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Full text of "Obras completas de Amado Nervo. [Texto al cuidado de Alfonso Reyes; ilustraciones de Marco]"

I 




^'f 



Establecimienío tipo^áfico de «El Adelantado de Scgovia» 



OBRAS COMPLETAS DE AMADO ÑERVO 

PUBLICADAS POR LA BIBLIOTECA NUEVA 
(nueva edición) 

l-PERLAS NEGRAS.-MISTICAS^ 
IL-POEMAS. 
IIL-LAS VOCES, LIRA HEROICA Y OTROS 

POEMAS. 
IV.-EL ÉXODO Y LAS FLORES DEL CAMINO. 
V.-ALMAS QUE PASAN. 
VI.-PASCUAL AGUILERA,- EL DONADOR 

DE ALMAS 
VII.-LOS JARDINES INTERIORES. -EN VOZ 

BAJA. 
VIII.-JUANA DE ASBAJE. 
IX.-ELLOS. 

x.-Mis filosofías. 

XI.-SERENIDAD. 
XII.-LA AMADA INMÓVIL 
XIII.-EL BACHILLER.- UN SUEÑO.- AMNE- 

SIA.-EL SEXTO SENTIDO. 
XIV.-EL DIAMANTE DE LA INQUIETUD.-EL 
DIABLO DESINTERESADO.-UNA 
MENTIRA. 
XV.-ELEVACION. 
XVI.-LOS BALCONES. 
XVII.— PLENITUD. 

XVIII.-EL ESTANQUE DE LOS LOTOS. 
XIX.-LAS IDEAS DE TELLO TELLEZ.-COMO 

EL CRISTAL 
XX.-CUENTOS MISTERIOSOS. 
XXL-ALGUNOS. 
XXII.-LA LENGUA Y LA LITERATURA (Primera 



/>arté). 
I 



XXIII.-LÁ LENGUA Y LA LITERATURA. {Segun- 
da parte). 
XXIV.-EN TORNO A LA GUERRA. 
XXV.-CRONICAS. 
XXVI.-ENSAYOS. 
XXVIl-EL ARQUERO DIVINO. 
XXVIIL— CONFERENCIAS. -DISCURSOS. -MIS- 
CELANEA. 
XXIX.— LA ULTIMA VANIDAD. 

PRECIO DE CADA TOMO 

EN rústica: cinco pesetas, en tela: siete pesetas 

(de cada tomo se ha hecho una tirada de cien ejemplares 
en papel de hilo y lujosamente encuadernados.— precio 
de cada ejemplar, 35 pesetas). 




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TEXTO AL CUIDADO DE ^ 
ALFONSO REYES Jl 

ILUSTRACIONES DE MARCO F^ 




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OBRAS COMPLETAS DE 
AMADO NEliVO .SVo/c/men XXU 



LA LENGUA Y ^,^ . 

LA LITERATURA 

PRÍMEF^A PARTE 



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BIBLIOTECA NUEVA^MADRID/^ r^ 



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ES PROPIEDAD DE LOS 
HEREDEROS DEL AUTOR 



EJEMPLAR N."" 



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LA LENGUA Y LA LITERATURA 



rvEUNiMOS hajo este titulo la colección de Informes so- 
bre la enseñanza de la lengua y literatura que Amado 
Ñervo remitía desde Europa a lá Secretaria de Instruc- 
ción Pública y Bellas Artes, de México, y que se publi- 
caban en un Boletín Oficial de escasa circulación. 

Son completamente desconocidos para los lectores ha- 
bituales de Ñervo. 



DEL FLORECIMIENIO DE LA POESÍA LÍRICA 
EN ITALIA, PORTUGAL Y ESPAÑA 



rJ Liberal ha abierto una nueva sección, entre las 
muy interesantes que lo integran. Llámase «Poetas 
del día, auto-semblanzas y retratos», y me hace la 
honra de iniciarla con mi fotografía y unos versos 
más o menos personalistas que tuvo la gentileza de 
pedirme. Pero no es esta circunstancia la que me 
mueve a hablar de tal sección, sino los conceptos que 
el importante diario expresa en ella, a guisa de 
proemio, y que me parece muy oportuno copiar, por- 
que encierran afirmaciones categóricas y llenas de 
optimismo, relativas al actual movimiento literario 
y poético: 

« j^¿ Liberal— dice el mismo — rechaza esos juicios, 
tan extendidos como chabacanos, que han sentencia- 
do a muerte a la actual poesía española. Tiene, al 
revés, el meditado convencimiento de que la lírica 
española entra en los bellos días de su renacimiento 
y esplendor. 

»Como Portugal y como Italia, los dos países que 
hoy se honran con mejor y mayor número de poetas, 
España cuenta hoy día con una lucidísima genera- 
ción de poetas jóvenes. 

11 



Amado Ñervo 

» Tampoco El Liberal admite esa creencia baja y 
torpe de que en España nadie lee versos. Por el con- 
trario, piensa que h.oy más que nunca, es cuando se 
leen versos en España. 

»Y para comprobar el segundo extremo, esto es, 
que en España hay bastantes devotos de la poesía, El 
Liberal prepara una colaboración de poetas, en la 
seguridad de que ha de ser muy del gusto de los lec- 
tores.» 



Varias afirmaciones, en efecto, contienen los pá- 
rrafos anteriores, y quisiera yo recoger y glosar al- 
gunas, ampliándolas con juicios propios, por hallar 
que esta es materia idónea y harto interesante para 
mi Informe. 

¿Es cierto que Italia y Portugal son los dos países 
que se honran en la actualidad con mejor y mayor 
número de poetas? 

De Italia; qué duda cabe que atraviesa por un flo- 
reciente período poético! Bastaría Gabriel d'Annun- 
zio, con su alta y fecunda labor, para glorificar a la 
tierra de Leopardi y de Carducci. 

Su Nave recorrerá en breve tiempo el mundo, de- 
jando la más lujosa estela de triunfos. Desde el mo- 
narca italiano hasta las turbas romanas, todos han 
sabido comprender esa pieza que, exaltando el viejo 
poderío marítimo del Lacio, señala también a un 
pueblo ansioso de supremacías el camino del por- 
venir. 

«El Eey Víctor Manuel — decía una reciente noti- 
cia — , después de asistir a varias representaciones de 
La Nave^ de D'Annunzio, obra por la cual siente 
profunda admiración, ha donado a la empresa del 
teatro Argentina diez mil liras en prueba de la satis- 
facción con que ve el rumbo que sigue su direc- 
ción artística, para bien de la dramática nacional. 

12 



Obras Completas 

»Hay que tener en cuenta que al fundarse la com- 
pañía Stábile, que explota el teatro, el monarca la 
subvencionó espontáneamente, al conocer su progra- 
ma, con veinte mil liras. 

»La Nave sigue triunfando diariamente. Ha pro- 
ducido ya un beneficio líquido de oclienta mil liras.» 

Cito íiasta el fin esta noticia para que se aquilate 
mi afirmación anterior respecto de cómo en Italia las 
masas están, al par del Rey, identificadas con su 
gran poeta. Bastaría tan admirable indicio para con- 
cluir que hay en ese país un verdadero florecimiento 
poético y literario. 

A él ayudan, por otra parte, circunstancias diver- 
sas; dos especialmente: el firme propósito que con 
fruto tan alentador está mostrando Italia de recon- 
quistar su categoría mental de primer orden en el 
mundo, y el carácter tan personal y tan individual 
de la literatura y de la poesía italiana. 

Respecto de esta segunda circunstancia, recorda- 
remos aún las palabras pronunciadas no ha mucho 
en Francia por Matilde Serao en una interview: «Al 
contrario de la literatura francesa— dijo — , la nues- 
tra no tiene escuela, y como nuestro país está en 
cierto modo desmenuzado en provincias, cada una 
sigue sus tendencias, sus tradiciones, sus orígenes; 
en una palabra: cada una se queda en su concha. 
Quizá esta situación tiene sus defectos, pero también 
tiene sus cualidades, porque asegura a la literatura 
italiana más variedad y más color local. 

>Sin embargo, hay una tendencia de concentra- 
ción, cuyo foco es Roma, pero el movimiento puede 
considerarse aún como embrionario. No madurará 
sino dentro de veinte o veinticinco años.» 

Por lo demás, no es sólo literariamente como Ita- 
lia progresa, en opinión de la señora Serao (opinión 
que habrán de compartir todos los que sigan con 
atención el movimiento mental de la Península), 
sino en Historia, en crítica y, sobre todo, en Socio- 

15 



Amado Ñervo 

logia, de la cual hay una importante escuela, el crea- 
dor de la cual es Enrico Ferri, jefe del partido socia- 
lista, a cuyo claro nombre fuerza es añadir, no por 
analogía de tendencias, sino por paralelismo de mé- 
rito, el del gran historiador Ferrero, autor de traba- 
jos importantísimos sobre la grandeza y la decaden- 
cia de Roma. 



En cuanto a Portugal, la afirmación del diario es- 
pañol citada al principio de este informe, es igual- 
mente exacta. En el reino lusitano, probado en estos 
momentos por tan grandes infortunios, hay un vigo- 
rosísimo y substancioso movimiento poético y lite- 
rario . 

De él me he ocupado ya en alguno de mis informes, 
aunque muy someramente, y recuerdo por cierto que 
hablaba de esa vaga filosofía, de esa tristeza céltica 
que flota sobre la lírica portuguesa, toda trémula de 
saudades y nostalgias. 

Justamente después de la afirmación mía, un crí- 
tico español muy versado en todo lo que atañe al arte 
y a la mentalidad lusitanos, decía: «Los portugueses 
son poco dados a las disciplinas metafísicas. La filo- 
sofía sistemática de escuela no es planta que arraigue 
en el Portugal contemporáneo; a cambio de esto, por 
la poesía de nuestros vecinos vaga una filosofía nóma- 
da, vaporosa, sentimental. Su lirismo, esencialmente 
amatorio, se enamora algunas veces con apasionados 
transportes y casi siempre con melancólica ternura; 
se enamora de las mujeres y de las ideas. De las 
ideas, como si fuesen mujeres. Y estas apariciones 
femeninas son figuras de plásticos encantos o som- 
bras misteriosas. Son flores o nada más que fragancia 
de flores. Ensueños pan teístas de diferente ^clase, 
según que animen a la naturaleza o según que la 
espiritualicen.» 

14 



Obras Completas 

Que Portugal se honra, según la afirmación de El 
Liberal que venimos glosando, con mejor y mayor 
número de poetas, lo comprobará simplemente esta 
enumeración que voy abaceros: 

Entre los líricos figuran y pueden ser considerados, 
sin hipérbole, como grandes poetas, Eugenio de Cas- 
tro, Guerra Junqueiro, Correa d'Oliveira y Augusto 
Gil. 

Entre los dramáticos, con el mismo calificativo de 
grandes, están Julio Dantas, autor de Céia dos car- 
deaes, Rosas de todo o anno, Palacio de Veiros, Mater 
Dolorosa, y de tantos otros primores; López de Men- 
don9a, y Lacerda. Si retrocedemos un poco, nos en- 
contramos con temperamentos tan privilegiados como 
Castilho, Joas de Lemos, Loares de Passos, Méndez 
Leal, Preira da Cunha, Limoes Díaz, Tomás Eibeiro 
y Gon9alves Crespo. 

Me he entretenido, para dar más autoridad a este 
informe, en preguntar a dos literatos españoles, muy 
versados en letras portuguesas, cuáles eran sus poe- 
tas preferidos. 

Nombela y Campos, el primer interrogado, me res- 
pondió: Joao de Deus, Anthero de Quental y Anto- 
nio Nobre son los verdaderos maestros de la poesía 
portuguesa y tres poetas que pueden hombrearse con 
los mejores de otros países. 

Francisco Villaespesa, el segundo interrogado, me 
respondió ampliamente en estos términos: 

«Para mí el más grande de los poetas portugueses 
es Eugenio de Castro, porque ha sabido fundir, me- 
jor que ningún otro poeta, todos los elementos e in- 
novaciones de la poética moderna, con el carácter de 
su pueblo y de su raza. Creo más: que fuera de 
D'Annunzio y Maeterlinck, es el primer poeta de 
la raza latina. 

Señor del ritmo y de la imagen, sabe prodigarlos 
con la sobriedad y la elegancia de un ateniense del 
siglo de Pericles. Aun en aquellas de sus poesías más 

15 



Amado Ñervo 

simbolistas, las imágenes son claros prismas talla- 
dos, griegas siempre, y el ritmo musical sin retorce- 
duras, sin rechinamientos. Además, en todas ellas se 
ve al poeta portugués un poco melancólico y lleno 
de una íntima religiosidad por la naturaleza. Sagra- 
mor es uno de los más grandes poemas humanos que 
se han escrito, desde el Fausto. Constanza es toda el 
alma portuguesa simbolizada en aquella mujer enga- 
ñada, que al morir perdona. Sus líricos son admira- 
bles y aun en aquellos de sus primeros versos, influí- 
dos por las recientes escuelas, se ve una gran nobleza 
de emoción y de estilo y se nota al gran poeta. Su 
influencia es enorme en la literatura portuguesa. Con 
Antonio Nobre, un poeta muerto en plena juventud, 
cuyo único libro So es lo más portugués, a pesar de 
todas las innovaciones métricas y rítmicas que se han 
escrito desde los admirables sonetos de Camoens, Eu- 
genio de Castro constituye toda la poesía nueva de 
Portugal. 

Hasta en Guerra Junqueiro se ve esta influencia, 
notada ya por críticos tan expertos como el novelista 
Abel Bothello. Guerra Junqueiro es el poeta más po- 
pular de su país, el de más prestigio; su obra es una 
evolución continua. A los veintidós años publicó La 
muerte de Don Juan y La Vejez del Padre Eterno^ dos 
libros demoledores, terribles, en los cuales parecía 
resonar aún la gran trompa del Hugo de los Castigos. 
Después, La> Patria, un panfleto espantoso, formida- 
ble, el mayor éxito de la poesía en Portugal, a raíz 
del ultimátum inglés. Luego dejó todos estos emba- 
tes y escribió La Musa y Los Simples, este último un 
gran libro, el más bello de todos, sencillo, lleno de 
amor y de paz, y sobre todo de naturaleza. 

Por último, su panteísmo filosófico se tradujo en su 
oración al pan y en la oración a la luz, libros de gran 
exaltación imaginativa. Otro gran poeta portugués 
es Gómez Leal, el más querido acaso de la juventud. 
Su primer libro Claridades de Sal es una maravilla. 

16 



Obras Completas 

Poeta interno, algo diabolista, ha publicado más tar- 
de libros terribles, como La mujer de Luto^ y unas di- 
vinas estrofas a la muerte de Jesús. Desarreglado, 
poeta de saltos y de lagunas, es, sin embargo, el más 
genial de todos. 

Después de estos tres grandes poetas universal- 
mente consignados, vienen los jóvenes, los de nues- 
tra edad, es decir, de veinticinco a treinta y cinco 
años: Alfonso López Vieira, cuyos libros El encubier- 
to, Ar livre y El poeta Saudade, son de un lirismo 
verdaderamente portugués. Poeta del mar, de las vie- 
jas leyendas, pero modernizándolas al subjeti varias, 
es para mí el que mejor sigue la tradición de Anto- 
nio Nobre. Antonio Patricio, poeta también del mar, 
y de las íntimas complejidades de la vida moderna, 
el más atormentado, el más inquieto, el que acaso re- 
fleja mejor el estado de su época, y al decir época me 
refiero solamente a la época vista a través de un tem- 
peramento de poeta y no a lo que de social pueda 
significar. Patricio es un aristócrata nitzscheano, 
cincelador de joyerías raras y complicadas, pero 
fuerte e intenso. Su libro Océano fué un aconteci- 
miento. Otros dos grandes poetas que dentro de los 
modernos procedimientos siguen la tradición senti- 
mental y popular de la poesía portuguesa, son: An- 
tonio Córrela d'Oliveira (de quien hablo ya al prin- 
cipio de este informe) y E-iveiro de Carvalho, más 
delicado, más sutil el primero, pero más fuerte y más 
intenso el segundo. El primero ha cantado el campo, 
con una sencillez virgiliana. Aparte de éstos, un 
gran poeta popular, autor de cuadros (coplas) para 
todos, Augusto Gril. Y ese admirable poeta íntimo, 
el más subjetivo de todos, que se llama Fausto Que- 
des Texeira, el más amado de las mujeres y de todos 
los sentimientos. Su Mocedad perdida es un bello li- 
bro. Este poeta no tiene filiación con ninguno de los 
de su época; es el más original y su poesía psicológi- 
ca es quizás única en Europa. Joao Lucio es un poe- 

ToMO XXn. 17 2 



Amado Ñervo 

ta de color y medio día. Es del Algarve y refleja su 
país como ningún otro. Aparte de éstos, que son los 
principales, existen multitud de «poetas verdadera- 
mente notables» sin contar a los grandes muertos.» 



Queda por tratar el capítulo relativo a España: 

¿Es cierto que cuenta con una delicadísima gene- 
ración de poetas jóvenes? 

Es cierto, siempre que se mencione entre ellos, 
como, por lo demás, lo hace El Liberal, a nuestros lí- 
ricos hispanoamericanos, que son poetas del engua y 
de cultura española o en todo caso latinos. 

Entiendo, en efecto, que puede sentirse honrada 
la nación, raza o lengua que cuenta, en número y 
calidad, con poetas como Rubén Darío, uno de los 
más indiscutibles príncipes de la lira moderna: ágil, 
singular, vario, culto y maestro indiscutible de la 
técnica; Salvador Díaz Mirón, altísimo en sus dos 
formas: la de brioso epicismo y la tersa y refinada 
forma actual; Leopoldo Lugones, el más original y 
personal de los poetas jóvenes de habla castellana; 
Antonio Machado, el más alto poeta lírico de la Es- 
paña joven. 

Francisco Villaespesa, el más humano, el que más 
cerca está de la inquieta y melancólica alma contem- 
poránea. 

Luis Gr. Urbina, el más noble retoño de la poesía 
romántica en América, con un sentimentalismo de 
buena y bella cepa y una hondura de pensamiento 
notable: un cerebral completo. 

Eamón del Valle Inclán, que no ha necesitado es- 
cribir sus versos para ser considerado con justicia 
como uno de los grandes poetas españoles de ahora. 

Jesús E. Valenzuela, de una personalidad tan su- 
gestiva 6 intensa. 

18 



Obras Completas 

Guillermo Valencia, pensador y artista incompa- 
rable. 

Manuel Machado, cuyo último libro ha hecho ex- 
clamar a Unamuno: «Manuel Machado consigue no 
pocas veces dejar de ser el hombre que es en la vida 
ordinaria — esta pobre vida que no debe ser sino pre- 
texto para la otra — para convertirse en una cosa 
ligera, alada y sagrada, en un intérprete de la divi- 
nidad. Ocasiones hay en que le cuadra el viejo y ya 
tan gastado símil de abeja ática; ocasiones hay en 
que es clásico en el más estricto sentido». 

José Santos Chocano, en cuya desbordante lírica 
hay todas las pompas y todas las frescuras de Amé- 
rica. 

Ricardo Jaimes Freiré, cuya Castalia Bárbara fué 
una verdadera revelación en América. 

José Juan Tablada, que ha logrado ser siempre 
raro y precioso. 

Balbino Dávalos, cuya cultura es tan grande como 
su buen gusto, musa aristocrática y exquisita, parca, 
pero diamantina en la labor. 

Antonio de Zayas, que ha acertado revivir en el 
duradero esmalte de sus versos serenos, las más no- 
bles figuras de la historia de España. 

Francisco M. de Olaguíbel, que supo en Oro y 
Negro dar una nota tan singular y tan bella. 

Salvador Eueda, cuyo numen es como un lujoso 
surtidor irisado. 

Efrén Rebolledo, el más artista y culto de los poe- 
tas del último barco... Y otros aún que alargarían 
esta enumeración más de lo debido. 

Concluyamos, pues, afirmando que El Liberal &^tk 
én lo justo y que la lírica española entra en los bellos 
días de su renacimiento y esplendor. 



1» 




n 

EL CATALÁN Y LA SUPREMACÍA DEL 
CASTELLANO 



yj NA de las muchas formas con que se manifiesta el 
catalanismo agudo, se refiere a la lengua. Los cata- 
lanistas á outrance han resuelto, por lo que se ve, 
proscribir en absoluto del principado la lengua cas- 
tellana y hasta el recuerdo de los que con mayor 
brillo la han cultivado en España. Su más vivo deseo 
sería que el catalán dominase no sólo en las cuatro 
provincias, sino que, trasponiendo líneas divisorias, 
lograse imponerse en toda la Península y ¡quién 
sabe si hasta sueñan con que derrote por completo 
en Castilla misma al idioma de Cervantes! 

Tal tendencia, que se manifiesta en Cataluña, 
enti'e los exaltados, de todos los modos posibles, al 
grado de que en la última visita del Rey el discurso 
de bienvenida que ante él se pronunció fué en cata- 
lán, da lugar a interesantes debates y a estudios 
muy dignos de leerse. 

Ahora quiero especialmente referirme a uno de 

SO 



Obras Completas 

estos últimos, a las páginas que acaba de publicar 
don Baltasar Champsaur, quien hace, a propósito de 
la futura suerte de la lengua catalana, observaciones 
de peso. 

En realidad, según el señor Champsaur, esta cues- 
tión del catalán, como todas las que se refieren a las 
lenguas, es de simple mecánica biológica. La lucha 
de las lenguas es como la lucha de las especies. Con- 
diciones y circunstancias diversas dan a unas la vida 
y a otras la muerte. Flourens dice que a la naturale- 
za lo mismo le importan los individuos que las espe- 
cies. Las oleadas de la vida llevan y traen formas 
variadísimas sin que parezcan tener predilección por 
ninguna. Nadie se entristece hoy por la desaparición 
del celta y del latín, ni mucho menos por la de tan- 
tas lenguas que ya no se oyen ni en América ni en 
África, perdidas para siempre y sin remedio. Han 
desaparecido el etrusco, el dacio, el antiguo pru- 
siano, y en el siglo xvii el comuallós o cornico, sin 
que hayan perdido nada los descendientes de los 
pueblos que los hablaron, porque es bien cierto, 
como afirma el señor Ruibal en su tratado de filolo- 
gía comparada, «que no existe relación necesaria 
entre lenguas y pueblos y países y lenguas, por lo 
mismo que jamás concuerdan el carácter de los paí- 
ses y el de los habitantes con el de sus idiomas res- 
pectivos». 

El idioma, por otra parte, no constituye la nacio- 
nalidad. Los imperios se forman y deshacen sin 
tener para nada en cuenta los idiomas, como se 
formó el imperio de Alejandro, como se formó Roma 
y como se ha formado Austria. La identidad de len- 
guas, dice Bry en su conocido libro de derecho in- 
ternacional público, es sin duda un elemento impor- 
tante de la nacionalidad, pero no es decisivo. En 
Suiza, el francés, el italiano y el alemán se reparten 
la supremacía y yo no creo que la confederación 
helvética, a pesar de su diversidad de origen y de 

21 



Amado Ñervo 

lengua, esté dividida en sus sentimientos naciona- 
les y en su patriotismo, del cual son testimonio las 
páginas de su historia. 



Cataluña podría, pues, seguir siendo tan regiona- 
lista como quisiera, sin dejar por eso de aprender el 
castellano, que es la lengua no sólo de Castilla, sino 
de diez y siete Estados americanos, y su pretensión 
de abolir el idioma en que han pensado todos sus 
hombres ilustres resulta, tras de ser vana, ilógica. 

Pero sigamos leyendo a Champsaur, en concepto 
del cual, el catalán está forzosamente destinado a 
morir. 

En esta mecánica biológica de las lenguas, dice, 
uno de los dialectos se impone y domina a los demás 
y se constituye en lengua oficial y literaria, como 
sucedió en Francia con el dialecto de la Isla de Fran- 
cia o lengua oil, que convirtió en patuás el picardo, 
el borgoñón, el walón y el provenzal. 

«Es una ley natural, ineludible y, además, útil y 
sana. ¿Qué haríamos si todas las especies y todas las 
lenguas hubieran vivido fuertes y fecundas en toda 
la sucesión de los siglos? En este punto la Naturale- 
za no necesita rectificación. 

»Por esta misma ley están condenados a muerte 
los dialectos o lenguas — da lo mismo — que se hablan 
en España, y así lo reconocen todos los lingüistas. 
«El español concluirá pronto con el vasco», dice Ho- 
velaque. El acantilado lingüístico del catalán se ve 
roído constantemente por el empuje vigoroso del 
oleaje castellano, hasta el punto de haber perdido ya 
gran parte de Aragón, en donde se hablaba constan- 
temente su idioma o su dialecto. Y este poder inva- 
sor del castellano penetra también por Valencia, y 
se enseñorea de toda la región, amenazando la en- 
traña misma del dialecto, el Ampurdán. La mujer 

22 



Obras Completas 

catalana, espontáneamente, prefiere siempre el cas- 
tellano; lo encuentra más armonioso, más distingui- 
do, más culto, y por esta ancha brecha siempre 
abierta, a pesar de los terribles esfuerzos de todos los 
catalanistas, la lengua oficial y literaria penetra e 
invade el territorio rebelde. Inútil hacer diccionarios 
catalanes. Inútil pronunciar discursos en catalán. 
Inútil la infantil manía de escribir sus cartas en ca- 
talán. Esa ley invulnerable de mecánica biológica lo 
ha condenado a muerte irremediablemente, como es- 
tán condenados a muerte la ballena, el elefante y los 
monos de Gibraltar.» 

Como se ve, estas afirmaciones no pueden ser más 
categóricas. ¿Son asimismo justas? Yo creo que sí, 
quitándoles algo de su rigor. El catalán estará des- 
tinado o no a morir, pero lo que sí es un hecho es 
que el castellano habrá de dominar siempre en el 
principado, a pesar de todos los pesares. 

¿Por qué? Por cuestión de intereses; porque los 
mejores clientes de Cataluña, los únicos clientes qui- 
zás, somos los españoles y los hispanoamericanos, y 
para vender sus productos el catalán tiene que ha- 
blarnos en nuestro idioma. 

Ahora bien: el espíritu industrial y de expansión 
comercial es tan poderoso o más en Cataluña que el 
espíritu de secta, y el más furibundo separatista, si 
es fabricante o representante de fábricas, tiene que 
aprender velis nolis el idioma de sus parroquianos, ya 
que sin duda no serán ellos quienes se pongan a 
aprender el suyo. 



Champsaur explica que el resurgimiento actual 
del catalán, como el del flamenco, es pura obra de 
literatos, y por consiguiente, añade, «cosa artificial 
y pasajera, sin verdadero arraigo en la muchedum- 
bre, que se mueve siempre por necesidades concre- 

25 



Amado Ñervo 

tas y tangibles y presta muy poca atención a las ju- 
glerías de los literatos». 

En esto, naturalmente, no estoy de acuerdo con 
Champsaur. Todos sabemos que hay en los idiomas 
dos tendencias diversas e igualmente poderosas, que 
contribuyen a formarlos: la docta y la popular, y 
que ninguna de las dos vive sin la otra. No es sólo 
el pueblo el que hace o deshace los idiomas. Son 
también los sabios y los literatos, que dan a cada 
sentimiento, a cada sensación, a cada idea, a cada 
objeto nuevo, una denominación adecuada. Si el ca- 
talán ha vivido, es justamente gracias a la literatu- 
ra: ¿quién podría negar la formidable influencia de 
las Siete Partidas, de la Estoria de España o Crónica 
General y de los libros exemplos en la formación de 
nuestra lengua? ¿Quién osaría disputar al Arcipreste 
de Hita, autor «de la epopeya cómica de una edad 
entera, de la comedia humana del siglo xiv», como 
dice Menéndez y Pelayo, no sólo el mérito de ser la 
fuente histórica por excelencia, merced a la cual ave- 
riguamos lo que en las historias no está escrito, sino 
la decisiva influencia que tuvo en la futura abundan- 
cia y gallardía de nuestro léxico? 

Y a Boscán y a Garcilaso ¿quién puede quitarles 
su legítimo timbre de fertilizadores y suavizadores 
de la lengua castellana? 

La ciencia de hablar, como expresa muy bien el 
sabio Benot, no debe buscarse en las palabras aisla- 
das, como lo profesan generalmente las gramáticas, 
aun las que más presumen de razonadas y científi- 
cas. Tanto valdría buscar la arquitectura en los la- 
drillos. Los vocablos son la condición del hablar, 
pero no la esencia del hablar. Con palabras no se 
habla, sino con su «combinación elocutiva». Ahora 
bien: el pueblo suele crear palabras, de hecho crea 
muchas, pero en las combinaciones elocutivas resul- 
ta por lo general poco feliz y éstas no trascienden de 
cierta esfera de modismos bajos, que no logran vida 

24 



Obras Completas 

larga. En cambio, los literatos y los poetas sí crean 
continuamente combinaciones elocutivas. Ellas son 
una de las condiciones del estilo de cada escritor: y 
de los libros, en los países que leen mucho, especial- 
mente como Francia, Alemania, Inglaterra, pasan a 
las conversaciones, al idioma corriente. 

Si la literatura de un país suele ser el reflejo de su 
vida, el idioma de un país muestra casi siempre el 
reflejo de su literatura. 

El autor dramático, por ejemplo, si bien es cierto 
que muchas veces se apodera de las locuciones popu- 
lares, en cambio las idealiza, las corrige y las fija de 
un modo definitivo en los oídos del público. Es un 
creador de idioma de los más efectivos. 

Si el esperanto, como es muy presumible, llega a 
ser el idioma intermedio de los pueblos modernos, la 
lengua de las relaciones internacionales, se deberá a 
los literatos, y sólo a ellos, que empiezan a usarlo en 
las Asambleas, en los Congresos, y, sobre todo, en 
los teatros, en los periódicos y en las novelas y poe- 
sías. 



Mas tiempo es ya de que vuelva yo al trabajo de 
Champsaur, quien dice para concluir cosas que me- 
recen reproducirse y meditarse, como las siguientes: 

«Por muchas cosas que escriban en catalán los ca- 
talanes, el oleaje del castellano continuará royendo 
todo el acantilado del dialecto, desde Lérida hasta 
Alicante, y seguirá penetrando ©n Cataluña con paso 
firme, amparado por el buen gusto y la predilección 
de la mujer catalana, para la que el castellano es 
siempre, y a pesar de la tiranía del catalanista, la 
lengua armoniosa, signo de distinción y de cultura. 
Y no es extraño, porque las lenguas dominadoras 
han revestido en todas partes estos significativos ca- 
racteres, razón de su imperio y de su triunfo. Es 



Amado Ñervo 

sólo cuestión de tiempo. Si el peligro no fuera tan 
real, los catalanistas no se hubieran acordado de la- 
mentarse y enfurecerse, como por temporadas se la- 
mentan y se enfurecen, haciéndose la ilusión de que 
las leyes naturales se ablanden con candidos senti- 
mentalismos. De aquí a ofrecer dádivas y sacrificios 
al dios San Jorge no hay más que un paso. Para bien 
de la cultura patria es bueno que no lo den. 

>Pero hay más. Los mismos catalanes hombres es- 
tán convencidos, y así lo sienten, de que el castellano 
tiene algo de superior que atrae y seduce. Su vocali- 
zación es mucho más armoniosa, más delicada y al 
mismo tiempo más enérgica y viril. Esta influencia 
sugestiva no depende del carácter de lengua oficial y 
de las grandezas que evoca por sí mismo: es algo 
esencial el mecanismo fonético del idioma, que el 
oído de propios y extraños ha tenido ocasión de 
apreciar en todos los tiempos. Escritores catalanes 
de verdadero mérito han escrito siempre en castella- 
no, conformándose en esto a la acción real de las le- 
yes naturales. Quadrado, el ilustre menorquín, escri- 
bió siempre en esta lengua, y entre sus obras, su 
hermoso libro Forenses y ciudadanos; Balmes, su Fi- 
losofía fundamental, correctísima, cosa que no había 
conseguido en sus primeras producciones; Pi y Mar- 
gall, cuya corrección nada tiene que envidiar a nin- 
gún autor castellano, tiene un puesto muy distingui- 
do en nuestra literatura. Y hoy descuella en nuestra 
oratoria el castizo y vibrante Maura, hijo de Mallor- 
ca. Puede asegurarse también que los catalanes que 
han escrito y escriben en catalán no están a mayor 
altura que los que escribieron en castellano. Pero ¿no 
era bretón Chateaubriand? ¿No fué provenzal Dau- 
det? ¿Acaso Guimerá no escribiría con la misma va- 
lentía en castellano? ¿Hemos de repetir la verdad 
lingüística que las lenguas nada tienen que ver con 
el carácter, ni con la espiritualidad, ni con la filia- 
ción etnológica de los pueblos que las hablan? El he- 

26 



Obras Completas 

cho fatal es que la lengua castellana ha sido y sigue 
siendo la dominadora en España en este momento. 
Por consiguiente, hay que acostumbrarse a la idea 
de una descatalanización lenta, pero inevitable. Al 
vasco y al gallego le sucederá lo que al bable, que 
apenas se habla. Y hasta el portugués tendrá que 
rendirse ante la acción dominadora del castellano. 
Las leyes naturales son sordas a las súplicas, a las 
lamentaciones y a los enfurecimientos. 

»Es, pues, absolutamente lógico, porque está con- 
forme con la mecánica natural de las lenguas, que 
nuestros Gobiernos continúen con firmeza la acción 
castellanizadora de nuestra lengua, en la escuela, en 
el Instituto, en la Universidad, en los Tribunales de 
justicia, en todas partes adonde llegue su poderío, ya 
directa o ya indirectamente, y convénzanse de una 
vez para siempre los catalanistas, los vascos y los ga- 
llegos: hablando castellano seguirán siendo lo que 
son y lo que deben ser, porque las lenguas no tienen 
relación alguna ni con el carácter, ni con la mentali- 
dad, ni con la raza de los pueblos. 



¡Cuan grato nos sería a nosotros, que tanto ama- 
mos nuestro admirable idioma, hacer extensiva a 
Hispano-América la vibrante profecía del señor 
Champsaur! 

¡Cómo desearíamos creer que también en nuestro 
joven continente la lengua castellana seguirá siendo 
la dominadora! Desgraciadamente, influencias enor- 
mes pesan sobre ella; su unidad es muy difícil, dada 
la inmensa extensión de nuestras comarcas y las dé- 
biles comunicaciones que éstas mantienen entre sí, y 
otra profecía desconsoladora que el ilustre Cuervo 
estampa en su gramática nos dice que es inminente 
un desmoronamiento del castellano en dialectos di- 
versos. ¿De hecho no es ya un dialecto lo que se ha- 

27 



Amado Ñervo 

bla en la Argentina? ¿Y no va para tal la lengua es- 
pañola que se habla en Chile? Dos corrientes formi- 
dables, la sajona y la indígena, aportan de continuo 
vocablos que dan al traste con la elegante pureza del 
viejo idioma. Los literatos, los modernos sobre todo, 
hemos extraído del Diccionario y de los viejos libros 
cuanta belleza hemos encontrado, oponiendo a un 
criollismo de mal gusto y a una angliparla desastra- 
da, verdaderos antemurales de piedras preciosas: to- 
das las que ocultaban las arcas del castellano. Pero 
nuestra labor va siendo impotente contra el alud, 
porque luchan en desigualdad de condiciones. Un fe- 
rrocarril a través de todas nuestras tierras latinas y 
merced a él un vigoroso intercambio intelectual, sal- 
varían a nuestra lengua de esa terrible amenaza de 
desmoronamiento en patuás feos e incultos. También 
sería gran aliada la baratura del libro. De otra suer- 
te, muy en breve un mexicano ni entenderá a nadie 
ni se hará entender en el Perú, ni un peruano en 
Chile, ni un chileno en Buenos Aires, y tendremos 
que traducirles además a nuestros hijos, no sólo el 
Quijote^ sino nuestros propios libros de fines del si- 
glo XIX y principios del siglo xx. 



28 




III 



DE LOS NUEVOS METEOS Y LAS NUEVAS 
COMBINACIONES MÉTRICAS EN LA LITERA- 
TURA MODERNA 



JlLstrenóse en los primeros días de este mes, en el 
Teatro Español, la leyenda trágica del poeta Eduar- 
do Marquina, intitulada Las hijas del Cid. Esta pieza, 
que es un decoroso intento dramático, tuvo uno de 
esos éxitos de estima que el público discierne a obras 
que no lo entusiasman, pero en las que descubre no- 
bles fines y serias cualidades. La leyenda explota 
aquel episodio terrible de la vida del Cid en que éste, 
ya viejo, ve afrentadas a sus hijas de la más vil ma- 
nera por los Condes de Carrión: 

De concierto están los condes 
hermanos Diego y Fernando; 
afrentar quieren al Cid, 
y han muy gran traición armado; 
quieren volverse a sus tierras, 
sus mujeres demandando, 
y luego les dice el Cid 
cuando las hubo entregado: 
— cMirad, yernos, que tratades 
como a due&as hijaadalgo 

29 



Amado N e 

mis hijas, pues que a vosotros 
por mujeres las he dado.» 
Ellos ambos le prometen 
de obedecer su mandado. 
Ya cabalgaban los condes 
y el buen Cid ya está a caballo 
con todos sus caballeros, 
que le van acompañando. 
Por las huertas y jardines 
van riendo y festejando; 
por espacio de una legua 
el Cid los ha acompañado; 
cuando d'ellas se despide 
lágrimas le van saltando. 
Como hombre que ya sospecha 
la gran traición que han armado, 
manda que vaya tras ellos 
Alvar Fáñez, su criado. 
Vuélvense el Cid y su gente, 
y los condes van de largo; 
andando con muy gran priesa 
en un monte habían entrado 
muy espeso y muy oscuro, 
de altos árboles poblado. 
Mandan ir toda su gente 
adelante muy gran rato; 
quédanse con sus mujeres 
tan sólo Diego y Fernando. 
De sus caballos se apean 
y las riendas han quitado. 
Sus mujeres que lo ven 
muy gran llanto han levantado; 
apéanlas de las muías 
cada cual para su lado; 
como las parió su madre 
ambas las han desnudado 
y luego a sendas encinas 
las han fuertemente atado. 
Cada uno azota la suya 
con riendas de su caballo; 
la sangre que de ellas corre 
el campo tiene bañado; 
mas no contentos con esto 
allí se las han dejado. 
Su primo que las hallara, 
como hombre muy enojado 
a busoar los condes iba; 

30 



o h r a 8 C o m p I e t 

y como no los ha hallado 
volviese presto para ellas 
muy pensativo y turbado: 
en casa de un labrador 
allí se las ha dejado. 
Vase por el Cid su tío. 
Todo se lo ha contado; 
con muy gran caballería 

Eor ellas han enviado. 
>e aquesta tan grande afrenta 
el Cid al Rey se ha quejado; 
el Rey como aquesto vido 
tres cortes había armado. 



He aquí, pues, el núcleo del drama; pero como la 
escena capital, de un interés rudo, de una trágica y 
salvaje belleza, no puede representarse, la obra re- 
sulta lánguida. 

La escena que precede a la afrenta, tácela pasar el 
poeta en una tienda de campaña, ya en pleno bosque. 
Doña Sol y doña Elvira aguardan a los condes de 
Carrión para seguir su camino. Todos sus acompa- 
ñantes amigos hanlas dejado ya. Se sienten muy so- 
las y un angustioso presentimiento las acosa. 

En esto un pobre romero anciano pasa por allí y 
se acerca a hablarles y trata de hacerles compañía. 
Su voz tiembla de ternura y también de presenti- 
mientos dolorosos. Es el Cid, el Cid que ostensible- 
mente no puede ya acompañar a sus hijas, a quien su 
carácter, su penacho, su leyenda misma como si di- 
jéramos, prohíbenle mostrarse humano; pero que en 
el fondo tiembla por la suerte de sus hijas y, padre 
amantísimo, ronda por cuidarlas aquel claro de la 
selva. 

Sangre del Cid ella sola se guarda, 

di cele orgullosamente doña Elvira, rehuvsando su 
compañía; doña Elvira, que ha conocido acaso a su 

51 



Amado Ñervo 

padre, tras del piadoso disfraz, y que con una frase 
altiva del mismo aprendida, quiere darle valor... 

El Cid a esto nada puede responder y se aleja cu- 
bierto con la esclavina constelada de veneras, se ale- 
ja estremecido de piedad paterna, se aleja; pero no 
sin decir a las infantas que en el hueco de un árbol 
3 arcano deja un caramillo. Que en cuanto ellas re- 
quieran ayuda lo hagan sonar, y que a la voz aguda 
de la caña quienes velan por ellas vendrán a soco- 
rrerlas... 

¡Ay! el caramillo suena; pero demasiado tarde, 
cuando los infantes de Carrión, ebrios y brutales, 
han afrentado ya a las míseras. 

La escena ésta que describo, llena toda del tem- 
blor de lo que se espera, de la ansiedad de lo desco- 
nocido, es acaso lo mejor de la pieza. 

El Cid aparece en toda la leyenda bajo un aspecto 
que ha desconcertado por completo a la masa del pú- 
blico: el de padre amantísimo, lleno de ternuras. De 
aquí tal vez el éxito discreto de la obra, que cierta- 
mente merecía algo más. De seguro que todo el 
mundo esperaba combates, tropeles de turbulentas 
mesnadas, ruidosas rotas moras, descalabro de cas- 
tillos, incendio de ciudades. 

Y nada de esto sucede. En el primer acto el Cid 
organiza la nueva vida cristiana de Valencia, to- 
mada ya a los sarracenos, y lainfantita doña Sol apa- 
rece, como una princesa de las estampas, con un 
brial violeta, ingenua y celeste, distribuyendo cari- 
dades a los vencidos. 

En el acto segundo vemos a los infantes de Ca- 
rrión bebiendo y holgando en un harén, con bellísi- 
mas moras que por cierto sólo piensan en aturdirlos 
con sus caricias para entregarlos inermes a los suyos. 
Mientras allá en los campos el Cid, que ha organi- 
zado una algarada, se bate con el enemigo, y en 
medio de la pelea echan todos de menos a los in- 
fantes. 

32 



Obras Completa» 

En esta escena hay incidentes verdaderamente 
teatrales y con habilidad producidos, como la des- 
cripción qne un jefe árabe hace, a propósito de un 
presagio, de cómo domaba a dos serpientes, y la en- 
trada de Téllez Muñoz, sobrino del Cid, enamorado 
en silencio y caballerescamente de la infantita doña 
Sol, y que testigo de la cobardía de los de Carrión 
y generoso hasta el heroísmo, les entrega una ban- 
dera que él ha cogido a los moros para que ellos la 
muestren como trofeo propio, y les cuenta cómo ha 
sido la algarada, a fin de que puedan decir al Cid y 
a sus esposas que estuvieron en ella. 

La obra es, en mi concepto, merecedora de loa; 
toda ella hija de un alto, noble y delicado intento; y 
si, como digo, su éxito no puede llamarse ruidoso 
— lo que en suma acaso es en su abono — sí puede ca- 
lificarse en cambio de un éxito serio. 



En casi toda la leyenda, y a esto quería yo venir 
a parar, como asunto por excelencia de mi informe, 
Marquina usa el endecasílabo gallego. 

No puede hacer la postrera limosna... — dice con 
simbólico y sentencioso candor la infantita doña Sol 
a su aya, refiriéndose a Téllez Muñoz, que velada, 
pero expresiva y castamente, le revela su amor, y a 
quien ella, en su honestidad de casada, no puede 
consolar... 

Sangre del Cid ella sola se guarda— excleúma, doña 
Elvira en las circunstancias que hemos apuntado, y 
de todas las bocas y en casi todas las escenas surge 
el endecasílabo gallego sin rima, como obedeciendo 
a un definitivo propósito de volverlo a la circulación 
corriente por parte del poeta. 

Sabida es la historia de este metro. Cuando Rubén 
Darío vino por primera vez a España y escribió 

Tomo XXII. 33 3 



Amado Ñervo 

aquel célebre pórtico a Rueda, di jóse y sostúvose que 
había inventado un nuevo metro (el que hoy usa 
Marquina en Las hijas del Cid), hasta que Menóndez 
Pelayo puso las cosas en su lugar... 

Darío mismo, por lo demás, refiere el suceso en 
las siguientes palabras de sus recientes Dilucida- 
ciones: 

... «Y mis aficiones clásicas encontraban un con- 
suelo con la amistosa conversación de cierto joven 
maestro que vivía como yo en el hotel de las Cuatro 
Naciones. Se llamaba y se llama hoy, en plena glo- 
ria, Marcelino Menéndez Pelayo. El fué quien oyen- 
do una vez a un irritado censor atacar mis versos 
del Pórtico a Rueda como peligrosa novedad: 

,.. y esto pasó en el reinado de Hugo, emperador de 
la barba florida..., dijo: ¡Bonita novedad! Esos son 
sensiblemente los viejos endecasílabos de gaita ga- 
llega: 

Tanto bailé con el ama del cura, 
tanto bailé que me dio calentura. 

Y yo aprobé. Porque siempre apruebo lo correcto, 
lo justo y lo bien intencionado. «Yo no creía haber 
inventado nada»... etc. 

En efecto, no había invención alguna. Cuando yo 
©ra niño mi nana me contaba la viejísima historia de 
los Duendes del Bosque, quienes cantaban aque- 
llo de: 



Lunes y martes y miércoles tres, 
jueves y viernes y sábado seis. 



Pero si Darío no ha inventado metros, ha en cam- 
bio devuelto a la circulación admirables combinacio- 
nes antiguas, como en sus layes., dezires y cantares a 
la manara de Johan de Mena. 



Obras Completas 

Metros ya no inventa nadie, diga lo que quiera un 
estimable literato centroamericano, que en días pa- 
sados sugería una nueva combinación de sílabas y de 
acentos que sólo tenía el defecto de ser del todo in- 
armónica. 

Si Darío y otros que como él (Lugones por ejem- 
plo) tienen una digitación tan hábil para eso tecleo 
de la técnica, no han acertado con un hallazgo, difi- 
cilillo sería que otros acierten; pero no deja de ser 
lastimoso hacer constar que todo el virtuosismo mo- 
derno no haya dado aún una forma nueva a la lírica 
castellana. 

Eso sí, las resurrecciones han abundado. 

Poetas sobran que, juzgándolo procedimiento no- 
vedosísimo, echan mano de aquel balbuceo del en- 
decasílabo por el que el divino Herrera experimen- 
taba tal veneración y respeto, al leer las obras del 
marqués de Santillana. 

En efecto, véase este soneto y dígase si la coloca- 
ción de los acentos, si la cojera de algunos versos, 
si la ingenuidad del ritmo no lo asemejan a compo- 
siciones modernas de tal o^cual ultrapoeta: 

«O que diré de ti, triste emisplierio, 
o patria mía, que veo del todo 
ir todas cosas ultra el recto modo, 
donde se espera inmenso lacerio? 

¡Tu gloria é laude tornó vituperio 
6 la tu clara fama en escure9a!... 
Por cierto España, muerta es tu nobleza 
e tus loores tomados hacerlo. 

¿JDó es la fée... dó es la caridad? 
dó la esperan9a?... Ca por cierto absentas 
son de las tus regiones ó partidas. 

«Dó es justicia, templan9á, igualdat, 
prudencia é f ortale9a?. . . Son pressentes? 
±*or cierto non: que léxos son fuydas.» 

La veneración de Herrera se comprende: este so- 
[neto es el padre, admirable, de los innumerados que 

55 



Amado Ñervo 

brotaron más tarde de tantas y tan doctas liras. El 
gran marqués de Santillana, cuya técnica fué tan no- 
table para su época como la del Rey Sabio en la 
suya, cuando cultivaba «multitud de metros y ensa- 
yaba diversas combinaciones rítmicas, sustituyendo 
a la grave y austera rigidez de la gran maestría, ya 
la ligereza del arte realj ya la majestad y pompa de 
la maestría mayor, cuyo origen puede sin dificultad 
encontrarse en la métrica hebraica». 

Indecible es el mérito de hombres como Gonzalo 
de Berceo, el Arcipreste de Hita, el Canciller Pero 
López de Ayala, al transformar la poesía castellana, 
y este mérito se vuelve inmenso en el marqués de 
Santillana, porque él unió a una comprensión clara 
y profunda una ductilidad de espíritu y de imagina- 
ción de que difícilmente se halla ejemplo, una erudi- 
ción notable, un vivo deseo de progreso y una gala- 
nura incomparable en el decir. 

«Nacido de la primer nobleza — dice uno de sus 
más ilustres biógrafos — , no le era posible echarse 
en brazos de la poesía popular, «de que las gentes de 
baxa e servil condición se alegraban»; para cultivar 
tan bella arte, debía hacerlo a la manera de los doc- 
tos, que alcanzaban en la corte de Castilla alto re- 
nombre; y aficionado desde la infancia con la lectura 
de los códices atesorados por sus mayores, a los in- 
genios eruditos, sólo podía encontrar en ellos mode- 
los dignos de ser imitados. Cuando, entrado ya en la 
juventud, comenzó a tomar parte en el movimiento 
intelectual de aquella corte, brillaron a su vista con 
inusitado esplendor las glorias de los italianos y le- 
mosines, y no fueron para él de poca estima las 
obras de franceses y catalanes.» «Es notable — añade 
el biógrafo en sustanciosa nota — cuanto sobre los 
poetas franceses dice el marqués de Santillana en el 
párrafo XI de su carta al condestable j sobre lo cual 
pueden verse también los números XXX, LVIII, 
LVII, LVXXVI y LXXVII de su Biblioteca. Su 

56 



Obras Completas 

amor a estos estudios le hizo ser considerado por sus 
coetáneos como sobradamente adicto o las cosas extra- 
ñas j llegando a tal punto, que el autor de las Coplas 
de la Panadera le califica del siguiente modo, al dar 
cuenta de su esfuerzo en la batalla de Olmedo: 

Con fabla casi extranjera, 
armado como francés, 
el nuevo noble marqués 
su valiente bote diera. 

A tan recio acometiera 
los contrarios sin más ruego, 
que vivas llamas de fuego 
pareció que les pusiera.» 

No debemos quejarnos, los poetas de ahora, de to- 
dos los cargos que se nos han hecho con harta acri- 
tud, por nuestra adhesión a las cosas extrañas, que 
han servido por cierto para enriquecer la poesía cas- 
tellana. En buena compañía estamos para las censu- 
ras. El marqués de Santillana, hace muchos siglos, 
y después Boscán y Grarcilaso y más tarde Cervan- 
tes, fueron reprochados por lo mismo y, sin embar- 
go, a ellos se debe el brillo de la rima. Siguiendo las 
huellas de los trovadores pro vénzales, «aspirando al 
propio tiempo a dotar a la literatura castellana de la 
metrificación ilustrada con las creaciones de los vates 
toscanos», fué cómo el nobilísimo marqués engran- 
deció esta literatura. 

Los poetas nuevos de América y de España hemos 
procurado algo análogo en estos tiempos, y sobre 
nosotros han llovido soflamas, escándalos y aspa- 
vientos, de los que acaso, en suma, debiéramos enor- 
gullecemos. 

No nos enorgullezcamos, empero, demasiado. Me- 
nos felices que el marqués de Santillana, aún no he- 
mos logrado inventar un metro... 

¿Tan difícil es, pues, inventar un metro, que 
Darío, con todo su docto y tenaz deseo, lo más que 

57 



Amado Ñervo 

ha logrado es popularizar los olvidados, y ninguno 
de los nuevos de América ha logrado más que él? 
Difícil, sí, debe ser, y en todos los idiomas, ya que 
Edgardo Poe, que en su Cuervo procuró con empeño 
originalidad grande, no quiso lanzarse a la conquis- 
ta de un metro nuevo, contentándose sólo con una 
inusitada combinación de metros conocidos. 

«Aquí bueno será decir — como afirma el gran poe- 
ta — unas cuantas palabras de la versificación. Mi 
primer objeto, como de costumbre, fué la originali- 
dad. Lo mucho que ésta se ha descuidado en la ver- 
sificación, es una de las cosas más incomprensibles 
del mundo. Admitiendo que hay poca posibilidad de 
variedad en el mero ritmo, es, sin embargo, claro 
que las variedades posibles de metro y estrofa son 
absolutamente infinitas y, sin embargo, «durante 
siglos enteros, nadie, en verso, ha hecho ni parece 
haber intentado hacer una cosa original. De hecho, 
la originalidad — a no ser en espíritus de fuerza muy 
excepcional — no es, como muchos suponen, cuestión 
de impulso o intuición; en general, para encontrar- 
la, hay que buscarla trabajosamente, y aunque es un 
mérito positivo y de la más alta calidad, exige para 
lograrse menos invención que negación. 

»Por supuesto, no tengo pretensiones de originali- 
dad ni en el ritmo ni en el metro de El Cuervo. El 
ritmo es trocaico, el metro es octámetro acataléctico, 
alternando con heptámetro cataléctico, repetido en 
el estribillo del quinto verso y terminado con tetrá- 
metro cataléctico. Con menos pedantería, los pies 
empleados consisten en una sílaba larga seguida de 
una corta: el primer verso de la estrofa consta de 
ocho pies de éstos; el segundo, de siete y medio; el 
tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quin- 
to, de los mismos, y el sexto, de tres y medio. «Aho- 
ra bien; cada uno de estos versos, considerados ais- 
ladamente, se ha empleado ya y toda la originalidad 
que tiene El Cuervo está en su combinación para 

98 



Obras Completas 

formar la estrofa, pues nunca se había intentado 
nada, ni remotamente, semejante a ello.» 



Hace unos doce lustros que se escribieron estas lí- 
neas. Desde entonces, mucho se ha intentado en 
asunto de combinaciones y muchas se han logrado. 

El metro de nueve sílabas, por ejemplo, se usaba 
rara vez en la literatura, considerándosele rudo e in- 
sonoro. Hoy se usa familiarmente y nuestro oído, a 
él acostumbrado, lo encuentra armonioso, descubrien- 
do en él una música nueva y bella. 

Darío dice: 



juventud, divino tesoro, 
ya te vas para no volver: 
cuando quiero llorar no lloro 
y a veces lloro sin querer. 

Y de fijo nadie osará afirmar que estos versos son 
ingratos. 

Yo (y perdóneseme que me cite: lo hago sólo a tí- 
tulo de ejemplo), yo he usado mucho el verso de 
nueve sílabas, que satisface por completo mi oreja. 
Recientemente escribí los siguientes: 

Papá Enero que tienes tratos 
con los hielos y con las nieves 
(y que sin embargo remueves 
el celo ardiente de los gatos), 
guarda en tu frío protector 
el cuerpo y el alma en fior 
de mi niña de ojos azules 
(en cuyas ropas y baúles 
hay castidades de afcanfor). 
Manten sus ímpetus esclavos, 
manten glaciales sus entrañas 
(como los fiords escandinavos 
en su anfiteatro de montañas). 

59 



A rtt a d o N e r v 

Pon en su frente de azahares 
y en su mirar hondo y divino 
remotos brillos estelares, 
quietud augusta de glaciares 
y limpidez de lago alpino. 

He usado, asimismo, de este metro en combinacio- 
nes diversas con otros, obteniendo efectos muy va- 
riados. Estos por ejemplo: 

Yo no sé si estoy triste 
porque ya no me quieres 
o porque me quisiste, 
¡oh! frágil entre todas las mujere»; 
ni sé tampoco 

si de ti lo mejor es tu recuerdo 
o si al olvidarte soy cuerdo 
o si al recordarte soy loco; etc. 

Martínez Sierra ha combinado estrofas como ésta: 

Y un precoz pensador de diez abriles, 
intrigado pregunta 
a una rubia y graciosa chiquitína: 
— Di, ¿cuál será el secreto de la historia 
de Pierrot y Colombina? 

«Martínez Sierra — dice el joven y ya ilustre críti- 
co Andrés González-Blanco en un reciente estudio— 
ama los hexasílabos, y sobre todo a los bexasílabos 
agudos, y no he de pasar sin decir que esto — en un 
escritor que profesa la abstención de todo esfuerzo 
métrico— acusa en verdad un relevante gusto. El 
hexasílabo, en efecto, con ser corto aritméticamente, 
es uno de los versos castellanos más amplios rítmica- 
mente, y tiene una cadencia de solemnidad y de 
acompasada prosopopeya que conviene muy bien a 
las estrofas inrimadas del verso libre. Martínez Sie- 
rra, al alternarla con el endecasílabo, y al usarlo, ya 
en acento agudo, ya con una cadencia llana un poco 
menos benesonante, ha logrado una combinación mé- 

40 



Obras Completas 

trica muy grata al oído y muy simpática — literal- 
mente, como puede notarse en estos sentidos versos 
del epílogo: 

Estrofas mías: Quiero 
antes de que emprendáis vuestra jornada, 
daros mi bendición, 
mi bendición humilde, 
bendición de poeta y de cristiano: 
«Pasad, haciendo ei bien.> 

Alfonso López Vieira, el notable poeta portugués, 
en su último libro de versos combina felizmente el 
decasílabo y el octosílabo, y explica esta combina- 
ción diciendo: 

«Igualmente veréis casados neste livro os dóis me- 
tros construtivos de lingua, que o feroz preconceito 
nuaca deixara unir: o decasílabo, esta maravillosa 
flor grega que atravessou vindo até nos um mundo 
de geladas convencoes ficando moca, intacta e tao 
humana na nossa linguagem que por si mesma se 
alicerca na prosa rítmica, na desprevenida fala; e a 
redondilla, essa outra flor suprema, con tanta graca 
de Primitiva, e que tem por medida a respiracao do 
homem . » 

Rubén Darío ha hecho con el viejo exámetro pri- 
mores de técnica. 

En general, es este gran poeta quien más pródigo 
de combinaciones se ha mostrado; algunas tan bien 
logradas como la de su responso a Verlaine: 

Padre y maestro mágico, liróforo celeste... 

Manuel Machado usa también ampliamente de to- 
dos los maridajes métricos, y no son raros en él los 
aciertos. De él son estos versos: 

Gongorinamente 
te diré que eres noche 
disfrazada 
de claro día azul; 

41 



A 



m 



a 



d 



N 



azul es tu mirada 

y en el áureo derroche 

de tu pelo de luz, hay un torrente 

de alegría y de luz. 

Leopoldo Lugones ha solido desdeñar estos alar- 
des, pero en cambio ¡con qué admirable pericia ma- 
neja los metros conocidos! 

Y es tiempo ya de concluir. Muchas citas se que- 
dan en la memoria, pero alargaría sin provecho, y sí 
con fatiga de lectores, este informe sobre los nuevos 
metros (que resultan no ser ningunos) y sobre las 
nuevas combinaciones mét^ncas^ que resultan incon- 
tables. 




42 




IV 



LA CUESTIÓN DE LA ORTOGRAFÍA 



L 



,A cuestión de la ortografía en estos momentos se 
impone más o menos en todas partes. En Lieja dio 
lugar a uno de los números del programa de un Con- 
greso que tuvo por objeto la extensión de la Lengua 
Francesa. 

En la época — variable según el país — en que las 
lenguas modernas comenzaron a adquirir conciencia 
de sí mismas y derecho a la escritura, los primeros 
escribas se esforzaron en emplear una ortografía fo- 
nética, en designar cada sonido por medio de una 
letra y en no emplear una letra sino para un sonido. 
A medida que los idiomas evolucionaban, la ortogra- 
fía, igualmente, se modificaba, hasta el día en que 
llegaron los gramáticos, ignorantes en su mayoría de 
las verdaderas leyes filológicas. 

Se pretendió entonces dar reglas inmutables y fijar 
el idioma, so pretexto de que algunos grandes escri- 
tores habían escrito obras notables en una lengua 
« definitiva >. Como las leyes del lenguaje no obede- 
cen a la férula de los pedagogos, la evolución conti- 
nuó, en tanto que la ortografía permanecía inmuta- 

43 



Amado Ñervo 

ble: de donde proviene ahora una diferencia enorme 
entre el lenguaje y la escritura que lo transcribe. Y 
no solamente la ortografía de cada lengua es emi- 
nentemente arcaica, sino que está asimismo esmalta- 
da de fantasías burlescas, salidas por completo del 
cerebro de los gramáticos. 

Esta es la historia de todas las ortografías. Al 
griego moderno le ha ido, sin embargo, peor aún: en 
él la lengua misma ha sido torturada y desnaturali- 
zada por la escritura. El señor Psichari y el señor 
Pallis han mostrado la importancia capital que tiene 
para Grecia una reforma lingüística, de la cual la 
ortografía no constituye más que uno de los aspectos. 

Francia e Inglaterra son las naciones más mal 
libradas con respecto a la ortografía. El hecho es 
tanto más lamentable cuanto que el francés y el in- 
glés son dos idiomas claros y sencillos dotados de 
una gran fuerza de difusión. 

Desgraciadamente, su ortografía impide singular- 
mente su expansión. ¿Quién no se sorprendería si 
pensase que la ortografía francesa corresponde poco 
más o menos en su conjunto a la pronunciación de la 
lengua en el siglo xiv? De entonces acá no se han 
introducido más que dos reformas importantes: el 
cambio de oi en ai en monnaie^ etc., y la supresión de 
la s de heste^ etc. En cambio, los «grandes retóricos» 
han añadido a la lengua letras parásitas que existen 
todavía, cambiando lais en legs, doit en doigt, pois en 
poids, etc. 

Como el francés, el inglés ha tenido la doble mal- 
aventura de evolucionar muy rápidamente y de ver 
su ortografía fijada casi por completo hace cinco o 
seis siglos, cuando Chaucer fué proclamado «clásico». 

La distancia enorme que existe ahora entre la pro- 
nunciación y la gráfica no parece asustar mucho a la 
mayoría de los ingleses, que son muy conservadores 
y tradicionalistas. En Francia parece más probable 
que en Inglaterra una reforma. 

44 



o h r a 8 Completas 

El español y el alemán no vieron su ortografía fija- 
da sino hasta el siglo xvi, la época de Cervantes y 
de Lutero. 

La evolución de estas lenguas es más lenta, cir- 
cunstancia que les asegura ahora una ortografía rela- 
tivamente satisfactoria. 

Deseamos a la Academia de Madrid, que pretende 
ser el custodio de la Lengua, que se muestre menos 
rebelde a las reformas que la Academia Francesa. 
En cuanto a la ortografía alemana, ha sido mejorada 
muchas veces. Hace como quince años, especialmen- 
te, se suprimió toda una serie de haches parásitas y 
de letras dobles. 

Los italianos, que pueden leer sin aprendizaje a 
escritores de fines del siglo xiii, como Dante, cono- 
cen poco los inconvenientes de una mala ortografía. 
La lengua tan vecina aún del latín no ha evolucio- 
nado sino con mucha lentitud a través de los siglos. 

Los estudiantes franceses e ingleses encuéntranse, 
pues, en un estado de inferioridad con respecto a sus 
vecinos. En tanto que aquéllos pasan años y años en 
asimilarse una ortografía burlesca, éstos les toman la 
delantera cultivando conocimientos que desarrollan 
la inteligencia: ciencias, historia, geografía, lenguas 
vivas. 

¿Cuándo se desembarazarán Francia e Inglaterra 
de la superstición de la ortografía, que tanto pesa 
sobre la escuela? 



45 



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DJSJZ ESTILO EXUBERANTE 

La fertilidad de léxico en algunos escritores castellanos 
modernos 



Jl ASADA la tormenta romántica, el desordenado, el 
incontenible aguacero de imágenes, de adjetivos, de 
antítesis opulentas, de hipérbatons modosos, de sinó- 
nimos matizados, todos hemos vuelto a convenir en 
que la condición por excelencia de un bello estilo 
debe ser la sobriedad. Entendámoslo bien, la sobrie- 
dad; en modo alguno la pobreza. Decir lo que decir 
hemos sin hojarasca de palabras inútiles; que nuestra 
frase, mejor que abundante y opima, sea nítida, lisa, 
bruñida; que exprese lo que se propone sin todos esos 
empavesados multicolores que fatigan la vista y ul- 
trajan el ideal de elegante simplicidad que todos nos 
afanamos por alcanzar. 

Algunos autores se figuran que, para comunicar al 
lector la expresión verdadera de una cosa, se necesi- 
tan muchas palabras. Lo que se necesita es la pala- 
bra justa. Los tales ensayan con la abundancia lo que 

46 



Obras Completas 

obtiene sólo la precisión del léxico; más bien parece 
que imaginan que, arrojando al papel muchas com- 
binaciones verbales, el lector acabará por hallar las 
que él necesita para comprender lo que se pretende 
insinuarle. ¡Grave error! El lector no verá más que 
una llamarada de colores, una confusión de imáge- 
nes o de voces. 

Es preciso, antes de escribir, buscar la palabra 
adecuada, aquella que tiene el colorido justo que ne- 
cesitamos. 

Ved, por ejemplo, la bordadora. Mirad cómo vaci- 
la para escoger la hebra que debe completar un di- 
bujo de colores. Cómo coloca diversas hebras sueltas 
de matices análogos, sobre las ya fijas, a fin de ver 
cuál es la que mejor rima, y prenderla luego. 

