capacidad de recibir cuerpos que atribuimos al 
espacio, es lo que a Bálmes ha parecido mas incompati- 
ble con el espacio-nada. Pero esta capacidad ¿qué es? La 
no resistencia del espacio puro a los cuerpos, calidad 
tan negativa, como la absoluta inercia, como la intanji- 
bilidad, como la jn visibilidad. Aquí encontramos otra 
prueba de las ilusiones que produce el lenguaje. De que 
la palabra capacidad no envuelve ningún elemento ne- 
gativo, no debe deducirse que la calidad representada 
por ella sea precisamente positiva. La capacidad de vo- 
lar es algo positivo, porque es el poder de ejecutar una 
acción verdadera. La capacidad de sentir es positiva, 
porque es la posibilidad de experimentar afecciones rea- 
les. Pero la capacidad de recibir cuerpos, que es la im- 
potencia de resistirles, no tiene nada de positivo. Si el 
espacio no fuese capaz de recibir cuerpos, les resistiría; 



IXTROOUCCION XU 



ejeroeria necesariamente una especie de acción sobre 
ellos; contendría la fuerza que empleasen los cuerpt^^s 
para penetrarle; lo cual pugna e\identeinente con la idea 
de espacio puro, precisamente porque el espacio puro 
es nada, o nihili nullse sunt pi'vpietates. 

Se opondrá probablemente que el espacio, recibidos 
los cuerpos, subsiste; i la nada, recibidos los cuerpos, 
desaparece. Luego no es lo mismo una cosa que otra. 

Este argumento carece de fuerza. El espacio puro es 
la capacidad potencial; i el espacio lleno, la capacidad 
actual. El espacio puro es la nada; el espacio lleno es la 
misma nada. Si de la idea del espacio lleno deducimos 
los cuerpos que lo ocupan, el residuo es la nada. 

Si esta explicación no pai*ecicse enteramente satisfac- 
toria, compárense las dificultades que ella ofrece con las 
de otra cualquiei'a, con las de la idea de Bal mes, sobre 
todo, de la que él mismo saca consecuencias quo, a mi 
juicio, son otros tantos argumentos atí absurditm contra 
su propia doctrina, como veremos mas adelante. Sigá- 
mosle ahora en las ' aplicaciones que hace del axioma 
nihili nullsB sunt propietates al concepto del espacio- 
nada. 

cSi en un aposento se reduce a la nada todo lo que 
en él se contiene, parece que las paredes no pueden 
quedar distantes. La idea de distancia incluye la de un 
medio entre los objetos; la nada no puede ser un me- 
dio; es nada.j» 

Pero ¿quién no ve que la idea de un medio negativo 
no repugna a la nada? Es verdaderamente asombroso el 
prestijio que tiene para un entendimiento tan perspicaz 
la inmensa vitalidad del lenguaje. Mediar la nada entre 
las paredes, o como decimos en castellano, no mediar 



XLII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

nada, le parece atribuir un ser a la nada^ como si esto 
significara otra cosa que no mediar cosa alguna, de la 
misma manera que, cuando decimos que un hombre 
descontentadizo de nada gusta, no queremos decir que 
le gusta la nada, sino que no le gusta cosa alguna. — Si 
el intervalo es nada (añade), no hai distancia, — porque 
apoyarle en la nada, hacerle propiedad de la nada, es, a 
su juicio, afirmar la posibilidad del ser i no ser a un 
mismo tiempo. Pero ¿a qué buscar un apoyo en que 
repose la distancia, que es una mera relación entre las 
paredes? 

Otra dificultad parecida a la precedente es la del mo- 
vimiento en el espacio. «Si el espacio es nada, el movi- 
miento es nada también; i por lo mismo no existe. El 
movimiento ni puedo existir ni concebirse, sino reco- 
rriendo cierta distancia: en esto consiste su esencia. Si 
la distancia es nada, no recorre nada; luego no hai mo- 
vimiento.» El movimiento puede existir i concebirse 
desde que los cuerpos varían de distancia entre sí; des- 
de que varía entre ellos esta delación particular que 
llamamos distancia. La relación es entre ellos, i no per- 
tenece a la nada. La distancia, a la verdad, es extensión; 
pero ya hemos dicho que la extensión en el espacio es 
la extensión de los cuerpos que actualmente contiene, o 
que podemos imajinar en él. 

No seguiremos a Bal mes en la discusión de la doctri- 
na de Descartes, Leibniz, Clarke i Fenelon sobre el 
espacio. A nosotros nos parece que la definición de 
Leibniz es la mas satisfactoria de todas: el espacio es 
una relación, un orden, no solo entre las cosas existen- 
tes, sino también entre las posibles, como si ellas exis- 
tiesen. 



INTRODUCCIOIf XLIH 



Examinemos la explicación de Bálmes. 

«Analizando la jeneracion de la idea del espacio, dice, 
se encuentra que no es ma^^ que la idea do la extensión 
en abstracto. Si tengo ante mis ojos una naranja^ puedo 
llegar por medio de abstracciones a la idea de una exten- 
sión pura, igual a la de la naranja. Para esto, comenzaré 
por prescindir de su color, sabor, olor, blandura o du- 
reza, i de cuanto pueda afectar mis sentidos. Entonces 
no me queda mas que un ser extenso, el cual, si le 
despojo de la movilidad, se reduce a una porción de 
espacio igual al volumen de la naranja. 

«Claro es que estas abstracciones puedo hacerlas so- 
bre el universo entero; lo que me dará la idea de todo 
el espacio en que está el universo. 

«Abstrayendo, prescindimos de lo particular, i nos 
elevamos a lo común. Si en el oro hago abstracción de 
las propiedades que le constituyen oro, i atiendo única- 
mente a las que posee como metal, me (juedo con una 
idea mucho mas lata, lá de metal, que conviene no solo 
al oro, sino también a todos los demás metales. «Con la 
abstracción, he borrado el limite que separaba el oro de 
los demás metales; i me he formado una idea que se 
extiende a todos, que no especifica ni excluye ninguno. 
Si de la idea de metal abstraigo lo que le constituye 
metal, i me atengo únicamente a lo que le constituye 
mineral, he borrado otro límite; i la idea es mas jeneral 
todavía. I, si subiendo por la misma escala, paso suce- 
sivamente por la idea de inorgánico, cuerpo, sustancia, 
hasta la de ser, habré llegado a un punto en que la idea 
se extiende a todo. 

«Con esto, se echa de ver que la abstracción sube a la 
jeneralizacioU; borrando sucesivamente los límites que 



XLIV OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



distinguen i como que separan los objetos. Aplicando esta 
doctrina a las abstracciones sobre los cuerpos, encontra- 
remos la razón de la ilimitabilidad de la idea del espacio,» 

Todo esto (dicho sea con el respeto que nos merece 
el agudo i profundo injenio del filósofo español) nos 
parece mas especioso que sólido. La idea de jénero no 
excluye ninguno de los caracteres de las especies; no 
incluye a ninguno en particular, pero los incluye todos 
disyuntivamente. El hombre en jeneral no es el hombre 
europeo, ni el asiático, ni el americano, ni el negro, ni 
el blanco, ni el de color cobrizo; pero es sin duda un 
hombre que pertenece a este o a aquel lugar de la tie- 
rra, i que tiene cierto color. Estos conceptos disyunti- 
vos entran necesariamente en la idea del hombre en 
jeneral. Prescindir del color o del país no es excluir el 
€olor ni el país, sino dejar de considerarlos i determi- 
narlos por el momento, sin que por eso dejemos de 
verlos vagamente, por decirlo así, en lontananza. 

En la extensión jeneralizada, sucede lo mismo. Pres- 
cindiirK)s del límite, pero no excluimos la idea del lími- 
te. Si lo excluimos, concebimos necesariamente extensión 
infinita; es sin duda lo que sucede en la capacidad po- 
tencial que atribuimos al espacio. 

No es cierto que, cuando pedimos la idea de la exten- 
sión en abstracto, i sin embargo terminada, pedimos 
una cosa contradictoria. — Un límite dado quitaría sin 
duda a la extensión la jeneralidad. Pero un límite vago, 
un límite que no es este, ni aquel, ni esotro, pero que 
por fuerza ha de ser alguno, es absolutamente necesario 
a la extensión jeneralizada, si no se supone infinita. 

Bal mes resume su doctrina en las proposiciones si- 
guientes: 



INTRODUCCIÓN XLV 



«1/ Que el espacio no es mas que la extensión misma 
de los cuerpos; 

2/ Que la idea del espacio es la idea de la extensión; 

3/ Que las diferentes partes concebidas en el espacio, 
son las ideas de extensiones particulares, en las que ne 
hemos prescindido de sus límites; 

4/ Que la idea del espacio infinito es la idea de la ex- 
tensión en toda su jeneralidad, i por tanto, prescindien- 
do del límite; 

5/ Que la imajinacion de un espacio indefinido nace 
necesariamente del esfuerzo de la imajinacion en que 
destruye los límites, siguiendo la marcha jencralizadora 
del entendimiento; 

6.* Que donde no hai cuerpo, no hai espacio; 

7/ Que lo que se llama distancia no es otra cosa que 
la interposición de un cuerpo; 

8/ Que, en desapareciendo todo cuerpo intermedio, 
no hai distancia; hai, pues, inmediación, hai contacto, 
por necesidad absoluta; 

9.* Que, si existiesen dos cuerpos solos en el univer- 
so, es metafísicamente imposible que disten entro sí; 

10.* Que el vacío, grande o pequeño, coacervado o 
diseminado, es absolutamente imposible.» 

No nos detendremos en las cinco primeras proposi- 
ciones, porque ya queda dicho lo que pensamos acerca 
de ellas. 

Sobre la sexta, notaremos que de ella, si el espacio, co- 
mo opina nuestro autor, es la extensión del universo, se 
sigue necesariamente que, donde cesa el universo, cesa 
el espacio; pero el espacio a*=ií considerado no es el espa- 
cio, como lo considera la jeneralidad de los hombres. 
Suponiendo finito el universo, mas allá de sus límites 



XLVI OPÚSCULOS LITBIIARIOS I CKITIGOS 



es posible la existencia de otros cuerpos, de otros univer- 
sos; esa posibilidad es en otros términos la capacidad de 
recibir cuerpos, la no- resistencia a los cuerpos; cualidad 
que, como hemos dicho, constituye el espacio puro, que 
no se diferencia de la nada. Decir que mas allá de los 
límites del universo no hai espacio, es decir que falta 
allí todo, i que falta al mismo tiempo la carencia de 
todo, que es la nada; lo cual es evidentemente contra- 
dictorio. 

La séptima proposición nos da también una idea 
turbada e inadmisible de la distancia. La distancia de 
dos cuerpos es una relación particular entre ellos, que, 
según el modo de pensar de todos los hombres, subsis- 
tiría, aunque se aniquilara todo el universo, menos ellos. 

De la novena proposición, nos atrevemos a decir que 
nos parece absurda, i que, como consecuencia del siste- 
ma de Bálmes, es un argumento poderoso contra su 
teoría. 

Lo mismo decimos de la décima. En la idea del vacío, 
no hai nada que repugne al entendimiento; i el presbí- 
tero Bálmes no lo ha concebido así, sino porque ha dado 
una extensión excesiva al precitado axioma escolástico. 

No objetaremos a la teoría de Bálmes la necesidad del 
vacío determinado que, según la teoría corpuscular, es 
necesario para el movimiento de los cuerpos en el uni- 
verso, porque esta teoría es una hipótesis, i los fenóme- 
nos de la raridad i densidad, de la dilatación i conden- 
sación, pudieran absolutamente explicarse sin ella. 

De la íntima constitución de la materia, no sabemos 
nada. El mismo Bálmes se espanta de la extrañeza de 
las consecuencias a que conduce su principio, i sospe- 
cha que se oculta algún error en él. Las del capítulo 



INTRODUCCIÓN XLVII 



XIII son aun mas repugnantes^ permítasenos decirlo, 
al sentido común. Creemos que basta presentarlas, 
para que se aprecie el principio de que incontestable- 
mente se derivan: 

Si existiese un cuerpo solo,. no podria moverse, por- 
que se movería en la nada. 



III 



Los argumentos que hace Bálmes contra la concepción 
dél espacio-nada, ofrecen una prueba notable del impe- 
rio que pueden tener los hábitos escolásticos sobre las 
intelijencias mas elevadas. 

Si se reduce a la nada todo lo que se contiene en un 
aposento cerrado, parece, dice, que las paredes no pueden 
ya quedar distantes, porque la distancia es un intervalo, 
i la nada no puede ser un intervalo, porque la nada no 
puede tener cualidades; i si el intervalo es nada, no hai 
distancia. 

Pero el axioma nihili nullse sunt propietates no ¿e 
opone a que atribuyamos predicados negativos a la nada. 
Nadie seguramente condenará por absurdas estas propo- 
siciones: la nada no tiene color, la nada no puede tocar" 
se, la nada no puede producir efecto alguno; i el que diga 
que la nada no puede hacer resistencia a los cuerpos ni 
al movimiento, lejos de decir un absurdo, expresará una 
verdad incontestable, evidente. Ahora bien, la capacidad 
que atribuimos al espacio-nada no es otra cosa que la 
imposibilidad de hacer resistencia. La idea de distancia 
entre las paredes de un aposento que supongamos ente- 
ramente vacío de materia, no es mas que la idea del mo- 
vimiento necesario para que un móvil cualquiera, intro- 



XLVIH OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



d acido en el aposento, so trasporte de una pared a la 
pared opuesta. Decir, pues, que en la nada no puede 
haber movimiento, porque ese movimiento en la nada es 
nada, supuesto que nihili nullae sunt propietates, ¿no es 
un miserable juego de palabras? 

Pero el mejor modo de hacer ver hasta qué punto ese 
axioma ha descarriado a Bal mes, es presentar al lector 
los corolarios que él mismo deduce de la idea que le ha 
parecido mas aceptable entre cuantas se puedan formar 
del espacio. 

«Donde no hai cuerpo no hai espacio.» 

«Lo que se llama distancia, no es otra cosa que la in- 
terposición de los cuerpos.» 

«En desapareciendo todo cuerpo intermedio, no hai 
mas distancia; hai una inmediación, Iiai contacto por 
necesidad absoluta.» 

«Suponiendo que existan dos cuerpos solos en el es- 
pacio, es metafísicamente imposible que disten entre sí.» 

«El vacío, grande o pequeño, coacervado o disemina- 
do, es absolutamente imposible.» 

«Un cuerpo solo no puede moverse, porque el movi- 
miento encierra por necesidad el correr distancia, i no 
hai distancia cuando no hai mas que un cuerpo.» 

«Un cuerpo con ángulos salientes,* existiendo solo, es 
un absurdo; porque su figura exije que el punto A, vér- 
tice do un ángulo, diste del punto D, vértice do otro 
ángulo, la distancia AD. Esta distancia no puede existir, 
porque donde no hai cuerpo no hai distancia.» 

* Entrantes^ dice el autor; poro creo que ha querido decir saliert' 
tnSf porque no alcanzo cómo pueda entenderse su raciocinio, si se 
aplica a los que se han llamado comunmente án&fulos entranteSf que 
so internan on la superficie terminada por líneas, o en el sólido ter- 
minado por superficies. 



INTltODUGCION ZLIZ 



El universo se halla, según Bálmes, en este caso. La 
superficie que le termina carece do prominencias i cavi- 
dades aun infinitísimas; i eso en virtud de una necesidad 
metafísica, de manera que la Omnipotencia misma no 
hubiera podido darle otra forma.* 

El sentido común de Bálmes no ha podido menos de 
protestar contra tan extrañas aserciones. aSi el lector, 
dice Bálmes, me pregunta lo que pienso sobro ellas, i 
sobre el principio en que estriban, confesaré injenua- 
mente que, si bien el principio me parece verdadero 1 
las consecuencias lejítimas, no obstante, la extrañeza do 
algunas de ellas me infunde sospechas de que en el 
principio se oculta algún error, o que el raciocinio con 
que se infieren las consecuencias, adolece do algún 
vicio, que no es fácil notar. Así mas bien presento una 
serie de conjeturas i de raciocinios para apoyarlas, que 
no una opinión bien determinada.» A mí me parece que 
toda la armazón dialéctica de Bálmes va por tierra des- 
de que se reconozca que la capacidad del espacio puro 
significa no-resistcncia; cualidad que nadie querrá dis- 
putar a la nada. 



Cualquiera que sea la opinión que nos formemos del 
sistema idealista no menospreciado por Bello como una 
hipótesis, siempre se leerán con mucho interés las pajinas 
en que lo ha defendido con su dialéctica acostumbrada. 

La discusión referente al espacio ofrece igual o mayor 
interés. 

Un viaje, aunque rápido, emprendido en esas rojio- 



* Filosofii Fundamental, tomo II, pajinas 2ü0 i sií^iiientos. 

0PÚ8C. 7 * 



OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICO» 



nes misteriosas de horizontes inmensos, a que no alcan- 
zan los sentidos, atrae, ilustra, fascina. 

Muchas de las impugnaciones del filósofo americano 
no dejan lugar a réplica. 



El 25 de noviembre de 1834, la Biblioteca Nacional de 
Chile abrió sus puertas al público. 

La instalación fué una fiesta a que asistieron el pre- 
sidente de la república, los ministros del despacho i 
varios empleados i particulares. 

El establecimiento debia abrirse todos los dias desde 
las diez de la mañana hasta la una de la tarde, excepta 
los domingos. 

Don Andrés Bello tachó de poco cómodo el arregla 
indicado, pues no era fácil que pudieran concurrir a* 
tales horas casi todos aquellos en quienes debia supo- 
nerse mas inclinación a leer o consultar alguna obra, 
o mas necesidad de hacerlo. 

En cambio, defendió la disposición que prohibía que 
los concurrentes penetrasen en los salones donde los 
libros estaban colocados. 

«Algunas personas de lasque han visitado la Bibliote- 
ca, dijo en El Araucano número 221 de 5 de diciembre 
de 1834, han extrañado que no se les permitiese entrar a 
su interior. Estamos seguros de que los que han pro- 
nunciado esta queja no se han detenido a considerar los 
graves daños que de semejante práctica se seguirian al 
establecimiento, pues no sería posible conservarlo, si se 
dejase entrar a las piezas donde están depositados los 
libros, i sobre todo si cada cual tuviese la facultad de ir 



INTRODUCCJO.M Ll 



a los estantes a sacar los que excitasen su curiosidad. 
Una bibliotex^a tiene poco que ver. Estantes, pergaminos 
i pastas no son objetos cuya inspección pueda causar el 
menor deleite a la vista. Se va a las bibliotecas a leer. 
Si se necesila un libro en particular, es infínitamente 
mas cómodo pedirlo al que sabe donde ¿e halla i puede 
proporcionarlo en un momento; i si se quiere elcjir entre 
las obras de la biblioteca, con hojear el catálogo se hace 
la elección en pocos minutos. 

«Para adoptar otro método, sería menester que hubie- 
se una tropa de celadores en cada salón. Sería la mayor 
insensatez presumir que todos los que visitan un esta- 
blecimiento público lendrán suficiente probidad para 
abstenerse de menoscabarlo o dañarlo; i la posibilidad 
de que no la tenga uno sol», hace ncco-sario obser\'arlo3 
a todos. Las precauciones adoptadas en Santiago no son 
todavía tan estrictas, como las que se hallan estableci- 
das en la biblioteca del museo de Londres i en otras de 
Europa. 

«La nuestra presenta ya un mediano caudal de libros 
en casi todos los ramos de instrucción, aunque es gran- 
de el número de obras mancas. Esto da a conocer el 
abandono en que se ha tenido este precioso depósito en 
años anteriores, i la necesidad de las reglas que se han 
puesto en práctica para evitar nuevos desfalcos. Predo- 
mina en ella, como era de esperar, la parte eclesiástica; 
pero tiene un buen surtido de jurisprudencia civil, filo- 
sofía, jeografía, historia, viajes, variedad de ediciones 
de los clásicos latinos i griegos (particularmente de los 
primeros) i sus mas afamadas versiones; i no le faltan 
algunos de aquellos objetos curiosos, que mas por su 
rareza, que por su mérito intrínseco, llaman la atención 



LII OPÚSCULOS LITKHARIOS I CRÍTICOS 



de los aficionados a la bibliografía. Eii los ramos de cien- 
cias naturales, matemáticas i medicina, es algo escasa; 
pero el celo de nuestro gobierno por el cultivo de las 
letras nos alienta a esperar que dentro de poco habrá 
desaparecido este vacío.» 

Posteriormente don Andrés Bello apoyó coa eficacia 
la siguiente circular dirijida por el ministro de instruc- 
ción pública don Manuel Monft a los intendentes de 
provincia para que los dueños de imprenta remitiesen a 
la Biblioteca Nacional dos ejemplares de todas las obras 
que publicasen. 

La circular i el artículo de que hablo aparecen en EL 
Araucano número 610, feolia 29 de abril de 1842. 

(íSantiagOj abril 27 de 18í2. 

((El gobierno está informado de que los administrado- 
res de imprentas, contraviniendo a lo prevenido en la 
lei de 24 de julio de i834, no remiten a la Biblioteca Na- 
cional el número de ejemplares de cada uno de los im- 
presos que publican, i que, a excepción del Mercurio de 
Valparaíso i de la Gaceta del Comercio de la misma ciu- 
dad que se mandan con exactitud, apenas se le pasa, de 
tarde en tarde, uno que otro de los papeles que se dan 
a luz. Con el objeto de evitar esta escandalosa defrauda* 
cion que se hace a la Biblioteca, me ordena el presidente 
de la república prevenir a V. S. dé las órdenes conve- 
nientes para que los impresores residentes en su respec- 
tiva jurisdicción, remitan puntualmente a dicho estable- 
cimiento, dos ejemplares de cada una de las obras, 
periódicos o papeles sueltos que publiquen, conforme a 
lo prevenido por el artículo 13 de la enunciada lei, obli- 
gándoles asimismo a reintegrar aquellos impresos que 



INTRODUCCIÓN Lili 



hubieren omitido mandar en el tiempo pasado, i aperci- 
biéndoles^ finalmente, que, en caso de contravenir a las 
resoluciones anteriores, se procederá contra ellos en los 
términos que prescriben las diíiposiciones vijcntes sobi'c 
la materia. 

cDios guarde a V. S. 

Manüfx Montt.» 

«Debemos señalar una omisión culpable bajo varios 
aspectos, i principalmente por la reiterada infracción do 
una disposición conveniente i benéfica: tal es la que se 
menciona en la circular ministerial, inserta en el pre- 
sente número de El Araucano^ respecto de algunas im- 
prentas, en las que no se cumple con las leyes vijonten 
acerca del depósito en la Biblioteca Nacional de toda 
clase de obras i papeles impresos; no es nueva semejante 
omisión; i el celoso director de la Biblioteca Pública, 
después de muchos pasos infructuosos cerca de los ad- 
ministrad res inexactos de aquellas imprentas, la ha])ia 
hecho notar al gobierno en diversas ocasiones. Citaremos 
solo una comunicación de este funcionario, datada a 10 
de junio de 1839, en la que, después de indicar las in- 
mensas dificultades que habia tenido que vencer para 
formar una colección de impresos eren favor do los que 
deseen estudiar la historia i comparar los progresos de 
la ilustración de nuestro país», se hace cargo del ar- 
tículo 10 de la Ici de 24 de julio de 1834, que proveía 
para lo sucesivo en estaparte, por medio del depósito en 
la Biblioteca; apero desgraciadamente (añade) es deso- 
bedecida esta benéfica disposición; nadie consigna el nú- 
mero de ejemplares prevenidos por la lei; se tiene un 
hombre asalariado para que recorra las imprentas i ro- 
coja los impresos que se dan a luz, i ni aun así se con- 



LIV OPÚSCULOS LITBRARIOS I CRÍTICOS 



sigue la recaudación de todos los que se publican.» El 
gobierno no debía desentenderse de semejantes reclamos; 
i en consecuencia dictó un decreto para hacer efectiva 
la disposición de la Jei, i perseguir a los infractores. 

•«A este decreto supremo, de fecha 18 de junio de 
1839, se refiere principalmente la circular ministerial 
de que hemos hecho mérito, i es ciertamente sensible 
que tengan que emplearse semejantes medios, cuando 
debería ser mas que suficiente el tenor solo de la lei, 
para que se cumpliese con una disposición que no puede 
llamarse onerosa, i de una utilidad tan demostrada para 
el público, i aun para los mismos impresores. Sabida es 
la dificultad que hai actualmente para formar una colec- 
ción regular de los escritos periódicos de la época de la 
independencia, i aun de muchos contemporáneos, quo 
no se encuentran en las mismas imprentas en que fue* 
ron publicados, i que apenas existirán en el país tres o 
cuatro de estas colecciones, recojidas a costa de mucha 
dilijencia i de gastos desproporcionados por unas pocas 
personas celosas de la conservación de los pequeños mo- 
numentos nacionales que poseemos en esta línea. En la 
BibHoteca Pública, al menos, si !a leí fuese cumplida 
con e]^{jtü^ se'ehcontraria un depósito arreglado de 
estos escritos, que serian asegurados contra la incuria 
de los indiferentes i contra las injurias del tiempo, i 
donde podrían ser consultados por todas las personas 
estudiosas, tanto nacionales como extranjeras, que de- 
seen instruirse en la historia, la estadística jeneral o 
particular do un ramo, las costumbres i el estado de 
civilización i cultura del país cu diferentes épocas, com- 
pararlas entre sí, etc., etc. 

«Se ve, por lo tanto, que, para este depósito, no solo 



INTIiODUCCION LV 



son indispensables los periódicos políticos i literarios, 
sino también todas las obras i papeles sueltos, do cual- 
quiera jénero, científicas, judiciales, estadísticas, etc., 
aun cuando conciernan a intereses particulares, como 
los informes en derecho u otras que se presentan en Iqs 
cortes de justicia; las que se refieren a un ramo, como 
las listas de precios corrientes, los prospectos i transac- 
ciones de sociedades industriales; i en jeneral todo lo 
que se imprima, por transitorio o indiferente que apa- 
rezca; que rigorosamente nada puede serlo, para el que 
busca precedentes, o estudia a fondo una época cual- 
quiera. 

«Así también la lei lo ha previsto, i comprende justa- 
mente en la obligación del depósito, sin excepción algu- 
na, todo jénero de escritos: ella debe ser obedecida, i 
estamos seguros que se exijirá riguroRamenle su obser- 
vancia. Es de esperarse que no llegue este caso, i que 
los actuales administradores de imprentas se apresura- 
rán a mandar a la BibUuteca Nacional todas sus publi- 
caciones, sin necesidad de reconvenciones de parte del 
establecimiento, asegurando de este modo sencillo al 
país un depósito completo de todas sus producciones, i 
en el que, rejistrándose lo pasado i lo presente, se au- 
mente el caudal de nuestros conocimientos, i puedan 
leerse al mismo tiempo, por las personas sagaces, los 
destinos a que somos llamados para lo venidero.» 

El ministro de estado i el redactor del periódico oficial 
querian que la Biblioceca de Santiago tuviese, entre los 
tesoros acumulados del saber humano, un archivo a^m- 
pleto déla literatura chilena. 



LVI OPÚSCULOS LiTfiflARIOS I CRÍTICOS 



VI 



Desde que vino a Chile, don Andrés Bello fué uno de 
los mas ardientes partidarios de que se formara una 
estadística exacla, que suministrase datos precisos sobre 
el estado del país. 

Solo ella podia proporcionar una base firme para em- 
prender reformas convenientes, i un crisol seguro para 
aquilatar la^ teorías escojitadas en la soledad del gabinete. 

El 9 de enero de 1835, comenzó a insertar en el núme- 
ro 226 de El Araucano un artículo referente a estadística 
traducido del Foreign Review^ el cual, según su opinión, 
encerraba consideraciones fáciles de aplicar a Chile. 

A la conclusión anadia: 

«En un país dado, el incremento de la población debe 
anivelarse al de los medios de subsistencia, según los 
desenvuelva la condición intelectual e industrial de la 
sociedad. Si éstos crecen menos velozmente que aquélla, 
como sucede en los países en que el principio moral no 
tiene toda la fuerza conveniente, la consecuencia es la 
miseria de las clases inferiores, con el cortejo de vicios, 
delitos, enfermedades, pestes, de todos los medios, en fin, 
que emplea la naturaleza para restablecer el equilibrio, 
disminuyendo al mismo paso la duración media de la 
vida, indicante segurísimo de la debilidad del principio 
moral. Se engañarían los que creyesen que esta condi- 
ción mórbida se cura radicalmente multiplicando las 
subsistencias; la población crecería sin duda con ellas, 
pero si la educación, si el cultivo mornl no inspirado 
hábitos de prudencia; si el pueblo no se hiciese mas 
próvido, ordenado i frugal, seguiríamos viendo como 



INTHO DICCIÓN LTII 



antes el espectáculo de la indijencia i la depravación, al 
lado de una próspera industria. Este desarreglo puede, 
por consiguiente, encontrarse en todas las condiciones 
de la sociedad, ya ascienda, ya decline, ya se mantenga 
estacionaria en la escala de la producción económica; i 
así como la súbita obstrucción de alguna de las fuentes 
productivas agra\'a de tiempo en tiempo el mal, los nue- 
vos recursos creados por la inlelijencia humana pueden 
también ali\iarlo i paliarlo, aunque nunca serán sufi- 
cientes para efectuar por sí solos una curación verdadera. 

«Mejorar la suerte del pueblo debe ser la primera aten- 
ción del gobierno, no solo porque su fin principal es la 
felicidad del gran número, sino porque los objetos se- 
cundarios de riqueza i de fuerza exterior no pueden ob- 
tenerse sólidamente sin ella. Donde se corta la duración 
media de la vida, que es lo mismo que decir, donde el 
el pueblo es indijente i miserable, \a hemos visto que, 
tomando un término medio, la utilidad de cada indivi- 
duo es limitada, i una porción enorme del capital do 
la sociedad se consume en el mantenimiento do jencra- 
ciones que desaparecen rápidamente, dejándola un escaso 
retorno. 

cfMas, para mejorar la suerte del pueblo, el primer paso 
es conocerle a fondo, i p r desgracia carecemos de dat^s 
estadísticos. Tiempo hace que el gol)ierno ?e afana en 
obtenerlos; i ¿se creerá que, después de reiteradas ói*de- 
nes c instancias, no han podido lograrse listas mofisuales 
de los nacimientos, matrimonios i muertes, i que faltan 
estas tan necesarias noticias aun respecto de las parro- 
quias de la capital? A los estados del coniontori ^ do San- 
tiago, publicados en este periódico, se rodnco t' do lo 
que en materia de documentos estadísticos se recibe 



LVIII OPÚSCULOS LlTBliAHIOS 1 CKITICOS 



hasta ahora con precisión i regularidad. Volveremos 
dentro de poco a este importante asunto.*) 

Efectivamente volvió a tratar la cuestión en el núme- 
ro 244 de El Ar¿iucano de 8 de mayo de 1835, en el cual 
decia entre otras cosas: 

«Influye principalmente en la alta mortalidad la des- 
proporción entre el incremento de la población i el de 
los medios de subsistencia que están a el alcance de la 
jeneralidad de los habitantes; i esta desproporción, sea 
cual fuere el estado de prosperidad de un país i la fecun- 
didad de sus recursos, no puede reducirse a su justo 
nivel, si no se difunden en las clases inferiores los hábi- 
tos de aseo, comodidad i buena conducta, que tienden 
jeneralmente a disminuir el número de los nacimientos, 
i multiplican el de los que sobreviven á los peligros de 
que está rodeada la infancia. Bajo este aspecto, no pode- 
mos dudar que se verifica en Chile una progresión lenta 
que hace subir el término medio de la vida humana, 
indicante seguro de la verdadera felicidad social. Pero 
mucho pudiera hacerse para acelerar este progreso, i el 
primer paso es procurarnos datos estadísticos por docu- 
mentos dignos de fe.» 

I en el número 249 de 12 de junio del mismo año, 
publicaba el siguiente editorial: 

ESTADÍSTICA DK GHII.E 
DEPARTAMENTO DE RANCAGIJA 

aEn este departamento, hai 72,346 habitantes. 

ocHai 35,052 hombres i 37,994 mujeres; para cada 1,000 
hombres hai 1,065 mujeres. 

«Las personas casadas ascienden a 21,817; de cada 33 
personas de todas edades i sexos, las 10 son casadas* 



INTRODUCCIÓN Ul 



«Ix>8 párvulos son 16^301; de cada lOÍJ perííonaíf, las 
22 son párvulos. 

«La mitad de la población se compone de individuos» 
que pasan de 21 anos de edad. \jí población útil crttíía- 
da entre los 15 i 60 años compone los cinco novenos del 
total. Ilai un septuajenario por cadrí 32 per--oní»s. 

«Este departamento c nsta de d^ice «¿iiUJr-l'-írfCíonefí: 
Santa Cruz (población, 3,71G;, Hijuelas (\,\hl), ('Aikr^r^H 
del Norte (3,546), Codegua i6,Ü5S;, IJndéroí^ HJM , 
Maipo (11,850), San Pedro (8,5ÍJl), Alhiié 4,201, í'rnj- 
mo (6,535), Coltauco (5,775), Doñihue '3,448', Oiren 
(7,415). 

«En lasubdelegaciondeSanfa Cruz, los- párvnKn '407) 
forman solo la novena parte del total, circunstancia que 
ofrece un indicio muí favorable de la salubridad del aire 
i de la condición moral del pueblo, fci fce tiene prr-Hente 
que en esta subdelegacion el núiriero de niatviwouUfH 
excede al término medio del departamento, pues bal 28 
personas casadas por cada 100 de todns edades i f-exos. 
La mitad de los habitantes pasa de 29 afios de edad; la 
población útil comprende casi los dos tercios del total; 
i hai un septuajenario por cada 19 personas. 

«La subdelegacion de Maipo presenta mui diferente aí" 
pecto. Los pár\'ulos (4,442) componen ma.s de un tercio 
del total, i sin embargo no hai mas que 10 pers<^*nns 
casadas por cada 54. La mitad de la población se com- 
pone de personas que solo pasan de 11 años de edad; la 
población útil no alcanza a los dos quintos del total; i 
hai un septuajenario por cada 40 personas. 

«En la proporción del níimcr > de párvulos c^^n el total 
de la población, influyen dos circunstarií.ins, el número 
de nacidos i el de muertos. De dos poblaciones que 



LX OPÚSCULOS LITfiRAUIOS I CRÍTICOS 



crezcan con igual rapidez, en aquélla será mayor a pro- 
porción el número de párvulos, en que fuere mas grande 
la mortalidad; i vice versa, de dos poblaciones en que 
fuere igual la mortalidad, en aquélla será mayor el nú- 
mero de párvulos, donde fuere mas rápido el incremento. 
Por consiguiente, donde vemos gran número de niños i 
jóvenes, podremos inferir una de dos cosas: o que crece 
con mucha celeridad la población, o que la mortalidad 
anual es considerable. 

«Es de creer que en la subdelegacion de Maipo concu- 
rren ambas causas a un tiempo. La circunstancia de 
ser tan grande en ella el número de párvulos i lan pe- 
queño el de los matrimonios, ofrece un indicio nada 
favorable de la condición moral del pueblo, a lo que son 
consiguientes, como todos saben, la miseria en que se 
cria la infancia i el estrago que las enfermedades hacen 
en esta época delicada de la vida. 

«En la subdelegacion de Santa Cruz, es sin duda mucho 
mayor el número de nacimientos que son frutos de en- 
laces lejítimos. Nacen menos a proporción que en el 
distrito de Maipo; pero el número de niños que se sal- 
van de los peligros de la infancia i figuran después en 
las otras épocas de la vida es a proporción mucho mas 
grande en Santa Cruz. 

«Estos datos nos parecen de b:istanto interés para fijar 
la atención de los observadores; valuar por ellos el ver- 
dadero estado del pueblo en cada sección del territorio 
do la república; averiguar las causas que aceleran o re- 
tardan su incremento material, su civilización i felicidad; 
i formar un juicio exacto, o por lo menos aproximado, de 
la constitución moral i física de la sociedad en que 
vivimos. 




INTRODUCCIÓN ULl 



«Es muí sensible que no tengamos datos algunos sobro 
el mo^imiento de la población, i lo peor es que no po- 
dremos adquirirlos en mucho tiempo. Del número do 
nacimientos, nada se sabe aproximadamente por la cos- 
tumbre que hai en Chile de bautizarse los recien nacidos 
en sus casas sin participación ni conocimiento de los 
párrocos, pues muchos de ellos crecen o mueren sin 
pasar por el rito solemne del óleo, i sin dejar, por con- 
siguiente, vestijio alguno de su existencia en los libros 
parroquiales. ¿Cómo, pues, p( cha saberse la diferencia 
entre los nacimientos i las muertos anuales, i la razón 
en que se halla esta diferencia con el total de la po- 
blación? 

«Hai, fuera de éstas, otras causas de inexactitud en los 
libros parroquiales; i no podemos menos de creer que 
se llevan con la mayor ncglijencia i abandono, cuando 
vemos que, en un departamento de mas de setenta mil 
almas, la suma de las listas do muertos presentadas por 
los curas no alcanza a seiscientos en el espacio de un 
año, debiendo sor por lo menos triplo.» 

El 27 de octubre de 1843, el ministro del interior don 
Ramón Luis Irarrazaval dictó un decreto para fundar 
en Santiago una oficina de estadística que acopiase no- 
ticias sobre el aspecto físico i producciones de la repú- 
blica, sobre el número de sus habitantes con distinción 
de sexos, edades i ocupaciones, sobre el movimiento de 
la población, etc., etc. 

Aunque el plan era demasiado vasto para el reducido 
número de empleados asignados a la nueva oficina, i 
aunque, por lo tanto, solo podia reputarse como un mero 
ensayo, don Andrés Bello patrocinó la idea en el núme- 
ro 658 de El Araucano focha 3! de marzo de 1843. 



LXII OPÚSCULOS LITBKAKIOS I CRÍTICOS 



«En varias ocasiones, ha llamado el gobierno la atención 
de las cámaras a la necesidad urjento de datos estadís- 
ticos que sirvan de fundamento a las medidas adminis- 
trativas, i no pocas veces hemos tocado también esta 
interesante materia en nuestro periódico, aunque lamen- 
tándonos de los obstáculos que varias causas físicas i 
morales oponen a la adquisición de noticias exactas, aun 
sobre aquellos objetos que son el cimiento i el punto do 
partida de la ciencia. Pero es preciso dar principio a la 
obra, luchar con estos obstáculos; i contentándonos con 
el partido que podemos sacar por ahora de las circuns- 
tancias, avanzar gradualmente, hasta que el trabajo su- 
cesivo de algunos años acumule suficientes conocimien- 
tos para la formación de una estadística que, si no com- 
pleta, deje al menos poco que desear en cuanto a la 
cerleza de los resultados que obtenga. 

«No es nuestro ánimo inspirar esperanzas brillantes, 
que solo pudieran realizarse en largo tiempo i con la 
extirpación de hábitos profundamente arraigados en la 
población, no solo de los campos, sino de las ciudades i 
de la capital misma. Las dificultades son grandes en una 
materia en que todo está por crear; i no debe disimu- 
larse que no podemos contar con los recursos de todas 
clases que so necesitan para superarlas i que otros go- 
biernos tienen la felicidad de hallar a la mano. 

«Nuestro objeto por ahora es dirijir la atención de 
nuestros lectores al decreto de 27 del corriente expedido 
por el ministerio del interior. Se establece en la capital 
una oficina compuesta de dos empleados que servirán 
desde luego en comisión, i de los cuales el que va a 
tener la dirección del ramo es ja conocido del público 
por trabajos anteriores, a que se debe el primer ensayo 



INTRODUCIOlf LXIII 



sobre la estadística de Chile; colección metódica de todas 
las noticias que a la fecha de su publicación pudieron 
recojerse a costa de prolijas investigaciones. El decreto 
enumera rápidamente los objetos en que debe ocuparse 
la oficina: jeografía física i política, número i movimien- 
to de la población, estado moral i relijicso de los habi- 
tantes^ industria indíjena i extranjera, vias de comuni- 
cación, establecimientos de educación primaria i científica, 
establecimientos de beneficencia, etc. El jefe de la oficina 
deberá arreglar sus operaciones a las órdenes e instruc- 
ciones que se le pasen por el ministerio del interior; 
para llevarlas a efecto, se entenderá directamente con 
todas las autoridades i funcionarios administrativos, i 
pasará cada seis meses al mismo ministerio un resumen 
de sus trabajos, expresando las dificultades que hayan 
ocurrido, i los medios que considere a propósito para 
vencerlas, a fin de que por el supremo gobierno se dic- 
ten las providencias convenientes. El gobierno, en fin, 
hará dar a la prensa cada año un repertorio nacional 
que contenga todos los datos estadísticos adquiridos 
sobre los puntos que dejamos indicados, i que le parez- 
can dignos de ver la luz pública. Tal es el plan, vasto i 
laborioso sin duda, pero que en su gradual desarrollo 
promete resultados importantes. 

«De una buena estadística, depende en gran parte el 
acierto de las medidas administrativas, pero no es esto 
solo lo que la hace preciosa. Ella da antecedentes segu- 
ros a los que piensan i escriben sobre los medios de 
desenvolver los recursos naturales xlcl país; sin la luz 
que ella suministra, solo pueden hacerse hipótesis aven- 
turadas, i cálculos que no merecen confianza. Ella ofrece 
a los capitalistas i negociantes extranjeros una base sóli- 



LXIV OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICO? 



da f)ara dirijir sus especulaciones; para plantear empre- 
sas que rindan utilidades a sus autores i al público, cuyo 
ínteres está aquí íntimamente unido con el de los parti- 
culares. ¿Cómo puede el espíritu de especulación indus- 
trial encaminarse a un campo inexplorado, cuyas cali- 
dades ignora, de cuyas riquezas i aptitudes físicas i 
morales no tiene idea? Para juzgar de la escasez de las 
noticias que circulan en Europa sobre este país, basta 
recorrer las mejores obras de jeografía, los mejores 
diccionarios de comercio publicados hasta ahora en In- 
glaterra i Francia. I lo peor de todo es que se suplen 
a veces los conocimientos de que allí se carece con 
pormenores erróneos i aun ridículos, tomados de viaje- 
ros ignorantes o superficiales, de lo que pudiéramos dar 
algunos ejemplos curiosos. La obra del señor Gay llena- 
rá en parte este vacío; i no dudamos que la nueva ofici- 
na hará también contribuciones interesantes a la jeografía 
i la estadística de nuestro suelo.» 



VII 



El predilecto para Bello entre los establecimientos de 
Chile fué el Instituto Nacional. 

Le consideraba en El Araucano número 602, fecha 4 de 
marzo de 1842, como el «precioso plantel de nuestra ju- 
ventud, primer fruto sustancial de nuestra gloriosa re- 
volución, que debia seguir la suerte de ella, sucumbir 
cuando sucumbió la patria, renacer mas bello el dia de 
la restauración de esta misma patria, i dar desde poco 
tiempo después al estado los varones distinguidos que 
debían dirijirlo, defenderlo e ilustrarlo.» 

Asistía con frecuencia a los exámenes para interrogar 



INTRODUCCIUN 



a los alumnos en gramática castellana, latin, filosofia, 
derecho, sin desdeñar por eso los colejios pri\-ados, i 
casi siempre daba en la prensa cuenta de sus obsen'a* 
ibones. 

El 8 de febrero de 1839, decia en El Arauc*'ino núme- 
ro 441: 

«El último año escolar ha dado resuUados tan satis- 
factorios, que nos creemos obligados a felicitar por ellos 
a los amantes de la civilización chilena i de los buenos 
estudios. El Instituto Nacional ha sido, como ei^ de es- 
perarse, el ({ue mas parte ha tenido en este progreso de 
la educación literaria.» 

I así en otras ocasiones. 

Don Andrés Bello concurría igualmente a las distribu- 
ciones de premios, que deseaba se hicieran con gran 
pompa i solemnidad. 

Léase lo que escribía en el número 59 i de El Arauca- 
no correspondiente al 7 de enero de 184?. 

«Los exámenes, distribuciones de premios i demás 
fiestas de colejios, han sido a la conclusión del próximo 
año pasado mas interesantes que en ninguna otra época; 
porque nunca habíamos poseído tantos establecimientos 
de educación, ni jamas habían sido tan numerosamente 
asistidos. Hace quince años solamente que no.existía en 
la capital otra casa de educación propiamente dicha que 
el Instituto; i ni ocurría siquiera la idea de un estable- 
cimiento para niñas. Hoi contamos con ese mismo Ins- 
tituto, que ha crecido cada día en extensión e importan- 
cia, i que, por las numerosas cátedras i distinguidos 
profesores que posee actualmente, se ha hecho como la 
escuela normal i centro de los estudios del país. La cupi- 

OPÚSC. í) * 



LXVI OPÚSCULOS LITKHAlilÜS I CIÚTICOS 



tal contiene ademas cinco colcjios para jóvenes que con- 
curren i rinden exámenes en el Institulo Nacional, otros 
tantos de señoritas, fuera de una multitud de eslable- 
cimientos subalternos de ambos sexos i de escuelas 
gratuitas municipales, conventuales, etc. para hom^ 
bres. Uno de aquellos colejios de niños i otro de señoritas 
han sido formados el año que espira, el que ha visto 
también dar principio a una institución gratuita para 
niñas pobres, protejida i auxiliada por el supremo go- 
bierno. 

(íAsí también los papeles públicos en todo el mes 
pasado, i aun antes de él, nos han dado relaciones mas 
o menos pomposas de los exámenes, de exposiciones de 
trabajo de los educandos o educandas, i dé las distribu- 
ciones de premios en los diferentes colejios, excepto en el 
primero de lodos: el Instituto Nacional. Nos es satisfac- 
torio publicar ahora el acta de profesores del Instituto 
sobre los jóvenes que se lian hecho acreedores a los pri- 
meros premios i una lista de aquellos que han merecido 
el accésit, o se han distinguido por su aplicación i buena 
conducta. Del mismo modo, hemos sido favorecidos con 
algunas observaciones acerca del poco interés que so 
nuiestra por el público, i principalmente por los padres 
de familia, en los progresos del Instituto, a vista d0 la 
peíjueña concurrencia a sus exámenes i actos públicos, 
de personas de afuera. Convenimos, por nuestra parte, 
en la justicia de estas o])servaciones, principalmente en 
cuanto liendo a manifestar que el mejor estímulo pai^a 
los adelantamientos de la juventud consiste en el aplau- 
H(i que reciben de sus parientes i amigos, o en aquel 
sentimiento naciente de gloria, o de amor propio racio- 
nal i moderado, que, lejos de sofocarse en el principio 



INTRODLCCION LIVII 



de la carrera del joven, debe dirijirse i estimularse como 
oríjen de la elevación de ánimo i de todas las bellas 
acciones. A esto contribuye, sin duda, i mui poderosa- 
mente, la publicidad de semejantes actos; i es esencial 
al mismo tiempo en la educación de los jóvenes, consi- 
derados como ciudadanos de una república, i llamados 
mas tarde al ejercicio aclivo do esta ciudadarua, o como 
destinados a las carreras del foro, de la Universidad i la 
tribuiía parlamentaria, en las que se necesitan los hábi- 
tos, formados desde temprano, de presentarse i hablar 
en público con cierta soltura i facilidad. 

«I si tales estímulos de gloria o semejante publicidad 
los consideramos útiles e importantes respecto de los 
jóvenes educandos, ¿con cuánta mayor razón no se ha- 
cen apetecibles para sus diurnos prí)fcsorcs, consa^jrados 
a una carrera ardua, difícil i lai>oriosa, sin mas premio 
por ahora que la conciencia de los grandes bienes que 
proporcionan a la sociedad con sus laudables esfuerzos, 
i sin ninguno de aquellos alicientes rio honor i gloria 
que hacen soportables las privaciones, i que alijeran en 
cierto modo el peso de ocupaciones áridas, monótonas i 
sin lucro inmediato, o correspondiente siquiera a la fati- 
ga i el trabajo? Tal es la posición de la clase di^'na i 
meritoria de los profesores del Instituto Naciruial: feliz- 
mente el gobierno la comprende en toda su extensión, i 
trata de mejorarla. Esperemos que se le abra una ca- 
rrera culeramente nueva en la futura Universidad do 
Chile, llamada a dar importancia, publicidad i recompensa 
a los estudios literarios i cientílicos, a ponerlos en honor 
en todo el país, i a servir principalmente c >n su poder 
e influencia, al primer establecimiento de la república, 
que no ha cesado desde su fundación de ílar al castado 



LXVIII OPÚSCULOS LITKRAAIOS 1 CHITICOS 

sujetos (Je un mérito esclarecido, i que siempre se ha 
afanado por introducir nuevos métodos i mejoras en 
la enseñanza moral, social i científica que está a su 
cargo.» 

Bello profesaba al Instituto Nacional un afecto pater- 
nal; bC empeñaba en la mejora de sus textos i de sus 
métodos; i se regocijaba con sus adelantamientos i sus^ 
triunfos. 

Se fijaba hasta en la pronunciación de los niños. 

Los alumnos del Instituto Nacional no hicieron mas^ 
que pagarle una deuda de gi'atitud, cuando acompañaroa 
en masa su ataúd a la última morada. 



VIH 



Don Andrés Bello pensaba que la lacra de la litera- 
tura chilena era la incorrección del lenguaje. 

Fuera de pocas i honrosas excepciones, los neolojis- 
mos i los solecismos abundaban en nuestras obras, 
como los cardos i los abrojos en un terreno sin cul- 
tivo. 

Esa literatura se anunciaba tan robusta como variada; 
pero se presentaba al mundo bajo un traje desaliñado, 
que la deslucía i afeaba. 

La escuela, el colejio i la prensa suministraron a Be- 
llo medios poderosos i adecuados para inculcar a la 
juventud el recto uso de las palabras i frases. 

Los víilúmenes anteriores manifiestan sus esfuerzos 
incansables para que nuestros oradores hablasen i nues- 
tros literatos escribiesen con la perfección correspondiente 
a las brillantes dotes de que estaban adornados. 

Los hechos han venido a probar con evidencia irrecu- 



INTRODUCCIÓN LZIX 



sable que sus consejos no fueron vanos, i qnc su.s 
esfuerzos no fueron infructuosos. 

Voi a copiar un artículo suyo inédito, que entra en el 
orden de ideas i de trabajos a que me refiero. 



CORRECCIONES LKXICOanAFICAS 

Con este título, se ha publicado en Valparaíso por el 
licendado don Valentín Grormaz, un pequeño cuaderno 
que, a nuestro juicio, es una apreciable muestra de los 
conocimientos i laboriosidad de su autor, empleados en 
un objeto eminentemente patriótico. Esta publicación 
sería de mucha utilidad en las escuelas i colejios como 
complemento de la instrucción gramatical que en esos 
establecimientos se dispensa a la juventud. 

A primera vista, podría juzgarse que en estas correc- 
ciones se trata de los vicios i faltas en que solo incurren 
el ínfimo vulgo o personas que no han rccil)ido sino la 
mas escasa educación; pero no es así. Son poquísimos 
los que, después de haber frecuentado por algunos «iños 
dichos establecimientos, no tengan algo que aprender en 
el modesto opúsculo del señor Gormaz. Nosotros, que 
hemos hecho un largo estudio de la lenp:iia, no tenemos 
empacho en confesar qiio le somos deudores do algunas 
provechosas advertencias. 

Debemos decir, sin embargo, que hemos ona)nlrado 
omisiones notables, i aun algunos conceptos que nos pa- 
recen erróneos; lo que no es de extrañar, siendo tanta la 
multitud de voces i frases impropias de que está plaga- 
do entre nosotros el castellano. 

Daremos algunos ejemplos. 



LXX OPÚSCULOS LITERAIUOS I CRÍTICOS 



APOLOJIA 

Se ha falseado casi universal mente por los escritores 
sur-americanos el significado de esta palabra, haciéndo- 
la equivalente a elojio o panejírico. La Real Academia 
la define así: «Discurso que se hace de palabra o por 
escrito en defensa de alguna persona u obra.» La frase 
rayada es esencial: hace la apolojía de un persona o 
cosa el que refuta los hechos o vicios que se le imputan. 
Para comprobar la exactitud de esta definición, bastaría 
recordar la célebre apolojía de Sócrates; esto es, el dis- 
curso que se supone pronunciado por este filósofo ante 
sus jueces en el proceso criminal que le habia sido in- 
tentado sobre sus opiniones i conducta; discurso de que 
Platón i Jenofonte nos han dejado dos diferentes ver- 
siones. Recuérdense también las apolojías que de la 
relijion cristiana se escribieron en los primeros siglos 
de nuestra era por San Justino, por Atenágoras, por 
Meliton, obispo de Sardes, por Apolinario, obispo de 
Hierápolis, por Teófilo, obispo de Antioquía, por Tertu- 
liano, por Minucio Félix, por Oríjenes, etc.* Todos los 
diccionarios que he consultado, están conformes con la 
definición de la Academia Española; i no hai necesidad 
de citar el gran número de r.polojías que con este título 
se han publicado en los tiempos modernos i en España, 
entre las cuales es mui conocida la del padre Sarmiento 
en defensa de los escritos de Feijoo. Ni es dicífil explicar 
la corrupción que ha sufrido esta palabra en América. 

* Añádase a éstas Ma Ápolojin de Apuloyo contra los que le acu- 
saban de majia, i que está oomprcndida en la ooleccion de sus obras. 



ly^ñjú'^cci'jy 



Uno de los mejores meiJi':»^ Je j^i-tidoar h njüíj:::!. ;^ 
una persona, es alegar <us buena- aoci.rieí i z'ijl:iiiir'^: 
i por tanto es natural ísimo que !a¿ apolojia- c^ rr.^r.zr^r. 
frecuentemente pacajes IauJa:.,nos: per- e.. :al'í¿ :a^ -^. 
el panejíríco es siempre un me«.iij «ie dere.i 



.!.-?•.. 



El uso que se hace de e¿ta palabra, e:? err-'j^c^j. Parece 
que se la ha querido hacer e«|uivaIor.íe ? la palabra 
francesa dévouement , que ^iírniíica una cosí difert-ate. 
Un acto de abnegación es aquel en que renunci '.m-^ un 
goce o interés nuestro en provecho ajen»', i s »bre todo 
por un motivo relijioso o patriótico. Pero 'ft^K*jnei'U2nt, 
según la Academia Francesa, es el abandono qu? hace- 
mos de nuestra voluntad a la voluntad J ? oW'}, estando 
dispuestos a sercirle en toda ocisioyi: i denota asimismo 
algunas veces el acto en que uno se expoa*^ a v.n gran 
peligro en defensa de una ctm^t, de la redjioi, ii patria, 
etc.; lo cual ya se ve que signilica algo mas que renun- 
cia, desinterés o desprenvlimiento, que es tud«» lo que se 
encierra en abnegación. C')mparando a abnegación con 
dévouement, encontraremos en aquélla algo de mera- 
mente negativo, al paso que en éste se presenta al espíritu 
la idea de un acto o de una serie de actos positivis. Si 
entre varios aspirantes a un empleo, el que tuviese la 
seguridad de obtenerlo no entrase en concurrencia, con 
el objeto de que por su desistimicuto lo ol)tuviese otra 
persona con ventaja del servicio público, ejecutaria un 
acto meritorio de abneiracion. En la historia romana, se 
cuenta que, declarada la guei'ra a los latinos i acampa- 
dos los dos c<3nsulcs Manlio i Decio a presencia de los 



LXXII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



enemigos, tuvieron ambos un sueño misterioso en que 
se les reveló que aquel jeaeral que se sacrificase a los 
dioses alcanzaría la victoria. Empeñada la acción, como 
Decio notase que su división comenzaba a flaquear, llamó 
al pontífice para que le dictase las palabras solemnes 
con que debia sacrificarse a los dioses; después de lo 
cual se arrojó a lo mas denso de la refriega i expiró 
sobre un montón de cadáveres enemigos. Con este sa- 
crificio (dévouement en francos), se alcanzó efectivamente 
la victoria, merced, sin duda, a las creencias supersti- 
ciosas de los romanos. No creo que tengamos en caste- 
llano una palabra mas adecuada que sacrificio para 
denotar la misma idea. En el Diccionario Francés-Espa- 
ñol de don Ramón Joaquín Domínguez, se explica mui 
bien dévouement: «Acción de sacrificarse o inmolarse 
voluntariamente en las aras de la patria, del deber, del 
honor, de la relijion, del amor, de la libertad, etc.» Es 
cierto que en todo sacrificio hai necesariamente algo o 
mucho de abnegación, i de aquí proviene, sin duda, la 
confusión que se ha hecho de las dos ideas. Entre no- 
sotros, se ha llevado el abuso hasta formar un adjetivo 
abnegado, que la lengua no reconoce en ningún sentido, 
i que, si pudiera tener alguno, designaría la persona que 
se niega perentoriamente a lo que de ella se exije. Nótese 
que la preposición latina ab introduce o refuerza en los 
verbos la idea de desprendimiento o repulsa, como se 
ve en abdicar, abjurar, abrogar. 

ABROGAR 

Este verbo es uno de los que suelen usarse mas 
impropiamente entre nosí^tros, dándole el significado de 



INTRODUCCID?! LZXIIl 



arrogar. Abrogar es anular, revocar lo que p«)r lei o pri- 
vilejio se hallaba establecido; i ai-rogar es atribuirse, 
apropiarse lo ajeno^ i particularmente el acto que en el 
derecho romano se llamaba arrogación. Cuando se dic4'. 
pues^ que alguien se a&roga una autoridad, jurisdicción 
o título que no le corresponde, se habla mal; se debe 
decir se arroga. 

APERCIBIR 

Apercibirse de no es frase castellana en el sentido de 
percibir. No será inoportuno copiar aquí el siguiente ar- 
tículo del Diccionario de Galicismos de don Hafael María 
Baralt. ^Se apercibió del fraude. Galicismo grosero. Aper- 
cibirse no significa, como en francés, advertir, reparar, 
notar ^ conocer^ sino prevenirse, disponerse^ aparejarse 
para alguna cosa, verbi gracia: Apercibirse a Za, para ía 
guerra; a, para luchar; de armas. Salva (Gramática) trae: 
Apercibirse de una visión; pero este es precisamente oí 
galicismo que se censura.» Se incurre en el cuando se 
dice que una cosa pasó desapercibida. 

RALEAR 

Balear en la significación de fusilar no os voz capto- 
llana. En el significado de pasar por las armas, tenemos, 
ademas de fusilar, el verbo arcabucear, como puede voi'se 
en el Diccionario de la Academia. 

AFUSILAR 

Afusilar tampoco \n es. 



LXXIV OPÚSCULOS LITERARIOS I CIÚTICOS 



llONCHO 

Yo no sería tan severo, como el señor Gormaz, con 
esta palabra, porque sus sustitutos castellanos borra^ 
* broza, hez, tienen el inconveniente de prestarse a sen- 
tidos diferentes, mientras que concho tiene siempre una 
misma significación. Sedimento convendría mejor; pero 
concho es la raíz de aconchar, aconchar¿=ie i aconchado, a 
que sedimento no se acomoda. 

EQUÍVOCO 

T,^san muchos esti palabra en el sentido de equivoca^ 
don, que no le da el castellano. Equívoco es: «Lo que 
se puede entender de diversas maneras.» Así una con- 
ducta equívoca os aquella que se presta a dos conceptos: 
uno de aprobación o indiferencia, i otro do desaprobación 
o vituperio, que es el que mas amenudo se sujiore; un 
hombre de conducta equívoca es aquel cuyos actos, 
aunque no declaradamente malos, parecen no confor- 
marse en todo a las reglas del honor i de la probidad. 
Equivocación es error o engaño: se habla, pues, pésima- 
mente cuando- se dice que alguien está equívoco por 
<lecir que está equivocado. 



HOT. 



Nada os mas común en todo jénero de escritos, i 
especialmente en nuestros periódicos, que las expresio- 
nes hacer un rol, im gran rol, un rol distinguido. En 
cíistellano, se dice que hace papel el sujeto que tiene 



IN TRODL'CCK «.V LXXV 



alguna representación en cualquier línea, en la repúbli- 
ca u otra parte {Diccionario déla Academia^; cnlrenct* - 
res, se llama papel la paite de comedia, escrila, que ?o 
da a cada uno para que la estudie, según la pericona 
que ha de representar en ella nbidem¡, lo que por exten- 
sión se aplica al carácter que alcruno tiene o se arroga 
en la sociedad. Significa propiamente lista o catálogo, i 
particularmente la nómina de la marinería de un buque, 
autorizada por el respectivo comandante de marina. 
Traducir /a/re un grand rol por hacer un gran rol, es 
imitar al que traduciendo la frase castellana: a El duque 
N. hacía mucho papel en Madrid», dijo en francés: <rLo 
duc X, faiírsait beaucoup de papior á Madrid. v 

ROLAR I ENROLAR 

Rolar i enrolar no son palabras castellanas, i para 
nada se necesitan; aunque bien pudiera usarse la segun- 
da en sentido de introducir a una persona en un rol o 
nómina de marineros. 

SENDOS, SENDAS 

Es notable el uso que de este adjetivo suele hacerse 
en el dia por los que no han percibido su primitiva i je- 
nuiña significación en los escritores castellanos anterio- 
res o mui cercanos al reinado de Carlos III. Si hemos 
de estar a las definiciones de nuestros modernos lexi- 
cógrafos, sendos es un verdadero Proteo, ([ue se presta 
a significados varios según el paraje en que so encuen- 
tra, i que, en lugar de contribuir con las otras palabras 
al í-entido de la frase, nos ofrece un ojeniplo singula- 



LXXri OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



nsimo de lo contrario, pues recibe de ellas el suyo. 
Principiaremos por el que tuvo en todas las épocas 
precedentes. Decíase antiguamente sennos, i asilo encon- 
tramos en el poema del Cid, versos 731 i 732: 

Trescientas lanzas son, todas tienen pendones: 
sennos moros mataron, todos de sennos colpes; 

lo que quiere decir que cada lanza mató a un moro, i 
cada uno mató a su moro de un golpe. 
En el Alejandro, copla 1702: 

Trae * trescientas duennas vírjenes con caballos lijeros, 
Que darien lide a sennos caballeros; 

esto es, cada una a un caballero. 

Ábrase por cualquiera parte la edición de Gonzalo 
Fernández de Oviedo, déla Real Academia de la Historia; 
í no tardará en salir al encuentro algún ejemplo de este 
mismo uso de sendos, siendo en muchos de ellos inad- 
misible el significado de buenos, fuertes, grandes, fa- 
mosos, descomunales, que en ciertos diccionarios se le 
atribuyen, bien que con la cautela de añadir otros tales, 
o de cerrarla enumeración con un etcétera, que da cabida 
a cuanto se quiera imajinar para salir de toda dificultad. 
En un pasaje de Gonzalo Fernández de Oviedo, se dice 
que el emperador Cárlójs V condecoró con sendos hábitos 
de Santiago a dos individuos que se hablan distinguido 
en su servicio. I para no cansar mas, recórrase la mul- 
titud de ejemplos acumulados en mi Gramática^ donde se 
trata de los numerales distributivos; todos los cuales 
ejemplos se explican de un modo uniforme, que es el 
mismo que dejamos apuntado, sin que jamas sea nece- 
sario añadir calificación alguna a la idea de unidad 

^ La reina de las Amazonas. 



UCTROOUCCION LXXVIl 



distributiva. Aun en este siglo, escritores célebres que 
se han esmerado en la propiedad del loiiguaje, como 
Clemencin. el duque de Rívas i Martínez do la Rosa, 
han autorizado el uso que llamo propio i jcnuino. La 
Academia está en lo cierto cuando da a sendos por equi- 
valente el adjetivo latino singali, que siempre tuvo el 
sentido de unidad distributiva, como en esto pasaje do 
Tito Li\io, libro 40, capítulo 4: In viduitíite relicta* 
filice, singulos filias parvos habentes; que es como si 
dijéramos: quedaron viudas sus hijas, que tenían sendos 
hijos pequeños. La Real Academia Española no reconoce 
el número singular de sendos, que en verdad ¿c<')mo 
podría tenerlo sin ponerse en contradicción con el signi- 
ficado que siempre tuvo? I cuando añade este sabio cuer- 
po que esta unidad se toma unas veces activa i otras 
pasivamente, hace una observación oportunísima: así so 
dice activamente les dio sendos palos cuando es uno el 
que los da i mas de uno los que los reciben, i le dieron 
sendos palos cuando los apaleadorcs son muclios i el 
apaleado uno solo. Por consiguiente, le dio sondas palas 
es, atendiendo a la propiedad de la palal)ra, un harba- 
rismo, supuesto que sea uno el ajenie i uno el paciente. 
Acaso fué el padre Isla el primero (jue aventuró en cas- 
tellano esta absurda locuciím; pero tengase presente el 
juicio que hace de sus obras un eminente lilólogo de 
nuestros dias (don Pedro Felipe Monlau en el tomo XV 
de la Biblioteca de Rivadenoira) (flsla, dice, no es on 
rigor lo que se llama un escritor clásico. Su lenguaje 

no siempre es terso i correcto en sus cláusulas, 

advertimos harto amenudo faltas de relación , 

imperfecciones de sentido, etc.n 



LXWni OPÚSCULOS LITKUARIOS I CKITICOS 



El artículo quedó inconcluso. 

La tarca era larga para una persona tan ocupada co- 
mo el autor. 

Las palabras de que don Andrés Bello il)a a tratar, 
después do las mencionadas, eran chileno i putretencioii^ 
que alcanzó a apuntar en el papel que acabo de copiar. 

Ignoro lo que pensal)a escril)ir acerca de ellas. 

El Diccionario de la Academia Española ensena que 
chileño es el natural de Chile, i lo perteneciente a este 
país de América; i que chileno se aplica solo a las per- 
sonas. 

Creo (juc osla docta corporación habrá de convenir 
en que somos los habitnntes de Chile los llamados a de- 
cidir acerca de estas dos palabras. 

Pues bien, en Chile, i se^un entiendo en toda la Ame- 
rica Española, se usa invariablemenle el vocablo c//í7eno, 
ya como sustantivo, ya como adjetivo, ya se aplique a 
las personas, ya se emplee para designar lo pertenecien- 
te a nuestro país; ¡amas se usa el vocablo' c/¿/¿e/7o. 

Entretención so usa vulgarmente entre nosotros por 
entretenimiento. 



IX 



El autor de la Gratnática Castellana no era uno de 
esos puristas meticulosos i exajerados que rechazan toda 
innovación, por razonable que sea, i que reducen el 
lenguaje a una especie de fórmula sacramental, en que 
no es lícito variar una tilde. 

No caia por eso en el extremo opuesto. 

Cuando hablaba, o escrij)ia, no encerraba con seis 
llaves las reglas gramaticales, como Lope de Vega los 



INTRODUCCIÓN LXXIX 



preceptos dramáticos, bien que no se asemejase a un 
devoto escrupuloso que considera como pecado grave la 
acción mas inocente. 

Indudablemente quería la pureza, la regularidad i la 
fijación del castellano; pero se sometía al uso de la jente 
ilustrada i al desenvolvimiento inevitable de una lengua 
viva. 

Sus ideas sobre esta materia están consignadas con 
la mayor claridad en unos apuntes que sacó para redac- 
tar una crítica minuciosa del Diccionario de Galicismos, 
escrito por don Rafael María Baralt. 

Es de sentir que esos apuntes hayan pasado apenas 
de la letra A, i que no hayan sido completados i revisa- 
dos por su eminente autor, pero, así i con todo, serán 
leídos con interés i provecho. 



DICCIONARIO DK GALICISMOS 
Por don Rafael María Baralt 

Este es un libro que hacía falta en los países castella- 
nos de uno i otro hemisferio, i que celebramos haya 
tenido aceptación en Santiago, que no era donde menos 
80 necesitaba. Predicadores, abogados, catedráticos, 
historiadores, poetas, periodistas, este libro es un exa- 
men de conciencia, que, si la vuestra no está de todo 
punto extragada, os hará mas mirados en el uso del 
habla, i mas cautos contra el conlajio de los malos 
ejemplos. De mí puedo asegurar que, leyéndolo, me ha 
sucedido mas de una vez decirme a mí mismo: Peccavi, 

Tiene el Diccionario dfí Galirisnios, entre otras reco- 
mendaciones, la de leerse con gusto i hacerse perdonar, 



L2(XX 0PUSCULÜ8 L1TBHAH1U8 1 CHITÍC08 



por la tersa i luminosa doctrina que contiene, la seve- 
ridad con que nos echa en cara nuestros deslices i fraji- 
lidades; si bien hallo de cuando en cuando excesiva la 
severidad, no • enteramente segura la doctrina, i algo 
arbitrarios los fallos. Excepciones hai que, en igualdad 
de circunstancias, se admiten i se rechazan, i principios 
también, ya expresos, ya implícitos, que no me parecen 
fundados en razón. 

Prohibir absolutamente la introducción de voces i 
frases, vocablos i modos de decir cinctutis non exaudita 
Cethegis, sería lo mismo que extereotipar las lenguas, 
sería sofocar su natural desenvolvimiento. 

Son las lenguas como cuerpos organizados que se 
asimilan continuamente elementos nuevos, sacándolos 
de la sociedad en que viven, i adaptándolos bajo la forma 
que es propia de ellas a las ideas que en ésta dominan, 
renovadas incesantemente por influencias exteriores, 
como la atmósfera de que los vejetales se alimentan. 
Pero no debemos dar demasiada latitud a esa semejanza, 
llevándola mas allá de lo que conviene a la fácil, breve 
i lúcida enunciación del pensamiento. Es una condición 
reconocida para lejitimar la introducción de un vocablo 
o frase nueva su necesidad o utilidad, por manera que 
se logre con ella señalar un objeto, expresar una idea, 
adecuadamente, sin aníibolojía, sin rodeos, cuando la 
lengua no tiene otro modo de hacerlo. Figurémonos lo 
fecunda que sería de incertidumbres i perplejidades una 
lengua caprichosa, de frases i modos de decir exóticos, 
en que tropezase a cada paso el lector, obligándole a 
una atención desacostumbrada i penosa. El lenguaje 
tiene su belleza propia, que se desluce con afectadas 
galas, i solo consiente aquéllas que le sientan bien por- 




que oonvieaen a su conformación i Gsonomía nativas. 

Pero, do todas las novedades, las quo mas daüo hacen 
60n las accpciüncs nuevas que se dan a las voces cuya 
M'gniíicacion ha fijado la lengua. Bajo esto aspecto, me- 
reoon tenerse presentes muchos de los artículos del 
Diccionario de Galicismos; pero hai algunos en que su 
sabio autur nos parece excesivamente escrupuloso. ¿Por 
qué no ha do poder decirse, por qué ha de ser malo: 
ñbindonar un sistema erróneo, abanfíoiiar un método 
embarazoso, abandonarse a lavoluntadde la Providencia? 
Algunas de las sustituciones propuestas por el señor 
Baralt me parecen poco felice». Reimnciar esperanzas 
es admi-sible, aunque no necesario; pero renunciar sis- 
temas! renunciar métodon! Abandonarse en manos de la 
Procidencia es mas caslizo i mas expresivo, sin que por 
eso deba condenarse como vicioso abandonarse a la üo- 
luntad de la misma, o mas frecuente i mejor abando- 
narse a ella, i si pueiébcmos eí cíelo en lugar do la Pro- 
ijidencÍ!i,¿\e daríamos también manos para abandonarnos 
a ellas? No estamos obligados a decir siempre lo mejor; 
basta lo bueno. 

En jenoral, lo que deja mas que desear en este libro 
es la conversión de frases que so condenan justa o in- 
justamente como galicismos a frases castellanas. ¿A quién 
ealisfacerá que, en lugar de desilusionar, se diga, no ya 
deíengafiar, que se le acerca ciertamente, aunque no 
alcance a signilicar lo mismo, sino ilustrar, instruir, 
advertir? 

He dicho ({ue loa significados nuevos daílos a palabras 
conocidas i iitiualca constituyen imperdonables noolnjis- 
mos. Pero téngase presente que una acepción metafórí- 

oPünr.. 1 1 ' 




ea, 8i la metáfora es lejítima, no es una acepción nueva. 
151 primero que dijo matar la luz empleó una bella me- 
táfora, sin uso alguno; i tan feliz pareció este uso de 
inaíar, (jue, a fuerza de repclirse, tomó et carácter 
de propio, i como tal lo reconoce la Academia. La 
metáfora sujiere simultáneamente dos ideas: la que co- 
rresponde a la voz propia i la de la imájeii presentada 
por la voz metafórica; i si no es grande i obvia la seme- 
janza entre las dos, la expresión es oscura, i por consi- 
guiente, viciosa. Apagar la vida me parece hallarse en el 
mismo caso que maíav /a luz, aunque no mencionado 
ni como propio, ni como metafórico en el diccionario 
académico. 

Si es permitida la introducción de vocablos nuev( 
convendrá averiguar ante todo qué condiciones los 
jitiman. 

La primera es la necesidad o utilidad. Si para expre- 
sar una idea tenemos que valemos de una perífrasis, 
nadie negará la conveniencia de crear o adoptar un 
signo que la dé a conocer concretadamente i sin rodeo. 
Si se trata do un animal recientemente conocido, de una 
planta exótica naturalizada en nuestro suelo, de una 
máquina o de un utensilio nuevo, de un objeto cualquie- 
ra que hasta ahora no ha tenido nombre en la lengua, 
es necesario dárselo, sea que lo saquemos de otra len, 
antigua o moderna, sea que lo formemos sin salir de 
nuestra. 

La segunda de dichas condiciones es que se dé 
recién formado vocablo una fisonomía, en cuanto posible 
fuese, castellana; bien que en esta materia es necesario 
dar mas libertad i amplitud al lenguaje de las ciencias i 
artes. Las ciencias son cosmopolitas; i en ellas impoi 



ado 
iri o • ^ 

re- 
sis, 
un 
eo. 
ina 
ma 
uie- 



INTIlODfCCION 



mucho que lo que se escribe en un pa,is se entienda per- 
fectamente on los otros, de matiora que una voz técnica 
haga nacer en la mente del lector, a cualquier nación 
que perlenozca, la ¡dea que le tiene asignada la ciencia, 
sin diferencia alguna, lo cual lograríamos sin duda mu- 
cho mas fácilmente empleando la misma voz, con una 
nominación castellana, que traducirla por otra equiva- 
Icnle. Asi, aunque aparasolado, por ejemplo, significa 
de un modo mui castellano i muí pintoresco la disposi- 
ción de las flores de ciertas plantas, en obras de botánica 
destinadas a loa que cultivan csla ciencia, me parecería 
mas conveniente umbela que parasolarfo, i plantas itmbe- 
laflns que plantas aparasolada.:?, para indicar esta disposi- 
ción de las flores. Por la misma razón, preforiria yo 
hojas o flores verticiladas a hojas o flores de añada o 
rodaje. Pero es preciso que, al castellanizar una voz téc- 
nica, lo hagamos con el debido discernimiento. A cierto 
orden de reptiles, llaman los naturalistas en latin saurii, 
en franfeasauríejis; i nosotros debemos llamarlos saurios, 
tomando la voz latina (parce detorta, como recomienda 
Horacio), no saurianoa, ni mucho menos sorianos como 
ha hecho un estimable naturalista de nuestros dias. 
Extiéndese esto mismo a los nombres propios. 

Presupuesta la conveniencia de un vocablo nuevo, yo 
no escrupulizaría formarlo de una raíz castellana, según 
los modos de derivación que eo usan c munmente en 
nuestra lengua, i a que se desarrolle su organización, co- 
mo la de las plantas en sus ramas, vastagos i flores. Una 
vez admitido impresionar, como verbo activo derivado 
de ím;>re/«íori. ¿por qué no admitiríamos a impresionable, 
como nombre verbal derivado de impresionar? El señor 
Barait toma, creo, bajo su protección a imprasionable. 



OPUülitlLUS LITBHAl 



(|ue la Academia no reconoce, pero no en el significado 
que, a mi juicio, le conviene major; i sostiene, como 
cowa evidente, que pertenece a la primera clase de los 
derivados en able, cuya signilicacion es activa, como 
ileluit&ble, lo que deleitfv. Yo croo, al contrario, que debe 
clasificarse con los que signilican posibilidad i pasión, 
impresionado, que os la significaoiou ordinaria de los 
adjetivos verbales en aí>ie o ible, i por tanto, la que mas 
fácilmente ocurre al lector u oyente. Crci> que a pocos 
ocurriría llamar corazón impresionable al que puedo 
hacer impresión viva, i que si oís que una peruana es 
fácil, líjei-a o pi^fundutnBiite impresionable, todo el que 
supiese lo que quiere decir impresión e iinpresionar 
eiitendcria que se trataba do una persona que es fácil 
o lijera o pru fu [idamente impresionada. ¿Qué importa 
que en Irances se diga impresio/iabíe en el mismo sen- 
tido? ¿Debemos abstenernos de una derivación caste- 
llana en su sentido natural, porque los franceses tengan 
en sn lengua una derivación semejante? ¿Puedo evitarse 
que diis lenguas hermanas se asemejen en muchísi-nas 
cusasV Es que tenemos, dice el señor Baralt, un adjetivo 
que significa exactamente lo mismo: el adjetivo sensible, 
Pero, si es así, me tomaría la libertad de preguntarle: 
¿podrá decirse en castellano que una persona es fácil~ 
mentü sensible, como puedo decirse que es fácilmente 
impresionable? Si en alguno de los dos sentidos hai 
algo que no es conforme a la indolo de njjestra lengua, 
es ciertamente en el del señor Baralt, porque es una 
excepción, mientras que el otro ocurre a cada paso, 
entra en el proceder ordinario de la lengua, es, en una 
palabra, la regla. Lo mismo sucede on los verbales í 
bilis latinoa. 



I si de impresión sale rectamente desimprenlonnr, 
reconocido por la Academia, ¿por quó nO de ilusión, 
desilusionnr? El Diccionario (le Gnlicitímos In i-uliiiHap(ir 
dos razones: primera, porque no totioinofs oí Hiiiipl» 
itu»ion.tr, comí» ios fraiicosew a iUuftioh<-r; HPginida, 
porque tenemos ja un verbo i|iil' sífíriilica lo mismo, 
dtisengaíljir. Ln primero nn íinpurli». TómeMO el Icclor 
ol trabajo de rec-irror la lar^tiíhtina lietln dn verbos ipio 
comienzan en castellano por la parlfciila compOHltiva 
des; i se verá (juc no son pocoa Idh que pr'nwUMi IninB- 
dialamonte do noml)re, sin el Íntcrin«dio Hh vítIo, \ii 
se aiwjan laa colmenas, i sin embargo, »o tlanahpjnn; \ 
no se acerba un licor, aunque so dmací^rltR-. i «e denngiin 
un terreno, aunque no se a^ita; niponnile lu Icn^i'^i "'mr 
a un hombre {como no sea m'ivi.'r|ü en irn); ni amornr 
a nadie, aunque sí deitumarnrla. Esto en las primeraa 
columnas, i sin recurrir a la» otras del ÍHccionnrio: 
descabezar, descabritar, d/^sgsifur, despabilar, etc., etc. 
Ademas, yo no veo por qué no pudiera usarse en oca- 
sionéis oportunas iUisionar, quo do seguro sería enten- 
dido de 'todos, aunque nn hubienc «taludado el francés. 
La segunda razón es todavía mas dííbil. Entre dasiiu- 
sionar i de/tentjnñar^ hai la misma diferencia que entre 
ihmon i enfjHfío. 

Paréceme igualmente que el señor Haralt no ealo 
una que otra vez de los límites propios do una obra 
Olmo la su>a, i eso aun dando al titulo toda la extensión 
i signilicadii quo no tiene, puesto que en HIa se tratado 
señalar los vocahlus, ¡iros i modos de decir viciosos quo 
hemos tomado recionlomonte, no solo dpi francés, niño 
de una lengua extranjera en jenoral, o quo lalvez hemos 
fonnadj en nuestra prnpia lengua adulterando las na- 




turales acepciones o conibineiciones de las palahras cas- 
tellanas. Entiendo, pues, que el señor Baralt ha querido 
darnos uu dicciouario de neolojisinos {viciosos, se en- 
tiende); i en esto supuesto he diclio que traspasa a veces 
los límites que corresponden al abunto que se propuso. 
Una repetición prosódica, por ejemplo, como las que se 
notan en las pajinas 578 i siguientes, no es un vicio de 
lenguaje, sino de estilo; es el abuso de una figura retó- 
rica, rió un ueolojisino. Frai Luis de Granada hizo fre- 
cuente uso de ella; i seguramente nadie le contará entre 
los escritores afrancesados. Hé aquí uno do iníinitos pa- 
sajes que pudieran aquí citarse de sus obras; — ¿Qué com- 
paración puede haber entro deleites de tierra, i deleites 
de cielo? ¿entre deleites de carne i deleites de espíritu? 
¿entre deleites de criatura i deleites del Criador? Porque 
claro está que, cuanto las cosas son mas notables i mas 
excelentes, tanto son mas poderosas para causar mayo- 
res deleites, — Dudamos que el señor Baralt quisiera 
chapodar este ejemplo, como los que copia, de manera 
que vienicse a decir: — ¿Qué comparación puede haber 
entre deleites de tierra i de cielo, de carne i de espíritu, 
de criatura i del Criador.' porque claro está que, cuanto 
las cosas son mas notables i excelentes, tanto son mas 
poderosas para causarlos mayores — doacartando un mas, 
dos entren, seis dfíleite.s. La repetición, como todas las fi- 
guras de retórica, puede ser expresiva o inoportuna; pero 
esto solo no bastarla para tildarla como afrancesada. 
Prescindo de los casos en que la repetición es absoluta- 
mente necesaria, como este mismo ejemplo lo prueba. 
La preposición de so encuentra seis veces en el primer 
miembro del ejemplo; i no podríamos suprimirla 
sola, sin decir un despropósito. 



Lo mismo digo del abuso de la metáfora. Almurdo 
sería, i no pequeño, imajinar r|ue los vocablos no pue- 
den recibir otras acepciones melafóricas que las señala- 
das por el Diccionario de la Real Academia Kapañola. 
Cuando la Academia señala tina de ellas, Id que quiere 
decir, si no me engaño, es que la tal acepción se ha licc-Iio 
frecuento ea el uso común de la lengua, en términos de 
poder usarse como propia. En cuanto a los sentidos 
figurados que no constan en el ÍUcrionnrio, su lejítimo 
empleo no es cosa que pertenece a la jurisdicción de la 
gram&tíea o la lexicografía, sino do la retórica, c-sto es, 
del buen gusto en la elección de los pensaniienfos o el 
estilo. Cabalmente la novedad de las imájeiies es una de 
tas calidades que realzan su lejítimo empleo, aun en el 
estilo didáctico. De lo cual se sigue que, cuando se toma 
una palabra en sentido metafórico de que no haga men- 
ción la Academia, la metáfora puede ser inoportuna, 
puede ser violenta, puede ser do mal gusto, pero no 
por eso será un neolojismo (tomando esta palabra en 
mal sentido, que es el que ordinariamente le damos); i 
el haberse usado en otra lengua no hace al caso. Si la 
metáfora satisface a las condiciones que se requieren 
para el recto uso de esa especie de tropos, no hai mas 
que pedir; i el haberla tomado de la lengua francesa 
podrá ser una imitación, i alo sumo un plajio, pero nó un 
galidsmo. Trasparente es una cualidad quo los moder- 
nos críticos franceses atribuyen al estilo cuando pone de 
maniriesto, o en toda su luz, los pensamientos del autor, 
a la manera de un cuerpo diáfano que se interpone entro 
nucsti'a vista i los objetos materiales. La iniájen no 
puede sor ni mas adecuada, ni mas expresiva, ni mas 
clara, ni mas breve. ¿I m» podremos nosotros emplear en 




el mismo sentido las palabras íi-aspareníe, diafanidad, 
ein que se nos acuse de galiparlistas? 

Peur rae parece todavía cuando se repruelm una locu- 
ción por el solo hecho de asemejarse a olra que los 
franceses emplean corrientemente on su lengua, porque 
tiene, según se dice, unsíbor gnUrano. Eslo me recuer- 
da el cupit ha^resim do que tanto abusó el santo oficio. 
Si en la tal locución todas las palabras están usadas en 
el sentido propio o en ei metafórico que por un uso fre- 
cuente ha merecidi» mirarse como lal, i si la construc- 
ción está arreglada a los preceptos do la gramática, nada 
significa la semejanza que tenga con otro jiro o modo 
de decir francés, ingles, italiano o de cualquiera otra 
lengua. Ni veo razón por qué, en igualdad do circuns- 
tancias, esté mas a cubierta la adopción de un jiro latino, 
que nó la de una expresión francesa- 
No parece bien que la lengua francesa sea una senti- 
na, de donde nada bueno puede venirnos, híuo infección 
i peste, sin que haya cuarentena que lo purifique, úni- 
camente por existir allí, eso en medio de ostársenos 
colando por todos los poros las ideas, las doclrinas, 
costumbres, las modas francesas. Est modus in robus. 



Á USADA POR PAllÁ 



Con mucha frecuencia, se conmutan una por 
estas dos preposiciones en castellano; i no siempre 
fácil decidir a cuál de ellas so deba la preferencia. — 
«¿Kl yugo de la virtud es posado al hombro o para el 
hombre'''»— El seí\or Baralt reprueba la primera deestas 
construcciones; pero creo que en el lenguaje de la poe- 
sía, que exije amenudo el réjimen latino, sonaría tali 
mejor pesado al hombre: grave homini. 



I 

■e e^^^ 




INTRODUCCIÓN LXXXIX 

'En lo qiie con menos desconfianza difirrn Hol nícnit- 
Tiarío, es en la censura de la frase: kA tales lu'nibres, 
nada puede ser iiiipüfible,« p>.rqiie el ser poniliU' n im- 
posible, agradaltto o iuolesl'j, fácil o diriril, rije el tinlivo 
de loa pronombres doclinablcs: «Te es Eoil,» «nos oh 
molesto,» onu parece serlos imposible;» I a talos hnmhves 
es precisamente eac misinn tlativo. ¿A quién oFeiutc^ria 
que se dij*.'i-e empleando un pleonasmo que c» Trccuon- 
tísimo en castellano: vi tales hombres nada puedo Ksrlen 
imposible? ¿I no sorúi, solocisino garrafat para tale* honu 
bres puede serles? Do donde me parece deducirse que, 
en el ejemplu cuestionado, no solo es lojílimo «, «iníi 
preferible a para. 

A USADA \'<m ai\ 

Según el Diccionario, es galicismo «vender a pérdida,» 
BÍn embargo de la analojía de esta fraac con ivendor a 
crédito,» «vender a dinero,» i otras cuantats como «ven- 
der a prueba o a plazo,» «vendiT a vil o mal precio,» 
«prestar a interés,» «imponer un capital a fondo perdi- 
do,» etc. Pero, pocas Ifneas mas abajo, se admito «reftir 
a sable o pistola,» porque hal on castellano otras expre- 
siones idiomáticas del mismo jénoro, cí^nno «ponorso a 
brazos con alguno,» «andar a estricadaH,» etc. Creo que 
entre estas últimaíf es ménns obvia la analojía, queentre 
las anteriore»; i con todo eso, «vender a pérdida» so 
ondena como afrancesado, i «pelear a Cíipatla,» nó, 
Cur tan varíe? 

A iWAn.v pon poñ 

LbA lo que veo, tan malo es hoi como ayer.» J'or lo 
ueo (jiiicre el Diccionario que se diga; i nsland') a esa 



LG OPÚSCULOS LITKHAltlOS 1 CRÍTICOS 



decisión, es preciso que sean también neolojisnios «a lo 
que parece,» cea lo que conceptúo,» cea lo que preveo,» de 
uso comunísimo. Pero el mismo Diccionario establece 
a la pajina 607 que según i a lo que son expre§jiones 
equivalentes; i de sus ejemplos se deduce que tan bue- 
no es a lo que creo^ a lo que opino^ como según creo^ 
i según opino. ¿Por qué, pues, no hemos de admitir a 
lo que creo^ como un equivalente propio i lejítimo de 
según creo? 

Copio el párrafo siguiente porque la doctrina en él 
enunciada me parece abrir la puerta a un modo de dis- 
currir ciertamente laxo en materia de neolojismos, doc- 
trina que inutilizaría mucha parte de los saludables 
avisos del Diccionario, con los cuales está en pugna 
abierta. 

— «I a esta causa, los sabios no suelen menospreciallos 
(los refranes), antes llegarse a ellos, como a buenos con- 
sejeros.» (Gara.1, Cartas.) Hoi pasaría por galicismo la 
expresión a esta causa ^ frecuente en las obras de nues- 
tros antiguos. Ciertamente, lo mas propio es por esta 
causa, a menos que, cambiada la estructura de la frase, 
no se dijese: A esta causa debe atribuirse el que los sabios ^ 
lejos de meyíospreciarlos ^ se hayan llegado siempre a 
ellos, como a buenos consejeros. La expresión de Garai 
es, pues, una elipsis. — 

Yo convengo en que hoi se preferiría con razón a la 
frase anticuada de Garai cualquiera de las corrientes, 
por esto, por esta causa, etc. Con lo que sí estoi mal, es 
on la idea que el autor nos da de la elipsis. Explican- 
do por esta figura aquella frase (lo que de suyo siprni- 
ficaria poco^, apenas habría locución viciosa que no 
pudiese justificarse a la sombra do una elipsis imajina- 



ría, sobre tndo, ni se mirase como una elipsis la qun so 
nos presenta coimt tal on el prinajc que hemos cnpiado. 

— La elipsis (dice inui bien la Aciticiiiia en la cuarta 
edición de su Grhmálica, i creo i|ue lo repite en la quin- 
ta) es una Tipira por la cual se omiten en la oración 
algunas palabras que, hiendo necesarias para completar 
la construcción gramalica!, no hacen falta para el sciili- 
do i su intclijencia, antes, si sq expresaran, quitarían la 
gracia de la brevedad i la enerjía a las expresiones. — 

Los ejemplos con que se ilustra la detiiucion, m» pue- 
den ser mas adecuados. Solo me permitiré notar que im 
haí para qué suponer que esté incompleta la expresión 
Madrid c.ijiHal de España, subentendiendo que es entre 
Mudrid i capital, porquo la gramática no se opone a que 
se usen dos sustantivos continuados, que os un proceder 
frecuentísimo do nuestra lengua, i aun de todas las len- 
guas; i no hai elipsis donde nada hace falta a la cons- 
trucción rigorosamente gramatical. ¿Hai alguna raznn 
para que no pueda señalarse un mismo objeto por medio 
de dos sustantivos continuados, cuandi» ambos son pro- 
pios i oportunos? Si no debe suponerse elipsis dondo no 
se necesita para la integridad de la oración, mucho me- 
nos admisible será cuando se funda on una suposición 
que la lengua desmiente. Hai muchos nombres propios 
que reciben artículo por el uso corriente de la lengua; i 
en que, por lo tanto, no lial para qué concebir elipsis 
alguna, porque la gramátici no es mas que la exposi- 
ción de! uso Corriente. Puede, a la verdad, habersi! f»ri- 
jinado este uso de una primitiva elipsis, que, a fvierzn de 
repetirse, dei6 al (¡n de ocurrir al entendimiento. Pero, 
en el caso de que hablamos, no es así. Si se dice el 
Tajo, entendiéndpse entre el articulo i el nombre propio e) 



apelativo rio, ¿qué es lo quo se entiende en In Esgucva 
i ía Guama, que tarabion son rios? Si en la. Morea se ha 
suprimido península, ¿t¡uó os lo que se ha suprimido en 
el l'eloponcso, que es precisamente la misma península? 
Si en fií Ferrol t el Callao se subentiende puerto, /qué 
es lo que se subentiende en los nombres femeninos, 
como ía rjnaira? Pero ¿quién no ve que el ¡enero del 
artículo de nombres propios que no significan macho n 
hembra es sujeiñdo constantemente por la turminacion, 
i que se dice la Francia, /a China, ía Grecia, porque la 
terminación a pide ese jcnero; i el Pemil, ol Japón, el 
IndoBtan, porqno estas terminaciones son claramente 
masculinas? prueba perentoria de que el articulo en esos 
nombres no tiene relación con ningún apelativo tácita<i| 

Pero lo mas impurtanle es aclarar í|uc! la repuesf 
elipsis no debe hacer variación alguna en la cxpresi<^ 
de la frase, ni en el número i nalurale^^a de los elcmei^ 
tos que la componen. La frase elíptica debo sor una píM 
cion integrante de la frase completa, ¡ nada mas. Así,"" 
«concluida la función, nos volvimos a casa», no es elíp- 
tico el ablativo absoluto, porque en él se suiíentiende 
luego que se concluijó, pues osa expresión no lo llenayí 
sino que se lo sustituye otra expresión do naturaleza ent«'J 
ramente diversa. Luego que se concluyó no en complemenfl 
to de mndtiida, sino una explicación, una paráfrasis. 

E«te modo do considerarla elipsis os el antiguo i 
¡enuino. Apelo sobre ello a todas las gramáticas antí 
rioros al año de gracia de ISJí. 

Bástenos citar a loa lectores de cierta edad, la que e 
mas manoseada on las aulas do latinidad hasta 
miestnifi dias: el Arta de Nebrija. 

Segiin este principio, la expresión de Oarai, no c 



elíptica, i la explicación del señor Barait no la cúmplela, 
eánu la paraírasea. 

He dicho que, aceptando la doctrina det párraro copia- 
do, sería facilísimo jusUlicar muchas locucinnes iiidosas. 
Por ejempNi, «libei-al al exceso» es una expresión censu- 
rada justisiinaiiicnte por el scñ'ir Barallj pero se podría 
lejitimar subentendiendo Uherai hasta llegar aí exceso. 
sAllí fnó el deüoar de la espada de Animlib», es una 
locución de Corvantes que el señor Barall desaprueba; 
entiéndase el auxilio, la posesión de la espada, i la locu- 
ción no será incorrecta, sino elíptica. 

«No veo aquí a leer,» a\o veo aquí a coser,» son evi- 
dentc«> galicismos, segun el señar Barait; mas, según el 
mismo señor, personas muí competentes miran esas 
construcciones como lejitimas en virtud de una elipsis; 
«No veo, pues/o aquí a leer» o «a coser.» ¿Qué puedo, 
sin inconsecuencia, oponer a este modo de discurrir el 
eeñor Barait? La elipsis imajinada por esas personas 
carece de todo fundamento cierto o probable; pero al fin 
80 parece de tmlo a indo a ]a figura que los gramáticos 
han llamado asi; lo que en verdad no puede decirse de 
la suya en la explicación (.le la frase de Garai. 

A USADA POR DE 



El desprecio a ¡as leyes dice e! Diccionario que es una 
mala expresión, i ordena so diga el desprecio de las leyes, 
o el desprecio que se hace de las leyes. 

Yo creo que os bueno lo uno i lo otro, i en jene- 
ral mas claro a que de en las frases de este jénero. Hai 
muchos sustantivos que significan afectos del alma ha- 
cia un objeto exterior, i que se hallan en relación inme- 




diata de parentesco, dígánioBlo asi, con verbos activi 
de la miema sigiiificacion i raíz: apreciar, aprecio; dea- 
preciar, desprecio; venernr, veneración; aborrecer, abo- 
rrecimiento; odiar, odio; teiner, temor; etc. Estos sus^ 
tantívos pueden, por lo tanto, uaarae activa o pasivi 
mente; en «el desprecio a las leyes o de las leyes» 
BÍgnificado es pasivo, porque las leyes son la cosa des- 
preciada; en «I^os primiíivus cristianos se sometian 
heroicamente a las persecuciones i al desprecio del 
mundo,» el sentido es activo, porque el que desprecia 
ea el mundo. Por conaiguienlo, el desprecio del viundo 
es de suyo una expresión aníibolójica. Así «é 
del raundo era la gloria de los primitivos crisUan* 
admite dos sentidos: los primitivos cristianos se glorii 
ban de despreciar el mundo, o de ser despreciados por 
el mundo. Dígase a en el primer sentido i de en el 
segundo; i ccaará todo peligro de duda. Si no me equi- 
voco, el uso del dia autoriza, en las construcciones de 
que hablamos, el réjimen a,- i no importa quo este uso 
sea reciente, si tiene a su favor dos cosas nada insigni' 
ficantes: la aceptación jenoral i la claridad. ¿Será inco' 
rrocto decir «el desprecio de los primitivos cristianos 
las vanidades del jnundo;u i deberemos dar la preferí 
cía a la inelegante frase ael desprecio de las vanidades' 
del mundo de los primitivos cristianos,» o a la perífrasis 
■el desprecio de las vanidades del mundo que era propio 
de loa primitivos cristianos?» El réjimen a tiene, pues, 
en muchos casos, la ventaja de la brevedad. Recromién- 
dalc ademas la analojia, porque hai sustantivos 
piden precisamente a; «la veneración a las leyes, 
obediencia a los majíatrados,» ala coní>agrac¡un a Dios, 
etc., frases tudas que, pur lo luénus, se presienten 



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obnas i natar-ilisiinas elipsis, ooinrt la \-eDcmcion, i la 
obediencia que se debe, la coneogracioi) que se hace, elo^ 

En resolución, haí casos en que parece indiferente a 
o de en el sentido pasivo: «el temor a la muerto o de la 
muerte;» i casos en que la claridad de la sentencia pide 
exclu-sivaniente a en el mismo sentido: «el odio a los 
Uranos. B Cuando concurre» ambos sentidos, deben evi- 
tarse circunloquios rastreros, distinguiéndolos con las 
respeciivas preposiciones: «el miedo de los niños a la 
oscuridad.» El sentido activo pide siempre de. Yu croo 
representar de esle modo el uso corriente del dia. Se 
recomendaran otras frases como mas caslizas; pero ¿qué 
quiere decir castizo? antiguo, i nada mas. ¿I no sería 
pormilido a las lenguas rtíjuvenecerso, mientras conser- 
ven su organismo, mientras lo nuevo so incorpora a lo 
viejo, sin hacer violencia a sus Iiábitos conocidos? 

El Diccionario reprueba (pajina 14): "El absoluto i 
completo abandono de nosotros mismos a la voluntad do 
la Providencia.» ¿I por quó? Porque en castclliino se 
dice aabandonarsíe en manos de la Providencia» i no «a 
manos.» Pero, si no se le ponen manos a la Providencia, 
no vale nada el argumento. ;.Podríamüs al)an(ionarnos 
a los vicios, i no a la voluntad do la Providencia? VÓaae 
el Diccionario de la líeal Academia en abandonar i aban- 
dono. 

Copio del Diccionario de Galicismos: 

— «¿A Dido huyes?» se lee en unaanligua traducción 
déla Eneida citada por Garóes en su obra titulada Fun- 
damento del vigorieleQancia do la lengua ciislellano. Este 
autor, para quien todo lo antiguo era sagrado, dice, con 
tjd propósito, que cuando huir significa tener odio lleva 
la preposición a, sin tener para ello mas fundamento 



ZCVI OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



que el pasaje citado. Huir, diga Oarces lo que quiera, 
no rije a, sino cuando so emplea para expresar lugar 
hacia donde se huye, verbi gracia: «huir o huirse a ía 
ciudad». — 

Estoi por Garces. Huir a por huir cle^ o en otros tér- 
minos^ construir este verbo en un sentido activo a ma- 
nera de latinismo, no es tan raro en nuestros escrito- 
res clásicos, como el señor Baralt imajina. Ahí está frai 
Luis de León, que no me dejará mentir. 

Qué descansada vida 
la del que huye el mundanal ruido. 

No es dado al que alli asienta, 
8i ya el cielo dichoso no le mira, 
huir la torpe afrenta. 

Recíbeme en tu cumbre, 
recibeme; que huyo perseguido 
la errada muchedumbre, 
el trabajar perdido, 
la falsa paz, el mal no merecido. 

I Lope de Vega: 

¿X dónde vas por despreciar el nido 
al peligro de ligas i de balas 
i el dueño huyes que tu pico adora? 

DIVERSOS usos DE A 

Leemos en el Diccionario: 

— «Sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a 
hacerlas pudiera ganar la vida.» En esta frase del Qui- 



INTUOlilj'Cí'.ION ICVII 



jofe de Cervantes (prescindiendo dol Ira.^truequc de la 
concordancia de jaula i haan^las, trastrueque niui co- 
mún en los autores antiguos, los cuaIcH hacian muchas 
veces la concordancia con las ideas mas bien (|ue con 
las palabras); en dicha frase^ repito^ acaso verá alguno 
calcada la locución francesa d les faire; i lo está en efec- 
to. Pero, así en francés^ como ea castellano, la exprcHíon 
es lejítima^ porque es elíptica, i quiere decir que «o/a- 
mente dedicándose o aplicándose a hacerlas pudiera ya- 
nar la vida. Por lo demas^ fuera de este caso (no men- 
cionadO; que yo sepa, en ninguna gramática de nuestra 
lengua); a no se usa con el infinitivo, sino de dos mane- 
ras: una, al principio de la oración^ a la cual a^inunica 
sentido condicional, i entonces corresponde a la conjun- 
ción si^ verbi gracia: «Que, a decii*me el peligro en riiic 
andaba.... sin duda creo se remediara. d (Santa Teresa.) 
«A saber yo que habia de venir;» «A decir verdad;» nA 
conocer su perfidia.» La otra manera es cuando, delan- 
te del infinitivo, se le junta el artículo definido, i vale 
tanto como el jerundio, verbi gracia: <íAl examinar la 
obra,» esto es, examinando la obra. — 

Con perdón del señor Baralt, a se junta en muclios 
otros casos con el infinitivo: asalgo a andar,» «voi a 
comprar,» «me puse a escribir, etc'.» 

ABLE, UiLE 

Según el señor Baralt, los adjetivos de estas termina- 
ciones, que jeneralmentc se derivan de verbos, enun- 
cian meramente una cualidad, como deleitahle, lo que 
deleita; o significan merecimiento como amahle, lo que es 
opúsc. 13 * 



zcvín OPÚSCULOS utjsaaaios 1 críticos 



digno de ser amado; o posibilidad, como durable^ lo que 
puede durar, conciliable, lo que puede ser conciliado. 

Nótese, dice^ que los adjetivos de estas dos últimas 
clases (la última mayormente) tienen significación pasiva. 

No es exacto: durable (que es uno de los ejemplos) no 
tiene tal significación, como tampoco estable^ espantable 
i algunos otros. Pero, -como regla jeneral sujeta a cier- 
tas excepciones autorizadas por el uso^ no admite duda 
que el significado pasivo es el que en estos adjetivos 
prevalece. 

¿A cuál de las tres clases pertenece el adjetivo afran- 
cesado impresionable? A la primera evidentemente, res- 
ponde el señor Baralt^ es decir^ a la de aquellos que 
enuncian meramente una cualidad; significaría, pues^ si 
se admitiese en castellano^ la cualidad de conmover^ de 
hacer impresión. 

Primeramente, ¿se puede decir en castellano impre^ 
sionar? La Academia dice que sí, aunque limitándolo al 
sentido de excitar por medio de la palabra impresiones 
vivas en los ánimos. Así se diría con perfecta propiedad: 
«El orador dejó profundamente impresionado al audi- 
torio.» 

En segundo lugar, ¿se pueden sacar de un verbo cas- 
tellano derivados formados en able o ible, i no es esto 
perfectamente conforme a la índole de la lengua? El 
señor Baralt dice que sí, con tal que no tengamos vo- 
cablos con que se signiAque la misma idea, i da por 
ejemplo imprevisible, lo que no se puede prever. 

En tercer lugar, aceptando el adjetivo impresionable, 
¿cuál sería su significación conforme al jenio de la len- 
gua? El Diccionario halla que pertenece evidentemente 
a su primera categoría de los derivados en able o ible, 



INTRODUCCIÓN XCIX 



es dedr^ que significa meramente una cualidad^ califica- 
ción algo vaga^ a mi juicio^ porque tan cualidad es ser 
capaz de producir impresiones, como ser capaz .de reci- 
birlas. Lo que hai de certísimo, es que estos verbales, 
cuando nacen de verbos activos, llevan jeneralmente el 
sentido pasivo: peneírabíe es lo que puede ser penetrado; 
concebible^ lo que puede ser concebido; inexplicable , lo 
que no se puede explicar; imprevisible^ lo que no pue- 
de ser previsto. Tal es la regla jeneral. Las excepcio- 
nes que, como deleitable (lo que deleita), tienen sentido 
activo, son comparativamente rarísimas. Así, al nuevo 
derivado iinprevisible, el mismo señor Baralt concede 
sin difícultad el significado pasivo: «lo que no puede ser 
previsto.» Muí lince debe de ser el que perciba mayor 
conformidad a la índole del castellano en el sentido pa- 
sivo de imprevisible que en el de im,presionable . El sig- 
nifícado de acción, nuestra lengua, tan rica de inflexiones, 
lo tiene asignado a otra clase de derivados, los en ivo, 
como productivo, lo que es capaz de producir, excitati^ 
vo, aperitivo, imajinativo, etc.; i según este hábito de 
la lengua, podríamos mui bien llamar impresivo lo que 
es capaz de hacer impresión en los ánimos. 

Finalmente, ¿hai en castellano otro vocablo que pudiera 
hacer las veces de impresionable en el sentido pasivo? 
— Nada se puede expresar con él, que el castellano sen- 
sible no reproduzca exactamente, — responde el señor 
Baralt. No somos de esa opinión. Sensible es jeneral i 
vago, i un si es no es aníibolójico. Nada, por el contra- 
rio, mas definido, mas específico, que impresionable. 
«La elocuencia de Mirabeau no podia dejar de excitar 
vivamente a un auditorio tan impresionable, como el 
suyo.» ¿Pudiera sustituirse sensible? 



ÜPÚSGULOS LlTfiRARiOS I CHITICOS 



ACAPARAR, ACAPARADOR 



Esto de dar un término jenérico por equivalente de 
un término específico ocurre varias veces en el Diccio- 
nario. El acaparamiento es una especie de monopolio 
sin duda, pero de una especie que se puede llamar sin- 
gular, porque enajena sin prohibición de la autoridad, 
como el estanco, i sin contrato previo con otro proveedor 
que vende ciertos artículos a un precio fijo, como el 
asiento. Así ni estanco, ni asiento significan precisa- 
mente lo mismo. Atravesar es interponerse; i se apli- 
ca particularmente a los que so interponen entre los 
vendedores i el público para hacer un acopio de cierto 
artículo i venderlo después a precio exorbitante; pero 
es preferible, porque es mas determinado i preciso, aca- 
parar. Acaparar, acaparador i acaparamiento no son, 
pues, galicismos superfluos, como dice el señor Baralt, 
sino convenientes, i aun necesarios. Comprar para ha- 
cer monopolio es una perífrasis. 



ACTA 



— El que toma acta, dice con razón el Diccionario, bien 
puede tomar sin escrúpulo paja i cebada. — Corro el pe- 
ligro de ver que se me aplique la misma vareta; pero 
me ocurre una duda, i desearía verla resuelta por un 
hombre tan perspicaz en esta materia, como el señor 
Baralt. ¿Se puede decir con rigorosa propiedad que un 
borrico íoma paja i cebada, como lo supone el chiste? 
¿No es verdad que tomar en el sentido de comer o be- 
ber lleva envuelta la idea de tomar con la mano i llevar 



INTRODUCCIÓN CI 



a la boca lo que se come o bebe? Así a lo menos me pa- 
rece que debe ser, atendiendo al oríjen probable de esta 
acepción de tomar. 

ACUERDO 

Nada se gana en mi humilde opinión con sustituir 
conciliar a poner de acuerdo en: aSiempre se tarda mu- 
cho en poner las costumbres de acuerdo con las leyes.» 
Ambas expresiones son metafóricas, i significan una 
misma cosa; pero poner de acuerdo es menos vulgar i 
trillado, i por lo mipmo, preferible. 

ADJETIVO 

«El concurso atónito se quedó en silencio.» El se me 
parece superfino. Por lo demás, no veo nada en esta 
frase que merezca la nota de impropio o de afrancesado. 
El señor Baralt sustituye: «Atónito el concurso, enmu- 
deció.» Pero ¿qué mas tiene enmudecer que quedar en 
silencio? Si hubiese de reprocharse toda palabra o frase 
que no fuese la mejor posible en un caso dado, ¿a dónde 
iríamos a parar? 

ADMINISTRACIÓN 

Casi todas las censuras de las acepciones modernas 
de esta palabra, me parecen demasiado severas. Cuan- 
do se denota con ella la conducta de los ministros, no 
se puede poner en su lugar gobierno, sin faltar a la 
propiedad constitucional de estos vocablos. Se critica la 
administración de un medicamento, i se manda decir en 



cu OPÚSCULOS LITBRAHIOS 1 CRÍTICOS 



este caso propinación, ¿Por qué, si es permitido admi- 
nistrarlo? (Véase el Diccionario de la Academia en pro- 
pinar.) Ademas, propinar es dar a beber; i en rigor, 
las medicinas que no se beben, no se propinan. ¡Pobre 
enfermo a quien se propinasen cantáridas! 

AFECTAR 

Recibe la forma refleja por mas que diga el Dicciona- 
rio. Si en buen castellano se dice activamente: «Muchos 
afectan jenerosidad,» ¿por qué nó en sentido pasivo: 
«Se afecta muchas veces la jenerosidad»? La crítica del 
señor Baralt es, sin embargo, justísima, limitada a las 
construcciones en que afectarse es un verbo reflejo de 
toda persona: yo me afecto, tú te afectas, nos afecta- 
mos, etc. 

AFORTUNADAMENTE 

Creo, no obstante la autoridad respetable del señor 
Alcalá Galiano, que donde se puede decir por fortuna, 
se puede decir con igual propiedad afortunadamente. 
No puede haber mas perfecta sinonimia.* 

AGREDIR, AGRESIVAMENTE, AGRESIVO 

— Tenemos agresión i agresor, agresora; ¿por qué no 
hemos de tener, como los franceses, agresivo, agresiva 
i agresivamente? También poseen ellos el verbo agresser, 

m 

* El Diccionario de la lengtia castellana por la Real Academia 
Española, duodécima edición, da la razón a Bello, puesto que, al de- 
finir el adverbio afortunadamente, dice que significa por fortuna. 



INTRODUCCIÓN GIII 



que entre nosotros podría ser mui bien agredir. Todo 
ello viene de la fuente común, de la madre latina, que 
decia aggressio^ onis; aggi'essor, oris; aggredior^ edi, — 
Perfectamente pensado, si algo vale mi juicio. Pero 
el señor Baralt no ha sido igualmente graciable con otros 
vocablos de nuevo cuño en circunstancias análogas a las 
de agredir i agresivo.* 

AISLAR 

— En la frase: «Se aislaron de todo humano comercio,» 
es galidsmo, porque la Academia no atribuye a nuestro 
verbo acepción metafórica. No creo que haya inconve- 
niente en dársela, mayormente teniendo, como tenemos, 
aislado^ da, en significación de solo, retirado. — 

Así dice el señor Baralt, aunque protestando que por 
su parte preferirá siempre algunos de los otros verbos 
que ya tenemos: separar^ secuestrar i otros. Sobre gus- 
tos, nó hai disputa. Yo por la mia me inclino a creer 
que ninguno de esos verbos alcanza a la fuerza de aísíar 
en su sentido propio equivalente al do las expresiones 
latinas undique dispecere^ circumsepire . Aislar es un 
verbo de imájen.** 

ALARMAR 

■ 

En el sentido de inquietar, turbar, es una metáfora 
expresiva. ¿Es ésta de aquéllas que vulgarizadas entran 

* El Diccionario de la Real Academia, duodécima edición, acepta 
el adjetivo agresivo, i por lo tanto implícitamente el adverbio que do 
¿8te puede formarse. 

** La última edición del Diccionario de la Academia da a aislar la 
acepción fígurada de retirar a una persona del trato i comunicación 
de la jente. 



CIV OPÚSCULOS LITBIIARIOS I CRÍTICOS 



en el dominio público i se consignan en los diccionarios? 
El señor Raralt dice que en el dia se da con bastante 
jcneraüdad a este verbo la acepción de que se trata. 
Con eso basta. La Real Academia se la dará también el 
dia monos pensado, como lo ha hecho con tantos otros 
vocablos. Los diccionarios no forman el uso de las len- 
guas, sino lo verifican. 

Cuando un diccionario anota una acepción como me- 
tafórica, quiere decir que está suficientemente jenerali- 
zada para que la consideremos como propia, aunque 
secundaria, porque de otro modo no pertenecería a la 
jurisdicción del diccionario, sino de la retórica, la cual 
prescribe que se sostenga la metáf(^ra, esto es, que otras 
palabras del contexto contribuyan a la representación de 
la misma imájen. Así sucede en uno de los ejemplos 
censurados por el señor Baralt: «Es una conciencia a 
prueba de homha^ que nada ni nadie aíarma.» Aunque 
alarma hubiera allí aparecido por la primera vez en este 
sentido, no habría justicia para censurarlo, porqué la 
metáfora concertada del modo dicho, es permitida a to- 
dos; i las que por su novedad nos sorprendan, son pre- 
cisamente las que mas nos agradan.* 

ALCANCE 

No veo por qué sea preciso decir: crEsta aria es de- 
masiado alta para mi voz,» en lugar de: «Esta aria no 
está al alcance de mi voz.» ¿I será malo decir que no 
está a nuestro alcance, que está demasiado alta, para 
que podamos llegar a ella con la mano? Porque esa, i 

* Efectivamñnto. el Diccionario de la Real Academia, da a alarmar 
la acepción figurada do que se trata. 



INTRODUCCIÓN CV 



no otra, me parece haber sido la idea que condujo oriji- 
nalmente al uso metafórico, hoi vulgarizado de aícance, 
alcalices, 

ALOüXO 

<^ Todos los extranjeros no son bárbaros,» es cierta- 
mente una colocación que ofende por desusada, pero no 
de un otro modo. «No todos los extranjeros son bárba- 
ros,» puede variarse para que contente el oído. El mejor: 
«No son bárbaros todos los extranjeros,» sería natural- 
mente claro i admisible, aunque no inn elegante. 

ALTERNATIVA 

En el sentido de alternación, galicismo que me acuso 
de haber cometido muchas veces, i propongo firmemen- 
te la enmienda.* 



ALTO 



Solo un ejemplo de los que se censuran me parece 
justificable: «Tiene el espíritu alto i el alma baja.)) Alto 
me parece aquí una metáfora elegante sostenida por el 
contraste de los dos adjetivos. 



ALLÁ 



No hago alto en este artículo, sino porque en él me 
sale al paso el adjetivo innoble, que sin duda se puede 

* Sin embargo, el Diccionario de la Acndemia autoriza ya esta 
acepción. 



CVI OPÚSCULOS LfTBRARIOS I CRÍTICOS 



emplear sin escrúpulo una vez que corrientemente se le 
da esta forma. Yo, sin embargo, he dicho siempre, i 
seguiré diciendo ignoble^ mientras la Real Academia le 
reconozca como lejítimo. Innoble me suena tan mal, 
como me sonarían innorante, innominia, innoto, que 
proceden de la misma raíz latina, i como connacion^ 
connado en vez de cognación, cognado contra el oríjen 
latino. 

ANORMAX. 

Adjetivo, como normaL El Diccionario que repasamos, 
dice que se toma a veces sustantivadamente, como en esta 
frase: «Ciertos sabios parece que han tenido empeño i 
firme propósito de explicar lo normal por lo anormal. j> 
En lo cual encuentro, si no un error, una advertencia 
superflua. 

Yo miro como un error craso considerar al adjetivo 
como sustantivado en frases como lo bueno, lo malo, lo 
ritil, lo noi^naly porque en ellas el verdadero sustantivo 
08 lo, como lo es en lo de ayer, lo de dominio público, 
lo de los magos se les creyó, que dice Quevedo, hablando 
de ciertos valentones que se alababan de haber pasado 
muchos trances i riesgos, a no ser que se diga que de 
ayer, de dominio público, de los magos, son expresiones 
sustantivadas, lo cual sería trastornarlo todo. 

No tienen nada do sustantivos las frases de ayer, de 
dominio público, de los magos, ¿Cómo no se ve que se 
dice lo de ayer exactamente como la cosa o las cosas de 
ayer; que una palabra que envuelve la idea de cosa o 
sustancia es precisamente sustantivo; i que, si las pala- 
bras se distinguen unas de otras por su oficio, ninguna 



INTRODl'CCION CVII 



ejerce el del sustantivo mas indudablemente que lo? 
Nada de esto se ve, porque la censurable rutina pone a 
los sabios una venda en los ojos. 

Los neutros ello, lo, esto, eso, aquello, tienen la par- 
ticularidad de significar una cosa o muchas sin determi- 
nación de número, i por lo tanto, sin variedad de termi- 
nación, pero construyéndose con el singular de los 
adjetivos i de los verbos, como los nombres colectivos. 

Pero sea de esto lo que se fuere, no hallo para qué 
se nota como una particularidad la construcción de 
-normal i anormal con este lo, porque de cualquier mo- 
do que ello se explique, es propiedad comunísima de 
todos los adjetivos. Otra cosa notaré, i es la etimolojía 
de ariormsl que en el Diccionario de Galicismos se hace 
venir del griego, viniendo directa i -acertadamente del 
latín donde tenemos el sustantivo noi^ma, que se conser- 
va sin alteración en castellan % i el derivado abnormis, 
donde basta la letra b para que se rechace la idea de 
toda derivación i composición griega. 

ALUSIÓN 

No se dice en castellano hacer alusión, según el señor 
Baralt, porque el carácter de la alusión no permite que 
se haga, sino que se dé a entender o se indique. Hé 
aquí una sutileza metafísica que no está a mis alcances. 
¿Conque el que solo indica no hace nada? ¿La indica- 
ción no es un acto tan verdadero i positivo, como la 
manifestación, aunque de distinta especie? La Academia 
se sirve de la frase hacer referencia; i en su DiccionaHo 
parecen una misma cosa la alusión i la referencia, o si 
la primera se distingue de la segunda es como la especie 



CVlll OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



se distingue del jénero. Por lo demás, de la diferencia 
que señala el señor Baralt entre ambos vocablos pudiera 
sacarse un excelente artículo para un diccionario de 
sinónimos. 

ANTAGONISMO 

Antagonismo i antagorusta son vocablos cognados que 
se derivan de una misma raíz griega, i significan literal- 
mente contralucha i contraluchadores; pero en griego 
se extendió a toda especie de combate o contienda, aun- 
que mas particularmente a la competencia en los premios 
jimnásticos conque se celebraban los juegos solemnes 
i los funerales de personajes distinguidos. En castellano, 
antagonista es lo mismo que adversario, contendor, 
rival . 

¿Se puede dar la misma extensión al significado de 
antagonismo? Parece que sí por la cognación de estos 
dos vocablos. 

Creo, con todo, que esta palabra antagonismo ha sido 
tomada del lenguaje técnico de la anatomía, en que se 
llaman músculos antagonistas los que tienden a produ- 
cir movimientos contrarios, como los que hacemos para 
levantar o bajar un brazo, i antagonismo esta oposición 
de tendencias, de donde infiero que debería limitarse 
esta voz en su sentido metafórico, a la contrariedad de 
tendencias que depende de la naturaleza de las cosas, i 
que podría mu i bien concebirse i decirse que: «Hai an- 
tagonismo entre el comercio i la industria fabril.» 

.VPAnECKU 

— «Entonces fué cuando por primera vez se le apareció 



INTRODUCCIÓN CIX 



la idea del mal,x> leo en una novela. Como para los es- 
pañoles, la idea del mal no es ímájen milagrosa, ni alma 
en pena, sombra, espectro, ni cosa que lo valga, dicen 
en tal caso: <rEntónces fué cuando.... se le ocurrió la 
idea del mal.» — 

No concibo cómo se pueda preferir; «Entonces fué 
cuando por la primera vez se le ocurrió la idea del mal,i> 
a una frase tan pintoresca i enérjica como: ocEntónces 
fué cuando se le apareció la idea del mal.)> Precisamente, 
porque el aparecerse se dice propiamente de las sombras 
i espectros (como supone el señor Baralt), la idea del mal 
es en la frase criticada como una sombra o espectro 
para el alma a quien por primera vez se presenta. Se le 
ocurrió es aquí lo mas prosaico i rastrero que podría 
decirse. 

«Reducida de este modo a sus verdaderos elemento», 
aparece la relijion como un poderoso i fecundo principio 
de asociación i cultura.» Para quitar a aparece, sustitu- 
ye el señor Baralt la perífrasis se manifiesta en su verda- 
dero punto de vista de poderoso ^ etc. Si aparecer qs nco- 
lójico en este sentido, debe admitirse como necesario, 
tanto mas que viene inmediatamente de la raíz latina 
appare7-e. 

— «Su vida, como la vida de las flores, se redujo a 
aparecer un dia para morir al siguiente.» ¿No sería me- 
jor: «Su vida, como la de las flores, está tan unida 
al morir, que brilla un dia i al siguiente desapa- 
rece?» — 

Es una linda i poética sustitución la del señor Baralt; 
pero nadie está obligado a decir lo mejor: lo bueno bas- 
ta. Lo que yo quisiera quitar del ejemplo es el árido i 
al)Stracto se redujo. Sería mejor como una flor, i conti- 



CZ OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

nuar no hizo mas que. Ademas, desaparecer lejitima a 
su simple aparecer. 

APARTK 

Parece ser una regla de crítica en el Diccionario de 
Galicismos que una frase en que todas las palabras se 
toman en su sentido propio, i su construcción es clara- 
mente castellana, no es permitida, si existen palabras i 
una construcción semejantes en francés. 

Dice el señor Baralt: 

— aAparte de todo lo que hai de desgracia en este ac- 
cidento, ya se comprenderá hasta qué punto es irrepara- 
ble la pérdida, etc.» leo en un periódico flamante. En 
pocas palabras, tres galicismos. — 

Que punto significa término, extremo, grado, lo con- 
vencen las frases castellanas: ccSu osadía llegó hasta el 
punto de....» «Su osadía llegó a tal punto que....» reco- 
nocidas como lejítimas por el señor Baralt. Que se cons- 
truye lejítiniamente con hasta, estos mismos ejemplos lo 
prueban; i si es así, ¿por qué no hemos de decir: «Hasta 
• qué punto es capaz de cegar a los hombres una deslum- 
brante prosperidad , las alteraciones de la vida de Napo- 
león lo han hecho patente?» ¿Qué tiene hasta qué punto 
para que hayamos de ponerlo en el índice del expurga- 
torio? La circunstancia de hallarse en francés la frase 
jusqu^ d quel point, que es de todo a todo semejante: 
no hai mas. Pero, si hubiéramos de desterrar del caste- 
llano toda frase que pudiese verterse palabra por palabra 
de otra lengua que tiene tanta semejanza con la nuestra, 
como hija de la misma madre, ¿qué sería del caste- 
llano? 



INTRODUCCIOIV i:XI 



APRBGIABLB 

Es claro que, como derivado de apreciar, se le pueden 
aplicar lejítimamente todos los sentidos de su raíz. Por 
otra parte, apreciar en el sentido de poner precio es pa- 
labra autorizada por la Academia, que también la reco- 
noce como lejítima en la acepción de califícar, graduar, 
estimar. A esto me atengo. Por consiguiente, es aprc- 
ciable un sonido cuando se puede determinar su tono, 
el lugar que ocupa en la escala; i se puede mui bien 
decir que: «La razón del diámetro a la circunferencia no 
es rigorosamente apreciable;» i que: ocLos mínimos tras- 
cursos del tiempo, como un décimo de segundo, por 
ejemplo, son imperceptibles a los sentidos, i solo pueden 
apreciarse por medio del raciocinio o de los instrumen- 
tos injeniosos de que se sirven los astrónomos.» Los 
equivalentes propuestos por el señor Baralt, o son vagos 
como conjeturables y o perifrásticos como lo que puede 
ser medido, o ambas cosas a la vez, como lo que puede 
o no ser discernido. 

¿Qué podría sustituir el señor Baralt en el sentido de . 
que se trata? conjetura? discernimiento? posibilidad de 
medirse? 

Apreciación es menos castizo que aprecio, i preferible 
con todo, porque aprecio tiene variedad de acepciones 
que lo hacen algo anfibolójico. 

ATENDIDO 

El señor Baralt está mui mal con el uso del participio 
atendido en estas frases de Clemencin: 



CXII OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



«Es mas verosímil, atendido su carácter satírico (el de 
Cervantes) i poco afecto a la Mancha, que en esto quiso 
ridiculizar a los níanchegos.» 

aAtendidas las ideas comunes de los de su linaje i 
profesión, mas debió serle asunto de asco, que de ri»a.]> 

Juicio es este a que no podemos asentir. Atender es, 
según la Academia, verbo ya neutro, ya activo: prestar 
atención a, tomar en consideración, de lo cual se sigue 
que tiene el participio atendido, atendida (tomado en 
consideración) i el derivado atendible (digno de tomarse 
en consideración). Siendo esto así, ¿por qué han de ser 
galicismos excusados i hasta groseros las expresiones 
conocida la relación, atendidas las ideas, modo de hablar 
tan jeneralizado en el dia? Porque tenemos las expre- 
siones atento a, atendiendo a i otras varias. Pero el que 
dice atendidas las circunstancias, atendido el caso^ no 
introduce nada nuevo en castellano, si se ha de estar al 
Diccionario de la Academia, pues por una de las reglas 
mas frecuentes de nuestra lengua, de todo verbo activo 
nace natural i lejitimamente un participio pasivo, como 
nace un jerundio, como naturalizado un extranjero, na- 
cen después ciudadanos por el mismo hecho sus hijos 
lejítimos. 

Pero dice el señor Baralt que el caso de Clemencin 
no es el de los ablativos absolutos latinos, porque, 
— puesto que así sea, la frase completa equivale a están- 
do o siendo atendido su carácter, estando o siendo atendi- 
das las ideas, modos de hablar que no son castellanos. — 
En castellano, no tenemos ablativos absolutos, porque 
no tenemos ablativos, ni aunen los poquísimos nombres 
que se declinan por casos. ¿Cómo podría ser ablativo 
absoluto, ni ablativo ninguno yo testigo, en el sentido 



INTRODUCCIÓN CXII| 



de siendo yo testigo (que es uno de los ejemplos del 
señor Baralt)^ una vez que yo no se usa jamas como caso 
oblicuo, sino como caso nominativo? 

El señor Barait llama locuciones bárbaras las que se 
forman con los jerundios siendo i estando i los llamados 
ablativos absolutos. Bárbaras no son nunca, sino poco 
usadas en ciertas construcciones castellanas, perfecta- 
mente admisibles en verso. «No siendo suficientemente 
atendidas las circunstancias de un hecho, es difícil cali- 
ficarlo.» Puede sin duda expresarse lo mismo de una 
manera mas elegante; pero ¿no hai medio entre lo ele- 
pante i lo bárbaro? A nadie debe exijirse lo mejor, 
repito; basta lo bueno, lo que carece de vicio. I téngase 
presente que, no solo son los jerundios siendo i estando 
los que pueden concebirse entre los supuestos ablativos 
absolutos, sino otros varios, como serian quedando, ha- 
llándosey pensando^ etc., i los respectivos participios 
habiendo sido^ habiendo quedado^ etc. Después de todo, 
es el uso jeneral el que decide. Pero, en el dia, ¿cuán- 
tos serán (no siendo tocados de purismo) los que prefie- 
ran atento a al participio de los ejemplos de Clemencin? 
llágase la verificación, i juzgúese. 

En cuanto a los llamados ablativos absolutos en jene- 
ral, me parece mui fundada i sensata la opinión del 
señor Barait, que los mira como proposiciones elípticas 
subordinadas a otra principal. Yo no diria, con todo, 
proposiciones, sino frases elípticas, tomando, por supues- 
to, la elipsis, no en el sentido peculiarísimo del señor 
Barait, sino en el antiguo i corriente de las gramáticas 
de todas las lenguas. La elipsis se tomará unas veces 
do un modo;otras, de otro: «Fuimos a la Merced; pero, 
opúsc. 15* 



ClIV OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



estando ya acabada la función, tuvimos que volvernos a 
casa;» uLuegoque fué destruida, habiendo sido destruida^ 
hallándose destruida Cartago, volvió Roma sus armas 
contra sí misma. d No cuento, entre los modos de llenar 
la elipsis, una vez destruida, que el señor Baralt, acepta, 
porque modificada así la frase, subsiste el ablativo abso- 
luto. 

