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Full text of "Obras completas; prólogo de Alberto Ghiraldo"

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OPINIONES 




OPINIONES^ 



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RUBÉN DARÍO 



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Volumen X de las obras com- 
pletas. Administración: Edi- 
torial MUNDO LATINO 
Madrid 



75/9 




Al Dr. Fernando Sánchez 



Dedica este libro, 

su amigo 



RUBÉN DAQÍO 



En este libro, como en todos los míos, no- 
pretendo enseñar nada, pues me complazco en 
reconocerme ei ser menos pedagógico de la 
tierra. Van aquí mis opiniones y mis sentires, 
sobre cosas vistas e ideas acariciadas. Todo 
expresado de la manera más noble que he po- 
dido, pues no me avengo con bajos pensamien- 
tos ni vulgares palabras. No busco el que nadie 
piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Li- 
bertad!, ¡libertad!, mis amigos. Y no os dejéis 
poner librea de ninguna clase. — /?. D. 

París, 1906. 




EL EJEMPLO DE ZOLA 




ntonces, Lucas, en una última mira- 
da, abarcó la ciudad, el horizonte, la 
tierra entera, donde la evolución co- 
menzada por él se propagaba y se 
acababa. La obra estaba hecha, la 
ciudad fundada. Y Lucas expiró, entró en el torrente 
de universal amor, de la eterna vida.» Así concluye 
el segundo evangelio, Trabajo. Ahora antes de ter- 
minar la tarea, pero ya cor. un mundo hecho, Zola 
descansa para siempre, llevado, arrancado a su la- 
bor por la más estúpida contingencia. Acabo de 
regresar de su entierro. Un pueblo en silencio, 
pueblo de pensadores y de trabajadores, le acom- 
pañaba. Fué ceremonia imponente de recogimiento 
y de severidad. Iban los hombres de la idea y 
los hombres del taller. Se extendían, en el vasto 
cuerpo de la negra procesión, los grupos de eglan- 
tinas rojas. Un minero iba, pies desnudos entre grue- 



RUBÉN DARÍO 

sos zuecos, con su uniforme de trabajo. Un herre- 
ro, los brazos al aire, llevaba con dignidad su pesa- 
do martillo. Un cultivador gigantesco hacía brillar al 
sol opaco, sobre su hombro, una hoz. ¡Esa es la 
gloria! Iban sabios y poetas. Iban obreros de blusa, 
y niños y niñas con sus padres. Se llevaba al cam- 
posanto de Monmartre al potente bondadoso, al 
creador de tanta obra robusta y fecunda, al poeta 
homérico de la sociedad futura, al servidor de la 
verdad, al profeta de los proletarios, al gran carác- 
ter de un tiempo sin caracteres, a quien toda la tie- 
rra saludó un momento como una encarnación de la 
virtud humana, de la eterna conciencia, de la indes- 
tructible justicia y de la divina libertad de pechos 
de oro. 

Estas grandes conmociones tan solamente las 
causan los que salen de las aisladas torres, marfil, 
cristal o bronce, del arte puro. Hay, para lograr ta- 
mañas coronas, que ser fuente y pan para los de- 
más, conformándose con el propio dolor, hermano 
de la gloria. Hay que convencerse de que no se ha 
venido con el mayor don de Dios a la tierra para to- 
car el violín, o el arpa, o las castañuelas, o la trom- 
peta. Tocarlas, sí, para universal gozo y danza do- 
nisíaca, en paz y fiesta común con todos. No la su- 
perhombría, no el neronismo, no la crueldad orgu- 
llosa: antes el bien que se hace con la luz y en la luz 
el abrazo fraterno. Mientras más alta es la catarata, 
más perlas tiene su agua pura, y su voz dice la ar- 
monía de la naturaleza y el iris la corona. Saltim- 
banquis de palabras o juglares de ideas, sin la bon- 

8 



OPINIONES 

dad que salva, muy pintorescos y bonitos, son déla 
familia de los pájaros; cuando mueren, por el plu- 
maje se les diseca; si no, van al muladar con los pe- 
rros muertos. Desventurado el que, teniendo el vino 
de la bondad y de la fraternidad humana, no expri- 
mió jamás su corazón en su copa cuando vio pasar 
el rebaño de hermanos con sed, bajo los látigos de 
arriba. Zola fué eso: el viñador copioso y generoso. 
No como Hugo, desde la olímpica sede en que, como 
papa literario, con su tiara llena de gemas líricas, 
vestido de orgullo, repartía sus dones; no como 
Tolstóí, tan vecino de la clínica como del santoral; 
no como Ibsen, ceñudo, obscuro y doloroso. Zola, 
que fué tan atacado, porque, se decía, buscaba los 
afectos más viles de la vida, complaciéndose en la 
pornografía y en la obscenidad, ha sido un enorme y 
puro poeta del amor, un músico órfico y augusto de 
las multitudes, un cantor de la hermosura natural y 
de la fecunda obra engendradora, un visionario de 
la humanidad que viene, de la dicha de las naciones 
futuras, de la dignificación de nuestra especie en la 
vía progresiva de su perfeccionamiento, en el ritmo 
divino. 

Era un grande hombre de bien. No lo que se llama 
por la generalidad un «hombre honrado». No conoz- 
co, decía De Maistre, la conciencia de los crimina- 
les; conozco la de algunos hombres honrados, y es 
espantosa. Era hombre de bien y buen gigante el 
último de los evangelistas. Fué predicador de altas 
virtudes; dijo a la juventud palabras de engrandeci- 
miento y de deber, y a la muchedumbre señaló el 



RUBÉN DARÍO 

rumbo de las venideras victorias de paz y de felici- 
dad. ¡Un gran idealista, el gran naturalista! Un co- 
razón de adolescente en el cuerpo del coloso; un 
casto, el que señaló las íerriblezas de la lujuria; un 
sobrio, el que mostró la sombra roja del alcohol; un 
sonador, el práctico y concienzudo arquitecto de 
tanta fábrica maciza; un modesto, el más magistral 
director de ideas de estos últimos tiempos, y el tími- 
do solitario, un valiente que, al llegar la hora, se 
puso a arrostrar las ciegas turbas furiosas que le 
insultaban y lapidaban, en una actitud sencilla como 
el Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es 
soberbio y se eníierra en la historia para quedar 
como una estela moral inconmovible al paso de los 
vientos de los siglos. 

Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuer- 
zo perpetuo desde los años primeros de vacilacio- 
nes y de angustias, angustias y vacilaciones que do- 
ran una juventud ardorosa y una esperanza radian- 
te. Los problemas de la vida, la práctica prosaica de 
la existencia de quien no ha nacido en la riqueza, el 
pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus 
espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; 
familia a cuestas; los dolorosos préstamos a los 
amigos; las deudas de otra clase y los embargos; 
alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que 
quedará en su memoria inolvidable; la bohemia que 
se sigue sin sentirle apego, esa bohemia obligatoria 
por la escasez y la falta de ambiente y medios dis- 
tintos que se desearían; la miseria. Ese mudar de 

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O P 1 N I O A ES 

casas, tan indicador de que no se ha encontrado aún 
el asentado y reposado vivir que necesita el trabaja- 
dor para la realización de su obra— antes de que 
llegue la posesión de Medan y el hotel de la calle de 
Bruxelles. Y de todo triunfa esa voluntad acerada y 
templada: de las amarguras de la necesidad y délas 
tristezas de más de una desilusión; de las absurdas 
solicitudes de dinero y de los mezquinos obstáculos 
que se presentan a los mejores deseos; del vivir 
como en el número 11 de la calle Soufflot, pared de 
por medio con las más desastradas mujerzuelas, y 
de la soledad, mala consejera de los débiles, cuando 
busca en París sus modos de ascender — y primero 
de comer. Cuenta uno de sus amigos íntimos que 
sus menús de entonces se componían de pan y café, 
o pan y dos sueldos de queso italiano, o pan y dos 
sueldos de patatas fritas. Y que a veces eran de sólo 
pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en 
un reciente estudio sobre los artistas y el dinero: 
que los sufrimienlos del comienzo son precisos para 
hacer sentir lo que es la lucha humana por la vida y 
pesar el dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas 
páginas admirables en que las pesadumbres de los 
intelectuales están tan profundamente manifestadas 
y tan sinceramente sentidas. El inmenso peligro de 
la bohemia en el principio de toda vida de artista es 
para los que no ven ni la seriedad del existir ni la 
obligación que viene para consigo mismo, para con 
los hombres y para con la eternidad. Preciso es que 
la juventud se pase, dice un proloquio francés que 
excusa las locuras de los años frescos, en que para 

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R Ü B E N DARÍO 

uno todo es aroma de rosas, oro de sol, gracia y 
vibración de amor. Mas una vez pasada la primave- 
ra, la estación exige el fruto, fruto de noble desinte- 
rés, de conciencia, de servicio a la comunidad. Los 
que no se dan cuenta de esa ley de lo infinito, caen, 
ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el sentido 
moral se pierde, todo está perdido, pese a la habili- 
dad, a la intriga; saldrá de la bohemia, si sale, un 
arrivista tortuoso, un ágil funámbulo en la sociedad, 
pero el artista ha muerto. Zola murgerizó poco, y 
esto porque preciso era, ¡qué diablo!, en esos años 
amables trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así, 
recuerda uno de sus biógrafos que «una vez, ha- 
biendo recorrido en vano todo el barrio sin encon- 
trar a quien pedir prestados los pocos centavos de 
la comida, y teniendo en ese momento del brazo a 
una mujer, la querida de algunas semanas, ¿qué 
hace el futuro propietario de Medan? Se quita el so- 
bretodo y se lo da a la mujer. — ¡Lleva eso al Monte- 
pío!— Y entró a su habitación en mangas de camisa, 
con un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó 
la voluntad, porque así debía ser, comiéndose pan 
de amor y bebiéndose vino de esperanza. A buena 
hambre no hay pan duro; a buena juventud no hay 
ásperas horas, por ásperas que sean. La salvación 
está en la sangre noble que hierve, en el impulso 
consciente que hace saltar, volar, sobre la dificultad 
y sobre el abismo. Es la estación perfumada en 
que florece en toda alma artística un ramo de cuen- 
tos a Ninon, que es un ramo de rosas risueñas de 
rocío. 

12 



OPINIONES 

Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla 
en versos aunque no los haga. Aníes que cuentos, 
por tales melodiosas razones, hizo Zola versos. 
Los versos fueron después abandonados, pero el 
don rítmico y orquestal no dejó nunca al magnifícen- 
te sinfonista de sus' nutridas construcciones. Y por 
ser sincero y consciente de su misión escribió estas 
palabras de raro valor y de especial dignidad men- 
tal: «No puedo volver a leer mis versos sin sonreir. 
Son muy débiles y de segunda mano; no más ma- 
los, sin embargo, que los versos de los hombres de 
mi edad que se obstinan en rimar. Mi única vanidad 
es haber tenido conciencia de mi mediocridad de 
poeta y de haberme puesto valerosamente a la tarea 
del siglo con el rudo útil de la prosa. A los veinte 
años es hermoso tomar semejante decisión, sobre 
todo antes de haber podido desembarazarse de las 
imitaciones fatales. Si, pues, mis versos deben ser- 
vir de alguna cosa, deseo que hagan volver en sí a 
los poetas inútiles, que no tienen el genio necesario 
para librarse de la fórmula romántica, y que se deci- 
dan a ser bravos prosadores, tout béfemenf.* Cono- 
ciéndose extranjero entre los para él improbables 
dioses, se decidió a entrar en la vocación que le 
conducía a ser un guía, un pastor, un maestro entre 
los hombres, con un idioma claro, abundoso, tupi- 
do, fatigante a veces, pero siempre poemal en su 
arquitectura, a punto de que sus dos afininidades 
más cercanas están en Homero y Wagner. Era un 
cuerdo. Así amontonó bloque sobre bloque hasta 
formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres 

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RUBÉN DARÍO 

de ideas y de símbolos como uno de los más colo- 
sales monumentos de la ciudad futura. 

Ejemplo de dignificación personal en un hombre 
dotado con los mejores brazos para asir al paso a la 
fortuna desde el principio, y expuesto a claudicacio- 
nes y rupturas con sus propias ansias nobles y ge- 
nerosas. Desde el commis de la librería Hachetíe 
hasta el autor millonario, en toda su vida se refleja 
una luz de honestidad viril que en pocos de los con- 
temporáneos de su talla puede encontrarse. El que 
tuvo el valor y la entereza de retorcer el pescuezo a 
los cisnes de sus primaverales jardines poéticos por 
no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los 
demás y llevó el respeto a sus convicciones y la pa- 
sión de la verdad hasta el sacrificio en el más tem- 
pestuoso y terrible de los momentos de su vida. Es 
preciso conocer lo mefítico, lo venenoso del ambien- 
te de la vida literaria, para admirar por completo 
tanta energía, tanta resistencia en ese cuello taurino 
y tanta pepsina en el estómago de avestruz del he- 
roico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos! Recorda- 
réis con qué tragicómica glotonería ha contado él 
cómo el horrible batraciano fué su alimento de todos 
los días: el sapo del anónimo, el sapo del insulto, el 
sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la en- 
vidia y de la enemistad desleal, los multiplicados sa- 
pos de los periódicos, de las malignas y feroces ca- 
ricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre 
yo los he visto a esos sapos ponzoñosos en formas 
inmundas. «¡El testamento de Zola!», gritaba un ca- 

14 



O P I N 1 O N E S 

melot casi al lado de la procesión. Pagué los diez 
céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzo- 
so pasquín contra un muerto, contra un muerto ilus- 
tre. No puedo citar nada de él. Baste decir que con- 
servo entre mis curiosidades otro «testamento de 
Zola», publicado en 1898, cuando el proceso, y que 
el de ahora es más infame, más estercolario. Y en 
el antiguo se lee: «Je legue done: La totaíiíé de mes 
ceuvres aux chalets de nécessité qui en feront l'usage 
qui naíurellement s'indique. A madame de Boulancy 
un exemplaire de Nana, relié en veau; a Joseph Rei- 
nach mon volume sur l'Argent. A Nana, les petits 
millons que j'ai gagnés en exploitant la lubricité de 
mes contemporains. A mes enfanís, la défense ab- 
solue de lire mes ceuvres.» Del actual no se puede 
escribir una línea. Extraña que la policía no haya 
impedido la venta de esas deyecciones de sucios 
cuervos. Y eso no es todo; hay algo peor, indigno 
de París, indigno de la Francia culta y valiente. 
Diarios, diarios ricos y mundanos como el Gau/ois, 
publicaban ese mismo día crueles epigramas, hirien- 
tes suposiciones, amargas invenciones contra el que 
no había aún sido depositado en la paz de la tierra. 
Zola no había muerto asfixiado; eso era una menti- 
ra, una novela. Zola se había suicidado, entre otras 
cosas, porque ya no se leían sus libros y estaba es- 
caso de dinero... j Y ha dejado dos millones! No se 
leían, no se vendían sus libros después |del affaire, 
entre ciertos grupos políticos franceses; pero en 
Francia mismo había muchos lectores de Zola en 
todas las clases sociales, y en el extranjero, tan sólo 

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RUBÉN DARÍO 

con lo que La Nación, en Buenos Aires, y otros pe- 
riódidos de Rusia, Inglaterra, Alemania, Italia, Es- 
paña y Estados Unidos pagaban por el derecho de 
publicación de sus obras, se suma una cantidad que 
no supone la mayor parte de sus detractores. El 
diario de Drumont apareció vergonzoso de odio; el 
de Rochefort ya se calculará cómo, y hojas menores 
andaban por ahí impresas con hiél. «Ha muerto as- 
fixiado, decía una. ¡Así «los» matan en la fourrié- 



re!...» Estas cosas no se borrarán hasta el día en 
que Zola sea conducido del cementerio de Monrmar- 
tre al Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. 
Blindado, con esas saetas de caribe, tuvo que luchar 
en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que resis- 
tir su constitución de hércules del pensamiento, de 
artesano del deber. Y así no claudicó ni rompió nun- 
ca con sus propias ansias nobles y generosas. Me- 
nestral de razón y de conciencia, se mantuvo sin 
descansar en la buena tarea que ayudará al progre- 
so de la Francia, su madre, y, por lo tanto, de la 
humana estirpe. Oíros se habían regodeado en mesa 
de príncipes de la fortuna, habrían aprovechado su 
vigor para subir al poder civil, habrían dado a sus 
vanidades toda suerte de pastos. El no fué ni mun- 
dano siquiera. ¡No sabía estar en un salón! No sa- 
bía conversar con las «gentes». Siendo tan grande, 
era tímido el Adamasíor, era poco chic el Polifemo. 
Allá en Medan se vestía con traje tosco de campesi- 
no y pesados zuecos; hablaba con los campesinos, 
amaba a sus perros, observaba el campo, que dice 
su misterio en secreto; hacía en una islita «su Ro- 
ló 



OPINIONES 

binsón». Por las noches, leyendo hasta muy farde, 
oía pasar los trenes bajo sus ventanas. Espiaba las 
horas al vuelo. Trabajaba siempre. Como su mujer 
no fué fecunda, tuvo de un amor discreto dos hijos, 
a quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento 
de la admirable esposa. Ella sabía que él era bueno, 
que tenía un gran corazón su grande hombre senci- 
llo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Di- 
cen que por eso, por sólo eso, el ilustre laborioso 
era un profesor de perversidad, un corrompido, un 
hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile 
Zola estuvo con esos hijos naturales al lado del ca- 
dáver. 

Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del 
desinteresado defensor de Dreyfus? El caso es re- 
ciente y estremeció al mundo. No es aún, ciertamen- 
te, convincentemente sabido que el capitán haya sido 
un traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me 
informan -y hay que averiguar esto bien— que ha 
dado para el monumento que se levantará a Zola 
trescientos francos... « ¡Trescientos francos!» Si 
esto es verdad, ese rico israelita, me atrevería a ju- 
rarlo, ha sido culpable del crimen que le llevó a la 
Isla del Diablo. Mas no se trata de una personalidad 
mínima, que fué el pretexto de una gran batalla de 
justicia. Se trata del poderoso y magnífico tplento 
doblado de carácter que puso su nombre ante la ini- 
quidad supuesta como una bandera. «Zola's ñame— 
a barbarous, explosive ñame, like an anarchits' 
bomb»— escribió un día el agudo Havelock Ellis. 

2 17 



RUBÉN DARÍO 

Más que un estallido de bomba, me evoca ese nom- 
bre un flamear de bandera, sobre todo si se pronun- 
cia a la italiana: Zola. Ante las pasiones rabiosas, 
ante los intereses del militarismo, esa bandera fla- 
meó por la razón, por el derecho, por la conciencia 
humana. Estamos en Roma: 

Quis numerare queat felics prcemia, Galle, 

MilificE? 

quorum 

Haud mínimum illud erit ne te pulsare togatus 
Audeal; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec 
Audeat excussos praetori ostendere dentes, 
Et nigram in facie íumidis livoribus offam, 
Atque oculos, medico nil promitteníe, relictos. 

Vagelio fué poco cuerdo para juvenal al exponer- 
se ante los zapatos ferrados de la milicia. Zola sabe 
con quién han de combatir y no es Vagelio. El se 
presenta, ha abandonado su retiro de productor pen- 
sante para entrar a la acción. Ir a la acción es el de- 
ber del verdadero pensador de nuestro tiempo; ir a 
la acción por las sanas causas y servir a su fe y a 
su convicción a riesgo de todo. Otros irían a los ca- 
pones y perdices, al gozo del capital adquirido, a 
cuidar lo que se ha acaparado y a velar por el cho- 
rro de luises que viene de casa del editor Charpen- 
tier. Zola lo arrostró todo; expuso, en efecto, su 
fortuna, su nombre, antes infamado tan solamente 
por los peones de la literatura — y por algunos maes- 
tros excomulgados—, lo fué por los ?i>^" v s déla 

18 



OPINIONES 

política. Mas él no tuvo vacilaciones en frente de nin- 
gún peligro. Hasta con la muerte se le amenazó. Su 
bella sangre italiana, griega y francesa, hirvió con 
vivo hervir latino. La marea popular subió en con- 
tra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo 
en cuenta su magnífica valentía, su heroísmo, su 
respetabilidad intelectual, su soberano quijotismo. 
Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así 
le ha pintado Henry de Groux en una tela dantesca. 
Mas ese quijotismo estaba armado de potente lógi- 
ca, de decisión, de fortaleza. Entre los soldados y 
el populacho resistió, sosteniendo la verdad, laque 
él creía la verdad. Todas las naciones de la tierra, 
desde el Japón hasta la América del Sur; todos los 
pueblos de la tierra, de San Petersburgo a Buenos 
Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago a 
Roma, desde las más populosas ciudades hasta los 
más humildes villorrios, fueron conmovidos por la 
actitud brava del capitán civil frente a los capitanes 
de la espada. Su nombre se vio entonces como una 
bandera, representación y signo de lo justo, de lo 
verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un 
instante, pues ella desencadenó una tormenta! en la 
patria francesa, que todavía se presenta con más 
negros augurios. El porvenir de este gran país será 
en mucha parte obra de la influencia del evangelista. 
Sus palabras han sido alimento del pueblo. El tam- 
bién ha dejado su gran saco de harina, el «saco de 
harina» de que habla en una de sus arengas nuestro 
general. Los mismos que hoy le insultan mañana le 
celebrarán ™ encina, cuando se haya destruido la 

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RUBÉN DARÍO 

miseria pasional de ahora, la locura de las opinio- 
nes transitorias, la ceguedad de las masas venda- 
das. Ese ejemplo de valor será saludable a las ge- 
neraciones. Todo ello entrará en la leyenda que es 
historia y será vestido de belleza por los glorifica- 
dores que vienen. La gloria verdadera aguarda a 
quien poco se preocupó de la glorióla. La gloria de 
los serenos combatientes de los sublimes combates. 
La glorióla acaba con la persona; la gloria es del 
alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el es- 
tupendo novelador esté al lado del estupendo poela, 
en el Pantheon. 

No os extrañéis que junte a esas dos figuras gi- 
gantescas. Si Hugo fué Genio, Zola fué Hombre. 
No, no fué genio el creador de los Rougon Maquarí, 
porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, 
sobre la realidad. El genio es intuición, y Zola, con 
ser tan soberbio poeta, fué un metódico, un induc- 
tivo, un matemático. El obró con la razón, con la 
verdad cognoscible. El fué el esplendoroso idealista 
de sus últimas novelas-poemas, por haber llegado 
ya hasta el territorio de Utopía, después de compul- 
sar el millón de documentos que afirmaron la exac- 
titud de su creación anterior. Creía en la perfectibi- 
lidad de la máquina social. Iba hacia el oriente de su 
sueño con la fe invencible en la Canaán venidera. 
Los pueblos tienen necesidad de los genios, pero 
quizá más de los verdaderos hombres. 

Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúne- 
bre en que vi pasar el carro negro en que iba aquel 
que resucitó en nuestra época, llenos de nueva vida, 

20 



o 



N 



I 



O 



N 



al Icón, al águila, al buey... A Lucas, a Marcos, a 
Mateo. Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron 
los letrados y el gobierno. Los hombres que lleva- 
ban eglantinas rojas desfilaron. Las arrojaron sobre 
el gran compañero muerto... Y parecía que había 
brotado de repente, «vivo como la sangre», ¡un plan- 
tío de amapolas! 




21 




GORKI 




e aquí un autor cuya boga es cierta- 
mente justa; este ruso que viene des- 
pués de Gogol, después de Turgue- 
neff, después de TolstoY, después de 
Dosíoieuski. Su nombre, recién des- 
cubierto, resuena y va hoy por toda la tierra civili- 
zada, de otro modo que las recientes importaciones 
polacas, ya en baja en la moda y en las librerías. 
Este autor es un exótico y un sincero. Los críticos 
franceses se quejan del imperio del exotismo, del 
triunfo de tantos nombres extranjeros en el público 
francés. La razón de la preferencia por tantas obras 
de otras naciones, es clara. El público de Francia 
está sujeto desde hace mucho tiempo a una alimen- 
tación intelectual especial, que equivale a la cocina 
nacional; platos exquisitos, demasiado bien hechos, 
muy pimentados y perfumados de la trufa gala; pas- 
telería de gastados o de gentes de demasiado ale- 
gre vivir, en que se llega hasta el gateaux a base 



23 



RUBÉN DARÍO 

de kola. Es el reino de lo artificial. Cuando se im- 
porta un buen plato fortificante y natural— las gen- 
tes del Norte los tienen muy buenos — , los consu 
midores se regocijan y agotan el artículo. Así los 
beefsteacks de reno de Ibsen, o los rostbeefs de oso 
de TolstoY. Otra cosa son las en extremo comercia- 
les ensaladas de Sienckiewicz y compañía. 

Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que 
lo que trae Máximo Gorki es alimento fuerte y nu- 
tritivo; solamente semejante a una olorosa barba 
coa, o a una carne con cuero, o asado al asador — 
tanto la estepa está en correspondencia fraternal 
con la Pampa— . La estepa sería la hermana pálida. 

Gorki es una voz que clama en la estepa; y el 
mundo le escucha porque ha tenido la suerte de lle- 
gar en buena hora. Gorki es lengua de pueblo, y se 
hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y 
como es hondamente humano, su palabra es com- 
prendida por toda la pensativa humanidad. Es vas- 
to pensador brotado entre las muchedumbres como 
un alto pino en una floresta. Observa en el mundo 
que ha rozado gestos y enigmas. Su espíritu es el 
espejo baconiano: speculumm quoddam incaotatum 
plenum specíris et visionibus. Su obra, que está re- 
pleta de vida, se siente, por lo tanto, llena de miste- 
rio. Es uno de esos autores, muy raros por cierto, 
que hacen comprender la divina afirmación de Sha- 
kespeare sobre las muchas cosas que hay en la tie- 
rra y en el cielo incomprensibles para nuestra filo- 
sofía. Es una alma inmensa que ha recogido y ano- 
tado los gritos, las violencias y los sueños de sus 

24 



OPINIÓN E S 

hermanos que sufren y caen. Es el San Juan de 
Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente, 
comprenderéis que no se trata de un literato. No es 
«el distinguido escritor», ni «el eminente novelista», 
ni «el célebre hombre de letras». En efecto, se trata 
de un atorrante. 

Entendámonos. Un atorrante argentino, un tramp 
inglés o norteamericano, un gueux francés; es el fe- 
liz filósofo del arroyo, el príncipe de la miseria, el 
hermano de los perros, el abandonado que abando- 
na, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. 
Qorki no ha sido, pues, un atorrante; pero ha vivi- 
do la vida de un atorrante, de los tristes, de los po- 
bres, de los hambrientos que en la horrible miseria 
rusa mascan tinieblas y beben aguardiente, el veneno 
nacional; luego, la vida de los obreros, peor por 
otros motivos que la de los vagabundos; y en esa 
enorme nación, cuasi oriental, en que ha nacido y 
sufrido, ha sentido las palpitaciones y los suspiros 
de las masas pasivas, las manifestaciones de esa 
enigmática alma rusa, tari propicia a la visión y al 
misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre 
el país extensísimo y frío, y bajo la opresión de un 
Gobierno semiteocrárico, y de una vida social abru- 
madora, extraña a la piedad, en un ambiente de fa- 
talismo. Gorki trata asuntos que otros escritores 
rusos han tratado, y tiene algunas veces semejanza 
con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o con Tols- 
toY; pero tiene más verdad que todos, puesto que 
extrae de su propia carne, de su propia experiencia; 
ha escrito «con sangre», como diría el gran loco del 

25 



A' U B E TV DARÍO 

Zaraíhustra. En cuanto a Tolsto'í, un escritor de la 
penetración de Rachiide, d<ce con razón: «El conde 
TolstoY es un gran señor incapaz de juzgar las co- 
sas de otra manera que desde lo alto. Gorki, que 
casualmente ha visto de cerca la existencia misma 
de ciertos rusos, dice verdades, pero no echa su 
maldición a nadie... porque los verdaderos filósofos 
saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolsto'í pue- 
de muy bien ser un loco. Gorki es ciertamente un 
cuerdo, y, sobre todo, un poeta ebrio de la natu- 
raleza antes que de fanatismo.» 

Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sa- 
bido lo que es la lucha por la vida, por el simple 
pan, en la tierra de la miseria y de la nieve. Ha po- 
dido obervar todos los egoísmos y todas las infa- 
mias, y si no se contaminó, fué por exceso de vir- 
tud natural; virtud, fuerza, valor. Si no hubiese 
sido un intelectual genial, sería un gran bandido. 
La mano del diablo de su suerte le puso todos lps 
malos pasos a la vista, todas las trampas para ha 
cerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio 
corrompido y alcohol... De todo triunfó el arcángel 
triste que lleva adentro. Imaginaos un adolescente 
casi, lleno de sueños, con un enorme corazón sen 
siíivo y una admirable comprensión de las cosas y 
de los hombres, obligado por la más dura pobreza 
a trabajar en los más ásperos oficios y a comuni- 
carse tan solamente con obreros esclavizados, con 
pobres viciosos; a padecer la crueldad y la malig- 
nidad de los capataces y de los patronos, panade- 
ro, herrero, vendedor ambulante, buhonero, y a en- 

26 



O P I N 1 O A R_ S 

contrarse a cada paso con el crimen, con el asesi- 
nato, con el robo; y al mismo tiempo a comprender 
cómo la mayor parte de los criminales eran princi- 
palmente obra del medio, víctimas ellos mismos del 
daño ambiente. Así creció, así aprendió a leer y a 
escribir; así surgió de pronto un colosal revelador 
de lados desconocidos y profundos del alma esla- 
va, con un verbo claro y neto, como los hechos, 
sin afeites de estilo; pero fotógrafo maravilloso, 
que deja ver lo interior de las cosas, algo como 
los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de 
sus imágenes sorprendentes un vapor de luz pia- 
dosa, un noble amor humano y un respeto por lo 
desconocido, por el grave misterio en que vamos a 
tientas. Dios aparece, se hace presente, en lo vago, 
aunque no se nombre a menudo, como en otras 
obras rusas en que los ímpetus místicos de esa gi- 
gantesca raza pueril se muestran frecuentemente 
entre el sufrimiento y el miedo. Mas surgen a cada 
paso las que él llama «las grandes y perturbadoras 
cuestiones que se abren como abismos ante la ra- 
zón humana y lo llevan irresistiblemente hacia las 
tinieblas». El no asegura «esto es» ni «esto no 
es». No tiene necesidad de las enseñanzas del pope, 
ni hace su oración ante la panagia; pero sabe, como 
todo verdadero meditativo, que en las manifestacio- 
nes de la naturaleza, y, sobre todo, en el hombre 
mismo, hay oculto un secreto que pugna por de- 
mostrarse, y que en la complicación de la existen- 
cia no hay un gesto inútil ni un movimiento que no 
tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no 

27 



RUBÉN DARÍO 

se hacen decisivas hacia una afirmación teológica, 
ni caen en el escepticismo; y sus ideas de justicia 
están basadas en una moral superior, que sorpren- 
de en lo inexplicado y fatal la causa de los hechos, 
de manera que, en parte, la delincuencia es un mal 
cuya responsabilidad no recae toda en quien viene 
a ser como un grano de trigo bajo la piedra trituran- 
te de su destino. Una parte de la culpa no está en- 
tre los hombres. 

Uno de sus principios es que algo de malo hay 
en todo hombre bueno, como algo de bueno hay en 
iodo hombre malo; es la antigua dualidad, que lu- 
cha en el ser humano, elemento. La cordura de 
Gorki sabe que no debe nunca ser osado a sobre- 
pasar la lógica categoría. Su temperamento singu- 
lar obra adecuado en ese medio de su país, en que 
una especie de sonambulismo colectivo parece que 
se uniese, en las pasivas muchedumbres, a la orien- 
tal resignación de padecimientos seculares. 

La orgnización social rusa ha herido con sus du- 
rezas y angulosidades la delicadeza del espíritu su- 
perior, nacido para otra existencia que la de la inac- 
ción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy viva- 
mente. «Precisa hab^r nacido— dice -en una socie- 
dad civilizada para tener la paciencia de vivir en 
ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de ale- 
jarse de esa esfera de convenciones penosas, de 
venenosas mentiras consagradas por el uso, de 
ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de 
diversas formas de falta de sinceridad; en una pala- 
bra, de toda la vanidad de vanidades que hiela el 

28 



OPINIONES 

corazón, corrompe la inteligencia y con tan poca 
razón se llama la vida civilizada. He nacido y me 
he criado fuera de esta sociedad, y, por tal motivo, 
no puedo aceptar su cultura a fuertes dosis sin ex- 
perimentar en seguida la necesidad de salir de su 
cuadro y olvidar las complicaciones múltiples, los 
refinamientos enfermizos de tal existencia.» Esta- 
mos lejos del sentimentalismo de Rousseau. Si- 
guiendo los pasos de Gorki, a la orilla de los ma- 
res natales, o entre las isbas de la campaña, por 
las calles de las pequeñas ciudades, como a la en- 
trada de las populosas, vemos, por fin, que entra en 
el país Anarquía. Va llevado por arnor y por odio, 
las dos fuerzas que ritman los latidos de su inmenso 
corazón. 

Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha 
visto, ha padecido, y cuenta con una lengua desnu- 
da, pero señalada de gestos, de ademanes indicado- 
res, iniciadores de hechos venideros o que traen 
reminiscencias de hechos pasados. Y aunque la hu- 
manidad rusa es verdaderamente especial, los sig- 
nos son comprensibles y despiertan las correspon- 
dencias en cualquier otra raza o en cualquier otro 
rincón del mundo, en donde se sufra, se llore o se 
sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos, 
obreros pacientes o malignos, o sus vagabundos; 
pero les cubre con un velo de lástima, y si no los 
absuelve, como la naturaleza, indiferente, tampoco 
los condena. De pronto suele señalar en el corola- 
rio de una sucesión de acciones o en un hecho ais- 
lado los motivos cerebrales, las perversidades con- 

29 



RUBÉN DARÍO 

génitas, y de acuerdo con esto, con la conciencia 
moderna, excusa la misma criminalidad. Todo apa- 
rece embebido en ese vapor de vodka que flota sobre 
el pueblo ruso, ese alcoholismo alucinante que ayu- 
da a la eclosión de las malas fuerzas secretas en el 
silencio de las noches espectrales y llenas de miste- 
riosa complicidad. 

La naturaleza alrae a este genial intelecto con su 
encanto y su libertad salvaje, y sabe leer en ella, 
comprende más de un jeroglífico, pone el oído a 
más de una voz del más allá. Es una especie de No- 
valis ingenuo que ha caminado mucho tiempo te- 
niendo hasta e! pecho el lodo del camino de la vida, 
pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgi- 
ca y por la mirada de las estrellas. Siente que las 
ideas entre las olas y el aire pierden su acritud y 
hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez 
consejos del ruido del mar, y se ha apaciguado su 
alma al soplo infinito. Y ha soportado las lecciones 
del vivir ayudado por la bondad del alma universal. 
Cuando alude a sucesos de su vida, cuando narra 
cosas dolorosas de'su existencia, las tempestades 
que han golpeado su juventud, es de una simple elo- 
cuencia dominadora. Hay, entre otras, una anécdo- 
ta en uno de sus cuentos que abre una puerta de 
claridad sobre su experiencia de bregas, de descon- 
fianzas y de desconsuelos, en que sólo ha podido 
triunfar a fuerza de perseverancia, de labor y de va- 
lor. Narra su odisea con un príncipe georgiano, a 
trtft lástima tuvo que acompañar y '¡limeníar, 
é\ >re obrero, en un viaje largo y miserable hasta 






OPINIONES 

Tifflis... «Le daba de comer, le explicaba los bellos 
sirios que viera, y recuerdo que una vez, habiéndole 
de Bakíchisarai, le cité algunos versos de Puchkine. 
No le produjeron efecto alguno. « — ¡Ah, versos...! 
Mejores son las canciones. Conocía yo a un geor- 
giano, Mato Legeav«'i, que sabía cantar... ¡Qué can- 
ciones! Gritaba mucho, mucho, parecía que le cla- 
varan un puñal en la garganta. Mató a un posadero 
y le enviaron a Siberia...- •» Cada vez que volvía- 
mos a juntarnos perdía un poco más de su estima, 
y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros 
asuntos iban mal. Apenas podía ganar yo un rublo 
o un rublo y medio por semana, y esto era poco 
para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos 
procuraban grandes ventajas. (El príncipe prefería 
mendigar a trabajar...) Su estómago era un abismo 
que todo lo sorbía: uvas, melones, pescado salado, 
pan, fruía seca. El abismo parecía crecer y exigir 
mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía 
que nos marcháramos de Crimea, diciendo que es- 
tábamos ya en otoño y que aún nos quedaba gran 
trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de 
Crimea y nos dirigimos a Teodocia, con objeto de 
ver si se ganaba algún dinero. Volvimos a mante- 
nernos de fruía seca y de esperanzas. Veinte vers- 
tas más allá de Aluchta nos detuvimos para pasar 
la noche. Decidí a Charko a andar por la playa. El 
camino era más largo, pero yo quería respirar la 
bris á marina. Encendimos una hoguera y nos ten- 
dimos junto a ella. La noche era espléndida. El 
mar, de un verde obscuro, chocaba contra las rocas 

31 



RUBÉN DARÍO 

a nuestros pies, y el cielo, estrellado, callaba sobre 
nuestras cabezas. A nuestro alrededor suspiraban 
la maleza y las hojas de los árboles olorosos. Apa- 
recía la luna. Un pájaro cantaba, y sus trinos resona- 
ban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador de 
las ondas, y cuando este ruido hubo cesado oyóse 
el agudo chirrido de un insecto. Brillaba el fuego 
alegremente, parecido a un gran ramillete de flores 
rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua esta- 
ba desierto, sin nubes el cielo, y yo, en el borde de 
Ja tierra, soñaba con lo infinito... Embriagado por 
la majestuosa belleza de la noche, me desvanecí en 
una maravillosa armonía de colores, sonidos y per- 
fumes; el tímido sentimiento de una presencia au- 
gusta embargaba mi corazón, que con fuerza de un 
júbilo extraño cesó de latir... De repente Charko se 
echó a reir. «— ¡Já, já! Vaya una cara que pones. 
¿Pareces un carnero! ¡Já, Já! — » Me asusté como si 
un rayo hubiese caído junto a mí. Era peor. Sí, mu- 
cho peor.» 

He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha 
enseñanza, porque pone de manifiesto la imposibili- 
dad de conciliación entre el intelectual y los elemen- 
tos que desgraciadamente componen, tanto en Ru- 
sia como en el resto de la tierra, la joven aristocra- 
cia. Esto es lo que provoca lo que llama el Creador 
-de valores nuevos, «la creciente del nihilismo». 

El porvenir habla ya por mil signos; ese destino 
se anuncia por todas partes; para escuchar esa mú- 
sica del porvenir todos los oídos están atentos. 
«Nuestra civilización europea toda se agita desde 

32 



OPINIONES 

hace largo tiempo bajo una presión que va hasta la 
tortura, una tensión que crece de diez en diez años, 
como si quisiera provocar una catástrofe: inquieta, 
violenta, precipitada; semejante a un río que quiere 
terminar su curso, que no refleja ya, que reme refle- 
jar.» La filosofía de Gorki es un substrátum de ex- 
periencia. Su escuela ha sido la desgracia en la 
edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo 
cree y afirma: todos los hombres que luchan por la 
vida, que están presos en su lodo, son más filóso- 
fos que Schopenhauer, porque jamás una idea abs - 
traerá tomará una forma tan precisa como la que el 
dolor arranca de un cerebro. Este potente candoro- 
so es un extranjero delante de los retóricos, delante 
de los arregladores de fórmulas y de palabras. «Es- 
tos se extasían — dice— para sostener su reputación 
de hombres que comprenden la belleza, y no porque 
sientan el encanto sin par de la gran madre, fuente 
de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso 
de los azares de su vida algunas grandes almas 
han comunicado con él a través de los libros. 

No es un letrado, no es un leído, mucho menos 
un universitario; pero de cuando en cuando uno co- 
noce, por una cita o por una comparación o remi- 
niscencia, sus autores favoritos o los que han deja- 
do alguna huella en su mente. Fuera de la literatura 
rusa se ve que ha leído a Shakespeare y a Cervan- 
tes, y a este último se nota que le ama, gracias al 
maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído tam- 
bién a Swift, y debe haberle sabido áspero y fuerte 
como un trago de vodka. Mas su libro principal es 

3 35 



RUBÉN DARÍO 

mucho más vasto y más repleto de verdades. Ha- 
blando de un ingrato, dice: 

«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en 
los más abultados libros escritos por los sabios; 
porque la sabiduría de la vida es siempre más profun- 
da y más amplia que la sabiduría de los hombres.» 

Los libros de Qorki pueden parecer demasiado 
secos a los lectores de cosas bonitas, de libritos 
coquetos y sabrosos, hechos por desahogados di- 
letantti o por industriales de la literatura; pueden 
aparecer inmorales a los hipócritas que se regodean 
con las peores obscenidades con tal que vayan di- 
simuladas entre encajes de Francia o decoradas de 
estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quie- 
nes van por el mundo como dormidos o privados 
por ingénita estupidez del don de comprensión y de 
meditación. El matrimonio Orioffes una obra maes- 
tra en todas partes; los cuentos de Gorki son dia- 
mantes en su género. Los fres es una novela de una 
fuerza y de un interés tales, que no puede abando- 
narse una vez empezada. En un estudio de fatali- 
dad, una reproducción verídica de una existencia 
atormentada y conducida al crimen por la violencia 
y la inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y 
temeroso. La obra interesa tanto a los sabios que 
buscan resolver el problema de la justicia, basados 
en el estado de la máquina humana y de los medios 
sociales, como a los que, espiritualistas [esperanza- 
dos o convencidos, juzgan que no se mueve la hoja 
del árbol sin el influjo de una potencia suprema y se- 
creta. ¿Le seguiremos llamando Dios, si gustáis? 