Sólo que la pereza del entendimiento se opone en 
muchos escritores a esa paciente operación previa 
que escoge y combina las frases, antes de verterlas, 
a fin de que las que vierta sean justamente aquellas 
que sean necesarias. 

El vasto conocimiento del idioma suele perjudicar 
al estilo, y a este propósito quiero hablar ahora en 
mi informe. 

Hay en España, entre los autores que conocen el 
idioma, una exagerada tendencia a hacer alarde de 
este conocimiento. Y en América, asimismo, los es- 
critores castizos pecan por este lado. Acaso se imagi- 
nan que la ostentación de innumerables vocablos y 
formas de lenguaje consagrados impiden que se en- 
mohezca la lengua y constituyen el mejor antídoto 
contra ese desfiguro perpetuo a que someten el cas- 
tellano los otros, los de la tribu rebelde, los mo- 
dernistas, sea dicho, en fin. La intención será todo 
lo sana que se quiera, pero el resultado es desas- 
troso. En ese berenjenal de palabras el lector se fa- 
tiga y se pierde, y el autor no logra jamás afirmar 
su estilo. 

Convengamos, por otra parte, en que no todos los 

47 



Amado Ñervo 

verbosos escritores castizos actuales se proponen des- 
enmoliecer precisamente vocablos: se proponen tam- 
bién ostentar su conocimiento del idioma. Se trata de 
una especie de torneo de la vanidad. Y si en la em- 
presa emborronan su estilo, lo vuelven indigesto y 
petulante, bien merecido se lo tienen. 

Como no quiero multiplicar los ejemplos, porque 
lo que mucho prueba no prueba nada, voy a citar 
dos nombres solamente que se refieren: el uno, a la 
generación de escritores que ahora se extingue; el 
otro, a la generación de escritores que ahora llega a 
la plenitud. 

Los dos son notables y dignos de estima, por más 
de un concepto. Los dos, maestros en el idioma. 

Me refiero a don Juan Valera y a don Francisco 
Navarro y Ledesma, muertos ambos con breve inter- 
valo: el primero, ya muy anciano; el segundo, arre- 
batado en flor a las letras españolas. 

Don Juan Valera poseía como ninguno la lengua, 
tenía esa suprema, esa elegante ironía que a tan po- 
cos es dado manejar finamente. Conocía el significa- 
do exacto de las palabras, aunque no ese significado 
arcano, íntimo, misterioso, que las palabras escon- 
den, sin el cual jamás se podrá expresar todo lo que 
se quiere, y que ellas ocultan avaras para los ele- 
gidos. 

La palabra dice y quiere decir. El autor dice con 
ella esto o aquello, pero no logrará apoderarse del 
ritmo íntimo de las cosas sino cuando quiere decir 
esto o aquello, cuando intenta expresar lo que no se 
expresa de por sí, cogiendo simplemente las palabras 
necesarias, sino lo que sólo acierta a expresarse des- 
pués de mirar muchas palabras al trasluz, a fin de ir 
descubriendo su significación escondida. 

Hecho esto hay que saberlas juntar. Las palabras 
sufren de verse mal unidas. No es el adjetivo usual, 
el habitualmente visto al lado de un nombre, el que 
por lo general le conviene. Hay admirables alianzas 

48 



Obras Completas 

posibles entre el substantivo y el adjetivo, pero sólo 
les es dado encontrarlas a los grandes escritores, a 
los verdaderamente intuitivos. 

Muchos se imaginan que cuando dicen mar azul, 
mar proceloso, mar inmenso, Han dicho algo: han de- 
finido el alma del mar. No han dicho absolutamente 
nada. Esa alianza es vana. Quizá hace siglos tuvo al- 
guna virtud. Hoy ya no tiene ninguna. Los ojos del 
lector pasarán a través de ese substantivo y ese adje- 
tivo sin hacer alto, sin que en su espíritu despierte 
ninguna vibración dormida. 

Maeterlinck o D'Annuncio no dirían mar azul, mar 
proceloso, mar inmenso, sino como para reposar al 
lector; porque esos adjetivos sin relieve marchan 
unidos a mar como no importa qué transeúnte se une 
a otro en el azar de la acera. Para decir la virtud se- 
creta y poderosa del mar, necesitamos ir a buscar en 
los yacimientos del idioma otros calificativos que nos 
están esperando, pero que no se nos revelarán tan fá- 
cilmente como creemos. 

Decid mar imperioso, decid mar sonoro, decid mar 
genésico. Ya andáis un poco más cerca de la expre- 
sión. Decid llanura móvil, como dijo el divino Ho- 
mero; mar selvoso, como dijo Esquilo; decid orgullo 
de la ola^ ritmo de la ola, misterio de la ola; os seguís 
acercando... Pero el adjetivo o los adjetivos por ex- 
celencia suelen dormir en la veta, vírgenes y calla- 
dos. El idioma evoluciona, muere, pasa... Otro lo 
sustituye, y aquel adjetivo no fué hallado... porque 
los escritores más atentos estuvieron a la abundancia 
exterior y aparente de la lengua que a la sabia y ad- 
mirable riqueza interior de los vocablos. 

Pero volvamos a don Juan Valera y a Navarro Le- 
desma. 

El primero jamás adivinó el poder oculto de las 
palabras. 

No creo que las usara nunca por instinto, sino con 
absoluta deliberación, pero gustábale mucho el es- 

TOMO XXII. 49 4 



Amado Ñervo 

carceo y con suficiencia de general victorioso hacía- 
las evolucionar. 

Generalmente un nombre iba abundantemente ad- 
jetivado. Don Juan quería dejar ver cómo sabía el 
idioma; los adjetivos eran viejos o nuevos, eran ar- 
caísmos buscados y aun neologismos, puestos con 
cierta coquetería, como diciendo: «¿Ya ven ustedes? 
Si no uso frecuentemente esta voz es porque no debe 
usarse, porque no tiene nada de castizo; pero de nin- 
guna manera por falta de conocimiento de ella. La 
uso, sin embargo, para que veáis que tengo manga 
ancha en esto del idioma, que no soy pacato, que no 
gusto de mojigaterías, que uso de cierta noble e in- 
dulgente liberalidad, que no soy de los que se aspa- 
vientan con los neologismos.» Y todos respondía- 
mos: ¡Cómo conoce el idioma este don Juan! 

Y este don Juan jamás se asomó al mundo interior 
del léxico, a lo que está en lo hondo de la palabra, a 
lo que conserva aún el sello enigmático y lejano de 
su origen celeste: 

«En el principio el Yerbo era Dios y el Verbo es- 
taba en Dios, y por El fueron hechas todas las cosas 
y sin El no fué hecha cosa alguna. . . » 

Este don Juan no penetró jamás a uno de esos ca- 
llados claustros, donde las palabras nunca dichas son 
como invioladas monjas, a fin de robarse a Doña 
InéSj a ese incontaminado vocablo que expresa hasta 
lo inefable y que suele prenderse como gota de luz a 
los puntos de la pluma y caer sobre las cuartillas 
como un diamante, a condición de que la pluma esté 
sostenida por la mano de un genio. 

Don Juan amaba el sinónimo sobre todas las cosas. 

Yo conozco más de diez escritores castizos, en Es- 
paña y en América, que aman el sinónimo sobre to- 
das las cosas. Es natural: el sinónimo prueba que se 
saben muchas palabras. El coco de los escritores me- 
dianos, y hasta de los que no escriben, es la repeti- 
ción de las palabras: 

m 



o h r a s Completas 

«Ello indica pobreza de estilo», afirman. Y para 
huir de la pobreza de estilo se lanzan desesperada- 
mente por el camino de la sinonimia. 

Yo conocí a un joven que, antes de escribir, hacía 
una lista de sinónimos o, cuando menos, de palabras 
de significación aproximada. 

Supongamos que iba a tratar de una iglesia, en la 
cual se había efectuado una gran solemnidad. 

Mi amigo empezaba por escribir: 

Iglesia, 

Templo, 

Santuario, 

Basílica, y después: 

Casa de Dios, 

Lugar de oración. 

Nave; etc. 

«La iglesia, decía, estaba resplandeciente de 
luces.» 

Y un poco más allá: 
«Oprimíanse los fieles bajo la nave.» 

Y luego: 

«En el solemne silencio del templo.» 

Y después: 

«Penetró el obispo a la basílica :^, etc. 

Y mi amigo quedaba satisfechísimo de la opulen- 
cia de su vocabulario. 

Hubiera sido capaz de escribir: «Esos burros, 
asnos, jumentos o pollinos que van por los tortuosos 
senderos, por las torcidas veredas, por los estrechos 
caminos...» 

Pues bien: con un talento veinte mil veces ma- 
yor, pero con análoga tendencia, escribía don Juan 
Valer a. 

Jamás pensó que el estilo está en la construcción y 
no en la abundancia; que el misterio de la persona- 
lidad se halla en la sintaxis y que con cien palabras 
puede un hombre de talento hacer más que otro con 
mil. Combinai' los vocablos como se combinan los 

61 



Amado Ñervo 

colores; buscar el prestigio del matiz, el perfume 
nuevo de la expresión no hallada hasta entonces: 
that is the question! 

Las palabras no son ni viejas ni nuevas: son vie- 
jas y nuevas sólo en razón de la manera con que se 
las combina, de la forma en que se las junta. 

Don Juan Val era, que sabía tantas cosas, no sabía 
esto. 

Tampoco lo saben muchos modernos; pero, como 
decía más arriba, me fijaré para no divagarme en 
uno solo, reputado por los más como maestro: en 
Navarro Ledesma. La obra maestra de este escri- 
tor y filólogo tan merecidamente apreciado, es, sin 
duda, El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saa- 
vedra. 

Abro al azar una página, la número 6, y hallo, 
desde luego, ©stas frases... «la lucha era más fácil; 
los cambios y vaivenes de Idi, fortuna y del azar, no 
menos súbitos.» 

Y más adelante: 

«Por entre el bullicio y estruendo del domingo^ un 
hombre joven», etc. 

Y después: 

« Tropezando y cayendo, a trancas y barrancas, un 
día de vos y otro de vuesa merced, vivía la familia del 
cirujano Cervantes.» 

Y luego: 

«El famoso colegio... era oficina incansable y col- 
mena laboriosa de la ciencia.» 

Y luego: 

«No tenía cejas, por lo cual le ofendía y enfadaba 
la luz.» 

Esta fertilidad de palabras, cuyos significados tie- 
nen parentela, unida a una arrolladora abundancia 
de toda suerte de voces, se encuentra en todo el libro, 
que es, por cierto, admirable. Navarro Ledesma 
quiere hacernos ver, ante todo, que conoce su idioma 
y, para probárnoslo, sigue el procedimiento habi- 

6S 



Obras Completas 

tual, el procedimiento de don Juan y de Galdós y de 
doña Emilia y de don Marcelino: palabrear, pala- 
brear libremente, bellamente, gallardamente. 

Uñase a esto el afán de los modismos rancios, de 
las arcaicas frases hechas, de los refranes, de las 
construcciones cervantinas, y tendremos una idea de 
lo que es en lo general la alta literatura española, 
cultivada por viejos y jóvenes (salvo un Azorin^ un 
Valle Inclán y otros que pretenden — y lo logran — 
crearse un estilo poderoso): algo lleno de pompa, re- 
camado, solemne; luciente, pero sin fisonomía. 

Hay vocablos que tienen fortuna; por ejemplo: en- 
soñaVj ensoñado. Los encontraréis en todos, a cada 
paso. Veréis que están metidos con toda deliberación 
en la frase, y veréis también que la frase de cada 
autor en que el ensoñar anda, se parece a la del otro, 
como un cero a otro cero. 

Eso que los franceses aman tanto, la fagon, la ma- 
niere^ parece no tener significación alguna para los 
escritores castellanos. 

El ideal de estos últimos es, sobre todo, la osten- 
tación del léxico. 

Y como no debe ponerse el vino nuevo en odres 
viejas, y como no es posible pensar de un modo ori- 
ginal cuando se vierte el pensamiento en frases he- 
chas hace siglos, gastadas por la circulación, resulta 
— a mí me resulta cuando menos — que, salvo esos 
que he citado, un Valle Inclán, un Azorín, los demás 
ya sé lo que van a decirme, todo lo que van a 
decirme. 

Leerlos es para mí más bien un ejercicio de fraseo- 
logía, un aprendizaje o una recordación de voca- 
blos. 

El poder, la magia de la fagon^ del sello personal, 
es inútil buscarlos... 

Y he aquí cómo lo mejor es enemigo de lo bueno, 
y he aquí cómo este amor sin ponderación al caste- 
llano perjudica al castellano, que demanda en estos 

53 



A 



in 



d 



N 



tiempos de prueba, en que diez y ocho Repúblicas lo 
circulan de un modo diverso, mayor movimiento, 
nuevas canalizaciones, combinaciones elocutivas no 
hedías, formas no usadas que nos lo presenten rejuve- 
necido, flamante, amable y apto para luchar con los 
otros idiomas, que libran un gran combate por la 
conquista del mundo. 

Sólo una cosa rancia es buena: el vino. 




SSPS^I^Si 



M 




VI 

EL MOVIMIENTO INTELECTUAL EN MADRID 

Opiniones literarias 



JL^L año pasado fué elegido — para empezar a funcio- 
nar éste — secretario primero de la Sección de Litera- 
tura del Ateneo Científico, Artístico y Literario de 
Madrid, el joven escritor Bernardo Gr. de Candamo. 
El reglamento del Ateneo exige, según parece, 
que el secretario primero de cada sección lea al- 
gún trabajo, y el señor Candamo, sometiéndose a 
este canon, escribió con el título de «Opiniones lite- 
rarias» algunas notas bastante nutridas y sugestivas 
sobre los dos últimos períodos de la mentalidad lite- 
raria en España: el período de decadencia absoluta 
que siguió a los Alarcón, Campoamor, Núñez de 
Arce, doña Emilia (en algunas de sus obras), Yalera, 
Bécquer, etc., y el período actual en que se nota un 
renacimiento de originalidad, de entusiasmo, de 
fuerza y de vida, y en el cual sobresalen, como figu- 
ras de cierto considerable relieve, Jacinto Benaven- 
te en el teatro. Pío Baroja en la novela, Unamuno y 
el malogrado Ángel Ganivet en la especulación filo- 
sófica, Martínez Ruiz en la ironía (estilo Sterne o 
Carlyle o Hackevay o algo de cada uno) y Francisco 

di 



Amado Ñervo 

Villaespesa, Manuel Machado (buen instrumentador) 
y el sereno y robusto Eduardo Marquina, en la 
lírica. 

Es también costumbre, a lo que parece, que el tra- 
bajo presentado por el secretario de cada una de las 
secciones sea discutido por los ateneístas, libremente, 
sin más requisito que el de pedir la palabra (privile- 
gio que tiene sus inconvenientes cuando se trata de 
juveniles, turbulentos y exaltados espíritus latinos, 
que todo es uno), y las «Opiniones literarias» del se- 
ñor Candamo han sido acaloradamente rebatidas o 
cálidamente defendidas durante algún tiempo — y lo 
son aún — , constituyendo esta discusión la actuali- 
dad intelectual por excelencia en España durante los 
meses de Enero y Febrero (continúa el debate en Mar- 
zo) y mereciendo, por tanto, que me ocupe en ella al 
redactar mi informe de este mes de Febrero, pues 
nada más a propósito para reflejar el estado de la que 
pudiéramos llamar «cuestión literaria» y que es y se- 
guirá siendo la cuestión palpitante en la capital 
ibérica. 

Voy, pues, a hablar primero de las «Opiniones li- 
terarias» del señor Candamo, y después, de la fisono- 
mía del debate que se continúa todos los martes por 
la noche en el Ateneo, al cual he asistido con cierta 
asiduidad y en el que se han ejercitado todos o casi 
todos los muchachos que aprenden a pensar en Ma- 
drid. 

El señor Candamo empieza por una definición, 
delicada y bella: «Es el arte la más fuerte, la más 
honda manifestación de la vida: es como una resul- 
tante de la vida misma», dice. Luego nos recuerda 
las dos clases de hombres destinados a seguir cami- 
nos diversos, de que nos habla Musset en sus pági- 
nas sobre las maravillosas memorias de Casanova. 
Estos hombres que van por diversos caminos son ex- 
traños entre sí y se miran con el más absoluto des- 
dén. Marchan unos por cierta y determinada senda 

56 



ú b r a s Completas 

rectilínea, con paso lento y metódico, casi maquinal, 
sometidos a órdenes, reglamentos y liturgias, a la 
ley inexorable de castas y categorías: son los religio- 
sos, los juristas, algunos militares acaso; todos cuan- 
tos a lo largo del tiempo han dado vida a esa cosa 
muerta que se llama escalafón. Son fríos, apacibles. 
No hay en sus movimientos brusquedad alguna. Ni 
un grito, ni un gesto, ni una palabra desentonada. 

Cuidan de conservar su energía inútil, y estas 
fuerzas inejercitadas los vuelven luego gordos y man- 
sos, y ponen en sus rostros esa suave sonrisa beatífi- 
ca de hombres satisfechos que hemos visto en algu- 
nas caricaturas, en algunos retratos, en los rostros 
de algunos señores amigos nuestros. 

La otra senda no es una senda trazada y recorrida: 
es la tierra. En carrera loca, desenfrenada, pasan 
unos hombres valientes. Es el suyo andar ilógico y 
descompasado. Hombres capaces de vivir con inten- 
sidad, se dejan arrastar por la vida misma y van y 
vienen y tornan a ir, irreflexivos, incomprensibles, 
como una pluma arrebatada por el viento y que se 
entrega a su merced. 

Y aquí, entre estos hombres, sonríe maquiavélico 
Casanova y yerguen en el aire diáfano el esplendor 
acerino de las espadas nuestros viejos conquistado- 
res, nuestros guerreros de antaño. Y Rodrigo de Vi- 
var blando su tizona en una actitud gallarda y gran- 
diosamente épica. Pasan así el Are tino, que muere 
de risa, y el socarrón de Rabelais y Benvenuto Celli- 
ni, el perverso, y Miguel de Cervantes, y el fuerte, 
el intensísimo vividor que fué Lope de Vega. Son 
los creadores, los artistas. Son así los hombres capa- 
ces de todas las heroicidades, de todas las locuras, de 
todas las noblezas. 

En la complejidad de sus espíritus laten anhelos 
místicos y ansias amorosas, y afanes de posesión e 
instintos de generosidad, y como el «hidalgo de un 
tiempo indefinido» retratado en un firme grabado 

57 



Amado Ñervo 

lírico por ese forjador de bellos versos, Eubén Darío, 
tienen: 

Sangrientos labios dignos florecidos de anécdotas en 
cien Decamerones. 

El lema de su escudo ideal se cifra en esta fórmula: 
j Vivir! 

Estos hombres inadaptables son como los «sabios 
mal educados» de que nos habla el infatigable crea- 
dor Pío Cid, «que no siguen las reglas usuales, sino 
que piensan o manipulan a su antojo y así revelan 
su originalidad, sacan a la luz nuevos hechos ocultos, 
inventan». 

¿Hay en España artistas de éstos que, si vale la 
frase, no caben en los moldes simétricos do la medio- 
cridad habitual? Muy pocos, según el señor Canda- 
mo, aun cuando la actual decadencia de la literatura 
española «tiene unos vagos vislumbres de renaci- 
miento». 

Los viejos de España no entienden ni gustan de la 
obra de los jóvenes. Ellos no comprenden, según el 
señor Candamo (quien sorprende un diálogo entre 
dos), más que «los nobles endecasílabos sonoros, he- 
roicos de antaño, el suave octosílabo, la quintilla de 
las largas tiradas dramáticas, único rival posible de 
la décima, cuando se intentaba hacer venir a abajo 
los teatros de provincia, llenos de ese buen público 
que invade los coliseos de Vetusta o Lancia en las 
novelas de Leopoldo Alas y de Armando Palacio 
Valdés». 

Como se ve, el señor Candamo (joven habría de 
ser) siente un reflejo de esas indignaciones líri- 
cas formidables que hará quince años sentían en 
Erancia las nuevas escuelas contra «las momias», 
muy especialmente académicas, y ¡ay! nosotros creí- 
mos también de buen tono sentir en México, hace 
algún tiempo, indignaciones que sugerían a un poeta 
francés de los nuevos que se hiciese con los viejos lo 
que con ellos hacen algunos indígenas del archipié- 

58 



Obras Completas 

lago malayo: subirlos a un árbol y sacudirlos fuerte- 
mente. Los que tuviesen bastante fuerza en los 
músculos para mantenerse entre las ramas serían 
dignos de vivir, los otros serían devorados. 

Quién sabe si acá para inter nos esto nos pasará a 
los que ahora escribimos, a los que ahora son jóvenes 
o todavía somos jóvenes^ inclusive al señor Candamo, 
dentro de algunos años. ¡Se envejece tan pronto! ¡Y 
los que vienen detrás solicitan con tal impaciencia su 
puesto en la vida! 

Los viejos no son más que ex jóvenes que hicieron 
su revolución y crearon y pensaron y amaron. Te- 
nían una porción de camino que recorrer y lo reco- 
rrieron. ¿Por qué habían de aventurarse por el cami- 
no nuestro? ¿Por qué habrían de gustar de lo que 
nosotros hacemos? Hicieron su obra, cumplieron su 
misión, empujaron al universo hacia adelante el paso 
que les correspondía, y ahora confinan en el castillo 
de sus viejos ideales su espíritu aterido... como hare- 
mos nosotros, como hará el señor Candamo dentro de 
algún tiempo. 

Cierto que hay ancianos que en bella comunión y 
en conciliatorio consorcio de ideales juntan sus cabe- 
llos blancos con nuestros cabellos negros. Pero éstos 
son seres excepcionales que sobreviven a su época, 
amando y comprendiendo la época nueva. No preten- 
dáis encontrarlos en cada recodo de la vida. Son 
como las perlas negras, raros y preciosos. 

El señor Candamo analiza en seguida la asende- 
reada cuestión del arte aristocrático y del arte popu- 
lar. No hay más que dos públicos: la aristocracia del 
pensamiento y el pueblo. «Los espíritus cultos tienen 
sus poetas de Homero a Rubén Darío (el señor Can- 
damo olvida que Homero [o el conjunto de los cantos 
homéricos] fué esencialmente popular); sus drama- 
turgos de Aristófanes a Jacinto Ben avente (hay, sin 
embargo, entre los dos una ligera diferencia) . > «El 
pueblo, sigue diciendo, tiene sus coplas, sus roman- 

$9 



Amado Ñervo 

ees y sus cuentos: son los cantares de amor, de san- 
gre y de muerte en Andalucía; las jotas rudas en 
Aragón, y en Asturias y en Galicia dulces melope- 
yas, nostálgicas y misteriosas, como sus paisajes y 
como su cielo. En cambio, la burguesía lee a... Jorge 
Ohnet, López Bago, Pérez Escrich...» 

Una y otra literatura son indispensables. 

«Es necesario que los pobres de espíritu tengan 
también su ideal», ha dicho un escritor francés. 

Convenido. Pero entonces, ¿por qué indignarse 
contra quienes no cultivan el arte aristocrático? ¿Por 
qué indignarse contra los que ensanchan su copa, a 
fin de que en ella beban muchas bocas? 

Yo escribo para los menos: el señor Guerra Jun- 
queiro, de Portugal, a quien Candamo con justicia 
llama alto poeta, escribe para los más; ¿quién es más 
artista, quién crea más belleza, quién produce más 
emoción de los dos? 

¡Ah! señor de Candamo, debo confesar humilde- 
mente que el señor Guerra Junqueiro, el cual se 
acerca a ese ideal a que ha solido llegar el inmenso 
Maeterlinck, a ese ideal que pudiéramos llamar evan- 
gélico: reunir en la misma página tuétano de león 
para los fuertes y tuétano de lechón para los débiles, 
néctar para los olímpi eos y miel virgen para los sim- 
plemente humanos. ¿Cómo se consigue esto? Pues 
muy sencillamente. El señor Candamo mismo ha 
encontrado, con su claro talento, el secreto, y este 
secreto es admirable por su sencillez: 

«El secreto está en la humildad^ en la humildad 
que crea religiones, en la humildad que hace al será- 
fico Francisco de Asís escribir por vez primera en 
idioma italiano para que el pueblo comprenda su 
fragante himno de bienaventuranzas por el hermano 
sol, por la hermana agua, por los hermanos pájaros 
y por nuestra hermana la muerte. A la amorosa hu- 
mildad se debe esa plegaria de color y de luz, que es 
la anunciación de Era Angélico. Ella dio vida a los 

60 



Obras Completas 

versos de Francis Jammes (1) e inspiró la dulcedum- 
bre de unos cantos compuestos en portugués por 
Gruerra Junqueiro. Y la humildad de los antiguos 
maestros castellanos ostenta en el tesoro de la místi- 
ca todo el orgullo de su lujuriante florecer.» 

Estamos, íntimamente, absolutamente, de acuerdo 
el señor Candamo y yo en estas bellas apreciaciones, 
en estas nobles y clarividentes palabras que consti- 
tuyen el meollo de su trabajo. 

Ese es el secreto, el divino secreto: la humildad y, 
añado yo, la alegría en la producción, esa santa ale- 
gría que nos identifica con todas las modalidades del 
Universo, ya sean hostiles, ya sean amables, esa se- 
rena alegría de Marco Aurelio y de San Francisco. 

Al precepto de D'Annunzio: Creare con goia, de- 
beríamos añadir: y con humildad! 

Pero he aquí, señor Candamo, el verdadero es- 
collo. No hay casi poeta que no se encarame a la trí- 
pode para escribir, o que no comience por desempe- 
ñar para continuar por producir, o que no pretenda 
saberlo todo, o que no llame filisteos a quienes no 
gustan de sus versos... o que, en fin, no esté hen- 
chido, empapado, compenetrado, saturado de su ^o... 
convirtiéndose, más que en el sencillo y blanco sacer- 
dote de la naturaleza, en el engreído y solícito admi- 
nistrador de su pequeño renombre. Yo conozco a 
muchos poetas así de América: ¿qué, el señor Can- 
damo no conoce a muchos poetas así en España? 

Cierto, sin humildad no se puede ser gran poeta, 
porque el alma íntima y radiante de las cosas no se 
comunica más que a los humildes. 

Sin humildad no se puede hacer arte moderno. 
Porque como dice muy bien el señor Candamo, «el 
arte moderno no quiere ser elocuente ni oratorio. No 
va en pos de las muchedumbres para hacerlas estre- 



ft (1) Pa 
^K más hond 



(1) Para mí, señor Candamo, Francis Jammes es el poeta 
más hondo de los poetas vivos de Francia. 

61 



Amado Ñervo 

mecerse a sus gritos épicos. Sólo anhela llegar al co- 
razón de los hombres sencillos e inteligentes de una 
manera humilde y natural, con la magnífica natura- 
lidad de una puesta de sol o de un amanecer riente. 
A esos hombres va el arte en toda su pureza, alegra 
su espíritu y arranca destellos de ideas y de su te- 
soro interior». 

Esto de la humildad en el arte lo admite y lo apa- 
drina también, con convicción, Manuel Urbano, cuya 
réplica, o más bien escolio y comento al trabajo del 
señor Candamo, ha sido hasta ahora de lo poco apre- 
ciable y digno de tomarse en cuenta entre lo muchí- 
simo que se ha dicho y sigue diciéndose en el Ateneo 
durante las noches de los martes, bajo la presidencia 
de Carlos Fernandez Shaw, espíritu noble, pondera- 
do y fino, y con asistencia de toda la juventud lite- 
raria española, que campa por sus respetos en 
Madrid. 

Porque, como siempre ocurre en estos casos, se ha 
dicho mucho, pero se ha aprovechado poco. 

Aquella bandada de muchachos agitados y nervio- 
sos, ha asido por los cabellos la oportunidad de 
hablar y cada uno ha dicho del arte lo mucho que 
siente... y lo poco que entiende. 

Desgraciadamente, la discusión no se ha mante- 
nido en el terreno ideológico y frecuentemente el de- 
bate, vuelto personal, ha llegado a la acritud y aun 
al insulto. Hay ateneístas de veinte años que que- 
rrían comerse crudo a Grrilo, por ejemplo. 

¿Por qué Grrilo ha de llegar a ser hasta académico, 
cuando España olvida a Granivet y apenas lee al 
maestro Unamuno, a ese maestro Unamuno que ha 
probado que «todo es nuevo bajo el sol», que halla 
que la vida es plenitudo plenitudinis et omnia plenitudo 
y que saca el oro de la originalidad de la escoria de 
las ideas ambientes, quizá porque — volveré a citar a 
Candamo — «en arte, cuando un hombre habla, po- 
niendo el espíritu en cada palabra, realiza siempre 



Obras Completas 

una obra incomparable, que no repite jamás ningu- 
na anteriormente realizada?» 

La Academia es el coco de estos muchachos agi- 
tados. 

— ¡Vengo — decía uno de ellos la otra noche — , 
cierto jovencito que promete mucho por cierto, y que 
se apellida como yo me llamo: Amado — vengo a de- 
nigrar y a vilipendiar a algunos académicos! 

¡Mientras yo sea presidente de esta sección — ha 
replicado inmediatamente el señor Fernández Shaw 
con mucha oportunidad y tino — aquí no se vilipen- 
diará, no se denigrará a nadie! 

Cierto, de esta prolongada discusión de las «Opi- 
niones literarias» del señor Candamo — ¡ay! como de 
otras muchas discusiones — no surgirá la luz. Pero es 
consolador y vivificante ver el entusiasmo de la 
nueva pollada literaria, para discutir o apologizar a 
sus maestros y antecesores. 

Hay en esos discursos, incorrectos y aveces incen- 
diarios, súbitas revelaciones de talentos futuros y 
pruebas alentadoras de que la juventud literaria de 
España— al revés de muchos de los de la pelea pa- 
sada — lee, lee bastante, aun cuando a veces se le in- 
digesten las lecturas, y tiene arrestos, vigor y savia. 

Yo no puedo menos que regocijarme de esto por- 
que adoro al sol hasta cuando me quema, al viento 
hasta cuando me derriba, y a la juventud hasta 
cuando me ataca. 




VII 



BOLSAS DE VIAJE PARA LOS ESCRITORES 
Y POETAS.— CONVENIENCIA DE CREARLAS 
EN EL MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PÚ- 
BLICA—LO QUE SE HA HECHO EN FRANCIA 



B 



.ACIA tiempo que venía reclamándose en Francia, 
para los poetas y literatos, algo así como el premio 
de Roma, que existe para los pintores, músicos y es- 
cultores. 

El señor Emilio Blémont, presidente de la Socie- 
dad de los poetas, logró interesar al señor Bienvenu- 
Martin en la creación de lo que se ha llamado una 
bolsa de viaje, de 3.000 francos, que debería ser en- 
tregada cada año a un escritor — poeta o prosista— y 
por fin, después de varias gestiones, el señor Aris- 
tide Briand, ministro de Instrucción Pública, Bellas 
Artes y Cultos, ha aprobado este interesante pro- 
yecto. 

El ministro encargó al señor Emilio Blémont que 
escogiese los miembros de la comisión que va a ser 
llamada a definir las condiciones en las cuales debe 
entregarse la bolsa anual de viaje, y la lista aproba- 
da es la siguiente: los señores Sully-Prudhomme, 
Anatole Franca y Maurice Barres, como académicos; 

64 



Obras Completas 

Emilio Blémont y Emilio Michelet, como miembros 
de la Sociedad de los poetas franceses; Augusto Dor- 
chaim, Víctor Margueritte y León E-iotor, como re- 
presentantes de la Sociedad de gente de Letras; Julio 
Clare tie, Cátulo Mendes y Mauricio Donnay, como 
autores dramáticos; León Dieux, Ernesto Dupuy y 
Eaúl de Saint- Arroman, como comisionados del Mi- 
nisterio de Instrucción Pública; Lucien Descaves, 
Elemir Bourges y J. H. Rosny, como miembros de 
la Academia de los Goncourt; Bearquier, Couyba y 
Sembat, como diputados; Mauricio Faure, Máximo 
Lecomte y Rivet, como senadores, 

Como se ve, los sufragios que un escritor o poeta 
necesita para obtener esa bolsa de viaje, son numero- 
sos y variados; pero en fin, también los pintores y 
los músicos tienen que luchar arduamente para obte- 
ner el premio de Roma. 

¿Por qué hasta hoy se concede oficialmente una 
pensión a un poeta o a un escritor para que viaje? 

¿Es acaso porque el Estado se enmienda de un 
desdén anteriormente sentido con respecto a estos ar- 
tistas? 

No por cierto. El Estado sigue creyendo, como 
todo el mundo, en la inmutable preeminencia de la 
Poesía sobre sus hermanas la Pintura, la Escultura 
y la Música. 

Es más bien porque estas pensiones no se habían 
creído necesarias. 

Ha sido precisó que muchos pensadores sugiriesen 
y aun probasen su conveniencia, su utilidad, para 
que el Ministerio de Instrucción Pública de Francia 
pensase en concederlas. 

Hace ya algún tiempo que un diputado pronunció 
en el Palais Bourbon estas palabras, que figuran en 
el Journal Officiel de Francia: 

o-El Fresidente: Capítulo 48. — Viajes y misiones 
científicos y literarios. Tiene la palabra el señor 
Couyba. 

Tomo XKII. 6S 5 



Amado Ñervo 

»E1 señor Couyha: Querría yo, con mis colegas de 
todos los partidos de la Cámara, llamar la atención 
e invocar los recuerdos del señor ministro de Ins- 
trucción Pública y Bellas Artes, con respecto a una 
categoría de ciudadanos que, como el Edipo de Só- 
focles, no han pedido hasta hoy gran cosa, y a quie- 
nes, por lo tanto, no se les ha dado casi nada. Y sin 
embargo, esos ciudadanos han dado alguna gloria a 
Francia; quiero hablar de los literatos y de los poe- 
tas. (Voces de «¡muy bien, muy bien!») Vos, señor 
ministro, enviáis a Roma, a Atenas y a otras partes 
y hacéis bien, a los músicos, a los pintores, a los es- 
cultores, a los artistas propiamente dichos; acaso po- 
dríais también tender la mano a esos otros artistas: 
los literatos, que son músicos, escullores, cincelado- 
res del pensamiento y del estilo, que son, frecuente- 
mente ricos de talento, pero más frecuentemente aún 
pobres de fortuna, sobre todo en sus comienzos. 
(Voces de «¡muy bien, muy bien!») 

»Uno de sus defensores más autorizados, el señor 
Emilio Blémont, presidente de la Sociedad de los 
Poetas franceses, concibió un día esta idea intere- 
sante y fuese a ver al ministro de Instrucción Pú- 
blica y Bellas Artes, a quien dijo, poco más o me- 
nos, estas palabras (es el señor Blémont quien habla): 
«Señor ministro, vos sabréis que los viajes forman a 
la juventud y conocéis ejemplos famosos que lo com- 
prueban: Lamartine, en Ñapóles; Musset, en Vene- 
cia; Víctor Hugo, en Madrid; Chateaubriand, en 
América; Verlaine, en el país de Shakespeare, de 
Tennyson y de Shelley, encontraron toda una reno- 
vación literaria y poética.» 

A pesar de tan bellas palabras, el ministro «lo es- 
taba pensando»; no se dejaba convencer. Sin embar- 
go, la corriente de la opinión iba engrosando; Gas- 
tón Deschamps, que es tan leído y escuchado, decía 
poco antes de que se decretase la pensión: 

«Es bueno que los poetas viajen. Jamás nos can- 
eé 



o h r a b Completas 

saremos de decir esta verdad. Los viajes, se dice, 
forman la juventud. Ahora bien, los poetas, por de- 
finición, son siempre jóvenes, puesto que, según la 
bella frase de Alfonso Daudet, son hombres que han 
conservado sus ojos de niños. 

»Es preciso que los poetas dejen errar su vida 
llena de sorpresa y de éxtasis, por el espectáculo on- 
dulante y diverso de la vasta natura. Sobre todo en 
poesía, conviene unir con lazos armoniosos la vida y 
los libros. Las musas son incapaces de vivir enjaula- 
das y aun de divertirse en cabinet particulier. Necesi- 
tan aire y espacio. Los caminos reales tientan su 
humor aventurero y sus ligeras plantas. No las ence- 
rremos, pues, bajo los techos donde repliegan sus 
alas y quebrantan su ímpetu! 

*¡Ay!, muy frecuentemente nuestros poetas viven 
retenidos, lejos del cielo, del mar, de las estrellas, 
por un hilo en la pata o por una cadena en el cuello. 
Están sujetos a ocupaciones caseras, pegados al ban- 
co de alguna oficina (como ese pobre de Alberto Sa- 
main), o bien tienen que sujetarse voluntariamente 
alas servidumbres sociales...» 

Como se ve, por artículos y discursos no ha que- 
dado, y era ya tiempo de que el Ministerio de Ins- 
trucción Pública de Francia respondiese a este anhe- 
lo, a esta necesidad que se imponían. 

Y el Ministerio ha respondido. 

Ahora bien, me digo yo; ¿por qué ese Ministerio 
de Instrucción Pública y Bellas Artes, de México, 
que tanto se preocupa de las pensiones, que aún pro- 
cura aumentar su número, no crea una Bolsa de viaje 
aplicable cada año, después de determinadas prue- 
bas, a un literato o un poeta? 

¡Ah! Estos viáticos no serían, por cierto, gravosos 
para el presupuesto del .Ministerio. Equivaldrían 
apenas a una de las pensiones anuales más modestas 
que se conceden a los pintores. En efecto, con 3.600 

Ímcos que se dan a un pensionado modesto, un 
6f 



Amado N e r v 

poeta, un escritor, podrían perfectamente hacer un 
viaje, cuyo mínimum de tiempo se fijaría en seis 
meses. 

Con ese dinero podrían pagarse los pasajes, que 
calcularemos en 1.500 francos, y seis meses de per- 
manencia en el extranjero, a razón de 350 francos 
mensuales (o sea los 2.100 francos que restan), du- 
rante seis meses, período muy suficiente para que un 
poeta, para que un escritor, adquiriesen cuando me- 
nos una idea sintética de ese espectáculo ondulante y 
diverso de la vasta tie9*ra. 

Se obligaría a cada pensionado a traer de su pere- 
grinación un libro, y para evitar las coincidencias o 
analogías de asunto y la monotonía resultante, se 
fijarían a cada uno, de acuerdo con sus tendencias y 
gustos, diversos objetivos. 

Quién vendría a traemos su visión de las lluvias y 
el gris pertinaz de Holanda; quién la suya de la pe- 
renne nieve y el agua dormida y misteriosa de las 
montañas y los fiords de Noruega. 

Quién vendría con el deslumbramiento de los soles 
de Grecia y de las santas ruinas blancas que sonríen 
aún en las montañas helénicas, y quién traería sobre 
su espíritu y sus versos proyectada la sombra secu- 
lar y teológica de las ciudades góticas, o la vasta 
impresión de misterio de las pirámides y de la es- 
finge... 

Y a algunos poetas y escritores que ganasen la pen- 
sión y que hubiesen ya viajado en el extranjero, se 
les obligaría a viajar por México mismo, a sentir la 
palpitación poderosa de nuestros trópicos, a soñar y 
pensar bajo la maravilla de las grandiosas ruinas de 
Oaxaca y de Yucatán. 

Y otros irían a sorprender los informes aleteos del 
águila del Norte y otros descenderían desde las vér- 
tebras de los Andes hacia los litorales apacibles o ac- 
tivos de algunas de las naciones hermanas del Sur... 

¿Verdad que vale la pena de crear estas modestas 



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Bolsas de viaje^ a imitación de Francia; estas modes- 
tas Bolsas de viaje que no gravarán al Erario con 
más de mil quinientos pesos anuales y que pueden 
significar tanto para el Pensamiento de la nación? 

Así, pues, señor, yo me permito, como corolario 
de este informe, proponer a usted la creación de una 
Bolsa de viaje para los poetas y escritores mexi- 
canos. 




i 



69 



VIII 

LIBROS DE NIÑOS.— LIBROS PARA NIÑOS. 
LOS NIÑOS EN LA VIDA Y EN EL ARTE 



o. 



UÉJASE una escritora portuguesa de que en nues- 
tra literatura latina, tan fecunda y tan rica, con 
suma dificultad se encuentra, o no se encuentra del 
todo, a esa deliciosa flor humana que se llama el 
niño, idealizada por la pluma de los grandes escri- 
tores. 

El niño dice poco o nada a los novelistas y a los 
poetas de Francia, de España, de Portugal y de 
nuestra América. 

Yo más que nadie he tenido ocasión de comprobar 
esto en mis arreglos de lecturas para los niños mexi- 
canos. Frecuentemente me he leído a un poeta, a un 
novelista^ de cabo a rabo, de cuerito a cuerito^ sin en- 
contrar una página adecuada o sobre los niños o para 
los niños. Esto por lo que ve a los autores «viejos» 
de México, que por lo que ve a la mayor parte de los 
nuevos, son algunos de ellos tan complicados, tan 
sensuales y tan amigos del léxico raro, que me ha 
acontecido repasarlos con la mayor diligencia y la 
más paciente solicitud, sin dar con una sola página 
suficientemente diáfana y tersa para la pura y lumi- 
nosa mirada de un niño. 

70 



I 



Obras Completas 

Debo hacer constar que de «los nuevos» de Améri- 
ca, Rubén Darío es quien más fácilmente me ha dado 
páginas muy bellas para la infancia. Pero Rubén Da- 
río es toda la lira, lo ha comprendido todo, lo ha sen- 
tido todo... 

En México, fuera de las candorosas poesías de Ro- 
sas y de los Cantos del Hogar, los niños no tienen li- 
teratura... Pero consolémonos: no andan mejor pro- 
vistos nuestros hermanos de la América del Sur y de 
España. 

Compuse hace más de tres años un libro de Cantos 
Escolares^ dolido de ver lo que se cantaba en las es- 
cuelas y en los coros de muchachos, y no me fué po- 
sible encontrar, entre tanto músico sabio como tene- 
mos, uno solo que patrióticamente se decidiera a 
ponerles música: una melodía cualquiera. 

Fué preciso recurrir a un músico extranjero, pero 
éste se mostró con el editor tan exigente y difícil en 
asunto de dinero, que no les fué posible convenirse 
y el libro se fué al cesto. 

Pero oigamos a la escritora portuguesa. Entre los 
escritores franceses, en su concepto, hay algunos que 
escriben en forma autobiográfica, poniendo en esce- 
na un personaje ficticio, que evoca y describe su in- 
fancia. Pero sólo lo hacen con el propósito de prepa- 
rar la juventud de su héroe. , 

No se abandonan ingenuamente a su trabajo de 
psicología infantil, libres de preocupaciones de otro 
orden: de aquí el poco valor de esas notas sin exacti- 
tud. La gente que las lee hácelo con precipitación, 
ansiosa del momento en que el héroe del libro, des- 
ciñ endose el infantil disfraz, se lanza al duro comba- 
te de la vida, a sus peripecias y a sus pasiones. 

El niño, en la literatura francesa, casi no existe. 

En la obra colosal de Balzac, de ese Balzac que a 
medida que se interna en el tiempo se vuelve más 
asombroso y más grande, en vano se busca un niño 
que haga reir, que ilumine la vida de los personajes 

71 



Amado Ñervo 

del gran creador de almas, a quien los siglos futuros 
pondrán al lado de Shakespeare (a cuyos pies lo puso 
ya Taine). 

Jorge Sand, que fué madre, y madre tan extre- 
mosa; que fué abuela, y abuela de tal suerte adora- 
ble, no nos hace sentir al niño en ninguno de sus li- 
bros. Nos cuenta, en la Historia de mi vida, su propia 
infancia, pero tan excepcional es ésta, tan difertxite 
de las otras, que quien la lee percibe perfectamente 
que no son así los niños que conoce. 

Quizás Víctor Hugo sea, en toda la literatura fran- 
cesa, quien mejor ha traducido el alma infantil, po- 
niendo en escena a sus nietos Juana y Jorge; pero 
desgraciadamente no ha tenido imitadores. 

Yo conozco dos novelas francesas modernas que se 
refieren a niños: Clara d'Elléheuse, del hondo y sutil 
Francis Jammes, y Poil de Carotte^ de Jules Renard. . . 
pero se trata de dos morbos. Clara d^EUéheuse, en 
que se adueña de nosotros toda la enfermiza y sutil 
psicología de una niña que se cree fecundada por un 
beso, y en cuanto a Poil de Carotte hay en sus páginas 
una psicología hábil, pero llena de perversidades. 

Por lo que ve a la autora portuguesa a quien he- 
mos venido citando, encuentra antipática y repelen- 
te la infancia de Juan Jacobo Rousseau, contada por 
el gran filósofo, y poco amable la niñez de Vallis, 
referida asimismo por él. 

No opinamos como la autora en cuestión, pero si 
juzgamos que la infancia de Juan Jacobo no es de 
las que digiere cerebro infantil alguno, y en cuanto 
a Vallis, rebelado desde la cuna, en precoz eferves- 
cencia de odios, es de aquellos a quienes se puede 
aplicar la frase que a Benvenuto Cellini fué aplica- 
da y que él cita en sus Memorias: «Nació con la es- 
puma en la boca.» 

En la literatura portuguesa y brasilera no existe 
tampoco el niño, como afirma la citada escritora 
y como es la verdad. 

72 



Obras Completas 

Nunca convergen sobre su fisonomía encantadora 
y misteriosa los rayos de luz de una comprensión 
genial. 

Kunca es el asunto en torno del cual otros se con- 
gregan. 

En la literatura italiana sí encontramos alentado- 
ras excepciones. En el Piccolo Mondo Antico, de Fo- 
gazzaro, el personaje más interesante, embelesadora 
y deliciosamente estudiado, es una pequeñuela. 

¡Qué magia de figurita! ¡con qué encanto infantil 
conversa! ¡cómo va desarrollándose a nuestros ojos! 
¡qué goce proporciona el verla moverse, andar, brin- 
car, discretear, preguntar! . . . ¡cuánta gracia en sus pe- 
queños defectos de curiosa, de observadora de lo que 
en derredor acontece! 

Aparece ante nosotros viva y natural, sin más 
idealidad que la del arte, que aureola su cabecita 
airosa. 

El libro todo está admirablemente escrito, aun 
cuando nuestra autora declara que una vez muerta la 
niña (Pogazzaro tiene la crueldad. . . o la misericordia 
de matarla) ya nada más le interesa en esas páginas, 
notables sin embargo. 

Pobre flor de poesía creada por un poeta y apaga- 
da luego por su soplo «como se apaga una luz»... 

No creo necesario citar, como otra excepción ita- 
liana, el Diario de un niño (Corazón), de Edmundo 
de Amicis. 

Pero, desgraciadamente, la literatura de Italia no 
es muy pródiga de figuras infantiles... 

Cierto que si los italianos y españoles destierran de 
la literatura a los niños, no los destierran del arte: 
ejemplos, los Bambinos de Rafael, los ángeles y queru- 
bines de toda la pintura italiana, y los Dioses niños 
del resplandeciente y dulce Murillo! Y sin embargo, 
nada sucede ser más interesante, más sugestivo para 
una pluma experta, que esas almas nacientes, que se 
abren «como una flor misteriosa», que esas inteligen- 

73 



Amado Ñervo 

cias que asoman a la vida llenas de curiosidades y 
de interrogaciones y cuya sensibilidad es un misterio 
insondable. 

Pero veamos ahora el reverso, el hermoso reverso 
de la medalla. 

¿Dónde? 

En la literatura anglo-sajona. 

Esta, en asuntos infantiles, es riquísima. El niño 
pasea triunfalmente por sus páginas, como, por lo 
demás, pasea triunfalmente por la vida. 

Recuerdo haber contemplado un cromo inglés con 
cierto deleite. 

Llámase, si mal no recuerdo, Su majestad él niño, 
y nos muestra el espectáculo de una de las calles 
más populosas de la inmensa Londres, en la cual 
todo un mundo de peatones, de cabs, de carros, de 
ómnibus, de vehículos de todos géneros se detiene 
ante el imperioso signo de un policeman, a fin de que 
pase de una acera a otra, de la mano de su nodriza, 
un bebé de dos o tres años! 

Este cromo, que hace suavemente sonreír, nos dice 
todo lo que es el niño en la vida inglesa. 

¿Qué tiene, pues, de extraño que, siendo tanto en la 
vida, su delicada y candida silueta se proyecte sobre 
muchas de las mejores páginas literarias de esos cul- 
tos pueblos que se llaman la Gran Bretaña y los Es- 
tados Unidos, como la flor más preciada de una raza 
noble y potente? 

Distingüese la literatura inglesa — como lo hace 
notar la señora Vaz, a quien vengo glosando — por la 
agudeza penetrante en el análisis de los caracteres 
que le pertenecen, y no se limita a estudiar al hom- 
bre y a la mujer ya hechos, ya modificados por la ac- 
ción de la vida, ya gastados en sus aristas más áspe- 
ras por el contacto permanente de sus semejantes, 
desfibrados ya por la fuerza brutal de las circunstan- 
cias externas; sino que va a buscar la raíz de los sen- 
timientos, de las tendencias, de las pasiones, de las 

74 



k 



Obras Completas 

energías (que después nos hieren y sorprenden en el 
hombre y en la mujer), en el alma reveladora del 
niño... 

Como en Inglaterra hay muchas mujeres de talen- 
to y algunas de genio, que tienen consagrada su vida 
a la literatura de ficción, y como el instinto maternal 
puede ser olvidado, eludido, discutido, si se quiere, 
pero nunca destruido enteramente, las novelistas in- 
glesas que no tienen hijos descubren esa maternidad 
ideal del arte y del libro, que las compensa y consuela 
de la falta de la otra. 

Las novelas de miss Yonge, tan amadas de la ju- 
ventud, están llenas de niños, de la vida de los ni- 
ños, de su ir y venir incesante y expresivo. 

En Villete^ de Carlota Eronte, que es una escritora 
genial, hay en las primeras treinta páginas una 
obra maestra de psicología infantil. 

Se trata de una niñita de cuatro o cinco años, 
a quien su padre adora y llena de mimos y a quien, 
en vísperas de un largo viaje necesario, se ve obli- 
gado a encomendar a una vieja amiga. 

Con esta materia prima elemental, hace miss Bron- 
te un cuadro que bastaría para consagrar su nombre. 

¿Y las dos criaturas de la novela de Eliot: The 
mili on the floss? 

¡Qué magistral pintura de la mujer y del hombre 
inglés! 

¡Qué encanto de evocación! ¡qué primor descripti- 
vo! ¡qué milagro de intuición moral! 

El rapaz Tom es el tipo admirablemente fijado del 
chicuelo que será un hombre inglés, vulgar. 

Es brutal, egoísta, busca-pleitos, autoritario; cons- 
ciente de su superioridad absoluta de hombre^ como 
más tarde lo estará de su superioridad absoluta de 
inglés... 

Jamás tiene para la hermanita, que le adora, una 
frase, una palabra de ternura, una expresión de agra- 
decimiento. Todo le es debido a ese pequeño tirano, 

76 



Amado Ñervo 

que en la libertad y la abundancia de la vida rural 
irá adquiriendo y desenvolviendo fuertes músculos, 
capacidad de trabajo, endurecimiento físico y moral, 
conciencia de su másenla soberanía, de su poder de 
gobernar sin nunca ser gobernado. 

En cuanto a ella, la pequeña Magda, será más 
tarde la gran escritora que se llamará Jorge Elliot, y 
por tanto debemos verla bajo este aspecto excepcio- 
nal. El libro es, sobre todo, la más viviente de las 
autobiografías. Pero en ella resalta una deliciosa 
figura infantil, llena de gracia, de capricho y de ab- 
negación inconsciente. 

Si la mujer inglesa tiene una infancia así, ¡qué ex- 
traño es que sea la bella creadora de razas y de na- 
ciones que han ocupado tanto lugar en la historia! 

Las escritoras que no tienen la sensibilidad aguda 
y mórbida de Carlota Bionte, ni la genial simpatía 
humana de la celebérrima autora de Adam Bebe, po- 
seen, sin embargo, a juicio de la señora Vaz, un ins- 
tinto que las lleva a buscar en el niño un elemento 
de profundo interés para sus estudios de caracteres. 

Y es ésta una de las cosas que hace que una no- 
vela inglesa mediana sea de lectura más útil, prove- 
chosa e instructiva que una novela continental (para 
hablar como ellos). 

Es el estudio del carácter humano, en sus infinitas 
modalidades, el tema predilecto de los escritores de 
Inglaterra. 

Ahora bien; la clave del carácter del hombre está 
en el carácter del niño, y está en él asimismo la clave 
del carácter de la raza. 

¿Por qué los latinos, los hispanoamericanos, los 
mexicanos, que tenemos tan curiosos ejemplos de 
psicología infantil, desdeñamos esta literatura? 

El niño de nuestra raza se desenvuelve más rápi- 
damente que el sajón y muestra más temprano que 
él una individualidad definida. Todas sus cualidades, 
todos sus defectos, todas sus energías se ostentan en 

76 



Obras Completas 

germen antes de los diez años, con una vivacidad 
que sorprende. 

Hay en él precocidades admirables, réplicas o 
interrogaciones verdaderamente desconcertantes. El 
carácter idealista,, imaginativo, ardoroso de la raza, 
se revela en todos sus actos, a veces muy fuera de 
razón y de un modo personaíísimo e intenso. Y, sin 
embargo, nuestros escritores andan a caza de proble- 
mas sociales que aún no se plantean en nuestro medio 
en formación, o sobre el eterno hierro del amor, o se 
enfrascan en la voluptuosidad de historietas afrodi- 
síacas... 

El único que ha procurado en México desentrañar 
la psicología infantil, analizar esos espíritos miste- 
riosamente embrionarios de nuestros niños, ha sido 
— hay que hacerle justicia —Ángel de Campo (Mi- 
cros). 

Hay en su obra, desmanejada a veces y mal estili- 
zada otras, pero siempre sincera y siempre basada 
en la verdad y en la vida, niños admirablemente 
sorprendidos. El sí se ha asomado al alma de la in- 
fancia y la conoce tan bien como el inmortal autor 
de ese Tom Sawyer que, barajado con La muía y el 
huey^ con las aventuras de Paconito Migajas y otras 
lindezas de Pérez Galdós (bien escritas, pero mal 
vistas), interesaba hasta el delirio a nuestros alum- 
nos de primer año de Lengua Nacional. 

¿Por qué la Secretaría de Instrucción Pública no 
patrocina un concurso de novelas de niños, de estu- 
dios de almas infantiles? 

Haría un gran bien, porque no se puede mejorar 
una raza si no se la conoce, y no se conocen ni las 
energías, ni las aspiraciones, ni los defectos, ni las 
cualidades de una raza, si no se ha familiarizado uno 
con sus niños, si no se ha asomado uno al alma en 
germinación de sus niños, si no ha sabido uno amar- 
los, comprenderlos y dirigirlos. 



77 




IX 



LA UNIVERSIDAD POPULAR DE MADRID 



J\ riesgo de apartarme, siquiera sea un ápice, del 
programa que esa Secretaría de su digno cargo se 
sirvió fijarme para que a él ajustase mis Informes 
mensuales, quiero hablarle en éste, correspondiente 
al mes de Mayo, que hoy fina, de una importantísi- 
ma Institución libre de enseñanza, de vulgarización 
científica, existente en Madrid y que, aun cuando 
tiene semejantes en Europa y América, no sólo no 
ha imitado a ninguna de ellas, sino que reviste ca- 
racteres muy especiales. 

Me refiero a la Universidad Popular de Madrid, 

¿Qué clase de Institución es ésta? 

En primer lugar diré que ni es obra de sectas, 
como las instituciones similares de Francia, ni vive 
en modo alguno de apoyo oficial, y ha sabido crear 
en Madrid el tipo de conferencia amistosa, d© con- 
versación familiar, encaminada a educar e instruir a 
las masas. 

La Universidad Popular no se jacta por cierto de la 
originalidad que todos le reconocemos. Si, según las 
palabras de uno de sus organizadores, no está for- 
mada a la moda de ninguna parte, no es porque as- 

78 



Obras Completas 

pirase deliberadamente a singularizarse, sino porque 
la prisa que hubo por trabajar, por hacer, no dio 
tiempo a mirar los modelos que pudieran ser imi- 
tados. 

No se ha pretendido singularizar la obra; se ha 
pretendido simplemente adaptarla a la índole del 
pueblo español. No se ha desdeñado la enseñanza de 
lo que se practica en otros países; pero, al desarro- 
llar ese estudio, los fundadores llevaban ya por de- 
lante una considerable cantidad de labor y de obser- 
vaciones propias y estuvieron por ello a cubierto de 
caer en lo demasiado exótico. 

Por lo apuntado se viene fácilmente en conoci- 
miento de la índole de esta obra educativa, y puede 
ya responderse a la pregunta hecha arriba: 

¿Qué clase de institución es la Universidad Po- 
pular? 

«La Universidad Popular — dice el artículo I.*' de 
sus estatutos — es una institución que tiene por ob- 
jeto realizar una obra de educación social, divul- 
gando entre los elementos populares toda clase de 
conocimientos útiles por medio de conferencias, cur- 
sos, veladas, excursiones, visitas a museos y fábri- 
cas, publicaciones especiales, etcs, etc.» 

La idea generadora de esta institución fué una 
idea de alta solidaridad, y su tendencia, según las 
palabras de los fundadores, la de aproximar a los 
que están distanciados y mantener unidos a los que 
se hallan en peligro de separarse. Su acción, pues, 
ha tenido que ser recíproca: llevando a los elemen- 
tos populares los resultados más fácilmente asimila- 
bles del estudio ordenado que no han podido hacer 
por sí mismos, y recogiendo de ellos, en cambio, las 
enseñanzas valiosas que de modo tan pródigo da la 
realidad viva siempre que a ella se acude con ansia 
de aprender. 

Añádase a esto el nobilísimo afán de sacudir la 
apatía ambiente, de destruir la ignorancia, de matar 

.19 



Amado Ñervo 

la intransigencia, y tendréis en obra a la Universi- 
dad Popular. 

Para fundarla no se ha necesitado más que buena 
voluntad. A sostenerla contribuyen todos. No hay 
profesor, no hay artista, no hay hombre que pueda 
decir una palabra de bien, de progreso, de amor, de 
enseñanza, que no acepte gustoso la invitación que 
se le hace. 

Como local, la Universidad Popular puede decirse 
que no tiene más que uno y que los tiene innumera- 
bles. Últimamente se ha instalado en la calle del 
Sacramento, número 4; pero va por todo Madrid di- 
fundiendo sus enseñanzas y sus beneficios. El nuevo 
domicilio en que se ha instalado tiene pocas y mo- 
destas habitaciones. En ellas no se ven más que ma- 
pas, carteles antialcohólicos y pizarras y muchos 
libros, casi todos obsequio de generosos donantes. 
Pero de aquel modesto refugio la Universidad Popu- 
lar irradia poderosamente y poderosamente difunde 
una inmensa cantidad de bien. 

La labor hecha por la Universidad Popular des- 
de 1904 hasta la fecha ha sido enorme, como verá 
usted por las listas que acompañarán a este informe. 

La norma adoptada desde el primer momento fué 
la de no limitarse a ofrecer, para que la aprovecha- 
ran los que quisieran ir en su busca, sino llevarla en 
primer término a los puntos de reunión habitual de 
los obreros y, en general, de todos los elementos a 
los cuales puede esta enseñanza convenir. 

Las mujeres tienen su porción de cuidados, de cul- 
tura, de educación en la Universidad Popular, la 
cual ha dado clases especiales de instrucción prima- 
ria para señoritas. 

Oigamos lo que a este respecto nos cuenta don 
Antonio Gascón y Miramón, vocal de la Junta de 
gobierno de la Universidad: 

«La Asociación general de modistas — dice este se- 
ñor — se dirigió de oficio a la Universidad Popular 

80 



Obras Completas 

rogando que se proporcionara a sus asociadas las 
enseñanzas de lectura, escritura, gramática y aritmé- 
tica. Nuestra Universidad creyó que no podía contes- 
tar con una negativa a esta demanda; pero conside- 
rando que por la índole de la nueva enseñanza pedida 
y de las alumnas que habrían de recibirla era precisa 
una organización especial, recabó el concurso de la 
Asociación para la enseñanza de la mujer, cuyas 
alumnas más adelantadas, en unión de algunos indi- 
viduos del Profesorado de dicha Asociación, toma- 
rían a su cargo la tarea, conservando siempre los 
profesores de la Universidad Popular cuanto se refie- 
re a la organización y cuidado de la enseñanza. Con 
la ayuda ocasional de varios de nuestros compañeros, 
cuidaron especialmente de este servicio, y no falta- 
ron ni un solo día los señores don Constancio Ber- 
naldo de Quirós y don Guillermo Beeluire.» 

Las clases se dieron por la noche, tres veces a la 
semana, y los resultados fueron verdaderamente 
alentadores. 

Una de las tareas más simpáticas de la Universi- 
dad Popular es la de las visitas a los Museos. 

Yo he presenciado casualmente algunas, pues son 
muy frecuentes, y he quedado encantado de la diafa- 
nidad, del espíritu claro y sintético con que se dan 
las explicaciones. 

Estas visitas han sido frecuentes; fijándonos en el 
año de 1905, tenemos que solamente del 15 de enero 
al 9 de julio se hicieron a los Museos del Prado, de 
Arte Contemporáneo, de Reproducciones, Arqueoló- 
gico y de Ciencias Naturales, veintiuna visitas en 
otros tantos domingos. 

Cada profesor tuvo a su cargo un grupo de 12 a 20 
alumnos. Los primeros grupos se formaron con los 
asistentes a las conferencias dadas en el Centro de 
Sociedades Obreras, después se formaron otros en la 
Asociación general de Dependientes de Comercio y 
en la de Modistas, y ya avanzado el curso, la So- 
Tomo XXII. $X 6 



Amado Ñervo 

ciedad El Fomento de las Artes formó un grupo 
más, del que se encargó uno de los profesores de la 
Universidad Popular. 

Los alumnos matriculados pasaron de 250. Los que 
asistieron en cada día fueron de 80 a 18. Los 16 pro- 
fesores que se encargaron de este trabajo dieron nada 
menos que ciento treinta y cuatro lecciones! 

El público de la Universidad Popular es, por todo 
extremo, interesante. Veréis allí desde el sexagena- 
rio hasta el niño; ^^ eréis a los dos sexos representados 
por sus más humildes individuos; veréis el amor, la 
devoción, la sostenida quietud y atención con que 
todo el mundo oye las lecciones que le dan, la pun- 
tualidad con que todo el mundo acude a oirías. 

Este espectáculo constituye sin duda la mejor re- 
compensa, el mejor estímulo para las nobles ener- 
gías que en la Universidad Popular laboran. 

No quiero concluir este informe sin dar el último 
resumen de trabajos hechos, a saber, el efectuado en 
el curso de 1905-1906, advirtiendo que si no doy el 
de los trabajos completos, desde la fundación de la 
Universidad, es porque no bastarían para ello mu- 
chas páginas. 

Ojalá que este resumen determine, en las diversas 
instituciones docentes de nuestro México, el movi- 
miento de simpatía hacia la Universidad Popular de 
Madrid, a que las nobilísimas tareas de ésta le dan 
derecho. 

CURSO DE 1905 A 1906 

Resumen de los trabajos hechos en este curso hasta el día 22 

de abril inclusive. 

Conferencias y lecciones diversas 148 

* con proyecciones . . 14 

> con ejemplos musicales 26 

Audiciones musicales 25 

Curso de Economía, lecciones 12 

> de Geografía, lecciones ■. 6 

82 



Obras Completa 

Lecciones en los Museos 121 

> en el estudio del señor Sorolla 2 

Clases a las obreras 139 

Conferencias sobre Higiene bucal en las Escue- 
las Municipales 19 



Total 512 

Los Centros en que ha trabajado este año la Uni- 
versidad Popular, son: 

Centro de Sociedades Obreras. Relatores, 24. 

Centro de Sociedades de Dependientes de Comer- 
cio. Costanilla de los Angeles, 1, 2.^ 

Centro Obrero Societario. Costanilla de los Ange- 
les, 1, 1.*^ 

Centro de Pintores Decoradores. Horno de la 
Mata, 7, 2.« 

Centro Instructivo de obreros republicanos del 
distrito de la Inclusa. Abades, 20. 

Centro Instructivo de obreros republicanos del 
distrito de la Latina, Ruda, 21. 

El Fomento de las Artes. San Lorenzo, 13. 

El curso de Economía se ha dado en el Centro de 
Sociedades de Dependientes de Comercio. El de Geo- 
grafía se da en un local del Ateneo, los domingos 
por la mañana. 



En la semana próxima comenzarán los trabajos en 
los centros siguientes: 

Centro Instructivo de obreros republicanos del dis- 
trito de Buenavista. Núñez de Balboa, 23. 