ATRAVESAR 

Es una expresión metafórica: «en los dias, los tiem- 
pos, las circunstancias que atravesamos» ; i, si como se 
dice, no se conoce en castellano para expresar este con- 
cepto mas que el verbo aicanzar, no tenemos realmente 
ninguno, porque entre los dos verbos hai una diferencia 
obvia: «Aicanzarona la revolución francesa todos los que 
la vieron; pero ¿cuántos de éstos la aírauesaron?» Hace, 
pues, falta la acepción metafórica, i de seguro se jene- 
ralizará, i la rejistrará la Academia, que siempre lo ha- 
ce en tiempo i razón. 

^AUMENTAR 

«Las disposiciones del gobierno aumentaron el 
descontento popular;» verbo activo. «El descontento po- 
pular so aumentó;» verbo reflejo, malamente llamado 
recíproco. Hasta aquí creo que estamos conformes el se- 
ñor Baralt i yo. Pero pasa a criticar como galicismo <rel 
descontento popular aumentó»; verbo neutro. Sin em- 
bargo, se dice correctamente, según el mismo caballero: 
«el dia ha aumentado do calor» , donde aumentar es evi- 
dentemente neutro. Dícese, es verdad, que debe enten- 



INTRODUCCIÓN CXV 

derse por elipsis; oel dia ha aumentado ía fuerza de su 
caíor.» Entiéndase, pues, adoptando la misma elipsis; ael 
descontento popular ha auineiitado su fu^rza-n; i asunto 
concluido. El tránsito de los vcrbny activos a neutros 
e<t virtud de su jencralizacion, es un hecho frecuentísi- 
mo, i pudiera decirse un procedimiento á)ntÍnuo, aun- 
fjuc gradual de las lenguas. Consulte el señor Barall, 
por vida suya, la Minerra del iluslre filólogo capaiíol 
Francisco S;inchez de las Brozas, i lea su capítulo Da 
verbis nculris vel faLsoin dictis, i escandalícese. 

ATENUANTE 

Como adjetivo sustantivado, no tiene nada que sea 
contrario a la índole de la lengua castellana, en que son 
muchísimos los sustantivos que no han tenido otro orí- 
jen, como oyentes, circunstantes, asistentes, delincuen- 
tes, vecinos, advonediíos, eclesiásticos, seglares, anti- 
guo», modernos, los Irájicos {Epiíttuln Moral de Rioja), 
los afrancesados (Diccionario de GaHcismos), los doctos, 
los ignorantes, nombres apelativos de personas; llanos, 
d^erlos, yermos, trópicos, paralelos, esferoide, elipsoi- 
de, romboide, tanjente, secante, móvil, premisas, antece- 
dentes, nombres apelativondeconas. En el U'iifíimJR técnico 
delaestética, Iciioinos los corrieiitcmcnte usados fií bello, 
e¡ sublima, el pntétíco. En el uso medical de aíenuafiíe, 
eo entiende obviamente meíiío, ■medicamunlo, i lo mismo 
puede aplicarse a excilante, estimulante, emoliente, (fi- 
níante, etc.: aSc administraron al enfermo los mas acti- 
vos eslimulantos.s Desde que un adjetivo o clase do ad- 
jetivos, a fuerza de construirse amonudo con un sustan- 
tivo delorminado lo sujiere de suyo, tarda poco la len- 



CXVI OPÚSCULOS LITEKAniOS 1 CRÍTICOS 



giia en suprimir el sustantivo, embebiéndolo, por decir- 
lo así, en el adjetivo, que de esta manera se sustantiva; 
i esto en muchos casos hasta el punto de ofendernos co*- 
mo redundante i desapacible al oído la frase primitiva 
completa. La elipsis es uno de los mas positivos i pode- 
rosos ajenies en la vida de las lenguas. 

AÜTOmOÁD 

Se califica de superfino el adjetivo en autoridades 
constituidas; pero confieso que no entiendo el raciocinio 
con que el señor Baralt pretende probarlo. — Voz super- 
fina (son sus palabras textuales), porque, entre nosotros, 
quien dice autoridad entiende i da a entender que es 
autoridad constituida ^ esto es, establecida conforme a 
las leyes, o establecida de suyo, pero de un modo eficaz; 
donde no, o es autoridad ilejítima, ilegal, usurpada; o 
no es autoridad ninguna, porque carece de fuerza i efi- 
cacia. — Según eso, hai autoridades ilejítimas i autorida- 
des impotentes que carecen de la fuerza necesaria para 
hacerse obedecer. ¿No habrá, pues, ocasiones en que 
convenga la denominación censurada para designar las 
autoridades establecidas conforme a las leyes o las au- 
toridades que, no siendo creadas lejítimamente, se sostie- 
nen por la fuerza? «Autoridades ilegales (ilejible).... 

la Ici a las autoridades constituidasi> donde es de ver que 
una misma autoridad puede ser consliluida c ineficaz. 



BAJO 



Se admite en el puntode vista de la justicia^ de la con^ 
veniencia; i se critica bajo el punto de vista. Sea en hora 



INTRODUCCIÓN CX VI I 



buena. No encuentro que la Academia haya reconocido lo 

uno ole otro. Observo también que lus equivalentes 

por cuadrar a muchísimos casos. 

Examinar a todas luces no es examinar en o bajo un 
punto de vista determinado. Examinar un asunto a la 
luz do la razón o de la experiencia se refiere a los me- 
dios de que se sirve el entendimiento para juzgar bien, 
i no al termino a que se encamina, o al tema fundamen- 
tal que se propíme establecer. No es lo mismo estudiar 
a la luz de una lámpara, que dirijir a ella la vista. 

Pero, en conclusión, ¿se debe decir en o bajo el punto 
de vista? Aunque yo he diclio siempre bajo, confieso 
que, leído el Diccionario de GalicismoSy me encuentro 
algo suspenso. Después áe todo, si bajo es comunísimo 
en eldia, i cuenta ya sus cincuenta años de antigüedad, 
como testifica el señor Barait, podemos emplearlo sin 
escrúpulo. Si el uso lo admite hoi, la Academia lo san- 
cionará mañana, según un modo de proceder liberal i 
circunspecto a la vez. 

BASTANTE I BASTAR 

Bastardara es lo corriente; pero bastarse es admisible, 
i aun tiene la ventaja de ocupar menos espacio en verso, 
cosa no tan insignificante como pudiera parecer, porque 
el castellano es una do las lenguas que dicoii inónos en 
iírual número de sílabas (ilejibhV) 



HAT IR 



Batir el monte no es •simplemente explorarle o descu- 
brirle, sino recorrerlo, dando gritos i haciendo estrépito 



CXVIll OPÚSCULOS LITKUARIOS I CRÍTICOS 



para que, espantadas las reses, salgan de sus guaridas i 
vengan a los puestos donde las aguardan los cazadores; i 
en este sentido, no es francés, sino purísimo castellano. 
Véase el Diccionario de la Academia en batida.* 



En muchas vidas de santos i de varones piadosos, se 
lee la frase estereotipada: Pertransit bene faciendo. 

Del mismo modo, en la biografía del primer rector de 
la Universidad de Chile puede escribirse con toda exac- 
titud: Pasó su existencia enseñando. 

El majisterio de don Andrés Bello ha continuado ejer- 
ciéndose aun después de su fallecimiento, no solo por 
sus obras impresas durante su vida, sino también por 
las producciones publicadas después de su muerte. 

Miguel Luis Amunátegui. 



* El Diccionario de la Roal Academia da a la expresión batir el 
i)io?)¿e la acepción sostenida por Bello. 






OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



§eeeea €>Q3Cw7iorr r uoooooocuc czzzzzzzzz^zzzz¿zz^::i, • ■^7. : .- 



•* • • 



DEL RITMO I EL METRO 



DE LOS ANTIGUOS 

Una lengua que consta do sílabas largas i breves, cuyas 
cuantidades se acercan sensiblemente a la razón de 2 a 1 , pue« 
de sacar del orden i proporción en que estas varias sílabas se 
suceden, diferentes especies de ritmos, desconocidos en las 
lenguas modernas. Por ejemplo, sucédense las sílabas en tal 
orden i proporción, que vayan formando pequeñas cláusulas 
do cuatro tiempos, divididas en dos partecillas o incisos igua- 
les: 

For-mo | sam-reso | na-ro do | ees-Ama | ryl-lida | . 

Este artificio no podia menos de agradar al oído familiari- 
zado con la pronunciación i valor Icjítimo de las sílabas; pues 
el placer que causa todo ritmo no proviene de otra cosa que 
de la percepción de cierta regularidad simétrica. Lo mismo 
sucedería, si en vez de la razón de igualdad entre las parteci- 
llas o incisos, se guardase constantemente la razón de 1 a 2, 
verbi gracia: 

Li-cet I BU-por | bus-am | bu-lcs | po-cü | ni-a \ ; 
At-ll I ía-brevi | bus-im | plT-ca | la-vi | po-rTs | ; 

o la de 3 a 2; verbi gracia: 

0PÚ8C. 1 



• • 






• • • 

. *'/•"*• * OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

• • •• 









• • •, 



'• 



• • • 



O piiáljtíicra otra. En todas estas frases, hai verdadero ritmo, o 
CQiñeñsuracion de tiempo; i aquella brevísima pausa que solc* 
'%.mos hacer entre una sílaba i otra, o si se quiere, el tránsito de 
►, -'sílaba a sílaba, es la acción o movimiento que señala i demar- 
ca los intervalos de tiempo, i determina el ritmo. 

Pero, en una lengua cuyas sílabas sean todas de igtial cuan- 
tidad, no hai combinación alguna do palabras en que no so 
puedan concebir cuantos ritmos se quieran, señalados por pau- 
sas silábicas. Así esta línea: 

Ya caminaba fujitivo Encas^ 
se puede reducir o al ritmo 2/> 

Ya-ca I mi- na | ba-fu | ji-ti | vo E-nc | as; 
o al ritmo V? , 

Ya-cami | na-ba fu | ji-ti vo E | nc-as; 

O a cualquiera otro imajinablc; de que se sigue que en realidad 
no tiene ritmo alguno señalado por pausas silábicas; pues lo 
que se acomoda a toda especie de medidas, claro está que no* 
puede ofrecer movimientos ni proporciones determinadas. 

Este jénero de ritma en que las pausas silábicas ocurrían a 
intervalos determinados i comensurables, era el fundamento- 
de toda la versificación antigua, i lo que so llamaba ritmo por 
excelencia. En efecto, ademas de las pausas referidas, los grie* 
gos i romanos empleaban otros accidentes de las palabras para 
otras medidas de tiempo, que, combinándose con la primera, 
hacían mas compleja i artificiosa la estructara del verso; pero 
estas otras medidas constituían lo que llamaban metro. Rit- 
mo, en el significado jencral que le hemos dado hasta ahora, 
abraza todos los medios posibles de reducir el razonamiento a 
períodos i cláusulas comensurables; i por consiguiente, con 
igual propiedad puede aplicarse al ritmo que al metro de la 
antigua poética, o por mejor decir, los comprende ambos. Pero 
no era esta acepción jeneral la que le daban los gramáticos í 
filósofos de la Grecia i el Lacio. Lo que llamaban estos ritmo 



DEt. niTMO I EL METllO liE LOS ANTIOL'OS 



en SU3 versos, ora una parto sola del ritmo con quo estaban 
cunstruiílos; i en el mismo significado parcial, voi a tomar esta 
voz desdo altura. 

En el pasaje ánles citado de Platón, se percibo a las claras 
que el ritmo no tenia nada que ver con cl acento, sino con 
aquol otro accidente de las palabras quo las hacía veloces o 
tardas: i pjO;j.sj ix tsü -rr/íoí y.ú ppaüsj... y£y="'-- E^ ^^ notar quo 
Platón no so sirvió aquí cíe laa voces comunes breve i largo, 
^pr/ii; XX.Á ¡ji,iif):3; i la razon es obvia. Era indiferente al ritmo 
que todos las cláusulas se formasen de sílabas brovcs, o quo 
on ciertos [Mirajes se sustituyese a dos de éstas una larga. Pero 
le era indispensable que cada cláusula constase precisamente 
de cierto número de tiemiKís, i que los dos incisos de cada 
cláusula tuviesen entro si una razon determinada. Importaba* 
le la velocidad o tardanza de toda la cláusula, esto es, el nú- 
mero de tiempos que comprendía, i le importaba asimismo la 
velocidad respectiva del primer inciso al segundo; pero mien- 
tras tales dimensiones fuesen constantes, no se cuidaba de quo 
esta o aquella sílaba particular fuese larga o breve. El ritmo 
computaba solamente los tiempos, i salva la razón do éstos, de- 
jaba en plena libertad al poeta para mezclar a su arbitrio las 
sílabas de una especie con las de otra. 

Consideremos una cláusula r^triica, por ejemplo, la quo 
consta de cuatro tiempos divididos en dos incisos iguales. Po- 
demos formar una cláusula de esta esj>eLÍo con un pié espon- 
deo, díictilo, anapesto, o proscelousmátieo. Por consiguiente, 
una cláusula rítmica es como una fórmula abstracta, quo 
contieno i envuelvo, si so permito tlecirlo así, varios pies. En 
la ctóasula í/'j. se comprenden kis piós que acabo de nombrar; 
en la cláusula '/i se comprenden el yambo i cl tríbraco; en la 
cldusula '/i el troqueo i cl tríbraco; en la cláusula '/a el anfí- 
braco, el anapesto i el proscoleusmático; etc. Había, pues, 
tanta diferencia entre las cláusulas rítmii-as í los píes (aunque 
algunos autores han confundido lo uno con lo otro), como la 
quo liai entro lo determinado i lo indeterminado, entro el jé- 
nero i la especie. 

Las leyes det rilmo dejul)an, por su indeterminación, cierta 



OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



libertad que el rigor i severidad del metro rehusaban frecuente- 
mente al ix)eta. Las leyes particulares que daban al rihno 
cierto aire i forma determinada, i que convertían cada «na de 
sus especies- en innumerables especies de metro, se reducian a 
dos clases, determinación de cesuras, i determinación de pies. 
El ritmo era de suyo indefinido: las leyes irkétricas era lo que 
le ajustaba a períodos de un número fijo de cláusulas -^ i para 
señalar los distintos períodos, como también los distintos 
miembros de cada período, se hizo uso de otra pausa mayor 
que la de entre silaba i silaba, es a saber, de la pausa entre 
dicción i dicción, llamada cesura, i reforzada frecuentemente 
por aquellas otras pausas que el sentido requiere. El verso 
anapósticadrmetro, por ejemplo, era un período de cuatro cláu- 
sulas 2/^, en que, ademaí^ de la cesura final que le cerraba, de- 
bía realzarse con cesuras intermedias el fin de las cláusulas, o 
por lo menos la mitad del período. Pero las cesuras interme- 
dias no siempre, ni aun las mas veces, dividían el período o 
verso en partes iguales: por el contrario, en casi todas las es- 
pecies de m^etro la estructura mas agradable era la que cortaba 
el períoda en miembros de desiguales dimensiones. Finalmen- 
te, asi como se exijian ciertas cesuras, se evitaban cuidadosa- 
mente otras.* 

La determinación de pies constituía la otra diferencia entre 
el ritm.0 i el m.etro. Por ejemplo, el hexámetro heroico era 
un período de seis cláusulas ^¡2, pero que no daba lugar ni al 
anapesto, ni al proscdeusmático, i en la sexta cláusula ni aun 
al dáctilo.** 



* Ilhythniis libera spatia, metrís finita sunt. Quiíitiliano, InstiluLio 
Oratoria, XI, 4. 

** Rhythnii spatio tomporum constante metra etiam ordino, ideoquo 
alteruiu cssc quantitatis videlur, alleruin qualitatis.... Rhythinus aut 
par ost, iit daetyhis.... aut sescuplex, ut pajon.... aut dúplex, ut 
iarabus.... Sunt hi et metrici pedes; sed hoc intorcst, quod rhythmo 
indifferens est, dactylusno illo priores habeat breves an sequentes; 
in versu pro dactylo poni non potest anapa3sLus aut spondícus, nec 
pajon eadem ratione a brevibns inciplet at desinet. Ib. 

Arislídes Quintiliano define al ritmo, íóiTr^iJia ir. /y'j^toy xará T.va lá^-.v 
>uYXc'.;jLfvo)v. Hablando de los metros, dice que U iwv tíoowv auvi'aiavTat, i 



UBL RITMO I BL MSTRO DE 1X18 JUmSTlOa 



Para hacer ovideijto la ilircroncia entre el ritJno i el metro 
de Jos autoroa griegos ¡ latinos, analicemos por menor el hexá- 
metro heroico. Las leyes rítmicas pedían solamente una serie 
de cláusulas '/í. Las leyes íii(!ifjcas preecribian, en primer 
lugar, una cesura al fin de ciwla sext;i cláusula, mediante lo 
cua! resultaba retlucido el ritmo a pcríüdog de determinada 
ejctensioi). En segundo lugar, pedían que de los cuatro píes 
que formaban cláusulas 7í. «olo «9 admitiesen el espondeo i el 
dáctilo; en otros tiirminos, pedían que todos los primeros in- 
cisos (que sin faltar al ritmo (lodian formarse con una sílaba 
larga o con dos breves] se formasen constantemente con una 
larga; mediante lo cual dobian tener todos ellos, no solo una 
misma duración, sino un mismo aire i movimiento. En tercer 
lugar, cxijian í[Ha la última cláusula fuese siempre espondeo. 
1 en cuarto lugar, que de las varias estructuras que podían 
dar al período la.s cesura? intermedias, se profirieran las que 
le cortasen en dos o tres miembros desiguales, según so vo en 
CEtos vefsos; 



11. 



lu. 



Oderunt peccara boni ] virtutis amore. 

10. U. 

Ut jugulonl liomtncrn | surgunt de nocte latrones. 

II. 13. 

Lalittur ct labetur | in omnc volubílis a;vum. 
r. 8 10 

Ingentes; | vallomquo bovos, | amnemquc lonebant. 

8 C 10 

Impulit in latas, 1 ac ven ti, j volut agmino facto. 

Pero si el poeta violaba alguna de estas leyes, introducien- 
do, por ejemplo, anapestos o proscelcusmátícos, el metro de- 
jcncraba en mero ritmo; por lo cual en estos versos; 

Capitibu' nutantes pinus, roctosque cupressoB, 
Helanurum, turdum, mcrulamque, umbramquB 



define al metro en joneral, t 



IV o'jUx^v ouYxi'iitvd 



<J OPÚSCULOS LITEIIARIOS I CnÍTICOS 



infrinjió Enio la severidad del ynelro, i se arrogó una licencia 
rítmica. Lo mismo succdia, si se colocaba un dáctilo en el 
isexto lugar, como expresamente lo dice Terenciano: 

IIoc sat erit monuisso, locis quod quinqué frcquenter 
jugcm V ídem US invenir! daclylum. 

Sed non el sexlum pcs hic sibi vindicat unquam, 
nisi quando rhythmum^ non metnim componimus. 

Namquc metrum ccrtique pedes, numoriquc coerccnt, 
dimensa rhijUimum conlinct lex tcmporum. 

Cualquiera percibirá que tanto las leyes rítmicas como las 
métricas tcnian por objeto asimilar las cláusulas a los perío- 
dos; i aunque es verdad que las varias estructuras del hexá- 
metro heroico, en cuanto dependientes del número i tamaño 
de los miembros en que le distribuían las cesuras, no se suce- 
dían en series uniformes; sin embargo, refiriéndose en cada 
estructura a cierto modelo que existia de antemano en la mente 
de los lectores u oyentes ejercitados, debía producir el placer 
que en todos casos resulta de la regularidad do dimensiones. 

Sabido es también que, aunque una sílaba larga i dos breves 
fuesen una misma cosa para la níedida del tiempo, no lo eran 
en cuanto al aire, movimiento i expresión que daban al verso. 
Las sílabas breves se precipitaban; las largas parecían moverse 
con sosegada lentitud. Aquellas convenían mejor a ios modos 
de ser de nuestra alma en que las ideas se agolpan í se suce- 
den unas a otras rápidamente; estotras al contrarío decían 
.mas bien con la serenidad del espíritu, con los asuntos solem- 
nes o melancólicos. Debia, pues, la constante recurrencia de 
sílabas largas en los primeros incisos de las cláusulas dar al 
verso una marcha constantemente gravo i majestuosa; í al 
mismo tiempo quedaba al arbitrio del poeta formar los segun- 
dos incisos con largas o breves para producir aquella variedad 
de aires i movimientos, que, sin perjuicio del carácter jeneral 
do esta especie de metro, se conformasen con la variedad do 
asuntos; a cuyo efecto contribuian en gran manera las dife- 
rentes proporciones do los miembros, i la colocación, a veces 



DEL nrraQ i bl hetho va i.c» AinietiDs 



nntural i esperada, a veces extraña, i aun irregular de las ce- 
suras. 

Períodos lialiia también que se componían de varias especies 
(lo ritmo. El verso sáfico, por ejemplo, constaba de cinco cláu- 
sulas, de las cuales (segan 1» manara de Horacio) la primera, 
cuarta i quinta eran troqueos; la segunda, espondeo; la tercera, 
dáotile; i por coasiguiente, el riliiio era unaa voces do la espe- 
cie */i, i otras veces de la especie ^¡2. 

En lín, habia períodos on que no solo variaba el ritmo con 
arreglo a leyes fijas, mas aun se dejaba en algunas cláusulas 
al arbitrio del poeta el escojer entre ciertos ritmos, de lo cual 
tenemos ejemplo en el Kenario yámbico de la trajedía, que en 
liis cláusulas parca exijia el rihno '/!, i íí" Im imparea el mis- 
mo ritmo u el 2/.j. consintiendo aun mayor libertad el de la 
comedia. 

Conocíanse, pues, tres clases de períodos. En los primeros (que 
»e adaptaron a la epopeya, el poema didascálieo i la elejta),el 
ritmo tím uno mismo en todas las cláusulas. En los segundos 
(que, por mas apropiados para expresar el tumulto de las pasio- 
nes, so adjudicaron principalmente a la poesía lírica), variaba 
el ñtmo, pera con arreglo a Icyea lijas, que determinaban sus 
nutaciones i el ¿nlen preciso en quo debían verificarse; lo cual 
era nuccsaríu para adaptarlos a la música. I los terceros (que 
por acercarse mas al habla común se creyeron los mas a propó- 
sito para el drama), irernütían cierta variedad irregular de T-ií- 
TttOS, en quo so dejaba mas ([ue en los otros jónoros de metro 
a la elección o uunvcnicneia del poeta. 

Pero, adornas de estos pc(]ucñon períodos, llamados versos, 
había utrof* mayores, llamados sistomas o estroras, en que en- 
tralKtn grannúmeríi de aquéllos, Los sistemas pueden reducirse 
a la» mismas tros clases que loa versos. El dístico clejlaco, por 
ejemplo, es un sistema en que el rit mo es invariablemente Vi- 
El tetrá-stico sálico es un sistema compuesto de tres versos sá- 
fieos, en que el ritmo pasa de ';'i a ^-j i de í/i a¡ ~¡\ en parajes 
determinados, i do un ver.-íu adónico, quo consta de dos cláusu- 
las !/• . Finalmente, unli-e las odas de Horacio tenemos siste- 
mas compuestos enteramente de yámbicos, i alternativamente 



OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



de seis, i de cuatro cláusulas, las pares V2 i las impares ^/2 

o 1/2. 

Cuanta mayor libertad se de al poeta en la formación del 
metro j tanto mas ha de acercarse el verso a la prosa. Si tene- 
mos, pues, presente que los conucos latinos usaban de mucha 
variedad de metroSj que frecuentemente los mezclaban de un 
modo irregular, que en muchas de las cláusulas podian escojer 
entre los ritmos 2/2 i 1/2^ que no prestaban una atención es- 
crupulosa a las cesuras, i que aun usurparon no pocas veces la 
licencia de usar como breves las sílabas que solo eran largas 
por la situación, i no por la naturaleza de la vocal, no extra- 
ñaremos que Horacio, juez severísimo, i admirador apasionado 
de los griegos, censurase tanta laxitud como contraria a la pre- 
cisión i armonía métrica j ni que a Cicerón lo pareciesen los 
yámbicos de la comedia latina desmayados. Pero el mismo 
Cicerón apunta el motivo que tuvieron los poetas para adoptar 
aquella manera de versificación en la comedia, propter simi^ 
litudinem scrmonis; i aun mas claramente el delicadísimo 
gramático Terenciano Mauro: 

Sed qui pedestres fábulas socco prcmunt, 
ut qua3 loquuntur sumpta do vita putcs 
vitiant lambón tractibus spondaicis, 
fidomque fíctis dum procurant fabulis, 
\n metra peccant arto, non inscitia. 

La causa de que las estrofas líricas pareciesen prosa, como 
lo testifican Cicerón i Dionisio de Halicarnaso, era diferente. 
En los períodos monorritmicos (verbi gracia, el hexámetro he- 
roico), la semejanza de las cláusulas entre sí era bastante para 
distinguir el verso de la prosa, aunque se profiriese uno solo; 
pero si el período constaba de muchos ritmos que no forma- 
sen una serie simétrica (verbi gracia, el sáfico), era menester 
oír muchos períodos, para que pudiese encontrarse aquel orden, 
aquella simetría, de que dimanad placer de toda versificación. 
Semejantes períodos, para el que no se había familiarizado con 
ellos de antemano, i que, por tanto, no podía referirlos a un 
modelo intelectual, considerados cada uno do por sí, no se di- 



IffiL Hiraa I BL HKTHO DB LM ANTtOtlOS 



foroncinban do la prosa, ApliciuemOH esto por via de iluRlracion 
al ritmo accntiuil de los modernos, lín cl verso octosílabo de 
los liricus italianos; 

Meco viéiii, o ascólta il qr:\l'} 
3\isurríir dol vontíc¿-tlo, 

oadft liiiea d« por sí ticno una simetría i[ua no se puede escapar 
al oído ménOH cjci-citado; al paso que cu el verso octosílabo do 
los dramáticos españoles: 

Kn ol teatro dol mundo 
todos son rcproscnli'mtes, 

no hai mas simetría que la ([uo resulta de ocurrir el aconto 
en cada séptima sílaba; i por consig:uicnte, cada línea de ¡mr sí 
no se distingue de la prosa; de manera que cl ritmo se halla 
eolamonte comparando una línea con otra, o lo que viene a sor 
lo mismo, con un modelo que de antemano exista en el alma. 
En este caso, pues, no es la semejanza de las cláusulas lo que 
produce placer, sino la semejanza de los períodos. 

Demos ahora un paso mas, i consideremos una estrofa que 
no sea en si misma simétrica. El [ilacer resultará entonces de 
la semejanza, no de los períodos, sino de los sistemas enteros. 
Poro cuanto mas larga i compleja soa la cadena de ritmos 
i de movimientos que se compara, tanto será mas diltcil perci- 
bir la comeasuracion. Asi la semejanza de las cliiiisulas era 
obvia, i no podia menos de halagar el oído mas torpe; la do loa 
periodos no lo era tanto; la de las estrofas cortas, como las quo 
Horacio adoptó en sus odas, lo era monos; t la de las estrofas 
largas, como las do Píndaro i las do los coros del drama 
griego, múnoa todavía. ¿Deberá, pues, parecer extraño quo 
Cicerón i Dionisio no pudiesen sin mucha dificultad percibir 
semejanzas quo consistían on la repetición do seríes larguísi- 
mas, compuestas de elementos sumamente varios? Pero los 
contemporáneos de Píndaro i Eurípides, que encontraban en 
las obi-ds de aquellos poetas combinaciones métricas con quo 
estaban familiarizados, percibían orden i hermosura donde el 
oído de los griegos de eJades posteriores, i con mucha mas 



10 OPÚSCULOS LITERARIOS I CUItICOS 



razón el de los romanos, hallaba solamente un caos de ritmos 
i movimientos diversos, sin gracia i sin designio alguno. 

En los ditirambos, debía de suceder en parte lo mismo. Los 
ditirambos no formaban estrofas o sistemas regulares; pero 
probablemente se componian de períodos i de pequeños siste- 
mas que eran familiares a los griegos, i que su oído reconocía 
inmediatamente en la declamación o en el canto. 

Creo que basta lo dicho para formar idea de la versifica- 
ción griega í latina. Algunos pretenden que era el acento, así 
en el ritniOj como en el metro antiguo, lo que señalaba las 
cláusulas, a la manera que lo hace en nuestra poesía moderna. 
Pero es difícil conciliar esta opinión con la doctrina de los 
antiguos o con su práctica. Cuando en sus obras se trata de 
versificación, de ritmo o de metros^ nunca se hace mención 
de acentos, sino de cuantidades. Los retóricos que, como 
Aristóteles i Cicerón, escribieron sobre el ritmo oratorio, no 
hablan jamas de dicciones barítonas u oxítonas, como hubie- 
ra sido natural si el ritmo hubiera tenido que ver con la 
entonación; sino de yambos, troqueos, dáctilos, peones, i demás 
variedades de pies. Lo único en que parece aludirse al acento, 
es la división de las cláusulas rítmicas en ársis i tósis, esto 
es, elevación i depresión; que unos quieren se entendiesen 
simplemente del pió o la mano para compasear las cláusulas; i 
otros opinan, apoyándose en la autoridad de Prisciano í Maria- 
no Cápela, que se entendía también de la voz, señalándose con 
aquellos movimientos externos los espacios de tiempo entre las 
inflexiones de ella. Pero ¿en que sentido se ha de tomar esta 
elevación i depresión de la voz? ¿Diremos que el acento agudo 
de las palabras debía coincidir con el ársis de las cláusulas 
rítmicas? La práctica de los griegos i romanos lo contradice. 
En los hexámetros do Homero, por ejemplo, el ársis última 
carece muchísimas veces de acento. En los de Virjilio i demás 
poetas latinos, concurre de ordinario el acento con la última 
ársis; pero en el hexámetro latino es frecuentísima la cesura 
llamada pentcmímeris, que divide en dos partes iguales la 
tercera cláusula, cerrando un miembro con el ársis, i dando 
princíi>io al otro con la tesis; i como en aquella lengua no p^ 



ÜEL RITMO 1 EL METKO DE LOS AXTir.UüS 11 



acentuaba la última sílaba, i los miembros del ¡Kíríodo métrico 
no solían terminar en monosílabos, la consecuencia forzosa de 
semejante estructura debía ser que el acento se hallase c^asi 
siempre en la tesis do la segunda cláusula; verbi gracia: 

Ar-ma vi | rum-«iuc cá | no, 
Ty-tirc, I lu-pátu \ la», 
Vul-nus a | lU-\v ¡ nis 

Los dos parajes principales del bexcunetro eran los finales de 
los dos miembros en que lo dividía la cesura. Allí era donde 
importaba, mas que en ninguna otra parte, contentar el oído. 
Allí, pues, menos que en ninguna otra parte, se hubiera deja- 
do de proporcionar al ársis una sílaba aguda, si este acento lo 
hubiera sido esenciarl, o si la concurrencia de ambas hubiera 
sido particularmente agradable. 

Estas dificultades solo pueden salvarse recurriendo con Vossio 
a la suposición verdaderamente triste i desesperada de que las 
palabras no se entonaban en el verso conforme a sus acentos 
naturales, sino, según lo pedia el metro, elevándolas constan- 
temente en una mitad de la cláusula i deprimiéndolas en otra. 
Pretendo, pues, Vossio que el hexámetro se entonaba así: 

Tytirc, tu patult-e rccubáns sub tegmine fagi, 

I el pentámetro así: 

Labitur ex oculís nunc queque guita mcís; 

i el senario yámbico de este modo: 

Suís ct ¡psa Roma viribús ruit. 

Pretende, en una palabra, que la estructura del metro tenía 
por objeto poner en perixítua contradicción los tonos del verso 
con los del habla; que la habilidad del poeta consistía en cons- 
truir las palabras de modo que al declamarlas o cantarlas 
fuese necesario dislocar sus acentos; i que el placer causado 
por la versificación se cifraba en hacer una guerra perpetua a 
los hábitos de los lectores í oyentes. Porque, sí así no era, ¿a 



OPÚSCULÜM LITGnAHtaS t CHlTICOS 



qu¿ fin evitar con tanto empeño en el pentámetro olojiacofli 
terminarle con voz monosílaba que no fuese enclítica, cuandol 
uabalnicntó una voz monosílaba i|lio no fuese encHtíca ora Idñ 
que se necesitaba para que concurriese el acento con ol áraiaf 
¿Qué cosa mas desatinada i absiinla pueJe iijiajinarse en nín- 
giin sistema do versificación, qué procurar a toila costa dividir 
el hexámetro heroico en la mitad da la torcera cláusula, cuan- 
do esta estructura debia forzosamente separar el ársia i el 
acento, en cuyo consorcio se supone que estaba vinculada la 
armonía? Que los poetas no pudiesen siempre unirlos, aunque 
lo procurasen, lo miraríamos como una prueba, o de su poo&« 
destreza, o do lo incómodo de aquel artificio; pero no está e 
esto la dificultad, sino en que los poetas procuraban frecucn*'! 
temcnte separarlos. Con que os menester decir que el mérit» I 
del \'erso griego i latino consistía cabalmente en lo conti'año'i 
de lo que forma la belleza iTcl nuestro, que es la conservación 
de los acentos naturales de las palabras; i de esto modo el 
empeño de acercar dos sistemas rítmicos diferentes vieno a 
parar en hacerlos contraríos e irreconciliables. No se puedo 
sufrir la idea de un ritmo quo no esté fundado, como el nues- 
tro, sobro los acentos, i se admite como racional i filosófica la 
idea de un ritmo fundarlo en la total subversión de loa 
acentos. 

Mas vale atrepellar, como hacen otros, por la autoridad de 
Quintiliano i de los gramáticos, i sentar desdo lue^o por prin- 
cipio que, en materia de acentos no supieron éstos lo que se 
dijeron. Bien es verdad que los que condenan los acentos de 
las escuelas i de los libros sin mas motivo que el no poder 
ajustarlos con su sistema, deberían indicarnos otras reglas de 
acentuación, aunque fuese por via de hipótesis. Veriase enton- 
ces quo la perpetua coincidencia del ársis con la sílaba aguda 
lio solo repugna a la doctrina recibida de acentuación, sino 
también a cualquiera otra, en que los acentos sean fijos, como 
los de las lenguas modernas; pues, admitida semejante supo- 
sición, unas mismas sílabas de unas mismas palabras debeu 
sor agudas en un verso i graves en otro, según coincidan con 
el ársis o con la tesis. 



DSL IIITUO 1 EL METIIÚ US LOS ANTIGUOS 1-1 

No Be que ninguno do los eacritorca antiguos^Jiaya'dichoquc 
el ársis trastornase el acento natural cíe las palabra», pasándole 
de unas silabas a otras; ni que en el vasto catálogo {le escolios 
i comentarios ile poetas que nos han queilado, se i\¿ noticia ilo 
un solo acento agmlo que se deba a la mera influencia del 
ársis. Quintiliano i otros gratnáticofl, que nos informan de la 
mutación del acento en las palabras, a consecuencia de la 
agregación de enclíticos, que era común a la prosa con el 
verso, i lie los alargamientos de silabas breves, que se permi- 
tían en ciertas circunstancias al poeta, no íiubicran dejado do 
hacer particular mención de la que el ársis producía, según se 
(lícc, tan frecuentemente en toda especie de ritmo i de metro. 
Existo un pasaje do Quintiliano, en que relierc que algunos do 
sus contemporáneos acentuaban la sílaba (¡nal do ciertas pala- 
bras para distinguirlas de otras en el sonido; i el ejemplo do 
que se vale es notabilísimo. Dice que en estos versos do 
Virjilio: 

qu;i> cii-cum lUtorii, L*ii-cum 

piscosoa scopulos 

hacían aguda la última de clrcum; lo cual manilicsta que ni 
ellos ni Quintiliano consideraban el tono de la sílaba anterior 
como necesariamente afectado por el árais, pues una palabra 
no jwdia tener dos acentos. Mario Victorino, después do decir 
que el ársis i la tesis significaban ciertos movimientos del pié, 
aiktde: Itcni aráis esí elatio icmporis, sonÍ, vocis; Ihcsís 
depositio et quaidam contractio syllaburuvi. Lo que do 
aquí parece colejirse es que el ársis obraba tanto en el tiempo 
o cuantidad do las sílabas, como en la voz o acento; i pues no 
vomos que abrazase la naturaleza de las 6Ílal>as bajo el primer 
afecto, convirtíéndoias do breves en largas [prescindo de casos 
rarísimos que no entraban en el proceder ordinario del arte), 
tampoco so lia de creer que alterase sus cualidades tónicas. 

No se puede dudar que el ársis de los antiguos era seme- 
jante a a(]uoI impulso o movimiento que en la música moder- 
na señala el compás, i quo no exijo de necesidad que la ñola 
herida sea mas larga o mas aguda que las inmediatas, consis- 



l'l 0PÍ;SCUL0S LlTEKAIilOá I CIlíTICOst 



tiendo mas propiamente, si no me equivoco, en reforzar o arre- 
ciar los sonidos, que en extender los tiempos o elevar los tonos. 
El ársis cargaba sobre aquellas parajes del verso en que, o 
ixrrpetuamente, como en los primeros incisos del hexámetro 
heroico, o mas frecuentemente, [como en los segundos del ver- 
so yámbico, entral>an sílabas largas. Pero el movimiento mé* 
trico no alargaba las sílabas; porque era obligación del poeta 
combinar las palabras de manera que su prolacion natural se 
conformase con aquel movimiento. Sigúese de aquí que, si la 
conexión del ársis con el acento hubiera sido tan íntima coma 
la quo tenia con la cuantidad, el poeta hubiera puesto igual 
cuidado en construir las palabras de tal manera que sus tonos 
naturales formasen las modulaciones que el metro exijia. Con 
arreglo a este principio, se habrían distribuido las cesuras; i la» 
formas favoritas del hexámetro hubieran sido: 

Poeni pervortontcs omnia -circumcursant, 
Sparsis hastis longis campus splendet et horret; 

las cuales no eran mas dificiles quo las otras. I pues vemos 
que esta es cabalmente la estructura que los poetas ponían mas 
empeñó en evitar, i que otro tanto sucedía en casi todas las 
demás especies de versos; lo mas que puede concederse al ársis 
en favor de Prisciano, Cápela, i Mario Victorino (que no son 
autoridades de primer orden) es que, por un efecto del impulso 
que so daba a la sílaba, se levantase un poco el tono, hacicn* 
dose lo agudo mas agudo i lo grave menos grave; pero no 
tanto que saltase la voz todo el intervalo que separaba lo gravo 
do lo agudo. 

Si en algunos mcLvos latinos, como el hexámetro heroico, 
el pentámetro elejiaco, el senario yámbico, el sáfico, el glicó- 
nico i otros, se nota una cierta distribución regular de acentos, 
debe tenerse presente, lo primero, que estos se encuetran tan 
frecuentemente en la tesis como en el ársis; i lo segundo, que 
en la lengua latina eran un efecto necesario de la regularidad 
délas cesuras.* Los griegos diferían casi siempre de los lati- 



* Consideremos cl efocto do la cesuras cu una de las mas comunes 



DEL niTMO I EL METRO DE LOS ANTIGUOS 15 



nos en los acentos, i sin embargo se conformaban amcnudo con 
ellos en las cesuras; con que éstas eran do la esencia del metro, 
nó los acentos. 

Como en nuestra pronunciación latina i griega no se con- 
serva la diferencia de largas i breves, que era natural auna la 
del ínGmo vulgo de Roma i de Atenas; como el ritmo consistía 
en la medida de los tiempos que se gastal)an en pronunciarlas; 
i como las leyes del metro no hacian otra cosa que imprimir 
cierto carivcter i movimiento al ritmo, que era su fundamento 
i la materia que informaban, claro está que solo podemos per- 
cibir oscura i débilmente la belleza i armonía de la versilíca- 
cion antigua. En latin, la división del perío<lo métrico en cier- 
tos miembros por medio de las cesuras acarrea, como hemos 
observado, cierta especie do uniformidad en la acentuación, 
que no deja de agradar al oído, pero que, en todos los versos 
que no tienen número fijo de sílabas, se acerca mas a la me- 
dida informe i ruda de nuestro poema del Cid, que a la regu- 
laridad exacta a que estamos acostumbrados en la versificación 
moderna. Contraigamonos al hexámetro heroico. El acento de 
la sexta ársis, que para los latinos caia casi constantemente en 
un mismo paraje del vci'so, para nosotros, que damos a todas 
las sílabas una duración scnsil)lemcnto igual, viene unas veces 
mas temprano i otras mas tarde, según el número de espondeos 
que hai en él. Lo mismo se aplica a los acentos que suelen 
ocurrir en otros parajes. En suma, lo que para los latinos era 
exactamente comensurable, sin dojar por eso de ser vario; para 
nosotros no puede tener regularidad alguna, sino cuando a fuer- 



formas dol yámbico trímetro, que los romanos Ilamnban senario; es a 
sabcr: 

=:. -1^- :¿|-w-|í:-w-I 
iJcct siipérbus ámbiilcs pecunia. 

Dada;) estas cesuras i pk's, el acento latino caia necesariamente sobro 
los lugares que he señalado; pero en ^rieL'o, con los mismos datos, 
admitía muchísimas variaciones; que, si no me eníraño en el cálculo, 
suhiau a cincuenta i cuatro, prcscrindiendo de las diferencias de tono, 
indicadas por las señales /, ^ , ~ ; i considerando el tono > como ver- 
daderamente grave, subían a ciento cuarenta i cuatro. 



za de lectura, nos hemos formado un gran niimero de modelos 
o tipos, a que rcforimoa laa diversíaimaa formas de que es sus- 
ceptible cada metro; en las cuales no puede hallar nuestro oído 
aquella uniformidad de ritma, que n.iL-ia de la componsasion 
de largas i breves. En estos versos: 

Formoaam resonare doces Aniaryllída silvas, 
Constitit akiue oculis Phrygia agmina circumapoxit, 
Amphion Dircieus in Actieo Aracyntlio, 

que formaban una misma especie de período rnétrico, i lo que 
C3 mas, se componían do c-láusulas rítmicas de una misma 
especie, el que no haya estudiado la prosodia i versificación 
antigua apenas hallará la mas Hjera semejanza; i si con el 
tiempo llega a hacerse agradable esta íncomenaurable variedad 
do cadencias, es porque el lector se acostumbra a cada una do 
ellas, i adquiere la facultad de reconocerlas, según se le pre- 
sentan; de la misma suerte que reconocería cada diferente 
especie do verso en una composición mezclada de rauclios, quo 
lo fuesen de antemano familiares. 

Hablo aquí meramente del placer del oído; i no pretendo dis- 
putar el grado superior do deleito que experimentan los que es- 
tán bastantemente familiarizados con la prosodia griega i latina 
para percibir instantáneamente si las cuantidades que entran 
en un período métrico son todas Icjitimas o nó. Para los que 
poseen esta ventaja, cada silaba tiene su carácter, i el verlas 
figurar conforme a él en combinaciones artificiosas, no puetlo 
menos de causarles placer, tanto porque el ententlimionto 
contempla en ello regularidad i orden, como porque so ha- 
lla en estado de avaluar la <lificultad vencida. Pero esto placer 
es puramente intelectual. Sé también quo el conocimiento de 
las cuantidades redunda en Ijeneíicio del oido, haciendo que al 
leer el verso retardemos o apresuremos las silabas para com- 
pensar en algún modo el peso coa el número, Pero este mismo 
partido que sacamos de las cuantidades, i lo que gana con ól, 
aun tn nuestra imperfecta pronunciación, la armonía do los 
versos antiguos, es una prueba experimental de la doctrina 
común de los gramáticos, i del engaño que padecen los quo 



DEL niTtfo I EL vetuo db los antiguos 17 

quieren reducir el ritmo griego i latino a la regularidad de los 
acentos. 

Pasando do los versos latinos a los griegos, aquellas vis- 
lumbres de armonía que nacen de la acentuación nos aban- 
donan, i quedamos enteramente a oscuras. Entro dos hexáme- 
tros acentuados a la griega, no hai amenudo mayor semejanza 
por lo que respecta a los tonos, que entre un senario i un 
hexámetro latinos. En estos dos hexámetros: 

'HÓT£ TTjp á?BrP%cv £:r.cXáYci iz^t'Z't 5Xt¡v, 
'Q'í apa ^túHTiZx r;xa7£v y.aAAÍTf./.a; í'jrrrsuí, 

las cadencias de Homero se asemejan a las de Virjilio; pero 
en estos otros: 

*Q'í apa 9(i)*;r|7rr:£, xoO* Trrwv üjavrc, 
XeTpa^ T* aXXr^Xwv AaJiTTjv, y.a\ Tr.rrwTarrs, 

la acentuación es parecida a la del senario latino. Para evitar 
este inconveniente, se sigue en muchas escuelas la práctica 
de entonar el verso griego a la latina, que es en realidad enga- 
ñarse, i querer suplir con una armonía extranjera al idioma 
de los griegos la que el trascurso de los tiempos ha hecho 
desaparecer de sus obras. Si nos acostumbrásemos a la que 
resulta do la regularidad do las cesuras, i de la compensa- 
ción de largas i breves, acaso no sería necesaria semejante 
ilusión. 



OPisc. 3 



DEL RITMO LATINO-BÁHBAIK ) 



•■ . .'^'VS'''» • — 



Harto sabidas son las causas que cuiTumpicron el idioma 
latino. Su perniciosa iuílucncia comenzó a sentirse inmedia- 
tamente después que los ilustres injenios del siglo de Augusto 
elevaron aquel idioma al mns alto punto de perfección; i so 
manifestó desde luego viciando las cuantidades, estoes, igua- 
lando la duración de las vocales. Los metros latinos vinieron 
entonces a ser lo que todavía parecen al oído de aquellos quo 
no están familiarizados con la prosodia latina, esto es, uno» 
períodos de duración incierta i de cadencias poco determinadas, 
en que las graves i las agudas se suceden a veces con una oscura 
apariencia de regularidad i simetría. Su composición continuó 
sin embargo ajustándose a las reglas antiguas, pero solamente 
en las escuelas, o por los que solicitaban la aprobación de los 
intelijentes. En los cantares do la plebe, o en las oleras de los 
que solo aspiraban a contentar oídos vulgares, ño se hizo ma,s 
que imitar rudamente los versos de Virjilio, Horacio i Teren- 
cio, despojados de aquel ritmo fundamental que consistía 
en la compensación de las largas con las breves, i que era el 
alma del metro. 

La mayor parto de estas composiciones informes perecieron; 
i las pocas que lograron sobrevivir a tantos siglos de barbarie 
i desolación, no nos hacen mirar la pérdida de las otras como 
sensible. De las mas antiguas que se conservan son las Ins* 
Iruccioncs de Conmodiano, escritas a imitación del hcxáme- 



*0 OPÚSCULOS LITEHARIOS I CIlÍTICOS 



tro,* i el salmo .de San Agustín contra los donatistas, en 
trocaicos octonarios, sin observancia do cuantidades.** 

No pudiendo ya compensarse una larga con dos breves, 
porque no habia ni breves ni largas, el número de las sílabas 
vino a ser la única medida del tiempo. Redújoso cada metro 
a número determinado de sílabas, para que la cesura o pausa 
final ocurriese a intervalos iguales; i se conservaron como 
esenciales a la nueva versificación aquellas cesuras intermedias 
i aquellos acentos, que solían ocurrir en ciertos parajes do la 
antigua. Por ejemplo, en los autores de la buena edad, el 
senario yámbico terminaba frecuentemente en esdrújulo: pues 
en los senarios yámbicos do la media latinidad vino a ser 
aquel acento de la antepenúltima una regla invariable. Por un 



* Instructiones adversas Gcnliuin Déos. lió aquí las primeras 
lincas: 

Prícfatio nostra viam erran ti demostrnt, 
res pee t II mq lie boniim, cum vcnorit sccculi mota, 
retcrnum fiori, quod discredunt inscia corda. 
Kgo similiter erravi tempere multo, 
fana proscquendo parcntibus insciis ip5?is. 
Abstuli me tándem ¡nde Icgendo de lego. 
Tostificor Domimín, doleo. Proh cívica turba! 
inscia quod penlit pcrgens dees quajrero vanos, etc. 

Sobro la edad do Conmodiano, que so cree haber vivido en Italia, i 
aun en Roma, están discordes los eruditos. La opinión mas común lo 
coloca en el sii^do IV de la era cristiana. Sebastiano Pauli, en su Di- 
sertación sobre la poesía de los Sanios Padresi, le hace subir al II. 
Lo mas probable es que floreció en el III. Véase Fabricio, Biblioífieca 
latina mediie el infimoi xlatis. 

** San Agustín destinó esta obra para el vulgo, como él mismo lo 
dice: tVoleiis etiam causam donatistarum ad ipsius humillimi vulgi, ct 
omnino impcrilorum atque idiotarum notitiam porveniro, psalmum 
qui cis can tare tur.... feci.» (Retraclalio, I, '20.) lié aquí algunos versos: 

Modum si exccssit Macarius, conscriptum in christiana lego, 
vel loí^em rcgis reforebat, ut puíjnaret pro unitiite, 
non dico istum nihil pcccasso, sed vestros pojores cssc. 
Quis enim praícopit illis per Africam sic saívirc? 
Non C'hristus, non ¡mperalor probatur hoc permisisse, 
fustes et igncs prívalos, et insaniam sino lego. 






motivo scmcjaiito, el yámliicj tr'.r 'rr.otrj ?.:;ilr-::j:- !■: la me- 
dia latinidad se siií»?tj. no silo a la ce-jr.i •.::: Iv J:vi lia en 
dos partes, la prini?ra lo vch j i I.i >:j".in l:i 'le siev? >íl;il»as. 
mas también a dos a.-enlvs í; í_ i. i.iri'i :.rrn:r.Ar o- irimer 
miembro en dicción eslríiiila. i oí soj-jn !.» en llann •> irrave, 
estoes, acentuada so!:ir».* la p-'-ii'iilínin. K:i reso'u j::n. liació un 
nuevo RITMO, que rolavo en lt-.t ;.\rt? lis cesuras i acentos 

del metro anti^'^uj, disírihuv'n ;.ij:r a ínter. ?.1:'5 cuva única 

-» • • • 

medida era el número 1j las -ilitL :s. 

La constante retraían lal d-j los acentos fuc el disiintivo de 
aquel nuevo sistema :ur"i«. :•. a lo ni-.-nr-s de:? le que lleir«j a 
tomar un carácter lijo: pues al prinjiíáo no pv\re?c que se hizo 
mucho caso de los tonos. En efect-:». se conservan algunas poe- 
sías de este jénvro, en que tudocl a:'ii!KÍo se reduce prescin- 
diendo de la rima a la col cacion de las cesuras a intervalos 
iguales, medi.los por el número de .s¡lal.»a>. sin la menor consi- 
deración con el acento. Así está com¡>uesto por no citar mu- 
chos otros ejemplos, el ritmo de San (.'olumbano, fundador del 
monasterio Boviense, sobre la vanidad de la vida mortal; i gran 
parle de los versos insertos en las epístolas de San Bonifacio 
Moguntino.* 

Aquellos versos de nuevo cuño, que eran en los que se delei- 
taba el vulgo, se llamaron rítmicos, para distinguirlos del 
metro, esto es, do aquellos versos que todavía se componían 
en las escuelas i por los hombres de letras, con rigorosa obser- 
vancia de las cuantidades-, conservando a cada silaba el mismo 
valor que le habían dado los poetas del síltIo de oro. Pero no 

* Miindus istc docivscit, | et quotidie tránsit: 
nenio vivens ni.'uu'bit. | niilhis vivas rcmánsil. 
Totiim hiinianum Lvnus | ortii utiturpúri, 
ct do simili vita | fine cadit írqnáli. 
Dofcrcntibus vítaní | niors incerta súbripít; 
omncs supci'lms víil^os | mrrror mortis córripit.... 
Líibricum quod lál)itnr | conantiir colh'c^ore, 
ct hoc quod se scdúcit | niinus linient crédcrc, etc. 

Asi empieza el ritmo do San Columbano. í \'/»/í'níní Fpi'^tolnriim //í- 
h^rnicanim Sijllmjn, a Jacopo l'sscrio.) 



no 



OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



debe confundirse el ritmo de la media edad con el ritmo de 
Platón i Tcrcnciano Mauro. Los antij^^uos llamaron versos 
rítmicos aquellos en que, desatendidas las leyes del metro, 
que prescribían determinados pies, se guardaban solamente las 
del ritmOy que so contentaba con cláusulas, en que los tiem- 
pos se ajustasen a ciertas medidas i proporciones, consideran- 
do siempre una larga como equivalente a dos l)rGves. Por 
ejemplo, las leyes del m(?.tro llamado hexámetro heroico pedian 
necesariamente espondeos i dáctilos; pero el ritmo de aquella 
edad no oxijia tanto rigor, i se contentaba con cualesquiera 
pies de igual duración a los expresados, dando lugar a los 
anapestos i prosceleusmáticos. Por consiguiente, este ritmo 
procedía sobre el principio de la compensación de largas i 
breves. Pero el ritmo latino-bárbaro procedía sobre el principio 
do que todas las sílabas eran iguales; i luego que llegó a la 
perfección que era propia de su naturaleza, redujo todas las 
especies de verso, ¡ todos los miembros homólogos de cada 
especie, a determinado numero de sílabas; sin lo cual es claro 
que no hubiera podido haber comcnsuracion de tiempos. 

En todas las lenguas i en todas las edades, ha habido una 
poesía vulgar i plelieya, mas licenciosa en su practica que la 
culta i noble, ejercitada por los literatos. La poesía vulgar o 
menos perfecta de los ])Uciios tiempos de la lengua latina se 
llamó rítmica^ porque solo se ajustaba a la medida de tiem- 
pos, que se llamó antonomástícamento ritmo; i la poesía 
vulgar de los siglos bárl)aros se llamó iu'tmica, porque la anti- 
gua poesía vulgar se habia llamado así, i porque ella también 
se ajustaba a cierta medida do tiempos, que el oído indicaba; 
violando, por consiguiente, las reglas de la prosodia escrita, 
que habían dejado de conformarse con el idioma viviente. Bajo 
otros respectos, liabia tanta diferencia entre uno i otro ritmo, 
como hubo entre la pronunciación latina de la corte de Augusto, 
i la de los monasterios del siglo X. 

Sin embargo, el marques Maffei/ el caballero Muratorí,** i 

* Di.<<inrt!t:innf* anpra i rcrsi vilmici, ni fin do su Stovia /)íp/oí?í;i- 
tirn. ** Anliqíitotes ifaliiZ'-, Dissnrfalio VL. 



DEL RITMP LATTNO-DÁRBARO 23 



Otros críticos eminentísimos, confundiendo el uno con el otro, 
imajinaron que aquellos versos ajustados a número fijo de 
sílabas, i uniformemente acentuados que estuvieron en boga 
desdo el siglo IV, se habian estilado desde la mas alta an- 
tigüedad, i que en ellos se compusieron siempre los cantares 
plebeyos i rústicos de los romanos. Cita MalTeí, en prueba de 
ello, los versos saliares del tiempo do Numa i los versos satur- 
nios. No ignoro la diíicultad de reducir las reliquias que de 
ellos nos han quedado a metros regulares, i a un ritmo fun- 
dado sobre la compensación de largas i breves; pero el mismo 
erudito verones se hizo cargo de la corrupción del texto; i 
aunque no se le hiciera, quedaría siempre por vencer la no 
menos grave dificultad do reducirlos al ritmo de las edades 
posteriores, el cual, por el número constante de sílabas i por 
la regularidad de los acentos, tenia un carácter decidido, que 
no es fácil equivocar con otro, ni se puede dejar de percibir 
donde existe; i que ciertamente no aparece en aquellas anti- 
guallas romanas. Los versos de la comedia latina, alegados 
al mismo propósito,* tampoco le favorecen. El desenfado i 
licencia del verso cómico se parecen mucho monos que la exac- 
titud rigorosa del trájico al número fijo do sílabas i uniforme 
cadencia de la poesía latino-bárbara; i no podía satisfacer al 
oído en sistema alguno que no estuviese fundado . sobre la 
compensación de largas i breves. I on cuanto a los versos 
cantados por la soldadesca en los triunfos, los que trae Sueto- 
nio se sujetan a las leyes del trocaico tetrámetro cataléctico.** 
También se han buscado en el griego ejemplos de poesía no 
sujeta a la observancia de cuantidades; i se cree haberlos en- 
contrado en los ditirambos, i en las odas que corren bajo el 
nombre de Anacreonte. Los ditirambos se componian de varios 
r'ihnoSj i en el orden que éstos guardaban se sabe que se dejaba 



* Exposé do l^ rlnsse d'hi<ifoire (*.f do litt'}rntur(: Ancicnno, juillot, 

*• Lon \ovHOfi Galliam Cn'¡^nr futbtyjit, etc. son tan rosTularos como 
cuíilesquiora trocaicos de Kurí pides. Los otros quo Irao Suetonio 
siguen las leyes del trocaií?o de la comedia latina. 



t¿4 OPÚSCL'LOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



mucho a la discreción del poeta, como que era una es])cc¡e de 
composición, en que con el abandono c irroí^ularidal so solici- 
taba expresar la ajítacion del alma; pero discurrir por eso 
que aquellos versos tcnian alj^jo do común con el ritmo de 
que habla Boda, es confundir cusas diferentísimas. En fin, el 
doctísimo Godofredo Ilermann* ha manifestado satisfiíctoria- 
mentó que las grandes licencias que se creia encontrar en los 
versos de Anacreonto provenian o de las erradas lecciones 
de los códices, o do la no menos errónea doctrina que liabia con- 
fundido una especie do verso con otra, o de haberse prohijado 
al lírico griego composiciones mo.lernas, escritas después que, 
dejenerada también la lengua de Homero i do Demóstenes, so 
introdujeron en ella los versos llamados -políticos^ esto es, 
vulgares; en que, a semejanza de la poesía latina de la media 
edad, so abandonaron las cuantidades. 

La denominación de rítmicos dada a ciertos versos por con- 
traposición a la de métricos, envolvió en todos tiempos la idea 
de imperfección i do vulgaridad. Kl moíro fué en todos tiempos 
el tipo o modelo a que so referían cuando se les cahíicaba de 
imperfectos, i de aquí ha procedido el error do los que imaji- 
naron que los versus inconcULi en que se deleitaba el rudo vul- 
go en una época, eran los mismos que regalaban sus oídos en 
otra. Mas, para desimpresionarnos do este error, basta hacernos 
cargo de que la compensación do una larga por dos breves era 
tan necesaria en una lengua que tenia largas i breves, como 
hubiera sido absurda e imposible en la poesía vulgar de otra 
lengua, que daba igual duración a todas las sílabas. 

La variedad de acepciones de la voz ritmo íque creció en latín, 
cuando se extendió este nombre a la rima) hace preciso que so 
tenga algún cuidado en su uso. lUtmo, en su acepción mas 
jeneral i antigua, es cualquiera división regular i simétrica 
del tiempo. Los griegos llamaron particularmente ritmo la 
que resultaba de la sucesión de sílal)as largas i breves, produ- 
ciendo cláusulas de determinada duración; i en el mismo 
sentido usaron esta voz los romanos hasta la edad de Teron' 

• Klomcnta doclrinx metviciP, II, 3y. Edición do GIas<?ow. 



ÜEL RITMO LATlNO-IiÁUIiAH.* '-íí» 



ciano Mauro. Pero, en los siglos medios, so llamó hitmo la 
medida del tiempo que resaltaba del número do sílabas i colo- 
cación de los acentos, i posteriormente so dijo así también la 
rima. Sería de desear que tuviésemos una palabra distinta para 
designar cada una de las tres primeras acepciones, como tene- 
mos para la cuarta; i he procurado remediar esta falta, repre- 
sentándolas de diferente modo en la escritura. En lo restante 
de este capítulo, no hablaré de otro ritmo que del acentual o 
latino-bárbaro. 

Parece natural creer que cada uno de los metros antiguos 
dioso oríjen a una especie particular de iutmo. El hexámetro 
i el pentámetro, no obstante su celebridad en los tiempos felices 
del latin, no siguieron en el mismo favor, durante la decadencia 
de esta lengua. Hexámetros uítmicos se encuentran pocos; 
pentámetros, poquísimos.* Tampoco creo que fuese mui popular 
el yámbico tetrámetro cataléctico. Pero el senario yámbico so 
usó muchísimo, reducido a doce síhibas, con una cesura entro 
la quinta i la sexta, i acentos en la cuarta i dée-ima; la cual 
habia sido una de sus mas comunes formas antes de corrom- 
perse el latin. A esta especie de ritmo, pertenecen los versos a 
la muerte de Cario Magno, que trae Muratori;** los que rantó 
la guarnición de Módena en 921, cuando aciuella ciudad se 
defendía contra los húngaros;*** los de San Paulino, patriarca 



* Munitori cita ak'unos, AiiliiiuUatos ¿(al ico-, Disr-.^rlnlin XI.. 
** ScriptoriDii li'runí IliilirOium, Tomo II. T H. 

A solis orLu usíjmo ;u1 occkliia 
littora iiiiM'is |)l?i!ictiis pnls;it pccfoi*:». 
hoi iiiilii nii^oro' 

l'Itrainririiia ji'j'min.i tri^lili.) 

lu'i milii inisoro! 

í'Vnnci. roiiiaiii. üt [ue cuiicli cioiImIi 
luctii pnri'JTiintiir ct iiia:ína moK'sti.i. 
hei iiiilii misorol ote. 

Obsérvese que en estos versos no so coinoLo jamas la siiiaK'fa. 
*•* Miirntovi, Ant i f¡uíl:\h*s itnlirir, í)iss''yt:ilin XI., r\d rnlconi. 



-iO OPÚSCULOS LITERARIOS I CUÍTiOOS 






do Áquila, a la muerte del duque Erico en 799;* los que se 
compusieron a la del abad Hugon, hijo de Cario Magno;** etc. 

Otra especie do verso yámbico, que los poetas rítmicos ma- 
nejaron mucho, fué el dímetro. Los himnos mas antiguos 
de la iglesia se compusieron de ordinario en esto verso; pero 
con sujeción a las leyes métricas^ esto es, a la observancia de 
cuantidades. Posteriormente se abandonaron éstas, i se le dio 
en recompensa el número fijo de ocho sílabas con el postrer 
acento en la antepenúltima, que habia sido su mas ordinaria 
forma. 

Los RITMOS trocaicos no se usaron menos que los yámbicos. 
Del octonario tenemos una muestra en el salmo antes citado 
de San Agustin contra los donatistas. Pero de todos ellos 
el que estuvo en mas favor, según la multitud de composiciones 
que en él han sobrevivido, fué el tetrámetro cataléctico, divi- 
dido constantemente en dos miembros, el primero de ocho 
sílabas, llano, i el segundo de siete, esdrújulo. En esta especie 
de RITMO escribieron San Isidoro,*** Ejinardo,**" San Pedro 
Damián,*"** ol autor do la Descripción de V'erona, publicada 



* Lnhoiif. Disi^nrlarlin í, iíO. 
** Lcbeuf, Recudí de divers ccrils. I, 349. 

A csíos últimos so interpone en cada cuarta linea un adónico, de 
la misma suorlo que se hacía en los sáílcos, vorbi gracia; 

\am rox Pipi ñus lacrimasse dicitur, 
rum te vidissct ullis absque vcstibus, 
nudum j acere turpit^^r in medio 
piilverc campi. 

En efecto, ol verso sáfico i 4.^1 senario }timbico, aunque mótricamonte 
diversísimos, eran casi una misma cosa para los poetas rítmicos, que 
solo atendian a cesuras i acentos. La única diferencia estaba en la 
t'^rminacion, siendo la del yámbico osdrújula, i llana o grave la del 
síflco; pero, en una versificación acentual, son de poca importancia las 
silabas que vienen después de la última a?uda. 

*** FÁ himno Audi, Christe, tridem fletum, amnrumque cantil 
i'ín)i.ílieyser, Historia poctarum et poematum medii ícüi, soec. VIII. 

•*** La pasión délos santos mártires Marcelino i Pedro. (Lcyscr, 
l\.j 

•'*•* K\ hin)no, Ad pf*r(*nvin rit r fonlem mens^ sitivit árida, atri- 



BEL RITMO L.VTINO-liÁmURO ¿7 

t>or el padre Mabillon,* el de las alabanzas de Milán, que trae 
Muratori;** i otros innumerables. Aun en aquellos versos cuyo 
corrompidísimo lenguaje manifiesta liaber sido compuestos por 
hombres iliteratos para el uso del ínfimo vulgo, se empleaba a 
menudo este ritmo, como lo acreditan los que cantó el ejército 
del emperador Luis II, cuando éste se hallaba cautivo en poder 
de Adelgiso, duque de Bcncvento.*** 

Los griegos tuvieron también grande afición a esta especie 
<ie trocaicos rítmicos que llamaron por antonomasia poií/i<:os; 
pues esta denominación en su verdadero sentido era tan jeneral 
como la de rítmicos. Pero lo mas digno de notarse es, que, me- 
diante el diverso, i en algunos puntos opuesto sistema de la 
acentuación griega i de la latina, los ritmos que compusieron 
los griegos a imitación de la forma métrica mas ordinaria de 
fius trocaicos tetrámetros catalócticos vinieron a parecerse en 
todo i por todo a los yámbicos de quince sílabas de la media 
latinidad; es decir, que se dividían en dos miembros, el pri- 
mero de ocho sílabas terminado en voz esdrújula, i el segundo 
de siete, en llana. 



*♦»♦ 



buido erróneamente a San Aprustin por Jorjo Fabricio (Colección do 
poesías cristianas), i por Crescimbcni (Comentara 1, capítulo 9). En- 
cuéntrase ciiel tratado délas McdilacioneSj que ciertamente no es del 
santo doctor, i hai fuertes razones para sospechar que se escribió en 
el siírlo XII. Véase el apéndice del tomo VI de ia edición de sus obras 
por los benedictinos de San Mauro. 

* Véase la disertación subrc los versos hítmicos, al finde la líislo^ 
ria Diplomática del marques MaíTei. 

Muratori, Scripnrns rerum Halirarum, t. II, p. IT. 
Muratori, Antiqnitafps ifnlirrr, Dissf^rtnlin Xfj, nd rnlcrm. 
Por ejemplo: 

*aro-).r,sf o Jai Ssáovt:;, i'd; Souao'. tou zo'j xcaTOu;. 

roA'.T'.xo'.; E^cáaaiiív, ¿>; 5jvaTov, svíyo»;. 

Trjv Tfov ii'jLXTwv o-ivaatv, £;T¡vr,7'v, xa\ vvroi'.v. 

(Pscllo, Paráfrasis del cánlico de los cánticos.) 

Pero conviene observar que en toda la versificación rítmic.í do los 
griegos, la terminación aguda se consideró como equivalente a la 






•í^ OPIJSCI.'LOS LITIÍIIAUIÜS I CKÍTICO? 

A los RITMOS trocaicos me parcco que clcl)c referirse o Ira 
especie de verso mui socorrida en los siglos medios, el cual 
constaba de dos miembros, el primero de siete sílal)as, esdrii- 

esdrújula, i asi los versos que -ÚLnirn (con que priiuM])¡a el Libro 
histórico do Tzctzcs) son de la misma especio í[ue ios anlcriures: 

Mta; £[i.fj; srr'.aToX^; aj;xna7av laTOsiav, etc. 

Digo la terminación afjudn, compreudiendo bajo osle título la que se 
señalaba con los acentos grave o circunflejo: la ])i'imera, porque, 
según la opinión común do los eruditos, aun en los buenos tienq^os 
no se diferenciaba do la aguda, señalada con el acento de este nombre, 
sino en ser menos fuerte a causa de que los griegos debilitaban el to- 
no de todas las voces oxitonas, que no terminaban sentencia; i la 
segunda, porque la distinción entro lo agudo i lo circunflejo supone 
la varia duración o cuantidad de las vocales, i desapareció necesaria- 
mente con ella. 

Se ha disputado mucho si los versos políticos (hablo siempre de los 
que se llamaron mas particularmente así) nacieron del metro yámbi- 
co o del trocaico. La autoridad de Eustacio es decisiva: xa\ oT,Xouai tojto 
^aveoto; oi Sr^uoi'.xo: aTi/ot, oí to ;:aXa'Ov [i£v Tco/aixto; ;:oo'.^o¡jl£vo:, xaOx xa\ 
Az-i'/uXo; ev lUpixi; 5r,XoT, apT: 5: noAtrtxoi ovo;jLa^o;jL:vo'. (It. A. p. 11.) 

En efecto, las cesur.is i acentos esenciales de los versos políticos 
son en todo i por todo los mismos que se observan en estos trocaicos 
de los Persas do Esquilo: 

^Q ¡JaOü^fóvfov ava77a Ihoiíofov jTZZp'ivr^, 
Mfjtsp f, ¿.iz^oj Y'?*'*., y.^'?-» AaseVj y'jyx'.. 

Los poetas latinos do la media edad cultivaron esta misma especio 
do niTMO. pero derivada del yámbico tetrámetro catalccUco. llamado 
comunmente hiponacteo; al cual soli^n darse en latin los mismos 
acentos i cesuras que a lo.«? versos políticos en griego, verbi gracia: 

Dixitque «ese illi ánnulum. dum luctat, detraxisse. 

{Te rondo.) 
Inepto thalle. móllior cuniculi capillo, 
vel ansoris medúUula, vel imula oricilla.... 
Idemque thalle, túrbida rapacior procella, etc. 

('al ido.) 

Do esta manera, dos metros diferentísimos, i aun contrarios en su 
naturaleza, produjeron una misma especie de uit.vü. mediante igual 
contrariedad entre la acentuación de los griegos i la de los latinos. 



DEL niTMO LATINO-IÚnUAUO '20 

julo, i el segundo de seis, llano, i se usaba ordinariamente en 
coplas de cuatro versos de una sola rima.* 

Pero sería inexcusable detener mas al lector en menudencias 
tan áridas, i relativas a una versificación (¡uo solo merece co- 
nocerse por hal>er dado oríjen a la que aliora se estila en casi 
toda Europa. Concluiré observando que los versos rítmicos 
nacidos entro la plebe, i largo tiempo desdeñados de los lite- 
ratos, fueron poco a poco ganando terreno, al mismo paso que 
el latin iba caminando a su último estado de corrupción, i que, 
descuidadas las letras, se hacía cada vez mas dificultoso i raro 
el conocimiento de la antigua prosodia. Los literatos mismos 
empezaron entonces a cultivarlos, i de la dejenerada jerigonza 
del pueblo pasaron al latin de las escuelas i monasterios. Asi 
que una gran pa.rtQ de las composiciones rítmicas que se con- 
servan tuvieron por autores a los hombres do mas instrucción 
e injenio que florecieron en aquellas edades tenebrosas. 



* Como aquellos do Gualtcro Mápes. arcediano do Oxford, en 
alabanza del vino: 

Mihi cst propositura in taberna morí, 
vinuin sit apposituní morientis ori, 
iit dicant, cura vcncrint, angclorum chori: 
Dcus sit propitius huic peccatori. 



DEL RITMO ACi:NT[jAr. 



I DK LAS I'niNt;iPALE.S 1:í>1'K(:I KS DK VK1\S('«S 

1:N la POLSÍA MOliEIlNA 



rfi huLicra de seijuií^sc cscrupul().SctiiiuiitO la razón de los lieni- 
pos, debería tratarse aquí de la rima, que apareció en la poe- 
sía latina a la época misma que el metro dejenerabaen el ritmo 
de los siglos medios; pero es tan íntima la conexión entre la 
materia de este discurso i la del anterior, que juzgué indispon- 
.sable acercarlas. 

Prescindiendo, pues, por ahora, de la rima, la medida de los 
tiempos se hace en la poesía moderna, como en la de los sigfos 
medios^ por cesuras i acentos. La cesura final viene acompañada 
de una pausa que no permite la sinalefa entre el tin de un verso 
i el principio de otro; i es indiferente para el ritmo que esta ce- 
sura venga inmediatamente después de la última sílal>a aguda, 
o que intervengan algunas sílabas graves, que formen con la 
aguda un mismo vocablo; de manera que, o considerando 
dichas sílabas graves como necesarias, podemos suponer que, 
cuando faltan, se suple por medio do la pausa final el tiempo 
preciso para el complemento del i)eríodo rítmico; o mirándolas 
como superfinas, podemos imajinar que, cuando existen, se em» 
beben en la pausa. 

Pero convendrá declarar con mas presicion qué es lo que se 
debo entender por este embebimiento de las sílal^as en la cesura 



3'2 OPÚSCULOS LITERARIOíí I CRÍTICOS 



final. El oído exijo cierto espacio de tiempo entre el último acen- 
to agudo de una línea, i el primer sonido de la siguiente; i 
con tal que se le do este espacio, le es indiferente que se le 
llene de sílabas graves en todo u en parte, o que se le deje ente- 
ramente vacío. Bien es que aun con estas pequeñas diferencias 
so tiene algunas veces cuenta; i en el dia no esta bien recibida 
entre nosotros emplear promiscuamente los finales agudo, gra- 
ve i esdrújulo, cuando se componen obras serias en verso ende- 
casílabo; pero el uso jeneral, que los reputa por equivalentes 
en otros estilos i jéneros do metro, i la libertad de mezclarlos 
a arbitrio que se permitieron, aun en las estancias heroicas, los 
grandes maestros de la poesía moderna, nos obligan a recono- 
cer, en jeneral, que las sílabas graves que siguen al último 
acento agudo, no son esenciales al ritmo. Digo en jeneral^ 
porque en realidad no hai accidente, por pequeño que sea, en 
la prolacion de las palabras, de que no pueda hacerse uso para 
señalar intervalos de tiempo, i que por tanto no pueda entrar 
esencialmente en el ritmo. Supongamos que un poeta quisiese 
reducir a cierta regla constante la sucesión de los finales agudo, 
llano i esdrújulo. ¿No es claro que resultarían de aquí series 
análogas, en que a ¡guales intervalos de tiempo esperaría i en- 
contraría el oído unos mismos accidentes? ¿i no nacería de la 
regular repetición de estos accidentes un ritmo verdadero? Esto 
es cabalmente lo que hacen ahora los franceses, sujetando a una 
alternativa perpetua las rimas aguda i llana, que llaman mas- 
culina i femenina; alternativa que exijen en toda especie de verso 
i de estilo, i por consiguiente se debe mirar como una parte 
esencial de su sistema rítmico. Pero los límites que me he pro- 
puesto no abrazan estas modificaciones particulares del sistema 
común de los europeos. 

Sigúese de lo dicho que, mientras el final agudo, llano u 
esdrújulo no se considere hacer diferencia en el verso, convir- 
tiéndole de una especie en otra, es un error contar la última 
sílaba de los versos llanos en el número do las esenciales; i 
que por consiguiente las denominaciones de octosílabo 1 ende- 
casílalx) dadas por los españoles e italianos a los versos que 
tienen el último acento sobre la séptima i la décima, son ab- 



t>£L RITMO ACENTUAL 33 



solutamente impropias. La causa do computarse diferente el 
número do silabas esenciales a cada metro, consiste en quo 
cada nación ha mirado el fínal quo ocurria mas amenudo en 
su lengua, como el único natural i propio. En español o italia- 
no, las rimas llanas son mas fáciles i comunes que las agudas 
i esdrújulas: en ingles, al contrario, (i lo mismo succdia en 
francés, antes de establecerse la alternativa do la rima feme- 
nina con la masculina, quo es práctica reciente), si so abre 
cualquier poema, se verá quo el final agudo aparece mas 
frecuentemente que ningún otro. Era, pues, tan natural a un 
francés o a un ingles el considerar como superllua la última 
silaba del verso grave, como a un español o italiano la del 
esdrújulo. De lo cual se deduce que ambas lo son igualmente. 
Esta propiedad de rechazar la sinalefa, i de hacer indife- 
rentes la presencia o ausencia de las sílabas graves después do 
la postrera aguda, es en el dia peculiar a la cesura final, i lo 
que la distingue de la otra cesura, que en algunas especies de 
versos debe ocurrir en medio de ellos; de manera que dondo 
quiera que se presenta una cesura con este carácter, allí es 
necesariamente el fin del período rítmico. Según este princi- 
pio, el alejandrino de don Gonzalo de Berceo, en que la cesu- 
ra media goza de todos los privilejios de la final, parece que 
se debe considerar como una reunión do dos distintos hexasí- 
labos; al paso que el alejandrino mas moderno de los franceses, 
que, si hai sílaba gravo en la cesura media, exije que termine 
en vocal, para que se elida con el hemistiquio siguiente, que ha 
de comenzar asimismo en vocal, se deberá reputar por un 
verdadero dodecasílabo. Pero esta diferencia de cesuras no fué 
conocida de los fundadores de la poesía moderna. Paradlos, la 
cesura final i la media venían acompañadas de una pausa tal, 
quo en ambas se dejaba do cometer la sinalefa, i se miraban 
las graves como nulas; lo cual no parecerá extraño, si se tiene 
presente que no reputaban la sinalefa por necesaria, ni aun 
cuando concurrían vocales fuera de la cesura; de que tene- 
mos multitud de ejemplos no solo en los mas antiguos poemas 
do las lenguas modernas, sino también en los versos latinos 

de los siglos medios. En efecto, era natural que la pronuncia- 
opúsc. 5 



34 OPÚSCULOS LITERAHIOS I CRÍTICOS 



cion del latin se acomodase a todos los hábitos que prevale- 
cieron en el habla ordinaria.* 

Esta práctica se explica naturalmente suponiendo que asi 
como varía de una nación a otra la duración de la pausa entre 
los varios vocablos,** así también ha variado en las diferentes 



* Com \os ozroiz, se je onqucs en di. 

Como vosotros oiréis, si ¡jo jautas de ello hablo. 

(Gerard de Vienne.) 

Cil li conta ce que i\ sot de fi. 

FA le contó lo que él Hupo de fijo. 

(Ib.) 

Era ün «implo clérigo, pobre de clerccra. 

(Milagros de Xuestra SeTtora.. 

Quo despierta el pueblo que siede adormido. 

(Sacrificio de la Misa A 
Vatum poli oracula. 

{Breviario Mozárabe.) 

Isto clectus Joannes diligcndi promptior 

ilb.) 

A Solis ortu üsque ad occidua 

littora maris, etc. 

(Rhythmus in obitum Caroli Magni^ 

Miiratori, Scriptores rerum italicarum, t. II, p. II.) 

Elsta omisión de la sinalefa llegó a sor frecuenlísima en latin, sobro 
todo en los versas no sujetos a la observancia do cuantidades. 

** Los italianos pasan mas rápidamente que los españoles de una 
vocal a otra, sea en uno mismo, sea en distintos vocablos; i así í-eo-, 
mío, que on medio do un verso italiano tienen la duración do una 
silaba, para los españoles valen constantemente dos. De aquí proviene 
elidirso tan amonudo las vocales fínales de los italianos, como en 
quesV ora, pover* itom, quo en castellano casi nunca sucede; i el no 
parecerlos a ellos duras ciertas sinalefas quo en nuestra versificación 
difícilmente so tolorarian. 

Los españoles respectivamente hacen mayor uso de la sinalefa quo 
k>s ingleses; i así el hiato do estos versos: 

Tho fairest she oí all the fair of Troy, 

(Pope.) 

IIowl o'cr the marts and sings thro' rv'ry wind. 

(Id.) 
seria desagradable en nuestra lengua. 

De aquí nace nn defecto harto común en la pronunciación inglesa 



DEL niTMO ACENTUAL 35 



épocas de una misma lengua; í que en otro tiempo era mayor 
que en el día/ 

En consecuencia, debía ser menos ofensivo el hiato, i la si- 
nalefa no tan frecuente como ahora. I como esta pausa se exajera 
en las cesuras métricas, i en el fin mas que en el medio del 

do los españoles, que os pasar coa demasiada velocidad do la vocal 
final de una dicción a la inicial do otra, profi riendo, verbi gracia, 
very amiable, como si solo formaso cuatro sílabas. Los ingleses, al 
contrarío, pronunciando el castellano, so detienen demasiado entre los 
vocablos. El saludo ordinario cómo csli'i usted, en que para nosotros 
no hai mas do cuatro sílabas, en boca do un ingles suelo tener cinco 
o seis. 

Parece que cuanto mas abundan las vocales en una lencrua, tanto 
mayor es la volubilidad con que se pronuncia, menor do consiguiente 
la pausa entre dicción i dicción, mas frecuento la sinalefa en el habla 
comim, i mas necesaria en el verso. 

* En favor do esta su;) )s¡cion, so puedo observar quo cuando la 
lengua descarta una articulación que separaba dos sonidos vocales, 
se conserva por mucho tiempo una pausa enlro las vocales contiguas. 
En liar, por ejemplo, acostumbramos todavía detonemos entro la i i 
la a tanto espacio como si so conservase la fj de liíjarc. Donde hoi 
decimos í*eina, disilabo, decian nuestros mayores reina, trisílabo, en 
el mismo tiempo quo regina. Nuestro ser era sror, de sedero, i nues- 
tro siendo, snyondo do sedt'ndo. Volailln era volaille do volatilia; 
chantcur, chantn.'ir do cantntore, i así en otras innumerables voces 
castellanas, francesas, etc. El proceder de las len.Lfuas en las mas do 
sus contracciones i abreviaciones ha sido ahogar primero los sonidos 
articulados, sin hacer novedad en ol tiempo o duración de las sílabas; 
disminuir Iuo'JTO la pausa entre las vocales vecinas, reduciéndolas a 
íliptongos; i convertir en soiriiida los diptoncros en sonidos simples. 
IjO mismo quo en una sola ditrcion, so verilica entre dos. Primero se 
decia la fermosura, díjoso lue^'o la Onnosura en cinco sílabas, luego 
la ermosura en cuatro; i en italiano so hn])iera dado un paso mas 
diciendo iennosura. La omisión de la sinalefa en voces que comen- 
zaban por h, dio motivo a quo alí:,nnios pensasen quo nuestros poetas 
castellanos del siglo XVI aspiraban esta letra, pronunciando hermo- 
sura, jablo, jasla, etc.; pero si así fuese, hubieran omitido siempre la 
sinalefa en dichas voces, i no viéramos <iuo un mismo escritor (frai 
Luis do León) la cometo i la omite en una nnsma voz, aunque mas 
ordinariamente lo soL^undo. 

Si consideramos, pues, el eran número de articulaciones finales que 
se desvíinecieron en el tránsito del latin al romaneo, no pnrecer.á ex- 



36 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



verso, la cesura media de los primeros versificadores debía 
prolongarse un poco mas que nuestra cesura media, ¡ en la 
misma proporción su cesura final mas que nuestra cesura 
final. 

Otra causa que no pudo menos de contribuir a esto, fué la 
coincidencia perpetua do las pausas de la sentencia con las del 
ritmo. En nuestra versificación, el período lójico suel© ir por 
un camino, i el período rítmico por otro distinto; lo cual, 
lejos do ser un defecto, so mira con razón como necesario para 
dar gracia í variedad al metro. Pero no sucedió así en la pri- 
mera época de la poesía de pueblo alguno.* 

Los versificadores mas antiguos de las lenguas modernas 
construían las palabras de manera que bastaba el sentido para 
repartirlas en los miembros o hemistiquios del verso, i el lector 
menos ejercitado no podia menos de hacer, al tiempo de pro- 
nunciarlas, una pausa considerable en la cesura media, i otra 



traño quo, en tiempos tan cercanos a la lengiia materna, fuese mas 
frecuento el hiato, i menos desagradable que ahora. 

Naturalísimo era pronunciar qufí xl de quod illCf era ün de eraC 
unus, despierta él de expcrreclat Ule; i que hecho familiar el hiato, 
se extendiese a los casos en que no lo autorizaba la ctimolojía, i aun 
a la pronunciación del latin. Finalmente, el omitir tan amenudo la 
sinalefa supone de necesidad el hábito do hacer entre los vocablos 
una pausa mayor que la que se acostumbra en el dia. 

* A buen seguro que no so hallará en todo Bcrceo una copla coma 
la siguiente del Arcipreste de Hita: 

Como dice Aristóteles, cosa es verdadera, 
el mundo por dos cosas trabaja; la primera, 
por haber man tenencia; la otra cosa era, 
por haber juntamiento con fembra placentera. 

En todo el Poema del Cid, creo que no hai mas de un solo ejemplo de 
sentencia terminada en principio de verso; que es este: 

Vuestra virtud me vala, | Gloriosa, en mi egida, | 
e me ayude: ella me acorra | do noche o de dia. | 

El paralelismo, si es lícito decirlo así, del sentido con el metro, 
es uno de los caracteres que distinguen nuestros romances verdade- 
ramente antiguos de las imitaciones del siglo XVI o XVII. 



OKL RITMO ACENTUAL 3' 



mayor en la cesura final. Aunque amibas cesuras absorl)ian 
igualmente las sílabas prraves i rechazaban la sinalefa, la 
respectiva desigualdad de su duración distinijuia sensible- 
mente el fin de los miembros o hemistiquios, del fin de los 
versos enteros. 

Pasando ahoro do las cesuras a los aírenlos, la primera cues- 
tión que se présenla es, si hai éntrelas modernas alguna lengua 
destituida de acento, o en otros términos, si hai pueblo que no 
acostumbre elevarla voz en una sílaba invariable i fija de cada 
dicción. Algunos críticos franceses sostienen que no hai acento 
en su lengua. A mí, sin embargo, confieso que me hacen fuerza 
los argumentos que on apoyo de la opinión contraria alega el 
señor Scoppa en sus Pruicipios de la versificación.* Las 
leyes del acento francés parecen ser mas simples i uniforme» 
que las que gobiernan el do las otras lenguas, elevando cons- 
tantemente la última vocal de todas las dicciones, salvo que esta 
vocal sea la e femenina o sorda. Semejante simplicidad com- 
parada con lo vario de las otras lenguas, i aun do alguno» 
dialectos de la francesa, es acaso lo que ha dado motivo a pen- 
sar que esta última carece absolutamente de tonos. Es natural 
que los franceses pronuncien el latin conforme a los hábitos que 
han contraído en el habla común; i ya que en su manera de 
recitarle percibimos distintamente que elevan siempre la voz 
en la última silaba,** ¿no es de creer que esto provenga de que 
así lo hacen en su idioma nativo? 

Pero cualquiera opinión que se forme respecto del acento 
francés en el estado presento de esta lengua, no es dudable que 
en el francos antiguo se conservasen por mucho tiempo aque- 



* Parte I, capítulo I, i siguientes. 

** De aquí es que el asclopiadeo latino: 

Masconas atavís edite rc<?ibús; 

licno hoi a los oídos francotes la misma cadencia i número que su 
alejandrino; i do aquí procede también que los hexámetros i pentá- 
metros con que los franceses han querido recientemente imitar en su 
Icnt^ua la estructura de aquellos versos latinos, parezcan a nuestros 
oídos enteramente destituidos de ritmo. 



38 OPÚSCULOS LITKHAIUOS I CIÚTICOS 

Has niovlulacioncs (luo las oirás lenguas do la Europa Meridio- 
nal heredaron de su madre la latina. La supresión de las sílabas 
finales graves de los vocablos latinos, salvo las que tomaron 
la e femenina, caracterizó al romance francés desde mui tem- 
prano; i conservando sus vocablos el acento agudo en la misma 
sílaba que solia elevarse el latin, era menester que fuesen 
oxítonos; í Sx>lamente cuando la vocal de la última sílaba era la 
e femenina, barítonos. Esto, sin em])aríi:o, no pudo haber sido 
tan jeneral en los primeros tiempos del francos como ahora, i 
debió irse estableciendo gradualmente, al mismo paso que so 
iban ahogando i desvaneciendo las sílabas graves íinales del 
idioma latino; porque la conversión de un habla en otra es 
necesario que se haga lentamente i por grados imperceptibles. 
El acento parece obedecer en todas las lenguas, i en todas 
las épocas de una lengua, a la lei fundamental de elevar una 
vocal en cada dicción, i no mas de una. Con todo, así como 
antes observó que esta lei no era tan universal, que no hubiese 
algunas palabras destituidas de acento agudo, así también debo 
observar ahora que lo de no haber mas de ima sílaba aguda 
en cada vocablo no es tan rigorosamente exacto, que no pueda 
muchas veces reconocer el oído en una misma dicción dos ele- 
vaciones de la voz, la una a la verdad fuerte, ¡ la otra débil, 
pero ambas suficientemente perceptibles. Para que esto se ve- 
rifique, es necesario que la dicción tenga tres o mas sílabas, 
i entonces, a mas del acento principal, se percibirá otro secun- 
dario, que en ningún caso está contiguo al primero; verbi 

gracia: 

í I e I I í 2 1 

Naturaleza, faontecilla^ lágrima, barbaridad . 

La mejor prueba de la existencia de este acento os la que 
suministra en algunas lenguas la práctica de los poetas, que 
comunmente, i por un proceder ordinario del arte, emplean co- 
mo equivalentes la sílaba aguda i la última sílaba do una 
dicción esdrújula.* Así, en efecto, lo acostumbran hacer los grie- 

* Es preciso confosar que en la versificación iUdiana i española no 
flie síica ningún partido do la afinidad do estas dos especies do sílaba». 



DEL niTMO ACENTUAL 3'J 



gos on sus versos políticos/ i los ingleses/* Sin embargo de 
esto, cada vez que se hablare de sílabas graves en esta obra, 

<>xccpto 0!T dos cosos: el primero, cuando cu los versos que deben 
terminar con dicción osdrújuLn, se emplcii como tal la reunión de dos 
vocablos, el uno ffrave, i el otro monosílabo agudo, bien que el últi- 
mo de tal naturaleza que sin mucha violencia se pueda pronunciar 

como enclítico; verbi gracia: 

Gustaste il piü odorífero 

o il piíi soave giammai? Non sf*ntivi tu 

come picea va? 

(Ariosto, Cnssaria, acto III.), 

Fanciullo in casa allevato ed avuto Vho 

in luogo di figliuolo. 

(Id. / suppositi, acto IV.J; 

i el segundo, cuando se emplean como agudas las dicciones csdrúju- 
líw, que terminan en pronombres enclíticos, verbi gracia: 
Tirsi, parnccme que estás turbado, 

(Jáuregui, Aminla, acto III.), 
Ora conswHalo, que como quiera 
que el desdichado muera, tú le matas. 

(Id. acto IV.) 
Es verdad que la conducta de los poetas en uno i otro caso so mira 
como una especio de licencia; pero no hai licencia poética que no 
tenga su razón, o llámese pretexto, en la naturaleza. ¿Por que se per- 
mite alguna vez colocar la última silaba de part}cemc, i no la de 
parecidmo, bajo el acento mótrico, sino porque en la última sílaba 
de las voces sdrújulas hai un acento secundario, que falta en las 
graves? 

* Verbi gracia: H't/.ojto; toj AxfxaAa. 

Mr¡T£ vo'j [n[zz ¡Ar,a),i, 

a Á:va ocv r,ücAr;. 
Ti ji£vá).a v:cí¡5:;. 

El obispo (le Damalá, descontento con los pequeños peces que se la 
traían, quiso ir el mismo a pescar. Apresado por un corsario de Ber- 
bería, como fuese inútil para otra especio de trabajo, se le ocupó en 
mecer la cuna de un niño. A esto alude el epigrama anterior. 

•Obispo do Damalá, ni cordura ni seso. No quisiste lo chico, envi- 
diaste lo grande. Da vueltas a la cisríieña; mece al hijo del árabe.» 

(Mitford, Ilannovy of In-iignoge, Sect. XV, art. 4.) 

** There are four minds, which like tho é/e?n<»n/^, 
might furnish forth creation. líaly! 



40 OPÚSCULOS LITKIIAIUOS I CRÍTICOS 



y se designarán con est«i denominación todas aquellas que no se 

hallen bajo el acento primario. 

De todas las especies de vei\so ({uc se usaron en el latín de 
los siglos medios, laque tuvo mas boga, principalmente en la 
poesía eclesiástica, fué el di metro yámbico, ora ajustado a la 
observancia de cuantidades, ora nó; i su forma ordinaria, i 
casi pudiera decirse invariable, fue la de ocho sílabas con ter- 
minación esdrüjula: 

Arbor decora et fúlgida, 
ornata regís púrpura. 

Time, which haih wroiiur'd thee with Un thousand rcnts 
of thinc imperial ;;iinncnt, shall dcny 
aud hath dcniod to cvVy othcr sky 
spirits which soar from ruin. Thy docay 
is still imprégnale with diviniiy, etc. 

(Lord Byron, Childe Ilarold, IV.) 
II from 60C¿tí//y we learn to Uve, 
I lis solitadc sliould teach us how to dio. 

(Ib.) 

Es una observación que se ha hecho antes do ahora por Mr. 
Mitford fllnrmoiiy of iiiigua(jc sect. VII), i por el siciliano Scoppa 
[Principios de la versift'^acion, tomo III, p. 355), que en aquel celebro 
cántico nacional de los ingleses, God sare the hing, el verso es fre- 
cuentemente aofudo en donde la música lo requiere esdrújulo: i así los 
italianos han adoptado mejor la letra a la música, traduciendo: 

God save great George our kin?, 
god savo our noble kinpf. 

god save the kinsf. 
por 

(Mic il ciel propizio 

sal vi il mac^nánimo 
nostro gran re. 
La existencia de los dos acentos principal i secundario está reco- 
nocida por los ortoepistas ingleses, i ambos se puede decir que son 
do igual importancia en la versificación de este idioma; i así, cuando 
el verso termina en voz esdrújnla, el acento secundario final es el quo 
dobo coincidir con ol último acento métrico. Tan natural es esto a los 
ingleses, quo Mr. Hobhouse, literato profundamento versado en la 
poesía italiana, parecia tener dificultad en concebir quo el endecasíla- 
bo esdrújulo se redujese al mismo ritmo que el llano u c\ trunco. 
(Véase su Essay on the presenl literature of Ilaly, impreso con sus 
Illustralions of Childe Harold, páj. 361.) 



DEL RITMO ACIiNTlAL 41 

Nació (le ellii el verso hexasílaho, que solo se lo diferencia 
en no serle necesarias las sílabas graves finales. Esta especie 
de verso es antiquísima en la jioesía moderna. Usáronla en el 
romance francés, EverarJo, abad do Kirkliam, que floreció en 
la primera mitad del siglo XII;* i Felipe deThan, que escribía 
por los principios del mismo sigilo;** en el castellano, el Arci- 



* Este Everardo tradujo en hoxa.silnbos los dípticos de Catoii. Utí 
aquí una muestra de su versificación i estilo: 

Or proinz pur lo móinc 
ke Deeus son cucr eslóino 
de mal e de pecchié. 
e k'il lui doint sa'írrá«'o 
ke il la chose face 
snlunc la vcritó. 

(Ahora rojrad por el monje. 
que Dios su corazón alejo 
do mal i de pecado, 
i que le dé su Grracia. 
para que la cosa liai^a 
se;^un la verdad.) 

(Rücliefort, Gloii^nirr, II, púj. 7G0.) 

** Felipe de Than fué autor de dos poemas en liexasílabos: el Lí- 
ber de crcaturis, que es un tratado de cronolojía, lleno do erudición; 
i el fíesfiario, que es un tratado sobre los cuadrúpedos, aves i piedras 
preciosas, traducido del latín. Hé aquí un pasaje del Hestiavio: des- 
críbese el instinto maravilloso del erizo para cojor i cargar las uvas: 

El tens de vendengor 
lores munte al palmer. 
La ú la grappo veit, 
la plus méiire seit. 
S'in abatió raisin, 
mult li est mal veisin. 
Puis del palmer descent, 
sur les raisins s'estent. 
r*uis de sus se vulote, 
ruunt cume pelote. 
Quant est tres bien chargét. 
les raisins cmbrocét, 
eissi porto pul turo 
a sos fils par n ature. 



ki OPÚSCULOS LITBftAniüS I CílÍTICOS 



preste do Hita,* i el judío Rabí Don Sanio;** i en la Iení]:ua 
inglcfra, el autor desconocido de la jesta o poema histórico del 
rei Ilorn.*** 

El yámbico dímetro dio oríjon a otra especie de verso de 
íifrande uso en la poesía francesa e inglesa. En efecto, si se 
pasa de la sexta a la octava sílaba, el último acento de aquel 
metro: 



(Kii el tiempo do vendimiar, 
entóneos monta a la vid. 
Allí donde el racimo ve» 
el mas maduro cojo. 
Así de allí derriba la uva, 
mui mal vecino le es. 
Luego de la vid desciende, 
sobro las uvas se tiende, 
luego encima so rcí-uelca 
redondo como pelota. 
Cuando esta mui bien carinado, 
i las uvas prendidas, 
así lleva alimento 
a sus hijos por instinto.) 

(Rochefort, l'^tat de In poésie franca i fin 
dans les XII ct XIII siécles, páj. 07.) 

* El Arcipreste de Hita mezcló esta medida con otras, como .«xc 
puede ver en los Gozm^ de Santa Maria, pajina 208 del tomo IV do 
la colección de í^ánchez, i en la cántica, pajina 277 del propio tomo. 

** Ib'í aquí do.«? coplas de sus Consojos i documnnlo.^ ni rf*i don 
Ptulro: 

Por nascer en espino 
la rosa, yo non siento 
que pierde, ni el buen vino 
por salir del sarmiento. 
Non vale el azor menos 
por nascer en vil nio, 
nin los exiemplos buenos 
por los decir judío. 

(Sánchez. Colección I, páj. 180 i 182.) 

*** ElUs (SpecimenSy chapt. II) dice que ademas do la jesta del 

rei líorn, se escribieron en verso hexasílabo muchas otras obras 

ingle.sas, i que por su frecuente aplicación a los poemas históricos i 

caballerescos, se le llamó el minulrel'metrr, o metro do los juglares. 



ÜKL RITMO ACKNTl AI, h) 



Arbor decora el fulgida 
ornat<a regís purpura; 

tendremos exactamente el verso ootosílaljo francos, 

Si criemos Diou, tu ramenis. 
ot servirás, ct honorrás, 
en ierre auras a grant plenh'', 
jamáis ne seras csgar\* 

Pero ¿qué es lo (juc dio motivo, u la traslación del aconto a 
la última sílaba, traslación tan rcpnurnanto al jenio d^í la l(»n- 
gua latina, como opuesta al procedió' común por donde los 
metros del Lacio i los ritmos de la media edad se convirtieron 
en los versos modernos? Yo encuentro la causa de somejante 
anomalía (que ciertamente lo es) en las modulaciones que se 
daban, i todavía se dan, en los cánticos do la iglesia, a los 
himnos compuestos en aquella especie de metro; las cuales 
observan exactamente una medida o compás tal, como si so 
acentuase cada sílaba par: 

Electa digno hlipitó 
íam sancta mómbra tángoré. 

Debe tenerse presente que la antigüedad de esta especie de him- 
nos sube a los primeros siglos do la era cristiana; que las 
tonadas con que los juglares entonaban el verso eran al prin- 
cipio imitadas del canto gregoriano;** i que, a lo menos en el 
francés, no habia modo de adaptarla del dímetro yámbico (me- 
dida cabalmente la mas favorila do la poesía eídesiástica) a 
ninguna combinación de palabras que no formase versos octosí- 
labos. 

Para encarecer la gran popularidad de este verso, basta decir 
que en él se cantaban regularmente los /a 6/ ¿a ux, •consejas o 
cuentos jocosos que formaron uno de los ramos mas favoritos 



* Criemos, temos; honorr¿\s, honorarás; plPiiíi}, abundancia, (f^as- 
toiement d'un pérn a .so?i ///s*; Barbazan, fabliaux, tomo IV, edición 
de 1808.) 

** Lo Bouf. Disficrtatim}.^, tomo lí, pajina 120; i íia Borde, Es^ni 
sur U Mw^iqufí, IT, l'iíi. 



U OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



de la poesía vulgar desde el siglo XI; i que también se lo 
solía emplear en los romances o poemas históricos hajio- 
gráficos o caballerescos, do los franceses i pro vénzales; de que 
se pueden citar por ejemplos la mayor parte de los que escri- 
bió lloberlu Wace, poeta famoso del siglo XII; la historia 
do los reyes aiiglo-sajone.s pov Jofre de Gaimar, la de las 
guerras de Troya i la de los duques de Normandia por Benoit 
de Saint More, ambos de la misma edad que Wace; el viaje 
de San Brandan al paraíso terrestre, que es de principios del 
propio siglo; la vida de San Josafat i la de los siete durmientes 
por Chardry, que floreció en el siguiente. También se escribie- 
ron amenudo en este verso la oda o canción, el apólogo (como 
los de María de Francia, contemporánea de Chardry), las obras 
do moralidad (como la traducción de los proverbios por San- 
son de Nantueil), el poema didáctico (por ejemplo, el de los 
Enseñamientos do Aristóteles, o Secreto de los secretos de 
Pedro de Vernon, que, como Sansón de Nantueil, floreció en el 
siglo XII), i en suma todas las especies de poesía que se cul- 
tivaban por aquellos tiempos. 

El verso octosílabo tuvo grandísimo uso en el idioma proven- 
zal, i todavía le tiene en el ingles,* pero entre nosotros apenas 
hai vestijio de que fuese conocido. Yo a lo menos, la única 
muestra que he visto de él en castellano (anterior a don Tomas 
de Iriarte, que le imitó de la moderna poesía francesa en su 
fábula de El Manguito^ el Abanico i el Quitasol) ea la cántica 
que don Gonzalo de Berceo introduce en el Duelo de la virjen 
María, poniéndola en boca de los soldados que custodiaban 
el sepulcro de Cristo: 

Non sabedes tanto descanto 
, que salgadas de so ci canto.... 

* En la forma qiio le dioron los ingleses, acentuando las sílabas 
pares, lo han hecho recobrar la cadencia i aire antiguo del yámbico 
dimotro, que el jonio de la Icní^ua francesa, i la libertad de los quo 
vorsificaron en ella habian heclio en gran parte desaparecer: 

The mástor sáw the múdncss rife, 
his glówing chéeks, his árdont éyes. 

{Dnjdnn.) 



DEL RITMO ACKNTr.VL 45 



Vuestra lengua tan palabrera 
haros dado mala carrera.... 
Todos son homes plegadizos, 
rio-aduchos, mezcladizos. 

El yámbico tetrámetro cataléctico fué también imitado en 
las lenguas modernas, como ya lo ob.servü Mr. Tyrvvhitt, que, 
en su ensayo sobre la versificación de Chaucer, refiere a dicho 
metro la del Ormu/inn, paráfrasis de los evanjelios, por un tal 
Orm u Ormirij que se cree haber existido hacia el reinado 
de Enrique II de Inglaterra. En esta obra, el verso so di- 
vide constantemente, como en aquella especie de yámbicos, 
en dos miembros, el uno de ocho sílabas, que termina en voz 
aguda o esdriijula, i el otro de siete que termina constante- 
mente en voz grave;* i el propio mecanismo se puedo observar 
en una parte de los versos del idilio o canción dialogada de 
Ciullo de Alcamo, poeta siciliano de fines del siglo XII, 
inserta en la colección de antiguas poesías italianas de León de 
Allacci. Cada estrofa consta de cinco versos, los tres primeros 
de quince sílabas, sujetos al artificio que acabo de explicar, 
si no es que la terminación esdriijula del primer miembro es 
constante; i los otros dos al parecer decasílabos, como los quo 
después compusieron Dante i Petrarca, bien que mucho menos 
regulares. Hé aquí algunos de los de quince sílabas: 



* Do aquí aquella medida, tan com\in en las antiguas baladas, 
aunque representada como dos versos distintos: 

Earl Douglas on a núlkwhite steed 

most like a barón bóld, 

ro do foremost of tho cómpany 

whoso armonr shono likc gúld. 

Every "vvhitc will hávc its black 

«ind cv'ry sweet its sóur. 

This foud tho lady Chrístabell 

iii an untimely honr. 
Estos versos, en efecto, no so diferencian do los del Órmw/iun, sino en 
que bold, gold, sour, Jiour son monosílabos aerados debiendo ser 
disílabos graves, lo que en el final del verso importa poco para el ritmo 
acentual. I^a disposición en las rimas en las antiguas baladas, recuerda 
bien claramente quo cada dos versos formaban al principio uno solo. 



40 ÜPÚSCLLÜS LITEUAllIüS I CRÍTICOS» 



llosa fresca aulentíssima, clfappari in ver réstate, 
le donne te disíano pulcelle e mariiále.... 
Tu non mi lasa vi veré ne sera nc maitíno.... 
Mol te sonó le fómine ch'hanno dará la testa. 

El Allacjci cita otros versos do la misma especio, sacados de 
otras antiguas composiciones; como este: 

Virgo beata, ajútami. ch'io non perisca a torio, 

i los cuatro de esta copla: 

Vil ben quando sé gióvane, che poi inveclierái 
lo buon fatti e ditti óttimi ad altri insegnerái, 
lo bene sempre sóquíta, quando tu fatto Thái, 
e di te quello dícasi, che d'altri tu dirái. 

Ala verdad, puede dudarse si los sicilianos quisieron imitar 
con tales versos los trocaicos griegos o los yámbicos latinos. 
Las cesuras i acentos de los unos i de los otros eran absoluta- 
mente semejantes; pero lo que hace mas difícil do resolver 
esta cuestiones que los sicilianos tuvieron casi tanta comunica- 
ción con los griegos como con los latinos. En los otros pue- 
blos meridionales de Europa, no puede ofrecerse la misma 
duda, porque en ellos fué infinitamente superior la influencia 
do la lengua i literatura del Lacio. 

Si comparamos los anteriores hiponacteos de Ciullo do 
Alcamo con el antiguo alejandrino francos i español, no halla- 
remos otra diferencia, sino que en el alejandrino las sílabas 
que venían después del acento métrico de la sexta se conside- 
raban en uno i otro miembro como indiferentes para el ritmo; 
pudiendo de consiguiente constar el verso entero, ya de quinco 
sílabas, i entonces ora idéntica su estructura con la del hipo- 
nacteo siciliano, vorbi gracia: 

Do yerbas et de árborcs et do toda verdura, 
como diz Sant Joronimo, manará sangre pura; 

i^Üerceo, Signos del juicio.': 

Siempre laudos» anjcl¡c¿is ante mí cantarédos; 

ílbidcm.) 



DEL RITMO ACENTUAL kl 



ya de catorce, terminando ambos hemistiquios en voz grave, 
por ejemplo: 

Mandez a Gharlemúine le bon rol radotó 
que le tréu vous rendo do France lo regné;* 
(Román de Charlemafjne, manuscrilo, Musco nritánico. 

Bihliofhoca Regia, 15. E. VI.) 
Tels y a qui vous chanten t de la reóndo táblo;** 

(Román clii Chevalier au Cygiie, manuscrilo ib. 
Darlls han malas cenas et peores yantares, 
grant fumo a los ojos, gran! fedor a las nares, 
vinagro a los labros, fiel a los paladares 
fuego a las gargantas, torzón a los ijares; 

(Bcrceo, Signos del Juiriu.) 

o el primero en voz esdníjula i el segundo en aguda; verl>i 
gracia: 

Ca nunca bobo mácula la su virginidát; 

(Bcrceo, Milagros de Nuestra Señora.) 

ya de trece terminando un hemistiquio en grave i otro en agu- 
da; verbi gracia: 

Ventelent et ondóyent banieros et pennón.... 
En palais et en chambres est si grant la clartéz, 
a cil qui la regánle semble tout alumcz;*** 

(Román de Charlemagne, manuscrilo citado.) 
Mais je ne vous dirái ne mensongo ne fáble; - 

(Román da Chevalier aa Cggne, 
manuscrito citado.) 
Apareciór la madre del rci do magestiit; 

(Borceo, ib.) 
Ca desque se hombre vuelve con ellas una vez, 
siempre va en arriédro e siempre pierdo prez; 

(Poema de Alejandro.} 
De la parte del sol vi venir una seña; 

(Arcipreste de Hita.) 

* Rfidoté, lo mismo quo radoleur; tróu, tributo; regné^ reino. 
** Reóndo lo mismo que ronde. 

**• Ventelent, tremolan; pennon, pendones; en elinmbres, en ls« 
cámaras. 



A8 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



ya fínalinentc do doce, siendo ambos hemistiquios truncos, 
verbi gracia: 

Richement sont servís a tablo les barones; 

(Román de Charlemagne^ manuscrito citado.) 
el veer, el oír, el oler, el gustar. 

(Bercco, id.) 

Por aquí ochará de ver cualquiera que el verso alejandrino 
(llamado así, según se cree comunmente, por haberse emplea- 
do, aunque no por la primera vez, en la jcsta o poema his- 
rórico de Alejandro^ escrita en francos a los principios del 
siglo XIII por Alejandro de Bernay, Pedro de San Cloot, Juan 
le Vencíais, Lambert U Cors, i otros) no es mas que un hiponac- 
teo latino, en que las sílabas que vienen después del último 
acento métrico de cada miembro, que es el do la sexta sílaba, 
no se reputan necesarias para el ritmo. Si alguno, sin embar- 
go, quisiere considerarle como dimanado de la reunión de dos 
yámbicos dímetros, no le pondré embarazo. La cuestión es 
enteramente nominal, una vez que el hiponacteo no es mas 
que un dístico de yámbico dímetros, con la sola diferencia de 
faltar al segundo verso una sílaba, que por venir después del 
último acento, no se considera como necesaria en el ritmo 
acentual de las naciones modernas. 



CwC ' £'3Z'CC3ZC3 3~.C2íl'¿rl.".. . w "¿i \1 . ■ ■ -■--. ■ . " ?■ " ■' : ■ ■ ■ ">, a'j 



.» 



LA RIMA 



-V.«^"NAs" 



SOBRE i:t. oiujen de i,a rima 



Pocas cuestiones, (íiilre las nmcorniontos a la historia de la 
literatura moderna, lian ojorcitado lant:»:^ i)lmna.s. o dado mo- 
tivo a tanta variedad do oi)iinoncs, como la dol nríj«'n do nues- 
tra rima. Lo que parece indudable, di.spnc.s dí^ las muestras de 
antiguas rimas lalinas aloL'adas por >[uratori, Tvrwhitl i otros/ 

• A las que se mencionan en el lí»\lo ni(.' J'.'i p:;iv(¡íl,) nnridir la 
lista siíruicnle, cpio Cüinprendo alLrunr.s otras do las mas nolaljlcs i 
autenticas. 

1. Varias poesías, entre ellas una bajo el nomnre do Ablclmo, 
insertas en las epístolas J, í'.'i i •)',) do las dv' San lM)ii¡facio Mo^^'un- 
tino. 

*2. AlíTunos versos del mismo Aldelmo interpolados en su lrat«'»do 
Dn rii'rjinítntfj. 

3. Varios himnos i cánticos dtd anlifonario Bencoron<;e, que fue 
publicado por Muratori con otros manuscritos de la bildioteca ambro- 
siann, i le parcela <]el *íÍLdo VII. o, cuando mas. <lel VIH. 

4. Otros cualrp lumnos del nlíiio de Xuestra í^efuírp. que corre con 
las crónicas de Monte Casino por I.con .>íar:icano i Pedro Diácono ¡ 
que. s.»2run Ánjelo de Nuce, abad de a([uel monastv^rio. que escribía 
por lOGií, contaba ya entonces mas de mil año*: do anti'_rüedad. 

r>. VA ritmo de San Culumbano sol)iv la vanidad de la vida mortal 
que se halla en la colección de epístolas hibérnicas por Jacobo Usserio. 
6. Los himnos O lux beata Trinitas de San Ambrosio, Jesu re- 
OPúsc. 7 



50 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



es que su uso era frecuentísimo en Europa, antes de la irrup- 
ción (le los árabes. Tres de ellas merecen particular atención. 

Entre los acrósticos de Conmodiano, liai uno (el último) cuyos 
versos terminan constantemente en o. La obra toda por la ru- 
deza del estilo i versificación debo mirarse como una muestra 
de la poesía vulgar del siglo III.* 

El salmo de San Agustín contra los donatistas esta escrita 
con el mismo artificio. Todos los versos (pasan de doscientos) 
acaban en la letra e; i es de advertir que este cantar se desti- 

fulsit omníum de San Hilario do Arles, Marttjris ecce dicí^ Aja- 
thse do San Dámaso, i Rcx Christc factor omnium do San Gregorio 
Magno. El himno ( íionis novx Jcrusalem, que Quadrio cita co- 
mo do San Ambrosio, so halla en la colección do poesías cristianas 
de Jorjo Fabricio bajo el nombre do San Fulberto, obispo de 
Chartrcs, i los benedictinos do San Mauro no hallaron suficiente fun- 
damento para colocarlo entro las obras del santo obispo do Milán. 
Probablemente es uno do tantos que so llamaron ambrosianos por 
haberse compuesto a imitación de los de San Ambrosio, en coplas 
de^ cuatro versos yámbicos dímctros. Tampoco se puedo hacer alto 
sobro el himno Ad percnnis vítca fonlam quo Crescimbeni i Jorjo 
Fabricio atribuyen a San Apfustin, i otros con mejores fundamentos a 
San Pedro Damiano. Encuéntrase en el tratado do las Meditaciones, 
quo ciertamente no es del santo doctor, i hai fuertes razones para so.í- 
pechar quo so escribió en el siglo XII. 

Otros himnos pudieran citarse en quo la rima, aunque no ro;;'ular i 
constante, es frecuentísima, comc) el Ma(jno snlutis gandío do San 
Gregorio, los dos de Venancio Fortunato que einpiozan Agnoscat 
nynne sccculurn, el Vexilla regís 2>rodeunt i c\ Tibí laus percnnis 
autor del mismo, el Jesu quadragnnariie i el lleata nobis gandía do 
San Hilario, etc. 

Véase Muratori, Antíquilaíes itálicas r)ií^f¡erlalio XL; Tyrwhitt, 
Essay on Ihe langnage and i'ersipcation of Chance r; Mr. Sharon 
Turnor, On thc origín of rhijnie, ArcJucolngía or Miscrllancous 
tracts relating to antiquíties, volumen XIV; Mr. do Roquefort, De 
Vútat de la poi^sie franraise dans le XII et XIII sidcles, pajinas 3ü i 
siguientes; etc. 

* Sobro la edad do Conmodiano, están discordes los eruditos. La 
opinión común le coloca en el si^'lo IV. Sebastiano Pauli en su Diser- 
tación sotn-c la poesía de los Santos Padres le hace subir al II. I.o 
mas probable es que ílorcció en el ll(. ('onsúlt?»se a Fabricio, Iiíblio- 
thecn latina wediiv et in/iniu* ivri. 



LA niMA 51 



naba a la ínfima ])lcl)e, i a los que no tenían ninífiuia tintura de 
instrucción, como lo dice expresamente el santo. En una com- 
posición de esta especie, era natural que se adoptasen las formas 
de la poesía vulgar. 

Un pasaje de la Vida de Snn Faron , obispo de ^íeaux, la cual 
se atribuye a Ilildeí^ario, obispo de la misma ciudad, acredita 
lo familiar que era la rima a los fríuieoses desde los principios 
ilel siglo Vn, pues la usaban en las cantinelas populares i 
rústicas. El histuriador refiere que, en cehibridad de la victorio- 
sa expedición de Clotario I í, rei de Francia, contra los sajones, 
se hizo una cantinela a/ modo rá.s//Vo, la cual andaba en boca 
de todos, i las mujeres mismas la repetían a coros. Las coplas 
do esta cantinela que cita llildegario son rimadas; i en ella pa- 
rece que so observó también la unidad de rima.* 

* Dicen así. (adoptando la Krcion <lc Mr. do Roqucfort, De l'état 
de la poósie fraiicnise, pajina ¿01): 

Do Clotario cst oniicro, roiro franconnii, 
qui ivit puL,'naro in c^ontom saxoiium. 
Quan gravitar proven isset inissis saxoninn, 
si non forot inclytus Faro do ícenlo burgiindionuní!... 
Quando veniunt in Icrram frnncoruní, 
Faro ubi erat princeps, missi saxonum, 
instinctu Del transeunt per urbem mcldorum, 
nc interíiciantur a rege fraiicoriiin. 

• 

Para entender estos versos, es necesario tener pre'>eiite que Clotario 
había determinado dar muerto a ciertos embajadores do los sajones. 
San Faron, convirtiéndolos a la fe cristiana, logró apaciguar la ira 
del rei. 

Mr. Sharon Turner piensa que estas coplas fueron traducidas del 
dialecto jerman ico do los francos, en quo supone se hizo orljinalmon- 
te la canción; porque es probable, dice, que no so hablaba entonces 
un latín tan puro, i porque aquélla con que en 883 so celebró la vic- 
toria del rei Ijuis sobro los normandos so compuso en franco-tudesco. 
Pero esta suposición repugna al texto. Hildegario, o quienquiera qao 
fuese el aulor de la Vida do. San Faron, se apoya en la rusticidad do 
aquellos versos para probar lo célebre que era el santo entre toda 
clase do jcntes. Por otra parte, dudo que a nadie se haga creíble que 
una canción teutónica haya podido ser entendida i repetida por la 
joneralidad del pueblo francos en tiempo alguno. El latín de aquel 



52 OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICOS 



Estos i otros ejemplos prueban que, antes de haber oído la 
Europa el primer acento arábigo, le eran ya famHiares las con- 
sonancias poéticas en una lengua de que a la sazón estaban 
naciendo nuestros dialectos vulgares, i ya las habían consagra- 
do, por decirlo' así, los cánticos que resonaban día i noche 
en todas las iglesias do occidente; No hai para que imajinarso 
que los españoles aprendiesen do los árabes la rima, i luego la 
comunicasen a las otras naciones do Europa, cuando se sabe 
que en todas las que hablaban latin era conocida desde los 
primeros siglos de la era cristiana. 

Un literato francos de mucha i merecida celebridad dice que 
los proveníales tomaron ciertamente de los árabes su afición 
a la poesía acompañada de canto i de instrumentos, i cree pro- 
bable que, pagados principalmente de la rima, que hasta enton- 
ces solo habían oído en los cánticos severos de la iglesia, la 
comenzaron a usar en sus versos.* ¿Mas por ventura ha sido 
peculiar a los árabes- la poesía cantada i acompañada de ins- 
trumentos, i no se conocía en Europa antes del siglo VIII, 
como en todos los otros países i en todas las otras edades del 

eantar, i aun el latin de las escuelas, era mas a propósito para ello, 
como que so usaba todavía en el pulpito, i por largo tiempo continuó 
emploándosc en las leyes, juicios, diplomas, escrituras i toda especio 
do documentos públicos. Lo Deuf es de sentir que hasta el siglo VIII 
no dajó do entenderse jeneralmen te, en Francia el latin fácil, como el 
de ciertas vidas do santos, que todavía se conservan, i que se sabe so 
compusieron en aquella época para el uso del pueblo. (Memorias de 
la Academia de las inscripcionesy XVII, 720.) 

En cuanto al epinicio do Luis, no están de acuerdo lo» críticos sobre 
la persona en cuya alabanza so cantó. Por 880, habia dos Luises reyes 
do Francia; uno i otro hablan sido vencedores do los normandos; uno 
i otro tenian dos hermanos llamados Carlomano i Carlos; do modo 
que las señas que da el poema convienen iu^ualmcnte a los dos. Los 
que 80 inclinan al Luis do la Francia oriental, cuyos dominios eran 
en mucha parto jormánicos, alcpran, enti*o otros arp^umcntos, que no era 
probable so cantase en tudesco doi\de se hablaba jcnoralmonto roman- 
ce. Pero no sabemos que esta otra canción fuese popular, como la do 
dotarlo; i consta que, en la corte de los reyes francos de occidente, se 
honraba su lengua i poesía paterna. 

* riiiin^ucné, Ilístniro littóraire d'Halie, P. I, cap. 5, sec. I. 



muiidor Por los ejemplos que acabo de. citar, parece que en 
Europa los cantai'eA rimadas do la plobe pret^lieron a los ecle- 
siásticos. Pero, aunque éstos hubiesen dado la primera ¡dea de 
la rima «qué mgniricaba la severidad de la iglesia para que no 
se imifatsc su estilo en tiempos i países donde todo era rclcai&a- 
Uco, i aun pudiera decii'se monástico, eilucacion, leti'as, poetas 
i poesía»?" Las matt antiguas que so t-nnoccn en las lenguas 
modornas son obras de ecloítiásticos, i ho reducen a vidas de 
santos, relaciones ilo milagroS, traducciones de algunas parles 
de la s^^igrada escritura i otros asuntos piadosos. Las modula- 
ciones mismas do los juglares no eran mas quo un remedo del 
uanto gregoriano.**' 

II 

Monos diTicuItad liallanamos on ailniitir que los pueblos del 
norte trajesen la rima al sur de la Europa, si supiésemos que 
la usaban, corno los árabes, antea do su comunicación con la» 
provincias del imperio romano. Pero los documentos que de 
«lio se alegan no tienen la antigüedad necesaria."" 



* <La unión del canto con la poesía es tan antiírna como Iti una I 
el Otro. Los pui^blos bArbaros, i aun Ina Iribus Ralvajcs, ticaotí cnncio- 
nos; todas lax naciones cultas lian tenida cantos recatares*, utc. Ifis- 
loire Ítíí-Vaíre d'IInlh. P. II. cap. 36. 

«La Itniia las hnbin conncidn sin duda (las candónos) bajo la domi- 
nación dolos godos i las longobardos, poro no queda ol manorvGstijio 
de ellas.» ib. 

•• VóaimetosdoB primeros capilulos déla citada /íísloii'c liltéraire. 

"• Lelt^uf, dieseríflííoíi//, líi); i La Borde, Essní sur la mustqui?. 
II, 146. 

tTodos osioa cantares (loa úu\ si^do XIIIl derivados por la mayor 
parte de los do In ii^lesia, oran sin duda baalanCc simples,! etc. ¡Us- 
tarie Uttiraire d'/íaííe. P. 11. cap. 20. 

*"" El epinicio cantado a Luis, rei de Francia, es do fines dol siglo 
IX. Kl poema do la fitacia o Paráfrasis Evanjélica. i otras obras do 
Ottrldo, monje wcísumburírueneo, pertenecen al mismo siglo. El 
fragmento del Coloquio de Cristo con la Snmarífaiía, quo trae Fric- 
kio en BU apáridjf^e ni Tesoro de Sohiltor, so dice sor antiquísimo, sin 
espcciCicarsD la época do íu composición; pero lo mas que puede subir 



!>'* OPÚSCULOS LITEIIAUIOS I CHlTICOá 



Para probar que la rima ora muí antigua éntrelos francos, 
i como natural a su lengua, se cita un i:)asaje de Otfrido que, a 
mi parecer, indica lo contrario. Hállase en la carta a Liutl)erto, 
arzobispo de Maguncia, en que lo acompaña su poema evan- 
jólico; i no es otra cosa en sustancia, que un aviso relativo al 
modo con que se han de leer sus versos para que se perciba el 
artificio de la consonancia.* Pero las monud(Micias en que en- 
tra Otfrido como que dejan traslucir la solicitud de un autor 
que ensaya un jénero de composición inusitado. El mismo 
Otfrido, ponderando la barbarie i rudeza de su lengua, dice 
expresamente que en ningún tiempo liabia sido limada 
por medio de composiciones escrilaf^^ ni con arte ahpina. 

Otro argumento de que se valen los partidarios de los jer- 



cs al siglo VIII. La caiUinela íroLica, insoria por Kstefanio en sn co- 
mentario ala Historia Dañosa de Snjon Graniático, se dice también que 
es mui antigua. En ella, so recorre la historia de los longobardos desde 
su salida do la Quersoneso Címbrica hasta que Carlomagno puso fin a 
•BU dominación en Italia; i de aquí se deduce que es posterior a esto 
suceso; pero cuánto, no es posible saberlo, ni hai fundamento para 
conjeturar con Estefanio que sea de la edad del mismo Carlomaorno. 
En fin, los Nibelungcn (poema épico en que figuran los jermanos i los 
hunos), aunque compuesto sobre otros mas antiguos, debe referirse 
bajo su forma actual rimada al siglo XII o XIII. Do las poesías rúni- 
.<:as, se hará mención particular mas adelante. 

* «Non quo series scriptionis hujiis métrica sit subtilitate oonscrip- 
In; sed schema homceotelcuton assidue quínrit. Aptam enim in hac 
lectione, ct priori decentem et consimilem quícrunt verba in fino 
Ronorilatem, et non tantum per hanc inter duas vocales, sed etiam 
Ínter alias litteras sajpissime patitur conlisionem sinaliphvc; et hoc 
nisi fiat, extensio sa^piíis litternrum inople sonat dicta verborum. 
Quod in communi qnoque nostra locutionc, si solerter intendimus, 
nos acrerc nimium invcnimus. Qua?rit enim liní^ua? hnjus ornatns et a 
leírentibus sinaliphvc* lenem et conlisionem lubricam priccanere, et a 
dictantibus homoDoteleulon, id est, consimilem verI)orum terminatio- 
nem observare. » Otfridus nd Liufhnilinn. El Jmmrpotoleulon asiduo. 
q}ixrit, que dice Otfrido de su obra, so ha citado aplicándole violen- 
tamente a la lenirua; i no monos violento uso se ha hecho del lingxive 
oniatus qiixrit hoiuo^ofntrulnn, que, si se atiende al contexto, se 
hallará que solo q\iiere decir tiiigunm (hnclonns nidom ct nullaarte 
oxpnlitamj ornnr^ tlnhoDins liowrp.ntolouton. 



LA niMA i}'} 



manos, es la derivación do esta misma palabra rima y que 
quieren venga de las antiguas lenguas teutónicas/ Yo por mí 
no veo qué motivo haya para separarse do la vulgar etimolo- 
jía que deriva a rima do ^u0;x¿^. Sabemos que en la media lati- 
nidad se conocieron dos jéneros do composiciones poéticas: 
unas métricas y ajustadas a las reglas de la prosodia antigua; 



* Rim era número en el dialecto sajón, i lo mismo significaba rimo 
«n el franco- tudesco; de donde parece derivarse irrimcn, que se ha- 
•ila en el dístico sij^uiente de la Paráfrasis Evaíijélica 1, ^: 

I'ít ira lob ioh giuvaht 
thaz thiu irrimon ni maht. 

Quiero decir (hablando déla Santísima Vírjen): «es tanta su alabanza, 
que no puedo numerarla,» esto es, «ponerla en número o verso,» no 
precisamente, «rimarla.» como pretende Mr. Turner. Haciendo todo 
el favor posible a estas \o?.c?i teutónicas, ofrecen exactamente la mis- 
ma idea que la voz grie^M ',ouO;jlo;, adoptada mui temprano por los 
latinos en su s¡ii:nificado de número oratorio o poético, i tan cercana 
a riina como se puedo apetecer. No hai, pues, necesidad do ir a buscar 
entro los sajones o entre los francos lo que nos tenemos dentro de 
casa. I ¿quién quita que irrimen venga también de 'puOjxo;? En los 
escritos mas antiguos sobre que se han formado los glosarios teutó- 
nicos, se encuentran voces de oríjen griego i latino. Basta citar, por 
la relación que dicen al asunto presente, las voces inatres i prnsun, 
metro i prosa, que se hallan contrapuestas en la Paráfrasis EraíijV- 

lica, I. I: 

Ist iz prosun slihti 

thar drenckit thih rihti, 

o do metres kleini 

the ist gouma filu reini; 

que se interpreta así en el Tesoro do Schiltcr: 

Si ve est prosa simplex; 
boc refocillat te in rectum, 
sivo nietrum subtile, 
huic est attcntio multum pura. 

Otra raíz indicada por Mr. Turner es la palabra sajona drym(*, 
verso, que nace de drym o dream, regocijo, modulación, música, 
órgano; i con la partícula prepositiva gn, consonancia, armonía. Sin 
embargo, en gedryw la idea de correspondencia o semejanza, está 
precisamente afecta a la partícula, como sucede en la voz conso^ 
vancia. 