34 



<n 







EL POETA LEÓN XIII 



<Ma gia morte s'appressa: ¡dch! in quell'ora 
Madre, m'aiuía lene, lene allora 
Quando l'ultimo di ne disfaville 
Con la man chiudi le síanche pupille; 
E conquisto il demon che intorno rugge, 
Cupidameníe, all'anima che fugge 
Tu, pietosa, o Maria, Tala distendí: 
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendí. 



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rmm 



uando La Nación, de Buenos Aires, 
me envió a Italia y comuniqué la im- 
presión que hiciera en mi ánimo el 
augusto Papa blanco que hoy des- 
cansa en la muerte, citaba esos ver- 
sos suyos, religiosos y pálidos como cirios. Como 
cirios son los versos de León XIII, por la palidez y 
por la llama, y porque, aun cuando en veces ilumi 
nasen cosas profanas, se consumen por Dios. Ad- 
mirad y alabad al teólogo tomístico, al político pro- 
gresista, al evangélico sociólogo, al sesudo autor 
de sus encíclicas. Yo celebro al poeta; yo celebro al 
pastor de pueblos que se detiene en sus paseos ma-. 
tíñales a ver cómo crecen las flores del jardín de 



35 



i? U B E N DARÍO 

Horacio; al íiarado frecuentador del Dante; al vieje- 
cito transparente y delicado que se está muriendo y 
dice: «Escribid lo que voy a dictar»; y lo que dicta 
son versos. Versos puros y clásicos, versos que 
brotan con son castalio de una límpida fuente latina. 
Celebremos, los que guardamos aún como un raro 
tesoro, el entusiasmo, la pasión de un ideal de Be- 
lleza, la memoria del que, bajo el inmenso peso de 
su triple corona, conservó ligero y alado el pensa- 
miento, y armoniosa y dulce la palabra, en relación 
apacible con las inmarcesibles musas. Pues el lírico 
que acaba de dejar su jaula dorada del Vaticano 
sabía amar la vida y celebrar sus dones, y en sus 
exámetros católicos oiréis un rumor de abejas pa- 
ganas.... Son abejas que se han posado en las rosas 
de Virgilio y sobre los mirtos de Flacco... ¿Qué im- 
porta? Él llevaba a la pradera en que las ninfas de 
rosadas carnes han sentido el frescor del rocío de 
la aurora, sus pasos piadosos; junto a Filomela 
hacía revolar la blanca paloma del Espíritu Santo, 
y el gran Pan veía pasar entre las verdes hierbas, 
paciendo, maravilloso de candidez y de luz sublime, 
un corderito cuyos mansos ojos reflejan el universo, 
y cuyo contacto purifica la negra tierra: el Cordero 
de Dios que quita los pecados del mundo. 

No otium, sino ars cuiji dignitatem. . . Se veía que 
se había refrescado en el agua de Juvencia; la vida 
lo amaba. 

El admirable Pontífice podía decir: «Entendámo- 
nos, una vez por todas. Hay sentencias que acepta- 
mos porque sí, sin razón alguna, porque han sido 

36 



O P I N 1 O N__ E S 

dichas por personajes remotos, en una lengua muer- 
ta más o menos... Así, creemos como una verdad, 
porque está en griego, lo de que los amados de los 
dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa. Los ama- 
dos de los dioses mueren viejos... Y si, además de 
eso, son amados de Dios, mueren más viejos aún, 
como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del 
mundo, León XIII. Los que mueren jóvenes son los 
amados de los diablos...» Y a fe que hubiera hablado 
con mucha razón . 

Desde sus primeros versos hasta esa serena y 
sentida Nocturna ingemiscentis meditatio que, en 
los instantes mismos de su Extrema Unción, pulía 
y repulía clásicamente, el favor apolíneo se revela, 
al propio tiempo que el apego a las formas ilustres 
y a la lengua sabia, que hacen del sagrado scho/ar 
uno de los últimos cisnes que habría el de Mantua 
acogido con placer en su lago sonoro. 

No es de gran importancia saber si aquel canto 
nocturno fué el último, o si lo fué su composición en 
honor de San Anselmo: 

Púber Beccensi cupide se condere claustro 

Patricia Anselmus nobiliíate paral, 

Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus 

Sub paire Herluino crescit et usque pius; 

Florentem ingenio juvenem ad ccelesíia naíum 

Quem non perficiat tale magisterium? 

Hinc pastor fidel divinae, hinc muñere doctor 

Sublimi in superis vértice conspicuus. 

Es el caso que supo morir líricamente, y en belle- 

37 



RUBÉN DARÍO 

za, como un cisne. Después lo descuartizó la Cien- 
cia y lo expuso la Tradición... 

Se le ha comparado con un águila, con un águila 
blanca, con una blanca águila vieja. Chartran, que 
lo pintó orando; Laszlo, que revela sus manos; 
Benjamín Consíant, que quiere mostrar su pensa- 
miento; los pintores todos, que han dejado en el 
lienzo la venerable figura, parece que tuviesen la 
obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica. 
Cuéntase que, en un instante de buen humor, se 
quejó el Papa a uno de esos artistas de que hubiese 
insistido tanto en su nariz... En la obra de Laszlo, 
las manos semejan garras marfileñas... Ya os he 
dicho cómo para mí la diestra de León XIII, al tener- 
la entre mis dedos, al depositar en ella, sobre la 
gran esmeralda de la esposa, mi beso sincero, me 
pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de 
cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una 
pequeña ave de fina pluma... Ha habido diabólicos 
escritores de calumnias que han dicho que con esas 
pálidas manos estrangulaba pajaritos quehacía cazar 
con redes de seda en sus jardines. En cuanto a las 
grandes narices, ciertamente son ellas la que patenti- 
zan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre Santo 
debía haber sabido que, entre los poetas, de Ovidio 
a Cyrano, las grandes narices han sido acariciadas 
por la gloria; y entre los filósofos, Aristóteles, en el 
tratado de los Animales, hace su elogio. No recor- 
daré, por excesivamente profano, el de Lampridio; 
pero sí la afirmación de un antiguo autor italiano: 

38 



OPINIONES 

«II naso grande da argumento d'uomo da bene.» 
La nariz, la faz toda, era de águila, como la de 
Dante, y como la de Poliziano era de rinoceronte. 
Voltaire también la tenía de águila, y cuando he 
vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en 
mi memoria la máscara pontificia, he visto, en ver- 
dad, que César Zumeta y Hughes Le Roux tienen 
razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de 
Arouet... Nada quita esto a su alta potestad, a su fe 
celeste— lumen in ccelo— y a su misión sagrada de 
representar sobre la faz de la tierra al Divino Doc- 
tor de la Dulzura. Quiero fijarme, sobre todo, en su 
carácter de intelectual; y a propósito de la sonrisa, 
certificar que el poeta León XIII era cien veces supe- 
rior, lira en mano, al admirable y detestable autor 
de La Pucelle... Pero ambos no cazaban moscas. 

Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo 
rey David, hasta Osear de Suecia y Carmen Silva. 
Eso es fácil y aun decoroso de ser, cuando no se 
caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha 
visto menos, se ha visto rara vez, y tan solamente 
vienen a mi recuerdo los nombres de Gregorio el 
Magno, que inmortalizó el canto católico y que me- 
rece el nombre de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y 
León XIII, que no temían la compañía de las Piérides 
y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y mágica 
música que celebró al pío Eneas o los encendidos 
labios de Cloe. Los asustadizos tienen el sedativo 
antecedente de la homilía de San Buenaventura, que 
no juzga pecaminosa la frecuentación de las liras 
antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas, 

39 



RUBÉN DARÍO 

¿qué han sido sino almas artísticas los ministros de 
Cristo, que en lo antiguo como en lo moderno han 
creído con justicia que honrar a Dios por la Belleza 
no es más que honrarlo con creces? Como Grego- 
rio, Agustín amó la música; Ambrosio el milanés, la 
hermosura litúrgica; Gregorio el de Nasianzo, la 
poesía, con toda la falange de los poetas místico? 
latinos de la Edad Media; Marbodio el de las gemas,, 
Paulino de Ñola, Rústico, Juvenco, Lactancio, Se- 
dulio y todos los demás que tan bellamente ha exhu- 
mado en nuestros días la noble erudición de M. de 
Gourmont. Así, dice el venerable Beda hablando de 
los viejos poetas cristianos, sus versos inspiraban 
el desprecio al siglo y avivaban en las almas el ansia 
de la vida eterna. 

Hicieron suyas también las ideas de la Escritura 
y dieron tanto encanto a su poesía, que los más 
sabios doctores se complacían en escucharlos. La 
creación del mundo, la caída del primer hombre, el 
cautiverio de Israel, su salida de Egipto y su entra- 
da en la tierra prometida, la encarnación del Verbo, 
todas las peripecias de su redención, su resurrección 
del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espí- 
ritu Santo, la iluminación de los apóstoles y la ma- 
ravillosa conquista del mundo por la doctrina de 
Jesús, eran alternativamente el objeto de sus cantos. 
Describían también a grandes rasgos el terror del 
juicio futuro, los horrores de la cárcel eterna y el 
dulce reposo del reino celestial; pero la pintura de 
la bondad de Dios y de su justicia les servía mucha 
más a menudo para hacer volver a los pecadores 

40 



O P I N I O N E S 

al amor del bien y a la práctica de la virtud. En par- 
te, pueden aplicarse esas palabras a las poesías de 
Su Santidad difunta. Mas hay en él relampagueos 
que turban, de repente, la tranquilidad de la poesía 
ungida en el seminario. No en vano se roza uno con 
el enorme Alighieri. Tiene León XIII versos domés- 
ticos, consejos a la juventud, plegarias y simples 
recreos académicos, como su elogio a la fotografía; 
mas, entre sus poemas italianos y latinos, hallaréis de 
pronto la huella de la garra y la señal del aletazo. En 
verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila blanca! 

«Va, Benvenuto mió, che tu sei un valeníe 
uomo...» Un Papa es quien dice esas palabras ai 
Cellini, y juzgo que, si León XIII hubiese estado en 
lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era 
varón de altas vistas, de intelecto fuerte, y que por 
culpa de la política prosaica y baja de su siglo no 
pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo 
Renacimiento. Mas, ¿quién mostró un espíritu más 
liberal que él frente a la ciencia moderna, con todos 
sus tanteos e ineficacias, junto a relativas victorias; 
o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad de 
la historia libre, los secretos de los archivos vatica- 
nos, a punto de decir cuando se le observó que 
cierto célebre francés protestante revolvía y anota- 
ba todos los registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que 
no oculte nada, que lo publique todo!»; o entrando 
en la peligrosa cuestión social, de manera que traía 
a su verdadero origen y justicia el deber del rico y 
del proletario? Artista de armiño y púrpuras papa- 

41 



RUBÉN DARÍO 

les, como Gregorio, se complacía en la audición de 
los cánticos eclesiásticos; como Julio, gustaba de la 
arquitectura y de la pintura; como Clemente, de la 
escultura y de la orfebrería; como Alejandro, de la 
suntuosidad y de las magnificencias decorativas, y 
más artista que todos, en sí mismo, tenía el secreto 
del ritmo, la gracia de la expresión, el cetro del ver- 
so. Bien sentina el ambiente de paganismo que en 
la basílica de las basílicas dejaron tantos anteceso- 
res suyos que alegraron la tristeza católica con la 
resurrección de griegos esplendores, y colocaron la 
concha sobre que se posaron los pies de la Anadio- 
mena como pila de agua bendita. 

De todos modos, los dioses ministraban a Jesu- 
cristo: Baco, el vino de la consagración; Ceres, la 
harina de la hostia; Hebe, la copa del misterio y del 
sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en los tubos 
del órgano basilical. Y bajo la mirada de Dios han 
vivido y vivirán los dioses, porque es mentira que 
ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no se han 
ido, los dioses no se van: cambian de forma y con- 
tinúan animando el universo y aplicando su influen- 
cia sobre el hombre. 

El espíritu de León se despertó a la vida artística 
desde que, en su Carpineto natal, contempló el es- 
pectáculo de una naturaleza vivaz y palpitante: las 
viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes 
aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, 
los bosques, en donde el pintoresco pino italiano 
dice como en ninguna parte su poema vegetal, y las 
alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul 

42 



O P N l O N E S 

de un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol 
del Lacio. 

Y luego, cuando pasados los años de fatigas es- 
tudiosas y de sucesivos triunfos llega, ya anciano, 
al más elevado de los tronos, no hay duda que el 
poeta se sintió en él más alado y satisfecho que 
nunca. Tiene en la gloria de su vejez la omnipoten- 
cia moral, el esplendor de los cesares y de los visi- 
res, los flabeles de Salomón, tres coronas super- 
puestas que irradian como constelaciones; seda, 
púrpura, oro, mármoles labrados por todos los se- 
midioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta 
Miguel Ángel; tiene eunucos como los príncipes 
musulmanes, mas eunucos melodiosos que cantan 
como los ángeles del teológico paraíso; tiene el 
anillo del Pescador y la portantina que conducen 
los rojos servidores; es una de las dos mitades de 
Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de Velleíri y 
la torre Leonina; palomas, papagayos y pavos rea- 
les que decoran su jardín, cuando en sus paseos va 
a repetir un exámetro al son del chorro de la fuente, 
o a ver representar un antiguo misterio, o a meditar 
en la suerte del mundo, o a evocar la llama del San- 
to Espíritu, o del deus, o del daimon que le inspira- 
ba. Ardiente pompa cardenalicia, uniformes que 
íraen al presente la grandeza y el decoro de edades 
más estéticas, frescos en que los más maravillosos 
pintores de la tierra perpetuaron los sueños de los 
profetas, las visiones de antiguos iluminados o sus 
propios sueños o visiones; he ahí lo que rodea al 
cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin 

43 



RUBÉN DARÍO 

armonía, en una época sin fe y sin belleza, él cultiva 
con mayor empeño su idioma armónico, su poético 
verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que 
se confunde con el divino pastor de Galilea. 

¡Duerme en paz, vieja águila candida que te has 
perdido en el desconocido sueño! Asciende, alma 
rítmica, que saliste como de un copo de espuma o 
de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha 
incesante; la humanidad continúa en su inacabable 
guerra; los sabios de buena voluntad van en la obs- 
curidad en busca de un secreto que no encontrarán 
nunca; las pasiones siguen ardiendo entre los incen- 
sarios del demonio; las naciones se miran con el 
recelo de los individuos; los reformadores claman 
sus sueños al viento; tan solamente el Arte sigue 
en la misma altura solar, todo de luz y de intuición 
sagrada, mirando las obras humanas con ojos de 
infinito. Un día os dije: «Sois filósofo, y volando 
sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de 
la Summa; sois teólogo, y en vuestras pastorales 
dais la esencia de vuestro pensamiento, caldeado 
por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois 
justo, y de vuestro altísimo trono dais a cada cual 
lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis 
en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo 
y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos 
italianos habéis alabado a Dios y su potencia y gra- 
cia sobre la tierra. 

«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della Seg- 
natura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado 
cuatro figuras que encierran los puntos cardinales 

44 



OPINIONES 

de vuestro espíritu. La Filosofía, grave sobre las 
cosas de la tierra, muestra su mirada penetradora y 
su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su 
significación, es la maestra de la armonía; la Teolo- 
gía, sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y 
de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí 
encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la vir- 
tud del cielo y la belleza de la tierra; y así, cuando 
vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no de- 
jará ella de acompañaros y de conduciros, en la 
ciudad paradisíaca, al jardín en donde suelen re- 
crearse Cecilia y Beatriz, y en donde, de seguro, 
no entran los que tan solamente fueron justos. > Tal 
habrá acontecido, ¡oh, santísimo Padre y querido 
poeta! Y no debéis de haber encontrado muchas di- 
ficultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía 
para el Paraíso que aquel que fué guiado por Virgi- 
lio y cuya obra estupenda tuvisteis siempre en com- 
pañía de vuestro breviario? 




45 




LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA 




e he acordado, en una mañana de co- 
mienzos de otoño, de ir a ver a mis 
viejos amigos los viejos libros de las 
orillas del Sena. Es un paseo higié- 
nico, melancólico y filosófico. Des- 
de el Quai d'Orsay hasta más allá de Nótre-Dame, 
se goza de espectáculos imprevistos, fuera de lo 
pintoresco exterior. Por allí he visto una vez, con 
un chambergo semejante al del general Mitre, al sa 
bio Mommsen. Por allí he encontrado al poeta Paul 
Fort y a M. Remy de Gourmont. Por allí saludé una 
vez al Dr. Bermejo. El «morne» Sena verleniano 
corre abajo. El Louvre alza su masa gris. Los va- 
poraros se deslizan. Ómnibus y automóviles pasan 
veloces entre los «quais», las casas viejas y el ve- 
nerable Instituto. Arregladas o amontonadas las 
cantidades de papel impreso, son el atractivo de es- 
peciales visitantes y compradores, curiosos, bibliófi- 
los, bibliómanos, filósofos, poetas, estudiantes. No 



47 



J? V B E N DARÍO 

es raro ver también junto a una grave peluca, junto 
a un extraordinario y antiguo gabán, la cara sonro- 
sada, los cabellos rubios de una muchacha. Cuando 
es en buen tiempo primaveral, hay pájaros en los 
árboles vecinos. 

Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas 
sobre el parapeto. Colecciones de ilustraciones vie- 
jas hacen largas trincheras. Y entre las cajas de 
los «bouquinisíes» está la profusa tentación de los 
aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños 
«inferii», de cosas prohibidas, vulgares novelas 
canfaridadas, tratados secretos para colegiales y 
gentes de cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos 
de Aldo Manucio, o de las memorables imprentas 
de Flandes. Ya ha pasado el tiempo en que se po- 
día encontrar una ganga por casualidad, la joya bi- 
bliofílica que valía dos o tres mil francos y costaba 
treinta o cuarenta céntimos. Hoy todos esos vende- 
dores estacionados a lo largo de los «quais» saben 
perfectamente lo que venden, y las buenas fortunas 
de los buscadores de antaño se hacen casi imposi- 
bles. No obstante, la baratura de lo que por lo ge- 
neral allí se encuentra, es notable. La obra rara, 
con todo, allí como en todas partes, habrá que pa- 
garla caro. 

Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto 
sobre los vendedores de libros de las orillas del 
Sena. Oíros escritores han pintado la curiosa vida 
de esos sedentarios del aire libre que, invierno y 
verano, bajo la nieve o bajo el sol, tienen por oficio 
sacudir el polvo a su mercancía y aguardar al clien 



OPINIOAES 

te o al transeúnte que se siente atraído por la fila 
de cajas y los montones de papel impreso. Los ti- 
pos de vendedores son variados, como los de los 
fieles bibliómanos. No escasea entre los primeros 
el erudito, que os da una lección de historia de la 
tipografía, de ediciones princeps, de incunables, 
mientras os vende un apolillado Horacio o Cicerón. 
Entre los segundos se ven apacibles profesores, 
sabios condecorados, simples sabios. He creído 
en más de una ocasión encontrarme con la amable 
figura de M. Bergeret... Lo que es a M. Anatole 
France no he visto jamás, demasiado metido en po- 
líticas y socialismos como está, él, el más aristo- 
crático de los escritores franceses, que desaparece 
de repente de París y aparece en los palacios de 
príncipes italianos, sus amigos, o se va a Egipto, 
o a Atenas... No tiene ya tiempo de ir a las deleito- 
sas correrías del bibliófilo, que en un tiempo fueron 
su placer. Junto a los respetables profesores, al 
lado de los tranquilos amantes de la sabiduría, de- 
tiene el vuelo una bandada de poetas y artistas jó- 
venes, cabelludos aún, o mondos, de modestas in- 
dumentarias, aires pensativos, ojos llenos de en- 
sueños, miradas llenas de ideas. Pobres como los 
ruiseñores, compran poco, hojean mucho. Abundan 
los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen 
un gran recurso cuando se sienten atacados de la 
tradicional inopia. Saben que el vendedor les com- 
pra con seguridad, a un precio relativo, sus volú- 
menes. Así, un código comentado contiene muchos 
almuerzos, muchas comidas en las cremerías del 

4 49 



RUBÉN DARÍO 

Quartier. Esos volúmenes siempre tienen salida, y 
duermen en su caja como en un Monte de Piedad. 
Son muchos los «magazines» ingleses y las publi- 
caciones científicas de todas las partes del mundo. 
El Instituto provee largamente a los «bouquinistes». 
Hay pilas incontables de tesis, antiguas y recientes, 
y obras enviadas a eminentes académicos, con sen- 
das y elogiosas dedicatorias. 

Lo que más se encuentra, naturalmente, son no- 
velas, novelas de todas clases y de infinitos auto- 
res, desde los del siglo xvm hasta los de nuestros 
días, ejemplares de libros que «acaban de apare- 
cer», a 3,50 francos, y que se venden por 80 cénti- 
mos. Hay rimeros de gloria fallida, arrobas de in- 
genio desperdiciado y averiado, copiosas cosechas 
de musas trashumantes que trabajaron para el olvi- 
do, esfuerzos inútiles. . . Allí yace la vanidad de !a 
cantidad. Allí reposan los que han «hecho obra»: 
¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas 
novelas. . .! ¡Nada, nada, nada! A diez, a quince, a 
veinte céntimos. La letanía de nombres desconoci- 
dos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa 
de talento encontráis siempre. Es el muladar de los 
ratés y el cementerio de los mediocres. 

Impresos en elegantísimo papel, en formatos ar- 
tísticos, con magníficas ilustraciones, suelen hallar- 
se autores mundanos que han pagado bien caro 
una tentativa de consagración literaria. Poetas fran- 
corrumanos y franco brasileños, antiguos diplomá- 
ticos que conocieron a la princesa de Belgiojoso, 
rastacueros cosmopolitas de las letras, están repre- 

50 



O P 1 N l O N E S 

sentados por tomos de versos, momias de poemas, 
marchitos homenajes, exhumadas galanterías, ador- 
nadas generalmente con el retrato de los autores... 
Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las 
vanidades. Allí duermen arrivistas de ayer, y llegan 
los de hoy a comenzar su sueño de mañana. En 
cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada 
barata de esos cajones de literatura usada, ni un 
tomo de los sonetos de Heredia, ni una «plaquette» 
del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que 
merece la baratura. Impreso por Vanier, el editor 
de los decadentes, de terrible memoria, ha consa- 
grado un volumen de versos que se titula Humbles 
Mousses. Allí leo los siguientes versos que traduz- 
co, pues veréis que el caso merece la pena: 

LOS VERDADEROS RICOS 

Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día 

Y, cubiertos de arpillera o de lienzo, 
Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre, 

O bajo la cabana, humilde morada; 

Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro abunda 

En donde pensáis que estaríais mejor, 
Guardaos de lanzar una mirada envidiosa: 

jSois vosotros los felices de este mundo! 

Los pórticos de mármol y los artesonados 

Ocultan el cielo, las corrientes aguas; 
Cuando se tiene la idea de acumular renías, 

¿Se sabe acaso el encanto de los estíos? 

51 



RUBÉN DARÍO 

Ni una sola de las felicidades que hacen amar la vida 

Se da por el dinero; 
La luz serena y el aire, el azul cambiante, 

El sol, de alma encantada, 

El hechizo de los grandes bosques y la gracia denlas flores, 

El césped, el perfume de las rosas, 
La embriagante dulzura de las innumerables cosas 

Bellas de formase» de colores, 

Vienen a ofrecerse, sin pedir nada 

Al más modesto de los transeúntes, 
Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de 

Bosteza el dueño del dominio. [de sentir, 

Pronto, cansado de los objetos que apenas ha querido, 

Está sin necesidades y sin goce: 
Saturado de todos los placeres que da el oro, 

No desea nunca nada más. 

¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le ame? 

El hombre afligido de tesoros, 
Se halaga esperando un amor compartido: 

Una dote lo atrajo a él mismo. 

Su corazón está lleno de sospechas adormidas, 

Y mientras que el pobre diablo 

Tiene la dicha de creer en la amistad sincera, 
El duda de todos sus amigos. 

¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma alegre, 

Y sin cuidado del mañana 

Le veis, caminando, la mano en la mano, 
Su palacio hecho a la soberbia, 

52 



OPINIONES 

Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría 

De admirar la simple Naturaleza, 
Y ese poderoso no puede, joh, triste criatura! 

Comprarlos con su oro. 

El autor de eso se llama Francois Haussy, pero 
ese es el pseudónimo que oculta el nombre de Fe- 
derico Humbert, el marido de Madame Humbert; que 
hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las 
famosas estafas que conocéis. Es decir, no las 
paga; las purga... Federico Humbert es un poe- 
ta a treinta y cinco céntimos en el quai des Au- 
gusíins... 

Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mis- 
mos lugares importantes lecciones, ¡oh, mis cole- 
gas de América! Por allí he comprado unas Prosas 
profanas, con la dedicatoria borrada, a treinta cén- 
timos. Los que enviáis libros a estos literatos y 
poetas, a estos «queridos maestros», no sabéis que 
irremisiblemente vais a parar al montón de libros 
usados de los muelles parisienses. He comprado, 
entre otras obras de amigos míos, un tomo dirigido 
a Jean Richepin por un joven hispanoamericano, 
tomo de estudios sobre autores de Francia, en los 
cuales estudios hay uno del susodicho maestro, di- 
tirámbico, ultrapindárico. La dedicatoria, lo más 
respetuosamente escrita, y dentro del libro, y en la 
parte dedicada a Richepin, una carta sentida y hu- 
milde. Pues bien, Richepin ni se dio cuenta del 
libro, ni le importó un ardite la dedicatoria, ni tocó 
la carta; y por treinta céntimos hice el rescate... 

53 



RUBÉN DARÍO 

Qué mucho, si un eminente crítico ha mandado ven- 
der en tas gran número de autores editados por el 
Mercure, sin cuidarse de borrar bien dedicatorias 
como las que he hallado en las Ballades, de Paul 
Fort... ¿No os decía que entre los libros viejos de 
las orillas del Sena se recogen lecciones de... filo- 
sofía, y valiosísimos granos de experiencia? Si no, 
os lo certifico ahora. 

Más allá del Instituto hay un intermedio entre li- 
bros y libros, el que llenan las cajas de vendedores 
de medallas, de curiosidades, monedas antiguas, 
condecoraciones, alfarería desenterrada, y una es- 
pecie de museo de Historia natural en miniatura. 
Hipocampos secos, como los que venden los mu- 
chachos napolitanos de la costa, corales, piedras 
preciosas, verdaderas e imitadas, hierros viejos de 
los que regocijan a Santiago Rusiñol, asignados, 
autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de todos los 
siglos, desde fragmentos de objetos de la época 
cuaternaria hasta escarapelas del tiempo de la Re- 
volución. Y más allá, continúa la serie de cajas de 
libros, custodiados por sus taciturnos vendedores. 

Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña 
rubia comprar por un franco cincuenta, y una son- 
risa muy rosada, una Nuestra Señora de París, no 
lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque le- 
jos de los malos hombres que murmuran y que 
odian, he saludado al otoño que acaba de llegar; y 
porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruse- 
las en tiempo del IV Felipe, hermoso, claro, con 
tapas de pergamino, por sesenta céntimos. 

54 




UN CISMA EN FRANCIA 






alos vientos soplan sobre la barca de 
Pedro, que Afumen in cceh dejó en 
tempestad y que Ignis ardens co - 
mienza a dirigir. El catolicismo pasa 
por una gran crisis; mejor dicho, el 
cristianismo; mas contra el catolicismo, contra la 
iglesia romana, se amontonan las más negras nu- 
bes. No es la primera vez, y por algo dijo la boca 
sagrada el non prevalevunt... No hay hoy profetas. 
Apenas M. León Bloy acaba de resurgir rugiendo 
contra «las últimas columnas de la iglesia», flacas 
columnas: Coppée, Didon, Brunetiére, Huysmans, 
Bourget y otras menores, ¡cuan menores! Los rugi- 
dos de Bloy no los escucha el siglo, demasiado ocu- 
pado con otros asuntos. Entre tanto, en la España 
católica, la enemiga contra Cristo cunde; en la Fran- 
cia cristianísima se expulsan las Congregaciones y 
el anticristianismo triunfa. Un Papa campechano y 
demócrata, en la Sede suprema, hace perder su bri- 
llo y su misterio a la Tradición Cosa singular. Es 



55 



RUBÉN DARÍO 

en los países no católicos donde el catolicismo se 
expende y avanza tranquilo. Y un César protestante 
y fantasioso hace pensar, por su actitud, si no esta- 
rán próximos los tiempos en que, como en la Edad 
Media, se vea la formidable liga entre las dos mita- 
des de Dios, de que habla Víctor Hugo: el Papa y el 
Emperador. 

Hace poco se inauguró la estatua de un gran hom- 
bre bajo el auspicio de los socialistas ateos. Ahora 
bien, leed estas líneas: «No quisiera Dios que yo 
parezca jamás desconocer la grandeza del catolicis- 
mo y la parte que le toca en la lucha que sostiene 
nuestra pobre especie contra las tinieblas del mal. 
¡Cuánto bien brola aún en el seno de las aguas re- 
vueltas de esa fuente inextinguible, en donde la hu- 
manidad ha bebido, por tan largo tiempo, la vida y 
la muerte! ¡Aun en esta edad de decadencia, y a 
pesar de las faltas llevadas al extremo con una obs- 
tinación sin igual, el catolicismo da pruebas de un 
asombroso vigor! ¡Qué fecundidad en su apostolado 
de caridad! ¡Cuántas almas excelentes entre esos 
fieles que no sacan de sus pechos más que leche y 
miel, dejando a oíros el ajenjo y la hiél! ¡Cómo a la 
vista de esas tiendas, ordenadas en la lanura, y 
entre las cuales se pasea aún Jehová, se desea, con 
el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera 
maldecir y decir: «¡Cuan bellos son tus pabellones! 
¡Cuan encantadoras tus moradas! > A pesar de los 
límites obligados que el catolicismo pone a ciertos 
lados del desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos es- 
píritus que, sin las fundaciones religiosas hubieran 

56 



O P 1 N 1 O N E S 

permanecido sepultados en la vulgaridad o en la 
ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde 
encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa 
imagen viviente de las antiguas costumbres, esa es- 
cuela de conciencia y de virtud, en donde se da la 
mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a 
Fenelón? 

Aun en esa asociación, a veces un poco inocen- 
te, entre el catolicismo y ios restos de la vieja socie- 
dad francesa; en ese neocatolicismo, a menudo 
desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfe- 
ra pura y honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el 
bien! \kh\ Guardémonos de creer que Dios ha deja- 
do para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvene- 
cerá como el águila, reverdecerá como la palmera; 
pero es preciso que el fuego la depure, que sus apo- 
yos terrenales se rompan, que se arrepienta de 
haber esperado demasiado en la tierra, que borre de 
su orgullosa basílica: Christus regnat, Chrístus im- 
perat, que no se crea humillada cuando ocupe en el 
mundo una posición que no será grande sino a los 
ojos del espíritu.» ¿Quién ha escrito tal es palabras, 
si no completamente ortodoxas, muy de acuerdo 
con la doctrina de quien dijo: «Mi reino, ¿no es de 
este mundo?» Ernesí Renán. El orador que hoy pro 
nunciase ese discurso en las Cámaras francesas 
sería calificado de clerical. Lo que hay es que, a 
pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo, la fe 
ha sufrido aquí duros embates y todos los buenos 
anuncios, entre los cuales las grullas de Vogüe y 
tales o cuales conversiones notorias han sido sim- 

57 



RUBÉN DARÍO 

p\ emente ruidos de ideas aisladas o acontecimientos 
literarios. Cuando el snobismo tendió al catolicis- 
mo, la religión padeció una verdadera desgracia. La 
religiosidad de moda y la oración elegante hicieron 
más daño que el inofensivo satanismo intelectual y 
el mediocre cientificismo ateísta. El último, verdade- 
ro y peligroso enemigo de toda creencia en el pen- 
samiento contemporáneo, ha sido el antecristo ale- 
mán, que fué empujado por la amenaza de una es- 
pada de fuego hasta el manicomio. 

Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables 
que los que la simple política puede dirigirle en 
cuestiones terrenales, o los que lanzarle pueden 
filosóficos arietes modernísimos, más poderosos 
que las pasadas flechas volterianas. Se trata de las 
revoluciones en el propio seno, de la renovación de 
antiguas oposciones contra el dogma, de la resu- 
rrección de un cisma, en fin, más dañoso que todas 
las connivencias de afuera, y que enciende, después 
de largos siglos, fuegos que pueden producir un 
verdadero incendio en la romana basílica de las ba- 
sílicas. 

Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor 
español — he nombrado a D. Edmundo González 
Blanco— demostraba, en un artículo admirable de 
vigor, la posibilidad de una iglesia nacional en Es- 
paña. «Ya que no tenemos en nuestra alma colectiva 
una fe robusta y personal que oponer al formalismo 
dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya 
para constituir nuestra comunión nacional, nuestra 
iglesia independiente, nuestro catolicismo patriótico. 

58 



OPINIONES 

Filipinas acaba de darnos el ejemplo; y esa necesi- 
dad social, hoy más que nunca sentida, se impone 
en lo sucesivo como una condición de prosperidad 
pública.» El golpe conmovería, ciertamente, a la 
curia romana, y parece que hay en el clero español 
partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia 
independiente nacional, hasta con el detalle de su 
misa propia, de la vuelta al uso del antiguo rito mu- 
zárabe. 

Pues bien, todo eso es poca cosa con lo que en- 
cierra el siguiente suelto publicado ayer por Le Fí- 
garo: «El cardenal Richard, arzobispo de París, aca- 
ba de prohibir, por carta, a los alumnos de todos 
sus seminarios la asistencia a los cursos que el se- 
ñor abate Loisy enseña en la Sorbona, en la Escue- 
la de Altos Estudios. En la misma carta exhorta a 
todos los seminaristas que posean las dos últimas 
obras del señor abate Loisy a que las entreguen a 
sus superiores. Creemos saber que la comisión de 
Estudios Bíblicos instituida por León XIII no tardará 
en pronunciar su juicio sobre los libros acusados.» 
¿Cuál es la doctrina que se condena del abate Loisy? 
Yo no he leído los libros de este sacerdote; pero sí 
sé que no es un défroqué más o menos sonoro, a 
la manera del padre Jacinto, del abate Charbonnel. 
M. Jean de Bonnefon, que es ducho en la materia, 
nos dice que la condenación o la absolución del 
abate Loisy es en realidad el fin o la transformación 
de la iglesia romana. «Es la conclusión de diez y 
nueve siglos de fe o el prefacio de un culto futuro.» 
Por mucho menos se quemó a Savoranola. La re - 

59 



RUBÉN D A R I a 

forma que se desea en España es sencillamente de 
forma, y tiene razonables antecedentes; la tentativa 
del cismático francés va al fondo de la creencia, 
mina la base dogmática. El abate, que es persona 
de mucha ciencia humana, comienza por afirmar 
viejas herejías: Que Jesucristo no afirmó que fuese 
Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el Pentateuco 
no es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de 
Tobías, el de Job, el de Judiíh, son simple literatura; 
que «todo el Antiguo Testamento está escrito sin 
ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más 
que un objetivo arqueológico de edificación religio- 
sa». Eso, dicho por Renán, por Strauss, por Max 
Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es 
de un sacerdote, sacerdote que no abandona ni la 
tonsura ni el hábito, y que cree servir así a la ver- 
dad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia entera sea 
de su opinión. Lo principal está en lo referente al 
Nuevo Testamento: «La divinidad de Jesucristo no 
está escrita en el Evangelio. La Resurrección, la 
institución de los Sacramentos, la jerarquía de la 
Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si se tiene 
fe. El cuarto Evangelio no tiene ningún valor histó- 
rico; la resurrección de Lázaro es un símbolo.» 
¡Cómo debe estremecerse, en lo invisible, la sombra 
de Torquemada! Con la Nueva Jerusalem sweden- 
borguiana, con las mil y una sectas del cristianismo 
yanqui, con el flamante profeta Elias y su producti- 
va Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Igle- 
sia no tiene nada que temer. Pero el abate Loisy es 
un dulce y piadoso enemigo íntimo que, si no se 

60 



O P 1 N I O N E S 

anula pronto, causará trascendentales perjuicios, 
y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal 
Richard, el fuerte viejecito que quiso confesar a 
Hugo. Es una nueva aparición de la incompatibilidad 
entre el progreso y la fe, entre la religión y la cien- 
cia, entre la razón terrestre y la razón celeste. 
León XIII y su Santo Tomás no dejarán de tener 
culpa en la valentía del osado abate. Lumen in Coe/o 
no quiso iluminar en la ocasión; veremos si Ignis 
ardens, que aparece tan benigno, quemará, así sea 
metafóricamente. 

En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspec- 
to moderno y superescolar, no es nueva. A través 
del océano del tiempo es un mugrón del arrianismo, 
llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha 
sido el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los 
suyos niegan su divinidad, Eutiquio le suprime toda 
humanidad, aboliendo así la redención, y Nestorio, 
estableciendo la división enlre la parte divina y hu- 
mana, destruía la unidad que constituye teológica- 
mente el Hijo, ¿cuántos heresiarcas más se han 
atrevido con el más sagrado de los misterios cris- 
tianos? Sin embargo, entonces se discurría en el 
terreno de la filosofía religiosa, de la ciencia divina, 
de las doctrinas que dieron nacimiento y desarrollo 
a la patrología. 

El abate Loisy es de última hora. Viene con la 
ciencia de hoy, es profesor «en Sorbona> y sabe 
lenguas orientales, arqueología, todo lo que sabía 
Renán. «— ¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar— dice 
el formidable profeta, y alguien que muy poco tenía 

61 



RÚBEA DARÍO 

de cura, Büchner, escribe en su libro, no religioso 
por cierto: «La fe tiene raíces en indisposiciones del 
alma inaccesibles a la ciencia. > 

El cardenal Richard se preocupa grandemente del 
caso. Lo que debe hallar más grave su eminencia, y 
con él todos los católicos, es que el abate no re- 
nuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y 
cree servir al «más grande de los hombres», en su 
calidad sacerdotal y profesoral. Demás decir, que 
ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la 
Iglesia. El abare Loisy, simplemente, en el concepto 
católico, es un excomulgado. En él están contenidos 
todos los antiguos heresiarcas, desde Arrio hasta 
Berenger. Su exegesis renaniana, por el caso de su 
ministerio, no puede menos de causar el mayor es- 
cándalo entre los sinceros y firmes creyentes. Y su 
condenación o absolución por Pío X será la conti- 
nuación de la normal doctrina católica, apostólica, 
romana, o el krack del Espirito Santo. 




62 




LAS TINIEBLAS ENEMIGAS 



wmm 



S i^ s 



os profesores, los sabios oficiales, 
los doctores de la ciencia humana 
que creen haber asido la verdad con 
cuatro pinzas y cuatro estadísticas; 
los que ven hasta dónde alcanza lo 
jque saben, los explicadores novísimos del alma, los 
que han escamoteado a Dios, os podrán hablar lar- 
gamente y en términos semigriegos, que complacían 
ya a Moliere, de las causas más o menos probables 
que han llevado a una horrible muerte a un poeta 
maldito que estaba casi olvidado: Maurice Rollinat. 
Yo procuraré deciros sucintamente la pesadilla de 
su vida y el espanto de su fin. Porque aquí una vez 
más se cumple Talis vita, finís i/a. Todo es uno en 
el hombre: existencia, obras, impulsos; la fatalidad, 
que tiene muchos nombres, rige la vida, desde el es- 
permatozoario hasta la podredumbre. Y así hay la 
fatalidad del bien, como hay fatalidad del mal, fatali- 



63 



RUBÉN DARÍO 

dad angélica y fatalidad demoníaca. Y tal hombre 
desde la cuna va para el altar, y tal otro para la ba- 
talla, y tal otro para mirar pensativo las entrañas 
del mundo. Allí están los instintos y las vocaciones. 
Vocaciones, es decir, llamamientos, llamamientos 
de voces inaudibles que están en lo profundo del 
misterio y de la eternidad. Y la eternidad y el miste- 
rio estarán ante las cosas humanas cuando no exista 
ni el polvo de recuerdo de la sabiduría de hoy, y 
como estaban en los tiempos en que se levantó la 
Esfinge egipciaca y en que había pensadores y 
sacerdotes en la Atláníida y en Palenke. 

Maurice Rollinat fué un poeta de talento, ni ma- 
yor, ni menor; en todo caso, en las antologías en- 
trará como un poeta menor, a causa de ser su obra 
casi toda reflejo y eco; reflejo lejano de Poe, eco 
de Baudelaire. Su poética no alcanzó al simbolismo 
ni se quedó completamente en el Parnaso. Su alma 
fué la de un romántico puro, exacerbado, pues hasta 
en su licantropía tuvo un antecesor en el antiguo 
batallón huguiano. 