«La Única.» Sociedad de los gremios de comesti- 
bles unidos. Ponte jos, 1. 

Cinco centros de obreros católicos. 

Poco después se inaugurará la tarea en el Centro 
Instructivo de obreros republicanos del distrito de 
Palacio, Reyes, 19. 

I» 



Amado Ñervo 

Constructores de carruajes. Eelatores, 24. 
Sordo-mundos. Luzón, 4. 

Centro Instructivo y Protector de ciegos. Barbie- i 
ri, 21. \ 



Como he dicho, la Universidad Popular ha arren- 
dado hace días un modestísimo local en la calle del 
Sacramento, número 4. Esto la permitirá centralizar 
su labor y montar algunas enseñanzas sistematiza- 
das, sin perjuicio de continuar, como hasta ahora, 
sus demás trabajos. 

Queda abierta la matrícula enteramente libre y 
gratuita para los cursos siguientes: 

Geografía. 

Historia de España. 

Aritmética. 

Geometría. 

Física. 

Antropología. 

Higiene popular. 

Legislación social. 

Derecho político. 

Derecho mercantil. 

Solfeo. 

Los cursos serán, por ahora, de una a dos leccio- 
nes semanales, según los casos. Las clases se darán 
en las últimas horas de la tarde y por la noche has- 
ta las once, comenzando en los primeros días de 
Mayo. 




LOS ESTUDIOS HISTORICO-LITERARIOS EN 
ESPAÑA.— LA POESIA.—LA NOVELA HISTÓ- 
RICA.— LITERATURA ANECDÓTICA.— CULI I- 
VO ENTUSIASTA DE UN NOBLE GENERO 



F.s admirable cómo de pocos años a esta parte, la 
literatura histórica, esa flor y nata de la prosa didác- 
tica, ha florecido en España. 

¿Será que la nación, amargada un tanto por sus 
recientes desventuras, se vuelve hacia su glorioso 
pasado en demanda de consuelos? No lo creo. Más 
bien pienso que esta moda francesa de las monogra- 
fías, esta boga de la historia anecdótica, de la re- 
construcción y resurrección de épocas más o menos 
olvidadas, ha acabado de pasar los Pirineos y ha ha- 
llado en España un medio ambiente propicio. 

Yo me explico perfectamente, por lo demás, ese 
novísimo y entusiasta cultivo de la historia, aquí 
donde es historia todo, donde las piedras hablan 
a quienes saben interrogarlas, donde cada florecí ta 
del camino, cada jaramago, cada cardo, podrían 



^ ^n f<^j6¡iM^^ do N e r v. 



decirnos al oído cosas muy bellas y muy hondas. 

El venero es tan rico, tan opulenta la veta, que 
todo el mundo va dejándose tentar y ya casi no hay 
autor que no emprenda uno de esos libros de his- 
toria amena que tanto enseñan sonriendo, que por 
sus dimensiones y por su estilo nos invitan poderosa- 
mente a leerlos, y que son como guías literarias y 
admirablemente documentadas para viajar por este 
mundo de recuerdos. 

Los españoles han sido siempre historiadores. Tan- 
tas cosas han visto en esa su secular época, de 
conquista, de colonización, dedominio casi univer- 
sal, que no han resistido al natural impulso de con- 
tarlas. 

Y así se vio en otros siglos, especialmente en el 
XVI y XVII, a esos soldados y a esos frailes que al 
propio tiempo que guerreaban o evangelizaban, iban 
historiando lo que veían, en verso, como don Alonso 
de Ercilla en su Araucana, o en prosa, como don Die- 
go Hurtado de Mendoza, Hernán Cortés en sus Car- 
tas de Relación sobre el descubrimiento y conquista de la 
Nueva España, el capitán Bernal Díaz del Castillo, 
don Francisco de Xerez, don Gonzalo de Hernández 
de Oviedo, Garcilaso de la Vega, ¡qué más!, el mis- 
mísimo Carlos V en sus comentarios, por desgracia 
perdidos. 

Pero todos los prosadores históricos de la época 
clásica hacían sus relaciones harto mazacotudas, ver- 
tebradas con enormes períodos, y construidas con esa 
penosa sintaxis de los expresados siglos xvi y xvii, y 
tanta paciencia se necesita ahora, dentro del vértigo 
de la vida moderna, para leer a un Gonzalo de Bles- 
cas como a un Luis del Mármol Carvajal, a un Zu- 
rita, a un Bernardino de Mendoza, a un Mariana, et- 
cétera. 

Por|lo que ve a los Cronicones de los siglos xiii, 
XIV y XV, así como a los poemas de aquel tiempo, 
difícil es que hayan abundado en país alguno como 

86 



Obras Completas 

en España, y muchos de ellos son aún donosos y en- 
tretenidos, así como las historias de principios del 

siglo XVI. 

¿Quién no lee con gran interés, por ejemplo, la te- 
rrible crónica de don Pedro I de Castilla, apellidado 
el Cruel... o el justiciero^ como otros dicen, cuyo 
autor es el canciller don Pedro López de Ayala? No 
menos solazosa es la Crónica de Don Enrique Cuarto, 
por don Diego Enriques del Castillo, y la de los Re- 
yes Católicos, por Hernando del Pulgar. 

Menos abundante fué la novela histórica, cuyo 
prestigio es hoy tan grande entre los que leen. Sin 
embargo, allí está Ginés Pérez de Hita, que aún se 
deja leer con encanto. Este género, en los tiempos 
modernos, degeneró en España. A ejemplo de Du- 
mas padre, en sus divertidas pero absurdas novelas 
históricas, aquí se prostituyó el género sin pudor 
alguno. 

En los más discretos escritores influyó Walter 
Scott, al cual se imitaba furiosamente, y así llegó a 
las veces a adecentarse la novela histórica a princi- 
pios del siglo pasado. Baste recordar las obras de 
Trueba y Cosío, el admirable libro del gran Larra 
El doncel de Don Enrique el Doliente, Doña Isabel de 
Solis, de Martínez de la Eosa, y el Moro Expósito, 
del duque de Rivas, que, como dice Antonio Cortón, 
no es, en suma, más que una novela en verso. 

Hasta Espronceda, con su desmadejado Sancho 
Saldaña, se lanzó por los vericuetos de la novela his- 
tórica. 

El género decayó, sin embargo, después; pasó la 
moda y bueno es que haya pasado, porque no tenían 
aquellos escritores el concepto exacto de lo que este 
género literario debe ser, ni esa disciplina, esa fide- 
lidad, esa exactitud que hoy se muestra en la recons- 
trucción del paisaje histórico. 

En la segunda mitad del siglo xix empezó a ver el 
público español hombres de talla, de instrucción muy 

87 



Amado Ñervo 

vasta, de criterio muy amplio, ocuparse con verda- 
dera devoción en asuntos históricos. 

Don Antonio Cánovas del Castillo, a pesar de su 
vasta y agitada labor política, se dio a la historia 
con verdadero amor, y hay que confesar que su esti- 
lo se acerca ya a esta novísima forma de la literatura 
histórica que hoy priva en España. 

En sus páginas sobre «La casa de Austria en Es- 
paña», hay retratos admirables, entre ellos el sereno 
y grave de Felipe II, depurado de tanta tontería 
como se ha dicho de este rey. De don Marcelino Me- 
nóndez Pelayo, como historiador, ¿qué diré que no 
sea conocido de todo el mundo? Diré mi opinión, 
diré que me resulta ameno, a pesar de su excesiva 
erudición, y que si fuera dable fundir en uno a Azo- 
rín, por ejemplo, con su extraordinaria amenidad, 
con su exquisita comprensión de las cosas, y a don 
Marcelino con su saber, y dedicar a ese compuesto 
humano a escribir monografías histórica;S, o novelas, 
o libros de reconstrucción, éstos serían preciosos por 
todos conceptos. 

Pero me he acercado insensiblemente a los días 
actuales y fuerza es justificar lo que decía al princi- 
pio, de ese florecimiento de los estudios históricos 
que aquí se advierte, ya sea en sus más severas for- 
mas, ya en esas más sugestivas, más insinuantes y 
por ende más populares del libro especial, ameno, 
anecdótico, que se concreta a estudiar tal o cual figu- 
ra, tal o cual fecha, tal o cual suceso, con abundan- 
cia, pero sin congestión de noticias y de datos. Tal 
clase de obras, de pocos años a esta parte, ha aumen- 
tado en extraordinarias proporciones y, en la impo- 
sibilidad de hablar de todos los autores y todos los 
libros, enumeraré, sí, algunos, muchos, para que se 
vea el furor de que esta literatura disfruta. 

Empezaré por Pérez de Guzmán, el académico de 
la Historia, el cual por cierto quiere mucho a los 
americanos, ha estudiado a fondo nuestra vida coló- 



Obras Completas 

nial, y se ha leído a cuanto poeta lia habido a las 
manos, desde Francisco de Terrazas, hasta... Rubén 
Darío. 

Pérez de Guzmán es amenísimo. Su literatura his- 
tórica se informa admirablemente en el documento, 
pero huye de la nota nimia y pesada. 

Sus estudios, sus trabajos, son de una noble lim- 
pidez y de una admirable imparcialidad. El es quien, 
por amor a la verdad, ha sabido mostrarnos la sim- 
pática, la dignísima figura de don Fernando V de 
Aragón en su verdadera luz, combatiendo a todos 
aquellos que injustamente han pretendido atribuir el 
mérito total de la política de su tiempo al cardenal 
Cisneros, supeditando al sagaz, al prudente, al sabio, 
al diplomático esposo de la gran Isabela. 

El ha sido asimismo quien ha roto lanzas por esa 
pobre, prosaica y calumniada Doña Mariana de Aus- 
tria. 

De don Benito Pérez Galdós no diré más sino que 
en sus Episodios Nacionales cada día hay menor do- 
sis de novela y mayor dosis de historia. El próximo 
episodio versará sobre Prim. 

Esa figura luminosa y caballeresca aparecerá den- 
tro de un marco rigurosamente histórico. 

Al principio, el eminente autor pensó en mover a 
su héroe en México, primeramente; revivir de nuevo 
con su poderoso espíritu, que todo sabe animarlo, 
aquella aventura con que un hombre, envainando su 
espada, supo ganarse más gloria, más veneración y 
amor que si ella hubiese continuado siendo el instru- 
mento de las más resplandecientes victorias. 

Pero luego, la misma escrupulosidad de don Beni- 
to, su amor mismo a la verdad, han hecho que no se 
decida a describir aquel escenario nuestro, aquella 
nuestra vida; porque teme no describirlos bien, re- 
cela que por las arterias de sus personajes no corra 
la sangre; teme no encontrar la cantidad de docu- 
mentos y la calidad de los mismos que necesita, y 



k 



Amado Ñervo 

estos sus nobles escrúpulos harán que el héroe se 
mueva sólo dentro del escenario europeo y que Gal- 
dós, al hablar de los movimientos que en México 
precedieron a la Intervención y al Imperio, se refie- 
ra más bien a aquellos personajes mexicanos que an- 
duvieron por Europa y que más o menos influyeron 
acá en las Cortes, siendo coautores en la lastimosa 
aventura que acabó con la muerte de Maximiliano. 

Don Antonio Rodríguez Villa escribió hace poco 
tiempo un interesantísimo libro: La Reina Doña Jua- 
na la Locaj libro que me he leído con verdadero de- 
leite. Rodríguez Villa es un hombre laboriosísimo 
y ha vaciado en esas páginas todo el archivo de Si- 
mancas. 

La larga y angustiosa vida de la que fué hija de 
la reina más grande de España y madre del Empe- 
rador más ilustre de la historia moderna está allí de- 
tallada día por día. El documento la sigue paso a 
paso, desde su infancia hasta su matrimonio con don 
Felipe, durante su larga estancia en Flandes, en su 
regreso a Castilla, su viudez, y, por último, en ese 
casi medio siglo de soledad y pasión en Tordesillas, 
en el viejo palacio donde murió. 

Quizá precisamente de lo que peca este libro es de 
exceso de documentación. Rodríguez Villa apenas si 
habla en él: deja que el documento nos lo refiera 
todo, y todo nos lo refiere el documento con una in- 
genuidad, con un color, con una vivacidad admira- 
bles. Sólo que esas largas tiradas de citas asustan al 
lector poco dado a estudios, y son, por lo tanto, poco 
eficaces para la vulgarización de la Historia. Para 
mí, las tales citas han sido un verdadero regalo, por 
lo que dejan transparentar de todo el reinado de los 
Reyes Católicos, de la vida castellana en las postri- 
merías del siglo XV y comienzos del siglo xvi; pero 
es claro que al común de los lectores hay que tratar- 
los con más suavidad, a fin de que lean y se ins- 
truyan. 

90 



Obras Completas 

Como los trata, por ejemplo, el erudito y amenísi- 
mo padre Coloma. Se recordará que este ilustrado 
jesuíta empezó por escribir encantadoras narraciones 
para los niños, en las cuales había ya sus asomos de 
Historia. Dedicóse después a obras de mayor aliento, 
y publicó aquellas famosas Pequeneces^ que tanto es- 
cándalo armaron en España, y en las que con colo- 
res tan vivos pintaba a la aristocracia madrileña. 

A Pequeneces siguió Boy y que empezó a publicarse 
en el Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús , de Bil- 
bao, y que se suspendió de la noche a la mañana. 
¿Por qué? Quizás la Compañía de Jesús, siempre 
avisada y prudente, halló que las novelas del padre 
Coloma removían demasiado la curiosidad pública. 
Ello es que Boy no continuó y que, después de algún 
tiempo, el padre Coloma se nos mostró en un nuevo 
avatar: el de historiador. 

Su primer libro de estudios históricos fué el inti- 
tulado Retratos de antaño, escrito a instigación de la 
duquesa de Villa Hermosa, y que se refería a ante- 
pasados de esta excelsa dama, nada menos que de 
don Martín de Aragón, que era de origen real, y la 
cual que siempre protegió las artes y las letras, dan- 
do claras muestras de su desprendimiento y de su 
amor a España con el precioso regalo de dos Veláz- 
quez al Museo del Prado, por lo cual los yanquis le 
ofrecían una fortuna. A los Retratos de antaño, que se 
referían especialmente a la que fué llamada La San- 
ta Duquesa, y que si he de decir la verdad eran un 
poquito secos, un si es no es adustos y asaz repletos 
de erudición, siguió un libro de éstos que llamo yo 
de historia anecdótica, una amabilísima monografía. 
La Reina mártir, estudio muy completo sobre María 
Estuardo. Es claro que impera en esas páginas un 
criterio especial, que están escritas con un determi- 
nado fin y que no es tal criterio precisamente el que 
la Historia acepta con respecto a la infortunada Rei- 
na de Escocia. Pero, en cambio, la soltura y claridad 

91 



Amado Ñervo 

del estilo, la gracia y primor del colorido, el interés 
inmediato e intenso que esas páginas despiertan, hace 
de La Reina mártir una lectura que difícilmente se 
olvida. 

Ningún reposo se dio después de este bello libro 
el padre Coloma, y el año pasado publicó el primer 
volumen de una obra de más aliento, cuya edición 
quedará completa en el año actual. Trátase de Jero- 
min, o sea la vida de don Juan de Austria. 

He leído ese primer volumen a que me refiero y 
confieso que me ha encantado. 

El padre Coloma afirma en él sus cualidades de 
historiador sugestivo, erudito sin indigestión, insi- 
nuante, pintoresco. Esta historia de don Juan de 
Austria, como otras muchas historias ciertas, prueba 
que nada hay más novelesco que la realidad y que a 
veces, como dicen los franceses, la verdad es invero- 
símil. Qué admirable, qué raro y brillante destino el 
de ese Jeromín, cuya primera infancia transcurrió 
en Leganés, en las cenagosas callejas en que con pa- 
lurdillos de su edad jugaba a la ballesta; que ignora- 
ba de dónde venía y adonde iba, y que un día de 
golpe y porrazo se encuentra con Felipe II, quien le 
dice nada menos que estas palabras, en presencia de 
Luis Guijada, tutor disimulado del arrapiezo, y del 
gran duque de Alba: 

— Y a todo esto, señor labradorcillo, no me habéis 
dicho aún vuestro nombre. 

— Jerónimo — respondió el muchacho. 

— Gran santo fué; pero preciso será mudároslo... 
¿Sabéis quién fué vuestro padre? 

Enrojeció Jeromín hasta el blanco de los ojos y 
alzólos hacia el Rey, entre llorosos e indignados, 
porque le pareció afrenta no tener respuesta que 
darle. Mas conmovido entonces Don Felipe, púsole 
una mano en el hombro, y con sencilla majestad le 
dijo: 

— Pues buen ánimo, niño mío, que yo he de decí- 

92 



Obras Completas 

roslo... El Emperador, mi señor y padre, lo fué tam- 
bién vuestro, y por eso yo os reconozco y amo como 
a hermano. 

En esto de vidas que por lo maravillosas eclipsan 
a la novela mejor urdida, y que son y serán siempre 
admirable asunto para esa literatura histórica de que 
vengo hablando, no anda por cierto escasa la época 
moderna. Allí tenéis a la Emperatriz Eugenia, pa- 
sando del relativo bienestar de una existencia deco- 
rosa al primer trono del mundo y paseando en triun- 
fo por París. Y allí tenéis también, para no ir muy 
lejos, a aquella guapa Pepita nuestra, que casada 
con Bazaine pasó de una población del Estado de 
Veracruz, primero al Palacio de México y luego al 
de las Tullerías y que acaso no estuvo muy lejos, si 
la aventura del Mariscal cuaja, de escalar el trono de 
Francia. 

El incomparable Navarro Ledesma también hizo 
como ninguno, debiéramos decir, historia anecdótica. 

Ese hombre, que poseía de un modo insuperable 
el idioma, que conocía tan a fondo la historia de su 
país, que había logrado hacerse un estilo tan puro y 
amable, tenía que descollar, como descolló, en tal 
género literario. 

Su Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra 
es, sencillamente, una obra maestra; más que todos 
los elogios que de ella pudiese yo hacer, y que alar- 
garían yo sé hasta dónde este Informe, está su lectu- 
ra. Leed esa paciente, esa opulenta y nobilísima 
obra; es lo mejor que podréis hacer. Navarro Ledes- 
ma, en sus últimos días, había hecho con verdadera 
veneración un viaje por Castilla la Vieja, un piadoso 
viaje por los caminos del Cid, y «marchó Navarro 
»L«desma — dice Enrique de Mesa en una página 
»que dedica al maestro muerto en flor — a recorrer el 
» viejo solar de Castilla. Ensubstanciada su pluma 
»con castizos jugos, templado su espíritu en puras, 
» españolas fuentes, forjado su estilo en castellano 



Amado Ñervo 

»yunque, ¿quién mejor que él podría arrancar a las 
» llanuras ásperas, a las renegridas piedras y a los 
» soleados muros de las ciudades muertas sus recuer- 
»dos históricos y sus fábulas legendarias?» 

«Visitó el maesti'O el lugar de las campañas de 
» Fernán González, el sitio de la tragedia de los In- 
>f antes, y en la tierra por él amada sintió el último 
»de los dolores de su vida, que le llevó a la muerte.» 

Qué libro tan hermoso, qué bella reconstrucción,' 
qué resurrección portentosa de un Cid o de un Alvar 
Fañas de Minaya hubiera salido de ese viaje! Pero 
la muerte, áspera y diligente, arrebató al sembrador 
en pleno esfuerzo... y el libro fuese con él a la 
tumba. . . 

Don Julio Nombela, editor de la Ultima Moda, ha 
decidido asimismo editar una serie de obras históri- 
cas que se referirán a autores célebres. Esta colec- 
ción, según las palabras del editor, «tiene por objeto 
contribuir a la cultura de todas las clases sociales, 
reuniendo en un solo volumen y en el más reducido 
espacio posible los más interesantes detalles de la 
vida de los autores nacionales y extranjeros, antiguos 
y modernos, de universal celebridad, la completa re- 
seña de sus obras y los fragmentos de ellas que me- 
jor caractericen su peculiar estilo y pongan de relie- 
ve sus cualidades personales». En la época actual, 
añade el editor, «es indispensable poseer una ilustra- 
ción general y sólida, que no permite adquirir fácil- 
mente la vertiginosa rapidez con que se vive. Los 
libros que ofrecemos aspiran a satifacer en breve 
tiempo y a poca costa esta necesidad intelectual, et- 
cétera.» 

La verdad es que estas líneas que he citado no han 
sido simples retóricas de reclamo ni palabras al vien- 
to: el primer libro de la serie, el Espronceda^ de don 
Antonio Cortón, cumple con tan buenos propósitos 
y, con justicia, ha merecido el unánime sufragio de 
la Prensa. La vida del poeta, depurada de mentiras 

94 



Obras Completas 

líricas y de injustas leyendas, aparece diáfana en 
esas páginas en las cuales se respira el ambiente de 
los comienzos del siglo xix. 

Cortón no adula al poeta, no procura embellecer- 
lo, con todo y que se ve a las claras cuánto le ama. 
El Espronceda de su libro es el verdadero, con todas 
sus miserias y todas sus bellezas, y así la figura ad- 
quiere un relieve definitivo y tanto más noble cuan- 
to más verdadero. 

Citaré, para concluir, porque no puedo menos, da- 
das ya las exageradas proporciones de este modesto 
trabajo, las siguientes obras: 

Femando VI y Doña Bárbara de Braganza, por Al- 
fonso Danvila. 

^uizo de Molina^ por Blanca de los Eíos. 

El Arcipreste de Hita^ por Julio Puyol y Alonso. 
(Este estudio crítico es muy importante.) 

Alarcón, por Luis Fernández Guerra. Eefiérese 
este libro a nuestro glorioso don Juan Ruiz de Alar- 
cón, y nos cuenta su vida y sus trabajos en España, 
diciéndonos todo lo que puede interesar al lector; 
cuanta anécdota se ha podido recoger sobre el graso 
poeta, su situación con respecto de sus contemporá- 
neos: sus rivalidades con Lope, etc., etc. 

Los Precursores españoles de Bacon y de Descartes^ 
por don Eloy Bullón. 

Cómo se defendían los españoles del siglo XVI ^ por 
F. de la Iglesia. 

Origen filológico del Romance Castellano, por don 
Manuel Rodríguez y Rodríguez. 

También pertenecen a la literatura histórica ver- 
sos, como los que con el título de Leyenda ha colec- 
cionado don Antonio de Zayas, y que retratan a in- 
numerables glorias españolas con un hábil rasgo, en 
su medio ambiente especial. 

Y, por último, en la nueva colección popular inti- 
tulada Oro Viejo y Oro Nuevo ^ se han reimpreso los 
principales romances históricos del duque de Eivas. 

95 



A 



m 



d 



^ 



No creo necesario citar más, aunque me vienen in- 
numerables nombres a la memoria, para justificar lo 
que al principio de mi informe decía de este reflore- 
cimiento, de esta abundancia de estudios históricos 
de todos los géneros, que muestran una corriente 
muy simpática, un rumbo muy loable, una orienta- 
ción muy noble de la mentalidad española actual. 




96 




XI 



PROGRAMAS, HORARIOS Y MÉTODOS SE- 
GUIDOS EN FRANCIA PARA LA ENSEÑANZA 
DE LA LENGUA NACIONAL 



jeñoe: 

Aprovechando mi permanencia de algunos días en 
"^ Francia y la amabilidad de nuestro ministro el señor 
Mier, quien se sirvió recomendarme con las personas 
que podían ayudarme en mi cometido, he visitado, 
en ejercicio de la comisión con que se sirvió usted 
honrarme y que consiste en estudiar en los países ex- 
tranjeros los métodos, programas de enseñanza, tex- 
tos, innovaciones y adelantos relativos a las clases 
de Lengua Nacional de cada uno de esos países y de 
su literatura propia; he visitado, digo, algunos liceos 
y colegios y procurado darme cuenta de los métodos 
que siguen para la enseñanza del francés y del resul- 
tado de estos métodos. 

Desde luego me he fijado en la graduación que 
aquí se hace de los estudios, en general; en la divi- 

ToMO XXII. 97 7 



Amado Ñervo 

sión de los cursos y en los programas relativos a 
ellos, y he formado el siguiente pequeño cuadro que 
los sintetiza y resume: 

1.^ Enseñanza materna. 

2.° Clase infantil. 

3.^ Enseñanza primaria propiamente dicha. 

Por lo que ve a la enseñanza maternal, a la que el 
gran Froebel dio una importancia que pudiéramos 
llamar meticulosa y en la que basó todo su noble edi- 
ficio pedagógico, no me parece que pueda comparar- 
se aún en Francia a la americana, por ejemplo, que 
ha sabido transplantar y robustecer todos los métodos 
alemanes con loable rapidez y con notables resul- 
tados. 

Quizá éste que pudiéramos llamar profesorado ni- 
mio y metódico de la madre, que norma y guía cada 
movimiento de su hijo hacia un fin perfectamente 
definido, convirtiendo en un pretexto de educación 
cada detalle de la vida exterior, no cuadra con la ín- 
dole de nuestras madres latinas, cuya dulce misión ¡ 
más está entretejida do besos que de enseñanzas. 

Por lo que ve a lo que aquí se llama clase Enfanti- 
ne y que entiendo que corresponde a nuestros jardi- 
nes de niños, se nota en Francia algo muy digno de 
ella: el vivo deseo de aprender de los anglo-sajones, 
lo que constituye una de sus más nobles preseas en : 
asunto educativo, y es cada día más notable el mejo- ¡ 
ramiento del material escolar, por ejemplo, y cada 
día se impone más a los espíritus esta idaa madre de 
la educación americana e inglesa: todo para el niño. 
Hagamos del niño desde su más tierna edad un ser 
consciente de sus deberes y de sus derechos. Démos- 
le lo más pronto posible lo que los americanos lla- 
man con una frase muy atinada y típica el control de 
si mismo: the self control; coloquémosle en su verda- 
dero lugar con relación a todas las cosas, para que la 
perspectiva de ellas nunca lo engañe, y hagamos 
por medio de útiles escolares, sabiamente construí- 

98 «. 



Q h r a s Completas 

dos y combinados, que se forme un concepto sin- 
tético del mundo que le rodea y de la manera de uti- 
lizarlo. 

Creo, no sé por qué, que los maravillosos triunfos 
del Japón, que el inopinado movimiento con que éste 
se ha impuesto al mundo, que, sobre todo, el tino in- 
menso con que lia sabido aprovechar las enseñanzas del 
exterior^ han conmovido a Francia, mejor que tantos 
libros, y la han hecho salir de sí misma y buscar en 
el extranjero comparaciones muy útiles e insinuaeio- 
nes muy saludables. 

Por más que cierta clase de periódicos, con un la- 
mentable jacobinismo, tiende a engañar a la nación 
con respecto al valor intelectual de los otros pueblos, 
y ahora especialmente con respecto al enemigo de su 
aliada la Rusia, otros periódicos, con celo digno de 
todo elogio, quitan de sus ojos las vendas y le dicen 
palabras como estas de Ludovico Naudeau: »¿Por 
qué Inglaterra supo hace algunos años que podía, 
sin temor de fracaso, aliarse con el Japón? ¿Por qué 
los Estados Unidos observan desde hace mucho tiem- 
po una actitud deferente respecto del pueblo nipón? 
Porque esas dos naciones han sido informadas^ adver- 
tidas por sus innumerables viajeros, porque sus con- 
cienzudos escritores sabían ya que el Japón se había 
convertido en una gran potencia en una época en que 
otros pueblos menos clarividentes^ o quizá menos do- 
cumentados^ se complacían aún en sarcasmos y burlas 
que no eran más que la manifestación de su igno- 
rancia. . . 

Por un viajero francés en el Japón circulan dos o 
tres mil viajeros anglo-americanos. Por un libro es- 
crito sobre el Japón en lengua francesa, aparecen 
veinte en lengua inglesa. En los registros de los ho- 
teles, a cada instante se ven nombres célebres de 
todo Londres o de todo Nueva York. Pero ¿dónde 
están los nombres franceses? No los veo. Francia, sin 
embargo, es el país en que hay más rentistas. 

99 



Amado Ñervo 

¿Qué hacen los ricos franceses? ¿Por qué se resig- 
nan a ser nulos? Cuando el Universo se abre a ellos, 
ellos se desecan en su pequeña patria provincial. 
|Ay! Francia entera se ha vuelto una pequeña patria, 
y el mundo terrestre no es tan vasto como lo creen 
los sedentarios. Señores ricos de Francia, los navios 
os esperan.» — Ludovic Naudeau. Le Journal, 12 de 
agosto.» 

La anterior cita, que a primera vista parecería im- 
procedente, no lo es, en modo alguno, si se consi- 
dera que confirma lo que indicaba arriba respecto del 
naciente, pero vigorosísimo, deseo que hay ya en 
este país tan grande, tan bello y tan noble, de apren- 
der franca y resueltamente lo que ignora, de salir de 
sí mismo, de asimilarse lo mejor de otros países y de 
ejercer así de nuevo en el mundo ese divino aposto- 
lado intelectual que le conquistó el nombre de madre 
y maestra latina. 

No hace muchos años aún, requisitorias del linaje 
de la de Naudeau hubieran sido muy mal recibidas. 
Hoy, aquí, abundan los que las pronuncian y más 
aún los que las escuchan y meditan. 

En el terreno de la Instrucción pública, que es el que 
nos atañe y nos interesa por ahora, se advierte toda- 
vía más que en otros este nobilísimo deseo de expan- 
sión y de comparaciones. Basta ver, en la carta que 
el ministro de Instrucción pública dirigió, por ejem- 
plo, en enero de 1902 al Presidente de la Comisión 
de Enseñanza de la Cámara de Diputados con moti- 
vo de los nuevos programas, las frecuentes alusiones 
a los métodos de enseñanza más fructíferos del ex- 
tranjero y a lo que de ellos es aplicable a Francia. 

Es proverbial la frase aquella de que en 1870 no 
fueron los cañones, sino los maestros de escuela de 
Alemania, los que triunfaron. Francia ya puede de- 
cir ahora que tiene maestros de escuela en toda la 
amplísima y dignísima significación de la palabra. 

Pero vengamos a la enseñanza del francés. j- 

100 



Obras Completas 

En lo que aquí se llama classes Enfantines, la en- 
señanza de la lengua se hace: 1.° Por medio de Ejer- 
cicios orales^ a saber: preguntas muy familiares que 
tengan por objeto enseñar a los niños con claridad y 
corrección los defectos de pronunciación. 

Ejercicios muy sencillos de lenguaje: vocabulario 
y frases breves. 

Ejercicios de memoria: recitación de poesías muy 
sencillas y fáciles, siempre explicadas en clase pre- 
viamente. 

2.° Ejercicios escritos, que consisten: en copiar 
textos breves, previamente explicados, y que prepa- 
ren para el estudio de la ortografía. 

En escribir al dictado textos del mismo género. 

3.^ En lecturas, muy breves, hechas en clase y 
contadas luego por los niños. 

Como se ve, estos procedimientos son análogos del 
todo a los propuestos en diversas ocasiones en Mé- 
xico por los programas de Lengua Nacional. 

En la división de dos años, que aquí se llaman 
preparatorios, la repartición de horas beneficia sin- 
gularmente al francés, pues que a él se le consagran 
nueve horas semanarias de clases. 

El programa que se sigue es éste: 

Lectura, acompañada de una corta explicación del 
sentido de las palabras más difíciles. Colección ele- 
mental de trozos escogidos. 

Los trozos escogidos son obligatorios en la división 
preparatoria. Los hay, como todos sabemos, en Fran- 
cia en una proporción enorme. Yo conozco más de 
veinte volúmenes y casi todos bien arreglados, de 
suerte que experimentamos, con respecto a ellos, lo 
que aquí se llama V embarras du choix. Para hacer su 
lectura más interesante, los autores modernos empie- 
zan a preocuparse sobre todo — y éstas son desde hace 
tiempo por cierto las ideas de usted, señor ministro, 
sobre el particular — de que cada lecturita constituya 
un ensembUj si he de usar la palabra extranjera; un 

101 



Amado Ñervo 

todo y no un fragmento desmadejado que no puede 
tener interés alguno para el niño. 

Así, pues, búscanse especialmente los cuentos, las 
anécdotas, los pequeños discursos (la mies aquí es 
vasta y muchos los operarios), y cuando hay que to- 
mar algo de carácter fragmentario, porque el autor 
clásico o moderno en cuya obra se espiga no tiene 
nada pequeño y adecuado, entonces el fragmento es, 
casi siempre y merced a una atinadísima elección, 
tan bien hallado, que se desprende y destaca perfec- 
tamente en la crestomatía y despierta el buscado in- 
terés del niño. 

Pero sigo mi enumeración: 

Lengua francesa 

Primeras nociones sobre las diferentes especies de 
palabras: nombre, artículo, adjetivo, verbo. 

Primeros elementos de la conjugación: verbo étre, 
verbo avoir. 

Verbos regulares (la voz activa solamente) . La pa- 
siva tiene modalidades que suponen para su compren- 
sión ideas un poquito más avanzadas. Formación del 
femenino y del plural, con una breve explicación, 
repetida lo más posible, de la índole del idioma acer- 
ca de esa formación. 

Concordancia del adjetivo con el nombre y del 
verbo con el sujeto. 

Análisis: reducido a sus formas más simples. 

Naturaleza de las palabras: género, número. Rela- 
ciones del adjetivo con el nombre, determinado o ca- 
lificado sujeto del verbo. 

Ejercicios de análisis, generalmente orales y algu- 
nas veces escritos. 

Ejercicios orales 

Preguntas y explicaciones a propósito de los diver- 
sos ejercicios de la clase. 

102 



Obras C o m p I e t a s 

Interrogación sobre ©1 sentido, el empleo, la orto- 
grafía de las palabras que hay en el texto que se ha 
leído. Deletreo de las palabras difíciles. 

Eeproducción oral de pequeñas frases leídas y ex- 
plicadas y luego de narraciones o de fragmentos leí- 
dos por el profesor. 

Ejercicios de memoria 

Recitación de poesías de índole muy sencilla, 
siempre explicadas previamente en clase (sentido de 
las palabras y de las frases). 

Ejercicios escritos 

Ejercicios graduados de ortografía (en el pizarrón 
o en los cuadernos). 

Dictados de poca extensión, previamente leídos y 
explicados y que ofrecen un sentido completo e inte- 
resante. 

Llamar la atención de los niños sobre la puntua- 
ción. Nada más que llamarles la atención, pues esto 
de la puntuación constituye algo de lo más hondo y 
difícil de lo que pudiéramos llamar la psicología del 
lenguaje y del estilo. 

En el llamado «segundo año preparatorio» se de- 
dican a la enseñanza de la lengua siete horas sema- 
narias. 

La distribución de trabajos es como sigue: 

Lectura: el mismo programa que en el primer año 
preparatorio. 

Colección elemental de trozos escogidos. 

Lengua francesa: nociones sobre las diferentes es- 
pecies de palabras: nombre, artículo, adjetivo, pro- 
nombre, adverbio, verbo, conjugación completa d© 
los verbos regulares (voz activa). 

Reglas de concordancia, las más sencillas; natu- 

103 



Amado Ñervo 

raleza de las palabras: género, número, persona, 
tiempo, modo. 

Idea de la proposición: simple análisis de sus ele- 
mentos esenciales: sujeto, verbo, complemento del 
verbo (directo o indirecto). 

Atributo del sujeto. 

Ejercicios de análisis, las más veces orales y algu- 
nas veces escritos. 

Ejercicios orales 

El programa mismo del primer año preparatorio. 

Ejercicios de memoria: el mismo programa que en 
el primer año pi^eparatorio. 

El profesor podrá hacer que sus discípulos apren- 
dan de memoria trozos dictados, previamente leídos 
y explicados en clase. 

Ejercicios escritos: 

El mismo programa que en el primer año prepara- 
torio. 

Pequeños ejercicios de la lengua francesa. 

Composición de pequeñas frases con elementos de- 
terminados. 

He aquí algunos ejemplos de ejercicios que es ne- 
cesario variar: 

Distinguir los nombres de los adjetivos, verbos, et- 
cétera., empleados en frases dichas por el profesor, 
escritas en el pizarrón o tomadas de un texto. Cam- 
biar en una narración el tiempo de los verbos. Cam- 
.biar la persona. Ejercitar a los discípulos en encon- 
trar, o si es posible en clasificar, cierto número de 
nombres, de adjetivos, de verbos, que se relacionen 
con un determinado orden de ideas. Explicación del 
sentido de los adjetivos que se dicten. Iniciar el em- 
pleo de nombres abstractos. 

He aquí, señor, lo que constituye la enseñanza 
primaria de la Lengua en Francia, enseñanza emi- 
nentemente práctica y nutrida que ya no se encon- 

104 



Obras Completas 

trará tan extensa y prolijamente en los años secunda- 
rios. Los dos años preparatorios de que acabo de 
hablar no deben confundirse, naturalmente, a pesar 
de su denominación, con lo que nosotros llamamos 
enseñanza preparatoria; pues corresponden en abso- 
luto, como se ve, a la primera enseñanza. Constitu- 
yen, sí, una preparación sólida y vasta para la ense- 
ñanza secundaria, que consta de dos ciclos: el prime- 
ro de una duración de cuatro años; el segundo de una 
duración de tres, y que sí corresponde a nuestra en- 
señanza preparatoria. 

De estos dos ciclos y de todos los detalles de la 
enseñanza secundaria hablaré en mi próximo infor- 
me, añadiendo algunas observaciones y apreciaciones 
personales. 

Protesto a usted mi profundo respeto y mi alta 
consideración. 

París, Agosto 16 de 1906. 




b 



105 




XII 

LA ENSEÑANZA DE LA LENGUA Y DE 
LA LITERATURA EN FRANCIA 



P. N mi anterior informe tuve el honor de hablar a 
nsted acerca de los programas, horarios, métodos, et- 
cétera, que se siguen en Francia para la enseñanza 
de la Lengua, y de comentar y glosar lo que me pa- 
reció digno de comento y de glosa. 

Voy a hablar a usted de los mismos detalles refe- 
rentes a lo que en aquella nación se llama enseñanza 
secundaria^ siquiera sea someramente; pues me urge 
en posteriores comunicaciones informarle con res- 
pecto a muchas cosas que se refieren a la comisión 
que tuvo usted a bien confiarme, sobre todo en lo que 
ve a la enseñanza de la Literatura; pues confieso a 
usted que la materia es fértil por demás. 

La enseñanza secundaria está constituida por un 
curso de estudios de una duración de siete años, y 
comprende dos ciclos: uno de una duración de cuatro 
años; el otro de una duración de tres años. 

En lo que se llama el primer ciclo, los alumnos — y 
esto obedece a nuevos arreglos, hijos de nuevas ideas 
pedagógicas — pueden escoger entre dos secciones. 

106 



Obras Completas 

En una se enseña, independientemente de las ma- 
terias comunes a las dos secciones, el latín, a título 
obligatorio, desde el primer año, y el griego ad libi- 
tum a partir del tercer año. 

En el otro, que no incluye ni la enseñanza del 
latín ni la del griego, se da más desarrollo a la en- 
señanza del francés y de otros ramos. 

En el primer año de la enseñanza secundaria, co- 
rrespondiente al primer ciclo, que consta de cuatro 
años (el segundo ciclo consta de tres), la enseñanza 
del idioma francés se hace de la siguiente manera: 

División A. 

(Es decir, la que supone al par que la enseñanza 
del francés la del latín y del griego, y en la que con- 
sagran al francés sólo tres horas semanarias.) 

Lectura, explicación y recitación de autores fran- 
ceses, gramática francesa, estudio de la sintaxis. 

Ejercicios de lengua francesa y de ortografía. 

Pequeños ejercicios orales y escritos de composi- 
ción. 

Por lo que ve a las reglas se enseñan, sobre todo, 
por el uso. El profesor no debe dejar pasar inadver- 
tida ocasión alguna de hacer que los discípulos las 
apliquen instintivamente. Unirá, pues, su enseñanza 
a los ejemplos que proporciona el lenguaje hablado 
o escrito. 

El estudio de la gramática tendrá por objeto resumir 
en fórmulas precisas las 7'eglas sacadas de la expe- 
riencia. 

En el mismo primer año, en la División B, es 
decir, en aquella que no supone la enseñanza del 
latín y del griego, y en la que se emplean cinco 
horas semanarias, el procedimiento es el siguiente: 

Gramática práctica. 

Ejercicios sencillos de análisis gramatical y de 
análisis lógico, sobre todo orales. 

107 



ni 



a 



d 



N 



Ejercicios sobre el vocabulario: familias de pala- 
bras, palabras simples, derivadas, compuestas. 

Lecturas y explicaciones de autores. 

Por lo que ve a la recitación, se hace de preferen- 
cia aprender de memoria a los alumnos pequeñas 
composiciones. 

Eepetición libre, de viva voz o por escrito, de lec- 
turas o narraciones hechas en clase. 

Pequeños ejercicios de composición. 

En el segundo año, y suprimiremos en esta vez y 
en las subsecuentes el programa de la División A, 
que sólo mencionamos en el primer año a título in- 
formativo, pero cuya enumeración es innecesaria, ya 
que está incluida en la División B (que se desarrolla 
en cinco horas semanarias); en el segundo año, digo, 
el método es el siguiente: 

Segundo año del primer ciclo. 

División B. 

Estudio más completo de las formas — Sintaxis. 

Ejercicios escritos y orales de la lengua francesa. 
Lecturas y explicaciones de autores. Recitación. Se 
hará de preferencia aprender de memoria a los alum- 
nos poesías breves y se les acostumbrará asimismo a 
hacer lecturas complementarias, que serán revisadas 
en clase. Pequeños ejercicios de composición. 

Debo advertir, antes de seguir adelante, que cada 
profesor tiene en su clase una pequeña biblioteca 
compuesta en este curso, por ejemplo, de trozos es- 
cogidos de prosa y verso, de los clásicos franceses. 

Poemas antiguos puestos en francés moderno. Por 
ejemplo, la canción de Rolando. 

Fábulas de La Fontaine. Boileau, Sátiras escogi- 
das. Episodios de Lutrin. Racine-Esther, Fenelón y 
Telémaco. 

Poetas escogidos del siglo xix. 

Cuentos y narraciones en prosa tomados de los es- 
critores del siglo XIX. 

108 



Obras Completas 

Esta biblioteca va aumentando naturalmente a 
medida que los cursos ascienden, según lo iremos 
viendo, y en ella escoge sus lecturas el profesor. 

Pasemos ahora al tercer año del primer ciclo: 

Lectura, explicación y recitación de autores fran- 
ceses. 

Los discípulos, como en el año anterior, harán 
lecturas complementarias, que serán después com- 
probadas en clase. 

Revisión de la gramática francesa. Nociones muy 
elementales de versificación, con ocasión de la ex- 
plicación de los textos. 

Ejercicios de versificación. Ejercicios de lengua 
francesa y de ortografía. Composiciones muy sen- 
cillas. 

Está recomendado en este curso al profesor que, 
con ocasión de la lectura de los textos, dé las nocio- 
nes de gramática histórica que le parezcan necesa- 
rias. Estas nociones no serán materia de un curso 
continuado y solamente se darán dentro de la pro- 
porción en que puedan hacer más inteligible el uso 
actual de la Lengua. 

La pequeña biblioteca de autores que el profe- 
sor posee ha aumentado en este año con los si- 
guientes: 

Corneille: Escenas escogidas. 

Moliere: Escenas escogidas. 

Fenelón: Diálogos y fábulas escogidas. 

Voltaire: Carlos XII. Siglo de Luis XIV. 

Retratos y narraciones, tomados de las memorias 
de los siglos XVII y xviii. 

Chateaubriand: Narraciones, escenas y paisajes. 

Michelet: Extractos históricos. 

Pasemos ahora al cuarto año del primer ciclo: 

En éste el método a que se ajusta la enseñanza es 
el siguiente: 

Lectura, explicación y recitación de autores. 

Los discípulos se acostumbrarán a hacer lecturas 

109 



Amado Ñervo 

complementarias que serán comprobadas en clase 
como en el curso anterior. 

Lecturas y preguntas destinadas a hacer conocer 
las grandds épocas de la literatura francesa. 

A partir de esta clase, se pondrá en manos del 
discípulo un tratado elemental de literatura francesa. 

En cuanto a los autores que en este curso se leen, 
explican y recitan, he aquí la lista: 

Corneille: Horacio Cinna. 

Racine: B7*itannicus-Efigenia. 

Moliere: Le Bourgeois Gentühomme-Les femmes sa- 
V antes. 

Bossuet: Oraciones fúnebres. 

Chateaubriand: Narraciones, escenas y paisajes. 

Víctor Hugo: Poesías escogidas. 

Cuentos y narraciones tomadas de los escritores 
del siglo XVII y del xviii. 

Escenas tomadas de los autores cómicos de los si- 
glos XVII y xviii. 

El segundo ciclo de la enseñanza secundaria, que 
venimos analizando, consta de tres años. 

He aquí el programa del primero: 

Explicación y recitación de autores franceses. 

(Los alumnos, como en los años anteriores, se 
acostumbrarán a hacer lecturas complementarias, 
que serán después comprobadas en clase, de compo- 
siciones francesas.) 

Lecturas y cuestionarios destinados a hacer cono- 
cer a los principales escritores franceses, hasta fines 
del siglo xvi. 

A partir de esta clase se pondrá en las manos de 
los alumnos una gramática más desarrollada. 

Autores: 

Trozos escogidos de pensadores y de poetas de los 
siglos XVI, XVII, XVIII y xix. 

Canción de Rolando. 

Villehardouin, Joinville, Froissart, Commines. 
Extractos. Crestomatía de la Edad Media. 

110 



% 



Obras Completas 

Montaigne: Principales capítulos y extractos. 

Obras maestras poéticas de Maret, Ronsard, duBe- 
llay, d'Subignó, Regnier, Corneille. Teatro escogido. 

Moliere: Teatro escogido. 

Racine: Teatro escogido. 

La í ontaine: Fábulas. 

Boileau: Sátiras y epístolas. 

Bossuet: Oraciones fúnebres. 

La Bruyére: Caracteres. 

Cartas escogidas de los siglos xvii y xviii. 

Lecturas sobre la sociedad del siglo xvii, tomadas 
de las memorias y de las correspondencias. 

J. J. Rousseau: Trozos escogidos. 

Obras poéticas maestras de Lamartine y de Víctor 
Hugo. 

Principales historiadores del siglo xviii. 

(He tenido empeño en dar cuenta de estas largas 
listas de autores porque las encuentro graduadas con 
tal perfección y tino, que juzgo que serían el mejor 
indicio para la elección de esa pequeña biblioteca del 
profesor que el señor Sierra, ministro de Instrucción 
Pública, desea que haya en cada clase.) 

Pasemos ahora al segundo año del segundo ciclo 
(último de la enseñanza del francés). 

En éste la biblioteca del profesor, que hemos visto 
enriquecerse continuamente, agrega a las obras que 
acabamos de mencionar, las siguientes: 

Pascal: Pensarnientos Provinciales (I, IV, VIII y 
Extractos) . 

Fenelón: Carta a la Academia. Extractos de otras 
obras. 

Montesquieu: Consideraciones sobre las causas de la 
grandeza y de la decadencia de los romanos. 

Diderot: Extractos. 

J. J. Rousseau: Trozos escogidos. CartaaD'Alam- 
bert sobre los espectáculos. 

En cuanto al programa de este año, helo aquí: 

Explicación y recitación de autores franceses. 

111 



Amado Ñervo 

Composiciones francesas. 

Lecturas y preguntas destinadas a hacer conocer 
los principales escritores franceses del siglo xvii al 
fin de la primera mitad del xix. 

Como en el curso anterior, como en los anteriores, 
diremos mejor, los alumnos harán lecturas comple- 
mentarias, que serán comprobadas en clase. 

En este año termina, como lo indico arriba, por lo 
que ve a la lengua francesa, la Enseñanza secundaria. 

Los programas, como se ve, no pueden ser menos 
pesados, y, sin embargo, el alumno que concienzu- 
damente haya recorrido todos los años se encontrará 
con un conocimiento amplio y comprensivo de la 
lengua y de la literatura de su país. 

Lo que más me ha agradado en estos programas es 
la graduación perfecta por la cual se pasa desde los 
primeros hechos del Lenguaje hasta los más amplios 
conocimientos literarios. La gramática — que apenas 
asoma la oreja — ha ido hábilmente dejando el campo 
a la literatura patria, y no se ve entre unas y otras 
enseñanzas solución alguna de continuidad. 

Lo que constituye, hoy por hoy, en México el 
anhelo por excelencia del Ministerio de Instrucción 
Pública, con respecto a la Lengua y la Literatura, a 
saber: la unificación de métodos desde la primaria 
hasta la preparatoria, en Francia se ha realizado de 
la manera más perfecta. Sea cual fuere el criterio 
personal de cada profesor, el cauce común por el que 
tiene que deslizarse su enseñanza es de tal suerte de- 
finido y preciso, que la enseñanza misma tiene que 
serlo. La homogeneidad de ésta no peligra en lo más 
mínimo a través de todos los cursos; ¿cuándo logra- 
remos esto en la Preparatoria? 

Yo entiendo que allá se requerirá algo más que en 
Francia: La homogeneidad del Profesorado. 

Pido a usted perdón, señor, por las innumerables 
deficiencias de este informe y le protesto mi más dis- 
tinguida consideración y mi respeto. 

112 




xni 

OBSERVACIONES EN CUANTO A LA ENSE- 
ÑANZA DE LAS LENGUAS VIVAS EN 
EUROPA 



r. N mi anterior informe hablaba a usted de la ense- 
ñanza de la lengua francesa en todos los grados y en 
todos los Liceos y Colegios de la República. En éste 
me propongo apuntar las mejores observaciones y 
notas que be podido recoger, acerca de la enseñanza 
de las lenguas vivas en general, en los más cultos 
países de Europa. 

Pero antes de decir algo respecto de esta ense- 
ñanza y para fijar la cuestión y encauzarla, sería 
acaso oportuno preguntarse: ¿qué debemos entender 
por el conocimiento de una lengua? Conocer una 
lengua, dicen casi todos los autores, es escribirla y 
leerla con facilidad y corrección. 

¿Se puede por ventura llegar a tal resultado en el 

Tomo XXII. 115 8 



Amad oC^'^^P^Ñ' 'é r v o 

estudio de una lengua distinta de la materna en la 
escuela primaria? 

Este fin, dice una autoridad, es tanto más difícil 
de alcanzar cuanto que hasta en la propia enseñanza 
del idioma materno no llegamos, sino aproximativa- 
mente, a dar a nuestros discípulos un lenguaje pre- 
ciso y exacto, una escritura justa y correcta. Y sin 
embargo, este es el objeto hacia el cual debemos ir, 
y nuestra enseñanza debe estar organizada de ma- 
nera que, a su salida de la escuela, los niños sepan 
hablar de una manera conveniente la segunda len- 
gua, tener una correspondencia fácil, leer los perió- 
dicos y las obras de escritores populares. 

¿Cuál es el mejor método que debe emplearse para 
llegar a resultado tan apetecido? Para responder a la 
pregunta basta observar lo que pasa a nuestro alre- 
dedor. ¿Cómo obran en efecto las gentes prácticas 
que quieren hacer aprender una lengua extranjera a 
sus hijos? ¿Qué hacen, concretando más la pregunta, 
los padres mexicanos que desean que sus hijos apren- 
dan el inglés? Los envían a Estados Unidos o a In- 
glaterra, uno o dos años, o bien pagan ya una aya o 
ya un profesor particular que hablen el inglés o el 
idioma que se trata de que los niños aprendan. Pero 
sería muy poco práctico, muy poco moderno, el 
padre que se contentase con enviar a sus hijos a una 
clase de inglés o de francés, a menos que sus medios 
de fortuna no le permitiesen hacer otra cosa. 

Y es que el niño aprende a hablar por audición y 
por imitación. El niño habla bien cuando sus padres 
hablan bien, y basta ponerlo en contacto con perso- 
nas que hablen correctamente un idioma para que 
con mucha rapidez comience él también a hablar 
esta lengua. 

De tales consideraciones se derivan, pues, muy na- 
turalmente, tres principios fundamentales, a saber: 

1.^ Hay que hacer hablar al niño el idioma que 
se trata de enseñarle el mayor tiempo posible. 

114 



Obras Completas 

2.® Es indispensable que el profesor conozca a 
fondo la segunda lengua, porque no se enseña bien 
sino lo que se conoce bien. 

^.^ Deben ser corregidas cuidadosamente todas 
las faltas, así de composición como de pronuncia- 
ción. 

Se me dirá que estos principios no son nuevos. Es 
claro: Montaigne recomendaba ya los viejos, no sólo 
con el fin de estudiar las costumbres de los pueblos 
que uno visita, sino como medio práctico y fácil de 
aprender sus respectivas lenguas... y vaya si ha llo- 
vido — y nevado — desde Montaigne hasta nuestro fla- 
mantísimo siglo XX. Pero hay cosas que deben repe- 
tirse en toda sazón, a fin de que lleguen a formar 
cuerpo con las ideas reinantes. Oonmenio dice a su 
vez: «La lengua se aprende mejor por ministerio 
del uso, del oído, de la lectura, de las copias, etcé- 
tera, que por ministerio de las reglas. Estas deben 
seguir solamente al uso para darle mayor segu- 
ridad». 

Si se estudian las leyes de la evolución del len- 
guaje, si se observa en seguida el procedimiento que 
emplea la madre para enseñar a hablar a su hijo, se 
advierte que los primeros sonidos empleados por el 
hombre primitivo, así como las primeras palabras 
que el niño pronuncia, son las que designan seres o 
cosas que están a su alcance, que viven con ellos, de 
los cuales se sirven y que ven diariamente. Los gri- 
tos que lanza el salvaje se vuelven pronto monosilá- 
bicos y representan en su mente nomh7*es de objetos. 
Poco a poco estos nombres se transforman en adjeti- 
vos y estos adjetivos se unen a los nombres para dis- 
tinguirlos entre sí. Por fin aparecen los verbos para 
marcar la acción o el ser que ejecuta la acción. De la 
propia suerte, el niño aprende, antes que nada, los 
nombres: añade en seguida adjetivos a los nombres, 
luego emplea verbos, y formula así frases, a las cua- 
les no faltan más que preposiciones, conjuncio- 

115 



Amado Ñervo 

nes, etc., que son como ligamentos y eslabones de 
palabras que el uso le hará adquirir. 

El estudio del desarrollo del lenguaje en los sordo- 
mudos confirma esta teoría. Eesultan, pues, de aquí 
varios principios nuevos, cuya estricta observancia 
será eminentemente útil. 

1.^ Se necesita al comenzar el estudio de una se- 
gunda lengua dar los nombres de los objetos que el 
niño ve, toca, observa, emplea, de aquellos que, en 
una palabra, entran dentro del lenguaje corriente. 

2.^ Es preciso, hasta donde sea posible, hacer en- 
trar las palabras en frases completas, porque la aso- 
ciación de los elementos de la frase facilita conside- 
rablemente el trabajo de la memoria. 

3.° En toda lección de una lengua extranjera es 
indispensable aprender pocas palabras, pero estas 
palabras deben ser de naturaleza diferente. No serán 
ahora nombres, mañana adjetivos, pasado mañana 
verbos, sino simultáneamente uno o dos nombres, 
uno o dos adjetivos, uno o dos verbos. 

Por último, si tomamos en cuenta el desarrollo in- 
telectual del niño, la gran movilidad de su pensa- 
miento, las impresiones diversas y múltiples que 
asedian su cerebro, encontramos que la enseñanza de 
una segunda lengua debe: 

1.^ Ser intuitiva: las palabras deben darse con 
las cosas. 

2.^ Ser atractiva: el niño retiene mejor lo que 
aprende con gusto. 

3.^ Ser graduada: cada lección debe reposar sobre 
lo que se ha aprendido y constituir un paso hacia ade- 
lante sobre lo que queda por aprender. Con este fin 
es bueno quizá que el profesor inscriba en un me- 
morándum especial las palabras nuevas que ha ense- 
ñado. 

Todas las consideraciones que preceden pueden re- 
sumirse en el principio fundamental siguiente: «La 
elocución es el alma de la enseñanza de una lengua. » 

116 



Obras Completas 

El estudio de la representación gráfica de ésta y de 
sus leyes gramaticales no deben iniciarse sino cuan- 
do el vocabulario ha adquirido un desarrollo suficien- 
te, apoyándose sobre el vocabulario. En ningún caso 
la regla deberá preceder al conocimiento práctico del 
hecho lingüístico que ella enuncia. 

Para pasar de la teoría a la práctica es convenien- 
te repartir de la manera siguiente, entre los tres 
grados, los diversos elementos del estudio de la se- 
gunda lengua: 

El primer grado estará exclusivamente consagrado 
a la elocución oral. 

El segundo grado, a la vez que se desarrolla el 
vocabulario, adquirido según el método llamado de 
los circuios concéntncos, se llega al estudio de la lec- 
tura y de la ortografía usual, así como a los prime- 
ros ejercicios de redacción escrita. 

En el grado siguiente los tres elementos, elocu- 
ción, redacción, lectura, ortografía, gramática, se 
combinan de modo que se presten mutuo apoyo. La 
mayor parte de las lecciones de elocución dan lugar 
a una redacción escrita; la lectura, que en el grado 
precedente servía de complemento y de resumen a 
un ejercicio de elocución, sirve a su vez para el 
desarrollo del vocabulario, para el conocimiento de 
las leyes de la construcción literaria, por el estudio 
de trozos de una forma más alta; la redacción escrita, 
por último, es, por sí misma, un excelente ejercicio 
de ortografía. 

, Estas ideas, que no son mías, pues que yo no hago 
otra cosa que buscarlas en quienes más saben, han 
sido aplicadas con éxito en varios libros para niños, 
en los cuales hay por lo general una serie de imáge- 
nes que representan juguetes u objetos que se en- 
cuentran en la esfera de observación de los niños, o 
también escenas infantiles. Merced al empleo de es- 
tos libritos y con un poco de cuidado en las leccio- 
nes, la unión íntima de la cosa y de la palabra, que 

117 



Amado Ñervo 

es el fin que se trata de alcanzar, se realizará aún 
sin que lo noten los alumnos. Cada vez que éstos 
recorran uno de los indicados volúmenes, aun cuan- 
do sea sólo por matar el tiempo, las palabras tan fre- 
cuentemente repetidas en vista de los objetos que 
representan los grabados, volverán por sí mismas a 
su espíritu, y así, una de sus más bellas diversiones, 
la que consiste en mirar estampas, servirá para forti- 
ficar el conocimiento de la segunda lengua. 

Concluyo aquí estas notas, que tienen, entre otros 
méritos, el de no ser mías, y digo entre otros, no por 
falsa modestia, sino porque creo que lo mejor que de- 
bemos hacer los mexicanos es lo que decía no ha 
mucho el ilustre Miguel de Unamuno, en un inolvi- 
dable trabajo pedagógico, que deberían hacer los 
españoles: Ño procurar muchos pensamientos nue- 
vos (que acaso ni lo serían, porque la Europa culta y 
Estados Unidos piensan más pronto que nosotros, si 
se me permite la frase), sino adaptar a nuestro país ab- 
negadamente, humildemente, lo que inventan y 
piensan los demás. 

Madrid, Octubre 19 de 1905. 



118 




XIV 

LA ENSEÑANZA DE LAS LENGUAS MODER- 
ÑAS EN INGLATERRA 



JJe dos años a esta parte, el método para enseñar 
las lenguas modernas en Inglaterra ha sufrido nota- 
bles reformas: se ha reconocido gradualmente que el 
viejo método de gramática y traducción, muy bien 
adaptado y adecuado, si se quiere, para el estudio 
del latín y del griego, que sólo pueden ser leídos y 
escritos, no es necesariamente el mejor para el fran- 
cés y el alemán, que requieren indispensablemente 
la fluidez en la palabra. Ahora se conviene, general- 
mente, en qu.e el objeto de la enseñanza de una len- 
gua viva no es que los discípulos puedan aprender a 
traducirla con facilidad al inglés, sino más bien que 
se aproximen hasta donde es posible al conocimiento 
nativo de dicha lengua. 

El informe de la Universidad de Londres, respec- 
to a la enseñanza de las lenguas modernas en las Es- 
cuelas Secundarias de la metrópoli británica, escrito 
por el profesor Eippmann y el doctor Edwards, y 
publicado por el Consejo del condado de Londres, 
muestra a las claras que queda todavía mucho por 
hacer en Inglaterra para llegar a la altura de Fran- 
cia y de Alemania en la enseñanza de los idiomas. Los 
dos citados profesores insisten en ese informe en ha- 

119 



m 



d 



N 



cer notar que muclios maestros parecen haber descui- 
dado el estudio de los recientes progresos en la teoría 
y en la práctica del aprendizaje moderno de las len- 
guas. Lamentan que las más extrañas combinaciones 
de viejos y mal asimilados métodos modernos, se 
consideran frecuentemente como procedimientos evo- 
lutivos y útiles, en tanto que los verdaderos adelan- 
tos pedagógicos son vistos con indiferencia. Por otra 
parte, el personal que forma el magisterio para esta 
enseñanza en que venimos ocupándonos, no puede 
ser más deficiente. Pero los párrafos más interesan- 
tes del informe del profesor Rippmann y del doctor 
Edwards son aquellos en que ambos inspectores des- 
criben la pronunciación francesa y alemana en las 
escuelas que han visitado. Por lo que ve al francés, 
la pronunciación de los sonidos j9w^ peujpeur, rara 
vez se efectúa con corrección y menos aún se adquie- 
re. No se hace ninguna diferencia entre vu y vous.., 
y hay que notar que vu se pronuncia como vieu^ es 
decir, como si en castellano dijésemos viu. Las voca- 
les nasales se descuidan mucho; comme casi nunca 
difiere en la pronunciación inglesa de con^ a menos 
que no sea para hacerlo rimar con «bun» o para dar 
(¡peor que peor!) el sonido ng a la sílaba con. Las 
consonantes no salen mejor libradas. Nada se hace 
para obtener la pronunciación correcta de sonidos 
tan difíciles como la. n mouülée en agneau^ por ejem- 
plo, o la ele de luz (que, entre paréntesis, se pronun- 
cia en Inglaterra como louis). Nada hay, por lo de- 
más, en el universo, tan deplorable como un inglés 
hablando francés. 

Cuéntase que en cierta ocasión, a raíz de una gran 
discusión sofre la fonética del latín, el alto clero 
francés preguntó a la Sagrada Congregación de Ri- 
tos de Roma «cómo debía pronunciarse el latín». 

— «De todos modos... menos a la francesa», diceijj 
que respondió el Ilustrísimo Cuerpo. 

Pues una respuesta análoga podría darse a los quí 

120 



Obras Completas 

preguntan en Londres cómo debe pronunciarse el 
francés: 

— ¡De todos modos... menos a la inglesa! 

La pronunciación del alemán en Inglaterra no es 
menos peregrina, a juzgar por lo que dicen los repe- 
tidos Eippmann y Edwards en el Informe relaciona- 
do, y el doctor L. Savory, quien ha escrito tanto 
sobre la enseñanza de las lenguas vivas. Eara vez se 
insiste para que los alumnos «atrapen», perdonando 
ustedes la palabra en gracia de lo expresiva que es, 
los sonidos de la índole de ich y adi, que se pronun- 
cian, merced a una lamentable complacencia, como 
isch^ ik o ah. Las letras v, w, sy zno se pronuncian 
sino muy rara vez como fiV^zy ts, sino como la pro- 
nunciación que tiene en inglés. Fon, por ejemplo, no 
se pronuncia casi nunca fon. 

A pesar de estos defectos de método y de pronun- 
ciación, los inspectores antedichos reconocen que se 
ha hecho mucho por la enseñanza de las lenguas vi- 
vas en Inglaterra (en comparación con lo que antes 
se hacía) y que no está lejano el momento «en que el 
estudio serio de las lenguas modernas obtenga en 
las aulas inglesas el importante puesto que merece». 

En Alemania — dice el profesor Savory — ese «mo- 
mento» llegó ya hace tiempo, y el contraste entre el 
estado retrógrado en que se halla la enseñanza de las 
lenguas vivas en Inglaterra y el adelanto de la mis- 
ma en las escuelas superiores germanas, no puede 
menos que humillar nuestro orgullo nacional {our na- 
tional pride) . 

Provisto de un permiso del Ministerio de Instruc- 
ción Pública de Alemania, el profesor Savory dedicó 
algunas semanas a estudiar la enseñanza de las len- 
guas modernas en los Gymnasien y en los Raalschu- 
ZcTi, y he aquí algunas de sus observaciones: 

Las escuelas superiores de Prusia pueden dividir- 
se en tres clases: 

PHmera. El viejo Gymnasien^ en el cual la enso- 

121 



Amado N e r v o 

ñanza corresponde más o menos a la enseñanza clásica 
en las escuelas públicas de Inglaterra, consistiendo 
en el latín y el griego, el alemán, ciencias y lengua 
inglesa en las provincias del Norte, y francesa en las 
provincias del Sur del reino, de acuerdo, como se ve, 
con la étnica y la geografía de la Europa limítrofe. 