50 OPÚSCULOS LITKKAUIOS I CUITICOS 



i otras ríhiiicas, cii que, desatendidas las cuantidades, solóse 
prociirnljo «ujotar los versos a un número constante de sílabas, 
i a lo mas, ¡milar en ellos laacenluacion i las cesuras del metro 
propiamente dicho. Sabemos también que tanto el metro, como 
el ritmo, admitia el artilicio rciifular i sei^uido do las consonan- 
cias; pero ni uno ni otro lo exijia necesariamente.* Pixrece, 
pues, que, en cuanto a la lení;;ua Talina, no había mas razón para 
asociiU' con la voz ritmo que con la voz nwLro la idea de las 
consonancias. Pero otra cosa fue en las len«^uas modernas de- 
rivadas de la latina. La poesía que se cultivó en eUas no tuvo 
nada que ver con la duración o cuantidad de las síhd)as, sino 
solamente con su número i con la distribución de los acentos 
i cesuras; en una palabra, fué toda rítmica. Ademas, la seme- 
janza de terminaciones vino a ser en ellas una compañera inse- 
parable del verso; do modo que, en el innumerable catálogo de 
poesías en romance anteriores al siglo X\'', rarísima so hallará 
que no sea rimada. Llegó, pues, a considerarse aquel artificio 
como mía parte o requisito preciso de la versificación; i 7'únar 
o hacer ritmos significó desde entonces combinarlas palabras 
por tal arte que a un mismo tiempo halagasen el oído con la 
regular colocación de los acentos i cesuras i con la semejanza 
de los finales; nueva acei)cion de la voz rhijthmiis, quo adop- 
taron los escritores de los últimos tiempos de la latinidad,** i a 



* Asi la (.'".rloi'íi de Toodiilo está en metro ¡ rima; la Alrjnndreida 
de Gualtero oii metro sin rima; los versos canudos por los soldados 
del emperador íiUis II, que trae >[uratori en la disertación XL do sus 
AnliqniLalos itnliciü en ritmo sin rima; i los opúsculos arriba cita- 
dos de Son (Joluml)ano, San Bonifacio i Aldelmo, en ritmo rimado. 

** Véase la terciara parte de El Laborínto, poema didáctico de Evo- 
rardo Betuniense, escritor del sicrlo XIII, inserto en la Historia poeta- 
rmn rJ. pofimatnin laedii ivvif de Leyser. Iccaal acepción dio a la voz 
rhytlnnns Antonio de Tempo, autor do una Summa artis vhytli- 
micvc vnlgaris, del ano I3:i:2, manuscrito de las biblio.tecas Estense 
i Ambrosiana, citado por Muratori (Ariliquitates ilalicoí medii acuí, 
disertación XL). Du r.nrre. verbo rfnjttnnici versus, cita pasajes do 
Alvaro de Cói'doI)a, de San Bonifacio i do otros autores en prueba del 
antiguo U'=ío do rlnjlhmicus en la acepción do rimado. Mr. Sharon 
Turner, en la primera de las disertaciones sobre la rima [Archscolog ia 



LA UlMA i> 



^'7 



la cual SO apropió en romance el niisnio sustantivo con termi- 
nación femenina. I con esta misma siijnificacion ocurro muchas 
veces la voz rimo en la carta (k'l marques de Santillana al 
condestable (le Portugal, documento prerioso cuya publicación 
deben las letras a don Tomas Antonio Sáncliez. 

Pero, volviendo a la pretendidiv extracción jermanica de la 
rima, no deja de ser reparable ([ue estén desnudas de esto 
ornamento las poesías que so conservan de los anglo-sajones. 
Ni en el fragmento do Cadmon, ([ue es del siglo Vil, i acaso el 
monumento mas antiguo que se conoce de poesía septentrional, 
ni en el cantar sobro la victoria do Krunanburgo, compuesto 
en el siglo X, se echa de ver conato algiuio a la rima/ Mr. 
Tyrwhitl, el erudito i juicioso editor de Cliaucer, so inclina a 
creer, en vista do las nniostras recojidas por Hickcs, que la 
versificación de aquel pucljlo no estaba sujeta ni a la traba de 
las aliteraciones o consonancias iniciales, que fué el carácter 
dominante de la poesía xiinica, ni menos a la de las consonan- 
cias finales, que de tiempos atrás se ha])ian frecuentado en la 
poesía latina, así do la iglesia i de las escuelas, como del vulgo. 

II 

di: L V A LITE U ACIÓN 

Tres especies de rima so conocieron en la media edad: la 

or Misccllannons IrarU, volumen XIVj trae otro do Aldclmo al mis- 
mo propósito. Poro no osla claro si rlnjlh)iiicu!> ou estos pasajes 
signiiica i'íuindn o no siiJ<'fo n. cunnfidr.tl's. lU do reparar que San 
Bonifacio (Epístola G'») dosÍL,qia la rima con osta lari^^a pcrílVasis; una 
cadcmqno littcra, comparibus lin«'arum ti-aiisitibiis aplata. Otfrido la 
llama scJiívino hohuvoleli^Jilu)i. Mr. TyrwlütL cita un pasajo curioso 
do un escritor del siirlo XI (Df* MirnriUis Sa)ici¿ Vulframní, apud 
Dackcin Acln Sauchirum ord. /í(?)i. III, IJCDj on que las pocsms france- 
sas do Tibaldo do Vornon so dicen compuestas ad quandam tínnuli 
rhyíhmi simílitudineil-i, esto es, a semejanza del ritmo sonsonete. 
El epiteto tínnnlns (observa el mencionavlo anticuario) prueba que la 
voz rhythmns por sí sola no sií^nificaba rima. [Essny on Chaucer, 
langunye and versi peal ion.) 

• Hickos, Tliesaurus lingxiavum vnteruní septenlrionis, tomo I. 

Ellis, Specimens of early engtish poets. 



TLv» 



.>S OPÚSCULOS LITEHARIOS 1 GíUTICO? 

- - - . . . é • 

aliteración, que so ha desterrado ya do la poesía; el consonante, 
o rima propiamente dicha, que sx^ue empicándose en la versi- 
ficación de todas las lenguas de Europa; i el asonante o rima 
vocal, que al presente solo se usa en nuestra Península. Em- 
pezare por la que me parece mas antigua de todas, (juc es la 
aliteración; como ella no tiene nada que ver con nuestra lite- 
ratura, me ceñiré a dos o tres observaciones sobre su mas 
probable orí jen. 

La aliteración consiste esencialmente en la semejanza de 
las articulaciones inirjales de los vocablos; artilicio que per- 
feccionaron los poetas de Dinamarca e Islanda, levantándole 
a un grado de dificultad i complicación increíble. Pero en este 
discurso me propongo solamente considerarla bajo sumas an- 
tigua i simple forma. 

Jencralmentc se piensa que la aliteración es de oríjen teutóni- 
co. Aliterado es el verso en que está escrito el fragmento de un 
antiquísimo poema alemán, que contenia la historia de dos 
guerreros Hildebí^ando i Hadubrando, i que se cree haber sido 
compuesto lo mas tarde en el siglo VIII de la era cristiana. 
Dicho fragmento se publicó en Casel el año de 181?, i es el 
monumento mas temprano que poseemos del uso jermánico de 
esta especie do rima. 

Pero hasta ahora, que yo sepa, no se ha reparado en el que 
de ella hicieron los escritores latinos de la media edad. En la 
epístola G9 de las de San Bonifacio Moguntino, que floreció 
por el siglo VIII, se introducen cuatro poemas, el uno de ellos 
atribuido al obispo anglo-sajon Aldelmo, que murió en 709, 
i cuyas poesías, tanto latinas como sajónicas, fueron muí cele- 
bradas de sus contemporáneos. La versificación de este poema 
ofrece al mismo tiempo los dos artificios de la aliteración i de 
la rima, i apenas se encontrarán en él dos versos de seguida sin 
unadol)le i a veces triple i aun cuádruple consonancia inicial, 
como el lector percibirá en los pasajes que siguen: 

Spissa stalim íípiramina 
í/uelli í/ucunt agmina.... 
Ilorum archon atrocilor 
/"amaní verrón s /'crociter 



/"iiribundus cum /*lam ¡nc... 
IJnde /ilanis /iirbida 
/al)untur luminaria.. . 
Tr^mebal /ellus /url)i(la.... 
Ñeque r/ullíc r/racililer 
i/2anabaiit, hod r/?inaciler. 
mundi j'otam roranlibus. .. 
Turbo /erraní /crelibus 
grassabalur furbinibus, etc. 

Lo mismo se ceba de ver, aunque no con tanta frecuencia, 
en los otros poemas de esta i de las epístolas Gl i G4, de la 
colección de Serario. En el antifonario Bencborense publicado 
por Muratori, i que este erudito cree del siglo VII, bailamos 
también muestras nada equívocas de que por aquella etlad es- 
taba la aliteración en mucbo favor, entre los versificadores 
latinos menos cultos, que ])robal)lemente solo asi)irarian a agra- 
ciar a la plebe con ella. Aliterado es el bimno de San Conjilo 
en dicho antifonario; i el propio artificio parece que se pro- 
curó en la inscripción que se puso en Homa a la estatua del 
sofista griego Procresio: 

/íegina ?'cruni Koma rc'j;\ cloqucntia?. 

Pudiera creerse que semejante estilo de versificar babia sido 
introducido en Inglatín'ra i en el mediodía de Europa por los 
bárbaros que desmembraron el imj)orio romano, si Donato no 
liiciese mención de esta especie de sonsonete, como un primor 
o una afectación, que se percibia de cuando en cuando, aun en 
los versos de los mejores poetas latinos. A la verdad, los ejem- 
plos que se citan do \'irjili() i do otros escritores del siglo de 
Augusto parec(;n casuales; pero ¿qué diremos de la frecuencia 
con que ocurre la aliteración en los fragmentos do Ennio? 
Entre muchos otros versos que, en pi'ueba de ello, podría su- 
ministrar de lo que so conserva do sus obras, que es bien poco, 
trasladaré solamente los que sigtion: 

At /liba /erribili sonltu /aratantara dlxit. 
Veluti hiquando rincleis ronalica relox 
apta siiet canis... 



00 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



Oi'iitor sino paco redit rcgiíiuo ?'efert rcm. 

Rem ro])etunt regnumque pctiint.... 

(>uíoquc frclo cava coeruleo cortina reccptat. 

Neo scse dedit in conspectum cordc cupitus. 

África /crribili ¿rcmit liorrida /erra íumultu. 

O 7'ilc /ute fati, íibi fanta, ¿yrannc, íulisti. 

Sevoritcr siispcclionom /erro /"alsam /"utiliuní est. 

IJt quod /^actuin est /"utilo, amici, nos /^oramus /*ortitcr. 

Luniine sic h'cmulo ¿erra ct cava coerula candent. 

El mismo estudio se percibo en algunos fragmentos do No- 
vio; como en la inscripción que compuso para su sepulcro: 

Mortal is ¡mmortalis /"Icro si foroi /"as, 
flercnt diva} camcníe N?evium poctam. 
ítaíjue postíjuam est orcino ¿raditus ¿hcsauro, 
obliti sunt Komac /oquier ¿atina üngua. 

Ilai, pues, fundamento suficiente para creer que los latinos 
se deleitaron en la aliteración, a lo menos desdo la edad de 
Nevio i Ennio; i ya qué no la aprendieron de los griegos, se 
puede conjeturar que era propia de su antigua versificación 
nacional. Posteriormente, habiendo prevalecido en su litera- 
tura el estilo i gusto de la Grecia, los que escribieron para la 
jento culta, se desdeñaron de usar un aliño que tenia cierto 
sabor de vejez i rusticidad; poro esto no quita que se conser- 
vase mucho tiempo en los cantares de la plebe, i que do allí la 
tomaran los bárbaros que invadieron el imperio. 



III 



DE LA RIMA PROPIAMENTE DICHA 

Muratori manifestó en la disertación XL do sus Antigüedad 
tles Itálicas que desdo el siglo UI o IV do la era cristiana em- 
pezaron a verse composiciones latinas en que la rima aparecía, 
no como adorno accidental, sino como leí constante; de donde 
se sigue que no fuá introducida por los árabes, ni tampoco 
parece que lo fué por las tribus jormánicas, pues vemos que 



LA ni. Ni A 01 



están destituidos de este ornamento los mas antiguos poemas 
que nos quedan de los alemanes i anglo-sa jones. 

Puedo alegarse, con todo, que nuestro surtido de literatura 
teutónica i céltica es demasiado escaso para que, s;)l)re las reli- 
quias que poseemos de ambas, se pueda formar juicio seguro, 
i que no era fácil se conservas;.Mi las proJucoioniís de atpiellas 
lenguas bárbaras, como los del idioma culto de occidente, 
medio universal do comunicación en una parte tan conside- 
rable de Europa. Es cierto que, aun con esta ventaja, apenas 
nos han quedado rimas latinas do feclia anterior al siglo VIII, 
sino en las comivjsiciones qu j la iglesia recibió entre sus cánti- 
cos o que sirvieíOíi [rwa la instrucción rolijiosa de los fieles. I 
a primera vista no parece tan verosíiuil que ocurriese desdo 
luego a los latinos la idea de rimar sus versos, como que al- 
guno délos recién convertidos citas o jormanos, aeostíunl)rado 
en su lengua nativa al artiíicio d> las consonancia^, hubiese 
querido engalanar con ellas la versificación eclesiástica. 

Tand)ien se uice que la rima es antiquísima entro cliinos, in- 
dios, persas i otros puo]>los del Asia; i como las comunicacio- 
nes entre la Europa i el Oriente suben a la antigüedad mas 
remota, i los hal^itantes do la primera son do oríjon asiático, 
se alega que, para admitir la extracción oriental do nuestra 
rima, no es necesario ([uo nos la hnyan enseííado los árabes. 

Pero si la rima ums ha venido en alguna cara vena, junto con 
otras drogas i especias dol Oriente; si salió do la torre do Babel, 
o se .salvó del diluvio universal en ei arca, para tormento do 
los poetas i anticuarios posdiluvianos, ¿cuál es la causa deque 
los griegos, confinantc^s con el Asia, i on parte asiáticos, la 
hayan conocido tan tardo, reci])ióndola, segii.i toJas las aparien- 
cias, de los francoscs o de los italianos? 

La verdad es (jue los hitinos no tomaron de ningún pueblo 
la rima, porque ésta nació esjíoniáno.amrínte en su lengua. 
Sus primeros rudimentos estaban envueltos en las formas do 
la compo.sicion oratoria i jioótica do los griegos i de los roma- 
nos. Fomentados por ol mal gusto, cnuen/rron a desarrollarse 
en las primeras edades del imperio; i acelerada por causas que 
todos saben la corrupción del latin, i la ruina total de las letra» 



(jI opúsculos LITEIIAIUOS 1 CIIÍTICOS 



en occidente, crecieron i lozanearon hasta convertirse en una 
parte esencial de nuestro sistema rítmico. 

Todos saben que, en el latin, el período orat(M'¡o era mucho mas 
simétrico que en los ivüjmas modernos. Hacíase consistir esta si- 
metría en construir dos o mas cláusulas, de manera ([ue cons- 
tasen de elementos análogos colocados en un mismo orden.* Se 
contraponían, pues, los nombres i verbos en iníl.'xioncs análo- 
gas, i como en nin^^una parte resalta mas la corrcs[)on(loncia de 
las palabras i do las ideas que al fin de las cláusulas, era na- 
tural que éstas terminasen amenudo en vocablos de una misma 
especio,! declinados do un mismo modo, en unos mismos casos 
del nombre, o en unos mismos tiempos del verl)o. Nacía de 
aquí muchas veces la rima, sin que el orador la buscase, ni aun 
pensase en ella. Pero vinieron los retóricos, i dando por senta- 
do que se había hecho de estudio lo que por lo común había si- 
do casual, i aun inevitable, imajinaron los homcoteleutos, los 
homeoptotos, los parisos, los isocolos, el shnililor car/en.s, el 
simililcr desinens^ i otras inepcias i puerilidades, que, afecta- 
das lueyo, plagaron todas las producciones del injenio. 

Entraba, sin embargo, en todas estas figuras, como condición 
indispensable i precisa, la analojía de los términos; i creo no se 
hallará ejemplo de ellos, alegado por los retóricos, en que 
las palabras correlativas sean de diversa naturaleza gramatical. 
Por el contrario, muchas veces falta la consonancia, i solo se 



* Pondré aquí, no para prueba do lo q\ic di.í^o, sino para darme a 
ontondcr con mas facilidad, un ejemplo do Cicerón: 

Sic confirmo, qui rites, hac lejL¡:e aL,'raria pulcra atquo populari dari 
vobis nihil, condonan certís hominibus omnia; ostentari populo ro- 
mano aí^ros, cripi etiam libertatem; privatorum pecunias augeri, 
publicas exhauriri; denique, quod est indignissimum, per tribununí 
plebis, quem majores pricsident libertatis, custodemque cssc volue- 
runt, ropres in civitato constituí. 

Dari está simétricamente opuesto a condonan; vobis a cerlis 
hominibus; niliil a omnia; oslenlari a eripi; agros a libertatem; 
privatorum a publicas; augeri a exhauriri; i finalmente augeri, 
rxhauriri, constitui son elementos homólogos que hacen juego entre 
fii por la semejanza de naturaleza i de situación. 



LA RIMA t>3 

halla la analojía.* Empleaban, pues, la rima, no para halagar 
el uídü con cl sonsonete, sino para dar bulto i color a la corres- 
pondencia de las ¡deas, al revés de lo que sucedo en nuestra ver- 
»¡fiv.ac¡on , donde la semejanza material de las palal)ras es tanto 
mas agradable, cuanto menor es su semejanza formal. 

Este principo de simetría so aplicaba también al vers-»: i sin 
que el poeta anduviese a caza de consonancias, for/j>samente las 
producía. ** Pero, ademas de esta causa, (|ue era común a la pro- 
sa con cl verso, habia otra no menos fecunda de rimas en la 
composición ptjética, es a saber, la separación del sustantivo i 
del epíteto, i su colocación respectiva en la cesura i en el linal 
del verso, i a veces en los finales de dos versos c.»ntiíruos: 

A'olvitur cl plan/ raptim pelil ícquora camp/. 

^Lnc recio.' 
LMcit in atemos asjícra verba déos. 

[Tihnh). 
Flendo luPiriduli rubent ocellí. 

\Catulo.) 
Impubc Corpus, quale possct impía 
lenire lliracum pectora. 

\IIoraciu.' 
Forniidolosíí? dum lalcnl silvis fenr 
dulcí sonorc lancruidtr. 

'Ilonvio.} 

Lomo el sustantivo i el epíteto pertenecían muchas veces a 
una misma declinación . su concordancia no poília menos de 
ocasionar rimas frecuentes en el estilo menos estudiado,! hasta 
en la conversación ramiliar. A^í pues lo que las hacía parecer 



• Vo:l)i giMcia. en esto pa<ujo do Ciojron. que Quintiliano da por 
ejemplo fio un trip-o homootolouto: 

Vieit pudoi'oni lihido, liiiiorom anilacia, rationcm a)y}enti3. 
'• Tor ijcniplo: 

(\.elum n¿tcsC'''r'\ arbórea frondcsc^rey 
\\Il'< Lotifica^ painpiai'is pubesceré, 
raiiii baceariun ubortaic incui vosee re, etc. 

Vrr*io^ lie aMtcir d^í^conocído. citados en la primera TuscHlinin, 



G\ OPÚSCULOS LITEDARIOS I CRÍTICOS 



artificiales en la poesía era su distancia misma, i el estar situa- 
das i contrapuestas en los lugares mas obvios, esto es, en las 
pausas do la versificación. Pero que semejante estructura no 
tenia por objeto la rima es evidente, pues a cada paso la vemos 
adoptada, sin que las palabras contrapuestas rimen. 

Mr. Guinguenó trae a la pajina 495 del tomo I de su IlislO" 
ria literaria do Ilalia los versos sÍLTuientes de la primera oda 
do Horacio en pruebo del frecuento uso de las consonancias en 
los poetas latinos del siírlo de Augusto: 

Evilíita roiis pahnnquc nol)il/.s. 
Tcrrnrum dóminos cvchit ad déos, 
líunc si nobil¿?(r/¿ turba quiritiu777. 
Illud si pro])ío condidiL hórreo 
íjuldquid de libycis verritur aréis. 
tStratus nunc ad aqua? lene caput sacrít?. 

Pero en esta misma oda so hallan los versos siguientes en 
que hai simple concordancia sin rima: 

Moeccnas atavis edite rcgibus. 
Certat lergiminis tollcre honoribus. 
Agros .attalicis conditionibus. 
Est qul ncc vctcris pocula Massici. 
Nec partcni solido dcmcro do dio. 
Spcrnit nunc viridi mcmbra sub arbuto. 
8eu visa est catulis corva fidclibus. 
Seu rupit teretes marsus apcr plagas. 
Nympharumquc leves cum satyrischori. 

No parece que en la poesía clásica la consonancia del sus- 
tantivo con el adjetivo era mas frecuente i estudiada cuando se 
contraponia así en las cesuras i finales, que en otra situación 
cualquiera. 

La separación del sustantivo i del epíteto, aunque no necesa- 
ria para la elegancia del estilo poético, sonaba sin embargo mu- 
cho mejor en este, que en el período oratorio. Así se ve que los 
poetas recurrían frecuentemente a ella, i parece como que ha- 
cían gala de aquel desvío de la construcción ordinaria, presen- 
tándole del modo mas aparente para herir con viveza el oído. 



podemos también resol verla en el principio de simetría, que tai- 
vez fiujiriá aquel medio para f^atableccr, dentro de una misma 
cláusula, cierta correspondencia entre los remates do los hemis- 
tiquios o de los versos. Como quiera que acá, los nrejorcs poe- 
tas la usaron mui moderadíi mente; i Ovidio Tué, segun creo, uno 
do los primeros que se excedieron en su uso; e] cual, haciéndo- 
se cada dia mas frecuente, produjo aquella fastidiosa uniformi- 
dad de cadencia i de estructura que observamos en los versos de 
los primeros siglos do la era cristiana'. I como de aquí resultaban 
acada paso rimas en los pasajes que mas llamaban la atención, 
no era c:iítraño que parecieran estudiadas, i que sucesivamente 
lo fuesen; i que al cabo llegasen a ser un aliño indispensable 
del verso. 

Pero lo que contribuyó sobre todo a introducir un nuevo 
modo de versificar fundado en la unión de la con.sonancia 
con el ritmo, fué la corrupción del lenguaje latino, en que, 
oscurecida la diferencia de largas i breves, so hizo necesario 
agregar o sustituir a las antiguas leyes métricas otra especie do 
armonía mas perceptible a los oídos del vulgo. Las consonan- 
cias, que al principio habian sido un efeoto necesario do la 
contraposición de ideas análogas, ¡ que, si alguna vez se bus- 
caban, era solo para expresar aquella analojía con mas viveza, 
dejaron entonces de hablar al entendimiento i de tener conexión 
alguna con el sentido. Dióscles, pues, la plenitud necesaria 
para la satisfacción del oido, a quien ya únicamente se dedica- 
ban; i pareciendo tanto mas felices, cuanto eran menos fáciles 
de procurar, llegó por último a cifrarse el primor del arle en 
que las voces consonantes tuvieran entre si la menor aGnidad 
gramatical que fuese posible.' 

* No hablo aqiii do otra afinidnd que la quo resulta de la derivación 
por inflexiones scmejautca. Asi renta rima mejor con dia, que con 
senda; blancura, mejor con pura, que cou hermosura; amado, mejor 
con prado, quo con esUmado; coniñno, mucho mejor con desíino, 
qno cou previno; i la rima da los Adverbios en menle es intolerable. 
Esto 8c tunda en la nnturaloía de las cosan, porque toda inflexión ca un 
demento Bignincativo; i do conMiriiiente. rimar dos palabras que tor- 
Irtnianoníndcxionos do igual valor, vicnca ser como rimar una ¡lalabra 
opOsc. 9 




G6 OPÚSCULOS LITEIUIUOS I CRÍTICOS' 



Una progresioii como esta, désele efectos casuales Iiasla regla» 
constantes, i la qifc tanil)icn seobsena desde la simplicidad de 
los primeros rimadores liasta las varias especies i artiíiciosas 
combinaciones de rimas que empiezan a apaiTcer desde el siírlo 
VIH, fonnan, a m-i parecer, una prueba sc^^ura do que la len- 
gua latina no recibió, de ninguna otra, semejante modo de ver- 
sificar, i de que la i>oesía verdaderamente rin^ada no es mui 
anterior en aquella misma lengua a los dias do San Ambrosio 
i de San Agustin. En efet-to, i)or lo que nos queda de estos 
santos doctores, no parece que el arte bubiera beclio todavía 
progresos; ni, basta el siglo II o 111 de la <'m cristiana, llegaron 
al mas alto punto los abusos en la composición oratoria i poé- 
tica, que fueron como los precursores de un sistema regular d«.* 
consonancias. 



IV 



SOBRE EL ASONANTE O RI.UA VOf.AL 

Antes de examinar el oríjen i uso antiguo de esta especio de 
rima, se me permitirá, a l^eneficio de los extranjeros aficio- 
nados a nuestra literatura, exponer sucintamente las leyes a 
que está sujeta en nuestra lengua, i que, como voi a manifestar, 
son exactamente las mismas que observaron los versificadores 
latinos de la media edad, i los franceses. El que no la conozca 
perfectamente i no esté familiarizado con ella, no podra jamas 
percibir las bellezas de la versificación de nuestros dramas i 
romances líricos. A la verdad, todos los críticos extranjero» 
que ban tratado de nuestra poesía, la mencionan; i>ero sería 
fácil probar con sus obras mismas que los nías o la coiiocicron 
imperfectauiente, o ignoraron del todo su artificio. 



consicro misma. \o por esto ropniebo la latitud que el uso de los 
mejores poetas autoriza en este punto, i sin la cual no seria posibla 
componer larc^-os poemas, o el escritor so veria precisado a sacrificar 
a la felirifiad de la rima bellezas do un orden superior. 



LA mvA 67 

Lo mas singular es que los eruditos franceses que moder- 
namente i con tanto acierto se han dedicado a explorar las anti- 
güedades do su poesía nacional, no sospechasen la existencia 
de esta rima en las obras que manejaban; resultando de aquí 
el condenarse muchas veces como imperfecto i bárbaro en la 
versificación de arjuellas obras lo que en realidad está rigoro- 
samente ajustado a reglas. 

El consonante o rima completa conviene, como todos saben, 
en la semejanza de las vocales i de las articulaciones; el aso- 
nante prescinde absolutamente do las articulaciones, i se 
limita a la semejanza de las solas vocales. 

Dos especies de consonante so conocieron en la poesía latina 
de la edad media: el uno monosílabo, reducido a la corres- 
pondencia de la última vocal o diptongo, i de la articulación 
o articulaciones siguientes, si las habia; i el otro disílabo, que 
comprendía la vocal o vocales do la penúltima sílaba i to- 
das las letras siguientes li ista el íui de las respectivas dicciones. 
El consonante monosílabo fué el mas antiguo, i aparece ya 
como artificio regular i constante en una de las instrucciones 
de Conmodiano, en algunos himnos antiquísimos, atribuidos 
a San Ambrosio, i en el salmo de San Agustín contra los dona- 
tist<as. En estos versos de Nerón, que ridiculiza Persio, hai 
consonancia monosílaba, probablemente casual: 

Torva niimalloneis implerunt cornua bombis 
ot raptuní vítulo caput ablatum supcrbo 
bassariá et lyncoin Mccníis. . . . 

Pero es disílaba, aun({uc ciertamente casu.il, la que se obser- 
va en los finales de estos versos de Horacio: 

Non satis caí pulcra cssc pocmata. dulcia siinto; 
et quúcumquo volciit aiiimun auditoris agunfo. 

Nosotros, como los italianos i los portugueses, no conocemos 
mas que una especio do consonante, el cual debe abrazar todas 
las letras finales desde la vocal acentuada inclusive; rubí, por 
ejemplo, hace consonancia con a/e//, ulil con fútil , pálido con 
cálido; de modo que en las dicciones agudas basta la consonan- 



">■* 0?^; ■?*::: Lili* i^rsaA^j'jS : :7.r:-::5 



da mon«>5ÍIiLa. prn» rti la* üii^s o .znves tr* nocesaria la do dos 
sílabas. í U (k- tres ^n Iiseí-LriJLiLis. A^; tamuien ca la antigua 
Tersii'i«:acíoa franor^a Ii «exteasLoa j nümenj »ie ««unidos finales 
que abrazaba la rima C'xnnl-?<:a. d»?peaüa de li situación del 
acento. iÁexiio mi3R>?íI^ba "^n ris dicciones a :?u las. i en las erra- 
V'js dÍÁÜaba: penj, Cíiini:» nix? adelante ¿e Liciese demasiado débil 
o incierta la acenfeíacion de aqijella lencrja. sus [>jetasNujctaroa 
el ronvjnante a otris regli?. que ea sustancia so reílujoron 
a darle mas númer3 de letras a pr>r»'?rcion que eran mas dé- 
biles o de mas freouente o-rurrenoia los s*>nídos finales. 

Ijx coníionancia mona^ílaba pueiíe v:::*i-arso a veces en la seme- 
janza de las s<>Ias v«xa!es. c»>mo entre mn-^n i templa, entre 
rnhí i hleli: pero en este caso es esencial la ausencia de toda 
articulación final, lo cual nunca se veriaca ea el asonante, que, 
cifrándose únicamente en la semejanza de las vocales, jamas 
exije ni que haya ni que deje de haber articulaciones. Xo estii, 
puc-s, escrita en asonantes, como dice por inadvertencia un autor 
célebre, sino en consonantes monosílabos. a([uella canción 
militar de los modeneses contra los húngaros, compuesta a 
principios del síí;1o X: 

O tu, quí ser\'as armís ista mccnía. 
noli dormiré, moneo, sed viffila. 
Dum Héctor vigil exstitit in Troia. 
non cam ccpit fraudulenta Groecia. 
I*rima quiete, dormientc Troia, 
laxavit Sinon fallax claustra pérfida; 
I)cr funcm lapsa occultata agmina 
ínvadunt urbcm et incendunt Pergama, etc. 

\j\H reglas de la asonancia se pueden reducir a una sola, es 
a saber, íjue las dicciones se asemejen en la vocal acentuada, 
i en la vocal do la última sílaba, como en blanco i mármol^ 
floran i ponen, diáfnno i candido. 

Por consiguiente, en las dicciones agudas la asonancia solo 
pido la semejanza de la vocal acentuada, que es al mismo tiem- 
jHí la vocal de la última sílaba; así 7*azon i flor, jardín i 
lurqnl iifluenan lejitiinamente. 



— % . . * \ 



jaaza no conijiron.!^; n:r.s q.i: Ij-^ \xv.':s v!.::..:i::n:i>. c>:.' i<. 
las aafntua.l:i<. si Lt .>i».i. :^ :i-...-j .\j. :.:. . •.• >: %.! vl:v«:rii-v> r> :I- 
nal e inacen:u.i.lj. ía- Alii.n-vs. A-i ::i I.i : r..:;^ra si'../, a u^' 

lánro^ la v»xm1 il .•:vi:::.ir.:'.- e-? :.: cu ■ ,• ■ ri::i:r.i >.^ai a vio ..... i 

■ • • 

CfVi. a: en la sejar.i.i í ■ '. . . : i t:: I.-; ::;.::.-:'...: -- 

r»^ es nsouantevlv? .•: ■ ■ :■.'. ^-y... vU- ^'v ■ ■ •. : •I;.:: lK-o i i::t :. 
¡jii-io tk" ivi.fíjs. ij'.'.i uv ■■ •; . . 7 . liO • ■•. :. 

Las v.K-ak's vine n.^ sou '.ii^riiinc^n'.'j*», ¡ia^op* en :.i!^> J:¿^:.':ij:os 
o triptonL'us el pap.-l de ar :«. ila.i'.i!i. <. ni-.^naiKi/iiivK^'-e en vi 
mismo t¡em¡K) ((ue >i ver ialeiumonie lo faoran; í en e:\vu» 
estas vocalv-s servile.s jr. '. iv^-ii^n iiv,.ue::íenieníe Je arueula- 
ciónos. I *ür ejemplo, en ;?:.'■•• f:'.'::?'?^ la ».. so ha <u>liiuiilo a la 
c variauJo la naturalL/.:i de! s .mido, mas no su Juraoion, ni 
su imporcaneia Maüva: en los ili^ilabos i:aiiano> bia iC'K 
piíino^ hace el mi^mu paj»el ¡a L qne en las vooo.n primitivas 
6/aíico, pinna la ': la i de reinar i ;í;r\*íiir o> la </ i la •• de 
rofjnaro^ a/'er/are: i en la lensrua grriejLru los parlieipio-N en i-.,* 
terminaron primitivamente en -»;, cuyo línal conservaron los 
latinos. Así pues, la distinción que hacemos de vocales domi- 
nantes i serviles, tiene su fundíimento en la importancia rela- 
tiva de los sonidos, i está mui lejos de ser caprichosa, como 
han imajinado algunos. 

Una dicción aguda es claro que no puede asonar lejílima- 
mcnte, sino con otra de la misma especie. IVro una dicción 
grave puedo asonar con una esdriíjula. Esto, sin embargo, se 
mira ya como una licencia que los mejores versiticadoiws evi- 
tan. Otra licencia, suíicienten^nto autorizada en español, es 
la de considerar la i como equivalente-a la e, i la lí a la o en 
las sílabas inacentuadas; de manera que fácil asuena con 
grande^ i Venus con c¿e7o. 

Últimamente las dicciones consonantes (siempre que lo sean 
desde la vocal acentuada, como en castellano, italiano i fran- 
cés) son por el mismo hecho asonantes; porque la rima vocal 



70 OPÍ.SCULOS LITEIIAHIOS I ChilJCOS 

c.^ una parle intograiite de la rima completa. Por eso, en las 
obras asonanladas antiguas, se llalla gran número de conso- 
nantes; pero los niodcrnos son en esla parte mas delicados, i 
la frecuencia de las consonancias en semejantes obras se mira 
al presente como desaliño. 

Probablemente la asonancia fué en su oríjen una relajaciini 
do las le jes rigorosas de la consonancia, ya fuese con* el objeto 
de bacer menos difícil la unión déla rima con el metro, mien- 
tras continuaron en uso las reglas de la prosodia latina, que 
fijaban la duración de las sílabas; o ya condujese a ello la 
práctica, tan común en acjuel tiempo, de sujetar gran número 
de versos consecutivos a una sola rima. 

No me propongo bacer un catálo¿ro completo de las obras 
en asonantes que nos quedan de la media edad; basta a mi 
propósito demostrar la antigüedad de esta esi)ecie de rima, 
dar alguna idea de su frecuente uso i popularidad en latin i 
francés, i manifestar la conformidad de las reglas a que estu- 
vo sujeta en estas lenguas i en la castellana. 

I. La primera muestra, a mi parecer indubitable, de su 
existencki, i talvez no la mas antigua que se conserva, rs la 
que nos ofrece la cuarta de las epístolas llibérnicas, recojiílas 
por Jacobo Usserio; que es la de San Columbano. fundador 
del monasterio Boviense, i por consiguiente se escribió a fines 
del siglo VI o principios del siglo \'II. En este ritmo, s(í obser- 
varon constantemente unidas la consonancia monosílal)a con 
la asonancia, es decir que los dos íinales de cada dístico pre- 
sentan dos vocales semejantes, i también lo son la articulación 
o articulaciones finales, si las huí; verbi gracia: 

Tüluní humanuní genus ortu ulilur p.n/, 
et de simiÜ vita fine uadit ie(iu¿(l/.... 
Qiiolidic decrcscit vita prcesens <juam nwMini, 
iiKlelicienter manet kíIm peona (inam \v)v:iiil .... 
( Cogitare i^onvenil te li;t-c ciinrta. ani/rí». 
absit tibi íimare luijiis fc;rmii]am v/tre. 

Solo se ecba nn'^nos este artificio en el primer dístico, quo 
dice así: 



MiinJns ¡ste transí 1. ct qiiolidio decivscil: 
nemo vivons inanebit. nulliis vivus remansil. 

IVrü es evidente (juo diúm 1<ht.so: 

j\ruin.lus islo docrcsciL, ct ([uolidití IranslU 

jjidiénlolo así uosolo la rima, sino la división del verso en dos 
hemistiquios hcplasíla])os, a que constantemente se sujetó el 
poeta, omitiendo las sinalofas. 

lí. En la vida de Is santos padres Tason i Taton, escrita 
t?n prosa por Autperto, abad de San Vicente del Vulturno, quo 
íuurió en 778, e inserta en el cronicón de aquel monasterio, 
que publicó Muratori \Scr//>/oro.s rcviun Unlicnnimy I, p. II), 
se interpolan alíennos pasajf's en verso asonante, pero no son los 
versos los ([ue se hacen astniar entre sí, sino los hemistiquios. 
Uó aquí «los de estos pasajes: 

Munduá ad inia r/í¿t, miseros ad Tártara ducít; 
mutemus vestes: nostras Üeus instruc mentes; 
ne sit ([uod fort/s fur lutro tollere possit. 



Hic prius al)jrctíts lU postea pastor honestas, 
undenís actis posttjuain Taso prieficit annis. 
Ad tlnem di/.raiis com])lovit témpora malta, 
cjul fuerat m^Tguí/s studiis, opibus ([uoque largas. 

A([uí vemos solicitada, como en los versos do San Colum- 
bano, la semejanza compítala del final, ademas de la mera 
asonancia: ncíis^ an?i¿s; pero no constantemente, pues ve- 
mos mera asonancia en fortis^ poí^f^il; (/ara/i.<?, multa, 

Ilf. Kn esto mismo Cronicón Vidtuvnense^ escrito hacia 
1 100, se hallan otros pasajes asonantados; como los que prin- 
cipian a>>í: 

Ni spes et V7rtí>:s. mors sit honor, vivero Christa^, 
tibia nunc dícat mea luctu corda recisa, etc. 

IV. ICn las Adas de los Snntos, dia t de marzo, ha¡ un 
poema histórico en alabanza de San Apiano, monje do San 
Pedro in Ccelo Áureo, que floreció poco después do fundado 
aquel monasterio por Luitprando, rei do Lombardía; i este 



í- OPÚSCULOS LITEIIAÜIOS I CRÍTICOS 



poema consta de versos sujetos a la misma lei de asonancia 
entro los hemistiquios; verbi gracia: 

Assiduo vultítm lacrimarum Ilumine curviís 
lavit, ct cxarsit flammas oxstingucro carnis, etc. 

I si alguna vez falta el asonante, es por vicio del texto, como 
en el verso: 

Vir bonus amovit rabies et bella draconi¿m, 

en que evidentemente debe leerse c/racon/s, estoes, diaboli, 

V. A San Jebeardo, arzobispo de Ravena, que falleció en 
10-44, se le puso el siguiente epitafio, que se conserva en una 
crónica anónima del siglo XIII, publicada por Bacchino, abad 
de Santa María de la Croma, i posteriormente por Muratori en 
el tomo II, parte I, de su citada colección: 

Pontificis magni corpus jacet hic Goboardi, 
per qucm sancta donuts crevit ct iste locKS. 

Plurima donavit (juaí tal i loge lc^av¿t, 
([uie patítur Judas raptor ut ¡p.se lúa/. 

Christo funde preces; oh lector, dic míserí»rf:». 

VI. En el siglo XI, floreció San Pedro Damián, autor del 
himno: 

Ad perennis vltic foiitem mcns sitivit árida, 

que Jorje Fabricio i Crescimbeni atribuyeron erradamente a 
San Agustin. Mas de los cuatro quintos de los versos de que 
consta esto himno, que es bastante largo, asuenan entre sí; 
i la asonancia es amenudo de tres vocales, i la acompaña la 
consonancia monosílaba; por ejemplo: 

Ad perennis \livo fontem mcns sitivit árida, 
claustra carnis pra?sto frangí clausa quicrit anima, 
gliscit, ambit, eluclatur exsul, frui patr/a. 

Duní pressuris ac a?rumni8 so gcnit obnoxiam, 
quam amisit, cum deliquit, contemplatur gloria?/i; 
pra?scns malum auíct boni perdí ti mcmor/a???, etc. 



l.V lUMA 'ti 

m 

Sucede tambicii aiuciiiulo qiio las dos miladcs del mismo he- 
mistiquio asireiian cutre sí, como se ve en carn/s, frang/; 
prossur/s, cTrunin/; aui¿s/t, d<.*l/íiu¿t. 

VII. Pero talvez la muestra mas curiosa do asonantes latinos 
es la Vida de la Condí^sn. MritiUlf', escrita hacia lus años de 
1100, por Donizon, monje hrneilictino de ('añosa. EsUi obra 
tendrá poco mas o nii'nos la extensión de las Joórjicas^ i 
exceptuando el capítulo VIII dt-l libro primero, i aljxunos versos 
de otro autor, que se insertan en el capítulo III del libro se- 
gundo, está toda peri'ectainente asonantada, como se ve en el 
pasaje siguiente: 

Auxilio Z^clr/ jam carmina phnima f(»c?. 
Paulo, doce mentoni nostram nuncpliira rcfern', 
qua? doceant p(í'nas mentes tolerare serenas. 
Piíscero pastor oves Domini Pascbalis amore 
assiduc curans, comitissaní máxime síípra, 
síepo reeordatam Cbristi mcmorabat ad aram, 
ad quam dileclam studuil transmitiere qiicndam, 
praí cunctis Roma» elcricis laudabilioríím, 
scilicet ornatitm Dernardum presbyteratit, 
ac monacham plano, simal abbatem queque sancta? 
umbrosíe vallis. Partís plcnissima sanguís, 
quem rcvcrenter amans, Malbiklis cum quasi papam, 
caute suscí'pit, parens sibi mente fidclí, etc. 

Así está todo el poema; i no es este el único de su especie que 
salió de la pluma de Donizon. Otro compuso en hexámetros i 
pentámetros con el título Knavralio (íe?]r».s/.s, que en tiempo do 
Muratori se conservaba manuscrito, i por los versos que de él 
se citan se echa de ver que estaba ajustado a la misma estructura 
do rimas que el precedcrnte. 

Es bien singular que Muratori i Lcibnitz, rpie dieron sendas 
ediciones de esta Vida do MalildL\ no percibiesen la leí de aso- 
nancia a que se sujetó el autor, según lo manifiestan no pocas 
de las lecciones nuevas que proponen para aclarar ciertos pasa- 
jes oscuros. Por ejemplo, Muratori quería que se leyese coctsc 
por cerlc, durus por d ir ks, amento,'^ por amnnlos en estos 
versas: 



'i Ti»(:.s(:í;i.os litkkaiuos i ciúticos 

hi\Vi iú: crvir. pccudes hi sisiimil i?.«s^nt, 
noveral csso [ñuti miscris, allis ((uníjuc (liríí«, 
aiidíices t;nul/*in torríim >íathil(lis aiu<mtí?.s. 

I n\ ^'sto otro, 

Tulívs (x>rr/ímpis, victorcs comprimís url)/s, 

L(^¡l)ii¡t7. (•(mjotiu'ii ([U(; In verdaílcra lección no es iirbid^ sino 

VI I í. Otro escritor que usó mucho del asonanto, bien que 
no con lii constante regularidad del historiador de Matilde, 
fuóGofivdo de Viterbo en su Paritcon^ especie de crónica uni- 
versal sembrada de pasajes en verso, (|ue parecen interpolarse 
para alivio <le la memoria. El poeta no se cine a determinado 
número, especie, ni orden de rimas; pero son tan frecuentes 
las asonancias, ([ue no pueden deberse al acaso. 

]']1 poema citado de Donizon bastaria para poner fuera de 
toda duda la existencia del asonante en la versificación latina 
d<5 la media edad. La asociación de esta rima con la consonancia 
monijsílaba, (jue se ve en los escritores mas antiguos, fué como 
una transición de la rima completa a la semejanza de las solas 
vocales, en c(ue se cifra, como hemos diclio, el asonante, i a qu(í 
se limita Djnizon, siendo puramente accidentales las conso- 
nancias que se encuentran en su obra, como sucede también en 
nuestros romances épicos i líricos. Pero sería difícil decidir si 
osteartiíii'io rítmico empezó primero en el latín de las escuelas 
i monasterios, o en los dialectos romances del vulgo. Tampoco 
sabré decir si los que escribieron en latin acostumbraron usar 
el asonante en f^N'/a/ic/as* tníniorrinins^ como lo hicieron siem- 
pre los franceses, i a imitación de éstos nosotros, quiero decir, 
repitiendo un mismo asonante en gran número de versos conse- 
cutivos, i tomando sucesivamente otro i otros asonantes que, 
repetidos de la misma manera, formaban en un largo poema 
otras tantas estancias o divisiones, cada cual de una sola rima. 
Me inclino a ([ue los versificadores latinos usaron también así 
el asonante, no solo porque este jcnero de ritmo es de suyo aco- 
modatlo para este efecto, sino también porque tenemos ejem- 
plos de una misma consonancia continuada sin interpolación 



LA niMA i^ 



(le otra en í)l)ras latinas de aliíuna extensión, como en la últimn 
<lc las instrucciones de Conniodiano, en el salmo de .San Aí;:ustin 
contra los donatistas, i en la canción militar de los modoncses 
contra los húngaros. La misma uniformidad de íinal se advierte 
en el fragmento de la cantinela riistit'a con que los franceses 
celebraron las victorias de (Motario II sobre lus sajones íBou- 
qiict, Recueil III, pájjna oO.V. Es de advertir (jue estos cantares 
o se compusieron por hombres iliteratos, o fueron destinadt)s 
expresamente al uso de la plebe; i que la instrucción de ("on- 
modiano es al mismo tiempo la composición latina mas antigua 
que puetla decirse rimada. Parece, pues, que esta prolija repeti- 
ción de un mismo íinal fué una de las primeras formas que so 
dieron a la rima en los cantares del pueblo, si ya no fué la 
primera de todas; i es natural (jue se introdujese luego en la 
versificación asonante, que es la que se presta mejor a ella. 

IX. Cuando el Viterbienso escribía, esto es, por los fines del 
siglo XII, era ya comunísimo el asonante en la j)oesía vulgar de 
los franceses, que siempre le usaron en estancias monorrimas 
a veces larguísimas, i casi siempre en alejandrinos o decasí- 
labos. En alejandrinos i estancias monorrimas, esta compuesto 
el Viiije de Carloniagiio a Constaniinoplnj que es el romance 
mas antiguo que se conoce, pues se compuso, según lo indica 
el lenguaje, en el siglo XI. Existe esta curiosa antigualla en el 
Museo Británico (7ízí)//o//iec/i /íer/¿a 10, E. VIII), i la dio a co- 
nocer Mr. de la Rué (Rnpport sur los trciraüx de l'AcadémiO' 
de Caen , pajinas 198-20 1;, aunque lo que dice de su versificación 
es erróneo. En los pasajes siguientes, verá el lector clarísima- 
mente las mismas reglas de asonancia explicadas arriba, i que 
aun usan hoi los españoles. El asonante es monosílabo o de una 
sola vocal en dicciones ngudas, i de dos en las graves; por 
ejemplo: 

S.iillcnt li cscuicr, curenl de lute p.wrt. 
lis vunt as ustcls comreer lar chevaus. 
Li reis Ilugon li Korz Carlemain apelat, 
luí ct les duzce pairs, si s'trait a uno part. 
Le rei tiut par la main; en sa cambro los nien;íl 
voltive, peinle a tlurs. e a perres de crist.wl. 



tí oih;s(:i;los mtisuaimos i ciúticos 

Une a-.carbunclc i lui.sl ct clair roflíimbeal, 
confite en uii estachc del lens le reí Goli;i.s. 
Duzce lils i a bons, de cuivro et de metal, 
oreillers et velas et lincons de cendal; 
li trczinics en mi et taillcz a cumpas, etc.* 

Par ma foi, dist li rcis, Carie = ad feit folí>, 
([uand il gaba de moi par si fjrant lej^cr/e. 
llcrl)erjai-lcs her sair en mes cambres perr¿ní?.s. 
Si ne sunt aampli li gab si ciim il les distrcnt, 
Irancherai-hir les testes od nVespc'e furbi>. 
II mandet do ses humos en avant do cent milfí. 
II lur ad cumandet que aient vcstu bruniíís. 
11 entrent al palais; entur luí s'asistrent. 
Caries vint de muster, quand la messe fu d¿tP, 
il et li duzce pairs, les feres cumpainies. 
novan t vait I i emperere, car il est li plus richrs, 
el portct en sa main un ramisel de olivo, etc.** 



• La si 'filien te os traducción literal: 

Salen los escuderos, corren por toda parto. 

Van a las hosterías a cuidar de? sus caballos. 

101 rci Ilu'^on el Fuerte a Carlomacrno llamó. 

a el i a los doce pares; trájolos a parte: 

al rei tomó de la mano; a su cámara los llevó 

embovedada, piulada de flores, i de piedras de cristal. 

En olla lució un carbunclo, i claro resplandeció, 

engastado en una clava del tiempo del rei Goliat. 

Doce lechos allí hai buenos, de cobre i d© metal, 

íxlmohadas, i velludos, i sábanas de condal; 

el décimo tercio en medio i hecho a simetría, etc. 

** Por mi fe, dijo el rei, Carlos ha hecho locura, 
cuando se burló de mí con tan gran lijereza. 
Albergúelos ayer noche en mis cámaras de pedrería. 
Si no son cumplidos los escarnios, así como ellos los dijeron, 
cortarcjos las cabezas con mi espada acicalada. 

Hizo llamar de sus hombres mas de cien mil. 

» 

El les ha ordenado que so vistan (armas) bruñidas. 
F]llos entran en el palacio: en torno a él se sentaron. 
Carlos vino del monasterio, cuando la misa fué dicha, 
^1 i los doce pares, las fieras compañías. 



LA RIMA *» 



X. Otro (le los romances o poemas caballerescos mas antiguos 
que se conservan en la misma Icníyiia, es el do Guillermo do 
Orange o Guillermo el Dosnarigado (Gaillaiime un convt nez) 
(le que habla largamente Catel. (Míhnolre Oe riiisloire dfí 
LanguedoCy libro III, pajinas 567 i siguientes.) Este se compuso 
en endecasílabos asonantes, como se ve por el siguiente pedazo 
de una estancia en que se describe el combate de Guillermo coa 
el jiganto Isóres o Isauro: 

Dex! dit Guillaumc, con cist sarrazin plaidc! 
Que quis jo ci, quant je ne miM cssaie? 
Aler m'en vueil, ains que 1¡ solcux raií*, 
car no vueil pas que Loois me saclií'. 
Se cist icrt mort, perdu crent li autr(». 
Dist au paicn: tu os moult deputaire; 
pelit nio prises, et jo no te pris gaires. 
La hacho tint, á sos deux mains la hauce. 
Fiert en lo comto, mervoillcux cop lo frape, 
amont en Thcaume, si que tot li embarre. 
Sus en abat et berils et topaces, 
mes do la coilTo ne pot il trachor maille, etc.* 

Para pronunciar estos versos como se debe, esto es, como se 
cantaban en el siglo XII, i para que el oído, i no solamente la 
vista, perciba el artificio del ritmo, es menester sonar distinta- 



Dolante va el emperador, porque cl es el mas rico, 
i lleva en su mano un ramillo de olivo, etc, 

* Dios! dijo Guillermo, ^cómo este sarraceno habla! 
¿Quó pienso yo aquí, que no me ensayo en él? 
Irme quiero, antes quo el sol raye, 
porque no quiero que Luis sepa do mí. 
íSi este fuero muerto, destruidos senin los otros. 
Dijo al pagano: tú eres un gran belitre. 
En poco me aprecias, i yo no te aprecio en mucho. 
El hacha empuñaba, con sus dos manos la levanta. 
Descarga en cl conde, terrible golpe le da 
encima del yelmo, así, que lodo lo abolla. 
Abajo echa berilos i topacios, 
mas de la cofia no pudo cortar malla, etc- 



'/S oi»úsr.i:LOs litkkarios i cuíticos 



monte la a i la i en el diptuniro ¿i/, la a i la u en el diptoncro .'m/, 
cargando el acento sobro la primera voeal, como lo hacemos 
en las voces castellanas aire^ lauro. No se puede dudar que esta 
fuese antiguamente la pronunciación de dichos diptongos, como 
un medio necesario entre los sonidos primitivos latinos i los 
modernos franceses. Así fvagilií^^ í/r<ic/í¿8 se' convirtieron pri- 
mero en fraile i grállc, para pasar después ¡xfrelc i grille. Así 
de liller, altuSj so formó primero Aülrc^ liáilt^ que después 
sonai*on otre^ hot. Lo mismo so debe aplicar a los otros dii)- 
tongcM, siempre que la asonancia lo reriuiera, que en los roman- 
ces mas antiguos es casi siempre. Notaremos también, para no 
volverá esto asunto do la pronunciación, que ia sonaba en 
todos casos como en castellano, do modo que divin^ peleri\i 
asonaban en /; pero en siempre asonaba i consonaba en a; lo 
cual indica que esta última alteración de sonido sube a la infan- 
cia do la lengua francesa. 

XI. El romance de Guillermo de Orancje no es ciertamente 
l)osterior al siglo XII; i no le cede en antigüedad el de Urjcl 
Danés {Ogier le Danois), citado por los benedictinos do San 
Mauro en el tomo VIII, pajina 595 de la Historia literaria de 
Francia. El principio de esto romance, (¡ue también fue escrita 
en decasílabos asonantes, es como sigue: 

Oioz, signors; que Jcsu ben vos fací>, 
li glorious, li roiá csperitable. 
Plaist-vos oir canchón de grant linag^; 
-C'cst d*Ogicr, l¡ duc de Dancmarchc* 

XII. Otra jesta escrita en endecasílabos asonantes es la de 
Guarínos de Lorena (Garins le Lolierains) frecuentemente 
citada en los glosarios de Du Cange i Itoqueibrt, i de que coj)ia 
algunos pasajes Sinner en sus extractos de poesías del siglo X 1 1 1 , 
aunque pertenece indudablemente al anterior. Conviene adver- 



* Oíd, scñoros: que Josiis os liaqa bien, 
rl í^lorioso, el reí espiritual, 
í'légao.sí oir canción de írran nobleza; 
Hla es de TJrjol. duque de Dinamarca 



LA IlIMA Tí) 

tir que los varios manuscritos de este romance, si bien seme- 
jantes en la sustancia de las cosas, difieren mucho en el lenijuaje 
i versificación, habiéndose procurado reducirla a consonantes 
en los mas modernos, como se puede juzgar pnr el principio, 
que en el códice de la biblioteca de Berna es como si^rue: 

AMelle cliíinson voirc vucillcz o/r, 
de grant isünro el de morvcillous pris. 
si com li wanrlre vindrent en ccsl pais/ 

I en el coilico de Mr. Roquefort: 

Viclle clianson voire ple->L-vos oir, 
de bon ¡stoiro. vos dirai sauz mentir, 
si com li vendré par inerve illeus air 
vindrent en France crestiens envair.*' 

XIII. También parece di'I í^íl^Io XII el V7aje de f Uirluniaij^ 
no a Jcrusalen, escrilo en alejandrinos asonantes, i mencio- 
nado por el mismo Sinner en su catálogo de la l)il)I¡otcca de 
Berna; donde se copian, entro otros versos de este romance, los 
que siguen: " 

De-ior b'cn va Hasin sans nulc donioiínicí^, 
ct a passée Luques, Lond)ard¡e et IMaisancr... 
A París est venu li dus par un dimange. 
La trova Charlcniaine, Ion riche roi do Francr*. 
(]ui de sos douzo pers menoit si grant morancí;. 
par son nevcu liolland tire sa barbe blanclie, ele.*** 

* Vioja canción verdadera (juieran oír, 
(le grande historia i de maravilloso precio, 
de cómo los vándalos v¡nit'it>n a este país. 

** Vieja canción venladera plegaos oír, 
de buena liistoria, os diró sin mentir, 
de cómo los vándalos con terrible furor 
vinieron a IVancia, los cristianos a invadir. 

*** Vaso luego Basino sin ninguna Lirdanzu. 
i. ha pasado a Lnca. Lombardía i Plasencia. 
A í^aris ha llegado el duque un dia domingo. 
Allí encuentra a Carlomagno, el rico rei do Fraiiri;i, 
que por sus doce pares hacía tan gran duelo. 
Por su sobrino Roldan, mesa su barba blanca, ctc 



NO OPÚSCULOS LiiKnAHios 1 curncos 

XIV. A la misma especie do verso i rima que el precedente, 
i acaso también a la misma edad, iK.ntcnece el romance de 
Guido do UovQOña^ manuscrita de la biblioteca harleyanadcl 
Museo Británico (N.** 5*27), como es fácil ver por este pasaje: 

Un malin se leva Karlos de Scint Denise, 
dovant lui fist niander la richo Iraronie, 
ct cil vionnent luit, ka no Tosent desdiré. 
II lur a reisoné, si lur a prist a d¿re: 
seignurs, dist lempercre, na lerrai ka nc vus die: 
si vus tus le volez, mun quer le desire, 
ke cestas damos rolurnont a Franca la garn¿c, 
sí menent avec ellci lur nieca^ et lur ñlles, etc.* 

XV. Muchas estancias del Jerardo de Viena i del Buéves 
de Cominarchis (Códice 20, B. XIX do la Bibliotheca Regia 
del Museo Británico), son también asonantes, pero en la 
mayor parte se ha procurado reducir estos poemas a la rima 
completa, alterando, según yo pienso, el texto primitivo. 
Compúsose el primero en endecasílabos, i el segundo en ale- 
jandrinos, que, como he di(^ho, fueron las medidas a que so 
apropió el asonante, pues el único ejemplo que he visto de 
esta rima en otra especie de verso, es el cuento de Aucassin 
et Nicolette^ escrito alternativamente en prosa i verso hepta- 
sílabo. Sus pasajes versificados son otras tantas estancias mo- 
norrimas; verbi gracia: 

Quant or voit II qucns Garins 
da son cnfant Aucassin, 
qu'il na porra departir 
de Nicolclto au ciar vis, 
en uno prison Ta mis, 



* Una mañana se levantó Carlos de San Dionisio; 
a su presencia liizo llaniar la rica baronía; 
i ellos vienen todos, que no le osan desobedecer. 
Reñores, dijo el emperador, no dejaré de deciros: 
si vosotros todos lo queréis, mi corazón lo desea, 
que estas damas se vuelvan a Francia la guarnecida, 
i lleven consigo sus sobrinas i sus hijas, etc. 



LA RIMA 81 



en un celier sosterin, 
qui fu fais do mabre bis. 
Quant or i vint Aucassin 
dolans fu, ains no fu si. 
A demonter si so prist, 
si com vos poroz oir: 
Nicolotto, flors de lis, 
douce amie o le cicr vis, 
plus es douce que raisins.... 
L'autrier vi un pelerin, 
nos estoit de Limosin, 
malades do resvertin. 
Si gisoit cns en un lit, 
moult par estoit entropris, 
de grant mal amaladís. 
Tu passas devant son lit, 
si soulevas ton traín, 
et ton polisón ermin, 
la comise de blanc lin, 
tant quo ta gambette vis. 
Garis fu li pelerins.... 
Douce amio, flors de lis, 
biax alers, et biax venirs, 
biax jouers, et biax bordirs 
biax parlers et biax delis, 
dox baisers et dox sentirs, 
ñus no vos poroit hair. 
Por vos sui en prison mis, 
en ce celier sostorin, 
u je fai moult malo fin. 
Or m'i convenra morir.* 



* Cuando, pues, vo el conde Guarinos 
.1 su hijo Alcasin, 
que no lo podrá separar 
do Nicolcta la de linda cara, 
en una prisión lo ha puesto, 
en una bóveda subterránea, 
que fué construida de mármol pardo. 
Cuando, pues, vino a ella Alcasin, 
doliente fué; jamas lo fué tanto. 

OPTJSC. 11 



82 OPÚSCULOS LITERARIOS I CIÚTICOS 



Puede verse este cuento, escrito con mucha gracia i sencillez, 
en la colección de fiibliaux cIq Barbazan, tomo III, edición 
cíe 1808. 

Creo que bastan estos ejemplos pava convencernos de la 
semejanza al>soluta entre el asonante de los franceses i el nues- 
tro. En efecto, la antigua poesía castellana se amoldó en este, 
como en otros puntos, sobre el €*stilo i reglas de la francesa. 
Sin embargo, hai una particularidad, vn que parece a primera 
vista que se diferenciaba la asonancia del Cid i de nuestros 
primeros romances, de la ((uo usaron los franceses desde el 



A línnejitar so puso, 
asi como podréis oír: 
Xk'oleU, ílor de li<?. 
dulce airti'^ív. la de linda cara, 
irvas dulce cros que uva. 
Hl otro dia vi un iKM*eu:rin(\ 
untural era del liiniosiiu 
enfermo de perlesía. 
Deutro yacía eu una cama, 
líiui mucho esL'd)a impedido, 
de urrave mal postrado. 
Tú pasaste ante su leclio, 
alzaste un poco la falda, 
i tu póliza do armiño, 
i túnica de blanco lino, 
asi que el pié te vi. 
Curado fué el |v>i'eí.rrino. 
Didco ami^-a, ílor de lis^ 
l)ellas idas, bellas venidas, 
bello ju'4:ar, bello triscar, 
bello hablar, bello solazar, 
dulces besos, i dulces alientos, 
nadie pudiera aborreceros. 
Por vos, estol en prisión puesto, 
en esta bóveda sul)terránea, 
donde lle'.^o a nnii mal Un. 
Aquí me será fuerza morir. 

En la ífisforiadt^ lalitnmttirn del mediodiade la Europa por Sis- 
mondi. hai al^nmos e.xtractos de oslo cuento, pero corrompidisimos 
por f;dla do conocimiento en el lon^nu»je antiguo francos. 



siglo XI, i (le la que usamos hoi din nosotros. Según nuestra 
práctica actual i la de los trovadores fraticesea, no asuenan nun- 
ca las dicciones agudas con las fjravcs; pero nada es mas común 
en la antigua versificación de los castellanos, Criador, por 
ejemplo, asonaba con albores, voluntad con mádfe, corles 
con León, Calvári con Go/¡joíá. Esto, sin embargo, «olo so 
verificaba cuando la última vocal de la dicción grave era la e 
o la í, vocales do sonido débil aun en nuestra pronunciación 
moderna, i que lo eran mucho mas en la antigua; pues a veces 
no se hacia caso de ellas, ni aun para la medida del verso. Por 
consiguiente la e o la t no acentuada de la última silaba so mira- 
ba como muda, i lulvez so suprimía del todo en la pronuncia- 
ción, en gracia del asonante; licencia, quo también estaba en 
uso hasta cierto punto en ol francés de aquella edad, convir- 
tiéndose, por ejemplo, porte en port, parólet en pavtííí , /loirt ine 
en kom, para quo asonaran en o; do manera que toda la dife- 
rencia parece consistir en ipie loa franceses lo haoian raras 
veces, i entonces tenian cuidado (le escribir las sílabas como 
debían pronunciarse. 

Cuando se comenzaron a publicar nuestros romancea -viejoa, 
se percibió la necesidad de escribirlos de modo que se salvase 
¡disimulase aquella imperfección de la rima, Pero so hizo lodo 
lo contrario do lo que debiera haborso hecho, dando una e ina- 
centuada a las dicciones agudas «n vez de quitársela a las 
graves. No hai duda que e! primero do estos arbitrios debía 
Bcr mas agradable al oído, i mas conforme a la presento pro- 
nunciación del castellano, que no permite multiplicar las ar- 
ticulaciones finales de los vocablos, ni toniiinarlos en U, ch, u 
otras letras. Pero los autores de aquellos romances no juzgaron 
ni sintieron como nosotros; i si se hubo de darlos a luz como 
fueron escritos orijinalmente, no debió tratarse do contentar at 
oído a expensas de la razón i de la verdad, creando formas 
nuevas de palabras, que no se oyeron en ninguna época de la 
lengua. Pur ejemplo, ¿con quó podrá autorizarse el escribir 
mase (mas), yae (ya), /iae(lia),es/ai-á5e [estarás), i otros vocablos 
semejantes, de que abundan los romances impresos? Es ncoe- 
sario no haber saludado las antigüedades castellanas, para 



84 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



persuadirse que en tiempo alguno liaya sido tal la pronuncia- 
ción de estas palabras. 

Entre nosotros, ha llegado a ser Ici jeneral de toda composi- 
ción asonantada, que solo las lineas pares asuenen; pero no 
fué así al principio, antes bien, todos los versos asonaban, 
formando ordinariamente largas estancias monorrimas, como 
hemos visto que era la práctica de los franceses. El alejandrino 
i el endecasílabo, fueron también en castellano las únicas 
medidas en que so empleó la asonancia; pero nuestro alejan- 
drino asonante, abandonado casi enteramente a los juglares, se 
hizo menos regular i exacto en el número de silabas, que el 
de los franceses, como se puede ver en el Poema del Cid; i do 
sus dos hemistiquios, escritos como versos distintos, nació lo 
que hoi llamamos romance octosílabo^ porque al fin prevaleció 
la costumbre de darles ocho sílabas con el acento en la sépti- 
ma, en lugar de siete con el acento en la sexta, que hubiera 
sido la estructura correspondiente al alejandrino exacto. En 
efecto, a pesar de la gran rudeza de los versos, o sea corrup- 
ción del texto primitivo, del Poema del Cid^ hallamos en él 
muchos pasajes, que con solo separar los hemistiquios, se con- 
vierten en otros tantos pedazos de verso octosílabo, no mas 
irregular que el de los que llamamos romances viejos. 

Es, pues, claro, que en este metro la asonancia alternativa 
solo so debo a la división del antiguo verso largo en dos cortos, 
a en otros términos, a la práctica de escribir los hemistiquios 
como versos enteros. El de siete sílabas con asonantes en las 
líneas pares, como el de las Barquillas do Lope de Vega, de- 
bió del mismo modo su oríjen a la separación de los hemis- 
tiquios del alejandrino exacto de asonancia continua, como los 
siguientes del Cid: 

Tornaba la cabeza, 
e estábalos catando, 
vio puertas abiertas 
e uzos sin cannados, 
alcándaras vacias, 
sin pieles e sin mantos, etc. 



I.A RIMA 35 



En otra parte, he indicado el oríjen de que probablemente 
nacieron nuestras seguidillas; es a saber, del endecasílabo fran- 
cés de esta estructura: 

Moult fu quens Turgibús | do grant vailIáncOf 
quant par che valer íe | s'en vint en Frunce . 

{Fabliaux do Barbazan, tomo II, páj. 217, 

edición de 1808.) 

Dividido cada uno de estos versos en dos, alterna el de siete 
silabas con el de cinco, i la rima (sea consonante o asonante) 
queda en las líneas pares. 

En cuanto al endecasílabo con asonancia alternativa, que 
llamamos romance heroico, esta es una invención modernísima, 
desconocida aun en la edad de Lope de Vega i de Calderón, i 
contraria a los principios i práctica de los antiguos. No es me- 
nester volver a la versificación del Poema del Cid para pro- 
barlo. Usábase introducir este metro en los estribillos de los 
romances líricos, pero siempre con asonancia continua, como 
en los siguientes del Romancero jener al: 

Todo el sagrado mar junto no basta, 
cuando el fuego do amor el alma abrasa. 

Tanto os cansa mi vida, tanto tarda 
el verdugo cruel que la amenaza. 

¿Cómo podro vivir, si me combaten 
sinrazones, amor, olvido i cárcel? 

En el romance Después que te andaSj Marica^ se pono este 
absurdo estribillo: 



LfCase: 



Miedo me pones, niña Bivero, 
de que tienes de aflojar en mis amores. 

Miedo me pones, niña, vive Ileródes, 
que tienes de aflojar en mis amores. 



Resulta de todo, que el rimar en nuestras obras asonantadas 
una línea sí i otra nó, se debió primeramente a la división do 



8C OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



un verso en dos; ¡ que esta alternativa, que hasta fines del siglo 
XVII solo se vcriricaba en los versos cortos, se extendió poste- 
riormente a los largos. Voi a terminar este discurso, con algu- 
nas reflexiones sobre la naturaleza i usos del asonante. 

Algunos condenan esta especie de rima como imperfecta i 
bárbara. Pero ¿qué principio liai en la naturaleza de las cosas, 
que, una vez admitido el homeotelcuto i semejanza de termi- 
nación para señalar el ritmo, prescriba que esta semejanza sea 
inas bien de un modo que do otro? Pudiera mirarse el asonante 
como un artificio pueril, de la misma clase que los acrósticos, 
laberintos i otras invenciones en que so deleitaron edade^s 
menos cultas, cuando no fuese inmediatamente perceptible al 
oído; pero, aunque las relaciones que cxije entre los sonidos 
finales no sean tan obvias como en la rima completa, lo son 
suficientemente para los objetos de la versificación; i lo son en 
tanto grado, que en los romances í seguidillas, dos jéneros de 
composición los mas favoritos del vulgo, se emplea rara \et 
otra rima que la asonante. 

Otra tacha que suele ponerse a esta especie de rima es el ser, 
según so dice, demasiado fácil. Pero, por mucho que lo fuese, 
nunca podría serlo tanto como el verso suelto. No convendré, sin 
embargo, en que el asonante, perfeccionado por nuestros poetas 
castellanos de los siglos XVI i XV'II, haya de darse como un ar- 
tificio rítmico demasiado fácil, adecuado solo para el diálogo, o 
para cantares del vulgo. Disminuyen muclio la facilidad de 
las rimas la necesidad de repetir muchas veces una misma, 
la priictica do evitar el consonante, que en algunas terminacio- 
nes es frecuentísimo, i la mayor correspondencia que delxs 
haber entre las pausas de la versificación asonantada i las del 
sentido. Cuando en el asonante disílabo la vocal inacentuada 
es la e, no es miii fácil seguirle, sol)re todo si la vocal acentuada 
os la i o la a. Las combinacioues da, (5o, úa, i úo son también 
difíciles de seguir; i en jeneral todo asonante en que la vocal 
acentuada es la ?.(, es do mucho mayor (Uficultad que la rima 
completa. Ademas es bien sabido que hai asonantes sumamen- 
te difíciles i en que sería de todo punto imposible componer 
dos o tres centenares de versos. 



De las tres csiiocius ile rima qno han cstailií en uso cu las 
l<;ng(ia.s du t^urojia, la atitci'ativa, la asonante i la consonante, 
la primera mo jnrL'ce ((ite ilehe ser la menos agi-ailaUc, so^un 
la observación justísima ile Cicerón, notslur max'nne .ttmi- 
lihido in conqniiiscendo^ De las otras dos, la consonante es 
preferible para las rimas pareadas, .cruxudas, o de cualquier 
utro modo mezcladas; pero lii asoiiaoto es, no solo la mas a pro- 
jiúsito, sino la única (jue puede ot'rne con gusto en largas es- 
tancias, o compusicionos mieras monorríniicas. El consonante ' 
08 igualmr-nte perceptible i agradarlo en todas las lenguas; 
pero, así como la nliterai^ion es moa acutnodadtk para los dialec- 
tos jermánicos en (¡uo duminan las artículacioneü, asi el aso- 
nante so halla mejor con arpiellos otros idiomas, que, como el 
castellano, abundan de vocales llenas i sonoras. 

Una ventaja, si no me engaño, lleva el asonante a las otras 
especies de rima, es a saber. «lue, sin caer en el inconveniente 
tiel fuíitidio i monotonía, produce el eícclo de dar u la composi- 
ción cierto airo i colorido particular, según la asonancia quo se 
emplea, lo que tal vez proviene de que cada vocal tiene cierto 
carácter que Ic es propio, demasiada débil para pcrcihtrso desde 
luego, poro que con la repetición toma cueri>o ¡ so hace sensi- 
ble. Según la impresión que dejan en mi los varios asonantes, 
creeria que a1i;unos de ellos so adaptan mejor que otros a 
ciertos afectos; por ejemplo, las vocales llenas a, o me parecen 
convenir mejor a los asuntos ^iraves i magníücos;* la i, por el 
contrarío, a lo pati^tico i a la elcjía. í^in embargo, esmui fácil 
que esto o aquel sonido hablo do ua modo particular al espíritu 
do un individuo, en virtud de asociaciones casuales, i por con- 
siguiente eiTÓneas. 

Lo que sí creo ciertísirao es que, cuanto mas difíciles los aso- 
nantoK, otro tanto son mas agradables en sí, prescindiendo de la 



* Fastiim et insenitam liiapaiioruiii ^rttvitateni. horma quoquo 
inetn Bcrmonl (acilo quls doproltondet. si qiiis er^brnin repetitionem 
Ittcrw A, vocaliam lun^e míLn¡lleonU?!4im.T. «peotet... Sed et crebrn 
flnatla clausula in o vel os grande quid sonnt. Isanc Vossiiis.De poc- 
tnaluin cantu et viribus rUylhmi. 



83 OPIJSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

conexión que puerlan tener con laa ideas o afectos; ya s 
el placer pro.lucido en nosotros por cualquiera especie ele me- 
tro o de ritmo, so proporcione en parto a la dificultad vencida; 
o que el oido se pague mas do aquellos Onales que le son 
menos familiarea sin serle del todo peregrinos; o sea finalmen- 
te que la repetición de estos mismos finales corrija i tempere 
la superabundancia de otros en la lengua. 

Nuestros poetas modernos no han sacado quizá todo el par- 
tido que pudieran de estos diferentes colores i caracteres de la 
asonancia, para dar a sus obras el atractivo de la variedad» 
rao parece que en el uso de ella se han impuesto leyes 
masiado severas, i que en realidad perjudican a la armonif 
Que se guarde un mismo asonante en los romances líricos, 
letrillas i otras breves composiciones está fundado en razón; 
pero no comprendo porqué motivo se haya el poeta de sujetar 
a uno solo en todo un canto do un ¡wenia épico, aunque cons- 
te de mil o mas versos, sin que pueda atesarse en favor de esta 
práctica ni el placer del oído, a quien, lujos de agradar, ator- 
menta el martilleo de una desinencia tantas veces repetida, 
ni el mérito do la dificultad, liabiéndola sin comparación mayor 
con la variedad de la asonancia, que en seguir indefinidamente 
una sola, apelando a ciertas terminaciones inagotables, como 
to hace por necesidad, dejando laa menos abundantes, quo 
Hun sin duda las mas gratas. 

Ya que se ha querido añadir a las tres unidades del drama 
la del metro (que no prescriben Aristóteles ni Horacio, ni es 
conformo a la práctica de los antiguos" dramáticos castellanos), 



" *In comcedia máxima claudieamus, Ucet Tcrvnlii scripla mt 
Scipionem Africanum Teferanlur; qux lamen in hoc genere suní 
eleganlissima, nt plus adhuc hahitvragmlÍK.ei iiifra versus Irime- 
trOB sletissent. Quintiliauo, Instilutío Oratoria X, I, Mirificum sano 
maj^ni rhetortci judicium. Úptabat acilicot ut Tabula Terentianre, quse 
in primo cujusquc actu ac scvna a trlmetris inchaantur, eodem metra 
BC tenore |x;r omnes actas sconnsqtiQ docucurríascnl. CrcdereR protoc- 
to hominem nuaquam scenam vidíase, nuuquam comcedum par- 
tes Buas agcnlom spcctavisse. Quid voluit? Quod nec Menander, neo 
ullus grcecornm fecít, Tcrcntiiis ut (nceretf ut ira, metus, exultatio. 



LA IlIMA 80 



pudiera a lo menos habérsele dejado la variedad de rimas, que 
tanto deleita en las comedias de Lope do Vega i Calderón. 
¿Por qué no so ha de diferenciar el asonante a lo menos en 
las diferentes escenas? ¿Por que no se han de realzar de este 
modo los lances, las impresiones, las inesperadas transiciones 
fle un afecto a otro; ya que no variando do metro, como lo 
hicieron todos los trájicos i cómicos, griegos i latinos, a lo me- 
nos variando la rima? 

Esta nueva unidad ha contribuido a la languidez, pobreza i 
falta do armonía, que con pocas excepciones caracterizan el 
teatro español moderno. Ella da a la versificación una mono- 
tonía soporosa, obligando al poeta a renunciar las asonancias 
mas agradables, que son, como lo hemos observado, las mas 
difíciles. 



dolor, gaudium, et quietse res et turbata?, codem metro lente age- 
rcntur? Ut tibiccn paribus tenis porpetuoque cántico spectantiim 
aures val dclaflarct vcl offondcrct? Tantum abest ut co pacto plus 
gratise habitura csset fábula ut quantumvis bcne morata, quantumvis 
bello scripta, p^ratiam prorsus omncm perdidisset. Id primi artis in- 
ventores pulcre videbant; delcctabant orgo varietate ipsa, divcrscique 
t¡6í) x' :cáOr) diverso carmine repra^sentabant. Bentley; SxeSo(;[xa. 



HOMANCIÍS DEL CICLO CARLOVINJIO 



Los mas antiguos poemas narrativas de que los troveres nos 
han dejado muestras, o al menos noticias, 36 compusjpron en 
alabanza de Carlomagno, i do los principales magnates do su 
corte; pero sucedió lo que era de esperar un obras, cuyos auto- 
res se propusieron por principal objeto entretener a sus oyen- 
tes. Las proezas de aquellos guerreros se abultaron de unos en 
otros romances. Sus tradiciones se plagaron de milagros i 
encantamientos. Los hechos de unos se atribuyeron a otros 
por equivocaciones a que dio lugar la semejanza de nombres 
o de alguna circunstancia notable. De esta mezcla de errores 
históricos e invenciones [loéticas, resultó aquel mundo mitoló- 
jico cíe reyes i caballeros, emires i jigantes, desafíos i batallas, 
que existia ya a fines del siglo XI, según parece por la Crónica 
del pacudo Turpin' en que se refundieron algunas de las tra- 
luiciones i leyendas populares, que entonces corrían. 

Si el objeto con que se escribióla Crónica, no fué otro, como 
lo maniliestaella misma, que promover las miras de engran- 
decimiento do un prelado do España, es evidente que el autor 
no sacó de su cabeza todos los hechos que refiero. Lo que se 



• Mucho 36 ha escrito sobro Turpin i su Criiníca. De las investiga- 
ciones que hice sobre esto asunto durante mi residencia en Europa, 
resulta probarse hasta la evidencia que In Crónica so compuso en Oa- 
lícía por loH años do 1092, i quo su autor no fué oapañol sino trancos. 
Por una not.-U>le coincidencia do indicios se oohjo quo la escribió Dal- 
inaciú, monje benedictina francés, i obispo de Irla. No puedo exhibir 
ahora los fundamentos quo mo asisten para pensar así. porque ocupa- 
rían demasiado espacio. Me propongo someterlos en breve al examen 
4e los intelij«ntes. 



O- OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



debe pensar es que mezclaría las fábulas de su invención con 
otras que andaban ya acreditadas por escritores de mas anti- 
güedad. De otro modo no era posible que ni aun en aquella 
edad ignorante i supersticiosa se mirase su pretendida historia, 
sino como un tejido de patrañas. Dejando a un lado todo lo 
perteneciente a Compostela, i ciertos milagros i revelaciones 
que tienen mas do monacal que de romancescp, creo que, en 
cuanto a las hazañas de los franceses en la Península, i a la de- 
sastrada derrota de Roncesválles, fué un mero compilador, i 
que Reinaldos, Oliveros, Argolando, Ferraguto, Marsilio, i 
otros muchos de los personajes que menciona, eran ya conoci- 
dos cuando él tomó la pluma, i habian figurado algún tiempo 
en los romances i jestas. Por eso muchas de aquellas ficciones 
tienen ciertas sombras i lejos de historia. 

Es hecho cierto que los sarracenos se apoderaron a prin- 
cipios del siglo VIII dcNarbona i de la Septimania; i que infes- 
taron poco después la Aquitania i la Borgoña hasta amenazar 
a Poitíers i a Tours; pero el que los rechazó i venció fué 
Carlos Martel, cuyos hechos se confundieron en los roman- 
ces i tradiciones vulgares con los de Carlomagno. Es hecho 
cierto que este príncipe hizo una espedicion a la Península, 
i ocupó gran parte del país entre los Pirineos i el Ebro; no a 
la verdad llamado por el apóstol Santiago, sino por algunos 
principales sarracenos, que intentaban con su ayuda restable- 
cer la dominación de los abasidas, destronando al emir al 
Moumeniín o Miramamolin Abderrama. Estas mismas voces 
emir al pasaron a los romances en el título do admiral o 
amiraldo, que se da en ellos a los califas, verdaderos o imaji- 
narios, de Babilonia, Persia, España, etc., i que encontramos 
ya en la Crónica de Turpin. Es hecho cierto que Carlomagno se 
apoderó de Pamplona, i la desmanteló; circunstancia que dio 
oríjen a la fábula de la milagrosa ruina de sus muros, debida, 
según Turpin, a la intercesión de Santiago. Es hecho cierto 
que Aquisgran fué hermoseada por el mismo príncipe i ador- 
nada de edificios suntuosos hacia 796;* de modo que Turpin en 



* Sismondi. Histoire des franjáis, paj. 355. 



HOVANCBS DEL CI(XO CAflLOTtXJlO 



•n 



esta ¡Mrte se alejÓ apenas de la verdad. En U comitiva de tie- 
rreros que acompañan a Cariomagno, hai varios pprsonojps his- 
tóricos, si bien algunos grandemente desfigurados. Do Koldnn 
o Rotulando, se sabe que era g'obcrnailor do la costil de Bretaña, 
i que de hecho fué muerto en el descalabro ((iio padeció la 
retaguardia del ejército franco, asaltada por los muntaüpses 
ga-íconcs; función en que murieron otros principales señores, 
i de que se fabricó por los poetas la batalla de Ronoesvállcs, 
tan célebre en las leyendas romancescas do Cariomagno.' G»Í- 
réros, reí de Burdeos, es Woifer o Guaifur hijo de Uunoldo, 
duque do .\quitania; aquel Waifer, que estuvo largo tiempo en 
guerra contra Pipino el Breve**, i cuyo sepulcro se mostraba 
extramuros de la ciudad de Burdeos, aunque por babei-so gas- 
tado un poco la inscripción, creyó el vulgo que era Caifas quien 
estaba allí sepultado.'" Urjel Danos (OQcriua Rex Daiti) fué 
caudillo de una do las expediciones do piratas normandos que 
en el siglo IX infestaron la Francia.**" El nombre mismo de 
Turpin es una corrupción del de Tilpin, que fué verdadero 
arzobispo de Reims ¡contemporáneo de Cariomagno; Ganelon, 
a quien los castellanos llamaron Oalalon, no es otro, según 
Ducatel, que Wenilon, que de hombre bajo fué heeho arzobispo 
dA Sena por Carlos el Calvo, a cuyos beneficios corresiJOndio con 
ingratitud i traición, abandonándole para seguir el partido do 
Luis el Jermánico."*" Asi que, en el Cariomagno do Turpin i 
de los antiguos romances tenemos tres Carlos ilistintos: Carlos 
Martel, Cariomagno i Carlos el Calvo. El jefe de la raza carlo- 
Tínjia oscureció las glorias de las otras personas de su nombre, 
i se engrandeció con sus despojos, a manera do un rio cauda- 
loso que, sin mudar el suyo, arrastra los tributos do una mul- 
titud de vertiente». 

Lo oscurecidos i desfigurados que aparecen estos pci-sonajet 
i aucesos en Turpin, manifiesta que esto falsificador no consultó 



* Siomondi, //ísíoíre des fran^.ais, tomo II, páj. S6i. 

** Sismondi, JUstoire des francais, tomo 11, pnj. 2üt, i siguientee. 

■'• Diicatol, Mémoires de Languednc, pAj. 510. 

**•' Sisinondi. Ilistoirc des franquis, tomo 111, p¡ij. 107. 

••*•• Ducatel, Mémoiret de Lauffwedoc, pAj. 54(i. 




04 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



las memorias auténticas de Carlomagno, i que las fuentes 
donde bebió estaban ya turbias con las consejas del vulgo i las 
invenciones de los poetas. Do otro modo, no hubiera incurrido 
en equivocaciones tan groseras; no se hubiera llamado Turpin, 
sino Tilpin; en una palabra, hubiera acertado a injerir con 
mas arte lo fabuloso en lo histórico. Su interés era que su 
Crónica fuese mirada como una relación auténtica, escrita 
por un testigo ocular de los hechos; por consiguiente de- 
bió conservar con la mayor fidelidad aquel fundamento de 
verdad, en que trataba de apoyar sus cuentos i sin el cual no 
era posible acreditarlos. Si no lo hizo, fué porque siguió incau- 
tamente a los romances, o a crónicas que los habian copiado, 
creyendo encontrar en unos u otros aquel fondo de historia, 
que necesitaba para sus mentidas apariciones, concilios i 
privilejios. 

Hallamos también en la Crónica de Turpin indicios claros do 
que en su tiempo corrian ya romances llenos de proezas fabulo- 
sas de Carlomagno i de otros personajes de la historia do Fran- 
cia. Turpin alude lijeramcnte, como a cosa sabida, a ciertas 
aventuras de Carlomagno en España, durante su destierro de los 
estados paternos; como fueron el haberse refujiado a Toledo, 
corte del almirante Galifer o Galafre, de quien recibió la orden 
de caballería, i cuya hija tomó por esposa, i el haber hecho la 
guerra i dado muerte a Braimante, rei árabe, enemigo de su 
suegro. Tenemos en estas aventuras un romance perfectamente 
caracterizado, i el mismo en que después se ejercitaron mul- 
titud de plumas de varias naciones, entre ellas la del italiano 
que compuso / Reali di Franza, que es de los primeros tiempos 
de la lengua italiana. Esto destierro de Carlomagno parece tuvo 
su fundamento histórico en algunos sucesos de la juventud de 
Carlos Martel, que cayó en desgracia de su padre Pipino do 
Hcristal, i estuvo efectivamente desterrado de su corte, i preso 
en Colonia en poder de su madrastra Plectruda; de modo que 
aquí, como otras veces, confundieron * los poetas vulgares a 
Carlos Martel con Carlomagno, i a Pipino de Ileristal con 
Pipine el Breve. Las aventuras de aquel romance estaban ya 
bastante acreditadas en España misma, cuando escribió el arzo- 



ROMANCES DEL CICLO CARLOVINJIO 95 



bispo don Rodrigo, que alude lijeramente a ellas.* IVto aun 
testifica mas positivamente Turpin que en su tiempo era ya 
antigua la costumbre de componer rtílaciones rm'trujas de he- 
chos caballerescos, cuando, al mencionar a un O^olo, conde de 
Nántes, dice de hoc caíiitur cantinela usque in hodiernnm 
diem, quia innúmera fccil rnirabilia. 

Do las antiguas cantinelas o jestas de los trovcre*^, la do mas 
celebridad fué la de Rotolandoo Roldan, a quien llamaron los 
castellanos Roldan, i los italianos Orlando; rej)n^(hic¡ila sus- 
tancialmento por el pseudo Turpin. De su existencia a mediados 
del siglo XI tenemos un dato auténtico. En la batalla de Ilas- 
tings (1066;, un caballero normando, llamado Taillafer, lanzó 
su caballo en las filas enemii^as, entonando el caulu do líoUlan, 
Roberto Waoe, poeta anglo-normando del siíj^lo XII, en su 
Román da liou, refiere este hecho en versos que traducidos 
dicen así: 

Tailliifer, quo mui bien caiHaba, 
en un caballo que velozmente corría, 
delante del duque iba cantando 
do Carlomagno i de Holdan 
i de Oliveros i de los barones 
quo murieron en Ronces val les.** 

Guillermo de Malmesbury, í|ue floreció a principios del mis- 
mo siglo, había ya mcmrionado este hecho, i el ilustro historia- 
dor de la Conquista de hujlalj^rva por los ñor mundos le ha 
dado lugar en su relación de aquella famosa jornada. 

No concil)o en qué se fundase M. de la Uue*** para creer que 



* De rebus Jíispanis, lib. IV, cap. 10. 

** La Cantinela Rollandí, o Chanron de Rollant, no era una canción 
lírica, como haa creído aleonaos, iirnorando sin duda que las jestas 
versificadas solían llamarse cliansons i canlinelce. Los troveros no han 
dejado muestras de composiciones lincas en alabanza do nadie; i por 
el contrario no son pocos los romances franceses a que sus autores mis- 
mos dieron el titulo de chansnns, como el de la Jcsta de Mió Cid 
llamó cantares las secciones en que la dividió. 

*•* Rppnd de.'i travaux de l'Anad*}ni¿e de Caen, citado por Uoquefort,. 
Po€&ie franraise des sientes XÍI et XIII, p. 206. 



9Ú ÚPÜSCLiLUS LITEnAllEOS I CRÍTICOS 

este romanoe de Roldan, cantado por Taíllarer, fuose el del V^ 
jo de Carloma.gno a Jerusalen í Conslantinopla, que se cotf 
serva manuscrito ¡i es el único ejemplar conocido) en el Museo 
Británico de Londres,' donde tuve ocasión de leerlo. El asunto, 
como lo indica el título, es una peregrinación de Carlomagno 
i lüs doce pares a la Tierra Santa, de donde volvieron cargados 
de reliquias. Pasando por la capital del imperio de Oriente, se 
vieron en peligro do perecer a manos del emperador llugon, 
(¡ue, oncoleriíado por eiia bufónicas fanfarronadas, les amenazó 
con la muerto si no las ejecutaban al pie de la letra. Se sal- 
varon con ol auxilio del ci^Io. 

Este romance nos ofrece una muestra muí notable del uso an- 
tiguo del asonante en la epopeya caballeresca. Está escrito en 
alejandrinos, i dividido en estrofas desiguales, do gran número 
de versos, quo en cada estrofa terminan todos en un mismo aso- 
nante, ya grave, ya agudo; tipo ritmico, que corresponde, como 
veremos en otra parte, ala época de la lengua francesa en que 
se pronunciaban distintamente las vocales de los diptongos, í 
que subsistía a fínes del siglo XII o a principios del XIII, lo mas 
tardo. 

Hai en esto romance algunas deacripcionea bastante poéticas, 
como la de la perspectiva Jo Constan tinopla, con sus águilas, 
torrea i puentes, sus arboledas de pinos i laureles, i el césped 
florido de los campos circunvecinos, en que veinte mil caballe- 
ros, vestidos do seda i do blancos armiños, juegan al ajcdrezo a 
las damas o llevan sus balcones i azores, i tres mil hermosas 
doncellas en briales de seda a franjas de oro, van deportándose 
con sus amantes; la déla alcoba magnífica de Hugon, alumbra- 
da por un enorme carbunclo (e-specie de iluminación repetida 
después en los romances hasta el Orlando Enamorado de Ma- 
teo Boyardo], do su carroza no menos magnífica,! de su palacio, 
sustentado en cien columnas do mármol nieladas de oro. Tal 
era la idea que se tenia del esplendor i magniCcencia de la gran 
metrópoli del Oriente, 

Otro romance que tuvo su orijen en la historia de Francia, G 



' Bibliotheca Regia 16, E. VIII 



nOJlANCBS DBL CICLO CAnLOVIHJlO 



deOtUnermo e¡ Chato o soa el de la nari; corlada (Guill&ume 
aucourt ncz)Q Guillermo de Oran ge, compuesto por otro Gui- 
llermo, apellidado de liapaumo, i mencionado por Sinner en 
su Catálogo de ta Dibliotoca de Berna, por Catel en las Me- 
morias de la Historia, do Langüedoc, por los benedictinos, au- 
tores (le la Historia literaria de Francia, por Ducange i otros. 
Este Guillermo, según la historia, tuvo por esposa una señora 
llamada GuiLburga, militó bajo Carlomagiio, que le hizo du- 
que de Tolosa, i se hallíiba al lado de Ltidovico Pío en Acjuita- 
nía, invadida por el sarraceno Abdelinelek, el cual ganó en 793 
una gran victoria sobre el ejiJrcito francés, que mandaba Gui- 
llermo. Si los liajiógrafos no han confundido dos personajes 
distintos, este mismo Guillermo fuS el que fundó el monasterio 
de Lodcva eu el vallo do Jelon, donde acabó ausdias i fué ve- 
nerado por santo. Hasta aquí la historia. Los trovero-H cuentan 
que ganó varias victorias sobre los sarracenos do España, a 
quienes dicen que expulsó do Oranijo; quo se casó con una 
princesa mora, a la cualdió el nombre de Guibor ¡corrupción 
manifiesta de Giiilburga); i que después vistió la cogulla. Es- 
taba Guillermo retirado del mundo, i reinaba en Francia Lu- 
(loviüO Pío, cuando puso cerco a Paria el jigante Isauro, rci 
sarraceno de Coimbra. Ludovico, apurado por el enemigo, so 
acordó do Guillermo. Be te busca por todas partes. Un men- 
sajero tlcl rei acertó a pasar por la erjnita en quo moraba el 
santo anacoreta, i platicando con v\ sin conocerle, le habla del 
aprieto en que se hallaba Paris, i de lo quo se Iiabia afanado 
buscándole, como a quien estaba reservada la gloria do vencer 
a Isauro. Partido el mensajero, se iirraa Guillermo, so pone en 
camino, llega por la noche al campo do Um infieles, lidia con 
el jiganlo, le corta la cabc¿a, so la envía al i-ei Ludovico, 
t vuelvo a encerrarse en su ermita. En el siglo XIII, se mos- 
traba en Paris, según Catel, la sepultura de Isauro, la cual te- 
nia veinte piís de largo, aunque no estaban alü la cabeza i 
pescuezo del jigante. 

Guillermo do Orango tenia ya sü romance en tiempo de Ordtf 

rico, que floreció a principios del siglo XI^ pero no se puedo 

afirmar que fuese el mismo de qun acabamos do dar idea, por- 

opüsc. 13 



98 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



que un mismo personaje solia dar materia a diversos romances^ 
i un mismo romance tümal)a diversas formas, según varial)a 
la lengua, i se iban injiriendo nuevas hazañas i aventuras en la 
leyenda. Orderico no quiso tomar del romance la relación de 
os hechos de Guillermo, porque le pareció autoridad sospecho- 
sa; de modo que, desde el principio del siglo XII, empezaron u 
mirarse estas obras por la jente instruida, que era una pecjue- 
ñísima iX)rc¡on do la sociedad, como composiciones poética» 
que no merecían mucha fe. Orderico prefirió sacar sus npticias 
de una relación compuesta por hombres rclijiosos i cloclos, 
pero aun entrc ellas hai cosas que no son de mejor calidad que 
el combate con el jigante do Coimbra. 

El romance de Guillamne au coíirí nez^ según las mues- 
tras que he visto, estaba escrito en largas estrofas de endeca- 
sílabos asonantadüs, con un solo asonante en cada estrofa. 

Otro de los mas antiguos romances de que hai noticia es el 
de Ogier le DanoiSy a quien los castellanos llamaron Urjel 
Danes^ i dieron el marquesado de Mantua. «A principios del 
otoño de 851, dice Sismondi,* una flotilla de doscientos cin- 
cuenta botes al mando del dinamarqués Ogier, el mismo (pío 
habia saqueado a Rúan algunos años antes, so prc^sentó sobre las 
costas de Frisia. listos normandos amenazaban a dos reinos a un 
tiempo. Internándose a grandes distancias de sus naves, que re- 
montaban simultáneamente el Rin, el Mensa i el Sena, i)enetran 
has^a Gante, donde incendian un monasterio famoso; otros suben 
a Aquisgran, capital del emjxirador Lotario, reducen a cenizas 
los conventos mas ricos i el palacio de Carlomagno, i llegan 
hasta Tréveris i Colonia, metiéndolo todo a sangre i fuego; otros 
marchan sobre B<^*auvais, queman ciudades i granjas, i des- 
truyen los célebres monasterios de Fontenelle i de San Jerman 
de Flay. Los dinamarqueses invernaron en el país; i cuando lo 
dejaron en el estío de 852, fué para trasportarse a l.Uu'déos, i ha- 
cerla teatro de sus estragos i depredaciones.» Pero no fueron 
probablemente estos hechos ilo los normandos los que celebra- 
ron los troveres; el IJrjcd do la historia i el do los romances no 

* Histoire dcí^ frniirnií;, tomo III, pój. in7. 



ROMAirCtB D8I. CICLO GARLOTITrjIO H 

tuvieron tahez otra cosa de cornil n que la patria i ol nombre. 
Los Dormaiidos dieron el suyo n la Neustria. Establecidos allí, 
adoptaron la relijion i el idiomn de tos habitantes; i habiendo 
traillo del norte la epopeya histórica, cultivada por toda^i las . 
razas jormánicas, dispeii»aron una üeñalaila protección a tos 
trovepes, que con este motivo iiitroducinan en sus cairiarcs per- 
sonajes o asuntos a que ya habían dado celebridad los escaldos, i 
que se mezclaron i confundieron gradual monte con los de lu 
historia de Francia. Urjel fuú uno de loa liéroes arrebatados 
por el UíPbellin» de las glorías históricas i mitolójicas de Car- 
lomagno. 

El antiguo romance du Ucjol no debe confundirse con el que 
compuso Adener en el «iglo XIII, i que mencionaré algo maa 
adulante. Los benedictinos, autores de la Historia Literaria da 
Francia, citan un romance de Osigier, que, según ellos, se 
cantaba en Borgoña a mediados del siglo XI. Esto Osigier i el 
pirata normando, que se le asemeja un poco en ol nombre, fue- 
• ron distintas personas. 

SabemosL do otros antiguos romances derivados de la histo- 
ria francesa: uno de UeinúKlos Uo Muntalban ((¡ue tampoco 
debe confundirse con el que compuso Ilugon do VJllener en el 
siglo XUI); otro de Alberico de Borgoña; otro do Guarin do 
Lorena (Garins le Loherains), Turjiin menciona ya estos perso- 
najes, quo para mi es casi lo mismo que sí cítara expresa- 
monte les romancea que de ellos se cantaban; porque la erudi- 
ción de aquel impostor era toda do martirolojios i romances. 

El de Guan'noB de Lorona no me era conocido sino por los 
glosarios do Ducango i do Roquefort, que lo citan amenudo. 
En estas citas, pude entrever que el verso era constantemente 
endecasílabo,* i asonantada, en esti'ofjts o coplas do una sola 
rima, lo cual be visto plenamente confirmado en la edición 
impresa de esta obra, que después ha llegado a mis manos, i 63 
una de las que comprendo la Colección rfe liomances de tos 
doce pares que publica M. Paulino Puris." «El romance, díco 



* n^ca^ílabo, B^gun la compuCacinn fraiicesn. 

" Muuho sienta no habor vlnto tie cbI» oolcccion mn? qite el Ciuari» 



100 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



el ilustrado editor, por mejor decir, la canción de Guarínos, hace 
parte de otro poema todavía mas vasto, que tiene el título jene- 
raldeC/ta?i.son des Loherens ^lo. cual contiene las historias: 1.** 
.del duque Hervís de XIctz; 2.** de Guarínos de Lorcna i Begon de 
Belin, sus hijos; 3.®de Jirberto, hijo de Guarínos, i de Hernaldo i 
Jirberto, hijos do Begon; i 4.** de una cuarta jeneracion,queloa 
continuadores llevaron hasta Guarínos do Monglane.» El editor 
cree que esta vasta epopeya, de que se conserva gran número 
de copias, casi todas del siglo XII, es mas antigua que las 
canciones de jesta del ciclo carlovinjio. La parte en (¡ue se trata 
de Guarínos consta de quince mil versos, i está dividida, como 
la Jesta de Mío Cid^ en tres cantares {cliansons)^ acaso de 
diversos autores, uno de ellos Juan do Flagy, a quien pertenece 
indudablemente el tercero, que es el mas bello i poético do los 
tres, i que, sin embargo, no se lia publicado completo. 

M. París, que, si se me permito expresar mi opinión sobre 
esta materia, es uno de los escritores que mejor han compren* 
dido el espíritu de la bella poesía de los troveros, no encuentra 
en todas las epopeyas antiguas i modernas ningún pasaje que 
le parezca superior a la narrativa de la muerte i funerales de 
Begon, que se refieren a la larga en este último cantar. Hai 
en ella rasgos bellísimos, en medio de una difusión que fatiga. 

Alberico, relijioso de la abadía de Tres-Fuentes, que vivió a 
mediados del siglo XIII, menciona otros antiguos romances 
derivados de la historia de Francia. Hablando de la hija de De- 
siderio, rei de los longobanlos, que Carlomagno tomó por es- 
posa i repudió al cabo de pocos años, dice así: «Sobre el repudio 
de esta reina, que se llamó Sibilia,han tejido los cantores fran- 
ceses una bellísima fábula, donde se habla do un hombre infa- 
me, cuyas jactancias acarrearon la desgracia do aquella prince- 
sa; de un perro de caza que lidió maravillosamente con el traidor 



de Lorena; ni nio es clíido procurarme los otros tomos antes de lu 
remisión de estos apuntos paríi la Biblioteca Espnñola. Tanto mas lo 
siento, cuanto, seí^un el prefacio del tomo i. «de Guarin, el autor croo 
haber fijado en los antoriore.s la fecha de los mas anti^^uos romances 
de los doce pares. 




1 presencia tic Carlos, I ledcju venciüi 
afrentoso quo surrieron Macario i sus oúinpliccs; del labrador 
Waroclioz, que condujo maravillosamente a la reina hasta res- 
titairla a su padre; de bu oncuunLro con el salteador Guirimar- 
do; de la expedición de RÍocIiít, empcTador de C'onstantinopla, 
[que se sui>one padre duSibilia) contra loa franceses, a la cabe- 
za de un ejército griego; do Ludovíco, liijo da la miama Sibi- 
lia, quo se casó con Blancallor, hija del duque Naaman; de 
Carlomagno, coreado un et monte Wídemar por su hijo Ludovico 
i los (*nirgijs; do la rewnciliacion de Carlomagno con la reina; 
Jo los seis traidores del linaju de Galalun; i de otras cosas en- 
treveradas en dicha fábula i por la mayor partid falsísimas; las 
cuales, aunque deleitan i mueven a loa oyentes, ya a risa, ya a 
láerimas, se alejan demasiado de la historia, i so inventaron 
por miras de lucn*.» 

En la crónica de Alberico, se menciona también el romance 
(le Amioo i Amelia, que oxistc, so^un entiendo, en latín i en 
francés, i del romance do Urcon, cautivado por Isoredode Coim- 
lira, i hbertado por su hijo ]\Iilon, con cuya ayuda recobra sus 
estados i su esposa Belisciida, i toma venganza del tirano Ugon 
do Bourges. El mismo autor menciona otros romancea (caníí- 
lems) en que se refería la muerte del sarraceno Edmundo (Al- 
monte en la ejíopoya italiana) a manos de Roldan, que aun no 
habia sido armado caballero; la de Agolando, a manos de Carlo- 
magno; i las proezas de Guido de Borgoña i de Jeranlo dcFrado, 
padre del arsobÍRpo Turpin. Finalmente hallamos en Alberico 
la jenealojia de la culebro casa de Monglanc, que dio tres o cua- 
tro ji-nerndnncs do caballeros ramosísimos en la lii&toría roman- 
cesca de Carlomagno í Lvulovico Pío. 

Guarin de Monglane, de la estirpe de los caballeros de Lorena, 
tuvo, según los troverea, cuatro hijos, Arnaldo de Belanda, Jo- 
rardo do Vícna, Iteuier do .lénova, i Milon de Apulia. Arnaldo 
fué padre do Almerieo do Narbona, projenitor fabuloso de los 
Manriquez de España, que, casado con Esniengarda, hermana 
íle Bonifacio, reí de Pavía, enjendró a Bernardo de Bruaban, pa- 
dre del paladín Beltran, a Buéves o Bóves de Commarehís, que 
) fué de Jíbelino i Jerardo, a Guillermo de Orange, Guarinos 



••• 



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luí / •. .' •. OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



'•. •. 









/\*:**-/<te Anscaume, que murió a manos de los sarracenos de España, 
•••, :*• Arnaldo de Orleans, Aimer do Vcnecia, i Jibelino do Andcr- 
nas, llamado también Jibcrto. Rcnier de Genova fué padre del 
famoso Oliveros; Milon de Apulia lo fuó do Simón do Apulia; i 
de las hijas de Almerico nacieron Ricarte de Normandía, Fulcon 
de Candía i Elias de Provenza; sin contar otros caballeros do 
menos fama. Esta jenealojía la sacó Albcrico de los romances, 
que la dan, sin embargo, con notables diferencias, en que no es 
del caso ocuparnos. 

Es probable que la mayor parto de estos caballeros tuvieron, 
como Almerico de Narbona i Guillermo de Oraníi^c, sus romances 
particulares. Existen en el mismo códice del Museo Británico 
el de Jerardo de Vicna, Buóves do Commarchis i Jibelino de 
Andernas. En el fabliau des deux nonlóors Ribans, publicado 
porM. de Roquefort en su Poesía Francesa de los siglos XII i 
XIII (pajinas 290 i siguientes), so da una lista de los romances 
mas populares que corrían en el siglo XIII, en que se compuso el 
fabliau; i esta lista contiene, entre otros varios, los de Roldan, 
Reinaldos, Guido de Borgoña, Urjel de Dinamarca, Guarínos 
do Lorena i Urson de Beauvais, mencionados atrás, i los de 
Guillermo de Orange, Almerico de Narbona, Jerardo de Viena, 
Buéves del Commarchis, Bernardo de Brusban, Oliveros, Ful- 
con i Jibelino, que pertenecen a la familia de Monglane. 

La mayor parte de los cal^alleros de esta familia, o son ente- 
ramente imajinarios, o en el progreso de las fábulas roman- 
cescas se han alejado tanto de su tipo histórico, que no es 
fácil reconocerlos. Guillermo de Orange, de quien arriba hice 
mención, Bernardo de Brusban, que parece haber sido Ber- 
nardo, conde de Barcelona, en tiempo de Ludovico Pió, i que, 
en tal caso, no fué hermano sino hijo del anterior Guillermo, 
Jerardo de Viena, duque de lns dos Borgoñas, que se suble- 
vó, no contra Carlomagno, como quiere su romance, sino 
contra Carlos el Calvo, i Bernardo son talvez los únicos do 
cuyos nombres i aventuras se columbra algún rastro en la his- 
toria. También podemos ol)servar con relación a estos caballo- 
ros que muchos de ellos fueron celebrados por los poetas largo 
tiempo antes de haberse tejido la jenealojía precedente, con- 



/ 
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j 



nOílANCKS DEL CICLO CARLOVINJIO 103 



traria, no solo a la historia, sino a los mas antií^uos romaneos. 

Las composiciones citadas son por la mayor parto de fecha 
anterior al siglo XIII. Las mas modernas, como el Jerardo de 
V¿ena, el Almerico de Narbona , el liaéi^es^ el Jibelino, deben 
referirse lo mas tarde a los principios de dicho siglo, por la 
mención o indicios de ellas ([iie encontramos en Alberico; bien 
es verdad que, como un mismo personaje i asunto fué tratado 
amenudopor poetas de diversas edades, es difícil establecer la 
iilentidad de los romances citados por escritores antiguos con 
los que se conservan en las bibliotecas de Europa. Debemos, 
por tanto, para rastrear la antigüedad de uno de estos, atender 
principalmente al lenguaje, estilo i versificación de la obra, a 
Jas costumbres i escenas que se introducen, al niimoro i carac- 
teres de las ficciones en que aparecen ajentes sobrenaturales, 
a lo mas o menos refinado de las ideas de honor i de los afec- 
tos amorosos. Bajo estos respectos, el Jerardo^ Almerico^ 
fíuéves i Jibolino, que comprende el códice del Museo Britá- 
nico, no desdicen de la era indicada; i podemos, con alguna 
verosimilitud, suponerlos algo anteriores a la crónica de Albe- 
rico. Por lo que toca al primero, Guido Alarde (pajina 224) 
asegura que se compuso en 1 130 en la ciudad misma de Viena; 
pero, no informándonos de los fundamentos que tuvo para 
creerlo así, queda al arbitrio del lector dar a esta aserción el 
crédito que gu.ite. 

El autor del Jerardo do Viena (a mi parecer uno de los 
mejores, i de que por eso copiare algunos pasajes para que 
í5irvan de muestra) se noml)ra a sí mismo en estos versos: 

A Bar-sor-Aube, un chastol seígnori, 
s'asist Borlrans en un vcrgior nori, 
un gentil clers, qui cesto chanson fist. 

En Bar-sor-Aube, un señoril castillo, 
Beltran sentóse, en un verjel florido, 
jentil trover que estos cantares hizo. 

El establecimiento de Jerardo, hijo de Guarínos, en la ciudad 
de Viena del Delfinado, i su levantamiento contra Carlomagno, 
forman el asunto del poema, en que hacen papel gran nú- 



lOi OPÚSCULOS UTERARIOS I CRÍTICOS 



mero de personajes romancescos de la corte do Carlomagno i 
de la familia de Monglanc. Jcrardo rechaza del modo mas terco 
las insinuaciones amorosas de una duquesa de Borgoña, que 
despecliada se casa con el emperador. La duquesa, por ven- 
garse de la altivez de aquel caballero, hace que una noche le 
bese el pié, a la sazón de inclinarse Jerardo a besar el de Carlos 
por la investidura del ducado de Viena; i algún tiempo des- 
pués se alabó do esta acción delante de toda la corte. Estaba 
presente Almerico, que, mirando aquel hecho como una afrenta 
de su familia, denuesta brutalmente a la emperatriz, i aun la 
hubiera dado la muerte, a no haberse interpuesto los otros baro- 
nes. Tan lejos estaba todavía el romance de aquel sentimiento de 
galantería i respeto al bello sexo que en los caballeros andantes 
de tiempos posteriores tocó la raya de la idolatría. Almerico, 
escapado do París, alborota a Viena; júntase toda la familia 
de Monglanc; i habiendo pedido en vano satisfacción, toma las 
armas. Carlomagno pone cerco a Viena. La vasta campiña de 
esta ciudad es el teatro de varios desafíos, encuentros, batallas, 
justas i otros incidentes caballerescos. El joven Roldan' tiene 
allí ocasión de conocerá la hermana de Oliveros, la bella Alda, 
cuyas gracias describe el poeta con una elegancia i una sim- 
plicidad admirables: 

Diciendo así, volvió la grupa Orlando. 
Aprieta al bruto el espolón dorado; 
revuelvo luego, i cierra apresurado 
con Oliveros, paladín bizarro. 
Todas las damas al florido campo 
las bollas justas a mirar llegaron. 
Allí llegó Alda bella, la del claro 
rostro, que tuvo gran beldad; el manto, 
bellamonlc prendido, no mui largo, 
flotar dejaba por el hombro abajo. 
La hermosa orla apenas toca el prado. 

¿Queréis oír do su beldad divina? 
Lleva en la frente una corona rica 
do bollas piedras que gran lumbre envían; 
debajo, el rubio pelo so ensortija. 



ROMANCES DEL CICLO CAHLOVINJIO 105 



Tuvo de halcón mudado las pupilos; 

frescas i coloradas las mejillas, 

como en abril la rosa matulina; 

blanca la tez, cual llor que el prado cria; 

delicadas las manos i pulidas; 

el pie, jenlil; el talle, a maravilla; 

súbele roja sangre a las mejillas. 

La cristiandad no vio mujer mas linda. 

Después de otros sucesos de menor importancia, los dos parti- 
dos conciertan un combate sinüfular que pon^^a fin a su querella 
i a los males de la íruerra civil. Carlomaíjno elije por su cam- 
peón a Roldan; Jerardo, a Olivérus. Una isla del Ródano es el 
lugar señalado al efecto. El ejército imperial desdo su campa- 
mento, las damas i caballeros vieneses desde las almenas do la 
ciudad, son los espectadores <le esta escena terrible en que esta 
comprometida por una parte la autoridad de Carlos, por otra el 
honor do Moni^lane. El poeta manifiesta algún arte en los anun- 
cios i preparativos de la lid, i j)inta con sensibilidad la angustia 
de Alda, hermana del uno de los dos lidiadores i amante del otro. 
Oliveros se viste una armadura ((uc habia sido de Eneas i do 
Roboan, la cual recibió de manos de un judio Joaquín, que, ha- 
biendo sido contemporáneo de Pilátos, alcanzó a los tiemiwsdo 
Carlomagno, i habitaba entonces en Vicna. Roldan se ciño su 
famosa Durandal, que el mismo habia quitado al sarraceno 
Almon. Llegados a la isla, 

cada cual al caballo hincó la espuela, 
i el fuerte escudo a su rival présenla; 
i del caballo en la veloz carrera 
pasan el uno al otro en la pradera. 
Grandes golpes so dan; pedazos vuelan 
de las nieladas bastas que so quiebran. 
De fino temple los arneses eran, 
que a tan fiero batir no se falsean. 
Ni uno ni otro en el choque vino a tierra; 
i Oliveros airado so despecha 
de que en la silla Orlando so mantenga. 
De su espada Altaclara la hoja tersa 



luí) OIMJftClLOS LITKHAUIOS 1 CllÍTlGOS 

liíice l)r¡llnr; i a Orlando en la cimera 
hiere: van por el suelo hojas i piedras, 
i el rií.'o yelmo hecho pedazos queda. 

El duque Orlando al buen corcel oprimo 
i a Durindana, que al costado ciñe, 
fiero desnuda i a Olivero embiste. 
Kn el yelmo, da el golpe irresistible: 
abajo echó topacios i rubíes. 

El caballo de Oliveros fué tajado de medio a medio; el jinete, 
sin embarí^o, quedó en pié. Grandes fueron el temor e inquie- 
tud de los viencses al ver desmontado a su campeón-, pero 
na<la igualó al dolor do Alda: 

Alda la bella a la ventana mira; 
la mano tiene puesta en la mejilla; 
con mui grande dolor llora i suspira, 
viendo a su hermano a quien Roldan derriba 
de su corcel lozano de Castilla. 
Tal duelo tiene la beldad pulida, 
que llorosa corriendo a la capilla 
ante el altar la triste se arrodilla, 

Alda la bella en el tallado mármol 
privada cae de sentimiento; el blanco 
suelo sus bellas lágrimas mojaron, 
i el nuevo armiño i el brial preciado. 
— Glorioso Dios! piedad de mi quebranto! 
Dame oír que vencido i denostado 
ni el caro amante sea, ni el hermano. 

Oliveros tiene la dicha de desmontar igualmente a su antago^ 
nista, matándole el caballo. Entóneos: 

Acuchíllanse en son con los aceros: 
en los escudos dan golpes tremendos; 
vuela la pedrería do los yelmos; 
i heridos uno i otro arrojan fuego. 
Brillan a la redonda los reflejos. 
Hombre no vio jamas tan duro encuentro. 



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i los bruiiid .*s \ :'..r.'-í «iv-;.!::;:: !í. 

Poco !• s ci-os «io •::■'» l-.-s \..!:e.'i»::. 

que. c':ñ] >i í;i-?í-::í Ijlcir. I;í ?:?i.<. i:e:;l:eron. 



Rómpo-SL-lo a 01:v«. ro^ la cs;a«Ia: nuevos lamentos de Alda: 

Santa M;ir.'a! .^.0:1 jí.\:\ íImAo \\'}o . 
Caro Oliv.'ros! M.'.sort» ile-iir.''^! 
Si yo te pierd'i. el eiel'» iv.e ha concluido, 
i jamas ^eiá Grían-Io mí maii.lo, 
el mejoi* hom¡)re que lia ospa la ceñido. 
;.\nleá ile mr-iija ve.stii-j ciiioio! 
Ai! a mi hermano coml)alieiulo miro 
con quien me amó como leal amiiro. 
Triste Sv?rJ\ cualquiera que \encid«> 
fie l'».s dos sea I Pártelos, te pido, 
pártelos, reina coronaila! Dijo, 
i sin color, Jerardo, que la vido 
desmayar, la levanta compasivo. 

Oliveros apela a \o^ puños; Roldan no quiere pelear con ven- 
taja: - 

Sir Oliveros, bravo sois, pardicz! 
^'uestro templado acero rolo ha])eis; 
i yo en la diostra len;ro estotro, que es 
de tal bonda«I, que no se puede en él 
hacer rasguño, ni amellarlo. Ve, 
busca una espada a todo lu placer, 
que soi sobrino yo del rci francés, 
i si te mato, ¿qué dirán? que a quien 
vi desarmado, di la muerte, — Ve, 



IOS OPÚSCULOS LITEHAIIIOS 1 CHÍTICOS 

i una copa do vino has de traer, 
que, si verdad te digo, tengo sed. 

El judío Joaquín proporciona al desarmado caballero la fa- 
mosa Altaclara, que había sido del emperador romano Clara- 
mundo. Sigue el combate; las dos espadas hacen prodíjios; 
últimamente un ánjel separa los combatientes; í les manda 
emplearlas en los sarracenos de España. Roldan i Oliveros se 
juran eterna amistad; de allí a pocos días se hace la paz entre 
Carlomagno ¡ Jcrardo; i la bella Alda da la mano al paladín 
Roldan, que, antes de consumar el matrimonio, parte con el 
emperador en demanda de España: 

El duque Orlando entró en la rica sala, 
a la bella Alda vio, la que en el alma 
le causa tanto amor; i fue a besarla. 
Su rico anillo el duque diólc en arras; 
i ella lo dio la bella enseña blanca 
que después fue de tanto nombre i fama, 
cuando ganando vino por la España 
tantos castillos i ciudades tantas. 
Mas sarracenos (jdóles Dios la pagal) 
partieron para siempre a Orlando i Alda; 
i no hubo do ellos heredero en Francia, 

El Altnerico refiere los grandes hechos del caballero asi 
llamado, hijo do Arnaldo do Bolanda, sus guerras contra el tu- 
desco Savary, que le disputaba la mano de la princesa Esmen- 
írarda de Pavía í contra los árabes i babilonios en la defensa de 
Narbona, que lo había sido encomendada por el emperador Car- 
lomagno. El poeta describe así la sala del palacio del almirante 
o soldán de Babilonia: 

En medio de la alta sala del palacio principal, 
un árbol de cobre habia, que por arte singular 
en un molde fué vaciado, i cubierto de oro; tal 
que no pienso que en la tierra pueda nadie imajinar 
pájaro (pie no se vea sobre sus ramas posar; 
i lo bueno es que tenia toda avecilla su par. 
El májico que lo hizo, hombro fue de habilidad. 
Dicen que en el paraíso supo las piedras tajar 



ROMANCES DEL CICLO CARLOVIXJIO 109 



1 con esmaltes vistosos componer i variar 

i que tiene por nigromancia el viento en elhis su hogar 

así que, soplando el viento, óyenle todos cantar, 

cada cual a su manera, i con tanta suavidad, 

que no juzgo que haya hombre que de oír se pueda hartar; 

i si cólera le aqueja, cuando le oye sonar, 

a la cólera sucede en su pedio blanda paz. 

Esta exajcracion do los prodijios de las artes es una de las 
especies de maravilloso a (¡uc ocurren amenudo los antij^uos 
romances. En el antiquísimo del viaje de Carlomagno a Cons- 
tantinopla, hai una descripción mui semejante a la que acaba- 
mos de copiar. 

Balbuena desenvolvió posteriormente la misma idea, pintan- 
do en su Bernardo las maravillas i preciosidades del ixvlacio do 
Aleixa. 

Entre las obras do Adenez o Adans, llamado li roí o el rci^ 
por haber sido roi do armas del duque de Brabante, o seifun 
conjeturan otros, por haber sido coronado en una academia 
poética, se enumera, yo no só con qué fundamento, un Ayiticr 
de Narboiine. Ademas floreció a mediados del siglo XI II; i 
no es posible que Alberico hubiese podido tener a la vista sus 
obras; pero el romance de que acabo de hablar me parece mas 
bien escrito por Beltran li Clers, el autor del Jerardo de Vlenay 
no solo por la absoluta semejanza de estilo i verso, indicio cier- 
tamente falible, sino porque el poeta, al terminar el Jerardo, 
se excusa de contar la trájica expedición de Carloinagno a Espa- 
ña como .isunto sabido de todos, i ofrece continuar la historia 
de la familia do Monglanc, al paso que el Altncrico empieza 
cabalmente por la vuelta de Carlomagno a Francia, después do 
la derrota de lloncesválles, a que se agrega la circunstancia de 
estar juntas estas dos composiciones en el códice anteriormente 
citado, que es de una antigüedad respetable. 

El Ihiécesde Commarchis presenta alguna mas variedad do 
aventuras. Contiene los hechos de Duóves i do sus hijos en Bar- 
bastro, donde Buéves mata una desaforada serpiente, que arro- 
jaba fuego por la boca. Apoderado de aquella ciudad, que era 
la torro del almirante de España, saquea sus ídolos i templos, 



lio ÜI'LSCILOS LITEIIAUIOS I CHÍTICOS 

cuya riqueza ¡ maíja¡íiL*encia dcscrihc el poeta con el colorido 
propio de los romances. Sitian a B irl)astro el almirante de Es- 
paña i el muflí de C.-órdoba; i sucisle una multitud de combates 
en que los amores de Jcrardo, hijo de Hueves, i de Malatría, 
princesa de C»irdol)a, forman un ei)isod¡o ontretenido. Hueves 
queda al iin pacífico señor de Harbastro, i Malatría da la mano 
a Jerardo, llevándole en dote c,^ran número de estados i ciuda- 
des, entre ellas, núrí^i»s, Córdoba, Tudela, Toledo, Pamplo- 
na, etc. 

No hablare del .///>*.^¿y?o do Andnrunf^y ni de otros romances 
que ofrecen sustancialmente la misma idea, esto es, el estable- 
cimiento del héroe en una ciudad, provincia o reino que le es 
forzoso ganar o def(»nder con la espada. La historia i costumbres 
de la edad media debieron sujerir amenudo esta csikícíc do 
asuntos. El imperio romanóse desmembró, o por mejor decir, 
«e desmoronó en ¡nnunu*rables fragmentos, presa de aventu- 
reros que so los ganaron, repartiei?<jn i disputaron a mano 
armada. Tal fué el orijen de todas las casas reinantes i de 
toda la antigua nobleza de Europa. Así Uolon so estableció con 
sus normandos en la Neustria, i fué el héroe de uno de los 
romances de Wace, que en realidades una historia versificada. 
Así Guillermo Fierabrás, vencedor de los sarracenos i griegos, 
80 enseñorea de Apulia i lega su nombre a los poetas, que le 
dieron una celel)ridad fabulosa. Así Itoberto Ouiscardo, proto- 
tipo talvez de aquel (luiscardo qu(í los trovercs cu(Mitan entre 
los hemíonos de Reinaldos de Mont.dban, sale de su patria, 
pelea también con los sarracenos i griegos, i de caballero par- 
ticular se hace soberano de la Calabria i de la Sicilia. Así 
Oofredo de Bullón, coní[uistador de Jerusalen, i por no citar 
ejemplos extranjeros, Ilui Diaz, conquistador de Valencia, 
fueron celebrados por los poetas desde principio del siglo XII. 

Pero no dejaré los romances tomados de la historia de Fran- 
cia sin mencionar particularmente los de Carlomagno quo 
comprende el cóvUce 15, E. VI de la Biblioteca lleal del Museo 
Británico. En éstos, hallamos aventuras mas entretenidas i va- 
piadas i mas amenidad en las descripciones. 

El primero contieno la guerra de Carlomagno contra el almi- 



rouaxccs del cw.lo cvrlomnjio tlt 



rantede Persia, q«e lo niaiuUi una emhajaila, oxijiíMulo le 
reconozca por soberano i le patrne trilnito. K>ta enibajavla >e 
componía de euatn.» reyes; uno deelK^s arroja el iruantem pre- 
sencia de Carlos: disípútanselo Heranlo i IhMovinos; el em- 
perador, a pesar de este insuU»», respeta en ellos el earáeler de 
embajadores, i los festeja espléiivUilaiMente en su ixilaeio: 

Allí v¡éra«los azores, allí vi-.n\\Jes neblíes, 
i jeri faltos mu «latios i otros pájaros jen I i les. 
Vicrailcs nobles «lonceles eon mantos venios i irrites, 
de eibelinas bonlados i ile armiños señoriles, 
de cendales lleno el viento i la tierra ile tapices. 

Hallamos atpií entre los paladines de Carloma;j:n(> a Guillermo 
Fierabrás. El emperador les encomienda ol cuidado i servicio 
de los cuatro reyes: ¡ después de un mairnílico hampiele, salen 
al camix) a justar i biliordar, con cuyo molivo so hace una 
reseña do varios campeones de la cristiandad c«>n sus arneses^ 
i caballos, a saber, C'arlomaürno, <)livért>s, Viviano de Airra- 
monte, Anjilóros, L'rjel, Jerardo de Viena, Uenicr do Jénova, 
Baldovínos, Roldan, Guisdiardino, Jeraldo de Knscllon. r)'.»s- 
pues de la vuelta do los embajadores, los doce pares van en 
peregrinación al santo sepulcro, i son hechos prisioner >s por el 
almirante. Habiendo loírraílo hacerse de armas i calullo^, rom- 
pen por medio de la corte, desbaratan cuanto se les pono 
delante ¡ prenden al senescal Si ñafies, f|ue les fué a el alcance 
con una numerosa hueste de turcí^s. ainados, convertido al 
cristianismo, los hace dueños de la torre de Ahilena. Allí su- 
fren un riguroso cerco, en que el poeta mezt-la varios inciden- 
tes de guerra con los amores do Sinádes ¡ do Licoriada, hija 
del almirante; todo termina en la lihíu'lad i victoria de los 
paladines socorridos por Carh^magno i por el rei de Jerusalen, 
la cual so supone estaba entonces en [)o 1er do crist¡ant)s. 