Apareció su nombre repentinamente y se apagó 
de pronto, como un fuego fatuo o de»aríificio. Era 
en los tiempos de la impasibilidad parnasiana por un 
lado y de la sequedad naturalista por otro. Apenas 
Richepin había puesto por un momento agitación 
con sus Chansons des Güeux. El ambiente era pro- 
picio para otra cosa. Rollinat apareció como culti- 
vador de «flores del mal», rimador y músico maca- 
bro. Cantaba en cabarets y salones versos baudele- 

64 



OPINIÓN E S 

ríanos con música suya, y canciones propias, aullan- 
tes, gimientes, con una voz lúgubre y un aire más 
lúgubre aún. Era en los tiempos en que Sarah Ber- 
nhardt, entre cuatro cirios, se complacía en dormir 
en un ataúd... Sarah Bernhardt se encantó con el 
nuevo lírico, que tan bien sentaba a sus nervios. 
Era en los tiempos en que aquel mal sujeto, que se 
llamaba Albert Wolf, hacía y deshacía reputaciones 
en las primeras columnas de Le Fígaro, y Albert 
Wo!f dedicó un elogioso artículo al lírico que agra- 
daba a Sarah Bernhardt. y París reconoció en se- 
guida que Maurice Rollinat tenía genio. La moda es- 
taba por las neurosis, verdaderas o falsas. ¿Rolli- 
nat era sincero, o era un poseur? 

La tragedia lamentable de sus últimos días, des- 
pués de tantos años de no variar de actitud, aun le- 
jos de París y sus literaturas, fuerzan a creer que el 
pobre poeta era sincero. Cuando más, podría suce- 
der que el hábito de estar agitado y la obligación es- 
tética de la desesperación le hayan al fin perturbado 
el cerebro y acabado por lanzarle en el abismo a 
que tantas veces se asomó. Luego los venenos del 
carácter, los modificadores del pensamiento, los pa- 
raísos artificiales que no son sino infiernos verda- 
deros, llámense alcohol, morfina, cloral, le acaba- 
ron de empujar en el reino temeroso de las tinieblas 
enemigas. Una vez más se hace palpable la verdad 
que encierra un decir que se encuentra entre los 
principios de la antigua Cabala: «No hay que jugar 
al fantasma, porque se llega a serlo. > Ese más allá 
tan desconocido hoy como en los más recónditos 

5 65 



R LEE N DARÍO 

siglos, contiene todo lo que hay de profundamente 
misterioso en el universo, la esencia del pensamien- 
to, el secreto de la locura, la verdad del ensueño, la 
razón de la muerte. Claro es que los que tenemos 
una creencia religiosa cualquiera, no contamos con 
la última hipótesis del último estudioso y con la últi- 
ma suposición del más flamante descubridor de ab- 
soluto. Rollinat en otras épocas habría sido tratado 
por el exorcismo y, posiblemente, quemado; por 
menos se quemó a otros. Hoy ha muerto en una clí- 
nica, gracias a que los antiguos teólogos están sus- 
tituidos por los % modernos psiquiatras, lo cual está 
reconocido como una ley del progreso. 

Uno solo de los libros del desventurado os dará 
una idea de la caja de Pandora y urna de los demo- 
nios que era su pobre cráneo: Las neurosis, dividi- 
do en cinco partes: «Las almas», «Las lujurias», 
«Los espectros» y «Las tinieblas» . Un médico os 
dirá: «Delirio de la persecución, lipemanía, parálisis 
general»; un doctor de la Iglesia os declararía fran- 
camente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas 
de la persecución del fantasma del crimen, el super- 
aguzado instinto del daño: los vagos estremeci- 
mientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañe- 
zas de la música, el alma de Chopin y de Poe, los 
horrores de la pasión carnal, las crueldades de la 
carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las tor» 
turas, los gatos, las serpientes, los tísicos, el suici- 
dio, el gusano de tierra, la «leche de serpien. ¡», los 
lagartos verdes, el idiota, el miedo, el amante ma- 

66 



O P 1 N I O N E S 

cabro, la señorita esqueleto, la muerta embalsama- 
da, el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, 
el bohemio, el enterrado vivo, el soliloquio de Trop- 
pmann, el verdugo monómano, el monstruo, el loco, 
la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipo- 
condríaca, la quimera, la locura, el mal de ojo, la 
navaja de barba, la vilanela del diablo, la rabiosa, 
los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías 
lentas, el ataúd, la Morgue, la putrefacción, el silen- 
cio de los muertos, el infierno, el epitafio, De pro- 
fundís... Todos esos son títulos o lemas de sus 
poesías, y las poesías corresponden al tema... 
Todo eso se recitaba y se sabía de memoria en los 
salones parisienses... Platos especiales, versos fai- 
sandés, complemenlo del estremecimiento nuevo 
traído por el otro maestro infeliz, Baudelaire. Mas 
en la suposición de que en Rollinat fuese natural esa 
manera de mirar la existencia por su parte obscura, 
fúnebre y diabólica, en el público no podía durar lo 
que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no 
se volvió a hablar más del féretro de Sarah Ber- 
nhardt ni de las canciones tenebrosas del sombrío 
melenudo «que se parecía a un lobo». 

Se dijo que se había ido al campo a llevar una 
vida de campesino. Otros libros de versos suyos, 
en que hasta el sentimiento de la naturaleza está ex- 
presado con su preocupación, con su obsesión eter- 
na, llegaron, pero ya no tuvieron el éxito que los 
primeros poemas de sombra, de noche, de miedo y 
gie. Ei | sueco Alian Osterlínd, que fué 

(te oüs íntimos, ha narrado algo de su vida en la 

67 



RUBÉN DARÍO 

campaña. Osterlind recordaba las largas noches de 
invierno, en Fresselines, en que el poeta pasaba al 
piano, cantando con su voz potente y singular, que 
iba de bajo a tenor, las melodías originales inspira- 
das en sus versos campestres: «La canción de la 
perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los 
cuervos». Contaba su vida entre sus perros y ga- 
tos, y el gozo del poeta en recibir a sus amigos, en 
retenerlos hasta por la mañana a la hora en que la 
poción de doral le procuraba un sueno pesado, sur- 
cado de sueños fantásticos... Casado, en la paz del 
campo, adonde cuentan que solía salir con gruesos 
zuecos, de pesca, de excursión, no pudo, sin embar- 
go, encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado 
las regiones del miedo: harto provocó el terror en 
sus libros y en su vida. Solía errar entre ruinas y 
lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la en- 
fermedad, le había agarrado con sus uñas potentes. 
La vida se vengaba de él entregándole por completo 
a lo que está más allá de ella, a los delirios, a los 
terrores, al imperio de las tinieblas enemigas. 

Veinte años después de su separación de París, 
ciudad de su éxito y de su perdición, volvió. Hace 
como tres meses... ¿A qué viene Rollinat? ¿A traer 
un nuevo libro en que renuncia a las sombras y sa- 
luda el bien que hay bajo el cielo azul? ¿A cantar Un 
alba de paz, de felicidad humana, de amor entre los 
pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armo- 
nía? No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su 
mujer, que ha sido mordida por un perro rabioso. 

68 



OPINIONES 

Y días después el amargo hombre, iodo nervios y 
terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, 
que ha muerto de la más horrible muerte: de rabia. 

En seguida, en su desesperación, vuelve al cam- 
po, en donde no puede estar un sólo momento tran- 
quilo; recurre a los narcóticos, a los brevajes de 
olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la 
locura llega, violenta, y hay que traerlo a una casa 
de salud, a las cercanías de París, a Ivry, a la clíni- 
ca del doctor Moreau, de Tours. Allí muere, y ma- 
ñana lo entierran. 

Esta noche, después de escritas las líneas ante- 
riores, he abierto el volumen de Las neurosis y me 
he quedado ciertamente estupefacto al encontrarme 
con un poema, que es extraño que a ninguno de los 
necrólogos de Rollinat haya llamado la atención.. 
Es algo que espanta... Para coincidencia es dema- 
siado... Luego, la casualidad, es algo tan misterio- 
so... La poesía, «escrita hace veinte años», es la si- 
guiente, que traduzco literalmente: 

LA RABIOSA 

iQuiero morder! ¡Retiraos! 

¡La noche cae sobre mi memoria 

Y la sangre sube a mis ojos locos! 
¡Ved! Mi boca, torcida y negra, 
Babea a través de mis cabellos rojos. 

Ya he hecho horribles hoyos 

En mis dos pobres manos de marfil, 

Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes. 

¡Quiero morder! 

69 



RUBÉN DARÍO 

Calmaría mi sed en vuestros cuellos 
Si pudiese todavía beber. 
¡Oh! Siento en mi mandíbula 
Una rabia abominable: 
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos! 
¡Quiero morder! 

Se comprende que, después del horroroso desen- 
lace del accidente de que fué víctima su esposa, y 
más templada que nunca la sed ardiente de sus ner- 
vios, haya sentido el postrer estallido, y antes que 
en el suicidio, que tanto temía,, como lo revela en 
varios de sus viejos versos, antes que en la muerte, 
se haya hundido en la locura, haya caído en el ma- 
nicomio. 

Oh! comme je comprends l'amour de Baudelaire 
Pour cegrand Ténébreux qu'on lit en frissonnaní! 

dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los ma- 
los maestros», diría con razón Jean Carrére. En 
otra parte escribe: 

A forcé de songer, je suis au bout du songe; 
Mon pas n'avance plus pour le voyage humain, 
Aujurd'hui comme-hier, hier comme demain. 
Rengaine de tourment, d'horreur et de mensonge! 
II me faut voir sans cesse, oü que mon regard plonge, 
En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin, 
Satán fausse mes yeux, l'ennui rouille ma main, 
Et l'ombre de la Morí devant moi se prolonge. 

El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus dedica- 
torias. . . a Barbey, a Bloy, a Rops, a Charles Buet, 

70 



OPINIONES 

al doctor Julien. . . Seguramente Rops pintó su «Be- 
bedora de ajenjo» por los versos que RoIIinat dedi- 
cara a aquel médico. Quisiera traduciros el rondel 
de «La locura», profético. . . , como el «Mal de ojo»... 
o el «Horóscopo», en que 

... soudain, de dressant dans la brume 

Devant mes pas, 
Un long Monsieur coiffé d'un chapeau haui de forme 

Me dit tout bas 
Ces moís qui s'accordaient avec la perfidie 

De son abord: 
— Preñez garde; car vous avez la maladie 

Dont je suis morí. 

Pero no dejaré de transcribir íntegro el «Epitafio», 
que es de una horrible actualidad y que hará medi- 
tar a los reflexivos: 

Quand on aura fermé ma biére 
Comme ma bouche et ma paupiére, 
Que l'on inscrive sur ma piérre: 
— «Ci-git le roi du mauvais sort. 
»Ce fou dont le cadavre dorí 
»L'afreux sommeil de la matiére, 
»Fremit pendat sa vie entiére 
»Et ne songea qu'au cimeíiére. 
»Jour et nuií, par íoute la ierre, 
»I1 íraina son coeur solitaire 
»Dans l'epouvante et le mystére, 
»Dans l'angoisse et dans le remord. 
»Vive la mort! Vive la morí! 

71 



R V B 



N 



l O 



Sin embargo, en la última página de su tremendo 
libro se le escapa, a pesar de su obsesión malsana, 
un clamor que pide piedad: Mon Dfeu. . . Dios haya, 
por fin, en la eternidad, libertado del dolor el alma 
del que fué condenado en vida, y salve a los poetas 
de buena voluntad del imperio de Las tinieblas ene- 
migas. 




72 




ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS 




n el antiguo teatro de Orange, junto a 
los viejos muros que el Rey Sol lla- 
maba los más bellos de su reino, al 
amparo de las divinidades antiguas 
que protegieron la civilización helé- 
nicorroman a, Jean Moreas, poeta francés, de sangre 
griega, hace en estos momentos renacería gloria 
de los ilus tres coturnos, renovando en sonoros y 
soberbios versos a su antepasado Eurípides, y cum- 
pliendo una vez más, en la fuerza de su otoño, la 
promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas 
de Grecia libarían una miel francesa. 

Hace diez años tuve el honor de hablar por prime- 
ra vez en nuestra América del talento y de la obra 
de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos Aires, como 
cónsul general de Colombia, vía París... En este 
soñado París había recogido las impresiones espiri- 
tuales que más tarde fueron Los Raros. Iba con co- 



73 



RUBÉN DARÍO 

sccha de ilusiones y amables locuras... Mi sueño, 
ver París, sentir París, se había cumplido, y mi ini- 
ciación estética en el seno del simbolismo me enor- 
gullecía y me entusiasmaba... Juraba por los dioses 
del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno Ver- 
laine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo 
de Moreas. ¡Amigo de Moreas! Esto me llenaba 
ampliamente. Porque sabía que el poeta había naci- 
do en Grecia y solía encontrar en los senderos de 
los bosques, adonde iba a soñar, sátiros velludos 
que remedaban a Hércules, armados de ramas nu- 
dosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores! 

¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo traba- 
jaba entonces en casa del temible editor Garnier, y 
yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El era ya 
gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a 
la entonces hirviente bohemia intelectual de La Plu- 
me. Conocía a casi todos los miembros de los ce- 
náculos de la época; sabía yo su intimidad con Ver- 
laine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me 
apareció y me dijo: «Esta noche lo espera Moreas; 
vendré a buscarlo>, se lo agradecí muy vivamente. 

Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué al 
buscarme. Encontramos al poeta del Pelerin Pas- 
sionné en un café del barrio, creo que en el Vachet- 
íe. Estaba a su lado su entonces compañero menor 
y ayudante en sus líricas campañas, Maurice Du- 
plessis. Y encontré a un Moreas sereno, sonoro, 
admirable parlante, amable, noblemente fraternal, 
sin buscar ni admitir la familiaridad cara a los irre- 
flexivos y a los insensatos. Y como le dijese que e 

74 



O P I N 1 O N E S 

holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en 
que se trataba de la leyenda moreana — vanidad có- 
mica, frases asustadoras, autolatría — , me dijo sim- 
plemente con su voz de bronce, del profesor de Hil- 
versum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos 
toda esa noche de arte, de ideal, de belleza — es de- 
cir, él habló... Como cerraron el Vacheíte, nos fui- 
mos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la 
mañana estábamos comiendo almendras verdes en 
los Halles... Todo eso es el pasado- ¡ah!, como mi 
fresca juventud. 

Las páginas que publiqué en La Nación sobre 
Moreas fueron hechas en el mar, en la travesía. 
Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes 
y la grata sensación de aquella generosa intelectua- 
lidad. Confieso que jamás he encontrado un alma 
ni más augustamente firme, ni más poseída de la 
fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada 
en su concebir la vida, ni más pura en su humani- 
dad, que el alma límpida, ínclita y piadosa de Jean 
Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar 
su diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excep- 
ción en esta ciudad de las duras intrigas, de las 
crespas batallas; los roces ásperos no han hecho 
más que abrillantar sus facetas, como a la piedras 
finas. Primero sonrieron de él la rutina y la inepcia; 
luego le atacaron la rivalidad y la envidia. El siguió 
adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor 
siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la réda- 
me. Desdeñó cetros de pasajeros instantes litera- 
rios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras que des- 

75 



RUBÉN DARÍO 

aparecen .. Y modificándose, mejorándose, siempre 
siendo el mismo, cultivó su maravilloso jardín, que 
por un lado confina con la selva y por el otro con 
el mar, la selva sagrada, en donde están sus abejas 
del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la 
nave Argos. Y así, con su modestia más orgullosa 
que el continente de todos los reyes, fué simplemen- 
te, tranquilamente, haciendo de su vida el poema 
principal de sus poemas, de la meditación su más 
sincera inspiradora y de su íntimo consejo su más 
bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa 
que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales 
Stances y ha concluido su lphigénie, la desde hace 
tanto tiempo anunciada e incubada tragedia. El no 
buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su re- 
tiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión 
de Honor. Y hoy, con el triunfo de £)range, lejos ya 
las luchas de escuelas, desaparecidos en la historia 
de las letras francesas los buenos combates de los 
simbolistas y decadentes, aclarado el campo inte- 
lectual, surge definitiva la figura del lírico resucita- 
dor de las hermosuras clásicas, del admirador de 
los antiguos coros, de quien nos viene a decir en 
pleno siglo de decadencia mo^al y de derrotas esté- 
ticas la palabra de la Belleza eterna, la lección de 
virtud y de sacrificio, el canto de heroísmo y de gra- 
cia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de 
recordar por los siglos de los siglos al agitado espí- 
ritu del mundo. 

Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar 
ni menospreciar sus primeras victorias. No hay que 

76 



OPINIONES 

renegar de la juventud. Las Syrfes, el Pelerin, las 
obras primigenias, inician la obra por venir, la obra 
presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras 
decisiones futuras. Mejorarse no es contradecirse. 
Simplificarse no es desdecirse. Cada momento tiene 
su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la na- 
turaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no 
hay mejor certificación y aprobación de la espiga 
dorada que el pan -o la hostia. 

Paris, je te ressemble; un instant le soleil 
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c'est la brume, 
Au vení septentrión si tu te fais pareil, 
Tu passes les pays que le zéphyr parfume. 

Triste jusqu'á la morí, en méme iemps joyeux, 
Tout m'est concours heureux et sinisíre présage; 
Sans cause l'allegresse a pleuré dans mes yeux, 
Et le sombre destín sourit sur mon visage. 

Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, 
pues, que es necesario que haya hombres como 
Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París, 
que se parezcan a París y que de repente digan pa- 
labras universales, sentimientos totales, logos subs- 
tancial, verbo de humanidad: «Helas! que le soleil 
est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que 
es tan sencillo, que lo puede decir el primer ciego 
que pase por la calle, es en la trágica estrofa acuña- 
do para la relativa eternidad de las letras. 

Cuando he vuelto a París a establecerme — por 
siempre— no he procurado buscar con frecuencia a 
mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de imperíinen- 

77 



RUBÉN DARÍO 

te la admiración intempestiva y la solicitud irrazona- 
da. Por otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta 
es una mala condición de mi carácter en mis tareas. 
No he sido hecho para la visita ni fabricado para la 
interview. Tanto peor para mí, que no he gozado de 
la familiaridad de los chers maítres. No obstante, a 
Moreas le he vuelto a ver. Triste, con su melancolía 
altiva y con sus canas. Allí, en el café Napolitaine, 
junto a Mendes, viejo, junto a Couríeline y oíros 
señores de la literatura y periodistas grandes y pe- 
queños. Y Moreas, notaba yo, no estaba en su cen- 
tro. Después, juntos, y con Carrillo ¡un Carrillo 
cuan otro! — con Duplessis— ¡un Duplessis cuan cam- 
biado!— hemos solido recordar las horas de hace 
diez años, cuando pasé para Buenos Aires, cargado 
de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almen- 
dras verdes a los mercados, una mañana de Mayo, 
en que nacía dulce el sol. 

La Iphigénie actual estaba ya empezada en aque- 
llos días. En tal ocasión dije que el poeta preparaba 
una pieza para la Comedia Francesa, y que, dados 
sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella 
pieza es la tragedia actual, que, de seguro, de la 
antigua memorable escena del teatro romano de 
Orange, pasará al primer escenario de Francia. 

Gloria sea dada al severo ordenador de admira- 
bles escenas y al siempre magnífico rimador de per- 
fectos versos. No creáis que es exageración deciros 
que los versos de Moreas -los mejores de Moreas—- 
son superiores a los de los más inconmovibles clá- 
sicos de la literatura francesa. Este descendiente de 



78 



OPINIÓN 

los Pínd aros y de los Sófocles se expresa con sin- 
gular majestad en el verbo de los Racine y de los 
Chenier, y he aquí también uno que mamó leche 
amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el de- 
coro y la potestad del dios cuyo arco es argentino. 
Leed estos fragmentos, llenos de majestad ver- 
bal y de sabia armonía. Esto es del coro del quin- 
to acto: 

Iphigénie, helas! c'esí pour une auíre féte 

Oü couléroní des pleurs 
Que les Grecs vonl méler les boucles de ta tete 

D'un chapeleí de fleurs 
Telle, en riche apparaí, victime couronnée, 

Pour désarmer le ciel, 
Une puré génisse á la peau íachetée 

S'approche de l'autel, 
Noble vierge d'Argos, dans la verte prairie 

Prés des couraníes eaux, 
Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie 

Au son des chalumeaux. 
Tu croissais sage et belle; une reine, ta mere, 

Avec un soin jaloux, 
T'élevait pour te voir dans le palais prospere 

D'un prince ton époux. 
Et pourtaní, ó malice oü le monde s'obstine! 

Une brutale main 
Avec le fer aigu fera de la poitrine 

Jaillir ton sang humain. 
Ah! comment l'incarnat qui pare ton visage 

D'un charme virginal. 
Et la fierté decente et la fleur de ton age 

Sauraient vaincre le mal, 

79 



i? U B E y DARÍO 

Puisque l'ambiíion, la fraude eí l'impudence, 

Le vic« injurieux 
Oní faií que les mortels soní livrés sans défense 

A la haine des dieux! 

Y esto de Ifigenia al coro: 

Et vous, femmes, quiítaní le deuil et le regreís 

Vous ferez reteníir des chants qui seront dignes 

D'Artemis au grand coeur qui lance au Ioin ses íraiís 

Eí parcourt sur un char Claros féconde en vignes. 

Oü sont les vases d'or et les libaíions? 

Que la flamme á l'auíel consume les offrendes. 

O rapide Artemis qui régnes sur les monís, 

Je donne sans írembler le sang que íu demandes. 

Voici ma chevelure eí mon froní virginal; 

Venez, couronnez-moi de fleurs eí de feuillage- 

Jeunes femmes, frappez le sol d'un pas égal 

En célébraní ma morí comme un heureux présage. 

le íriomphe de Troie eí fais íomber á bas 

Sa forte ciíadelle eí sa muraille aníique, 

Et pour fixer enfin la chance des combáis, 

J'efface de mon sang l'oracle prophéíique. 

O reíraiíes d'Aulis, ó bords, golfe profond, 

Je vous devrai la gloire! Argos, ó ma paírie, 

Pour un illusíre exemple eí ce deslin, qui soní 

Présens des immoríels, Argos, íu m'as nourrie? 

La prensa celebra la victoria de Moreas, los críti- 
cos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de 
pronto popularidad. A la representación de la obra, 
a la par de los letrados parisienses que fueron a 
aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aqui- 

80 



OPINIONES 

Jes, y a la brava Luisa Silvain, y a la joven y bri- 
llante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron 
campesinas de los contornos, que lloraron de veras, 
bajo sus cofias blancas, por las desventuras de la 
dolorosa Ifigenia. 

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de 
armoniosos sueños, sigue su camino en la austera 
melancolía de su vida, sin profanar el don divino 
que recibió con la luz en su tierra maternal y glorio- 
sa, poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño 
del laurel verde! 




81 




A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES 




cabo de cerrar el libro de versos que 
ha publicado una alta dama france- 
sa, la condesa Mathieu de Noailles. 
Se titula LOmbre des jour, y viene 
después de otro: Coeur innombrable. 
Este flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, 
melancólicas, femeninas, es un libro de mujer mo- 
derna con alma antigua. La condesa de Noailles re- 
concilia con la literatura de cabellos largos, del 
sexo vilipendiado inteleclualmente por Schopen- 
hauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masa - 
cre> de Amazonas, ha escalpado también esta pre- 
ciosa cabeza; si lo ha hecho, no le será perdonado, 
pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una 
media azul, encontraría que las que ahora me ocu- 
pan son de color de rosa — a menos que no fuese la 
fina piel de una ninfa, libre de toda malla, húmeda 
aun de su preferida fuente. 

La condesa de Noailles no es una basbleu. Es 
una bella flor humana llena de mental esencia > 



8$ 



R ü B E N D A R I O 

que se exterioriza en formas de armonía. Es una 
rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. 
Es una aparición de figura poética y legendaria en 
pleno París del siglo xx. Es una joven exquisita, de 
veinte años, divina de frescura y gracia, que de- 
muestra simplemente que se puede tener un nombre 
ilustre, un marido, un automóvil, vestirse en la calle 
de la Paix y poner su alma cantante y soñadora en 
las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sa- 
cerdotisa apolínea, o pánica, con los pantalones del 
feminismo. Ella vaga en los bosques, comunicando, 
ronsardizando, como antaño, en la libertad de su 
naturaleza: 

Car dans ce temps, haute et paisible 
La Nature, ses bois, ses eaux, 
N'avalent pas cette ame sensible 
Qui plus tard fit pleurer Rousseau. 

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde 
su morada heráldica a coger las flores sinceras y 
modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama aristo- 
crática, honorable, adorable, que frecuenta a Ver- 
Iaine! ¿Qué dirían entre nosotros, y en otras partes, 
los que solamente ven del desdichado fauno la 
máscara socrática y la repugnante ebriedad? La 
condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla 
delicadeza. El encanto natural, la comunicación se- 
creta e íntima con el Universo, de manera que el 
espíritu propio se confunda con el espíritu del 
mundo, la conciencia de que nuestra voz es una 

84 



O P I N I O N E S 

unidad individual en voz total infinita, y que nues- 
tro minúsculo espejo interior es en realidad tan 
vasto que en él se mira todo lo que existe, ha- 
cen que del jardín lírico de esta singular poetisa 
vuelen al azul muy maravillosas alondras. Elia can- 
ta a Príapo, dios de los jardines; y la ignorancia 
tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta 
la eternamente nueva canción de las florestas pri- 
maverales, de los frescos verjeles, de las flores re- 
cién nacidas, de los nidos, de la hermosura melo- 
diosa de un momento matutino; y la gloria y la ale- 
gría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y 
se singulariza en la campaña francesa, en las ciuda- 
des y aldeas de su patria, en donde encuentra una 
revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y 
siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, 
que vibra al soplo del armonioso viento. Dice todo 
lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y 
lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su 
juventud y su sed de amor: 

Pourtant tu t'en iras un jour de moi, jeunesse, 
Tu t'en iras, íenant l'Amour entre tres bras. 
Je souffrirai, je pleurerai, íu t'en iras, 
Jusqu'á ce que plus rien de toi ne m'apparaisse. 

Ronsard se consolaba con ser leído a la chande- 
lie por la amada envejecida; y Ponsard — ¡hay dis- 
tancia!— dijo la misma cosa en un soneto a la fa- 
mosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, de- 
sea «ser amada después de la muerte», y dice: 

85 



JR U B E D A R 1 t) 

Et qu'un jeunc homme alors, lisant ce que j'écris, 
Seníant par moi son coeur emú, írouble', surpris, 
Ayant íouí oublie' des compagnes re'elles, 
M'accueille dans son ame el me préferc á elles. 

Hay un admirable estudio del conde Robert de 
Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de 
los nobles y grandes señores que se dedican a 
asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, 
la oposición de las gentes de su casta, que no son 
por lo general muy dadas a cosas del espíritu, des 
de los tiempos en que la nobleza ostentaba como un 
lujo la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los 
acogen sino con cierta hostilidad, quizá consecuen- 
cia de la antigua humillación del mecenismo. La 
clase poderosa, que ve la superioridad intelectual 
como una fuerza que no posee, opone su indiferen- 
cia o su desdén. Son dos elementos contrarios, di- 
fíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El 
público, a su vez, acoge casi siempre la producción 
del autor blasonado— en nuestros países el rico au- 
tor — como labor de dilettante, como ocio de aficio- 
nado. En muchos casos hay gran razón, pero suele 
haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de 
alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificul- 
tades suelen ser mayores. La sostenida inferioridad 
ancestral, la ligereza, las preocupaciones munda- 
nas, la maledicencia, la social inveterada hipocre- 
sía, el flirt moderno, las atenciones de la moda, las 
influencias religiosas y la agresividad intelectual 
masculina se presentan ante las tentativas de una 

86 - 



O P l X I O X ¡i s 

vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, 
para oponerse a todo eso, para luchar, para vencer. 
En todas partes del mundo ha habido y hay las bri- 
llantes excepciones que confirman la regla. No me 
refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras 
viragos del feminismo militante. 

Sin pretender de ninguna manera sostener la vie- 
ja cuestión teológica, yo no creo en la igualdad es- 
piritual del hombre y de la mujer. Obsérvese que no 
hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Natura- 
leza es la sabia ordenadora y tiene sus leyes abso- 
lutas; en este caso la ley se llama fisiología. No in- 
sistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delica- 
dos que conocen mis lectores y que han sido y son 
muy tratados científica y cómicamente. Creo, sin em- 
bargo, en que, así corno hay hombres de alma feme- 
nina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas. 

A decir verdad, no es simpático el tipo de la lite- 
rata, de la marisabidilla, de la culíilatiniparla de 
nuestro tiempo. Ni la de tiempo alguno. En todo 
caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la 
antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los 
tiempos, pero en ningún caso con lo que significa 
la palabra española marimacho. Cuando se toca de 
cerca a la cuestión doméstica, seamos más explíci- 
tos, y digamos con el excelente Chrisale: 

j'aime bien mieux pour moi qu'en épluchant des herbes, 
Elle accommode mal les noms avec les verbes, 
Et redise cent fois un bas et méchant mot, 
Que de brúler ma viande ou saler írop mon pot, 
Je vis de bonne soupe et non de beau langage. 

87 



/? U B E N DARÍO 

Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas 
cosas, buen lenguaje y buena sopa. No sólo de pan 
vive el hombre. Podría argüirse que las bellas y ho 
nestas damas que se dedican a la literatura están 
rodeadas de los esplendores de la fortuna; y, por lo 
tanto, no tienen nada que ver con los puntos de me- 
dia y con las cacerolas. Al contrario, toda verdade- 
ra alta dama de antaño, como de ahora, se conoce 
en esto; en que no por el cuidado de su belleza y 
por la distinción de su jerarquía ha dejado en aban- 
dono el capítulo importante y clásico de los asuntos 
caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Vic- 
toria. Y luego, se puede escribir el Heptameron y 
hacer los ricos platos de dulce que sabía condeció 
nar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga 
serie de madamas que han dejado muy buenas obras 
y que han sido muy hacendosas. Se habla de la 
sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa famosa, 
aunque no tanto como la traducción de Homero de 
esa misma señora. La Scudery, la de Deshouillers, 
la de Genlio, la de Mainíenon, la de Sevigné, la 
de Stael, muy plausibles mujeres de su casa. Les 
faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, 
economía y ojo listo, eso no. 

Lo que no es aceptable son las ridiculas imperti- 
nentes, las excesivas Filamintas, las que se deleitan 
con Trissotin y quieren abrazar a Vadius por amor 
del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que 
el griego hay muy pocos Vadius que lo sepan. Pero 
hay la snob, la decadente, la wagnerisía, la paríida- 

88 



O P I N I O N E S 

ria del amor libre, la Eva nueva, la doctora escan- 
dinava ibseniana y la estudiante rusa que tira bala- 
zos. Confieso que prefiero las preciosas, que me 
quedo con Filaminta, con Beüsa y con Armanda. 

No hay en Francia la cantidad de authoresses que 
en Inglaterra y los Estados Unidos; pero hay una 
gran cantidad de mujeres que escriben, autoras de 
libros científicos, sabias como Clémence Royer, 
que ha muerto hace poco, periodistas valientes y 
ágiles, novelistas, poetisas, fuera de las grandes 
damas que hacen política, y conservan los pocos, 
los raros salones semejantes a los que antes tuvie- 
ra una madame de Qirardin, o, más recientemente, 
Mme. Adam. 

Unas cuantas personalidades se destacan en el 
copioso grupo. Cierta revista muy mundana — Femi- 
na— ha propuesto como tema de un concurso, a 
sus suscriptoras, la elección de una Academia de 
mujeres francesas, paralela a la de los cuarenta. 
Hace algunos años esa misma cuestión fué actuali - 
dad, y se hizo una lista de las que resultaron elegi- 
das en plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie- 
Anne de Bovet, condesa Colonna, Jeanne Chauvin, 
ludiíh Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judiíh 
Gautier, M. L. Gagneur, Eugéne Garcin, Henry Gre 
ville, Gyp, Manceel de Grandfor, Robert Halt, Pau- 
lina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean Laureníy, 
Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne 
Mayrel, Héctor Malot, Michelet, Marni, Luisa Mi- 
chel, María Mangeret, Mesureur, Mendés, María 
L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rosíand, Clé- 

89 



RUBÉN DA R 

menee Royer, Ratazzi, G. Renard, Mary Summer, 
Séverine, Simonne Arnaux, Marcel Tinayre, Vin- 
cens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos 
podrían llenarse. Solamente, si tal Academia llega- 
ra a realizarse, sería uno de los mayores triunfos 
del ridículo en la historia de las ocurrencias huma- 
nas. Ya hay bastante con el que ha caído durante 
tanto tiempo sobre la de «inmortales» varones. En- 
tre todos esos nombres los hay dignos de la mayor 
estimación y aun admiración, y los hay medianos y 
casi desconocidos. No puede haber parangón algu- 
no entre, por ejemplo, Judith Gautier y la señora 
Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así su- 
cede bajo la Cúpula! 

Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante 
todo, las de esas dos admirables luchadoras que 
van a la acción, que ponen voluntad y talento al 
servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pa- 
cificadora Séverine. Luego vienen las de puro inte- 
lecto, las imaginativas y ulírapensaníes; en un ex- 
ceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme. Valle- 
te, o sea Rachilde, aparece como el cerebro femeni- 
no más complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, 
sino de todos los siglos. Hace unos diez años es- 
cribía yo de ella un retrato, en que mis entusiasmos 
de entonces iban hacia la parte extrañamente diabó- 
lica y misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, 
con mayor reflexión, no veo ya a la escritora sadis- 
ía — Sade toujours — , a la juglaresa incendiaria, sino 
a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable des- 
tructora, a la Sybila de la anarquía, cuyas ideas, 

90 



O P I N I O Ñ E S 

hoy manifestadas en nuevas novelas, o en críticas 
singulares, se puede no seguir, pero no se puede 
dejar de admirar. 

Después están las estudiosas, como Lucía Félix 
Faure; las «maestras», como Judith Gautier. Y lue- 
go las musas, para coronar el pensamiento femeni- 
no francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, 
nacida entre la obra hermética y mágica de Mallar- 
mé y los cuentos árabes que su marido ha vertido, 
esas Mil noches y una noche, de los que parece 
•emergida. La señora de Rostand, que dicen que tie- 
ne más talento que el autor de Cyrano; la señora de 
Mendés, bella, que hace versos hechiceros, y que 
antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras 
que no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento espe- 
cial de esa temible Oj7??Hay, por último, una nove- 
lista de actualidad, alabada por los periódicos, y 
que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la 
Vaudére. Aseguran que sus libros se venden mu- 
cho, y que está de moda en los salones. No hay 
nada más intencionalmente obsceno, ni más des- 
provisto de arte, que las lucubraciones de esta dis- 
tinguida joven de letras. 




91 




NIÑAS -PRODIGIOS... 






e han descubierto recientemente en 
Francia algunas niñas-prodigios; dos 
de ellas poetisas. Una, Carmen 
d'Assilva, aun siendo de nombre 
«poríugais» y aun estando en Fran- 
cia, da tristeza: tiene diez años, una carita pálida, 
de grandes ojeras, y ha escrito cinco volúmenes de 
cuentos, un volumen de monólogos y de versos y 
siete piezas de teatros, que ha representado ella 
misma... Es miembro de la «Societé des gens de 
lettres» y de la «Societé des auteurs dramatiques» 
desde los nueve años. Sardou le escribió: «Sois el 
autor más joven que se conoce, hija mía; os felicito 
y os estimulo a que sigáis produciendo mucho, res- 
petando también los estatutos de nuestra Sociedad, 
que os remito.» Es de tenerle lástima... La otra es 
Mlle. Antoni Coullet, de diez años también, y de un 
talento indudablemente superior al de la anterior, 
aunque no haya producido tanto. Coppée está en- 



93 



R U B E N O ARIO 

cantado de ella y ha hecho que Lemerre le publique 
un tomiío de versos, entre los cuales los hay lindos. 
Citaré los siguientes, sin traducirlos, para que se 
pueda apreciar mejor la facultad poética de esta 
niña: 

SUR MON PORTRAIT 

O vous! ne cherchez pas en ees trais la beauíé. 
1) est des fleurs qui sont moins belles que la rose, 
Mais comme un papillon un court insíant se pose, 
L'espoir des joies d'autruil sur elle est arrété. 

He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente 
a la autora no le han de haber permitido conocer a 
Verlain: 

VIEUX CARROSSES 

Aux temps loiníains, oü vos banquettes de velours, 
Frolaient le frais volant des blanches mousselines, 
Tandis qu'un chant sereint et doux de mandolines, 
Descendait lentaTient du faite blanc des íours; 
Vous en avez tant vus, de satins et d'atours...! 
Le marchepied, use par la haute botíine, 
Caresse, en souvenir, la mante incarnadine 
Et fait gemir le sable roux des vieilles cours...! 
Quand, au retour du bal, sous la mantille blanche, 
Et sous le grand col blanc, la large et píate manche, 
Une veine poudrée ouvrait vos rideaux clairs; 
Elle jetait au loin son evantail, et lasse, 
Fále, elle s'étendait, noble et pleine de grace, 
Posant sur le velours sa main de rose chair. 



94 



o p i n i o A /•: s 

Y este otro soneto: 

A LA JEANNE D'ARC, DE CHAPU 

Vers quel ange du ciel qui se moníre á demi, 

Tournes-íu ion regard, dans la plaine boisée...? 

Calme eí belíe, á genoux, daus la fraiche rosee, 

Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy! 

Mais quelque séraphin ou queique revé ami 

Te moníre, en visión, cetíe íombe embrasée 

Oü tu laissas s'enfuir ía colére apaisée, 

Oü tu mourus sereine, aux yeux de l'ennemi. 

Tous tes pas, vers le ciel, éíaient marqués de mousse, 

Et sur ton front brillait une lueur si douce, 

Rayón qui s'échappa du sourire de Dieu! 

Ta gloire, en lac de sang, s'étendit sur la terre, 

Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu 

Voulurent te revo ir, á l'ombre du mysíere. 

Ved la opinión del poeta de Les Humbles: «Cuan- 
do el padre y la madre de Antonine Coullet me mos- 
traron los versos de su niña y me dijeron que la 
authoress tenía diez años, quedé estupefacto, como 
quedarán todos los lectores. Pero a mi encantada 
sorpresa sucedió en seguida un sentimiento de in- 
quietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en 
el pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me ima- 
ginaba ya un rostro melancólico y ajado, una inteli- 
gencia recalentada, un cerebro viejo antes de tiem- 
po. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una 
primicia obtenida artificialmente, de una planta de 
estufa. Antonine Coullet no ha aprendido nunca la 
prosodia, y no está aún muy segura de su ortogra- 

95 



R U B E N 1) A R 1 O 

fía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado 
intacta la ingenuidad de su edad. Esta musa infantil 
es una verdadera niñita. Solamente ella ha leído ya 
muchos versos, y por un don extraordinario los ha 
hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, 
como un rosal da sus flores. Hace versos, y encon 
traréis en ellos, sin duda, reminiscencias, palabras 
cuyo sentido no puede conocer, ideas que, cierta- 
mente, no comprende. Pero probadlos esos versos 
por la lectura en alta voz, como se prueba la calidad 
de las monedas, haciéndoles sonar, y reconoceréis 
que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, 
llenos de imágenes, en donde se estremece también 
muy a menudo una sensación verdadera. Por mi 
parte quedo confundido ante tal precocidad. La pa- 
labra «vocación», tan grave de pronunciar, sin em- 
bargo, me viene espontáneamente a los labios. Hay 
que decir, como Chateaubriand después de haber 
leído las primeras odas del jovenciío Víctor Hugo: 
«¿Niño sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo 
poeta, conmovido por el don poético de esta niña, 
recuerdo que, a su edad, Mozarí ha compuesto sus 
primeras sonatas. Ese hombre de genio principió 
también como niño-prodigio. Ante esta mignonne 
Antonine pienso en el pequeño Wolfang, sentado al 
piano.» 

Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. 
Ante un caso semejante al de la niña Antonine o la 
niña Carmen, hay que recordar que los niños-prodi- 
gios, con muy raras excepciones, mantienen las 
promesas de su infancia. Los demasiado amados de 

96 



O P / N I O X E S 

los dioses mueren brutos... todos hemos visto a 
esos maravillosos compañeros de colegio que dejan 
asombrados a los profesores; generalmente acaban 
de modestos industriales o alcaldes de villa. En la 
mujer la precocidad es más peligrosa aún. El fin de 
una superdespierta de diez años es terrible de pen- 
sar... El record de la precocidad femenina creo que 
lo ha ganado cierta niñita que, con motivo de una 
enquéte, envió a una gran revista mundana la carta 
siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de 
casarme, y que soy muy capaz de ser una buena 
madre de familia. Os confío a vos esto porque estu- 
diáis seriamente la cuestión, pero no me atrevería a 
decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: 
«¡Pero si no tienes más que doce años!» ¡Como si 
esto fuese una razón! ¿Acaso no se puede ser razo- 
nable a los doce años y adorar u ocuparse de un 
hogar y de sus hijos? La edad no tiene nada que ver 
con el asunto; y tengo en mi familia una lía de se- 
tenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la 
vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al 
juego de los caballitos. Yo no tengo nada de loca. 
No creo en el petit Noel, ni en las historias que ha- 
cen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me 
dejara ponerme en menage, y... comprar niños, se 
haría mucho mejor que obligarme a jugar todo el 
día con una muñeca que no puedo amar verdadera- 
mente «puesto que no sufre». Esa joya los padres 
podrán apreciarla. Es un caso que hace pensar en 
la posibilidad de la transmigración de las almas... 
Es un caso de teratología psíquica. 