Segunda. El Eeal gimnasien, en que queda la en- 
señanza del latín, pero no la del griego, y en conse- 
cuencia se deja más tiempo a las ciencias y a las 
lenguas modernas. 

Tercera. Oberrealschulen, en que están excluidos 
tanto el latín como el griego y en que los principa- 
les puntos de enseñanza son la historia y la literatu- 
ra alemanas, el francés, el inglés, matemáticas, geo- 
grafía y ciencias naturales. 

El abiturienten o examen final de esto que pudié- 
ramos llamar bachillerato, efectuado en las tres 
escuelas, da derecho a la admisión en las Universi- 
dades, aunque los estudiantes de medicina o de leyes 
están obligados a cursar latín y los candidatos para 
las sagradas órdenes deben cursar latín y griego an- 
tes de entrar al estudio de sus respectivas profesio- 
nes. Todas estas escuelas tienen nueve ciclos, que 
corresponden a un curso de nueve años. Los nom- 
bres de las clases, empezando de arriba para abajo, 
son: Ober y unter- Secunda, Ober y unter-Tertia, cuar- 
ta, quinta y sexta. 

Los alumnos entran a la edad de nueve años, y si 
son estudiosos y obtienen regularmente sus promo- 
ciones al fin de cada año, pueden pasar su JReife-pru- 
fung o abiturienten-examen a la edad de diez y ocho 
años e ir entonces a la Universidad. 

Aquellos que han pasado por los seis ciclos infe- 
riores obtienen el privilegio de servir solamente un 
año en el ejército en vez de dos en la infantería y 
tres en la caballería. La mayor parte de los alumnos 
abandona las aulas cuando ha pasado estos seis cur- 
sos, y así se ve que en innumerables villorrios de 

122 



Obras Completas 

Prusia no existen los tres grados superiores. En este 
caso, las escuelas son llamadas Progimnasien^ Real- 
progymnasien y Realschulen^ respectivamente, para 
distinguirlas de las completas, que se denominan 
Gymnasien-, Realgymnasien y Oherreaischulen. Es,. 
pues, necesario para un muchacho que ha cursado 
en una de estas escuelas más pequeñas y que desea 
completar su educación, pasar para los tres últimos 
años de su carrera a una población que posea una de 
las instituciones mayores, o sea de nueve años. 

De los tres tipos de escuelas, la Eeal y Oherreais- 
chulen son acaso las más interesantes en razón de su 
novedad. 

La Oherreaischulen en Marburg, en la provincia de 
Hessen-Nassau, puede tomarse como el estableci- 
miento típico de su clase. Situada en una ciudad de 
veinte mil habitantes, contiene 460 alumnos, casi 
todos salidos de la población o de sus alrededores. 
La pensión anual que la escuela reclama es 130 mar- 
cos, o sean 32 dollars 60 y debe ser pagada por to- 
dos, aun por los alumnos más pobres; pero si las 
autoridades están convencidas de que los padres de 
un muchacho no pueden afrontar los gastos, reducen 
la suma y aun la perdonan. 

Como Marburg posee también un gymnasium clá- 
sico para hombres y escuela superior para mujeres, 
no hay lago ninguno en el curso de nueve años y los 
alumnos pueden, por lo tanto, completar su instruc- 
ción preparatoria sin ir a otra parte. 

El profesor Savory refiere que obtuvo el permiso 
necesario para pasar una semana en el Oherreaischu- 
len y asistir a todas las clases que le plugo. 

Asistió de preferencia a las de francés e inglés en 
todos los cursos. El francés empieza a aprenderse 
desde el primer año y durante los cinco primarios 
años se le consagran seis horas por semana. En 
Unter secunda el número de horas se reduce a cinco, 
y en los tres cursos finales, a cuatro. Los alumnos 

12S 



Amado Ñervo 

han aprendido, pues, el francés con tres años de an-f « 
ticipación, con respecto al inglés, la otra lengua ex- " 
tranjera que se comienza a aprender en Untertertia. 
En esta clase se le consagran cinco horas y cuatro 
horas por semana en las subsecuentes. Los nuevos 
métodos rigen en ambas lenguas, que son, casi ex- 
clusivamente, habladas. Los alumnos son cuidadosa- 
mente instruidos en la formación orgánica de los 
nuevos sonidos y aprenden a hablar y leer las len- 
guas extranjeras de la propia suerte que aprenden a 
hablar y leer su lengua nativa. Los profesores de 
francés y de inglés son especialistas avezados, que 
no sólo pronuncian estas lenguas muy bien, sino que 
saben la manera de que sus discípulos adquieran 
esta pronunciación. En inglés los sonidos difíciles, 
como th, r y u, han sido aprendidos perfectamente 
casi por cada discípulo. Yo tuve la fortuna, dice el 
informante ya citado, a quien he venido glosando, 
de dar a los alumnos en Untersecunda (varían éstos 
entre la edad de diez y seis y la de veintiún años) 
una conferencia sobre nuestras escuelas públicas. 
Los ensayos en inglés que escribieron ellos después 
prueban que entendieron todo lo que se había dicho. 
Considerando que en este curso había estudiado el in- 
glés sólo dos años, su adelanto era notable. La lec- 
tura de Shakespeare en Obersecunda podría compa- 
rarse muy favorablemente con la que hace en Inglate- 
rra un muchacho de quinto año. Me invitaron a dar 
a las dos clases superiores una lectura sobre un asun- 
to financiero, y la discusión en inglés que siguió hu- 
biera ciertamente emulado muchas discusiones técni- 
cas de Oxford o Cambridge. 

He aquí algunos ensayos en inglés acerca de los 
siguientes asuntos (entre otros) escritos por los alum- 
nos de los mencionados cursos durante el año pasado: 
«Historia del drama inglés desde los tiempos de Sha- 
kespeare hasta nuestros días.» «Elementos extranje- 
ros en la lengua inglesa. — Macbeth». — «En qué ra- 

184 



Obras Completas 

zones funda Macaulay el deber que tiene el Estado 
de educar al pueblo.» 

Es cosa evidente que estos alumnos han adquirido 
las lenguas extranjeras de tal suerte que son capa- 
ces no sólo de expresarse — escribiendo o hablando — 
sino también de apreciar de una manera inteligente 
la vida y la literatura de Francia e Inglaterra y, por 
lo tanto, de obtener una cultura humanista no infe- 
rior a la que pueden proporcionar el latín y el grie- 
go. Este fin se tiene, por lo demás, siempre a la vis- 
ta. No se pregona indebidamente la supremacía de lo 
real a expensas de lo ideal y las lenguas modernas 
se miran como algo esencial y no como simple ador- 
no o mero procedimiento en la lucha por la vida. 
Los alumnos reciben una simpática iniciación en lo 
que constituye los modismos forasteros, así como en 
las modalidades diversas del pensamiento contempo- 
ráneo exteriorizado por el lenguaje, y apreciando 
asimismo el espíritu y el trabajo de todos los gran- 
des pueblos se unen instintivamente a este espíritu y 
comulgan con el pensamiento europeo en todo lo que 
tiene de más comprensivo y excelente en su grande 
y evolutivo impulso hacia la civilización. 

Por lo demás, en Londres, como dice muy bien el 
señor Savory, en Inglaterra mejor dicho, hay ya mu- 
chos hombres eminentes que reforman de fond en 
cornble los métodos para la enseñanza de los idiomas. 
Llámanse estos hombres, para no citar más que los 
principales, Rippmann y Edwards, en Londres; 
Breul y von Gleyne, en Cambridge; Berton, en Ox- 
ford; Miss Birley, en Winchester, Andrews, en Bol- 
ton, y Brigstocke, en Berkhamstea. 

Todos estos maestros enseñan que las lenguas mo- 
dernas son capaces de convertirse en instrumentos 
eficientes de una educación liberal, y el movimiento 
educativo ha adquirido en este terreno un impulso 
notable, digno por todos conceptos de estímulo y de 
aprobación. 




nn 






XV 
CÓMO SE HABLA EL ESPAÑOL EN ESPAÑA 



Oí por acaso este informe cayese en manos de algún 
ibero, que no se alarme: no tendré la singular pre- 
tensión, no incurriré en la peregrina petulancia de 
afirmar que en México hablamos mejor el español 
que en España, el castellano... que en Castilla. Equi- 
valdría quizá para algunos tal afirmación a aquella 
de ciertos estimables compatriotas míos, quienes 
(con motivo de algunos conciertos dados por el gran 
pianista en México) sostenían que Paderewsky no 
tocaba como se debía el minueto de... Paderewsky. 
Aunque si bien se mira, no hay paridad con el ejem- 
plo este que cito, pues podría muy bien acontecer que 
un idioma se desnaturalizase y corrompiese en su 
país de origen, en tanto que en las colonias perma- 
neciese incontaminado y perfecto. 

No es esto empero lo que yo pretendo afirmar: en 
Castilla, en las Castillas, se habla nuestra lengua 
mejor que en la América latina, en general, pero no 
mejor que en Venezuela, Colombia y México. En Ga- 
licia el idioma es de un suave y encantador arcaísmo, 
que recuerda el peculiar carácter de nuestro hablar 

126 



o h 7' a s Completas 

campesino; sobre todo en las rancherías y pueblos 
del interior. Pero por lo que ve a las demás provin- 
cias de España, sobre todo tratándose de pronuncia- 
ción, yo encuentro que andamos mucho mejor por 
allá. 

El español, el castellano especialmente, tiene 
siempre una crítica, más o menos acerba, para nues- 
tra manera de pronunciar la lengua. Halla insopor- 
table nuestra dicción y suele reírse de ella. Aquí, 
donde todas las voces son graves, donde la pronun- 
ciación de las jotas es siempre mojada, donde el acen- 
to es regularmente gutural y ronco, nuestro diapasón 
relativamente agudo, nuestro timbre frecuentemente 
metálico, la dulzura a veces excesiva de nuestras in- 
flexiones, chocan extraordinariamente. No basta que 
algunos adaptables lleguen hasta pronunciar con 
corrección la ce y la zeta; no hallarán gracia en 
ninguna parte si su voz no es grave y sibilante su 
dicción. 

Algunos españoles, más inflexibles aún, encuen- 
tran que nuestra confusión de la ese con la ce y la 
zeta son absolutamente insoportables. Por lo demás, 
tanto en lo que ve a la pronunciación como a la ex- 
presión de nuestra Lengua, creen algunos de estos 
estimables abuelos excesivamente rigoristas, que son 
ellos los únicos que tienen el cetro del bien pensar y 
del buen decir. No conciben que nosotros podamos 
hacer evolucionar la lengua, no nos conceden siquie- 
ra que pongamos en ella ese ligero e indispensable 
matiz regionalista, no soportan que usemos tal o cual 
modesto y discreto modismo especial. El madrileño 
que dice aza^'arse por azorarse^ a ciencia y conciencia 
de que habla un caló que no tiene ni siquiera el mé- 
rito de la sonoridad, se irrita de veras porque los 
mexicanos decimos ahorita , que, en suma, no es más 
que un humilde y castizo diminutivo. 

Esto del aJiorita, de tal manera origina burlas, o 
cuando menos sonrisas piadosas, que hay que poner 

127 



Amado Ñervo 

todo su afán en reemplazarlo por el ahora mismo, si 
no se quiere ser blanco de grandes desdenes. 

El madrileño que os espeta este dichoso adverbio: 
entusiásticamente, a cada instante, se escandalizará 
sin duda porque vosotros engarzáis en vuestra con- 
versación tres o cuatro pues. 

Nosotros somos, y esto se lee en todas las miradas 
de muchos filólogos de España, simples depositarios 
del idioma. No podemos hacer de él más que el uso 
natural y moderado de que los propietarios de vi- 
viendas (viviendas que aquí en Madrid se llaman 
cuartos, aunque tengan diez y seis o veinte piezas) 
hablan en sus contratos de arrendamiento. Nos han 
entregado ese idioma por inventario (el inventario se 
halla en el Diccionario de la Academia) , y habremos 
de devolverlo algún día con sus herramientas com- 
pletas: sus verbos, sus nombres, sus preposiciones. 
No tenemos derecho a más... 

Los doctos saben que Bello y Cuervo han conocido 
y hecho avanzar más la lengua que muchas genera- 
ciones de gramáticos. Saben que a Bello, muy espe- 
cialmente, se le reconoce el descubrimiento de las 
leyes de los diptongos; que la metodiza.ción y agru- 
pación por familias y caracteres de los verbos irre- 
gulares, que la división más perfecta de los tiempos 
y números, que tantos y tantos progresos de la len- 
gua hoy reconocidos con aplauso por la honorable 
Academia, a ellos y a otros americanos insignes, 
entre los cuales está nuestro don Rafael Ángel de la 
Peña, se les deben; pero esto lo saben sólo los doctos, 
ante cuyos ojos solemos hallar gracia. 

Don Eicardo Palma defendió aquí en Madrid, en 
una inolvidable asamblea, el incontestable derecho 
que tiene el Perú, o Colombia, o México, o cualquier 
nación de la América española, a usar sus especiales 
regionalismos; tanto derecho, cuando menos, como 
el que tienen y jamás se les ha negado a las provin- 
cias españolas para usar los suyos. Pero ni aun por 

128 



i 



Obras Completas 

esas: aquí, donde el Parlamento ha concedido a Ca- 
taluña que use el catalán en comunicaciones oficiales, 
hay gentes cuya intransigencia no concede a ningún 
americano el uso de una palabra indígena. 

Por lo que ve a la pronunciación del castellano, es 
de notar el colorido que cada uno pone aquí — según 
su provincia — en lo que habla. No sólo no se encu- 
bre la heterodoxia relativa (si heterodoxia es) de la 
pronunciación regional, sino que se ostenta, se sub- 
raya. El castellano viejo y el gallego dirán siempre 
con insistencia, con vigor, delante de vosotros, Ma- 
driz, por Madrid, y saluz^ por salud. El andaluz, con 
no menor énfasis, os dirá jué, por juez, y lojombrej, 
en lugar de los hombres. En cambio, púdicamente se 
cubrirá el rostro y se tapará las orejas la Prosodia, 
si no pronunciáis, ¡oh americanos!, la ce y la zeta, o 
si aspiráis una miaja, casi nada, la hache. 

Yo encuentro que en México, por lo que ve a la 
pronunciación, no se nos pueden hacer en puridad 
más que dos cargos: 1.^, que no pronunciamos como 
se debe la ce y la zeta; 2.^, que solemos — nuestros 
rancheros especialmente — aspirar la hache. 

Por lo que ve al primer cargo, también puede ha- 
cerse a las Provincias Vascongadas, a Cataluña, a 
buena parte de Andalucía, a las Baleares, a las Ca- 
narias y a las Filipinas. No merecemos, pues, ni el 
escándalo, ni el reproche de los prosodistas. 
.' Por lo que ve a la aspiración de la hache, ni hemos 
llegado nunca, como los andaluces — nuestros abue- 
los — , a decir jamhre, por hambre, jjacer, por hacer, 
ni debemos olvidar que en sus orígenes esta letra 
tuvo una distinta y definida aspiración. 

Fuera de esos dos cargos y de usar todo linaje de 
diminutivos, no merecemos reproches. 

Jamás en México hemos dicho cezoz, por sesos, 
como en Granada o Málaga; jamás hemos pronun- 
cia shinshe, por chinche, como en Cataluña y en Va- 
lencia; jamás de los jamases hemos osado decir caga, 

Tomo XXII. 129 9 



Amado N e r V § 

por caja, como en Galicia; nunca nos hemos atrevido 
a decir efueno, por es bueno, como en Toledo, ni 
Madbri, como en muchos pueblos de Castilla la Nue- 
va. Ni hemos dicho en ningún tiempo per7*u por 
perro, como en Badajoz, o monti, por monte, como 
en Santander, o ardit, por ardid, como en Barcelona, 
o Haráh, por Jerez, como en Sevilla. 

Por lo que ve a los barbarigmos y galicismos, des- 
apasionadamente pienso que, sin andar nosotros muy 
bien en México, los españoles andan peor, y ello es 
natural, por lo que ve a los segundos, si considera- 
mos su aproximación a Francia, aproximación geo- 
gráfica e intelectual. No criticaré las palabras saldos, 
retales, fumista, etc., que son el pan de cada día, ni 
los vocablos piton^eo, coña, y otros de esa laya que el 
género chico ha entronizado y entroniza continua- 
mente (aquí como en México); me fijaré sólo en algu- 
nas de las más conspicuas locuciones que andan por 
ahí de boca en boca. 

Aquí todo el mundo dice (como en México tam- 
bién, es verdad) pasar desapercibido^ por pasar inad- 
vertido; bajo la base, por sobre la base; terreno acci- 
dentado^ por terreno desigual o quebrado; presupues- 
tar, por presuponer, y transar, por transigir. Pero, 
en cambio, yo no he oído en México, como oigo aquí 
a cada paso: coloridad, i^easumiendo, aprovisionar^ re- 
marcable y afeccionado. 

Creo, pues, y perdóneseme que no razone más esta 
mi creencia por miedo a la sobrada extensión de mi 
Informe, que ni merecemos la fama de mal hablar 
que nos sigue por todas partes a los americanos, ni 
es justa siempre con nosotros la buena madre Patria, 
tan hospitalaria y generosa de suyo, negándonos 
todo derecho en lo que ve al idioma. 

La evolución de éste en América — evolución 
buena o mala, no lo discuto — es un hecho. Nuestra 
lengua, tan bella, tan expresiva, tan augusta, está 
amenazada gravemente. El ilustre Cuervo opina que 

130 



Obras Completas 

acabará por diversificarse en varios dialectos. Hay- 
países en América donde la han puesto de tal suerte, 
a fuerza de desfiguros, que no la conoce nadie y 
cualquier día va a acontecemos que, al revés de Pa- 
ganell, hablamos el mexicano, o el argentino , o el 
chileno f creyendo hablar el castellano. 

¿Cuál es el remedio para tamaño mal? Los hom- 
bres ilustrados de España y de América piensan que 
una más íntima unión mental entre todos los que ha- 
blamos el español, un intercambio más nutrido de 
libros, la edición a precios verdaderamente mínimos 
de las obras maestras del lenguaje y del estilo, sobre 
todo de las modernas, pues las clásicas suelen ya ser 
ilegibles para el pueblo, y sobre todo la instrucción 
del repórter, que desgraciadamente en América es el 
que se hace leer del pueblo, sin saber — por su crasa 
ignorancia — ni en qué idioma escribe, retardaría, si 
no conjuraría del todo, el peligro. Pero el remedio 
es tan complicado, que yo no tengo grandes espe- 
ranzas de que se aplique a nuestra pobre lengua, he- 
rida de muerte, no por los revolucionarios, sino por 
los ignorantes. 



151 



XVI 

EL CASTELLANO EN AMÉRICA 
Prejuicios e inexactitudes. 



JlLl padre don Julio Cejador es un hombre muy 
docto. Se ha dedicado con especialidad a los estudios 
lingüísticos. 

He notado que estos estudios apasionan a los clé- 
rigos, y me lo explico, primero, porque no hay en 
ellos choques de ideas que alteren o disgusten sus 
convicciones, y segundo, porque contentan su amor 
al pasado. 

Así, pues, el padre Cejador se consagra amo- 
rosamente a estos estudios, y le debemos ya una 
sustanciosa gramática, un libro vasto y eruditísimo 
intitulado La lengua del Quijote y varios artículos 
muy doctos sobre asuntos filológicos, sin contar 
trabajos también muy doctos que tiene en prepara- 
ción. 

Más aún: el padre Cejador ha intentado conocer a 
los escritores americanos, y yo le debo un artículo, 
que no he leído porque no recuerdo en qué revista 
me dijo él que se había publicado hace tiempo. 

152 



Obras Completas 

Entiendo que en ese artículo, o lo que sea, el 
padre Cejador no me trata muy mal. 

Y presumo que tampoco me trata muy bien. 

«Cuando lo escribí — me dice — no lo conocía a 
usted. Ahora advierto en su prosa ciertas tendencias 
haeia el castellano clásico.» 

Como seguramente en mis versos el padre Cejador 
no advirtió esas tendencias, y además los que deben 
haber caído en sus manos están muy lejos de la apa- 
cible, cristalina e inocente vulgaridad de un Grilo, 
de un Gabriel y Galán o de un Balart, debo confesar 
que si me trata mal se lo perdono de antemano y de 
todo corazón. 

Pero no divaguemos. 

El padre Cejador, a quien me complazco en llamar 
amigo (no sé si él experimentará una complacencia 
análoga por lo que a mí se refiere) , dio en cierta oca- 
sión, tropezó, debiéramos mejor decir, porque esta 
es la palabra, con una carta de un señor chileno. 

Los chilenos, tan progresistas, tan soldados, tan 
marinos, no gustan mucho de cultivar las bellas 
letras. Son espíritus razonadores y fuertes, y apenas 
si entre sus poetas nuevos se cuenta uno que vale (a 
pesar de su apellido), Dublé Urrutia, autor del bello 
libro intitulado Del mar a la montaña. 

Cierto que fué un notable escritor y erudito chile- 
no el que halló una página original del romancero 
del Cid; cierto que un hijo del presidente Balmaceda, 
aunque arrebatado en ñor a la vida, dio muestras de 
exquisito temperamento literario, y mereció que 
Rubén Darío, su amigo de la adolescencia, le consa- 
grase uno de los primeros libros, A de Gilhert] mas 
no obstante esto, Chile se ha inclinado más hacia las 
armas que hacia las letras, y si sus tenaces, sus for- 
midables antepasados de bronce inspiraron uno de 
los poemas épicos españoles de más fuste a don Al- 
fonso de Ercilla, no ha sido costumbre que los escri- 
ban ni los abuelos ni los nietos. 

153 



Amado Ñervo 

Caupolicán habla en octavas reales muy bellas, 
pero sólo en la Araucana. 

Dicho lo anterior, no es de extrañar que los chile- 
nos, a quienes por otra parte ha tocado en suerte una 
abundante y culta imaginación inglesa, no cultiven 
el castellano como placería al padre Cejador. Se han 
encontrado con exigencias, con necesidades nuevas, 
y les han dado su nombre en la lengua que se les 
proporcionaba; el español en sus vastos litorales y en 
sus inmensas montañas ha evolucionado qué sé yo 
cómo. ¡Sábenlo el mar y el viento! 

La carta con que tropezó Cejador no era, pues, 
una carta modelo: estaba muy lejos de parecerse a 
las que don Luis de Vargas dirigía a su tío a propó- 
sito de la viudita de marras. Había en ella barbaris- 
mos a granel, sintaxis enrevesada, anglicanismos, 
galicismos... ¡qué sé yo! 

El padre Cejador se dijo: «Para muestra basta un 
botón», y sin ponerse a pensar que la gente ilustrada 
de Chile escribe mucho mejor; que Chile, con ser 
país tan adelantado e importante, no es toda América; 
que dondequiera cuecen habas y que andan por allí 
cartas de gente del riñon de Castilla peores que las 
del chileno, ya que los que hablan y escriben mal lo 
mismo nacen aquende que allende el charco (estos 
aquende y allende puede ser que le gusten a mi ilus- 
tre amigo el padre Cejador), tronó con toda la fuer- 
za de su indignación y de su sabiduría contra el 
continente entero, lanzando un delenda América, en 
su bello y valioso trabajo sobre el castellano en nues- 
tros países. 

— Ciertamente— me dijo el padre Cejador— he ex- 
tremado la nota: comprendo que, aunque en Chile y 
la Argentina nuestro idioma anda muy malparado, 
en México, Perú y Colombia se habla mucho mejor... 
¡Pero usted sabe que para que la crítica aproveche 
tiene que ser así... durital 

—Padre— le dije yo — , el castellano se habla bien 

134 



Obras Completas 

y mal en todas partes: entre un argentino criollistay 
un catalán separatista^ no sabría yo con quién quedar- 
me. Pero, en cambio, dudo que en nuestro idioma se 
pueda escribir con más elegancia que la de un Rafael 
Obligado. 

Hay en la Argentina un poeta, un muchacho, que 
levantó bandera de rebelión literaria: Leopoldo Lu- 
gones, y cuya osadía sabia y llena de pericia en la 
métrica nuestra ha sabido sacar un maravilloso par- 
tido de la lengua vernácula (este vernácula ya sé que 
le gusta al padre Cejador, porque la otra noche me 
lo rió complacido en el Ateneo). Pues bien, Leopol- 
do Lugones, ultramodernista en sus procedimientos, 
sabe el castellano, sin embargo, como cualquier aca- 
démico de la Española, y su admirable libro El im- 
perio jesuítico^ que nadie ha leído en España, es un 
primor de buen decir, además de ser un primor de 
erudición histórica. 

A E,ubén Darío, que es intelectual argentino, ya 
que en aquella brillante tierra se formó, hombres de 
España tan notables como Valle Inclán, Azorín, 
Luis Bello, lo han calificado oí primer lírico castellano 
actual^ y el que dude de la estima en que aquí se le 
tiene que se lo pregunte a doña Emilia Parzo Bazán, 
a don Marcelino Menóndez y Pelayo y a las cartas 
americanas de don Juan Yalera. 

Y cito estos dos casos justamente porque podrían 
ser los más sospechosos. 

En cuanto al vulgo, aseguro que tan mal habla en 
las Vascongadas o en Andalucía como en la Argen- 
tina o Chile. 

¿Por qué olvidar, por otra parte, que aquel don 
Rafael Ángel de la Peña, de quien también me ha 
hablado el padre Cejador, y aquel don Rufino Cuer- 
vo, a quien tanto admira, que continúa admirable- 
mente a Bello, y que con su diccionario de Construc- 
ción y régimen está levantando uno de los máximos 
monumentos de la Lengua, nacieron en esta Améri- 

155 



Amado Ñervo 

ca donde, según el padre Cejador, se habla tan mal 
el castellano? 

Confiéselo el ilustre autor de la Lengua de Cervan- 
tes: se ha dejado llevar por un prejuicio muy común 
y muy injusto, ese que nos niega todo a los de allá, 
para concedérselo todo al terruño, prejuicio tan pe- 
tulante a las veces (no por cierto en el padre Ceja- 
dor) que ha hecho decir a un indiano^ bastante ilus- 
trado por cierto, en varios círculos madrileños, que 
todo el movimiemto de ideas habido en México en es- 
tos últimos años, y en el que se distinguen por diver- 
sos conceptos hombres que se han llamado y se llaman 
don Gabino Barreda, don Justo Sierra, don José Ivés 
Limantour, el doctor Parra, los señores Macedo, et- 
cétera, se lo debe a él! 

Afortunadamente la juventud española piensa de 
otra manera. Preguntadlo al eminentísimo Unamu- 
no, que llama a nuestra América la España grande y 
\dk tierra de promisión. 

Seamos, pues, justos, mi ilustre amigo. 

Se puede saber el castellano y escribir versos que 
no se parezcan ni a las redondillas de Sinesio ni a los 
madrigales de Grilo, y no sólo se puede, sino que se 
debe, para que la lírica española, en la que supieron 
injertar savia tan vigorosa y tan ajena a ella los Es- 
pinel, los Boscán, los Garcilaso, no se pudra en ese 
pozo de mediocridad y anodismo en que la dejó al 
partir el gran poeta Zorrilla. 

Para concluir voy a citar algunas líneas de Azorín, 
en artículo a mí consagrado. Ellas han de ayudar- 
me mucho en esta justísima defensa, ¡oh!, mi ilustre 
amigo don Julio Cejador, y acaso hagan en usted 
más mella que las razones que yo esgrimo: 

«... y note usted que el más alto poeta que existe 
hoy en lengua castellana — dice J. Martínez Ruiz — es 
también venido de América; hablo del queridísimo 
Rubén Darío. 

— Comienza usted a desvariar un poco, mi exce- 

156 






Obras Completas 

lente y joven amigo. Yo le confieso a usted que no 
veo en estos "poetas las grandezas y maravillas que 
usted advierte; la poesía castellana está en deca- 
dencia lamentable desde que Campoamor y Núñez 
de Arce. . . 

— Perdón, perdón, mi buen señor; ya conozco es- 
tos viejos plañidos. Ante todo, estos dos poetas que 
usted acaba de citar, esperan todavía un entendi- 
miento sereno y penetrante que haga la crítica de sus 
obras; temo que por lo que toca a Núñez de Arce lo 
bemos de poner en el mismo casillero modesto en que 
hemos colocado a don Manuel José Quintana. Y des- 
pués, en cuanto a la decadencia actual de la poesía, 
yo le he de decir a usted que no hay tal decadencia, 
sino que, por el contrario, lo que existe es esplendor, 
fuerza, apogeo, puesto que nos encontramos en un 
período de renacimiento poético, como hace siglos no 
lo ha tenido España. 

— Me deja usted un poco estupefacto; yo no sé qué 
pensar, mi buen amigo, ante sus paradojas. 

— Nada hay más cierto, mi excelente señor, que el 
renacimiento de que hablo a usted. A mi entender 
Eubén Darío es un lírico de los que continúan la 
tradición, la línea, la estirpe maravillosa de los 
Berceo, Juan Euiz, Garcilaso, Góngora, Espron- 
ceda y Bécquer; después de éstos, y por derecho 
propio, viene el autor de Prosas pi^ofanas. Y a su al- 
rededor, o circulando en distintas órbitas, tenemos 
a poetas como Eduardo Marquina, autor de las admi- 
rables Elegías; a Juan R. Jiménez, el melancólico, 
a Antonio y Manuel Machado, a Francisco Villaes- 
pesa, a Antonio de Zayas, a Pérez de Ayala, el pri- 
mitivo... 

— Basta, basta, joven amigo; está usted haciendo 
la apología de los modernistas. 

— Modernista no significa nada; es un vocablo ab- 
surdo; todo escritor, haya vivido en el siglo en que 
haya vivido, ha sido modernista; un poeta del si- 

157 



A m a d 9 Ñervo 

glo XIV era más moderno que otro del siglo xiii; los 
del siglo XXI serán más modernos que nosotros. 

— Sí, sí, pero estos poetas están todos extranjeriza- 
dos; no tienen fisonomía propia. Y luego, las cosas 
que hacen con la métrica... 

— No hay un error semejante a éste. En cuanto a 
las innovaciones métricas, si lo innovado es bello, 
poético, debemos admitirlo desde luego; ¿quién ha 
trazado de antemano la forma y medida que deben 
tener los versos? ¿Por qué razón vamos a limitarnos 
a lo ya hecho y no podremos admitir formas nuevas? 
Los que crearon las formas viejas ¿no disponían de 
una libertad al usarlas? ¿Por qué motivos hemos de 
creer que esta libertad ha caducado y no se nos ha de 
conceder a nosotros? Vicente Espinel hizo una cosa 
inaudita, estupenda, terrible, en su tiempo. Inventó 
una forma poética nueva: la décima; es de creer que 
los viejos poetas de aquel entonces se escandalizaran, 
se horrorizaran ante este desenfreno. Y, sin embar- 
go, hoy este desenfreno de Espinel ha llegado a ser 
una tradición fundamental, esencial en poesía, y por 
un viceversa curioso, el verdadero desenfrenado y 
loco sería, para los viejos poetas actuales, el que 
atentase contra ella... «Y vamos al reproche de ex- 
tranjerismo: menos fundamento si cabe tiene este 
anatema que el anterior. Las ideas, como las cosas, 
no son autóctonas, primeras; todo nace de todo. Su- 
poner que una idea puede ser original sería introdu- 
cir en el universo una causa primera, algo no crea- 
do; es decir, sería romper la ley de causalidad uni- 
versal, de concatenación fatal, de determinismo. Y 
claro está que esto es francamente absurdo. Las ideas 
nacen de las ideas; la lectura de una página intere- 
sante nos sugiere asociaciones ideológicas que antes 
no teníamos; todos los literatos saben que leyendo es 
precisamente cuando las ideas nuevas acuden a sus 
cerebros, y de este modo no es extraño que unas li- 
teraturas influyan en otras y determinen en tal o 

ím 



o h r 



m 



p I e t 



cual nación aletargada estados y movimientos litera- 
rios pujantes y desconocidos...» 

¿Está usted convencido, mi eminente padre Ceja- 
dor? ¿No? De todas suertes he de agradecerle que me 
haya escuchado, pues a usted debo estas páginas 
que llenan uno de mis deberes periódicos para con 
la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes 
de mi país. 




159 




XVII 

LA ENSEÑANZA DE LAS LENGUAS MODER- 
NAS EN FRANCIA 



n 



'ebemos consolamos de encontrar aún en nuestra 
América tales o cuales dificultades en la práctica de 
la enseñanza de ciertas materias, si tenemos en cuen- 
ta que en Europa misma, y en países tan adelantados 
como Francia e Inglaterra, la pedagogía no ha acer- 
tado aún a resolver muchos de los más ingentes pro- 
blemas del aprendizaje moderno. 

Circunscribiéndome a la enseñanza de las lenguas 
extranjeras, se recordará que en uno de mis informes 
anteriores hacía yo notar extensamente las deficien- 
cias de esta enseñanza en Inglaterra, la cual se ponía 
justamente como ejemplo para estimularse a Francia 
y Alemania. 

Ahora bien, en Francia se está muy lejos de haber 
alcanzado siquiera una perfección relativa en este 
ramo; se advierte ahora más que nunca la existencia 
de enormes defectos en los métodos que se siguen 
con las lenguas vivas. 

Las Universidades, que, como dice un docto pro- 
fesor, pueden y deben: primero, formar sabios; se- 

140 



Obras Completas 

gundo, preparar el personal de la enseñanza secun- 
daria, no cumplen con la segunda parte de su pro- 
grama. 

«Saber, y saber enseñar, sobre todo cuando se 
trata de lenguas vivas, dice este profesor, son, en 
efecto, dos cosas muy diferentes.» 

Hay profesor capaz de comentar a fondo una poe- 
sía de Goethe y de explicar de un modo conveniente 
una página de los Nibelungos y que, en cambio, no 
podría sacar de un texto las aplicaciones, ya grama- 
ticales, ya simplemente útiles desde el punto de vis- 
ta del provecho que los discípulos deben obtener para 
la adquisisión y el manejo de la lengua. 

Y en este terreno parece que no sólo las grandes 
Facultades de provincia, sino aun la mismísima de 
París, no han podido organizar hasta hoy la prepa- 
ración especial de los candidatos para el certificado 
de aptitud para la enseñanza de las lenguas vivas en 
los liceos y colegios. Ya en 1893 monsieur Pinloche, 
presidente del Jurado para el certificado de alemán, 
señalaba esta lengua y sus consecuencias desagrada- 
bles en los siguientes términos: «Si se considera que 
la mayor parte de los candidatos al certificado de 
aptitud no tienen ni experiencia ni dirección peda- 
gógica, a nadie asombraría que este concurso siga 
siendo, a pesar de todo, tan débil y dé resultados tan 
poco apropiados a las exigencias de la enseñanza se- 
cundaria.» 

Más tarde, él mismo añadía: «La ligera mejora 
que el Jurado ha tenido el gusto de advertir en el 
conjunto del concurso de este año, se refiere más 
bien al conocimiento de las lenguas que a la aptitud 
para enseñarlas. Deseamos que se facilite más y más 
a los candidatos el medio de llenar esas lagunas y 
sobre todo que el azar tenga una participación más y 
más restringida cada día en la preparación pedagó- 
gica.» 

Mas a lo que parece, a pesar de estas indicaciones 
141 



Amado I^ e r v o 

autorizadas, la situación no ha cambiado y la ense- 
ñanza de lenguas vivas en Francia sigue siendo muy 
deficiente. 

Se escribe mucho, sepedagogiza mucho, si me per- 
miten ustedes la palabra; se discute mucho y con 
mucha sabiduría; pero los jóvenes de Francia, como 
los de Inglaterra, salen de las aulas con un alemán o 
un inglés muy discutible en el magín, y siguen 
siendo lo que han sido siempre: incapaces de hacerse 
comprender en otra lengua que en la suya; en tanto 
que en Alemania, en Italia y en nuestras Américas 
aumenta muy sensiblemente cada año el número de 
jóvenes que poseen prácticamente el inglés y el fran- 
cés, y que se hacen entender perfectamente en todas 
partes. 

¿A qué se debe esto? ¿Será quizás a que el francés 
como el inglés, tan aptos e inteligentes para otras 
cosas, no lo son en absoluto para el aprendizaje de 
las lenguas extranjeras? Líbreme Dios de afirmación 
tamaña, aunque para mí tengo que hay en el ita- 
liano, por ejemplo, y en el hispano-americano, cier- 
ta aptitud especial para este aprendizaje. 

Sea como fuere, los franceses buscan con toda ac- 
tividad un remedio a esta situación, y hacen cuanto 
es posible por mejorar el personal de su profesorado. 

Ha habido ya dos Congresos: el de Mons, de 1905, 
y el de Munich, de 1906 (Congreso de profesores de 
lenguas vivas), que se han ocupado de este impor- 
tante problema, formulado por Mr. Pinloche, profe- 
sor del Liceo Carlomagno y maestro de conferencias 
de la Escuela Politécnica, en los siguientes términos: 
«¿Por qué medios se puede asegurar el mantenimien- 
to sino por el desarrollo de las nociones de lenguas 
vivas adquiridas en la enseñanza secundaria?» 

Mr. Pinloche redactó a este propósito una exposi- 
ción en la cual abundan los argumentos. He aquí 
algunos: «No puedo menos de repetir aquí lo que he 
dicho tantas veces fuera: La conservación, es decir, 

142 



Obras Completas 

la solidez de las nociones adquiridas estará siempre 
en razón inversa del empirismo con que se hayan 
adquirido estas nociones. Pero admitamos que la en- 
señanza secundaria haya resuelto— y está lejos de 
ello — esta cuestión tan compleja de que hay que 
eliminar de empirismo y adquirir procedimientos 
científicos en la pedagogía de las lenguas vivas y 
que se haya logrado formar, en número suficiente, 
discípulos verdaderamente capaces de pensar, y, por 
consiguiente de hablar y escribir convenientemente 
en una lengua extranjera; admitamos todavía más: 
que algunos de estos discípulos (naturalmente no han 
de ser numerosos) hayan tenido la buena fortuna de 
permanecer en el extranjero bastante tiempo para 
sacar un partido verdaderamente útil de la lengua 
correspondiente; queda aún por averiguar dónde y 
cómo estos mismos individuos, ya en el dintel de las 
carreras activas, encontrarán, sin expatriarse, los 
medios de luchar contra la desaparición rápida, casi 
fatal, de las nociones adquiridas al precio de tantos 
esfuerzos y sacrificios. 

»Yo respondo: es preciso que estos medios los en- 
cuentren en las XJniversidadeg, y si ahora no los 
hallan en ellas, es preciso que los hallen mañana. 

» Claro que la organización actual de nuestras Uni- 
versidades no responde en modo alguno a la necesi- 
dad que acabo de señalar. Los cursos de lenguas 
extranjeras en las Facultades tienen el inconvenien- 
te de no dirigirse más que a una categoría muy res- 
tringida de oyentes, categoría que casi no compren- 
de, cuando menos en Francia, más que a los candi- 
datos a los exámenes establecidos con el fin de 
reclutar el personal de profesores. 

»Pero no se trata solamente de formar licenciados, 
agregados y doctores: hay otras categorías no menos 
interesantes de discípulos llamados también a ser 
útiles al país, y que tienen el derecho de esperar de 
las Universidades una dirección y un apoyo. 

145 



Amado N e r o o 

»Una vez reconocido este principio — y me parece 
difícil que no lo sea — queda por examinar por qué 
medios podría ponerse en aplicación. 

»E1 mejor parece ser la creación de institutos es- 
peciales dependientes de las universidades. Lo mis- 
mo que hay ciertas facultades de ciencias, institutos 
de química, de física, de ciencias naturales, etcétera, 
abiertos a todos los trabajadores que no persiguen la 
adquisición de un grado o de un diploma universita- 
rio, asimismo debería haber en las facultades de le- 
tras verdaderos institutos de lenguas vivas, donde 
podrían ejercitarse y desarrollarse todos aquellos 
que tuvieren necesidad de una verdadera enseñanza 
superior de estas lenguas, de acuerdo con las necesi- 
dades más y más complejas de las diversas pro- 
fesiones. 

Seguramente que no sería oportuno tratar aquí en 
detalle de la organización de tales instituciones, 
que tendrá forzosamente que variar en los diferentes 
países y aun en las diferentes regiones, y con las di- 
ferentes categorías de oyentes. Pero creo que desde 
ahora el Congreso puede afirmar estos principios y la 
necesidad urgente que hay de aplicarlos.» 

De seguro que estos institutos especiales, depen- 
dientes de las universidades y destinados únicamen- 
te a la enseñanza de los idiomas, darían excelentes 
resultados; pero a condición de que los métodos apli- 
cados en ellos fuesen eficaces, y hasta ahora, hay 
que confesarlo, no se ha encontrado un método abso- 
lutamente eficaz para enseñar las lenguas vivas des- 
de la cátedra de una universidad. De aquí que extra- 
universitariamente, si se me permite el adverbio, sea 
cada día mayor el número de institutos que preten- 
den en Francia enseñar de un modo práctico los idio- 
mas extranjeros, así como el número de métodos que 
se publican, y diz que por medio de los cuales estos 
idiomas deben infaliblemente aprenderse. 

El sistema que en la diversidad de tanteos de que 

144 



o h r a s Completas 

hablo ha tenido más fortuna, es el sistema Berlitz, 
pero esto es acaso asunto de reclamo en buena parte! 
aun cuando no se deban desconocer del todo algunas 
de sus ventajas. 

En mi concepto el achaque de que adolece en 
Francia la enseñanza oficial de los idiomas es el ex- 
ceso de cientificismo. Se habla mucho de la historia 
de una lengua, se analizan sus componentes, se in- 
siste sobre la índole de sus verbos, se clasifica su vo- 
cabulario, se enumeran sus grandes producciones 
clásicas, se ponen en parangón sus giros, sus modis- 
mos, con los de la lengua vernácula, y más resultan 
los cursos superiores conferencias sobre las lenguas 
extranjeras que verdaderos procedimientos de ense- 
ñanza. La filología mata al aprendizaje. 

Como, por otra parte, el ciudadano francés, de to- 
dos los europeos es quien menos viaja, quien menos 
se encuentra en contacto forzoso con los idiomas ex- 
traños, además de que es raro el país en que por lo 
difundido de la lengua francesa no se le evita el 
trabajo de darse a entender, resulta que el aprendi- 
zaje queda absolutamente reducido a los límites de 
los cursos de estudios, primarios o secundarios, que, 
como digo, están muy lejos de haber encontrado mé- 
todos adecuados a las necesidades modernas. 

La lengua viva que además de la materna se 
aprende en los colegios franceses, y que es por lo 
general el inglés o el alemán, se enmohece frecuen- 
temente por falta de uso. Acaso lo único que se con- 
serva de ella es algo así como la reminiscencia de 
ciertas frases familiares. Si añadimos a esto el des- 
dén natural que el francés siente por las literaturas 
extranjeras, encontraremos que nada tiene de raro 
que la mayoría de los profesionales de la nación ig- 
noren en gran parte la producción enorme de ideas 
de todos géneros que informan la vida intelectual 
extranjera y viva de sus ideas propias, poderosas, 
nutridas y abundantes si se quiere, pero natüralmen- 

ToHoXXlI. í4b 10 



Amado Ñervo 

te deficientes por falta del necesario cambio y del ne- 
cesario consorcio con las ideas de los demás. 

Así lo empiezan a reconocer los educadores fran- 
ceses, y uno de ellos dice, en reciente trabajo, las si- 
guientes palabras refiriéndose a una categoría espe- 
cial de profesionales: 

«Nuestros médicos, aun los profesores de escuelas 
de medicina, conocen en su mayor parte muy poco 
de alemán. Éesulta de esto que nos informamos de la 
producción germánica, que es inmensa y general- 
mente excelente, con retardos inverosímiles. Tal 
o cual procedimiento quirúrgico, tal o cual remedio 
son desconocidos entre nosotros, en tanto que se han 
difundido ya por el mundo entero hace dos, tres, 
cuatro años, y algunas veces más. 

»En la facultad de letras es imposible emprender 
nna investigación de historia o de filología con los 
alumnos. No hay uno entre diez capaz de entender 
un libro escrito en lengua extranjera. Lo propio 
acontece en la facultad de ciencias y otro tanto en la 
facultad de derecho con los aspirantes al docto- 
rado.» 

Y esta diferencia, según el mismo autor, es sensi- 
ble, sobre todo, por lo que ve a los estudios económi- 
cos, «donde es preciso leer la abundante producción 
de los alemanes, de los americanos, de los ingleses y 
de los italianos, que en veinte años a esta parte han 
trabajado mucho». 

«Todo trabajo original, concluye el autor citado, 
se paraliza entre nosotros, a causa de la ignorancia 
de nuestros estudiantes. Sería por tanto muy necesa- 
rio, no solamente que se siguiese cultivando la len- 
gua extranjera aprendida en el colegio, sino que se 
estudiase después otro dioma. No se trata de aprender 
a hablarlo, que esto es largo y difícil, sino simple- 
mente de leer un texto fácil que se refiera a cada es- 
pecialidad, en cuyo caso la adquisición del vocabu- 
lario es muy sencilla.» 

146 



Obras Completas 

Hay que esperar que para el Congreso de Lenguas 
vivas que deberá efectuarse en Hanover en 1908, se 
habrá encontrado ya en Francia una fórmula peda- 
gógica que concille y remedie todas estas exigencias 
que tan sensibles son en la enseñanza de los idiomas 
modernos. Pero yo creo que hay, fuera de métodos y 
congresos, de informes y de análisis, un remedio in- 
directo para las deficiencias que en la enseñanza de 
que vengo hablando se advierten, y éste consiste en 
persuadir a los estudiantes franceses de la importan- 
cia capital y del valor inmenso que tienen las pro- 
ducciones científicas y literarias alemanas, america- 
nas e inglesas. En efecto, hay además de la imper- 
fección de los métodos que en Francia se emplean 
para aprender los idiomas y la dificultad natural que 
tiene el francés para asimilarse las lenguas extran- 
jeras, un hecho que impide adquirir y poseer éstas, y 
es cierto desdén nacional para la producción ajena. 

Creen los franceses, porque así se lo han repetido 
en todos los tonos, que en lo que ve a literatura y 
ciencias, fuera de tales o cuales significadas persona- 
lidades antiguas o modernas, fuera de tales o cuales 
obras maestras, todo lo demás se ha inspirado en 
Francia y de Francia es tributario. Muy pocos son 
los que se imaginan, por ejemplo, la riqueza inmen- 
sa de la literatura alemana actual, casi del todo des- 
conocida de este lado del E-hin, y menos son aún los 
que comprenden el valor del movimiento científico 
que se opera en Alemania, Inglaterra y Estados Uni- 
dos. Los profesionales en lo general viven de las 
ideas ambientes; leen los libros de sus colegas, reci- 
ben las publicaciones francesas y sólo cuando un des- 
cubrimiento nuevo hecho en el extranjero ha tras- 
puesto las lindes de todos los pueblos, lo reciben y 
lo analizan," no sin cierta prevención y cierta descon- 
fianza. Habría, pues, que empezar por convencer, 
así al profesor como al alumno en Francia, de que 
es absolutamente indispensable aprender el alemán 

147 



m 



N 



o el inglés a fin de leer la riquísima producción lite- 
raria y científica de esos países y completar así el 
bagaje de conocimientos adquiridos. Habría que con- 
vencerles de que ya no se puede, so pena de quedar- 
se muy atrás en el camino, ignorar el movimiento de 
ideas que existe en los países anglo-sajones, sino que, 
muy al contrario, es preciso conocerlo ampliamente 
y estimarlo en todo lo que merece, tanto cuanto se 
estima en el extranjero el movimiento intelectual de 
Francia. 

Supuesta tal convicción, el estímulo para la ense- 
ñanza y el aprendizaje de los idiomas modernos será 
grande y se traerán métodos prácticos, sistemas ra- 
cionales y progresos visibles. 




148 




xvni 

EL CASTELLANO EN MÉXICO.— FILOLOGÍA 
COMPARATIVA 



JlLn uno de los primeros informes que tuve la honra 
de dirigir a esa superioridad, hacía yo algunas ob- 
servaciones con respecto a la pureza más o menos 
discutida del castellano en España, afirmando que, 
mientras en algunas regiones la mínima influencia 
extranjera habría permitido que subsistiese una es- 
pecie de sedimento de la lengua del siglo xvii, llena 
aún de toda la elegancia, el carácter y el prestigio 
de la época, en otras el influjo francés era enorme- 
mente preponderante, sustituyendo infinidad de gi- 
ros castizos por galicismos flamantes, a las veces 
menos expresivos que las construcciones indígenas. 
Es ésta una verdad de facilísima comprobación, a 
pesar de lo cual, los filólogos españoles, sean quienes 
fueren, no habrán de concedernos nunca que nos- 
otros conservamos inmutables numerosas formas de 
elocución de extraordinaria pureza. 

En efecto, yo, después de afanosas comparaciones 
y de pacientes análisis, me he convencido en absolu- 
to de que si de algo se peca en América, especial- 
mente en México, por lo que se refiere al idioma, es 

149 



Amado Ñervo 

de arcaísmo. Claro que no me refiero ni a la juven- 
tud intelectual ni a la juventud que ejerce en la me- 
trópoli y en algunas ciudades de provincia del Norte, 
como San Luis y Monterrey, sus actividades en la 
esfera comercial. 

Dos grandes corrientes de extranjerismo tienden 
en la República a modificar nuestra lengua: la ame- 
ricana y la francesa. La americana afecta especial- 
mente a la gente de negocios y a los industriales, ya 
introduciendo vocablos, giros, modismos que desig- 
nan cosas, acciones y operaciones para las cuales no 
hay palabras en castellano, o ya sustituyendo a las 
expresiones autónomas otras que no siempre las re- 
emplazan con ventaja. 

La corriente francesa influye únicamente en el len- 
guaje de los intelectuales. Nos llega con los libros de 
París, exactamente como a los españoles, y con los 
libros se sigue alimentando. Ha modificado conside- 
rablemente el léxico y el estilo de la gente nueva, 
pero no ha perjudicado más que a los ignorantes, 
que adoptaban una recién venida palabra francesa 
sin conocer la equivalente castellana; pues en cuanto 
a los otros, a los instruidos, les ha aprovechado, dán- 
doles medios de expresión, sólo donde no los había, 
y volviendo más maleables y ágiles su estilo y su 
pensamiento. 

Pero fuera de estas dos grandes corrientes que a 
pesar de su fuerza no ejercen presión sino sobre dos 
reducidas clases sociales, la gran mayoría, la inmen- 
sa mayoría de los mexicanos, sigue expresándose en 
un idioma compuesto de algunas voces derivadas de 
los idiomas precolombinos y de infinitas voces ar- 
caicas. En cierta ocasión don Benito Pérez Galdós 
me ponderaba el encanto de ciertas palabras usadas 
en México, que se remontan directamente a Don 
Quijote, o que tienen genealogías un poquito más 
antiguas. Yo le respondí que no se trataba sólo de 
ciertas palahi^as, sino de innumerables palabras. Mé- 

150 



Obras Completas 

xico fué conquistado justamente cuando comenzaba 
el apogeo del idioma castellano, cuando éste dejaba 
su pesada armadura y se volvía elástico, gracioso, 
cortesano, gallardo. Durante los siglos xvi y xvii 
todo el mundo escribía con elegancia. No sé qué 
prestigio había en la morfología de las palabras que 
no se transformaban sino para engalanarse y embe- 
llecerse. 

Ese idioma fué el que heredamos de nuestros abue- 
los, ese idioma el que se quedó en nuestras apacibles 
regiones, incontaminado como la nieve de las mon- 
tañas, ese idioma fué el que formó nuestro acervo de- 
finitivo y el que constituye aún nuestro elemento 
por excelencia de expresión. 

Los españoles instruidos, cuando lo oyen, sonríen 
satisfechos y complacidos, embelesándose con los 
puros e ingenuos arcaísmos que suelen brotar, sobre 
todo de los labios del pueblo. Los españoles adocena- 
dos e ignorantes exclaman: «¡Pero qué mal se habla 
el castellano en América! » 

A estos últimos y a mis compatriotas que sin darse 
cuenta hablan una lengua arcaica, sufriendo sin pro- 
testar los reproches de los doctos, va encaminado mi 
informe de hoy, con la esperanza de que no les falte 
paciencia para recorrer la larga lista de palabras con 
que voy a regalarles el oído. 

Es común oir en México en las casas de comercio, 
y ver estampada en los libros de cuentas esta pala- 
bra: acarretos: «tanto por acarretos en el mes». 

Un español moderno dirá acarreos o quizá trans- 
portes y pero acarreto es absolutamente castizo, con 
cierto leve dejo arcaico. 

Nuestros rancheros dicen acetar por aceptar y con- 
jugan aceto, acetas^ etc.; todo el mundo sabe que 
acetOy conceto y otras palabras de esta laya, abundan 
en los clásicos. Dice nuestro vulgo: No te achaparres ^ 
se achaparró, en vez de decir: No te agaches ^ se 
agachó. No hay aquí disparate alguno, sino la apli- 

J51 



Amado N e r v 

cación de un vocablo caído en desuso casi por coi 
pleto en España. 

Nuestra gente de provincia dice: Estoy achacóse 
estoy lleno de achaques^ tomando esta palabra en si 
recto sentido, es decir, como sinónimo de enfei 
medad. 

Son igualmente arcaísmos muy usados en Móxi< 
(arcaísmos, repito, que no disparates), todos esi 
que vais a leer: 

Adormirse, por dormirse; adoctrinar^ por doctriní 
agror, por agrura (siento un agror muy molesto] 
agüelo^ por abuelo (anda a moler a su agüelo — abs 
lutamente clásico). 

Alivianar, por aliviar («aliviana la recua de es 
peso*). 

Anciano^ por antiguo (esta casa es muy anciana) 
aparcero^ por camarada; aparcera, por mancebf 
aquerenciado, por enamorado (dicen que me han de 
quitar— las veredas por donde ando— las veredas 
quitarán — pero la querencia cuándo!... cantarcillo po- 
pular). 

Arrempujar ^ por empujar (¡No arrempujes! oía yo 
decir en la escuela). 

Artimaña, por maña, industria o destreza; asin y 
asina ^ por así; baluma^ por balumba. (Está esto muy 
balumoso j dicen en Jalisco). 

Benino, por benigno; colatín, por volantín (anti- 
guamente volatín y bolantín eran lo mismo: una es- 
pecie de cordel que servía para diversos usos; para 
pescar, por ejemplo). Los indios de México tenían 
una diversión muy atrevida y especial, a saber: la 
de girar alrededor de un gran poste, suspendidos de 
un cordel y vestidos de plumas de pájaros. Los más 
hábiles en el vértigo del giro, lograban mantener 
por algunos instantes la horizontal. Era natural que 
a los caballitos, que al principio pendían de cuerdas, 
se les llamase bolantines, como con delicioso arcaísmo 
se les llama aún en muchas regiones de México, en 

162 



Obras Completas 

tanto que en España se les denomina pintoresca- 
mente tío vivo; bonificar^ por abonar o poner una can- 
tidad en cuenta (se usa aún en el comercio, sobre 
todo en algunos Estados). 

Carnicería. — En cambio en México se usa siempre 
el moderno carnicería^ en vez del arcaico carneceria., 
que es tan común en las dos Castillas. 

Catear. — Catear una casa. Registrarla, buscar algo 
en ella: se usa mucho en México. 

Clavar-clavarse, por engañarse. Me clavé! dícese 
aún en México, cuando cae uno en una trampa — en 
un engaño. 

Cobertor^ en su vieja acepción de colcha, usado en 
México, en vez de la palabra manta que se usa en 
Castilla. 

Contradecidor j por contradictor. Muy usado por las 
clases bajas; canvenencia^ por conveniencia; chapado 
a la antigua, voz muy castiza, desusada casi por com- 
pleto en España; chasquista, por petardista o esta- 
fador. 

Desafuciar, por desahuciar (todavía se usa en el 
interior de México). 

Descoger^ por escoger (de uso frecuente en las ran- 
cherías) . 

Desconforme^ sin conformidad con esta o aqviella 
cosa. 

X>e.9cora20wrtr-(5é!J-desmayar, perder el ánimo (todos 
lo usamos). 

Desfruncir, por desobedecer, desplegar, desarrugar. 

Deturpar, por manchar, afear. — Término periodís- 
tico por excelencia. 

Dotor, por doctor; efeto, por efecto; emprestar ^ por 
prestar-e, prestado, emprestador; enviejar, enviejarse, 
por envejecer; finchado y por hinchado (Fulano va por 
allí, está muy finchado). 

Jabalín, por jabalí; mesmo, por mismo (clásico); 
nublado, por nublado (usado en la mayor parte de los 
ranchos y haciendas); ñudo, por nudo (ídem); obse- 

155 



Amado Ñervo 

quias, por exequias; Otubre, por octubre; participio, 
^ox participación. Innumerables gentes, aun entre las 
ilustradas, usan en México este arcaísmo. «Yo no 
quiero tener (o tomsir) participio en esto o aquello». 

Perfeto, por perfecto (clásico); poderío^ por fuerza 
o esfuerzo. («Hice poderío y medio por disuadirle», 
di cese en México; es decir, empleé un grande esfuer- 
zo, hice un grande esfuerzo); usufruto, por usufructo; 
velador. — Nadie usa en España este vocablo para de- 
signar la mesa de noche. En México es muy usual, 
sobre todo en provincia. Velador era, en efecto, an- 
taño, una mesita redonda o cuadrada, que se ponía 
cerca del lecho. Generalmente tenía un solo pie. 

Antes de terminar esta ya larga lista, que no com- 
prende, sin embargo, más que tales o cuales de los 
innumerables arcaísmos usados en México, especial- 
mente por nuestro pueblo, aprovecharé la oportuni- 
dad para advertir a determinados aristarcos que, 
cuando los modernistas usábamos palabras como auri- 
fehídsta por orífice, pucela por doncella, veneficio por 
maleficio, etc., no incurríamos en galicismo alguno, 
sino que desenterrábamos sencillamente vocablos que 
habían caído en desuso sin razón, pues, o eran muy 
bellos, como los dos primeros, o no tenían sustitu- 
ción exacta, como el último. 

Si ha habido quien consulte Diccionarios y procu- 
re de más buena fe en América conocer el admirable 
caudal de nuestra lengua, ha sido, sin duda, ese 
bicho tan calumniado por los tontos, que se llamó 
modernista o decadente. 

... Pero como no es objeto de este informe la de- 
fensa de tal o cual escuela literaria, sino la rehabili- 
tación de algunas de nuestras palabras y formas de 
lenguaje, aquí pongo punto, reiterando a usted, se- 
ñor ministro, las seguridades de mi más distinguida 
consideración. 



1«4 




XIX 

ATENEO IBEROAMERICANO . — CONFEREN- 
CIAS AUTOCRÍTICAS.— LA CRÓNICA GENE- 
RAL DE ALFONSO EL SABIO 



J\ la sombra de la Unión Iberoamericana está orga- 
nizándose un nuevo Ateneo, que, naturalmente, se 
llamará también el Ateneo Iberoamericano, aunque 
esto no significa, en modo alguno, dependencia de la 
Unión. 

: Se compondrá el Ateneo Iberoamericano de varias 
secciones, científicas y artísticas, y de una sección 
literaria. Esta última, que es de la que me corres- 
ponde hablar, dada la índole de mis Informes, está 
constituida por el siguiente personal: 

Presidente, el que suscribe. 

Primer vicepresidente, don Andrés Ovejero, cate- 
drático de la facultad de letras de la Universidad 
Central. 

Segundo vicepresidente, don Felipe Trigo, nove- 
lista muy original y muy leído en España. 

Primer secretario, don José Pérez Bojart. 

Segundo secretario, don Manuel Núñez Arenas. 

155 



Amado Ñervo 

Primer vocal, don José Rodríguez Villamil. 

Segundo vocal, don Leopoldo Alas, hijo del emi- 
nente novelista y crítico, muerto. 

Todas las secciones y comisiones son autónomas, 
pudiendo tomar cuantas iniciativas les plazca, y en- 
caminar su esfuerzo por no importa qué rumbo, con 
tal de que se tienda al mismo fin. 

¿Qué fin es éste? Solidarizar más y más cada día a 
las naciones hispanoamericanas. 

La Sección literaria ha creído que el primer traba- 
jo que debe intentar es el de aproximar a los pensa- 
dores de España y de América, a los pensadores jó- 
venes sobre todo, porque éstos tienen ideales más 
amalgamables, más identificables. 

No se dirigirá, por tanto, a los literatos solamen- 
te. Se dirigirá a todos los mentales de América. 

Cree esta Comisión que no hay forma alguna, que 
no debe haber, cuando menos en estos tiempos, for- 
ma alguna del pensamiento, que no sea literaria. 
Sería hacer una injuria a la cultura de los jóvenes 
pensadores de España y América creer que son in- 
capaces de verter sus ideas, filosóficas o artísticas, 
sus especulaciones científica», poéticas, en un molde 
literario, que tenga un estilo, una índole, una fisono- 
mía. Así, pues, cuantos dicen algo a los demás desde 
cualquier tribuna moderna, sea la de un diario o la 
de una revista o la de una cátedra, caen bajo la in- 
fluencia de la literatura en lo que ella tiene de más 
noble y universal: la personalidad del estilo, la apti- 
tud de la expresión, la inteligibilidad de los giros y 
de las construcciones. 

Y aun cuando así no fuera, aun cuando hubiese, 
por absurda condescendencia unánime, un estilo an- 
tiliterario para escribir de ciencias o de arte, ¿qué 
intento mejor para solidarizar el pensamiento hispa- 
noamericano que el de enriquecer, el de hermosear el 
idioma por medio de un activo cambio de libros y el 
d© procurar que cuantos escriban, así en España 

156 



Obras Completas 

como en la vastísima porción del nuevo continente 
que es latina, escriban bien? 

España se regocija de la aparición de no importa 
qué libro en América, decía el señor Ovejero en se- 
sión pasada, porque todo libro escrito en castellano 
prolonga la cultura española en el mundo. 

La Sección literaria del Ateneo Iberoamericano, 
por su parte, se regocijará de todo nuevo libro apa- 
recido en España o América, sean cuales fueren sus 
tendencias, porque es una contribución más a la vida 
mental de nuestra raza. 

Pero hay algo que debemos intentar antes que 
todo, y es conocernos mutuamente, ya que conocer- 
nos es estimarnos. 

El escritor americano ha encontrado hasta ahora 
poca acogida en España; ni se nos conocía ni se nos 
tenía en cuenta. Por su parte los jóvenes escritores 
españoles han sido poco leídos del otro lado del mar 
y han encontrado sólo un mercado bastante raquítico 
para sus libros. 

En América sólo correspondían hasta hace poco 
con la España literaria los académicos de las diver- 
sas emanaciones de la docta Corporación que hay en 
el Continente; pero tal correspondencia era baldía, 
porque estos señores, por lo general acostumbrados 
a vaciar ideas en moldes antiquísimos, siempre los 
mismos, han acabado por combinar sólo los moldes, 
los giros, las frases hechas, los modismos seculares, 
quedándose sin las ideas mismas, dejándolas evapo- 
rarse. 

Se refiere que a Laplace le dijo Napoleón que por 
qué en su mecánica celeste no nombraba jamás a 
Dios. 

— Porque no he necesitado de esta hipótesis — res- 
pondió el sabio. 

Los académicos conservadores, los que han hecho 
algo sagrado e intangible del idioma, es decir, un 
idioma muerto, tampoco han necesitado de ideas para 

157 



Amado Ñervo 

escribir. Como el niño combina cubos de madera con 
letras o figuras, ellos han combinado clisés, logran- 
do una ortodoxia de sintaxis que constituye sus de- 
licias, que no inquieta ni su estómago ni su sueño, y 
prescindiendo de la onerosa tarea de pensar lo que 
no pensaron sus abuelos. 

El intercambio de ideas entre la España mental y 
la América pensadora, ha sido, pues, nulo, hasta 
hace muy poco tiempo, en que los ojos de algunos 
poetas y pensadores jóvenes se han vuelto hacia no» 
otros desde la madre Patria, buscando en las aud 
cias coronadas de éxito de nuestra nueva literatur 
un estímulo y un apoyo para sus futuras orientado 
nes. Y así han venido a significar algo en la litera-'' 
tura española novísima un Rubén Darío, un Leopol- 
do Lugones, un Salvador Díaz Mirón, un Manuel 
Gutiérrez Nájera, etc., etc. 

Pero el comercio mental está muy lejos de ser tan 
vigoroso y estrecho, tan benéfico y cordial como 
puede y debe serlo, y a intensificarlo tenderán como 
primer arbitrio los propósitos del Ateneo Iberoame- 
ricano. Para ello van a constituirnos los que forman 
la Comisión literaria en intermediarios oficiosos 
entre los de acá y los de allá. 