Guillermo Fiíírabras es un ejem[)lo de las metamorfosis que 
experimentaron varios pers(;najes históricos en la mitolojía do 
la media edad. En el romance anterior, le hemos visto pala- 
din do (.^arlomagno, que, se.üfun la historia, ílorec¡(3 dos siglo» 
antes. En otro de la misma colección, Fierabrás es un sarra- 



H2 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



ceno, soldán de Babilonia i Alejandría. Carlos iba en deman- 
da do España, cuando le sale al encuentro Fierabrás, que trae 
consigo tres espadas finísimas, obra de los mismos artífices de 
cuyas manos habían salido la Gandura do Carlos, la Altaclara 
de Oliveros i otras espadas de cuenta. Ademas trae Fierabrás 
a la grupa dos redomas de oro llenas .del preciosísimo bálsa- 
mo que después se llamó de su nombre, i que, según el autor 
do este romance, era el mismo que habia servido para unjir el 
cuerpo de Cristo, cuando fué deposítalo en el sepulcro. Al ver 
el pagano la tienda de Carlos, i en ella el águila imperial con 
las alas abiertas en ademan do volar hacia España, se abrasa 
de ira, i denuesta al emperador i sus barones, desafiándolos 
uno a uno, dos a dos, o como quieran. Cirios ordena que 
Roldan salga al campo. Este, resentido por cosas pasadas, so 
excusa; de lo que el emperador recibo tal enojo que le da una 
terrible bofetada en medio do la orto. Roldan se retira amos- 
tazado; i el emperador queda en el empeño de buscar un anta- 
gonista al pagano que era el terror de la cristiandad. Sábelo 
Oliveros, que a la sazón estaba herido i en cama. A pesar do la 
oposición de su escudero Guarínos, se venda las heridas, i so 
arma. El emperador no le permite ir a pelear por el estado en 
que se halla; mas Galalon, a quien pareció aquella, una exce- 
lente ocasión de deshacerse de Oliveros, so vale de un privilejio 
singular que gozaban los doce pares, i era que, sobreviniendo 
entre dos do ellos una disputa, otro par tuviese la facultad de 
decidirla. Galalon sentencia contra Carlos, i Oliveros se pre- 
senta al pagano. Dícele que se llama Guarínos, i que recien- 
temente habia recibido la orden de caballería. Fierabrás rehusa 
medirse con un novel caballero de tan poca fama, mayormente 
observando que estaba pálido i ensangrentado. Oliveros insiste. 
Fierabrás admirado de su valor le ruega, por la fe que debe 
a su Dios crucificado i a Carlos, que le ilesc-ubra su verdadero 
nombre. Oliveros so lo descubre en efecto; i el pagano se ve 
precisado a armarse. El mismo Oliveros le abrocha las armas, 
i lo tiene el estribo. Sigue un terrible combate en que el hijo 
de Ronier es malamente herido; pero tiene la fortuna de atur- 
dir de un golpe a su contrario i de echarle abajo las redomas, 



nOSIANtEa ÜBL CICLO C*nL0VINJIO 



lina (le las cuales alza i Iwbe. Olivúros arroja las redomas a un 
rio, las cualos, en Urjíar de ir al fondo con el poso dol oro, flota- 
ron jKir la virlml milagrosa diil balsamo; mas arrobafctdaa i>or 
la corriente, desaparecieron. Indii^tiado Fierabrás, enihiutocon 
toda su fuerza, i descarga otro golpe, que, deHÜzúiidosa sobro el 
yolmo de Oliveros, va a dar sobre In cabeza do! rnltalio, i la so- 
para del cuello. Olivónos, sallando en pié, vitupera al pagano 
aquel hoiího, como contrariu a las levos de catialloría. Kierabraa 
jura no haber sido do intontu; lo ofrece otro eaballo; i no siendo 
•■sto aceptado, desmonta, Carlomag-no, quo no astaba distante, 
i vo el encarnizamiento con que de nuevo so acuebillau los dos 
combatienlos, bace aquí una dovota oración muí semejante o 
la de Jibelino en el romaneo de .i¿;iieriM, i a la de doña Ji- 
uicna en el Ciil. Después do varios lances, Oliveros tieno Im 
dicha do acortar a su conlrario un ^olpe que le derriba pcli- 
grosameiile herido. Kl ji^vun soldán es e.n nquel momento 
iluminado del cielo; i confesándose rendido, pide a Olivónos lo 
lleve consigo, i le baija cristiano. El francos, en efecto, des- 
pués di> vendarlo las heridas, monta a caballo, i so lo lleva; 
poro el ejército sarraeono viene en demanda do su señor, i, 
aunque Oliveros Iiai« prodijios, al fin, viendo que tarda el 
socorro de los suyos, se apea, recuesta «1 herido caballero sobro 
la yerba, dejándulc una de Irs espadas, i trata de abrirse ca- 
mino por entre los onomiifOB, do quienes ya estaba cercado, 
Kstos le prenden, i se lo llevan maniatado, i con una venda en 
\oB ojos. Llegan Carlos i ios paladines. Roldan i Urjel matan 
multitud de sarracenos, cabalgando ol uno a VicIIentin í el 
otro a riroyefort; mas, aunque estos caballeros i la demás jento 
cristiana hacen un horrible destrozo, no consiguen librar a Oli- 
veros, Antes bien otros principales guerreros cristianos cayeron 
en manos del enemigo. Carlomagno se retira dcsazonailo. Fiera- 
bnw va en su compoilíu, rocílie el bautismo, i es tratado con 
la mayor distinción. Los prisioneros crístianoason trasportados 
a Egrcmora, ciudad de Esjiaña, según parece, i residencia tlcl 
almirante Halan, padre de Fiorabras. .Sepultados en un oscuro * 
calabozo, la bolla Floripcs, hija de Balan, se da trazado bajar 
allá por la noche i de Irasladarlus a su i'.stanc.ia, ilondo ella 
eri'sr, 15 



1 14 OPÚSCULOS LITEnARIOS I CRÍTICOS 



misma cura las licridas de Oliveros, i les proporciona la com- 
pañía de sendas princesas con quienes pasan regocijadamente 
la noche. Ella entre tanto suspira de amor por el ausento 
Guido do Borgoña, a quien habia conocido en Francia. Acaece 
al mismo tiempo (jue Carlos i Ikilan se n>andán mivtuamente 
embajadas, reclamando cada cual su.s prisioneros i reconoci- 
miento do sol>eranía. Carlos ademas e.vi je que Ijaliin se bautice, 
i que lo entregue las santas reli([uius ([uc ha síicado de Jerusalen 
i do Roma. Eran los embajadores cristianos Roldan, Nanjino 
de Baviera, Ricarte de Normandia, Tierry o Teodorico de Ar- 
dénas, Urjel de Dinamarca i Ouid(i. En el camino, se encuen- 
tran con los embajadores de Balan; se desafían; coml)alen; los 
cristianos vencen; les cortan a todos las cabe/as; i las cuelgan 
do los arzones, para faciWtar sin duda con ellas la espinosa 
negoi;iacion do c[ue iban encargados. Esto sucedió cerca del 
castillo de ^hmtible, en cuyo puente, sostenido sobre arcos 
i pilares de marmol, está de centincki un jayán que cobra 
ilc los pasajeros un terril)le tributo: 

do cien liermosas doncellas i cien halcones mudados, 
i cien fuertes palafrenes i cien corceles lozanos, 

ademas do una gran cantidu.l de oro i plata. Roldan derriba al 
jigantedel puente abajo. Con esto, los cristianos pasan sin mas 
vvj)osicion a Egremora; i son admitidos a pr(ísencia del almiran- 
te, que se enfurece al oír la embajada i ordena ([uo aquella 
misma tarde sean despedazados. Pónelos en libertad Florípes, 
como a los otros presos; i entro tollos sorprenden el palacio con 
muerte de no pocos, do manera (jue Halan tuvo que arrojarse 
por una ventana huyendo de la irresistible Durandal. llácenso 
fuertes en aquel ]>alacio, i Florípes acompaña allí a su esposo 
Guido. Esta princesa tiene un cinto de maravillosas virtudes; el 
almirante quiere se le hurte; i al intento se vale del habilísimo 
ladrón Sorpin de Grimolea, ([ue talvez inspiró al Boyardo su 
Brúñelo; lo cierto es cjue hai gran semejanza entre las aventu- 
ras de este sitio i las del castill<Mle Albriica. Florípes pierde el 
cinto, i los cristianos sufren un asedio rigorosísimo, en que 
les llegan a faltar de todo punto las provisiones. En vano in- 



UOMANCES DEL CICLO CARLOVINJIO 115 



voca Florípcs a sus dioses Jupin, Apolin, Tervapran, llargot; el 
hambre crece; la princesa se (Icsmaya; lloldan, Guido, Naimo, 
i otros do los paladines hacen una salida con el objeto de pro- 
veerse de víveres, como lo verificaron después de un reñido 
combate; pero, vueltos a la torre, so echan menos a Guido. 
Allí fue el duelo i láijrimas de Florípes: 

Señores, ¿dónde está Guido? ¿Dónde esta mi esposo fiel? 
Con vosotros lo llevasteis, i volvérmele debéis. 

Calderón, que del asunto de este romance hizo su injeniosa 
i divertida comedia El puente de Man tibie, parece haberlo se- 
guido aquí mui de cerca. Probablemente tuvo a la vista alguno 
de nuestros viejos romances traducido, como lo serian muchos 
<Ie ellos, del francés. En fin, se cobra la persona de Guido; 
Carlomagno acorre a sus paladines; muertos Galafre, que de- 
fiende a Mantible, í dos jigantos, marido i mujer, que habitaban 
una cueva vecina, toma la ciudad de Egremora; prende a Balan; 
i le da la muerte. Lo mismo se hizo con todos los que no qui- 
sieron recibir el bautismo. Fierabrás parte con Guido, esposo de 
Florípes, los estados del almirante, su padre; el emperador so 
vuelve, llevando consigo la corona de espinas, los clavos i de- 
mas rehquias en cuya demanda habia venido a España. 

El códice que comprende estos romances llamados de Carlo- 
magno, es del siglo XíV; i los romances mismos parecen haber- 
se compuesto, a lo menos reci])ido la forma que tienen, a los 
principios de aquel siglo. En ellos, vemos ya algo mas de lo 
sobrenatural i marvilloso que poco después se derramó con 
tanta prodigalidad en los poemas épicos italianos i en los libros 
de caballerías. Pero en este punto es preciso confesar que la 
historia romancesca de ("arlomagno i los doce pares fué hasta 
entonces mucho menos rica i variada (jue la de Arturo i los 
caballeros de la Tnbla IÍ(Mlonda. 



.■^■.. - -,-^. 



IIOMANGES 



DERIVADOS I)K LAS TUADICIOXES HRITAMCAS 

I ARMORIGAXAS 



Los celtas, como los jermanos, acostuinl)raban poner en 
verso las proezas de sus reyes i capitanes para cantarlas on 
las festividades, regocijar los banquetes i trasmitir las glorias 
nacionales a la posteridad. Sus bardos, que, a la manera de los 
escaldos jcrmánicos, eran juntamente poetas i músicos, i acom- 
pañaban sus cantos con el harpa, llamaron la atención de los 
escritores griegos i romanos. Pero semejante modo de perpe- 
tuar la memoria de las cosas pasadas, tarda poco en alterarlas, 
hasta que la verdad se pierde de vista bajo el cúmulo de errores 
e invenciones que se levantan sobre ella. Así nació la epopeya 
de todos los pueblos que la tuvieron orijinal. Así se formó la 
mitolojía do Arturo i de los caballeros de la Tabla Redonda, 
que fue una do las fuentes principales del gran caudal de le- 
yendas i romances que en la media edad inundaron la Europa. 

Créese que Arturo (a quien los franceses i castellanos lla- 
maron Artús) reinó en el siglo VI de la era vulgar sobre los 
britanos o habitantes de la isla Britania, que hoi comprende 
la Inglaterra i la Escocia. Bien es verdad que algunos niegan 
redondamente la existencia de este monarca. Cualquiera opi- 
nión que adoptemos en el particular, es innegable a lo menos 
que las invenciones poéticas, fundadas en su historia o leyenda, 
suben hasta el siglo IX. Nennio que (según los que le dan menos 
antigüedad) escribió por aquel tiempo, nos ofrece ya, como en 



I \S OPÚSCULOS LITERAIUOS I CRÍTICOS 



bos({uoju, los principales hechos que después hallamos am- 
plificados i desenvueltos en el Brnio do Gofrcdo de Mon- 
mouth, que fué, en cierto modo, resj)ecto de los romances 
do Arturo i de la Tabla Redonda, lo que la Crónica del falso 
Turpin para con los romances de Carlomagno i los doce pares. 
Precedieron también al Bruto varias leyendas devotas en que 
se hacía mención de las soñadas expediciones i conquistas do 
Arturo en el continente, del rapto de su esposa Jinebra por 
Melvay, rei do Somerset, de los amores dol mismo Melvay con 
la princesa Glandura, de las correrías de Caradoc en Armórica, 
de la conversión del rei Marco, marido de la bella Iseo, i de 
otros sucesos i personajes que después ocuparon mucho lugar 
en los romances i cantinelas bretonas. Últimamente los contem- 
l)oráneos de Gofredo recil)ieron el Bruto como una mera ver- 
sión de un orijinal británico, i hablan de Arturo, cerno de un 
personaje cuya fama estaba difundida por todo el orbe, si bien 
reconociendo que su historia habia sido en gran manera alterada 
i corrompida por los poetas.* 

Estas tradiciones, sin embargo, parecen hal>erse conservado 
mejor en la Armórica, que en el país do su nacimiento. Estable- 
cidas en él varias jentes de oríjen jermanico, la lengua de los 
naturales quedó reducida a los estrechos límites de Gales, Cor- 
nwall i algunos condados de Escocia. En lo restante de la Gran 
Bretaña, prevaleció el habla sajona; i de su roce con el francés, 
quo, intro lucido por los normandos do la Neustria, subsistió 
largo tiempo ea la corte i ejército de los conquistadores, resul- 
tó la lengua inglesa, cuya formación se refiere jeneralmente 
al siglo XII. Esta revolución no fué favorable a la antigua 
poesía británica; Ins bardos dejaron de ser tenidos en honor, 
i do su lema favorito parece que solo se conservaban en Ingla- 
terra fragmentos inconexos i noticias vagas, cuando Gofredo de 
Monmouth, hijo i habitante de Gales, queriendo resucitarlo, se 
valió de manuscritos armoricanos i no galeses. 



* Véase hi i ntrod acción do Mr. Ellia a la sección tercera de sus 
Spccimens of carly ciiglish motrical romances i las Recherches sur 
les bardes por M. do la Rii«\ 



nUilANCES DElUY.\Ü«..-s L,!-: I. v.> 1 íl vI>lCt«>XES DIlinNICAS 1 l'J 

EfeolivíUUvjnío. l;i Arni*»ií^-a s^ l]:illnl>;\ en miii disliiito eíiso. 
El común oríjon i la soiinjiin/.i <K* I'Miltimjo' atr.ijorou a aqiirl 
país gran número de hritano^, (¡no, hostitra.! ».s do la tiranía 
íiajona, abandonaban en bandadas sus hoLMres para liuscar 
asilo en el coiUincnte.** La Arniórica einpe/. '» entonces a 
llamarse Bretaña; i sus babitantcs, bretones. A esta nu'^va 
Bretaña, se trasplantaron las tradiciones de la antiirua; i el 
í%'iudal de los bardos ¡nsilarcs, conbiJ.erablcinente enrique- 
cido por la imajinacion de sus sucesores arnioricanos, adquíriú 
una celebridad de que anteriormente no hal>ia gozado. Si el 
rei Arturo i el encantador Merlin, si las Jinebras e Iscos, los 
Lanzarotes i Tristanes sonaron de un cabo de Kuropa al otro, 
las crónicas i lais de los bretones, ya orijinales, va traducidos 
allatin, fueron la veta que labraron i ilc don. lo sacaron mas 
materiales los poetas de la media edad, sin ex *epluar los de. 
las mismas Ini/laterra i Escov-ia. 

Gofredo do Monmoutli, reliji(jso benediclino, después obispo 
de San Asaplí, escribió en prosa latina su crónica, llamada 
vulgarmente El lírnlo^ bacia 1138, ti*H?>lad indola, secrun dice, 
de manuscritos bretones, que Walter f'alenio, arcediano de 
Oxford, babia recojido en Bretaña. l\\ título de la obra en los 
«ejemplares impres »s es Britanire utrln.<'[tn2 rorjiín} ot ¡n'iíici' 
pura or¡[!0 t^t H'jsta insl'jnia a Ga'/ri'lo Motioiunthon.^i ox 
aníiquissimis brUannlci .<'?nnoni.< ¡noinimoníi.^ in lati- 
num ^cnnoncm fraducla. La crónica empieza por el esta- 
blecimiento de Eii'.'as en Italia, i el naiimiento de Bruto, su 
biznieto, que va a la Grecia, i se hace rei de í:\ colonia troya- 
na, fundada allí por Eleno hijo de Príamo. Se puede sospecbar 
que por lo menos e.^tos i otros ribetes clásicos se del>en a Go- 
fredo, ya que no al arcediano de Oxford. Juntando después una 
flota de trescientas veinte i cuatro traleras. Bruto se dirije 
a la antigua Albion, habítala de jijantes, donde un oniculo 
lo había pronosticado que reinarían él í su raza. Acosados 
<ie las sirenas, arriban a la costa de Francia, donde encuen- 



* Ellis' Speciiiiens of thc carly english poetSj cap. \. 
*" Leyden s. Introdurlim lo tho compleint of ScoU^incl. 



1*2U OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

tran otra colonia do troyanos, fundada por Curineo. Después 
do varios sucesos en Mauritania i en Francia, írobernada en- 
tonces por doce reyes, que trozaban de i'^ual potestad sobre to- 
do el país, i a quienes Wace, que versificó esta historia en su 
Druto^ da el nombre de pares, so apoderan de Albion i exter- 
minan a los jileantes. Bruto da su nombre a Britania; Corineo^ 
a Cornwall; Locrino, Camber i Albanacto, hijos de Bruto, a 
Lój^res, Cambria i Allxinia. Uno de los descendientes de Bruto 
fué el rei Leir o Lear, de cuya historia sacó Shakespeare el 
asunto de su trajedia de este título. Otro de la misma estirpe 
fué Brenno, cuya invasión de Italia, como la de Britania por 
Julio César, están adornadas de incidentes caballerescos. Las 
heridas do Croceamors, espada de César, son incurables; pero 
el jeneral romano la pierde en un combate singular con Nen- 
nio, hermano del rei Casivelauno, que al fin reconoce el se- 
ñorío de Roma. La Britania, sin embargo, no so somete for- 
malmente al imperio romano hasta el tiempo del emperador 
Claudio, í aun entonces menos por armas que por negociaciones, 
casándose Arsirago, rei del país, con una princesa de la fami- 
lia imperial. Hasta aquí el libro primero. 

Los britanos reciben el cristianismo. Los veintiocho flámi- 
nes* i tres archiflámines son convertidos en igual número de 
obispos i arzobispos. Elena, hija de Coel, rei de Italia, so casa 
con el jeneral Constancio, i da a luz al gran Constantino. El 
senador Maximiano llega de Roma, i por traición de Caradoc, 
duque de Cornwall, destrona al rei Octavio, con cuya hija se 
casa no o])stante la oposición del príncipe Conan Meriadoc. — 
Maximiano c(mquista la Armórica, que da a Conan; so hace 
dueño de la Francia, la Alemania i la Italia; i sube al trono 
imperial. — (.-onan pide por esposa a la princesa Úrsula, sobrina 
de Caradoc, i un número competente de vírjenes para sus ofi- 
ciales i soldados a fin de pü])lar la Armórica. Se juntan en efec- 
to once mil vírjenes nobles, i sesenta mil plebeyas, que se 
embarcan con Úrsula. Sobreviene una tormenta en que perecen 
las sesenta mil; las restantes llegan a Colonia, en Alemania, i 
allí mueren en defensa de la iV i de su virjinidad a manos de 
Ouanino, rei de los hunos, i Melga, rei de los pictos, que eran 



llOyANCES DERIVADOS UlI LAS THAhlCIONKS UniTÁNlC.A* IC\ 



(los famosits piratas. — Conslantino, roi do Hritania, ili'ja trt^s 
hijos: Constanto, Aurelio Ambrosio, i Vicv IVmlrairon, rmi 
cuya (liscorclia por la sucosiou a la corona lenniua oí lil)rt> 
segundo. 

Libro tcroero. Voltii^orn, hombro do malas arlos, so apode- 
ra del primojóiiito Constante, i lo Iiaoc» coronar en Lóndi'os; 
mas apenas lobera que el joven roí ponira on sus manos tinlas 
las plazas fuertes did reinen , le haee matar i usurpa el li\>- 
no. AureHo i Pendraüfon se refujian a la Armórioa, llamada 
ya Bretaña. En esto, Ih^^ra a la isla un caballero sajón llama- 
do Ilenjisto con numeroso sóíjuito; el roi, atrradocido de sua 
servicios, le da tierras, i aun le permite (jue envíe por mas jen- 
te a Sajonia. Ilenjisto tiene una hija hermosísima, llamada 
Rodwcn, do quien se enamora Voltiyorn en un feslin. lió aquí 
cómo describo este lance el poeta \Vace, (pie alirunos años mas 
adelante versificó en francos ol linth): 

Una doncella enUo ellos vino 
de rosU'o i talle peregrino, 
(luo por Ilenjislo fue enjcndrada 
j Kodwon era llamada. 
Hermosura crrandc lonia; 
en todo el reino i^ual no habla. 
JJenjisto llama por mensaje 
al rei para hacerle homenaje; 
i vino el roi privadamente; 
i vo la numerosa jcnto 
i el noble castillo almenado 
que el duque Ilenjisto ha levantado. 
Jíenjisto al rei ha recibido. 
Un gran banquete le ha servido; 
i cuando el rei hubo bebido, 
i del beber se ha enardecido, 
sale jcntil, apuesta i bella 
de la cámara la doncella. 
No pienso quo crió natura 
otra tan linda criatura. 
De un ciclaton, quo os un tesoro, 
vestida está; la copa do oro 



122 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

(juc trac, de vino asaz colmada, 
al rei le ofrece arrodillada. 

El rei brho, stí a])rasa de amor; so casa con Uodwen, i da cu 
premio a su padre la tierra do Kent. Los ])ritanos, ofendidos del 
favor con que trata a los advenedizos, le deponen i coronan 
a Voltimer, su primojónito, que mucre envenenado por su ma- 
drastra. VoItij[^ern, restaurado al trono, llama a su suc^rro que 
viene con gran golpe de jente i asesina traidoramentc a tres- 
cientos sesenta do los principales barones, salvándose solo 
Eldulf(j, conde de Glocester, que, con una estaca hallada al 
acaso, mata a setenta de los enemigos. Los sajones se apode- 
ran de todo el país, i Voltigern huyo a Gales. 

Libro cuarto. Ciertos encantadores aconsejan a Voltigern 
edificar una torro; i como, puesto a ello, lo que se levantaba en 
un dia amaneciese derribado al siguiente, consultados de nue- 
vo, respondcm que regase los ciinientos con la sangre de un 
niño enjendrado sin padre. Voltigern manda buscar por todas 
partes este prodijio, i le traen el joven Merlin Ambrosio, habi- 
do en una monja por un espíritu, que, para cohabitar con ella, 
tomaba la forma de un caballero. Merlin, entendiendo que el 
roi quiere darle muerte, le convence de la ignorancia de sus 
encantadores en el oculto misterio de la torr^; i le asegura que 
debajo de aquella habia un estanque, i en el fondo de ésto dos 
grandes piedras, que cerraban la entrada de un salón subterrá- 
neo, guarida do dos grandes dragones, el uno blanco i el otro 
rojo. Toílo se halló verdadero. De allí a poco da Merlin otra 
prueba de su ciencia profética, prediciendo a Voltigern que 
Aurelio Ambrosio i Uter Pendragon volverían a la Gran Breta- 
ña, destruirían a los paganos, i le quemarían vivo. 

En el libro siguiente, después de la muerte de Voltigern, 
que en efecto pereció en una torre a que sus enemigos pusieron 
fuego, so renueva la guerra contra los sajones con mas vigor 
qué nunca, llenjisto es hecho prisionero i degollado. Trátase de 
elevar un monumento a los barones asesinados por este tirano; 
i consultado Merlin, aconseja que se traigan al intento unas 
piedras enormes que habían sido amontonadas en Irlanda por 
los jigantes, trasportadas las cuales a Inglaterra, asegurarían 



nOMANCES DEIllVAÍJOS IjK LAS Tl'.AÜlClONKS IIMITÁMCAS 123 

f^ii prosperidad futura, l.-tor IV-ndraí^i)!! tr:is[M»rta liis piedras; 
i se levanta con ellas el ediíic'o proyectado, (pie es el eélel)r(*. 
nionumentü de .Stono-llenire, rerea di^ Salishurv. 

A la vista de un cometa maravilloso que oeüi)al)a ¿rran par- 
te del cielo, i de cuya hoea salian dos rayos resplandirientes 
que so extendían so'ire la Irlanda i sobre la Franela, pronos- 
tica Merlin la muerlt* de Aurelio, la exaUaeion de Uter, i las 
fjjlorias de Arturo. Aurelio muere envenenailo por un sajón, i 
os sepultado en Stone-1 lenice. 

En el libro sexto, Uter Pendraí^on subo al trono, manda es- 
culpir dos draQf«)nes a semejanza del cometa, coloíta el uno en 
la catedral de WincliesLer, i del otro hace su estandarte o seña 
do guerra. Habiendo sojuzurado la Escocia, va a I/)ndres a co- 
ronarse, i allí se enamora de IjtTiía, mujer de (lorlosi, reye- 
zuelo de Cornwall. El marido, (reloso, parte sin despedirse del 
rei; Uter Pendraíj:on le pone cerco en un castillo donde s(í 
habia refujiado. Su nuijer esta])a encerrada en otra fortaleza, 
llamada Tint¿\gol, cuya situación era tal, que tres caballeros, 
díco Wace, pudieran defenderla contra cien mil. Los encantos 
de Merlin traslbrman a Uter, que, bajo la íip:ura de Gorlosi, so 
introduce fácilmente en la fortaleza, i goza de la bermosura do 
Ijerna. Entonces es concebido Arturo. Gorlosi mucre en una 
acción de f^uerra; i L'ter es envenenado, eouií) su predecesor, 
por los sajones, i sepultado en Stone-llen^e. 

El libro séptimo contiene los liecbos de Arturo. Wace, ador- 
nando como suehí la narración de Gofredo, i)¡nta con colores 
l)astante poéticos la armadura de este monarca; el yelmo (quo 
habia sido de su i)adre) cubierto de oro i piedras preciosas, i 
con un dragón por cimera; las calzas de bien templado acero; 
la bella espada Escalibon o Caliburna, que habia sido fabricaila 
en Avalen, i nadie podía tocarla desnuda sin morir; el fogoso 
caballo; el escudo, en que habia pintada una imájen do Santa 
Alaría, i la lanza Bruna, que habia sido el terror de Uritania: 

Cal/as de acero se ha vestido, 
))ien adcro'/ado i bruñido, 
i un arnés de mucha riqueza, 
lii^no do su real e:rando/a; 



\'l'k OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



i se ciñó la bien templada 

IJscalibon su fina espada, 

forjada en Avalon sin duda. 

¡Ai del que la toca desnuda! 

Cubierta llevaba la frente 

con el yelmo resplandeciente, 

i por delante la visera; 

loda de oro labrada era, 

i de oro los aros en torno; 

i lleva encima por adorno 

una figura de dragón. 

Mucho rclumba el morrión, 

(jue de su padre fuera un dia, 

con muchas piedras de valia. 

Luego monta el corcel lozano; 

no semeja follón villano 

con el escudo terso i bello 

que tiene colgado del cuello, 

en que retratada se ve, 

en testimonio do su fe, 

con gran primor i maestría, 

la señora Santa María. 

Asaz gruesa i luenga, armada 

de una aguda punta acerada, 

su lanza, que Bronten so nombra, 

a toda la Bretaña asombra. 
Esta isla do Avalon, donde se fabricó la espada de Arturo, era, 
como veremos mas adelante, la habitación del hada Morgana, 
Arturo se casa con la bella Guenhara o Jinebra, dama de ex- 
tracción romana, educada en la corte de Cador, duque de Corn- 
wall. Au.xiliado de Oel, rei do la Bretaña armoricana, derrota 
en repetidos encuentros a los sajones, conquista la Hibcrnia, 
la Escocia, la Francia, la Irlanda, la Noruega; da este último 
reino a su cuñado Losh, padre del célebre Galvano; i vuelto a 
Inglaterra, se corona solemnemente, asistiendo a las fiestas, que 
fueron de una magnificencia sin igual, innumerables príncipes 
i barones de toda la cristiandad, entro ellos los doce pares de 
Francia. Tras esto, recibe una embajada del imperio romano 
requiriéndolo vasallaje i tributo. Resuelto a defender a todo 



nOUAXCES DERIVADOS DE 1. 



UlCIONEa imiTÁMCAS 



trance la inilepemlencia ile hu patria, levanta un numeroso ejér- 
cito, con que se propone natía racnoa que invadir a Uoina. 
Deja encargado el gobierno a su esposa Jinebra, i su subrino 
Modrid (el mismo, según ¡xireco, rjue se llama Molvay en la 
vida latina de San Jíldas, citada por el abato La Ruó). Díri- 
jic-ndoso al lu^ar señalado para la reunión de las tro¡)as, recibe 
noticias de cómo Elena, sobrina de Oel, ha fiido robada por 
un corpulento jayán, venido do las partes de España, que la 
tieno cautiva en la cima del monte que hoi, dice Gofrcdo, so 
llama tle San Miguel (el mismo de que habla Bcreeo en sus 
Milagros lic Nuestra Señora, coplas 317 i í33]. Arturo va en 
demanda del jayán, pero llega tarde para salvar a Elena, que 
muere de pavor al verse en brazos del monstruo, ¡ ea sepultada 
por su aneiana nodriza en aquel monte, que con este motiva 
»e llamó de la Tumba. El rei se encamina a lacuevadel jigante^ 
que se alimenta, como otro Poltfcmo, devorando [>edazos do 
carne medio cruda, ({iie le ensangrientan la cara i barba. Sigue 
un reííido combato. El jiganto recibo una herida mortal, como 
eran jeneralmente las de la hadada Caliburna, ¡ cae con es- 
truendo espantoso, a semejanza, dice (.lofredo, de una encina 
dcsarraií^ada por los vientos. 

Arturo desembarca en Francia i manda una embajada a lus 
romanos, prohibiéndoles poner pié en aquella parte desús «ala- 
dos. Uno de los embajadores era üalbano, que, a presencia del 
cmiierador, creyéndose insultad» por uno de los palaciegos, leda 
la muerte. Loa embajadores dejan apresuradamente el palacio, 
i i-aca mientan do a los que van en ,su alcance, vuelven salvo» 
a presencia del reí, Arturo, Galvano i Oel ganan grandes vic- 
torias, i estaban ya ¡lara pasar a Koma, cuando Arturo recibo 
noticias duhaberse alzado Modrid con el reino, después de haber 
Reducido a su cspo.sa Jincbra. Sigutí la guerra contra Modríd 
i loa Bajones, en que mueren Clalvano i Modrid, i el mismo 
Arturo es mortatmente herido. Jinebra toma el velo, i Cons- 
tantino, hijo de Cador, se ciñe la diadema británica. 

El libro outuvb contieno lus reinados de Constantino i do 
Otros sucesores do Artunt, i la ootiqiiisla de casi loda la isla 
por les sHjiineíf, filie Ho c'jnvi'.'1-l'Mi al cnstiaivisíuo. 



420 OPÚSCULOS LlTERAniOS I GUÍTICOS 



El libro noveno contieno la historia de Cadwan i Elfrido, 
soberano el primero do los britanos, i el segundo de los sajo- 
nes, a quienes suceJen respectivamente Cadwalein i Edwin. 
Este último vence a los britanos i obliga a Cadwalein a refu- 
jiarso en Irlanda, í de allí a poco en Bretaña cerca del rei 
Salomón, su pariente. Las victorias de Edwin se habian debido 
principalmente a la cooperación de un astrólogo español, que, 
instruido por el curso de los astros i el vuelo de las aves, le da 
parle de todos los designios i movimientos de su enemigo. Cad- 
walein resuelve deshacerse a toda costa del astrólogo*, su sobri- 
no Briano se encarga de la empresa, i disfrazado de peregrino 
lo mata en la corte de Edwin. Cadwalein renueva entonces la 
guerra con mejor suceso, i, habiendo vencido i muerto a Ed- 
win en una batalla, recupera el trono. Lo restante de la cró- 
nica es de poco interés. 

Sobre esta reseña de las invenciones de los bardos británicos 
i armoricanos, observaremos que, cuando escribió Gofredo, la 
mitolojía británica habia comenzado a mezclarse con la fran- 
cesa, pre^stándose mutuamente algunas ideas los escritores de 
una i otra. Asi Gofredo introduce a los doc« pares en la coro- 
nación de Arturo, i Turpin cuenta entre los paladines de Car- 
lomagno al armoricano Oel, cuyos hechos dice que eran muí 
celebrados en los cantares. 

Debe observarse igualmente que Gofredo, o bien el autor del 
manuscrito orijinal bretón, con el objeto sin duda de conciliar 
alguna autoridad a la obra, no dio lugar a muchas de las fá- 
bulas que ya corrían acerca de Arturo, i de otros personajes 
que figuran en ella. 

Guillermo de Malmesbury, contemporáneo del monje do 
Monmouth, pondera los delirios de los bretones acerca de Ar- 
turo, i sin embargo reputa verdaderos algunos de los hechos 
mas increíbles que se le atribuyen, como el de haber lidiado 
ól solo con novecientos en el cerco del monte Badónico, i 
haberlos desbaratado por el favor de la Santa Vírjen, cuya 
imájen llevaba en sus armas. De este hecho, según puedo 
acordarme, no se hace mención en (iofredo. Tampoco hallamos 
en su traducción una palabra acerca de las expediciones de 



Arturo ul Oriente, a que aluJioron Alano do Inmilis, i Alejan- 
ilry (lu Cernay, uno de los autores del poema francés de Alc- 
jatidro, ambos escritores del siglo XII.* 

Hubo dos Merlinps: uno que tuvo el ajiellíili» de Amlirosío i 
fué compañero de Voltifíern, Aurelio Ambrosio, Utcr Pcndra- 
gon i Arturo; i otro, el Mcrlin Caledonio, llamado el Salvajr, 
IwrqUQ se retiró a vivir en los lK>sques. listo segundo es td 
Iióroe de un pooma latino do Gofredo do MonmoutJi; si bien 
Gofredo parocB haboi-loa hecho una sola persona. Merhn, se- 
ífUD el poema, militó con tres do sus hermanos en lu gue- 
rra que hicieron Rodarco, rei de Cumbcrland, i Pereduro, rci 
tle Ocnieeia en líscocia, contra Gwisndolan, rei de los britanos. 
En esta guerra, fueron desbaratados los escooeses, i nSuertos los 
tres hermanos de Merlin, que pasa, tres dias i tres noches Uo- 
ntmlo sobre su sepulero, pierde el Juiuio, i huye de la sociedad 
de los hombres. Ganilda, su hermana, mujer de Rodarco, se 
vale para sacarle do los bosques, do un menestral o cantor, que 
se acerca al lugar de su residencia, i acompañándose con el har- 
pa, canta los peK'arcti de Gwcndulen, mujer do Merlin, j do su 
hermana Ganilda. Merlin depone bu melancolía í rc deja con- 
ducir a Uodai'co; pero el bullido del palacio i el deseo de sus 
amados hos(iues le trastornan otra vez el juicio. Merlin es in- 
diferente a todas las honras i ihUüvas del rci, i ni aun la música 
lu hace impresión. Para que permanezca en la corto, es necesa- 
rio tenerle encerrado. Entonces comenzó a dar muestras del 
don do profecía, de ([ue le habia dolado el cielo. Un dia el rei 
acariciaba a bu esposa, i lo quitaba de la cabeza una hoja set:a. 
Morlin, al verlo, prorrumpió en una carcajada, que excitó la cu- 
riosidad de la corte; i obligado a decir la cau.sn, respondió que 
la simplicidad del rei era lo que le había movido a risa; que 
aquella hoja se le babia enredado a Gunildaen el cabello, cuan- 
do fulgaba en el jardin con su amante. La reina, para probiu- su 
iaoucncia i la locura de Merlin, le maiida que profetice cuál ha- 



* Uu rejnlto sobro cato particular a I» obra citada del abate La Ruc. 
i a lo dicho sobru Merlin. popmn latino dd mi%in« (íoírodo, i sobro i-l 
nruío do \\a.w 



128 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



bia de ser la suerte de un pajecillo que se le presenta tres veces 
bajo diferentes disfraces. Mcrlin responde la primera vez que 
morirá despeñado; la seLjunda, coligado de un árbol; la tercera, 
ahogado. Con esto, queda Rodarco satisfecho; mas al cabo do 
algunos años, cayendo el paje de la cima de un risco, quedó 
engarzado de las piernas a un árbol, i con la cabeza sumerji- 
daen un hondo torrente: muere a un tiempo despeñado, colgado 
i ahogado. Ya para entonces se habia retirado Merlin de la corte. 
Para gozar do la sobnlad mas a su sabor, se Iiabia divorciado 
de Gwendolen. Conociendo por el aspecto del planeta Venus 
que ella iba a tomar otro esposo, le lleva un presento nupcial 
de ciervos, gamos i cabras monteses. El novio no pudo disimu- 
lar la risa; el profeta airado arranca los cuernos del ciervo en 
que iba caballero, se los tira a la cara i lo mata. Llcvanle pre- 
so a Rodarco, i da nuevas pruebas de su ciencia profótica. Al 
fin se le permite volver a las selvas, se le construyo en ellas un 
observatorio, i le acompañan sesenta secretarios para escribir 
sus profecías. Visítale el bardo Thaliasin, i en un docto colo- 
quio le hace descripción del universo. Dentro 'del firmamento, 
que circuye todas las cosas criadas, coloco Dios el cielo etéreo, 
morada de los ánjeles, iluminada por el sol, a la cual se sigue 
el cielo aéreo, alumbrado por la luna, i habitado de ánjeles 
inferiores; i nuestra impura atmósfera, que infestan los malos 
espíritus. Una parte del mar, vecina al infierno, es intensa- 
mente caliente; otra cercana a los polos, intensamente fria; 
allí so cuaja una arena preciosísima, enjendrada por la in- 
fluencia de Venus. A esta parte del mar, dice el bardo, atribu- 
yen los árabes la jeneracion de los diamantes i piedras preciosas, 
cuyas virtudes son tan varias como sus colores. Otra parte es 
templada; i en ella se crian las sales, los peces i las aves. 
Thaliasin pasa luego a la tierra, de cuya descripción solo 
merece noticia lo relativo a la isla do /a.s manzanas^ que se 
dice también F'ortHnnda. 



ínsula pomorum quiu Fortunata vocalur 
ex 80 nomen habct, quia per se singula profei t 
Non opus cst lili sulcantibus arva colon is. 



nOMANCES DERIVADOS DE. LAS TRADICIONES BRITÁNICAS l^i^O 



Omnis abest cullus, nisi quom natura miniolrat. 
Ultro foccundas sególes producit ct uvas. 

«Allí, continúa Thaliasin, es la residencia de las nuevo her- 
manas, que revelan a los que van a visitarlas su destino futuro, 
según la hora de su nacimiento. Morgana es la primojcnita, i 
la mas hermosa i sabia. Ella conoce las virtudes do todas las 
yerbas, i sabo el arto de sanar dolencias, do alterar i trasfor- 
mar las figuras. Ella puedo atravesar el aire a vuelo; i ella 
enseñó a sus hermanas la majia."" A esta isla llevamos el herido 
Arturo, después de la batalla en que recibió el golpe mortal; 
Morgana lo alojó en su propia cámara; le reclinó en un leclio 
de oro; lo cató las heridas, i nos prometió sanarle, si le dejá- 
bamos a su cuidado.' Dejámosle allí, en efecto, i volvímonos.» 
Después de esta conversación i de otras igualmente doctas, los 
dos bardos encuentran una fuente maravillosa, cuyas aguas 
restauran el juicio a Mcrlin. Júntase a ellos Ganilda; i los tres 
pasan el resto de su vida en la soledad, consagrados al servicio 
de Dios; con lo que termina el poema. 

Estas nueve hermanas fueron las primeras hadas conocidas 
en el romance; después so imajinaron otras; i se engrandecie- 
ron cada vez mas, como era natural, su poder i sabiduría. Una 
do sus habilidades características era la de susixjnder en todo 
o parte las funciones vitales en el cuerpo animado, i las per- 
sonas que se hallaban en este caso se decían estar hadadas o 
encantadas, í podían permanecer de esta manera años i aun 
siglos. Así vivió, i aun vive, si hemos de creer a los romances, 
el rei Artús o Arturo en el palacio de Morgana, hasta que, an- 
dando los tiempos, sea restaurado a la Gran Bretaña, i al 



* Ilic jura novcrn «.^cniali lego sórores 
dant bis qui veniunt nostrls ex partibus ad se; 
quarum qua; prior cst fit doclior arte medendi, 
cxccditquc suas formas praistaiitc sórores: 
Morgón ei nomcn, didicitquc quid utilitatis 
gramina cuneta fcrant, ut lánguida corpora cunM, 
arsc^uo nota sibi qua scit mutare figuras, 

ot resecare novis. quasi Dicdalus, aera pennis. 
OPÚSC. 17 



130 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



trono. Gofredo alude a esta tradición de sus compatriotas en el 
JBruío, i mas claramente en el Merlin. En el primero, después 
de la herida que Arturo recibió en su última batalla, no se 
dice nada de su muerte, ni que hubiese sido sepultado, como sus 
antecesores, en Stone-Henge, sino meramente que so hizo lle- 
var a la isla de Avalon para que le curaran la herida; i en el 
segundo, refiere Thaliasin que él i otros le trasix)rtaron a la isla 
Fortunada, i le dejaron al cuidado de Morgana, pero calla su 
vuelta. Lo cierto os que en los siglos XII i XIII estuvo muí 
valídala historieta del encantamento de este monarca, i de su 
restauración futura: 

Artiis, si la jestíi no miento, 
herido fué en el corazón, 
i lo llevaron a Avalon 
para sus llagas medicar. 
Diz que allí está, i ha do tornar; 
i no hai bretón (jao rio le aguarde. 
Puedo ser que temprano o tardo 
a 13 retan a retorne vivo. 
Yo, macso Wace, que esto escribo, 
no quiero decir de su fin, 
mas do lo que dijo Morlin: 
íiuo siempre dudoso sería, 
i se cumplió su profecía, 
pues nunca so sabrá do cierto 
si el re i Arturo os vivo o muerto. 

Alantlo de Insulis asegura que corría riesgo de ser apedreada 
en Bretaña el que desmintiese las hablillas ])opulares acerca 
de Arturo. La credulidad de los bretones on este punto llegó a 
ser proverbial. 

Somnialor animus, 
rospuons preso ni ia, 
gaudoat inanibus; 
quibus si crodideris. 
cxspcctare potoris 
Arcturum cum bretón ¡bus. 

dice Pedro (!«' Hlois, escritor del siglo XIII; i el abate La Uui? 



ROMANCES DEAIVADOS ÜE LAS TRADICIONES BRITÁNICAS 131 



ha recojido otros pasajes de poetas franceses de la misma edad, 
que hacen al mismo propósito. 

El primero que so sepa haber tratado en francés las tradi- 
ciones de los bardus, fué Gofrcdo Gaimar, que compuso hacia el 
año 1 14G * una historia en verso de los reyes sajones, continua- 
ción de otro poema que comprendía la de los reyes británicos, 
principiando por la expedición de los argonautas, i en que, 
según él mismo declara, habia correjido varios errores del 
monje de Monmouth, mediante ciertos manuscritos galeses 
que tuvo a la vista. Pero esta historia británica so ha perdido; 
solo queda la do los reyes anglo-sajones, i aun de la segunda 
solo queda un ejemplar, que es el de la Biblioteca Real del 
Museo Británico. 

Wace, natural de Jersey, versificó en la misma lengua las 
tradiciones británicas, tomando por asunto el de la crónica 
latina de Gofredo de Monmouth. Este poema*, llamado comun- 
mente Le Brut cV Angla Ierre ^ se compuso por 1115, i en el 
sigue el poeta francés paso a paso al cronista latino; pero añado 
siempre circunstancias i pormenores, que hacen mas gráfica i 
animada la narración, i a veces introduce algunas fábulas 
omitidas por el primer autor. Tal es la del combate de Arturo 
con el jigante Rison, que viste una pelliza de barbas de reyes, i 
manda buscar la do Arturo, ofreciéndole, en honor de sus caba- 
llerías, que baria con ella la orla. Pero la mas importante de 
estas adiciones es la relativa a la institución de la Tabla Re- 
donda, sobre que no se dice una palabra en el orijinal latino, 
Wace habla de ella en estos términos: 

Hizo Arlús la Redonda Tabla, 
(lo que tanto en Bretaña so habla. 
Los que un asiento én ella tenían 
en todo iguales parecían; 
honrados oran a la par. 
No hubo allí mas alto lugar 
en todo cuanto alumbra el sol 
desdo occidente hasta el Mogol. 

* Klli's Sp^cníif»!/.^ nf ¡tof?l.<, etc. cap. i*. La Une, licrlicrchcs, etc. 



132 OPÚSCULO» LITERAnrOS I CRÍTICOS 

Escoto, bretón o francés 

no ora reputado cortes, 

si la corte no visitalxi 

del reí Artús, i no lle^^1ba 

vestidura, ames i divisa, 

según \íi usanza, i de la guisa 

que los caballeros solían 

que en la corte de Artús servían. 

De lejas tierras aportaban 

los cjue honor i prez deseaban 

para oír sus caballerías, 

i para ver sus mesnadias, 

i conocer a sus barones,. 

i recibir sas ricos dones. 

¿Qué mas prueba* podemos apetecer de que nila jesta latínír 
de Gofrodo, ni la francesa de Wace, deben mirarse como un 
depósito completo de las ficciones do los bardos británicos i 
armoricanos, según el punto a que ya habían llegado a princi- 
pios del siglo XII? Es claro que ambas obras se escribieron con 
pretensiones de historia, i que por tanto no ¡nido menos de- 
excluirse lo que tenia mas visos de fábula, es decir, lo mas- 
brillante i romanesco de aquellas ficciones. 

Por aquí podenws calcular el vuelo que para entonces habiar 
tomado la mitolojía de la edad medfay principalmente en Bre- 
taña. Los bretones fueron sin duda los que mas contribuyeron- 
a enriquecer el romance, i a quienes se debe la mayor parte de 
los materiales, do que después se aprovccliaron tanto los poe- 
tas de Francia, Italia i España. 

Es prol)al)le (¡uc la isla de Avalon, mencionada por Gofredo 
i por Wace, es una misma con la Fortunada de Merlin. El 
nombre de Avalon fué el que prevaleció en los romances. Pero 
las hadas solían visitar otros lugares, í revolaren ellos su pre- 
sencia con maravillas. De éstos, ninguno tuvo tanta fama en 
los siglos XII i XIII, como la floresta de liroceliamla o/írc- 
rheliunt, donde las hadas i*c velaban su presencia con estu- 
pendos prodijios. Menííiónala Wace on (í1 romance de los 
duques de Normandía, donde on una reseña de caballeros dice 
asi: 



ROMANCES DKUlVAbOS DE LaS T1;aI)U:IÜN12S UIUTÁNICAS 133 



1 Iot> de jttnto ii IJroct'liaiuln, 
que en boca de bi-clones andiv 
extensa floresta sombría, 
t|ue goza de gran nombradla. 
Sale hacia un lado del padrón 
la fontana del Derenton, 
a cuya sombra el cazador 
va a re rujiarse del calor; 
meto el cuerno en el agua fría, 
i con ella el padrón rocia; 
•9 caer luego »e miraba 
copiosa lluvia que regaba 
no BÓ por cual oculto modo 
la selva i el contorno todo. 
•i si los bretones no mienten, 
allí de los hombres consienten 
las hadas ser vistas, i cosas 
acaecen maravillosas. 
Águilas se ven[i milanos^ 
i ciervos grandes i lozanos; 
mas han desertado la fuente. 

Tanto se hablaba do esta selva, que Wace qui.so ir a certifi- 
carse por sus propios ojos do los prodijios que se contaban de 
«lia. Él mismo se burla do su credulidad en estos \'orsos: 

Yo también con el ansia ardiente 
de ver tan altas maravillas 
a visitar fui las orillas 
de Derenton i Brocelianda, 
((ue en boca de bretones anda. 
Maravilla ninguna vi; 
si necio entró, necio salí. 
Lo mismo que me fui, me vengo: 
necedad busque; me la tengo. 

«Cuando Cristiano deTroyes, diccM. de la Uue, va a contar 
los hechos de Ivano, llamado el caballero del León, le lleva a 
lasciva de Brecheliant, donde encuentra animales monstruo- 
sos, hombres salvajes, leones, leopardos, serpientes; lo hace 
^visitar la fuente de Berenton, i derramar el agua con la taza 



Wh OPÚSCULOS LITEHARIOS I CRÍTICOS 



(le oro, colgada de la encina, que le da sombra; sobreviene 
repentinamente una tempestad, i el héroo se ve en grave ¡kíIí- 
gro. Hugo de Mery en su Torneo del Antecristo refiere las 
guerras de San Luis contra el duque de Bretaña, i dice que, 
hecha la paz, fué a Brocelianda, i vio las mismas cosas que I vano 
luego que regó, como él, con la taza encantada el padrón o 
columna que estaba al lado de la fuente. En el romance do 
Bruno de la montana^ o el pequeño Tristan restaiurado^ 
el héroe debe su coronación a las hadas de Brocelianda. 
Gualtero de Metz, describiendo en su Inuíjen del mundo las 
maravillas del universo, se extiende muclio sobre esta porten- 
tosa floresta. Pero no solo los poetas; mencionan también i 
creen sus prodijios los historiadores.» 

A fines del siglo XII, se compusieron on francés varios roman- 
ces de Arturo i de los caballeros de la Ta])la Uedonda. Se dice 
que Enrique II, rei de Inglaterra, so liizo trasladar en prosa 
francesa varios manuscritos bretones, i que en este trabajo so 
emplearon Rusticiano de Pisa, Roberto i Ellis de Borrón, Luces, 
señor del castillo de Gast, cérea de Salisbury, Gualtero Map, 
jentilhombre de Enrrique II, i Galse le Bloud, pariente del 
mismo reí.* Pero los anticuarios de la Oran Bretaña niegan la 
existencia de estos traductores, i miran con razón los romances 
en prosa que se los atribuyen como obras mui posteriores al 
siglo XII. Lo cierto es que no hubo tal castillo de Gast, cerca 
de Salisbury, ni hai memoria o noticia de Luces o de sus colabo- 
radores, sino la que (;llos se suponen dar do sí mismos en obras 
que se les han prohijado.** Es verdad que hubo por el año 1200 
un Waltero Mapes, arcediano do Oxford, autor de poesías 
latinas jocosas; poro el supuesto romancero del mismo nombro 
se llama a sí mismo caballero del re/, cherjalier le roí, expre- 
sión que designa manifiestamente un hombre del siglo, i no 



* Roquefort, Etnt el? la poé.síc franrnise, páj. 116; La Ruó, Rcc/ier- 
chns sur les ouv mijos dos bardos. 

** Rit«5on, Anci-nil mpírical romanóos: iutroductory disscrtation. 
scct. I; Walter ScDtt, Intvoduolion to Sir Trislrom, pnj. XIX, (so- 
cond cdition^ 



UOMANOES DKIIIVADmS 1»I-: las TKAbli-.IONKS líÜlTÁNIllAS I 3C» 



un eiílcsiástieo.* l']s proliaMi-, (\>nn) mIímtvú Mr. Uitson, qiu? 
el escritor de este pasaje ronfunili»'» al \h)rU\ lalino nni el otro 
Waltero, arcediano de Oxford, que di<) a(.lofivdo d*» Monmouth 
el orijinal bretón de su crónica. 

Por consiguiente, el primer poeta (jue .sepamos haya tratado 
asuntos británicos o armoricanos después de W'ace, es Cris- 
tiano de Troyes, que floreció por 1170, i compuso en vereo el 
romance de /oano, cabn^llcro del León; el de I^nnzarote del 
Lago^ uno do los ojalanes de la in(icl Jinobra ;o])ra terminada 
por Gofredo de Leij)ni , poeta de la misma e»lail ; i el de Perceval 
el GaleSj o el Santo Greal. Llamóse »Sa/i /o Tí/va/ la escudilla 
o plato (pues se disputa s )bre su verdadera forma) en que se 
supone que Jesucristo comi('»el cordero pasiual en la última cena 
i en que José de Arimatías, al tiempo de sepultarle, recojió 
su sangre. Después el mismo discípulo trajo a la Gran Bretaña 
esta preciosa alhaja, "que durante algún ticm|)o fué venerada 
públicamente, i al fin desapareció por castií^o did cielo; varios 
caballeros de la Tabla Redonda emprenden rccoi>rarla i Perce- 
val so sale con ello. Tal es el asunt») del romance. 

Ademas de los tres citados, se asignan a Cristiano de Troyes 
el de Clirjcs o Cliget^ otro caballero de la Tabla Redonda; el 
de Tristan^ amante de la reina Iseo; \ ol de /:? cr, i)ríncipe 
•armoricano que es coronado en Nántes por el i-tá Arturo, i 
lleva en esta ceremonia un manto rií[uísimo bordado ix)r las 
hadas bretonas.** Pero esta asignación carece de pruebas, i con 
respecto al Tristan i al Erec^ temo que haya dado motivo a 
ella una suposición equivocada. lié aquí el funilamento de mi 
temor. M. Galland (en el tomo 2." de las Mcinovias de la 
Academia de las inscripcioneí^) dio a conocer un antiguo 
romance que trata de los hechos de Perceval, i principia de 
esta manera: 

Cil qui fit do Erec et d'Enide 
et les commandomcnts d'Ovidc, 



* Roqucfort, obra citada, páj. li'J. 

** Roquefort, Élal de la poésie /"raníaise, pajinas liS i siguientes; 
J-a Rué, Recherches sur los bardes. 



1 30 OPÚSCULOS LITEHAniOS I CRÍTICOS 



el Tari d'íiimcr en román mi^t: 



Del roi Marc ot (Vhel la Blowh', 
ct do la hupe el de Ihironde, 
ct del rossignol la muance, 
un autre conté ci commence 
d'un valet qui on Giece fu 



del linaííro le rol Artu. 



'o 



Erec i E nicle es un solo i bien conocido romance; el rei 
Marco i la bella Iseo designan seguramente el de Tristan. 
Debemos, pues, admitir que estas dos obras, i la que M. Galland 
dio a conocer, fueron producciones de una misma pluma; i si 
el Percevalj de que estamos hablando, es uno mismo con el de 
Cristiano de Troye.^^ como parece que lo dio por sentido el 
abate La Ruc, será preciso contar los romances de Erec i de 
Tristan entre las obras de este poeta. 

Pero esta suposición es errónea. Porque el autor del poema 
mencionado por Galland dice que halló el asunto, 

en un des livrcs del Aumainc 
monsignor Saint Pierro do IJiauvais; 

al ixiso que Cristiano de Troyas expresa haberse valido para 
componer el suyo do un manuscrito del conde de Flándes; 
como se puede ver en uno do los fragmejitos ciue trac Fauchct 
do este mas antiguo Perrncal^ i)robablemente perdido. Galland 
so inclina a pensar que el autor del otro sería talvez Raúl de 
Gauvais, conocido por ciertas poesías del jénero lírico; pero ya 
adoptemos o nó esta opinión, que a la verdad no es de gran 
fuerza, siempre quedaría en pié la distinción de dos obras que 
se sacaron, según declaran ellas mismas, de dos orijinales dis- 
tintos. 

Hé aquí el principio del romance de Erec^ citado por ol abate 
La Rué: 

lyErcc le íils Lac cst 11 contcs, 
que devant rois ct devanl contcs 
depccicr ct corrumprc sculent, 
cil qui de chanter vivre veulcnt 



tlOHANCEK DUniVADOs bli LAS TRAUlfilOXES BlUTÁNliUS 137 

Estos vcrsoa convienen inOnitamcnto m('ji>rnli\ segunda mitad 
iltd siglo XIII, cunndo las Túbiilns hrítániras i arnwricsnan 
liabinn ya suminÍKlrado iuntoriides a miiltitu;! de romances, i 
ilebido Esi'niideíi adiciones i altüracioncs al ínjoniti áe: los tro- 
veres, que a la odad de Cristiano tle Troyps, uno de los prime- 
ros frnncesps que eonienxaron a versificarlas. 

Dcspiics de Cristiano do Troyos, »Íguiundo el ónlitn croni>- 
lójico, 80 deljo tratar du la poetisa M^ria de Francia, ciiiu vivió 
lincia I2S0, i cuyns lais se miran oon justa razón cerno de lo 
ma« elegante, duluo i delicada que produjo la poesía do los 
trovores. La palabra Ittis, de orijen céltico, sic:nificaba cora- 
pitaibioncs de ji'iieros difercnlos, ya ^-picas, ya líricos; i en el 
primer sentiilo ea en el que aquí hc toma, denotando poemas 
do una sola división o canto, en que so refiero una acción 
grave, por lo común amorosa, i siempre en la especie de verso 
que los rrancesea Ilciman ootosilal)o. Aquí notaremos que asi 
<Mnio en los romances cío Carluiiiaiíno tuvieron mas uso el 
alejandrino i cmliruasilabo, en los de asuntos británico» i ar- 
inoricanos se empleó casi siempre el verso de ocbo o nuevo 
silabas con el acento en la octava, sin que podamos dar razón 
do esta diferencia, siendo las enunciadas tres especies do ver- 
nos igualmente antiguas en la lengua francesa. 

María confiesa haber sacado los asuntos de sus poemas de 
antiguos lais bretones, (jue oyó cantar o recitar; i en ellos 
vemos amonudo In maquinaria de encantamentos i badas, que 
era tan favorita do aquel pueblo. En ol lai do Ougemcr, hai 
una cierva blanca que, berida de muerto, anuncia al matador 
las desgracias que van a subrevenirle; i una barca cncsntaila 
cruza los maros dirijida por un poder invisilile. Esta liarca es 
toda de ébano, el velamen i jarcias de soda; i el caballero que 
es destinada a trasportar, encuentra en ella un magnífico locho 
adamado de oro i marfil, i cubierto do una colcha riquísima 
de Alejandría, guarnecida de las mas finas pieles. Era de tal 
virtud la almrüíadii, que la cabeza que reposaba sobre ella, 
no encanecía jamas; i a los dos lados ardían dos cirios sobre dos 
candeleros do oro, en que brillaban multitud do piedras pre- 
ciosas. En el lai de líisclavcret, un caballero so trasforma en 



^^ 



13S OPÚSCULOS UTKRAIUOS I ClílTlCOS 

lobo penc'xlicainente. En el do Lanval, aparecen Arturo i la 
Tabla Ii«\Ir)n(la con su acostumbrado esplendor. Lanval es 
amado de una hada herm')sísima, que le colma de favores i 
de riquez:is, i so lo lleva finalmonte a Avalon. Graelant Mor 
í^oza de iu^ual ventura en el lai de su nombre, i aun hoi (dice 
María) creen sus compatriotas que vive en compañía de su 
enamora la en aquella mansión de delicias. 

Esta poetisa sobresale principalmente en las descripciones 
de escenas risueñas i amenas. Tal es la del pabellón a donde 
es conducido Lanval: 

La roine Semiramis, ote. 

Tal es la di» la entrada de una de las hadas en la corte del rci 
Arturo: 

Quant par la ville vint poignant, etc. 

Pero uno de los mas bellos ras^jos es el que termina el lai do 
Graelant Mor, cuando trasportado este caballero por las hadas, 
le echa menos su fiel caballo: 

Los destiers qui d'evo escapa, etc. 

Su narrativa está animada de diálogos, en que no falta ex- 
presión, aunque a veces se echa monos la delicadeza de su 
sexo. Su asunto favorito es el amor. Si esta pasión apenas 
ocupa algunos momentos a los caballeros de Carlomagno, que 
solo tratan de guerras, conquistas de reinos i peregrinaciones 
a la Tierra Santa, es al contrario el eje de toda la acción de 
los lais bretones, versificados por la Safo de la media edad. 
En ellos, los amantes profesan una especie de idolatría al objeto 
de su cariño, i el pundonor de los caballeros se interesa en 
defender la superior hermosura de su dama. Ellos en suma 
nos presentan ya completamente desenvuelto el carácter del 
romance i de la caballería andan tesca. 

La creencia en las hadas, que tanto papel hace en estos i 
otros cuentos tomados de las historias i lais de ambas Bretañas, 
parece haber sido antiquísima entre los celtas, particularmente 



HüMANüES DEIil VADOS DK LAS TRAÜICIONKS ÜIUTAMCAS W^ 



los do la Armórica. Pomponio Mela* dice qiíc la islcta de Sena 
(hoi Sein cerca do la costa de Bretaña) era famosa (wr el oráculo 
do una diviiüda 1 galesa, a la cual estaban consiiíjradas nueve 
sacerdotisas, que guardaban perpetua virjinidad, i de quienes 
era común opinión que con sus encantos alteraban los elemen- 
tos, setrasf«)rmv^ban en tolo jéncro do animales, curaban cua- 
lesquiera dolencias i profetizaban lo venidero, pero que solo so 
prestaban a los naYe;^antes que venían exprofeso a consultarlas. 
Estrabon,** aunque nada dice de majia ni de encantamentos, 
menciona el culto de cierta divinidad análoija a Baco, cuyas 
sacerdotisas habitaban exclusivamente la isla; i Dionisio Perie- 
gétes*** liabla de sus fiestas nocturnas, en que, coronadas de 
yedra, celel)raban al dios con clamores i estrépito. Así pues los 
bardos bretones en lo que atribuyen a las hadas tuvieron poco 
que añadir a las ideas mitolójicas de sus mayores desde antes 
de la era cristiana. 

De un encantador a un dios no luii mas diferencia que la 
inmortalidad; las hadas gozaron de este atributo, i aun a veces 
lo comunicaron a sus favorecidos; esto es todo lo que se debo 
a la imajinacion poética, o mas bien al natural progreso do lo 
maravilloso en las tradiciones vulí]fares. 

No so sabe cómo se llamaron esta especie de semidiosasen 
la longiia céltica; porque la voz liada es la latina /a/a, plural 
de fatiun. 

A estos entes oscuros que antes estaban, por decirlo así, en 
los confines del mundo abstracto i del universo real, las fábulas 
bretonas, trasladadas al romance, dieron nombres, habitación, 
historia. Las hadas aparecieron entonces bajo cuerpos palpables, 
juntando en sí el poder de los dioses, la sabiduría de las Musas 
i los atractivos de las Gracias. Animadas de pasiones vivas c 
intelijibles, dejan como las divinidades del paganismo su man- 
sión de delicias para conversar con los hombres, i para ayudar 
o contrariar sus empresas. Los lais de la poetisa normanda 



* Pomponio Mola, De silu orbis, libro III, cap. 8. 
** Estrabon, Jeografia, libro IV. 

Pcri'^gesis, versos 570 i siguientes. 



4 ** 



1 iO ' OPÚSCULOS UTERARIOS I CRÍTICOS 



fijan la épficíi denosta adquisicioa importante que preparaba 
al romance los medios de competir alífun dia con la riqueza i 
esplendor de la epopeya griega. 

Uno de los lais de María contieno un lance de los amores del 
celebrado Tristan, cuya historia, tratada orijinalmente por los 
bardos británicos i armoricanos, parece haber pasado a los 
cantos do los troveres desde fines del siglo XII. 

Cristiano de Troyes (en una canción lírica citada por la Ra- 
vaillcn) dice así: 

Ainques don buvraige ne bui 
dont Tristan fut empoisone; 
car plus m'a fait aimer que luí 
bon cuers et bonne voluntó. 

Esta Tijera alusión prueba mejor que nada lo familiar que era 
ya la historia de Tristan a los compatriotas de aquel poeta. 

En un manuscrito de la librería de M. Douce, se conservan 
fragmentos de dos antiguos romances franceses en verso octo- 
sílabo en que se mencionan a la larga las aventuras de aquel 
caballero. Debemos una extensa noticia de esos fragmentos 
al no menos docto anticuario que excelente poeta Sir Walter 
Scott en su edición del romance ingles de Sir Tristrem, 

El autor de uno de ellos, citando los orijinales que ha tenido 
a la vista para redactar su historia, habla de un lireri^ que 
supo, dice, las jestas i los cuentos de todos los reyes, i de todos 
los barones que existieron en la Bretaña; pero menciona al 
mismo tiempo a un Tomas cuya autoridad prefiere en lo con- 
cerniente a su héroe. Se ignora quién fuese este Breri; el Tomas 
es, según todas las apariencias, el mismo que se cita con este 
nombre en otro antiguo romance métrico de Tristan, compues- 
to por Gofredo do Estrasburgo en lengua tudesca;* i se hace 
sumamente probable que en ambas obras se designa al bien 
conocido poeta ingles del siglo XIII, Tomas de Erceldon. 

En efecto, Roberto de Brunne, autor contemporáneo, habla 
de Erceldon^ como un famoso versificador de cuentos, i men- 



* Roqiicfort, I\tat de la poí^sie frariQnise, páj. 476. 



TOMANCES DERIVADOS DE LAS TRADICIONES BRITÁNICAS iW 



cíona a Tomas como autor de un Sir Tristrem^ a que da la 
primacía entre todas las jestas rimadas.* Nada hai en el pasaje 
que de a entender la identidad del Tomas con el Erccldon; 
pero no conociéndose otro Tomas poeta ingles de aquella era, 
es verosímil que ambos nombres indican una sola persona. 
Resta saber si la obra publicada por Sir Walter Scott es (como 
sostiene el injenioso editor) el romance que debió tantos elo- 
jios a Roberto de Brunne. Pero los pasajes en que se ha querida 
apoyar esta identidad no son a mi parecer satisfactorios. El 
autor expresa en la introducción que, estando en Erceldon, 
habló con Tomas, i le oyó leer la jenealojía del héroe; i en 
otra parte dice que se informó del mismo sujeto sobre las 
circunstancias de una de las aventuras que cuenta. ¿No es esto 
dar a entender clarísiinamente que el poeta cuya autoridad so 
alega, i el poeta que hace uso de ella son dos personas distintas? 
Creo, pues, que en rigor solo podemos recibir los pasajes in- 
dicados como una confirmación importante de la existencia i 
celebridad del Sir Trislrem compuesto por Tomas de Erceldon , 
i probablemente perdido. 

. Hemos hablado de uno solo de los fragmentos que contiene 
el manuscrito de M. Douce; i si se admite la ex|x>sicion que 
precede, es claro que debemos darle algo menos antigüedad 
que al poema del rimador de Erceldon, compuesto hacia 1250. 
Pero no hai razón alguna que nos obligue a posponer también 
a esta fecha el otro fragmento cuyo lenguaje i estilo tienen 
todo el aire del siglo XII. A lo menos me parece innegable que 
la historia de Tristan, según se contiene en el romance ingle» 
impreso, cuyo autor tomó de Erceldon la sustancia de los he- 
chos, arroja claros indicios de hal>er pasado por la mano de 
los tro veres. Los nombres do Rolan, Governail, Blancaflor, i 
otros, son sacados de la lengua francesa. 

Lo dicho puede reducirse a las proposiciones siguientes: 1/ 
La historia de Tristan fué orijinalmente inventada o adornada 

por los bardos, en lo cual me parece que no puede haber di- 



* Fragmento de Hobcrto de Brunne en el apéndU'c al prefacio del 



editor de la fWniira de I^edro Lagtoft. 



Ií2 * OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



vcrsidaJ de opiniones. 2.' De los bardos pasó esta historia a 
los troveros o rimadores franceses de Inglaterra i Francia, 
como pasaron otros muchos asuntos británicos i armoricanos. 
3.* Tomas de Erceldon se valió de los romances franceses, 
como so valieron otros muchos poetas de su nación, aun en 
asuntos orijinalmente I>ritán¡cos. 4." La celebridad de la obra 
de Tomas, debida talvez al orden i elección de los hechos, al 
estilo, i a lo que pondria de suyo, hizo que la consultasen i 
citasen los que celebraron posteriormente aquel héroe, como 
Gaimar en su poema histórico, i María en sus fábulas esopia- 
nas, consultaron i citaron otros manuscritos ingleses. 

Como quiera (jue s(ia, el poeta ingles que Sir Walter Scott 
sacó a luz, i los dos poemas franceses, cuyos fragmentos ha dado 
a conocer, si no nos presentan la leyenda de Tristan en su pri- 
mitiva pureza, a lo menos no distan tanto de ella como los 
romances en prosa, o libros de caballería, que poco después se 
comenzaron a componer sobre el mismo asunto. Tristan no 
tiene en estas obras nada que ver con el rei Arturo ni con la 
Tabla Redonda. IIj aquí, según ellos, su historia. 

Rolan Ris, señor de Ermonia (quizá la Armórica), se lleva 
el prez do un torneo en la corte de Marco, rei do Cornwall; i 
cautivad corazón de Blancallor, hermana del rei. Róbala; vuela 
a la defensa do Ermonia invadida por el duciue Morgan, derrota 
al usurpador en varios encuentros; pero al fin es asesinado trai- 
doramento. Blancaílor recibe la noticia de este desastre en el 
momento mismo de parir a Tristan; i espira legándole una sortija 
quo recuerde i acredite su extracción materna. El huérfano 
pasa por hijo de Roan, fiel adhcrentc de aquella desgraciada 
familia; él mismo ignora quiénes habían sido sus padres; apren- 
do todos los ejercicios i habilidades de un caballero, i es robado 
por unos piratas de Noruega. Arrojado por éstos en las playas 
de Cornwall, sus talentos, principalmente el primor con quo 
tañe el harpa, le ganan el afecto del rei Marco, mayormente 
después que, por medio de Roan, i de la sortija, so descubre 
ser su sobrino. Pero sabedor de la historia de su familia, se pone 
en camino para tomar venganza del usurpador Morgan, le mata, 
recobra los estados paternos, i vutdve a la corte de su tio. A 



ROMANCES DERIVADOS DE LAS TRADICIONES BRITÁNICAS 143 

SU llegada, encuentra una gran novedad. El rei de Inglaterra 
exije un pesado tributo; i el que viene a cobrarlo es un cam- 
peen irlandés de gran fama, llamado Morante. Tristan hace cam- 
po con él, le vence i mata, dejándole clavado un pedazo de su 
espada en el cráneo. El mismo es gravemente lierido en un 
muslo; i esta herida, hecha con un arma envenenada, se encona 
i cancera. 

Tristan se hace insoportable a los que le rodean; dojaa Cor- 
nwall acompañado de solo su ílel Govcrnail, i su harpa; se hace 
a la vela; el viento le arroja a Dublin; temeroso de los parientes 
de Morante, oculta su nombre; su harpa le procura el favor 
de la reina, que era famosa en el arte de curar las licridas, i 
le sana. La reina tiene una hija hermosísima llamada Isco; 
Tristan enseña a la princesa la música, la poesía, el ajedrez i 
otras habilidades; lidia con un formidable dragón que respira 
fuego, i le mata; su valor, sus gracias excitan en la princesa 
el deseo de saber quién es; examinando su espada, i comparando 
el pedazo que le faltaba con el que se había sacado del cráneo 
de Morante, descubren que su huésped era Tristan. Por for- 
tuna, el casamiento de Iseo con Marco le salva del resentimiento 
de la familia. 

Tristan lleva la princesa al rei Marco. Al tiempo de la parti- 
da, la reina pone en manos de la fiel Brenguena, que acompaña 
a su hija, un poderoso filtro, encargándole lo dé a beber a los 
dos esposos la noche de la boda. Un dia, durante la navega- 
ción a Inglaterra, estando Tristan acalorado, pide de beber, 
i Brenguena le presenta inadvertidamente el fatal licor. Agó- 
tanle Tristan e Iseo, i comienza en el mismo punto la pasión, 
que les acarreó tantos trabajos. El bajel llega a Cornwall; Iseo 
se casa con Marco, i la noche de la boda para ocultar sus cri- 
minales amores, hace que Brenguena ocupe su lugar en la 
cama del rei. De allí apoco un señor irlandés, antiguo enamo- 
rado de Iseo, viene a Cornwall, disfrazado de juglar,- trayendo 
un harpa primorosamente construida, que excita la curiosidad 
do todos; pero rehusa tocar en presencia^lel rei, que era exce- 
sivamente aficionado a la música, si éste no lo otorga el don 
que le pida. Marco empeña su palabra de hacerlo así; i el juglar 



\h\ OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



canta, al son del harpa, un lai en que declara que el don otorga- 
do es Iseo. No habiendo arbitrio para dejarse de cumplir la 
palabra real, es entregada la reina al irlandés, el cual se hace 
al mar con ella; i)ero los alcanza Tristan, disfrazado también de 
juglar, i habiéndoles divertido un rato con la viola, salta de 
repente sobre el caballo de su rival, arrebata el de Iseo por la 
rienda, e intérnase con ella en el bosque, donde pasa una sema- 
na en su compañía, i al cabo la restituye al reí Marco. Fuera 
largo enumerar todos los incidentes ocasionados por los celos 
del marido, i todos los arbitrios de que se valen los dos aman- 
tes para verse i comunicarse, favorecidos de la injeniosa Bren- 
guena. Un enano los espía i atiza las sospecha del rei. Tristan 
es desterrado, i entra en servicio de Triamor, rei de Gales. En 
esta temporada, fué su combate con el jigante Urgan. Habién- 
dole dado la muerte, obtiene en premio la soberanía de Gales. 
Tristan cede aquel estado a la hija de Triamor, i envía de regalo 
a su amada un perrico maravilloso, que también vino entonces 
a su poder, cuya lana estaba matizada de los mas peregrinos 
colores. 

El buen Marco se reconcilia con nuestro caballero; vuelve a 
Cornwall; nuevas aventuras amorosas, nuevos celos, nuevo 
destierro. En esta segunda ausencia, atraviesa la España, i 
mata allí tres desaforados jayanes. Luego auxilia al duque de 
Bretafia en sus guerras, i se casa con su hija Iseo, llamada por 
vía de distinción la de las blancas manos; pero fiel a sus pri- 
meros amores, no se resuelve a consumar el matrimonio. Tras 
esto, vence i rindo al jigante Boliagog, se apodera de su casti- 
llo, i le perdona la vida so condición de que ha de levantar un 
edificio en honor de Iseo i de Brenguena. Cúmplelo así Bolia- 
gog, i en el edificio se esculpe la historia de nuestro caballero, 
representándose al vivo todos los personajes i sucesos indica- 
dos. Entre las esculturas, admira Ganhardin su cuñado, la de 
la confidenta Brenguena, que le inspira una pasión vehe- 
mente. Ansioso de verla, se dirijo con Tristan a Cornwall. 
Los dos caballeros encuentran a sus amadas en un bosque ve- 
cino a la corte; son descubiertos; i después de varios lances se 
ven precisados a retirarse a Bretaña. Pero vuelven de tiempo 



ROMANCES DKni VADOS DE LAS TnADICIONES nilITÁXICAS H5 

en tiempo l)ajo (lifcTcntes disfraces. Kn una do las empresas 
que Tristan acometo en sus viajos, es herido de una lanza 
envenenada, i hallándose a la muerte, da aviso do su situación 
a Iseo. Ganhardin se encariña de esta comisión, i se concierta 
entre los dos amigos que la nave que ha de conducirle a In- 
glaterra, desplegara a su vuelta velas blancas o negras, según 
las noticias que le traiga. Iseo, al recibir el mensaje, se entre- 
ga al dolor i desesperación i resuelve atrepellar por todo a 
trueque de ver a su amante. Salo del palacio a hurto; Ganhar- 
din navega con ella a Ih'otafia, mientras el pobre caballero, 
aguardando su vuelta, pasa los dias i las noches en la mayor 
agonía. Llega en fin la suspirada noche, i Garihardin indica en 
el color del velamen las buenas nuevas do que es portador. 
Pero la mujer de Tristan, informada de todo, se abrasa do 
celos, i por atormentar a su marido, a quien la enfermedad 
tenia postrado en una cama, le dice que ha entrado en el 
puerto un bajel enlutado. El infeliz amante no pudo sobrevivir 
a este golpe; pronuncia tres veces el nombre do Iseo, i a la 
cuarta espira. En medio do las lamentaciones del pueblo, de- 
sembarca la reina, i pregunta cuál era la causa do ellas. Se- 
ñora, le responde un anciano, el espejo de los caballeros, el 
amparo de los menesterosos, no existo ya; Tristan es muerto. 
La desconsolada reina so hace llevar al cadáver, se arroja so- 
bro él, i muere también de dolor. Tal fué el fin do Tristan i de 
la bella Iseo, modelo do los asendereados galanes i amorosas 
damas de la andante caballería. 

Hablando do Cristiano do Troves, hicimos mención do un 
romance francos do Tristan, que so atribuye sin suficiente 
fundamento a Uaul do lieauvais; i'do que solo sabemos lo poco 
que se dice en la memoria do M. Galland. Yo me inclino a 
creer que este romance, i los dos fragmentos del manuscrito 
de M. Douce tuvieron, todos tres, distintos autores. 

Ninguna leyenda caballeresca tuvo mas popularidad que la 
do Tristan. Celebráronla gran número do romances métricos, 
tanto en las lenguas derivadas de la latina, como en las teu- 
tónicas; i fué un(j de los primeros asuntos do los romances en 

prosa, que comenzaron a componerse por 1300, cuando, hecha 
orrsc. 19 



1 iC OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICOS 



mas jcneral la lectura, dejó de sor necesario oír de la boca de 
los juglares aquellas historias que tanto excitaban la curiosidad 
i la admiración. En est js romances, que bajo su nueva forma 
se llaman con míis propiedad libros de cal)allería, se alteraron 
grandemente las tradiciones de los bardos, i particularmente 
las relativas a Tristan. Se le supone hijo de Meliadoc, rei do 
León, ya conocido como uno de los caballeros de la Tabla Re- 
donda, i so le llamó Don Trisfan de Leones; al paso que su 
mujer Iseo fué prohijada al célebre Oel, compañero do Arturo. 
Los que trataron de asuntos británicos i armoricanos, como los 
que habian tomado los suyos de la historia do Francia, for- 
maron árboles jenealójicos imajinarios, enlazando personajes 
i fábulas que al principio no tuvieron conexión alguna. 

Si los lais de María, las leyendas de I^nzarote i de Tristan, 
introdujeron el gusto de los lances amorosos, que en las pri- 
meras obras de los troveres no tuvieron variedad ni interés; las 
leyendas de Arturo, Merlin, Ivano, üraalant Mor, dieron los 
primeros ejemplos de la bella mitolojía de las hadas i encan- 
tadoras, que luego apareció en todo jónero de romances. Así 
en Parílienopex de íilois (nuestro Pfirtiniiples, conde del 
castillo de liles) la acción rueda sobre el casamiento de este 
caballero con el hada Melior. Así en el Caballero del Cisne y 
que equivocadamente sé ha supuesto contenor la Historia de 
la conquista de Jerní^alen por Gofredo do Bullón, el enredo 
naco de unas cadenas hadadas, que preservan a sus dueños de 
ser trasformados en cisnes. Pero el mejor ejemplo de la apli- 
cación do las ideas británicas a las leyendas francesas, es el 
romance de Urjel, que se contiene en el códice 15, E. VI do la 
Biblioteca Real del Museo Británico. La introducción del poema 
indica desde luego lo familiares i aun triviales que se habian 
hecho los cuentos de los caballeros de la Tabla Redonda: 

Seigneurs, oyez chanson dont les vers sont plaisant... 
N'ost mió de la flabe Lancerot ct Tristan, 
d'Arlu nc do Gauvfan dont on parolo lant. 

Urjel en su nacimiento es visitado por Morgana, ülorianda, i 
otras hadas que le conceden varios dones i privilejios impor- 



ROMANCES DERIVADOS DE LAS TRADICIONES BRITÁNICAS l^ 



tantcs, entre ellos el de no ser nunca vencido en batalla, i el 
de agradar a todas las damas. Después do varias hazañas contra 
los sarracenos, i contra Carlomagno, que rehusaba entregarlo 
su hijo Carloto, matador de Buldovínos (aventura que con algu- 
nas alteraciones dio asunto a nuestro viejo romance del mar- 
ques de Mantua, que es elmismo Urjel), Morgana le hace llevar 
a Avalon, le introduce a la comjxiñía de Arturo, le da su mano 
i la corona de aquel imperio. Inaccesible a las enfermedades i a 
la vejez, vive allí olvidado de su linaje i de la Francia, cuando 
le llega noticia de ser nuevamente trabajada la cristiandad por 
una avenida de sarracenos. Con esta ocasión, deja la compañía 
de Morgana; i Francia vuelve a ser teatro de sus proezas. Ven- 
cedor de los infieles, saciado de gloria i do vida (pues ya para 
entonces contaba sobre trescientos años) arroja a las llamas el 
leño fatal, a cuya conservación estaba vinculada su existencia. 
Pero en aquel mismo punto aparece Morgana, apaga el tizón, 
i arrebatando a Urjel en un carro do fuego, le traslada otra voz 
a las delicias de la isla encantada. 

El romance de que acabo de dar esta brevísima idea, se com« 
puso, según parece, hacia 1300, i no se debo confundir con 
otro del mismo título, que so cuenta entre las obras de Adenoz, 
i se cita amenudo en el Glosario latino-bárbaro de Ducango. 



SOBRE EL OUIJEX 

J»K LA> VAUIVS ESI»i:ClKS DK VEHSií r?Al>A> 
KN LA I'OESÍA Mi>DF.UXA 

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Harto sabidas son las causas que corrompieron el idioma lati- 
no. Su perniciosa influencia comenzó a sentirse inmediatamente 
después que los ilustres injenios del siglo de Augusto elevaron 
aquella lengua al mas alto punto de cultura; i se manifestó 
desde luego viciando las cuantidades de las silabas, esto es, 
igualando unos a otros en duración los sonidos vocales. Los 
metros latinos vinieron entonces a ser lo que todavía parecen 
al oído de aquéllos que no están familiarizados con la prosodia 
latina, esto es, unos períodos que no pueden reducirse a tiempos 
ni cadencias determinadas, pero en que las graves i agudas so 
suceden a veces con una oscura apariencia do regularidad i 
simetría. Su composición continuó sin embargo ajustándose a 
las reglas antiguas, pero solamente en las escuelas, o por los 
que solicitaban la aprobación de los íntelijentes. En los cantares 
do la plebe, o en las obras de los que solo aspiraban a conten- 
tar oídos vulgares, no so hizo mas que imitar rudamente los 
versos do Virjilio i Horacio, despojados, por la corrupción del 
habla, de aquel ritmo fundamental, en que una sílaba larga 
era compensada por dos breves. 

No pudiendo ya haber tal compensación en la lengua lati- 
na, porque no habia sílabas breves ni largas, o cuyos valores 
se acercasen sensiblemente a la razón de 1 a 2, el número de 
las sílabas vino a ser la única medida del tiempo, al modo 



150 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



que, SÍ se escribiese toda una aria o sonata con notas de igual 
duración, el tiempo se niediria por el niímero solo de las notas. 
Rcdújose, pues, cada especie de verso a determinado número 
de sílabas, para que la cesura o pausa final ocurriese a inter- 
valos iguales; i se conservaron, como esenciales a la nueva ver- 
sificación, aquellas cesuras intermedias i aquellos acentos, que 
solían ocurrir en ciertos parajes de la antigua. Por ejemplo, 
en los autores de la buena edad, el senario yámbico term¡nal>a 
frecuentemente en esdrújulo, como los siguientes de Horacio: 

Supplox et oro regna por Prosírpina?, 
per et Dianas non movenda númina. 

Pues en los senarios yámbicos do la media latinidad vino a 
ser aquel acento de la antepenúltima una regla invariable; i a 
43lla so sujetaron, por no citar otros muchos ejemplos, los versos 
a la muerte de Carlomagno que trae Muratori (Antiquitates 
itálica*^ dissertatio XL); los quecant(3 la guarnición de Mudena, 
cuando aquella ciudad estaba en armas contra los húngaros, 
('3/ií7'aío?'i,ibidem); los de San PauHno, patriarca de Aquilea, 
a la muerte del duque Eríco (Lebeuf, Dissert. I, 426); i los que 
se compusieron a la del abad Ilugon, hijo de Carlomagno (Le- 
beuf, Recueil de clivcrs écrtls^ I, 3i9;. lié aquí, por vía de 
muestra, algunos délos versos del cántico de M(3dena: 

O tu qui servas armis isla mocnia. 
Nos adoramus cclsa Christi númiun: 
illi canora demus nostra jubila. 

Así también el trocaico tetrámetro cataléctico de la media lati- 
nidad, imitando una estructura frecuente de aquel verso en los 
buenos tiempos, se sujetó no solo a una cesura que le cortaba en 
dos partes de ocho i siete sílabas, mas también a dos acentos 
que hacían terminar el primer miembro en dicción grave i el 
.segundo en esdrújula; de manera (¡ue el metro en que cantaron 
los romanos al dictador César: 

Kccc Cíesar nunc triúmphat qui subcgit OálJ¡;im, 
\i cómodos non triúmphat q\ii subegil Cícsarcm 



SOIIRE EL OUÍJRN bC LAS VAKIAS KSI'ECIES DE VKHSO \'i\ 

dióul niodolí» ilc la especio (1«* v»'rs(» cii ([lu; caiitíu'oii los mon- 
jes de la media edad: 

Ad percnnis vila» foiiloin mons silivil arl<la, 
claustra carnis piiuslo franiji clausa quíorit anima. 

En suma, nació un nuevo sistema de versificación que retuvo 
en gran parte las cesuras ¡ acentos del metro antiguo, distri- 
buyéndolos a intervalos de tiempo, cuya única medida era el 
número de sílabas. 

Aquellos versos de nuevo cuño, en que se deleitaba el vulgo, 
se llamaron rUní icos para distinguirlos de los inclricoSj esto es, 
do aquellos versos que todavía secomponian en las escueliis i por 
los literatos, con rigorosa observancia de las cuantidades, con- 
servando a cada sílaba el mismo valor que le habian dado 
los poetas del siglo de oro. IPero no debemos confundir (como 
lo lian licoho el marques MaíTei, Muratori i otros críticos cmi- 
nentisímosj el ritmo de los poetas latino-bárbaros, con el ritmo 
de que habían los filósofos i gramáticos de la Grecia i el Lacio 
desde Platón hasta Terenjiano Mauro. Los antiguos griegos i 
romanos llamaron versos rítmicos aquellos en que, desatendidas 
las leyes del metro, que prescribían determinados pies i mo- 
vimientos, se guardaban solamente las de un ritmo funda- 
mental, que se contentaba con cláusulas ajustadas a ciertas 
medidas i proporciones, considerando siemjírc una larga como 
equivalente a dos breves. Pero el ritmo latino-bárbaro procedía 
sobre el principio de que todíis las sílabas eran iguales, i redujo 
por consecuencia diferentes versos i las partes do cada verso, a 
números fijos de sílabas; sin lo cual es claro que ya no hubiera 
podido haber comensuracion de tiempos. 1 labia, pues, tanta 
diferencia entre uno i otro ritmo, como hubo entre la pronun- 
ciación latina de la corte de Augusto, i la de los monasterios 
del siglo X. 

Es natural que cada uno de los versos antiguos diese oríjen 
a una especie particular de ritmo. El hexámetro i el pentá- 
metro, tan célebres en los siglos felices del latín, no siguieron 
en el mismo favor durante la decadencia de esta lengua. Hexá- 
metros rítmicos se encuentran pocos; pentámetros, poquísimos. 



152 OPÚSCULOS LITERAUIOS I CRÍTICOS 



Pero el senario yáml)¡oo se us6 muclio, rcducitlo a doce sílabas, 
con cesura entre la quinta i la sexta, i acentos en la cuarta i dé- 
cima; la cual habla sido una de sus mas comunes formas antes 
de corromperse el latin: 

Supplox et oro ] rogna per Prosérpina». 

(í/o?'ac¿o.) 
lili cañota | olmus nostra jubila. 

(Cántico cíe Módona.) 
liuctu pungúntiir | ct magna molestia. 

(Ritmo a la muerto de Carlomagno.) 
Nam rox Pipí ñus | lacrimasse dícitur. 

(Ritmo a la muerte de Hugon.) 

Otra especie de senario yámbico que los poetas rítmicos ma- 
nejaron mucho, fué el dímetro. Los himnos mas antiguos de 
la iglesia se compusieron do ordinario en este verso, con 
sujeción a las leyes métricas, esto es, a la observancia de cuan- 
tidades. Posteriormente se abandonaron éstas; i se le dio el 
número fijo de ocho sílabas con el postrer acento en la ante- 
penúltima, que habia sido su mas ordinaria forma: 

Jubet cupressos fúnebres 
flammís aduri cólchicis. 

(Horacio. ' 
Albor decora et fúlgida, 
ornata regís púrpura, 
electo digno stípite 
tan sancta membra tángere. 

[(Himno de Vennucio Foiiunatoi 
Noque guita) gracíliter 
manabant, sed mináciter: 
turbo tcrram terctibus 
grassabatur turbínibus. 

(Ritmo del obispo Aldhelmo.) 

Los ritmos trocaicos no so usaron menos que los yámbicos. 
Del octonario, tenemos una muestra en el salmo de San Agustín 
contra los donatistas. Pero, de todos ellos, el que tuvo mas acep- 
tación, según la multitud de composiciones que han sobrevi- 



SOBRE BL OltlJCN DE LAS VaUIAS Eí^PECIES DE VEZtSO 1'».^ 

vido en ól, fué el tetrámetro calaléctico, roduoido a la estructura 
que poco há dijimos, a imitación do la forma m«'lrica mas agra- 
dable. En esto ritmo, compusieron Isidoro de Sevilla, Ejinardo, 
Pedro Damián, el autor de la Descripción de Verana publicada 
ix)r el padre Mabillon, el de las alabanzas ile Milán que trae 
Muratori, i otros innumerables. 

Los griegos tuvieron también grande afición a esta especie 
de trocaicos rítmicos, que llamaron por antonomasia políticos^ 
esto es, vulgares; denominación que en su sentido propio era 
tan jeneral, como la de rítmicos, que se usó en el occidente. 
Pero lo mas digno de notarse es que, por la diversidad, i en 
algunos puntos contrariedad, de las dos acentuaciones griega 
i latina, el ritmo que compusieron los griegos a imitación de la 
forma métrica mas grata de dicho trocaico vino a parecerse de 
todo en todo al ritmo que en la media latinidad se imitó del 
antiguo yámbico tetrámetro catalcctico; es decir, que uno i otro 
se dividió en dos miembros, el primeare do ocho sílabas, esdrú- 
julo, i el segundo de siete, grave: 

*Q ^aOj^íi'jHwv Tfxzzx I Il£C7Í5:v jT.iz-zxrr,, 

[Esquilo.] 
O bazudsónon ánasa | pcrsídon hupcrtáte. 
IIcA'.T'.y.cTí i^pÍ7x\j.i^fj I íóí Bjvjítcv, ev zzÍ'ao'.c. 

¡Miguel Psclo, Paráfrasis dol 
cántico de los cá 7^ ticos.} 

Politicóis efrásamcn, | hos dunatón, en stícois. 

\'el anscris mcdúllula, ve! I imula oricílJa. 

[Catülo\ 
Dixitque seso illi ánnulum, | dum luctat, dotraxísso. 

(Tcrencio.) 
Pctrum invcntum rctibus, ¡ ut fortia confúndat, 
(le maris vocat flúctibus; | hic suas res possúmdat. 

(Ritmo en honor del apóstol San Pedro] 

De esta manera, dos metros diferentísimos, i aun contrarios en 
su naturaleza, produjeron un mismo ritmo, mediante igual con- 
trariedad en los sistemas de acentuación do las lenguas griega 
i romana. 



\-*\ OPOsCULOS literarios 1 CRÍTICOS 

Versos asclepiadoos de la estructura del de Horacio: 
Maicenas atavis edite regibus, 

fuiTon niui usados en la media edad, ya arreglados a cuan- 
tidades, ya meramente al ritmo acentual. Cultiváronse, en fin, 
varias otras especies de ritmo, pero que, habiendo contribuido 
poco a nuestra moderna versificación, tengo por mas conve- 
niente dejarlas en silencio por no apurar la paciencia de los 
lectores con menudencias tan desapacibles. 

Estos versos rítmicos, nacidos entro la plebe, i largo tiempo 
desdeñados de los literatos, fueron poco a poco ganando terreno, 
al mismo paso que el latín iba caminando a su último grado 
de corrupción, i que, descuidadas Uis letras, se hacía cada vez 
mas dificultoso i raro el conocimiento de la antigua prosodia. 
Los literatos mismos comenzaron a cultivarlos. Una gran parte 
de las composiciones rítmicas que se conservan, tuvieron por 
autores a los hombres de mas instrucción e ínjcnio que flore- 
(íieron en aquellas edades tenebrosas. Finalmente, los varios 
dialectos en que se perdió el latin, recibieron aquellos ritmos 
<le la lengua madre, i ellos forman aun las principales especies 
de versos, conocidos en castellano, italiano, franc/CS, etc. Pero 
antes de tratar do estos versos en particular, convendrá hacer 
una o dos observaciones que son jenerales. 

Según la práctica introducida p<Dr las naciones modernas, las 
H¡lal)as que siguen al último acento agudo, son indiferentes para 
el ritmo, i pueden existir o faltar. Esto es propio de la cesura 
final, o pausa, que divide un verso de otro; pero los antiguos 
trovadores lo extendieron a la cesura intermedia en las especies 
de versos que la exijian. Ahora s )lo la cesura final excluye la 
sinalefa; antes la cesura intermedia la excluia también, de modo 
que la vocal en que terminaba la primera i)arte del verso no 
se elidia con la vocal en que comenzaba la segundií parte. 

Otra cosa de])e tenerse presento para medir i leer nuestros 
antiguos versos, i es que la sinalefa no era jamas necesaria, sien- 
do ar])itrario al poeta pronunciar o no en una síla])a las vocales 
concurrentes. Esto es lo que en nuestros oídos perjudica mas a 
la poesía de los trovadores i romanceros, i hace parecer sus ver- 



SOBRB EL ORÍJEN DE LAS VAniAS ESPECIES DE VEnSO Km 



SOS desaliñados, o faltos de niinicro, como (¡110 en los nuestros 
se deja en esta parte mui poco a la elección del poeta. Yo estol 
mui lejos de mirar las obras de Berceo, i nuicho menos el Cá/, 
como modelos do versificación; pero, no quisiera so confundiese 
lo que proviene de hábitos casuales con lo (¡no nace de la 
naturaleza misma de las cosas. En el cometer o nó la sinalefa, 
hai mas de arbitrario do lo que se i)iensa comunmente. Los 
españoles e italianos cometen la sinalefa casi siempre que hai 
concurso do vocales, i lle;^an a amalj^amar hasta cuatro de estos 
sonidos en una sola sílaba, pronunciando, por ejemplo, «sabia 
JEuropa» en cuatro sílabas, prolacion que es a nuestros oídos 
la mas suave i natural de estas voces así colocadas. Pero un 
ingles juzga de un modo enteramente contrario; no comete 
la sinalefa sino en casos rarísimos, i prefiere el hiato a la rápida 
prolacion de nuestras vocales. I los franceses ¿fjuó dicen a 
esto? Que tan ásperos i desagradables les parecen los hiatos de 
los ingleses, como las sinalefas de los italianos; i por tanto, 
evitan unos i otras en su versificación moderna, permitiendo 
solo la elisión de las vocales mudas. Pero en realidad ninguno 
de estos sistemas es mas racional o natural que los otros; todos 
ellos tienen su oríjen en la costumbre, que por casualidad ha 
adquirido una nación, o tal vez, sólo los literatos de ella. 

En efecto, ¿quo fundamento hai para que nos desagrade el 
hiato de las vocales a, e, en e^ste verso: 

Va (Mitre mirtps serpeando el rio, 
i no en éste: 

Ca/in do un monte a un vallo entre pizarras? 

¿Hai por ventura alguna diferencia en los sonidos de estas 
vocales de un verso al otro? ¿La pausa que solemos hacer 
entre dicción i dicción, no favorecería mas a la diéresis en el 
primero que en el segundo? Supongamos, pues, un estado de la 
versificación en que el pueblo i los poetas no hayan aun con- 
traído hábito alguno a favor o en contra de la sinalefa, que es el 
caso en que debe encontrarse una poesía naciente: lo mas na- 
tural .será entonces esta arbitrariedad que reprendemos en los 



ir»0 OPÚSCULOS LlTEllAIUOS I CUÍTICOS 

• patlres de imostra poesía, i (¡ue sin embari^o no non ofende en 
Homero. 

Varios nu'tros anti'^uos, o, a lo meaos, los mas popula- 
res i favoritos, se convirtieron eon la corrupeion de la lengua 
latina en otros tantos ritmos; i do éstos procedieron, como 
vamos a verlo aliora, las varias especies de verso, que se usan 
on casi todos los idiomas de Europa. Pero, antes de particu- 
larizarltis, será bien que hallamos una observación, que las com- 
prendo atólas; conviene a saber, que la cesura final, mediante 
la cual queda separado un verso de otro, hace indiferentes a la 
medida cualesquiera sílabas graves que vengan después del 
último acento; por manera que si el verso consta de diez sílabas, 
i tiene el último acento en la décima, podrá también constar de 
once o doce, con tal que el último acento no varío do sitio: en 
otros términos, el final agudo, grave o esdrújulo no hace di- 
ferencia en el verso, siempre que los acentos esenciales se ha- 
llen en unos mismos lugares. El verso esdrújulo debe, pues, 
tener una sílaba mas que el grave, i éste otra sílaba mas que el 
agudo do la misma especie.* I de aquí se sigue que estas graves 
finales no deben contarse en el número de sílabas esenciales al 
verso. 

Nosotros, sin embargo, cuando designamos las varias espe- 
cies, llamándolas octosílabo, decasílabo, etc., contamos todas 
las sílabas del verso grave, acaso por sor esta forma la mas co- 
mún en nuestra lengua; al revés de lo que hacen los franceses e 
ingleses, por predominar en uno i otro idioma las dicciones 
agudas. Auncjue nuestras denominaciones ciertamente son 
impropias, debe respetarse el uso jeneral de los escritores cas- 
tellanos, que las ha sancionado; pero, como en este discurso 
tendré que comparar los versos de distintas naciones, juzgué 
conveniente referirlos a un mismo tipo, que, según la natu- 
raleza de las cosas i la práctica mas común de Europa, me 



* Estos tros versos, por ojomplo, son do una misma especie- 
Morado lirio i azucena candida.... 
La amena selva i crislalino rio.... 
El verde cáliz de la blanca flor.... 



^•mnE EL ^r.MN : z :..- v. : .5 r>?i -.rs ; >: vi. v. \ 



pareció tU-bia <er el Ytr>> aj-u !>. K:;:.v:..i.. y.vs. j^^r hy-i:}^ 
silabo el que JroÍ!riC> *!e •-':"*- >:• r^':':-\ j> r :i\«\;<;,ri: :' ol quo 
(letrimus de o»itv, i a>i tu- !••> v:o:r.:v<. 

De todas la.s e>ixv!0:? ilo ver^.» ijuo ^o usaron en ol la5in do la 
metlia edad, la que tuvo m¿í< h ¿ra. pi'iiK^ijKiInienío i n la jw^ia 
eclesiá.stica, fué el ilíir.eíro Viimhioo, <.»ra ajustado a la obser- 
vancia do las cuantidades, ora desembarazarlo do ill is; i su 
forma ordinaria fur la do un hoxasilabo esdrújulo: 

ArbiM* decora el íi:!i:!da. 
órnala rejris púrpura. 

Nació de ella el verso hexasílabo. ([ue solo se diforonoia de 
este dímetro vámbioo. en no serlo necesarias las sílabas crraves 
(inales. Esta especio do verso os antiquísima en la poesía mo- 
derna, l.'sároida en castellano ol Arcipresle do Hita i ol judí^) 
rabí Don Santo; en el rornaixco francés, Evoranlo, abad de Ivir- 
kham, que floreció en la primera mitad del siüflo XII, i tradujo 
los dísticos de Catón; i Felipe de Tlian, que floreció por los 
principios del mismo siíjrlo; en ingles, Tomas do KrcoKlon, 
que escribió en el si<?lo XIII las aventuras i amores do Tristan 
o Iseo; i el autor desconocido de la jesta o romaneo del roi 
llorn. Mr. Ellis (Spccimenf^^ capítulo II) dice que so escribit»- 
ron en esta especio do versos otras muc;lias obras inuflesas, i 
que .se le llamó por excelencia el minsfrol 7/ie/rí», o metro de los 
j Ululares. 

El mismo yámbico dímetro dio oríjen a otra especie do v<tso 
de grande uso en la poesía francesa e in.i^lesa; ponpK', si sr. ]»asa 
de la sexta a la octava sílaba el último acento {\r i\(\\\v\ metro'. 

Albor decora ct fulgida, 
ornata rcgis p\n-|)ur;'i, 

tendremos exactamente el vcu'so o(-tosílabo franco.s; 

Si ( ricMncs I)¡eu, tu TameraH, 
el servirás ct lioiifUTas 
el Ierre auras á grant píen té; 
jamáis nc seras (ísü-arr. 



tüS OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



La causa de esta traslación del acento se halla en la modula- 
ción que se daba, i todavía se da, en los 'cánticos de la iglesia 
a los himnos compuestos en aquellas especies do metro. Como 
esta modulación carga sobre todas las sílabas pares, 

Arbór decora ct fúlgida, 

lus juglares franceses (que imitaban el canto gregoriano en sus 
tonadas), no pudieron aplicarla a su lengua, sino sobre el verso 
octosílabo. 

El senario yámbico tomó, ademas de la que acabo de men- 
cionar, otra forma, en los versos de los franceses, dividiéndose 
en dos partes, la primera de seis sílabas terminadas en aguda, 
o do siete en grave, i la segunda do cinco sílabas terminadas 
en gravo, o de cuatro en aguda: 

Tel conté d'Audigicr, | qui en sct póu. 

A cel cop perca roie | d*un papeillon. 

No vaut noient char d*ómc, | s'ol n'cst face. 

{Román cVAucUgie)\ Colección de Barbazan.) 

Los franceses no acostumbraban mezclar estas dos estructuras 
del endecasílabo, i reservaron para los asuntos burlescos la se- 
gunda, de que acaso se derivaron nuestras seguidillas; porque: 

Con el viento murmuran, 
madre, las hojas, 
i al sonido me duermo 
bajo su sombra, 

es ello por ello el mismo ritmo que 

Molt fu dame Rainbcrgo | joiam et líe, 
quant Audigier commónce | chevaloríe. 

En la primera época de nuestra poesía, el verso endecasílabo se 
sujetó a las mismas reglas que entre los franceses, como manifes- 
taré cuando pase a tratar de la versificación del Cid, Los fran- 
ceses le perfeccionaron después, como al alejandrino, haciendo 
necesaria la sinalefa entre los hemistiquios, cuando el primero 
terminaba en grave. Pero los italianos le conservaron en todos 



SOBRB EL ORÍJEN DE LAS VARIAS ESPECIES DE VERSO tü9 



tiempos la unidad latina, no admitiendo sílabas j^aves, super- 
fluas entro los hemistiquios. La misma práctica introdujeron 
Chaucer en Inglaterra, i el marques de Santillana en Castilla. 

Todas las especies de verso de que hasta ahora he tratado, 
nacieron de varias especies de yámbicos. Nuestro verso de arte 
mayor se orijinó del asclepiadeo, que se usó bastante en la poesía 
eclesiástica, i sobre todo en la de la iglesia española. No son po- 
cos los himnos que en el breviario mozárabe pertenecen a este 
jénero de metro; como el de la íiesta de las santas Incs i Emc- 
renciana, el que Alvaro de Córdoba compuso en honor de San 
Eulojio, el que en honor de San Tirso compuso Cixilano, arzo- 
bispo de Toledo, que algunos atribuyen a San Isidoro, el de la 
fiesta de san Torcuato i compañeros obispos, el do santa Ru- 
fina mártir, el de las velaciones, i otros. 

En efecto, comparando el verso de arte mayor con el ascle- 
piadeo, no puede dudarse que el uno es hijo del otro; el movi- 
miento es exactamente el mismo: 

Aquel que en la burea parece sentado, 
vestido en engaño de las bravas ondas, 
en aguas crueles mu i más que no hondas 
con mucha gran jónte en la mar anegado, etc. 

(Juan de Mena, Laberinto.] 

Ilunc, si mobilium turba quirítium, 
certat tergóminis tóllere honóribus; 
111 um, si próprio cóndidlt hórreo 
([uidquid de líbycis vérritur aréis, etc. 

{Horacio.) 

1 la semejanza parecerá completa, si atrasamos la cesura una 
sílaba, para suplir los esdrújulos, de que el castellano escasca: 

Hunc, si mobíli | um turba qulríti | 
um, certat torgcmi | nis tóllere honórl | 
bus; lllum, si própri | o cóndidlt horre | 
o quidquid de líby | cls vcrritur aro | .... 

Los ingleses tienen, desde los primeros tiempos de su poesía, 
versos de la misma cadencia, i probablemente del mismo oríjen. 



IGÜ OPÚSCLLOS LITEUARIOS I CRÍTICOS 



Pero los italianos los usaron poco; i yo no tengo noticia de otros 
en esta lengua i medida, que los del epitafio a Bruneto Latino: 

Pe fallí dü folli, che son troppo felli, 
che fanno le fiche con fioca favella. 

(Crescimbcni, Comentarios, lib. 1, cap. 7.) 

Examinemos ahora la versificación del Cid, Este poema esta 
escrito en alejandrinos, endecasílabos, i versos cortos, mezcla- 
dos sin regla alguna fija; pero el poeta se permitió la mayor 
libertad en su composición, no sujetándose a número determi- 
nado de sílabas, de modo que frecuentemente apenas so percibe 
una apariencia oscura de ritmo. Es de creer, sin embargo, que 
la irregularidad i rudeza que se encuentran en sus versos, deben 
atribuirse en mucha parte al descuido i barbarie de los copis- 
tas, que estropearon desapiadadamente la obra. 

Los hemistiquios del alejandrino del Cid constan amenudo 
de seis, siete, ocho o nueve sílabas; i con todo ocurren en él tan 
gran número de versos de esta especie, perfectos i regulares, que 
no admite duda haberse querido sujetar el autor, aunque con 
poco esmero, a las reglas con que lo usaron los franceses, i 
poco después Gonzalo de Berceo: 

Tornaba la cabeza e estábalos catando. 
Vio puertas abiertas e üzos sin cannados. 
Ya folgaba Mió Cid con todas sus compañas. 
A aquel rei de Sevilla el mandado llegaba, 
que presa es Valencia, que non ge la cmparan... 
Arrancólos Mió Cid, el do la lengua barba... 
Aquel rei de Marruecos con tres colpes escapa. 

Muchos versos se reducen a la medida exacta del alejandrino, 
mediante la apócope de la vocal e, que era frecuentísima en 
lo antiguo: 

Decidme, caballeros, ¿cómo vos plac' de far? 
Las haces do los moros ya s' mueven adclant. 
Que s le non espidiese o no I' besas' la mano. 

Pero el poeta ciertamente no reparaba en una sílaba mas o 
monos. 



SOBRE EL OllijEN DK LAS VAIUAS ESPECIES DE VERSO IGl 



f lúllanse tambicn gran número do endecasílabos a la manera 
francasa, conviene a salxir, divididos en dos partes, la una d(5 
eiiatro silabas en aguda, o cinco en gravo, i la otra de scím 
sílabas en aguda, o siete en gravo: 

Ojos bellidos | catan a todas parlcrí. 
miran Valencia, | como yaz' la cibdad... 
Miran la huerta; | espesa es c grant. 
Alzan las manos | por a Dios rogar. 
Vínolos ver | con treinta mil de ¿irmas. 
Dijo ]Mio Cid I do la su boca atante. 
Oídme, esciiellas | e toda la mi cort. 

Mas, para convencerse de que el poeta conoció i se propuso 
imitar esta especie de ritmo, no se necesita mas que ir al verso 
740, i en el centenar que sigue se verá ((ue mas de la tercera 
parte se ajustan exactamenf«^ a las dimensiones indicadas. 

Cuanto a las proporciones en que se combinan el alejandri- 
no con el endecasílabo i ambos con el verso corto, bastará 
notar que en jeneral domina el primero; que en algunos pocos 
pasajes, como el que acabo de citar, figura casi exclusivamen- 
te el endecasílabo: i que en todo el poema es poco considerable 
el número de versos cortos. I si consideramos que, así como 
falta en muchos versos el segundo hemistiquio, por incuria de 
los copistas, no sería de extrañar, que, por la misma causa, 
faltara en otros tantos el primero, acaso nos inclinaremos a 
pensar que, en el texto primitivo, no entraron otras medidas 
que las del alejandrino i endecasílabo, i que los que ahora 
parecen versos cortos, no son mas que fragmentos del uno o 
del otro. 

El Poema del Cid está escrito en estancias monorrimas aso- 
nantadas, como las del Viaje de Carlomagno a Constanti- 
/io])/a,las de Guarínos de Lorena, Hueves de Commarchis^ 
i otros varios de los mas antiguos romances franceses; i parece 
(jue dichas estancias se llamaban en nuestro romance coplas: 

liU.s c(iifJ:LS de esto cantar a(|uí s'van acabando. 
Pero también en esta parte se permitió el poeta castellano ma.4 



102 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



libertad que los franceses a quienes imitaba; pues a veces inte- 
rrumpe el asonante jeneral de una estancia, interpolando otro 
asonante particular ya en dos vers<3s contiguos, ya en los dos 
hemistiquios de un mismo verso: 

El campeailor adclinó a su posada. 
Así como llcíjó a la puerta, fallóla bien cerrada, 
por miedo del rci Alfonso, que así lo había pasado, 
que si non la quebrantase, que non creía abriese orne na(lr>. 
Los de Mío Cid a altas voces llaman. 
liOS de dentro non les qucricn tornar piilabra. etc. 

El Criador vos vala, Cid campeador leal I 
Vo meter la vuestra scíVa en aquella mayor haz. 
T.*os que el dcbílo avedes, vci*emos como la acorn»(h\s. 
Dijo el canrpeador: Non sea por caridad. 
Rospuso rVro I>ermuc/: Non rastará p<^r al, etc. 

A Minaya .Vivar Fáñcz bien Tanda el caballo, 
d' aquestos moros mató treinta c cuatro. 
Espada tajador, san^^riento trac el brazo, 
por el cobdo ayuso la sangre destellando. 
Dice Minaya: Agora so pagado, 
f¡ue a Castiella irán buenos mandados; 
que Mío Cid Uuíz Díaz lid campal ha vencala. 
Tantos moros yacen muertos (¡ue pocos vivos ha dej/iilí^, 
ca en alcanz sin dubda les fueron dandí^ ele. 

No croo que el ix)eta introdujese jamas versos sueltos, pues 
algunos en que parece haberlo hecho tengo para mí que están 
viciados por los copistas; i la mayor parto se reducen a las 
reglas del romance, restituyendo la antigua pronunciación do 
ciertos vocablos. 

Solo en una cosa es cuidadosísimo nuestro poeta, co- 
mo sus predecesores en el arto; es a saber, en aquella per- 
petua correspondencia, i por decirlo así, paralelismo qui- 
guardan las pausas de la versiíícacion con las de la sentencia; 
de manera (juc los versos forman cláusulas enteras, o inconexas 
^ntre sí, o unidas por medio de conjunciones; i cuando la son- 



SOBRE EL OnÍJEN DE LAS VARIAS ESPECIES DE VERS<> Ih.J 



tencia consta de dos pequeños niienihros, corresponde a cada 
uno un hemistiquio del verso. 

El siguiente pasaje es el único que he notado en que se vio- 
la esta regla: pero con cierta gracia i suavidad (pie no dice mal 
con el afecto que se í|uiere expresar: 

Wieslra virtud me vala, Gloriosa, en mi exida. 
e me avude: ella me acorra de nociré de dia. 

A la observancia do e¿$ta regla, ¡ndis|>cnsable en composi- 
ciones que se destinaban al canto, no se sujetó menos escru- 
pulosamente Gonzalo de Üerceo, en cuyas obras sería difícil 
encontrar una copla parecida a la siguiente del Arcipreste de 
Hita: 

Como dice Arislóleles. cosa es verdadera: 
el mundo por dos cosíis trabaja: la primera, 
por a ver man tenencia; la otra cosa era, 
por aver juntamiento con fembra placentera. 

Igual cuidailo tuvieron los poetas franceses de no pasar de 
un consonante o asonante a otro, .sin que vi sentido hiciese 
una pausa completa, de modo (jue las estancias venían a ser 
como otros tantos capítulos; regla también de ((ue .se en- 
cuentran mui [KXías excepciones en el Cid. a no sor cuando se 
sus|)ende en uno o dos versos el asotiante jeneral de la es- 
tancia. 

Para dar a conocer cuánto gustaban los franceses de este 
verso, basta decir que en él se cantaban regularmente los fa- 
bliaux o cuentos jocosos, que formaron uno de los ramos mas 
ricos i favoritos de la poesía vulgar desde el siglo XÍ. Em- 
pleábasele también amenudo en los ¡joemas históricos, ha- 
jiogi'áficos i caballerescos; en las obras de moralidad i doctri- 
na; en los lais, o cuentos heroicos, como los de María de Fran- 
ria; en el ajíólogo, cu la oda, in la sátira. Finalmente no hubo 
t specic de verso que fuese de uso mas univereal en la lengua 
francesa. En la nuestra, sin embargo, apenas se encuentra 
vostijio de el. L'»s únicos octoí»ílal)os castellanos que he visto 
anteriores a nuestros dias' son los de la cántica que Gonzalo 



íGi OPÚSCULOS LITERA niOS I CUÍTICOS 

de Berceo, en el poema dul Duelo de la Vírjen Marín ^ hace 
cantar a los soldados que custodiaban el sepulcro de Cristo. 

De dos yámbicos dímetros unidos, nació el verso alejan^ 
drino, llamado así, según se cree comunmente, por haberse 
empleado, aunque no por la primera vez, en el romance de .1/e- 
jandro, que escribieron en francés a principios del siglo XIII, 
Alejandro de Bernay, Pedro de San Cloot, Juan le Vencíais, 
Lambert li Cors, i otros. Pero es de notar que no se miran 
como esenciales al verso en ninguno de los dos hemistiquios 
las sílabas graves que siguen a la última aguda, i de aíjuí 
nace que en el alejandrino sea fan vario el número de sílabas, 
sin que por eso deje de ser mui sensible el ritmo que result;\ 
de sus dos acentos constantes: 

De yerbas et de árlwres ct de loda vcnlura, 
como diz San Jerónimo, manará san.íjrre pura. 

{Fiercvo. 
Darlis han malas cenas el peores yantares. 

(Berceo.) 
Ca desque hombre se vuelve con ellas una vez, 
siempre va en arricdro e siempre pierde prez. 

(Arcipresle de Hita.) 
De la parte del sol, vi venir una seña. 

(Arcipresle de líiia.^ 
El vcer, el oír, el oler, el gustar. 

{Arriineslc de llilu.) 
Tcls y a (¡ui vous chántent do la rcónde láblc. 

{Román dtr(.*h.ecidier ¿lít Cijijm , 
manuscrito, Musco Britániciv 
Mandcz a Gharloniíunc, lo bon roi radotó, 
(¡ue le treü vous rende de Franco lo rcgné. 

{Ritman de Cliurlet}iu¡m\ 
manuscrilo, Museo Hrilánieo. 
Vontelent et ondóyent banieres et pennón. 

Milis je no vous dirái ne mcnconge no fáble. 

(Román da (Itondier an ( nunr. 
nichcmcnt sont servís ^ tablc les baróns. 

{Román de Chiulinnunic 



SOURS EL OHIJEN DE LAS VAUfAS ESPECIES DE VEIlSO .105 

Algunos opinan que el alejandrino procedió del yámbico 
tetrámetro cataléetico, i en efecto nadie dejará de percibir la 
st^nejanza que, en cuanto al ritmo o cadencia, tienen los versos 
<intenores con los siguientes hiponacteos: 

Dixitque scsc illi ánnulum, dum luctat, detraxísse. 

(Terencin.) 
Incpte Tliallc, móllior cuniculi capillo, 
Vcl anseris medúllula, vel imuhi oricilla,.. 
lílcniquc Thalle, lurlíida rapador proccllH. 

(Catulo., 

i")tros creen, llevados de icrual semejanza, que se orijina de 
los versos políticos de los irriegos, hechos a imitación de sus 
antiguos trocaicos tolrámetros catalécticos. En efecto, es cosa 
l)ien curiosa, que dos metros opuestísimos en su naturaleza, 
ol trocaico i el yáml)ico, mediante igual oposición entre las 
leyes prasódicas de las lenguas griega i latina, llegaron a 
producir, cuando se perdió la diferencia de largas i breves en la 
pronunciación de am])as, cadencias absolutamente semejantes, 
romo cualquiera lo echara de ver comparando estos versos con 
li>s que preceden: 

(Esquilo, Persas.) 

xTzzzXipuiíx', 0£/xSVT£;, a>j $cuXct tsu jcO xpÍTCjc, 
tSkiv.'azX; Í9pá7a;A£v, oí; sjvrrov, ev T:íyo\;^ 
Tv;v ToW áj;i.r:(ov $úvx;x'v, í^'^^^.t^jiv, y,x', yvéoJiv. 

(Miguel Psclo, Paráfrasis del cántico 

de los cánticos.] 

No es dudable que algunos escritores se propusieron imitar el 
uno u el otro de estos dos metros (que para el caso era lo mismo); 
como por ejemplo, el siciliano CiuUo de Alcamo, que escribió 
a finos del siglo XII: 

liosa fresca aulcntissiina, ch'appari in ver róstalo, 
le donno te disiano, pulcclle e maritáte... 



IGO OPÚSCULOS LITEIIAHIOS 1 CUITICOS 

Tu non mi lasci vívore nv sera né maitíno... 
Molle sonó le íémiiie ch'lianno dura la l'''sla; 

i Orm u Ormin, (juc en ol reinado de Enrique II de Ingla- 
terra escribió en inirlos una paráfrasis de los ovanjelios que 
de su nombre se llamó (Jnnulnm. I aun es creíble que el dístico 
de las baladas inpflesas, compuesto de un octosílabo i un liexa- 
sílaljo, no es otra cosa ((ue uno dA> dichos metros partido en 
(los por la cesura: 

Earl Douglas on a mijk white slecd, mosL líkc a barón bóld, 
rodé foremost of llie cómpany, whosc armour shone like góld. 

Pero en todas estas imitaciones del liiponactco latino o délos 
citados versos políticos de los gri(»gos, el primer hemistiquio 
es perpetuamente de oclio sílabas; lo cual solo so verifica de 
cuando en cuando en nuestros alejandrinos, i nunca en los 
franceses. 

No creo que sea necesario refutar al erudito don Tomas 
Antonio Sánchez, que deriva los alejandrinos castellanos de los 
liexámetros í pentámetros latinos, pues i)or los mismos medios 
l)udiera probarse que cuanto se ha escrito en Europa desde 
Cadmo acá, está en hexámetros i pentámetros. 

El aUíjandrino tuvo grande uso en los romances o jestas de 
los franceses, con un artificio de rimas, que casi se apropió 
enteramente a este verso i al decasílabo, es a saber, terminan- 
do muchos versos de seguida en una misma rima, hasta que 
el poeta se cansaba i tomaba otra; resultando de esta manera 
dividida la obra en rslancias ino))orrinias, compuestas de 
diez, veinte, cuarenta, i a veces docicntos o mas versos, según 
acomodaba al poeta, todos de terminación semejante. La rima 
que se empleaba era unas veces consonante, como en el roman- 
ce de Alejandro^ i en los de CarlomiKjnOj IJrjel Dancs^ i el 
Caballero del Cisne, que se hallan en el códice 15, E. VI, de 
la Biblioteca Real del Museo Británico; i otras veces asonante, 
como en el Viaje de Carloniarjno a Constantinopla, escrito 
en el siglo XI, en los de Guido de Bortjoña i Hueves de Coni- 
marchis^ que se compusieron un poco mas tarde. 



SOBRB KL OHÚBN DE LAS VAUIAS USPECICS 1)H VKUSO 1G7 

Empicábase también el alejandrino en estancias o coplas con- 
sonantes «le un número íijo de versos; de cinco, por ejemplo, 
en la Vida de t^sínto Tomas de Cayilor!)'^nj^ escrita a fines del 
siglo XII por Oiiernes, eclesiástico de Pont-Saint-Maxcnoo en 
Picardía; i de cuatro en todos los poemas de Berceo, en nues- 
tro Alejandro^ i en muchas otras del Arcipreste de Hita. Pos- 
teriormente so introdujo en este verso la misma variedad de 
rimas que en los otros; i los franceses le perfeccionaron, esta- 
bleciendo que el primer hemistiquio terminase constantemente 
en aleuda; o si en grave, se elidiese con el principio del segun- 
do hemistiíiuio, que habia de comenzar entonces en vocal. 

Pasemos al endecasílabo. Sabido es que procede de una de 
las formas que tomaba mas frecuentemente el senario yámbi- 
co latino: 

Phasclus islo | quem vidélcs hóspites. 

(Cahdo.) 
Supplcx el oro 1 rcgna per Proscrpinas 
per et biána? | non movcnda númina, 
per atquc libros | cárminum valcntium 
Deíixa coció | revocare sídera. 

(Horacio.) 

i ya hemos vislo que nada era mas común en la latinidad bár- 
bara ((uc los senarios rítmicos, construidos perpetuamente con 
cesura i cadencia. 

Pero importa notar la estructura que los antiguos francx3ses 
dieron a este verso. La cesura latina venia inmediatamente 
después de una sílaba grave: 

Phaselus is/e, | 
supplex ct oro; \ 

I como los franceses carecieron desde mui temprano de silabas 
graves llenas en los finales de las dicciones, se vieron obligados 
a colocar esta cesura inmediatamente después del acento, en- 
viando la sílaba grave al segundo hemistiquio: 

Trois jors cnticrs | ol grant joio menee 
Karlcs li róis | el sa gont ennoréo. 

(Román de Guibelin.] 



1C« OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

I compartido a.sí el verso, lasílal)a irravc que en el primer lie- 
mi.stiquio podia venir después del acento, so reputaba eomo 
nula para el ritmo, aunque no comenzase el se^irundo hemisti- 
quio por vocal: 

Tormén l le lóenl | li preudom et ont chúr. 

[Ciirard da Virnm*.- 
Les larmcs eórenl | sor la barbo tloríc. 

ilhidt'tn.' 

1*or manera que el primer hemistiquio constaba de cuatro síla- 
l)as terminadas en aguda o cinco en í^rave, i el sei^undo de seis 
sílabas en ajii^uda, o siete en ccrave; i la sinalefa entre ambos no 
era mas necesaria en el endecasílabo, que en el alejandrino. 
Usóse mucho esto verso en romances i jestas, con el mismo 
artificio de- rimar que el alejandrino, es decir, en estancias 
monorrimas de número indefinido do versos, a veces conso- 
nantes, como en el Almerico de Narhona; i mas amenu- 
do asonantes, como en el anticuo romance de Urjcl Danos 
citado por los benedictinos, autores do la Historia literaria de 
Francia (tomo VIII, pajina 595) i en los de Gnarínos de 
Lorcna^i Guillermo el .Üesnarifjada iOillaume nn courí 
nez), que menciona Sinner en su Catálo<jo de la ¡biblioteca 
de Berna. 



80BIIH KL ESTUDIO 



DK K\S i;iKXi:iAS NATTHALKS 



— . .N \ N-,-.^ 



íSc trata ilo indicar aquí todo el encanto que jcncralniente 
proporcionan las ciencias naturales, i toda la utilidad que se 
puede sacar de ellas. Este objeto, que no tiene necesidad de 
pruebas, ni aun de apolojistas, deberia, sin embargo, apoyarse 
en muchos ejemplos; pero multiplicándolos, seríamos arrastra- 
dos a largas discusiones que no permite en manera alguna la 
naturaleza de este papel, i solo nos contentaremos con emitir 
algunas ideas, porque la intelijeneia del lector adivinará fácil- 
mente lo demás. 

La tendencia de todo ser sensible en este mundo es necesa- 
riamente a la felicidad. Esta es una regla jeneral; i todos, sin 
excepción, trabajan para llegar a este anhelado fin por la vía 
mas segura i la mas corta. Conseguida una vez la felicidad, no 
puede considerarse mas que bajo dos aspectos: el primero, en 
que la llamaremos felicidad física^ consiste en esos placeres 
frivolos, en esos goces momentáneos que no pueden sustraerse 
del imiKjrio del hábito, i que al poco tiempo después vuelven 
a sumerjir al hombre en nuevos deseos i en un nuevo tedio; 
el segundo, en que le daremos el nombre do felicidad nioral^ 
es aquella que conmueve mui particularmente el corazón, el 
entendimiento i la imajinacion, i nos acostumbra desdo tem- 
prano a las máximas de la virtud i al placer de la lectura. En 
el uno, que es sumamente seductor, desde luego no se hace 



I7i.) Ul'lSClLüS LITEIIAIUOS I CKltir.uS 

íi|)í-ttHH'i' mas (|iie h\ nov<í(l:i(l í(ikí frecucnteniontc se busca en 
vano; el otro, consíi<íraílo cnloramente a la moditacion, solo 
()ciii)a al hombre en ensanchar ole.^])íritii; i sus (lóseos rariis ve- 
ees traspasan los límites (le su halagüeña soledad. Kníin aquél, 
de po(ia duración, se adcjuiere por medios de que la razón se 
desleña, i que la V(*jez desaprue])a; i (3ste, envidiado por cada 
un ), pertenece a toda edad, a toda irondicion; i tan agradable 
eomo duradero, acompaña al rico i al pobre hasta los últimos 
instantes de la viila, i aun a veces les abre las puertas de la 
inmortalidad. 

Feliu\s, pues, aíjuellos (jue pueden dedicarse desde temprano 
al estudio de algunos ramos de los conocimientos humanos. 
To los tienen, sin duda, sus hechizas i sus ventajas, desdo la 
])oesía, (jue por sus brillantes cuadros conmueve i hiere la ima- 
.jinacicn, hasta la metafísica, que nos hace conocer los resortes 
secretos de nu(ístra intelijencia; desde la historia, que nos desen- 
rolla las revoluciones de U)s imperios, i los progresos de la 
civilización, hasta la filosofía, que ])errecc¡ona las facultades 
intelectuahís i nos hace amar la verdad. Todos estos estudios 
son mui dignos de cautivar el espíritu de todo ser racional; 
pero no son menos los que, elevándonos a la contemplación del 
universo, nos impulsan a estudiar la causa misma que le anima; 
aquellos que nos descubren todo lo maravilloso de esos fenó- 
menos numerosos, tan singulares como importantes, que nos 
explican la teoría de los vientos i de las borrascas, la de esos 
relámpagos que nos alumbran con una luz tan particular, la 
de esos temblores que nos asoml)ran con sus fuerzas, i nos 
intimidan con sus efectos, la de císos cometas, en fin, sobre los 
cuales absurdas supersticiones, trasmitidas por la credulidad 
en lo antiguo, subsisten aun en el vulgo... Todas estas mara- 
villas, todos estos hechos tan singulares ¿no son capaces de 
conmover la atención mas indiferente, i entusiasmar la imaji- 
nacion mas fria? Sin intentar avanzarnos hacia ese grande hori- 
zonte, delante del cual el perezoso echa pi(3 atrás, por el espanto 
que le causan su inmcn.sidad i la dificultad de juzgarle, las cosas 
mas vulgares, aun aquellas que muchas personas desprecian... 
esos pequeños insectos, esos animalejos, esas plantas i tantos 



SOBRE EL ESTUDIO DE LAS CIENCIAS NATtlHALES 17Í 

otros ()l)joi()s, aun mas viles i comunes, despreciados por unos 
i admirados por otros ¿no son un mundo do ideas para el quo 
quiera conocer sus costumbres, sus armas, sus astucias e in- 
clinaciones? jCuán admiral)le es el encadenamiento quo existe 
entre ellos, i la armonía que presid« sus acciones i los diferentes 
jK^ríodos de su vida! Cuando el hombre en sus profundas me- 
ditaciones puede darse razón de todas estas maravillas, contento 
con su suerte, tributa gracias al Todoj)oderoso por haberle 
hecho conocer lo quo el vulgo no puede concebir, ni aun 
comprender. 

Si estos placeres, si estos goces no fuesen reales, puros, i 
dignos do desear, ¿cual seria el hoinI)re que se atreviera a de- 
jar su país para ir a estudiar esas futilidades a naciones, por 
lo común bárbaras, o entre los salvajes de la Oceanía, o a esos 
bosques i desiertos que solo haljitan enemigos terribles de la 
especie humana? ¿Cuántas personas no han sido víctimas de su 
gran celo? Sin embargo de estos tristes ejemplos, la vieja Euro- 
pa, la joven América boreal, i muchas otras naciones ilustres 
ven todos los diasa sus hijos expatriarse i atravesar mares in- 
mensos por ir a escalar montanas las mas altas, i a desafiar 
espantosos precipicios con (il solo objeto de consultara la na- 
turaleza en toda su belleza, i en todo su horror. Tal es el pres- 
tijio de esta ciencia, que no liai casi país, cuyas producciones 
no tengan sus historiadores. Ya el centro do la formidable 
África ha sido pisado muchas veces por sabios europeos; i los 
ríjidos poh)S boreal i austral han visto sucumbir su» heladas 
barreras a la dilijencia e intrepidez de los Parry, de los Weddell 
i de otros muchos hombres científicos a quienes una pasión 
decidida por todo lo que podía aumentar sus conocimientos, 
trasportaba a estas frias i peligrosas rej iones. 

Si semejantes ejemplos no bastasen para hacer cjue la ju- 
ventud chilena se aficione a ciencias que tienen tantos atrac- 
tivos, un objeto mas noble aun, i mas filantrópico, el déla 
utilidad, debería empeñar al gobierno a emplear toda claso do 
medios para introducir el gusto por ellas. La historia natural, 
la física i la química se han hecho ciencias casi populares, i la 
industria ha llegado a ese grado de elevación i do perfección 



1^^* üPuftCL'LOS LirKUAKIOS I CUÍTICÜS 



in que la vemos, iMuuulo los í?ob¡ernos ilustrados, tX)nvcnci(lüS 
líe sus ul¡ lijados, hicieron abrir, casi en todas las ciudades, 
ciu'sos piíblicos a donde concurrían fabricantes, módicos, far- 
macéuticos, militares, manufactureros, agricultores, etc., a 
tomar (Conocimientos, que después iban a poner on uso en sus 
talleres, sus laboi'alorios, sus manufacturas, etc. El estudio de 
la naturaleza corresponde a todas las clases i a todas las con- 
diciones: antorcha de la sociedad en jcneral, alumbra con su 
bienhechora luz a todos los ramos de la industria i de las cien- 
cias, i desarrolla al mismo tiempo la imajinacion del poeta i 
el juicio del literato, sometiendo sus ideas a ese espíritu de 
lójica i de método (puí constituye uno de los principales atri- 
butos do las ciencias naturales. 