7 97 



RUBÉN DARÍO 

He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la 
hermana del gran Blas. Ella también fué un caso de 
temprana frondosidad mental, y deleitó con sus lu- 
cubraciones primigenarias a las gentes de su tiem- 
po. Tuvo también algo que no tienen, por lo común, 
las niñas-prodigios: la belleza. «Parfaitement belle, 
et la plus agréable du monde par la gentilesse de 
son esprit et de son humeur a six ans elle est deja 
souhaiíée partouf», dice en su biografía Mme. Pe- 
rrier. La peíite Pascal publicó, como lapefífe Coulleí 
de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba 
lo mismo que esa mademoiselle de doce años que 
se quiere casar y comprar hijos, y que no estima en 
nada la relación con sus muñecas. Jacqueline, por 
el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no 
se compran, puesto que compuso un epigrama: 
«Sur le mouvement que la reyne a seníi de son en- 
fant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était 
sans cesse aprés ses poupées». Se buscan en los 
primeros intentos las primeras revelaciones del 
alma. Le dio la viruela y quedó horrible. Digna her- 
mana de su profundo hermano, sufrió con paciencia. 
Doce años tenía cuando desempeñaba, a pesar de 
su cara picada, un papel en el Amour tyrannique, 
de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, 
que decía de la familia de Blas: «J'en veux faire 
quelque chose de grand». Luego se gana en Rouen 
el premio anual discernido a la mejor composición 
sobre la Concepción de la Virgen, y cambia versos 
nada menos que con Corneille. 
Entre los grandes nombres femeninos de la histo- 

98 



O P l N ! O fc> 

ria no es la precocidad un común distinlivo; sin em- 
bargo, para saber en su tiempo lo que una Oliva 
Sabuco de Naníes, hay que haber sido un prodigio 
de estudio y de comprensión desüe muy tierna edad. 
En Santa Teresa todo es más intuitivo. En la tradi- 
cional cultura italiana hay ejemplos admirables. 
Pongo por caso una famosa donna María Gaetana 
Agnesi, de quien el canónigo Frisi escribió un entu- 
siástico elogio. Juzgúese por eslos datos: A los 
cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba 
latín. A los once, conocía perfectamente latín y grie- 
go. Escribió en esta lengua un tratado de mitología 
y un léxico grecolaíino de más de trece mil voces 
escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el 
alemán. Como Cornelia Piscopia era un «oráculo 
settilingue». De Brosses, que la conoció, escribía a 
su amigo el presidente Bonhier en una carta estos 
párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo 
darle noticia, mi querido presidente, de una especie 
de fenómeno literario de que acabo de ser testigo, y 
que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que 
el Duomo de Milán... Vengo de casa de la signora 
Agnesi. Se me tja hecho entrar en un grande y bello 
salón, en donde he encontrado treinta personas de 
todas las naciones de Europa sentadas en círculo, 
y la señorita Agnesi sola con su hermanita en un 
canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte años, 
ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy 
dulce. Nos han traído mucha agua helada, lo que 
me pareció un preludio de buen augurio. No espe- 
raba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con 

99 



i? U B É D A R ¡ 

esa señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que 
me llevaba, ha querido hacer una especie de «acto» 
público: ha comenzado poi* dirigir a esa jovencita 
una bella arenga en laíín, para ser comprendido por 
todo el mundo. Ella le ha contestado muy bien; des- 
pués de lo cual se han puesto a disputar en la misma 
lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las 
causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen 
algunas. Ella ha hablado como un ángel sobre estas 
materias; yo nada he oído sobre eso que me haya 
satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó 
que disertara lo mismo con ella sobre el asunto que 
quisiese, con tal que fuese un asunto filosófico o 
matemático. He quedado estupefacto al ver que me 
era preciso arengar de improviso y hablar durante 
una hora en una lengua que uso tan poco. Sin em- 
bargo, sea lo que sea, le he hecho un hermoso cum- 
plimiento; después hemos disputado, primero, sobre 
el modo con que el alma puede ser impresionada 
por los objetos corporales, y cómo éstos se comu- 
nican con los órganos del cerebro; y en seguida 
sobre la emanación de la luz y sobre los calores 
primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la 
transparencia de los cuerpos y sobre las propieda- 
des de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he 
comprendido hada. El le habló en francés y ella le 
pidió permiso para contestarle en latín, temiendo 
que los términos de arte no fuesen fáciles de recor- 
dar en lengua francesa. Habló a maravilla sobre 
todos esos temas, sobre los cuales no estaba más 
prevenida que nosotros. Es muy apegada a la filo- 

100 



o P f A O N E S 

sofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una 
persona de su edad comprender tan bien puntos tan 
abstractos. Pero, por mucho que me haya asombra- 
do su doctrina, más me asombra oiría hablar latín, 
lengua que seguramente no debe usar mucho, con 
tanta pureza, facilidad y corrección. Después que le 
hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y la 
conversación se hizo general. Cada persona habla- 
ba con ella en su lengua propia.» 

Ya se ve que ésta supera a todas nuestras culti- 
latiniparlas de la actualidad, estudiantas ibsenianas 
y feministas marisabidillas, y aun a nuestras más 
famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el 
caso de Gaetana no es único. En 1726 se publicó en 
Venecia una obra en dos volúmenes, de la cual he 
visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional, obra 
cuyo tirulo es: Componimenti poetici delle piú illustri 
rimatrici d'ogni secólo, por Luisa Bergalli. En dicha 
obra se publican trabajos de 250 poetisas y sus bio- 
grafías. Luisa Bergalli fué uu prodigio, prosista, 
autora de versos, traductora de Terencio. «Doc- 
tissiman fceminam Terentianis versionibus celebrem; 
et cómico opere Italicorum excellentissime» — ; dice 
de ella el entusia sía Barbieri. Eran, sin duda, tiem- 
pos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, 
flirt y otras disciplinas semejantes. En nuestra época 
apenas sin ridículo se le permite saber chino a Judit 
Gautier y persa a Madame Dulafoy. 

A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscu- 
tible humorista, se pudo leer en Londres, en el siglo 

101 



R r E N !) A K I Ó 

antepasado, el anuncio teatral siguiente: «La sema- 
na próxima los personajes de Coroliano y de Enri- 
que VIII serán representados por Miss Biddy, niñita 
de cuatro años, que ha desempeñado los mismos 
papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en 
Dublin, y que no está enteramente curada de su co- 
queluche. » Aquí la precocidad toca los límites de lo 
extraordinario y bufón. Robert de Montesquiou, al 
contrario, cuenta de una su amiguita y pariente, 
niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas 
singulares. Si el caso particular es verdaderamente 
raro— dice— , el hecho no lo es en sí. «La infancia 
es poeta> — ha dicho Mme. Valmore — . Y Víctor 
Hugo ha escrito estos versos, que son una noble 
explicación del precoz milagro: 

II est, ou ne sait quel nuáges de figures 
Que les enfanís, jadis ve'ne'rés des augures, 
Aper^oirení d'en bas et quis les faií parler, 
Ce petit voit peuí-étre un ceil étinceler... 

La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido 
exacto de su etimología ín spirar, y sopla en el vir- 
ginal y delicado instrumento como el viento en un 
arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce Mar- 
celina tienen algo de esa infantil inspiración prorro- 
gada, y es a menudo por eso por lo que nos cauti- 
van. Muchas palabras de niños contienen ese infan- 
dum que nos hace estremecer como algo de no 
humanamente expresado que viene de muy alto y 
cuyo misterioso timbre no se encuentra sino en al- 

102 



O P I N / O E___ S 

gunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña, poetisa 
no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y 
lejos en apariencia — y en realidad—de toda preocu- 
pación literaria. De repente se verificaba el prodigio. 
Citaré también algunos poemitas de esta asom- 
brosa chiquilla de la nobleza francesa— hoy ya cre- 
cidita y bella como un astro—. Estos, en prosa, que 
parecen sacados de antología china: 

LAS TRES PERLAS DEL MAR 

Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos, 
como tres perlas. 

Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más 
bellos, como si los amase. 

Las montañas parecían flores a los barcos; y los 
barcos parecían a las montañas chorros de agua. 

Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya 
no se vio nada... 

SOBRE EL AGUA 

Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo 
color veía obscurecerse a través de su esmeralda. 
El rosa de la carne surgía como un fruto en ese 
verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada 
por la uña, rodeaba el dedo, formando un globo a 
través del cual aparecía como un objeto precioso. 

EL INSECTO 

El niño abrió lentamente su pequeña mano. E 
escarabajito estaba vuelto de espaldas, como una 

103 



RUBÉN D A R l O 

minúscula tortuga. Después se levantó, se puso a 
correr con toda ligereza de sus patas de hilo. Eleo- 
nora hizo un puente con su mano; la coccinela re- 
corrió los dedos, dio vuelta al más chiquito y subió 
sobre la perla de un anillo, en donde se quedó un 
momento. Luego, extendiendo sus alas que se refle- 
jaron en la perla, enrojeciéndola, voló». 

Esta es una verdadera perla, digna de una ver- 
dadera niña y de un verdadero prodigio. 

Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda 
pena esas compañías infantiles que suelen recorrer 
los países representando piezas hechas para los 
actores grandes? Macabras y horribles son las bar- 
bas postizas de los galanes jóvenes impúberes; las 
declaraciones de amor a jovencitas en formación, y 
las coqueterías acidas de ellas. ¿Cómo puede agra- 
dar esa especie de prostitución de la niñez? Aquí en 
París había un teatrito de esos en un «pasaje», en el 
cual tan solamente hallarían complacencia lectores 
de la Justina, del «divino* marqués o de la Anlijusti- 
na, del Reíif. 

Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, 
por manejos y artes de horticultor, precipitan su 
madurez, no son buenos al paladar. En las almas 
pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento 
como en crimen, no puede sino ser signo de dege- 
neración. Debe afligirse un padre ante el espectáculo 
de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En 
los paseos públicos, en los jardines, suelen verse 
aquí niñitas que en sus maneras y aspectos son 
Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si no 

104 



o 



N 



O 



A 



E S 



con el espíritu pervertido, con una idea muy espe- 
cial de la existencia, crecen y se desarrollan chicue- 
las como la autora de la carta que he citado, la que 
quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años se 
piensa así, ¿qué será a los veinte? 




105 







QG£9 




ROSTAND, O LA FELICIDAD 




onsieur Edmond Rosíand, el celebre 
autor de Cyrano, el benjamín de la 
Academia Francesa, es, indudable- 
mente, un hombre feliz. Sus muchas 
docenas de admirables camisas son 
las camisas del hombre feliz. Tiene millones, tiene 
una linda mujer que le comprende dos veces y que se 
llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar 
y gozar en Cambo, lugar meridional y florido. Cada 
paso que ha dado ha sido un triunfo. París y las pari- 
sienses se han enamorado del rey Rostand. Su en- 
trada al palacio Mazarín ha sido un acontecimiento 
nacional. Si viene una emperatriz, él es quien la salu- 
da en verso. Los reporters publican sus menores ges- 
tos y comentan sus menores deseos. En el Museo 
Grevin tiene su estatua de cera. La fotografía le ha 
popularizado en todas las posturas. En las ilustra- 



107 



A> U B E a; d a r i o 

ciones se le ve kodakeado en el campo, ilustremen- 
te, al lado de su esposa, como antes a Daudet con 
la suya. El día de su recepción de inmortal, Sarah 
llevaba el compás de las frases y Coquelín le besó. 
Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más 
que para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, 
naturalmente, de la elegancia y del lujo, y en ellos 
vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta salud. Cada 
vez que escribe un verso se gana un luis, si no más: 

Ce sont les cadets de Gascogne 
De Carbón de Castel-Jaloux, 
Bretteurs eí menteurs sans vergogne 
Ce sont les cadets de Gascogne... 



Diez luises por lo menos. LAiglon, La Sama rifa i- 
ne, la mar de luises. Escribe cuando quiere, como 
quiere, en donde quiere. Su pegaso tiene una exce- 
lente caballeriza, y como cierto caballo de cierta 
novela de Henry de Regnier, «hace» monedas de 
oro. Siendo su fama parisiense, es mundial. Ha te- 
nido el honor de que un poeta chicaguense quiera 
disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido 
la mano a través de los Pirineos. M. de Vogüe le 
dice sin ironía: «En pocos días llegáis a ser rey de 
la escena, emperador, mesías, poeta nacional y lue- 
go poeta universal.» Ninguna exageración le sienta 
mal. Su gloria es gascona. Tiene la suerte de hablar 
en una lengua que todo el mundo entiende. Sus pie- 
zas son representadas y aplaudidas en todos los 
teatros de la tierra. El poeta Mendés escribe de la 

108 



O P I N i O N E v 

Francia: «La patria de Corneilíe, Hugo y Rostand». 
Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como 
él, se dedica a admirarle y a quererle, y a ha- 
cerle una musa, una esposa y una amante incom- 
parable. A los treinta y cuatro años es el Napo- 
león de la rima, el César de las tablas. La muche- 
dumbre no le discute. La nobleza le sonríe, la sabi- 
duría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He en- 
contrado la felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, 
sueño. Voy a hacerme construir una casa en un si- 
tio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, 
tengo el agua del gentil Nive, tengo la compañía de 
magníficos vascos. He ahí mi vida. ¿Para qué recar- 
garla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de tra- 
bajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de traba- 
jo que se quiere imponer a todo el mundo? Si no 
tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de trabajar?» 
Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace 
nacer a su Cyrano en una cuna de oro y a su Agui- 
lucho en un nido de marfil. Y luego él mismo se da 
a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de 
sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas 
partes. ¡Veinard!: Rostand, o la Felicidad. 

Todo no está, en la lógica de la existencia, muy 
puesto en razón. Es un caso excepcional. .. Y, en 
realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar su cor- 
nucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello 
uso sabe hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la 
creencia de que, al contrario, al artista le es nece- 
saria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos 

109 



R U B E .1 R / O 

que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando 
concluyó el Quijote; que Homero fué un mendigo; 
que muchos grandes poetas vivieron y murieron en 
el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me 
decía una vez un amable hotentote: «Dios quiera que 
nunca le sonría a usted la fortuna», y pensaba ha- 
cerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría 
al pato y al ganso, cuyas patas se clavan para en- 
gordarles el hígado que ha de ser paíé-de-foie-gras, 
o al pajaro armonioso cuyos ojos se sacan para que 
su canto sea mejor, según se asegura. No. El ruise- 
ñor canta mejor bien mantenido y en jaula de oro. 
El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin los 
miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio 
cantaba hermosamente en su quinta, colmado de 
los oros del César; Lamartine nunca tuvo más me- 
lodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica 
ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor 
de los millones. ¿Qué no hubieran hecho Laforgue 
con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con ren- 
tas copiosas? La gloria de D'Annunzio es pacíoliza- 
da. Y el talento innegable de Rosíand no se alzaría 
tanto si, como se sabe muy bien, no hubiese sido 
sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus 
dramas han sido lanzados como coeoías. ¿Cuántos 
talentos como el de Rosíand habrán desaparecido 
ignorados en Francia por no tener la llave que abre 
todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? 
Claro es que lo que Dios no da, ni Salamanca ni el 
Banco de Francia lo prestan. 
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más 

110 



O P I N I O N K S 

que ineptitud y mediocridad, a pesar de cuantas 
maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo primero es 
ser pescador de luna; si se pesca desde un puente 
de plata, la dicha es mayor. Nadie como el artista 
sabe valorar y amar los bellos espectáculos, los ex- 
quisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el 
lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben 
qué hacer, entre el gozo irrazonado y el fastidio.. . 
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ningu- 
na manera. El mérito del portalira es evidente. So- 
lamente que, lo que es un grato jardín, como el 
«Verger de Coquelín>, se confunde bajo el imperio 
de la reclame con un monte olímpico. Se ha llegado 
a pronunciar la palabra genio. ¡No, por Dios! Ta- 
lento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, 
por Dios! El verbo de la Francia se llama Rabelais, 
Pascal, Volíaire, Hugo. M. Rostand, que sucede a 
M. de Bornier en su sillón de la Academia France- 
sa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un 
poeta elegante, delicado, bravo, sonoro, ágil, exce- 
lente rimador; y como teatral, como poeta de la es- 
cena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! 
No se burle de él la imbecilidad. No hay muchos 
como él. Pero hay otros que son más que él, y que 
no logran sus victorias porque no los lanzan los 
arregladores de fama y porque no hablan a la mu- 
chedumbre en el idioma de la muchedumbre. Axel 
no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier 
de I'Isle Adamhay su distancia... 

En todo esto hay algo de consolador. Y es el he- 

111 



A' 1/ B E N D A R i O 

•cho de que, por más que se diga, un poeta ha sido 
el ídolo de París en momentos en que tan solamente 
logran laureles y premios los automovilistas y los 
reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero tam- 
bién el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo 
también una especie de iooping-the-loop, y entonces 
fué cuando dio aquel sallo que le hizo romper el 
plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. 
Rostand, o la Felicidad... Sin embargo, he ahí que 
el unánime triunfo se ve turbado por agrias protes- 
tas. Ya es un crítico que, entrando en comparado 
nes, encuentra en cualidades diferentes al autor del 
Aiglón, inferior a Banville, a Mendés, a Ponchon. 
Ya es un fogoso meridional, del puro riñon del Me- 
diodía—no hay peor cuña que la del mismo palo—, 
Jean Carrére, que es, con el victorioso, terrible y 
flagelante. Y señala esa victoria resonante como 
exteriorización de un mal francés que trae decaden- 
cia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase 
que ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de 
antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace 
un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos úl- 
timos años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos?¿Qué 
contemplamos? El teatro, los actores, los autores 
dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven 
en nuestra vida interior? ¡Acontecimientos de teatro! 
Cuando se quemó la Comedia Francesa los diarios, 
al unísono, hablaban de un desastre nacional; pare- 
cía que la Francia había concluido su misión. Una 
pobre actricilla se quemó allí: duelo universal. Se la 
-enterró con una pompa solemne que no conocerá 

112 



O P I N 1 O N E S 

nunca un libertador de la patria o un descubridor de 
nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las 
polémicas en estos años recientes? ¡La querella de 
M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina 
no se puede enojar con su director sin que el minis- 
tro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de 
qué nos enorgullecemos en nuestras relaciones con 
el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas, del 
éxito de nuestros actores, de las íournées tríompha- 
les, de nuestras grandes vedettes. Mme. Réjane no 
puede volver de Inglaterra sin que se la vaya a es- 
perar al desembarcadero, como si acabase de con- 
quistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos 
representa en América, y M. Coquelin es nuestro 
supremo intérprete con reyes y emperadores.» Y 
luego señala las palabras de Claretie, que hablaba 
de la «misión civilizadora de M. Truffier», y la locu- 
ra de los diarios con cualquier acontecimiento de 
bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe 
todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nues- 
tra propia situación. Lo más doloroso, en efecto, es 
que, semejantes a los actores que se embriagan con 
su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia 
del teatro, y creemos en una grandeza que no es 
sino la ilusión de la escena. Creemos que los pue- 
blos aclaman a Francia cuando aplauden a los acto- 
res franceses, y no suponemos todo lo que hay para 
nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa 
de nuestra superioridad teaírai. ¡Oh, cuánta ironía 
sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que 
saben comprender había en la actitud de ese empe- 

8 113 



RUBÉN DARÍO 

rador feudal y guerrero, soñador de imperio y de 
expansión mundial, que recibía como representante 
de la Francia, a su ilustre valet de comedie!» Mon- 
sieur Jean Carrére, que también es poeta, exagera 
un poco como meridional; pero no deja de tener 
razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para 
este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elo- 
cuencia de los galos, que enseñaron sus gestos y 
palabras a los britanos. Juana de Arco representó 
un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió 
expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran 
Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena, 
tragediante, comediante... Rostand defiende las ta- 
blas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay 
sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que 
aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como 
para todo el mundo, llega la mano invisible que baja 
el telón. 




114 



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LA PRENSA FRANCESA 

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Los diarios. 




no que otro día sucio comprar la Ga- 
zette de France, el venerable diario 
que casi nadie lee, salvo los abona- 
dos monarquistas. Lo compro por 
honrar la memoria de Théophraste 
Renaudot, que no era ningún Gordon Bennet, y por 
leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Mau- 
rras. Esa vieja hoja, la primera que salió de las 
prensas francesas, está hoy decaída, como las ideas 
que representa. Su figura no luce, sus hábitos no 
van con la nueva vida periodística de este París que 
se ayanquiza, que ha cambiado, que se ha transfigu- 
rado, en cu erpo y alma, desde los tiempos en que 
Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en 
la enseña del Grand Coq. Hay algunas publicacio- 
nes que permanecen fieles, hasta donde les es posi- 
ble, al pasado; pero la evolución del periodismo 



115 



R U B E N DARÍO 

francés liene etapas demasiado marcadas en su his- 
toria. Los tiempos han cambiado; y, desde la apari- 
ción del primer periódico, la prensa ha correspon- 
dido a su tiempo. 

Acabo de releer las deliciosas memorias de Gol- 
doni. En ellas hay un capítulo dedicado a los perió- 
dicos. El comediógrafo se asombra ya de cl'inmensa 
quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Pa- 
rigi». El hombre más curioso y más desocupado del 
mundo no podría leerlas todas, dice, aunque em- 
please en ello todo su tiempo. Cita los más impor- 
tantes. El Journal de París, célebre a la sazón por 
un canard ruidoso. Este periódico anunció que un 
lionés había descubierto la manera de caminar sobre 
el agua, y que había realizado la prueba con todo 
éxito. La afirmación no era cierta. Pero quiso la 
buena suerte de la publicación que tres años des- 
pués un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena 
con unos zapatos de su invención. El Journal de 
París no quedó ya como mentiroso... Coldoni habla 
también de la Gazette de France. Aparecía entonces 
dos veces por semana, «y si no da las noticias más 
frescas, las da en cambio más seguras». 

El Journal Europeen era «una gaceta inglesa tra- 
ducida al francés». Muy dedicada a cosas parlamen- 
tarias, y muy buscada por el público. El Mercure de 
France había dejado de publicarse mensualmeníe y 
aparecía, más pequeño, cada sábado. Cita con elo- 
gio el Año Literario, deFreron. El Journal des 3a- 
vants «non e fatto per tuíti». La Gazette des Tribu- 

116 



O P T N I O N E S 

neaux, útil para empicados y curiales, y el Journal 
de rAgríeulture, para los cultivadores. El más afor- 
tunado era la Bibliothéque des Pomans. Merecía 
ser leído el Journal de Lilteralure, «benissimo scritío 
e molto giudizioso nelle sue cririche». Solamente 
hay en ese tiempo dos diarios: el Journal de París 
y el Journal de Franee. «Objeto principal de este 
último es el anunciar los bienes muebles e inmue- 
bles que se venden o alquilan, de las cosas de que 
querían deshacerse los posesores», etc., etc. En 
cuanto ñ\ Journal de París, «algunas veces el públi- 
co lamenta que no sea bastante rico de noticias». Y 
e! buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario 
ser rico de noticias todos los días? Y luego, ¿se 
puede decir todo, escribir todo, imprimir todo? No 
sospechaba por cierto en lo porvenir la información 
actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, 
se escribe todo, se imprime todo. 

En verdad, el diario propiamente dicho, no empe- 
zó sino con la Revolución. Rivarol apareció con su 
finura y brillantez; Desmoulins, con su elocuencia; 
oíros más si no buenos escritores, plumas activas. 
Las luchas de ideas, los choques políticos, hacían 
necesaria la hoja con su noticia, su proclama o su 
comentario. Marat, terrible colega, lanza su Amí du 
Peuple; y el periodismo furioso y sanguinario tiene 
iniciadores como d'Hebert y Fréron, a quien Goldo- 
ni calificaba de «uomo molto istruito e sensatissi- 
mo». En el Directorio Babeuf funda su Journal de la 
Liberté déla Presse. Se escribe mucho y hay no 
sólo libertad, sino libertinaje. 



117 



RUBÉN DARÍO 

Bajo el poder del emperador no hay expansión 
para la prensa. Después nacerán los Carrel, los 
Constant, los Paul Louis Courrier, precursores de 
los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, 
Drumont y compañía. 

A la vuelta de los Borbones hay un desperta- 
miento. El periódico cuenta con plumas como las 
de Bonald, Lamennais, Chateaubriand, que susten- 
tan los principios conservadores, mientras el libe- 
ralismo tiene a Cousin, Guizot, Royer-Callard, Foy, 
Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos representan- 
tes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis 
Veuillot. Girardin, como dice en una buena frase 
M. Edmond Pilón, crea la Presse dun coup de plu- 
me et fue Armand Carrel d'un coup d'épée. A través 
de los cambios políticos, brillan los Louis Blanc, 
los Raspail, Hugo mismo, que fué colosal periodis- 
ta. El segundo imperio llenó los diarios de literatos 
y poetas. Nacieron los SchoII, los Saint-Víctor, los 
Gautier, los Vacquerie. La guerra y la Comuna pa- 
saron. Hubo una transformación en todo. Los dia- 
rios cambiaron de ideas, de rumbo, o suavizaron 
sus tendencias. El número ha aumentado largamen- 
te. Y un soplo venido de los Estados Unidos, ha 
propagado últimamente el espíritu yanqui en el dia- 
rismo, como ha creado el magazin, fotográfico, de 
actualidad y de curiosidad. 

¿Quién no sabe que el Temps es el más serio y 
autorizado de los diarios parisienses? Sus cortos 
artículos editoriales resumen en juicios, casi siem- 
pre acertados, los movimientos de la política mun- 

118 



O P I N I O N E S 

dial. En cada número un redactor representa el 
pensamiento espiritual, la crítica fina, Pierre Mille 
o Nozieres, por ahora. Allí se publican las «inter- 
views» famosas, los epaseos y visitas» de un emi- 
nente repórter: M. Adolphe Brisson. La crítica lite- 
raria y dramática cuenta siempre con dos «norma- 
liens» de fuste. Los que han firmado, firman, o 
firmarán esas secciones, han sido, son o serán de 
la Academia Francesa. Los asuntos militares los 
tratan en largos artículos dos militaristas fuertes, 
como los hermanos Margueritte. Un reposado gen- 
íleman-farmer envía de cuando en cuando agrada- 
bles cartas sobre agricultura. En el folletín hay casi 
siempre una novela extranjera. 

En cuanto a información, el Tetnps es de los más 
adelantados, y sus noticias son siempre de buen 
origen. Antes de pasar adelante, he de advertir que 
es inútil buscar aquí una información semejante a la 
de los grandes diarios yanquis, ingleses y argén 
tinos. 

El Fígaro, que ha pasado recientemente por una 
crisis resonante, guarda su carácter tradicional, 
moderado y mundano. Se conserva la usanza de los 
«sonetos políticos>, de Magnard. Siempre, el re- 
dactor en jefe, da su opinión sobre la situación, si 
no en catorce versos, en más o menos espacio que 
el que ellos ocuparían. El primer artículo es litera- 
rio, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, 
o en vísperas de serlo. Un redactor hay, cuotidiana- 
mente, para un asunto de interés actual en la vida 
parisiense, y, entre la legión de sus repórteres, 

119 



RUBÉN DARÍO 

cuenta con el repórter parisiense por excelencia 
M. Chincholle, y con un hábil interviewista, M. Hu- 
ret. Mantiene en la mayor parte de las capitales eu- 
ropeas corresponsales que están, o aparentan estar, 
en todos los secretos de cancillería y de salón. 
Como crítico teatral firmaba Henry Fouquier; hoy 
llena la tarea Emanuel Arene. Recientemente el Fí- 
garo ha llamado a Catulle Mendés a su colaboración 
literaria fija, y el buen poeta dice, en prosa y verso, 
cada quince días, impresiones, sensaciones e ideas. 
El Gaulóis es el rival mundano del Fígaro. Su 
clientela es monárquica y de alto rango. En su re- 
dacción se guardan todas las conveniencias. Tiene 
una sección muy interesante, sus blocnoíes parisien- 
ses. Como el Temps y el Fígaro, se vende a quince 
céntimos. Manifiesta también preferencia por la lite- 
ratura y el arte. Conservador y todo, tiende a me- 
jorar como empresa. El Journal des Debats es el 
viejo periódico sabio y correcto de antaño. Tiene 
una clientela especial y distinguida. Guarda la tra- 
dición del folletín de crítica dramática. Sus colabo- 
radores son casi todos miembros del Instituto. Es 
el periódico senador, antiguo par de Francia. El 
Journal hñ comenzado con gran éxito y ha seguido 
una vida de éxitos. Diario cuyo director literario es 
M. José María de Heredia, tiene un estado mayor de 
excelentes literatos como redactores. Cuenta tam- 
bién con buenos periodistas, en el sentido exacto 
de la palabra. Se distinguen en esto su redactor po- 
licial y su vulgarizador científico. En cuanto a sus 
plumas principales, las hay fuertes, admirables para 

120 



OPINIONES 

la revista y para el libro, como la de M. Paul Adam, 
cuyos artículos muy sesudos, atrevidos y macizos, 
no son muy propios del diario; Michel Prince publi- 
ca sus diálogos picantes; André Theuriet, sus im- 
presiones y cuentos campestres; «Severine» hace 
su propaganda humanitaria; Mezervy dice sus his- 
torietas voluptuosas; Hugues la Roux, sus viajes e 
impresiones, y así otros cuantos colaboradores 
fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tie- 
ne buenos repórteres, como Naudeau, y tres escri- 
tores risueños: Pouchon, famoso sacerdote de Baco; 
Alphonse Aliáis, que es en París lo que Luis Ta- 
boada en Madrid y Eustaquio Pellicer en Buenos 
Aires, y Franc Nohain, un humorista en versos 
amorfos, que recibe las confidencias de las cafete- 
ras, de los billares, de las muñecas y de otras cosas 
así, y que agarra una rima y no la suelta hasta no 
acabar con la paciencia de sus lectores. 

ElMafín, que en su nueva época ha iniciado un mo- 
vimiento de información y de actividad diarísíica que 
le ha sido muy provechoso, y el Frangais, que apare- 
ce por la tarde, en dos o tres ediciones, son de una 
misma empresa. Publican siempre un artículo de 
actualidad, un cuento y muchas noticias locales y 
extranjeras. Sus redactores principales sonCh. Lau- 
rent y H. Harduin. Tienen un crecido número de co- 
laboradores y repórteres que han tenido ingeniosas 
ideas e iniciativas, como el que se tiró al Sena para 
ver si lo salvaban los perros de la policía, y se que- 
dó una noche escondido en un sarcófago del Lou- 
vre, y George Daniel que se ha disfrazado de mil 

121 



JR ü B E N DARÍO 

maneras y ha ejercido cien oficios para contar sus 
aventuras a los parisienses. El Echo de París, ór- 
gano del nacionalismo, es un diario bien hecho, 
bien informado, con una buena sección de telegra- 
mas del extranjero, y que se distingue como L'Eclair 
por sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero 
se harían estas líneas interminables si hablara de 
todos. 

El establecimiento del New York Herald, en Pa- 
rís, la invasión yanqui, las relaciones más estre- 
chas con los Estados Unidos, han traído al perio- 
dismo nueva vida. Ya son señalados los redactores 
políticos que hacen su largo editorial, los extensos 
capítulos, de antes, o las dilatadas vociferaciones . 
Se busca decir en pocas líneas mucho. No se de- 
claman las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en 
literatura, en arte, en sport, se aumenta la parte in- 
formativa, el elemento curioso, la anécdota inédita. 
Con esto ha llegado también la rédame. Hay diarios 
que dan primas a sus suscriptores; otros, como el 
Journal, han inundado de carteles vistosos los mu- 
ros de París, recomendando tal o cual folletín espe- 
luznante, y ofreciendo un premio de valor a la persona 
que averiguase el final de la novela y la suerte de 
cada uno de los personajes, después de publicados 
los primeros capítulos. El Matin y el Franca/s han 
iniciado las sorpresas. Los redactores del periódico, 
desde el redactor en jefe hasta el último repórter, 
han salido por las calles a ofrecer un sobre cerrado 
a las personas que andan con el diario ostensible- 
mente. Los sobres contienen billetes de mil francos, 

122 



O P I N I O N E S 

automóviles, una villa amueblada y oíros regalos de 
mayor o menor precio. El Journal siguió el ejemplo, 
y lanzó una especie de combinaciones que eran sim- 
plemente una lotería, por lo cual la ley cayó sobre 
la tentativa. Hoy hace lo mismo que el Matin. Na- 
turalmente, esa auto rédame no la hacen diarios 
graves y estirados. Entre esos, el Fígaro ofrece a 
sus suscriptores el aliciente de las invitaciones a sus 
fiestas y recepciones. Hay otros medios. El Matin 
envió a un redactor a dar la vuelta al mundo en el 
menor tiempo posible; e\ Journal hizo lo mismo. Lu- 
chan a quien más acapara la atención pública. El 
Journal acaba de lograr una gran victoria: ¡ha saca- 
do del presidio a un condenado a perpetuidad, ino- 
cente, según se ha probado; le ha traído a París, le 
ha banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo 
en la estación del ferrocarril! El Matin se ha puesto 
pálido... Sería necesario algo más sensacional: un 
condenado a muerte, inocente también, arrancado a 
la guillotina... Pero eso no es fácil. 

¿El papel político de cada diario? Conforme a los 
intereses del partido que lo sostiene. ¿El tono habi- 
tual de ellos? En un curioso estudio de M. de Nous- 
sanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de 
frases y palabras usuales en el repertorio de cada 
uno. La Croix: «Este gobierno nefasto. . . El ejército 
encarna la patria. . . No queremos por prueba. . . En 
cambio... Los francmasones... La francmasone- 
ría. . . Revuelta. . . Los revoltosos. . . Dios. . . Cas- 
tigo . . . Misericordia . . . Cólera . . . Cristiandad . . . 

123 



R U B E A DARÍO 

Anticristiana. . . Óbolo... Pequeño óbolo... Docu- 
mentos. . . Escándalo. . . Perfidia . . . » L Aurore: «Los 
gobernantes, explotadores y ladrones... Los ban- 
didos, los asesinos galoneados... matadores. . 
carniceros y violadores. . . Yo quiero. . . Yo. . . Yo 
haré... Yo he dicho... Yo he citado... Yo repi- 
to... Las órdenes de la conciencia. . . Las luces de 
la razón. . . Los preíorianos. . . Brutos. . . Policía. . . 
Malhechores civiles y militares... Cadáveres... 
Barbarie. . . Fuego y sangre. . . Cobardías. . . Atro- 
cidades. . . Infamias. . . > La Libre Parole, órgano, 
como se sabe, de los antiseíimas: «Este Ministerio 
de muerte y de ruina... El ejército desorganiza- 
do. . . Yo. . . Yo soy. . . Yo sé. . . Ya veis. . . Ya ve 
réis... Imaginad... Notad... Escuchad. .. Desde 
el punto de vista de. . . Hay. . . Hay más. . . El ejér- 
cito... Los judíos... La judería... El oro... Los 
cosmopolitas. . . Israel. . . El país. . . Canalladas. . . 
Traidores. . . Abominable. . . Inmundo. . . » El Fíga- 
ro: «Cuando se tiene el honor de ser un hombre de 
gobierno... Es preciso... Respetamos demasiado 
el ejército. . . El respeto de las instituciones... El 
respeto de las leyes. . . El respeto del orden. . . La 
libertad... Las libertades... La masonería... Los 
jacobinos... Las pasiones... Sospechas. .. Sos- 
pechosos. . . » La Patrie: «El Ministerio de vergüen- 
za y de traición. . . El ejército francés sobretodo. . . 
Así pues. . . Ved aquí. . . Ved . . Desde la guerra. . . 
La lección del pasado. . . Parlamentarismo. . . Inco- 
herencia. . . Fe. . . Ley. . . Odiosos sectarios. . . Sin 
patria. . . Nuestros adversarios. . . Los peores ban- 

124 



Oí'INIONES 

didos... La libertad... Las libertades violadas... 
Este pueblo. . . Un gran pueblo. . . Las conciencias 
francesas. . . Deber patriótico. . . Derechos impres- 
criptibles. . . Esperanzas invencibles. . . » 

Por sus palabras los conoceréis. 

Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en 
mal, el periodismo que merecen. 



Las revistas. 

Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras con- 
vencionales, una de ellas ésta: la Rué de Deux Mon- 
des es un cuadernote ilegible; no se puede tener en 
la mano sin que el sueño no llegue a rendir al lector; 
es una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos, 
refugio de veteranos. Nada de esto es cierto sino 
en parte muy relativa. La noble revista ha contado 
siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y 
brillantes: es una publicación no extraña a la ameni- 
dad y suficientemente valiente para dar acogida a 
obras a veces arriesgadas, desde las de la Sand hasta 
las de D'Annunzio; es abierta a las corrientes de 
ideas extranjeras, y en sus páginas han tenido lugar 
en toda época trabajos de escritores de todas par- 
íes del mundo. Siempre ha habido en su redacción 
una pluma hábil cosmopolita: antes era M. de Ma- 
zade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron juzga- 
dos, a su tiempo, los libros de Sarmiento, entre 
otros americanos. 



125 



RUBÉN DARÍO 

Lo que sí es cierto es que la Revue de Deux Mon- 
des es la academia de la prensa. Los autores fran- 
ceses que escriben en ella son candidatos para un 
asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el nú- 
mero de los Cuarenta. Su opinión oficial, represen- 
tada siempre por un crítico de seso, no es cierta- 
mente revolucionaria ni independiente. Para eso es- 
tán las revistas de otra índole. De Buloz a Bruneíié- 
re, la dirección es la misma. La revista que lleva 
como norma la seriedad y el buen sentido no pre- 
tende, por otra parte, más que ser leída por el grupo 
que constituye su especial clientela. Y en cuanto al 
color de sus ideas es invariable, como el salmón de 
su cubierta. 

En realidad, la revista más respetable, si el res- 
peto se mide por la edad, sería el Mercure de Frail- 
ee, cabalmente la revista más independiente, más 
atrevidamente intelectual, más sólidamente moder- 
na. Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus ci- 
tadas Memorias, dice: El Mercurio de Francia, lla- 
mado antes el Mercurio Galante, ha variado ahora 
el orden de su distribución. En vez de un volumen 
al mes, da una parte cada sábado. Este trabajo es 
hecho por una sociedad de literatos: comprende 
cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la litera- 
tura, los teatros, las noticias políticas, y ha siempre 
conservado el antiguo uso de los enigmas y logo- 
grifos, de los cuales da la explicación en el volumen 
sucesivo. El vocablo enigma debe entenderlo cual- 
quiera, pero el de logogrifo puede muy bien ser des- 

126 



OPINIONES 

conocido de muchas personas: yo, por ejemplo, no 
tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la expli- 
cación que se encuentra en el diccionario de Tre- 
voux: «Logogrifo: especie de símbolo en palabras 
enigmáticas; consiste en cualquier alusión equívoca, 
o mutilación de palabras, por el cual se varía el men- 
tido literal de la cosa significada: de manera que 
está entre el equívoco, o el verdadero enigma o em- 
blema.» Las palabras de Goldoni toman hoy un pi- 
cante valor, cuando se sabe que ha sido en su re- 
ciente época el Mercuie de France el campo de apa- 
rición y el lugar de batalla de los simbolistas de la 
literatura, de los enigmistas del arte. Los ingenuos 
emblemas de antaño se cambiaron en prosas extra- 
ordinarias y raras, en poesía misteriosa y cabalísti- 
ca, con el curso del tiempo. La verdad: esa revista, 
en su período contemporáneo, ha sido la Revue de 
Deux Mondes de los intelectuales en el mundo en- 
tero, de Rusia a los Estados Unidos, de París a To- 
kio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la causante 
principal del movimiento de ideas que en arte y filo- 
sofía adquirió en estos últimos tiempos una expan- 
sión internacional y una potencia cosmopolita. El 
decadentismo desapareció con señaladas individua- 
lidades: el simbolismo dejó de ser una escuela para 
dejar en la obra personal de sus principales soste- 
nedores la verificación del triunfo de una tendencia, 
de la victoria de una lucha mental que ha influido en 
todas partes en las creaciones del espíritu y en el 
arte de exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en 
que se hablaba de esta publicación como una de las 

127 



JR U B E N DARÍO 

tantas tentativas de los cnuevos», de los «jóvenes»; 
los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los jóvenes, 
reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, des- 
aparecieron Mallarmé y Villiers de l'Isle Adam, de- 
jando en la historia de las letras francesas el res- 
plandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en 
su madurez: Henry de Regnier, altísimo poeta; Remy 
de Gourmont, cuya obra compleja, profunda, sabia, 
vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, 
como la de Nietzsche, quizá conmueva al mundo. 
Madame Rachilde, la inteligencia más rara, a mi en- 
tender, que ha tenido una mujer sobre la tierra; Ju- 
les de Gaulíier, hábil manejador de ideas, filósofo 
inesperado, cuyos recientes libros De Kant a Nietzs- 
che y El Bovarismo recomiendo a nuestros espíri- 
tus de meditación, a nuestras inteligencias que no 
temen el vértigo de las altas especulaciones; Bar- 
thélemy, que ha escrito una obra sobre Carlyle que 
es una obra maestra, y una pléyade de estudiosos, 
de trabajadores, exploradores en plena selva de 
ideas, o mineros de futuro. El Mercure tiene la par- 
ticularidad de tener una redacción cosmopolita, y en 
cada número hay una reseña del movimiento inte- 
lectual universal eu secciones especiales. Los «epí- 
logos» de Gourmont y los juicios de Mme. Rachilde 
son verdaderos atractivos para los sibaritas de las 
letras. 