Recibirán cuanto libro se pretenda enviar por su 
conducto a América, y distribuirán concienzuda- 
mente en España cuanto libro de América se les 
remita. 

Más aún: todo libro que se envíe a la Sección, será 
leído con la detención y el juicio que merezca, y 
según su importancia, logrará una nota bibliográfica 
más o menos nutrida y extensa, procurándose que 
ésta se publique, no sólo en la Revista de la Unión 
Iberoamericana, que ya es de suyo muy leída, sino en 
diarios de gran circulación de España. El propósito 
de la Comisión es que tales notas formen a fin de año 
un volumen en el cual esté reflejado todo el movi- 
miento mental de España y América y que este vo- 

158 



i 



Obras Completas 

lumen se imprima a costa de todos los que a su difu- 
sión quieran contribuir, para lo cual bastará que 
tomen uno o dos ejemplares. 

Entiende la Sección literaria que del conocimiento 
mayor de unos y otros, de los que en España escri- 
ben y de los que escriben en América, resultarán 
además de las ventajas apuntadas, algunas de índole 
puramente práctica, a saber: la formación de un pú- 
blico cada vez mayor de lectores españoles para los 
que escriben allá, de lectores americanos para los 
que escriben acá; la facilidad de encontrar en cada 
país corresponsales amistosos y seguros que ayuden 
a la difusión de los libros, sin pasar por las horcas 
candínas de cierta laya de libreros. 

Estos corresponsales liarán irradiar, por decirlo 
así, las obras que reciban en todas direcciones y lo- 
grarán una simpática propaganda de ideas. 

He aquí basta ahora los propósitos de la Sección 
literaria del Ateneo Iberoamericano, de los cuales he 
creído conveniente hablar a esa superioridad, porque 
constituyen una información nueva, de las que en- 
tran en el programa que ella ha tenido a bien tra- 
zarme. Por lo demás, las ideas que antes que anadie 
he expuesto a esa Secretaría, se expresarán, aunque 
con mucha más brevedad, y sólo en sus grandes li- 
ncamientos, en una circular que será profusamente 
difundida entre todos los hombres de estudio y de 
pensamiento de América y España. 

Paso ahora a ocuparme de otra novedad literaria 
de estos días. 

Doña Emilia Pardo Bazán, elegida el año último 
presidenta de la Sección literaria del Ateneo de Ma- 
drid, como todos sabéis, ha procurado imprimir 
algún movimiento a esta Sección, y entre las nove- 
dades que ha inaugurado, se cuentan las llamadas 
conferencias autocríticas. En éstas, el autor invitado 
a hablar refiere su vida literaria, el por qué de sus 
orientaciones, sus lecturas preferentes, sus fuentes 

159 



m 



N 



mejores de inspiración; nos dice cómo escribe, qué 
medios le son más propicios, qué concepto tiene for- 
mado de su propia obra, etc. 

Cuando la señora Pardo Bazán pensó en organizar 
estas conferencias, nos decía frecuentemente en el 
Ateneo las esperanzas que alimentaba de que fuesen 
interesantes, curiosas y originales. — «¡Qué mejor 
que cada uno de nosotros puede decir lo que es, lo 
que sabe, lo que piensa!» — exclamaba. 

—Cierto — respondí yo — ; pero todo el interés de 
una conversación de este género está en que el con- 
versador sea sincero. Si no lo es, se tratará de un 
discurso más, tan vano como todos los discursos. 

La famosa inscripción del templo de Delfos: Nosce 
te ipsunij nos muestra la importancia que se daba 
desde la antigüedad más remota a la introinspección, 
y lo esencial que es para todos asomarnos a nuestro 
propio espíritu antes que juzgar a los demás, pero 
esta operación refleja de conocernos y examinarnos 
es muy difícil. No sé qué brumas de misterio y de 
falacia envuelven a nuestras almas; no sé qué pers- 
pectivas engañosas alteran nuestras concepciones 
personales. El caso es que con sumo trabajo logra- 
mos saber lo que somos, y el que acierta a juzgarse 
sin pasión, obtiene un señaladísimo triunfo sobre sí 
mismo. 

Hay algo, empero, todavía más difícil que el 
nosce te ipsum, j es, supuesto el logro de este precio- 
so conocimiento, la sinceridad para decir a los demás 
lo que de nosotros pensamos. Todos gustamos de 
hablar de nuestra propia persona, pero en lo general 
para exaltarla, con más o menos habilidad, más o 
menos directa o embozadamente, pero para exaltarla 
siempre. 

Y si esto es en las conversaciones privadas, ima- 
ginad lo que será en las conversaciones públicas. 
Una vez que el hombre, y especialísimamente el lite- 
rato, se siente escuchado, se ve expuesto a la expec- 

160 



Obras Completas 

tación intelectual de los demás, se acuerda de que la 
palabra sirve para disfrazar el pensamiento y habla ya 
sólo para la galería, procurando dibujar en la imagi- 
nación de ésta una figura artificial, adornada de 
todas las cualidades por él amadas. Tal labor es, a 
las veces, basta inconsciente. Quizá el autor habla 
con sinceridad. Mas su autorretrato es falso. 

Cuatro son hasta ahora los conferencistas que han 
hablado de sí mismos en el Ateneo: Dicen ta, Martí- 
nez Sierra, Felipe Trigo y Valle Inclán. 

Dicen ta, ya lo sabemos todos, tiene ideales revolu- 
cionarios, y está lleno, además, de un sentimenta- 
lismo social sui generis. El cree que un obrero, por 
ejemplo, y así lo expresa en su drama Daniel^ es, 
pongo por caso, infeliz porque el patrón come pavo 
trufado mientras él come salchicha. Esto es absolu- 
tamente candido. Yo conozco de cerca a los obreros, 
y podría asegurar al señor Dicenta que si les diése- 
mos langouste pochée au canapé y huevos a la grand 
duc, probablemente no les proporcionaríamos placer 
alguno. Es preferible darles carne con patatas y sal- 
chicha: lo que ellos saben gustar. Como conocemos 
las ideas del señor Dicenta, y como sabemos que con 
un espíritu de secta no se puede ser sincero ni aun 
en literatura, no insistiremos sobre su conferencia. 

Martínez Sierra es un escritor delicadísimo: en su 
conferencia nos dijo bellas cosas, divagando alrede- 
dor de su personalidad y de sus obras. 

Felipe Trigo es sincero, y por tanto, hablando de 
su persona, cautiva. 

— Yo — dice — gusto de lo que escribo, más que de 
lo que escriben los otros. Todas mis obras me com- 
placen, pero la que a todas prefiero es Alma en los 
labios. 

A la bonne heure! Así, sí nos entendemos! Cuando 
un hombre nos habla con una ingenuidad tal, se nos 
vuelve un precioso documento humano. 

Valle Inclán, el último que ha ocupado la cátedra 

Tomo XXII. 161 ii 



Amado Ñervo 

del Ateneo para hablamos de sí mismo, es sin duda 
uno de los temperamentos más cultos y raros de Es- 
paña. Su conferencia fué una deliciosa ironía. No 
Habló sólo de sí mismo, sino de los demás, y luego, 
un poco de su vida, harto fantaseada por cierto; de 
su manera de ver el paisaje, de sus personales pro- 
cedimientos y, sobre todo, de su sistema para usar 
el léxico. 

Encuentra, por ejemplo, que no deben usarse cier- 
tas palabras de dura o difícil pronunciación, como 
aquellas que tienen dos consonantes después de una 
vocal: objeto^ septiembre, etc., porque dice, con una 
semiburla peregrina, la cantidad de esfuerzo que su 
pronunciación requiere no se gasta sino a expensas 
del entusiasmo o de la comprensión del lector. Aun 
sostiene — si no en su última conferencia, sí en tal o 
cual conversación amistosa — que determinados voca- 
blos no deben usarse en su significado, sino en otros 
completamente distintos. Seguramente — digo yo — 
en aquellos que sugiera su estructura y su sonido... 
Así se volvería a la onomatopeya... pero en cambio 
no nos entenderíamos ni para remedio... ¿Es esto un 
inconveniente? Chi lo sa! . . . 

De todas suertes las conferencias autocríticas del 
Ateneo han sido muy dignas de oirse, y valía la pena 
de que yo informase de ellas a esa Superioridad. 

Para concluir este Informe, hablaré a usted de 
otro suceso literario: el último de que me ocuparé 
ahora. La publicación hecha por don Ramón Menén- 
dez Pidal, en la Nueva biblioteca de autores españo- 
les, de la «Primera Crónica general o Estoria de Es- 
paña», que mandó componer don Alfonso el Sabio. 

Hasta hoy todas las ediciones hechas de esta obra 
admirable, la primera verdaderamente literaria de 
nuestro idioma, adolecían de innumerables defectos, 
de mutilaciones y obscuridades lamentables. 

La publicación actual, hecha con excesivo cuidado 
y con gran pericia, expurgada y reconstituida, es lo 

162 



Obras Completas 

que debía ser: el monumento valioso de nuestro idio- 
ma, en el cual ya la lengua aparece formada, gallar- 
da, noble, expresiva y colorida, el libro sin paralelo 
en las literaturas europeas, considerado por Dozy, 
en palabras que cita un académico, «como el creador 
de la prosa castellana del buen tiempo viejo, que tan 
fielmente expresa el carácter español; a la vez vigo- 
rosa, amplia, rica, grave, noble, sencilla, y todo 
ello cuando los demás pueblos de Europa, sin excep- 
tuar a Italia, distaban todavía mucho de producir 
una obra en prosa que fuera recomendable por su es- 
tilo». 

Como más amplia noticia de esta publicación tan 
importante, envío a usted el adjunto artículo de Ja- 
cinto Octavio Picón, que es el académico a quien 
me refiero, y que analiza la obra dePidal con mucho 
acierto. 

Reitero a usted las seguridades de mi más distin- 
guida consideración. 




165 




XX 

EL TEATRO Y EL IDIOMA EN ESPAÑA 
Y AMERICA 



OE ha llamado al teatro espejo y escuela de las cos- 
tumbres; yo le llamaría mejor cátedra del idioma. 
En los países en que el teatro entra en el grupo de 
diversiones familiares, es indecible lo que los espec- 
táculos influyen en el lenguaje. 

Dos operaciones parece realizar el teatro: primero 
recoge y sorprende la lengua corriente con sus locu- 
ciones, con sus giros especiales, con sus modismos, 
con sus sintaxis; luego la depura y la enriquece, vol- 
viéndola así acrecida al común acervo. 

Y si no realiza el buen teatro estas dos operacio- 
nes, debería realizarlas. 

No hay duda de que la pureza, la elegancia, el 
primor del castellano en el siglo xvii se debió espe- 
cialísimamente al opulento y admirable teatro espa- 
ñol. Los grandes autores, los Lope, los Alarcón, los 

164 



Obras Completas 

Tirso, tomaban del exterior los habituales elementos 
del idioma, pero volvíanlos a la multitud en extremo 
enriquecidos, flexibilizados, elegantes, llenos de ex- 
presión . 

El idioma que se iba formando alrededor de este 
teatro, que este teatro iba formando, diremos mejor, 
era acaso un poco solemne, un poco enfático; pero en 
cambio, ¡cuan expresivo y caudaloso! 

Volvamos la vista a Francia y advertiremos la in- 
fluencia formidable que el teatro ejerce aún en la 
lengua. Infinidad de giros, ¡qué digo!, hasta de for- 
mas especiales de lenguaje, hasta de neologismos, 
deben su existencia a la comedia francesa y a los tea- 
tros de bulevar. 

Los libros más leídos influyen menos en el habla 
común que una simple pieza de teatro. Y es que en 
el teatro oímos las nuevas formas idiomáticas, no las 
vemos como en la frialdad silenciosa del libro. 

Ahora bien, supuestas estas ligeras consideracio- 
nes, ¿qué influencia ha ejercido el teatro moderno en 
el idioma castellano en España? 

En general una influencia pésima. 

Las piezas de Zorrilla, por ejemplo, conservando 
á outrance el lenguaje caballeresco, manteniendo el 
énfasis tradicional, reviviendo la pomposa redondez 
de los períodos heroicos, influyeron si;iiestramente 
en ese atolondramiento, en esa confianza ciega en las 
promesas de la tradición que llevó a España al 
desastre. 

Y cito el nombre de Zorrilla porque es el románti- 
co más grande de España. Otros astros menores, en 
terreno más estrecho, realizaban también esta obra. 
Parecía que después de ellos el teatro español debía 
humanizarse, pero no fué así: Echegaray y Tamayo 
y Baus, entre otros, se encargaron de mantenerlo 
dentro de la vieja armadura. Echegaray ha escrito 
dramas y comedias «actuales» que nada tienen de ac- 
tualidad. Sus personajes han existido quizá en algu- 

161 



Amado Ñervo 

na época; pero si bien se les examina, no existen 
ahora. Dicen cosas solemnes pretendiendo decir co- 
sas sencillas; hablan al parecer en prosa, pero en 
realidad continúan hablando en verso; tienen una 
prosopopeya y una gravedad tal que aun las frases 
más sencillas son en sus labios postulados, máximas, 
apotegmas. Los parlamentos de las piezas de Echega- 
ray se parecen, aunque en ellos alterne el bello sexo, 
aunque haya mucho movimiento escénico, a una 
asamblea de magistrados en alguna República anti- 
gua, a un consejo de esos que celebraban en los gobier- 
nos patriarcales los ancianos del pueblo. Lo que se 
dice, siempre pretende imponerse por la substancia, 
por la doctrina: esa alada gentileza de la lengua que 
va y viene por la calle, que entra y sale en los corri- 
llos, que dice las cosas de la vida con la simplicidad 
de la vida misma; que canta y ríe y aun filosofa así, 
siempre de prisa, siempre de vuelo... Esa alada gen- 
tileza de la lengua no la conoce don José, no la han 
conocido sus contemporáneos. Ha sido preciso que 
Benavente y los Quintero, inspirándose en el admi- 
rable y suelto diálogo francés de Donnay, de Capus, 
de Lavedan, la insinúen al espectador en medio del 
apelmazamiento, de la concreción de un castellano 
cúbico, sin solución de continuidad; de un conglo- 
merado secular en el cual era imposible la incrusta- 
ción de un arabesco, de un dibujo gracioso, de un 
rasgo tenue... 

Pero, en fin, siquiera estos señores hablaban y ha- 
blan aún en castellano y con sus mazacotudas piezas 
de teatro conservaban las solemnes tradiciones de 
adusto y enfático buen decir. 

¡Quién hubiera pensado que un día habríamos de 
echarles de menos, que habríamos hasta de desear el 
nuevo advenimiento de sus rígidas formas elocu- 
tivas! 

Hará unos quince años, en efecto, quince años 
apenas, que todos dormíamos tranquilos, sin presen- 

166 



Obras C o m p I e t a s 

tir la plaga mayor que ha podido caer sobre el cas- 
tellano, sobre el castellano popular sobre todo: el gé- 
nero chico. 

El género chico contaba para triunfar con algo in- 
vencible, inevitable, con algo que siempre acude a 
la cita: con la imbecilidad humana, y, naturalmen- 
te, triunfó. 

Empezó por usurpar el lenguaje del pueblo para 
irlo adulterando después, embajeciéndolo, envile- 
ciéndolo hasta el infinito. 

Algunos de sus idiotismos tuvieron la triste fortuna 
de llegar a los salones; pero la mayor parte se fueron 
quedando en las capas inferiores de la sociedad. 

El pueblo de Madrid, el de México y el de Buenos 
Aires, el de toda nuestra Hispano-América tenían 
cierta sencilla nobleza de expresión, aun dentro de 
las incorrecciones naturales de su lenguaje. El géne- 
ro chico se encargó de emborronar, de emporcar 
esta nobleza. Como sus autores no sabían nada ni 
habían pensado jamás gran cosa, recurrieron al quid- 
pro-quo pedestre, a la frase canalla, al modismo inep- 
to, al rufianismo irónico. 

Por unos cuantos céntimos le daban y siguen dán- 
dole al pueblo una cátedra diaria de caló infecto. 

Ellos han sido quienes han desfigurado las pala- 
bras más bellas de que antes se servían el amor, el 
coraje o la tristeza del pobre; ellos son quienes han 
fijado y consagrado en Madrid los disparates calle- 
jeros, los barbarismos absurdos, los modismos estú- 
pidos. Incapaces de una frase realmente ingeniosa, 
han recurrido a toda clase de dislocaciones para pro- 
ducir efectos groseros con sus diálogos. 

Cierto, hay excepciones, sobre todo las hubo en 
los comienzos de esta vil y cenagosa marea de mal 
gusto. Hubo una Verhena de la Paloina^ una Fiesta de 
San Antón... ¡pero qué poco relieve tienen estos sa- 
nos intentos entre el número de inepcias, entre la 
prodigalidad de piezas nauseabundas o anodinas! 

167 



Amado Ñervo 

Y esto pasaba en España: en México pasaba algo 
peor todavía. 

Allá los que se lanzaron a crear lo que pomposa- 
mente llamaban teatro nacional^ como si así fuese po- 
sible crear algún teatro, como si ellos tuviesen ta- 
maño para crearle estaban en lo general a un nivel 
mental mucho más bajo que los autores españoles del 
género chico. 

Estos, a pesar de todo, lograban en contadas oca- 
siones tener ingenio. La musa callejera de España 
regaba en la escena a las veces sus avalorios y sus 
lentejuelas, sus canutillos y sus chaquiras. Aquéllos, 
los de México, no tenían más que la incontinencia 
del lenguaje como arma de éxito, como deus ex ma- 
china insustituible. 

No hubo miseria fraseológica, no hubo palabra ta- 
bernaria de que no echaran mano. Todos aquellos 
harapos sucios y malolientes del idioma, que creía- 
mos escondidos allá muy hondo, perdidos allá muy 
abajo, en las prisiones y en los cuarteles, fueron as- 
cendiendo, ascendiendo hasta la matinée dominical, 
y dichos por actores medianos que pretendían hacer 
reir, lograron llegar a los oídos de las señoritas, sin 
que por ello se escandalizaran mucho que digamos 
los papas. 

¡Adonde ir! ¡Casi no teníamos, casi no tenemos 
otros teatros que los del género chico! En alguna 
parte se ha de pasar el rato... 

Y así la pura linfa de nuestro idioma se ha ido 
pervirtiendo y cada día, sin pensarlo, sorprendemos 
en nuestros labios, en los de nuestros amigos, acaso 
en los de nuestras mujeres o nuestras novias, tales o 
cuales dicharachos, inocentes si se quiere, dichos con 
ingenuo espíritu, pero que pervierten muchos de 
nuestros más bellos vocablos, que defiguran machos 
de nuestros más nobles giros. 

De ahí han salido tantos epigramas chabacanos que 
tienen la vida dura, sobre todo entre la gente de 

163 



Obras Completas 

poca imaginación, porque sirven como de ripios obli- 
gados a los que no saben discurrir gracejo alguno. 

Entre los procedimientos capitales del género chi- 
co figura el de desfigurar las palabras a fin de hacer- 
las cómicas. Hay siempre, o casi siempre, un perso- 
naje que pronuncia mal y que pronunciando mal hace 
reir. Este arbitrio primitivo y tosco es, y ha sido 
siempre, de seguros resultados. Fijaos en los indivi- 
duos del pueblo y aun en las familias de la burgue- 
sía, cuando son de medianos alcances intelectuales: 
es para ellos una verdadera fiesta la palabra mal pro- 
nunciada. La celebran ruidosamente, la repiten has- 
ta que le exprimen todo el jugo, y después, como a 
fuerza de repetirla han olvidado la estructura del 
vocablo correcto, la sustituyen a éste y así va for- 
mándose un caló íntimo, familiar, que acaba por in- 
gresar al idioma de todos los días. Y he aquí cómo 
un inepto autor de género chico tiene más influencia 
sobre el idioma que todos los buenos escritores que 
con libros sencillos y adecuados pretenden populari- 
zar el buen decir castellano, 

¿Qué remedio tienen estos desmanes? 

Yo no veo más que uno directo: la previa censura. 

Si se encuentra justificada ésta en lo que ve a la 
moralidad de las obras, ¿por qué no ha de hallarse 
justa y lógica por lo que ve a la pureza del idioma? 

Es el idioma una común heredad, una común ri- 
queza que nadie tiene derecho de pervertir y alam- 
bicar a sabiendas. 

¿De qué sirven los nobilísimos, los tan loables es- 
fuerzos de nuestro ministro de Instrucción Pública 
por desarrollar todo aquello que contribuir pueda a 
la limpieza, exactitud y elegancia de la expresión; 
de qué sirven los bellos libros y los bellos himnos 
premiados en concursos, los suntuosos juegos flora- 
les, las ediciones populares, mientras haya tres o 
cuatro libretistas de zarzuela dispuestos a valerse de 
la odiosa popularidad del género chico para inundar- 

169 



Amado ]S/ e r t^ o 

nos de locuciones estúpidas y para mutilar a mansal- 
va las frases más expresivas y más bellas? 

Es claro que los concursos iniciados por esa Secre- 
taría a fin de estimular la producción teatral en Mé- 
xico habrán de combatir con cierta eficacia el mal de 
que hablo. Pero si esta eficacia ha de ser mayor; si 
hemos de ir creando el teatro nacional, no lo que 
irrisoriamente se ha llamado así, sino el verdadero 
teatro nacional, fuerza será que una previa censura 
en la cual figure un literato enérgico y avisado, im- 
pida, no sólo todo aquello que ofenda la decencia de las 
costumbres, sino todo aquello que ofenda la decencia 
del idioma: que nuestra lengua evolucione gracias a 
un E-ubén Darío, a un Leopoldo Lugones, aun Díaz 
Mirón, santo y bueno; pero que tres o cuatro autores 
anodinos de género ínfimo la desfiguren y enturbien, 
malo, absolutamente malo e intolerable. 




170 



XXI 

LAS LITERATURAS CLÁSICAS COMO ARBI- 
TRIO PARA OBTENER LA ECUANIMIDAD 



i OR qué deben estudiarse las literaturas clásicas?, 
se pregunta, en el periódico Patria, de la ciudad de 
E-oma, el profesor Neno Simonetti, del Real Liceo 
di Ipoleto. 

Y responde él mismo a su pregunta de esta mane- 
ra: «Porque poseen una potencialidad eficaz para 
la inteligencia: educan el sentido del arte y desarro- 
llan la facultad del raciocinio.» 

Estas literaturas, aunque muertas, tienen un espí- 
ritu inmortal, cuando se sabe encontrar su verdade- 
ra esencia — en concepto del mismo Simonetti — , y el 
pensamiento clásico que entrañan es fuente perenne 
de cultura. 

Todo esto es cierto; pero si a mí me preguntasen 
porqué deben estudiarse, por qué deben leerse cuan- 
do menos los grandes autores clásicos, aun en aque- 
llos países como el nuestro en los cuales se ha supri- 
mido la enseñanza del latín, yo respondería que por 
una sola y capital razón: porque tranquilizan. 

Quizá no haya nada tan pedagógico en estos tiem- 
t71 



Amado Ñervo 

pos, nada tan esencial, como tranquilizar el ánimo 
de la juventud. 

La vida moderna llena de vibraciones y de sorpre- 
sas, en la que se suceden descubrimientos, teorías, 
métodos; en la que todo gira vertiginosamente; en la 
que nada hay aún que pueda decirse definitivamente 
conquistado; en la que, por último, las especializa- 
ciones y divisiones requeridas para el estudio de las 
ciencias son cada día más numerosas y fatigantes, la 
vida moderna, digo, está caracterizada por un mal 
terrible. Por la inquietud. Nos falta el aplomo nece- 
sario y volvemos los ojos a todas partes esperando 
siempre y temiendo siempre algo nuevo que ha de 
venir. 

Han perdido su consistencia nuestros pensamien- 
tos, y no es muy indiscutible, que digamos, la fina- 
lidad de nuestros actos. 

La ciencia empieza a alumbrarnos, presentimos que 
un día no lejano su fulgor habrá de ser maravilloso; 
pero ahora, titubeante, si por una parte nos hace adi- 
vinar nuevas rutas, por otra nos deja ver lo espeso 
y desconcertante de las tinieblas que nos rodean. 

Añádese a esto lo despiadado, lo cruento de la lu- 
cha por la vida; la actividad excesiva a que estamos 
condenados, la perenne confabulación de viejos y 
nuevos deseos, la ambición mantenida en las almas 
por el espectáculo ostentoso del ajeno bienestar, de 
la ajena riqueza, y piénsese en la suma de inquietud 
que todas estas circunstancias deben producir en el 
espíritu moderno. 

Ahora bien, la literatura clásica tiene este privile- 
gio: ¡tranquiliza! 

Si a San Agustín le hacían llorar las angustias de 
Dido, de lo cual se acusa con pena, ya converso y 
devoto, a nosotros los hombres de esta época, tan 
lejos en todo y por todo del espíritu antiguo, ya 
aquellas pasiones, aquellas luchas cantadas por los 
grandes poetas griegos y latinos, no pueden produ- 

172 



Obras Completas 

cirnos otra sensación que la de una noble y serena 
melancolía remota, que la de una suave simpatía 
dentro de una perfecta ecuanimidad. 

Las propias angustias de aquellos tiempos, los 
propios retorcimientos clásicos, no aciertan a inquie- 
tarnos, y dentro de un augusto ambiente penetrado 
de serenidad veremos siempre las torturas de Lao- 
conte y los dolores de Niobe. 

Todos los tormentos, por virtud de los siglos, se 
han lapidizado, se han vuelto ritmo perenne, línea 
inmutable, actitud estatuaria... Son para nosotros 
como una perspectiva de arquitecturas perfectas, he- 
chas con el purísimo maridaje del dórico, del jónico 
y del corintio... 

Parécenos al leer esas epopeyas, o esas anacreón- 
ticas, o esas odas, o esos madrigales, esas elegías y 
epigramas, como si pasásemos, en la paz de una tar- 
de de otoño, por una vía bordada de pórticos, bajóla 
blancura de marmóreos arcos de triunfo, en los cua- 
les están eternizadas las hazañas de los viejos dioses 
y de los invictos emperadores. 

No hay allí un solo detalle capaz de producir el 
desconcierto, la emoción aquella, la indecisión. Todo 
es, por el contrario, bello, grave, perfecto, y a veces 
luminoso y suavemente triste... 

¡Y qué bien nos hace entrar en esa Atenas silen- 
ciosa o en esa vía Apia, o vía Flaminia, donde ya 
nada se agita, donde los semidioses y los hombres 
quedan inmovilizados en el instante preciso en que 
el ritmo de sus formas, de sus miembros, alcanzaba 
su máxima hermosura y su máxima majestad! 

Yo de mí sé decir, que, cuando después de estos 
inevitables razonamientos con la vulgaridad necesa- 
ria de mi vida y de las vidas de los demás, cuando 
después de esta perenne lucha cuyo triunfo es infe- 
rior al esfuerzo que nos cuesta, me siento desazonado 
e inquieto, entro con fruición incomparable a estos 
palacios de mármol, a estas termas apacibles, paso 

175 



Amado N e r t") o 

lentamente bajo de estos arcos triunfales que nos 
cuentan batallas de hace dos mil años; me paseo 
entre las columnatas de los vestíbulos; me reposo en 
las graderías de los templos; apaciento mis miradas 
en las actitudes eternas de las estatuas; veo con amor 
los graciosos pliegues de sus túnicas que ni modifi- 
cará ya el andar ni agitarán los vientos; recorro con 
los ojos amorosos las espirales en relieve de las co- 
lumnas conmemorativas; reclino mi brazo en las 
cornisas de los sepulcros; leo los desiguales epitafios 
de las losas votivas y subo por fin a las santas coli- 
nas para contemplar la mansa agonía del sol, que 
pone tonos de rosa en todos los bronces y tonos de 
bronce en todos los mármoles... 

Y esto que me acontece con la literatura clásica, 
esta paz, esta quietud, esta ecuanimidad que merced 
a ella conquisto, no se desdice ni disminuye con lo 
que se llamó hace algunos años la poesía parnasiana, 
esa poesía que se preciaba de ser blanca y simétrica 
como los pintores griegos, perfecta como las estatuas 
de Praxiteles, de Fidias y de Cleomeno, sin emoción, 
cual el alma sonriente y armoniosa de un efebo; esa 
poesía que, como reza el célebre verso de Baudelai- 
re: Odiaba el movimiento que desplaza las lineas, y que 
pasó por el mundo, lineal, nevada y desdeñosa, mos- 
trando a la multitud atormentada sus magníficas 
cráteras labradas a cincel y el puro gálibo de sus 
vasos esbeltos... 

Así, pues, dejo a Virgilio, a Horacio y a Homero 
para leer a Leconte de Tlsle, a Heredia— a estos dos 
sobre todo — y les debo a tan nobles y blancos maes- 
tros tanta serenidad como a los antiguos poetas in- 
mortales. 

Fijaría yo, pues, en todo programa de literatura, 
aun en aquellos que se inspiran en ideas y métodos 
ultramodernos, la lectura periódica de los griegos y 
latinos, hecha con amor por hombres de la cultura y 
del espíritu entusiasta de un Jesús ürueta. 

174 



Obras Completas 

Cuentan que Felipe II solía decir a los harto tími- 
dos familiares o embajadores que se cortaban y tem- 
blaban en su presencia: 

« ¡ Sosegaos , sosegaos ! » 

Esto hay que repetir a la juventud moderna, agi- 
tada por todos los vientos, sacudida por todas las 
vibraciones, desconcertada por incesantes teorías, 
ensordecida por los mil ecos de la prensa, devorada 
por tan diversos y punzantes anhelos, y preocupada 
por la rudeza de los combates que la aguardan: 

«¡Sosegaos, sosegaos!» 

Y para sosegarse hay dos medios eficaces: 

El primero, los juegos atléticos, bien entendidos, 
sin records, sin matchs, sin vanidad en fin; y 

El segundo, las lecturas clásicas. 

Pero fuerza es insistir: las lecturas clásicas hechas 
por un buen lector, con entusiasmo y con cariño. 

Cuando hace dos años se planteó el problema de 
estas lecturas en la Escuela Nacional Preparatoria, el 
señor Sierra opinó, con mucho tino, que debían ser 
completas. Esos trozos tomados de aquí y de ahí, 
esas mutilaciones, esas expurgaciones hechas sin ton 
ni son, con estrechez de criterio, no producían en lo 
más mínimo el efecto de claridad, de apaciguamien- 
to y de luz, que nos causan los grandes autores. ¡Qué 
sabor podría tomarse a un canto de la Iliada, o a un 
acto de las tragedias esquilianas, desarticulados de 
la obra madre! 

La única cosecha de tales lecturas era el tedio. 

Se necesita la lectura completa. Claro es que se 
puede expurgarla, que el escrúpulo bien entendiáo 
de un profesor se negará a dar al alumno la idea de 
apasionamientos y desviaciones de la naturaleza que 
perturbarían la diafanidad de una conciencia o, 
cuando menos, prepararían la eclosión de una curio- 
sidad malsana; pero aparte de que en las grandes 
epopeyas, que es a las que muy especialmente me 
refiero, no hay por lo general escollos de éstos, se 

175 



Amado Ñervo 

puede, sin alterar la belleza de ciertos pasajes, cuan- 
do se tiene un espíritu fino, velar todas estas clásicas 
miserias! El buen lector, el sugestivo, el amable, el 
familiar lector, que tiene una voz tibia, pastosa, rica 
en el registro medio, pródiga en inflexiones: ecco il 
prohlema! Un lector así no tiene precio. El os hará 
sentir toda la divinidad que hay en los grandes grie- 
gos y latinos. 

Buena traducción y buen lector urgen, pues. 

Dificilillas son estas dos cosas, lo comprendo; pero 
hay que procurarlas. 

Buena traducción no sentenciosa, no apelmazada, 
no enfática (sobre todo no enfática) como algunas 
que yo conozco. Huir en ella de los largos períodos, 
o usarlos con suma discreción. La prodigalidad en las 
cláusulas, en los incisos, en los apartes, en los puntos 
y comas... voilá Vennemi! 

Estilo fluido, casi ligero, con ciertas gravedades, 
cuando las pida la majestad del griego, pero sobre 
todo sonriente y gracioso. Cabe en la tragedia anti- 
gua la sombra de una sonrisa, esa sombra de sonrisa 
que juega aún en los mármoles más atormentados, 
porque los griegos no comprendieron los grandes do- 
lores de una gran armonía de líneas. Prometeo es 
bello en su roca. En el mar que lo rodea sonríe el 
zafiro del cielo: juega la luz en la rosada desnudez 
de las oceanidas que lo contemplan... Laoconte 
muestra en sus movimientos un indecible ritmo que 
nos cautiva, y hay un incomparable embeleso en la 
actitud de Niobe desolada. Quizá — no me cansaré de 
repetirlo — es el lector lo más difícil de hallar. 

Yo me lo imagino, en primer lugar, con un espí- 
ritu cálido, meridional, y querría que fuese un deli- 
cioso conversador. La lectura, casi siempre, debe 
ser, en mi concepto, una conversación que se tiene 
con uno o varios silenciosos oyentes. Una conversa- 
ción en que no hay interlocutores. Debe dársele todo 
el encanto, toda la naturalidad de lo habitual. Debe 

176 



Obras Completas 

saberse jugar con las pausas, con la deliciosa ex- 
pectativa de las pausas, cuando se hacen a tiempo, 
en los pasajes por excelencia, al borde, por decirlo 
así, de los sucesos capitales, afilando de esta suerte 
el interés y exaltando la curiosidad del auditorio. 

Se requieren, pues, un lector así, una traducción 
así... Pero cuando ambas cosas se han logrado en un 
establecimiento de educación, creedlo, no habrá me- 
jor tónico para las almas de los alumnos, no habrá 
mejor equilibrio para sus facultades. Esas lecturas 
los penetrarán, los saturarán, los vestirán de sosiego, 
serán en sus espíritus activos e inquietos, como la 
suave y augusta quietud de un luminoso crepúsculo 
de septiembre! 




Tomo XXII. 177 



12 




XXII 

LA LITERATURA ESPAÑOLA Y LA PORTU- 
GUESA.— EL CONCEPTO FRACÉS DE CADA 
UNA DE ELLAS 



JlLneiqut: Gómez Carrillo, respondiendo a una in- 
formación sobre la literatura española, escribía hace 
algunos días a Gustave Kahn: «Tengo la convicción 
melancólica de que no hay en Francia una literatura 
tan desconocida como la de España, ni un país tan 
desconocido como España misma. Desde Teófilo 
Gautier hasta Fierre Louys, y desde Paul de Saint- 
Víctor hasta Mauricio Barres, nada parece haber 
cambiado para aquellos que salen de París rumbo a 
Madrid. Y esto consiste en que nadie atraviesa la 
frontera con el alma simple del que busca impresio- 
nes personales, sino que todos, por el contrario, lle- 
van ya en la memoria el catálogo de las sensaciones 
que hay que experimentar, de los paisajes que hay 
que amar, de los espectáculos que hay que admirar. 
Y en resumidas cuentas, ¿se viaja por España? ¡No!, 
más bien se hacen peregrinaciones. Hay una fe sen- 
timental y una doctrina pintoresca, contra las cuales 

178 



Obras Completas 

nadie quiere rebelarse. Y así vemos a un escritor 
que en otras materias es siempre independiente, Jean 
Lorrain, buscar en nuestros días, en una ciudad de 
trabajo y de comercio, de riqueza y de modernismo, 
en Barcelona, a la andaluza de obscuro seno con que 
soñó Musset. Pero, ¡qué digo! otro escritor que se 
envanece de conocer a España como a su propia pa- 
tria y el español como su lengua materna, ha publi- 
cado recientemente una colección de cuentos en los 
cuales, queriendo encerrar el alma entera del país de 
Don Quijote, no ha puesto sino jirones incoherentes 
de un alma fantástica. Me refiero a Jean Richepin y 
a sus cuentos españoles^ esos cuentos que los parisien- 
ses leen como la cosa más natural del mundo y donde 
se encuentran, al par que las siniestras caricaturas 
de Goya, las ingenuidades populacheras de los cro- 
mos que decoran las cajas de pasas.» 

Las observaciones de Grómez Carrillo son de una 
desconsoladora exactitud. Los franceses pasan la 
frontera con el propio espíritu novelero, curioso y 
falseado por absurdas literaturas, con que las ameri- 
canistas románticas trasponen aún el Río Bravo del 
Norte para viajar por Méjico. 

¿Qué extraño es, pues, que la literatura española 
sea tan mal conocida en Francia, si el país mismo 
sigue viéndose a través de un absurdo velo abiga- 
rrado, en que parecen estallar los más vivos colores? 

La preocupación es tan honda, tan enraizado está 
en Francia el viejo prejuicio relativo a España, que 
está efectuándose aquí un fenómeno curioso. Los es- 
critores españoles, después de protestar en todos los 
tonos contra la absurda manera de verlos y de juz- 
garlos que se tiene en Francia, han acabado por re- 
signarse y ya no hacen más que sonreír cuando al- 
gún periódico francés o algún libro que vient de pa- 
raitrej les trae una nueva versión de la eterna novela, 
forjada del otro lado de los Pirineos. ü' > 

Azorín expresaba el otro día con mucha gracia qüó 

179 



Amado Ñervo 

acaso, en suma, un país no era como la realidad lo 
había hecho, sino como la imaginación de quienes 
más saben había decidido que fuese. 

La Leyenda tiene la vida dura, y así como, según 
el proverbio árabe, es más fácil arrancar a una leo- 
na sus cachorros que a una mujer su ilusión, así es 
de arduo sustituir una fábula por una realidad. 

Y sin embargo. Dios sabe lo que los españoles y 
aun los hispano-americanos hemos trabajado por mos- 
trar a España tal cual es ante Francia. 

Doña Emilia Pardo Bazán ha publicado en fran- 
cés cuanto dato se le ha pedido sobre el arte y la li- 
teratura españoles; Rubén Darío y Gómez Carrillo 
han hecho otro tanto. La España Moderna ^ del pri- 
mero, ha sido leída por algunos franceses cultos. A 
Menéndez Pelayo, a Pérez Graldós y a Pereda se les 
ha traducido al francés. Misericordia^ del segundo de 
los escritores citados, traducida por M. Bixio, ha cir- 
culado bastante en París. Blasco Ibáñez, traducido 
por Herelle, empieza a ser conocido, y Rubén Darío, 
que de una manera tan comprensiva representa el 
nuevo movimiento, los nuevos impulsos de la poesía 
y de la literatura españolas, ha vivido muchos años 
en París y ha tratado a todas las personalidades de 
la intelectualidad francesa. 

Más todavía: La influencia del espíritu francés, 
que los franceses gustan extraordinariamente de bus- 
car en los otros pueblos, desentrañándola y definién- 
dola admirablemente, acaso en ningún país sea tan 
visible como en España... sin que los franceses se 
percaten de ello. 

Gómez Carrillo, echándoselo en cara, les citaba 
esta página de Manuel ligarte, que por no tenerla en 
su original traduzco del francés: 

*E1 movimiento que tiene por objeto modernizar 
el castellano, viene de fuente francesa. No todos 
quieren confesarlo en España, pero esta es la verdad. 
Abandonando la solemne y vaga verbosidad del an- 

160 



Obras Completas 

tiguo castellano, todos comienzan a ceder a las exi- 
gencias de la época, esforzándose en dar un poco 
más de precisión a sus frases. Los escritores hispa- 
noamericanos, cuya cultura intelectual es exclusiva- 
mente francesa, han sido los primeros en emancipar- 
se del purismo y en tomar la iniciativa de la evolu- 
ción. Algunos han exagerado la tendencia, y llevados 
de su deseo de innovar, han escrito en un dialecto 
ridiculamente incomprensible. Pero el tiempo, que 
se encarga de poner todas las cosas en su lugar, ha 
sabido portar un correctivo a estos ímpetus apasiona- 
dos, reduciendo la tentativa a sus verdaderas pro- 
porciones. No faltan en España, entre los jóvenes, 
autores concisos y brillantes que se atienen más a la 
rapidez de la expresión que a las tradiciones de la 
forma... Tienen la desventaja de no contentar a los 
hablistas meticulosos que pasan su existencia imitan- 
do a los maestros antiguos; pero en cambio tienen la 
ventaja de ser leídos con interés por el público.» 

«Hemos logrado, dice Salvador Rueda, hacer dar 
al castellano un paso hacia adelante, durante estos 
últimos quince años, volviéndolo sanguíneo hasta la 
congestión, pintoresco hasta la fidelidad del retrato, 
luminoso hasta el deslumbramiento, plástico hasta el 
relieve, y alado hasta disolver las ideas y darles el 
acento de la música y de los coros.» Y este es el re- 
sultado de la influencia de la literatura francesa en 
España. 

A pesar de lo cual y de ese orgullo que apuntaba 
arriba, que hace que Francia no se informe de las li- 
teraturas extranjeras sino juzgándolas como emana- 
ciones de la literatura propia y complaciéndose así 
en descubrirlas, la literatura española es casi desco- 
nocida en París. 

No pasa lo mismo empero, y este es un hecho muy 
curioso, que quiero anotar en mi informe, no pasa lo 
mismo con la literatura portuguesa. 

¿A qué se debe esta excepción? 

181 



Amado Ñervo 

¿A la excelencia de esa literatura? No, por cierto, 
ya que concediéndole y todo bastante mérito y convi- 
niendo en que Portugal es, para usar una frase fran- 
cesa, un petit pays á grande litteraturej ésta no puede 
compararse ni en calidad ni en cantidad con la espa- 
ñola. 

¿A cierto matiz de exotismo? Claro es que algo in- 
cluirá tal matiz, aunque sólo algo. En efecto, Fran- 
cia, que es el clarín del mundo, que sabe hacer un 
ruido tan noble alrededor de ciertas obras, de otra 
suerte condenadas quizás a una relativa ignorancia, 
busca en las literaturas extranjeras que descubre no 
sólo la huella de la propia que tanto le agrada en- 
contrar, sino una miaja de exotismo que satisfaga su 
novelero espíritu latino. Ahora bien, Portugal resul- 
ta aún un si es no es más exótico que España para 
los parisienses. 

Hasta hace algunos años, sin embargo, los dos so- 
los nombres ilustres en la intelectualidad lusitana, 
que sabían deletrear los franceses, eran, el del gran 
Camoens y el del alegre Gil Vicente. Los mejores in- 
formados acerca de la moderna literatura portuguesa 
habían leído impresos los nombres de Joao de Vens 
y de Almeida Garrett. 

Surgió en éstas el simbolismo francés y en Portu- 
gal hubo un ingenio suficientemente poderoso para 
cultivar la nueva simiente poética con el mismo vi- 
gor que los Macterlinck o los Morcas. Este hombre 
fué Eugenio de Castro, a quien sus primeras obras 
valieron la amistad y el aplauso de todos los peque- 
ños príncipes literarios nacidos a la publicidad en 
1.884. 

Después de Eugenio de Castro se popularizó en 
Francia Oliveira Soares y los poemas la Reina de 
Soba y los Palacios Confusos pasearon en triunfo por 
todos los cenáculos. 

La literatura portuguesa se puso de moda. Los 
nuevos hablaron ampliamente de ella, con especiali- 

182 



Obras Completas 

dad uno, a quien con justicia se ha llamado en Fran- 
cia el Introductor de las letras lusitanas, Mr. Phileas 
Lebesgue, quien buenas páginas dedicó a sus cole- 
gas de Tras os montes en el Mercurio de Francia. 

Quizá Lebesgue exageró una miaja el valor de 
sus amigos. «Leyéndole, dice un viejo simbolista, 
podría uno creer que la literatura portuguesa no 
cuenta entre sus adeptos más que genios, lo cual es 
demasiado, porque esto no acontece con ninguna li- 
teratura; ¿pero acaso no vale más esto que una reser- 
va llena de acritud y el inútil desdén ante los bellos 
esfuerzos?» 

La reserva llena de acritud y el inútil desdén nos han 
tocado en suerte a los hispanoamericanos. Lejos de 
que alguien se tomase el trabajo de estudiar nuestra 
labor, la magnitud de nuestra labor (ahora apenas 
iniciada en España), la ignorancia se limitó a decla- 
rar a priori que todos éramos plagiarios de los fran- 
ceses y la ironía grosera e inculta nos vació encima 
todas sus burlas. 

Aun hay mucha gente seria que cree que la labor 
modernista se ha limitado a usar una jerga incom- 
prensible, esmaltada délas palabras ^Zawco, lilial^po- 
licromo, venusino, etc., y que toda gente sensata debe 
inspirarse en las redondillas de Sinesio Delgado y en 
los sonetos de Manuel del Palacio. 

Pero volviendo a la literatura portuguesa, diremos 
que las exageraciones de Phileas Lebesgue fueron 
en extremo útiles. 

Así como el que poco pide nada merece, así el que 
no grita mucho no es oído, y en París, entre el 
estruendo de todos los entusiasmos, de todas las iras, 
de todas las opiniones, hay que gritar mucho. 

Eugenio de Castro y Oliveira Soares abrieron, 
pues, en Francia el camino a los demás, y pásmense 
ustedes de esta verdad: Francia hizo que los españo- 
les y nosotros los hispanoamericanos conociésemos 
la literatura portuguesa, como ha hecho que conoz- 

183 



Amado Ñervo 

camos otras muchas literaturas; y pásmense ustedes 
todavía más: nosotros conocimos antes a los simbo- 
listas portugueses que a los españoles, que los tenían 
al lado, y si ahora en España se sabe quiénes son 
Eugenio de Castro, Guerra Junqueiro, Silvio Rebe- 
11o, Antonio Patricio; si se conoce a fondo al mismo 
gran E9a de Queiroz; si hay gentes tan bien infor- 
madas de la poesía lusitana como Alfredo Vicenti o 
Francisco Villaespesa, no sólo se debe ello a Francia, 
sino un poco a nuestra América, a la Argentina, so- 
bre todo, donde Luis Berisso popularizó la Belkiss^ y 
donde Lugones disertó sabiamente sobre los nuevos 
lusitanos. 

Hablando del teatro portugués, porque los portu- 
gueses tienen un teatro propio, y bastante rico por 
cierto, Phileas Lebesgue dice que «está dominado 
por la concepción católica del mundo, inconsciente- 
mente tenida como regla exclusiva de las costumbres 
y del derecho, no sólo por los simples creyentes, sino 
aun por aquellos cuya alma se rebela y cuyo corazón 
sangra. Un duelo trágico y permanente pone, de esta 
suerte, las unas frente a las otras, a las sugestiones 
de la fe secular y a las inspiraciones lógicas del in- 
dividuo, de suerte que la energía, desmigajada, se 
quebranta; la voluntad naufraga en el desaliento y 
el pesimismo, ante el miraje de la externa resurrec- 
ción. > 

«La más viviente y clara realización que haya sido 
hecha de este conflicto — sigue diciendo Lebesgue — es 
el Fray Luis de Souza, de Garret, cuando menos des- 
de el punto de vista social, porque, subjetivamente, 
la obra y la vida entera de Anthers manifiestan la 
angustia hasta un supremo grado lírico. Nuestra 
época, sin embargo, gusta de confrontar los proble- 
mas con la actualidad de los hechos y, antes que 
todo cuidadosa de entrever la solución de esos pro- 
blemas, ama con predilección los espejos más per- 
fectos. El arte, por lo que él ve, exige cierto aumen- 

184 



Obras Completas 

to en los detalles, gusta de definir tipos; aspira a 
crear figuras y la imitación exclusiva de los modelos 
franceses no podrían menos que desnaturalizar estas 
tendencias.» 

Entre los dramaturgos portugueses figura don Ju- 
lio Dantas, cuyo drama O que morren d'amor, es de 
carácter y tendencia eminentemente nacionales y 
goza con justicia de cierta celebridad. 

Marcelino Mesquita, Joao de Lamare y H. López 
de Mendoca, han cultivado con mucho acierto, ya la 
comedia de costumbres, ya el teatro patriótico. La 
que pudiéramos llamar filosofía literaria, al estilo de 
Anatole France, está representada por Grómez Leal y 
Juan Grave, y, por último, la novela cuenta entre 
sus conspicuos cultivadores, además del ilustre E9a 
de Queiroz, a Camilo Castello Branco, Fialho d'Al- 
meida y Julio Diniz. 

De Epa de Queiroz dice el citado Gustave Kahn, 
quien nos proporciona datos para estas notas: <íque ha 
escrito las más elogiosas páginas . No imita quien quiere 
— añade — a Eca de Queiroz, sobre todo porque lo me- 
jor de su secreto parece escapar a la mayor parte de sus 
herederos directos». «Me refiero a esa aristocrática iro- 
nía tan fina, tan vaporosa, tan portuguesa y tan ar- 
tística, para decirlo todo, con que supo (casi él solo 
entre todos los escritores extranjeros o franceses, con 
excepción quizá de Flaubert, en Bouvais y Pecuchet, 
y a veces de Maupassant) envolver sus creaciones. 
Ninguno, y Zola menos, supo escoger a un grado 
igual, para dibujarnos sus personajes, esos rasgos de 
sátira ligera a la que se mezcla un desdén escéptico, 
y que traen repentinamente la sonrisa a los labios. 
Sonrisa un poco piadosa que hace pensar. Pero no es 
E^a el único en Portugal, al contrario, él representa 
de manera excelente a este respecto una actitud na- 
tiva del temperamento lusitano, que parecen haber 
heredado asimismo los más meritorios escritores del 
Brasil, como Machado de Assis, cuyos cuentos, dig- 

185 



Amado Ñervo 

nos de un Villiers de risle-Adam, se sabría Queiroz 
de memoria.» 

«E9a — continúa diciendo Kahn — fué también un 
satírico de valor. En cuanto a Fialho d'Almeida, es 
un panfletista y conteur, en quien lo trágico se une a 
lo cómico, lo melancólico a lo grotesco, lo malicioso 
a lo macabro... Sus retratos se destacan en plena y 
cruda luz, fijados de una manera inolvidable, por 
medio de algunos mordentes rasgos de lápiz. En 
otros escritores, como Camilo Branco, la verba bufo- 
nesca y satírica va unida a cierto sentimentalismo.» 

Según el escritor citado; la saudade lusitana, «esa 
melancolía que constituye el extraño encanto de los 
mejores poetas de Portugal, parece ser más bien de 
esencia céltica y se superpone al viejo fondo ibérico, 
exuberante, alegre, sensual, enamorado de las ré- 
plicas vivas, de las justas del espíritu y de los con- 
trastes». 

Pero estos análisis étnicos nos llevarían may lejos 
de nuestro propósito y alargarían desmesuradamente 
nuestro informey en el que sólo hemos pretendido dar 
una idea de la literatura portuguesa actual y del lu- 
gar que ella y la española ocupan en la estimación de 
los franceses y de los hispanoamericanos. 



186 




XXIII 
LA INSTRUCCIÓN PRIMARIA EN ESPAÑA 



r. N 1319, don Enrique II expidió en la ciudad de 
Toro una pragmática en la cual ordenaba que los 
maestros no fuesen presos ni molestados por ninguna 
razón ni causa; que los justicias y escribanos salie- 
sen a recibirlos a las puertas de las audiencias cuando 
tuviesen algún pleito y que no les hiciesen pagar de- 
rechos en causa alguna; que, por último, disfrutasen 
de cuantas gracias y privilegios gozan los duques, 
marqueses y condes. 

Como se ve, don Enrique: «Rey de España la muy 
gruesa, que por fechos de gran nombre conquistó tan 
rica fuesa», según rezaba su epitafio, debido, si mal 
no recuerdo, a Jorge Manrique, sabía muy bien lo 
que traía entre manos, y merecía por este hecho 
haber sido en los actuales tiempos soberano del país 
más culto de la tierra. ¡Quién le hubiera dicho em- 
pero al gran bastardo que cinco siglos más tarde, es 
decir, lo suficiente para civilizar cinco mundos, un 

187 



A. m a d o Ñervo 

sucesor suyo, Fernando VII, cerraría las Universi- 
dades, prefiriendo a ellas la apertura de la escuela 
de tauromaquia de Sevilla! 

Así fué, en efecto, y como para preparar el adve- 
nimiento de Fernando VII, ya en las postrimerías 
del siglo XVIII había en España 317.423 niños 
y 563.579 niñas en edad escolar que no recibían ins- 
trucción alguna, sin contar el enorme resto de 
adultos. 

Cierto que un siglo más tarde, en 1897, los 317.423 
niños analfabetos se habían reducido a 92.184; pero, 
en cambio, las 553.579 niñas analfabetas sólo se 
habían reducido a 419.018. De 1897 a 1906, año de 
gracia que vamos acabando, de seguro que sería 
mucho suponer que los niños analfabetos se hubiesen 
reducido a 80.000 y las niñas a 400.000; pero aun 
suponiéndolo, tendríamos que hay todavía en la Pen- 
ínsula cuatrocientas mil niñas y ochenta mil niños 
que no van a la escuela estando en edad de ir. 

Como se ve, la situación, es bastante análoga a la 
nuestra, empeorada allá por la difícil penetrabilidad 
mental de la raza indígena; pero la nuestra tiene de 
bueno que va corrigiéndose a grandes pasos, en tanto 
que en España se corrige con una extremada lenti- 
tud. En efecto, bastaría para darse cuenta de esta 
lentitud una comparación. 

En España hace un siglo las tres quintas partes 
de los niños llegados a la edad escolar no recibían 
instrucción alguna, mienti-as que en la actualidad el 
número de los mismos que no va a la escuela es sólo 
una séptima parte, refiriéndonos sólo a los varonci- 
tos, ya que, como hemos dicho, hay cuatrocientas 
mil niñas en estado y condición de aprender que no 
aprenden. 

En la India hace apenas sesenta años no había 
más que 160.000 niños que fuesen a las escuelas. En 
la actualidad, ¿sabéis cuántos van? Cuatro millones. 
Estableced ahora si os place la proporción. 

188 



Obras Completas 

Pero ¿es irremediable esta situación en España? 
No por cierto: todo el que ausculte con alguna aten- 
ción este país advertirá que sus palpitaciones se ace- 
leran, que sus energías aumentan. España adelanta, 
España encuentra de nuevo su camino. Marcha aún 
con cierta timidez, con cierto recelo; pero marcha, y 
como ha concluido por conocerse a sí misma, por no 
forjarse vanas ilusiones, por darse cuenta exacta de 
sus fuerzas, ya ningún espejismo la detendrá en su 
ruta. 

Es mucha carga para un país tener un gran pa- 
sado. Cuesta mucho trabajo caminar hacia el porve- 
nir con una gran historia a cuestas. Frecuentemente 
hay que volver la vista hacia atrás; y el ejemplo de 
los abuelos, la influencia de los hechos y de las si- 
tuaciones análogas a las que se nos siguen presen- 
tando suelen destruir las mejores iniciativas y los 
más firmes propósitos. La tentación de volver la cara 
hacia atrás es poderosísima... y hay peligro de con- 
vertirse en mujer de Loth, como en la comedia de Eu- 
genio Selles. 

¿De qué depende la lentitud en el avance de la 
instrucción primaria en España? Parte de la tenaz 
intromisión de la Iglesia en la enseñanza; parte de 
la falta de fe en la escuela; parte de las pésimas con- 
diciones a que se hallan sometidos los maestros. 

Don Eduardo Vincenti, en un trabajo premiado en 
concurso abierto por El Impar cial, dice, sintetizando 
elocuentemente el actual estado de la cultura espa- 
ñola: 

«Reina una deplorable unanimidad respecto a 
nuestros organismos de enseñanza, y así es que nadie 
discute y todos afirman que instruímos poco, que no 
educamos nada, que el maestro no obtiene fruto al- 
guno de su trabajo, que la decadencia intelectual es 
un hecho, y que se impone la total reforma de toda 
educación nacional. 

» Todos, ante el fracaso de la familia, de la Igle- 

189 



Amado Ñervo 

sia, del Municipio y del Estado, y después de pro- 
clamar que la enseñanza es una función social, piden 
que el Estado intervenga siquiera sea por modo tran- 
sitorio, porque al lado del derecho del padre está el 
del niño, y unidos a los deberes de la familia los del 
Estado; porque los seres sociales nacen para vivir en 
el mundo a la vez que en el seno del hogar, y, por 
tanto, la humanidad tiene derecho a saber si se le 
envía un individuo perturbador o un elemento de 
progreso y de paz. 

»No hay más organismo con fuerza y elementos 
propios para el ejercicio de tan alta función, que el 
Estado o la Iglesia; así, pues, uno de éstos debe ser 
el representante de la sociedad y el ejecutor de sus 
aspiraciones, y descartada la Iglesia por propia de- 
claración, al decir Jesucristo: «Mi reino no es de este 
mundo» (loan XV, 14, 36); y no aviniéndose a su es- 
plritualismo, ni a la rigidez de su conciencia, ni de 
sus cánones la investigación científica queda sólo 
al Estado; a esta entidad tenemos, por tanto, que di- 
rigirnos. 

»La organización de la enseñanza tiene que partir 
de arriba, empezar por la cúspide, y por tanto en el 
Ministerio tiene que iniciarse la reforma; y para esto, 
deberá encomendarse aquélla a personas de gran 
autoridad, creando al efecto tres centros directivos, 
extraños a la política, consagrado cada uno de ellos 
a distinto grado de la instrucción pública, y con el 
general objetivo de redactar las bases de la ley que 
sustituya a la de 1857. 

»La red oficial es tupida; tenemos cuanto tienen 
todos los países civilizados y, sin embargo, no tene- 
mos nada, porque todo muere en la Gaceta y nadie 
se cuida de averiguar si se cumple lo mandado. 

» Partiendo, pues, del hecho de que no se puede 
organizar el Estado sino por medio de la educación, 
y de que no se puede organizar la educación sino 
por medio del Estado, entendemos que la nueva or- 

190 



Obras Completas 

ganización de la enseñanza demanda, para poder lle- 
varla a cabo en buenas condiciones, partir de las si- 
guientes premisas: 

«Primera. Creación de tres Direcciones técnicas 
en el Ministerio de Instrucción Pública, o sea: de 
enseñanza primaria, de enseñanza secundaria y su- 
perior, y de Bellas Artes y escuelas especiales, que 
serán desempeñadas en comisión por personas de 
relevante mérito y de reconocidas aptitudes pedagó- 
gicas. 

» Segunda. Presentación a las Cámaras de las ba- 
ses de una ley de instrucción pública y prohibición 
absoluta a los ministros de alterar aquéllas por de- 
cretos una vez desarrolladas; y 

» Tercera. Reorganización del Consejo de Ins- 
trucción Pública.» 

Respecto de la falta de fe en la escuela que se ad- 
vierte en España, y de la cual hablábamos al prin- 
cipio, es muy lógica si se atiende al abandono en 
que la escuela misma se ha dejado. Hay, según el 
referido señor Vincenti, 18.000 maestros con menos 
de 1.000 pesetas anuales de sueldo, no obstante el 
rápido encarecimiento de la vida en España. Estos 
18.000 maestros sirven 18.000 escuelas que no cuen- 
tan para la compra de material escolar más que con 
t7'es pesetas mensuales; tocan a cada maestro 84 alum- 
nos, a los cuales tienen que enseñar en ciento cin- 
cuenta días de cada año, pues el resto son, por uno o 
por otro concepto, días festivos o de reposo, y por 
último, como una masa sombría que obscurece el 
horizonte de la nación, el 64 por 100 de los españo- 
les no sabe leer, y hay millón y medio de niños que 
vagan por las calles y los campos. Añádase a esto el 
pésimo estado de los edificios que sirven para escue- 
las, su cubicación defectuosa, su falta de aseo, de 
mobiliario, etc. 

Ante tal estado de cosas, hay sin embargo muchos 
españoles patriotas y cultos que no desmayan y que 

191 



Amado Ñervo 

piensan continuamente en la difusión nacional y rá- 
pida de la instrucción primaria, base de todo edificio 
de cultura. 

Don Eduardo Vincenti propone en su estudio a 
este respecto, las siguientes reformas: 

«Creación anual do 1.000 escuelas según vayan sa- 
liendo de las nuevas Normales los futuros maestros, 
con el fin de que concurran los niños que hoy no 
pueden asistir a las escuelas por falta de aquéllas, 
pues sin aumeiítar antes el número de escuelas, de 
maestros y de locales, no se puede plantear el pre- 
cepto de la ley de 1867 sobre la enseñanza obliga- 
toria. 

»Crear 5.000 escuelas de un golpe en el presupues- 
to sin maestros ni locales, es continuar el descrédito 
de la escuela. 

> Cursos temporales para los « actuales > maestros, 
con el fin de darles una preparación breve e intensi- 
va en algunos meses, especie de instrucciones con- 
cretas (como se hizo en Francia en los cursos comple- 
mentarios del Museo Pedagógico). 

» Aumento de los sueldos de los maestros en térmi- 
nos que les permitan dedicarse con más fervor a la 
enseñanza, partiendo de un mínimum de 760 pese- 
tas para los actuales, y fijando en 1.000 los que 
disfrutarán los procedentes de las nuevas Normales, 
con el fin de que sueldos y personal estén a la misma 
altura. 

» Aumentar todos los sueldos de a mil pesetas, 
atraería las animosidades de los contribuyentes; el 
aumento debe, pues, venir en las condiciones ya ci- i 
tadas, no por la voluntad de un ministro. 

» Creación de las escuelas de «párvulos» según el 
sistema Froebel, en la capital de cada región, ínte- 
rin no pueden establecerse en todas las capitales de 
provincia. Hoy tenemos una en Madrid como si fuese 
un objeto de arte, de lujo. 

» Organización de las escuelas especiales de «adul- 

192 



I 



p 



o h r a s Completas 

tos» para concluir rápidamente con los analfabetos, 
por lo menos en todos los pueblos mayores de diez 
mil habitantes.» 

En efecto, para comprender la inmensa necesidad 
de estas escuelas de adultos, bien organizadas, hay 
que advertir que sólo existen 80.000 niños y 400.000 
niñas en edad escolar, que no van a la escuela en 
España; los niños todos no dan sino un 15 por 100 
de la cifra de analfabetismo, que es, como decíamos, 
de 64 por 100; es decir, que el 49 por 100 restante 
está constituido por analfabetas adultos! 

Resulta, pues, que, como en España, y según las 
frases del autor del estudio a que hemos venido refi- 
riéndonos, «el soldado, el jurado, el elector y el la- 
brador, ejercen sus funciones sin conciencia de lo que 
hacen, y es, por tanto, la verdadera masa nacional 
una masa totalmente inadecuada, es menester que 
entre la escuela primaria para niños de cuatro a 
doce años, y los centros superiores enclavados en 
las capitales, se creen escuelas rurales, complemen- 
tarias de perfeccionamiento, para que el patrio- 
tismo, la moral (lecciones hoy de memoria en la es- 
cuela), tengan en aquéllas un desarrollo práctico, 
vivo, que eduque el espíritu, el corazón y la vo-. 
luntad. 

»Estas escuelas, añade, podrían ser de campesinos 
en el invierno, pues los trabajos del campo lo permi- 
ten más fácilmente; la enseñanza, más que por asig- 
naturas, debería ser por conferencias y adecuada a 
cada localidad. 

» Adultos y campesinos no pueden someterse a los 
cánones fijos, petrificados, uniformes, del programa, 
de la legislación, del título, etc. 

«Respecto al maestro, debe ser el mejor que se en- 
cuentre, con o sin título, maestro público o libre, 
esto poco importa; lo que importa es que no sea la 
escuela de adultos una institución para aumentar los 
sueldos de los actuales maestros, que dan o no la en- 

ToMO XXII. 195 13 



Amado A e r v o 

señanza, y que si la dan, se limitan a enseñar a leer 
y escribir como pueden y saben, y muchos (sin títu- 
lo), ni pueden ni saben.» 

Con respecto a los libros y programas de estudios, 
el señor Vincenti dice: 

»Urge publicar la ley marcial escolar, dejando sin 
efecto todas las declaraciones de «libros útiles para 
la primera enseñanza», hechos por Consejos y minis- 
tros. Someter a reglas fijas los que en adelante se 
utilizasen, para evitar se copien y extracten unos a 
otros, y para que se enseñe más con ejemplos que 
con definiciones. Gramática y catecismo (ambos 
adaptados a la escuela y revisados los últimos por el 
Consejo) y vocabulario, bastan. 

»La educación no está en el libro de texto, ni en 
el programa; está en el método, en la acción, en la 
habilidad del profesor, en su poder de crear y dar 
vida a la personalidad naciente. 

»E1 programa ideal sería una hoja en blanco en 
que el maestro escribiese los signos de cada alumno.» 

La instrucción debe seguir la ley del desenvolvi- 
miento natural del niño, y así el dibujo debe ser es- 
tudiado como un verdadero lenguaje, teniendo en él 
cada niño un medio voluntario de impresión y de 
expresión. 

Antes que las reglas del lenguaje, hay que cono- 
cer las palabras; nada de Etica o Derecho en las ele- 
mentales, y mucho en cambio de Agricultura, de- 
jando aquellas enseñanzas con nociones de Física 
para las superiores, o sea para niños de diez a cator^ 
ce años. 