La ri<{ueza de un país no consiste siempre en su crédito i en 
sus recursos pecuniarios: es preciso que, ademas, sepa pro- 
veerse a si mismo; i cuando haya llegado a este estado, enton- 
ces debe considerarse, no solamente rico, sino también libro 
e independiente, lín el caso contrario, puede encontrarse, a ve- 
ces, en posiciones demasiado peligrosas; i para dar una prueba 
de esta gran verdad, recordaremos el estado en que se en- 
contró la Francia en la revolución de 1792 a 1800. Empeñada 
en aquella época en una guerra continental i teniendo que 
luchar contra la Europa entera, vio sus puertos bloqueados 
por numerosas escuadras enemigas, i absolutamente intercep- 
tada la importación de producciones coloniales. A mas do 
esto, aquella tierra no producía I)ast¿inte sosa para el consumo 
de la fábrica de vidrios i jabón, i las primeras materias de la 
pólvora habían sido llevadas hasta entonces, de países extran- 
jeros. En este estado, aquella hermosa nación que había sacu- 
dido tan noblemente el yugo del despotismo, habría sido 
infaliblemente la presa de las tropas extranjeras por falta do 
recursos, si un pequeño número de individuos dedicados a la 
ciencia no hubiesen probado, en medio de la gran consternación, 
queso podían remediar con facilidad tan graves inconvenientes. 
En efecto, el botánico demostró que se podía sacar azúcar del 
jugo de las remolachas por medios tan fáciles i económicos, que 
aun se usan hasta ahora, no obstante el bajo precio de la azúcar 



SOnnE EL ESTL'DIO ÚK LAS CIENi:i.\S NATMJALES 17:? 

<to las colonias. El mincralojista onsefió fl nunlo ilt» cxIratT 
el azufre (le las pintas, i el químico, a mas de esas preciosas <• 
importantes innovaciones que hizo en la fábrica de armas, i 
en todas osas oporacíoncg que neccsitahan las circunstancias, 
ensoñó a liaccr la sosa con sal común, i a l)eneíi(!iar para las 
fabricas de pólvora el nalpotre que se encontró abundante- 
mente en todas las provincias. Tal fué el resultado fehz (|ue 
proporcionan )n estos h )mbres instruidos al comercio i a la 
industria, que la Europa asombrada vio a la Francia mucho 
mas noreciente que lo que liabia sido jamas, i en disposición 
de no necesitar en lo sucr^sivo de producciones de las naciones 
extranjeras. 

Si se rellexiona ahora sobre el estado de Chile, i si, según 
los poííos terrenos í[ue se han examinado, se procura con(»cer 
la riqueza del suelo, se verá que esta república, puede en riyor, 
i no obstante su falta de población, proveer, al menos, a sus 
habitantes de todas las materias de primera necesidad. Para 
esto, no se necesita de sabios, sino solo de personas que tengan 
algunas ideas de las ciencias naturales suficientes para conocer 
la naturaleza i valor 'de las producciones para aprovecharlas. 
Mas estas personas instruidas no existirán mientras la ense- 
ñanza piil)l¡ca no reciba esa gran reforma en que se trabaja 
de.sde algún tiempo. El ostu(Uo de la teolojía, de la jurispru- 
dencia, etc., es ciertamente interesante, útil, i aun necesario 
en ciertos casos, pero no enseña a desmontar los terrenos, ni » 
mejorar la cultura. ¿Cuántos jóvenes al salir de la clase vuel- 
ven la vista a las haciendas en donde tienen sus intereses, i 
abrazan entonces una carrera para la cual son (extraños, e in- 
capaces de mejorar de manera alguna, i se ven obligados ar 
seguir la vieja rutina i aprovechar ciegamente lo que puedo 
haber enseñado el resultado de una larga experiencia? 

Para remediar este grande inconveniente que no solo recla- 
ma la acrricultura, sino también todos los domas ramos de la 
industria, sería necesario variar un poco la dirección de los 
estudios, estableciendo un sistema al cual deba sujetarse todo 
alumno, para añadir a sus conocimientos algunas ideas sobre 
las ciencias útiles i agradal>les. Para conseguirlo, sería preciso- 



fTl OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



establecer que los estudiantes de filosofía siguiesen el primer 
año el curso de matemáticas, i el segundo uno do ciencias 
naturales, mui elemental, i dispuesto para todas las clases de 
alumnos. Así so empezaría por jenerdidades sobre la astrono- 
mía, explicándose los diferentes sistemas del mundo, i dándose 
una ¡dea de esc conjunto que se llama universo, i se pasaría a la 
física exponiendo la teoría de los fenómenos mas simples i comu- 
nes. Seguiría después la química, i concluiría el curso por con- 
sideraciones jencrales sobre la botánica, la zoolojía i la minc- 
ralojía. En este curso, no debe el profesor tener mas objeto que 
el de propagar el gusto por estas ciencias mediante ejemplos 
í[uo llamen la atención de los discípulos, avivándoles la ima- 
jínacion. Les explicará todos esos grandes fenómenos que se 
renuevan sin cesar, i procurará excitar su curiosidad, variando 
siempre los ejemplos i acostumbrándolos a la contemplación 
de la naturaleza. Saliendo do un curso semejante, que no es 
mas que preparatorio, ¡K^drá un jóv(ín entrar en los cursos espe- 
ciales, i si tuviese prec^ision de contraerse a una profesión 
diferente de la agricultura, del comercio i do las artes, Jlevaria 
al menos a la sociedad algunas ideas del conjunto de las ciencias 
físicas o industriales. Este gusto se desarrollaría con la edad; 
i con el tiempo, mediante esos pequeños conocimientos, Chile 
podría ver hijos suyos que fomenten la industria ya con sus 
consejos, ya con sus capitídes. 

\Ai'onr:i)io, Ano ílc 1831.) 



SOBRE LA UTILIDAD 



I»:»: L'N ('.ruso kspiccjm. dh griMinv ai'licaoo a i.a 
iNnrsTuiA I A íA AGuicn/rruA 



En uno de los números precctlontcs, se dieron ali^amas ideas, 
bien que niiii supcrlíciules, del estudio de las ciencias en jene- 
ral, i de las ciencias naturales en particular; se habló de los 
cursos preparatorios que debcrian agregarse a la enseñanza 
pública; véanse aliora los resultados cpie se podrian esperar de 
un estuldecimiento especial, consagrado a la agricultura, a la 
química i a la historia natural. 

No se sabe por qué fatalidad Chile haya estado hasta ahora 
sin un gabinete de liistoria natural, o al menos sin una simple 
colección de his producciones de su territorio, sin embargo do 
que el chileno ([ue lii viajado, no solo por Europa, sino por 
algunos países de América, loba visto en las principales ciuda- 
des de los Estados Unidos, en Méjico, en líio Janeiro, en Lima i 
en Dueños Aires. Estaba reservado al gobierno del virtuoso 
Ovallc el cargo de llenar esta gran laguna, i el de ofrecerá la 
jeneracion futura un monumento tan digno de su memoria, 
como útil a los pn>gresos de una alta e ilustre civilización. 

¡Mas un gabinete do historia natural, aun cuando solo se 
componga de las simples producciones del país, no debo ser 
\u\ mero objeto de curiosidad; debe ofrecer esa utilidad i ese 
intíires que hacen apreciar mas la ciencia, prestándole mas 
atractivos. Al interés i a los deberes del gobierno, toca el sacar 
de él las mayores ventajas en l>enelicio de la nación enií»ra, ha- 



i 
1 



iÍG OPÚSCULOS LITKR Alaos I CllITlCOS 

ciéiidole aciíesiljle a toda dase de personas, jyara que puedau ir 
sin miiclias fatigas a estudiar las plantas, los minerales, etc., 
que quieran conocer. En esle caso, un gabinete debe colocarse 
en un lugar que ofrezca las ventajas de hallarse en el centro 
de la ciudad, i que sea bastante espacioso para hacer un esUi- 
blecimienfo de primer orden. En este establecimiento, que deln^ 
ser destinado solo al estudio de las ciencias aplicadas a la agri- 
cultura i a la industria, se reunirian la biblioteca, el gabinete 
de historia natural, uno de instrumentos científicos, otro de 
máquinas e instrumt»ntos aratorios; i deberia disponerse, en 
fin, una sala capaz de servir para todos los cursos que se si- 
guiesen allí. 

La biblioteca, bastante voluminosa Ja, deberia colocarse en 
una sola sala para que, a la elegancia que.pi'esenta su aspecto, 
80 reuniera la economía de los empleados. Al lado de la bi- 
blioteca, vendría muí bien el gabinete de historia natural, di- 
vidido en tres salas, una para cada reino. Así se verían en una 
todos los preciosos minerales de oro i plata, acompaíiados de 
las numerosas variedades de hierro sulfurado, de antimonio i 
de plomo, también sulfurado, conocidos jeneralmente aquí con 
el nombre de broncos; los mármoles i pórfiros tan abundante- 
mente esparcidos; i en fin, todos esos objetos que pertenecen a 
la míneralojía i a la jeolojía. La segunda sala se destinaría a 
la parte zoolójica, es decir, a la colección de cuadrúpedos, pá- 
jaros, insectos, etc.; i en la tercera, por último, so verian, en 
una parte, todas las plantas medicinales, económicas, etc., 
colocadas en herbario; i en la otra, los frutos, granos, gomas, 
resinas i una colección de todas las maderas que hai en la 
república. Todos estos objetos deben colocarse i clasificarse 
con sus nombres científicos i vulgares, i el lugar en que han 
sido encontrados. Después de este gabinete, deberia haber otras 
dos salas, destinadas, una para los instrumentos de física, 
astronomía i jeografía que í;1 gobierno ])0see; ¡ otra para 
máquinas, i principalmente para una colección de esos instru- 
mentos de agricultura, nuevamente perfeccionados en Euroi>a 
que servirían para la demostración en los cursos, i de niodelo.> 
para construir otros semejantes en caso de necesidad. 



UTILIDAD DE UN Cl'USO ESPECIAL DE OVIMICA 17 



La sala destinada para los cursos debería sor absolutamente 
independiente de los gabinetes, bastante grande, ^i colocados 
los bancos a. manera de anfiteatro, para que los educandos 
puedan ver las exi)eriencias que haga el profesor, i los objetos 
que tenga que demostrar. Esta sala podria servir también ¡>ara 
los cursos de las ciencias médicas, que sin duda se han de 
establecer en la república, porque es probable que las preocu- 
paciones, que por desgracia existen aun entre algunas personas 
con respecto a esta profesión, en otro tiempo venerada, i hoi 
tan respetada por el mundo ilustrado, tengan termino, lintón- 
ces se verá a los jc) venes dedicarse a estudiarla con el mismo 
gusto con que se consagran lioi a la economía política i a la ju- 
risprudencia. En tal caso, el gobierno no puede dejar esta clase 
do educandos sin maestros i sin guias, obligados a instruirse 
por sí mismos, i a adivinar de cualquier modo los medios de 
consolar a la humanidad aflijida. No l)«ii profesión masimpor- 
tante i que exija mas salxír que la mcídicina. Sin embargo, ¿qué 
recursos hai hoi para estudiarla i para adquirir esa suma de 
conocimientos que el estado de la sociedad tiene derecho para 
exijir, i de los cuales necesita un profesor para ejercer con 
distinción un arte tan delicado i tíin difícil? í;n estudiante 
abandonado a su .solo celo i a sus medirx;reH reciiruoH no pucíh; 
adquirir para la práctica mas que conrx;i míen tos rnui sup^TÍi- 
ciales, peligrosos a vece-*, i quizá sifimpre sosi>f!f;lio»'^. 

Otra de las ventajas que proporcion-iha im e«ttableeimJento 
semejante, sí tuviese alguna f:xU:n^in:i d^r t/:rr';no<i, s^TÍa la de 
servir de jardín du aclirnavjr:íon. ¡fi\idif:nf\oh.'. ft) d^rp^rtAmen- 
los, se cultivaría en uriOs nvicha parV; (U-, f^ífi^t plant^t.H qiK; pii/;- 
den ser útileíj al paí.^. ya ^tn la <f:^:onorfiía d^'/rri/'^fira, ya f-u la,» 
artes i la merlidna: i a-í -/; yAá^.n íií;lirr»aV>p ííia ^ral^ajo, i 
casi sin gastij-^. al^jn/iA I»-'; ^rviH rr*rní;p ;s-'i.^ ^^PxTvA^fU-.^ fU-, ÁritfAfM 
o de arbast-j-j frucíiítr^roM rj ¿r; .[í:^-^ji;^m W-. ru^^r'^ ^¡j;U/i ha p^^lifl, 
alquirir la V^a: t^j^ '^*.\'> ^ { \i^rA-i 'li: *»^if\'j^;\'< * «I.': rI:rt/';po; UA^^ 
esas plantiu^ í'Mina:;;7'i:.'!-^M«*''ta I.^ . ■.^^^,('j>xc\*»úU\f^Pi Uj». (jfrfftrfti^' 
tas i f;iLrir:a a Vrfl !s ; 1 . <':o - -'j 1 . i .v. .-; . , r v-» r v 'I*-, ^-^-h^ n i j rn^r't'f^i^ -f 

riiVi ie I A r¡'i»-Ma . ! : j v i , .'*'. *■ w '..*■ ¡ ■' x. i-< ^t^td^AA ".vi i r. j na ¡r y ^j hí> 



o?' ^»-. 



ITS OPÚSCULOS L1TBR\RI0S I CRÍTICOS 

mas que ningunas otriis exijen una atención particular del 
gobierno. En cada ano, se haría la cosecha do los granosi 
semillas que se distribuirían a los aficionados i agricultores 
instruidos, que las cultivarían con cuidado en sus chacras i 
haciendas, i las propagarían de provincia en provincia. No hai 
duda que un jaixKn semejante emi>eñará en lo sucesivo a mu- 
chas personas a hacer una esi>ec¡e de comercio en todo lo que 
ixírtenece a la liorticuUuray i principalmente en las plantas 
medicinales, que tomlrán la doble ventaja de venderse a mejor 
precio i de ser de mejor calidad que todas las que vienen de 
Kuropa. Els preciso no equivocarse: los vejetales, así como 
todos los cucrjxis orgánicos, cnvejcciénilose, pierden sus virtu- 
des i propiedades; i la conducción sola de Europa aquí l>asti 
algunas veces i>ara alterarlos considerablemente. La Academia 
de Medicina de Paris ha conocido de tal modo esta verdad, 
que ha fomentado la cultura de casi todas las plantas medici- 
nales, ya indíjenas, ya exóticas; i hasta el ruibarbo de las 
fronteras de la China, coseclia ahora el agricultor francés en 
mas o menos cantidad. 

Un establecimiento de esta dase podría servir también para 
jardines públicos i jardines de paseo, que serian mui agradables, 
así por la simetría, como por la variedad de árboles i arbustos 
que allí se cultivasen. El ocioso iria a pasar en ellos sos enfa- 
dosos momentos; i el hombre estudioso los liaría la mansión de 
sus meditaciones. El domingo se vería al bello sexo ir a re- 
crearse a la sombra de esos soberbios plátanos de Italia, o de 
los orgullosos castaños de Indias, que hacen en París el adorno 
de las Tullerías i del Luxcmburgo. 

Todos estos vejetales podrían adquirirse con la mayor facili- 
dad i sin el menor gasto. El gobierno francés, deseoso siempre 
de hacerse útil a las repúblicas americanas, tendría un placer, 
i aun con.sideraría como deber, el facilitar todo lo que se le pu- 
diera ¡Xídir en este jénero. Líjs numerosos establecimientos de 
aclimatación que existen cu Francia, i sobre totloen los contor- 
nos de Paris, esos numerosos semilleros reales donde se cultiva 
una inmensa variedad de árboles, el jardín nacional que contie- 
ne ya mas de doce mil plantas viviis i otros muchos estable- 



L'TIUUAU OE l'S CURSO B8PIÍC1A1. OB OCtuiCA 

imÚMitoB doesta clajso, proveen anualmeiito de una abundante 
Intidad de plantas nuevas, do bulbos, do semillas, cto. , que se 
Hstríbuj-en, no solo en toda la Francia, sino tambion en casi 
ndoslos reinos do la Eurojia. Es glorioso para una nación el 
propagar todo lo que pueda liacer mas dulce i mas agradable 
!a suerte de los put'l)los; i bajo esto respecto, la Francia nada 
,Íone (juc desear. Hai testigos presenciales de las numerosas 
que se lian hcubo un estos últimos años a Rusia, Ingla- 
i a diferentes puntos de la América i de las Indias. ¿Por 
qué no las baria también a Chile, que por su parte ¡luede retri- 
buirle una gran cantidad de árboles i arbustos que faltan allí? 
Cambiando así las riquezas vejetales, se puede obtener todo lo 
que la sociedad mas exijentc es capaz de desear. 

Los deberes del gobierno i (d interés del país liarán erijir 
tilgun día el establecimiento i los cursos científicos de que so ha 
hablado ¡inte»; por atiora es miesario limitarse a una sola clase, 
Huella que, al conocimiento (le las ciencias en jeneral, añade 
lo» íle las artes i de la agricultura, liajo de e-ste as|>ecto, la 
química llenará estas condiciones en el mas nlto ¡irado, i per- 
mitirá al profesor extenderse sobre las jencralidadca do la bisto- 

• natural, física i mecánica, sin invadir, por esto, el dominio 

cetas ciencias, porque solo explicará, de cada una do ellas, 
la parte necesaria para despertar lu atención del discípulo sobre 
tal i tal objeto do primera utilidad. 

Este curso so dividirá en dos secciones: en la primera, expli- 
cará el profesor las jencralidadcs do la ciencia, o aquella parte 
que 8e llama teoría, dando a conocer lo que no entiendo por 
cuerpos naturales, la atracción, la electricidad, el calórico; 
enseñaréi la nomenclatura de la ciencia, i pasará, después a 
algunos jjormenores sobre el mecanismo de loa análisis. 

Adquiridos estos conocimientos fundamentales, se pasará a 
la bistoria de cada cuerpo en particular, que se estudiará mas 
O menos según su utilidad o influencia en el comercio de esta 
república. Esta parte de la química, que será la mas importan- 
dividirá en tres grandes ramos, que son la química 
mineral, la vejetal i la animal. Cada ramo do éstos se dividirá 
asimismo en mucbas secciones <¡ue se van a desenvolver aquí 



160 OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICOS 



con algunos pormenores. El modo manifestará la ventaja que 
puede proporcionar un establecimiento semejante. 

La quimica mineral, en razón de su importancia, debe sa 
tratada con toda extensión, al menos en todos los objetos de 
primera necesidad. Se dividirá en siete secciones: en la primen^ 
so darán nociones puramente mineralójicas sobro todas las 
piedras i minerales que se clasiíicarán ix)r jéneros i familias; 
se describirán sus propiedades físicas i químicas, i aun algu- 
nas veces emj)í ricas, para no dejar nada incierto, ni nada oscu- 
ro en todo lo quo pueda hacerlos conocer a primera vista, i en 
todo lo que pueda liacerlos servir a las necesidades de la so- 
ciedad. 

En la segunda, se describirá el modo con que se encuentran 
en el interior de la tierra, i el medio con que se pueden hacer 
los ensayos para conocer la naturaleza i propicdatles de sus 
partes constituyentes. 

Eln la tercera sección, se explicará el modo de extraerlos con 
la mayor ventaja i economía; se hablará de los instnimentoí^ 
que se usan en las grandes minas para llegar a este (in;! des- 
pués de haber dado algunas nociones sobre las diversas ope- 
raciones de su beneficio, se describirá la forma que so debe 

dar a los molinos, liornos i máquinas de primera necesi- 
dad. 

En la cuarta, se liablará de todas las tierras en jeneral, como 
de la cal, las arcillas, las margas i el feldespato, etc., i se 
describirán los medios de conocer sus cualidades i virtudes. 
Las explicaciones enunciadas en este artículo deberán corres- 
ponder a la importancia de esta materia; porque con estas 
tierras del>en algún dia preparar los cliilenos sus vidrios, lozas 
i ladrillos, i tantos otros objetos de primera necesidad que no 
exijen grandes conocimientos industriales. 

En la quinta, se darán algunas ideas mui superficiales sobre 
el modo de fabricar vidrios, ladrillos i loza. 

En la sexta, se tratará de todas las sales que se emplean en 
lis arlos, en la medicina i en la economía doméstica. 

En íin^ en la sétima, sedará la liistoria de todos los mine- 
valrs conocidos, (|uo se desarrollará mas o menos, según su 



VTILIDAD DE I N CLliSO ESPECIAL DE yllilICA ISl 



imjx)rtanc¡a en esta iviKÍl)l¡ca. Así será preciso tratar casi a 
fondo del oro, plata i cobro, i también del hierro, cuyos usos 
están tan esparcidos, i que después de tontos siqrlos es uno de 
los primeros móviles de la sociedad. 

Después de haber concluido la química mineralójica, pasará 
el profesor a la vejetal, en la cual se conducirá con las mismas 
ideas fílosófícas en el curso de las lecciones, fijándose mui 
particularmente en la ac^ricultura, la iwirte mas útil. En este 
ramo, puede el profesor hacer un gran servicio a la república, 
formando hombres capaces de multiplicar su riqueza agrícola, 
dando valor a tierras absolutiimente incultas, que solo esperan 
manos hábiles que las elaboren para pagar su tributo al co- 
mercio i a la sociedad. Este ramo se dividirá también en diez 
secciones. 

En la primera, se darán algunas nociones de botánica i de 
fisiolojía vejetal, se explicarán los mejores sistemas inven- 
tados para distinguir tal o tal planta de todas las otras, cuyo 
número conocido es hoi dia admirable, i se hablará de sus 
propiedades ¡ de sus c<>mposic¡ones químicas. 

En la segunda, se hablará de la naturaleza de las tierras i de 
su acción sobre los vejctales, i se explicará la razón por qué 
las plantas se producen tan bien en ciertos terrenos i tan mal 
en otros; indicándose al mismo tiempo los medios de mejorar- 
las, do hacerlas propias para toda cla.se do cultura, i de re- 
mediar las que se hayan agotado, ya variando los vejetales, 
o ya preparando la tierra con abonos nutritivos o estimu- 
lantes. 

En la tercera, so demostrará la influencia de los climas, de 
la temperatura i de la atmósfera sobre la vejetacion, i la utili- 
darl de introducir en Chile muchas plantas de praderías. 

En la cuarta, se describirán los instrumentos aratorios que 
.se hayan podido perfeccionar, i se enseñará el modo de usar- 
los. 

En la quinta, se hablará de los productos inmediatos de los 
vejctales, como gomas, resinas, almidón, azúcar, etc. 

En la sexta, se detallará el modo de sacar toda especie de 
aceites, principalmente el de la oliva. 



iS-2 OPÚSCULOS LITER ARIOS I CRÍTICOS 



La sétima sera consagrada a la teoría de la fermentacioa i 
de la destilación; lo que conducirá naturalmente al profesora 
explicar el modo de hacer vino i vinagre i sacar aguardien- 
tos. 

La octava enseñará el modo de conservar todos los productos 
agrícolas, como son frutos, aceites, legumbres, etc. 

La nona será destinada a la explicación de la cultura de las 
plantas cultivadas, como la parra, el almendro, el olivo u otras, 
i ar|uellas que pueden introducirse. 

En la décima, en fin, se dedicará el profesor enteramente a 
la [)arle económica o industrial. Hablará de la tintura i de sus 
aplicaciones, ile la preparación de la potasa, do la sosa, del 
jabón, i explicará los medios de purificar las gomas, las resi- 
nas, i todos los productos de los vejetales de que las artes i 
la industria sacan tanto provecho. 

El torcer ramo, es decir, la química animal, aunque en jo- 
noral no os de tanta importancia, deberá, sin embargo, tratar- 
se con alguna extensión, sobre todo en una época en que las 
producciones de este jénero casi son las únicas que se benefi- 
cian. Mas el profesor no deberá limitarse a sola la prepa-- 
ración de las cecinas, grasa i cueros, sino que abrazará esta 
parteen toda su esfera, presentando consideraciones jeneralcs 
sobre el estudio de la zoolojía, i describirá después con algún 
cuidado el modo do hacer el queso i lámanteos, con queso 
podria hacvr aqui un comercio mui lucrativo; enseñará el 
modo de eihicar las bestias para preservarlas de esas enferme- 
dades horribles que arruinan alirunas veces a un rico propie- 
tario, i hará ver, en fin, el método fácil c importante con que 
se crian los «gusanos de seda. 

¿Qué inlluencia no tendrá una escuela semejante, i que re- 
volución no causará en la agricultura i el comercio? Sin duda, 
la industria no se elevará a ese grado de perfección en que se 
halla aun en las mas pequeñas naciones de Europa, porque 
tales resultados exijcn siglos i práctica, i Cliile solo puede 
contar años. Ademas, la industria europea arruinará siempre a 
cualquiera fabricante que quiera entrar en concurrencia con 
obj(»tos de algún valor i cuyo consumo no sea bastante gran- 



1 TiLiD.id jE ;.N ::ir: i-rit.._i :i . * :». 



de; mas, porqa»' «--ta i^r:. ':!.-. ■- :li* .r l ..J.'.^ í -"j--:.:- 
CS1X5CÍ0S, no scde¡»e alv»r-i.' .r -: -.:.r: l.- .:-. 1; .:.-^r::.i rll 
chileno, pji* cau*ra .i*.- * .* .. r:.i^r ■«.-.-. ;-> :i. : .rjr :_'^í^.í 
aprovechar cscis herrr. .'-.-? r-»:'-:.-:-^ .. r. ::.t t^. -.^;>: Ií ii.r.r- 
lana, los s^Dhorbi-j- cjTtrz.-^. rr.:.-:-! . ■- ::- '..-:... lr>. toIlí ^e^^i? 
piedras lie luj», e.in.' jt-o. -.:-.>. iz-". j.r - :.:.:.»* itrjs _:;íi:-? 
mas o menos pivcl-.'-.-í-. : :-.:-- . r:.::. :- sl^r.Iir.irs en ^my 
ropitbliea; pero p^r i:,s:.» r.j r-s í-:.»: .t.Íitlt ^i^ :>l.s ¡:'^riI:•:-? 
de industria han de siifr.r el .'r.>- > ürj.-:. r*: p^rniaaeoer en 
ol mismo osla Jo de abiiiíjnj. íl::" .i_ jr.es-:- Litn qj? &>j!-j a 
fuerza de siglos s^- hd?e uíia ni::.-;, ir.iiiirl.-^i. i }m es tienipo 
de dar principio. Es un >'.rifr en -el j.l'err. > o', f omenlar en 
Chile lo mas p^^Jnto j»vs::4-e el si^:.' i de h.i.er conioer ¿us 
ventcijas. Los ei'.ivla Un :«? s.- hirln •.'::• yrenie.ijres cuando se 
multipliquen loscon-x-ÍTile.-iM-; e.'n]>ezirári p:»r I>s -bjetos mas 
comunes, que des-le lucz j srria a]«-3 mal he^-h j» }¿xsta que se 
hahituon poco a poco a Lt-- ar:^s ir.ec.ínicas: vr [>erfcccionarán 
después hasta hacerse capaces >ie lirijir bien a I05 obreros, i 
podrán rivalizar con ¡1- rriin jr'ajtura^ Je Europa de primera 
necesidad. Las de 1 1 j • ven irán lespues con el tiempo i la ex- 
periencia. 

Mas las mayt»ros venttjas que puele producir c.-íte estable- 
cimiento, serán la de liac-r pj:ier en práctica algunas de esas 
preciosas innovaciones con qu-j se hi. enriquecido la agricultura, 
i ia de que no .se abuse de esta ciencia, que también tiene sus 
reglas i sus teorías, i lia fundado sus preceptos sobre las eternas 
c inmutables leyes dȒ la naturaleza, que dirijen al agricultor 
de un modo sumamente seguro en el ejercicio de su estado. 
¿Qué mejoras no podrían hacerse en este ramo de comercio, 
si los jóvenes (juc se dedican al campo conociesen las leyes 
fundamentales del arte que van a ejercer? En lugar de pedir 
instrucciones a la fatal rutina de un mayordomo, que no po- 
cas veces tendrá interés en en;]jariar, so atendrán a los cono- 
cimientos que han adquirido. Empezarán por innovaciones 
en pequeño, las continuarán en grande, i los resultados felices 
los empeñarán después a hacer otros ensayos. 

El gusto inspirado por el profesor se irá desenvolviendo i 



184 OPÚSCULOS LlTERAniOS I CIÚTICOS 



aumentando con el éxito de las experiencias; i con el tiempo se 
verán hacendados cuyos trabajos no solo serán dirijidos al 
ínteres, sino también a ese celo i amor quo requieren las 
ciencias i las artes para llegar a algunos grados de perfec- 
ción. 

La interesante innovación que se realice, no quedará refu- 
jiada en la hacienda del agricultor instruido. Los amigos, i 
sobre todo los vecinos, desearán también ponerla en práctica; 
i propagándose así de distancia en distancia, invadirá toda la 
república, i proporcionará a la nación una renta que es impo- 
sible calcular por ahora. Chile, por su feliz situación jeográfica, 
puede beneficiar todos los ramos do agricultura. Gozando de 
todas las temperaturas, do todos los climas, i atravesado en 
parte por grandes rios navegables, presenta un concurso de 
circunstancias que pueden hacer pronosticar, con algunas 
razones, que las otras naciones de la parto septentrional de la 
América deben hacerse algún dia sus tributarias. Al gobier- 
no corresponde el apresurar ese tiempo, i a los chilenos el 
aprovecharse de sus ventajas. 

Poro si al contrario, la agricultura continúa dominada por 
la vieja i perniciosa rutina, si no se llevan a las haciendas 
mas que conocimientos extraños a la profesión, e incapa- 
ces de hacer la mas pequeña mejora, se trabajará siompre 
sin gusto i sin ideas, al modo que una máquina, que lo mis- 
mo hace ahora, que lo que hacía cincuenta años há. De este 
modo, heredando los chilenos los falsos principios de ahora 
cien años, han reducido a la república a una situación en 
que no debia hallarse. No so diga que las campañas no se 
cultivan mejor por falta de brazos. En lo jeneral, cada hacien- 
da mantiene bajo el nombro de inquilinos un número do fa- 
milias mas o menos grande, que solo viven con los productos 
do una pc([ueña sementera, i embrutecidos con la miseria i la 
haraganería, pasan mucha parte del tiempo perezosamente 
tendidos, i so contentan las mas veces con unas pocas papas, 
sin cuidar do mejorar su suerte, porque no conocen los medios 
de buscarla i obtenerla. Sería del deber i del interés de los 
propietarios el servirse de estos hombres i de sus hijos, pues, 



rriLIDAb bE UN CIP^í-J EáP£ :IaL DE iyJl^^W.V Kt 

mediante un corto salario, po^lrian hacer tríjilícar las produc- 
ciones de sus tierras, i ton^T la síili«ifacci»»n de hacer a la patria 
i a la humanidad el dolJ»; serxiciu de formar hombi-es lab*j- 
riosos, i de sacarlos de e.se t-ístado núserable en que las cir- 
cunstancias los tienen sumidos ha>ta t-l presente. 

l,-/iiiíM)io, Alio de iHjl. 



ESCUELAS DOMINICALES 



1 hK ADl'LTHS 



- . •^•\. l'-'A 



Uno de los e.stal>locim¡eiitos mas bcuóllcos de estos últimf>fc 
tiempos en Iní^laterra, son las escuelas dominicales, o claseM 
gratuitas para que los pobres aprendan a leer, solamente en 
los dominicos, sin que se les siüfa perjuicio en sus jornales, 
por pérdida de tiempo i traljajo. 

Habrá poco mas de cuarenta años que un liombrc Iwínéfico 
piadoso, llamado Mr. Roberto Raikes, emjxíZíj a juntar los niño» 
pobres de la villa de Painswick, en Gloucestershire, cada domin- 
go, dándoles cartillas, i tomándose el trabajo de enseñarles 
a leer. En breve, se bailó que los mucbacbos i mucbachas mas 
adelantados servian de maestros a los otros-, i distribuyendo la 
escuela en varias decurias, los mismos íjue venían a aprender 
contribuían a la enseñanza. Hubo ademas varios jóvenes do 
las cercanías, bijos de familias decentes, i a veces ricas, que, 
deseosos de contribuir a esta buena obra, se ofrecieron por 
maestros; de modo que en el espacio de veinte años tres mil 
niños pobres babian recibido en aquella escuela los cIcmentoH 
de primeras letras, con tan buenos efectos morales, que Mr. 
Raikes no halló el nombre de ninguno de ellos en los libros 
de entradas en la cárcel de í.íloucester. 

Kn 1785, se fimdó una sociedad para el fomento do escuelas 
dominicales, con el título de S}ni/1a]/ Schord Social]/^ cuyos 
miembros tomaron a su caríro el costear los trastos necesarios 
de cartillas i libros. Kn lirev, so vieron establecidas cerca de 



1-^í^ OPtSíIlXOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



trc3 mil escuelas en varías partes de Inijlaterra e Irlanda. El 
niimero de niños de ambos sexos, que aprendieron a leer, en 
ol espacio do los primeros catonie años despue^s del estableci- 
miento, fué doscientos cuarenta i seis mil setecientos veinte i 
cuatro. Las cartillas i silabarios que so les dieron, suben a 
doscientos cuarenta i nueve mil ochocientos noventa i seis; 
ejemplares del Nuevo Tosf amento cincuenta i cinco mil ocho- 
cientos oclienta i uno; Biblias completas, siete mil cuatro- 
cientas veinte i tres: los gastos subieron a cuatro mil ciento 
sesenta i cinco libras esterlinas. 

Las escuelas de Bell i Lancáster, que en España i Francia 
se llaman escuelas de instrucción mutua, se establecieron 
l)or aquel tiempo, contribuyendo de un modo mas extenso a 
la instrucción de las clases pobres. Pero el objeto de los dos 
establecimientos, quiero decir las escuelas dominicales i las de 
instrucción mutua, es mui distinto. Estas se dirije a la educa- 
ción de los niños pobres, cuyos padres no necesitan do ponerlos 
a trabajar; aquellas, a la do los que, estando empleados toda 
la semana, solo pueden dedicarse a la lectura los domingos. 

Pero la beneficencia de los ingleses es injeniosa en extremo, 
i siempre esta inventando nuevos modos de servir al jónero 
humano. A poco de haberse establecido las escuelas domini- 
cales, se plantearon otras en el Norte de Gales (North Wales) 
para adultos, con el objeto de enseñar a leer a los pobres que 
no tuvieron, en su juventud, quien los enseñase. La primera 
do estas escuelas dominicales de adultos se abrió en el 
territorio ya dicho, en 181 1. En 1812, se abrió otra en Brístol. 
El primero que entró en ella a aprender el A, B, C, fue un 
hombre de sesenta i tres años; la primera mujer tenia cuarenta. 
Formóse también una sociedad para promover este objeto; i 
cuando solo habían pasado catorce meses desde su fundación, 
ya existían nueve escuelas para hombres, e igual número para 
mujeres, en las cuales seiscientas una personas adultas habían 
aprendido a leer. En 1814, las escuelas de adultos en Brístol 
eran ya veinte i una para hombres i veinte i tres para mujeres; 
i el número de los que concurrían a ellas, mil quinientos. 

Si atendemos a la dificultad de aprender a leer en ingles, a 



a ilt su ortografía, que es irregular en exirenio, i lai-ompa- 

s ron In suma racilidad con que se k^c la lengua española, 

iltablecimicntu de semejantes cscuela^j parec« mui hacode- 

piiina i penlidoii de; los españoles de amlxjs mundos lin 

s la ociosidad en que el gobierno ha tenido a las clases 

& acomodadas. A falta de objeto de interés, la juventud se 

¡gn al maa desenfi-enado galanteo, en tanto que la^ jente» 
idad madura, o no saben qué hacorse, o pasan cl día 

indo altares: obra mui buena a su tiempo; |iero que sc- 
rmuclio mas agradable a Dios, si fuese aeompañcida do obras 
de varidad verdadera, lil que da limosna al mendigo, lalvez 
contribuye a la ociosidad i al vicio. Pero el que da luz al en- 
tendimiento embrulecid», humaniza a sus semejantes i los 
prepara a ser virtuosos. La menor instrucción alcanza a pro- 
ducir los cfectus mas benélieos. A la verdad, mas fuerza 
moral, pniponrionalmentc, tienen los primeros rudimentos 
(le la fttiueacion intelcetual, que la acumulación do ciencia 
que cousiituyo a un sabio. E,sto so \e, mas a las claras, en lo» 
adultos que aprenden a leer, que en los niños que adquieren 
las primeras letras, i crecen sin saber el tesoro que en ellas tie- 
nen. El placer de un hombre hecho, que en dos o tres meses 
ae halla capaz de gozar el contenido de un libro, que para él 
era antea libro sellado con siete sellos, se ¡Mcde imajinar aun- 
quo no seria fácil pintarlo. El arte admirable de la escritura 
es la primera puerta de los placeres intelectuales. El que so 
qumla (le la parle de afuera, puede (Iccirse que se halla casi al 
nivel de la creación animal. ¡Qué satisfacción, pues, igualarla 
a la (le los que, tan a poca costa como pudiera hacerse, deva- 
nen a sus semejantes pobres, a este grado do ilustración men- 
tal, en que el hombro se halla, en pocos meses, dotado de una 
nueva facultad, que casi lo transforma en otro ser! La edu- 
oaoion do las facúltales intelectuales no debo mirarse solo 
conio un medio do ailquirir saljep. Sí no tuviese otro efecto 
que el de aumentjir el número do iileas, de poco servirla, por 
lo joneral, a las clases inferiores do la sociedad, i en mucho» 
tmSOH no contribuiria a otra cosa qut; a hacerlos mas infelices, 
o mas dañinoH. lil grande objeto con que nos debemos empe- 



100 OPÚSCULOS LITERAIMOS 1 CRITICO» 



ñar en comunicar el arte fácil ¡ admirable de la lectura a las 
clases pobres, es excitar en ellas un estímulo (uso esta voz 
en sentido semejante al que le dan los módicos) que los saque de 
una vida enteramente animal i los haga percibir la existencia 
de otros placeres, que los que no salen de la esfera de sensa- 
ciones. Si un mero juego, como es el de damas, embelesa a 
los hombres mas ignorantes qUe llegan a entenderlo, solo 
porque la atención se fija agradablemente en las combina- 
ciones de las piezas, mucho mas debe esperarse que un 
libro embebezca al pol)re trabajador, si halla en el pábulo a su 
curiosidad, acompañado del descanso que produce toda ocu- 
pación sedentaria i divertida. Yo he visto ix)bres trabajadores, 
a quienes ciertas personas benélicas daban lecciones de leer, 
repasar con el mayor ahínco el silabario, solo por el placer de 
hallar nuevas combinaciones de letras, i gozar do la facultad 
naciente que en sí sentían; como el pájaro que se deleita en 
batir las alas en el borde del nido. 

Nada sería mas fájil que el abastecer a las clases inferiores 
hispano-americanas, de libros útiles i divertidos en extremo, 
si los intereses políticos, i el ñilso refinamiento, no se empe- 
ñasen en hacerlo difícil. Unos rudimentos sencillos do moral 
cristiana; algunas colecciones pequeñas de recetas o métodos 
que les fuesen útiles en sus negocios domésticos; extractos en- 
tretenidos do la historia nacional, i, en fin, tales porciones 
del antiguo i nuevo testamento cuales sus superiores espiri- 
tuales tuviesen por conveniente — una pequeña colección de 
esta clase tendría efectos admirables en favor de la felicidad, 
i de la moral do aquellos pueblos. — Pero no me cansaré mas, 
ni cansaré a mis lectores con menudencias. Un corazón ver- 
daderamente benéfico no puede errar en ellas. Únanse los que 
sientan moverse con la idea que les propongo. La experiencia 
les dará luces; i cuando hayan probado la felicidad i satisfac- 
ción interna, que son fruto infalible de ocuparnos en bien de 
nuestros semejantes, bendecirán el día en que se les propuso 

esta idea. 

(Araxiciinu, Año de 1831.) 



OBSERVACIONES 



SOliHE EL PL.VN DE ESTl^ÜKJS QUE H\ FORMADO LA COMISIOX 
NOMIíKADA POR EL SUPREMO GORIERNO 

EN 183Í 



^- .-N r . w ■ 



Se ha escrito tanto acerca de la educación do la juventud, 
que la materia parece agotada hasta en la combinación de los 
medios de dirijirla. Casi es imposible ofrecer una idea nueva 
sobre este punto, a no ser que sean algunas aplicaciones al 
estado del país. Su importancia ocupa siempre a los hombres 
mas eminentes en inventar medios de instruir a los jóvenes con 
presteza i provecho en los conocimientos necesarios a la vidy; 
i sin duda este mismo empeño, elevando sus pensamientos a 
una altura desde donde pierden do vista la incapacidad de la 
primera edad a que consagran sus esfuerzos, les hace envol- 
verse en teorías sublimes, formando planes que, si arrebatan 1;:. 
admiración de los sabios por su injeniosa combinación, apli- 
cados a la instrucción de los niños, son inverificables. Algunc^^ 
han conseguido desterrar de la educación el hastío que nalu- 
ralmento ocasiona, presentando a los muchachos en las leccio- 
nes objetos de placer i diversión; mas con esto solo han logrado 
desterrar el amor al trabajo, que desde el principio debe in- 
fundirse, crear espíritus frivolos, i comunicar una instruaíoü 
tan supcirficial, que a la vuelta de pocos años solo deja testimo' 
nios vergonzosos del tiempo que se ha perdido. La primera ins- 
trucción del hombre debe ser muí radical para que j)ae.!;\ 
producir frutos sazonados, i mui pausada i bien distríbui'l ^ 



\0l OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



para que sea permanente. No consiste en henchir repentina- 
mente la cabeza de un niño de retazos de muchas ciencias, de 
que solo el conjunto de palabras abruma su tierna compren- 
sión, ni en hacerlo seguir una serio de clases forzadas, i tan 
largas, que le mantengan la mitad de la vida en un mero pu- 
pilaje. La educación común no es para formar sabios de primer 
orden, porque no todos los hombres tienen aptitudes i>ara ello, 
sino para ponerlos en estado de desarrollar por sí mismos sus 
potencias, conocer sus dereclios i obligaciones, i llenar sus 
deberes con intelijencia. La instrucción puedo considerarse 
actualmente dividida en tres clases; se habla de la instrucción 
común, necesaria i útil, i no de la particular i de ornato. 

Se supone a un joven instruido medianamente en la lectura, 
escritura i primeros rudimentos de aritmética. En este estado, 
debe entregársele a un preceptor que le enseñe a expresar sus 
pensamientos, dándole a conocer las combinaciones de su len- 
gua nativa, i la correspondencia con ese idioma que la jenera- 
lidad de las ciencias ha hecho suyo. Sin un perfecto conoci- 
miento del lenguaje, sin entender la combinación de los signos 
del pensamiento, sin saber manejar esc instrumento con que se 
trasporta el alma de un hombre a otro, sin una intelijencia 
ceibal de los recursos maravillosos de esa propiedad del habla, 
oríjen primario de las mejoras que la tierra ha recibido de la 
mano del hombre, la instrucción posterior ni puede ser bien 
comunicada ni bien recibida, porque falta el único i principal 
condictor de las ideas del maestro al entendimiento del discí- 
pulo. La enseñanza do la lengua nativa i de la latina es la 
piedra fundamental de toda ciencia. No debo limitarse al co- 
nocimiento material de las reglas gramaticales, sino que en 
ella debe darse a conocer el jenio de cada una (para que en 
lo sucesivo sirva de término do comparación con otros idiomas) 
i una instrucción completa de la ortografía i prosodia. En el 
tiempo que dure esta primera clase, no dcberia distraerse la 
atención del jóvun con ningún otro estudio, porque toda ella 
es necesaria para adquirir un conocimiento completo del arte 
do hablar. La continua ocupación en comparar dos instru- 
mentos diferentes con que so manifiesta un mismo pensamiento. 



Ib acostumbran desde temprano s la raeditacioo, tan necesaria 
para conducirlo a iduas mas elevadas i pn^uodas. 

Apoderado el joven det pincul de las ideas, se le conduce, 
cu la segunda clase, a la rvjion diJ pensamiento, en donde m 
lo enseña a formarlas, combinarlas i reunirías. Pucdt: decirse 
que en esta clase no es el entendí raicnlo la potencia domiuante, 
eino la razón, si acaso es permitida hacer diTerencía entre una 
i otra. La lójica le da reglas ]»ara discurrir, i la critica le pre- 
senta un barómetro con que medir los grados de exactitud de 
sus raciocinios. El pensamiento deja el extraviado i tortuoso 
sendero en que le mantenía inquieto la ignorancia, i poco a 
jKico so acostumbra a marchar pur una vía tan recta como 
sej^ra, que, por mas esfuerzos que haga, no puedo sus- 
traerse del dominio del convencimiento, que solo obra por 
medio de la trabazón sencilla de un antecedente con un consi- 
guiente. En esta clase, no hace la instrucción mas que dcsa- 
Tollar las lutcncias intelectuales del júvcn, i darle regla» para 
|>oncrla en ejercicio, comunicándole las nociones necesarias 
para lijar las ideas en lo cierto, o en lo incierto. En este j¿nero 
de instrucción, se le hace dueño de lo» recursos con que obran 
ol convencimiento i la persua*<ion, i do los medios de aprovo* 
cliai-se de los conocimientos ajenos. Nada hai va^o ni indeter- 
minado en esta clase, porque el hablar con propiiKlad í jieniüar 
con exactitud, rechazan toda idea que no est¿ revestida de lus 
caractá'es de certidumbre. 

Cuanilo ya sabe discurrir, i apreciar lo cierto i lo incierto, la 
educación pasa a iniciarle en los sagrados misterios de la mo- 
ral, dándole a conocer lo justo i lo injusto. Entonces so le 
descubro la teoría de los sentimientos, i se le dan reíalas po- 
sitivas para discernir lo bueno i malo do sus acciones. 8e, le 
hacen conocer lúa deberes para eon el 8*5r Supremo, los que 
leimpone su propia conservación i los que le exijcn sus seme- 
jantes, entre tus cuales se incluyen esos principios, que muí 
mpropiamente so ha» compilado bajo el epiprafo de derecho 
natural. Aqui empieza la educación dl^l ciudadano, pues ia an- 
terior no ha sido mas que la del hrunhro. Del pequeño círculo 
en que se le enseñó a expresar i combinar sus (>enih-tniienlLis, i 



OPtSI 



27 



* tanaca U «eidad, ■» le tranipofla al campo vasto tie üett 
qoe leoCmcoilaatdacÑaeacoakMdefBasseresJesu «speóe. 
i la* obligacioaesqaefe impones sufi deberes i la justtda. La 
aridec del estadio wnpwaa a ánapaivxr, [torque las fatigas de 
la cabeza ceden su lagar a los plaoerca del o>razuD. El alma 
ilel júven «c etwaocba al oontemplar qoe no vive pan ei solo, 
i qoc tudoit loa demás viven pant ¿1, caanilo al lado de la mo- 
ral Re le pnaKftUn los príncipttjs de la ciencia social, i &e lo 
manifiesta c) mn ía> de los TÍacukie que le U^an cua sus se< 
mf^;atitc», ya como hombres, ya como ciudadanos. 

Mas n» es iKistante al hambre el oonocimiento de si núsmo 
i el do lafü relacione^i que lo unen con los de su especie. Kü 
pr^iHo ademas, ilarle a conocer los seres extraños que lo ro- 
itean i Hiist projiiedailc:), i desenvolverle las causas ele los fe- 
númeiiOM lie la naturaleza que asombran al vulgo; es preciso 
liarlo una idea jenerul del universo, i manifi^larlc cómo deü- 
cienden lu» cuerpo^j, de qué modo suben los líquidos; por ijué 
medid lusohjctoa materiales hieren su» sentidos, i cuáles son 
los recursos con que un habitante de la tierra recorro las in¡ 
monKas órbitas (jue describen los astros, i demarca cada ^ 
de BU carrera. Sin esta parle do la educación, las ideas i 
muí vulátilcH. [lumbres liai que admiran la heroicidad de > 
jilio, i gustan do Ins dulzuras de Ovidio, sin saber Tormar i 
raciocinio, sin discernir lo justo i lo injusto, i sin 
punto que ocupan en el globo. La calda do ima i>íedra es p 
ello» un misterio; el ascenso dL-l agua por meilio de una 1 
ba, es un artículo do nigromancia; un movimiento de tí 
rra, o cscaHOz do lluvias, son los siíjiios do las Vúnf^anzas 4 
Ser Supremo, i las grandoa adquisiciones de las matcmátldjj 
lea parecen paradojas. E.s indispensable un ciu-so do li.síca p 
completar la cdueauion proparoloria, porque, sin ideas del 
que es la naturaleza, los conocimiontos anteriores tionun ( 
poco enüiunolio; i habrá ocasiones en ([uo un hombro, 
instruido ({uo osló eit ol arte du hablar i de pensar, i en ', 
L'ienaias morales, no pueda hacer aplicación ninguna de s 
i'imoclmiontos, porque sus ¡deas no pasan del circulo de i 
fauull-idi-^ nH'iitjilos, i dol do Lih n-larioues con bus semejan^ 



OÜSEHf AC[Ú.\G& SUUIll: EL PI.AS ¡ 



tes. Si se dibujara un cuadro material de la educación prepa- 
ratoria, se vería primeramente al hombre ocu[>ado en ejereitar 
BUS órganos; despuos en arreglar las operaciones del entendi- 
miento; niaa adelante observando los movimientos dol corazón, 
i al fin entregado con todas sos poto netas i sentidos a contem- 
plar, discurrir, combinar, admirar i obrar. 

Gn ostc estallo, empieza la cduuacion profesional i ctentillua, 
<[Ue os la torcera clase. El camino que se ha corrido en las duM 
anteriores, es el de loa preparativos que so han hecho para 
poner al hombre en la carrera de los sabios. En este periodo, 
os donde se forman los jurisconsultos, los canonistas, los 
médicos, etc., aplicando loa conocimientos adquiridos untes, 
que solo pueden calificarse como ajenies del sabor, pues sin 
ellos, cuanto se aprenda, como no encuentra fundamentos, 
debo ser mui supcrlicial, i quizá reducido a retener liomcn- 
elaturaa i epígrafes sin comprender las materia.^. La inslrue- 
ejon profesional, hablando con respecto a Chile, ])ortcne«e 
uasi toda al dominio do la memoria, pues nuestros abo(;ados, 
móditios i canonistas limitan sus estudios a lo que se hu escri- 
to en otros países que pasaron por nuestro estado hace cente- 
nares de años. No tienen quo fatigarse en inventar nuevas 
combinaeiones, porque es preciso que primero se instruyan do 
las antiguas i conozcan las presentes para poder aplicarlas a 
nuestras circunstancias. Esta ¡jarte de la educación necesita 
una gran reforma, i que ésta sea sostenida con tanta severidad, 
que contenga las innovaciones con que el espíritu navolei-o ha 
hecho subrogar, al verdadero saber profesional, un estudio de 
superfluidades. Si esla observación hiere el amor propio do 
algunos, se les podrá responder que en el curso do la revolu- 
eion se han difundido las luces de ornato, que nuestra juvon- 
(lud encanta con su brillante educación; mas el país carece do 
profesores expertos para loa destinos que necesita nuestra 
uutual forma de gobierno. So discurre muelio en política, loa 
matemáticas elementales so han hecho comunes, la idcolojia 
hormiguea en la cabeza de lodos los ostULliantos, el doi*ccho de 
jentos i diplomático no son ya un arcano, en todo.^ estas cosas 
»e discurre con acierto; pero la prufosion de abogado, no ese 



arfe mezquino de deíemler pkilos ¡¡or loRivria, sino la cicori» 
i\ii Uidas las vnftas necesariiu para aplicar la jiistitria con aciertn, 
na halla on tal ubanilono «[Uo ya ne le considera con dt^recio, 
i no Nin poca razón, por c) abuso que se hace de cilla, rrsultatt» 
do las muchas proranaciones ijuc lia sufrido. 

K\ que tonga idoaa verdaderas del estado civil i pulítJcD i ilc 
las costumbres de C'lnle, no podrá menos que tributar la rnajor 
importancia a la profesión de abogado, porque sin olla la ad- 
ministración de justicia jamas iwdrá arrejilarsc; i &io qoi? lísla 
sea exactamento distribuida, tudas las in^^tituciones que se ba- 
f^an para cimentar la prosperidad pública, no tendrán mas 
duración que Ins que leí dé la novodad. La administración de 
justicia os el ramo principal del gobierno de un pueblo. Nvla 
importan las decoraciones oxteriores, los pruifreMXs de la in- 
dustria, los adelantamientos del comercio, si el poder con- 
servador do la propiedad carece de fuerzas i de ajentoi. Las 
disputas borútican de un mal teólogo, los cálculos errados do 
un malemútico i los desaciertos do un médico, no son de laaU 
traaecndencia como t-1 fallo injusto de un juez. Lo» funciones 
de ésto influyen sobre la moral, o la corrupción iiúbbca, i son 
el resorte poderoso que propaga la primera corrijiendo la so- 
gundai i los oficios de aquéllos están limitadas a un ¡lequcí 
número de individuos. Al restablecí n>iento de esta proFes 
debe contraerse la mejora de nuestra plan de estudios; 
las observaciones que anteceden, no es el mejor combinat 
del proyecto, que publicamos on nuestro número 69. Klá 
existe tiene sus imperfecciones raui demostradas por la « 
riencia; i vale mas correjirlas que entrar en la tontativ^ 
ensayar el do oso proyecta, que apunas podr;i vcrtíícaraB í 
medio siglo, asi por falta do profesores, como do local i 
bbros para establecer muclias de las clases que designa. A cii) 
ta objeción so haga, se responderá, estamos ciertos, que i 
plan nu es para que se establezca por ahora, sino en la \j% 
(pie sea posible; ckIo e.s dulincar lus cimientos de un gran I 
lacio, cuando apénus se encuentran materiales para edifli 
una triste casa; es consiffuar al pnpcl ideas fantásticas i 
ninguna esperan/a de utilidad. Kna rápida observación ( 



(ilLlBB VACIÓLES SÜDKK EL P 



197 



nlRijiio.»i artículos dari a conocer sus dufectos, i demostrará 
qu« mejor es n'formar el actual, que ya eslil cunocidu, quf el 
hacer cxiierícncías con ar[ui-l. 

Entre los ramos ([iie eompremKi In educación prepara- 
toria, según el artículo ?, se encuentra la lengua griega, ijue 
por ahora no tiene objeto en Ciiili;, i pi-oltablenicnto no le 
tendrá en muchos años, ponjue, ¡lara iiitnxlucir en un país las 
ciencias de puro ornato, es necesario que untes so hayan esta- 
blecido lasque producen una utilidad roal, i son indispensables 
|)ara pasar a la enseñanza profesión al. Se ha díclio untes la 
consideración que merece en la instrucción preparatoria el 
estudiodelarísica;iel proyectóse hariescntendidudeesteramo, 
deoignando su estudio exclusivamente para los matemiVticos i 
méilieos. Es necesario agregar una clase principal que deUe 
durar cuando menos dos años, dcsjmes del curso de filosofía 
mental ¡ moral. En la Tísica, se dan a los estudiantes las no- 
ciones de aritmética, áljcbra i jeometría especulativa, para que 
puedan comprender con exactitud tas leyes del movimiento, los 
fonúmenos do la óptica, dióptríca i catóptrlca, el uso do las 
fuerzas mecánicas, i los principios de la hidráulica, hidrost&li- 
ca, i domas ramos rÍHÍco-matemáticos. En este curso, no se 
pretendo formar profesores completos de risica, sino quo so 
pone a los jóvenes en carrera de que por si mismos puedan 
extender sus conocimientos. Las principales profesiones de Chile 
son la agricultura, minería, comercio i la abogacía; todos exijon 
muchos eonocimíentos de física, i es necesario proporcionarlos 
en la enseñanza preparatoria. 

En el proyecto, se hace seguir a los jóvenes tres clases a un 
tiem]>0, lo quo no puede tener el efecto que se desea, porque, 
dividida la atención en diferentes coicas, ninguna puede apren- 
derse bien, Aun la distribución que se hauc do los estudios 
do laa doce primeras clases que corresponden a los cuatro años 
que se determinan para la latinidad, es ínverineable, porque, 
en las clases accesorias señaladas en los artículos fj, 7 i 8, 8o 
necesitan seis años, cuando a las principales solo se designan 
cuatro, termino aun demasiado largo con respecto a loa cono- 
cúnientos preparatorios que se requieren para pasar aotrox 



estudios. La última cbne de latinídAd, con el eati 
bellas letras, ea mojor dejarla de »cc«»oría, para el pcñ 
la filoBofia. Téngase presente que, después que el J4ivea con- 
cluye el estuilío déla Icn^a latina, tiene que seguir su carrera 
en la ca-stellana-, i al pasar a ciertas profesiones, como las 
toolójicas i lechales, no se liallará muí corriente para entender 
e»tas cÍGnoia», cuyo estudio df^be sci" indispensablemente en 
latín. Es pn-ciso cuidar de (¡uc el joven no olvide este idioma 
en el curso de sus eütuilíos, coma sucede actualmente. Esta 
preparación es inútil para las ciencias fisieas i matcmñtif^na, 
pues para entrar a su estudio basta un curso do gramAtira 
castellana i de (ilosolía mental, que puede aepuirse en el (<'r^ 
mino de un ano. El estudio de las matemáticas piieilc i-oncluirse 
en el espacio do seis años; i scgim el proyecto se exijt'ii dic;í, í 
parece que los cuatro primeros son en la mayor parte perdidos. 
No es mui arreglada la distribución qno so hace del estudio 
do las ciencias legales. So empieza la instrucción por el derc^ 
clio de jcntes, marítimo i diplomático, i se deja para lo último 
el conocimiento del romano, que es el oríjejí i fuente de todos 
los dcrecbos, Primcraiiionte deben conocerse los princi|^o3 
Jeneralos del derecho, i pasar después a las deducciones parti- 
ctdares. yin comprender bien las relaciones de los individuos 
entre sí, no so pueden entender las do las naciones unas con 
otras. Del mismo modo es imposible formarse ideas exactas de 
los principios de lejislacion universa^ sin saber las disposi- 
ciones del derecho cuyo conocimiento debe anteceder a aquel 
estudio, que el proyecto ha colocado en urden inverso. Se de- 
signa por último curso principal a las ciencias legales el de las 
instituciones del dcrotOio nacional, i a no sor quo quieran 
llamarse con este nombro nuestros boletines i gacetas, no se 
conocen otras que las del derecho de Castilla, listo curso, como 
principal, oa enteramente inútil, porque, sí se lian de estudiar 
Ins instituciones fiel ilerecbo romano, nada hai do nuevo que 
aproniler en las do Castilla; i para lo que es notar las pequeñas 
diforcncias cnlro ambos derechos, serla mejor subrogar esta 
clase a la subalterna de historia eclesiástica, i suma de con» 
líos, i:i curso principal -fli' esta profesión es el del dorí 



OBSERVACIONES SOBRE EL PLAN DE ESTUDIOS 190 



romano; i por mucho tiempo que se le consagre, nunca será 
demasiado, porque en él se encuentran cuantas ideas pueden 
apetecerse, para adquirir un conocimiento radical de las de- 
mas, que son sus ramos subalternos. Cuando menos se nece- 
sitan dos añ )s para recibir una instrucción regular en esa 
ciencia reguladora de los actos de la vida social. La clase de 
principios do lejislacion universal debe ser accesoria i no 
principal, i cursarse al fin de todos los estudios de derecho, 
porque en ella se desenvuelven todos los conocimientos ante- 
riormente adquiridos. 

Como el objeto de este artículo es manifestar los defectos del 
proyecto del plan de estudios, i no formar otro nuevo, nos li- 
mitamos a lo expuesto, i a indicar que aun en la parte material 
es inverificable, si no se duphcan ciertos cursos principales, 
verbi gracia, el de tií*jlojía que, debiendo durar cuatro años, no 
permite que lo sigan todos los estudiantes de filosofía que 
llenan sus tareas en dos. Así es preciso abrir un curso de teo- 
lojía cada dos años para dar abasto. Lo mismo sucede con el 
do matemáticas puras. Los fondos actuales del Instituto no 
sufren los gastos que demanda el aumento de profesores que 
se necesitan. Es preciso en esta clase de instituciones contar 
con la posibilidad de la ejecución, i no contentarse con el vano 
placer de escribir una tabla sinóptica de materias. 

(Araucano, Año de 1832.) 



TlíATliO 



Kl mundo ilramúlico Cstú ahora dividido en dos sectas, la 
cliÍHÍca i la i-omántica; ambo.*) a la verdad oxíalcn siglos hace, 
pero, on cstds tíltimos años, os cuando se han abanderizado bajo 
cstOR dos nombres los poetas i los críticos, profesando abierta- 
mente principios opuestos. Como anil>as so proponen un mis- 
mo modelo, que es la naturaleza, í un mismo fin, qiioosel 
placer de los espectadores, es necesario que en una i otra sean 
tambíon Idc'-nticas muchas de las raglas dol drama. En una i 
otra, el Ion?íuaje délos afectos debo ser sencillo i cnérjioo; loa 
oiiract¿'res,htensosten¡dos', los lances, vcro.sí miles', en una i otra, 
es menester que el pot-ta dó a cada edad, sexo i condición, a 
eada país i a cada siglo, ol colorido que le es propio; el alma 
humana es siempre la mina de quQ debe sacar sus materia- 
les; i a las nativas inclinaciones i movimientos del corazón es 
moncwtcr quo adapte siempre sus oliras, para que hagan on él 
una impresión profunda i grata. Una gran parto de los pre- 
oeptos de Aristóteles i Horacio son, pues, do tan precisa ob- 
servancia en la escuda cliisica, como en la romintíca^, i no 
pueden menos de serlo, porque «on versiones i corolarios del 
principio de la íidelidad de la imitación, i medio.s indispensa- 
bles para agradar. 

Pero hai otras reglas que los críticos de la escuela clásica 
miran como ob!i'_'atorias, i los do la escuela romántica como 
inútiles o talvcz perniciosas. A osla número, pertenecen las 
dados, i principalmente las do lusjar i tiempo,. Sobre 
leda la cuestión entro unos i otros, i a éstas alude, o 




•*<>- OPÚSCULOS LITKRAIUOS 1 CIUTIC05 

j)or niíjor docir, se contrae clara ¡ expresamente la Revista 
(le nuestro ninnvro 115/ que ha causado tanto escándalo a un 
corresponsal (M Correo. Solo el que sea completamente extran- 
jero a las discusíí^ncs literarias del dia puede atribuirnos una 
idea tan absunla cjnio la de querer dar por tierra con todas 
las reíalas, sin excepción, como si la poesía no fuese un arte, 
i pudiese haber aríe sin ellas. 

Si hubitíramos dicho en aqutd artículo que estas reglas son 
puramente convencionales, trabas que embarazan iniililmente 
al poeta i le privan de una infinidad de recursos, que los Corneí- 
lles i Racincs no han obtenido con el auxilio do estas reglas, 
sino a pesar de ellas, sus grandi.'S sucesos dramáticos; i que por 
no salir del limitado recinto de un salón i del círculo estrecho 
de las veinte i cuatro horas, aun los Corneilles i Racines han 
caído a veces en incongruencias monstruosas, no hubiéramos 
hecho mas (pie rc[)etir lo que han dicho casi todos los críticos 
ingleses i alemanes i algunos franceses. 

Pudiéramos haber dicho con Latouche que los novadores se 
apoyan en necesidades reales i en consideraciones juiciosas; 
que los que aspiran a la perfección de las artes tienen siempre 
razón, i los exclusivos e intolerantes yerran solos; que ciertas 
trabas aristotélicas, verbi gracia, las unidades de lugar i de 
tiempo, o las unidades de salón i cuadrante, como hoi se llaman, 
desacreditadas por his discusiones d(U siglo XVIII, han venido 
ya a tierra; que esta exijencia abusiva ha hecho caer a los 
maestros de la escena en muchos absurdos; que pocas extrava- 
gancias de las que se llaman románticas exceden a la invero- 
similitud de hacer conspirar a Cinna en el inmóvil gabinete 
de Augusto, i de mostrarnos a los templarios indiciados, presos, 
interrogados, sentenciados i (juemados en veinticuatro horas; i 
que si los imperios, las leyes, las ciencias, la política i hasta 
la rclij iones se mudan, ¿en qué puedo fundarse la excepción 
de inmortalidad, para el pequeño código literario del preceptor 
de Alejandro? 

Pudiéramos haber dicho con Sísmondi que «si, en vez de 



Voaso en la pajina 440 do la Vida de don Andrés Bello, 



TKATUO ?(»3 

buscar las cniottioiu-s poélioas. so va al teatro con el libro de la 
lei en la mano, para cUnunciar como repuí^nante ¡ disforme 
todo lo que se aparte de este canon sac^rí^do, nos privaremos de 
infinitos troces, no conoceremos jamas la extensión del espíritu 
humano, i nos veremos encerrad. >s [oT preocupaciones mez- 
quinas en una i'jrnoran/ia tan funesta al entendimiento como 
a las art \s*, que los críticos franceses han analizado con extre- 
mada saí^acidad i finura todas las delicadezas de vei-osi mi litad 
i de estilo, tolos los raspros de cariicter, en las obras maestras 
de la escena francesa, [>ero no han analizado con profundidad 
esa lejislacion primitiva de las tres unidades, que para ellos es 
un artículo de fe, un dogma inatacable, i que, sin embargo, 
mirada de mas arriba, es absolutamente arbitraria; que los 
tres grantlí\s dramáticos franceses no fundaron las reglas del 
teatro, ixiVv^ i>:en, las hallarv>n establecidas por escritores medio- 
cres, (pjc e<t;i!)an en posesión de la escena antes que ellos; que, 
si los anli/uos no reclamaron la libertad del drama romántico, 
fué sin duda porque no podían mudar las decoraciones, ni des- 
terrar de la escena los coros; que lo (|Uo se encuenti'a en 
Aris'ótel.'s a^-erca de las tres unidades está en un tratado oscu- 
rísimo, (¡ue se sosj)echa de apócrifo; i que este filósofo estaría 
bien léjjs de pensar (|ue se tratase su autoridad con menospre- 
cio, i con una irrisión a veces injusta, en la lójica, la metafí- 
sica, la físii-a i la historia natural, que estudió toda su vida, i 
en que hizo descubrimientos importantes, i fuese venerada 
como leí suprema en poesía, a que, de todos los ejercicios del 
espíritu humano, era mas extranjero por carácter.» 

Todo esto i muchísimo mas pudimos haber dicho; pero no 
nos hemos adelantado a tanto. Propusimos dudas; referimos 
opiniones ajenas; i nos remitimos al juicio i sentimientos de 
nuestros lectores. ¿Será, pues, corromper el gusto do la juven- 
tud co!iv¡<].irLi ;d examen de una cuestión en que están divi- 
didos los vot'S d<* los eruditos? 

« IirnoiM lísted, señor mió, (nos pregunta el campeón de 
Arisí()tele> f[ue j,(.n' esta pésima doctrina se deslució vilmente 
el fecundo inj<*nio de López do Vega, i aun el de su portento- 
sa contemporáneo Shakesi^eare?» Lojie de Vega se desluce, 



ie^5»7r-,j* LTTSXAJiio» I ciimco5 



tíZiJ: :::c:nT.i2?« x 1» I-?ves cseociales ikl drama i de totlá 
^-injf^ici c: z#: c-süii filtaat» preceptos convencionales 
5e j.í- r.r r^ifc* riááio:!?- P>r> ¿ jué sabrá del fecundo injenio 
'•*^ — '.'•^ -^ V-cT- -fl r>f ni aan sabe su nombre? 

H ii-^c'ilríCi üirs jarisa ie q'ierer intro lucir en Chile ariue- 
-•-!? : . . '. -.< ji — i "!>*, om-i si ningún chileno hubiese 
>í:j: 1 i.íf íi.Ti'-í« :* =-^e<r.i5 Aristóteles, Horacio, Boileau i 
>Cir-._Lrj: je It F; sa. — p-J icl¡ú*y* gan-afales es una impropie* 
^^- r^rri:^; ' -r la; ciTlea-w que hayan leí Jo a todos esos 
i-.:vr:< .X -.. 5.Í V" .v.>í ^ie Ij^ hai no es por culpa de ciertos 
•v-v rrvsTi c-^ilrrs I-rl •/ " ■^>. que han hecho de su parte todo lo 
7* "^.'. -^ >'-.""i r;." :lr:>rrí>- ha.^^ la len^a de Virjilio i Ho- 
rA.!.^. cor.'.': .:-\ a.-r:Tj\Ha *Ie<^ireciable, digna solamente de 

IVr^, l:*^!e cl Ü<v-khí¿o Jel es taj i rita da mas a conocer su 
v;ic.\"^ : c-a": í^r, v< en el o.^pítulo de las contradicciones. De las 
tr\s »:;:i<.^ r.:*> ix^'...i en cara, la phmera es esta: que, habiendo 
di.^ho que la rvYular:i!;\l de la trajevlia i comedia fracesas pare- 
óte ya a niiio!;c« m«-'n.>:ona i fastidiosa, decimos después que 
el erran Comeille so elevó con su Cid a lo mas bello que en 
e>to jenero nocs ha dojaJo la antljorúedad clásica, i que la cele- 
bridaJ de eíla inmortal producción se extendió por toda la 
Europa. — En esto, no hai contradicción ninguna, i si la hai, 
es de los franceses i de la Europa, no nuestra. — Que el Cid 
es una hermosísima trajedia, es cosa en que todos convienen, 
si no es alcrun crítico exaj erado de la escuela romántica, por- 
que la exajeracion i el fanatismo se encuentran en todas las 
sectas. — Q\e el Cid obtuvo una celebridad prodijiosa, es un 
hecho; i que en París estií actualmente desierto el teatro fran- 
cés i tíxlos corren con preferencia a los dramas de Scribe i 
compañía, es otro heclio de que podemos dar fiadores respeta- 
bles. — ^i los hechos se contradicen, no es culpa nuestra. Como 
esos, hai muchos que parecen repugnantes entre sí, i de que sin 
embargo no podemos dudar. Pero ¿quién ignora que el gusto 
varía de un tiempo a otro, aun sin salir de lo razonable i lejí- 
timo, i que en el teatro, mas que en ninguna otra cosa, es 
necesaria la variedad para cautivar la atenciqn? 



«¿No nos dirá ustetl (prosigue) por í[iiá razun, lU-spreciinvIü 
las lc4XMoncs ele aquel gran maestro (Comc-ille), eonsígnadus un 
t;I comoiitario ((ue hizo él niÍHino de sus vhriXH, se luí rcc-uno- 
uido en París la m-cesiJail de variar los lípocwliirc» del ariu 
dramática? »*-No s:ibcmus por tiué iíc nos ha Uc t)bli;íar a dar 
cuenta de las inconsecuencias ajenas, cumo ni tuviésomo» en 
ellas otra parte que refenrlas. El hecho ett cierto, i eso iKistn. 
8i nuestro censor desea saber la caura, prei^úntesela al púliUuu 
do Paris, que sin duda i'elel>rarú eoinc es debido la noticia del 
comentario (¡ue Curneille hizo de sus ubras, j de que nudiu 
sospoeliaba la existencia liasta ahora. 

■ Para esto trabajaren (dice) los clásicos de la antí^Hcdad i 
HUs infatigables predecesores; para pintar los difeivntcs afectos 
del corazón humano.» — Esos iurulii^iiblcs predecesores de los 
clásicos de la antigüedad serán sin diiila algunos dramático!» 
asiriús, caldeos, fenicios o ejípetos de (juo no tenemos noticia. 

Otra contradicción nuestra es que, habiendo dicho quo el 
cardenal do Riehelieu azuzaba a los émulos do CorneíUe, i exci- 
taba a la Academia a componer la roiisiira <Iel Cid, decimos a 
renglón seguido que proU-jió las letras con munificencia, i 
contribuyó a la formación del teatro Trances. — Aqui trabucan 
deludo punto las entendederas del articulista. Que tú antínn- 
í/a quien te hizo, exclama, después do devanarse los sesus 
inútilmente por descifrar este enigma, ¿Se ba visto jamas un 
modo de criticar semejante? ¿Por qué principio de justicia o 
qué re^la de lójiea han de ser contradicciones nuestras las del 
cardenal de Riclieliou? O mas hien, ¿qué hai do contradictorio ni 
de absurdo en que un primer ministro orgulloso tuviese un 
pique pasajero eun el autor del Cid, ¡ se portase en todo lo de- 
mas como un protector lihoral dol teatro i del mismo Cor- 
neille? 

El verbo .tiicar es otra de las cosas que han ofendido el 
delicado gusto del moderno Aristarco. Serian iniisíines, dice. 
Sin embarga, el uso que hemos hoclio de este verbo ea recibido 
i corriente, i se halla en el diccionario de la Real Academia 
Española. Pero, aunque lo omitiese la Academia, ¿quén no salió 
que es rasa frecuentísima aplicar por semejanza a los hombres. 



*2Üü ÜPÚaCL'LOS LITERAIIIOS 1 CUÍTICOS 

i aun a los seres abstractos, lo que es propio tie lus brutos? De 
la guerra i de la pasto so dice que devoran. Cuando alguno 
desbarra por meterse a liabhir de lo (¡ue no entiende, suele 
decirse que rebuzna. Nadaos mas común que estas metáforas 
en nuestra lengua i en todas las lenguas del mundo. 

I Araucano, Año de 1833.) 



LATÍN I DERECHO ROMANO 



Todos los ari^umeiitos qiic s^e hacen contra el estadio de la 
leiiíjua latina, i que lia reproducido a la larga el Valdivia- 
»íO Federal en su último número, se pueílen reducir a uno 
solo: ([ue el tiempo que se dedica al latín puede emplearse 
en la aclqu¡sic¡«.»n de otr«»s coníximicntos mas provechosos. 
Alguna fuerza pudiera hacernos este argumento, si viéramos 
que, al paso que de.síi¡xirece de entre n -sotros el latín, se cul- 
tivaban las lenguas extranjeras; que, en lugar de Virjilío o 
Quinto Curcio, andaban en manos de los jóvenes Milton, Ro* 
bcrtsDn, Racine o S¡sm(»ndi; í que las clases destinadas a las 
ciencias naturales contaban con algún número de alumnos 
Pero no es así; desaparece el latin, í no vemos qué lo reem- 
place. Notamos también que los que sobresalen en los cono- 
cimientos modernos son por lo regular aquellos mismos que 
se han dedicado al latin; i esto era lo que naturalmente debía 
suceder. La enumeración que vamos a hacer de las utilidades 
del estudio de aqu(dla lengua, servirá de respuesta a los quo 
desean verla olvidada i proscrita. 

Primeramente, es difícil hablar con propiedad el castellano, 
sí no so posee la lengua madre, de que se derivan casi todos 
los vocal)los i frases, i a que en la construcción i el jenio se ase- 
meja tanto. ¿Do qué proviene el mal uso que se hace entre 
nosotros de multitud de voces, i los solecismos que se come- 
ten amenudü liablaiulo i escr¡l)icndo? Se dirá con razón que 
proceden de no estudiarse el castellano; pero es preciso aña- 
dir que una de las cosas que hacen mas fiicil su estudio, i 



!()f^ OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



ñus llevan con mas brevedad i seguridad al uso lejítimo de 
«US vocablos i frases, es el conocimiento de la lengua latina. 
Ks un error creer ([iie se aprende la propiedad del castellano 
con solo estudiar la f^ramática de la Academia u otra alguna. 

lín segundo lugar, tampoco hai nada que facilite mas la 
adquisición de las lenguas extranjeras, que el previo conoci- 
miento do la latina. No hablamos de aquella adquisición su- 
perficial que consiste en traducir un libro fácil, i en seguir con 
soltura una conversación sobre materias familiares. Algo vale 
sin duda esta adquisición, i es mucho mas rara de lo que se 
piensa. Pero, considerando los idiomas como otros tantos 
medios de cultura intelectual, que es bajo el aspecto que los 
mira el Valdiviano, es menester ir mas allá; es menester 
poseerlos de manera, que se forme una idea cabal del valor 
de sus signos, i de las varias modificaciones i matices que sus 
enlaces i condiciones dan al pensamiento; sin lo cual no es 
posible seguir el hilo de una discusión filosófica, ni compren- 
der los procederes del análisis de objetos abstractos; i todavía 
lo es menos percibir el mérito de las obras de injenio, donde 
se puede decir que la expresión es el todo. Para aquellos que 
no poseen las lenguas extranjeras en este grado, las composi- 
ciones de Racino, La Fontaine, Bossuet, o de Milton, Pope i 
Byron (no decimos nada de escritores como Shakespeare i 
Montaigne), pierden todo su colorido i hermosura. Comprende- 
rán a bulto el sentido, pero no percibirán el espíritu que anima 
las obra-j maestras do lasarles, de cuyo gusto debe empaparse, 
la juventud que las cultiva. Para llegar a este punto, conce- 
bimos que sirve de muclio aquel hábito de análisis filolójica, 
que so forma en el estudio do las lenguas antiguas. Esta es 
una llave maestra, que introduce a lo mas difícil i recóndito 
de los otros idiomas. -Si se averigua quiénes son aquéllos que 
mejor entienden el idioma francés o el ingles, i son mas capa- 
ces de verterlos con propiedad en el nuestro, se echará de ver 
que apenas hai uno entre ciento que no haya tenido la prepa- 
ración do que hablamos. 

En tercer lugar, para el cultivo de las bellas letras es de la 
mayor importancia el latín, no solo porque sin este medio no 



Latín i DSAFriio homano 309 

es poaiblú, a lo meaos ea díficultosisirao, adquirir laa lenguas 
extranjoras modernas do tal modo, cjue seamos capaces de 
percibir el mérito (lo lo ([Ue so ha escrito en ellas; sino por el 
valor incomiKirable ilo las inmortales composiciones de loa 
oradores, poetas e histuriaJort;» latinos. Quisíúrumos que nos 
dijese el Valdiviano, si no valen naib on su concepto las fa- 
oilidades do leer a Virjílio i Cicerón en sus orijinalee, o si 
cODoco alguna versión, que represento con mediana fidelidad 
las belW.aH <Ie c-itÍlo i de sentimiento do estos i otros escrito- 
res latinos. En aquellas obras, bebió la Europa el buen gusto; 
i con ot renacimiento do las letras latinas i gríu^^, so viú 
rayar otra era. La lilusofía sacudió las cadenas que babian ago- 
biado bnsta entonces a la razón bumana; i desapareció de lai 
oíencins la mugi-e del escolasticismo. Cundió con aquella lite- 
ratura resucitada el amor de la libertad, cuyas inspiraciones 
son tan enérjicos en las producciones de la elocuencia antigua. 
Todo varió doaspecto. Lo mismo sucederá entro nosotros. Con 
las felices dispusícioncs naturales de la juventud ctiilona, 
¿cuánta no debemos prometernos de ella, si no se deja aluci- 
nar por ese espíritu do vandalismo literario, quo corta ol vuelo 
a las mas nobles aspiraciones del injeiiio; que, balayando a la 
perena, quiei-o perpetuar la barbarie; i que condena, como ran- 
cios i góticos, cabalmente los mismos estudios que desterraron 
do Europa el goticismo, i la pulieron i civilizaron? 

En cuarto lugar, la lengua latina c» la lengua do la rcÜjíon 
que profesamos. Todo el que pueile buenamente hacer su es- 
tudio, estii obligado a ello, si es católico; si no so contenta con 
oír, sin entender, las oraciones i los íiiililimcs cánticos de la 
iglesia; i sobre todo, si quiere instruirse sólidamente en su 
doctrina i disciplina. 

En quinto lugar, apenas hai ciencia que no saque muclio 
partido del conocimiento do las lenguas antiguas, como que 
8U nomenclatura es casi toda latina o griega. Sin embargo, no 
oreemos que en el Instituti) so exija a nadie el conocimiento 
previo del latín para cursar las clases de matemática.s o do 
ciencias naturales. Se pido este requisito a los que so dedican 
a las uíonvias oclesiúslícas; i el Valdiviano niisuiü n^conoce 
OPúsu. ?7 




21ü OPÚSCULOS LITBRAAIOS I CRÍTICOS 



quo en ellas es indispensable. Se pide también para los estu- 
dios legales, porque se cuenta por uno do los necesarios el Je 
la jurisprudencia romana, i porque muchos de los glosadores 
i tratadistas de la nuestra han escrito en latin. I se pide para 
la filosofía, porque todos los ((uo entran en ella lo hacen con 
la mira de pasar a las ciencias eclesiásticas i legales. 

Pero el Valdiciano cree que es superfluo el estudio del 
derecho romano i i>ern¡c¡osa la lectura de los glosadores i tra- 
tadistas. Por lo que hace al derecho romano, nos parece que 
no se mira su importancia para nosotros, i aun jxira la mayor 
parte do los pueblos modernos, bajo su verdadero punto do 
vista. Nosotros creemos quo aun la lejislacion mas clara i me- 
tódica necesita do comentarios, porque no es lo mas diílcil 
entender las leyes (i en las nuestras no es este un negocio de 
pecjueña dificultad), sino penetrarse de su espíritu i saber apli- 
carlas con acierto; operaciones delicadísimas, en que, siendo 
fácil al mejor entendimiento extraviarse, no le estará nunca 
de mas llamar a su auxilio las luces de aquellos que han ilus- 
trado esta parte difícil de los conocimientos humanos. El ju- 
risconsulto tiene que aplicar las leyes a todos los negociog de 
la vida, le es necesaria por consiguiente una exacta clasifica- 
ción de todos ellos; i como el número de las leyes es siempre 
infinitamente menor ([ue el de los casos, i éstos varían infinito 
^entre sí, sin un hilo que lo conduzca por este intrincado labe- 
rinto, está en peligro de tropezar i de perderse a cada paso. 
Ahora bien, el derecho romano, fuente do la lejislacion esj>a- 
ñola que nos rijo, es su mejor comentario; en él han l>ebido 
todos nuestros comentadores i glosadores; a él recurren para 
elucidar lo oscuro, i restrinjir esta disposición, ampliar aque- 
lla, i establecer entre todas la debida armonía. Los que lo 
miran como una lejislacion extranjera, son extranjeros ellos 
mismos en la nuestra. 

Ilai sin duda en los tratadistas un lujo excesivo de distin- 
ciones i de sutilezas; pero todas las ciencias tienen su lujo; i 
no es mas útil, ni mas inocente, el de la zoolojía, cuando cuen- 
ta las pintas que matizan el ala de una mariposa, o el de la 
l>()tánica, cuando describe los mas menudos accidentes de una 



latín i dbrbcho romano 21 1 

planta que para nada sirve; ni se dirá por eso que la zoolojía 
i la botánica son ciencias inútiles. Se abusa de las cosas mas 
útiles i necesarias, i no por eso es justo proscribirlas. 

Si alguna nación pudiera dispensarse de estudiar el dere- 
cho romano i de consultar tratadistas, sería tal vez la Francia, 
que ha reducido poco há sus leyes a un cuerpo completo, 
metódico i proporcionado a la intelijencia do todos; cualida- 
des en que no se le acerca ni aun a gran distancia el caos 
enmarañado i tenebroso de la lejislacion española; i sin em- 
bargo, se cultiva en Francia con celo el derecho romano, se le 
ilustra con nuevos comentarios, i se glosan también i se co- 
mentan los códigos nacionales. 

Pero se dice que Justiniano fué un príncipe tiránico, i que 
por consiguiente debemos, como buenos republicanos, conde- 
nar a las llamas todo lo que nos venga de un oríjen tan im- 
puro. Hagamos, pues, lo mismo con las Partidas, que son un 
trasunto de las Pandectas romanas, i con esa multitud de 
leyes recopiladas i autos acordados que dictaron los Fernan- 
dos, Felipes i Carlos, en un tiempo en que los monarcas do 
Castilla no eran menos despóticos i arbitrarios que los empe- 
radores de Oriente. Pero no hai necesidad de hacer lo uno ni 
lo otro. La forma constitucional do un estado puedo ser de- 
testable, i sus leyes civiles excelentes. Las romanas han pa- 
sado por la prueba del tiempo; se han probado en el crisol de 
la filosofia; i se han hallado conformes a los principios de la 
equidad i de la recta razón. Distingamos el derecho público 
del derecho privado. El primero, que es el malo, nadie lo 
estudia en las Pandectas; pero el derecho privado de los ro- 
manos es bueno, es el nuestro, i apenas hai en él una u otra 
cosa que necesite simplificarse o mejorarse. Esos mismos 
emperadores que causan tanto horror al Valdiviano, ejecu- 
taron en él reformas importantes, que lo han hecho mui supe- 
rior al código de hierro de la república romana, i que han sido 
adoptadas por la mayor parte de las naciones cultas de Eu- 
ropa. 

El dereclio romano, por (Ara i)arte, es necesario para el 
canónico; es neeosario para el derecho de jenles; i si tenemos 



2!í OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

la noble curiosidad do explorar las instituciones i leyes de 
otras naciones i de consultar sus obras de jurisprudencia a fin 
do aprovecharnos do lo muclio que hai en ellas de bueno i 
aplicable a nosotros, es necesario familiarizarnos con él dere- 
cho romano, cuyos principios i leníjuaje son los de toda la 
Alemania, los de la Italia, la Francia, la Holanda, i una parte 
de la Oran Bretaña. 

(ArnucanOf Año de 1834.) 



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EDUCACIÓN 



I^ educación, este ensayo de la primera edad, que prepara 
a los hombres para desempeñar en el gran teatro del mundo 
«1 papel que la suerte les ha destinado, es la que enseña 
los deberes que tenemos para con la sociedad como miem- 
bros de ella, i los que tenemos para con nosotros mismos, si 
queremos llegar al mayor grado de bienestar de que nuestra 
condición es susceptible. Procurar bienes i evitar males al in- 
dividuo i a sus semejantes es el objeto que nos proponemos al 
formar el corazón i el espíritu de un hombre; i por consiguien- 
te, podremos considerar la educación como el empleo de las 
facultades mas a propósito para promover la felicidad humana. 

El carácter distintivo del hombre es la susceptibilidad de 
mejora progresiva. La educación, que enriquece su espíritu 
conoideas, i adorna su corazón con virtudes, es un medio efi- 
caz de promover sus progresos; i mientras mas verdaderos i 
mas rápidos los haga, mas contribuye a que llene perfecta- 
mente su destino el único ser que habita el globo susceptible 
de adelantamientos. Si es, pues, necesaria la educación, i si es 
necesario perfeccionarla con las reformas que aconseje la ob- 
servación del corazón humano, es una cuestión semejante a si 
es necesario promover la felicidad común i habilitar al hombre 
para conseguir con toda la plenitud posible los objetos que en 
su creación se propuso el Hacedor. 

Si bajo todo gobierno hai igual necesidad de educarse, porque 
cualquiera que sea el sistema político de una nación, sus 
individuos tienen deberes que cumplir respecto de ella, res- 



.n '^FCscuLús z.¡rERAh:os : chíneos 



¡iC'clo do ííus familias i resjjetrto do .sí mismos, en ningunos 
jiesa mas la oblitraeiun de jíDjU-jct este ramo importante Je h 
jirov¡,cr¡dad social que en los gobiernos republicanos, pues 
K.riin nos lo enseña la razón, i sezun lo han observado varios 
aiitoreH, i entre ellos particularn:ente Montesquieu. en ninguna 
UNocíaeion es mas interesante que en las ropúblioas. Eli objeta 
quíj los bombres se pro|>onen en toda sociedad es la consc- 
rw/inii (b; la felicidad jeneral. L/>s gobiernos republicanos no 
Hori híiioIok n'presentant'rs a la vez i los ajentes de la voluntad 
riariorial; i estando oblÍL^ados como tales a seguir los impulsos 
dr t'Hii voluntad, nunca podrán eximirse de dedicar sus esfuer- 
y.oM a í'onsíguir el tTande objeto a que ella tiende, haciendo a 
lo:< individuos, útiles a sí mismos i útiles a sus semejantes por 
miMlio i\r. la educación. Por otra parte, el sistema representativo 
dtimorrALico habilita a todos los miembros para tener en los 
nttj/ociím una parte mas o menos directa; i no podrían los puc- 
blot4 dar un paso en la carrera ¡xilítica sin que la educación 
fiivl»<«n bi jrneralídad suficiente para infundir en todos el ver- 
d^df^'M ronociniiento de sus deberes i sus derechos, sin el cual 
litj iiM|innibln Ibínar los primeros i dar a los segundos el precio 
qiir* wm tniirA'cj a interesarnos en su conservación. 

Mna tut todos los hombres han de tener igual educación, aun- 
ijui. »ía pn-íino (¡uí: todos tengan alguna, porque cada uno tiene 
dialliito modo dcconlribuir a la felicidad común. Cualquiera 
qiitt títMx |(t i^tiiddiid (¡ue establezcan las instituciones políticas, 
bilí oiu iMubui'i/o en lo'los los pueblos una desigualdad, no di- 
i'tíiiioa jurArquiri» (c(ti(^ nunca pued(5 existir entre republicanos, 
bobiv. todinm lii p<u*ti(íipacion d(5 los derechos públicos;, pero una 
í|i;aiyuitliluil díiciihdicion, una desigualdad de necesidades, una 
dutjiuiíitldítd dr. nn'tuilo dr vida. A estas diferencias, es preciso 
qiiii bii iihiuldí^ bi cdui-iiiMon para (d logro de los interesantes fines 
a ipiu bii upiífa. Varids autores, entre elbis niui notablemente 
l.or.Ke, bíh íiudíurgo d(< su inUiriís por la mejora de la especie 
iiiiuiaiiu, ho han conMÍderado la educación sino como un don 
prc»;iotío re.tiervailo a las alias clases, si así nos es lícito expre- 
sarnos para diMióUiinar aipiella ponúon do individuos que por 
hWíi iuayores bienes <le fortuita, o por los hábitos de sus 



EüVCAClON* Í15 



padres se dedican a la profesión de las ciencias, a la dirección 
de pfrandes intereses propios, o al desempeño de los cargos 
públicos. Pero es no solo una injusticia, sino un absurdo, pri- 
var de este beneficio a las clases menos acomodadas, si todos 
los hombres tienen ii^ual derecho a su bienestar, i si todos han 
de contribuir al bienestar jeneral. Estas clases, como las mas 
numerosas i las mas indijentes, son las que mas exijen la 
protección de un gobierno para la ilustración de su juventud. 
Mas como sus necesidades sociales son diferentes, i como su 
modo de existir tiene distintos medios i distinto rumbo, es 
preciso también darles una educación análoga a esta situación 
particular. Concluyeron entre nosotros los tiempos en que se 
ncíraba la intelijencia a la masa de los pueblos, i se dividia la 
raza humana en opresores i oprimidos. 

Muí fácil es considerar ((ue todos los hombres son suscepti- 
bles de ií^ual extensión do conocimientos; mas como no debo 
tratarse de dar a cada uno sino los necesarios para la felicidad 
que apetece en su estado, la cuestión debe únicamente ceñirse 
a los que mas convenientes les sean. 

Está universalmente reconocido que uno de los principios 
de la felicidad común es hacer al pueblo lo menos pobre po- 
sible. Sus comodidades aumentan indudablemente con 8U 
dedicación a los trabajos lucrativos; mas, aunque ellos sean la 
fuente de su riqueza, no por eso son tan incesantes que les 
impidan la adquisi(*ion de conocimientos útiles i el ejercicio 
dol entendimiento. Los primeros años de la vida son los mas 
a propósito para esto interesante objeto. Aun considerando la 
necesidad de proporcionar ventajas a las labores productivas, 
sería conveniente que el liombre no se dedicase a ellas hasta 
después de cierta edal, hasta que se hubiesen desarrollado com- 
pletamente sus facultades; porque el hombre, como todos los 
animales, no puede producir toda la utilidad de que es capaz, 
.si una aplicación prematura al trabajo, no le deja adquirir el 
vigor i madurez que se necesitan en él. Sin estas calidades, 
sería contrario a la producción, a la economía, a la salud, esc 
mismo trabajo, que es un manantial de prosperidad, cuando se 
emprende después de los primeros años. Pero si esta época pre- 



'216 OPÚSCCLOS LITER Aillos I CRÍTIC05 



cifj^n ih: la vida en que toclavía es improductivo el brazo del 
hombre, se emplea en ilustrar su entendimiento, en refrenar sus 
pasiones, i en inspirarle el amor a la ocupación i el hábito de las 
virtudirs, se harán incomparablemente mas útiles a la sociedad 
i a él mism ' las ocupaciones que le procuren después lo nece- 
fifirio para su subsistencia. 

iJe los dos ramos a que puede reducirse la eilucacion, esto 
es, la formación del corazón i la ilustración del espíritu, el pri- 
mero en sus principios fundamentales no puede ser debido sino 
a la educar-ion domdstica. Las impresiones de la infancia ejer- 
cen sobre todos los hombres un ¡wder quo decide jeneralmcnto 
de sus hábitos, de sus inclinaciones i de su carácter, i como la 
época en que ellas emplean su poder es cabalmente aquella en 
que no conocemos mas directores de nuestra conducta que los 
padres, claro es que a ellos hemos de deber esta parte del ejer- 
cicio de las facultades, que sería demasiado tardía si la retar- 
dásemos hasta hallarnos en aptitud de recibir la educación 
pública. En los primeros períodos de la rejeneracion de un pue- 
blo, i de una rejeneracion como la que hemos experimentado 
los americanos, es casi imposible conseguir la perfección en la 
dirección de la niñez del corazón humano; hai vicios en las cos- 
tumbres; las virtudes son mas bien obra del instinto que de la 
persuasión, i esta situación moral no permite que la educación 
domestica se ciña a reí:!^las fijas, cuyas aplicacron decida del 
buen éxito. Mas, mejorándose sucesivamente las jcneraciones 
con el auxilio de la educación pública, no es difícil presajiar 
quo llegará el dia en quo iK)damos hacer jeneralmente un uso 
benéfico i filosófico do la autoridad paternal. 

Por lo que hace a la educación pública, no es necesario em- 
plear muclios raciocinios para probar, como ya lo liemos indi- 
cado, quo no debe ceñirse a preparar a los hombres para las 
<listintas especies de carreras literarias i para las profesiones 
mas elevadas; porque no es el bienestar solo de una pequeña 
porción do la sociedad el que se dcbcj promover. Ponerla a el 
alcance de todos los jóvenes, cualesquiera quesean sus propor- 
ciones i su jénero de vida, estimularlos a adquirirla, i facilitar 
esta adquisición por la multiplicidad de establecimientos i la 



uniformidad de mítodos, sun medios efiíaccs ¡¡ara dar a la edu- 
cación el impulso mas conveniente a la pros¡)(;ridad nacional. 
Esla es deüjmcs de nuestra cmnnc^ípaeion una de las mas im- 
portantes reformas: educados para oljedecfr, careciainos de 
neocsidades intelectuales; pero elevados a una jerai*(¡uía iK>l¡tíc'4i 
análoga a lu naturaleza del hombro, las hemos visto nacer con 
nuestra trafifunnacion aoeial, i observamos cjuo coda día ensan- 
cha la eív¡h/.aci(in el eíreulo de ellaa. 

Parece diñeil a primera vista dar a la instniccion púhlicA 
una jeneraliilad tan grande ((uc se consiga ponerla a el aleancc 
de todas las clases. Pero ¿i|ué obstáculos se presentan on nin- 
guna sociedad que no puedan ser allanadoií por leyes acomoda- 
das al carácter, a la índole, a las necesidades i a la situación 
moral de cada pueblo? Es preciso reconocer también que por 
nuestra íiTtuna nos hallamos ya en un siglo en que no nece- 
sitamos abandonarnos para la reforma du nuestros pueblos a las 
inspiraciones del jenio, sino que tenemos ejemplos tpie seguir, 
i podemos acnjernos a los auxilios do una fecunda ex|)erienGÍa. 

Por numerosa que sea la clase menos acomodada de nuestra 
población, no es, felizmente, el ilustrarla una obra superior a 
nuestros esfuerzos. Al principio sería talvez difícil lograr quo 
loa padres se desprendiesen espontáneamente de sus hijos con 
ol estímulo de adquirir bienes cuyas ventajas desconocen; poro 
¿cuántos resortes no se podrían emplear para obligarlos a esto 
sacrílicio, que no se consideraría como tal, sino mientras no se 
reportasen lus primeros frutos? Después, el instruirse so baria 
una necesidad imprescindible, i sin ningún trabajo so verían 
pobladas de alumnos tas o-scuelas. A este celo debo la Prusis 
el que apenas se encuentre en su territorio un joven quo no 
sepa leer i escribir. 

Para jeneralizar i uniformar a un mismo tiempo la ins- 
trucción, nada mas obvio i eficaz que la creación do escuelas 
que formen a los profcaorcs. Consultando en ellas la ¡«rfeccion 
i la sencillez de los métodos, i diseminando después a los alum- 
nos aptos por todo el territorio de la república, como otro» 
tantos apóstoles de la civilización, hallaría ta juventud en todaa 
partas los mismos medios de adquirir esta importantísima ven* 



218 OPÚSr.lLOS LITEIIARIOS I CIlÍTICOS 



taja, i hal)¡l¡tarsc para dedicarse desdo temprano al jénero de 
indtislria que del)¡a proporcionarle recursos para su subsisten- 
cia. En varios puntos do Europa, i con mas escrupulosidad en 
el norte de Alemania, se fomentan con un éxito felicísimo esta 
clase do establecimientos. 

El círculo de conocimientos que se adquierenen estas escue- 
las erijidas para las clases menesterosas, no debe tener mas 
extensión que la que exijen las necesidades de ellas: lo demás 
no solo sería inútil, sino hasta perjudicial, porque, ademas do 
no proporcionarse ideas que fuesen do un provecho conocido 
en el curso do la vida, se alejaría a la juventud demasiado de 
los trabajos productivos. Las personas acomodadas, que adquie- 
ren la instrucción como por una especie do lujo, i las que se 
dedican a profesiones que exijen mas estudio, tienen otros me- 
dios para lograr una educación mas amplia i mas esmerada en 
cx)lojios destinados a este fin. 

En cuanto a las nociones que haya de adquirir esa gran por- 
ción de un pueblo (jue del)e su subsistencia al sudor de su frente, 
i que es en gran manera digna de la protección de los gobiernos, 
i debe (considerarse como uno do los instrumentos principales 
de la riqueza pública, no presenta dificultades la cuestión. Los 
j)rincipios d<? nuestra relijion no pueden menos do ocupar el 
primer lugar: sin ellí)s no podríamos tener una norma quo arre- 
glase nuestras acciones, i que, dando a los extraviados impulsos 
dtd corazón el freno de la moral, nos pusiese en aptitud do 
llenar nuestros deberes para con Dios, para con los hombres 
i para con nosotros mismos. 

(Jomo (jualquiera (pío sea el ejercicio que se adopte, no po- 
demos prescindir de las relaciones con los demás individuos, 
i como para (»1 (tuitivo de estas relaciones no basta solamente 
la palabra, leer i escribir es una necesidad indispensable a todos 
los hombres, que sin este auxilio carecerían también de medios 
para conservar en seguridad i en orden los pocos o muchos 
negocios a que se entreguen. ¿Cómo confiarlos exclusivamente 
a la débil i falible custodia de la memoria? 

La lectura i la escritura no se conocerían sino de una manera 
muí imperfecta, si no se agregase a ellas el estudio de la gra- 



EDI r.ACION 1VJ 



miUíca, i no j)Oílrian prestar toda la utiÜilaJ que se puede es- 
perar de ellas para el ejercicio de cualquiera profesión, si, con- 
tentos solo con estos coninrimientos, prescindiésemos de la 
aritmética. Este ramo, uno de l.»s mas importantes de la edu- 
cación, porque es el que mas constante i frecuente aplicación 
tiene a las relaciones do los hombres, no puede ser ignorado 
sin que se hag'.i sentir su falta a cada paso de la vida; desde 
las mas cuantiosas i extensas especulaciones mercantiles hasta 
el ramo de industria mas pobre i mas humilde, necesitan do 
su auxilio. 

Tal vez sería demasiado exijir en la infancia de nuestros puc-, 
blos, pero no |>odria menos do ser grato a los amantes de su 
prosperidad; no ceñirse a la adquisición de estos conocimientos 
necesarísimos, i enriquecer la Ovlucacion popular con otras ideas 
no tal vez indispensables en el curso ordinario de la vida, pero 
que elevan el alma, proporcionan medios para ocupar con pro- 
vecho los momentos que dejan sin empleo las tareas que forman 
nuestra ocupación principal, i constituyen la felicidad de mu- 
chos instantes de la existencia. Entre estas ideas, se pueden 
contar como mas interesantes algunos principios de astronomía 
i do jeografía, no enseñados con la profundidad de que son 
susceptibles estos ramos, i que requiere la posesión de otros 
elementos científicos, sino en lijeros compendios i en forma de 
axiomas i noticias, i algunas cortas nociones de historia, que 
den un conocimiento del mundo en lossÍL^lospa.sados, i délos 
acontecimientos principales ocurridos desde la creación. Aun 
cuando estas reducidas nociones no hagan mas que excitar la 
curiosidad, e infundir para satisfacerla la afición a la lectura, 
se habrá heclio un bien positivo a la población. iCuantas horas 
perniciosamente sacrificadas a los vicios o penlidas en el ocio 
serán empleadas en un útil recreo! Talvez podrán parecer estas 
indicaciones sujeridas por un deseo cxajerado e irrealizable de 
innovar; jKíro mui fácil será convencerse que no hai en esto 
exajcracion ni quimeras, si se considera que aun en muchos 
puntos do la India se ha dado por los misioneros ingleses toda 
esta i talvez mas latitud a la educación de las clases mas mi- 
serables. 



^20 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



Mas, si por no ser de primera necesidad estos ramos de cn- 
neñanza se pueden omitir en los primeros tiempos de nuestra 
transformación social, no es posible que suceda otro tanto con 
el conocimiento de nuestros deberes i derechos políticos. Reji- 
dos por un sistema popular representativo, forma cada uno parte 
de eso pueblo en quien reside la soberanía, i muí difícil o impo- 
sible es conducirse con acierto en esta posición social, si se ig- 
nora lo que podemos exijir i lo que puede exijir de nosotros la 
sociedad. El estudio de la constitución debe, por consiguiente, 
formar una parte integrante de la educación jeneral, no con la 
profundidad necesaria para adquirir un conocimiento pleno del 
derecho constitucional, sino recomendando solo a la memoria 
sus artículos, para ponerse al cabo de la organización del cuer- 
po político a que pertenecemos. Sin esto, ni podremos cumplir 
jamas con nuestras funciones como miembros de él^ ni tendre- 
mos por la conservación de nuestros derechos el celo que debe 
animarnos, ni veremos jamas encendido ese espíritu público, 
que es uno de los principios de la vitalidad de las naciones. 

Nunca puede ser excesivo el desvelo de los gobiernos en un 
asunto de tanta trascendencia. Fomentar los establecimientos 
públicos destinados a una corta porción de su pueblo, no es fo- 
mentar la educación, porque no basta formar hombres hábiles 
en las altas profesiones; es preciso formar ciudadanos útiles, 
es preciso mejorar la sociedad; i esto no so puede conseguir 
sin abrir el campo de los adelantamientos a la parto mas nume- 
rosa de ella. ¿Qué haremos con tener oradores, jurisconsultos 
i estadistas, si la masa del pueblo vive sumerjida en la noche 
de la ignorancia, i ni puedo cooperar, en la parte que le toca, 
a la marcha de Jos negocios, ni a la riqueza, ni ganar aquel 
bienestar a que es acreedora la gran mayoría do un estado? 
No fijar la vista en los medios mas a propósito para educarla, 
sería no interesarse en la prosperidad nacional. En vano desea- 
remos que las grandes empresas mercantiles, los adelanta- 
mientos de la industria, el cultivo de todos los ramos de produc- 
ción, proporcionen copiosas fuentes de riqueza, si los hombres 
no so dedican desde sus primeros años a adquirir los conoci- 
mientos necesarios para la profesión que quieran abrazar, i 



EDCCACIOX '22 



si por el hábito de ocuparse que contrajeron en la tierna edad, 
no se preparan para no ver después con tedio el trabajo. Las 
impresiones de la niñez ejercen sol)re nosotros un puder irre- 
sistible i deciden por lo común de nuestra folit-idad. Difícil es 
que el que deja pasar este período hermoso de la vida sumerjido 
on el abandono, el que no aprendió desde niño a sojuzgar la 
natural inclinación al ocio, el que no se ha creado la necesidad 
do emplear algunas horas del dia, pueda después mirar sin 
horror el trabajo i no prefiera la miseria al loíjro de un desa- 
hogo i de unas comodidades que juzga demasiado caras si las 
compra con el sudor de su frente. Con seres de esta esi^ecie, 
¿habrá moral, habrá riqueza, habrá prosperidad? 

{Araucano, Año de I83G.) 






FOMENTO 



DEL KSTÜÜIO DK LAS CIKNCLVS FÍSICAS I MATK.\LKTI(:AS 



Es sabido que, a pesar de la propagación i adclantaniieiito.s 
que obtiene en nuestra época la ciencia econóniico-ixjlítica, ¡ 
do haber sido jeneralmentc adoptada como base d<; lejislacion i 
administración entre los pueblos cidtos, sus mismos principios 
han sufrido notables excepcion(?s, seijun las circunstancias do 
los países en que han sido introducidos o aplicados. I'Istas «fxcop- 
ciones las notamos mas o menos practicadas en las antij;^iiaH, 
como en las nuevas naci<jiios, en los pueblos adelantados en 
civilización, como en aquellos que nacen a ella, cuando na 
trata de leyes protectí)ras de las manufacturas o de las artí»H, i 
aun de los productos del suelo, i>or medio d«í premios i estímu* 
los en favor de éstas, o de prohibiciones i trabas al <romer(;ío 
de afuera. 

No es nuestro ánimo recomendar [Kjr ahora senH'jant^'H trab.iH 
a nuestros lejisladores; aunque desearíamos v^t tratada a fondo 
la cuestión por nuestros hombres de ciencia, H^ibre hawta qu/í 
punto convendría adoptar o rcí.ha/^'ir por alioru las opínjon^'s 
de los economistas, con aplicación a nuentro país, i qtiíí «e ihiU 
case al menos qué jéneros de induj^tna del;4;ríari introducirme 
o fomentarse con el tiempo. 

Entre tanto, creemos por nuestra partí; que léjoH d<í d<*jar 
absolatamffnt.r* al íntererí individual, o al tieiij|;</, i:| itrnp<:ño 
de introducir alíruno» artí;í;ji/:los o manufa^turaH, |/'Jon ti. 



TV5CLL05 LITERALJOS I CRÍTICOS 



aljaníl'jnaiT.'iis ¿.irjtimcTiL'? a la esperanza de que con el acre- 
<x-ntami-r:ito Jv j».bla.ri'jn i nquí-za. se establezcan en éjxxía no 
*li?ííar.t<; l:ib iníinuía.tiira- mas es«j:2ciales o las mas propicias 
para el incTemento Je csti riqu*'Zti i o rupacion del pueblo, es 
indispensable que la acírion de la Idi^latura i el ijobiemo se 
emplee desde ahora en preparar i apresurar aquella época, en 
cuant-j se pueda, si no tememos verla ín.lefinidamente retarda- 
"!a. o que, cuando ella llegue por la naturaleza de las cosas, o 
^'.a en fuerza de las necesidades públicas, su marcha sea to- 
<lrivía dema:»iado lenta o incierta. 

La alianza o unión estrecha que existe actualmente entre las 
urtes i manufacturas i las ciencias físicas i matemáticas, nos 
trazan por fortuna el camino que deberemos seguir desde luego 
para prepararnos a recibir las primeras con scíruridad i prove- 
cho; i hé aquí también, en nuestro concepto, lo primero con que 
delxírá favorecerse a nuestra futura industria manufacturera; 
las ciencias físicas i matemáticas deberán ser la antorcha que 
preceda i alumbre esta marcha o este gran progreso; i toca al 
gobierno estimular su estudio, propagación, cultivo i adelan- 
(amiento, precisamente en uno de los pueblos mas bien organi« 
zados o dispuestos para esta clase de estudios, i cuya juventud, 
aun sin semejantes estímulos i sin aplicación alguna lucrativa 
<le estas ciencias, no ha cesado de manifestar su aQcion i preCo 
rencia a ellas. 

lis, pues, indispensable que se críen, aun cuando fuera arti- 
íicialmcnte o sin mayor utilidad por ahora, los estímulos o 
carreras mas propias para mantener i propagar entre nosotro.s 
el cultivo de unas ciencias que podríamos llamar las mas útiles, 
si no se considerase su aplicación bajo el aspecto del incrc- 
menti; de la riqueza púl)Iica, al menos en cuanto sirven para 
bcnciíiciar un número mayor de individuos, contribuyendo cíi- 
cazni(»nto a proporcionarles ocupación i conveniencia, i a me- 
jorar por consiguiente su condición moral i social. Ellas debe- 
rán s(Tvir mui pronto, i aun antes del establecimiento de la 
industria manufacturera, para ser aplicadas a la agricultura 
i a la minoría, que, como es sabido, so hallan felizmente en 
progreso, i (juo no tardarán en llamar jonralmento en su auxilio 



rauBNTD iiBL KSTi'ud UK [-U cttucu» rteuus m 

a laa cluncios, Ksto ompicxa ya a sucotlcr piuvialmcntc, al 
menos, eii fLicr¿a de lat multiplicadas subdivisiooes de los 
ti«-nLs, cjue proporctunan orupacíun a )•» a^rimensQres, ido 
las máquinas Iiídráulii-aa t de uiras cla.s«3 (¡iie w CAtin intro- 
ducienda en la agn<:uUura, lus caiinlt» du hv^, los diques i 
otras construixuoncs cicntífiísLs, sin tiumvru- la de los bonwii i 
domas ramos igualmente cienlifluos q»c eun majnrr razón neo»* 
sita actualmente la minería. 

Mas las ocupaciones o cmpleu» i|ut-> xc dan al presente a los 
hombres de ciencia, cütiín léjo^ do ser sulicicnli»i para aorvir 
lie estímulo o de una carrera segura q;ic dí^terminu al estudio . 
constante de ella. Por esta razón, vemos no ihjcos vei-rs sus- 
tituido al estudio de las matemáticas, entre jóvenes que ya 
liabian hecho con fruto lu milarl del camina, ct do la IcjUJocion, 
que dcbia proporcionarles una existencia mas honoriljca, i so- 
bre todo mas cierta, a pesar del número excesivo, al parecer, 
tte abogados que se cuenta en el dia, i que siempre oblíono la 
preferencia en casi todas las carreras. 

Felizmente el goliicmo ha prosentido esta necesiilad, i pro- 
visto el futuro importante destino de las ciencitis; i sin aguar- 
dar a que se complete o ponga on ejercicio el reglamento de la 
Universidad, o sea el plan jeneral de esturlios para la rijpuhlica, 
que se está trazando, se propone desde luego el c-stableeimionto 
de un cuerpo científico de injenieros civiles, dut^idu por la 
nación, i al que serán llamados los jóvenes que mas se tiayan 
distinguido en el estudio de la.s matemáticos; quienes al mismo 
tiempo de recibir o«le fomento, serán distribuidos u empleuilos 
útilmente en los diversos trabajos que ro([uiertí ot estado del 
país, para la mejora i comodidad de la.s poblaciones i princíivil- 
monte de loa caminos, canales, puertos í demás medios do 
oomunicacinn. El servicio de estos injcnicros no sw hallará 
limitado a los trabajos que emprenda la administración en la 
capital o en las pi"ovineÍas; se pundrún n disposición do los 
particulares, siempre que se trate do alguna empresa nueva 
o de utilidad mas o ménüs directa [«ira el público, en que so 
requieran conocimientos especiales o ciontifleos; i esto será 
íambicn un nuevo medio de fomento qu<^ pueda prestar el j^n- 



226 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



bicrno en favor de semejantes empresas, i do lucro a la vez para 
la clase distinguida de injenicros. 

Ademas de esto, existe desde algún tiempo en la capital de la 
provincia de CoqnimI>o un colejio de minería, cuyos progresos 
apunas lian sido percibidos del público, a pesar del esmero de 
su director i sus eminentes conocimientos, i de la constancia 
i aplicación do sus alumnos. Varios de estos están ya al con- 
cluir su carrera, sin que falten algunos que so hayan hecho 
notar por su habilidad o extraordinarios adelantamientos. La 
mano protectora del gobierno se extenderá mui pronto hacia es- 
tos jóvenes beneméritos, que con menos estímulos todavía que 
los matemáticos de la capital de la república, no han dudado 
en lanzarse por una semla sembrada de dificultades i contra- 
dicciones. Otro cuerpo de injenieros de minas ha entrado ya 
en los cálculos del gobierno, debiendo salir de él los peritos 
que establecen las ordenanzas de minería en cada asiento^i que 
nunca han podido plantearse por falta de sujetos idóneos; los 
cnsayíidores de metales en las casas de moneda i cerca de las 
aduanas, por donde se extraen las barras i pastas, sin mas 
avaluación que un cálculo aventurada i perjudicial igualmente 
al fisco i al minero; i saldrán finalmente los muchos injenieros 
do minas que necesitan o necesitarán con el tiempo los parti- 
culares para sus nuevas construcciones i empresas. 

Convencido por último el gobierno do la necesidad de que, 
tanto los inJLMiieros civiles, como los de minas, se perfeccionen 
en sus respectivas profesiones con el examen i estudio práctico 
que i)roporci()nan los viajes en países mas adelantados, pro- 
pondrá a las cámaras l(»j¡slativas que se d(*stine alguna suma 
para esto objeto, con la mira de que cuatro al menos de estos 
injenieros se hallen continuamente viajando; do modo que 
puedan sustituirsí^ unos a oLn^s en semejantes viajes cada dos 
o tres anos. 

En la pre])ara(rion i reali/acion de estos proyectos, sabemos que 
se ocupa aefualmeiiUM»! gobienu); ellos (le])erán conducir desde 
liici>o. scüfiin los principios anteriormente expuestos, al mayor 
(IrsL'ii volvimiento i i)rocrr(;so do nuestra riqueza nacional en 
sus (los principales ramos dn airritaillura i minería; i deben 



FOMENTO DEL ESTIDIO DE LAS CIENCIAS FÍSICAS '227 



preparar las vías para la inlroiluecion de las artos i las ma- 
nufacturas en una época, (juc nos lisonjeamos en creer no 
esto muí distante de la iiiiostra; tonióndose siempre presente 
que los pueblos mas ailelantudos en esta carrera, deben su 
prosperidad a la propagación de los conocimientos cientíticos, 
que han j)ermitido a cada empresario de una manufactura cual- 
quiera, tener a su disposición los servicios de un i:i;«Miieix) o do 
un maquinista para auxiliar sus trabajos. Prosi-iiulimos de los 
descubrimientos i aplicaciones importantes que i)ueden hacerse 
por los sabios en países enteramente nuevos, i los diferentes 
píXKluctos que para las manufacturas i el comercio podrán sa- 
cai'se de nuestro suelo; i baste por ahora la consideración délas 
ventajas conocivlas e inmediatas que debo derivar el país del 
cultivo de las ciencias físicas i matemáticas, para que manifes* 
temos nuestros velicmenles deseos de c[ue la realización do los 
proyectos del crobierno no sea retardada o embarazada por nin- 
crun evento. 

•Arnurnno, Ano do lí<U.) 



REFORMAS \TCESARL\S 



8í la solidez de pñnTcpsj^ e iies§ ^ 1k c¿LjeQD& x^ íxn. 
tan jeneralmente raoüectcáii ea cas: ^:ii.i£ S3s aciij^. d«de ipe 
esle país perieo&x « «i iBism<, a fc^ssaor^ «p'xsL «a qoe «s£a 
preciosa calidad ha r- lacáio xnai ^e «q BXBigUBa cCra. bKíaria 
para fijaiia a los oyj& dd méoos «x^serraics', cxzi':> pacoliar o 
distintÍTa del carácter nacáonaJ. X j dcs deftm^Jremas en reoor- 
dar aoontedmientús pasados, i ni fiiq[iikra lo» del aa3 que acaLa 
de terminar 1841 , tan ftcimio en hachos qpie al^stignan i 
proclaman aqudla Teriad: nv» bastará fijarnos p3r un m'> 
mentó en lo que pasa actoalmentc. i preguntamos a nosotros 
mismos: ¿a qué aspira, o qué es lo que desea el país? 

Por nuestra parte, creemos haber interpretado fielmente estas 
aspiraciones o deseos de la nación, siempre que hemos hablado 
de una libertad política racional i moderada, tal cual la dis* 
frutamos actualmente; del mantenimiento de la paz interior i 
orden público, sin mezcla de temores para lo venidero, como 
felizmente se presenta a nuestra vista, en fuerza de los hechos 
a que hemos aludido antes; de reformas i mejoras en el orden 
judicial, para asegurar con nuestros derechos individuales osta 
paz pública i aquella libertad; del cumplimiento i realización 
de la leí fundamental en todas sus partes, como en las leyas 
del réjimen interior, de la instrucción pública, organización 
de la milicia, etc. 

Finalmente, nuestro gobierno comprende sus deberes a esto 



230 OPÚSCULOS LlTEnARIOS I CRÍTICOS 



respecto, i no depende de su mano el que no se hallen en gran 
parto provistos i ejecutados; conoce las necesidades del país i 
sus deseos, i liacc cuanto es posible para satisfiícerlos. Mien- 
tras que el pueblo a su vez, justamente conQado en la buena 
voluntad i patriótico empeño del gobierno, marcado en todas 
sus acciones, parece aspirar únicamente a mejoras materiales, 
o a aquellas sobre todo de que dependen el fomento de la ri- 
queza i el bienestar jeneral. 

Por oso, creemos también haber asegundado los deseos del 
país, cuando hemos tratado de estas mejoras materiales; de la 
remoción de los obstáculos que so oponen a su realización, o a 
los adelantamientos industriales; de la necesidad i urjencia do 
atender a los caminos existentes i abrir otros nuevos, así como 
do la navegación interior i de nuestras costas; de las provincias 
del sur i su incremento, proporcionándoles la necesaria comu- 
nicación entre ellas mismas, de un moílo estable i seguro, i sin 
la fuerte burrera opuesta a la civilización i adelantamiento por 
la barbarie de los araucanos, enclavados en el centro de aque- 
llas provincias, etc., etc. I creemos haber penetrado el espíritu 
nacional, proponiendo o indicando los medios conducentes a la 
consecución de aquellos objolos, o la parte al menos quo son 
llamados a tomar (d gobierno i cuerpos leji.slativos en los di- 
versos ramos de fomento. 

Mas esta parlo, o la cxlcnsiou desús operaciones, solo puede 
medirse por el estado de nui'slras rentas, o el sobrante que ellas 
presenten sobro los gastos de prinieru necesidad, para auxiliar 
con él los tr¿il)a¡t)s púl)lieos de ludo j-.'nero; que de otro modo, 
no es posible lleiruen a verilicarse, por falta de especuladores 
para empresas enteramente nuevas o desconocidas en estos 
países. 

De aíjuí la neeesida.l primordial que reconoce la nación, do 
(jrandc-^ oconou}!:}^^ o lo (jiiees lo mismo, de arreglos íinancie- 
ros en todos los deparUunenlos liseales, que deben producirlas; 
sin tocar por eso a dotaeiones esenciales para el mejor desem- 
peño de los diversos ramos del servicio i)iiblic.), o sin una parsi- 
monia, talve/. demasiado pequeña i minuciosa, que pudiera 
llevarnos a los extremos, i que, lejos de inlluir en el aumento 



(le la renta, mas bien puJicra c*»nlriljiiir a su J.va'l'-n-.-ia: como 
sucedería principalmente con una diminución j. -j c-.»n?íiJenwla 
on el número i dotaciones de los funoi'.marl /s «. ii.ar/alus de 
la recaudación, manejo i l¡iju¡dav.i »n d«:* e-i'as n.-nt '.s. 

ríe aquí las economías o arroi^los qn--' nos licm .-s íiír«vido 
a recomendar al cuerpo leji.slativ *k::í i:i:is de u:¡a r^jífri-n. prin- 
cipalmente cuando hemos tra'ad»» d»*! «•in;;p--íit'» extranjero, i 
que nunca ha di\scuilad » el a<*tM;il ír'j];i«-:*n j. > ■an.'S pormitidM 
en esta parte referirnos al m«'ni»> a l-i- d-* r-.í -^ i disjj<.isic¡o- 
nesdel departamento ih: haci»nl:i, in«-«-rt'.»?> en l.?«dví> números 
anterioi*es de este pajud. 

El primero de ellos, que ticno pi'»r ul/j'.'!o la presi-ntaciun i 
arreglo de las cucnt is di^ c:!-l"i i ¡>r ■> ijíUí.-Im- anurd^s, es 
comprensivo, a nuestro mo !•» de v*t, d. • i) 1 j un ^ist«-!ii.i ente- 
ramente nuevo; es la cjivu-rion pL.iía i ri«(»:a de la leí funda- 
mental en esta materia, o su co::i^ji<.'m''nt> indi.>pensalilc; la 
realización sustancial del sistema rupr<.sentativo entre nosotros, 
i una de las mejores prendas de dcs¡nt«res i amor al ónlen 
constitucional, que pueda dar un .í;:oL¡erno. Con justa razón, 
pues, el presidente d<í la repúl/ii^-a, en el preámbulo de í^stc 
rK)table decreto, consi.lera la nccesida 1 de establecer, por medio 
de él, en la administración de las rentas nacionales, «un orden 
que ponera en armonía la h-tra i espíritu de la constitución 
política del estado, cun el sistema du cuenta i razón vijeote 
en las oficinas de hacienda, i fjtijj Itíjrjn e/ec/¿/:a la resj^Ofisa" 
biliflad chj los ñiiai'<tru> d'í fl''.<¡faclio.^ 

No culpemos a nadie, ni a ninL'"unacpoca, de que esta respon- 
sabilidad, no s(i haya heclij ánt»ís de ahora tan efectiva, como 
al presente; yran les trut js i útiles lecciones nos han Icí^ado las 
épocas precedc¡it(.*s, i nunca faltaron a sus hombres de estado 
ocupaciones vitales (juc debían absorlxjr todo su tiempo. A 
esta causa, sin duda, d»'be atribuirse el retardo en la presen- 
tación de las cuentas de irasLo.-:» i presupuestos a cada lejislatura, 
i la prontitud o prr.:ip¡taci<.iu con (|U(; se apresuraban a apro- 
barlas i saneiouarla.s. Kn adi^lante, u^raeias a la tranquilidad 
de que disfrutamus i a la liberalidad del dí:creto que nos ocupa, 
i\slus cuentas i pre.iupueslos d'íberán sírr presentados en lo» 



t: *.m.:« irm tivg : 



ini? :^±r^X: Jlis j^ i\ í*s¿.?Q ordinaria de las cámaras, 
ffj -fl nisii»: ^.itr^rz-y el cimiiio a la mas libre i dete- 



z^Lí Ijsc'zsíi'z ií Ha :nT»>rtantcs piezas de estado, i somc- 
tKC: L: •»¡i rZii- A li T^^^iTA mc-oaal eí coadro completo do sos 

A pesir 3í -rsí.:'- seríi mui peyaeño el fruto de semejante 
CcE¿:iri, : se joirti eluiir ficilraente. sin las reírlas i trabas 
csíab a*í1jl5 ea el c::aÍ3 d-ítr^to, en tSrJen al modo de llevar 
las cuentas i? los pTe?3pa*?t.>? en caJji ano de los ministeríoB, 
en la coa:aJ'jrii raaT:r i »?n ti.iJas las oficinas pagadoras; sien- 
do necesario este coa^ferto. para que no se disponga en un 
año de I-?s fjn-ioí? destinados al anterior, que no puedan 
exeeier^e lz< sumís votadas para gastas extraordinarios, im- 
{K^vistút?, de befieñeencta, utilidad pública, etc., i que re- 
caiga, en una palabra, la responsabilidad real i efectiva sobre 
el funcionario a que corresponda. Porque es evidente que las 
oGdnas pagadoras, sin conocimiento, como ban estado hasta 
ahora, de lo que se libraba para los gastos mencionados contra 
cada una de ellas, nunca podrian decidir, si estas libranzas 
e!Lcoilian o no a los presupuestos; circunstancia que igualmen- 
te debía ignorarse |X)r los mismos ministros del despacho, por 
falta de una oficina central que llevase la cuenta de tales li- 
branzas, i de un rejistro manual de ellas en cada ministerio, 
que pudiese consultarse i con el que debiesen ser confrontadas. 

Es inútil decir que el citad;) decreto precave todos estos ma- 
les para lo sucesivo; sus provisiones fáciles i sencillas están a el 
alcance de todos, consistiendo una de sus calidades mas reco- 
mendables a nuestro modo de ver en la claridad de sus disposi- 
ciones, i la simplificación que establece en el modo de proceder 
en la materia, ahorrando al mismo tiempo inútiles i complicados 
trámites. 

Igual carácter presentan, sin duda, los decretos del mismo 
departamento sobre arreglos en la administración i economía de 
la renta que acaso mas los necesita, i que por medio de ellos, 
puede lle;,^ar a hacerse considerablemente mas productiva para 
el erario i menos gravosa para el comercio i los contribuyentes 
o consumidüivs de la especie, a los que puede ademas propor- 



oiondrscles en mayor sbundancia i <le mejor calidad que huta 
ahora; so comprende que tratamos de la reota de btbacovi d^ 
mas especies estancadas, sohre cuya prorístoo, príneipcdmnrie 
en las provincias, se han elevado i elevan tantas qu'-jas; loe 
decretos a que acabamos de hacer referencia, son dcMinadoa 
a remediar en gran parte el mal, i asegurar U mas recta i ptns 
administración de las oficinas (listantes i sulialtema.4; mientras 
que se preparan otras medidas, cuyo efecto ncceaaño deberi 
ser la Biipresion casi total del contrab.indo de los tabacoff, na 
mayor costo ni violencia, i la bondad en las calidades ([ue M 
introduzcan i distribuyan en lo sucesivo por cuenta del TtMco. 
No debe olvidarse que esta renta fue especialmente afectada al 
pa^ de lo9 ilividendos i amortización de la deuda extranjera; 
i quo su producto, por consi^icnte, se creyó mas quo bastante 
para satisfacerla; ignoramos si semejante cálculo, fundado nín 
duda en el producto probable de la renta bien ailministrada, 
fué o nó exacto; pero están a la vista de todos los rcRultados;> 
esperemos, sin embargo, que el gobierno, ascgundailo por la 
operación do sus medidas i por la deferencia i buena volun* 
tad de los acrccdoi-cs británicos, pueda conseguir, al mismo 
tiempo, un arreglo equitativo para el pago i gradual extinción 
de la deuda diferida, i un aumento sustancial i progresivo de 
rentas con que le sea dado cumplir exactamente con tan sa- 
grado empeño. 

Atan importante On, i al de poder aplicar algunas otras 
entradas, o ol sobrante de todas ellas [después de satisfechas las 
mas urjentes necesidades del servicio público) a los primeros 
medios de fomento de la riqueza nacional, — deberá contribuir 
en gran manera, según lo dejamos indicado, el arreglo de las 
demás rentas que prepara el gobierno, i principalmente el del 
orden económico de las aduanas, sus tarifas i el cntrepucsto, 
para quo ha sido autorizado especialmente el señor ministro 
del ramo. Sus trabajos preparatorios en esta parte, son ya bas- 
tante interesantes i extensos; i deberán ser concluidos i puestos 
en ejecución antes de la sesión venidera del cuerpo K'jtslativo, 
a cuyo efecto se trasladará mui pronln el expresado señor mi- 
nistro a Valparaíso. 