El Correspondan! es una revista admirablemente 
dirigida, de gran mérito por la calidad de su colabo- 
ración y que sostiene las ideas del elemento conser- 

128 



OPINIONES 

vador y religioso. Es poco leída en el gran público, 
pero muy leída en las clases altas, en que no soplan 
vientos de fronde ni se agitan otros problemas que 
los del sostenimiento de los antiguos ideales y regí- 
menes. 

La Orande Revue fué fundada a raíz de la famosa 
cuestión Dreyfus, y su director es el célebre aboga- 
do Labori. Según su programa, se señala esta pu- 
blicación por dos caracteres esenciales: «desde el 
punto de vista intelectual, la independencia absoluta 
de toda escuela, pues conviene acoger lo que hay 
de excelente o de verdaderamente original en todos 
los géneros: desde el punto de vista material, la pe- 
riodicidad mensual, pues en presencia de las múlti- 
ples ocupaciones de la vida moderna y del número 
creciente de obras de toda suerte que hay que reci- 
bir a veces, solamente para recorrerlas, una publi- 
cación consistente en un grueso volumen mensual, 
compuesto con cuidado para que todo interese, y 
por lo tanto completo y menos costoso que las 
obras similares, no tiene sino ventajas». A lo cual 
se puede observar que hay una buena cantidad de 
revistas mensuales tan nutridas o más que esa re- 
vista y que su lectura se resiente de pesadez y dé 
sequedad. 

La Revue Bleu es hebdomadaria, como su adléíe- 
re la Revue Scientifíque. Se distingue por la varie- 
dad y la actualidad desús temas, y asimismo por lo 
escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo que 
toca a sus ideas, se adorna de un sabio ecleticismo 
que no le aleja ninguna simpatía. 

9 ; 199 



RUBÉN DARÍO 

No se puede decir lo mismo de la Revue Blanche. 
Esta es una de las más intelectuales y, sin disputa, 
la más combatiente, emprendedora y activa. Es 
anárquica, demoledora y nutrida de ideas. Su cola- 
boración es cosmopolita, como la de Mercure, y 
puede asegurarse que jamás se ha escrito en ella 
una sola página en que no haya audacia y talento. 
Lo subido de su color -¡a pesar de su candidez 
apelativa! — le ha atraído los odios de los reacciona- 
rios, pero le ha dado también una inmensa boga en 
el mundo pensante, tanto en Francia como en el ex- 
tranjero. Ha hecho campañas sonoras y memora- 
bles, como la de Montjuich, dirigida por Tarrida del 
Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades 
cometidas en las prisiones militares francesas. Es 
uno de los órganos que más han dado a conocer el 
actual pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada 
tiene en él un defensor y un propagandista, así en 
literatura, como en ciencia, como en política. En ella 
nació a la vida de la celebridad el combatiente 
Gohier. 

La Revue Universelle es una continuación perpe- 
tua del diccionario Larousse. Es un término medio 
entre la ilustración y la revista. Mezcla la colabora- 
ción de ideas con las actualidades y curiosidades, 
aumentando su prestigio de divulgación con sus nu- 
merosos fotograbados. 

La Revue de París es aristocrática, de un munda- 
no intelectualismo y ofrece a sus lectores de cuando 
en cuando lo más celebrado de autores extranjeros 
en boga. No se distingue por ninguna particularidad. 

130 



OPINIONES 

Parece que, sin embargo, tiene una, y no la menos 
interesante para los escritores: es la que más caro 
paga la colaboración entre todas las revistas publi- 
cadas en París. 

La Plume es de hermosa historia. Fué un tiempo, 
con el Mercure, el palenque de los poetas y escrito- 
res nuevos. Ha pasado por mil vicisitudes: en ella 
nacieron a la vida de la gloria muchos autores hoy 
ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se pre- 
senta flamantemente como una de las mejor escritas 
y más artísticamente presentadas. La Plume daba en 
sus primeros tiempos banquetes, en realidad modes- 
tos ágapes, pero que tenían la especialidad de ser 
presididos por una celebridad del arte, de la ciencia, 
de la literatura. Hoy ha acentuado su carácter artís- 
tico: inicia exposiciones, publica muy interesantes 
monografías sobre los mejores pintores o escrito- 
res, y aunque ha vuelto a las antiguas comidas, és- 
tas no tienen ni la resonancia ni la alegría de las 
otras, según parece. La juventud, helas!, ha pasado. 

Como su nombre lo indica, la Revue Hebdoma- 
daire aparece cada semana. Es de un formato redu- 
cido, un cuadernito siempre lleno de curiosos ar- 
tículos, poesías y novelas. Antes daba la preferen- 
cia a las novelas y reproducía obras conocidas. 
Hoy todo lo que publica es inédito, y la dirección 
procura mejorar cada día. Lástima es que se insista 
en el tamaño reducido, que, indudablemente, no hace 
bien a la revista. 

La Revue Brittannique desapareció. Es una lásti- 
ma, pues desde que Pichot la fundara, no dejó de ser 

131 



RUBÉN DARÍO 

una publicación seria, informada intelectualmente y 
bien organizada como empresa: Era también una 
de las revistas que más se ocupaban de la actividad 
menta! extranjera, siempre tan poco conocida entre 
los escritores de este país. 

Hay una enorme cantidad de revistas especiales, 
desde las sabias filosóficas y profesionales hasta 
las que son órganos de grupos y escuelas, como 
L'Efforo la Revue Naturiste, sin contar con las in- 
numerables de letras y artes que se fundan, viven 
un poco de tiempo y se acaban. Fundación y fun- 
dición. 




132 




LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO 




onsieur Charles Wiener, el muy esti- 
mable diplomático francés, tan co- 
nocido en la América del Sur, dio en 
una ocasión una conferencia sobre 
el Uruguay; en la cual conferencia, 
publicada lespués, se leen estas palabras: «El nú- 
mero enorme de los animales matados permite juz- 
gar la importancia del comercio de las pieles secas 
o saladas, en gran parte acaparado por un trust nor- 
teamericano. Permitidme aquí una explicación eti- 
mológica: los hombres que manipulan las pieles de 
los animales desollados, y que, además, no son 
destazadores artistas, constituyen una categoría de 
obreros llamados «arrasíracueros», de donde vie- 
ne, por corrupción, la palabra extraña de rasta- 
quouere. Aprovecho ese paréntesis filológico para 
hablaros algo sobre la palabra y sobre la cosa». 

La etimología de M. Wiener es, como otras seme- 
jantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor 



133 



RUBÉN D A^R I O 

que la que hace venir la palabra de la jerga del Gre- 
luche de Mcilhac, brasileño de pega. Su hablar — 
«¿Quo resta buena avatas salem pampas?» — es de 
la misma especie que el turco de cierta farsa clási- 
ca. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que 
trae el Larousse: «Otros pretenden que los prime- 
ros americanos del Sur, cuya prodigalidad y lujo 
chillón llamaron la atención, eran Jantiguos hacen- 
dados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. 
Se les había llamados «rascacueros», y de allí «ras- 
tacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje 
de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, 
o en efecto, como él lo afirm aba siempre, el tipo fué 
amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de 
creer que el finado expresidente del «Cercle del'Es- 
crime» tuvo muchas oportunidades de conocer a 
muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura 
pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en 
que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Salade- 
ros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irra- 
dió sobre la sociedad parisiense, pocos extranjeros 
han osado presentarse en el café de la Paix sin ha- 
berse encasquetado un título cualquiera.» Rastacue- 
ro, «que debía dar su nombre a la gran tribu de los 
exóticos», está aún presente en todas las memorias: 
una cara de pain d'épice; dos ojos negros, con el 
movimiento de rotación de ios ventiladores; una 
gran nariz de loro, bajo la cual un espeso bigote de 
alambre se retorcía orgullosame nte poniéndole un 
punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su 
bolsillo pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán 

134 



OPINIONES 

Cortés y direcciones de damas. Cuando estaba sin 
blanca, Rastacuero hacía un viajeciío a la América 
del Sur y volvía algunos meses después con dos 
millones en cartera. Se decía que había ido a matar 
a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía 
sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su di- 
rección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste 
restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los de- 
dos cargados de sortijas; una cadena de reloj que 
hubiera podido servir para atar el ancla de una fra- 
gata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, 
le servían de botones de camisa, y usaba un alfiler 
de corbata que era una garra de tigre rodeada de 
brillantes. El personaje que corresponde a las señas 
del de Scholl se puede aún encontrar, con más o 
menos varientes, en todos lugares. Y algún perso- 
nal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista 
para hacerlo aparecer como argentino o como chi- 
leno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Ai- 
res venían y vienen a París los dueños de las pe- 
pitas de las garras de tigre y de los bigotes de 
alambre. Y justo fué el redactor del Fígaro, Gas 
ton Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos pa- 
risienses enriquecidos son rastacueros»; cosa que 
ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bo- 
nafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas 
partes...» 

Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rasta- 
cuero? ¿En ser exótico? Jamás se le ocurriría a na- 
die aplicar el calificativo a Krüger o a Li-Hung- 
Chang. ¿En el amor y uso de las piedras precio- 

135 



RUBÉN £_ ARIO 

sas? Nadie se atreverá a tachar de rastacuero a 
Robert de Mo ntesquiou... ¿En los muchos anillos 
en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse 
anda con las suyas semejantes a las de un rey bár- 
baro. ¿En el tipo? El mismo Scholl tuvo bigotes de 
alambre y muchos parisienses tienen los ojos de 
D. Iñigo. ¿En el color? El pain d epiceno se le pue- 
de aplicar a todos los exóticos. ¿El derroche inopi- 
nado y ridículo? Los petits-sucríers abundan en este 
maravilloso país. 

A mi entender, el rastacuerismo tiene como con- 
dición indispensable la incultura; o, mejor dicho, la 
carencia de buen gusto. Desde lejanos tiempos, des- 
de los embajadores que envió Harun-al-Raschid a 
Carlomagno, los diplomáticos y los viajeros ex- 
tranjeros de fausto y de riqueza han venido a París 
a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que 
viniesen de tales o cuales países americanos opu- 
lentos caciques o arregladores de empréstitos para 
que la célebre figura representativa surgiese. Pues- 
to que de esos países vinieron, no los más cultos, 
sino los más hábiles, con todos los defectos nati- 
vos sin barnizar. Parvenus o señorones de aldea, 
creyeron que Lutecia era conquistable con exceso 
de colorines y mala ostentación de grandezas. Lue- 
go fueron los ingenuos ricachos, como el personaje 
de una de las novelas del escritor chileno señor 
A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su 
mujer y a sus hijas, esas hijas que formarán lo que 
llamaba Juan Montalvo matrimonios deslayados; 
jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. 

136 



O P 1 N I O A ES 

Por eso el mismo Scholi se atrevió a decir en otra 
ocasión: «Casi todas las extranjeras sin marido son 
rastacueras.» En cuanto a ios que no osan presen- 
tarse en el café de la Paix sin encasquetarse un títu- 
lo cualquiera, los hay de la manera más sonora- 
mente grotesca. Millones incásicos o aztecas com- 
pran títulos del Papa — y no en el café de la Paix, 
sino en el mismo mundo de la nobleza—, surgen 
los Iñigos marqueses y príncipes. La injusticia apa- 
rente que se ve en el parisiense contra el hispano- 
americano, habiendo tantos valacos, griegos y le- 
vantinos que merecen el epíteto célebre, se explica 
por tales razones y ejemplos. 

Raspacueros, rascacueros, arrasíracueros, siem- 
pre hay cueros en la palabra, y como en donde de 
manera principal abundan los ganados y de donde 
vienen los cueros es de la América del Sur, y en 
especial del Río de la Plata, el epíteto, con etimolo- 
gías comprensibles, como la de M. Wiener, se sin- 
gulariza. Solamente es de asombrar que a los yan- 
quis, comerciantes en pieles, en tocinos, en jamo- 
nes; archimillonarios y derrochadores, y tipos de 
grandes rastacueros delante del Eterno, por derro- 
ches y extravagancia, no se les aplique el dictado 
de rastacuero. ¿Por qué? ¿Por la falta del color de 
pain d'épice o de forro de bota, como dijo el jesuíta 
Coppée? Pues entonces que no se llame rastacuero 
al más estupendo de los hispano-americanos, al cé- 
lebre Quzmán Blanco, que era culto, hermoso, de 
puro tipo caucásico y que casó a una de sus hijas 

137 



RUBÉN DARÍO 

con el hijo del arbiter elegantiarum del segundo Im- 
perio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o 
ai-rastracueros entroncan hoy en árboles genealó- 
gicos de la nobleza europea por virtud de los mis- 
mos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nue- 
vo, que en su latín lo decía ya en lo antiguo el ma- 
ravilloso y rudo Juvenal: 

Neu credas ponendum aliquid discriminis Ínter 
Ungüenta et coríum. Lucri bonus estodor ex re 
Qualibet. Ylla tuo seníentia semper in ore 
Verseíur, Dis aíque ipso Jove, digna, poeíee: 
Linde babeas quaerít nemo; sed oporíet habere. 

No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo 
ni profesión, ni necesita de fortuna para serlo— el 
rastacuero tal como se entiende en París, una vez 
adoptada la palabra — . Buckinghan no era un ras- 
tacuero, ni el duque de Osuna, ni Aguado el banque- 
ro. Pero sí tales tipos singulares, cuyos nombres 
se olvidan, italianos, españoles, argentinos, perua 
nos, chilenos, mejicanos, bolivianos; cuatro caba- 
llos, título inesperado o desenterrado, pompa de 
encargo, propinas del cha, cuando no juego sospe- 
choso; sport a la mala, matrimonio de agencia o in- 
termediario, castillo súbito, relaciones compromi- 
íentes. 

La evolución del rasíacuerismo se nota en su ci- 
vilización. La extravagancia exterior en la decora- 
ción personal, en las maneras de derroche violento 
y copioso, han dado paso a una especie de compe- 
la* 



OPINIONES 

neíración con la alia sociedad parisiense — nunca 
en el riñon del Fauboug — , sobre todo después de 
que los millonarios yanquis han abierto la mayor 
parte de las puertas antes cerradas herméticamente. 
El «brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, 
sino corregido y aumentado por la facilidad de re- 
laciones. 

Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado 
también. Se dice entre el demimonde: «¡Qué «rasta» 
estás esta noche!», para alabar un lujo o una ele- 
gancia. Y en ese mismo medio mundo no hace mu- 
chos años, cuando los Prados y Pranzinis, la pala- 
bra «rastacuero» era un insulto.. . y una alabanza. 
En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de 
Heredia, y en el alto mundo a notables individua- 
lidades se les da la calificación en diarios mun- 
danos... 

Los verdaderos están en todas partes... • 
...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles, 
vestidos de cueros...; ellos van, ellos y ellas, bajo 
la noche fría, en los magníficos carruajes, vestidos 
de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos desús 
riquezas, por todas partes, con los huevos de gar- 
za y las garras de tigre de que hablaba el mosque- 
tero Scholl. 

Cueros y perfumes, los internacionales Guaran- 
gos: Ungüenta et coríum... 



139 




EL ESCULTOR ARGENTINO IRURTIA 






onsieur Irurtia: La concierne me con- 
duce, en un patio en que se ve mu- 
cho cielo y medran tupidas enreda- 
deras, que el mes ha deshojado, a la 
puerta del taller que busco. 
— Enfrez! 

El artista argentino, con sus manos llenas de la 
tierra del trabajo, sus cabellos revueltos, su barba 
crecida, su cuerpo robusto que envuelve la larga 
blusa, el gesto amable, la sonrisa hospitalaria, me 
acoge. 



La modelo no ha dejado la tarima. Su bella plás- 
tica, acostumbrada a la visión de tantos ojos, queda 
tranquila ante la contemplación de un artista más. 
Yo ruego al escultor amigo que no interrumpa su 
tarea, y por largo rato gozo del espectáculo que no 
me cansaría nunca. Ver crear, ver surgir la forma 



141 



RUBÉN DARÍO 

expresiva, alma inmóvil de la materia, entre las ma- 
nos de un obrero intelectual, es hermoso. 

De cuando en cuando examino el recinto, que ya 
conozco. Es el mismo estudio modesto en donde he 
visto nacer y morir, por la voluntad desconteníadiza 
de su autor, muchas obras que no alcanzaron el 
grado de su deseo; el mismo modesto, modestísimo 
estudio, en donde he oído al gran Rodin dar ala- 
banza y estímulo al joven estatuario que sueña con 
el día feliz en que a su patria llegue el triunfo del 
arte verdadero y desinteresado, del arte sincero y 
noble de que los pueblos tienen necesidad como del 
pan. En un rincón veo, envuelta en sus paños, la 
nueva obra que he venido a visitar, la que ha satis- 
fecho a su creador lo suficiente para librarse del 
martillo iconoclasta. 

En las paredes están las reproducciones de pie- 
zas anatómicas y fragmentos de yeso, copias de 
trozos célebres. No lejos encuentro varias maquet- 
tes del ideado monumento de un héroe argentino. 
A un lado el estante de los libros, que suple a los 
amigos en la vida cuasi ascética de este solitario 
estudioso y serio, serio hasta la melancolía. 

Puesta a un lado, después de largo rato de labor, 
la figura que está en estudio actualmente, la modelo 
descansa. Luego se viste cerca de la salamandra 
que da su sabroso calor, y se despide de nosotros 
sonriente, con un apretón de manos y un sonoro a 
rivederci úz su linda boca de Italia. 

Entonces veo la obra nueva «Las pecadoras». 



142 






OPINIONES 

Rogelio Irurtia es joven, pero su talento es de una 
fuerza sólida y madura . Comenzó sus estudios en 
Buenos Aires, ha hecho el viaje a Italia, indispensa- 
ble para todo artista, y luego ha venido a París pen- 
sionado por el Gobierno. De un carácter concentra- 
do, retraído, tímido como todos los vigorosos, ha 
vivido siempre dedicado a su arte, en esta maravi- 
llosa metrópoli de las metrópolis, y ninguno de los 
halagos y tentaciones de este ambiente de placeres 
lo ha arrancado a su meditación y a su ensueño, 
defendido por una labor continua y una soledad dis- 
creta. En las almas de los artistas existen las vírge- 
nes cuerdas y las vírgenes locas. La de Iruríia es 
de las cuerdas. Su cultura no es extensa, pero es 
firme. No quiere hacer literatura de mármol o de 
bronce. Ha encarnado simplemente y humanamente 
el problema de la vida. Ha puesto los ojos de su es- 
píritu y de su cuerpo en el espectáculo del sufri- 
miento humano. Como Constantin Mennier, se ha 
sentido conmovido por el Trabajo, y como Rodin, a 
quien admira, por la dominación del amor omnipo- 
tente que arde en la tierra. Y ha visto directamente, 
sin lentes de preocupación ni anteojos académicos. 
Con esto está ya significado que no existe en él la 
tendencia a lo retórico y menos a lo bonito, ni la su- 
jección a los fríos cánones de los dirigentes diplo- 
mados. Es un talento leal consigo mismo. Aunque 
tiene sus admiraciones, no juzga que tenga que su- 
jetarse nadie al yugo de los maestros, por gran- 
des que sean, a la imitación de estilos o maneras 
que cuando valen y vencen, es que son manifesta- 

143 



RUBÉN DARÍO 

cioncs de temperamentos, exteriorizaciones de po- 
tencias individuales. Así, siempre ha sido hasta 
cruei con su propia producción. Ha intentado y vuel- 
to a intentar dar realidad a su pensamiento, y, como 
lo he dicho antes, ha destruido lo que no ha satis- 
fecho a su propósito. Entre otras, he sentido la des- 
aparición, el año pasado, de una «Maternidad» ex- 
presiva y de singular ejecución. En verdad, el gru- 
po actual, la creación reciente, merece vivir, y vive 
por su propia razón. «Las pecadoras» afirman un 
maestro de mañana y una innegable fuerza de aho- 
ra. Quien así sabe representar uno de los más duros 
aspectos del dolor humano, merece el aplauso de 
todos y el orgullo de los suyos. «Las pecadoras» — 
me dice— son mujeres que, agobiadas por el peso 
de sus remordimientos, vagan sin patria, sin otra es- 
peranza que la Cruz, ¡su única consolación!». En 
efecto, son las fatales máquinas de amor, el pobre 
y terrible rebaño de prostitución, el animal de belle- 
za y miseria, la castigadora víctima, la hembra apo- 
calíptica en cuya frente se lee la palabra Misteríum. 
Este concepto de la eterna Magdalena, y su fin de 
esperanza, es raro en un artista que piensa en este 
formidable París moderno en una época en que se 
proclama el endiosamiento de la cortesana, y en 
que toda idea de cristianismo lucha contra gruesas 
oleadas de positivismo, de sensualismo, de indife- 
rencia y de crueldad. 

La cortesana, la pecadora de hoy, sale significan- 
do la danza, con su cuerpo deformado por el uso 
del corsé, pero admirable, del taller de Falguiere, o 

Í44 



O P ! N / O N E S 

deja, cuando mucre, millones en joyas que se ven- 
den en la casa de remates. Es el ídolo, es la tirana, 
es la dueña. Cierto es que esos son tipos de corte- 
sanas y no la cortesana. La pecadora de Irurtia ha 
caído, y vaga luego como una sombra de duelo y de 
pena. Mientras Popea tiene siempre litera, otras de 
sus infelices compañeras acechan por las Suburras. 
En la obra de que me ocupo, la idea es cristiana, la 
«obscura total idea», para emplear una frase de 
Schiller en su correspondencia con Goethe. Si el 
autor, con un amor pagano, ha modelado las for- 
mas, y con un cuidado antiguo ha tratado la drapé- 
iie, es modernísimo en la expresión y en la compren- 
sión del sujeto. ¿Hay alguna reminisce '* en ese 
estilo que brega por ser personal? Es posible. El 
autor no asiste al taller de Fidias en esta presente 
Atenas; pero, de hacerlo, entre Agorácrito y Alcá- 
menes, sería Alcámenes, por sus ímpetus de indepen- 
dencia, por su anhelo incesante de libertad. Esa in- 
dependencia la ha demostrado no dejándose arras- 
trar por la moda o por el snobismo, que hacen de 
la violencia rodiniana la única manera aceptable en 
escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no existe, por 
ejemplo, un Bartholomé? 

Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy 
un culto praxiteliano. Las hetairas son representa- 
das como sacerdotistas de amor carnal; es el tiem- 
po en que en los Salones los maestros exponen, en 
esculturas policromas, como en la antigüedad, el 
poema del cuerpo femenino, tan solamente visto a 
la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en que 



10 145 






RUBÉN J) A RIO 

a esos escultores corresponden eminentes escritores 
paganizantes, como M. Paul Adam y M. Pierre 
Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la casa de 
Friné. Iruríia, cristiano, mira el más allá, sin limi- 
tarse exclusivamente a oir las doctrinas de los se- 
guidores de Epicuro. Su visión es áspera y tene- 
brosa, pero tras esa tiniebla hay una luz para él 
indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala 
y a las Marías de Egipto. Yo no sé que otro, antes 
que él, haya extraído del negro tema de la Trata de 
blancas una obra semejante. En este sentido este 
trabajo une a su mérito estético un valor moral. 
Digo moral no moralizador. . . Iruríia no es miem- 
bro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salva- 
tion Army, ni amigo del senador Berenger. Es un 
artista. 

¡Un artista! 

Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las 
patrias deben a las artes. Ya el lujo dejó para el 
cuerpo la ostentación, la riqueza. Ahora, lo que al 
espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los 
Estados Unidos, que siendo nación de trabajo enor- 
me, protege hoy largamente a sus artistas. «Somos, 
un país esencialmente agrícola y pecuario.» Enten- 
dido. Hace miles de años una rama de la raza in- 
dogermánica, los griegos, llegó al más admirable 
cultivo y gozo del arte; pero antes, en Grecia, habi- 
taban los pelasgos, que eran esencialmente agricul- 
tores. El cultivo de la tierra, el pastoreo, fueron 
primero que la Lira, que el carro de Terpis, que el 
mármol labrado por Policieto, que el triunfo com- 

146 



OPINIONES 

pleto del arte en la tierra armoniosa y divina. Lue- 
go, el arte ateniense, ¿dónde encuentra sus mejores 
seguidores? En el Peloponeso ; pero, sobre todo, 
entre los trabajadores, entre los activos e industrio- 
sos argivos. El pueblo etrusco fué también primero 
un pueblo de trabajo y de empresas prácticas: fílo- 
íecnon efnos. Las grandes ciudades artísticas italia- 
nas fueron ciudades industriosas y comerciantes. 
¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra 
al mundo por sus progresos materiales y prácticos, 
no ha de llegar a brillar en la civilización humana 
por sus artistas, sobre todo contando con abundan- 
cia de «espíritu primo», de talento nativo? Dígase lo 
que se diga, en la juventud argentina hay un tesoro 
colosal de porvenir. Para lograrlo, hay que pensar 
en el toro nacional . . . ¿Cómo? 

Hay un mito antiguo — recientemente tratado por 
M. Paul Adam, a propósito de la obra de Franz 
Cumont, sobre los Misterios de Mithra— que pare- 
cería inventado de propósito para el pueblo argenti- 
no. «Es un símbolo maravilloso, dice, el venerado 
por el culto de Mithra, el joven dios pérsico, cuyo 
culto secreto han propagado los legionarios roma- 
nos a través de la Europa occidental desde los tiem- 
pos de César.» 

La leyenda dice que el héroe nacido de la roca 
volcánica, con la antorcha y la espada en las ma- 
nos—tal la humanidad ya provista de inteligencia 
industriosa—, persiguió al toro brutal que reinaba 
entonces sobre la tierra, lo asió por los cuernos, lo 
montó, lo fatigó durante una carrera furibunda, y 

147 



R U B h ' N f) ■< A' J O 

luego, habiéndolo echado en tierra, se lo llevó, 
arrastrándolo, a su caverna. Pero el búfalo no se 
resignó a estar domado. Se escapó, atropello, per- 
siguió a débiles y pacíficos. Entonces, «por orden 
del Sol», Miíhra, mediador entre lo incognoscible y 
el mundo sensible, corrió, ayudado por su perro, 
hacia el monstruo destructor. Lo esperó a la hora 
en que volvía cerca de la caverna a llevar la devas- 
tación. Lo agarró por el hocico, le torció el pescue- 
zo, lo venció, y el dios hundió su espada en el flanco 
de la víctima jadeante. Entonces hubo este prodigio: 
«Del cuerpo del bruto moribundo nacieron todas las 
hierbas y plantas saludables que cubrieron el suelo 
de verdor. De su medula espinal germinó el trigo 
que dio el pan, y de su sangre la viña que produjo 
el brevaje sagTado de los misterios. El espíritu ma- 
ligno quiso lanzar contra el animal agonizante las 
criaturas inmundas, para empozoñar en él la fuente 
de la vida; el escorpión, la hormiga, la serpiente, 
intentaron inútilmente devorar las partes genitales y 
beber la sangre del cuadrúpedo prolífico; pero no 
pudieron impedir la prosecución del milagro. La si- 
miente del toro, recogida y purificada por la Luna, 
produjo toda especie de animales útiles, y su alma, 
protegida por el perro, fiel compañero de Mithra, se 
elevó hasta las esferas celestes, en donde, diviniza- 
da, llegó a ser, bajo el nombre de Silvano, guardián 
de los rebaños.» La e-tela que decoraba los templos 
del dios militar eternizaba la memoria de esta fe- 
cundidad bienhechora. El tauroctono se mostraba 
allí bajo la apariencia de un joven robusto y bello, 

148 



O P I N 1 O i\ E S 

en el instante en que, los ojos al cielo, inmola la 
salvajez de la bestia. A la derecha y a la izquierda 
de la presa palpitante dos pequeñas imágenes le 
representaban aún llevando antorchas, signos de la 
luz espiritual en cuyo nombre se cumplía el sacrifi- 
cio. Este perfecto símbolo instruía a los soldados 
en su deber y los justificaba. Era para abolir la bar- 
barie destructora, era para permitir la obra del es- 
píritu sabio, legislador y pacificador, que los ejérci- 
tos de Roma podían, sin crimen, atacar a las hor- 
das y multitudes bestiales que pululaban en los paí- 
ses sin cultura antes de invadir un día los países 
que las artes fertilizan, antes de arruinar allí las 
fuerzas bienhechoras. Pero una vez conquistadas, 
sometidas, educadas esas multitudes, a su vez cul- 
tivan la tierra, edifican las ciudades en que se con- 
gregan los traficantes, los ricos, los artistas, los 
pensadores. Y de esas nuevas fuentes de inteligen- 
cia brota más luz para alumbrar las vías de la feli- 
cidad humana. Matar el toro era así fecundar el 
mundo. M. Paul Adam encontraría que en el país 
de las pampas, bajo el Sol de la patria argentina, 
casi todo el mito se ha cumplido. Se combatió la 
barbarie, la tiranía, la destrucción; se cultivó la tie- 
rra, Silvano protegió los ganados; se fundaron las 
ciudades, llenas de industriosos y de ricos. ¿Qué 
falta? La llegada del Arte, la victoria de la inteli- 
gencia y del espíritu. ¡Que llegue pronto! El Sol bri- 
lla. Mithra lo quiera. 

Entonces no tendrán por qué desconsolarse o 
abatirse los talentos jóvenes como Irurtia. La ciu- 



149 



RUBÉN DARÍO 

dad será lo que debe ser en la nobleza y decoro 
municipales. Las ferias rurales tendrán su contra- 
peso en las exposiciones intelectuales. 

Me despedí del autor de «Las pecadoras» deseán- 
dole vida resistente, voluntad perseverante, espe- 
ranza y valor. Tengo la conci encia de que en est e 
«nuevo» hay un gran artesano del ideal, que es lo 
que todo artista plástico debe ser. Cuide la Argen- 
tina sus talentos, como hacen los prácticos yan- 
quis. No se proteja lo mediocre importado, pudien- 
do tener lo sublime nacional. 




150 




CLÉSINGER Y SU OBRA 



pie 



ecientemente he tenido la grata opor- 
tunidad— en la amable compañía de 
dos poetas argentinos, Ángel de Es- 
trada y Leopoldo Díaz — de visitar, 
plaza Pereire, rué Guillaume Tell, el 
recinto en que se encuentra la obra, puede decirse 
completa, del gran escultor Clésinger. Debí la buena 
impresión de Arte a Mrne. Berthe de Courriére, so- 
brina y heredera del artista, a la cual tuve la honra 
de ser presentado por M. Remy de Gourmont, el 
querido maestro y buen amigo. Es difícil encontrar 
reunida toda la producción de un estatuario, de un 
pintor. De pintores sólo recuerdo a Wiertz y a Gus- 
tave Moreau; de estatuarios a Thorwaldsen. En este 
caso, la piadosa voluntad de Mrne. de Courriére ha 
librado de ser regadas aquí y allá las numerosas 
producciones de quien, con Rude y con Carpeaux, 
forma, como muy bien dice M. de Gourmont, la trini- 
dad de los grandes últimos escultores franceses des- 
aparecidos. Por otra parte, la decisión de la heredera 



151 



RUBÉN DARÍO 

está apoyada por el voto escrito de los más grandes 
nombres del arte francés contemporáneos, entre los 
cuales Puvis de Chavannes, Carriére, Rodin, para 
no citar otros, los cuales han dejado manifiesto su 
deseo de que no se venda separadamente la obra 
clésingeriana, que constituye por sí sola un museo 
especial y que en su unidad representa una vasta 
elección de belleza y es la manifestación de un mo- 
mento en la historia de la escultura francesa. ¿De 
un momento? «En la historia de la escultura france- 
sa en el siglo xix, dice el insigne escritor que he ci- 
tado, Clésinger es un hombre; y más: una fecha; y 
más aún: una época. El personifica, como tallador 
de mármol, el Arte románico. ¿Es el Víctor Hugo? 
Ningún estatuario del siglo fué un Hugo. ¿El Ale- 
xandre Dumas? Eso y algo más, pues con la per- 
petua fecundidad, Clésinger, tuvo el perpetuo estilo. 
Fué malo, a menudo, pero con fuga, con locura». 
Es que Clésinger tenía lo que significaba antes con 
una palabra hoy fuera de moda, tenía «inspiración.» 
Inspiración, esto es, la sinceridad irreflexiva, el pen- 
samiento voluntario e impetuoso que explica y exhi- 
be la libre alma. Romántico, tenía que serlo, por su 
tiempo y por su ambiente. El también, cuando el si- 
glo tenía catorce años, nació en Besancon, «vieja 
villa española». No, no fué un Hugo; pero él tam- 
bién esculpió fragmentariamente una su leyenda de 
los siglos; él también se saturó de antigüedad; él 
también encarnó la Paz, la Libertad y la Fraterni- 
dad; él también hizo su labor en la historia y en la 
mitología; él también modeló una que otra «Orien- 

152 



OPINIONES 

tal», él también formó su Esmeralda, su Zíngara, 
que es la Danseuse au tambourín; él también pagó 
tributo al Sátiro; y celebró en bronce y mármol a 
Carlomagno, a Francisco I, a Napoleón el Grande... 
y a la República. 

Su primera labor se ajusta a las tradiciones, si- 
gue las ideas y enseñanzas de maestros imbuidos 
en el clasicismo. Se hace al oficio oficial, y no hay 
duda de que en ello aprende la gramática de la esta- 
tuaria, la indispensable regla, las normas académi- 
cas que sirven hasta a los más atrevidos, cuando 
son atrevidos que tienen genio. Clésinger, si no era 
un genio, tenía genio. Su obra fecunda lo demues- 
tra hasta en sus trabajos más defectuosos. Eslaba 
lejos de la chatura de muchos de sus contemporá- 
neos patentados, y en ciertas creaciones suyas fué r 
puede decirse, un revolucionario, un «nuevo», y no 
sin razón tuvo la simpatía y el aplauso de Gauíier, 
y principalmente, en este caso, de Baudelaire. 

Clésinger tuvo una travagliala vita, como dice el 
admirable Benvenuío de la suya. Mas, como el mis- 
mo, bravo y estupendo artista, gozó, en días dicho- 
sos, de esplendores y de honores. Para mí es un 
espíritu igual al de aquellos soberbios hombres del 
Renacimiento, de aquellos cinceladores, pintores, 
arquitectos, escritores, poetas, que sabían compren- 
der el gozo de la vida y aprovechar para la propia 
exaltación de la existencia sus dones de superiori- 
dad mental, su potencia comprensiva y su vibrante 
hiperestesia. 

153 



JR U B E N DA R 1 O 

Clésinger tuvo una travagliata vifa, comió un 
tiempo el pan de miseria preciso a todo victorioso 
futuro, y cuyo seco y áspero gusto hace saborear 
mejor los champañas del triunfo. No sé si, como el 
autor del Perseo, tuvo la suerte de contemplar una 
salamandra entre las llamas y de tener la inmuni- 
dad contra los escorpiones; mas, sí, cuentan sus 
biógrafos y narran sus amigos que la enemistad y 
la envidia no lo perdieron nunca de vista, ni aun 
cuando desapareció de la competencia por la puerta 
negra del sepulcro. El otro día, un joven escultor 
hispanoamericano, de fuerte talento, me contaba sus 
duras penas; y no hice sino leerle un fragmento de 
carta de Clésinger para que se fuese consolado. 
«Si me hubieseis visto, escribía a un amigo, estos 
días últimos, trabajando, sin fuego, en un desván, 
hubierais tenido compasión de mí; mi padre hubiera 
llorado al ver mi miseria y mi hambre, porque tenía 
hambre, y siempre esa palabra: nada, nada, me ha- 
cía trabajar más que dormir; en fin, después de haber 
concluido mi dibujo, lo he expuesto: un inglés lo ha 
encontrado de su gusto y me lo ha comprado por 
cincuenta francos (cincuenta francos, ¡qué fortuna!); 
haré otros». En las notas de Mme de Courriére, 
como en detallado y lujoso volumen de Esíinard, se 
hace resaltar esa época de sufrimiento y de capri- 
cho que forma la parte más interesante de la vida de 
Clésinger. Sufrimiento y capricho, ¿no aparecen 
siempre en toda existencia de intelectual? Es el whim 
del pensador anglosajón y la dolorosa y misteriosa 
venganza de las potencias ocultas que se sienten 

154 



OPINIONES 

divisadas o rozadas. Este escultor buscó la libertad 
desde la adolescencia, combatió de cien maneras, y 
tuvo la pasión de Italia, y fué correspondido. Ella le 
enseñó el secreto de sus píerres de jadis, y si no le 
dio un León X, por culpa del tiempo, le ofreció un 
excelente Pío IX la amistad de grandes señores 
descendientes de los protectores de Leonardo y de 
Miguel Ángel y la hospitalidad vaticana, al favor de la 
púrpura cardenalicia. Allí refino su paganismo; allí 
pudo soñar y evocar épocas de belleza libre yde mís- 
tica resurrección. Allí aprende y comprende el arte 
cesáreo que debe crearle simpatías en la corte france- 
sa del segundo Imperio, el que ha de hacerle reme- 
morar en su estatua de Napoleón I al dorado caballe- 
ro que está ante el Capitolio. Allí ama a Cleopatra. 

La milagrosa reina que, a la par de la de Saba, to- 
davía hacer sentir al mundo el perfume de su volup- 
tuosidad, tuvo en Clésinger un magnífico adorador. 
La Femme piquee pour un serpent, quizá la más 
bella representación escultórica de la soberbia y 
sensual fascinadora. Me explico, cuando su apari- 
ción, el éxito, los ataques, la defensa del crítico 
Thoré y la tragedia de Delphine Gay, y después, 
¡hasta la bacante de Moreau-Vautier, del Luxem- 
bourg! Carne admirable, forma vencedora, en la úl- 
tima palpitación, plasmada en mármol para la inmo- 
vilidad de las cosas eternas. Lo que apenas recor- 
daba en una piedra grabada del museo Florentino 
un artista de la antigüedad, lo renovó espléndida- 
mente el gran romántico deBesancon. Luego surgirá, 

155 



RUBÉN DA R I O 

hierática, su Clcopaíra del loío, la reina ante César, 
trabajo que se cuenta entre las obras maestras de 
todos los museos de la tierra. Luego, ¡la Cleopatra 
moribunda! Clésinger dejó una armoniosa teoría de 
figuras llenas de gracia, musas, estaciones, danza- 
rinas; pero no hay que olvidar que era un vigoroso, 
que era dueño de la fuerza, que era el maestro de 
los leones y de los búfalos. Domaba la soberbia 
leonina, poéticamente, colocando sobre los lomos 
de la bestia fiera amores o mujeres. El había com- 
prendido la belleza délos países pastoriles, donde 
en los vastos llanos, en las inmensas pampas, se 
alza la orgullosa figura de la vaca, sagrada en la 
India; del toro, que se quedó con la soberbia de Jú- 
piter. El sabía adornar los palacios, o las entradas 
de esas grandes fiestas pecuarias, de esas exposi- 
ciones que son el lujo de la ganadería inglesa, yan- 
qui o argentina, y que saben contar los Whitman y 
los José Marti. Su «Toro romano», como el farne- 
sio, dice la imperiosa salvajez de la bestia noble; 
sus búfalos tienen en su testuz la familiaridad del 
huracán; son hermosos y monstruosos... Deformis 
scapulis torus eminet... dice en alguna parte Plinio. 
Mugen. Viven. Se les aplicaría el epigrama clásico 
a la vaca de Mirón. 

Otro lado en que se revela la impetuosidad del es- 
tatuario, es en su amor por la escultura militar, lo 
que él llamaba sus «hombres de hierro». «No tengo 
más confianza que en ellos, decía. Espero que esa& 
estatuas militares, Hoce, Kléber, Carnot, Marceau, 
me traerán buena suerte, a mí que no he dejado de 

156 



O P I N / O N E S 

ser nunca soldado y patriota». «En efecto, habia in- 
tentado, dice uno de sus biógrafos, hacer revivir a 
los generales de la Revolución y había logrado en- 
contrar un acento muy personal para sus evocacio- 
nes militares. Su tarea quedó inacabada.» 

Como muchos intelectuales irreflexivos no supo 
tener en cuenta la parte práctica de la vida. Fué 
siempre un joven, y esto fué una virtud y un defec- 
to. El sol y la luna del país de Bohemia no se apa- 
garon jamás para él. Pero era también, como él se 
complacía en decirlo, un soldado. Gustaba de las 
bellezas terribles de la guerra que hacen la gloria de 
los grandes «hombres de hierro». 

En el manejo de la línea, en la lucha con la expre- 
sión, en la creación de la forma soñada, encontró 
un campo de acción y de descanso la tempestad de 
sus nervios, la tempestad que lleva en su interior 
todo intuitivo, todo creador, todo poeta, todo artis- 
ta. Sus retratos no revelan el padecimiento, aunque 
la boca y los ojos digan más de una melancolía; la 
que tradujo en «Perseo y Andrómeda». 