«Trabajos manuales, pero sin especializar el apren- 
dizaje, ni darles carácter científico, porque sobran 
fórmulas, tecnología y clasificaciones; téngase en 
cuenta que los niños en su mayoría van a vivir en el 
campo, no en las fábricas, y que esos trabajos dege- 
neran en farsas y ridiculeces cuando no están bien 
dirigidos, debiendo servir en primer término como 

194 



Obras Completas 

una gimnasia de la mano y representar mi homenaje 
al trabajo. 

»Se pide la enseñanza de la agricultura en los 
cuarteles y escuelas, y sólo aplausos merece esto, 
pero francamente, disertar ante soldados o niños sin 
el arado, ni el campo, ni la granja, nos parece dedi- 
carse a inventar la oratoria agrícola. 

»E1 campo escolar debe ser una verdadera escuela 
práctica de enseñanza agrícola, dando a cada niño 
una parcela de terreno para que la cultive, abone, 
siembre, etc., y haciéndole cuidar uno o más árboles; 
uniendo esto a una exposición teórica, sencilla, bien 
al practicar un injerto, bien al podar, etc., se conse- 
guirá más que hablando de lo que producen España 
y otros países por hectárea (los oyentes no saben qué 
es esto de hectárea). 

»La escuela debe incluir en su programa la educa- 
ción física, representada por los paseos, viajes y co- 
lonias escolares, iniciadas en España con carácter 
más privativo que oficial. Conviene pasear a los ni- 
ños frente a la realidad, hacérsela observar, y a la vez 
hacerles disfrutar del aire y de la naturaleza toda. 

»Las colonias en verano, el mar o la montaña y 
los paseos y visitas los jueves y domingos, serán la 
mejor lección que pueden recibir. 

»La educación religiosa debe seguir al cuidado de 
la Iglesia (Concilio de Trento) dejando a salvo la 
autoridad del padre y la conciencia del maestro.» 

Hasta aquí el señor Yincenti. Nosotros, por nues- 
tra parte, quisiéramos añadir que una de las cosas 
que más han influido en el atraso de la instrucción 
pública en España ha sido la inestabilidad de los 
gobiernos. 

Acaba, por ejemplo, de caer el Ministerio López 
Domínguez, y con él se va el ministro de Instruc- 
ción Pública, don Amallo Jimeno, hombre de buena 
voluntad que había empezado ya a hacer algo en pro 
de la reorganización de las escuelas de adultos. 

196 



Amado Ñervo 

¿Seguirá el que venga sus huellas? Es muy difícil, 
porque cada ministro tiene su programa y el amor 
propio suficiente para creer que este programa es el 
mejor. 

Para fijarse un programa práctico, para conocer 
bien el estado mental de un país, para llegar a una 
legislación efectiva y oportuna, se necesitan un tiem- 
po y una calma que es imposible encontrar en lo 
furtivo de esos ministerios, cuyos cambios afectan, 
no sólo a los ministros, sino aun a los subsecretarios 
y a veces a otros empleados que tienen que retirarse 
a fin de que el Gobierno que viene después disponga 
de puestos suficientes para contentar a sus amigos y 
saldar sus compromisos de partido o simplemente de 
bandería. 

El personal docente, por otra parte, deja mucho 
que desear. La precaria situación, ya clásica en Es- 
paña, a que se condena todo aquel que ejerce el ma- 
gisterio, no es precisamente un estímulo ni para 
reclutar buenos maestros ni para estimularlos ni para 
moralizarlos. Cada cual tira a salir del paso como 
puede. 

La falta de material escolar retrasa indefinida- 
mente la familiarización del maestro con los nuevos 
métodos y procedimientos pedagógicos. 

No está muy lejos de España Alemania, donde 
infinidad de jóvenes destinados al profesorado po- 
drían ir a estudiar la pedagogía moderna, especial- 
mente el sistema froebeliano; pero el presupuesto de 
Instrucción Pública no permite un procedimiento 
amplio de pensiones para este fin. 

Por último j la iiiiciativa privada, el patriotistiio 
de los ricos, que en otras partes, en los Estados Uni- 
dos e&pecialmente, producen tan admirables resulta- 
dos en lo que ve a la instrucción pública, en España 
(como en México, helas!) se orientan hacia inútiles 
fines religiosos. Hay aquí muchos ricos, más de los 
que se cree, pero casi ninguno de ellos sería capaz de 

196 



Obras Completas 

dejar su fortuna para edificios escolares, para biblio- 
tecas, para material de enseñanza, para dar premios 
o retiros a los maestros de Instrucción Primaria que 
se distingan, para pensionar profesores y alumnos 
en el extranjero, para crear museos científicos, para 
abrir concursos de libros diversos. Aquí como en 
México, casi todos aquellos que no tienen herederos 
siguen dejando sus capitales para las llamadas fun- 
daciones piadosas, especialmente para iglesias y con- 
ventos, como si no fuera más piadoso civilizar al 
mundo! 

En fin, a pesar de estos obstáculos, con muchos 
de los cuales hemos tenido también en México que 
librar descomunales batallas, la España nueva surge 
lenta pero seguramente al lado de la España vieja. 
La amputación de las colonias ha podado a la nación, 
que reconcentra ahora sus energías en el propio so- 
lar, y el conocimiento sincero de sus necesidades va 
haciéndola curarse de males que, en suma, han sido 
triste patrimonio de todos los pueblos y de los cuales 
se desembarazará la madre patria con un vigoroso 
esfuerzo de su aún potente y lozana voluntad. 



197 



XXIV 

BALANCE LITERARIO DEL AÑO.— LOS JÓVE- 
NES ESCRITORES ESPAÑOLES. — ORIENTA- 
CIONES DOMINANTES 



IIUBIEEA querido que este informe llevase por títu- 
lo: «Los jóvenes maestros de la literatura española.» 
Aun había estampado ya este título, que me parecía 
de perlas para mi compte rendue de fin de año, en la 
cual me proponía sintetizar el alcance del esfuerzo y 
de la producción literarios, durante la temporada que 
en la Península he permanecido; pero al tender la 
vista en rededor, no encontré, no digo ya maestros 
jóvenes: ni jóvenes siquiera, ni casi literatura mo- 
derna. 

No encontré jóvenes, porque la juventud no está 
constituida esencialmente por los pocos años, sino 
por el entusiasmo, por la agilidad, por el floreci- 
miento, y aquí no hay ya entusiasmo ni agilidad; 
no hay más que escepticismo, displicencia, tristeza 
en el terreno literario, que es el que toca analizar. 
Los que ahora escriben, apenas si se reúnen en pe- 
queños grupos, en un café. Ahí se habla un poco de 
toros, un poco de política y otro poco de literatura. 
Se aguza, con trabajo, con mucho trabajo, con pere- 

198 



Obras C o m pistas 

za, con mucha pereza, un chiste, una frase más o 
menos ingeniosa, y ya está. 

Como la labor literaria sigue siendo muy poco pro- 
ductiva, como la que se exige en los periódicos es de 
baja calidad, no se lee en los rostros de los que dicen 
algo al público desde las columnas de un diario la 
alegría del trabajo. Están tristes todos o fastidiados, 
por lo que han escrito o por lo que van a escribir, y 
es tal su falta de entusiasmo que a los más desgana- 
dos y displicentes americanos, quizá al que esto es- 
cribe, por ejemplo, nos encuentran ardorosos, cre- 
yentes, entonados. 

Nunca había comprendido yo tanto como en Espa- 
ña el peso de ese grillete de la labor intelectual dia- 
ria, de ese grillete que yo he llevado tantos años, en 
tan favorables condiciones y sintiéndolo apenas, sin 
embargo, merced al calor de mi entusiasmo por el 
trabajo. 

El creare con givia de D'Annunzio no podría ser 
comprendido aquí, donde a pesar de las apariencias, 
del bullicio callejero, el pueblo es triste, quizá más 
triste que el nuestro, que es uno de los más tristes 
de la tierra. 

Cierto, todo el mundo sale a la calle, pero la ma- 
yor parte lo hace porque su tugurio nada tiene de 
amable, porque ahí se tuesta en verano y se hiela en 
invierno, porque el ir y venir callejero distrae la ce- 
santía, o las penas del mucho bregar con duras labo- 
res y magra pitanza. 

Hay músicas en todas las encrucijadas, pero músi- 
cas de ciegos, músicas que tocan para implorar la ca- 
ridad pública, músicas que no pueden ser alegres... 
que son infinitamente melancólicas. 

El literato no tiene, pues, fe en la literatura, y 
como la obra de arte es sobre todo una obra de fe, 
cada día es más escasa y menos substanciosa, so- 

Ibre todo en Castilla. 
El ensueño, más o monos turbulento quizá, más o 



Amado Ñervo 

menos áspero, pero ensueño al fin, generoso y cálido, 
la pasión por todas las más nobles formas del arte, 
va a refugiarse a Cataluña, donde hay ideales, don- 
de el influjo del sol provenzal y del viejo y sonoro 
mar azul, autor de todos los grandes poemas, parecen 
ejercer vigorosamente. 

Y así laboran, allí hombres como Juan Maragall, 
como Alejandro de Piquer, como Santiago Rusiñol, 
como Puig y Ferrater, como Alomar, Oliver, Euge- 
nio D'Ors. Y cerca de ellos, en la fructífera y dora- 
da Valencia, ese moro ardiente, vivaz, incorrecto, 
pero lleno de color, de alegría, de luz, que se llama 
Blasco Ibáñez. Y así viven en Barcelona periódicos 
como Forma, que honrarían no sólo a España, sino a 
Alemania misma. 

Si la literatura castellana joven está enferma, y no 
de modernismo, que ya se ha visto que éste, desbasta- 
do de sus malezas, resulta sano, vigoroso, cristalino, 
en un Eubón Darío, en un Eduardo Marquina, en un 
Eugenio de Castro; sino enferma de desilusión, de 
escepticismo, como cansada, no del esfuerzo propio 
que acaso no ha intentado o que acaso no ha sido es- 
téril, sino del esfuerzo ajeno, del esfuerzo de las ge- 
neraciones que preceden a estos muchachos que, por 
un aparente contrasentido, están ya viejos, que em- 
piezan por no creer en el futuro de su país, que ex- 
claman como Unamuno, el más alto y más hondo de 
los intelectuales de la España de hoy: 

«... Y en tanto, España se despuebla; sus hijos... 
acorren a América, a la España grande y del porve- 
»nir, a la tierra de promisión. ¿Y nuestras ideas? Es- 
»tas no emigran, no pueden emigrar, son fósiles y 
»las tenemos encastradas en el espíritu. Parecíamos 
atener un papel cultural en la América latina, nos- 
>otros, los de España, la primogénita de las nacio- 
»nes de lengua castellana. Hemos vendido la primo- 
»genitura por una olla de garbanzos. Hubo un tiem- 
>po en que Bolívar, el Libertador, el Quijote de 

200 



Obras Completas 

» América, soñó quijotescamente con venir a conquis- 
^tarnos. Acaso sea este nuestro porvenir: que nos 
» coaquiste la América española. ¿Quién sabe si un 
»día la vieja madre tendrá que vivir de sus hijas 
«emancipadas?» 

¡Ojalá que estas palabras de Unamuno fueran pro- 
f éticas; ojalá que los hispanoamericanos conquistáse- 
mos a la madre bien amada, no por la fuerza de las 
armas, que esto sería irrisorio y ridículo, sino por la 
fuerza de nuestro entusiasmo; que la conquistáramos 
para la alegría, para el júbilo de la vida, para el op- 
timismo! 

Es claro que el señor Unamuno cree en su patria, 
en el porvenir de su patria. Cree tanto como el que 
esto escribe, que tiene una gran fe en el mañana de 
España: «La nación — dice — cambia por debajo de su 
»piel, y los parásitos de ésta no lo observan. Un día 
»u otro caerá en jirones esa piel vieja, cuando la nue- 
»va esté formada, fresca y tersa, por debajo. Y mu- 
»chos de nuestros prohombres envejecerán en un día 
»más que han envejecido en veinte años. ¿Será esto 
)>así? ¿No será un sueño de mis esperanzas? — se pre- 
>gunta a renglón seguido el pensador, con cierta in- 
» quietud.» 

No, no es un sueño. España avanza; este es un he- 
cho. ÍBasta ver cómo redime sus finanzas, cómo pres- 
tigia su moneda, cómo inicia valientemente leyes 
que, cual la de Asociaciones, habrán de revolucionar 
noble y útilmente el país. Pero estos progresos, qui- 
zá un poco lentos, y la transformación harto pau- 
sada que se va efectuando en los medios de vida, 
no alcanzan a estimular a los intelectuales, no alcan- 
zan a sacudirlos de su indolencia, de su melanco- 
lía, de su pesimismo. Algunos de ellos, no pudiendo 
hacer otra cosa, se lanzan valientemente al trabajo 
normal, como Martínez B-uiz, como Luis Bello; 
¡ff>. otros, aún solicitados de vez en cuando por empresas 
I » editoriales, prefieren la estrechez diaria, los recursos 

r 



Amado N e r v e 

aleatorios, la crítica al estado actual de cosas y el 
ojalá^ en la humosa mesita del cafó, adonde no lle- 
van ni siquiera a pacer a la bestia de la intemperan- 
cia, porque los españoles, felizmente, no beben como 
nosotros los americanos. 

Quizá de este estado de ánimo, de esta falta de fe 
en su país, nace la única literatura que parece irse 
cristalizando ahora: la humorística a la manera in- 
glesa, la que cultiva con tanto acierto, casi diríamos 
con tanta maestría Pío Baroja, y a la cual se va eon- 
sagrando también un escritor viejo, después de an- 
danzas muy diversas: Palacio Valdés. 

Sí, los jóvenes literatos españoles, expoliados vil- 
mente por los editores, enfrentados con el problema 
de la vida material todavía a una edad en que gene- 
ralmente, en los jóvenes países de América (aun en 
el mismo Méjico, donde la lucha es brava) ya se ha 
resuelto, ni creen en su metiera ni gran cosa que di- 
gamos en su arte ni en su medio. Están vencidos de 
antemano, sobre todo por una razón capital: porque 
no esperan vencer. 

Si yo quisiera citar las palabras amargas, desespe- 
ranzadas de muchos escritores que empiezan apenas, 
que no so han dado, que no han podido darse cuenta 
todavía de las verdaderas asperezas del camino, lle- 
naría muchas páginas de este informe. 

Hay muchos noveles poetas y escritores que ya no 
creen en nada, ni en sí mismos, y esto, de verdad, 
no por una pose análoga a la que hacía que los poetas 
románticos de principios y mediados de la última 
centuria, a los veinte años se creyesen los seres más 
infortunados de la tierra. 

He aquí por qué es tan difícil encontrar a los 
maestros jóvenes de la literatura española, he aquí 
por qué nadie es ya capaz de pensar y trabajar con el 
entusiasmo, con la noble alegría, con el sabroso in- 
genio de los viejos maestros, de un don Pedro Anto- 
nio de Alarcón, de un don Juan Valera, de un Pere- 

202 



o h r a s Completas 

da, de un Pérez Galdós (para no citar a los clásicos, 
sobre todo al divino Cervantes, que siendo, como le 
llamó Benot, el Hgor de las desdichas, supo saturar su 
gran libro de tanto optimismo, de tan sana alegría). 

Pero que no haya jóvenes maestros no quiero de- 
cir que no haya jóvenes que culminarán, a pesar de 
todo, del pesimismo ambiente, de la venalidad y 
rutina de los editores... Y éstos se llaman Ramón 
del Valle Inclán, Azorín, Pío Baroja, Ciges Apari- 
cio, Luis Bello (aunque su labor no se ha condensad© 
en libros), entre los prosistas; Antonio de Zayas, 
Eduardo Marquina, los Machado, Yillaespesa y Diez 
Cañedo, entre los poetas, y en la literatura dramáti- 
ca, claro está: Benavente y los Quintero, los Quinte- 
ro y Benavente. 

llamón del Valle Inclán es, en mi concepto, el 
más consciente de los jóvenes escritores de España. 
El que mejor conoce y cultiva los secretos del estilo, 
el que mejor sabe lo que se propone y adonde va. 

Bastaría para hacer célebre y respetable en un país 
más lector que nuestros países hispano e hispano- 
americanos, a un escritor, una obra tan diáfana, tan 
llena de pericia, de fuerza, de aspiración justa y no- 
ble, como la Historia Milenaria de Valle Inclán. Yo 
no creo que en muchos años se haya escrito en Es- 
paña algo superior a ese pequeño libro admirable, 
que desdeñando cultivar las viejas, las inexpresivas 
formas del idioma, que son como bagazos del léxico, 
posee un lenguaje tan puro y a la vez tan nuevo, tan 
vigoroso y elegante. Un cuento malpocado que el 
autor sustrajo del libro, redondeándolo y haciendo de 
él un pequeño todo, bastaría asimismo para crear 
una reputación y en cuanto a las diversas Sonatas y 
al Jardín Novelesco, son de una nitidez y de una mú- 
sica d'annunziana, lograda absolutamente dentro del 
castellano, pero con un conocimiento difícilmente 
superable de las excelencias de nuestro idioma. 

Para Azorin yo no puedo tener más que elogios; 

205 



Amado Ñervo 

entiendo que dentro de la labor diaria, de esa labor 
efímera, a la que dan lo mejor de su cerebro hom- 
bres tan valiosos como José Nogales, Alfredo Vicen- 
ti y Luis Bello, Azorín hace verdaderos prodigios. 
En Francia, sus humorismos admirables, sus cróni- 
cas parlamentarias, por ejemplo, serían saboreadas 
al par de aquellas actualidades de Capús que fueron 
la delicia de cierto público. 

Hay además en Azorin una cultura, un fondo, que 
no encontraríamos sino en poquísimos de los actúa- 
listas franceses. Azorin cala mucho, sin dejar por eso 
de ser uno de los más ágiles, de los poquísimos ági- 
les que hay en el periodismo español, generalmente 
hueco, afectado, doctrinario, sonoro, oratorio, ¡qué 
sé yo! 

Pío Earoja es también de los que se han creado un 
estilo. Sabe además desmigajar en sus libros cierta 
filosofía afable y de buen tono. En cuanto a Ciges 
Aparicio, se asemeja extraordinariamente a esos te- 
rribles rusos que han hecho libros como La Casa de 
los Muertos. 

Lo que Ciges Aparicio cuenta tiene quizá más 
verdad, más horrible verdad que lo que nos han con- 
tado esos hombres ingenuos y bárbaros del Norte, 
quienes han tenido la fortuna de que Francia, al tra- 
ducirlos y popularizarlos, les dé todas las supremas 
galas de su estilo, las viejas y elegantes gracias de 
su idioma pulido, aristocrático y perfecto, y también 
otra fortuna no menos grande: la de que casi nadie, 
fuera de su tierra, conozca su lengua todavía en for- 
mación y de que tenga cierto tinte de exotismo su 
brusca y desmadejada existencia de tártaros, y sus 
tendencias de evangelizadores y exégetas enreve- 
sados. 

¡Si Ciges Aparicio perfeccionara su estilo! 

Felipe Trigo es otro escritor digno de notarse. Es 
novelista hasta la médula de los huesos; pero le es- 
torba el idioma. Nació para novelar con un instru- 

204 



Obras Completas 

mentó más dócil, más moderno, más rápido de vul- 
garización, de difusión que cualquiera de las lenguas 
modernas, harto abundosas, nutridas, mazacotudas 
para la época de fiebre que vivimos. 

— Yo quisiera, me decía él la otra noche, escribir 
con ciertos signos taquigráficos, o más aún, hallar la 
manera de no escribir, sino de trasmitir a los otros 
mis novelas sin estos intermedios forzosos y lentos y 
difusos del lenguaje. 

Y tiene muchísima razón Felipe Trigo, porque en 
suma esto del estilo, esto de la sintaxis, de los refi- 
namientos léxicos, esto de escribir frases lapidarias 
va a acabar prontísimo, prontísimo va a ser inútil. 
Ya no hay tiempo de aprender literariamente los 
idiomas, ni va sirviendo ello de gran cosa. Los idio- 
mas se condensan, se vuelven manejables, breves, 
cisos, y peor para los que no se. vuelvan así. 
lerán la heredad de quince o veinte académicos aper- 
gaminados, que inconscientes de la vertiginosa mar- 
cha del mundo, leerán discursos y escribirán libros 
benditos para un público compuesto de ellos mismos! 

El libro se está muriendo. Dentro de cincuenta 

años no existirá un solo libro fuera de los pergami- 

,nos, no sólo porque el papel que se fabrica actual- 

l^nente, hecho de fibra de madera, se vuelve polvo en 

seguida, sino porque los cilindros del fonógrafo ha- 

^brán sustituido a nuestras bibliotecas. 

Pero digamos, antes de concluir este capítulo de 
los novelistas, que alrededor de las figuras que he- 
mos evocado, gravitan otras, en formación, algunas 
bastantes apreciables, ésta o aquélla novísimas, las 
de más allá pasadas de tueste, y que se llaman Mi- 
guel A. Rodenas, autor de un libro muy estimable. 
Tierras de Paz; Gutiérrez Gamero, autor de El Conde 
Perico; Suárez de Puga, autor de Pan de Centeno^ en- 
sayo muy bien logrado; Antonio de Hoyos, joven y 
aristócrata, autor de FHvolidad; López de Haro, que 

205 



Amado Ñervo 

lo es de En un lugar de la Mancha; Martínez Kleiser, 
de El Vil Metal; A. Larrubiera, de Fuera de combate; 
Federico Pita, de Derrotado y etc., etc. 

Otra de las características de la moderna literatu- 
ra española, es la de mirar al pasado. 

Claro que siempre ha habido en España una deci- 
dida tendencia al estudio histórico, al trabajo de 
erudición, a la labor benedictina; pero este género, 
que parecía no deber tentar más que a los viejos, 
tienta asimismo a los jóvenes. 

«Los libros de este género, dice el escritor Luis 
Bello, cuyo nombre he citado ya; los libros de este 
género: monografías sobre sucesos o escritores anti- 
guos, exhumación de documentos, ediciones de auto- 
res olvidados, son más, mucho más que los libros 
originales. ¿A qué obedecerá el fenómeno? ¿Será que 
la erudición encuentra más amparo entre los edito- 
res o que en España arderá el fuego sagrado de la 
tradición clásica, y los que cuidan de él, hombres 
solitarios, tenaces, laboriosos, encuentran en su ais- 
lamiento la energía necesaria para imponerse? Acaso 
ocurra también que aquí no hay una protección ofi- 
cial efectiva sino para el arte que fué; para la histo- 
ria, para las viejas letras, y no se ha encontrado to- 
davía la forma de que el Estado coadyuve a un mo- 
vimiento de la cultura actual.» 

«Pero, sigue diciendo, la explicación más lógica 
está en la impasibilidad inalterable del bibliófilo, 
del erudito de vocación. En los momentos de crisis 
más profunda, aunque los espíritus inquietos anden 
vagando alrededor de todas las tendencias, veréis 
que él labra día por día su pequeño sillar, y al cabo 
de un año, de diez, de veinte, aparece con un grueso 
volumen. España es tierra donde se da muy bien 
esta clase de hombres enamorados de la historia; 
unos que empiezan por el amor de su casa, de su 
villa, de su región o de su raza, otros que se inspi- 
ran en el desamor a lo presente. Y cuando los demás 

206 



Obras Completas 

vacilan, callan o se preparan al trabajo, los únicos 
golpes que se oyen son los de sus batanes.» 

Recordará usted que uno de los últimos informes 
que he tenido la honra de dirigir a esa superioridad, 
se refería justamente al abundante cultivo de la lite- 
ratura de erudición histórica en España. En ese in- 
forme citaba a usted muchas obras recién aparecidas. 
Ahora podría aumentar mi lista considerablemente; 
pero a fin de no extenderme demasiado, sólo citaré 
los siguientes títulos: 

Predicadores de los siglos xvi y xvii. Sermones de 
Cabrera. Teatro de Tirso de Molina. Menéndez Pi- 
dal: Leyendas del último rey godo. 

Eloy Bullón: Orígenes de la Filosofía moderna: 
Precm'sores españoles de Bacon y Descartes. 

Cortés: Noticias de una corte literaria. Yalladolid. 
Isidro Gil Fortuny: El castillo de Loarre y el alcalde 
de Segovia. 

Colección de libros y documentos de Núñez Cabe- 
za de Vaca. 

Salcedo Euiz: Estado social que refleja el Quijote. 

Aicardo. Palabras y acepciones castellanas omitidas 
en el Diccionario de la Academia. 

Correas: Vocabulario de refranes y voces proverbiales. 

Padre Alboraya: Historia del Monasterio de Yuste. 

Apraiz: Juicio de La tía fingida. 

Rivadeneyra: Meditaciones y soliloquios de San 
Agustín. 

Eodríguez Villa: Correspondencia de la Infanta 
Isabel Clara Eugenia de Austria con el duque de 
Lerma. 

Palencia: Crónica de Enrique IV. 

Actas de las Cortes castellanas de 1609 a 1611. 

Horozco: Relaciones y noticias toledanas del si- 
glo XVI. Reunidas por el conde de Cedillo. 

Edición crítica de fray Luis de Granada, por fray 
Justo Cuervo. 

Edición crítica del Quijote, por Cortejón. 

207 



Amado Ñervo 

Castro Alonso: La moralidad del Quijote. 

Castillo y Solórzano: La niña de los embustes. Te- 
resa de Manzanares. Con epílogo de Co tárelo. 

Casanova y Patrón: Anales gaditanos. 

Omeca y Siles: Bodas regías y festejos. 

Gracián: Peregrinación de Anastasio. 

Dávila y Collado: Estudio de las Cortes y Parla- 
mentos valencianos. 

Y conste que no he enumerado ni la mitad de los 
libros aparecidos recientemente. 

Como se ve, la producción original se ahoga por 
completo dentro del alud formidable de publicacio- 
nes históricas. 

¿Es esto un mal? 

No lo sería, sino, por el contrario, debería repu- 
tarse como una gran muestra de actividad intelec- 
tual, si estuviera compensada, como en Alemania, 
Francia e Inglaterra, por una literatura de orienta- 
ciones modernas, de miras novísimas, vigorosa, fres- 
ca, lozana; pero acaso esta pertinaz mirada de ayer 
detiene los ímpetus de una raza y paraliza sus es- 
fuerzos. 

Afortunadamente, junto a los escritores contem- 
plativos va surgiendo cada día más nutrido un grupo 
de hombres de acción. 

De ellos hay que esperarlo todo. 

Por lo que ve a los poetas, una buena parte, es- 
timulada, debemos confesarlo, por el ejemplo de los 
hispanoamericanos, sigue orientaciones más mo- 
dernas. 

De ellas hablaría hoy si no alargara así indefini- 
damente mi informe, por lo que prefiero que sean el 
asunto de uno de mis próximos trabajos. 



208 




XXV 



EXTENSIÓN UNIVERSITARIA 



Ue poco tiempo a esta parte se advierte en la pren- 
sa española mayor atención para tratar los asuntos 
escolares y mayor cordura para examinarlos. Se 
echa de ver que la preocupación capital del país ha- 
brá de ser — si no comienza a serlo ya — la de la en- 
señanza; que la nación no está conforme con que cla- 
sificadores de segunda mano, demasiado diligentes 
en su desdén, la coloquen a la zaga de otras nacio- 
nes que antaño estaban supeditadas a ella. 

De aquí que las pensiones en el extranjero se vean 
con mejores ojos y que nadie proteste porque se au- 
mentan; de aquí que los créditos concedidos al Minis- 
terio de Instrucción Pública sean cada vez más am- 
plios; de aquí, por último, la indignación con que se 
ha recibido en una provincia la disminución de suel- 
dos a los maestros de escuela, y el vivo anhelo que 
se echa de ver de que su situación mejore. 

Otro indicio favorable es el aumento de revistas 
de las llamadas de extensión universitaria, de las 
cuales conozco algunas bastante importantes. 

Tomo XXII. 209 14 



Amado Ñervo 

Estas revistas de extensión universitaria constitu- 
yen uno de los elementos más valiosos para el ade- 
lanto de la instrucción pública en un país, y yo so- 
ñaría para Méjico, en tal sentido, algo muy bello, 
muy práctico y muy fácil, que nos haría avanzar en 
breves años al par de las naciones más civilizadas 
del mundo. 

Desearía que cada revista, cada periódico impor- 
tante de los numerosos que se publican en la Repú- 
blica, fuese cual fuese su índole, merced a un poqui- 
to de buena voluntad, se convirtiese en periódico de 
extensión universitaria, o más ampliamente aún, en 
auxiliar de todo género de instrucción. Bastaría para 
ello que dedicase una fracción mínima de su texto a 
asuntos escolares; pero en una forma pedagógica con 
espíritu metódico, siempre en el mismo sitio y seña- 
lada de un modo especial, que aislase tal sección de 
las otras del periódico. 

Imagínense ustedes todo lo que podría contener 
una sección así hábilmente distribuida. Lecciones de 
cosas, dibujos, himnos, tratados completos de todos 
géneros, hábilmente desmigajados. 

Así como se pagan redactores políticos o financie- 
ros, reporteros sociales, cronistas de teatro, así po- 
dría pagarse un redactor escolar, un homlDre ins- 
truido que aportase sus diarias lecturas bien orde- 
nadas a la niñez y a la juventud de las escuelas, y 
que consagrase los diversos días de la semana en su 
sección a diversos ramos de enseñanza, los cuales fa- 
voreciesen desde el parvulito de los jardines de ni- 
ños hasta al alumno de los cursos universitarios su- 
periores. 

Ciertamente hay muchas revistas en España y en 
América que consagran números u hojas especiales a 
los niños. ^\ A B Gj de Madrid, por ejemplo, trae 
semanariamente una hoja suplementaria dedicada a 
la niñez, con el título de Gente menuda. Pero, en lo 
general, estos suplementos no son pedagógicos. En 

210 



Obras Completas 

ellos se procura simplemente distraer a los niños, no 
enseñarlos. 

A veces las materias están tan mal elegidas que, 
más que servir, perjudican a los lectorcitos. Se trata 
simplemente de una literatura humorística, de dudo- 
so gusto y de una gráfica chusca que nada enseña. 

Yo me imagino sin esfuerzo todo lo que una sabia 
sección para los niños podría contener de enseñan- 
zas y de bellezas. Veamos, por ejemplo; la historia 
de la Habitación, ilustrada y explicada. En una sola 
sección, suponiendo que ocupase un octavo de plana, 
al ancho de dos columnas, dividida por plecas, po- 
drían dibujarse hasta cinco habitaciones, llevando 
cada una al calce su leyenda. Y así, en dos o tres nú- 
meros, podrían desfilar ante los ojos curiosos y embe- 
lesados del niño la caverna ancestral, donde los pri- 
meros hombres, en los lentos ocios, intentaban ya 
grabar sobre los cuernos del ciervo y sobre las pie- 
dras pulidas las imágenes fugitivas o estables de la 
Naturaleza; la choza lacustre, donde las mujeres y 
los niños, adornados de conchas, esperaban el regre- 
so de la tribu, guerrera o pescadora, y distraían su 
soledad oyendo los secretos del mar en el nacarado 
seno de los grandes caracoles encontrados en la pla- 
ya; el castillo roquero en que los barones de la Edad 
Media anidaban como milanos, y el palacio del E-e- 
nacimiento, que es gloria de los ojos y ornato noble 
de las urbes. 

Otros cuatro o cinco números bastarían para un 
cancionero escolar que se popularizaría por toda la 
República. En cada sección cabrían perfectamente 
cuatro melodías con su letra. 

Pensad asimismo en la facilidad que habría para 
reunir, en unas cuantas secciones, la flor de la poesía 
contemporánea, dando a conocer a la juventud, con 
atinada elección y breves comentos críticos, mejor y 
más ampliamente que cualquier crestomatía, la lírica 
moderna verdaderamente valiosa. 

211 



Amado N e r r) o 

Y no hablo de los diálogos instructivos acerca de 
diversas materias, de las vulgarizaciones sobre cos- 
mografía, meteorología y la física del globo, de la 
historia de las exploraciones geográficas, de las repre- 
sentaciones sintéticas de la fauna y la flora de cada 
continente, de los mejores capítulos de instrucción 
cívica, etc., etc. 

Así, merced a esta sencilla labor de los diarios, se 
lograrían dos cosas: primero, mayor amenidad para 
un periódico, que sin duda obtendría hasta el bene- 
ficio de un excedente de circulación; segundo, y so- 
bre todo, el nobilísimo ideal de que la Prensa entera 
de un país colaborase en la santa obra de la educa- 
ción e instrucción nacionales. 




SIS 



XXVI 
DEL GENERO TRÁGICO 



D 



EBE acentuarse la tendencia trágica en el arte? 

A juzgar por los conceptos del nuevo académico 
de la Lengua don Valentín Gómez, sí. 

Protesta este señor contra el desdén que muestra 
el público hacia la literatura y el arte trágico y ha- 
cia el género trágico en general. «Se huye de él en 
busca de goces que amortigüen las angustias del 
alma enferma — dice—; pero lo trágico se impone en 
la vida y se impondrá al fin en el arte como la mani- 
festación más grande, más verdadera y más profun- 
da de nuestra naturaleza decaída y oprimida.» 

«Si pudiésemos — añade — penetrar con el entendi- 
miento en el fondo de esta tristeza universal, vería- 
mos seguramente una tragedia espantosa del espíritu 
humano en las luchas de nuestro tiempo. Se ha ver- 
tido la sangre a torrentes para derrumbar el mundo 
de ayer y reconstruir sobre sus escombros el mundo 
moderno, y cuando se creía que ya la sociedad nue- 
va se había constituido definitivamente, iluminada 
por el astro bienhechor de la libertad y regida por 
el augusto y severo genio de la justicia igual para 
todos, se alza en explosión formidable el alma irrita- 
da de muchedumbres hambrientas, pidiendo a lo me- 

215 



Amado Ñervo 

nos una parte alícuota del botín conquistado en las 
batallas de lo nuevo con lo viejo y pidiéndolo a gri- 
tos, a puñaladas y a bombas... El terror se apodera de 
los vencedores de ayer, el desaliento cunde entre los 
más esperanzados y más enamorados de las gran- 
dezas indudables de nuestra civilización, y una pre- 
gunta brota de todos los labios, estremecidos de an- 
gustia: ¿Pero realmente ya no son posibles los paraí- 
sos terrenales? No lo son ni lo serán nunca. Somos 
los hijos del dolor. La comedia del hombre tiene 
siempre un desenlace trágico. «La historia entera de 
la humanidad es una gran tragedia». 

«En épocas decadentes y corrompidas — continúa 
el señor Gómez — el arte suele ser un entretenimien- 
to agradable. Toma de la realidad lo risueño, lo ac- 
cidental, lo cómico, y eludiendo sistemáticamente el 
desenlace definitivo, nos distrae de la seriedad fun- 
damental de nuestro ser y de nuestro fin, y nos hace 
soñar durante algunos momentos con una especie de 
inmortalidad fútil, cuyo objeto se reduce a pasar 
eternamente el rato. Mas cuando los pueblos conser- 
van su naturaleza viril y llevan animosamente el 
sello siniestro en los blasones de su raza, no vuelven 
el rostro al infortunio, sino antes bien se gozan en 
su contemplación y aplauden y aclaman a los gran- 
des artistas y a los poetas esclarecidos que inmorta- 
lizan el dolor en las obras de su genio. He ahí el ori- 
gen de lo trágico en el arte y particularmente de la 
tragedia escénica.» 

He subrayado en el segundo de los párrafos que 
copio una palabra: se trata de una simple palabra, la 
palabra «indudables». Y la he subrayado porque allí 
se halla la clave de toda la doctrina «trágica» del se- 
ñor Gómez. Casi afirmaría que este indudables no es- 
taba escrito al principio, y que en las pruebas, el 
flamante académico tuvo buen cuidado de ponerlo. 
¿Para qué? Para que no se pensase que él no creía en 
el progreso moderno. 

214 



o b 7* a s Completas 

Claro que esto es una simple suposición mía, pero 
no sé por qué la hallo más razonable que la genera- 
lidad de mis suposiciones. El párrafo en que, según 
yo, se ha puesto la palabra indudables , debió decir en 
un principio: 

«El terror se apodera de los vencedores de ayer; el 
desaliento cunde entre los más esperanzados y más 
enamorados de las grandezas de nuestra civilización, 
etcétera. » 

Pero después de escrito esto — sigo figurándome- 
lo — , el ilustre don Valentín Gómez debió pensar: 
«No parece sino que aquí dudo yo de nuestra civili- 
zación (como es la verdad). Pongamos, pues, induda- 
bles después de grandezas». 

Y allí está, como decía yo, la clave de todas las 
teorías del señor Gómez. 

El señor Gómez no cree en la civilización. El se- 
ñor Gómez piensa, no que la humanidad, proceden- 
te de un estado inferior, a través de mil evoluciones, 
va hacia un estado superior, sino que procedemos de 
un estado de gracia primitivo del cual caímos. 

En suma, el señor Gómez, como dijo muy bien Pi- 
dal y Mon al darle la bienvenida, es un tradicionalis- 
ta a la española, y su clasificación doctHnal obliga a 
encasillarle en la lista de los escritores históricos que nu- 
tíieron sus conceptos con Balmes. 

Felizmente para esta España, que tan noblemente 
pugna por reconquistar su antiguo puesto intelectual 
en el mundo, hay muchos maestros jóvenes que creen 
en la ciencia y en la civilización modernas, que no 
vuelven jamás los ojos hacia las infantiles y absur- 
das teorías de nuestro origen edénico; que sí esperan, 
en nombre de esa ciencia, de esa civilización, en cu- 
yas promesas confían porque las ven realizarse una 
a una; que sí esperan, digo, en paraísos futuros, no 
colocados sobre la movilidad de las nubes resplande- 
cientes, no fincados en el cielo, sino en un estado 
social muy más alto y perfecto que los actuales ensa- 

215 



Amado Ñervo 

y os en que nos ejercitamos; en un estado tan afi- 
nado y purificado por los siglos, que habrá de me- 
recer el nombre de angélico. Y estos hombres, estos 
jóvenes profesores españoles, sin duda que estarán 
de acuerdo conmigo en una cosa: en que ya no es lí- 
cito predicar el dolor y el retorcimiento perenne 
como fin educativo, y en que toda la labor de los que 
forman espíritus debe sintetizarse así: renovar las al- 
mas, volviéndolas serenas. 

La serenidad: he aquí la pedagogía de las pedago- 
gías, la ciencia de las ciencias, el arte de las artes, 
la joya de las joyas. 

Es fuerza que nos serenemos. La escuela, desde la 
más elemental hasta la más alta, debe proclamar a 
todas horas este ideal de serenidad, debe trabajar por 
él a todas horas. 

El espíritu de la humanidad lleva la huella de un 
tormento teológico de siglos, y los grandes pedago- 
gos modernos no tienden, en suma, más que a borrar 
esta huella, diafanizando el alma infantil. 

Ved lo que se hace ahora con los párvulos. Los de- 
leitables lugares en que sus almitas crisálidas, sur- 
gen al pensamiento, se llaman, bella y exactamente, 
jardines^ jardines de niños. 

En ellos todo está estudiado para no alterar la di- 
vina ecuanimidad de las almas vírgenes. Allí se 
aprende sin esfuerzo, encauzando todas las curiosi- 
dades nacientes de las almitas a quienes están dedi- 
cados. 

Los muros cubiertos de estampas cautivan las pu- 
ras miradas del pequeñuelo, y deleitando su instinto 
de observación lo familiarizan con innumerables as- 
pectos de la vida. Hay grandes mesas, y sobre las 
mesas infinidad de arquitecturas, de juguetes, de 
utensilios, de objetos que amplían con insinuaciones 
mudas y apacibles la visión interior y la exterior 
perspectiva del infante. 

Las labores están alternadas con suaves recreos. 

216 



Obras Completas 

La casa llena de sol, con árboles, con flores, pintada 
de colores claros, infund3 una santa alegría. 

Y de esos jardines arrancan todas las escuelas mo- 
dernas, en una cristalina escala de ciencia y de 
amor. 

Y a medida que se va estudiando y comprendien- 
do, el alma se ensancha y se llena de dignidad y de 
luz. 

Sabemos que la humanidad es muy grande, que, 
como decía Marco Aurelio, cada uno de nosotros lleva 
dentro un dios escondido. Sabemos que el hombre no 
cayó jamás, que de la animalidad ha pasado al es- 
tado admirable que es hoy su conquista, y pre- 
sintiendo el alcance de los progresos que vemos flo- 
recer por dondequiera, nuestro corazón se hincha de 
optimismo sano, glorifica nuestra alma al Señor y 
nuestro espíritu se llena de gozo como el de la virgen 
nazarena. 



Esto supuesto, ¿no es verdaderamente lamentable 
que hombres cultos y que pueden aún ejercer cierta 
influencia en sus contemporáneos, vengan a resuci- 
tarnos rancios ideales de retorcimiento y de amar- 
gura? 

¿No deberían, por el contrario, contribuir a esa la- 
bor, que los maestros modernos españoles, como to- 
dos los maestros que se respeten en el mundo, deben 
proseguir sin descanso: la de destruir en las almas 
hasta el último resabio enfermizo de las edades bár- 
baras y volver al ideal griego del mens sana in cor- 
pore sano, que fué la gloria, la excelencia y la paz de 
la humanidad en la época más grande por que ha 
atravesado? 

¿Cómo hay bocas capaces de decir: Estemos tristes. 
La vida es trágica] el arte debe ser trágico^ ahora en 
que, con sangre y alma, con incontables desvelos, se 

217 



Amado Ñervo 

va logrando arrebatar el corazón de la niñez a esa 
absurda garra negra que desde el nacer la oprimía 
en la sombra? 

« Serenémomos . » 

He aquí la augusta palabra que debería estar escri- 
ta en todas las aulas; que debería radiar en placas de 
mármol en todas las avenidas de las metrópolis. 

Serenemos la escuela, serenemos el arte, serene- 
mos la ciencia, que nuestra alma se torne clara y ale- 
gre. La alegría no es baja ni vil. La alegría es 
santa. 

Estemos serenamente alegres: 

Porque vivimos, porque pensamos; porque la hu- 
manidad marcha gloriosamente a una gran conquista 
cercana; porque todo en el universo está henchido de 
esperanza; porque somos Ja fior del mundo y es clara 
y bellamente visible nuestra predestinación, estemos 
serenamente alegres. Trabajemos con júbilo. Cree- 
mos con alegría, siguiendo el consejo del poeta. 

¡Crear con alegría! He aquí la finalidad mejor de 
toda escuela y de toda enseñanza. Quien crea con 
alegría y paz, grandes cosas, duraderas cosas habrá 
de crear. 

Apoderémonos del alma del niño y enseñémosle 
que nada es triste; que la humanidad en su camino 
hacia la verdad y hacia el bien, atraviesa momen- 
táneamente por regiones de sombra; pero que si en 
esas regiones se tiene cuidado de alzar los ojos, se 
advierte que hay muchas estrellas. 



218 




XXVII 
EL espíritu literario Y POÉTICO EN LOS 

países vascongados 



íTay un asunto acerca del cual hace tiempo que ten- 
go deseos de informar a esa Secretaría de su muy 
digno cargo «El espíritu literario de los vascos». 

La circunstancia de que año por año las Legacio- 
nes, siguiendo a la corte, se trasladen a San Sebas- 
tián, me da ocasión de observar a esta raza monta- 
ñesa, un poco ruda, demasiado simple, muy mucho 
mística, que vive en las suaves y aterciopeladas la- 
deras guipuzcoanas y alaveses, y en los bellos reco- 
dos de la tierra vizcaína, y en la cual se encuen- 
tran tipos de cabal hermosura. 

Pero confieso que, por más que he intentado en- 
contrar la vena poética, el instinto literario, la blan- 
da inclinación al ensueño que caracteriza a otras re- 
giones de la Península, ello no aparece por ninguna 
parte en los Pirineos españoles. 

Basta recorrer Cataluña, Valencia, Andalucía, Gra- 
licia, cualquier rincón de Castilla, para darse cuenta 
de lo que compone y significa, aun en las vidas más 

219 



Amado Ñervo 

humildes, la tendencia literaria y poética. De Cata- 
luña nada diré porque salta a la vista su producción 
cada día más considerable y valiosa. De Valencia to- 
dos saben que es uno de los más activos centros de 
ideas de España. Galicia cada día da más pruebas de 
vitalidad mental. La vieja tierra gallega, es como su 
hermana la portuguesa, propicia a todo vuelo lírico, 
y pone en ello cierta gracia melancólica que place 
extraordinariamente. Las leyendas, algunas de las 
cuales tienen prestigio encantador, una adorable sua- 
vidad mística, van apaciblemente de siglo en siglo y 
de boca en boca, por aquellas praderas, bajo aquellas 
arboledas, enredándose al diáfano diálogo aldeano, 
que tiene arcaísmos de una elegancia ideal. El can- 
tar, el romance, están vestidos de no sé qué espíritu 
del Norte, pero con un sello de región siempre defi- 
nido e intenso. 

En Andalucía, la literatura y la poesía son necesi- 
dad unánime e intensa. 

El pueblo más bajo, más pobre, más abandonado, 
las necesita como las clases ilustradas y las tiene: las 
tiene en el cantar y en el cuento, dos géneros que 
satisfacen plenamente su sed de pensar y de sentir. 

El cantar es la vida de Andalucía. 

Allí donde no llegan ni el libro ni el periódico, o 
porque la pobreza es suma o porque la ignorancia es 
mucha, llega el cantar, llevando su santa limosna de 
idealismo. 

Imaginaos una de esas míseras casitas acurruca- 
das, casi diríamos escondidas, entre los pardos terro- 
nes de la llanura. Un sol ardiente la tuesta. Cuando 
llueve, el agua la penetra. Los que allí se guarecen: 
un hombre, una mujer, una niña, ejercen cuales- 
quiera de esos oficios que matan el hambre por tem- 
poradas: oficios que, tras de dejar poco, duran una 
estación. 

Allí no se lee. La madre nunca supo leer. El pa- 
dre, si lo supo, lo ha olvidado. La chica, obligada a 

220 



I 



Obras Completas 

prestar su colaboración en la faena doméstica, no 
puede ir a la escuela. 

Parece que entre aquellas gentes y la civilización 
debiera haber una muralla infranqueable. Pero no 
la hay. El avecilla dorada y ágil del cantar la salva. 
El cantar está constantemente empollándose en la 
tierra andaluza. El dice, no solamente el mal de 
amar; no solamente resume las penas, las alegrías, 
las creencias de aquellas vidas humildes y de las que 
las precedieron, sino también trae la nota fresca, 
viva, lozana del suceso diario. 

A cada nuevo incidente, a cada nuevo descubri- 
miento, a cada nuevo conflicto, corresponde un can- 
tar. Cantar a la guerra actual, al automóvil que pasa, 
al gobierno que cae, al ideal que surge, a la preocu- 
pación nacional que asoma. 

Cantar a todo, cantar para todo. Y de guitarra en 
guitarra va saltando la copla como entreenrejado de 
armonía, y va a llevar hasta la cueva gitana más 
escondida de la vega su nota vivaz. 

Sintetizado ya por el cantar, sabrán la pobre mu- 
jer y la chica de nuestro cuento lo que pasa o ha 
pasado recientemente en el «mundo». Y el cuento 
picaresco y gracioso, el cuento que va de boca en 
boca masculina, el género literario volante , por de- 
cirlo así, que nutrirá a su vez la mentalidad del pa- 
dre de familia, que no puede o no sabe leer y que 
sólo en la conversación con los demás desentumece 
su entendimiento. 



Pero en Vasconia qué poco asoma este espíritu 
poético. Los únicos que lo llevan en trashumante 
vuelo, son acaso los versolaris o koblakaris, que en 
los pueblos perdidos en las montañas, en las obscu- 
ras tabernas en que fermenta la sidra, dicen sus in- 

221 



Amado Ñervo 

genuos versos, entregándose a diálogos o réplicas 
que ponen sonrisas en los labios. 

Y sin embargo, qué buena compañía fuera en estos 
paisajes que tienen una tan persuasiva apacibilidad, 
la compañía de los poetas. Cuánto mejor en esas 
abrumadoras, en esas interminables lluvias del in- 
vierno que os penetran de humedad y de tristeza, 
fuera consuelo y distracción un libro de versos, que 
el Gerokogero, ese libro clásico de los vascos, que 
significa «después de después» y sólo tiene fines as- 
céticos! 

Se me figura que ' estos espíritus son poco ágiles 
para amar y concebir ciertas formas ondulantes del 
arte y de la vida. Espíritus cuadrados, rígidos, que 
no deben desdeñar la matemática, y que acaso en la 
Edad Media habrían proporcionado buena contribu- 
ción a la escolástica. Espíritus, sobre todo, con un 
sedimento natural del ascetismo, que no bastan a 
destruir la belleza de estos paisajes y el azul moaré 
de este mar. 

El vasco podría ser soldado (lo ha sido, llegando 
a la heroicidad): podría ser sabio (y de hecho ha lo- 
grado serlo también); pero literato, poeta, sólo por 
excepción. 

La música es, de las artes, la que acaso lo atrae de 
una manera más efectiva. La banda y el orfeón apa- 
sionan al pueblo, que se asemeja en esto a otros pue- 
blos de montaña. Pero aquí, arrollando estos vuelos, 
impidiéndolos y como trayendo las almas a una no- 
ción árida, exacta, precisa, monótona de la vida, 
está la afición de las aficiones: el ejercicio nacional 
por excelencia: la pelota, con su perenne ruido seco 
sobre la piedra... 



A Miguel de Unamuno, a ese espíritu peregrino 
que en sus últimos versos se nos ha revelado de una 

222 



Obras Completas 

manera tan original, en la que hay por cierto mucho 
de este ascetismo de la montaña vasca, de que habla- 
ba yo hace un instante; a Unamuno, pedíle su opi- 
nión sobre el espíritu literario vasco, en días pasados. 
Y él me respondía: 

La producción literaria en vascuence o euskera, es 
pobre y de muy escaso valor, y más pobre la poesía. 
La imaginación del vasco ha estado durante siglos 
dormida. Nuestra vitalidad espiritual se ha desple- 
gado en la acción, y si hemos tenido Aquiles — yo 
creo que sí — , la falta de Homeros ha hecho que sean 
poco conocidos. Es difícil encontrar pueblo más po- 
bre en leyendas, cuentos, fantasías, etc.; su espíritu 
es pregurático. Sólo desde hace poco, y merced a 
choque más íntimo y fuerte con la cultura, se nos ha 
despertado la imaginación, y por cierto creo yo que 
con una frescura y brío notables. 

Contribuía a esa poquedad la índole de nuestra 
vieja lengua, pobre de conceptos transcendentales, 
embarazosa y de pesado manejo, una lengua inepta 
para expresar debidamente la complejidad espiritual 
del alma moderna. 



Yo creo, en efecto, que de aquí proviene la seque- 
dad de espíritu de la raza. 

Cuando un pueblo no tiene una lengua vasta, rica, 
eufónica, clara y difundida, debe arrojarla como un 
harapo inútil y buscar otra en que pueda vaciar su 
mentalidad. 

Si el vaso es pequeño y no se puede ensanchar, es 
fuerza beber en otro vaso; y aquí el otro vaso es la 
nobilísima y poderosa lengua castellana. En ella 
caben ciertamente todas las modalidades del alma 
euskera, y ella tiene todos los acentos para prestár- 
selos. Pero el vasco pretendió encerrarse en su len- 
gua (que, como dice muy bien Unamuno, ya no es 

625 



1 



m a d o N 



más que una curiosidad filológica) como en una to- 
rre. En ella quiso confinar su vida y su pensamien- 
to, de suerte que los achicó y empequeñeció sin ver 
que aquellos de sus más grandes hombres, los que 
habían llegado a imprimir su sello en toda el alma 
per insular, San Ignacio de Loyola, San Francisco 
Javier, el Canciller Pero López de Ayala, etcétera, 
empezaron por vaciar su pensamiento, su espíritu, 
en el molde castellano, y con guión castellano de ca- 
ridad, de ciencia o de conquista, impusieron al mun- 
do su obra. 

Nada hay más desazonado y nocivo que ese orgu- 
llo de una raza que, creyéndose o por su fuerza o 
por su belleza, o por su inteligencia superior a las 
que la rodean, levanta entre ellas y su pensamiento 
un almenaje inexpugnable, y se encierra deliberada 
y definitivamente en él. 

Y no hay almenaje más inexpugnable que el de la 
firme voluntad de confinarse en la inmovilidad an- 
cestral de un dialecto o idioma imperfecto. 

Este confinamiento es fatal para el porvenir. La 
raza se vuelve semejante a esos gentileshombres de 
campaña que, pretendiendo no tratar más que a 
gentes de su devoción, acaban por morir solos des- 
pués de haberse comido su última col y su última re- 
molacha. 

En mi concepto, no hay síntoma peor de la deca- 
dencia de un país que el apego orgulloso a su dialec- 
to y el desdén por el idioma dominador. 

El afán de valerse exclusivamente de ese dialecto 
o lengua imperfecta para pensar, mostrando así que 
no se necesita más amplitud de léxico, acaba por 
achicar el pensamiento. 

Es claro: cuando muchas cosas no pueden decirse 
en el dialecto que mamamos y nosotros estamos re- 
sueltos a no decirlas en otro, acabamos por retirarlas 
de la circulación. Y así vamos cada vez pensando 
con menos palabras: es decir, vamos pensando me- 

224 



II 



ó h r a 8 Completas 

nos. No hacemos a nuestra lengua del tamaño de 
nuestro espíritu que se ensancha: apretamos nues- 
tro espíritu hasta hacerlo del tamaño de nuestra 
lengua. 

A fin de no hallarnos en confiicto, nos resignamos 
a expresar sólo lo que nuestros padres expresaron, en 
la forma en que lo expresaron, y como esas locucio- 
nes, a fuerza de usarse, han perdido su virtud, aca- 
bamos por matar la expresión de las palabras y su 
alma misma, múltiple y misteriosa. 

Afortunadamente, Vasconia no está en este caso. 
Vasconia ha salido de sus torres almenadas. La pro- 
pia belleza de su suelo la salvó atrayéndole ese mo- 
vimiento incesante de turistas veraniegos, que ayu- 
daron a sacudir su alma bella, grave, huraña y orgu- 
llosa. 

Además de la vitalidad de que las tres provincias 
están hace años dando muestras, el suave prestigio 
del castellano-rey parece excitar a los cerebros a una 
mayor actividad lírica y a una mayor producción 
literaria, fuera ya de los grilletes vernáculos. 



Es muy poco lo que se conoce, sin embargo, de 
poesía vascongada, en vascuence, desde D'Echepare 
acá. 

Hay un canto muy renombrado en Vasconia, un 
canto clásico en la Lengua: el célebre canto de Alta- 
biscar; pero, a lo que parece, es apócrifo y se sabe 
su historia. 

Unamuno opina que en general son mejores los 
poetas vasco-franceses. ¿Será por la índole de su dia- 
lecto? Puede ser, pero acaso ha influido también su 
menor aislamiento, que permite corrientes más am- 
plias de ideas. 

Uno de los más acertados e inspirados poetas vas- 

ToMO XXII. 225 15 



Amado Ñervo 

eos — en concepto de Unamuno, el mejor — , J. B. Eli- 
zamburu, era vasco- francés y escribía en dialecto 
laborkano. 

Porque el vasco está descompuesto ei-» yo no sé 
cuántas formas dialectales, no sólo de una frontera a 
la otra, sino dentro de las fronteras mismas. 

Hay vasco-franceses un poquito distantes del Bi- 
dasoa, que con dificultad podrían cambiar algunas 
palabras con un guipuzcoano o un vizcaíno. Y hay 
asimismo guipuzcoanos que en Álava o en Vizcaya 
suelen encontrarse con que muchas palabras familia- 
res tienen distinto nombre. 

Pero volvamos a nuestros poetas. Hay una colec- 
ción llamada El Cancionero Vasco, de Manterola, en 
que puede seguirse fácilmente la palpitación de esta 
lírica, de mucho tiempo a la fecha. Allí está, en 
vascuence, pero con su traducción, acaso lo mejor de 
la obra de Elizamburu, en la que se hace muy espe- 
cialmente notar la poesía Veré Achea (mi casa), que 
es muy bella. 

Hay otro poeta, éste guipuzcoano, Izurta, del que 
se habla muy bien. A lo que parece, sus poesías en 
el original tienen no sé qué suave encanto, que pier- 
den por completo en la traducción. 

Un vizcaíno, Felipe Arrese, escribió una elegía 
que pronto se hizo célebre en las Provincias: «Ama 
euskeriari az ken agurrak», que quiere decir «Ulti- 
mo adiós a la madre éusquera». Esta elegía se en- 
cuentra en el cancionero citado y Unamuno me dice 
que es en su concepto la poesía vascongada de más 
brío y más conato, a trechos realmente inspiradísi- 
ma. El mismo ilustre amigo me recuerda aquel cura 
vasco-francés de que habla Michel en Le Pays basque 
y que, enfermo de tisis, escribió a su madre una 
despedida en que expresa, con muy delicado acierto, 
una honda emoción. 

De San Sebastián era el poeta Bilinch, llamado In- 
dalecio Bizcarrondo, que escribió algunas cosas deli- 



Obras Completas 

cadas. Su musa, en extremo popular, pecaba por esta 
circunstancia de poco culta. 

Podrían citarse otros nombres como los de Iturria- 
ga, Ensebio María Dolores Azcué, etc., pero ningu- 
no sobresale. 

Menéndez y Pelayo — me decía el ilustre Unamu- 
no — llamó a la poesía vascongada en castellano — y 
no sin cierta insidia — «honrada». Y yo dije en cierta 
ocasión que me proponía deshonrarla. La poesía vas- 
congada es nítida, escogida, demasiado terre á terre 
y con instintos didácticos. La fábula predomina y se 
busca en ella la moraleja, la intención didáctica. Cae 
en sermón fácilmente; todo eso del arte por el arte, 
nos repugna; el esteticismo no entra aquí. Para los 
grandes raptos líricos nos ahoga un ambiente moral 
en que se condena todo lo que es demostración de 
interioridades. 

Pregunté al maestro ünamuno si él no había cul- 
tivado alguna vez la poesía vascuence, y me respon- 
dió: — Hace años ya, siendo mozo, intentó escribir 
poesías en vascuence y hasta hice alguna — jamás 
publicada — ; pero aparte de que yo pienso en caste- 
llano, se me resistía la lengua. O la violentaba, ha- 
ciendo con ella lo que hacen los vascófilos o entusias- 
tas, o violentaba mi pensí^miento. El vascuence no 
es una lengua de cultura. Usted sabrá que yo he abo- 
gado por su desaparición. Conviene que desaparezca 
para que descubramos los vascos toda la hondura de 
nuestro espíritu. 

En concepto de ünamuno, en Vasconia no puede 
decirse que haya habido una cultura propia interna. 
Los grandes hombres surgidos en esta tierra cum- 
plieron su obra al servicio de la Corona de Castilla. 

El espejo poético del alma escocesa — sigue dicien- 
do ünamuno al que esto escribe — no es ningún poe- 
ta de la vieja lengua céltica que agoniza en los Mgh- 
land) es Burns, que cantó en un dialecto escocés de 
la lengua inglesa, en una manera de pronunciar los 

227 



Amado Ñervo 

escoceses la lengua de Shakespeare. Y aquí, la más 
genuina literatura vascongada hay que buscarla en 
castellano. 



En castellano, pues, busco yo esta genuina litera- 
tura vascongada, y la encuentro desde luego en un 
hombre fuerte, quizá el más fuerte, mentalmente, de 
la España nueva; en un hombre pletórico de ideas, 
con un poderoso sabor de originalidad, filósofo, sa- 
bio, poeta, de una austeridad, de una aspereza de es- 
píritu ignacíanas; en un hombre severo como el espí- 
ritu ascético de estas montañas, abundante en el pen- 
sar y vasto en el decir; que gusta mucho de codearse 
con el alto pensamiento sajón, y que desdeña las si- 
nuosidades, las retóricas y la índole mirona de la li- 
teratura francesa. ¡Y este hombre es el mismo Mi- 
guel de Unamuno! 

El es el hombre representativo en estos momentos 
de su raza. Su raza lo hizo esquivo, serio, frío, gra- 
ve y huraño. Su raza le puso en el alma misticismos 
que él modalizó y personalizó a su antojo. Su raza le 
hizo desdeñoso de formas y de ondulaciones vanas. 
Y después, en aquella alma grande entró el vasto es- 
píritu de Castilla, y el alma se dejó poseer, y supo 
ser luego más hondamente castellana que otras mu- 
chas. 

Así, pues, quien quiera estudiar el espíritu litera- 
rio o poético de los vascos, el alma vasca mostrándo- 
se a través de ese amplio cristal de nuestro idioma, 
que lea, no sólo los ejercicios de San Ignacio o las 
obras del canciller Pero López de Ayala: que lea y 
medite al hombre extraño y fuerte que se llama Mi- 
guel de Unamuno. 



228 




I 



XXVIII 

EL ESI UDIO DE LA LITERATURA EN EL 
BACHILLERATO FRANCÉS 



JÍl estudio de la literatura en el bachillerato fran- 
cés, es excesivamente laborioso y amplio, como to- 
dos saben. Me fijaré únicamente en uno de los ciclos, 
suponiendo que el candidato escoge el más simpático 
de todos: «Lotin-Langues.» 

Por lo que respecta a los idiomas, nuestro amigo 
elegirá dos, aparte del materno. De esos dos, deberá 
hablar uno correctamente, y en cuanto al otro, lo po- 
seerá en grado tal que conozca, siquiera sea sumaria- 
mente, su literatura. Esto es por lo menos lo que se 
exige en la práctica, además del latín. 

En cuanto a la lengua materna, al francés, el can- 
didato deberá poseerlo gramatical y literariamente. 

Por lo que ve a la literatura misma, el ciclo en 
cuestión comprende la latina, desde luego, aunque 
en la forma elemental en que la hemos estudiado 
nosotros los mexicanos, allá en los tiempos en que 
figuraba en los programas y en que se estudia aún en 
los seminarios. 

229 



A 7n a d o Ñervo 

Pero, ¿y la literatura francesa? ¿Bastará una bien 
ordenada crestomatía, uno de esos morceaux choisies 
que tanto abundan en las librerías parisienses? De 
ninguna manera. Se exige el conocimiento de toda la 
literatura francesa, desde la chanson de Rolando has- 
ta nuestros días, y ese nuestros días supone méme los 
poetas modernos y los escritores de la última horna- 
da, cuya labor merece considerarse. 

Y no se crea que una es la ley escrita y otra 
la práctica y que se puede salir del paso con estudios 
someros. Bastaría para convencer a los ilusos recor- 
dar lo que a un jovencillo amigo, recientemente, le 
preguntaron en su examen: desde luego la influencia 
española e italiana en la literatura francesa del si- 
glo XVII ; definición y explicación del conceptuosismo 
español y del concetismo italiano, si vale esta palabra. 
Fuentes españolas, además, de Gruillén de Castro 
en que bebió Corneille sus inspiraciones; sentimien- 
tos e ideas que campean en el Cid del mismo; análi- 
sis de la obra de Fenelón; tendencias políticas que se 
advierten en el Telémaco, relativas a la forma de go- 
bierno y que valieron al Cisne de Cambrai^ más que 
el quietismo^ el confinamiento a su región; prosa del 
Telémaco; cadencias y ritmos especiales que en ella 
se advierten; Malherbe y su obra, escritores y poe- 
tas del siglo XVIII. Pobreza de poetas en este siglo, 
razones por las que no puede considerarse a Voltair» 
como poeta; la obra de Andrés Chenier; Chateau- 
briand y su influencia en la estructura misma de la 
lengua francesa. Víctor Hugo. Los escritores y poe- 
tas actuales. 

Como se ve, no se trata, pues, de salir del paso. 
Cuando se ha dicho en los programas relativos que 
toda la literatura francesa, especialmente la del si- 
glo XVII, se ha hablado con sinceridad. El candidato 
deberá conocer toda la literatura francesa. 

Claro que hay infinidad de libros que se van mo- 
dificando conforme a los nuevos planes de estudios, 

230 



Obras C o m v I e t a s 

que se ajustan a ellos y que pretenden servir de guía 
a discípulos y maestios; pero, claro también que, no 
estando autorizado ni admitido ninguno, la elección 
tiene que ser un poquito difícil. Estos libros son, por 
lo general, de trozos escogidos, aunque algunos pre- 
tenden llenar el requisito de amplitud requerida y la 
necesidad de leer la obra completa que pregonan los 
sistemas modernos, con mil arbitrios. Quién elige 
varias de las mejores páginas de un autor y en se- 
guida reproduce una de sus obras, por entero, siste- 
ma que obliga a tomos voluminosos y a tipos de letra 
asesinos de la vista. Quién se contenta con un comen- 
tario preliminar sobre cada autor y algunos trozos 
escogidos del mismo; sistema inútil, porque no hay 
profesor que quiera atenerse a otros comentarios que 
los propios, así como no hay médico que halle buena 
la receta del colega; quién, por último, sólo reprodu- 
ce — eso sí, por entero — la obra maestra o una de las 
obras maestras de cada autor. 