234 OPÚSCULOS LITERAUIOS I CRÍTICOS 



Entre tanto, nos os altamonle satisfactorio i>crcibir |x:)r la» 
discusiones del cuerpo lejislativo, por sus votos de confianza 
al gobierno, i las reciiMites publicaciones que han aparecido so- 
l)ro las rentas de la república, la parte que toma ahora el paí-s 
en una materia que antes parecia complicada, oscura i por lo 
mismo inubürdable o tediosa, aun para aquellos que debian 

■ 

entender en ella. Es una señal lisonjera de IjOS tiempos presen- 
tes, del adelantamiento de las ideas e instituciones, i del de- 
senvolvimiento d(» aquella notable calidad del carácter chileno 
a que hicimos referencia al principio, i sobre la cual podemos 
fundar salvamento nuestras esperanzas de orden i estabilidad 
i de verdadero i sol ¡fio ])roírreso. 



11 



Entre las mejoras o reformas que piden con preferencia el 
esta lo del país i la opinión nacional, señalamos en nuestro 
número anterior la organización judicial i la do la instrucción 
pública, como exijcncias o complementos indispensables de la 
constitución del estado. Aunque el texto do ella i su encargo a 
las próximas lejislaturas no fueran tan expresos i urjentcs, el 
mismo estado de i)rosperidad a que ha llegado el país, por 
medio del orden público, felizmente establecido, el de su orga- 
nización política casi consumada, el desenvolvimiento de su 
industria, aumento de población i riqueza i mil otras causas, 
concurrirían a demostrar la necesidad de estas reformas, sen- 
tida i palpada casi en todos los momentos do la vida pública i 
aun privaíla de los chilenos. Así también creemos que no haya 
habido otras mas reconocidas por la opinión solemnemente 
expresada en casi todas las lejislaturas, antes i después de la 
gran convención, ni mas recomendadas en los mensajes, me- 
morias i otros papeles de estado. 

Los demás ramos del servicio público habían recibido de 
antemano alguna organización que ciertamente no podia lla- 
marse perfecta, pero que al menos era extensa o comprensiva 
del mismo ramo. De este modo, la organización del ejercito, 



nacida con la lucha de la indoj.cndcncia, o de la necesidad de 
la defensa del país, fué cum¡)l(ítada hicii pronto; i hoi i>o.see el 
estado militar sus ordenanzas i leyes uriránieas, con un minis- 
terio i un esta. lo mayor que velan sobre su observancia, i 
trabajan en su mejora o a'lelantamiento. \o habian sido menos 
favorecidas la hacienda pü!)liea i casi todas las a.l mi nist racio- 
nes que dependen do ella, al menos en estos últimos años, 
aunque se reconozca la necesidad de su mejora c^í'^ilnal, o do 
las granflcs ocononiías a íjuc aludinus en otra ocasión recien- 
te. También hemt)s llama lo la atención hacia los beiiefuios que 
derivaba el país «leí estalilecimiento de la policía urbana de 
seguridad, i las funda las esperanzas que ella nos sujeria de su 
extensión a la policía rural. 

Mas la administración de justicia i la instrucción pública, 
agreG^adas, como de un modo subalterno, a un ministerio recar- 
gado ya con las relaciones exteriores i las atenciones constantes 
i del momt'nto que ex!Í«Mi en nuestro sist<'ma central aquella 
policía i to 1) el réjimen interior i íT;i!)ernativt>, no podían lograr 
la contracción })í'í leriíite Oésjvcial. ind;>pi usables para recibir 
una mediana «priranizav:.':!, u para aru lir siquiera al remedio 
de .los males urj(-ntes. o le sin e.>ia c»>ntraí-ci.^n especial déla 
primera aiil<j:-i 1 1 1 dvl e-t i !<> a Ix ramos -.I..' justicia e instruc- 
ción pública, era ¡m;)o-ib!e !i:n!t 'irilonos poralioraal primero) 
adelantar un pa- » o \ elar >ii jui<Ta en la ol».^ervanc¡a de las leyes 
i buen desem:;erio íle 1 .< encarLM 1 «s «le ejecutarlas, a nadie se 
ocultará que ten /a el mas mediano con'.ícimiento del caos de 
nuestra h-jisiaviion i >:is \\A jsas [>iMctieas i iK' las tradiciones 
col «nialr^ que proval-eian naturalmente en nuestras cortes de 
justicia i dem;is triínmal-s. Eiw preciso a lemas elevar esta 
administrar; MI al ranir mI- uiivule lo- altos p^íleres del estado, 
dándole uiij. ii:j¡) «ríaneia c jít» si,'.>udiente i un órirano digno 
i especial cjrca drl primer maji^'.rado. por cuyo intermedio se 
atendiese a í¿us neeesida les. se ¡»ri>veyesen sus funcionarios, se 
promoviesen prudentemente las rekirmas i mejoras reclamadas 
por la opinión i la^ cirounstaneia^, i se mantuviese entre los 
mismos altos p j.leres h. armonía que «.-xijen la lei fundamental 
i la con serva" 'ion d"! ór:len públic;». 



i-ii T#r:^m.» uts&aaios i cbíticos 



%.\>a rjia ¿yirr^j.t? i dimct? objetos, fué establecido el minis'- 
teri> Je ;u>::oJr3, irjL!t:> e instrucción pública; un ministerio 
que Je^¿il Tv^:a::.r :c»i.i5 lcfc5 ramc^ que forman las costumbres i 
b nx\rAl:i:;i íe j.>> purM.-^, i que abrazan la relijion del es- 
Uio. prlirion A:oaj¿ ^n de tolo buen gobierno, la libertad civil, 
kabiíie do ljb> deinjisí hS^rt&ies i aun los fundamentos del porve- 
nir en U en^ondia xa.\r&l i SvVioI de la juventud i la infancia. 
ll;ik!^^ e:^:Jbv'vs niui p.v\> o nada habia podido hacerse en estos 
runc^. t^vl.^ e^u.vM por oreviise; mas en poco tiempo vimos, en 
couiio .\1 oaltvx <vhad.^ K^ fundamentos de la nueva iglesia 
metro}v!;:Aa.\ i >us s^uira^ineas, vim^ crecer'cada dia la admi- 
nbtr«KÚv>:) de jatuoia en efectividad e importancia, i extenderse 
la instxtKvion púMis^a fuera del Instituto i de la capital, a que 
osUiba iintos OAS4 li.n;::&ia: tuvimos tribunales de comercio 
or^Aiú^aJvX!^^ i lei de jtíío,'.! ejecutico, contra el fraude i la 
mala fe^ o {v.\rA la ák^^aridad de los tratos; los tribunales em- 
pezaix^n a jujiTíir s^e^n el texto de la lei i a fundar en él sus 
áentencia^; a or-r>^ni¿ar i uniformar su réjimen interior i eco- 
nómivv^; anvitlar sus compotencias, i remediar los abusos 
introiUioixIv'á en Kvis ca^^^s de implicancia, recusación de jueces, 
iwnu^üosdo uuliJavK ote; el procoilimiento criminal, sobre todo, 
fué abivviado i mejorado considerablemente, por medio de 
varia:* r\*í»las <|uc estabkwn la necesaria vijilancia sobre la 
exacta aplicación de las leyes penales i la fiel ejecución do las 
sentencias, las visitas pcrióvlícas de cárceles i otras muchas 
moilidas no meaos cseneiales i urjentes. 

Talos fuci\ui en líl'^bo las primeras ventajas que so lograron 
con lacriwcion del minÍNterio de justicia, en orden a la mejora 
o roforniu ile esle ramo, hasta entonces poco entendido o des- 
cuidado, \'ca!nos ahora alcanas de las obtenidas al mismo 
tiempo i por el mismo ministerio, en su importante atribución 
de la instrucción pública; i con solo observar desdo luego que 
esto ramo carecia, como hasta ahora, de una administración 
jencral o suix>rior que le diese algunas reglas, las plantease, 
o ejecutase i aun descendiese a los detalles do su economía i 
distribución en todo el país, sin dejar do velar continuamente 
sobre la conducta de los superiores, catedráticos i aun maestros 



inreriores, so oonoobirú fácilmcnto cuan lílil i necesaria era la 
mano criadüra de un ministro, <le quien ilimanascn todnn la» 
ónienes i arreglos a esta respecto. I si en la administración de 
jtislicia, estaljlccida tic antemano eon sus corles do apciaeiones 
i suprema, encargadas de aquella ecunomia intonor i «uperior 
vijilaneia respecto de los tribunales i jueces inferioras, ora útil 
i necesario el establecimiento del niiniütorio que debía enten- 
der en su mejora i darle rejjlas para corrojir sus abusos, ¿con 
cuánto mayor fundanieato, »o era de desear, que este mismo 
ministerio extendiese sus cuidados al ramo do la educación pú- 
blica, que carecia abí^ulutamente de dirección i centro? Asi 
también sus primeros cuidados por la mejora del Instituto 
Nacional i restablecimiento de su ilopartamciito do intcrnOH, 
hicieron de este cuerpo el Bomillero de donde tuvieron orijen o 
fomento los colejios de ambos sexos do la capital, que so apro- 
vecharon de sus lecciones i prorosores, los de las provincias 
(jue se criaron o restablecieron poco después, viniendo de ellas 
a recibir en el Instituto instrucción i mantenimiento gratuito 
muchos jóvenes pobres i los huérfanos de los ciudadanos be- 
neméritos. La instruecion primaria fué al mismo tiempo me- 
jorada i propagada; imprimiéronse libros a costa del estado, 
introUujéronse nuevos métodos, i aun se hizo oí primer ensayo 
en loa cuerpos cívicos de escuelas dominicales para adulto!^. 
En fin, sin contar con la escuela normal, que se esti'i organi- 
zando, i que deberá dar maestros ¡Llóneoa i morales a la ense- 
ñanza primaria i secundaria del pueblo, sin hacer mérito do 
los primeros pasos del ministerio para fomentar i protejer la 
do las niñas pobres i sin detenernos en los muchos reglamentos 
i metlidas, cuyas ventajas en el impulso dado jior ellas a la 
instrucción pública estamos palpando, no cesaremos do llamar 
la atención hacia el futuro establecimiento de la universidad 
do Chile, cuyas bases han sido sometidas a una comisión i 
aprobadas por ella, como no dudamos lo siTán igualmente en 
la próxima sesión lejíslativa, para que cuánto antes sean lle- 
vadas a debido efecto. El establecimiento de la universidad, 
bajo el plan mas económico que ba sido posible en punto a la» 
reñías, debe ■■nmprendcr, m uno misma administración, la 



t>* "irif^irL:-* lítxíía£:o> i ci;mco5 

supcrintenlonoía jer.rral ilo ctlucacion. criada por la lei funda* 
mental i el plan ae l-'ítmIíos do la repüMica, i ínialmente pro- 
visto p.r ella, aton li -n ::• a un t:em>3 a los demás objetos 
universíioric^ i liI skTv::::» público, como auxiliar del gobierno 
en krk'S !•:•> ramos vicn.iikvs i de k monto. 

Por l'j o\¡vjos:.t, o p T 1j q lo ha hecho ya el ministerio de 
justicia on i-l prln^i j: > !o >u cr^-a.-i .»n, con resi>octo únicamento 
a los djs d.';vir: \:yi.*:it '-: d.* quo n'^-? hemos ocupado, podrá 
íácilmonte iiiforirs.- do cuAn inmensa utilidad para el país no 
xiún los trabaj.K «{ae ov.vuío o ompronda on lo sucesivo sobre 
o>t<^ i los do:n:i< rain >s do su carero. 15 istaria nombrarlos, 
para (pío no ij»!,- ! i<j la iViCn r soml'ra de duda acerca de la 
nov.v>ida-l do >u dc^ínoMilirajion do los domas ministerios, a 
tiii do que íuo>on rc_raIarinont ? at.Mididi."S. Uoií>trose si no, la 
lei oi*:r.i:iio:i i!o 1. 'Iv ¡Mcoro d.* JS-jT. i se verá que al minis- 
torio del intei'i'tr i r-laoioaos oxíorioros están asignadas vein- 
tisi.'is atrii>iu-i.»:i.\s ospooiau-s, vointivlos al de hacienda, i diezi- 
nuovo al ile iruorra i marina, mientras que al de justicia, 
culto o in^truceiun jniblica, han cabido treinta i nueve, todas 
ollas de primera írra vedad e importancia, i que no podían 
permanecer coino sec^umlarias o anexas a otros ministerios, i 
por Consiguiente desatendidas o anuladas. 

Sin embargo, en un escrito reciente que ha merecido la acep- 
tación pública bajo muchos respectos i que ha sido justamento 
encomiado en las columnas de este papel,* encontramos en su 
introducción algunas expresiones, cuya tendencia sería poner 
en duda la utilidad o necesidad de la existencia del ministerio 
de justicia e instrucción pública, considerada bajo el aspecto do 
los gastos adicionales al presupuesto que ocasiona esto nuevo 
ministerio. Por nuestra parte, creemos que no debíamos dejar 
correr tales dudas, i en un escrito de esta naturaleza, llamado 
naturalmente a una extensa circulación dentro i fuera del país, 
nos hemos empeñado, por lo tanto, en su exclarecimiento. Esta- 
mos lejos de pensar que serán necesarios para el gobierno de 



* (Jpúi^cido sobre la Hacienda Pública de Chile, por don Diego 
.losó IJcnavcnte. — Primor cuaderno.— /íTí^^r/')?/.! de la Opinión. 



nEFOR]JAS NECESARIAS '230 



un millón i medio de habitantes los vastos i multiplicados esta- 
blecimientos que re(|iiieren los grandes estados, i mucho menos 
que so adopte en una república el boato u ostentvicion de las 
mas pequeñas monarquías. Pero no creemos exacta la aserción 
del Opúsculo de que se esto montando nuestra administración 
«se^n la norma de las mas dispendiosas monarquías.» Sin 
duda que el millón i medio do chilenos exijia, bajo el réjimen 
colonial, mui pocos empleos asalariados i por consigaicnte mui 
pe<jueños gastos. Mas, en su presento condición de estado sobe- 
rano, este millón i medio de habitantes, ha tenido quo crear i 
costear los altos poderes, las relaciones exteriores i las principa- 
les administraciones que rosidian afuera o eran comunes a la 
antigua metrópoli i sus colonias, sin contar con los estableci- 
mientos navales i de guerra que requieren la paz pública i la 
defensa i respetabilidad del país, i quo forman el gasto mas 
considerable del presupuesto. Con todo, semejante gasto no 
puede menos do ser considerado como ¡nil¡si)onsable; ¿i no lo 
será igualmente la pequeña suma de nueve mil doscientos se- 
tenta i cuatro pesos, quo cuesta todo el ministerio de justicia, 
culto e instrucción pública? ¿o deberá renunciarse a los bienes 
reales i positivos que, según hemos demostrado, deriva el país 
del ministro especial encargado do estos imp()rtant(\s ramos? 
No creemos quo sea tal la mente del autor del (í¡n'isnil<): la 
ilustración i extensos conocimientos quo demuestra en su inte- 
resante publicación, son para nosotros una i)r(Mi(la segura do 
que estará penetrado de la importancia de la adniistracion do 
justicia i de la instrucción pública, para (pie desconozca vi ídto 
rango que estos elementos de bienestar i adelantamiento social 
han tomado en los estados modernos, i a que son llamados prin- 
cipalmente en estas nuevas repúblicas. 

Otras ol)servaciones del Opúsculo en materia do gastos o do 
economías que podrían introducirse salvamente i sin perjuicio 
del servicio público reci])ir¡an nuestra humilde ¡ decidida 
aprííbaciun, si fuera nuestro intento entrar en la revista del 
citado pa¡)el, ]ial>iéndojU)S propuesto únicamente aprovechar 
la ocasión de exponer anle nuestros lectonís la naturaleza de 
l'vs tra!MJn<< que oeup \n ;d ministerio de justicia e instpuc- 



2i0 OPÚSCULOS LITERAniOS I CRÍTICOS 



cien pública, los beneficios que de su establecimiento ha sacado 
el país, i los mayores todavía que deberá esperar en adelante, 
en circunstancias que se trabaja empeñosamente en la forma- 
ción de códigos, en la organización de la instrucción pública 
i en otros ramos sujetos al mismo ministerio. 

(.Iraucano, Año de 18i2.) 



C. ■■■^i.t.l l .^^ 



INSTITUTO DE COQUIMBO 



Entre los establecimientos de educación de la república que 
mas especialmente deben contribuir a sus adelantamientos, 
merece, sin duda, un lugar distinguido el Instituto de Co- 
quimbo, sobre el cual dimos una noticia bastante circunstan- 
ciada, hace algún tiempo. Posteriormente hemos adquirido 
nuevos informes acerca de los trabajos de aquel establecimien- 
to i los grandes progresos que hacen sus alumnos, mediante 
el celo c infatigable laboriosidad del ilustrado profesor de mi- 
neralojía, el señor Domeyko. Sus tareas no se limitan única- 
mente a la educación elemental de las ciencias que concurren 
a formar el mineralojista. Penetrando con sus alumnos las 
partes mas sublimes de estas mismas ciencias, agrega la prác- 
tica de ellas en las manipulaciones químicas, investigaciones 
jeolójicas, análisis mctalúrjicos i otros procedimientos prácti- 
cos, que hacen apto al estudiante, al salir do la escuela, para 
las profesiones de que carecemos ahora con notables atrasos 
i pérdidas, tanto para el fisco, como para los muchos particu- 
lares que tienen interés en este ramo. Tales serian las plazas 
de ensayadores científicos en la casa de moneda, que evitasen 
desperdicios i procurasen considerables economías, por medio 
de buenos métodos o procedimientos; las de los mismos ensa- 
yadores cerca de las aduanas, para la exactitud de los avalúos 
en las exportaciones de metales; las do peritos de minas en 
todos los distritos o asientos, según las ordenanzas; i mas que 
todo las de directores do los trabajos importantes que en este 

ramo emprenden los particulares, a veces con poco o ningún 

OPÍsi:. .'íf 



242 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



suceso, ¡ casi siempre sin aquella previsión, intelijencia i eco- 
nomia que solo pueden proporcionar la ciencia i la pnictica 
combinadas, i que hacen, por falta de ella, abandonar, despucs 
de grandes gastos, laboreos que con su auxilio serian fáciles i 
lucrativos. En este caso, se hallan, como es sabido, infinidad 
de minas que habian rendido en otro t¡emi>o grandas r¡([nozas, 
ahora aguadas o derrumbadas, i otras muchas que tampoio 
pueden ser trabajadas [)or estos u otros obstáculos, invencibles 
para los métodos ordinarios; sin contar con el gran niimero 
de las que no traen cuenta, por su comparativa pobreza, pero 
que serian lucrativas, si so aplicasen a su explotación las má- 
quinas o métodos que economizan brazos i tiemjx), i propoi\;io- 
nan un producto mas abundante o perfecto. 

Felizmente, empieza a conocerse entro nosotros lo que im- 
porta para todo la ciencia; i sin salir de la industria minora, 
oimos hablar todos los dias de nuevos hornos i nuevos métodos, 
de privilejios exclusivos sobre inventos del país o importados 
de afuera; i vemos, en una palabra, la grande influencia o 
mas bien la verdadera revolución que se ha obrado en este 
ramo desde pocos años, con motivo de las mejoras introduci- 
das por unos pocos extranjeros en las construcciones de hornos, 
beneficios de escorias, bronces, ejes, etc., antes abandonados 
como inservibles i que han producido ya i producen actualmen- 
te grandes riquezas. 

Sobre esta materia, rccordamas hallemos extendido, hace 
algún tiempo, con motivo del anuncio que hicimos del proyecto 
formado entonces, por algunas personas inflayentes, de esta- 
blecer una compañía por acciones a fin de estudiar i explotar 
las minas de diversos metales que se sal>e existen en la pro- 
vincia de Santiago. Ahora nos es satisfactorio anunciar qu<í 
semejante sociedad se halla establecida, al menos por lo que 
respecta al descubrimiento o cateo de las minas que puedan 
encontrarse en las cordilleras vecinas. Sus acciones no pasan, 
según entendemos, de cuarenta, de a doscientos pesos cada 
una, en cuatro entregas; so lia hecho ya el pago de la primera 
de estas entregas, habiendo ocurrido una superabundante de- 
manda de acciones desde que se tuvo noticia de la empresa. 



INSTITUTO DE COQUIMBO . 2í3 



Sin embargo, el establecimiento de elLis habia sido diferido, 
aguardando la llegada del sea )r Djmeyko, quien debía esperar 
a su vez la época de las vacaciones del colejio de Coquimbo, 
para venir a hacerse cargo de los estudios o trabajos prelimi" 
nares de la citada empresa. Sabemos que esto hábil profesor 
ha salido ya a su viaje de exploración, i no dudamos de los bue- 
nos resultados que obtenga. 

Aplaudimos, por nuestra parte, la elección del señor Domeyko, 
como la mejor garantía para los accionistas de a^iuel resultado, 
i como un verdadero progreso del país desde que se echa mano 
para estas empresas de hombres de ciencia. Pocos años hace 
que se les prefería cualquier cateador^ de los muchos que 
existen, principalmente en el norte, i que alucinaban desde 
luego con cierto charlatanismo u ostentación de conocimientos, 
que están muí lejos de ix)seer, viviendo de este modo a costa 
de los crédulos. Mirábase entonces con cierta desconfianza a 
los profesores científicas; i es menester convenir en que tal 
desconfianza no carecia de fundamento, en vista de los (jue 
con semejantes títulos nos venían de afuera, en el ramo de 
minería i otros, ¡ que en la realidad sabrían mui poco mas 
que nuestros cateadores, o que con mas amor a la riqueza 
que al cultivo de las ciencias, lo sacrificaban todo a su excesi- 
va codicia. Felizmente, otros sujetos de verdadero saber que 
poseemos, aunque en mui corto número, empeñados exclu- 
sivamente, como el señor Domeyko, en la propagación i ade- 
lantamiento de las ciencias, han venido a borrar aquellas 
impresiones, con una conducta ejemplar i los bienes reales 
que proporcionan al país. De éstos, deseamos ardientemente 
que muchos se establezcan entre nosotros, seguros que encon- 
trarán un pueblo pacífico i hospitalario, un gobierno protector 
del mérito i celoso por los adelantamientos, i jeneralmente un 
estado de cosas tranquilo, próspero i feliz. 

Volviendo a la sociedad de que acabamos de hablar, termi- 
nados sus trabajos de exploración, i en posesión de los mine- 
rales que haya denunciado o descubierto, se formarán luego 
otras varias sociedades para su explotación, según las locali- 
dades o naturaleza de las faenas que hayan de establecerse. So 



va a criar, por consiguiente, un nuevo ramo de industria en 
esta provincia; i apenas pucdcuatcularso la inriuencia que ten- 
drá en su adelantamiento, como on el de la minería en jencral, 
dosdtí ([uo va a recibir un nuevo impuUo en el centro, donde 
na hallan reunidos on mayor abundancia los capitales, los co- 
nocimientos i otros recursos que deben contribuir poiU'rosa- 
mcntc al desenvolvimiento i mejora de una de las mas ricas 
producciones de nuestro suelo. 

Mas estos trabajos quedarian sin efecto, o serian demasiado 
limitados para llenar semejante objeto, sí no so hiciesen por 
nieHio de asociaciones; a las que solo ea dada la realización de 
grandes emprL'sas, con pequeños i cómodos descml)olsos de los 
asociados i con todos aquellos medios de suceso que no estún 
a el alcance de los particulares en estado do aislamiento. Por 
estas raxones, hornos abogado con tanto empeño en favor de 
las .sociedades, hemos saludado con entusiasmo la aparición 
de las primeras de ellas, i no cesaremos do conservar i propa- 
gar su espíritu, al menos en cuanto penda de nuestros débíleií 
esfuerzos. 

Para desenvolver este espíritu do asociación, cncontiTimos 
afortunadamente entre nosotros casi todos los elementos: un 
país rico i compacto, virjen, por decirlo así, en exploraciones 
industriales, con abundancia de materias primeras i con las me- 
jores dis¡K>sicione3 do sus hijos para todo lo que sea útil, sólido 
i ijormanonto; solo falta que se vean los resultados de las im-j 
moras asociaciones, para que do ellas nazcan otras, i crt<iuao^ 
prosperen i ([uetlen todas aclimatadas entro nosotros, 

Merced al estado do tranquilidad en que vivimos ¡ a la lib( 
ralidad o ilustración de nuestro gobierno, se apresura cada V 
mas la época de la prosperidad industrial de este país, por motfl 
de los trabajos de todo jóncro que se emprenden diariamente 
la sombra de la paz i bajo la protección del mismo gobiei 
Una i otra atraerán a núes tro seno los conocimientos do afiM 
que nos permitirán sacar provecho do la experiencia ajenad 
materia de industria, como lo hemos hecho i hacemos en j 
tica, evitando los escollos tic los antiguos pueblos, i en quo b 
naufragado la mayor parto de los que emprendieron con noM 



INSTITUTO DE COOCIlfB'J riw 



tros la misma carrera: nos atraerán del mismo mcrio los capita* 
les superabundantes de la vieja Europa, para ser aquí repagadoN 
con usura, como sucede ahora con la deuda externa, i aun aque- 
llos de los estados vecinos que vengan a buscar a Ciiile hetrurí- 
dad i conveniencia. 

Tal es la suerle feliz i el prospecta de enzrandorrimiento que 
la Providencia benéfica ha destinado a la relijiosidad, cordura 
i prudencia de los chilenos, en medio de las desírracias sin 
cuento ni término, al parecer, de muchos de los pueblos herma- 
nos. Pende, pues, de nosotros excIusi%*amenU: la continuación 
de aquellos beneficios, i el que se realicen en nosotros minmfjn 
i en nuestra inmediata descendencia iodos los bienes que nos 
promete el estado presente del país, su orden, moralida/1, i el 
espíritu naciente de asociación i de empresa. 

' irnnr^rio. Ano 'le i»<12. < 



- .1,'iCZZC ^ 



ANIVERSARIO 



DE L.V VICTOIIU DE CHACVBUCO 



La espantosa i laríja anarquía que ha aflijido a casi todos 
los estados his.íiiio-americanos desde los primeros tiempos 
do su independencia, nos parece llega ahora a una crisis fa- 
vorable, que no puedo menos de conducir a su última solución. 
No OH este para nosotros un puro presentimiento, hijo del 
vivo deseo que nos anima por la paz i felicidad jeneral de los 
estados hermanos; es mas bien una profunda convicción, fun- 
dada en la misma duración del mal; en los crueles desengaños 
que ha sembrado por todo, i en la decisión jeneral en favor del 
orden, que ha lleijado a ser el tema, hasta do los mismos de- 
sorganizadores de antes. 

Que los estados americanos tienen en sí mismos los medios 
de establecer este orden, i do un modo sólido i permanente, 
apenas podrá ponerse en duda, en presencia de los ejemplos i 
brillantez de dos do estos estados, que, marchando por la mis- 
ma senda, tropezando con iguales inconvenientes i sin recursos 
líjenos o extraordinarios, han llegado felizmente a establecer 
un sistema regular político i económico, que lleva todas las 
apariencias de estabilidad i todos los jcneros do adelanta- 
mientos. 

Estos estados especialmente favorecidos son, como es sabido, 
Venezuela i Chile, que disfrutan de todos los bienes de la paz 
pública i del orden legal, a cuya sombra benéfica so desarro- 
llan entre ellos sas instituciones, i crecen cada dia on mora- 



iá OPÚSCULOS UTERARIOS I CRÍTICOS 



liJad pública i prospcrídad^ateríal. I ¡cosa digna de notarse! 
Venezuela i Chile se hallan sin relación alguna entre si^ i 
colocados en extremidades opuestas, como para servir de mo- 
delo a las Jemas rvpiiblicas hermanas, marcando a todas ellas 
la diferencia que e:ciste entre el orden i la anarquía, la exal- 
tación i la prudencia, i para hacer ver a las naciones extrañas 
que no debe desesperarse de la suerte de unos países llamados 
a grandes destinos, aunque extraviados ahora de la senda que 
conduce a la verdadera felicidad de las naciones por pasiones 
mui excusables en la infancia de ellas, i atendido su orijen, 
inexperiencia i todos los antecedentes de su existencia política. 

H¿ aquí también las causas que han movido nuestra pluma 
siempre que hemos tratado de hacer ver las ventajas de nues- 
tra situación feliz, i que nos han hecho aprovechar i aun buscar 
las ocasiones de inculcar el amor al orden, para hacerlo amar 
mas i mas de nuestros conciudadanos, i atraer sobre él i sobre 
nosotros mismos las miradas de los pueblas americanos, me- 
nos felices que nosotros, i necesitados i»r consiguiente de los 
argumentos del ejemplo i de los hechos. En esta obra, protes- 
tamos que jamas ha entrado la menor parte de vanidad o jac- 
tancia, o el ridiculo orgullo do representarnos a los ojos del 
mundo como un pueblo excepcional entre los que tuvieron el 
mismo orijen, o como especialmente llamado a diferentes des- 
tinos que los demás: semejante superficialidad seria indigna 
del carák-ter del país, i de la experiencia que acerca de la ins- 
tabilidad de las cosas públicas en los países nacientes, hemos 
llegado a adquirir a costa de los grandes sacrificios i desgracias 
que hemos arrostrado en común con las nuevas naciones ame- 
ricanas. 

Estamos persuadidos, i>or el contrario, que lejos de dar la 
debida importancia a los hechos salientes de nuestra historia 
de ayer i la de ahora, i de representarlos con el relieve corres- 
pondiente, o los rebajamos a veces nosotros mismos, o dejamos 
a la posteridad el cuidado de hacemos la debida justicia; deja- 
mos, por ejemplo, como olvidada la última gloriosa campaña 
de nuestras armas en el exterior, su grandiosa terminación en 
Yungai i el desinterés i magnanimidad de Chile en toda la obra 



ANIVERSARIO DE LA BATALLA DE CHACADUCO t49 



de restauración del Perú; acalia d% pasar el 20 de enero sin un 
recuonlo de estos hechos, i sin que nadie mencione que Chile 
adquirió desdo su primer ensayo sobre las fuerzas españolas el 
dominio del Pacífico, que ha sabido conservarlo, i que de Chile 
i por el se han hecho todas las expediciones marítimas de im- 
portancia, inclusa la de la restauración en beneficio de la causa 
americana. Mas extraño parece todavía el que no se fije bastante 
la atención acerca de lo que pasa actualmente entre nosotros, 
sobre todo después de aquella gran crisis electoral del año pre- 
cedente (184!) i en esta misma estación, que parecia a los ojos 
de muchos de un peligro inminente para la paz pública, sin que 
faltaran otros que la considerasen como el paso preliminar de 
una disolución inevitable, o de verdadera retroirradacion hacia 
ios tiempos de confusión i desorden. I sin embargo, Chile i sus 
instituciones salieron triunfantes do aquella ¡Xínosa prueba; 
nació de ella misma la obra de la reconciliación de los ánimos; 
la paz pública i el orden legal se cimentaron i establecieron 
sobre fundamentos mas sólidos que nunca; i se abrió una nue- 
va era de civilización i adelantamiento, de cuyos beneficios 
participan actualmente todos los chilenos. 

Después de esto, i en medio del cuadro brillante de actividad 
industrial i de espíritu de empresa que nos rodea, i del pros- 
pecto mas halagüeño todavía de continuada paz, i de mejora i 
prosperidad crecientes, tal vez es un signo nada equívoco de 
nuestra solidez de principios i sobriedad de aspiraciones en el 
orden político, esa misma modestia que nos hace como olvidar 
las pajinas mas gloriosas de nuestra historia i no dar impor- 
tancia a los adelantamientos de todo jénero que hemos conse- 
guido a favor de esos mismos principios i del orden público 
felizmente establecido. 

Pero semejante modestia, compañera inseparable del verda- 
dero mérito, en los individuos como en las naciones aventaja- 
das, no debe ser llevada demasiado adelante, o en perjuicio do 
los bienes que podrían resultar a otros i a nosotros mismos, 
dando a conocer nuestra situación actual, i los medios por 
donde hemos llegado a ella. Importa que la conozcan, lo re- 
|X3timos, los pueblos hermanos, por lo mismo que les deseamos 



UkXo el líiun jkmíMl', porqu» ¿'stainos saguroa de sus simpatías, 
par» fon nosolrus. SaliomüM atlcinas, pop experiencia, que las 
mismas idea» mas o múiias acertadas, i aun lus mismos extra- 
víos, lian señalatta la carmra do sus buenas i malas rortiinas 
cii todas lis seucioncu americanas desda el principio do au 
transrunnaaion politica; i creemos deberles un buen ejemplo, 
qiio ser.t fetiiiii lo on resultados importantiis, i quo no dudamos 
será siíiíuido, como lo fui de una extremidad a otra vi eco ile 
la indL'pen.lcneia i el instinto de libertad, desgraciadamente 
pcrvtTti lo u extraviado en todas partes, i que ya es tiempo de 
Kobra de que sea moderado por el buen sentido público i 
jido por la razón i la experiencia. Por eso, nunca hemos des 
jieradü de la suerte de estas nuevas naciones, i aun creemoi 
ver cercano el dia de su paz exterior i doméstica, para darse 
mutuuint'nto la mano i caminar juntas^ por la vía del orden 
liaeía las mejoras sólidas i la mayor diulia social. 

Du'I mismo modo, creemos de suma importancia que sea co- 
nocida nuestra situación actual por las naciones europeas, en 
donde ol sobrante de capitales j de una población activa e indus- 
triosa, se hubieran abierto paso hasta nosotros, liace tiempo, 
sin las continuas revueltas i ajitacioncs quo nos han atormen- 
tado, i que hacitm incierta, por no decir imposible, toda espe- 
culación industrial o cualquiera empresa fundada en la estabi- 
lidad do nuestros gobiernos c instituciones. Felizmonte,cl estada 
i circunstancias de Chile no han debido escaparse a la observa 
cion de aquellas naciones; i el hecho de ser este país el prímei 
que con el pago exacto de la deuda interior i extranjera, ha dat 
Ijositivas pruebas de su empeño por el restablecimiento de f 
crédito i el cumplimiento de sus obligaciones, empieza ya | 
reanimar las especulaciones de los europeos, i hoi se hacen j| 
nuestro {gobierno proposiciones de diversos jéneros que debe 
contribuir al desarrollo do nuestras riquezas naturales, i qui 
no dudamos, serún realizadas en breve tiempo. Solo falta qtti 
las ventajas de Chile, así on el orden político como en el órdei 
industrial, se hagan mas jeucralmente conocidas; i hé aquí e 
cargo de los escritores públicos, si desean quo se apresuro 1 
época de los grandes adelantamientos a que es llamado el [ 



ANIVERSARIO DE L\ ÜATALLV DE i::íA»-AE1 .:• '¿^A 

Importa, jwr iiltimo, este eon'ximL-aSj a lo- niisnios trliilenos, 
para animarles a Ixs cmpres:is útilos, e.rtim ilai* las ¡K-ÜAr? ajjiü- 
ncs con el ejemplo de nuestros coiu*iii li 1.i:i..k ij i-.' m.is -c han 
distinguido en obsequio del bien p-j jlic », i To-io'»." el c-r.-ict».'/ 
nacional sobre la base del amor al p:iís i a s is :n-t:i.ic:'j:i'.*s. 
trayendo a la memoria los mulf.s i extravíos p t-ii I »-. i t\ itaii- 
do el entusiasmo público, p «r m^ lio «I.' I»^ r, ucr 1 s A ííj-os 
de todas épocas, o Je los varones Ünstn-s, a ¡ liciici >o:i /i.;»i lo.s 
los bienes de que disfrutamos. 

¿I qué días mas oportunos para est -s Lrran.l. o-jí rt-vuirlos, 
que los de Chacai)uco i la iiivleju^n Imuí i, uní \ *< en uji niirtMU 
aniversario, como lo habían sido n^'Cv's iríam -n'e por la fuerza 
dolos acontecimientos? Sí; la jornada inmortil ilt.d 12 de feljroro 
de 1817, que aseguró la in-k*p.índt*ní:ia de í.'Iiilo, i aun abri«i 
la puerta a la de esta parte de Arnt'rica, (K*!>ia sor celebrada al 
año siguiente i en igual dia, con la prodam u-ioa i juramento 
solemne de esa misma in lependencia, perJila en una épOvVi 
fatal de desavenencias, i por lo mismo suspirada i nivis ansiada 
que nunca. Imponente i gran liosa fué j)or cierto la jiompa de 
aífuel dia, sin igual el entusiasmo, puros i fervientes los votos 
del pueblo.... El entusiasmo reparó en breve el desastro de Can- 
cha-Rayada, i los votos de la indq)enden«-¡a fuí-ron sellados v!on 
sangro chilena en Maipo. El dominio español cayó para siem- 
pre en Chile; nació nuestro poder marítimo .solo por oljra de 
este mismo entusiasmo, i con él solo ftiinios a desafiar a 
nuestros antiguos señores en el mar, i en arjuel imperio de los 
Incas, centro de toilos sus rci-ursos i empresas. Cuatro años 
mas tardo había terminado en t<j.la la América la guerra de la 
independencia. 

Tales fueron en compendio las consecuencias de aquel famoso 
dia do Chacabuco, o mas l)ien el rájiido encadenamiento de 
acontecimientos extraordinarios i gloriosos derivados de él, 
que lo harán memorable para siempre, i (¡uc no hay^i un chi- 
leno, que dejo de saludar con entusiasmo la vuelta de cada uno 
de sus aniversarios. En el prcsentc, que vemos realizados todos 
loH bienes que so proponían los autores de la independencia, 
no podremos menos de volver nuestras miradas de reconoci- 



252 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



miento hacia ellos, i penetramos sobre todo del mas rclijioso 
res^xíto para con la Providencia especial que tan visiblemente 
nos protojo. ¡Honor i homenaje eterno al 12 de febrero! 

(Araucano, Año de 1842.) 



riLHtfHHHMpiHi^MfiLlM^i^i^MHM 



HOSPITALES 



Aunque parezca un lugar común en materia do econo- 
mías, nunca cesaremos de repetir ({uo el orden i arreglo en la 
administración de las rentas, es la Ixise principal de ellas, pur 
donde conviene empezar toda clase de mejoras o reformas i 
que debe producir los ahorros mas considerables i seguros. 

No nos detendremos ahora en la historia de nuestra ha- 
cienda pública, tan pobre i desacreditada en los tiempos de 
desorden, que nunca alcanzaba a cubrir las primeras exijcncias 
del servicio ordinario del estado, i tan abundante i próspera 
desde que, aun sin cambiar esencialmente el sistema de rentas, 
se introdujeron algunos arreglos en su administración interior*, 
arreglos que, corrijiendo abusos i vii'ios inveterados, ¡ condu- 
ciendo gradualmente a mejoras sustanciales, la han puesto en 
el punto de riqueza en que se halla, i lo que es mas todavía, 
en situación de recibir reformas tan importantes, como las que 
so están obrando actualmente en todo el réjimen de aduana» 
por el espíritu activo i emprendedor del digno ministro que so 
halla a la calx^za del departamento. 

Para conocer lo que importan el ónlon i arreglo, bastará solo 
formar una lijera idea acerca de un ramo que poco atrae las 
miradas del público, sin embargo de su grande importancia; tal 
es el de la administración de hospitales, que corría pocos años 
hace al cargo de varios particulares, sin sistema ni oficina 
regular que entendiese en la recaudación c inver.siíjn de sus 
rentas, i (|ue llevase la contabilidad corresi>ond¡onte de un 



10% OPÚSCULOS LITCRARIOS I CRÍTICOS 



modo claro i exacto. La creación posterior de la junta de hog- 
pitalcs i su tesorería dieron desdo el principio los mas satis- 
factorios resultados, ganando la humanidad aílijida, con los 
mayores capitales que desde lue^o pudieron dedicarse a la 
mejor asistencia de los enfermos i de los huérfanos, i aun con- 
siguiendo un sobrante considerable de fondos que se pusieron 
sucesivamente a rédito, i que con sus nuevos incrementos per- 
mitirán ahora el que se emprendan edificios costosos en obse- 
quio de los mismos establecimientos. 

De este modo el hospital de San Juan de Dios, que en los 
años de 1827, 28 i 29, bajo la anterior administración, había 
gastado la suma do sesenta i siete mil trescientos noventa i 
ocho pesos seis i un cuartillo reales, pudo gastar en los años do 
1833, 34 i 35, bajo la actual administración, la cantidad de 
ochenta mil quinientos cincuenta i cuatro pesos siete i medio 
reales. En el hospital de San líorja, se invirtieron treinta i un 
mil cuatrocientos ochenta i un pesos tres cuartillos en los años 
de 1828, 29 i 30; i en los de 1833, 34 i 35, la suma de cua- 
renta i cuatro mil trescientos treinta i seis pesos. I finalmente 
en la casa de huérfanos, en un período de tres años i medio de 
la antigua administración, i otro igual de la nueva, ha podido 
exceder ésta en la suma de veinte i tres mil setecientos ochen- 
ta i nueve pesos siete i medio reales los gastos de acjuélla. 

Gracias al celo, actividad e intelijencia del tesorero i la junta 
del ramo, posteriormente se ha mejorado todavía la asistencia 
de los enfermos i Imérfanos, a pesar de haber crecido conside- 
rablemente el número do los que concurren a los hospiti\les, 
sin duda por el aumento de población i las mismas mejoras 
del servicio. 

Se hace por tanto indispensable la construcción de edificios 
mas extensos i convenientes; i nos es satisfactorio anunciar 
que el supremo gobierno de consuno con la junta de hospi- 
tales se ocupan actualmente do este importante objeto; no 
siendo posible mantener por mas tiempo el antiguo sistema de 
covachas i crujías, tan perjudicial al servicio i salubridad do 
los enfermos, ni proporcionar lugar a los muchos que lo soli- 
citan en los establecimientos. 



Es sabido que el hospital do mujeres, i¡ue fu¿ conslriiiilu 
tnijinalmente para uti*o' objeto, su liulla encalado de ruíiin, 
por ta antigUeiIívl do sus ed¡íii;¡03, que tampoco po<IrAa hci'vÍp 
ix)r su forma, estrechez, foltü de vontilacion, utc , pnra pI 
destino que actiialinento tienen. E» nct-es^mo, [luc^, un ediñcio 
enterameitto nuevo i sobre un plan regular, económico j c-jn* 
veniente para el objeto. 

En cuanto al hospital de San Juan de Dios, aunqu<> orijinal- 
mentc construido con bastante iwlidcx i extensión pura na 
tl&stino i la publacion de aquel tiempo, el incremento de enfer- 
mos que hemos indicado antes, io hace ii^ualmciiti: estrecho. 
Tampoco puede considerarse como un hospital en rumia, o 
construido según las re^^las del arto, unidas a Ioh adelanta- 
mientos que en esta parte ha propoi-eionado la ciencia. Con- 
traría a ella'es, )K>r ejemplo, su íalta de ventilación i forma 
de crucero que estaldece mas bien una corriente de aire pesti- 
lencial o infecto, i (|uc so comunica do una sala a otra, por el 
contacto jeneral en que se liallan los enfermos, cualquiera que 
sea la naturaleza o divorsidnd de sus dolencias. Creemos, pues, 
quo en lugar de ensancharse, cstv hospital di-he ser edilieailo 
igualmente de nuevo. 

En tal caso, proi>oncmos por nuestra parte la venta do los 
terrenos que actualmente ocupan los hospitales de San Juan 
Ue Dias i San Borja, i la adquisición de un buen local para 
estos mismos hospitalca reunidos, que podría obtenerse a un 
lajo precio en los barrios do la Ilecoleta o la Chimba i quo 
üorian al mismo tiempo los mas convenientes para situar omIoi» 
establecimientos con ventaja du ellos i sin jK-rjuicio de la snju- 
bridnd pública, como sueode al presento. .So concibo desdu 



hospi- 



luego que, con la venta de los sitios i materiales de Iuh 
Jales moncioniidos, habría un exceso considcruhlo sobre In 
compra do otro local, para de-sUnarso a la construcción do lo» 
nuevos ctlifieios, i para cubrir a lo múnos la mitad de bu costo, 
ai so atiende al alto precio a quo lian subido en la Cañada loH 
terrenos i el pequeño valor que tienen actualmente un el barrio 
de la Chimba. 



Aun sin estas ventaias, 



cniprL' 



lite la traslii- 



-*>G OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICOS 



cion de los hospitales, en razón de su mejor ventilación en el 
Imrrío indicado, i por causa de la salubridad pública, según 
hemos advertido antes. Pero hai mas: la economía que resul- 
taría do la reunión do los hospitales en un mismo local, aunque 
con las separaciones convenientes, sería mui considerable i 
produciría notables mejoras en su réjimen, asistencia i servicio 
interior; so baria éste mas regular, económico i conveniente, 
pudiendo simplificarse en casi todos sus departamentos, i aun 
ganarían en mayores facilidades la junta directora, su oficina 
do contabilidad, los médicos, practicantes, boticarios i domas 
empleados. 

Tenemos a la vista los planos de un hospital jeneral de esta 
clase, i que ha reunido los sufrajios de los mejores facultativos 
dcKuropa, tal es el do Burdeos, ciudad importante de Francia, 
quo contaba ya con monumentos de primer orden i el movi- 
miento activo do su puerto en comunicación con dos mares. 
Esta ciudad, con una población do cerca de cien mil almas den- 
tro de sus límites i mas do quinientas mil en su departamento, 
solo tiene un hospital jeneral, dividido en dos alas para los dos 
sexos, i subdividida cada una do ellas en series de espaciosas 
salas para los enfermos. Estas salas se hallan colocadas para- 
lelamente entre sí, en los dos costados de un vasto patio, con 
galerías corridas, i separadas unas de otras por pequeños jar- 
dines do árboles i plantas, del mismo largo i doble ancho de las 
salas. En la facliada principal, se encuentra colocada la iglesia 
en su centro, i a los dos lados las puertas exteriores que con- 
ducen a los dos departamentos de mujeres i hombres; el frente 
en el fondo contiene varías oficiaas, como refectorio i habitacio- 
nes do las rclijiosas de caridad; botica, laboratorio, lencería, etc. 
con los pasadizos necesarios que conducen a otro patio interior, 
en donde se encuentran el anfiteatro i salas de disección, depó» 
sito de cadáveres, baíios, panadería, lavadero, cocina, etc. Se- 
paradas de este modo las salas unas de otras, es fácil establecer 
la clasificación de las enfermedades i la especial asistencia de 
cada una de ellas, sin el grave inconveniente de la aglomera- 
ción, i comunicación del aire infecto de muchas salas reunidas. 
Los jardines intermediarios proporcionan ademas a cada una 



HOSPITALES '201 



de ellas la mejor ventilación posible, lo que es una ventaja 
inapreciable para los establecimientos do esta clase. En suma, 
i para abreviar este lijero bosquejo, el hospital jeneral de Bur- 
deos, tan justamente celebrado, contiene en veinte salas sete- 
cientas diez camas para enfermos necesitados, dieziocho cuartos 
particulares para los que pairan, los departamentos correspon- 
dientes para los capellanes, cirujanos, relijiosas i demás asisten- 
tes, i todo perfectamente distribuido i calculado; siendo suscep- 
tible por su planta de los ensanches que con el tiempo quieran 
dársele. 

Después de esto, es casi iniitil que expresemos nuestros deseos 
particulares do que el plan de tan Ijello establecimiento sea 
adoptado en Santiago, como lo ha sido ya para ConcejK'ion 
otro bastante parecido, obra del arquitecto de gobierno el señor 
Minondo. Esperamos al menos que la junta de hospitales no 
se decidirá a emprender las mejoras o construcciones que me- 
dita, sin consitlcrar el plan que proponemos, o consultarlo a 
otra junta de mvclicos i de arquitectos, a fin de conseguir el 
acierto, por medio de una obra durable, que satisfaga a las 
necesidades presentes i futuras, digna de la capital, o que 
pueda servir de modelo a los demás hospitales de la república, 
i en consonancia con los nuevos adelantamientos del mundo 
civilizado en e>te jénero. 

^Araucano, Aiío de 1842.) 



ÍM .<(. 



33 



ESCUEÍA XOUMAE 



" ', . V 



í 



Es cosa demostrada por la liistoria do todos los piuíblos, ¡ 
principalmente en las grandes épocas de la humanidad i la 
civilización, que cada una de ellas ha tenido una misión que 
llenar, respecto del destino del jénero humano, f^uiado sin 
duda por la Providencia hacia sus altos desi^juios, o a los fines 
especiales que allá en su infinita sabiduría ha debido propo- 
nerse. El de esta república es ciertamente diurno do fijar la 
atención jeneral i de mover nuestro reconocimiento. Sus cami- 
nos i sus fines son en gran manera diferentes do los que siguen 
los países que nos rodean, aunque de orí jen común, unidos en 
la misma causa de la emancipación do la antigua madro patria 
i contemporáneos en la carrera de la libertad i civilización. 

Chile, en efecto, aliado natural de los nuevos estados ame- 
ricanos desde el principio de su existencia política, luchó por 
ellos i al lado do ellos contra los ejércitos do España, sin de- 
poner las armas hasta que sonó casi al mismo tiempo el ulti- 
mo canon de San Juan de ITlúa i de Chiloé, que pusieron 
término a aquellas largas i obstinadas guerras, llevando mas 
adelante, i aun por algunos años después, los rencores i perse- 
cuciones que ellas habían enjendrado. En esta parte, fué, sin 
embargo, Chile un país excepcional: de breve duración, i sin 
carácter de venganza o ferocidad, habían sido aquí las medi- 
das tomadas contra los españoles, los que, aun no terminada la 



260 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



guerra en nuestro territorio, venían a buscar un asilo seguro 
contra las persecuciones que sufrían en otros lugares. De este 
modo, so vio volver a Chile, cuando libertaban nuestras ar- 
mas al Perú, a los mismos emigrados mas comprometidos en 
favor do la causa española, que solo habían dejado el país tres 
años antes, sin encontrar resto alguno de persecución o deoilio 
popular. I^a jenero-.iilad i moderación del carácter nacional re- 
lucieron entonces, como había sucedido al tiempo de la victoria; 
i gracias a esta misma moderación, Cliile pudo disfrutitr de al- 
gunos años de paz en aquella época, mientras que otros países 
de América, menos felices, prolongabai;i sin descanso, con las 
disensiones i guerras internas, la luclia jeneral de la indepen- 
dencia. 

De breve duración fueron igualmente nuestras divisiones 
interiores; i aun en medio de ellas, la gran mayoría de los 
chilenos clamaba por el restablecimiento de la paz, í los parti- 
dos so hacían recíprocamente proposiciones de avenimiento. 
Llegó el día de esta paz deseada; i la misma moderación del 
carácter nacional, que tan poderosamente había contril)u¡(lo a 
cicatrizar las heridas de la guerra de la independencia, sirvió 
entonces de base i apoyo para la pacificación i organizaciuu 
obradas en la época de los diez años. 

liemos visto, por último, cuanto ha liecho la moderación en 
la crisis reciente de las elecciones populares: a su influencia 
cedieron las aspiraciones, se conciliaron los partidos; i el j)ais 
entero, ratificándose mas i mas en sus principios de paz i orden, 
no tuvo ni mantiene otras aspiraciones que la conservación de 
estos bienes con el de una libertad racional, como la que dis- 
fruta ahora, i las mejoras morales i físicas a ([ue aspira, así (mi 
su organización social, como en los medios de acrecentar su 
riqueza i conveniencia material. 

Tal es, a nuestro modo de ver al menos, el programa de la 
época acta '.I ; época de modei*acion i orden, de reformas i me- 
joras .^•ici Ivitdtvs en tocio jénero; de la completa realización, en 
una palabra, del sistema constitucional i sus leyes orgánicas. 
lié aquí también lo que, a nuestro modo de ver, desea el país, 
i en lo (¡ue se empeña por su parte el gobierno. El país i las 



ESCUELA NORÜfAL 2GI 



cámaras Icjislativas deben cooperar activamente a los mismos 
objetos. 

El gobierno entre tanto echa las bases do aquellas mejoras I 
arreglos: los proyectos de lei presentados antes a las cámaras, 
i los que ha preparado ya para la sesión venidera, acreditan 
que ha comprendido perfectamente su misión, i í(uc trata do 
llenarla con el debido acierto. Contrayéndonos por ahora a un 
departamento poco atendido antes, ailnque do vital importan- 
cia, como lo es sin duda el de la inslruccion pública, no se 
encontrará un solo ramo de enseñanza que no haya fijado la 
atención del gobierno. Debia empezar por su organización 
fundamental; i se han preparado los proyectos de bases do la 
universidad, que deberá comprc*ndcr la superintendencia i plan 
de esludios predispuestos en la lei fundamental. Dcbia sobre 
todo propagarse la enseñanza primaria, como la mas necesaria 
i jeneral; i no lia perdonado el gi^bierno medio alguno para 
conseguir este o;;jeto. Mas la dificultad principal que so ha 
opuesto hasta el pies(;nte, consiste en la falla de» maestros idó- 
neos para las escuelas i)nmarias i secundarias en casi todo el 
país; felizmente esta dificultad será obviiida en adelante con 
la creación de la escuela normal, en la que habíamos anuncia- 
do a nuestros lectores, se ocupaJ)a hace tiempo el gobierno; 
insertamos ahora e! supremo decr^íto ([ue funda este nuevo 
establecin\iento; i cuya publicaí-iou habia sido retardada, hasta 
asegurarse de los medios mas oportunos para plantíjarlodíísfle 
luego ron el debido [)rov^-eho.' I^as provincias sítÚiI llamadas, 



• ni P\RTAMKN7 r»K JT STJíJA, riI/IO i: INSTIU í:í;ION I'IIIMCA 

Tonioüdo f.Mi cormiíJíTaí-ioii: 

Que la íiistniccioM priiii'iria trH la Ij.aM'? íí.i que íIcImmi ixnwwUiTfu^ lu 
mejora de las cost'iniI>rcs i to'Io pí>'.^r<!Ho iiit'^N'cliiiil, m/íImIo i vcnJa- 
clero; 

Que aquella instruccioii no p»i'*d'; II<ífiar tíiti iiDp'M'Urilft t}\i'y*U) Miri 
que sea comuiiicaíla por rna'rílros uVtwvm i «!«• rriiiocifla íWiTü\U\tn\, i 
mediante ni^ítodos íárÜ'íH, ídaroM i uiiiíorfiií'*i. t\\u:, aliorranrlo ti<'fii|K> 
i difi^nltad'?^, la huinn ext'rri'.iva a toda» la^ v\itn»*n do la ff/ieJiidiMl; 



*G-2 OPÚSCULOS LITERAHIOS I CRÍTICOS 



en cuanto sea posible, a tomar parto en la escuela normal, 
enviando a ella aquellos jóvenes de mejores costumbres i apti- 
tudes que, pudiendo consaufrarse a la carrera de maestros, 
vuelvan mas tarde a sus ho;jares, llevando la instrucción sufi- 
ciente para comunicarla i propatrarla liasta en los mas apar- 
tados auL^^ulos de la república. 

IIü aquí, i)ues, una do aíjuellas medidas trascendentales, 
llamada a obrar un cambio radical e importante en el bienestar 
del pueblo, i de un porvenir sei^uro i feliz. Sin ella, serian por 
lo menos ineficientes todas las demás que se tomasen para la 
difusión de la enseñanza primaria, porque faltaria siempre el 
primer elemento, (¡ue consisto, sin duda, en la adquisición de 
buenos i honrados maestros. Los p )rmenores del decreto a 
que nos referimos, proveen al mismo tiempo los medios de 
obtenerlos con toda seguridad en lo sucesivo, asignándoles 
desde su entrada en la escuela normal, en clase de alumnos, 
pensiones o ayudas do costa, que serán aumentadas a medida 
que se hagan aptos para pasar de ayu 1 mtcs o maestros a las 



Que, sin un establecimiento central en qne se formen los preceptores, 
Bo estudien i aprendan los miHodos, i se ppv^paren i practiquen las re- 
formas necesarias para la mt^joi'a de la enseñanza, no es posible por 
ahora IleL,^u• a aquel término, 

He venido on acordar i decreto: 

Art. 1." Sü establecerá en Santiasfo una escuela normal para la 
enseñanza e instru.'cion de las j)L'rsonas quj han do dirijir las escuelas- 
primarias en toda la extensión (h- la ropú]>lica. 

'2.^ K\\ es(a escuela, se ensoñarán los ram«)S sii-uientos: leer i escribir 
i*on perfección, un conocimi mUü completo de los métodos do ense- 
ñanza mutua i simultánea, do^'m.i i moral rolijiosa, aritmética comer- 
cial, .{gramática i ortoorrafía caslLíllana, jco-'rafía descriptiva, dibujo 
lineal, nociones ¡enváralos d<* histv)ria i particulares de la de Chile. 

!!/> Ksto est.djlecimi.vUo e-:tará a carleo (U; un director nombrado 
inmediatanuMilo por el •j()bierno i un ayudante que será nombrado a 
propuesta de aquél. 

'i." I]1 director no S()lo enseñará los ramos antes desiírnados, sino 
(¡wv velará sobre la conducta de los alumnos, tanto dentro como fuera 
di'l establecimiento, jiara lo (|ue tomará frecuentes informes sobre 
cada uno de ellos i adoptará todas a(¡ue!las medidas que juzqruo ma'j 
i)])ortunas para su mejor comi)orlamiento. 



ESCUELA NORMAL 2G3 



escuelas primarias o secundarias, así en los pueblos subalter- 
nos, como en las capitales de provincia o departamento. De 
este modo, i sin el menor gravamen de los padras poco acomo- 
dados, se abre por primera vez una nueva carrera a la juventud 
lalioriosa i honrada que carece de ella; se saca de la abyección 
en que yacía la interesante profesión de maestro de primeras 
letras; i se asegura a todo el país el beneficio de una enseñanza 
uniforme i regular, bajo los métodos mas aprobados, por su- 
jetos idóneos, de moralidad i experiencia. 

Entre tanto nos es salisfacturio anunciar que todas las medi- 
das de ejecución de este bello establecimiento, han llegado a 
su perfecta madurez, i que mui en breve se verá del todo plan- 



5.® Víír^ ser alumno de csti cseuv'la. se necesitan por lo menos diez 
i ocho años de edad, instrucción regular en leer i escribir, i acreditar 
por medio de una información sumaria buena conducta, decidida 
aplicación i pertenecer a una familia honrada i juiciosa. 

C.'* Los alumnos serán por aliora veintiocho, i durante el tiempo do 
su aprendizaje, trozarán de cien pesos anuales, para los gastos de su 
mantención i ve-;tuario. Pueden, no obstante, admitirse otros jóvenes, 
que, reuniendo las circunstancias expresadas en el artículo anterior, 
quieran dedicarse a la profesión de maestros; pero no disfrutarán do 
nincfuna pensión. 

7." Los alumnos, después de terminada su enseñanza i comprobadas 
sus aptitudes por medio do un examen, son obligados a servir envina 
escuela, en el punto déla república que el crobierno les desip^ne, por el 
término de siete años. Su renta, que se arreglará alas circunstancias 
de cada pueblo, no bajará en este caso de trescientos pesos anuales. 

S.'» Todo joven que irozare de pensión por el gobierno, en ol acto de 
incorporarse en la escuela, se obliírará formalmente a cumplir con 
exactitud lo prevenido en el artículo que antecede, i en caso de contra- 
venirlo, eludirlo o hacerse por su mala conducta indigno del cargo do 
maestro, deberá devolver al tesoro nacional lo que se hubiere gastado 
en su cJuc4\cion. Los padres, curadores o personas bíijo cuyo poder 
estén estos jóvenes, ratificarán esta obli^racion. 

O.'^ K\ réjimen i disciplina interior de la escuela normal serán deter- 
minados ix)r un rejrlamento especial. 

10. La cantidad a que ascendiere el costo anual de la mencionada 
escuela se deducirá de la suma destinada para este objeto en el prc- 
sup'iesto del departamento de justicia.— Refréndese i tómese razon« 
— DiLNEs —Mniuiol Montt. 



2C4 OPÚSCULOS LITERAKIOS I CRÍTICOS 



teado en la capital de la república. Aun hai mas; las inten- 
ciones del señor ministro de instrucción pública so extienden, 
según entendemos, a dotar las capitales de provincia con una 
escuela normal, que supla a su vez de maestros a todos sus 
pueblos i jurisdicciones; siendo los deseos del gobierno de que 
no exista un punto o reunión de ciudadanos sin su escuela 
primaría al menos, ni cabecera alguna de departamento quo 
no posea una o mas escuelas secundarias, convenientemente 
dotadas i arregladas. 

Tan vasto e importante plan merece, sin duda, la mas decidida 
cooperación de las autoridades, i de los ciudadanos en jeneral. 
Contribuyendo las primeras a la propagación de la buena 
moral i a la ilustración del pueblo por medio de los estable- 
cimientos de educación, cumpliríin con un deber esencial, satis- 
faciendo una de las primeras necesidades públicas, formando 
honrados i útiles ciudadanos, abriendo el camino a todas las 
mejoras útiles, i destruyendo todos los obstáculos que oponen 
de ordinario la ignorancia o la falta de moralidad a los ver- 
daderos i sólidos adelantamientos. Los ciudadanos pudientes, 
sobre todo, verian desde luego el fruto do semejantes estable- 
cimientos, si se asociasen para aumentarlos i protejerlos, desde 
que encontrasen sirvientes activóse intclijentes formados en 
ellos. Cuando cada hacienda de campo llegue a ser el asiento 
de una escuela regular, en la que los hijos de los inquilinos 
reciban con las primeras letras la instrucción moral i rclijiosa 
que a poca costa se podría dar en ella, expcrimcntarian los 
hacendados un cambio sensible e importante en el servicio, con- 
servación i mejora de sus propiedades: ligados desdo luego 
los inquilinos a sus patrones i al suelo en que recibian seme- 
jante beneficio en sí mismos i en sus hijos, so harían mas acti- 
vos i celosos en el cumplimiento de sus deberes, mas estables 
en el terreno que poseían, i por consiguiente, mas laboriosos i 
morales. Existen felizmente algunos ejemplos honrosos i dig- 
nos de imitarse; ellos hacen ver palpablemente quo están mui 
lejos do ser ilusorias las ventajas que dejamos indicadas. 

Mas no basta esto para que ellas se hagan tan jenerales co- 
mo es de desearse. Se necesita que el espíritu público, el espíritu 



ESCUELA NORMAL *t'"i 



patriótico i de mejora, tome a su, cariro la iiistruecion primaria, 
que coopere con el gobierno a un lia tan laa labio i Ixínéfico; 
que vea en él todo el porvenir del país; i que contribuya a apre- 
surarlo, auxilianrlo i fomentando las ¡nslitucioncs mas propias 
para obtener tan felices resultados. ¿< 'itaivmos, para iiiov-. r a 
nuestros conciudadanos, los pr^-filijios (pío cu otras rrjionos • l>r > 
por si solo el espíritu público de los particulares cu la difusi*»:! 
do la enseñanza del pueblo, i los males í(ae se eviUm i b»s bii- 
nes que se consiguen por semí'jantc medio? Materia sería osí:». 
quo nos llevaría demasiado lejos, cuando sin necesidad dcí 
poner a la vístalos ejemplos brillantes d^ la iViLsia i otros 
estados jermánicos, de la Inglaterra i los Ksfados Unidos, 
de la Francia de nuestros dias i de otras naciones, llenas di* 
vida i actividad i pobladas de cultos e inrlustriosos moradores, 
podemos contar entre nosotros ciudadanos de smíimientos bas- 
tante elevados i patrióticos, para poncrsíi a la cabc/a de eslc 
movimiento esencialmente civilizidor i bcn'íico. í^ue sus fun- 
daciones piadosas, sus acciones caritativas, i todos sus esfuerzos 
en favor de la humanidad, se conviertan hacia este objeto; i su 
caridad i filantropía serán entendidas, distribuidas i ej(M*citadaH 
del modo mas acei)to a la Divinidad i mas útil para sus seme- 
jantes. 

Tales son, en primera línea, los meilíos con (pie podr. nios 
satisfacer las exijencias de la época actual i lltii.ir pro'^re.si va- 
mente los deseos del país. De otro ujodo, no haríamoM mus (pie 
jirar en una misma órbita, sin dirección ni vuelo ne^^uro Inu'ia 
aíjuellas mejoras o adelantamientos a (pie racionalni»*nto pode- 
mos aspirar. El primer instrumento d^ toib» atlcliintamiento 
moral o industrial, se ha dicho repetidas veces, tíd el hondire; 
procuremos, pues, mejorar al hombre, tomándolo prínu^ro en 
su infancia, i siguicndído después en el currio tía sus acciones 
en la vida pública i privada. 

II 

El decreto supremo para la fumlacion de la escuela normal, 
inserto en un número anterior, exíútundo nuestro reconoci- 
miento por una medida tan trascendental i benéfica, nos dio 



•iOü OPÚSCULOS LITEHAIUOS 1 CRÍTICOS 



motivo para afiadir nuestras humildes reflexiones acerca de la 
importancia de la enseñanza primaria, i para indicar al mismo 
tiempo la parto que era llamado a tomar el país en ol nuevo 
imi)ulso í(ue dicha enseñan/.a acaba do recibir del gobierno, 

•Sin salir aliora do esta materia, nos será permitido contraer- 
nos a la enseñanza de las niñas del puel)lo, no menos esencial 
e importante que la del otro sexo, aunque comparativamente 
mas favorecido por los cuidados de las autoridades i de los 
j)articularcs, i por las mayores facilidades que se han encon- 
trado para proporcionarle maestros. Poro en esta parte la 
educación ha debido seguir su curso natural; después de ini- 
ciada i establecida la de las clases mas acomodadas, ha venido 
naturalmente la del pueblo do ambos sexos; i si se considera 
que no hace todavía quince años que so fundó en la capital 
do la repiibhca el primer colejio do señoritas, i que antes do 
aquella época carecia el bello sexo de todos los medios de ins- 
trucción regulares o adecuados a su posición social, no deberá 
extrañarse que haya quedado como olvidada hasta ahora la 
parte mas humilde o necesitada de este mismo sexo. Deben 
considerarse arlemas las diferencias esenciales de una i otra 
enseñanza, para graduar las mayores dificultades que han de- 
bido presentarse, siempre que se trataba de la educación del 
pueblo, por su naturaleza mas jeneral o extendida; la necesidad 
de i^roporcionar las rentas suficientes, sin auxilio alguno de 
parte do los padres, i privándoles mas bien de los servicios que 
desdo una edad tierna empiezan a prestarles sus hijos; i la 
falta absoluta de personas idóneas que puedan consagrarse a 
la enseñanza de las niñas pobres. 

Delante de tan graves dificultades, las medidas del gobierno 
han debido ser limitadas i carecer por consiguiente del carác- 
ter de jencralidad que no han permitido hasta ahora las rentas 
i demás elementos con que podia contarse. Fué ya, por lo mis- 
mo, un paso bastante avanzado el auxilio o protección dispen- 
sada a la clase gratuita que se educa en el colejio de relijiosas 
de los Sagrados Corazones, de donde podrán obtenerse con el 
tiempo algunas maestras para la propagación de la enseñanza 
primaria; i mucho mas si los establecimientos verdaderamente 



piadosos i benéficos cío estas dignas rulijiosas se oxtiemlen on 
todo el piiís, como ontcnitomos (jiio deberá sucetler en breve 
■roapect) de las ciuiladcs de San Felipe, Tuka i Chillan. 

Con tudo, Boniojantca medios nnnca corresponderán a la 
neceijidad joneral mente Rentida do una cducaoion regular i 
común a todas las niñas pobrea; i las medidas del gobierno, 
por mas extensas i bien calculadas que sean, no producirán, 
en nuestro concepto, todo el efecto deseado, sin la cooperación 
oftcaz de los ciudadanos mas jlu!jtrados i pudientes. Hemos 
invocado antes esta ojoperacion en favor do la enseñanza de 
loa niños pobres; (juo nos sea permitido reclamarla ¡¡analmente 
resjwcto de las niñas da la misma condición, i reclamarla 
principalmente de su propio sexo, tan dispuesto a la sensibili- 
dad i bcncíiconcia. Las señoras cbilenas no ceden en ceta 
parte do sus bellas prendas a las de ninguna otra sección ame> 
rioana; i solo falta que una persona verdaderamente lilantró- 
picft las reúna i les Imga ver el digno objeto a que deben 
encaminarse todos sus esfuerzos piadosos í humanos. De este 
modo, en la República Arjentina, la educación primaría de las 
niñas pobres fué liare años fundada i promitlgada exclusiva- 
mente por el eelo ilustrado de las señoras de aquella capital; 
las que con una constancia dii>na do ser imitada por el otro 
sexo, han sabido conservar intacto el precioso depósito de la 
infancia que les estaba encomendado, aun en medio de los dis- 
turbios i desgracias que han acabado por cerrar las puertas do 
todos los demás establecimientos de enseñanza. Iguales socie- 
dades de señoras, i con el mismo digno objeto, existen en la 
república del Ecuador, dondo se rccnjen ya los frutos de tan 
Útil institución. Ella no podrá menos de darlos mas pri'coces 
i sazonados en esta tierra de predilección, desde el momento 
en que la tomen a su cargo sus bellas liijas, las mas aventaja- 
das por las dotes de ta fortuna i las disposiciones del ánimo, 
aquellas a quienes se viÓ en todos tiempos tomar el mas vivo 
int«ros en la suerte del país, i las que mas recientemente ban 
gozado de los licneficios do una educación cumplida, ahora 
naturalmente llamadas a propagar la parte mas esencial ilo ella 
#ntre la dase humilde do su sato. 



5»JS Ol'LSTALOS LITEHAhlOS I CÜiTÍCOS 



Mientras no suce*la esto, será cada vez mavor la distancia 
íiuc separa una clase de otra: a medida que se vaya ilustrando 
la primera, i que la inferior permanezca estacionaria, serán 
por consií^uiente mas dcliiles los lazos que las unan entre sí, 
como se experimenta al presente, con jrrave daño del orden 
íloméstico i de la moralidad de las familias; i el procrreso del 
país será penoso i lento, por falta de esposas intelijentes i 
morales para la clase mas laboriosa i necesitada, i de madres 
tiernas i virtuosas que puedan formar el corazón i dirijir las 
inclinaciones de sus hijos, haciendo de ellos dí'sJc temprano 
iítil(?s i honrados ciudadanos. 

lié aquí en compendio la alta misión que son llamadas a 
ejercer las señoras chilenas, desde el momento en que em- 
prendan la propa^^acion de la enseñanza primaria entre la 
<-Iase menesterosa de su mismo sexo. Kl servicio importante 
<|ue en ello harían a la sociedad, redundaria en provecho pro- 
pio desde lue*ro; su scírvidumljre doméstica, i aun las nodrizas 
<lc sus hijas, no j)ertenecerian en adelante a la clase mas vil i 
abyecta; tendrian personas de probidad e intelijencia, para los 
cargos de confianza, de que carecen ahora, i verian al rededor 
de sí un pueblo de artesanos u obreros activos, industriosos i 
morales, prontos a prestar sus servicios a la clase acomo^lada 
i a Henar con exactitud las obligaciones contraídas. 

Do propósito, hemos reservado para la última, aunque pri- 
mera en importancia, la consideración de la instrucción reli- 
jiosa que del)cria distril)uirseen estas escuelas, por los cuidados 
<le sus dignas fundadoras. Resorte es este el mas eficaz i po- 
deroso para mover el celo de todas las personas verdaderamente 
sensibles i piadosas, que con justa razón lamentan el estado 
do completa ignorancia o de grosera superstición en que yace 
el pueblo; existiendo por consiguiente en las entrañas de la 
sociedad un mal gravísimo que, lejos de disminuir, so le vo 
cundir con el aumento do la población i las nuevas necesida- 
des sociales, sin que puedan alcanzar a remediarlo por sí solos 
los cuidados pastorales do la iglesia o la mano protectora del 
gobierno; porque ni una ni otro podrán hacerse cargo del 
continuo alimento espiritual que necesita el hombre desde su 



Ea*lL EL v >''jr-..Ví ^.1 



infancia, O al in<:nijs ue ajuella-í ['nrii-.r-L-i :i ■•.:•.. i.- .•!.:.-.•. 
apoyadas en los nu-júrt-s cjciunI'.'*. ^{í-: 1 L' . - • ; -r i 
la primera cn^eain/.i, i i::r.\i ínJ.i:r.;:.i ■ •:.!:. :^ -■. ! • .•. -.. .:' 
posteriormente en t^Ius l^s a.-.-j-^ L- li * : li !.:..•. l. 

Uella i grandiosa .>TÍa. p'.r ¡ j Uii- /. --. 1 1 •....; \- .'. ! . ! r •.* :r- 
bien tan inmí^ns.>, i p.ir ti>.«l:js ti\n -r.:*.-.!I « ; i- . .; .-. .; .., . 
los que suministni hi 01:— ñip./^ I' I [ri l.I : : ^-•. . j! :•: -.», : 
digna empresa ¡iiit.-!o i I'!;': .-^rv a'-iv.-. :i. ! r . :.:::.-. i- :• 
la parte solecLi (k-I I/--!! » -•:•:'. Kl'.i =..'1.1. ►;:*. :. :.■ -.•=■: !.t- i 
protejiéndola^ i visit:k:i«I'»Ia- c.;:i ir ■■: u ■:. .: t. : :- i • :t! r;r l.is 
ojos de la muititul l-í.-um i i;:-ii*r-t'r -.1 a I:i ! 1/. '■■ ii r/.iii-iii 
i del conocimiento d»,- .sa-s i.rirn-T a «Iv!.- :*■ -•: d>;;^.«' ii-.ril.j i 
premiando los alt.'l-jntariii».-:it'^-5 i I -Wa^ -^-.•■i'.:;' < ■!• I.i i:::jrK*ia, 
estimularla i foniírntu'li f:i ♦.! * m ..::::» 'I- I1 '.ir', i 1 ¡.«r.i Ij w- 
nidero: sus cuiila'l.s p'ira ^.-0:1 \\ :'-;.":'a.;ií:í i. -ji'-ii'»- -'liilirán 
la falta do madres tií.-rií.'iii i ti»- :.:•. •.•J^J:^l'^ ini-.-lii- nt».-? cvPv-a do 
ella; ihacioiidu 1 1 Micidad dv ip.:1«s ■I-.- stis .-y.iri'-i int -.^.^ • u'raM- 
jcariii el mas bdl-j tílulj a «i'iv «l-Ir- »<;•:;■ tr li üíijit s:.i¡iiTÍor 
i benéfica. 

Hemos dirlio q'io son iVi-üos i > ir-ill-is I -í iik^Ühs di; Iloirar 
a tan fclicos e imjiortautjs rrsuií.ulíjs: puríiu».' e.stair.os per- 
suadidos ({uc di'siltí el rnomonln en íjue so i»|»ra p »r nii'dio 
de una .socii.dad irías o iiit'nns numerosa, se r.stabkvoii Í!i>en- 
siblemento la divi--i«in i nn'lo !os rotrularos en los tral);i¡os; la 
acción de cada in-liviiluo <.s mas fiuril i es])ontáiu'a, pi>r cuan- 
to no sale de aípiul j»''iU'ro d».* íra!>ajo para el ([uc naturalmoutr 
es mas apln; i la esfera en (¡ii .• ul>ra toda la sodrdad, so luuf 
cada voz mas (^xtoiisa, sin í{U(* se aunionlon o í^ravon los osfuor- 
zos individúalos. Talos son los 1kmi«'.'íoío.s quo proporoioiían en 
jeneral las so(iodad(*.s, i j)r¡noipalmv»nle las do pura honolioonoia, 
seirun lo ex[)rriinonlanios ya por las pocas ((no oxiston onlr«' 
nosotros. ¿I por (pió ñn mas no])lr, piuM i hí-nrlioo poilrian 
empozar sus onsnyos on oslo jóiifro las virluosas oliilfnas «pir 
por el do sustituirse* on Inuar dr niadros d«' arpiolla ol.is»? imli- 
jente, quo se puod»; decir ([\\r. {':\vrrt' d»* rilas, drsili* qui* 110 
l)Uod(.'n comunicar a sus liijus Ins primeros i ma-í •■ »i'iici.dr . 
rudimonlosM¿nc las sonoras (!•• Ii <-apital ^.^r nunan p-ini trafiir 



270 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



de los medios de establecer escuelas gratuitas tic niñas en la 
misma capital, i mui pronto su acción se extenderá a las pro- 
vincias, en donde fácilmente encontrarán dignas colaboradoras: 
que se contenten por ahora con una sola escuela; i mediante 
sus cuidados i ajencia, ella servirá de modelo i norma para las 
que después se establezcan, i talvez para proveer de buenas 
maestras a todas ellas. La educación de los dos sexos marcha- 
ría de este modo al mismo paso, o con igual provecho; i la 
sociedad entera recojeria, a la vuelta do mui pocos años, todo 
el fruto de la beneficencia del bollo sexo chileno. 

iAraucnno, Ano de 1842.) 



LA ACCIÓN DEL GOBIERNO 



EsUi cercano de n>j.sotros el tiempo en que, repasando todos In- 
sistenias deirohierno, llamando alternativamente a dirijirlosa 
todos los hombres ¡nlluycntes o de partido, probando a costa 
nuestra la anarquía i la dictadura, cambiando diariamente, pnr 
decirlo así, las formas i los hombres, i todo esto sin adelantar un 
paso i sin conseguir el bien deseado de un orden regular i e.^'i ;- 
ble, o do un gobierno conservador i benéfico, cansados i abru- 
mados, i casi sin esperanza de mejora, nos abandonábamos a u.i 
cruel escepticismo, que por desgracia vaga todavía en algunas 
cabezas, formadas en aquella época, cortándoles todo vue¡ , 
toda acción benévola, progresista o rejeneradora. Entonce-. 
a manera de otros pueblos, constituidos en iguales circuns- 
tancias, se habia establecido entre nosotros, como un principio 
incontrovertible, que «todo gobierno era siempre una verda- 
dera calamidad, o al menos un laril ncci2sario, consistiendo 
la bondad, puramente relativa, del mejor de ellos en el ma- 
yor o menor grado de opresión con que se hace sentir, o en el 
mayor o menor número de males que hace experimentar a 
los que le soportan.» Consecuentes con esta aserción de ver- 
dadero despecho, todos los actos públicos i aun privados lle- 
vaban la estampa de un error tan funesto. Minar sordamente 
el poder i hacer la guerra al ejecutivo a todo trance, era en- 
tonces un deber do los congresos i asambleas deliberantes, así 
como de todos los ciudadanos que so preciaban de patriotas o 
liberales, o que no conocían otro medio gubernativo ni 



"272 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



sistema político que el visionario legado por la España de 
18 1 2, calcado a su vez sobre las ideas revolucionarias o de 
perpetua anarquía de 1789 en Francia. En América, s(S exajcró, 
si puede ser, mas todavía; i hubo congreso de una república 
hermana en que se propuso la abolición del poder ejecutivo, i 
diputado que brindó públicamente por el exterminio de todos 
los gobiernos del mundo. En una palabra, todos los esfuerzos 
i aspiraciones estaban cifrados en debilitar el poder i atarle 
las manos, haciendo de él un instrumento servil i degradado 
de las pasiones revolucionarias, en que se fundaban casi todos 
los actos públicos de aquella época de desgracias. No era 
extraño que el gobierno por su parte, colocado en semejantes 
circunstancias, sin acción p:u'a el bien, i atendiendo siempre a 
su conservación o dofonsa, se limitase a parar los tiros de sus 
adversarios, i aun usase do represalias respecto do ellos, siem- 
pre que so le presentaba una ocasión favorable, cometiendo 
abusos o excesos que no podían menos de pesar sobre muchos; 
i hacer que se mirase por todos al gobierno con mayor anti- 
patía, o según se decin entonces, como un mal necesario que 
no podia producir bien alguno positivo en favor do los go- 
bernados. Todo entraba en la naturaleza humana, i era 
orijinalniento causado por las excesivas precauciones i des- 
confianzas de un puel)lo nuevo que salia del opresivo réjimen 
colonial, i que no miraba en los gobiernos que se había dado, 
mas que los sucesores de los antiguos reyes i sus satélites, 
sivmprc prontos a abasar i obrar de un modo despótico o ar- 
bitrario: era, sobre todo, la consecuencia necesaria de las 
máximas anárquicas que hemos indicado antes, introducidas 
con la revolución, esparcidas i fomentadas hasta tiempos mui 
ccrcauíjs do nosotros, i que retardaban la época deseada del 
establecimiento de la paz pública i de un orden legal, sólido i 
permanente. 

Mas la perspectiva do semejante bien i los crueles desenga- 
ños sufridos, fueron bastante poderosos para que el buen 
sentido de los chilenos, primero que en otros países de Amé- 
rica, diese do mano a tan perniciosas i funestas máximas del 
siglo pasado, como lo habían hecho los países mas adelanta- 



LA ACCIÓN DEL GOBIERNO ^73 



dos en la carrera de la civilización, o los mismos que las ha- 
blan abrazado con ardor en acjiíolla época de ensayos, transi- 
ciones i errores. Entóneos este j)aeblo, digno de ser citado 
con clojio por su moderación i cordura, aprovecliando las 
lecciones de la experiencia propia i ajena, evitando los esco- 
' líos i huyendo tolos los extremos, fundó un o.-»t ulo de cosas 
regular i adaptado a sus circunstancias, con un gobierno 
conservador del orden, promovedor de los adelantamientos i 
limitado al mismo tiempo en el ejercicio del poder por salu- 
dables trabas, cjuc impidiesen i corrijiesen el desenfreno i el 
abuso, en donde quiera que apareciesen. 

Pronto se empezaron a palpar las felices consecuencias de 
tan ventajosa fundación en el restablecimiento de la tranqui- 
lidad pública, la seguridad individual i de las propiedades, la 
mejora de las rentas i el sistema do crédito público, la recta 
administración de justicia, el fomento de la industria i el tra- 
bajo, i tantos otros bienes reales, antes desconocidos, de que 
disfrutamos actualmente. El pueblo no pudo menos de conocer 
desde luego i prácticamente que no eran solo bienes negativos 
los que podia proporcionar un gobierno estable i regular; i 
que, sin el sacrificio de aquella forma de libertad pública o 
individual conveniente para sus goces o adelantamientos, para 
su decoro o dignidad c jmo ciudadanos de un estado libre ¡ 
soberano, les era dalo esperar de ese mismo gobierno bienes 
sólidos i positivos que redundasen en beneficio de los particu- 
lares, i do toda la comunidad. 

Nadie duda ahora de que tales esperanzas se han realizado 
en gran part<», i que en la prosperidad de que disfrutamos 
actualmente, entra p ^r mucho la acción administrativa, o la 
mano creadora de un poder protector i benéfico, sin cuyo im- 
pulso o auxilio, aun dospuos de restablecida i conservada la 
tranquilida»! pública, mui poco o nada se habria podido obrar 
en la carrera de los a l(íIantami<'ntos. Sobre este punto, la ex- 
periencia también nos lia dado a conocer la vanidad o ina- 
plicación a nuestras circunstanííias de ciertas teorías de los 
economistas, que ya hablan recibido un desmentido solemne 

en otros países mas antiiruos. in lusíriosos i ricos que el nues- 
opisc. .15 



274 OPÚSCULO» LITEnAniOS I CllÍTICOS 



tro: tal es, entre otras, la máxima de «dejad hacer i dejad 
pasar^D tan en voga en F'rancia en otro tiempo, donde todos 
ocurren sin embargo al gobierno en solicitud de auxilio para 
toílo jónero de empresas, i de trabas o prohibiciones contra la 
concurrencia de afuera; máxima desmentida principalmente 
en los estados norte-americanos, los que, a i>esar del espíritu 
de actividad i de empresa, talvez sin paralelo, que so nota en 
aquel pueblo, han debido i deben muchas de sus primeras 
obras públicas al celode los respectivos gobiernos, que eje- 
cutan por sí mismos las grandes empresas do canalización, 
ferrocarriles i otras de igual importancia, i que mal o mui 
tarde po<h*¡an llevarse a cabo, sin los capitales de afuera, o sea 
el extenso créditO' que, entre otras ventajas, poseen aquellos 
gobiernos sobre los trabajos promovidos i administrados por 
sociedades particulares. 

En esta parte, se ve f¿icilmcnte que nuestra situación actual 
demanda una dirección mas poderosa todavía i auxilios exten- 
sos, que en vano buscaríamos entre los particulares, por gran- 
de que sea su influjo o espíritu público, si hemos de dar al- 
gunos pasos importantes i decisivos hacia el adelantamiento 
do nuestra naciente industria i el bienestar jeneral. Necesita- 
mos que la acción del gobierno se extienda a todo jénero de 
mejoras i obre con igual actividad en todo el país, destruyen- 
do obstáculos, a])riendo nuevos canales de industria, i aun 
indicando i promoviendo entre los particulares aquellos jéne- 
ros de trabajos m:is esenciales i adaptables a nuestras circuns- 
tancias, o que puedan proporcionar un empleo lucrativo al 
mayor número de ciudadanos. 

El convencimiento íntimo de esta misión especial lo ha sen- 
tido el gobierno, i la reconoce el país; i si la acción protectora del 
primero no ha sido en tiempos anteriores tan jeneral i extensa 
como era de desear, debe atribuirse al cuidado principal del 
manlenimiento i consolidación del orden público que debia ab- 
sorber su atención, i a los escasos recursos de una hacienda 
agobiada con el peso de grandes responsabilidades en el interior 
i exterior, i cuyo crédito apenas empezal)a a establecerse en la 
época a que nos referimos. Mas ahora felizmente todo ha cam- 



biado do aspecto; i a la época puramente conservadora (si aei 
paedc llamarse la anterior) ha sucedido otra do fomento, do 
reformas i mejoras, delante de las cuales cslá mui distante do 
retroceder la actual administración, contando siempre con el 
apoyo do las cámaras lojislativas i la decisión del puclilo. 

Medidas (te la mayor trascendencia, para llenar lo,s olyetos 
indicados, o para abrir el camino do las mejoras i asegurar la 
marcha progresiva del paií), so preparan entro tanto en casi 
todos los departamentos de la administración, para ser some- 
tidas al cuerpo lejisl;itivo en la sesión venidera. Por nuestra 
{tarto, recomendaremos desdo ahora la leí del réjinien interior, 
cuya discusión quedó pendiente, i quo no hemos cesado do con- 
Biderar como de vital importancia, para llenar un vacio inmen- 
BO, echar los cimientos do una organización verdaderamente 
nacional i extensa, i a fin do quo no haya un pueblo do la 
república, por lejano que so halle de la acción del gobierno 
supremo, en quo no so sienta la influencia do esta acción, i do 
un modo igualmente provoclioso en beneficio de todos. 

Después de esto, consideramos de no menor importancia la 
elección de les ajontes del gobierno, por cuyo intermedio de- 
berán conseguirse semejantes bienes; í en este punto delicado, 
estamos persuadidos que la actual admioistracion hace también 
lo posible para obtener el acierto. Ella debe estar penetrada 
de que no bastan la probidad i el celo, para promover las me- 
joras sólidas, si no van acompañadas estas calidades do los 
conocimientos i aptitudes necesarios; i quo, a esta época de 
adelantamientos, corresponden hombres de ideas i poseidoa del 
espíritu doempre.ía. Por eso también la hemos visto rodearse 
de esta clase cscojida desdo los primeros tiempos de su exis- 
tencia, aplicar los mismos principios en los nombramientos 
qoe iKisloriormente ha sido llamada a hacer, i no dudamos quo 
en igual sentido obre en lo sucesivo. 

Creemos, por último, esencial la cooperación del país i su 
espontánea decisión en favor de todas aquellas medidas de 
ínteres jeneral quo tiendan a promover loa adelantamientos; 
nuestro sistema republicano exije esta cooperación de parte do 
todos los ciudadanos amantes del país, i ta naturaleza do las 



tyj opuacrLOs Lrm ARIOS i críticos 

mocIHas a que aludimos. la hace indispensable, para que ten- 
gan XcAo el ensanche i los bené:leos resultados de que son 
Husceptibles. I aunque, como hem-js indicado desde el princi- 
pio, semejantes mejoras deben partir de la primera autoridad 
i ser ejecutadas en mucha parte p>:>r ella, no por eso dLl>erá 
dejársele en cierto estado de aislamiento, o entregada exclu- 
sivamente a sus propios recurso?, que por sí solos tampoco 
alcanzarían a satisfacer las actuales exijencias del pais. Tales 
serían, por ejemplo, las obras públicas de canales, puentes, 
caminos, etc., en las que el gobierno pondría los estudios pre- 
vios, la dirección científíca i aun otrus auxilios, mientras que 
el público sería llamado a tomar parte en estas empresas, 
supliendo los capitales necesarios para completarlas i conser- 
varlas, i satisfaciéndose con ventaja del lucro que ellas podrían 
proporcionar. JJn sistema mixto de este jénero, pensamos quo 
sería el mas adaptable a nuestras circunstancias; i que de to- 
das suertes, inmensos bienes deberían resultar a la nación de 
los esfuerzos unidos del gobierno i de todos los chilenos en la 
causa de los adelantamientos. 

' Á ra u en no. Año de 184 '2. ) 



L.STA2L>.Ll^tÍj.:\T 



'J.— — * .-tT ^ m J 



da'l de 'lliiití. aianiLuiíi .'iiuup y r .♦-: íi: .' :»: ií:l".- L; Sil?. 



que. ^:^:■'^ -íL .Ti:.sp:it: '.r.y-:':^.-. i^:íi.":':'í uim-i z-z .h^ :^:i.i::i:1í 
de este y^'-^'i ^í i"''^ t*"- - -¿.-^ :i...-iij'i» ?*í '.i*lí^¡..i. :.«iís, tc ¿;c- 
sesioa i't f.r^^ar ::<::»: u:':r'::i. i: .1 *,r:~':tj!::. jí-; í*> «í¿: >í 
mismo. 5cr:.-- :. :-íscj-. v.-jÍ, 1- -::•. .- \íi.í<j :^j«:r^JL:i:s.\ <: ::•,'» 
decisivo, Ti-í '11 :.:..' -i. :;!.• -.r. li ::ur^íri i«i fu v:iv:l:.cj.v:i;;i i 

día. i -..i-r 1 .-i lI'jItI-.-í :>v..r i.:r-:iL:.¿:-:s e.i I:s ::ai<*¿< jue i:::e^ 
de nos..:r-.s t.; ai.-- /.íIIí.:. ■■:i -tí -j-íí-j -i: r::-::iÁlr ?:x> iiuticu- 
ciones ifi.;-. ¿.-t.-^i.'-.i.i. pi.-i riiv-I-irljó a Us r.-x-trs.Iades do U 
época, o Lv::^r' i.-! -i::.-.:.'vilr 0Ll:az2i-en:«? a U LUArviii pro^ix*a^« 
va déla «■:.v:'..z.^:i-f-. r^.s ii-^mo^ ctjíI.^ aiitori¿a.loci, vlesdo ^uo 
tuvimos c.:r.:':Lr--.::ri:o Ul proyecto, para rcpníáeatarlv* v.vaK> 
uno de les ^f-.^s I-.l^rs i Ua^^iTcos i¡Me había prejKuraJv^ el ^v^ 
bierno. i aca-^o : : 11 o el mas f-ounJo en importantes ivsuU;^kW« 
para esta i la.s j '.-a:* raciones venideras. 

No se trata de aquellos establecimiento^ esvvlásti^ws o do 
ciencias especulativas, destinados principalmoute a fon^ont.u* 
la vanidad de los que deseaban un titulo aivirento do sutioioneui, 



'27M OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



sin ventajas reales e inmediatas para la sociedad actual; tam- 
I>oc^j se ha tenido en vista la idea jigantesca de una de aquellas 
academias, propias de los países adelant^idos en saber i rique- 
zas, donde se ostenta el lujo de las ciencias i dontle los hom- 
bres eminentes en ellas encuentran la recompensa de una 
larga i laboriosa carrera. 

So desea satisfacer en primer lugar una de las necesidades 
qiio mas se han hecho sentir desde que con nuestra emanci- 
pación política pudimos abrir la puerta a los conocimientos 
útiles, ecliando las bases de un plan jeneral que abrace estos 
conocimientos, en cuanto alcancen nuestras circunstancias, 
para propagarlos con fruto en todo el país, i conservar i ade- 
lantar su enseñanza de un modo fijo i sistemailo, que i>ermita, 
«ín embargo, la adopción progresiva de los nuevos métodos 
i de los sucesivos adelantamientos que hagan las ciencias. I 
€sta necesidad tan jeneralmente sentida, que ha sido recono- 
cida por actos auténticos en casi to las nuestras lejislaturas, i 
sobre la cual ha insistido principahnente la constitución que 
nos rijo, no podía llenarse sin una corporación especial, a cu- 
yo cargo estuviesen la formación del plan de estudios i su 
cumplida ejecución, lo mismo que las mejoras que deban in- 
troducirse con el tiempo, i sobre todo la asidua vijilancia i 
contracción que exije la economía administrativa de la ense- 
ñanza en los diversos ramos que comprenden los conocimien- 
tos Immanos. 

Se echaba do menos, en segundo lugar, un cuerpo conser- 
vador, i)or decirlo así, de estos conocimientos, que, bebiendo 
en las fuentes i manteniendo las buenas doctrinas, alejase de 
entre nosotros el empirismo, sin permitir que el mediano sa- 
ber o el superficialismo, talvez mas fatales para las naciones 
(|U(5 la ignorancia, ocupen el lugar del verdadero mérito, que 
solo puedo ser puesto a la prueba i jeneralmente reconocido 
por medio de estos cuerpos científicos. 

Se necesitaba igualmente de una academia en que pudiesen 
-cultivarse i brillar los injenios nacionales, que frecuentemen- 
te nacen entre nosotros para morir pronto por falta de un 
Éeatro aparente i digno, i por falta de aquellos estímulos de 



BSTADLECltflKNTO DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE 279 



honor i gloria que solo pueden alentar a las almas elevadas i 
jenerosas, i que son en todas partes la vida de las ciencias i 
de las artes liberales. Estas mismas ciencias i artes apenas 
tienen aplicación entre nosotros; i ninguna carrera segura 
aparece abierta al joven estudioso que las ha cultivado con 
esmero i aprovechamiento, i qcie se ve obligado, por lo mis- 
mo, a interrumpir el curso de sus penosas tareas para dedi- 
carse a otra vocación ajena. Al cuerpo universitario está 
reservado presentar un vasto campo de acción en la carrera 
de los conocimientos humanos, estimular su cultivo, i coronar 
el mérit'): él debe poner en h<mor las ciencias, i demostrar a 
los hombres industriosos en particular, como a la comunidad 
entera, que sin ellas no hai verdaderos i sólidos adelantamien- 
tos, que ellas son el manantial de todas las riquezas. 

El gobierno, la lejislatura, i todas las administraciones 
públicas necesitan llamarlas con frecuencia en su auxilio; i 
nada útil o importante puede emprenderse, sin que primero 
sea sometido a la ciencia i arreglado por ella, lié aquí tam- 
l)ien otro de los grandes objetos que debe llenar el cuerpo 
universitario, según el texto de las atribuciones designadas al 
mismo cuerpo en jeneral, i a cada una de las facultades en el 
proyecto de bases. De esto modo, la facultad de teolojía i su 
academia de ciencias sagradas, ademas de proporcionar al 
estado sujetos verdaderamente idóneos para el ministerio sa- 
cerdotal, suministrará frecuentemente al gobierno i a los 
prelados de la iglesia chilena las bases de las mejoras o re- 
formas que convenga introducir en ella, en beneficio de los 
fieles i en consonancia con los principios jenuinos del evan- 
jelio i decisiones de la iglesia. 

La de ciencias sociales es llamada naturalmente a un 
continuo ejercicio en los diversos ramos que comprende, so- 
bre todo, en un país que se halla en el caso de completíir o 
reformar su organización social: así pues, la economía política 
i las ciencias financieras, la jx)lítica propiamente dicha, las 
ciencias legales i administrativas, el derecho público e inter- 
nacional i las ciencias morales en jeneral, serán puestas a 
contribución en benelicio del país. 



No 5::-í li.'r. .^ ::vv.:vr.:-?e'. rtvur>o Je ccsi todos los poderes 
i aa:orM^I:s u.I •i-^t.tl:» u Ii ;Vi?:I:a.l «k* cien.ias fi.sicas i ma- 
teaiít;:.i=: cl :.. vl...:.r.t :::Ius:r:-.l -.Ii-I país debe apoyarse en 
ella. I:» ::;:-?.:":.■ ■: ¡.- !.-:..o »:::- •.'.? :V;v:l!t..rIvj i protcjorlo. Cami- 
nos i c.\:i ";'.».— . :• ^í'ii-s, a.^i::!.!:?..; li i cultivo en ¡oneral, in- 
dustria r.iin-jr.i. :*;kl. ril. v:j., cin-ti'u.i-aos navales, fortifica- 
ciunes. i o.ia:it j cntrüj-ivc a la tlr:o:.-:\ i crioria de la nación i 
sus ad-:-Iant.i:ii!o::t>-j vleie sor i:ií--.'::.ídj i proparado con el 
auxilio eaencíii! de estas cien.i.is. i ojtoutado por los que las 
profesan. 

Las ciencias ínÁlivM>, que felizíVien'o empiezan a cultivarse 
por nuestros conv^iuladaiios, nece-^itan de un centro común de 
estudio i foniontj. d jn.le reciban el lastre i la popularidad que 
les corresponile, i donde deban hacerse para la jeneralidad 
mas útiles i benéiicas que lo que han sido hasta el presente. 
La facultad de estas ciencias, criada en ]\ universidad, debe 
Henar semejantes objetos, estudiar e- ; /cialmente las enfer- 
medades del país, i presentar a sus autoridades oportunamente 
el fruto de sus trabajos en este ramo, así como en los de hi- 
jienc pública i privada, tan descuidadas entre nosotros. 

Nos resta que hablar de la facultad de humanidades, a la 
que está encomendado especialmente el estudio de la lengua 
nacional i el cultivo de las letras. Esta facultad, ademas del 
fomento que deberá dar a la ideolojía, la literatura, la historia 
i los demás ramos quCí le son peculiares, tiene el encargo de 
la enseñanza primaria i secundaria en toda la república, su 
fomento, i los libros elementales i métodos que deberán adop- 
tarse en ella. 

Fácilmente se dejan ver, por esta lijera reseña, los gran- 
des objetos que debe llenar la universidad de Cliile, las nece- 
sidades urjcntes que es llamada a satisfacer i los inmensos 
beneficius quo de semejante corporación debe derivar el país, 
no solo en el curso de los años, sino también desdo el princi- 
pio de su carrera. I mas fácilmente resaltan todavía la impor- 
tancia i utilidad práctica del establecimiento proyectado, cuando 
se contrasta con el edificio gótico de la antigua universidad 
de San Felipe, obra de otros tiempos, de otras costumbres i 



ESTAÜLECiyiENTO DE LA UNIVERSIÜAD DE CIIILB ^281 



otras cxijcncias; i que, si pudo servir entónees de algún ali- 
ciente para el cultivo de las ciencias, se habia hev'ho entera- 
mente iniitiL por no decir embarazoso, en la presento é|>oca. 
Nos prometemos extendernos en otra ocasión sobre esta ma- 
teria. 

.Mr.'iuoaííf), Ano do 18i*2.) 






EL GOBIERNO I LA SOCIEDAD 



Nada mas fácil que censurar a un i.vb¡enio ¡uiinitáiulolo 
como culpa, nj solo tolo el mal que existe, sino tojo el bien 
que no existe; tema eá'e searunJo Ya>to i susoqUüilo ile ain- 
plificacioncs oratorias tan tamiles i hrillante-i, (jue pocos oscritv^- 
res tienen bastante severiJaJ ele juicio para no ilcjar oonvr en 
ellas la pluma, aunque sea a expensa^ ilo la ra/on i la justicia. 
¿Qué puede oponer nuestro crobierno al ma«jrnilioo caláloi;^^ do 
lo que nos falta? Decretos i rv\ü:lam;MUos c(ue so llaman do 
rutina i do estilo, porque no tienen el poder májico de dar a la 
vida social un movimiento tan rápido, c.imo d que yoíuos en 
otras naciones, con cuyas ventajas materiales i morales todos 
confiesan que no admiten comparación las nuestras. Si; el 
catálogo de lo que nos falta, es inmenso; i el paralelo de nuesti\) 
estado social con el de otros pueblos j>rivilejiados, nos da pocos 
motivos de orijullo. Pero la razón i la justicia exijirian i|UO 
para atribuir esta diferencia al erobierno, se juda^rasc: L** hasta 
qué punto es responsable de ella, i cuáles son las medidas 
específicas que, en el concepto de los censores, i)rodui*irian la 
metamorfosis instantánea que echan de menos; i "i.", hasta cpió 
punto se del>en esas maravillas del esi)íritu i)úblico i do la 
industria a las medidas económicas dt5 los gobiernos en los 
países dichosos que nos presentan como tipos. 

Es un hecho incontestable que la actividad social, el movi- 
miento rápido do la industria, el acelerado incremento di' la 
prosperidad, no ha sido en ellos la obra del í^obierno, ni se ha 



284 OPÚSCILOS LITERAHIÜS I CUÍTICOS 

(lebi(U), sino en niui poqucña parto, a providencias administra- 
tivas; ¡ que el principal ájente en la producción do esos fenó- 
menos es el espíritu público de los fialjitantes, favorecido por 
circunstancias peculiares; tales como (en sentir de algunos) 
la raza; una antigua educación moral i política, que ha tenido 
tiempo de odííxv raíces profundas en las costumbres; la situa- 
ción jeop^ráíivia; la fccuuvli.la.l de producciones naturales ilinii- 
tadamcnto apetecidas i);>r otros pueblos i fácilmente permuta- 
bles por bis productos do la industria extranjera; vías de 
transporto interior, preparadas en grande escala por la natu- 
raleza misma; acá un suelo vírjcn con medios inmensos de 
extensión i dví cjlonizacion, terrenos vastos, fértiles, regados 
en todas direcciones por rios caudalosos, navegables; i el 
torrente do la emigración europea dirijido a él, primero por 
necesidad i luego por liái)ito; allá una antigua cultura, cien- 
cias i arles florecientes, capitales acumulados por siglos. ¿Tie- 
nen estos medios a su alcance las nuevas repúblicas america- 
nas? ¿Les os dado modilícar los efectos profundos i misteriosos 
do la acción orgánica, que hace, según so dice, tan diferente 
la fibra anglo-sajona de la céltica o do la ibera? ¿Les es dado 
variar en un momento las costumbres? ¿Está en sus manos 
crear, donde no los liai, esos instrumentos colosales do engran- 
decimiento a que dcljon su acelerado progreso los Estados 
Fnidos, o esas producciones preciosas que han decuplado en 
pocos años la riqueza do la isla de Cuba? ¿Diremos a las cor- 
dilloras, allanaos; i a los torrentes, prestad vuestras aguas 
a la navegación interior? I cuando tuviéramos todo ese poder 
on nuestras manos, nos restaría que hacer otro nuevo milagro, 
acercar nuestras costas a los gnnules emporios del mundo. 
Compárense de buena fe lo que ha hecho en todas líneas la na- 
ción chilena i los medios que el cielo ha puesto a su disposición, 
con las dádivas que la naturalezjnia prodigado a otros pueblos, 
i no hallaremos razón para humillarla. Porque en esta parto 
el gobierno i la nación tienen una responsabilidad solidaria. 
En vano se miraría la prosperidad nacional como la obra 
exclusiva del gobierno. Ella ha sido en todas partes la obra 
colectiva de la sociedad; i si no so puedo culpar a ésta do lo 



'* 



R[. GODIEIIMO I LA HOCiBOiD 



que no liara, sin Inmar en cuenta sus elemontos matoriales, 
monos se puede cuipnr al (gobierno sin tomar al misino tiempo 
en cuenta la materia i el espíritu, las costumbres, las leyes, 
las preocupaciones, los antecedentes morales i políticos. Pi'o- 
cedcr do otro modo es una manifiesta injusticia. Di?ase en 
buena hora lu que ríos falta; nunca estará de mas repetirlo; 
pero espiónense las causas de esa falta; indiquense los medioH 
do remediarla; i la reseña de los prodijioa siiL-iatcs do otros 
pueblos será instructiva, será fecunda do rcsultadoíi práclicos. 

Lo que el gobierno puede prometer a sus comitentes es un 
deseo ferviente do merecer la aprobación pública, una aten- 
ción asidua a los intereses de la comunidad; una resolución 
(Irme do tomar en eliiis sus inspiraciones, i no en la atmósfera 
de ningún partiilo. Lleno de estos sentimientos, acojerá siem- 
pre con docilidad las iiidicacíone« de la prensa, que lo pa- 
rezcan fundadas en principios sanos i justos de política i de 
economía; i nunca ha catado mejor dispuesto a escucharla, 
que, cuando servida por escritoi-os. ilustrados, abobados celosos 
do la humanidad i del puehto, la ve en estado de cumplir su 
mas bella i alta mi»¡on: proponer, discutir las innovaciones 
lililcs, i discutiéndolas, prepararlas. Poro so necesitan conse- 
jos claros, definidos, no especulaciones aiircas. Los sueños 
dorados i las perspectívat teatrales desaparecon anta las seve- 
ras, Ia.s inflexibles leyes de la uiatcria i del espíritu; leyes quo 
dejan límites harto estrechos a la esfera de acción de los lejis- 
ladorcs humanos. 

Es preciso ver las cosas como son, Hl gobierno no puedo 
obrar sin el concurso do la representación nacional; i la reu- 
nión misma do todos los poderes políticos carece de imperio 
sobre ciertos accidentes materiales, i, para modificar los fenó- 
menos morales, tiene que hacerlo por medio de las leyes, quo 
influyen tanto mas lentameirte sobre las costumhrea, cuanto 
les es necesario valerse de ellas í de las preocupaciones mismas 
para ser eficaces. La marcha de nuestra república no será, si 
ae quiere, como la de los dioses do Homero. Poro ¿qui¿n ha 
dicho que todas la.s rcpúljlicas, ni la mayor parte, han andado 
así? I>.j que vemo«, esquela marcha social lia ííido MÍcmpro 



256 oriJscuLo» litehaiuos i créticos 



mas veloz donde la ha favorecido una feliz combinación de 
circunstancias. Por ellas, proijre.san rápidamente las repúbli- 
cas norte-americanas; por ellas, la Nueva Holanda i la isla de 
Cuba, que no son repúl)l¡cas. Si esas circunstancias naturales 
i morales se desenvuelven prodijiosamente bajo el influjo de 
la libertad democrática, tampoco es imposible que sea tan 
poderosa a veces su acción, que no la retarden ni aun las tra- 
bas de la servidumbre col<Miial; i su concurrencia es tan nece- 
saria, que, sin ellas, la libertad misma, la mas activa i crea- 
dora do todas las infl.ioncias políticas, obrará de un modo 
comparativamente débil i lento sobi'e los desarrollos mate- 
riales. 

Cada pueblo tiene su flsonomía, sus aptitudes, su modo do 
andar; cada pue])lo está destinado a pasar con mas o menos 
celeridad por ciertas fases sociales; i por grande i benéfíca 
que sea la influi.Micia de unos pueblos en otros, jamas sera 
posible que nini^uno de ellos borre su tipo peculiar, i adopto 
un tipo extranjero; i decimos mas, ni sería conveniente, aun- 
que fuese posible. La humanidad, como ha dicho lino de los 
hombres que mejor han conocido el espíritu democrático, la 
humanidad no se repite. La libertad en las sociedades moder- 
nas desarrolla la industria, es cierto; pero este desarrollo, 
para ser tan acelerado en un pueblo como en otro, debe en- 
contrarse en circunstancias igualmente favorables. La liber- 
tad es una sola de las fuerzas sociales; i suponiendo igual esta 
fuerza en dos naciones dadas, no por eso producirá iguales 
efectos en su combinación con otras fuerzas, que, paralelas o 
antagonistas, deben necesariamente concurrir con ella. 

El autor que acabamos de citar (M. Chevalier) nos ofrece 
un ejemplo mui notable do la variedad con que obra el espí- 
ritu de las instituciones democráticas en los mismos Estados 
Unidos. «El yanqui i el virjinio, dice este celebro escritor, 
son dos entes mui diversos; no se aman mucho; i frecuente- 
mente discuerdan.... el virjinio de raza pura es franco, expan- 
sivo, cordial, cortas en las modales, noble en los sentimientos, 
gr:íude en las ideas, digno descendiente del (jentlemaa ingles. 
lí -'loado, desde la infancia, de esclavos que le excusan todo 



KL CiOUIP.nNO I LA SUCIEÜAU 



Í(Í7 



trabajo manual, es poco activo i hasta [jei-czosu. Es ppúilign; i 
en los nuevos cstaiIos, aun mas quo en la omjiolji-cuiíUt \'írji- 

nia, rciua la profusión Practii;ar la hoNpitali>líiil os para ól 

un iluber, un plactr, una (Ütha.... Ama las iiistiLuoioiicHdc na 
paía; i con toilo oso muestra con stitisfiícoioii «1 extranjero ht 
vajilla (lo familia, cuyos Ijlasouos, mcilío hornuloa por el tiem- 
po, atestiguan que desciendo do los primeros colonos, i que 
8U9 antepasados eran de ca.sa3 distinguidas en Ina;latcrra. 
Cuando su espíritu lia sido cultivado por el estudio, cuando un 
viaje a Europa lia dado flexiljilidad a sus formas i pulido su 
ituaji nación, no Iiai lugar en que no sea di^^no (capaz de figu- 
rar, no lini destino a cuya altura no pueda elevarse; ca una 
felicidad tenerlo por compañero; so desearía tenerlo por ami- 
go. Sabe mas de mandar a los hombres, que do douiar la 
naturaleza o cultivar el suelo. .. Kl yanqui, al contrario, es 
reservado, cjincentmdo, dfsconnado; su índole es pensati- 
va i sombría, pero uniforme; su actitud carece de gracia, 
pero es modesta, i no os baja: sus ideas son mezquinas, 
pero prácticas; tiene el sentimiento do lo conveniontL-, no el 
de lo grandioso. No tiene la menor chispa de ospiriLu taha- 
Heresco, i sin embargo gusta de las aventuras i do la víiIa 
errante. El yanqui es la hormiga trabajadora; ea industrioso; 
sobrio, económico... astuto, sutil, cauteloso; calcuhi conti- 
nuamente, i hace alanlu do ios ínc/ts con que sorprende al 
comprador candoroso o confiado, porque ve en ellos una prue- 
ba do la superioridad de su espirita ... Su casa es un santua- 
rio que no se ahre a los profanos. . . No es un orador brillan- 
te, pero es un lójico rigoroso. Para ser liomhre de estado, le 
falta aquella amplitud de espíritu i do coraron que nos hacü 
concebir i amar la naturaleiía ajena... Es el individualismo 
encarnado... En Baltinioro como en Bostón, en la Nueva 
Orleans como en Salem, en la Nueva York como en Portland, 
si se habla do un comerciante quo por bien entendidas cmn- 
binacioncs ha realizado i conservado una injente fortuna, i 
pregunlai.'í de dónde es, «es un yanqui», os responderán. Si 
on el «ur se pasa junto a una plantación quo parece mi-jor 
cuidada que las otras, con mas Ijcllas arboledas, con chozas 



288 OPÚSCULOS LlTElURiOS I CHÍTICOS 

de esclavos mejor alineadas i mas cómodits, «oh! es de un 
hombre do la Nueva Inf^laterra,» oiréis decir... En una 
aldea del Missouri, al lado de una casa cuyos cristales están 
hechos pedazos, i a cuya puerta riñen mucliachos andrajosos, 
veis otra casa acabada de pintar, cercada de una reja sencilla 
i limpia, con una docena do árboles bien chapodados al rede- 
dor; i por entre las ventanas alcanzáis a ver en una salita, 
tersa como la plata, una reunión de jóvenes bien peinados, i 
de niñas vestidas casi a la última moda do Paris. Una i otra 
son casas de labrailores; pero el uno de ellos viene de la Caro- 
lina del Norte, i el otro de la Nueva Inglaterra.» 

La libertad no es, pues, tan exclusiva como creen algunos: 
se alia con toilos los caracteres nacionales, i los mejora sin 
desnaturalizarlos; con todas las predisposiciones del entendi- 
miento, i les da vigor i osadía; da alas al espíritu industrial, 
donde lo encuentra; vivifica sus jérmenes, donde no existe. 
Pero no le es dado obrar sino con los dos grandes elementos 
de todas las obras humanas: la naturaleza i el tiempo. Las 
medidas administrativas pueden indudablemente ya retardar 
el movimiento, ya acelerarlo. Pero es menester que no nos 
exajeremos su poder. Ilai obstáculos morales que no debe 
arrostrar de frente. Ilai accidentes naturales que le es imposi- 
ble alterar. Los que la acusan de inerte o tímida, harán un 
gran bien al publico, señalándola el derrotero que debe seguir 
en su marcha. Sobre todo no olviden que bajo el imperio do 
las instituciones populares es donde menos puede hacerse 
abstracción de las costumbres, i que, medidas abstractamente 
útiles, civilizadoras, progresivas, adoptadas sin consideración 
a las circunstancias, podrán ser perniciosísimas i envolvernos 
en males i calamidades sin término. 

(Arancnnn, Año de 1843.) 



EDUCACIÓN POPULAR 



[Lus extractüs que siíjuen sacailos de una ¡ievisla Americu- 
na, publicada hace algunos años, nos han parecido muí aph-. 
cables a las circunstancias presentes de Chilo.) 



Que haya hombrea a quienes alarme la universal difusión 
de loa conocimientos, i que aun haya respetables diarios que 
tomen una actitud de hostilidad contra este objeto, solo prue- 
ba cuan justa es la causa, quo, a pesar de tantos obstáculos, 
gana cada día terreno. Poco, empero, nos inquieta esa licisti- 
lidad, excepto en cuanto ea digna tic notarse i sentii;ae. Por- 
que, lo que so dice de la verdad, pucliora aplicarse a la instruc- 
ción, si no fuera decir lo miamo: Es fuerte i prevalecerá. 

La causa del prOLjreso de la naturaleza humana ha ido ya 
demasiado lejos, sus esperanzan han echado raícos demasiado 
profundas, para que podamos temer que retroceda. Ilai en la 
gran masa social un movimiento que barrerá con to<lüs los obs- 
táculos quo se le opongan. La jeneral atención con quo hui 
se mira esto asunto, este vivo ¡ serio espíritu dA siylo, nofl 
pronostica graniles cosas El pronó-stico se cumplirá. Mas, para 
que sea completo el suceso, es do desear quo todo el mundo 
se dedique esforzadamente a la corrección do los errores, al 
remedio de los abusos, al fomento ilo las mejoras. Ilai mucho 
todavía que hacer, i particularmente en lo que debe consíde- 
orúsc. 37 




Biitre las varias materias quo lian ocupado los espíritus en 
loa tpesciciitüs años que acaban rio trascurrir, la etlucacion es 
una (le las últimas a que ha cabido su parte en la atención 
jeneral. El peso de la tiranía oMigó a los homlires a meditar 
sobre sus derecli:>s. La curiosidad i el amor a las especulacio- 
nes tos impo.ierou a entrar en el vasto campo de tas ciencias i de 
la filosofía inlelectuid. El natura! incremento del y;usto i el 
desarrollo do la imajinacion han enriquecido las artes i la 
literatura- Pero la ciencia de la educación ha parecido presen- 
tar menos alicientes o una utilidad menos obvia. Los hombrea 
podían vivir, defender sus derechos i sus opiniones, i acumular 
adquisiciones i placeres, sin dedicarse a esta ciencia; i estaba 
en la naturaleza de las cosas que antepusiesen su propio ínte- 
res presente al interés futuro de sus hijos. 

Así vemos que la educación popular ha dado asunto a muchos 
menos libros, que cualquiera otra do las grandes materias que 
afectan el bienestar do los hombres; a muchos menos libros 
que las leyes, la medicina, la política o la relijion. Pero, al 
paso que sobre estas i otras materias hai un número infinito 
de libros, al paso que en los países extranjeros tantos salones, 
tantas galerías, tantos vastos ediíicios crujen bajo el peso de 
centenares do miles do volúmonea, se les puede recorrer to<los 
i no hallar sino de cuando en cuando alguna olvidada obrita, 
|wobabIemente superficial, sobre la educación. Porque en esta, 
como en las otras cosas, la demanda es lo que produce el sur- 
tido. Si huliiese Iiabilo lectores, hubieran sobrado escritoreü. 
Aun hoí dia, cuando este asusto ha principiado a excitar la 
atención, pocos son, comjwrativamente mui pocos, aun entre 
los padres que leen, los que se informan acerca de los mejores 
métodos de educación. Viajes, poemas, novelas, cosas mui 
buenas en su tiempo i lugar, si son lo que deben ser; exliibí- 
ciones de cosas i escenas extrañas, muchas veces ücticias, 
tienen para los mas de nosotros mayor atractivo, que las 
discusiones que nos inducen acontemplar bajo todos los aspcc- 
to4 del interés í el deber las cosas i escenas domésticas. 



EDUCACIÓN POPUI.\n 



Son de buon agüero para la eda<I qtte va a »eguir a la nues- 
tra el incremonto que vonioa cada (lia en el número rte los que 
escriben i león obras de educación; la dirección que toman 
muchos vi(;orosos entendimientos liacia esto ramo, i el interés 
público que empieza a inspirar; las liberales donaciones con 
quo lo fomentan ¡03 hombros de fortuna; la porción de indivi- 
duos de educación i talento que ejercen el encargo do instruir 
a la juventud, no solo en nuestras universidades i colcjios, si- 
no eu los liceos, academias i escuelas; i el emolumento quo 
reportan por sus tareas, quo en muchos casos es superior al 
de cualquier otro trabajo intelectual en esto ¡rais. Este con- 
junto do circunstancias, unido, como lo está, a nuestras insti- 
tuciones libres, i a los afortunados auspicios de nuestra condi- 
ción nacional, nos alienta a indefinidas esperanzas do progreso 
i mejoras, así en los principios, como en los métodos do edu- 
cación que hemos adoptado. 

Este orden do cosas nos convida a indicar algunas de las re- 
formas i adelantamientos quo reclama, a nuestro juicio, el 
espíritu del siglo en que vivimos, reformas i adelantamientos 
que en realidad principian ya a tener efecto, i que so desen- 
volverán sin duda sobro una mas amplia escala en nuestros 
Bistemas de enseñanza. Casi involuntariamente damos a nues- 
tra.^ expresiones el tono de la esperanza i la anticipación-, pero 
desdo ahora anunciamos que debemos hablar de defectos i 
males quo han prevalecido, i todavía prevalecen demasiado, en 
nuestros establecimientos literarios. Premitircmos también que 
vamos a ceñir principal, sino enteramente, nuestras observa- 
ciones a la educación, no de los qu& siguen las carreras cien- 
tíficas, sino de la masa del pueblo, a la educación popular; a 
los estudios que so hacen en nuestra lengua nativa en las 
escuelas comunes o de gramática, i en los colejíos de niñas. 1 
como nos hemos propuesto considerar la educación en sus mas 
humildes escenas, nos limitaremos a obvias i sencillas indica- 
ciones, cuya justicia reconocerán tocios, aunque sean pocos los 
que se gobiernen por ellas. 

Lo primero quo es menester en un sistema de instrucción 
popular, es que sea Ínloli]Íble; ([tie los niños i los jóvenes 



OPÚSCULOS LlTBHAnil>8 I CRÍTICOS 



entiendan lo que aprendan. jQue entiendan lo que apr 
se preguntará. ¿CÓmu es posible que lo apremian sin 
derlo? Respondemos que pueden encomendarlo a la memoria, 
recitarlo, i aun dar una muestra regular do que lo saben, 8in 
saberlo ab.solutamentc. ¿Entiendes lo que lce.s o lo que dices? 
es la pregunta do mas difícil respuesta que puede hacerse al 
viejo investigador, i al rcs<fuardado i cauto argumentador o 
co n tro Y erai alista. Pero, a loa mas de los niños, i con respecto a 
lo que se les ha enseñado en los .sistemas de educación que 
están en boga, esta pregunta los confundirla. No trepidamos 
en decir que dos o tros años de los que se lian empleado en la 
educación de casi todos los individuos de esto país, se han 
desperdiciado, haciéndoles estudiar lo que no entendían. Por 
ejemplo, ¿qué es lo que un niño de siete hasta diez o doce 
años do edad puede entender en la ciencia de la gramática? 
Esta ciencia es una de las mas al)Stractas i profundas, envuelve 
una análisis del pensamiento, i exije un delicado escrutinio i 
co^nparacion de las ideas. La lengua es el instrumento del pen- 
samiento; i si un hombre no puede comprender ni aun loa 
instrumentos cuya ajencía es meramente mecánica sin algunas 
nociones de filosofía, ¿se podrá esperar que lo sea mas fácil 
comprender cientiricamente el grande utensilio de las facultades 
intelectuales? Se dirá que esta comparación es con/ra produ- 
centem, i quo un hombre puedo po-ieer el uso de la lengua 
sin investigar su teoría, como puedo valerao de la máquina de 
vapor sin conocimientos fdosóficos. Pero tenemos a mano la 
respuesta. Todo niño habla su lengua correcta o incorrecta- 
mente, no por lo quo ha leído en su gramática, sino por lo que 
aprendo conversando i leyendo. I uno de los daños de este sis- 
tema es que el niño imajina que )for las nuevas denominacio- 
nes que da a las palabras, llamándolas nojnbrcs, verbos, etc., 
por el aparato de definiciones, i por la rutina de construir,* 
acumula una gran copia de conocimientos, mientras que en 
realidad no aprende nada. 





En estas observacioneit, no es nuestro ánimo censurar n los 
baenos e inlelij«ntcs instructores de U juventud, que ae ven 
obligados, basta cierto punto, a marchar por la senda trillada, 
ponjue la costumbro exjje cjue ae hu^n eso estudio en los 
primeros años. Hai en ento cierto misterio qtio ofusca la razón 
de los padres, que, si bien no tienen la mas líjora ¡dea de la 
utilidad que pueda sacarse de ello, creen, por una especio de 
vaga e indclinible aprensión grabada en sus almas, que la 
gramátii^es una oosa de alta i aun esencial importancia. El 
niño, pues, mal que le pese, lia <.\e aprenderla, i tiene amenudo 
que Hufrtr reprimend:is pur su repugnancia i aparenta rudoza, 
cuando, en realidad, en esa misma aparente rudeza i en esa 
repugnancia a cargar su memoria cun frases (¡uo no entiende, 
da talvez indicios nada equívocos de un entendimiento claro j 
de disposiciones naturales felices. 

La mejora, pues, quo con toda conHanza nos prometemos 
en este ramo, es que se postergue hasta una ¿poca mas ade- 
lantada en el curso do educación; que, al estudio de la gramá- 
tica, se junten la lectura, comi>osÍcion i reflexión; i que se 
enseite entonces, no una descamada rctaliíla de reglas, sino la 
ciencia del lenguaje.* 



* Esta ea la misma DpWpii quo hema^ «mittdo níioa hA, 1 d* qu« 
se eicandB I izaron ali^unos^ como ni hiibiénomon deioado desterrar de 
los entablecimientos liUiruriun el ONtiidlo de U lengua patrin, o como, 
■i traBrerirlo do una edad incapaz ilo tue estudio n otra ¿poca mas 
sdeluiitada del enlundiraionto. no fueRe el mejor modlo, o par mojor 
decir, el único, de hacerlo con fruto. I aun no nos avnniamo? ontón* 
ees a todo lo que prupunu «1 autor del nrticulo. DiJImix que Boría 
conveniente dar en 1o4 primaran añon nli^iinns nocionnn NiiporllcialeB, 
pero otaras e intelijiblvs de ^ramillca, con el ñn do mnnifontnr a los 
tilicos loa yerros que man comunmente coni'-ten hnblnndn 1 de rncllltar 
la adquisición de otron idiomas, dejando para mna adulante rl estudio 
Qlonóhco del lent^naje. E^to ea nuestra modo de pcnnar to«Iavfa¡ i 
pudiéramos apoyarlo tn la experlenoli». La «ramAtifa do Ion niño* 
debe eer muí diferente de la (framiticR do loa jAvencu, que llevan ■ 
ella [os Donoclmientoa proparatorioi IndiNpenubleí*; lo teoría dol en- 
tendimiento i el hábito priictiao de analizar lai ideas, conaa una 1 otra 
de la mayor imporUncia para la literatura i para todna las carrerar 



204 OPÚSCULOS LITEIIARIOS I CIlÍTICOS 



¿No aprenderá, pues, el niño, se nos preguntará, sino lo 
que pueda entender? Respondemos que no. Porque ¿de que 
le serviría? So creerá talvcz que un niño que aprende la 
gramática de una lengua desconocida, aprendo lo quo no 
entiende. Poro no es así. Sí se le enseña bien, la gramática 
que aprende es la descripción delu lengua desconocida quo 
estudia. El niño, en esto caso, no hace otra cosa que el adul- 
to, o que el mas docto profesor de idiomas: no encomienda a 
la memoria lo que no entiende; todo lo que aprende le revela 
un hecho de la lengua que estudia.* Pero ¿no hai en 1oí5 princi- 
pios de toda ciencia machas cusas necesariamente inintelijí- 
blcs para el qu^ se dedica a ella? Respondemos decididamente 
que nó; si erramos en esta aserción, nos someteremos gustosos a 
la corrección de los que nos convenzan de error. No creemos 
que en el curso do la enseñanza sea jamas necesario depositar 
en la memoria palabras cuyo significado no se sabe, palabras 
desnudas de sentido. Los primeros principios de toda ciencia 



profesionales. La primera de estas gramáticas es la sola quo en el 
estado actual do nuestras escuelas primarias puede enseñarse en ellas; 
poro desgraciadamente aun no so ha dado a luz ninguna que corres- 
ponda a su objeto. 

Como cada país tiene vicios peculiares en el uso de la lengua nativa, 
cada uno debo tener su gramática peculiar para la primera edad. La 
composición do una gramática para los niños chilenos, seria, a nuestro 
juicio, una do las mejores materias para un premio universitario. 

* La gramática de una lenírua extranjera supone nociones elemen- 
tales del idioma nativo: ellas deben formar una parte de la gramática 
primaria, la gramática de los niños. Dcísde que empieza para ellos la 
edad de la razón, so les puede enseñar a conocer las diferentes clases 
do palabras, las personas, los números, los jéncros, los tiempos, la 
proposición, el réjimen. Iiíso o poco mas es todo lo que se necesita 
para pasar de la Icnr^ua patria a los idiomas extranjeros. Tero omitir 
enteramente este aprendizaje preparatorio produciria una do dos co- 
sas: o el niño tendiia quo hacerlo sobre un idioma extranjero, i en 
tal caso ¿por qué no anticiparlo en el propio? o bien, al aprender el 
francos o el latin, tendría quo encomendar ala memoria palabras cuyo 
sentido lo fuese desconocido, i vendría a caer en el inconveniente 
mismo quo deplora con tanta razón el autor del articulo. 



tendrán talvez atinjcncia i relaciones quo el discípulo no [mu- 
da entender; pero ca pret-iso que eitUcnda todo lo que e.s nece- 
sario para quo proceda do un modo intelijiblc en su estadio. 
Tomemos, pur ejemplo, loa axiomas de las matemúticaij, (No 
son ellos intulijibles? La ciencia ppiKiode sobre el supuesto do 
que el principiante los enttpndc. Tómense las tlcPiniciones do 
cualquier ramo científico, tíi el quo lo estudia ca incapaz de 
comprenderlas, ¿de quó le sirven? tíin duda los conocí micntus 
que vaya adquiriendo darán nueva luz u las dcnnídonos, 
axiomas í nociones elementales; i>cl'o nada impido que desde el 
principio so entiendan suficientemente. 