Un día pasó la muerte, estúpidamente como a me- 
nudo, y se lo llevó. Defó una larga herencia de már- 
moles, de bronces, de yesos, bustos, estatuas, obras 
monumentales. La política le fué fatal, pues se ente- 
rró al mismo tiempo que Gambetta, y, como a otros 
grandes artistas, la muchedumbre lo pospuso en su 
atención al tribuno. Luego, llegó el olvido; y hoy 
hay un despertamiento, el despertamiento que ante- 
cede, en los vedados ilustres, a la cierta resurrec- 
ción en la gloria, en la posteridad. 

157 




o.^ 



MISS ISADORA DUNCAN 




anta, oh musa, a Isadora, la de los 
pies desnudos, y sus danzas ultra- 
modernas de puro arcaicas, y sus 
piernas de Diana, y las músicas an- 
tiguas que acompañan las danzas, y 
los veinticinco francos que hacían pagar en el teatro 
Sarah Bernhardt por una butaca! Pues es en reali- 
dad digna de mucho entusiasmo esa rítmica yanqui 
que hace poesía y arte con la gracia de su cuerpo, 
ninfa, sacerdotisa y musa ella misma, en un impu- 
dor primitivo y sencillo, digna de las selvas sagra- 
das y de las paganas fi estas. París no ha corres- 
pondido a la novedad, porque la prensa estuvo seca 
por culpa, dicen, del empresario. Mas no faltaron 
los novedosos de siempre, los snobs, tales prince- 
sas y tales artistas, amén de la colonia, que siem- 
pre está dispuesta a apoyar todo lo que viene del 
país poderoso en donde, si hay gigantes Morganes 
y Rockefellers, surgen hadas Lo'ís e Isadoras. 
Antes de aparecer en el teatro, Miss Duncan ha- 



159 



R V B E N DARÍO 

bía danzado en la intimidad, para regalo de señala- 
dos amigos, como en los salones de la princesa Po- 
lignac, y en una fiesta dada en honor de Rodin, en 
pleno aire, en la amable campaña, hizo la gracia de 
un espectáculo único, digno de poetas y de artistas. 
Faltaba allí tan solamente D'Annunzio, para decir en 
un laude el retorno de. los dioses, vía Nueva York. 

Es nuevo y es bello, de encantadora belleza, ese 
resucitar de viejas visiones. Y natural es que sea 
una norteamericana la que realice el prodigio, por- 
que si hay un país en donde el cultivo del cuerpo y 
de la euritmia humana hace modernos los días pin- 
dáricos, ese país es el gran país de los Estados 
Unidos. Debo advertir que en nuestros centros lati- 
nos y católicos las danzas de Miss Isadora tienen 
que aparecer perfectamente inmorales: «Jóvenes 
que estáis bailando, al infierno vais marchando»; y 
siendo Miss Isadora una filósofa danzante que pro- 
clama como sus principales maestros— ¡de baile!— 
a Darwin y a Haeckel, predica la libertad de la na- 
turaleza, la desnudez, como Pierre Louys, y predica 
con el ejemplo: su cuerpo está apenas cubierto con 
una especie de kiton; otras veces usa las túnicas 
botticellescas, y siempre la fina tela parece como si 
estuviese húmeda. No hay malla ninguna, y se ne- 
cesita una despreocupación completamente artística, 
o un esfuerzo de intelectualidad de que no son capa- 
ces todos los espectadores de un teatro, para no ver 
en la armoniosa anglosajona otra cosa que la Pri- 
mavera de Sandro o Ariadna perseguida por Baco. 

160 



OPINJOAES 

Pero, repito, el espectáculo es bello, da un posi- 
siíivo deleite estético, y un estatuario como Rodin 
es justo que se haya sentido feliz al ver encarnadas 
y con movimiento las figuras de los bajorrelieves, 
de las pinturas de las ánforas. ¿Habrá podido esa 
mujer joven, vigorosa, robusta, llena de vida, im- 
pregnada de lituraíuras, filosofías y artes libres; ha- 
brá podido esa pagana mantener su ideal artístico 
libre de contaminación en la región de las ideas, en 
la castidad cerebral de una vestal del ritmo, de una 
sacerdotisa de Terpsícore? La bailarina de los pies 
desnudos, que es elegantemente pedante y muy de 
su tierra, ha escrito páginas curiosas que desen- 
vuelven su teoría de la danza del porvenir, y a pro- 
pósito de sus brazos blancos, de sus clásicas zapa- 
tetas y de sus lindos hallazgos, ya habéis visto 
cómo se proclama discípula del autor del Origen de 
las Especies. Podía agregar al inevitable Nietzsche, 
catedrático de gozo dionisiaco, que mira en el baile 
la mayor manifestación de la libertad de la vida, 
como una acción enérgica y sublime. La danza para 
Miss dadora no debe tener ningún artificio y debe 
ser nada más que una transposición o concentra- 
ción del ritmo universal en el ritmo humano. Más 
que danza, la suya, es mímica; es la animación de la 
escultura femenina, y sus ademanes y pasos son 
renovados de los kernóforos, ándema, kaladis- 
mos, etc., que se pueden hallar en Laborde. Ella 
ha pasado largas horas en los museos, y ha visto 
animarse los mármoles; y a la actitud fija de las fi- 
guras escultóricas ha agregado el gesto anterior y 

11 161 



RUBÉN DARÍO 

el gesto posterior, completando así el poema de la 
forma, por el movimiento armonioso que cambia 
bellamente las líneas. 

La iniciadora de esta danza, que ella dice del por- 
venir, es, pues, una descubridora del pasado. En 
todo caso es una creadora de belleza que amaría 
Fidias y que halagaría Barnum... Miss Isadora no 
es hermosa, pero quizá de tanto contemplar las fi- 
guras de los museos se parece a ciertas estatuas y 
a ciertas mujeres de los pintores primitivos. El 
cuerpo es soberbio, y cuando se presenta triunfa 
de algo verdaderamente delicado: la dificultad, la 
rareza de encontrar un pie perfecto. La impresión 
helénica se siente. Para apreciar en su valer las 
danzas de esta mujer original hay que tener indis- 
pensables nociones de cultura clásica. 

Imaginaos en un sencillo decorado una figura 
casi alada, en una turbadora semidesnudez femeni- 
na, pero que os evoca en seguida las creaciones de 
la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es 
Euridice, ya Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el 
rostro, con el movimiento cambiante, dulcemente 
lento o ágilmente vivo, se explica el dolor de Orfeo 
o la expectativa al son de la flauta pánica que pro- 
duce luego el gozo de la ninfa o la fuga ante la per- 
secución de Baco enamorado, el temor y el temblor, 
todo lírico, espléndido y sensual. Hay salíitos y 
cambios de lugar que parecerían por un instante ri- 
dículos en ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; 
pero la magia de la evocación vence del momento 
peligroso y el deus que posee a la danzarina mima 

162 



OPINIONES 

se manifiesta de manera incontrastable y estupenda. 
Ahora, un buen señor de negocios, que va al teatro 
a hacer su digestión, quizá encontrará todo eso ab- 
surdo o se fijará en cosas que no son propiamente 
el sutil hechizo de esta obra y de ese acto de arte. 
Yo de mí diré que ante la sugerente performance 
sentí venir a mis labios la lírica invocación. «Oh, 
vosotras, que reináis sobre las ondas del Cefiso, 
enyas riberas nutren generosos corceles, ¡oh, Gra- 
cias!, a quienes no se canta lo bastante, diosas de 
la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua 
raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si 
hay en la vida de los mortales algún encanto y 
adorno, lo deben a vosolras; vosotras dispensáis 
la cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos 
no presiden jamás ni danzas ni festines sin llamar a 
las augustas Gracias; son ellas las que regulan todo 
en el cielo, y sentadas al lado del dios que lleva un 
arco de oro, del vencedor de Python, adoran eter- 
namente la gloria del dios del Olimpo. Amable 
Aglae, Eufrosina que te complaces con los cantos 
de la lira, hijas del más potente de los dioses, es- 
cuchadme; y tú, Talía, que sonríes a nuestros him- 
nos, lanza una mirada sobre esas danzas ligeras 
que celebran una feliz victoria; pues vengo en mis 
versos a cantar a Asópico, con el modo lidio; a 
Asópico, por quien la ciudad de Minias triunfa en 
Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías mora- 
das de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa 
noticia; dile que tú has visto combatir a su hijo, y 
que la victoria de alas de oro ha puesto sobre su 

163 



RUBÉN DARÍO 

joven frente la corona de las luchas gloriosas.» E 
Isadora ha sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y 
Eco, siendo la misma Terpsíc re; y por ella he 
creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, 
niño vencedor en la carrera del estadio, y las dan- 
zas que lo celebran, y la divina Hélade, con su so! 
de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo que 
gozaría mi ilustre amigo Guido Spano ante esta 
Gracia danzante, antigua griega de carne viva. 

Lo pagano de Miss Isadora viene también de los 
pintores de! Renacimiento. Ella ha ido -a Grecia, 
pasando por Italia. Botíicelli la habría retratado, y 
el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado 
una de sus canzone a bailo, por ser su danza una 
consola f io grossfsím a, como diría el viejo Aníoine 
Arene. 

Mas, entendámonos: la palabra danza no es pro- 
piamente aplicable a ía representación de la Dun- 
can. Danzas son las de las bayaderas, y ouled-naíl, 
las jotas y tarantelas, el minué, la gavota, el vals y 
la polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de 
Miss Duncan son más bien actos mimados, poemas 
de actitudes y de gestos, sin sujeción nada más que 
al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que 
indica la naturaleza. Así debió haber bailado más 
o menos el ilustre rey coreográfico David; así Sa- 
lomé, la de azules cabellos; así los elfos que canta 
Leconte de L'Isle, y así, en una noche de luna, co- 
ronada la cabellera de jazmines, no sé si en Lima o 
en Bolivia, doña Juana Manuela Gorriíi, según tesri- 

164 



OPINIÓN E S 

monio del poeta Ricardo Jaimes Freiré. Para Miss 
Duncan no es precisa la música, o la música, en el 
sentido helénico, está en ella misma, la música si- 
lenciosa de sus gestos. La danza, según su teoría, 
se ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las 
esferas, el ritmo de iodo lo existente, se resume en 
su propio rítmico movimiento, ai impulso musical 
de su espíritu. Esto, como veis, es un poco más 
complicado que los entrechats de la Cleo de Merode 
o de Zambelli. Para las bailarinas comunes es ver- 
dadera la definición del barón de Massias: el canto 
es la palabra de la música, y la danza es el gesto 
del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías 
y es demasiado antigua. Por otra parte, ambas co 
sas, filosofía y baile, se compadecen. Sócrates en- 
señaba a bailar a la misma Aspasia. La mimada 
los desnudos pies no tiene nada que ver con las 
Camargo, Guimard, Bernay, Mauri; su alma y sus 
piernas son de Tracia. Nada le enseñan Blasis y 
Lemaitre y Noverre. Su inspiración no se encuen- 
tra en el diccionario de Compan; mas Luciano la 
reconocería discípula de Thea, frigia o cretense. 
Helio, furiosamente bíblico, le perdonaría quizá su 
desnudez, y el divino Síéphane la haría perseguir 
en el bosque por un fauno de su siesta. Mima grie- 
ga, pues, tiene en nuestra civilización un velo que 
sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama 
la decencia. He aquí lo que dice Compan, auto- 
ridad en la materia: «A fin de que los intermedios 
de las piezas de teatro fuesen agradables, los grie- 
gos buscaron cómo hacerlos interesantes. Después 

165 



RUBÉN DARÍO 

que se representaba un acto, los bailarines lo repe- 
tían con saltos y gestos, y eso, siguiendo una cier- 
ta música imitativa de lo que se había representado. 
Esos bailarines fueron llamados «mimos». Se hace 
notar que esos bailarines fueron siempre muy igno- 
rantes en el arte de imaginar una intriga, conducir- 
la, sostener los caracteres y llegar a un buen des- 
enlace. Con gestos indecentes hacían una mezcla 
monstruosa de tonterías burlescas y preceptos mo- 
rales. Tenían la cabeza afeitada y los pies desnu- 
dos Se cubrían con pieles de animales. ..> Ya veis 
que hay diferencia. Isadora supera en el tiempo la 
representación antigua, y hace admirar un floreci- 
miento de este culto. Siente y piensa. A su arte se 
aplica la definido t de Hippeau: la pantomima es la 
figuración de ideas y sentimientos. Isadora está 
más cerca de Sada Yacco y de Severin que de Ma- 
riquita. 

Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una 
nota que los antiguos griegos no conocieron: el 
ensueño. Imaginaos que realiza este prodigio: baila 
nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el 
cíairde-Iune con su cuerpo melodioso. Y ois cantar 
al ruiseñor, y hasta perdonáis los veinticinco fran- 
cos de la butaca. 




166 




REMY DE GOURMONT 









e apresuro a escribir estas líneas por- 
que una grave preocupación me in- 
quieta: M. Rémy de Gourmont, autor 
para pocos, escritor cié una élite, de 
una aristocracia mental internacio- 
nal, está amenazado de la atención de todas las gen- 
íes. . . La prensa le solicita, el reporterismo le bus- 
ca... Dentro de poco me temo que el nombre suyo 
sea, si no popular, vulgar, como el de Nietzsche. . . 
Vulgar en las citas, en las afirmaciones de la medio- 
cracia escribiente: cM. de Gourmont por aquí; M. de 
Gourmont por allá. . .»; y eso es terrible. . . Fuera 
de que, como según parece, mi especialidad es la de 
lo «raro», mi admiración y mi afección por el autor 
de tanta obra excelente se basan en la intangibilidad 
de su vida, en su aislamiento severo, en su monas- 
ticismo intelectual. Hace como unos diez años que, 
con Lugones, saboreábamos sus obras extrañas y 
admirables, las de su campaña del idealismo, sus 
prosas del Mercure, sus plaquettes exquisitas, su 



167 



R U B E . N DARJO 

sabio Latín mistíque; y nos complacíamos el poeta 
y yo en lo enigmático y arcaico de cada edición, en 
lo hondo del pensar, en lo maravilloso del decir, en 
encontrar un erudito que fuese un poeta. Escalígero 
entre los lirios. Baluce entre las esfinges. Lipsio 
bajo los laureles. Después nos comunicamos por 
asuntos literarios, y cuando llegué a París era su 
amigo. Pasé aquí cinco años y no le fui a visitar. 
Respetaba mucho su silenciosa y retirada labor, su 
misterio. Sabía que era, en esta capital americani- 
zada por la rédame y por el industrialismo de la 
publicidad, lo que son los especiales diamantes y los 
especiales espíritus: un solitario. 

Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle 
de Saint-Peres, en su casa de libros. Una casa de 
libros, viejos tapices, obras de arte. Se pasa antes 
por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. 
Pierre de Querlon, un alma singular, describió eso 
en páginas sutiles y amables. Esas páginas eran hoy 
más bellas, porque él era joven y acaba demorir. 

He visto primero a una prima y a un hermano de 
M. de Gourmont. Ella es la sobrina y heredera del 
escultor Clésinger, de quien os he hablado en oíra 
vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que 
encierra un gran talento. M. jean de Gourmoní, 
cuyos pensares y decires sobre literatura son en el 
Mercure un buen regalo. La morada es silenciosa y 
triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud 
y de ensueños, apenas turbado, según parece, por 
uno que otro demonio, entre oíros el demonio Elze- 
vir, diría Hugo. 

168 



OPINIONES 

Yo entré con cierto temor y timidez. No he podi- 
do-- y ya estoy al medio del camino de la vida — lle- 
gar a ser familiar, confianzudo con el talento supe- 
rior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy 
de Gourmont. París no me ha inficionado de su bu- 
levardismo igualitario, y en un maestro que es ver- 
daderamente un maestro no veo yo a mi «querido 
colega». 

M. de Gourmont es uno de los pocos maestros 
que aún hoy merezcan ese nombre. Yo, al estar 
sentado frente a él en su gabinete de estudio, el 
verle con su ropa monacal de labor entre libros y 
libros, junto a un soberbio Clésinger dorado de pe- 
numbra, apoyado en su mesa cargada de manuscri- 
tos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la 
suya, y al oirle hablar poco y difícil, hondo y segu- 
ro, pasé a otra época y a otro momento. Me creí 
estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, 
que fuese un Lulio. Sé bien que estos nombres no 
quedan bien para nuestro siglo y para nuestras cos- 
tumbres; pero recordad siempre que os hablo en la 
sinceridad de mi conciencia, y que Paséales y Eras- 
mos no existen muchos actualmente para la compa- 
ración. Así, pues, llegué tímido; salí encantado. 
Agradecido lo estaba antes, puesto que he merecido 
a M. de Gourmont juicios demasiado benévolos y 
defensas demasiado justas. Cuando por ahí se 
asombraban de que mis Prosas profanas fueran ver- 
sos, el autor del Latín mistique me escribía del títu- 
lo: <C'est une trouvaille* , para asombro de ciertas 
ignorancias. Encontré en él, bajo su indumentaria 

169 



R U B E A DARÍO 

de fraile, una nerviosidad inquietante revelada por 
cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor 
admirado: un odio profundo a lo vulgar, a lo mez- 
clado, a lo híbrido, al socialismo, al nacionalismo, 
al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la moral de 
regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo 
profesor, a todo doctor diplomado, a toda discipli- 
na, a toda obligación. Y, sobre todo, el odio a lo 
estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. 
¡Cuando yo decía que no es para todas las gentes! 
Y cuando yo os decía mi inquietud por la irrupción 
del Kodak y de la interview a su celda, a su re- 
fugio. . . 

¿Qué importan las genealogías? Stemmata quid 
faciunt? Importan mucho, sobre todo, en este caso. 
Pierre de Querlon dice: «Desciende de la familia de 
los pintores, grabadores, tipógrafos, de los si- 
glos xv y xvi, a que perteneció aquel Gilíes de Gour- 
mont a quien se deben las primeras impresiones 
hechas en París en caracteres griegos y hebreos.» 
Además, por parte de madre, Malherbe es uno de 
sus antecesores. Pero yo sé de uno más, que ningu- 
no de sus biógrafos ha nombrado, y que explicaría 
cierlas conquistas mentales y actitudes audaces de 
este perfecto pensador y libre filósofo: Hernán Cor- 
tés. La combatividad ancestral se ejerce en otros 
planos y elementos; pero, como el antepasado, 
como el ancétre, ante el problema de la vida, una 
vez llegado a una convicción en el océano de las 
sofías, ha quemado sus naves. 

170 



O P I N 1 O A E S 

El que hubiera sido en otras épocas benedictino 
sapiente y creyente, el que ha creado tanta figura y 
castillo de ideal y de ensueño, tiende cada vez más 
a la explicación de la existencia fuera de toda teolo- 
gía. Yo admiro, pero no aplaudo; dado que, des- 
pués de todo, no estoy por lo de quedarse en una 
costa desconocida con la ceniza de los únicos baje- 
les. Para mi uso particular tengo a bien conservar 
una pequeña nave, una navicella, una parva navis, 
si no completamente católica, muy cristiana. Eso sí; 
los remos son de marfil y las velas son de púrpura. 
Y ella conduce a alguna parte. 

En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se 
creería primero influido de un soplo platónico, se 
junta más, en su madurez, a la observación y al 
criterio aristotélico, por su investigación sobre el 
secreto humano, por su manera de encarar el enig- 
ma de nuestro ser. Solamente que se basa en lo que 
Aristóteles no comprendía: la libre acción del hom- 
bre en el universo. 

He ahí lo que es este buscador de infinito y anali- 
zador de lo que cae bajo la lente de su criterio: un 
sabio del siglo xx, que corresponde a lo que era un 
amante de la sabiduría en la Grecia antigua, a un 
profesor en Sorbona en la Edad Media: para resu- 
mir en una comparación las faces de ese espíritu 
habría que buscar nombres que no son tampoco de 
nuestro tiempo. He nombrado a Pascal: no estaría 
de más nombrar a Descartes. Un Descartes que no 
se interesa demasiado en el pasaporte de la verdad 
y un Pascal sin el abismo. 

171 



R U B E N DARÍO 

Su erudición está aparte de la de los simples eru- 
ditos de biblioteca y academia. En la inmensa selva 
de la producción humana ha herborizado con una 
atención pasmosa y un gusto supremo. Estudio de 
religiones y estudio de lenguas; estudio de poéticas 
y estudio de dramáticas; estudio de razas y de cos- 
tumbres, fisiología, etnología, forlk-lor. Estudia des- 
pués de lo que hay en los libros, en las palabras, en 
las doctrinas, lo que hay en la naturaleza. Se baja a 
ver una hormiga después que ha examinado una 
teoría. Escribe un capítulo de experimentación cien- 
tífica, un escolio, una apostilla, una nota, luego un 
verso. Yo no sé de qué rincón de su estancia, de qué 
cajón de su biblioteca, saca un caballo de ébano y 
marfil, como el de Kamaralakmar del cuento árabe. 
Se monta y se va ai azul. Aparece el «conquistador 
de la armonía lírica, mágica. Porque habréis com- 
prendido que ese caballo extraordinario es, compli- 
cadamente, Pegaso. ¿No es verdad, Simona? Ai 
menos si tú no lo sabes, la nieve lo sabe, el molino 
lo sabe, los árboles y la tierra lo saben. Su poesíé: 
es ardientemente concentrada, amorosamente sere- 
na. Su bucólica es misteriosa, su paganismo es re- 
ligioso; mas después de todo, 

Nunc in Aristippi furtim precepto relabor. 

Más que el Gourmont de hoy— -¿por qué no decir- 
lo?— me place aquel Gourmont de antaño — ¡de ese 
antaño no tan lejano!— que convenía a mis mirajes 
de juventud. Leyendo una página de la Física de 

172 



OPINIONES 

amor, por ejemplo, tengo nostalgia del ambiente de 
las Letanías de la Rosa, de las Prosas morosas... 
Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus fru- 
tos, y de ese robusto árbol mental la savia siempre 
es la misma. 

En alguna ocasión he de realizar un verdadero 
ensayo sobre la obra de M. de Gourmont: Sixtine, 
novela de la vida cerebral; el Latín mistique, que 
tanto alabara Huysmans, y que es labor de concien- 
zudo sabio al par que poeta; Lilith, poema dialoga- 
do de una extraordinaria concepción y de una purí- 
sima forma; Le Fantóme, en que está entrevisto el 
enigma de la mujer a través de un extraño ceremo- 
nial de ideas y de sensaciones, en un rito a la vez 
carnal y cuasi religioso; Théodat, la pieza dramática 
que dio tanto que decir cuando se representó, en el 
Théatre D'Art, en los floridos días del simbolismo; 
el admirable ensayo sobre Idéaiisme; las joyas ver- 
bales de Fleurs de jadis; la secreta hermosura del 
Chateau singulier, y de las Proses moroses; la His- 
torie tragique de la pr/ncesse Phenisa, los Hierogly- 
fes y las Histoires magiques, que en realidad lo son; 
Phocas, prodigiosa resurrección; y luego su obra 
de crítica, las decisivas y famosas Masques, que 
ilustró tan originalmente Valloton; su profunda y 
sólida Esthetique de la Zangue frangaise, la Culture 
des idees, Le probleme du style, que destruye los 
sueños de inmortalidad de los que juzgan que todo 
se hace por recetas, y ese Chemin de Velours, de 
una filosofía tan nueva y de un tan agudo interés. Y 
luego las novelas, como Les Chevaux de Diomeds, 

173 



RUBÉN DARÍO 

en que el psicólogo seguro se une al celebrante de 
las glorias sensuales, o Lesonge dune femme, cas- 
tillos en el aire y placer animal, ensueño y abrazo. 
Y después sus cuentos y tal o cual creación perfecta, 
como ese shakespeareano Vieux Roy, que la Améri- 
ca latina conoce en castellano gracias a la versión 
de nuestro armonioso y soñador Díaz Romero. 

Y, por último, la obra poética, corta, pero de es- 
pecial riqueza de calidad, la cual, sí, no puede ser 
gustada sino por entendimientos escogidos. Así, 
Les saintes du Parad/se, las Oraisons mauvaises y 
tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin 
contar con la vasta labor de las ediciones de ciertos 
autores antiguos que este bibliófilo entre los biblió- 
filos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que 
harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo 
Gillis. Y con los incomparables Epilogues, reflexio- 
nes, consideraciones, concreciones filosóficas, que, 
reunidos a la manera de algunos libros de Nieízsche, 
forman un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo 
su ligera apariencia. 

Su último libro, la Fisique de ÍAmour, es un ad- 
mirable estudio sobre la función sexual en la naíu 
raleza; hay un deleitable maridaje de ciencia y de 
arte. El pensador y el artista son en este caso — 
como en el de Maeíerlink— uno mismo. Y los que 
logran absorber el sutil vapor de ideas que se des- 
prende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de 
ese maestro meditabundo, son recompensados con 
la íntima voluptuosidad de comprender y admirar. 

174 




HENRI DE GROUX 




os diarios de París dieron la noticia. 
«El pintor de Groux ha desapareci- 
do.» Me llamó la atención que los 
diarios se ocupasen del pintor de 
Groux, desaparecido o no... A poco 
se aumentó la noticia: «El pintor de Groux, que ha- 
bía desaparecido, ha estado encerrado en una casa 
de locos en Italia; de allí se ha fugado y no se sabe 
en dónde está.» Luego: «El pintor de Groux ha pa- 
recido y está en Marsella. Es cierto que se ha fuga- 
do de una casa de locos.» ¡Mi pobre amigo de 
Groux! 

A éste es al único intelectual de por aquí que he 
podido llamar verdaderamente «amigo» durante un 
tiempo, en este ambiente en donde cada día me sien- 
to más extranjero... Me lo presentaron la admira- 
ción, el arte, la pobreza. Le he tratado íntimamente, 



175 



RUBÉN DARÍO 

en compañía del poeta Amado Ñervo. Era allá en la 
época de la Exposición. Los tres nos juntábamos en 
casa de un músico iluminado, teósofo y swedembor- 
guiano, que nos quería convertir... No duró mucho 
su tentativa, sino sospecho que todos hubiéramos 
ido a parar a la casa de Italia que ha hospedado a 
de Groux, a menos que no nos metiesen aquí cerca, 
en Charenton. 

Mas ¿ha habido verdaderamente motivo para apri- 
sionar como orate al desventurado artista? No hay 
duda de que su aspecto, su indumentaria, sus mane- 
ras, acusan cierta xeceníricidad...; ¡pero entonces 
habría que encerrar al ochenta por ciento de las 
gentes!... Además, para los que siguen al pie de la 
letra las teorías y los decires de los señores Lombro- 
so, Nordau y compañía, el autor del «Cristo de los 
ultrajes» no es, ni puede ser, una persona normal y 
sana... Si se le trata, el diagnóstico se confirma, y 
si se le oye juzgar a los hombres, y especialmente a 
los artistas de su tiempo, se le declarará digno de 
la ducha y de la camisa de fuerza. Su figura es igual, 
según León Bloy, a la de Ernest Helio. Bloy tam- 
bién ha escrito en alguna parte que de Groux lleva 
consigo el daño y la desgracia, que es jetattore..., 
y esto después de ponerlo a la altura del sol y de la 
luna como artista... «¡Buen servicio le debo!», me 
decía en rícananíz\ pobre pintor. Alguien me ha afir- 
mado que éste tuvo una parte de su vida en auge y 
ganancia; que entonces ayudó a todo el que lo soli- 
citaba. Mas la perra suerte, la mala sombra, como 
dicen en España, la guigne, como dicen aquí, le ha 

176 



OP1A IONES 

perseguido toda su vida. A tal grado, que me expli- 
co aseguren que se halla atacado del delirio de la 
persecución. 

No se pueden recibir tantos palos de lo descono- 
cido; no se puede ser la cabeza de turco de lo invi- 
sible sin sentirse una natural inquietud, que acaba 
por desencuadernar los sesos. Y luego, en la dolo- 
rosa esclavitud de un artista selecto que, tiene que 
padecer horribles promiscuidades y la tiranía del in- 
dustrialismo, las injusticias de la crítica, que no se- 
ñala el éxito sino al que la paga; y en las durezas 
de la vida de necesidad de quien no quiere prostituir 
su talento, en el aislamiento de su orgullo, con los 
nervios vibrantes a cada paso, con la sangre revuel- 
ta de rabia ante las imprudencias de la rédame, no 
encontrando sino sonrisas de desdén en unos, con- 
miseración ineficaz en otros, dificultades para traba- 
jar, penas íntimas y la rebusca cotidiana de lo pre- 
ciso..., no sé quién, estoicamente, pudiera resistir. 
Pues aquí la lucha es enormemente mayor que en 
ninguna parte, y las dificultades y los inconvenien- 
tes para un artista, para un hombre de pensamiento 
se multiplican más que para nadie. Así son de nume- 
rosos los naufragios. Así es infinito el número de 
los desaparecidos en la tormenta de París. De miles 
no queda ni el nombre ni el recuerdo. El arrivismo 
ha traído después el más funesto de los males, el 
crack déla gloria y el imperio de la glorióla. Es el 
momento para los prestidigitadores de la fama. Es 
el momento para los amantes del instante, del éxito, 
del succés. Los espíritus aislados, los que no entran 

12 177 



RUBÉN DARÍO 

en la corriente, son señalados. Y aun de esos, hay 
quienes aflojan. 

En verdad, si algún pecado atrae el misterioso 
castigo de la «fuerza enemiga» en Henri de Groux, o 
es el de la carne, o es el del orgullo. Su obra no es r 
ni con mucho, casta; pues en sus desnudeces más 
olímpicas y paganas aparece una concepción del en- 
canto femenino completamente católica; es decir, lu- 
juriosa. La antigua Venus imponente y sencilla, im- 
pulsora de las fuerzas naturales, tiene poco que ver 
con esas figuras ambiguas nacidas al influjo de pre- 
ocupaciones teológicas y soplos demoníacos. Hay 
mucho de dantesco en el conjunto de sus pinturas, 
y mucha semilla medioeval, que ha hecho brotar a 
través del tiempo, en medio de las intranquilidades 
y exacerbaciones de los fines del siglo pasado, una 
extraña vegetación de cactus y orquídeas infernales. 
A pesar de las conquistas de la eternamente perfec- 
cionable y corregible corporación de los sabios, el 
Diablo, como el Dios del famoso director de perió- 
dico, será «siempre de actualidad.» 

En cuanto al orgullo del artista, es enorme, cier- 
tamente, aumentado por los injustos triunfos de la 
mediocridad y por el inconcebible rebajamiento del 
gusto general en nuestra época, tan llena de indife- 
rencia por las altas cosas mentales. El sustenta su 
categoría, abomina a los predicadores de la igual- 
dad, cara a los pequeños, y mira sus semejantes tan 
solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo 
perdonan los acomodaticios fabricantes y los que 

178 



OPINIONES 

aceptan la imposición de la chaíura común. El no 
figura en !a cáfila de pagadores de biografías y auto- 
rretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no 
se echa por la calle del medio a hacer retratos mun- 
danos; dice, donde quiera que le pongan atención, 
lo mal que piensa de los Carolus Duran y otros del 
Instituto; ríe con risa maligna; tiene la ocurrencia 
corrosiva, la broma acida; agregad a esto el no ser 
propiamente un Adonis, antes bien un «tipo» singu- 
lar, el soñar continuamente, el fracasar en cuanta 
tentativa de mejorar de fortuna ha hecho, y el mo- 
nologar a veces por la calle... decidme si no es 
muy explicable que buenos burgueses florentinos y 
mal intencionados compatriotas, de consuno, le 
hayan hecho ir a parar al manicomio ... De donde, 
felizmente, logró escaparse, y en donde encontró 
tema para otro de sus poemas pictóricos extraordi- 
narios. . . El también, como el Gibelino, a quien ad- 
mira y ha interpretado, puede decir que vuelve del 
infierno. 

Es de todas maneras una existencia trágica la 
suya, y su obra es como su existencia. El conflicto 
estalla por la hostilidad del medio y su ninguna vo- 
luntad de adaptación. Es un desarraigado de un le- 
jano siglo, un extranjero en la humanidad que pre- 
sencia la lucha rusojaponesa. . . Un día he visto en 
su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: 
Dante, Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Bau- 
delaire, entendidos a su modo extraño, misterioso... 
Un libro había por allí: las Fleurs du mal. . . ¡Eso 
ha sacado de las malas compañías! Y si al primer 

179 



R U B E N DARÍO 

llegado se le preguntase qué piensa de la carrera 
fatigosa y de la vida de de Groux, de seguro que os 
saldría con el eterno recurso de la bohemia. De 
Groux, sin embargo, es cabalmente algo muy dis- 
tinto del tipo tradicional del bohemio. Desde luego, 
y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus fre- 
cuentaciones del café, es sobrio. Es casado, tiene 
familia. Es triste y serio, como no toque en la con- 
versación un asunto que haga estallar su bilis en 
carcajadas hirientes. Como todo hombre de su inte- 
lecto, tiene una leyenda, que se yuxtapone a la rea- 
lidad de su trabajado pasar. Ha sufrido días muy 
duros, temporadas harto amargas, que su ex amigo 
Bloy ha dejado ver de manera bien transparente en 
su Mendiant ingrant y en su reciente Mon Journal. 
Ha intentado cien veces el seguir un trabajo ordena- 
do que le diese la realización de tanto cuadro en 
proyecto como tiene ideado; mas hay algo, sin duda 
alguna, algo que le acosa y le hace siempre desma- 
yar en medio de la tarea: es un perseguido de la mi- 
seria. No le han faltado mecenas temporarios, cu- 
yos apoyos no le han servido sino para reposar un 
tanto en su carrera de fatigas y penurias. El primero 
fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, 
según él mismo me lo contara hace como un año, la 
princesa de Wolkenstein-Troízburg, esposa del em- 
bajador austríaco en París, dama que se distingue 
por su entusiasmo por Wagner y que ha sabido 
apreciar el mérito de de Groux. 

En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños 
de salas de exposición han sido para el asendereado 

180 



o p i N r o e s 

artista, según su impresión y experiencia, feroces. 
Los usos y gestos de ese temible grupo han sido 
denunciados más de una vez por escritores valien- 
tes, desgraciadamente no en la prensa diaria, que 
por más de una razón no aceptaría tales claridades, 
sino en revistas de circulación reducida. Allí han 
hablado los Mauclair y los Peladan. Allí se han ex- 
puesto las criminales maniobras de los lanzadores 
de renombre en provecho propio; de los que prepa- 
ran sus stocks de telas para pregonar el mérito de 
tal o cual impresionista vivo o muerto; de los man- 
tenedores de la crítica simoníaca; de los explotado- 
res del talento; de los marlirizadores del desconoci- 
do genial; de ios usureros de la fama y asesinos de 
la necesidad. 

Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y 
cómo desuellan a los pobres artistas que llegan a 
sus puestos, y cómo se hacen pagar enormemente 
el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su 
vez, lanzan, es la palabra, y ponen de actualidad tal 
talento averiado, tal amateur con fortuna o tal olvi- 
dada mediocridad, a la que se hace el bonimentpara 
engañar a las gentes. 

Si los turiferarios de la falsa gloria le han evitado, 
de Groux ha tenido en cambio la aprobación de 
ciertos excelentes. Remy de Gourmont, Heredia, han 
sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile Le- 
monnier, Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, 
han escrito sobre él páginas brillantes de entusias- 
mo. El último, en su apocalíptica fuga, ha clamo- 

181 



R {} B E N DARÍO 

rcado la grandeza del genio de de Groux a los cua- 
tro puntos cardinales. De pocos pintores de estos 
tiempos, y de todos los tiempos, se han dicho pala- 
bras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte 
Lemonnier: «Ese joven Henri de Groux, ese espíritu 
impermeable y virgen sobre el cual se ha deslizado 
sin penetrarle la corrosiva educación de un tiempo 
propicio a los malignos y funestos, a los instintivos, 
de repente se denuncia épico, afiebrado de cataclis- 
mos, torturado de imágenes sangrientas, sin pa- 
rentesco con ninguna escuela, sin analogía con 
sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix, 
hambriento de destrozos y carnicerías, todo em- 
purpurado de sus flujos bermejos*. Y Jules Des- 
tree: «Al lado de ese temperamento de colorista 
que le acerca a Delacroix al punto que se le pu- 
diera aplicar muy adecuadamente los versos de Bau- 
delaire: 

Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges, 
Ombragé par un bois de sapins íoujours, veris, 
Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges 
Passent, comme un soupir éíouffé de Weber. 

Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su 
parentesco con los primitivos es muy cierto. Como 
ellos, tiende sobre todo a ser sugestivo. Su realis- 
mo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, 
pero es evocador del ensueño, se lanza más lejos 
que la realidad, con proyecciones de más allá, en el 
infinito del pensamiento, de misterio y de sueño por 

182 



O P 1 N 1 O N E S 

todas partes esparcido y flotante alrededor de nos- 
oíros, realismo con brotes de alma, sobrenaíuralis- 
mo que es la expresión más alta del arte verídico y 
grande. > «Es únicamente un artista, un filósofo», 
afirmaba André Fonrainas. El diálogo entre el rey 
Leopoldo y el pintor, contado por Charles Buet, es 
curioso: <— Monsieur de Groux— dijo el rey visitan- 
do el Salón—; conocía ya la obra de vuestro padre. 
Es la primera obra vuestra que veo. Habéis hecho 
una cosa muy extraña, pero es una página notable. 
Quisiera haceros algunas preguntas. — Tengo Ja 
certeza, sire respondió Henri de Groux—, de ha- 
ber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y segu- 
ramente intolerable para el philistin. Así me siento 
feliz de que haya tenido la fortuna de gustaros.— 
Sí; pero ¿por qué los habéis hecho a todos tan obs- 
tinadamente feos?— Sire, pensé que los sentimien- 
tos que ellos expresaban no debían enbelleceríos.— 
Pero el Cristo mismo, ¿por qué es tan feo? ¿Por 
qué expresa el pavor, el espanto? -La tradición le 
representa bello y lleno de esperanza.— He pensado 
que el Cristo, siendo Dios que se ha hecho hombre 
para asumir todos los dolores y todas las miserias 
humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza 
vulgar, y que en esa circunstancia había debido asu- 
mir el miedo, el miedo físico, y aun la apariencia, el 
aspecto de la culpabilidad». — Lo que decís es in- 
teresante, pero muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, 
pues Henri de Groux no es heterodoxo pintando a 
Jesús feo, que los primitivos han siempre represen- 
tado así, según un texto de Tertuliano, del tratado 

183 



RUBÉN DARÍO 

De carne Christi, y según también la palabra del 
salmista: Egosum verneis et non lióme, opprobrium 
hominum et abjetio p/ebfs.» Y sobre ese mismo cua- 
dro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William 
Ritter: «¡Y bien! El «Cristo de los ultrajes», que sólo 
la música había osado por el genio fulgurante de 
Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos 
lo ha dado, y nos lo ha dado tal, que el suplicio de 
Maího, entregado a la plebe de Cartago en Salam- 
bó, no es nada al lado de esta espantable pena.» Y 
Octave Mirbeau: «Bajo su aparente ingenuidad de 
primitivo, M Henri de Groux es un pintor consu- 
mado; es maravillosamente hábil en el juego de los 
colores. Sus telas tienen el aspecto de objetos pre- 
ciosos, de materia lujosa que deben, ante todo, 
mostrar las obras de arte. Hay en él una mezcla de 
tapicero persa y de imaginero gótico, con todo un 
golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas 
son meticulosamente compuestas; desde el punto de 
vista del color, es el color el que guía y dirige. En 
su aparente desorden es minuciosamente lógico, y 
su imaginación, que es viva, que es desbordante de 
verbo, no va sino hasta donde el color le indica ir. 
Su «Moisés salvado de las aguas», así como sus bo- 
hemios, son puras obras maestras de colorista. La 
alegría de esas telas estalla en sonoridades sober- 
bias», Y Charles Morice: «¡La vida, la verdad de la 
vida! Es ella la que de Groux, en los ojos de los 
músicos y de los poetas y de otros héroes, y en las 
obras por su pincel comentadas, ve y nos muestra 
con el gesto imperioso de una voluntad orgullosa 

184 



O P I N I O A E S 

de no ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista 
violento, tumultuoso, conmovedor, siempre origi- 
nal, que llega a una intensidad de realización y de 
evocación que se impone a la imaginación y fuerza 
a la memoria, tal se afirma», dice Charles Salunier. 
«Es, ante todo, un poeta», señala Ivanoe Rambos- 
son. Su nombre es célebre en el arte contemporá- 
neo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este 
mismo crítico italiano ha estudiado en una de sus 
más bellas obras el talento y la producción de Hen- 
ri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro terri- 
ble: «Les trainards, réve aprés la bataille»; «Rap- 
preseníava un campo dopo la bataglia: in alto della 
tela scorgevansi le case del vicino villagio; in primo 
e secondo piano v'ra una confusione raccapriccian- 
te di cadaveri e di carrogne sbudellate e sanguino- 
lenti, di ferilli in agonía, di sconquassati ordegni 
guerreschi e, in mezzo a tale cuenta rovina, avan- 
zavansi, a passi cauti, cinque o sei Iosche figure di 
depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tírate 
da grossi cani di Terranovae sovraccarricho di 
spoglie. 

Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettra- 
le e, ad acrescere l'orrore, contribuiva tanto la vo- 
luta mancanza anche del piü piccolo lembo di firma- 
mento quanío le deficienze di prospettiva e Funifor- 
me tinta verdastra, evocante il colore della putrefa- 
zione. Como esprimere con parole la terribilitá di 
quei cadaveri aggroviagliati, affastellati Tuno sull' 
alíro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le 
budella serpeggianti fuori dal ventre? ¿Come espri- 

185 



U B E N DARÍO 

mere il supremo orrore di quegli occhi viírei e spa- 
lancati, che nessuna mano pieíosa aveva chiusi?» 

Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista 
. de horror y de misterio. 

Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios ci- 
clos: el ciclo dantesco, el wagneriano, el napoleóni- 
co, fuera de variados y alucinantes espectáculos de 
imaginación y enigma que se ha complacido en tras- 
ladar a la tela. 

Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan 
logrado evocar los extraños ambientes y percepcio- 
nes de los sueños, y esas cosas raras e inexplica- 
bles que supicranse de otras existencias y que se 
encuentran en tales páginas de extraordinarios es- 
critores, como Poe, Mallarmé, Quincey. 

Sus páginas de sombra y espanto llegan a la an- 
gustia de ciertas pesadillas. Su visión tenebrosa 
hace pensar en los bajos fondos de la demonología, 
en tormentosos terrores milenarios, signos y con- 
junciones astrales, lluvias de sangre, presagios y 
apariciones funestas. Es un prodigioso expresador 
de pavores y un fatal evocador y comentador del 
fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la 
Muerte cabalgante sobre la desolación de la campa- 
ña llena de cadáveres; en sus < Vendanges» traduce 
la irrupción de las cóleras siniestras populares en 
el corazón de la noche; su Napoleón no es el dios 
dueño del Águila como Júpiter, sino un Napoleón de 
desolación, de meditación, de triste humanidad. Es 
el espectro de los espectros, ya en la vida retirada 
de Rusia, ya en la caída de Waterloo o en Santa 

186 



O P 1 N I O A E S 

Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo, misera- 
ble, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los 
ultrajes» nadie ha hablado como el tonante Bloy: 
«Es el sufrimiento del Cristo, tal como lo han con- 
tado los santos visionarios en libros de diamantes 
que sobrevivirán al juicio final de las literaturas; tal 
como lo han certificado los testigos que se hacían 
«degollar» para obedecer a la orden de ser «confi- 
gurados en su muerto; tal, en fin, como la Iglesia, 
no de la Edad Media, sino de todos los siglos, lo 
enseña en su pavorosa Liturgia. Es el huracán de 
las torturas imaginables, sin el contrapeso de nin- 
guna eficaz piedad para el agonizante voluntario, 
cuyo último suspiro extingue el sol y turba las cons- 
telaciones.» 

Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de 
la Divina Comedia, son telas poemales que traspo- 
nen la idea del poeta a la concepción del artista. Lo 
propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas en lo 
que he de insistir es en su don milagroso de reve- 
lador, o, mejor dicho, recordador de otros planos 
psíquicos, de otras rememoraciones de confusas 
existencias, misterioso siempre; misterioso en su 
orientalismo insinuante de detalles y perspectivas, 
misterioso en sus figuras de mujeres ultraturbado- 
ras y de un más que humano secreto; ni la Eva dor- 
mida, o la Palas sentada, o la carnal Jezabel, o la 
acre y almizclada adolescente del frontispicio dia- 
bólico del «Pehor», de Gourmont; misterioso en sus 
aglomeradas muchedumbres, en la manifestación 
del alma baja y feroz de los populachos, de la erup- 

187 



RUBÉN DARÍO 

ción de instintos crueles y bestiales de las heces 
humanas; misterioso en las actitudes y miradas de 
sus héroes y hasta de sus animales y larvas, sus 
leones, sus águilas, sus caballos, sus buhos, sobre 
todo sus buhos; o ya en sus mitologías, o en las 
reminiscencias de malos sueños; en su cultura ma- 
cabra de las facies cadavéricas, en las alusiones sa - 
tánicas y relentes de ultratumba, en la traslación de 
la atmósfera sensible de «cuento>, de leyenda, de 
delirio o de locura. 

Buen artista, de Groux es compasivo con los hu 
mildes de abajo, con el pueblo que sufre la tiranía 
de la estupidez triunfante. Mas no se mezcla con 
los brutales elementos. Quiere «sólo un déspota, et 
Genio>, como dice brava y aristocráticamente ese 
cantor de las rojas esperanzas que tiene por nom- 
bre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la burgue- 
sía osteníosa e ignara de la nobleza decadente y 
rebajada, del igualitarismo, tan odioso como impo- 
sible. Baudelaire ha sido uno de sus peligrosos 
guías en su senda de tinieblas y de espantos. De 
tanto frecuentar el reino de lo desconocido, en donde 
no se camina sino tanteando el lado de los abismos 
y negros despeñaderos, y en donde no puede pres- 
tarle sus ojos nictálopes su amigo el buho, es proba- 
ble que su cerebro no se encuentre completamente fá- 
cil para el diario comercio de los hombres. Es posi- 
ble también que en el imperio de las tinieblas enemi- 
gas cuente con más de una animosidad. Y si, como 
asegura Bloy, se ha olvidado por completo de Dios r 
todo él está vulnerable para los puñalesinvisibles. 

188 



OPINIONES 

El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de 
cosas misteriosas, y de su contacto con la locura 
en el manicomio italiano ha de sacar nuevas apa- 
riencias de horrores visionarios. Si de la nocturna 
confabulación de contrarias fuerzas sale su fatal 
sentencia, será una pérdida para el alto arte, un 
duelo para el pensamiento. Será el golpe final para 
quien, desde la cuna, fué señalado a la desgracia y 
al dolor como víctima de un influjo saturnino, de 
una influencia maligna, diría el pobre Lelian. 

Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las 
ásperas luchas, cobrando aliento después de las 
sacudidas de la hostil suerte, halle en la labor metó- 
dica un consuelo y una salvación. 

Aunque, ¡la pobreza es tan infame! 




189 




LO QUE QUEDA DE HEREDIA 




osé María de Hcredia está ya enterra- 
do en el cementerio de Rouen, adon- 
de fué a hacer compañía a su mujer. 
Tras sus despojos iban tres poetas,, 
sus tres yernos: Henry de Regnier, 
Maurice Maindron y Pierre Louys. 

Se presentan ya muchos candidatos al puesto de 
bibliotecario del Arsenal. Se habló un poco de la 
desaparición del célebre artista del soneto. Se es- 
cribieron unos cuantos artículos. Después, ha veni- 
do el silencio sobre el que partió en lo gris del oto- 
ño. No obstante, queda de él mucho, en poco. Un 
libro. Ese libro vivirá. Mil hay que dejan cien volú- 
menes para el olvido y para los ratones. 



Fué , como es sabido, cubano de nacimiento, pero 
esto es un accidente que apenas advertís en tal re- 
miniscencia de uno o dos sonetos. El fué poeta 
francés, completamente francés, a pesar de sus per- 



191 



R V B E tt DARÍO 

gaminos de «conquistador*, a pesar del «ancétre», 
del fundador de ciudades. Nació en Cuba, como su 
maestro Leconle de Lisie nació en la isla Borbón, o 
como Julio Laforgue nació en Montevideo. Mas su 
gloria es absolutamente francesa, porque su alma 
se nutrió en Francia, sin conservar casi nada del 
perfume de las islas natales. Vagamente ese perfu- 
me le llega una vez, a la orilla del mar... No es el 
mismo caso el de otro José María que hoy comienza 
a engarzar en hermosos collares perlas de Francia: 
José María Cantilo. Si llega el triunfo futuro, será 
gloria argentina, a pesar de la lengua de adopción 
en que exprime sus líricos pensares. 

Hay la idea común de que los parnasianos fueron 
simples artesanos del verso, fabricantes de piezas 
de orfebrería. «Nosotros, que cincelamos los versos 
como copas», decía uno de los más grandes entre 
ellos. El verbo humano y el ritmo divino tienen tal 
virtud, que no le es posible al artífice más impasible 
labrar una copa que no esté siempre llena de algo. 
La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el 
vino de poesía diluido un sentimiento, un pensa- 
miento. Y en las urnas de José María de Heredia se 
conserva un licor precioso que ganará calidades en- 
vejeciendo. Ciertamente fué un orfebre como todos 
los del Parnaso. Tenía el cuidado de la rima, la pre- 
ocupación de la palabra y, naturalmente, el orgullo 
del pensamiento. No hay uno solode los «impasibles» 
que no tenga en su estrofa, en la apariencia, fría, un 
estremecimiento emocional, pues emoción hay hasta 
en las más profundas especulaciones mentales. 

192 



OPINIONES 

Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del 
mármol y del rneíal, materiales de su labor. La de- 
dicatoria a su madre en «Les Trophées» es una lá- 
pida romana. La mayor parte de sus sonetos son 
casi epigráficos, dignos de una estela. Heredia no 
escribió una sola línea que no fuese monumental. 
De allí esa augusta disposición de los conceptos, 
esa noble euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de 
sus pequeños templos de catorce columnas. 

Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único. 
¿Se habría preferido que amontonase en las libre- 
rías volúmenes sobre volúmenes, a la manera de 
tanto fecundo mulííparo de la literatura cuya prole, 
sin dolor creada, servirá tan sólo por su inanidad y 
número para hacer más pesada y más invisible la 
losa del más justificado de Jos olvidos? 

A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar 
de la cita que en una ocasión me dio el maestro por 
medio del poeta Ángel de Estrada, nunca fui averie, 
ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de que 
era administrador, después de Nodier, de Alexaadre 
Duval, del bibliófilo Jacob, de Loredan Larchey, de 
Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas sé que 
todos los que a él se acercaron quedaron encanta- 
dos de sus afabilidades señoriles, de su fondo hi- 
dalgo, de su generosidad espiritual. No creo que le 
agradase mucho hablar el español, el cual, según 
tengo entendido, pronunciaba con acento francés. 
Estaba, por otra parte, un poco sordo; así es que 
la entrevista que tuvo con Núñez de Arce, hace 

13 193 






ROBEN DARÍO 

años, debe haber sido curiosa, dado que el poeta 
español hablaba muy poco y muy mal el francés. 

Heredia era amado de la juventud, de esa juven- 
tud acusada tantas veces de iconoclasticismo y de 
irrespeto para con los maestros. A esta acusación 
contesta con mucha justicia un claro y valiente 
espíritu, André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, 
y demasiado pronto numerosos, Verlaine, Mallar- 
mé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad 
en que se os abandonaba?, y vos, magnánimo su- 
perviviente de una época valiente, León Dierx, 
¿quién os rodea de fervor y de afección mas que 
nosotros? ¿Quiénes, pues, José María de Heredia, 
desde los primeros años literarios venían con un 
orgullo tímido a consultaros, a entregaros sus espe- 
ranzas y a confiaros sus dudas?» Y es que el ca- 
rácter acogedor y la noble confianza que inspiraba 
el perfecto lírico daban a los principiantes un ama- 
ble calor de entusiasmo, un seguro estímulo, un 
deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era 
el alma misma de ellos la que sentía la espuela de 
oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos 
amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José 
María de Heredia, ningún aíné supo acoger, lleno 
de una bondad igual, a-los principiantes, a quienes 
prodigaba con simpatía sus consejos fraternales. 
¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes su 
casa fué abierta, ha podido perder el recuerdo de 
los primeros minutos de su primera visita? Cuando 
desfalleciendo casi de temor y de respetuosa incer- 
tidumbre el recién llegado era introducido a un vas- 

194 



OPINIONES 

to y claro gabinete cuadrado, sonoro de voces vi- 
brantes y alegres, se habría sentido presa de un 
vértigo extraño y temeroso, si el Poeta, suspen- 
diendo con un ademán alguna disertación tumultuo- 
sa, no acorriese casi de un salto a él, a darle la 
bienvenida, con abundancia y precisión que daban 
al espíritu ansioso y encantado a la vez el tiempo de 
reponerse, de admirar, y de comprender a un tiem- 
po, y amar a ese hombre, que se revelaba completa- 
mente en su movimiento de cordialidad franca y de 
calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproxi- 
maron. Mi proverbial condición ursina no me per- 
mitió poder apreciar personalmente la gentileza hos- 
pitalaria del hidalgo. 

La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya sa- 
béis que sus tres hijas se casaron con escritores. 
Hasta la hora actual, parece que son felices, y nin- 
gún rumor de divorcio se ha oído. Una de las jóve- 
nes, la casada con Henry de Regnier, es mujer de 
gran talento, y se ha hecho notable por sus poesías, 
publicadas casi todas en la Revue de Deux Mondes , 
y, sobre todo, por las novelas que ha firmado con el 
pseudónimo de Gerard d'Houville, nombre de un 
abuelo maternal de brava y pintoresca vida. Su sa- 
lón era uno de los pocos que quedan exclusivamen- 
te literarios, y allí se reunía mucha parte de la élite 
de la mentalidad francesa contemporánea. 

En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único 
artículo que conozco en que se decrete y anuncie la 
desaparición en el olvido de la obra herediana. «Les 

195 



RUBÉN DARÍO 

Trophées» de Hcrcdia! Cuando hoy hay quien exhu- 
me y comente los seccionales del lejano y encriptado 
Du Barias. Se ignorará en lo porvenir a Heredia si 
se borra por completo la historia de la poesía fran 
cesa en el siglo xix, en la cual él es ciertamente un 
«aníillano>; tiene su isla. 

Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y 
por el material aere perennius, esa « Leyenda de los 
siglos» en miniatura, ese museo di camera, esa 13- 
bor cuyo defecto sólo es la casi completa perfec- 
ción. Tal la de su maestro Leconte de Lisie, y la de 
su antecesor Chenier. Poesía pura y lengua pura. Y 
tanta confianza había en el alma del poeta en lo fu- 
turo, que el primer soneto de la colección está dedi- 
cado al Olvido: 

Le temple esí en ruine au hauí du promontoire... 

Mais l'Homme, indifferent au révc des aieux 
Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines, 
La Mer qui se lamente en pleurant les Sirénes. 

Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y 
la historia, supo concretarlo en magníficas cristali- 
zaciones que siempre causarán admiración a los 
comprendedores de la virtud artística. Corno Hugo, 
en su cíclico poema, abarca todas las épocas del 
mundo: los mitos, los héroes, los dioses, la vida y 
el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la 
gran figura de Herakles, ya vencedor del león de 
Nemea, o cerca del lago de Estinfalia, «todo san- 
griento, sonreír al gran cielo azul». He ahí a Neso, 

196 



O P 1 N IONES 

cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas de 
Epiro»; la centauresa que de noche tiembla «a l'appel 
lontain des étalons»; la admirable metopa parteno- 
niana de los centauros y lapiías; la fuga de centau- 
ros que sienten la muerte cerca, «eí flairení dans la 
nuit une odeur de lion.» O bien Afrodita surge de la 
sangre de Urano; y Jasón y Medea aparecen como 
en un cuadro de Gusíave Moreau, en el soneto de- 
dicado a ese pintor. En el «Termodonfe» veis pasar 
a los potros blancos, iojos de la sangre de las Vír- 
genes. En «Artemis*,la diosa se presenta como 
llena de un primitivo y olímpico sadismo, y luego 
pasará, cazadora, saltando entre sus molosos; y la 
flauta pánica resonará en una ninfea. Pan surge, 
«el Caprípede, di vino cazador de ninfas desnudas». 
Su risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un 
vaso cincelado, en cuyos flancos han de encontrar 
más tarde nuevas visiones poetas como Regnier y 
Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, 
el león que «en rugissant d'amour mord les fleurs 
de son frein». Baco, conquistador, triunfa a las ori- 
llas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran 
los funerales de Adonis; Circe siente los perros 
sagrados que la siguen aullando. En un soneto dia- 
logado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que habría 
podido hacer si hubiera escrito tragedias. En otro, 
«Marsyas», hace recordar el Marsyas de mármol del 
Louvre. 

Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue 
sobre la mar su grande sombra azul>, ya, montado 
por Perseo, cuando «baí le ciel ebloui de ses ailes 

197 



RUBÉN DARÍO 

de flamme», o cuando sus alas «aux amants enlaces 
foní un tiéde berceau». 

En los epigramas y bucólicas es un admirable 
evocador de la vida antigua. Cabreros, pastores, 
términos; inscripciones votivas; clamores de orgu- 
llo, libaciones funerarias, naves que parten; escla- 
vos, sembradores, viejos chivos propiciatorios; ni- 
ños muertos en flor; un corredor como el que en el 
Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce; un 
cochero como los q ue cantan las odas pindáricas; 
Pegaso de nuevo; o bien estas palabras que hoy son 
para dichas por sus propios labios fríos: 

Aux yeux se soní fermés á la Iumiére heureuse, 
Et maintenant ¡habite, helas! A pour jamáis, 
L'inexorable Erebe eí la Nuit Ténébreuse. 

En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de 
Virgilio. Conoceréis al discreto Qalo, y reencon- 
traréis la flauta griega en labios de un pastor. El 
poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida 
es breve, como cantó el otro, y que «no hay prime- 
vera en el país frío de las sombras». He ahí luego 
cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He 
ahí una sonrisa latina, o la soberbia figura de Aní- 
bal, y en los versos a un triunfador, una frase que 
se diría dicha a sí propia por el artífice: 

Grave-Íes dans la frise eí dans les bas-relief 
Profonde mení, de peur que I'avenir te frustre... 

Aparece Cleopaíra, en una tarde, «semejante a 
198 



OPINIONES 

un gran pájaro de oro que espía a lo lejos su pre- 
sa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre so- 
neto en que Antonio ve en los ojos puntuados de 
oro de Cleopatra: 

Toute une mer immense ou foyaient des galéres. 

Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sone- 
tos epigráficos suceden la Edad Media y el Renaci- 
miento. Y Heredia siempre está en su terreno de 
labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es 
el vidriero que decora las catedrales con asuntos 
de primitivo; y renueva a Benvenuto. En *IEsíoc» 
hace recordar el soneto que sobre César Borgia es- 
cribió Verlaine, y en otra medalla, dejaría complaci- 
dos los gustos del marqués de Bradomín. 

Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje, 
Petrarca y Ronsard; y es un lujo de orfebrería, lue- 
go, y de esmaltes que contribuyen a la gloria fra- 
ternal de Claudis Popelín. 

En los conquistadores, puede decirse que se re- 
crea en la gloria del Antepasado, el fundador de 
Cartagena de Indias, D. Pedro de Heredia, por el 
cual sus últimos descendientes pueden timbrar su 
escudo con < une Ville d'argení qu'ombrage un pal- 
mier d'or.» En el Oriente y los Trópicos, se precisa 
la influencia de Leconte, y, claro qne la de Hugo. Es 
allí donde, de paso, en un terceto, hay una reminis- 
cencia del origen cubano del poeta. 

Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia 

199 



RUBÉN DARÍO 

una traducción de Bernal Díaz del Castillo, un «Ro- 
mancero», inferior a lo que en este sentido se en- 
cuentra en la «Leyenda de los Siglos», y «Les Con- 
quérants de l'Or», fragmento épico que poca cosa 
puede agregar a su gloria. 

Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves, las 
estaíueías, los templetes, las logias que construyó 
con amor y pasión de artista. Y vivirán, sobre todo, 
porque puso en ellos su vida y su alma, su constan- 
te esfuerzo y su adoración a la Belleza pura. 

Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la so- 
ciedad ni cambiar el mundo. No se dedicó a la pis- 
tonuda carrera de apóstol. Era un cuerdo. 




200 




NUEVOS POETAS DE ESPAÑA 




distinguido companero Enrique Gó- 
mez Carrillo ha venido a verme, en 
su calidad de redactor de la sección 
de letras españolas en el Mercure de 
France, y me ha dicho: «Necesitamos 
que me conteste esta pregunta: ¿Qué piensa usted 
sobre el estado actual de la poesía en España?» La 
preguntares compleja, porque no hay una poesía ac- 
tual española, sino muchos poetas españoles. Pocos 
excelentes, algunos buenos, y los demás... 

Lo que sí se advierte en el primer momento es que 
la manera de pensar y de escribir ha cambiado. La 
liberación de la intelectualidad es un hecho, y más 
que la europeización, la universalización del alma 
española. En mi «España contemporánea» he habla- 
do del movimiento mental que por la influencia del 
simbolismo francés transformó las letras hispano- 
americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a 



201 



RUBÉN DARÍO 

España, y dio nueva vida a las letras españolas. Se 
acabaron el encantamiento, la sujeción a la ley de lo 
antiguo académico, la vitola, el patrón que antaño 
uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer 
versos de determinada manera, a lo Fray Luis de 
León, a lo Zorrilla, o a lo Campoamor, o a lo Nú- 
ñez de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la 
libre manifestación de las ideas, el vuelo poético 
sin trabas, se impusieron. Y eso trajo una floración 
nneva y desconocida. Y el nivel de los espíritus su- 
bió. Hasta hace pocos años, apartando al gran Zo- 
rrilla, los poetas castellanos estaban en segundo o 
tercer término entre los de Europa. Ahora, entre los 
poetas jóvenes de España, los hay que pueden pa- 
rangonarse con los de cualquier Parnaso del mun- 
do. La calidad es ya otra, gracias a la cultura im- 
portada, a la puerta abierta en la vieja muralla feu- 
dal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas. 

Antonio Machado es quizá el más intenso de 
todos. La música de su verso va en su pensamien- 
to. Ha escrito poco y meditado mucho. Su vida es 
la de un filósofo estoico. Sabe decir sus ensueños 
en frases hondas. Se interna en la existencia de las 
cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo sobre la 
tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo 
inmenso, neroniano y diogenesco. Tiene la admira- 
ción de la aristocrac ia intelectual. Algunos críticos 
han visto en él un continuador de la tradición casti- 
za, de la tradición lírica nacional. A mí me parece, 
al contrario, uno de los más cosmopolitas, uno de 

202 



0PIN10AES 

los más generales, por lo mismo que lo considero 
uno de los más humanos. 

Su hermano Manuel, que ha permanecido en Pa- 
rís durante varios años, es muy diferente. Este es 
fino, ágil y exquisito. Nutrido de la más flamante 
savia francesa sus versos parecen escritos en fran- 
cés, y desde luego puedo asegurar que son pensa- 
dos en francés. Es en muchas de sus poesías— por 
ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco— un ver- 
leniano de la más legítima procedencia. Con los 
elementos fonéticos del castellano ha llegado a ha- 
cer lo que en francés no han logrado muchos segui- 
dores del prodigioso Fauno. Sus «arietas» son per- 
fectas. En cuanto a sus resurrecciones de viejos 
metros y sus tentativas de versolibrismo, indican un 
gran virtuoso y un artista de la palabra. 

Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta 
asturiano, pero que es castellano, pero que es cos- 
mopolita; joven, luego rico en primavera, luego 
sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador 
déla libertad, luego soñador. D. Ramón Pérez de 
Ayala tiene un nombre que trasciende a líricas veje- 
ces, a pergaminos venerandos, a flores secas halla- 
das en un breviario de arcipreste enamorado de las 
musas. D. Ramón Pérez de Ay3la es un poeta abso- 
lutamente del siglo xx, con igual educación estética 
que nuestros mejores poetas hispano-americanos 
actuales, y con una hermosa independencia de espí- 
ritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la ma- 
nera más sencillamente posible. Mas hay que adver- 
tir que la sencillez es en este caso lo más dificultoso. 

203 



RUBÉN DARÍO 

Ahora iodos queremos ser sencillos. .. Todos nos 
comemos nuestro cordero al asador después que lo 
hemos tenido encintado en el hameau de Versalles. 
El 6r. Pérez de Ayala se expresa a veces con re- 
miniscencias clásicas, arando en el antiguo y fecun- 
do campo con los apacibles bueyes de Berceo y de 
Juan Ruiz; y su arado, de modernísima fábrica, hiere 
la tierra con igual virtud que los venerables y rudos 
hierros viejos. He leído La paz del sendero», ma 
nifestación primigenia de esta fragante alma. Tiene 
el autor demasiado talento para que sonriamos ante 
la premura de un dolor fatal apenas entrevisto. Des- 
de esos primaverales años clima una voz <le hondo 
y meditabundo poeta, animado por el infuso saber, 
amargo don del destino. 

Con sayal de amarguras, de la vida romero, 
Topé tras luenga andanza con la paz del sendero. 
Fenecía del día el resplandor postrero. 
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero. 

No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba. 
Parecía que Dios en el campo moraba. 

Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba, 
Morían con la esquila que a lo lejos temblaba. 

La flor de madreselva, nacida entre bardales, 
Vertía en el crepúsculo olores celestiales. 
Veíanse blancos brotes de silvestres rosales, 

Y en el cielo las copas de los álamos reales. 

y como de la esquila iba besando el son 
204 



O P I N 1 O N E 

AI canto del jilguero, mi pobre corazón 
Sintió como una lluvia buena de la emoción; 
Entonces a mi vera vi un hermoso garzón. 

Este garzón venía conduciendo el ganado, 

Y este ganado era por seis vacas formado; 
Lucidas todas ellas, de pelo colorado, 

Y la repleta ubre de pezón sonrosado. 

Dijo el garzón:— Dios guarde al señor forastero. 
— Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero 
Rapaz.— Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero. 
En la cima del álamo sollozaba el jilguero. 

Sentí en la misma entraña algo que fenecía. -^ 

Y quedó dulcemente otro algo que nacía. 
En la paz del sendero se anegó el alma mía. 

Y de emoción no osé llorar. Atardecía. 



Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta 
fragante alma en su más amable estación. Es una 
primavera sentimental color de otoño. Hay después 
sensaciones rurales y familiares que tan solamente 
pueden compararse a las de Francis Jammes. Son 
de una modernidad intensa, y en su manera clara y 
en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que com- 
plica en nuestro espíritu el acendrado cultivo men- 
tal. ¡Cuan extraordinario es encontrar en las almas 
nuevas de todos los puntos del mundo la alegría! 
Pérez de Ayala no es una excepción. De la tristeza 
principesca e hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la 

205 



RUBÉN DARÍO 

casi rústica de «La paz del sendero», no hay gran 
diferencia. Es una diferencia de decoración, de am- 
biente, de música. El sutil veneno es el mismo. Hay 
amor, naturalmente; amor de verdad, a la antigua, 
amor de clair-de-Iune y de adoración romántica. Lo 
sexual no tiene gran importancia cuando la primera 
ilusión llega con sus manos llenas de jazmines. 
Cuando el poeta de los cjardines lejanos» ve que 
sus princesas de ilusión tienen blancos y rosados 
senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha 
hablado al oído. 

He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de 
Ayala, de abolego literario que obliga, es en la ge- 
neración a que pertenece de los poetas que piensan. 
Las nuevas influencias que han transformado la 
poesía castellana han traído con la renovación de 
la forma un grande amor a las ideas. Un escritor de 
gran valer y de extrañas violencias, el Sr. Unamu- 
no, se enreda en eso de las ideas, desdeña las ideas, 
sin ver que ellas son nuestra única manifestación, 
el único fruto que da constancia de la existencia del 
árbol humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía, 
y el sabio no halló sino una gran verdad con lo de 
«pienso, luego soy». Pensemos, pues, y que el sen- 
tir no se excluya, pues el sentimiento mismo se 
produce en nuestra máquina cerebral. El palacio 
de Psique está entre las paredes del cráneo, allí 
donde Cajal y compañeros van encontrando desco- 
nocido en la mina misma de los pensamientos. 

Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es 
206 



O P I N 1 O N E 5 

un señor. Continúa la tradición propia; es de la fa- 
milia de los viejos poetas hidalgos, prendados de 
nobleza, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. 
Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, 
los saltos libres de su pegaso, le ponen ¿entre los 
innovadores. A veces «con pensamientos nuevos 
hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos 
hace versos nuevos. El verso libre en España no ha 
llegado a la licencia de ciertos versolibristas fran- 
ceses, con todo y haber escrito Manuel Machado 
versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son 
voluntariamente sujetos a un ritmo general que no 
desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay 
magistrales. Hay una oración por el alma de Feli- 
pe II que en cualquier literatura honraría a un poeta; 
pero que en este caso concentra el alma española, 
la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. 
Sus «sonetos» se resienten de heredianos algunos: 
los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la in- 
fluencia gallarda que nos viene de los grandes so- 
netistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable 
Góngora. 

Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jimé- 
nez, he dicho en otra ocasión lo que pensaba. Ha- 
blaba yo de su don musical. Decía de él. . .: «lejos 
del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia 
del calco, ha aprendido a ser él mismo— étre soi 
méme—, y dice su alma en versos sencillos como 
lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta 
está enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así, 

207 



RUBÉN DARÍO 

en su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas 
de risa. Cuando más, a veces, una sonrisa, una 
sonrisa de convaleciente, 

Convalesceníc di squisiííi mali... 

pero en la cual se insinúa uno de los más grandes 
misterios de la vida». 

Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de 
todas las formas, seguidor de todas las maneras, 
hasta que se encontró él mismo, si es que se ha en- 
contrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su 
mundo interior de modo que, ciertamente, seduce y 
encanta. También es cierto que ha sufrido mucho, y 
que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro 
Maestro el Dolor. 

En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado 
desde hace algún tiempo y ha producido ya los me- 
jores frutos. No puede negarse que hoy impera una 
influencia extranjera, cosmopolita, pero principal- 
mente francesa e italiana. Mejor dicho, d'annunzia- 
na. (Villaespesa, Pujol— un joven poeta que comien- 
za con los mejores bríos, muy sentimental, muy 
musical, muy elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que 
ha expresado sus quereres y soñares con modos 
refinados, dando a veces un tono menor que traduce 
sus prematuras melancolías contagiosamente.) 

No dejan de encontrarse—sobre todo, en los su- 
jetos a las ordenanzas académicas -gestos pasa- 

208 



o 



N 



O 



N E 



dos, libreas mentales, poesías «a la manera de. . .», 
o a Yinstar, como se diría en París. Mas los que 
imperan son los oíros. 

Hay, por ejemplo, uno de los más nuevos, Andrés 
González Blanco, que se ha impuesto desde los co- 
mienzos. Sus versos revelan una gran cultura, una 
gran mentalidad, y, como antes se decía, una gran 
«inspiración>. En estas líneas olvido, seguramente, 
a otros buenos poetas, gentiles adoradores de las 
musas. Mas hay que ver que aquí indico únicamente 
mis preferencias. 




14 



209 




EN ASTURIAS 



Desilusión del milagro, 




or Palacio Valdés y el difunto Clarín 
sospeché la vida ovetense, en tierra 
de Asturias. La existencia ciudada- 
na, como en nuestras antiguas villas 
hispano-americanas, aún tibias de la 
empolladura colonial, con sus curas, bachilleres, 
señoronas y chismes. Las iglesias siempre triunfan- 
tes, la alta sociedad untada de sports por el conta- 
gio de los viajes. En el ambiente universitario, ,aún 
rancio, invasión de cosas nuevas que llegan del ex- 
tranjero. Para ver bien todo eso, ahí tenéis El 
Maestrante y La Regenta. Y en las revistas podéis 
saber que es aquí, en Oviedo, donde tiene su asien- 
to principal esa ciencia internacional y periódica 
que posee sus mejores representantes españoles en 



211 



RUBÉN DARÍO 

los profesores Posada, Buylla, Dorado y Altamira. 

Yo voy a lo que más puede interesar vuestra cu- 
riosidad y halagar vuestra fantasía. Os ofreceré un 
poco de maravilloso. 

Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un te- 
soro de reliquias más rico que el de cualquier basí- 
lica italiana o que el de Nuestra Señora de París; y 
que entre las cosas que aquí se encuentran las hay 
extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de 
ellas a través de cristales de poesía. Saludé, pues, 
la torre esbella y labrada, la plazoleta antigua y es- 
trecha, y me encontré en el ambiente oloroso a in- 
cienso de las vastas naves ojivales. Era la hora del 
coro y los canónigos celebran el oficio. Resonaba el 
canto llano. Un órgano se hacía oir de tanto en 
tanto. Y como vibrantes chirimías, las voces de los 
monagos se unían a los agudos del instrumento. 
Uno de esos levitas en miniatura andaba por ahí 
con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A una 
seña se me acerco. Le pregunté por el lugar de las 
reliquias, y el duende, no exento de gravedad, me 
dijo que tuviese paciencia por unos instantes. Y fué 
a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto 
al facistol. Algunos minutos después salió acompa- 
ñado de dos canónigos. A una indicación les seguí. 

Entramos por una puerta cercana a la sacristía. 
Subimos una escalera; bajamos otra corta. Henos 
ante otra puerta junto a la cual hay una campana 
que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tan- 
to, los canónigos rezan. Uno de ellos, algo encor- 
vado, misterioso, de ojos agudos, llama mi aíen- 

212 



OPINIONES 

ción. Mientras le miro me instruye en voz baja un 
poeta del país que me acompaña: «—Ese es un 
bravo y terrible sacerdote... Ha sido periodista de 
combate, hombre de empuje... Le llaman El An- 
gelón...» 

La puerta se había abierto, y tanto El Angelón, 
semejante a un Claudio Frollo, como el otro canó- 
nigo, nos precedieron al entrar al Relicario, sin de- 
jar de mascullar sus rezos. Entraba claridad por la 
puerta y no recuerdo si por algún ventanillo; mas el 
monago encendió un cirio, y con el tono y manera 
de un cicerone que se respeta, comenzó a pronun- 
ciar su sabida lección y a mostrar a mi intranquila 
curiosidad un cúmulo de sacras maravillas. Poco 
me faltó del «Breve sumario de las santas reliquias 
que en la cámara santa de Oviedo se veneran ma- 
nifiestas, fuera del arca santa, después que por la 
misericordia divina, por el año de mil setenta y cin- 
co, a instancia del señor Rey Don Alfonso el VI, 
fué abierta con asistencia de varios de los prelados 
de España, que por la general devastación del reino 
se hallaban refugiados en dicha ciudad; y asimismo 
de las indulgencias concedidas a este santuario, que 
ganan los que visitan y asientan cofrades en virtud 
de esta bula». Poco me faltó, digo; pero con lo que 
percibí tuve para copiosa provisión de ensueños en 
una exploración de invisible por espacio y tiempo. 

Mas antes os he de decir la historia milagrosa de 
estas riquezas benditas, tal como consta en episco- 
pales documentos. Reinaba Cosroes de Persia so- 
bre Jerusalem, dominada por sus ejércitos, cuando 

213 



RUBÉN DARÍO 

por disposición divina fué llevada de !a ciudad su- 
perilustre a tierras africanas una caja, hecha en 
«madera incorruptible», por cristianos que habían 
recibido la doctrina de los apóstoles mismos. Siem- 
pre prodigiosamente, la caja erró de África a Car- 
tagena de España, de Cartagena a Sevilla, de Sevi- 
lla a Toledo, de Toledo al Monte Sacro de Asturias 
y del Monte Sacro a la iglesia de San Salvador, de 
Oviedo, «donde dicha arca fué abierta, y hallaron 
en ella los fieles muchos cofreciíos de oro, de plata, 
de marfil y de coral, los cuales, abiertos con suma 
veneración, ciertas cédulas atadas a cada reliquia 
de las que dentro estaban, manifiestamente declara 
ban lo que cada una era». El arca estaba central 
ante mí, mas cubierta de antiguas chapas y bien la- 
brada orfebrería. Y dentro del arca, algunos de los 
objetos venerados que no se muestran sino en se- 
ñalados días del año, con ocasión de fiestas espe- 
ciales y con gran aparato ritual y manifestaciones 
de fe. 

La vocecita dijo:— «Esta es una pequeña parte 
de la sábana santa en la cual envolvió José de Ari- 
matea el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.» Yo 
sentía una vaga emoción, con un vago perfume 
de infancia. . ., a pesar de que un mal diablillo me 
andaba por lo interior diciéndome: «¡Muy bien, muy 
bienl ¿Qué van a decir, si usted cuenta esto, ciertos 
amigos suyos que saben tanto del proíoplasma?» 
Dejé murmurar al diablillo, y vi en frente de mí, bajo 
un fanal en un marco de oro, un trozo de tela blan- 

214 



OPINIONES 

ca, que me pareció demasiado blanca para tantos 
siglos, y muy semejante a ciertos tejidos mancheste- 
rianos. Mas luego abandoné las influencias razona- 
doras, y con el admirable poder imaginativo pude 
agrandar el pedazo de tela y ver el inmortal cuadro 
del descendimiento, y el del lavado del santo cuerpo, 
y la piedad del vecino hierosolimitano que primero 
que todos los celebrantes de la misa colocó sobre 
el Corporal la misteriosa y carnal Hostia antes de la 
transubstanciación. 

Continuaba el rezar de los canónigos, y la fina 
vocecita casi no se daba tiempo: — «Estas son ocho 
espinas de la Corona Sagrada, de la Corona cruel 
que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro 
Redentor.» Y vi, en una a modo de custodia, las ne- 
gras espinas, que más bien se me representaron 
clavos. Recordé una que antes viera en ya no sé 
cuál templo romano, y la corona despojada de sus 
espinas que se muestra el Jueves Santo a los fieles 
en la basílica parisiense, corona que parece un 
círculo de secos mimbres. . . Mas surgió en la leja- 
nía de lo pasado, en la tarde lívida y eléctrica del 
Calvario, la dolorosa y portentosa Figura, con la 
frente ceñida por la diadema de martirio, sangre y 
palidez, amargura humana y desconsuelo divino. 

— «He aquí— prosiguió la lengua infantil— un pe- 
dazo de la caña que los judíos pusieron a Cristo 
por burla.» Recordé a las iluminadas, a las videntes 
Emerich y Agreda. Lo que pude ver fueron unas a 
manera de dos hojas de palma resecas, de amari- 
llento color. Mas se apareció la indestructible cana- 

215 



RUBÉN DARÍO 

lia burladora e insultadora de las majestades espiri- 
tuales, y el triste Cristo, vestido de melancolía, so- 
portando la tortura de las risas miserables. 

— «Un pedazo de la túnica inconsútil. . .> no logro 
verla en el relicario; «de su sepulcro», tampoco; 
«de los pañales en que estuvo envuelto en el pese- 
bre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. 
Me hace pensar en los panes encontrados en las 
ruinas de Pompeya. Y después me entra un pueril 
deseo. . . Si pudiera probarse esa supernaíural pas- 
ta, en la cual, antes que por las palabras de la con- 
sagración, estuvo la carne simbólica de la divinidad, 
simbólica y efectiva para el creyente. . . ¡Y si pro- 
bando esos relieves del ágape de los 13 no conse- 
guiría uno la visión de lo inmortal, la potencia de lo 
infinito, los dones que traen las lenguas de fuego 
del Santo Espíritu...! 

Mas el monago no da paz a la palabra: —«He 
aquí uno de los treinta dineros porque Jesucristo, 
nuestro bien, fué vendido por Judas.»— ¿En dónde 
está? «Dentro de esa caja.»— Lo creo.- ¡Judas, 
desastrado Judas, precioso chivo emisario del cris- 
tiano triunfo, pobre cabeza de turco de la Redención! 
El libro de Peíruccelli della Gatina es un curioso 
libro... Mas, sobre todo, hay que meditar, ¡oh cre- 
yentes mis hermanos!, en que Judas cumplió las dis- 
posiciones del Padre; y en que sin la obra incons- 
ciente suya no se hubieran cumplido ¡as profecías. 

En cuanto a este dinero, uno de los treinta famo- 
sos, creo que debería sacarse de aquí, de esta quie- 
ta y venerable catedral ovetense, y llevarse a Pa- 

216 



OPINIONES 

rís, a ser guardado en la caja de Rosthschild, o a 
otra parte cualquiera del mundo, a la casa de otro 
congénere, donde pudiera devengar los racionales 
intereses. 

Ocultos también están los que canta la boca del 
eclesiástico gnomo «preciosos cabellos y vestidura 
de la Santísima Virgen; lienzos humedecidos con la 
leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda 
no fué sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposi- 
ción divina llevada a la inmortalidad de los cielos 
María con todo lo que constituyó su cuerpo mortal 
sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la 
Virgen, completa e intacta, al empíreo? Si esto es 
de fe, no corto sacrilegio están cometiendo los ca- 
nónigos que conservan y se glorian de poseer algo- 
de la figura corporal de María, madre de Jesucristo, 
en San Salvador de Oviedo. Yo opino que habría 
que sacar a la luz esos cabellos. Y si son, en efecto, 
ya veríais, como en el poema de Hugo los de Cristo 
en la mano del sayón, tornarse éstos hebras de luz 
sobrenatural; notar los sabios una descomposición 
en la máquina del día, y la humanidad sentir entrár- 
sele por los ojos una miel de aurora que haría des- 
leírse las almas en un deseo de amor universal y de 
fe profunda. 

Después, aquí están un lignum-crucis, que no me 
interesa tanto después del buen trozo, que parece 
petrificado, del tesoro de Noíre-Dame; un pedazo 
del pez asado y del panal de miel que Jesús comió 
con los apóstoles después de la Resurrección — 
cosas que no me mostraron—; tierra sobre que puso 

217 



RUBÉN DARÍO 

los pies Jesucristo cuando subió a los cielos, y tie- 
rra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que 
cerró el sepulcro del Señor, y del ramo de oliva que 
llevó en sus manos cuando la entrada en Jerusalem. 
"Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me pre- 
sentan una redoma «con sangre derramada por el 
costado de una imagen que los cristianos habían 
hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los ju- 
díos, obstinados por su antigua incredulidad, fijaron 
por señal o blanco, y con una lanza hirieron el cos- 
tado derecho, del cual salió sangre y agua.» No 
veo nada, absolutamente nada, en la opaca redoma. 
Pero credo. 

Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por 
el monaguillo: algo de la frente y cabellos de San 
Juan Bautista; un hueso del mismo San Juan Bautis- 
ta: reí quias de los doce apóstoles ¡y de los profe- 
tas!; la suela de la sandalia del pie derecho del após- 
tol San Pedro, que me parece de un cuero demasia- 
do fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo 
del pellejo de San Bartolomé, que se asemeja a vie- 
jo pellejo de cerdo; la cartera, ¡sí, la cartera! de San 
Andrés, semejante a esas bolsas en que los gauchos 
guardan el tabaco; cabellos, ¡oh, profanaciónl, con 
que la Magdalena enjugó los pies de Jesús, y huesos 
y reliquias de todos los que vais a oir: San Juan, 
San Esteban, San Lorenzo, San Vicente, Santos 
Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano, Facundo, 
Primitivo, Justo, Pastor, Fructuoso, Emeterio, Ce- 
iedonio, Adriano, Mames, Verísimo, Máximo, Vedu- 

213 



OPINIONES 

lo, Pantaleón, Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio, 
Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix, Pedro el 
Exorcista, Eu genio, otro Félix, Fausto, Colegio, 
Esportalio, Hieremías, Martino, obispo Cristóbal, 
Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Águe- 
da, Justa, Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Pe- 
tronila, Eulalia de Barcelona, Emilia, Pomposa y 
una navaja de la rueca con que fué martirizada San- 
ta Catalina. 
¡Ah, no! 

Y El Angelón y su compañero siguen rezando. 

Y luego me muestran «una parte de la vara con 
que Moisés dividió las aguas del mar Rojo, ¡y veo 
•un fragmento de palito como un lápiz, yo, que soña- 
.ba con tal luminoso garrote que al agitarse en el 
aire pondría espanto en el trop el de los truenos y 
en la madriguera de los rayos! 

Y después se me muestra «una cruz de oro purí- 
simo, labrada por mano de los ángeles», y que cla- 
ma ser labor de plateros bizantinos; y se me dice 
que existen aquí mismo: una piedra del monte Si- 
tiaí, sobre la cual ayunó Moisés; maná que llovió 
Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto del 
profeta Elias!; huesos de los tres niños del horno 
de Babilonia, Ananías, Azarías y Misael; una de las 
«hidras» en que Cristo convirtió el agua en vino; 
los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de 
Santa Eulalia de Mérida, el de San Vicente Abad, y 
Sos de San Julián y de San Serrano, y la espaldilla 
«de San Pedro Regalado y otros huesos más... 

219 



RUBÉN DARÍO 

¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El 
Angelón y su colega me están jugando una mala 
pasada... Guardo, orantes y piadosos barnums, mis 
cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión. 

Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en 
Dios... Pero, ¡idos al diablo! 



A la orilla del mar. 

Me he venido a un rincón asturiano, pequeño, so- 
lilario, sin más casino que ásperas rocas, ni más 
automóviles que los cangrejos— ante el caprichoso 
Cantábrico. 

Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un 
paso de Oviedo, junto a la desembocadura del Nac- 
ión. La ría semeja más bien un lago. En frente se di- 
visa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un- 
cercano caserío; y más allá del lado del mar, está 
la población de Arenas. Más allá no debía decir,. 
sino más acá, puesto que escribo en ella, en una 
casita nueva y fresca, que tiene un mirador frente 
a las olas. San Estaban está al pie de una pequeña 
altura; hay pocos habitantes, una fábrica de con- 
servas marinas y un restaurant que se ve bullicioso 
y se siente sonoro los domingos. La Arena es lugar 
de pescadores, y p cr el lado de la costa tiene una 

220 



OPINIONES 

que otra casita pintoresca que alquilan las pocas fa- 
milias que vienen durante el verano. 

Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en 
construcción que avanza en el mar, las colinas cul- 
tivadas, a un lado y a otro, la costa abrupta que 
termina su diseminación de rocas obscuras. 

Las mañanas doradas de sol, o empañadas de 
bruma, son tranquilas y serenas. Por la calle no 
pasa más que una que otra vendedora de pescado, 
y, una vez por semana, el hortelano, que viene con 
su asnillo cargado de fruías y verduras. Ayer oí 
una inusitada algazara, y un son de panderetas. Me 
asomé a la ventana y me encontré con un oso, que 
la no muy bien aprendida danza ensayaba en dos 
pies. Dos cobrizos gitanos cantaban su melopea, un 
mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda y 
unos cuantos muchachos admiraban el espectáculo. 

Por la tarde salen, con el sol aún picante, las lan- 
chas de los pescadores. Las filas de remos brillan a 
la luz áurea, y las embarcaciones del trabajo rudo y 
arduo toman el aspecto de galeras antiguas en des- 
file. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y 
la suella, la rebosilla y la sardina. Cuando se en- 
ciende el poniente es el retorno, a la vela. La mar 
brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pes- 
ca. Y la mala faena se ve en los rostros de los pes- 
cadores, cuando se acercan a la cosía, en donde 
hay redes tendidas y mujeres que aguardan. 

Viven estos excelentes hombres en pobres habi- 
taciones. Tienen algunos un hueríeciío que aprove- 
chan para sembrar maíz, paíaías y coles. Esto no 

221 



RUBÉN D A R l O 

les deja morir cuando falta el producto del trabajo. 
Tienen una iglesia chica y triste, en donde los más 
devotos forasteros retroceden ante el formidable 
ejército de pulgas, que sin duda el rey de las mos- 
cas, o sea Satán mismo, mantiene allí para perjui- 
cio de los católicos veraneantes. Se divierten cada 
ocho días los buenos pescadores jugando a los bo- 
los y emborrachándose convivialmente con vino de 
dos «perrones» botella. Sabréis que dos perrones- 
son veinte céntimos de peseta. 

El carácter de estas gentes curtidas por vientos y 
mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oída 
escándalos o riñas. Además, son generosos y al- 
truistas. Unos a oíros se ayudan y confortan. Cuan- 
do uno está en días de enfermedad o de escasez,, 
los que pueden le prestan el apoyo que les es posi- 
ble. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz 
alta, y esto se explica por la cotidiana labor que 
tienen sobre el mar, en donde están hechos a domi- 
nar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas. 

Estos mares son duros. El Cantábrico tiene ce- 
lebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me 
parece tan poco hostil, pasan, en ciertas épocas, 
dramas tremendos. «Por allí— me dice un pescador, 
señalándome el extremo del rompeolas—, por allí 
murieron el invierno pasado catorce hombres. No 
se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian 
de humor con rarísima rapidez; tan pronto hay cal- 
ma azul, tan pronto carnerea la espuma. Recuerdo 
ya viejos versos: 

222 



OPINIONES 

Claudicante, viejo, solo. 
Viene del Polo el Invierno. 
Eolo sopla en su cuerno 
Saludando al rey del Polo. 
AI son del cuerno de Eolo 
Lanza el gran mar su clamor. 
Sobre el oceánico hervor 
Da el tritón su canto extraño, 
Y con su crespo rebaño 
Pasa el terrible pastor... 

Como todas las gentes de mar, como las de Nor- 
mandía, como las de Bretaña, éstas tienen sus de- 
vociones religiosas, su patrón celeste, su represen- 
tante y delegado delante del Eterno Padre, Como- 
doro de los huracanes y Soberano Almirante de los 
ciclones de la muerte. Aquí es el bueno y tradicio- 
nal San Telmo el que enciende sus iluminaciones en 
los árboles de los barcos en noches de tempestad, 
y aquí, en la procesión anual, va vestido de mari- 
nero, con la mano en el timón, entre los cantos y 
músicas, sobre la ría en calma. Esta fiesta, según 
se me informa, se verificará pronto, y ya tendré en- 
tonces ocasión para describírosla. 

No han progresado mucho que digamos estos lu- 
gares desde el año de 1794, en que se publicaron las 
Memorias históricas del principado de Asturias y 
obispado de Oviedo, por el Dr. D. Carlos Gonzá- 
lez de Posada, canónigo de Tarragona; libro edita- 
do en esa ciudad por el impresor Pedro Caváis. 
Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de 
La Arena: «Puerto de mar a la boca del río Nalón, 

223 



RUBÉN DARÍO 

dos leguas y media distante de Aviles, y de corta 
población.» Y de San Esteban: «Puerto de 50 veci- 
nos en la misma boca del Nalón y frente a La Are- 
na, sin más distancia que el río en medio; pueden 
fondear en él fragatas de 30 cañones; en sus inme- 
diaciones se ha fabricado un dique o ribera, donde 
se depositan las maderas que bajan para la real ar- 
mada por el río desde los montes del Tineo, Can- 
gas, Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo 
y otras partes. Estos dos puertos son del concejo 
de Pravia, cuya capital es la villa del mismo nom- 
bre, corte otro tiempo de algunos reyes de Astu- 
rias, etc.» 

Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo repo- 
so en la naturaleza, ha de cambiar con las invasio- 
nes de vida moderna que están transformando a 
España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de 
los emporios comerciales y manufactureros de la 
península, ciudad «europea» actualmente y cuya ri- 
queza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, 
el impulso, que ha de cambiar todo esto. Y perderá 
La Arena su poesía, ¡helas!, y ya habrá aquí vera- 
neantes que pasearán sus modas, y correrán por la 
playa otros automóviles que los cangrejos, y habrá 
casino con sus correspondientes peüts-chevaux, y 
los que como yo buscan la actual paz y sosiego 
■que dan estas cosas primitivas, se irán con la músi- 
ca y los sueños a otra parte. Aunque pronto no ha- 
brá rincón del mundo en donde refugiarse. La uni- 
ficación del planeta será absoluta. Los manes de 
Ruskin y compañeros mártires se estremecerán en 

224 



OPINIONES 

la eternidad, y sobre el globo uniforme prodigará 
sus bostezos la humanidad uniformada. 

Hay en la playa unas ocho o diez casetas de 
baño. La clientela no es numerosa, mas se aumenta 
el día festivo y el domingo con los visitantes que 
llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por 
bueyes; y se ve pintoresco el buen animal del cam- 
po cuando camina llevando su edificio minúsculo 
hacia las olas. 

A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco 
graves, el imaginarse a Venus con pantalones. El 
Maestro habría experimentado algo más tremendo 
al contemplar la figura de algunas bañistas en estas 
castas costas. He advertido que no solamente la 
robusta y venerable matrona, sino la guapa y gallar- 
da señorita, se enfundan en unos camisones pro- 
saicos que las envuelven desde el cuello a los pies. 
Al verlas, ciertamente, el tritón más salaz recule 
épouvanté. Mas no percatan las pudorosas damas 
que las tales túnicas resguardadoras de misterios, 
una vez que se mojan, se pegan al cuerpo como los 
paños de los escultores a las estatuas de barro en 
los talleres, y que la indiscreción de la tela es en- 
tonces de una realidad irónica y flagrante. 

He notado que las puestas de sol no son aquí, al 
menos por estos días, prestigiosas, ricas de colo- 
res y fuegos. Pocas veces he visto libre de nieblas 
la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se 
muestra sino a través de opacidades que apenas se 
tiñen de una difusa claridad de viejos oros. Tan so- 
lamente una vez formaron las nubes del fondo una 

15 225 



RUBÉN DARÍO 

como cordillera de montañas obscuras, cuyos file- 
tes bruñía de un fuego vivo y rojo al poniente en fu- 
sión. Mas el astro no se veía. Fué más tarde cuan- 
do, de repente, en medio de la cordillera negra, se 
abrió una tronera de metal incandescente, a través 
de la cual pasó un chorro solar. Duró esto unos 
instantes. Luego el disco vivido se fué opacando y 
se tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los 
nubarrones amontonados. La cordillera se deshizo. 
Se fué como derrumbando blandamente aquella 
aglomeración de masas enormes y obscuras. El 
mar, que fué primero gris, luego plateado, luego 
violeta, luego verdoso, luego gris otra vez, se azu- 
ló profunda y nocturnamente en el último momento 
crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a 
otro de las aguas, que hacían su ruido de cascadas 
agitando sus sempiternos algodones sonantes, sus 
madejas de encajes sedosos; y coincidió la llegada 
de una vela latina, de una rezagada barca pescado- 
ra, con la aparición, siempre enigmáticamente lumi- 
nosa, del milagro de las estrellas. 



III 

San Telmo. 

Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. 
El patrón ya sabéis que es San Telmo, el de los 

226 



OPINIONES 

fuegos. Si la religiosidad ha mermado entre estas 
buenas gentes, la superstición queda. En Dios se 
puede tener poca fe; pero lo que es en San Telmo... 
Desde por la mañana, temprano, sonaron los petar- 
dos y cohetes y se oyeron músicas por las calles 
del pueblecito de La Arena. San Esteban también 
estaba en movimiento. Ambos vecindarios se unie- 
ron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo 
misa con sermón. La gente endomingada tuvo fer- 
vor. Estalló la gaita en una intempestiva Marcha 
Real cuando el sacerdote alzó. 

Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillan- 
te, que es de D. Edmundo Díaz, un «cher confrére», 
pues es director de una revista y escritor ameno. 
Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por 
donde debía pasar la procesión. Y vi muy hermosas 
mozas, muy elegantes señoritas que llegaron de 
Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que 
otro kodak en finas manos. 

La procesión fué después del almuerzo. Desde 
donde yo estaba pude dominar todo el espectáculo. 
El panorama era delicioso, al amor de una fresca 
temperatura. Era una decoración de nacimiento; en 
frente de mí, casitas blancas con techos rojos; allá, 
en la otra banda, casitas de «preseppio», y la colina 
pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del Casti- 
llo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir 
de gentes, mover de barcas, humo de cohetes. Y a 
este lado la población risueña, el «Brillante» en fies- 
ta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada, ar- 
gentada. El cielo de cobalto, rejado de vellones, 

227 



R Ü B E N DARÍO 

manchado de pincelazos de nieve. No lejos del lu- 
gar en donde escribía mis apuntaciones, está la casa 
del profesor Altamira, del hombre grave y estudioso 
que sabe tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con ba- 
randas blancas, con un jardincillo en que hay ver- 
dores apacibles, flores e higueras. 

Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la 
procesión. El cielo se ha azulado aún más, como 
un cielo napolitano; y el agua está como el cielo, y 
es como un milagro azul que todo lo envolviera. 
«Je suis hanté: Azur! azur! azur!...» Veo venir algo 
que suscita en mi mente reminiscencias de Venecia, 
de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el acen- 
to con que hablan los marineros que pasan bajo el 
balcón a que me asomo me parece veneciano. Y la 
ría, que es un lago suizo a veces, se me antoja 
ahora una especie de Canalazzo. Se acerca más y 
más la procesión en barcas. Entre las pequeñas de 
los pescadores viene, como un Bucentauro, gallar- 
damente, el vaporcito en que está el santo. Y en el 
vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las 
barcas de los pescadores, y en otras llenas de veci- 
nos y curiosos forasteros, todo es una fiesta de 
banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! 
¡España! ¡España! 

Y ya no, no es una fiesta veneciana la que presen- 
cio, no es el triunfo marino del Bucentauro; es una 
fiesta española y asturiana. Son los buenos pesca- 
dores de un rincón del Cantábrico, que celebran el 
día de su patrón celeste, San Telmo. La impresión 
no es de soberbia, ni de función imponente por sus 

228 



OPINIONES 

lujos y pompas. No caen de las lanchas, como de 
las góndolas señoriales, paños de seda flecados y 
bordados de oro. La obsesión 'del cielo azul, agua 
azul, banderas y sombrillas sobre el cristal es- 
pecular. 

Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son 
dulce de la provincia, de que ha hablado el perspi- 
cuo Azorín. Y hay son de músicas sobre las aguas 
de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descan- 
san, pues es el día de gozo ritual para estos pueblos 
de pescadores y labradores. En la procesión viene 
adelante un barco negro, florecido y risueño de 
banderas; y trae el estandarte, un gonfalón rojo y 
oro. Y en la embarcación en que pasa el santo, van 
vecinos notables, autoridades, curas con sus roque- 
tes y sus sobrepellices. Y veo luego la muchedum- 
bre que acompaña, y una bandera roja, y una cruz 
de plata. Y hay por todas partes alegría, la alegría 
de un día de regatas. 

¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del 
n^ar, de las terribles rabias oceánicas, de galernas 
y aquilones, sé amigable y cordial con tus gentes de 
La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vien- 
tos ásperos, van a exponer la vida todos los días 
en la pesca de la sardina, del calamar, del atún! 
Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la ra- 
cha de mala intención apártala de la vela que empu- 
ja la barca en que va el trabajador de las olas. ¡Sé 
propicio, buen San Telmo de los fuegos eléctricos, 
a estos pobres hombres! Tienen madres vestidas de 
negras telas viejas, esposas flacas, hijos anémicos. 

229 



RUBÉN DARÍO 

Dales buen tiempo, mucha pesca, y así saborearán 
la borona del terruño, se alimentarán mejor, bebe- 
rán más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, por- 
que viene por ahí un diablo rojo que anda conquis- 
tando a los pobres del mundo, negando dioses y 
descabezando santos! 



IV 



San Telmo se porta bien. 

. . . Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi 
barquero. El cual es un marinero rubio, seco, de 
ojos chispeantes. Tiene sus lecturas, y se las da de 
«espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstan 
te, me dijo en medio de la conversación: 

— Yo creo haber visto al diablo, señor. 

¿Cómo, Evaristo? « 

Y me contó una su nocturna aventura, complicada 
cOn un caso telepático que complacería al duque de 
Argryll. 

— Meló de la Morena— me dijo era un pescador 
como yo. Nos conocíamos desde muchachos y fui- 
mos muchas veces juntos a la faena de la sardina. 

Una noche— de esto hace poco tiempo— volvía yo 
por la ría, del lado en que se pescan los salmones, 
más allá del puente de Muros... Era como la media 
noche, y había obscuridad grande. Cuando al acer 

230 



OPINIONES 

carme en la lancha un tanto hacia la ribera, oigo: 
— «¡Evaristo! ¡Evaristooo! — Y la voz era tan espan- 
tosa y desusada, que se me erizaron los cabellos. 
No obstante, como yo venía acompañado de mi vie- 
jo padre, reconocimos juntos la voz de Meló de la 
Morena. —Es Meló de la Morena, dije yo. —Es la 
voz de Meló de la Morena, afirmó mi padre — . Pero, 
¿qué andará haciendo a estas horas por aquí? ¿Y 
por qué su voz nos da miedo? Los gritos seguían 
pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo 
he leído que todo eso es superstición. Pero, de 
acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del lu 
gar, y de unos cuantos golpes de remo lltgamos 
pronto a la casa. Por la mañana vi a Meló de la Mo- 
rena: —Meló, ¿qué andabas haciendo anoche tan 
lejos, por el puente de Muros, como a las doce?— 
Yo estaba en mi cama, dijo Meló. —Pues mi padre 
y yo hemos oído tu voz que nos llamaba—. Yo me 
acosté muy temprano, repuso Meló . Y lo terrible 
del caso es, señor, que un mes después Meló de la 
Morena, que fué a la sardina, se ahogó, y a mí me 
tocó sacar el cadáver del agua. 

— A todo esro, Evaristo— le dije—, no ha apareci- 
do el diablo. 

—Es verdad— contestó— . Eso fué otra noche. Y 
digo sería el «diaño»; aunque no sé francamente si 
sería él... Usted verá. Y me narró sus aventuras 
de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca 
de las ruinas del Castillo de San Martín oyó que su 
padre le llamaba desde una barca para que le lleva- 
se a su casa. Acercóse, y vio una figura blanca, de 

231 



RUBÉN DARÍO 

pie. —Vamos, padre; dijo Evaristo. —Ya voy— res- 
pondió la figura blanca—. Pero no se movía. Y 
Evaristo se cansó de llamar, y la figura seguía di- 
ciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vio que aque- 
llo era cosa diabólica y se acercó más y descargó un 
remazo sobre la figura. La cual se deshizo como un 
humo. 

— Evaristo — le dije — , indudablemente era el 
«diaño». 

En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer 
llorando, que corría hacia la costa. Y un hombre 
que llegó después, nos gritó: 

— Una lancha se ha volcado, y traía trece hom- 
bres. Allá por la punta del muelle. 

Fuimos a ver lo que pasaba. 

El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un 
fuerte viento nordeste que había causado el desas- 
tre. A la vista de los que estábamos, en la costa, una 
barca de las que tornaban de la pesca se encontraba 
volcada. Se notaba el movimiento de los salvadores 
en las otras barcas. ¿Cuántos pobres pescadores 
se ahogarían? Yo oí cerca de mígritos y sollozos. Vie- 
jas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, 
tendían los brazos hacia las grandes olas. Mujeres 
más jóvenes, seguramente esposas, lloraban tam- 
bién. Lloraban niños; todo el mundo lloraba. Y la 
concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba. Se 
escuchaban lamentaciones: «¡Pobreciños!, pobreci- 
ños!» Una mujer andrajosa, alta, aullaba como una 
Hécuba. «Aquélla— me dijeron— tiene un hijo en la 
pesca; aquella otra tiene dos hijos; aquella otra su 

233 



OPINIONES 

marido y un hijo.» Así era la desolación. Jamás mis 
nervios han estado más vibrantes, ni mi corazón 
más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y 
aquella escena era para conmover a un hombre de 
bronce. 

Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repe- 
tir: «¡San Telmo, señor San Telmo, líbralos!» Ai 
cabo de un largo rato vióse que de nuevo las lan- 
chas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado 
desembarcadero. Todos nos dirigimos allá. ¿Ha- 
bían quedado en el agua algunos pescadores? 

¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal 
íbamos a escuchar entre el grupo de mujeres cuan- 
do se acercasen a la playa los marineros y diesen 
cuenta del desastre? Se advertía que la lancha vol- 
cada venía a remolque, y que en algunas de las 
otras había tripulantes de ella. Por fin doblaron las 
embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en 
la boca de la ría. Pronto estuvieron al habla, y las 
gentes empezaron a reconocer a los que venían. 
«Aquel es Pedrín.» Aquel es Basilio.» «Aquel es 
Juan.» «Allá viene Anseimo.» Y venían voces de 
ellos: «¡No hay cuidado ninguno!» «¡Todos salva- 
dos!» 

Todo fué entonces alegría. Desembarcaron moja- 
dos los náufragos. Uno de ellos venía muy enfer- 
mo, pero pronto se repuso. El «espumeiro» y la 
muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir 
al buen San Telmo: 

—¡San Telmo, te has portado bien! 



235 



USEN DARÍO 



Un eclipse. 

Siendo España un país favorecido por los «eclip- 
ses» desde que se pone el sol en sus dominios... — 
he aquí que la reciente manifestación solar ha atraí- 
do a estas tierras, por unos momentos, la atención 
del mundo. De todas partes llegaron los sabios que 
pasan su vida ocupándose en los asuntos del cielo, 
y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos 
astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar 
que, cuanto más se aleja el pensamiento de la tierra, 
más se alarga la vida. Vino Gaussen el patriarcal, 
con su cara de Hugo melenudo; vino jansen vene- 
rable, con sus ojos meditativos y profundos entre la 
nieve de su senectud; vino Rayet sonriente con su 
corona de invierno, y otros cuantos más, con los 
más jóvenes, con los coroneles de la artillería ópti- 
ca, y con las ayudantas, la inevitable compañía fe- 
menina, las cantineras de las batallas astronómicas. 
Llegaron de Inglaterra, Callendar que, de panamá y 
traje de playa, parece que anduviese en busca de ca- 
sino, cuando anda por las nubes como un poeta ne- 
felibata o no nefelibata, y en cálculos e inventos 
como el de su máquina para investigar la intensidad 
calorífica de la corona solar; Fouler, fino y estudio- 
so, y Rayner que compite con Cahen, que compite 

234 



O P I N 1 O N E S 

con Moulloy, que compite con Bonfield: entre todos 
brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir 
Norman Lockyer, dulces de mirar hacia la altura. Y 
hay más ingleses. De Francia llegaron Deslandres, 
Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo 
como un cometa, y más franceses grandes y media- 
nos, todos llenos de ciencia. De Holanda, Ryland y 
Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. 
De Austria, Boltzmann, y más austríacos; de Ale- 
mania, Olmsíed, Hartmann, Dugan, y más alema- 
nes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece 
astralmente el gran Arrhenius, con Gusíave Kobb; 
de Italia, los más notorios y más eficaces cazadores 
de secretos celestes, y de Estados Unidos un bata- 
llón, a cuya cabeza está el sesudo Campbell, direc- 
tor del californiano observatorio de Lick. La Améri- 
ca latina estaba felizmente representada por Méji- 
co, con un excelente cuerpo de astrónomos mejica- 
nos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio 
de Santiago. Confieso que me sorprendió no en- 
contrar un representante argentino, uno de esos 
bravos centinelas de la ciencia que montan guardia 
en Córdoba y en La Plata. 

Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobier- 
no español y las autoridades recibieron a los envia- 
dos de las distintas naciones con cordialidad y la 
tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el 
más literato de los ast rónomos, y por eso el más 
popular en todos los lugares adonde han llegado 
sus obras, es decir, en toda la tierra civilizada, fué 
saludado como un verdadero príncipe de la ciencia, 

235 



RUBÉN DARÍO 

y paseó en carruajes reales y los monarcas le aga- 
sajaron, a él y a su excelente señora, que hace a 
maravilla, con dignidad serena, su papel de sabia 
consorte. Las diversas ciudades y pueblos en donde 
se instalaron los campamentos astronómicos gana- 
ron crecidamente, pues por el motivo científico, el 
turismo europeo invadió por esos días la Península; 
y, como sucede en ocasiones semejantes, todo se 
puso por las barbas del sol y los cuernos de la 
luna: hoteles, habitaciones en casas particulares, 
alimentación y cuanto se hubo menester. Lord in- 
glés hubo que pagó dos mil pesetas diarias el de- 
partamento para su familia. Y era corno en el cuen- 
to del rey y los huevos. «¿Son muy raros aquí los 
comestibles y las habitaciones? No, señor; lo que 
son raros son los lores y los eclipses.» Así en Bur- 
gos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en Si- 
güenza, en Cistierna, en Almazán, en todos los pun- 
tos elegidos por los sabios para sus observacio 
nes, el negocio fué pingüe. 

En españa fueron grandes el movimiento y la cu- 
riosidad. Los trenes, la víspera y la mañana del fe- 
nómeno, iban cargados de gente a los lugares es- 
tratégicos. Y había de todas clases de trenes, como 
de todas clases de curiosos: trenes de lujo y trenes 
modestos, y hasta esos que aquí llaman «botijos»,, 
en que todo el mundo se embotella por más que 
módico precio. 

Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey 
de su tiempo y de su edad, no ha querido faltar a la 
cita de Burgos. Allá fué, con su agilidad y bizarría 

236 



OPINIONES 

de siempre, en su automóvil, y la Reina y las Infan- 
tas también fueron, desde el palacio de Miramar de 
San Sebastián, en donde se hallaban cumpliendo 
con las exigencias del veraneo. Y tras el Rey, la 
Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muche- 
dumbre elegante que se desprendió de sus nidos de 
villegiatura para ir a la ciudad del Cid Campeador, 
en el taf-taf de moda o por el [ferrocarril. Burgos 
fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su per- 
manencia para poner la primera piedra del monu- 
mento que se levantará al Mío Cid, y para inaugurar 
una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó 
conventos, hizo jiras cercanas y se preparó para ir 
en seguida a cazar rebecos a los picos de Europa. 
Visitó las instalaciones astronómicas nacionales y 
extranjeras, departiendo, como se sabe, en lenguas 
diversas, gracias a su educación políglota. Adoles- 
cente que pasa a hombre, fué vivaz, móvil, fué de un 
lado a otro, miró todo, se informó de todo; y sa- 
biendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía re- 
tardar por él la función, estuvo, como todo el mun- 
do, a la hora señalada, en el mejor punto para con- 
templar la maravilla misteriosa que se mostró en el 
firmamento. 

El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que, cuan- 
do reapareció la luz del sol, la gente ha gritado, 
aplaudiendo- «¡Bravo!» No lo entiendo. 

Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el 
célebre autor del Escándalo y del Diario de un testi- 
go de la guerra de África, presenció el eclipse de sol 
del t8 de Julio de 1860, y en las impresiones que de 

237 



£ U B E A DARÍO 

él escribió, dice lo siguiente: «El día estaba sereno 
y caluroso. El sol inundaba de luz las soledades del 
espacio, animando y engrandeciendo el vastísimo 
paisaje. Largos y monótonos zumbidos de cigarras 
y de oíros insectos voladores poblaban el aire de un 
sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la 
siesta. Callaban las aves, adormecidas por el calor, 
y callaban también los hombres, atentos al deicidio 
que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... 
la hora anunciada y esperada hace tiempo por los 
astrónomos... 

...El eclipse había principiado, pero aún no se 
percibía alteración ninguna en la luz del sol. 

A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer 
las nubes, mientras el mar se ponía cada vez más 
sombrío. 

La luz del sol era blanca como la de la luna, y la 
sombra de los cuerpos intensamente negra, pero de 
vagos contornos. 

El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana. 
¡El sol se hallaba en el mediodía, y, sin embargo, se 
aproximaba la noche! Nuestros semblantes se iban 
poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no 
era semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, 
alumbraba fantásticamente la ciudad y las ruinas del 
Anfiteatro. Las nubes tomaban un color gris, como 
el de la ceniza. El mar continuaba obscureciéndo- 
se... ¡En esto (todo lo que yo digo sucedió en me- 
nos de un segundo), en esto expira instantáneamente 
el último fulgor, cambian de aspecto todas las co- 
sas, vense lucir las estrellas cerca del astro agoni- 

238 



O P I N 1 O N E S 

zante, levántase un espantoso viento, hace frío, co- 
rren las nubes, ennegrece el mar, camina la sombra 
a nuestros pies, parece ser que se desquicia el cie- 
lo, como cuando se muda una decoración en el tea- 
tro; muere el sol... y sustituyelo un astro nunca 
visto, un meteoro fúnebre y grandioso; más bello 
que todo lo imaginado por el hombre! Un grito de 
terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que 
nos cercan creen indudablemente que se ha acabado 
el mundo. Pero al ver que el sol ha sido reemplaza- 
do por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, 
nuevo alarde del poder y de la sabiduría del Eterno, 
prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un «bravo», 
en una aclamación frenética y entusiasta.» 

Don Pedro Antgnio de Alarcón explica, pues, el 
motivo del aplauso; lo explica como poeta y como 
creyente. Yo supongo más bien semejante explosión 
de entusiasmo teatral una manitestación vulgar, no 
del pueblo, sino del público, de la concurrencia se- 
mileída, que celebra el hecho como el final de una 
función pirotécnica, o del ensayo de una nueva lám- 
para de luz eléctrica... 

Ahora, he aquí mis impresiones personales. 

... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña 
terraza, o más bien jardinillo de la casa en que habi- 
taba a las orillas del Cantábrico. La mañana había 
estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más o 
menos, desde las once el sol comenzó a mostrarse 
con intermitencias. Había caído una cernida llovizna 
en las primeras horas y el aire estaba fresco. Las 

239 



A J U B E N D A ,R I O 

olas formaban gran movimiento. No había, en lo 
que la vista alcanzaba, ni una sola barca pescadora. 
Comenzaron a salir de las casas vecinas algunos 
curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, pico- 
teaban en el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, 
unos cuantos pájaros diminutos y grises, que lla- 
man andarines, están alertas, vivarachos, afanosos; 
saltan de las tapias al suelo, y hacen por la vida. 
Todo el mundo miraba el cielo con un vidrio ahuma- 
do. Yo hice lo que todo el mundo, y apunté hacia 
Helios, consagrándole un recuerdo a mi compañero 
Martín Gil. Y vi que ya había pasado lo que llaman 
el primer contacto. En la bola incandescente del sol 
noté la intrusión de la luna. Varias veces observé, a 
medida que lo negro iba aumentando sobre la su- 
perficie solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya 
fué una bolsa de oro, ya una raja de melón, ya 
una hoz. 

La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba so- 
bre el mar y sobre la tierra como una extrañeza 
fantasmagórica. Y fué de pronto el eclipse total. Al 
crepúsculo enfermizo que iba en progresión, suce- 
dió una noche súbita, no de completa obscuridad, 
sino iluminada vagamente por uno como temeroso 
efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. 
Las gallinas habían buscado su refugio nocturno; 
los vivaces «andarines» dejaron de merodear, se 
juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse a 
las gentes sin miedo, iban de un lugar a otro inde- 
cisos, y por último se acurrucaron junto a un muro. 
Habían salido unas pocas barcas. La obscuridad no 

240 



OPINIONES 

me dejaba percibirlas. Mas en la consternación de 
la Naturaleza toda, oía yo el son del mar como el 
comentario de un misterioso coro. 

En larga banda pasó un ejército de gaviotas, qui- 
zá en busca de los nidos. Un repentino frío invadió 
la atmósfera. Sentí un verdadero malestar físico y 
una innegable inquietud moral. Mis ojos contempla- 
ban allá arriba un astro milenario, un meteoro de 
funestos augurios. Yo no había visto nunca un 
eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo 
había, seguramente, tenido esa visión en muchos 
sueños; en verdad, era el mismo sol enfermo de mis 
pesadillas, de mis padecimientos hipnagógicos. Y 
pensé luego en las ancestrales angustias, en los te- 
rrores medioevales. ¿Se equivocaría la ciencia? ¿No 
habría gran verdad en el espanto de la humanidad 
antigua, que veía yo reflejado en el inmenso espanto 
de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se desta- 
caba un sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, 
un nimbo de luz blanca, un nimbo roto en rayos 
desiguales, de plata, de una plata que en momentos 
tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como 
una enorme hostia de sombra rodeada de una co- 
rona coruscante. Era el astro que antaño hacía tem- 
blar a los hombres, el astro de las guerras, el nun- 
cio de las pestes, el precursor de las catástrofes. 

Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y 
fatales, brilló por un momento, maravilloso, el dia- 
mante de Venus. 

A un viejo criado que está cerca de mí, y que se 
consterna, le preguntó: «¿Qué tiene usted?» «Tengo 

16 241 



RUBÉN DARÍO 

miedo», me dice. Y esa era la palabra; había miedo 
sobre el agua lívida del mar; miedo sobre el monte 
cercano; miedo en el aire; un soplo de miedo flota- 
ba sobre la tierra conmovida. 

Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo. 
Y los andarines anduvieron y piaron por el jardín. 
Los pescadores que volvieron manifestaron que una 
gran cantidad de sardina había desaparecido, como 
llena de súbita locura, en el momento del eclipse. 
Surgió como una nueva mañana, y el día de oro 
continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su tran- 
quilidad. Volvió a pasar sobre las olas la banda de 
gaviotas. Leí este párrafo de la «Crónica de los Re- 
yes Católicos», de Bernáldez, en que habla «del es- 
pantoso eclipse que el sol fizo: «... El dicho año de 
mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a veintinueve 
días del mes de julio, día de Santa María, a medio 
día, fizo el sol un eclipse, el más espantoso que nun- 
ca los que hasta allí eran nacidos vieron, que se cu- 
brió el sol del todo e se paró negro, e parecían las 
estrellas en el cielo como de noche; el cual duró así 
cubierto gran rato, fasta que a poco a poco fué des- 
cubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a 
las iglesias, y nunca de aquel hora tornó el sol en 
su color, ni el día esclareció como en los días de 
antes solía estar, y así se puso el sol muy caligino- 
so». Buen Bernáldez, que no sospechaba el coro- 
nium, pero que vivía en una época en que todavía 
se temía el poder de Aquel a quien no es hoy de 
buen gusto nombrar. 



242 



ÍNDICE 

Páginas 



El ejemplo de Zola 7 

Gorki 25 

El poeta León XIII 55 

Libros viejos a orillas del Sena 47 

Un cisma en Francia 55 

Las tinieblas enemigas 65 

Algunas notas sobre Jean Moreas 75 

A propósito de Mme. de Noailles 85 

Niñas-prodigios 95 

Rostand, o la felicidad 107 

La prensa francesa: 

I. Los diarios 115 

II. Las revistas 125 

La evolución del rasíacuerismo 155 

El escultor argentino Irurtia 141 

Clésinger y su obra 151 

Mis Isadora Duncan 159 

Rémy de Gourmont 167 

Henri de Groux 175 

Lo que queda de Heredia 291 

Nuevos poetas de España 201 

En Asturias: 

I. Desilusión del milagro 211 

II. A la orilla del mar 220 

III. San Telmo 226 

IV. San Telmo se porta bien 250 

V. Un eclipse 254 



Editorial "MUNDO LATINO,, 

APARTADO 502- — MADRID 



Extracto del Catálogo general 



Pesetas 



OBRAS COMPLETAS 

DE RICARDO DE LEÓN 

(de la Real Academia Española) 

Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.°, 
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut 

Valera y retrato del autor, por Vacqué 50,00 

A plazos 60,00 

DE FRANCISCO VILLAESPESA 

I.— Intimidades.— Flores de Almendro 3,00 

II.— Luchas.— Confidencias 5,00 

III. -La copa del Rey de Thule.— La musa enferma. . . . 5,00 

IV.— El alto de los Bohemios.— Rapsodias 5,00 

V.— Las horas que pasan. (Veladas de amor) 5,00 

VI.— Las joyas de Margarita: Breviario de amor.— La 

tela de Pene'Iope.— El milagro del vaso de agua. 5,00 
VIL— Doña María de Padilla.— La cena de los carde- 
nales 5,00 



EXTRACTO DEL CATALOGO GENERAL 



Pesetas 

VIII.— El milagro de las rosas. --Resurrección.—Amigas 

viejas 5,00 

IX.— Las granadas de rubíes.— Las pupilas de Almota- 
did.— Las garras de la pantera.— El úlíimo Ab- 

derramán 5,00 

X.— Tristitiae rerum 5,00 

XI.— La leona de Castilla.— En el desierto 5,00 

XII.— El rey Galaor.— El triunfo del amor 5,00 

DE RUBÉN DARÍO 

(Ilustraciones de Ochoa) 

Tomos publicados: 

I.— La caravana pasa 5,50 

II.— Prosas profanas 5,50 

III. — Tierras solares 5,50 

IV.- Azul 5,50 

V.— Parisiana 5,50 

VI.— Los raros 5,50 

VIL— Cantos de vida y esperanza 5,50 

VIII.— Letras 5,50 

IX.— Canto a la Argentina 5,50 

X.— Opiniones 5,50 

XI.— Poema del otoño y otros poemas 5,50 

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Edmundo González Blanco.— jesús de Nazareht 5,00 

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/. M. Carretero.— Lo que se' por mí (dos series) 5,00 

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José Montero. —Yelmo florido 4,00 

José Francés— L a estatua de carne (novela) 5,00 

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/. de Lucas Acevedo — La Caja de Pandora 5,00 

López de Sáa. —Los indianos vuelven 5,50 

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W. Fernández Flórez.— La procesión de los días 5,00 

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V. García Martí.— Don Severo Carvallo 2,50 

María Luisa Latil. -Según labremos 2,50 

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Pedro Pellicena. —Los Cosacos 5,50 

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Eliodoro Puche.— Libro de los elogios galantes y de 

los crepúsculos de otoño 2,50 

— Corazón de la noche 2,50 

LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA 

Biografías de los generales: Alberto I de Bélgica.— 
Joffre. Sir Jhon Frenen.— Lord Kitchener. Con pre- 
ciosas fototipias, a 5,00 

COLECCIÓN DE AUTORES EXTRANJEROS 
Traducidas por Felipe Trigo. 

Victoriano de Saussay— La ciencia del beso 5,50 

Pené Emery.— Santa María Magdalena 5,50 

Maquia velo. — Obras festivas: La Mandragora.— El 
P. Alberico.— La Celestina.— El ar- 

chidiablo Belfegor 5,00 



EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL 



Péselas 

CELEBRIDADES ESPAÑOLAS 
Y SUD-AMERICANAS 

l.—Bécquer (encuadernado) 5,50 

II. — Zorrilla (ídem) 5,50 

III..- Espronceda (ídem) 5,50 

COLECCIÓN SELECTA 

Tomás de Quincey.— Los últimos días de Kaní 1 ,00 

Kalidasa. — EA reconocimiento de Sakuntala 1 ,00 

Rousseau.— Discurso sobre las artes y las ciencias... . 1,00 

— Origen de la desigualdad entre los hombres 1,00 

Luciano de Samosata.— La diosa de Siria 1 ,00 

L. Ó7er/7e.— Viaje sentimental de un inglés a Francia. . . 1,00 

F. A/varado. — El filósofo rancio. (Cartas 1,50 

EL AÑO ARTÍSTICO 

El año artístico 1915 6,00 

» f . '.■»; ' 'i tela 8,00 

El año artístico 1916 (con 250 grabados) 10,00 

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El año artístico 1917 (con 250 grabados). 1 1 ,50 

> » » * » tela 15,00 

OBRAS VAklAS 

Sfhendal—De\ amor 6,00 

E. M. Segovia (Oficial del Banco de España).— Los do- 
cumentos de cre'dito 5,00 

— Manual epistolar 2,00 

Qivero.— Legislación de clases pasivas. Volumen de 

500 páginas, encuadernado en tela 10,00 

/?. yesares.— Ayuda memoria del mecánico electricista. 

Un volumen, encuadernado en tela. ... 1,50 



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D3 
1917 

v.10 



Darío, Rubín 

Obras oonpletas 



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