Quizá este procedimiento es el preferible, aunque 
requiere también libros voluminosos. 

De todas suertes, fuera de las leyes o programas 
oficiales, no se puede decir que exista en Francia un 
guía fijo para el maestro, ni creo que se haya logra- 
do ese sello de unificación que tanto buscan los mo- 
dernos en la enseñanza, sobre todo en lo que atañe 
al juicio que el alumno debe formarse de cada autor. 
Aquí hay una amplitud enorme, dentro de la que 
caben así el criterio del abate, preparación de jóve- 
nes ricos, como el profesor radical, de las extremas 
izquierdas escolares. 



¿Es, por lo demás, criticable la amplitud del pro- 
grama francés? Yo creo que no. En la práctica se ve 
que, a pesar de ese enorme recargo de materias de 

251 



Amado Ñervo 

que adolecen por lo general los programas latinos y 
de los inconvenientes que tiene para las comprensio- 
nes claras, metálicas y las retentivas permanentes, 
quizá por la belleza misma del campo ese que se es- 
piga, el discípulo espiga con entusiasmo y, en efec- 
to, cuando se gradúa de bachiller conoce el tesoro 
total de la admirable literatura de su patria, así las 
sorprendentes pinturas humanas de Lafontaine, , 
como las epístolas maestras de madame de Sevignó, 
espejo da la prosa francesa; así las hondas observa- 
ciones sobre los hombres de su tiempo, de la Bruyé- 
re, como la filosofía histórica de Montesquieu; así las 
prosas espléndidas de Voltaire, de Chateaubriand, 
de Michelet, como la poesía eterna de Vigny, de 
Hugo, de Musset, de Lamartine y de los grandes 
modernos. 

En la primera enseñanza, los profesores han sido 
avaros de literatura antigua, y con razón, porque el 
niño tropieza penosamente con los arcaísmos, con la 
infinidad de giros que han caído en desuso o que ya 
no expresan lo que expresaban antaño; mas ahora, 
que se trata de jóvenes de diez y seis a diez y nueve 
años, por lo general, los programas de enseñanza 
abren a estas mentalidades más poderosas ya, más 
amplias y más lozanas, de par en par las puertas del 
santuario en que esplenden la poesía y la literatura 
francesa de otros tiempos. 

Y así desfilan, engolosinando los espíritus: las pas- 
torales estancias de un Thibaut de Champagne; los 
claros e ingenuos relatos del sire de Joinville, en 
que tan ideal surge la figura de Luis el santo; las 
crónicas palpitantes de interés de los rondeles ele- 
gantes de Charles d'Orleans; las delicadas ironías o 
suaves sentimentalismos de Villon; y luego toda la 
opulencia del siglo xvi: Marot, Ronsard, Bellay, Be- 
llear, Montaigne, Malherbe, Eacan, para entrar por 
fin a la maravilla del siglo xvii, rey de la poesía, y 
del siglo xviii, rey de la gran prosa de Francia. 

252 



o b 



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p i 



a s 



Así, pues, el recargo literario del bachillerato 
francés, pedagógicamente discutible, está de sobra 
compensado por la magnificencia del caudal mismo 
de prosa y poesía inapreciables que se le ofrece libe- 
ralmente al alumno, y que produce en su alma juve- 
nil y generosa un noble deslumbramiento. 




2d9 



XXIX 

LA MUJER Y LA LITERATURA ESPAÑOLA 
CONTEMPORÁNEA 



LJna de las características de la mentalidad feme- 
nina en España es el desvío por las bellas letras, y 
con más razón aún por los estudios serios. Reina en 
este punto el mismo criterio que reinaba en Francia 
a principios del siglo. La mujer que escribe descien- 
de en cierto modo de su nivel social y se vuelve casi 
piedra de escándalo para tales y cuales espíritus ti- 
moratos. Un articulista francés refería en días pasa- 
dos las dificultades con que, debido a este criterio, 
luchó en otro tiempo cierta escritora compatriota 
suya, célebre en la actualidad. Su madre, una buena 
burguesa, se asustó cuando la joven le hubo mani- 
festado sus deseos de dedicarse a la carrera de las 
letras: 

— ¡Cómo, hija mía!— exclamó la buena señora — . 
¡Eso es imposible! 

— ¿Y por qué? 

— Pero... ¿vas acaso a disfrazarte de hombre? 
¿Vas a fumar cigarrillos? 

En efecto, para las honradas señoras francesas de 
antaño, una escritora tenía que ser a la fuerza por el 
estilo de Jorge Sand, según le representaban las 

254 



Obras Completas 

ilustraciones populares. Es decir, con un fez, un 
pantalón de húsar y una amplia blusa, y fumando ci- 
garrillos. 

En España, ninguna señora de la buena sociedad 
se asustaría por lo de los cigarrillos: todas los fuman. 
Pero por lo que ve a la literatura, pocas partidarias 
o ninguna habría de encontrar en la aristocracia. 

Hay, sin embargo, una dama española, nacida en 
las gradas de un trono, que escribe: la Infanta doña 
Paz, y de la Eeina Victoria se afirma también que 
tiene talentos literarios. Sólo que estos altos ejem- 
plos no cunden por ahora en las clases pudientes. ¿A 
qué se debe? Yo creo que a la futilidad, a la agita- 
ción, al atolondramiento de la vida moderna, en la 
crema de los círculos sociales. La literatura, que tan 
de moda estuvo en el reinado de don Alfonso XII, 
ya no lo está. 

Traído por Cánovas a raíz de todas las veleidades 
revolucionarias y de la üepública, este Eey quiso 
ante todo hacerse simpático, dominar la opinión, y 
uno de sus más felices arbitrios fué mimar a los es- 
critores célebres. 

No era raro en aquella sazón que un poeta o un no- 
velista se sentasen a la mesa real y acompañasen al 
monarca a excursiones de placer. 

Naturalmente, la literatura, merced al regio padri- 
no, se coló de nuevo por los salones, y hubo muchas 
duquesas que escribieron versos. 

El espíritu sopla ahora de otro lado; el automóvil 
hace demasiado ruido para dejar oir el suave rumor 
de unos versos. Por otra parte, no hay tiempo de leer 
para esa gente que vive encendida en fiebre de mo- 
vimiento, divagada y ansiosa, y como no se lee, no 
se escribe. 

Pero, diréis, las mujeres de la clase media sí po- 
drían escribir. ¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no 
imitan a las francesas? 

En efecto, en este punto el contraste entre Fran- 

235 



Amado Ñervo 

cia y España no puede ser más grande. En Francia, 
donde según los datos publicados recientemente por 
una publicación popular, habría hace veinte años mil 
escritoras, hay en la actualidad nada menos que cin- 
co mil, entre las cuales se cuentan una Daniel Le- 
sueur, una Judith Gautier, una madame Delaune 
Mardrus, una condesa de Noailles, una Gip, una ma- 
dame Catulle Mendes y una madame Fernand Qregh. 

En España, casi tenemos que reducirnos a citar un 
solo nombre: el nombre estimabilísimo de doña Emi- 
lia Pardo Bazán. 

Hemos dicho casi, porque es claro que citaremos 
algunos más; pero dejando el primero solo y ¡aparte, a 
fin de no amenguar los otros con comparaciones. 

¿Debe por ventura atribuirse este desvío al fervor 
religioso? No por cierto; ya que un alto ascetismo no 
impidió, ni a Santa Teresa de Jesús, ni a la venera- 
ble madre María de Jesús de Agreda, escribir cosas 
tan admirables como las que escribieron. 

Y vaya si fué piadosa también doña Concepción 
Arenal, lo cual no le estorbó tampoco, por cierto, 
para señalarse tan brillantemente con sus prosas, con 
sus versos, con la alteza de su estilo y de sus pensa- 
mientos. 

Piadosa, sí, y no sólo de palabra, sino de acción. 
No contenta con llevar a cabo innumerables obras de 
caridad, fundó un periódico, destinado especialmen- 
te a facilitar y multiplicar estas obras, y llevada de 
un espíritu cristiano, tan fervoroso como heroico, 
llegó hasta a ponerse al frente de las ambulancias 
del Norte, en la segunda guerra carlista. 

Más aún: la obra por excelencia de su pluma es El 
visitador del pobre; es decir, una obra de piedad y de 
amor. 

Quizá hay que asignar dos orígenes a la escasez de 
labor literaria en las mujeres españolas: 

Primero, la oposición sistemática de los hombres. 

Segundo, el hecho de que en España, como en 

236 



Obras Completas 

Hispano América, la Literatura no sea todavía un 
metier productivo como lo es en Inglaterra y en Es- 
tados Unidos; como empieza a serlo en Francia. 

Examinemos cada uno de estos dos capítulos: 

Es un hecho, con respecto al primero, que el hom- 
bre de nuestra raza no cree, sino a medias, en el ta- 
lento de la mujer. Sigue considerándola como un ser 
medularmente inferior, y juzga, por lo tanto, que en 
este camino de la Literatura ha de ganar poco y ha 
de perder mucho. 

Ni aun los franceses logran desembarazarse del 
prejuicio de inferioridad intelectual femenina, por lo 
cual no es raro que espíritus tan amplios y libres 
como el de Emile Paguet escriban: 

«Las inglesas y las americanas han trazado desde 
hace mucho tiempo el camino a las francesas. La mu- 
jer, además, es por excelencia educadora; tiene apti- 
tud para llenar todas las funciones sedentarias, y la 
ensoñación debe conducirla fatalmente a la Literatu- 
ra. Añadid a esto que en nuestro tiempo las mujeres 
han abordado todas las carreras. La de escritor pare- 
ce fácil; no exige, en apariencia, ni aprendizaje ni 
gastos. Con algunos centavos de papel, una pluma y 
tinta, todos pueden esperar la conquista de la fortu- 
na y de la .o-loria; las mujeres han logrado frecuente- 
mente una y otra, porque si es raro que tengan ingenio^ 
frecuentemente tienen talento.» 

Como ven ustedes, apunta aquí la más fina ironía 
del maestro, cuyo desdén protector por las escritoras 
se acusa demasiado. 

El español — como el hispanoamericano — es más 
rudo y sumario que Faguet para sus juicios, y en 
vez de revestir su desdén con circunloquios, suele re- 
partirlo con harta franqueza entre las mujeres que 
escriben. 

Bastaría acaso para no multiplicar citas, recordar 
los ataques de que ha sido objeto doña Emilia Pardo 
Bazán. Se diría que su talento, completamente mas- 

2d7 



Amado Ñervo 

culino, humilla a los hombres, sobre todo a aquellos 
a quienes, a pesar de su sexo dominador, no les ha 
sido dada ni la excelencia en el pensar ni la excelen- 
cia en la expresión. 

No es extrañó ni mucho menos que esta mujer, 
acosada y combatida, en cuyo talento tanto trabajo 
ha costado creer a los escritores, se haya vuelto hos- 
ca y se haya encerrado en su excesivo orgullo como 
en una fortaleza. 



La segunda razón del desvío de la mujer española 
por la Literatura, decíamos que radicaba en el hecho 
de que aquí, como en Hispano América, escribir no 
es aún un metier productivo, como lo es en Inglate- 
rra y en Estados Unidos y como empieza a serlo en 
Francia. 

En los dos primeros países citados, el número de 
escritoras se llama legión. Los hombres, día a día, 
abandonan a sus colegas con faldas el arte de nove- 
lar. Casi todas las obras de imaginación son escritas 
por mujeres. Los escritores se dedican preferente- 
mente a la Sociología, a la Economía política, al es- 
tudio de los grandes problemas modernos. 

En cuanto a los productos de esta labor mental, no 
pueden ser más halagadores para las mujeres. Tanto 
en Inglaterra como en los Estados Unidos las nove- 
las femeninas se venden por centenares de miles, y 
hay innumerables damas que, escribiendo, se ganan 
decorosamente su vida. 

Por lo que respecta a Francia, ya decíamos al prin- 
cipio que, de mil mujeres que escribían hace veinte 
años, el número de las que escriben asciende en la 
actualidad a cinco mil. 

Hay, sin embargo, pesimistas que juzgan que es- 
cribir es mal oficio: Coppée, entre ellos, que, inte- 

238 



Obras Completas 

rrogado acerca de lo que pensaba de sus colegas 
femeninos, escribió: 

«Les ha llegado a ellas también su vez de enfer- 
marse de este mal del siglo: escribir. Yo soy de la 
Academia desde hace veinte años; el número de li- 
bros que se nos envían se ha decuplado. El resultado 
de esta plétora no se ha hecho, por cierto, esperar. 
Por un fenómeno que puede parecer peregrino, pero 
que, sin embargo, era fácil de prever, los lectores 
han disminuido a medida que los escritores producen 
más. La Literatura, que en otro tiempo era un arte, 
se ha vuelto un oficio, un mal oficio, j quizá por esta 
sola razón me admiro de que se dediquen a él las 
mujeres, que, en general, son más prácticas que los 
hombres.» 

No ha de ser empero un oficio tan malo — digo yo — 
cuando, lejos de desengañarse y desertar, el número 
de escritoras aumenta cada día. Por su parte, el ar- 
ticulista que citaba al principio es de mi opinión, 
pues comentando a Coppée, dice: 

«¿Un mal oficio? Eso es discutible. Hay numero- 
sos casos, que por delicadeza no precisamos aquí, en 
que una mujer abrumada por trágicos reveses de 
fortuna, ha encontrado en las letras, no sólo un con- 
suelo, sino también una manera de ganar el pan 
muy honorable. 

«Algunas de nuestras novelistas, sobre todo las que 
escriben novelas de enredo, colocan fácilmente su 
original para los folletines y ganan hasta ochenta 
mil francos por año. Otras llegan más modestamente 
a diez mil francos anuales, lo que constituye, si no 
la riqueza, cuando menos un modesto pasar. Hay 
también quienes se quedan en la miseria, frecuente- 
mente por falta de trabajo; algunas veces por falta 
de talento. La prevención del público contra los li- 
bros firmados por nombres femeninos es cada día 
menor, aunque no ha desaparecido totalmente. Este 
prejuicio es el que constreñía a Jorge Sand y ha 

259 



Amado N e r v » 

compelido a Daniel Lesueur a adoptar seudónimos 
masculinos. Muchos libros dicen todavía, hoy por 
hoy, que las mujeres, que son las principales, por no 
decir las únicas lectoras de obras de imaginación, no 
gustan de las obras firmadas por gentes de su sexo, 
quizá por un oculto sentimiento de celos; quizá tam- 
bién porque les parece menos interesante conocer el 
pensamiento de sus congéneres.» 



Quedamos, pues, en que en Francia escribir no es 
mal oficio. 

Pero ¿y en España? 

Yo recuerdo que en cierta ocasión Rubén Darío, 
en su nombre y en el mío, escribió a doña Emilia 
Pardo Bazán, pidiéndole que propusiese nuestra co- 
laboración en un periódico en el que ella escribía. 

Doña Emilia respondióle que no valía la pena de 
intentarse; que «era tan poco lo que a ella le paga- 
ban, que le daba vergüenza confesarlo>. 

Esto acontecía allá por el año 1901; de entonces 
acá las circunstancias se han modificado apenas; la 
colaboración, así sea de maestros, se paga harto mal 
en España, aunque nunca tan mal como en nuestro 
Méjico, y la propia doña Emilia, que es una hormi- 
ga intelectual, que produce enormemente, no debe 
por cierto abundosa pitanza a su pluma. 

El autor que más gana en España es don Benito 
Pérez Galdós, y él mismo ha confesado no hace mu- 
cho a un joven amigo suyo, que no podía aún soñar 
en vivir una vida tranquila de los productos de su 
labor realizada, con ser ésta y todo, tan sustancial y 
abundosa. Y cuenta que don Benito sabe de núme- 
ros y, como Shakespeare y como Víctor Hugo, ad- 
ministra hábilmente sus libros. 

He aquí, pues, explicado, mejor que por otras razo- 
nes, por estas dos examinadas, el desvío de la mujer 

240 



Obras Completas 

española por la Literatura, que si, además de ser oficio 
fácil, le fuera productivo, tentaríala sin duda alguna. 

En Inglaterra una gran cantidad de mujeres se 
dedicó a escribir novelas porque vio en ese expedien- 
te una manera honrosa de vivir. 

«Desde hace tiempo — dice el articulista citado al 
principio de estas líneas — la situación, en este senti- 
do, es neta y clara para las mujeres inglesas, quienes 
después de haber escrito en un principio, como está 
pasando en Francia, obras psicológicas encantadoras, 
se han deslizado de la novela puramente novelesca 
hacia las obras de documentación histórica. 

«En cuanto a los americanos, quieren que la lite- 
ratura sea el privil^egio de la mujer y que los hom- 
bres se reserven el arte militar, las exploraciones, 
las finanzas, etc. De cuarenta volúmenes que apare- 
cen en América, treinta son obras de mujeres. Mark 
Twain, hablando recientemente de este estado de 
cosas, afirmaba que un escritor masculino desperta- 
ría muy pronto en Estados Unidos el mismo estupor 
que un caballero que hiciese bordados o tapicería.» 



No obstante lo apuntado, podría yo citar algunas 
damas españolas cuya labor, precisamente por ingra- 
ta y mal comprendida, es más meritoria y que hon- 
ran a su sexo y a su patria. 

Mencionaré primero, haciendo abstracción, por 
harto conocida y citada, de doña Emilia Pardo I3a- 
zán, a doña Blanca de los Eíos de Lampérez. Esta 
señora se ha dedicado con mucho fruto a las investi- 
gaciones históricas, que tanto privan en España, y 
con especialidad ha desenterrado numerosos datos y 
documentos relativos a la vida y obras del maestro 
Tirso de Molina, cuya ilustre y simpática figura, 
gracias a su pluma, ha adquirido un relieve más ex- 
traordinario aún. 



Tomo XXII. Uí 



16 



Amado Ñervo 

También a la literatura histórica se ha dedicado 
doña Magdalena S. Fuentes y acaba justamente de 
escribir un estudio, si breve, lleno en cambio de 
erudición y de amenidad, sobre La Mujer en el Tea- 
tro de Rojas y en el que hay síntesis tan bien logra- 
das como la que contienen estos párrafos: 

«Las mujeres de las obras de Rojas son más admi- 
rables por la filigrana del cincelado que por la origi- 
nalidad de los caracteres, más populares por su calor 
humano que por su arrogante pujanza. Las protago- 
nistas de Donde hay agravios no hay celos ^ de Don 
Lúeas del Cigarral^ á^Amo y criado, son figuras re- 
petidas hasta la saciedad en la dramática de enton- 
ces; pero que en las comedias del insigne dramático 
toledano se hallan como depuradas de muchos de 
los defectos inherentes al tipo, tal vez por una crí- 
tica certera realizada sobre las obras de los drama- 
turgos anteriores, tal vez por la suavidad de mode- 
lado y la irradiación de vida que Rojas supo prestar 
a sus figuras femeniles.» 

«Las heroínas de su teatro corresponden a los tipos 
generales de las comedias de la época; discretas y 
sagacísimas damas, que, bajo el velo del disimulo, 
tan favorable a equívocos e intrigas como el clásico 
manto de las tapadas, insinúan intencionadamente 
sus deseos; solteronas ridiculas, vanas y quisquillo- 
sas; criadas traviesas, interesadas y ladinas; labra- 
doras cultas e integérrimas; mujeres, en fin, tales 
como tenían que producirlas los convencionalismos, 
el ambiente de hipocresía y los resabios pagano- 
escolásticos de la poesía, de la educación y de la cul- 
tura.» 

Citaré, después de la señora Fuentes, a la señora 
Carmen de Burgos Seguí. Esta dama ejerce en sus 
escritos una especie de apostolado feminista y escribe 
en los diarios, en el Heraldo sobre todo, del cual es 
corresponsal, actualidades de un estilo fácil y agra- 
dable. Ha publicado, además, novelas y cuentos. 

242 



Obras Completas 

Asimismo mencionaré a la señora Pilar Contreras 
de Rodríguez, quien ha dado a luz en estos días un 
tomo de versos, intitulado Entre mis muros. Tiene 
esta señora analogía con nuestra poetisa doña Esther 
Tapia de Castellanos, y suele acertar como ella en la 
expresión de los afectos y sentimientos de la familia 
y del hogar. 

Sofía Oasanova, otra dama española, dedícase a la 
novela y acaba de publicar asimismo una obrita, Lo 
Eterno, que es muy apreciable como ensayo y que ha 
merecido a un crítico muy escuchado conceptos como 
los siguientes: 

«Trata Lo Eterno un tema bastante repetido en la 
novela española y extranjera: el amor profano de un 
clérigo. Es un asunto genuinamente romántico en 
cuanto dramatiza el amor, dándole el atractivo de lo 
pecaminoso y convirtiéndole a la par en una fuerza 
trágica que se erige en destino de una vida. Pero la 
señora Casanova trata este asunto algo escabroso con 
todos los miramientos posibles. El eclesiástico de su 
historia no llega a caer en el pecado material de im- 
pureza. Peca con la intención y la fantasía, mas en 
el terreno de los hechos, su pecado se reduce a estor- 
bar con una perfidia los amores de la mujer que le 
ha inspirado sentimientos mundanos con otro hom- 
bre. En realidad, no se diferencia mucho la sus- 
tancia de esta narración de lo que ocurre en las vidas 
de los santos. Se trata sencillamente de una tenta- 
ción, como las muchas que refieren los hagiógrafos, 
y como el eclesiástico de Lo Eterno se arrepiente y 
acaba por ser un misionero ejemplar que da testimo- 
nio de la fe, creo yo que con algunos retoques de 
forma, Lo Eteimo podría figurar sin inconveniente 
hasta en un santoral moderno. Acaso porque vivi- 
mos en una época de poca fe, ésta se ha vuelto más 
recelosa y desconfiada y no tolera ya lo que forma 
uno de los grandes motivos y uno de los más frecuen- 
tes temas de la literatura hagiográfica. 

245 



Amado Ñervo 

Más reparos que desde el punto de vista moral se 
pueden poner a la novelita de la señora Casanova 
desde el punto de vista literario, que es un punto de 
vista profano. Aparte de que estas tragedias íntimas 
de la tentación han perdido mucha fuerza en el am- 
biente de moralidad de las sociedades modernas, en- 
cuentro que la novela de Sofía Casanova es una no- 
vela más pensada que sentida y vista plásticamente. 
Es una novela sin carne, concebida intelectualmente; 
escrita en suelto y elegante lenguaje, pero que no 
nos da una emoción intensa de realidad. Tal vez el 
asunto contribuye a ello. Acaso es muy difícil para 
la fantasía moderna trasladarse al estado de alma 
que supone la tentación y vivirlo con intensidad para 
reproducirlo en una fábula. El hecho es que entre los 
escritores que han tratado el mismo asunto que pre- 
senta la señora Casanova, son pocos los que han 
acertado a darle una profunda intensidad de senti- 
miento humano, como Galdós en Torinento, o una 
elevada idealidad simbólica, como Zola en La faute 
de Vábbé Mouret. » 

En Andalucía escribe lindos versos, y reciente- 
mente ha salido a luz un tomo de ellos, fresco y olo- 
roso, Pepita Vidal, que singulariza en España el 
caso tan común en nuestra América española, de mu- 
chachas como María Enriqueta, como Dulce María 
Borrero, como Carlota Wathes, cultivadoras hábiles 
y graciosas de las nobles letras. 

Podría citar aún a María de Atocha Ossorio y G-a- 
llardo, a doña Concepción Jimeno de Flaquer, tan 
conocida entre nosotros, y a algunas más; muy po- 
cas confirman juntamente la regla de este asenderea- 
do desvío de la mujer española por la literatura. 
Pero mi informe va extendiéndose más de la cuenta 
y por ahora pongo punto a mis disquisiciones. 



244 




XXX 

LOS CLÁSICOS PARA TODOS 



JL/A casa editora madrileña de Perlado, Páez y Com- 
pañía, acaba de publicar un libro clásico de alto me- 
recimiento, La Celestina, Tragicomedia de Calisto y 
Melibea. Texto de veintiún actos, según la edición 
de Valencia, 1514, comparado con el primitivo de 
diez y seis, según las de Burgos, 1499, y Sevilla, 
1901. Con un apéndice: el auto de Traso. 

De seguro nada tiene de particular la reaparición 
de un libro clásico. Todos los principales se reeditan 
periódicamente en bibliotecas que siempre obtienen 
el favor de cierto público. No me referiría, pues, a 
la Celestina, de Fernando de Eojas, si no estableciese 
un precedente por todos conceptos recomendable: el 
de que aparezcan en ediciones baratas los textos cé- 
lebres corregidos con esmero. Este lo está por el ca- 
tedrático de la Universidad Central don Cayo Ortega 
Mayor, quien, dice un bibliófilo, además de notar las 
más notables variantes que se observan en las prime- 
ras ediciones de la inmortal tragicomedia, la ha ilus- 
trado con un breve e interesante prólogo, donde se 
contienen en resumen los principales datos conocidos 

245 



Amado Ñervo 

aceíca del autor de la Celestina y de la obra misma, 
y se discuten con razones muy atinadas los proble- 
mas críticos que ha suscitado el famoso libro de Fer- 
nando de Rojas. 

La casa de Perlado Páez es la editora de la cono- 
cidísima y popularísima «Biblioteca Universal», que 
comenzó con M romancero del Gid^ del cual se han 
hecho ya ocho ediciones. 

En esa biblioteca, que todos conocemos, figuraba 
ya por cierto La Celestina^ a que ahora vengo refi- 
riéndome, y asimismo han sido publicados Fray Luis 
de León y San Juan de la Cruz, Cervantes, Tirso de 
Molina, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Santa 
Teresa, el LazaHllo de Tormes, etc., etc.; pero aun- 
que tales tomitos, lejos de ser despreciables, han 
sido de una gran utilidad para difundir el cono- 
cimiento y el amor de las letras clásicas, se trata 
simplemente de obras fragmentarias, que no se han 
cotejado con todo el esmero deseable y que no se 
destinan a una biblioteca seria; mientras que la 
nueva edición de La Celestina sí viene ahora co- 
rregida y depurada con escrúpulo de bibliófilo, y si 
por su precio está al alcance de todas las fortunas, 
por su valer puede compararse a las grandes edi- 
ciones de autores castellanos destinadas a los eru- 
ditos. 

Ya antes de Perlado Páez y Compañía, un joven 
literato español había editado un coqueto e inte- 
resante facsímil, La hija de Celestina^ de Salas Bar- 
badillo, y su empeño me pareció a mí digno de todo 
aplauso. Proponíase dicho escritor que este tomo fue- 
se el primero de una nueva biblioteca clásica, econó- 
mica, cuidada y correcta; pero no tuvo éxito su in- 
tento, o él careció del entusiasmo suficiente para lle- 
var a cabo su obra, y La hija de Celestina constituyó 
el primero y único tomo de la colección, 

¿Acontecerá lo mismo con La Celestina^ de Rojas? 
I Cuánto lo lamentaríamos! 

2i6 



Obras Completas 

Nosotros encontramos, en efecto, que estas edicio- 
nes baratas de los clásicos son eminentemente ins- 
tructivas. 

En los momentos en que cae sobre España y sobre 
América una verdadera andanada de traducciones 
francesas, la difusión del poderoso, hondo y sereno 
espíritu clásico entre las masas sería de una utilidad 
inmensa. 

Y no es que me queje de la difusión de la cultura 
francesa en España. Dios me libre y guarde de 
ello. Me quejo del insoportable galimatías de las tra- 
ducciones actuales. 

Empecemos porque se trata de folletines de enre- 
do, generalmente insignificantes, de los cuales se 
echa mano sin discernimiento, y añadamos que las 
traducciones no pueden ser peores. Como que el fin 
que se persigue, sobre todo, es producir novela bara- 
ta: ¡a treinta céntimos el tomo, con ilustraciones!, 
claro que no se andan por las ramas los editores en 
lo de la elección. Hay que advertir, además, que 
esas publicaciones son semanales y que, por tanto, 
urgen muchos autores, y no es el caso de seleccio- 
narlos. 

Allá van en montón los grandes y los pequeños, 
los buenos y los malos. Sólo en una cosa se parecen 
todos: en lo mal traducidos. La pésima traducción 
identifica a Balzac con Graboriau. Es preciso, para 
que -^^ales bibliotecas tengan cuenta, que el original 
no cueste nada. De aquí que no se eche mano jamás 
de literatos españoles. Estos, que abundan en cali- 
dad y cantidad, podrían escribir novelas agradables, 
interesantes, sabrosas. No es el ingenio lo que esca- 
sea, por cierto, en la coronada villa. Pero por más 
que la mayor parte de los escritores jóvenes hayan 
hecho voto de pobreza, es natural que pongan un 
precio a sus producciones, y este precio, por modes- 
to que sea, parece excesivo a los editores. 

Así, pues, salvo una biblioteca, la de El Cuento 

S47 



A m a d o Ñervo 

Semanal^ que publica todos los viernes una novela 
inédita de autor conocido o desconocido, todas las ji 
demás echan mano de traductores de ínfima cuantía, 
a los cuales sólo dos cosas se exige: que vayan apri- 
sa y que cobren poco, a lo que ellos de buen grado se 
comprometen. Con tales antecedentes ya se compren- 
derá el aguacero de galiparla que cae sobre la noble 
lengua castellana. 

Mientras que las bibliotecas clásicas ^an reeditán- 
dose con majestuosa lentitud y a precios excesivos; 
mientras que la producción moderna española se im- 
prime a duras penas y en ediciones reducidas, los 
folletines franceses, ingleses e italianos aparecen a 
montanadas por todas partes, mostrando el abigarra- 
miento de sus llamativas carátulas. 



¡Cómo no alegrarse, por tanto, de que, de cuando 
en cuando, una Celestina , de Rojas, expurgada y co- 
rregida con escrúpulo y amor de bibliófilo, aparezca 
a precio bajo en el mercado! Y ¡cómo no desear que 
cunda el ejemplo y que los .editores echen mano para 
sus bibliotecas populares del inagotable tesoro de 
la Literatura clásica española! Que el público no la 
saborea, que resulta indigesta, es falso. Basta ver 
cómo se agotan los pequeños tomos de la «Biblioteca 
Universal», a que me refería al principio. 

Hay, por otra parte, innumerables novelas espa- 
ñolas de una ligereza, de una gracia, de una picar- 
día difícilmente superables por los modernos y que 
serían aún leídas con deleite, ya que el gran público 
no las conoce. 

Es su precio el que las pone fuera del alcance del 
pueblo, que sigue siendo castizo por excelencia. 
Fuerza es, pues, alabar y estimular a quienes, a se- 
mejanza de los franceses, de los ingleses y de los ita- 

248 



Obras Completas 

líanos, procuran popularizar a nuestros clásicos, 
cuya frecuentación haría más por la cultura del pue- 
blo que muchas conferencias y muchas prédicas. 



Y quien dice nuestros clásicos^ puede también decir 
nuestros grandes autores modernos. 

Para estos últimos, la difusión es más homogénea; 
con el título de Oro viejo ^ por ejemplo, se empezó a 
imprimir hace poco más de un año una biblioteca, 
en cada uno de cuyos tomos campea, sobre papel 
rojo un medallón dorado con el perfil de algún lite- 
rato célebre. En esa biblioteca, que es económica, 
pues vale cada tomo una peseta, se ha pasado ya re- 
vista a buena variedad de autores, desde don Ramón 
de la Cruz hasta don Juan Valera, publicándose casi 
siempre con acierto algunas de las mejores páginas 
por ellos escritas. 

El público, lejos de mostrarse esquivo con los edi- 
tores, los ha alentado, comprobando lo que antes ex- 
presaba yo de su castizo interés por las buenas lec- 
turas. 

El teatro, por su parte, contribuye a comprobar mi 
aserto. No se da el caso de que a la interpretación de 
una pieza clásica no acuda en masa el público. María 
Gruerrero pudo comprobarlo de sobra. Y no se diga 
que era la pompa de los trajes y la propiedad de la 
mise en scéne lo que atraía espectadores, porque es aún 
frecuente que en el salón de la Comedia y en el de la 
Princesa se dediquen algunas veladas por año a las 
obras del teatro antiguo, entre las cuales figuran mu- 
cho en los carteles El Alcalde de Zalamea, Don Gil de 
las Calzas Verdes y La Verdad Sospechosa^ así como 
algunos arreglos de Shakespeare, entre otros La fie- 
recilla domada] y aunque la escena ni los trajes pue- 
den llamarse lujosos, sino más bien modestos, el en- 
tusiasmo de los concurrentes no decae un punto. 

249 



Amado Ñervo 

Debemos, pues, convenir: primero, en que de las 
grandes creaciones del clasicismo español, teatrales 
o novelescas, se desprenden todavía un encanto, una 
gracia, un interés difíciles de sustituir; segundo, en 
que el ingenio que rezuman las comedias de un Tir- 
so o de un Alarcón, nada ha perdido aún de sus qui- 
lates, y tercero, en que, salvo tales o cuales parla- 
mentos y digresiones hijos del espíritu de la época y 
de fácil supresión o arreglo, lo ágil, lo fino, lo ingrá- 
vido del espíritu, del diálogo, del retruécano, de la 
imagen, que campean en esas piezas, las hacen com- 
petir briosa y triunfalmente con innumerables come- 
dias modernas, al grado de que el público actual, un 
poco escamado del teatro de última hora que le sir- 
ven tantos autores zonzos o verdes, estaría dispues- 
to, como el Aladino de La Lámpara Maravillosa^ a 
cambiar lámparas nuevas por lámparas viejas. 




360 



XXXI 

EL PRESUPUESTO ESPAÑOL DE INSTRUC- 
CIÓN PÚBLICA. ~ PENSIONES EN EL EX- 
TRANJERO.— CREACIÓN DE ESCUELAS 



JlLl asunto culminante del mes, en materia de Ins- 
trucción pública, ha sido la discusión del Presupues- 
to del ramo, la cual ha dado lugar a numerosos inci- 
dentes, tanto en el Congreso como en el Senado, 
hasta el momento de su aprobación. 

Lo reñido de los debates, el calor con que conser- 
vadores, liberales y republicanos han razonado y de- 
fendido las ampliaciones o reformas que insistente- 
mente sugerían, muestra que España empieza a pre- 
ocuparse seriamente de este gran problema, el más 
importante de todos. 

Uno de los puntos discutidos ha sido el de las pen- 
siones en el extranjero. En las campañas iniciadas 
por las minorías acerca del presupuesto, se ha pre- 
tendido nada menos que se destine un aumento de 
cinco millones para toda clase de pensionados en el 
extranjero y para algunas escuelas. 

La moción provino del ilustre diputado don Mel- 
quíades Alvarez, catedrático de la Universidad de 
Oviedo, quien exclamaba: 

«Esos cinco millones son necesarios para crear 
251 



Amado N e r v o 

pensiones en el extranjero y para construir escuelas, 
creando al efecto juntas de hombres competentes que 
se encarguen de organizar perfectamente estos ser- 
vicios y de emplear a conciencia ese dinero.» 

La pretensión, empero, no tuvo éxito, acaso por- 
que los prohombres del partido liberal no la apoya- 
ron debidamente. En efecto, el señor Moret manifes- 
tó que «aunque el presupuesto no correspondía en su 
concepto a las necesidades modernas, la modificación 
no podía pedirse ni en la forma ni en la cantidad que 
pretendía el diputado republicano. 

Otros personajes liberales calificaron la petición de 
cinco millones de extemporánea, afirmando que no 
era posible pedir así, de primas a primeras, una 
cantidad relativamente excesiva, sin haber prefija- 
do su empleo y sin tener formado un plan detallado 
para saber siquiera en lo que se iba a gastar ese 
dinero. 

El ministro de Instrucción Pública, señor Rodrí- 
guez San Pedro, se ha mantenido por su parte infle- 
xible ante las instancias de las oposiciones y en su 
discurso para contestar a las minorías ha sabido de- 
fenderse de los innumerables cargos de éstas. 

Dos capítulos figuran sobre todo en el discurso: el 
de las pensiones y el relativo a la creación de escue- 
las. De ambos quiero ocuparme brevemente, pues 
aunque sé que al hacerlo rebajo un poco la zona de 
mi comisión, que se refiere más bien a la literatura 
y enseñanza de las lenguas, no creo por otra parte 
que deba dejarse pasar inadvertida tan interesante 
controversia. 

En realidad no es reo el señor Eodríguez San Pe- 
dro, por lo que se refiere a las pensiones, de haber- 
las mermado durante el tiempo de su gobierno; pues 
de datos oficiales resulta que en 1902 fueron pensio- 
nados cuatro alumnos de las universidades; en 1903, 
otros cuatro; en 1904, tres, pertenecientes a los Ins- 
titutos, Escuelas de Comercio y Escuelas Normales; 

252 



o h r a s Completas 

en 1905, diez y seis profesores y nueve alumnos; en 
1906, exactamente el mismo número de unos y otros, 
y en 1907, quince profesores y nueve alumnos, es 
decir, sólo un profesor menos que el año anterior. 

Las pensiones, como se ve, han ido en notable au^ 
mentó año por año. Fruto es éste del ejemplo de las 
naciones más cultas, especialmente de Alemania, Es- 
tados Unidos y el Japón. Pero el señor Eodríguez 
San Pedro no cree que estas pensiones sean eficaces 
para la mejora de la enseñanza, y se ha negado para 
lo de adelante a que se envíe al extranjero a todo el 
que lo solicite, y quiere que para no derrochar el di- 
nero se haga una selección entre los solicitantes, es- 
cogiendo a quienes estén en condiciones de utilizar 
la ayuda del Estado. 

¿Quién osaría negar que colocado en este punto de 
vista tiene muchísima razón el señor ministro de 
Instrucción Pública? 

Pero también la tienen sus opositores colocados en 
el suyo. 

Si las pensiones hasta hoy no han sido provecho- 
sas en España, débese quizás a dos causas principa- 
lísimas: 

Primera: al poco cuidado con que se han distri- 
buido. 

Segunda: a la falta de una vigilancia hábil sobre 
los pensionados. 

Ha sido ligereza frecuente (sobre todo en otros 
tiempos) de tales o cuales ministros de Instrucción 
Pública, así en España como en nuestra América, el 
prodigar las pensiones, como dice muy bien el señor 
Rodríguez San Pedro, a todos los que la solicitaban, 
no escaseando por cierto los casos en que mensuali- 
dades y viáticos sirviesen para un paseo más o me- 
nos «instructivo» de jóvenes favorecidos por influen- 
cias oficiales. 

Así había quienes estudiaban los presupuestos para 
saber a cuánto ascendía cada año la partida de pen- 

253 



Amado Ñervo 

siones y que se dedicaban a solicitarlas con tozudo 
esfuerzo, hasta obtenerlas. 

Pero, aun pensionando a gente que lo merecía, re- 
sultaba el segundo inconveniente: el de la falta de una 
vigilancia hábil y también de un programa práctico. 

Los pensionados, tanto en España como en Hispa- 
no América, han solido partir al extranjero sin tener 
más que ideas vagas de su misión y de su fin. ¡Qué 
mucho que volviesen sin haber hecho nada los que 
partían sin saber lo que iban a hacer! 

Todo se reducía, claro, a algún mal informe, a al- 
gún mal cuadro o a tal o cual piececilla de música, 
pasodoble o vals brillante, melosamente dedicado. 

En el extranjero no había organizada inspección 
alguna ni existía un centro especial donde, bajo la 
afectuosa y solícita vigilancia de hombres de honor, 
de ciencia y de respeto, se cambiasen ideas, se meto- 
dizasen trabajos, se definiesen los medios a propósi- 
to para que todas las energías aquellas concurrieran, 
cada una con sus especiales elementos, a la obten- 
ción de los altos fines para los cuales habían sido 
destinadas. 

En estas circunstancias no es difícil prever el des- 
prestigio de la pensión y el desconsuelo de los mi- 
nistros de buena voluntad. 

Pero de allí a concluir que las pensiones deban 
mermarse o suprimirse, no puede haber un camino 
lógico y por eso protestan las minorías, aun cuando 
el acuerdo entre ellas y el Ministerio de Instrucción 
Pública entiendo que ha de ser fácil en lo porvenir: 
basta con que se reglamenten estricta y concienzu- 
damente estas pensiones; con que se exijan, como en 
Méjico, ciertas pruebas que son del todo decisivas y 
merced a las cuales se acabará por seleccionar el per- 
sonal de profesores y alumnos que en el extranjero 
deben trabajar por el adelanto y la grandeza de su 
patria. 

® 
214 



Obras Completas 

Veamos ahora el segundo importante capítulo de 
este debate, que a pesar de la aprobación de los pre- 
supuestos habrá de seguir preocupando la conciencia 
nacional, y que resurgirá anualmente, sin duda, en 
el seno de las Cámaras. 

Se trata de la creación de escuelas. 

Los liberales quieren muchas escuelas, cuando 
menos ochenta mil. Cada año deben crearse dos mil 
quinientas, hasta que se llegue a aquel crecido nú- 
mero. 

Los conservadores objetan que para las ochenta 
mil escuelas se necesitan cuando menos ciento sesenta 
mil maestros, muy difíciles de hallar en una nación 
de 18 millones de habitantes. 

Un diputado afirmó, por otra parte, en el Congre- 
so que, en suma, en España había más escuelas que 
en Inglaterra, más que en Alemania y más que en el 
Japón, a lo que replica un escritor especialista que 
esto es absolutamente inexacto, porque para hacer el 
cálculo se toma la palabra «escuela» como signo de 
cantidad, cuando la frase por sí sola nada represen- 
ta, mucho más si, como ocurre en España, «se halla 
la escuela absolutamente vacía». 

«Valdría lo mismo — añade el cuestionado escri- 
tor — sostener que 10 regimientos de los nuestros, de 
a 800 hombres cada uno, sumaban más soldados que 
ocho regimientos rusos de a 3.000 plazas.» «Una 
escuela de Londres o de Berlín o de Tokio, supone, 
por sí sola, más escuelas que diez juntas de las de 
Madrid, y lo supone en alumnos, en maestros, en 
material y en locales.» 

«Nosotros — dice aún el escritor citado, que es el 
señor don Tomás Maestre^ ilustre médico-legista — , 
fuera de contados ensayos, no. poseemos aún el régi- 
men moderno de la instrucción elemental, el consti- 
tuido por la escuela graduada — conozco una admira- 
ble en Cartagena, levantada gracias a las loables 
iniciativas de su altruista alcalde, don Mariano Sanz, 

355 



Amado Ñervo 

y a la no desmayada insistencia y voluntad de acero 
de dos apóstoles de la enseñanza, los señores Martí- 
nez Muñoz y Martí Alpera — . El tipo común y co- 
rriente de nuestra escuela de niños es todavía el 
medioeval, el solitario; un maestro, una sola clase, 
entre mazmorra y zahúrda, y un hacinamiento in- 
forme de criaturas de todas las edades escolares, des- 
de los seis años a los catorce, amarrados al duro 
potro de la mesa palotera, sin aire, sin luz, yertos en 
el invierno, amodorrados y sudorosos con el calor de 
Junio, y sintiendo a cada instante sobre las tiernas 
palmas de sus manos la maldita férula de Orbilio 
Pupilo. 

«Tan desdichado espectáculo hace traer a la me- 
moria la doliente carta que, en el siglo xvi, escribió 
E-odolfo Agripa a su maestro Juan Wessel: Se me 
quiere confiar una escuela; mas considero este ensa- 
yo difícil y enojoso en extremo. Una escuela se ase- 
meja a la prisión, donde no se oyen más que golpes 
y llantos sin fin. Si hay algo para mí que lleve un 
nombre contradictorio, es la escuela. Los griegos la 
llamaban «schola», recreo, y los latinos «ludus litte- 
rarius», juegos literarios; pero no hay nada que diste 
tanto del recreo y del juego. Aristóteles la denomi- 
naba «phrontiserion», lugar del tormento, y éste es 
el nombre que mejor la conviene.» 

Yo hallo la pintura exagerada, como hecha de 
propósito para mover la opinión hacia este problema 
tan urgente de resolver en España. Pero de todas 
suertes, la escuela elemental está aquí muy lejos del 
ideal moderno. 

En Madrid, por ejemplo, no ha sido posible acli- 
matar aún, que yo sepa, más que un jardín de niños , 
y aun ése dentro de una forma un poquito conven- 
cional. 

Los admirables métodos suizos y alemanes, que 
han hecho de la escuela de párvulos un verdadero 
paraíso, donde las enseñanzas se cuelan al cerebro 

256 



Obras Completas 

con la radiosa facilidad y el encanto de una hebra 
de sol, de un perfume, de una melodía, no son ni 
aun sospechados en muchas poblaciones de la Pen- 
ínsula. En Granada hay un canónigo, el señor 
Manjón, qxxQ va para santo, según dice la gente, y 
que ha presentido o estudiado algo del sistema froe- 
beliano, el cual aplica a los gitanillos del Albaicín y 
del Sacro Monte. .Es coea conmovedora ver a esos 
chicuelos, hasta hace poco ineducables e incapaces 
de domesticarse, salir en bandadas de sus cuevas 
pauL ir a la escuela del padre Manjón, que por artes 
que a la gente sencilla parecen milagrosas, y cuyo 
secreto en suma no está más que en la dulzuí^ y la 
paciencia, mezcladas a cierta amenidad en el apren- 
dizaje, ha logrado desasnar a muchos e infundirles 
estímulos para ellos desconocidos. 

La gente de todas categorías ayuda a esta obra 
con gusto, y hay ya varias escuelas de tal sistema en 
Andalucía y una en Salamanca; lo que prueba el 
buen deseo que anima, aun al bajo pueblo español, 
en este asunto de la instrucción; pero claro que se 
necesitan iniciativas y esfuerzos más vastos y pode- 
rosos. 

En la actualidad, el número de escuelas que hay 
en España asciende a 24.262; pero debe advertirse 
que desde el año de 1857, famoso en Méjico por la 
promulgación de la carta fundamental, la ley de 
Instrucción pública determinaba para la nación un 
número de 63.247 escuelas elementales. 

¿Cómo es que no ha podido crearse ni la mitad? No 
hay que culpar de esto al país; los partidos, las re- 
voluciones, la anarquía, las guerras, no ayudan a 
fundar establecimientos de instrucción. 

Ahora que la noble tierra española atraviesa por 
un período de paz y de trabajo; que ha logrado, 
desde hace algunos años, saldar sus presupuestos con 
superávits decorosos, es llegado el momento definiti- 
vo de pagar esta deuda. Sólo que se requiere crear 
Tomo XXII. 267 17 



Amado Ñervo 

escuelas provistas de todos los útiles modernos, con 
edificios ad hoc y profesorado apto. Y es preferible 
que sean muchas menos las que se establezcan, con 
tal de que estén mejor dotadas y puedan pagar bien 
a su personal docente. Así, pues, no debe censurarse 
la parsimonia del Grobierno, que acaso prefiere hacer 
pocas cosas con tal de hacerlas bien. 

Lo esencial, lo consolador, diremos, es que ya el 
país entero, como se está viendo, sale de su indife- 
rencia y se muestra resuelto a emprender enérgica- 
mente, por medio de la enseñanza, la reconstrucc i5n 
nacional. 

Si las buenas resoluciones y el entusiasmo persis- 
ten, tal vez no esté lejano el día en que se hayan 
realizado en España todos estos cuandos que enume- 
ra con amargura, de reproche el ya citado señor 
Maestre, y que concluyen con una interrogación do- 
lorosa y con cargos que no reproduciré por inmere- 
cidos: 

«Cuando en los países cultos toda la atención del 
Estado es poca para cuidar de la escuela y del niño, 
habiéndose instituido los médicos escolares, los den- 
tistas escolares, los oftalmólogos escolares, llegando 
Alemania en esta forma de servicios a nombrar, en 
1902, un médico alienista para cada distrito, encar- 
gado del reconocimiento mental de los maestros, y el 
Estado de Nueva Jersey instaló un gabinete de des- 
infección, que esteriliza diariamente con formalina 
todo el menaje escolar de cada alumno; cuando el 
ministro de Instrucción de Prusia ordena, en 21 de 
Diciembre de 1900, que no se encuadernen los libros 
de las escuelas con alambre, y el Japón crea, en 
1899, una sección de Higiene escolar agregada al 
Ministerio de Enseñanza, y el Mikado promulga una 
ley prohibiendo el uso del tabaco a los menores de 
edad, y en Connecticut acuerda el Consejo que las 
maestras no lleven vestidos de cola, porque pueden 
infectar la escuela con los gérmenes recogidos en la 

258 



Obras Completas 

calle; cuando en 1902 gastó Berlín 300.000 marcos 
sólo en los baños de sus escolares, y en los Estados 
Unidos de América, el Burean of Education abre un 
expediente para determinar las condiciones de luz 
que debe tener una escuela, y Cohn, de Breslau, in- 
venta un procedimiento técnico automático que acusa 
la iluminación normal de que ha de gozar un centro 
docente; cuando Engels, después de las experiencias 
de Lode y de Eeichenbach, llega a resolver el pro- 
blema de que en las escuelas no haya polvo, y Plank 
escribe su notable libro Los pies calientes en la escue- 
lüy y Furst edita el suyo, La limpieza de las clases en 
la escuela primaria, y la ciudad de Brooklyn funda 
una biblioteca para niños en medio de un parque, y 
la de Hamburgo adquiere 25 hectáreas de bosque, 
donde juegan los alumnos de sus escuelas elementa- 
les; cuando las instituciones instructoras de niños 
anómalos se multiplican por todas partes, fundándo- 
se 57 en Alemania, con 211 clases y 4.467 discípu- 
los; 253 en los Estados Unidos, en las cuales se da 
enseñanza a 71.600 niños, sosteniendo Londres siete 
grandes centros para sordo-mudos con 18 sucursales 
distribuidas por toda la ciudad; cuando el Municipio 
de Cristianía reparte en solo un invierno un millón 
de raciones gratis a los niños pobres de sus escuelas, 
y las cuatro cocinas escolares que sostiene Ginebra 
proporcionan alimento todo el año a los educandos 
indigentes, y la ciudad de Charlottenburgo gasta en 
este servicio 15.000 marcos anuales, y el cantón de 
Berna mantiene 15.000 niños, de comida y vestidos, 
y el Ayuntamiento florentino sostiene a 2.500 y 
hasta en Eusia, los zemstwos, dan abrigos y almuer- 
zo caliente a los alumnos pobres que viven lejos de 
las escuelas; cuando todo esto ocurre por el mundo, 
y en New- York, Chicago y Missouri se instituyen 
Tribunales especiales para la corrección de niños de- 
lincuentes, y el Schul turnen recorre con sus contrac- 
ciones salutíferas desde Nagasaki a Edimburgo, y la 

259 



ornado Ñervo 

Unión berlinesa de la enseñanza paga, en 1902, 
18.000 marcos a las empresas de ferrocarriles por 
excursiones de sus colonias de escolares, ¿qué han 
hecho nuestros políticos por la pobre España?» 

Los políticos, especialmente los ministros de Ins- 
trucción Pública, quizá no han podido hacer gran 
cosa porque, como me decía el ilustre don José Eche- 
garay, cierta vez en que le visitó (preguntándome 
cuánto duraban los secretarios de Estado en México) 
aquí duran tan poco... que no alcanzan a veces ni a 
darse cuenta del engranaje de su ramo. 

La política, además, suele ser en todas partes fun- 
ción negativa. (Por eso nuestro Presidente prefiere a 
ella la mucha administración.) 

Lo bueno es que España quiere ponerse al nivel 
de los pueblos verdaderamente cultos, y las naciones, 
más felices que los individuos, pueden siempre lo que 
quieren con firmeza y perseverancia. 








XXXII 
EL SALÓN DE LOS POETAS 



n 



ACE algunos meses que viene hablándose con in- 
sistencia en París del Salón de los Poetas. 

Todo el mundo, como nota un cronista, tiene en 
París su salón, y así hay el Salón de los «papelis- 
tas», el de los «orientalistas», el de las «mujeres pin- 
toras», el de los «pointillistes», el de los «goguinis- 
tas», etc., etc. 

No podrían, pues, los poetas dejar de tener el suyo 
y van a inaugurarlo en breve. 

El presidente de este salón será Edmundo Harau- 
court, y en el Jurado de admisión figurarán, entre 
otros, Paul Derouléde y Grustavo Kahn: dos tempe- 
ramentos líricos de lo más antagónico que puede 
darse, circunstancia que, en suma, es acaso una ga- 
rantía de acierto. 

Pero dirán ustedes: ¿cómo va a ser ese Salón de 
los Poetas? 

Parece, en efecto, un poquillo difícil concebirlo. 

¿Es un salón en que se exhiben ediciones de ver- 
sos de cierto lujo? 

261 



Amado Ñervo 

Pues entonces más bien resultará aquello una ex- 
posición de impresos, de relieve, de estampería... 

¿Es un salón donde se puede ir a leer las me- 
jores producciones de los grandes poetas modernos? 

Pues resultará entonces un gabinete de lectura. 

Los versos no pueden exhibirse como un cuadro, 
una estatua o un bibelot. 

Eecuerdo, empero, haber oído que este Salón de 
los Poetas tendrá un poco de todo lo que he apunta- 
do y algo más que habrá de caracterizarlo. 

A saber: tendrá una estantería a la vista, de don- 
de los concurrentes podrán tomar, para leerlos, los 
tomos de versos de todos los poetas actuales, tomos 
que, empastados con solidez y elegancia, estarán a la 
mano del público, si se quiere hasta en diversas sec- 
ciones. 

Estas secciones obedecerán a la clasificación de es- 
cuelas, de tendencias, de estilos. 

Habrá asimismo una especie de memorándum, im- 
preso o manuscrito, donde podrán buscarse detalles 
del poeta que se desea leer: datos biográficos, crítica 
de su obra, etc. 

Y por último, habrá algo que sí caracterizará e in- 
dividualizará el Salón de los Poetas, y es a saber: 
lecturas y conferencias diarias sobre los poetas cuyos 
libros se exhiben. Estas lecturas y conferencias po- 
drán alternarse con recitaciones especiales. 

Y aun acontecerá que el poeta mismo, sobre el 
cual versa la conferencia, irá a decir algunos de sus 
versos. 

Debo advertir que el salón será sólo de poetas vi- 
vos. Los muertos no caben en él. 

¿A qué obedece esto? 

En primer lugar, a la índole de todos los salones. 
Es un salón, una exposición anual, destinada a mos- 
trar los progresos de las artes, y los muertos íya no 
progresan!^ están definitivamente fijados en una mo- 
dalidad: la última a que se sujetan... 

262 



Obras Completas 

Por otra parte, en un salón se discute y a los muer- 
tos ¡a qué discutirlos! 

Añádase que al excluirlos del salón se les da una 
muestra de cortesía. 

Los muertos no pueden defenderse... Así, pues, 
que no concurran. Que vayan sólo los vivos, los que 
estén allí apercibidos a cubrir su obra, a ampararla 
de las críticas y los ataques. 

Añadamos todavía una razón. Si se va a admitir a 
los muertos, harán una sombra terrible a los vivos. 
Son muchos, son muy grandes. Se llaman Hugo, 
Musset, Vigny, Lamartine, Baudelaire, Leconte de 
Lisie, Heredia, Verlaine, Sully Prudhomme, etcé- 
tera, etcétera. 

Hay que advertir también que los poetas moder- 
nos no están muy seguros de su grandeza (modestia 
que los honra). La prueba es que pusieron el grito 
en el cielo cuando, conforme a la ley francesa, las 
poesías de Musset pasaron a ser de propiedad pú- 
blica. 

Juzgaron que en cuanto aconteciera lo mismo con 
otros grandes poetas del siglo xix, la competencia 
iba a ser imposible. El público dejaría lo nuevo por 
lo viejo, sin duda alguna, tanto más cuanto que las 
ediciones de los viejos serían muy baratas. Bueno y 
barato en vez de discutible y caro... La elección no 
era difícil. 



El salón será, pues, todos estas cosas que hemos 
apuntado y acaso será una más todavía, cuando, en 
parte, por lo menos, se levante el entredicho a los 
grandes poetas muertos. Será una exposición retros- 
pectiva del tomo de versos, desde un Joachin du Be- 
llay, por ejemplo, autor de la reforma poética en los 
comienzos del siglo xvi y creador de sonetos admi- 
rables, hasta un Jean Moréas. 

265 



Amado Ñervo 

Así caracterizado, el Salón de los Poetas acabará 
por prender en el ánimo público. 

Pero de todas suertes lo ilógico de su designación 
y de su asimilación a los salones de pintura y escul- 
tura, subsistirá. 

En resumen, vendrá a ser una sala de lectura don- 
de se darán conferencias alternadas con recitaciones. 

La única singularidad de la institución consiste en 
que será periódica, singularidad que es la que le da 
analogía con los salones de arte. 

Yo me digo: ¿por qué no desdeñar tal analogía y 
crear de una vez un teatro de recitaciones y confe- 
rencias poéticas? 

En ese teatro se darían diariamente, durante la 
temporada de otoño, invierno y primavera, conferen- 
cias breves sobre los poetas franceses y extranjeros, 
y un grupo de actores recitaría sus mejores versos, 
cuando no pudiesen ser los poetas mismos quienes 
los recitasen. 

¿Habría público para un teatro así? En París de 
seguro que lo habría. De hecho lo hubo siempre en 
aquellas inolvidables matines de Sarah Bernhardt, 
en que se recitaban los mejores versos de los gran- 
des líricos. 

Os aseguro que, a pesar de todos los pesares, los 
poetas conquistan aún público numeroso, y esto no 
sólo en la capital del mundo. En Madrid he tenido 
frecuente ocasión de comprobarlo. 

A las veladas líricas del Ateneo o de la Unión Ibe- 
ro Americana acuden innumerables oyentes, mujeres 
sobre todo, sí, mujeres que con heroísmo edificante 
soportan los más soporíferos discursos, alentadas por 
la ilusión de oir al cabo de ellos los versos de algún 
poeta predilecto. Ni la incomodidad, ni el calor, ni 
la distancia, las amilanan. 

A veces, frecuentemente, tienen que permanecer 
de pie, porque llegan un poco tarde... Sin embargo, 
con paciencia indecible permanecen, y no ha basta- 

264 



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do a alejarlas de estas fiestas líricas ni la pésima or- 
ganización de los programas de casi todas las solem- 
nidades literarias, que no parece sino que están he- 
chos para inspirar el horror de la poesía... 

Un salón permanente de poetas tendría, pues, éxi- 
to, no ya sólo en París, sino en Madrid y en nuestro 
México mismo. 

¡Y costaría tan poco organizarlo! 




265 



xxxin 

LOS JUEGOS FLORALES EN ESPAÑA 



¿Ln lo que va del mes de Mayo, seis días apenas, se 
han celebrado ya en España dos juegos de flores: 
unos en Barcelona y otros en Sevilla. 

En los primeros pronunció un discurso, muy nota- 
ble por cierto, cuajado de erudición, como todo lo 
suyo, el muy ilustre don Marcelino Menéndez Pela- 
yo. En los juegos florales de Sevilla, organizados 
por el Ateneo, el mantenedor fué el conocido poeta 
académico Cavestany, sevillano por más señas. El 
poeta premiado con la flor natural fué un Cavestany 
también, hijo primogénito del primero, y del que, 
usando un mexicanismo pintoresco, podríamos decir 
que tafea con acierto. No hay casi mes en que no se 
celebren juegos florales en alguna ciudad de la Pen- 
ínsula. La bella costumbre, lejos de caer en desuso, 
cada día se afirma y enraiza más. 

Tiene no sólo la ventaja de mantener el señorío de 
los versos con su influencia amable y civilizadora, 
sino cierto prestigio feminista que, naturalmente, pla- 
ce sobre manera a las mujeres jóvenes. En países 
como los nuestros, donde la mujer no está todavía 
habilitada para ejercer funciones políticas, donde no 
se le abren las puertas de las academias, donde ni si- 

266 



o h r a a Completas 

quiera puede andar sola en las calles sin exponerse 
al alud de madrigales anodinos de la gente caldía, 
este reinado efímero, pero tan simpático, de los jue- 
gos ñorales, de las cortes de amor, la indemniza de 
su situación subalterna y disciplinada, aumenta su 
poder y su influjo sin restarle gracia ni encanto al- 
guno. 

El delicado arcaísmo galante, merced al cual le 
ponemos en las manos el cetro, no altera en nada el 
ritmo de sus líneas y halaga toda esa innata delica- 
deza de su alma. 



En México, el poco tacto de algunos jurados y la 
vanidad quebradiza y amarga de algunos poetas han 
quitado a los juegos florales mucho de su encanto y 
espontaneidad. De desearse fuera, sin embargo, que 
volviesen a adquirir el vigor y el prestigio de anta- 
ño. Estas fiestas, en medio del trajín de nuestras ciu- 
dades, ponen una nota de cultura exquisita, reposan 
y elevan las almas, las sustraen un poco a todo el 
mezquino enredo de las diarias pasiones familiares, 
que endeblecen lo mejor de nosotros, y por último, 
dignifican a nuestras mujeres, dándoles así el desqui- 
te de una vida ingrata, erizada de pequeños deberes 
y en la cual florecen tan pocas satisfacciones. 



267 




XXXIV 
EL TEATRO DE ARTE EN MADRID 



U 



NA loable tentativa de arte constituye la actuali- 
dad literaria en Madrid. Trátase del Teatro libre^ a se- 
mejanza del fundado en París por L. Poe. En Ma- 
drid la institución llámase simplemente teatro de 
arte y ha escogido como escenario el de la Ciudad 
Lineal^ simpática sala de espectáculos en las afueras 
de la villa, en un apacible y pintoresco sitio. 

El plan de trabajos de los organizadores consiste 
en dar series de funciones, en que sucesivamente se 
representen obras maestras del teatro escénico, de to- 
dos los géneros, sin prejuicios de escuela ni de tenden- 
cia, pero elegidas entre las que, por circunstancias 
especiales de originalidad de orientación, incompati- 
bilidad con el gusto corriente, dificultades esceno- 
gráficas o de otra índole, no sean representables en 
los teatros actuales. 

Los gastos originados por esas funciones han de 
satisfacerse por quienes se adhieren a la idea, fiján- 
dose de antemano para cada serie la cuota con que 
cada uno debe contribuir. 

La primera de estas series — que ha empezado 
ya — consta de cuatro funciones, representadas los 

268 



Obras Completas 

días 26 y 30 de Mayo y 10 y 15 de Junio corriente. 
La función primera se compuso de Teresa (pieza en 
un acto), de Clarín, y El escultor de su alma, de 
Ángel G-anivet (tres actos) . 

La segunda función compúsose de Sor Filomena^ 
de los Goncourt (tres actos), y Peregnno de Amor ^ de 
Brada (un acto). 

En la tercera función, que se representará el día 
10 de Junio, pondráse en escena Guando caen las ho- 
jas, de José Francés (un acto). Trata de Blancas, de 
Bernardo Shaw (cuatro actos). Y por último, la cuar- 
ta función se compondrá de El sueño de un Crepúscu- 
lo de Otoño, de D'Annunzio (un acto) y La Rousalka^ 
de Eduardo Schuró (cuatro actos). 

Estos programas que he enumerado, dan clara 
idea de las preferencias del teatro de arte, cuyo es- 
píritu es del todo análogo al teatro de l'CEuvre de 
París . 

He aquí, por lo demás, cómo explican sus propó- 
sitos los adheridos hasta hoy, entre los que figuran, 
por cierto, Benito Pérez Galdós,. Jacinto Benavente, 
Ramón del Valle Inolán, y otros nombres tan ilus- 
tres como éstos: 

«Sinceros amantes del arte escénico, síntesis y 
compendio de todas las bellas artes; dolidos y apena- 
dos del industrialismo que parece ser razón única de 
su vida, pretendemos crear, no frente al teatro in- 
dustrial, sino a su lado, y completándole para dar 
la fórmula del teatro íntegro, un teat7'o de arte, un 
teatro que pueda ser, según la frase feliz de Lucien 
Muldfeld, «un laboratorio de ensayos donde libre- 
mente sean puestas en práctica nuevas fórmulas de 
arte». 

» Eclécticos, convencidos de que la belleza no es 
patrimonio de una secta ni de una escuela, pretende- 
mos abrir ese teatro a todas las tendencias, sin pedir 
a los que las sirven más que sinceridad en su amor 
a lo bello y a lo verdadero. 

269 



Amado Ñervo 

»Libres de prejuicios que no sean el culto a la be- 
lleza, todas las ideas nos parecen admisibles, a con- 
dición sólo de que el arte las decore y muestre; todas 
las respetaremos, aun no siendo las nuestras, aun 
oponiéndose rudamente a ellas, con tal de que su es- 
cudo sea el anhelo artístico, puro y elevado, incapaz 
de buscar cereales en campo de laureles. 