Los malos que resultan de este método vicioso de enseñan- 
Ka, son du la peor especie. El menor de ellos e-s la perdida de 
tieniiK). Ni es el mas sensible de todos la pérdida de esos mismos 
conocimientos que dejim de darse al principiante en tiempo 
oportuno. So pierl-dc ese modo la disposición a aprender i 
el deseo de instruir.ic Mucha parte do la ignorancia del común 
de los hombres debe imputarse a este inodu de comunicar la 
instrucüion, ¡Cuántos alumnos atrasados i rudos no lo son, sino 
|)or esa iníntelijible enseñanza! El entendimiento tratado do 
ese modo, engañado en sus esperanzas, da un testimonio de 
su dignidad nativa, dejando de tomar Ínteres pur lo que no 
alcanza. Palabras que no enseñan ni significan para él cosa 
alguna, le son naturalmente ingratas i dolten serlo. Es i dolw 
ser una cosa dosajiacibte i repug-nante encomendarlas a la 
memoria i rajitarlas, aunque se haga coa facilidad i despejo. 
Esa atención a palabras cuyo sentido no se percibe, enjenilru 
ademas un hábito de vaguwUI i confusión; la facultad de 
juzgar so embota; v\ alma so acostumbra a contentarse con 
meros sonidos, i cae en una es|iceÍo de neglijencía, que es casi 
una prostitución moral. No puedo haber disposición mas per- 
niciosa: es funesta para la adquisición de sólidos conoci- 
mientos; pervierte el sano juicio atm en las cosas prácticas; e<i 
una injuria a las mas nobles facultades del alma i una ti-ai- 
cíona la conciencia. Nuestra natural indolencia hace que nos 
contentemos con nociones vagas i suiíerficialcs; i o esta pro- 
pensión juntamos la influencia dr una educación descuidada. 



296 OPÚSCULOS LlTEFtAniOS I CnÍTICOB 

t lo peor C6 que nada engríe i ensoberbece tanto, como i 
instrucción mal dijcrida. Nadie mas pagado do si miamo, IJW * 
el verboso recitador do palabras i frases que no comprende. 

Esperamos, pues, que se remediará este mal; que se nimpli- 
ficarán los libros de instrucción elemental, como se ha hecho 
en algunos ramos; que la educación vendrá a ser menos eaco- 
lástica, menos artiiiuial, maa acomodada ala intelijencia do la 
primera edad; quo se consuttíirán así mejor la capacidad i n^ 
titud de los niños para destinarlos a diferentes estudios, i quo 
no so les disgustará, ni so paralizará el desarrollo de sus f:u:ulta- 
des mentales con enn laboriosa i estéril aplicación a materias que 
no están a su alcance. El ospírilu humano es mui susceptible 
de interesarse i deleitarse en cada paso que da, en cada adqui- 
sición que hace do verdaderos i sólidos conocimientos. Obte- 
nido osle efecto, se encontrará quo el mero gusto de aprender 
es para él un estimulo poderoso que hace supcrfluas laa in- 
fluencias mezquinas del temor, la emulación i los celos. Esto 
por si solo constituirá una grande i nueva era en los progre- 
sos de la educación. Pero tocamos ya a otro punto sobre que.. 
var. a recaer nuestras observaciones. 



II 



La segunda cosa, pues [continúa el Tievísor AmerÍcano)M 
que debe procurarse para mejorar la educación, es que la 
niños i jóvenes tomen mas ínteres en lo que se les enseña. 

El tedio de las escuelas es proverbia!. La cansada tarea, Ii 
fastidiosa lección, que lia puesto a prueba todo su caudal í 
paciencia, es lo que probablemente recuerdan los mas 
niños i jóvenes al salir do la escuela. Éntrese en cualquiera d 
ellas; i se verá casi siempre una languidez mortal, una apatía 
inatención, a no ser que un cercano examen o una medalla^ 
premio encienda la emuhicion i tos celos. ¡Qué vacío i 
miradas, qué pesadez en las actitutlos, quo pereza en los mo- 
vimientos! ¡Cuántos indicios de que todo se hace, porque ea 
preciso hacerlo; de que cada discípulo se mantiene en bu 
asiento, no por inchnaeion, sino por compulsión; i de que, si . 



se les (K'jase en libertad, huirian de las paredes d» la escuela, 
como de las muralla» de una cárcel! Supongamos quo se les 
deja salir, i sif;áiiioslus al sitio destinado a sii.'i homs de ocio. 
i'Qué instantánea i completa metamorfosis'. ¡Qué espíritu, qué 
viveza en los semblantes, qué brillo en los ojos, qué encanta- 
dora animación! ¿Será, pues, verdad, quo el hombre tiene mas 
de animal, que de intclijcnto, í que el autor de la naturaleza 
le formó para que tomase mas interés en el juego i en el ejer- 
cicio do la fuer¿a i destreza física, que en los intensos i exqui- 
sitos placeres del entendimiento? Por el honor do la naturaleza 
humana, no querríamos asentir a esta idea; i en realidad la 
tenemos por falsa. Ejemplos hai (i cada dia crecerá su número) 
do escuelas en que la sala de estudio exuitii el mas aetivo i 
agradable ejercicio de las facultades mentales, i se va a ellas 
con tanta ansia, como a los mas raseinadoi'es entrctenimien.09. 

Este paso, en la carrera de las niPJor.Ls, debo «eguir natu- 
ralmente al que dejamos ya indicado. Entiendan los niños lo 
que aprenden, i tendrán and^ida la mitad del camino para in- 
teresarse en ello. Mas esto no basta. Debe ensciíárscles lo que 
de suyo es a propó.sito para interesarles; i la enseñanza de estas 
materias debe hacerse de modo que se Incre el objeto. 

Nos aventuramos a disputar lus tilulns de muclin parte de 
lo que se enseña aun en la mejor «laso de escuelas, por la falta 
de uno u otro de estos requisitos, es deiiir, o porque no os de 
suyo interesante, o porque el modo do presentarlo a los niños 
lo desnuda de todo interés. Peciin por este segundo defecto 
muchos de los e.studÍ03 que so hacen en nuestras escuelas. Son 
interesantes de suyo, pero el modo de hacerlos es árido i fasti- 
dioso. La aritmética, la jeografia, la hi-storia, como se enseñan 
ordinariamente, carecen de todo atractivo; i si se logra apren- 
derlas, es a fuerza de estímulos quo no tienen nada quo ver con 
el amor a los conocimientos. Es de toda imposibilidad quo una 
colección de hechos abstractos, sin relación a sus fundamentos, 
motivos o causas, sin relación a la naturaleza o a la vida hu- 
mana, sin ninguna apariencia de utilidad práctica o de aprove- 
chamiento persona!; es imposible, decimos, que esos hechos 
aislados, por verdaderos o iniportantes que sean, despierten 



?'J^ OVlbCtUjS LITERARIOS I CIUTICÓS 



rnas inter^fs on itl alma, que las definiciones de un diecíonano 
o las fechas de una tabla cronolójica. 

Du^ld .Stewart ha observado que la suma de nuestros co- 
mx;¡rnícijtos no depende del número de ideas que adquirimos, 
sino del número de relaciones que percibimos entre ellas. Pero 
nmchos ímajíuan que hai una bondad o excelencia absoluta 
en ciertas ideas, en ciertas pro}>osiciones inconexas o estériles, 
porque Iíih ven de letra de molde, porque forman lo que se 
llama instrucción, i acaso también porque se paga por su ad- 
quisición la mns preciosa de tudas las cosas: dinero. 

Pero, ¿qu/' placer fse nos permitirá preguntar., qué in- 
terés ]>uedcn producir en nosotros las cien r^las de la arit- 
mética, siendo tan pocas las que talvez tendremos necesidad 
de ajdicar, i las que se comprenden en sus principios, esto 
es, las que es capaz de demostrar el alumno? Provocan, es 
verdad, cierto esfuerzo intelectual, pero enojoso i mal diri- 
jido. La joí^grafia pica la curiosidad dándonos a conocer los. 
países cíxtpanjeros; nos encanta la descri])cion de caudalo- 
sos rios í do impetuosas cataratas; de verdes i cultivados cam- 
pos; de majestuosas selvas i montes; de reinos florecientes i 
de ciudades espléndidas. Maltc-Brun ha hecho ver todo el 
partido que puede sacarse de estas materias en un tratado de 
jeografía. Pero los rudimentos que jeneralmente se dan no 
poseen aliciente alguno. Redúcense a meras mensuras jeo- 
inétricas; a darnos el largo i el ancho de cada país; a una 
árida lista de lonjitudcs i latitudes; de altaras i distancias; de 
po))Iaciones i productos. No negamos que algo do todo esto 
deba apnmdcrsc; pero lo menos posible, i en cuadros razona- 
dos i comparativos. Cun respecto a los exprimidos i enjutos 
compendios de liistoria que circulan en manos de los niños, 
roalmtMitc no podemos sufrirlos. Son lo que deben ser: irre- 
flistihlcnuinto fastidiosos. La historia interesa, no como una 
colccííion de h(?chos desnudos, que pueden repetirse do corrido 
en un examen, i conservarse en la memoria hasta el dia siguien- 
te, olvidándose prontamente i do mui buena gana, por la exce- 
siva i molesta carga con que la abruman, sino en cuanto 
ufreco a nuestra vista, como en un vasto teatro, grandiosas 



EDUCACIÓN Popular "21í9 



escenas en que figuran los hombres i los pueblos; en cuanto 
desenvuelve los ocultos resortes de la convlucta humana, ras- 
trea las causas, i expone las consecuencias, pinta los caracte- 
res de los personajes, i sazona de cuando en cuando su narra- 
tiva con los divertidos pormenores que pertenecen a la biogi'afía; 
despertando i avivando por todos estos medios los sentimien- 
tos morales de nuestra naturaleza.* Atlmitimos también que 



* Nuestra opinión coincide en un todo con la del autor del artículo. 
El desnudo conocimiento de los hechos, sin el do sus causas i efectos, 
do nada sirvo. Pero ¿no se haria dt^masiado larqra, do eso modo, la 
historia de un pueblo? Para evitar este inconveniente, creemos que su 
enseñanza debería limitarse a d.ir una idea de su orijen, a bosquejar 
el desarrollo de sus costumbres e instituciones, las varias fases de su 
civilización, i los personajes que han fiG:urado en él. Sus conquistas, 
BUS descubrimientos, sus artes, letras i comercio, deberían presentar- 
se en garando, sin perjuicio de aquellos pormenores que pareciesen 
necesarios para fijar el carácter de los hom!)rcs i de las cosas. Un ca- 
tálosco délas principales fuentes, i del grado de confianzíi que cada una 
merezca, sería tam})ie!i conveniente; porque el hábito di» creer a ciegas 
cuanto se contiene en las pajinas de un auttir antiguo o moderno es 
uno do los mas perniciosos. ¿Dará el joven alumno iírual crédito a las 
tradiciones de los priniiíros siglos de Grecia o Uoma, a las conjeturas 
de Xiehbur, a los cuentos del buen Plutarco, que a la narración de 
Tucidides o de Tácito? ¿I no se le deberá dislinJTuir lo que recibe do 
cada uno de estos canales, enseñándole desde temprano a darse cueii- 
ta de lo que cree? 

Mas. cuando jiizcramos indispensable el eslabonamiento de los hechos 
por medio de sus relaciones, no es nuestro ánimo recomendar para 
las primeras clases aquellas obras sistemáticas en que se presentan 
sintéticamente los grandes resultados históricos. El joven que saluda 
por la primera vez la historia, difícilmente podrá entenderlos i apre- 
ciarlos. Destituido de conocimientos preparatorios, le sería necesario 
que los admitiese sobre palabra; inconveniente crraveen las filosofías 
de la historia, porque tienen mucho de hipotético, i no pocas veces 
desfiguran los hechos, amoldándolos a las ideas peculiares, a lo^ sis- 
temas, a las preocupaciones, i aun a la vanidad nacional del autor. 

La análisis nos parece el método mas instructivo en el estudio do 
la historia. Sería de desear que el joven, en cuanto fuese posible, 
conociese los fundamentos de lo que se lo presenta bajo la forma do 
jeneralizacioncs abstractas. La historia es un rejistro do experiencias 
de la vida de los pu »blos; i las vcrdndos con que ella alimenta la razón 



algo en fi;rma de (.'Oiniienilia és iiMUspensable; pero DO ^ 
pasar úi: iiH'raít tnblos í mapas, quo sirvan como tío padre 
une yuieii al iiivu-stííJ^ttdür cu su marclia i lo muestren su po- 
sición relativa i su progreso. 

CUii-u es ({lie no deseamos la «iiprc.'iion de estos ramos de 
cnsrfmniut; sulo (|iicivmos señalarlos su tiompo i lugar, sus. 
«limi-nsiones i furinas,.. 

Al lijar líi pro|)on.-i<in a que d».-ljeii arreglarse los difereates 
dujiaitiimcntos de clucacion, querríamos que se diese al estu- 
dio lie la nnturali-zn mas lugar que el i|ue suele ordinariamente 
dedicarse a él: luiblumos de la liisturia natural, la química, 
la física i la astronomía. La tiurra, su estructura, las sustan- 
cias de que se i^ompone, con las mutuas relaciones i la acción 
rouiproca de una» en otras; sus minórales, plantas, i animales; 
su oonexiun con otros planetas, i con el sistema del universo, 
acrían fuentes inagotables de ínteres i placer para el joven 
alumno. Elementos de estas ciencias, idiomas, i a par de estos 
severos estudios, las artes do ornato, como declamación, calo* 
grafia, música, dibujo, pudieran ocupar los primeros añoa de 
la iustrueciun juvenil, subiendo después a las adquisiciones dad 
un orden intelectual mas elevado, como la literatura i la bis*l 
torta. 

Creerán alt^^unos que estos ol>jetos bastarían para ocupar L 

deben deducirse, nubiendo do los hechos a las relaciones, no desean*- 
diendo de las relRi^ionea a Ion hechos. Eia sota os su misión. Alm Glo- 
soria tooa después la Jeneralizaciotí suprema, la explicación definitiva 
de estas verdades por las leyes eicolájícns del hombre i de la sociedad 




lOÜCACION PÚPULAIl 



vida entera, i no Iiai iluda que, estudiados a fondo, así es; pero 
solo hablamos de sus elementos; i estamos so<;uroü de que la 
mitad lie los niños que frecuentan los culejios podriun aeg\iir 
con mucho provecho este curso do educación. Lo que conviene 
es que pr¡ncj¡)ien bien; que no depositen en la mtmoría, sino 
aquello que entienden; que su intoreson en lo que ac K-s enNi;- 
ña; que sientan el estimulo de la curiosidad; que el amor a U 
instrucción despierte i ensanche sus fiieultades meulales. De 
este modo, veríamos levantarse una nueva jenemcion. Intro- 
dúzcanse en nuestras salas de enseñanza unus putx>s instru- 
mentos i aparatos (que no costarían mucho] para que lus niñwt 
formen alguna idcu de las bellezas i maravillas de la naturale- 
za. En vez de aprender de memoria secas menudencias jeo- 
grálicas, recorran las grandes facciones i los olijelos mas se- 
fialados del globo terráqueo por medio do buenos mapns, 
planos de ciudades, Ijosquojos de monumentos i curiusidudes, 
¡combínese con el estuilio de cada país el do lus porciones 
mas interesantes ile su historia. En vez de una multitud de 
reglas de retórica, háganseles leer obras do gusto, en que 
I bailen ejemplos sanos de lomposicion. Hígase todo esto; i se 
iTOráen la sala de estudio una reunión agradable i animada... 
LSin eso, los niños estudian por complacer a sus padres i maeH- 
|tr08, por darse importancia, ]ior rivalidad, no por amor a la 
CHcncía; i faltándoles este motivo, los veremos poseídos de 
reirás mercenarias, a hundidos en una funesta apatía, en un& 
I Jeneral aversión a toda lectura, a toda especie de eonociniion- 
rtos. No hallando su enerjía intelectual un campo en quo 
I desplegarse, porque no les interesa lo que estudian, no serl 
L extraño que se entreguen ile toilo punto al juego i a pasatiem- 
[pos vulgares. 

Los defectos que hemos expuesto, no debían impulartie a 
I nuestros intelijentes instruitore» du la juventud, quo su ven 
r obligados a marchar por una wnda trai^ada du antL^mano, i a 
I dar el jénero de enseñanza que los ])adrcs dt-scan i cxijen para 
r Itis hijos. Agrégase a esto la extiosiva modicidad de la romu- 
I Deracion que reciben, la cual lus pono «n la precisión de 
r admitir mas niños que los quo un solo hombre puede buena- 



30'2 OPÚSCULOS LITERARIOS I cnmcos 



mente ensenar, i no les permite procurarse los medios necesa- 
rios, sobre todo, instrumentos i aparatos. El remedio a estos 
males puede solo aplicarlo la comunidad; i a ella recomenda- 
mos con encarecimiento este asunto. Ninguno toca mas de 
cerca a los deberes o intereses sociales; ninguno mas digno de 
promoverse por todos los órganos de comunicación. La prensa 
de un pueblo intclijento que hace tan rápidos progresos debe 
considerarse empeñada en tan noble causa. 

(Araucano, Año de 18^3.) 



» ■*■ - '■ =. - - - 



DISCURSO 



PRONUNÜUDÜ EN LA INSTALACIÓN DK LA L'NIVEnSÍÜAÍ) I)K (^.HILK 



KL día 17 DE i^miEMimE DI¿ I8i3 



ExcMo. Su. Patiiono 1)k la Univkhsidad: 

Señores: 

El consejo de la universidtid me ha encargado expresar a 
nombre del cuerpo nuestro profundo reconocimiento, por las 
distinciones i la confianza con que el supremo gobierno se ha 
dignado honrarnos. Debo también hacerme el intérprete del 
reconocimiento de la universidad por la expresión de benevo- 
lencia en que el señor ministro de instrucción pública se ha 
servido aludir a sus miembros. En cuanto a mí, sé demasiado 
que esas distinciones i e.sa confianza las debo mucho menos a 
mis aptitudes i fuerzas, que a mi antiguo celo (esta es la sola 
cualidad que puedo atribuirme sin presunción), a mi antiguo 
celo por la difusión de las luces i de los sanos principios, i a 
la dedicación laboriosa con que he seguido algunos ramos de 
estudio, no interrumpidos en ninguna época de mi vida, no 
dejados de la mano en medio de graves tareas. Siento el peso 
de esta confianza; conozco la extensión de las obligaciones que 
impone; comprendo la magnitud de los esfuerzos que exija. 
Respon.sabilidad es esta, que abrumaría, si recayese sobre un 
solo individuo, una intelijencia do otro orden, i mucho mejor 
preparada que ha podido estarlo la mia. Pero me alienta la 



« LiTEn^ntos icBínco» 



cooperación de mis (listincfuídos colegas en el consejo i el cuer- 
po todo de la universiilad. La leí (afortunadamente para mQ,, 
ha querido que la dirección de los eístudios fuese la obra común 
del cuerpo. Con la aíiistcncia del consejo, con la activit!^ 
ilustrada i patriótica tic las diferentes facultades; bajo los nu«*-' 
picios del gobierno, bajo la inHuoncia de la libertad, espíritu 
vital de las instituciones cliüona», me es licito esperar que el 
caudal precioso do ciencia i talento, de que ya está en posesión 
la universidad, ae aumentará, se difundirá velozmente, ca be- 
neücio de la relijion, de la moral, de la libertad misma, i do 
los intereses materiales. 

La universidad, señores, no seria digna de ocupar un lugar 
en nuestras instituciones sociales, si (lumo murmuran algunos 
ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de !aa cien- 
cias i de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo im 
punto da vista moral, o bajo un punto de vista político. La 
moral (quo yo no separo de la relijion) es la vida misma de la 
sociedad; la libertad es el estímulo quo da un vigor sano i una 
actividad fecunda a las instituciones sociales. Lo que enturbia 
la pureza de la moral, lo que trabe el arreglado, pero librea 
desarrollo de las facultades individuales i culectivas de la hu» 
raanidad — ¡ di{;o mas — lo que las ejercito infructuosamcntaJ 
no debe un gobierno sabio incorporarlo en la organización AtAm 
estado. Pero en este siglo, en Cbile, en esta reunión, que ytSM 
miro como un homenaje solemne a la importancia de la cultu-J 
ra intelectual; en esta reunión, que, por una coíncidenol^l 
significativa, es la primera de las pompas quo saludan al ilút!| 
glorioso de la patria, al aniversario do la libertad cbilcna, yéiM 
no me creo llamado a defender las ciencias i las letras contra'T 
los paralojismos del elocuente filósofo de Jinebra, ni contra loe" 
recelos de espíritus asustadizos, que con los ojos fijos en tos 
escollos que han hecho zozobrar al navegante presuntuoso, no 
querrían que la razón desplegase jamas las velas, i de buena 
gana la condenarían a una inercia eterna, mas perniciosa que 
el abuso de las luces a las causas mismas por que abogan. No I 
para refutar lo que ha sido mil veces refutado, sino para ma- -I 
nifestar la correspondencia que existe entre los sentimientos 1 



P. l\-:(TALAClnN Dli LA L'MVKHiiJDAD 



305 



que acaba do expresar el señor ministro do instrucción pública 
i los que anini'iii a la universidad, so me permitirá que añada 
a las de su señoria algunas i<teas jcnerales sobro k inriucncía 
moral i políti(;a do laií ciencia» i <Io las letras, sobre el minis- 
terio de los cuerpos litenirios, i sobre los trabajos espLciales a 
<¡uo me parecen destinadas nuc-slrns Tacultadas uiiíversi lanas 
en el estado presente do la nación eliileiia. 

Lo sabéis, señores: todas laa verdades so tocan, desde laa 
que formulan el ruml>o de los mundos en el piólago del espa- 
cio; desde las que determinan las ajeneias maravillosas do quo 
dependen el movimiento i la vida en el universo do la materia; 
desdo las que resumen la estructura del animal, de la planta, 
de la masa inorgánica que pisamos; desde las (¡ue revelan loa 
fenómenos íntimos del alma en el teatro misterioso de lu con- 
ciencia, hasta los que expresan las acciones i reacciones du las 
fuerías jiolíticas; hasta las .¡no sientan las bases inconmoviblua 
de la moral; hasta las quo d.terminan las condiciones precisos 
para el deseti volvimiento do los júrmencs iudustnales; hasta 
las quo dirijen i fecundan las artes. Los adclantamientoa en 
todas lincas se llaman unos a otros, sce.<ílabonan,se empujan. 
I cuando dii^o ios adelantamiunlos en (odas líneas, com- 
prendo sin duda los mas importantes a la dicha ilel j¿nero hu- 
mano, los adelantamientos on el órtlen moral i político. ¿A quó 
se debe este progi-oao do uivilizacion, esta ansia de mejoras so- 
ciales, esta sed de liljcrtadí üi qucrcmas saberlo, comparemos 
a la Europa i a nuestra afortunada América, con los .sombríos 
imperios del Asia, en que el despotismo hace posar su cetro de 
hierro sobro cuellos encorvados do antemano por la ignoran- 
cia, o con los hordas africanas, en que el hombro, a[>L-nas su- 
perior a los brutos, es, como ellus, un artículo do trúlico para 
sus propios hermanos. ¿Quién prendió en la Europa usclavixada 
las primerfia centellas du lilícrtad civil? ¿Xo fueron las letras? 
¿No fué la licrcneia intelectual de Orocia í Roma, reclamada, 
después de una larjía época da o»t;urida<l, por el espíritu hu- 
mano? Allí, allí tuvo principio e.'ite vasto movimiento ¡>ulÍtieo, 
que ha restituido sus títulos de injenuidatl a tantas razas tx- 
clava.s; este movimiento, rjue sa propatra cu todos Hcntídun, 
urt.Sü. M 



306 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICO» 



acelerado continuamente por la prensa i por las letras; cuyas 
ondulaciones, aquí rápidas, allá lentas, en todas partes necesa- 
rias, fatales, allamaran por ñn cuantas barreras so les opongan, 
i cubrirán la superficie del i^^lobo. Todas las verdades se tocan; 
i yo extiendo esta aserción al doíi:ina relijioso, a la verdad teo- 
lójica. Calumnian, no sé si diga a la relijion o a las letras, los 
que imajinan ([uc pueda haber una antipatía secreta entro aqué- 
lla i éstas. Yo creo, por el contrario, que existe, que no puede 
menos de existir, una alianza estrecha, entre la revelación 
positiva i esa otra revelación universal que habla a todos los 
hombres en el libro de la naturaleza. Si entendimientos extra- 
viados han abusado de sus conocimientos para impugnar el 
dogma, ¿qué prueba esto, sino la condición de las cosas huma- 
nas? Sí la razón humana es débil, si tropieza i cae, tanto mas 
necesario es suministrarle alimentos sustanciosos i apoyos 
sólidos. Porque extinguir esta curiosidad, esta noble osadía 
del entendimiento, que le hace arrostrar los arcanos de la na- 
turaleza, los enigmas del porvenir, no es posible, sin hacer- 
lo, al mismo tiempo, incapaz de todo lo grande, insensible 
a todo lo que es bello, jeneroso, sublime, santo; sin empon- 
zoñar las fuentes de la moral; sin afear i envilecer la reli- 
jion misma. He dicho que todas las verdades se tocan, i aun 
no creo haber dicho bastante. Todas las facultades humanas 
forman un sistema, en que no puede haber regularidad i ar- 
monía sin el concurso de cada una. No se puede paralizar una 
fibra (permítaseme decirlo así), una sola fibra del alma, sin 
que todas las otras enfermen. 

Las ciencias i las tetras, fuera de este valor social, fuera de 
esta importancia que podemos llamar instrumental, fuera del 
barniz de amenidad i elegancia que dan a las sociedades hu- 
manas, i que debemos contar también entre sus beneficios, 
tienen un mérito suyo, intrínseco, en cuanto aumentan los pla- 
ceres i goces del individuo que las cultiva i las ama; placeres 
exquisitos, a que no llega el delirio de los sentidos; goces pu- 
ros, en que el alma no se dice a sí misma: 

. . . , Medio de fonte Icporun 

surgit amari aHíjuid, quod in ipsis lloribus angit. (Lxtcrccio) 



DISGiaSO DE INSTALACIÓN DK LA UNIVERSIDAD 307 



De en medio do l;i fuente del deleite 
un no sé fiué de «imargo se levanta, 
que entre el halago de las flores punza. 

Las ciencias i la literatura llevan en si la rofoniponsa do los 
trabajos i vijilias que se les consagran. No hablo de la gloria 
quo ilustra las grandes conquistas científicas; no hablo de la 
auréola de inmortalidad que corona las obras del jonio. A po- 
cos es permitido esperarlas. Hablo do los placeres mas o monos 
elevados, mas o monos intensos, quo son comunes a todos los 
rangos en la república de las letras. Para el entendimiento, 
como para las otras Facultades humanas, la actividad es en sí 
misma un placer; placer que, como dice un filosofo escoces,* 
sacude do nosotros aquella inercia a que de otro modo nos en- 
tregaríamos en daño nuestro i do la sociedad. Cada senda que 
abren las ciencias al entendimiento cultivado, le muestra pers- 
pectivas encantadas; cada nueva faz que so le descubre en el 
tipo ideal de la belleza, hac(í estremecer deliciosamente el co- 
razón humano, criado para admirarla i sentirla. El entendi- 
miento cultivado oye en el retiro de la meditación Iíls mil voces 
del coro de la naturaleza: mil visiones peregrinas revuelan en 
torno a la lámpara solitaria que alumbra sus vijilias. Para el 
solo, se desenvuelve en una escala inmensa el orden de la na- 
turaleza; para él solo, se atavía la creación de toda su magni- 
ficencia, de todas sus galas. Pero las letras i las ciencias, al 
mismo tiempo que dan un ejercicio delicioso al entendimiento i 
a la imajinacion, elevan el carácter moral. Kllas debilitan el po- 
derío de las seducciones sensuales; ellas desarman de la mayor 
parte de sus terrores a las vicisitudes de la fortuna. Ellas son 
(después de la humilde i contenta resignación d(d alma relijio- 
sa) el mejor preparativo para la hora de la desgracia. Ellas 
llevan el consuelo al lecho del enfermo, al asilo del proscrito, 
al calabozo, al cadalso. Síjcrates, en vísperas de beber la cicu- 
ta, ilumina su cárcel con las mas sublimes especulaciones que 
nos ha dejado la antigíiodad jentílica sobre el porvenir de los 
destinos humanos. Danto compono en el dostiern) su Dinina 

• Tomas íirown. 



308 OPLSCL'LOS LITBHAKIOS I CRÍTICOS 



Comedia, Lavoisier piílc a sus verdugos un plazo breve para 
terminar una investigación imix)rlante. Chenier, aguanlando 
por instantes la muerte, escribe sus últimos versos, que deja 
incompletos para marchar al patíbulo: 

Commo un dernier rayen, comme un dernier zéphirc 

animo la fin d'un bcau jour, 
au picd de léchafaud j'essaie ancor nía lyi'C. 

Cual rayo i>oslrero, 
cual aura que anima 
el último instante 
de un hermoso dia, 
al pié del cadalso 
ensayo mi lira. 

Tales son las rccomixínsas do las letras; tales son sus consue- 
los. Yo mismo, aun siguiendo de tan lejos a sus favorecidos 
adoradores, yo mismo he podido participar de sus beneficios, i 
saborearme con sus goces. Adornaron de celajes alegres la 
mañana do mi vida, i conservan todavía algunos matices a el 
alma, como la flor que hermosea las ruinas. Ellas han hecho 
aun mas por mí; me alimentaron en mi larga i)eregrinacion, i 
encaminaron mis pasos a este suelo de libertad i de paz, a esta 
patria adoptiva, que me ha disi)ensado una hospitalidad tan 
benévola. 

Hai otro punto de vista, en que talvez lidiaremos con preo- 
cupaciones especiosas. Las universidades, las corporaciones 
literarias, ¿son un instrumento a propósito para la proiviga- 
cion de las luces? Mas apenas concibo que pueda hacerse esa 
pregunta en una edad que es por excelencia la edad de la aso- 
ciación i la representación; en una edad en que pululan por 
todas partes las sociedades de agricultura, de comercio, de in- 
dustria, de beneficencia; en la edad de los gobiernos represen- 
tativos. La Europa, i los Estados Unidos de América, nuestro 
modelo bajo tantos respectos, responderán a ella. Si la propa- 
gación del sal)er es una de sus condiciones mas importantes, 
porque sin ella las letras no harían mas que ofrecer unos 
pocos puntos luminosos en medio de densas tinieblas, las cor- 



INST.M-ACIO.N BK LA USfVKnSIlJ. 



poracionea a qtte so debe principalmente la rapidez de las co- 
municaciones literarias Iiacen l>cnc[I>;Íos esenciales a la itii^- 
tracioii i a la liumanidm!. No bien bruta en el pensamiento de 
uninlividuo una verdad nueva, cuandu su apodera de ella 
toda la república de lan letraw. Loa sabios de la Alemania, de 
la Francia, de los Estados Unidos, aprecian su valor, su» oon- 
secLicneias, sus aplieaciones. En esta propagación del saber, 
las academias, las universidades, forman otros tantos depósi- 
tos, a donde tienden eonstantomen te a acumularse todas las 
adquisiciones eientílieas; i deealos centros es du donde se de- 
rraman mas fácilmente por las diferentes clases de la socio- 
dad. La universidad do Chile ha sido establecida con este 
objeto especiuL Ella, si corre.spon(lo a las miras do la Ici (¡uo 
le ha dado su nueva forma, si corresponde a los deseos de 
nuctitro gobierno, será un cuerpo ominontemcnto expansivo i 
propagador. 

Otros pretenden que el fomento (.lado a la instrucción cien- 
tífica se debe de preferencia a la enseñanza primada. Yo cier- 
tamente soi de los que miran la instrucción jeneral, la educa- 
ción del pueblo, como uno do los objetos mas importantes i 
privilcjiados a que pueda dirijir su atención el gobierno; co- 
mo una necesidad primera i urjcnte; como la base do todo 
sólido progreso; como el cimiento indispensable de las insti- 
tuciones republicanas. IVro, por eso mismo, creo necesario i 
urjente el fomento du la enseñanza literaria i científica. En 
ninguna parte, bu podido jencralizarso la instrucción elemen- 
tal que reclaman las clases laboriosas, la gran mayoría del 
jéncro buinano, sino dundo han florecido de antemano las 
ciencias i las letras. No tUgo yo qae el cuUivo do las letras i 
do las ciencias traiga en jios do sí, como una consecuencia pre- 
cisa, la difusión du lu enseñanza elemental; aunque es incon- 
testable que tas ciencias i los letras tienen una tendencia na- 
tural a difundirse, cuando causas a rtificiales no las contrarían. 
Lo que digo es que el primero es una condición indispensable 
cíe la segunda; que donde no exista aquúl, es imposible que la 
otra, cualesquiera qnu soan los esruerzos de la autoridad, se 
veriliquo ]>aj(i la furnia cunveiiientcr. La difusión de los cono* 



310 OPÚSCULOS LITEH Aillos I CRÍTICOS 



cimientos supone uno o mas liogares, do donde salga i se re- 
parta la luz, que, extendiéndose progresivamente sobro los 
espacios intermedios, penetro al íin las capas extremas. La 
jeneralizaoion de la enseñanza requiere gran número de maes- 
tros competentemente instruidos; i las aptitudes de estos sus 
últimos distrÜHiidores, sonedlas mismas, emanaciones mas o 
menos dictantes do los grandes depósitos científicos i litera- 
rios. Los buenos maestros, los buenos lil)ros, los buenos mé- 
todos, la buena dirección de la enseñanza, son necesariamente 
la obra do una cultura intelectual mui adelantada. La instruc- 
ción literaria i científica es la fuente de donde la instrucción 
elemental se nutre i se vivifica; a la manera que en una so- 
ciedad bien organizada la riqueza de la dase mas favorecida 
do la fortuna es el manantial de donde so deriva la subsisten- 
cia de las clases tra])ajadoras, el bienestar del pueblo. Pero la 
lei, al plantear de nuevo la universidad, no ba querido fiarse 
solamente de esa tendencia natural de la ilustración a difun- 
dirse, i a que la imprenta da en nuestros dias una fuerza i 
una movilidad no conocidas^ antes; ella ba unido íntimamente 
las dos especies de enseñanza; ella lia dado a una de las sec- 
ciones del cuerpo universitario el encargo especial de velar 
sobre la instrucción primaria, de observar su marcha, de faci- 
litar su propagación, de contribuir a sus progresos. El fomen- 
to, sobre to;lo, de la instrucción relijiusa i moral del pueblo 
es un deber que cada mieml)ro de la universidad se impone 
por el hecho do ser recibido en su seno. 

Lo. lei que ha restal)lecido la antigua universidad sobro 
nuevas bases, acomodadas al estado presente de la civilización 
i a las necesidades do Chile, apunta ya los grandes objetos a 
que debe dedicarse este cuerpo. El señor ministro vice-patro- 
no ha manifestado taml)ien las miras que presidieron a la re- 
fundición do la universidad, los linos que en ella se propone 
el lejisladi)r, i las esiieran/as que es llamada a llenar; i ha 
desenvuelto de tal modo estas ideas, que, siguiéndtde en ellas, 
apjnas me sería posible hacer otra eüsa.([ue un ocioso comen* 
tario a su discurso. Añadiré con to lo algunas breves observa- 
ciones que me parecen tener su importancia. 



DISCURSO DE ÍNSTALACiON DE LA UNIVERSIDAD 311 



El fomento do las ciencias eclesiásticas, desuñado a formar 
dignos ministros del cultí), i en último resultado a proveer a 
los pueblos do la república de la competente educación rcli- 
jiosa i moral, es el primen) de estos oI)jetos i el de mayor 
trascendencia. Pero liai otro aspecto baji) el cual debemos mi- 
rar la consao^racion de la universidad a la causa de la moral 
i de la relijion. Si importa el cultivo de las ciencias eclesiás- 
ticas \x\vi\ el desempeño del ministerio sacerdotal, también 
¡mp(jrta jeneralizar entre la juventud estudiosa, entre toda la 
juventud que participa de la educación liter;u'ia i científica, 
conocimientos ailecuados del doí^ma i de los anales de la fe 
cristiana. No creo necesaria ])robar que esta debiera ser una 
parte intep^rante de la educación jeneral, indispensable para 
toda profesión, i aun para todo Iiombre que quiera ocupar en 
la sociedad un lugar superior al ínfimo. 

A la facultad de leyes i ciencias ¡)o!ít¡cas se abre un campo 
el mas vasto, el mas susceptible de aplicaciones útiles. Lo ha- 
béis oído: la utilidad [)ráctica, los resultados positivos, las 
mejoras sociales, es lo í|ue principalmente esjK^ra de la uni- 
versidad el íJTobierno; es lo (pie principalmente debe recomen- 
dar sus trabajos a la patria. Herdleros de la lejislacion del 
pue])lo reí, tenemos que purj/arla de las manchas que contra- 
jo bajo el indujo malé!ii-o del despotismo; tenemos que des- 
pejar las incoherencias que deslustran una ol)ra a que han 
contribuido tantos siíj^los, tantos intereses alternativamente 
dominantes, tantas inspiraciones contradictorias. Tenemos que 
acomodarla, que restituirla a las instituciones republicanas. 
¿I (jué objeto mas importante o mas grandioso, que la forma- 
ción, el i)crf(\'cií»nainient j de nuestras leyes orgánicas, la 
recta i pronta administración de justicia, la seguridad de nues- 
tros d<'reclios, la fe de las transaciMones comerciales, la paz 
(hd hogar d miéstico? La universidad, me atrevo a decirlo, no 
ac »j«^rá la pivocupacinn í[ue condena como inútil o pernicioso 
el estudio de las leyes romanas; creo, por el contrario, que le 
dará un nuevo estímulo i lo asentará sobre bases mas amplias. 
Li universidad verá probaldemento en ese estudio el mejor 
aprendizaje de la bijica jurídica i forense. Oigamos sobre este 



31*2 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



punto el testimonio de un hombre a quien scp^uramento no se 
tachará de parcial a doctrinas antiguas; a un hombre que en 
el entusiasmo de la emancipación popular i do la nivelación 
democrática lia tocado tal vez al extremo. «La ciencia estampa 
en el derecho su sello; su lójica sienta los principios, formula 
los axiomas, deduce laa consecuencias, i saca de la idea de lo 
justo, rofl jáiidola, inagotables desenvolvimientos. Biijo este 
punto do vista, el derecho romano no reconoce igual: se pue- 
den disputar algunos de sus principios; poro su método, su 
lójica, su sistema científico, lo han hecho i lo mantienen su- 
perior a todas las otras lejislaciones; sus textos son la obra 
maestra del estilo jurídico; su método es el de la jeometría 
aplicado en todo su rigor al pensamiento moral.» Así se ex- 
plica L'llerminier, i ya antes Leibniz habia dicho: «In juris- 
prudentia regnant (romani). Dixi sa^pius post scripta geome- 
trarum nihil extare quod vi ac subtilitate cum romanorum 
jurisconsultorum scriptis comparan possit: tantum nervi inest; 
tantum profunditatis.» 

La universidaxl estudiará también las especialidades de la 
sociedad chilena bajo el punto de vista económico, que no 
presenta problemas menos vastos, ni de menos arriesgada re- 
solución. La universidad examinará los resultados de la esta- 
dística chilena, contribuirá a formarla, i leerá en sus guaris- 
mos la expresión de nuestros intereses materiales. Porque en 
este, como en los otros ramos, el programa de la universidad 
es enteramente chileno: si toma prestadas a la Europa las 
deducciones de la ciencia, es para aplicarlas a Chile. Todas 
las sendas en que se propone dirijir las investigaciones de sus 
miembros, el estudio do sus alumnos, converjen a un centro: 
la patria. 

La medicina investigará, siguiendo el mismo plan, las. mo- 
dificaciones peculiares que dan al hombre chileno su clima, 
sus costumbres, sus alimentos; dictará las reglas de la hijieno 
privada i pública; se desvelará por arrancar a las epidemias 
el secreto de su jerminacion i de su actividad devastadora; i 
hará, en cuanto es posible, que se difunda a los campos el 
conocimient > n. ^>> medios sí.s.-illos do conservar i reparar 



I ÜK LA UIVIVCIISIOAD 



la salud. ¿Enumeraré ahura las utilkladcü positivas de laa 
ciencias inatomatieas i físicas, sus aplicaciones a una indus- 
tria nacicnto, que apenas tiene en üjorciciu unas poca» artes 
simples, groseras, sin ppocLulores l)ien entendidos, sin niAqui- 
nas, sin algunos aun do los mas comunes utensilios; sus apli- 
caciones a una tierra cruzada en todos sentidos de veneros 
metálicos, a un suelo fértil de riijuezas vejetaics, de sustan- 
cias alimenticias; a un suelo, soI>re el que la eicncia ha ccliado 
apenas una ojeada rápida? 

Pero, fomentando las aplicaciones prácticas, catoi mui dis- 
tante de creop que la universidad adopte por su divina el mez- 
quino cui bono'' i que no aprecie en su justo valur el conoci- 
miento do la naturaleza en todos sus variados departamentos. 
Lo primero, jmrque, para guiar acertadamente la práctica, es 
necesario quo el entendimiento se elevo a loa puntos culmi- 
nantes de la ciencia, a la apreciación de sus fórmulas jencra- 
le». La universidad no confundirá, sin duda, las aplicaciones 
prácticas con las man ípu I aciones de un empirismo ciepo. I lo 
segundo, purque, como dije antes, el cultivo de la intelijencia 
contemplativa que descorro el velo a los arcanos del universo 
fisico i moral, os en sí mismo un resultado positivo i de la 
mayor importancia. En este punto, para no i-epetirmo, copia- 
ré las palabras do un sabio ingles, que me ha honrado con su 
amislad. 'lia sido, dice cl doctor Nicolás Arnolt, ha sido una 
proocuphcion el creer quo las personas instruiduis asi en las 
leyes jenerales tengan su atención dividida, i apenas les quedo 
tiempo para aprender alguna cosa perfectamente. Lo contra- 
rio, sin embargo, es lo cierto; [wrque los conocimientos je- 
nerales hacen mas claros i preciHoa lus conouimientos parti- 
culares. Los teoremas de la rdu.sofÍa sotí otras tantas llaves 
que nos dan entrada a los mas deliciosos jardines que la ima- 
jinacion puede figurarse; son una vara májica que nos descu- 
bre la faz del universo i nos revela infinitos objetos que la 
ignorancia no ve. El hombre instruido en las leyes naturales 
está, por decirlo asi, rodeado de seres conocidos i amigos, 
mientras cl hombre ignorante peregrina por una tierra extra- 
ña i hostil. El que por medio de las leyes jenerales puede leer 



31 \ OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

en el libro de la naturaleza, encuentra en el universo una his- 
toria .sublime que le habla de Dios, i ocupa dignamente su 
pensamiento liasla el fin de sus dias.» 

Paso, señores, a aquel departamento literario que poseo de 
un modo peculiar i eminente la cualidad do pulir las costum- 
bres; que afina el lenguaje, haciéndolo un vehículo fiel, her- 
moso, diáfano, de las ideas; que, por el estudio de otros idio- 
mas vivü.^ i muí>rtos, nos pone en comunicación con la anti- 
güedad i con las naciones mas civilizadas, cultas i libres de 
nuestros dias; que nos hace oír, no por el imperfecto medio 
de las traducciones siempre i necesariamente infieles, sino 
vivos, sonoros, vibrantes, los acentos de la sabiduría i la elo- 
cuencia extranjera; que, por la contemplación de la belleza 
ideal i de sus reflejos en las obras del jcnio, purifica el gusto, 
i concilia con los raptos audaces de la fantasía los derechos 
imprescriptibles de la razón; que, iniciando al mismo tiempo 
el alma en estudios severos, auxiliares necesarios de la bella 
literatura, i preparativos indispensables para todas las cien- 
cias, para todas las carreras de la vida, forma la primera dis- 
ciplina del ser intelectual i moral, expone las leyes eternas do 
la intelijencia a fin do dirijir i afirmar sus pasos, i desenvuelve 
los pliegues profundos del corazón, para preservarlo de extra- 
víos funestos, para establecer sobre sólidas bases los derechos 
i los deberes del hombre. Knumerar estos diferentes objetos 
es presentaros, señores, según yo lo concibo, el programa de 
la universidad en la s(*ccion de filosofía i humanidades. Entre 
ellos, el estudio do nuestra lengua me parece de una alta im- 
portancia. Yo no abogaré jamas por el purismo exajerado que 
condena todo lo nuevo en materia de idioma; creo, por el con- 
trario, qa(í la multitud de ideas nuevas, que pasan diariamente 
del comercio literario a la circulación jeneral, exije voces nue- 
vas que las representen. ¿Hallaremos en el diccionario de 
Cervantes i de * frai Luis de Granada — no quiero ir tan lejos — 
hallaremos, en el diccionario de Iriarte i Moratin, medios ade- 
cuados, signos lúcidos para expresar las nociones comunes 
que flotan hoi dia sobre las intelijencias medianamente culti- 
vadas, para expresar el pensamiento social? ¡Nuevas institu- 



DISCURSO DE INSTALACIÓN DE LA UNIVEÍtSIDAD 3l¡ 



cienes, nuevas leyes, nuevas costumbres; variadas por todas 
partes a nuestros ojos la materia i las formas; i viejas voces, 
vieja fraseolojia! Sobre ser desacordada esa pretensión, por- 
que pugnaria con el primero de los ol)jetos de la lengua, la 
fácil i clara trasmisión del pensamiento, sería del todo inase- 
qu¡l)le. PeiV) se puede ensancbar el len^^uaje, se puede enri- 
quecerlo, se puede acomodarlo a todas . las exijencias do la 
sociedad, i aun a las de la moda, que ejerce un imperio in- 
contestable sobre la literatura, sin adulterarlo, sin viciar sus 
construcciones, sin hacer violencia a su jenio. ¿Es acaso dis- 
tinta de la de Pascal i líacinc, la lengua de Chateaubriand i 
Villemain? I no trasparenta perfectamente la de estos dos 
escritores el pensamiento social de la Francia do nuestros 
dias, tan diferente de la Francia de Luis XIV? Ilai mas: de- 
mos anclias a esta especie de culteranismo; demos carta de 
nacionalidad. a todos los caprichos de un extravagante neolo- 
jismo; i nuestra América reproducirá dentro de poco la confu- 
sión de idiomas, dialectos i jerigonzas, el caos babilónico de 
la edad media; i di(»z puel)los perderán uno de sus vínculos 
mas poderosos de fraternidad, uno de sus mas preciosos ins- 
trumentos de correspundencia i comercio. 

La universidad fumentará, no solo el estudio de las lenguas, 
sino de las literaturas extranjeras. Pero no s»' si me engaño. 
La opinión de aquéllos que creen que debemos recibir los re- 
sultados sintéticos de la ilustración europea, dispensándonos 
del examen de sus títulos, dispensándonos del proceder analí- 
tico, único medio do a(l([uirir venladeros conocimientos, no 
encontrará nmchos sufriijios en la universidad. Respetando, 
como resi)eto las oi)iniones ajenas, i reservándome solo el de- 
recho de discutirlas, coníicso (¡ue tan poco propio me parece- 
ría para alimentar el entendimiento, para educarle i acostum- 
brarle a pensar por sí, el atenernos a las conclusiones mora- 
les i políticas de Ilerder, por ejemplo, sin cU estudio de la 
hi.storia antigua i moderna, como el adoptar los teoremas do 
Euclídes sin el previo trabajo intelectual de la demostración. 
Yo miro, señores, a IIerdi*r como uno de los escritores que 
han servido mas útilmente a la humanidad: él ha dado toda 



OPUaCtJUJS UTEHARlOB I CHÍTICOS 



«u il¡;rniJiiJ a la historia, desenvolviendo en ella loa tlesigoios 
riela Providencia, i los destines a que ea llamada la especie | 
humana sobre la tierra. Pero el miümo Heriler no so propuscT^ 
suplantar c;l conociinitíiito de los hechos, sino ilustrarlos, ex-j| 
pilcarlos; ni se puede apreciar su doctrina, sino por medio é 
previos estudios históricos. Sustituir a ellos deducciones i fól 
muías, sería presentar a la juventud un es(¡ueloto en vez d 
un tra.sIado vivo del hombre social; seria darle una colccciol 
de aforisniüs en vez de poner a su vista el panorama luóvtll 
instructivo, pintoresco, do las instituciones, de las costumbreC 
do las revoluciones, ile los gnindes pueblos i de los grandes 
hombres; seria quitar al moralista i al político las conviocio- 
ncs profuntlas, cpie solo pueden nacor del conocimiento de loa 
hechos; seria quitar a la experiencia del jénero humano el aa- J 
ludahle poderío de sus avisos, en la edad, cabalmente, qua t 
mas susceptible du impresiones durables; sería quitar al poeta ' 
una inagutablo mina de imájones i de colores. 1 lo que digo 
de la historia, me parece que debemos aplicai'lo a todos loa 
otros ramos del saber. Se impone de esto modo al entendi- 
miento la necesidad de largos, es verdad, pero agradables es- 
tudios. Porque nada hoce nías desabrida la enseiíanza que lets 
abstracciones, i nada la hace fácil i amena, sino el proceder 
que, amoblando la memoriajEjercita al mismo tiempo el ent«n- 
dimiento i exalta la imajinncion. El raciocinio debo enjendrar 
al teorema; los ejemplos graban profundamontií las lecciones. 

¿I pudiera yo, señores, diíjar de aludir, aunque de pa 
esta rápida reseña, a la mas hechicera de las vocaciones lite*"] 
rarias, al aroma de la literatura, al capitel corintio, por de- 1 
cirio asi, do la suciedad culta? ¿Pudiera, sobro todo, dejar de I 
aludir a la excitación instantánea, que ha hecho aparecer so- I 
bro nuestro horizonte esa constelación do jóvenes injenios quo I 
cultivan con tanto ardor la poesía? Lo dírú con injenuidad: | 
hai incorrección en sus versos; hai cosas que una razón casti* 
gada i severa condona. Pero la corrección es la obra del ea- | 
ludio i délos años; ¿quiún pudo esperarla do los que, en un 
momento de exaltación, poútica i patriótica a un tiempo, se 
lanzaron a esa nueva arena, resueltos a probar que en las I 



ulinas cliilcna» arile tatnliieii nrnit-l filena iliviiio, (U* (iiio, por 
una priwc II pación injusta, se las hnhiix ctx'iily priviulaa? Mm-s- 
tras brillanU.-», i no limíUdita al sexo (¡iii; tmlva nosotrus Ita 
cuUivatlo liaatíi aliura casi (.■xclust va mente las Ii-lras, lu ha- 
bían rofutadü ya. Ellos la han ik-sinentiilg de nuovo. Yo no fió 
üi una predisposición pan-ial hacia lot ennayo» do la» inleli- 
jcncisH juveniles, extravia mi juicio. Digo lo qno sioiito: hallo 
en ctnaa ol»ras destellos incoiitoíitables del verdadero tálenlo, i 
aun con relación a algunas do ellas, pudiera dctir, del verda- 
dero jcnio poético. Hallo, en ali^niia!^ de esas olji'as,una imaji- 
nacion orijinal i rica, esprnsiijnes lelizniente atrevida», i (lo 
(¡uc parece que .sutil pudo dar un largo ejen.ii!Ío) una vcrsill- 
cacion armoniosa i íluí.ia, que busca de propósito las dificul- 
tades para luchar con ellas i salo airosa do esta arriesgada 
prueba. La universidad, alentando a nuoslros jóvenes poetas, 
lea dirá talvez: «Si queréis que vuestro nombre no quede en- 
carcelado entre la cordillera de los Andes i la mar del Sur, 
recinto demasiado estrecho para las aspirnuioues jenerosas del 
talento; ni queréis que os lea la posteridad, haced buenos es- 
tudio.^, principiando por el di! la lengua nativa. Haced mas; 
tratad asuntos dignos do vuestra patria i de la posteridad. 
Dejad los tonos muelles do la lira do Anacreonto i de Safo: la 
poesía del siglo XIX tionc una miíiion mas alta. Que los gran* 
dea intereses de la humanidad os inspiren. Palpite en vuestras 
obras el sentimiento moral. Digaso cada uno de vusutroa, al 
tomar la pluma: Sacerdote de las Musas, canto para las almas 
inocentes i puras: 

Musarum saccrdos, 

virginibus puerisque canto. 
{línraciu.) 
¿I cuántos temas grandiosos no os presenta ya vuestra jo- 
ven república? Celebrad sus grandes días; tejed guirnaldas a 
8U3 héroes; consagrad la mort;ija de los mártires do la patiúa. • 
La universidad recordará al mismo tiempo a la juventud 
aquel consejo de un gran maestro de nuestros dias: «Es pre- 
ciso, decía Occthc, que el arto sea la regla de la ímajínacion 
i la trasformc en poesía. » 



31 S OPÚSCULOS MTEHAIWOS I CHÍTICOS 



El arte! Al oír esta palabra, aunque tomada de los labios 
mismos de Goethe, habrá al^'unos que me coloquen entre los 
partidarios 4e las reglas convencionales, que usurparon mu- 
cho tiempo ese nombre. Protesto solemnemente contra seme- 
jante aserción; i no creo que mis antecedentes la justiri(¡uen. 
Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles do la escue- 
la, en las inexorables unidades, en la muralla de bronce entro 
los diferentes estilos i jéneros, en las cadenas con que se ha 
((uerido aprisionar al poeta a nombre de Aristóteles i Horacio, 
i atribuyéndoles a veces lo que jamas pensaron. Pero creo que 
ha¡ un arte fundado en las relaciones impalpables, etéreas, 
de la belleza ideal; relaciones delicadas, pero accesibles a la 
mirada de lince del jenio competentemente preparado; creo 
que liai un arto que guia a la imajinacion en sus mas fo- 
gosos trasportes; creo que sin ese arte la fantasía, en vez de 
encarnar en sus obras el tipo de lo bello, aborta esfinjes, crea- 
ciones enigmáticas i monstruosas. Esta es mi fe literaria. 
Libertad en todo; pero yo no veo libertad, sino embriaguez li- 
cenciosa, en las orjías de la imajinacion. 

La libertad, como contrapuesta, ix)r una parte, a la doci- 
lidad servil que lo recibe todo sin examen, i por otra a la 
desarreglada licencia que se revela contra la autoridad do la 
razón i contra los mas nobles i puros instintos del corazón 
humano, será sin duda el tema de la universidad en todas sus 
diferentes secciones. 

Pero no debo abusar mas tiempo de vuestra paciencia. El 
asunto es vasto; recorrerlo a la lijcra, es todo lo que me ha 
sido posible. Siento no haber ocupado mas dignamente la 
atención del respetable auditorio que me rodea, i le doi las 
gracias por la induljencia con (pie se ha servido escucharme. 

í Araucano, Año de 1843) 



• t^ ^ - - .. 



vías de comunicación 



I 



Vemos con placer en la mt' moría del secretario jcneral de 
la sociedad de agricultura i beneficencia, publicada en el Afjri- 
cultor de noviembre, la reseña de los trabajos en que esta útil 
corporación se ha ocupado durante el año último, trabajos que 
por su institución se limitan a estudiar las necesidades do 
nuestra industria i a proponer las medidas conducentes a su 
fomento, como también los medios de hacer mas eficaz i fruc- 
tuosa la caridad pública, cuando extiende una mano favore- 
cedora a las clases que sufren; dos especies de objetos que tie- 
nen entre si una conexión mas estrecha de lo que a primera 
vista aparece; porque animar la industria, variarla, extenderla, 
es obrar a un tiempo sobre todas las modificaciones del mal 
moral i físico que aflijen a la sociedad, i atacarlas en su fuente. 

Entro estos objetos, se recomiendan algunos mas particular- 
monte por su importancia; i quizá no hai uno que en el mo- 
mento presente deba empeñar mas la solicitud de la sociedad 
que el de los marjales o revenicioncs que do algunos años 
a esta parte han cundido con espantosa rapidez en la provincia 
de Santiago, inutilizando terrenos preciosos para el cultivo, 
i amenazando inva lir a la capital misma. Sería de desear, para 
que pudieran aplicarse a es!a plaga los correctivos convenien- 
tes, quo se averiguase su causa; porque la que ujiiversalmen- 
te se reconoce por tal (el riego del llano de Maipo) es, a núes- 



320 OPÚSíU'LOa LITEHAIIIOS I CUÍTIGOS 



tro juicio, inadecuada. Observaciones cuidadosas sobre los 
períodos de las creces, i sobre la situación de los terrenos reve- 
nidos, hechas por personas inteli/entes, i precedidas de nivela- 
ciones exactas, podrian dar mucha luz sobre este importante 
problema, en que versan talvez consideraciones jeolójicas; i la 
residencia en Santiago d(íl sabio i laborioso Domeyko, que nos 
felicitamos de ver alistado entre los miembros de la sociedad de 
agricultura, es una circunstancia feliz, de que podemos apro- 
vecharnos, sea para indagar las ajencias naturales que concu- 
rran a este ominoso fenómeno, sea para tratar do combatirlas; 
porque el mal es grave, i su remedio urjente. Bajo este i otros 
puntos de vista, la cooperación de un hombre como don Ignacio 
Domeyko es preciosa para la sociedad. 

Otro grande objeto de los trabajos de este cuerpo es el délas 
vias de comunicación i trasporte; objeto de tan decidida impor- 
tancia en el estado actual del país, que no hemos podido expli- 
carnos la indiferencia con que lo mira El Mercurio (del 15 de 
diciembre de 1846), ni leer sin extrañeza esta cláusula: «El úni- 
co medio (de proveer a él por ahora) es fomentar el comercio, i 
darle toda la libertad posible a fin de excitarlo a internarse en el 
país: entonces vendrían necesariamente las vias de comunica- 
ción.» A nosotros nos parece (permítasenos la expresión) tan 
absurdo este juicio, como si tratándose del fomento de una ma- 
nufactura, i de facilitar i multiplicar sus productos por medio 
do una máquina, cuyos buenos efectos hubiese demostrado en 
todas partes la experiencia, se dijese: el mejor medio de mejorar 
esa manufactura es fomentarla, darle toda la libertad posible: 
entonces vendrían necesariamente las máquinas. La compara- 
ción es de una exactitud evidente. El trasporte de las mercade- 
rías es el ministerio industrial del comercio; los caminos, las 
calzadas, los canales, los puentes, son las máquinas que faci- 
litan i fertilizan esta especie de industria. Nadie duda de que 
convenga dar al comercio toda la libertad posible; i si El Mer^ 
curio encuentra que no se le ha dado toda la que se pudiera, 
indique los medios de aumentarla hasta donde le parezca que 
se puede. Pero en cualquier estado del país i de su comercio, ¿de- 
jará de influir ventajosamente en éste todo ahorro en los costos 



DISCURSO DK INSTALACIÓN DE LA UNIVERSIDAD 321 



del trasporte, que es un ahorro en los costos de su producción 
peculiar? Fomentar el comercio^ dice El Mercurio, que es el 
único medio de proveer a las vias de comunicación que le faltan. 
Pero ¿de qué se trata, cuando se procura proporcionárselas, sino 
de fomentar el comercio? No hai c'poca do las sociedades en que 
las vias de comunicación no sean un objeto directo de especu- 
lación i trabajo. ¿Se coloniza un país desierto? Lo primero es 
unir sus esparcidos caseríos, abriendo, por lo pronto, veredas 
que conduzcan de unos a otros. ¿Crece la población, crece con 
ella la riqueza, crece con ambas la necesidad de los cambios, 
i la cantidad do los objetos que se cambian? Las sendas se 
hacen anchos caminos; por donde antes transitaba con dificultad 
i peligro un hombre, es preciso que transiten ahora recuas i 
carros, i que transiten sin peligro; es preciso suavizar lo escar- 
pado, desecarlos pantanos; a la balsa insegura, sucede el puen- 
te; el puente mismo so hace progresivamente mas cómodo i 
sólido; a las vias terrestres, se sustituyen las acuáticas; hasta 
que en una época de la mas adelantada civilización i opulencia 
llama el comercio a su servicio nuevos i mas poderosos ajentes 
naturales, que obren en grande escala i hagan mas i mas rápidas, 
menos i menos dispendiosas las comunicaciones. Varían con el 
desarrollo de la sociedad las especulaciones i los trabajos que 
tienden a multiplicar i faciHtar los trasportes; pero, en ninguna 
de las fases de un pueblo, es lícito olvidar este objeto. El proble- 
ma que se trata de resolver en una época dada,% recae sobre la 
especie particular, sobre las direcciones, sobre la administra- 
ción i policía de caminos, que mas le convengan; pero no hai 
ninguna en que las vias de comunicación bajo esta o aquella 
forma no merezcan ocupar la atención del lejislador i del hom- 
bre de estado; bien que con una diferencia importante. Para 
un comercio pobre i atrasado, es necesaria la intervención con- 
tinua i solícita del poder público; a proporción que prospera, 
concurre mas directamente a la resolución especulativa i prác- 
tica del problema; i llega al fin el tiempo en que no ha menester 
auxilio externo, i puede él solo proveer a sus necesidades. Tener 
un gran comercio debe ser entre nosotros lo primero; sin 

duda; i para tener un gran comercio, es para lo que es preciso 
opúsc. 41 



322 OPÚSCULOS LITEUARIOS I CHÍTICOS 



pensar, i pensar desdo luego, i pensar continuamente en abrir, 
en ensanchar, en hacer mas i mas numerosas i expeditas las co- 
municaciones. Disminuir los costos do trasporte es lo que pide 
siempre i con instancia el comercio; lo que pide en Chile, i lo que 
pide en Inglaterra; lo que pide a los pueblos que se lanzan a la 
carrera industrial, i lo que pide a los pueblos que parecen acer- 
carse al último término do esta carrera; termino, sin embargo, 
que jamas se toca, por mas cercano que parezca. Cómo deba 
trabajarse en esta obra perpetua, es el problema especial do 
cada país i de cada época, i al que invoca la sociedad de agri- 
cultura la atención do sus miembros i del público. 

II 

No hai ninguna época social en que no sea necesario aten- 
der alas vias de comunicación; ora se tome en consideración el 
comercio mismo, ora so consulten otros intereses de la socie- 
dad no menos importantes que el interés comercial. Esta es una 
verdad que apenas habria necesidad de enunciar; i de ella se si- 
gue que en la época presento do Chile, como en otra cualquie- 
ra, toda la diferencia de opiniones, relativamente a caminos, 
no puede consistir sino en que unos crean preferible proveer a 
este objeto de un modo, i otros de otro. 

¿Qué dice a esto El Mercurio? Dice que el artículo en que 
hemos expuesto esas ideas, so refuta a sí mismo. Dijimos que, 
desdo la primera planta de un pueblo, se abren los primeros 
caminos, i que, creciendo la riqueza i comercio, se multipli- 
can i ensanchan progresivamente las vias de comunicación; lo 
cual, según El Mercurio^ se reduce a decir, que, en habiendo 
pueblos, riquezas i comercio, habrá caminos, i es repetir, con 
otras palabras, la aserción que él sostiene i que nosotros im- 
pugnábamos. Pero ¿hemos diclio, por ventura, ([ue, a medida 
que so forma i se acrecienta un pueblo, nacen espontáneamen- 
te, sin la ajcncia del hombre, i como por una especie de en- 
canto, las carreteras, las calzadas, los puentes, los canales, los 
ferrocarriles? ¿Se produce todo esto, sin que la sociedad piense 
i trabaje en producirlo? ¿I puede imajinarse «stado alguno so- 



DISCURSO DE INSTALACIÓN' DE LA UNIVERSIDAD 323 

cial en que se deba mirar esto objeto con la indiferencia quo 
Iil Mercurio recomienda? 

Se coloniza un país desierto, dijimos; i al instante es nece- 
sario unir sus esparcidos caseríos, abriendo por lo pronto ve- 
redas. Nó, dice Kl Mcrcnvio; lo primero es construir caseríos; 
lo. se.irundo, abrir veredas, que abren siempre los dueños para 
trasportar sus productos: lo (¡ue, si quiere deeir algo, es que, 
mii'ntras no haya casas, ni j)urblos, ni productos quo traspor- 
tar, no liai necesidad de caminos; descubrimiento cuya orijina- 
lidad no di.spularemos. 

Los dueños, dice 7:^7 Moren, rio^ son los (pie al)ren esas vere- 
das, porque la necesidad los ublii^a a ello. — De manera, que el 
poder público, desde el primer eml)rion de la sociedad, debe 
abandonar la materia de caminos al cuidado i celo de los par- 
ticulares. ¿Hs esa la mente de /:.'/ Mercvriu'/ ¿Es el mejor sis- 
tema de vias de comunicarion el que los particulares puedan 
crear por sí solo>, sin ([iie na lie los excite, concierte, i dirija? 
Si es así, han errailo Lrroseramente to las las naciones del mun- 
do, pon[uc nin.c^una ha existí. lo ni existe, de aquellas en quo el 
comercio, la ci\ ili/acion no han permanecido en mantillas, donde 
el poder publico no haya tomado sobre sí la inspección i direc- 
ción, por lo menos, i en casi tudas las épocas do su historia, 
la ejecución ¡adininistrac¡'.>n de esas obras. Aun en aquel estado 
deadi.'lantamicnto, de que nosotros n<.)s hallamos U)davíaa cier- 
ta distancia; en aquel estado en que los hombres tienen ba.s- 
tantes luces i espíritu púlüico para ced(ír espontáneamente una 
parte di; su int»'res privado, (h/ su ínteres del momento, al ín- 
teres común, al interés permancMite; aun :'n ese estado, el poder 
l)úblico toma, ca«<i siempre, si no la iniciativa en esas obras, 
una participación imijortanle. 

l'Jl Mrrct'.rio (híchuna etinti'a la tarifa (¡ue inijíida los lucroH 
(/e/ coí/í-'/v/o, e-iitrael rfirlamento (juf* lo Citrudtnia; com- 
prende en su lilantn'>pi<-a simpatía hasta el comercio de contra- 
Ijando, ([ue es e! ([ur la coliorh.' do (¡nurdu'^ íicnc ¡títeres en 
hostil izur^ i c¿///os (/rxy/ojo.s s'c roi)íirh\ Liícii-rtoesqueeonesa 
tarifa que impide los lucros ilel comercio, lo hemos visto aumen- 
tarse pri\í^'resivamenlo. KI surtido de artículos extranjeros en 



324 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



nuestro mercado, es cada año mas gi'ande; i no creemos que 
el comercio emprenda especulaciones ruinosas con el patriótico 
ol)jeto de enjjrosar nuestras rentas. Está en el orden que los 
comerciantes deseen pagar menores impuestos, que es, en otros 
términos, embolsar mayores ganancias. No hai nada de extraño 
en que vean con ojeriza el reglamento. Toda traba es molesta, 
aun para aquéllos que, reconociendo su necesidad, se resignan 
a ellas; mucho mas para aquéllos que las creen innecesarias, 
i que sin embargo las respetan; e infinitamente mas para aqué- 
llos que están en guerra abierta con la lei i que sudan i se 
desviven por eludirla e infrinjirla. Pero, en vez de declamar 
contra los impuestos de aduana, sería mejor hacer ver que el 
producto de las rentas es excesivo, atendidas las necesidades del 
estado, o que, en la repartición de las cargas públicas, el comer- 
cio está desproporcionadamente gravado. El consumo de ar- 
tículos extranjeros en Chile es grande, comparativamente a su 
población; si el comercio no rindiese suficiente lucro, los capi- 
tales invertidos en él irian a buscar otr:»s jiros; pues no lo 
hacen así, es indudable que reportan a lo menos la ganancia 
ordinaria; por consiguiente, es el consumidor el que paga los 
impuestos de aduana. Se dirá que, por grandes que sean los 
consumos, serian mayores minorando los impuestos, mayor la 
cantidad do capitales que el comercio pusiese en movimiento, 
i mas cuantiosa la suma absoluta de las ganancias del comer- 
ciante, aunque fuese la misma o tal vez menor su cuota relativa. 
Esta es una de aquellas vulgarísimas verdades económicas que 
están a el alcance de todos; pero, en su abstracta jeneralidad, 
¿cuál os el sistema de rentas, cuáles los impuestos fiscales 
que no pudieran atacarse con ella? Supónganse reducidos los 
nuestros a un veinte, a un diez, a un cinco por ciento. Siempre 
sería verdad que, minorándolos todavía mas, se aumentarían los 
consumos, i crecería con ellos el lucro do los traficantes. Tal 
es la lójica de los declamadores: toman un principio abstracto; 
i como si él solo mereciese ocupar la atención de los gobiernos 
i de los pueblos, lo aplican a diestro i siniestro a todo jénero 
do cuestiones. Uno invoca la libertad política, i olvida la se- 
guridad, la moraliila<l, el orden. Otro clama por la libertad co* 



DISCURSO DI¿ INSTALACIÓN DU LA VNlVEIlSIÜAIi 3.^ 



mercial, como si no hubiese que pensar al mismo tiempo en otras 
cosas de igual o mayor trascendencia. En toda cuestión do 
interés público, versan consitleraciones diversas i principios 
antagonistas; i es necesario atender a todo, so ))ona de sacrificar 
lo mas alo menos, el interés común al interés de una clase. 
Ténganse presentes la magnitud i variedad de nuestras necesi- 
dades públicas; comj)árese con ellas la suma de los ingresos fis- 
cales; compútese lo (juc cada ramo de industria contribuye a 
esta suma; adúzcanse datos positivos i dedúzcase de ellos ola 
exorbitancia de los impuestos, o su viciosa distribución o ad- 
ministración. Tal es, i no otro, el modo de ilustrar a las naciones 
i a los gobiernos. Predicar jeneralidades, amplificar lugares 
comunes, puede ser mni cómodo para deslumhrar a los igno- 
rantes i dar pábulo al descontento; pero no es esa la misión 
respetable de la pivnsa periódica, destinada a promover el bien 
del país. • 

Las rentas del estado, dice I\l M(nxur¡o^ casi todas se líis 
da el comercio. Falso, falsísimo. El comercio no da nada. Del 
bolsillo de los consumidores, sale todo. El comercio no hace 
mas que anticiparlo, para sacarlo luego de las arcas de los par- 
ticulares con el interés correspondiente. Los comerciantes po- 
drán quejarse, si se quiere, de que las contribuciones existentes 
no les permiten ampliar sus especulaciones, porque toda con- 
tribución limita el consumo i la demanda. Pero esas contri- 
buciones, sean moderadas o inmoderadas, i estén bien o mal 
repartidas, quien las paga verdaderamente es la masa de los 
habitantes de Chile. 

pjl Mercurio cree que es absurdo abrir caminos interiores al 
comercio, cuando por las tarifas i reglamentos se le cierran las 
costas. Quisiéramos saber si, entre los medios de abrir las costas 
al comercio, no es uno de los mas eficaces abrirle caminos inte- 
riores. El efecto de éstos es facilitar los trasportes i disminuir 
los fletes; habilitar, por consiguiente, al comerciante para com- 
prar mas baratos los artículos de exportación, i habilitar a los 
consumidores de todas clases para comprar también mas baratos 
los artículos extranjeros importados, i para extender i multi- 
plicar consiguientemente sus compras. Abrir, pues, caminos 



326 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



interiores es dar al comercio exterior mas baratos los efectos 
que exporta, i aumentar la demanda do los que importa. ¿No 
es esto uno de los mejores medios do abrir las costas al 
comercio? 

«Quiero el estado abrir un camino; gravará al comercio; 
gavará a la agricultura. ¡Bello modo de fomentarlos, quitarles 
ahora la savia, para inoculársela, después de exánimes, con la 
constmccion de un camino! « Pura declamación. Si se tratase 
do abrir caminos, taladrando la cordillera de los Andes, no 
pudiera dicurrirso de otro modo. Para que so vea lo que vale 
este argumento do El Morcarlo, repcLiivmos la comparación 
de nuestro artículo precedente, que no puede ser mas adecuada. 
So trata de abreviar el proceder de una manufactura por medio 
de una máquina. ¡Qué pensaríamos del empresario que recha- 
zase esta indicación, diciendo: Se quiere que yo monte una má- 
^quina; el costo de ella gravará precisamente a la manufac- 
tura: ¡bello modo de fomentarla, quitarle ahora la savia, para 
inoculársela después de arruinada! Esta misma comparación 
puedo servirnos para fijar la cuíslion sol)re su verdadero terre- 
no. Una manufactura pequeña no se hallará en situación de 
montar una máquina colosal; i en un estado puede ser inopor- 
tuna i ruinosa la apertura de vias de comunicación, que no 
cuadren con sus recursos i sus necesidades. ¿Se tratado abrir 
alguna? Las objeciones que contra ella se propongan, deben 
fundarse en datos numéricos; como las del fabricante contra 
una máquina en la comparación de su costo i del interés que 
reporte. Habiéndose demostrado de esto modo ({ue la construc- 
ción de caminos absorberá los capitales de la nación i la de- 
jará reducida a un cadáver, vendrá mui bien la metálbra de 
la savia. 

Volvemos a nuestro tema. Las vias de comunicación no pue- 
den dejar de ser una materia de meditación i trabajo para toda 
sociedad i para todo gobierno en cualquiera lui^ar i tiempo. 
Los medios de proveer a e.ste objeto en circunstancias dadas, 
es ol único punto sobre que cabe disputa. 



DlSCUaSO HE INSTALACIÓN DE LA INIVEKSIDAD 327 



III 

Para dospodirnos de /J"/ Mercurio en la cuestión de caminos, 
si^bre la cual so ha diclio por una i olra parto mas que lo sufi- 
ciente para c[iie los lectores ¡mparciales decidan, haremos al- 
gunas ])reves observaciones que pondrán de ])uUo la inexactitud 
i la inconsecuencia d(* las deducciones de nuestro adversario. 

Nos atr¡l)uyc haber empleado la mitad de un artículo en 
probar la utilidad do los caminas. Lo que nosotros nos propu- 
simos pr..)bar, i lo (|uc creemos babor probado superabundante- 
mente, fué que, en todo ])aís i en toda ¿poca, era necesario pen- 
sar en ellos, como un») de los instrumentos mas necesarios i 
mas eficaees do prosperidad i civilización; i que en un país i 
época dados, la sola materia en (pío cabia variedad de opiniones 
era la elección do los m<'dios para promover este objeto; por- 
que abandonarlo, posterL^arlo, no era posible, sin que la so- 
ciedad so faltase a sí misma o el gobierno a la sociedad. 

rU Mercurio, cuando mas empeñado parece en refutar esta 
aserción, lo primero que hace es aceptarla. Según él, lo que im- 
porta saber es si conviene íjuo el gobierno haga la designación 
de los caminos que deben abrirse; si tiene fondos para llevarlos 
a cabo, o si, para crear esos fondos, inferirá perjuicios supe- 
riores a las futuras utilidades de los mismos caminos; i si de- 
bemos contentarnos por ahora con la mejora do los existentes 
i con la aportara de las vias cuya designación ha hecho el país; 
limitándonos en lo domas a fomentar los elementos de prospe- 
ridad, para que, abundando los recursos, se allanen las difi- 
cultados del trasporte. ¿Qué es esto, sino decir que debemos 
pensar ahora mismo en caminos? ¿Con que se concede quo 
mejoremos i refaccioncMnos los existentes, i quo se abran los 
que dosigna el país? ¿Con (pie so nos permito contentarnos 
con esto antes de pasar adclant(*? ¿En qué otro sentido, pues, 
ha obrado hasta ahora el gobierno? ¿Un qué otro sentido hemos 
hablado nosotros? ¿\o hemos indicado claramente que, al em- 
prendíU' esa clase de obras, era una consideración esencial 
comparar sus costos con su« utilidades futuras? 



3-28 OPÚSCULOS LITERAÍIIOS I CRÍTICOS 



Hemos liablado de la ]javiiclpac¡on del poder publico en 
estas obras; i no ha podido menos de parecemos miii extraña 
la interpretación antojadiza de estas palabras en El Mercurio^ 
como si hubiésemos querido limitarlas a la lejislacion de cami- 
nos, i la asignación de fondos que el coní^reso hace, anualmen- 
te para este objeto: cosas que no hemos mencionado siquiera, i 
quo seguramente no expresan lo mismo que participación 
en las obras. ¿No tendrá el poder público voto alguno sobre 
la dirección que se dé a tal o cual camino, sobre la construc- 
ción de tal o cual puente? I entre nosotros ¿no será necesario 
todavía mas? ¿Qué se hará con los fondos que la lejislatura 
destina a caminos? ¿No es claro que, si debe hacerse algún uso 
do ellos, si deben aplicarse a su destino, es el gobierno el que 
pnede determinar eso uso i dirijir esa aplicación? Para El 
Mercurio^ es problemático que el goWcrno pueda designar 
acertadamente las vias de comunicación que hayan de abrirse; 
pero ¿a quién otro se conferirá esto encargo? .1/ país parece 
confiarlo El Mercurio^ cuando nos permito contentarnos con 
la apertura de aquellos caminos que el país ha designado. ¿I 
cómo expresa sus votos el país? ¿Qué órgano debe promulgar- 
los? ¿Una provincia, un departamento que pide un camino 
será el país? ¿Cómo satisfacer a tantas exijencias a un tiempo? 
¿A quién tocará la elección entre ellas? El Mercurio nos per- 
mitirá decirle quo se complace demasiado en abstracciones, i 
olvida frecuentemente lo que mas importa, las aplicaciones 
prácticas. 

Lo peor es que pocas líneas mas abajo nos encontramos con 
que el país no es competente para la designación, porque, para 
hacerla bien, es necesario haber establecido un sistema do vi- 
as do comunicación, i el país no está en situación de adoptar 
ninguno. El país debe callar, por consiguiente, i diferir sus 
designaciones para cuando poseamos ose sistema, que. El Mer-- 
cario mismo no vislumbra, sino en un porvenir oscuro i leja- 
no. Afortunadamente, El Mercurio, que cim una mano nos 
pone delante el sistema para condenarnos a una absoluta 
inercia, nos lo quita con otra para permitir al gobierno i al 
país cuanto quieran. «Uno u otro camino, dice, cuya cons- 



DISCURSO DE INSTALACIÓN* DE LA UNn'EKSIDAü 3^^ 



truccion medita el gobierno, son heelios parciales i aislados 
que ninguna relación tionoa con la cuestión ¡encral; son exijen- 
cias locales mui conocidas de aiiUimano. » De manera, que, 
mientras no estemos en posesión del sistema, El Morcurio no 
da permiso al gobierno sino para que, a título de hechos parcia- 
les i aislados, se ocupe en proveer de vias de comunicación a 
las localidades que lo exijan, i cuyas exi jencias cístén conocidas 
de antemano. IIv; aquí, pues, que no es ya ni país, sino a las 
localidades parlicuiares, a quienes se comete la designación, 
siendo el gobierno el que califica las exijencias i el que obra a 
consecuencia de ellas. ¿Qué mas necesita el gobierno? Si eso 
se le concede, ¿qué es entonces lo ((ue se le disputa? ¿No per- 
cibe El Mercurio que, socolor de luíchos aislados i de exijen- 
cias locales conocidas, da al gobierno facultades omnímodas 
para la designación de- caminos? 

Pero no paran aquí las inconsecuencias de El Mercurio: cuan- 
to mas avanzamos en la lectura del artículo, menos acertamos 
a deslindar con claridad qué es lo que niega i qué es lo que 
otorga al gobierno. Después de reconocer como hechos ais- 
lados, parciales, inconexos con el .sv*.*?¿e/na, los nuevos cami- 
nos que abra el gobierno para satisfacer a las exijencias do 
las localidades, sienta absoluta i categóricamente que, por la 
ignorancia en que todos estamos acerca de dicho ¡sistema, na 
supone al gobierno en aptitud para la designación de las obras. 
Ni una palabra de hechos aislridof^^ ni de exijencias cono^ 
ciclas: El Mercurio^ con mejor acuerdo, revoca la concesión 
anterior; porque lo que es útil a una localidad puede ser 
perjudicial al país; poniue toda aplicación de fondos a la 
apertura de nuevos caminos puede^ en vez de ventajas, traer 
males; porque todo graviimen a los particulares puede ser mui 
oneroso al país; porque lo mas seguro es fomentar por ahora 
el comercio para que él designe con su j:>resencia los ca- 
minos en lo futuro; bien entendido que no han de reputarse 
como fomento del c unercio la facilidad i multiplicación de los 
trasportes, la rebaja de fletes, el mayor número de consumi- 
dores de las mercaderías que importa, i el abaratamiento de los 
efectos que exporta; eso ¿que gracia es? El verdadero fomento 



33u opúaci.LOs LITERARIOS I críticos 

del comercio no os ni puede ser otro que la rebajado derechos. 
So impone silencio a las exijencias de las localidades: sean en 
hora buena tan «grandes, tan imperiosas, tan conocidas como 
so quiera: ¡nicdcn ser perjudiciales al ))aís. Es preciso aguar- 
dar al }<isttnn'i. Kste sistema, que antes era perfectamerito 
concilial)le ^no s;il)emos cómo) con lieclios parciales i aislados 
i con exij encías locales, es aliora un principio absoluto, que lo 
domina tí)do, qu(í no reconoce ninürun hecho aislado, que no 
Iransije con ninuruna e\¡¡<^ncia. — I todo esto en un espacio do 
pocos reiií^dones. ¿Quó lójií^a es esta? Kncontramos tantas con- 
tradici-iones en la de I-'J Mercurio, (jue casi se nos hace carjj^o 
de conciencia atril)uírselíis, i si no saltasen a los ojos, prefe- 
riríamos cn'or que no hal)íamos acertado a entenderle. 

Al citar las frases do FA Mercurio^ hemos caído en cuenta 
de una cosa, a que no Iiabíamos prestado la atención necesaria. 
El Moren rio d(íja escapar en ellas un rayo de luz que nos 
revela otro órirano, otra autoridad, a quien toca la designa- 
ción de los nuevos caminos. Este órirano, esta autoridad, no 
os ya el país, no son ya las localidades; es la presencia del 
comercio. Desde que (?n una localidad se presenta el comercio, 
allí es menester abrir un camino. Pero en esa suposición 
¿qué es del sistema jtMieral? ¿Xo sera po'^ihle que lo que apro- 
vecha a la localidad desii^nada por la jn'esencin del comercio^ 
perjuilique al país? ¿Xo será posible que la aplicación de fun- 
dos a ese camino trai.ü^a males en vez de ventajíis? ¿Xo será 
posible qwo esa .sau¿a, dejando de circular por el cuerpo so- 
cial, lo ponu:aen un estado de consunción, i acumulada en la 
localidad favorecida, produzca una excrecencia funesta? Xo es 
fácil seguir el hilo enmarañado de los raciocinios de El Mercu- 
rio; pero, a lo que podemos comprender, las designaciones 
(le la ¡presencia del coniorcio echan por tierra el sistema 
jeneral. iJueno hubiera sido que se nos indicasen las señales 
que hubiesen de caracterizarlo para que no confundamos 
con ella alguna otra cosa que se le asemeje, /.a presencia 
del comercio' es otra entidad metafísica; quedamos con ella en 
la nn'sma dificultad ((ue sin ella, ¿(¿uién revelará los orácu- 
los de esa divinidad infidibl»'? ;.í qué razones se nos dan para 



Discunso nr. instalación de la iNivnnsiDAD 331 

cfiic sus votos híiyíin de oírso on lo fnhiro i no desde nluíra? 
liemos didio que los ini])uestos síden del l)olsillo délos con- 
sumidores; A7. Mercurio diee que el comercio es quien paira 
al estado, nó el consumidor; i jiara i)rol)arlo liaco este racio- 
cinio: aLas Granancias d<'l comercio son <'l producto d(* sus 
capitales i su tnilíajo; cuando irana menos, porijue pacra una 
contribución mayor, su ca})ilal i su trabajo han i)roducido me- 
nos: nin:4*uno duda (pie del bolsillo de los particulan\s sale el 
paijfo de los inlereses d<d eai)¡tal d<.d comercio, i del trabajo de 
los comerciantes; dee.onsÍL:uiente, todos lus impuestos ípiepau:a 
el comercio son cantidades que deja de imanar.» Mui bien! 1 
toda esa cadena d<í })ropos¡c¡oní^s ^.prueba acaso que los im- 
puestos no salegan del bolsillo de los particulares? ¿No se de- 
duce de ellas mismas que salen? Si las ganancias del comer- 
ciante salen del bolsillo de los particulares, como dico El 
Mercurio, es preciso que el precio a ((ue compran los particula- 
res una pieza de paño, por ejemplo, cubra los intereses del 
capital, el trabajo del comerciante, i los impuestos correspon- 
dientes a esa pieza de paño. Suponiendo, pues, que el comer- 
ciante realice alírnna ganancia (suposición irrecusable, ponpic 
si no ganase, dedicaría su capital i su trabajo a otra cosa), es 
evidente que los impuestos no pueden salir de otra parte, que 
del bolsillo de los consumidores. Ksto para nosotros es claro 
como la luz; i si estamos alucinados, es una alucinación de 
que partici[)an las primeras autoridades en materia de econo- 
mía política, Ricardo, por ejemplo, cuya doctrina es que los 
impuestos son siempre pn-zadospor el consumidor, por cuanto 
el productor título qu'í c;»mi)r<*n(l(», como I^l Mf.'rcnrio sabe 
mui bien, al acarreado?- los liacfí sii-mi)re entrar en los costos 
de pro luccifín, i aplica sus capilales i su induslria a otros jiros, 
des le que el precio que; rec¡l)e no cubre todos l(;s costos, i no 
le deja ademas la ganancia ordinaria, (^ue un comerciante ga- 
na mas, pag^ando menores impuestos, no prueba nada contra 
nuestra aserción. í'n comereiante í/ana, supongamos, un ocho 
por ciento, pagamlo cierto impuesto. líeducido éste a la mitad, 
ganaria talvez un diez o muUij»licaria sus operaciones de ma- 
nera que ganase s¡cnij>rc un ocho o quizá menos, ¡xto sobre 



3.)¿ OPÚSCULOS LITEHAIIIÜS 1 CRÍTICOS 

uii capital mas cuantioso. — Coníredido. Pero, tanto en el pri- 
mer caso, como en el secrundo, si el comerciante realiza alíruna 
ganancia, sea irrande o pequeña, es necesario que el impuesto, 
grande o pccjueño, liaya sido cubierto por el consumidor. 
Confesamos sinceramente lo que El Mercurio nos echa en 
cara, que nuestras i. leas se encuentran en algunos libros; i 
reconocemos con la misma sinceridad que el raciocinio de El 
Mercurio es exclusivamente suyo. 

Fuera de esto, dice EL Mercurio^ no todos los comerciantes 
ganan. — A los que pierden, es cierto que no les reembolsa com- 
pletamente el consumidor lo que anticiparon i)or razón de 
impuestos. Pero el comercio en jcneral gana. Por consiguien- 
te, como resultado jencral, los impuestos son reembolsados a 
los comerciantes por los consumidores. Si así no fuera, no solo 
no se liubiera aumentado el comercio, como lo hemos visto 
aumentarse, sino que hubiera tenido precisamente que reducir- 
se a un círculo mas estrecho, importando menos cantidad de 
mercaderías, i vendiéndolas a mas alto precio. No hai merca- 
do en el mundo donde no so vean simultáneamente ganancias 
exorbitantes, ganancias moderadas, pérdidas, quiebras; donde 
no haya épocas de pros¡)cTÍdad i épocas de calamidad: esta es la 
condición del comervio en todas partes; pero siempre que en 
jeneral le vemos llevar una marcha ascendente, lenta o rápida, 
es de totla evidencio que en jeneral reporta ganancias; lo que 
no pudiera sor si los consumidores no le reembolsasen la tota- 
lidad de lóseoslos, incluso el valor do los impuestos cuyo pago 
ha anticii)ado ]>or ellos. 

Cuando El Mercurio dice qii-,* ol buen efecto de las tarifas 
liberales no es permitir al conu-rcio que embolse un tanto por 
ciento mas, sino que multiplique sus operaciones, enuncia el 
efecto a que tiende indisputablemente la rebaja de derechos; 
i ya lo habíamos indicado nosotros en nuestro artículo ante- 
rior. Pero ¿cómo se produce ese efecto? Aumentándose el coa- 
sumo; no puede ser de otro mo lo. Reconocemos con El Mer^ 
curio que el consumo tiene por límite el número i 'los recursos 
dala población. Pero de aquí no so sigue que, rebajados los 
impuestos, no crezcan en jcneral los consumos; porque es 



DISCURSO DE INSTALACIÓN DE La UNIVERSIDAD 333 



evidente que una misma población con una misma suma de 
recursos podrá i)agrar m;is número de varas de pano cuandt) 
éstas se le vendan a cuatro pesos, quo cuando so le vendan a 
cinco. 

El línn'te del consumo, en circunstancias dadas, depende de 
muchas causas a que es innecesario aludir: /:7 Mercurio las 
conoce bien; i si no hubiéramos dado va demasiada extensión 
a este artículo, pudiéramos indicar una, en que ya es tiempo 
de pensar, i cuya renii^cion no sería talvoz favorable a la 
libertad did comercio en v\ sentido en que El Mercurio la en- 
tiende, j)ero mejorana la condición del pueblo, i lo baria ca- 
paz de (jonsumir mas i de multiplicai*sc rápidamente; resulta- 
dos quo no serian sin duda indiferentes para el incremento 
del comercio. No somos partidarios del sistema de tarifas, ni 
de otro alguno. Lo que deseamos es que se examinen las cues- 
tiones de íjobiorao i economía social con datos positivos i bajo 
todas sus relaciones necesarias; no con puras posibilidades; 
no con miras parciales, que se dirijen solo a un laclo del ob- 
jeto, i prescinden completamente de los otros. En la cuestión 
de caminos, \)ov ejemplo, no es un balance de intereses pura- 
mente materiales do lo que se trata. Una función mas elevada 
desempeñan en la sociedad las vias de comunicación. No po- 
demos menos de recordar a El .Ve?'Cí(r¿o algo de lo que ha di- 
cho sobre esta materia uno de los mas fervorosos ann'gos do la 
humanidad, Miguel Chevalier. Sus luminosas ideas compen- 
sarán de algún modo a nuestros lectores el fastidio de esta 
larga i estéril polémica. 

«A primera vista parecerá una paradoja establecer relación 
entre la civilización i la libertad por una parte, i una cosa tan 
material como las vias de comunicación por otra. Pero, si el 
hombre no es un puro espíritu, es harto evidente que su desa- 
rrollo está subordinado a condiciones del orden físico, i que las 
instituciones en que las sociedades so proponen afianzar sus 
progresos, no pueden existir sin una consagración material. 
En el número de los hechos que dan a la civilización este in- 
dispensable carácter, figuran en primera línea las vias de 
comunicación. ¿Cuáles son, en efecto, las naciones mas ci- 



i34 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



vilizadas i libres? La Francia, la Inglaterra, la Bóljica, la 
Holanda, una parte de la Alemania, i en fin, los Estados Unidos 
do América; es decir, las que poseen mejores comunicaciones. 

«Es permitido, sin duda, decretar un progreso, i formularlo 
en las tablas do la lei; pero, mientras ese progreso carezca de 
una sanción material", mientras no podamos en cierto modo 
tocarlo i asirlo, la creación es imajiíiaria, es una apariencia 
engañosa. So puede bien, en medio del entusiasmo, votar la 
libertad do un pueblo con síes i nóos, con bolas blancas i ne- 
gras; pero toda libertad ([ue no so rodee de instituciones posi- 
tivas a propósito para Iiacerla fecunda de mejoras vitales, 
conformes a la doble naturaleza, espiritual i material, del 
hombro, es una libertad nominal, falaz, peligrosa,» 

Chevalier hace en seguida una comparación entre los Esta- 
dos Unidos de América i las repúblicas sur-americanas, ¡ atri- 
buye a descuido do éstas en materia de caminos mucha parto 
de sus desgracias i de sus lentos progresos. Preséntanos des- 
pués una magnífica pintura de las maravillas materiales que 
se deben a las vias de comunicación, i señalando luego algu- 
nos de sus efectos morales, dice: 

ttCon la historia en la mano, sería fácil mostrarlas como 
instrumentos do dominación política. Mirad a Roma: a donde 
quiera que lleva sus armas victoriosas, se apresura a construir 
esas calzadas que se citan como modelos, esas vias i'o manas • 
cuyo nombre se ha hecho si n(ja i mo do camino sólido. Tal era 
en efecto la solidez que les daba, que todavía se encuentran 
vestijios de ellas en mil puntos de Europa. Este rasgo es sin ' 
duda uno de los mas característicos de la política romana, uno 
de los que distinguen mas profundamente al pueblo rei, de 
las naciones que lo habían precedido, i de las razas que pudie- 
ron conquistar, pero no afirmar sus conquistas. Tal es tam- 
bién la táctica de una nación moderna, la Ini^laterra... a quien 
sus enemigos deben hicer al menos esta justicia, que, a seme- 
janza de Ruma, so manifiesta particularmente atenta a la uti- 
lidad de las vias de comunicación: adonde quiera que penetra 
la raza inglesa, uno do sus primeros cuidados es establecer 
medios perfeccionados de trasporte. 



DISCURSO DE INSTALACIÓN DE LA UNIVEIISIDAD 33j 



«En las vías de coinuiiicaciuii, es preciso ver también un 
ájente político de administración i ijfobierno. Ya recordareis 
aquella tan impresiva pintura que hace ^\'alter Scott en su 
liob Roy del estado de Escocia un siulo liá. ¿Qué es lo que ha 
puesto lin a esa anarquía i ha convertido esa l)arl)arie en civi- 
lización? Es, a lo menos en parte, el número de caminos que 
el parlamento hizo al^rir por entro las montañas de EscoíMa al 
fin de la época cuya historia nos da el ilustro novelista. I sin 
ir tan lejos, ¿no han concurrido los caminos del oeste a la pa- 
cificación de la ^'endée i de la Bretaña desde 18t30? 

«A las vías de conumit*acion perfeccionadas, toca mudar las 
condiciones de los imperios i el equilibrio político del mundo. 
Por ellas, los hombres i los productos circulan con mas rapi- 
dez, las ideas so derraman C(jn ií^ual aumento do velocidad, i 
todas las relaciones que constituyen la vida de los pueblos so 
aceleran en la misma proporción. Por ellas, lus .cfobiernos po- 
drán a su arbitrio hacer sentir su acción tutelar o su mano 
severa a distancias cada vez mayores: la distancia de las fron- 
teras a la capital disminuirá gradualmente; i todas las seccio- 
nes de un estado podrán comunicar entre sí, verterse, ¡por 
decirlo así, trasfnndirse unas en otras, centralizarse, adminis- 
trarse, í^obernarse, como si su extensión fuese cada dia me- 
nor. La confederación americana ocupa un espacio diez veces 
mayor que la Francia, con intereses rivales, opiniones divi- 
didas, instituciones diametrídmento contrarias bajo alguno» 
respectos, pues una mitad de esta fedemcion reconoce la es- 
clavitud, que la otra detesta. I con todo, -la unión americana 
parece indisoluble. I la causa es que este imperio, nacido 
ayer, se ha cubierto de una admirable red de vias de comu- 
nicación, que ata unos con otros los trozos dispuestos a sepa- 
rarse. Lo activo i fértil de la circulación mantiene de un ex- 
tremo a oti'o de esto dilatado territorio incesantes relaciones 
de neíjfocios i un cambio perpetuo de ideas i afectos. No hai 
familia que no cuente alíganos miembros en las mas distantes 
capitales, i todos ellos continúan formando un solo cuerpo.» 

(Araucano, Año de I8i6 i 1847.) 



UNIFORMIDAD DE MEDIDAS 

I PESOS 

B\SE DEL SISTEMV MÉTRICO DKCIM.VL, HISTOIiLV DE SU ORÍJKX 

I VENTAJAS QUE PRESENTA 



I 

Nadio ignora que en todas las naciones bien constituidas, 
siempre que un poder firme e ilustrado ha empezado a dirijir 
su actividad hacia mejoras administrativas, su primer anhelo 
ha sido por uniformar los pesos i las medidas. Se fijaban las 
bases, se adoptaba, mas o monos arbitrariamente, la unidad 
que debia servir de comparación, tanto a las medidas de ex- 
tensión, como a las de peso; i luego después el interés privado, 
la mala fe i el descuido volvian a variar dichas medidas, de 
tal modo que, con el trascurso del tiempo, desaparecia hasta 
la tradición de la verdadera unidsid que les habia servido do 
prototipo. Ninguna previsión ni potestad humana eran sufi- 
cientes para remediar ese mal notorio, mientras faltaba una 
idea noble, grandiosa, apoyada sobre el progreso de las cien- 
cias naturales i matemáticas, que viniese en auxilio de las 
aspiraciones n tendencias del siglo pasado. 

Esta idea la sujirió al hombro la mensura del meridiano 
terrestre i la del péndulo que marca segundos en cualquiera 
latitud del globo, bien determinada. Ya se veia mui claro que, 
para dar estabilidad a las medidas, era indispensable sustraer- 
las al capricho i arbitrio de los pueblos, fijándolas en alguna 
opúsc. 43 



base tan fijae inmutable como el mundo. Penetrado de esta 
necesidad, el célebre outrónotno Ca.4ini fué el primero que, en 
su libro subrc el tamaño i la figura de la tierra, eacrito al 
jirincipio del hí^Io XVIll, propuso adoptarpor pía jeomé/rico 
la seia milésima parte do un minuto del gran círculo terrestre. 

Pero el tiempo no había llegado todavía para vencer de una 
vez las preocupaciones i loa antiguos hábitos de loa pueblos. 
En Francia, mas que on ninguna otra parto, se repetían ince- 
santemente reclamaciones contra la escandalosa, como la lla- 
maba Dclambre, diversidad de medidas. 

Viene la revolución, i aparecen hombrea prontos a derribar 
cuanto mal se les señala como ligado con las instituciones Teu- 
dales que tratan de destruir hasta el último vestijio. Fuó en 
1790 cuando con aplausos se recibió la primera moción de 
Talleyrantl en la asamblea constituyente para la reforma de 
los pesos i medidas. El mismo año, en la sesión del 6 de mayo, 
da su informo sobre esta moción De Bonnaie; i el 8 del mitn 
mes pasa en la expresada asamblea un decreto, en virtud di 
eual se suplica a! rei que escriba a Su Majestad Británica ro- 
gándola que incite al parlamento ingles a cooperar con la 
asamblea constituyente de Francia a la fijación de la unidad 
natural de pesos i medidas; para que, bajo loa auspicios do laa 
dos naciones, los comisionados de la Academia de París pue- 
dan reunirse en número igual con miembros enviados pyr la 
Sociedad Real de Londres, i entro todos determinen con la 
mayor exactitud posible lo largo del péndulo que, bajo la lati- 
tud de 45° o de cualquiera otra bien determinada, señale se- 
gundos; debiendo en seguida deducirse de este péndulo un mo« 
délo invariable destinado a servir do base at nuevo sistema de 
pesos i medidas. 

Entre tanto no cosa de ajítarse la misma cuestión en el 
no de la Academia Francesa; i antes que el mencionado decrol 
déla asamblea tuviese efecto, se presenta una comisión coi 
puesta de Laplace, Lagrange, Monje i Condorcet, proponíciK 
un nuevo plan, tan profundo en sus principios fundamentali 
como completo i de inmediata ejecución. Los ilustres norabí 
do sus autores bastan para penetrarnos del mayor respeto-. 



ttNIFOnsllDAD DE MBSIDAS 1 PEBUS 



la obra i para imponer al mundo una veneración solemne. Ea 
digno (le saber en (lué términos so expresan los mencionados 
sabina en su informo, que inmediatamente obtuvo una apro- 
bación jencral de la nación. 

Partiendo del principio que sería mas natural comparar las 
distancias do un lugar a otro con lo largo del cuadrante de uno 
do los círculos terrestres, que con la lonjitud de un péndulo, 
opinan desde luego los comisionados que la imtííaíí de medi- 
das ha do ser tomada sobre la tierra misma. La única cues- 
tión que por un momento los detiene es ¿si el círculo mas 
aparente para estas medidas debiera ser el ecuador o el meri- 
diano? Pero, atendiendo a que la superficie del terreno en el 
ecuador no presenta menos irregularidades que en cualquiera 
do loa meridianos; que, para determinar lo largo del arco ce- 
leste relativo al espacio que se intenta mensurar, se ptesenta- 
rian siempre en mayor número las dificultades en el ecuador 
que en cualquier meridiano de la zona templada; que, en fin, 
mientras cada pueblo tiene su meridiano propio, son mui po- 
cos los habitantes del ecuador; en atención a todo eslo propo- 
nen los comisionados que so mida el meridiano terrestre, j 
quo se adopte por unidad real de medú/as la diez milloné- 
sima parto de un cuadrante del meridiano. 

Al adoptar estos principios, dice el mencionado informe, no 
se introduco ninguna cosa arbitraría, sino la escala aritmética 
en que las divisiones de la unidad deben necesariamente arre- 
glarse; i tampoco habrá arbitrariedad en la determinación de 
la unidad de medida para los pesos, si para esta unidad se to- 
ma, como lo proponen los comisionados, (un cierto volumen 
do agua destilada, pesada en el vacío (o reducido su peso al 
que tuviera pesada en el vacío] i con un grado de temperatura 
determinada. 

En consecuencia de estos principios, instan los comisionadoB 
quo se mida un arco de meridiano desde Dunquorquo hasta 
Barcelona; elijen esta línea con preferencia a cualquiera otra, 
porque, pasando el mencionado arco por la latitud media, i ex- 
tendiéndose como a 6' al norte i a 3° Vi «1 s\it do esta latitud, 
tocando al mismo tiempo las extremidades de cata linea al 



340 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

mismo nivel del mar^ se simplificarían i se harían mas exac- 
tos los cálculos; i al prolongar dicha línea del otro lado de los 
Pirineos trataron de sustraer los instrumentos de aquella ac- 
ción que las masas do los cerros pudiesen ejercer sobre la» 
observaciones. 

Viene después el desarrollo de todo el plan de la obra, cu- 
ya ejecución comprendía entre sus principales operaciones: i .* 
la determinación astronómica de las latitudes de Dunquerque 
i Barcelona; 2.^ una nueva mensura de las antiguas bases que 
habían servido para determinar el grado del círculo terrestre 
en París i para el gran mapa de Francia; 3.* nuevos experi- 
mentos destinados a determinar con la mayor prolijidad po- 
sible el peso de cierto volumen de agua pesada en el vacio, etc. 

Pero, si causa admiración el leer la parte científica del ex- 
presado informe de los cuatro mas eminentes matemáticos de 
aquella época, no menos dignas de atención son las reflexio- 
nes en que so revela el sentimiento noble i desinteresado que 
los elevó a esta altura. 

«No hemos creído necesario, dicen los comisionados, que 
se espere la cooperación de otras naciones, ya sea para cscojer 
la unidad de las medidas, ya para comenzar las operaciones. 
En efecto, hemos excluido del plan que proponemos todo la 
que se pudiera considerar como arbitrario; no hemos admitido 
ningún elemento que no perteneciera igualmente a todas las 
naciones. Para escojer la latitud de 45** para el paralelo que 
debia cortar al meridiano, no nos movió la posición jeográíi- 
ca de Francia, sino la consideración de que a esta latitud co- 
rrespondo la lonjitud media del péndulo i de cualquiera divi- 
sión del círculo. En fin, de todos las meridianos del globo 
hemos preferido elejir el que nos presenta un arco cortado 
por dicha latitud, el cual, sin ser demasiado largo para que 
sus mensuras fueran mui difíciles, tiene sus extremidades en 
el mismo nivel del mar. Ningún hecho, ninguna considera- 
ción pueden dar el mas leve pretexto para acusarnos de haber 
querido guardar cualquiera especie de preeminencia. 

«En una palabra, si con el tiempo i las vicisitudes de las 
cosas humanas se borrase hasta la memoria de estas opera- 



eNIrOBUlDAD DB MeOIDAS I PESOS 



ciones, i solamente se conservase el resultado, ningún indicio 
quedaría que pudiese señalar a qué nncion habrían pertene- 
cido la primera idea i la ejecución de esta obra eminente' 
mente filantrópica.' 

\'enios en esto un ejemplo raro en que el bien público í el 
ínteres (le la liumanídad so sobreponen basta al patriotismo i 
al orgullo nacional. 

Tal lia sido el [wnsamionto que presidió en la creación del 
plan propuesto por la comisión i presentado a la asamblea 
nacional, la cual lo aprobó unánimemente el dia 26 de marzo 
de 1791. 

Cuatro dias después, recibió el expresado plan la sanción del 
rei; e inmediatamente so nombraron las comisiones para las 
diferentes operaciones que indicaba el proyecto. En ellas figu- 
raron Lavoisier, Laplacc, Borda, Coulomb i otros nombres de 
los mas ilustres de Francia. Lenoirfuéencargado da construir 
cuatro circuios repetidores de Borda, como también reglas de 
platina, que debian servir para las mensuras de las bases, i 
varios otros instrumentos i aparatos; Delambre i Mochain re- 
cibieron la comisión de mensurar el arco de meridiano com- 
prendido entro Dunquerque i Barcelona. 

Quince meses pasaron desde la promulgación* de la lej antes 
que Delambre i Meehain pudiesen entrar en el desempeño de 
su encargo. En fin, el 24 de junio de 1792, se les entregó una 
proclamación del rei al pueblo i atoiIas las autoridades paraquo 
se respetasen las señales, reverberos, armazones i todo lo rela- 
tivo a la proyectada obra: esta proclamación ha sido uno de los 
últimos actos de la autoridad que iba a expirar en un cadalso. 

Habiéndose convenido entre Delambre i Mecbain que el pri- 
mero se encargase do la parte septentrional del arco i que 
el otro fuese al sur, cupo a este último una línea como do 
170,000 tocsas de largo, extendida do Barcelona a Rodes, i a 
Delambre lo que quedaba de Rodes a Dunquerque, quo era 
una distancia como 380,000 toesas. 

El 25 de junio del mismo año, parte Mecbain con dos pri- 
meros círculos roiwtidores para el sur, mientras Delanüjre 
principia sus operaciones en el norte. 



3i*2 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



Ardua i polígrosa fué la tarea de los dos eminentes sabios 
al proseguir sus operaciones en medio del furor revoluciona- 
rio. Deteniílo por el inquieto populacho, escapó Mechain con 
dificultad do sus garras, i fué al otro lado de los Pirineos, 
donde continuó con seguridad i sin interrupción sus mensu- 
ras. No menos expuesto Delambro a la suspicacia de la desen- 
frenada turba, poco faltó para que pagase con su preciosa 
sangre su incansable celo por la ciencia i el bien de la huma- 
nidad. 

Suprimida el 11 do setiembre de 1793 la Academia, no pe- 
dia ya cubrir con su respetable protección a sus comisionados. 
Seis meses después el gobierno, impaciente i fastidiado con la 
demora de las operaciones fundamentales, decreta que se ad- 
mita en toda la república un metro p?-oü¿síona/, cuya lonji- 
tud se arregló entonces por las antiguas mensuras del arco 
del meridiano terrestre, medido anteriormente por diversos 
astrónomos i en diversas partes del mundo. 

En fin, el 30 de diciembre (9 nivoso), otro decreto firmado 
por Barreré, Robespicrre i sus secuaces, suprime de la lista 
do los comisionados a Delambre, Brisson, Coulomb, Laplace, 
Lavoisier i Borda, i se prohibe a Mechain volver a Francia. 

Pero ni el terror revolucionario, ni el frenesí mas horrible del 
jacobinismo, pudieron anonadar la empresa, escudada por la 
noble idea del bien público, i sostenida por los hombres mas 
grandes que entrañaba la Francia. Mui pronto la lei del 18 
brumario restableció la comisión: vuelven a sus operaciones 
Mechain i Delambre, i con un nuevo celo, con un entusiasmo 
heroico, prosiguen las mensuras en medio del hambre, de la 
epidemia i de innumerables calamidades. 

Entonces fué cuando emprendieron la parte mas delicada 
de sus tareas, la de mensurar las dos bases que debian unirse 
con toda la red de triángulos estendida desde Dunquerque hasta 
Barcelona. Una de ellas fué tomada sobre un llano que so 
extiende de Melun a Lieursaint; la otra, denominada base de 
PerpiñaHj se midió sobre el camino de Perpiñan a Narbona 
entro Vernet i Salas: la primera tenia 6075,900069 toesas, i 
h segunda 6006,24148 toesas de platina con que se midieron. 



UNIFORMIDAD DE MEDIDAS 1 PESOS 



Veneración inspira al jenio del hombre ol seguir a loa Íqh 
sabios on todos los pormenores do su laboriosa obra. Véase 
con qué precaución colocan cada toeaa de platina en su apoyo 
nivelado, con quí exactitud miden i avalúan \n mas pequeña 
eipansion del metal, causada por las variaciones tle tempera- 
tura, i con qué minucio»Ídad toman cuenta hasta dol espesor 
tlel pelo que determina ol punto de contacto do una vara con 
otra. MedidaH las bases, ¡con qué maestría CRcojon loa puntos 
principales para unirlas con la mencionada red de triángulosi 
miden los ángulos en los vértices de cada triángulo, i la di- 
rección que toman los lados de estos triángulos respecto del 
meridiano; i coronan su obra con repetidas observaciones aa- 
tronómicas de latitudes en Dunquerque, París, Evant, Carca- 
80na i Monjuí! 

Siete años pasaron los dos jeómetras en medio de los expre- 
sados trabajos: jamas se ha visto obra ejecutada con mayor 
sabiduría, celo i perseverancia. En fin, concluidas las mensu- 
ras i coordenados los datos en rejistros llevados con la mayor 
prolijidad posible, se publicó un llamamiento jeneral a todas 
laa naciones amigas o neutrales para que mandasen diputados 
a un cona;rcso cientíílco, destinado a revisar los trabajos de 
Delambro i Mcchain i asacar el último resultado de la obra. 

Citado para ol principio dfl año 7, dicho congreso excitó 
tanto ínteres i entusiasmo en toda Europa, que los mas envia- 
dos llegaron antes del señalado término. Entre ellos figuraron 
dos diputados de España, Ciscar i Pedráyes, uno de Holanda, 
el célebre Van Swinden, otro de la República Helvética, que 
era Tralles, i muchos otros no menos conocidos por su gran 
saber en ciencias matemáticas. 

Empezó el congreso por examinar todos los instrumentOM 
que habían servido para las mensuras i observaciones, i en 
seguida nombró una comisión compuesta de Van Swinden, 
Tralles, Ciscar, Laplace, Logendre, Mechain i Delambrc, para 
que, de los innumerables datos que les suministraban las 
mensuras do Delambre í Mechaiu, determinase, mediante un 
cálculo exacto i rígunjso, ol largo de un cuadrante dol me- 
ridiano terrestre i la verdadera lonjitud del metro. 



344 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



Cuatro miembros de esta comisión, Tralles, Van Suindcn, 
Legendre i Delambre se ocuparon, cada uno por separado, en 
ejecutar las cálculos; cuyos resultados, comparados entre sí i 
con las medidas del arco hechas por Bougcr i Lacondamino 
en Amírica, probaron que el cuadrante del meridiano terres- 
tre tiene 5130740 toesas i el metro 443,29593G líneas; se en- 
tienden líneas de la toesa que sirvió para la mensura de las ba- 
mtH i en la cual se tomó inme liatamente la lonjitud del metro 
que debía servir de modelo o prototipo para las nuevas me- 
didas. 

Kl día O floreal del año 7 20 de abril de 1795), dio su infor- 
me la comisión, redactado por Van Swinden. 

Al mismo tiempo, Fabroni junto con Lefevre Guinau termi- 
naban las operaciones relativas a la ñjacion de la unidad del 
peso: operaciones no menos prolijas que las anteriores, i que 
consistian en determinar con toda exactitud el peso de un 
cierto volumen de agua destilada, reducido a su valor efectivo 
en el vacío i a la temperatura de 4* del termómetro centígrado 
sobre cero. La comisión nombrada para un examen escrupu- 
loso de estos experimentos se componia de Tralles, Coulomb, 
Vasalli (diputado del Píamente), Mascheroni (diputado de la 
República Cisalpina) i Van Swinden. Tralles fué quien redac- 
tó el informe de esta comisión; i agregado este al anterior, so 
leyó un informe jeneral sobre la unidad de pesos i medidas el 
dia 1 1 prcrial en una asamblea jeneral del Instituto; el que, 
luego después, presentó al cuerpo lejislativo, en su sesión de' 
4 mesidor ('22 de juniOy los modelos del metro i del quilogra- 
mo hechos en i)latina. 

Al remitir diclios modelos a la barra de los dos consejos del 
cuerpo lejislativo i a nombre del instituto nacional de ciencias, 
pronunció estas memorables palabras el relator ^^an Swinden: 
ajamas la if^norancia i la ferocidad de los pueblos bárbaros 
arrancarán estos viodclos 'proíoíiíjos a la valentía, el patrio- 
tismo i las virtudes do una nación penetrada del conocimiento 
de sus intereses, de su honor i de sus derechos. Pero, si algún 
temblor de tierra los destruyera, si fuera posible que un es- 
pantoso rayo viniese a derretir el metal conservador de estas 



mejillas, no por eso, ciudadanos lejisladores, el resultado de 
tantos trabajos, cl precioso tipo de la xtnidad de medidas se 
pordcria para la gloria nacional i la utilidad pública. 

«En realidad, con el intento de asegurar eternamente xin 
medio conservador para el metro, determinó Borda con la mas 
perfecta exactitud las dimensiones del péndula (¡ue tía segun- 
dos en Paris i cuya lonjítud, sogun Borda, equivale a 9938 
diez milésimos de metro; do manera quo en caso que se des- 
truyese el prQtolt¡)o, bastaria construir un buen péndulo en 
Paris, dividirlo en 9938 partes iguales i agregar 62 do es- 
tas divisiones al largo del mismo péndulo, para obtener exac- 
tamente el metro.» 

Tal ha sido la historia do la primera idea i de su ejecución 
en la importante obra que emprendieron los mas eminentes 
sabios do la época moderna; tal ba sido el oríjen del metro, 
que, tarde o temprano, ha de pasar por Kniclaíí rio viedida 
en todas las naciones cultas del universo- Los documentos 
mas preciosos de esta obra, todas las observaciones, mensuras 
i cálculos, en fin, las doscripcionca do todos los instrumentos 
i de los métodos que Mechain i Delambre emplearon en sus 
larreas oporacioneK; todo esto, pora mayor seguridad do los 
pueblos, se ha publicado en el precioso libro intitulado: líase 
du syslhiie métrique décimat ou méswe de í'arc du vié- 
ridien entre Dankerhe et Darcelonc (Paris 1814 en tros 
tomos en 4.°), i este libro se señalari para siempre como la 
mejor prueba déla exactitud i conciencia con que los citados 
jeómetras procedieron en su empresa.' 

La Francia dio el primor ejemplo para la adopción do la 
nueva unidad de medidas con todas sus divisiones decimales: 
ella fue la primera que las impuso a sus treinta i dos millones do 
habitantes tenazmente adheridos en los anti^uú.s h^tbitos í cos- 
tumbres. Hartas diitcuUades se presentaron desdo lueifO, quo 
parecían invencibles: mas de dÍoz años habian pasado desde 
el decreto del cuerpo lojíslativo, i todavía, rebelde a la nueva 



* Esta obra so halla completa en la Biblioteca Nacional do oeta ca- 
pital. 



340 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

leí, el comercio volvía atrás a su antiguo desarreglo. A su 
inexplicable tenacidad, tuvo que ceder en 1812 Napoleón, per- 
mitiendo que se tolerasen en el comercio, i solo para los usos 
del comercio, una toesa del tamaño de dos metros, dividida en 
seis pies; un cuarto, un ochavo i un diezíseísavo del litro; una 
libra del valor de un medio quilogramo, etc.; pero este decreto 
ha sido desde 1.® do marzo de 1840 definitivamente revocado 
con referencia a la citada leí del 18 jcrminal del tercer año de 
la república, i en todo el reino no so conocen en la época ac- 
tual otros pesos i medidas que los del sistema métrico decimal. 

A mas del pleno triunfo que dicho sistema acaba de obtener 
en la nación que lo vio la primera en su nacimiento, ya se ha 
introducido i recibido con fuerza de leí en Béljica i en Holan- 
da, dos naciones cuyo comercio e industria, considerados con 
relación a la población i a la extensión del territorio de ambos 
reinos, han llegado talvez al mayor grado de su desarrollo, 
aventajando a las demás naciones del continente. 

Varias tentativas para la introducción del sistema métrico 
se han hecho en Suiza, en Italia, i últimamente en Venezuela 
i Nueva Granada, dos do las mas adelantadas repúblicas de 
América; i si los antiguos hábitos, las preocupaciones nacio- 
nales, i un cierto horror a las innovaciones, se oponen todavía 
a la jeneralizacíon de las nuevas mexlídas, no por eso los pue- 
blos desconocen la necesidad de introducirlas. Con dificultad 
resistiría a esta tendencia cualquiera nación que quisiera hoi 
día uniformar sus pesos i medidas i arreglarlos de nuevo. No- 
temos que, entre tanto, todos los pesos i medidas de las nacio- 
nes cultas se avalúan en la unidad viétrica^ que les sirve de 
punto de comparación i de seguridad contra la mala fe i los 
estragos del tiempo. 

II 

Con jeneral entusiasmo, se ha recibido el proyecto para el 
nuevo arreglo de pesos i medidas, por todos los amigos del 
adelantamiento nacional; i si un justo celo por el bien del país 
liace todavía vacilar a algunos ciudadanos en adoptar el me- 



UNIFORMIDAD DE MEDIDAS I PESOS 3A7 



ditaclo arreglo, por temor de las dificultades inherentes a toda 
reforma de hábitos i costumbres, es de creer que un examen 
detenido de ellas, hagp, ver a todo ánimo despreocupado que 
una incomodidad pasajera, un trabajo, aun de algunos años, 
no debe detener al lejislador en su marcha, cuando se divisan 
en el porvenir ventajas, i un bien incuestionable. 

Una de esas dificultades, i que, según parece, es la que mas 
pudiera atemorizar, aun a los hombres versados en el manejo 
de los negocios públicos, es quizá la introducción de unas 
cuantas palabras de nomenclatura casi desconocida en el país. 
Se sabe, en efecto, cuan apegado es el hombre del pueblo a 
las palabras que le son familiares; que a veces se hace esclavo 
de ellas; i que todo nuevo aprendizaje le repugna; desconfía 
de todo término extraño a su oído, como hostil a su naciona- 
lidad. 

Importa, pues, examinar el proyecto de lei bajo este respec- 
to i ver si en efecto la dificultad es tan grande, como parece a 
la primera vista. 

Es cierto que a muchas personas desagradará, en la primera 
lectura del proyecto, el encontrar quince nuevas palabras, 
apenas oídas antes; i es natural que al recibir esta primera 
impresión piensen en la que el nuevo arreglo pudiera producir 
en el público. Poro vuélvase a repetir la lectura, i examínese 
lo que hai de nuevo en la propuesta lei relativamente a los 
términos o denominaciones. 

Se verá entonces que todo ello se reduce únicamente a tres 
nombres radicales, cuyo sonido pudiera talvez desagradar al 
oído de un purista; estos nombres son: 

el vtetrOy 
el litro i 
el gramo. 

A ellos se juntan las tres preposiciones siguientes: 

decij 

centi, 

mili, 

para denominar las cantidades diez, ciento, i mil veces meno- 



I*', VK. V. - li A 1;T23 a3 l\ 'A ' 3 .TXX» 



' « « • ' 

f 
'^ • 4 'o. 

]f*vjií*'. ;il oí !'i af*v:ri^;íi:j'>, p-ira 'íirl-c i:i_'l:.'^:i:r: eiocíto de de- 

Kfi priííHT lu^ar, metro es una paLihra castellana: se- 
ni/í'^íí vrtOj i antíí^uam^jntí; «5Í;friíí¿^ií>aIac:ripo6Íciafi í r7i«i¿- 
#/« JijimUuhi íl<;I v^mo; íiót/rírf; bien: sLiiííIcaLa medida. Ahora 
ft^í íli'í^? l/íU'ó//í^f<r/>, l';rr/iómí>fro- ffrafÓ27iie/rí>, etc.; i naiüe 
p}rm;irla f^KjmUar a'|ijffl t<''rmino del diccionario, aun cuando 
f¥i ifwlitiríi ¡Htíu.r (iíí Hi] Iu;;ar otra palabra de us^ mas coman, 
p/int fl'^nor/iin.'ir la nu^-va unidad de lonjitud. que en todos 
IfH vhfftfVíH íWffhirwm cwlUjfi se llama raelro, 

VA I Uro iarrifioc^o debería tener nada de extraño a nuestro 
hUhh ¡Aira v.h una palabra familiar para el pueblo; i se sabe 
i\U(i a riiieMtra jenio (bd campo de las inmediaciones de San- 
iíaíjro, nri e« rbjl todo desconfxjída la voz litro^ que se emplea 
por lo (lofriiin corno Hinónima de rito o carona^ i se oye repe- 
tir iriui nuu'twuht en la plaza. AI adoptar, pues, la palabra 
////'/;, romo nombro (b? la unidad do medida para líquidos, se 
iínhí|ii<»<í<!ria bi ttírminoiojía científica de nuestra lengua, i se 
pondría e,n relaeion con la do los demás idiomas, sin ofender 

vi oído dr| plH;blo. 

Kn Un, la pal.ibra riranin so diferencia tan insensiblemente 
de la de [¡ninn^ (\\u\ talve.z pudiera ofrecer algún inconvenien- 
bí la dnm.iMiada Hcmí'janza entre ambas. Por otra parte, la 
palabra tinnno He empl(;a en todas las obras científicas espa- 
fnibiH, i H<í iiHa muí anieniido por los ensayadores, 

PíiHenioH aliora a las i)repoH¡c¡ones. 

'leniendo las tros primeras, cíeci, centi, miliy un oríjcn 
latino, presentan una fisonomía de parentesco, un aire de fa- 



L'.VIFORMIDAD DE MEDIDAS I PESOít 



s-sa 



milia, en nuestro idioma. Ni son tan raras en él laa palabras 
compuestas para (juo se extrañe una nueva i poco numerosa 
importación ile ellas, cuando el inconveniente de la novedad 
ea mas quo compensado por una ventaja inapreciable que 
desdo iue^o proporciona a las personas familiarizadas cun el 
sistema decimal. Esta ventaja consiste en que, al aprender el 
uso facilísimo de las mencionadas tres preposiciones, se apren- 
de al mismo tiempo mas de la mitad de la aritmctica relativa 
a los númerua denominados. Así al pronunciar la palabra 
tiecimutro so aprende que el decimetro es la décima parte del 
metro, i que por consiguiente diez ííecimetros valen un me- 
tro. Al decir inííígramo ya se sabo c¡ue esto quiere decir una 
niííesima parto del gramo, i que, por de contado, mil ^nili- 
gramos valen un gramo. En íin, se percibe muí bien que, al 
aprender el modo de aplicar aquellas tres preposiciones a los 
tres primeros términos (que es obra do pocos minutos), todas 
aquellas operaciones do cálculo, quo ahora tanto nos fastidian, 
cuando se trata do reducir, por ejemplo, onzas a granos, pies 
a lincas, o recíprocamente, se reducen al simple mecanismo 
de correr la coma de la derecha a la izquierda i do la izquier- 
da a la derecha. ¿No valdría esta ventaja la pena de incomo- 
darse un poco en aprender el uso de las citadas preposiciones, 
o de introducir el uso do ellas en el lenguaje común del pue- 
blo, sabiendo que medíanle este sistema, tan sencillo i lójíco, 
el hombro, al aprender a_hablar, ajirende a contar i a pensar 
lójíca mente? 

Lo mismo se podría decir con relación a las tros otras pre- 
posiciones, deca, heclo, quilo; con la diferencia de que, sien- 
do de oríjen griego, no nos presentan la misma ventaja que 
las anteriores, tanto al oído como al entendimiento. Pero no- 
temos que en el uso práctico, en el comercio i trato jencral 
entre la jente, no se usan estas preposiciones, sino en tres ca- 
sos particulares, que son: 

Para decir ijuí/oractro, que es una lonjitud do mil metros; 

Jíec/olitro, o medida de cien litros, i 

Quí/ogramo o peso de mil gramos. 

Los demás términos de esta esp&cie se emplearán mui poco 



3'>0 OPÜSCLLOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

i solamente en el lenguaje científico, o bien entre la jante de 
la mejor educación, a la que costaría poco o nada comprender 
8U signiPicacion. En efecto, nadie dice en Francia o en Béljica, 
donde el sistema métrico decimal está completamente estable- 
cido, «he comprado un decámetro de paño,» o bieni «necesito 
un decalitro de vino:» sino, «he comprado diez metros de pa- 
ño,» «necesito diez litros de vino.» Si el proyecto de lei com- 
prende en su redacción todos estos términos i denominaciones, 
que rara vez o nunca se usan en la vida común i entre la ple- 
be, es porque el abraza en si la totalidad del sistema métrico 
decimal, en toda su extensión, tal como ha salido de la mano 
de BUS inventores i como se halla establecido en otras naciones. 

Se ve por consiguiente que todas las dificultades inherentes 
a la nueva terminolojía se reducen: 

i.^ Al uso de tres palabras que el oido no extraña, que son, 
metro^ litroj graino; 

2.® Al uso de tres preposiciones de oríjon latino, decij cen* 
í¿, míZí, que se agregan a cada una de las anteriores para in- 
dicar las cantidades, diez, ciento, i mil veces menores; 

3.^ Al uso de tres palabras algo mas extrañas, guí/omotro, 
/lecíolitro, i (¡fUÍZogramo. 

¿I esto sería capaz de atemorizar a los lejisladores en la 
adopción del sistema métrico? 

Pero fijémonos por un instante en el artículo 15 del proyecto 
de lei, i veremos que, mediante el arbitrio que en el mencionado 
artículo se propone, se allanan todavía mas las dificultades 
arriba señaladas. Por esto artículo, so ve que no se trata de 
imponer desde luego al pueblo el uso aun de aquellos pocos 
términos nuevos que la lei expresa. Se propone acostumbrar 
el país al conocimiento i uso de los nuevos pesos i medidas, 
dejando al público por diez años el uso do los antiguos nom- 
bres i divisiones, para que en este tiempo se familiarice con 
los tres nuevos términos i aprenda poco a poco la aplicación 
do las citadas 'preposiciones, 

lié aquí de í[ué modo podrá verificarse este aprendizaje en- 
tre el vulgo i la jcnte del campo. 

Entra un hombre a una tienda para comprar cierto número 



t'NtFOnUlDAD DE MEDIDAS I PESOS 



de varas do algún jénero. Se le 'V'ende, t se le mide con una 
vara dividida cti tercias, cuartas i puli^adas si so quiero, pero 
con una vara marcada por un ladu con el metro, dividido en 
decimetros i centímetros. Es natural que, al \\'.r una nueva 
medida, trate el comprador de conocerla, de aprender su nom- 
bre i HU9 divisiones: grabadas en eüte mismo metro las voces 
metro, decímetro, centímetro, le parecerán primero algo 
extrañas; principiará talvez por burlarse de ellas, las repetirá 
' después &in malicia, i acabará par acostumbrarle tanto a las 
palabras, como a las ideas que expresan. 

Otro ve que, pai'a venderle un cuartillo do aceite, se le mide 
con un cuartillo nuevo que llevará el sello de la municipali- 
dad i que tendrá casi la misma capacidad que el cuartillo 
antiguo, con una pequeña diferencia inapreciable a la vista. 
Estando grabada en este nuevo cuartillo la denominación de 
medio litro, es imposible que de vez en cuando no so pre- 
sente esta palabra como asunto de conversaciones, tan largas 
i tan l'recuentes en nuestros despachos; i en los mas casos la 
explicará el bodegonero, aun cuando no fuese por otro motivo 
que el de hacer alarde de au saber en esta materia. 

Lo mismo sucedería con el usu de la nueva fanega que co- 
rresponde a un medio hectolitro. Acostumbrado el país al ta- 
maño i a la nueva nomenclatura do esta medida, olvidará 
poco 3 poco la antigua, i aceptará sin violencia la disposición 
de la lei, cuando trascurridos los diez años de lotemncia (ar- 
tículo lo), se trate de suprimir la antigua división en almudes. 

Con mayor facilidad, se acostumbrará el vulgo al uso do 
una nueva libra, que será un cuatro por ciento mayor que la 
antigua, i en cuyo peso estará grabado el nombre de medio 
quilogramo: debiendo también estar estampado en la pesa tíe 
dos libras el nombre do quilogramo, en la de medía libra el 
de un cuarto de quilogramo, etc. 

Pasados los diez años quo el citado artículo lo del proyecto 
de lei nos señala, quedará todavía en la voluntad del gobierno 
i de las cámaras el recurso de prolongar este mismo estado de 
aprendizaje por otros diez años, si se juzga necesario; pero el 
nuevo sistema métrico se arraigará mas i mas en el país, i 



í;í l?i?-:vi:s LrrzrA?.::5 i císticos 



entrará en la e-la:ac:oa del pueblo, que al cabo conocerá sus 
grandes bienes i ventajas. 

Entre tant"». el sriLiem?. las oScinas fiscales, todo el co- 
mercí'j p-jr mavor i la :Ia.^:r mas ilustrada del país emplearán 
el nuevo sí:=t<rrr.a: i sería tal vez verj^Dnzcso a esta ultima el opo- 
nerse a la intr-i-iieoion •:!-:- la nueva medida, disculpándose con 
la diiliultad de aprender unas cobo palabras, conocidas en to- 
dos los idiomas, o con la inconiC'didad de hacerse a los nuevos 
cálculos i reducciones;: teniendo presente que tcJo cálculo de 
decimales es infinidamente mas f¿leil i cómodo que las opera- 
cíunes aritm*}ti:as do ^rariO>. línea?, alarmes, almudes, ter- 
cias, tomines i otras t.intas fracciones de unidades. 

Protestamos soI>re todo contra la idea de llamar oficialmen- 
te al metro, vara, al hectolitro, fanega, al quilogramo, libra, 
al litro, cuartillo. Xo hai cosa mas perjudicial que dar un 
mismo nombre a dos cantidades desiguales. El pueblo mismo 
correjiria el vicio de semejante arbitrariedad, teniendo que 
repetir a cada momento, en sus compras i ventas, las denomi- 
naciones: vara antigua^ vara moderna^ fanega antigua^ fa- 
nega moderna^ libra antigua^ libra wioderna, etc.; i solo 
con omitir el adjetivo se cometerían equivocaciones, volunta- 
rías o involuntarias, de ciento por ciento sobre el avalúo de 
los pesos o de las capacidades para líquidos o áridos. 

En fin, unas tablas bien hechas para la reducción de los 
pesos i medidas que se usan actualmente en Cliile, a los pesos 
i medidas que se quiere introducir, tablas que mui pronto se 
van a computar i publicar para el uso común, mas fácil i có- 
modo, remediarán t^nla especie do equivocaciones i errores de 
cálculo, al paso que allanen las dificultades inherentes a la 
reforma; i si con todo lo expuesto nos quedase todavía algún 
recelo, temor o incertidumbre por lo que pudiera suceder, 
tengamos presente que se trata de una reforma útil, hermosa, 
digna de los esfuerzos de una nación civilizada. 

{Araucano, Aíío do 1847.) 



g* >L - I - U"- ■ 



■ C"-' ' 1" "" - -" "Z-'T" ^' y^íí Cs.'. £.C" j y 



DISCURSO 



PROXUXCUDO POR EL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE 

EN EL 
ANIVERSAUIO SOLEMNE DE 29 DE OCTUBRE DE 1848 



ExcMO. SEÑOR Patrono : 
Señores: 

Cumplo con el deber que me impone el reglamento del con- 
sejo de la universidad en su articulo 24. Conformándome a él, 
dirijiré vuestra atención a cuatro puntos: el estado actual do 
la instrucción pública; la enumeración de las mejoras intro- 
ducidas en este ramo, de sus resultados, i de los obstáculos 
que las hayan contrariado; un resumen de los acontecimien- 
tos que tengan relación inmediata con la instrucción pública; 
i una noticia de los miembros de la universidad que han fa- 
llecido i que se hubieren distinguido por su celo en favor del 
mismo objeto. Procuraré ser breve, i llenar, en cuanto me 
fuere posible, estas indicaciones. 

Las tres primeras tienen tal conexión entre sí, que, en be- 
nefício de la brevedad i de la claridad misma de esta exposi- 
ción, me parece conveniente no separarlas. 

Respecto do la primera, es poco lo que tengo que añadir al 

luminoso cuadro presentado a las cámaras i al público por el 

señor ministro del ramo, vicc-patrono de la universidad, en su 

memoria de 1 1 de setiembre de este año. Principiando por la 
opúsc. 45 



35^1 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



instrucción primaría^ es triste el paralelo de nuestra situación 
presente con la de otras naciones civilizadas; pues adoptando 
por base el total de los individuos que la reciben en toda la 
extensión de la república^ según el estado jeneral que acompa- 
ña a la memoria citada; aumentándolo con la cuota correspon- 
diente a la provincia de Chiloc, conforme a la noticia suma- 
mente incompleta que existe en la secretaria de la facultad de 
humanidades; agregando conjeturalmente las cuotas de los 
departamentos de la provincia de Concepción que do pudieron 
comprenderse en aquel estado; i tomando en cuenta la inevi- 
table deficiencia de los datos respecto de las otras secciones i 
de la provincia misma de Santiago, por el considerable núme- 
ro de escuelas diminutivas que se escapan a la obsen^acion, 
i de individuos de ambos sexos que aprenden en sus casas, 
creo que podremos valuar el número de las personas a quienes 
so suministra el primer jérmen de cultura mental, en uno 
por cada cuarenta i cinco habitantes; de que se deduce quo se 
extiende, apenas, a la sexta parte de los que son llamados a 
recibirlo. 

Es preciso reconocer que, de todos los países que gozan de 
una civilización mas o menos adelantada, ninguno presenta, 
para la difusión do la enseitanza primaria, las dificultades que 
Chile. En muchos de nuestros campos, la población no forma 
vecindarios compactos de tal cual imix)rtancia, como las al- 
deas i pueblos menores de Europa i de otros países de Améri- 
ca. El viajero busca muchas veces en vano la apariencia de 
esos pecjucños grupos de familias; i donde esperaba encontrar 
uno do ellos, lo que so le ofrece a la vista es un espacio exten- 
so en que so levantan a largos trechos esparcidas habitacio- 
nes, que apenas comunican entre sí. De los que viven do esto 
modo, ¿cuántos son los quo pueden enviar sus hijos a una es- 
cuela, que, por precisión, está situada a gran distancia de la 
mayoría? Los quo se aprovechan del l^cneficio de la instrucción 
primaria, con que el estado i las municipalidades les brindan, 
no guardan pnoporcion ni con el niírnoro do las escuelas, ni 
con el costo invertido en ellas. Las mismas familias que, con- 
centradas en una villa, pudieran dar treinta o cuarenta educan- 



DlSCünSO EX El. ANlVEnSABlO UK LA I 



líos, apunas contribuyen con una pequeña fracción de esto nú- 
mero. Aun las que residen a moderada distancia, para propor- 
cionar este bien a loa niños, tendrían que someterse a una 
privación casi completa ilol auxilio no insignificante que desdo 
la primera edad pueden éstos prestarkfl para sus diarios tra- 
bajos i para los menesteres domésticos. Así es que la mayor 
parte se resiste a enviarlos, o solamente loa dejan ir en la es- 
tación del año en que les es menos necesaria su ayuda. No solo 
es, pues, limitada la concurrencia a las escuelas, sino amo- 
nudo interrumpida; i de este modo la semilla preciosa que el 
estado esparce a no pequeña costa sobre los ca mpos de la re- 
pública, se puede decir sin exajeracion que no rinde la mitad 
del fruto que debiera. 

Si queremos formar alguna idea do la cuota que cabe a 
cada provincia en esta distribución de la primera enseñanza, 
hallaremos una desigualdad notable, que nu siempre es fácil 
explicar por las circunstancias locales i por la mas o menos 
cultura de loa pueblos. ¿Quién creería encontrar en el grado 
superior de esta escala a la provincia de Cbiloé? A la verdad, 
no tenemos acerca de ella dato.i medianamente completos; pe- 
ro podemos computar en 26,000 almas la población de Quin- 
chao, Calbuco, Dalcahuo i Chonclii, juzgando por el censo de 
1843, i a lo menos en 1,Ó00 el numera do niños que frecuen- 
tan las escuelas, según los estados que he tenido a la vista; 
de que se sigue que .se distribuye allí la educación rudimental 
a uno de cada 1 7 individuos, cuando el término medio de toda 
la república es uno entre 45, Valparaíso, Santiago, Valdivia, 
Atacama i Talca exceden también al término medio t compu- 
nen la parte mas iluminada del territorio chileno. En la pro- 
vincia do Valparaíso, que ocupa el segundo lugar, la cuota es 
i por 28; en la de Santiago, 1 por 3.3; en la de Valdivia, 1 por 
38; en la de Atacama, I por 40; en la do Talca, 1 por 43; en la 
de Coquimbo, 1 por 50; en la de Aconcagua, 1 por G0¡ en la do 
Nublo, 1 por G7; en la de Concepción (con la ineertidumbre quo 
nace de lo incompleto de las noticias), 1 por 75; en la do Maule, 
I por 96; i en la de Colchagua, colocada en la última línea, i 
a bastante distancia de las ntras, 1 por l-'iO. Yn no pretendo 



35í> OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



presentar estos guarismos, sino como meras aproximaciones, 
pero creo qiic no se alejan mucha de la realidad.* 

El departamento en quo está mas difundida la instrucción 
primaria, es el de Valparaíso, donde de cada 12 individuos de 
toda edad i sexo, va uno a la escuela. En el de Calbuco, do 
cada 14 individuos, i en el de Santiago de cada 27, va uno. 

Calculando la proporción de los sexos en la asistencia a las 
«íscuelas, no tendremos tampoco motivo de felicitamos. 

Como al total de niñas que participan do la enseñanza prima- 
ria, según ai>arece en el estado adjunto a la memoria ministe- 
rial, no sería razón al>Ie hacer iguales agregaciones que al de 
niños, la proiK)rcion de las primeras es necesariamente algo 
menor de lo que en el so presenta, i se puede conjeturar con 
alguna verosimilitud quo de cada seis niños que van a la es* 
cuela, los cinco pertenecen a nuestro sexo. 

Si pasamos aliora a la apreciación de la enseñanza quo se 
da en las escuelas a los quo no sufren los inconvenientes que 
he tenido el honor de indicaros, o pueden corV algún esfuerzo 
vencerlos, encontraremos que en ningim punto de la repúbli- 
ca se le ha dado todavía toda la extensión que sería cVe desear. 



* Según los iatos publicados recientemente por el ministerio de 
instrucción pública, en visla do las nolicias que acaban de remitírselo 
por el señor intendente do Chiloé, hai en toda la provincia 17 escuelas 
fiscales, i G7 particulares, educándose en las primeras 952 individuos, 
i en las seprundas l,G'i8: total •?,600. Ksto haco variar un poco el cál- 
culo do 1 por 17 que he dado a la provincia, juzí]fando por los cuatro 
departamentos do Quinchao, Calbuco, Dalcahue i Chonchi. Compu- 
tando la población local en 52,000 almas (i9,000 se^cun el censo de I8i3), 
resulta que do cada '10 individuos do todu edad i sexo, va uno a la 
escuela. Chiloó conserva, pues, una considerable superioridad sobro 
todas las otras provincias do la república, en ctianto al número do 
personas quo reciben la instrucción primaria. En la provincia do Val- 
paraíso, una población que no baja do 80.000 almas, sostiene 53 es- 
cuelas particulares. En la de Santiago, la población no baja de 230,000 
almas, mas quo el cuádi'uplo do la de Chíloé; i el número do escuelas 
do particulares no lle^i^a al duplo do las de aquella remota provincia, 
tan escala do recursos de toda clase. Este resultado, quo puede mi- 
rarse como bastante ox;\cto, es altamente honroso al pueblo ahilóte. 



DISLtlnSO BN BL .1 



) UE La INlVanSIOAD 



i a (¡uc aolu poilri llegar grailualmente en una serie de años, 
ílai cun tuilu localiJailes en que se camina con mas o menos 
celeridad a este apetecible desarrollo, A la Iccluru, escritura i 
rozo, que rurmaii tudo el púbulo mental que se da e« varias 
escuelas % la niñoz, i aun éso de un modü defcctuoíío, Iiai mu- 
chas que añaden el catecismo i principios de aritmética; crece 
el número de aquéllas en que se desenvuelve algo mas ct 
viUcuIu i se dan nut^iunos de gramática castellana: en las es' 
cuelas lie niñas, ocupan mas o menos lugar los ejercicios i ha- 
bilidades propias del sexo. 

La falta de idoneidad de los profesopos, que en muchas par- 
tes retarda el pro'^rciiü, es un obstáculo que solo puedo reme- 
diarse lentamente por el número de jóvenes que reciben una 
instrucuion adecuada i hacen su aprendizaje de pedagojia on 
la Normal, o que se forman en las mejores escuelas de las 
lirovincias. Desgraciadamente no puede contarse con todos 
ellos; porque, en un país donde se presentan, aun a capacida- 
des menos que mediocres, tantas ocupaciones lucrativas, solo 
una decidida vocación a las tareas ingratas i deslucidas de la 
enseñanza mas elemental, retendrá en ella a las intclijcncias 
que hayan recibido cierto cultivo; i poco podría esiicrai-HC de 
las medidas que so empleasen para hacerlas permanecer en 
un ejercicio de tan poco lucro i brillo, contrariando sus incli- 
naciones i sus miras do mejor fortuna. A la verdad, no se 
puede decir que se desperdicie así del todo la simiente precio- 
sa, creada en aquellos planteles; porque, en todas las ocupa- 
ciones sociales, será útil hasta cierto punto la adquisición de 
personas preparadas en ellos; pero este capital de conocimien- 
tos se desvía del empleo a que lo ha destinado la nación, i en 
que pudiera producir mas ventajas; porque el mas provcclio- 
so, como el mas necesario de totlos es, incontestablemente, el 
que difunde las nociones rudimentales en que termina la bar- 
barie i aparece el primer albnr de la civilización. 

La facultad de liumanidados í^o ha consagrado con un celo 
constante al desempeTio del encargo que sobre la instrucción 
primaria le encomendó la Ici orgánica do la universidad. Ella 
ha mirado con atención preferente la Escuela Normal, a la 



358 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



quo cl digno decano hace espontáneamente, o en comisiones 
de la facultad, frecuciilcs visitas de inspección. Tengo la cx)in- 
placcncia de decir que en ellas ha visto mejorarse gradual- 
mente el rójimen del establecimiento, merced al interés que 
ha tomado en ello nuestro gobierno, i a las luces i la asidua 
contracción del benemérico director.* El plan de estudios ha 
sido poco hace revisado por la facultad i el consejo, i aproba- 
do por el iTübicrno; 01 abraza en cl dia, ademas de la lectura, 
escritura i aritmética, la gramática castellana, el dibujo lineal| 
la cosmografía, la jeografia física i descriptiva, el dogma i 
moral cristiana, los fundamentos de la fe, la historia sagrada 
i profana, i cl canto. El local es ya medianamente cómodo; i 
lo será de todo punto, cuando esté concluido el ediCciOj como 
lo veremos mui pronto. La institución del internado ha corres- 
pondido a lo que so esperaba de ella. Una disciplina severa 
garantiza la moralidad de los alumnos. En una escuela sucur- 
sal, se ensaya prácticamente la pedagojia; i la vecindad do la 
Quinta Normal ha parecido un medio oportuno de suministrar 
a los futuros preceptoi*es algunos conocimientos elementales 
en la teoría i la práctica de la agricultura, que, llevados des- 
pués a las provincias, no dejatón de influir en el progreso de 
esta industria bienhechora, que tanto importa a Chile. En fin, 
a esta extensa i variada instrucción, que ocupa tres años, so 
agregarán nociones prácticas en agrimensura, vacunación, 
idioma francés i algún otro estudio, a juicio del director; de- 
dicando a ellos los alumnos, especialmente los mas adelanta- 
dos, el tiempo vacante que sus ocupaciones ordinarias les de- 
jaren. 

El consejo de la universidad, por su parte, se ha ocupado 
sin cesar en el examen de los estados que periódicamente se le 
remiten de las provincias i departamentos; i aunque cierta- 
mente es grande el número de las secciones en que se ha fal- 
tado a este deber, hai departamentos, i aun provincias enteras, 
en que las juntas i las inspecciones lo cumplen con laudable 
regularidad. Son frecuentes las demandas de auxilios indis- 



* Don Máximo Arguelles. 



14 Bl. ANIVSRSAHfO SB 1. 



UNIVi:n&liQAU 



3Í!» 



penaables i>ara el servicio de las eaouelas; i el consejo trasmi- 
to estas 2>eticÍoncs al goliieroo, que rara vez deja de satisfacer 
a ellas con remesas laii abundantes como le es posible. Así lia 
desaparecido en alguna parlo la práctica de poner en manos 
d« los niños para sus primeras lecturas libros inintelijibles a 
su edad i talvez perniciosos, sustituyéndose a ellos los que 
con este objeto han dado a luz las prensas chilenas; de los 
cuales, i de los otros que han parecido adaptables, ha formado 
la facultad una lista, que se ha circulado. Estos libros ae dis- 
tribuyen gratis a los alumnos indijentes; i el resto so vende a 
un precio ínfimo, que se aplica a las otras necesidades de las 
escuelas. Se han dictado también providencias para mejorar 
el local de algunas demasiado estrecho, expuesto a la intempe- 
rie, o situado en paraje menos a propósito por la escasez del 
vecindario. Se emplea el cuidado posible en la buena conduc- 
ta, en la asiduidad de los preceptores. I en suma, nada omite 
el ^bicrno para subvenir a las mas imperiosas necesidades, 
ya fundando escuelas primarias, donde mas se siente su falta, 
ya proveyéndolas do lo mas indispensable, donde existen. 

La facultad de humanidades, no contenta con observar de 
cerca la Normal i dirijir sus progresos, ni con la inspección 
de las otras escuelas de Santiago, se ha dedicado a la revisión 
de texCos, libros de lectura i programas. Algunos de estos li- 
bros han sido compuestos, traducidos o adaptados a las escue- 
las de Chile por miembros de la facultad; i entre ellos moroco 
señalarse la Vida de Jesucristo,* no solo por la acortada 
elección, sino por la sencillez i pureza del lenguaje, requisito 
indispensable en todos los textos, i sobre todo en las obritas 
que se destinan a las primeras lecturas, pero que, por desgra- 
cia, no siempre so solícita con suficiente esmoro. Debo men- 
cionar también el Tratado de Pedagojia. i el Libro de las 
Madres i Preceptoraa," que tienen, entre otras oalidades re- 



• Por don Domingo Faustino Sarmiento, autor también del Método 
gradual da leclurn, qitu la fuuultad de humanidades ha designado 
como el mas a propósito para las escueJ.ts, i do otros opúsculos dea- 
tinadon a la instrucción prlmariu. 

•• Pi>r útta liafad .MinvielK miembro d>í la r-icnltad. 



360 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



comcndablcs, la de la adaptación a Chile; el Compendio de 
la Historia de Chile;^ i una sucinta i bien escrita cartilla 
de aritmética, jeneralizada ya en las mejores escuelas. 2 Aun 
ha hecho mas la facultad: ha extendido sus miras a la org'ani- 
zacion de todo lo concerniente a la instrucción primaria en 
todo el territorio de la república. El producto de sus trabajos, 
preparado por uno de sus mas celosos i laboriosos miembros, ^ 
ha sido el proyecto de lei propuesto últimamente, con lijeras 
modifícaciones, a las cámaras lejislativas por el patriótico se- 
cretario de la misma.* En él, so ha procurado la mas conve- 
niente distribución de este beneficio a toda la población chile- 
na, ampliando, graduando, mejorando la enseñanza, i hacien- 
do del preceptorado una carrera honrosa, que atraiga compe- 
tentes capacidades con dos nuevos i poderosos alicientes: la 
distinción i la esperanza. La facultad no ha podido dejar de 
reconocer que el alma de todo sistema orgánico de enseñanza 
primaria es la frecuente inspección. La que actualmente exis- 
te, ejercida por pereonas que, cuando estén animadas del me- 
jor espíritu, carecen, por la mayor parte, de otras cualidades 
no menos esenciales, pero que no sería justo exijir do ellas, 
no puede nunca ponerse en paralelo con la de visitadores idó- 
neos, que se envíen periódicamente a las provincias. So ha 
principiado a ensayar este método con buen suceso. El públi- 
co ha visto el resultado de la visita de Colchagua por un joven, 
que ha manifestado especial vocación para la enseñanza pri- 
maria. 5 Del patrocinio que nuestro gobierno dispensa a la 
educación popular, me prometo que se continuará en el plan 
de inspección por visitas, cualquiera que sea la suerte que 
tenga bajo otros respectos el proyecto de la facultad; i que so 
multiplicarán gradualmente los visitadores, hasta que puedan 
recorrerse cada año todas las escuelas do la república, i espe- 



1 Por don Vicente Fidel^López, miembro de la facultad. 

2 Por don José Dolores Bustos. 

3 Don José Victorino Lastarria. 

4 Don Antonio García Royos. 

5 El señor Bustos, mencionado anteriormente. 



cialmoiitc liiB quo s<¡ -fiostiontín con fon Jos fiscales o muníci- 
patea. CouiIjí liando las dos especies do Íns|N)Cuon, poilríumoa 
lísonjcaruus dn tcticp en bruvo un sistema de educación pri- 
mai'ia mas eiidcnte, que el i¡ue ahora coiiaumo con escaso 
fruto crogaiüunes cuantiosas. 

Un micnibrü do la faoultad de humaniJatles, que ha hecho 
de la instrucción primaria un objeto especial de estudio, i a 
quien nuestro gobierno diú el encargo de observar la organi- 
zación de este ramo en las naciünes mas adelantadas de Eu- 
ropa i Anii-rica, ha regresado, poco tiempo liaco, i presentará 
en breve al gobierao, a la universidad i al publico el fruto de 
sus laboriosas mvi.'sti ilaciones. Creo justo decir, por la mues- 
tra que se ha dado do ellas a la facultad de humanidades on 
una de sus sesiones, presenciada por el señor ministro de ins- 
trucción pública, i a que yo también tuve el honor de asistir, 
que don Dominico Faustino -Sarmiento ha hecho un acopio 
abundante do datus preciosos, de que pueden hacerse conve- 
nientes a])lÍeaciones a nuestro país, con las motÜficacíoncs 
que las circunstancias requieran. Minguna materia de las con- 
cernientos a la instrucción primaria, ha sido desatendida por 
el ilustrado viajero; i entro ellas la enumeración de los medios 
que so han empleado en otras naciones con el oLjeto de sufra- 
gar a los costos necesariamente considerables do una extensa 
instrucción primaria, abierta a todas las clases i verdadera- 
mente po]iuIar, (pit! íuú la parte a que bc contrajo la lectura 
del voluminoso manuscrito, no es la do menos importancia 
para nosotros. 

En vano pediríamos a la experiencia de otros pueblos un 
plan completo, adaptable a todo el territorio chileno, bajo los 
accidentes especiales que en gran parte lo caracterizan, i quo 
he tenido el honor du indicaros. I'ero concibo que, en aly:unas de 
BUS poblaciones, i talvcz en depaiHamentos enteros, no sería 
difícil la ailaptacion, parcial a lo menos, d>í alguno de los sis- 
temas que en Europa i en loa Est;vlos Unidos de América lian 
pasado por la prueba del tiempo, acarreando resultados quo 
han excedido a todas las esperanzas, Soame permitido añadir 
que en csti?, como en otros objetus, naíla convcndria menos 



302 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



quo aspirar a esa severa uniformidad en que algunos cifran la 
perfección; i que someter a una misma norma poblaciones que 
abundan de cuanto es necesario para organizar un buen plan 
de instrucción ])rimaria, i poblaciones que carecen de todo i 
hasta del deseo de mejorarse, sería, defraudar a las primeras 
de lo que tienen derecho a esj^erar, i perjudicar al mismo 
tiempo a las otras; a quienes Santiago, Valparaíso, Talca, 
Copiapó i otros pueblos de la república, bien organizados, 
presentarían modelos que imitar i elementos de que aprove- 
charse. 

No podemos meaos de unir nuestros votos a los del señor 
vice-patrono por el establecimiento de las safas de asilo^ 
destinadas a instruir i moralizar la niñez en la porción mas 
indijente de la sociedad, donde no tiene por lo regular otra 
escuela que el mal ejemplo i la vagancia. Es imposible pintar 
con mas vivos colores que lo ha hecho su señoría la importan- 
cia de las salas de asilo; i os fácil calcular los saludables efec- 
tos que producirán a la sociedad toda, disminuyendo el nú- 
mero de los delitos que alarman el hogar doméstico i forman 
uno de los mas gravosos i desiguales impuestos sobre la pro- 
piedad. El clero, los vecinos acomodados, el bello sexo, acep- 
tarán sin duda la filantrópica invitación de su señoría; i los 
datos recojidos por el gobierno, a que el señor Sarmiento aña- 
dirá instructivas noticias acopiadas en su viaje, facilitarán la 
planta de esta benéfica institución en los principalejí pueblos 
de la república. 

Yo no puedo terminar este cuadro del estado i esperanzas 
de la educación primaria, sin ofrecer el debido reconocimiento 
a los relijiosos i relijiosas de los Sagrados Corazones, que, de- 
dicados por su instituto a este caritativo ministerio, la dispen- 
san gratis a gran número do niños de ambos sexos, ademas 
de contribuir a la educación colejial en establecimientos sepa- 
rados, con edificios competentes, construidos a su propia cos- 
ta, i con un réjimen bien entendido, en que se consulta espe- 
cialmente la moralidad de los alumnos. Ni sería justo pasar 
en silencio a la cofradía del Santo Sepulcro, que, celosa de 
promover la enseñanza en las clases menos acomodadas de la 



i L'MVKIISILIAU 



363 



sociedad, ha fundadu una escuela gratuita de dibujo lineal, 
quo cuenta tres años de existencia. El señor decano do huma- 
nidades, en los Íiif.jrnie3 (juo sobre la materia ha dado al con- 
sejo, elojia la facihilad i aun cultura uon c¡ue se han proclucido 
los jóvenes artesanos en sus explicaciones orales, i la rápida 
destroza de sus operaciones en la pizarra. Los exámenes do 
este año lian sido particularmcnto admirados. Comprendieron, 
ademas de la teoría i práetioa del dibujo lineal, nociones de 
jeometría descriptiva, ¡ rudimentos de arquitectónica, El mis- 
mo señor decano, (|Ug presta especial atención a este plantel, 
ha trihutailo las dcljidas alabanzas a la contracción i celo de 
don Luis Prieto i Cruz, a su benevolencia con los artesanos, a 
BU desinteresada dedicación, i a lo."* sazonados frutos de inte- 
líjencia i moralidad con que ha visto coronar sus trabajos. El 
supremo gobierno ha hecho una pública demostración de reco- 
nocimiento al dig-no profesor, i acordó .ademas la compra de 
veintiocho de los mejores dibujos presentados a examen. 

La enseñanza del dibujo lineal, según nos asegura el señor 
ministro do justicia, medra en algunas provincias; i aera en 
breve restituida a su proiperidad anterior en el Instituto Na- 
cional, mediante el restablecimiento de la exención del servi- 
cio en las milicias, de que antes gozaban los alumnos. La 
Escuela de Artes i Oficios so abrirá en breve. La pintura i la 
escultura principiarán a cultivarse bajo la dirección de un so- 
bresaliente artista extranjero; i ya se empiezan a recojer algu- 
nos elementos para la formación de un gabinete. 

Distinciones honorífiuas a la modesta induslria, a las url*s 
liberales que suavizan las costumbres i elevan el alma, son, 
como lo ha observado nuestro digno vice-patrono, el mejor 
estímulo para su fomento. Yo mo complazco un repetir los 
elojios do su señoria al ciudadano quo concibió la idea do una 
distribución du premios de csla naturaleza en la gran fiesta 
de la patria. ;IIonor al amigo dvl pueblo, al amigo de la 
humanidad, a que se dubo la institución del aniversario de 
lacaj'ídarf cristiana!' ¡Honor al gobierno que ha comprendido 



' Don Podro Palazuílo», 



3Gi OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



la importancia de esta institución, i ha querido solemnizarla 

con su asistencia! 

La instrucción preparatoria i superior se nos presenta bajo 
un asijecto lí>-onjero; i en esta parte merece mucha mas oon- 
ilanzu la exactitud de los datos. El total es do 3,400 educan- 
dos, que es como uno en cada 350 habitantes; proporción quo 
no debe parecor excesiva en un país en que el réjimen consti- 
tucional llama gran número de individuos al ejercicio de fun- 
ciones importantes, no solo en las profesiones literarias, sino 
en la rci>rescntacion nacional, en el servicio de las munici- 
palidades, de las oficinas públicas i de la administración de 
justicia, i en que la clase de propietarios territoriales i de per- 
sonas acomodadas es cada día proporcionalmente mas nume- 
rosa. Corresi)onden a la provincia de Santiago 31 centesimos, 
i a la capital 49; lo que tampoco parecerá desproporcionado, 
si se tiene presente que este último guarismo contiene casi en 
su totalidad la instrucción científica de la república i una par- 
te también considerable de la instrucción colojial. La propor- 
ción en que ésta se distribuye entro los diferentes sexos, no es 
siquiera la de 1 a 3, pues de 100 personas que la rccil>en, ape- 
nas 30 son ninas; pero, bajo este respecto, hai una notable de- 
sigualdad entre las diferentes provincias. En las de Coquimbo, 
Valdivia i Cliiloé, no hai establecimientos para proporcionar 
este beneficio a las mujeres; en Concepción i Talca, las edu- 
candas no llegan a la tercera parte del total; en Valparaíso, 
pasan de la mitad; en Colchagua, alcanzan a mas de 5o por 
100; i en Maule, hacen justamente un 70 por 100. Santiago 
presenta a primera vista un resultado muí poco satisfactorio, 
pues las mujeres que reciben una instrucción superior a la de 
las escuelas no llegan a la cuarta parte del total de ambos 
sexos a que se suministra esa educación. Poro hai que notar: 
1.® quo, en los colejios do varones de la capital, una porción 
considerable do los alumnos no pertenece a su vecindario, lo 
que, al paso que exajera la cuota de varones en la provincia do 
Santiago, la rebaja en las otras; i 2.** que, en ciertas familias 
cuyo número crece continuamente, las niñas reciben el com- 
plemento de su educación al lado de sus padres. Podemos, 



'i BL ANtVBRSAtllO DE LA UNIVEIIÍIDAD 



3Gv 



puos, mlmitir con soguriilad que la proporción de los sexos ea 
alyo mas favorable a la mujor, do lo qufi aparece en los ante- 
riores guarismos. Sin embarco, aun tomando en cuenta estas 
olíserv ación es, el número de las mujeres a cniicncs se orrecQ 
una instrucción superior a la Ínfima de las escuelas, es muclio 
menor de lo que debiera; i mo parece una necesidad imperiosa 
aumentarlo. La proporción, según hemos visto, es mucho 
menor respecto de la enseñanza primaria; i en ella es también 
mas urjento el remedio. A la mujer ha confiado la naturaleza 
una misión sagrada: la de infundir al niño las primeras no- 
ciones, i lo que c3 mas, los primeros sentimientos de relijion 
i moral. Formar buenas asposas i buenas madres es proveer 
al primero de todos los olijotos en el programa do la educa- 
ción nacional. 

Relativamente a la instrucción colejial, se me permitirá lla- 
mar vuestra atención a lo que me parece un vacío. En lo9 
colejios de niñas, se da a la mujer una instrucción jeneral aco- 
modada a todas las situaciones de la vida, mas o menos com- 
pleta, sin duda, iwro no calculada como una preparación para 
otros estudios. No es así on la juventud de nuestro sexo. Je- 
noralment* hablando, la que entra en los colejios lleva puesta 
a mira en la ad((uisicion do los conocimientos superiores, ne- 
cesarios para el ejercicio de una profesión peculiar: la del foro 
en la mayor parte de los casos, la eclesiástica, medical o co- 
mercial, o la de ag;rimensorcH o injenieroa, en otros. Pero po- 
cos, poquísimos frecuentan las aulns con el solo objeto de dar 
al entendimiento aquel cultivo indispensable de que, en una 
sociedad odelantada, no debe carecer ningún individuo que no 
pertenezca a las ínfimas clases. Lo que suple en cierto modo 
esta falta, es el gran número de los que, liabiéndose iniciado en 
los estudios pre[>aratanos de una carrera literaria, la abando- 
nan, i llevan a los destinos subalternos aquel caudal de luces 
que han jwdido adquirir on su infructuosa tentativa. ¿1 de quó 
los sirve entonces el tiempo invertido on ciertos estudios que 
solo tienen valor, como un medio para subir a otros de mas 
elevación e ¡mi>ortancia? ¿De qué les sirven, por ejemplo, dos 
o tres años empleados en la arlquisiuion del hitin, que no los 



306 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

habilitan ni para entender siquiera este idioma? Es evidenlc 
que igual tiempo i trabajo dedicados a objetos de jeneral apli- 
cación, hubieran sido do mas provecho para ellos i para la so- 
ciedad entera. Si se considerase como indispensable a todos 
los que no vivan del trabajo mocánico esta instrucción jeneral, 
sin la mira ulterior a una profesión literaria, no veríamos tan 
frecuentemente personas de otras clases, que, no habiendo re- 
cibido mas cultivo intelectual que el de las primeras letras, o 
habiendo dedicado talvoz a la instrucción colcjial una parte 
considerable de la edad mas preciosa, no pueden mostrarse 
decorosamente en el trato social, lo deslucen en cierto modo, i 
tampoco pueden ejercer, como es debido, los derechos del ciu- 
dadano, i los cargos a que son llamados en el servicio de las 
comunidades o en la administración inferior de justicia. Pero 
el oríjen del mal no está tanto en la organización de los estu- 
dios colejiales, como en la jeneral preocupación que solo ve 
en ellos el camino que conduce a los destinos profesionales. 
Poquísimos entran en nuestros col ej ios sin esta aspiración a 
las carreras superiores. Se emprende una marcha en que es 
dado a pocos llegar al término apetecido; i el resultado forzo- 
so es el desperdicio de mucho tiempo i trabajo, i la acumula- 
ción de un número desproporcionado de alumnos en ciertas 
clases que solo tienen una utilidad relativa, i en que la excesi- 
va concurrencia abruma al profesor i perjudica a la enseñan- 
za. ¿I de qué arbitrio puede echarse mano para minorar el 
mal? Si hubiese una separación completa entre la enseñanza 
propiamente preparatoria i la instrucción jeneral de que ha- 
blamos; si se destinasen clases i cursos a parte para una i otra, 
es harto probable que los destinados a la segunda serían mi- 
rados con desden, i que la juventud correría en tropel h los 
otros con el mismo empeño que ahora. En el Instituto Nacio- 
nal, se ha dado el primer paso para llenar el vacío que os he 
señalado; pero, en esta materia, el resultado a que aspiramos 
solo puede ser la obra del tiempo. La superabundancia de as- 
pirantes a los destinos forenses hará menos cuantiosos sus 
emolumentos; i a medida que sea menor el aliciente i mayor 
el número de esperanzas frustradas en esta ardua carrera, se- 



DlSCUnaO en el ANiVEnSAniO de la t.VlVBUSlDAU 



rán mas concurridas las otras, i mas solicitados por bí mismoa 
los conocí micntoa de uso jcneral. 

Eti loa ramoa de instrucción preparatoria i superior, están a 
la vista de todos las mejoras i progresoa do los últimos años. 
He tenido ocasión de apreciarlas on los exámenes del último 
año escotar. Las muestras dadas en la gramática del idioma 
nativo, en el francés, en el ingles, ea la jeografia i cosmogra- 
fía, en la historia sagrada i profana, en la literatura, en la 
filosofía, en las ciencias médicas, en el derecho, han dejado 
poco que desear. Debo notar, como uno de los mejores sínto- 
mas do adelantamiento, el desarrollo que so ha dado al estu- 
dio de las lenguas castellana i latina. 1^1 do las matemáticas 
hahia llegado antes de esta época a im punto de que no era 
fácil que subiese; i sí los otros estudios han adelantado com- 
parativamente mas, consiste en el superior desenvolvimiento 
que de antemano habia tenido el <le matemáticas, i a que los 
otros no han llegado sino mucho mas tarde. Pero, en el estu- 
dio do las ciencias físicas, es en el que encuentro mas motivo 
de felicitación, por el impulso quo les da actufdniente un dis- 
tinguido profesor, que a sus profundos conocimientos reúne 
aquella cualidad tan importante on el profesorado, el amor 
puro i desinteresado al saber. Este entusiasmo jeneroso (do 
que no faltan otros ejemplos on el Instituto Nacional), comu- 
nicado a la mejor parte de los alumnos, es un don de mucho 
mas precio que el de la enseñanza que se les dispensa; no solo 
porque lleva en sí la semilla de futuros adelantamientos, sino 
porque eleva i ennoblece las almas. Otra circunstancia que 
merece mencionarse do un modo especial, ea la extensión a^n 
quo hoi se estudian la historia i fundamentos de la relijion. La 
enseñanza relijiosa os la materia a que el consejo de la uni- 
versidad consagra una atención mas detenida i constante en 
ol examen do los estados e informes quo sobre la instrucción 
primaria i colcjial se le remiten poriódicameate, 

En esta üjera ojeada sobre el estado actual de la enseñanza 
preparatoria i superior, no debo omitir la importancia quo se 
ha dado n las njwnictoncs, certámenes literarios o dontíficos 
on que los aspirantes a clases vat-antos de provi.sion suprema 



3C8 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



ofrecen una muestra púl)l¡ca de sus talentos ¡ aptitudes. Todos 
saben el interés que las últimas lian excitado; i es fácil calcu- 
lar el poderoso estímulo que dan a la parte mas brillante de 
la juventud que cursa las altas clases, que es la que jeneral- 
mente suministra candidatos al profesorado de las inferiores. 
Las reglas prescritas por el gobierno a las oposiciones, abren 
un teatro lucido a los estudios, i garantizan la imparcialidad 
de los nombramientos. Creo, con todo, que es necesario va- 
riar la forma de las oposiciones, según las especialidades del 
ramo literario o científico sobre que recaen. En los que tienen 
aplicaciones manuales, como la anatomía i la química, la des- 
treza física, la manipulación, es una parte esencial. En los de 
literatura, lo son la análisis i la composición improvisadas, 
como en los de lenguas la traducción extemporánea del idioma 
extraño al nativo, i recíprocamente. No estaría de mas que en 
to^os so sometiesen los candidatos a la prueba de la interror 
gacion por personas competent<ís, nombradas al efecto. Final- 
mente, no pueden tomarse demasiadas precauciones contra el 
peligro de que en los discursos so luzca con. trabajos ajenos, 
o se venda como orijinal lo que se ha copiado o traducido. Se 
han hecho en el consejo indicaciones para la consecución do 
estos objetos en lo posible, i discutidas que sean, se elevarán a 
la consideración del gobierno. 

Lo dicho hasta aquí se aplica especialmente al Instituto Na- 
cional; pero debo añadir que es taml^ien muí satisfactorio el 
estado presente de la Academia Militar, i del Seminario Con- 
ciliar de Santiago; que, sobre todo, la disciplina interior del 
primero es digna de particulares elojios, i presenta ípuedc de- 
cirse sin exajcracion) un modelo perfecto; que en éi se hadado 
por la primera vez a la jimnásticael lugar que le correspon- 
de; que hai anexa al establecimiento una excelente escuela de 
cabos; que en el Seminario es cada di a mejor i mas extensa la 
enseñanza; i que, en algunos de los colejios provinciales cas- 
teados por la nación, se obsenan también, aunque en diferen- 
tes proporciones, mejoras i adclan tamicen tos. El de la Serena es 
el que ocupa el grado mas alto en la escala; especialmente pov 
el cultivo extenso do algunos ramos do ciencias físicas, quo 



DlSCUnSO EN BL ANIVUilS.vniO DB L 



tienen relación con la inclustm minera. Slguenlc de cerca loa 
de Talca i Cauqucnes; i si el de Concepción ha tenido cpjo In- 
cliar contra el defectuoso plan de estudios que alU se observa- 
ba, el señor vicc-patrono nos da la esperanza de que, conclui- 
do, como va a serlo pmnto, el espacioso edilicio que so lo está 
construyendo, se organizará el internado i se mejorará la en- 
señanza. Este progreso de los establecimientos que paga la 
nación, ha influido favorablemente en los colejios de los par- 
ticulares; i no ha tenido poca parte en lil la necesidad de con- 
formarlos, en todo lo sustancial, a los textos i programas del 
Instituto, donde deben ser examinados i aprobados los alum- 
nos para que les sirvan bus eetudíos en las carreras profesio- 
nales. 

Este privilejio de recibir exámenes quo babililen para los 
grados universitarios, no se ha conferido a la Academia Mili- 
tar i al Seminario, sino respecto de los alumnos que se educan 
en esos establecimientos. Se ha extendido el mismo privilejio, 
con algunas restricciones adicionales, a los colejios de la Se- 
rena, San Felipe, Üauquénes i Talca, que sin esta medida se- 
ría difícil que prosperaran, porque la venlaja de recibir exá- 
menes valederos para grados imiversitarios, de que goza el 
Instituto de Santiago, atrae dcma-iiiado la juventud de las pro. 
vincias a la capital. El consejo de la universidad está conven- 
cido do quo el privilejio del Instituto, que es una carga pesa- 
dísima para sus profesores, debo sin embargo mantenerse con 
el menor número de cxccpeione-s posible; porque, mientras so 
rindan allí los exámenes con la solemnidad i rigor que con- 
viene, ejercerá el Instituto, como sucede actualmente, una in- 
fluencia benéfica sobre los otros planteles de educación; se 
propagarán a éstos los progresos i mejoras de aquél; i sin 
recurrir a providencias directas, se obtendrá en la enseñanza 
toda la uniformidad que es do desear. 

La instrucción colojial i superior del Instituto comprende 
los ramos siguientes: catecismo, historia sagrada i fundamen- 
tos do la fe, sucesivamente; gramática castellana, métrica 
castellana, latinidad, lengua griega (que cuenta todavía con 
mui pocos alumnos), francés, ingles, dibujo naturali de paí- 

OPÚSC. í ' 



}T9 cpúscn.os uTERAfiios I cuneos 

Bje 'ademas del dibajo lineal, que se enseña a k» jóvenes ar« 
tésanos , aritmética, áljebra i jeometría para los estudiantes de 
humanidades, jeografia i ccsmografia, principios jenerales de 
literatura, literatura latina, nociones de historia de la literatu» 
ra, cursos bastante completos de hi^ti^ria profana, Glosofia, 
derecho natural, economía política, teoría de la lejislacion, 
derecho romano i patrio, derecho canónico, derecho de jentes, 
todos los ramos de matemáticas poras hasta la jeometría su- 
blime i la jeometría desícríptiva, topografía i jeodesia, física 
experímental, química aplicada a la mineralojía i la medici- 
na, J[)otánica aplicada a la medicina, anatomía, íi^olojia, pa- 
tolojía i clínica. Varios de estos ramos se enseñan en cursos 
bienales; i para los de gramática castellana, latinidad, histo* 
ría i matemáticas hai bastante número de clases. 

En la Academia Militar, se enseñan, ademas de la relijion, la 
gramática i métrica castellanas, el francés i el ingles altema- 
tívamente, aritmética, áljebra i jeometría, incluyendo algunos 
de los ramos superiores, jeografia i cosmografía. En la sección 
de cabos anexa al establecimiento, fuera de los competentes 
conocimientos relijiosos, se dan lecciones de aritmética, jeo« 
metría i gramática castellana. En una i otra sección, ocupan 
el debido lugar la escritura, el dibujo, la ordenanza, el ejerci- 
cio militar i la táctica, la urbanidad i la jimnástíca. 

Finalmente, el Seminario Conciliar de Santiago comprende 
clases de gramática castellana, latinidad, francés, retórica, 
jeografia, íilosofia, fundamentos de la fe, elementos de arit- 
mética, áljebra i jeometría, de botánica, jeolojía i zoolojía, 
canto llano, teolojía dogmática e historia eclesiástica. 

Estos son los tipos de educación colejial i superior, de edu- 
cación militar i eclesiástica, a que procuran aproximarse los 
establecimientos de las provincias, aunque en diferentes gra- 
dos, como he tenido el honor de indicaros. Se hacen esfuerzos 
para extender progresivamente la planta de unos i otros, cuan- 
to lo permitan sus fondos, que en algunas partes son dema- 
siado escasos. 

La separación de las dos enseñanzas preparatoria i superior, 
decretada por el supremo gobierno, i próxima ya a realizarse, 



DISCURSO EX EL ANIVBnSVtllO DE l.A L.ViVEIiSIOAn 



es una mcilkla que deberá projucir los mejores efectos en una 
i otra, i que dará el necesario desenvolvimiento al cuerpo uni- 
versitario, ocupándolo directamente en la segunda. Este es 
un ministerio esencial de las universidades, Pero la nue.^tra 
no es una mera copia de las antiguas corporaciones que tienen 
este titulo en las naciones europeas. La primera idea de su 
creación cnti en nuestra carta rundmnenta!, que oxije la ins- 
titución do una elevada majistratura, a cuyo car^ corra la 
inspección de la enseñanza nacional, i su dirección, bajo la 
autoridad del gobierno. Esta superintendencia es la que la lei 
ha depositado en el consejo universitario; i sea que resilla en 
una autoridad unipersonal, o como ha parecido mas conve- 
niente, en una autoridad colojiada, es evidente que pudiera 
existir sin la universidad. Pero la lei oi^ánica ha querido reu- 
nir a la superintendencia de la educación nacional un cuerpo, 
que, dividido en cinco secciones, dedique su atención, no solo a 
la enseñanza, sino al cultivo de los diferentes estudios, ¿om- 
prendiendo hasta la instrucción primaria. La separación de que 
acabo de hablaros, liona poc objeto hacer efectivo el primero 
do estos deberes: la cn.senanza. La univorGidad va a ser así 
un cuerpo docente; i según las provisiones del decreto supre- 
mo, va a serio de un modo que, a mi juicio, concilia dos 
grandes miras: la de dirijir la enseñanza en el sentido de la 
moralidad i la utilidad pública, i la do dejar a los profesores 
universitarios la independencia i libertad que corresponden a 
su alta misión. 

Pero no se debe olvidar que nuestra lei orgánica, inspirada, 
en mi bumíldo opinión, por las mas sanas i liberales ideas, ha 
encargado a la universidad, no solo la enseñanza, sino el cul- 
tivo de la literatura i las ciencias; ha querido que fuese a un 
tiempo universidad i academia; que contribuyese por su parto 
al aumento i desarrollo de los conocimientos cientificos; quo 
no fuese un instrumento pasivo, destinado exclusivamente a 
la trasmisión de los conocimientos adquiridos en naciones mas 
adelantadas, sino que trabajase, como los institutos literarios 
do otros pueblos civilizados, en aumentar el caudal común. 
Este propósito aparece a caih» paso en la lei orgánica, i hace 



:\vz:szizs& una^AiuciF i crjncQt 



bDCor t¿ rrxíít-m: . a it lri:íilutiir& crue la dictaron. ¿Hai en él 
uisZ' úr pre«i:T.:ü.*s: üt iuxonnn:-. de superior » nuestrss 
itterai^. t\fr:i: Lhl srivaeí?;: alrun^* ¿Estaremoe oondenados 
%'j5l^\ii. & re:»?t.r íit:r\Hiim:*«r las Ifircaanes de la ciencia euro- 
psL. £ur airvvíTDrifr & disrurirla?, a íjustrcoias con aplicaciones 
locaie?. B ¿arief ui-a esíL^zii* ir narianalicladr Si asi lo hicié- 
sem:?^. seri*.r:i^& iníkües al í*?;»ir:in de esa misma ci^icia 
europea. : is tr:bu:ErÍ£i:>:)f v^: cü:t:> supersticioso que ella 
miszia c?iifi?iia Hila r^iaíZia ü.»? jirí^scrfiíe el examen, la ob- 
serrai-ioi: a;m:£ : rr.c::a, la d-s?usion Irbre, la convicción 
üOQCÍfiiz:ui.E. Eí cleri: cuc hai ramos en que dd>emos, por 
aiiora. linitsj^:»^ a :lrla. a iarie un voto de confianza, i en 
cpe üties-irc- vnieLi-T^-ei.::-, •• *^ -s^-^ de medic«, no puede hacer 
(/j^ ccfea que ainiitT Ic»s resuliaj:»f de la experiencia i estudio 
ajeno?. Pero no su.ei^e asi eii ioi:»< Jos ramos de literatura i 
cáencia. Los hai que c3L;-rn iüve^LizaciiOQes locales. La historia 
rfulena. p(jT e'eznpl?^ tiJ*QÍ.: poiri escríLirse mejor que en 
Chile? ¿No nos teca a uZ*>ytróS' ^a tarea a lo menos de recojer 
materiales. o:n:pulsarIc»5 i aeñsoIark»s? I lo que se ha hecho 
hasta ahora en este solo ramo, bajo k»5 auspicios de la univer- 
feridad, las memorias históricas que cada año se le presentan,* 
lo que se ha trabajado jx>r un distinguido raiembro de la uni* 
vereídad en la historia de la iglesia chilena,** lo que ha dado 
a luz otro distinguida miembro sel .^j la histori? do la consti- 
tución ciiilena,***¿no nos liacen ya divisar todo lo que puede i 



• Investigaciones sobre la <n/7u??icüi social de ¡3, conquista i sis^ 
tema colonial de los e^paüolis en ^'hii^. por don José Victorino Las- 
tarria, de la facultad de humanidades, año de !^U: Memoría sobre 
l'i8 primeras campauns de la independencia en Chile, por don Die- 
go José Bonavente, de la facultad de leyes i ciencias políticas, año de 
1845; Memoria sobre la primera escuadra nacional, por don Anto- 
nio García Royes, de la facultad de hii inanidades, año do 1840: Me- 
moria sobre el primer fjobierno nacional, por don Manuel Antonio 
Tocornal, de la facultad de leyes, año de 1847. 

^* Don .Jo«<í I(fnacio Víctor Eizagiiirrc, decano de la facultad de 
í-iencías flaprradas. 

•" r)on José Victorino I^astarria 



debo osperarae de nosotros en un estudio pecnliarmentQ nues- 
tro? Pocaa ciencias hai que, para cnscñarae tle un modo oonve- 
nionte, no necesiten adaptarse a nosotros, a aueatra naturaleza 
física, a nuestras circunstancias sociales. ¿Huscaremos la lii- 
jiono i patolojía del hombre chileno en los libros europeos, i 
no estudiaremos hasta quú punto es modillcnda la organisa- 
cion del cuerpo humano jwr los accidentes del clima de Cliile 
i de las costumbres chilenas? 1 un estudio tan necesario ¿podrá 
hacerse en otra parte que cu Chile? Para la medicina, está 
abierto en Chile un vasto campo de exploración, casi intacto 
hasta ahora, pero que niui presto va a dejar de serlo, i en cu- 
yo cultivo 8C interesan profundaraonto la educación física, la 
salud, la vida, la policía sattitaria i el incremento de la pobla- 
ción. Su han empezado a estudiar en nuestros coh-jíos la his- 
toria natural, la física, la química. Por lo que toca a la prime- 
ra do estas ciencias, que es casi de pura observación, aun para 
adquirir las primeras nociones, sn trata de ver, no las especies 
de que nos hablan loa textos europeos, sino las osiiecics chi- 
lenas, el árbol que crece en nuestros bosques, la llor que se 
desenvuelve en nuestros valles i laderas, la disposición i [Us- 
tribucíon de los minerales en este suelo que pisamos i en lu 
cordillera ajigantada quo lo amuralla, los animales quo viven 
on nuestros montes, en nuestros cam|M)s i ríos, i on la mar 
quo baña nuestras costas. Así los textos mismos de historia 
natural, es preciso, para que sirvan a la enseñanza on Chile, 
que se modifiquen, i quo la modificación se haga aquí mismo 
por observadores intclíjentes. I Jado este paso, suministraila 
la instrucción conveniente, ¿no daremos otro mas, enrique- 
ciendo la ciencia con el conocimiento de nuevos seres i nuevos 
fenómenos do la creación animada i del mundo inorgánico, 
aumentando los catálogos de especies, ilustrando, rectificando 
las noticias del sabio extranjero, recojidas por la mayor parte 
en viajes hecho-s a la lijera? El mundo antiguo desea en esta 
parte la colaboración del nuevo: i no solo la desea; la provoca 
i la exijo. ¿Cuánto no han hecho ya en esta linca los anglo- 
americanos? Aun en las provincias españolas do América i 
bajo el yugo colonial, se han dado ejemplos de esta importan- 



37 i OPÚSCULOS LiTEnAiiios I críticos 



te colaboración; el nombre del granadino Caldas, que jamas 
visitó la Europa, i el de Molina, que adquirió en Chile los co- 
nocimientos a que debió su reputación, figuran honrosamente 
en las listas de los observadores que han aumentado i enrique- 
cido la ciencia. ¿No seremos nosotros capaces de hacer en el 
siglo XIX lo que hixo en el XVI el jesuita español José do 
Acosta^ cuya historia natural i moral de las Indias, fruto do 
sus observaciones personales, es consultada todavía por el na- 
turalista eurojwo? I si lo somos, ¿so condenará como inopor- 
tuna la existencia de un cuerpo que promueva i dirija este 
cultivo de las ciencias? Lo dicho se aplica a la mineralojía, a 
la jeolojía, a la teoría de los meteoros, a la teoría del calor, a 
la teoría del magnetismo; la base do todos estas estudios es la 
observación, la observación local, la observación de todos los 
días, la observación de los ajentes naturales de todas las esta- 
ciones sobro toda la superficie del globo. La ciencia europea 
nos pide datos; ¿no tendremos siquiera bastante celo i aplica- 
ción para recojerlos? ¿No harán las repúblicas americanas en 
el progreso jeneral de las ciencias mas papel, no tendrán mas 
parte en la mancomunidad de los trabajos del entendimiento 
humano, que las tribus africanas o las islas de la Oceanía? Yo 
pudiera extender mucho mas estas consideraciones, i darles 
nueva fuerza aplicándolas a la política, al hombre moral, a la 
poesía, i a todo jénero de composición literaria; pjrquo, o es 
falso que la literatura es el reflejo do la vida de un pueblo, o 
es preciso admitir que cada pueblo do los que no están sumí- 
dos en la barbarie es llamado a reflejarse en una literatura 
propia, i a estampar en ella sus formas. Pero creo que basta 
lo dicho para que se forme idea de que el doblo cargo que la 
lei orgánica impone a la universidad no es una concepción 
monstruosa ni prematura, i que podemos i debemos trabajar 
en ambos con utilidad nuestra i con utilidad común do las 
ciencias. 

La facultad de humanidades, que ha empezado temprano a 
distinguirse entre las otras de la universidad, lo ha compren- 
dido así. La facultad de medicina, la de ciencias físicas, en- 
tran con ardor en esa carrera. El gobierno, para facilitársela, 



U Rí. ASIVEBBAIIEO DE LA rXlVBRSlDAD 



375 



ha aumentado recientemente el númoro, demasiado escaso, tío 
los individuos de que so componen. Los mieraliros correspon- 
sales, nombrados a propuesta de una i otra i del consejo, con- 
currirúii a sus trabajos, linciendo observaciones i recojiendo 
datos en laa provincias, i aun en los países extranjeros. Las 
dos facultades tendrán reuniones frecuentes, como las tiene la 
de humanidades, a quien se debo la alabanza de haber dado el 
primer ejemplo; serán admitidas en esas reuniones los alum- 
nos que lo deseen; i los resultados que se obtengan, resultados 
que mirarán j)rÍBC¡ pálmente a objetos locales, se pondrán en 
noticia del público. 

Vuelvo, señores, a la enseñanza, que indisputablemente es el 
primero de los encargos cometidos a la universidad; i al mismo 
tiempo me propongo recordaros lo que so hii hecho relativa- 
mente al cultivo intetoctual, que no es tan insigniQcante como 
algunos piensan. Me he felicitado con vosotros por las mejoras 
que so notan en la instrucción preparatoria i científica; i me 
es grato decir que en este punto la primera, la principal parte, 
80 debo a las luces, la contracción, el celo de loa excelentes 
profesores del Instituto Nacional; porque todo lo que en cato 
se adelanta, se adquiere para los demás establecimientos hte- 
rarios do la república, a los cuales sirvo do tipo. Otro asunto 
80 me ofrece, mas ingrato, odioso talvez. Tengo quo indicar 
defectos i vacíos. No corro el peligro do herir ninguna sus- 
ceptibilidad delicada, porque mis reparos no miran a ningún 
establecimiento, a ninguna clase particular, a ningún indivi- 
duo. Son jenerales; i reconozco excepciones honrosas. Temo 
solo que se me acuse de que deseo sembrar do e.spinas las ca- 
rreras profesionales, e imponer condiciones demasiado onero- 
sas a los grados universitarios, exijiendo nuevos estudios i 
ampliando los que hoi so hacen. Poro yo cumpliría mal con 
los deberes quo me impone la Ici, si no os dioso una cuenta 
menuda do mis convicciones sobre el estado actual de la ense- 
ñanza, sobre la calidad do los frutos que produce i sobre los 
medios de perfeccionarla. * 

En el ramo de la historia i tos fundamentos de la reUjíon, 
no tengo nada que notar. El consejo ha dispuesto que forma 



37G OPÚSCULOS LIT£ItARIOS I CRÍTICOS 



una parte de la instrucción preparatoria i científica, exijién- 
dose previo eximen i aprobación en él para obtener los grados 
universitarios. Un miembro de la facultad de teolojía,* bien 
conocido por sus luces i su dedicación a la enseñanza, ha da* 
do a luz un tratado elemental de la Verdadera Relijion i de 
la Verdadera Iglesia, a que la aceptación de la autoridad 
competente, i la acojida del público, han hecho completa jus- 
ticia. Otro miembro do la misma facultad ^ ha compuesto un 
curso de historia sagrada, que hasta ahora solo conozco por el 
favorable informo de la comisión respectiva, i que ha sido 
aceptado para la enseñanza. Es probable que no tardará en 
publicarse. 

Tampoco tengo nada que notar en la aritmética i jeografía. 
Se ha compuesto por un miembro de la facultad de humani- 
dades*^ un tratado de aritmética comercial, en quo el autor se 
ha propuesto agotar todas las aplicaciones del cálculo a los 
problemas que puedan ofrecerse en las operaciones mercantil 
les; pero, no habiendo evacuado todavía su informe la comisión 
nombrada al efecto, no debo anticipar mi juicio. El tratado do 
jeografía^ que so prefiere jeneralmente en los colejios, tiene, 
entre otros méritos, el ¡do estar adaptado para los estableci- 
mientos de Chile. Un profesor del Instituto Nacional^ ha dado 
a luz un buen resumen de cosmografía; i recientemente se ha 
publicado por un miembro de la facultad de humanidades un 
tratado extenso, en que se ha procurado dar una descripción 
entera del sistema del universo, según el estado presente de 
la ciencia astronómica; si con algún suceso, no me toca de- 
cirlo. 

En cuanto al estudio del idioma nativo, no encuentro que 
sea suficiente; porque no veo que el resultado corresponda al 
gran número de clases destinadas a él. Las hai en todos los 



\ El prosbítoro don Ramón Valentín García. 

2 El presbítero don Francisco de Paula Taforó. 

3 Don llafael Minvioll©. 

4 Por don José Victorino Lastarria. 

5 Don Carlos Riso Patrón. 



blSCUIíaU EN El. ANIVEnSATIlO LE LA UNniIllSiDAD 



Golejios, i en algunos mas de una-, laa hai en no pocas escue- 
las; i sin embiir[jo, jui;i{aniIo por el uso jeneral i por las prO* 
diicciünes de iiuoíitra prensa, so w^lia ilu vur que es limitadísi- 
mo el número de los quo escriben el castellano con mediana 
pureza; i ditjo raas, ni número do los que nu incurren en Faltas 
graves, que argiUrian una ignorancia grosera i la mas vulgar 
educación, si no viéaomos muehas veceíi en los mismos escritos 
que se ilesluücn con ellas, muestras evidentes de oscojida ins- 
trucción, i extensa cultura inteleutual. Discursos se pronun- 
cian, i en reuniones literarias, salpicados do solecismos olio- 
cantea. Es preciso confesar que, bajo este punto de vista, la 
literatura chilena no está a la altura de la do otras repúblicas 
americanas. Pero no basta indicar el mal; es preciso señalar 
las cauHiis. Yo encuentro una en la superíieialidad de los li- 
bros que sirvon do toxtos, que no haoon notar los vicios en 
que jonerahnente so incurre; que no advierten aquéllos que se 
nos pegnji de la lectora de obras extranjeros i en especial fran- 
cesas; que, limitándose a nociones va^^s i estériles, no dan 
bástanlo noticia de las especial idncl es del castellano. Otra en- 
cuentro en el poco uso que se hace de coiTi|K>síciones escritas 
de estilo familiar, i en la falta do precoplorcs idóneos. Encuen- 
tro la principal do todas en que -no se león los clásicos de la 
Icnyua, que so rairnn con excesivo desden, cabalmente cuan- 
do son mas estudiados i admirado.<í que nunca en la.s naciones 
cultas de Europa. Veo con gusto (jue en el Instituto Nacional 
se ha dado de alanos años a esta parte mas amplitud i profun- 
didad a esto estudio, i que uno u oiro establecimiento particu- 
lar ha seguido su ejemplo. Poro en las escuelas es donde yo 
desearía principal mentó quo se adoptase otro método, hacien- 
do conocer a los niños las faltas que en el lenguaje popular se 
cometen (que, aunque pravos, no son muelia.s), en vez de car- 
gar su memoria i ofuscar su entendimiento con definiciones 
inexactas, que no representan los Iiochos de la Ien(3;ua, i que 
realmente no dicen nada a la íntelijoncia dol niño. No es dar 
un buen cimiento a la disciplina mental, acostumbrar el en- 
tendimiento a pagarse de palabras <¡uo no le representan ideas. 
Encuentro, jenoralmontc hablando, algTjnns defectos en o\ 



estuilio t[ue se liace do la lengua latica. Veo quo no so atieni 
bastante a su pronunciación. Níoiio parecerá este reparo. Peí 
si DO so nos liacc habitual la prosodia latina, i si no se empio9 
a formar ese hábito desde raui temprano, es decir, desdi; c 
empiezan a proferirse las primeras palabras latinas, i 
acostumbramos a enuncíacioneB viciosas i acentos falsos, 
deiupareccrá para nuestros oulos aquella armonía, (jiie todav) 
nos ea dable percibir en el metro latinu? Vo encuentro, ademai 
en lo poco que se fijii la atención sobre esta materia, una ) 
laa causas que contribuyen a la incorrección con que hablaa'^ 
cscrilicü la lengua patria aun personas de no vulgar cultuA 
que han estudiado el latin. Veo que no se dan a conocer, síb^I 
mui por encima, las jenialidades i elegancias de esta bolla !« 
gua, que, aun niedianamentc poscida, facilita de un tnodo in- 
creible el aprendizaje de las otras, i sirve de guia para el recto 
U30 de nuestro propio idioma, hablado i escrito. Veo que '. 
práctica antigua de composiciones escritas ba caído en desiK 
tud, i me felicito de que un eminente profesor franooa,* 
haya propuesto renovarla, facilitándola con el excelente librOf' 
que ya ha dado a luz, i con. el que debe seguirle, que comple- 
tará la materia. Aprovecho esta oportunidad de manifestar rai 
gratitud a los auxilios que mo ba prestado este distinguido 1h>b 
tcrato en otros trabajos de la misma especie; í lamento que t 
haya logrado hasta ahora, a pesar del liberal patrocinio t 
nuestro gobierno, difundir en la juventud do Santiago la i 
cion a ta lengua griega, tan importante en el estudio de ] 
literatura profana i de las ciencias eclesiásticas. 

Kn el Instituto Nacional, se hace actualmente el estudio del 
latín do un modo que no dudo satisfará en breve todas las 
oxijencios razonables. Quizá es allí solo donde se ba compren* 
dido que debe aspirarse a algo mas que una tintura suporG- 
cial, suficiente apunas para el eclesiástico, el jurisconsulto i el 
módico. Yo lio visto muestras brillantes en los exámenes del 
último año eíicolar; i entre los alumnos que han completa 
esta parte do «u educación, los bai de un mérito sobresaliente,^ 



UiaCUKSO Kü EL ANIVSnSARia UB b* U.VIVEKálÜ.tli 3i'.l 

que ejercen el profeaorado en el mismo Iiiatituto i en otros es- 
tablecimieiitos. El discurso proimnciado por uno de ellos* 
sobre esta misma materia en un acto solemne del Instituto 
Nacional, es una producción ailmirable por el talento, por el 
lenguaje; i revela e« el joven iwofetior una afición ontusúíatica 
a la lengua i literatura quo recomienda. Indicar la sui>eriori- 
dad de los textos de ({ue se baca u.so en el Instituto, i quo so 
adoptan gradualmente en otros colojios, sería de mí parte un 
testimonio recusable. Pero no puedo dejar Je hiicor unA obser- 
vación. En el movimiento del espíritu humano, todo marcho, 
aun el conocimiento de los idiomas nntiiíuos, en tjuo la mate- 
ria parecía estar agotada. ¿Quién imajinaria que, hasta en el 
mecanismo de la declinación de los nombres i pronambres, 
hubiese alí^o nuevo que decir? Pues aun en esta parto, la con- 
cienzuda i laboriosa Alemania, compulsando prolijamente to- 
dos los monumentos de la antlgUcdad latina, ha denunciado 
notables inexactitudes en las reglas i tipos comunes. Los tex- 
tos en que no están consignadas estas revelaciones de la filo- 
lojía moderna, son por donsiguionto dcrectuosfis. 

El estudio do las lenguas vivas extranjeras se perfecciona 
de día en dia. Solo sería de desear que, como el del castellano 
i el latin, se completase con algunas nociones de las respec- 
tivas literaturas. En la preparación a la carrera comercial o a 
los usos jenerales de la vida, esto complemento podría pare- 
cer un lujp Buperfluo; pero no debe decirse lo mismo de los 
establecí mir^n tos que cuentan la literatura entro los ramos do 
enseñanza, i sobro todo del que debo presentar a los otros un 
modelo tan cabal i perfecto como nuestras circunstancias per* 
Diitan. No pediría yo, por supuesto, un estudio profundo. A 
lecturas escojídas, traducciones de los mejores pasajes, expli- 
caciones de los principios estético», i comi>aracíone3 de los 
varios gustos í estilos en las principales épocas literarias, de- 
sempeñado todo esto en lecciones orales por profesores compe- 
tentes i con alguna mas detención en la literatura antigua i la 
úo nuestra lengua, debería limitarse este curso, que daría, a 



' Don Miguel Luis Amunálegui. 



382 OPÚSCULOS LITBRABIOS I CRÍTICOS 



de los del año anterior. Yo no conozco la obra, sino por el in- 
forme de la comisión; pero el juicio i saber de los respetables 
eclesiásticos que lo han emitido, me inspira la mayor confian- 
za. Me son mui conocidas, ademas, no solo la ilustración i 
laboriosidad del autor, sino su celosa solicitud en la in- 
vestiíracion i adquisición de materiales, sin perdonar molestia 
ni costo. Entiendo que, entre los documentos que ha podido 
acopiar, los hai bastante curiosos, relativos a la historia jene- 
ral de Chile. Creo que nuestra liistoria eclesiiistica, publicada 
por la prensa, no tardarJi mucho en satisfacer la impaciencia 
con que se desea. 

El vuelo que en tan pocos años lian tomado los estudios 
históricos, hace esperar que Ileyraremos en esta línea a un 
grado de adelantamiento que satisfaga a los mas descontcn- 
tadizos. 

Pero el objeto mas interesante de todos en este departamen- 
to es la jeografía chilena. El primer trabajo importante en 
ella, después de los pintorescos bosquejos publicados en los 
diarios chilenos por don Claudio Gay, ha sido la Araucania 
del señor Domeyko; interesante bajo el punto de vista jeolójí- 
00, no menos que bajo el moral i político, por la animada pin- 
tura de las costumbres araucanas, i por la discusión filosófica 
de un problema vital para Chile: el de la civilización de aque- 
lla raza indómita. 

Aguardamos con ansia la parte relativa a la jeografía en el 
viaje científico do don Claudio Gay, que la ha hecho un ob- 
jeto especial de investigación. No puedo menos de lamentar 
aquí los obstáculos que han retardado la ejecución de una 
obra, tan importante para nuestra historia natural i civil, i 
para el conocimiento de nuestro propio país, bajo todos res- 
pectos. Por muchos títulos, debiera ser ella buscada, leída, 
meditada por los lectores chilenos: los documentos inéditos 
que contiene son del mayor interés. No se pueden alabar de- 
masiado el celo i dilijencia que su autor ha empleado para 
recojerlos en este país i en los demás que ha visitado. Cuanto 
puede hacer una intelijencia superior unida a Itx mas paciente 
laboriosidad, lo ha hecho el instruido viajero, hijo adoptivo de 



Discrnso esi el A>-ivEns*mo d& la lviversiuíu 



3S3 



Chilej para ciar a su obra toda la copia cío noticias curiosas i 
(le descripciones órijinalea, que ha sido posible, i para hacerla 
digna do la protección que le ha dispensado el f^hicrno, í le 
ha prometido el público. 

Otro viaje científico está ya a punto do emprenderse, con el 
objeto de explorar la jeolojía de Chile, de estuiliar su joogra- 
fia i de hacer a su agricultura indicaciones iltiles. Llevadas a 
cabo estas dos empresas, i continuando con el celo que ahora 
se hace, los trabajos históricos, conoceremos nuestro suelo, 
nuestra naturaleza física, nuestros antecedentes; i no iremos a 
mendigar esla instrucción en obras extranjeras, excelentes, 
admirables bajo otros respectos, pero plagadas de errores en 
casi todo lo que concierne a nosotros. 

La clase superior de literatura, que, como he dicho, entra 
ahora en el plan de los estudios universitarios, pondrá este 
ramo en el pié conveniente. Se echará una ojeada rápida, pero 
instructiva, sobre las diversas literaturas, contemplándolas en 
las obras i pasajes mas joneralmento admirados, i consultando 
(cuanto sea posible) los orijinales. No se trata de dar pábulo a 
aquella falsa erudición que consiste en adoptar juicios ajenos 
i opiniones sistemáticas sin conocer los objetos sobre que re- 
caen. Un compendio de la historia de la literatura hará el com- 
plemento de los estudios ile este ramo. 

La fdosofía no es la ciencia que se ha cultivado menos en 
Chile, Se han estudiado i juzgado con acierto sus varios siste- 
mas. Un antiguo profesor del Instituto Nacional,* cuyo aleja- 
miento del teatro de sus meritorios trabajos, es tan justamente 
llorado, abrió el camino al estudio do examen i convicción 
propia, que es eminentemente esencial i característico do la 
íilosofia. Otro excelente profesor, miembro de la facultad," ha 
seguido sus huellas. Su curso tiene el mérito do ser fácilmen- 
te accesible a las intelijencias juveniles, i otro que insisto en 
mirar como indispensable en los textos i como demasiadamente 



• Dnn Ventura Marin, autor de unos Elementas de Filosofía bien 
oonoüidoa i que manifiostan profundos couocimiontos en cstn ciencia. 
" Don Ramón Briícño. 



381 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



raro, el de la corrección i pureza en el lenguaje. Sé que se 
ocupa en la redacción de un nuevo texto; i ño dudo que dará 
en él la debida importancia a la l(3jica i la filosofía moral, la 
primera de las cuales no tiene talvez en la primera obra toda 
la extensión que merece. Doi una alta importancia a los estu- 
dios lójicos, incluyendo en ellos el del raciocinio inductivo, 
que conviene a las ciencias experimentales, i el do la crítica 
que pesa los testimonios o interpreta los textos dudosos. Ni 
llevo mi admiración a lo moderno hasta el punto do mirar con 
desprecio la herencia de aquel gran jcnio que con tanta saga- 
cidad trazó el camino de la razón en algunos de sus mas fa- 
miliares procedimientos. No me avergüenzo de pensar que la 
teoría aristotélica del raciocinio merece estudiarse: en esta 
materia, como en otras, no debe confundirse el uso con el 
abuso. 

Sobre el estudio de las ciencias matemáticas i físicas, poco 
añadiré a lo que he dicho en otra parte de este discurso. Pero 
no seria justo pasar por alto los grandes servicios que ha pres- 
tado en este ramo un antiguo i benemérito profesor que es hoi 
decano de la facultad, i que los ha coronado con su traducción 
del tratado de Jeometría Descriptiva de Leroy.* Faltaría 
también a la justicia si no consignase aquí los servicios de un 
eminente profesor francés,** que fundó las clases de química í 
mineralojía en el Instituto, i cuyos Elementos de química 
mineral sirven actualmente de texto. Merecen también distin- 
guida mención los del secretario de la facultad don Ignacio 
Domeyko, que después de haber establecido las clases de quí- 
mica, física i mineralojía en la Serena, con sus respectivos 



* Son mui conocidos los trabajos anteriores del señor don Andr.^s 
Gorbca: su traducción de las MatemAlicns Puras de Francoeur, do 
que solo falta el Cálculo Integral, retardado por algunas dificiiltadea 
tipográficas; su Jcometria, Trigonometría, Xociones de jeonieíria 
descriptiva, i Jeometria práctica, destinadas a la Escuela Militar do 
Saint Ciro i adaptadas a nuestra Academia Militar. El señor Ballarna 
habia traducido la Aritmética i el ÁJjebra elemental, 

** A M. Crosnicr se debo la construcción del laboratorio en el Ins- 
tituto. 



DlaCLIlBO EN EL ASlVEnSAUlO DS I.A UNIVE: 



ÍSj 



laboratorio t gabinete, continua los cursos do M. Crostiicr en 
el Instituto Nacional; ha abíorto uno tío fisica-, ha publicado 
un Tratado de Ensayes, Elementos de Mincralojia, una 
breve exposición de l&Jeolojia de Chiles el ya citado viajo a 
las provincias australes de Chile con el titulo de Araucanía, 
un trabajo sobre las Aguas de las inmediaciones do Saiiíia- 
f/o; i da actualmente una nuev» edición do la Física, do Pui- 
llct en castellano, para la enseñanza de este ramo. Todos 
conocen sin duda su ¡nlroduccion ai estudio du Iss cien- 
cias naturales, elocuente reseña do las maravillas de la natu* 
raleza, i de las prodijiosas conquistas del injenio humano; 
himno sublime, inspirado a la par por el sentimiento rclijioíjo 
i por cl entusiasmo de la ciencia. 

Poseedor este ramo de una excelente colección de instru- 
mentos, proporcionada por el supremo gobierno, sería do 
dcseai- que, pues se Iiacea observaciones mctcorolójicas, se 
publicasen diaria o iioriódicamont», como se hace en otros 
países, no mas adelantados que Chile. ¿I no estaremos en es- 
tado de aprovecharnos do los vastos trabajos astronómicos do 
Europa, siquiera para que nu adolezca nuestro almanaque de 
las imperfecciones i vacíos que en él se notan? El objeto pare- 
cerá pequcfio; pero ¿de qué se trata para desempeñarlo, sino 
de reducciones fáciles que trasporten al horizonte do Santia^ 
algunos de los fenómenos celestes que tan exacta i copiosa- 
mente, i con tanta anticipación, su anuncian en París i Lon- 
dres? 

3c necesita imperiosamente un local adecuado para nuestro 
musco do historia natural, coloccion preciosa, a que dió la 
primera planta i mucha parte do lo que contieno (rocordcmoslo 
con i^ratitutl) el üustraJo viajero du quien ya he tenido el ho- 
nor de hablaros. 

í.Hra necesidad es la de buenos textos de historia natural, 
adaptados a nuestro suelo. He indicado el i ticon veniente do 
los destinados n la enseñanza de osla ciencia en Europa; i 
para remediarlo, nada bu mas apropásito que el viaje científi- 
co del mÍHUiu acñur üay. üsle es un trabajo a quo nos parece 
llamado 2I Atiuiablc profesor de hotátiica i química raúdica, 
orúsc 4^ 



386 OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



en el Instituto, que lo es también de ciencias naturales en el 
Seminario de Santiago; uno de los primeros individuos que en 
Chile han dirijido su atención a esta parte interesante de los 
conocimientos humanos.* Pero el vacío que mas urje llenar c*s 
el que ha señalado el señor vice-patrono en la memoria del 
ministerio de instrucción pública. Su señoría lamenta lo re- 
ducido de las aplicaciones que Se han hecho hasta ahora do los 
estudios matemáticos. Carecemos, dice, de arquitectos civiles, 
de injenicros expertos en la construcción de caminos, puentes 
i toda clase de obras públicas. Pero el mismo señor ministro 
nos da esperanzas halagüeñas de ver remediada esta necesi- 
dad dentro de poco tiempo. El gobierno, añade su señoría, ha 
aceptado con entusiasmo la idea de fundar en Santiago una 
escuela práctica de arquitectura civil, bajo la dirección de un 
injenicro que debe llegar de Europa de un momento a otro. 
El gobierno ha preparado también todo lo concerniente a la 
organización de un verdadero cuerpo de injenieros de minas i 
de ensayadores. 

El ramo de medicina es, según entiendo, de los que se de- 
senvuelven i perfeccionan cada dia. En esta parte, se debe todo 
a la solicitud del supremo gobierno; i si Chile puede ya glo- 
riarse de tener facultativos instruidos i de merecida reputa- 
ción, formados en nuestras aulas, obra es del constante fo- 
mento i patrocinio que la autoridad suprema ha dispensado a 
este ramo. Conocido es el celo del señor decano de la facultad, 
que ha formado, poco tiempo hace, el plan de estudios para la 
escuela de medicina; i que, en el consejo de la universidad, es 
uno de los que mas esforzadamente abogan por el rigor i se- 
veridad de los estudios en este, como en los otros departa- 
mentos de la enseñanza. Arriba indiqué las reuniones perió- 
dicas de la facultad, que inmediatamente van a abrirse, i el 



* A (Ion Vicontü Bustíllo^ cf% deben nl.LTunos aprcciablcs trabajos do 
«nálíRis química; onlro olios, una memoria sobre el Acido pirolenoso, 
presonlada a la facultad de (|ue os miembro. La farmacéutica le es 
lambien deudora de su mejoramiento: formados por él han sido algu- 
nos de los individuo? mas inlelijentes que en la actualidad la sirven. 



DISCURSO EN EL ANIVERSARIO DE LA UNIVERSIDAD 387 



nombramiento que se ha hecho de nuevos miembros de nú- 
mero i corresponsales, para facilitarlas, i dar principio a los 
demás trabajos. Me lisonjeo, pues, de que veremos pronto reali- 
zarse aquella importante prescripción de la lei: «Ademas del 
fomento jencral de todos los ramos do este departamento cien- 
tífico, dedicará la facultad una atención especial al estudio de 
las enfermedades endémicas do Chile, i do las epidémicas que 
allijen mas frecuentemente la población de las ciudades i cam- 
pos del territorio chileno; dando a conocer los mejores medios 
preservativos i curativos, i dirijicndo sus observaciones a la 
mejora de la liijienc pública i doméstica.» 

En el ramo de ciencias legales i morales, hai un decidido 
progreso. Pero no creo que debamos limitar nuestra ambición 
a lo (jue ya se ha liecho. Este es de todos los ramos de cien- 
cias humanas el mas importante para nosotros. ¿Qué falta, 
pues, se preguntará, para que se^ su estudio lo que debe ser? 
Vüi a indicarlo, sometiendo, como en todo, mi juicio, al de 
mi ilustrado auditorio. 

Yo desearía, señores, (jue el estudio de la jurisprudencia 
romana fuese algo mas extenso i profundo. Lo miro como 
fundamental. Para alcanzar su fin, no basta que se aprenda la 
nomenclatura de la ciencia, i que se adquiera una tintura do 
reglas i prescripciones inaplicables muchas veces a nuestra 
práctica. El oI)jeto de que se trata es la formación del juris- 
consulto científico; el aprendizaje de aquella lójica especial, 
tan necesaria para la interpretación i aplicación do las leyes, i 
(jue forma el carácter que distingue eminentemente la juris- 
prudencia de los romanos. Para hacerlo, es preciso poner al 
alumno en estado de consultar las fuentes; i el método histó^ 
rico es el que nos las hace accesibles. Yo abusaría do vuestra 
paciencia, si tratase de recomendar esto método con autorida- 
des de los jurisconsultos mas eminentes de nuestros dias. Ni 
creo tampoco que sea menester refutar la preocupación do aqué- 
llos que desconocen la utilidad práctica del derecho romano, 
sobre todo en paí.ses cuya lejislacion civil es una emanación i 
casi una copia de la romana. IJasta decir que en ninguna épo- 
ca ha sido mas altamente apreciado, ni mas jeneralmento re- 



■ x* 



O: :f:U^05 LITEIIAIIIOS I CRÍTICOS 



cu>:-...i:.:..j» >: t>^;::Jii aur. \iSk\o ul punto de vista de laprác- 
ti.v ;.¿J. :-:... ..r.::--. Yi d uní. con Saviffny, el ejempk) de 
Kít ;.;r: >..".:<-.:..- •ran^-tse.s. quv se snn-en, dioe, del derecho 
r.^:u:u:. .\ v /..j.^.. i;-A':.:Iiiatl, para ilustrar i completar su có- 
d:¿r. .• . .^r.i:: j: ü¿- ><:raii el verJadero espíritu de ese mis- 



«•* • > 



\. Ji/.«r.. .■-. ->?:»> . ^>er\acK>nt^ la neccsidstd de dar al- 
írar. or. >.::..';:•. ... -:s:::Jl.. .VjI Jori»eho romano, por medio de 
ui: ;-.?:.. ".n> .•.■:v.yr:::<:v. : ?u>:andal. El que sirve ahora es 
ú-.':'^.i >-:.:.*.. :v:-. ::::::.. : :\'.'r;: : ia instrucción que suministra 
n. '>•> L\T..y..r..". ".. :. ".:. rjr. >-: S<.¿íÍk. en nuestros mismos esta- 
lii-.;:v.íi ::"..»- l;::r.j'.. > .-u^.re::::; : cincuenta anos ha. La for- 
Hí-^i.Myz /i. v.r. v.v: .. ::\;. ov. ru: >•: Jt- a la materia la ampli* 
vjii /u. r-.^ «."'.:.. ..; r. ':■/:..'.::/.. n.-s jiara ello de lo mucho i 
cx./iv".::: /.;. <. 1.- :..'.'.•/:•/.. . i: la .Viomania i la Francia en 
€>:.'- ú.:.ui.'S . r..-s. .> ;:::.': /.ra a .;uo la facultad de leyes se 
bacr.:.i. 1 ;.::.:..!... : . v. rj-, ya >: tr:t^aia. No urje menos la 
rt'-Li.'.-l.:- .':. ■.::. :.\:. ,i/. .l.^rf/i-j prívalo patrio, es decir, dd 
f5].i2ri.! v-.'i: ::'.'.u> :.;> ;*..l:xi.^-e> i c.^rTvWionos que ha recibido 
en lI.I: ¿.-.".v :: u.-*^.; t:u::;:i.!y.a.":jn política, que no son po- 
ca?. !.: ¿'j ;.• -•-■:. :::y-:r:.:n.::\. II*. ni'i.^Jj» liist úrico es aquí abso- 
lut?.:r:r:-:v r.jv. -:..-:■ ¡ .j-.^ /.rj* :i ur.a n:asa lan hotcrojenea la 
ilv}.-:.'.! .::-:':..: i :.:■.::.:.:.:. 0...¿.^. vl-.::ív::t.» nuevo introducido 
c:i un j,i :"•- I:-'..'. ."..V.: : :::..^ o :::.::. s .lirev-tamente los ele- 
n:c::t.'r :.r.'.v.'r:.:'.>: i vu í:.:Vj>:i^:.i >: ^xtioiule a veces mudio 
mas ¿j lo r\w a ¡ ri:y.:ra v:s:.i ¡x^vco. sin c^iie por eso deje de 
cxa»«-T::r.'5c otras wc^s. Ui;:io:.r.: emola que indico, no debe 
ser una j-im¡.Ic vu<ta;>. ^Á-iun vle k» nuevo a lo antiiruo. Ella 
hupvii'.-. sj jan y-^ lo conjuro, una elabo.'-aeion científica, que 
trace la «liroccion i alcria^'.* do caJa una Je las diversas partos 
injeridas en el cut-rpo leiral, i formule lo que resulte de la 
acción cíjmbinaJa de tollas. No es una reforma lo que se le pide, 
sino una exposición luminosa, a que concurran, sin dejarse 
ver demasiado, la erudición legal i aquella lójica particular 
do que he t^^nido el honor de hablaros, i que insisto en mirar 
como la prenda mas apreciablc del verdadero jurisconsulto. A 
nuestro derecho público, en que comprendo el constitucional 



UiaCURSO KK BL AVrVBnSARIO DB LA UNIVERSIDAD 



i d adminislrativo on sus varios ramos tl« gobernación, ha- 
cionda i justicia, tlobc ilarso también el debido Iwgar en loa 
estudios legales, por modio do un tratado elemental elaborado 
do la misma manera que el de lejialacíon civil. Mucho os, pues, 
io que poata quo trabajar en este ramo para poner los estudios 
en oí pié conveniente. I no deben desanimarnos las dificulta- 
des, en vista de lo que se ha hecho i se está haciendo en un 
departamento de la ciencia legal, que no es por cierto el me- 
nos vasto i difícil. Las Instilucioneif do Derecho Canónico 
Americano, recien tomento dadas a luz por el reverendo obis- 
po electo de Aneud, son una obra quo, si se me permito ex- 
presar un juicio, llena completamente mis idoas en cuanto a 
la formación do textos elementales. Su titulo mismo está di- 
ciendo quo os un libro destinado a las naciones hispano- 
americanas; pero lo está ademas especialmente a la iglesia i 
foro de Chile. Ni c,stá reducido a las dimensiones do un libro 
estricfamcnto elemental. El profe.=)or que lo use, tendrá a su 
arbitrio elcjir las materias de imlispen.sablL! conocimiento para 
la totalidad do los alumnos, miíJnlras que el reslo puedo ser- 
vir a los de suiKTior aplicación i talento para extender sus es- 
tudios, í al profesor mismo para refrescar los suyos i consul- 
tar en caso necesario las fuentes, que so acotan siompro con 
el debido esmero. El estilo es clarísimo, jeneralmonto puro, i 
tiene toda la elegancia que puedo pedirso a un toxto do ense- 
ñanza. Libros de doctrina igualmente selecta i copiosa, quo no 
salga de los límites de la instrucción elemental, sino para darle 
mas luz i solidez, adaptados a la América, adaptados a Chile, 
es lo quo yo desearía quo tuviésemos en todos los ramos do 
enseñanza primaria, preparatoria i superior. Este es un objeto 
que ocupa la atención del consejo universitario, i on que so 
trabaja actualmente. 

La economía política, quo forma parto do los estudios do 
derecho i lejislacion, es uno do loa ramos eri que ae echa me- 
nos un libro a propósito para la enseñanza i adaptado a Chile. 
¿Quién no percibe cuan importanto, cuin indispensable es quo 
on un texto de esta ciencia se tenga a la vista el ¡mis con sus 
l>eculiarcs necesidades i recursos? La estadística, creada, fo- 



i***'» OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



mcntaila por el supremo gobierno, puede ya suministrar una 
buena copia de datos preciosos, que, según lo ha indicado, a 
lo que yo recuerdo, el señor rector del Instituto, en su último 
discurso público, debiera formar una parte do la instrucción 
que se da en este ramo. Si se adopta para ella alguna de las 
muchas obras elementales que se han publicado i se publican 
en Kuropa, convendria que por lo menos se le agregase un 
apéndice, que fuese como un corolario de la teoría jeneral , 
ai)licado a Chile. 

Para la lejislacion jcneral, no hai un texto completo. Uno 
de sus mus importantes tratados es la materia de un libro que 
sirve actualmente para la enseñanza. Se han sucitado contra 
él objeciones graves, sobro cuyo mérito no me es lícito antici- 
par ol juicio del individuo nombrado para examinarlo, que es 
uno de los que mas honran a la universidad por sus luces i de 
los ([ue con mas celo la sirven, a pesar de sus incesantes tareas 
|>i\>fcsionales.* VA autor de este libro** ha ejercido con mucho 
lucimiento el profesorado, es uno de nuestros mas aventajados 
escritores, i uno también de los miembros de este cuerpo, de 
(¡uienes hai mas que esperar por su talento, su laboriosidad i 
su amor al saber. 

La ncademia do práctica forense prospera. No puedo menos 
do mencionar con satisfacción los informes que en estos últi- 
mos nu»svw me ha dado mas de una vez el dicrno decano de la 
facultad sobrv^ el brillante desempeño de los jóvenes que se 
li:m presentado para obtener el grado de licenciados. 

Pe.sarrolla.lo, como he tenido el lionur de indicarlo, el estu- 
dio de las ri acias lei^ales, se hace preciso extender a tres 
aív>^ el qiK al:v>ra so hace del derecho civil, romano i patrio, i 
cr\s) que e-. iVuil hacer esta innovación, sin que para ello sea 
menestv r au:\ientar el total del tiempo que se dedica al apren- 
(li/aje ile 1 \ [)rol"es¡on forense; porque se logra el objeto con 
diferir la eiiseü inza de algunos ramos su|)eriores para el bie- 
nio que mevlia entiv los grados de bachiller i licenciado, é|>oca 






ülatUHSU KV EL 



j ÜE LA CMVlíl 



riui a propósito para Iiacerlos con mafí ilcteiiciDii i aprovccliv 
miento. 

Las cioncias sagradas progresan . El í/ajiuaí del PArroco 
Americano, otra pruduccioii (M reverendo prelado electo, de 
quien ya os he hablado, ¡ otro libro, también, no solo (le com- 
pleta i cscojida doctrina, según el diclAmc-n de personas inte- 
lijentes, sino do adaptación al país, merece mencionarse en 
primera línea, por la inmensa importancia del asunto, i lo 
grave de la neccíiidad que está deijtiimdo a satisfacer.- La aca- 
demia (le ciencias sai^rudas, crcuda, organizada por el muí 
reverendo prelado que tan dignamente preside lioi a la iglesia 
chilena, delje mucho a la contracción i celo do su benemérito 
sucesor en el decanato de la faeultad. Kiaalmonle, en el Se- 
minario Conciliar de esta diócesis, se han extendido i mejorado 
los estudios, cumo lo manifiesta la li.-<ta do los cursos que en 
él se siguen actualmente; jiero siento díüir (jue los otros esta- 
Meeimientos de la misma esiieeie so hallan todavía en em- 
brión, i tienen bastante que hacer para ponerse en el pié 
conveniente. 

Entre las circunstancias (|uo han contribuido jeneralmente 
ala mejora de la instrucción, no sería justo que pasase en 
silencio los servicios del actual rector del Instituto: ho tenido 
fi-ecucntea ocasiones do apreciar sus luces, su actividad vijilan- 
te i celosa. 

Un agüero feliz para cl'porvenir es la noble i santa emula- 
ción con que las casas relijiosas de la capital se han presenta- 
do a concurrir a la grande obra de la enseñanza na(nonal. De 
tiempo atrás, hablan dado el primer señalado ejemplo loa rcH- 
jiosos de estricta ob&ervancia do la órdcn'do predicadores, 
cuyo celo i liberalidad en esto punto son dignos de todo elojío 
Animados del mismo espíritu, se presentan ahora el convento 
principal do la misma orden i el de relíjíosos mer(^enarios. El 
señor decano de tcolojía formó el plan de estudios para esta» 
casas, que lia sido revisado ¡ku" o! consejo i ha monx-ido la 
aprobación del supremo gobierno. Ni son do olvidar los servi- 
cios que ellas prestan al mismo tiempo a la iiLSlruceion pri- 
maria, 80I0 OH de desear que se propague el mismo celo a las 



392 OPÚSCULOS LITERARIOS 1 CRÍTICOS 



otras de la capital i a los conventos de las provincias, que es 
donde mas se hace sentir la necesidad de esta cooperación; 
pero no comprendo aquí a Valparaíso, donde una orden vene- 
rable que ha colocado la educación entre los primeros objetos 
de su instituto, tiene para cada sexo un establecimiento flore- 
ciente, como en la capital uno de niñas, a que es de esperar, 
como he dicho, que se añada otro do niños en Santiago. 

He indicado de paso alj^unos de los trabajos del consejo. 
Daros un catálogo individual de todos ellos, ni es posible en 
esta ocasión, ni necesario. Bastará indicaros las materias en 
que jeneralmente se ocupa. No hai estado de escuela o de co- 
lejio, fiscal, municipal o particular (i si bien no se reciben 
todos los que la lei prescribe, se reciben muchísimos), que no 
sea examinado por el consejo, que hace las observaciones de- 
bidas sobre las faltas que nota, que trasmite al supremo go- 
bierno la noticia de las necesidades que se sufren en los esta- 
blecimientos fiscales o municipales, i estimula el celo de las 
juntas, inspectores i preceptores. El consejo revisa los textos 
i programas; promueve su formación; discute menudamente 
los reglamentos i planes de estudios; inspecciona directamen- 
te por medio de sus miembros los colejios de la capital, i da 
impulso, en cuanto le es posible, a los objetos de las faculta* 
des. No hai corporación alguna en que la asistencia sea mas 
asidua, ni a que concurra constantemente mayor número de 
sus vocales. I en este punto debo decir que no son inferiores 
a los otros miembros los conciliarios,* que no reciben por ello 
retribución alguna. 

Recientemente ha determinado el consejo que una parte del 
pequeño sobrante de las sumas asignadas para gastos de l?s 
secretarías se invierta en suscripciones a las mas acreditados 
obras periódicas que sobro materias científicas i literarias se 
publican en Europa i en los Estados Unidos de América. Es- 
tas obras se destinan al uso de las facultades i de la juventud 
estudiosa. 



* El señor don Antonio Varas i el secretario de la facultad do cion- 
cias físicas don Ignacio Doraeyko. 



UlSCUnSO EH EL ANlVGnS.lItlO US L.I 



Finalmenlo, se ha represcntadü al supremo goljierno, que, 
entro variíia lijcras mudtficaciunos a la Ici orgánica, proponga 
a la lojislatura añadir al consejo otro conciliario mas, i (jue lo 
soa siempre, por razón de su empleo, cl rector del Instituto 
Nacional. El cuidado que tiene el gobierno de clejir para esto 
difícil cargo personas idóneas, como lo han sido las que lo han 
ejercido por una larga serie do años, i el conocimiento experi- 
mental fjue en él se adquiere de los defectos o nccosidailcs de 
la enseííanza, hacen, a mi juicio, mui conveniente la partici- 
pación de este empleado en las medidas del consejo, i no podrá 
menos do racililarlas. Lo mismo digo relativamente al delega- 
do universitario, cuando se haya nombrado. 

Solo me resta, señores, cumplir con cl último de los debe- 
res que en esta ocasión me impone la lei: pagar un tribu- 
to de respeto a la memoria de los miembros fallecidos en 
este quinquenio, que se lian distinguido por su celo en favor 
de la instrucción. Yo coloco en primer lugar aquel hombro 
insigne, en cuya pórdida ha Horado la patria la do muchos 
hombres; sabio Icjislador, que presidió a la formación do nues- 
tro código constitucional; ministro diplomático, que represen- 
tó oon celo i dignidad a la ropúlilica en Inglaterra i en el 
Perii; ilustrado ministro de justicia, que trabajó con acierto 
en la reforma do la administración judicial, i dejó preparado 
un vasto proyecto para la organización de este ramo; defensor 
cnérjico de los intereses nacionalee i de las leyes en el ejerci- 
cio del ministerio público, en el senado i en el consejo do es- 
tado; esforzado promovedor de la instrucción pública en el 
consejo universitario, en la facultad de leyes, do que fue el 
primer decano, en la academia de práctica forense; i que, en 
todos estos destinos, hizo resplandecer, a la par, una intolijen- 
cia luminosa, enriquecida con extensos i variados conocimicn* 
tos, atesorados en una memoria privilejiada; un alma pura, a 
quien asustaba hasta la mas lejana sombra de miras opuestas 
a la escrupulosa integridad del hombre público (de lo que yo 
pudiera citar pruebas conocidas do pocos, conocidas de uno 
de mis colegas que está presente, i gozó de sus mas íntimas 
confianzas); una independencia de carácter, quo no so doblegó 



30 i OPÚSCULOá LITERARIOS I CRÍTICOS 



jamas a influjos personales, que no traicionó jamas sus con- 
vicciones, que jamas se arredró de expresarlas; un culto al 
honor nacional que rayaba en lo caballeresco; aquel rarísimo 
patriotismo, que l>usca el bien sin mendigar la popularidad; 
todo' esto sostenido, adornado por una elocuencia de razón, 
fácil, fluida, animada, espontánea, llena de rasgos felices, sin 
la menor apariencia de estudio. De sus cualidades sociales i 
domésticas, ¿qué puedo decir que no sea sabido de los que me 
escuchan? ¿Quién ignora cuan elevado, cuan profundo, fué en 
don Mariano Egaña el sentimiento relijioso? Esposo i padre 
tierno, i no menos tierno hijo, que llevaba el amor a la me- 
moria de su venerable padre hasta la idolatría; amigo fiel, 
consecuente, servicial; liberal bienhechor do la humanidad 
doliente i de la pobreza desvalida; alma afectuosa i enérjica, i 
sin embargo cerrada al odio i la venganza; sus antipatías eran 
todas al crimen, a la prevaricación, a las contemplaciones in- 
debidas, a la perniciosa induljencia. Yo no temo que se me 
culpe de exajeracion, cuando digo que la naturaleza no pre- 
senta, sino do tarde en tarde, un conjunto tan espléndido de 
virtudes i de talentos. I aun no lo he dicho todo: aun no os 
he hablado de aquella amabilidad de trato, que, en medio de 
su desprecio, tal vez excesivo, a las exterioridades frivolas que 
la sociedad impone como deberes, i cuya omisión es la que 
menos perdona, daba tanta gracia a su conversación, i la ha- 
cía tan instructiva, tan interesante, i tan exenta de pedantería; 
ni de aquella franqueza jenial, que trasparentaba todos los 
movimientos do su alma; ni de aquella noble hospití^lidad de 
su casa *dc campo, asilo de recreación inocente, monumento 
de amor filial, adornado con esmero i gusto i a no pequeña 
costa; toda\ia la man bella residencia campestre en Chile, i 
uno do los primeros objetos de curiosidad del viajero que visi- 
ta la capital. 

Contrayéndome a lo que tiene relación con la universidad i 
la instrucción pública, don Mariano Kgaña tomó siempre una 
parte principal en los trabajos del consejo universitario, asis- 
tió con la mayor asiduidad a sus reuniones, fué el alma de 
s'!s delilieraciones, i propendió en él con especial celo a la 



blSCtlKSO BN EL AKIVKnSAIlIU aH LA 



difusión do la enseñanza relijiosa imoral. Sabirlo es que hizo 
un estudio particular de la historia i antigileJadcs chilena»; 
lia tlejado una colección de douumentofí curiosos que las ilus- 
tran, i apuntes históricos do su pluma. Formó una n'oa hiblio- 
toca, en que no ao ha olvidado ninijim ramo do ciencia o do 
literatura-, i en que no fallan obras di las quo por su prei'io no 
e.stán a el alcance do muclios, no pocas de ellas únicas en el 
país, raras ali^unas en la misma Europa, copiosa sobre todo 
en historia i jurisprudencia, i lo que a mi juicio la recomien- 
da particularmente, adaptada al uso de lectores americanos, 
de lectores chilenos. Yo que he tenido la ocasión de rejistrar 
este opulento depósito, me ho convencido de que, ai formarlo, 
se tuvo niui presente a la Amúrica Española i a Chile. Com- 
prado por la nación, que ha querido vincular allí para siempre 
la memoria de aquel ciudadano ilustre, oi'namento de la hu- 
manidad i gloria de Chile, estará pronto abierto a la juventud 
estudiosa i al público. Don Mariano Egaña vivirá así para la 
patria, a quien fuó arrebatado en una época de la vida en que 
el vigor de las facultades intelectuales la daba t'jdavia la esi>n- 
ranza de largos e importantes servicios. 

Aun al lado de este hombre eminente, pueden aparecer .sin 
deslucirse, dos venerables sacerdotes, di^os do recordarse por 
lo que hicieron en favor de la instrucción pública. El primero 
os el ilu-strisimo señor don José Ignacio Cionfuégos. Decidido, 
desdo que dio Chile el primer grito de libertad, a sostener tan 
santa causa, trabajó en ella esforzadamente, como ciudadan", 
como miembro del poder ejecutivo, como miembro de la Icjia- 
latura. Confinado al presidio do Juan Fornán.Icz, fué allí el 
consuelo de sus compañeros do destierro. Después de aquella 
época de infortunio para las armas tle la patria, se lo nomhrtí 
gobernador del obispado de Santiago; i no necesito recordaros 
el celo con que en este destino se consagró a la iglesia ciulcna, 
no menos que a los intereses del estado, como miembro del 
senado conservador í como diputado de Talca. Cura de aque- 
lla ciudad, no contento con ejercer dignisimamento su eviin- 
jélico ministerio, había conlribuitlo, de su prupio peculio en 
gran parte, a la construcción de la iglesia i de una In'nn<*s3 



3JÜ OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



casa (le ejercicios espirituales. Fué prebendado de la catedral 
de Santiaj^, en la cual ascendió hasta la dignidi\d de deán. 
En edad ya avanzada, impulsado ix)r el anhelo de promover 
el bien de la iglesia chilena, hizo dos viajes a la capital del 
mundo católico; el primero con el carácter de ministro plenipo- 
tenciario, en que obtuvo de la santidad do Pió VII concesiones 
importantes, i la misión de un vicario apostólico provisto de 
plenísimas facultades para el arreglo de los negocios eclesiás- 
ticos. En el segundo, enteramente privado, se le condecoró 
con la mitra de Retimo in partibiis infidcHum, aceptada con 
la mira de proveer a las necesidades de Chile, donde no habia 
a la sazón ningún pastor de igual jerarquía. Instituido des- 
pués para la diócesis do Concepción, desplegó allí con nuevo 
lustro el espíritu apostólico de que estaba animado. Presentes 
tenéis las inestimsíbles prendas de este benemérito sacerdote: 
un patriotismo que no se desmintió jamas; una constante de- 
dicación al servicio de la iglesia i del estado; un celo virtuoso, 
templado. por la prudencia i la mansedumbre; una ilustración 
superior; una intachable pureza do conducta; una atractiva 
suavidad de carácter. En medio de las graves ocupaciones que 
os he Ijosquejado, sirvió meritoriamente a la instrucción pú- 
blica. En 1819, desempeñó a satisfacción de todos la comisión 
que se le confirió para el restablecimiento del Instituto Nacio- 
nal. En 1820, escribió i dio a luz a sus expensas un Catón 
cristiano político para el uso do las escuelas. En su segundo 
viaje a Roma, hizo imprimir allí, a sus expensas también, el 
Catecismo de doctrina cristiana^ que goza de tan merecida 
reputación, i de que repartió gratuitamente en el país innume- 
rables ejemplares. El célebre abate Molina habia puesto a dis- 
posición del señor Cienfuégos, su deudo, una valiosa hacienda 
situada en la provincia del Maule; i el señor Cienfuégos la ce- 
dió a Talca, para que se empleasen en la educación de la ju- 
ventud sus productos, quo forman la principal renta del cole- 
jio de aquella ciudad. 

Don José Santiago íñigucz es el segundo de los individuos 
del clero chileno que creo dignos de memoria como bienhe- 
chores do la instrucción pública: sacerdote venerable; modelo 



DlSCUnsO E.V 1¡L ANIVEtlSAHIO DE UA [IMVEttSIDAl 



de scncilloz i austeridad en la vida prívaíla; lumbrera de la 
iglosia lie Santiago )K)r sus virtitdos i {kit su vasta erudición 
en las ciencias sagradas. Versado también on las ciencias ¡ la 
literatura profanas, fué el primer profesor de oeonomía políti- 
ca en el Instituto Nacional, donde cnjíoñó ademas el derecho 
natural i do jcntes, como toolojía i humanidades on el Semi- 
nario Conciliar. Ejerció con dlstijiciou el profesorado; i a pesar 
de su quebrantada salud concurrió a los trabajos do la fouuU 
tad a que pcrtoneeia. Selló sus eminentes serviciosala reli- 
jion i a la nación, destinando su cuantioso patrimonio a obje- 
tos de beneficencia pública. 

Otro nombre, señores, se asoma a mis labios, que no me es 
posible pronunciar. Ya eonccbti que aludo a un joven que, 
naüido en Inglaterra, so formo principalmente en Chile; que 
casi niño fué profc»jr del Instituto Naeional; que contribuyó 
aUÍ bastante al restablecimiento del estudio de la lengua lati- 
na; ciuo en una gran\átioa de esto idioma introdujo por la 
primera vez las doctrinas de la filolojía curoiica de los últimos 
años; ipie dejó acopiados malcríales para una segunda edición 
de aquella obra en que desgraciadamente hubo de trabajar 
otra mano; que cultivó la literatura con suceso; (jue so distin- 
guió en el foro desde que entró en él; que fué precipitado al 
sepulcro en la ñor de la vida, malogrando las mas bellas es- 
peranzas. El vecindario de Santiago le lloró, i conocía sola- 
mente la mitad de su alma. 

Ilai otro asunto, i será ol últinao,- mas personal, sí cabe. 
Ucelcjido casi unánimemente por cate ilustre cuerpo para ol 
primer lugar de la terna del rectorado vacante; reclejidodc 
este modo en la reunión universitaria mas numerosa que so 
ha viato hasta ahora, delw aproveeliarme de esta primera 
oportunidad para dar a la univcrsi<lad un testimonio público 
do mi profunda gratitud. Uebo darlo asimismo al oxcelcntísimo 
señor patrono, que se ha dignado confirmar el sufrajio de la 
universidad. Debo darlo al señor ministro do instrucción pú- 
blica, quo so lia servido mencionar a las cámaras Icjislativas 
mi reelección on términos tan honortljcos para mi. Pero la 
mejor muestra do mi i-econocimícnto será la consagración de 



398 OPCSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 



mis débiles fuerzas al servicio de la nación chilena, mi cons- 
tante favorecedora, de la universidad i de la juventud estu- 
diosa, en quien (lo he dicho muchas veces i me complazco en 
repetirlo) en quien tengo una fe sincera: la patria, que haco 
tanto por ella, que espera tanto de ella, a cuya organización 
es llamada ella a poner la última mano, no verá frustrada su 
esperanza. Contribuir a este venturoso resultado, es la misión 
de la universidad en la esfera de sus atribuciones. Para la 
parte que en esta misión me toque a mí, siento no poder ofre- 
ceros mas que celo i trabajo. Contad con ellos, mientras me 
quede un resto de vida i de fuerzas. 

{Analos de la Vniversidad , Año de 1848.) 




MEMORIA 



IMIKSENTADA AL t:0NSEJO I)l£ LA UNIVIiUSIDAI) 
EN SESIÓN DE II DK MARZO DE ISi>Í 



Señores: 

En virtud de lo dispuesto en el artículo 24 del supremo de- 
creto de 23 de abril do 1844, me cumple dar cuenta del esta- 
do actual de la instrucción pública, de las mejoras introduci- 
das en ella durante el quinquenio principiado en setiembre de 
1848, de los obstáculos que las han contrariado, i do los acon- 
tecimientos que durante el mismo período hayan tenido una 
relación inmediata con la instrucción pública. Concluiré, como 
se me previene en el mismo decreto, dando una breve noticia 
de los miembros do esta universidad que han fallecido, i que 
se han distinguido por su celo en favor do la instrucción. 

I 

Por el artículo I /, número 8, de la lei de 1 9 de noviembre do 
1842, que asentó sobre nuevas bases esta universidad, se co- 
metió a la facultad de filosofía i humanidades el encargo de 
dirijir las escuelas primarias, proponiendo al gobierno las re- 
glas que juzgase mas convenientes para su organización; el 
de redactar, traducir, revisar los libros que hubiesen de servir 
de texto en ellas; el de llevar un rejistro estadístico que pre- 
sentase cada año un cuadro completo de la enseñanza prima- 
ria en Cliilo; i el do liaccr, por medio de sus miembros i de 



4üü :í?i:.v:::l.:.» liTKa.Lax» t carneo» 



corrwpotuiaÍKS Lnrsll/tsituíí?. Li vi*?i^ c mspecc&oa de las escue* 
las priiiuirliW í«i Li ..'n;iviL l le Lls provincías. 

Por «:tm parte -^n el lei:'.-^:;:' -i-i Í3 de abril de IS-44 arriba 
citadij- ?ti coEitrí;^/. il .;on-'?<jjO do Li Li.'liveratLfcl la iaspeccicm 
dé t«>!ijs los esLiLI»ecL:-júoii:.:s de edui-'ajcioa. na^ríoaales, pro- 
^incialr:^ o r:i':nicipíil-i<j ea cayo nunierD se o>ciiprendieroii 
sin dij'Li las eíciiotaá prLmariaáy serrín se ve por d articulo 50. 
La iorp^ccLrja .^ exteci !ia, coa ciertis limitacioaes, a los esta- 
Llecíniícn!:.-.s partío'ilares- 

F^ara llevar a el'ei:tk> estíos encargos se establecieron juntas 
províncíalejá de e íucacíoa artículo o7 , e iospecciones departa- 
mentales "."írtículo C5 . 

La facultail le Iiu:iiamda«l*=s pudo ejercer i ejerció satis- 
factoriamente la inspección do las escuelas primarias de la ca- 
pital; per> carecia de niel: jS para extenderla mas allá de la 
ciudad de .Santiai^. Esto fué sin duda lo que dio motivo al 
precitado decreto de ?3 de abril, que parece trasferir la 
inspección jcneral de las escuelas al consejo, por medio de las 
juntas pro^ inciales i de las inspecciones de educación. Mas 
tardó poco en percibirse que esta organización era poco me- 
nos que com;)!et:\niente ineficaz para el objeto que se deseaba. 
Una que otra provincia ha habido en que merced al celo del 
jefe superior se d^rsplecrú por algún tiempo una actividad bien- 
hechora, i se cumplió con la debida regularidad el encargo de 
diríjir estados periólicos al consejo. Pero la mayor parte do 
las provincias no Ijs lian remitido sino a intervalos mas o me- 
nos largos, i aun cntún.es incompletos. Hai algunas, i no por 
cierto de las menos avanzadas en civilización i riqueza, de las 
que no so han rcciljido mas que uno o dos estados desde el año 
de 1844 hasta el dia. Aquella especie de animación que se notó 
al principio, fu»; poco a poco entibiándose, i la experiencia me 
párroco hal)er ya demostra lo la insuficiencia de esta armazón 
de juntas i de inspecciones para los fines de su institución, i 
en particular, para proveernos de datos estadísticos con la fre- 
cuencia i regularidad necesarias. Lo que a este respecto se ha 
obtenido, se debe en su mayor parte a la acción directa del mi- 
nisterio de instrucción i)iiblica ejercida por los órganos oficia- 



MEMORIA PRESENTADA A LA UNIVERSIDAD 401 



les de la administración. I lácese, pues, cada dia mas urjente la 
creación du otro orden de cosas, o el complemento del cpie ya 
se ha ensayado cometiendo la estadística de la enseñanza a 
una sección del ministerio de instrucción pública. La facultad 
de humanidades i el consejo podrían seguir, como hasta aquí, 
facilitando en este ramo los trabajos del supremo írobierno, 
ya en la discusión de los reglamentos, ya en la revisión de los 
textos, ya en la indicación de otros nuevos, o en la reformado 
los existentes. La inspección, confiada principalmente a los 
visitadores, aumentándose su número de manera que todas 
las escuelas de la república pudiesen ser visitadas a lo menos 
una vez cada año, jeneralizaria los excelentes resultados que 
ya se han logrado por esto medio en las escuelas en que hasta 
ahora ha podido emplearse. Durante la ausencia de los visita- 
dores, cuidarían los inspectores de que se observase el réjimen 
establecido por acjuéllos en las escuelas fiscales, munícipak*!"? i 
conventuales, i les darían cuenta de lo que sobre este punto 
mereciera su atención o reclamara su intervención. 

Las juntas provinciales ejercerían la inspección en las capi- 
tales de provincia, pero dejimdo siempre a los visitadores la 
incumbencia de proponer i plantear las reformas, en una pa- 
labra, todo lo concerniente a la sustancia, forma i distrí luición 
de la enseñanza. A mi juicio, la acción legal de los visitado- 
res debería ser uniforme en las escuelas fiscales, municipales i 
conventuales; extensiva en ellas a plantear las reformas di- 
dácticas, i limitada en las escuelas particulares a recomendar- 
las. Pero, en la parte represiva do prácticas opuestas a la mo- 
ralidad i a la salubridad, las atribuciones de los visitadores 
deberían ser unas mismas en todos los establecimientos de 
enseñanza primaria, cualquiera que sea la procedencia de los 
fondos de que subsistan. 

De estos antecedentes, se colíje la nexjesidad de un regla- 
mento que determine las atribuciones de los visitadores en las 
varias clases de escuelas primarias; sus relaciones con los ins- 
pectores i las juntas; las facultades de que pueden hacer uso; 
i su correspondencia periódica con el ministerio do instrucción 

pública i con el consejo universitario. Pero es preciso recor- 
opúsc. 51 



V»¿ OPl>CLLOS LITERARIOS 1 CKIT1CÚ8 

dar í(u<*, si las pnscTiiKriones del gubienio no fuesen acompa- 
ñarlas (l(í la cumiM^toiite sanción, de nada .semria multiplicar 
los nv^lameiitos, i a la vuelta de px-os años tendríamos qtic 
volver a lainciitai* su ineficacia. 



11 



Ijx base de la estadística de la enseñanza primaría i de toda 
la educación nacional, es el censo de la población; i hasta aho- 
ra solo tenemos el de 1843, (jue no nos permite rastrear, como 
tan de (lesear sería, la proporción en que cada provincia, cada 
departamento^ cada distrito, cada pueblo, goza ahora de este 
gran beneürio, que es a un mismo tiempo el jérraen i la me- 
dida de la cixilizacion intelcvtiial. No solo ha debido cambiar 
considerablemente desde aquella época la población absoluta 
de cada localidad, sino la proporción de las poblaciones de las 
varias localidades entre si; porque está a la vista de todos que 
la marcha du la población, rápida en varias partes, en otras 
es lenta, en algunas apenas sensible. Pero es preciso resig- 
narnos a sacar el partido posible de esta defectuosísima base. 
Procedamos momentáneamente sobre la suposición de haber 
permanecido estacionaria la población desde 1843, i compa- 
rémosla con el cuadro jeneral de la educación primaría en 
Chile en 1853, presentado por el señor ministro de instrucción 
pública al congreso. La ra/on entre el número de niños que 
van a la escuela i el ile los habitantes, sería aproximadamen- 
te en 

Chiloé 1/20 

Valdivia 1/38 

Concepción 1/55 

Ñul)le 1/60 

Maule 1/84 

Talca 1/59 

Colchagua l/r25 

Santiaüfo 1/33 

Valparaíso 1/25 



ME^tORlA PRESENTADA A LA UNIVERSIDAD 403 



Aconcaj^ua 1/57 

Coquimbo 1/48 

Atacama 1/28 



Chile 1/47 

Do manera que, según esta cuenta, tendríamos en la escala 
de débil iluminación de las difci'entes provincias este orden 
gradual: Chiloé, Valparaíso, Atacama, Santiago, Valdivia, 
coloca las sobre el término medio de la república; i bajo esto 
término Coquimbo, Concepción, Aconcagua, Talca, Nuble, 
Maule i Colchagua. Comparando estos resultados con los que 
consigné en la memoria que tuve el honor de leer en la sesión 
solemne de 1848, la discrepancia no es gran. le. Chiloó i Val- 
paraíso ocupaban entonces, como ahora, los dos primeros lu- 
gares en la serie, i ahora, como entonces. Maule i Colchagua 
parecen retener los dos últimos. En Santiago i Valdivia, 
subsisten los guarismos anteriores 1/33, 1/38; Chiloé ha des- 
cendido aparentemente de 1/17 a 1/20, i Talca de 1/43 a 1/59; 
pero Atacama ha subido do 1/10 a 1/28, cambiando dé lugar 
con Santiago; Coqui.ulx) de 1/50 a 1/48, Aconcagua de 1/60 
a 1/57, Valparaíso de 1/28 a 1/25, Concepción de 1/75 a 1/55, 
Nuble de 1/67 a 1/66, xMaule de 1/96 a 1/84, i Colchagua 
misma de 1/150 a 1/125. La república toda por término medio 
parece haber descendido de 1 por 45 a 1 por 47. Pero es indu- 
dable que la cantidad absoluta de la enseñanza primaria ha 
subido en todas partes, i que el pequeño descenso que en al- 
gunas aparece es debido a la mayor exactitud de los datos do 
que se ha servido el señor ministro de instrucción pública. 

No puede menos de ocurrir una reflexión, i citírtamente 
lx>co a propósito para darnos una idea ventajosa de los pro- 
gresos de la instrucción primaiia. Gracias al celo del supremo 
gobierno i de las cámaras, se han fundado desde 1843 gran 
número de escuelas primarias dotadiis con fondos fiscales; las 
municipalidades lian contribuido por su parte; i el número de 
las escuelas particulares ha recibido también algún incremen- 
to; pero la población ha crecido al mismo tiempo en una ra- 



1» 



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L;t íni¡<\:t('¡'>n (¡f. rjM^v.'is í:Si:ti<.-líis ])or los nirjios quo lian 
í"-t;i'lo ííi ;i'íií,n Jja-;l.i ajjnra, no )>ium1o sí*L''iiir el moviinionto 
(|í- la |M>l»Jar¡íiri, íjiií* sr ílcsarrnlla í'Ii una pro ¡presión jconié- 
Irií-a. Si no apcl.inios a olr^s nnílio'^, será cíida año menor la 
r*íi/nri t'i\\yt' <•! mnnrro (!<• aluninns jn'iniarios i v\ número de 
los Ijaliilaiifrs. La clasr (jiic |>arlii-i|)a cío la instruceion ele- 



MEMORIA PRESENTADA A LA LMVKUSIDAU 40.) 

metital, será cada año una fracción menor do la nación; i a 
nadie se ocultará todo lo que hal)ria de ominoso i desconsola- 
dor en esta incontestable deducción de los datos numéricos, si 
no nos apresurásemos a dotar de recursos mas adecuados la 
educiicion nacional. Tenemos a la vista el ejemplo de otros 
países; una moilcrala contribución de los vec¡n<lai*ios, ensaya- 
da al princii)io, si so quiere, en los departamentos mas pobla- 
dos i ricos, i extendida gradualmente a los otros, es c\ arbitrio 
único para proveer a una necesidad cada dia mas imperiosa. 
Sin eso, la barbarie iria cada afio extendiendo su imperio so- 
bre una porción mas considerable del cuerpo social. La mejora 
de la enseñanza en ciertos ramos, el adelantamiento de la ins- 
trucción colejial i cien tilica, no compensarian jamas, en la 
balanza del bienestar común, los males inherentt\s a ese incre- 
mento relativo do las clases condenadas a una carencia com- 
pleta de toda cultura intelectual i moral. Si nos fií^iiramos un 
círculo cuyas dimensiones creciesen continuamente, i en que 
un segmento iluminado brillase cada vez con una luz mas 
viva, pero, a pesar de su incremento absoluto, formase una 
l)arte progresivamente mas i)equeña de la superficie total, po- 
dremos representarnos la marclia de las luces en Chile, según 
sus actuales tendencias. ¿I qué orlen <le cosas puede haber 
mas opuesto al espíritu de las instituciones que nos rijen? 

Los instructivos cuadros ¡)resentados en la última memoria 
del señor ministro de instrucción pública, manifiestan que se 
educan actualmente on las escuelas 5,(503 niñas, es decir, una 
por cada tres personas del otro sexo. En 1848, la proporción 
era de una niñii por cada cinco niños varones, lia variado, 
jmes, notablemente la proporción de los sexos en favor de la 
nuijer. 

Si bajo esto aspecto tenemos motivo de felicitarnos, hai otro 
en que el cuadro de la educación popular no es enteramente 
sombrío. De las 571 escuelas esparcidas sobre la superficie de 
la república, hai por lo menos í 10 en que, fuera de la lectura, 
escritura i catecismo, se dan nociones de aritmética, i en cierto 
número de estas escuelas se enseña ademas un poco de gramá- 
tica, de jeografia, de historia i de otros ramos. 



AüC OPÚSCULOS LITERARIOS I CRÍTICOS 

Ni (leja rlc sor satisfar, torio que las escuelas particulan^s pa- 
irarlas por los padres de familia ediicpien casi la mitad de to- 
dos los aliinnos primarios; que en ellas estén casi equilibrados 
los sexos; i que en cerca de la mitad se den conocimientos de 
aritmética, estudiándose en alc^unas gramática, jeografía, no- 
ciones de historia i otros ramos. El interés con que ya empie- 
za a mirarse la educación del pueblo i b^s cuidados incesantes 
que cx^nsaírra el gobierno a ella, hacen esperar que de dia en 
dia crecerá el número de los que por espcículacion o por una 
vocación especial so dedican a este ramo de enseñanza. 

Pero, donde yo veo la esperanza do un porvenir mas lison- 
jero, soJ)n' todo después que el sostenimiento de las escuelas 
esté a cargo de los vecindarios, es en el ensanche i mejora- 
miento de la Normal de preceptores, objeto constante de la 
solicitud del gobierno. De allí se difundirán los mejores mé- 
todos, la mejor disciplina pedagójica, i lo que no vale menos, 
el lustre, el prestijio de honor, de que debe rodearse la ense- 
ñanza de las primeras letras, confundida hasta ahora con las 
profesiones mas humildes i oscuras, i acompañada, por consi- 
guiente, de la incuria, del desaliño, de la ignorancia grosera, 
de la aspereza repulsiva, que van poco a poco desapareciendo 
do las escuelas en las principales poblaciones. 

En la Esíuela Normal, se da instrucción actualmente como 
a 70 alumnos: 50 pertenecen al curso de primer año, 5 al de 
segundo, 13 al de tercero. Según el plan oficial, debe enseñarse 
relijion, caligrafía, aritmética, joometría elemental i práctica, 
jeografía descriptiva, nociones de jeografía física i de cosmo- 
grafía, gramática castellana, idioma ingles, música vocal. En 
el primero i mas importanle de estos ramos, no se da a la en- 
señanza la extensión ({ue sería de desear en un esta])lecimiento 
destinado a difundir las sanas ideas en todo el territorio de la 
repúl)lica, ideas cuya insuficiencia es casi en todas partes ver- 
dadcramenlo lamentable. En la mayor parte de los otros ra- 
mos, la enseñanza dista todavía bastante de lo que debiera ser. 
Se echa menos la cbuse de dibujo; la jimnástica por falta de 
algunas elíMiientos no está en ejercicio. Se abrirá una clase de 
práctica pedagójica, en la sala espaciosa que le esta destinada, 



MEMOIUA PHESKNTAÜA A LA LNIVKHSIDAD W 



luego quo se la prov<*a de los muebles i útiles necesarius, que 
sera mui presto. El hermoso i vasto edifieio con que ha sido 
dotada la escuela hace desear quo se mejore el menaje. Impor- 
ta sobre todo una vijilancia incesante sobro la disciplina del 
establecimiento. Los medios que se han empleado hasta ahora, 
no han alcanzado a llenar este objeto do un modo satisfactorio. 

L:i instrucción que debe darse en la Escuela Normal, según 
su planteacion oficial, puede compararse ventajosamente con 
la que so aUjuiere en algunos colej»os. Pero no so si diga quo 
bajo esto respecto puede irse demasiado icjos. Vendrá sin du- 
da una época en que convenga no solo conservar, sino cnsrxn- 
char,. el plan do estudios que la Escuela Normal abraza al 
presente. Pero, mientras se halle en mantillas la enseñanza 
primaria, no es necesario para su mejora gradual que se for- 
men desde luego institutores adornados de conocimientos do 
que, en la vocación a que se destinan, no están llamados a ha- 
cer uso por ahora. La excesiva extensión de la enseñanza pro- 
duce dos inconvenientes graves: el a; rendizajo abraza objetos 
que no caben talvez cómüdamente en un trienio, o no pueden 
adquirirse sino de un modo extremadamente superficial; lo 
exten.so perjudica a lo sólido. 'Pero lo peor de todo os que el 
joven se hallaría al salir de la Escuela Normal provisto de 
aptitudes, que, en un país dondo en todas las carreras se deja 
sentir una escasez notable de sujetos idóneos, le habilitarían 
para dedicarse con fruto a ocupaciones mucho mas lucrativas 
que el profesorado primario, i le harían, si no desertar de él, 
mirarlo como una consideración de ínteres secundario, i de- 
sempeñarlo con distracción i repugnancia. No faltarían ejem- 
plos que citar en comprobación de lo que digo. 

No hai establecimiento de educación en que mas importo la 
elección i revisión de los textos. Este es un punto que no debe 
confiarse al juicio del director i profesores de la escuela, por 
idóneos e ilustrados que sean. La materia es bastante gravo 
para merecer la atención, no solo de la facultad de humanida- 
des, no solo del consejo universitario, sino del supremo go- 
bierno. Los textos de la Escuela Normal están destinados i 
formar, por medio de los maestro.s de primeras letras, el cate- 



408 OPÚSCULOS LITERAKIOS 1 CRÍTICOS 



cismo dol pueblo, el alimento de las nuevo déeirnas partes de 
la población ebilena. iCuánto no va en esto al p')rvenir de la 
repiiMicaí I esta consideración se aplica con no menor fuerza 
a los hábí'os de orden, aseo, coniportaeíon urbana i decente, 
que deben inculcarse en la Escuela Normal, i que tan lasti- 
mosamente se echan menos en las clases ineducadas i a veces 
en una esfera mas alta. 

Otro establecimiento popular do educación, de que debo 
hablar aquí, es la Escuela de Artes i Oficios. En ella, ademas 
de la rchjion, se enseñan caligrafía, ¡crramatica castellana, arit- 
mética i principios de áljebra, jeometría elemental, trií^ono- 
metría, jcc)grana descriptiva, mecánica industrial, jeografía, 
dibujo ornamental i do máquinas, i elementos do jeometría 
descriptiva. El año de 1854, en que debe completársela ense- 
ñanza de la primera falanjo de alumnos, añadirá nuevos cono- 
cimientos teóricos, i perfeccionará la práctica de los cuatro 
talleres de herrería, fundición, mecánica i carpintería. Ilai 33 
alumnos do primer año, 1*2 de se.c^undo, 20 de tercero; en todo 
65. Concurreo al taller de herrería 8 alumnos, al de lundicion 
9, al de mecánica 30, al de carpintería 17. El establecimiento 
se halla en un pié floreciente; sus productos tienen considera- 
ble demanda; su disciplina es un modelo de precisión i regu- 
laridad. El local recibe progresivos aumentos. En cuanto al 
aprovechan i ento teórico i práctico do los alumnos, vale poco 
mi juicio; pero el de personas competentes deja poco que de- 
sear, a lo menos respecto de la mayoría de las clases. El sabio 
i modesto director don Julio Jariez se ocupa en la redacción, 
para la Escuela de Artes, de un curso de» ciencias matemáticas 
i físicas, que es traducido por don Francisco Pérez, i de que 
ya se han publicado la aritmética, áljcl)ra, jeometría i trigo- 
nometría; seguirán la jeometría descriptiva, la mecánica in- 
dustrial i los elementos de física i química, aplicados a las 
artes. 

La escuela de sordos-mudos colocada en un departamento 
de la Normal empezaba a dar las mejores esperanzas, cuando 
un accidente fatal vino a paralizar su adelantamiento. He 
visto i admirado los progresos que en tan poco tiempo han 



MEMORIA PHESENTADA A LA IJNlVEUSIDAl) 400 



hecho estas interesantes criaturas, tan acreedoras a la aten- 
ción (leí wl)ierno i a la caridad púhlica. Lleo^an a once his 
que contieno en la actualidad la escuela. Se presi^ntaran mu-