«Nuestra empresa es noble y laudable, y, para 
realizarla, llamamos a los hombres de buena volun- 
tad, de espíritu amplio y rectitud de intención sufi- 
ciente para que nada pueda parecerles pecaminoso y 
atrevido, mientras no traspase los límites del decoro 
y de la licencia y lleve como garantía la sanidad del 
propósito. Llamamos a los hombres de buena volun- 
tad y de cultura de espíritu suficiente para constituir 
el público de vanguardia que desbroce el camino y 
abra horizontes nuevos al arte escénico del porvenir. 

» Queremos con nosotros a cuantos sientan la nece- 
sidad de elevar el nivel intelectual, moral y estético 
del teatro; a cuantos quieran trabajar en esa eleva- 
ción que ha de darnos el definitivo derrumbamiento 
de las fórmulas viejas que oprimen y anquilosan el 
arte escénico: el arte escénico, que por ser la vida 
misma en acción, mayor libertad y movimiento ne- 
cesita. 

»Nuestro programa es amplio, porque amplio es el 
terreno por conquistar, pero su amplitud no nos 
arredra porque no tenemos por enemigos la impa- 
ciencia ni la premura; convencidos y seguros por 
ello de nuestro triunfo, no nos urge vencer; nuestra 
labor es obra de precursores y sus efectos no son a 
fecha fija. 

»Si somos pocos, procuremos ser los mejores y 
practiquemos el apostolado del ejemplo; que cada día 
tenga su trabajo, y la labor, por ardua que sea, 
será realizada. Nuestro trabajo de hoy, trabajo de 
iniciación, aparte se declara; nuestro propósito es lo 
que importa, y para él pedimos adhesiones y apoyo. 

270 



o h r a § Completas 

>Déinosle los que como nosotros sientan y piensen 
y el arte escénico será algún día en España algo 
más que entretenimiento de desocupados y buscavi- 
das de menesterosos.» 



Restando de estos párrafos tales o cuales frases 
hechas y períodos sonoros, ripio indispensable de 
todo manifiesto, programa o exposición de miras, 
queda en el fondo la expresión de un propósito mo- 
derno, loable por todos conceptos, noble y sereno, 
para el que deseo la mejor suerte. 

No hay que ocultar, empero, que esta empresa del 
teatro libre, que fracasó en un país como Francia, 
donde las ideas nuevas se abren paso fácilmente, 
tiene muchos escollos. Uno de ellos está en la elec- 
ción de piezas. 

Suele suceder, y de hecho ha sucedido en algunos 
centros extranjeros, que los adheridos o iniciadores 
llevan fines muy particulares, de un egoísmo discul- 
pable, si se quiere, pero que mina las bases mismas 
de una institución de este género. 

Consisten estos fines en representar las obras pro- 
pias, aquellos ensayos más o menos audaces o más o 
menos imperfectos que no merecieron la acogida de 
otros empresarios, o lo que es peor todavía, piezas 
sin mérito alguno que desprestigian desde luego la 
calidad del repertorio. 

Los interesados en estas representaciones acaban 
por formar un cenáculo, y sabemos de sobra que 
nada como los cenáculos es perjudicial al arte. 

Los miembros de este cenáculo tienen cada uno su 
drama (¡qué menos puede pedirse a autores inédi- 
tos!), y como las veladas son reducidas y los dramas 
de los socios incontables, el teatro libre se reduce a 
un teatro de familia, en que las obras maestras de 
los autores nacionales y extranjeros ceden el paso a 

271 



Amado Ñervo 

los ensayos dramáticos de los socios. Pasa en esto 
algo análogo a lo que sucede con los editores de li- 
bros modernos, cuando son, a la vez que editores, 
autores. Sus primeros propósitos se refieren a la di- 
vulgación de las grandes obras, de aquellas que por 
sus tendencias avanzadas no han encontrado acogida 
en las casas editoriales ^or mayor. Pero como el libro 
inédito del editor hace cosquillas, se empieza por 
editarlo mient7'as se traduce el otro, y al cabo resulta 
aquello una sociedad de ediciones de familia tam- 
bién, en que la obra maestra no asoma por ninguna 
parte. 

Si en España se salva este escollo que en otras na- 
ciones de Europa no se ha salvado; si los adheridos 
al teatro de arte tienen el suficiente desinterés para 
ayudar a la representación de las grandes obras dra- 
máticas españolas o extranjeras, sin pensar en las 
que ellos guardan en el fondo del cajón; si se consti- 
tuye un tribunal de seriedad y prestigio, que dicta- 
mine acerca de las obras que merezcan representarse, 
el bello intento de crear un teatro libre florecerá vi- 
gorosamente, porque aquí abundan aptitudes para la 
obra escénica, además del tesoro de piezas dramáti- 
cas españolas que no han sido suficientemente repre- 
sentadas por lo osado de sus tendencias. 

Por lo pronto, casi en su totalidad, es de alabar la 
lista de las que se han elegido: 

La Teresa, de Clarín; El escultor de su alma, de 
Ganivet, y la Rousalka, de Schuré, son obras capi- 
tales, que deben conocerse, y ciertamente que la Sor 
Filomena de los Goncourt y El Sueño de un Crepúscu- 
lo de Otoño, de D'Annunzio, no necesitan recomen- 
daciones ni elogios. 

Esperemos, pues, que la noble idea fructifique y 
traiga nuevos estímulos y nuevo vigor para la mo- 
derna producción dramática en España, tan abun- 
dante ya y tan preciosa. 



272 




XXXV 

EL ARTE LITERARIO Y LAS PREOCUPACIO- 
NES MERCANTILES 



JVloNsiEUE Emile Fabregue ha iniciado en la Nou- 
velle Revue una información sobrado interesante: 

«¿Creéis — pregunta — que el arte y la literatura 
atraviesan en este momento una crisis, en razón del 
desenfrenado triunfo del dinero? ¿No es cierto que 
las preocupaciones mercantiles obscurecen y rebajan 
el ideal de los trabajadores intelectuales?» 

Entre las respuestas dadas, es digna de notarse, 
por lo concisa, clara y ejemplificada, la del popular 
humorista del Matin^ H. Harduin: 

«Dos poetas muy grandes —dice — han brillado en 
el siglo xix: uno de ellos, Víctor Hugo, fué adminis- 
trador vigilante, cuidadoso, de su patrimonio inte- 
lectual, y extrajo de su producción literaria todo lo 
que ella podía dar. 

»E1 otro, Lamartine, no tuvo preocupación mer- 
cantil alguna. Pródigo, sin cuidarse ni mucho ni 
poco de sus intereses materiales, Lamartine fué tam- 
bién un poeta de genio. De suerte que ni las preocu- 

ToMO XXII. 275 18 



Amado N e r v o 

paciones mercantiles, ni la ausencia de ellas, parecen 
tener una influencia sobre el ideal de los trabajado- 
res intelectuales. 

» Remontándonos un poco, encontramos a Beau- 
marchais, hombre de negocios, sobre todo mañoso y 
sin escrúpulos. No obstante eso, dejó dos obras maes- 
tras. Voltaire estimaba que el dinero era cosa muy 
necesaria y se ocupó siempre de ganarlo. No por eso 
dejó de ser Voltaire. 

»Si Corneille hubiese tenido los medios modernos 
de sacar partido comercialmente de sus obras, nada 
indica que hubiese dejado de componer el Cid. ¡En 
cambio, ya viejo, se hubiera abstenido probablemen- 
te de escribir Pulchérie, Sui^ena y también Agésilas! 

» Conclusión: Se puede con preocupaciones mer- 
cantiles ser un grande hombre. Se puede sin preocu- 
paciones mercantiles ser un imbécil.» 



Estas ideas se esfuerzan justamente por romper un 
clisé absurdo: el de que todo trabajo intelectual debe 
estar reñido con el negocio; clisé que condena al 
hombre de genio a la incapacidad de ganar dinero, 
sin tener en cuenta los nombres que cita Harduin y 
otros que no cita: el de Shakespeare, por ejemplo. 

Las juzgo, pues, muy loables, y de tal manera se 
parecen a las mías, que encuentro entre mis más re- 
cientes notas a propósito de la muerte de un ameri- 
cano poeta y banquero, míster Edmundo Stedmann, 
presidente del Instituto Nacional de Artes y Letras, 
los párrafos siguientes, que copio, entre otros, por lo 
que tienen de oportuno y de actual: 

«El poeta, como respondió muy bien uno, español, 
a cierto infatuado extranjero que se lo preguntaba 
desdeñosamente, sirve para hacer todo lo que hacen los 
que no lo son, y además, versos. 

»Con este criteiio, que es el verdadero, ¿por qué 

274 



Obras Completas 

sorprenderse de que Shakespeare haya ganado dinero 
y de que Yíctor Hugo haya muerto rico? 

»De Shakespeare se afirma que desde niño com- 
prendió el valor del oro, porque su padre, que fué 
rico en un principio, se arruinó después. Durante su 
agitada existencia, que no careció de borrascas, com- 
praba y vendía sucesivamente tierras, valiéndose 
para ello de las sumas que ganaba con sus produc- 
ciones. Se calcula que el precio de venta de cada 
obra suya era de 160 a 275 francos, siendo ciento el 
de cada una de las obras reformadas que vendía. Se 
calcula, asimismo, que las 19 comedias y tragedias 
que escribió desde 1591 a 1599, le produjeron como 
500 francos anuales cada una. Como los empresarios 
se oponían a la impresión de las obras de teatro que 
habían pagado, por el recelo de los plagios, en una 
época en que la propiedad literaria no estaba debida- 
mente garantizada, pocas piezas de Shakespeare se 
imprimieron durante su vida; pero, en cambio, sus 
derechos de autor — si así podían llamarse enton- 
ces — le valieron hasta 5.000 francos al año, en tiem- 
pos en que el dinero valía cuatro o cinco veces más 
que hoy. 

)¡>En cuanto a Víctor Hugo, harto reciente es su 
historia para que digamos cómo labró su riqueza.» 



Entendámonos, pues; los poetas, encontrando que 
el aplauso, el renombre, eran más tentadores que la 
fortuna, han solido ser negligentes o desdeñosos 
para el negocio, resolviendo en otra forma el proble- 
ma de la dicha personal; pero esto, que se debe a 
deliberada voluntad (no de otra suerte que la elec- 
ción de la Santa Pobreza hecha por los místicos), 
nunca significó impotencia, como cree el vulgo, para 
los números. También los números son una harmonía. 

¿No se llamaron, por ventura, números los versos 

275 



Amado Ñervo 

antiguos? Así, pues, cuando la felicidad se compraba 
con un noble gesto, con un harmonioso verso; cuan- 
do las mujeres amaban las justas gayas, los floridos 
torneos, el poeta pagaba con belleza, con ideal, con 
ensueño. 

Hoy que ciertas satisfacciones sólo pueden obte- 
nerse con oro, el poeta baja de su trono de dios indi- 
ferente y lo conquista. 

Y entiéndase que cuantas veces he dicho poeta no 
he pretendido designar tan sólo al que hace versos, 
sino a todo aquel que en prosa o en verso ha acerta- 
do a expresar el ideal de la raza, la hondura de la 
emoción ambiente o su propia hondura y su propio 
ideal . 



La incompatibilidad de la matemática con el ta- 
lento poético y literario, es falsa: la han propalado 
aquellos enemigos de los poetas a quienes no les fué 
posible emularlos. 

Por tanto, a la pregunta de si el arte y la literatura 
atraviesan en este momento una crisis, consecuencia del 
tHunfo desenfrenado del dinero^ hay que contestar tal 
vez que sí; pero a la pregunta de si las preocupacio- 
nes mercantiles rebajan y obscurecen el ideal de los tra- 
bajadores intelectuales j hay que contestar desde luego 
que no. 



276 



XXXVI 

LA REFORMA DE LA ORTOGRAFÍA EN 
FRANCIA 



LJna comisión especial trabaja actualmente en 
Francia en la reforma de la ortografía. Propónese, 
desde luego, a lo que se sabe, reemplazar por sim- 
ples f , t y r algunas ph, tb, rh estorbosas. 

Se afirmaba que el ministro de Instrucción Pública 
trataba de simplificar por medio de un decreto la or- 
tografía francesa; naturalmente, esto no pasa de un 
reportazgo inconsiderado. Los idiomas no se refor- 
man con decretos. Monsieur Doumergue, interroga- 
do a tal propósito, ha respondido: 

«Monsieur Gréard presentó en otro tiempo, con 
respecto a la ortografía, conclusiones muy modera- 
das. Después, el Consejo Superior redactó un infor- 
me considerable que llegaba a conclusiones osadas. 
Yo, por mi parte, me inclino a estudiar de nuevo el 
proyecto de monsieur Gréard. Es una tentativa au- 
daz esa de legislar sobre la Lengua Nacional. El solo 
papel legítimo de las academias o de las comisiones 
oficiales consiste en ratificar con prudencia las modi- 
ficaciones que impone el uso. Y la sanción de estas 
decisiones se aplica en los exámenes. Cierto es que 

277 



Amado Ñervo 

las pruebas de ortografía en la enseñanza primaria 
han sido frecuentemente chinoiseries . Se acumulaban 
dificultades y trampas de las cuales hasta los mismos 
examinadores hubieran sido incapaces de salir airo- 
sos. En muchos puntos cierta tolerancia es razo- 
nable. La reforma que tenemos a la vista consistirá, 
pues, en consagrar primero cierto número de modifi- 
caciones generalmente admitidas, y después en vol- 
ver facultativas otras modificaciones.» 

Monsieur Urbain Grohier, cuya competencia en el 
asunto nadie podrá negar, no es partidario de la re- 
forma: 

«Una lengua viva — dice — como cualquier criatura 
viviente, no admite la lógica absoluta en su constitu- 
ción. Tan extravagante sería promulgar de golpe 
una ortografía nueva, como el modelar otra vez las 
orejas y la nariz de todos los ciudadanos que no ten- 
gan estos apéndices conforme a los modelos griegos. 
Una lengua tiene su fisonomía que hay que res- 
petar. > 

«La nuestra — añade — cuenta con sobrados enemi- 
gos. Mientras que las grandes naciones extranjeras 
tratan de reaccionar contra la intrusión de elementos 
equívocos, nosotros abandonamos la lengua francesa 
a la invasión de todos los germanismos, hebraísmos, 
anglicismos, sin contar el argot de los sports, el ar- 
got de los malhechores, el argot de la Bolsa y del tea- 
tro; sin contar los barbarismos de los periodistas 
improvisados, de los oradores parlamentarios, de los 
novelistas iliteratos y de los metecos, aun letrados, 
que no tienen el instinto del terruño. 

:&E1 Consejo de las universidades americanas re- 
cientemente inscribía, como libro clásico para el es- 
tudio de la lengua alemana, un conjunto de extrac- 
tos de publicistas contemporáneos. Rehusó hacer 
otro tanto para el estudio de la lengua francesa, ale- 
gando que esta lengua, escrita por nuestros contem- 
poráneos, es una mixtura heteróclita. Tal juicio pa- 

278 



Obras Completas 

rece duro; pero no puede decirse que sea injusto. 
Nosotros leemos a diario pruebas impresas y vemos 
que se nos fabrican sin cesar palabras absurdas, no 
obstante que existe la palabra justa y correcta, y aun 
suele cambiársenos el género de las palabras usua- 
les. Cuando se haya, pues, cambiado hasta el aspec- 
to de la palabra escrita, ¿qué quedará de ella? 

» Pensad en la destrucción de nuestros bosques y 
de nuestros viejos castillos por las «bandas negras»; 
en la demolición de las viejas murallas, de los viejos 
puentes, de las viejas habitaciones en las ciudades; 
en el asolamiento y devastamiento de los paisajes típi- 
cos llevado a cabo por los ingenieros; en el pillaje de 
nuestros tesoros de arte religioso por los ladrones 
fantasmas: no parece, pues, sino que se trata de la 
sistemática devastación de todo lo que fué Francia. 

»E1 elector «avanzado» confunde fácilmente el 
progreso con el odio al pasado y el aniquilamiento 
de sus vestigios. Hay que hacerle comprender que 
debemos cuidar nuestro patrimonio común precisa- 
mente porque es de todos. 

»Los demagogos han arrojado sobre la ortografía 
la sospecha de aristocracia. La ortografía es perfec- 
tamente democrática. Nunca la sabe uno con más se- 
guridad que a los doce años, en el momento del cer- 
tificado de estudios, a la salida de la escuela prima- 
ria, sin el auxilio del griego ni del latín. Y la escuela 
primaria está abierta a todos gratuitamente. Y la 
lectura perpetua, que fortifica la costumbre de la or- 
tografía, está recomendada a todos también. > 



Como se ve, el criterio de monsieur Urbain Grohier 
es reaccionario de un modo manifiesto. El idioma 
para él es un organismo viviente, a condición de que 
no se mueva, de que no se adapte, de que no se va- 
ríe: es decir, no es un organismo viviente. 

279 



Amado Ñervo 

Se trata de un patrimonio común, como si dijéra- 
mos, del patrimonio de los antecesores. Podemos 
usufructuarlo, pero no aumentarlo. Es un nolli me 
tangere para nosotros, no obstante que jamás lo fué 
para los antepasados. ¿Pues qué, el francés de Thi- 
baut de Champagne o de Joinville era igual al de 
Fran90Ís Villon o al del Loyál Serviteur? 

¿Pues qué, Margarita de Angulema escribía en 
francés idéntico al de Racan? ¿Y éste usó por ventu- 
ra los mismos términos que Voltaire? En todos los 
tiempos el francés ha evolucionado, admirablemente 
por cierto; ha impuesto infinidad de palabras a otras 
lenguas; pero también se ha acaudalado con todos 
aquellos vocablos que le hacían falta, y si ahora es 
expresivo, claro, dúctil y rico, débese precisamente 
a esa manga ancha que indigna tanto a monsieur Ur- 
bain Gohier. 

«Una lengua viviente, como cualquier ser vivien- 
te — dice Gohier — , no admite la lógica absoluta en 
su constitución.» 

Claro que no la admite así de golpe y porrazo, 
pero sí merced a sucesivas reformas. ¿Por qué no he- 
mos de aspirar a la lógica y a la perfección de nues- 
tra lengua? Ni siquiera valen razones de estética, 
porque no puede ser antiestético un idioma que es ló- 
gico y perfecto. ¿Es que la ph, la th y la rh son más 
bellas que las simples p, t, r? ¿El que tengan en su 
abono un ligero matiz de arcaísmo las hermosea de 
tal modo que en nombre de la belleza no debemos to- 
carlas? 

Por lo demás, aquí no se trata de un examen de 
ideas, de una especulación más o menos agradable e 
instructiva, sino de hechos. 

Monsieur Doumergue, a quien citaba yo arriba, ha 
dicho también con suave ironía: 

«La gente no espera nuestros decretos para tomar- 
se con la ortografía todo género de libertades.» 

La gente, en efecto, no ha esperado nunca ios de- 

280 



Obras Completas 

ere tos académicos para hablar y escribir. Con su sen- 
tido profundamente práctico, que es el verdadero 
creador de idiomas, la multitud va suprimiendo en 
éstos lo innecesario, y acaba por imponer al mundo 
su modo de expresarse. 

Si las corporaciones doctas se muestran, pues, es- 
quivas a estos hechos consumados, hacen muy mal, 
porque establecen cismas peligrosísimos. Estos cis- 
mas acaban por partir un idioma en dos (como pasó 
con el griego y el latín): el idioma culto y el popular, 
y monsieur Gohier debe saber de sobra lo que acontece 
en estos casos: el idioma popular es el que vive. El 
culto se torna en lengua de eruditos y se muere sin 
remedio. 

¡Cuánto mejor es, por tanto, que el Ministerio de 
Instrucción Pública tome cartas en el asunto y se mo- 
difique de derecho lo que de hecho está ya modificado! 

De hecho , sí, porque la ortografía francesa, como 
la inglesa y la alemana, se está modificando profun- 
damente, no sólo en las producciones de los litera- 
tos... sino hasta en las de los académicos. Monsieur 
Gohier no ignora quizá que los literatos no son los 
únicos que cometen faltas de ortografía o que escri- 
ben con una ortografía sui generis. Hay infinidad de 
escritores y de sabios que no se ajustan en esto a la 
ortodoxia académica. 

Y no por cierto de los más modernos. 

Justamente Le Matin, diario en que colabora mon- 
sieur Gohier, refería en días pasados la sabrosa anéc- 
dota siguiente: M. Gastón Boissier, secretario perpe- 
tuo de la Academia francesa^ que acaba de morir, no 
vivió siempre en armonía perfecta con la ortografía. 

Cierta mañana, Gastón Boissier llegó lleno de jú- 
bilo a casa de Renán, su colega en la Academia fran- 
cesa y en el Colegio de Francia. 

— Tengo que anunciaros — dijo el célebre filóso- 
fo — una noticia que va a humillaros. 

— ¿Qué noticia? 

281 



Amado Ñervo 

— Mis autógrafos se venden más caros que los 
vuestros. 

— No me sorprende— contesta Renán con aspecto 
malicioso, que decía mucho más que sus palabras — . 
¿Pero cómo lo sabéis? 

—Ayer, en la sala de ventas de la rué Drouot, se 
subastaron dos cartas: una vuestra y otra mía. La 
vuestra fué adjudicada en tres francos y la mía en 
cinco. 

— No me contáis nada nuevo — declaró E-enan — : 
ya estaba yo enterado. Pero no hay por qué enorgu- 
llecerse. ¿Sabéis la razón? 

—No. 

— Es que hay en vuestra carta tres faltas de orto- 
grafía. Ahí la tengo sobre mi escritorio. Es uno de 
mis amigos quien, viendo que se vendía y percibien- 
do las perlas falsas que ornaban vuestra prosa, pujó 
para quedarse con la carta, y me la trajo luego di- 
ciéndome: «Devolved esta carta al señor Boissier. Si 
la dejásemos circular en público, con sus ornatos 
gramaticales, podríamos perjudicar a la Academia 
francesa. 

No era, por lo demás, M. Gastón Boissier el solo 
académico que anduviese a trompicones con la orto- 
grafía. 

En 1868, en Compiégne, a ruegos de la Empera- 
triz Eugenia, los académicos, en gran número, tu- 
vieron a bien someterse a la prueba de un dictado, 
que se hizo famoso después y que fué arreglado por 
uno de ellos: Próspero Mérimée (quien imaginó, en 
realidad, la prueba, fué el ministro de Instrucción 
pública de entonces, Víctor Duruy), que para mos- 
trar el abuso que se cometía al dictar en los exáme- 
nes de profesores trozos difíciles, quería hacer que- 
dar mal la propia ciencia de los académicos. 

No hubo un solo inmortal que saliese bien de la 
prueba; ninguno de ellos hubiera podido recibir el 
título de profesor de Instrucción Primaria... En 

282 



Obras Completas 

cuanto a la Emperatriz, que había declarado no com- 
prender que pudiesen cometerse errores ortográficos 
y que también había tomado parte en el concurso, su 
dictado era verdadero estuche, realmente guarnecido. 
Tenía noventa faltas graves o ligeras; treinta más que 
el dictado del Emperador. 



Si pues ni los emperadores ni siquiera los académi-' 
eos de la Lengua escriben con ortografía, ¿cómo pre- 
tende el señor Gohier que ésta sea perfectamente de- 
mocrática'^ 

«Nunca sabe uno la ortografía con más seguridad 
que a los doce años», dice Gohier. Cierto, porque es 
la única edad en que suele uno medio saberla... 

Yo tengo cartas de literatos ilustres, con cada fal- 
ta de ortografía que tiembla el universo! Y eso que 
nuestra ortografía española es infinitamente más 
simple que la francesa. Los que en castellano come- 
ten (o cometemos) faltas no tienen (o no tenemos) 
disculpa. Pero sin disculpa y todo... 

Créalo, pues, el señor Gohier: el Gobierno francés 
hace perfectamente en modificar la ortografía, vol- 
viéndola más sencilla, más racional, más lógica. Lo 
propio están haciendo otros países y otros gobiernos. 

En cuanto a suponer que un idioma puede refor- 
marse así, de golpe, con un decreto, claro que nadie 
lo supone; se reformará con lentitud, si se tiene cui- 
dado de volver ortográficamente legítimo lo que el 
uso patrocina ya. Hay, asimismo, otro factor podero- 
so para conseguirlo, y es el ejemplo de los grandes. 

A este respecto, recordaré lo que aconteció en los 
Estados Unidos no hace aún dos años: 

El presidente Eoosevelt dio a la imprenta nacio- 
nal la orden de imprimir en lo futuro, en ortografía 
reformada, todos los mensajes y todos los documen- 
tos que emanasen de la Casa Blanca. 

285 



Amado Ñervo 

Quiso también que su propia correspondencia fue- 
se igualmente escrita en ortografía reformada. 

Se creía — y no se han equivocado quienes pensa- 
ban así — que este ejemplo, venido de tan alto, sería 
seguido probablemente por los Ministerios de Was- 
hington, y se esperaba que llegase un día en que 
todos los documentos oficiales fuesen escritos en or- 
tografía reformada, según el método fonético del 
profesor Brander Mathews, de la Universidad de Co- 
lumbia, patrocinado por Andrew Carnegie, el archi- 
millonario. 

Según este método, desaparecen las letras mudas. 
Se escribe, por ejemplo: gazel, sulfur, fantom, catalog, 
en vez de gazell, sulphur, phantom, catalogue. 

Claro que tal reforma se ha ido haciendo gradual- 
mente. Pero míster Roosevelt ha adoptado las listas 
parciales de palabras reformadas, a medida que se 
han ido reformando. 

La Comisión propuso especialmente, para ciertos 
participios pasados ingleses, la sustitución de la le- 
tra t a la final d. Basábase para esto en autoridades 
históricas, como Bacon y Shakespeare, en oposición 
a la ignorancia' y la rutina de los escritores y litera- 
tos actuales. 

Míster Roosevelt ha dicho varias veces que en su 
concepto este proceder fortificará la ortografía ingle- 
sa, volverá la lengua más popular y permitirá a los 
extranjeros aprenderla más rápidamente. 

Espera que así, simplificada, la lengua «triunfará 
pronto del francés como lengua diplomática*. 

Admirador entusiasta de la lengua anglo-sajona, 
así como de las instituciones anglo-sajonas, no ve 
razón alguna para que el idioma «de la raza domi- 
nante» no sea reconocido como idioma dominante. 

Los candidatos a los puestos del Gobierno deben 
saber servirse de la ortografía fonética, y los funcio- 
narios reclaman esta instrucción en las escuelas. 

Como consecuencia de la revolución ortográfica, 

284 



Obras Completas 

los norteamericanos esperan que Inglaterra y sus 
colonias tendrán que elegir entre la adopción del 
nuevo método o el surgimiento de una lengua ameri- 
cana. Ya lo ve, pues, Mr. Urbain Gohier: no convie- 
ne retardar con lirismos lo que acaso es capital para 
el predominio de la admirable lengua francesa: que 
una hoz hábil siegue todas esas letras inútiles que no 
tienen más razón de ser que la de una fisonomía eti- 
mológica lejana; que el aprendizaje del francés sea 
más fácil, si es posible, que el inglés. De ahí depen- 
de en gran parte la hegemonía del pensamiento lati- 
no, tan seriamente amenazada y combatida. 




285 



XXXVII 
LA LIBERTAD DEL ARTE LITERARIO 



\^BEO haber dicho a usted oportunamente que, bajo 
los auspicios del conocido senador monsieur Beran- 
ger, se celebró en París, en Mayo último, un Con- 
greso internacional contra la pornografía, esa porno- 
grafía que invade e infecta sin misericordia la novela 
contemporánea. En este Congreso, como era de pre- 
verse, mucha gente, animada de las mejores inten- 
ciones, pero de un celo excesivo, condenó algunas 
obras que, a pesar de su crudeza, son trabajos de 
arte, merecedores de toda consideración y respeto. 
Entonces George Lecomte, presidente de la Sociedad 
de Hombres de Letras, sin quitar, ni mucho menos, 
la razón a quienes combatían la publicación de libros 
obscenos, supo, sin embargo, sostener los derechos 
de la literatura alta y libre, defendiendo los libros 
de Zola, atacados por gente ignorante. Han pasado 
ya más de dos meses de estos interesantes debates, y 
acaba de fundarse una liga en favor de la libertad 
del arte literario, «liga de protesta cortés y mesura- 
da contra el celo intempestivo de algunos congresis- 
tas extranjeros, llenos sin duda de buenas intencio- 
nes, pero excesivamente peligrosos y faltos de tacto» . 
Esta liga publicó en el Mercurio de Francia un 
manifiesto, señalando ciertas tonterías — no pueden 

286 



Obras Completas 

llamarse de otro modo — de que algunos represen- 
tantes extranjeros del Congreso se jactaron candida- 
mente. 

Uno de ellos, por ejemplo, se enorgullecía ante sus 
colegas de haber hecho que se prohibiese la venta de 
los libros de Zola, de Fierre Louys y de Maupassant. 
Otro hizo que se suspendiera una pieza de Donnay. 
Otro aún denunció una novela de Eenó Boy les ve... 

Como se ve, pues, gentes honorables, hasta inteli- 
gentes, son capaces de condenar un libro de Zola o 
de Maupas.«ant. ¿Debemos lanzarles por eso nuestros 
anatemas? No del todo, si tenemos en cuenta lo difí- 
cil que es decir dónde acaba el arte y dónde comien- 
za la pornografía. 

Meditando con mucha lucidez acerca del asunto, 
el ilustre Paul Margueritte dice, entre otras cosas, lo 
siguiente, que me apresuro a traducir por lo que 
ilustra esta interesantísima cuestión: 

«Cuando se ha visto ya — dice Margueritte — con- 
denar o perseguir a hombres como Jean Eichepin, 
Paul Adam, Catulle Mendés, Raoul Ponchón, Lucien 
Descaves, Willette, Forain, Steinlein y Jean Veber, 
tiene uno el derecho de calificar de retrógrados el 
gusto y los sentimientos del Congreso contra la por- 
nografía, y es imposible dejar de notar la mala inte- 
ligencia latente y acaso franca, que o se ha produ- 
cido ya o se producirá en fecha próxima entre las 
declaraciones de los principales congresistas y la del 
ilustre y animoso presidente de la Sociedad de Hom- 
bres de Letras. 

»Georges Lecomte — el presidente de la referida 
Sociedad — no censura, y con razón, más que la por- 
nografía deshonrosa. Letrado, antes que todo, repu- 
blicano amante del progreso, novelista también, 
quiere hacer respetar los derechos del escritor since- 
ro. Ahora bien, la mayor parte de los congresistas 
antipornográficos ignoran esos derechos, los desco- 
nocen o los niegan. 

S»7 



Amado Ñervo 

«Hay en esto una mala inteligencia que un escri- 
tor experto, crítico concienzudo, Géorges Fonsegri- 
ve, no Ha podido menos de reconocer lealmente, en 
un reciente artículo de La Revue Hébdomadaire, ar- 
tículo que puede dar mucho que pensar y hasta jus- 
tificar en absoluto la libertad del arte. 

»Georges Fonsegrive, católico ilustrado y sin gaz- 
moñería, investiga en ese artículo cuáles son las 
«fronteras de la pornografía», y como de una parte 
está el sentido de lo bueno y de lo verdadero en el 
arte, si de la otra Fonsegrive reprueba, con razón, 
las manifestaciones groseras y lúbricas, forzoso le es 
convenir en que estas fronteras son flotantes, limita- 
das por las costumbres, los hábitos, las convenien- 
cias del tiempo en que vivimos; es decir, que son 
muy relativas. 

» Ciertamente yo me adheriría a las conclusiones 
de Mr. Fonsegrive, si éste, como moralista cristiano, 
no juzgase el arte por sus consecuencias sociales, y 
fundándose, a lo que parece, en que el pueblo no 
comprende la desnudez de las estatuas griegas, entre 
otras del discóbolo, no declarase lo siguiente: 

» ¿Habrá, pues, que perseguir y proscribir el dis- 
cóbolo? El mismo senador Mr. Beranger se opondría 
sin duda a esto. Sin embargo, fuerza sería concluir 
que si la observación demostraba que la inmensa ma- 
yoría de los espectadores se impresionaba del mismo 
modo que los obreros mencionados, la proscripción 
del discóbolo se impondría. 

»Este veredicto, suscrito por la concienzuda pluma 
de Mr. Fonsegrive, trae aparejadas tales consecuen- 
cias y reflexiones tales, que en verdad no puede uno 
menos que participar por el manifiesto de la Liga en 
favor de la libertad del arte. 

» Subordinar la moralidad de una obra de arte o 
de un libro a la incomprensión obscura de las ma- 
sas, sería la peor regresión a la barbarie. Y, persua- 
dámonos bien de que, ante este criterio, nada sub- 

288 



Obras Completas 

sistirá dentro de muy poco tiempo; ni un cuadro, ni 
una estatua, ni un libro, por honrados y humanos 
que fuesen. 

«En efecto, no hay obra que no exalte el senti- 
miento del amor terrestre o místico, y que, por con- 
secuencia, no pueda atizar en los ignorantes el senti- 
do genésico o las fuerzas romanescas del deseo. Los 
más bellos y delicados libros serían proscritos como 
inmorales: Dominique^ de Fromentin, ¿no produjo, 
por ventura, millares de víctimas sentimentales? 

»¿ Werther, no desencadenó acaso el gusto mórbido 
del ensueño y la sed inextinguible del amor en in- 
numerables almas jóvenes? 

»Ayer, apenas apareció un libro muy bello de 
Eduardo Eod, con el cual no estoy de acuerdo en 
todo, pero cuya franqueza admiro. En esa novela, 
Aloyse Válerien, dos seres son arrastrados hacia el 
abismo del amor, rompiendo con las leyes y las con- 
venciones mundanas, sin que nada, ni la influencia 
de los padres amados, ni los ejemplos trágicos de la 
experiencia, puedan retenerlos. ¿Prohibiríais vos- 
otros ese libro de pasión dolorosa y clarividente, 
porque no han de faltar amantes que peguen a sus 
páginas los rostros ardorosos y en ellas hallen un es- 
tímulo para ceder a su destino?» 



M. Eemy de Gourmont, en términos excelentes, 
trató este asunto en días pasados en el Me7xuno de 
Francia, mostrando que lo que se llama pornografía 
no es en suma otra cosa que la libre expresión del 
sentimiento sexual. 

Este sentimiento, quiérase o no, y aunque se le 
oculte bajo una capa de hipocresía, está en la base 
de todo. Agita la adolescencia del hombre y de la 
mujer, da a su vida consciente toda su intensidad, y 

Tomo XXII. 289 iq 



Amado Ñervo 

no muere sin causar profundas revoluciones orgáni- 
cas. Ligado al cerebro y a todas las fuerzas vivas de 
nuestros sentimientos y de nuestras ideas, es al mis- 
mo tiempo verbo y carne. Sin él no hay pensamien- 
to, ni poesía, ni novela, ni filosofía, ni artes hu- 
manas. 

El cristianismo ha querido sofocarlo y no lo ha lo- 
grado. Felizmente, dice M. Eemy de Grourmont, 
porque suprimirlo sería suprimir la vida. 

Como se ve, pues, los señores del Congreso Inter- 
nacional contra la pornografía se tienen que encon- 
trar hoy, mañana y después, con uno de los más 
complicados problemas. 

¿Cómo marcar las lindes que separan la pornogra- 
fía del arte? ¿Es posible juzgar con el mismo criterio 
al autor de El triunfo de la mtier^te y a los que escri- 
ben ciertos librillos verdes que andan hipócritamen- 
te en el mercado? 

¿Y, por otra parte, no es relativa por ventura la 
inmoralidad de un libro? ¿No depende más que todo 
de la edad, del carácter, de la imaginación y de la 
cultura del lector? 

¿La Biblia misma, no turbaría profundamente con 
ciertos relatos el espíritu de un adolescente? 

¿No tratan acaso los jesuítas, en la actualidad, de 
influir en el Papa, a fin de que se prohiba la lectura 
de los Evangelios, que, según dice, proporcionan 
apoyo a las teorías protestantes? 

El público, y sólo el público, puede, por tanto, ser 
juez en asunto tan escabroso, y desechar con ener- 
gía todos aquellos libros que simplemente tiendan a 
exaltar en nosotros a la bestia; proscribiendo en los 
casos especiales aquellos que, teniendo una forma ar- 
tística y todo, sean peligrosos para las almas que 
empiezan a vivir. 

En cuanto al escándalo producido por la obra 
de arte entre los ignorantes, no es ni puede ser ar- 
gumento para la proscripción de aquélla. Edúquese 

290 



Obras Completas 

más bien a las masas, a fin de que hallen, como nos- 
otros, casta la desnudez de la estatua. 

Hay falsos pudores que conviene suprimir desde 
la infancia, pensando que el hábito tranquilo de con- 
templar desnudeces valdrá siempre más que el seudo 
casto propósito de no mirarlas. 

El pudor irrazonado y la malicia son hermanos. 
Hay muchas cosas que hacen enrojecer a las vírge- 
nes, no porque sean malas en sí mismas, sino por- 
que una convención social las proscribe. 

Muchas jóvenes se ruborizan, por ejemplo, de mos- 
trar sus pies desnudos, y sin embargo, ¿hay algo más 
casto, más bello, más clásicamente noble que los pies 
desnudos de las vírgenes? 

La gazmoñería, la higoterie^ ha falseado todos los 
altos conceptos de la vida. 

En realidad, por lo que respecta al papel impreso, 
no hay libro de arte sincero que no pueda leer una 
mujer serena y fuerte. Pero justamente la gazmoñe- 
ría acaba con todas las serenidades y con todas las 
fortalezas. 

Juremos guerra a muerte a la gazmoñería y des- 
preciemos profundamente la ignorancia esclava que 
no sabe elevarse a la alta y libérrima concepción del 
arte. 

En cuanto al libro que pretende exteriorizar la be- 
lleza en un estilo noble, respetémosle. 

Hagamos, en cambio, a un lado la obra sin fisono- 
mía j sin individualidad, recordando que hay una 
clase de libros que siempre son inmorales: los mal 
escritos. 



S91 



XXXVIII 
COMPOSICIÓN LITERARIA 



JlLl desarrollo de un tema literario es considerado 
hoy en día, por todos los pedagogos, como la prueba 
esencial de un examen y como el procedimiento me- 
jor para el aprendizaje. No es raro, pues, cue la en- 
señanza literaria conste casi exclusivamente de lec- 
tura y de composición; de composición sobre todo 
consistente en temas determinados, que el alumno 
borda a su antojo y en los que por lo general apunta 
temprano el estilo. 

Si se tiene cuidado de que estos ejercicios sean 
frecuentes, uno por semana, o cuando menos dos por 
mes, se advierte en breve un positivo adelanto en la 
expresión de la idea. La personalidad de cada alum- 
no se va definiendo de un modo gracioso y pinto- 
resco. 

De fijo lo más difícil que hay en achaque de lite- 
ratura es decir las cosas clara, elegante y simplemen- 
te. Todos en los comienzos tendemos a complicarnos, 
e impulsados por una vanidad infantil, ponemos la 
tienda entera sobre el mostrador según la expresión 
de un poeta amigo mío. 

No nos contentamos con saber las tres o cuatro 
misérrimas cosas que hemos podido coger aquí y ahí, 

292 



Obras Completas 

sino que ponemos nuestro empeño en que los demás 
sepan que las sabemos. No es, pues, raro que en las 
composiciones de los alumnos haya citas, apuntes 
filosóficos, neologismos... y hasta construcciones 
nuevas. Al cabo de medio año todo esto ha desapare- 
cido y el estilo se vuelve sencillo, consistente y bru- 
ñido, hasta donde es posible. 

Pero hay todavía un inconveniente mayor que el 
apuntado, y es la sequedad, a saber, el extremo con- 
trario. 

De esto adolecen los alumnos por lo general: las 
alumnas casi nunca. 

A cierta edad, la imaginación de la mujer es mu- 
cho más fértil que la del hombre. (¿Y después?) 

Los alumnos suelen presentar composiciones de 
una concisión telegráfica. En ocasiones hasta más 
breves que el tema mismo, enunciado en unas cuan- 
tas líneas. Las alumnas, por el contrario, fácilmente 
novelan, a veces con ingenuidad encantadora. 

Un conocido profesor francés, a este propósito re- 
fería en días pasados, al resumir sus impresiones de 
fin del año escolar, una deliciosa anécdota, que no re- 
sisto a la tentación de contaros. 

Se trata de una de las llamadas «composiciones de 
estilo» en cierta clase de cierta escuela parisiense. 

El tema que debía desarrollarse era éste: «Las ale- 
grías del marino a su vuelta al hogar» . 

Las alumnas bordaron más o menos ese tema, pero 
sin gran sinceridad porque muchas de ellas jamás 
habían visto el mar. Sin embargo, casi todas procu- 
raron pintar, con briznas de recuerdos de sus lectu- 
ras, el contraste entre los peligros del viaje y la cal- 
ma del ansiado puerto. Tal era la idea dominante. 
Ciertamente el «marino» del tema hubiera estimado 
modestas las «alegrías» que las alumnas le decreta- 
ban según sus gustos personales, y que eran un poco 
insípidas... Pero hay que convenir en que tampoco 
se les pedía un cuadro realista. 

295 



Amado Ñervo 

En muchos de los temas, el marino era un buen 
hijo que, durante todas las pruebas de la navegación, 
no había pensado más que en su vieja madre, que lo 
esperaba ansiosamente. Volvía, en efecto, con econo- 
mías considerables, y renunciaba en adelante al mar, 
para consagrarse por entero a la autora de sus días. 

Muy prácticas las pequeñas escritoras, no se ima- 
ginaban que el mar, con todos sus peligros, pudiese 
ser una pasión, y llenas de ilusiones transformaban 
a todo marino después de una larga travesía en 
Nabab. 

Había sin embargo algunas que, mujercitas al fin, 
hablaban de las satisfacciones íntimas del viajero que 
volvía a su hogar, y describían los regalos que de le- 
janas tierras había traído a sus amigas y parientes. 
¿No era esto lo principal? ¿Quién pensaba en las fa- 
tigas pasadas? 



Pero la pequeña Margarita X abarcó más amplia- 
mente el asunto, e imaginó con una encantadora ig- 
norancia de la vida toda una historia complicada. 
Esta historia es impagable. 

Margarita tiene buen corazón y no dejó de pensar 
en el aislamiento de aquellos seres a quienes al em- 
barcarse dejan los marinos, a veces por años enteros. 
Su narración ponía en escena, del más peregrino 
modo, al teniente Dorval y a su joven esposa. 

¡Oh, con cuánta pena veía la señora Dorval embar- 
carse a su marido cada vez que éste partía! Iba a 
acompañarlo hasta el muelle, y largamente, cuando 
el buque dejaba el puerto, agitaba el pañuelo. Pero 
cuando el marino no era ya más que un punto en el 
espacio, sentíase la infeliz muy sola. Si a lo menos 
tuviese un niño que la consolara y a quien hablar del 
ausente! Pero no, ni un bebé! 

Un día, el señor Dorval tuvo que partir para un 

S94 



Obras Completas 

viaje que debía durar siete años. Ya imaginaréis si 
los esposos estaban afligidos, y si de nuevo se lamen- 
taban de la obstinación del Cielo en permanecer sor- 
do a sus deseos. 

Pero el señor Dorval era un hombre animoso; se 
hizo a la mar, y todo aconteció a maravilla para él. 

Vino por fin el momento del regreso. Desde el 
puente de su buque el marino buscaba a su mujerci- 
ta, a quien felizmente distinguió en el muelle. Pase- 
mos por alto las primeras efusiones y lleguemos al 
pasaje delicioso por excelencia. 

«Ven pronto a casa— dijo la señora Dorval— ; ten- 
go una sorpresa para ti.» El, sin adivinar de qué se 
trataba, siguió a su mujer, que iba tan de prisa como 
podía. Llegaron a la casa, y allí, en una cuna, su 
mujer le mostró de pronto lo que siempre había tan 
vivamente deseado: dos lindas criaturas, la una de 
un año, la otra de dos, y a cual más rubia, que le 
sonreían, y le tendían sus bracitos. Al ver esto el se- 
ñor Dorval creyó volverse loco de gusto. Por fin sus 
votos estaban colmados. 

Cayó de rodillas y dio gracias al Señor por haber- 
le hecho padre, en tanto que lágrimas de alegría 
inundaban su rostro. 

La pequeña Margarita se sentía muy orgullosa de 
su composición, y no comprendía en absoluto por 
qué los elogios que le hacían iban mezclados con ri- 
sas. ¡Oh santa simplicidad y candida inocencia! Po- 
neos en lugar de los profesores. ¿Qué habríais hecho? 
¿No era lo mejor dar resueltamente el primer premio 
a la niña? 

Pues eso se hizo. 

Y he aquí — concluye el narrador — algo que honra 
la moralidad de nuestras escuelas. 



295 



XXXIX 

LOS ILITERATOS EN EL EJÉRCITO Y EN 
LA JUVENTUD FRANCESA 



r.N estos momentos agita la opinión francesa un 
asunto por todo extremo interesante: la disminución 
del analfabetismo en los conscritos o reclutas que 
llegan iletrados al regimiento. Hace cuarenta años, 
un 25 ó 30 por 100 de jóvenes franceses no sabía ni 
leer ni escribir. Desde que se estableció la Repúbli- 
ca esta proporción se ha reducido de tal suerte que 
ahora apenas si un 5 ó un 6 por 100 se hallan en ese 
triste caso. 

Pero Francia tiene de vecinas dos naciones que 
aguijonean saludablemente su amor propio: Alema- 
nia y Suiza, y sabe perfectamente, porque consulta 
sin cesar las estadísticas, que apenas si uno o dos sol- 
dados suizos de cada cien son analfabetos; mientras 
que en el censo militar francés de 1907 había más de 
once mil jóvenes que no sabían ni leer ni escribir, y 
cincoTmil de los cuales se declaraba «que no se había 
podido comprobar su instrucción». Así, pues, veinte 
mil soldados franceses, según la estadística, son in- 
capaces de escribir su nombre, y están privados de 
los menores rudimentos de instrucción primaria. 

Si entre nosotros aconteciese esto, con qué sonrisa 

296 



o b 7' a s Completas 

de complacencia lo sabríamos. ¡Imaginad, por un 
momento, que en México sólo el 5 ó 6 por 100 de los 
joyencitos mayores de doce años no supiese leer ni 
escribir! ¿Concebís felicidad más grande? Pero Fran- 
cia no puede consolarse con esto. Francia quiere 
que en la enorme masa de su ejército, compuesto 
de jóvenes que son lo mejor de la nación, no haya 
uno solo analfabeto. ¿Qué idea de Patria, de deber, de 
sacrificio, piensan aquí, puede tener un soldado que 
no sabe ni leer? 

Se lia dicho hasta la saciedad que los vencedores 
de 1870 no fueron Bismarck ni Moltke, sino los 
maestros de escuela alemanes, y Francia no ha olvi- 
dado esto. Así, pues, nada menos que 200 diputados 
republicanos de todos los matices han firmado una 
proposición de ley, cuyo fin esencial es señalar al 
país el mal de que vengo hablando. 

Uno de estos doscientos firmantes, el diputado por 
el Sena, Fernando Buisson, razonando la antes dicha 
proposición de ley, se expresaba de esta suerte: 

Sin perjuicio de todas las otras medidas legislati- 
vas y administrativas que sean necesarias, queremos 
que se haga en Francia lo que ha tenido un éxito 
maravilloso en Suiza, a saber: al día siguiente del 
voto de la Constitución que colocó el ejército bajo la 
mano de las autoridades federales, Suiza estableció 
en 1875 un examen anual de reclutas, desde el punto 
de vista de la instrucción. Se trataba de una especie 
de certificado de estudios, un poco más completo que 
el francés, al cual se somete a todos los jóvenes re- 
clutas. 

Este certificado de estudios comprende cuatro 
pruebas: lectura explicada, redacción, cálculo men- 
tal y escrito, conocimientos cívicos (historia, geogra- 
fía, instituciones nacionales). 

El resultado se pone de manifiesto año por año 
merced a estadísticas que son interesantísimas. Se 
trata do un doble resultado. De una parte, a fuerza 

297 



Amado Ñervo 

de energía y de perseverancia, se ha extirpado la 
plaga de los iletrados: en 1906 de 28.000 hombres 
sólo 17 no sabían leer de corrido. Por otra parte, y 
éste es el más admirable efecto de la institución, el 
promedio general se ha elevado de tal suerte que un 
39 por 100 del efectivo militar total ha obtenido un 
conjunto de notas superior a la media, lo que supone 
una elevación general del nivel de la instrucción po- 
pular en la masa de la nación que es por todo extre- 
mo apreciable. 

¿Cómo ha podido lograrse este milagro en menos 
de una generación? 

Únicamente por la fuerza de la opinión pública 
despertada, estimulada, aguijoneada por la publica- 
ción de los resultados. El amor propio de los indivi- 
duos y de las familias, el de las poblaciones, el de 
las autoridades diversas, ha barrido todos los obs- 
táculos. 

Sin copiar punto por punto el sistema suizo, dice 
monsieur Buisson, queremos retener la idea esencial: 
que haya a la entrada al regimiento un examen in- 
dividual, serio, obligatorio. No pedimos que reciba 
el amplio desarrollo que se le da en Suiza. Por res- 
tringido que sea, una vez que exista, producirá en la 
juventud que haya llegado a la edad militar cuando 
menos tanto efecto como nuestro humilde certificado 
de estudios en la juventud que ha llegado a la edad 
escolar. 



Y, dirigiéndose a los maestros de escuela, el dipu- 
tado Buisson les dice calurosamente: — Lo que os pe- 
dimos, señores institutores, es que nos ayudéis a es- 
clarecer la opinión pública. Es que aprovechéis el 
momento de emoción oportuno. La ocasión es propi- 
cia para enderezar cierto número de errores, para di- 

298 



< 



Obras Completas 

sipar muclias ilusiones en que se complace nuestra 
pereza. 

El nuevo proyecto de ley, que la Cámara votará 
8Ín duda alguna, os pide, señores maestros, que des- 
empeñéis un nuevo papel. El inspector primario será 
directamente quien, guiándose por el cómputo de 
faltas señalado por vosotros mismos, hará requeri- 
mientos, perseguirá a los faltistas que son verdade- 
ros delincuentes, y pedirá para ellos los rigores de 
la ley. 

Esta misión sin duda vosotros la aceptaréis sin ti- 
tubear. No temeréis las recriminaciones que podrá 
valeros. Pero con una condición, y es que, por su 
parte, la nación haga en vuestras clases lo que hace 
fuera de ellas: todo lo necesario para justificar los ri- 
gores de la ley. A condición también que la caja de 
escuelas esté lista para ayudar, para levantar a las 
familias indigentes cuya negligencia tiene por excu- 
sa la miseria; a condición, por último, de que los re- 
glamentos escolares se adapten y diversifiquen lo que 
sea necesario, para hacer a todos más fácil la fre- 
cuencia de la clase, según los lugares, las estaciones 
y las ocupaciones del país. 

Y obteniendo esto, diréis aún (y seréis oídos) que 
Francia es el país que más ha reducido el período es- 
colar y que nuestras leyes necesitan en este punto 
una corrección inmediata. Todos nuestros vecinos, 
con excepción de España e Italia, hacen durar la es- 
cuela primaria hasta la edad de catorce años cumpli- 
dos: todos estiman que permitir al niño que abandone 
la escuela, para aprender un oficio^ a los once o doce 
añoSj es un acto de absoluta imprevisión social y que no 
aprovecha en realidad ni a las familias ni al trabajo 
nacional. 

Y diréis aún que, aun cuando la asistencia a la es- 
cuela esté asegurada, en Francia, como en todas par- 
tes, hay que someterse a la ley de la naturaleza. Un 
niño que deja todo estudio a los doce años, y que está 

299 



Amado Ñervo 

sometido sin remisión a la dura ley del trabajo ma- 
nual no interrumpido, en los campos y en el taller, 
olvidaría forzosamente lo que mal o bien ha apren- 
dido en su rápido paso por la escuela. El mayor nú- 
mero de iletrados se compone, no de jóvenes que no 
saben leer, porque desde los doce a los veinte años 
han olvidado lo que aprendieron. En casi todos los 
países vecinos se han establecido clases complemen- 
tarias obligatorias de los catorce a los diez y siete o 
diez y ocho años, a razón de algunas horas por se- 
mana, tomadas de las horas de trabajo. Casi todas las 
legislaciones suizas y alemanas contienen este ar- 
tículo: «Se prohibe dar clases a los jóvenes aprendi- 
ces u obreros, después de las siete de la tarde.» 

Es fuerza que nosotros votemos una ley semejante 
si queremos alcanzar a los países que nos han gana- 
do terreno. 

«Todas estas son verdades nuevas en Francia» 
— dice Buisson — . ¿Y en México, pregunto yo a mi 
vez? «Es difícil hacerlas entrar en los espíritus», 
añade, y habría que decir en la conciencia pública. 

Señores maestros — concluye monsieur Buisson — , 
no vaciléis en defender ante la nación la causa de 
esos ignorantes, de esos incultos, de esos iletrados de 
ahora y de mañana, a quienes hay que salvar, que 
instruir, en interés propio y en bien de la patria. 



Pero, digo yo, ¿es que el ideal de una nación tan 
culta como Francia puede satisfacerse con que los jó- 
venes del pueblo, destinados todos durante dos años 
al ejército, sepan leer, escribir y contar? 

No, este ideal sería demasiado raquítico, demasia- 
do modesto. 

El soldado debe ser, si es posible, un hombre ins- 
truido, un poco literato, un poco artista. 

500 



Obras Completas 

¿Habéis leído, cuando la guerra ruso-japonesa, que 
tantas sorpresas produjo al mundo, cómo empleaban 
sus ocios los ejércitos del Mikado? 

Era, frecuente, en los intervalos de reposo, ver a 
los simples soldados japoneses ya pintando hermosas 
acuarelas, estilizadas y finas, ya escribiendo sus im- 
presiones, ya... componiendo versos. 

¿Qué raro es que haya vencido un pueblo cuyos 
simples reclutas poseían una mentalidad tal? 

Ciertamente, y a pesar de la opinión apuntada 
arriba, no es la ignorancia la que impide los heroís- 
mos. Gruzmán el Bueno no era un letrado. Juana de 
Arco no sabía teología ni cánones. ¿Pero no es mejor, 
por fortuna, en la guerra moderna, no sirve más a la 
patria el tranquilo y lúcido (lúcido sobre todo) cum- 
plimiento del deber? ¿No influye en gran manera en 
la victoria la iniciativa personal del soldado^ cuando 
va guiada por una instrucción sólida? 

No es el número ni el valor de los soldados lo que 
triunfa en la guerra moderna: es la calidad de los 
mismos. La táctica personal colaborando, no mecá- 
nica, sino inteligentemente, con la táctica de los es- 
tados mayores, y completándola en el detalle. 

He aquí cuál debe ser, pues, nuestro sueño, el sue- 
ño de todos los países civilizados, mientras subsista 
la posibilidad absurda y bárbara de la guerra: no 
sólo que cada soldado sepa leer de corrido y escribir 
su nombre, sino que sea cada uno de ellos un hombre 
medianamente instruido. 

Para lograrlo, hay que evitar, desde luego, y por 
cuantos medios estén a nuestro alcance, que los mu- 
chachos de las clases humildes entren a los talleres 
antes de haber completado, su instrucción secundaria. 
La ayuda que sus familias creen obtener de ellos 
será inmediata, es cierto, interrumpiéndoles su ins- 
trucción, pero en cambio engañosa y nula al cabo de 
poco tiempo. En efecto, el aprendiz de doce años se 
volverá analfabeto y acabará invariablemente (ace- 

301 



m 



chado por las malas compañías y por la taberna) en 
la cárcel o en el hospital. 

Para los aprendices incultos queda el remedio de 
la escuela de adultos. Pero por ningún concepto, la 
escuela nocturna. La escuela nocturna es nula en este 
caso. Viene, después del horrible trabajo del día, a 
ser una pena más, y todos sabemos que el aprendiza- 
je con pena y esfuerzo excesivos se vuelve nulo 
también. 

Se necesita un gran deseo de instruirse, deseo que 
es candido suponer en todos los individuos de nues- 
tro pueblo, para, después de las fatigas del día, em- 
plear fructuosamente las primeras horas de la noche. 

La clase para adultos debe llenar una condición 
esencial: que en ella se sustituya un trabajo a otro, 
el intelectual al manual; debe darse en horas de fae- 
na, exclusivamente. El aprendiz, el obrero, saben así 
que la hora o las dos horas diarias que gastan en 
aprender, no son un exceso de tarea, sino una agrada- 
ble variedad dentro de la tarea; que esas horas, dán- 
doles labores de espíritu, les restan, en cambio, que- 
haceres materiales. Y así irán al estudio con verdade- 
ro amor y deseo. 

Cuan sabia es, pues, la legislación suiza que todos 
debemos implantar en nuestros países y que tan dis- 
creta y concisamente resuelve el problema: 

«Queda terminantemente prohibido dar clases a 
los aprendices u obreros jóvenes después de las siete 
de la noche.» 



202 




índice 



PSginos 



La lengua y la literatura 9 

I.— Del florecimiento de la poesía lírica en 

Italia, Portugal y España 11 

II. — El catalán y la supremacía del caste- 
llano 20 

III. — De los nuevos metros y las nuevas com- 
binaciones métricas en la literatura 

moderna 29 

IV. — La cuestión de la ortografía 43 

V. — Del estilo exuberante 46 

VI. — El movimiento intelectual en Madrid. . . 56 
VII. — Bolsas de viaje para los escritores y poe- 
tas. — Conveniencia de crearlas en el 
Ministerio de Instrucción Pública.— Lo 

que se ba becbo en Francia 64 

VIII. — Libros de niños. — Libros para niños. — 

Los niños en la vida y en el arte 70 

IX. — La Universidad popular de Madrid 78 

X.— Los estudios bistórico-literarios en Es- 
paña. — La poesía. — La novela históri- 
ca. — Literatura anecdótica. — Cultivo 
entusiasta de un noble género 85 



Páginas. 

XI. — Programas, horarios y métodos seguidos 
en Francia para la enseñanza de la 

lengua nacional 97 

XII. — La enseñanza de la lengua y de la litera- 
tura en Francia. .. . 106 

XIII. — Observaciones en cuanto a la enseñanza 

de las lenguas vivas en Europa 113 

XIV. — La enseñanza de las lenguas modernas 

en Inglaterra 119 

XV. — Cómo se habla el español en España. . . . 126 

XVI.— El castellano en América 132 

XVII. — La enseñanza de las lenguas modernas 

en Francia 140 

XVIIL— El castellano en México. — Filología com- 
parativa 149 

XIX. -Ateneo Iberoamericano . — Conferencias 
autocríticas. — La Crónica general de 

Alfonso el Sabio 165 

XX. — El teatro y el idioma en España y Amé- 
rica 164 

XXI. — Las literaturas clásicas como arbitrio 

para obtener la ecuanimidad 171 

XXII. — La literatura española y la portuguesa. — 
El concepto francés de cada una de 

ellas 178 

XXIII. — La instrucción primaria en España 187 

XXIV.— Balance literario del año.— Los jóvenes 
escritores españoles. — Orientaciones do- 
minantes 198 

XXV. — Extensión universitaria 209 

XXVI. — Del género trágico 213 

XXVII.— El espíritu literario y poético en los paí- 
ses vascongados 219 

XXVIII.— El estudio de la literatura en el bachille- 
rato francés 229 

XXIX. — La mujer y la literatura española con- 
temporánea 284 

504 



1 n d t c e 

Páginas. 

XXX.— Los clásicos para todos 245 

XXXI.— El presupuesto español de Instrucción 
Pública. — Pensiones en el extranje- 
ro. — Creación de escuelas 251 

XXXII.— El Salón de los Poetas 261 

XXXIII.— Los juegos florales en España 266 

XXXIV.— El teatro de arte en Madrid 268 

XXXV.— El arte literario y las preocupaciones 

mercantiles 273 

XXXVI.— La reforma de la ortografía en Francia. . 277 

XXXVII.— La libertad del arte literario 286 

XXXVIII.— Composición literaria 292 

XXXIX.— Los iliteratos en el ejército y en la juven- 
tud francesa 296 



Tomo XXII. 50d so 



Biblioteca Nueva 



LISTA, 66, 
MADRID 



EXTRACTO DEL CATÁLOGO 



OBRAS ESCOGIDAS DE JUAN VALERA 
(ilustradas por f. marco) 



Pías. 



NOVELAS 



Pfas. 



1.— Juanita la Larga . . . 5,00 

IL— Doña Luz 5,00 

in.—Peplía Jiménez ... 5,00 
IV.— El Comendador 

Mendoza 5,00 

V.— Pasarse de lisio. . . 5,00 

VI.— Genio y figura . . . 5,00 

VII.— Morsamor 5,00 



VIII y IX.— Las ilusiones 

del Doctor Faustino . . 

X.— Dafnis y Cloe .... 

OTRAS OBRAS 



10,00 
5,00 



5,00 



XI.— Cuentos escogidos. 

XII.— Poesías escogi- 
das 5,00 

XIII, XIV y XV.-Ensayos 
escogidos 5,00 



OBRAS COMPLETAS DE GABRIEL MIRÓ 



Ptas. 

Las cerezas del cemen- 
terio (novela) 5,00 

La novela de mi amigo 
(novela) 5,00 

El Obispo leproso (no- 
vela) 5,00 



Ptas. 

El libro de SigUenza 

(novela). ....... 5,00 

Del vivir (novela) 5,00 

Figuras de la Pasión del 

Señor 7,00 

Años y leguas (novela). . 5,00 



NOVELAS DE RAFAEL LÓPEZ DE HARO 



Ptas. 



Ptas. 



¿y después? 

Ante el Cristo de Lim- 
pias 

¡Pero el amor se vat . . . 
Fuego en las entrañas . . 
Entre todas las mujeres. 



5,00 


La Venus miente 


5,00 




Las sensaciones de Julia. 


5,00 


5,00 


Un hombre solo 


5,00 


5,00 


Todos los amores .... 


5,00 


5,00 


Los nietos de los celtas. 


5,00 


5,00 


Ser o no ser (comedias) . 


5,00 



OBRAS DE RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA 



Ptas. 

La viuda blanca y negra 
(novela) 4,00 

El secreto del Acueducto 
(novela) 4,00 



Ptas. 

La Quinta de Palmyra . . 
(novela) 4,00 

La mujer de ámbar (no- 
vela) 4,00 



OBRAS DE ÓSCAR WILDE 



Pta§. 

I.— El crimen de lord Ar- 
turo Savile (novela) . . 4,00 

II.— El retrato de Dorian 
Gray (novela) 4,00 

III.— El ruiseñor y la rosa 
(novelas) 4,00 

IV.— Huerto de granadas 
(novelas). 4,00 

V.— Vera o los nihilistas 
(teatro) 4,00 



Ptas. 

V I . — Intenciones (ensa- 
yos) 4,00 

Vn.~La tragedia de mi 
vida 4,00 

VIH.— La duquesa de Pa- 
dua 4,00 

IX.— Pluma, lápiz y ve- 
neno 4,00 

X.— Una mujer sin impor- 
tancia 4,00 

XI.— Epistolario inédito . . 4,00 



OBRAS DE EQA DE QUEIROZ 

Ptas. Ptas. 

Una campaña alegre . . . 4,00 Ecos de París 4,C0 

San Onofre 4,00 Prosas bárbaras 4,00 

San Cristóbal 4,00 Cartas familiares y bille- 

Carías de Inglaterra . . . 4,00 tes de París 4,00 

El misterio de la carrete- Cuentos 4,00 

ra de Cintra 5,00 Últimos ensayos 4,00 

Notas contemporáneas. . 5.00 



OBRAS DE REMY DE GOURMONT 

Ptas. Ptas, 



Colores (cuentos eróti- 
cos 4,00 

Una noche en el Luxem- 
burgo (novela) 4,00 



El sueño de una mujer 

(novela) 4,00 

El peregrino del silencio . 4,00 

Historias mágicas .... 4,00 

Sixtina (novela) 4,00 



OBRAS COMPLETAS DEL PROFESOR 
S. FREUD 

(prólogo de José ORTEGA Y GASSET) 



Ptas. 

I.— Pslcopatología de la 
vida cotidiana. Errores, 
equivocaciones, su- 
persticiones, olvidos. . 10,00 

IL— Una teoría sexual y 
otros ensayos 10,00 

III.— El chiste y sus rela- 
ciones con lo incons- 
ciente 10,00 



Ptas. 

IV y V.— Psicoanálisis . . 20,00 
VI y VIL — Interpretación 

de los sueños 20,00 

VllL— Tótem y Tabú . . . 10,00 
IX.— Psicología délas 

masas 10,00 

X.— La histeria 10,00 

XL — Inhibición, síntoma 

y angustia 10,00 



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PQ Ñervo, Amado 

7297 Obras completas de Amado 

N5A1325 Ñervo 

1920 

V.22 



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